Black and Blood


 
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 13 Balas (David Wellington)

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 3:37 am

jejeje no veas lo que me costó conseguirlo :jojojo:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 3:38 am

Capítulo 10


transcrito por shuk hing


—Me persiguen; estuvieron en mi casa y ahora me persiguen -dijo Caxton. Por el retrovisor vio cómo el siervo que tenía detrás se acercaba aún más al parachoques del coche patrulla.
—Lo dudo mucho —respondió Arkeley—. Agárrese.
El coche que los perseguía, un Hummer H2, los embistió y el impacto de metal contra metal hizo que el coche patrulla soltara un chirrido. Sin embargo, el siervo que los perseguía no tenía intención de hacerlos chocar; Caxton contaba con la experiencia suficiente en persecuciones policiales para darse cuenta de ello. El conductor del coche de detrás tan sólo le estaba mostrando cuáles eran sus límites. Caxton aceleró un poco, hasta que estuvo a apenas unos centímetros del coche que la bloqueaba por delante y modificó su posición en el asiento para tener a los tres asaltantes controlados.
—Entonces, ¿no están aquí por mí? —preguntó Caxton.
—No, no creo. —Arkeley desenfundó el arma—. Cuando me cargué a Lares, éste estaba alimentando a sus antepasados. Les llevó sangre. He investigado un poco y he descubierto que otras personas habían observado ya un comportamiento similar. Los vampiros codician la sangre, pero además adoran a la criatura que les ha echado la maldición, que los ha convertido en vampiros. Esto es una respuesta a mis amenazas contra Malvern en el hospital. Baje su ventanilla y échese un poco hacia atrás.
Cíaxton hizo lo que le pedía y, sin perder un segundo, Arkeley se inclinó sobre ella y disparó dos veces contra el Chevy que tenían a la izquierda. El siervo se cubrió la cara con las manos, pero éstas estallaron en una nube de huesos y carne atrofiada. Su cabeza se quebró y se partió en dos, y a continuación el coche se salió de la carretera y se empotró contra un árbol. Caxton miró por el retrovisor y vio cómo los faros del Chevy apuntaban en direcciones distintas antes de apagarse.
El Hummer H2 volvió a embestirlos por detrás. Los siervos no parecían estar demasiado contentos. Caxton agarró el volante con tanta fuerza que le dolieron los hombros.
—Vale, ahora me toca a mí —dijo.
Entonces giró el volante y pisó el acelerador. El coche patrulla salió disparado y golpeó la parte posterior derecha del Honda que tenían enfrente. El neumático resbaló sobre la calzada y el coche salió propulsado hacia la izquierda. Caxton logró esquivar el vehículo, que estaba fuera de control, y lo dejó atrás. Como todos los componentes de la unidad de autopistas, había pasado tres días recibiendo instrucción sobre tácticas de evasión en persecuciones. Mientras se adentraban a toda velocidad en la oscuridad, se giró y le dedicó a Arkeley una sonrisa. Estaba verdaderamente orgullosa de sí misma.
—¿Sabe cómo utilizar la radio? —le preguntó, señalando el salpicadero con la barbilla—. Descuelgue y póngase en contacto con la centralita de la Unidad H. Necesitamos a todos los agentes disponibles.
Pero Arkeley se la quedó mirando.
—¿Cómo se puede ser tan idiota? —dijo casi susurrando.
Ella no le devolvió la mirada. Estaba concentrada tratando de no perder el control del coche. Estaba yendo a más de ciento cincuenta por una carretera por la que se debía circular a cien, como mucho.
—Si los hubiéramos dejado, nos habrían llevado al lugar donde se encuentra su amo.
—El vampiro —dijo ella.
—Sí.
—Pero ¡si le ha disparado a ése! —protestó Caxton.
—Debía intentar que no pareciera que nos limitábamos a seguirles la corriente, ¿no cree?
Caxton hizo rechinar los dientes y miró por los retrovisores. Aún llevaban al Hummer H2 detrás, aunque éste tenía dificultades para seguirles el ritmo. Caxton levantó el pie del acelerador, aunque sólo un poco, para que su perseguidor no creyera que le estaba dando la oportunidad de atraparla. El Honda aún intentaba dar la vuelta después de verse frenado de forma tan brusca.
—Pronto llegaremos a la salida de New Holland, ¿la cogemos o no?
—Tendremos que fijarnos en sus movimientos e intentar deducir hacia dónde quieren que nos dirijamos —dijo Arkeley escupiendo las palabras.
Se agarraba a la maneta de la puerta con una mano, mientras que con la otra sostenía el arma en alto, apuntando hacia arriba. Si disparaba accidentalmente por culpa de las sacudidas del coche, la bala saldría a través del techo.
—Si empieza a girar hacia la izquierda...
Pero no le dio tiempo a terminar la frase: dos motocicletas se incorporaron aullando a la carretera por la vía de acceso y se aproximaron rápidamente al coche patrulla. Los motoristas no llevaban casco, si bien es cierto que tampoco tenían cara. Uno de los motoristas siervos se colocó a la derecha de Caxton y la obligó a cambiarse al carril izquierdo, de modo que no pudo tomar la salida de New Holland. Por lo menos aquello resolvía su duda. El otro motorista exprimió el ruidoso motor de su máquina y se colocó junto a la rueda delantera izquierda.
Las motos en sí no suponían una verdadera amenaza, pues
Caxton podía embestirlas con un solo golpe de volante. Sin embargo, el motorista que tenía a la derecha llevaba un instrumento metálico oxidado en una mano, una cuchilla de carnicero de casi medio metro. De pronto bajo el brazo y la cuchilla golpeó el lateral del coche. La embestida provocó más ruido que desperfectos en la carrocería, pero el faro izquierdo del vehículo estalló con un chisporroteo. Estaban medio cegados, atravesando aquel bosque del averno a ciento cuarenta por hora. Mientras el piloto intentaba liberar la cuchilla, Caxton viró instintivamente hacia la izquierda para desembarazarse de él. Entonces, el motorista de aquel lado tuvo que abrirse y en el último instante logró esquivar la rueda izquierda del coche. Una lluvia de esquirlas de cristal y de metal cayó sobre el parabrisas. Los amortiguadores del coche patrulla chirriaron y las ruedas derraparon sobre el asfalto.
Caxton intentó recuperar el control del vehículo. El único faro que le quedaba barrió la superficie de la carretera de izquierda a derecha y el coche se zarandeó, aunque la agente era realmente hábil al volante. Tenía años de experiencia de conducción en condiciones peligrosas, de modo que no le entró el pánico. Enderezó el coche y cogió aún más velocidad. Era posible que al Hummer le costara seguirles, pero imaginó que los motoristas sabían hacia dónde debían llevarlos.
—¿Está seguro de que no están intentando matarnos? —preguntó Caxton.
—Al noventa por ciento —replicó Arkeley—. Normalmente los siervos conducen a las víctimas hasta su amo. Además, si morimos el vampiro no se podrá beber nuestra sangre. Por otro lado, también es posible que, si creen que soy una amenaza, prefieran ahorrarse el riesgo.
—Es usted un afamado cazador de vampiros —dijo Caxton—. Si yo fuera ellos lo consideraría una amenaza bastante seria. Joder, ¿podemos pedir refuerzos ya?
Arkeley asintió con la cabeza. No perdió ni un momento admitiendo que a lo mejor, por una vez, ella tenía razón y él estaba equivocado. Descolgó el auricular de la radio y pidió refuerzos, como debería haber hecho hacía ya un buen rato. La centralita de la Unidad H empezó a avisar a los demás coches patrulla.
Entonces dejaron atrás una señal de color naranja, tan rápido que Caxton apenas tuvo tiempo de verla. La luz fosforescente de la señal emitía un inquietante resplandor en aquella oscuridad casi absoluta. Caxton no logró leer de qué se trataba exactamente, aunque conocía el significado de una señal de aquel color: obras en la carretera.
La agente levantó el pie del acelerador. El Hummer que llevaban detrás se fue haciendo cada vez más grande en el retrovisor, pero Caxton intentó no pensar en ello. No tenía ni idea de qué iban a encontrar. Podía tratarse de un simple desvío, pero también era posible que la carretera estuviera totalmente cortada. Notó un acceso de pánico en el pecho.
El motorista de la izquierda tenía una llave inglesa. Levantó la mano con la clara intención de hacer añicos el faro que les quedaba. En aquel tramo de carretera no había farolas, se trataba de una ruta rural por la que los coches debían poder circular con su propia luz. Si les rompía el faro, se quedarían a oscuras.
Presa de una desesperación que nunca antes había sentido, giró el volante y embistió al motorista. La moto se tambaleó por el impacto y se encabritó. El motorista salió despedido contra el lateral del coche patrulla e intentó agarrarse a la puerta, pero sus dedos sin piel resbalaron inútilmente sobre la superficie de metal y cristal. Pronto se perdió de vista: en un momento estaba ahí y al siguiente se lo había tragado la oscuridad. Su moto rodó sobre el asfalto, soltando chispas.
Caxton pisó el freno y el Hummer viró bruscamente para evitar la colisión. El otro motorista la adelantó y volvió el rostro descompuesto para mirarla. Aunque no tenía los ojos fijos en la carretera, su motocicleta siguió avanzando en línea recta, hacia un cono naranja de tráfico. El cono de PVC estaba diseñado para resistir la peor de las colisiones, pero la motocicleta, no. Esta dio una vuelta de campana y le cayó encima al piloto.
Caxton pisó el freno repetidas veces. Ahora sí podía leer lo que ponía en las señales. Estaban ante un corte total de la carretera y había un desvío de emergencia, pero era imposible que lograra cogerlo. Detrás de ellos, el Hummer clavó los frenos, que soltaron un chirrido.
El coche patrulla estaba derrapando, pero no frenaba tan rápidamente como Caxton (que lo intentaba con toda su alma) habría querido. La superficie de la carretera estaba cubierta de un polvo terroso que en algunos puntos dejaba entrever un asfalto rugoso debajo. El coche se zarandeaba y botaba, y Arkeley enfundó la pistola. Finalmente, el coche derrapó unos metros más y se detuvo con rechinar de neumáticos. Se zarandeó primero hacia delante y luego hacia atrás, y los dos ocupantes se vieron propulsados contra el cinturón de seguridad. El polvo se arremolinó a su alrededor y fue posándose lentamente en el suelo. Se hizo el silencio.
Frente a ellos había una valla que cortaba la carretera, con caballetes y unas brillantes barreras anticolisión amarillas. Al otro lado, el asfalto estaba arrancado y perforado, y había un agujero de dos metros en el suelo, en cuyo interior se veían varios vehículos de obra manchados de barro, herramientas abandonadas, cajas de suministros y montones de conos. Las ramas de un viejo y retorcido arce plateado se extendían sobre la carretera y sus semillas en forma de hélice cruzaban el aire nocturno.
El faro de Caxton iluminó durante un instante algo enorme y blanco que había en lo alto de las ramas casi desnudas. La agente levantó los ojos y en ese preciso instante aproximadamente una cuarta parte de la masa iluminada se descolgó y les cayó encima como una piedra. Golpeó el capó del coche patrulla con tanta fuerza que Caxton soltó un grito. Cuando se hubo repuesto, miró a través del parabrisas y vio el cadáver de un trabajador de la construcción con un chaleco naranja que le devolvía la mirada, con ojos muertos. Tenía la garganta completamente desgarrada, lo mismo que parte de la clavícula y los hombros. Tenía la piel lívida y en su cuerpo no quedaba ni una gota de sangre.
Antes de que el coche cesara de moverse por el impacto, el vampiro saltó del árbol y aterrizó junto a Caxton. Tan sólo el grueso de la puerta lo separaba del frágil cuerpo de la agente. El vampiro le clavó los ojos y Caxton no pudo apartar la mirada.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 3:39 am

Gemma escribió:
jejeje no veas lo que me costó conseguirlo :jojojo:


jejejjeje a mi tambien jijiji

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 3:41 am

grax shuk!! ^^


es que desde que lo tienes que quería conseguirlo XD soy una envidiosilla :manga17:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 3:42 am

XDDDDDDDDDDDDDD

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 5:07 pm

¡Gracias Shuk!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 20, 2010 7:21 pm

Gracias, nena. Ranguito.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Jun 21, 2010 5:06 pm

11
Transcrito por Tibari

El vampiro medía por lo menos metro noventa y cinco, pero no era tan corpulento como ella había esperado. (Tal vez se había imaginado que todos los vampiros serían tan grandes como Piter Lares). Éste en particular tenía un aire ligero y avispado que recordaba a un depredador: rápido, feroz y perfectamente diseñado. Estaba completamente desnudo y no tenía ni un pelo en todo el cuerpo. Sus orejas eran alargadas y terminadas en punta.
Caxton se quedó mirándolo. El vampiro no parecía tener ninguna prisa, como si supiera que podía matarlos cuando quisiera, en cualquier momento. Tenía los ojos rojos y brillantes y semillas de arce pegadas por todo el cuerpo. Una ligera película de sudor lo cubría de pies a cabeza. La piel, que a Caxton antes le había parecido blanca, tenía en realidad un ligero matiz rosado. Al fin y al cabo, acababa de chuparle la sangre al obrero muerto. El pobre hombre debía de ser el único que quedaba en la obra; puede que se tratara del vigilante nocturno.
El vampiro carraspeó y pareció que quería que Caxton lo contemplara un rato más. ¿Era vanidoso? ¿Quería resultarle atractivo? Y, en todo caso, ¿le resultaba atractivo? Lo mismo que con Malvern en el hospital, a Caxton le daba la sensación de que no irradiaba humanidad. Era curioso; Arkeley, por ejemplo, tampoco le parecía un tipo sensible en exceso y, sin embargo, el agente federal desprendía una especie de aura, una calidez, o quizá tan sólo se tratara de su olor. El vampiro no transmitía nada semejante. Lo único con lo que se le ocurría compararlo era con una estatua de mármol. Sus rasgos y contornos podían estar perfectamente tallados, reproducidos de forma impecable, pero nunca idéntica a un ser humano. Era como el David de Miguel Ángel: perfecto, pero duro y frío. El pene del vampiro colgaba, flácido, entre sus piernas y Caxton se preguntó si le serviría de algo. ¿Encontraba a los humanos atractivos? ¿Existía el sexo entre vampiros?
El vampiro se acercó lentamente hacia el coche y colocó una mano sobre el marco de la ventanilla abierta. Se inclinó para mirar en el interior y abrió la boca. A la vista quedaron una aterradora hilera de dientes. Caxton percibió un irritante murmullo a su espalda, como el zumbido de un mosquito. El rostro del vampiro se acercó al suyo y el zumbido aumentó de volumen. Era muy desagradable. Caxton se dio cuenta de que se trataba de Arkeley: le estaba diciendo algo, aunque no lograba comprender sus palabras. En realidad, hasta aquel momento Arkeley no había dicho nada que Caxton quisiera oír, de modo que tampoco veía por qué motivo debía prestarle atención ahora.
Las manos del vampiro la rodearon y sus poderosos dedos la agarraron por el cinturón y por la camisa del uniforme. Caxton sintió como si levitara, arrastrada sin remedio por el poder del vampiro. Con un movimiento fluido y algo desagradable, se encontró fuera del coche, colgando de las manos del vampiro. Flotaba, ingrávida, y volvió a sentirse como cuando era una niña; como cuando su padre le levantaba y la llevaba en brazos de un lugar a otro. ¡Qué maravilloso había sido dejarse llevar por aquellos abrazos! ¡Qué placer le había producido ser una muñeca en brazos de su padre!
Volvió a mirar al vampiro, pero éste tenía la cara girada. Caxton frunció el ceño, pues ardía en deseos de que la volviera a mirar una vez más. En la frente del vampiro apareció de pronto un orificio, un boquete negro, enorme y palpitante, del que empezaron a manar fluidos negros y esquirlas de hueso. Un segundo agujero apareció en su mejilla. Caxton vio cómo le estallaba la parte posterior del cráneo y de repente, inesperadamente, estaba cayendo.
¡Zas! Impactó contra el suelo. Sintió un fogonazo de dolor en el brazo, como una descarga.
El golpe contra el suelo le vació los pulmones. Caxton jadeó; no se había dado cuenta de que hubiera estado conteniendo la respiración. De pronto volvía a oírlo todo, aunque hasta ese mismo momento no había sido consciente de estar sorda. Se miró las manos y luego alzó la mirada y vio al vampiro. Aquello no era ninguna estatua de mármol; aquello era una bestia, un monstruo de dientes afilados y ojos inyectados en sangre. Y aquella bestia iba a matarla. En realidad, ya lo habría hecho si Arkeley no le hubiera disparado dos veces a la cara.
—¡Dios! —exclamó Caxton—. ¡Dios!
El vampiro había recibido dos balazos y la había soltado. Estaba herido (y era una herida bastante fea), pero Caxton sabía que no iba a ser suficiente. Se alejó de él gateando. Entonces tuvo un ataque de pánico y a punto estuvo de devolver.
El muy hijo de puta la había hipnotizado. Desenfundó el arma y se volvió para dispararle al corazón, tantas veces como pudiera. Pero apenas le dio tiempo a sacar la automática de la cartuchera, pues en aquel momento la mano del vampiro la agarró por el cuello. Se había alejado a toda velocidad de él, pero éste la había alcanzado aún más rápido. El vampiro la lanzó por los aires en el preciso instante en el que dos disparos más hacían vibrar el aire de la noche. Caxton estaba volando y en esta ocasión sabía que el golpe al aterrizar le iba a doler. Chocó contra un caballete de color naranja y blanco, que le golpeó justo debajo del ombligo y en la parte superior del muslo. Siguió rodando y rodando, y se golpeó también ambos fémures, que se combaron y a punto estuvieron de astillarse. Intentó detenerse, pero llevaba tanto impulso que salió despedida por encima de la barrera y cayó dentro del agujero que había al otro lado, el lugar donde habían levantado la calzada.
Caxton cayó casi dos metros que parecieron dos kilómetros, con las manos tratando de atrapar el aire desnudo y las piernas agitándose como un molinillo. Aterrizó con estruendo en un charco y el barro casi helado se le metió en los ojos, en la boca y en la nariz. Estuvo a punto de ahogarse, de asfixiarse. Escupió, se llevó las manos a la cara e inspiró tan profundamente que le dolieron hasta las costillas.
Aún seguía viva.
Arriba, más allá de la pared negra de la zanja, resonaron otros dos disparos. Y luego otro más. Caxton esperaba oír un cuarto disparo que nunca llegó. ¿Estaría Arkeley muerto? De ser así, estaba completamente sola en el fondo del hoyo. Se levantó y miró a su alrededor, pero no vio ninguna salida: no había escalera, ni una rampa, ni siquiera una cuerda por la que trepar. Con tiempo, es probable que encontrara una forma de salir; aunque dudaba de que fueran a concederle el tiempo necesario.
Justo cuando estaba pensando en ello, el vampiro apareció en lo alto de la barricada. Inclinó la cabeza y la miró: sus ojos eran dos espejos rojos que recogían la luz de las estrellas y la proyectaban sobre ella. Con una náusea, Caxton apartó la mirada.
—Tú —dijo el vampiro. Tenía una voz grave y pastosa, con un dejo áspero de fondo—. ¿Eres Arkeley?
¿No lo sabía? ¿Había elaborado un plan tan minucioso para cazar al federal pero nadie le había dicho si Arkeley era un hombre o una mujer? Caxton respondió sin pensar.
—Sí, soy Arkeley. —El vampiro le dedicó una mirada escéptica, de modo que intentó convencerlo—. Soy la famosa cazadora de vampiros, chupasangre. Y sí, fui yo quien le arrancó el corazón a tu papá.
Él volvió a mirarla y ella se morí las puntas de los pies. Notaba los ojos del vampiro sobre los hombros, como si dos francotiradores la estuvieran apuntando con las miras láser de sus rifles. Finalmente lo oyó reír; aquella carcajada sonó como el ladrido de un perro al que se le hubiera atragantado un hueso a medio masticar.
—Qué mentirosilla —dijo el vampiro, aún riendo—. Lares no era familiar mío. Tú eres la otra, su compañera. Volveré a por ti —dijo. Y entonces desapareció de su vista.
—Joder —dijo Caxton, que aún no entendía por qué se había querido hacer pasar por Arkeley.
Desde luego, si el vampiro la hubiera creído, habría bajado hasta ella y le habría arrebatado la vida al instante. Sin embargo, tal vez eso le habría dado al verdadero Arkeley la oportunidad de escapar o, por lo menos, de pedir refuerzos. Aquella idea se basaba en la suposición (que carecía de cualquier base fundada) de que el vampiro no había matado ya al federal.
Caxton golpeó las paredes de la zanja con los puños. Aquello sirvió para provocar una lluvia de tierra y de piedras, pero poco más.
—¡Mierda! —gritó.
Como si del eco se tratara, se oyó otro disparo, aunque en esta ocasión provenía de una dirección distinta.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Jun 21, 2010 5:07 pm

wiiii gracias^^

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Jun 21, 2010 8:02 pm

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Jun 23, 2010 4:53 pm

12
Transcrito por Tibari

—¡Alto ahí! —gritó alguien y se oyó una descarga cerrada—. ¡Policía estatal! —Y entonces se escucharon unos gritos horribles.
La zanja estaba repleta de niveladoras y material de carretera. Caxton revolvió las cajas de herramientas en busca de algo que le sirviera para regresar a la superficie. Los refuerzos que Arkeley había pedido mientras los siervos los perseguían estaban finalmente ahí. Los agentes habían llegado, pero estaban siendo víctimas de una carnicería.
Dos rayos de luz sobrevolaron la cabeza de Caxton; ahí arriba alguien había encendido los faros de un coche. El vampiro debía de estar justo en medio del haz de los focos. Caxton lo oyó gemir de dolor y lo vio aparecer de nuevo en el borde de la zanja. En esta ocasión su silueta se recortaba sobre la luz que acababa de encenderse y se cubría los ojos con el antebrazo izquierdo. Con los dedos crispados de la mano izquierda, el vampiro sostenía por el cabello una cabeza humana degollada y aún pegada a un pedazo de cuello. Caxton rogó en silencio que no se tratara de la cabeza de Arkeley.
El vampiro tenía la espalda perforada por las balas que lo habían atravesado, cientos de agujeros de donde emergían pedazos de tejido translúcido e inerte. Se tambaleó hasta quedar en cuclillas encima de la barricada, aullando de dolor. Caxton apuntó y le disparó en la espalda.
El vampiro soltó la cabeza y bajó el brazo. Entonces cayó de espaldas como un árbol recién talado. Cuando su enorme cuerpo golpeó el fondo de la zanja, el pavimento se resquebrajó.
Caxton recordaba perfectamente el informe de Arkeley. Sabía que si a un vampiro no se le destrozaba el corazón, se levantaría de nuevo. Tan sólo le quedaban unos segundos. Las balas no tendrían ningún efecto; aunque le vaciara el cargador en el pecho no podría estar segura de que le había dado de lleno. Miró a su alrededor, hacia las cajas de herramientas, y encontró lo que buscaba. Alguien se había dejado un montón de estacas en la zanja, los típicos bastones de madera que utilizan los topógrafos para marcar el trayecto de una autopista nueva. Caxton recogió del suelo la angulosa estaca de madera sin pulir y manchada de barro; medía casi dos metros de largo y cuatro centímetros de grosor. Tenía incluso una banda naranja fosforescente en el extremo romo, como la banderola de una lanza. Caxton sujetó la estaca con las dos manos y la alzó por encima de su cabeza para coger impulso.
La descargó con todas sus fuerzas, con el extremo afilado contra la caja torácica, contra aquella piel pálida que parecía mármol pulido. Fue como golpear una roca. La estaca vibró y sus largas astillas se clavaron en el tejido carnoso de la mano de Caxton. La punta afilada se partió por la mitad, retorcida, destrozada.
Caxton retiró los escombros de encima del cuerpo del vampiro pero en su piel había tan sólo un diminuto punto rosa justo en el lugar donde lo había apuñalado.
—Tiene la piel más resistente que el acero —le dijo Arkeley.
Caxton alzó la mirada y vio la cabeza y los hombros de Arkeley asomar por encima de la barricada. Tenía un rasguño de los buenos en la mejilla, pero por lo demás parecía intacto. Caxton se quedó quieta durante unos segundos, anonadada; Arkeley descendió hasta el fondo de la zanja y se acercó a ella. A Caxton no se le ocurrió pedirle que la sacara de allí hasta que fue demasiado tarde.
El vampiro no se movía y tampoco respiraba. Era un pedazo de carne muerta y su aspecto resultaba mucho más natural en esas condiciones. Caxton se llevó la mano a la boca e intentó sacarse una astilla con los dientes.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Caxton al tiempo que la sangre brotaba de la base de su pulgar. En la oscuridad apenas pudo ver cómo goteaba la herida y salpicaba uno de los pies del vampiro.
El efecto, sin embargo, fue inmediato y fugaz. El vampiro se levantó, con la boca muy abierta. Se abrió paso hacia ella por entre la cerrada oscuridad del fondo de la zanja, como una criatura salida de las profundidades marinas capaz de tragársela entera. Caxton empezó a gritar al tiempo que se apartaba de su camino. Aunque daba igual cuánto corriera: el vampiro era mucho más rápido.
Afortunadamente para ella, Arkeley no había bajado la guardia en ningún momento. El agente disparó una de sus balas dum-dum justo en la boca del vampiro y le rompió un buen puñado de dientes. Apenas pareció haber dañado al monstruo, pero sirvió para que éste se desviara ligeramente. El vampiro se abalanzó sobre Caxton, pero no la alcanzó por poco.
—Ayúdeme —le pidió Arkeley. Caxton se levantó lentamente, temblando aún del susto—. No podré aguantarlo mucho tiempo más —gritó.
Aquellas palabras despertaron a Caxton, que finalmente pasó a la acción. Arkeley disparó dos balas contra el cuerpo del vampiro. Caxton pensó que su compañero debía de estar a punto de quedarse sin munición.
Al menos había logrado contener al vampiro. El monstruo cayó de rodillas en el barro, con los puños cerrados clavados en el suelo y la cabeza agachada. Cuando empezó a levantarse de nuevo Arkeley le disparó otro tiro. Al principio tenía trece balas en el cargador; ¿Cuántas le quedarían ahora?
Caxton echó un vistazo a las herramientas que había a su alrededor, pero enseguida supo que no les servirían. Corrió hacia el final de la zanja y encontró justo lo que buscaba. Se trataba de un pequeño vehículo compacto con el asiento del conductor al descubierto y un sencillo cambio de marchas con tres posiciones. Servía para trazar estrechos surcos sobre el cemento o el asfalto. Por esa razón, en la parte delantera había una rueda de un metro de ancho ribeteada con unos feroces dientes de acero reluciente. En el lateral del vehículo podía leerse el nombre del fabricante pintado en letras negras: DITCH WITCH. Caxton montó de un salto en el asiento del conductor y pulsó el botón de arranque.
El vehículo no respondió. La agente golpeó el panel de control con un gesto de frustración cuando se dio cuenta de que no había ninguna llave en el contacto. Habían inmovilizado la máquina, probablemente para que los adolescentes no la robaran durante la noche para dar una vuelta y destrozar la carretera.
Arkeley disparó de nuevo pero el vampiro ya estaba de pie. Se tambaleó hacia delante y hacia atrás, y entonces dio un paso hacia el federal. A cualquiera le hubiera resultado imposible recibir tanto daño, sufrir tantos traumatismos, y aun así poder andar; pero su oponente lo estaba haciendo. Estaba a unos dos metros de Arkeley. Recortaría esa distancia en unos segundos.
Caxton agarró la palanca de cambio de la DITCH WITCH y la puso en punto muerto, acto seguido soltó el freno de mano. Saltó del vehículo, se colocó detrás y lo empujó. El suelo tenía un ligero desnivel y la aparatosa máquina de construcción empezó a deslizarse hacia delante lenta e inexorablemente. Caxton desenfundó la pistola y disparó a la cabeza del vampiro, un tiro tras otro; le reventó los ojos, la nariz, las orejas.
El vampiro se rió de ella, de la futilidad de sus disparos. Sus ojos hechos añicos se regeneraban ante la mirada atónita de Caxton, que vio cómo sus cuencas resquebrajadas se iban rellenando. Con todo, durante uno o dos segundos, que fue el tiempo que tardó en curarse, estuvo cegado. No pudo ver la DITCH WITCH deslizarse hacia él hasta que fue demasiado tarde.
La rueda dentada le perforó el muslo y la ingle. El vampiro cayó de espaldas y la potente máquina se paró con gran estruendo justo encima de él, de modo que quedó inmovilizado en el suelo. Trató de incorporarse, intentó levantar el peso de la máquina, pero no tenía la fuerza necesaria para alzar a plomo un vehículo de media tonelada.
—¡Eh! —gritó alguien. Caxton alzó la mirada y vio a un agente de policía en el borde de la zanja, sobre la tenue luz pudo distinguir la silueta de su sombrero de ala ancha—. ¡Oigan! ¿Se encuentran bien?
—¡Conecte la corriente! —gritó Arkeley—. ¡Por ahí tiene que haber un interruptor principal! ¡Conecte la corriente!
El agente desapareció. Un instante después oyeron el ruido de un generador eléctrico al encenderse, que pronto se convirtió en un rugido vibrante. Caxton no tenía ni la menor idea de lo que Arkeley se traía entre manos. Un agente colocó un foco portátil en la barricada e iluminó la zanja con una potente luz blanca que obligó a Caxton a apartar la mirada. El vampiro, que aún intentaba zafarse de la máquina, aulló como si fuera una bestia herida. No les gustaba la luz, dedujo Caxton. Después de todo eran criaturas nocturnas. Tenía sentido.
Arkeley se dirigió dando tumbos hacia las cajas de herramientas. Encontró lo que necesitaba y lo enchufó en una caja de empalmes. Caxton apenas podía creerlo; Arkeley se acercó al vampiro con un martillo eléctrico en las manos.
Colocó la broca sobre el pecho del vampiro, justo a la derecha de su pezón izquierdo, el mismo lugar donde Caxton lo había golpeado con la estaca de madera. Arkeley puso el martillo en marcha y se apoyó en él con todo su peso. La piel del vampiro ofreció resistencia durante un instante, pero pronto se agrietó y unos fluidos vítreos (nada de sangre, por supuesto) manaron de la herida. Al tiempo que la broca del martillo se hundía por entre las costillas del vampiro, el monstruo comenzó a retorcerse y a temblar, pero Arkeley no retrocedió ni un solo centímetro. De la herida saltaron primero jirones de piel y luego pedazos de tejido muscular que parecían pollo hervido (pues ambos eran carne blanca). El vampiro chilló y, a pesar del traqueteo de la herramienta eléctrica, Caxton distinguió el grito a la perfección. De pronto, todo había terminado. La cabeza del vampiro cayó hacia atrás y se le abrió la boca; estaba muerto. Muerto de verdad. Arkeley dejó el martillo eléctrico en el suelo e introdujo las manos desnudas en la cavidad torácica del vampiro, con el fin de examinar el contenido y asegurarse de que el corazón estaba realmente destruido. Finalmente retiró las manos y se sentó en el suelo. El cuerpo yacía ahí tendido, inerte, convertido en un objeto, como si nunca hubiera sido una persona.
Los agentes los rescataron de la zanja y Caxton vio lo que había sucedido en la superficie durante su ausencia. Dos docenas de agentes de la policía estatal habían acudido a aquel lugar para ayudarla. Cinco de ellos habían muerto, sus cuerpos estaban hechos añicos y la sangre se había consumido. Los conocía a todos de vista, aunque por fortuna pertenecían a una unidad distinta de la suya, a la Unidad H, mientras que ella formaba parte de la Unidad T. Caxton no los llamaría exactamente amigos. Al pasar junto a los cuerpos sintió un mareo y se le encogió el alma; era incapaz de asimilar lo sucedido.
Caxton apenas tenía conciencia del estado de su cuerpo cuando la dejaron en el asiento trasero de un coche patrulla y le preguntaron si necesitaba atención médica. Un enfermero le examinó las heridas y los agentes supervivientes le formularon una infinidad de preguntas sobre lo ocurrido, sobre la persecución en coche, sobre el vampiro y sobre el número de balas que había disparado. Caxton abría la boca y, para su sorpresa, la respuesta salía sola. Se encontraba en estado de shock, una sensación parecida a la que sintió cuando el vampiro la hipnotizó, pensó.
Finalmente la dejaron marcharse a casa.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Jun 23, 2010 5:04 pm

wuaa gracias por el cap ^^

ranguis!!

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Jun 23, 2010 6:48 pm

¡Gracias!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Jun 25, 2010 5:15 pm

Es connatural a los vampiros
proliferar y multiplicarse,
aunque siempre según unas reglas
determinadas y fantasmales

Joseph Sheridan Le Fau


REYES

Transcrito por Annabel Lee



13

Por la mañana, cuando el sol entraba ya por la ventana. Caxton se levantó sin despertar a Deanna y se vistió con lo primero que encontró. Dentro de la casita hacía un frío helado y había escarcha en el jardín. Puso en marcha la cafetera, la dejó hirviendo y silbando, y se fue a darles de comer a los perros. El vaho de la respiración de los animales salía por entre los barrotes de sus jaulas. Cuando Caxton entró en la caseta empezaron a aullar; el antiquísimo aullido del lebrel, un inconfundible trino ahogado y atonal, diferente al de cualquier otro perro. A Caxton le pareció una sinfonía. Se alegraban de verla. Les abrió las jaulas y los dejó corretear un rato por la hierba húmeda, aunque ninguno de los dos parecía interesado en poner a prueba los límites de la Valla Invisible y se conformaban con permanecer dentro del pequeño jardín bordeado por unos árboles tocados por la quietud invernal. Caxton observó cómo jugaban y se mordisqueaban el uno al otro, cómo se perseguían; era el mismo juego con el que los perros llevaban entreteniéndose desde hacía más de cien mil años y en el que ninguno había ganado aún. Caxton se sentía sorprendentemente bien, tan sólo tenía las costillas y los brazos algo entumecidos por la caída de la noche anterior, y varios moretones por todo el cuerpo de cuando el vampiro la había sacado del coche. Pero en general se sentía bien, sana y como si hubiera conseguido algo.
Por eso se quedó un poco turbada cuando se puso a llorar.
No lo hizo con sollozos incontenibles, las lágrimas simplemente brotaban de sus ojos y parecía que no fueran a parar. Se las secó, se sonó y sintió que le daba un vuelco el corazón.
―¿Cariño?― le dijo Deanna, de pie en la puerta trasera; iba prácticamente desnuda, llevaba tan sólo una camiseta de tirantes que cubría apenas lo exigido por la ley. Tenía el pelo rojizo de punta como siempre al levantarse y temblaba. Nunca la había vista tan hermosa como en aquel momento-. ¿Qué pasa, cariño?
Caxton quería acercarse a ella, agarrarla por la cintura y darle un buen achuchón, pero no pudo. No podía dejar de llorar.
―No pasa nada. En serio, no tengo ni idea de por qué estoy llorando. No estoy ni triste ni… ni nada, de verdad.
Se enjugó las lágrimas con la mano. Debía de ser una reacción retardada al estrés; les habían hablado de ello en la academia y habían insistido en que, en el fondo, no eran más fuertes que un civil. Como todos los demás de la clase, Caxton pensó:
“Sí vale”, y se pasó el resto del seminario durmiendo. Ella era fuerte, er un “soldado de la ley”. Pero no podía dejar de llorar.
Deanna cruzó el jardín― el rocío le mojaba los dedos de los pies-, la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda.
―Hay un tipo en la puerta que quiere verte. ¿Quieres que lo eche?
―A ver si lo adivino: es un tipo viejo, arrugado como una pasa y con una estrella plateada en la solapa.
Caxton apartó sin prisas a Deanna. Entonces, con dos dedos, se dio un pellizco en el antebrazo. Sintió un dolor repentino y las lágrimas cesaron en seco.
En la puerta delantera, Arkeley esperaba paciente. Su boca era una ranura carente de toda expresión. Sin embargo, al ver a Deanna se le iluminó el rostro. Ésta le abrió la puerta, lo invitó a pasar a la cocina y le ofreció una taza de café. Caxton se mantuvo a una cierta distancia para que Arkeley no viera que tenía los ojos irritados.
Esta sonrió aún más pero sacudió la cabeza.
―No puedo tomar café, me provoca úlceras. Buenos días, agente.
Caxton le dedicó una inclinación de cabeza.
―No esperaba verle por aquí―dijo―. Creía que después de lo de anoche habíamos terminado.
Arkeley se encogió de hombros.
―Mientras nosotros estábamos ocupados pasándolo bien, otros se dedicaban a realizar tareas policiales de verdad. Las huellas dactilares, los registros dentales de los siervos y demás muestras no han permitido aún la identificación del vampiro, ni siquiera contamos con un nombre, pero lo que sí tenemos es esto.
Le tendió una página impresa. Caxton vio enseguida que se trataba de una ficha del registro nacional de matriculación de vehículos. Era el número de matrícula del Cadillac CTS con el que se había iniciado la investigación sobre vampiros, el coche lleno de cadáveres que el siervo con un solo brazo había dejado abandonado. En la ficha constaban el nombre y todas las direcciones conocidas del propietario del vehículo.
―¿Es nuestro vampiro?― preguntó Caxton.
Arkeley sacudió la cabeza.
―Nuestra teoría es que se trata de la víctima, la del maletero.
No logramos identificar sus huellas dactilares, pero sí las de su hijo. Además, los grupos sanguíneos de los cuerpos del coche sugieren que estaban todos emparentados.
―¿Cómo puede ser que un niño tenga sus huellas dactilares en el registro?― preguntó Deanna arrugando la nariz.― Yo creía que sólo se les tomaba las huellas a los detenidos.
Echó cereales en un cuenco pero no se tomó la molestia de añadir leche. En aquella casa el desayuno era una ceremonia bastante informal.
―Hace ya unos años que les tomamos las huellas a los niños― le explicó Caxton―. Ayuda a identificarlos si los secuestran; por lo menos eso es lo que les contamos a los padres. También significa que tendremos fichada a la práctica totalidad de la siguiente generación de delincuentes cuando comiencen a infringir la ley.
Aunque nadie se lo había indicado, Arkeley se sentó en una de las sillas de Ikea que había alrededor de la mesa de la cocina.
Caxton se fijó en que adoptaba la misma postura incómoda que le había visto siempre que se sentaba en una silla. Arkeley debió de percibir su expresión interrogante.
―El caso Lares estuvo a punto de acabar conmigo― explicó―. Me tuvieron que unir tres vértebras. Y la última noche no fue nada fácil para mí.
Caxton frunció el ceño y estudió el documento impreso. En éste constaba que el propietario del coche se llamaba Farrel Morton y que el tipo poseía una cabaña de caza cerca de Caernarvon. Aquel lugar quedaba más o menos cerca del punto en el que habían situado el control de alcoholemia dos noches antes.
Las piezas encajaron al instante.
―Dios mío. Llevó a sus hijos de cacería y la familia entera terminó siendo devorada. Luego el siervo le robó el coche.
―Hemos encontrado restos humanos en la cabaña de caza. Muchos restos―puntualizó Arkeley.
Deanna pateó el suelo con los pies descalzos.
―¡En esta cocina no se habla de trabajo, joder!― exclamó.
Era un grito de guerra habitual, pero Caxton se estremeció.
―Tiene razón―dijo Arkeley―. Ya habrá tiempo luego para los detalles escabrosos.
Él y Deanna intercambiaron una mirada de absoluta complicidad que hizo que Caxton volviera a estremecerse: a ella Arkeley nunca la había mirado de aquella forma. Tal vez no debería haberle importado, pero lo importaba.
―Menuda compañera tiene, agente― dijo Arkeley, que se levantó con evidentes gestos de dolor―. ¿Llevan juntas mucho tiempo?
―Casi cinco años- respondió Caxton―.¿Nos vamos? Debemos llegar a la escena del crimen mientras esté fresca.
Seguramente no iba a servir de mucho ahora que el autor de la masacre estaba muerto, pero el trabajo policial tenía una serie de normas que había que observar.
―¿Cómo se conocieron?― preguntó Arkeley.
Caxton se quedó de piedra. En unos segundos debía decidir si quería que aquel tipo tuviera acceso a su vida privada o no. Los asuntos policiales y la lucha contra los vampiros eran importantes, desde luego, pero aquello era su casa, sus perros, su Deanna; aquélla era la parte de su vida que no mostraba a nadie, si siquiera a los agentes que trabajaban con ella. Aunque también era cierto que nunca antes había tenido un compañero. Arkeley iba a serlo, por lo menos hasta que finalizara la investigación, y se suponía que a tu compañero le tenías que invitar a cenar a tu casa y cosas así. Además, ahora que el vampiro estaba muerto, Arkeley iba a marchar pronto. Caxton decidió que el peligro que entrañaba abrirle la puerta de sus vidas era mínimo.
―A veces rescato lebreles― explicó Caxton―. Del canódromo.
Cuando uno de los animales se lesiona o cuando está ya viejo, lo sacrifican. Yo les ofrezco una opción más humana, salvo a los perros y los educo para convertirlos en animales de compañía. Es una afición cara, pues la mayoría de los perros a los que rescato están heridos o enfermos y necesitan de cuidados médicos. Deanna trabajo como técnica veterinaria y solía robar pastillas contra la dirofilariasis y varas antirrábicas para mí. En realidad la terminaron despidiendo por eso.
Deanna se inclinó sobre uno de los armarios de la cocina y levantó una pierna al aire.
―Da igual, el trabajo era una mierda. No parábamos de sacrificar a animales porque la gente no quería pagar los tratamientos.
―Imagino que eso debe de ser descorazonador― dijo Arkeley con voz tranquilizadora y comprensiva; las facciones de Deanna adquirieron un tono radiante.
A Caxton se le revolvieron las tripas de celos.
― Ahora se dedica al arte.
― ¡Ajá, lo sabía!―exclamó Arkeley―. Tiene manos de artista.
Deanna las agitó y se rió.
¿Quieres ver la obra en la que estoy trabajando?― le prenguntó.
―Ay, no sé, cariño― le dijo Caxton, que se volvió hacia Arkeley―. Es arte contemporáneo. No a todo el mundo le gusta Oiga, si quiere le enseño mis perros. Los perros le gustan a todo el mundo, ¿no?
―Si están detrás de una valla sí, desde luego- respondió Arkeley―. Es que no soporto que me laman. Aunque, sinceramente, agente, me encantaría ver las obras de arte de su compañera.
Así pues, no había más remedio que ir al cobertizo de Deanna. Ésta se puso los zapatos y un grueso abrigo de invierno, cruzó el jardín y abrió el candado de combinación. Caxton y Arkeley la siguieron con paso más lento.
―¿Se puede saber a qué coño viene todo esto?― preguntó Caxton en cuanto le pareció que Deanna ya no los iba oír.
Arkeley no se ando con rodeos.
―Siempre hay que hacerle un poco la pelota a la mujer de tu compañero; así te invita a cenar más a menudo―.le dijo.
Entraron en el cobertizo con las mejillas coloradas. Todo parecía indicar que iba a ser un día muy frío. Caxton se apartó y se apoyó en una de las paredes del cobertizo, profundamente avergonzada. Le quemaban las mejillas y no era sólo por el clima.
Deanna seguía tan impertérrita como siempre. Le enseñaba su trabajo a todo el mundo, por poco dispuestos que se mostraran a verlos. Por lo general recibía un silencio de cortesía por respuesta. Había quienes calificaban su trabajo de “interesante” o “atractivo” para luego enzarzarse en una disquisición sobre la doctrina del cuerpo y las teorías post feministas hasta que se quedaban sin fuelle. A Caxton, las personas que apreciaban con franqueza la obra de Deanna le asustaban; tenía la sensación de que a todos les faltaba un tornillo y, lo que era peor, la obligaban a plantearse si la propia Deanna era normal.
Arkeley dio una vuelta por el interior del cobertizo al tiempo que lo observaba todo con atención. Había tres sábanas blancas (de cama de matrimonio) colgadas de las vigas, con medio metro de separación entre ellas. Se agitaban con suavidad en el aire frío y ligero del interior del cobertizo, iluminadas tan sólo por la luz del sol matinal que entraba por la puerta. Cada sábana estaba manchada con cientos de marcas casi idénticas, vagamente rectangulares, todas ellas del mismo tono cobrizo. Hacía tanto frío que no se olía nada, pero incluso en los días de la canícula veraniega las marcas desprendían tan sólo un vago olor a hierro.
―Sangre― anunció Arkeley cuando hubo inspeccionado las tres sábanas.
―Sangre menstrual―puntualizó Deanna.
“Ha llegado el momento”, pensó Caxton; “el momento en el que Arkeley, con una mueca de asco, le dice a Deanna que es una friqui”. Había pasado otras veces, muchas. Pero no fue ésa su reacción, sino que continuó estudiando las sábanas, ladeando la cabeza y fijándose en cada detalle. Cuando al cabo de un minuto aún no había dicho nada, Caxton empezó a ponerse nerviosa.
Deanna parecía turbada.
―Se trata de mostrar algo oculto―dijo de pronto Caxton, y los dos se la quedaron mirando-. De coger algo que normalmente está escondido y que se elimina en secreto, y exponerlo a la vista de todos.
Caxton se fundió al ver el orgullo reflejado en el rostro de Deanna. Sin embargo, la presencia de su compañero de trabajo y de su compañera sentimental la obligaba a hacer malabarismos. No podía permitir que Arkeley viera en ella ningún signo de debilidad y mucho menos allí en su casa, en su santuario.
Arkeley se llenó los pulmones.
―Tiene fuerza―dijo al fin.
No intentó interpretarlo, y eso era bueno. Tampoco intentó encontrarle una explicación.
Deanna le dedicó una reverencia.
―He tardado varios años en llegar a este punto y aún no he terminado, ni mucho menos. Hay un tío en Arizona que está haciendo algo similar, lo vi hace un tiempo en el festival Burning Man. Utiliza cualquier tipo de sangre y admite contribuciones de quien sea. Esto es todo mío. Bueno, Laura ha colaborado varias veces.
Caxton sacudió las manos.
―Vale, ya tiene bastante información―estalló de pronto. Se le había escapado. Los dos se la quedaron mirando pero ella se limitó a sacudir la cabeza.
―Tal vez vaya siendo hora de que nos dirijamos a la escena del crimen―sugirió Arkeley.
Nunca se había alegrado tanto de recibir una orden.

Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Jun 25, 2010 6:11 pm

gracias!!! ranguitos!!! Very Happy

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Jun 26, 2010 6:29 pm

Ranguitos

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 27, 2010 5:12 pm

14


―¿Y qué hay de los ajos?― preguntó Caxton. Bajo la luz del día los árboles que había a ambos lados de la autopista tenían un aspecto mucho menos amenazador.
Se dijo que el hecho de que el vampiro estuviera muerto también ayudaba. Había aún varios siervos sueltos (por lo menos el conductor del Hummer H2 que los había embestido, o aquel otro al que le faltaba un brazo y que le había dado un susto de muerte), pero desde luego iba a resultar mucho más fácil rodearlos y apresarlos ahora que su amo había desaparecido. El vampiro estaba muerto y el mundo parecía un lugar mejor. Finalmente Caxton empezaba a sentir curiosidad, ya que hasta ahora se había mantenido a raya porque temía las respuestas a sus preguntas. Ahora, en cambio, le parecían inofensivas, académicas.
―¿Sirven los ajos para ahuyentar a los vampiros?
Arkeley resopló.
―No. En el año noventa y tres hice un pequeño experimento improvisado con Malvern. Llevé un tarro con ajo picado a su habitación y, cuando Armonk no miraba, se lo eché por encima.
La dejé hecha un asco e hice que se cabreara, pero no, no sufrió ningún daño perdurable. Podría haber sido mayonesa y el efecto habría sido el mismo.
―¿Y qué me dice de los espejos?¿Se reflejan en los espejos?
―Por lo que le he oído contar, en los buenos tiempos a Malvern le encantaba mirarse en ellos. Y también sabemos con seguridad que el aspecto que tiene ahora no le gusta. ― Se encogió de hombros. ―Aunque supongo que algo de verdad sí hay en esa creencia. Los viejos vampiros rompen todos los espejos que ven; los más jóvenes, en cambio, los ignoran.
―En su informe descarta también las cruces. ¿Qué me dice del agua bendita, de las hostias consagradas y…? Demonios, no sé. ¿Qué hay de las otras religiones? ¿La estrella de David, las estatuas de Buda?¿Huyen los vampiros de un ejemplar del Corán?
―Nada de eso funciona. No adoran a Satanás (y sí, se lo he preguntado), y no practican la magia negra. Son seres contra natura, pero si eso los convierte en impuros a los ojos de Dios no parece que a ellos les afecte demasiado.
―¿Y la plata? ―aventuró Caxton―. ¿O eso eran los hombres lobo?
―Originalmente era con los vampiros. Nadie ha visto a un hombre lobo desde hace más de doscientos años, o sea que no puedo hablarle de sus puntos débiles. En cuanto a los vampiros, la plata no les afecta en absoluto.
Arkeley se removió en el asiento del pasajero. Parecía mucho menos flexible que el día anterior; Caxton imaginó que enfrentarse a los vampiros le provocaba un gran desgaste.
―Probamos todas esas cosas con Malvern durante los primeros años, antes de que Armonk empezara a adorarla y quejarse de que también ella tenía sus derechos. Descubrimos que detesta la luz; no la hace arden en llamas, pero le provoca dolor. Y eso es aplicable a casi cualquier luminosidad. Tiene que dormir durante el día, no hay forma de mantenerla despierta. Su cuerpo cambia literalmente mientras luce el sol, cualquier daño que haya sufrido durante la noche anterior cicatriza. Algún día tendrá que venir a ver la metamorfosis. Es asqueroso pero fascinante.
―No, gracias- respondió Caxton―. Cuando se cierre este caso no quiero saber nada más de monstruos. Podrá conservar su título como el único cazador de vampiros estadounidense. Creo que yo seguiré con los controles de alcoholemia y los accidentes de tráfico. Y, dígame, ¿cómo se generan todas esas historias si no son ciertas?
―Muy fácil: a nadie le gustan las historias con final infeliz. Hasta el siglo pasado, con la llegada de las armas de fuego de precisión, no fuimos capaces de plantarles cara a los vampiros. Sin embargo, poetas y escritores decidieron cambiar los detalles de la historia para no deprimir a sus lectores con lo horrible que podía llegar a ser el mundo.
―Pero si podían compararlo con la realidad….
―Se trata precisamente de eso: no los comparaban― dijo Arkeley con un suspiro―. Cada vez que aparece un vampiro, la gente dice lo mismo: “¡Yo creía que se habían extinguido!”Eso es así porque en el mundo nunca hay más que un puñado de ellos al mismo tiempo. Y gracias a Dios que es así. Si fueran más numerosos y estuvieran mejor organizados, estaríamos muertos.
Caxton frunció el ceño y se esforzó en no pensar demasiado en esa posibilidad. No dijo nada más en todo el trayecto hasta Caernarvon, donde se encontraba la cabaña de caza. A Arkeley se le daban bien los silencios, algo que Caxton empezaba a apreciar. Había cosas de las que era mejor no hablar.
Al llegar a la cabaña de caza encontraron coches patrulla de tres jurisdicciones distintas aparcados en un campo cubierto de hierba: de la policía estatal, del sheriff del condado y también del único policía local del lugar, un hombre de mediana edad con uniforme azul oscuro que se encontraba junto al vehículo con cara de estar a punto de vomitar. Técnicamente era el responsable de la escena del crimen; por eso fue él quien tuvo que autorizar el acceso a Caxton y Arkeley, que esperaron hasta que estuvo en condiciones de comprobar su documentación.
―¿Cree que lo soportará? ―le preguntó Arkeley a Caxton.
No lo dijo en tono de desafío, aunque así fue como ella se lo tomó―. No va a ser nada agradable.

―He raspado del asfalto a niñas que venían del baile de graduación, tipo duro― replicó―. He arrancado dientes del salpicadero para poder compararlos con los registros dentales.
Arkeley respondió a su bravatada con una sonrisita mordaz.
A quince metros de distancia no parecía que tuviera tan mal aspecto. La cabaña en sí era una construcción más elaborada de lo que había esperado. Se encontraba junto a un arroyo, a la sombra de unos sauces altísimos. La mayoría de cabañas que Caxton había visto tenían una estructura sencilla, con un empinado tejado a dos aguas que evitaba que se derrumbaran bajo el peso de la nieve en invierno. En cambio, la casa de Farrel Morton era más bien un pabellón de caza. El edificio tenía una espaciosa estructura principal con numerosas ventanas de la que salía un ala más nueva y lo que Caxton, a juzgar por las chimeneas y respiraderos, imaginaba que era una cocina adosada. En la parte delantera de la cabaña había un porche bien surtido de mecedoras de madera tallada y aún con corteza. Debajo del tejado, Morton había colocado una insignia contra maleficios, uno de los antiguos amuletos que los “Pensilvania Dutch” usan para protegerse del mal.
Al parecer no había servido de mucho. Había varios policías con la camisa del uniforme desabrochada y sin sombrero haciendo agujeros en el patio de la cocina; tampoco hacía falta que perforaran demasiado.
―Yo creía que todas las víctimas de los vampiros regresaban como siervos― dijo Caxton a l ver la montaña de huesos y carne corrompida que había salido de uno de esos agujeros. La caja torácica temblaba por culpa de los gusanos. Caxton tuvo que apartar los ojos. Aquello era peor que los accidentes de tráfico.
Por lo menos, las víctimas que veía en la carretera eran recientes y tenían un color normal. Éstas, en cambio olían mal. Muy mal.
―Sólo si el vampiro les ordena que vuelvan de entre los muertos- explicó Arkeley―. Éste en concreto no necesitaba demasiados sirvientes, especialmente si pretendía pasar desapercibido. Los siervos no se camuflan tan bien como los vampiros. Estaba sediento de sangre, por lo que cada vez se cobraba más víctimas, pero tampoco quería treinta esclavos a su alrededor que se dedicaran a llama la atención.
―Yo más bien diría cien, contando los de dentro― intervino el policía local. Seguía estando amarillento, pero llevaba su documentación en la mano; se la devolvió y los dejó entrar en la casa.
Cuando vio la cocina, Caxton casi deseó que les hubiera denegado la entrada.
La escena allí dentro no tenía ningún sentido y su cerebro se negaba a aceptar lo que veía. Además, el olor seguía volviéndola loca. Olía mal, muy, muy mal, pero lo peor era que nunca hubiera creído que pudiera existir un olor así. Su cerebro reptiliano sabía que olía a muerte y la espoleaba a marcharse de allí. Caxton notó cómo éste se retorcía en la base del cráneo, como si intentara escabullirse por la columna vertebral.
Decidió concentrarse en los detalles para así no tener que ver la situación general. No resultaba fácil. Por todas partes había policías con uniformes distintos, que iban de un lado a otro recogiendo pruebas y metiéndolas en bolsas, haciendo su trabajo.
Pero Caxton apenas lograba distinguirlos de los huesos. Más que una casa, aquello era una cripta. Había huesos clavados en las paredes, como si formaran partes de la decoración, encima del esmalte blanco del horno y dentro de los armarios. Alguien se había dedicado a clasificarlos en cráneos, pelvis, costillas y extremidades.
―Trastorno obsesivo-compulsivo ― susurró Caxton.
―Pues mire, ésa sí podría ser una leyenda real ―respondió Arkeley―. En la Europa del Este solían esparcir semillas de mostaza alrededor del ataúd de un vampiro. Creían que el monstruo iba a tener que contarlas todas antes de actuar, de modo que si dejaban suficientes, tendría que estar contando hasta el amanecer. No tenemos demasiada información sobre qué hacen los vampiros y los siervos cuando no cazan. Sabemos que no ven la televisión porque los desconcierta. No entienden nuestra cultura y tampoco les interesa. A lo mejor tienen sus propios pasatiempos; a lo mejor se dedican a clasificar huesos.
Caxton se dirigió a la sala principal, en principio para poder alejarse de todos aquellos huesos, pero lo que encontró allí era aún peor. Se agarró el estómago con las dos manos y no lo soltó. Había un sofá y tres sillas de aspecto realmente cómodo dispuestos en un semicírculo alrededor de una gran chimenea. Sentados había varios cuerpos humanos en diversos estados de descomposición, como si estuvieran posando. Algunos tenían los brazos sobre los hombros de otros, o estaban inclinados hacia delante, apoyados sobre los codos. Estaban atados con alambre para que se mantuvieran derechos y en posturas naturales.
―Dios―. Era demasiado, no tenía ningún sentido―. No lo entiendo. El vampiro se comió a toda esta gente pero conservó sus cuerpos. Entonces mató a Farrel Morton y a sus hijos y decidió que tenía que esconder los cadáveres. ¿A qué se debió ese cambio repentino? ¿Por qué Morton era distinto?
―Alguien podía echarlo de menos ―terció una voz.
Era la fotógrafa de la oficina del sheriff, una asiática con un largo flequillo que le caía sobre la frente. Caxton la había visto ya en alguna ocasión, en la escena de un crimen o en algún lugar parecido.

― Por lo que sabemos hasta ahora, todas las víctimas encontradas en la casa son varones latinos e hispanos entre quince y cuarenta años.
Aunque parezca una mentira, fue Arkeley quien le dirigió una mirada confusa.
―¿Y eso qué significa? ― preguntó.
Le había llegado a Caxton la hora de marcarse un tanto. Su náusea se desvaneció debido a su necesidad de impresionarle.
―Significa que se trataba de trabajadores inmigrantes: mexicanos, guatemaltecos, peruanos… Llegan cada año para trabajar en los invernaderos de champiñones o recoger fruta en los campos. Van de ciudad en ciudad siguiendo la temporada de recolección y pagan cuanto compran en efectivo para no dejar rastro sobre papel.
―Inmigrantes ilegales― dijo Arkeley, y asintió con la cabeza―. Tiene sentido.
―Es muy hábil― dijo la fotógrafa. Parecía enfadada, incluso cabreada. Caxton sabía que algunos policías transformaban el miedo y el asco en ira. Eso los ayudaba a hacer su trabajo. La fotógrafa alzó al a cámara y sacó tres fotos rápidas de una pelvis descuartizada que había encima de la mesita del café. Alguien la había utilizado como cenicero-. Hábil de cojones. Nadie les sigue la pista a estos inmigrantes. Y si alguien en su país los echa de menos, ¿qué va a hacer?¿Venir hasta aquí a pedirle ayuda a la policía? Ni hablar, sólo lograrían que los deportaran.
―El vampiro vivió aquí durante varios meses, alimentándose de personas invisibles― dijo Caxton al tiempo que intentaba reconstruir los hechos-. Entonces, un día, llega el propietario con sus hijos. Los siervos a los que sorprendimos no transportaban sus cuerpos para convertirlos también en siervos. Iban a esconderlos a otra parte, para no atraer la atención hacia este lugar.
―Sí ― respondió la fotógrafa ―. Uno no debe cagar donde come.
Sacó otra fotografía, en esta ocasión de un paragüero lleno de paraguas y de fémures a partes iguales.
―Ya está bien, Clara―. Un fornido ayudante del sheriff agarró a la fotógrafa por el brazo―. Ya tenemos suficientes fotos añadió, y entonces se volvió hacia Arkeley y Caxton―. ¿Han vista ya el sótano?
A Caxton empezó a darle vueltas la cabeza. El sótano. La cabaña tenía un sótano. ¿Qué especie de cripta de los horrores los esperaba allí? Cruzaron el vestíbulo y bajaron por unas escaleras. Caxton se apoyaba con una mano en el muro de mampostería y la otra en el pasamanos. Dejaron atrás varios estantes llenos de tarros de espesas conservas, pasaron por encima de una montaña de accesorios de deporte y materiales para techar.
En el extremo opuesto de una estrecha bodega había un grupo de agentes de la policía estatal con guantes de látex formando un semicírculo. ¿Qué estaban custodiando? Se apartaron al ver a Arkeley y su estrella.
Caxton dio un paso. Tuvo la sensación de que más que andar flotaba. Se sintió como un fantasma en una casa encantada. Se abrió paso por entre los agentes. Al otro lado, en un sombrío nicho, había tres ataúdes idénticos, los tres abiertos, los tres vacíos.
Tres ataúdes.
―No ―dijo Caxton―. ¡No!
No se había terminado. Quedaban dos más, dos vampiros más andaban sueltos.
Arkeley le dio un puntapié a uno de los ataúdes, que se cerró con un sonido hueco.


“Pensilvania Dutch”: Comunidad descendiente de los inmigrantes alemanes que llegaron a Pensilvania en los siglos XVII y XVIII y que incluye varios grupos religiosos ( como los maíz y los menonitas). El nombre “Dutch” ( holandés) tiene su origen en una confusión: con la palabra alemana “Deutsch” (alemán). ( N. de los t.)

Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 27, 2010 5:59 pm

^^ ranguito!!!

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Jun 27, 2010 6:46 pm

graciass por los capiss

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 11:28 am

15

De nuevo en el exterior, Caxton se sentó en la hierba y apoyó la cabeza entre las piernas. No se había terminado. Caxton había creído que ya estaban a salvo. Había visto todos aquellos cadáveres humanos en la cabaña y había pensado que era un horror, pero aunque fuera triste era soportable, pues el vampiro estaba muerto. Ya no iba a descuartizar a nadie más, ya no chuparía la sangre de ningún cadáver aún caliente.
—Dijo «estirpe». Dijo que su estirpe nos devoraría —se lamentó Arkeley.
Fijó la vista en el perfil lejano de las azules colinas que se alzaban por encima del agua del arroyo. La niebla se levantaba por entre los árboles, que a Caxton le parecían fantasmas, fantasmas que suplicaban, que rogaban que les devolvieran la vida.
Fantasmas. Los fantasmas asustaban, pero no podían hacerte daño, en realidad. No podían hacerte añicos y chuparte la sangre hasta matarte. No utilizaban tus huesos como decoración.
—Malvern me engañó. Creí que hablaba metafóricamente. —Arkeley dio un puntapié a un montón de piedras, que cayeron rodando hasta el arroyo—. Creía que Lares era muy listo. Podía hacerse pasar por humano, era muy buen actor. Pero lo de Malvern es verdadera astucia. Sabía que estaría vigilándola. Sabía que un vampiro, un solo vampiro, podría hacer mucho daño y sembrar el caos. Pero sabía también que no sería suficiente. ¿Cuánto debe de costarle engendrar una de esas monstruosidades? ¿Y hacerlo estando bajo videovigilancia las veinticuatro horas? Durante veinte años he creído que estábamos a salvo, pero ahora me doy cuenta de que tan sólo estaba tomándose su tiempo para reunir fuerzas.
Caxton tomó una bocanada de aire. No estaba segura de si iba a convertirse en un sollozo o una arcada. Fue un ataque convulsivo y espontáneo. Entonces le dio otro y las costillas se le encogieron, como si hubiera notado que algo en su interior luchara por salir.
—Vámonos —dijo Arkeley—. Es hora de empezar a analizar las pistas. Tan sólo tenemos que repasar uno por uno los nombres de la lista de los empleados de Arabella Furnace. Quién sabe, joder, a lo mejor tenemos suerte.
—Espere —lo interrumpió Caxton. El nudo que tenía en el estómago le provocaba una sensación sumamente desagradable. Era incapaz de hablar. De pronto le sobrevino un acceso de tos.
—Tenemos que aprovechar la luz del día —insistió Arkeley—. Venga, levántese.
Caxton negó con la cabeza. Ponerse en pie no era una buena idea. Soltó un hipo y le salió un hilo de bilis por entre los labios. Vomitó el desayuno de un solo golpe, un líquido amarillento que no pudo retener. Se tumbó de lado, le temblaba todo el cuerpo de forma incontrolable.
—Sé que no le importan mis sentimientos —gimoteó—, pero yo ya no puedo aguantarlo más.
Arkeley se puso en cuclillas junto a ella. Le palpó el cuello con los dedos, para tomarle el pulso. A continuación apartó la mano y Caxton lo miró, aún con la mejilla sobre la hierba húmeda. Seguía sus movimientos con un solo ojo. Y entonces, sin previo aviso, éste le pegó una bofetada.
Caxton soltó un grito y su cuerpo se zarandeó. Se incorporó y se obligó a levantarse: apoyó la espalda en la fachada del edificio para darse impulso y ponerse en pie. Le clavó la mirada a Arkeley, una mirada intensa, de puro odio. Arkeley le devolvió la mirada, impasible.
—Esta casa está llena de cadáveres —dijo Arkeley—, y esta noche habrá muchos más. Y así cada noche hasta que cacemos a los otros dos.
Cinco minutos más tarde estaban ya en el coche. Esta vez conducía Arkeley, a velocidad moderada y con los ojos fijos en la carretera. Caxton iba en el asiento del pasajero, con la ventanilla bajada. Hacía un frío que pelaba, pero el aire helado contra el rostro le sentaba bien. Se pasó casi todo el trayecto hablando por el móvil, coordinando el equipo de emergencias y tratando de tachar algunos de los setenta y nueve sospechosos de la lista de Arkeley. Hablar le suponía un esfuerzo enorme, aunque mucho menor que retener en la memoria qué misiones había adjudicado a qué equipos. La Oficina de Servicios Forenses, conjuntamente con la Unidad de Registros e Identificación, debía elaborar un informe sobre el aspecto que presentaba una matanza vampírica, que a continuación se haría llegar al FBI, que a su vez se encargaría de movilizar los equipos de la sección de investigaciones criminales que fueran necesarios. Mientras tanto, la prensa exigía que se les proporcionaran detalles y que se les concedieran entrevistas con los cazadores de vampiros. El comisionado le pidió Caxton que le mandara un informe detallado para poder apaciguar los ánimos. Caxton lo redactó de forma escueta y evitando al máximo los detalles sensacionalistas. Cuando terminó de escribirlo y lo envió estaban ya casi en Centre County.
Entonces colgó el teléfono y en aquel momento tuvo la sensación de que el cerebro le iba a ciento cincuenta kilómetros por hora por una zona peatonal.
—No estoy hecha para esto —le confesó a Arkeley.
—¿Para qué? ¿Para los trabajos burocráticos? Tampoco lo hace tan mal.
—No —replicó—, no estoy hecha para cazar vampiros. —Cerró los ojos, pero aun así veía huesos, huesos humanos—. Anoche el vampiro me hipnotizó.
—Lo recuerdo —puntualizó Arkeley—. Yo también estaba.
—No, lo que quiero decir es que no pude hacer nada. No pude enfrentarme a él. ¿Qué sucederá si el próximo vampiro que encontremos me hipnotiza y usted no llega a tiempo para dispararle?
—Que morirá —dijo con los ojos aún fijos en la carretera.
—No soy una persona débil —insistió.
—Eso no tiene nada que ver. La vulnerabilidad frente a la hipnosis es como el color de pelo o el peso, es genético y no quiere decir nada, en la mayoría de los casos.
—Pero yo soy vulnerable, eso es lo que acaba de decir. No tengo la fuerza mental necesaria para enfrentarme a un vampiro. Lo digo en serio, no hecha para esto. No puedo más.
El miedo la estaba devorando como un lobo que se tragara un pedazo de carne. Temblaba, le castañeaban los dientes y se le habían puesto los pelos de punta. Lo que su madre solía llamar piel granulada. Su padre lo llamaba simplemente carne de gallina. El mero hecho de estar allí sentada, consciente de que tendría que enfrentarse a otro vampiro, le provocaba un pánico atroz.
—Antes, cuando le di una bofetada, podría haberme denunciado, y no le hubieran faltado motivos. Sin embargo, en lugar de eso, decidió venir conmigo. Eso significa que está usted donde debe —le dijo.
Caxton negó con la cabeza. Necesitaba dejar de hablar y pasar a la acción. Sabía que, a pesar de todo, eso la ayudaría.
—¿Cuál es nuestro próximo movimiento?
Arkeley la sorprendió cuando cogió un desvío para ir a comer algo.
—¿Tiene hambre? Porque yo me siento como si me hubieran dado una patada en el estómago —protestó ella.
Arkeley se encogió de hombros.
—La próxima vez procure no vomitar.
Estacionó el coche en el aparcamiento del Peachey´s Diner, justo al lado de un reluciente carro amish de color negro. El caballo le dedicó una mirada a Caxton en cuanto ésta bajó del coche. El animal sacudió la cola y Caxton chascó la lengua repetidas veces para calmarlo. Arkeley se dirigió hacia el restaurante sin siquiera comprobar que Caxton lo siguiera. Caxton alzó la mirada hacia la cadena montañosa y suspiró. En el profundo y oscuro corazón de su Estado, la tierra se elevaba en altos peñascos rocosos que bloqueaban las ondas de teléfono móvil y de radio, y los fértiles valles quedaban aislados de la civilización. Por eso los amish se habían instalado allí. Sin embargo, a Caxton nunca le había gustado aquella parte de Pensilvania. Era una zona donde los suyos no eran bienvenidos, un foco de poder del Ku Klux Klan y los neonazis. Los arcenes de las carreteras de todo el estado de Pensilvania estaban llenos de carteles publicitarios de Penn´s Cave y de centros comerciales, pero al llegar aquí desaparecían. En su lugar había paneles más pequeños y menos coloridos, esponsorizados por iglesias locales con mensajes como: «Venera a Dios con temor reverencial» y «¿Cuál ha sido hoy tu pecado?». Era la zona de Pensilvania central que los forasteros llamaban «Pensiltucky», y no se trataba precisamente de un halago.
Caxton entró en el restaurante. El lugar le resultaba familiar. Era un territorio neutral donde los habitantes del valle podían reunirse al margen de los conflictos. El Peachey´s era un restaurante ideal para granjeros que necesitaban cargar las pilas para afrontar una dura jornada de trabajo y también para los amantes de las porciones generosas que no se preocupan demasiado por el colesterol. Arkeley atravesó el buffet y se sirvió pollo frito, ensalada alemana de patata y alubias dulces en salsa salteadas con beicon crujiente. Caxton se sentó en un reservado de contrachapado y pidió un refresco bajo en calorías de tamaño pequeño. Observó a una familia amish que había al otro lado del pasillo: un patriarca con la barba gris y un lunar en la mejilla; su mujer, cuyo rostro tenía la textura de una manzana seca; y sus dos hijos angelicales, vestidos con camisas de color azul y sombreros de ala ancha. Tenían los ojos cerrados y los dedos entrecruzados. Estaban bendiciendo la mesa. Frente a ellos había platos de chuletas de cerdo y cuencos desbordados de puré de patata con pedazos de piel marrón medio sumergidos bajo la feculosa primera capa.
Arkeley se sentó con gesto incómodo en el banco del reservado y atacó su comida. La imagen de todo aquel pollo aceitoso y grasiento triturado entre los dientes de Arkeley hizo que Caxton apartara la vista de él. Se fijó en una mujer que llevaba una sudadera enorme estampada con un lobo que aullaba a la luna. La mujer se llenó la boca de gelatina roja. Caxton cerró los ojos y trató de respirar con normalidad.
—Se alimentan de sangre, del mismo modo que nosotros nos alimentamos de comida —dijo Caxton. Hablar la ayudaba a no prestar atención a toda la comida que se engullía a su alrededor—. Antes me contó que cuánto más mayores son, más sangre necesitan. Como aquellas criaturas del barco de Lares.
Arkeley asintió con la cabeza.
—Malvern necesitaría bañarse en sangre para recuperarse. Harían falta media docena de muertos para que volviera a gozar de sus facultades, y volvería a necesitar la misma cantidad de sangre a la noche siguiente, y a la siguiente, y así cada noche.
—¡Dios! —exclamó Caxton. El amish del otro lado del pasillo la fulminó con la mirada por haber pronunciado el nombre del Señor en vano. Caxton reprimió el instinto de dedicarle un gesto obsceno—. ¿Siempre necesitan más? Pero tendrán que estabilizarse en algún momento, ¿no? De no ser así, tras un tiempo no habría suficiente sangre en el mundo.
—Usted no ha visto nunca antes el mal, ¿verdad? —preguntó Arkeley. Alzó una cuchara cargada de macedonia que vibró con su aliento—. Apuesto a que nunca ha visto el mal verdadero.
Caxton reflexionó sobre ello durante un rato. Los horrores de la cabaña de caza aún la acompañaban. Tan sólo tenía que cerrar los ojos para visualizarlos de nuevo. Todavía. Había visto asesinos antes, asesinos humanos; pero ninguno de ellos había logrado aterrorizarla tanto. Se trataba de personas enfermas, hombres tristes e insignificantes que no contaban con la imaginación necesaria para resolver sus problemas sin recurrir a la violencia. Pero eso no quería decir que fueran malos; estaban trastornados, pero desde luego no eran malos.
—No estoy segura de que el mal exista, no en el sentido al que usted se refiere. —Apoyó las manos en el borde de la mesa y estiró los brazos—. Quiero decir, por supuesto que en nuestras vidas hay un componente moral, y si sabes que estás haciendo algo mal…
—El mal —la interrumpió Arkeley— nunca se da por vencido. El mal no tiene fin, ni fondo. —Arkeley tragó ruidosamente un bocado de comida—. Si no se le opone resistencia acabará con el mundo. Los vampiros son seres contra natura. Son entes muertos que se alzan y representan una farsa de vida por la que deben pagar un precio muy alto. El universo los aborrece incluso más que al vacío.
Caxton asintió con la cabeza, aunque no lo estaba entendiendo muy bien. Sin embargo, percibió la importancia que aquella misión tenía para Arkeley, su necesidad imperante de acabar con los vampiros que aún quedaban. También percibió que en su interior empezaba a gestarse algo que coincidía más o menos con esa necesidad. Deseaba cerrar los ataúdes que aún quedaban. Deseaba destruir a los vampiros. Y estaba a punto de sucumbir a ese deseo, pero no estaba segura de si, una vez se hubiera rendido a él, existiría una forma de saciarlo. De pronto se dio cuenta de que aquello era lo que le había sucedido a Arkeley. Éste ansiaba matar vampiros del mismo modo en que los vampiros ansiaban su sangre.
—Aprender demasiado sobre ellos es peligroso, ¿verdad? —preguntó Caxton—. Tú mismo empiezas a convertirte en un ser contra natura.
Caxton miró a su alrededor, a la gente normal, saludable y feliz, que comía tan tranquila. No eran monstruos. No eran asquerosos. No eran ni buenos ni malos. Su existencia no iba en contra de las leyes de la naturaleza.
—¿Por qué me ha traído aquí? —preguntó Caxton—. Ningún sospechoso vivía tan al Oeste.
—Me gustaría presentarle a alguien —dijo, y extendió el brazo para coger la cuenta.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 5:22 pm

Ranguitos.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 5:23 pm

^^

te mandé un mp, te llegó???

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 5:35 pm

Sip. Estoy corrigiéndolo.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 5:35 pm

ah, okis, gracias^^

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Jun 29, 2010 6:38 pm

gracias por los capiss

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