Black and Blood


 
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 13 Balas (David Wellington)

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 13, 2010 6:40 pm

Capitulo 45


De vuelta a la superficie, apoyada en el Volkswagen de Clara, Caxton se frotó la cara una y otra vez mientras intentaba encontrarle un sentido a todo aquello. Quería devolver, pero no podía dejar de pensar que iba a vomitar sangre coagulada, como Reyes. También tenía ganas de sentarse, pero sabía que si lo hacía no volvería a levantarse.
—La única razón por la que sigo viva es porque encajaba con la fantasía erótica de un vampiro —le dijo a Arkeley entre dientes—. Y no de un vampiro cualquiera, sino de un depravado.
Intentó dejar de respirar, pero su cuerpo se negó, le entró el pánico y casi se desmayó. Los vampiros no respiraban, por supuesto. Estaban muertos y no necesitaban respirar. En cambio los seres vivos, los agentes de policía, necesitaban respirar mucho.
—La maldición sigue viva —dijo con un suspiro—. Sigue viva dentro de mí.
Clara le puso una bolsa de papel en las manos. Caxton se dio cuenta de que la fotógrafa debía de haber estado hablando con ella, pero no la había oído. No había oído nada. Se llevó la bolsa a los labios, respiró dentro de ésta y, poco a poco, se fue relajando. Notó cómo las cosas se iban calmando a su alrededor. Notó el aire sobre la piel y percibió un olor a fruta, tal vez a fresas.
Se apartó la bolsa de la cara.
—¿Fresas? —preguntó Caxton.
Clara frunció el ceño.
—Fresas y kiwis, y un vaso de yogur sin azúcar. Pero ¿cómo... cómo sabes lo que he desayunado? —dijo Clara con expresión casi atemorizada.
Caxton hizo un gesto desdeñoso.
—No tengo poderes psíquicos —dijo y arrugó la bolsa entre los dedos—, pero sí buen olfato.
Se rieron juntas y eso le sentó bien. Le fue de maravilla, en realidad.
—Cuando se le haya pasado el ataque de pánico, avíseme—dijo Arkeley—. Para volver a bajar, digo.
Si cerraba los ojos, Caxton podía fingir que Arkeley no estaba realmente allí, que volvía a estar dentro de su cabeza. Pero entonces el tipo tuvo que volver a hablar y a echar por tierra su fantasía.
—Puedo esperar hasta mañana. Estoy bastante seguro de que Scapegrace va a estar demasiado lleno esta noche. Diría que estoy seguro a un ochenta por ciento, lo que significa que hay tan sólo un veinte por ciento de probabilidades de que le desgarre el cuello a alguien sólo porque usted estaba demasiado asustada para ayudarme.
Caxton abrió los ojos como platos y vio que Clara se acercaba hasta Arkeley.
—Oiga, so gilipollas —le dijo. Era cuarenta centímetros más baja que él y el federal pesaba seguramente cuarenta y cinco kilos más que ella—. Sí, hablo con usted, gilipollas —repitió—. No voy a permitir que le haga esto, no una segunda vez. Y me importa un huevo lo que esté en juego.
—Laura, ¿puede llamar a su perro, por favor? Ladra de una forma detestable.
Clara se puso muy tensa y por un momento parecía que estaba a punto de pegarle un puñetazo.
— ¿Va a pegarme, agente del sheriff Hsu? ¿Es ésa su intención? Porque debo advertirle que, por la forma en que parece que va a soltar el brazo, va a tener suerte si logra tocarme lo faldones de la chaqueta antes de que la tenga en el suelo y con los dos brazos rotos.
Clara bajó los hombros y ladeó la cabeza hacia un lado y otro.
—No merece usted ni el papeleo que supondría eso —le dijo e inmediatamente se dio por vencida. No se había movido ni un centímetro, pero su postura y sus hombros caídos eran muy reveladores.
—Entonces, si no piensa pegarme, haga el favor de dejarnos a solas —le dijo Arkeley—. La agente y yo tenemos cosas de qué hablar.
Clara asintió con la cabeza y se acercó a Caxton, que seguía apoyada en su coche.
—No tienes que hacer nada que no quieras hacer —le dijo.
—Ojalá fuera tan fácil —respondió ésta.
Clara extendió el brazo y cogió a Caxton por la barbilla. Se la apretó un poco y a continuación desapareció detrás de una torreta. Probablemente aún podía oírlos, pero a Arkeley no parecía importarle.
—Quiero ayudarle —dijo Caxton—. De veras que sí.
Arkeley se le acercó como si no la hubiera oído, como si la agente no hubiera dicho nada. Caxton se sintió culpable de inmediato. Se sintió como cuando era pequeña cada vez que su padre le daba la callada por respuesta. Intentó deshacerse de aquel sentimiento, pero no lo logró. Entonces se cubrió con los brazos, casi esperaba que le pegara.
—Haré cualquier cosa que me pida excepto regresar a ese agujero.
Arkeley asintió con la cabeza y se acercó un poco más. Estaba tan cerca que podía tocarla, pero no lo hizo.
—Mientras estaba ahí abajo, el vampiro ha emergido a la superficie, como si quisiera asomar la nariz. Era como si quisiera ver su creación por última vez. Ha sido horrible. Me he sentido como él. No creo que mi cuerpo sepa distinguir mis emociones de las suyas y... Lo siento, pero no puedo ayudarle de esa forma.
—Está bien —dijo él con un suspiro.
—No, no, no está bien —replicó ella y de pronto se sintió al borde de una crisis—. Reyes me ha hablado mientras estaba ahí abajo. Me ha hablado dentro de la cabeza. Tal vez no lo haya hecho con palabras, pero... pero estaba consciente. No sé cómo, pero sigue vivo dentro de mí.
Arkeley asintió con la cabeza.
—De acuerdo. En cierto modo esperaba que el mundo de los espíritus la acosara.
—¿Lo esperaba? ¿Lo sabía? ¿Cómo? ¿Cómo puede saber por lo que estoy pasando?
—Lo sé —respondió Arkclcy.
—¿Cómo? —insistió Caxton, mirándolo de soslayo—. ¿Cómo lo sabe?
Arkeley cogió una piedra y la arrojó contra un transformador situado a cinco metros. La caja metálica resonó con gran estruendo y Caxton dio un respingo.
—Piter Byron Lares me arrastró hasta su escondrijo y me tuvo allí cautivo mediante hipnosis. No me hizo daño ni me arrebató el arma. Y nunca me dirigió la palabra.
Caxton recordó lo que había leído en su informe. Piter Lares había destrozado a un equipo entero del SWAT de forma violenta y casi con indiferencia, de modo que la agente se había quedado bastante sorprendida al leer que el vampiro se había llevado a Arkeley por el río y hasta su barca de una sola pieza. Sin embargo, el informe ofrecía una explicación.
—Lo estaba reservando como tentempié de medianoche —dijo Caxton.
—No, no es cierto —respondió Arkeley, que se apoyó en el coche, junto a ella, y se cruzó de brazos.
—No me estará diciendo que...
—Tan sólo había empezado el proceso conmigo cuando lo maté. No llegó ni mucho menos al nivel al que Reyes llegó con usted. Yo ni siquiera fui consciente de que aquel mortecino hijo de puta me estaba profanando. Pero una parte de él se instaló en mi cerebro, dci mismo modo en que Reyes se ha instalado en el suyo. Aunque yo nunca llegué a advertir su presencia. Lo único que me sucede de vez en cuando, unas dos veces al año, es que sueño con sangre.
—No hace falta que...
Arkeley se volvió para mirarla.
—Tiene un sabor similar al de las monedas de cobre, pero más caliente, mucho más caliente de lo que uno imagina. Y al principio es muy líquida, pero se va coagulando en la boca; se pega al paladar, pero la tragas y sientes cómo te atasca la garganta, oscura y espesa, pero te obligas a tragártela para poder beber otro trago, y luego otro más. Conozco muy bien la sensación de sequedad, los coágulos en los dientes. El anhelo.
Caxton tuvo que apartar la mirada, pues no sonaba tan asqueroso como lo pintaba él. Al contrario, sonaba casi... tentador. No podía dejar que Arkeley viera el deseo que la agente notaba que le iluminaba la cara.
—El vampiro recuerda ese sabor. Lleva muerto tanto tiempo que no queda nada de él excepto las ansias de volver a notar ese sabor. Y nunca van a desaparecer. Si me suicidara hoy mismo, no sé si volvería como vampiro o no.
—Pero sabe que yo sí—dijo Caxton—. Sabe que, me guste o no, ya soy una de ellos. Y que no hay vuelta atrás.
—No, no lo sé. De verdad que espero que los Polder conozcan una forma de exorcizar la maldición que lleva dentro, Laura. Pero primero tenemos que acabar con Seapegrace y con Malvern para que nadie más tenga que soñar lo mismo que nosotros. Necesito que vuelva ahí abajo, que mire esos cuerpos otra vez y me diga cuál iba a ser su siguiente paso.
Arkeley resopló, se separó del coche y se situó frente a ella. Entonces le tendió la mano, pero Caxton no se la cogió.
—No —dijo la agente.
—¿Cómo dice? —preguntó Arkeley.
—Que no. No pienso volver ahí abajo. No sé cómo voy a librarme de la maldición, pero sí sé que volver ahí abajo sólo va a empeorar las cosas. Si se le ocurre otra forma en que pueda ayudarle, lo haré encantada. Pero no pienso volver a esa cámara de los horrores. Nunca más.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 14, 2010 12:40 am

gracias gemma
uno de los tus creaciones parece un cruce de zelda y pokemon xD
bueno yo lo veo asi xDDD

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 14, 2010 9:56 am

jajaja es que es Jigglypuff disfrazado de Link jajajaja me quedó gracioso XDD

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 14, 2010 1:16 pm

¡Gracias Gemma!! ranguiss!! :pompones:
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 5:04 pm

Ranguis, chicas.
Ahora estoy liada con unas cosas de Pr, pero prometo que mañana sin falta termino de escanear el libro y os mando los capítulos.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 5:05 pm

Hola superperdida....

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 5:12 pm

¿Superperdida? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Pero si soy de las que se conectan todos los días, salvo los fines de semana, claro.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 5:27 pm

bueno es que hace dias que no te veía...eso es todo y te extrañaba.. :manga10:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 6:39 pm

Capitulo 46


—¡Dios, aún no hemos llegado a Acción de Gracias y mira esto! —exclamó Caxton al tiempo que señalaba con la cabeza hacia el cielo.
Fuera del coche era invierno. Caían unos enormes copos de nieve que se arremolinaban al paso del coche y se iban acumulando en los alféizares de las ventanas. El cielo había adquirido un tono gris deslavazado y estaba manchado de nubes vaporosas. La superficie de la carretera se ensombreció y se cubrió de escarcha brillante. Clara tuvo que aminorar la marcha para que su pequeño coche no se saliera de la calzada. Caxton iba en el asiento trasero y parecía que no lograba entrar en calor. Clara subió la calefacción, pero no fue suficiente. Caxton se acurrucó, con los brazos pegados al cuerpo para que no rozaran el gélido cristal de la ventanilla, y tiritó de frío. Era una de ellos. Era como una vampira a medio gestar. Se acordó de la sensación de frío que le transmitían todos los vampiros y, en especial, Malvern; una sensación que había experimentado cada vez que había estado junto a la silla de ruedas del ajado monstruo.
Necesitaba dejar de pensar en la muerte y el horror durante un rato. Necesitaba irse a su casa y estar con sus perros y no pensar en nada durante una buena temporada. Sin embargo, antes tenía un par de recados pendientes.
Dejaron a Arkeley en la comisaría. Caxton bajó del coche para ocupar el asiento del federal y estar delante, junto a Clara, y más cerca de la calefacción. Con los brazos cruzados encima del pecho, trató de establecer contacto visual con Arkeley, pero éste no se volvió, se dirigió con aire arrogante hacia su coche y se montó en él.
Caxton volvió a sentarse en el interior del Volkswagen y tiró de la puerta para cerrarla. Empezó a sufrir convulsiones a causa del frío, su cuerpo se estremecía violentamente y los dientes le castañeteaban de una forma tan ruidosa que apenas pudo oír a Clara cuando ésta le preguntó si estaba bien.
—Sé que es una pregunta absurda —dijo Clara al ver que Caxton no respondía.
La fotógrafa miró hacia delante; los limpiaparabrisas iban y venían como un péndulo que marcara el tiempo.
—Oye —dijo finalmente Clara—. ¿Por qué no pasas la noche en mi casa?
Caxton negó con la cabeza, pero como le temblaba rodo el cuerpo tuvo que rechazar la invitación también con palabras:
—Sabes que no puedo.
—No, no me has entendido, no dormiríamos juntas. Quiero decir, podrías dormir en mi cama, conmigo, porque no tengo habitación para invitados, ni siquiera sofá. Pero no nos quitaríamos la ropa. Es sólo que me parece que no es una buena idea que pases la noche sola.
—No puedes ni llegar a imaginar lo sola que estoy ahora mismo —replicó Caxton, pero se dio cuenta de que lo había dicho con un tono cortante y quiso disculparse. Abrió la boca para hacerlo, pero la expresión del rostro de Clara la detuvo. Estaba dolida, pero intentaba disimularlo, y si Caxton reconocía lo que había sucedido, tan sólo lograría herirla aún más.
Clara puso el coche en marcha y se incorporó a la autopista en dirección oeste, hacia Harrisburg. Caxton necesitaba ver a Deanna antes de hacer nada. Necesitaba cogerle la mano Dee y entonces decidir cuál sería su próximo movimiento.
Encendieron la radio y pasaron el resto del trayecto en silencio. Caxton vio cómo la nieve se volvía cada vez más espesa deseó haber llegado ya, como por arte de magia. Estaba segura de que en el hospital haría más calor. Sin embargo, cuando llegaron no había ninguna plaza de aparcamiento libre cerca del Seidle Hospital y tuvieron que dar unas cuantas vueltas hasta encontrar un hueco.
—No hace falta que entres —dijo Caxton. Pretendía ser amable, pero Clara se estremeció como si le hubiera pasado la corriente—. Lo que quiero decir es que a mí me ayudaría mucho que me acompañaras, pero no tienes por qué hacerlo.
—Si he llegado hasta aquí... —dijo Clara con un tono casi agresivo, pero con una vaga sonrisa en los labios.
Caxton hubiera hecho lo que fuera para relajar la tensión que había entre ellas, pero supuso que su vida iba a ser bastante complicada durante un tiempo y se resignó. Se dirigieron juntas hacia el hospital, un moderno edificio monolítico con vistas a las ruinas del puente de la calle Walnut al otro lado del río. Caxton nunca había accedido al hospital por la puerta principal, pues a Deanna la habían ingresado de urgencias, de modo que tardó un poco en orientarse. Finalmente condujo a Clara hasta un ascensor que las llevó arriba y cruzaron un pasillo atestado de carros de material médico y de unos cuadros horribles pero coloridos que colgaban de las paredes.
—Ah, Deanna está en una habitación semiprivada y la comparte con una mujer que detesta a las lesbianas —le contó a Clara—. Tan sólo para que lo sepas.
—De acuerdo. Intentaré no meterte la lengua hasta la garganta aunque sólo sea porque estaremos frente a la cama donde yace tu pareja gravemente herida —dijo Clara con cara de póquer.
Caxton sofocó una carcajada, lo cual le supuso un cierto alivio. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos durante un instante. Dios, realmente necesitaba descargar la tensión.
—Gracias —dijo y Clara se encogió de hombros.
Caxton llamó y abrió la puerta, que hizo algo de ruido. Las dos chicas pasaron sigilosamente junto al baño y entraron en la habitación, iluminada tan sólo por la luz intermitnte de un televisor. La mujer obesa de la otra cama estaba dormida, de cara a la pared, y Caxton trató de no hacer ruido para no despertarla. Clara esperó junto a la puerta.
Caxton se dirigió hacia la cama de Deanna y entonces soltó un grito entrecortado. Estaba vacía.
Se cubrió la boca con la mano y salió corriendo hacia el pasillo. Clara la agarró por el brazo y le apretó el bíceps.
—La han trasladado, seguro —la tranquilizó Clara—. No pasa nada. Tan sólo la han trasladado.
Caxton bajó a recepción y fulminó con la mirada a la mujer que había detrás del mostrador, que estaba absorta rellenando una ficha en su ordenador.
—¡Deanna Purfleet! — Gritó al ver que la enfermera no levantaba la cabeza—. ¡Deanna Purfleet!
La enfermera se giró poco a poco y asintió con la cabeza.
—Ahora llamo al médico. Un segundo.
—Dígame adónde la han trasladado. Mi nombre es Laura Caxton. Soy su pareja.
La enfermera asintió de nuevo.
—Ya sé quién es —dijo. Entonces se puso las gafas de leer y echó un vistazo al directorio de teléfonos—. Tome asiento mientras espera al médico, por favor. Querrá hablar con él.
Caxton permaneció de pie. Empezó a dar vueltas con impaciencia por el vestíbulo, estudió los diplomas y las placas que había en las paredes y se tomó el vaso de agua que le ofreció Clara, pero sabía que no podía sentarse; no si pretendía volver a levantarse. En cuanto se abrió la puerta del ascensor en el que ha baja el médico, Caxton corrió hacia él. No era el médico que conocía.
—Deanna Purfleet —dijo Caxton.
—Si no me equivoco usted es la señora Caxton —respondió él.
Era un hombre menudo de facciones indias y con el pelo bien peinado. tenía una mirada profunda. Parecía que nunca en la vida había sonreído.
—Soy el doctor Prabinder. Siéntese, por favor...
— ¡Joder¡!Dígame dónde está! ¿Es que nadie va a decirme dónde está?
—Surgió una complicación —dijo el doctor.
De pronto todo se volvió blando, como si fuera de goma. El suelo empezó a ondularse.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 6:40 pm

Gemma!!!! Hola!!!!!! :manga10:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 6:40 pm

Ranguis.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 16, 2010 7:17 pm

Gracias Gemma :sunglasses:
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 5:41 pm

¿Alguna sabe algo de Vir? Es que le toca a ella subir capi.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 6:16 pm

ahhhh no me acordaba me los pasó para que los hiciera por si le tocaba cuando estuviera de vacaciones, me pongo y los hago :manga09:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 6:18 pm

Ok. Lo preguntaba para escanearlos otra vez y mandárselos a ross, que tiene menos capis aquí.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 6:20 pm

nah, tranquila, los hago ahora que hay tormenta y seguro que tengo la tarde tranquila :s

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 6:21 pm

Okis.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 6:36 pm

jajaja....asi que tengo menos capitulos eh... :bash:
Y por que no me mandas a tu hermano mejor???? scratch
Ya todo el mundo me lo está queriendo quitar.... :manga10:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 7:21 pm

47

Caxton estaba sentada en la morgue. EI cuerpo de Deanna yacía sobre una camilla. Miró a su alrededor, pero no Vio ni al doctor Prabinder, ni a Clara. Estaba sola en aquella sala casi a oscuras y rodeada por varios tabiques móviles. No habría sabido explicar cómo había llegado hasta allí. Tenía la sensación de haberse desmayado, aunque no había sido así. El trayecto que había recorrido desde la cuarta planta hasta el sótano estaba almacenado en su memoria. Sin embargo, el recuerdo era tan irrelevante que Caxton ni siquiera se había molestado en prestarle atención.
Había surgido una complicación, se acordó de repente. Se levantó de la silla y empezó a deambular por la morgue. Palpó el cuerpo de Deanna en diferentes puntos. Apartó un poco la sábana que la cubría. Por lo menos en el rostro de Deanna había una expresión serena. Tenía los ojos cerrados y el pelo recién lavado. Sus labios estaban pálidos, pero en general presentaba un buen aspecto. Caxton apartó un poco más la sábana y al instante deseó no haberlo hecho. Los pezones de Deanna apuntaban en direcciones inverosímiles. Tenía el pecho abierto como una boca voraz y las costillas parecían dientes ansiosos ante un pedazo de carne. En el fondo de la caja torácica yacían los pulmones y el corazón, como una lengua inmóvil.
Había surgido una complicación. Deanna había perdido tanta sangre al romper la ventana de la cocina que había necesitado cinco transfusiones de plasma. También le habían inyectado sangre porque había empezado a tener síntomas de anemia aguda: frío en las extremidades a pesar de tener el tronco caliente y unas preocupantes dificultades respiratorias.
Había surgido una complicación. Se le había formado un coágulo de sangre, tal vez en una de las heridas, probablemente a causa de una reacción adversa a la sangre que le habían transfundido. El doctor Prabinder no había querido hacer especulaciones. El coágulo había pasado al torrente sanguíneo de Deanna y seguramente había estado circulando por su cuerpo durante un tiempo antes de alcanzarle el pulmón izquierdo.
Había surgido una complicación. Una embolia pulmonar, lo había llamado el doctor Prabinder. En cuanto se la hubieron detectado, la operaron de inmediato, por supuesto. Habían tratado de extirparle el coágulo, pero el cuerpo de Deanna estaba demasiado débil para aguantar tantas complicaciones.
—Insisto, señora Caxton —le dijo el doctor mientras apartaba uno de los tabiques móviles. Clara estaba junto a él—. No puede estar aquí, de verdad, los técnicos de la morgue consideran que no es apropiado que la vea en este estado...
—Está hablando con la agente Caxton —dijo Clara al tiempo que le mostraba su placa.
—Ah, no... no lo sabía —se excusó el doctor Prabinder.
—Estamos investigando el homicidio, doctor —continuó Clara al tiempo que volvía a guardar la placa. Lo que estaba haciendo era ilegal. El caso estaba completamente fuera de su jurisdicción y también de la de Caxton. Mentir acerca de una investigación criminal podía costarles el puesto.
Aunque Caxton no diría nada y Clara tampoco. Caxton volvió a cubrir el pecho de Deanna con la sábana. La sangre empapó la tela de forma casi instantánea.
—¿Cuándo...? —preguntó Caxton. No logró pronunciar ninguna palabra más para completar la frase.
—¿La hora oficial de la defunción? —preguntó Clara.
El doctor echó un vistazo a su PDA.
—La madrugada pasada, alrededor de las cuatro quince.
—Antes de que amaneciera —dijo Caxton.
Mientras ella luchaba contra los vampiros en una planta de laminación abandonada, Deanna se estaba muriendo lentamente y nadie se había dado cuenta. No debía de haber nadie con ella. Tal vez si alguien hubiera estado allí, aquello no habría sucedido. Tal vez si Caxton hubiera estado allí, tal vez si hubiera oído la respiración superficial de Deanna, se habría dado cuenta de que le estaba ocurriendo algo malo. Podría haber avisado al médico. Podrían haberla intervenido mucho antes.
O al menos podría haberle sujetado la mano.
—Y yo no estaba aquí —dijo Caxton.
—Vamos, no pienses en eso —la animó Clara.
—Disculpen, sé que éste no es un asunto de mi incumbencia, pero ¿es correcto que esta mujer investigue la muerte de alguien tan cercano? ¿No entrará en un conflicto de intereses?
—Estaba sola —dijo Caxton, ignorando por completo al doctor.
—¿Entró alguien en su habitación anoche? ¿Recibió la visita de alguien? —preguntó Clara.
El médico negó con la cabeza con una expresión de no estar entendiendo riada.
—No claro que no. No permitimos la entrada de visitas a partir de las siete y, además, la señora Caxton había solicitado que un vigilante custodiara la habitación —respondió el médico señalando a Clara con su PDA—. ¿No sabía lo del vigilante?
Clara miró a Caxton y luego a la puerta abierta que tenía a sus espaldas.
—Me acabo de incorporar al caso. Aún estoy un poco perdida.
—Ya... Ya entiendo. —El doctor Prabinder se enderezó y se cuadró—. A ver, vamos a aclarar algo. Yo estoy dispuesto a colaborar con la policía en todo lo que pueda, desde luego. Pero estamos en mi hospital y…
—Doctor —lo interrumpió Caxton al tiempo que se daba la vuelta por primera vez. Le dedicó al médico una mirada dura y autoritaria. Caxton no llevaba el uniforme ni la placa y su arma se había quedado en el maletero del Volkswagen de Clara, pero no importaba: un policía se reconocía por la mirada, una mirada perfectamente indiferente y violenta que dejaba a cualquiera helado—. Necesito saber si anoche ocurrió algo digno de mención. Necesito saber si alguien vio o escuchó algo extraño o fuera de lo común. Cualquier cosa.
—Claro, claro —dijo el médico, que clavó la vista en sus zapatos—. Pero estamos en un hospital situado en una zona urbana muy poblada que cuenta con una unidad de emergencias. Tiene que ser más específica, he visto muchas cosas extrañas... —sus palabras se fueron apagando.
—No me refiero a accidentes morbosos. Yo quiero saber si alguien ha visto a gente sin rostro paseándose por los pasillos. Le estoy preguntando por algún signo de actividad vampírica.
—¿Vampiros? ¿Aquí? —preguntó el doctor. Murmuró algo en hindi que parecía una breve plegaria—. Lo vi en las noticias... Algo he oído, sí, y los cuerpos ingresaron aquí... Pero no, por favor, no, ¡nada de vampiros! Lo juro.
—Bien —dijo Caxton. Entonces agarró la mano de Deanna. Estaba helada, pero la suya también—. Ahora necesito que alguien cosa el corte de esta mujer para que pueda enterrarla. ¿Será tan amable de velar por ello?
El doctor Prabinder asintió con la cabeza y sacó su teléfono móvil.
—Necesitaré una firma, claro, si no es mucho pedir.
—Desde luego —dijo Caxton.
Entonces la agente sacó su móvil. En su agenda telefónica tenía el número de Elvin, el hermano de Deanna. Esperaba que éste tuviera el teléfono de su madre. De pronto tenía muchas cosas que hacer.
—Lo siento, lo siento mucho —dijo Clara, y trató de abrazarla, pero Caxton ni se la quitó de encima.
—Ahora mismo no puedo sentir nada —intentó explicar Caxton.
No sabía si se trataba de un mecanismo de defensa para evitar que aquel dolor insoportable la afectara, o si Reyes estaba al mando de sus emociones. Para él la muerte de Deanna había sido una lástima por un solo motivo: se había desperdiciado un montón de sangre.
Caxton tenía que hacer muchas llamadas y aún quedaban muchas preguntas por responder. Mantenerse distraída la ayudaría. Alguien tenía que mantener la calma y ocuparse de todo.
Elvin no estaba en casa. Caxton le dejó un mensaje y le pidió que le devolviera la llamada. Alguien del hospital se le acercó y le preguntó qué quería hacer con los órganos. Caxton dijo que donaran lo que aún se pudiera aprovechar. Envolvieron a Deanna y acto seguido se la llevaron. Al cabo de un rato la trajeron de nuevo, no había nada en ella que estuviera en condiciones para donar, llevaba demasiado tiempo muerta y los órganos fundamentales se habían vuelto inservibles. Su piel y sus ojos no eran aptos. Caxton volvió a llamar a Elvin. Alguien del centro de trasplantes fue a buscar a Caxton y le espetó que quién se había creído que era para donar Los órganos de Deanna sin ser familiar directo. La conversación fue interminable. Fue tal vez la primera vez en que Caxton se arrepintió de no haberse molestado en contraer matrimonio. Eso no le habría conferido ningún derecho que ahora no tuviera, pero a lo mejor le habría ahorrado algunas situaciones muy incómodas. Finalmente consiguió contactar con Elvin, que le dijo que acudiría al hospital de inmediato. Llevaría a la madre de Deanna consigo. Caxton cerró la tapa de su móvil y lo guardó. Se dio la vuelta y vio a Clara.
—¿Cuánto tiempo llevo al teléfono? —preguntó.
Tenía la sensación de que habría pasado mucho más tiempo del que creía. Para empezar, ahora se encontraba en una sala de espera. Pero ¿no estaba en la morgue? Aunque no sabía muy bien cómo, la habían llevado a una sala con calefacción y un gran ventanal, donde había sillas cómodas y un montón de revistas viejas. Quizá había sido Clara quien la había acompañado hasta allí.
—Bueno, yo ya he comido. Te he traído un bocadillo.
Clara le tendió una bolsa, Caxton la cogió y la abrió. Atún, carne blanca, mayonesa blanca y pan blanco. No le apetecía nada. Ella quería rosbif. Se indignó y se sintió como una niña malcriada. ¿Por qué Clara no le había comprado un bocadillo de rosbif? ¿Por qué no iba ahora mismo a comprarle un bistec enorme y poco hecho, jugoso y lleno de, de... de sangre?
Puso fin de inmediato a esos pensamientos y empezó a comerse el bocadillo de atún. No iba a dejar que el vampiro viviera a través de ella.
—Oye, hay algo que nadie ha mencionado y que creo que es importante —dijo Clara. Entonces frunció el ceño y los labios, y finalmente lo soltó—. ¿No tendríamos que considerar... —dijo, pronunciando cada palabra por separado—, bueno, la incineración?
Caxton parpadeó varias veces.
—¿Te refieres a Deanna? —preguntó—. Claro que te refieres a Deanna. Quiero decir, de momento no ha muerto nadie más. Sí. De acuerdo. Incineración. —No pensaba en lo que decía, más bien repetía lo que iba pasándole por la cabeza—. No.
—No —dijo Clara tímidamente.
—No. Ya has visto toda la sangre. Ningún vampiro dejaría tanta sangre en un cuerpo. Fue tan sólo un accidente, Clara. Un absurdo accidente de mierda. De los que aún suceden, ¿sabes? No a todo el mundo lo mata un monstruo.
Clara asintió con la cabeza, quería apoyarla. Entonces cogió aire para decir algo más, pero se detuvo al ver que la puerta de la sala se abría de golpe. Un hombre de dimensiones considerables y pelo liso y pelirrojo, que le caía por encima de lo hombros, irrumpió en la sala. Llevaba un abrigo de piel de borrego y tenía un aspecto totalmente embotado. Tras él entró una mujer con el pelo teñido a conjunto con el del chico, aunque se le veían las raíces canosas. Inía La cara muy sonrojada, parecía que había estado llorando o bebiendo. Aunque era muy probable que hubiera hecho ambas cosas.
—¿Quién es ésta? ¿Tu nueva novia? —preguntó la madre de Deanna.
—Hola, Roxie —dijo Caxton. Entonces alzó la mirada hacia el hombre fornido y pelirrojo—. Oh, Elvin. Lo siento mucho.
Elvin asintió con su enorme cabeza.
—Sí, claro. Gracias. Muchas gracias —le dijo. Miró a su alrededor como si no estuviera seguro de dónde se encontraba.
—Será mejor que me vaya —dijo Clara.
—Por Dios, no te vayas por mí —dijo Roxie Purfleet. Acto seguido se giró hacia Caxton y le lanzó una mirada desdeñosa—. Veo que no pierdes el tiempo, ¿eh? La última aún no se ha enfriado y tú ya estás con la siguiente.
Clara pasó por delante de la señora Purfleet en dirección a la salida sin pronunciar palabra. Caxton les pidió a los Purfleet que se sentaran y empezó a contarles todo lo ocurrido.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 19, 2010 9:13 pm

¡Gracias por el capi!!!! :pompones:
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 4:36 am

ya casi acabamos con este tambien jijiji

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 10:56 am

48

Deanna estaba muerta. No era difícil aceptarlo objetivamente. Caxton podía retener la información en su mente, darle vuelta y verla desde otro ángulo. Entendía las repercusiones y todo el papeleo que iba a suponerle. Tendría que cancelar las suscripciones de Deanna a varias revistas, por ejemplo. También iba a tener que cambiar las condiciones de SU seguro que, gracias a una treta legal, permitía que el seguro laboral de Caxton cubriera los gastos médicos de Deanna.
Pero todo eso no explicaba ni mucho menos cómo se sentía. Los detalles fundamentales de la vida de Deanna no servían para explicar lo sucedido. Deanna estaba muerta. Era como si el color azul hubiera dejado de existir, algo con lo que Caxton siempre había contado, el elemento alrededor del cual había construido su vida, había desaparecido para siempre.
Sin embargo, lo que más le preocupaba no eran ni el miedo a la soledad ni la pérdida de su compañera; era aquel vacío existencial en su visión del mundo. Deanna se había marchado, para siempre, y había sucedido sin más, en el tiempo que uno tardaba en ponerlo en palabras; Deanna estaba muerta.
Más tarde, mucho más tarde, se encontró a sí misma yendo en coche hacia casa. Roxie Purfleet la había relevado con muy malas maneras en el hospital, convencida de que sabía mucho mejor que ella lo que su hija habría querido que hicieran con sus restos mortales. Se había negado incluso a permitir que Caxton organizara el entierro. El cuerpo de Deanna iba a regresar a Boalsburg, el lugar donde había nacido. Caxton había oído a Deanna echar pestes contra aquel lugar un millón de veces, la había oído quejarse y repetir una y otra vez que había tenido ganas de largarse de allí desde que iba a la escuela. Y, sin embargo, ahora se quedaría allí para siempre.
Pero Caxton estaba conduciendo y tenía que concentrarse. Fijó la vista en las líneas amarillas de la carretera y pronto se dio cuenta de que era incapaz de apartarla. Se obligó a echar un vistazo a los retrovisores y a comprobar su ángulo muerto.
Deanna estaba muerta. Quería llamar a Deanna y charlar de lo que acababa de pasar. Quería sentarse con ella en el sofá un segundo, con la tele apagada, y discutir el significado de todo aquello. ¿Con quién más podía compartir un acontecimiento tan monumental? ¿A quién más podía acudir?
Pero estaba conduciendo, si, vale. Caxton entrecerró los ojos en el momento en el que un camión con remolque pasó rugiendo y sus potentes focos le bañaron la cara de luz. Parpadeó para recuperar la visión y se concentró en el coche, en el disco de velocidad, en la aguja del nivel de gasolina. Lo que fuera con tal de seguir habitando el aquí y el ahora.
Elvin, que tal vez fuera la única persona del mundo que entendía aún menos lo que acababa de suceder que ella misma, había tenido la amabilidad de acompañarla al cuartel general de la Unidad H, donde estaba aparcado su coche. No lo había tocado desde que se había puesto el traje antidisturbios para montar en el Granola Roller. Se acercó al coche patrulla y le acarició la piel metálica, como si fuera una especie de máquina del tiempo que pudiera devolverla al pasado, antes de que Deanna muriera, antes de que ella misma se convirtiera en una medio vampira. Entonces se volvió, porque Elvin estaba allí detrás, sin decidir si debía marcharse o acercarse más, como si su cuerpo se viera impelido en ambas direcciones por una especie de física emocional. Elvin frunció el ceño durante un buen rato y, finalmente, habló.
—Mi hermana te quería mucho—dijo—. Me lo dijo ella misma. Cuando descubrí que era lesbiana sentí deseos de burlarme de ella, pero entonces me aseguró que te quería de verdad y yo me dije que, en ese caso, no podía reprocharle nada. Quiero decir que no elegimos de quién nos enamoramos. Nadie lo elige.
—Supongo que no —respondió Caxton, aunque no entendía qué era lo que quería Elvin. ¿Que le diera un abrazo? ¿Recordar a su hermana?—. Gracias por acompañarme —había añadido entonces. Él había asentido y ahí había quedado todo.
Caxton se secó una lágrima inexplicable, a medio formar. Oh, Dios, estaba conduciendo, tenía que concentrarse, pensar adónde se dirigía. Entonces se dio cuenta de que acababa de pasarse la salida. Frenó y miró por el retrovisor; la carretera estaba desierta. Lentamente, con un sordo sonido de gravilla, dio marcha atrás y maniobró hasta el camino correcto. Luego condujo hasta su casa sin perder la noción del tiempo ni una sola vez. Paró el coche. La luz de los faros se extinguió y todo quedó a oscuras. Se quedó sentada en el coche, contemplando la casa. Deanna siempre dejaba una luz encendida cuando la esperaba.
Fueron los aullidos de los perros lo que la sacaron de su ensimismamiento. Se había olvidado de ellos. ¿Cómo era posible? En cualquier caso, así era: se había olvidado de los perros, que llevaban más de un día sin comer. Recibían agua automáticamente gracias a una garrafa que poseía un mecanismo automático, pero no habían comido nada. Estarían muertos de hambre. Antes incluso de dirigirse a la casa, salió corriendo hacia la caseta y cogió una bolsa de diez kilos de comida para perros. Ya dentro de la caseta, encendió las luces y soltó un grito ahogado.
Los perros estaban bien, pero alguien había intentado abrir las jaulas. Los galgos estaban acurrucados detrás de los barrotes torcidos y deformados. Aullaban y lloraban, presas de una aterradora confusión. Los barrotes estaban manchados de sangre y de uno de ellos colgaba algo así como una tira de tela. Caxton se acercó un poco más y puso una mano encima de una jaula. Lo que colgaba de los barrotes no era una tira de tela, sino un fragmento de carne arrancada precipitadamente. Allí había estado un siervo y no hacía demasiado. Había intentado matar a los perros, pero sólo había logrado destrozarse el brazo.
Dejó salir a los perros, los abrazó y les llenó los cuencos de comida. El hambre pudo más que su desconcierto y comieron con glotonería. Añadió vitaminas de una botella de plástico y los dejó allí. Regresó al coche y cogió la Beretta con las balas dum-dum. Con manos torpes y medio heladas, cargó la pistola y fue hasta la puerta delantera de la casa.
¿Por qué habían acudido allí? Caxton había creído que si la casa estaba vacía, iban a dejarla en paz. No lograba entenderlo. Puso una mano en el pomo de la puerta y supo al instante que estaba abierta. Con cautela, por si alguien la estaba esperando dentro, sacó la linterna y cruzó el umbral.
Un frío silencio la recibió. En la casa soplaba una gélida brisa que se colaba por la ventana de la cocina, cubierta ahora con un cartón; la ventana que había matado a Deanna. El aire cruzaba el pasillo y entraba en su dormitorio. Caxton accionó el interruptor pero no sucedió nada. Levantó la mirada y vio que la lámpara del pasillo estaba aplastada y con las bombillas rotas.
Incluso en la oscuridad, se dio cuenta de que habían saqueado la casa. Había sábanas enrolladas y tiradas por todo el pasillo, como si las hubieran arrancado de la cama. Habían cogido los platos, las cacerolas y la sartén de hierro, y lo habían amontonado todo en un rincón. Había algunas cosas rotas, pero se notaba que quien lo hubiera hecho no había seguido ningún método específico; parecía más bien un trabajo hecho con prisas o en un arrebato. Habían arrancado las fotos de las paredes y las habían tirado por el suelo. Su linterna se detuvo en una y la luz reflejada en el cristal la deslumbró. Se acercó un poco más. Era una foto de Deanna y Caxton en un concurso canino; estaban agachadas y le daban instrucciones a Wilbur, que caminaba por encima de una barra de equilibrios. Dios, había sido un día increíble. El cristal estaba agrietado y el marco, roto.
Sacó la foto con cuidado y se la metió en el bolsillo en un intento de salvar algo.
El dormitorio estaba hecho un asco. El colchón estaba despanzurrado y había trozos de espuma por todas partes. Aquello parecía obra de unas afiladas zarpas, o tal vez hubieran usado cuchillos. Habían desvalijado también el armario de Caxton y casi toda su ropa estaba amontonada en un rincón. Iba a tardar una eternidad en ordenarlo todo. Se dio la vuelta y ahogó otro grito al ver que el intruso había dejado un mensaje. Éste cubría la mitad de la pared del dormitorio y parecía escrito con sangre:

NO VIVIR =
NO DORMIR
UNETE A MI

No hacía falta una firma para saber quién le mandaba aquel mensaje: Seapegrace, el último miembro de la estirpe de Justinia Malvern. EI vampiro quería terminar lo que Reyes había empezado y estaba esperando a que ella se suicidara para luego ayudarle a resucitar a la vampira. Por algún motivo, debía de haber creído que destruir su casa iba a contribuir a que consiguiera lo que quería. A lo mejor había pensado que aquello la deprimiría.
La parte de Reyes que seguía habitando su cerebro emitió un leve latido, como si rechazara aquella idea. Caxton lo entendió, un poco... O, mejor dicho, se dio cuenta de que Seapegrace no había entendido nada. Para aquel adolescente, el vampirismo había sido un don oscuro. ¿Cómo podía alguien no desear aquel poder, aquella fuerza? Con aquel mensaje le estaba diciendo que ya no necesitaba dormir, que podía deshacerse de la prisión de su frágil cuerpo y de sus emociones humanas y convertirse en algo mucho más grande.
—Pero, entonces, ¿por qué se recorta las orejas cada día cuando se pone sol? —preguntó, pero en esa ocasión Reyes prefirió guardar silencio.
Cuando pensaba en el chico muerto, Caxton se sentía más triste que enfadada. Ahora que Seapegrace se había destruido a sí mismo, la destrucción gratuita de la propiedad de otros era la única válvula de escape que tenía para liberar su furia.
Caxton echó un vistazo en el resto de la casa, pero no encontró nada. Seapegrace y sus siervos se habían marchado hacía rato. Volvió a contemplar la cama y se dio cuenta de no iba a ser capaz de dormir allí otra vez. Entonces decidió llamar a Clara y preguntarle si su invitación seguía en pie. Salió al jardín de atrás, donde la señal del móvil era más potente, y vio el cobertizo de Deanna. La puerta estaba entreabierta, por supuesto. Seapegrace había intentado hacerles daño a los perros. Odiaba todo lo que tuviera relación con los vivos y también habría intentado destruir las obras de arte de Deanna.
Entró en el cobertizo y cerró el teléfono antes de localizar el número de Clara. Accionó el interruptor y las luces se encendieron, las bombillas de cien vatios del techo cobraron vida. El cobertizo parecía estar intacto. Las tres sábanas colgaban del techo y la luz se filtraba por entre la tela y adquiría un tono amarillento y anaranjado. A lo mejor Seapegrace había visto algo en el arte de Deanna; a lo mejor aprobaba el uso de sangre como medio de expresión... Aunque, desde luego, seguro que no había adivinado de qué tipo de sangre se trataba. Se dirigió de nuevo a la puerta, pero cuando ya iba a salir de detuvo en seco. Acababa de oír un paso y no era suyo.
—Laura —dijo alguien y por un momento pensó que era el fantasma de su padre, que habitaba aquellas sábanas, del mismo modo que había habitado el teleplasma del granero de Urie Polder.
Pero era Arkeley, que salió de detrás de una de las obras.
—¡Agente especial! —dijo Caxton. El corazón le latía a cien por hora, pero se fue calmando a medida que lo vio acercarse—. No esperaba encontrarle aquí.
—Laura —repitió—. Lo siento mucho. No era mi intención involucrarla tanto en este asunto.
¿Era posible que se estuviera disculpando por la muerte de Deanna? Para Caxton, la pena se había convertido en una especie de segunda piel, más gruesa, que las palabras de Arkeley no lograban atravesar.
—No pasa nada —dijo. No era cierto, sin embargo, las palabras se le escaparon de forma inevitable, como si se tratara de un bostezo.
—Necesitaba un cebo, la necesitaba a usted porque ellos la necesitaban. La única forma de escapar de una trampa es hacerla saltar antes de que tu enemigo esté totalmente preparado, ¿recuerda?
—Me lo enseñó usted.
Era su cuerpo quien hablaba, no su corazón. Y su cuerpo quería irse a la cama. Clara. Tenía que llamarla. Clara tenía que ir a recogerla. Por lo menos pasaría una hora antes de que pudiera dormir. Empezó a mandarle un mensaje a Clara porque le pareció que sería más sencillo que hablar con ella por teléfono. Aquella noche ya había hablado suficiente.
—No lo entiende... —insistió Arkeley, pero ella negó con la cabeza—. Laura, necesito que se concentre.
Arkeley se acercó rápidamente hacia ella y Caxton estuvo segura de que le pegaría de nuevo. La agente contuvo la respiración y abrió los ojos de par en par.
—¿Qué es lo que es tan importante? —le preguntó, encontrando por fin su propia voz—. ¿Qué coño es tan importante para que tenga que escucharle nada más y nada menos que esta noche?
Arkeley sacó el arma. Caxton soltó un grito ahogado: no tenía ni idea de qué estaba haciendo.
—Están ahí fuera, esperando a que salgamos de aquí —le dijo—. Son varias decenas de siervos y por lo menos dos vampiros.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 4:35 pm

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 5:03 pm

Bueno, chicas. Yo ya tengo todos mis capítulos de 13 balas y 99 atáudes en el tema de taquillas. Lo digo por si pasa algo y falto algún día, podréis copiar el capítulo de allí y subirlo por mí.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 5:19 pm

Perfecto..yo me termine a noche los de 99 ataudles, pero olvide hecharlos en la memoria, será el unes...mañana descanso jajaja...pondre los míos...

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