Black and Blood


 
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 13 Balas (David Wellington)

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Annabel Lee

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 5:58 pm

Gracias por el capi!!
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 8:42 pm

ya subo en un rato los mios

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Vie Ago 20, 2010 9:03 pm

Tibari si faltas algun dia, te salgo a buscar por el mundo entero... :228:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 21, 2010 6:02 am

Capítulo 49
Transcrito por shuk hing

—¿Cómo que dos vampiros? —preguntó Caxton—. Pero ¡si los matamos a todos a excepción de Scapegrace! No querrá decir que Malvern... ¡Es imposible!
—No, yo no he dicho eso —respondió Arkeley, que comprobó el mecanismo de su Glock 23. Entonces señaló la Beretta que yacía inerte en la mano de Caxton. Ésta comprobó que hubiera una bala en la recámara y a continuación apoyó el arma en el hombro, con el cañón apuntando hacia el techo—. Malvern está en Arabella Furnace. Le he pedido a Tucker que lo comprobara hace quince minutos y me ha dicho que no se había producido ningún cambio en su condición, de modo que tenemos que haber cometido por lo menos un error.
—Vimos tres ataúdes en la cabaña de caza —insistió Caxton. No quería oír lo que él iba a contestar, aunque oía ya el eco de sus palabras en lo más recóndito de su cráneo.
—Eso no quiere decir que no pudiera haber uno más en otra parte.
Arkeley se acercó al interruptor procurando no dejarse ver a través de la puerta abierta.
—Repasemos lo que sé con seguridad. Vine aquí anoche para relevarla del servicio y destinarla de nuevo a la patrulla de autopistas. Entonces vi que pasaba algo raro. Había unos diez coches y camiones aparcados en la carretera. Eché un vistazo pero no me pareció que ninguno de sus vecinos estuviera dando una fiesta. Abandoné mi propio vehículo y decidí venir a pie a través del bosque. Ya estaban preparando la emboscada. Hay seis siervos escondidos en la rampa de acceso, tres más en el patio contiguo y tres más en el tejado de la caseta de los perros. Seguro que hay más, ésos son tan sólo los que yo he conseguido ver. También he visto a un vampiro que les daba órdenes. Llevaba las orejas recortadas, de modo que asumiremos que se trataba de Scapegrace. Y luego otro vampiro ha salido por la ventana de su dormitorio.
—¿Está totalmente seguro de que se trataba de un segundo vampiro? ¿Pudo verlo bien?
Arkeley negó.
—No puedo estar seguro de nada, pero definitivamente vi a un ser de piel blanquecina y orejas largas. Tenía las manos manchadas de rojo.
Caxton se colocó al otro lado de la puerta, tal como le habían enseñado. Cuando salieran lo harían juntos, mirando en direcciones ligeramente opuestas para poder cubrirse las espaldas.
Caxton le mandó un mensaje de móvil a Clara y le pidió que enviara refuerzos. Entonces llamó a la jefatura de policía para avisar de que un agente estaba envuelto en un tiroteo. Sabía que nadie iba a llegar a tiempo, pues el cuartel más cercano se encontraba a varios kilómetros de distancia. Iban a tener que abrirse paso ellos solos, sin la ayuda de nadie. Levantó los ojos y miró a Arkeley.
—¿Tenemos algún plan? —le preguntó.
—Sí —le respondió él—. Dispararle a todo lo que se menee.
Cruzaron juntos el umbral. Arkeley levantó el arma y disparó incluso antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la oscuridad. Caxton vio una sombra que se le aproximaba, una sombra con el rostro descompuesto, y disparó a bulto. El engendro se desplomó sin hacer ruido.
De repente estaban por todas partes.
Las sombras se descolgaban de los árboles, pálidas figuras que giraban en círculos a su alrededor como lobos preparándose para un ataque. En esta ocasión no hubo avisos, ni mensajes crípticos para despistarlos. Un siervo salió aullando de la oscuridad, blandiendo un cuchillo de quince centímetros, pero Caxton le partió la cara con el arma. El engendro cayó al suelo, pero no sin que antes tres más se le echaran encima.
-¡Son demasiados! -exclamó Caxton-. ¡Tenemos que salir de aquí!
—¡Váyase! —le respondió el federal con un grito, aunque sólo estaba a un metro de distancia—. ¡Márchese ahora!
Caxton se separó de Arkeley y se dirigió hacia el lateral de la caseta de los perros, con la intención de por lo menos tener algo que le cubriera la espalda. De otro modo podían atacarla por sorpresa. Esperaba que Arkeley corriera también a ponerse a cubierto.
Pero no fue así.
El federal se agachó, en posición de disparo, y se dirigió hacia el espacio entre la caseta de los perros y la casa. Tenía el brazo con el que sostenía el arma levantado y se movía como una veleta mientras apuntaba a asaltantes que ella ni siquiera atisbaba a ver. Apretó el gatillo y un deslumbrante fogonazo salió del cañón de su arma. Junto a ella, a unos pocos centímetros de su hombro izquierdo, un siervo cayó lentamente al suelo, retorciéndose de dolor.
Arkeley dio media vuelta y volvió a disparar... y acto seguido realizó un tercer disparo. Las sombras aullaban y se agitaban en la oscuridad, pero salían sin parar, como si emergieran de la noche, como si se estuvieran descolgando de las nubes iluminadas por la luna. Una sierva saltó sobre los hombros de Arkeley y le mordió el cuello con sus afilados dientes. El federal le aplastó La nariz con el puño que le quedaba libre y se la quitó de encima. Otro engendro se lanzó rodando contra sus piernas y lo obligó a hincar una rodilla. Arkeley le disparó en el pecho y el monstruo cayó de espaldas.
Otro siervo le agarró el arma a Arkeley y le retorció el brazo. Arkeley gritó de dolor. El engendro debía de haberlo cogido con la guardia baja.
Pero bastante tenía Caxton con sus propios problemas. Los siervos iban también a por ella, aunque lo hacían con menos virulencia y con muchos menos efectivos. Era evidente que no la consideraban una amenaza tan grande como Arkeley. Se sintió casi decepcionada.
Disparó a una figura oscura que avanzaba por el tejado de la caseta de los perros y ésta cayó al suelo con un siseo asfixiado. Caxton le pegó una patada en las piernas y notó cómo la carne se despegaba. Otro siervo intentó agarrarla por los hombros desde el tejado. Caxton levantó el arma y disparó sin ni siquiera mirar.
—¡Lárguese de aquí! —volvió a gritarle Arkeley.
Caxton miró hacia donde se encontraba el federal pero apenas logró distinguir su figura. Los esclavos de Scapegrace lo tenían completamente rodeado. Caxton disparó una y otra vez, intentando reducir el número de atacantes al tiempo que se marchaba corriendo, lejos de la caseta. Arkeley estaba a punto de sucumbir y Caxton lo sabía, pero poco podía hacer para ayudarlo: no tenía suficientes balas. Su única esperanza consistía en poder huir y regresar con refuerzos.
El problema era que no sabía adónde debía ir. El camino llevaba a la carretera, donde tal vez pudiera encontrar ayuda. Si llegaba algún tipo de respuesta policial, lo haría desde allí, siempre y cuando Caxton sobreviviera el tiempo suficiente. No obstante, Arkeley le había dicho que había varios siervos apostados allí. Con toda probabilidad la estarían esperando.
Así pues, decidió dirigirse hacia la parte trasera de la casa, donde había una valla de tres metros que cruzaba el bosque. Coocó un pie entre dos tablones, se levantó un poco y se agarró a las ramas que sobresalían por encima de la valla. La adrenalina le dio el empujón que necesitaba para pasar por encima y llegar al otro lado. Entonces se descolgó por el árbol. Las ramas le golpearon en la cara y le arañaron los brazos y las manos. Rodó por un empinado terraplén y terminó en el aparcamiento del colegio que había junto a su casa. El asfalto brillaba bajo la luz de la luna.
Se oyó un disparo al otro lado de la valla. Y luego otro... y aún otro más. Y luego nada. Caxton intentó respirar con normalidad y dominar su miedo. Probablemente Arkeley estuviera muerto, pero aquello tampoco cambiaba su situación.
Los árboles que había junto a la valla susurraron y sus hojas secas crujieron mecidas por el viento. Dos siervos estaban trepando la valla e iban tras ella. La estaban persiguiendo, iban a darle caza en cualquier momento.
Caxton comprobó su arma. Sólo le quedaba una bala y decidió que era mejor reservarla. Se puso en pie y echó a correr.
El edificio del colegio era bajo y de planta rectangular, un buen elemento de referencia para orientarse de noche. Aún no sabía si los siervos eran capaces de ver en la oscuridad absoluta o no. Los vampiros veían el resplandor de la sangre en la penumbra, pero ¿y sus sirvientes? Era una de las muchas cosas que debería haberle preguntado a Arkeley cuando aún podía. Cuando aún estaba vivo.
La culpa le recorrió el espinazo mientras doblaba una esquina y subía por una corta escalera. Era capaz de sentirse culpable y correr al mismo tiempo. Frente a ella había una alambrada; Caxton comprobó que se encontraba en un campo de béisbol. Se coló por un agujero y notó barro debajo de los pies. Frente a ella había un bosque. No le sorprendió: en Pensilvania había bosques por todas partes. Decidió que los árboles le proporcionarían cierto cobijo y que tal vez la ayudarían a esconderse de los siervos. Se internó en el bosque, pero enseguida se dio cuenta de su error. Es imposible correr de noche en un bosque. Por clara que sea la noche, bajo los árboles es diez veces más oscura. Caxton no veía absolutamente nada, de modo que podía golpearse con un tronco o tropezar con unas raíces. Llevaba una linterna en el bolsillo, pero encenderla significaría descubrir su posición al instante.
Sin luz podía romperse el cuello o, peor aún, una pierna. Podía terminar inmovilizada pero consciente, incapaz de huir y sin otra opción que esperar a que los siervos la encontraran. Tenía que salir del bosque lo antes posible, pero no podía regresar por donde había venido.
De pronto divisó un resplandor a lo lejos y se dirigió hacia allí, con las manos extendidas para no chocar. Movía las botas a espasmos, pues esperaba tropezar en cualquier momento con un arbusto o meterse en un charco de barro.
La luz revelaba la presencia de un claro de forma extrañamente regular a unos cincuenta metros. Había algunos árboles jóvenes aislados, pero el claro estaba cubierto básicamente de hierba seca. Caxton salió del bosque y se adentró en aquel espacio relativamente luminoso. Sintió que la sensación de alivio le inundaba todo el cuerpo y en ese preciso instante tropezó con una piedra. Se golpeó la barbilla contra el suelo medio congelado y sus dientes entrechocaron con un sonido horrible.
Rodó de lado, se incorporó y volvió la vista. La piedra con la que había tropezado tenía un aspecto pálido, casi fantasmal, bajo la luz de la luna. Era irregular por la parte superior, pero lisa por los lados; la lluvia y el viento la habían ido erosionando con el paso de los siglos, no obstante, en su día, mucho tiempo atrás, debía de haber sido angulosa y regular. Un bloque de piedra clavado en el suelo. Como una lápida.
Acababa de meterse en un cementerio abandonado.



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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 21, 2010 6:02 am

Capítulo 50
Transcrito por shuk hing

En cuanto vio dónde estaba se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Las lápidas estaban muy erosionadas, el paso del tiempo las había mermado hasta dejarlas a la altura perfecta para que alguien se tropezara. Sin embargo, Caxton distinguía las hileras de lápidas bien ordenadas y, al otro extremo del claro, vislumbró unas barras metálicas retorcidas, los restos de una verja de hierro forjado.
Caxton sabía que la zona rural de Pensilvania estaba llena de pequeños cementerios como ése. Las promotoras inmobiliarias los odiaban porque si querían edificar allí, la ley los obligaba a trasladar los cuerpos. No obstante, lo más habitual era que los dejaran donde estaban. Caxton no se llevó ninguna sorpresa cuando, en una ocasión, encontró un cadáver en el bosque que había detrás de su casa. Algunas décadas o siglos atrás debía de haber habido una iglesia por los alrededores que probablemente había terminado reducida a cenizas o a polvo. Caxton se dijo que no había por qué temer las tumbas. Los vampiros dormían en ataúdes, de acuerdo, pero no se enterraban a sí mismos en antiguos cementerios para sentirse como en casa.
Oyó un golpe a unos diez metros. Alguien había pisado una rama seca, o tal vez una capa de escarcha. Podría haber sido un gato o un ciervo, o una rama que había terminado por ceder. Pero Caxton se quedó helada. Sintió cómo todo su cuerpo se concentraba en sus oídos, pendiente únicamente de anticipar el siguiente sonido.
Oyó un tamborileo, como una traca encendida pero muchísimo más suave. Tal vez algo había pisado una alfombra de pinaza. Caxton se agachó lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estuvo tendida en el suelo. Se encogió tanto como pudo, con la intención de hacerse invisible.
—¿Has visto eso? —dijo alguien. Era la estridente voz de un siervo. Tras un instante oyó que alguien respondía algo entre susurros.
Caxton se maldijo por haberse tumbado en el suelo, por haberse movido. En la oscuridad, si se hubiera quedado inmóvil, a lo mejor los siervos habrían pasado de largo sin darse cuenta.
Tan sólo tenía una bala en su Beretta. La carne de los siervos estaba corrompida y era flácida, de modo que probablemente podría golpear al otro y hacerlo añicos. Pero si eran tres, o si eran más rápidos de lo que esperaba, no tendría ninguna oportunidad.
Se puso tensa, preparada para levantarse y golpear a quien se le acercara. Haría todo lo posible para destrozarlos, si eran dos. Si eran tres o más, se pegaría un tiro en el corazón. Al menos así evitaría terminar convertida en una vampira.
—Allí, ¿lo ves? ¿Qué es eso? —preguntó un siervo.
Eran dos. Tenían que ser dos. Caxton rogó que fueran sólo dos.
Entonces oyó una tercera voz.
—¡Vosotros dos, dejadnos en paz! —dijo otro, otro que debía de estar de pie justo detrás de Caxton.
La agente rodó hacia un lado y miró hacia arriba: una lívida silueta con la cabeza redonda. Llevaba unos vaqueros apretados y una camiseta negra. Tenía las orejas oscuras y recortadas.
Scapegrace.
Caxton alzó la pistola y disparó su última bala justo en el pecho del vampiro. La bala le atravesó la camiseta y se perdió entre los árboles. El pálido cuerpo del vampiro no presentaba ni un simple rasguño. Caxton tampoco esperaba matarlo, pero él, incluso en la oscuridad, había percibido el resplandor sonrosado de la sangre fresca que corría por debajo de su piel. Sin embargo, había supuesto que al menos lo obligaría a dar un paso atrás, o que soltaría un gruñido. El vampiro ni siquiera sonrió, simplemente se agachó junto a ella y tocó la lápida con la que Caxton había tropezado. A ella no la miró, tampoco la tocó.
La agente intentó hacer una pregunta pero las palabras se le ahogaban en la garganta.
—¿Qué...? ¿Qué vas a hacer conmigo...?
—No me hables —la interrumpió él—. No digas nada a menos que yo te lo ordene. Puedo matarte —añadió—. Puedo matarte ahora mismo. Si tratas de huir te atraparé. Soy mucho más rápido de lo que solía. Pero quiero mantenerte con vida. Bueno, ésa es la orden que debo cumplir, supongo que ya sabes lo que Malvern quiere. Aunque también me ha dicho que si te hago algo de daño no pasa nada, que incluso ayudará.
Entonces la miró a los ojos y Caxton se estremeció al ver que el vampiro era tan joven. Scapegrace se había suicidado siendo tan sólo un niño, o tal vez un adolescente de no más de quince o dieciséis años. Tenía un cuerpo enclenque y encorvado que daba pena. La muerte no lo había convertido en adulto de la noche al día. Seguía pareciendo un niño.
—Por favor, no me mires así —le dijo—. No lo soporto.
Caxton apartó la mirada rápidamente. Sabía que sus propios rasgos debían de estar asolados por el miedo. Notaba cómo un moco le resbalaba por el labio superior y el sudor frío que le empapaba la frente.
—Puedo ver algunas cosas en la oscuridad, pero no puedo leer esto —le dijo el vampiro a Caxton mientras recorría con los dedos la superficie de la lápida.
Las letras se habían borrado casi por completo, aunque todavía podía verse algún ángulo o fragmento de una florida inscripción.
—A lo mejor tú lo ves mejor. Léemelo.
A Caxton le tembló la garganta y tuvo la sensación de que estaba a punto de vomitar. Intentó recuperar el control de su cuerpo y, a pesar de que tardó un poco, finalmente lo logró. En realidad no podía leer lo que ponía, pero se le ocurrió que quizá lograría descifrarlo si reseguía las letras con las yemas de los dedos. El miedo le atravesó el brazo como una lanza en cuanto lo alzó para recorrer la superficie de la piedra con un dedo. Logró descifrar parte de la inscripción:

ST PH N DELANC
JU 854 - JULIO 1854


Caxton le transmitió lo que había descubierto:
—Creo... Creo que pone Stephen Delancy y que murió en julio de 1854. La fecha de n-n-nacimiento es más d-d-difícil de d-d-descifrar —tartamudeó.
Caxton sintió como si le estuvieran echando un cubo de agua helada por la espalda. En parte debía de tratarse de aquella extraña sensación que sentía cada vez que se acercaba a un vampiro, la sensación de frío que ya había notado estando junto al ataúd de Malvern o cada vez que Reyes la había tocado. Pero la mayor parte de aquel pánico que le subía por la piel debía de provenir del hecho de que el vampiro podía matarla en cualquier momento. Podía hacerla pedazos incluso antes de que a ella le diera tiempo de alzar los brazos para protegerse.
—¿Tú cuándo crees que nació, en junio o en julio? ¿Vivió durante un mes entero o tan sólo unos días? —Scapegrace se arrodilló junto a Caxton y pasó una mano por encima de la lápida como si acariciara el rostro del bebé que había enterrado debajo—. Supongo que sólo hay una forma de averiguarlo.
—¡No! —gritó Caxton, al tiempo que el vampiro clavaba sus pálidos dedos en el suelo y empezaba a apartar puñados de tierra.
Caxton se abalanzó sobre él por la espalda y le golpeó la nuca con la pistola descargada. Al fin logró que el vampiro reaccionara.
Scapegrace se volvió, aún de rodillas, agarró a Caxton por la cintura y la arrojó al suelo. La Beretta descargada voló por los aires y se perdió en la oscuridad. Caxton no pudo seguir su trayectoria porque estaba demasiado ocupada dando tumbos por el suelo. Dio una voltereta hacia atrás al tiempo que agitaba los pies y pataleaba en vano. Chocó con el codo contra una piedra y el dolor le atenazó el brazo. Creía que no se había fracturado nada, tan sólo se había golpeado el hueso de la risa.
Para cuando pudo ponerse en pie de nuevo, Scapegrace ya había cavado un agujero de un metro de profundidad. Caxton aún sentía cómo los huesos y el cartílago de la mano le latían de dolor, pero pronto estaría bien. Sin embargo, en cuanto el vampiro sacó la caja de madera del agujero, Caxton se dio cuenta de que estaba llorando. Presa del miedo y el horror que aquello le producía, pensó que de un momento a otro iba a ponerse a gritar y a correr aun sabiendo que el vampiro la perseguiría.
La caja era de madera clara, tal vez de pino, y estaba plagada de carcoma. Estaba tan descompuesta que Caxton no hubiera podido decir si originalmente había contado con detalles ornamentales o no. El ataúd, que era del tamaño de un niño, se partió en las manos de Scapegrace, a pesar de que éste intentaba tratarlo con suavidad. El vampiro apartó los pedazos de madera pastosa y la tierra y los sedimentos que se habían amontonado alrededor del cuerpo que yacía en el interior del ataúd.
—Mi familia celebró un fastuoso funeral en mi honor —le contó a Caxton—. Yo pude verlo todo desde las alturas, iba flotando por la iglesia como si fuera un fantasma. Acudieron todos mis compañeros del colegio. Se acercaron uno por uno a mirarme la cara; algunos lloraban, otros comentaban cosas. Había gente a la que ni siquiera conocía. Chicas con las que me había cruzado en el vestíbulo y nunca me habían hablado, ni siquiera cuando necesitaban un bolígrafo y yo tenía de repuesto. Algunos estaban muy afectados, como si finalmente hubieran comprendido lo que me habían hecho, lo mucho que había sufrido. Eso fue la ostia. Aunque nadie me tocaba.
Tiernamente apartó los escombros que cubrían el diminuto cuerpo con el dedo pulgar.
—Por favor —dijo Caxton con voz lastimera y entrecortada—. Por favor, por favor.
El vampiro no la golpeó pero tampoco dejó de hacer lo que estaba haciendo. Sacudió con suavidad el ataúd, y escombros, tierra y otras substancias cayeron al suelo. A Caxton le subió una arcada y apartó la cara, avergonzada por ser tan poco respetuosa pero incapaz de contener el vómito, que soltó allí mismo.
—Cuando la observas desde el otro lado la muerte ya no asusta. De hecho, se convierte en algo fascinante. En gran medida ser un vampiro es algo fascinante. Te cambia la perspectiva por completo.
Scapegrace posó la mano izquierda sobre algo redondo, algo del tamaño de una manzana, y lo arrancó del ataúd con un golpe de muñeca. Tiró el resto del cadáver del bebé en el agujero y lo cubrió de tierra de un puntapié. Entonces se dio la vuelta y le mostró a Caxton lo que había encontrado.
Era el cráneo. El cráneo de Stephen Delancy, que había estado enterrado durante ciento cincuenta años.
—Mira —le dijo a Caxton— tan sólo tenía unos días cuando murió. Le mostró el cráneo. Estaba llenísimo de tierra y manchado de fluidos secos. Daba grima verlo, era asqueroso—. Tal vez ni siquiera llegara a nacer. —Examinó la medida del cráneo—. Esto servirá —dijo.
El vampiro frotó el cráneo con los pulgares y entonces fijó la mirada en las cuencas oculares del bebé al tiempo que canturreaba con dulzura. Caxton no entendió lo que estaba diciendo, ni siquiera estaba segura de que se tratara de palabras.
Cuando terminó, cerró los ojos y extendió una mano, el cráneo osciló sobre su mortecina palma. Tras un instante el cráneo empezó a agitarse tanto que se tornó borroso ante la mirada atónita de Caxton. El cráneo emitió un sonido, un gemido lastimero que era imposible que hubiera producido por sí solo; ni siquiera tenía mandíbula inferior. El grito se hizo cada vez más intenso hasta el punto que Caxton tuvo la necesidad de taparse las orejas. Sin embargo, cuando iba a hacerlo Scapegrace le puso el cráneo en las manos.
—Sujétalo —le dijo, y Caxton pudo oírlo perfectamente por encima del gemido—. Vamos, mis oídos son más sensibles que los tuyos. ¡Sujétalo!
Caxton lo cogió con las manos y el grito cesó al instante.
—Voy a llevarte conmigo a la guarida de Malvern, pero para eso necesito que te comportes. Así que haremos un jueguecito. Tendrás que sujetar a Stephen con las dos manos, porque ésta es la única forma de mantenerlo callado. Asiente con la cabeza para que sepa que me sigues.
Caxton se estremeció y su cabeza se bamboleó como si no estuviera unida al cuello. Rodeó el cráneo con las dos manos. Notó cómo algo se movía y traqueteaba, un insecto escondido en la tierra que llenaba las cavidades nasales del bebé. Caxton gimió un poco, pero no soltó el cráneo.
—A partir de ahora tendrás que cuidarlo. Si apartas una mano, o lo sueltas, o lo aplastas porque lo sujetas demasiado fuerte, oiré sus gritos. Y entonces me veré obligado a hacerte daño. Mucho, mucho daño —la amenazó. Entrecerró sus ojos rojos y le dedicó a Caxton una mirada malévola—. Te partiré la columna vertebral. Sabes que puedo hacerlo, ¿verdad?
Caxton asintió de nuevo. Le temblaba todo el cuerpo.
—Muy bien, Laura —le dijo—. Andando.




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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 21, 2010 9:44 am

gracias!! ya queda menos ^^

ranguis!

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 21, 2010 3:19 pm

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Sáb Ago 21, 2010 3:33 pm

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Ago 22, 2010 1:12 pm

¡¡¡¡¡Gracias!!!!¡¡¡¡¡¡ranguis!!!! 😎
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Ago 22, 2010 3:37 pm

51



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Scapegrace la condujo a través del bosque y al cabo de un momento aparecieron de nuevo en el aparcamiento del colegio. Caxton echó un vistazo a los alrededores. Tenía la esperanza de que alguien los viera y llamara a la policía, pero no tuvo esa suerte. Deanna y ella habían elegido aquella casa por su ubicación en medio del bosque. Allí tenían espacio para el cobertizo y la caseta de los perros, y no había vecinos que pudieran quejarse de los extraños ruidos que hacían a veces los lebreles. Por la noche la zona era verdaderamente solitaria.
Un coche, un sedán blanco último modelo, los esperaba en el aparcamiento con el motor en marcha y los faros encendidos. En el asiento del conductor iba el doctor Hazlitt, que parecía nervioso.
—Malvern le ha prometido a Hazlitt que será uno de los nuestros —le explicó Scapegrace. El vampiro estaba detrás de ella, tan cerca que notaba su frío aliento en la nuca—. Le ha prometido muchas cosas.
El vampiro le abrió la puerta del pasajero. Caxton difícilmente podría haberlo hecho sola con el cráneo maldito del bebé entre las manos. La agente subió al coche y se dio cuenta de que tampoco podía abrocharse el cinturón, pero supuso que no pasaba nada.
—Hola, agente —dijo Hazlitt. Caxton ni siquiera lo miró. El médico suspiró y volvió a intentarlo—. Sé que ahora mismo no hay demasiados motivos para que le caiga muy bien, pero en unas horas seremos aliados. Así es como va a terminar este asunto. Ahora ¿podemos comportarnos civilizadamente?
Al ver que Caxton no respondía, puso el coche en marcha y se dirigió a la autopista para tomarla en sentido sureste, hacia el sanatorio para tuberculosos donde Justinia Malvern esperaba con serenidad.
Iban a obligarla a suicidarse. Sabía desde hacía tiempo que la intención de los vampiros era ésa, pero aún no había imaginado cómo iba a producirse en realidad. Reyes había querido que fuera ella quien lo decidiera y a punto había estado de convencerla de que se pegara un tiro. Sin embargo, había perdido mucho tiempo en el intento y el sol había salido antes de que pudiera terminar. Scapegrace no iba a cometer el mismo error: la obligaría a hacerlo. A juzgar por las técnicas de persuasión que había empleado hasta el momento, Caxton imaginó que la torturaría hasta que deseara quitarse la vida. Entonces el vampiro le proporcionaría los medios necesarios para ello.
Arkeley no podría detenerlos en esta ocasión. Arkeley estaba muerto. «Esta noche voy a morir», pensó Caxton. «Y mañana regresaré de entre los muertos como vampira».
Quería plantarles cara. Lo deseaba con todas sus fuerzas, tenía tantas ganas de matar al vampiro y al médico que se estremeció. El torrente sanguíneo se le llenó de adrenalina, que la impulsaba a actuar. Pero ¿cómo iba a hacerlo? No tenía armas y no sabía artes marciales.
Se encontraba al borde de un ataque de pánico y su respiración se volvió rápida y superficial. Empezó a hiperventilar. Era consciente de que estaba sucediendo pero no sabía cómo detenerlo. Hazlitt le echó un vistazo con cara de preocupación.
En el asiento trasero, Scapegrace parecía más grande de lo que era en realidad, como un tejido hipertrofiado, blanco y fofo como un cáncer.
—Tan sólo está asustada y se le ha acelerado el pulso. A lo mejor se desmaya.
—Sí, gracias —le espetó el médico—. Conozco los síntomas de un ataque de ansiedad. ¿Crees que deberíamos sedarla? Podría hacerle daño a alguien.
—¿A alguien? ¡Puede hacerte daño a ti! —le respondió Scapegrace con una sonrisita—. No te preocupes. Si le da un ataque o algo, yo la cojo.
Pequeños destellos de luz estallaron frente a los ojos de Caxton. Cruzaron su campo de visión y desaparecieron tan rápidamente como habían llegado. Tenía la garganta seca, rasposa y muy fría por el aire que entraba y salía de sus pulmones. Notaba cómo le latía el corazón en el pecho. Entonces aparecieron unas franjas negras en las partes superior e inferior de su campo de visión, como cuando daban películas antiguas por la tele. Las franjas se fueron volviendo más anchas y un agudo pitido le invadió los oídos. Todo se volvió borroso, y el mundo se desenfocó.
Oía hablar a Hazlitt y a Scapegrace, aunque era como si sus gritos le llegaran a través de gruesas capas de lana. El pitido ahogaba sus voces. Caxton notaba su cuerpo, pero estaba totalmente entumecido, inerte, como muerto. Si hubiera querido, se habría podido mover, pero en ese momento no quería.
Su miedo había desaparecido por completo.
Ésa era la mejor parte. Sabía que las cosas seguían pintando fatal y que no iban a terminar bien, sin embargo, al menos se había librado de su miedo y podía pensar con claridad otra vez. No quería enderezarse, un movimiento tan brusco podía hacer que el miedo regresara, pero miró a través del parabrisas para ver hacia dónde se dirigían. Frente a ellos había algo, aunque no era la autopista. Era pálido y grande y tenía las orejas de punta. Era un vampiro, a lo mejor se trataba de Malvern. El vampiro levantó las manos y le mostró las palmas cubiertas de sangre: se las tendía como si se tratara de una ofrenda.
Scapegrace le dio una colleja y Caxton sintió que los ojos le daban vueltas. Volvía a estar centrada y el pitido de los oídos había desaparecido.
—Te he preguntado que si estás bien —chilló Hazlitt. Con una mano le estaba palpando el cuello, tal vez le estuviera buscando el pulso.
Caxton quiso quitárselo de encima, pero entonces bajó los ojos y vio que seguía sujetando el cráneo del bebé con ambas manos. No sabía qué había pasado, pero la verdad era que había logrado que no se le cayera. De pronto recordó que no debía soltarlo. Se apartó de Hazlitt con los hombros como buenamente pudo.
—Estoy bien —logró decir. Su voz sonó más débil de lo que ella se sentía—. ¿Qué ha pasado?
—Se ha desmayado —le dijo el médico y en su voz se notaba que se lo estaba pasando bien.
Caxton frunció el ceño: no era el tipo de mujer que se desmayaba. Sin embargo, se acordó de algo. En una ocasión, ella y Ashley, la predecesora de Deanna, habían ido de vacaciones a Hershey y Caxton había estado bebiendo martinis de chocolate hasta caer fulminada. Se había despertado en el suelo del aseo de mujeres, rodeada de camareras que la miraban con cara de susto. En aquel momento había tenido una sensación muy parecida a la que estaba experimentando en esta ocasión, aunque ni siquiera entonces había pasado tanta vergüenza.
«Guau», pensó. Si Arkeley la hubiera visto en ese momento, habría tenido la confirmación a todas las cosas horribles que le había dicho. Por suerte no iba en el coche. Porque estaba muerto.
Movió los músculos faciales, estiró la mandíbula e hinchó los carrillos con la esperanza de que aquello la ayudara a espabilarse. Cuando llegaron al hospital se sentía más o menos recuperada. Hazlitt aparcó en el jardín, junto a la estatua de la Higiene, y bajaron atropelladamente del coche. Caxton se concentró en que no se le cayera el cráneo, a pesar de que tenía las manos sudorosas.
Había doce o trece coches más aparcados de cualquier forma sobre el césped. Estaban todos vacíos. Una hoguera ardía cerca de la entrada del hospital. Caxton no creía que los oficiales de prisiones que vigilaban el lugar hubieran decidido organizar una pequeña barbacoa improvisada. Y estaba en lo cierto: tan vigilantes alineados en el suelo, junto a la hoguera. Tenían las manos atadas a la espalda y la cara contra la hierba.
Pensó que debían de estar muertos y la idea casi le supuso un alivio. Sin embargo, de repente uno de ellos se movió y el cuerpo de Caxton volvió a estremecerse de horror.
Tucker, el guardia que había ayudado a Arkeley a encontrar la información personal de Reyes, alargó el cuello para intentar ver quién había llegado. Caxton hizo todo lo posible para apartar la cara, mas fue inútil. Sus miradas se cruzaron por un momento y fue como si mantuvieran una conversación, como si poseyeran la magia de los vampiros y pudieran comunicarse con la luz de la hoguera que se agitaba en sus ojos.
«Lo siento», intentó decirle. «No puedo hacer nada».
Los ojos de Tucker eran legibles a seis metros de distancia. «Por favor», decían. «Por favor. Ayúdeme, por favor».
Ése era su trabajo, desde luego: ayudar a la gente. Sin embargo, en ese momento no se sentía nada dispuesta a cumplir con su obligación. Tucker iba a morir porque ella no había sido lo bastante fuerte. Lo mismo que todos los demás. Caxton tenía las manos manchadas de sangre, al menos metafóricamente.
—¿Ese tío significa algo para ti? —le preguntó Scapegrace.
Pero ni siquiera le dio la oportunidad de decir que no. Se acercó hasta donde estaba Tucker y, con un solo brazo, levantó al pesado guardia del suelo. Tucker debía de pesar unos cincuenta kilos más que el vampiro, pero a éste no pareció importarle demasiado. Scapegrace acercó su boca llena de dientes al cuello de Tucker y lo mordió casi con delicadeza, como si estuviera mordiendo una manzana y no quisiera desperdiciar ni una gota de jugo. Luego empezó a chupar.
Caxton no pudo hacer nada más que gritarle que se detuviera, pero fue como si le gritara a una avalancha: si sus ruegos tuvieron algún efecto, fue más bien el de espolearle. La cara del guardia adquirió un color mortecino, primero gris y luego blanco. Aunque en ningún momento llegó a ser tan blanca como la piel del vampiro. Se le pusieron los ojos en blanco y comenzó a temblarle el cuerpo, pero no gritó. Tal vez Scapegrace le había aplastado la laringe. Cuando hubo terminado, el vampiro arrojó el cuerpo al suelo. Ya no le servía de nada. Tenía los labios manchados de sangre rojísima.
—Van a morir todos —le dijo el vampiro.
Uno de los otros guardias gimoteó. Otro se puso a rezar con voz lastimera y temblorosa. Fue el siguiente al que Scapegrace atacó.
Después de que hubiera dejado seca a la tercera o la cuarta víctima, Hazlitt carraspeó y dijo:
—Deja a los demás por ahora. Justinia quiere hablar con nuestra invitada.
Scapegrace se levantó de golpe y se limpió la boca húmeda con el brazo. Entonces cruzó el jardín a tal velocidad que el aire se agitó a su paso. De pronto tenía el cuello de Hazlitt entre las manos. A continuación obligó al médico a agacharse sobre la hierba húmeda hasta que lo tuvo de rodillas frente a él, mirándolo a los ojos, con la frente perlada de puro terror.
—Aún no eres uno de los nuestros —dijo Scapegrace—. ¿Crees que podrás recordarlo?
El médico asintió enérgicamente. El vampiro lo soltó y entraron todos en el viejo sanatorio.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Ago 22, 2010 5:44 pm

graciasss

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Dom Ago 22, 2010 7:38 pm

Thanks Tibari!!! ranguisss!! :pompones:
Por cierto que ya ví hace unos días mi primer trofeo por libros ¡¡ que ilu!!! :236:
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 23, 2010 3:10 pm

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Transcrito por Tibari



El pequeño cráneo que Caxton llevaba en las manos se tambaleó u estuvo a punto de caérsele. La agente soltó un chillido ahogado que hizo que Scapegrace y Hazlitt dejaran de caminar y se volvieran para ver qué pasaba. El vampiro le dedicó una sonrisa burlona al ver el apuro en el que se encontraba.
De la cuenca derecha del cráneo había salido un ciempiés, con unas patas largas y peludas, que había empezado a subir por el anverso de la mano de Caxton. Tenía el cuerpo blando y viscoso. Las patas del animal le provocaban escalofríos. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no sacudírselo con un manotazo. Sabía que si lo hacía, Scapegrace le partiría el espinazo al instante y, a continuación, le pondría el ciempiés en el pelo sólo para torturarla.
Dobló ligeramente las rodillas, apretó los dientes e intentó ponerse nerviosa. Era sólo un bicho, se dijo. Era extremadamente improbable que fuera venenoso.
Poco a poco, levantó el cráneo hasta tenerlo a la altura de la boca. Luego, inspiró y soltó el aire con fuerza encima del ciempiés, con la esperanza de lograr que se le cayera de la mano. La cabeza del bicho se elevó por culpa de la corriente de aire, pero el animal afianzó las patas traseras entre sus nudillos. Caxton sopló con más fuerza, cada vez más rápido, hasta que empezó a marearse y pensó que iba a desmayarse otra vez.
Scapegrace soltó una carcajada burlona. Entonces cogió aire y sopló sobre el ciempiés, que cayó de la mano de Caxton. El vampiro sacudió la cabeza con expresión divertida y le hizo un gesto para que lo siguiera.
—Por aquí —le dijo—, si ya estás en condiciones.
Hazlitt se les adelantó, penetró en la oscuridad y abrió la luz del pasillo. Habían roto todos los fluorescentes del techo excepto uno. Éstos colgaban encima de la cabeza de Caxton como dientes de cristal y de vez en cuando soltaban un destello. A Caxton, la poca luz que quedaba le alcanzaba apenas para encontrar el camino hasta el otro extremo del pasillo. Se dirigían directamente hacia el ala privada de Malvern, la agente reconoció el camino de sus víctimas anteriores.
Scapegrace le dirigió una mirada a Hazlitt, apartó la cortina de plástico y entró. Caxton empezó a seguirlos, pero el médico la tomó del brazo y le indicó que no con la cabeza. Esperaron juntos un buen rato, mientras oían a Scapegrace regurgitar su cargamento de sangre robada. De la sangre de Tucker, se dijo Caxton. A lo mejor incluso también de la de Arkeley. Estaba alimentando a Malvern, por supuesto, tal como Lares hizo la noche en que Arkeley lo mató. Cuando Scapegrace hubo terminado y los ruidos cesaron, Hazlitt le hizo un gesto con la cabeza. Entonces Caxton apartó la cortina de plástico y entró en la habitación azul. La cabeza le dio vueltas y se le desenfocó la mirada mientras intentaba acostumbrarse a la oscuridad. Le pareció que alguien gritaba su nombre y poco a poco fue recuperando la lucidez. Estaba tan asustada que debía de estar volviéndose loca. «Laura», oyó una vez más. Era una voz de mujer. ¿Habría sido Malvern? No, era imposible. A Malvern se le habían secado las cuerdas vocales hacía cien años.
«Laura».
Lo oyó con tanta claridad como si hubiera alguien a sus espaldas, llamándola. Se dio media vuelta a sabiendas de que no iba a encontrar a nadie. Era como si estuviera hablándole un fantasma, como el del granero de Urie Polder.
—¿Agente? —preguntó Hazlitt, con expresión de preocupación.
—Nada, nada —respondió Caxton.
Sus ojos se fueron adaptando poco a poco a la luz azulada. Vio que la habitación había cambiado un poco. El instrumental médico estaba amontonado al fondo de la sala, y los micrófonos y demás aparatos que en su día colgaban del techo para controlar en todo momento el estado de Malvern habían desaparecido. El ordenador portátil seguía allí, encima de un taburete metálico. Caxton echó un vistazo dentro del ataúd, que seguía colocado encima de los caballetes: estaba lleno de sangre casi hasta el borde. Estaba segura de que Malvern se encontraba allí dentro, sumergida bajo el líquido oscuro, pero Caxton era incapaz de distinguir siquiera una sombra debajo de la superficie inmóvil. De pronto, como si se tratara de una respuesta a su mirada fija, la sangre se agitó ligeramente y cinco diminutas púas asomaron a la superficie. Sobresalieron un poco más aún y Caxton vio que se trataba de uñas.
La sanguinolenta mano de Malvern emergió de la bañera de sangre, los dedos empapados de fluido coagulado. Había más carne en los huesos que antes. Desde luego, estar sumergida en sangre humana estaba teniendo el efecto deseado en al vampira. Estaba rejuvenecida, revivificada. Su mano se acercó al teclado del ordenador y empezó a teclear. Letra a letra, escribió un mensaje para su nueva invitada:

bienvenida seas, laura


Cuando la vampira hubo terminado de escribir, volvió a meter la mano en el ataúd. Todo había sido tan discreto, majestuoso y cortés que a Caxton casi le entraron ganas de hacer una reverencia y darle las gracias a su anfitriona por su hospitalidad. Scapegrace le dio a Caxton un golpecito en el hombro y ésta se volvió. Lo que vio la dejó sin aliento: del techo colgaba una soga sobre una silla de madera.
—Eso es… para mí —tartamudeó Caxton—. Para que… para que… pueda matarme y completar el rito.
—Sí —dijo Hazlitt—. Quiero que sepa que yo había propuesto una inyección letal. Ya tengo una preparada para mí, pero no han querido oír hablar de ello.
—Así es como lo hizo tu madre, ¿no? —preguntó Scapegrace. Su voz sonó casi solícita, como si realmente quisiera asegurarse de haberlo entendido correctamente—. ¿Verdad que se ahorcó? Esa simetría nos gustó mucho.
—Sí, así es —dijo Caxton y asintió, en un esfuerzo por mostrar una indiferencia que en realidad no sentía. El estómago le hervía y sentía acidez, pero se esforzó para que no se le notara. «Simetría». Era evidente que eso tenía que resultar atractivo a la mente retorcida y obsesiva compulsiva de un vampiro—. Se ahorcó. Yo era muy pequeña. ¿Ha llegado el momento? —preguntó con un nudo en la garganta—. ¿Tengo que…? —No fue capaz de terminar la frase—. Ya sabes…
—Aún no hemos terminado —respondió Scapegrace.
Un siervo entró en la habitación, subió por una escalera de mano y colgó unas gruesas cadenas metálicas del techo. A continuación se llevó la escalera y aparecieron dos siervos más arrastrando un gran saco de lona. Había unas manchas bastante desagradables en el fondo del saco. Los engendros gruñían y maldecían mientras arrastraban el bulto, pero en ningún momento se quejaron de forma explícita. De vez en cuando miraban a Scapegrace como si temieran que éste pudiera destrozarlos de un golpe por pura diversión.
Finalmente abrieron una bolsa. En el interior había un cuerpo humano, un cuerpo voluminoso vestido con un traje negro. Tenía la cara y las manos tan empapadas de sangre que Caxton no podía determinar ni la raza ni el sexo del cadáver.
«No, un momento», pensó. No estaba muerto. Se estaba moviendo, aunque seguramente se tratara tan sólo de movimientos reflejos, temblores ocasionales, un último estremecimiento antes de sucumbir a las heridas mortales. Los siervos le ataron las cadenas que colgaban del techo a los tobillos y empezaron a levantarlo boca abajo. Scapegrace se les acercó y los ayudó a levantarlo. Entonces tiró de él hacia el ataúd, hasta que quedó colgando encima del cuerpo sumergido de Malvern, con aquellos dedos estirados que casi asomaban por encima de la superficie de la sangre acumulada.
El cuerpo osciló a un lado y otro, primero a la izquierda y luego a la derecha. Scapegrace y Hazlitt no perdían de vista la cara de Caxton, como si esperaran algún tipo de reacción. A la agente le entraron ganas de decirles que había visto cuerpos en peor estado; había raspado del asfalto a niñas que volvían del baile de graduación.
Pero entonces se dio cuenta de lo que aquéllos dos esperaban que viera en aquel cuerpo en particular: llevaba una insignia de plata en la solapa, una estrella dentro de un círculo. Era la insignia de un agente especial de los U.S. Marshals.


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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 23, 2010 3:21 pm

:manga08:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 23, 2010 5:05 pm

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 23, 2010 8:17 pm

Gracias!!! venga ánimo que ya queda menos :pompones:
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Lun Ago 23, 2010 8:23 pm

siiiiiiii :manga12:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Ago 24, 2010 8:21 pm

53









Transcrito por Annabel Lee

—¡Arkeley! -exclamó Caxton—. ¡Oh, Dios, es Arkeley! Lo habéis matado.
Ella ya sabía que estaba muerto, casi lo había aceptado, pero ahora tenía la prueba. Las lágrimas le brotaron de los ojos y le mancharon la camisa.
—Oh, no, está muy vivo —le dijo Scapegrace—. O eso espero.
Los siervos se encogieron, asustados, junto al ataúd y Caxton ató cabos. Cuando habían atacado su casa, Scapegrace les había ordenado capturar a los dos policías con vida. A Caxton para que pudiera convertirse en vampira y a Arkeley para poder torturarlo hasta la muerte por lo que les había hecho a Reyes, a Congreve, a Lares, a Malvern y a todos los vampiros que habían caído en sus manos.
Hazlitt le palpó el cuello al federal.
—Aún tiene pulso, es débil pero constante. Y desde luego respira. Aunque está inconsciente, eso sí.
Scapegrace sonrió.
—Pues despertémoslo.
Se acercó al cuerpo colgante de Arkeley y le cogió la mano izquierda. Le acarició la piel manchada de sangre un instante y entonces, sin previo aviso, se llevó la mano a la boca y con un rápido movimiento le arrancó cuatro dedos de un mordisco.
La sangre fresca manó de las heridas y se mezcló con la sangre del ataúd. Los ojos de Arkeley se abrieron y de su pecho surgió un gemido lastimero, parecido al maullido de un gato. El federal cogió aire con un estertor horrendo, que sonó como si algo se hubiera roto en su interior; luego movió los labios como si estuviera intentando hablar,
Scapegrace escupió los dedos arrancados dentro del ataúd de Malvern y éstos se hundieron en la sangre sin dejar rastro.
—¿Cómo dices, agente? Habla más fuerte.
—Agh... —dijo Arkeley. Su voz ronca sonó como si estuviera frotando dos trozos de papel—. Agen...
—Agente especial —terminó la frase Caxton.
Una sonrisa truculenta pero, sí, una sonrisa genuina se dibujó en la cara del federal.
—Cax... —farfulló Arkeley—. Caxt... Tiene, tiene que... —Cogió otra dolorosa bocanada de aire—. Tiene que...
No parecía capaz de expresar lo que estaba pensando.
A Scapegrace todo eso no le hizo ninguna gracia. Le cogió a Arkeley la otra mano.
—¿Tienes algo más que decir? —le preguntó—. ¿Unas últimas palabras para tu amiguita? Le has fallado, viejo. Va a morir, tú vas a morir... ¡Todo el mundo va a morir! Les has fallado a todos. A lo mejor quieres decirle que lo sientes. Vamos, díselo al oído. Todos esperaremos aquí pacientemente a que se te ocurran tus últimas palabras.
Caxton se acercó al borde del ataúd y el faldón de la camisa se le empapó de sangre.
—Jameson —le dijo en un susurro. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila y le sonó muy raro—. No te disculpes, por favor.
—Arrodíllate —le dijo el federal. No era lo que Caxton se esperaba—. Arrodíllate frente a ella.
Caxton retrocedió al oír aquellas palabras, ante la mera idea ele hacer lo que le estaba pidiendo. Buscó los ojos de Arkeley, quería que éste supiera cuánto la había cabreado ver cómo se rendía y que, encima, pretendiera forzarla a aceptar su condena de forma tan entusiasta. Sin embargo, en la mirada de Arkeley había una luz extraña. Las arrugas que rodeaban sus ojos tenían una expresión claramente desafiante.
Nunca antes había estado equivocado. Caxton se arrodilló y agachó la cabeza, como si estuviera rezando en la iglesia. Sin embargo, sabía sin lugar a dudas que iba a necesitar algo más que una simple plegaria para salvarse.
Entonces, allí, de rodillas, vio algo, un bulto escondido en la oscuridad casi absoluta que había debajo del ataúd. Caxton vio la forma triangular de los dos caballetes y entre ambos vio algo más, algo plano y anguloso. Entrecerró los ojos y vio que había algo pegado al fondo del ataúd con una cruz plateada de cinta americana. Se fijó mejor y por fin lo entendió: era una pistola, una Glock 23.
Arkeley debía de haberla dejado allí. Tal vez lo hiciera durante la noche en que Scapegrace y Reyes fueron a por Malvern y el federal los amenazó con destrozarle el corazón a la vampira. Ya entonces debía de haber planeado ese momento, como lo planeaba todo, teniendo en cuenta cualquier posible contingencia. Así es cómo se lucha contra los vampiros, yendo siempre un paso por delante de ellos.
Caxton alzó la cabeza para estudiar el rostro de Arkeley. Su expresión no revelaba nada. Volvió a mirar la pistola. Sabía que contenía trece balas, la recámara estaría vacía. Alzó de nuevo la cabeza y echó un vistazo a la sala.
—Scapegrace —dijo.
El vampiro se le acercó. Lo tenía a menos de un metro y medio.
-¿Qué?
—¡Cógelo! —dijo al tiempo que tiraba el cráneo al vacío. Inmediatamente el grito estridente y antinatural del bebé maldito se propagó por el aire. Scapegrace se lanzó a por él.
Caxton desenganchó la Glock del fondo del ataúd. Deslizó el pasador hacia atrás para cargar una bala y vio cómo los ojos rojos del vampiro se ensanchaban. Su cerebro había entendido lo que estaba ocurriendo, pero sus manos continuaban dirigiéndose hacia el cráneo. Lo agarró y lo destrozó sin pensar entre sus pálidos dedos. Una lluvia de amarillentos pedazos de hueso y terrones llenos de gusanos le salpicaron la camiseta. El gemido cesó de golpe.
Caxton apretó el cañón de la pistola contra el pecho del vampiro y disparó. Scapegrace cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el suelo de cemento. Sus ojos se volvieron para mirar a los de Caxton.
—Bastante bien —dijo, al tiempo que intentaba hincar una rodilla al suelo para levantarse y acabar con ella. Sin embargo, parecía que sus extremidades no estaban dispuestas a colaborar—. Mierda —dijo y cayó de nuevo.
—¡Vamos! ¡Traed refuerzos! —les gritó Hazzlit a los siervos. Uno de ellos se apresuró hacia la puerta del fondo de la sala, buscando refugio en las sombras. Caxton giró sobre sus talones, disparó y la espalda del siervo estalló en una nube de carne corrompida y ropa hecha jirones. Después se volvió para disparar al siguiente, pero éste había desaparecido, ya había huido de la sala. El tercer siervo se puso en cuclillas y se abrazó las rodillas.
A continuación Caxton se volvió hacia Hazlitt. No lo apuntó con el arma; no se debe apuntar con un arma a un ser humano hasta que no estés preparado para dispararle. El medico se es¬condió detrás de un carrito cargado de material médico y levantó las manos. La agente decidió que era demasiado inteligente como para intentar algo.
Scapegrace había rodado hasta quedar tumbado de costado. Cuando Caxton lo miró, estaba intentando incorporarse de nuevo. El vampiro evitaba cruzar su mirada con la de la agente.
—Me has dado —dijo.
—¿Cómo?
—Me has dado en el corazón —terminó la frase. Hincó una rodilla al suelo, juro le temblaban los brazos—. Eso ha sido muy astuto. —Hincó la segunda rodilla—. Has esperado a que le hubiera dado toda la sangre a Malvern, has esperado a que me debilitara al máximo. Muy astuto. Oye —dijo al tiempo que se ponía en pie—, me iré sin hacer ruido, ¿vale? —Entonces levantó las manos para que quedaran a la vista—. No me mates. —Hablaba casi sin aliento, ¿le había perforado un pulmón?— Por favor —continuó—. Enciérrame para siempre si quieres, pero no me mates. Aún no tengo ni dieciocho años.
—No —susurró Arkeley detrás de ella. «No lo escuches», intentaba decir.
Arkeley. ¿Aún estaba vivo? No lo estaría por mucho tiempo a menos de que lo bajara y le vendara las heridas. Caxton se dio media vuelta para mirarlo.
Era la oportunidad que Scapegrace había estado esperando. Cruzó la sala como un rayo. La sangre rojísima manó a borbotones del cuello y la barbilla de Hazlitt cuando el vampiro le desgarró al médico la mitad del cuello. Hazlitt soltó un grito ahogado. Caxton disparó a Scapegrace en la nuca, instintivamente, pero ni tan sólo logró ralentizarlo. Le disparó otra bala en la espalda, pero el vampiro tan sólo redobló sus esfuerzos y hundió la cara y sus hileras de dientes triangulares hasta el fondo del boquete que había hecho en el cuello de Hazlitt.
Cada gota de sangre que le chupara lo volvería más fuerte. En cuestión de segundos su cuerpo iba a ser resistente a las balas. Caxton tenía que matarlo inmediatamente. La agente contuvo la respiración, apuntó de nuevo y le disparó en la espalda. La bala se desintegró en el interior del cuerpo del vampiro, que se dobló y aulló de dolor. Se alejó de Hazlitt tambaleándose y cayó sobre los barrotes de varios equipos de perfusión, que se estrellaron contra el suelo con gran estruendo al tiempo que el vampiro intentaba en vano agarrarse a algo para no caer. Las piernas le temblaban como si fueran de gelatina. Se derrumbó en el suelo y finalmente murió entre convulsiones.
Hazlitt echó un último vistazo a la sala. Tenía la cara, el pecho y toda la parte delantera del cuerpo bañada en sangre. Luego cayó de bruces al suelo, tan muerto como el vampiro.
El siervo que se había escondido en el rincón se levantó de un salto y empezó a correr hacia la puerta. Caxton disparó obedeciendo a sus reflejos, sin embargo, falló. Disparó de nuevo y le pulverizó el brazo izquierdo. El siervo lloriqueó de dolor pero no se detuvo. Caxton disparó una tercera bala y el cuerpo del siervo voló en pedazos.


Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Mar Ago 24, 2010 8:24 pm

Ranguitos....

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 5:57 pm


Transcrito por Annabel Lee



Hay una estaca en tu negro,
burdo corazón.
A los aldeanos nunca les gustaste.
Están bailando y zapateando sobre tí,
siempre supieron que eras tú.


Sylvia Plath, ‹‹Daddy››


MALVERN


54

—Cinco —gimoteó Arkeley.
Caxton enfundó la pistola en la pistolera vacía del cinturón. Casi encajaba. Aunque le temblaba el pulso, trepó por la escalera de mano y logró bajar a Arkeley al suelo. Encontró vendas y esparadrapo en el carrito con ruedas.
—Cinco —repitió Arkeley, como si acabara de acordarse de algo.
Sus heridas eran espantosas. Los siervos le habían propinado una buena paliza: su piel era un laberinto de cortes, la mayoría de los cuales estaban inflamados, y donde la piel no estaba trinchada o desgarrada, estaba magullada e incluso en algunos puntos se veían marcas de mordiscos. Tenía los ojos tan abotargados que no podía ni abrirlos y tenía también la boca amoratada e hinchada. Además, por supuesto, le faltaban los dedos que Scapegrace le acababa de arrancar. Caxton le vendó la mano izquierda con gasas, que al instante se tiñeron del color rojo intenso de la sangre arterial. Fue aplicando más vendaje a la herida de Arkeley para detener la hemorragia, aunque sin apretar demasiado. Al menos se trataba de la mano izquierda. Aún podría utilizar la mano derecha. Aún podría disparar.
Aunque en realidad todavía no. No podría disparar más, ni aquella noche, ni probablemente tampoco durante varios meses. Ni siquiera podía incorporarse.
A Caxton le entraron sudores fríos cuando se dio cuenta de que durante todo aquel rato había estado esperando que Arkeley se levantara y le pidiera su pistola. Caxton había creído que ella ya había cumplido con su parte y que ahora Arkeley se encargaría del resto.
—Cinco —murmuró el federal.
—Chsss —contestó Caxton.
No sería así. Arkeley no iba a luchar contra los siervos. No iba a salir de Arabella Furnace por su propio pie. Salir de allí dependía de ella, de si era capaz de ir corriendo a por ayuda. A lo mejor lograba salvarle la vida a Arkeley, pero todo estaba en sus manos.
—Cinco.
—Vale ya —dijo Caxton—. ¿Cinco qué? ¿Cinco siervos? Creo que había bastantes más cuando llegué. Porque si estás intentando decirme que aquí hay cinco vampiros activos voy a manchar el uniforme —dijo con una sonrisa al tiempo que le daba unas palmaditas en la mano buena.
Arkeley cogió aire con esfuerzo y dijo precipitadamente:
—Sólo queda un vampiro activo. —Hizo una pausa—. Aún te quedan cinco balas en el cargador —añadió finalmente.
Lentamente, Caxton sujetó la Clock que tenía en el culturen. Sacó el cargador y contó las balas. Tan sólo quedaban cinco balas, tal y como había dicho Arkeley. Era imposible, era imposible que ya hubiera disparado ocho balas, ¿no? Caxton repasó mentalmente su enfrentamiento con el vampiro y se dio cuenta de que, en efecto, había gastado ocho balas.
Volvió a encajar el cargador en la pistola y la enfundó de nuevo.
—A partir de ahora —le dijo Arkeley, moviendo la cabeza de arriba abajo—, ten más cuidado.
Caxton asintió. Aunque seguramente Arkeley no lo vio, pues en aquel momento se apagaron las luces.
Fue tan rápido que Caxton pensó que tal vez había sido fruto de su imaginación. Parpadeó, pero la luz azul no se volvió a encender. La monótona oscuridad invadió todo el espacio que rodeaba a Caxton, una oscuridad tan densa que la agente sintió como si le frotara los ojos secos.
—Dios mío —dijo Caxton—. Lo saben. Saben que ha ocurrido algo. ¿Qué hacemos ahora?
Arkeley no respondió. Entonces Caxton extendió el brazo y le agarró la muñeca ensangrentada. Tenía pulso, aún, pero debía de estar inconsciente.
Caxton rebuscó en sus bolsillos, con la esperanza de encontrar algo que diera luz. Algo, lo que fuera. Scapegrace le había quitado casi todas sus pertenencias: el teléfono móvil, la PDA y las esposas.
—Oh, qué bien —susurró Caxton, aunque no sabía muy bien a quién se dirigía. El vampiro no le había confiscado su linterna mini-Maglite. Probablemente pensó que con aquello no podría hacerle daño a nadie. Caxton se la sacó a Arkeley del bolsillo y lo enfocó. La pequeña linterna proyectaba un haz de nebulosa luz azul pálido que la deslumhró durante un segundo, que alcanzaba apenas para que Caxton pudiera comprobar que Arkeley aún respiraba.
En una de las paredes de la habitación había un teléfono. Caxton descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja. No había señal. La agente pulsó el botón de colgar más de veinte veces en un intento de hacerlo funcionar, pero no hubo suerte. Quien hubiera cortado la electricidad también debía de haber cortado las líneas telefónicas del sanatorio.
Lo que significaba que estaban al corriente de todo. Sabían dónde estaba y cuál sería su siguiente movimiento.
Si los siervos, y el vampiro que quedaba, sabían que Caxton estaba en la sala de Malvern, el primer objetivo que debía lograr era salir de allí. No podía trasladar a Arkeley, pues su peso era mucho mayor que el de ella y jamás lograría arrastrarlo, de modo que tendría que dejarlo allí, tendido en el suelo. Si los malos lo mataban por puro rencor, Caxton se odiaría durante el resto de su vida. Albergaba la esperanza de que los siervos estarían demasiado ocupados intentando matarla a ella.
Iluminó a su alrededor con la linterna, encontró la salida de la sala y corrió hacia el pasillo al que daba la puerta. Dejaría la Glock en la pistolera, así evitaría malgastar una bala si se asus¬taba de su propia sombra. Una precaución típica de Arkeley que, no obstante, ahora se le había ocurrido a ella y que la hizo sentirse bastante orgullosa. Aunque también era cierto que a esas alturas Arkeley ya habría urdido un plan. No sólo eso, sino que estaría ya llevándolo a cabo.
—Piensa —dijo intentando romper la capa de miedo que le cubría el cerebro, como si se tratara de escarcha—. Piensa.
Siendo realistas, ¿a qué podía aspirar? No era lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a solas a otro vampiro y a un número indeterminado de siervos. A Reyes lo había derrotado gracias al amuleto de Vesta Polder y Scapegrace había muerto porque lo había pillado por sorpresa, no porque poseyera ninguna cualidad especial. De modo que, si no podía enfrentarse a ellos, ¿qué podía hacer?
Podía correr. Podía salir del hospital y regresar con refuerzos. Era el único plan realista. Sabía que los siervos harían lo posible por detenerla. Caxton intentó ponerse en la piel, o en lo que quedaba de ella, de un bicho sin rostro. Aún no la habían atacado directamente... y no, no lo harían. Eran unos cobardes, Arkeley ya se lo había advertido. Se replegarían y la dejarían a ciegas y sin posibilidad de comunicarse. Intentarían hacerla salir, la obligarían a meterse en su trampa. Los siervos habían cerrado con llave la entrada principal. Intentar salir por donde había entrado sería un suicidio. Corrió a esconderse en el primer pasillo lateral que encontró.
Se acordó de la primera vez que visitó el sanatorio. Ya entonces pensó que era un enorme laberinto espeluznante. Ahora, con las luces apagadas, era mucho más inquietante y a Caxton le iba a resultar mucho más difícil orientarse. Sabía que tenía que ir en dirección sureste, hacia el ala del invernadero. Sí, eso sería lo ideal. Si lograba salir al exterior se sentiría mucho más segura. Tal vez la luz de la luna le revelaría algo útil.
El haz de su linterna iba un paso por delante de ella, iluminando menos de lo que a Caxton le hubiera gustado. El pasillo que estaba enfocando era una galería repleta de reflejos borrosos y sombras alargadas. Frente a ella podría haber cualquier cosa, cualquier cosa podría estar esperándola. Caxton avanzaba con la espalda pegada a la pared, poco a poco, paso a paso. No tenía alternativa.
Ya había recorrido la mitad del pasillo y comprobado todas las puertas a su paso cuando de pronto oyó un ruido. Era como si algo se moviera en el interior de la pared en la que se apoyaba. Caxton se apartó de un brinco y oyó cómo aquel algo se alejaba al mismo tiempo, como si se hubieran asustado mutuamente. Era un sonido rítmico y chirriante, o mejor dicho un conjunto de sonidos, el tamborileo de unas garras sobre la madera, el ruido de un cuerpo blando arrastrándose por el yeso agrietado. Frente a Caxton, al final del pasillo, algo atravesó la pared y cayó al suelo.
Caxton lo enfocó con la linterna y bajo su haz de luz apareció una rata. El animal miró a Caxton con sus diminutos ojos centelleantes, frunció el hocico y salió disparado.
—¡Menos mal! —dijo Caxton, intentando tranquilizarse. Sus palabras resonaron más de lo que Caxton habría querido.
Unos metros frente a ella, al final del pasillo, un siervo masculló:
—¿Qué ha sido eso?
Caxton se paró en seco. Dejó de respirar. Apagó la linterna. Un diminuto rayo de luz se colaba por los cristales cuadrados de la puerta de doble hoja que había al final del pasillo. Una sombra cruzó aquella luz, una sombra que parecía una cabeza humana.
—¿Lo has visto ? — preguntó otro, con la misma voz chirriante, como el chillido de una rata. Otro siervo—. Ahí hay alguien, se acaba de apagar una luz.
—Ve a por los demás —dijo la primera voz.
La puerta batiente se abrió de golpe y un interminable torrente de siluetas humanas inundó el pasillo.


Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 5:59 pm

ranguitos y besos

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:17 pm

Ranguis. Hoy estás un poco besucona, ¿no?

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:29 pm

jajajajaj....Besotesssssss...

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:50 pm

ranguis!!!! y ahora otra minimaratón XDDD

a quién le toque el final que los ponga cuando llegue :youpi:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:51 pm

Capitulo 55

Caxton fue a coger el arma pero se detuvo. Oyó decenas de pesados pasos que avanzaban por el pasillo hacia ella. No le quedaban más que cinco balas. Sería imposible enfrentarse a tantos siervos con tan sólo una pistola.
De pronto encendió la linterna y los enfocó. Sus rostros desollados y sus ojos vidriosos reflejaron la luz perfectamente. Iban vestidos con andrajos. Uno de ellos llevaba gafas. A varios les faltaba una mano o un brazo. Eran al menos doce y todos ellos iban armados: cuchillos de cocina, destornilladores afilados, hachas y cuchillos de carnicero. Uno llevaba una horca. Cuando entraron en contacto con la luz sus bocas se abrieron de par en par y todos echaron a correr hacia Caxton.
Si se quedaba donde estaba, los siervos iban a cargársela. Entonces apagó la linterna y se fue a toda velocidad hacia la salida. La hoja de la puerta yacía en el suelo de la habitación contigua, como si las bisagras se hubieran podrido.
Al fondo de la habitación había una ventana, pero Caxton vio que estaba protegida por unos barrotes. La habitación parecía la celda de una cárcel. ¿Habría sido la sala de psiquiatría?
Caxton oía que los siervos se le acercaban. Se había metido en aquella habitación por puro instinto, tratando de huir. ¿La habrían visto? No sabía si los siervos veían mejor en la oscuridad que los seres humanos. ¿La habrían visto o no? Se apoyó de espaldas contra la pared, junto al marco de la puerta, y respiró por la boca. Oyó los pasos de los engendros en el pasillo, los oyó arrastrar los pies por el sucio de linóleo y aporrear las paredes de yeso con las manos. ¿Habrían visto dónde se escondía? Tenían que estar muy cerca. Tenían que estar cada vez más cerca.
Le pareció que pasaban de largo por delante de la puerta tras la que estaba escondida, pero debía asegurarse. Asomó la cabeza por el umbral para echar un vistazo y se encontró a uno de ellos que le devolvía la mirada. Tenía la cara despellejada y en carne viva donde él mismo se había arrancado la piel. Su mirada estaba menos llena de odio que de patetismo, preñada de una tristeza hastiada más profunda de lo que Caxton jamás podría haber imaginado.
Sin pensárselo dos veces, Caxton alargó ambas manos, le agarró la cabeza, se la retorció y tiró de ella. El siervo gritó pero su carne se desgarró. Caxton tuvo más bien la sensación de estar arrancando una rama de un árbol que forcejeando con un ser humano. Los huesos crujieron en el interior del cuello del engendro y finalmente sus vértebras cedieron. Caxton se encontró de pronto sujetando una cabeza humana que la estaba mirando. La tristeza de esos ojos se había convertido en pánico. La boca aún se movía, pero ya no contaba ni con el aliento ni con la laringe para poder gritar.
—¡Puaj! —exclamó Caxton y lanzó la cabeza hacia un sombrío rincón de la sala. Fuera, en el pasillo, el cuerpo del siervo continuaba caminando pero había perdido toda coordinación. No era más que un conjunto de músculos agitándose sin ton ni son. Caxton sintió un profundo sentimiento de culpa y de repugnancia en su interior y creyó que iba a vomitar. Miró hacia el oscuro rincón, preguntándose si la cabeza se estaría moviendo y cuánto dolería que te decapitaran y no morir al instante.
Entonces se acordó de los siervos que se habían mofado de ella mientras los contemplaba desde el tejado de la cabaña de Farrel Morton. Pensó en el que la había atacado con una pala y en el que se había acercado a su ventana y había engañado a Deanna para que se cortara en pedazos. La culpa se marchó volando con alas de polilla.
El cuerpo decapitado aún caminaba, y al cabo de poco se estampó contra una pared y empezó a golpearla con el hombro como si quisiera atravesarla, hasta que quedó hecho jirones.
El resto de siervos se volvieron para ver qué ocurría. Se detuvieron en el pasillo en anárquica formación, con las armas listas para atacar, aunque no la apuntaban a ella. Habían pasado de largo por delante de la habitación sin saber que Caxton se había escondido allí. De hecho, si no hubiera asomado la cabeza, los siervos ya se habrían ido. Era difícil saberlo en la oscuridad del pasillo, pero Caxton imaginó que estarían desconcertados.
La horca que el siervo decapitado llevaba entre las manos cayó al suelo y rebotó con estruendo. Caxton la recogió y se percató de lo mucho que pesaba, sobre todo de la parte delantera. Las púas metálicas se inclinaron hacia el suelo al tiempo que Caxton intentaba levantar la herramienta. Era un arma penosa y, además, Caxton no estaba entrenada para manejarla.
La dejó caer al suelo. Repicó contra el linóleo y entonces Caxton desenfundó su Glock.
La multitud de siervos se echó hacia atrás. Alejándose de ella. Eso estaba bien. Algunos levantaron las manos, aunque no soltaron las armas.
Caxton apuntó con la pistola a uno de ellos y luego a otro. Los hizo estremecerse. No tenían forma de saber cuántas balas le quedaban. La agente salió al pasillo, con la pistola levantada, dispuesta a dispararle al primero que se moviera; tal vez así les entraría el pánico y se dispersarían como ratas asustadas. Caxton se aferró a esa esperanza.
Uno de ellos llevaba unas tijeras de cocina. Las abría y las cerraba nerviosamente, y las hojas refulgían bajo la luz de la luna. Otro iba vestido con una sudadera azul oscuro de Penn State y la capucha le enmarcaba el rostro arrasado. Sujetaba un martillo Con el que podría romperle el brazo a Caxton en un segundo si se le acercaba un poco.
Caxton retrocedió un paso. Los siervos avanzaron un paso. Aquello no iha a funcionar. En cualquier momento iban a dejar de estar asustados y se abalanzarían sobre ella. Era imposible que lograra sobrevivir si todos la atacaban simultáneamente. Si no disparaba pronto se olerían el farol y todo habría terminado.
Se decidió por uno, el que llevaba el martillo. Parecía estar menos asustado que el resto. Caxton se tomó su tiempo para asegurarse un disparo certero, le apuntó justo al corazón y disparó. Al tiempo que apretaba el gatillo pensó: «Cuatro».
El pecho del siervo estalló y Caxton se vio envuelta en un fuerte hedor a carne corrompida. El resto de engendros retrocedieron, pero al cabo de poco volvieron a avanzar hacia ella y blandieron las armas con sus mortecinas manos. Se dirigían hacia ella como si pudieran leerle la mente a la perfección, como si también ellos hubieran contado sus disparos y supieran que estaba perdida.
Caxton liberó otro balazo, desesperada, y se maldijo por disparar sin apuntar ya en el momento en que apretó el gatillo. No esperó para ver dónde impactaba la hala, sino que se dio media vuelta y echó a correr por el mismo pasillo por el que había venido. Sintió que tenía a los siervos a sus espaldas, pisándole los talones. En la oscuridad, oía sus pesados pasos sobre el linóleo. ¿Verían mejor que ella en la penumbra? No lo sabía. No tenía ni idea. Encendió la linterna, pues le interesaba más ver adónde se dirigía que esconder su posición.
Abrió una puerta de un empujón, dobló una esquina, derrapó y a punto estuvo de llevarse por delante un archivador que alguien había dejado en medio del vestíbulo. Lo empujó con la fuerza que le proporcionaba la adrenalina y el estruendo que provocó su caída reverberó por toda la sala. A lo mejor un par de siervos se tropezarían con él.
Hacía tanto frío que al respirar el aire le congelaba la garganta, pero Caxton corría sin cesar, mientras la luz de su linterna brincaba frente a ella, por las paredes y el suelo.

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