Black and Blood


 
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 13 Balas (David Wellington)

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:54 pm

Capitulo 56

Caxton dobló la esquina de un estrecho pasillo sin ventanas. Se puso en cuclillas en la oscuridad e intentó controlar la respiración y el latido del corazón. La sangre le bombeaba con tanta fuerza en los oídos que tenía la sensación de que cualquiera que estuviera cerca la oiría.
La sangre. Aquél era precisamente el problema, ¿no? Caxton estaba llena de sangre y los siervos querían derramarla, tal vez para vengarse de lo que les había hecho, a ellos y a sus amos. A lo mejor, cuando estabas semimuerto tu corazón estaba lleno de celos hacia los vivos. Querían su sangre. Y luego estaba el vampiro, el vampiro desconocido que rondaba el sanatorio y que también la perseguía, que también quería su sangre, aunque por razones distintas.
Oyó a un siervo que se movía cerca de ella. Sus pies hacían menos ruido sobre el linóleo que un gato cruzando un jardín, pero aun así lo oyó. Nada aguzaba tanto los sentidos como el miedo.
Le quedaban tres balas, pero Caxton sabía perfectamente que no le iban a servir de nada. Podía dispararse una en el corazón; de ese modo, al menos, no se convertiría en vampira.
También podía dispararse en la cabeza. Así sí regresaría de entre los muertos.
¿Sería verdaderamente tan horrible? Sería traicionar a Arkeley, ciertamente; pero de todos modos a éste nunca le había gustado demasiado. Si se transformaba en vampira por lo menos su vida no terminaría. Cambiaría en muchos sentidos, pero no terminaría.
«Sí», dijo Reyes, dentro de su cabeza. Llevaba callado toda la noche. O bien estaba perdiendo el control sobre ella, o había estado esperando al momento adecuado.
«Eso es», añadió alguien más. «Dispárate en la cabeza».
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y la hizo estremecerse. Oyó cómo el siervo que rondaba por el pasillo se detenía a menos de tres metros de ella. Contuvo la respiración hasta que éste pasó de largo de su escondrijo. Cuando creyó que no la oiría, Caxton soltó un poco de aire.
Alguien más había hablado dentro de su cabeza con una voz que no se parecía en nada a la de Reyes.
—Callaos rodos de una vez, joder —les dijo.
Una risita ahogada resonó en su garganta, como si estuviera riendo para sí misma. Aquello pintaba fatal, se dijo, pero no pensaba responderles, no iba a darles esa satisfacción.
Se puso en pie y llegó al final del oscuro pasillo, lanzando breves fogonazos de luz con la linterna para encontrar el camino. El pasillo desembocaba en un corredor más ancho abarrotado de material de construcción: montañas de tejas, cajas de baldosas de repuesto, palets de maderas e hileras y más hileras de cubos blancos llenos de mezcla para revocar. La luz de la luna se filtraba por un agujero en el techo y hacía que todo adquiriera un fantasmagórico halo plateado, pero incluso bajo esa luz tan inquietante Caxton se dio cuenta de que esos materiales de construcción debían de llevar años allí, abandonados. Probablemente los habrían comprado para algún proyecto que luego había sido abortado antes de empezar. A lo mejor querían arreglar el agujero del techo. La madera estaba carcomida y era viscosa al tacto, algunos de los cubos se habían agrietado y el polvo blanco que contenían se había amontonado por el suelo en sinuosos montoncitos. Se acercó con cautela, a sabiendas de que podía haber cualquier cosa oculta en las sombras donde no llegaba la luz de la luna. Bajó la mirada y observó el polvo que había acumulado en el suelo. El viento que entraba por el techo lo esparcía lánguidamente. Poco a poco, el polvo se reunió en algo que resultó ser una pisada. Laura no era una rastreadora experta, pero se dio cuenta de que aquella pisada no era mucho mayor que las suyas. El rastro era fresco, bien definido. Una mujer descalza había pasado por allí hacía poco.
«Laura», dijo alguien en la habitación contigua. ¿O lo había imaginado? Lo que Caxton tenía en la cabeza no era una ligera confusión, sino un espectáculo de magia digno de Las Vegas. Ya no podía estar segura de nada. Lo que acababa de oír podría haber sido un carraspeo más que una palabra. Y, en realidad, había sonado más como un crujido estructural del edificio que como un carraspeo. Si no hubiera sabido todo lo que sabía, podría haberse convencido de que era fruto de su imaginación.
Las huellas atrajeron su mirada hacia una puerta doble situada al otro extremo del pasillo. En una de las puertas había escrito con tinta negra: «SALA DE INVÁLIDOS». Alguien le estaba mandando un mensaje: debía cruzar aquellas puertas. Era una trampa, pero Arkeley ya le había enseñado cómo se había de actuar ante una trampa. Temblando más de lo que le habría gustado, Caxton se acercó a la puerta y empujó uno de los batientes, que se abrió fácilmente, con un leve chirrido de bisagras.
La sala que había al otro lado era cavernosa y extremadamente oscura. Con la linterna vio que en ella no quedaba ya nada que pudiera transportarse. Lo único que se conservaba en la sala eran varios armazones de cama pintados con esmalte blanco desportillado. Algunos estaban arrinconados, pero la mayoría seguían donde debían de estar el día en que clausuraron el sanatorio, colocados en unas hileras perfectas que se perdían en la impenetrable oscuridad.
¿Cuántas personas, cuántas generaciones habrían muerto en esa sala? ¿Cuántos hombres habían yacido en esas camas habían tosido y tosido hasta que alguien había llegado con un carrito y se había llevado su cuerpo exánime? ¿Cuántos fantasmas habían dejado tras de sí? El padre de Caxton había muerto de aquella forma, tosiendo y carraspeando, en una cama idéntica a...
Caxton sintió un contacto sobre el hombro, ligero como una pluma.
El miedo se apoderó de ella. No era una emoción, sino un animal vivo, que respiraba y se le encaramaba a los hombros y al cuello, como si buscara un lugar donde esconderse. A Caxton le dieron ganas de echar a correr, de chillar. Intentó darse vuelta, pero el miedo la había paralizado por completo.
Caxton apagó la linterna. Con un gran esfuerzo de concentración, logró empezar a respirar de nuevo.
«Laura». A lo mejor había sido una ráfaga de aire que había agitado las ramas de los árboles. Sí, los árboles. Seguro. La primera vez quizá se lo habría creído, pero después de tantas repeticiones sabía de qué se trataba: era un vampiro, y estaba jugando con ella como un gato juega con un estornino herido.
Caxton se le erizó la piel de los brazos.
Tal vez fuera Malvern. El baño de sangre podía haberle proporcionado la fuerza necesaria para llamarla de esa forma desde el otro extremo del sanatorio, O podía tratarse del otro vampiro, el vampiro desconocido.
Un viento helado le rozó a Caxton la cara y le revolvió pelo. En el pasillo no había viento hacía un momento. O alguien había abierto una puerca en algún lugar, o...
No pudo evitarlo, tenía que saberlo. Encendió la linterna justo en el momento en el que una mano lívida, manchada de rojo, se apartaba de su hombro. Dio un grito de terror, se apartó de un salto e intentó ubicar al propietario de esa mano, pero no vio nada. Volvió a apagar la linterna y cogió el arma con más fuerza.
Tres»
Pasó un segundo, luego otro, pero no sucedió nada.
Caxton quería volver a encender la linterna. Se dijo que a oscuras jugaba con desventaja, pues los vampiros veían a las personas en la oscuridad. Veían su sangre. Imaginó al vampiro mirándola en ese momento: ¿vería su rostro asustado o tan sólo la sangre que le corría por las venas? Imaginó el aspecto que debía de tener: el intrincado sistema de venas en movimiento, como si lo hubieran extraído del cuerpo mediante una compleja operación quirúrgica y colgara de unos hilos, como una marioneta. Una forma vagamente humana, pero hueca, una vibrante estructura de líneas rojas que latían trémulamente en el aire frío.
El vampiro, o la vampira, tenía que estar lo bastante cerca para atacarla. En cualquier momento se le echaría encima y la partiría en dos. ¿Por qué no lo había hecho aún? Estar allí, contemplando su propia destrucción, imaginando el dolor que se aproximaba, era casi peor que morir.
Encendió la linterna y apuntó al frente. Quería desafiar al vampiro, obligarlo a mostrarse. El vampiro lo entendió y se colocó en medio del haz de luz.
A diez metros de distancia, o incluso más lejos, la luz reveló apenas una pálida figura humana. Se trataba de una vampira y llevaba un vestido de encaje que a Caxton le resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera visto en una revista. Tenía las manos cubiertas de sangre.
Caxton había visto ya esa aparición con anterioridad. En el coche, cuando se había desmayado de miedo, había visto aquella vampira con las manos cubiertas de sangre que le hacía señas, la llamaba. De repente la vampira levantó las manos, con las palmas extendidas como si quisiera recoger la luz de la linterna de Caxton. La mancha roja se le escurrió por entre los dedos y Caxton se dio cuenta de que no era sangre. Era pelo, mechones de pelo corto y rojizo.
—Se me cayó todo de golpe, cariño —dijo la vampira y se acercó un poco. Se movía con tanta soltura como si patinara sobre hielo—. Pensé que te gustaría verlo por última vez.
A Caxton se le helaron los huesos, se quedó petrificada, fosilizada. El sonido que empezó a formarse en su garganta no era un nombre, sino más bien el ruido que hacen las rocas cuando, en invierno, se hielan, se agrietan y se parren. Sin embargo, cuando finalmente llegó a los labios de Caxton, ese sonido se parecía mucho al nombre de Deanna.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:55 pm

57

Deanna le acarició la boca y el mentón. Sus dedos bajaron por el cuello de Caxton y agarraron la hebilla de su cinturón. Bajo la luz azulada y vacilante de la linterna, Deanna no tenía tan mal aspecto. Aunque estuviera semimuerta.
—Me alegro tanto de verte —dijo con voz suave.
—Dee —dijo Caxton con un suspiro—. Dee. Pero no puede ser. Tú no te... Tú no te...
—¿Que no me suicidé? —preguntó Deanna. Tenía una voz grave y ronca como los vampiros y la piel del color de la leche desnatada. Probablemente era capaz de hacerle un nudo a una barra metálica con las manos.
Sin embargo, era Deanna y volvía a estar viva, o casi.
—Rompí la ventana con mis propias manos y me corté yo misma —dijo Deanna y sus ojos encontraron los de Caxton—. Supongo que eso cuenta —añadió.
Su voz ronca era vagamente susurrante. Resultaba sexy. Caxton notó un ardor en todo el cuerpo.
Sería técnicamente incorrecto decir que Caxton pensó que Deanna estaba viva, pues sabía que no era cierto. O, mejor dicho, su cerebro sabía que no era cierto. Pero su cuerpo tenía sus propias ideas y sus propios recuerdos. Recordaba la forma de Deanna, la forma que tenía Deanna cuando estaba viva. Recordaba su olor.
—¿Cómo has podido hacernos esto? Tú sabes lo que soy, a qué me dedico —le dijo Caxton. Se le acercó un poco más y acarició la mandíbula extrañamente protuberante de Deanna—. Estás tan fría —añadió.
Se inclinó hacia delante y apoyó su frente en la frente de la vampira. Era algo que solían hacer cuando estaban a solas y en silencio. Las hacía sentirse muy cerca, y en esa ocasión sintieron algo muy parecido.
—No tuve opción. Quiero decir, sí la tuve, pero... Congreve...
La vampira cerró los ojos y se llevó las manos a la boca llena de dientes. Empezó a llorar sin control. Caxton no podía soportar verla así.
—Chsss —le dijo—, vamos.
Rodeó el esbelto cuerpo de Deanna con un brazo. Quería abrazarla con fuerza para que entrara de nuevo en calor, para que volviera a ser una chica de verdad. Un sollozo se le atragantó a Caxton en la garganta, pero nunca llegó a asomar a la superficie.
—¿De qué conoces a Congreve?
Deanna apartó a Caxton. Utilizó tan sólo parte de su fuerza para librarse del abrazo, pero Caxton se dio cuenta del enorme poder subyacente que poseía Deanna si decidía utilizarlo. Por decirlo de algún modo, se sintió como si un camión la apartara suavemente.
Pero Deanna nunca le haría daño a Caxton; nunca haría daño a su amante. Caxton lo percibía en la forma en que Deanna la tocaba, en cómo se movía a su alrededor.
—Van a dejar que estemos juntas para siempre. Eso no habría sido posible de ninguna otra forma.
Pero Caxton sacudió la cabeza.
—Sí, claro, para siempre. Para siempre como uno de ellos. ¿Has visto a Malvern?
Deanna se rió y su carcajada sonó casi como las de antaño.
—Por supuesto que la he visto. Fue ella quien me invitó a venir aquí.
Entonces se apartó, se alejó de Caxton y a ésta le quedó un mal sabor de boca. Deanna se sentó en el armazón de una de las camas y cruzó los brazos sobre el pecho. Caxton se arrodilló a su lado para que sus caras estuvieran más cerca.
—Justinia es la que ha hecho que todo esto fuera posible. Yo iba a morir, cariño. Iba a morir y no tenía otra forma de salvarme.
—Chsss —dijo Caxton y le enjugó a Deanna las lágrimas con los pulgares. Sin embargo, lo que salía de los ojos de la vampira no eran lágrimas sino una sangre negra y espesa. Caxton se limpió los dedos en los pantalones.
—Creo que lo mejor será que me cuentes qué sucedió —dijo Caxton. Sí, eso estaba bien. Tenía que empezar a pensar otra vez como una policía. Pero era tan difícil con Deanna allí, una Deanna que aún hablaba y lloraba.
—Congreve iba a matarme. No era nada personal, simplemente estaba en el vecindario, cazando, y me encontró. Sucedió una noche en que tú estabas trabajando. Los perros empezaron a aullar y se encendió la luz de la caseta. Yo fui a ver qué pasaba. Cogí el destornillador largo de la caja de herramientas, salí al jardín y grité: «Yo de vosotros me largaba cagando leches. Mi novia es policía». Pero nadie respondió. Entonces me acerqué a la puerta y fue cuando me agarró.
—¿Congreve? —preguntó Caxton. Pero ¿cómo era posible? Ella y Arkeley habían matado a Congreve mucho antes del accidente de Deanna.
—Sí. Tenía las manos llenas de callosidades y me agarró con fuerza. Me dijo que iba a morir y yo empecé a chillar y a rogarle que no me matara. Él me ordenó que me callara y yo lo intenté, lo intenté de veras. Me preguntó si yo era la artista, si las sábanas del cobertizo eran mías, y yo respondí que no, por supuesto, porque pensé que a lo mejor era un fanático religioso o algo así y que quería matarme por mis obras de arte. Entonces me obligó a mirarlo a los ojos y lo que vi allí no era humano. Fui incapaz de seguir mintiéndole, no habría podido ni aun queriendo. Y le confesé que sí, que la artista era yo.
—Dios mío —gimió Caxton—. Te hipnotizó. Te maldijo y tú ni siquiera sabías lo que estaba sucediendo.
Deanna se encogió de hombros.
—A mí no me gusta plantearlo en esos términos. Me dijo que él también era un artista, que era músico. Realmente entendía mi trabajo, Laura. Eso tiene valor, ¿no? Dijo que un talento como el mío no podía desaprovecharse y entonces me preguntó si quería vivir o morir. Así, sin más. En realidad tuve que pensármelo, ¿sabes?
Deanna se miró las manos y se cogió el dobladillo del vestido. De pronto. Caxton recordó dónde lo había visto antes: era el vestido que Deanna había llevado a la boda de su hermano. ¿Era posible que los Purfleet la hubieran enterrado vestida de aquella forma?
—Te convirtió en uno de ellos. Eso significa que le dijiste que sí —apuntó Caxton, que quería que Deanna siguiera hablando. Ésta asintió.
—Entonces se marchó y yo empecé a tener esos sueños. Los sueños en los que tú te desangrabas.
Caxton se acercó al armazón de otra cama y se sentó para poder mirar a Deanna a la cara. Eran dos mujeres, dos mujeres vivas sentadas encima de sus camas, con las rodillas casi juntas. Dos mujeres que tenían una conversación, nada más, se dijo.
Deanna inclinó el rostro hasta que su voz quedó amortiguada por sus brazos cruzados.
—Me resistí a la maldición tanto como pude. Intenté no dormir, pues es en sueños cuando te inducen a hacerte daño. Aunque en realidad ésa es la parte más compasiva, ¿no crees? Mientras sueñas no sientes nada. Ojalá hubiera sabido cómo iba a ser para no tener tanto miedo. Lo siento mucho, Laura. Siento haberme asustado tanto, de lo contrario no les habría dicho nada de ti.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Caxton, intentando que su voz sonara serena.
—Les dije que no podía hacerlo sola, que no podía convertirme en uno de ellos si eso significaba tener que separarme de ti. Pero entonces el señor Reyes dijo que tenía la respuesta para eso. Dijo que podían llevarnos a las dos y pareció que la idea le gustaba de verdad.
No, no había sucedido de aquella forma. Era imposible. Caxton se sentía como si hubiera terminado un rompecabezas y la imagen no se correspondiera con la de la caja. Sacudió la cabeza.
—Eso no tiene ningún sentido, Deanna. Tu historia no encaja.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la vampira.
—Esto, este caso, era por mí. Por lo menos inicialmente era por mí, pues fui yo quien detuvo al siervo en el control de alcoholemia. Así fue como Reyes tuvo conocimiento de mí existencia.
Eso era lo único de lo que estaba segura, la única pista que había considerado firme y sólida en todo momento. Por eso Arkeley la había elegido precisamente a ella para aquella cruzada y por eso el siervo la había seguido hasta su casa: porque el vampiro quería que se convirtiera en uno de ellos.
—Cariño —le dijo Deanna—. ¿Tanta importancia tiene quién hizo qué primero?
—¡Pues claro que la tiene! —respondió Caxton. Lo significaba todo. Los vampiros habían ido a por ella, se habían obsesionado por ella—. Todo esto empezó la noche del control de alcoholemia, cuando el siervo me siguió hasta casa.
Deanna sacudió ligeramente la cabeza.
—No, Laura, no. Empezó varias semanas antes.
—Y una mierda —jadeó Caxton, cruzándose de brazos—. Además, ¿cómo podías saberlo tú?
—¡Joder, ya basta! ¡Sé que no eres tan estúpida!
Deanna se levantó y Caxton hizo lo propio, pero en realidad tuvo la sensación de haber sido la primera, pues Deanna seguía aún levantándose. Cuando terminó, tenía una altura considerable. ¿Había crecido tras la muerte? Tal vez su postura había mejorado.
—Aquel siervo no se topó accidentalmente con tu control de alcoholemia. Iba a por ti.
—No. —«No, no, no», pensó Caxton—. ¡No!
—Sí—dijo Deanna, que alargó el brazo y agarró a Caxton por el hombro. Lo hizo con fuerza, tanta que casi le dolió un poco. Realmente quería convencer a Caxton de que estaba diciéndole la verdad—. Congreve lo envió para que te encontrara y te llevara junto a él, para que las dos pudiéramos hacer esto juntas.
—No —repitió Caxton.
—Sí. Porque a mí me daba miedo, hacerlo sola. Y porque Reyes quería que fuéramos dos. Me quedé de lo más confusa cuando aquella noche me despertaste como si nada hubiera pasado. Y entonces asustaste al siervo que te habían asignado.
«No», pensó Caxton, pero no logró decirlo. Si lo hacía, se dijo, era posible que la palabra que saliera de su boca fuera un «sí». Porque se daba cuenta de que las cosas podían haber sucedido exactamente tal como se las estaba contando Deanna. Era posible... pero no podía ser cierto. Porque si lo era, si Deanna había tenido que cargar con la maldición todo ese tiempo y Caxton ni siquiera se había dado cuenta, si le había fallado de esa forma...
—Todo esto, todo este dolor y este sufrimiento, ha sido por mí. Si hubieras intentado hablar conmigo, si te hubieras quedado a mi lado la noche en que me hice daño, podríamos haber... podríamos haberlo hecho juntas.
—¡No! —chilló Caxton. Sólo quería que parara, que todo aquello terminara. Desenfundó la Glock 23 y disparó las tres balas; que le quedaban directamente contra el pecho de Deanna: una, dos y tres.
El ruido borró todas las palabras, por lo menos durante un instante.
Entonces Caxton bajó la mirada y vio lo que había hecho: el vestido blanco de Deanna estaba chamuscado y hecho jirones, pero en la piel de debajo no ni un solo rasguño. Deanna estaba totalmente ilesa.
—Oh, Dios, has comido esta noche —gimió Caxton.
—¡Tú eres mi novia! ¡Se supone que tienes que querer estar conmigo para siempre, pase lo que pase! ¡Tenemos que querer las mismas cosas! ¿Por qué te cuesta tanto?
Los dedos de Deanna se le clavaron en el hombro de Caxton como un torno industrial. Caxton oyó cómo los huesos le crujían y empezaban a restallar.
—¿Es que ya no me quieres? —le preguntó Deanna.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:55 pm

58

Los dedos de Deanna se hundían en la carne de Caxton como cuchillos de acero. Las uñas de Deanna eran igual de cortas que cuando ésta estaba viva, pero aun así atravesaron la chaqueta y la camisa de Caxton como si fueran cuchillas. En cualquier momento iba a perforarle la piel.
¿Y qué sucedería entonces? Deanna estaba enfurecida. Si además veía sangre humana fresca, ¿se pararía a considerar lo que ella y Caxton habían significado la una para la otra? Caxton estaba casi segura de que no.
Intentó zafarse y movió los hombros a izquierda y derecha. La cara de Deanna era una máscara angustiada, tenía los ojos abiertos y la mandíbula desencajada. Su impresionante dentadura brillaba incluso bajo la luz casi inexistente de la sala de inválidos. Deanna echó la cabeza hacia atrás, preparada para atacar el cuello de Caxton. Era un movimiento dolorosamente lento, tal vez inconsciente; cuando terminara, Caxton estaría muerta. Había visto a Hazlitt morir de aquella forma. Había visto ya a muchas personas morir a manos de los vampiros.
Los brazos y las manos le empezaron a temblar. El agarrón mortal del hombro le estaba cortando la circulación. La Glock vacía se le cayó de la mano y rebotó con un estruendo contra el armazón de una de las camas.
Caxton apretó los dientes y concentró todas sus fuerzas en intentar zafarse de sus manos, apartarse. Logró desembarazarse de su chaqueta hecha jirones y cayó de espaldas, tropezó con la cama y agitó los brazos en un intento por asirse a algo. Deanna se elevó encima de su cuerpo, como si hubiera crecido aún más, o como si pudiera volar por encima de la cabeza de Caxton. Iba a atacarla desde arriba. Caxton rodó hacia un lado.
La vampira cayó con todo su peso encima del armazón de la cama con un chirrido metálico. La cama se retorció y se deformó. Caxton ya se bahía puesto en cuclillas y se levantó. La adrenalina le dio la sensación de que no pesaba nada, como si la hubieran vaciado para luego llenarla de aire.
Echó a correr sin girarse para ver a Deanna.
Ni siquiera tuvo tiempo de encender la linterna. De repente se golpeó un pie contra el armazón de una de las camas y se habría caído si el miedo no la hubiera vuelto a levantar. Arremetió con todas sus fuerzas contra la puerta doble del otro extremo de la sala de inválidos y empujó la barra de seguridad con la cadera. Las puertas se abrieron con un chirrido y Caxton las cruzó sin dejar de correr.
Deanna había salido tras ella y empujó la puerta con una mano antes incluso de que a Caxton le diera tiempo a llegar al siguiente pasillo. La agente dobló una esquina y echó a correr boquiabierta, jadeando ruidosamente. Antes de que lograra llegar a la siguiente puerta, Deanna le golpeó en la espalda y la tiró al suelo, pero Caxton volvió a levantarse recurriendo tan sólo a su fuerza de voluntad y echó de nuevo a correr.
Otra puerta. La sala que había al otro lado tenía las baldosas cubiertas de moho. Caxton tenía una visibilidad de apenas un metro. De pronto, sin embargo, tuvo la sensación de que había algo raro en aquella habitación, como si le faltaran paredes o como si el suelo estuviera inclinado. Había algo raro... Sí, era el suelo. Caxton frenó en seco, dio un paso hacia atrás y se quedó con la espalda pegada a la pared, junto a la puerta.
Deanna cruzó la puerta como un lívido cometa atravesando un espacio sin límites. Tenía la boca abierta de par en par, como si fuera a comerse a Caxton de un solo mordisco. En esa penumbra parecía como si volara, literalmente. Y entonces, de pronto, desapareció.
Caxton intentó recuperar el aliento, pero en el mundo no parecía haber tanto aire como ella necesitaba. Sintió un incipiente dolor de cabeza en la base del cráneo y notó cómo su cerebro exigía más oxígeno, más adrenalina, más endorfinas, lo que fuera. Se pegó más aún a la pared, como si ésta pudiera absorberla, como si las baldosas pudieran abrirse y dejarla pasar, ofrecerle un escondrijo.
Deanna soltó un grito de frustración. Su voz resonó por toda la habitación y reverberó de forma extraña.
Caxton cogió la linterna y la encendió. Iluminó las sucias baldosas mientras intentaba entender qué estaba sucediendo. A metro y media de distancia de donde estaba, el suelo se terminaba de repente. Si hubiera continuado corriendo al entrar en la sala, habría caído en ese hoyo. Miró la puerta que acababa de cruzar y su linterna iluminó las letras pintadas de negro: «PISCINA ».
¡La sala de la piscina! Tucker la había mencionado en tina ocasión. Se esforzó por desoír la punzada de culpa que sintió por la muerte de Tucker y examinó la sala para intentar descubrir dónde podría haberse metido Deanna. Olisqueó el aire. Cualquier rastro de cloro había desaparecido desde hacía tiempo y estaba bastante segura de que la piscina se había secado. Sin embargo, percibió el olor de algo desagradable y antinatural, algo que le hizo arrugar la nariz: era el olor de un vampiro. Dondequiera que se hubiera metido Deanna, estaba cerca, lo bastante cerca como para atacar en cualquier momento. ¿Estaría jugando a algún jueguecito? Caxton lo dudaba mucho.
Necesitaba saber más cosas, pero no quería separarse de la pared. Se sentía como si su cuerpo se hubiera adherido a las baldosas. Se acercó con recelo al borde de la piscina y apuntó el borde de cemento con la linterna.
Había una caída de más de tres metros hasta fondo de la piscina. Allí abajo vio baldosas, interminables hileras de baldosas. En su momento habían sido blancas y lisas, pero el moho negro había devorado el cemento que las unía y había cubierto la agrietada superficie. El paso del tiempo y el agua habían hecho añicos muchas de esas baldosas y habían dejado el fondo de la piscina cubierto de afilados escombros. En un rincón de la piscina había un charco negro de verdín y, un poco más a la izquierda, un enorme desagüe de bronce completamente oxidado. Caxton barrió el fondo de la piscina con el haz de luz, tenía que saber dónde se había me...
Deanna saltó y a punto estuvo de arrebatarle la linterna de las manos. Soltó una dentellada al aire y cayó de nuevo sobre los pies como un felino, como un depredador. Observó a Caxton con una mirada de odio puro, sin paliativos. Tenía el vestido manchado de barro negro. Había irrumpido en la sala como un vendaval, ansiosa por cazar a Caxton, matarla y chuparle la sangre, pero no se había fijado en dónde pisaba y había caído dentro de la piscina.
Caxton dio un paso atrás y se alejó del borde.
Era otra vez hora de echar a correr.
Atravesó la puerta de nuevo y cruzó el pasillo. Caxton calculó que pasarían unos diez o quince segundos antes de que Deanna encontrara la escalerilla o lograra salir por la parte menos profunda de la piscina. Sabía que no contaría con más tiempo. Volvió sobre sus pasos, aunque en esta ocasión lo hizo con la linterna encendida; no tenía ninguna intención de regresar a la sala de inválidos.
Tardó tres o cuatro segundos en encontrar lo que buscaba, una puerta en la que ponía «INVERNADERO». La abrió de un empujón y de pronto se encontró en un claro de luna tan luminoso que la deslumbró.
A su espalda oyó cómo Deanna soltaba otro grito de rabia y frustración. Ya faltaba poco, se dijo. Sería mejor que se prepara.

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 6:57 pm

wauuuu...maraton, maraton.... :car: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones:
Ranguis

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:05 pm

Capítulo 59
Transcrito por shuk hing


En primer lugar debía tomar una determinación nada sencilla. Debía decidir si iba a matar a Deanna. No importaba lo que hubieran sido juntas, ni tampoco quién le había fallado a quién. Si se lo hubiera preguntado a Arkeley, éste le habría dicho que Deanna era un ser antinatural. Un monstruo.
Sin embargo, eso no era tan determinante corno ella habría querido. Sabía que, si se lo proponía, podía amar a un monstruo. Podía aprender a amar a Deanna de nuevo, podía perdonarla y sabía que no le costaría demasiado. Sin embargo, parecía que no tendría la oportunidad de hacerlo. Si no acababa con Deanna, sería ella quien acabaría con Caxton. La decisión estaba tomada: mataría a Deanna si se le presentaba la ocasión. Y debía decidir cómo iba a hacerlo.
El invernadero en el que se había refugiado fue en su día un espacio alargado de dos pisos, con pasarelas de ladrillo que serpenteaban por entre mesas, espalderas y macetas. Las paredes y el techo inclinado estaban hechos de anchos paneles de cristal con marcos de acero. Debía de haber sido un lugar encantador, se dijo, un refugio donde los pacientes moribundos podían tomar el sol. Sin embargo, el paso del tiempo y las inclemencias meteorológicas habían transformado el invernadero: las plantas o bien habían muerto, o bien habían crecido mucho más de lo que los internos habrían podido imaginar jamás. Las parras trepaban por las paredes de cristal, bloqueaban los ventanales su cios y llenaban el suelo de desechos marronosos. El extremo opuesto del invernadero se había derrumbado. Una cinta amarilla de precaución atada de una viga a otra impedía la entrada del personal y Caxton pronto vio por qué: alguien, tal vez los mismos operarios que habían abandonado el material de construcción en el exterior de la sala de los inválidos, había dejado numerosos fragmentos de cristal alineados y apoyados en la pared.
Caxton necesitaba un arma. Iluminó con la linterna a su alrededor y encontró una barra de acero que en su día había apuntalado una espaldera. Parecía medio oxidada y Caxton pensó que le bastarían un par de patadas para soltarla. Con una rabia que nacía de su desesperación, le pegó un puntapié con la bota y la barra cayó al suelo. Caxton la agarró con ambas manos y se sintió mejor al instante, aunque sabía que esa sens.ación de seguridad era ficticia. Se trataba tan sólo de una barra de acero del tamaño de una porra antidisturbios, con un extremo irregular y de aspecto bastante siniestro.
A continuación tenía que atrancar la puerta. Vio una maceta de terracota del tamaño de una nevera de mano y pensó que a lo mejor podría utilizarla como barricada. Fue a cogerla, consciente de necesitaría todas sus fuerzas para moverla, pero entonces la puerta se abrió de golpe y Deanna irrumpió en el invernadero como una exhalación.
Caxton la tenía a seis metros de distancia y, al instante siguiente, estaba ya junto a ella. El brazo lívido de Deanna se disparó como el flash de una cámara. A Caxton le ardió la cara de dolor y le retumbaron los oídos como si su cabeza fuera una campana que acabara de sonar. Sintió que caía, que se precipitaba de espaldas. Notó un fuerte dolor en la nariz y se preguntó si se la habría roto. Braceó para no caer y, cuando se dio cuenta de que era inevitable, extendió las manos para amortiguar el golpe.
Pero Deanna se agachó y, antes incluso de que Caxton tocara el suelo, volvió a levantarla. La vampira le golpeó en el estómago y la dejó sin aliento. Un acceso de náusea le recorrió todo el cuerpo y Caxton creyó que iba a vomitar. El puño de Deanna impactó en su brazo y la agente notó cómo los huesos le crujían y cedían de forma poco natural. Perdió el control sobre su mano y su patética barra metálica salió disparada y rebotó sobre el irregular suelo de ladrillos.
Caxton no habría podido permanecer de pie aunque la hubieran apuntalado. Se dejó caer violentamente de rodillas y se agarró el estómago con ambas manos, se sentía como si la hubieran destripado. Y, sin embargo, Deanna no le había hecho ni un solo corte. En su cuerpo no había ni una gota de sangre, ni siquiera en la nariz, que le ardía y estaba entumecida y, por lo menos, dislocada. Notaba un dolor atroz y se sentía como si no fuera a poder levantarse nunca más, pero no sangraba.
Deanna había ejecutado su ataque con sumo cuidado y se había asegurado de que Caxton quedaba de una sola pieza.
—¿Qué quieres de mí? —le preguntó Caxton.
—Ya sabes qué queremos. Ya sabes qué quiere Malvern. —Deanna se agachó frente a Caxton—. Queremos que te quites la vida y acabar con este asunto de una vez.
—Eso es lo que quiere ella —replicó Caxton—. Pero ¿y tú?
Deanna apartó la mirada. Tuvo que pensarlo un momento.
—Esto es tan sólo una pelea. Pero lo superaremos. Yo aún te quiero, quiero que estemos juntas, pero eso es imposible mientras sigas siendo humana. Yo también quiero que te quites la vida.
Teniendo en cuenta cómo se sentía en ese momento, no le pareció una opción tan mala. Por lo menos sería una forma de poner fin al dolor y al miedo.
—Nunca podría dejar de culparte por ello —dijo Caxton—. En cuanto viera en qué me he convertido, te odiaría para siempre.
Deanna esbozó una sonrisa triste.
-No, lo siento pero eso no es cierto. A lo mejor al principio te enfadarías un poco, sin embargo, pronto te entraría hambre y entonces anhelarías más la sangre de lo que me odiarías a mí. En cuanto la hubieras probado... En fin, en cuanto yo la probé, supe que esto no era ninguna maldición. Y francamente, cariño, me da igual si voy a envejecer y a marchitarme; no me importa lo mal que pueda saber la sangre. En cuanto sentí lo fuerte que me volvía, todo lo demás dejó de importarme. Y a ti te sucederá lo mismo, te lo prometo.
—Pero me da mucho miedo, Dee —admitió—. Ya sabes lo de mi madre...
Se le formó una lágrima en el rabillo del ojo, pero Caxton parpadeó para que Deanna no lo viera. Aquello era demasiado. La vampira se inclinó hacia delante y le acarició el pelo.
—Ya lo sé. Ya sé que te da miedo, pero será sólo un segundo. —Cogió a Caxton por los brazos y la puso de pie—. Vamos, yo te ayudaré.
-No -dijo Caxton-. Quiero hacerlo sola. -Aún le temblaba todo el cuerpo, pero logró contenerse lo suficiente para caminar. Se acercó al lugar donde había caído la barra—. Mejor aquí, donde hay luz —dijo—. No puedo hacerlo en un lugar oscuro. La sonrisa de Deanna era pura e inocente.
Caxton se acercó a la cinta de seguridad y cogió la barra del suelo. Deanna había tenido mucho cuidado en no derramar su sangre. Caxton sabía que aquello debía de ser importante.
-A lo mejor debería hacerlo así —dijo y se cortó la muñeca con la afilada punta de la barra.
—¡No, cariño! —susurró Deanna. La vampira levantó una mano para intentar detenerla, pero inmediatamente la dejó caer y miró a Caxton con unos ojos como platos.
En su muñeca se abrió un irregular tajo rojo. Con una navaja habría logrado una incisión más limpia, pero la herida no habría sangrado tanto. Caxton vio cómo la sangre oscura manaba de la herida e iba llenando el corte que le partía la carne. Llegó hasta los bordes y entonces empezó a derramarse por la muñeca. Una gota cayó sobre los ladrillos, negra bajo la luz de la luna.
—Oh, cariño —dijo Deanna, incapaz de apartar los ojos de la sangre del brazo de Caxton.
—¿Qué sucede? ¿Lo he hecho mal? —preguntó Caxton.
Entonces se acordó de Congreve: el vampiro había estado inconsciente, herido y derrotado, pero una sola gota de su sangre había bastado para revivirlo. Fue como si le hubieran administrado una inyección de adrenalina en el corazón. Reyes la había torturado y le había hecho mucho daño, pero nunca le había cortado la piel.
A lo mejor la sangre los asustaba tanto como la deseaban. A lo mejor la sangre les hacía perder el control.
Deanna tenía la boca abierta y empezó a patalear sobre el suelo de ladrillos. Entonces, de repente, se precipitó hacia Caxton con los brazos extendidos y los ojos cerrados, cortando el aire con la mandíbula. Parecía que flotaba, sus pies apenas tocaban el suelo y avanzaba tan rápido como un caballo al galope, directa hacia su sangre.
Caxton calculó el movimiento a la perfección: se arrojó al suelo y se volvió a un lado. Deanna pasó de largo, demasiado rápido para poder frenar.
La vampira impactó con violencia contra los fragmentos de cristal, agitando los brazos en un intento por no caer, por parar el golpe. El aire se llenó de esquirlas de cristal como copos de nieve.
Y el ruido... El ruido fue sobrenatural: un alarido roto en pedazos, como un millón de campanillas.
Un ser humano habría quedado hecho pedazos. Deanna se levantó pesadamente, con el vestido hecho jirones y la piel surcada de sangre oscura y espesa, que le goteaba por los brazos y las piernas. Intentó contener la hemorragia con las manos y se relamió como un gato para tratar de reabsorber la sangre perdida.
Pero no iba a funcionar.
—La sangre tiene que estar caliente —dijo Caxton—. Tiene que ser fresca.
Deanna la miró confundida, con los ojos rojos. No entendía lo que le acababa de suceder. Entonces vio la sangre que goteaba de la muñeca de Caxton y se le abrió involuntariamente la boca. Dio un paso, pero un trozo de cristal le atravesó el pie. Gritó.
Caxton se quitó la corbata del uniforme y la anudó a la muñeca. Lo apretó hasta que le dolió y entonces le dio varias vueltas a modo de torniquete. Sería una estupidez morir desangrada en aquel momento, se dijo.
Dejó que Deanna se le acercara un poco más con aquellos pasos dolorosos, que la hacían sangrar aún más. Esperó hasta que no quedó una gota de sangre en el cuerpo perfecto de Deanna. Parecía tallada en mármol y el tono sonrosado de sus mejillas había desaparecido por completo. La sangre no iba a protegerla más. Habría estado bien tener una Glock cargada, pero la barra de acero también le serviría. Caxton la volteó en un amplio arco y clavó la punta en el tórax de Deanna, ligeramente a la izquierda del esternón.
Deanna gritó, aulló e intentó articular palabras, rogarle, suplicarle. A lo mejor estaba intentando decirle adiós. Caxton levantó la barra y le asestó un segundo golpe, y también un tercero. Tres veces iban a ser suficientes, pensó. Tenían que serlo, pues no le quedaban fuerzas para atravesarle el pecho a su compañera una cuarta vez. Notaba los brazos como si fueran de gelatina.
Deanna fue dejando de moverse poco a poco. Sus ojos rojos se quedaron mirando la luna, con el lívido rostro inmóvil, ajeno al horror, al dolor y al miedo.




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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:07 pm

Capítulo 60
Transcrito por shuk hing


No le fue nada fácil salir a rastras del invernadero, aun cuando no tenía a ningún vampiro persiguiéndola. Pero al final lo consiguió y se dirigió hacia el edificio principal, avanzaba con sigilo, muy despacio, para no llamar la atención de los siervos. Iba a encontrar ayuda para Arkeley y entonces todo habría terminado. En cuanto Arkeley estuviera a salvo y rumbo al hospital, el caso estaría oficialmente cerrado.
Fuera, en el jardín, se llevó una extraña sorpresa... Una luz de color azul daba brincos por entre los árboles e iluminaba el césped húmedo.
En sus ojos brillaban destellos rojos y azules, amarillos y blancos. No menos de doce coches patrulla cubrían toda la zona del césped del sanatorio. También había dos ambulancias y el Granola Roller. La capitana Suzie asomaba por el techo corredizo del vehículo blindado, con un MP5 al hombro. Con la mano que tenía libre saludó a Caxton.
A Caxton se le encendió el rostro de rabia y notó que le ardían las mejillas. ¿Dónde se había metido toda esa gente? ¿Por qué había tenido que ser ella quien matara a Deanna? Mientras todos ellos esperaban allí fuera, ella había estado en el interior del edificio peleando por su vida.
De pronto la puerta trasera del Granola Roller se abrió y Clara bajó del vehículo, llevaba rodilleras y coderas cosidas al uniforme del departamento del sheriff. Alguien grifó para que se detuviera, pero Clara continuó corriendo hasta que tuvo a Caxton entre sus brazos.
—No estás muerta —dijo Clara—. Cuando recibí tu mensaje de móvil fui directamente a tu casa.
—¿Mi mensaje de móvil? —preguntó Caxton. Era cierto, le había mandado uno, justo antes de que ella y Arkeley abandonaran el cobertizo. Hacía ya muchas horas.
—Decías que necesitabas mi ayuda pero no decías para qué. Fui a tu casa y aquello parecía una zona de guerra. Estaba todo hecho un asco y había cuerpos por todas partes. Los perros lloraban como locos.
—¿Los perros?
Clara asintió con la cabeza.
—Están bien. O, en cualquier caso, no están heridos, sólo asustados. Pensé que querrías saberlo.
Los perros estaban bien. Eso ya era mucho, una buena noticia a la que aferrarse. Sin embargo, Caxton necesitaba más, necesitaba oír más cosas buenas, sentirse más cerca de la vida. Algo en lo que pensar para no sufrir un ataque de histeria.
—Cuando me di cuenta de que no estabas allí, avisé a mi departamento, a tu unidad, a la Oficina Federal de Prisiones y a todo el mundo que se me ocurrió. —La expresión de Clara cambió de golpe, de una inquietud abstracta a una preocupación concreta—. Oye —dijo—, pero ¿tú estás bien?
¿Cómo iba a responder a eso? Después de todo lo ocurrido... Después de todo lo que había hecho... ¿Su existencia era aún real, seguía siendo un ser humano? Caxton no estaba segura.
—Yo... No, no estoy bien.
Clara asintió con la cabeza.
—Lo estarás —dijo.
Entonces se le acercó más y la besó en los labios. Tras un instante de desconcierto Caxton se rindió al abrazo y se sintió como si se fundiera en aquellos brazos de mujer. Sonaron silbidos y aplausos que provenían de los coches de policía, pero a Caxton no le importó. Había sido una noche muy larga.
—Gracias. Gracias por venir a rescatarme —dijo al fin.
Los ojos de Clara estaban llenos de complicidad, una gran complicidad. Tal vez la había comprendido, aunque sólo fuera un poco. Esa mirada la reconfortó más incluso de lo que hubiera podido imaginar. Las luces giratorias e intermitentes teñían el rostro de Clara de distintos colores: rojo, verde, azul.
Caxton se dirigió hacia el Granola Roller y saludó con la cabeza a la capitana Suzie. Miró a su alrededor y también vio al sheriff. Estaba fuera de su jurisdicción, pero a lo mejor la policía estatal le había concedido una autorización temporal. Ya tendría tiempo para preocuparse del papeleo, pensó.
—Que alguien me deje una pistola —dijo Caxton.
Alguien sacó una de un maletero y se la dio.
—Hay un número indeterminado de siervos en el edificio —dijo—. Tenemos que encontrarlos a todos, pero primero tenemos que sacar al agente especial Arkeley de allí. No se encuentra en muy buen estado. —De pronto se dio cuenta de que ella no tenía ninguna autoridad sobre nadie que estuviera allí—. ¿Les parece bien? —preguntó.
La capitana Suzie le dedicó una sonrisa.
—Muéstrenos el camino, agente —dijo la capitana.
Caxton dirigió a seis agentes armados hasta los dientes y equipados con potentes linternas. Se acordaba perfectamente del camino que los llevaría a la sala de Malvern, pero de todos modos odiaba tener que adentrarse en la oscuridad de Arabella Furnace. Tenía la sensación de que entre aquellas sombras podría esconderse cualquier cosa. Cuando al final llegaron a la cortina de plástico que cubría la puerta de la sala, Caxton suspiró aliviada. Nada se les había echado encima, ninguna figura mortecina había salido como una flecha de entre las sombras para hacerlos añicos.
—Vale, preparen la camilla —dijo, y entró en la sala.
Le sorprendió ver que Arkeley había logrado sentarse. Aunque le chocó mucho más ver a Malvern en pie.
La vieja vampira no presentaba un aspecto saludable, ni mucho menos. Tenía unos músculos tan delgados y secos que parecían las ramas de una vid en invierno. Bajo su piel acartonada se transparentaban los huesos y el camisón hecho jirones le colgaba como una tienda de campaña. Tenía la cara hecha trizas y llena de manchas, y el ojo medio deshinchado. Pero la sangre que le habían llevado Scapegracc y Deanna le había alcanzado para salir del ataúd, algo que llevaba un siglo sin poder hacer. Estaba de pie e incluso andaba, se dirigía hacia Arkeley con la boca abierta. Sus dientes estaban en perfecto estado: afilados, mortíferos y numerosos.
—Eso es. Ven aquí —dijo Arkeley. Estaba recostado sobre un brazo, con la otra mano le hizo un gesto a Malvern para que se acercara-. Venga, vieja arpía. Eso es lo que quieres ¿no? Venga, es toda tuya.
Debía de haberse hecho un corte en la mano y tenía la palma llena de sangre fresca. O quizá no había dejado de sangrar en ningún momento, pues aquélla era la mano en la que no tenía dedos, la mano que Scapegrace casi le había arrancado de un mordisco. Las linternas de los agentes se posaron sobre la mano de Arkeley que brilló, húmeda y sanguinolenta.
Caxton percibió la necesidad, el deseo que irradiaba el cuerpo de Malvern. Cada tendón y cada fibra de aquel cuerpo a medio reconstituir ansiaba esa sangre. No debía de ver más allá.
Caxton sabía exactamente lo que Arkeley estaba haciendo. Un juez había determinado hacía ya muchos años que Malvern era un ser humano y le había conferido protección legal contra cualquier ataque físico por parte de la policía. Ahora bien, al mínimo movimiento que Malvern hiciera para herir o dañar a un ser humano, todo cambiaba. En cuanto Malvern tocara a Arkeley se convertiría en un blanco legítimo.
Caxton quiso gritarle a Arkeley, ordenarles a sus acompañantes que lo sacaran de allí. Caxton quería salvarle la vida. Sin embargo, sabía lo que Arkeley le diría. Había estado esperando durante toda su vida, o en todo caso durante veinte años de ella, a que se le presentara una oportunidad como aquélla. Lo último que querría era que alguien lo estropeara todo.
Caxton se mantuvo firme. Podía sentir cómo los agentes que tenía a sus espaldas empezaban a ponerse nerviosos. Querían atacar, pero Caxton levantó las manos para detenerlos.
—Venga, ven y cógela -bramó Arkeley.
Malvern se arrastró hacia él. Las manos, que le colgaban a ambos lados del tronco, se cerraron y luego las volvió a abrir. Tumbada en su ataúd, había gozado de todo el tiempo del mundo para imaginar lo bien que le sentaría chuparle la sangre al federal que la había encerrado... ¿Qué clase de sueños vengativos habría tenido? Aunque también debía de ser consciente de lo que le ocurriría a ella, del precio que tendría que pagar por probar esa sangre.
—No puedes resistirte —la provocó Arkeley—. Si fueras un ser humano tal vez lograrías controlarte, pero eres una vampira y no puedes resistirte al olor de la sangre, ¿me equivoco?
Arkeley se inclinó hacia ella, con la mano aún extendida, y se la colocó frente a la cara. Casi podría decirse que Arkeley estaba obligando a Malvern a atentar contra la ley, y eso también constituía delito, pero Caxton decidió que si la llamaban a testificar mentiría para encubrirlo. Haría lo que fuera para que Arkeley lograra esa victoria.
Un párpado finísimo cubrió el ojo de Malvern y tembló como si la vampira estuviera a punto de desmayarse.
—¡Vamos! —gritó Arkeley. Su cuerpo también temblaba. Debía de estar en las últimas—. ¡Vamos!
La boca de Malvern se cerró muy despacio, dolorosamente. A continuación se abrió de nuevo y se oyó un crujido como si alguien arrugara una bolsa de papel.
—Maldito seas—dijo la vampiresa.
Entonces se dio la vuelta, se arrastró hasta el ataúd y se metió dentro. Se tumbó de espaldas y apoyó su arrugada cabeza sobre la tapicería de seda.
—¡No! —gritó Arkeley al tiempo que golpeaba el suelo con su mano herida—. ¡Llevo demasiado tiempo esperando este momento! ¡Lo he perdido todo!
Con un débil movimiento titubeante, Malvern se incorporó, cogió la tapa del ataúd con sus manos esqueléticas y la cerró de golpe.










Agradecimientos
He contado con la colaboración de mucha gente durante el proceso de escritura y preparación de este libro. Me gustaría dar las gracias a todos los lectores de mi página web. Cada vez que intento enumerarlos termino olvidándome de gente que no se lo merece, así que esta vez voy a abstenerme de intentarlo. Ya sabéis quiénes sois. Este libro ha sido posible gracias a vuestros comentarios y a vuestro apoyo.
Me gustaría darle las gracias a Alex Lencicky, un gran amigo y un gran socio. Alex fue el primero en apostar por este libro, en el que creyó desde el principio.
Jason Pinter, mi editor, merece con creces mi agradecimiento por pulir el manuscrito y dotarlo de consistencia. Carrie Thornton me ha animado a escribir desde siempre, incluso antes de que tuviera nada tangible que mostrar, y me ha apoyado incondicionalmente, algo por lo que le estoy muy agradecido.
Por último, me gustaría darle las gracias a mi mujer, Elisabeth. Cuando me estaba rompiendo la cabeza para terminar la historia, ella me sugirió un posible final: «Y entonces el duende se comió al vampiro. Fin».

FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:12 pm

wiiii gracias shuk!!!! al fin lo terminamos!!!!!

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:15 pm

y ya acabaremos el de full moon tambien jijijiji

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:16 pm

^^ sip, y enseguida pondremos en marcha el siguiente, aunque traducido haya poco jejeje hay algo y luego tenemos 99 ataúdes XDDD

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:18 pm

jejejejeeje
siii
yo solo empezare la correc del segundo cuando terminemos el primero
m me aguantareeeee

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:19 pm

XDD jejeje ya queda poco ^^

que tal todo? ya casi no hablamos T__T

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 9:21 pm

siiii
u.u
volvi al cole
y tengo tareas buuuu
lei lo que paso en el tema
que terrible fue eso


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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Miér Ago 25, 2010 10:22 pm

Hola Shuk....en el cole no..jajajaja...arriba a estudiar nenitas jajajajaja :manga08:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:00 pm

:manga33: ¡Que sudores!!!!! ¡¡¡ si ya está tooooo el libro subido!!! Gracias Gemma y Shuk !!!
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:05 pm

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Dios mío, tener amigas para esto... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:20 pm

jajajajajajaja :manga08: :manga08: :manga08: :manga08: :manga08: :manga08: :manga08:

Y mira que nosotras curramos también jajajajajajaj. :pc:

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Tibari

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:30 pm

Ya, pero la diferencia es que Annabel es una de mis mejores amigas. Ya no voy a ir a verla a Salamanca, que sufra las consecuencias [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:33 pm

jajaj si esa es tu mejor amiga... :?:
que quedará para tus enemigos jajajajaja :jiji:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:35 pm

XDDD jajajaja

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:36 pm

Por eso tia, mira no vallas a salamanca a visitar a anabel...vente pa cuba a visitarme a mi.... :hug:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:38 pm

:pared: ¡La que me espera!!!!!
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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:40 pm

jajajaaj...si, escondete que tibari es reconrosa... :bash:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:42 pm

¿Rencorosa? ¿Yoooooo? Ya verás, ross [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:43 pm

jajajajaja..si que lo eres....Oye y no la cojas conmigo... yo no fui la que no te menciono ok......dale, :martini:

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MensajeTema: Re: 13 Balas (David Wellington)   Jue Ago 26, 2010 6:44 pm

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