Black and Blood


 
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 Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)

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shuk hing
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 23, 2010 12:47 am

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma

2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 23, 2010 9:46 am

gracias!!! ranguis!! ^^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 23, 2010 10:42 pm

Gracias por los capis!!

el mio lo subo mañana q aun me kedan
tres hojas por transcribir!^^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 23, 2010 11:53 pm

okas vir cuando puedas

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 24, 2010 10:34 am

Gracias Ann, jejeje, este capi si fue de miedito no??

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 24, 2010 10:42 am

hola nanis!!

mmm no lo pude leer XD y ya se me había olvidado jajaja

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Jul 27, 2010 9:07 pm

6


La tumba de Helen


Transcrito por Virtxu


Cuando el coche de los vampiros desapareció de nuestra vista, Gabriel y yo volvimos junto Arisa. La pobre seguía inmersa en su particular ataque de nervios oriental. Le explicamos lo que había sucedido y se tranquilizó un poco, no porque hubiesen secuestrado al padre de Gabriel, sino porque todo había acabado. Era evidente que el señor Shine no iba a poder llamarnos a la mañana siguiente, así que debíamos poner en marcha el plan B: Arisa y yo volveríamos a casa, y Gabriel buscaría al antiguo alumno de su padre para que le echase una mano. El señor Shine también nos había dicho que les explicásemos lo sucedido a nuestros padres, pero no sabía si mi padre se iba a creer todo lo que se suponía que le tenía que contar y tras escucharme denunciar al caso. Conociéndolo, era de sospechar que prefiriese pasar página y seguir con su tranquila vida, así que lo mejor sería no decirle nada. Sólo tendría sentido contarle lo sucedido en caso de que fuera a tomar alguna medida y como no iba a ser el caso, lo único que iba a conseguir es que se preocupara sin razón. Supongo que por parte de Arisa la cosa era aún más compleja, ya que la relación con su padre era muy mala. Directamente no la creería, ya que si la menospreciaba pese a ser una chica modelo y una de las mejores estudiantes de su promoción, que ella le contase una historia sobre vampiros podía empeorar más aún la relación entre ambos. No se lo pregunté, pero creo que ella tampoco le diría nada al señor Imai. Por lo menos había sacado algo bueno de su estancia en Ithaca, el certificado de asistencia al seminario, un papel que le iba a permitir continuar en Harvard y en el país. La responsabilidad de investigar lo ocurrido recaería por entero en Gabriel, si a este le echaba una mano ese tal Tom Braker. Él solo no iba a poder hacer nada, pues nadie lo creería, aparte de que, oficialmente, era un esquizofrénico que había golpeado a un policía años atrás. Después de contarle a Arisa lo sucedido, permanecimos algunos minutos en silencio. Aunque habíamos salvado el pellejo —y en el caso de Gabriel y un servidor en dos ocasiones—, no sentíamos totalmente destrozados. Quizá fuese también por el cansancio de un día lleno de sobresaltos.
—Creo que podríamos pasar la noche en Syracuse y mañana por la mañana ir al aeropuerto y comprar vuestros billetes —dijo Gabriel para comenzar a poner en marcha el plan b diseñado por su padre.
—¿Llevas suficiente dinero? —Preguntó Arisa—. Es que tengo solamente cincuenta dólares.
—No te preocupes, mi padre me ha dado mucho dinero. —Y después de decir eso, nos enseñó el interior de la mochila que le había entregado el señor Shine—. Creo que hay unos cien mil dólares que mi padre fue ahorrando para su plan de fuga. Tenemos de sobra.
—¿Y qué son esas otras cosas que hay en la mochila? —pregunté yo al ver que, aparte de varios fajos de billetes, había un par de carpetas y algo que no adivinaba que podía ser.
—Son cosas que no os competen —contestó Gabriel—. Las carpetas son documentos varios de la casa, seguros y apuntes sobre el seminario. Lo otro, bueno, se ve que mi padre es un poco peliculero e hizo pasaportes y permisos de conducir falsos, supongo que para no dejar rastro si nos perseguían los vampiros.
—Tu padre lo tenía todo pensado —dijo Arisa—. Espero que no le pase nada.
—Eso también espero yo, Arisa —añadió Gabriel—. A lo mejor solo quieren asustarle y todo vuelve a ser como era antes… Bueno, mejor, espero que mejor.
—¿Nos vamos ya? —pregunté.
—Antes de irnos, me gustaría comprobar una cosa, si no os importa —dijo Gabriel—. Es algo que tiene que ver con mi madre.
—¿De qué se trata? —preguntó Arisa.
—Creo que mi madre no está enterrada allí —dijo señalando en dirección al montículo en el que estaba la tumba de Helen Shine—. Creo que no murió hace veinte años. Estoy seguro que la vi hace siete en la puerta del restaurante chino. ¿Os disteis cuenta de que cuando estábamos hablando de lo que nos había pasado en Nueva York, mi padre nos reconoció lo de los ojos rojos y que en ningún momento negó que yo hubiera visto a mi madre en aquella ocasión?
—¿Y tú por qué no sacaste el tema? —pregunté yo.
—Pues porque no hacía falta, el silencio de mi padre era suficiente para saber que yo no me inventé nada —me contestó Gabriel—. Tampoco quise sacar el tema porque la situación ya era lo suficientemente complicad para complicarla aún más. Quizá no quería saber por qué mi padre me mintió al decirme que mi madre había muerto o por qué no se enfrentó a esa gente y dejó que yo creyera estar enfermo. No sé explicarlo, es mi padre y aún no tengo claro cuál es su papel real en esta historia. Si hubiese sacado lo de mi madre, quizá habría escuchado algo que no quería escuchar. Saber que has vivido engañado media vida ya es un golpe suficientemente fuerte para querer intentar conocer toda la verdad.
—¿Crees que tu padre traicionó a tu madre o algo así? —preguntó en esta ocasión Arisa.
—No lo sé, ya que digo que ahora no quiero saber si eso fue así o no —dijo Gabriel—. Mira cuando mi padre nos dijo que iba a venir una gente a matarnos y que él se iba a quedar, lo único que me importaba era que él también se salvase, eso era lo primordial. Ahora quiero comprobar que mi madre está enterrada en su tumba.
Salimos del claro del bosque y nos dirigimos a la casa de Gabriel. Me pidió que subiera con él al montículo y yo no me negué. Arisa dijo que también quería ir con nosotros, pero Gabriel consideró que era mejor que se quedara en el coche o que entrara en la casa y comiera algo. Refunfuñó un poco, pero al final creo que entendió que nuestro amigo quería dejarla al margen de algo que quizá le pudiera afectar de muchas maneras y que se repitiere una situación como la que había vivido una hora antes cuando Helmut se dirigía hacia nuestro escondite. Gabriel y yo entramos en la casa para coger un pico, una lámpara de gas y un par de palas, y luego subimos al montículo. Había comentado el día llamando a mi padre para que me ayudara a quedar bien con los Shine arreglándoles la ventana e iba a acabarlo desenterrando a Helen Shine. Un día completito. Gabriel golpeó varias veces con el pico la tierra de la superficie de la tumba y cuando esa tierra dejó de estar totalmente compacta, cogimos las palas y empezamos a cavar. No sé cuánto tardamos en vaciar la tumba de los dos metros de tierra que había sobre el ataúd de Helen Shine, pero a mí se me hizo eterno. Gabriel me pidió que saliera del hoyo, cogió el pico y destrocó con él la tapa del ataúd, haciéndole varios orificios de diferente tamaño. Agarrando los bordes de esos orificios, fue arrancando los trozos de la tapa que no había arrancado con el pico. Después de hacer eso, permaneció unos instantes quieto, con el rostro entre las manos y murmurando algo. Le pregunté qué ocurría y él no me contestó; lo que hizo fue volverse, salir de la tumba y dejar que yo mismo me contestase a la pregunta. Sí, como Gabriel sospechaba, el ataúd estaba vacío, su madre jamás fue enterrada allí.
—¿Cómo ha ido? —nos preguntó Arisa cuando volvimos al coche.
—El ataúd estaba vacío —contesté yo—. La madre de Gabriel no está enterrada allí.
—¿Cómo es posible? —preguntó de nuevo Arisa.
—Muy sencillo, mi madre no murió en aquel accidente —contestó Gabriel—. Mi madre murió trece años después y su cadáver está sepultado bajo otros muchos en un sótano de Nueva York.
—¿Crees que la mataron la noche en que la viste? —pregunté yo.
—Sí, esa misma noche la mataron —dijo Gabriel dando la impresión de que estaba conteniendo las lágrimas—. Supongo que le chuparon la sangre. Es lo que hacen esos hijos de puta, ¿no? Le chuparon la sangre y luego la arrojaron allí. Hoy hemos visto un zapato rojo de tacón, si hubiésemos ido ese día, habríamos encontrado una cinta de color azul.
—La que tú le regalaste —dijo Arisa.
—De eso ya no estoy tan seguro, no cuadra con lo que he descubierto hoy —dijo Gabriel—. Creo que aquellas visitas nocturnas me las imaginé de verdad. Quizá los que me dijeron que me imaginaba a mi madre porque la añoraba decían la verdad. Ella nunca vino a mi habitación cuando yo era crío. Tal vez yo presentía que ella estaba viva, como les ocurre a los gemelos. La cinta azul a lo mejor la llevaba siempre y me la imaginé que se la regalé.
—Es algo muy extraño, Gabriel —señaló Arisa—. ¿Crees que la secuestraron o algo así?
—Puede que fuera eso, pero no sé cuáles podrían ser los motivos de esa gente o por qué mi padre fingió su muerte —comentó Gabriel—. ¿Ves? Ahora sí que me gustaría hablar con mi padre de lo que sucedió. Puede que cuando dijo que todo lo que había hecho era protegerme, dijera la verdad.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté yo.
—Creo que tú y yo podríamos darnos una ducha y cambiarnos de ropa —me contestó Gabriel.
—Yo, mientras, podría preparar café —dijo Arisa.
—Sí, un buen café nos iría muy bien. Un café cargado y nos vamos a Syracuse —añadió Gabriel—. Al lado del aeropuerto hay un hotel, descansaremos un poco allí y después compramos los billetes y regresáis a casa.
—¿Por qué no dormimos aquí esa noche? —propuse yo.
—No, cuanto antes dejemos este lugar, mejor —dijo Gabriel—. Deberíamos estar ahora en Canadá y aún seguimos aquí, Una ducha, un café y mañana despertarse en otro lugar, es lo que quiero.
Gabriel y yo cogimos ropa de nuestras maletas para cambiarnos después de ducharnos mientras Arisa se dirigía a la cocina para prepararnos un café que nos mantuviera despiertos hasta llegar a Syracuse. Al menos para mantenerme despierto a mí, pues seguro que me volvería a tocar conducir el todoterreno del señor Shine. Al salir de la ducha, me di cuenta que la ropa que había llevado todo el día apestaba. Supongo que era una mezcla de olor de la fosa de Nueva York, del de la tierra húmeda de la tumba sin cadáver de Helen Shine, de mi sudor y, por qué no decirlo, del miedo que había pasado a lo largo del día. Cuando bajé a la cocina Gabriel y Arisa estaban charlando sentados a la mesa. Además del café, había una bandeja con donuts y tostadas. AL ver aquella comida, mi estómago rugió, supongo que para recordarme que en la últimas dieciséis horas solamente le había proporcionado un triste sándwich, insuficiente para cubrir el gasto energético al que había sometido a mi cuerpo, física y mentalmente. No sé quién de los dos, Gabriel o yo, devoramos lo que nos había preparado Arisa con más rapidez, pero de lo que estoy seguro es que ella se limitó al café. No porque no tuviera hambre, que seguro la tenía, ya que no había cenado, sino porque nosotros nos comportamos como dos leones peleando por una presa que había cazado nuestra leona.
Al acabar aquel desayuno temprano o aquella cena tardía, nos dispusimos a ponernos en marcha camino de Syracuse. Ya estábamos los tres en el coche, cuando Gabriel dijo que se había olvidado una cosa y salió camino de la cabaña. Un par de minutos después regresó con lo que se había olvidado, el dibujo que le había hecho a su madre, llevando la cinta azul. Cuando Arisa lo vio, se ve que no pudo contenerse y entre lágrimas besó a Gabriel, que esta vez no se puso rojo. Yo me la quedé mirando con carita de pena, y creo que entendió enseguida que, aunque mi situación no era como la de nuestro amigo, yo también necesitaba una pequeña muestra de cariño y me besó a mí también. Creo que ejerció de madre sustituta con nosotros al hacer aquello.
Llegamos a Syracuse cuando ya estaba amaneciendo. Seguramente los vampiros que había secuestrado al seños Shine ya estaría a estas horas en sus refugios neoyorkinos. Antes de entrar en el hotel que estaba junto al aeropuerto, Gabriel nos dijo que cogiéramos solamente ropa para cambiarnos al levantarnos, ya que era una tontería sacar el equipaje del coche si sólo íbamos a descansar unas horas antes de ir a comprar los billetes de los primeros aviones que nos pudiesen llevar a Nashville o a Memphis y a Boston. En la recepción del hotel, Gabriel se registró como Daniel Berger, enseñando un carnet de conducir en el que aparecía su foto y ese nombre. Supongo que había decidido seguir el plan de fuga ideado por su padre y no quería dejar rastro. Lo de llamarse Berger —apellido nórdico— colaba con su aspecto físico, ya que Gabriel era bastante alto y muy rubio, aunque sus padres fueran ambos morenos. Cosas de la genética rebotada, supongo. Pidió una habitación doble para él y para mí, y una individual para Arisa, pero ella comentó que prefería dormir con nosotros. No le preguntamos la razón, pero fuera cual fuese seguro que estaba muy justificada. Supongo que era porque necesitaba tener a alguien cerca, después de lo mal que lo había pasado aquel día, para sentirse más segura y tranquila. Gabriel preguntó si había habitaciones simples y el recepcionista le dijo que estaban todas ocupadas, pero que había dobles que tenían un sofá nido y que nos podía dar una de esas, aunque nosotros tendríamos que encargarnos de hacer esa tercera pseudocama, ya que no había servicio de habitaciones a esas horas de la madrugada.
Arisa y yo nos acostamos en las camas convencionales y Gabriel en la falsa del sofá. No tardé mucho en dormirme, aunque lo hice un poco más tarde que el otro hombre de la habitación, que se puso a roncar dos minutos después de darnos las buenas noches, aunque ya era de día. La única que parecía no poder dormir era Arisa, ya que me despertó poco después de que me hubiese dormido, con la mítica frase: << ¿Estás despierto? >>. Cuando te despiertan con esa pregunta, te imaginas que la otra persona la ha estado repitiendo cien veces hasta que deja de ser una pregunta para convertirse en una comprobación empírica. Eso es lo que piensas porque sueles tener aprecio a esa persona, ya que lo más seguro es que solamente hace esa pregunta dos veces; la primera para comprobar si es cierto y la segunda después de haberte movido violentamente, soplado en el oído, etcétera. Me pidió que saliéramos un momento al pasillo, para poder charlar sin despertar a Gabriel.
—He pensado que podríamos quedarnos un par de días más con Gabriel —empezó diciendo Arisa—. El pobre debe de estar destrozado y no tiene a nadie.
—Supongo que irá a ver al señor ese al que le tiene que dar la carta de su padre.
—Ya, pero eso no es lo mismo. No es lo que estoy intentando decirte. Esta noche han secuestrado a su padre y a lo mejor ya lo han matado. Además ha descubierto que a su madre la asesinaron unos vampiros y que está en ese sitio que descubristeis y que debe de ser horrible.
—Horrible es poco, Arisa.
—Pues imagina que te enteras de que te pasa a ti eso. Que a tu padre se lo llevan unos vampiros o lo que sea, da igual, y que a tu madre le pasó lo mismo, que no está enterrada donde ibas a llorarla.
—Mi madre también murió, Arisa.
—¿Ah, sí? No lo sabía, lo siento.
—Murió de leucemia, hace cuatro años y pico.
—Lo siento, de verdad, pero eso quizá te haga entender mejor lo que te estoy diciendo. Piensa que esta noche es como si hubiese muerto su madre otra vez y que, encima, puede que haya muerto su padre también. No tiene a nadie y lo va a pasar muy mal.
—¿Quieres que nos quedemos hasta que se recupere?
—No, tanto tiempo no, pero deberíamos retrasar nuestro viaje unos días para estar a su lado, y si tiene que llorar, desahogarse o lo que sea, que tenga un amigo cerca.
—Tengo muchas ganas de volver a casa, Arisa.
—Ya, lo entiendo, pero solamente serán un par de días.
—Creo que tienes razón, Él es un buen tipo y me ha tratado muy bien. Vale casi me matan por su culpa, pero es un amigo, al menos así lo considero yo.
—Para mí también es un amigo y ahora nos necesita.
Arisa y yo pensamos que Gabriel no estaría de acuerdo con que nos quedásemos con él unos cuantos días más, así que no le dijimos nada. Una vez en el aeropuerto, comprobamos que había dos vuelos a media tarde que salían de Syracuse rumbo a Boston y Memphis; no había ninguno a Nashville. Gabriel se alegró mucho de que ese mismo día pudiésemos regresar a casa. Entonces nosotros pusimos en marcha nuestro plan y le pedimos que nos dejara dinero para comprar nuestros respectivos billetes mientras él podía ir al restaurante del aeropuerto a pedir mesa para tres, ya que tampoco habíamos comido nada desde las tostadas y los donuts de la cena-desayuno de Ithaca. Gabriel picó el anzuelo, nos dio dinero y Arisa y yo compramos los billetes de esos mismos vuelos pero para volver a casa tres días después. Cuando le dijimos la verdad se enfadó muchísimo y nos pidió que cambiásemos los billetes inmediatamente, pero nos negamos.
—¿Sois idiotas o qué os pasa? ¿No entendéis que estáis en peligro? —nos preguntó muy alterado.
—No somos iditas, Gabriel, lo que ocurre es que no queremos dejarte solo —le contestó Arisa.
—¿Pensáis que esto se ha acabado? No, ni por asomo, esto acaba de comenzar —dijo Gabriel, con una sonrisa que demostraba incredulidad ante nuestra decisión—. Estoy seguro de que van a seguir buscándonos. A lo mejor esta tarde se presentan aquí.
—No pueden saber dónde estamos —dije yo—. Has registrado la habitación con un nombre falso. ¿Van a buscarnos habitación por habitación por todos los hoteles de la zona?
—Tú quizá no seas consciente de lo que te ocurre, Gabriel —apuntó Arisa.
—A mí no me ocurre nada —dijo él.
—Mira, una cosa es que te quieras hacer el fuerte o que creas que debes seguir lo que tu padre ha dicho, pero nosotros pesamos que no puedes estar bien del todo —dijo Arisa.
—La verdad es que no quiero ni pensar en cómo me siento. No quiero pararme ni in segundo a compadecerme, a enfadarme o a asustarme —dijo Gabriel, reconociendo que, como decía Arisa, estaba muy tocado anímicamente.
—Solamente serán un par de días. A nosotros nos vendrá bien descansar antes de volver, y la verdad es que si te dejamos tal como estás ahora, no estaremos tranquilos —dijo Arisa, mirándome todo el tiempo pata que asintiera y así dejara claro que yo secundaba sus palabras.
—Aquí no corremos peligro, Gabriel, y creo que podemos aprovechar el tiempo para descansar y pensar en qué vamos a hacer a partir de ahora —añadí yo.
—Yo iré a llevarle la carta que me dio mi padre a aquel hombre —dijo Gabriel—. Es lo que tenía pensado hacer hoy mismo.
—Deja que te acompañemos y si aquel hombre te da con la puerta en las narices, entonces te puedes venir conmigo y hablar con mi padre —propuso Arisa.
—O te puedes venir conmigo a Tennessee —añadí yo.
—Vale, si así os quedáis más tranquilos, haré lo que decís —acabó aceptando Gabriel.
—Genial, pero creo que podríamos ir mañana a buscar a ese hombre y hoy descansar como Dios manda —dijo Arisa—. ¿Dónde vive ese señor?
—En Nueva York, cerca del campus de Columbia —contestó Gabriel.
—¿Otra vez Nueva York? Voy a acabar cogiéndole manía a esa ciudad de las narices —dije yo—. Al menos espero que ese tipo no sea un vampiro camuflado u otro bicho de esos.
Al salir del aeropuerto nos topamos con el padre Karras. Me reconoció enseguida y yo también a él, aunque en mi caso era más fácil porque yo no tenía pinta de exorcista ni tenía una cicatriz cruzándome la cara. Le presenté a Arisa y a Gabriel, pero teniendo la delicadeza de no decir su nombre, pues sabía que no se llamaba Karras, me limité a decir: << Padre, estos son mis amigos Arisa y Gabriel >>. Esperaba que él al saludar a sus nuevos conocidos dijera su nombre, pero no lo hizo, así que para mí sigue siendo el padre Karras, aunque descubriese ese día que no era exorcista.
—¿Vuelves a casa, Abel? —me preguntó, deduciendo que si estaba en el aeropuerto es porque iba a volver a Tennessee.
—No, padre, aún ni. Voy a quedarme un par de días más por aquí.
—Muy bien, hijo, que disfrutes.
—¿Y usted viaja de nuevo a Memphis?
—No, esta vez he de ir a Seatle.
—¿A hacer algún exorcismo? —le pregunté, el mismo tiempo que me daba cuenta de que acababa de meter la pata.
—¿Un exorcismo? ¿Cómo se te ha podido ocurrir tal cosa?
—¿No es usted exorcista?
—No, hijo, no lo soy. ¿Por qué has pensado eso?
—Pues por el maletín, el traje negro…
—Ves demasiadas películas.
—Bueno, también lo he pensado por lo de la cicatriz.
—No entiendo por qué una cicatriz te ha hecho pensar eso.
—Ya, es porque me imaginé que se la había hecho algún endemoniado en mitad de un exorcismo.
—Pues vaya uñas debía de tener.
—¡Vaya imaginación! No, esta cicatriz me la hizo una novia a la que dejaron plantada en el altar.
—Pues vaya uñas debía de tener.
—No, me lo hizo con un adorno en forma de flecha que había en un candelabro de pie de la iglesia. Fue algo muy triste. Pasó hace unos dieciocho años. Yo entonces era párroco en un pueblo de Ohio. La pobre mujer estaba embarazada y el canalla del padre de la criatura ni se presentó. Entonces le dio un ataque de nervios e intentamos calmarla, pero no hubo manera. Le abrió la cabeza al fotógrafo con el candelabro y a mi me hizo esta cicatriz. El sacristán también recibió lo suyo, una patada en sus partes. El pobre esta en el suelo retorciéndose de dolor y ella, mientras el pobre se quejaba, le decía: << Todos los hombre sois iguales >>. Luego se volvió a la gente que estaba en la ceremonia y añadió: << Y los de Ohio peores que los demás >>. Ahora me hace gracia, pero lo pasé muy mal ese día. Solamente espero que su hija, porque recuerdo que me dijo que estaba embarazada de una niña a la que quería llamara Lucy, sea una jovencita feliz a la que Dios la llene de gracias para compensar las penas de su madre.
Fue algo decepcionante saber que al padre Karras no le había hecho aquella cicatriz alguna poseída escupidora de mocos gigantes, aunque su aventura con aquella loca preñada tampoco estaba mal. No sé por qué, pero lo que me había contado me sonaba de algo, quizá porque alguien había hecho un telefilme o alguna otra sandez televisiva basada en algún caso similar.
Volvimos al hotel y Gabriel dijo en la recepción que íbamos a quedarnos un par de noches más. Los tres dormimos una pequeña siesta de un par de horas, para sumarlas de alguna manera a las cuatro o cinco que habíamos dormido por la mañana. AL despertar, fuimos a dar una vuelta por Syracuse y me pareció muy similar a Ithaca; supongo que cada zona tiene un modelo de ciudad estándar que van aplicando después de comprobar que funciona. Cenamos en un restaurante italiano —Dino’s, Gino’s no recuerdo— y durante la cena no hablamos en ningún momento ni de vampiros ni de ataúdes vacíos ni de nafa que nos recordase lo que había pasado y que nos hiciese pensar en lo que podía pasar a partir de entonces. Éramos tres amigos cenando en un italiano, hablando de cosas normales: música, cine, de la decoración del local, de que la camarera parecía que tenía una teta más grande que la otra, de que si aquello era una tapadera para la mafia, etcétera. Después de cenar nos dimos una vuelta por el puerto. Los de Syracuse tienen el lago Ontario que no está mal, pero el Cayuga, al menos desde el montículo de la tumba vacía de la madre de Gabriel, le daba cien vueltas a simple vista. Después del paseo, volvimos al hotel. Con las tonterías era ya medianoche y teníamos pensado levantarnos a eso de las ocho de la mañana para llegar a Nueva York al mediodía, por eso me metí en la cama nada más entrar en la habitación y no me di cuenta de que tenía una llamada perdida de mi padre. Al despertarme, le llamé y jamás le conté tantas mentiras en menos espacio de tiempo.
—¿Papá, me llamaste anoche?
—Sí, Abel, ¿pasa algo, hijo?
—¿A qué te refieres con algo?
—¿Tú estás bien?
—Sí, un poco cansado tal vez, pero estoy bien.
—Pero sigues en Ithaca, en el seminario ese, ¿no?
—Sí, aquí, labrándome un porvenir en el mundo de las letras.
—Es que anoche vinieron unos hombres preguntando por ti.
—¿Quiénes eran?
—Se identificaron como agentes del FBI.
—No me jodas. ¿En serio?
—En serio, hijo.
—¿Y estás seguro de que preguntaban por mí?
—Sí, por ti, no hay duda. Yo ya me había acostado y llamaron a la puerta a eso de las once de la noche. Me dijeron que querían localizarte porque querían hablar contigo sobre no sé qué historia de algo que pasó en Nueva York. ¿Pasó algo en Nueva York?
—No, ni siquiera he ido a la ciudad. ¿Les dijiste dónde estaba?
—Sí, les dije que estabas en Ithaca, en casa del señor Shine, que era un escritor. No recordaba la dirección. Me pidieron el número de tu teléfono, pero no se lo di; quería hablar contigo antes.
—Pues no tengo ni idea de qué quieren. Supongo que ya vendrán por aquí.
—No te has metido en ningún lío, ¿verdad?
—No, sí de aquí no he salido.
—Bueno, me fío. Ya me dirás algo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, papá. Espera, que quiero preguntarte una cosa.
—Dime.
—¿Cómo eran esos tipos?
—Uno era alto y rubio, y el otro era más bajo y moreno. Ah, y me pareció que cojeaba.
—¿Viste su coche?
—Sí, era una berlina, pero no sé qué marca.
—¿Con lunas tintadas?
—Sí, un coche de esos.
—Vale, gracias.
—¿Me lo has preguntado por algo?
—No, ya te contaré cuando vuelva a casa. Ahora tengo que dejarte, he de ir a desayunar y después tengo clase. Hasta luego, papá.
—Espera, si vuelven a aparecer, ¿qué les digo?
—No sé, diles lo mismo, pero no les des el teléfono, puede que no sean del FBI. A lo mejor son timadores o ladrones. No te fíes. Se lo voy a comentar ahora a la gente de aquí, por si acaso.
—Vale, lo dejo en tus manos. Adiós, Abel.
—Hasta otra, papá.
Helmut y el cojo habían ido a mi casa a buscarme, era algo que no podía esperar de ninguna de las maneras. Al final, la idea de quedarnos algunos días con Gabriel me había salvado la vida y puede que también la de mi padre, ya que los vampiros nos habrían matado a los dos, a mí porque era lo que tenían pensado y a él para no dejar testigos. La visita de los vampiros a mi padre también significaba que no podía estar seguro en mi propia casa. Canadá empezaba a ser un bonito lugar para mudarse. Todo esto lo pensé mientras hablaba con mi padre, a quién mentí en todo menos en una cosa, en eso de que ahora iba a comentar el tema << a la gente de aquí >>. Eso hice, les expliqué a Gabriel y a Arisa lo que me había contado mi padre y, lógicamente, los dejé con la boca abierta y muy preocupados.
—Esto cada vez se complica más —empezó diciendo Arisa—. Yo ya no sé qué pensar. No sé qué podemos hacer.
—¿Estás seguro de que eran los mismo que se llevaron a mi padre? —me preguntó Gabriel.
—Por las descripciones de mi padre, son Helmut y el cojo. Sí, son ellos, seguro —contesté.
—Es que hay algo que no acaba de cuadrarme. Si son vampiros, se supone que el sol los mata, que solamente pueden actuar de noche —apuntó Gabriel—. ¿Cuánto puede haber de Nueva York a tu pueblo?
—No sé, entre mil cuatrocientos y mil quinientos kilómetros —contesté, recordando que antes de viajar a Ithaca miré cuánta distancia iba a recorrer.
—Eso son muchas horas en coche, trece o catorce —dijo Gabriel—. Si se pasaron por tu casa a eso de las once de la noche, debieron de salir de Nueva York a las nueve o a las diez de la mañana. Imposible. Mira, cuando se llevaron a mi padre, hice cuentas y si llegaban justo a Nueva York al amanecer, pero muy justos. Si estos tíos han ido a tu casa, puede que no sean vampiros realmente o que los vampiros puedan ir por ahí de día.
—No sé, yo solamente te puedo decir lo que me ha dicho mi padre —dije yo—. Es seguro que llevaban el mismo coche, pero no sé, a lo mejor tienes razón… No, espera un momento que me ha venido una imagen a la cabeza. A ver, espera. Ya lo tengo. ¿Te acuerdas de que la tía aquella del sótano del restaurante chino, dio marcha a tras cuando subíamos al piso de arriba?
—Sí, claro que lo recuerdo —me contestó Gabriel.
—Pues creo que lo hizo porque tenía miedo de que la alcanzase la luz que había en el comedor. ¿Te parece posible que fuera por eso?
—Vale, puede que tengas razón y que fuera por eso, pero estamos en las mismas, Abel. Si no pueden vivir bajo el sol, no han podido viajar de Nueva York a Tennessee.
—Tal vez si han podido hacerlo —dijo Arisa, interviniendo en el diálogo que estábamos sosteniendo Gabriel y yo—. ¿Recuerdas, Abel, lo que pasó en el coche cuando Helmut nos llevó hasta Ithaca desde el aeropuerto?
—¿Qué tú no me dirigías la palabras? —pregunté.
—No, hombre, lo otro, cuando te pusiste a tocar botones y salieron aquellas placas metálicas. Quizá esas placas no eran antibalas, sino para evitar que la luz del sol entrase en el coche.
—¿Unas placas? —preguntó Gabriel.
—Sí, eran unas placas metálicas que salieron al apretar yo un botón, y cubrieron los cristales de la parte de atrás del coche y nos separaron del conductor —le expliqué a Gabriel—. Pensaba que esas placas estaban allí porque el coche había sido de la CIA o de la mafia, como en las películas.
—¿Y el conductor también tenía esas placas tapándole la visión? —preguntó de nuevo Gabriel.
—Eso no lo sabemos porque una placa nos separaba de él en ese momento —le contestó Arisa—. Po lógica, no creo que su parte estuviera totalmente cubierta, pero a lo mejor sí tenía algún otro sistema. No sé, ya te digo que no lo vi, pero puede que se cubriera todo menos una rendija o que el parabrisas hacía que la luz rebotase. Aquí lo importante es que el viaje que han hecho no descarta que sean vampiros y que les pueda afectar la luz del sol, ya que ese coche parece construido para evitar que el sol entre en él.
—El Vampmóvil, eso es lo que pensé que era ese coche —dije yo.
—De todas maneras, da igual cómo han llegado a tu casa, Abel, el problema es que lo han hecho —dijo entonces Gabriel, volviendo al inicio de la conversación—. No se van a parar ante nada ni ante nadie, de eso estoy seguro.
—¿Crees que también irán a tu casa? —le pregunté a Arisa.
—No lo creo. En la inscripción y los otros papeles puse la dirección de Boston —contestó Arisa—. Allí vivo en la residencia de la universidad. No creo que sepan donde viven mis padres y dudo que vayan a Harvard con la misma historia con la que han ido a tu padre.
—De todas maneras, Arisa, será mejor que no vuelvas por el momento a Boston —dijo Gabriel—. Ni tú a tu casa, Abel. Hasta que no estemos seguros de que no corréis peligro si regresáis, mejor ni acercarse por allí y, por ahora, no comentéis nada a vuestros padres, ya que a lo mejor los ponéis en peligro al hacerlo.
—¿Y qué sugieres que hagamos ahora? —pregunté yo.
—Creo que lo mejor es seguir con el plan previsto —contestó Gabriel—. Después de desayunar iremos a Nueva York a darle la carta de mi padre al señor Braker. Quizá él nos pueda ayudar.





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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 12:11 am

Gracias!!!! :mua:
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 1:01 am

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma

2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing


gemma que pasa con los foros no me llegan las notificaciones u.u

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 10:19 am

mmm eso me pasó a mí, que cosa más rara :manga32:

gracias vir por el cap, enseguida pongo el mío ^^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 10:23 am

TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

Julia Hertz

Llegamos a casa de Tom S. Braker, una vivienda unifamiliar de dos plantas cerca del campus de la Universidad de Columbia, cuando los Braker estaban tomando el postre de la comida del mediodía. Gabriel había insistido en salir de Syracuse alrededor de las ocho de la mañana para llegar a Nueva York al mediodía, ya que de esa manera tendríamos muchas posibilidades de encontrar al señor Braker en casa. Es lo que suelen hacer los teleoperadores, llamar a la hora de comer o a la hora de cenar a una vivienda, pues saben que a esas horas seguro que pueden encontrar a la persona que buscan para informarle de algo sobre lo que no quiere ser informado o para intentar venderle algo que no necesita. Es una estrategia de ventas un poco absurda, ya que se supone que lo que ha de intentar el vendedor es caerle bien al cliente, y hacerle levantarse de la mesa, en mitad de una comida o una cena, no es una buena manera de iniciar una relación comercial. Entiendo que ser teleoperador, sobre todo si cobras por porcentaje de ventas, debe de ser un trabajo poco gratificante, ya que aparte de ganar poco dinero has de llevarte una veintena de insultos al día, algunos de ellos para compartir con la familia. Nosotros aplicamos el sistema del teleoperador en nuestra visita al señor Braker, pero por suerte ya había acabado con los platos principales de la comida. Llamamos a su puerta y nos abrió una chica de raza negra, pelo castaño y unos curiosos ojos verdes, que después supimos que era la hija mayor del señor Braker, Michelle, y que tenía un año menos que yo. Le dijimos que traíamos una carta para su padre que debíamos entregar en mano. La chica cerró la puerta y medio minuto después apareció el señor Braker. —Mi hija me ha dicho que tenéis una carta para mí.
—Sí, señor, es de mi padre, Elijah Shine —dijo Gabriel.
—¿Elijah Shine? —se preguntó a sí mismo extrañado—. Hace mucho tiempo que no tengo noticias de él. Entonces, tú debes de ser Gabriel.
—Sí, señor Braker —dijo Gabriel.
—No, por favor, llámame Tom, no me gusta nada eso de señor Braker, me hace sentir algo que no soy —dijo el señor Bra..., perdón, dijo Tom—. No te veo desde hace, no sé, ¿cuando murió tu madre?
—Hace unos veinte años.
—Pues desde entonces. Hace veinte años que no sé de ti. ¿Y estos jóvenes que te acompañan quiénes son?
—Estos son mis amigos Arisa y Abel —dijo Gabriel, presentándonos a Tom, quien nos apretó las manos con fuerza, como si fuera a presentarse a las elecciones de algo.
Entonces Gabriel sacó de su mochila la carta de su padre y se la dio a Tom. Este la abrió delante de nosotros, y a medida que la iba leyendo su rostro fue pasando de indiferencia a curiosidad, de curiosidad a preocupación y de preocupación a algo que no sabría definir qué era, pero que se manifestó con la aparición de una gota de sudor que descendió desde su rizado cabello hasta llegarle al entrecejo. Cuando terminó de leerla, la dobló, la volvió a meter en el sobre y nos pidió que le acompañásemos a su despacho para poder hablar con tranquilidad.
—Bien, en esta carta tu padre dice que si me la entregas es que está muerto —empezó diciendo Tom—. ¿Es eso cierto?
—No lo sabemos aún, aunque confío en que no sea así —dijo tartamudeando Gabriel, a quien el comentario de Tom le había pillado por sorpresa—. Hace un par de noches lo secuestraron unos tipos.
—Unos vampiros —añadí yo, y al hacerlo me di cuenta de que había metido la pata y de que debía haberme asegurado de que podía confiar en Tom antes de soltar algo tan difícil de creer.
—¿Cómo sabéis que eran vampiros? —preguntó Tom, dando a entender que quizá si creía en ellos.
—Porque antes de que llegaran a casa, mi padre nos dijo que eran vampiros —dijo Gabriel, quien parecía confiar en Tom—. En verdad ellos no querían hacerle daño a mi padre, eso creo, sino que venían a matarnos a nosotros tres.
—Sí, eso es lo que dice la carta, pero no explica el motivo —apuntó Tom.
—Abel y yo descubrimos una especie de catacumba con nichos de mármol y una fosa con cadáveres en el sótano de un restaurante chino de Tribeca, El Año del Dragón. Además, allí nos enfrentamos a una mujer vampiro que dijo llamarse Julia Hertz y que al parecer conocía a mi padre. A mi casi me mata, menos mal que Abel me salvó el cuello.
Tom no dijo nada. Yo esperaba que se pusiera a reír o que nos tomara por locos, pero no, aquel hombre sabía de lo que estábamos hablando. Posiblemente sabía mucho más del tema que nosotros mismos. Aprovechando el silencio de Tom, Gabriel le explicó que su padre había querido que huyéramos a Canadá, pero que volvimos a la casa y vimos cómo le secuestraban. Entonces Tom le pidió que no dijera nada más, que su casa no era el lugar idóneo para hablar del tema.
—¿Os alojáis en el algún sitio? —preguntó Tom.
—Estamos en el hotel del aeropuerto de Syracuse. Me he registrado con un carnet falso que había encargado mi padre —explicó Gabriel—. Creo que allí estamos seguros.
—No, no lo estáis. Si tu padre está aún vivo, y Dios quiera que sea así, a lo mejor le torturan, y si lo hacen puede que les diga lo de tu identidad falsa —dijo Tom—. Esta gente es muy poderosa y tiene acceso a todo tipo de información. Si saben tu nombre falso, te encontrarán.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó entonces Arisa.
—Mirad, en Congers tengo una casa que era de mis padres. Congers está al norte, a menos de una hora. ¿Lleváis GPS u os hago un mapa? —preguntó Tom.
—Llevamos un GPS coreano— contesté yo.
—Vale, entonces es imposible que os perdáis —dijo Tom, desconociendo que el GPS no garantizaba nada si el copiloto era Gabriel—. En la entrada encontraréis una estación de servicio. Preguntad por Peter, es el propietario, y decidle qué vais a estar en mi casa. Él se encarga del mantenimiento de la casa y va un par de veces por semana a echarle un vistazo, y es mejor que sepa que estáis allí. De todas maneras os daré una nota para que se la entreguéis. Si necesitáis algo mientras estéis allí, pedídselo a él.
Tom cogió una cuartilla y escribió en ella la nota que debíamos darle a Peter de Congers. Luego se levantó, salió del despacho y volvió cinco minutos después con las llaves de la casa que le habían legado sus padres y se las entregó a Gabriel.
—Id a Syracuse, recoged vuestras cosas y viajad a Congers sin perder tiempo. Creo que allí estaréis a salvo. No creo que esos vampiros os relacionen conmigo. Yo os iré a ver esta noche y hablaremos de todo lo que tengamos que hablar. Eso sí, no os quiero volver a ver en esta casa. No quiero arriesgar la vida de mi mujer y mis hijas. No os voy a dar mi número de teléfono; seré yo quien se ponga en contacto con vosotros. Si por la razón que sea queréis verme o hablar conmigo, decidle Peter que me llame. ¿De acuerdo?
El viaje a Congers se me hizo muy largo, no por las horas de ese viaje con escala en Syracuse —donde recogimos el equipaje y cancelamos los billetes de avión—, sino por las ganas que tenía de saber lo que nos iba a explicar Tom esa misma noche. Arisa había decidido quedarse con nosotros hasta que encontrásemos una salida a aquella situación. Aunque en un principio consideraba que en Harvard no corría peligro, después de hablar con Tom no estaba tan segura de que eso fuera así. Aprovechamos el viaje para poner en común qué preguntas le plantearíamos a Tom cuando habláramos con él.
Hicimos el siguiente listado:
¿Quiénes son esos vampiros?
¿Cómo sabe él que los vampiros existen?
¿Qué pasó realmente con la madre de Gabriel?
¿Qué relación tenía el señor Shine con esos vampiros?
¿Quién es Julia Hertz?
¿Qué son aquellos nichos con cojines dorados en el sótano de El Año del Dragón?
¿Sabía de la existencia de la fosa de cadáveres?
¿Qué es Circle Books?
¿La teoría del Vampmóvil es cierta?
Y la más importante: ¿Qué vamos a hacer a partir de ahora?
Al llegar a Congers, pasamos por la estación de servicio de Peter y le entregamos la nota de Tom. Él nos indicó el camino para llegar a la casa y nos informó de dónde había un supermercado cercano para comprar lo que necesitáramos. Fuimos a ese supermercado y compramos comida para una semana y vino para semana y media. Ya en la casa de los padres de Tom, aparcamos el coche en el garaje cubierto de la misma, momento en el que Gabriel dijo que era una suerte que el vehículo permaneciese oculto, ya que seguramente los vampiros lo conocía n. Entonces fue cuando me di cuenta de que ese todoterreno era un peligro con ruedas y apunté que sería necesario deshacernos de él. Con el dinero que le había dado a Gabriel su padre podríamos adquirir algún vehículo de segunda mano que nos permitiera movernos con mayor libertad. Gabriel dijo que a la mañana siguiente le comentaría a Peter el tema, ya que estaba seguro de que sabría decirnos dónde comprar un coche usado.
La casa de los padres de Tom era una modesta vivienda de dos plantas. En la inferior había un salón que hacía de comedor y sala de estar, una cocina que daba a un pequeño jardín trasero, un trastero y dos escaleras, una que subía al piso superior y otra que bajaba al sótano. En el piso superior habían dos habitaciones —una era la de matrimonio, y la otra, una individual con decoración femenina— y un gran baño. La casa tenía desván, pero seguramente este hacía de pequeño trastero, ya que parecía que apenas tenía un metro y medio de altura. Se accedía a este minidesván estirando un cordel que abría una trampilla. Arisa se instaló en la habitación individual, además le iba de perlas por la decoración. Dedujimos que Tom tenía una hermana menor con la que compartió esa habitación hasta que se fue a la universidad y después la muchacha se quedó como su única inquilina, decorándola a su gusto. Gabriel y yo ocupamos la habitación de matrimonio, donde compartiríamos la cama. En esa habitación encontramos una foto familiar que nos sirvió para constatar que éramos buenos elementos deduciendo cosas, ya que en la instantánea aparecía el matrimonio Braker con un chico que se parecía a Tom con birrete y una niña con gafas, coletas y aparatos dentales. Lo mejor de la casa, de nuevo la vista de un lago. No estaba a las orillas de ninguno, pero desde la ventana de la habitación de matrimonio se podía ver un pequeño trozo del lago Rockland. Me parece que el estado de Nueva York se podría haber llamado Lagolandia tranquilamente.
Durante la cena repasamos de nuevo todo lo que íbamos a preguntarle a Tom. Gabriel pidió que dejásemos que él fuera quien llevara la voz cantante como portavoz del grupo y no interviniésemos nosotros aunque se nos ocurriera algo interesante que preguntar o decir. Lo importante era que ese hombre se concentrase en lo que nos tenía que decir, y si nos pisábamos los unos a los otros, a lo mejor nos perdíamos en cosas que no tenían importancia y se olvidaba de contarnos otras de mayor relevancia. Lo más curioso de la cena fue el incidente del vino y la medicación de Gabriel. Arisa descorchó una botella de vino tinto y nos preguntó si queríamos que nos sirviera una copa. Yo le dije lo de siempre, que lo de beber no iba conmigo, y Gabriel sacó el tema de su medicación, recordándole a Arisa lo que había pasado en su casa durante la barbacoa. Entonces Arisa hizo la pregunta del millón: «¿Por qué te sigues medicando?». Gabriel se quedó pensando durante unos instantes y no supo qué contestar. Él estaba seguro de que jamás había estado enfermo, que jamás se había imaginado cosas que no habían tenido lugar y, por lo tanto, era de suponer que no necesitaba seguir tomando aquellos medicamentos. Por esta razón, Gabriel decidió dejar de medicarse y tiró a la basura cuatro botes de píldoras. Además, aprovechando que estaba en fase de dejar cosas innecesarias, también arrojó un paquete de tabaco, dando la impresión de que aquello de tirar cosas a la basura era una especie de ceremonia de iniciación a una nueva vida. Claro está que no tenía pintas de que fuese una vida mejor que la que dejaba atrás, ya que en la nueva estaba sin padres y unos vampiros querían liquidarlo. Aproveché la situación y le dije a Arisa que debería dejar el vino tinto y ella me dijo algo en japonés, por lo que entendí que no estaba por la labor.
Después de cenar nos tiramos los tres en el sofá del comedor para ver la televisión, mientras esperábamos a que Tom llegara. Votamos qué ver y perdí dos a uno. Estoy seguro de que Gabriel votó a favor de la propuesta de Arisa por esa estúpida necesidad de los hombres de aprovechar cualquier momento para caerle bien a una chica mona, cosa que hace que las cursis que viven de las películas románticas vivan muy bien y que existan los deportes femeninos. Digo esto porque dudo mucho que a Gabriel le interesase ver una película en blanco y negro del año de la tos mal curada, sobre un señor muy gordo que vendía periódicos. Arisa dijo que era la mejor película de la historia según los críticos de cine de los cinco continentes, y yo me di cuenta de que los críticos de cine son tipos que no tienen ni idea de lo que dicen, y si son críticos es porque son incapaces de hacer ninguna película. La cosa esa se llamaba Ciudadano Snake, aunque no salían serpientes en ningún momento. Era una película en la que la gente no paraba de hablar en ningún momento, en serio, algo inaguantable. Además no me enteré de nada porque iban saltando en el tiempo sin lógica aparente. Arisa comentó que el actor principal, el gordo ese que vendía periódicos, era también el director de la película. Entonces saqué una teoría al respecto de los gordos que hacían películas que Arisa rechazó diciendo otra de sus cosas japonesas. Era una teoría que decía que los gordos que dirigían películas solían protagonizarlas para ocupar mucha pantalla y así ahorrarse dinero en decorados y actores. Puse el ejemplo de Michael Moore, ya que en sus documentales sale él todo el rato, ocupando casi toda la pantalla. El día que haga un documental sobre las pirámides de Egipto, veremos media pirámide solamente, el resto de la pantalla lo ocupará su barriga. No me dormí viendo Ciudadano Snake, aunque es una película que parece hecha para ello, porque estaba demasiado ansioso por saber qué nos contaría Tom. Este llegó cuando estaba a punto de acabar la película, cosa que se ve que fastidió poco un a Gabriel, ya que al final se había quedado enganchado y quería saber qué era Rosebud, que al parecer era lo que alguien estaba buscando por ahí en el filme. Arisa le dijo que Rosebud era el nombre del trineo del protagonista, y Gabriel se dio cuenta de que debió haber votado mi propuesta de ver lucha sobre barro desde Las Vegas, en vez de la mierda esa en blanco y negro.
Después de preguntarnos si habíamos tenido buen viaje y si habíamos encontrado confortable la casa, Tom empezó a contarnos todo lo que sabía sobre los vampiros y el señor Shine. Tal como habíamos quedado con Gabriel, dejamos que él fuese el único que hablase con Tom.
—No sé cómo empezar. Bueno, quizá lo primero sea explicar la relación que teníamos tu padre y yo. Él había sido mi profesor de narrativa en la facultad y al licenciarme me ayudó a conseguir una beca para doctorarme en teoría de la literatura. Dijo que admiraba el esfuerzo que habíamos hecho mi familia y yo para que pudiera ir a la universidad y, viendo que tenía muchas posibilidades de conseguir metas importantes en la especialidad, me consiguió esa beca y se convirtió en mi director de tesis. El dinero de la beca me lo daban a cambio de que fuera el ayudante de tu padre y en eso me convertí. Por aquel entonces tu padre escribía thrillers policíacos, sobre todo de asesinatos y asesinos en serie. Tenía mucho éxito. Precisamente documentándose para una novela conoció a tu madre, quien trabajaba de forense para la policía. Yo seguía haciéndole de chico para todo y tu padre, aparte de dirigir mi tesis, me enseñaba técnicas de escritura, pues consideraba que yo también podía llegar a ser un buen escritor. Pues bien, una noche tu padre vino a la residencia de estudiantes a buscarme, ya que quería que le acompañase al depósito de cadáveres.
—¿Yo ya había nacido?
—Sí, tú ya habías nacido, me parece que tendrías unos dos añitos. Recuerdo que esa noche, antes de venirme a buscar, tu padre me pidió que le enviase alguna muchacha de confianza para que hiciera de canguro, ya que tu madre estaba de guardia. Creo recordar que se había reincorporado esa misma semana al trabajo después de una excedencia y le habían hecho la gracia de obsequiarla con una guardia nocturna el primer día en el que volvió a trabajar. Esa noche, tu madre llamó a tu padre para decirle que había entrado en el depósito el cadáver de una muchacha y que tenía que ir a verlo porque era muy curioso.
La muchacha en cuestión era Julia Hertz.
Se me puso la piel de punta y los pelos de gallina. ¡Julia Hertz, la puñetera loca del sótano de los horrores! La cosa prometía... Bueno, prometía emociones fuertes de haber sido el comienzo de una película de miedo, pero siendo algo real y que me afectaba a mí directamente, no prometía nada bueno.
—Fui con tu padre al depósito y tu madre nos enseñó el cadáver de Julia Hertz. Yo nunca había estado en un sitio así y al principio estaba algo nervioso, pero me tranquilicé al ver que tus padres parecían encontrarse en su salsa. Bueno, tu madre nos enseñó el cadáver. Julia Hertz era una chica joven, con carita de ángel.
—Eso mismo pensé yo al verla —dije yo sin acordarme de que no podía hablar, razón por la que Gabriel me miró con cara de asesino.
—Sí, era muy guapa y parecía la típica persona que jamás había hecho daño a nadie —siguió Tom—. A simple vista parecía que había muerto por causas naturales, ya que no había muestras de violencia, pero tu madre nos dijo que nos fijásemos en su cuello y en una de sus ingles. En esos dos sitios se podían ver dos orificios y debajo de ellos la marca de unos dientes.
—¿Las marcas de mordeduras de un vampiro? —preguntó Gabriel, volviendo a su rol de portavoz del grupo.
—De uno no, de dos vampiros, por lo que descubrimos después, pero deja que te cuente lo que sucedió cronológicamente. Tu madre nos dijo que iba a hacerle la autopsia y que si queríamos podíamos quedarnos a presenciarla. A mí no me hacía gracia, pero tu padre dijo que él ayudaría a tu madre en la autopsia y que yo tomaría notas. Tu madre estaba segura de que la muchacha había muerto desangrada, y tu padre apuntó que seguramente había sido asesinada por algún loco que imitaba a vampiros y que si escribía una novela con un asesino así podía ser un éxito sin precedentes. Llevamos a Julia a la sala de autopsias, la tumbamos en la mesa y tus padres se prepararon para abrirla. Yo me quedé en un rincón de la sala porque desde allí podía tomar notas, librándome de ver lo que iban a hacer, pues sabía que serían cosas desagradables. Entonces ocurrió lo inimaginable. Tus padres estaban de espaldas a la mesa de autopsias cuando Julia se levantó de repente y se sentó en el borde de esa mesa apoyando su cabeza en las manos y mirando al suelo. Daba la impresión de que estaba mareada. Yo me quedé sin habla, y cuando tus padres se volvieron y la vieron, tu padre dijo una palabrota que no voy a repetir ahora delante de Arisa y tu madre se quedó como yo, helada. Julia seguía sin decir nada y tu padre le preguntó a tu madre si estaba segura de que la chica la habían traído cadáver. Ella le dijo que sí, que llevaba muerta desde hacia unas cuatro horas. Tu madre entonces se acercó a la muchacha y le preguntó cómo se encontraba. Julia le dijo que se encontraba algo mareada y preguntó a qué hospital la habían llevado. Tu madre no le dijo que estaba en un depósito de cadáveres y le dio el nombre de no recuerdo qué hospital. Entonces Julia se dio cuenta de que estaba desnuda y pidió algo para cubrirse, y tu padre le alcanzó un bata que había en un perchero. Tu madre preguntó a la muchacha si recordaba lo que le había pasado y ella, después de pensar un poco, le dijo que la habían asaltado dos tipos y que después no recordaba nada más.
—¿No recordaba qué le habían hecho?
—No, dijo que no lo recordaba. Explicó que la habían asaltado en una calle de Tribeca.
—¿En Tribeca?
—Sí, en Tribeca. Ya te puedes imaginar cerca de qué lugar.
—Cerca de El Año del Dragón.
—Exacto y cerca de vuestra casa, cosa que inquietó un poco a tu madre e hizo que tu padre llamase a casa para ver cómo estabais tú y la canguro. Tu madre pidió a Julia que se tumbara en la mesa y la volvió a reconocer. No había duda de que estaba viva, pero su corazón latía a doce pulsaciones por minuto y su temperatura no llegaba a los quince grados centígrados. Estaba viva, pero no debía de estarlo. Y yo allí, tomando notas y empezando a odiar a tu padre por haberme embarcado en aquella historia. Entonces fue cuando tu padre vio la luz y dijo que quizá Julia estaba muerta y viva al mismo tiempo porque era una vampiro. Tu madre casi se muere de la risa, pero yo no, yo me di cuenta de que tu padre hablaba en serio y no me hizo ninguna gracia lo que acababa de decir.
—¿Y qué pasó a continuación?
—Tus padres discutieron. Tu madre le dijo que eso de los vampiros era una estupidez y tu padre que los científicos como ella se dedicaban a ocultar la realidad a la gente para manipular a toda la población. Como estábamos en el territorio de tu madre, ella acabó imponiéndose y quiso dejar zanjado el tema, explicándole a Julia cuál era la situación. La muchacha al principio no se podía creer que la hubiesen llevado al depósito de cadáveres, que se hubieran confundido, y tu madre le explicó que, por las pruebas que le habían hecho, cualquier médico afirmaría que no podía estar viva y le preguntó si recordaba algo más de lo que le había ocurrido, ya que a lo mejor sus asaltantes le habían suministrado algún tipo de droga experimental que ella desconocía y que provocaba esos efectos. Entonces Julia empezó a recordar lo sucedido y se puso a llorar. Explicó que esos dos tipos la asaltaron en una calle y que la metieron en un callejón oscuro. Uno la sujetó con fuerza, poniéndose detrás de ella y pasándole un brazo por debajo de las axilas y apretándola contra él a la altura del pecho, mientras con la otra mano le tapaba la boca. El otro individuo le desabrochó los pantalones y se los bajó. Ella pensó que iban a violarla, pero no, lo que ocurrió es que el que tenía detrás la mordió en el cuello, y el que le había bajado los pantalones se puso de rodillas y la mordió entre las piernas. Tu madre le enseñó la marca del mordisco que tenía en la ingle y le dio un espejo para que viera la que también tenía en el cuello. Tu padre se acercó a mí y me dijo que parecía increíble, pero que esos tipos eran vampiros y que la muchacha seguro que se había convertido en uno de ellos también, aunque aún no fuera consciente de ello. Tu madre nos pidió entonces que saliéramos de allí porque tenía que comprobar si había sido violada. Fuimos afuera, y luego vino tu madre y nos explicó que no había sido violada y que ahora iba a dar parte a la policía para que vinieran a buscarla y llevarla a un hospital. Entonces tu padre le preguntó a tu madre dónde estaba el hospital más cercano y se ofreció a llevar a Julia allí, para no perder tiempo y que la muchacha fuese atendida lo antes posible. Tu madre mordió el anzuelo.
—¿Qué quieres decir con que mordió el anzuelo?
—Pues que tu padre y yo secuestramos a Julia Hertz y la llevamos a vuestra cabaña en Ithaca. Cinco minutos después de dejar a tu madre, tu padre paró el coche, fue a una cabina y llamó para decirle que Julia había saltado del vehículo en marcha y que yo había corrido tras ella, pero que no la había conseguido alcanzar. Tu madre volvió a picar y dijo que informaría a la policía de lo sucedido, pero que diría que había sido ella la que la había perdido de camino al hospital. Tu padre pasó por vuestro piso y cogió algo de ropa de tu madre para que Julia pudiera vestirse. Me hizo un mapa para que llevara a Julia a Ithaca, ya que él debía quedarse porque se suponía que había vuelto a casa tras la fuga de la muchacha. Me dijo que la instalase en el sótano de la cabaña porque allí no entraba la luz del sol y que me quedase con ella toda la noche. Para que Julia aceptase ir conmigo a Ithaca, le contamos el cuento de que esos tipos eran peligrosos y que habíamos descubierto que querían matarla y que la policía nos había pedido que la llevásemos a un lugar seguro, lejos de Nueva York. Ella se lo creyó porque doy por hecho que su cabeza aún no estaba en el mundo de los vivos. El cuento este del lugar seguro me sirvió también como excusa para, una vez en vuestra cabaña de Ithaca, montarle una habitación improvisada en el sótano.
—¿Y mi madre no sospechó nada en ningún momento?
—No, tu madre no sospechó nada. Además, creo que por el incidente le abrieron un expediente.
—¿Y Julia no tenía familia?
—En Nueva York no tenía a nadie. Ella era de algún sitio cerca de Filadelfia y había viajado a Nueva York para las pruebas de un musical. La pobre quería ser actriz.
—¿Mi padre fue a Ithaca al día siguiente?
—Sí, vino a la mañana siguiente, acompañado de dos personas más. Dos profesores de Columbia, también de literatura: Heathcliff Higgins y Helmut Martin.
Levante la mano como si estuviera en clase y quisiera preguntar algo al profesor de turno. Más aún, levanté la mano como si estuviera en clase y tuviera la imperiosa necesidad de ir a mear. Era evidente que podía intervenir en la conversación por alusiones y Gabriel me hizo un gesto de asentimiento, pues estaba claro, por mi insistencia, que lo que iba a decir era muy importante,
—Heathcliff Higgins es mi tutor en el instituto —le dije a Tom.
—¿Tu tutor?
—Sí, en el instituto del condado de Macon, Tennessee.
—Pues yo pensaba que estaba muerto, te lo juro. Un buen día desapareció y pensé que se lo habían cargado, pero veo que no, que el tipo huyó a otro estado.
—¿Por qué pensaste que estaba muerto? —preguntó Gabriel.
—De eso prefiero hablaros después. No quiero perder el hilo de lo que os estoy contando. Bueno, apareció Elijah acompañado por estos dos profesores. El profesor Higgins era experto en relatos fantásticos y Helmut era una especie de niño prodigio que acababa de doctorarse y le habían colocado enseguida a dar clase. Él era experto en poesía y novela del romanticismo, sobre todo del alemán. Se ve que estos dos, según las habladurías, eran más que colegas fuera de la universidad.
—¿Por qué los llevó mi padre a Ithaca? —preguntó Gabriel.
—Tu padre estaba convencido de que Julia era una vampiro, así que pensó que sería una buena idea que Higgins la conociese para saber su opinión, y Higgins se lo dijo a Helmut y también se apuntó al experimento. Bueno, no fue un experimento propiamente dicho, se trató más bien de hablar con Julia y ver cómo evolucionaba. La pobre seguía perdida y empezó a preocuparse mucho porque cualquier cosa que comía la vomitaba, y pensó que a lo mejor sí la habían violado y estaba embarazada. Como te digo, la pobre estaba hecha un lío y lo que le estábamos haciendo allí no iba a hacer que mejorara. Eso es lo que yo le dije a tu padre, y él vio que quizá tenía razón y le comentó a Higgins que dejáramos de experimentar con la cría porque iba a ser imposible saber si era o no una vampiro. A ver, no mordía, le ofrecieron un vaso de sangre de cordero y casi se muere de asco al verlo, le enseñaron un crucifijo y ella lo besó, nada parecía indicar que fuera una vampiro. No era una vampiro y ya hacía tres noches, con aquella, que la teníamos retenida con engaños. Lo mejor era acabar con aquella tontería, y decidieron que a la mañana siguiente volveríamos todos a Nueva York y llevaríamos a Julia a un hospital, pero al final no pudimos hacer eso porque ella desapareció.
—¿Desapareció? ¿Qué quieres decir con que desapareció? —preguntó de nuevo Gabriel.
—No sé lo que pasó esa noche, pero a la mañana siguiente no estaban ni ella ni Helmut ni el coche de Higgins.
—¿Helmut se llevó a Julia sin deciros nada? —pregunté yo en esta ocasión y a Gabriel le dio igual.
—Yo no sé qué pasó concretamente esa noche, pero sé que Julia convirtió a Helmut en vampiro y los dos huyeron de allí. Eso lo sé porque un año después me lo dijo el propio Helmut Martin.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 10:28 am

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)



TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)


2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 28, 2010 4:35 pm

Ranguis a todas las que me quedaban.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 12:54 am

Helmut Martin


Transcrito por shuk hing

Me había impactado tanto que el señor Higgins apareciese de repente en esa historia de vampiros que no me había dado cuenta de que el Helmut Martin del que hablaba Tom era nuestro Helmut, el tipo que nos había recogido a Arisa y a mí en el aeropuerto de Syracuse y había secuestrado después al señor Shine. Gabriel preguntó enseguida por esa conversación que al parecer había mantenido con Helmut y en la que este le había dicho que era un vampiro, pero Tom dijo lo de antes, que quería seguir contando lo ocurrido cronológicamente y que explicaría ese tema concreto más adelante.
—Dos días después de que Julia y Helmut se fueran de Ithaca, Higgins denunció la desaparición de su compañero a la policía. No explicó lo de la vampiro secuestrada, pero denunció la desaparición. Higgins estaba destrozado y yo no sabía ni qué pensar, en serio.
—¿Y mi padre cómo estaba? —preguntó Gabriel.
—¿Tu padre? Tu padre estaba en su salsa. Aquello era como un regalo para él. Era una historia con todos los ingredientes para ser una novela de éxito, pero además él era su protagonista. Me convenció para que le ayudase en la investigación del caso. Pidió la excedencia para centrarse en el tema, pero de las clases generales, no del doctorado. Lo primero que hicimos fue ir al lugar en el que asaltaron a Julia Hertz. Tu padre había tenido la previsión de mirar la ficha de Julia en el depósito de cadáveres y de apuntar la dirección del lugar en el que la había encontrado muerta la policía. Fuimos allí y era el callejón trasero de un restaurante chino que no creo que haga falta que te diga cómo se llama. No encontramos ninguna pista interesante aquel día, y tu padre pensó que lo mejor sería enfocar el tema de otra manera y que, antes de seguir investigando, nos dedicásemos a estudiar todo lo que se sabía sobre el fantástico mundo de los vampiros. Leímos todos los libros habidos y por haber, vimos películas y documentales, y cuando pensamos que ya lo sabíamos todo, volvimos a hacer de detectives. Le dedicamos un año entero a esta documentación exhaustiva, un año que también aprovechamos para terminar mi tesis doctoral. Conseguí el título de doctor y tu padre me enchufó como profesor interino; así podía seguir cobrando algo mientras le ayudaba en la investigación de los vampiros. Entre mi tesis y el estudio del tema vampírico, había pasado ya un año y medio de la desaparición de Helmut y de Julia, y tu padre consideró que debíamos volver al lugar de los hechos, al callejón en el que habían encontrado a la supuesta vampiro. Volvimos allí y a tu padre se le ocurrió la genial idea de entrar en el restaurante abandonado.
—¿Ya estaba abandonado por entonces? —preguntó
Gabriel.
—Sí, ya lo estaba. Entramos y encontramos una trampilla en el suelo del comedor. Encontrar una trampilla para un autor de novelas de misterio es casi como encontrar el Santo Grial, así que tu padre la levantó alegremente y descubrimos una escalera, al final de la cual había una puerta de madera medio rota.
—Ahora es de metal —señaló Gabriel, que puede que no fuera un futuro escritor de thrillers, pero era evidente que había heredado de su padre algo de ese interés por meterse en sótanos peligrosos.
—Bueno, por entonces era de madera —prosiguió Tom—. La abrimos y nos encontramos con la habitación de mármol blanco y los nichos.
—¿Estaba a oscuras cuando estuvisteis vosotros? —preguntó Gabriel.
—No, lo único que estaba a oscuras era la escalera que bajaba desde el comedor hasta allí. La sala estaba iluminada por unos candelabros antiguos de varios brazos y con velas de cera negras. En la habitación había siete vampiros durmiendo.
—¿Siete? —pregunté yo alucinando.
—Siete. Más que dormidos parecían muertos, os lo aseguro. Elijah se acercó a varios de ellos y respiraban. Entonces decidimos irnos de allí y regresar al día siguiente con una cámara de vídeo y una máquina de fotos.
—¿No viste la fosa? —preguntó Gabriel.
—No la vi entonces ni después, pero sé de su existencia,
Entonces Gabriel le explicó lo que él y yo habíamos visto después de atravesar la sala de los nichos y bajar por la escalera de caracol. Tom explicó que aunque no bajó a la fosa, sabía que los vampiros lanzaban allí sus cadáveres para no levantar sospechas.
—Eso lo supe al día siguiente, cuando nos encontramos con Helmut y con Julia —siguió explicando Tom—. Volvimos al restaurante con las cámaras y bajamos a la sala de los nichos, donde nos estaban esperando Julia y Helmut; no había ningún vampiro más. De alguna manera alguien se enteró de que habíamos estado allí, y habían enviado a Helmut y a Julia para que nos matasen. Eso es lo que nos dijeron nada más entrar. Posiblemente aprendimos más sobre vampiros hablando con ellos que en todo el año que habíamos dedicado a su estudio. La verdad es que Julia casi no dijo nada; el que llevaba la voz cantante era Helmut. Como parecía que tenía clarísimo que no íbamos a salir de allí con vida, nos contó todo lo que quisimos saber.
—¿Le hicisteis una especie de interrogatorio? —preguntó Gabriel.
—No, en verdad fue más bien una charla de colegas, como si estuviéramos tomando un café en la sala de profesores de la facultad. Helmut nos contó que aquella noche en Ithaca, Julia se transformó, como si hubiese nacido de nuevo, pero como vampiro. Se abalanzó sobre él, le mordió y le chupó la sangre. Cuando Helmut recobró el sentido, él ya sabía que se había convertido en vampiro y le propuso a Julia que volvieran a Nueva York para buscar a otros como ellos y estar a salvo. Así lo hicieron; fueron a Nueva York, Julia llevó a Helmut al callejón y allí apareció un vampiro que los llevó al sótano del restaurante.
—¿Es una casa de vampiros? —pregunté yo entonces.
—No, no es una casa. Por lo que nos contó Helmut, es una zona de paso. Hace muchos años sí que vivía allí una comunidad de vampiros. Hace muchos años es el siglo XIX. Al parecer, entonces sí dormían allí, pero ahora viven en casas normales, aunque acondicionadas de alguna manera para evitar a intrusos y que entre la luz del sol. Esa habitación de los nichos se utilizaba entonces, y supongo que ahora también, como refugio para vampiros que están de paso o que esperan algún lugar en el que vivir. Esos siete que vimos eran cuatro que vivían en una casa que se estaba reformando y otros tres que tenían que irse la noche siguiente a alguna ciudad del Sur.
—¿Viajaban en el Vampmóvil? —pregunté yo.
—¿El Vampmóvil? Ah, quieres decir ese coche con mamparas opacas. Sí, viajaban en eso, pero creo que también tienen otro tipo de vehículos. Una cosa importante, que os cuento ahora antes de que se me olvide: Helmut nos dijo que los nichos eran sesenta porque era el número máximo de vampiros que podían estar en Nueva York. A Julia no la querían convertir en vampiro, fue un accidente. Solamente querían su sangre y luego lanzar el cadáver al foso con los demás, pero se ve que se asustaron por algo y la dejaron allí tirada.
—¿Quieres decir que si las matan después de beberse su sangre, sus víctimas no se transforman en vampiros? —preguntó Arisa, apuntándose finalmente a la entrevista con el señor que sabía de vampiros.
—Deduzco que sí, pero no conozco ese tema en profundidad —contestó Tom—. Lo único que nos dijo Helmut es que Julia y él no debían haber sido convertidos en vampiros y que les dijeron que tenían que abandonar el estado, pero al final él les convenció para que les dejaran quedarse y echaron a los dos vampiros que habían atacado a Julia. Al parecer tienen sus propias reglas.
—¿Helmut y Julia eran pareja? —preguntó Gabriel.
—No lo sé. Quizá se establezca algún tipo de vínculo entre el vampiro y su víctima, pero no sé si eran pareja o vivían juntos. Además, por lo que te he comentado antes, parece que quien mandaba de los dos era Helmut.
—¿Cómo lograsteis escapar de allí? —preguntó Arisa.
—Fue relativamente fácil. Utilizamos un viejo truco de las películas. Sé que va a parecer algo muy tonto, pero lo que hicimos fue deslumhrarles con el flash de la cámara de fotos. Se me ocurrió a mí pensando en que debían de ser muy sensibles a la luz y funcionó. Les deslumbré y salimos de allí corriendo. No nos siguieron. Una vez fuera, estuvimos hablando sobre la posibilidad de denunciar el tema en alguna comisaría, pero no lo hicimos porque pensamos que era muy difícil que nos creyesen y, además, a lo mejor esa gente tenía infiltrados dentro de la policía. Elijah propuso seguir investigando para poder denunciar el caso con pruebas físicas, pero yo le dije que no quería continuar porque aquello me superaba y estaba muy asustado.
—¿Mi padre siguió investigando solo? —preguntó Gabriel.
—Sí, siguió solo. No supe nada de él hasta un año después. Me citó en casa de Higgins y allí, durante una cena, nos enseñó la novela que acababa de escribir y en la que relataba todo lo que os he contado más algunas cosas que él había descubierto en sus investigaciones posteriores. Esa novela jamás fue publicada. En esa cena le contó a Higgins que Helmut también era un vampiro. Higgins dejó la universidad un par de meses después, y al parecer se fue a Tennessee. Yo creo que huyó, que se asustó por todo aquello. Luego tu padre me llamó para comunicarme que tu madre había muerto y que el funeral iba a ser en Ithaca. Algunos meses después del funeral me envió una carta en la que me decía que dejaba Columbia y que había conseguido que me dieran su puesto.
Con aquel comentario sobre la carta del señor Shine, Tom parecía habernos contado todo lo que sabía. Gabriel tomó la palabra y dijo que todo lo que había explicado Tom ligaba con lo que nosotros habíamos vivido. Había quedado claro por qué Julia Hertz le había pedido a Gabriel que saludara a su padre de su parte. También se entendía después de lo dicho por Tom para qué eran aquellos cojines dorados de la sala de los nichos, para reposar cabezas de vampiros. Sobre Helmut, Gabriel dedujo que seguramente debía de ser uno de los vampiros principales de Nueva York, ya que había sido protagonista en el pasado y también lo estaba siendo en el presente. Higgins se asustó y huyó a Tennessee, y por casualidades de la vida me metió en ese jaleo. Pobrecillo, seguro que le daría algún arrechucho si le explicaba lo que me había hecho sin querer. De las preguntas que teníamos pensado hacerle a Tom, solamente quedaban un par de asuntos por resolver: lo que ocurrió en verdad con la madre de Gabriel y qué era realmente Circle Books. Al preguntarle sobre la editorial, Tom dijo no conocerla y que si eso era así, quería decir que no existía realmente. Le explicamos lo del seminario y lo que buscaban con ello los vampiros, y Tom dijo que eso cuadraba con el hecho de que jamás se publicara la novela del señor Shine. Me di cuenta de que había sido un estúpido al no comprobar si esa editorial existía, pero como no me interesaba para nada el mundo de las letras, tenía una excusa para ello. El caso de Arisa es diferente, ya que a mí, un pringao de instituto, me la podían dar con queso en ese tema, pero ella era una estudiante brillante de Harvard y tampoco averiguó si esa editorial existía. A lo mejor, alguien de Harvard, la misma persona que había pasado su novela a los vampiros, la engañó. No sé, a esas alturas de la tragedia, ya no importaba cómo uno había entrado en el laberinto, sino cómo podía salir de él. De eso queríamos también hablar con Tom, pero antes de hacerlo, Gabriel quiso sacar el tema de la presunta muerte de su madre y su muerte real después.
—Tom, mi madre no murió cuando tú crees que lo hizo
—empezó diciendo Gabriel—. Ni siquiera está enterrada en
Ithaca. Abel y yo desenterramos su ataúd y estaba vacío.
—¿No murió en un accidente? —preguntó sorprendido Tom.
—No, ellos la mataron. Yo la vi, hace siete años, cuando un vampiro la estaba obligando a entrar en El Año del Dragón. Puede que debido a lo de la novela y a las investigaciones de mi padre esos tipos la secuestrasen para evitar que mi padre abriera la boca y luego la mataron.
—¿Crees que está en la fosa del sótano del restaurante?
—Estoy seguro de que está allí. Yo vi cómo la obligaban
a entrar, y después de oír lo que has contado, creo que mi padre quiso evitar que nos pasara lo mismo que a ella y buscó la manera de protegerme.
Gabriel le contó entonces lo de su esquizofrenia falsa y sus constantes entradas y salidas del sanatorio. No le contó que había visto a Helen Shine cuando era un crío de seis o siete años porque consideró que no era relevante, pues todo hacía indicar, como el mismo Gabriel nos había explicado antes, que simplemente eran los deseos de un niño que creía haber perdido a su madre o una extraña conexión con ella.
Después de hablar con Tom, la historia que estábamos protagonizando sin quererlo se podía resumir fácilmente y ligando casi todos los cabos. Helen Shine llama a su marido una noche porque ha entrado un cadáver que parece haber sido víctima de un extraño asesinato. Es el cadáver de una joven llamada Julia Hertz y en su cuerpo aparecen marcas de mordiscos en el cuello y una ingle. Elijah Shine y Tom Braker van al depósito y cuando Helen Shine está a punto de iniciar la autopsia, la joven resucita. No está aparentemente muerta, pero tiene pocas pulsaciones y su temperatura es extremadamente baja. No está muerta, pero debería estarlo. Elijah Shine sostiene que esa chica es una vampiro y su mujer no le toma en serio, por lo que él la acaba engañando, secuestra a la muerta viviente y ordena a Tom Braker que la lleve a Ithaca y la acomode en el sótano de la cabaña que los Shine tienen allí. Al día siguiente se presenta en la cabaña Elijah Shine acompañado por dos expertos en literatura fantástica y del romanticismo, Heathcliff Higgins y Helmut Martin. Le hacen pruebas a Julia Hertz basándose en los conocimientos que tienen sobre el mundo de los vampiros, y tras darse cuenta de que quizá están perdiendo el tiempo, deciden llevar a la muchacha de nuevo a Nueva York y dejarla en un hospital. Esa misma noche, Julia Hertz toma conciencia de su nueva naturaleza y ataca a Helmut Martin, convirtiéndole en vampiro. Ambos regresan esa noche a Nueva York, en el coche de Heathcliff Higgins, y encuentran a un vampiro que los acomoda en la sala de los nichos de El Año del Dragón. Aunque en principio no les deberían dejar quedarse en la ciudad, al final consiguen que los desterrados sean los dos vampiros que atacaron a Julia Hertz. Mientras sucede eso, Elijah Shine y Tom Braker comienzan a investigar el caso de los supuestos vampiros. Después de un año documentándose sobre el mundo de los vampiros, los dos investigadores entran en el restaurante chino abandonado y encuentran a siete vampiros durmiendo en los nichos. Regresan al día siguiente para tomar pruebas gráficas del lugar y se encuentran con Julia Hertz y Helmut Martin quienes, después de explicarles lo que les había ocurrido, intentan matarlos, pero Elijah Shine y Tom Braker consiguen huir. Elijah Shine sigue con sus investigaciones y escribe una novela que enseña a Tom Braker y a Heathcliff Higgins y este, por las razones que sean, se va de Nueva York y se esconde en el condado de Macon. Los vampiros se enteran de que Elijah Shine quiere publicar la novela y secuestran a su mujer, obligándole a fingir la muerte de ella. Pasan los años y Gabriel, por azar, descubre que su madre está viva, aunque él no sabe que esa noche los vampiros van a matarla. Muerta de verdad su mujer, Elijah Shine decide hacer todo lo posible para proteger a su hijo, haciéndole creer que padece esquizofrenia y aceptando montar el seminario de Circle Books para controlar futuras publicaciones que pudieran poner en peligro a los vampiros haciendo sospechar a la gente que existen realmente. Arisa Imai y yo nos inscribimos en el seminario y conocemos a Gabriel Shine. Por una serie de causalidades Gabriel Shine y yo descubrimos lo que hay en el sótano de El Año del Dragón. Los vampiros deciden venir a Ithaca para matarnos. Nos escondemos y los vampiros, entre los que se encuentra Helmut Martin, secuestran a Elijah Shine.
Este era el resumen de nuestra historia, uniendo lo que Tom sabía y lo que nosotros habíamos vivido en primera persona. Ahora solamente faltaba saber qué hacer a continuación.
—¿Qué os dijo tu padre que hicierais si a él le pasaba algo?
—preguntó Tom a Gabriel.
—Me dio dinero y documentos falsos para que huyéramos a Canadá, y dijo que si no nos llamaba al día siguiente, yo fuera a buscarte y Arisa y Abel regresaran a casa y explicaran lo sucedido —contestó Gabriel—, pero los vampiros fueron a casa de Abel a buscarle y ya no me parece una buena idea.
—Además, no creo que mi padre me creyese si le contaba lo sucedido —dije yo.
—Ni el mío tampoco —añadió Arisa.
—Está claro que tarde o temprano os encontrarán —señaló Tom—. Lo mejor sería adelantarse a ellos de alguna manera.
—¿Cómo se supone que nos podemos adelantar? —preguntó Gabriel a Tom.
—Lo único que se me ocurre es que hagáis lo que en un principio teníamos pensado hacer Elijah y yo, conseguir pruebas de que ellos existen. Incluso pruebas de que han secuestrado a tu padre.
—¿ Volver al restaurante chino? —pregunté yo.
—Es una posibilidad, pero quizá sea demasiado arriesgado —contestó Tom—. Gabriel, ¿tu padre aparte de dinero y documentos falsos te dejó algo más, algún tipo de prueba que podamos utilizar?
—Sí, me dejó una carpeta con documentos —dijo Gabriel—. La tengo en la habitación, ahora mismo la traigo.
Gabriel se fue a nuestra habitación y pocos minutos después bajó con una carpeta en la que había un listado con los alumnos que habían participado en los seminarios de Circle Books, una hoja con tres nombres y direcciones y un mapamundi que parecía estar allí por error, ya que no había nada escrito en él.
—Lo del mapa no sé lo que puede ser —dijo Tom—, pero aquí tenéis algo con lo que comenzar a investigar. Quizá algún antiguo alumno de los seminarios os pueda dar información, y esos tres nombres os pueden llevar al lugar en el que está Elijah o encontrar otro tipo de pruebas. Yo empezaría por investigar esos nombres y me pondría en contacto con la gente de la lista de alumnos. Sí con eso encontráis pruebas suficientes para presentar el caso a los padres de Arisa y Abel, ganaréis mucho.
—Me parece que es lo mejor que podemos hacer —dijo
Gabriel—. Mañana mismo nos pondremos manos a la obra.
—Muy bien. Yo os voy a dejar ahora —dijo Tom—, pero
ya sabéis que si tenéis alguna urgencia debéis poneros en contacto conmigo a través de Peter. Por si acaso, dadme algún número de teléfono para ponerme yo en contacto con vosotros por si ocurre algo o me entero de cualquier cosa que os pueda interesar.
Arisa y yo le dimos nuestros números de móvil y Tom se despidió de nosotros deseándonos buena suerte. Ahora estábamos solos: la japonesa pedante, el ex esquizofrénico y el pringao que no las veía venir. ¡Vaya equipo! Lo único que podíamos hacer era dejarnos llevar por la situación y seguir con el plan que acabábamos de diseñar, conseguir pruebas para poder contar nuestra historia sin que nos tomaran por unos bromistas sin gracia o unos locos sin peligro. Gabriel, por edad y por ser el que estaba más implicado en el asunto, se propuso a sí mis¬mo como jefe del grupo para esta nueva etapa de nuestra aventura vampiril. Como a Arisa y a mí nos pareció perfecto, él comenzó su jefatura repartiendo tareas. Lo primero que íbamos a hacer era conseguir un coche nuevo; para ello iríamos a ver a Peter a fin de que nos indicara dónde adquirirlo. Aprovechando ese viaje, yo me quedaría en la estación de servicio e intentaría ponerme en contacto con los antiguos alumnos del seminario, llamando a los teléfonos que aparecían en la lista. En esa lista había dieciocho nombres, contándonos a mí y a Arisa, así que eran dieciséis personas a las que tenía que llamar. Tenía que llamar desde la estación de servicio porque la casa de los padres de Tom no tenía teléfono y mi móvil no era de contrato, por lo que seguramente me iba a quedar sin saldo a la cuarta o quinta llamada. Llamaría desde algún fijo de Peter y ya le abonaríamos de alguna manera las llamadas. Arisa y Gabriel irían, mientras tanto, a por el coche nuevo, y si les daba tiempo aprovecharían la mañana para ir a alguna biblioteca desde donde buscar información en internet sobre los tres nombres que aparecían en aquella hoja suelta de la carpeta que le había dado a su hijo el señor Shine. Estos nombres eran: Samuel Hide, Gregor Strasser y Donald Troughton. Después nos volveríamos a reunir para comer en algún lugar de Congers y con la información que tuviéramos trazaríamos un nuevo plan de actuación.
—En principio, me parece bien —dije yo—; la única pega es que no quiero ser el único que conduzca.
—Bueno, como hoy mismo he decidido dejar de medicarme —dijo Gabriel—, definitivamente yo también puedo conducir ya con mi permiso falso.
—Yo no os he dicho nada, pero resulta que también sé conducir —comentó Arisa.
—¿Por qué no lo has dicho antes? —preguntó Gabriel.
—Pues porque no lo habéis preguntado y hasta ahora no lo he visto como algo vital —contestó Arisa—, pero creo que si hay dinero de sobra, a lo mejor podríamos comprar dos coches en vez de uno.
—¿Por qué dos? —pregunté yo.
—Si tenemos que hacer de investigadores, creo que podría ser útil formar dos equipos para hacer seguimientos o lo que haga falta —explicó Arisa—. Si, por ejemplo, hemos de vigilar o seguir a los tres tipos de la lista con dos coches podríamos ganar tiempo; dividiéndonos en dos grupos, como os digo, podríamos vigilar a dos tipos al mismo tiempo.
—No creo que el dinero sea problema —apuntó Gabriel—,
y tu idea me parece muy buena, Arisa. Además podríamos comprar un par de cámaras de fotos y de vídeo, algo sencillo, pero que nos sirva. También me compraré un móvil para mí porque no puedo estar sin teléfono.
—¿Por qué no tienes móvil? —pregunté yo.
—En el sanatorio no me dejaban tenerlo y en casa no me
servía para nada —contestó Gabriel—, pero ahora debemos estar los tres localizables en todo momento.
—Bien, entonces dos coches, dos cámaras de vídeo, un móvil... —empezó a enumerar Arisa.
—Y dos cámaras de fotos —apunté yo.
—No, con una que compremos nos sobra, yo tengo una que va muy bien —dijo Arisa.
—Pues eso es todo, mañana por la mañana empezaremos la investigación y Dios quiera que tengamos suerte —dijo Gabriel—. Ahora a dormir, que tenemos que estar descansados para los que nos espera mañana.
No sé si eso de ir a dormir era una orden, pero de todas maneras la cumplí, ya que estaba muerto de sueño. Una vez en la habitación, Gabriel y yo tuvimos una pequeña discusión sobre quién escogía el lado de la cama que quería para dormir. Ambos preferíamos el izquierdo, y Gabriel dijo que él se lo quedaba porque lo había dicho primero y yo se lo rebatí diciéndole que eso no era cierto, ya que ninguno de los dos había comentado con anterioridad que quería dormir en ese lado de la cama. Entonces Gabriel dijo que de todas maneras se lo quedaba él porque aunque no lo hubiera dicho, sí lo había pensado. Le dije que a lo mejor yo lo había pensado antes y empezó la fase más idiota de la discusión.
—Pues yo lo he pensado justo al entrar esta tarde en la habitación —dijo Gabriel.
—¿Ah, sí? Pues yo cuando estábamos en la estación de ser¬vicio de Peter —repliqué yo.
—Eso no me lo creo, ya que entonces no sabías que íbamos a compartir cama.
—No lo sabía, pero pensé que si tuviera que compartir la cama con alguien en la casa de Tom, esperaba que fuera con Arisa y que me pediría el lado izquierdo de la cama.
—Pues mira, majo, yo también pensaba compartir la cama con Arisa y pedirme el lado izquierdo.
—¿Cuándo, en la estación de servicio?
—No, en Ithaca, un día de esos que fuimos a bañarnos al lago. Me puse algo tonto y se me pasó por la cabeza que no estaría mal compartir un día cama con ella.
—Ya, pero no para dormir, eso no vale.
—Para dormir también.
—Pues seguro que a mí se me ocurrió antes, porque yo la vi primero.
—Pero a ti no se te podía ocurrir porque seguramente tu cerebro sería consciente de que una chica como ella no se liaría con un niñato sureño.
—Eso habría que comprobarlo, pero hasta entonces lo que cuenta es que yo la vi primero, así que me quedo con el lado izquierdo de la cama.
—Ya, pero tú la viste primero porque te inscribiste en un seminario que daba mi padre.
—¡Vaya seminario! Una trampa mortal. Joder, casi me matan tres veces por el seminario de tu padre.
—Eso no tiene nada que ver en esta discusión.
—Claro que tiene que ver.
—No, lo de los vampiros son daños colaterales, no vale.
Has conocido a Arisa gracias a mi padre, por lo tanto es un punto para mí y me quedo con el lado izquierdo de la cama.
—Pues no me parece bien.
—Pues me da igual que no te parezca bien. Además, soy
mayor que tú y tu jefe nombrado por aclamación popular.
—Por aclamación popular de dos personas.
—El ciento por ciento de los que podían aclamar.
Al final tuve que rendirme y cederle el lado izquierdo de la cama. El problema es que a la hora de acostarnos, nos pusimos los dos en el derecho y yo me quedé a cuadros. Resulta que eso del lado de la cama depende del punto de vista. Mi lado izquierdo era su lado derecho, ya que yo me refería a la izquierda de la cama estando yo tumbado boca arriba y él al lado izquierdo mirando la cama desde los pies. Fue una discusión estúpida, pero al menos supe que a Gabriel le gustaba un poco Arisa, si no me había engañado con eso del día tonto en el lago Cayuga. A mí también me gustaba Arisa, pero aparte de no poder dejar de pensar en Mary, el hecho de que un grupo de vampiros quisieran liquidarme hacía que tuviera otras necesidades vitales más importantes que el sexo. Tenía dieciocho años y se supone que debería estar más tonto por las tías que nunca, pero es que mi prioridad entonces era llegar a los diecinueve, cosa que no estaba seguro de lograr. No se puede tener sexo después de muerto. Bueno, quizá si eres vampiro sí.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 12:55 am

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)



TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)


2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 10:21 am

^^ ranguis!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 10:30 am

A mi tampoco me están llegando los mjes :manga08:

Gracias por los capis chicas!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 10:06 pm

3
La lista negra


Transcrito por Zoe



Peter dejó que me acomodara en su despacho para que pudiera hacer todas las llamadas que tuviera que hacer. No aceptó que se las abonásemos de ninguna de las maneras, aunque fueran llamadas a otros estados. Tom le había dejado claro en la nota que le dimos que debía ayudarnos en todo lo que necesitásemos y Peter entendía que no se puede ayudar a alguien cobrándole por usar su teléfono. Supongo que cuando le llegó la factura, pensó que para la próxima vez cambiaría su punto de vista con relación a la ayuda telefónica. Peter les indicó a Arisa y a Gabriel adónde debían ir para adquirir un par de coches de segunda mano y les dijo que cuando llegaran allí le comentasen al propietario que iban de su parte, para que no les intentase dar gato por liebre y, si podía ser, les hiciese algún descuento. Me despedí de mis amigos y me puse manos a la obra.
Empecé con los del primer seminario, que se había celebrado cuatro años atrás. El primero de la lista era un tal John Servel del mismo Nueva York. Llamé y, más o menos, fue esta la conversación que tuve con la persona que me atendió al otro lado del teléfono:
—¿Dígame?
—Hola, señora, me llamo Abel Young y querría hablar con John Servel.
—John murió hace cuatro años, hijo.
—Perdone, no lo sabía.
—¿Para qué llamabas?
—Es que me han encargado que llame a antiguos alumnos del instituto.
—¿Y nadie te ha dicho que John había muerto?
—No, nadie. Me han dado una lista, solamente eso.
—Pues el pobre murió, dentro de dos meses hará cuatro años.
—¿Puedo preguntarle de qué murió John, señora?
—Murió en un accidente de coche. Según la policía se durmió conduciendo y cayó por un barranco.
—Lo siento mucho, señora.
—Bueno, hijo, que tengas un buen día.
—Igualmente, señora.
Pobre John Servel, se libra de los vampiros gracias al señor Shine y poco después tiene un accidente y, hala, al otro barrio. Bueno, la vida es así, qué le vamos a hacer. El segundo de la lista era otro John, en este caso Miller, y era de Seatle.
—¿Sí?
—Hola, me llamo Abel Young y querría hablar con John Miller.
—Sienta, no habla bien tu lengua. ¿Poder hablar más lento?
—Sí, señora. Que-rrí-a ha-blar con John Mi-ller.
—¿John, el hijo de los señores Miller?
—Sí.
—No puede hablar.
—¿No es-tá en ca-sa?
—No, está morido.
—¿Muerto?
—Sí, eso, muerto.
—¿Cuán-do mu-rió?
—Yo no vivir aún aquí, pero a mí contó la señora que su hijo murió hace unos cuatro años.
—¿Sa-be us-ted de qué mu-rió?
—Atraco a una gasolinera.
—¿Él atracaba gasolineras?
—No, siñor, él estaba allí y los ladrones le dieron.
—Bueno, gracias por haberme atendido.
—Gracias muchas a tú también.
Dos John, dos muertes. ¡Vaya racha! Tercera llamada: Alice Darin, de algún lugar de Texas.
—Buenos días, funeraria Calway. ¿En qué podemos atenderle?
—¿Estoy llamado a una funeraria?
—Sí, señor, pero no a una funeraria cualquiera, sino a la mejor de Texas.
—Perdone, me he confundido.
Segunda llamada al teléfono de Alice Darin.
—Buenos días, funeraria Calway. ¿En qué podemos atenderle?
—Vaya, perdone, parece que me he vuelto a equivocar.
Tercera llamada al teléfono de Alice Darin.
—Buenos días, funeraria Calway. ¿En qué podemos atenderle?
—Perdone usted, es que se ve que el teléfono que tengo apuntado está equivocado.
—¿No llama usted a la funeraria Calway, la mejor de Texas?
—No, señor, yo estoy intentando ponerme en contacto con Alice Darin.
—¿Alice Darin?
—Sí, señor, pero al parecer me han dado mal su teléfono.
—Ah, es que creo que nuestro número de teléfono es el que tenía la familia Darin.
—Vaya, hombre, ¿y no sabrá usted por casualidad su nuevo número?
—Usted no es de por aquí, ¿verdad?
—No, señor, le llamo desde Nueva York.
—Bueno, pues siento informarle de que toda la familia Darin falleció.
—¿Todos?
—Sí, el matrimonio y sus tres hijos, entre ellos Alice Darin.
—¿Está usted seguro de eso?
—Claro que estoy seguro, me encargué yo mismo de enterrarlos.
—¿Me puede decir cómo murieron?
—Pues al parecer el señor Darin se volvió loco y mató a tiros a toda la familia y después se suicidó.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Pues eso ocurrió hace casi cuatro años.
—Bueno, lo siento por ellos.
—Fue una desgracia que nos conmocionó a todos. Parecían una familia tan feliz…
Tres de tres. Los tres alumnos del primer seminario de Circle Books murieron poco después de que éste finalizara. Tres de tres ya no era casualidad, como tampoco los diez de diez que siguieron a continuación. Trece llamada trece familiares o amigos diciéndome que la persona que yo buscaba llevaba tres, dos o un año muerta. Además en ninguno de los casos esas muertes se debieron a causas naturales. Solamente hubo tres alumnos de los seminarios de Circle Books sobre los que no me informaron de su muerte, pero se debió a que sus números de teléfono eran de móviles y no me contestaron. En vez de poner al lado de sus nombres que estaban muertos, escribí «casi seguro que está muerto». Ah, y hubo un alumno al que llamé y estaba vivo, pero resultó que era yo mismo. Estaba tan deseoso de encontrar a alguien vivo que no me di cuenta de que estaba llamado a mi móvil. Así que, en resumen, de los dieciocho alumnos de los seminarios de Circle Books para jóvenes promesas de la literatura americana, los únicos que estábamos vivos éramos Arisa y yo.
Cuando terminé mi fracaso de misión, salí a tomar el aire, esperando a que volvieran Arisa y Gabriel. El bueno de Peter, un tipo de lo más amable y servicial, me invitó a tomar un aperitivo en la cafetería que estaba dentro de la estación de servicio. Aparte de contarme no sé qué de un puente de madera de la época en la que se hacían puentes de madera, me contó la historia de Tom y su familia. Los padres de Tom eran buena gente y muy trabajadores. Todo Congers los conocía y no tenían enemigos. Se ve que la madre de Tom era costurera y su padre trabajaba en el ferrocarril… Bueno, lo que me estaba contando era una especie de telefilme sin mucha acción que no había quien lo aguantara. Llegó un momento en el que desconecté, pero para que no se notara que no estaba escuchando en realidad utilicé un truco que aprendí cuando era niño consistente en estar atento a las últimas palabras que dice la otra persona y repetirlas inmediatamente. Ni siquiera entran en el cerebro, ocupado en otras historias, sino que rebotan en el exterior de este y salen por tu boca. Es una modalidad del «me entra por un oído y me sale por el otro» que podríamos llamar «me entra por un oído, rebota en algún sitio y me sale por la boca».
—Y los padres de Tom lloraron de alegría el día que se graduó en el instituto.
—Ya, en el instituto.
—Sí, fue un día de mucha alegría para la familia de Tom. No sabes cuánto les costó sacar adelante a sus hijos.
—Adelante, sí, les costó mucho.
—Y cuando le aceptaron en la universidad, la madre de Tom montó una fiesta para todos sus amigos.
—Sus amigos, en la fiesta.
—Ahora, mírale, de profesor en Columbia.
—Columbia.
—Es una de las mejores universidades del país. Estoy muy orgulloso de él.
—Muy orgulloso.
—¿Cómo no iba a estarlo? Es mi mejor amigo. Nunca tengo un no por respuesta para él.
—Nunca un no.
Mientras «escuchaba» a Peter, estaba pensando en la matanza de los estudiantes del seminario de Circle Books. Creía haber entendido que el señor Shine había dicho que había convencido a todos para que no pensasen en dedicarse a la escritura y que todos le habían cedido los derechos de sus obras. Puede que los vampiros engañasen al señor Shine y que de él solamente quisiesen que participase en la pantomima trampa del seminario para darle más veracidad. Lo que estaba claro es que, de todas maneras, a Arisa y a mí alguien nos había apuntado en una lista negra el día que se enteraron de nuestros relatos y que daba igual que hubiésemos descubierto lo que había en El Año del Dragón, ya que de todas maneras los vampiros tenían pensado matarnos.
—Francine, la hermana pequeña de Tom, vive en Canadá.
—En Canadá, Francine.
Si los vampiros nos querían matar de todas maneras, lo del restaurante chino solamente afectaba a Gabriel. Eso quería decir que si Gabriel se sentía culpable por habernos metido en ese jaleo vampírico, lo mejor sería decirle la verdad para que se sintiera un poco mejor. A ver, no mejor estilo «uy, qué bien estoy», pero sí al menos dejar de pensar que por descubrir lo de sus dibujitos de las narices nos había puesto en peligro a mí y a Arisa.
—Entonces, después del entierro de la madre de Tom, su padre dijo que él ya se podía morir.
—Morir, el padre.
—Sí, así lo dijo, y se fue a dormir y ya no volvió a despertarse. Se ve que amaba mucho a su esposa.
—Amaba a su esposa.
¿Y el padre de Gabriel? Es de suponer que a él también quieran matarlo al fin y al cabo. Sí, seguro, además él era consciente de ello, por eso preparó el plan de fuga con la pasta y los documentos falsos. Si aquellos vampiros no hubiesen dejado tirada a Julia Hertz en el callejón del restaurante, ahora la familia Shine viviría tranquila y feliz.
—¡Cerveza para todos! Y voy yo y le pregunto a la stripper si las tetas eran de verdad. ¡Menuda despedida de soltero!
—Tetas de despedida.
Bueno, la familia Shine viviría tranquila y feliz, y los alumnos del seminario también. ¡Qué mala suerte! Una chica llega a Nueva York porque quiere ser actriz y nos acaba metiendo a todos en una obra trágica sin comerlo ni beberlo.
—Mira, creo que tus amigos ya han vuelto.
—Amigos han vuelto.
—Sí, sin ellos y traen los coches. Voy a salir para decirles que estamos aquí.
—Aquí estamos.
Había desconectado tanto de Peter que no me había enterado de que me estaba diciendo que Arisa y Gabriel ya habían regresado. Mis amigos entraron exultantes en la cafetería por los coches que habían comprado. Sé que gente que está deprimida a veces se va de compras y gastando dinero se siente un poco mejor y, al parecer, eso era lo que les había pasado a Arisa y a Gabriel. Ahora bien, vaya mierda de coches compraron.
—¿Qué es esto? —pregunté yo señalando una especie de huevo tumbado de color azul y con ruedas.
—¿Esto? ¡Esto es un clásico, por Dios! Un Volkswagen Beetle —me contestó Gabriel—. Uno de los mejores utilitarios jamás creado.
—¿En serio? ¿Esto es un coche? —volví a preguntar.
—No es un simple coche, es una joya de la historia del automóvil —dijo Gabriel—. Una muestra de la industria y el buen hacer de los alemanes. En verdad es un New Beetle, pero la esencia es la misma.
—Supongo que este te lo habrán regalado al comprar el otro, ¿no? —dije yo, que seguía sin creerme que Gabriel se hubiese gastado dinero en aquello.
—Muy gracioso, Abel, muy gracioso. Pues no, para que te enteres, ha costado más que el Honda —dijo Gabriel.
Entonces es cuando me di cuenta de que el otro coche que habían comprado era un Honda. ¿Cómo puede alguien comprar un coche japonés en Estados Unidos, la cuna del motor? Ah, claro, la elección fue de Arisa, que barrió para casa.
—Es un coche buenísimo, un Civic de hace cinco años —explicó Arisa, como si realmente me importase saberlo—. Es cómodo y este color plateado es muy bonito.
—¿Y el motor? —pregunté.
—Lo tiene delante —contestó Arisa—. Ah, y también tiene un cargador para seis discos compactos.
—Para seis compactos.
—Sí, para seis, y los espejos retrovisores tienen un sistema para que no se empañen por la humedad.
—Ya, la humedad.
—Y si te dejas los faros encendidos, se apagan ellos solos a los dos minutos.
—A los dos minutos.
—No me estás escuchando, ¿verdad? Estás utilizando la vieja táctica de repetir cosas que yo digo.
—Vieja táctica, sí.
Bueno, pues eso, un coche alemán y otro japonés, qué le vamos a hacer. El dueño de la tienda de coches usados, quizá por amistad con Peter, les regaló a sus nuevos clientes un GPS, supongo que también de segunda mano. Este nuevo GPS lo instalaron en la cucaracha de Gabriel, porque según Arisa el que había en el todoterreno del señor Shine hacía juego con la tapicería del Honda. Peter iría aquella misma tarde a buscar el todoterreno que mis amigos habían dejado en la tienda, para guardarlo después en un almacén de la parte trasera de la estación de servicio. Gabriel no le dijo porqué quería esconder el coche y Peter no se lo preguntó, simplemente lo hizo. Aparte de los coches, también compraron dos cámaras de video, una de fotos, un móvil para Gabriel —como habíamos quedado—, un ordenador portátil, dos prismáticos, dos grabadoras de audio y material de oficina para tomar notas. Las nuevas cosas que no estaban en la lista original se les fueron a ellos de camino a la tienda de coches usados, pero cabía duda de que si teníamos que hacer de detectives aficionados nos serían útiles.
—Bien, Abel, ¿has conseguido hablar con alguien de tu lista? —me preguntó Gabriel, sin darse cuenta de que lo estaba haciendo delante de Peter.
—Si te parece bien, lo comentamos comiendo —le dije, mientras ladeaba un poco la cabeza señalando a Peter.
—Ah, claro, mejor comiendo —dijo Gabriel—. Nosotros no hemos podido ir a la biblioteca, iremos después de comer.
—Entonces no perdamos más tiempo, comamos y luego vamos los tres a la biblioteca —añadí yo—. La verdad es que me muero de hambre.
—Pues te vas a poner las botas en el sitio que hemos visto de camino a la tienda de coches —dijo Arisa.
«Te vas a poner las botas en el sitio que hemos visto…» ¡Mentira cochina! A lo mejor ese día concreto era San Sol Naciente y Arisa tenía fiebre patriotera —y eso que ella no quería volver a Japón— porque me llevaron a un restaurante japonés. Al entrar en el restaurante, Arisa se llevó una decepción, ya que se puso a hablar en japonés con la persona que nos recibió al entrar y no la entendieron. El restaurante no era solamente japonés, sino también coreano y coreanos sus propietarios y empleados. Luego, al parecer, estaba enfocado a ofrecer comida representativa de los dos países y no cocina estrictamente japonesa. A Arisa le fastidió un poco eso, ya que ella quería que probásemos algo que llamó sashimi y de eso no había en la carta. No voy a negar que me alegré por ello, porque con ese nombre no debía de ser algo hecho para mi estómago. Al final la muchacha eligió, resoplando, sushi y tempura, y luego le dio libertada a la camarera para que trajera algo hecho en una cosa llamada hibachi, que, por la pinta de la comida cocinada en eso, debía de ser algún tipo de barbacoa para gente sana. No comí mucho por capullo, la verdad sea dicha. Vale que eso del sushi daba repelús, todo crudo y con pinta de que se le había caído al suelo al cocinero y lo había colocado encima de un trozo de arroz pegado con a saber qué tipo de pegamento raro, pero lo probé y estaba muy bueno. A ver, probé el que no tenía la cosa esa negra alrededor, porque me daba mal rollo comer algo de color negro y blanco. Arisa me dijo que lo negro se llamaba nori y era un alga, pensando que me iba a dar menos grima sabiendo lo que era. Ni lo probé. La tempura eran cosas rebozadas y lo cocinado con el hibachi tenía todo muy buena pinta. Quiero decir que, a fin de cuentas, no comí poco por culpa de la comida sino por otro motivo. Resulta que a Arisa se le ocurrió la genial idea de obligarnos a comer con palillos y como Gabriel últimamente le consentía todo, pues dos contra uno, hala, a comer con palillos. Puede que Gabriel al saber dibujar fuera habilidoso con las manos, ya que no tardó mucho en cogerle el tranquillo a comer con palillos, pero yo no pude. Me lo explicó mil veces Arisa y no pude. Entonces cogí uno de los palillos y atravesé uno de los sushi esos y funcionó. A Arisa le hizo gracia y empezó a reírse diciendo que no era muy ortodoxo, pero que se podía considerar que sí, que yo estaba comiendo con palillos, pero el listillo de Gabriel se puso en plan serio, como si hubiese talado él el árbol con el que habían hecho aquellos palillos, y se me puso a dar lecciones de cómo cogerlos. Fue entonces cuando me enfadé y agüé la fiesta japonesa.
—Todos los de la lista de los seminarios de tu padre están muertos —le dije a Gabriel, mientras intentaba cogerme la mano para colocarme él mismo los palillos de manera correcta.
—¿Cómo? —preguntó extrañado.
—Todos muertos. Todos, todos, todos. Bueno, menos tres que tenían móvil y no me han contestado, pero sospecho que estos también están muertos.
—¿Estás seguro, Abel? —preguntó entonces Arisa.
—Muy seguro. Además, todas las muertes fueron pocos meses después de acabar los seminarios y ninguna de ellas por causas naturales.
Saqué entonces la lista y expliqué caso por caso cómo habían muerto aquellas personas. Mis amigos llegaron a la misma conclusión a la que había llegado yo, que era mentira que el señor Shine les salvara la vida; todos habían sido sentenciados a muerte desde el momento en el que cayeron en la trampa de Circle Books.
—A Arisa y a mí no nos quieren matar porque tú y yo entrásemos en El Año del Dragón —le dije entonces a Gabriel—. Nos querían matar ya antes, por lo que habíamos escrito. No fue culpa tuya.
—Ya, me da igual que no haya sido por eso. Sé que lo dices para que no me sienta responsable —dijo Gabriel—, pero no puedo dejar de sentirme así. Mirad, no sé lo que va a pasar ni lo que vamos a hacer, pero os aseguro que os sacaré de esta.
—No, Gabriel, el tema no solamente te compete a ti, nosotros dos estamos en él porque hemos sido engañados al igual que deben de haber engañado a tu padre —dijo Arisa—. Ahora lo que tenemos que hacer es seguir con el plan y olvidarnos de cómo hemos llegado a esta situación. Si nos pasamos el tiempo compadeciéndonos de nosotros mismos o buscando culpables, acabaremos como los chicos y chicas de la lista de Abel.
—Pobre gente… —acabó diciendo Gabriel.
Y ese «pobre gente» se quedó flotando en el ambiente y ya no pudimos comer nada más. Las malas noticias se han de dejar para el postre o los cafés, así al menos tu estómago no sale perdiendo por ello.
Del restaurante volvimos a la estación de servicio para preguntarle a Peter dónde estaba la biblioteca municipal, pero él no estaba seguro de que hubiera ninguna. Le dijimos que era para consultar algunos datos en internet y, siendo fiel a su estilo servicial, nos ofreció de nuevo su despacho. Teníamos que investigar tres nombres —Samuel Hide, Gregor Strasser y Donald Troughton— y partimos de la base de que los tres eran vampiros, así que lo que más nos interesaba era encontrar algo que sirviera para demostrar que eran bichos malos chupadores de sangre. Empezados por Samuel Hide y no encontramos nada de provecho, ya que con ese nombre solamente aparecía un reverendo de Carolina del Norte, gente muerta hace cien años y el personaje de una novela de una señora muerta también hace más de cien años. A lo mejor alguno de estos muertos era Samuel Hide que no estaba muerto realmente, pero vimos que era algo que deberíamos comprobar después de encontrar a ese vampiro e investigar su vida desde cerca.
Antes de ponernos a buscar información sobre Gregor Strasser, Arisa dijo que le sonaba muchísimo el nombre, pero que no recordaba de qué. Luego descubrimos que le sonaba porque el amigo Gregor era un personaje histórico, gracias a una historia muy negra, y seguramente lo había estudiado en la facultad. El pollo llevaba setenta años muerto. Strasser murió, al parecer, durante algo que se llamó la Noche de los cuchillos largos, durante la cual unos tíos muy muy malos mataron a otros que simplemente eran muy malos. Unos y otros eran miembros del Partido Nazi. Gregor Strasser había presidido el partido mientras Hitler estuvo en la cárcel —a saber quién fue el imbécil que lo soltó— y había sido uno de los artífices de la organización de ese nido de víboras. Por razones varias, Hitler, después de alcanzar el poder, decidió hacer limpieza dentro de su partido y cargarse a los que le caían mal, entre ellos a Strasser. No teníamos nada claro que el Gregor Strasser que buscábamos fuera ese, pero por si acaso no lo descartamos. Por suerte había fotos del engendro éste y podíamos utilizarlas para comprobar si era el mismo Strasser del que teníamos la dirección. A simple vista tenía pinta de ser un vampiro chupasangre, aunque si tuviera que elegir entre eso o que fuera un ogro comebebés, me decantaría por esta segunda opción. Gabriel dijo que si nuestro Gregor era ese nazi asesinado en 1934, tal descubrimiento podía ser una prueba muy útil para demostrar que los vampiros existían. A lo mejor demostrar que Strasser seguía vivo no sería suficiente, pero al menos abriría las puertas a una investigación que podría conducir a desenmascarar al resto de los vampiros.
También encontramos información sobre Donald Troughton. Una información muy interesante y que al principio nos sorprendió, pero luego vimos que tenía mucho sentido. Donald Troughton era el presidente de Thorn. O sea, era el superjefe de los vampiros ventaneros. Había una evidente conexión entre la T mayúscula y el dragón de las pesadillas de Gabriel, más allá de los establecimientos de aquella calle de Tribeca. Seguramente toda la manzana era propiedad de Thorn y tampoco sería de extrañar que desde aquella oficina de la empresa se pudiera acceder al sótano de El Año del Dragón. Más aún, puede que la fosa estuviera en su sótano compartido por todos los edificios de la manzana. Si esto era así, nuestra primera previsión de la cantidad de cadáveres que había allí se habría quedado muy corta, pues no serían cientos, sino miles los muertos olvidados en aquel lugar.
Entre la información que encontramos sobre Donald Troughton, había un artículo que no tenía desperdicio, ya que si lo leías entre líneas parecía dar a entender que estaba dedicado a un vampiro y no al presidente de una empresa en expansión. No tengo la menor duda de que el autor del artículo no lo escribió con esa intención, pero esa era la sensación que daba.

Perfiles
Donald Troughton: Un empresario del siglo XXI

Poco se sabe de la infancia y juventud de Donald Troughton [poca información tenemos antes de lo ocurrido antes del nacimiento del Imperio romano], ya que apareció en la escena pública empresarial alcanzada ya la madurez. Quizá por coquetería, nunca ha querido desvelar su verdadera edad [sí, ya, por coquetería], pero aparenta muchos menos años de los que algunas fuentes afirman que tiene [por supuesto que aparenta muchos menos años de los que tiene, aparenta cincuenta por la foto y debe de tener trescientos o cuatrocientos como poco]. Si fuese mujer se la tildaría de solterona, pero al ser hombre, le han puesto la etiqueta de soltero de oro [seguro que tuvo muchas novias, pero se le fueron muriendo desangradas, las pobrecillas]. No se le ha visto nunca participando en actos públicos [claro, para no desintegrarse bajo el sol] y tampoco concede entrevistas [es que solo se dejan entrevistar los vampiros de Nueva Orleans]. Ha dicho en más de una ocasión que se considera un ave nocturna [vaya, qué cosas] y parece ser cierto, ya que según cuentan empleados de la sede central de Thorn, Donald Troughton solamente aparece por allí cuando la tranquilidad, y no el estrés del trabajo diario, reinan en el edificio [Sol 2 – Vampiros 0]. Parece una persona que considera que los recursos humanos son el bien más preciado de su empresa o, al menos, eso es lo que se deduce de una de sus citas más conocidas: «La sangre humana es el motor del mundo» [sin comentarios]. Su principal labor al frente de Thorn he sido la de dar a conocer al consumidor de a pie la excelencia de sus productos. La expansión de Thorn parece imparable y la intención última de Donald Troughton es crear un imperio comercial que lleve su sello. Un imperio eterno, inmortal [¡Toma castaña!].

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 11:06 pm

Gracias, ranguitos.

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Tibari

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 29, 2010 11:07 pm

RELACION DE CAPITULOS



PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)


1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)


2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)


3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)




SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)


2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)


3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)


4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)


5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)


6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)




TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)


2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)


3. La lista negra Zoe(POSTEADO)


4. Un día en Nueva York Tibari


5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee



CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu


2. Por una cabeza Gemma


3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing


4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe


5. Nosferatu Rossmary


6. Algo pasa con Mary Annabel Lee


7. Un cobarde Virtxu




EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 10:11 am

gracias!!!!! :212:

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Annabel Lee

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 12:44 pm

¡Ranguillosss!! y gracias a todas por los capis 👽
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Tibari

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 1:47 pm

4
Un día en Nueva York


Transcrito por Tibari
A Donald Troughton puede que no le gustase la vida pública, pero siendo el presidente de una empresa más o menos conocida, sería siempre más fácil acceder a él. Así que, para empezar, decidimos investigar de cerca a Samuel Hide y a Gregor Strasser. Nos dividimos en dos equipos: el A, compuesto por Gabriel y sus circunstancias, y el B, formado por Arisa y un servidor. Como Gregor Strasser vivía fuera de Nueva York y Hide en Manhattan, Gabriel pensó que sería mejor que él se encargara del primero, ya que en la ciudad siempre suele haber gente por la calle, cosa que, aparte de darnos más seguridad, podía permitir que pasáramos más desapercibidos. Empezaríamos la vigilancia al atardecer y la finalizaríamos al amanecer, volviendo entonces a Congers para poner nuestros descubrimientos en común.
Arisa propuso que ya que yo había ido a Nueva York recientemente, fuera yo quien condujera, pero le dije que no porque seguramente ella estaría más acostumbrada a conducir un coche japonés. Ella aceptó encantada y a mí también me encantó su encanto. La verdad es que lo del coche japonés era mentira, quería que ella condujera para librarme yo de tener que volver a soportar la mala educación de esos conductores neoyorquinos que de conducir saben lo mismo que yo de chino. Ahora bien, no sé si es porque el Honda era un coche muy inteligente o porque Arisa era otra de esas personas que tenían el permiso de conducir por casualidad, pero para mi sorpresa nadie le levantó ni un solo dedo a la conductora nipona. Más aún, ella levantó cinco veces el dedo a otros tantos conductores al tiempo que decía alguna de sus palabras samuráis. No solo Arisa se defendió bien en la entrada a Nueva York y por el laberinto de sus calles, sino que además encontró aparcamiento a la primera frente al edificio en el que vivía nuestro objetivo. Seguramente había utilizado una ancestral táctica samurái de estacionamiento, combinada con técnicas ninja que los occidentales seríamos incapaces de entender, para conseguir aparcamiento a la primera. Bueno, eso o muchísima suerte, claro está.
Como aún faltaban algunas horas para que anocheciera, nos dedicamos a hacer turismo. Nueva York no me pareció un sitio tan desagradable como la primera vez que lo había visitado; claro está que aquella vez no fue una visita propiamente dicha. Seguía pareciéndome una ciudad de locos, donde todo iba diez veces más rápido que en mi pueblo. La gente por las calles no pasea, corre, y todos parecen tener claro adónde se dirigen, un lugar que, por la cara que ponen, no les gusta. Los «lentos» son los turistas, a los cuales se les ve a la legua porque parece que actúan de obstáculos en la carrera de los verdaderos neoyorquinos. En cuanto a los rascacielos, cuyo nombre está muy bien traído, al principio te impresionan —sobre todo si vienes de un pueblo cuyo edificio más alto tiene cuatro pisos y ya nos parece la torre de Babel—, pero luego te vas acostumbrando. Muchas cosas de Nueva York las conoces ya por las películas y cuando te las encuentras en vivo te hacen gracia. Doy por hecho que si te encuentras en vivo algo que has visto en CSI: NY, ya no tiene tanta gracia Nueva York, aunque siempre sería mejor que encontrarte cara a cara con el loco ese del pelo rojo de CSI: Miami. ¡Qué mal rollo da el Orlando ese! De los de Las Vegas no tengo muchos comentarios que hacer, vi dos capítulos y casi me hacen vomitar. No por la sangre y las vísceras, sino por lo insoportablemente pedantes y resabidos que son todos, sobre todo el jefecillo Greenspan. Si son tan inteligentes, ¿cómo es que trabajan en un sitio tan cutre? No sé, todos deberían aspirar a ser premios Nobel de algo cada año, en vez de ir toqueteando cadáveres con tanta alegría. Porque esa es otra cosa, ¿por qué razón muestran tan poco respeto por los cadáveres que manipulan? Eran seres humanos, no pedazos de carne y huesos que caminaban por ahí por casualidad. Dudo mucho que los forenses de verdad sean como los de las películas y las series de televisión. A lo mejor a los guionistas de Hollywood no se les ha muerto ningún ser querido porque de ser así creo que tratarían con más respeto a la gente que muere en sus guiones y la de autopsirrear. Un forense, uno de verdad, debe ser una persona muy responsable en su trabajo, no un payaso o una payasa con bata, como son los de la ficción. Debe de ser duro ser forense, porque eres médico y los médicos están sobre todo para que la gente no muera y ellos han de averiguar por qué una persona ha muerto, tanto si ha sido por un crimen o por causas naturales que ningún médico ha sabido diagnosticar. Alguien tiene que hacer ese trabajo y debe de ser muy duro hacerlo. A no ser que trabajes en Las Vegas, supongo.
También como en las películas, nos compramos unos perritos calientes en uno de esos puestos ambulantes. Es normal que haya tantos en Nueva York porque esta gente seguro que no para ni para comer. Nos pasamos por el World Trade Center. Es un lugar que hiela la sangre. Es increíble que un solar donde no hay nada pueda transmitirte tantas cosas diferentes a la vez. Has visto lo del Once de Septiembre mil veces por la televisión, pero no es lo mismo que pasarte una tarde por allí. Aunque no creas en nada superior, sientes la necesidad de rezar por aquella gente. Posiblemente no sirva para nada, pero es difícil no hacerlo. Lo mío puede que no fuera una oración convencional, pero creo que si alguien me escuchó surtió el mismo efecto. Me puse muy triste y Arisa, que es infinitamente más sensible que yo, lloró, pero intentando ocultar las lágrimas. Había un par de capullos por allí, con unas pancartitas en las que se podía leer que querían saber la verdad de lo ocurrido y que el gobierno había mentido a los americanos, y repartían unos folletos explicando su teoría de la conspiración. No digo que no se hayan ocultado cosas sobre lo que pasó ese día, sobre todo porque el presidente de la nación se ha demostrado que era un mentiroso manipulador, pero esa gente de las teorías de la conspiración del 11-S creo que son bichos carroñeros que intentan vivir de la desgracia de otros.
Como turistas que éramos nos hicimos muchas fotos. Mi favorita es una que nos hicimos en el Empire State en la que parecíamos una pareja de novios en luna de miel. A ver, ya sé que debe de ser algo muy típico y de pueblo. Cuando estuvimos allí arriba empezó a oscurecer, así que tuvimos que salir disparados para llegar a nuestro puesto de vigilancia frente al edificio en el que vivía Samuel Hide. Tuvimos la previsión de comprar dos supercafés por si la noche se alargaba y yo, sin la aprobación de Arisa, quien consideró que era de telefilme barato, añadí a la compra de cafeína un paquete de seis donuts nevados. Aunque era algo propio de un telefilme barato, la señora se acabó zampando dos. Llevábamos dos horas allí y no había movimiento vampiril, así que se me ocurrió comenzar una conversación preguntando algo que todo chico se suele preguntar a sí mismo cuando conoce a una chica bonita y que a veces también pregunta a la susodicha.
—Arisa, ¿tienes novio?
—No, no tengo novio. Estuve saliendo con un chico en el instituto, pero el último año rompí con él.
—¿Por qué? ¿Te engañaba o algo así?
—No, qué va, si el pobrecillo era un encanto que estaba coladito por mí. No, rompí con él para no hacerle daño.
—¿Para no hacerle daño?
—Es que como tenía muy claro que al año siguiente iba a ir a Harvard, pues pensé que lo mejor era cortar en ese momento y no más tarde. Es que eso de ir a la universidad te hace plantearte las cosas, ¿sabes? Él no iba a seguir estudiando, se iba a quedar en Chicago trabajando para un amigo y, claro, entre que me iba a Boston y que nuestras vidas iban a coger rumbos diferentes, lo mejor era cortar ya y así, al menos, no le dolería tanto como si cortásemos después. Eso es lo que pensé. Bueno, lo pensé y lo hice.
—¿Lo hiciste por eso que me has contado o porque él llevaba un tiempo algo distraído y te pareció que no te quería como antes?
—No entiendo lo que quieres decir.
—Es que a veces las mujeres decís o hacéis cosas que son lo contrario de lo que realmente pensáis para que los hombres tomemos la iniciativa.
—¿Eso lo has leído en el Cosmopolitan?
—No, lo sé por experiencia propia.
—Pues a lo mejor no se puede generalizar en estos temas, yo corté para no hacerle daño después. Es que lo quería mucho. Lo hice por su bien. No te digo que a veces no le añore, pero no me arrepiento de lo que hice.
—¿Y ahora no sales con nadie?
—No, ya te he dicho que no tengo novio. A ver, puede que esté errada en mi forma de ser, pero si estoy en la universidad es para estudiar y no para mezclar los estudios con otras cosas. En ese sentido soy muy fría. No dejé a Lee, así se llamaba mi novio, porque pensara que encontraría a otro mejor que él en Harvard, sino porque me iba a centrar en los estudios.
—¿Y tu novio lo pasó mal?
—Al principio sí, pero luego se volvió un poco imbécil y se lió con una morena pechugona. ¿Y tú tienes novia?
—No, tenía una, pero me dejó porque iba a ir a la universidad y yo no, y no quería hacerme daño después.
—¿Ves? Seguro que lo hizo por tu bien.
—Sí, no cabe duda, ahora lo tengo clarísimo.
No sé si la frase es adecuada para hablar de un no muerto, pero ya era medianoche y el vampiro no daba señales de vida. No cabía duda de que éramos dos investigadores muy novatos, ya que nos dimos cuenta de que ni siquiera estábamos seguros de que el vampiro estuviera en el edificio. Así que a Arisa se le ocurrió la idea de ir a comprobarlo. El edificio tenía portero, lo vimos al llegar, pero ahora no estaba visible. Posiblemente estuviera en una habitación del hall. Me acerqué a la puerta del edificio y apreté el botón del 6.º C del telefonillo, pues era el piso donde se suponía que estaba Samuel Hide. Y sí, estaba allí porque con una voz de vampiro espeluznante me dijo. «Vale, Helmut, ahora bajo». Volví corriendo al coche y le dije a Arisa que Hide iba a bajar enseguida y que pensaba que el que le había llamado era Helmut Martin. Entonces nos concentramos en la puerta principal, Arisa con su cámara de fotos y yo con los prismáticos, pero Hide no salió por allí, sino que lo hizo por la puerta del garaje, conduciendo lo que parecía un Vampmóvil. Aparcó delante de la puerta del edificio y como vio que no le estaba esperando allí Helmut, salió del coche. ¡Era el cojo, Samuel Hide era el vampiro cojo! Estuvo mirando a su alrededor buscando a Helmut y este acabó apareciendo un par de minutos después. Hablaron un instante, seguramente intentando aclarar la llamada al telefonillo, y subieron al coche. Cuando se pusieron en marcha, no lo pude evitar y le dije a Arisa una frase que siempre había querido decir, aprendida, como todas las cosas malas, de las películas: «Sigue a ese coche».
Arisa siguió al Vampmóvil por varias calles de Nueva York, dejando una distancia entre ambos para poder hacerlo sin ser vistos. No sería capaz de decir por qué calles fuimos y creo que Arisa tampoco, ya que estábamos muy concentrados en los pilotos traseros del coche de los vampiros. Este se detuvo finalmente a las puertas de un gran almacén de paredes metálicas del puerto. Dejamos nuestro coche detrás de otro de los almacenes del lugar y fuimos caminando, con mucho sigilo, hasta el almacén en el que supusimos que habían entrado los vampiros. En una de las paredes laterales encontramos una rendija que nos permitía a los dos ver el interior sin ser vistos. En el centro del almacén vimos a Samuel Hide, de pie, con apariencia de estar esperando algo. Ese algo que esperaba apareció casi de inmediato, ya que desde algún lugar que no pudimos ver, Helmut llevó a rastras al señor Shine, atado éste a una silla, y lo colocó frente al vampiro cojo. El señor Shine tenía el rostro lleno de magulladuras y sangre seca. Hide empezó a gritarle, diciéndole algo así como que era un estúpido y que se estaba equivocando. El señor Shine no hablaba, solamente escupía sangre y negaba con la cabeza. Hide empezó a abofetearle, pero el señor Shine seguía sin hablar, cosa que provocó que le volvieran a golpear, en esta ocasión los dos vampiros y con los puños cerrados. Supuse que querían saber dónde estábamos nosotros o que les diera algún tipo de información que les condujera a nuestro paradero, pero el señor Shine seguía negándose a hablar. Hide se apartó de su víctima, se fue a un extremo del almacén y volvió con una barra de hierro que descargó con todas sus fuerzas en las rodillas del señor Shine. El grito que dio aquel hombre hizo que temblasen las paredes de metal del almacén. Arisa no pudo seguir mirando más y se dio media vuelta, al tiempo que se tapaba los oídos con las manos. Yo seguí mirando. Hide volvió a golpearle en las rodillas, pero a Shine ya no le quedaban fuerzas para gritar. Helmut le pidió al que parecía su jefe que dejara de golpearle. Pensé que lo hacía movido por algún gesto de piedad, pero no fue así. Lo que realmente le había pedido Helmut a Hide era que, ya que el señor Shine estaba medio muerto, le permitiese darse un festín a su costa. Helmut cogió al señor Shine del cabello, echó su cabeza hacia atrás y le mordió en el cuello. Estuvo bebiendo su sangre por espacio de dos minutos, hasta que Hide le pidió que se apartase. Helmut le hizo caso, y mientras se limpiaba la sangre de su boca, el otro vampiro sacó una pistola con silenciador y le disparó dos tiros al señor Shine en la cabeza. Los vampiros desataron a su víctima y Helmut cargó el cadáver del señor Shine a sus espaldas. Entonces avisé a Arisa de que todo había acabado y ambos nos asomamos para ver salir a los dos vampiros con el cadáver del señor Shine. Abrieron el maletero del Vampmóvil y Helmut dejó caer allí el cuerpo. Luego subieron al coche y se largaron de allí mientras Arisa y yo corrimos al nuestro para iniciar una nueva persecución a distancia. En esta ocasión le pedí que me dejara conducir a mí, ya que estaba seguro de que me preguntaría qué había ocurrido y no era conveniente explicarle aquello mientras ella estuviera conduciendo.
—¿Qué es lo que ha pasado, Abel? ¿Lo han matado? —me preguntó poco después de ponernos en marcha.
—Sí, lo han matado.
—¿Cómo lo han hecho?
—Después de volver a golpearle con la barra de hierro, Helmut le ha mordido en el cuello y se ha puerto a chuparle la sangre.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Arisa, poniéndose a llorar en ese momento.
—Luego Hide le ha dicho que parara y le ha pegado dos tiros en la cabeza.
—Yo no he oído nada.
—Es que la pistola tenía silenciador.
—Pobre señor Shine. Pobre Gabriel.
Seguí a los vampiros durante un cuarto de hora, más o menos, hasta que llegaron a su destino: el callejón de El Año del Dragón. No detuve el coche para saber qué estaban haciendo, pues ya lo sabía: estaban allí para añadir un cadáver más a la fosa del sótano. Durante el viaje de regreso a Congers, Arisa me pidió que le dejase a ella contarle a Gabriel lo que había sucedido y a mí me pareció perfecto, pues con ello me quitaba un peso de encima.
Cuando llegamos a Congers, Gabriel aún no había vuelto. Arisa y yo nos preparamos un par de sándwiches y nos sentamos en el sofá a esperar que llegara. Nos quedamos dormidos. Arisa me despertó para decirme que eran las ocho de la mañana y que Gabriel aún no había vuelto. Preocupados, le llamamos al móvil y él nos contestó diciendo que no volvería hasta la tarde, ya que quería seguir investigando a su objetivo. Arisa y yo nos preparamos un buen desayuno, y después de desayunar nos duchamos y fuimos a dar un paseo por los alrededores. Durante ese paseo, Arisa me pidió que le volviese a contar lo que ella no había visto en aquel almacén del puerto de Nueva York, no quería dejarse ningún detalle cuando se lo contase a Gabriel
—¿Y cómo lo vas a hacer? —le pregunté.
—¿El qué?
—Explicarle cómo ha muerto su padre.
—No lo sé aún. He pensado que me lo llevaré a algún lugar para que los dos nos quedemos a solas y entonces se lo diré. Intentaré contarlo de tal manera que cuando le suelte que su padre ha muerto, se lo espere. El golpe va a ser el mismo, pero al menos puede que no sea tan fuerte como soltárselo de sopetón.
—Fue algo horrible.
—Ya me lo imagino, Abel. Esto es una mierda. ¿Por qué tenemos que pasar por esto? No tiene sentido. Yo solamente quería un papel para seguir estudiando.
—Yo ni siquiera quería ir al seminario.
—¿En serio?
—En serio, mi padre tenía más ilusión que yo. Creo que vine por el dinero.
—¿Ese dinero que a mí no me han dado?
—Sí, ese dinero. A lo mejor a ti no te dieron nada porque supieron lo de tu beca y que ibas a ir de todas maneras.
—¿Y cómo lo supieron?
—Supongo que deben de tener infiltrados en todas partes. Mi tutor envió mi relato a un amigo de Nueva York y acabó en manos de los vampiros. Cuando vuelva le preguntaré a quién se lo envió, ya que puede que ese tipo esté relacionado con esos hijos de puta.
—Bueno, eso si vuelves.
—¡No fastidies, Arisa!
—Perdona, es que estoy de bajón. Lo de anoche me ha dejado muy tocada.
—Yo creo que saldremos de esta.
—Ojalá pudiera ser tan optimista como tú.
—Mira, por ahora estamos vivos, mientras que toda la gente que hizo el seminario ha muerto y en algún caso, además, mataron a sus familiares. Yo me he salvado tres veces: la primera cuando fui con Gabriel al restaurante chino, la segunda cuando nos fuimos de Ithaca y la tercera por no estar en mi casa cuando fueron a buscarme allí. Si a ti no se te hubiese ocurrido que nos quedásemos con Gabriel, en estos momentos estaría en el otro barrio.
—Pobre Gabriel.
Fuimos a Congers a comer, a un italiano; es que me gusta mucho la comida italiana y si puedo elegir restaurante, siempre acabamos comiendo pasta o pizza. Aproveché que Arisa se había pedido una pizza Margarita, para decirle que el nombre era en honor a la reina Margarita, esposa de no recordaba qué rey italiano, para la que un pizzero de Nápoles ideó ese plato.
—Fue la primera pizza en la que se puso mozzarela, que es un queso que se hace con leche de cierva.
—No, Abel, la mozzarela es de leche de búfala.
—¿Ah, sí? Bueno, da igual; de un bicho con cuernos que no es una vaca. Luego el pizzero le puso unas hojas verdes de albahaca y como tenía la base de tomate, pues eso, quedó dibujada la bandera italiana.
—¿Y esto cómo lo sabes?
—Lo leí en un mantel de papel de una pizzería de Nashville.
—Yo leí una vez en un mantel de papel: «Me las pagarás, capullo de mierda». Supongo que alguien se desahogó esperando una cita que nunca tuvo lugar. Y una vez encontré una dedicatoria preciosa en un libro. Decía algo así: «Que los poemas de este libro te acompañen toda la vida, amor mío. Y que cada vez que leas uno de sus versos, pienses en mí».
—Sí, es bonito. ¿Era de alguna amiga?
—¿El libro? No, lo encontré en una tienda de libros usados.
Antes de volver a casa después de comer, pasamos por la estación de servicio para saludar a Peter y llenar el depósito de gasolina. Estando allí nos llamó Gabriel para decirnos que en ese momento salía de Nueva York. Peter nos regaló unos dulces que hacía su mujer, la mejor repostera de Congers según su modesta e imparcial opinión. A veces llegaba a ser cargante este hombre. Puede que yo me hubiese vuelto algo desconfiado por todo lo sucedido desde que dejara Tennessee y que Peter fuera un tipo bondadoso y altruista sin más, pero es que se pasaba un poco. Apenas nos conocía y parecía que se desvivía por nosotros, aunque a lo mejor más que por nosotros fuera por Tom, al que tenía en un pedestal. Puede que haya quien piense que si hubiera más gente como Peter el mundo sería mejor, pero yo no estoy de acuerdo, ya que la mala gente aún se aprovecharía más de su maldad.
Gabriel llegó una hora después de que nos llamara por teléfono anunciándonos que había salido de Nueva York. Se le veía muy excitado, sin parar de moverse de aquí para allá, gesticulando con los brazos, mientras explicaba algo a lo que Arisa y yo no prestábamos atención. Encendió el portátil y descargó las más de sesenta fotos que había hecho en su investigación sobre Gregor Strasser. Nos pidió que descargáramos también las nuestras, pero Arisa le dijo que se había dejado la tarjeta de memoria en la maleta. Era mentira, pero ella consideró que era mejor no decirle la verdad, que solamente habíamos hecho una foto de Samuel Hide metido en un coche con lunas tintadas y que el resto de las fotos aparecíamos Arisa y yo posando en diferentes lugares turísticos de Nueva York. Gabriel amplió una foto en la que aparecía una especie de urbanización de los suburbios por construir.
—Me costó encontrar este lugar porque todavía no existe oficialmente —empezó diciendo Gabriel—. La dirección de Strasser que había apuntado mi padre era la de un cementerio que estaba en lo alto de un pequeño montículo. Primero pensé que a lo mejor tenía que encontrar allí una tumba o un panteón donde dormía el vampiro. Entré en el cementerio y vi que había unos operarios con excavadoras desenterrando ataúdes. No era una visión muy agradable, pero entendí que era una pista. Me acerqué a ellos y me dijeron que trabajaban para… ¿A ver si lo adivináis?
—¿Para Thorn? —preguntó Arisa a modo de respuesta.
—Exacto, para Thorn —dijo Gabriel—. Al parecer es una empresa que se dedica a muchas cosas.
—¿Entre ellas a desenterrar cadáveres? —pregunté.
—No, Abel, entre ellas a construir casas —contestó Gabriel—. Casas para vampiros, supongo. Estaban desenterrando ataúdes porque aquel cementerio lo había comprado Thorn para construir en aquel lugar unas cuantas casas. Les pregunté si ese cementerio tenía algo especial para que la empresa se interesase por él y me dijeron que no, que lo único interesante que tenía es que lindaba con una urbanización que Thorn había comenzado a construir ese mismo año. Una de esas personas me acompañó hasta el muro sur del cementerio y desde allí pude ver esa urbanización. La de la foto. Como podéis observar, solo hay una casa construida, los demás solares están en obras. ¿Y quién vive en esa casa?
—Gregor Strasser —contestó Arisa.
Gabriel asintió y nos mostró una foto, la de un señor en el porche de la casa. La foto estaba algo borrosa porque en ella era de noche y aquel señor solo estaba iluminado por la luz del porche. La foto estaba borrosa, pero pudimos ver que sí, que se trataba del nazi Gregor Strasser.
—Cuando oscureció, entré con el coche en la urbanización y lo dejé aparcado detrás de una valla de madera que hay frente a la casa de Strasser —continuó explicando Gabriel—. Esa valla rodea una casa que también está en construcción. Esperé allí pacientemente y a las tres de la madrugada salió Strasser a la calle, hablando con alguien por su móvil, y le hice la foto. Cuando volvió a entrar, me acerqué e hice fotos a la casa.
Gabriel nos mostró entonces una serie de fotos de la casa de Strasser. Era la típica casa unifamiliar de los suburbios de cualquier ciudad. Aparentemente no tenía nada de especial, pero Gabriel hizo que nos fijár5amos en un detalle, en un gran ventanal que había en su fachada.
—Es raro lo de un ventanal en la casa de un vampiro, ¿no? —dije yo.
—Bueno, si te fijas verás que los cristales del ventanal son espejos y puede que no dejen entrar mucho la luz del sol —apuntó Gabriel.
—Ya, pero de todas maneras dejan entrar luz y eso sería suficiente para matar a cualquier vampiro —señalé yo, dándole a mi voz un tono grave que me salió del alma y que creo que servía para dar la sensación de que estaba muy seguro de lo que decía.
—Bueno, ahí no he llegado, Abel —dijo Gabriel—, no sé si deja entrar mucha o poca luz, pero supongo que con poca que entre para ellos es mortal. Ya vimos cómo huían de la luz del comedor de El Año del Dragón y allí había muy poca. Lo de los espejos puede ser una prueba de que son vampiros, pero entiendo que no definitiva, ya que hay muchos edificios con este tipo de ventanas.
—¿crees que con esa foto que le has hecho a Strasser podemos ir a algún sitio para que alguien escuche muestra historia de vampiros? —preguntó Arissa.
—No sé si servirá —contestó Gabriel—. Nosotros sabemos que es un vampiro porque está en una lista que nos dio mi padre, partimos de una teoría, pero no sé qué pensará otra gente. Lo que tendríamos que hacer ahora es llegar a él de alguna manera, entrar en su casa y hacerle fotos o grabarlo en vídeo. Después de cenar podríamos ponernos manos a la obra y encontrar entre todos la manera de hacerlo.
—De acuerdo, después de cenar lo hablamos —dijo Arisa.
—¿Y por qué has tardado tanto tiempo en regresar? —le pregunté.
—Bueno, es que poco antes del amanecer me he dormido y no me he despertado hasta el mediodía —contestó Gabriel—. Por suerte no había obreros trabajando en la zona. Doy por hecho que están esperando a despejar el cementerio para seguir con las obras. Ahora se puede ir allí, pero supongo que si se deshacen del cementerio, impedirán el acceso a la urbanización una vez acabada. Y cuando he salido de allí, me he perdido. Cosas que pasan. Bueno, ¿y a vosotros cómo os ha ido?
Arisa y yo nos miramos, esperando que a alguno de los dos se nos ocurriera la mejor manera de empezar una historia que iba a acabar muy mal, sobre todo para el bueno de Gabriel. Como Arisa me había dicho que llegado el momento ella hablaría con él a solas sobre el tema, decidí ser yo quien empezara a contar nuestro día en Nueva York.
—Como nos sobraba tiempo dimos una vuelta por Manhattan —empecé explicando—, comimos perritos calientes, subimos al Empire State…
—No, hombre, lo que quiero que me contéis es cómo ha ido la vigilancia —dijo Gabriel.
—Bueno, Samuel Hide es el vampiro cojo —dijo Arisa y entendí que a partir de ese momento debía dejarla al mando.
—¡No me digas! ¿Samuel Hide es el vampiro cojo? ¡Eso es un buen descubrimiento! —exclamó Gabriel entusiasmado—. Ya tenemos caras para los tres nombres, genial. Sigue, sigue explicando, por favor.
—Salió poco después de la medianoche, con el Vampmóvil, lo dejó aparcado delante del edificio y llegó Helmut y se subió en el coche —explicó Arisa—. Les seguimos hasta el puerto y entraron en un almacén.
—¡Qué pasada! ¿No os vieron?
—No, no nos vieron —contestó Arisa.
—¿Descubristeis qué hicieron en ese almacén?
—Sí, lo descubrimos, Gabriel —dijo Arisa, casi susurrando y agachando el rostro.
—Pues vamos, mujer, cuéntamelo —pidió Gabriel.
—Es que antes de contarte eso, me gustaría hablar contigo a solas —le dijo Arisa y yo me sentí aliviado.
—¿A solas? ¿Es que Abel te ha hecho algo?
—No, no es por eso. Por favor, ¿Podemos ir a hablar un momento a tu habitación?
—¡Uy, qué misteriosa se ha vuelto esta chica! —dijo Gabriel bromeando—. No estarás intentando seducirme, ¿verdad?
—Por favor, Gabriel, es importante. Vámonos a tu habitación —dijo Arisa en tono serio mientras abandonaba el salón.
—De acuerdo, mujer, no te pongas así —dijo Gabriel—. ¿A ti no te importa que te dejemos solo, Abel?
Negué con la cabeza y Gabriel salió corriendo tras Arisa. Pensé que no me gustaría estar en el pellejo de ninguno de los dos en esa situación. Gabriel lo iba a pasar fatal cuando se enterase de cómo había muerto su padre y la pobre Arisa otro tanto teniéndoselo que contar. Una hora después de que mis amigos me dejaran solo, bajó Arisa, un poco alterada, preguntándome si creía que en la basura aún podríamos encontrar la medicación de Gabriel.
—¿Le sucede algo? —le pregunté.
—Está temblando y tiene náuseas —contestó Arisa—. A lo mejor no debió dejar la medicación; aunque no estuviera enfermo, son drogas.
—Voy a mirarlo ahora mismo.
—Si las encuentras, sube. Y llama a la puerta.
—¿Y si no están?
—Si no están, cogemos el coche, vamos a ver a Peter y que nos diga dónde está el hospital más cercano.
Arisa regresó a la habitación con Gabriel y yo me puse a buscar las pastillas en la basura. Como solamente habíamos cenado y desayunado una vez, el cubo estaba casi totalmente vacío. Cogí dos bolsas de plástico para que hiciesen de guantes improvisados, saqué el pequeño cubo de debajo del fregadero, lo puse encima de la mesa de la cocina y, tras mirar en su interior, saqué los frascos de pastillas de Gabriel. Estuve a punto de coger de paso el paquete de tabaco, por si acaso él también necesitaba fumar, pero algún tipo de líquido se había vertido sobre él y supuse que esos cigarrillos serían ya infumables. Limpié los frascos de las pastillas y subí a la habitación. Llamé a la puerta y salió Arisa.
—Espero que esto le calme —dijo Arisa cogiendo los frascos.
—¿Se lo has contado todo? —le pregunté.
—Sí, todo, pero luego hablamos, ¿vale?
—Oye, ¿preparo algo para cenar?
—Sí, haz algo, pero no creo que bajemos a cenar. Bueno, si veo que él se tranquiliza y se duerme, igual luego bajo yo y me caliento lo que hayas preparado.
Arisa volvió a entrar en la habitación y mientras lo hacía pude ver a Gabriel acostado en la cama en posición fetal. Me dio mucha pena verle así. No lloré porque Mary Quant se había llevado todas mis lágrimas, pero sí sentí aquella angustia de la lágrima no derramada propia de los hombres que no cortan cebollas.
Para cenar preparé huevos revueltos con tomate y unas salchichas, pero no pude probar bocado. A lo mejor estaba inmerso en una especie de crisis de empatía con mis dos amigos, y si ellos no cenaban, yo tampoco tenía cuerpo para hacerlo solo. Metí la cena en el horno y me puse a ver la tele para dejar pasar el tiempo hasta que tuviera noticias del piso de arriba. Me vi una película y media. Mejor dicho, mis ojos vieron una película y media, pero mi cerebro no captó nada de lo que salía en la pantalla, pues él no estaba en el salón, sino en la habitación, con Gabriel y Arisa. A mitad de la segunda película bajó Arisa y dijo que estaba muerta de hambre, así que los dos nos sentamos en la mesa de la cocina para cenar.
—El pobre se ha quedado como un tronco —empezó diciendo Arisa—. Yo esperaba que algo así le sucediera, incluso antes, pero, claro, la muerte de su padre le ha afectado muchísimo más de lo que pensaba.
—¿Pensabas que le iba a pasar esto, sin tener en cuenta lo que vimos anoche?
—Sí, estaba segura de que algún tipo de crisis iba a tener porque para todo lo que estaba ocurriendo, parecía estar excesivamente entero. ¿Entiendes lo que quiero decir? Hay gente a la que le pasa un montón de cosas malas y sus miedos o sus tristezas no los exterioriza. No lloran, no gritan, no se desahogan y llega un momento en el que todo eso explota en su interior. Era evidente que le iba a pasar eso. Se había enterado de que su madre no había muerto en un accidente, sino que había sido asesinada, y había visto con sus propios ojos cómo secuestraban a su padre y su reacción fue seguir adelante, sin más.
—Quizá tampoco podía hacer otra cosa.
—Sí, teníamos que salvar el cuello, pero es que no lloró ni se enfadó ni nada. Además, hay una cosa importante, cuando le dijomos que nos queríamos quedar algunos días más con él, me di cuenta de que Gabriel era consciente de que estaba caminando por el filo de la navaja. Lo que le ha ocurrido ahora le iba a ocurrir de todas maneras. A lo mejor mañana o a lo mejor dentro de un año, pero creo que ha sido una suerte que estuviéramos aquí.
—¿Una suerte?
—Ya, sí, hablar de suerte en estas circunstancias parece una estupidez.
—Además hemos sido nosotros los que le hemos dicho que su padre ha muerto.
—Sí, pero hablando ahora con él, me ha dicho que ya era consciente de eso. ¿Por qué crees que quería volver junto a su padre? Pues porque sabía que su padre se estaba sacrificando por nosotros. Estaba ofreciendo su vida a los vampiros.
—¿Crees que su padre les ha contado algo?
—¿Sobre dónde podemos estar?
—Sí, sobre eso y sobre los documentos falsos de Gabriel y sobre Tom.
—Estoy convencida de que no porque lo han torturado hasta dejarle casi muerto, es lo que vimos y él no abrió la boca. Si hubiese hablado, en este momento tú y yo no estaríamos aquí.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—Ahora lo único que podemos hacer es estar pendientes de Gabriel. Si se recupera, ya veremos lo que hacemos, pero si no se recupera, supongo que tendremos que llevarle al sanatorio, y tú y yo tendremos que seguir solos.
—Tenemos la foto de Strasser.
—No sé, ya hablaremos del tema más adelante. Es que ahora solamente se me ocurre que, aparte de lo de Strasser, deberíamos entrar de nuevo en el restaurante chino.
—Eso es muy peligroso, Arisa.
—Ya, por eso te digo que antes de planear algo, es mejor ver cómo evoluciona.
Después de cenar, Arisa puso en una bandeja un poco de pan, algo de embutido y dos piezas de fruta y se lo llevó a Gabriel. Luego volvió a bajar y me comentó que ella se quedaría a dormir con Gabriel y que yo me acostara en su cama. Me preguntó si necesitaba algo de la habitación y yo le dije que para dormir solamente me ponía una camiseta grande que encontraría debajo de la almohada, pero que también me haría falta alguna muda para cambiarme y el neceser.
—¿Eso lo encontraré en el armario o en la cómoda de la habitación? —me preguntó Arisa.
—No, está todo en la maleta, no la he deshecho aún.
—Entonces, sube un momento conmigo, saco tu maleta y la llevamos a mi habitación. Aprovecharé y me cogeré el pijama y lo que necesite para mañana.
—Oye, ¿yo no puedo entrar a ver a Gabriel?
—Se lo he preguntado y me ha dicho que no quiere que le veas así.
—A mí me da igual, somos amigos.
—Ya, pero a él no le da igual. Supongo que piensa que sigue siendo responsable de ti de alguna manera y no quiere que le veas hundido.
Fuimos al piso de arriba y trasladamos mi maleta a la habitación de Arisa. Ella cogió algo de ropa y una infinidad de botes y frascos para el aseo. Aún era temprano, ni siquiera había oscurecido del todo, pero Arisa me dio las buenas noches, dando por hecho que no nos veríamos hasta la mañana siguiente. No me apetecía bajar a ver la tele, así que, sorprendiéndome a mí mismo, cogí Los señores de la peste, me tumbé en la cama y me puse a leer aquel libro con todo el cariño del mundo. Por cierto, la cama de Arisa olía muy bien.
La reclusión de Gabriel duró tres días, en los que Arisa y yo desayunamos, comimos y cenamos solos. Arisa se pasó la mayor parte de esos tres días en la habitación de Gabriel, así que a ella casi la veía tan poco como a él. Tuve que encargarme yo de hacer las comidas, de limpiar, de ir a comprar, cosas todas que hacía con mucho gusto, ya que entendía que con ello estaba colaborando en la recuperación de Gabriel y ayudaba a que Arisa pudiera estar más descansada. Gabriel seguía sin querer verme y yo respeté su deseo en todo momento. Aproveché el tiempo libre para pasar al portátil toda la información que teníamos sobre los vampiros que habíamos investigado y para acabarme Los señores de la peste. El libro terminó gustándome mucho, no exclusivamente porque lo hubiese escrito Arisa, sino porque era muy entretenido y los vampiros que salían en él eran de los de mi relato, muy malos e inteligentes. Me chocó comprobar cómo, sin haber estado ella allí, en un capítulo de su novela Arisa había descrito un lugar muy semejante al sótano de El Año del Dragó. No se trataba en este caso de un sótano, sino de la bodega de un barco que los vampiros abandonaban en alta mar y que estaba repleta de cadáveres en descomposición. Al leer la descripción de esa bodega, volví a viajar mentalmente a la fosa del restaurante abandonado y pensé que, quizá, una de las razones por las que los vampiros querían que esa novela no viese la luz fuera, precisamente, por haber descrito por casualidad aquel horripilante lugar.
El final de la reclusión de Gabriel y su casi total recuperación me pilló por sorpresa. Había preparado como de costumbre desayuno para dos, pero esa mañana aparecieron por la puerta de la cocina Arisa y Gabriel, cogidos de la cintura y esbozando una enorme sonrisa. Gabriel parecía haber adelgazado algunos kilos, tenía las ojeras muy marcadas y estaba sin afeitar, aunque su barba de tres o cuatro días casi no se notaba, pues su vello facial era de un rubio tan claro como el de sus cabellos. Gabriel se separó de Arisa y vino hacia mí para darme un fuerte abrazo. Sentí algo muy extraño, como si se hubiese muerto alguien pero al revés. No como si hubiese nacido alguien o como si alguien hubiese resucitado, sino como si la pena que sientes cuando se muere una persona que aprecias se pudiera transformar en todo lo contrario.
Nos sentamos los tres a la mesa para desayunar un desayuno para dos, y antes de que mis amigos se sirvieran el café se besaron en los labios. ¡Vaya, hombre! El beso sonó y todo de lo profundo que era, y supongo que también por el sentimiento con que se lo dieron. No me dijeron nada, pero entendí a la primera que la cama de Arisa iba a llamarse a partir de ahora la cama de Abel. Por supuesto, yo tampoco les pregunté nada, esas cosas no se preguntan. Los únicos que pueden preguntar sobre temas sentimentales de personas ajenas a uno mismo son los curas católicos en el confesionario, los periodistas rosa-amarillentos y las peluqueras descaradas.
—Abel, Gabriel y yo queremos dormir juntos —me dijo Arisa, algo que, como ya he dicho, estaba más que claro—. No te importa, ¿verdad?
—No, claro que no, me parece genial —dije yo, pero no sé si mentí o no al decirlo.
—He de decirte que estoy muy contento de que seas mi amigo, Abel —dijo Gabriel—. Y también de que tú estés a mi lado, cariño.
«Cariño» no era yo, era Arisa, a la que dio el segundo beso de la mañana. Dos es aceptable, tres empieza a ser molesto porque por mucho que el padre de Gabriel diera el seminario, yo vi a Arisa primero. Da igual que no la viese de la misma manera que él; soy un hombre y, aunque no quieras, siempre sientes algún tipo de atracción por cualquier miembro del sexo opuesto que te parezca algo atractiva. Por esa razón, un hombre no tiene una «mejor amiga», sino un «proyecto de ligue muy cercano». Los únicos hombres que tienen mejores amigas son los gays, el resto no es capaz de tratar con una mujer temas íntimos sin que el sexo aparezca en escena en forma de uno de esos diablillos de los dibujos animados portando un cartel con el lema: «Tírale los tejos. ¿A qué esperas, capullo?». La mejor amiga de un hombre solo puede ser la mujer de su mejor amigo o la Virgen María. Al final no hubo tercer beso matinal —habría carraspeado de haberlo habido—, pero sí hubo un amago, ocasionado por la propuesta que me hizo Gabriel, y terminé aceptando.
—Ya se lo he dicho a Arisa, pero quiero que sepas cómo me he recuperado —empezó diciendo Gabriel—. Porque te juro que me he recuperado, no solo de lo que ha pasado estos días, sino de todo lo que ha pasado en mi vida desde que tengo uso de razón.
—Vale, dime, ¿cómo te has recuperado? —pregunté yo, ya que Gabriel hizo una pausa tan larga que me hizo entender que quería que se lo preguntase.
—Esta noche no he dormido muy bien. Me he despertado varias veces, y en una de estas veces, me he ido a dar una vuelta alrededor de la casa. Entonces he tenido una especie de revelación. He pensado en esos vampiros y me he dado cuenta de que son escoria, que son mierda, que son pura maldad. Han matado a mis padres y casi matan a mis mejores amigos. ¿Qué se supone que he de hacer yo, hundirme por ello? No, esa gentuza no me llega a la suela de los zapatos, ni a mí ni a vosotros. Dime, Abel, ¿qué se ha de hacer con las cosas malas?
—¿Destruirlas? —contesté preguntando.
—Exacto. El mal ha de ser erradicado. Hemos de cargarnos a esos hijos de puta.
—¿Nosotros? —pregunté.
—Claro, no hay nadie mejor que nosotros para hacerlo. Somos buenas personas, y las buenas personas han de acabar con el mal.
—Sí, pero ¿nosotros? —volví a preguntar.
—Gabriel opina que si matamos a los tres de esa lista, puede que les descabecemos —intervino Arisa—. Esos tres y Helmut quizá sean los únicos que nos pueden hacer algo, que saben que existimos. Si nos los cargamos a todos, seremos libres.
—Puede ser peligroso —dije yo.
—Sí, claro, pero menos peligroso que no hacer nada —dijo Gabriel—. Arisa y yo no nos vamos a quedar de brazos cruzados esperando a que vengan a por nosotros. ¿Y tú? ¿Volverás a tu pueblo a esperar al lado de tu padre a que vayan a mataros?
—Entiendo lo que quieres decir —contesté yo—. Esto es una guerra, en la que o ganan ellos o ganamos nosotros.
—Exacto, Abel —dijo Gabriel—, esto es una guerra entre nosotros y ellos. Una guerra total.
Ahí llegó el amago del tercer beso, pero al final la parejita se contuvo. La verdad es que no me habría importado que se lo hubieses dado, no habría carraspeado. Más aún, creo que deberían habérselo dado porque la ocasión lo merecía.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 1:49 pm

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 3:13 pm

^^ gracias!! voy a ponerme al día XDD que se me acumulan :manga17:

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