Black and Blood


 
ÍndiceCalendarioFAQBuscarMiembrosGrupos de UsuariosRegistrarseConectarse
Feliz Año 2015!!!
Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Conectarse
Nombre de Usuario:
Contraseña:
Entrar automáticamente en cada visita: 
:: Recuperar mi contraseña
Últimos temas
» LAS COTORRAS MÁS LOCAS DE LAS COTORRAS VIP.
Miér Feb 01, 2017 6:33 pm por rossmary

» saga Riley Jenson
Jue Ene 14, 2016 10:02 am por Vampi

» Kissing sin - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:31 pm por Vampi

» Lista de libros con links de capítulos
Mar Ene 12, 2016 1:25 pm por Vampi

» Tempting Evil - Saga Riley Jenson 3 - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:22 pm por Vampi

» Saga Tempting Evil, Riley Jenson Guardian, #3
Vie Ene 17, 2014 8:03 pm por rossmary

» Anuncia Tu Blog!
Jue Ene 16, 2014 10:10 pm por rossmary

Buscar
 
 

Resultados por:
 
Rechercher Búsqueda avanzada

Comparte | 
 

 Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
Ir a la página : Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8  Siguiente
AutorMensaje
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 30, 2010 8:18 pm

Gracias chicas!

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 12:08 am

pobre de gemma jejejje

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 1:22 am

¡Gracias Tibari!!! :211:
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 3:28 am

Es mi imaginación o la chica sabe más de lo que parece :?:

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 1:39 pm

5
Lo que sabemos sobre los vampiros

Transcrito por Annabel Lee


Guerra total. Gabriel utilizó esa expresión porque era evidente que o ganábamos o moríamos. No iban a haber prisioneros ni tratados de paz ni nada de eso. Guerra total. La verdad era que al principio no daba un centavo por nosotros, pero parecía ser que la única vía posible para salvar la cabeza consistía en cortársela tú a aquellos que te la querían cortar a ti. Guerra total. Una guerra está divida en batallas y nosotros teníamos cuatro por delante: Samuel Elide, Gregor Strasser, Donald Troughton y Helmut Martin. Una guerra total con cuatro batallas por lo menos. Sabíamos a quién teníamos que eliminar, pero lo que no teníamos nada claro era cómo hacerlo. Éramos tres soldados que no habían recibido instrucción y la pega es que no había ninguna academia de cazavampiros. Teníamos que aprender la manera de matar vampiros y practicar antes de enfrentarnos a ellos. Y eso hicimos, aprendimos cómo matarlos y practicamos lo aprendido.
El señor Shine y Tom dedicaron un año de su vida a estudiar todo lo que se sabía sobre los vampiros. Nosotros no teníamos tanto tiempo, así que yo propuse que la manera más rápida de aprender algo sobre ellos sería a través de las películas. Gabriel viajó una mañana a Nueva York y regresó por la tarde con una serie de películas y otras historias que encontró sobre vampiros.

Nosferatu de R W. Murnau (1922).
Drácula de Tod Browning (1931).
Drácula de Terence Fisher (1958).
Blácula de William Crain (1972).
El baile de los vampiros de Román Polanski (1967).
Kung-Fu contra los siete vampiros de oro de Roy Ward Baker (1974).
Amor al primer mordisco de Stan Dragoti (1979).
Memorias de África de Sydney Pollack (1985).
Jóvenes ocultos de Joel Schumacher (1987).
Drácula de Bram Stoker de R. R Coppola (1992).
Entrevista con el vampiro de Neil Jordán (1994).
Un vampiro suelto en Brooklyn de Wes Craven (1995).
Abierto basta el amanecer de Robert Rodríguez (1996).
Buffy, cazavampiros ("1.a temporada) (1997).
Blade de Stephen Norrington (1998).
Vampiros de John Carpenter (1998).
Las sexy novias de Dráculax de Roy Memen (2002).
Underworld de Len Wiseman (2003).
Emmanuelle contra Drácula de KXS (2004).
Van Melsing de Stephen Sommers (2004).
Batman contra Drácula: la película animada de Michel Goguen (2005).

Gabriel trajo bastante material, pero hicimos una selección para no perder tiempo en cosas que, aparentemente, no parecían muy útiles. Este proceso de selección nos enfrentó de alguna manera a Arisa y a mí, pues no teníamos los mismos gustos cinematográficos y, al parecer, tampoco coincidíamos en cuál era el fin último del visionado de ese material. Desde mi punto de vista, teníamos que ver ese material para aprender todo lo posible sobre el mundo de los vampiros y cómo acabar con esa gentuza, pero Arisa también puso sobre la mesa cuestiones artísticas que podían perjudicar nuestra preparación prebélica. Gabriel no dio su opinión en ningún momento sobre qué películas debíamos ver y cuáles no porque él las había traído todas y porque Arisa le dejó fuera de juego en su primera intervención:
—¿Emmanuelle contra Drácula y Las sexy novias de Dráculax? No me lo esperaba de ti, Gabriel, pensaba que eras otro tipo de persona, pero veo que no, que me has tenido engañada.
Ya no había la menor duda, Gabriel y Arisa eran novios.
—Pues a mí me parecen, por las carátulas, dos películas interesantes—dije yo, aprovechando que Gabriel no me podía llevar la contraria pues se echaría piedras sobre su propio tejado—. Las sexy novias de Dráculax son mujeres vampiro y creo que si vemos la película podremos saber cómo enfrentarnos a Julia Hertz.
—Ya, Abel, y yo soy idiota—dijo Arisa—. Esto es una película porno en toda regla y de aquí poco vamos a sacar. Yo me niego a verla y Gabriel, por la cuenta que le trae, tampoco la verá.
Segunda bofetada y Gabriel besó la lona. Pobre chaval, un día después de su recuperación se acababa de dar cuenta de que estaba bajo el poder de la hermana borde de la teniente O'Neal. Fue a partir de esta segunda bofetada cuando Gabriel agachó la cabeza y despareció de escena.
—¿Y qué tienes en contra de Emmanuelle? —le pregunté a Arisa.
—Pues que también es porno —contestó ella.
—Yo creo que no, creo que debe de ser una cazavampiros, como Buffy
— ¡No me vengas con esas, Abel, Buffy es una persona decente!
—Pues yo veto el visionado de Buffy.
—¿Por qué?
—Pues porque es ridículo, no vamos a aprender nada de esa cazavampiros.
—¿Por qué? ¿Por qué es mujer? ¿Es por eso?
―No, porque tú también eres mujer, que yo sepa, y te vas a enfrentar a unos cuantos vampiros. No, no es por eso. Es por la serie en sí, yo he visto un par de capítulos y no tiene ni pies ni cabeza. No es porque sea una serie de miedo, protagonizada por una mujer, pese a que todos sabemos que a las mujeres os da miedo todo, no es por eso. Por ejemplo, Jennifer Love Hewitt hace Entre fantasmas y es creíble. A parte de que la chica es una preciosidad.
―¿Una preciosidad? Tiene las caderas muy anchas, ya verás como a la que se descuide se va a poner como una vaca.
—Eso es que tienes envidia.
—¿De la Love Hewitt? Tú estás tonto.
—Pues, mira, si en vez de vampiros tuviéramos que matar fantasmas votaría a favor de Jennifer Love Llewitt, pero no voy a votar a favor de algo increíble como Buffy. Además, Arisa, ¿qué nombre es Buffy? Eso es nombre de mascota, no de persona. ¿Verías algo que se llamara Pluto, cazavampiros o Whiskas, cazavampiros?
—Vale, quedan fuera de la lista Emmanuelle y Buffy. ¿Estás contento?
—No, pero bueno, da igual.
La siguiente película que cayó de la lista fue Un vampiro suelto en Brooklyn porque el vampiro de la cinta era Eddie Murphy y no estábamos para comedias. Me di cuenta entonces de que Blade no era de él, sino de Wesley Snipes, cuando yo siempre había creído que Murphy había hecho esta película. Creo que el bigotillo ridículo que lleva Snipes en Blade me confundió. Aun así, he de señalar en mi favor que sin haber visto Un 'vampiro suelto en Brooklyn mi instinto cinematográfico sabía que Eddie Murphy había hecho una película de vampiros, aunque supongo que era de cachondeo. También cayó Batman contra Drácula. No sé por qué Gabriel trajo eso, aunque menos aún cómo se le puede ocurrir a alguien gastar tiempo y dinero en hacer algo así. La última película que descartamos fue Entrevista con el vampiro.
—¿Por qué quieres cargarte Entrevista con el vampiro—? me preguntó Arisa.
—Pues porque ya la he visto y no nos sirve. Es una película muy ñoña.
—Yo la ví y está muy bien, y Brad Pitt está monísimo. Bueno, como siempre.
—¿Brad Pitt es monísimo? Pero si tiene cara de alucinado...
—No tiene cara de alucinado.
—Anda que no, en todas las pelis que he visto de él parece que se ha perdido y que está buscando la salida del plato en el que ruedan la película. Siempre abre mucho los ojos y mira hacia ninguna parte. Es un modo de actuación un poco raro, pero se ve que le funciona porque le consideráis monísimo.
—Bueno, Abel, no cambies de tema, veremos Entrevista con el vampiro.
—No, no la veremos, Arisa. Si quieres te la cuento y nos ahorramos esa memez. Esto es un vampiro que no quiere ser vampiro y que se pasa toda la película quejándose y fin. Además nadie mata a los vampiros de esa película y... Que no, que no la vemos.
—Pues entonces tampoco vemos Las sexy novias de Dráculax.
—Pero ¿esa no la habías vetado antes?
—No, no la veté, solamente dije que no la vería.
—¡Mierda!
Una vez descartadas esas películas, nos pusimos a ver el resto de las que había traído Gabriel. La mayoría de ellas no las vimos enteras porque enseguida se mostraron inútiles para nuestros propósitos, pero intentamos verlas todas.
Empezamos con Nosferatu. Arisa casi nos la hace ver entera porque decía que era una joya del expresionismo alemán, como si eso tuviera importancia. Aquí tuvo que ponerse serio Gabriel porque si no, nos tragamos ese bodrio. Era muda, en serio, una película muda que no era de Charlot, algo impensable. Eso sí, el vampiro que salía era ridículo. Era enclenque, calvo y solo tenía dos colmillos. Lógico, ¿verdad? Pues no, porque el pollo solamente tenía esos dos dientes, dos colmillos juntos en mitad de la boca. Para mearse de la risa. Ah, y salía un tía en la película que parecía un travesti. ¡Madre de Dios, qué horror de película! A los quince minu¬tos la quitamos.
Drácula de Tod Browning era una película lamentable. Todos los personajes eran idiotas, las mujeres sobre todo, y Drácula era una especie de extranjero ligón con el pelo engominado y pinta de no haber dado un palo al agua en su vida. El castillo lo tenía hecho un asco y cuando se convertía en murciélago se notaba a la legua que era una especie de marioneta. La vimos entera porque queríamos ver, al menos, cómo se lo cargaban, pero no salió ese momento en la película, según la lista de Arisa por motivos de censura. No sé, podrían haber censurado toda la película y nos habríamos ahorrado una hora y media de un tostón infumable.
Drácula de Terence Fisher era muy buena, pese a ser inglesa. Drácula tenía los dientes bien puestos y cara de malo. Lo mejor de la película eran las tías que salían, todas estaban buenísimas. Posiblemente sea una de las mejores películas de la historia del cine. A Arisa no le gustó, pero Gabriel y yo aplaudimos al final. Drácula muere de un cortinazo. Bueno, muere cuando Van Helsing retira una cortina y el sol lo abrasa. Una película genial, en serio.
De Blacula no vimos la película, solamente el tráiler y con eso tuvimos suficiente. Era algo espeluznante. En el principio de los setenta la gente tomaba demasiado LSD.
El baile de los vampiros era muy buena. Sí, por las chicas. Tampoco nos aportó nada interesante porque al ser comedia, nos despistó desde el comienzo. Nos gustó a los tres, cosa rara.
Kung-Fu contra los siete vampiros de oro posiblemente es la mejor película que jamás se ha rodado. Impresionante: patadas, estacazos, una batalla alucinante al final... No sé cuántos Oscar ganó esta película, pero si no se llevó más de siete, ese año el concurso estuvo amañado.
De Amor al primer mordisco vimos cinco minutos, los suficientes para darnos cuenta de que Drácula lucía un bronceado caribeño impropio de un personaje que se supone que no puede tomar el sol.
Memorias de África no era una película de vampiros. Era una cosa extraña que no sabría explicar, y que solamente puede servirle a alguien que tenga más de ochenta años y quiera cazar algún bicho salvaje en África. La vimos entera porque Arisa dijo que si la quitábamos nos haría alguna barbaridad japonesa que no sé lo que era, pero sonaba muy mal. Ahora bien, valió la pena tragarse toda la película, solamente por el hecho de ver a Arisa llorando como una Magdalena. Gabriel y yo no entendíamos por qué lloraba. «Es que vosotros no tenéis sensibilidad, merluzos», nos dijo cuando se lo preguntamos, y después se puso a hacerle cariñitos a Gabriel rogándole que la llevara a África para revivir con él esa preciosa historia de amor. «Por haberme traído esta maravillosa película, te perdono por lo de las porno, amor», acabó diciéndole Anisa a Gabriel mientras salían los títulos de créditos de la cosa más aburrida y sin argumento que había visto en mi vida.
Jóvenes ocultos también la descartamos enseguida, aunque tenía buena pinta, porque estaba ambientada en California y tío parecía lógico que hubiera vampiros en una zona playera.
Drácula de Bram Stoker estaba bien, además fue la que más cosas útiles aportó para nuestro propósito. La secuencia más interesante del filme era cuando se cargaban a una pelirroja con pinta de viciosa a la que Drácula había convertido en vampiro. Le hicieron un completo: estacazo en el corazón y decapitación. Gabriel dijo que en el caso de que tuviéramos que hacer lo que acabábamos de ver, él se pedía dar el estacazo y que Arisa o yo nos encargásemos de cortar la cabeza. Al final la película se fastidia porque Drácula parece un buen tipo al que se le murió la mujer por un malentendido y cogió una depresión que acabó convirtiéndolo en vampiro. Una estupidez. Arisa lloró al final, le dio pena el pobre Drácula.
Abierto hasta el amanecer estaba bastante bien, aunque es una película carente de argumento. El problema es que nos asustó mucho porque vimos que si nos teníamos que enfrentar a un grupo de vampiros, lo teníamos muy crudo. De esta película Arisa destacó la posibilidad de utilizar una ballesta como arma contra los vampiros y Gabriel y yo lo buena que estaba Salma Hayek.
Blade la vimos seleccionando escenas porque yo dije que la había visto y no la recordaba excesivamente buena. La película estaba bien hecha, pero para nosotros no valía de mucho porque Wesley Snipes estaba cuadrado y sabía artes marciales. Le pregunté a Arisa si ella sabía artes marciales y se lo tomó a mal. «¿Por qué lo preguntas? ¿Por qué soy japonesa y crees que todos los japoneses tenemos que saber algo de artes marciales?»
Al final no vimos Vampiros porque desde el comienzo nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en un caso similar al de Blade, demasiada acción para gente como nosotros.
Underworld tampoco la vimos entera porque era absurda. Lina guerra entre vampiros y hombres lobos. Una tontería. No la vimos entera, pero Gabriel y yo intentamos que así fuese porque la chávala que la protagonizaba, Kate Beckinsale, estaba tremenda. Tan tremenda que Connie Nielsen bajó del puesto número uno de mi lista, para dejar su sitio a Cate. Arisa se enfadó con Gabriel porque el bobo no supo buscar un argumento decente para convencerla de seguir viendo la película y ella se dio cuenta de que era por la Beckinsale. Nos acusó de machistas que pensábamos que todas las actrices eran mujeres objeto.
Van Helsing fue la demostración de que Dios existía porque, sí señor, volvía a salir Kate Beckinsale, además acompañada de un par de mujeres vampiro que no estaban nada mal. Posiblemente sea una de las películas más estúpidas de la historia, pero la vimos entera porque, de nuevo, Arisa volvió a sacar el tema de la ballesta como arma a utilizar en nuestra guerra particular.
Tras la sesión de cine, a la que dedicamos dos días, llegó el momento de poner en común todo lo que habíamos aprendi¬do de las películas que habíamos visto. Arisa fue una mañana a Congers y compró una pizarra para ir apuntando en ella las diferentes aportaciones que fuésemos haciendo sobre el particular. Arisa escribió en la pizarra «LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS» y utilizó un tono entre maestra aburrida y doctor Housc para dar inicio a aquella tormenta de ideas.
—A ver, chicos, ¿qué sabemos de los vampiros? — dijo Arisa señalando lo que acababa de escribir en la pizarra.
—Los vampiros son muertos vivientes—apunté yo.
—Muy bien, los vampiros son muertos vivientes—repitió Arisa mientras lo escribía en la pizarra.
—Tienen colmillos afilados y muy mala leche —dijo Gabriel, y Arisa lo apuntó también, aunque en vez de mala leche, puso que eran muy irascibles—, y se dedican a chuparle la sangre a la gente y para ello les muerden normalmente en el cuello, pero de una manera muy extraña.
—¿Por qué de una manera muy extraña? — pregunté yo.
—Pues porque en los cuellos solamente dejan la marca de los colmillos superiores, nunca de los dientes inferiores—dijo
Gabriel—. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No, no mucho —le contesté.
—Si no dejan marca de los dientes inferiores es como si no utilizasen la mandíbula inferior—explicó Gabriel—. O sea, que no muerden, sino que parece que se limitan a hincar los colmillos porque no hay ninguna marca más en los cuellos de sus víctimas. ¿Habéis intentado morder solamente utilizando los dientes de arriba?
—Ya te entiendo—dijo Arisa—, para poder dejar esa marea que sale en las películas, deberían ayudarse de los dientes de la mandíbula inferior para que los colmillos pudieran perforar la piel, parte de la carne y llegar a la yugular. Además, Tom dijo que en el cuerpo de Julia Hertz estaban también las marcas de los dientes inferiores.
—Lo siento, tíos, pero me estoy perdiendo —dije yo.
—Pues es muy sencillo, Abel —dijo Arisa—, ven aquí y te lo demostraré.
Salí a la pizarra, como en el colegio, y la «seño» me iba a enseñar la lección. Arisa extendió el dedo índice de su mano derecha y me lo puso delante de la cara, tocando la punta de mi nariz. Entonces me pidió que la mordiera con todas mis fuerzas, pero solamente utilizando los dientes de arriba, como al parecer hacían los vampiros. Pensé que le haría daño, pero cuando empecé a morder al estilo vampiro, me di cuenta de que no, que eso no era morder, y apreté mis dientes contra su dedo con todas mis fuerzas hasta que ella lo apartó. Aquel mordisco no era un mordisco y su marca se limitó a una ridícula línea roja que desapareció casi de inmediato.
—Ahora me toca a mí —dijo Arisa—, pero yo te morderé de verdad, para que veas cómo deberían ser las marcas reales del mordisco de un vampiro. Dame tu dedo. Cuando te duela, aparta el dedo, ¿vale?
Como había hecho antes ella, yo extendí el índice de la mano derecha. Arisa lo cogió con delicadeza, lo miró un instante y mordió la parte más carnosa del dedo, la que estaba tocando con el grueso de la mano, cerrando los ojos al hacerlo. Primero sentí solo sus pequeños dientes, pero al hacer más fuerza, sentí también su lengua aplastada contra mi dedo. Era una extraña sensación de dolor húmedo, y todo mi ser se estaba concentrando en lo que Arisa me estaba haciendo y no quería que parara de hacerlo. Me hacía daño, pero era un dolor compensado por su lengua, por sus labios, que también había comenzado a sentir cubriendo mi dedo, por su olor, por... Arisa dejó de morderme y se me quedó mirando fijamente, para después señalarme con la mirada que me fijara en mi dedo y... había sangre. Volví a mirar a Arisa y me di cuenta de que se estaba pasando la lengua por los labios y de que en sus comisuras se podían ver restos de mi sangre. Me volví hacia Gabriel y estaba alucinando, con los ojos como platos. Arisa también se volvió hacia él y al liarse cuenta de cómo la miraba, tragó algo de saliva.
—Bueno, Abel, como podrás comprobar si miras tu dedo, en un mordisco de verdad se dejan marcas de los dientes de arriba y de los de abajo—dijo Arisa con un tono que me sona¬ba a excusa o a estar ocultando algo.
Yo volví a sentarme, mientras Arisa apuntó en la pizarra que las marcas de mordeduras de los vampiros de las películas no son creíbles. Gabriel miró mi dedo de cerca y me dijo que fuera a limpiarme la herida y a ponerme una venda. Me fui al lavabo y no encontré vendas en el botiquín, así que improvisé una utilizando un pañuelo que tenía en un bolsillo lateral de mi maleta. Sí, aún no la había deshecho. Al volver con mis amigos, vi que Arisa había apuntado en la pizarra: «Los vampiros sienten placer al morder y sus víctimas al ser mordidas». No pregunté por qué había escrito tal cosa, ya que entendí que Gabriel y Arisa habían hablado sobre su mordisco y nuestras reacciones. Aun así, Gabriel quiso añadir algo al respecto para dejarnos claro que no quería reprocharnos nada con relación a lo que había ocurrido minutos antes.
—Creo que a los vampiros les gusta morder, no porque sea una manera de chupar la sangre de sus víctimas, sino porque hay algo sexual en ello comenzó diciendo—. Esto que acabo de decir se ve claramente en el Drácula inglés.
—¿En el de Terence Fisher? —preguntó Arisa.
—Sí, en ese, y además creo que en El baile de los vampiros también se ve esto —siguió explicando Gabriel—. Las víctimas de los vampiros no parecen sufrir cuando son mordidas y, en algunos casos, parece que disfrutan.
—Como la pelirroja de Drácula de Bram Stoker —dije yo para que quedara claro que no me sentía aludido por ese comentario de Gabriel.
—Sí, Abel, como la pelirroja de esa película —dijo Gabriel, pero utilizando un tono de «aceptamos barco como animal acuático»—. El mordisco tiene su importancia porque de no ser así, los vampiros utilizarían objetos para provocar las heri¬das, como punzones o cuchillas.
—Ya, pero no podemos descartar que el mordisco sea parte de un ritual —apuntó Arisa—. Los vampiros, y ahora lo voy a apuntar en la pizarra, convierten a humanos en sus semejantes después de morderlos.
—¿Quieres decir que no basta con beberse su sangre? —preguntó Gabriel.
—No lo sé, puede que sí o puede que no—contestó Arisa—, pero no limitaría el mordisco a un tema solamente sexual.
¡Ah, de eso habían hablado los dos cuando yo no estaba! Llevaban tres días juntos y ya estaban poniendo las bases para un divorcio antes de casarse. Vale, sí, Gabriel tenía razón, fue algo sexual, muy sexual, espectacularmente sexual, y eso que Arisa no era un vampiro de verdad. Eso sí, no hubo ningún tipo de maldad en lo que había pasado, simplemente no pude retirar el dedo, de la misma manera que ella no pudo dejar de morderme. Cosas que pasan.
—Bueno, continuemos —dijo Arisa para que el tema del mordisco no fuera a mayores—. ¿Qué más se os ocurre?
—Los vampiros pueden transformarse en animales, en niebla, en todo lo que quieran —señalé yo.
—Yo creo que no, es algo absurdo —dijo Gabriel—. Los vampiros sufren mutaciones físicas cuando van a atacar a alguien o cuando se cabrean. Eso lo sabemos por experiencia propia, cuando nos topamos con Julia Hertz, pero no creo que se transformen en nada porque son seres físicos.
—Bien, descartamos entonces lo de las metamorfosis, pero apunto lo de la mutación parcial—dijo Arisa—. A mí me gustaría que comentásemos un momento el tema de los crucifijos y el agua bendita. ¿Creéis que son armas que podemos utilizar?
—Creo que para utilizarlas, deberíamos hacerlo con fe—dijo Gabriel—. No creo que sean armas por sí mismas, sino que lo son en el modo que las utilicemos. Mirad, en Drácula de Bram Stoker parece que no acaba de funcionar el tema de la cruz, pero en el inglés sí. Supongo que depende de quién v por qué utilice las creencias religiosas para enfrentarse a un vampiro.
—Yo creo que el tema religioso viene porque Bram Stoker era cristiano y quería enfrentar a Dios contra un ser maligno y demoníaco como Drácula —dijo Arisa—, pero un objeto sagrado solamente lo es si ha de cumplir una función ritual y en nuestro caso no creo que funcionara.
—Además, ¿qué pasa si el vampiro es ateo? —pregunté yo—. O si el vampiro no es cristiano. Yo soy cristiano y si fuera vampiro tal vez me afectaría la cruz, pero... ¿Tú eres cristiana, Arisa?
—No, yo soy budista —me contestó.
—Pues eso, a ti la cruz te debería dar igual—dije—. ¿Contigo qué funcionaría, enseñarte al tipo gordo sonriente que tenéis como Dios?
—No, capullo, en mi caso funcionaría una foto de tu culo—contestó Arisa muy enfadada—. Pero ¿tú de dónde sales?
—Yo soy medio judío, por mi madre, pero en mi casa no hemos sido nunca religiosos —dijo Gabriel—. Yo no descartaría el tema de los elementos religiosos como arma contra los vampiros, pero creo que en nuestro caso no funcionaría porque veo que no tenemos mucha fe, y basarnos en algo en lo que parece que no acabamos de creer puede ser contraproducente.
—Vale, por si acaso no tendremos en cuenta las cruces y el agua bendita—dijo Arisa—. Centrémonos entonces en lo que sí podemos utilizar para matarlos.
—Bien, está clarísimo que las mejores armas son la estaca de madera y la luz del sol—dije yo—. Es algo que sale en casi todas la películas.
—Sí, estoy de acuerdo, y yo añadiría lo de cortarles la cabeza —señaló Gabriel—. Aunque no tengo muy claro por qué, se ve que hay que hacerlo.
—Muy bien—dijo Arisa apuntando estaca, luz solar y poniendo entre interrogantes la espada—. Yo creo que lo importante de la estaca es que es de madera, por lo tanto, podríamos utilizar una ballesta para disparar flechas de madera. Eso lo hemos visto en Abierto hasta el amanecer y en Van Helsing.
—A mí no me acaba de convencer eso—dijo Gabriel—, lo veo demasiado peliculero.
—Pues a mí me parece que puede funcionar—replicó Arisa—. No pasa nada por tenerlo en cuenta y practicar algo de tiro.—Algo de tiro y cómo clavar una estaca en un corazón—apunté yo——. ¿Qué se supone que necesitamos para aprender a hacerlo?
—Necesitaremos saber algo de anatomía y utilizar algún maniquí de goma o algo así para practicar el estacazo—dijo
Gabriel—. ¿Sabéis algo de anatomía?
—Yo sé encontrar el corazón en un cuerpo—dijo Arisa—-.
Hice un cursillo de primeros auxilios y aprendí a hacer masajes cardíacos, por lo que os puedo enseñar la situación exacta del corazón.
—De anatomía, solamente sé que el cerebro humano pesa cuatro kilos, pero no sé por qué lo sé—dije yo—. Bueno, también sé por un documental que vi que la carne de cerdo es la más parecida que hay a la del ser humano.
—Entonces para practicar cómo clavar la estaca, podría¬mos utilizar un cerdo, ¿no? — dijo Gabriel.
—¿Un cerdo, cariño? —preguntó Arísa.
—Sí, mejor eso que utilizar a Abel, aunque a lo mejor no se notaría la diferencia—dijo el graciosillo de Gabriel, riéndose como un idiota—. Un cerdo, hemos de comprar un cerdo y unas estacas.
—Y unos mazos—apunté yo.
—Y una ballesta—acabó diciendo Arisa.
—¡Y dale con lo de la ballesta! —dijo Gabriel resignado con el capricho de su novia.
A la mañana siguiente fuimos de compras, pasando antes por la estación de servicio para que Peter nos indicara dónde encontrar un matadero, una carpintería o una serrería y una tienda de armas o de deportes. El bueno de Peter nos hizo un par de mapas y nos volvimos a dividir en dos grupos para ganar tiempo. Pensé que Arisa y Gabriel querrían ir juntos a comprar, pero se ve que no mezclaban el trabajo con el placer, y ella, y yo volvimos a formar equipo. En principio, debido a que nosotros llevábamos el Honda, debíamos ir a comprar el cerdo, pero Arisa no quería ir al matadero, así que acabamos cogiendo nosotros el escarabajo alemán para ir a comprar las estacas y la ballesta, mientras Gabriel se encargaba de adqui¬rir un puerco muerto.
Desde que Arisa y Gabriel se habían hecho novios, o lo q|ue fuera, ella había sufrido algunos cambios interesantes. No me refiero a esa especie de cabreo por todo que cada dos por tres sacaba a relucir, pues eso no era una novedad, sino a que estaba esplendorosa. Irradiaba algo que la hacía muy atractiva e interesante. Quizá fuese el verano. Quizá fuesen mis hormonas. Quizá fuese el hecho de que al tener pareja, le daba un toquecillo de fruto prohibido que la hacía más interesante. Yo no entiendo mucho el mundo femenino, creo que lo he dejado claro más de una vez, pero suelen ser las mujeres las que encuentran más interesantes a los hombres con pareja. Un amigo de mi padre le contó una vez que se pasó dos años sin comerse un rosco, que parecía que las mujeres le rehuían, incluso las que no rehuyen a nadie. Fue algo traumático para el pobre. Al final se echó novia y entonces empezaron a salirle ligues por todas partes. Mi padre, con su extraña filosofía sobre la existencia humana y después de una de sus meditaciones, le dijo que eso podía ser por dos motivos: A) porque las mujeres no se fían de los hombres, ya que la mayoría de ellos siempre van a lo mismo, a disfrutar sin comprometerse y, por lo tanto, un hombre comprometido o con pareja es más fiable, y B) por tocar las narices a la novia de turno. Yo sé que tengo un lado femenino muy desarrollado, al menos es a la conclusión que llegué tras la primera crisis después de dejar a Mary —ya que al final resultó que fui yo el que la dejó a ella—, pero en mi caso no creo que fuera por ninguna de esas razones, sino porque Arisa se sentía más segura de sí misma, incluso más atractiva, y eso lo manifestaba exteriormente, aunque de manera inconsciente.
Ese día concreto estaba guapa porque sí y eso que no lle¬vaba un atuendo provocativo ni llamativo, solo llevaba una falda a la altura de las rodillas que a mí me pareció muy mini y una camiseta de un grupo muy cutre, The Beetles. El grupo era muy cutre, pero la camiseta aún más, pues el imbécil que la había diseñado no sabía ni escribir, ya que en vez de The Beetles, había escrito The Beatles. Le comenté a Arisa que era curioso que fuésemos en un coche que se llamaba igual que el grupo de su camiseta, y ella me dijo que no, porque el coche era un beetle y esos cuatro barbudos mal peinados eran beatles. Pobrecilla, era de alabar su intento de integrarse en el país y ser una americana más, como hacen muchos extranjeros, pero al final siempre la cagan con tonterías como estas. El idioma es lo que tiene. A parte de llevar una falta de ortografía garrafal en el pecho, Arisa me demostró que de música no tenía ni idea. Yo sé poco de música, algo de country y alguna canción de Barrio Sésamo, pero ella ni eso porque decía que The Beetles era el mejor grupo de la historia, que habían revolucionado la música y que habían hecho canciones tan buenas c importantes como... o como... Yo no le dije lo que pensaba de esa gentuza para no discutir con ella, pero todo el mundo sabía que eran muy mala gente. De niño vi un documental don de, supongo que a modo de castigo, llevaban a niñas inglesas a los conciertos de The Beetles. Las pobres no hacían más que llorar y gritar, seguramente pidiendo auxilio o que las sacaran de allí. El más malo del grupo era un tal Paul porque cuando aparecía en acción, las chiquillas se volvían locas de desesperación. No hace falta ser un vampiro para sembrar el pánico. Luego me enteré de que su guitarrista se cambiaba de sangre cada año en Suiza y que se había esnifado las cenizas de su padre. Mala gente, lo que digo. Ah, e hicieron un disco que para abrirlo tenías que bajar una bragueta. No sé, quizá a los intelectuales del tipo de Arisa a veces les gusta mostrar un lado oscuro y underground, y por eso llevaba la camiseta de The Beetles.
Los establecimientos que teníamos que visitar esa mañana estaban en la misma calle. Primero fuimos a una armería y Arisa pidió que le enseñasen las ballestas que estaban colgadas en una de las paredes. Yo no opiné en ningún momento porque el tema de las ballestas era algo que, en principio, nos había parecido a Gabriel y a mí un capricho inútil de la chica y nada más. Arisa eligió dos ballestas, adquirió un paquete de dianas de papel con contorno humano y al ir a pagar enseñó al dependiente un par de carnets. Luego me explicó que no sabía si hacían falta para comprar las ballestas, pero que uno de los carnets era de licencia de armas y el otro de deportista federada en tiro.
―¿Eres tiradora federada? ―pregunté.
―Sí, ¿te extraña? Patadas no pego, pero sí, soy tiradora federada desde hace seis años―me contestó.
—Pues me extraña.
—Mi padre nos enseñó a disparar a mí y a mi hermano—me explicó―. Mi padre estuvo a punto de ir a los Juegos
Olímpicos de Seúl, pero se lesionó. Él tira con carabina y yo también, pero además tiro con arco.
—Me dejas pasmado. ¿Y eres buena?
―Hace un par de años que no practico. Me lesioné tiran¬do arco y lo dejé para centrarme en los estudios, pero hasta entonces no era mala. Tampoco para ganar campeonatos, pero en carabina podía dar guerra. En arco no tanto porque para tirar bien has de dedicarle muchas horas.
―¿Por eso has dado tanta lata con lo de la ballesta?
―A ver, cuando la vi en esas películas, e pareció algo que podríamos probar. Piensa que los tiradores apuntamos a dianas muy pequeñas en comparación con el tamaño del corazón, así que lo he de hacer muy mal para no acertar si he de utilizarla contra un vampiro.
―¿Me podrás enseñar?
―Mi intención es enseñaros a los dos algo de tiro, pero antes de eso he de practicar porque la ballesta es una mezcla de arco y rifle y he de cogerle el tranquillo. De todas maneras, he comprado dos para eso. Esta tarde practicaremos un rato si Gabriel trae al cerdo, pero tú no le digas que sé tirar un poco. Quiero ver la cara que pone si hago un disparo y acierto a la primera.
Dejamos las ballestas en el coche, pero Arisa cogió una de las flechas para pedirles a los de la carpintería que le fabricasen una docena con la madera más dura que tuvieran. Las flechas de la ballesta tenía la punta metálica, y necesitábamos que fuera una puta de madera la que se incrustase en el corazón de los vampiros o, al menos, eso es lo que dedujimos después de ver las películas. De camino a la carpintería, pasamos al lado de un edificio en construcción y uno de los albañiles que trabajaba allí, poeta en sus ratos libres, le lanzó un piropo a Arisa. Aquel hombre dijo algo así como que <>. Debe de ser alguna especie de frase hecha para ligar con japonesas, que soy incapaz de entender, pero que se ve que a Arisa le hizo gracia, ya que miró a aquel hombre, asintió con la cabeza y después le hizo una especie de reverencia. Seguramente yokono significa ‹‹chica preciosa›› en japonés, aunque puede tener otro significado, ya que no me acaba de cuadrar el resto de la frase.
En la carpintería pedimos que nos hicieran cuatro estacas. Dijimos que eran para delimitar un terreno en el que plantar un pequeño huerto al lado de casa. Luego Arisa les dio la flecha, y les pidió que hicieran una docena como aquella y que afilasen las puntas. El encargado de la carpintería preguntó para qué eran, y ella le contestó que se iba a presentar a un campeonato de tiro que intentaba recrear armas antiguas y el hombre se lo creyó. Aprovechando que estábamos allí y que también tenían una sección de venta de herramientas, compramos dos mazos para utilizarlos con las estacas. El encargado nos dijo que las flechas estarían disponibles a primera hora de la tarde y quedamos en volver entonces a buscarlas.
Regresamos a casa, y Gabriel ya había vuelto de comprar el cerdo. Lo bajamos al sótano y lo dejamos encima de un congelador que al parecer estaba estropeado y que nadie se había preocupado de sacar de allí, ni siquiera el servicial Meter. Arisa nos pidió que colgásemos al cerdo de una viga del techo, utilizando el gancho metálico que le habían dado a Gabriel en el matadero para que pudiera transportar el bicho con más comodidad. Obedecimos a regañadientes, porque aquel condenado pesaba como un muerto, posiblemente porque lo estaba, y lo colgamos del techo. Arisa salió del sótano corriendo, y un par de minutos después regresó con una de las ballestas y una barra de carmín con la que pintó un corazón de enamorados en el lomo del cerdo. Después de eso, se fue a la otra punta del sótano y nos pidió que nos quitásemos de en medio. Sacó dos gomas de uno de sus bolsillos y se hizo dos coletas. Estaba más espectacular que nunca, y yo descubrí que no era de piedra. Apoyó la culata de la ballesta sobre su hombro derecho, apuntó hacia el animal y clavó la flecha en el centro del corazón de carmín.
―Mucho más fácil de lo que pensaba ―dijo, mientras arrancaba la flecha del cuerpo del animal―.Esta tarde practicaremos con las flechas de madera.
Supongo que Gabriel se quedó más alucinado que yo porque no sabía que su novia era tiradora, pero de todas maneras mi nivel de alucinación era de cantante moderno saliendo de una discoteca de moda. Los poetas pierden el tiempo escribiendo poemas sobre mujeres maravillosas y bellas, pero estoy seguro de que ninguna de esas musas le había clavado a un cerdo una flecha a diez metros de distancia. Aquello sí merecía un poema, aunque no sé si por el flechazo o por las coletas.
Bajamos el cerdo y lo volvimos a colocar encima del congelador averiado. Teníamos que probar a clavarle la estaca. Antes de hacerlo, Arisa dibujó un triángulo con la punta hacia abajo y dijo que eso simularía el esternón. Hizo eso porque, para enseñarnos dónde estaba el corazón, teníamos que poner tres dedos juntos por debajo del esternón y desde allí tres dedos hacia la izquierda del bicho. Ahí se suponía que encontraría¬mos el corazón del vampiro cuando llegase el momento de dar el estacazo. Lo que queríamos lograr con las prácticas de estacazos era comprobar si la estaca se clavaba fácilmente en la carne y adquirir la suficiente maestría para hacerlo de un solo golpe. Bien, la estaca se clavó con cierta facilidad en la carne, pero lo de hacerlo en un solo golpe nos costó algo más, sobre todo a Arisa, que no parecía tener fuerza suficiente para ello, razón por la que decidimos que, por ahora, Gabriel y yo nos dedicaríamos a lo de la estaca y ella a apoyarnos con la ballesta.
A primera hora de la tarde, Arisa y yo fuimos a buscar las flechas de madera a la carpintería. En vez de una docena, nos hicieron veinte flechas, ya que al parecer habían utilizado un bloque de madera para las doce primeras que iba a quedar inservible para hacer cualquier otra cosa, más allá de cuñas para puertas, y era una pena desperdiciar aquella dura madera con esas cuñas. Tuvieron el detalle de no cobrarnos las ocho flechas de más, aunque nos pidieron que si ganábamos algún premio en ese concurso publicitáramos la carpintería al recoger el trofeo. Ya en casa, Gabriel y yo volvimos a colgar el puerco del techo del sótano, pero mi amigo dijo que no quería practicar tiro porque entendía que con dar golpes de estaca tenía más que suficiente. Además, nos dijo que quería ir a comprar dos cosas que se nos habían pasado por alto: hielo para conservar el cerdo y una espada para cortar cabezas de vampiros muertos; muertos por segunda vez.
Antes de empezar las prácticas de tiro, Arisa dibujó en la culata de su ballesta unas letras japonesas que traducidas decían: «La voluntad está en el corazón». Entonces me explicó que ella entendía que si estaba allí, en un sótano húmedo, para practicar con un cerdo lo que a lo mejor después debía hacer con un vampiro, en el fondo era por lo que sentía por Gabriel. Ese comentario me dio una idea y subí a mi habitación a buscar el corazón de escayola de Mary. Luego, ya en el sótano, lo pegué con cola, de un bote medio vacío que encontré por allí, en la culata de mi ballesta.
―¿Qué es M.Q.? ―me preguntó Arisa al ver el corazón
con las tres equis y las dos iniciales.
―Son las iniciales de Mary Quant, mi ex novia.
―¿También vas a matar vampiros porque la amas?
―No, no es por eso. Al decirme tú que habías pensado sobre todo esto de matar vampiros que lo hacías por Gabriel, me he dado cuenta de que yo también lo hago por alguien, por Mary, aunque no por el mismo motivo. A ver, te aseguro que la amo y la echo mucho de menos, pero no es por mi amor por ella por lo que coloco este corazón aquí. Ella me dejó, a mí me dio por llorar y debido a eso conocí a mi tutor, Heathcliff Higgins y él me animó a escribir El juramento.
―Así estás aquí por culpa de ella, de esa Mary, ¿no?
—No lo sé aún. Quiero decir que si todo sale bien y salgo de esta, creo que diría que todo ha sido gracias a ella. Está siendo un verano muy emocionante y os he conocido a vosotros dos. No sé, a lo mejor acabo recordando todo esto con mucho cariño.
—¿Y si no sale bien?
—Si no sale bien, entonces le echaré la culpa a Renée Zellweger o a lord Byron. Bueno, o a los dos a la vez.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 2:33 pm

ranguis ^^

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 31, 2010 5:42 pm

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee(POSTEADO)


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 2:27 am

CUARTA PARTE
UN COBARDE


Capítulo 1
Van Helsing

Transcrito por shuk hing


Practicando el tiro al cerdo descubrí dos cosas: yo no sabía disparar con ballesta y la paciencia no era una de las cualidades más destacables de Arisa. Descartamos que yo cogiera la ballesta porque había roto seis de las veinte flechas estrellándolas contra las paredes, el suelo y el techo del sótano. Solamente alcancé a atinar al cerdo en una ocasión y además le di en un ojo, algo que habría sido genial si fuera ahí donde debía dar y no medio metro más abajo, en otro corazón de carmín dibujado por Arisa. Habíamos empezado las prácticas de tiro de la tarde disparando contra siluetas humanas de papel adheridas al cerdo con alfileres, pero como en mis dos primeros intentos había clavado una flecha en el techo y otra la había partido contra la pared que quedaba detrás del cerdo, dije que no era culpa mía, sino que era mucho más fácil disparar contra un corazón de carmín de Arisa que contra una silueta inerte y negra. Arisa volvió a pintar un corazón de carmín y yo me quedé sin excusas.
Lo de los estacazos me fue mucho mejor. Después de tres días creo que podríamos considerar que ya era casi un experto en clavar estacas a cerdos muertos. Eso sí, Gabriel parecía que eso de clavar estacas lo había hecho toda su vida. Lo que no practicamos fue lo de cortar cabezas con la espada que Gabriel había comprado en un anticuario de Congers. No le dimos importancia al tema espadil y luego me arrepentiría por ello. Decidimos dar por finalizado el entrenamiento enterrando al cerdo en un bosque cercano, en un funeral medio en serio medio en broma, en el que le agradecimos al simpático puerco habernos ayudado en nuestra misión sin haberse quejado en ningún momento por los estacazos y los flechazos que le propinamos. En vez de enterrarlo en aquel bosque, yo había propuesto hacer una barbacoa con él, pero Arisa se puso como loca y me llamó insensible. Gabriel también se negó a la barbacoa final, pero en su caso fue porque lo consideraba directamente repugnante y poco saludable.
Acabado el entrenamiento nos tomamos un día de descanso —que Gabriel y Arisa aprovecharon para irse por ahí como una parejita de escapada de fin de semana— y nos pusimos a planear la aniquilación de nuestro primer objetivo: Samuel Hide. Votamos por unanimidad empezar por él porque era al que más ganas le teníamos.
Lo primero que decidimos era la hora de matarlo. En algunas películas, por torpeza o despiste, algunos matavampiros no entraban en acción hasta el atardecer. Supusimos que era algún ardid de guionista vago para que el vampiro se despertase y darle emoción a la secuencia de turno, pero lo lógico era intentar matar al bicho justo al salir el sol. Lo siguiente que decidimos fue quién le clavaría la estaca, y Gabriel se ofreció voluntario porque supongo que sabía que era mejor estacadero que yo. Íbamos bien, ya teníamos la hora y quién lo haría, pero el dónde tenía un problemilla: ¿cómo íbamos a entrar en su piso?
—Hay que pasar por delante del portero sin que nos vea
—dijo Gabriel—, pero el problema es que la puerta de la calle estará cerrada a esas horas, así que primero tendremos que planear cómo entrar en el edificio.
—No solo eso, Gabriel, aunque logremos entrar en el edificio y pasar por delante del portero sin que nos vea, aún nos quedará encontrar la manera de abrir la puerta del piso del vampiro —señaló Arisa—. Así que tenemos que entrar en el e dificio, despistar al portero y encontrar la manera de entrar en el piso de Hide. Lo veo muy complicado.
—En las películas abren puertas con tarjetas de crédito —dije yo—, podríamos practicar eso y ya tendríamos la manera de entrar en el edificio y en el piso del vampiro.
—Ya, Abel, pero yo no me fío mucho de las películas —dijo Gabriel—. Eso de ir abriendo puertas con tarjetas de crédito me parece poco fiable, yo no me la jugaría.
—Entonces, necesitaremos las llaves de las dos puertas —apunté yo—. ¿Cómo las conseguimos?
—A lo mejor, solamente necesitamos una, la del piso, porque hay una manera de entrar en el edificio, aunque no sé si funcionará —dijo Arisa—. A esas horas no habrá mucha gente por las calles ni habrá tampoco mucho tráfico. Cualquier cosa que pase en la calle, cerca de la puerta del edificio, la oirá seguro el portero si no está dormido en su cuarto. Es que no te lo dijimos, Gabriel, pero en el hall del edificio el portero de noche estaba dentro de un cuarto.
—Sí, ya lo recuerdo —dije yo.
—Bien, pues imaginaos que sois el portero —empezó a explicar Arisa— y que oís que alguien, pongamos que una dulce jovencita con rasgos orientales, pide socorro porque la han asaltado, atropellado o se ha caído delante de la puerta del edificio. Al menos por curiosidad, saldrá a ver qué ha pasado y me encontrará a mí en el suelo, pidiendo ayuda.
—Supongo que llevarás algo puesto que llame un poco la atención, ¿no? —dije yo.
—Sí, tranquilo, me pondré muy mona —me contestó Arisa—, tanto que te va a dar rabia no ser el portero del edificio. Mirad, lo que he pensado es que un hipotético ladrón me roba el bolso y me tira al suelo. El portero sale a socorrerme, intenta que me levante, pero yo le digo que me duele mucho el tobillo y no puedo apoyarlo. Entonces uno de vosotros pasa por allí y ayuda al portero a que me levante. Yo, por si acaso, fingiré tener un ataque de nervios o lo que sea, pues lo que he de conseguir es que el portero me invite a entrar en su cuarto, pero que sea acompañado por alguno de vosotros.
—A ver, un momento, que me centre en tu plan —dijo Gabriel—. A ti te roban o tienes algún tipo de accidente delante del edificio para llamar la atención del portero y, por ejemplo, yo paso por allí en ese momento y entro con vosotros en el cuarto.
—Sí, eso es —dijo Arisa—, y creo que no sería mala idea que fueras vestido con algo que diese la sensación de que eres un repartidor de periódicos o algo así, para que no sea sospechoso que pases por allí.
—Vale, le comentaré el tema a Peter, le diré que necesito un disfraz y seguro que sabe dónde encontrar lo que nos hace falta —apuntó Gabriel.
—Muy bien, ya estamos dentro del edificio y doy por hecho que la puerta se ha quedado abierta —continuó contando Arisa—, así que Abel puede entrar entonces, con una bolsa de deporte donde meteremos la ballesta desmontada y una mochila con la estaca.
—Y con la espada, no te olvides de la espada —señaló Gabriel
—Vale, y la espada —dijo Arisa—. Abel ya puede subir directamente al piso, y tú también, después de dejarme en el cuarto del portero.
—¿Y la llave del piso de Hide? —pregunté yo.
—La llave, necesitamos la llave, claro —dijo Arisa al tiempo que parecía estar buscando algo con lo que responderme.
—Puede que exista una llave maestra en el cuarto del portero —dijo Gabriel.
—Una llave maestra o una caja o un pequeño armario donde guarde copias de las llaves de todos los pisos —dijo Arisa con mucho entusiasmo—. Todos los porteros tienen copias de las llaves de los pisos, por si hay emergencias o el propietario pierde la suya. Sí, ya tenemos la llave que nos falta, la cogeremos del cuarto del portero.
—¿Quién, tú o yo? —preguntó Gabriel.
—Mejor, tú, mientras yo tengo entretenido al portero con mi ataque de nervios insinuante —contestó Arisa.
—¿Sexy ataque de nervios? —pregunté yo.
—No soy buena actriz, pero intentaré que sea un sexy ataque de nervios —me dijo Arisa con un tono de resignación que no sé a qué venía.
—Muy bien, entramos en el cuarto del portero, Abel sube al piso, yo cojo la llave y subo tras él —dijo Gabriel resumiendo el plan de Arisa—. ¿Y tú cuándo subes al piso?
—Pues, no sé... Claro, yo no puedo subir en ese momento porque el portero no me dejará pasar de todas maneras —dijo Arisa un poco preocupada—. Pase lo que pase, saldré del edificio. ¿Cómo puedo entrar y subir al piso?
—Da igual, de entrada para matarlo nos apañaremos Abel y yo —le contestó Gabriel, mientras le acariciaba la mano a modo de consuelo—. En principio tú haces de cebo, el portero pica y Gabriel y yo entramos al piso y matamos al vampiro. A lo mejor, una vez en el piso, vemos que hay otra manera de acceder a él desde la calle. Una salida de incendios o algo así.
—O el aparcamiento del edificio —dije yo—. Si entramos en el piso del bicho ese, quizá encontremos las llaves de la puerta y las del aparcamiento. Bajamos por el ascensor, así no nos ve el portero, y abrimos la puerta del aparcamiento para que entre Arisa y luego volvemos a subir por el ascensor.
—Buena idea, Abel —dijo Arisa antes de darme un beso—. A veces me sorprendes, chico.
—Quizá no sea el plan perfecto, pero no perdemos nada por probar —dijo Gabriel—. A ver, a mí me parece un plan demasiado sencillo para que funcione, pero, como os digo, vamos a probarlo.
—¿Por qué no le ponemos un nombre? —pregunté yo.
—¿Al plan? No sé, Abel, eres muy peliculero, ¿no? —dijo Arisa.
—A mí me parece chulo ponerle nombre —dijo Gabriel guiñándome un ojo—, y tengo uno que le va como anillo al dedo: Operación Van Helsing.
—Muy cutre —replicó Arisa.
—¡Genial! —dije yo.
—Entonces, por dos votos contra uno —dijo Gabriel haciendo el signo de la victoria con los dedos de ambas manos—, mañana tendrá lugar la Operación Van Helsing.
Lo de matar un vampiro es algo que no se hace todos los días y es mucho más complicado que pedir a una niña de siete años que se case contigo, aunque esta niña tenga como amiga a Lucy Simmons. Ya sé que lo que acabo de decir parece obvio, pero yo me di cuenta de ello porque la noche antes de la Operación Van Helsing no pude pegar ojo. Me fui a la cama a las seis de la tarde porque el plan era levantarnos a las cuatro de la madrugada, desayunar e irnos a Nueva York para llegar al edificio donde vivía Samuel Hide coincidiendo con el amanecer. Descansados y bien alimentados, así se suponía que debíamos estar para enfrentarnos al vampiro, pero ni descansé ni me alimenté bien. Ni bien ni mal, ya que tampoco pude comer nada cuando me senté a la mesa de la cocina para tomar aquel desayuno temprano con mis amigos. Al principio Gabriel intentó convencerme de que comiera algo, pero yo le dije que simplemente no podía, que me dolía el estómago y que cualquier cosa que tomara me sentaría fatal. Arisa pareció entender mejor que él lo que me ocurría y propuso que me llevase un par de piezas de fruta por si de camino a Nueva York me sentía algo mejor.
Después del desayuno nos preparamos para el viaje. Gabriel se vistió como un supuesto repartidor de periódicos. La tarde anterior fue a comentarle a Peter que necesitaba disfrazarse de repartidor o de vendedor callejero de periódicos y el buen hombre le consiguió un peto fluorescente y una gorra de un diario neoyorquino que, por estas causalidades de la vida, su hijo pequeño se encargaba de repartir todas las mañanas por Congers. A la gorra y el peto Gabriel añadió una veintena de periódicos que compró en la sección de prensa que Peter tenía en su estación de servicio. Arisa se vistió de ejecutiva de Wall Street, poniéndose el mismo traje gris que llevaba puesto el día que la vi por primera vez en el aeropuerto de Syracuse. Eso sí, en esta ocasión llevaba cuatro botones de la camisa desabrochados, de tal manera que dejaba parcialmente al descubierto un sujetador negro de encaje con un lacito rojo entre sus dos copas. El dejar al descubierto la lencería y un maquillaje que hacía más carnosos sus labios fue lo que daba el toque sexy a su disfraz de ejecutiva agresiva, y se suponía que debía ser suficiente para encandilar a un portero medio dormido de un edificio de Manhattan. Yo iba de pringao salido de algún juego de rol sobre pringaos. Me puse unos tejanos y una camiseta negra y me até la espada, envainada, a la espalda. Esto de la espada en la espalda es lo que me daba la apariencia de haber salido de un juego de rol y lo de que era un pringao, aparte del careto somnoliento que seguramente gastaba, lo daba la bolsa de deporte de Los Ángeles 84 que llevaba en la mano, donde habíamos metido la ballesta de Arisa después de desmontarla. Al final Gabriel fue quien cogió la mochila con la estaca, ya que dijo que en su disfraz no desentonaba que él la llevara colgada a la espalda.
Cogimos el escarabajo alemán y en poco más de una hora lo aparcamos a cuatro manzanas del edificio en el que vivía nuestro objetivo. Los primeros claros del amanecer estaban empezando a azular la noche cuando llegamos a la calle de Samuel Hide. Fue entonces cuando descubrimos que nuestro plan era lamentable. En aquella calle había más gente y movimiento que en un desfile del Cuatro de Julio: repartidores, gente que iba a trabajar, otra que parecía volver a casa tras su turno de noche, etcétera. Si Arisa se tiraba al suelo y empezaba a gritar, teníamos serias dudas de que el portero del edificio de Hide se enterase, y aunque se enterase había más de veinte candidatos en la zona que llegarían antes que él a socorrerla.
—Debimos haber pensado en un plan B —comentó Arisa.
—Sí, pero no os desaniméis, hemos aprendido una lección y eso es importante —dijo Gabriel—. Mañana podemos volver una hora antes y hacer lo que teníamos pensado hacer hoy. Si conseguimos entrar, esperamos una hora escondidos en algún lugar del edificio y al amanecer entramos en el piso del vampiro.
—Entonces puede que mi disfraz de ejecutiva no cuele —apuntó Arisa.
—O sí, puedes ser una ejecutiva que vuelve de una larga cena de negocios —dijo Gabriel—. Te despeinas un poco y ya está. Tranquila, mañana nos saldrá todo bien. Ahora volvamos a casa.
Pero no volvimos. Ocurrió el milagro. Bueno, quizá hablar de milagro en esas circunstancias sea excesivo, pero cuando ocurrió lo que ahora relataré, yo pensé que lo era. Había una furgoneta de una panificadora aparcada frente al edificio de Hide desde la que se estaba repartiendo pan y productos de pastelería a restaurantes y establecimientos de la calle. Dentro de la furgoneta había un hombre que iba cargando unas cajas de plástico verde que entregaba a otro que se encontraba en la calle, el cual colocaba estas cajas en un carrito y se las llevaba a donde se supone que debía llevarlas y luego volvía con ellas vacías. Esto vimos cómo lo hacían en un par de ocasiones, pero cuando llegó la tercera tuvo lugar el milagro. A un coche que parecía circular a una velocidad excesiva, conducido sin lugar a dudas por un neoyorquino, se le reventó una rueda al pasar por encima de un tapa de alcantarilla y fue a empotrarse contra la parte trasera de la furgoneta de la panificadora. No atropelló al repartidor que esperaba recibir las cajas de plástico del interior de la furgoneta de milagro —el segundo de la mañana—, ya que justo antes de que el coche le arrollase, logró saltar y acabó cayendo de morros sobre el capó del vehículo. El airbag del conductor del coche se desplegó, y el repartidor se puso de pie sobre el capó y empezó a patear el parabrisas hasta que logró romperlo. El conductor del coche salió y comenzó a gritarle. El tipo del interior de la furgoneta bajó de ella, se encaró con el conductor y empezaron a pegarse puñetazos. El otro repartidor saltó del capó del coche y se apuntó a la pelea. Entonces salió corriendo el portero del edificio de Hide y se metió en medio del jaleo, intentando que aquella gente se tranquilizase, al tiempo que un montón de curiosos se acercaron al lugar y formaron un círculo alrededor de los boxeadores matutinos.
—Ya tenemos nuestro plan B —dijo Gabriel, señalando la puerta del edificio que el portero se había dejado abierta al salir a pacificar—. Seguidme, muchachos.
Cruzamos la calle a toda prisa, y antes de entrar en el edificio, me volví para ver dónde estaba el portero; el pobre ya estaba en el suelo. No sé quién le había dado, pero alguien le dejó claro que no había sido buena idea meterse en una guerra con repartidores de pan. Gabriel entró en el cuarto del portero y salió un minuto después enseñándonos una llave con una etiqueta en la que se podía leer 6.° C, el piso de Samuel Hide. Al entrar en el ascensor, oímos la sirena de un coche de la policía aproximándose al lugar de la trifulca. Entonces Arisa dijo una cosa curiosa: «Cuando tienes un noble fin, el universo conspira para que lo puedas llevar a cabo». Al salir del ascensor nos encontramos frente a la puerta del piso del vampiro. Había llegado el momento de la verdad. Cabía la posibilidad de que con la llave no tuviéramos suficiente para abrir la puerta, pues a lo mejor un pestillo o una cadena nos impe¬dían abrir la puerta de todas maneras, pero no fue así y entramos sin problemas. El piso de Hide no parecía muy grande, desde la entrada podía verse que la cocina y el salón principal eran una misma habitación dividida por una barra americana. En el recibidor había un pequeño mueble con cajones, un perchero colgado de la pared y un espejo. Según algunas películas, los vampiros no pueden reflejarse en los espejos, pero era una estupidez de tal calibre que ni siquiera lo habíamos apuntado en la tormenta de ideas que tuvimos después de la sesión de cine. Bajo ese espejo y encima del pequeño mueble del recibidor había un juego de llaves unido a un llavero que parecía ser a su vez un dispositivo para abrir la puerta del aparcamiento del edificio. Aparte de estar unido a la cocina, el salón principal daba a tres puertas. La primera de ellas era un armario empotrado en el que encontramos un par de cubos, una fregona, una escoba y productos de limpieza. La segunda puerta era la de un amplio despacho, con una biblioteca que ocupaba dos paredes y una mesa con un equipo informático. La tercera puerta era la de la habitación en la que Samuel Hide dormía.
Antes de entrar repasamos lo que teníamos que hacer y Gabriel sugirió que Arisa no entrara en la habitación, pues era mejor que se quedara fuera para avisarnos si alguien venía. En caso de que la necesitásemos a ella y a su ballesta, la llamaríamos. A Arisa no le gustó mucho la idea y volvió a sacar el tema del machismo americano, pero por dos votos contra uno tuvo que aguantarse.
—Por si acaso, ves montando la ballesta, cariño —le dijo Gabriel—, no sea que nada más entrar te necesitemos.
—Pues entro y así estaremos todos más tranquilos —replicó Arisa—, pero, claro, como soy mujer...
—No es porque seas mujer, Arisa —dijo Gabriel—, es porque por un lado necesitamos tener las espaldas cubiertas y, por otro, no sé lo que nos encontraremos ahí dentro y no voy a dejar que te expongas a un peligro desconocido. ¿De acuerdo?
Arisa asintió con la cabeza y se puso a montar la ballesta. ¡Qué bueno era Gabriel! «No voy a dejar que te expongas a un peligro desconocido.» Genial. ¿Y yo qué? No, a mí se me puede exponer alegremente a todos los peligros desconocidos del planeta. Cuando Arisa acabó de montar su ballesta y la cargó con una flecha, Gabriel y yo entramos en la habitación de Hide, que era una especie de suite con cuarto de baño incorporado. Como era lógico, estaba totalmente a oscuras, así que tuvimos que abrir un poco la puerta y pedirle a Arisa que encendiera la luz del salón para que entrara un poco de esa luz artificial y no actuar a tientas. Lo primero que nos sorprendió después de que la luz iluminase levemente la habitación es que Samuel Hide llevaba un pijama a rayas. O sea, no es que no estuviera durmiendo en un ataúd, como la mayoría de sus colegas de las películas —otra de esas cosas que no habíamos tenido en cuenta por su ridiculez poco práctica—, sino que además el pollo llevaba un pijama a rayas. Lo segundo que nos sorprendió es que Hide roncaba. ¿Un vampiro roncando? A ver, era sorprendente porque no salía algo así en ninguna película, pero no estaba exento de lógica ya que eso demostraba que estaba durmiendo a pierna suelta y en los filmes los vampiros dormían tan profundamente que se les podía clavar una estaca sin despertarles antes. Gabriel me hizo una señal para que desenvainase la espalda y él sacó de la mochila la estaca y el mazo.
—Bueno, Abel, vamos a ello —me susurró Gabriel—. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy algo mareado y un pelín nervioso —le contesté.
—Ya, por no comer, tío,
—Bueno, por eso y porque la situación creo que da para marearse y algo más.
—Tranquilo, acabaremos enseguida.
Gabriel se acercó a Samuel Hide, colocó sus dedos encima del pecho para encontrar, siguiendo el método Arisa, dónde estaba el corazón y, una vez lo encontró, apoyó la punta de la estaca. Entonces se volvió, me guiñó un ojo, tomó aire y dio un golpe seco a la estaca con el mazo. El vampiro se incorporó en el momento en que la estaca se incrustó en su pecho. Instintivamente Gabriel y yo dimos un par de pasos atrás. El vampiro miró su pecho, del que sobresalía un pedazo de la estaca por la que empezaba a chorrear un fino hilo de sangre, nos miró y empezó a gritar, pero sus gritos fueron rápidamente sofocados por la sangre que empezó a manar de su boca. Era evidente que el golpe de Gabriel había sido certero y que aquel vampiro estaba a punto de perecer. Sin embargo, el pobre diablo no se daba por vencido y, en el último esfuerzo de su agonía, cogió la estaca con las dos manos, intentando arrancársela del pecho. Al ver las intenciones del vampiro, Gabriel se acercó a él y le golpeó con el mazo en la frente. El golpe dejó al vampiro sin las últimas fuerzas que le quedaban, sus manos soltaron la estaca y su cuerpo, ya sin vida, empezó a tambalearse y poco después cayó hacia atrás.
—Como en las películas —dijo Gabriel—, ha sido como en las películas. Bueno, menos por lo del pijama a rayas y el mazazo, pero en esencia igualito que en las películas.
Gabriel metió el mazo en la mochila y se dispuso a arrancarle la estaca al vampiro, pero esta estaba tan incrustada que hacía inútiles sus esfuerzos. Tras varios intentos, me hizo un gesto con la cabeza para que me acercase a la cama y me pidió que sujetara fuertemente los hombros del cadáver. Gabriel se subió a la cama, se puso de rodillas sobre el vampiro, cogió la estaca y la arrancó de su pecho. A la estaca se le había partido la punta, quizá al rozarse con una costilla, y estaba completamente bañada en la sangre de aquel desgraciado. Gabriel la limpió restregándola sobre las sábanas, bajó de un salto de la cama y metió la estaca en la mochila.
—Yo ya he acabado con lo mío —dijo Gabriel—. Ahora vas tú, coges la espada y le decapitas.
—¿Que he de cortarle la cabeza? —pregunté extrañado. —Claro, para eso hemos traído la espada. Yo le daba el estacazo y tú le cortabas la cabeza.
—Pensaba que la espada era para otra cosa. —¿Para qué?
—No sé, para defendernos de un ataque inesperado... —Yo creo que quedó claro que era para cortarle la cabeza, como a la pelirroja aquella de Drácula de Bram Stoker. Cuando estábamos viendo la película, dije que si teníamos que hacer eso yo me pedía clavar la estaca y que otro se encargara de cortarle la cabeza al bicho. Y nadie puso ninguna pega.
—Pues yo no te oí.
—Pues te juro que lo dije, y si no, después se lo preguntamos a Arisa.
—No quiero decir que no lo dijeras, sino que no te oí decirlo.
—Da igual que lo oyeras o no, de todas maneras somos un equipo y yo he clavado la estaca, así que a ti te toca la decapitación.
—¿Crees que es necesario?
—Por supuesto que lo es, a la pelirroja le cortaban la cabeza.
—Pero es que ella era la novia de alguien, era por hacerle un favor, y este tío no es nadie y encima ha matado a tu padre.
—No me jodas, Abel, hemos seguido el ritual y funciona. Así que, hala, a cortarle la cabeza.
—Es que nunca he decapitado a nadie.
—¿Y crees que yo me he pasado la vida clavando estacas?
—¿No podemos volver con un hacha?
—No, mejor aún, nos vamos y volvemos con una guillotina —dijo, utilizando un tono sarcástico que no me gustó nada—. Me estás empezando a poner nervioso. En la película era una espada, y una espada es lo que tenemos que utilizar, tío. ¿Lo vas a hacer o no?
Asentí con la cabeza y cogí la espada. Gabriel movió el cadáver para que su cabeza quedara colgando en el borde de la cama y se sentó encima del vampiro para que su cuerpo no se moviera al golpearle con la espada. Cerré los ojos, tomé aire y me concentré unos segundos en lo que estaba a punto de hacer. Entonces, justo antes de dejar caer con todas mis fuerzas la espada sobre el cuello del vampiro, me vino a la mente el momento en el que Mary me contó emocionada que se llamaba igual que la inventora de la minifalda. No sé por qué pensé eso, quizá porque necesitaba una imagen dulce que me hiciera olvidar lo que estaba a punto de hacer. Oh, Mary, mi amor, cuánto te añoro...
—¡Córtale la cabeza de una puta vez! —me gritó Gabriel muy alterado.
Volví a tomar aire y... ¡Agua! No le di de lleno, la espada no cayó recta, sino que lo hizo un poco inclinada y, en vez de lograr un tajo profundo, lo que conseguí fue separar de aquel cuerpo una rebanada de carne de cuello de vampiro. Aun así la rebanada fue gruesa, tanto que se podía ver un atisbo del comienzo del hueso del cuello. Gabriel encendió la luz de la habitación, volvió a ponerse encima del vampiro y me pidió que volviera a darle con la espada. En el segundo intento conseguí cortar aquel cuello casi totalmente. Atravesé el hueso y parte de la carne que había tras él, pero aún quedó un pequeño fragmento que permitía que la cabeza siguiera unida al cuerpo. Gabriel se bajó de la cama y cogió la cabeza del vampiro para ponerla en posición horizontal y yo le propiné el tercer golpe de espada. Sí, por fin, le corté la cabeza al bicho. Le corté la cabeza al bicho y vomité encima del cuerpo del vampiro algo de bilis y un trozo de comida sin identificar que se ve que llevaba dos días en mi estómago. Gabriel tiró la cabeza del vampiro encima de la cama y me abrazó para tranquilizarme. «Ya está, tío, ya está. Eres el mejor», me dijo. Luego salió de la habitación para entrar poco después acompañado de Arisa quien, como si estuviera viendo una película de miedo, tuvo la instintiva reacción femenina de taparse los ojos con una mano. Al ver a Arisa hacer eso, me di cuenta de que el panorama en aquella habitación era para taparse los ojos y mucho más: un cuerpo decapitado embutido en un pijama a rayas sobre una cama llena de sangre y con un charquito de vómito en el pecho. Esto tampoco lo habíamos visto en ninguna película.
—¿Por qué le habéis cortado la cabeza? —preguntó Arisa tras destaparse los ojos y mirar con atención aquella escena lamentable.
—¿Cómo que por qué? Pues porque se ha de hacer así —contestó Gabriel—. ¿No te acuerdas de lo que le hacen a la pelirroja en Drácula de Bram Stoker?
—Pero, Gabriel, cielo, a ella le hacen eso porque era la novia de uno de ellos y amiga de Mina —contestó Arisa—. Le cortaron la cabeza para hacerle un favor.
—Eso es precisamente lo que yo le he dicho, Arisa —dije yo.
—A la pelirroja le cortan la cabeza porque era una vampiro, no por hacerle un favor —insistió Gabriel—. Hemos hecho lo que salía en la película, clavarle la estaca y cortarle la cabeza. ¿Para qué he comprado la espada si no era para eso?
—Yo pensé que era un capricho tuyo —dijo Arisa—. No pensé que tuvieras la intención de cortarle la cabeza al vampiro.
—Pues ya está hecho y creo que se debe hacer así —dijo
Gabriel.
—Pues yo voto para que al siguiente no le cortemos la cabeza —señaló Arisa.
—Pues yo también voto lo mismo —dije yo—, así que dos contra uno, al próximo vampiro le dejamos la cabeza puesta.
—A veces la democracia solamente sirve para aprobar estupideces —sentenció Gabriel—. De acuerdo, ganáis vosotros, ya no decapitaremos a nadie más. ¿Qué hacemos ahora con este?
—Hemos de sacarlo de aquí, eso está claro —contestó Arisa—. Tenemos que deshacernos del cadáver para que los demás vampiros no sepan que nos lo hemos cargado y así seguir pillándoles por sorpresa.
—Creo que lo que podríamos hacer es desintegrarlo —prpuse yo—. Levantamos la persiana y el sol lo convertirá en cenizas y así nos desharemos de los restos con más facilidad.
Gabriel me hizo caso y levantó la persiana. La luz del sol entró en la habitación del vampiro, pero su cuerpo no se deshizo. Arisa dijo que a lo mejor la luz eléctrica impedía que la del sol pudiera actuar en toda su intensidad, pero después de apagar la lámpara del techo, el vampiro seguía sin desintegrarse. Entonces pensamos que a lo mejor el vidrio de la ventana impedía que los rayos del sol entraran directamente, provocando algún tipo de refracción que evitaba la descomposición del cadáver de Hide. Gabriel abrió la ventana y tampoco sirvió para nada. Lo siguiente que se nos ocurrió fue que la luz del sol aún no era lo suficientemente intensa para conseguir nuestro propósito y que quizá deberíamos esperar hasta el mediodía.
—De acuerdo, esperaremos hasta el mediodía —dijo Gabriel—, pero tengo la impresión de que esto no va a funcionar.
—Pues todas las películas coinciden en el tema del sol aniquilador de vampiros —señalé yo.
—Ya, y en los ataúdes, pero eso no es cierto y puede que lo de la luz del sol tampoco —dijo Gabriel—. De todas maneras, esperaremos a ver qué pasa.
—Y mientras, ¿qué hacemos? —pregunté yo.
—Si os parece, podríamos limpiar este estropicio —propuso Arisa—. En el armario de fuera había muchas cosas que nos pueden ser útiles.
Arisa salió de la habitación, pero volvió a entrar enseguida y sin ningún artilugio de limpieza.
—Acaba de entrar alguien en la casa —dijo Arisa en voz baja.
—¿Quién? —pregunté yo.
—Me parece que es una asistenta —contestó Arisa.
—¿Te ha visto? —preguntó Gabriel.
—No, no me ha visto. He oído la puerta abriéndose, me he asomado un segundo y he visto a esa mujer con dos fregonas y una bolsa, pero ella no me ha visto.
—¿Y qué hacemos? —pregunté yo muy preocupado.
—Guardar silencio y esperar que a ella no se le ocurra entrar —dijo Gabriel.
Escuchamos canturrear a la señora aquella por espacio de diez minutos y cómo se movía de un lado a otro de la casa.
Todo parecía indicar que la mujer no entraría en la habitación de Hide, ya que seguramente sabría que él dormía a esas horas. Pensar eso hizo que nos relajásemos un poco, pues el peligro era mucho menor del que en un principio creíamos que íbamos a correr. Ese relajamiento acabó en tragedia, ya que, para aprovechar el tiempo, decidí coger la espada y envainarla de nuevo. La espada se me resbaló de las manos y cayó al suelo. La asistenta dejó de canturrear. Pudimos escuchar sus pasos acercándose a la habitación, y cuando llamó a la puerta con sus nudillos, sentí que era el fin.
—Señor Hide, ¿está despierto? —preguntó aquella señora desde el otro lado de la puerta.
Hubo un segundo de silencio eterno. Un segundo en el que me vi a mí mismo detenido por la policía o destrozado en manos de una jauría de vampiros. Un segundo que fue el preámbulo del numerito de Arisa.
—¡Oh, sí, sigue, no pares, no pares —empezó a exclamar Arisa entre gemidos—, fóllame como tú sabes, animal! ¡Muérdeme, soy tuya, toda tuya! ¡Sí, así me gusta, sigue, sigue!
Arisa montó aquel número sentada en la cama de Hide y dando pequeños saltitos para que se oyera el crujir del somier y el cabezal golpeando contra la pared. Mientras Arisa hacía eso, Gabriel estaba con la oreja pegada a la puerta, para avisarnos cuando la asistenta se largase de allí. Yo también colaboré en el plan improvisado por Arisa. Mi cometido consistió en limpiarme la baba que me caía y en evitar que lo que estaba pensando al ver a Arisa de aquella manera se convirtiera en frases que salieran por mi boca. ¡Madre del amor hermoso, qué mal lo pasé! Además la señora aquella seguía sin moverse del otro lado de la puerta, al parecer era una voyeur auditiva. Gabriel le hizo una señal a Arisa para que acabara con su espectáculo, con la intención de que la asistenta se largase, y ella lo acabó a lo grande (aquí sí que me puse muy malo de verdad). Lo acabó tan a lo grande que la cabeza del vampiro salió despedida de la cama y llegó rebotando hasta mis pies.
¡Qué cosa más horrible! Instintivamente le pegué una patada y la colé en el cuarto de baño, cuya puerta estaba a la izquierda de la cama. La señora fisgona se alejó de la puerta, pues ya había acabado lo interesante para ella, y nosotros suspiramos aliviados. Volvimos al estado de silencio absoluto previo a mi accidente con la espada y no hablamos de nuevo hasta que oímos la puerta de la calle abriéndose y cerrándose de un portazo, indicándonos que la asistenta había abandonado el piso.
—Por un pelo, chicos, por un pelo —dijo Arisa—. Me he manchado las manos de sangre, qué asco. Voy al cuarto de baño a asearme un poco.
—Cuando salgas, tráete la cabeza —dijo Gabriel.
Arisa entró en el cuarto de baño y le pegó una patada a la cabeza del vampiro.
—Yo paso de coger eso con las manos —dijo mientras abría el grifo del lavabo.
—Cógela tú, Abel, y déjala encima de la cama —me ordenó Gabriel.
—De acuerdo —dije mientras me agachaba a recogerla, cosa de la que no me quejé porque de hacerlo mis amigos me habrían saltado a la yugular con el tema de la cagada de la espada, y con razón—. Aparte de lo del pijama a rayas, lo que hemos descubierto es que los vampiros follan. A la asistenta no le ha extrañado que estuviera con una mujer.
—Cuida tu vocabulario que hay una señorita en la habitación —me dijo Gabriel al tiempo que me pegaba una colleja.
—¿Que cuide mi vocabulario porque hay una señorita en la habitación? ¡Pero si ella ha soltado más palabrotas hace un rato que yo en toda mi vida!
—No es lo mismo, ella estaba actuando —me replicó Gabriel.
—Pues aparte de follar, parece que los vampiros toman somníferos —dijo Arisa saliendo del cuarto de baño con un frasco de pastillas—. Además, los de este eran muy fuertes.
—¿Un vampiro que toma somníferos para dormir? —pregunté yo extrañado.
—Hombre, piensa que en una gran ciudad hay mucho ruido, no es como en la Rumania de las películas —contestó
Gabriel buscándole la lógica a algo que a mí me parecía que no la tenía.
—¿Qué hacemos, esperar un par de horas más a ver si se deshace el condenado? —preguntó Arisa.
—Sí, será lo mejor, pero yo cada vez tengo más claro que el sol no nos va a echar una mano —contestó Gabriel.
A las doce del mediodía, Samuel Hide seguía entero. Bueno, decapitado, pero entero. Definitivamente los vampiros no quedaban convertidos en cenizas bajo la luz del astro rey. Aho-ra teníamos un problema y grave. ¿Cómo nos desharíamos de aquel cadáver? Encontramos la solución en el inmenso vestidor que tenía Samuel Hide en la habitación y que en un principio pensamos que solamente era un armario empotrado de tamaño normal. Había allí dentro más ropa y zapatos que en todas las tiendas de mi pueblo juntas. Al fondo del vestidor encontramos un baúl en el que metimos el tronco y la cabeza de Samuel Hide envueltos en una sábana. Decidimos que sacaríamos el baúl y su contenido del piso bien entrada la noche, para no toparnos con ningún vecino del edificio.
Gabriel y yo fuimos al aparcamiento, pues nuestro plan era bajar el baúl hasta allí y meter el cadáver en el maletero del coche del vampiro, para después llevarlo hasta Congers y enterrarlo al lado de nuestro cerdo de prácticas. Ya en el aparcamiento, mi amigo apretó el botón de la llave del coche que había cogido del mueble del recibidor y un pitido acompañado de un destello de focos e intermitentes nos permitió descubrir cuál era el vehículo de Hide. Se trataba del mismo Vampmóvil que Arisa y yo habíamos seguido hasta el puerto de Nueva York la noche en la que su propietario mató al señor Shine. Entramos en el coche y le expliqué a Gabriel que con los botones que había en la puerta se activaba el dispositivo que hacía salir las placas metálicas. Hicimos la prueba y, efectivamente, las placas aparecieron, como lo habían hecho cuando yo toqué los botones traseros por error en el viaje de Syracuse a Ithaca. No apareció ninguna placa que cubriera las lunas delanteras, lo cual tenía sentido, ya que en un principio nosotros habíamos pensado que las placas metálicas eran para evitar que la luz del sol entrara en el coche, pero el hecho de que Hide no se hubiera convertido en cenizas significaba que los vampiros no necesitaban ese tipo de protección. ¿Para qué servían, entonces, esas placas? Gabriel me pidió que fuera a la parte de atrás del coche y que intentara bajar las placas apretando el mismo botón que apreté en aquella ocasión. Bajé del coche, me subí a la parte de atrás y apreté el botón, pero las placas no bajaron.
—Lo que suponía —dijo Gabriel.
—A lo mejor desde aquí atrás no pueden bajarse —señalé yo.
—No, no es por eso. He apretado un botón que bloquea el dispositivo. Prueba ahora y verás como sí consigues bajarlas.
—De acuerdo —dije mientras apretaba de nuevo el botón, que en esta ocasión sí consiguió que bajaran las placas—. ¿Por qué crees que el conductor puede bloquear el sistema? ¿Es para evitar accidentes?
—No, es por otra razón. Es porque esto no es un Vampmóvil, sino un Secuestromóvil. Meten a la gente atrás, como hicieron con mi padre, la separan del conductor y cubren las lunas para que no sepa adónde se dirigen. Además, también he encontrado un botón para bloquear las puertas traseras. Prueba a abrir una, ya verás como no puedes.
Efectivamente, el botón que había apretado Gabriel bloqueó las puertas traseras del Secuestromóvil. Me parecía un poco exagerada toda aquella maquinaria para conseguir el mismo efecto que se logra maniatando a una persona y colocándole una venda en los ojos, pero los vampiros son seres muy extraños y al parecer necesitan toda esa parafernalia para sentirse seguros.
Mientras esperábamos a que anocheciera, comimos y bebimos a costa de nuestra primera víctima. Los vampiros no solamente dormían en pijama, roncaban, practicaban sexo y tomaban somníferos, sino que además comían de todo —verduras, pescado, carne, dulces, pasta— y bebían vino —de excelentes cosechas, según Arisa— y otros licores. Lo de la sangre debía de ser un extra, algo que les daba más fuerza o que formaba parte de un ritual para seguir siendo vampiros inmortales, pero lo que estaba claro era que no la bebían como alimento porque podían comer de todo. Después de comer Gabriel nos dijo a Arisa y a mí que intentáramos dormir un poco, mientras él se quedaba de guardia. Arisa se tumbó en el sofá y yo me quedé dormido en uno de los sillones de aquel pequeño salón.
A eso de las once de la noche, Gabriel nos despertó. Creo que si no lo hubiera hecho, habría sido capaz de dormir dos días seguidos. Gabriel y yo sacamos a rastras el baúl del piso, mientras Arisa llamaba al ascensor. Bajamos al aparcamiento y yo cogí el Secuestromóvil y lo acerqué hasta el ascensor. Abrimos el baúl y metimos el tronco y la cabeza de Hide en el maletero. Arisa preguntó si teníamos que volver a subir al piso para dejar allí el baúl, y Gabriel le dijo que no hacía falta, ya que en aquel aparcamiento había una especie de cuarto trastero donde, al parecer, los vecinos abandonaban cosas inútiles. Allí dejamos el baúl y subimos al coche, Gabriel y yo delante y Arisa detrás con la bolsa de deporte, la espada, la mochila y su ballesta. Nuestra intención era llevar a Arisa hasta el Volkswagen y que ella lo condujera hasta Congers siguiéndonos de cerca. Esa era nuestra intención, pero un puñetero vampiro de madre alemana y un semáforo de mierda nos obligaron a cambiar de planes.

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 2:29 am

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee(POSTEADO)


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Shuk hing(POSTEADO)

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Shuk hing


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Virtxu
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Traductora *Diseñadora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Aries Mensajes : 348
Rango : 54
Edad : 29
Fecha de inscripción : 09/02/2010
Localización : España

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 2:38 am

Gracias por ayudarme Shuk!!!^^
ranguitos!!! Very Happy

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 7:04 am

Gracias chicas, ahorita los leo!!

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 10:15 am

Me han hecho reír muchísimo estos capis, sobre todo con sus reseñas de las películas :manga17: Y ya me late que ni son vampiros y estos mensos los están matando :jiji:

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 01, 2010 8:35 pm

¡Ranguitos!! gracias Shuk :pompones:
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 02, 2010 11:23 am

gracias shuk!!!

para mañana subo el siguiente jejeje que me pilló el toro :usagi2:

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 02, 2010 4:46 pm

Ranguitos a todas las que me faltaba.

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 02, 2010 8:23 pm

^^ al final me dio tiempo hoy de copiarlo XDD


2
Por una cabeza

Nos topamos con Helmut Martin al salir del aparcamiento. Seguramente había quedado con Samuel Hide para ir esa noche por ahí a cometer juntos sus fechorías vampíricas y por eso nos lo encontramos caminando por la acera del edificio en dirección a la puerta del mismo. Pasamos junto a él y no nos vio, pero cuando le rebasamos comenzó a correr detrás de nosotros gritando: «¡Samuel, para, que estoy aquí!». Arisa y yo miramos a Gabriel, y éste resopló, negó con la cabeza y, por supuesto, no se detuvo. Helmut se paró de repente y se puso a llamar por su móvil. Nos habíamos librado de él, pero hace muchos años a algún imbécil que no tenía nada mejor que hacer se le ocurrió inventar un buen día el semáforo y uno de estos simpáticos artilugios nos obligó a detenernos en el segundo cruce que encontramos en nuestro camino. ¡Mierda de semáforos con sus lucecitas de las narices! Al ver que nos deteníamos, Helmut se puso otra vez en marcha, corriendo muy rápido para alcanzar nuestro coche antes de que el semáforo se pusiera otra vez en verde. Gabriel se volvió y le dijo a Arisa que pasara a la parte delantera sin salir del coche y que con ella trajera todos los trastos que había detrás. Arisa obedeció, y cuando ya estaba acurrucada contra mí en mi asiento, Gabriel me pidió que me volviese y abriese la puerta trasera de mi lado del coche. Me estiré todo que pude y logré abrir la puerta, momento que aprovechó Gabriel para activar el dispositivo de las placas metálicas. El semáforo cambió a verde, pero Gabriel no se puso en marcha hasta que oyó que la puerta trasera se había cerrado. Entonces comprendí que acabábamos de secuestrar a Helmut Martin.
—¿No me has visto antes, Samuel? —preguntó el vampiro, pero no recibió respuesta—. Samuel, ¿por qué están las placas puestas? ¿Se ha estropeado el dispositivo? ¿No me oyes? Para y pasaré a la parte de delante. Para, por favor. ¿Estás sordo? ¿Te crees que esto es gracioso? ¡Para ahora mismo!
No fue por orden suya, sino por otro semáforo por lo que Gabriel detuvo de nuevo el coche. Oímos cómo Helmut intentaba abrir la puerta.
—Samuel, la puerta no se abre. ¿Has bloqueado las puertas, Samuel? Me estoy empezando a cabrear, te lo juro. ¡Desbloquea las puertas, joder!
Nos pusimos en marcha de nuevo y Helmut empezó a golpear la placa metálica que nos separaba de él, mientras profería todo tipo de insultos y amenazas en inglés y alemán. Gabriel nos preguntó en voz baja si seríamos capaces de indicarle dónde mataron Helmut y el otro vampiro a su padre. Yo le contesté que no sabría llevarle hasta allí, pero Arisa dijo que si era capaz de llevarnos hasta el puerto, una vez allí ella podría guiarle hasta el almacén en el que murió su padre. Gabriel musitó un «gracias» y Arisa le besó en la boca, luego se volvió y me besó en una mejilla. No era un beso en el mismo lugar, pero creo que para ella y para mí significaba lo mismo que el que le acababa de dar a Gabriel.
Poco antes de llegar al puerto, nuestro vampiro secuestrado se cansó de aporrear la placa de metal y se dedicó solamente a seguir insultando y amenazando a Samuel Hide. Una vez en el puerto, Arisa guió sin problemas a Gabriel hasta el almacén en el que asesinaron al señor Shine. Gabriel detuvo el coche y me pidió que saliera y comprobara si podía abrir la puerta del almacén de par en par para entrar con el coche en él. Hice lo que me pidió y lo que comprobé fue que no se podían abrir las puertas porque estaban unidas con un candado.
—Habría estado bien cargárselo aquí dentro, pero la diosa Venganza, si es que existe, no ha querido que fuera así—dijo Gabriel algo apesadumbrado.
—No hables de venganza, sino de justicia —le dijo Arisa—. Justicia por lo de tu padre y por lo de todas las víctimas de estos demonios.
—¿Qué hacemos? —pregunté yo—. ¿Volvemos a Congers y lo matamos allí?
—No, lo mataremos aquí mismo —contestó Gabriel— Da igual que no pueda ser dentro del almacén, pero este tipo va a morir esta noche en Nueva York.
Gabriel volvió a arrancar el coche y lo llevó hasta el estrecho callejón que separaba el almacén donde había muerto su padre del siguiente. Paró el coche y nos pidió que saliéramos armados con la espada y la ballesta. Cuando ya estuvimos Arisa y yo fuera, salió Gabriel y abrió la puerta trasera del coche. Helmut salió del interior de un salto y se encontró frente a frente con sus tres enemigos.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —preguntó Helmut extrañado—. ¿Y Samuel?
—Tu amigo Samuel está decapitado en el maletero del coche —contestó Gabriel.
—¿Lo habéis matado vosotros? Por favor, no me hagáis reír —dijo el vampiro—. Esto debe de ser alguna broma estúpida.
—No es ninguna broma. Le hemos matado y ahora te vamos a matar a ti —dijo Gabriel—. Arisa, dispárale.
—¿Arisa? Ah, eres tú, pensaba que eras una puta disfrazada de Guillermina Tell —dijo Helmut entre risas.
—¡Puta lo será tu madre! —gritó Arisa antes de disparar la ballesta.
La flecha alcanzó al vampiro en el hombro izquierdo. Gabriel me hizo una señal para que me abalanzara sobre él y le clavara la espada. Corrí hacia el vampiro a toda velocidad y lo atravesé con la espada a la altura del estómago. Helmut me pegó un puñetazo que me lanzó varios metros hacia atrás, espada en mano. Desde el suelo vi que su cara se transformaba en la del monstruo que realmente era y que sus ojos se enrojecían. Esa mutación ya la había visto cuando nos enfrentamos a Julia Hertz, por eso no me sorprendió, pero lo que sí lo hizo fue comprobar que la herida que le había infligido con la espada parecía que jamás había existido. No sé cómo se cerró esa herida, solo sé que ya no estaba allí.
—¡Ahora os vais a enterar de quién soy yo! —gritó Helmut mientras arrancaba la flecha de su hombro, cerrándose también instantáneamente la herida que esta había producido.
Por suerte no nos acabamos de enterar de quién era ese vampiro, ya que Arisa disparó por segunda vez su ballesta y en esta ocasión la flecha atravesó el corazón de la bestia. Helmut miró la flecha clavada en su pecho, dijo algo en alemán y cayó de frente mientras su cara volvía a su estado humano y sus ojos dejaban de ser rojos.
—¡Las flechas de madera funcionan! —exclamó Arisa.
—Funcionan si quien las dispara tiene tu puntería, cariño —dijo Gabriel mientras la abrazaba.
—Cuando fallé el primer tiro pensaba que nos iba a matar —dijo Arisa—. Suerte que el ataque de Abel me ha dado tiempo para poder cargar la ballesta de nuevo. Dame un abrazo, Abel.
Me abracé a Arisa y casi lloro de la emoción. Luego me abrazó Gabriel, y no sé por qué, pero no me emocioné ni nada.
—Bueno, matavampiros, ahora hemos de volver a Congers y enterrar a estos dos cerdos al lado del otro —dijo Gabriel.
Arisa abrió el maletero del coche, y Gabriel y yo cogimos a pulso a Helmut y lo colocamos al lado de su amiguete Samuel. Bueno, más que colocarlo, lo apretujamos a duras penas junto a Hide. Después de cerrar el maletero, el pesado de Gabriel volvió a abrazarme mientras me decía que había sido muy valiente. Esperaba que Arisa también me abrazase de nuevo, pero no, por desgracia ella ya estaba dentro del coche, esperando a que nos pusiéramos en marcha de nuevo.
El enterramiento de los vampiros fue algo problemático. Para empezar, no podíamos acceder en coche al lugar en el que habíamos enterrado al cerdo, ya que, supongo que debido al estrés de la situación provocada por la aparición de Helmut, no nos dimos cuenta de que nos habíamos dejado el Volkswagen en Nueva York hasta que llegamos a Congers. Cuando enterramos al cerdo, lo montamos en la parte trasera del pequeño utilitario y pudimos entrar en el bosque pasando entre el espacio que había entre los árboles del lugar sin problemas. No nos la jugamos a probar a hacer lo mismo con el coche japonés o con el Secuestromóvil, sobre todo porque era de noche y la visibilidad casi nula. Al final nos decantamos por una carretilla que encontramos en el garaje de la casa para llevar los cadáveres hasta el cementerio porcino. Intentamos llevar los cuerpos de los dos vampiros a la vez, pero pesaban demasiado, así que decidimos que haríamos el enterramiento previsto en dos fases: en la primera enterraríamos a Hide y en la segunda a Helmut. Arisa no se apuntó a la fiesta de enterramiento; se encargó de preparar algo para cenar, mientras nosotros hacíamos el trabajo sucio.
Samuel Hide se dejó enterrar muy bien. La tierra del lugar era mucho menos compacta que la de la tumba de Helen Shine —algo que ya habíamos comprobado al enterrar al cerdo—, cosa que hizo que caváramos su tumba en menos de diez minutos, en parte porque solamente tenía un metro de profundidad. Tiramos el cuerpo y la cabeza en el hoyo, y Gabriel, en vez de decir una oración, soltó una maldición y yo dije una tontería del estilo «así te lo pensarás mejor la próxima vez que quieras matar a alguien». Antes de volver a buscar el cuerpo de Helmut, cavamos su tumba, aprovechando que habíamos entrado en calor.
Helmut Martin demostró ser un tipo de esos que es capaz de tocarte las narices incluso después de muerto. En primer lugar, era más largo que la tumba que habíamos cavado para él. Habíamos cometido el error de hacerla del mismo tamaño que la de Hide, con la misma longitud y la misma profundidad, y Helmut era diez centímetros más alto que el vampiro cojo. Entonces probamos a enterrarlo sentado, pero como solamente habíamos cavado un metro, la cabeza del vampiro quedaba fuera de la tumba. Al final lo que hicimos fue enterrarlo en posición fetal, incrustándolo de una manera que ya no recuerdo entre el fondo y las paredes de la tumba. Lo que me pareció más curioso de haberlo colocado en la tumba de aquella manera fue que, como aún tenía la flecha de Arisa clavada en el pecho, daba la sensación de que el vampiro estaba haciendo un último esfuerzo por arrancársela. Después de comprobar que el cuerpo no sobresalía por ningún lado, comenzamos a enterrarle y creo que no tardamos ni dos minutos en cubrir la tumba completamente. Nos disponíamos a regresar a casa, cuando, por estas cosas del maravilloso mundo de los vampiros, un brazo de Helmut brotó de la tierra en la que lo habíamos enterrado como si de una flor primaveral se tratase.
—Creo que deberíamos cavar una tumba más profunda —propuso Gabriel.
—Es que estoy muy cansado —dije yo—. ¿Por qué no tapamos la mano con unas ramas y venimos mañana y cavamos lo que sea?
—¿No conoces el dicho «no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy»?
—Sí, lo conozco, pero es un dicho que creo que no tiene en cuenta a los vampiros, se aplica solo a cosas normales y corrientes, como cortar el césped, limpiar la cocina, cambiar una rueda desgastada...
Ni me dejó acabar la frase. Gabriel cogió una pala y empezó a cavar la nueva tumba de Helmut, y yo no tuve más remedio que ponerme también manos a la obra. La nueva tumba que cavamos tenía dos metros de longitud, uno de anchura y uno y medio de profundidad, o sea, casi una piscina. Tirarnos a Helmut en su interior, lo cubrimos y nos largamos del cementerio de animales/vampiros. Antes de entrar en la casa, dejé la carretilla y las palas en el garaje, y Gabriel cogió la espada, la ballesta y la mochila con la estaca de la parte trasera del coche.
—La espada, ya que habéis decidido que no hay que cortar más cabezas, me la quedaré de recuerdo —dijo Gabriel—, y cojo la ballesta porque a lo mejor esta noche me bajo al sótano a practicar un poco de tiro.
—¿Ahora te apetece aprender a disparar con la ballesta? —pregunté con tono de reproche.
—Sí, por si acaso. Esta ballesta nos ha salvado el cuello hoy, así que mejor que uno de los dos sepa manejarla por si no podemos contar con Arisa en algún momento.
Gabriel dejó la ballesta, la espada y la mochila en el vestíbulo de la casa, junto a la puerta, y pegó un grito a Arisa para avisarla de que ya habíamos vuelto. Arisa apareció pocos segundos envuelta en una gran toalla blanca y con el cabello mojado.
—Ah, ¿ya estáis de vuelta? ¿Cómo ha ido el entierro? —preguntó Arisa.
—Bien, Helmut nos ha dado más trabajo del esperado, pero ya tenernos a la parejita enterrada —contesté yo.
—¿Y eso, qué hace ahí? —preguntó Arisa, señalando los artilugios cazavampiros que había dejado tirados Gabriel junto a la puerta—. Ya sé que sois hombres y, por lo tanto, poco ordenados, pero no cuesta nada dejar esos cachivaches en el trastero.
—Y menos aún dejarlos aquí —replicó Gabriel— No molestan y los tenemos a mano...
—¡Qué vagos sois, por Dios! —exclamó Arisa—. Bueno, he hecho la cena, os la he dejado en el horno para que se mantenga caliente. Yo me voy a acostar ya, estoy agotada.
—Vale, de aquí a un rato me acuesto -dijo Gabriel.
—Sí, pero si puede ser, después de ducharte —dijo Arisa, antes de darnos las buenas noches y entrar en su habitación.
Gabriel y yo fuimos a la cocina, y en el horno encontramos una bandeja con pollo y patatas asadas que nos llevamos al salón para cenar viendo la televisión, como buenos americanos que éramos. Estuvimos un rato haciendo zapping buscando algo interesante que ver, pero no encontramos nada que nos llamara la atención.
—Podríamos ver una película en DVD —propuso Gabriel.
—¿Una de vampiros? —pregunté, lamentándome por la sugerencia.
—Es lo único que tenemos, ¿no? Elije tú una.
—¿Puede ser Las sexy novias de Dráculax o Emmanuelle contra Drácula? —pregunté, en esta ocasión alegrándome por mi propia sugerencia.
—Hombre, no sé qué decirte. Por mí vale, pero como baje Arisa y nos pille viendo eso, me va a soltar un sermón de los suyos y va a estar una semana de morros.
—Joder, Gabriel, nos acabamos de cargar a dos vampiros. No me digas que tienes miedo al posible cabreo de Arisa.
—No te lo vas a creer, pero sí, le tengo más miedo a Arisa que a los vampiros. Es que a los vampiros ya los ves venir, pero sé que Arisa tiene mucho carácter y, bueno, aún no se ha enfadado en serio conmigo, pero sé que algún día lo hará y me la imagino chillando cosas en japonés y poniendo morros y, pues eso, que algo de miedo le tengo.
—Entonces ¿qué vemos?
—Yo voto por Underworld o por Van Helsing.
—Pero Van Helsing ya la hemos visto.
—Da igual. No es por la película en sí.
—Vale, lo que quieres decir es que votas por Kate Beckinsale, ¿no?
—Sí, pero que quede entre nosotros.
Y volvimos a ver Van Helsing, que es una de esas películas que la primera vez que la ves te parece malísima, pero cuando la vuelves a ver te parece aún peor. Yo la vi entera, pero Gabriel se quedó dormido a la media hora. Me dio reparo despertarle y apagué el televisor, recogí las sobras de la cena y me fui del salón sin hacer ruido. Después de dejar la bandeja, los cubiertos y los platos sucios en la cocina —no, no me apeteció limpiarlos—, subí a mi habitación. Antes de entrar, me di cuenta de que la puerta de la habitación de Arisa estaba medio abierta y que la luz estaba encendida. Se me ocurrió pasar a decirle que Gabriel se había quedado dormido en el sofá, para que no le esperase despierta o para que bajase a despertarlo si eso era lo que prefería. Me acerqué lentamente a la habitación de Arisa, sin hacer ruido, pues cabía la posibilidad de que aunque tuviera la luz encendida estuviera durmiendo. Por esa razón, no abrí la puerta, sino que me asomé para comprobar que Arisa no dormía. Me asomé y lo que vi seguramente será algo que dentro de unos años me creará algún trauma psicológico que tendré que explicar a algún psiquiatra que, por supuesto, me tomará por loco y, aparte de tomarme por loco, le tendré que pagar un dineral por tomarme por loco.
Arisa estaba tumbada en la cama, vestida con su pijama rosa y, sí, estaba despierta. La pega es que no estaba sola. Encima de ella, tapándole con la mano izquierda la boca y sujetado con la derecha el brazo izquierdo de Arisa, para que este permaneciera extendido, estaba Helmut Martin, lleno de tierra, de esa tierra que se supone que debería haber servido para que permaneciese enterrado. Yo me quedé helado, en serio, no sólo porque fuese incapaz de mover ni un solo músculo, sino porque sentía un frío intenso que recorría todo mi cuerpo. No me había dado cuenta de por qué Helmut mantenía el brazo izquierdo de Arisa extendido, pero era evidente que ella sí, ya que empezó a moverse violentamente intentando zafarse del vampiro. Ante esta reacción de ella, Helmut presionó con fuerza la cabeza de Arisa contra la almohada y al hacerlo me di cuenta de que estaba ahogándola. Arisa dejó de moverse y el vampiro de presionar y, después de sonreír maliciosamente, hincó sus colmillos en la muñeca izquierda de su víctima. Arisa inspiró profundamente y cerró los ojos, y yo, nada, seguía sin poder moverme. Era como si de alguna manera aquel vampiro me hubiese hipnotizado. Helmut, después de unos diez segundos, dejó de chupar sangre y soltó el brazo de Arisa, que cayó como si estuviera muerto. El vampiro se acercó al rostro de Arisa, con la boca abierta, supongo que para que viera que estaba llena de la sangre que le acababa de arrebatar. Entonces me di cuenta de que el vampiro no estaba enfadado, su rostro no había sufrido ninguna transformación, ni sus ojos estaban enrojecidos, eso sí, sus colmillos eran tan grandes como los que nos había mostrado horas antes. No, Helmut no estaba enfadado, sino en otro estado. El vampiro tragó toda la sangre que tenía de Arisa en la boca de un golpe y volvió a sonreír.
—Bien, muy bien, sabes muy bien —empezó diciendo aquella bestia—. Sabes muy bien, pero hueles mejor.
El vampiro acercó aún más su rostro al de Arisa e inspiró con fuerza. Luego siguió olfateándola, bajando por su cuello lentamente y llegando al escote de su camiseta, donde volvió a inspirar. Entonces Helmut se incorporó rápidamente, quedándose de rodillas, y agarrando la camiseta por el borde del escote, estiró con fuerza hacía sí produciéndole un jirón que dejó los pechos de Arisa parcialmente al descubierto. El vampiro volvió a inspirar, colocando su cara entre los dos pechos.
—Sí, sí, eres una auténtica delicia, Arisa —dijo Helmut en 1 esta ocasión.
Sin levantar la cabeza de sus pechos, el vampiro introdujo su mano derecha en los pantaloncitos rosa, y cuando Helmut parecía estar acariciando aquello que quería acariciar, Arisa abrió los ojos y miró de reojo hacia donde yo me encontraba. Una lágrima comenzó a descender por su mejilla. Esa lágrima fue la que me despertó. Abrí la puerta de golpe, miré a mí alrededor y cogí el primer objeto que creí que me podría servir como arma: una silla. Corrí hacia el vampiro silla en alto y se la estampé con todas mis fuerzas en la espalda. (Nota: Si tenéis que enfrentaros a un vampiro, las sillas no valen para nada.) Helmut casi ni se inmutó, pero después de un par de segundos, irguió la espalda, se volvió y me miró con algo que podríamos llamar odio vampiril. Estaba claro que yo le caía peor que Arisa porque el vampiro tardó diez segundos en poner cara de malo de verdad y empezaron a enrojecérsele los ojos. Yo, de nuevo helado, pero sólo de frío, miré con disimulo a mi alrededor buscando alguna otra cosa que lanzarle a aquel bicho, y lo único que encontré fue uno de esos libros voluminosos de Arisa, algo con un señor vestido de romano en la portada que mi amiga había dejado sobre otra silla. Cogí el libro, pero no me dio tiempo a lanzarlo, ya que Helmut se abalanzó sobre mí tirándome al suelo. Arisa aprovechó la situación para salir corriendo de la habitación. El vampiro me cogió del pecho y en un movimiento rápido me alzó hasta que mis ojos se encontraron con los suyos. Abrió la boca y descubrí que el aliento del vampiro es casi tan peligroso como sus mordeduras. ¡Dios, qué peste! Oí cómo mi camiseta comenzaba a deshilacharse rápidamente —es que se la compré a un tío que vendía camisetas Calbin Kline a tres dólares que aparcó un sábado por la mañana su furgoneta delante de casa—, pero la prenda no acabó de romperse del todo, ya que el vampiro decidió lanzarme con fuerza contra una pared. Reboté contra la pared y me di de morros contra el suelo. Después de que Helmut me pegara dos patadas en las costillas, pero dos patadas con muy mala leche, me levantó del suelo estirándome del pelo. Gilipollas de mí, intenté darle un puñetazo, pero ni le alcancé. Eso, no sé por qué, parece que molestó más aún al vampiro y decidió cogerme del cuello con una mano y volver a levantarme del suelo. Ahí sí que ya pensé que iba a dejar este triste y azul mundo porque comencé a asfixiarme a la velocidad de la asfixia de la luz. De nuevo los ojos rojos del vampiro y los míos se alinearon y, de nuevo, Helmut abrió su bocaza, pero en esta ocasión no para echarme su apestoso aliento, sino para morderme. Sentí las puntas de sus colmillos rozando mi cuello y cerré los ojos... Y entonces, justo cuando me disponía a ser mordido por un vampiro, escuché un extraño zumbido y Helmut me soltó de golpe.
—¡Tienes que cuidarte la garganta, Helmut! —gritó Arisa desde la puerta.
El zumbido que había oído unos segundos antes era el de una flecha disparada por Arisa con su, sí, santa ballesta. Una flecha que había atravesado el cuello de Helmut y que no fue suficiente para matarlo, otra vez, pero sí para dejarle aturdido y darle tiempo a Arisa para cargar de nuevo la ballesta. El aturdimiento del vampiro le hizo cometer un grave error y es que instintivamente agarró la flecha que tenía incrustada en el cuello con su mano izquierda, dejando su pecho al descubierto, y, ¡zas!, segundo zumbido y flechazo en pleno corazón. Helmut cayó de rodillas y comenzó a gatear hacia la cama. Entonces me di cuenta de que Arisa no se había presentado en la habitación armada solamente con la ballesta, sino que atada a su espalda traía consigo la espada que se suponía que no valía para nada. Helmut llegó hasta los pies de la cama y, apoyándose con fuerza con ambas manos, comenzó a levantarse lentamente. Arisa se acercó a él, desenvainó la espada y después de gritar algo en japonés, algo muy agudo, decapitó de un solo golpe a Helmut. La cabeza del vampiro salió disparada, rebotando en el cabezal de la cama y reposando finalmente sobre la almohada. Arisa se acercó a mí y me ayudó a levantarme del suelo. En ese preciso momento llegó Gabriel.
—¿Qué ha sido ese grito? ¿Qué ha pa...? —Gabriel no terminó de preguntar lo que quería preguntar, supongo que alucinado por el panorama después de la batalla.
Arisa se acercó a Gabriel y le dio la espada.
—Sí, Gabriel, tenías razón, hay que cortarles la cabeza —dijo Arisa—. No sabía que al decapitar a alguien, te pudieses manchar tanto de sangre, así que ahora voy a darme una ducha, luego me desinfectaré esta puta mierda —dijo señalando la herida de su muñeca— y después me iré a dormir. Abel, esta noche dormiré en tu cama, si no te importa, le he cogido algo de manía a esta habitación.
Arisa abandonó la habitación, murmurando algo en japonés o en un inglés lamentable. Gabriel y yo nos miramos y, como era evidente que no sabíamos qué decir, nos limitamos a encogernos de hombros.
—Habrá que enterrarlo otra vez, ¿no? —dijo Gabriel.
—Sí, supongo que sí. Va a ser el único tío en toda la historia de la humanidad y de los vampiros al que habrán enterrado tres veces en un mismo día —dije yo, aunque no sé si en serio o en broma.
Cogimos entre los dos el cuerpo de Helmut y lo pusimos sobre la cama. Luego cogimos la cabeza y se la colocamos sobre el pecho. Lo envolvimos todo con las sábanas de la cama y media hora después enterramos a Helmut de nuevo en su segunda tumba. De camino a casa, nos encontramos a unos cien metros del mini cementerio la flecha que Arisa había clavado en el corazón de Helmut en el puerto de Nueva York y al parecer el vampiro se había arrancado poco después de salir de su tumba. Gabriel recogió la flecha, la partió en dos y la lanzó lejos de nosotros.
—La próxima vez debemos ser más cuidadosos —dijo entonces Gabriel—. No me gustaría que Arisa tuviera que volver a pasar por algo así.
—Lo que es evidente es que tenías razón, Arisa tiene mucho carácter y es mejor no hacerla enfadar —dije yo.
—Esta noche será mejor que la dejemos sola. Estoy seguro que cualquier cosa que le digamos puede sentarle mal o alterarla. Oye, Abel, ¿podías explicarme, ahora que veo que todo está más tranquilo, qué es lo que ha pasado esta noche?
—¿Lo que ha pasado en vuestra habitación?
—Sí, eso. ¿Qué es lo que me puedes contar? ¿Qué es lo que has visto? ¿Qué os ha pasado a Arisa y a ti? Bueno, que me lo cuentes todo.
¿Que se lo contara todo? Enseguida me di cuenta de que no le podía contar toda la verdad porque estaba seguro de que él no iba a aceptar de buen grado que yo me hubiese quedado mirando sin hacer nada mientras Helmut mordía a Arisa y la sobaba. No le dije toda la verdad a Gabriel, fui directamente al momento en el que cogí la silla y la estampé contra la espalda de Helmut. Luego le mentí un poco al explicarle todo lo que me hizo el vampiro, ya que le dije que sí alcancé a darle un puñetazo. Gabriel me dio las gracias por haber intentado rescatar a Arisa, y eso me hizo sentir fatal porque al final fue ella la que me rescató a mí.
Ya en casa, Gabriel se fue a dormir a la habitación del pánico y yo me eché en el sofá del salón. Estuve dándole vueltas a todo lo que nos había ocurrido aquel día y me di cuenta de que posiblemente había sido uno de los peores días de mi vida. Intenté pensar en Mary para compensar de alguna manera el malestar que sentía, pero la imagen de mi amor rubio sufría interferencias continuas producidas por la escena de Helmut y Arisa, y me di cuenta de que era mejor no descubrir por qué se estaba mezclando todo en mi cabeza y decidí distraerme con otra cosa, concretamente con Las sexy novias de Dráculax. Supongo que en estos momentos habrá más de uno deseando que le cuente la película, ¿verdad? Pues, lo siento, no puedo hacerlo. Es que justo cuando estaba a punto de elegir si quería ver la película en original subtitulado —es que era húngara— o verla mal doblada al inglés, apareció Arisa en el salón, con una venda en la muñeca izquierda y vestida solamente con una camiseta de mi ferretería que le llegaba a la altura de las rodillas. ¡Eso es lo que se llama buena publicidad!
—¿No puedes dormir, Abel? —me preguntó sabiendo cuál era la respuesta.
—No, no puedo, lo he intentado, pero no puedo —contesté, al tiempo que disimuladamente apagaba el televisor.
—¿Ibas a ver una película?
—No, sólo estaba buscando algún canal para informarme del tiempo que hará mañana.
—Ah, pues supongo que calor, como hoy, mucho calor.
—Sí, supongo.
—Abel, ¿me podrías hacer un favor muy grande?
—Sí, lo que quieras.
—¿Podrías acostarte conmigo? Es que creo que necesito tener a alguien al lado para poder dormirme. Necesito sentirme acompañada.
—¿Y Gabriel?
—Es que en estos precisos momentos, por razones que serían largas de explicar, estoy bastante molesta con él. Por favor, ¿vienes conmigo a la cama?
No pude negarme y tampoco quise negarme, claro. Sabía que no iba a pasar nada esa noche entre Arisa y yo, pero no podía dejar de sentirme un poco excitado al pensar que iba a acostarme con ella, y enseguida me di cuenta de que me iba a costar más dormirme pegado a ella que en el sofá del salón. Subimos a la habitación y lo primero que me dijo al meternos en la cama fue que, aparte de la camiseta, me había cogido unos calzoncillos, según ella los únicos limpios que había encontrado. Ese comentario no me ayudó mucho dadas las circunstancias. ¡Dios, qué mal lo estaba pasando! Después de soltarme eso de los calzoncillos, me dio un beso y se tumbó de lado, dándome la espalda.
—Abel, sólo quiero decirte que me siento muy afortunada por haber conocido a una persona tan tierna y sensible como tú.
Como he dicho, yo ya daba por hecho que no iba a pasar nada entre nosotros aquella noche, pero no voy a negar que, bueno, se me pasó por la cabeza alguna cosilla física y química con toques orientales. Ahora bien, cuando me dijo que era tierno y sensible, di por hecho que no iba a tener ninguna oportunidad. Cuando una mujer dice que quiere como compañero de cama a alguien tierno y sensible, dicha mujer no llega a los siete años y lo que realmente desea es que alguna persona generosa le regale un oso de peluche. Eso sí, por si había quedado alguna duda de que esa noche no iba a haber nada entre un caballero sureño —por cierto, de muy buen ver— y una preciosa e inteligente japonesa, Arisa la disipó poniéndose a roncar. Eso sí, muy finamente, como si solamente lo hiciera con media fosa nasal.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 02, 2010 9:10 pm

lo cuelgo mas tarde jejejje

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 02, 2010 11:30 pm

Capítulo 3
Una psicópata con una ballesta


Transcrito por shuk hing


Me desperté al oír a Gabriel golpeando la puerta de la habitación anunciándonos que el desayuno-comida ya estaba hecho.
Desayuno-comida porque eran las doce y media del mediodía. Al abrir los ojos me encontré a Arisa abrazada a mí, con una pierna por encima de mi cintura y con sus labios, babeando, pegados a mi mejilla. Cerré los ojos otra vez, porque decidí que de allí no me iba a mover ni un terremoto, pero Gabriel volvió a golpear la puerta y pensé que mejor era levantarse a que él nos encontrara en esa situación. Me separé un poco de Arisa, con lo que se formó un puentecillo de baba entre su boca y mi cara, y con mucho cuidado la desperté. Ella abrió los ojos muy lentamente y, al verme a su lado, se incorporó de golpe, sentándose con la espalda apoyada en la cabecera de la cama y cubriéndose los pechos con un brazo.
—¿Qué haces tú aquí? —me preguntó.
—Me dijiste tú que me acostara contigo —le contesté.
—¿Sí? ¿Y hemos hecho algo?
—Espero que no, porque no me he enterado.
—Ah, sí, perdona, te pedí que te acostaras conmigo. Es que a mi cerebro le cuesta un poco ponerse en marcha. Ya sé que eres un caballero y un amigo...
—Por cierto, roncas.
—Vale, quizá no seas tan caballero.
Antes de bajar a comer fui a darme una ducha, y al salir del baño me encontré frente a frente con Arisa. Llevaba unos tejanos recortados, a la altura del muslo, y una camiseta roja con un círculo estampado en el pecho en el que podía leerse: SGT. PEPPERS HEARTS CLUB BAND. Le pregunté qué significaba eso y me dijo que si no lo sabía era que no merecía saberlo, y después de ese cachete que me dio igual recibir, Arisa me dio una bolsa de plástico y vi que en su interior estaban mi camiseta y mis calzoncillos que se había puesto la noche anterior.
—Si quieres, te puedo lavar yo esa ropa, Abel —propuso
Arisa.
—No, no hace falta. Toma, te la regalo —le dije dándole la camiseta—; tenemos una caja entera en el almacén de la ferretería. Mira, me he traído diez. —Y le señalé la que yo llevaba puesta, que era igual a la que ella me había devuelto—. Y los calzoncillo, ya me los lavaré yo, no te preocupes.
Aquí mentí porque jamás lavé esos calzoncillos. Los guardé en un bolsillo interno de mi maleta, y cuando llegué a casa los metí en una bolsa con cierre hermético y luego vacié el aire del interior de la bolsa con un curioso aparato que teníamos en la ferretería llamado Pump and Seal, un cacharro que me pareció un armatoste inútil hasta que encontré algo decente que envasar al vacío.
Cuando entramos en la cocina, Gabriel se acercó a Arisa sonriendo e intentó darle un beso, pero ella lo esquivó.
—No tengo ganas de que nadie me bese —dijo Arisa para justificar su rechazo.
Gabriel aceptó la situación con cierta resignación y no quiso averiguar por qué Arisa no quería besarle. Bueno, no quiso averiguarlo porque, al parecer, él tenía su propia teoría al respecto, y tuvo a bien hacerme partícipe de ella cuando acabamos de comer y Arisa nos dejó a solas para hacer su colada. —Habéis dormido juntos esta noche, ¿no? —empezó diciéndome Gabriel—. ¿Hay algo de lo que deba ser informado?
—No, que yo sepa —contesté.
—Pues yo creo que algo debe de haber pasado esta noche entre vosotros porque se supone que ella iba a dormir sola y esta mañana he visto que habéis compartido cama y, luego, parece que a Arisa ya no le hago gracia...
—Sé lo que insinúas y estás muy equivocado, Gabriel. No ha pasado nada, te lo juro. Anoche bajó ella y me pidió que me acostara a su lado porque quería dormir junto a alguien y eso hicimos, dormir, solo dormir.
—¿Y por qué no quiso dormir conmigo? Yo podría haber sido también ese alguien, ¿no?
—Yo le sugerí que lo hiciera, pero me dijo que no quería.
Quizá está enfadada contigo.
—¿Por qué?
—No lo sé, Gabriel, puede que te eche la culpa de lo que pasó con Helmut.
—¡Pues culpa mía no es! Yo dije que había que cortarle la cabeza a un vampiro después de clavarle una estaca, pero tú y ella votasteis que no y, mira, ya has visto las consecuencias.
—Mira, Gabriel, creo que sea lo que sea lo que le pasa a
A.risa es algo que debéis hablar entre vosotros. Yo, en este tema, no pinto nada.
—Sí, quizá tengas razón. Doy por hecho que debió de pasarlo fatal cuando Helmut la atacó y es normal que aún esté algo aturdida o confusa. ¿Te ha contado ella todo lo que le hizo Helmut?
—Sí, me lo ha contado.
—¿Y qué? Lo pasó muy mal, ¿verdad?
—Sí, fatal, Gabriel, lo pasó fatal.
—Creo que lo mejor será que esta noche no la llevemos con nosotros.
—¿Que no la llevemos? ¿Es que vamos a alguna parte?
—pregunté muy preocupado.
—Sí, a cargarnos a Strasser —contestó Gabriel sin mostrar preocupación alguna.
—¿Y no podemos pillarnos uno o dos días de descanso?
—No, Abel, no podemos. Si no nos cargamos a ese tipo hoy, perderemos el factor sorpresa. Estoy seguro de que sí esperamos un día más descubrirán que el cojo y Helmut han desaparecido y eso alertará a toda la comunidad de vampiros y... pues eso, que perderemos el factor sorpresa y puede que ya no podamos cargarnos a ninguno más. Piensa que la comunidad de vampiros de Nueva York, como sabes, es de unos sesenta miembros, es como un pueblo pequeño, y estoy seguro de que si faltan dos de sesenta y, además, dos muy importantes, saltarán las alarmas. Esta noche tenemos que cargarnos a Strasser.
—¿Y por qué esta noche y no mañana al amanecer?
—Porque ya que sabemos que a los vampiros no les afecta el sol, la noche puede convertirse en nuestra aliada. Si los vampiros actúan de noche es porque así pueden cometer sus fechorías y tener más posibilidades de salir impunes, no por otra razón. Así que puede que vayamos a casa de Strasser y lo encontremos durmiendo y, aunque lo nuestro no será una fechoría, la noche puede ser nuestra aliada, permitiéndonos hacer más cosas que las que haríamos a plena luz del día.
En ese momento entró Arisa en la cocina y al parecer, antes de entrar, había estado escuchando el final de nuestra conversación.
—Así que esta noche vamos a cargarnos a Strasser... —dijo Arisa nada más entrar—. Me parece perfecto, cuanto antes lo hagamos, mejor.
—No, tú no vendrás —le dijo Gabriel.
—Sí, sí que iré —replicó Arisa.
—Después de lo que pasaste anoche, creo que es mejor que te alejes una temporada de los vampiros —señaló Gabriel—. Ya nos encargaremos de Strasser Abel y yo.
—No, Gabriel, precisamente por lo que pasó anoche, voy a ir con vosotros y punto.
Y, por supuesto, se vino con nosotros.
Volvimos a coger el Secuestromó'uil de Hide para la misión porque era el mejor vehículo que teníamos y porque Arisa dijo que, por si acaso, no quería que su Honda fuera manchado con la sangre de un vampiro o de un humano. Sí, lo de la sangre de un humano también lo dijo. Dábamos por hecho que el Beetle continuaba en la misma calle de Manhattan en que lo dejamos aparcado antes de ir al piso de Hide, y decidimos que después de matar a Strasser iríamos a buscarlo. Gabriel se ofreció a conducir el Secuestromóvil hasta la casa del vampiro nazi, y se llevó una nueva y pequeña decepción al comprobar que Arisa prefirió sentarse en el asiento de detrás en vez de hacerlo en el del copiloto, asiento que acabé ocupando yo.
Llegamos a la urbanización fantasma en la que vivía Gregor Strasser a eso de las diez de la noche. Aparcamos el coche tras la valla de madera que rodeaba la casa que se estaba construyendo frente a la de nuestro objetivo. Gabriel sacó un bloc de la guantera del coche y empezó a dibujar un plano del posible interior de la casa de Strasser.
—Yo creo que al entrar, a mano derecha, habrá una puerta que dará a un salón o a un estudio o a algo así—dijo Gabriel señalando una habitación grande que había dibujado en el margen inferior derecho de la hoja—. Frente a la puerta de entrada, seguro que nos encontraremos con una escalera para subir al piso de arriba y con un pasillo que debe de llevar hasta la cocina...
—Perdona, Gabriel, ¿esta misión va a tener nombre? —pregunté yo, interrumpiendo su explicación.
—Sí, por supuesto, habrá que ponerle nombre —contestó Gabriel—. ¿Se te ha ocurrido alguno?
—Se me ha ocurrido el siguiente, a ver qué te parece: «Ope-ración te vas a enterar de lo que vale un peine, nazi de mierda» —propuse, incluyendo en el nombre de la operación el hecho de que Strasser fuera calvo y nazi.
—Es demasiado largo para ponerlo en una camiseta, pero me gusta —dijo Gabriel—. ¿A ti qué te parece, Arisa?
—Me parece una mierda, pero me da igual —contestó ella, mientras se recogía parte de su pelo para hacerse una coleta.
—¿Te estás haciendo coletas? —pregunté yo, aunque la respuesta era evidente.
—Sí, el pelo suelto me molesta cuando disparo con la ballesta —me contestó—. Con el pelo recogido creo que puedo tener más puntería.
—Bueno, cómo tú veas —dijo Gabriel para no alargar más el tema coletil y poder volver a su plano—. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por la escalera. Pues eso, que doy por hecho que encontraremos una escalera que llevará al piso de arriba. Bien, mi idea es que intentemos entrar por la puerta de la cocina que da a la parte de atrás de la casa y una vez dentro vayamos hasta el vestíbulo de entrada. Si el vampiro está en el salón, le atacamos allí y si no está, vamos arriba. Yo iré delante y Arisa irá detrás de mí con la ballesta por si Strasser aparece de repente. ¿Te parece bien, Arisa?
Nos volvimos Gabriel y yo cuando él terminó de hacer esa pregunta, pero Arisa no estaba allí. Ni Arisa ni la ballesta ni la espada. Salimos del coche rápidamente y comenzamos a mirar a nuestro alrededor buscando a la japonesa perdida. Entonces escuchamos el timbre de una puerta. Gabriel y yo nos miramos sorprendidos, dimos la vuelta a la valla de madera y vimos a Arisa en el porche de la casa del vampiro, con la espada envainada en la espalda y apuntando la ballesta hacia la puerta de Strasser. El vampiro nazi abrió la puerta y Arisa disparó su ballesta. Sí, tenía razón, las coletas mejoraban su puntería, acertó a clavarle la flecha en el corazón a la primera. Strasser instintivamente se abalanzó sobre Arisa, pero ella se apartó de un salto y el vampiro cayó de morros. Strasser intentó levantarse utilizando las pocas fuerzas que le quedaban, y cuando logró ponerse de rodillas, Arisa desenvainó la espada y, repitiendo el grito que dio en Congers antes de decapitar a Helmut, le cortó la cabeza al nazi de las narices. Y, sí, otra vez de un solo espadazo. Deduje que la clave de la decapitación estaba en el grito ese japonés, porque para empezar la espada esa pesaba mucho y, aunque yo no soy lo que se dice un tipo fuerte, no parece muy lógico que la pequeña Arisa hiciera siempre a la primera algo que yo logré en un tercer intento. La cabeza de Strasser salió despedida y dio unos cuantos botes hasta acabar deteniéndose a unos cinco metros del cuerpo al que había permanecido sujeta durante más de cien años. Arisa envainó la espada, cogió la ballesta, se dio media vuelta y vino caminando, a ritmo de paseo geriátrico, hacia nosotros. Gabriel y yo estábamos conmocionados por lo sucedido, conmoción que aumentó un poco cuando Arisa pasó a nuestro lado sin decirnos nada y subió al coche, sentándose de nuevo en la parte trasera del mismo.
—Joder, Abel, ¿qué ha pasado? —me preguntó Gabriel euando volvió en sí.
—No sé, tío, no sé. Arisa empieza a preocuparme un poco. Esto no es normal. Creo que se ha vuelto una psicópata.
—No digas tonterías, Abel, a lo mejor lo ha visto claro y no se lo ha pensado dos veces.
—O a lo mejor, lo que digo yo, que se ha convertido en una psicópata y de las peligrosas. Oh, no, puede ser incluso peor, a lo mejor es una vampiro. Helmut la mordió.
—¿Durante cuánto tiempo, Abel?
—Durante diez segundos, creo.
—No creo que sea suficiente. Para convertirse en vampiro, Arisa debería haber muerto, como le pasó a Julia Hertz, y ella no ha muerto.
—Es verdad, tienes razón. Entonces, bueno, solo es una psicópata con una ballesta.
Al decir eso, pensé que la noche anterior yo podría haber muerto si a Arisa le hubiese dado un ataque de los suyos. Debí haberme dado cuenta de que una japonesa con una ballesta, amante de los grupos de música extraños, no debe de tener la cabeza bien amueblada. Volví a repetir eso de que quizá Arisa era una psicópata, pero Gabriel no me hizo caso y volvió a subirse a la parte delantera del coche para hablar con Arisa, aunque ella no tenía ganas de hablar, ya que segundo y tres cuartos después de que él entrara en el vehículo, accionó el dispositivo que activaba las placas metálicas, aislándose así de su, quizá ya, ex novio.
—Creo que no quiere hablar del tema —dijo Gabriel volviendo cabizbajo hasta donde yo me encontraba.
—Sí, eso también me ha parecido a mí —dije—. ¿Qué hacemos ahora?
—Pues deberíamos meter a Strasser en el maletero.
—¡No fastidies! Esa mole debe de pesar unos quinientos kilos. ¿Por qué no lo enterramos ahí, donde ha caído? Luego ponemos césped encima de la tumba y nadie se dará cuenta.
—Es que he pensado que en vez de enterrarlo, lo podemos utilizar como prueba.
—¿ Prueba ?
—Sí, como prueba de que no estaba muerto, de que no se lo cargaron hace setenta años. Lo metemos en el maletero, nos lo llevamos a Congers, llamamos a Tom y, si todo sale como debería salir, puede ser el final de los vampiros.
Gabriel y yo volvimos a subir al coche y él lo condujo hasta donde estaba Strasser, aparcando lo más cerca que pudo del cadáver. Es ese pequeño trayecto, Arisa no abrió la boca, aunque a lo mejor sí lo hizo, pero no la oímos por culpa de la placa metálica que nos separaba de ella. Gabriel y yo salimos del coche, abrimos el maletero, cogimos el cuerpo del vampiro y con un solo impulso lograrnos meterlo casi del todo en su tumba provisional con ruedas. He de señalar antes de continuar que hicimos un «piedra, papel o tijera» para saber quién cogía a Strasser de los pies y quién de los brazos y que perdí yo. O sea, que me embadurné bien embadurnado con la sangre de esa mole de nazi muerto dos veces. Bueno, una vez metido medio cuerpo en el maletero, le dimos un empujón y logramos embutirlo de la mejor manera posible en aquel cubículo. Parece algo increíble, pero a Helmut y Hide juntos ocupaban menos que Strasser sin cabeza. Y ya que hablamos de la cabeza de Strasser, yo fui el seleccionado para ir a buscarla, pues Gabriel dijo que ya que él no se había manchado de sangre con el cuerpo era absurdo que tuviera que hacerlo por esa «simple cabecita» (de veinte kilos por lo menos y sin pelo de dónde agarrarla). Mientras iba yo a por la cabeza, Gabriel, en un acto que yo consideré excesivamente temerario, abrió una puerta trasera del coche y sacó a Arisa estirándola de un brazo. Gabriel y Arisa se miraron fijamente sin decirse nada durante un rato, el que yo tardé en coger la cabeza de Strasser del suelo, utilizando una de sus orejas como asa. Ya me disponía a regresar al coche cuando tuve que cambiar de opinión al ver cómo Gabriel le pegaba una bofetada a Arisa. No una bofetada cualquiera, sino una señora bofetada cuyo eco aún debe de poder oírse en aquel lugar y dentro de un par de siglos regresar a modo de psicofonía. Lo que pensé al ver la bofetada es que la neopsicópata de Arisa cogería la espada y partiría en dos al ex esquizofrénico de Gabriel y luego vendría a por mí para no dejar testigos, pero no pasó nada de eso. Arisa rompió a llorar y se lanzó a los brazos de Gabriel, quien empezó a acariciarle el pelo para tranquilizarla. Al ver que no había peligro, me acerqué al coche, tiré la csbeza en el maletero y lo cerré.
—¡Es que ya no puedo más, joder! —exclamó Arisa entre sollozos—. ¡Esto no hay quien lo aguante! ¡No hay quien lo aguante!
—Tranquila, cariño, ya ha pasado todo —dijo Gabriel.
—Es que ya no sé ni lo que hago ni lo que digo ni lo que pienso —continuó diciendo Arisa sin dejar de llorar—. Esto no es lógico. ¡Los vampiros no existen! ¡Y ya me he cargado a dos, joder! Yo soy una licenciada en historia por Harvard, solo eso. A lo mejor, los de Yale están acostumbrados a estas cosas, pero los de Harvard no, te juro que no. ¡Yo quiero irme a mi casa!
—Va, cariño, siéntate en el coche y respira profundamente —le dijo Gabriel mientras la ayudaba a acomodarse en el asiento de atrás.
Arisa obedeció a Gabriel, respiró profundamente varias veces y, al parecer, eso la tranquilizó un poco, ya que dejó de llorar.
—Es que ni me lo he pensado, Gabriel —empezó diciendo Arisa, ahora ya utilizando su tono de voz habitual—. Tenía el convencimiento absoluto de que me lo iba a cargar. Ni siquiera pensé que era peligroso. Me sentía invencible. Anoche me pasó lo mismo. Bajé corriendo a por la ballesta y la espada y sabía que iba a matar a Helmut. Esta noche ha pasado lo mismo, cuando estaba haciéndome las coletas he visualizado lo que iba a hacer y lo he hecho. Así de sencillo. Y ahora... Ahora tengo miedo de mí misma. A lo mejor se me han cruzado los cables definitivamente y me he vuelto una psicópata.
—Es algo que por si acaso no deberíamos descartar —señalé yo—. Deberías hacerte alguna prueba.
—¡Cállate, Abel, no digas tonterías! —me gritó Gabriel.
—Abel, estás hecho un asco —me dijo Arisa cuando se dio cuenta de que yo estaba allí—. ¿Toda esa sangre es de Strasser?
—Sí, y todavía le queda más dentro del cuerpo —le contesté—. Ya sabes que eso de ir decapitando por ahí ensucia mucho.
—Abel, por favor, estate un ratito calladito —me ordenó
Gabriel—. Mira, Arisa, anoche el ataque de Helmut te provocó un shock y has estado en ese estado hasta que te he pegado la bofetada. El miedo y la tensión que estos días has ido acumulando han acabado exteriorizándose en dos decapitaciones, la de Helmut y la de Strasser, ¿vale? No eres una psicópata porque a Abel y a mí no nos has hecho nada, ha sido a ellos, a los malos; por lo tanto, sabías lo que hacías. Una cosa es que te hayas comportado temerariamente y otra que seas una loca peligrosa con una ballesta y una espada.
—Pero anoche te cogí mucha manía —le dijo Arisa—. No quería ni verte.
—Sé que si tú estás aquí ahora es porque me quieres —le dijo Gabriel—. La única razón por la que sigues en esta historia es por lo que sientes por mí, y anoche me echaste la culpa de haberte puesto en peligro.
Lo que acababa de decir Gabriel me hizo dar cuenta de que no tenía muy claro qué es lo que yo estaba haciendo allí, formando equipo con esas dos personas que no estaban muy bien de la azotea y pringándome de sangre y enterrando cadáveres decapitados a diario. Me metí en este jaleo empujado por las circunstancias, supongo. Esa gente quería matarnos y nosotros tomamos la iniciativa, pero, a fin de cuentas, lo que yo estaba haciendo tampoco era muy normal. Quizá yo también estaba en estado de shock y hacía las cosas sin pensar. Claro, era eso, entré en estado de shock cuando Mary me dejó por mi bien y aún estaba shockquializado.
—Arisa, te prometo que ya no volverás a enfrentarte a ningún vampiro —continuó diciendo Gabriel—. Strasser ha sido el último. Esta historia acaba de finalizar. Mañana podrás volver a casa, como tú dices. Ahora nos llevaremos a Strasser a Congers, y mañana llamaré a Tom y él sabrá qué hacer. Los vampiros dejarán de ser ficción y entretenimiento, y la gente comenzará a sentirse cómo te sientes tú ahora, como un ser perdido en un mundo irreal.
—Gabriel, aparte del cuerpo, quizá podamos encontrar más pruebas en la casa —propuse yo.
—Puede que tengas razón —dijo Gabriel—. Vayamos a echar un vistazo. Arisa, haznos un favor, coge el coche y lo vuelves a esconder detrás de la valla aquella, ¿vale? Abel y yo regresaremos enseguida. Ah, si ves que se acerca alguien, avísanos de alguna manera.
—De acuerdo, podéis contar conmigo —dijo Arisa sonriéndonos.
Gabriel y yo entramos en la casa de Strasser, y el chaval quizá fue arquitecto en otra vida porque su plano de la planta baja era bastante bueno. Acertó con lo del pasillo que conducía a la cocina, con lo de una puerta que llevaría a un salón o estudio (era un salón) y con lo de la escalera que conducía al piso de arriba, pero había algo más en el vestíbulo, una puerta que estaba debajo de la escalera y que daba al sótano. Gabriel propuso que nos repartiéramos el trabajo, él se encargaría de la planta baja y el sótano y yo de la superior. Fui al piso de arriba y había tres puertas. La primera que abrí era la de un inmenso cuarto de baño con jacuzzi. Conclusión: los vampiros son sanguinarios, pero limpios. Aproveché que estaba en el baño para asearme un poco. Me quité la camiseta empapada de sangre y la tiré a una papelera que había allí. No sé por qué, pero me imaginé que si un vampiro encontraba esa camiseta, a lo mejor le daba por hacerse una infusión. Cuando terminé de lavarme, me sequé y me puse desodorante. Tampoco sé por qué lo hice, quizá por costumbre. Salí al pasillo y entré en la siguiente habitación; era el dormitorio: una cama, una cómoda, un perchero, unas cortinas, un par de mesitas de noche y nada más de interés... Bueno sí, una cosa más: una foto del Hitler en una de las mesitas, con una dedicatoria firmada por el tipejo ese del bigote. Cogí la foto de Hitler y, aunque no entendí la dedicatoria, porque no me leí Werther, era evidente que había sido hecha para Strasser, pues aparecía en ella un Gregor. Lo más curioso de la foto es que debajo de la firma del jefe de los nazis había una fecha: 24 de septiembre de 1939. O sea, Hitler le firmó una foto a Strasser cinco años después de que el amigo Gregor muriese. Me pareció una prueba muy buena que podía demostrar que Strasser no murió en la Noche de los cuchillos largos, quizá porque esa noche nunca tuvo lugar y solo fue una especie de cortina de humo creada por los vampiros para ocultar alguna de sus fechorías. Cogí la foto de Hitler, y antes de salir de la habitación abrí el armario y le robé una camisa a Strasser. Doy por hecho que no le importó que lo hiciera. La camisa era casi una sotana, ya que me llegaba por debajo de las rodillas, pero mejor era eso que ir con los pezones al aire, con lo sensibles que los tenía. Antes de abrir la tercera puerta, se me ocurrió una estupidez de las mías y me dije: «Detrás de la puerta número uno había como premio un jacuzzi. Detrás de la puerta número dos una camisa y la foto dedicada de un famoso. ¿Qué habrá detrás de la tercera? ¡Un coche, seguro que hay un coche!». No, por supuesto no encontré un coche, sino tres ataúdes. Uno de los ataúdes estaba abierto y colocado horizontalmente en medio de la habitación, en una especie de tarima. Era un ataúd tamaño familiar, por lo que deduje que era el de Strasser. Los otros dos ataúdes estaban cerrados y apoyados en una pared. Uno era de mi tamaño, cosa que me dio muy mal rollo, y el otro era de tamaño infantil, muy infantil. Los tres ataúdes eran negros, supongo que para hacer juego con la habitación que, por cierto, no tenía ventanas y estaba iluminada por una luz muy débil que provenía de un par de candelabros similares a los que nos encontramos en la catacumba de El Año del Dragón. Digo que los ataúdes hacían juego con la habitación porque esta estaba pintada toda de negro, y cuando digo toda, es toda: paredes, techo y suelo. Sin salir de la habitación llamé a Gabriel.
—¡Gabriel, sube, has de ver esto!
—¡No, baja tú que he encontrado una cosa muy interesante! —me respondió.
—¡Dudo mucho que lo tuyo sea más interesante que lo mío! —le grité.
—¡Me juego lo que quieras a que te gano! —me replicó.
—¿Lo tuyo da miedo?
—¡No, no da miedo!
—¡Pues lo mío a mí sí! ¡Así que sube de una puta vez, capullo!
Y subió y se quedó de piedra cuando vio aquella habitación.
—Los vampiros duermen en ataúdes —es lo primero que dijo.
—Bueno, pero puede que solo los fines de semana, porque en otra habitación hay una cama normal —dije yo.
—¿Y los otros dos ataúdes? ¿Has mirado en su interior?
—Ni se me ha ocurrido, Gabriel.
—Pues habrá que mirar, ¿no?
—¿Podemos decidir no mirar?
—No, no podemos decidir eso.
—Entonces, si te parece bien y puesto que la idea es tuya, te encargas tú de mirar, ¿vale? Yo, mientras, me voy un momentito al pasillo.
—Vale, cobarde... ¿Y esa foto?
—Es de Hitler. Tiene una dedicatoria para Strasser fechada en septiembre del 1939.
—¿En serio?
—Sí, en serio, muy en serio.
— Eso es buenísimo, ya que significa que...
—Sí, ya sé lo que significa, Gabriel.
—Esa foto puede ser algo muy importante para nuestro propósito.
—Sí, doy por hecho que sí.
—Buena foto.
—Sí, buena foto.
—¿Así que del año 1939?
—Oye, Gabriel, ¿no estarás alargando esta conversación porque te da miedo abrir los ataúdes?
—Sí, era por eso. Va, por favor, hagámoslo juntos.
—Vale, pero yo abro el pequeño.
Gabriel cogió la tapa del grande y yo la del pequeño, y contamos hasta tres y los abrimos. Nada, por suerte estaban vacíos. Creo que eso de abrir un ataúd temiendo que esté ocupado y encontrártelo vacío es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida. Doy por hecho que los arqueólogos y los ladrones de tumbas no estarán de acuerdo conmigo, pero sí la mayoría de la población mundial. Volvimos a cerrar los ataúdes y bajamos a ver eso tan interesante que había encontrado Gabriel.
—Está aquí, en el salón —me dijo cuando llegamos a la planta baja—. Es algo muy curioso.
Entramos en el salón y Gabriel me pidió que me sentara en el sofá, delante del televisor, que estaba apagado.
—Cuando entré en el salón, por la tele daban un informativo —empezó explicando Gabriel—. Seguramente Strasser lo estaba viendo cuando Arisa llamó a la puerta. Se me ocurrió mirar qué canales veía Strasser y al apretar el canal número tres, apareció una cosa muy curiosa.
Gabriel encendió el televisor, sintonizó el tercer canal y en la pantalla apareció el pequeño jardín de la parte delantera de la casa de Strasser y, al fondo, la valla de madera y la casa en construcción. La pantalla del televisor estaba dividida en cuarenta y ocho cuadrados.
—Fíjate ahora en el ventanal —dijo Gabriel.
Me volví, miré el ventanal del salón y lo que se veía a través de él era lo mismo que había en la pantalla del televisor.
Los cuarenta y ocho cuadrados de la imagen del televisor eran los cuarenta y ocho vidrios que parecían formar parte del ventanal.
—No es un ventanal, es una pantalla grande de vídeo —explicó Gabriel—. Bueno, en realidad son cuatro pantallas de plasma unidas. Ahora verás.
Gabriel salió de la casa y se puso a hacer monerías delante del ventanal y a hacer monerías en directo a través del canal 3 del televisor de Strasser. Una de sus monerías consistió en pedirme que saliera, y una vez fuera me enseñó cuatro pequeñas cámaras de vídeo colocadas en los cuatro extremos del ventanal.
—Hay cuarenta y ocho cuadrados que a su vez están divididos en cuatro rectángulos de tres por cuatro, y cada rectángulo es una pantalla —me explicó Gabriel— y lo que aparece en cada pantalla es lo que capta cada una de las cámaras. Por eso por fuera hay espejos, para que dé la apariencia de un ventanal con vidrios reflectantes, pero son espejos puros y duros. El grosor del ventanal es el mismo que el de la pared en la que está incrustado. No es un ventanal, es una pantalla. Quizá el resto de las ventanas de la casa sean de otro modelo, algo menos sofisticado. No sé, a lo mejor se vuelven opacas al darles la luz del sol. Thorn es una empresa cristalera, seguro que llevan decenios trabajando en esto. Eso sí, lo de la pantalla es algo espectacular.
—A ver, Gabriel, según tú ese ventanal por un lado evita que entre la luz del sol y por el otro quiere dar la sensación de realidad, para que los vampiros puedan recordar cómo era su vida antes de ser vampiros, ¿no?
—Sí, algo así. Por supuesto este ventanal debe de ser un lujo al alcance de pocos o quizá esta casa sea una casa piloto de la urbanización.
—Vale, entiendo lo que quieres decir, pero aquí hay algo
que no cuadra. Sabemos, por lo que nos pasó con Hide, que a los vampiros no les afecta el sol para nada, ni para ponerse morenos siquiera.
— ¡Hostia, es verdad! Entonces, todo este rollo que te he soltado es una gilipollez.
—A lo mejor es simplemente una macro pantalla y las cámaras son cámaras de seguridad.
—Sí, debe de ser eso, un sistema sofisticado de vigilancia.
Pues es una pena, porque mi teoría de la realidad virtual y la protección solar era muy buena.
—Bueno, por lo menos acertaste con eso de que le teníamos que cortar la cabeza a los vampiros para que se murieran bien muertos.
Volvimos a entrar en la casa y pude comprobar que, como me había dicho Gabriel, los cristales del ventanal eran pantallas de plasma. Su descubrimiento no cabía duda que era muy interesante, pero yo creo que mi foto de Hitler y mis tres ataúdes, aunque estos estuvieran vacíos, lo eran más. Pantalla gigante de vídeo contra tres ataúdes en un habitación pintada de negro y una foto del loco criminal más grande de la historia, ¿qué da más miedo? Pues, ya está, fin de la discusión. El problema es que mi hallazgo quedó a la altura del betún cuando Gabriel y yo bajamos al sótano. Gabriel me dijo que había ido a la cocina y luego al salón y que se había dejado el sótano para el final, y ya que no había nada más que ver arriba, me propuso que le acompañase y le dije que sí.
Abrimos la puerta que nos conduciría al sótano y Gabriel palpó la pared buscando un interruptor, pero no había ninguno. Empezábamos mal, pero seguimos adelante, ya que al final de la escalera había luz, muy tenue, pero para ver algo seguramente nos serviría. Pensé que esa luz de la que hablo estaría producida por alguna bombilla de muy poca potencia colgada del techo, pero no, cuando llegamos al final de la escalera descubrimos que era la luz de unos veinte velones de un metro y medio de altura. Velones de color negro, como negras eran las paredes, el techo y el suelo del sótano. Se ve que el negro era el color favorito de los vampiros. Los velones daban muy mal rollo, casi tanto como una bandera nazi que había colgada en una de las paredes. Explico lo que había en el sótano siguiendo el orden de los descubrimientos, es decir, primero vimos unos velones y después la bandera, pero lo interesante de verdad era lo que había en el centro del sótano. Allí, sobre una mesa de mármol negro, encontramos a una niña de unos cuatro o cinco años, desnuda y atada, con las piernas y los brazos totalmente extendidos. Nos acercamos a la criatura. Era una monada con el pelo rojo, la pobrecilla. Tenía heridas de mordiscos en las muñecas, en las ingles y en el cuello. Casi me pongo a llorar. La niña tenía los ojos cerrados y pensé que estaba muerta. Bueno, pensé que aquel nazi de mierda la había violado y luego la había matado poco a poco, bebiéndose su sangre. Gabriel puso dos dedos sobre la yugular de la niña y después de unos segundos se volvió sonriendo y me dijo: «Viva, Abel, está viva». Esa fue la segunda alegría del día, eso sí, infinitamente más grande que la de los ataúdes vacíos.
—Está muy débil, pero si nos damos prisa, quizá podamos salvarle la vida —me dijo Gabriel con tono de esperanza y preocupación.
Comencé a desatar a la niña, y Gabriel empezó a darle cachetes y a agitarla violentamente para despertarla. La cría abrió los ojos muy lentamente, unos bonitos ojos verdes. Miró a su alrededor, nos miró a nosotros y empezó a gritar.
—No te preocupes, pequeña, hemos venido a sacarte de aquí—le dijo Gabriel, mientras yo le desataba las muñecas—, Yo me llamo Gabriel y él es Abel. Por favor, fíate de nosotros. Hemos matado al hombre malo que te ha hecho esto y te llevaremos a un hospital donde te curarán.
Aquellas palabras de Gabriel, quien para decirlas utilizó la típica cantinela que se utiliza cuando se lee un cuento a un niño pequeño, tranquilizó a la chiquilla.
—¿Cómo te llamas, pequeña? —le pregunté.
—Anne, Anne Connelly —contestó.
—¿Dónde vives? —preguntó Gabriel. —No, no me... —dijo antes de desmayarse de nuevo. —¡No hay tiempo que perder! ¡Trae la bandera! —me ordenó Gabriel, mientras intentaba reanimar de nuevo a la niña.
Descolgué la bandera nazi y al hacerlo me di cuenta de que no era una bandera cualquiera, sino que era de terciopelo. Con la bandera cubrimos a la niña, y Gabriel me pidió que la cogiera yo en brazos y la sacara de la casa lo más rápido posible, mientras él cogía un par de cirios, pues tal vez eran de algún material especial que también podía ser una prueba, y después iría a buscar la foto dedicada de Hitler que yo había dejado abandonada en el salón. Yo tomé aire y subí corriendo por la escalera del sótano y corriendo salí de la casa. Sé que parecerá extraño, pero aunque iba corriendo sentí que todo iba a cámara lenta. Eso era así porque había visto imágenes en películas y reportajes sobre bomberos, y cuando rescataban a alguien de un incendio, el momento en el que salían por la puerta de la casa siempre estaba ralentizado. Sí, me sentía un héroe que iba a salvar una vida. Las únicas dos diferencias que en esos momentos existían entre un bombero valiente y yo es que normalmente los bomberos no envuelven a la gente que rescatan con una bandera nazi —vamos, que yo sepa— y la otra es que los bomberos tampoco suelen rescatar vampiros. ¡Sí, la puta Anne Connelly era una vampiro!
La niña vampiro rugió como si fuera un animal salvaje y me hincó sus colmillitos en el cuello. Casi ni los noté, en serio, fueron como una picadura de mosquito gigante, pero la cosa empeoró cuando la niña empezó a chupar. ¡Dio mío, nunca podré olvidar lo que sentí! Aquel pequeño demonio me estaba arrancando la vida y eso yo lo podía sentir como un eco en mi interior, eco de los tragos que de mi sangre se estaba bebiendo Anne Connelly. Con cada uno de sus tragos sentía como si alguien me estuviera clavando clavos en la columna vertebral. No se me había pasado el dolor del primero y llegaba el segundo clavo. Grité la primera vez que sentí eso, pero ya no pude gritar más porque el dolor no me lo permitía. Apareció Gabriel, tiró al suelo los velones y la foto de Hitler y cogió a la niña, para quitármela de encima, pero la monstruito se había agarrado a mí clavándome las uñas y cada vez que mi amigo estiraba de ella, la vampiro se agarraba con más fuerza. Gabriel gritó llamando a Arisa. Yo comencé a correr como un pollo sin cabeza, con aquella sanguijuela pegada a mi cuello y Gabriel detrás de los dos, velón en mano, golpeando a la enana de las narices con aquella ridicula arma de cera. No, para según qué, Gabriel no era muy espabilado. Llegó Arisa conduciendo el coche y tuvo que frenar porque casi me atropella. Yo ya no pude más y caí de rodillas. Arisa salió del coche rápidamente, abrió una puerta, sacó la ballesta, la cargó, disparó y atravesó con una flecha la cabeza de la niña, quien me soltó automáticamente y cayó al suelo. Entonces Gabriel se abalanzó sobre ella y vio lo que yo no pude ver mientras me estaba mordiendo, que sus ojos eran rojos y su cara la de un vampiro lleno de ira. Arisa se acercó a Gabriel y le pidió que se apartara, pero que siguiera sujetando a aquella cría que no hacía más que gritar y patalear. Arisa no disparó la ballesta en esta ocasión, sino que cogió una de las flechas y, dando su grito japonés de guerra, se la clavó a la vampirita en el corazón. «¡Una menos!», exclamó Arisa, para añadir a continuación: «Gabriel, tú dirás lo que quieras, pero creo que nunca volveremos a casa».

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 03, 2010 9:40 am

^^ gracias shuk! ranguis!

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 03, 2010 4:27 pm

¡Gracias chicas!!!! 😎
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 03, 2010 5:00 pm

Ranguis, chicas. Relajáos un poco, que no estamos en una maratón. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 03, 2010 10:14 pm

4
Lo lamentarás cuando llegue la noche


Transcrito por Zoe


Aunque Arisa, que había vuelto a su supuesto estado de «shock prebofetada», se ofreció voluntaria para hacerlo, fue Gabriel quién decapitó finalmente a la pequeña Anne Connelly. Con ello, el ranking de decapitaciones quedó de la siguiente manera:

1.ª Arisa Imai (No sé de donde, Japón) 2 decapitaciones
2.ª Abel J. Young (Tennessee, EE. UU.) 1 decapitación
3.ª Gabriel Shine (Nueva York, EE.UU.) 0.5* decapitaciones

*(Es que como Anne Connelly era una niña, no se la puede contar como decapitación entera.)

El de estacazos y/o flechazos en el corazón:

1.ª Arisa Imai (No sé de donde, Japón) 3.5* impactos
2.ª Abel J. Young (Tennessee, EE. UU.) 1 impacto
3.ª Gabriel Shine (Nueva York, EE.UU.) No puntúa

*(El primer flechazo a Helmut, solo lo puntúo con medio punto por resurrección posterior.)

El de mordeduras recibidas:

1.ª Abel J. Young (Tennessee, EE. UU.) 1.5* mordeduras
2.ª Arisa Imari (No sé dónde, Japón) 1 mordedura
3.ª Gabriel Shine (Nueva York, EE.UU.) No puntúa

*(Me puntúo con medio punto más porque la mía fue más larga y dolorosa.)

Otras acciones contra vampiros:

1.ª Arisa Imai (No sé de donde, Japón) 3 acciones
2.ª Abel J. Young (Tennessee, EE. UU.) 2 acciones
3.ª Gabriel Shine (Nueva York, EE.UU.) No puntúa

(Estas acciones valen 0.25 puntos para la clasificación general. Las de Arisa son el primer flechazo en el hombro de Helmut, el segundo en su garganta y el flechazo a la cabeza de Anne Connelly. Las mías cuando clavé la espada a Helmut y cuando le di con las silla. Eso de que Gabriel le diera a la niña con el velón, me pareció tan ridículo que no lo tengo en cuenta).

Clasificación general:

1.ª Arisa Imai (No sé de donde, Japón) 7.75 puntos
2.ª Abel J. Young (Tennessee, EE. UU.) 3 puntos
3.ª Gabriel Shine (Nueva York, EE.UU.) 1.5 puntos

Yo no quiero hablar mal de nadie, pero es evidente que en esta aventura alguien se estaba escaqueando a base de bien. ¡Y encima se supone que era el jefe por aclamación popular!
Después de decapitar a Anne Connelly, Gabriel la envolvió con la bandera nazi e intentó meterla en el maletero. El problema es que pudo encajar el cuerpo, con algo de esfuerzo, pero no quedó sitio para la cabeza. Yo no participé en las deliberaciones sobre qué hacer con aquella cabeza porque estaba agotado. Mi agotamiento no se debía a que la niña vampiro me hubiera chupado mucha sangre, porque a lo mejor, en el minuto largo que estuvo succionándome me chupó poco más que lo que le chupó Helmut a Arisa. Lo que dejó extenuado fue el dolor que me hizo sentir ese monstruito pelirrojo. Mientras Arisa y Gabriel seguían pensando qué hacer con la cabeza, yo me tumbé en el asiento trasero del coche. Saqué la estaca y el mazo de la mochila y, después de doblarla un par de veces, la utilicé como almohada. La utilicé como almohada diez segundos, ya que me la pidió Arisa para meter en ella la cabeza de la vampiro. No contentos con dejarme sin almohada, la parejita se atrevió a sugerir que la cabeza viajara conmigo. Por supuesto me negué en rotundo, y Arisa, después de decir otra cosa de esas en japonés, se sentó con la mochila en el asiento del copiloto y la colocó a sus pies.
Como es lógico, de vuelta a Congers, no nos desviamos a Manhattan para recuperar el Volkswagen. La carga que llevábamos en el maletero era demasiado peligrosa para adentrarnos en Nueva York, donde había muchas posibilidades de sufrir algún tipo de accidente o de que a un policía se le ocurriese revisar el contenido del maletero por cualquier tontería. Solo con la bandera nazi que llevábamos, tamaño bandera de foto de Iwo Jima, nos podían empapelar bien empapelados, así que ni te cuento con dos cadáveres decapitados y uno de ellos el de una niña pequeña. «No pasa nada, agente, las víctimas son vampiros malvados.» Bueno, que pasamos de ir a buscar el cochecito alemán y nos fuimos directos a Congers.
En descargo de Gabriel, he de decir que cuando llegamos a Congers, Arisa y yo nos fuimos a la cama directamente —cada uno a la suya— y él se encargó de hacer todo lo que había que hacer por esa noche. Para empezar, enterró a Anne Connelly, aprovechando la primera tumba que habíamos hecho para Helmut. No sacó la cabeza de la mochila cuando lo hizo. Después cogió el Honda y se fue hasta la estación de servicio de Peter, que era de esas que están las veinticuatro horas abierta, y compró todo el hielo que les quedaba. Volvió a la casa, metió el Secuestromóvil en el garaje y cubrió de hielo el cadáver de Strasser. Luego cogió la bandera nazi y le limpió las manchas de sangre de la vampiro y la metió en una caja de cartón, junto a los velones y la foto de Hitler. Después de eso, se fue a dormir, pero cuando entró en la habitación en la que dormía Arisa, se la encontró totalmente espatarrada y le dio reparo tocarla para no despertarla. Al final decidió dormir en el sofá del salón, aunque solo durante dos horas y media, ya que la persiana de la ventana estaba medio rota y orientada al este y el primer sol de la mañana le despertó. Y ya que estaba despierto, se duchó y fue de nuevo a la estación de servicio, donde compró cosas para el desayuno y dejó una nota para Peter, pidiéndole que le dijera a Tom que queríamos verle urgentemente, y luego volvió a casa y se puso a preparar el desayuno. Cuando terminó de prepararlo, nos despertó a mí y a Arisa, y creo que ambos le enviamos a hacer puñetas y continuamos durmiendo. Gabriel nos estuvo esperando durante una hora, y al ver que no bajábamos, acabó tirando los huevos revueltos y las tostadas que había preparado para el desayuno y se fue de nuevo a dormir al sofá.
Me desperté al mediodía y bastante descansado. La mordedura de Anne Connelly me picaba un poco, pero no me dolía y se había cerrado. La piel alrededor de los dos pequeños círculos dibujaba un gran círculo morado. Era increíble que el daño que me hizo esa enana del diablo solo hubiera dejado esa marca ridícula. Después de asearme un poco, bajé a la cocina para comer algo y me encontré a Arisa preparando café.
—Acabo de bajar y he visto que Gabriel no ha tenido ni el detallito de prepararnos algo de comer —me dijo
Arisa nada más verme.
—¿Dónde está Gabriel? —pregunté.
—Está durmiendo como una marmota en el sofá del salón. Esa es otra, sabiendo que últimamente no me gusta dormir sola, en vez de acostarse conmigo ha preferido dormir solo en el sofá. ¿Quieres café?
—Vale, un café me irá bien. Mientras tú lo preparas, yo haré huevos revueltos. ¿Preparo también para Gabriel?
—No, Abel, que se fastidie. No vamos a ponernos a trabajar ahora para el señorito. Cuando se despierte que se prepare lo que él quiera.
El pobre Gabriel no se despertó hasta las cuatro de la tarde, y eso que Arisa entró varias veces en el salón haciendo ruido adrede para despertarle disimuladamente. Al final tuvimos que despertarlo a lo bruto porque Tom, en vez de llamarnos como le pidió Gabriel, decidió presentarse en persona.
—He salido de casa justo después de comer —empezó diciendo Tom cuando nos reunimos los cuatro en el salón—. La verdad es que esta tarde tenía pensado llamaros, pero al decirme Peter que queríais verme urgentemente, me lo he pensado mejor y he decidido venir.
—¿Por qué tenías pensado llamarnos? —preguntó Gabriel.
—Es que se me ocurrió investigar a Circle Books y está registrada como editorial, pero no ha editado nada —explicó Tom—. Así que es evidente que solamente existe para evitar que se publiquen libros comprometidos para los vampiros. Supongo que, por esa urgencia que tenéis, vosotros habéis descubierto cosas interesantes, ¿no?
—Sí, muchas cosas interesantes —dijo Gabriel—. Te hicimos caso y empezamos a investigar la lista de los alumnos del seminario y aquellos tres nombres sueltos. Abel se intentó poner en contacto con los alumnos, pero no pudo.
—Habían muerto todos —añadí yo—, ninguno por causas naturales y todos poco después de haber finalizado los seminarios en los que participaron.
—O sea, que no se limitaron a evitar que esos chicos publicaran, sino que también los asesinaron —dijo Tom—. Es mucho más grave de lo que pensaba.
—Después de averiguar eso, buscamos información por Internet de los tres nombres de la lista —dijo Gabriel—. De Samuel Hide no encontramos nada, pero descubrimos que Troughton era el presidente de Thorn, una empresa que tiene una oficina al lado de El Año del Dragón, y que Gregor Strasser era un nazi que Hitler mandó asesinar en el año 1934.
—¿Estás seguro de que se trata del mismo Strasser? —preguntó Tom.
—Sí, yo me encargué de investigarlo de cerca e incluso le hice una foto de lejos que está en el portátil —le explicó Gabriel.
—Lo que podemos hacer, si os parece bien, es intentar hacerle más fotos a Strasser y luego llevar ese material a alguien de la facultad de historia de Columbia —propuso Tom.
—No podemos hacer eso —dijo Arisa—; Strasser está muerto, lo matamos anoche.
—¿Habéis matado a un vampiro? —preguntó extrañado Tom.
—Nos hemos cargado a Strasser, a Helmut Martin, a Samuel Hide y de regalo a una niña vampiro, Anne Connelly, que me mordió —le dije a Tom enseñándole mi herida del cuello—. Me hizo mucho daño esa pequeña hija de perra.
—A mí también me han mordido —añadió Arisa, señalando su muñeca vendada—. A mi me mordió Helmut Martin.
Tom se levantó del sillón en el que estaba sentado, se fue a la otra punta del salón y, de un mueble bar que no sabíamos que existía, sacó una botella de whisky, se llenó un vaso y se lo bebió de un trago. Luego volvió a servirse otro whisky y regresó al sillón.
—Bien, ¿podéis explicarme todo lo que ha sucedido desde la última vez que nos vimos, siguiendo un orden cronológico y sin pisaros los unos a los otros?
—Sí, creo que podemos hacerlo —dijo Gabriel—. Mira, Abel y Arisa siguieron a Samuel Hide y vieron cómo asesinaba a mi padre.
—¿Tu padre ha muerto? —preguntó Tom.
—Samuel Hide le pegó dos tiros en la cabeza en un almacén del puerto de Nueva York —añadió Gabriel.
—Lo siento, Gabriel —dijo Tom—, era un buen hombre. Lo siento mucho.
—Después de que mataran a mi padre, pensamos que la única manera de librarnos de esta gentuza era acabando con ellos antes de que intentaran matarnos también a nosotros —explicó Gabriel—. Miramos unas cuantas películas y practicamos con estacas y Arisa con una ballesta.
—¿Películas y una ballesta? —preguntó Tom.
—Sí, primero vimos unas cuantas películas —le contestó Arisa—, Nosferatu, varias versiones de Drácula y alguna más, y después practicamos con un cerdo lo de clavar estacas y dispararle flechas de madera con la ballesta.
—Después de hacer las prácticas, fuimos al piso de Hide, le clavé una estaca en el corazón y Abel le cortó la cabeza. Luego nos topamos por casualidad con Helmut Martin y lo matamos clavándole una flecha de madera en el corazón. No le cortamos la cabeza, y cuando lo enterramos, resucitó, y entonces entró en la casa y atacó a Arisa.
—Y Arisa le clavó otra flecha y le cortó la cabeza —añadí yo.
—Pensé que os limitaríais a hacer fotos, hablar con alguien, tomar notas —dijo Tom—. Jamás me habría imaginado que llegaríais a enfrentaros a los vampiros.
—Aún no te hemos contado todo, Tom —dijo entonces Gabriel—. Anoche fuimos a por Gregor Strasser y Arisa se encargó de eliminarlo.
—¿Ella sola? —preguntó Tom extrañado.
—Es que cuando se enfada es muy peligrosa —dije yo suavizando lo que realmente pensaba.
—Después de cargarnos a Strasser, entramos en su casa y descubrimos que el ventanal del salón principal era en realidad una pantalla de vídeo —siguió explicando Gabriel—. Espera un momento, que te lo enseñaré.
Gabriel fue a buscar el portátil para enseñarle la foto que había de la casa de Strasser y en la que se podía ver el ventanal desde fuera con aquella especie de espejos.
—Eso que te va a enseñar Gabriel es una estupidez. Es una pantalla de vídeo gigante en el interior y por fuera unos espejos —le expliqué a Tom—. Lo más interesante que había en la casa lo encontré yo: ataúdes vacíos y una foto que Hitler había dedicado a Strasser. Lo mejor de esa dedicatoria es la fecha, septiembre de 1939.
—Cinco años después de su supuesta muerte —añadió Arisa.
—Y luego encontramos una bandera nazi en el sótano —dije yo—. Bueno, una bandera nazi, velones negros y una niña vampiro. La que luego me mordió y Arisa se cargó.
—¿También a esa te la cargaste tú, Arisa? —le preguntó Tom.
—Sí, parece que he nacido para eso —contestó Arisa con una sonrisa forzada.
Gabriel regresó con el portátil y le enseñó la foto a Tom.
—Es una macropantalla de vídeo, suponemos que para vigilancia, pero a lo mejor es para otra cosa —le explicó Gabriel—. Aparte de esto, en la casa encontramos ataúdes, velas negras…
—Ya se lo hemos contado —dije yo.
—¿Lo de la bandera nazi y la foto también? —preguntó Gabriel.
—Sí, eso también —contestó Arisa.
—Los velones negros, la foto y la bandera están en una caja en el garaje —explicó Gabriel.
—Lo cierto, chicos, es que estoy sorprendido por todo esto que habéis hecho —dijo Tom. Creo, sinceramente, que os habéis excedido un poco.
—Nosotros pensamos que con las pruebas de esa caja y el cadáver de Strasser podría demostrarse que los vampiros existen —señaló Gabriel—. Te hemos llamado para darte todo lo que tenemos y dejar el tema en tus manos.
—¿Conserváis todos los cadáveres de los vampiros que habéis matado? —nos preguntó entonces Tom.
—No, todos no. Es que tuvimos un problema con el primero —empezó explicando Gabriel—. Resulta que eso de que les afecta la luz solar es una patraña. Cuando matamos a Hide era de día y el tipo no se deshizo ni nada con la luz del sol.
—¿No se desintegran los vampiros con el sol? —preguntó Tom.
—No, te aseguro que no, lo hemos comprobado empíricamente —contestó Gabriel.
—En el bosque, aparte de Hide, están enterrados Helmut Martin y la niña de anoche —añadió Arisa.
—¿Y Strasser? —preguntó Tom.
—Está en el maletero del Secuestromóvil, cubierto de hielo —contestó Gabriel—. Perdona, el Secuestromóvil es a lo que antes llamábamos Vampmóvil. Tenemos el de Samuel Hide. Le hemos cambiado el nombre porque pensamos que las placas metálicas del interior son para secuestrar a gente, no para proteger de los rayos solares, ya que, como te hemos explicado, el sol no pinta nada en esta historia.
—Bueno, más o menos, me he enterado de todo —dijo Tom, bebiéndose el whisky que le quedaba en el vaso—, pero me vendría bien que me lo volvieseis a repetir, y esta vez que me lo cuente solamente una persona y, si puede ser, que esa persona sea Arisa, que creo que es la única que tiene la cabeza en su sitio.
¿La única que tiene la cabeza en su sitio? ¡Tendrías que haberla visto en acción! Pobre Tom, como profesor sería una eminencia, pero como psicólogo era evidente que no tenía ni idea. Arisa, como él quería, le volvió a contar toda nuestra historia a Tom quien, en esta ocasión, tomó apuntes. Cuando terminó el rollo patatero de Arisa, Gabriel y yo acompañamos a Tom al garaje. Allí nos dimos cuenta de que era mejor sacar el coche para que Tom pudiera examinar el cadáver de Strasser más cómodamente. Sacamos el coche y, antes de abrir el maletero, Gabriel dijo una de esas frases para la posteridad:
—Tom, lo que vas a ver a continuación va a marcar un antes y un después en la historia de la humanidad.
Abrimos el maletero y el señor Strasser se convirtió en un montón de cenizas en menos de diez segundos. ¿Por qué? ¡Pues porque como todo el mundo sabe, los vampiros quedan desintegrados cuando les da el sol! No puedo hacer una descripción detallada de la desintegración de aquel vampiro porque lo que únicamente pude ver fue un inmenso bulto cubierto por una sábana desapareciendo rápidamente tras una nube de humo verde y pestilente. Era como si alguien hubiera rociado aquel cuerpo con un ácido extremadamente corrosivo. Al final del proceso lo único que quedó en el maletero fue una sábana blanca impregnada con una especie de sopa de cenizas y un pequeño grupo de cubitos de hielo que aún no se habían deshecho.
—¡No puede ser, no puede ser! —empezó a gritar Gabriel—. ¡Esto no tiene sentido! Samuel Hide no se desintegró cuando le dio el sol.
—Quizá sea porque Hide era un vampiro de otra clase —dije yo.
—¿Dos clases de vampiros? —preguntó Gabriel.
—Sí, unos a los que les afecta el sol y otros a los que no —contesté yo—. A lo mejor se diferencian por temas de piel.
—¿De pigmentación de la piel? No creo —dijo Tom—. A mí me parece que hay una explicación más sencilla.
—¿Cuál? —preguntó Gabriel.
—Pues que ese Samuel Hide no era un vampiro —contestó Tom—. ¿Qué os hizo pensar que lo era? ¿Dormía en un ataúd? ¿Bebía sangre?
—No, dormía en una cama, comía de todo, bebía alcohol, tomaba somníferos y no le vimos beber sangre —contestó Gabriel.
—Entonces ¿qué era lo que, según tú, le hacía ser un vampiro? —preguntó Tom.
—Nada, tienes razón, no era un vampiro —contestó Gabriel—. Pensamos que lo era porque estaba en la lista que me dio mi padre, y porque él lo secuestró y lo mató.
—Sí, pero lo mató utilizando una pistola y antes de disparar Helmut mordió al padre de Gabriel, pero Hide no —expliqué yo—. Hide se comportaba como un vampiro porque era un asesino hijo de su madre, pero no era uno de ellos.
—Merecía serlo, pero no lo era —añadió Tom.
—Hemos matado a un ser humano —dijo Gabriel entristecido—. ¡Dios, qué mierda!
—Bueno, míralo desde el lado bueno, Gabriel; tu absurda teoría del ventanal de protección y realidad virtual ya no es tan absurda —dije yo para consolarle un poco—. Ese ventanal les protege del sol y les hace vivir una mentira.
—Por eso por fuera son espejos y por dentro una pantalla —dijo Tom—. Tiene mucho sentido, sí, mucho sentido.
—No cambiéis de tema, hemos matado a una persona. Es evidente que el asunto se nos ha ido de las manos —dijo Gabriel consternado—. Bueno, lo maté yo. Fui yo. Fue culpa mía.
—¡Y yo le corté la cabeza! —exclamé.
—Sí, pero ya estaba muerto —replicó Gabriel—. Lo tuyo debe ser necrofilia o algo así, pero lo mío es asesinato. No se puede ni comparar. ¡Soy un criminal!
—Gabriel, por favor, cálmate —dijo Tom—. Mirad, vamos a hacer lo siguiente. Olvidaos del tema de los vampiros, vuestras aventuras vampíricas se han acabado. A partir de ahora me encargo yo de todo. Dadme la dirección del vampiro que queda en la lista…
—Troughton —dije yo.
—Sí, ese. Dadme su dirección y yo lo investigaré —dijo Tom—. Esta tarde llamaré a algunas personas que conozco e investigaremos a ese vampiro.
—Abel, ve a mi habitación. En un cajón de la mesita que está más cerca de la puerta, encontrarás la carpeta que me dio mi padre, apunta la dirección de Troughton y tráesela a Tom —me ordenó Gabriel.
Me di cuenta de que Gabriel me ordenaba eso para quedarse un momento a solas con Tom y hablar del tema de la muerte de Samuel Hide en privado. Fui a su habitación, encontré la carpeta en el lugar que él me había dicho y apunté la dirección de Troughton. Al volver junto a Tom y Gabriel, el Secuestromóvil que, al parecer, era de nuevo un Vampmóvil había vuelto al garaje. Le di la nota con la dirección del último vampiro de la lista a Tom.
—Hoy tomaos el día de descanso, no hagáis nada —dijo Tom—. Yo mañana volveré, y os diré cómo están las cosas y pensaremos qué hacer. Vendré con un amigo que tiene un taller y nos llevaremos el coche para desmontarlo y buscar pruebas en él. También me llevaré la caja con lo que encontrasteis en casa de Strasser. Por favor, hoy ni se os ocurra ir por ahí a matar vampiros. El tema se ha acabado.
—De acuerdo, Tom, toma las llaves del coche —dijo Gabriel y le dio las llaves del Vampmóvil.
Tom se subió a su coche y antes de que lo perdiéramos de vista Gabriel se fue corriendo al interior de la casa. Yo fui caminando tras él y al entrar me encontré con Arisa en el vestíbulo, mirando hacia la escalera.
—Gabriel ha entrado corriendo y se ha metido en nuestra habitación dando un portazo —me dijo Arisa—. ¿Es que ha pasado algo?
—Sí, algo grave. Abrimos el maletero y Strasser se desintegró.
—Vaya, qué mala suerte.
—¿Mala suerte? ¿Tú sabes qué significa eso, Arisa?
—¿Qué se ha perdido la prueba más grande y gorda para demostrar que los vampiros existen?
—No, lo que significa es que Samuel Hide no era un vampiro, sino un ser humano. ¡Hemos matado a un hombre!
—¿Y cual es el problema?
No supe decirle cuál era el problema porque no me esperaba esa pregunta. Me esperaba que se pusiera a llorar y a tirarse de los pelos o algo así, pero no que, con toda la tranquilidad del mundo, me preguntara eso.
—Yo ya sabía que Samuel Hide no era vampiro —me dijo entonces Arisa para acabar de rematarme—. No os dije nada porque sois un pelín sensibles, pero era evidente que no era un vampiro.
—¿Desde cuándo sabías que no lo era?
—Bueno, la verdad es que cuando fuimos al piso de Hide, y pese a todo lo que nos había pasado ya, yo no creía en los vampiros, pero me di cuenta de que no era vampiro cuando encontré los somníferos. ¿Un vampiro tomando somníferos? Luego apareció la asistenta y me pareció algo demasiado mundano para tener que ver con los vampiros. Después os sacasteis aquella absurda teoría del Secuestromóvil. ¿Para qué lo de las placas metálicas, si atando y poniéndole una capucha a una persona es suficiente para secuestrarla y llevarla a cualquier sitio? Pero lo que definitivamente me hizo entender que Samuel Hide no era vampiro fue ver la cara de Helmut transformándose en una bestia en el puerto de Nueva York. Entonces me di cuenta de que si Hide hubiese sido un vampiro, Gabriel y tú no lo habríais matado tan fácilmente. Cuesta matar a un vampiro, sobre todo si Dios te dota de la torpeza de la que Gabriel y tú hacéis gala.
—¿Por qué no nos dijiste nada? ¿Por qué no nos dijiste que Hide era humano?
—Pues porque conozco a Gabriel y sabía que haría lo que está haciendo ahora. Tenía pensado comentaros el tema con calma a la mañana siguiente, pero Helmut lo trastocó todo. Después de cargarme a Helmut, pensé que si os decía lo de Hide comenzaríais a lamentaros y Strasser salvaría la cabeza, y, bueno, yo tenía muchas ganas de seguir matando vampiros.
—No sé qué decir, la verdad.
—Ya, ya sé que no sabes qué decir, Abel. Ese es tu problema, que normalmente no sabes qué decir y cuando dices algo suele ser una tontería. Mira, hagamos una cosa, voy a subir a consolar a Gabriel y a hacerle descansar un poco. Ahora el pobre debe de estar inmerso en uno de sus ataques de nervios y de culpabilidad esquizofrénica, si es que eso existe. Si te parece bien, cuando Gabriel se duerma, bajo y nos vamos a dar un paseo y a cenar algo por ahí y hablamos de lo que quieras. Hasta entonces, relájate y descansa. Mira, te doy permiso para que veas la película porno que querías ver la otra noche cuando yo te interrumpí.
No me pude relajar nada. La película porno sí la vi, pero no me relajé nada. Bien entrada la tarde, bajó Arisa y me dijo que Gabriel ya dormía y nos fuimos a cenar. Ella eligió el restaurante y, por supuesto, fue el coreano-japonés al que fuimos el día de San Sol Naciente. Pedimos lo mismo que la otra vez y, por suerte, Arisa no me presionó para que comiera con palillos. Descubrí en esta segunda visita al restaurante que el sushi puede que sea uno de los grandes inventos de la humanidad. Me encanta. No sé por qué, pero me encanta. La mayor parte de la conversación que mantuvimos mientras comíamos estuvo centrada sobre las diferencias culturales entre Japón y Estados Unidos. No me enteré de casi nada de lo que Arisa me contó porque mi cabeza estaba dándole vueltas a Samuel Hide y a todo lo que nos había pasado desde que nos metimos en esta película de vampiros. Arisa se dio cuenta de que yo estaba pensando en lo que estaba pensando, así que decidió sacar el tema.
—Bueno, supongo que quieres que hablemos de los de Samuel Hide, ¿verdad? —empezó diciendo Arisa—. ¿Cuál es el problema?
—Que no era un monstruo, sino un hombre —contesté.
—Vale, así que la cosa va de monstruos y hombres. Muy bien. Te sabe mal que hayamos matado a Hide porque era un hombre,, pero no te sabe mal que hayamos matado a Anne Connelly porque era un vampiro. ¿Tengo razón?
—Sí, Arisa, tienes razón.
—Hide mató al padre de Gabriel y seguramente habrá matado a muchas más personas. Trabajaba para los vampiros y tenía un cargo muy importante, ya que Helmut parecía estar a sus órdenes. Sospecho que para que los vampiros le den tanto poder a un ser humano este debe de ser casi o igual de malo que ellos. O sea, debe de ser un vampiro, pero vivo y sin chupar sangre. Luego tenemos a Anne Connelly. Encontrasteis a la cría en el sótano, atada y dormida o inconsciente. Doy por hecho que si estaba atada era porque acababa de convertirse en vampiro. Además, en el piso de arriba encontrasteis un ataúd pequeño por estrenar que seguramente era para ella. Así que la pequeña Anne Connelly se estrenó contigo. La única cosa mala que hizo como vampiro fue darte un mordisquito. Sé que te dolió mucho, pero solo hizo eso, morderte con sus dientecitos de leche. Así que por lado tenemos a un asesino cruel y sin entrañas y por el otro a una niña cuyo gran pecado es que fue secuestrada, asesinada, convertida en vampiro y que te mordió. Si los vampiros no existiesen, ¿cuál de las dos muertes es más injusta, la de Hide o la de la niña?
Después de leer libros, lo que más odio en el mundo es que me hagan pensar. Sobre todo lo odio cuando la persona que me obliga a pensar me está mirando fijamente cuando lo hago. A mi padre también le cuesta, pero adopta una pose de pensador filosófico o de detective experimentado, consistente en cerrar los ojos y tocarse repetidamente la punta de la nariz con un dedo. Yo no tengo ningún truco para disimular que mi cerebro es lento para según qué cosas.
—Vale, contesto yo por ti —acabó diciendo Arisa, cansada de verme con cara de tonto—. La pregunta no puede responderse tal como te la he planteado. Si los vampiros no existiesen, la niña no te habría mordido y, a lo mejor, Hide no habría asesinado al padre de Gabriel. Pero los vampiros existen y si existen las reglas de nuestro mundo ya no sirven. No hay justicia ni leyes ni ética ni nada. No podemos entrar en el mundo de los vampiros llevando la Constitución de Estado Unidos para saber qué hacer en cada momento. Esto es diferente, muy diferente. Estamos en medio de una historia fantástica donde le clavas una estaca a alguien en el corazón y no se muere. ¿Entiendes el problema? Mira, si te planteas que matar a Hide estuvo mal, lo haces porque ves eso desde la perspectiva del mundo real, del mundo en el que siempre has vivido, y eso es absurdo. Hide forma parte del mundo de los vampiros, no es un vendedor de periódicos o un panadero, es un personaje que vive, bueno, que vivía a costa de los vampiros y cuya principal arma era que la gente no creía en ellos. ¿Comprendes?
—Ya sabes que no lo comprendo.
—Vale, te lo voy a poner más fácil. ¿Si los vampiros no existiesen habríamos matado a Hide?
—No, no creo.
—Entonces una cosa está ligada a la otra. No puedes juzgar el caso de Hide sacándolo del contexto. No puedes ver a Hide como un ser normal porque era un verdadero monstruo, porque era peor que los vampiros. Hide tuvo la oportunidad en su día de escoger entre el Bien y el Mal, y eligió el Mal; los vampiros no tienen esa opción. No hace falta tener colmillos afilados o convertirse en lobo las noches de luna llena para ser un monstruo, simplemente hay que comportarse como tal. Yo he estudiado historia y sé que mucha gente piensa que no vale para nada saber lo que pasó hace mil años, pero vale y para mucho porque hace mil años ya había gente como Hide que se aprovechaba de gente como tú y como yo. ¿Sabes por qué parece que a la gente mala le van bien las cosas y a la buena parece que todo le sale mal?
—No, me lo he preguntado muchas veces, pero no lo sé.
—Pues porque la gente mala ya tiene la maldad en su interior y la gente buena es atacada por esa maldad. Es decir, están el Bien y el Mal, y el Mal quiere destruir al Bien, no al Mal, lógicamente. La gente buena es buena porque no quiere hacer daño a nadie y la mala es mala por lo contrario. El que asesina fríamente no tiene mala conciencia de lo que hace porque es malo y no tiene rival porque el bueno se lo pensará dos veces antes de disparar contra un ser malvado. Los malos siempre ganarán porque los buenos a lo único que aspiran es a no ser malos. A vuestro Cristo lo crucificaron, a Gandhi lo asesinaron, pero Hitler se suicidó y Stalin murió de causas naturales.
—Empiezo a entender lo que dices, pero creo que si tú tienes razón la gente podría tomarse la justicia por su mano para acabar con el Mal y entonces seríamos todos malos.
—Ya, por eso la gente no se suele tomar la justicia por su mano o al menos no debería hacerlo. Ahora bien, te vuelvo a repetir que el mundo de los vampiros no tiene nada que ver con el mundo real y, por lo tanto, las reglas no son las mismas. Yo no voy a ir ahora con una metralleta a una cárcel llena de violadores pederastas y asesinos a hacer justicia, porque eso está mal y tengo conciencia, pero si mañana me encuentro a un vampiro o a un amigo suyo tan malo como él, me los cargo sin pestañear. Estamos viviendo en un mundo paralelo. No vivimos en el mundo de los hombres, sino en el de los monstruos. Estamos viviendo en un mundo que no es real, en el argumento de una novela o de una película, en una partida de una máquina recreativa, y Hide te quería quitar una de tus vidas. Yo tengo claro quién soy cuando cojo una ballesta y quién soy cuando regreso a mi mundo, y a veces hay interferencias y me pongo a llorar como cuando Gabriel me dio aquella bofetada. No soy una psicópata con ballesta, como sé que le dijiste a Gabriel, soy una cazavampiros de noche y una simpática joven oriental de día. Si no hubiese tenido eso claro cuando Helmut se enfrentó a nosotros en el puerto de Nueva York, tú, Gabriel y yo ya estaríamos muertos.
—¿Cómo puedes tener dos personalidades? ¿Cómo puedes ser una cazavampiros de noche y una Arisa normal y corriente de día?
—Bueno, esto que te acabo de decir es una especie de teoría partiendo de las experiencias que he vivido. Tú viste lo que me estaba haciendo Helmut y tardaste en reaccionar.
—¿Cómo sabes que tardé en reaccionar?
—Pues porque te vi allí parado mientras Helmut me mordía y me metía mano.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Pues porque debí haber hecho algo desde el principio.
—No, si no hiciste nada es porque no pudiste hacerlo y si esto fue así es porque Helmut, como los otros vampiros, se aprovechó de que la gente piensa que no existen. Lo que viste que me estaba haciendo Helmut solo lo habías visto en películas y tu cerebro está programado para considerar cualquier producto fílmico como un producto de ficción. Aquello que estabas viendo para ti no era real, sino una película en tres dimensiones o la representación teatral de una escena sacada de alguna novela de vampiros. ¿Entiendes lo que quiero decir? Tu cerebro no fue capaz de entender enseguida lo que estaba viendo. El mío lo entendió más rápidamente porque no tuve más remedio. Helmut iba a violarme y a matarme, y por eso puede reaccionar rápidamente después. Pude entrar en su mundo. Gabriel y tú bajasteis al sótano de Strasser y rescatasteis a una dulce niñita porque no supisteis entender que todo lo que nos está pasando no es real. Aún hoy, le estáis buscando la lógica a todo, a interpretar lo que nos está sucediendo desde las perspectivas del mundo real, no del de ficción. Casi nos matan por mezclar ambos mundos en una novela y un cuento. Doy por hecho que cada vez que alguien se disfraza de vampiro en Halloween, nuestros amigos de colmillos afilados deben de sentirse satisfechos, y también deben de sentirse así cuando ven películas donde los vampiros son atractivos y seductores o en las que pueden enamorarse de alguien y dudar si morderle o no. ¡Oh, pobre vampiro, su instinto quiere matar a esa chica, pero se ha enamorado de ella y su corazón lucha contar su instinto! ¿Quién ganará al final? Eso es una puta mierda, Abel.
En ese momento me di cuenta de que Tom Braker tenía razón y de que Arisa tenía la cabeza bien amueblada, al menos mucho mejor amueblada que Gabriel y un servidor. Además, después de descubrir que Hide no era un vampiro, resulta que Arisa era la única que realmente se había cargado a bichos de esos. Quizá fuera porque era la única que realmente sabía lo que estaba haciendo.
—Arisa, hay una cosa que me gustaría comentarte, para que me dieras tu opinión —le dije entonces para empezar a explicarle mis dudas sobre la verdadera razón por la que me había metido en ese jaleo vampírico—. Sé que Gabriel se ha enfrentado a los vampiros porque mataron a sus padres y que tú lo haces porque le quieres…
—Bueno, sí, es porque le quiero, pero no es tan sencillo —dijo Arisa interrumpiéndome—. Le quiero, pero si hago lo que hago es por mí, no por él. Gabriel no actúa por venganza, actúa porque es un chico al que le han ido golpeando los vampiros durante toda su vida, aunque él no lo sabía. Cuando descubrió eso, se dio cuenta de que estaba en guerra y de que en las guerras se lucha. La pega es que es demasiado débil y su cerebro aún no está al cien por cien, y cree que es un hombre hecho y derecho y sólo es un crío asustado. Piensa como hombre y actúa como niño. Date cuenta de que suele hablar muy bien y tiene grandes ideas, pero, joder, anoche atacó a Anne Connelly con una vela de cera. Tú al menos atacaste a Helmut con una silla. Quiero mucho a Gabriel y también te quiero a ti, y sé que te va a sonar raro, pero estoy haciendo de vuestra madre. Con ballesta, pero mamá al fin y al cabo. Y siento lo que voy a decir, pero tengo unos hijos que son un desastre. Ni siquiera pudieron ellos solos con una vampiro de cuatro añitos. Por eso actúo como si no tuviera miedo a esos vampiros, porque algo en mi interior me pide que me la juegue por salvarme a mí misma, pero también a vosotros. Debe de ser el jodido instinto maternal. Lo que pasa es que no soy vuestra madre y eso de vez en cuando también me afecta, por eso tuve aquel ataque de nervios después de cargarme a Strasser. Pensé que todo había acabado, pero cuando te vi corriendo con una bandera nazi en la espalda, me di cuenta de que mi papel de mamá matavampiros no había acabado. Eso sí, estoy agotada y me alegro de que todo haya acabado y de que Tom nos libere de todo esto mañana.
—Vale, Gabriel se metió en este jaleo por esa guerra que tú dices y tú porque le quieres a él y a mí y quieres ser mamá o algo así, pero ¿yo por qué crees que estoy metido en este embrollo?
—¿En serio no lo sabes?
—No, no lo sé. He pensado que es porque cuando me dejó Mary entré en estado de shock o algo así y no sé lo que hago.
—No, no es por eso. Bueno, puede que sea en parte, pero si tú estás en medio de este embrollo como tú dices, es porque eres un cobarde. Más aún, eres la persona más cobarde que he conocido en toda mi vida.
No podía creerme lo que me acababa de decir Arisa. Vale que por temas genéticos nunca he sido muy valiente, pero, joder, en ningún momento me escondí cuando tuvimos que enfrentarnos a los vampiros. Tampoco iba a pecho descubierto, pero creo que se ha de ser muy valiente para jugarse el pellejo como yo lo hice. ¿Verdad que tengo razón? Pues no, al parecer, hice todo eso porque era un cobarde.
—¿Por qué dices que soy un cobarde? —le pregunté.
—Pues porque lo eres —me contestó Arisa con toda la tranquilidad del mundo—. Tú te has apuntado a esta guerra contra los vampiros porque te mueres de ganas de follar conmigo.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Lo estás haciendo por mí, para seguir dando vueltas a mi alrededor como una mariposa, esperando que yo un día te proponga que lo hagamos. Abel, tú actualmente eres una mezcla de serrín y pajaritos en la cabeza y hormonas dando botes por el resto del cuerpo. Y si te digo que eres un cobarde es porque aún no me has propuesto lo que deseas que hagamos juntos desde el día que nos conocimos. Es que eres un libro abierto, encanto. Entraste en mi habitación para decirme que solamente estábamos tú y yo en el seminario y pusiste una cara de bobo que me hizo entender lo que estabas pensando. Al día siguiente, haciéndote el tonto, viniste al lago porque yo iba en biquini y te sacaste aquel atardecer de la manga. Y yo, bueno, aparte de que soy coqueta por naturaleza, necesitaba cariño y te seguí un poco el juego. Lo que pasa es que llegó Gabriel y él es otra historia.
—En estos momentos me siento el gilipollas más grande del mundo.
—Sí, quizá lo seas, pero eres una persona maravillosa y tierna y por eso te quiero. Espero que un día puedas encontrar a una chica que te quiera como mereces.
—Pensé que Mary era esa chica, pero me equivoqué.
—A lo mejor no te equivocaste. ¿Por qué te dejó Mary concretamente?
—Me dejó para ponerme a prueba, para que reaccionara porque me veía muy distante.
—¿Y reaccionaste?
—No mucho, lo único que hice fue hundirme y ponerme a llorar.
—Porque eres un cobarde. En vez de ir a por ella y decirle que la querías más que a nada en el mundo y, tal vez, pegarle un buen meneo, decidiste que lo mejor que podías hacer era llorar y compadecerte. La chica intenta que espabiles y vas tú y la cagas.
—Ahora está con otro.
—Normal, seguro que debe de ser un tipo con más carácter que tú. Seguramente un cabrón hijo de su madre, pero si le deja una chica seguro que se busca a otra, se emborracha, se pone a jugar a videojuegos o se hace el despistado, todo menos ponerse a llorar. Tienes miedo a las mujeres o a lo que ellas piensen de ti. Por Mary has llorado y por mí casi te matan varias veces. Todo por cobardía. Si el día ese del atardecer en el lago Cayuga me hubieras propuesto que follásemos, ahora no estaríamos aquí hablando de esto.
—¿Por qué dices eso?
—Sencillo. Si lo hubiésemos hecho, ya no tendrías necesidad de demostrarme nada, y si yo te hubiera rechazado, seguramente que habrías pensado que ya no tendrías ninguna oportunidad conmigo, así que no ibas a jugártela por algo que nunca iba a ocurrir. Por cobardía, por temor a que te abofeteara o algo así, no me dijiste que te parecía atractiva. Y la noche que me atacó Helmut, tres cuartos de lo mismo. Me acuesto contigo, necesitada de cariño como estaba, y te digo que eres tierno y sensible, y tú no aprovechas la ocasión para proponerme que lo hagamos. Pensé que lo ibas a hacer, en serio, pero no lo hiciste y, bueno, lo acabaron pagando Strasser y la niña. Si lo hubiésemos hecho no habrías ido a por Strasser, ya no te haría falta, y de haberte rechazado tampoco te la habrías jugado por mí.
—¿Y qué habría pasado si te hubiese propuesto la otra noche que lo hiciéramos? ¿Qué habrías contestado?
—Pues te vas a quedar con las ganas de saberlo, Abel. Muchas noches, en la soledad de tu cama, pensarás en lo que pudo haber sido y no fue. Pensarás en mí, sí, muchas noches, y estoy segura de que siempre llegarás a la misma conclusión, de que fuiste un cobarde y un auténtico gilipollas por preocuparte más por lo que yo pensara de ti que por lo que tú sentías en ese momento. A lo mejor durante el día no pensarás en mí y te dará igual no haber sido valiente entonces, pero sé que lo lamentarás cuando llegue la noche.
¡Y esa misma noche lo lamenté!

_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 03, 2010 10:16 pm

¡¡¡¡Por dioxxxxxxx!!!!!!
¡¡¡¡Que capítulo más largooooooooo!!!!!!
Casi me dá algo.
Para las que lo vayan a leer, la puya que le mete a Crepúsculo no tuiene desperdicio, jajajajajajaja

_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 1:41 am

heheheh tengo los ultimos dos ya xDDDDDD

y pos este libro anda criticando tanto pelis como libros

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 10:34 am

jajaja gracias Zoe!! ranguis!!


_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   

Volver arriba Ir abajo
 
Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 6 de 8.Ir a la página : Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8  Siguiente
 Temas similares
-
» Brigadier Juan Ignacio San Martín-Biografía-
» ¿Están entre nosotros?
» Los memes llegan a Limbhad
» Historias reales
» Siempre estarán entre nosotros

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Black and Blood :: Proyectos del Foro :: Proyectos Terminados-
Cambiar a: