Black and Blood


 
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 Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 4:31 pm

Ranguitos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 4:32 pm

shuk hing escribió:
heheheh tengo los ultimos dos ya xDDDDDD

y pos este libro anda criticando tanto pelis como libros

Puede ser porque el autor es el primer libro que escribe y es conocido porque es el presidente del certamen de cine de Valencia.

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shuk hing
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 6:07 pm

en serio jejje ewow

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 7:00 pm

Aquí te dejo lo que ha hecho:
Juan Ignacio Carrasco Roig (Peñíscola, 1973) es licenciado en Ciencias de la Comunicación y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Se ha dedicado al cine desde el punto de vista periodístico, tanto en prensa, radio como en televisión, y ha sido director del Festival Internacional de Cine de Peñiscola (2007), certamen que fue galardonado con el premio Expocine, por la promoción de séptimo arte en el ámbito local.

Juan Ignacio Carrasco Roig (Peñíscola, 1973) es licenciado en Ciencias de la Comunicación y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Se ha dedicado al cine desde el punto de vista periodístico, tanto en prensa, radio como en televisión, y ha sido director del Festival Internacional de Cine de Peñíscola (2007), certamen que fue galardonado con el premio Expocine, por la promoción de séptimo arte en el ámbito local.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 11:21 pm

Gracias Zoe, ¡ranguis!!!
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Ago 04, 2010 11:41 pm

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee(POSTEADO)


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Shuk hing(POSTEADO)

2. Por una cabeza Gemma(POSTEADO)

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing(POSTEADO)

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe(POSTEADO)

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Shuk hing


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Ago 06, 2010 9:01 pm

5
Nosferatu
Siete formas de despertar a una persona:
1. Soplándole en un oído. Hay gente que lo hace. Por ejemplo, mi abuela materna despertaba así a mi abuelo, el cual se refería a ella cariñosamente como «esa vieja de mierda que me dejó sordo con su manía de soplarme en el oído para despertarme por las mañanas».
2. Gritando. Hay gente que lo hace. Por ejemplo, mi abuela materna despertaba así a mi abuelo después de que este se quedara sordo.
3. Susurrando cariñitos. Hay gente que lo hace. Por ejemplo, mi abuelo materno despertaba así a su segunda mujer, la enfermera ayudante de su otorrinolaringólogo.
4. Tocando la trompeta. Hay gente que lo hace, por ejemplo mi primo Marty, al que Papa Noel le regaló una puta trompeta con la que nos jodió a todos las Navidades de 1998.
5. Clavando una estaca en el corazón. Hay gente que lo hace. Por ejemplo, Gabriel Shine despertó de esa manera a Samuel Hide.
6. Introduciendo un cubito de hielo en el ano. Hay gente que lo hace, no tengo ningún ejemplo que lo ilustre, pero estoy seguro de que hay algún perturbado por ahí que hace eso.
7. Sacando a la persona de la cama tirándole de los pelos, para después lanzarla al suelo y pegarle cuatro patadas. Hay gente que lo hace. Por ejemplo, así me despertó el vampiro que entró en mi habitación aquella noche. Después de pegarme las patadas, me puso una pistola en la cabeza y me hizo levantarme del suelo lentamente. Cuando salimos al pasillo, pude comprobar que otro vampiro había entrado en la habitación de Arisa y Gabriel y también los había despertado bruscamente y a punta de pistola. Nos bajaron a los tres a empujones y una vez en el hall de entrada, nos ataron las manos y los pies y nos amordazaron. Parecíamos actores haciendo cola para una prueba en una snuff movie. Gabriel y yo íbamos en calzoncillos y con una camiseta. Arisa estaba impecable, como siempre, vestida con su pijama —pantaloncito y camiseta rosa— y con las uñas de los pies pintadas también de ese color. Sé que las llevaba así pintadas porque ella, al igual que Gabriel y un servidor, estaba descalza. Los vampiros nos metieron a los tres en un Vampmóvil y pude ver cómo uno de ellos cogía el coche de Hide, justo antes de que el que iba a conducir el nuestro activara el dispositivo de las placas metálicas. Así que, por lo que parecía, el Vampmóvil era también un Secuestromóvil.
No sé cuánto tiempo duró aquel viaje hacia ninguna parte, soy un desastre en lo que se refiere a medir el tiempo sin reloj. Tampoco podría decir la hora exacta en la que llegarnos una enorme mansión, del tamaño de la que tienen los ricachones de las series de televisión, pero sospecho que serían algo más de las seis de la madrugada, pues estaba empezando clarear el horizonte, Al bajar del coche, a punta de pistola otra vez, pude comprobar dos cosas interesantes: que quien viviera allí tenía el mismo tipo de falsos ventanales que tenía Gregor Strasser y que algo raro había pasado esa noche, ya que aparcado frente a la puerta principal estaba el todoterreno del señor Shine.
Como a los vampiros, aparte de morder y chupar sangre, se ve que les gusta empujar, a empujones nos metieron en la casa y a empujones también nos llevaron a un salón, en el que había uno de esos grandes ventanales de alta definición, donde con un último empujón nos sentaron a los tres en un sofá. Gabriel, Arisa y yo nos mirábamos sin decir nada —por las mordazas, básicamente—, pero temamos la sensación de que algo muy malo nos iba a pasar. ¿Cómo lo deduje? ¿Porque soy el hijo secreto de Sherlock Holmes? ¿O por el hecho de estar atado y amordazado y con un vampiro apuntándome con una pistola? Arisa no pudo aguantar más la presión y empezó llorar. Gabriel intento abrazarla, haciendo que ella pasara su cabeza entre sus brazos atados por las muñecas, pero el vampiro que nos apuntaba con la pistola —al que llamaré X— lo evitó dándole un puñetazo a mi amigo en la cara, por suerte con la mano que tenía libre, no con la pistola. El otro vampiro —al que llamaré Y— había ido a buscar a su jefe y dueño de aquella mansión, al que reconocí enseguida gracias a aquella foto suya que había visto en internet. Sí, se trataba de Donald Troughton. Ver al presidente de Thom entrando sonriendo en aquel salón habría sido menos traumático si no hubiera hecho acompañado de Tom S. Braker, quien portaba un maletín nuevecito. Al parecer nuestro amigo Tom nos había jugado. No podíamos hablar por las mordazas, pero estoy seguro de que no le diríamos nada bueno a ese cabrón traidor y por parte de Arisa seguro que le caía algún insulto en japonés, que suenan mucho peor que en inglés.
—Así que estos son mis enemigos mortales, ¿no? —dijo Troughton cuando el vampiro Y le condujo hasta nuestra presencia.
—El de la izquierda es Gabriel, el hijo de Elijah —le dijo Tom a Troughton señalando al pobre Gabriel.
—Él mató a Samuel y el otro chaval le cortó la cabeza. ¿Es eso lo que me has dicho?
—Sí, Gabriel le clavó una estaca a Samuel Hide y Abel, no recuerdo su apellido, le cortó la cabeza.
—¿Abel? Vaya, se llama como el hermano tonto de la Biblia. —«Y tú como el pato marica de Disney», habría dicho yo de no estar amordazado.
—Luego se cambiaron los papeles entre Abel y Gabriel cuando mataron a Strasser —le explicó Tom a su nuevo amigo—. Y ella es Arisa, la que mato a Helmut Martin con su ballesta.
—La verdad es que, sentaditos aquí, no parecen tan peligrosos, ¿verdad? —dijo Troughton riéndose—. Es una pena comprobar cómo ha ido degenerando la juventud americana durante los últimos años. Ya no tienen respeto por nada y van matando vampiros por ahí con toda impunidad. Todo es por culpa de la televisión, Braker, y de unos padres que dejan que sean unos desconocidos los que los eduquen con programas lamentables.
—Bueno, gracias por todo, señor Troughton —dijo Torn—, me quedaría un rato más, pero el sol ya ha salido y quiero llegar a casa antes de que mi mujer se despierte.
—Gracias a ti, Braker, y en breve me pondré en contacto contigo para perfilar el tema de Circle Books.
El vampiro jefe y el Judas negro se estrecharon las manos y el vampiro Y acompañó a Tom hasta la puerta. Troughton cogió una silla y se sentó frente a nosotros.
—Bien, bien, bien —empezó diciendo Troughton—. Ahora, ¿qué se supone que he de hacer con vosotros? ¿Liquidaros sin más? ¿Torturaros hasta morir? Como soy un ser maligno que disfruta con el sufrimiento de mis víctimas, supongo que mataros sin más no tendría mucho sentido, ¿verdad? Dejaréis este mundo en la flor de la vida, por el simple hecho de mete- ros en un asunto que no os incumbía. Ah no, perdón, supongo que al quereros matar llegasteis a la conclusión de que si era algo de vuestra incumbencia. Si, posiblemente yo habría hecho lo mismo, aunque, por supuesto, no habría sido tan torpe, no habría dejado mi vida en manos de un tipo al que acababa de conocer. Bueno, antes de que os matemos, ¿alguno quiere ser vampiro? No puedes ir a la playa y el alcohol y las drogas se te suben enseguida a la cabeza, pero aparte de eso, no se vive nada mal. Bueno, no se vive nada mal pese a estar muerto. Hasta hace poco el cupo de vampiros estaba cubierto en la zona, pero hemos tenido un par de bajas inesperadas, así que hay dos vacantes. ¿Nadie quiere saber que se siente al ser un vampiro? ¿Nadie? Quizá sea una experiencia excesivamente romántica para la juventud digital, ¿no?
Gabriel hizo un gesto con la cabeza para que le quitaran la mordaza y así poder hablar. Troughton asintió mirando al vampiro X y este le quitó a Gabriel el trozo de tela que le tapaba la boca.
—Señor Troughton, yo soy el único responsable de lo ocurrido —dijo Gabriel tartamudeando un poco—, ellos no tienen culpa de nada.
—Según Braker, tus amigos son tan malos como tú —replicó el vampiro—, sobre todo la putilla esa que se ve que es una fiera oriental cuando va armada.
—Yo les enredé, les manejé, les mentí —siguió diciendo Gabriel—, todo para que me ayudasen a vengarme de ustedes por haber matado a mi padre y a mi madre. Déjeles ir, por favor, le aseguró que no dirán nada de lo que saben.
—Gabriel, si te das cuenta por mis canas, me convirtieron en vampiro cuando ya era algo madurito, y esta táctica de que la culpa es solo tuya no te va a servir para nada. Además, sabes que ya íbamos a matarles desde un principio, desde que se les ocurrió escribir lo que no debían. Por cierto, Gabriel, me parece muy bien que quisieras vengarte de nosotros por haber matado a tu padre, pero quiero que sepas que no matamos a tu madre.
—¿No la mataron? ¡Yo vi cómo la obligaban a entrar en El Año del Dragón!
—Sí, pero no para matarla, sino porque tenía que abandonar Nueva York. Tu madre es una de los nuestros, es una vampiro. No solo eso, tu madre es...

—¡Jefe, mire! —interrumpió el vampiro X señalando hacia el falso ventanal.
Troughton se volvió, y al hacerlo me dejó el campo de visión libre y pude ver algo increíble: a Tom dirigiéndose a toda velocidad hacia el falso ventanal conduciendo el todoterreno del señor Shine. Instintivamente, cerré los ojos y me lancé al suelo, justo en el momento en el que Tom estrelló el coche contra la gran pantalla de video, provocando un sonido similar al de la explosión de una bomba en una cristalería. Sentí varios pedazos del ventanal cayendo sobre mi espalda y oí a los tres vampiros dar un grito muy agudo que duro varios segundos. Cuando llegó el silencio total, abrí los ojos y comprobé que Arisa y Gabriel estaban sanos y salvos tumbados a mi lado. Nos levantamos los tres al mismo tiempo, suspirando aliviados. La mitad delantera del todoterreno había entrado en el salón, el ventanal había desaparecido por completo, convirtiéndose en una infinidad de trozos de vidrio con cables adheridos y los tres vampiros ya no eran más que tres montones de ceniza que iban deshaciéndose por la corriente de aire que entraba por ei gran boquete de la pared que daba al exterior de la casa. Tom bajó del todoterreno y me desató las manos para que yo pudiera desatar a Arisa, mientras él desataba a Gabriel.
—Pensé que nos habías traicionado, Tom —dijo Gabriel—. ¿Todo esto que has hecho formaba parte de algún plan?
—La verdad es que sí —respondió Tom—, ya sé que te parecerá raro, pero te juro que lo que ha pasado lo tenía planeado. Bueno, ahora salgamos de aquí, ya tendremos tiempo para explicaciones.
Subirnos los cuatro al todoterreno, sentándose Gabriel con Tom delante y Arisa y yo detrás. Torm y Gabriel se deshicieron de los airbargs delanteros que habían saltado a consecuencia del choque. Nuestro salvador arrancó el vehículo y salimos de allí marcha atrás. Una vez fuera de la casa, me di cuenta de que aquella mansión era más grande de lo que me había imaginado, ya que al fondo, a unos cien metros, se podía ver un gran muro que rodeaba el terreno en el que se había erigido la casa. Tom se dirigió a toda velocidad hacia la gran puerta metálica de la entrada de la finca. Justo antes de reventar aquella puerta con el morro del todoterreno, aparecieron cuatro tipos armados que empezaron a ametrallamos desde los laterales del camino que nos llevaba a la salida. Tom nos gritó que nos agacháramos y le obedecimos. Cuando sentí el impacto del vehículo contra la valla de metal, crucé los dedos esperando que aquel choque no fuera un accidente provocado por los disparos de aquellos tipos. El grito de alegría que dio Gabriel me hizo saber que habíamos tenido suerte y volví a incorporarme, momento en el que Arisa me abrazó con todas sus fuerzas y me llenó de besos, antes de hacer lo mismo a Gabriel. ¡Nos habíamos salvado! Di gracias a san Van Helsing y a santa Ballesta de Tokio por haber salido de aquello con vida.
Poco después de entrar en una carretera principal, Tom detuvo el coche en el arcén y dijo que no podía seguir conduciendo porque una bala le había alcanzado en el hombro derecho y el brazo se le había dormido. Arisa se acercó para verle la herida y por suerte esta era superficial, la bala solamente le había rozado. Gabriel fue a buscar el botiquín al maletero y Arisa le pidió a Tom que pasara a la parte posterior para curarle la herida.
—¿Quién conducirá? —preguntó Tom—. Vais los tres descalzos.
—¿Qué talla gastas de zapatos? —pregunté.
—Un cuarenta y cuatro —contestó Tom.
—Entonces, déjame tus zapatos y ya conduzco yo —le dije—. Gasto un cuarenta y tres, me bailará un poco, pero da igual.
Tom me dio sus zapatos y pasó a la parte de atrás del coche mientras yo ocupé la plaza del conductor. Gabriel se subió de nuevo al todoterreno, le entregó a Arisa el botiquín y nos contó que había impactos de bala a ambos lados del vehículo, y eso, evidentemente, podía levantar muchas sospechas. Yo le dije que no se preocupara por eso, ya que en Nueva York el verdadero coche sospechoso es aquel que no tiene impactos de bala o un par de lunas rotas. Nos pusimos de nuevo en marcha.
—Conduce suave, Abel, para que pueda curar bien la herida de Torm —me pidió Arisa.
—Sí, tranquila, conduciré con mucho cuidado —le dije.
—¿Arisa, estás herida? —le preguntó entonces Gabriel cogiéndole una mano de la que parecía brotar sangre.
—¡Uy, parece que sí! Si no me lo dices, ni me entero contestó ella—. Parece un corte hecho por alguno de los cristales que saltaron del ventanal.
Al decir eso me di cuenta de una cosa curiosa y es que aquella historia de terror vampírico se había iniciado con la rotura de una ventana, la de la habitación de Gabriel, y con otro corte en la mano de Arisa debido a un pedazo de cristal desprendido de aquella ventana. Para poder repararla —la ventana, no a Arisa—, Gabriel y yo fuimos a Young’s y compramos el diamante de Thorn, y a partir de ahí se fueron desencadenando los acontecimientos. Era curioso que aquella historia hubiera acabado de la misma manera que comenzó, con la rotura de una ventana —en este caso el falso ventanal del salón de Troughton— y con un corte en la mano de Arisa.
Siguiendo las instrucciones de Arisa, estaba conduciendo con mucha suavidad. La verdad es que me sorprendió sentirme tan tranquilo después de lo que acababa de vivir, aunque me inquietaba un poco que nos pudiera parar algún policía de tráfico, ya que no sabría qué contarle si miraba al interior del vehículo y se encontraba con dos chicos blancos en calzoncillos, una joven japonesa en pijama y con una herida en la mano y un señor negro herido en un hombro y medio mareado. Aparte, claro está, del detallito de los impactos de bala en la carrocería del todoterreno. Por suerte, no nos topamos con ningún policía en el trayecto desde la mansión de Troughton hasta Congers, por lo que el viaje fue muy plácido. Tom aprovechó para contarnos todo lo que había hecho hasta encontrarnos con él aquella mañana.
—Cuando os dejé ayer, se me ocurrió ir a comprobar qué había en la dirección de Troughton que me habíais dado empezó explicando. Cuando Llegue allí y vi que era una finca muy grande y que en la puerta había un par de tipos armados, me preocupe mucho. Los vampiros tienen el problema de que no pueden actuar de día, pero tienen gente como aquellos guardas armados o como Samuel Hide que trabajan a sus órdenes. Era evidente que tarde o temprano descubrirían que vuestras víctimas habían desaparecido, atarían cabos, irían tras vosotros y os cazarían. Eso iba a pasar seguro, ya que no dejabais de ser una panda de jóvenes novatos luchando contra vampiros organizados. Evidentemente, el problema no era solo vuestro, ya que si os cogían, seguro que os torturarían y acabaríais nombrándome.
—No lo haríamos —dijo Gabriel.
—Sí lo haríais, Gabriel —le replicó Tom—. Tu padre aguantó lo que aguantó porque era tu padre y quiso proteger- te, pero mi relación contigo, por ejemplo, no es tan estrecha y llegaría un momento en el que te rendirías y les dirías mi nombre. Mira, yo no sé por qué me libré de todo hace veinte años, quizá fuera porque Helmut no me tuvo en consideración ni me nombró cuando le explicó el caso a sus jefes. Lo lógico es que me hubieran matado o tuviera que haber huido como hizo Higgins, pero no fue así. Ahora podría. Volver a estar en el punto de mira de esa gente, pero también mi mujer y mis hijas.
—Sentimos haberte metido en esto, Tom —dijo Arisa.
—No fuisteis vosotros, me metí yo solo hace veinte años cuando entré con Elijah en aquel restaurante abandonado —dijo Tom—. Muchas veces haces cosas a lo largo de tu vida que cuando salen mal o te asustan, las dejas de lado e intentas olvidarlas, pero al final siempre vuelven, ya que todo lo que empiezas has de finalizarlo. Eso pensé cuando estaba delante de la mansión de Troughton, que debía hacer algo para acabar con aquella historia de una vez por todas. El problema es que no se me ocurría qué hacer. Entonces me fijé en algo: al fondo de la finca se podía ver parte de la casa y un gran destello. Este destello era el sol reflejándose en los espejos exteriores del ventanal del salón y recordé lo que me habíais contado de la casa de Strasser. Ligué mentalmente a Strasser con Alemania, los ventanales y el sol y encontré la solución: Nosferatu.
—Nosferatu? ¿La película Nosferatu? —pregunté yo.
—Sí, la película es alemana, como supongo que sabéis —respondió Torm—, y me vino a la cabeza porque me habíais dicho que la habíais visto en vuestra penosa investigación vampírica. Pensando en la película lo vi claro, la mejor manera de matar a un vampiro como Troughton era haciendo lo que Ellen, la Mina Harker alemana, hacía al final de la película.
—Tom, no vimos la película entera —dijo entonces Arisa—, no sabemos qué pasa al final.
—¿Cómo que no visteis la película? —preguntó Tom extrañado.
—Yo sí quería, pero estos dos cazurros dijeron que era una tontería y al cuarto de hora la quitaron —contesto Arisa mientras Gabriel y yo agachábamos la cabeza, bueno, yo solo metafóricamente porque estaba conduciendo.
—Bueno, da igual, os explicaré el final —dijo Tom—. Ellen mata al vampiro de una manera muy curiosa, entregando su cuerpo para que se entretenga chupándole la sangre durante la noche y se olvide de ocultarse cuando el sol sale. El vampiro está tan entretenido con Ellen que no se da cuenta de que amanece y el sol lo desintegra.
—¿Así de sencillo? —pregunté yo.
—¿Sencillo? No, Abel, el tema en la película era algo más complejo —respondió Tom—; no se trataba solamente de una manera curiosa de matar a un vampiro, sino que simbolizaba el triunfo del Amor sobre la Muerte y del Bien sobre el Mal a través del sacrificio. De todas maneras, lo importante es que pensando en la película, se me ocurrió hacer lo mismo con Troughton, entretenerle de alguna manera y aprovechar el sol como arma contra él.
—¿Te has pasado toda la noche con él entreteniéndolo?—preguntó Gabriel.
—No, no hice eso, solamente me interesaba que no pensase que le podía pasar algo cuando saliese el sol —contestó Tom—. Dejadme que os explique el plan y lo entenderéis todo. Lo que tenía que hacer era conseguir que Troughton fuera fulminado por los rayos del sol y me di cuenta de que la única manera de poder acercarme a él era haciendo que confiara en mi. No podía entrar en esa finca disparando como Rambo, matando a todos los guardias de seguridad, sino que debía encontrar un método más sutil.
—¿Una especie de caballo de Troya? —preguntó Arisa.
—Sí, muy bien, eso precisamente, un caballo de Troya —dijo Tom—. En mi caso, mi caballo de madera fuisteis vosotros. Le pasé una nota a los guardas de la puerta para que se la entregaran a Troughton, donde decía que habíais matado a Hide, Strasser y Helmut y que, además, teníais pruebas de la fosa de El Año del Dragón.
—Pero eso no es cierto, no tenemos ninguna prueba —repliqué yo.
—Ya lo sé, por eso es un engaño, un caballo de Troya para entrar en la fortaleza —me contestó Tom—. Bueno, antes de que pasara eso, volví a Congers y le pregunté a Peter si sabía algo del todoterreno de Elijah, ya que vi que no estaba en la casa, y me dijo que lo tenía él. Necesitaba ese coche para lo que ya habéis visto, atravesar a lo bruto aquel ventanal y escapar cargándome la valla de la entrada.
—Eres un crack, tío, una mezcla de Chuck Norris, Bruce Willis y Steven Seagal —le dije totalmente en serio.
—La verdad, Abel, es que creo que esta parte del plan era un poco absurda —me dijo entonces—, pero no se me ocurría nada mejor.
—El vampiro picó con lo de la nota y te dejó entrar, ¿no?—dijo Arisa, que ya había acabado de curar a Tom y empezaba a curarse a sí misma.
—Sí, me dejó entrar —contestó Tom—. Entré en la casa a eso de las tres y media de la madrugada. Elegí esa hora porque pensé que hablaríamos durante media hora y luego enviarían a buscaros, y eso eran una hora para llegar a Congers y otra de vuelta, por lo que llegaríais a la casa justo cuando empezase a amanecer. Lo que hice fue decirle dónde estabais y lo que habíais hecho, y le di las llaves del coche de Hide, para que entendiera que os tenía bajo mi poder.
—¿Por qué confió tanto en ti? —preguntó Gabriel.
—No confió, lo que estaba haciendo era un negocio contestó Tom—. Mira, aparte de entregaros a vosotros, acordé con él que le entregaría toda la información que tu padre me había pasado sobre ellos, lo que era otra mentira, y que, como yo admiraba muchísimo a los vampiros, me ofrecía a continuar el trabajo de Elijah en el proyecto de Circle Books. Por suerte, recordaba mucho de lo que había estudiado con Elijah sobre los vampiros y le lamí el culo a conciencia, ya que sabía que Troughton, como vampiro poderoso, era muy arrogante y a los arrogantes poderosos, si eres listo, los tienes a tu merced porque se suelen creer los halagos de la gente. Esto no es exclusivo de los vampiros, sino que también se da, y mucho, en los humanos.
—Ofreciste todo eso, pero supongo que si era un negocio, lo harías a cambio de algo —apuntó Arisa—. ¿Qué pediste tú a cambio?
—Pedí dinero y poder. ¿Qué te parece? —contestó Tom.
—Me parece lógico —dijo Arisa. . . -
—Le pedí que me dejara lo de Circie Books —siguió explicando Tom— protección para mi familia y que, cuando fuese muy anciano, alguien me convirtiese en vampiro. Ah, y unos cuantos billetes.
—¿Dinero? —pregunté yo.
—Sí, el que hay en el maletín —dijo Tom—. Un millón de dólares.
Gabriel abrió el maletín que Tom había dejado frente al asiento del copiloto, y casi tenemos un accidente cuando me volví y vi la cantidad de dinero que había en su interior. Solamente había visto tal cantidad de dinero en las películas o en esas imágenes que los informativos de la televisión ponen de fondo cuando dan una noticia sobre Wall Street.
—A ver, si somos cuatro, creo que nos toca a doscientos cincuenta mil por cabeza —dijo Tom—. Un buen pellizco, ¿verdad?
—¿Lo quieres compartir con nosotros? —preguntó Gabriel.
—Ese dinero es de los cuatro, no solo mío, Gabriel —dijo Tom—. Espero que con ello podáis empezar una nueva vida, sobre todo tu. Lo mejor es que yo solamente hable de dinero con Troughton para darle más consistencia a mi papel de traidor sin escrúpulos, y fue él quien me ofreció esa cantidad.
—¡Muchas gracias, Tom! —exclamó Arisa—. Con esto podré seguir estudiando sin problemas.
—Me alegro de que pueda ser así, Arisa -dijo Tom—, y espero que vosotros dos no os lo gastéis en tonterías.
—Ahora no sé qué haré con ese dinero, pero te aseguro que no seran locuras —dije yo.
—Una cosa, Tom, ¿le diste algún tipo de garantía? — preguntó Gabriel—. ¿Algo para que te diera este dinero alegremente?
—No fue alegremente, pero en eso también tuve suerte—contestó Tom—, ya que el vampiro dijo que no me daría el dinero hasta que no os tuviera en sus manos. Fue perfecto, porque así mataba dos pájaros de un tiro, acababa con ellos y os rescataba a vosotros.
—Siendo tan malo e inteligente, ¿ ómo es que no te mató y se quedó con la pasta? —preguntó Arisa.
—Pues porque por un lado a lo mejor le interesaba que yo me encargase de Circie Books, ya que le dije que tenía contactos en todas las universidades y en muchas editoriales, y porque se creía que tenía en mi poder las pruebas del sótano de El Año del Dragón y papeles que me había dado Elijah.
—Joder, Tom, es increíble que haya salido todo bien—dije yo.
—Lo que ha ocurrido es que la arrogancia, la maldad y la avaricia de Troughton no le dejaron darse cuenta de lo que realmente estaba sucediendo —dijo Tom—. Lo que ha sido increíble es que los guardias de seguridad dispararan para detenernos en vez de disparar a matar. Creo que fue así porque les pilló por sorpresa y no sabían quién iba dentro del coche y no se quisieron arriesgar.
—Suerte, milagro, astucia, destino... ¡Qué más da, estamos vivos y eso es lo único que importa! —exclamó Arisa como resumen final de nuestra historia vampírica.
Cuando llegamos a Congers, dejamos a Tom en la estación de servicio de Peter, pues allí es donde había dejado él su coche, y tuve que conducir un par de millas descalzo hasta casa. Una vez allí, los tres nos fuimos directamente a dormir. No sé cuántas horas dormí, ya que no se a qué hora me metí en la cama, pero sospecho que más de diez, ya que Arisa me despertó a las ocho de la tarde. Me despertó de la mejor manera posible, como lo hace la gente del número 3 de la lista del inicio del capítulo.
Aquella noche cenamos otra vez en el coreano-japonés de siempre, pero antes de ir allí pasarnos a saludar a Peter y, de paso, aproveché para comprarme por internet el billete de avión que me llevaría volando a casa al día siguiente. Cenarnos lo de siempre y no tomamos postre, pues de camino al restaurante, pasamos por delante de una heladería que tenía muy buena pinta y decidimos acabar allí la cena. Cuando vi la gran copa de helado que la camarera dejó caer suavemente delante de mis narices, no pude evitar pensar en Mary. A Arisa y a Gabriel se les veía muy contentos, quizá porque todo parecía haber acabado o porque aquella tarde habían planeado una serie de cosas que me explicaron mientras nos atiborrábamos de calorías dulces y heladas.
—Le vamos a pedir a Tom que nos deje quedarnos todo este mes en Congers y luego hemos decidido vivir juntos en Boston —me explicó Arisa—. Yo estudiaré y él se buscará algún trabajo.
—Alquilaremos un piso o una casa —añadió Gabriel—. He pensado trabajar por el día e ir a clases nocturnas para terminar de graduarme y, tal vez, de aquí a un par de años entrar en la universidad. Además, el dinero nos da cierta seguridad, sobre todo si no encuentro trabajo.
—Está muy bien, os deseo de corazón que os salga todo bien —dije yo.
—Y yo voy a pedir la ciudadanía norteamericana —dijo Arisa.
—¡Genial! —exclamé—. ¿Ya no te asusta tu padre?
—Hombre, Abel, después de haberme cargado a unos cuantos vampiros, un economista japonés de un metro setenta no me da miedo —contestó Arisa riéndose.
—Hablando de padres, yo he de denunciar la desaparición del mío —dijo Gabriel—. No les podré decir la verdad, pero he de denunciar el tema. Les diré que se fue una noche y no regresó, no les hablaré del seminario ni de vosotros, así que no creo que te molesten, Abel. También necesito denunciar el tema porque cuando estoy fuera del sanatorio es porque él se responsabiliza de mí, así que tendré que volver para explicarles lo ocurrido. Ahí me la juego un poco porque yo sé que no estoy enfermo, pero no sé lo que harán.
—De todas maneras —comento Arisa—, si necesita algún responsable externo, me ofreceré yo, y si no me aceptan, se lo diremos a Tom.
—Me encantaría que me retiraran la medicación o, al menos, que me la rebajasen —añadió Gabriel—. Si no lo hacen, quizá podamos buscar la opinión de otros médicos, pero no sé cómo está el tema con relación al incidente que tuve con la policía. No sé si estoy obligado a ser tratado por esa gente o si soy libre para cambiar de médicos o para no ir a ninguno si no quiero.
—Espero que puedas hacer lo que quieras —dije yo—. Te mereces lo mejor, después de lo de tu padre y tu madre.
No me di cuenta de que había metido la pata al sacar el tema de la madre de Gabriel, justo en el momento en el que él estaba diciendo que esperaba que los psiquiatras vieran que estaba curado. Gabriel se puso muy serio y Arisa le abrazó, intentando transmitirle algún tipo de energía cariñosa.
—He decidido pasar de mi madre —dijo Gabriel sorprendiéndome—. Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía cuatro años y está enterrada a orillas del lago Cayuga. Puede que sea una vampiro, razón por la que venía a visitarme por las noches cuando tenía seis añitos, pero no puedo hacer nada para recuperarla. Podría seguir buscándola, pero quiero vivir mi vida y mi vida quiero que sea una vida normal sin vampiros y al lado de Arisa.
—Lo entiendo, Gabriel —le dije—, yo también quiero olvidarme de todo y vivir tranquilo, trabajando en la ferretería de mi padre, quizá recuperando a la mujer de mi vida...
—Si quieres recuperar a Mary, ya sabes lo que tienes que hacer, dejar de ser un cobarde —me dijo Arisa.
—Puede que ya sea demasiado tarde —dije.
—No, nunca es tarde cuando intentas hacer lo que sientes —dijo ella—. Puedes ganar, puedes perder, pero al menos has de intentarlo o si no...
—Me arrepentiré toda mi vida por lo que pudo haber sido y no fue —dije para acabar su frase.
Arisa comenzó a reírse y a mí se me contagio su risa. Por supuesto, Gabriel, como no sabía de qué iba el tema, nos miró corno si acabáramos de contarnos un chiste gracioso que él no podía entender. No era un chiste, ojala, porque en el restaurante me reí, pero ese de «lo que pudo haber sido y no fue en Congers» algunas veces se presenta en forma de fantasma en mi habitación y los calzoncillos Pump and Seal no suelen mostrar- se muy útiles para ahuyentarlo. Cuando acabé de reírme, le pregunté a Gabriel una cosa que había quedado pendiente.
—Gabriel, ¿y cómo llevas el tema de Samuel Hide?
—Bueno, Arisa me comió la cabeza con una cosa extraña sobre el mundo real y el mundo de ficción —empezó diciendo Gabriel—.Un rollo patatero que no había por dónde cogerlo.
—¡Serás capullo! —exclamó Arisa. -
—Lo siento, cariño, pero es que no entendí nada —le dijo Gabriel—. Llegó a dolerme hasta la cabeza y me tuve que hacer el dormido para que te largases.
—Esta me la apunto —dijo Arisa.
—Pues apúntatela donde quieras, mi amor —replicó Gabriel—. Lo que pasa es que este tema de los vampiros y de lo de mis padres es desquiciante, sobre todo para alguien como yo que ya sabes que a veces aún dudo de que no me esté inventando lo que me rodea. Al descubrir que Hide era humano, me sentí fatal porque yo luchaba contra demonios, no contra personas. Se me metió eso en la cabeza y me culpé de esa muerte y, de rebote, de la de mis padres. Algo absurdo, pero eso es lo que aquella crisis me hacía sentir, que era muy malo. Entonces vino Arisa e hizo que me relajase, básicamente porque ella no dejaba de hablar y eso no me permitía pensar. Cuando se fue ella, estuve unos minutos en silencio y recordé una frase que me hizo ver las cosas de manera diferente.
—Una de las mías, supongo —dijo Arisa con absoluto convencimiento.
—No, cariño, no era tuya, sino de Tom —le dijo Gabriel—. Tom dijo que Samuel Hide merecía ser vampiro, pero no lo era. Al recordar esa frase vi que eso de ser vampiro podía ser como una carrera universitaria y que a Hide solo le faltaba aprobar una asignatura para conseguir la licenciatura. Aparte de eso, claro está, ese hijo de puta secuestró, torturó y asesinó a mi padre, y se iba a librar de todo eso porque nadie se creería la verdad. No me siento orgulloso de lo que hice, pero tampoco me siento mal. Alguien tenía que hacerlo, pues mejor yo que otro.
Arisa abrazó a Gabriel, y él me abrazó a mí y ahí acabaron los abrazos, cosa que me fastidio un poco, pero solo un poco. Además, sabía que esa noche me tocaba otra vez sesión de arrepentimiento, por lo que ese abrazo poco iba a aportarme.
A la mañana siguiente, y después de pasar por Manhattan para recoger el Beetie mis amigos me acompañaron al aeropuerto JFK de Nueva York, donde iba a coger el avión que me llevaría de vuelta al hogar, esta vez aterrizando en Nashville y no en Memphis. Arisa me preguntó antes de salir de casa si me quería llevar mi ballesta y le dije que se la quedara, ya que seguramente le iba a sacar más provecho que yo. Así que dejé en Congers, pegado a la culata de un arma mortal, sobre todo para los vampiros, el corazón de escayola de Mary. Antes de entrar en la zona de embarque, me despedí de Gabriel y Arisa. Fue la típica despedida: comprobación de que todos teníamos los números de móvil de los demás, intercambio de direcciones postales y electrónicas, promesas de volvernos a ver pronto, y abrazos, besos y alguna lágrima. Estaba a punto de pasar a través del detector de metales, cuando me volví y me acerqué de nuevo a mis amigos porque se me había olvidado decirle una cosa muy importante a Arisa.
—Arisa, no me puedo ir sin decirte que para mí eres Yokono.
—¿Yoko Ono? —preguntó extrañada.
—Ah, perdona, es que lo he pronunciado mal. Bien, pues eso, que quiero que sepas que para mí eres Yoko Ono.
La cara que puso cuando dije eso no la puedo describir. Seguro que jamás había podido imaginarse que un jovencito sureño le diría un día que para él era Yoko Ono. ¡Seguro que después de oír eso, ella también se arrepintió de lo que pudo haber sido y no fue!



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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Ago 06, 2010 9:19 pm

ranguis ^_^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Ago 06, 2010 9:25 pm

gracias..jajaj pense que era tibari. :lengua:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Ago 06, 2010 11:51 pm

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee(POSTEADO)


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Shuk hing(POSTEADO)

2. Por una cabeza Gemma(POSTEADO)

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing(POSTEADO)

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe(POSTEADO)

5. Nosferatu Rossmary(POSTEADO)

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Shuk hing


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing


QUEDAN 3 CAPISSSSS :manga14: :manga14: :manga14: :manga14: :manga14: :manga14: :manga14: :manga14: :manga14:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Ago 07, 2010 4:26 pm

Tibari...eres la chica de las sombras......hace tiempo que no tenemos una platica más larga y te nos estas escondiendo..no trabajes mucho. Oye y recuerda.
Tu hermano es miooooooooooooooo [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Ago 07, 2010 8:05 pm

Ranguis.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 08, 2010 9:47 pm

6
Algo pasa con Mary

Transcrito por Annabel Lee



Nunca pensé que me alegraría tanto ver a mi padre. Dejé la maleta y corrí hacia él para abrazarle con todas mis fuerzas. Mi padre no supo cómo reaccionar, no estaba acostumbrado a recibir esas muestras de cariño. Mi madre sí era muy cariñosa, a veces demasiado, pero yo era más como mi padre, una especie de lechuga con patas a la que le costaba demostrar a la gente lo que sentía por ella. Doy por hecho que mi padre pensó que lo había pasado mal durante el seminario, ya que aquello de abrazarle era como lo de besar el suelo cuando tu avión aterriza después de haber sufrido algún percance aéreo. Precisamente, doce de los pasajeros de mi avión acababan de hacer lo que comento, besar el suelo del aeropuerto de Nashville poco después de aterrizar. Era comprensible que lo hicieran, ya que durante el viaje la mayoría de la gente que viajaba en aquel avión pensó que nos íbamos a estrellar. El piloto advirtió a los pasajeros que estábamos atrapados entre dos tormentas, aunque en principio no había deque preocuparse porque pensaba que iba a poder pasar aprovechando un pasillo que existía entre ambas. Pensaba que iba a poder pasar, pero por la razón que fuera tuvo que cambiar de opinión y nos comimos una de las tormentas enterita. Pánico general. El avión daba unos botes impresionantes, al tiempo que se iba balanceando sin control aparente. La gente gritaba, el equipaje de mano caía de lo alto, había aceitunas rodando por el pasillo, una mujer que no estaba embarazada se puso a dar a luz, las azafatas lloraban al tiempo que le decían a la gente que se tranquilizase, algunas personas compartieron bolsas de vómito... La mujer que tenía al lado me enseñó las fotos de sus siete nietos y sus tres gatos y luego se puso a besarlos, y empezó a decir no sé qué de un valle de la muerte. Lo mejor fue cuando se fue la luz; en ese momento incluso yo pensé que de esa no salía con vida. La mujer de al lado se agarró a mí, como si con ello pudiera evitar que nos estrellásemos y, en pleno ataque de histeria, me preguntó si yo me acordaba de dónde había dicho la azafata que estaban las salidas de emergencia. Seguro que ella era de esas que cuando uno le pide a la azafata que repita su rollo para casos de emergencia se pone a abuchear y silbar. Al final no necesitamos salir por ninguna puerta que no fuera la de salida normal porque el avión superó la tormenta para regocijo de todos los pasajeros y la tripulación. Eso sí, desde ese momento hasta que aterrizamos, tuve que soportar batallitas de aquella señora de los siete nietos y los tres gatos, con las que me quería demostrar que a lo largo de su vida había estado muchas veces al borde de la muerte, pero que Dios siempre le había enviado a sus ángeles para protegerla.
—Nada más nacer, hijo, la comadrona se resbaló con mi placenta y caímos las dos al suelo —empezó a contarme—. Ella encima de mí. Pesaba más de cien quilos y, ya ves, aquello no me mató. Cuando cumplí un año, hubo un incendio en mi casa, salieron todos corriendo y no se dieron cuenta de que yo me había quedado dentro.
—Dentro se había quedado —le dije yo entonces.
—Sí, dentro, pero al final me rescató un bombero.
—Un bombero la rescató.
—Sí, eso, un bombero. Tres meses después del incendio, me mordió un ciervo...
—Perdone, señora, ¿qué edad tiene usted?
—Eso no se le pregunta a una dama, pero no tengo nin¬gún problema en confesar que acabo de cumplir los ochenta y cuatro.
Tras cinco horas, doce incendios, una guerra mundial, una paliza de un marido borracho —no el suyo, sino el de una vecina—, catorce atropellos, dos inundaciones, cuatro alergias, una gripe mal curada, la mordedura de un ciervo, un accidente de avión del que no se enteró porque estaba dormida, un viaje en globo, dos abortos, tres picaduras de serpiente, cinco coces de cinco bichos diferentes, la explosión de un extintor, dos accidentes de coche, tres operaciones de apendicitis —sí, tres—, seis naufragios y un yogur caducado, por fin el avión aterrizó en Nashville. Ahora que lo pienso, quizá no abracé a mi padre por haberlo pasado mal por culpa de aquellos vampiros, sino por haber sobrevivido a aquella anciana, la cual, por cierto, aprovechó la ocasión, entre un accidente y una de sus tres operaciones de apendicitis, para intentar colocarme a una de sus nietas; a la más fea, por supuesto.
En el viaje de Nashville a casa, mi padre me preguntó cómo me lo había pasado en Nueva York. Por supuesto, no le dije la verdad, sino que le expliqué que el seminario fue un rollo y que no me veía como escritor.
—Pero a ellos les gustó tu relato, ¿no? —me preguntó
—Sí, les gustó mucho, incluso demasiado —le contesté—, pero ya te digo que eso de escribir no es lo mío. Vamos, que no me gusta.
—¿Y has conocido a mucha gente?
—Hombre, pues sí, he conocido a mucha gente. A algunos habría preferido no conocerlos, pero también he tenido la suerte de conocer a un par de personas muy majas, Gabriel y Arisa.
—¿Arisa era una chica?
—Sí, ¿qué pensabas que era, un acordeón?
—Ya, hijo, ya me imagino que es una chica, lo preguntaba para ver si tú y ella... Bueno, saber si te gustaba.
—La verdad es que es muy guapa, muy inteligente, una persona excepcional.
—¿De dónde es?
—Es japonesa, pero estudia en Boston, en Harvard. —Ah, Harvard, como los pedantes de las series de televisión.
—Pero ella no es pedante, es genial. —¿Y tú y ella... ?
—No, papá, a mí solamente me ha interesado como amiga, en ningún momento la he visto de otra manera. —¿Y había alguna chica más? ¡Qué pesado estás con el tema!
—Eso lo dices porque seguro que has conocido a alguna chica más y te da vergüenza contármelo. —No he conocido a ninguna más.
—Va, Abel, que soy tu padre y a mí no puedes engañarme porque te conozco como la palma de mi mano.
—Pues no he conocido a ninguna... Ah, sí, perdona, sí he conocido a otra chica, Julia.—¿Era guapa?
—Era guapísima, una de las chicas más guapas que he vis¬to en mi vida.
—¿Y qué, hubo algo?
—La verdad es que me fue detrás durante algún tiempo, pero tenía muy mal carácter.
—¿Te persiguió una chica preciosa y pasaste de ella? —Sí, ya sé que parece increíble, pero si tú la hubieses conocido habrías hecho lo mismo que yo.
—¿Y esa tal Julia es la que te hizo ese chupetón?
—¿Qué chupetón? —Pues ese que tienes en el cuello.
—Ah, esto. No, no fue Julia, sino otra chica, Anne. Me pilló desprevenido. Era una niñata.
—¡Estás hecho un donjuán, Abel!
—Hombre, no diría tanto, pero puede que tengas razón. —Así que, en resumen, te lo has pasado muy bien en Nueva York.
—Ha habido de todo, momentos buenos y malos.
—Al menos habrás aprendido algo útil, ¿no?
—La verdad es que lo único que he aprendido es que te quiero mucho y que añoro muchísimo a mamá.
—Y yo también, hijo. También te quiero mucho y no pasa un día sin que me sienta triste al recordarla.
No le abracé para que no tuviéramos un accidente, pero era un momento propicio para hacerlo. Era curioso que cuatro vampiros malcarados hubieran hecho que, por fin, después de cuatro años, mi padre y yo confesásemos que Irene Young nos hizo polvo cuando se le ocurrió morirse. Quizá no podía compararse aquello con lo de matar vampiros, pero para mí era algo tan o más extraordinario y, por supuesto, mucho más bonito.
Después de dos días en los que, básicamente, me dediqué a comer como un cerdo y a dormir como una marmota que se hubiera comido un cerdo, volví a la ferretería con mi padre. Me di cuenta de que me costaba muchísimo centrarme en el trabajo, era como si me hubiera olvidado de todo lo que había aprendido de mi padre o como si sintiera que la ferretería no era mi lugar en el mundo. Reflexionando sobre esto, llegué a la conclusión de que mi cuerpo estaba en Tennessee, pero mi mente aún no había vuelto de Nueva York. Aquella aventura vampiril aún no había concluido, faltaba algo, pero no sabía el qué. Al final me di cuenta de que lo que faltaba era cerrar el círculo contándole a Higgins todo lo que había sucedido. El, sin querer, casi hace que me maten, y aunque puede que se sintiese mal al saberlo, yo tenía la obligación de contárselo. Además, él le había enviado mi relato a un amigo suyo y también era importante que supiera para quién trabajaba esa persona en la que él confiaba. Puede que le costase creerme del todo, pero si comprobaba que Elijan Shine había desaparecido o que Circle Books era una editorial fantasma, mi relato no le parecería tan descabellado.
Fui al instituto, pero Higgins no estaba en su despacho. En conserjería me dijeron que volvería en un par de días, que se había ausentado por un tema de salud. Le dejé al conserje mi número de móvil para que se lo diera a Higgins y que este me llamase cuando volviese. Al salir del instituto, al lado del cartel donde decía que aquello era el hogar de los Tigers, el equipo de fútbol americano había montado un tenderete con camisetas, gorras, banderines y otros objetos de merchandising con el fin de recaudar fondos para los gastos extras del equipo durante la temporada. No explico esto porque comprase nada, sino porque allí estaba el bueno de Harry o Howard, animando a los alumnos a ayudar al equipo al mismo tiempo que él era animado por una animadora que le estaba animando muy bien. La animadora no era Mary. Quizá ella se había largado definitivamente a la universidad y había cortado con Harry por el bien de Howard y este parecía que no había optado por llorar ni por la música autodestructiva para olvidarla. Decidí enterarme de qué había pasado, y para ello no tuve más remedio que ir a la cafetería de las Simmons y tener que ver a Lucy y, seguramente, hablar con ella, lo cual podía ser muy peligroso. Casi me muero de la risa cuando pensé que podía ser peligroso hablar con Lucy Simmons. ¿Peligroso? Peligroso es invitar a cenar a Julia Hertz comida china o ir a buscar vino al sótano de la casa de un vampiro, eso sí es peligroso. Así que la posibilidad de que mis testículos sufrieran algún percance por culpa de los hombres de Ohio no me detuvo, y al mediodía fui a aquella cafetería para averiguar qué había pasado.
Antes de entrar en la cafetería, me enteré de que Mary no se había ido del pueblo; es que la vi por uno de los ventanales del local sirviendo una mesa. Estaba preciosamente preciosa con aquel uniforme verde con bordados dorados. Me acerqué a aquel ventanal y golpeé suavemente el vidrio para llamar su atención. Ella me miró y sonrió. Le pedí con un gesto de cabeza que saliera un momento, pero me contestó con otro que no podía porque estaba trabajando. No tuve más remedio que entrar. Me senté a una mesa, dispuesto a tomarme cualquier cosa menos el especial de la casa, ya que a saber qué entendían Lucy y su madre por «especial».
—¿Qué deseas? —me preguntó Lucy Simmons cuando, por desgracia, decidió que mi mesa sería atendida por ella en persona.
—De primero, desearía que me atendiera otra camarera —le contesté sonriendo—. Si puede ser, que sea aquella rubia que está apoyada en la barra y que quería atenderme hasta que te has entrometido.
—Yo considero que no es bueno que la molestes con tus tonterías —me dijo el bicho ese—. Ahora lo que menos necesita es que aparezcas tú por aquí, para ver sí vuelve contigo porque la ha dejado Harry.
—Dirás Howard.
—Eso, Horward. Bueno, ¿qué vas a tomar?
—Creo que voy a tomar una importante decisión, aunque ahora mismo no.
—Si no vas a consumir, te recomiendo que te vayas.
Mary me miraba con carita de pena desde la barra de la cafetería, y yo consideré que no era el momento propicio para decir lo que quería decir y hacer lo que debía hacer. Me levanté, le hice una seña a Mary como diciéndole que ya hablaríamos, ella me envió un beso y me largué de allí. Creo que los clientes más fíeles del establecimiento de las Simmons lo eran porque tenían miedo de cambiar de local y que ellas se enterasen. Me fui porque de todas maneras había averiguado lo que había ido a averiguar, que Mary volvía a estar sola. Además, averigüé una segunda cosa de rebote, que amaba a Mary Quant con todo mi ser.
Durante la comida mi padre me dijo que quería que después le ayudara a ordenar el almacén de la ferretería, pero le pedí que dejáramos eso para otro día, pues tenía varias cosas que hacer aquella misma tarde. La primera de mis tareas vespertinas consistió en ir a la consulta de mi antigua psicóloga para comentarle un par de temas. Su secretaria me dijo que no iba a estar en toda la semana y entonces le pregunté si le podía dejar una nota. Ella misma me dio un folio y un bolígrafo, lo que era una manera muy práctica de decir que sí, que le podía dejar una nota. Esto fue lo que escribí:

Hola. Soy Abel J. Young, ex llorón compulsivo. Usted me dijo que no volviera a su consulta hasta que no me acabase de leer Mobby Dick. Bueno, aún no me he leído la novela y puede que nunca lo haga, pero me gustaría verle en persona de todas maneras para darle las gracias por todo. Esta mañana me he dado cuenta de que usted tenía razón cuando me dijo que debía quererme a mí mismo para volver a querer a Mary y que no me doliera. Ahora que lo sé, lo único que me falta conseguir es merecer quererla, pero creo que pronto lo lograré.
Besos o lo que se le dé a una psicóloga,

ABEL J. YOUNG

Antes de salir de la consulta, la secretaria me ofreció caramelos de un pequeño bol, me preguntó si quería pedir hora y al decirle que no, que solamente quería hacer una visita de cortesía, me dio dos tarjetas de la psicóloga para que la próxima vez llamase antes de ir y no hiciera un viaje en balde. En el mismo edificio en el que estaba aquella consulta, había una oficina de mensajería en la que entregué una carta muy importante para que la hicieran llegar a un sitio que ahora no diré, pero que podrán descubrir al final del capítulo.
Aún me quedaba algo por hacer aquella tarde, y para ello tuve que ir al instituto, concretamente al campo de fútbol americano, pues allí los míticos Tigers estaban entrenando. No me pregunten qué hacían cuando yo llegué porque el deporte no es mi fuerte. Si empujarse es lo que se supone que ha de hacerse en fútbol americano, entonces aquellos chicos estaban jugando muy bien. Si empujarse no es de lo que va ese deporte, entonces había una batalla campal en medio del terreno de juego. Mi intención era cruzar unas palabras con Howard, pero no sabía quién era, ya que todos los jugadores del equipo llevaban casco, todos menos un chico que era de raza negra que no estaba en la pelea, sino corriendo solo con los brazos levantados. Al parecer levantaba los brazos porque se estaba rindiendo, pero no le sirvió de nada, ya que cuando cogió una especie de pelota deforme que alguien con muy mala intención le lanzó, dos tipos el triple de grandes que ese pobre chico se abalanzaron sobre él y lo tiraron al suelo, y no solo eso, sino que además empezaron a reírse del muchacho señalándole con el dedo. ¡Qué valientes eran esos tigres! Dos contra uno, mucho más pequeño, y encima se ríen de él. Después de que el muchacho se levantara del suelo, los jugadores del equipo se pusieron unos frente a otros, no sé para qué, a lo mejor para empezar un baile ritual o algo así. Entonces me acerqué a un señor que había por allí con chándal y una carpeta.
—Perdone, señor, ¿quién de todos ellos es Harry?
—Nadie del equipo se llama Harry —me respondió.
—No, perdone, me he equivocado de nombre. ¿Quién es Howard?
—¿Howard? Es el número veintisiete.
—Gracias.
Y entré corriendo en el campo, pese a que aquel señor me dijo de todo, o sea, que me insultó de mil maneras diferentes, y me fui directo a por Howard. Todos los del equipo dejaron de hacer aquel ritual. Me planté delante de Howard y él se quitó el casco.
—Hola, Harry... —empecé diciendo.
—No, imbécil, me llamo Howard —me replicó con cierto tono de desprecio.
—Ah, ya sé quién eres tú —dijo para empezar—. Tú eres aquel pringao que salía con Mary antes de que yo me la trajinara, ¿verdad? Mary, buenas tetas, buen culo, pero un poquito mema y, aunque voluntariosa, un desastre en la cama.
Después de oír eso, tomé aire, cerré los ojos y pude visualizar la trifulca en la que me iba a ver inmerso en un futuro muy inmediato. Confiaba en que el muchachito de raza negra me echara una mano, pero seguramente se rendiría antes de empezar la pelea, como parecía ser costumbre en él. Todos esos con sus cascos me iban a pegar la paliza de mi vida, pero no había más remedio que recibirla. Me di media vuelta y me encaré con Howard.
—Mira, Harry, lo que te voy a decir ahora, solo te lo diré una vez, por eso hablaré muy lentamente para que tu cerebrito de mierda pueda asimilar correctamente la información. ¿De acuerdo? Si vuelves a pronunciar en tu puta vida el nombre de Mary, aunque sea para pedirle a la Madre del Señor que traiga la paz y la felicidad al mundo, te arrancaré la lengua de cuajo y te la haré tragar a hostias.
Esperé allí delante a que me llegara el primer puñetazo, patada y/o empujón, pero no pasó nada de eso. Allí lo único que hubo después de hablar yo fue un silencio tan silencioso que fui capaz de escuchar a lo lejos el eco de la bofetada que le pegó Gabriel a Arisa delante de la casa de Strasser. El muchacho de raza negra se me acercó y me dijo al oído: «Si ves que van a por ti, corre en zig-zag, que estos no tienen cintura». Le agradecí el consejo, pero no me hizo falta salir corriendo. Yo no sé si puse cara de vampiro cabreado o que la combinación de palabras que utilicé tenía algo de mágico, pero Howard se creyó lo que dije. También es posible que se lo creyera porque lo dije muy en serio. Viendo que nadie me hacía nada, me di media vuelta y me marché, pero antes de salir del campo, me volví de nuevo y después de soltar un silbido y levantar el puño derecho grité con todas mis fuerzas: «Go Lionsf»
No pude dormir mucho aquella noche porque sabía que lo que iba a ocurrir algunas horas después de meterme en la cama iba a ser muy importante. No estaba nervioso ni asustado; estaba feliz, inmensamente feliz. Puede que lo que había planeado después de ver a Mary no surtiera efecto, pero me daba igual; debía llevar a cabo lo que tenía pensado hacer, eso era lo importante.
No pude dormir mucho y encima mi padre me despertó temprano, ya que teníamos que ir a celebrar un cumpleaños. No el mío —que se produjo en medio de mi época llorona—, ni el de mi padre —que me pilló en lthaca—, sino el de mi madre. Cuarenta y siete años habría cumplido ese día. Lo de despertarme temprano fue porque mi padre y yo teníamos que ir al cementerio a felicitarla. Aquel fue su cuarto cumpleaños sin ella y fue muy especial, ya que mi padre y yo lloramos delante de su tumba todo lo que no habíamos querido o sabido llorar desde su muerte. No fue triste; fue sincero y liberador. Me acordé en ese momento de Arisa porque tenía razón, toda mi vida había sido un cobarde. Lloré por Mary por cobardía y no lloré por la pérdida de mi madre durante todos aquellos años por miedo a sentirme muy triste. Llorar no es de cobardes, solo lo es si lloras equivocadamente.
Al salir del cementerio, mi padre me dijo que se iba a tomar el día libre y que me invitaba a comer en cualquier lugar de mi elección. Me supo muy mal no poder aceptar su invitación, pero le dije que tenía que hacer algo muy importante al mediodía.
—¿Más importante que comer con tu viejo? —me preguntó.
—Infinitamente más importante —le contesté.
—Infinitamente es mucho, muchísimo. Sospecho que se trata de una chica, ¿verdad?
—De una no, de la mejor.
—Pues espero que te vaya bien, hijo.
Entré en la cafetería de las Simmons con la mirada fija en Mary y en su pelo dorado recogido en una coleta. La cafetería estaba abarrotada y Mary parecía estar atendiendo varias mesas a la vez, regalando a todo el mundo una sonrisa que quizá pocos sabían apreciar como era debido. Me acerqué a Mary por detrás, le toqué el hombro suavemente y, cuando ella se volvió, se lo solté:
—Mary Quant, ¿quieres ser mi esposa?
Se le cayeron al suelo los platos que llevaba en las manos y desde el fondo del local, a la velocidad de la mala leche, vino corriendo Lucy.
—¿Qué haces tú aquí? —me preguntó al tiempo que se interponía entre Mary y yo.
—Anda, Lucy, déjame en paz —le contesté. —En este local, capullo, tenemos reservado el derecho de admisión y a ti no te admito.
—La verdad es que no me gustaría ser admitido en ningún sitio en el que tú tuvieras algo que ver, pero he venido a decirle a Mary que la amo y no me voy a ir hasta que lo haga. —Tú no sabes lo que necesita Mary, pero yo sí y. -.
—Quizá sepas lo que necesita Mary, pero yo sé, Lucy, lo que tú necesitas.
—¿Ah, sí? ¿Qué es lo que yo necesito?
Entonces saqué del bolsillo una de las tarjetas que me había dado la secretaria de mi ex psicóloga y se la di a Lucy.
—Es muy buena —le dije a la rabiosa Simmons—, y si te gustan los peces, a lo mejor te hace descuento.
—¡Una psicóloga! —gritó indignada—. ¡Lárgate de aquí de una puñetera vez, Abel Young!
—Se ve que tú estás sorda o no entiendes el inglés, porque ya te he dicho que no me voy a ir hasta hablar con Mary.
—Mary ahora está trabajando y, además, no quiere hablar contigo.
—Pues que me lo diga ella. —Ella está trabajando...
—¿Por qué no te callas de una puta vez y te apartas del medio, bruja del demonio?
Lucy se quedó petrificada cuando le grité aquella pregunta. Mary se puso la mano en la boca y abrió sus preciosos ojos azules al máximo. El camarero de la barra se quedó mirándome como si acabase de colocar una bomba en los bajos de un autocar escolar. Pensé que aparecería la madre de Lucy para hacer frente común con su hija y echarme a patadas del local, pero se ve que se había echado novio recientemente y estaba de viaje. ¿Y los clientes? Pues los clientes, después de unos largos segundos de silencio absoluto, comenzaron a aplaudirme y vitorearme, gritando cosas como «ya era hora», «eso, deja de joder, bruja del demonio» y «Mary, no le dejes escapar». Lucy se puso roja como un tomate y se fue corriendo a esconderse a la cocina. Mary también estaba avergonzada por lo que estaba ocurriendo y me pidió que nos fuéramos a la calle a hablar. Yo le dije que no, que lo que tenía que decirle tenía que ser allí mismo y que no me importaba lo que pensaran los clientes que, por cierto, después de los aplausos y los vítores permanecían en silencio, mirándonos fijamente a la espera de acontecimientos.
—Voy a ver cómo está Lucy —dijo Mary, intentando hacer un mutis por el foro de aquel escenario en el que había convertido la cafetería.
—No, no vas a hacer eso, vas a quedarte aquí quietecita y a escuchar todo lo que tengo que decirte —le dije al tiempo que le cogía una mano—. Dame un par de minutos, ¿vale?
Los clientes rompieron su silencio para pedirle a Mary que se quedara allí y que pasara de Lucy y su cólera, y ella acabó aceptando. Miré fijamente a Mary y empecé mi discurso:
—Mary Quant, ¿quieres ser mi esposa?
—Estás loco, Abel.
—Ya sé que puede que aún no te merezca, pero te juro que haré todo lo posible para que sea así y hoy quiero darte una primera muestra de ello.
Saqué de un bolsillo el resguardo que me habían dado en la mensajería cuando la tarde anterior les había entregado aquella carta.
—¿Qué es esto, Abel? —me preguntó Mary.
—Eso es el resguardo de un envío. Concretamente de la carta que he enviado a la Universidad de Memphis para pedirles que me admitan el curso que viene.
—¿Por qué has hecho eso? ¿No vas a trabajar en la ferretería con tu padre?
—No, quiero ir a la Universidad de Memphis porque he descubierto que si no voy, mi vida deja de ser mi vida para convertirse en algo sin sentido.
—¿Ahora quieres estudiar?
—No, lo que quiero es estar siempre a tu lado, y si te vas a Memphis, entonces a Memphis deberé ir.
—¿Por mí?
—No, por mí. Eres mi vida y, créeme, hay gente que vive después de morir, pero yo creo que no podría. He tardado en darme cuenta de que cualquier cosa que haga no vale para nada si no la comparto contigo, que la única palabra que quiero escuchar y decir es «Mary», que he llorado por no tenerte a mi lado todas las lágrimas de todos los poetas que han escrito poemas de desamor, que mataría y moriría por ti sin dudarlo, que eres mi vida, Mary Quant, mi vida y quiero vivir. He tardado en darme cuenta de todo ello, pero ahora sé que no puedo estar sin ti.
—No soy lo que piensas. No merezco tus palabras.
—No, quizá sea yo el que no merezca decirlas, Mary. Cierro los ojos y te veo sonriéndome, y entonces sé que sigo vivo y toda la Creación cobra sentido porque la única buena razón por la que Dios creó el universo fue para que un día yo pudiera decirte que te amo, Mary Quant. No tienes ni idea de lo que me ha ocurrido este último mes. Lo he pasado fatal, pero ayer me di cuenta de que había valido la pena pasar lo que he pasado porque eso me ha hecho sentir que lo único importante en mi vida es amarte, y si algún día dejara de hacerlo, moriría irremediablemente. Hay gente que considera que la vida no tiene sentido, pero creo que es porque esa gente no te conoce. Sé que no soy excepcional en nada. Sé que no soy guapo, ni atlético ni inteligente, pero también sé que nadie te amará como yo te amo.
—Te has vuelto loco, Abel.
—No, creo que ahora estoy más cuerdo que nunca porque ya no miro con los ojos, sino con el corazón. Te amo, Mary Quant.
Entonces se puso a llorar, mi pobre Mary. Yo me acerqué y la abracé, y ella apoyó su cabeza en mi pecho, algo que al parecer también han enseñado a hacer a las japonesas necesitadas de cariño. Separé a Mary de mi pecho y le levanté la cara para que me mirara a los ojos. Los suyos estaban enrojecidos, pero no al estilo vampiro, y llenos de unas lágrimas que sequé con mi camiseta antes de volver a preguntarle:
—Mary Quant, ¿quieres ser mi esposa?
Las lágrimas volvieron a brotarle, y en el mismo instante que la canción llegó a su fin, me contestó:
—Por supuesto que sí, Abel. Estaré encantada de ser la señora Young.
En esta segunda ocasión sí hubo beso, el más largo y dulce que jamás me dio Mary. Los clientes de la cafetería se pusieron de pie para aplaudirnos y algunos nos tiraron las flores que había en los centros de mesa como adorno. Estoy seguro de que al salir de allí contarían lo que habían visto y oído a sus esposas, maridos, familiares, compañeros de trabajo y amigos. Algunos dirían que había sido muy tierno, otros que había sido cursi y penoso y que si no se habían puesto a abuchear era porque Mary estaba muy buena, y algunos quizá dirían que habían asistido al comienzo de una bella historia de amor. Puede que todos tuvieran razón o puede que ninguno entendiese lo que había pasado. Yo lo tenía muy claro, todos habían asistido a la muerte de un pringao que no las veía venir o de un cobarde que temía a las mujeres y al nacimiento del único Abel J. Young posible, el que precisamente había nacido, única y exclusivamente, para amar a alguien que se llamaba igual que la inventora de la minifalda.

Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 08, 2010 11:14 pm

ya coloco los ultimos :)

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 08, 2010 11:19 pm

Capítulo 7
Un cobarde


Transcrito por shuk hing

Pasaron tres cosas inmediatamente después del beso de Mary que no he explicado en el capítulo anterior porque me había quedado muy bien, con ese final de película. Una de las cosas que ocurrió es que Lucy salió blandiendo una sartén y, después de insultarme de trescientas maneras diferentes, despidió a Mary. La segunda cosa interesante que ocurrió es que, ya en la calle, Mary me dijo que había sido muy bonito lo de enviar esa carta a la Universidad de Memphis, pero que ella ya no iba a ir allí, sino que estudiaría en Nashville. Lo de Memphis había sido por el gilipuertas de Howard y ya no tenía sentido ir allí, pudiendo estudiar cerca de casa. Aunque me fastidió que por culpa de no haber entendido bien a la persona que amaba Mary fuera a perder un año, el hecho de que acabara yendo a Nashville suponía que yo ya no tenía la necesidad de ir a la universidad —¡aleluya!— y que podría seguir con la vida que tenía pensado vivir antes de que se me ocurriera escribir El juramento. Sí, todo volvía a su cauce y, encima, con 250.000 dólares de regalo. La tercera cosa interesante es que, cinco minutos después de nuestro nuevo compromiso, hubo un conato de discusión. Mary se fijó en mi cuello y poniendo morros me preguntó quién me había hecho ese chupetón. Le dije la verdad, que no era un chupetón, sino la marca de la mordedura de una vampiro que me pilló con la guardia baja.
—Es que esas neoyorquinas no tienen vergüenza ni moral ni nada de nada. Son todas unas guarras como esas que salen en Sexo en Nueva York —me dijo antes de besarme de nuevo, por lo que entendí que podía sincerarme con Mary siempre que lo creyera oportuno y siempre que no le hablara de Arisa, claro.
Volver con Mary suponía volver también al mundo real, aquel mundo que aparté de mi vida cuando estuve inmerso en mi crisis llorica. El primer paso de este retorno consistió en volver a echarle un vistazo a mi cuenta de correo electrónico. Es que solo la utilizaba para enviar tonterías a Mary y para recibir las suyas, y al quedarme solito y desamparado, decidí ahorrarme el sufrimiento de ver que ella ya no me enviaba nada. Bueno, al mirar de nuevo mi correo, comprobé que tenía la friolera de 728 mensajes nuevos en la bandeja de entrada. De estos, 724 eran publicidad, tres eran mensajes de un tal Jeremy Stone quien, al parecer, había apuntado mal la dirección electrónica de alguien y me los había enviado por error, y un mensaje era de Heathcliff Higgins. ¿Qué quería el bueno de Higgins? El mensaje me lo había enviado en el mes de junio, después de aceptar ir a Ithaca, y en él había adjuntado la versión revisada de El juramento. En el mensaje me decía que leyera el relato por si los del seminario me hacían preguntas sobre él, ya que había modificado muchas cosas. Aunque por todo lo que había sucedido por culpa de aquel estúpido cuento de vampiros le había cogido mucha manía a mi primera obra literaria, me picó la curiosidad y quise saber cómo había quedado al final El juramento tras los retoques de Higgins.
Al acabar de leer el relato, entendí por qué los vampiros habían tenido interés en liquidarme. El juramento era muy bueno. El problema es que no parecía mío, es decir, era bueno porque los cambios de Higgins no se limitaron solamente a cambiar palabras como «pringao» o «capullo» por otras más cultas y acordes con la época en la que estaba ambientado el relato, sino también a su estilo. Mi El juramento era un relato escrito por un crío de dieciocho años, mientras que El juramento que Higgins envió a Nueva York parecía la obra de un escritor de verdad. Yo había creído copiar el estilo de Byron y sus amigos cuando lo escribí, pero al leer la versión retocada me di cuenta de que no era cierto. Para intentar explicar la diferencia final entre las dos versiones de El juramento, podríamos decir que yo tarareé una melodía y Higgins escribió una versión orquestal de dicha melodía. La historia era la mía, ahí mi tutor no cambió nada, pero la forma de contarla no tenía nada que ver conmigo. Decidí que si por alguna razón aquel relato acababa publicándose pediría que estuviera firmado por Abel J. Young y Heathcliff Higgins, pues eso sería lo más justo.
Pese al lío en el que me había metido mi tutor, seguía teniéndole mucho cariño. Tanto que aquella noche se me ocurrió, a modo de pequeño homenaje, intentar leer algo de aquella antología que él me había regalado como muestra de su sincera amistad. El hecho de haber enterrado un par de vampiros y un cerdo y desenterrado y vuelto a enterrar un ataúd vacío convertía a Poe en casi un colega, por lo que quizá podía entender mejor su manera de escribir y lo que realmente quería contar en sus historias. Era curioso que de repente me apeteciera leer algo; quizá fuese porque lo que le solté a Howard y el beso de Mary habían provocado más cambios en mí de lo que pensaba. Cogí aquella antología de Poe y, buscando en el índice un relato que por su título me llamara la atención, encontré a pie de página lo siguiente: «La selección de las obras de la presente edición ha corrido a cargo de Heathcliff Higgins y Helmut Martin (Universidad de Columbia, NY)». Después de leer esto, empecé a entenderlo todo.
Entré en el despacho de Higgins sin llamar a la puerta y me lo encontré sentado tras su mesa leyendo un periódico. No se alegró de verme.
—Hola, señor Higgins.
—Hola, Abel.
—¿Qué tal?
—Bien, aquí, ya ves, como siempre.
—¿No me pregunta cómo me ha ido en el seminario?
—Sí, por supuesto, ¿cómo te ha ido?
—La verdad es que estuvo muy bien, pero no duró mucho, ya que una noche vinieron unos vampiros, secuestraron al señor Shine y después lo mataron. Sospecho que es algo que usted ya sabe, ¿verdad?
En este momento se acabó la farsa. Higgins tragó saliva, dobló el periódico, juntó sus manos y agachó el rostro esperando saber por dónde iba a continuar yo.
—Lo que más me fastidia es que le apreciaba mucho, señor Higgins —continué diciendo—. Me sabía mal tenerle que explicar lo sucedido en Nueva York para que usted no se sintiera responsable de lo ocurrido, pero anoche me di cuenta de que usted me había traicionado, de que usted me había vendido a los vampiros. Aún no sé a cambio de qué, aunque espero saberlo antes de abandonar este despacho. No lo supe hasta anoche, y en realidad no estaba muy seguro hasta que he entrado aquí y le he visto. Su silencio me confirma lo que anoche solamente era una sospecha.
Higgins siguió sin abrir la boca. Supongo que se estaría pensando cómo había conseguido desenmascararle, cómo había descubierto que me había entregado a los vampiros a cambio de algún tipo de favor o recompensa que aún desconocía.
—Anoche descubrí que usted y Helmut habían trabajado juntos en aquella antología de Poe —continué explicándole—.
Ya sabía que usted y Helmut habían sido muy amigos en Columbia y que, incluso, había gente que decía que ustedes eran algo más que amigos fuera de la universidad, aunque para Tom Braker eso solamente eran habladurías.
—¿Has conocido a Tom Braker? —me preguntó entonces Higgins.
—Sí, es un buen hombre, no como usted. Ah, y he conocido también a Helmut, el pobre no está en las mejores condiciones en estos momentos.
—¿Qué le sucede a Helmut? —preguntó preocupado.
—¿A su amiguete Helmut? No sé mucho de medicina, pero creo que lo que tiene es una «me falta la cabecitis aguda». Si quiere le digo dónde lo enterramos, por si le apetece llevarle flores o ir a recitarle alguna chorrada de las suyas. ¡Pobre Helmut, con lo alto y guapo que era! Anoche, al leer eso que le he comentado de la antología de Poe, me di cuenta de que cuando usted me dijo que le había enviado mi relato a un amigo de Nueva York, se estaba refiriendo a Helmut. Podría haber sido a Elijah Shine, claro, pero recordé que cuando le dije que usted era mi tutor, se sorprendió mucho. No, usted le envió El juramento a Helmut. ¿Por qué lo hizo?
—No lo entenderías, Abel.
—¿Que no lo entendería? Dios mío, señor Higgins, a estas alturas de la película, le aseguro que puedo entenderlo todo. Usted jugó muy sucio y yo pequé de inocente. Claro, entonces era un pringao y de los grandes. ¿Me estuvo engañando desde el principio?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que desde un principio usted jugó a ser mi amigo. Mire, en serio, llegué a pensar que usted era idiota, pues era la única explicación creíble para que un ignorante que odiaba leer como yo pudiera parecerle un tipo inteligente. Recuerdo ahora mis comentarios sobre Wertber, Poe y Byron, y estoy seguro de que usted se los tragó porque le convenía de alguna manera, aunque no tenía nada que ver con los vampiros.
—Quería tu amistad.
—Ya, lo suponía. Bueno, más que mi amistad, lo que usted quería era volver a tener una relación como la que tuvo con Helmut. Tener bajo su manto a un joven al que enseñarle las cosas buenas de la vida, ¿no? Añoraba a Helmut y vio en mí una posibilidad de recuperar algo de lo que perdió cuando él se fue de Nueva York.
Aquí llegó el momento patético en el que Higgins se puso a llorar. ¡Qué asco me daba! Seguramente se había enamorado de Helmut; no sé si era un amor correspondido, me daba igual, pero seguía enamorado de él. Puedo entenderlo, no lo comparto porque yo soy de chicas rubias y de japonesas con ballestas, pero puedo entender que un chico alto y rubio, y que encima es un experto en Goethe y toda esa gentuza, pueda ser lo máximo para alguien como Higgins. Sé que no se enamoró de mí, pero quería sentir algo parecido a lo que sintió con Helmut. Dicen que hay hombres que eligen como esposas a mujeres que les recuerdan a su madre y mujeres que hacen lo mismo buscando recuperar a su padre. Y hay muchas cosas en la vida que hacemos para suplir pérdidas de cualquier tipo, como intentando con lo nuevo sanar el daño producido por lo anterior. Quizá Higgins hizo eso conmigo al principio de nuestra relación, pero después de que leyera mi relato todo cambió. —Anoche, por primera vez, leí su versión corregida de El juramento —dije para introducir el tema central de su traición—. Me pareció genial, en serio. Me pareció tan genial que no se parecía casi en nada a la primera versión. Sí, por supuesto, usted mantuvo la historia, pero lo mejoró tanto que lo convirtió en algo que parecía haber sido escrito por un escritor de verdad. ¿Por qué? Pues porque si hubiese enviado el relato tal y como yo lo había escrito, su amigo Helmut y los otros vampiros se habrían dado cuenta de que yo no era un peligro para ellos y eso a usted no le interesaba. La idea de mi relato era buena y podía ponerles nerviosos porque, a fin de cuentas, estaba contando lo que ellos estaban haciendo en la realidad, evitar que relatos comprometidos vieran la luz y permitir que estupideces con vampiros descerebrados e increíbles siguieran manteniendo la idea de que ellos no existen. —Tu relato era muy bueno, Abel...
—¡Ya sé que era muy bueno, joder! Era muy bueno, pero no estaba bien escrito. Los vampiros se habrían dado cuenta enseguida de que no me iba a dedicar a escribir porque no sabía. Es que, joder, las cosas son siempre más sencillas de lo que parecen a simple vista. Pensé que usted, por lo que fuera, estaba cegado por mí y que había leído aquel relato con mucho cariño y que se iban a reír de usted en Nueva York por haberlo enviado. Pensé que los neoyorquinos se darían cuenta de que me había limitado a copiar cuatro ideas sueltas, que yo era un fraude. Vale, quizá la idea principal del relato era original, pero no era algo muy imaginativo. Para escribir bien hay que haber leído mucho y escrito miles de páginas, y a mí no me gustaba leer y El juramento era lo primero que había escrito. Una de dos, o yo era un genio o usted y los neoyorquinos eran imbéciles. Al final resultó que el imbécil fui yo. Usted cogió mi idea, respetó las escenas que describí en el relato y lo convirtió en algo diferente, en algo que sí podía asustar a los vampiros porque de publicarse a lo mejor llamaba la atención demasiado. Además, joder, era algo escrito por un chaval de dieciocho años. ¿Qué sería capaz de hacer ese tal Abel J. Young con diez años más de experiencia? Les engañó a ellos y me engañó a mí. ¿Por qué lo hizo, señor Higgins?
—Eso ya da igual, Abel.
—¿Que da igual? ¿Por qué da igual? ¿Es porque Helmut está muerto? Supongo que era él quien dirigía realmente la fantasmagórica Circle Books. Lógico, era un experto en literatura...
—En literatura del romanticismo.
—Sí, ya lo sé y usted en literatura fantástica. ¡Vaya parejita! Supongo que usted ha seguido en contacto con él todo este tiempo y que sabía muy bien a qué se dedicaba su amigo y Circle Books. De no ser así, no habría rehecho El juramento, ni lo habría enviado. Por cierto, fue muy inteligente por su parte jugar la carta de los mil doscientos dólares, muy inteligente. Como yo no había mostrado tener interés en ir al seminario, usted sacó dinerillo de su cuenta y lo puso encima de la mesa. Eso explica que a mi compañera en el seminario no le pagaran nada. Pensamos que era por racismo o porque creían que era rica, pero no, era porque el dinero que yo recibí era de usted. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas.
Al darme la razón, me di cuenta de que Higgins estaba totalmente derrotado. Puede que fuera por la muerte de Helmut, porque el medio alemán era su contacto en el grupo de vampiros neoyorquinos y al morir él ya no tenía posibilidades de conseguir aquello por lo que me había vendido. Ya le daba igual mostrarse como el ser ruin que era, todo parecía haber acabado.
—Ese dinero no lo utilizó en realidad para comprarme a mí, sino a mi padre —continué diciendo—. Supongo que como usted es un intelectual, piensa que los tenderos, humildes e incultos en comparación con gente como usted, solo se mueven por dinero. Mi padre me animó a ir, pero no por el dinero, sino porque pensó que sería algo bueno para mí. Lo que no entiendo es por qué metió usted a mi padre en medio de todo aquello. No sé por qué lo puso en peligro.
—No sé a qué te refieres.
—¿No lo sabe? Su amigo Helmut y un tal Samuel Hide vinieron a buscarme a mi propia casa y hablaron con mi padre. Hasta anoche no me di cuenta de que ellos no podían saber mi dirección porque la dirección que aparecía en la inscripción de los papeles del seminario era la del instituto. Usted rellenó esos papeles y puso la dirección de su despacho. Supongo que lo hizo para controlarme mejor. Así que doy por hecho que usted les dijo a ellos que vivía en la casa que hay frente de nuestra ferretería. Incluso puede que les llevara hasta allí. Mi padre es una persona extraordinaria...
—Lo siento, Abel.
—¡No me mienta más, señor Higgins! Usted no siente una mierda. Usted siente que todo haya salido mal. Usted siente que yo aún esté vivo. ¿Por qué, señor Higgins, por qué me vendió?
—Llega un momento en la vida en el que uno ya no manda sobre sí mismo y lo único que quiere es sobrevivir.
—¿Sobrevivir a costa de los demás?
—Sobrevivir sin miramientos.
Higgins se levantó y se preparó uno de sus famosos capuccini y, sí, me preguntó si quería tomar un café. A veces en las películas me parecía increíble la sangre fría con la que actuaban algunos asesinos después de ser descubiertos, pero al ver cómo se comportaba Higgins, me di cuenta de que no era sangre fría, sino una total rendición. También me costaba creer que en ese mismo tipo de películas, una vez descubierto al culpable del crimen, este contara todo lo que había ocurrido con pelos y señales. ¿Por qué hacían eso? Higgins también lo hizo, quizá porque a esas alturas solamente le quedaba confesarlo todo y esperar que la providencia dictara sentencia.
—No sé si sabes lo que ocurrió hace veinte años —empezó diciendo, sentándose en el borde de la mesa con su taza en la mano, como siempre que iba a soltar un discurso de los suyos—. Un día me enteré de que Helmut se había convertido en vampiro...
—Sí, lo sé, el señor Shine descubrió a Julia Hertz y le pidió a usted que fuera a verla a Ithaca, y a usted le acompañó Helmut.
—Y una noche ella le mordió y él se convirtió en vampiro. Yo me enteré mucho tiempo después, cuando Elijah me invitó a cenar, me enseñó la novela que había escrito y me contó su encuentro con Helmut. —En El Año del Dragón.
—Sí, supongo que allí, no recuerdo el nombre del lugar. Después de que Elijah me contara eso, fui allí en busca de Helmut. Al entrar me topé con un vampiro, iba a atacarme y le dije quién era y que quería hablar con Helmut. Entonces me dijo que esa misma noche fuera al callejón de al lado y que Helmut iría a mi encuentro. —¿Y fue?
—Sí, nos vimos esa noche. Me contó lo que le había pasado y me contó también el gran poder que había recibido al morir en manos de Julia Hertz. No solamente poder físico, sino también mental. No les ocurre a todos los vampiros, la verdad es que a muy pocos, pero aquellos que siendo humanos ya eran inteligentes ven multiplicadas sus capacidades y aquellos que amaban el arte o la literatura adquieren una mayor sensibilidad.
—¿Sensibilidad para matar?
—No pueden dejar de hacerlo, es su naturaleza. Necesitan la sangre, pero no son animales, son seres superiores en todos los aspectos. No todos, hay escalas, pero Helmut era un ser superior.
—Y ahora es un no ser, enterrado sin cabeza. Bueno, la cabeza está enterrada con el resto del cuerpo, pero a los pies. —¿Cómo lo matasteis?
—Eso, como usted dice, ya no importa. Para su consuelo le diré que fue duro de matar, era un tipo como Steven Seagal, pero en vampiro.
—No, no me consuela.
—Pues nada, a joderse. Pero, por favor, vuelva a su relato, a su primer contacto con el maravilloso y poderoso mundo de los vampiros.
—Bueno, cuando Helmut me contó lo que sentía, le pedí que me convirtiese en vampiro, pero se negó.
—¿Por qué?
—Porque hay un cupo, hay un número máximo de vampiros permitidos, y a quien inflinge la norma lo matan o lo destierran.
—Sí, conocía eso del cupo.
—Entonces se me ocurrió decirle que estaba en peligro porque Elijah Shine había escrito una novela que estaban a punto de publicarle en la que relataba todo lo que había pasado con él y con Julia Hertz.
—¿Usted hizo eso?
—Fue para proteger a Helmut.
—Usted es repugnante. ¿Sabe lo que le ocurrió a Helen Shine por su culpa?
—Sí, lo sé, la secuestraron y la convirtieron en vampiro.
—Y luego amenazaron al señor Shine con matar a su hijo y de esa manera evitaron la publicación de la novela.
—Veo que conoces la historia.
—Sí, lo que no sabía es que usted también hubiera traicionado al señor Shine.
—No pensé que harían lo que hicieron, pero quería mucho a Helmut y creí que debía protegerle. Después de que pasara aquello, Helmut me advirtió que los vampiros querían matarme para no dejar testigos y me fui de Nueva York. Fui dando tumbos por ahí hasta que un día me ofrecieron la plaza de profesor en este instituto.
—Lo que no acabo de entender es por qué le dieron tanta importancia a un simple libro.
—¿Un simple libro? Un libro tiene mucha más importancia de la que crees.
Higgins se levantó y se dirigió a la estantería de libros que quedaba a mi espalda, cogió un ejemplar de Drácula de Bram Stoker y lo dejó caer sobre mi regazo al volver a sentarse frente a mí.
—Drácula no es, como tú dices, un simple libro. ¿Sabes por qué lo escribió Stoker? Pues lo escribió por la misma razón que tu Byron, para desenmascarar a un vampiro real. A finales del siglo XIX se puso de moda cualquier cosa que tuviera que ver con lo paranormal: videntes, médiums, fantasmas, etcétera. Stoker era masón y dentro de su círculo de amistades había gente que estudiaba estos temas. Él empezó a interesarse también por todo lo sobrenatural y conoció a un experto en folclore de Europa Oriental, llamado Vámbery, quien le contó algunas historias de vampiros reales. Stoker se quedó impresionado por lo que Vámbery le contó, pero no acabó de creerle. Un invierno, algunos años después de que Jack el Destripador asesinara a cinco mujeres, Londres volvió a verse sacudida por lo que parecía otro asesino en serie. Este no destripaba a sus víctimas, sino que les extraía toda la sangre. El caso hizo pensar a Stoker en aquellas historias de vampiros de Vám bery y empezó a investigarlo desde esa perspectiva. Esos asesinatos tuvieron lugar en 1895 y Stoker descubrió que ese año un extranjero había comprado tres propiedades en el centro de Londres, las tres el mismo día y pagando una gran suma de dinero. Se le ocurrió que ese extranjero podía ser el asesino y comentó su teoría a un jefe de la policía que también era de su logia. Por supuesto, no le tomó en serio y Stoker, al final, decidió convertir su disparatada teoría en una novela.
—¿Y la policía le hizo caso entonces?
—No, por supuesto, pero como te he dicho, en aquella época había mucha gente aficionada a lo paranormal, y a raíz de la publicación de la novela, se formó algo que se vino en llamar Academia de Estudios Vampíricos de Londres. Eran un grupo de jóvenes burgueses ociosos que habían decidido montar aquello como un simple divertimento. Un día, los de esta academia invitaron a Stoker para que diera una conferencia sobre su novela, y en esa conferencia el escritor les dijo en quién se había inspirado para escribir Drácula.
—¿Y le creyeron?
—Sí, le creyeron. Empezaron a investigar a esa persona y una noche le clavaron una estaca en el corazón y la mataron. Aquella persona era en realidad un vampiro. Un simple libro, Abel, un simple libro. Piensa que con que una sola persona crea lo que se relata en una obra de ficción, el libro deja de ser algo simple para convertirse en un arma peligrosa. Un libro por sí solo no es nada, pero adquiere importancia y sentido cuando alguien lo lee, y el poder, sea cual sea su origen y naturaleza, teme a los libros porque sabe que es la mejor manera de transmitir ideas, y a los que ostentan el poder no les interesa que se piense algo diferente a lo que ellos piensan. Cualquier sociedad es un sistema muy complejo y frágil, y una simple idea puede derribarlo. En el caso de los vampiros, la idea de su existencia.
—¿Qué pasó después de que mataran a ese vampiro?
—Después de eso, los vampiros huyeron de Londres durante una temporada, pero antes mataron a todos los miembros de aquella academia y a Bram Stoker, aunque oficialmente este murió de sífilis. Unos veinte años después de aquello, murió otra persona a consecuencia de Drácula, un director de cine alemán llamado Murnau.
—Me suena el nombre.
—Es el director de Nosferatu.
—Ah, vale, sí, el director de Nosferatu. ¿También lo mataron?
—Sí, pero se supone que murió en un accidente de coche en California. La película es del año 1922 y se hizo en Alemania, pero tuvo mucho éxito, tanto que a Murnau le contrataron en Hollywood, donde moriría pocos años después. Los vampiros, cuando se enteraron de que Murnau estaba rodan¬do Nosferatu, intentaron evitar que la película viera la luz. En verdad la película era una versión de Drácula, así que presionaron a la viuda de Stoker para que pidiera una cifra millonaria por los derechos cinematográficos de la novela. Murnau se salió con la suya, cambiándole el título y el nombre de los personajes. De nuevo, la película creó un excesivo interés por los vampiros, y ya sabes las consecuencias de eso: curiosos, investigadores, locos viendo vampiros por todas partes...
—Sí, entiendo el miedo de los vampiros y que quisieran evitar que se editara la novela del señor Shine.
—Además, Elijah tuvo muy mala suerte.
—¿Por qué mala suerte?
—Pues porque acabó de escribir su novela poco después de que apareciese Entrevista con el vampiro de Anne Rice.
—¿Ese bodrio?
—¿Bodrio? Desde Nosferatu nada había perturbado tanto a los vampiros.
—No sé, yo he visto la película y es muy ñoña.
—En esa novela los vampiros no son bestias sedientas de sangre, sino personas inteligentes y cultas que, por diferentes razones, se han convertido en unos seres inmortales. La nove a está contada desde el punto de vista de un vampiro, y aunque el vampiro protagonista difiere mucho de los vampiros reales, la novela tiene muchas cosas que no se alejan de la realidad.
—Es que recuerdo que el vampiro de la película estaba todo el rato amargado porque era vampiro.
—Eso es lo que es totalmente falso, pero hay reacciones de los personajes y algunas situaciones que se han dado y se dan en el mundo de los vampiros. La novela no tuvo un éxito inmediato, pero empezó a parecer muy interesante a mucha gente con ideas propias.
—Y luego hicieron la película, ¿no?
—Sí, unos diez años después. No pudieron evitar que se hiciera la película y, encima, con Cruise y Pitt. Aparte de los amantes del género, interesó a los cinéfilos en general y a todas las niñas, y menos niñas, fans de esos dos actores.
—Pero no dejaba de ser una película.
—Ya, al igual que un libro es un simple libro, pero ninguna persona es una simple persona. ¿Aún no lo entiendes? Hay gente a la que un libro le cambia la vida porque lo lee en un momento concreto y todo lo que en él se dice tiene sentido. Hay gente que se enamora de Emma Bovary o que quiere ser un nuevo Jean Valjean. Y hay gente, Abel, que quiere ser Drácula, pero sabe que no existe y lo acepta. ¿Qué ocurriría si alguien supiera que Drácula es real y qué puedes convertirte en vampiro?
—¿En una bestia asesina?
—No, ahí te equivocas, nadie quiere ser una bestia asesina, por eso a los vampiros les ha ido siempre bien, ya que la literatura y el cine los han mostrado como lo que no son. Si nadie quiere ser vampiro, más allá de cuatro tarados a los que les gusta la violencia hasta ese extremo, si nadie quiere serlo, entonces no tienen interés real, pero no tienen interés real tampoco para aquellos que podrían destruirlos. Lo que no existe no es un peligro, no importa. Mira, es sencillo, imagina un crío de quince años que admire a Tom Cruise y le fascine Entrevista con el vampiro. Bien, a ese crío no le gustará jamás una película de vampiros mordiendo a gente, gritando, violando a mujeres o convirtiéndose en animales. No es solamente despertar la conciencia y hacer ver que a lo mejor los vampiros existen, también es peligroso que se rechace la infantilización del vampiro porque si eso ocurre, un día, habrá alguien como Elijah Shine que escribirá una historia real y ese día comenzará el fin de los vampiros.
—Por eso se creó Circle Books, para evitar que se editaran libros de vampiros creíbles.
—Fue idea de Helmut. Después de pararle los pies a Elijah Shine, hubo una época de tranquilidad, pero se hizo la película de Entrevista con el vampiro y volvieron los nervios. Entonces Gabriel Shine se metió en un lío, no sé cuál.
—Vio a su madre, trece años después de que la enterraran. —Ah, no lo sabía. Bueno, el caso es que Helmut aprovechó aquello para obligar a Elijah a aceptar el proyecto. Era indispensable que un humano dirigiera el seminario. Además, Elijah era buen escritor y había tenido éxito.
—El seminario de la muerte. ¿Usted sabía que todos los alumnos fueron asesinados poco después de terminar los seminarios?
—Sí, lo sabía y también que Elijah Shine desconocía eso. —Usted lo sabía y me envió a una muerte segura. Usted traicionó a Elijah Shine para proteger a Helmut y su mundo de vampiros, pero ¿por qué me vendió a mí?
Higgins hizo el ademán de tomar otro sorbo de su capuccino antes de responder a mi pregunta, pero vio que su taza estaba vacía. Volvió a preguntarme si quería tomar algo y en esta ocasión sí le acepté un café. Me sorprendí al comprobar cómo estaba pudiendo llevar aquella situación sin alterarme lo más mínimo. Aquel hombre tuvo claro que si iba a Ithaca me matarían y yo estaba allí, charlando con él, aceptando beber su café, como si todo lo que hubiera vivido en Nueva York no fuesen más que una serie de aventuras juveniles de verano. Higgins me dio mi café y volvió a sentarse en el borde de la mesa.
—Coincidiendo con el comienzo del curso —empezó diciendo—, el profesorado se sometió a un chequeo médico, y a mí me encontraron que tenía cáncer. Algo incurable. Dos años de vida como mucho que se podían convertir en dos más sí me sometía a una serie de terapias dolorosas y pesadas. Me hundí, como es lógico. Un día se me pasó por la cabeza llamar a Helmut y comentarle el tema. Él me dijo que quizá había una solución para mi caso. ¿Sabes cuál?
—No, no sé nada de medicina.
—No, no era un remedio médico, la solución era convertirme en vampiro. Lo comentó con sus superiores, pero de nuevo se topó con lo del cupo. En ese tema son muy estrictos, aunque desconozco el motivo. No había nada que hacer. Aparte de volver a hundirme, me di cuenta de que estaba solo. Entonces apareciste tú con tu mal de amores, algo muy tierno. Te cogí cariño y pensé que, a lo mejor, al final no estaría tan solo.
—¡Pues menos mal que me cogió cariño!
—Luego llegó tu relato y, como se dice vulgarmente, se me encendió una bombilla. Si podía ofrecer algo a cambio, quizá aceptasen saltarse la norma del cupo. Lo hablé con Helmut, lo consultó y me dijo que lo aceptaban.
—Entonces tuvo que retocar mi relato para que realmente pensaran que merecía la pena saltarse el cupo por mí. ¿Cómo pudo hacer eso? ¿Qué había hecho yo para que usted decidiera que me mataran?
—O morías tú o lo hacía yo. Estaba luchando por mi supervivencia, por mi vida.
—¿Luchando? ¿Así es como se lucha? Usted luchó una mierda, lo que hizo fue aprovecharse de una persona inocente e indefensa. Eso no es luchar. Realmente merece ser un vampiro. Es usted igual que ellos.
—¡Era por mi vida!
—¿Por su vida? ¿Matar a cambio de no morir?
—Matar a cambio de la inmortalidad.
—Como Judas, él también consiguió su inmortalidad, señor Higgins. Esa es la única inmortalidad que usted va a conseguir, la inmortalidad de Judas.
A veces decía unas cosas que no sabía de dónde las sacaba, pero eso de la inmortalidad de Judas me pareció muy bueno. Cuando dije esta frase, me vinieron a la cabeza otros nombres que podría haber utilizado en vez del de Judas. Por desgracia, hay demasiados héroes cuya heroicidad se ha asentado en la muerte de inocentes. También son inmortales, incluso se escriben libros y se hacen películas sobre ellos, los venden en camisetas y pósters, los citan en tertulias de televisión. La inmortalidad se puede lograr de muchas formas, pero la manera más fácil para logarla siempre ha sido manchándose las manos con sangre inocente.
—Lo que no acabo de entender, señor Higgins —continué diciendo—, es cómo puede usted contarme todo lo que me ha contado, decirme que sabía que me iban a matar, en vez de mentirme de nuevo o callarse.
—¿Me preguntas por qué he confesado todo?
—Sí, eso mismo.
—No busco que me comprendas ni justificar lo que he hecho, ya que, además, no puedo arrepentirme de haber obrado de esa manera. No sé lo que ha pasado en Nueva York ni cómo es posible que tú sigas vivo y Helmut haya muerto, pero eso ya da igual, supongo. Soy lo que soy y no tengo por qué seguir ocultándolo. Admiro a los vampiros porque son una raza superior, posiblemente el futuro, algo diferente y admirable en este mundo miserable.
—Son asesinos despiadados.
—¿Asesinos despiadados? ¿Desde qué punto de vista? Necesitan beber sangre humana para vivir en todo su esplendor, eso no es asesinato. Tú lo llamas así porque te basas en leyes absurdas hechas por burgueses y clérigos, asentadas sobre frases vacías que hablan de la igualdad entre todos los hombres. ¿Asesinos? Vives en un país en el que hay pena de muerte, pero eso no es asesinato, eso es justicia. ¿Qué diferencia hay entre lo que hacen los vampiros y lo que sucede en una guerra? ¿Todos los soldados son asesinos despiadados? Piedad, otra palabra estúpida. ¿De dónde sale esa palabra? Piedad. ¿Por qué hay que ser piadoso? ¿Por qué el que da limosna está mejor visto que el que roba? Ah, sí, porque Dios lo cree así. Un buen día un grupo de personas se reunieron, personas ociosas y mediocres, y decidieron que las cosas debían ser así. Decidieron qué era lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y también cuándo lo que ellos habían dicho que era malo podía considerarse bueno o lo injusto justo. Sí, decidieron que la moral dependía de las necesidades que ellos tuvieran en cada momento. Matar es malo, pero no lo es si lo puedes justificar hablando de democracia o de justicia. ¿Qué diferencia a un gobernante que envía a su pueblo a una guerra de un vampiro que mata a alguien para beber su sangre? ¿La democracia? ¿El bien del país? Oh, sí, claro, los vampiros no tienen banderas.
—Eso no es cierto, yo al menos he visto una y le puedo asegurar que no es agradable a la vista porque por sí sola significa todo lo malo que tiene el ser humano. Y todo lo malo que tiene el ser humano le haría merecer ser vampiro. Usted podría ser un buen vampiro, lástima que ya no pueda serlo. Ya no le quedan contactos en Nueva York y su intento de matarme a cambio de su condenación eterna le ha salido mal.
—Bueno, creo que esta conversación ha acabado y que ahora vas a matarme.
—¿A matarle?
—Sí, a matarme. ¿No has venido a eso?
—No, no voy a matarle. Lo que le voy a decir ahora a lo mejor le parece raro. No puedo matarle porque en estos momentos estoy con usted en el mundo real, no en el fantástico de los vampiros. He estado allí y es lo más parecido que hay al infierno, pero he podido escapar de ese infierno y ahora no me apetece volver. No puedo matarle porque para mí usted no es el personaje de una historia de vampiros o yo no puedo verle así. Si estuviéramos en un sótano con nichos de mármol blanco o en una habitación con ataúdes por estrenar, le mataría sin dudarlo, pero no estamos en ningún sitio de esos. Aquí hay normas, leyes y moral. Eso le salva y me salva a mí.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—Nada, no voy a hacer nada. No puedo ir a una comisaría y denunciarle porque manipuló un relato mío para que unos vampiros me mataran. La policía es real y los vampiros son ficción, no podemos juntar a ambos en esta historia. No, señor Higgins, no le voy a hacer nada. Morirá pronto y lo hará solo, recogiendo lo que ha sembrado. Yo lo único que voy a hacer es irme de este despacho y esperar no volverle a ver en mi vida. Eso sí, si por la razón que sea vuelve usted a intentar hacerme daño, a mí o a cualquier persona de las que quiero, entonces decidiré que usted y yo somos personajes de una historia de vampiros y le mataré. Le proporcionaré una muerte lenta y muy dolorosa. Adiós, señor Higgins.
Salí del despacho de Higgins con la nuez a punto de reventarme a causa de la «angustia de la lágrima no derramada, sección rabia contenida». Tenía ganas de matarle, por supuesto, pero sabía que de hacerlo me convertiría en todo aquello que odiaba, me haría regresar al mundo de los vampiros en las peores condiciones posibles. Lo que me angustiaba era que al final pareciese que Higgins se había salido con la suya. Intentó matarme y ni le toqué un pelo, pero es que no podía hacerlo, no podía hacerlo. Sí, Higgins debía morir, como el Samuel Hide que era, pero yo no era la persona idónea para segarle la vida. Ya no lo era.
Sin embargo, inesperadamente para mí, apareció esa persona para hacer lo que yo no podía hacer.
Aquella misma noche, mi padre casi no habló durante la cena. Deduje que era porque había algún problema en la ferretería. No quise preguntarle lo que le pasaba y decidí después de cenar irme a mi habitación, pues entendí que mi presencia le incomodaba de alguna manera. Diez minutos después de dejar a mi padre a solas con sus problemas, vino a mi habitación para decirme todo lo que no supo cómo decirme durante la cena.
—Tu tutor se llamaba Higgins, ¿verdad? —empezó diciendo—. ¿Heathcliff Higgins?
—Sí, Heathcliff Higgins.
—Bueno, pues a última hora de la tarde lo han encontrado muerto en su despacho. Se ha suicidado, se ha ahorcado con el cinturón de su pantalón. Dicen que estaba muy enfermo, que tenía cáncer...
—Sí, tenía cáncer.
—Lo siento mucho, Abel. ¿Quieres que vayamos a su funeral?
—No, no me apetece.
—Lo entiendo, hijo. Si quieres hablar del tema, estaré abajo, ¿vale? Solo quiero que entiendas que estas cosas pasan. Tu amigo Higgins se ha suicidado porque era un cobarde.
—Sí, era un cobarde, papá.
—De todas maneras, Abel, no te preocupes, hay muchos peces... Ah, no, lo de los peces no vale para esto. No, peces no, otros bichos.
—No, eso de que hay muchos peces en el mar puede ser válido.
—¿En serio?
—Sí, a mí me vale.
—Bueno, pues lo que tú digas.
Mi padre aceptó que aceptara la tontería esa de los peces y se despidió recordándome que andaría por abajo en caso de que necesitara consuelo paterno.
El suicidio de Higgins era un extraño y lógico final para aquella aventura de vampiros y libros que nunca quise protagonizar. Extraño porque él entregó la vida de un inocente para conseguir vencer a la muerte, y alguien que hace algo así se supone que peleará hasta el final. Lógico porque, a fin de cuentas, Higgins era un cobarde traidor, y a los cobardes traidores de las historias de ficción se les fusila al amanecer o se acaban suicidando. Sí, quizá el suicidio de Higgins fue más lógico que extraño, pues él era más personaje que persona. De todas maneras, lo que más me importaba de la muerte de Higgins era lo que he señalado antes, que se trataba del final de mi historia vampiril. Muerto él, ya me podía dedicar a lo mío, es decir, a vivir la vida que siempre quise vivir, cumpliendo el destino que mi padre me había escrito en el cartel verde con letras doradas del negocio familiar. Lord Byron, Renée Zellweger y los vampiros, con sus cosas de morder y chupar, habían sido simples piedras en el camino, ridículas piedras que no habían podido finalmente desviarme de mi destino. Abel J. Young iba a heredar una ferretería y se iba a casar con Mary Quant, la chica que se llamaba como la inventora de la minifalda. Solamente un hecho extraordinario podría cambiar eso. Bueno, un hecho extraordinario o un SMS de una japonesa licenciada en historia por Harvard, concretamente el que Arisa me envió aquella misma noche:
Abel, ya sé que dijimos que nos olvidaríamos de los vampiros, pero Gabriel y yo nos hemos dado cuenta de que no podemos dejar que se salgan con la suya... Estamos planeando una visita de cortesía a nuestra amiga Julia Hertz. ¿Te apetece comida china?

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shuk hing
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 08, 2010 11:20 pm

El Juramento
ABEL J. YOUNG Y
HEATHCLIFF HIGGINS


Transcrito por shuk hing



George contemplaba desde la ventana cómo los relámpagos de la tormenta se reflejaban en el lago. En el salón contiguo se oía a Mary Shelley leyendo en voz alta un relato de fantasmas. También se podían oír los murmullos y comentarios del resto de las personas que se bailaban en el salón escuchando a Mary: Percy Shelley, Claire Clairmont, la condesa Potocka, Matthew Lewis y el secretario y médico personal de George, John Polidori. Fue este último quien propuso que, aprovechando que la noche —tan desapacible como todas aquellas del verano sin verano de 1816— era perfecta para sacar a relucir los miedos ocultos de las almas mortales, sería interesante acabar la velada leyendo algunos relatos de un libro sobre fantasmas alemanes que él había traído consigo de Inglaterra. A George le molestaba profundamente que Polidori, sin ser un invitado suyo, sino un simple empleado, estuviera tomando un protagonismo en Villa Diodati que no le correspondía. Ni siquiera lo consideraba un buen médico, y había tenido secretarios que habían realizado su trabajo con mucha más prestancia que Polidori. Le habían dado muy buenas referencias de él, y George necesitaba un médico cerca cuando viajaba al extranjero, debido a que desde hacía años la enfermedad, en sus múltiples manifestaciones físicas y anímicas, había sido su única compañera fiel. Además, el hecho de que Polidori pudiera hacer también de secretario suponía ahorrarse un sueldo, algo que, aunque George no quisiera reconocerlo, era un auténtico alivio para su maltrecha economía. Por todo ello, en un principio consideró acertado contratarle, pero ahora pensaba que había sido un error hacerlo y estaba decidido a librarse de Polidori cuando regresara a Londres. Eso sí, mientras permaneciese en Suiza intentaría hacer ver a su médico y al resto de los invitados que su presencia no le importunaba en absoluto. En el mundo en el que George se movía, las apariencias eran lo único que valía la pena mantener, aunque el honor y el dinero se resintieran por ello. El desprecio que sentía por Polidori hizo que no quisiera participar en la lectura y posteriores comentarios de esos relatos alemanes. Valiéndose de la excusa de que el vino de la cena se le había subido a la cabeza y de que se sentía algo indispuesto, abandonó el salón donde todos sus invitados estaban entonces reunidos y se dirigió a la sala contigua. Mientras los invitados de la casa estaban enfrascados en la lectura de cuentos fantasmagóricos, George aprovechó su soledad y la inspiración que le traía la tormenta que contemplaba desde la ventana para repasar mentalmente el esquema de un relato que quería escribir desde hacía años. No iba a ser un relato convencional, un simple entretenimiento para seres acomodados y ociosos. No, su relato iba a ser un arma, posiblemente la única que él podía utilizar en aquellos momentos, para destruir a un vampiro. Para que su plan surtiera efecto, necesitaba la colaboración de otros amigos escritores. Esa era, precisamente, la verdadera razón por la que había invitado a Villa Diodati a Percy Shelley y a Matthew Lewis: proponerles quise unieran a él en la aniquilación de ese ser maligno. Lo harían sin saberlo, serían una pieza clave en su plan, pero jamás les diría que el fin último iba a ser desenmascarar y destruir a un vampiro. Era evidente que si les rebelaba cuál era la verdadera razón por la que necesitaba su colaboración, ellos le tomarían por loco, pues era bien sabido que los vampiros no existían. El propio George habría pensado lo mismo de cualquier persona que le hubiese propuesto tal cosa, de no haber viajado a Turquía años atrás y haber descubierto que aquel a quien todos conocían como August Devrall no era humano, sino un ser venido del infierno para saciar su sed con la sangre de inocentes.
George había conocido a August Devrall durante una cena en Londres organizada por el propietario del New Monthy Magazine. En un principio había dudado acerca de asistir a esa cena porque el New Monthy era una publicación que no se encontraba entre sus lecturas habituales y tampoco tenía relación alguna con sus redactores y colaboradores. Sin embargo, se dio cuenta de que esa noche en concreto no tenía nada interesante que hacer y de que si iba a esa cena había muchas posibilidades de encontrar compañía femenina con la que terminar la velada de una manera placentera.
—Mi admirado lord Byron —dijo el anfitrión de la cena cuando George entró en el salón principal de su casa—, es un honor tenerle entre nosotros. Muchísimas gracias por haberse dignado compartir con nosotros la velada.
A George le halagaban, quizá en exceso, este tipo de recibimientos. Se había convertido, desde la publicación de Horas de ocio, en uno de los poetas de moda, y después de haber entrado ese año en la Cámara de los Lores, era visto como uno de los jóvenes más prometedores de la Inglaterra de los primeros años del siglo XIX. Eso hacía que todo el mundo quisiera aprovechar cualquier situación para establecer con él lazos de unión, sin importar la naturaleza de estos, que les reportara cierta notoriedad en el presente y beneficios de toda índole en el futuro. La fama adquirida por George también le servía como arma de seducción, y se unía a las que ya poseía para este fin: su belleza y su elegancia. Al recibirle el propietario del New Monthy Magazine de aquella manera, George entendió que iba a ser el centro de la velada, otra vez, y eso le complacía enormemente.
El anfitrión le presentó uno a uno a todos los invitados que iban a acompañarle aquella noche, elogiando de una manera exacerbada, cuando le tocó el turno, a un tal August Devrall; al parecer la última adquisición de la revista, un joven «prometedor y que no dejará indiferente a nadie». August Devrall dijo a George que le admiraba muchísimo y que esperaba que en un futuro pudiera escribir algo que mereciera su aprobación. George ni siquiera se dignó contestarle, intentando mostrar con esa actitud que el interés por esa joven promesa era totalmente nulo. Manifestó el mismo desdén por el resto de los invitados que le fueron presentados, a excepción de una joven de rizados cabellos castaños y profundos ojos verdes, a la que el anfitrión presentó como su hija Helen. En el momento en que George se agachó para besar su mano con un gesto amanerado, pensó que su presencia en esa casa acababa de cobrar un delicioso sentido.
Sentados ya a la mesa, George comenzó a sacar a relucir sus primeras armas de seducción, contando anécdotas elegantes y graciosas sobre su vida en Cambridge y relatando anécdotas igual de graciosas, pero quizá no tan elegantes, sobre personajes públicos que él había conocido en los últimos años. Con ello quería demostrar que cualquier mujer que se interesase por él podría conocer a quien se debía conocer en Londres en aquella época; convertirse en protagonista de la vida pública londinense, aparte de convertirse también en protagonista de los placeres de la vida privada que lord Byron podía ofrecer. Era evidente que George estaba consiguiendo su propósito, ya que la joven Helen estaba escuchando atentamente todas y cada una de las palabras que salían de su boca y riéndose, a veces exageradamente, cuando él acababa una de sus graciosas anécdotas. George esperaba poder estar unos momentos a solas con Helen después de la cena para acabar de seducirla, susurrándole al oído bellas palabras que ella jamás habría escuchado y que se habían mostrado muy efectivas con mujeres aparentemente mucho más difíciles de conquistar que ella. Estaba seguro de que Helen irremediablemente acabaría cayendo en sus brazos y de que esos brazos la dejarían caer, a su vez, sobre el lecho de su alcoba. Quizá no esa misma noche, pero no tenía la menor duda de que eso sucedería en breve.
Llegaron los postres y George comenzó un juego de gestos insinuantes, a la par que sutiles, con Helen. Eran gestos que, dependiendo de la predisposición de ella, podían significarlo todo o nada y que funcionaban como prólogo a esas palabras que pensaba dedicarle una vez que los comensales abandonasen la mesa. Ese juego de gestos fue interrumpido, abrupta e inesperadamente, cuando August Devrall decidió entrar en escena.
—He escuchado atentamente todas las anécdotas que nos ha ofrecido gustosamente nuestro apreciado lord Byron —dijo, y al nombrar a George le miró directamente a los ojos, de manera desafiante— y mientras lo hacía he llegado a la conclusión de que la vida en Inglaterra es mucho más aburrida de lo que a simple vista se podría pensar.
La mesa quedó tan en silencio tras pronunciar Devrall esas palabras que se podían escuchar los pasos de los criados de la casa, que se acercaban al salón principal con las bandejas de los espirituosos. Todo el mundo miró a George esperando que él respondiera al evidente golpe que el joven August le había propinado, pero lord Byron no supo qué contestar; no podía replicarle en aquel momento porque, aparte de saber que el propietario del New Monthy Magazine le consideraba una joven promesa de las letras, desconocía totalmente a su inesperado rival. Para atacarle habría necesitado saber por qué flanco hacerlo, cuál era su punto débil, y hasta aquel momento ni siquiera le había considerado como posible enemigo, en parte porque para él no eras más que un arribista buscando sacar provecho de una relación con el gran lord Byron. Además, también desconocía por qué razón Devrall le había atacado de esa manera, cuando un par de horas antes le había mostrado su admiración. Las dudas de George sobre las intenciones del joven August Devrall se disiparon pocos instantes después de que le hubiese dedicado esas envenenadas palabras. Ante el silencio de George, su nuevo enemigo de salón comenzó a explicar anécdotas de sus numerosos viajes por Europa, Asia Occidental y el norte de África. Eran historias de aventuras, en las que su narrador se había enfrentado a mil peligros y conocido a reyes, magos, sabios, y a mujeres que poseían la belleza auténtica, aquella que había inspirado durante siglos a los artistas que todos admiraban. «Eso sí —añadió Devrall, dirigiendo su mirada a Helen—, ninguna de ellas podría compararse a usted.» Con esa frase George entendió cuáles eran las verdaderas intenciones que habían movido a August Devrall a atacarle de aquella manera. Ambos se habían sentado a la misma mesa con el deseo de conquistar a la misma mujer. Al menos ya conocía qué había provocado esa guerra que él no había buscado, pero guerra al fin y al cabo, y pensó que valía la pena contraatacar, y lo haría intentando hacer ver que todas aquellas historias eran fruto de una imaginación prodigiosa, y no de unas vivencias reales.
—Fascinantes son sin duda las aventuras que parece haber vivido, señor Devrall —dijo George, devolviéndole la mirada desafiante que minutos antes había recibido de él—, pero mientras le escucho, no puedo de dejar de preguntarme: ¿cómo es posible que alguien tan joven como usted, del que desconozco linaje y fortuna, haya podido viajar por tantos lugares sin pasar penurias económicas?
—Es cierto que no soy descendiente de ninguna familia aristocrática —contestó August Devrall— y que de mi padre no recibí más herencia que el anillo que porto en mi mano derecha, pero hay muchas maneras de amasar una pequeña fortuna sin necesidad de heredarla.
—Pues ilústrenos, señor Devrall —contestó George—, díganos cómo amasó usted esa fortuna.
—Sé que quizá esté mal visto y que gente como usted, señor Byron, puede llegar a considerar que es un método despreciable de conseguir dinero, pero como en el fondo me importa bien poco lo que usted y sus semejantes puedan pensar sobre mí... —Tras decir esto, Devrall tomó aire antes de continuar—. No tengo ningún problema en confesar que todo lo que poseo lo gané jugando a la cartas.
—¿Es usted un jugador profesional? —preguntó George.
—No, profesional no; solamente un jugador con suerte. No mucha, solamente la suficiente para entender que cuanto más dinero se tiene, más fácil es perderlo si no se ha conseguido con el sudor de la frente, y siento decirlo, pero la nobleza acomodada es una víctima más que propicia para alguien como yo. Por ejemplo —prosiguió Devrall—, mi último viaje a Egipto lo financió un lord pretencioso que ni siquiera se dignó darme la mano cuando me lo presentaron. Su arrogancia fue su perdición y ahora creo que ha huido a Francia, a esconderse de sus acreedores.
George recibió aquellas palabras como si se tratase del segundo ataque virulento de la noche. Estaba claro que desconocía totalmente a su enemigo, pero este le conocía muy bien y sabía que su padre, el de George, se había refugiado en Valenciennes para huir de acreedores enfurecidos y que él mismo llevaba años pagando las deudas del anterior lord Byron. Era evidente que Devrall era un grandísimo rival, y George pensó que la única manera de derrotarlo era ganarle en su propio terreno.
—Me agradaría profundamente, y creo que al resto de nuestros amigos también —dijo George en un tono amigable—, que nos ofreciera una muestra de sus dotes como tahúr, señor Devrall.
—¿Quiere que juegue a las cartas aquí y ahora?
—Sí, precisamente eso, mi querido August.
—De acuerdo, pero dudo mucho que, después de lo que he explicado, alguien quiera enfrentarse a mí.
—Yo seré quien se enfrente a usted —propuso George—, si es que no tiene miedo a ser derrotado por alguien de mi clase.
Devrall aceptó el reto. El amo de la casa pidió a un criado que llevara una baraja francesa y unas fichas de juego y ordenó a los demás que retiraran todo lo que había sobre la mesa. George y su rival se sentaron frente a frente y el resto de los invitados se dividió en dos grupos, que se colocaron detrás de los jugadores para contemplar el juego desde cerca, pero sin molestar a ambos contendientes. George se sintió grandemente reconfortado al comprobar que Helen había decidido unirse a la gente situada a sus espaldas. Era evidente que el reto había sido un golpe maestro y que antes de iniciarse la partida él ya iba ganando.
—¿Qué nos jugamos, solo dinero o algo más? —preguntó Devrall antes de repartir las cartas por primera vez.
—Creo que deberíamos jugarnos aquello que heredamos de nuestros padres, mi villa de Aberdeen contra su anillo dorado. Quien se lleve todas las fichas ganará la partida.
Devrall aceptó, se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa. Se trataba de un aro dorado rematado por un sello en el que aparecía dibujado un murciélago de color rojo. No tenía ningún valor apreciable, pero no se trataba de dinero, sino de algo más importante, por eso a George no le tembló el pulso cuando redactó y firmó un documento en el que donaba su casa de Aberdeen a Devrall si este le derrotaba esa noche.
A medida que la partida iba transcurriendo, la expectación de los presentes iba en aumento. George se dio cuenta de que cada vez que ganaba un montón de las fichas de su rival, Helen se acercaba y le ponía la mano en el hombro a modo de felicitación, y que cada vez que perdía, la joven suspiraba melancólicamente. Era evidente que Helen sabía cuál era el verdadero premio para el ganador de aquella partida y que ansiaba que ese ganador fuese George. El juego estaba muy igualado y parecía que jamás iba a tener fin, pero cuando todos los presentes pensaban que ambos caballeros decidirían terminar la partida en tablas, Devrall apostó el resto y, ante el asombro de todos, George vio la apuesta. Una tras una y por turnos, los jugadores fueron descubriendo sus cartas; la última que mostró George, una reina de corazones, hizo que todos los presentes comenzasen a aplaudir y que Helen besase su mejilla, ante el rostro derrotado de August Devrall. Este se levantó de la mesa y se fue de la casa sin despedirse siquiera mientras George acomodaba el anillo de los Devrall en uno de los dedos de su mano derecha.
La velada continuó como George esperaba, con Helen rendida a sus pies. Si no compartieron lecho aquella noche fue porque consideró que después de haber vencido a Devrall su deseo de placer ya estaba saciado, por lo que no habría podido disfrutar del todo del cuerpo y la inocencia de Helen. Ya había conseguido lo que quería de ella; los placeres de la carne podían esperar. Se despidió de Helen con la promesa de que pronto recibiría noticias suyas y abandonó la casa. George hizo una señal a su cochero y este se acercó hasta donde se encontraba él, deteniendo el carruaje de tal manera que la puerta del mismo quedara justo frente al lord. George iba a hacer el ademán de abrir la puerta, pero esta se abrió sola ante su asombro. Al subir al carruaje, se encontró frente a frente con August Devrall, quien, después de asirle con fuerza la muñeca izquierda, le dijo:
—Ha sido una gran partida, he de reconocerlo. No cabe duda de que es usted un gran rival, posiblemente el mejor que he tenido. Yo respeto profundamente a aquellos que merece la pena respetar, y usted esta noche se ha ganado mi respeto. Sin embargo, no puedo dejar de estar enfadado con usted, y eso puede ser peligroso. Me ha ganado esta noche y se ha llevado mi anillo, pero quiero que comprenda que Helen es solo mía. Si no entiende lo que acabo de decirle, me obligará a hacérselo entender de otra manera.
Devrall soltó la muñeca de George y bajó del carruaje ordenando al cochero que se pusiera en marcha. Lord Byron no era un hombre que se dejara intimidar fácilmente, y menos aún por el simple pretendiente de una joven burguesa, pero estaba seguro de que la amenaza de Devrall era cierta, y no por miedo, pero sí quizá para evitar un nuevo escándalo, era preferible alejarse de Helen y de todo lo que la rodeaba. Eso sí, había decidido mantener el anillo de los Devrall en su mano derecha, como recuerdo de la victoria de esa noche y en homenaje a todos aquellos infelices de los que Devrall se había aprovechado jugando a las cartas.
Días después del incidente con Devrall, George entregó a la editorial el manuscrito de Bardos ingleses y críticos escoceses e inició un viaje por diferentes parajes de Europa. En aquel duelo dialéctico con Devrall, se había dado cuenta de que necesitaba conocer mundo, pues viajar con libertad era lo único que no había podido hacer en su vida. Después de visitar España, Portugal, Malta y Grecia, George viajó a Turquía, donde, tras visitar las ruinas de la mítica Troya, decidió descansar unos días en la ciudad de Esmirna. Alquiló una pequeña cabaña a las afueras y en ella se instaló junto a un guía turco que había contratado semanas atrás en Atenas.
Una tarde, George y su guía fueron al puerto de Esmirna para comprar pescado fresco para la cena. Llevaba apenas cinco minutos en aquel lugar, cuando una anciana se acercó al guía y señalando a George le dijo algo al oído. El guía se quedó mirando extrañado al lord, mientras la vieja comenzó a ir por los diferentes puestos del mercado de pescado para repetir la misma acción de susurrar al oído de la gente mientras señalaba a lord Byron. Los tenderos del mercado, después de escuchar a la anciana, fueron cogiendo, uno tras otro, el cuchillo más grande que tenían a mano, y antes de que George fuera capaz de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo realmente, se encontró rodeado de una treintena de hombres armados que le miraban con odio.
—¿Qué ocurre? —preguntó George al guía.
—La anciana dice que es usted un demonio, señor —contestó el guía—. Dice que es usted August Devrall.
—¿August Devrall? IMo, yo soy George Gordon Byron, sexto lord Byron. Por favor, dígales que están en un error.
Mientras el guía traducía lo que le había dicho, George pensó que en alguno de sus viajes Devrall debía de haberse aprovechado de sus dotes de tahúr para arruinar a unas cuantas familias de Esmirna. Al parecer, no se dedicaba solamente a hundir a aristócratas engreídos, sino también a humildes comerciantes. El guía volvió a dirigirse a George, en esta ocasión para decirle que sabían que él era August Devrall por el anillo que llevaba en la mano derecha. Lord Byron pidió que les explicara que ese anillo se lo había ganado meses atrás al propio Devrall en una partida de cartas. El guía volvió a traducir las palabras de George y al parecer los tenderos le creyeron, ya que disolvieron el corro que habían formado y volvieron, con gestos de satisfacción, a sus puestos.
Aquella misma noche, mientras él y su guía planificaban las excursiones que George quería hacer a las ruinas de Éfeso y Sardis, el lord comentó que le parecía un poco exagerada la reacción de la gente del puerto cuando le confundieron con August Devrall.
—¿Exagerada, señor? —preguntó el guía—. No cabe duda, los ingleses son hombres valientes que no temen a nada.
—Considero que es exagerada porque en el juego como en el amor todo vale —contestó George— y a nadie obligan a jugar a las cartas. Devrall es un buen jugador, pero no un tramposo. De serlo, yo no tendría ahora este anillo y él se habría quedado con mi casa de Aberdeen.
—No entiendo nada de lo que me está diciendo —dijo el guía—, todo el mundo sabe por estas tierras que Devrall es un vampiro.
—¿Un vampiro? —preguntó George extrañado.
—Sí, un muerto que ha vuelto de la tumba y que se alimenta de la sangre de jóvenes doncellas.
—Ahora soy yo quien no entiende nada de lo que me estás diciendo.
El guía comenzó a relatar la leyenda que sobre August Devrall se contaba en aquellas tierras turcas. Al parecer, Devrall había llegado a Esmirna cinco años atrás y había abierto un pequeño despacho comercial en el puerto. Debido a unas extrañas fiebres, el joven murió a los pocos meses de instalarse en la ciudad y fue enterrado en un cementerio de las afueras. Poco tiempo después de la muerte de Devrall, comenzaron a sucederse una serie de extrañas muertes. Jóvenes de Esmirna aparecían muertas en sus camas, con apariencia de haber fallecido desangradas, pero sin que en sus habitaciones apareciesen restos de su sangre derramada. Sin embargo, eso no era lo más extraño, ya que en el cuello de todas y cada una de las víctimas aparecían dos orificios, como si un ser de afilados colmillos hubiera hundido estos en la carne de las muchachas. Nadie sabía explicar qué estaba ocurriendo en Esmirna y el miedo se adueñó de sus habitantes. Los padres hacían vigilias a los pies de las camas de sus hijas, esperando que aquel animal o lo que fuera hiciese acto de presencia y así acabar con él de una vez por todas. Fue precisamente en una de estas vigilias cuando un pescador, padre de dos jóvenes doncellas, pudo ver el rostro del vampiro. August Devrall entró por la ventana de la habitación de las muchachas y al hacerlo se encontró de frente con el pescador, armado con un hacha. Cuando el buen hombre se abalanzó sobre Devrall, este huyó saltando por la ventana por la que había entrado momentos antes. El pescador fue casa por casa, despertando a los vecinos y rogándoles que se reunieran con él frente al ayuntamiento. Ante un par de centenares de personas, narró lo que le había sucedido esa misma noche, y cuando acabó su relato, un grupo de hombres, provistos de antorchas, palas y armas, se dirigió al cementerio de las afueras. Una vez allí, cavaron en la tumba de Devrall y abrieron su ataúd. Ante la sorpresa de todos los presentes, el ataúd estaba vacío. El grupo de hombres salió en estampida del cementerio y se dirigió a la oficina comercial que Devrall había abierto en el puerto. En la puerta del local encontraron una nota en la que se podía leer: «Disfrutad cuanto podáis de la belleza y juventud de vuestras hijas, pero tened por seguro que un día volveré para arrebatároslas. A. D.».
George no podía creer la historia que acababa de escuchar de boca de su guía. Aquella historia solamente podía ser fruto de la ignorancia y el miedo a lo desconocido de gentes alejadas de la ciencia y la razón. El guía se sintió molesto por las palabras de George, pues las consideró altamente ofensivas y le conminó a que le acompañara esa misma noche al cementerio de Esmirna. Lord Byron se rió de su guía, pero aceptó ir al cementerio con él. Una vez allí, el guía le llevó ante una tumba, alejada del resto de las del lugar y rodeada por un círculo de sal. George se agachó y alumbró con su antorcha la lápida. Conmocionado y asustado, pudo leer la siguiente inscripción: «Aquí yacen los restos mortales de August Devrall. 1782-1805. Descanse en paz». Al texto esculpido en piedra le acompañaba la silueta de un murciélago que lord Byron identificó con el que él portaba en el anillo que ganó a Devrall a las cartas y que se sacó en aquel preciso momento de su dedo, para lanzarlo con rabia lejos de él. No había duda de que la historia que le había contado el guía era cierta. Como tampoco había duda de que la próxima víctima de ese vampiro iba a ser la dulce Helen.
George decidió interrumpir su viaje aquella misma noche y regresar lo antes posible a Inglaterra. Una vez en Londres, y sin haber siquiera deshecho su equipaje, se dirigió sin perder tiempo a la casa de Helen. Llamó a la puerta y un criado, con rostro apesadumbrado, le informó de que no había nadie en la casa, ya que todos sus habitantes, excepto él, se hallaban en el entierro de Helen.
—Ha sido un golpe muy duro —dijo el criado— . Hace un par de semanas celebramos una gran fiesta para festejar la boda de Helen con el señor Devrall y ahora la casa está de luto, y la familia y el servicio, destrozados.
—¿Cómo murió Helen? —preguntó George.
—Fue víctima de una extraña anemia —contestó el criado—: se fue debilitando poco a poco, como si cada noche fuera perdiendo sangre. Algo extraño a lo que los médicos no encontraron explicación.
George se dio cuenta de que había llegado demasiado tarde y se sintió culpable por haber hecho caso a Devrall y haberse ido de viaje, dejando a Helen a la merced de ese vampiro. Preguntó al criado dónde se estaba celebrando el funeral y este le dijo que seguramente ya habría finalizado, por lo que le sugirió que fuese directamente al cementerio del Este, donde iba a ser enterrada la señora Devrall. George subió a su carruaje y ordenó al cochero que le llevara a aquel cementerio. Al llegar allí, vio un nutrido grupo de personas formadas en fila, presentando sus respetos a la familia de Helen. George se puso al final de la fila, y al llegar a donde se encontraban los familiares de la difunta, dio el pésame al padre, a la madre y a la hermana pequeña, pero no dio el pésame al viudo de Helen. No, a este le apretó con fuerza la muñeca derecha y le susurró al oído:
—Sé quién sois realmente y, al lado de la tumba de esta inocente, juro que os destruiré.
—Si sabe quién soy —contestó Devrall—, debería saber también que no hay nada que pueda hacerme.
—No esté usted tan seguro —repuso George. —En serio, queridísimo Lord Byron, lo único que podría hacer usted es propagar a los cuatro vientos que soy un vampiro, y ambos sabemos que nadie le creería.
August Devrall tenía razón, nadie le creería y la muerte de Helen quedaría por siempre impune. George pensó que lo que realmente hacia fuerte a un vampiro era el hecho de que nadie creyera en su existencia. Él mismo se había mofado de la historia del vampiro de Esmirna, y de él se reirían sin duda en Londres si intentase explicar a sus iguales que Devrall era un muerto viviente que había matado lentamente a su mujer bebiéndose su sangre. Era consciente de que no podía hacer nada para acabar con ese vampiro, a no ser que utilizase la fuerza bruta contra él, pero ¿cómo se podía matar a alguien que ya estaba muerto? Además, él era un simple escritor, las únicas verdaderas armas que poseía eran las palabras que le había donado su lengua materna. ¿Se puede destruir a un vampiro utilizando solamente palabras? Podía escribir algún libelo anónimo, acusando a Devrall del asesinato de su mujer, omi¬tiendo que se trataba de un vampiro, y quizá con ello se abriera una investigación policial que descubriera la verdad de lo sucedido. El problema era que en cualquier investigación que se llevara a cabo no se encontrarían las pruebas necesarias para inculpar a Devrall, pues no había constancia de que Helen hubiese muerto desangrada, sino que simplemente su sangre fue desapareciendo poco a poco. A ningún investigador en su sano juicio se le ocurriría deducir que la sangre no desapareció sin más, sino que se la bebió un vampiro. No, el libelo no serviría porque no evitaría que la razón y la ciencia volvieran a aparecer como un obstáculo insalvable. La muerte de Helen era una historia de vampiros, y los vampiros no existen en el mundo real, solamente pueden existir en la ficción. Cualquier cosa que George escribiera sobre August Devrall tan solo sería leída como las fabulaciones de un loco celoso o como un relato de terror para asustar a jóvenes doncellas de familias acomodadas. Entonces, al hacer esta reflexión, George se dio cuenta de que no estaba todo perdido, pues si pudiese hacer que al menos mentes cándidas e inocentes tuviesen miedo de un vampiro, quizá ese mismo miedo se viera plasmado en la vida real y sirviera para que esas jóvenes no se fiasen de alguien como Devrall. Sí, eso haría: escribiría un relato protagonizado por un vampiro al que llamaría August Darvell y que sería muy semejante al Devrall real, tanto que no solamente conseguiría advertir a sus futuras víctimas del peligro, sino que sembraría la duda sobre la muerte de Helen.
George tenía previsto escribir su relato a inicios de 1811, un año después de la muerte de Helen. De esa manera no sería tan evidente la relación entre su relato y el asesinato de Devrall y no podría ser acusado de denunciar veladamente al vampiro sin pruebas. Sin embargo, como si de una maldición se tratase, comenzaron a sucederse una serie de hechos que parecían confabularse contra George para que no pudiera centrarse en una misión. El día en que comenzó a escribir el relato sobre Devrall, al que iba a titular El entierro, recibió la noticia de la muerte de su madre; curiosamente acaecida tras una rara anemia. Aún no se había repuesto de esta muerte, muy dolorosa para él, cuando dos amigos íntimos, compañeros de sus aventuras en Cambridge, también murieron en circunstancias extrañas. En uno de estos casos no solamente fue extraña la muerte, sino también lo que decía una nota encontrada al lado del cadáver: «A quien pueda interesar. Deja lo que estás haciendo, no te servirá de nada». George comprendió enseguida que Devrall, quien tal vez poseía facultades extraordinarias que le habían permitido conocer sus intenciones, había sido el autor de ese mensaje. Un mensaje que no solamente le advertía de la aparente futilidad de su misión, sino que le dejaba claro que él había matado a su madre y a sus amigos y que seguiría matando a cualquiera a quien lord Byron estimase si no se olvidaba del juramento prestado junto a la tumba de Helen.
Tras ese aviso, y muy a su pesar, George decidió olvidarse del vampiro Devrall e intentar rehacer su vida. Volvió a cosechar grandes éxitos con sus obras y a participar activamente en la vida política de Inglaterra, ligado al Partido Liberal. Conoció a una hermosa mujer, Anna Isabella, con la que se prometió casi de inmediato, pues consideró que sería una compañera ideal en su madurez y vejez. El día de la boda, mientras Anna Isabella se dirigía lentamente hacia el altar cogida del brazo de su padre, George se sintió melancólico. Se dio cuenta de que era feliz por primera vez en su vida, pero que esa felicidad era fruto de haber roto el juramento que había hecho sobre la tumba de Helen. Se sentía culpable de ser feliz y se dio cuenta de que ese sentimiento podría afectar a la vida que había soñado vivir junto a Anna Isabella. Por ello decidió que después de su luna de miel volvería a enfrentarse a Devrall, volvería a escribir El entierro. Sin embargo, esa misma noche, cuando los recién casados entraron en el camarote del barco que les llevaría al continente, donde tenían pensado visitar varias ciudades alemanas en su viaje de novios, encontraron encima de la cama un hermoso ramo de rosas rojas y un libro envuelto en un lazo también rojo. Anna Isabella cogió el ramo, que no traía ninguna tarjeta, y salió del camarote para pedir a algún empleado que le llevara un jarrón con agua para poner en él las flores. George se sentó en la cania y leyó el título del libro: Misterios de la noche turca. El título le devolvió de nuevo a Esmirna; no había duda de que se trataba de un regalo maldito, obra de Devrall. Abrió el libro y encontró una dedicatoria, firmada con las siglas A. D., que rezaba lo siguiente: «Toda nueva vida necesita mirar siempre al futuro o, por el contrario, perecer víctima de los fantasmas del pasado». El mensaje estaba claro para George: Anna Isabella sería la siguiente víctima del vampiro si él no se olvidaba de su juramento. Cuando regresó Anna Isabella al camarote, encontró a su marido postrado en la cama y llorando, y al preguntarle qué le sucedía, él contestó: «Te arrepentirás de haberte casado con el diablo». El vampiro le había puesto en la tesitura de escoger entre vengar la muerte de Helen, su madre y sus amigos o perder a Anna Isabella, y George decidió que vivir junto a su amada con sentimientos de culpa sería como no vivir realmente. Había decidido seguir adelante con su relato, pero antes de hacerlo debería proteger a Anna Isabella de las perversas intenciones del vampiro y la única posibilidad de lograrlo era alejarla de su vida. Por esa razón, George comenzó a tratar a su esposa con desprecio, ofreciéndole en varias ocasiones la separación, pero ella estaba profundamente enamorada de él y pensó que el cambio radical experimentado por su esposo era una prueba de fidelidad. El día en que Anna Isabella dio a luz a Ada Augusta, pensó que George se convertiría otra vez en el maravilloso ser del que se había enamorado. El día en que Anna Isabellla dio a luz a Ada Augusta, Geroge pensó que debía tomar medidas drásticas para alejar definitivamente a su esposa, y también a su hija, de su lado. El mismo día del bautizo de la pequeña, George se dejó ver por varios locales de Londres de mala reputación, acompañado de una ex amante. Al día siguiente, Anna Isabella pidió la separación y se fue con la niña a la campiña, a la mansión de sus padres. George había conseguido lo que quería; ahora podía enfrentarse a August Devrall sin temer por Anna Isabella y su hija.
La tormenta parecía estar amainando cuando Percy Shelley se asomó por la puerta de la sala en la que se encontraba George para informarle de que la lectura de los relatos de fantasmas alemanes ya había concluido y los invitados tenían la intención de irse a dormir. George le pidió que no se fuera aún a la cama y le mandó decir a Lewis y a Polidori que tampoco se acostasen, pues quería comentarles un asunto importante y además necesitaba a su secretario para que tomase notas. Percy transmitió los deseos de George a los otros dos hombres y los cuatro se reunieron en la pequeña biblioteca de la villa, lugar que lord Byron utilizaba como despacho.
—Mientras escuchaba desde la otra sala cómo disfrutabais de esos relatos, se me ha ocurrido una idea que querría compartir con vosotros —dijo George, aprovechando aquella lectura para la propuesta que hacía meses tenía pensado realizar—. Creo que podríamos conseguir un éxito sin precedentes en Inglaterra si escribiésemos cada uno de nosotros un relato de terror y uniésemos los tres relatos en un mismo libro.
—¿Matthew, tú y yo? —preguntó Percy Shelley
—Eso mismo, cada uno de nosotros escribirá un relato de diferente temática —prosiguió George— y después los tres relatos formarán parte de un mismo volumen. Imaginaos la repercusión que podría tener un libro sobre historias de terror firmado por Shelley, Lewis y Byron.
—No cabe duda de que tendría mucha repercusión —comentó Matthew Lewis.
—Eso es precisamente lo que busco —dijo George—. De escribirlo, yo tengo pensado un relato sobre un vampiro.
—Me parece una idea muy interesante —dijo Matthew Lewis—, puedes contar conmigo. Escuchando esta noche esos relatos alemanes, he recordado algunos cuentos de fantasmas que me contaron de niño y que son muy populares en mi tierra.
—¿Y, tú, Percy, te unes a nosotros? —preguntó George. —¿Byron, Lewis y Shelley asustando a dulces damiselas? Por supuesto que escribiré ese relato, no tengas la menor duda
—contestó Percy Shelley
George pidió a Polidori que redactara un documento en el que constara que los tres escritores se repartirían a partes iguales los beneficios que se lograsen con la publicación. Percy Shelley exigió añadir una cláusula en aquel documento: el libro no podría ver la luz hasta 1818, ya que hasta esa fecha tenía varios compromisos contractuales ineludibles que le prohibían escribir para otra editorial. Matthew Lewis y George aceptaron la cláusula exigida por Shelley. Lewis tenía pensado viajar al año siguiente, para comprobar el estado de unas plantaciones de caña de azúcar que había adquirido, así que la fecha de publicación le convenía. George pensó que podría aprovechar el plazo exigido por su amigo Percy para viajar de nuevo a Esmirna e investigar más sobre Devrall y sus crímenes. De todas maneras, para él lo más importante era contar con la colaboración de sus amigos, por lo que valía la pena esperar un año más para destruir al vampiro. Unir a los tres escritores era un medio para que aquel libro, y con él su relato sobre Devrall, tuviera mucha repercusión, y llegara al mayor número de lectores posible. No solamente leerían su relato sus seguidores, sino también los de Shelley y los de Lewis. Cuanta más gente leyese el libro, más posibilidades habría de que alguien se diese cuenta de que la muerte de Helen Devrall era muy sospechosa. Incluso puede que la misma policía iniciase investigaciones de oficio. Si eso ocurría, George seguramente sería interrogado, y entonces ya no sería un loco con extrañas ideas sobre seres inexistentes, sino la pieza clave para hundir a Devrall y hacer justicia. Las propias autoridades que investigasen el caso viajarían a Esmirna, después de que George les relatase lo que allí le había ocurrido se llevarían a Devrall con ellos y allí, en la lejana Turquía, el vampiro sería derrotado. Sus únicas armas eran las palabras; más que suficientes, si todo salía bien, para destruir a ese demonio.
Pisa misma noche, George pasó a papel el esquema mental de su relato, dejando espacios en blanco que esperaba rellenar en el futuro con información referente a la naturaleza de los seres vampíricos y con relatos sobre los crímenes de Devrall en Esmirna. Tal vez excitado al vislumbrar su triunfo cercano sobre aquel ser maligno, no pudo contenerse y comenzó a redactar las primeras líneas de su relato:
«En el año de 17..., después de haber meditado durante algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por países que hasta entonces los viajeros no frecuentan mucho, partí en compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell.» Estaba inspirado. Quizá no necesitase viajar de nuevo a Esmirna, pues a fin de cuentas las claves de su relato iban a ser el nombre del vampiro —Darvell en vez de Devrall— y que este al final se casa con una joven a la que mata lentamente bebiéndose su sangre. Escribió esa noche unas cuatro páginas de su relato, todo lo que pudo hasta que el sueño le venció. Al despertar volvió a su despacho para continuar escribiendo El entierro, ya que la inspiración que le había visitado la noche anterior no se había ido con sus sueños. Sin embargo, al sentarse frente al escritorio, comprobó que todo lo que había escrito la noche anterior había desaparecido. Miró en los cajones, pero tampoco halló nada en ellos. Luego buscó por todo el despacho, incluso en lugares donde sabía que era imposible que se encontraran aquellos papeles. La búsqueda fue inútil; al parecer habían desaparecido misteriosamente. Polidori tampoco pudo aclarar nada de aquel misterio, ya que dijo que ni siquiera sabía que George hubiese escrito nada la noche anterior. Pensó en preguntar a los invitados y al servicio sobre este asunto, pero finalmente decidió no hacerlo porque importunaría a los primeros y daría la sensación de que estaba acusando de robo a los segundos. Decidió olvidarse del tema; a fin de cuentas ya tenía el relato en su cabeza y estaba seguro de que ahí no se extraviaría. Además, buscando el lado bueno a lo que en principio parecía un contratiempo, decidió creer que la pérdida de aquellos papeles era algún tipo de señal para volver a retomar su idea primera de viajar de nuevo a Esmirna para investigar los crímenes del vampiro y dar así más realismo a su relato. A veces el destino parece adverso cuando en realidad se está confabulando para lograr un propósito elevado.
George decidió acortar su estancia en Villa Diodati, para preparar con celeridad su próximo viaje a Esmirna, y regresó a Londres un par de semanas después de que lo hicieran sus invitados. George aprovechó el viaje de vuelta a Inglaterra para despedir a Polidori. No le dijo los motivos del despido, sino simplemente que ya no necesitaba sus servicios, y le escribió una excelente carta de recomendación. Ya en Londres, entregó a sus editores varios manuscritos de obras que había acabado de escribir en Suiza y que le permitirían estar libre de compromisos editoriales durante más de un año, tiempo que iba a dedicar, única y exclusivamente, a la derrota de Devrall. Dos días antes de su partida hacia Esmirna, George invitó a cenar a los Shelley y a Matthew Lewis. Su intención era anunciarles que iba a pasar un año alejado de Londres y de sus compromisos públicos y privados, y al mismos tiempo averiguar si ya habían comenzado a escribir sus relatos. Los primeros en presentarse en casa de George fueron Percy y Mary Shelley, la cual portaba un fajo de hojas, que lord Byron pensó que serían del relato que su amigo, a lo mejor, ya había concluido.
—No es mío, George —dijo Percy—. De eso precisamente querría hablar contigo y con Matthew.
—Lo he escrito yo —dijo Mary.
—¿Tú? Ese no era el trato —señaló George.
—Le comenté a Mary lo que nos habíamos propuesto —continuó Percy— y, al parecer, esa propuesta la inspiró y ha escrito una novela magnífica.
—Frankenstein o el moderno Prometeo, así la he titulado, George —dijo Mary.
—Es una gran novela; te lo aseguro, George —añadió Percy—. Mary y yo queremos que la leas y que si es de tu agrado, cosa que no dudo, nos ayudes a conseguir que la publiquen.
—Pero supongo que sigue en pie nuestro acuerdo —comentó George.
—Por supuesto, pero lo que quiero proponeros a ti y a Matthew —continuó Percy— es que hagamos coincidir la publicación de nuestro libro de relatos con la novela de Mary, y si puede ser, unir esta a la propuesta que presentemos a la editorial.
—Por mí no hay inconveniente —aseguró George— y supongo que Matthew no pondrá ninguna objeción.
En ese momento entró Matthew Lewis, aparentemente exaltado y agitando en su mano un ejemplar del New Monthy Magazine.
—¿Por qué has roto nuestro acuerdo, George? —preguntó Matthew Lewis—. Esto ha salido publicado hoy.
George cogió el Magazine y pudo comprobar sorprendido que en la tercera página se había publicado un relato que llevaba por título El vampiro y estaba firmado por lord Byron. Percy Shelley arrebató el ejemplar a George de las manos, y cuando leyó lo que decía esa página, también le acusó de haber roto el acuerdo firmado en Villa Diodati.
—Os juro, amigos —dijo George—, que este relato no es mío. Además sabéis que yo jamás he trabajado con esa publicación ni tengo intención de hacerlo nunca.
—Entonces ¿por qué aparece tu nombre? —preguntó Matthew.
—No lo sé, mañana intentaré averiguarlo. Por favor, Percy, ¿puedes dejarme que vuelva a leerlo? —pidió George.
Percy Shelley le dio de nuevo el New Monthy Magazine y George empezó a leer aquel relato, mientras sus amigos seguían hablando de aquel extraño incidente. Después de leer la primera página, George comenzó a sentirse mareado y se saltó todo el relato para leer el final y, al hacerlo, cerró los ojos y cayó abatido en uno de los sillones de aquella sala. Sus amigos corrieron enseguida a ver qué le sucedía, y él se limitó a decir que era un simple vahído y les rogó que le perdonasen, pero que no podría acompañarles en la cena, pues se acostaría inmediatamente. Percy llamó a un criado, que acompañó a George a su alcoba, y sus amigos decidieron abandonar la casa, pues consideraron que la velada sin su anfitrión no tenía sentido.
Ya en su lecho, George volvió a leer el relato que había salido publicado con su firma en el New Monthy Magazine. Sí, era su relato, ese era el problema. Aquella historia que se narraba bajo el título de El vampiro era el relato que había comenzado a escribir en Villa Diodati. El escrito, además, seguía fielmente el esquema que él había dibujado en uno de los papeles perdidos. El inicio y el final eran muy similares, pues comenzaba con un viaje y acababa con la muerte de una joven inocente que acababa de casarse con un vampiro cruel que la había asesinado bebiéndose su sangre. Aparte del estilo, el único cambio que pudo apreciar era que el protagonista no se llamaba August Darvell —como él habría querido para que los lectores que lo conociesen asociasen ese nombre al de Devrall—, sino lord Ruthven.
A la mañana siguiente, George se presentó en las oficinas del New Monthy Magazine. El conserje le acompañó, tras una petición suya, al despacho del propietario de la publicación. Al abrir la puerta volvió a encontrarse de frente con August Devrall, el vampiro.
—¿Sorprendido, mi querido lord Byron? —preguntó Devrall sonriendo.
—Supongo que ya no debería sorprenderme nada a estas alturas de nuestra historia personal —contestó George.
—Esta revistilla fue parte de la dote que me entregó mi suegro al casarme con Helen. En principio no creí que le sacara ningún provecho, pero es evidente que me equivocaba. Su magnífico plan para acabar conmigo con ese librito de relatos de terror ya no tiene sentido. En el próximo número pondremos una nota diciendo que usted no escribió el relato, sino que es obra de un tal John W. Polidori. ¿Lo conoce? —Esa rata miserable...
—¿Rata miserable? Depende del punto de vista, supongo; a mí siempre me ha demostrado ser un empleado fiel. Por cierto, creo que estos papeles son suyos. No sé cómo, pero se ve que el bueno de Polidori los encontró en su maleta al llegar a Londres.
Devrall entregó a George las hojas que él creía haber perdido en Villa Diodati y que en realidad le había robado Polidori.
—Creo que no ha conseguido nada, al fin y al cabo, Devrall —dijo George—. Acabaré de escribir el relato y haré que el mundo sepa quién es usted realmente.
—Se equivoca de nuevo, George. No podrá escribir el relato tal y como lo tenía pensado, ya que de hacerlo le acusarán de plagio. Aparte del deshonor de copiar la obra de un miserable médico, dudo que sus amigos y que los editores de esta ciudad aceptasen respaldarle.
—Quizá tenga razón, pero soy un gran escritor y seré capaz de crear una nueva obra y conseguir con ella los fines que busco. Me limitaré a narrar sus crímenes en Esmirna y con eso será suficiente. Shelley y Lewis cumplirán su parte del acuerdo, y dentro de poco más de un año nuestro libro cosechará un gran éxito y marcará el comienzo de su fin.
—Usted me subestima, querido lord Byron. ¿Realmente cree que voy a dejar que se salga con la suya? Jamás se publicará ese libro, jamás. En vez de eso, lo que voy a hacer es terminar con esta historia que ya empieza a aburrirme. Voy a ser yo quien acabe con usted: primero le hundiré públicamente y después le mataré como hice con Helen. Ardo en deseos de probar su sangre; espero que su sabor no me decepcione. Eso sí, antes de probar la suya, probaré la de sus dos amigos, Shelley y Lewis. ¿No iban a unirse los tres para acabar conmigo? Pues creo justo que los tres tengan el mismo final.
La amenaza del vampiro se cumplió y aquel libro que debía servir para desenmascarar a August Devrall jamás fue publicado.
Matthew Lewis regresó del Caribe a principios del año 1818, con el firme propósito de escribir el relato de fantasmas que había prometido escribir en Villa Diodati. Sin embargo, pocas semanas después de llegar a Londres fue presa de una extraña enfermedad que le produjo un sinfín de úlceras y hemorragias, que al final acabaron con su vida. Sus médicos, al desconocer cuál era realmente el mal que aquejaba a Lewis, lo achacaron a la fiebre amarilla, típica enfermedad de las zonas tropicales. Lo extraño del caso era que, al parecer, el amigo de George había vuelto sano de su viaje y era harto sospechoso que en Inglaterra alguien pudiera contagiarse de una enfermedad tropical.
Para George no había duda de que Matthew había muerto en manos del vampiro, pues este ya le había anunciado que así sucedería en las oficinas del New Monthy Magazine. En un principio pensó en arrojar la toalla, rendirse y evitar así su propia muerte y la de Percy. Ahora bien, acabó desechando esta idea cuando recordó el juramente realizado junto a la tumba de Helen, Así que, sin explicarle nada sobre el peligro al que podía enfrentarse, intentó convencer a Percy de seguir adelante con el libro de relatos de terror, argumentando que el binomio Shelley-Byron continuaba siendo muy atractivo y que llevar a buen término el proyecto serviría de homenaje a su difunto amigo. Esos argumentos no convencieron a Percy Shelley, quien anunció a George que en breve iba a trasladar su residencia a Italia, y el acuerdo de Villa Diodati quedó roto definitivamente.
George se sintió muy dolido por la negativa de Percy, pero por otro lado pensó que quizá el hecho de que aquel libro jamás fuese publicado calmaría al vampiro y no cumpliría su amenaza de matarle a él y a su amigo. Se equivocaba. Percy Shelley apareció ahogado cerca de la ciudad italiana de Lerici, tras naufragar su velero sin causa aparente, el 8 de julio de 1822. El cuerpo fue incinerado en una playa de esa misma costa. Su corazón le fue extraído, antes de la incineración del cadáver, y sepultado en Inglaterra, siguiendo los deseos del propio Percy. Su viuda, en una carta que envió a George comunicándole el trágico suceso, le dijo que no recordaba que su esposo deseara que le incinerasen en una playa perdida del Mediterráneo ni que le extrajesen el corazón. Lord Byron, al leer aquella carta, entendió que Percy también había muerto a manos de Agust Devrall: Percy había naufragado en un día soleado y con el mar en calma, su cuerpo había sido incinerado para borrar las pistas del asesinato del vampiro y el hecho de extraerle el corazón era un macabro mensaje dirigido a lord Byron. El asesinato de Percy Shelley hundió irremediablemente a George en la más profunda de las tristezas. La muerte y la desgracia se habían instalado en su vida y en la de los que le rodeaban desde aquella noche en la que conoció a Helen. El vampiro había vencido; era un ser maligno y poderoso y él un simple poeta. La palabra no puede vencer a la muerte; jamás lo ha hecho y jamás lo hará. Lo único que podía hacer George era evitar morir a manos del vampiro, evitar que se regocijara bebiendo su sangre. Su muerte debería ser noble y heroica, como un sacrificio postrero por todos aquellos que habían muerto en manos de aquel ser maligno. Un sacrificio que sirviera para redimir su alma, eso fue lo que empezó a anhelar George tras leer la carta de Mary Shelley. Grecia le daría esa oportunidad.
Un año después de la muerte de Percy Shelley, George entró a formar parte del Comité de Londres para la Independencia de Grecia. Los griegos se habían levantado en armas contra el Imperio otomano y lord Byron decidió apoyar a su Hélade soñada. Su lucha a favor de la libertad de los griegos no se limitó a artículos y discursos en la confortable Londres, sino que él mismo, a bordo de la goleta Hércules, viajó a Grecia para luchar codo con codo junto a aquellos valerosos rebeldes. No había muerte más noble y heroica que aquella que se daba a cambio de liberar de la esclavitud a los oprimidos. Teniendo siempre presentes a aquellos inocentes asesinados por el vampiro, lord Byron luchó con fiereza al lado de los bandidos de Soulitas contra los turcos. Los griegos elevaron a George al Olimpo de los héroes, pues jamás habían conocido a un ser que se enfrentara diariamente a la muerte con tanto descaro. Cuando quienes combatían junto a él le preguntaban si no temía morir, él contestaba diciendo: «Morir luchando con el alma no es morir, es la mejor manera de alcanzar la inmortalidad». Sus hazañas llegaron a oídos del príncipe Alejandro, el líder de los rebeldes, y este pidió a George que luchara a su lado en la que iba a ser la batalla más importante de todas las celebradas hasta aquel momento en la guerra, la batalla de Missolonghi. George aceptó entusiasmado; tenía ganas de ponerse al frente de las tropas que el príncipe le asignara lo antes posible. Con ese ánimo viajó a Missolonghi, pero la misma noche en la que llegó a la ciudad, sufrió un ataque epiléptico, producido quizá por el cansancio acumulado por los meses de lucha sin tregua a la que había sometido su cuerpo desde su llegada a Grecia. Casi totalmente inconsciente, fue trasladado a un pequeño palacete de la villa, acompañado por el propio príncipe Alejandro.
A la mañana siguiente, el estado de salud de George empeoró, y la fiebre se convirtió en el síntoma principal de una dolencia a la que los médicos del príncipe Alejandro no sabían encontrar remedio. La muerte del nuevo héroe de los griegos parecía inminente y nadie confiaba en que George volviera a ver el amanecer. El príncipe Alejandro estaba destrozado, ya que sentía un gran aprecio por aquel inglés venido de la otra punta de Europa para defender su causa. También preocupaba al príncipe que sus tropas vieran la muerte de lord Byron como un revés de la fortuna y que fueran al campo de batalla con el ánimo decaído. Estando el príncipe absorto en estos pensamientos, llegó al palacete la noticia de que acababa de llegar a Missolonghi un médico inglés. El príncipe pensó que ese médico quizá podría tener éxito donde sus galenos habían fracasado y por esa razón hizo que lo llevaran a su presencia. Después de hablar con él durante un par de minutos, el príncipe Alejandro lo acompañó hasta la habitación en la que se hallaba el moribundo George. Este, al ver entrar al médico, comenzó a gritar, pidiendo al príncipe que matara a ese hombre. El príncipe se dio cuenta de que lord Byron empezaba a agonizar y de que su agonía se manifestaba con esa absurda petición. El médico pidió al príncipe que le dejara a solas con el enfermo, y aseguró que intentaría hacer todo lo posible por salvarle la vida, pero que no podía prometer nada. El príncipe abandonó la habitación y dio órdenes a sus hombres de que no entraran en ella a no ser que el médico lo solicitase. Al ver que el príncipe le dejaba a solas con el médico, George comenzó a llorar de impotencia. Había viajado a Grecia para morir por todas las batallas que había perdido al enfrentarse a aquel vampiro y ni siquiera Dios le había dado esa última oportunidad de redimirse. Las lágrimas ya no le permitían ver el rostro del médico cuando este se acercó para susurrarle al oído:
—Ya ve, mi querido lord Byron —dijo August Devrall—, de camino a Esmirna, donde dejé algunos asuntos pendientes, el diablo me ha dado la oportunidad de probar su sangre. Espero que me produzca tanto placer como la que me proporcionó la de la dulce Helen.

FIN DEL LIBRO


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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Ago 08, 2010 11:22 pm

RELACION DE CAPITULOS




PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee(POSTEADO)

6. La tumba de Helen Virtxu(POSTEADO)


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma(POSTEADO)

2. Helmut Martin Shuk hing(POSTEADO)

3. La lista negra Zoe(POSTEADO)

4. Un día en Nueva York Tibari(POSTEADO)

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee(POSTEADO)


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Shuk hing(POSTEADO)

2. Por una cabeza Gemma(POSTEADO)

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing(POSTEADO)

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe(POSTEADO)

5. Nosferatu Rossmary(POSTEADO)

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee(POSTEADO)

7. Un cobarde Shuk hing(POSTEADO)

EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing(POSTEADO)

TERMINADO
:pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones: :pompones:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 09, 2010 10:55 am

wiiiii :mangalove: llego del fin de semana y ya lo habéis terminado de poner!!!!!

gracias a todas por el esfuerzo 💋

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 09, 2010 12:14 pm

¡¡¡¡¡Enhorabuena a todas!!!!
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Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 09, 2010 3:33 pm

Que bueno....otro libro terminado!!!!!! Es maravillosos chicas...Me encanta :pompones: :pompones::pompones::pompones::pompones::pompones::pompones::pompones:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 09, 2010 8:19 pm

¡Gracias!!!!, ¡Libro "finito"!!!
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Ago 09, 2010 8:32 pm

No anabeel el libro es gordisimo.... :manga08:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 10, 2010 11:54 am

^^ ya puse el libro en descargas y le mandé un mp a maggiih para que ponga los trofeos :mangalove:

el diseño quedó genial XDD gracias Tibari!!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 10, 2010 3:18 pm

Gracias linda, yo me lo leere ahora con más paciencia y completo por que lo que pude transcribir me encantó.
Otro más que sale de nuestró foro... :pompones:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Mar Ago 10, 2010 4:20 pm

Chicas, gracias por vuestro trabajo.
Léetelo ross, porque te vas a reír muchísimo, aunque el libro está catalogado como terror.

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