Black and Blood


 
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 Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)

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Annabel Lee

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 5:08 pm


2

Villa Idiota

Transcrito por Annabel Lee


Y seguí llorando y ahora con más motivos. Mi chica estaba con un imbécil que formaba parte de un equipo de perdedores, y si Mary me había dejado por alguien que oficialmente era un perdedor, ¿qué era yo? ¿Qué hay por debajo de un perdedor en la escala humana? ¿Un muerto perdedor? Porque un muerto triunfador doy por echo que no. La cosa ya no era, por lo tanto, que ella me hubiese dejado y que me hubiera roto el corazón en mil pedacitos, convirtiéndolo en confeti para lanzarlo al aire cada vez que los Tigres de mi instituto anotaran una canasta, un gol o lo que puñetas anotara esa gente, sino que yo era una mierda humana. Es decir, el problema no era ella, sino yo. Así que seguí llorando porque tenía más motivos para hacerlo que nunca. La pega fue que en esta nueva fase de mi crisis existencial sometí a mi nuez a una presión excesiva y la pobre no pudo hacer nada para evitar que un día me pusiera a llorar en clase. Sí, delante de Mary, mis compañeros y una profesora. Fue patético.

A aquella estúpida profesora se le ocurrió preguntar a mis compañeros cuáles eran sus libros favoritos, y Mary se levantó como un resorte para decir: ‹‹Mi libro favorito es Mobby Dick››. Y empecé a llorar. Todos se me quedaron mirando durante unos segundos para después formar un corro a mi alrededor, pero dejando muchos metros de distancia entre mis lágrimas y ellos. Era como si yo llevara una bomba adherida al cuerpo y estuviera recitando algo del Corán. La profesora se fue del aula corriendo. Mary se acercó a mí y me preguntó qué me pasaba, pero en vez de decirle la verdad, me puse a llorar con más fuerza, y ella se asustó y volvió alejarse de mí. Alguien me tiró una bola de papel, al tiempo que me gritaba que era un ‹‹pringao cortacebollas››. A esta primera bola de papel le siguieron otras treinta más, dos rotuladores, un diccionario, un zapato y unas tijeras abiertas ( ¡que hijos de puta!).

Mary se puso en medio del fuego cruzado para protegerme, y alguien le lazó una bola de papel, que ella cogió al vuelo, y se fue directa a por el que se la había lanzado y detrás de ella, con el puño en alto, Lucy Simmons, y comenzó una trifulca en la que habría participado encantado de no estar llorando. Volvió la profesora, pegó dos gritos y todos volvieron a sus pupitres. Luego la profesora me pidió que me levantase y me dijo que me fuera al pasillo, donde me esperaba mi tutor. De este modo tan bochornoso conocí a Hethcliff Higgins.

Fuimos a su despacho y lo primero que me preguntó es si quería tomar un café o un refresco; era un profesor muy bien preparado y tenía una neverita y una máquina de café exprés en el despacho. Le dije que no me apetecía nada y él se preparó un capuchino.


―Bien, Abel, por estas extrañas cosas del sistema educativo soy tu tutor, pese a no haberte dado nuca clase ―empezó diciendo, después de darle el primer sorbo a su café para pijos―. No nos conocemos, así que siento mucho si lo que te voy a preguntar te molesta. Dime, Abel, ¿tomas drogas?

―No, que yo sepa.

―Muy bien. Entonces sino tomas drogas, significa que estás inmerso en unas crisis existencial producida por alguna jovencita o por algún jovencito.

―Sí, es por una chica…Mary Quant.

―¿Mary Quant? ¿Cómo la de la minifalda?

―Sí, eso parece. A lo mejor son familia lejana… Siento el espectáculo que he dado antes en clase, pero es que no puedo dejar de llorar.

Y, por supuesto, me puse a llorar de nuevo, pero además a lo grande. El pobre Higgins se volvió loco buscando pañuelos de papel por los cajones de su escritorio. Estoy seguro de que en su vida jamás había visto llorar a alguien hasta el extremo de empezar a deshidratarse. Higgins estaba cada vez más nervioso y no sabía qué hacer. Le dije que no se preocupara, que me encontraba bien, pero, claro, como se lo dije llorando como un loco, no se lo acabó de creer. Al final el hombre se rindió y se sentó en el borde de su mesa a la espera de que me calmara.

―No te preocupes, era un alma atormentada, pero te curarás pronto―es lo primero que me dijo cuando vio que ya no me quedaban lágrimas―. ¿Sabes que dijo una vez Balzac sobre el amor? Pues dijo que el amor no era solo un sentimiento, sino también un arte. Puede que tú seas un gran artista, Abel.

―No, lo que soy es el futuro dueño de una ferretería.

―Se pueden ser muchas cosas a la vez. Dime, ¿te gusta leer?

―Sí, muchísimo, es lo que más me gusta ―lo dije para no quedar mal.

―¿Estás leyendo algo ahora?

―Hace poco empecé Mobby Dick, pero no me acaba de convencer.

―Es un buen libro, pero una mala lectura en estos momentos. Creo que tengo lo que necesitas.

Higgins se levantó de la mesa, fue directo a una estantería con libros que había al otro lado del despacho y empecé a temerme lo peor. Debería haber intentado ser más sincero. La mentira es algo que utilizas para sacar provecho, pero siempre acaba trayéndote problemas. Bueno, problemas o muchos libros… Tres en el caso de Higgins. Me los dejó sobre el regazo, mientras me guiñaba un ojo. Eran libros que se llamaban Werther, una antología de un tal Edgar Allan Poe y la biografía de un inglés que deduje era inglés porque era un tal lord Byron.

―A lo mejor los has leído todos, pero son buenas ediciones― me dijo Higgins intentado halagarme y al mismo tiempo justificar su préstamo―.La de Werther es bilingüe y las obras de la antología de Poe las seleccioné yo mismo hace muchos años en colaboración con un antiguo compañero de facultad. Doy por hecho que habrás leído todo lo que seleccionamos, pero creo que Poe es una lectura que no cansa y que puedes volver a él siempre y no defrauda. ¿A ti te gusta Poe?

―Por supuesto ―dije; era otra mentira, porque ni idea de qué había escrito este señor, aunque me sonaba que había bajado algún trabajo sobre él de Internet.

―¿Alguna cosa en especial?

―No, en especial no, todo en general.

―Eso está bien. Eso quiere decir que aprecias la buena literatura. Ah, y la de lord Byron es una buena biografía porque además hace un retrato interesante del romanticismo.

¿Entiendes por qué te dejo estos libros?

―¿Porque usted es una persona muy generosa?

―No, hombre, te los dejo porque creo que en estos momentos leer obras románticas puede irte bien, puedes coger esa tristeza y convertirla en algo bello. Sacarla de ti y plasmarla en un papel o en un lienzo o en lo que quieras.

¡Que pesados con los jodidos libritos estaban todos últimamente! No le dije nada porque era mi tutor y porque, bueno, el hombre parecía que estaba preocupado por mí de verdad, pero no tenía ni la más mínima intención de leer aquellos libracos.

―Cuando acabes de leerlos, vienes de nuevo y si quieres los comentamos ―me propuso Higgins, sabiendo que no tenía más remedio que decir que sí―. Y, tranquilo, hablaré con el profesorado y les pediré que sean comprensivos contigo.

Higgins me hizo un gesto para que me levantara y me acompañó hasta la puerta, la cual me abrió con un gesto elegante que seguro que le hacen sus lacayos todos los días a la reina de Inglaterra cuando le abren el armario de los sombreros. Antes de cerrar la puerta tras de mí, Higgins me preguntó, al parecer simplemente por curiosidad, si me gustaban las películas de gladiadores. Yo le dije que Gladiador era la única que había visto y que no estaba mal, aunque más que por las luchas de gladiadores, me gustaba porque salía Connie Nielsen que estaba como un queso. Por la cara que me puso Higgins, supuse que a él le gustaban otro tipo de mujeres.

Durante las últimas semanas, mi padre y yo nos habíamos distanciado un poco. El hombre, derrotado por un hijo llorón, había decidido tirar la toalla y evitar preguntarme nada sobre mi estado de ánimo o sobre cualquier otra cosa. Pero, al parecer, se ve que el hombre había visto alguno de esos programas de televisión en los que una gorda sabihonda explica a la gente cómo ha de vivir, como si todo el mundo fuera idiota menos ella o como si desde el Big Bang el universo hubiera vivido en un caos absoluto hasta que su madre la parió, y mi padre decidió ejercer de madre o de esposa aburrida conmigo. Digo esto porque aquella noche mi padre comenzó una conversación conmigo con una pregunta muy estúpida.

―¿Cómo te ha ido el día, cariño?

Lo de ‹‹cariño›› es lo que le delató, esto no podía ser suyo.

―Pues como siempre. Un día sin nada de interés. Bueno, he conocido a mi tutor, no sabía que tenía uno y lo ha conocido hoy. Se llama Higgins.

―¿Cómo el de Mágnum?

―No lo sé, puede que sí o pude que no. Si supiera lo que es Mágnum te lo diría.

―Era una serie de televisión de hace unos cuantos años.

―¿Más de diez¿

―Sí, unos cuantos más.

―Vale, entonces es algo que no me interesa.

―Pues era muy buena.

―Vale.

―Con Tom Shelleck

―Mira qué cosa.

―Bueno, pues en esa serie había un personaje que se llamaba Higgins. Uno de esos ingleses agobiantes. ¿Qué tal es tu Higgins?

―No es inglés, pero sí es un poco agobiante.

―¿Y habéis hablado de algo interesante?

―No, de gladiadores y cosas así. Ah, y me ha dejado tres libro, pero no tienen muy buena pinta.

―¿De qué son?

―Son de unos tíos que ya están muertos. Solo uno de los tres me suena algo, un tal Poe.

―¿Poe? Ese es buenísimo, yo leí cosas suyas cuando tenía tu edad. Recuerdo que me gustó mucho El cuervo.

―¿El cuervo?¿De eso no han hecho una peli?

―Sí, creo que sí.

―¡Joder, sí, ya me acuerdo! Es esa peli en la que se cargaron durante el rodaje al hijo de Bruce Lee. Dijeron que fue un accidente, pero hay gente que dice que no.

―Pues puede que sea esa ¿Era buena?

―Buenísima.

―Entonces debe ser esa, Abel.

Pensé que Higgins era una especie de genio sobrehumano y que había descubierto nada más conocerme qué tipo de libros eran los que realmente necesitaba leer para olvidarme de Mary. Me comí el postre en dos bocados y le dije a mi padre que me iba corriendo a la habitación a leer, frase que no solía escucharse mucho en mi casa. Por suerte, en la antología de Higgins estaba El cuervo y además solamente tenía una página. Me lo leí de un tirón. Una mierda. Ni tiros ni patadas ni nada. Además, la mayoría de las palabras eran inventadas o extranjeras. De esto no podían haber hecho una película ni amenazados de muerte. Había un pájaro que hablaba y no era un loro, sino el cuervo del título y solamente decía ‹‹nunca más››. No sé, podría haber dicho ‹‹te mataré, cabrón›› o algo así, pero se ve que el señor que escribió eso no daba más de sí. El cuervo, en resumen, era una estupidez.

Miré la contraportada del libro porque a lo mejor decía que de alguna de las obras del interior habían hecho una película, y me topé con la foto del señor Poe y daba miedo. Tenía pinta de uno de esos enterradores que matan a gente par no quedarse sin trabajo. A lo mejor entre entierro y entierro escribía cosas, seguramente completamente borracho o drogado porque para escribir, eso del pájaro que hablaba se ha de estar muy colocado. La verdad es que siendo generoso podría haber aceptado leer una historia sobre un gato zombie o un gorila asesino, pero un cuervo hablaba para no decir nada me hizo entender que no valía la pena leer nada más del tipo del careto de enterrador.

El cuervo había sido una decepción tal que casi me quita las ganas de intentar echarle un vistazo a los otros dos libros, pero Higgins era mi tutor y a lo mejor eso le daba un poder que yo desconocía y era mejor estar a buenas con él. Cogí Werther y, sí, era una versión bilingüe, siendo una de las lenguas la nuestra y la otra, algo increíble, la alemana. ¿Para qué cojones les habíamos machacado en la Segunda Guerra Mundial? Pues supongo que, entre otras cosas, para que dejaran de importunar con sus cosas germanas y demás, ¿no? ¿O es que invadimos Alemania para leer sus jodidos libros? Poe podría ser un escritor nefasto y un sospechoso de crímenes sin resolver, pero era americano. O sea, era malo en todos los sentidos, pero nuestro al fin y al cabo.

Ahora bien, ¿quién puñetas era Goethe? Seguro que era un nazi amigo de Hitler que a lo mejor hasta le escribía los discursos. Me fui a comprobarlo en internet porque si Higgins estaba haciendo apología del nazismo podría chantajearle para librarme de leer sus libracos. Encontré un artículo sobre Goethe en la Wikipedia y a no ser que el que lo escribió fuese otro nazi manipulando información, se ve que Goethe nunca conoció a Hitler, más que nada porque murió cien años antes de que los nazis tomaran el poder en Alemania ¡Que mala suerte la mía! Además, resulta que Goethe, según ese artículo, era uno de los escritores más importantes de la historia, cosa que no dudo que fuese cierta porque el hombre tenía cara de culo. La pega es que si Goethe no era un nazi y encima era buen escritor, me quedaba sin argumentos para saltarme Werther; novela de la que ni me preocupé en comprobar si habían hecho una película europea. Así que buscaría algún resumen en Internet del libro, seguro que alguien había hecho uno para evitar que la gente como yo sufriera por culpa del pangermanismo.


La lectura de la biografía de lord Byron no me preocupaba en absoluto. Era un libro muy grueso, pero tenía una ventaja y es que era, eso, una biografía, y en Internet seguramente habría muchas de este señor. Higgins no me iba a hacer un examen; sabiendo cuatro cosas importantes sobre Byron me bastaba para salir del trance y que pareciese que me había leído aquel libraco. Por esta razón me iba a limitar a hojearlo por encima, para ver al menos cómo era, por si Higgins me pregunta algo sobre la edición y no sobre el contenido. El libre tenía buena pinta, es decir, al menos tenía ilustraciones, muchas de ellas retratos del lord. A simple vista lord Byron parecía el ‹‹antiPoe››. No es que su aspecto diera mucha confianza, más que nada porque se notaba que era inglés, y de un inglés nunca puedes fiarte del todo ―por eso Dios los colocó a todos en una isla―, pero transmitía buenas sensaciones, como si realmente hubiese sido un artista de verdad y no un enterrador alcohólico pluriempleado. Eso sí, a lo mejor era demasiado señorito para mi gusto porque también tenía pinta de irse a dormir con una mascarilla verde y con dos rodajas de pepino en los ojos. Los retratos de Byron me iban a servir para decir que era mucho mejor escritor que Poe porque podría argumentar que en su escritura se vio en todo momento relejada la elegancia innata de su origen aristocrático.

Estaba seguro de que Higgins, si me obligaba a escoger entre Poe y lord Byron, aceptaría este comentario sin problemas. Seguí hojeando el libro y me detuve en una página donde salía un cuadro de una casa a orillas de un lago. Casi me muero de la risa porque la casa se llamaba Villa Idiota. ¿Quién le pondría ese nombre a una casa? Volví a leer el nombre, para reírme otra vez, como el que se ríe cuando le repiten el final del chiste que le acaban de contar y, no, la casa no se llamaba Villa Idiota, sino Villa Diodati. Fue una pequeña decepción porque eso de que alguien le pusiera Villa Idiota a su casa era lo único bueno que había leído en toda mi vida. Me dispuse a cerrar el libro, sintiendo que la noche de lectura había sido un fracaso total, cuando una de las palabras de aquel capítulo de la biografía de lord Byron saltó del texto y me golpeó en todos los morros: Frankenstein.

Cerré los ojos y volvía abrirlos buscando esa palabra para asegurarme de que no eran imaginaciones mías y en esta búsqueda no solamente encontré de nuevo a Frankenstein, sino que además encontré algo mejor: El vampiro. La cosa prometía, aún no había leído aquella página con detalle, pero al parecer lord Byron había escrito Frankenstein y algo que se llamaba El vampiro. ¡Vaya diferencia con Poe, Dios mío! Byron era un escritor de historias terroríficas, mientras que Poe era un señor que a parte de escribir muy mal, hacía cuentos para niños remilgados con animalitos que hablaban. Higgins se volvió a ganar mi respeto y yo quise leer con detenimiento lo que se explicaba en aquel capítulo de la biografía de Byron que llevaba por título Aquella noche del verano de 1816.


Lord Byron no escribió Frankenstein sino que su autora fue una tal Mary Shelley. No me lo pude creer. Aunque se llamara Mary, lo cual quería decir que seguramente estaba dotada de varias gracias, no me cabía en la cabeza que una mujer escribiese Frankenstein. Podía aceptar que una mujer, por supuesto llamada Mary, inventase la minifalda, pero escribir una historia de terror era imposible. Todo el mundo sabe que a las mujeres no les gustan las historias de zombis, monstruos o fantasmas, a no ser que sea una cosa como Ghost o como Entre fantasmas, pero en este segundo caso solamente miran la serie para decir que Jennifer Love Hewitt tiene las caderas muy anchas y a la que se descuide se va a poner como una vaca.

Las películas de miedo son una invención de los hombres para seguir manteniendo la idea de que son imprescindibles, que toda mujer necesita tener uno al lado para sobrevivir en este planeta. Por eso el cine de terror puede que después del peluquín y el ojo de cristal sea el mejor invento del hombre para preservar la supervivencia de la especie.

Lord Byron tampoco escribió El vampiro. Me empezaba a dar la sensación de que lord Byron no había escrito nunca nada de interés y que era famoso por tener un nombre pegadizo. El vampiro lo escribió un señor que se apellidaba Polidori, una especie de italiano inglés, una mezcla muy rara. El problema es que Polidori no era escritor, sino que pretendía serlo, pero se ve que era malísimo el pobre. Como no servía para las letras se hizo médico y lord Byron lo contrató porque se ponía enfermo tantas veces que le salía más a cuenta tener un médico a mano que ir cada dos por tres al hospital. Un buen día a Polidori le publicaron El vampiro, pero curiosamente en la edición ponía que era obra de lord Byron. Al final rectificaron y se publicó que era obra de Polidori. El vampiro tuvo mucho éxito y lord Byron reclamó su autoría, pero como era un fanfarrón y siempre estaba metido en jaleos, nadie le creyó. Sin embargo, la reclamación estaba justificada, ya que Polidori lo que había hecho era, aprovechando que era el médico de Byron, copiarle un relato que estaba escribiendo sobre un vampiro y que llevaba por título El entierro. Al parecer Polidori copió el inicio, la idea general y las características del perverso vampiro. Lord Byron no acabó su relato porque ya no tenía sentido hacerlo y la gente habría dicho que era él quien había copiado a Polidori. La conclusión que podemos sacar de todo ello es que hace doscientos años la gente era muy poco de fiar.

La razón por la que se hablaba de Frankenstein y El vampiro en el capítulo de la biografía de Byron en la que salía Villa Diodati era que en esa casa propuso el lord a unos amigos una noche, tras leer unos cuentos de fantasmas, que cada uno de los presentes escribiese un relato de terror. Entre los que estaban allí se encontraban Percy y Mary Shelley y también Polidori, aunque sospecho que este no era amigo y se apuntó a lo de escribir un relato de terror porque era un envidioso y quería ser como su jefe. Se dice que esa noche nació el género novelesco de terror porque fue la propuesta de lord Byron lo que empujó a Mary Shelley a escribir Frankenstein. Fue por eso y porque no existía la televisión, supongo.

Un par de semanas después, me topé con Higgins en el pasillo del instituto y el hombre me preguntó cómo iban mis lecturas. Le dije que casi me había terminado todos los libros y metí la pata al decirlo porque entonces él me invitó a que fuera ese mismo día a su despacho a comentar lo que había leído. Busqué una excusa rápida para salir de aquel atolladero porque ni había buscado nada sobre Wherter si me había mirado la biografía de lord Byron, pero o encontré nada creíble que me librase de enfrentarme a esa especie de examen oral que iba a ser la reunión con Higgins. Al final le dije que de acuerdo, que pasaría a charlar con él por la tarde, y le volví a repetir que no había acabado de leer los libros.

―¿De qué te apetecería hablar primero, Abel? ―me preguntó poco después de entrar aquella misma tarde en su despacho y de que volviera a rechazarle un café o un refresco.

―No sé, de lo que usted quiera.

―Entonces, hablaremos de Wherter.

―Me parece perfecto, señor Higgins―dije yo, al mismo tiempo que pensaba que se me iba a ver el plumero a las primeras de cambio.

―Pues dime, ¿qué te ha parecido?

―La verdad es que aún no me la he terminado. No sé la razón, pero se me ha atragantado un poco. No creo que sea por culpa de Goethe, que es un genio incomparable, sino mía que a lo mejor no estoy preparado par una obra tan maravillosa ― le contesté, todo de un tirón, sin titubear y pensando que cada vez que decía una palabra la excusa iba cobrando más fuerza y sentido. Además no le mentía, era una verdad como un templo, a excepción de eso que Goethe era un genio incomparable, porque con esa cara era imposible.

―Creo, Abel, que ha sido culpa mía. Justo en el momento en el que te di el libro, pensé que había cometido un error. Es un libro que puede despertar en ti unos sentimientos que mal asimilados pueden ser dañinos. Por favor, Abel, no leas el libro, déjalo estar. Hazme ese favor y no lo leas.

Estuve a punto de levantarme de la silla y comenzar a bailar como un brujo apache en año de sequía. ¡Chúpate esa, Goethe, cara culo! ¡EE UU, EE UU, EE UU! El marcador es de EE UU 3 – Alemania 0. ¡ A ver si con tres derrotas consecutivas tenéis suficiente! En Dios confiamos. ¡Qué bello es vivir…! Bueno, esto es todo lo que sentí en el momento en el que Higgins me pidió por favor ― es que me lo pidió por favor― que no leyera Werther. Por supuesto reprimí mi alegría y le seguí el juego al bueno de mi tutor.

―Si usted cree que es lo mejor, tranquilo, no leeré Werther, aunque tenga que reprimirme porque Goethe es mucho Goethe y una edición bilingüe mucho más que mucho.

―Es que te podría explicar por qué no quiero que lo leas, pero al estar tan sensible puede que no consiguiera más que empeorar la situación. En serio, es por tu bien.

Ese ‹‹por tu bien›› me llevó a la escena de la ruptura con Mary, pero no sonaba igual, qué va, sonaba como tenía que sonar. ¡Sí señor, eso sí que era por mi bien y no que me dejaran por un deportista de un equipo perdedor! Dios nos dio las palabras y la capacidad de juntar unas con otras para comunicarnos, pero siempre con sentido, respetando el equilibrio del universo. Si utilizas mal las palabras, llamas a la puerta del caos, algo que yo había padecido en mis carnes. Aún estaba analizando las consecuencias positivas de no leer Werther por hacerle un favor a Higgins, cuando este se volvió al tema que nos había llevado allí.

―¿Y Poe?¿Qué tal Poe? ―preguntó Higgins para reanudar la charla.

―Poe creo que murió hace mucho tiempo.

―No, lo que quiero que me digas es qué te ha parecido. Estoy seguro de que ya lo habías leído, pero seguro que fue hace tiempo y no estabas en la situación anímica que estás ahora. ¿Qué has sentido ahora al leer a Poe?

―Bueno, es que Poe para mí es Poe y creo que con eso está todo dicho.

―Sí, es una reflexión interesante, pero estoy seguro de que habrá habido alguna lectura a la que habrás encontrado un nuevo sentido.

―Hombre, debería pensarlo un poco, no sé qué decirle. Bueno, si tuviera que elegir algo de lo que he leído, posiblemente me decantaría por El Cuervo.― Otra vez dije la verdad, qué sincero estaba, porque mi única preferencia posible era lo único que había leído.

―Es que El cuervo puede que sea una de la cimas de la literatura americana.

―Estoy totalmente de acuerdo. Si nos invadieran los nazis y se pusieran a quemar libros y solamente pudiera salvar una obra, sería El cuervo.―Me di cuenta de que la alegría de cargarme a Goethe me había desatado la verborrea y que eso podría acabar perjudicándome.

―¿Y en esta nueva incursión en El cuervo, ha habido algo que has leído con otros ojos?¿Qué has sentido con otro corazón?

―La verdad es que en esta ocasión a lo que le he dado más vueltas es a lo del cuervo parlante.

―¿Qué es concretamente a lo que le has dado vueltas?

―Pues…Lo que me ha parecido chocante en esta ocasión es que con todas las cosas que ese pájaro podría haber dicho, simplemente dijera ‹‹nunca más››.

―Claro, es que ‹‹nunca más›› es la clave del poema.

―Eso, eso es precisamente de lo que me había dado cuenta. Fue una revelación.

No me lo podía creer, estaba saliendo airoso. Me había cargado a los alemanes, toreado la estupidez de El cuervo y ahora solamente faltaba librarse de lord Byron y con un poco de suerte no haría falta leerme su biografía en Internet. Como Higgins había hecho una pequeña pausa para volver a llenar su taza, pensé en aprovechar la situación para tomar yo las riendas de la conversación, de tal manera que solamente hablásemos de aquello que de la biografía de lord Byron había leído.

―De lord Byron, voy por la reunión aquella en Suiza.

―Ah, la noche de tormenta a orillas del lago de Ginebra―dijo Higgins mientras volvía a sentares frente a mí con otro capuchino en las manos―. Fue una noche clave para la literatura. ¡Cuánto talento reunido bajo los techos de Villa Dionati!

―Byron, Frankenstein, El vampiro, los Shelley, Pomodoro…

―¿Pomodoro?

―El médico de lord Byron.

―Quieres decir Polidori.

―Eso, Polidori. Es que el italiano no es lo mío.

―Fue una noche para la historia. Habría vendido mi alma por haber estado allí―dijo Higgins, aparentemente apesadumbrado ―.Te pasas la vida entre libros, leyendo lo que otros han hecho y con cada libro, con cada capítulo, con cada párrafo, con cada frase que lees te vas hundiendo irremediablemente al comprobar que jamás, aunque vivas mil vidas, podrás igualar ni una triste palabra garabateada por esos genios. Lo que amas te destruye y no puedes dejar de amarlo porque entonces dejarías de ser tú mismo.

Después de esa parrafada, no me atreví a decir nada. Cualquier cosa que dijera iba a ser una idiotez. Higgins me había parecido un remilgado, uno de esos profesores que caminan por el instituto mirando a los alumnos con cara de decir ‹‹aquí estoy perdiendo el tiempo con estos inútiles que no sirven para nada››, como si fuera culpa nuestra que se sintiera un fracasado, pero puede que él no fuera de esos, puede que fuera como yo. Bueno, como yo no, un poco más raro. Yo al menos me destruía, como él decía, amando a una persona y estaba seguro de que todos los libros escritos por todos esos genios admirados por el profesor Higgins no le llegaban ni al dobladillo de la minifalda de Mary Quant, la mía, no la otra. Las palabras de Higgins me reconfortaron, pero al mismo tiempo me hicieron sentir pena por aquel hombre, así que se me ocurrió animarlo.

―¿Usted no escribe?

―No, hijo, yo no he nacido para eso. De vez en cuando escribo alguna reseña en el periódico del condado, pero tengo demasiado respeto por aquellas personas que considero verdadero escritores para intentar ensuciar el oficio.

―Creo que si uno hace lo que siente que ha de hacer, no ensucia nada ―.Olé la frase que acaba de soltar―. ¿Por qué no escribe un relato de terror, como si estuviéramos en el lago de Ginebra?

El rostro de Higgins se iluminó. Había leído en alguna ocasión esa frase de iluminación del rostro de alguien y siempre me había parecido muy ridícula, pero cuando vi cómose abrieron los ojos de mi tutor al proponerle eso y la tímida sonrisa que esbozó al mismo tiempo, entendí de qué manera un rostro puede iluminarse. El problema es que debería haber supuesto que esa iluminación era com la calma antes de la tormenta, pero como no sabía ver las cosas venir, me metí sin saberlo en la boca del lobo.

―No, no voy a ser yo quien escriba ese relato. ¡Serás tú!

Sé que puedes hacerlo, Abel. Saca de ti esa tristeza interior y conviértela en una obra de arte. Hazlo por mí.

¡Cagada y de las gordas!¡Con lo bien que había salido todo, por Dios! Me había ventilado sin problemas a Poe, Goethe y lord Byron y, además, me había hecho casi colega de Higgins. Leyendo solamente tres páginas ―una de El cuervo y dos de la biografía de Byron―, había conseguido caerle bien a mi tutor y puede que eso me beneficiase de alguna manera en el instituto. Podría haberle dicho que no, que no tenía ni idea de escribir, que apenas sabía leer, pero no dije nada de eso y acepté el reto. El hombre estaba entusiasmado por jugar a convertirme en un artista atormentado y yo no iba a quitarle el juguete, en parte porque me convenía, pero también porque no podía dejar de darme pena. Así que le dije que sí y al hacerlo me dio la sensación de que el hombre se sintió como si le acabase de regalar un Ferrari descapotable con Connie Nielsen sentada en el asiento del copiloto; bueno, con Connie Nielsen no, que al parecer no era de su agrado. Higgins me propuso que le entregase el relato la semana siguiente y me recomendó, porque al parecer él lo había hecho cuando de joven quería ser escritor, que escribiera escuchando una música que me inspirara y, si podía ser, que esta música fuera de la época de lord Byron y los Shelley. Le dije que escucharía música de esa época, pero en realidad no tenía ninguna intención de escuchar a Sinatra.

Tenía una semana para escribir un relato de terror, y como tenía una semana no me puse a ello hasta la última noche. Me senté frente al ordenador, me froté las manos, tomé aire, puse mis dos dedos índices sobre el teclado y … Nada, no se me ocurría qué escribir. Estuve dos horas así, mirando la página totalmente en blanco, hasta que decidí escribir lo primero que se me pasase por la cabeza, pensando que después de escribir la primera palabra, las otras irían saliendo sin problemas unas detrás de otras. Y lo primero que escribí fue ‹‹zapato››. Ahora solamente hacía falta saber qué hacer con ese zapato asesino y el relato se titularía así: El zapato asesino. ¿Un solo zapato?¿Y qué le había pasado al otro? El otro era la víctima. Genial, uno de los zapatos era normal, pero el otro estaba endemoniado y era asesino. Además, el zapato asesino hablaría y con eso Higgins vería que, al menos, el relato se le podría haber ocurrido a alguien como Poe.

Entonces al hacer esta reflexión sobre Poe, me di cuenta de que lo del zapato asesino era una estupidez. Volvía a la página en blanco y esta me venció. No, no podía escribir nada, no había nacido para ello. Así de sencillo. Perdería parte de lo ganado con Higgins, pero era incapaz de crear un relato. Mi problema era que no tenía imaginación, no podía inventarme nada nuevo, y lo único que había hecho que se pareciese a escribir era bajarme trabajos de Internet y retocarlos un poco para que no se notara que se trataba de copias. Lo cierto es que podía ser una persona carente de inventiva, pero era un genio retocando trabajos ajenos, a tal punto que mi notas globales eran más que decentes, pese a suspender la mayoría de los exámenes.


Me metí en la cama y me puse a pensar en cómo iba a decirle a Higgins, sin parecer un vago o un inepto, que no había podido escribir nada. Pensé que era una pena que no hubiera una web en Internet dedicada a excusas creíbles para casos como el mío. Aunque, claro, más que una web de excusas, me habría venido mucho mejor una con relatos que plagiar…

Entonces me di cuenta de que sí, que existían webs donde encontrar material que copiar y retocar. La literatura estaba al alcance de todos gracias a Internet. Me levanté de la cama, volvía a encender el ordenador y no tardé mucho tiempo en que se me ocurriese qué retocar. Me bajé de Internet El vampiro y el fragmento de El entierro y tomé notas sobre aquella velada en Villa Diodati y sobre lo que aparecía de lord Byron en la Wikipedia. Lo junté todo, le di algo de sentido y al día siguiente deslicé por debajo de la puerta del profesor Higgins un relato al que puse por título El juramento.

Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 5:25 pm

wiiiiii ranguitos!!!!! que bien!! a leer jajajaja

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 7:13 pm

Jajaja poner al muchacho a escribir :214: Ya quiero ver con que va a salir :217:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 7:15 pm

Se me olvidaba...gracias Annabel :Manga30:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 7:18 pm

jajajaja de verdad, este chico no sé si es tonto o un genio :?: aún no lo tengo claro jajajaja

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jun 25, 2010 11:36 pm

jejeje

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jun 26, 2010 2:16 pm

Ayy con lo bien q hablais de este libro y yo sin poderlo seguir!!!

:llorar:

Kiero acabar mis examenes yaaaaaa!!!!!

gracias por los capisss^^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jun 26, 2010 6:23 pm

Ranguitos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jun 27, 2010 7:35 pm

gracias por el capii

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jun 30, 2010 8:02 pm

RELACION DE CAPITULOS

PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)
1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)
2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)
3. Hay muchos peces en el mar Virtxu
SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma
2. Gabriel Shine Shuk hing
3. El Año del Dragón Zoe
4. El dos de diamantes Tibari
5. Están entre nosotros Annabel Lee
6. La tumba de Helen Virtxu
TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma
2. Helmut Martin Shuk hing
3. La lista negra Zoe
4. Un día en Nueva York Tibari
5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee
CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu
2. Por una cabeza Gemma
3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing
4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe
5. Nosferatu Tibari
6. Algo pasa con Mary Annabel Lee
7. Un cobarde Virtxu
EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jun 30, 2010 8:27 pm

okas
me sigo riendo con el capi 2 aun ni lo termino XDDD

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jun 30, 2010 10:57 pm

Hola, hola leí la sinopsis y me pareció interesante el libro, cuando las alcance les cuento.

Besos.
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jun 30, 2010 11:34 pm

Dulce*, te vas a reír mucho con este libro.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 01, 2010 3:00 am

Gracias por poner la relacion de capitulos xata, precisamente te iba a preguntar cuando me tocaba, jeje.

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Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 03, 2010 2:03 am

mm ahora ya entiendo como todo comenzoo

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 04, 2010 9:52 pm

Chicas mil sorrys!!! esq justo acabo de empezar las vacacioens y ando como descolocada!! no sabia q me tocaba pero ya me pongo y para mañana o pasado com muy tarde lo tengo!!

Mil disculpas!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 04, 2010 9:54 pm

okis!! no te preocupes ^^
te esperamos!! :mangalove:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 04, 2010 11:13 pm

te esperamos vir

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Jul 05, 2010 6:19 pm

Bueno, chicas, empezaré a presionar.
Capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, capi, etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Jul 05, 2010 11:21 pm

jajaj como eres vir
si quieres me mandas un capi vir y te ayudo

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 7:00 pm


3


Hay muchos peces en el mar


Transcrito por Virtxu
Y dejé de llorar. ¿Por qué? Pues no fue porque me liara con otra o porque decidiera emborracharme, y sé que va a sonar raro, me convertí de la noche a la mañana en una promesa de la literatura.
—Hacía tiempo que no leía lago tan bueno —dijo Higgins para empezar a comentarme su lectura de El juramento—. Es un relato lleno de ingenio, originalidad y que respeta los hechos históricos.
—Sí, supongo que sí, pero le seguro que lo hice sin pensar —contesté yo, aunque no especifiqué que lo hice sin pensar pero copiando.
—Hay cosas que has de pulir, por supuesto, y que me he permitido señalarte —me dijo mientras me devolvía mi relato lleno de anotaciones en rotulador rojo—. Por ejemplo, cuando lord Byron se encuentra con el vampiro en el cementerio, no es creíble que le llame << capullo chupasangre >>. Tampoco queda muy bien que definas al vampiro como << un bicho del demonio >>. Luego utilizas mucho el término pringao para referirte a los personajes. También le cambiaría el nombre a la hija del propietario del magazine. Doy por hecho que instintivamente te salió del alma llamarla Mary, pero como también aparece Mary Shelley sería mejor que le cambiases el nombre a ese personaje.
—¿Cuál le pongo? ¿Renée?
—No, es demasiado francés. ¿Qué te parece Helen? Así sería como un guiño al viaje que hace lord Byron a las ruinas de Troya. Además en el caso de tu relato, cono en la epopeya de Homero, también hay una especie de guerra por culpa de una Helen.
—Helen me parece un nombre muy bonito —le dije, dejando el tema ahí porque lo de << epopeya de Homero >> me había dejado descolocado y sabía que era poco recomendable volver a hablar de algo de lo que no tenía ni idea.
—Si te parece bien, Abel, querría corregir tu relato yo mismo. Respetaré la esencia y si puedo tu estilo, pero creo que dándole un par de retoques, podemos estar ante la obra de una joven promesa literaria.
No me reí de lo que acababa de decir Higgins por respeto, pero era la estupidez más grande que había oído en mi vida. Me sabía mal porque era evidente que Higgins me tenía aprecio, pero si le había colado aquella patraña de relato y el hombre pensaba que acababa de descubrir a un nuevo Byron o a alguien por el estilo, no era culpa mía, sino de su propia estupidez. Pobre hombre, un niñato que si había leído un libro en su vida había sido por error le había tomado el pelo con un plagio bien disimulado y un toque de Wikipedia.
Ahora bien, aquel día ocurrió algo extraño. No lloré. Lo solía hacer a la mínima oportunidad, cuando algo me recordaba a Mary, y que no fuera la propia Mary, se cruzaba en mi camino. A veces era capaz de aguantar casi todo el día sin llorar, pero siempre que llegaba a mi habitación no podía evitar hacerlo, ya que encima de mi mesita de noche tenía una foto de Mary enmarcada, con sus labios impresos en carmín en el ángulo inferior derecho de la instantánea. Cuando veía esa foto, solían pasar unos tres segundos y medio antes de que me pusiera a llorar. Era irremediable, pero lo más raro era que empezaba a gustarme hacerlo. No sé cómo explicarlo, pero sentía cierto placer en la melancolía. Si lo único que podía hacer con Mary era llorarla, eso era mejor que nada. (Sí, vale, qué nenaza, ¿no? Ya veremos si pensáis lo mismo de mí cuando aparezcan los vampiros. Es muy fácil juzgar a la gente a las primeras de cambio. Así va el país…) Bueno, a lo que iba, llegué a la habitación, no lloré al ver la foto de Mary. Por si acaso, salí de la habitación y volví a entrar, pero nada, que no lloraba. Me tumbé en la cama a meditar sobre esto y llegué a la extraña conclusión de que si no lloraba era porque ya había dejado de ser un niñato y me había convertido en todo un hombre. En algunas tribus africanas, jóvenes con mis mismos años son sometidos a rituales de iniciación a la edad adulta, consistente en colgar a la gente de sus genitales de algún árbol y cosas por el estilo. Si te duele lo que te hacen y cuando te descuelgan no matas al brujo de la tribu, eres un hombre. Tardarás en tener novia, ni te apetecerá que una chica se acerque a ti en mucho tiempo, pero ya serás todo un hombre. Por suerte, mi ritual de iniciación a la edad adulta se limitó en escribir un estúpido relato de vampiros finolis, ya que al hacerlo descubrí quién era yo. Sí, la crítica positiva de Higgins me había enseñado quién era Abel. J. Young y este era un joven de Tennessee que ya no iba a trabajar toda su vida en una ferretería y a casarse con una tal Mary Quant, sino que se iba a convertir en el nuevo lord Byron, un ser admirado por millones de lectores y lectoras—sobre todo lectoras— que necesitarían sus escritos más que aquellos pardillos que seguían a Moisés por el desierto con un GPS.
La tontería esta de ser el nuevo lord Byron me duró un día. Empecé ese primer y último día como escritor afamado comprándome una pipa. Si era escritor estaba obligado a fumar en pipa. Tardé hora y media en encender aquello y diez segundos en marearme después de la primera calada. Asqueroso, en serio, eso de fumar era asqueroso. Descartada la pipa, me decanté por otros dos artículos de escritor: la bufanda y las gafas. No tenía bufanda, así que me las apañé con un foulard de mi madre, que en paz descanse, que encontré en una caja del sótano. Tampoco tenía gafas, pero le robe a mi padre las que utilizaba para leer. Por último, decidí despeinarme bien despeinado, para tener pinta de loco. Me miré en el espejo y, en serio, daba el pego, pero sabía que aún me faltaba algo para ser el nuevo Byron. ¿Escribir algo? No, no fastidiemos, era otra cosa más importante. Resulta que lord Byron había nacido con una extraña malformación en el pie derecho y tenía los dedos de ese pie vueltos hacia dentro. Se ve que no lo pasó muy bien de pequeño, pero a medida que iba creciendo pudo convertir su cojera en una especie de andar elegante que causaba sensación. Si quería ser como él, debería saber cojear con los dedos del pie vueltos hacia dentro. No pude darles la vuelta a los míos, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, pero daba igual porque lo importante no era destrozarse el pie sino caminar como Byron, y supuse que él lo hacía apoyando solamente el talón derecho así que le imité. El resultado: tirón muscular, caída torpe y lamentable por la escalera y rotura —no muy grave, menos mal de no me acuerdo qué hueso del brazo izquierdo. Cuando mi padre oyó el estruendo de la caída, fue enseguida a socorrerme. Puso una cara muy rara al verme tirado en el suelo, con el foulard de mi madre alrededor del cuello y sus gafas de leer medio rotas colgando de mi nariz.
—Hijo, ¿tú te drogas? —me preguntó preocupado.
—No, papá, esto no es por las drogas, es por culpa de una chica —le contesté.
—Una drogadicta, supongo —acabó sentenciando mi padre mientras me ayudaba a levantarme.
Aquella misma tarde me escayolaron el brazo, Pensé que cuando llegase al instituto cn el brazp escayolado, se formarían largas colas de gente que querría firmarme la escayola para darme ánimos. Me equivoqué al pensar tal cosa. Solo hubo una persona que se dignó a firmarme la escayola. Mary formó en mi escayola con sus iniciales —M.Q.—, pero acompañándolo con tres equis y metiéndolas dentro de un corazón. También escribió una frase de apoyo, un simple << que te recuperes pronto >>, que me pareció más bonita que todos los poemas del mundo juntos. Escribió en mi escayola cuando nos encontramos por casualidad en la puerta del instituto a primera hora de la mañana.
—¿Qué te ha pasado? —me preguntó ella, con un tono de voz y una expresión en la cara que me daban a entender que preguntaba con verdadero interés.
—Nada, un accidente tonto en casa —contesté yo, sin dar más explicaciones.
—La verdad que pese a lo del brazo, te veo bastante bien.
—Si tú lo dices…
—Sí, de verdad, está radiante.
—¿Radiante? Pues será radiante, pero escayolado.
—¿Puedo escribir algo en la escayola, Abel?
Le dije que sí, y ella sacó un rotulador de su bolso y escribió la frase de ánimo, sus iniciales y las equis y dibujó aquel corazón. Mientras lo hacía pasó por allí Lucy Simmons, y Mary le preguntó si quería escribirme algo en la escayola y ella respondió que lo de escribir no era lo suyo, pero que si quería me podía romper el otro brazo para que ambos fueran a juego. Yo le levanté un dedo, ella me levantó dos y se largó refunfuñando, al tiempo que le pedía a Mary que se fuera con ella. Mary le hizo caso, pero antes de eso, me dio un beso en la mejilla y me dijo: << Quizá no me creas, pero yo te sigo queriendo igual que antes >>. No supe que contestar, y visto que la conversación no iba a continuar, se fue corriendo tras Lucy y despareció de mi vista. Tenía razón, no me creía que me siguiera queriendo igual que antes, pero me sorprendió darme cuenta de que yo sí, que sí la quería igual que antes y que, tal vez, no dejaría de quererla nunca. Además, sin la necesidad de tener que hacerlo llorando.
Cuando me quitaron la escayola, recorté el corazón de las tres equis y las iniciales de Mary Quant y lo guardé como el tesoro que era. Tenía pensado hacerme un medallón o algo asó, para llevarlo siempre conmigo, para tener siempre a Mary presente. AL final no me hice ningún medallón ni nada parecido, sino que lo acabé adhiriendo a la culata de mi ballesta cazavampiros. Arisa me preguntó entonces por qué había colocado eso en la culata y quién era M.Q. Yo le contesté la verdad, que M.Q. era la razón principal por la que había pasado de futuro propietaria de una ferretería sin muchas pretensiones a cazador de vampiros novato.
Terminé el curso sin pena ni gloria, o sea, aprobando por los pelos, y empecé a trabajar de jornada completa en la ferretería, dando por fin sentido al cartel que mi padre cambió el día de mi nacimiento. El nuestro era un establecimiento muy modesto, pero tenía de todo, cosa que nos habría hecho muy conocidos en el condado. Además, mi padre había sabido ganarse como clientes a empresas en construcción de la zona, convirtiéndose en el proveedor principal de las constructoras del condado de Macon. Nuestra ferretería jamás sería un negocio para hacerse millonario, pero sí para permitirnos vivir cómodamente, sin apuros económicos y eso era así porque mmi padre era un lince vendiendo cosas inútiles. Cuando entraba un cliente en la tienda, sobre todo si era un hombre (es que las mujeres solo entraban allí por error), mi padre sabía que tendría muchas posibilidades de hacerle comprar cosas que no iba a necesitar. Había hombres que entraban en la ferretería a comprar una bombilla, un picaporte u un pestillo y se acababan llevando lo que mi padre solía llamar el << pack Noé >>, es decir, herramientas suficientes para construir dos o tres arcas bíblicas. El truco estaba en intentar convencer al cliente de que era un hombre como los que levantaron América y la pusieron a la cabeza de la civilización. Un hombre que sabía que las herramientas eran en realidad extensiones de su cuerpo. Un hombre que sabía que aunque ahora no necesitara un cortacésped porque no tenía jardín, debía reivindicar el derecho por el que lucharon nuestros padres fundadores a tener uno de esos magníficos aparatos —eléctrico o a gasoil— y la mejor manera de hacerlo era, precisamente, adquiriéndolo. A veces algún cliente dudaba si comprar lo que mi padre intentaba colocarle, diciendo que a su mujer tal vez no le hiciera gracia. Entonces mi padre soltaba una de esas frases suyas que jamás supe de dónde sacaba: << En la Biblia se deja bien claro que Dios prohibió a los salunitas que dejaran que sus mujeres opinaran sobre herramientas, y cómo sé que usted es un buen cristiano, no creo que tenga que añadir nada mas, ¿verdad? >>. A veces cambiaba a los salunitas por los mandolitas, los casparitas y los tartufitas, pero el mensaje estaba claro, y no sé por qué, pero funcionaba. Este tipo de clientes pagó las facturas de mi dentista durante toda mi infancia.
Una tarde entró un hombre en la ferretería. Era un señor bajito, calvo, rechoncho, con gafas y que llevaba un maletón de piel. Cuando mi padre le vio entrar, se apostó cincuenta dólares a que ese cliente se iba de la tienda con un juego completo de destornilladores, una alarma de incendios y tres aspersores. Acepté la apuesta y me supo mal haberle estafado a mi padre cincuenta billetes, ya que el hombre que había entrado en la ferretería no era un futuro cliente, sino el bueno de Heathcliff Higgins.
—Papá, te presento al señor Higgins, mi tutor.
—Encantado de conocerle, señor Young —dijo el señor Higgins extendiéndole la manos a mi padre, quien la estrechó como si le fuera la vida en ello; otra táctica de ventas.
—Señor Higgins, mi padre dice que usted tiene cara de querer comparar nuestro fantástico juego de destornilladores que, precisamente, está de oferta.
—No solamente cara de eso, sino también de necesitar una buena alarma contra incendios —añadió mi padre, aprovechando que se lo había puesto en bandeja.
—No, no necesito ni destornilladores ni alarmas —dijo Higgins.
—¿No? ¿Seguro que no? ¿Y unos aspersores para el jardín? —preguntó mi padre.
—No tengo jardín, vivo en un piso —contestó Higgins.
—¡Y qué más da! —continuó mi padre—. Nuestros padres fundadores lucharon para que nosotros…
—Déjalo, papá, el señor Higgins es un hombre con las cosas muy claras —dije yo para qie mi padre no siguiera insistiendo en una venta que no iba a producirse.
—¿No será usted uno de esos hombres que dejan que sus esposas opinen sobre herramientas, señor Higgins? —preguntó mi padre, como introducción a su cita bíblica inventada.
—Soy soltero —contestó Higgins—, y no he venido a comprar nada, sino a darles una buena noticia. Abel, sé que debí haberte pedido permiso, pero después de adecentar un poco tu relato, lo envié a un amigo mío que tiene un cargo importante en una editorial neoyorquina, Circle Books, y le ha encantado.
—¿Qué relato? —preguntó mi padre.
—¿No le has explicado a tu padre lo de El juramento? —me preguntó Higgins.
—Se me pasó —contesté, pero no se me pasó, es que me pareció que era una tontería decírselo a mi padre.
—Pues su hijo, señor Young, ha escrito un relato maravilloso, tanto que seguramente será publicado en breve en la revista Circle, si Abel quiere. Circle es una publicación de novedades editoriales de ese sello —empezó explicando Higgins—. Pero eso no es todo, resulta que esa editorial organiza cada veranos un seminario dedicado a jóvenes con talento, futuros autores en potencia y, Abel, te han seleccionado para participar en ese seminario.
—¿Por qué? —pregunté preocupado, ya que eso de me seleccionaran para algo que tenía que ver con libros me sonaba a reclutamiento forzoso.
—Pues porque eres un escritor en potencia y a esa editorial le interesa ficharte de cara al futuro —contestó Higgins—. El seminario durará un mes, todo el mes de julio, y te pagarán el viaje, la estancia y te darás una beca de mil doscientos dólares.
—No sé, lo veo un poco raro, señor Higgins —dije yo, aunque si me iban a dar 1.200 pavos por no hacer nada, la verdad era que me importaba bien poco que me sonara raro.
—A ver, es evidente que nadie regala el dinero, Abel —dijo Higgins—. Yo desconozco todos los términos del acuerdo, pero es de suponer que una vez allí, si ven que eres válido te harán una oferta o algo parecido y te harán firmar algún documento de compromiso exclusivo con ellos.
Estuve a punto de decirle la verdad, que no era escritor ni quería serlo, que El juramento fue una cosa hecha deprisa y corriendo, copiando e imitando, que no me gustaba leer y mucho menos escribir, peri ni dije nada porque mi padre metió baza en la conversación.
—A ver si me entero del tema, señor Higgins —empezó a decir mi padre—. Mi hijo a escrito un cuento que ha gustado a unos señores de Nueva York que son escritores y tienen una editorial. Estos señores consideran que mi hijo puede ser un buen escritor…
—Pero se equivocan, papá —interrumpí yo.
—Abel, si unos señores que saben de letras dicen que puedes ser un buen escritor, creo que, al menos, deberíamos pensarlo… y mil doscientos dólares es un capital interesante.
—Además hay otros aspectos interesante —dijo Higgins dándose cuenta de que mi padre se había puesto de su parte y tenía todas las de ganar—. El seminario lo dirige Elijah Shine, un autor que no publica nada desde hace veinte años, pero que en su tiempo se comía el mundo. Ahora dirige la editorial, y fue profesor de literatura en Columbia. Con él podrás aprender mucho y puede que te abra las puertas de su universidad. Es una buena oportunidad, Abel.
—Es que ahora estoy en la ferretería con mi padre —dije como última escusa.
—Pero en el mes de julio no tenemos mucho trabajo —replicó mi padre.
—No sé, papá, no acaba de convencerme.
Higgins sacó de su maletín una carpeta con documentos que habían enviado los de Circle Books y nos dijo que lo mejor sería que nos miráramos con detenimiento en casa la documentación y que si estábamos de acuerdo con todo le llevase aquellos papeles firmados a su despacho y él se encargaría de hacer los trámites. Mi padre y yo repasamos los papeles de Circle Books después de la cena. La verdad es que todo tenía muy buena pinta, quizá demasiada buena pinta. El seminario iba a tener lugar en una gran cabaña de madera a orillas del lago Cayuga y a pocos kilómetros de Ithaca. Las fotos que acompañaban el dossier en el que se hablaba de este lugar eran espectaculares y mi padre dijo que solamente por pasarse una tarde contemplando el atardecer en aquel lago valía la pena ir allí. A mí me desconcertaba un poco que mi padre quisiera que pasase el mes de julio en Nueva York, haciendo algo que se supone que, de ir bien, podría encaminarme a dejar de lado a ferretería y el futuro que él había pensado para mí. Era evidente que desde el día en que nací, él tenía muy claro que debía seguir sus pasos.
—¿Lo dices porque cambié el cartel el día que naciste? —me preguntó cuando le pregunté al respecto.
—Sí, por eso mismo, papá.
—Encargué el cartel el día en el que tu madre me dijo que esperaba un hijo y al nacer tú lo colgué para anunciar a todo el pueblo que habías nacido. No digo que al hacerlo no pensase que seguirías mis pasos, porque creo que muchos padres piensan eso, pero desde que murió tu madre todo cambió para mí. Decidí que era lo único que tenía y que debía conseguir que hicieses lo que realmente deseases hacer.
—Yo pensaba que querías que heredara la ferretería…
—Y eso quiero, la verdad es que sí, pero sería un mal padre si en vez de un hijo quisiera una réplica de mí mismo. Me gustaría que siguieras en la ferretería porque ella es parte de mi vida y, a fin de cuentas, lo único que te podré legar.
—Yo no me he planteado otra cosa que seguir tus pasos. Cada vez que veo el cartel de la ferretería pienso que ahí está escrito mi destino.
—¿Tu destino? No hijo, el destino no existe y si existiese no estaría escrito en un cartel de una ferretería.
Mi padre tenía razón, él sin darse cuenta se había atrevido a escribir mi destino en su cartel, pero el destino no puede escribirse, sino que se construye día a día. Yo siempre había tenido claro que mi vida iba a ser larga y tranquila, trabajando en la ferretería y al lado de Mary, pero una película de Renée Zellweger y un relato aburrido sobre lord Byron ya habían comenzado a cambiarlo todo.
—Creo que es una oportunidad que no puedes dejar escapar, Abel —dijo mi padre retomando el tema del seminario en Ithaca—. Es como un campamento de verano, en un sitio ideal y encima te pagan mil doscientos dólares. Hay que ser muy tonto para no aceptar. Luego puede que te guste o no seguir con eso de ser escritor. Siempre tendrás la ferretería por si eso no resulta.
A la mañana siguiente, le llevé los papeles a Higgins, quien se alegró muchísimo, como si le acabase de dar un remedio para el cáncer o algo así. También aproveché la visita para devolverle los tres libros que me dejó cuando nos conocimos. Se quedó con la biografía de lord Byron y con Werther, pero me regaló el de la antología de Poe como muestra de su sincera amistad. Al salir de su despacho, por estas cosas del azar, me topé con Mary. Hacía una semana que el curso había finalizado, pero Mary estaba en el instituto porque era una de las organizadoras de la fiesta de graduación; fiesta a la que yo no pensaba asistir. Al verme me abrazó, me dio un beso y me felicitó por haberlo aprobado todo. Me dijo que a ella le habían ido mejor los exámenes de los que había imaginado, pero que estaba más contenta por mí que por ella misma. Como ambos no teníamos nada que hacer el resto de la mañana, me preguntó si me apetecía ir a tomar algo al centro y charlar un rato, y le dije que de acuerdo, que me parecía muy bien. Por supuesto, muy bien era poco, ya que me parecía genialmente extraordinario o extraordinariamente genial, da igual, cualquiera de las dos cosas. No cabe duda que eché mucho de menos el contacto físico con Mary, coy un hombre y vivo en el mismo país que los de Ohio, pero después de que ella me dejara, lo que realmente añoré fueron esos momentos aparentemente cotidianos que viví con ella. Mary siempre ponía pegas a ir a la heladería porque los helados la volvían loca y engordaban una barbaridad. Yo siempre proponía ir allí porque los helados la volvían loca y me importaba tres pepinillos y medio si engordaban o no. Era un espectáculo maravilloso verla devorar aquellos helados y suspirar al hacerlo con la nariz manchada de nata, chocolate, fresa o vainilla. Este tipo de cosas son las que más eché en falta cuando me dejó, por eso, cuando me dijo que fuésemos al centro a tomar algo, pensé que podía recuperar alguno de esos momentos que, mezclados con lágrimas de felicidad, había recuperado en la soledad de mi habitación. Por supuesto, puso las mismas pegas de siempre para no ir a nuestra heladería y, por supuesto, se le volvieron a poner los ojos como platos cuando entró en el local y vio las novedades de la temporada.
—¿Tu sabes cuántas calorías tiene esto, Abel? —me preguntó Mary después de que le sirviera el especial de la heladería.
—¿7.548,39? —contesté yo.
—Incluso más. Bueno, da igual, un día es un día —dijo mientras hundía la cuchara en la copa—. ¿Vas a hacer algo especial este verano o vas a estar todo el tiempo en la ferretería?
—Voy a ir a Nueva York, a un seminario para jóvenes escritores o algo así.
—¿A la ciudad de Nueva York?
—No, a Ithaca, que no sé ahora a cuánto está de Nueva York.
—¿Y de que va ese seminario?
—No lo sé del todo. Es que escribí un relato, una cosa que me encargó mi tutor, y se ve que no está mal y me invitan a ir allí… Bueno, es muy largo de explicar.
—¿Y cuándo te vas?
—En julio, voy a pasar todo el mes allí.
—¿Y a tu padre le parece bien?
—¿A él? A mi padre, no te lo vas a creer, le hace más ilusión el tema que a mí.
—Este fin de semana empiezo a trabajar en la cafetería de la madre de Lucy.
—Así ahorraras dinero para tus gastos universitarios.
—No, empiezo a trabajar este fin de semana, pero lo más seguro es que siga después del verano. No voy a ir a la universidad este año, Abel.
Si la vida fuese un deporte y se pudieran pedir tiempos muertos, yo habría pedido uno en este preciso momento. Me habría apostado un testículo, no los dos, a que Mary me había dejado al principio del curso porque iba a ir a la universidad y eso suponía que iba a cambiar las cosas y a que había pensado en los nuestro y patatín y patatán. No recordaba las palabras justas, pero sé que lo de la universidad estaba por en medio y ahora me salía con que no iba a ir.
—¿Por qué no vas a ir? —pregunté yo, no sé en qué tono, pues me sentía enfadado, enfadado y muy tonto y no sé si eso se puede demostrar en la voz.
—Es que a Howard le queda un año aún en el instituto y nos iremos juntos los dos cuando él acabe. Es que a él le van a dar una beca para que juegue con los Tigers de la Universidad de Memphis.
—Ah, genial, supongo… Es que pensé que me habías dejado porque ibas a ir a la universidad.
—En verdad yo no te dejé, fuiste tú quien me dejó a mí.
¡Segundo tiempo muerto!
—Te aseguro, Mary, que fuiste tú quien me dejó —fue lo único que se me ocurrió decir.
—No, fuiste tú, lo que pasa es que a lo mejor no te diste cuenta.
¿Puedo pedir un tercer tiempo muerto? Bah, da igual, que siga el partido, total ella está jugando a baloncesto y yo a fútbol americano…
—¿Me lo puedes explicar, Mary? En serio, no tengo ni idea de lo que me estás contando.
—¿No te he dicho muchas veces que las mujeres hacemos lo contrario de lo que queremos hacer para que toméis la iniciativa? Pues era eso. Llevabas unas semanas lago distraído e intenté obligarte a que de alguna manera te comprometieses con nuestra relación. Pensé que al darte cuenta de que me podías perder, reaccionarías.
—Pero nosotros ya estábamos comprometidos.
—Eso del patio del colegio cuando teníamos ocho años no valía, Abel.
—Teníamos siete, Mary.
—Pues mejor me lo pones. Esperaba que te enfadases o que hicieses algo que me demostrara que te importaba de verdad, pero en vez de eso, comenzaste a pasar de mí.
—¿Y qué me dices de Howard?
—A Howard lo conocí cuando fui con Lucy a ver un partido. El chico se acercó a mí y me dijo que si había algún touch down me lo dedicaría. No hizo ninguno, pero fue un detalle, uno de esos que tú hacía tiempo que no tenías.
—Pensé que me habías dejado por él.
—Ni le conocía, Abel. Luego vi que tú seguías pasando de mí o incluso ibas de otro rollo y que seguramente ya estabas con otra fuera del instituto. Vi que yo no te importaba en absoluto y que pensaste que había muchos peces en el mar, peces mucho mejores que yo. En el fondo, aunque ya no me quieras, yo te seguiré queriendo. Lo he pasado fatal, Abel. Ha habido momentos en los que no podía dejar de llorar, un desastre. Por suerte tengo a Howard, es un buen chico al que le estoy cogiendo cariño….
Ya no escuché nada más, aunque ella seguía hablando yo ya no podía oírla, pues estaba en el país de << ¿Por qué razón son tan complicadas las mujeres? >>. ¿Ahora qué se suponía que tenía que hacer yo? ¿Explicarle todo lo que me había pasado, cómo me había sentido desde el día que fuimos a ver aquella película de la Zellweger? Se me pasó por la cabeza decirle que volviésemos a estar juntos, pero si ella me decía que sí, a lo mejor quería decir que no y si me decía que no, ya no sabría qué hacer porque una negativa suya podrían ser muchas cosas al mismo tiempo. Mary era posiblemente una de esas chicas a las que de pequeñas le leen cuentos de princesitas y esperan que su príncipe la rescate de no se sabe dónde y que mate a un dragón que ni siquiera existe. Ahora bien, si ella quería que hiciese de príncipe es que no tenía suficiente con el plebeyo de Abel J. Young. Si me hubieses explicado cómo se sentía realmente, en vez de montarme el numerito de la ruptura, quizá yo tampoco habría reaccionado, ya que no tenía ni idea de qué esperaba Mary de mí. Me di cuenta de que tal vez no me la merecía, que no estaba hecho para ella. Además había fastidiado a la pobre haciéndola sentirse responsable de Howard, por el que iba a retrasar un año su entrada en la universidad. Me sentí muy culpable por todo aquello. Lo único que podía hacer era buscar la manera de compensarla, pero hasta que encontrase eso, me iba a limitar a ser su amigo y a no inmiscuirme en su vida. Así que no le dije nada, no le pedí que volviéramos y, por supuesto, no me disculpé porque hacerlo habría supuesto una especie de nueva petición de matrimonio.
Salí de aquella heladería sabiendo que Mary me seguía queriendo igual que siempre, sabiendo que realmente merecía todas las lágrimas que derramé por ella y sabiendo, por fin, qué diantre quería decirme mi padre con aquello de que hay mucho peces en el mar. No sé a quién se le ocurrió esa frase, pero seguramente fue a un gilipollas que nunca estuvo enamorado de nadie.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 7:03 pm

:mangalove: gracias vir!!!!! ranguitos!!!


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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 8:02 pm

Wii, ranguitos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 9:10 pm

Graciaaaas, al ratito lo leo!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 9:10 pm

Uhmmm..nucan me entere de este libro y nunca me tomaron encuenta tampoco para ayudar...uhmmm[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]





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