Black and Blood


 
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 Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)

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Tibari

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 9:16 pm

Ya te lo expliqué el otro día, no me acordé de ti buscando a las chicas para repartir los capítulos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 11:36 pm

pobbre de rooss
te cederia de los mios si pudiera u.u pero ya estan listos desde hace uffs u.u

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Jue Jul 15, 2010 11:48 pm

Ross, si quieres te paso el que me queda a mí. Todavía no lo he empezado. Lo escaneo y te lo mando. ¿Lo quieres?

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 11:12 am

Transcrito por Gemma

SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1
Arisa Imai


Fue mi primer vuelo y empecé a lo grande, con siete horas dentro de un cacharro volador que tomé en Memphis a las 3.30 p.m. y llegó a las 11 p.m. a Syracuse. A mí me habría ido mejor viajar desde Nashville, pero al parecer el aeropuerto de Syracuse es el que estaba más cerca de Ithaca o el que mejor les iba a los señores de Circle Books y no había vuelos Nashville−Syracuse. Pese a ser mi primer vuelo, no pasé miedo alguno ni en el despegue ni en un par de zonas con turbulencias. Al principio, antes de despegar, sí que me puse algo nervioso porque perdí el hilo de las explicaciones que dio una azafata sobre lo que había que hacer en caso de emergencia. En verdad aquella mujer no decía nada, sino que movía los brazos tontamente mientras por los altavoces sonaba la voz de alguien que no era ella. Perdí el hilo porque no me dio una buena sensación que nada más entrar en un lugar que se va a elevar a miles de pies de altura, una persona, muy mona eso sí, empezase a decirme qué hacer en caso de accidente. Es como si en un restaurante un camarero antes de servirme un plato me dijese qué hacer en caso de que me atragantase o de que pillase una intoxicación. Mal rollo. Pedí a la azafata si podía volver a repetir lo que había explicado, y como todos los pasajeros me miraron mal y algunos se pusieron a abuchearme, aquella mujer me dijo que encontraría toda la información que necesitase en mi asiento y que si tenía alguna duda después de despegar ella vendría a mi asiento a explicarme lo que hiciese falta. Tenía razón, encontré toda la información que ella y la voz habían dado en unos folletos con flechitas y muñequitos, pero de todas formas, como entre esos folletos encontré un par de bolsas para vómitos, le pedí a la azafata que me aclarase si era obligatorio vomitar en esas bolsas o si podía hacerlo en el lavabo. «Tu primer vuelo ¿verdad?», me dijo antes de aclararme que sí podía vomitar en el lavabo, pero que de hacerlo lo hiciera en el váter. Luego me tocó el pelo, supongo que en un gesto de simpatía azafatil, y me regaló un bolígrafo de la compañía aérea.

La verdadera razón por la que no me asusté cuando el avión se balanceó violentamente varias veces durante el viaje no fue por los folletos que aclaraban qué hacer antes de estrellarse, sino porque en el asiento de al lado tenía como compañero de vuelo al padre Karras. Le puse ese nombre porque era un sacerdote católico con pinta de exorcista atormentado y llevaba un maletín, seguro que lleno de crucifijos, agua bendita y un diccionario arameo−latín−inglés; el arameo es el idioma de los endemoniados, aunque ellos lo suelen hablar al revés. El padre Karras tenía una cicatriz que le cruzaba toda la cara y que supuse que se la había hecho de alguna endemoniada antes de escupirle algo verde desde el techo. Tener a un sacerdote a mi lado me tranquilizaba, ya que no dudaba que en caso de accidente el avión no se estrellaría por nuestro lado. Si hubiese tenido a mi lado a un rabino la cosa habría sido al revés, tendría la absoluta convicción de que el avión haría una extraña pirueta antes de tocar el suelo para que los primeros en palmar fuésemos él y yo. Sé que los judíos son «el pueblo elegido», pero no queda muy claro para qué. Me imagino que al principio de los tiempos Dios reunió a representantes de todas las religiones de la tierra y dijo: «Quiero elegir a alguien para…». Antes de acabar la frase, Moisés, Abraham o uno de esos levantó la mano y pidió que les eligiesen a ellos.

El padre Karras y yo no hablamos mucho durante el viaje, solamente unos pocos minutos durante la cena. Me sorprendió que no hiciese ninguna oración antes de ponerse a comer.

—¿No bendice la comida, padre? —le pregunté.

—No, hijo, la comida servida en bandejas de plástico no se bendice, solamente se ingiere con pesar.

Luego me contó que era ayudante del obispo de Syracuse y que daba clases en un colegio de allí. Era un tipo muy simpático y extrovertido. Doy por hecho que era así para compensar los malos momentos que debía de pasar peleándose con demonios que le mentaban a su madre en lenguas muertas cada dos por tres. Le dije que yo iba a Ithaca, y él me dijo que era un sitio muy bonito y que estaba a una hora y media de Syracuse, por lo que si necesitaba algo fuese a la sede del obispado y preguntase por él. Me dijo su nombre, pero no le presté atención porque para mí era el padre Karras y punto. También me comentó que había conocido al Papa de Roma cuando aún no era más que el cardenal Schwarzenegger y que después de hablar con él supo enseguida que iba a ser el sucesor del anterior Papa; supongo que Benedicto 15,5. No me contó nada más porque después de cenar nos pusieron una película en el avión y a este hombre, al parecer, le gustaba mucho el cine. La película se llamaba Las horas. Doy por hecho que era el título abreviado y comercial de Las horas interminables y aburridas. La vi durante diez minutos porque en los títulos decían que salía Nicole Kidman, pero era mentira, la protagonista no era ella, sino una tía muy fea vestida como una vigilante de un campo de concentración y peinada como la vieja de Psicosis. Lo único bueno de esa película era que en el minuto once te duermes irremediablemente. Es lo que me pasó a mí, cerré los ojos en ese minuto y ya no los volví a abrir hasta que el padre Karras me despertó para decirme que estábamos a punto de aterrizar.

Como solamente llevaba una maleta, no tuve que esperar mucho en la zona de recogida de equipajes. Mi padre había intentado convencerme de que me comprase ropa nueva para causar buena impresión en el seminario, pero no lo hice porque me daba igual causar mala impresión, ya que lo más seguro era que al segundo día me echasen de allí por ser un fraude y no una joven promesa literaria. A mi padre le sorprendió que no me llevase ningún libro para el viaje —casi me muero de la risa cuando me lo dijo— y curiosamente no me preguntó qué era aquel corazón de escayola con tres esquís y dos letras que vio encima de la ropa cuando estaba ayudándome a hacer la maleta.

Nada más salir de la zona de recogida de equipajes, me topé con un señor con traje, alto, rubio, y con un cartel en el que se podía leer mi nombre.

—¿Abel Young? —me preguntó aquel hombre cuando me acerqué a él señalando su cartel.

—Sí, señor, ese soy yo.

—Encantado, yo soy Helmut, de Circle Books —me dijo mientras extendía su mano derecha para que se la estrechase—. Te llevaré en coche a Ithaca, pero hemos de esperar a una alumna del seminario que vuela desde Boston. ¿Quieres tomar algo en la cafetería mientras esperamos?

Le dije que sí, que me apetecería tomarme un café, ya que aún estaba medio dormido por culpa de la estafa aquella en forma de película. Nada más sentarnos a la barra de la cafetería, Helmut llamó a alguien para decir que yo ya había llegado y que en menos de media hora daba por hecho que llegaría el avión de Boston. Después de colgar tuvo la cortesía de preguntarme cómo me había ido el viaje y me dijo que había leído El juramento y que le parecía muy bueno.

—Parece que eres un joven Goethe —me dijo, no para llamarme cara culo, sino como elogio.

—La verdad, señor Helmut, es que yo no creo que sepa escribir muy bien —dije eso para empezar a ponerme a la defensiva para cuando esa gente se enfadase conmigo por haberles engañado.

—No me llames, señor, solamente Helmut, por favor.

—Bueno, pues solo Helmut. ¿Ese nombre de dónde es?

—¿Helmut? Alemán.

—¿Eres alemán?

—No, yo no. Yo nací en Nueva York, pero mi madre sí era alemana.

—Yo admiro mucho Alemania, me parece un gran país, con grandes cosas germanas y escritores tan buenos como Goethe y… Bueno, como Goethe.

Entonces Helmut se puso a recitar algo en alemán que se ve que era de Goethe y yo miré de reojo el reloj de la cafetería, esperando que la relatividad del tiempo hubiese convertido los dos minutos que llevábamos allí en treinta y tuviésemos que largarnos a buscar a la chica de Boston. Pero no, los dos minutos siguieron siendo dos minutos que se convirtieron en cuatro cuando Helmut dejó de recitar. El alemán no es un idioma que suene muy bien, la verdad sea dicha. Era la primera vez que lo escuchaba y me pareció que le faltaba algo o que le sobraba todo. A los únicos alemanes que había oído hablar eran a los que salían en las películas de la Segunda Guerra Mundial, pero esos lo hacían en inglés con acento alemán. Después de que Helmut se callase, decidí no volver a hablar en toda esa media hora, o si lo hacía, evitar en todo momento dar pie a que se hablase de literatura o de cualquier cosa extranjera.

Helmut y yo fuimos a la puerta de salida de equipajes cuando se anunció que el vuelo de Boston acababa de aterrizar. La chica a la que esperábamos se llamaba Arisa Imai. Pensé que la gente de la costa Este era tan estúpidamente moderna que a sus hijos les ponían nombres tan ridículos como ese, pero me equivocaba, el nombre era correcto al parecer. Bueno correcto en Japón porque Arisa era japonesa. Mediría un metro sesenta y poco, tenía los ojos muy grandes y una media melena con un flequillo que le tapaba totalmente la frente. Llevaba un traje gris —falda y americana—, camisa blanca y arrastraba un carro con cuatro maletas y una mochila. ¡Cuatro maletas y vestida con un traje! Yo una maleta y unos vaqueros y una camiseta de publicidad de nuestra ferretería. A lo mejor Arisa tenía pensado montar una tienda de ropa en Ithaca, aprovechando el viaje. Al llegar a donde la estábamos esperando, saludó a Helmut y luego le preguntó si el «niño» era su hijo. Helmut le dijo que no era su hijo, sino un alumno del seminario. Arisa puso una cara muy rara, como si sufriese de hemorroides mexicanas o algo así, resopló —cosa que hizo que su flequillo se agitase levemente— y, después de que Helmut nos presentase, me estrechó la mano y me dijo que estaba encantada de conocerme, a lo que yo contesté de la misma manera. Cuando salimos a la calle, el empleado de Circle Books cogió dos de las maletas y se dirigió hacia el coche, una berlina negra con las lunas tintadas. Arisa cogió la mochila y empezó a mover la cabeza señalando las maletas que quedaban en el carrito. Ni me inmuté.

—¿De dónde eres? —me preguntó Arisa.

—De Tennessee —contesté yo.

—¿Y es Tennessee no os enseñan modales?

—Sí, modales y a llevar poco equipaje.

—Yo pensaba que en el Sur erais todos unos caballeros.

—Ya, pero yo soy de la zona plebeya, donde cada uno carga con sus maletas.

Sé que dijo algo en japonés y que seguro que era un insulto y de los gordos. Me dio su mochila, cogió las maletas y se fue a marcha rápida tras Helmut. El incidente del equipaje hizo que Arisa casi no me dirigiese la palabra en la hora y media de trayecto en coche desde Syracuse hasta Ithaca y que solamente hablase con Helmut. Eso sí, pese a no hablar conmigo me enteré de toda su vida. Al parecer Arisa llegó con sus padres a Estados Unidos cuando tenía cinco años. Su padre trabajaba como free−lance para varias empresas japonesas con intereses en el país y tenía su oficina en Chicago, donde ella vivió hasta los dieciocho años, momento en el que se fue a Boston para estudiar en Harvard la carrera de No Sé Qué y Ni Me Importa, de lo que después del verano iba a empezar a doctorarse.
¡Oh, Harvard, como los pedantes de las series de televisión! Deduje que tenía 23 ó 24 años, pero dependiendo de cómo la mirase aparentaba 18 ó 30. Helmut le dijo que su novela de vampiros medievales le había parecido muy interesante. O sea, que Arisa había escrito una novela que interesaba a Circle Books y que, curiosamente, también iba de vampiros.

—¿Cómo se titula? —pregunté yo, para ver si volvía a romper el hielo, ya que antes lo había roto muy mal.

—Los señores de la peste —contestó Helmut, medio minuto después de mi pregunta, debido a que Arisa se negó a contestarme.

—¿De qué va, Arisa? —pregunté esta vez para que quedara claro que estaba con el picahielos.

—Trata sobre unos monjes que descubren que los infectados por la peste son en realidad víctimas de unos vampiros —volvió a contestar Helmut, ya que la japonesa engreída seguía enfadada.

—Pues con ese título que le has puesto parecen más bien las aventuras de unos recolectores de estiércol —dije yo, esta vez para no romper nada helado.

—Todo lo que tienes de niñato lo tienes de estúpido —contestó entonces Arisa—. No entiendo por qué vas a participar en un seminario para el que tienes toda la pinta de no dar la talla.

¿Cómo podía saber eso? Apenas hacia media hora que nos conocíamos y ya se había dado cuenta de que era un fraude sureño. Helmut le dijo a Arisa que yo había escrito un relato excelente sobre Lord Byron y un vampiro. Al oír eso me alegré, ya que de la novela de Arisa había dicho que era «interesante», mientras que mi relato era «excelente». No sé por qué era excelente, pero en Tennessee excelente es más que interesante; en Japón y Harvard no sé, pero en mi tierra sí. Arisa no le dio ninguna importancia a lo que acababa de decir Helmut y no preguntó nada sobre mi relato. Estaba claro que, pasase lo que pasase, el seminario de Ithaca era propiedad de ella y no lo iba a compartir con nadie. Al menos era eso lo que supongo que ella pensaba. Seguramente era una alumna ejemplar con notas maravillosas y estaba acostumbrada a ser el centro de atención y a que le llevasen las maletas de aquí para allá.

A parte de decirme que todo lo que tenía de niñato lo tenía de estúpido, Arisa se dirigió a mí en otra ocasión para gritarme «niñato torpe y estúpido». Repitió lo de niñato y estúpido —a lo mejor era una de sus coletillas— porque toqué un botón que había en la puerta de mi lado, pensando que se bajaría la ventanilla, pero en vez de eso la luna y las dos ventanas traseras se cubrieron con una especie de placa metálica, como si fuese un blindaje. Después de que me gritase Arisa, volví a toquetear los botones de la puerta para bajar esas placas, pero en vez de eso hice que apareciese una nueva, también metálica, que nos separó en pocos segundos de la parte del conductor mientras mi, por desgracia, futura compañera de seminario seguía gritándome, esta vez en japonés. Helmut se encargó de que el interior del coche volviera a la normalidad bajando aquellas placas y nos pidió perdón porque se había olvidado de desconectar ese dispositivo del vehículo. Arisa dijo que no tenía por qué disculparse porque la culpa había sido mía. A mí me picó la curiosidad y le pregunté a Helmut sobre la razón de aquel extraño dispositivo.

—Sé que el coche lo lleva, solamente eso, pero no sé por qué razón, Abel —contestó.

—Pues parece que es un sistema antibalas o algo así —dije yo—. A lo mejor este coche era de la CIA o, mejor aún, de la mafia. ¿Era un coche de mafiosos?

Arisa no dejó que Helmut me contestara, volviéndome a llamar «niñato estúpido», aunque sin dirigirse a mí directamente. Habría dado la mitad del dinero que Circle Books había ingresado en mi cuenta ese mismo día por apretar un botón y que apareciese una pantalla en la que se proyectase Las horas, y así dormirme lo que quedaba de viaje y no tener que aguantar más a la tonta japonesa de las narices. Tenía la sensación de que con alguien como ella el seminario se me iba a hacer muy largo si no me echaban enseguida, aunque también cabía la posibilidad de que el resto del alumnado fuese gente normal y corriente y no impertinentes superdotados con síndrome de princesa sin reino. Aunque no pude dormirme, sí al menos desconecté de Arisa y de las aventuras de su excitante vida estudiantil y pedante que relataba a Helmut y me dediqué el resto del viaje a pensar en Mary. A lo mejor a esa hora, ella estaría ya dormida con su cabecita dorada apoyada en la almohada de su cama y, por qué no, soñando conmigo. También cabía la posibilidad de que estuviese en la cama, pero no durmiendo precisamente, sino compartiendo fluidos con Howard… No, eso no, Mary estaba durmiendo y soñando conmigo, a Howard solamente le quería para que la acompañara a pasear por ahí, cogidos de la mano. No, de la mano tampoco, sueltos, cada uno por su lado y dejando mucha distancia entre ambos. Ni eso, nada de pasear, a Mary solamente le gustaba hacerlo conmigo. Además, seguro que Howard era gay. Sí, eso, Howard estaba para hacer de buen amigo sensible y consolarla por no estar conmigo. ¡Qué buen muchacho era ese Howard!

Llegamos a Ithaca cuando casi eran las dos de la madrugada. Helmut bordeó la ciudad y siguió por una carretera secundaria que dejaría pocos kilómetros después, entrando en una especie de camino asfaltado que cruzaba un pequeño bosque. Al salir del bosque nos encontramos enseguida con la misma casa que salía en los folletos que acompañaban la información sobre el seminario y que vi con mi padre la noche en la que decidí viajar a Ithaca. Helmut aparcó el coche delante de la puerta principal y en ese momento salió a recibirnos el señor Shine.

—Hola, soy Elijah Shine ¡Bienvenidos a mi humilde morada! —dijo, haciendo algo parecido a una reverencia teatral y señalando la cabaña.

—Hola, yo soy Arisa Imai y no se puede imaginar la ilusión que me hace participar en su seminario, señor Shine —dijo mi compañera, con tono de pelota de la clase.

—Y tú deber de ser Abel, ¿verdad? —dijo el señor Shine—. ¿Qué tal el viaje?

—Un poco largo, pero la ilusión de conocerle y participar en el seminario lo ha hecho más liviano —solté yo, como diciendo que para pelota también servía y que además conocía palabras cultas como «liviano».

Sin darnos cuenta, Helmut había sacado ya las maletas del maletero. Nos dijo que tenía mucha prisa, ya que quería llegar a Nueva York antes del amanecer, aunque dudaba que fuera posible. El señor Shine le dijo que podría llegar justo antes del amanecer si corría un poco y no paraba en todo el trayecto. Helmut se despidió rápidamente de nosotros, subió al coche y, sí, parece que iba a correr un poco para llegar a Nueva York, ya que en pocos segundos desapareció de nuestra vista, engullido por la oscuridad del bosque. Yo cogí mi maleta y el señor Shine dos de Arisa, quien, como hiciera en el aeropuerto de Syracuse, solamente cogió la mochila.

—Abel, no permitirás que la señorita entre su equipaje, ¿verdad? —dijo el señor Shine—. Un caballero del Sur no hace esas cosas.

La tontería esa del caballero del Sur, sacada de Lo que el viento se llevó y cursiladas semejantes, empezaba a ser un tópico que me tocaba las narices, pero no tenía argumentos para no ser galante en aquella circunstancia, así que me las apañé para coger las otras dos maletas de Arisa. Ella me sacó la lengua a modo de burla fina cuando pasé a su lado quejándome de lo que pesaba una de sus maletas. No solamente tuve que entrarle las maletas a Arisa, sino que se ve que también los caballeros del Sur suben escaleras cargando el equipaje de señoritas burguesas de Boston, pues a habitación de mi querida compañera estaba en el piso superior de aquella casa. Cuando dejé las maletas en su habitación fue cuando Arisa me dijo, quizá sabiendo mi fobia a la lectura, que la más pesada estaba llena de libros, una veintena, para no perder el tiempo fuera de las horas del seminario. No hay duda de que eso de que los opuestos se atraen es una de las chorradas más grandes jamás dichas, ya que de ser cierto, no cabe duda que Arisa sería mi media naranja y les puedo asegurar que en ese momento no llegaba ni a medio limón.
Mi habitación estaba al lado de la de Arisa. El señor Shine quiso hacer una gracia diciendo que ambas habitaciones se comunicaban a través de una puerta interior y que él, por supuesto, era partidario del amor juvenil, libre y literario. Me informó de que la habitación al final del pasillo era la suya, por si necesitaba algo. Entonces me di cuenta de que aquella casa solamente tenía tres habitaciones y que ya estaban ocupadas.

—¿Solamente hay tres habitaciones, señor Shine?

—Bueno, hay una cuarta arriba, en la buhardilla. Es la habitación de mi hijo Gabriel, pero él no está ahora, vendrá mañana.

—Y el resto de los alumnos del seminario, ¿dónde se alojan?

—¿El resto? No, hijo, no hay nadie más, solamente Arisa y tú.

¡Vaya por Dios! Bueno, vaya por Dios y qué seminario más raro. ¿Solamente dos personas? Pensaba que seríamos unos veinte y, no, se ve que el mundo de las jóvenes promesas literarias estaba de capa caída últimamente. La cosa estaba empeorando por momentos. El hecho de que estuviésemos solos Arisa y yo era un problema doble, ya que sabía que convivir con ella iba a ser casi imposible y, por otro lado, no iba a poder esconderme detrás de nadie durante el seminario y enseguida el señor Shine se daría cuenta de que Circle Books había tirado 1200 dólares más un billete de avión a la basura. Sin embargo, en ese momento también se me pasó por la cabeza pensar que a Arisa quizá le fastidiase más que a mí que fuésemos los únicos alumnos del seminario. Por eso me encargué yo de comunicarle la feliz noticia. ¡Gran momento, sí señor!

La expresión de su cara cuando se lo dije compensó todas sus tonterías de aquella noche. Incluso me pareció extrañamente hermosa cuando dijo otra cosa japonesa de las suyas, posiblemente una maldición samurái para momentos como el que acababa de vivir. Quizá, más que por la maldición japonesa, me pareció hermosa porque ya no iba con traje, sino con un pantalón de pijama corto rosa y una camiseta a juego, y tenía el pelo recogido en una pequeña cola y la luz de la lámpara de la mesita de noche dibuja sombras preciosas en su rostro y... Y no cabía duda de que echaba más de menos a Mary de lo que me había hecho creer a mí mismo cuando decidí renunciar a ella en la heladería del centro. Cosas de la edad, supongo.

A la mañana siguiente, Arisa ya no me pareció tan encantadora y el señor Shine, mientras desayunábamos, aprovechó la ocasión para clavarme la primera puñalada del seminario. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa mejor que proponer que, debido a que solamente estábamos Arisa y yo, ella leyese mi relato y yo leyese su novela y que dentro de unos días hiciésemos una exposición criticando ambas obras, o sea, ella iba a leerse un relato de veinte páginas, mientras yo tenía que leerme, ojo al dato, un libraco de cuatrocientas páginas sobre unos monjes apestados y de eso no me podía librar, ya que no iba a encontrar resúmenes ni nada de esa cosa en internet. ¡Los señores de la peste y la madre que los parió! Me pareció injusto, pero no me quejé, básicamente porque no podía, ya que se suponía que me gustaba mucho leer, ¿no?

Después de desayunar, nos reunimos los tres en el despacho del señor Shine. El despacho era la habitación más grande de la casa, pues en realidad se trataba del salón principal convertido en biblioteca gigante. Dos de las paredes estaban llenas de libros y las otras dos eran las ocupadas por una chimenea, sobre la que también había una estantería con libros, y por un gran ventanal que ofrecía una vista del lago Cayuga y de parte del pequeño bosque que habíamos cruzado la noche anterior para llegar hasta allí. Al entrar, el señor Shine nos comentó que podíamos utilizar su ordenador, que se encontraba en una mesa colocada de espaldas al ventanal, siempre que lo necesitásemos, aunque creía conveniente establecer un horario de uso para que los tres pudiéramos trabajar sin molestarnos. Los tres nos sentamos a una mesa larga que ocupaba el centro de la sala, y el señor Shine nos dio un par de blocs de notas y varios bolígrafos antes de empezar a explicarnos de qué iba a ir el seminario.

—Un seminario es sobre todo una experiencia comunicativa —empezó diciendo el señor Shine—, donde cada uno ha le aportar ideas que nos llevan a debates y reflexiones interesantes. Mi función principal es la de aportar los temas a debatir y dirigir en todo momento nuestros pequeños debates para que alcancéis unos resultados que os puedan ser útiles en el futuro.

—¿El seminario no tratará sobre todo de técnicas narrativas y de redacción? —preguntó Arisa.

—Sí, eso tendrá mucha importancia, puede que sea el interés principal de Circle Books a la hora de organizar este seminario —contestó el señor Shine—. Sin embargo, también es importante saber cómo transformar una idea en un texto y que todo cobre sentido. Es decir, no se puede escribir cualquier cosa, y antes de ponerse a escribir tienes que tener muy claro por qué quieres escribir eso concretamente. Dicho de otra manera, primero necesitamos un qué, luego un por qué y al final un cómo para que ese qué y ese por qué puedan plasmarse con corrección en una obra literaria o de cualquier otro tipo.

—¿Estamos a prueba en este seminario de alguna manera, señor Shine? —preguntó de nuevo Arisa.

—Lo que acabas de preguntarme, Arisa., es lo que acabo de explicar, una manera correcta de plantear una idea —dijo el señor Shine—. Lo que has querido preguntar realmente es si Circle Books quiere saber si sois aptos para ser contratados por ellos, ¿verdad?

—Sí, algo así —contestó Arisa.

—Bien, creo que es importante dejaros claras las cosas desde el principio —siguió Shine—. Vuestros relatos han gustado mucho a los editores de Circle. Consideran, y yo soy de la misma opinión, que sabéis redactar y eso es muy bueno. Sin embargo hay mucha gente que sabe redactar relativamente bien, pero lo que no se encuentra tanto en estos tiempos que corren es gente imaginativa. Os voy a poner un ejemplo para que lo entendáis, buscando un paralelismo con el mundo de la música. Hay guitarristas que tocan como dioses, para quienes las guitarras son una extensión de sus cuerpos, pero son incapaces de hacer una buena canción. ¿Entendéis lo que quiero decir ahora? A Circle Books llegan cientos de novelas cada mes, muchas bien escritas, pero casi todas sin un ápice de imaginación. Repeticiones de los mismos temas, de los mismos estereotipos, etcétera. Vuestro caso es diferente porque habéis convertido una serie de hechos históricos, la peste del Medioevo en tu caso y la vida de lord Byron en el caso de Abel, en relato de ficción con unos personajes tan atractivos como los vampiros de fondo. A la gente de Circle Books le interesa saber si ha sido casualidad o si realmente tenéis ese don.

—Entonces, su labor de cara a ellos es la de dar el visto bueno, supongo —señaló Arisa.

—Sí, eso es, al acabar el seminario he de hacer un informe sobre vosotros —dijo el señor Shine—. Por un lado he de pulir vuestro estilo y enseñaros a plasmar las ideas que podáis tener y por otro lado he de asegurarme de que tenéis buenas ideas. De todas maneras, mi informe no será vinculante, por lo que la decisión final de contrataros o no será de ellos.

Yo tenía claro que mi informe final iba a ser negativo, ya que quizá había hecho creer a todo el mundo que sabía redactar, pero estaba seguro de que se descubriría enseguida que la imaginación no era mi fuerte. El señor Shine continuó explicando cómo funcionaría el seminario. Nos reuniríamos tres horas por la mañana, de 9 a 12, y dos por la tarde, de 15 a 17. Las horas libres entre una sesión y otra las dedicaríamos a reflexionar y preparar material de los temas tratados por la mañana para debatirlos por la tarde, Los fines de semana los tendríamos totalmente libres, aunque él había preparado una serie de excursiones por la zona para que aprovechásemos ese tiempo con diferentes actividades. Como ejemplo de cómo iba a funcionar el método que iba a seguirse en el seminario, el señor Shine propuso que Arisa se leyese ya mi relato y que yo me leyera el primer capítulo de su novela y que en la sesión de la tarde los tres hablásemos del estilo que habíamos utilizado a la hora de escribir esos relatos. Mientras explicaba eso, miré disimuladamente el primer capítulo de Los señores de la peste y me alegré al comprobar que solamente tenía doce páginas, menos mal.

Me leí el primer capítulo de Los señores de la peste en una media hora. La verdad era que Arisa escribía bastante bien, al menos se entendía perfectamente qué es lo que quería explicar. En ese primer capítulo se limitaba a hacer una descripción de la abadía en la que supuse que vivían los monjes que luego descubren que la peste es obra de los vampiros. La sensación que transmitía lo escrito por Arisa es que esa abadía era un lugar muy oscuro y frío y que la gente de allí vivía una especie de tormento interior, pensando en todo momento que el fin de los tiempos estaba próximo. Me gustó mucho el hecho de que Arisa no se fuera por las ramas, que fuese directa. Una de las cosas por las que no me gustaba mucho leer era porque había escritores que dedicaban páginas y más páginas a describir una habitación, una puerta, un vestido o un árbol, cuando la importancia de esos objetos era totalmente nula y hacía que aquello que leía fuese lento y aburrido. Por eso prefería el cine, porque allí muestran las cosas, no las describen. Algunos autores de novelas deben de pensar que la gente es ciega o que vive en una especie de cubo cerrado y no conoce el mundo, y se lo tienen que describir hasta la saciedad, a veces solamente para dar a entender que estuvieron en ese lugar que describen o que conocen el tema del que hablan. Arisa, en ese primer capítulo, solamente se paraba a describir cosas que sabías que más tarde tendrían importancia. Esto era lo que iba a decir, que Arisa escribía correctamente y no se andaba por las ramas. Bueno, diría esto, pero utilizando palabras adecuadas para la ocasión. Al menos el primer día del seminario iba a pasarlo dando el pego, no estaba mal.
Como me quedaban un par de horas libres hasta la sesión de la tarde, decidí darme un paseo por los alrededores. Al salir de la casa vi que detrás de esta había un pequeño montículo coronado por un cedro. Decidí subir al montículo porque estaba seguro de que la vista desde aquel lugar sería preciosa. Desde allí se podía comprobar que los mapas tenían razón y que el Cayuga era un lago de forma alargada, como si en realidad se tratase de un río muy ancho que no iba a desembocar a ninguna parte. Las orillas del lago estaban cubiertas por muchos árboles, agrupados en pequeños bosques. La vista era preciosa, simplemente preciosa, y tenía pensado volver a subir allí horas después para contemplar el atardecer y describírselo a mi padre en cuanto regresase a casa. Cuando me disponía a bajar, vi dos cosas que me llamaron la atención. La primera era Arisa, caminando decidida hacia el lago con un biquini naranja y una toalla a juego. Estaba claro que la chica era previsora, por supuesto mucho más que yo que ni siquiera me había llevado bañador. Me quedé un par de minutos contemplando las evoluciones de Arisa en el lago y decidí que al bajar me acercaría a ver a la japonesa nadadora de cerca. A lo mejor me parecía tan encantadora en biquini como en pijama. La otra cosa que me llamó la atención antes de descender del montículo fue una lápida que había colocada a un par de metros del tronco del cedro y enfocada hacia el lago. Era una tumba, la de Helen Shine, la mujer del señor Shine. Había muerto veinte años atrás, cuando ella tendría unos treinta. Pese a no conocerla me dio pena que hubiera muerto tan joven, y pensé que debió de ser una persona muy sensible y romántica, pues había decidido que la enterrasen allí arriba, un lugar que podría considerarse un reflejo del ciclo en la tierra. Me di cuenta en ese momento de que en El juramento tenía mucha importancia la tumba de otra joven Helen, ya que era sobre la que lord Byron juraba destruir al malvado vampiro. Seguramente al leer mi relato, el señor Shine pensó en su difunta esposa y eso debió le entristecerle un poco. Supongo que cuando hablásemos de El juramento en el seminario, comprobaría si eso fue así, porque no cabe duda que cuando hablas de algo que te afecta interiormente no puedes disimularlo de ninguna de las maneras. Aunque no quieras, aunque luches para que no sea así, tu rostro y tu tono de voz cambian. Es inevitable. A mi padre siempre le pasaba cuando hablaba de mi madre, aunque fuera para decir que ella compraba dos latas de guisantes en vez de una por si acaso se presentaba gente a comer sin avisar con antelación. Siempre que mi padre tenía que decir algo sobre mi madre, hacía una pausa breve antes de nombrarla. En esa pausa supongo que se mezclaban muchos sentimientos, pero como mí padre y yo éramos cobardes por naturaleza, nunca hablamos sobre dichos sentimientos.
Cuando bajé del montículo, Arisa ya había salido del agua y estaba tomando el sol. Creí que diría alguna maldad feminista al verme aparecer por allí, pero no lo hizo. Al parecer la chica se transformaba cuando se ponía biquini.

—El agua estaba genial, Abel. Has de probarla.

—No me he traído bañador.

—No te preocupes, esta tarde le podemos decir al señor Shine que nos acerque a lthaca y te compras un par.

—¿Quieres aprovechar estos días para ponerte morena?

—¿Morena? No, no tomo el sol para eso, solamente me estoy secando. Mi piel es muy blanca y es imposible tostarla. Por cierto, Abel, ¿has leído ya algo de mi novela?

—Sí, ya me he acabado el primer capítulo. Me quedan unos cuantos por delante y casi cuatrocientas páginas...

—Ya, me pasé un poco. Era el trabajo final de un curso de novela histórica y pedían un mínimo de cien páginas. Me animé o no supe concretar y al final me quedó eso tan largo. ¿Qué te ha perecido lo que has leído?

—No soy un experto, pero me ha parecido que estaba muy bien escrito.

—Gracias, pero...

—¿Pero?

—Es qué estoy segura de que te has dado cuenta de que se trata de una copia retocada de la abadía de El nombre de la rosa de Umberto Eco, ¿verdad?
No supe qué contestar, ya que no tenía ni idea de qué era eso de El nombre de la rosa ni de quién era el tal Eco. Arisa creyó que mi silencio no era fruto de mi ignorancia, sino una manera de afirmación ante algo muy evidente.

—Es que nunca he visitado una abadía y era importante dar la sensación de que sabía de lo que estaba hablando.

—Pues te juro, Arisa, que yo no me he dado cuenta de eso. Además, seguro que el señor Berto también sacó su abadía de alguna parte.

—Me sabe mal porqué es como jugar sucio no sé si entiendes lo que quiero decir. A lo mejor nadie se da cuenta, pero si no lo hacen de todas formas me sentiré mal. Además, tu relato sí es una obra original que vale la pena.

Como la vi algo alicaída, estuve a punto de decirle la verdad, que lo mío sí era una copia, además hecha con alevosía y nocturnidad, pero preferí no hacerlo porque aún no conocía muy bien a Arisa y no sabía cómo iba a reaccionar. Lo único que tenía claro es que era una persona que variaba su manera de ser dependiendo de la situación y de lo que llevara puesto. Daba la sensación de ser una bruja pedante e implacable cuando iba vestida de seminarista literaria y que se tomaba aquel tema como una competición en la que tenía que ganar por todos los medios, pero sin ese traje de estudiante de Harvard, parecía una persona sensible y vulnerable. No solamente en lo que decía, sino también físicamente. Por eso decidí no decirle entonces la verdad, ya que a lo mejor era comprensiva al borde del lago, pero luego podía transformarse en una zorra maliciosa en el despacho de Shine. Allí, en biquini y secándose al sol, daban ganas de abrazarla y decirle ternuras, pero con más ropa y dentro de la casa, daban ganas de amordazarla y enterrarla en el sótano.

—Querría pedirte un favor, Abel —continuó Arisa—, y es que si el señor Shine no se ha dado cuenta tampoco de lo la abadía, tú no saques el tema.

—Tranquila, no lo haré —dije yo—. Además, no tengo ninguna razón para hacerlo.

Esa petición de Arisa reafirmaba lo que yo pensaba, que ella se había tornado el tema del seminario como una especie de competición cuyo trofeo era un contrato con Circle Books. Luego descubriría que no era así. Quizá el hecho de que estuviéramos los dos solos en el seminario la había hecho relajarse un poco y con aquella petición quería tantearme, saber si yo había viajado hasta Ithaca con su mismo espíritu competitivo. Supongo que esa misma tarde se dio cuenta de que no era así, pues en el comentario que hice del primer capítulo de su novela, no dije nada sobre lo que ella me había contado. Me limité a decir que me parecía que sabía describir muy bien, que utilizaba un lenguaje directo y que eso hacía que la lectura fuera amena e invitase a seguir leyendo. Arisa dijo algo similar sobre El juramento, aunque utilizando unas palabras técnicas que yo desconocía y que al parecer el señor Shine consideró muy acertadas. No fue muy emocionante que digamos el primer día de seminario, pero al menos lo había superado sin muchos problemas y, además, parecía que Arisa se había convertido en una compañera de verdad y ya no era la pedante sabihonda e impertinente esnob de Harvard que había conocido en Syracuse.

Al acabar la sesión de la tarde, Arisa preguntó al señor Shine si nos podía acercar a Ithaca a hacer unas compras y este le contestó que esa tarde no podía ser, ya que tenía que ir a buscar a su hijo a un lugar llamado Bringhamton. El bañador o los bañadores deberían esperar una mejor ocasión. Arisa me dijo que ya que no íbamos a ir de compras aquella tarde, iba a dedicarse a leer alguno de los libros que había traído consigo de Boston. Yo hice lo mismo, también me fui a la habitación a leer, en mi caso el libro de Arisa. Me leí el segundo capítulo, en el que llegaba a la abadía un enfermo que en apariencia tenía la peste. Estuve a punto de empezar el tercero, pero cuando iba a hacerlo, me di cuenta de que la luz que entraba por la ventana había bajado mucho de intensidad, cosa que quería decir que estaba a punto de empezar el espectáculo del atardecer en el Cayuga. Salí de la habitación y me asomé a la de Arisa, quien estaba tumbada en la cama, boca abajo y con las piernas levantadas formando un ángulo recto, leyendo alguna cosa seguro que infumable.

—¿Quieres venir conmigo a ver algo que vale mucho la pena? —le pregunté.

—No sé, no me fío. Los chicos tenéis una apreciación muy extraña de las cosas, y eso de que vale mucho la pena puede ser algún bicho muerto con las vísceras al aire y cubierto de gusanos apestosos.

—Te juro que es otra cosa, Arisa.

Tras decirle eso, no le di tiempo a que me contestara, me acerqué a la cama y extendí mi mano para ayudarla a levantarse como gesto de una invitación que ella aceptó enseguida. Un par de minutos después estábamos en la cima del montículo en el que estaba enterrada Helen Shine, apreciando la grandeza de la sencillez de la naturaleza. Quizá porque nada más llegar al montículo se dio cuenta de que era el lugar en el que yacía la mujer de Shine, quizá porque se levantó una brisa algo fresca, quizá porque un atardecer como aquel debía contemplarse abrazado a alguien, Arisa me rodeó la cintura con sus brazos y apoyó su cabeza en mi hombro.

—Sí, tenías razón, Abel, esto vale mucho la pena.

Fin del capítulo





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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:23 pm

creo que ya me toca XDD

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:31 pm

Ranguitos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:33 pm

subo o no subo?? mmmmmm

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:33 pm

jeje si, sube por el atraso que hemos tenido ^^

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:35 pm

Bueno, chicas, aquí está la relación de capítulos. Lo pondré cada poco para que todas sepamos el orden de subida. Ha habido un cambio. El capítulo 5 de la cuarta parte lo transcribe Ross. No me lo ha confirmado, pero espero que no le importe hacerlo.

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing

3. El Año del Dragón Zoe

4. El dos de diamantes Tibari

5. Están entre nosotros Annabel Lee

6. La tumba de Helen Virtxu


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma

2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:37 pm

si, lo hare no hay problemas.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:37 pm

Capítulo 2
Gabriel Shine

transcrito por shuk hing

Conocimos a Gabriel a la mañana siguiente, durante el desayuno. Arisa y yo pensamos que el señor Shine y su hijo llegarían a tiempo para que cenásemos los cuatro juntos, pero no solo no regresaron a la hora de cenar, sino que pasada la medianoche aún no habían aparecido, así que nos fuimos a dormir. La primera impresión que me llevé de Gabriel era que se trataba de un chico tímido que por alguna razón no acababa de llevarse bien con su padre. Tuve esta impresión porque durante aquel desayuno Gabriel ni siquiera abrió la boca y su padre no se dirigió a él en ningún momento. Quizá fuese porque el día anterior padre e hijo habían discutido por algún motivo, pero la sensación de que entre ambos existía un conflicto de algún tipo estuvo presente encima de la mesa de la cocina de los Shine aquella mañana. Al mediodía, volvió a repetirse la escena del silencio de Gabriel y el desdén de su padre. Arisa y yo nos pasamos toda la comida mirándonos, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. Era una situación que nos violentaba mucho a ambos porque, a fin de cuentas, fuera de las horas del seminario no éramos más que dos invitados en aquella casa y no podíamos inmiscuirnos de ninguna de las maneras. No podíamos saltarnos a nuestro anfitrión e intentar entablar una conversación con Gabriel. De todas maneras, era cierto que él tampoco estaba muy interesado en hablar con nosotros; podría haberlo hecho perfectamente de haberlo querido. En la cena no se repitió lo ocurrido en el desayuno y en la comida, porque Gabriel se quedó en su cuarto y no bajó a cenar.
El mal ambiente creado en ese primer día con Gabriel afectó también al seminario. Arisa estuvo a un paso de irse al día siguiente porque el señor Shine se dirigió a ella de malas maneras en una discusión que tuvieron en la sesión matinal; después de un desayuno en el que tampoco apareció Gabriel. En principio ese día íbamos a hablar de los diferentes tipos de narradores en los relatos de ficción, pero en vez de eso, el señor Shine empezó la sesión preguntándonos si creíamos en la existencia real de los vampiros.
—¿Lo está preguntando en serio? —preguntó Arisa entre risas.
—Sí, muy en serio, Arisa —contestó el señor Shine.
—No sé cómo puede usted preguntarnos eso —dijo Arisa—. Claro que no creemos que existan realmente. ¿Verdad, Abel?
—Pues no, son unos bichos para asustar a la gente en las películas, nada más —dije yo.
—Entonces ¿por qué habéis escrito sobre ellos? —preguntó el señor Shine.
—No sé, tal vez porque son unos personajes literarios clásicos que puedes utilizar para darle a tu relato un tono fantástico, supongo —contestó Arisa.
—Yo escribí eso del vampiro porque lo había hecho lord
Byron, lo tenía mano, por así decirlo. No fue por otra razón —añadí yo, casi delatando mi proyecto de plagio.
—Pues para tenerles en tan baja consideración, habéis hecho unos relatos muy verosímiles y quiero saber por qué —dijo el señor Shine con cierto tono autoritario.
—Perdone, ¿esto es una especie de interrogatorio? —preguntó Arisa.
—No, pero me interesaría conocer de dónde habéis sacado la idea de vuestros relatos —siguió el señor Shine.
—Me estoy perdiendo, perdone usted —dijo Arisa—. Primero nos pregunta si creemos en los vampiros y da la sensación de que no se cree que pensemos que no existen, y ahora quiere que le digamos de dónde hemos sacado nuestras ideas. ¡Esto es una estupidez sin sentido!
—Yo jamás digo estupideces —dijo el señor Shine visiblemente alterado—, eso es propio de niñatas extranjeras que se creen no se sabe muy bien qué.
Arisa se quedó con la boca abierta, me miró un instante, cerró los ojos y permaneció unos segundos inmóvil. Una lágrima empezó a deslizarse por debajo de su párpado derecho y en ese momento tragó saliva, se levantó de la silla y salió corriendo de aquella habitación. Yo me levanté para ir tras ella, pero al hacerlo el señor Shine me cogió de la muñeca y me dijo que si me iba tras ella sería para acompañarla a hacer las maletas porque nos echaría de su casa. Para él aquello no era más que una rabieta femenina y no había que darle más importancia. Estuve unos segundos dudando qué hacer. Sí me iba y el señor Shine cumplía su amenaza, a mí personalmente no me afectaba, pero estaba claro que a Arisa le interesaba mucho seguir en aquel seminario. Por esa razón decidí quedarme y terminar lo antes posible aquella sesión matinal para ir a ver a Arisa. Al sentarme de nuevo, el señor Shine volvió con el tema de si yo creía en los vampiros y de dónde había sacado la idea de mi relato. La verdad es que ya no sabía muy bien qué contestar porque, como había dicho Arisa, parecía que el señor Shine pensaba que yo creía que los vampiros existían de verdad y que ese relato había sido una muestra de ello. Era evidente que ese hombre no estaba muy bien de la cabeza.
—No creo que existan los vampiros —empecé diciendo—, incluso creo que son ridículos.
—¿Por qué dices que son ridículos?
—Pues porque son unos seres un poco estúpidos. Son muertos vivientes que pudiendo utilizar sus poderes para enriquecerse o lograr lo que quieran se dedican solamente a morder por ahí sin mucho sentido. Luego está eso de que duerman en ataúdes. Drácula vive en un castillo inmenso y en vez de dormir en una de esas grandes camas con esa cosa que cubre la parte de arriba...
—Con dosel —señaló el señor Shine.
—¿Dosel? Bueno, pues en vez de dormir en una de esas camas con dosel, en la mejor habitación del castillo, el tipo lo hace en un ataúd en el sótano, con todas las ratas y la humedad que debe de haber allí. Además, es un tipo que no se lava nunca y siempre va con el mismo traje. Vale que está muerto, pero tiene que apestar solo por la mugre de más de tres siglos que debe de llevar adherida por todo el cuerpo. Ya ni me imagino cómo debe de tener los calzoncillos, si es que lleva calzoncillos, claro. Eso sí, la calidad de la tela de la ropa que lleva debe de ser espectacular. Aparte de no lavarse, tampoco aparece peinándose, y cuando se levanta del ataúd siempre lleva el pelo como si acabase de salir de una peluquería. Es que incluso eso de levantarse del ataúd que le acabo de comentar lo hace de manera ridicula, como si tuviese un muelle que se activa cuando se pone el sol. Solamente hace falta que le añadan un «poinnng» cuando se levanta y es para morirse de la risa.
—Así que todo lo que tiene que ver con Drácula te parece una tontería.
—Hombre, todo no. Me parece correcto que pueda caminar por las paredes y el techo, como Spider-Man. Eso está bien, tiene su utilidad. Lo que no me parece tan creíble, para ser tan poderoso, es que se transforme en murciélago, en rata o en animales de ese tipo. No sé, ya que se puede transformar en cualquier bicho, lo suyo sería transformarse en dinosaurio o en una especie de King Kong. Es que lo del murciélago es de risa. Dicen que Ozzy Osborne le arrancó la cabeza a uno de un mordisco.
—¿A qué le arrancó la cabeza de un mordisco?
—A un murciélago, eso dicen. No sé si es una leyenda urbana, pero es algo que sabe todo el mundo. Así que si Ozzy, que no sé si usted lo ha visto por la tele en la serie esa que hacía con su familia, le arrancó de un mordisco la cabeza a un murciélago, pues creo que no es un animal a tener muy en cuenta. Es un bicho que da pena. Un dinosaurio es otra cosa, sobre todo si es uno de esos que van sobre dos patas y se comen a atros dinosaurios más pequeños.
—Y el resto de los vampiros ¿te parecen creíbles?
—¿El resto?
—Sí, vampiros creados por otros autores.
—No son tan ridículos como Drácula, pero son igual de tontos. Es que la mayoría de los vampiros parecen zombis en realidad. Lo que pasa es que en vez de comer cerebros, chupan sangre. Además, eso de chupar sangre, con los tiempos que corren, no es muy saludable que digamos. Cualquiera te puede pegar una enfermedad mortal. Claro que supongo que a un vampiro, como ya está muerto, le debe dar igual contagiarse de algo que le pueda matar.
—Pero aparte de Drácula y esos que dices que son como zombis, ¿conoces a otros vampiros?
—Bueno, vi una película de Eddie Murphy que se llamaba Blade, que aunque era de Eddie Murphy no era graciosa, sino de vampiros. No recuerdo muy bien de qué iba. Creo que Eddie Murphy mataba a unos cuantos, pero ya le digo que no me acuerdo muy bien. Es que no soy muy aficionado al género, y siempre que he ido al cine ha sido con la que era mi novia
y a ella no le gustaban las historias de miedo y sustos, como a todas las mujeres. Bueno, como a todas las mujeres a excepción de Mary Shelley, claro está. Aunque, ahora que recuerdo, sí fuimos a ver una película de vampiros una vez, pero era una reposición que dieron un día en el cine de mi pueblo en una sesión doble. Es que ponían una de estreno y luego otra que no lo era. Al final el cine cerró...
—¿Puedes centrarte en la película, por favor? —Una pena, porque era un cine con encanto.
—Por favor, la película.
—¿Qué película?
—Esa de vampiros que fuiste a ver con tu chica. ¿Cómo se titulaba?
—Creo que se titulaba Preguntando al vampiro.
—Entrevista con el vampiro.
—Sí, eso, sí, Entrevista con el vampiro. Una mierda. Salían Tom Cruise, Brad Pitt y el mexicano ese que está casado con... Con alguien que ahora no recuerdo. Pepe Gonsales o algo así, un tío que hizo la de La máscara del zorro.
—Antonio Banderas.
—No, era La máscara del zorro, con la maciza de la Catherine Zeta-Jones.
—No, digo que el actor se llama Antonio Banderas, no Pepe Gonsales. Ah, y no es de México, sino de España.
—De México o de España, qué más da. Bueno, que la película esa era una mierda. Imagínese que hasta le gustó a Mary que ya le digo que aborrece ese tipo de películas. Mary era mi novia. Dijo que era una película muy sensible. No sé dónde se supone que una película tiene la sensibilidad, pero es lo que me dijo. A mí me pareció muy ñoña. Eran vampiros muy finolis y Brad Pitt, que era al vampiro que entrevistan en la película, estaba todo el tiempo comiéndose el tarro por si tenía que morder o no a la gente. «Es que eso de morder está mal visto. Es que si muerdes a alguien luego se muere y eso está mal. Voy a morder a esta chica, pero solo un poquito», todo el rato así. Claro que el tío era de Nueva Orleans y a lo mejor eso influía. Un vampiro de un sitio lleno de pantanos y en el que hacen un carnaval no es muy creíble. Tampoco crea que un vampiro de Tennessee sería para tenerlo en cuenta. Nueva York es otra cosa, como aquí ustedes tienen de todo, pues tendría más sentido. Por eso la película de la entrevista no es muy recomendable. Un vampiro de Luisiana y otro de México, no puede ser, no puede ser. Además ni siquiera salían chicas guapas, todo tíos. Salían algunas, pero a los treinta segundos morían, un desperdicio. La única chica que salía rato era Kirsten Dunst, pero de niña. Eso sí, era igualita a como es ahora, pero más bajita. Parecía un Mini-Yo. Bueno, una Mini-Ella. Creo que era una película para mujeres, por eso le gustó a Mary. Si hubiese sido para hombres, no sé, en vez de Brad Pitt habrían puesto a la Zeta-Jones. Es que me ha venido a la cabeza antes al hablar de Gonsales y es la primera en la que he pensado. No sé, mi favorita es Connie Nielsen, pero sí, creo que la Zeta-Jones le habría dado otra dimensión a la película. Sería incluso creíble que una mujer vampiro tuviese remordimientos o que le diera asco morder a según quién. Yo me dejaría morder por ella tranquilamente. Una vez tuve una discusión con Mary porque ella es muy fan de Renée Zellweger y le sentó mal que la otra ganara el Osear por Chicago. Por cierto, otro bodrio de película sin guión...
—Abel, céntrate en el tema, por favor.
—Que me centre en el tema. De acuerdo. La verdad es que no tengo nada más que decir al respecto.
—¿Y qué consideras de las novelas de Stephanie Meyers?
—Pues, bueno, sé que tiene muchos seguidores, pero a mí Harry Potter no me acaba de convencer. No es porque sea inglés...
—No, Stephanie Meyers es la autora de Crepúsculo y sus secuelas. Supongo que habrás leído alguna de sus novelas, ya que están teniendo mucho éxito. ¿Qué te parecen sus vampiros? ¿Te parecen también poco creíbles?
Aquí tuve que meditar mi respuesta, ya que no sabía quién era Stephanie Mayer ni lo que era eso de Crepúsculo, aunque deduje enseguida que tenía algo que ver con los vampiros. El problema era que no podía dar mi opinión sobre algo que no había leído, ni tenía intención de leer, así que se me ocurrió contestar sin decir nada.
—Esos vampiros creo que tienen aspectos vampíricos muy crepusculares. Todos ellos parece que viven en el crepúsculo. Más o menos.
—Es una curiosa reflexión, Abel —dijo el señor Shine, aceptando, al parecer, la tontería que acababa de decir—. Así que, en resumen, consideras que los vampiros, por norma general, son una especie de zombis que hacen cosas sin sentido y no aprovechan sus poderes.
—Sí, y que son de lugares poco creíbles como Nueva Orleans o México.
—Y el vampiro de tu relato, August Devrall, ¿es también un zombi estúpido?
—No, es malo y le gusta beber sangre, pero es inteligente. Tampoco tiene ningún superpoder, aparte de estar vivo cuando debería estar muerto y enterrado. Además aprovecha que es el dueño de la revista aquella para boicotear el plan de Byron de desenmascararle con su relato.
—Si leyeses una historia como El juramento, ¿pensarías que el vampiro puede ser un personaje aparentemente real?
—Supongo que sí.
—Sí, yo también, ese es tu problema.
—¿Mi problema?
—No, perdón, quería decir que eso es la cualidad más destacable de tu narración, que es creíble. ¿Cómo se te ocurrió la idea?
—No sé, supongo que pensé que si yo fuera un vampiro intentaría que la gente no creyese en mi existencia y así poder hacer mis maldades sin que nadie me importunara.
Me di cuenta de que el señor Shine había transcrito literalmente lo último que había dicho y que después de hacerlo, había subrayado «que la gente no creyese en mi existencia». En aquel momento pensé que eran imaginaciones mías, pero todo lo que estaba ocurriendo en aquella casa empezaba a parecerme muy extraño. La reacción del señor Shine ante el comentario de Arisa me pareció fuera de lugar. Ella tenía razón, aquello tenía pinta de interrogatorio. Supongo que el señor Shine lo que quería era saber si ella y yo habíamos copiado el relato de algún sitio. A lo mejor el comienzo del libro de Arisa era demasiado parecido a la cosa aquella de las rosas con eco, y él se había enfadado y la había presionado para que lo confesase, pero las maneras no me gustaron en absoluto. En cuento a mí, me pareció muy raro que dijese que era mi problema que mi vampiro fuera creíble, ya que eso concretamente no lo copié de ningún sitio. ¿Por qué era mi problema? Todo era muy raro.
Después de soltarle aquella especie de discurso sobre mis impresiones sobre los vampiros, el señor Shine dio por finalizada la sesión del seminario del día, suprimiendo la de la tarde. Nada más salir de su despacho, subí corriendo para ver cómo se encontraba Arisa. La pobre estaba tumbada en su cama llorando. Me dio mucha pena. Es extraño cómo, en solo tres días, puedes pasar de odiar a una persona a que te duela algo dentro al verla llorar. Me senté con cuidado en su cama y le acaricié el hombro. Cuando ella sintió mi mano, se dio la vuelta y me abrazó, apoyando su cabeza contra mi pecho sin parar de llorar. Supongo que para ver atardeceres las mujeres apoyan la cabeza en los hombros de los hombres, pero para 11orar desconsoladamente prefieren el pecho.
—Me voy, Abel, no quiero seguir con esto —me dijo Arisa, secándose los ojos en mi camiseta.
—¿Por la tontería esa del señor Shine y sus vampiros? —No es por eso solamente, es que estoy viviendo una mala racha y todo me sale mal. Me rindo. Estoy cansada de todo. —Vamos, mujer, ya verás como todo va a salir bien. —Necesitaba este seminario para seguir estudiando y poder quedarme en América, pero no vale la pena sentirse mal. No vale la pena. El señor Shine tiene razón, soy una extranjera y los extranjeros o se vuelven a su tierra o los acaban echando. —Pero tú llevas aquí mil años o más. ¿No tienes la ciudadanía?
—No, mi padre no me dejó cuando dije que la iba a pedir porque consideraba que era traicionar a Japón. Es que mi padre es un personaje poco recomendable, muy reaccionario y con unas ideas que no sé de dónde las ha sacado. Podía haberlo hecho a sus espaldas, pero tuve miedo de que se enfadara. Es otro mundo, Abel, no lo puedo explicar, es otro mundo.
—Lo que no entiendo es por qué necesitas este seminario para seguir aquí.
—Es porque cuando conseguí que me aceptasen en Harvard, en la facultad de historia, mi padre apartó un dinero para mis estudios, incluyendo el doctorado que es lo que quiero empezar este año. Lo que pasa es que mi hermano Kazuo montó un negocio ruinoso en Japón, algo de inversiones bursátiles, y le pidió dinero a mi padre y él le dio el de mis estudios. Yo protesté porque a mi hermano le había pagado los estudios, pero mi padre consideró que Kazuo era su prioridad. Bueno, consideró que el primogénito es el que realmente importa. Ya este año me pagué el curso con todo lo que tenía ahorrado, no me queda ni un centavo.
—Bueno, tienes los mil doscientos dólares de Circle Books.
—¿Mil doscientos dólares? ¿Te han dado mil doscientos dólares? A mí no me han dado nada, te lo juro. A lo mejor se piensan que soy rica o no me los han dado por ser extranjera.
—Lo siento, Arisa.
—No, da igual, yo no estoy aquí por el dinero, sino porque necesito un certificado de asistencia para justificar una beca amañada que me quieren dar. Les expliqué lo ocurrido a varios profesores y, con este seminario y un trabajo, me concederán esa beca y podré continuar estudiando al menos un año más. Si no consigo la beca, tendré que buscar trabajo para seguir aquí, pero mi padre dice que para trabajar que me vuelva a Japón, con Kazuo.
—Tu padre es un capullo, con perdón.
—Y sin perdón también lo es.
—Entonces, quédate y acaba esto.
—Es que estoy muy cansada y muy triste...
Arisa se puso a llorar de nuevo. Intentaba seguir hablando, pero no podía. Decía una palabra y cuando quería decir la siguiente, se ponía a berrear y no se le entendía nada. Le dije que intentara dormir un poco y que al despertar quizá viera las cosas de otro modo. Le prometí que si ella se iba, yo me iría con ella, pero que lo mejor era que nos quedásemos los dos, que consiguiera ese certificado que quería y que disfrutásemos de lo posible del lago Cayuga y sus alrededores. Me dijo que me haría caso y que intentaría dormir un poco, y quedé con ella en que iría a su habitación a la hora de comer y comeríamos los dos solos, sin el ogro de Shine, sus vampiros y sus otras memeces.
Tal como le había dicho a Arisa, a la hora de comer volví a su habitación. Le dije al señor Shine que era mejor que no nos sentáramos los tres juntos a comer porque Arisa no se sentía bien y yo estaba algo enfadado. Lo mejor era que ese día pasara y nos tranquilizáramos todos un poco. El señor Shine intentó disculparse por lo que había pasado en su despacho, pero yo ni siquiera me molesté en escucharle. Cogí una bandeja, puse en ella un par de platos, dos vasos, cubiertos y pan, y después de que el señor Shine se sirviese una ración de los macarrones a la boloñesa que había preparado él mismo, me llevé la fuente en la que estaba la pasta y salí de la cocina. Antes de empezase a subir la escalera, el señor Shine añadió a mi bandeja un trozo de queso y una botella de vino que dijo que era un tinto excelente. Al entrar en la habitación vi que Arisa estaba durmiendo plácidamente. Dejé la bandeja en el suelo y me acerqué con cuidado a ella, con la intención de despertarla sin brusquedad. Cuando estaba a punto de ponerle mi mano sobre el hombro, una voz me ordenó que me detuviera. Me volví y detrás de la puerta estaba Gabriel Shine, sentado en una silla y con un gran bloc de dibujo en las manos. Me acerqué a él y me fijé en lo que estaba dibujando. Estaba haciendo un retrato, una reproducción fiel a carboncillo del sueño de Arisa.
—Es preciosa, ¿verdad? —dijo Gabriel mientras seguía dibujando a mi querida japonesa.
En el dibujo, como en la realidad, Arisa estaba tumbada boca abajo. Sus pies estaban completamente desnudos y sus tejanos ajustados hasta llegar a la cintura, donde se veía claramente que se había desabrochado el botón y quizá se había bajado un poco la bragueta para estar más cómoda, pues esa parte del pantalón estaba bastante separada del cuerpo, permitiendo que se pudiera ver el elástico de su tanga rosa. También era rosa la camiseta de tirante que llevaba, pero en el dibujo daba igual porque aparecía del mismo color del papel en el que estaba dibujando Gabriel. Arisa tenía el brazo izquierdo colgando de la cama y las puntas de sus dedos rozaban el suelo. No se le podía ver la cara porque tenía la cabeza apoyada de tal manera en la almohada que su pequeña melena la tapaba casi por completo, dejando ver solamente su barbilla y parte de sus labios. Era un dibujo muy realista, casi una fotografía de lo que los ojos de Gabriel, y en ese momento también los míos, estaban viendo. Gabriel solamente se había permitido un par de licencias artísticas. Una consistía en no haber plasmado en el papel el hilo de baba que salía de la boca de Arisa para aterrizar en la almohada. La otra licencia era añadir al dibujo algo que no se hallaba en la habitación, una rosa roja. Gabriel la dibujó en el suelo, al lado de la cama, como si Arisa hubiera intentado alcanzarla con el brazo y se hubiera quedado dormida, agotada por el esfuerzo de atrapar una flor inexistente. Sabía que la rosa era roja porque Gabriel la había pintado así, utilizando una cera para ello y siendo ese rojo casi púrpura el único color que aparecía en el dibujo.
Cuando Gabriel acabó de dibujar, se levantó y dejó su obra junto a la cama, en el mismo lugar en el que había dibujado la rosa inexistente. Después de dejar el dibujo, gesticulando me hizo entender que cogiera la bandeja y que nos fuésemos de la habitación. Ya en el pasillo, señaló la escalera que comunicaba aquel piso con su buhardilla e hizo el gesto universal de comer en su versión larga: agitar la mano con los dedos juntos delante de la boca y tocarse la barriga haciendo círculos. Seguí a Gabriel hasta su habitación y al abrir la puerta vi sorprendido que todas las paredes estaban cubiertas de dibujos. Nos sentamos en la cama y empecé a mirar con detenimiento aquella pequeña galería de arte humilde. Me di cuenta enseguida de que los dibujos estaban agrupados por temas, cuatro diferentes, ocupando cada uno de ellos una pared. La de la ventana estaba cubierta de acuarelas que representaban diferentes paisajes, hechos al parecer desde aquella misma ventana o desde el montículo del cedro gigante y la tumba de Helen Shine. En la pared de la puerta de la habitación, que era la contraria a la de la ventana, había dibujos a carboncillo de personas y de algún lugar que parecía un hospital. En la pared de la cabecera de la cama de Gabriel colgaban unos extraños dibujos que parecían no representar nada en concreto. Eran dibujos hechos con rotuladores de colores en los que aparecían, combinándolas de diferentes formas, las tres mismas cosas: un dragón, un naipe con el dos de diamantes y una especie de gruesa T mayúscula incrustada en un círculo. La cuarta pared estaba llena de retratos de varios tamaños de una mujer delgada y morena en diferentes poses. Estos dibujos se parecían al que Gabriel había hecho de Arisa porque eran a carboncillo, pero con un pequeño toque de color: el verde de unos ojos, el azul de una cinta para el pelo, el amarillo de un anillo, etcétera.
Gabriel cogió la botella de vino, leyó la etiqueta y me dijo que era un vino de una bodega cercana.
—Es un buen vino, pero no puedo beber —dijo mientras hundía el sacacorchos en el tapón de la botella—. Una lástima.
—Pues yo no bebo casi nunca —le dije—, solamente en alguna celebración especial y un culín como mucho.
—Eres un chico sano y legal, ¿no? Pues vale, lo dejamos para una ocasión especial.
—¿Tú por qué no puedes beber? —le pregunté, viendo que en el fondo le daba pena no poder probar aquel vino.
—¿Yo? Por la medicación que tomo. No es conveniente que la mezcle con alcohol.
—¿Estás enfermo? —Y al preguntar eso, me di cuenta de que seguramente sí lo estaba y eso explicaba los dibujos de lo que parecía un hospital.
—Estoy mal de la sesera. Al menos eso dicen todos. Yo me siento bien, pero siempre me he sentido bien. Lo que ocurre es que sentirse bien no es suficiente en según qué casos.
—¿Qué es lo que padeces?
—Esquizofrenia, pero no muy grave al parecer.
—Ah, como la madre del tío de Psicosis.
—No, la madre del tío de Psicosis no estaba enferma, estaba muerta y disecada.
—Entonces como el tío de Psicosis.
—Yo no me acuerdo muy bien de la película, solamente recuerdo que la madre estaba disecada en el sótano y que el tipo mataba a una chica en la ducha vestido con la ropa de su madre, pero no sé qué enfermedad padecía. Psicosis hay de muchos tipos y yo no soy un experto.
—¿Y lo que te pasa a ti es peligroso?
—¿Para quién? ¿Para ti o para mí?
—En general.
—Depende de la gravedad de la enfermedad. Hay tipos que se imaginan que están siendo perseguidos o que todo el mundo que los rodea quiere matarlos. No sé, prefiero no hablar de ello, si no te importa.
—Pero tú te sientes bien, ¿no?
—Muy bien, ahora. Mañana no sé.
—No entiendo cómo puedes estar enfermo y dibujar tan bien.
—Empecé a dibujar cuando me internaron la primera vez. —Y señaló los dibujos de la pared de la puerta—. Era como una especie de terapia. La doctora Phillips, una de las que me trata, no tiene muy claro que sea esquizofrénico por mis dibujos, porque son realistas casi todos, pero por otro lado se ve que tengo otros síntomas que dicen lo contrario, que estoy más para allá que para aquí.
—La doctora Phillips es aquella mujer —le pregunté, señalándole los dibujos que teníamos en la pared de enfrente.
—No, esa mujer es mi madre. Son retratos copiados de fotos e imágenes mentales que de vez en cuando afloran y me la devuelven por un instante.
—Era muy guapa.
—Sí, lo era. No sé cómo se pudo casar con un tío tan feo como mi padre, pero ya dicen que el amor es ciego. Bueno, ciego y sordo.
—Y estos dibujos que tienes colgados encima de la cama ¿de qué son?
—¿Estos? Son de mis sueños. Mejor dicho, son de mis pesadillas. Siempre sale un dragón, el círculo ese y el naipe.
—¿Y qué significan?
—No tengo ni la más remota idea. Me obsesionan porque tengo la sensación de que ocultan algo que debería saber y no sé. Es que también tengo lagunas en la memoria, que dicen que es otro síntoma. La verdad es que la esquizofrenia tiene mil síntomas, y si nos ponemos a hilar fino, todo el mundo padece un par de ellos. Lo que ocurre es que una vez que tienes alucinaciones, la cosa cambia y los síntomas leves se unen a ello y lo agrava todo.., ¿Ves? No quería hablar del tema y al final aquí estoy, soltándote un rollo.
—Lo siento.
—No, hombre, no te preocupes. También es bueno hablar, lo que ocurre es que me paso hablando del tema todos los días con la gente que me trata y cansa un poco.
—¿Y tu padre qué piensa de todo esto?
—Mi padre no lo lleva muy bien, la verdad. Le compadezco. Murió su mujer y su hijo es un tipo raro. Siempre que vengo aquí estamos como ahora, casi sin hablarnos. Más que nada porque a mí solamente me apetece estar encerrado y él tampoco hace nada para que sea diferente. Luego es como si me adaptase y la cosa cambia, y disfruto de estar con él y pintar. A veces parece que todo se va a arreglar, pero al final siempre ocurre algo que lo fastidia. Tengo algún tipo de alucinación o pienso que han pasado cosas que no han ocurrido realmente, como que ha venido alguien a cenar, y no es cierto, o que he rellenado un bloc con dibujos, y cuando voy a buscarlo ya no está porque jamás había existido. Entonces mi padre se pone nervioso, yo me cabreo y me deprimo, y decidimos que lo mejor es volver con los médicos. Así siempre, siempre. Medio año aquí y medio año allí. No tiene fin.
—Debe de ser horrible. —Te acostumbras y siempre hay buenos momentos. Me alegro mucho de que estéis tú y...
—Arisa.
—Pues eso, que estoy contento de que estéis aquí porque mi padre se agobiara menos y yo como ves, tengo alguien con quien hablar. Además Arisa alegra la vista.
—Hoy no mucho.
—Ya sé que mi Padre la ha hecho llorar. Seguramente tenía ganas de gritarme a mí y como no puede hacerlo, le ha tocado a ella, pero ya verás cómo se le pasará pronto el cabreo que lleva y todo volverá a ser normal. Puede que mañana por la mañana se comporte como si nada hubiese pasado. No quiero justificarle, pero entiendo que el pobre no lo debe de estar pasando bien.
Como vi que a medida que hablaba de su enfermedad, pese a intentar quitarle dramatismo e incluso bromear al respecto, Gabriel se iba entristeciendo, decidí cambiar de tema y hacer varios comentarios sobre sus dibujos de paisajes. Le dije que me parecían muy bonitos y para animarle añadí que me gustaría poder dibujar tan bien como él. Gabriel me dijo que dibujar era muy sencillo, que la cuestión era proponérselo y practicar. Me dijo que si no dibujaba bien no era por mi culpa —¡bien por Gabriel!—, sino de mis profesores que no habían sabido ensenarme y se apostó cien pavos a que antes de que me fuera de Ithaca conseguiría hacer de mí un buen dibujante o, al menos, un dibujante decente. Acepté la apuesta, aunque de perderla no tenía pensado soltar ni un centavo, y él me citó en el montículo del cedro aquella misma tarde para recibir mi primera lección.
El sol se estaba ya poniendo cuando subí al montículo. Mi nuevo profesor de dibujo me dio un bloc y unos carboncillos.
Gabriel me pidió que para empezar me limitara a dibujar las lineas básicas del paisaje que veía: las de las orillas del lago, la recta del horizonte, las onduladas de los montes cercanos... Según él, lo primero que tenía que aprender era a convertir un paisaje complejo en cuatro líneas simples que me sirvieran para acotar un espacio. Más adelante debería dividir el paisaje en figuras geométricas y una vez conseguido eso venía lo más difícil, los detalles que era, a fin de cuentas, lo que diferenciaba a un pintor de un tipo que hacía rayajos en una hoja. Cuando acabé lo que me había mandado dibujar se lo enseñé, y él cogió un carboncillo y dibujó por encima de mis líneas otras de mayor tamaño que eran mucho más acordes con las que la naturaleza había dibujado en ese paisaje. Me pidió que volviera a intentarlo y en este segundo intento no corrigió nada de mi dibujo.
—Muy bien. Fin de la primera clase —dijo Gabriel—. Puedes practicar tú solo con este paisaje y con lo que quieras, y mañana o pasado seguiremos. Ya verás cómo esto de dibujar es mucho más fácil de lo que parece.
Gabriel apoyó su espalda en el cedro, suspiró un instante, sacó un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo.
—¿Tú fumas? —me preguntó, ofreciéndome tabaco.
—No, ahora no. Fumé un tiempo, pero no me gustó.
—Ah, eso está bien. Yo no fumo mucho y no sé muy bien por qué lo hago. La verdad es que no sé por qué hago la mayoría de las cosas.
No sé la razón por la que Gabriel me parecía un personaje interesante. Puede que fuera por sus dibujos, sobre todo por los de sus pesadillas, o porque su forma de hablar y comportarse le hacían parecer un tipo misterioso, como si ocultase un importante secreto. Tal vez esa aura de misterio se debiera a la enfermedad que padecía, aunque para mí ese chico no parecía sufrir ningún tipo de trastorno. Claro está que yo de psicología o psiquiatría no tenía ni idea, y a lo mejor todo lo que veía en él eran precisamente síntomas de su enfermedad. Se había mostrado muy abierto conmigo al explicarme que estaba enfermo, pero a mí no podía dejar de picarme la curiosidad y quería saber más, quería saber ese secreto que antes he dicho que creía que él ocultaba. Aproveché que ambos estábamos relajados, contemplando ese atardecer que las mujeres contemplan apoyando la cabeza en los hombros de los hombres, para preguntarle, con el mismo tono utilizado para preguntar la hora, cuál era la razón por la que le habían ingresado en el sanatorio por primera vez y le habían diagnosticado su esquizofrenia.
—Es por ella —me contestó Gabriel señalándome la tumba de Helen Shine.
—¿Por tu madre?
—Sí. Es algo complicado de explicar y además tengo vacíos en mi memoria, pero sé que es por ella.
—Te traumatizó su muerte. ¿Es eso?
—No, ella murió cuando yo tenía cuatro años. Murió en un accidente de coche. Al parecer quedó tan desfigurada que en el funeral el ataúd permaneció cerrado todo el tiempo. Eso lo recuerdo muy bien. Sabía que había muerto, que no la volvería a ver. Era un crío que aún creía en Papa Noel y ya era consciente de lo que era la muerte. Tengo la imagen de mí mismo llorando sobre aquel ataúd cerrado. Mi problema empezó realmente dos años después, cuando la volví a ver.
—¿A tu madre?
—Sí. Entonces aún vivíamos en Nueva York. Poco después de cumplir los seis años, mi madre entró una noche en mi habitación, me arropó, me dio un beso en la frente y se fue.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Me sentí muy bien. Era mi madre, no sé cómo explicarte la sensación. Después de esa, me visitó más veces. Siempre era después de que yo me acostara. Cada vez fue viniendo con más frecuencia. Al final me visitaba unas tres veces por semana de media. Era muy bonito, en serio.
—¿Hablabas con ella?
—No, jamás hablé con ella, pero una vez le regalé una cinta para el pelo, y me dio las gracias y a partir de entonces siempre que venía la llevaba puesta.
—¿Es la del dibujo?
—Sí, la cinta azul.
—¿Y no te daba miedo?
—No, para mí no era un fantasma, era mi madre. Me hacía sentir igual que cuando estaba viva. Dejé de verla a partir del momento en el que le expliqué a mi padre aquellas visitas.
—Ah, claro, entonces él te llevó a un psicólogo o a un psiquiatra, ¿no?
—No, se lo dije y no hizo nada de eso, pero a partir de ese momento se acabaron las visitas de mi madre. Supongo que me la imaginé, que soñaba despierto. Hay niños que tienen amigos imaginarios, y yo tenía una mamá imaginaria. Quizá al decírselo a mi padre saqué de mi subconsciente el trauma de su pérdida y ya no la volví a ver. Es la explicación que me dieron en su momento y me parece la más correcta.
—Pero si sabes que eran imaginaciones tuyas y eran por un trauma del que ya eres consciente, tu madre no pinta nada en tu enfermedad o a lo mejor ni siquiera estás enfermo.
—Es que aún no te he contado toda la historia. Mi madre dejó de visitarme, pero yo la volví a ver años después y ya no era un crío que añoraba a su mamá, sino un tipo de diecisiete que ya se afeitaba, conducía y tenía novia.
—¿Volvió a presentarse en tu habitación?
—No, la vi por la calle. Lo que ocurrió ese día lo tengo muy borroso. Sé que la vi, sé que me vio, sé que llevaba aquella cinta azul en el pelo, pero no recuerdo nada más. Solamente tengo la sensación de haberla visto y cuatro imágenes borrosas. Una es el dibujo con esa cinta. No sé, la vi y no sé dónde fue. De esa noche, a parte de haberla visto, solo recuerdo que me desperté de madrugada en un calabozo de una comisaría. Al parecer agredí a un policía en un ataque de nervios. Después de despertarme en el calabozo tengo otra laguna mental que termina ya en el sanatorio. No sé dónde vi a mi madre ni por qué pegué a ese policía. Tampoco sé por qué me metieron realmente en el sanatorio. Me faltan piezas, solamente tengo la de mi madre, por eso sé seguro que mi enfermedad tiene que ver con ella. Supongo que cuando recuerde todo lo que ocurrió esa noche, empezaré a curarme de verdad. Mi cerebro decidió borrarla, pero espero poder recuperar esa parte de mi historia. Lo necesito.
Después de que me contase aquello, Gabriel me pareció mucho más interesante. Él era consciente de su problema y también de cual podía ser su solución. Quizá se equivocase al pensar eso, pero al menos era una deducción lógica, no los desvarios de un demente. Ahora bien, seguro que se debía de sentir muy angustiado al pensar que lo que había olvidado podía ser lo que podía ayudarle a recuperarse. La pérdida de una madre o un padre, o de ambos, puede afectar de manera brutal a un crío, y a lo mejor este no es consciente de ello hasta que se hace mayor. Mi caso era diferente al de Gabriel Mi madre murió cuando yo tenía trece años y fue de leucemia. Quizá porque mi padre y yo nos concienciamos de que íbamos a perderla cuando vimos que ya nadie podía hacer nada por ella, cuando murió no lloramos. Ni una sola lágrima. Algo extraño. Tampoco lloramos en el funeral, y desde entonces mi padre y yo jamás hablábamos del tema. Hablábamos de ella, pero como protagonista de una anécdota o como autora de una frase que utilizábamos en una ocasión concreta, pero jamás para decir que la echábamos de menos y que su pérdida fue muy dura. Se había ido, eso era todo, como si se hubiese ido de viaje a no sé sabe dónde y algún día fuese a regresar. Irene se llamaba.
Gabriel y yo bajamos del montículo y a medida que nos acercábamos a la casa se iba oliendo con mayor intensidad el aroma inconfundible de una barbacoa. Al llegar a la entrada del hogar de los Shine, nos encontramos al padre de Gabriel y a Arisa charlando amigablemente al lado de las brasas sobre las que se estaban asando hamburguesas y salchichas. Al parecer, el incidente de la mañana había pasado a mejor vida. Cuando Arisa nos vio llegar, cogió dos copas de vino tinto y nos las ofreció. Gabriel le dijo que no podía beber y yo que solamente lo hacía en celebraciones muy especiales.
—Pues entonces, bebe —me dijo ella poniéndome la copa en la mano.
—¿Qué celebramos? —le pregunté.
—Pues que me quedo. ¿Te parece algo digno de celebración?
Asentí con la cabeza, me besó y me dio las gracias por haberla apoyado. Entonces se volvió un momento hacia la mesa de madera en la que íbamos a cenar esa noche y cogió el dibujo que le había hecho Gabriel y que hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba allí.
—¿Es tuyo? —le preguntó Arisa a Gabriel.
—Sí. Lo siento, debí haberte pedido permiso.
—¿Permiso para hacerme sentir bien? Eres tonto, para eso no se pide permiso.
Entonces Arisa se acercó a él y le besó. Gabriel se puso más rojo que un tomate avergonzado, me quitó la copa de la mano y se la bebió de un trago.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:39 pm

Ranguitos. Voy a mandarle un Mp a zoe diciendo que le toca pero ella trabaja, así que hasta esta noche o mañana no subirá el capítulo. Y yo lo subo el domingo por la tarde.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:40 pm

okis, sin problema ^^


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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 16, 2010 4:41 pm

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 17, 2010 1:14 am


Capítulo 3
El Año del dragón


Transcrito por Zoe



Vino tinto. Habría sido preferible que Gabriel se hubieses mantenido firme y no se hubieses bebido mi copa de vino. No le pasó nada grave, pero se quedó como un tronco antes de acabarse la primera hamburguesa que se había servido. Quizá bebió para mitigar los efectos del beso de Arisa, pero el remedio fue peor que la enfermedad —si es que eso de que te besen sin esperártelo se puede considerar algo enfermizo— porque Gabriel cayó redondo sobre la mesa y no hubo manera de despertarle. Entre el señor Shine y yo le estiramos sobre uno de los bancos sobre los que nos sentábamos y Arisa sacó un cojín de uno de los sillones de la casa para que hiciese de almohada para la improvisada cama de Gabriel.

Arisa y el señor Shine se bebieron dos botellas de vino en la cena. Pensé que ella acabaría por los suelos por la cantidad de alcohol que había ingerido, pero no fue así, tenía más aguante que un cosaco ruso mataosos. En vez de caerse inconsciente, que habría sido lo suyo, se pasó toda la cena charlando de vinos con el señor Shine, utilizando palabrotas francesas que solamente entendían ellos. Llegó un momento en el que envidié a Gabriel porque él se estaba librando de soportar aquel rollo patatero sobre el maravilloso mundillo del zumo de uva alcoholizado. Me estaba aburriendo mucho y ninguno de mis compañeros de mesa despiertos me hacía caso. Estuve a punto de dejarlos allí con sus vinitos e irme a dormir, pero ocurrió algo que me hizo cambiar de idea: Arisa se cargó el seminario.

—Señor Shine, creo que su seminario es un rollo inútil—dijo Arisa balbuceando mientras se llenaba otra copa de vino.

—Creo que te quedas un poco corta, encanto —dijo el señor Shine—. En realidad este seminario es una patraña.

—Bueno, yo también soy una patraña —añadió Arisa— porque en realidad su seminario me importa una mierda.

—Pues te juro, hija mía, que si me dieran a elegir entre impartir este seminario y que una tarántula infectada de gonorrea pusiera sus huevos en mi oído, preferiría esta segunda opción.

Los dos comenzaron a reírse como posesos. Aquella misma mañana se odiaban a muerte y ahora parecían colegas de juergas californianas de actores de capa caída y cantantes femeninas que ya no saben qué estupidez hacer para llamar la atención.

—Solamente me interesa el seminario para conseguir una beca y poder empezar mi doctorado. —En realidad dijo drotado, pero era evidente a qué se refería Arisa—. El inútil de mi hermano se ha quedado con todo mi dinero y creo que mi padre me odia.

—No te preocupes, hija —dijo el señor Shine—, si necesitas un certificado o algo así para tu beca, yo te lo daré. ¿Y no te interesa ser escritora?

—No, no me interesa en absoluto. Hasta creo que empiezo a odiarlo. No, lo que yo quiero es ser profesora, dar clases, dirigir investigaciones, suspender a mucha gente —contestó Arisa.

—¡Perfecto! Me alegro, de verdad que me alegro mucho —dijo el señor Shine—. Y tú, Abel,¿tampoco quieres ser escritor?

—No, señor Shine, yo he nacido ara regentar una ferretería —le contesté.

—¡Perfecto! —repitió el señor Shine—. Esto hay que celebrarlo.

Volvió a llenar su copa, la de Arisa y la mía y nos invitó a brindar por la cándida adolescencia. Yo bebí un pequeño sorbo solamente porque no sabía muy bien qué estábamos celebrando. Era evidente que Arisa y el señor Shine llevaban un pedal del quince y medio y no sabían muy bien lo que estaban diciendo. No sería de extrañar que a la mañana siguiente se sintieran avergonzados del numerito que estaban montando. Al parecer a la gente que se emborracha le suele pasar eso. En la película favorita de Mary, Jerry Maguire, Tom Cruise, completamente borracho, le toca un pecho a Renée Zellweger y al hacerlo dice que vislumbra la vergüenza que sentirá a la mañana siguiente. La segunda vez que vi la película fue en casa de Mary y a mí se me ocurrió imitar a Cruise cuando veíamos esa escena. Me dio una bofetada. No fue porque le molestara que hubieses aprovechado la ocasión para sobarla un poco, sino porque me había equivocado de teta. Mary era fan de Renée Zellweger porque se parecía mucho a ella, sobre todo en Jerry Maguire; por suerte no en El diario de Bridget Jones. Vaya mierda de película, por cierto. «Estoy gorda, uso bragas grandes, salgo con un gilipollas y me acuesto con otro más gilipollas aún, hago el ridículo siempre», todo el rato así, como si fuese una película de vampiros de Nueva Orleans, pero sin mordiscos.

El señor Shine después de, al parecer, librarse del seminario, nos preguntó por qué habíamos escrito aquellos relatos de vampiros. Arisa le explicó lo de aquel curso de novela histórica que me había contado en biquini y, tal vez el alcohol ya hablaba por ella, aprovechó la ocasión para confesar su copia de la abadía con eco. El señor Shine dijo que no se había dado cuenta y que de todas maneras no tenía ninguna importancia y que muchos escritores hacen cosas similares. Aplaudió su sinceridad y prometió, sin que nadie se lo pidiera, que guardaría el secreto.

—Abel, ¿tú por qué escribiste El juramento si tampoco quieres ser escritor? —me preguntó el señor Shine cuando me llegó mi turno de sincerarme.

—Fue un encargo de mi tutor, el señor Higgins —contesté.

—¿Higgins? ¿Heathcliff Higgins?

—Sí, ese mismo. ¿Le conoce?

—No, he oído hablar de él a alguien, pero no le conozco personalmente.

Supongo que el señor Shine había oído hablar de Higgins a algún tipo de Circle Books, después de que llegara mi relato a la editorial o aunque también podía ser que conociese al amigo neoyorquino de mi tutor. En realidad me daba igual saberlo o no porque lo importante era que el seminario estaba finiquitado y yo me iba a librar de ser escritor. El señor Shine me preguntó si yo quería también un certificado de asistencia y le dije que me daba igual, aunque tal vez me sirviera para algo que en aquel momento no se me ocurría. Seguimos hablando durante un rato sobre nuestros relatos, el seminario y sobre por qué no queríamos ser escritores hasta que Arisa cambió inesperadamente de tema.

—Señor Shine, ¿Gabriel tiene novia?

—No, hija, creo que no.

—¡Perfecto! —contestó Arisa, repitiendo la exclamación estrella de la noche, y llenó su copa, la del señor Shine y la mía, aunque en esta ocasión no bebí nada porque consideré que eso de que Gabriel no tuviera novia no era un motivo de celebración.



Arisa desayunó a la mañana siguiente con gafas del sol y me rogó que de hablar, lo hiciera en voz baja. Ella y el señor Shine solo desayunaron café, mucho café. Aquella mañana también nos acompañó Gabriel, quien nada más entrar en la cocina dijo que había dormido como un tronco encima de un tronco. Durante el desayuno Arisa volvió a sacar el tema de nuestro escaso interés por el seminario con la intención de comprobar si lo dicho la noche anterior por el señor Shine seguía en pie o si, por el contrario, había sido el alcohol y no él quien había decidido cargarse aquel suplicio literario. El señor Shine dijo que ya había firmado nuestros certificados de asistencia, pero que antes de dárnoslos debíamos aceptar una serie de condiciones.

—Debéis firmar este documento y yo os entregaré los certificados —nos dijo el señor Shine mostrándonos un papel que sacó de su escritorio, una vez que los tres nos reunimos en su despacho.

—¿De que se trata? —preguntó Arisa.

—Es una cesión de los derechos de tu novela y del relato de Abel. Al firmar os comprometéis a no publicarlos en otro sello editorial que no sea Circle Books. Me dijisteis que no queríais ser escritores, ¿verdad?

—Y es cierto, en principio —contestó Arisa.

—Ya, en principio, pero nunca se sabe —dijo el señor Shine—. Por eso, por si os interesa algún día publicar lo que habéis escrito, deberá ser en Circle Books.

—¿Y si queremos escribir otra cosa? —preguntó Arisa—. A mí la novela no me gusta, pero sí quiero escribir ensayos.

—Entonces, y ahí lo podrás leer, Circle Books, tendrá derecho a tanteo. Es decir, ellos te harán una oferta y si no es mejorada por otra editorial, deberás vendérsela a Circle.

—No pinta mal. De todas maneras no se rompe el vínculo con Circle Books —dijo Arisa con cierto entusiasmo.

A mí me daban igual esas cláusulas, no tenía ni la más remota intención de volver a escribir algo en mi vida que tuviera más de dos líneas, pero supongo que a Arisa la oportunidad de poder publicar obras aburridas de historia le interesaba y mucho. Los dos firmamos finalmente el compromiso con Circle Books y recibimos nuestros certificados. El seminario había muerto, pero según el señor Shine quedaba por resolver un pequeño problemilla.

—Mirad, en realidad lo que habéis firmado tiene fecha de cinco de agosto, pues es la fecha oficial de finalización del seminario —dijo el señor Shine—. Eso quiere decir que deberéis permanecer aquí hasta entonces.

—¿Por qué? —pregunté yo.

—Pues porque un día puede aparecer alguien de Circle Books y si descubre que no estás te pueden anular el certificado y a mí me meterías en un lío.

—Por mí no hay ningún problema —dijo Arisa—. Aprovecharé el tiempo para hacer el trabajo que me piden también para la beca. He de hacer un trabajo relacionado con este seminario y que tenga que ver con la historia. La pega es que ni siquiera he empezado y no tengo muy claro cómo enfocar este trabajo.

—Si quieres yo te puedo echar una mano en eso —dijo el señor Shine—. Podemos aprovechar las horas matinales que habíamos previsto para el seminario.

—Gracias, suena genial —dijo Arisa—. Muchas gracias.

Para mí tampoco suponía un problema quedarme, ya que no le hacía falta a mi padre en la ferretería. Me iba a tomar ese mes que tenía por delante en Ithaca como unas vacaciones muy bien pagadas, en un lugar paradisíaco lejos de cualquier paraíso para turistas y compartiendo el tiempo con dos personas, Arisa y Gabriel, a las que había empezado a coger cariño. Es decir, no es que quedarme un mes más allí no fuera un problema, es que casi era una bendición.

Los días que siguieron al final vinícola del seminario fueron posiblemente los más agradables de mi vida. Gabriel y yo dedicábamos las mañanas a dibujar, mientras su padre y Arisa trabajaban en el despacho. Las tardes las dedicábamos a bañarnos en el lago —me compré tres bañadores, uno que hacía juego con el biquini de Arisa— o a hacer excursiones por los alrededores. Después de cenar solíamos pasarnos horas y horas en el porche charlando, contando historias y anécdotas y riéndonos, riéndonos mucho; sobre todo los dos fans del vino tinto. Disfrutaba muchísimo de todo lo que hacía, incluso disfrutaba de no hacer nada. Me encantaba ver que mis nuevos amigos se divertían conmigo y la diferencia de edad no se notaba en absoluto. Aunque también es cierto que el hecho de que Arisa y Gabriel solamente se llevaran un año de diferencia, puede que incluso menos, hacía que ellos se entendieran mejor entre sí que conmigo, pero en ningún momento, como digo, me hicieron sentir fuera de lugar. Gabriel me trataba a veces como el hermano pequeño que nunca tuvo, dándome consejos que nunca le pedía, pero que me gustaba recibir. En cuanto a Arisa, cada día que pasaba me parecía más encantadora. Quizá la palabra encantadora se queda muy corta, ya que en muchas ocasiones Arisa me hacía dudar sobre si Mary Quant debía ser la dueña y señora del cien por cien de mi corazón. Incluso me hacía dudar de que la frase «hay muchos peces en el mar» fuera errónea. La pega es que todo lo bueno, no sé por qué, pero un día se acaba y además lo hace a lo grande, dándole la vuelta a la tortilla, convirtiendo tu felicidad en preocupación y tu calma en tormenta. Lo curioso es que esa tormenta metafórica de la que hablo fue también real en nuestro caso. Llegó la tormenta y arrasó con aquellos maravillosos días de verano e indirectamente nos llevó a un lugar que jamás habríamos creído que existiera.

Teníamos la intención de cruzar la frontera para visitar a nuestros amigos canadienses. Un viaje relámpago después de comer para que yo tuviera el supuesto placer de volver a casa con tierra extranjera en mis zapatos. Jamás había salido en mi vida de Tennessee y ese verano no solamente iba a viajar a otro estado, sino que iba a visitar otro país. Vale que Canadá no es gran cosa, nadie se mata por ir allí, pero no deja de ser extranjero y en principio esa era la gracia del viaje. Estábamos a punto de salir rumbo al país de los cabezas partidas, cuando el tiempo cambió rápidamente. Como surgidos de la profundidad del Cayuga, en pocos minutos nubarrones negros cubrieron la casa de los Shine y todo el paisaje que desde allí se podía contemplar. Viento, lluvia, rayos y truenos nos obligaron a guarecernos en la casa y dejar Canadá para una mejor ocasión. Aquella tormenta era un espectáculo de la naturaleza provisto de gran belleza, no como un atardecer en el lago Cayuga con una estudiante de Harvard al lado, pero casi. Gabriel, Arisa y yo subimos a la buhardilla, pues desde su ventana podíamos tener una visión panorámica de la mayor parte de un lago que se había convertido en un mar embravecido. Gabriel cogió su bloc porque dijo que aquello debía ser inmortalizado, pero ni siquiera pudo dibujar ni una sola línea, ya que un rayo cayó en un árbol cercano y arrancó una rama de este con tal violencia que la lanzó contra la ventana en la que nos encontrábamos. El cristal de la ventana explotó en varios pedazos, alcanzado uno de estos a Arisa y produciéndole un corte en la mano derecha. Arisa salió corriendo en busca del señor Shine para que le curase la herida mientras Gabriel y yo cerrábamos las contraventanas.

—Vaya desastre —dijo Gabriel, contemplando los cristales rotos esparcidos por toda su habitación—. Mañana llamaremos a alguien para que arregle este estropicio.

—Si quieres puedo hacerlo yo —le propuse.

—¿Sabes arreglar ventanas?

—No soy un experto, pero soy algo mañoso y me he pasado toda la vida en una ferretería.

—Da igual, Abel, ya llamaremos a algún cristalero de Ithaca.

—No por favor, déjame hacerlo a mí. Será como pagarte por tus clases de dibujo y, además, si me ayudas te puedo enseñar algo de bricolaje.

Gabriel aceptó el ofrecimiento ya la mañana siguiente llamé a mi padre para explicarle lo sucedido con la intención de que me diera un par de instrucciones rápidas. Aparte de explicarme lo que debía hacer con la puñetera ventana rota, me dictó al lista de herramientas que necesitaría para llevar a buen término la reparación. Le enseñé el listado al señor Shine y me dijo que había tres o cuatro cosas de la lista que no tenía y me pidió que fuese a comprarlas a Young’s, una ferretería que se encontraba al otro extremo de Ithaca y que, aparte de las herramientas que necesitaba, podía suministrarme también los vidrios que debía cambiar. El señor Shine me dio las llaves de su todoterreno y Gabriel se ofreció a acompañarme a Young’s como guía copiloto, pues él no tenía carnet debido a que se lo habían retirado porque su medicación provocaba somnolencia.

En menos de veinte minutos llegamos a Young’s, una ferretería que podía ser considerada la hermana mayor de la Young de mi padre, ya que por tamaño era unas treinta veces más grande. Nada más entrar me di cuenta de que aquello era otro mundo, un mundo que mi padre jamás habría podido imaginar. Decidí fijarme en todos los detalles para explicarle con pelos y señales a mi padre lo que era el cielo del país de las ferreterías. Había de todo, pero de todo todo todo, incluso cosas que no sé lo que eran ni para qué servían. Me hizo gracia descubrir que en Young’s también tenían el «pack Noé», pero no como chiste contando después con venderle a un señor una cantidad abusiva de herramientas que no necesitaba. No, el «pack Noé» de Young’s era un pack de verdad, físico y mesurable, al que le habían puesto ese nombre: mazos, martillos, destornilladores, cepillos, cuerdas, siete millones de tipos de clavos, lijas, una mini grúa, un par de bidones de brea, etcétera. Doy por hecho que se trataba de algún tipo de reclamo publicitario porque aquella exposición de artefactos estaba coronada por un cartel gigante en el que salía un Noé, vestido con una camiseta de la ferretería, diciendo en un típico bocadillo de cómic: «Dios pone la idea, el agua y los animales. Tú, tu tiempo libre y tus habilidades. Las herramientas… Las herramientas siempre son cosa de Young’s».

Decidimos repartirnos las tareas; Gabriel se encargaría de que le tallaran los cristales que necesitábamos en el pequeño taller de la tienda y yo buscaría de la lista de mi padre las herramientas que no tenía el señor Shine. No tardé mucho en encontrar lo que necesitaba porque todas las secciones de la ferretería estaban muy bien señalizadas. Otro punto a favor para Young’s. Había quedado con Gabriel en que nos encontraríamos en la caja numero uno al acabar nuestras respectivas tareas, y me sorprendió ver que él había terminado antes que yo y que estaba allí esperándome. Esos tipos de Young’s eran de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior; tenían de todo, una buena distribución del espacio y eran rápidos y eficaces. ¡Qué asco! Gabriel dejó con cuidado los cuatro cristales de su futura ventana renovada en la cinta transportadora y yo las tres herramientas que había cogido. Una de estas herramientas era un diamante, una especie de cuchilla con mango que se utilizaba para cortan cristal. La necesitábamos porque las medidas de los cristales que había pedido Gabriel eran ligeramente superiores a las que habíamos tomado de la ventana y tendríamos que cortar el sobrante después. De haber apurado, a lo mejor nos quedaríamos cortos y tendríamos que poner mucha silicona para que el cristal no bailase. La cajera cogió el diamante y le pasó su pistola láser —bueno, el trasto ese para leer los códigos de barras—, pero no pudo registrar su precio. Sopló el cañón de su pistola, como si se hubiera acabado de cargar a alguien en Tombstone, y volvió a intentarlo, pero nada, que el cacharro aquel parecía no funcionar. La mujer maldijo a no sé quién y se puso a teclear muy lentamente el código de barras en su caja registradora, mientras no paraba de refunfuñar; se ve que, como a mí, tampoco le gusta escribir. Su lentitud en el teclear se debía a que estaba utilizando el sistema de mecanografía conocido como el «buitre», consistente en dar vueltas por encima del teclado buscando la tecla a apretar con el dedo índice encorvado. La tardanza de la cajera en teclear el código de barras hizo que Gabriel se fijara el algo que a mí me había pasado desapercibido.

—Es la T mayúscula de mis pesadillas, Abel —me dijo Gabriel señalando la pequeña caja de cartón que sostenía la cajera.

—¿Qué te?

—Esa, la de la marca que aparece en la caja.

Me fijé en la caja que contenía el diamante y, sí, estaba impresa la misma T mayúscula dentro de un círculo que Gabriel había dibujado recordando sus pesadillas. Era el mismo tipo de letra y tenía el mismo tamaño en proporción con el círculo que la contenía. Cuando la cajera acabó de registrar el código de barras del diamante, nos hizo la cuenta y se la abonamos. Gabriel le preguntó entonces sobre aquel logo de la caja. Ella nos dijo que no sabía qué significaba y nos invitó a que lo preguntásemos en un mostrador de información que estaba frente a nosotros.

—Esto es el logo de Thorn —nos dijo el chico encargado de informar a los clientes de Young’s de todo aquello de lo que quisieran ser informados y se les pudiera informar.

—¿Es una fábrica de herramientas o algo así? —preguntó Gabriel.

—Es una empresa que se ha dedicado siempre a proporcionar equipo para obras de envergadura como puentes, estructuras para edificios y cosas así. Incluso creo que tiene contratos con el gobierno, el ejército y la NASA. Siempre se han movido así, a lo grande. Desde hace un par de años están ofreciendo también productos para el público en general, aunque por ahora se están limitando al sector del vidrio. Por ejemplo, este diamante que habéis comprado. Son los mejores, eso sí, en todo lo que tenga que ver con herramientas para tratar el vidrio. Os puedo asegurar que habéis hecho una compra excelente.

—¿Tienes alguna dirección de la empresa, un teléfono o un e-mail para que podamos ponernos en contacto con ellos?

El muchacho abrió un cajón, sacó un grueso catálogo de los productos de Thorn y nos permitió que le echásemos un vistazo mientras él atendía a otro cliente. En la introducción del catálogo aparecían fotos de varias grandes obras en las que había participado Thorn y se resaltaba con letras de gran tamaño que desde hacía más de treinta años la empresa era proveedora oficial de la NASA. Gabriel pasó rápidamente las hojas hasta llegar a la sección que le interesaba, la dedicada a las direcciones y los contactos. De repente apareció una expresión en el rostro de Gabriel que jamás había visto en él y empezó a golpear repetidamente aquella página de la revista con su dedo índice, como si estuviera enviando un mensaje telegráfico.

—Yo vivía cerca de esta calle, en Tribeca —me dijo señalando una dirección de las oficinas de Thorn en la ciudad de Nueva York.

Gabriel le pidió un bolígrafo y un papel al muchacho del mostrador de información y apuntó aquella dirección. Luego me pidió mi móvil y llamó a su padre.

—¿Papá? Sí, ya hemos comprado todo lo necesario. No, te llamaba porque como hace un día muy bueno a Abel —y al decir mi nombre me guiñó un ojo— se le ha ocurrido que podíamos ir a Nueva York. No, solo sería ir a comer, dar una vuelta en coche y volver. Sí, para la cena estamos en casa seguro. Sí, tranquilo, conduce él. Que sí, que ya sé que yo no puedo. No nos perderemos, hombre, entre el GPS y mis indicaciones perderse es imposible. La tía Gertrud era idiota, no vale como ejemplo. Tranquilo, llegaremos para la cena. Vale. Muy bien. Sí, no te preocupes. Hasta luego.

Nueva York. Muy grande. Demasiado grande. Muchos coches. Demasiados coches. Es una ciudad que solamente le puede gustar a los propios neoyorquinos y a turistas que van del hotel a un monumento y de un monumento al hotel. Puede que el condado de Macon sea un lugar excesivamente plácido y nada cosmopolita, pero Nueva York es una ciudad loca donde todo va muy deprisa, aunque no queda muy claro adónde concretamente. Sabes que hay cielo porque los edificios no se encorvan hacia el suelo y dejan vislumbrar que hay algo por encima de ellos, aunque no es del mismo color que lo que tenemos sobre nuestras cabezas en Tennessee. Es verdad que tampoco fui a hacer turismo en aquella primera visita a la gran manzana, ya que mi misión era la de hacer de taxista ciego para Gabriel y llevarle a la dirección que había apuntado en Young’s, pero aunque hubiese ido a hacer turismo creo que, al menos ese día, Nueva York habría seguido pareciéndome horrible.

También es cierto que yo estaba excesivamente nervioso y quizá no pude apreciar por ello la belleza sin igual del hogar de los Yankees. Me había acostumbrado a conducir por las calles de un pueblo de poco más de tres mil habitantes o como mucho a perderme alguna tarde por Nashville, y nada más llegar a la entrada de Nueva York vi que había más coches circulando a mi alrededor de los que posiblemente había en todo el estado de Tennessee. Además me daba la sensación de que a los neoyorquinos les regalaban el carnet de conducir cuando hacían su primera visita a la estatua de la Libertad, ya que era imposible que lo hubiesen conseguido tras aprobar un examen de conducción. También era posible que ellos siguieran otras normas diferentes, más propias de la NASCAR que de las del código de circulación. Además, no eran conductores muy sociables. Jamás me habían levantado tantos dedos en mi vida. Dedos blancos, rosas, amarillos, negros, enguantados, con uñas de manicura, con uñas sucias, con mocos pegados… Incluso hubo un señor que me levantó un muñón. El dedo corazón levantado que más me dolió fue el que me dedicó una cría a la que le estaban haciendo un examen de conducir que, al parecer, iba a suspender por mi culpa. ¿Y que hacía Gabriel mientras tanto? Pues nada, se limitaba a taparse la cara disimuladamente y a decirme todo el rato que al final alguien se bajaría de su coche y me partiría la cara. No voy a negar que provoqué más de un pequeño caos circulatorio aquel día y puede que algún accidente de rebote también, pero puedo asegurar que no fue culpa mía, sino de esa panda de neoyorquinos que no saben conducir. Yo hice los cedas al paso, me paré en los stops, puse los intermitentes con antelación, evité quedarme parado en los cruces, no di ningún volantazo para cruzar tres carriles de golpe y, al parecer, en Nueva York se conduce al revés de cómo a mí me habían enseñado. Me hicieron sentirme como un amish de visita en Las Vegas.

Por cierto, la frase «no nos perderemos, hombre, entre el GPS y mis indicaciones perderse es imposible» resultó ser falsa. El GPS es un aparato útil para ir de El Paso a Anchorage —«siga recto, siga recto, siga recto, entre en Canadá, siga recto, siga recto, siga recto, salga de Canadá, siga recto, esquive a ese alce, siga recto, ya ha llegado a su destino»—, pero algo inútil si uno se adentra en Nueva York por primera vez y encima lleva a un neoyorquino de copiloto.

GPS: Gire a la izquierda en cincuenta metros.

GABRIEL: Tú ni caso, sigue recto.

YO: Es que el GPS dice que gire.

GABRIEL: ¿Te fías más de un trasto que de mí, que me he pasado casi toda la vida en estas calles?

YO: Pero es que… ¡Hala, ya me he pasado!

GABRIEL: No te has pasado, sino que sigues por el buen camino.

GPS: Recalculando ruta

YO: ¿Ves? Ahora el cacharro tiene que recalcular.

GABRIEL: Pues que recalcule lo que le dé la gana, tú hazme caso a mí.

YO: Nos vamos a perder como tu tía Gertrud.

GPS: Gire a la derecha en setenta metros.

GABRIEL: Ni se te ocurra hacerle caso a ese trasto.

YO: Joder, Gabriel, ya verás, nos vamos a perder.

GABRIEL: Es que no me lo puedo creer, en serio. A ver, dime, ¿dónde han fabricado este GPS?

YO: No sé, parece que en Corea.

GABRIEL: ¿Del Norte o del Sur?

YO: No lo especifica.

GABRIEL: Da igual. De todas formas, piénsalo, ¿tú crees que un coreano sabe adónde vamos?

Ni un coreano ni él porque al final nos perdimos y, por supuesto, fue por mi culpa, según mi guía neoyorquino. Acabé aparcando el coche en el primer lugar que encontré libre, media hora después de decidir rendirme y aparcar, y cogimos un taxi. Fue algo ridículo, pues al final nos perdimos menos de lo que pensaba y el taxi nos dejó en una dirección, la de Thorn, que estaba solamente a tres manzanas de donde habíamos aparcado el coche. Al salir del coche nos topamos de morros con la oficina de Thorn, un pequeño establecimiento que se encontraba en una esquina y que tenía la mítica T mayúscula dentro de un círculo ocupando sus dos grandes ventanas, de tal manera que solamente se podía ver lo que había dentro a través del hueco no pintado del interior de la letra. Gabriel estuvo dando vueltas alrededor de la oficina y mirando el interior, al tiempo que iba negando con la cabeza. No, aquello no le recordaba nada que tuviera que recordar. Una decepción, una pista falsa.

—Lo siento, Abel, ha sido un viaje en balde —me dijo.

—¿No quieres entrar? —le pregunté.

—No, no hace falta. Si hubiese tenido algo que ver con mis pesadillas, lo habría notado enseguida.

—¿Y qué hacemos ahora?

Gabriel se quedó unos segundos pensativo y miró a su alrededor. Al otro lado de la calle había un pequeño restaurante y me propuso que comiéramos algo allí antes de volver a Ithaca. Nos sentamos a una mesa pegada a uno de los ventanales del establecimiento y pedimos dos especiales de la casa, sin preocuparnos qué llevaban, ya que fuese lo que fuese seguro que era algo especial. Mientras esperábamos a que nos sirvieran, Gabriel se zambulló en sus pensamientos, cabizbajo y negando con la cabeza al mismo tiempo que murmuraba algo que yo no acababa de entender. Me daba pena verle así, el pobre había salido de Young’s con la esperanza de desentrañar uno de los tres misterios de sus pesadillas y había fracasado. Tenía ganas de decirle algo, pero no se me ocurría qué. Entonces, ocurrió. Mientras buscaba esas palabras con las que consolar a mi amigo, miré un momento a través del ventanal del restaurante y me topé con El Año del Dragón. En la misma acera en la que se encontraba la oficina de Thorn, a apenas diez metros de su famosa T mayúscula, había un restaurante chino abandonado, en un aparente estado ruinoso, que tenía un inmenso dragón sobre la marquesina de la entrada, justo encima de un letrero en chino e inglés en el que se podía leer el nombre del establecimiento. No había encontrado palabras de consuelo, había encontrado algo mejor: el segundo elemento de los misteriosos dibujos de las pesadillas de mi amigo.

—Gabriel, vuélvete despacio y dime qué ves al otro lado de la calle.

Gabriel me hizo caso, incluso en eso de volverse lentamente, y enseguida se dio cuenta de que la T y el dragón de sus pesadillas estaban casi puerta con puerta, convertidos en el logo de una empresa y el adorno hortera de un restaurante chino abandonado. Solamente nos faltaba encontrar un naipe con el dos de diamantes.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 17, 2010 3:12 am

ayudare un poco a tibari jejje

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari

5. Están entre nosotros Annabel Lee

6. La tumba de Helen Virtxu


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma

2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Sáb Jul 17, 2010 9:44 am

gracias Zoe!! ranguitos!! :youpi:

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 18, 2010 7:58 pm

Gracias por los capítulos chicas ¡ranguitos!!!
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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 18, 2010 8:13 pm

Gracias por el capi, zoe. Y gracias, shuk, por subir la relación. Eso está bien, cuando se hayan subido varios capítulos, deberíamos subir la relación para no liarnos.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 18, 2010 8:15 pm


4
El dos de diamantes


Transcrito por Tibari


Lo vi venir. Sí, ya sé que dicho por mí no suena muy creíble, pero juro que lo vi venir cuando Gabriel me dijo que era incapaz de relacionar Thorn y El Año del Dragón con sus pesadillas. Lo que vi venir fue lo que me propuso acto seguido: entrar en el restaurante chino.
—Mira, Abel, estoy convencido de que en la oficina de Thorn no hay nada, pero también estoy convencido de que dentro del restaurante sí. Me ha venido la imagen de la puerta del restaurante abriéndose y alguien entrando.
—¿Tú?
—No, yo no, otra persona. Quizás esa persona sea el dos de diamantes.
—¿No puede ser otro negocio cercano que se llame así o que incluso sea una carta real que viste en una partida de póquer o algo por el estilo?
—No, estoy seguro de que el dos de diamantes es una persona. No sé quién aún. Es otra persona que entró allí. Es que es difícil de explicar. Tengo la imagen borrosa en mi mente de la T de Thorn, del dragón y de alguien entrando en el restaurante. Bueno, entrando o saliendo, porque veo una persona y la puerta abierta. Tenemos que entrar, Abel.
—Pues eso es allanamiento de morada.
—Ahí, como mucho, están morando ratas y no creo que les importe.
Cuando nos acabamos nuestros especiales, salimos del restaurante y no fuimos directamente a El Año del Dragón, sino que volvimos al coche para buscar una linterna y alguna herramienta que nos pudiera ser útil en aquella aventura. Al final nos decantamos por llevarnos con nosotros una llave inglesa y el diamante de Thorn. Lo de llevarnos el diamante fue idea mía, ya que había visto que en las películas se suelen allanar las moradas rompiendo los cristales de las puertas traseras, pero solamente en los casos en que los allanadores sean zombis, violadores o asesinos que quieran avisar a sus víctimas de su presencia. Es algo que no se acaba de entender del todo, como ocurre con el cine musical, pero los chicos de Hollywood a veces utilizan el sentido común como si fueran supositorios. Por el contrario, en las películas de ladrones, sobre todo si estos son aficionados a robar cajas fuertes colgados del techo boca abajo, el sigilo tiene su importancia y se suelen utilizar diamantes para cortar los cristales, meter la mano y abrir la puerta o ventana de turno. Ya que íbamos a hacer algo tan peliculero como entrar en un restaurante chino abandonado, lo mejor era hacerlo como auténticos profesionales.
Tras equiparnos para la misión, regresamos corriendo a la calle de El Año del Dragón, bordeamos el edificio y entramos en el callejón en el que se encontraba la puerta trasera del restaurante. Después de comprobar que no había nadie por los alrededores, saqué el diamante de su cajita. La herramienta estaba envuelta en un plástico duro y transparente a prueba de niños. No sé qué concepto tenía Thorn de la infancia norteamericana porque si aquello estaba hecho a prueba de niños, estos debían de ser mini culturistas anabolizados hasta las cejas. Probé con las uñas, mordí, rocé el plástico contra ladrillos que sobresalían de una pared y, nada, que no había manera de abrirlo. Me rendí y le pegué una patada al puñetero diamante, enviándolo a diez metros de distancia, momento que aprovechó Gabriel para romper el grueso cristal de la puerta trasera del restaurante golpeándolo con la llave inglesa. Al entrar, lo primero que nos encontramos fue un corto pasillo por el que pasamos sin necesidad de utilizar la linterna, pues veíamos sin problemas gracias a la luz natural que entraba a través de la puerta. Al final de ese pasillo se encontraba la cocina, y al entrar Gabriel me dio la llave inglesa y encendió la linterna. La cocina estaba vacía, no había ni neveras abandonadas no pucheros olvidados, solamente un gran fogón en el centro y una extraña peste a curry en el ambiente. Dejamos la cocina y accedimos al comedor. Algo de luz entraba por los huecos de los tableros que cubrían las ventanas del local. Eran unas ventanas pintadas, que imitaban paisajes de una China con dibujos animados sin dictadores comunistas de cabeza grande y frente despejada. Las paredes estaban cubiertas de un papel pintado con motivos orientales y adornadas con grandes manchas de humedad. No había ni mesas ni sillas ni ningún otro tipo de mueble, solamente una barra de bar al lado de la puerta de la cocina. Gabriel estuvo paseando por aquel comedor durante varios minutos, enfocando todos y cada uno de los rincones, esperando encontrar un dos de diamantes que, al parecer, no estaba allí. Tras suspirar amargamente, me miró alumbrándome con la linterna. Yo no podía verle la cara, pero estaba seguro de que era la misma que había puesto cuando la T mayúscula de Thorn fue incapaz de traerle ningún recuerdo útil.
—Nada, Abel, aquí no hay nada. Lo mejor será que volvamos a casa. Quizá esta noche, meditando un poco, sea capaz de unir las piezas.
Bajó la linterna y la enfocó hacia la puerta de la cocina. En ese momento sentí que algo estaba subiendo por una pernera de mi pantalón. Di un grito, Gabriel se volvió, enfocó mi pierna y vi que se trataba de una rata. Empecé a agitar la pierna bruscamente para que el bicho se desenganchara, pero la rata no estaba por la labor de despegarse de mí. Así que hice lo más irracional, golpearla con la llave inglesa. Irracional porque conseguí darle al tercer intento, golpeándome a mí mismo las dos primeras veces. La rata salió corriendo, y yo estaba tan rabioso de haberme golpeado a mí mismo por su culpa que le lancé la llave inglesa. Le di en toda la cabeza y el bicho chilló como un loco antes de estirar la pata… No, es mentira, no le di. A ver, si cuando la tenía pegada al cuerpo atiné con ella al tercer intento, las probabilidades de lograrlo con la rata corriendo hacia la oscuridad eran nulas. No, no le di, lancé la llave inglesa y esta se estrelló directamente contra el suelo produciendo un gran eco.
—¿Has oído eso? —me preguntó Gabriel.
—Ha sido la llave inglesa, la acabo de lanzar. Mierda de rata, espero que no me haya llenado de pulgas, piojos o de…
—No, ya sé que ha sido la llave inglesa, pero ese eco no era de esta habitación, sino que provenía de debajo del suelo.
—¿Crees que hay un sótano?
—Sí, seguro que hay algo aquí abajo.
Me di cuenta enseguida de que lo que realmente estaba diciendo Gabriel era que había un sótano y que, por supuesto, íbamos a bajar para investigar. A mí el tema empezaba ya a preocuparme, básicamente por la fauna roedora cloaquera y repulsiva que seguramente habitaba en ese sótano al que con tanta alegría quería bajar Gabriel. Iba a decirle que por lo que a mí respectaba la aventura ya había concluido. Si se había pasado varios años entrando y saliendo de un sanatorio, era poco plausible que sus problemas mentales —que en aquellos momentos yo no dudaba que existieran— fuesen a arreglarse por visitar el tenebroso sótano de un restaurante chino abandonado. Pero no le dije nada porque antes de que me diera cuenta, Gabriel ya había abierto una trampilla del suelo y había bajado un par de escalones de la escalera que llevaba al sótano rateril.
—Anda, recoge la llave inglesa y sígueme —me dijo mientras su cuerpo iba desapareciendo por aquel agujero del suelo del restaurante.
La escalera era larga y muy empinada. Descendimos lo equivalente a dos pisos de un edificio normal. Mucho descenso para un simple sótano, pensé yo. Al final de la escalera nos topamos con una puerta de metal que parecía nueva. La abrimos y entramos en un largo pasillo que la linterna no podía iluminar en toda su extensión. Gabriel enfocó la linterna hacia el suelo de aquel pasillo y la luz reflejada en él nos deslumbró. Las baldosas que estábamos pisando parecían ser de mármol blanco, pulido y encerado. Gabriel apuntó con la linterna el techo, que también era de mármol blanco, y vimos que había una hilera de lámparas doradas, imitando candelabros, colgando de él. Mi compañero se volvió automáticamente al ver aquellas lámparas, dirigió su luz a la puerta por la que habíamos entrado y junto a ella vimos que había un interruptor. Me acerqué hasta allí, lo accioné y al instante el pasillo se iluminó por completo, dejando de ser un pasillo para convertirse en otra cosa muy diferente. En las paredes, también de mármol blanco, había cavidades rectangulares de unos dos metros de profundidad, unos noventa centímetro de ancho y sesenta centímetros de altura. En total conté sesenta, treinta a cada lado del pasillo central. Cada una de estas cavidades tenía un pequeño cojín dorado que parecía hacer las funciones de almohada.
—Esto parecen nichos —dijo Gabriel—. Es como un mausoleo o como una catacumba de lujo.
—¿Catacumba? ¿Eso no es un baile vudú jamaicano?
—No, hombre, las catacumbas eran una especie de cuevas subterráneas que los primeros cristianos de Roma utilizaban como cementerios.
—Pues peor me lo pones, Gabriel. Esto tiene muy mala pinta.
—Quizá aquí había un cementerio antes de que edificaran encima y tal vez esto sea una especie de monumento subterráneo que los propietarios de los edificios de arriba están obligados a conservar.
—¿Tú has visto Poltergeist, Gabriel?
—¿Es una película? No, no la he visto.
—Pues yo sí y te aseguro que no es recomendable construir nada encima de un cementerio. Más aún, teniendo en cuenta la gente que ha muerto misteriosamente después de trabajar en Poltergeist y sus secuelas, es incluso poco recomendable hacer una película sobre cualquier edificio construido encima de un cementerio.
—Lo que me parece curioso es que los nichos tengan cojines.
—A mí no me parece curioso, a mí me acojonan directamente. Tío, vámonos, por favor.
Gabriel no me hizo caso. Supongo que el hecho de que fuera esquizofrénico declarado le permitía decidir lo que era real o no dependiendo de las circunstancias. Si estaba a ocho o diez metros bajo el suelo de Nueva York, metido en una especie de cementerio de lujo de sesenta nichos con cojines dorados y no tenía miedo era porque algo no funcionaba bien en su cabeza. A mí aquellos cojines dorados me parecían siniestros y a él no, a él le parecían curiosos. Incluso se atrevió a coger uno, sin guantes de CSI ni nada, para mirarlo más detenidamente.
—Mira, Abel, aquí hay un pelo —me dijo enseñándome un cabello largo y rubio que alguien se había dejado olvidado en aquel cojín.
—Vámonos, por favor, Gabriel, por favor, por favor —supliqué arrodillándome.
—De acuerdo —dijo Gabriel dejando el cojín en su nicho y señalando otra puerta metálica que estaba al final del pasillo—. A ver qué nos encontramos detrás de esa puerta.
—No, tío, cuando digo que nos vayamos, me refiero a que volvamos a Ithaca ya mismo.
—Hombre, ya que hemos llegado hasta aquí, no me digas que no tienes curiosidad por saber qué puede haber más adelante.
—No, no tengo ninguna curiosidad, te lo juro.
—Yo sigo, tú haz lo que quieras. Yo no me voy de aquí sin averiguar lo que he venido a averiguar.
—Mira, Gabriel, no tengo ni la más remota idea de lo que puede haber detrás de esa puerta, pero dudo que ahí encuentres tu dos de diamantes. Por lógica, haya lo que haya, será peor que lo que hay aquí, y aquí hay un cementerio con cojines que acojonan.
Gabriel ni me escuchó, me cogió de la mano y me arrastró consigo hacia la segunda puerta metálica de la excursión a las entrañas de El Año del Dragón. ¿Y qué había detrás de esa puerta? Pues más de lo mismo, oscuridad absoluta y una nueva escalera, en esta ocasión en forma de espiral. Sí, una bonita escalera de caracol metálica, colgada de no se sabe dónde y que era más larga que la versión extendida de la trilogía de El señor de los anillos. Aparte de la oscuridad y la escalera, la otra cosa que nos encontramos al atravesar aquella puerta fue un hedor nauseabundo que a medida que descendíamos se hacía cada vez más penetrante. Parecía una mezcla de cloaca saturada y carne putrefacta de algún animal muy grande. Cuando llegamos al final de la escalera, el hedor ya era tan insoportable que no pude soportarlo y vomité el especial de la casa que me había comido en el restaurante de enfrente. No sé si aquello era el infierno, pero seguro que apestaba igual. Gabriel comenzó a alumbrar hacia todas partes con la linterna, pero parecía que estábamos en medio de la nada absoluta. No se veía nada delante ni tampoco a los lados, y el techo de aquel lugar debía de estar a cincuenta metros de altura. Era un momento ideal para darse la vuelta y largarse de allí; no podíamos seguir en medio de la oscuridad absoluta, sin referencias visuales y envueltos por aquella peste nauseabunda. Por supuesto, Gabriel no pensaba lo mismo, él quería continuar con su búsqueda absurda. Iluminó el suelo, de cemento gris oscuro, y seguimos hacia delante esperando encontrar alguna nueva puerta o algo que nos sirviera para situarnos. Caminábamos muy lentamente, deteniéndonos cada cuatro pasos para comprobar si algo de lo que nos rodeaba había cambiado. En una de estas ocasiones que nos detuvimos, sí se produjo un cambio, pero no fue visual, sino sonoro. Por encima de nuestras cabezas se oyó un sonido que yo identifiqué como un gemido humano enmudecido bruscamente. A este sonido le siguieron otros que no sabría definir. Nos quedamos totalmente inmóviles, y en aquel momento los pensamientos de Gabriel coincidieron con los míos, ya que me cogió del brazo y me hizo dar media vuelta. Sí, volvíamos a Ithaca, la aventura había acabado.
Bueno, eso es lo que pensé yo, pero no fue así, ya que no habíamos dado ni un paso cuando Gabriel empezó a tambalearse. Al parecer el hedor de aquel lugar también estaba causando efectos en él. Se separó de mí, dando cuatro largos pasos, se detuvo y me lanzó la linterna, al tiempo que se encorvaba para poder vomitar como Dios manda. Yo no pude coger la linterna al vuelo porque en la mano derecha llevaba la llave inglesa y la mano izquierda la suelo tener de adorno. La linterna acabó dándome en un costado, salió rebotada hacia delante y rodó por el suelo unos cuantos metros. Fui hasta donde se había parado, y cuando me agaché a recogerla, me di cuenta de que se encontraba en el borde de algo, que un palmo más allá había una nueva escalera, un pozo o, tal vez, un precipicio por el que caer definitivamente al infierno. Cogí la linterna e iluminé hacia abajo para saber al borde de qué estaba. No, no era una escalera. Tampoco era un pozo. ¿Era el infierno? Sí, el infierno en forma de una inmensa fosa abierta, del tamaño de una piscina olímpica, en la que había cientos de esqueletos y sobre estos otros cadáveres en diferentes estados de putrefacción. Algunos de estos cadáveres estaban desnudos, pero la mayoría de ellos se estaban descomponiendo embutidos en las ropas que llevaban el día que, por alguna razón, les sobrevino la muerte. No se podían distinguir muy bien los colores de las ropas que llevaban porque todas tenían un mismo color marrón verdoso, quizá producido por los líquidos que supuraban de los cuerpos de aquella gran olla de putrefacción. Evidentemente, yo estaba en estado de shock porque de no estarlo me habría desmayado. En vez de desmayarme, lo que hice fue ponerme a caminar tomando como referencia el borde de aquella fosa, con la intención de iluminar todos y cada uno de los rincones de aquel infierno de cadáveres. Gabriel se acercó a mí poco después de iniciar mi paseo de reconocimiento, y al asomarse a aquel espectáculo de muerte, se apoyó con fuerza sobre mi hombro derecho y musitó: ‹‹Joder, ¿qué es esto?››. No podíamos dejar de mirar hacia el interior de la fosa, mientras seguíamos caminando lentamente por su borde. Era tan real que parecía irreal. Ya no sentíamos el pestazo de la putrefacción de aquellos cadáveres que nos había golpeado al entrar en aquel lugar. Creo que el hecho de que la linterna solamente iluminara un espacio muy limitado no permitía seguir nuestro recorrido, ya que de haber podido iluminar completamente aquel lugar, no tengo la menor duda de que no habríamos podido soportarlo. Aun así, llegó el momento en el que no pudimos continuar más. La linterna iluminó unas piernecitas desnudas que parecían ser de un bebé que estaba boca abajo, con el resto del cuerpo sepultado entre dos cadáveres.
—¡Dios mío! ¿Dónde nos hemos metido, Abel? —preguntó Gabriel con la voz trémula.
—No lo sé. Lo único que no entiendo es por qué seguimos aquí.
—Es verdad, vámonos a casa y que mi padre llame a quien tenga que llamar.
Nos dimos media vuelta y volvimos hacia atrás. Había tenido la precaución de buscar una referencia dentro de la fosa antes de ponerme a pasear por su borde, para poder volver si hiciera falta al lugar en el que se había quedado Gabriel vomitando o a la escalera por la que habíamos bajado hasta allí. Esa referencia era un zapato rojo de tacón de aguja, que estaba muy cerca del borde de la fosa, sin ningún pie en su interior, aclaro. Encontramos el zapato sin problemas, así que solamente había que darse la vuelta, caminar unos metros y estaríamos a los pies de la escalera de caracol. Sin embargo, un nuevo incidente retrasó un poco más nuestra salida de aquel lugar. De la nada absoluta cayó algo en la fosa, estrellándose delante de nosotros, aunque a muchos metros de distancia. La linterna no alcanzaba a iluminar el lugar exacto en el que había caído lo que seguramente era un nuevo cadáver. Eso podía explicar aquel gemido enmudecido que habíamos escuchado antes. Alguien había matado a una persona, encima de nuestras cabezas, y luego había lanzado el cuerpo a la fosa. Si eso había ocurrido estando nosotros allí, por lógica el asesino nos había visto y corríamos peligro. No había tiempo que perder, teníamos que salir de allí inmediatamente.
Corrimos en línea recta hacia donde suponíamos que estaba la escalera de caracol, pero no subimos inmediatamente al llegar a ella. No, había algo que nos lo impedía. Sentada en el primer escalón había una muchacha con la cabeza agachada. Era rubia y llevaba el pelo recogido en una cola, vestía unos tejanos y un top color pistacho y no llevaba calzado alguno. No sabíamos qué hacer, si decirle algo, pasar por encima de ella como si no estuviera o esperar a que fuera ella quien tomara la iniciativa para desbloquear la situación. Si ella estaba sentada allí era porque sabía que nosotros queríamos utilizar la escalera y si lo sabía era porque nos había visto entrar y nos había observado en todo momento. Fue ella quien acabó tomando la iniciativa, quizá porque era la que sabía realmente lo que estaba sucediendo allí. Se levantó de golpe y alargó uno de sus brazos hacia nosotros abriendo la mano, dejando claro con ello que no nos iba a dejar pasar. Instintivamente le iluminé el rostro. Su piel era extremadamente blanca, tanto que parecía grisácea. Su nariz era pequeña y un poco respingona. Sus ojos eran azul cielo y brillaban de una manera muy extraña. Era muy joven, puede que de mi edad o un año mayor y, posiblemente, era la muchacha más hermosa que había visto en mi vida. Tenía cara de ángel, y habría jurado que era uno de ellos si no fuera porque estábamos en el infierno y porque la muy zorra tenía la cara manchada con la sangre de alguien, posiblemente de la persona que había tirado a la fosa un par de minutos antes.
—¿Por qué me miráis así? ¿Es por esto? —nos preguntó la muchacha señalándose la sangre que había alrededor de su boca—. Es que soy demasiado golosa. Bueno, nadie es perfecto.
Entonces empezó a relamerse muy lentamente, como intentando provocarnos de alguna manera. Era evidente que se trataba de una psicópata peligrosa y nosotros, a no ser que reaccionáramos inmediatamente, íbamos a ser sus próximas víctimas. Tampoco podíamos precipitarnos; antes de mover un solo dedo debíamos tener muy claro qué era lo que íbamos a hacer, pues un paso en falso podía ser fatal. Teníamos, no obstante, una gran ventaja y es que éramos dos tíos, no muy fuertes pero tampoco enclenques, y ella una chica de constitución normal. Sin embargo había que ir con mucho cuidado porque a lo mejor llevaba alguna arma escondida, la misma que había utilizado para cargarse a su última víctima. Así que esperamos a que ella volviera a mover ficha para contraatacar nosotros y desembarazarnos de ella de alguna manera. La muchacha acabó de relamerse, suspiró de satisfacción y, de nuevo con una voz muy dulce, se dirigió a Gabriel para preguntarle: ‹‹¿Tú no eres Gabriel Shine?››. Y sin esperar a que le contestase, la muchacha dio un grito aterrador y su cara comenzó a transformarse. Fue una mutación casi instantánea que convirtió su cara de ángel en la de un animal salvaje. Era como si alguien detrás de ella estuviera estirándose la piel, de tal manera que los huesos de su cara, sus músculos y sus tendones se hacían visibles. También podía verse su dentadura al completo, como si los dientes se le saliesen de la boca, y entre estos dientes destacaban sus colmillos superiores que a mí me parecía que se estaban alargando por momentos. ¿Y sus ojos? Sus ojos cambiaron también de color, desapareciendo el azul cielo para dar paso a un rojo púrpura. Todos estos cambios se produjeron en pocos segundos y no nos dio tiempo a reaccionar, cosa que aprovechó ella para abalanzarse sobre Gabriel. Ambos cayeron al suelo y la muchacha se sentó encima de él, aprisionándole con las piernas. Yo, instintivamente, cogí la llave inglesa y la golpeé en la cabeza por detrás. Ella se volvió, me gritó alguna cosa y entonces le di un segundo golpe en plena frente que hizo que cayera a un lado, liberando así a Gabriel. Ayudé a mi amigo a levantarse y corrimos hacia la escalera sin mirar atrás.
Subimos por la escalera de caracol como si nos ardiera el trasero y sentimos cierto alivio al volver a encontrarnos en la habitación de los nichos. Estábamos a un paso de la salvación. Cruzamos también rápidamente por el pasillo, y justo cuando tocábamos con la punta de los dedos la puerta metálica tras la que estaba la salida, a Gabriel no se le ocurrió cosa mejor que hacer que resbalarse y torcerse un tobillo. No podía levantarse del suelo, así que tiré la linterna y la llave inglesa y me agaché para ayudarle a incorporarse. Gabriel se agarró a mí, abrazándome por detrás de la cabeza, y yo le cogí por debajo de las axilas. Doblé las rodillas, tomé impulso y lo levanté del suelo, momento en el que escuché una dulce voz que por desgracia empezaba a serme familiar.
—¿Necesitáis que os eche una mano?
Nos volvimos y allí estaba ella de nuevo, la loca sanguinaria de las narices, aunque en su versión angelical. Su rostro volvía a ser el que yo había alumbrado con la linterna por primera vez, ya no se le veía la dentadura y sus ojos de nuevo eran azules. Además, extrañamente, en su frente no había señal alguna del golpe que le había dado con la llave inglesa. Comenzó a caminar lentamente hacia nosotros, como si estuviera tomando algún tipo de precaución a todas luces ilógica, ya que Gabriel estaba cojeando y yo completamente desarmado. Decidí echar el resto, sacar fuerzas de donde fuera, y cogí en brazos a mi amigo y comencé a subir por la escalera lo más rápido que pude. Ya podía ver la luz que iluminaba levemente el comedor del restaurante, cuando di un paso en falso y me tropecé, haciendo que Gabriel y yo diéramos con nuestros huesos contra los escalones. Me volví lentamente, esperando encontrarme a la psicópata angelical detrás de nosotros, pero no fue así. Ella se había quedado al principio de la escalera, sin atravesar el vano de la puerta metálica.
—Bueno, muchachos, ha sido un placer conoceros —dijo sonriendo—. Por cierto, Gabriel, cuando veas a tu padre dale recuerdos y un beso muy fuerte de parte de Julia Hertz.
Nos dijo adiós con la mano y cerró la puerta. Gabriel y yo nos miramos sin decir nada y subimos a rastras el tramo de escalera que faltaba. Ya en el comedor del restaurante, cerramos la trampilla y nos tumbamos encima para evitar que pudiera ser abierta desde el otro lado mientras recuperábamos el aliento. En esos minutos que pasamos allí, no hablamos de lo que nos acababa de pasar. Demasiadas sensaciones fuertes en un espacio de tiempo muy breve. Creo que ambos aprovechamos aquellos minutos para intentar volver a poner nuestro cerebro en marcha, ya que había sido golpeado de tal manera que estaba colapsado. Yo en lo único que podía pensar era en Mary Quant. Ya sé que suena raro, pero solamente podía pensar en ella. Para mí Mary representaba todo lo contrario a lo que acababa de vivir, quizá por eso pensé en ella, como buscando una especie de droga interior que mitigara la angustia que aún sentía por lo que me había sucedido en el sótano de aquel restaurante abandonado. Doy por hecho que Gabriel aún estaría dándole vueltas a su dos de diamantes, el naipe de sus pesadillas que nos había llevado hasta allí. Aunque más que el naipe, lo que nos había llevado hasta allí era el diamante que habíamos comprado en Young’s y que ahora debía de estar tirado en el callejón de detrás del restaurante. Supongo que estaba pensando en eso, porque de ese tema me hablaría después, una vez que abandonamos Nueva York.
Gabriel se había recuperado de su torcedura cuando llegamos al coche y se ofreció a conducir, aunque no tuviera permiso. Decidió arriesgarse porque quería llegar lo antes posible a casa y contarle a su padre lo sucedido para que este llamara a quien tuviera que llamar y se investigase aquel maldito lugar. Intenté nada más ponernos en marcha que hablásemos de lo sucedido, pero Gabriel no quiso porque me dijo que todavía tenía todas las imágenes de aquella tarde pululando por su cabeza sin control alguno. Al dejar, por fin, Nueva York atrás, Gabriel paró en una gasolinera para llenar el depósito del coche. Yo aproveché para ir al lavabo y asearme un poco. Al salir vi que Gabriel había aparcado el coche frente a una cafetería que estaba al lado de la gasolinera, por lo que supuse que estaría dentro del local. Al entrar, Gabriel me hizo señas desde la otra punta de la cafetería, donde se encontraba sentado a una mesa. Me senté junto a él y al hacerlo apareció como por arte de magia una camarera que me preguntó qué deseaba tomar. No tenía hambre, pero pedí un sándwich de queso, algo con lo que llenar un poco mi estómago que había vaciado en su totalidad en el sótano de El Año del Dragón. Un sándwich ligero que mi estómago pudiera soportar sin problemas y que me permitiese realizar lo que quedaba de viaje sin marearme. No recuerdo lo que pidió Gabriel, puede que incluso no pidiera nada, a lo mejor su cuerpo estaba como su mente, totalmente colapsado. Pensé que quizá había querido que entrásemos en la cafetería para poder hablar con tranquilidad de lo que nos había pasado aquella tarde. Acerté en lo que se refería a querer hablar conmigo aprovechando esa pausa en el viaje, pero me equivoqué en el tema.
—Está claro qué significa el dos de diamantes, ¿verdad?
—¿El dos de diamantes? —pregunté extrañado, ya que no sabía a santo de qué venía eso ahora.
—Sí, el dos de diamantes. La T mayúscula es la oficina de Thorn, el dragón del restaurante y el dos de diamantes dos ojos rojos.
—¿Los ojos de aquella loca?
—No, los de ella no, los de otra persona. Los de una persona que vi el día que vi a mi madre por última vez.
—¿Viste a alguien que también tenía los ojos rojos?
—Sí. Cuando estábamos tumbados en el suelo del restaurante, lo he recordado todo. He recordado todo lo que ocurrió aquella noche.
—¿Seguro?
—Sí, absolutamente todo. Mi padre y yo vivíamos a un par de manzanas de la calle del restaurante. Aquella noche fui a cenar a casa de una chica con la que estaba saliendo, Beth, que compartía piso con dos amigas. Ella era dos años mayor que yo y ya estaba en la universidad. Bueno, esto no importa mucho. El caso es que después de cenar nos pusimos a ver la tele y me quedé dormido en el sofá. Cuando desperté eran las tres de la madrugada y me fui. De camino a casa, pasé por delante de la oficina de Thorn e iba a cruzar la calle cuando de repente apareció un coche negro que frenó en seco delante del restaurante chino. Se abrió la puerta trasera del coche y salió de él un hombre muy alto que llevaba una gabardina larga. Solamente podía verle de espaldas. El hombre se volvió hacia el interior. La mujer empezó a golpearle intentando que la soltara. Entonces fue cuando la puerta del restaurante se abrió. Ya estaba abandonado, de eso también me he acordado ahora. Yo me acerqué a socorrer a aquella mujer y al hacerlo me di cuenta de que se trataba de mi madre.
—¿Tu madre?
—Sí, era ella, te lo juro. Llevaba la misma cinta azul para el pelo que yo le había regalado en aquellas visiones de crío.
—¿Y no podía ser aquello otra visión?
—Es lo que muchas veces he pensado, que aquello también era una visión, pero el dos de diamantes lo cambia todo. Cuando vi que era ella, la llamé diciéndole ‹‹mamá›› y se volvió, y al verme puso cara de sorpresa. Entonces el hombre que la sujetaba se volvió hacia mí. Tenía los ojos rojos y, al igual que a la tía de esta tarde, su cara se transformó y pude ver también su dentadura con esos colmillos largos. El tipo empezó a gritarme cosas que no entendí mientras mi madre continuaba intentando liberarse de él. Entonces alguien que no vi llegar me golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento. Cuando volví a abrir los ojos, estaba siendo atendido por dos policías. Uno era negro y llevaba gafas y el otro era blanco, muy gordo y con mostacho. Me preguntaron qué había sucedido y les expliqué lo que te he contado, que alguien estaba intentando hacer entrar a mi madre por la fuerza en el restaurante y que al ir a socorrerla me golpearon en la cabeza y perdí el conocimiento. El policía del mostacho vio que la puerta del restaurante no estaba cerrada con llave y entró en él. Su compañero llamó a una ambulancia y después me preguntó si vivía cerca de allí. Le dije que sí, que vivía muy cerca de allí con mi padre, que en dos o tres minutos apareció por allí.
—Seguro que tu padre se quedó alucinado con todo aquello, ¿eh?
—Fue algo más que eso. Justo cuando mi padre llegó, el poli que había entrado en el restaurante salió diciendo que no había nadie allí dentro, que estaba totalmente vacío y que tenía pinta de llevar mucho tiempo abandonado. Entonces fue cuando le preguntaron a mi padre si mi madre había desaparecido o si tenía constancia de que la hubieran secuestrado y él les dijo que llevaba trece años muerta. Mi padre agachó la cara, pero los policías me miraron con cierto desprecio, como si estuviera drogado, borracho o loco. Empecé a gritar y a jurar que lo que había explicado era cierto. Intentaron tranquilizarme y como no lo consiguieron hablándome, el gordo me cogió con fuerza y entonces le di un cabezazo en toda la nariz y empezó a sangrar a lo bruto. Su compañero me agarró por detrás y me esposó inmediatamente. Pasé aquella noche en el calabozo.
—¿Y te metieron en la cárcel?
—No, no me metieron en la cárcel, lo que me hicieron fue un informe psiquiátrico, y como expliqué que mi madre había venido a mi habitación cuando yo tenía seis o siete años y ella hacía tres años que estaba muerta, me diagnosticaron esquizofrenia. Bueno, por eso y otras cosas, pero hicieron mucho hincapié en que lo de mi madre era una alucinación. A partir de entonces, me he pasado el tiempo entrando y saliendo del sanatorio. Mi padre dejó Nueva York y se fue a Ithaca, supongo que para alejarme de Tribeca, sus calles y el escenario de mi última alucinación. Además, al estar allí enterrada mi madre, eso se suponía que debía de recordarme constantemente que ella estaba muerta y que las veces que la había visto eran alucinaciones mías, de un enfermo mental. Lo curioso es que había olvidado todo esto que te acabo de contar, lo de los policías, el restaurante y lo del tipo con los ojos rojos, pero no el hecho de haber visto a mi madre. Y luego, si te das cuenta, en alguna parte de mi cabeza esto seguía presente y se manifestaba en mis pesadillas.
—¡Joder, vaya historia!
—Ya, es para escribir una novela de misterio, pero ahora tengo que hacerte una pregunta que quizá te parezca extraña.
—Dime.
—¿Esta tarde hemos visto una fosa llena de cadáveres y nos ha atacado una mujer con ojos rojos?
—Pues claro que sí.
—¿Estás seguro de que eso ha ocurrido?
—Sí, te lo juro, estoy seguro de que eso ha pasado y de que lo he pasado muy mal esta tarde.
—Bien, entonces eso quiere decir que o tú y yo estamos locos o que realmente ha ocurrido todo lo que hemos vivido esta tarde. Y si eso es así, quiere decir que yo jamás me he inventado nada, jamás he tenido alucinaciones, jamás he estado realmente enfermo.

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Dom Jul 18, 2010 8:57 pm

ranguis!! Very Happy

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Lun Jul 19, 2010 2:31 pm

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 21, 2010 5:14 am

Gracias chicas!!

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Miér Jul 21, 2010 5:17 am

RELACION DE CAPITULOS


PRIMERA PARTE
HAY MUCHOS PECES EN EL MAR

Exordio Tibari (POSTEADO)

1. Mary, Reneé y Nemo Tibari (POSTEADO)

2. Villa Idiota Annabel Lee (POSTEADO)

3. Hay muchos peces en el mar Virtxu (POSTEADO)


SEGUNDA PARTE
LA TUMBA DE HELEN

1. Arisa Imai Gemma (POSTEADO)

2. Gabriel Shine Shuk hing(POSTEADO)

3. El Año del Dragón Zoe(POSTEADO)

4. El dos de diamantes Tibari(POSTEADO)

5. Están entre nosotros Annabel Lee

6. La tumba de Helen Virtxu


TERCERA PARTE
LO QUE SABEMOS SOBRE LOS VAMPIROS

1. Julia Hertz Gemma

2. Helmut Martin Shuk hing

3. La lista negra Zoe

4. Un día en Nueva York Tibari

5. Lo que sabemos sobre los vampiros Annabel Lee


CUARTA PARTE
UN COBARDE

1. Van Helsing Virtxu

2. Por una cabeza Gemma

3. Una psicópata con una ballesta Shuk hing

4. Lo lamentarás cuando llegue la noche Zoe

5. Nosferatu Rossmary

6. Algo pasa con Mary Annabel Lee

7. Un cobarde Virtxu


EL JURAMENTO, Abel J. Young y Heathcliff Higgins Shuk hing

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Annabel Lee

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MensajeTema: Re: Entre Nosotros (Juan Ignacio Carrasco)   Vie Jul 23, 2010 12:46 am


5

Están entre nosotros

Transcrito por Annabel Lee


Llegamos a la cabaña a orillas del Cayuga cuando ya había oscurecido. Antes de entrar pudimos ver que Arisa y el señor Shine estaban en la cocina. Ella sentada a la mesa con una copa de vino tinto en la mano y él cortando verduras al lado de los fogones. Cuando entramos en la cocina, Arisa se volvió y puso cara de enfado ficticio.
―Ya os vale. Os vais de excursión y me dejáis aquí tirada.
Excursión. Yo no habría podido encontrar una definición mejor a lo que Gabriel y yo habíamos hecho en Nueva York aquella tarde.
―Papá, hemos estado en Tribeca―dijo entonces Gabriel.
―Tribeca. ¿Visitando nuestro antiguo barrio? ―preguntó el señor Shine.
―Hemos estado en un restaurante chino―siguió Gabriel.
―Menos mal―dijo Arisa―, tu padre quería hacer arroz para cenar y yo le he dicho que…
―El restaurante era El Año del Dragón―dijo Gabriel, dejando a Arisa con la palabra en la boca.
El señor Shine dejó de cortar verduras de golpe y se sentó en la mesa, apoyando su cabeza en las manos.
―Es un restaurante abandonado―continuó diciendo Gabriel―, cerca de nuestra casa. ¿Lo conoces?
―¿Habéis estado en un restaurante abandonado? ― me preguntó Arisa, volviéndose hacia donde yo me encontraba.
―¿Conoces ese restaurante papá? ―volvió a preguntar Gabriel.
De repente sonó el teléfono y el señor Shine se levantó de la mesa como un resorte.
― Deja que suene, no lo cojas―dijo Gabriel.
―Seguro que es importante―contestó su padre.
―Papá, deja que suene y contéstame―insistió Gabriel.
―Es importante, he de contestar―acabó diciendo el señor Shine mientras salía de la cocina para entrar poco después en su despacho.
―¿Me podéis explicar qué está pasando?―nos preguntó Arisa.
―Gabriel y yo hemos tenido un…
―No le cuentes nada aún, Abel, espera a que vuelva mi padre―me ordenó Gabriel.
―Es de mala educación ir con secretitos―dijo Arisa, esta vez con cara de verdadero enfado.
―Te enterarás cuando tengas que enterarte―replicó Gabriel―, pero antes mi padre ha de aclararnos unas cuantas cosas.
El señor Shine volvió a la cocina. Estaba sudando y le temblaban las manos. Se sirvió una copa de vino, se la bebió de un trago, tomó aire y acabó soltando la bomba.
―Debéis iros de aquí inmediatamente. Los tres, ahora mismo.
―¿Por qué?―preguntó Gabriel.
―Dentro de cuatro horas ellos se presentarán aquí y es mejor que no os encuentren―le contestó su padre.
―¿Quién vendrá a por nosotros? ―pregunté yo entonces.
―Ellos, los vampiros―me contestó el señor Shine con voz trémula.
―¿Vampiros? Usted está un poco obsesionado con ese tema, ¿no?―dijo Arisa.
―Te ha reconocido una de ellos Gabriel― dijo el señor Shine a su hijo.
―¿Esa tal Julia Hertz es una vampiro?―preguntó Gabriel.
―Sí, eso mismo. Ella ha llamado a los otros y van a venir a buscaros―dijo el señor Shine mientras volvía a sentarse a la mesa, sin dejar de temblar―. Yo he intentado protegerte, Gabriel, pero al final ha sido inútil.
Arisa volvió a llenarse la copa de vino y, al igual que hiciera el señor Shine, se la bebió de un trago. Era una especie de convidada de piedra en una fiesta, con malos humos, de la que no sabía qué se estaba celebrando.
―¿Habéis visto un vampiro, Abel? ―me preguntó en el momento en el que me senté a su lado, pues la notaba algo nerviosa y quería tranquilizarla con ese gesto.
―No sé si era una vampiro o una loca, pero eso no es lo pero que hemos visto esta tarde― le dije a Arisa, susurrándoselo al oído, para que Gabriel no me escuchase―. Ya te lo explicaré más tarde.
La verdad era que aunque se lo hubiese dicho gritando, Gabriel no se habría enterado, ya que estaba totalmente concentrado en el diálogo que mantenía con su padre y creo que hacía rato que se había olvidado de Arisa y de mí.
―¿De qué querías protegerme, papá?
―De ellos, quería evitar que te mataran.
―No te entiendo. Te juro que no te entiendo.
―No quería perderte. Había perdido a tu madre y no podría soportar perderte a ti también.
―¿Por qué quieren matarme? ¿Qué he hecho yo?
―Es muy largo de explicar. No tengo tiempo ahora. Por favor, preparad vuestro equipaje y huid de aquí. Cruzad la frontera, allí estaréis a salvo por el momento.
―¿Es por aquel hombre de ojos rojos con el que me tropecé cuando ví a mamá delante del restaurante?
―Por aquel hombre que creíste ver…
―No, por aquel hombre que vi, como he visto hoy a esa mujer que parece conocerte, como he visto los nichos, la fosa de los cadáveres… Tú sabías que yo no estaba enfermos, ¿verdad?
―Claro que lo sabía, pero mientras creyeses que estabas enfermo y fueses olvidando aquello estaríamos a salvo, pero hoy te has vuelto más peligroso que nunca.
Arisa me cogió de la mano. Su nerviosismo se acababa de convertir en miedo. <<¿Fosa de cadáveres?>>, me preguntó susurrando, y cuando yo asentí, me apretó la mano con más fuerza. Supongo que su instinto la estaba empujando a abandonar la cocina, pero su miedo la aferraba a mí.
―¿Me he pasado los últimos años tratándome una enfermedad que no padecía?¿Pensando que estaba loco?― preguntó Gabriel a su padre.
―Tuve que hacerlo. Eso y…―El señor Shine dejó la frase inacabada sin que nadie le interrumpiera.
―¿Eso y qué más papá?
―Siempre que salías del sanatorio, ellos me llamaban y me amenazaban. Me decía que me asegurara de que no dirías nada y de que todo iba bien. Yo les mentía, veía que seguías dibujando esos ojos rojos y el dragón y a tu madre…
―Por eso siempre te has comportado mal conmigo, siempre me has hecho pensar que no te importaba o que te molestaba. Todo para que me hundiera en la depresión que tú y esa gente, tus vampiros, habíais fabricado para mí. Siempre igual, y al final el pobre Gabriel volvía a tener visiones y a recaer. Era mentira, tú me estabas haciendo luz de gas aquí, en nuestra casa. Cosas que desaparecían misteriosamente, gente que venía a casa y que decías que nunca había estado aquí… Y yo, mierda, yo pensando que estaba enfermo.
―Era por tu bien, hijo. Un día ya no dibujarías nada que les preocupase. Se quedarían tranquilos y nosotros comenzaríamos una nueva vida lejos de aquí.
―Y yo compadeciéndote. Pobre hombre, se muere su mujer y su hijo está loco. Pensé que eras una especie de mártir.
―Lo siento, hijo.
El señor Shine comenzó a llorar mientras Gabriel le miraba con una expresión mezcla de odio, tristeza e incredulidad.
Arisa, la pobre, seguía perdida en aquel país sin maravillas.
―¿A nosotros también nos quieren matar, señor Shine?―preguntó Arisa.
―Sí, hija, también vienen a por vosotros. ― contestó el señor Shine.
―Pero yo no he estado esta tarde con Gabriel y Abel, y ni siquiera creo en que esos vampiros que usted dice que existen. Yo no soy peligrosa―acabó diciendo Arisa, algo alterada.
―Para ellos sí lo eres. Has escrito una historia de vampiros creíble, igual que ha hecho Abel― dijo el señor Shine―. De eso iba el seminario, de saber si vuestras historias eran producto del azar, de alguna teoría plausible o de la investigación de alguien. ¿Entendéis? Circle Books es una editorial fantasma, encargada de apoderarse de cualquier relato que pueda perjudicarlos. Ellos evitan que vea la luz cualquier historia de vampiros que contenga algo que pueda hacer pensar a la gente que un ser así es creíble. Ellos están entre nosotros. Los vampiros están entre nosotros y su verdadera fuerza, al igual que pasa con el diablo, reside en que la gente no cree en su existencia. Si creas una mínima duda, puedes provocar que alguien se dé cuenta de que según qué puede ser obra de un vampiro. ¿Te suena eso, Abel?
―Sí, me suena, es lo que hace el vampiro de mi relato, evitar que una historia que podría perjudicarle se publique― contesté pensando que por eso dijo el señor Shine que mi vampiro creíble era mi problema, y pensando también que había sido un estúpido al dejarme embaucar por dos fotos bonitas y mil doscientos pavos.
―Cuando me dijisteis que no queríais escribir, me alegré muchísimo. Os hice firmar ese documento y con eso estabais a salvo― explicó el señor Shine.
―¿Y si no hubiésemos firmado?¿ Y si hubiésemos querido ser escritores?―preguntó Arisa.
―Entonces, se pondría en marcha el plan B y os liquidarían―dijo Gabriel, adelantándose a su padre―. ¿También les haces ese trabajo a ellos? ¿Seleccionar víctimas?
―Todo lo contrario, lo que intento es convencer a los alumnos del seminario de que abandonen el género fantástico y apartarlos del mundo literario haciéndoles firmar el compromiso―explicó el señor Shine―.Todos los que he tenido hasta ahora han firmado ese compromiso y están a salvo. Si quieren escribir algo, te seguro que no será de vampiros. Debéis saber que todas las novelas, todas las películas y series de televisión en la que aparecen vampiros son estupideces que les benefician a ellos por lo que antes os he comentado, porque son unos personajes tan ridículos que la gente no se los toma en serio. ¿Lo entendéis ahora? Ellos permiten que se escriba sobre vampiros, que se hagan películas sobre ellos porque mientras eso sucede pueden seguir actuando con total impunidad.
―¿Cómo El vampiro de Polidori en mi relato?―pregunté yo al recordar que había escrito algo parecido a lo que acaba de oír en El juramento.
―Sí Abel, como El vampiro de Polidori―contestó el señor Shine―Además, por pura casualidad, adivinaste cómo murió realmente lord Byron.
―¿Y no te parece demasiado casual, Abel, que un escritor que quería escribir un relato sobre un vampiro muriese desangrado?―preguntó el señor Shine.
―Fue casualidad, no lo sabía―dije yo, intentando excusarme sin razón.
― Hay una cosa que no entiendo, señor Shine―dijo Arisa―, Yo firmé ese compromiso editorial y no tengo intención de dedicarme a escribir ficción. ¿Por qué también me quieren matar a mí esos señores?
―Es que ahora ya da igual, Arisa. Ahora ya sabes lo que les ha pasado a Gabriel y Abel esta tarde, pero aunque no lo supieras, a ellos les daría lo mismo. Por favor, hacedme caso y marchaos lo antes posible―acabó diciendo el señor Shine, acompañando sus palabras con un golpe en la mesa con el que intentaba dar más fuerza a lo dicho.
Gabriel nos hizo un gesto con la cabeza a Arisa y a mí para que saliéramos de la cocina, y una vez fuera, nos pidió que obedeciéramos a su padre y subiésemos a preparar el equipaje. Le hicimos caso, y mientras subíamos la escalera, Gabriel volvió a entrar en la cocina, seguramente para hablar a solas con su padre de todo lo que estaba pasando. Aunque Gabriel no nos hubiera pedido que obedeciéramos al señor Shine, lo habríamos hecho de todas maneras, ya que estaba claro que para Arisa y para mí lo mejor era largarnos de allí lo antes posible, fuese o no cierta aquella historia de vampiros editoriales, fuesen o no reales las experiencias que yo había vivido aquella misma tarde. Arisa subió la escalera y entró en su cuarto, sin decir nada, pero un par de minutos después abrió la puerta interior que comunicaba nuestras habitaciones buscando repuestas. Quería saber qué nos había ocurrido en Nueva York, lo de la mujer vampiro y lo de la fosa de cadáveres. Le pedí que se sentara en la cama y me diera algo de tiempo para encontrar la mejor manera de contarle lo sucedido. Después de darle vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que la mejor manera de explicar la historia del sótano de El Año del Dragón era apoyándome en algo que la ilustrara, y ese algo eran los dibujos de Gabriel.
Arisa y yo subimos a la buhardilla y le pedí de nuevo que se sentara en la cama, para poder moverme con libertad e ir señalando cada uno de los dibujos que me iban a servir para que ella entendiese qué es lo que había ocurrido en Nueva York y, si era posible, me creyese. El tema era que a una japonesa le tenía que contar que un esquizofrénico y un pringao habían sido atacados por una vampiro de ojos rojos en el sótano de un restaurante chino abandonado en el que, aparte de sesenta nichos con cojines dorados, había una fosa gigante con cientos de esqueletos y cadáveres en estado de putrefracción. Pues bien, para contar esta historia tuve que empezar por el principio, como es lógico, y este principio era la madre de Gabriel. Señalando los dibujos de Helen Shine, le conté lo de su accidente, lo de sus apariciones nocturnas y lo de la cinta de pelo azul. Arisa volvió a abrir la boca de nuevo y ya la dejó así de abierta hasta que terminé la explicación. Seguí con el relato explicándole lo que ocurrió cuando Gabriel vio a su madre en el momento en el que intentaban obligarla a entrar por la fuerza en El Año del Dragón.
―Un momento, que me estoy perdiendo― me interrumpió Arisa―. ¿Vio a su madre más de diez años después de que ella muriese?
―Sí, eso mismo, y llevaba la cinta azul para el pelo― le contesté, señalándole el dibujo en el que aparecía Helen Shine con esa misma cinta.
―Eso es algo increíble.
―Sí, supongo que ese ha sido siempre el problema, Arisa, que es una historia increíble, pero espera que aún no te he contado lo mejor.
Le expliqué a continuación que Gabriel lo había olvidado todo y lo que significaban cada uno de los dibujos de sus pesadillas: el dragón y la T mayúscula indicaban lugares, y el dos de diamantes, el tipo que quería hacer entrar a la señora Shine en el restaurante, omití l de la rata porque consideré que no era importante. Sí que hice hincapié en lo de los cojines dorados de aquella especie de mausoleo, y añadí que había un pelo rubio en uno de ellos. Por supuesto, el momento culminante de mi explicación llegó cuando le describí la fosa de los cadáveres. Aquí tuve la delicadeza de no ser muy preciso y no contarle, por ejemplo, lo de las piernas de aquel bebé. De todas maneras Arisa ya llevaba tiempo en estado catatónico: paralizada, con la boca abierta, los ojos como platos y temblando. Sé lo del estado catatónico porque una vez me lo preguntaron en clase y dije que era la forma de gobierno de Catatonia, y el profesor me obligó a que buscara información para que, al día siguiente, volviese a contestar la pregunta sin hacer el ridículo. Por último le conté el enfrentamiento con Julia Hertz y lo que nos había dicho ella al despedirse. Aquí he de reconocer que me pasé un poco, ya que lo expliqué a la italiana, moviendo mucho las manos, tirándome por el suelo, repitiendo el golpe que le di en la cabeza a la bestia aquella, etcétera.
― Y ella tenía los ojos rojos. No todo el tiempo, solamente cuando se puso a gritar y atacó a Gabriel― dije para terminar con mi relato.
―Es espeluznante, Abel.
―Dímelo a mí, que pensé que de allí no iba a salir entero. ¿Te lo crees?
―Si me lo contara otra persona o si lo leyera en algún sitio, no lo creería, pero tú no tienes por qué mentirme. Además, ahora entiendo de que se estaba hablando en la cocina. Sin embargo, la verdad es que cuesta asimilarlo. Tú has estado allí y, no sé, parece que estás como si nada.
―Es que creo que no me parado a pensar en serio sobre lo de esta tarde. Lo he pasado fatal, pero he sobrevivido y en eso es en lo único que realmente he pensado.
―¿Vampiros?¿Crees que esa mujer es una vampiro y vendrán con vampiros a matarnos?
―El problema es que el señor Shine no tenía por qué mentirnos ahora. Si lo que nos ha contado él nos lo hubiese contado otro día, sin haber visto lo que he visto, pues seguramente no lo creería, pero lo que ha dicho cuadra demasiado. Creo, Arisa, que si fuese mentira lo que nos ha dicho, todo lo que pasó en el restaurante no sería más que una especie de montaje muy caro, ¿no? Te juro que ha pasado tal y como te lo he contado.
―Vampiros de ojos rojos y una fosa en la tiran a sus víctimas. Los vampiros no existen.
Le dije que yo no podía estar seguro de si existían o no los vampiros, pero que de todas maneras esa gente era mala gente. Daba igual si eran o no vampiros, puede que fueran miembros de una secta de locos, pero eso, como digo, daba igual, ya que estábamos en peligro. Debíamos largarnos de allí como había dicho el señor Shine, y una vez a salvo, ya tendríamos tiempo para meditar sobre todo lo que nos estaba pasando y encontrarle una explicación que nos pareciera más lógica. Lo único que podíamos tener claro en ese momento era que alguien quería matarnos y que lo mejor era largarse de allí lo antes posible. Cuando tu cuello está en peligro, no pierdes el tiempo en buscarle sentido a lo que te rodea, solo piensas en sobrevivir y eso es lo que teníamos que hacer.
―Mira, cuando le di a la tía aquella con la leve en la cabeza, no pensé si era una loca., una vampiro o una violadora sotanera. Lo único que me importaba, Arisa, era quitársela a Gabriel de encima. ¿Comprendes?
―Sí, entiendo lo que quieres decir. No importa quien quiere matarnos, sino que alguien quiere hacerlo.
―Exacto, y no sé tú, pero a mí me gustaría evitarlo.
―Sí, démonos prisa en hacer las maletas y larguémonos de aquí.
Salimos de la habitación y al bajar por la escalera nos topamos con Gabriel. Nos dijoq que había intentado convencer a su padre de que se fuera también de la casa, peroque no había podido hacerle cambiar de opinión.
―Me ha dicho que prefiere quedarse aquí e intentar razonar con ellos, convencerles de que no vamos a decir nada―explicó Gabriel―. Cuando esos tipos se vayan, llamará a alguno de vuestros móviles y nos explicará cuál es la situación y qué debemos hacer.
―¿Y a él no le harán nada?―preguntó Arisa.
―Temo que sí, por esa razón he intentado convencerle de que se venga con nosotros― contestó Gabriel resignado―. Hasta ahora parece que le ha seguido el juego a esa gente, pero al dejarnos marchar se pone en su contra. No sé lo que puede pasar, pero seguro que nada bueno.
―Y si le pasa algo, ¿cómo sabremos qué hacer?―pregunté yo.
―Me ha dicho que si al salir el sol no nos llama, que os compre dos billetes de vuelta a casa y que cuando lleguéis allí comentéis a vuestros padres lo sucedido― explicó Gabriel.
―¿Y tú que harás?―preguntó en esta ocasión Arisa.
―A mí me ha dado una carta para un tal Tom S. Braker― nos dijo, enseñándonos un sobre que se sacó del bolsillo―.
Al parecer es un antiguo alumno suyo. Él me ayudará en todo lo que pueda, es un tipo de fiar. Ah, Abel, toma las llaves del coche, conduces tú otra vez.
Gabriel me dio las llaves del todo terreno de su padre y quedamos en vernos en el vestíbulo en diez minutos, con todo dispuesto para abandonar la casa. Yo no tardé mucho en hacer la maleta; me había llevado poca ropa y los bañadores que me había comprado en Ithaca no abultaban nada. Como me sobraba espacio en la maleta, también guardé en ella el libro de Arisa, Los señores de la peste. Con las tonterías, y casi sin darme cuenta, ya iba por la mitad. No estaba mal el libraco, además lo estaba leyendo con mucho cariño por ser de quien era. Mientras metía el libro en la maleta, pensé que ahora Arisa se estaba arrepintiendo de haber viajado con aquellas cuatro maletas. Seguramente aún estaría intentado cerrar la primea de las cuatro, ya que seguro que había doblado toda la ropa con meticulosidad y la había colocado con mucho ciudado en la maleta para que no se arrugase. Al cerrar mi maleta, decidí pasarme por su habitación para ayudarla a acabar de hacer el equipaje, utilizando mi estilo ovillero de meter la ropa en la maleta, consistente en eso, en hacer un ovillo con toda la ropa y no preocuparme por las arruguitas y demás cosas femeninas.
Entré en su habitación por la puerta interior, pero ella ya no estaba allí. Ni ella ni sus maletas. Salí al pasillo, me asomé por la barandilla de la escalera y me la encontré con sus cuatro maletas y su mochila al lado de la puerta principal, hablando con el señor Shine, el cual también llevaba una mochila cogida con una mano. O yo me había dormido sin darme cuenta mientras hacía mi maleta o Arisa tenía tantas ganas de largarse de allí que había batido el récord mundial de hacer equipajes. Lo más gracioso del tema es que en Syracuse se enfadó conmigo por no llevarle las maletas y al llegar a aquella asa también se hizo la remolona para que le subiera el equipaje a la habitación, pero ahora ella solita había cargado con sus maletas la menos hasta la puerta. Bajé los escalones de la escalera de dos en dos, como si con eso ganara algo de tiempo, y puse mi maleta junto a las de Arisa. El señor Shine me dijo lo mismo que al parecer le acababa de decir a Arisa, que sentía mucho todo lo que había ocurrido y que esperaba que algún día pudiéramos perdonarle. Yo no supe qué contestarle, ya que tampoco era aún consciente del mal que ese señor me había hecho. ¿Me había tendido una trampa o había intentado salvarme una vez que yo solo me había metido en la boca del lobo? Cuando bajó Gabriel, el señor Shine ni se excusó ni le pidió que le perdonara; seguramente ya lo había hecho antes, cuando él y su hijo se quedaron a solas en la cocina. Gabriel intentó convencerle una vez más para que se viniera con nosotros, pero el señor Shine dijo que debía quedarse y hacer todo lo posible para proteger de nuevo a su hijo y, de rebote, a los dos alumnos de su falso seminario. Gabriel abrazó a su padre a modo de despedida, y el señor Shine le dio la mochila que llevaba en la mano y le dijo que era dinero y unos documentos que había preparado como plan de fuga, por si algún día ocurría lo que parecía que ya había ocurrido. Entonces Gabriel aprovechó la entrega de esa mochila para decirle que si tenía un plan de fuga, contestó diciendo que esa plan lo había pensado para Gabriel y él a solas, pero que si se quedaba era para cubrirnos a los tres. Gabriel no entendía la actitud de su padre, y lo cierto era que yo tampoco, pero en aquellos momentos me daba igual si aquel hombre se quedaba o se venía con nosotros; para mí la despedida ya estaba durando demasiado. El señor Shine quizá me leyó la mente, ya que abrazó a su hijo, nos deseó suerte a Arisa y a mí y nos abrió la puerta de la casa para que no perdiéramos más tiempo. Salimos de la casa y sin mirar atrás nos dirigimos directos al coche. En esta ocasión no hizo falta que Arisa me pidiera que le ayudara con las maletas; le cogí un par y Gabriel otra, y en menos de un minuto colocamos todo nuestro equipaje en el maletero y salimos de allí rumbo a Canadá.
El viaje a Canadá fue más corto de lo esperado, duró apenas diez minutos. Duró tan poco porque en realidad nunca fuimos a Canadá, ya que después de repostar en una gasolinera que había a la entrada de Ithaca, Gabriel me dijo que volviéramos de nuevo a la casa.
―Ni hablar, Gabriel ―le dije―, vamos a seguir con el plan previsto.
―No puedo dejar a mi padre allí solo― me dijo él―. Volvamos.
―Él nos ha dicho que crucemos la frontera y que ya nos llamará después―dijo Arisa―. Creo que él tiene las ideas muy claras sobre lo que hay que hacer.
―Vosotros no hace falta que os quedéis, me dejáis allí y os largáis―añadió Gabriel.
―¿Y qué vas a conseguir quedándote con tu padre, Gabriel?―le preguntó Arisa.
―No sé, a lo mejor solamente vienen un par de tipos y puede que mi padre y yo nos podamos defender― intentó argumentar Gabriel.
―Tío, la vampiro de esta tarde era una tía y casi te liquida. Y ya viste que le pegué con la llave inglesa en toda la frente y después estaba más fresca que una rosa―le dijepara hacerle ver el peligro que corría si volvía junto a su padre.
―Es que me jode que se quede solo, a modo de sacrificio― dijo Gabriel con tono de enfado―.¿Qué crees, que esos vampiros o lo que sean se van a poner a jugar a las cartas con él?
―¿ Y tú que se supone que puedes hacer, Gabriel?― pregunté la típica pregunta que no es una pregunta, sino una afirmación reforzada con un tono de interrogación.
― A lo mejor solamente viene uno y, con un poco de suerte, mi padre se da cuenta de que está cometiendo un error.
―Quiero proponeros una cosa que creo que es la mejor solución―dijo entonces Arisa―. Volvamos todos a la casa, pero quedémonos fuera, escondidos en el bosque. ¿Conoces un sitio en el que podamos ocultarnos con el coche y ver desde allí la casa?―le preguntó a Gabriel.
―Sí, hay un pequeño claro al que podemos llegar con el todoterreno ―contestó Gabriel―.Está a unos cien metros de la entrada de la casa y la visión es directa.
―Vale, pues iremos hasta allí y nos esconderemos hasta que lleguen―continuó Arisa―.Si vemos que solamente son uno o dos, creo que los cuatro les podremos hacer frente. Aunque yo soy algo baja y Abel no es muy forzudo que digamos, quizá con un par de llaves inglesas salgamos del aprieto.
―¿Y si son más?―pregunté yo.
―Si son más, y visto que una mujer esta tarde casi os liquida, no me la jugaría―dijo Alisa―. Si son más de dos vemos lo que ocurre, y cuando se vayan ya pensaremos lo que hacer. ¿Qué os parece?
―Gracias, Arisa, muchas gracias―dijo Gabriel, antes de devolverle el beso con el que ella le obsequió algunas noches atrás.
Yo contesté a la propuesta arrancando el coche, poniendo el intermitente izquierdo y regresando a la carretera. Una vez que entramos en el camino que partía en dos el bosque cercano a la casa de los Shine, Gabriel me pidió que aminorara la marcha y que siguiera sus instrucciones para que no me pasara aquel claro que nos iba a servir para escondernos y vigilar. Cuando él me indicó, giré a la derecha para entrar en lo que parecía el cauce seco de un riachuelo por el que seguí durante unos treinta metros, para girar a la izquierda en esta ocasión y meter el todoterreno en un camino de tierra que nos acababa llevando al claro del bosque. No era un camino propiamente dicho, sino más bien una zona en la que la hierba del lugar había desaparecido después de que durante varios años los excursionistas se abrieran paso a través del bosque por ese lugar.
El todoterreno era tan ancho como ese falso camino, incluso creo que en algún momento rocé con los retrovisores algunos de los árboles que lo flanqueaban. Una vez en el claro, vi que Gabriel tenía razón, que desde allí se podía ver la entrada de la casa, concretamente el porche y un trozo de la ventana de la cocina, y que era imposible que desde allí nos descubrieran. Apagué el motor y las luces del coche. Ahora solo hacía falta esperar.
Las tensiones vividas durante aquel día acabaron haciendo mella en mí y me quedé dormido. Arisa me despertó cuando los coches de los vampiros llegaron y se detuvieron frente al porche de la casa. Sí, coches, dos concretamente, y de ellos se bajaron cuatro individuos. De las dos posibilidades apuntadas por Arisa, acababa de quedar descartada la primera, ya que no podíamos enfrentarnos a cuatro vampiros ni con todas las llaves inglesas del mundo. Enseguida vi que Gabriel había llegado a la misma conclusión: no iba a poder ayudar a su padre. Dejaron las luces de los coches encendidas, cosa que nos iba a permitir ver nítidamente todo lo que fuese a pasar, ya que los focos de los vehículos estaban dirigidos hacia la casa. Los cuatro vampiros que bajaron de los coches iban vestidos como los tipos esos de la CIA que se presentan en casa de la gente para convencerla de que lo que aterrizó en su jardín no es un platillo volante, sino un globo meteorológico defectuoso, y para asegurarle que esos señores con ojos rasgados que le habían metido un tuvo por el ano eran fruto de su imaginación o de la inhalación de algún gas nocivo surgido de vaya usted a saber dónde. De los cuatro tipos, había uno que se diferenciaba del resto porque era un poco más bajo que sus compañeros y además cojeaba. Este parecía que llevaba la voz cantante, ya que se quedó fuera fumando un cigarrillo, mientras los otros tres entraban en la casa. Uno de estos tres salió pocos segundos después, seguramente para informarle de que no estábamos allí. El cojo le dio una calada profunda al cigarrillo, lo tiró como si fuera veneno y entró en la casa. Oímos un grito y dedujimos que era del señor Shine. La cosa empezaba a pintar muy mal. Todas las luces del interior de la casa se encendieron; aunque solamente podíamos ver con claridad la que salía de la ventana de la cocina pudimos intuir que estaban encendidas todas por los reflejos que estas producían en las hojas de los árboles que os tapaban la visión total del hogar de los Shine. Uno de los cuatro vampiros salió de la casa y comenzó a mirar a su alrededor, al parecer buscaba alguna otra construcción cercana, un cobertizo o un invernadero, un sitio en el que pudiéramos estar escondidos. Tras comprobar que el único edificio de la zona era la casa de la que había salido instantes antes, el vampiro empezó a caminar en dirección a donde nos encontrábamos. Fue el momento en el. Que Arisa, que estaba sentada en el asiento de atrás, no pudo aguantar más la presión y soltó un grito, una de sus exclamaciones japonesas incomprensibles. Gabriel se volvió inmediatamente y le tapó la boca. Yo cerré los ojos un instante, rogando a Dios que el vampiro no hubiera oído a Arisa. O Dios no me oyó o yo no me expliqué bien o sí me oyó y pasó olímpicamente, ya que al abrir de nuevo los ojos vi que el vampiro se había parado en seco y miraba fijamente hacia nosotros, pero sin vernos, en este caso gracias a Dios ( mira, una cosa por la otra, empatados). El vampiro movía la cabeza, intentando ver entre los árboles. Dio dos pasos más hacia nosotros y , en ese momento, los focos de uno de los dos coches le iluminaron el rostor y pude ver que se trataba del hombre que nos había recogido en el aeropuerto, Helmut. No lo podría asegurar al cien por cien, ya que le vi la cara de lejos y entre el hueco de dos árboles, pero si no era él, era un familiar que se le parecía mucho.
Me volví para decirle a Arisa si le parecía que aquel era Helmut pero la pobre estaba llorando, tapándose la cara con las manos, y pensé que era mejor no tentar a la suerte y dejarla tranquila. Helmut siguió caminando hacia donde estábamos nosotros, y a medida que se acercaba su cuerpo tapaba la visión que teníamos de la casa. Se aproximaba a nuestro escondrijo dibujando una línea recta casi perfecta, pero se notaba por su caminar dubitativo que no tenía muy claro adónde se dirigía. Justo cuando estaba a punto de entrar en el bosque, cosa que habría hecho que nos viera seguro después de dejar atrás los árboles más cercanos a la casa, se detuvo de nuevo, se volvió y echó a correr hacia los coches. Al quitarse de en medio, pudimos ver de nuevo los coches y la entrada de la casa. Cuando Helmut llegó a donde estaban los coches, abrió la puerta trasera de uno de ellos y poco después salieron dos de sus compañeros de la casa llevando a rastras al señor Shine, que parecía estar totalmente inconsciente. Lo metieron en el coche y Helmut entró tras él. Los dos vampiros que lo habían sacado de la casa se metieron en el otro coche y se marcharon.
Unos cinco minutos después, el cojo salió de la casa, subió al coche por la puerta del conductor y puso el motor en marcha. Pensé que se iban a ir enseguida, pero no, el cojo volvió a apagar el motor y él y Helmut salieron del coche. Amos estuvieron hablando durante unos instantes y se volvieron a la vez hacia donde estábamos nosotros. Yo miré a Gabriel y tenía todos los músculos del cuerpo en tensión. Me hizo una señal para que pusiera la mano en la llave de contacto por si teníamos que salir de allí pitando. Helmut y el cojo repitieron el mismo camino que había hecho el primero antes. Cuando ya habían entrado en el bosque, por lo que pasando un árbol más nos descubrirían seguro, se detuvieron, se volvieron y salieron corriendo hacia el coche. Al parecer, el señor Shine había vuelto en sí y había decidido huir aprovechando que se había quedado a solas en el coche de sus raptores. En ese momento Gabriel salió del todoterreno y yo salí tras él, mientras Arisa creo que no se estaba enterando de nada de lo que sucedía a su alrededor. El señor Shine estaba dando marcha atrás para poner el coche en dirección al camino que le podría sacar de allí. Helmut llegó al coche y sin que este se detuviera intentó abrir una de las puertas, pero no pudo conseguir su propósito. Gabriel comenzó a caminar hacia ellos y yo le seguí.
<>, me dijo cuando le cogí de un brazo intentando detenerlo. Sí, éramos tres contra dos, ya que no contábamos con Arisa, pero no pudimos hacer nada. Cuando estábamos a punto de salir del bosque y enfrentarnos cara a cara con aquellos vampiros, el cojo sacó una pistola y disparó dos tiros al ire y apuntó acto seguido al señor Shine. El coche se detuvo y Helmut abrió la puerta del conductor; tras sacar al señor Shine de su interior, lo tiró al suelo con fuerza y comenzó a patearle con rabia, mientras el padre de Gabriel no dejaba de gritar. El cojo se acercó a Helmut y le hizo una señal, y este se detuvo, levantó al señor Shine del suelo y lo empujó contra el coche. El cojo se acercó a su víctima y le metió la pistola en la boca mientras parecía estar explicándole algo, acompañándose con gestos que hacía con la mano que tenía libre. Después de que el señor Shine asintiera, el cojo se guardó la pistola y volvió a sentarse en el asiento del conductor, mientras Helmut le propinaba un puñetazo en el estómago que le hizo caer de rodillas. Helmut abrió la puerta trasera del coche, cogió al padre de Gabriel de los hombros y lo metió a golpes en el vehículo, entrando tras él. El coche arrancó, y los secuestradores su secuestrado abandonaron el lugar a toda prisa. El señor Shine nos había salvado la vida, ya que su intento de fuga había hecho que los vampiros se olvidaran de averiguar si aquello que había escuchado Helmut era el grito de una persona, el graznido de algún bicho nocturno o imaginaciones auditivas de un vampiro de madre alemana.



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