Black and Blood


 
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 La seducción del vampiro- Raven Hart

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rossmary
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:19 pm

Pues diremos aleluya...dame a tú hermano.....
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:21 pm

¿Cómo que dame a tu hermano? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:26 pm

hay dios que complicada eres...es una expresión mija...presentamelo, deja que sea mi novio, pasamelo, chateamelo....como quieres escucharlo....Estoy al pensar que solo tienes una neurona...y está en blanco y además yo soy la unica que te la ejercita jajajajajaajja :bash:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:32 pm

Me parece que la de la neurona en blanco eres tú. Anteriormente he dicho que me tienes que hacer la pelota muuuuuuuuucho. Corregirme si me equivoco, pero creo que "dame a tu hermano" es una exigencia, no hacer la pelota. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Resumiendo, HAZME LA PELOTA!!!!!!!!

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:44 pm

jajjaaaja :249:
Relajate.....
Pelota!!!!, es que no entiendo que es eso...quieres una pelota, de que tipo
scratch

Mira mande este tipo para tu casa, lleva muchas, escoje la que tu quieras...si

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 5:58 pm

Resumiendo, pelota quiere decir que beses el suelo que yo piso, que me alabes, me dihas cosas bonitas, etc.

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 6:09 pm

jajajapero si yo siempre te digo cosas bonitas...
scratch

''Todas las noches cuando me voy a dormir dejo un espacio al lado mio para que en mis sueños te acomodes tu''.

''Hay muchas cosas dulces en la vida pero por mucho azúcar que les pongan jamás podrán igualar la dulzura de tu mirada''.

'Importante es mi corazón porque me hace vivir, pero más importante eres tú, por que lo haces latir''.


Si planta una semilla de amistad, recogerá un ramo de felicidad



ahora si lo que quieres es escuchar palabras bonitas...aca ban

mistad, amanecer, armadillo, ajedrez, amor, acariciar, aliento, árbol, agua, alegría, arco iris, abedul.Bondad, bailar, baile, beso, besar, bien, barbacoa, bebé, baba…Cariño, cascada, claridad, cerebro, cansancio, carnaval, coche, corazón caballo, casa, cantar, colores…Delicia, deseos, diamante, dragón, danés, duende, dolmen, dedal, dálmata, domingo, dado, dignidad…Esperanza, enamorar, estrella, eclipse, excursión, encariñarse, emoción, enigma, empujar, enero, estudiar, enano…Felicidad, flor, fresa, felino, fantasía, feliz, fiesta, flora, facilidad, foca…Globo, geranio, girasol, guepardo, gato, genio, guapa, gelatina, gusto…Hielo, hermoso, huella, hoja, hermano, humor, hierba, helado, hipnosis, heladería, helio…Ilusión, indios, imaginación, itinerario, instantánea, idioma, invierno, iglú, información…Jazmín, jota, jungla, jardín, juego, jirafa, jabón, jornal…Koala, kiwi, kilómetro, karaoke, ketchup, kimono…Lindo, luna, leer, libro, llave, lápiz, limón, leche…Majo, mimar, madera, mamá, madre, marioneta, mano, música, mono…Naturaleza, nube, nido, nacer, nogal, natación, niño, nata, noche…Obsequio, osezno, oler, océano, ópera, oca, oso, ojo, ordenador…Paisaje, perdón pie, periódico, piscina, pantano, palacio, pez, piragua, paz, paté, peluca, pieza…Querer, queso, química, quitasol, querido…Reír, ramo, risa, reloj, romance, rosa, río, ratón, rueda…Sol, serpiente, sabor, sal, sofá, sorpresa, sirena, sensación, saxofón, sabio…Tucán, tormenta, tiempo, tomate, tarta, tigre, tristeza, titiritero, teatro, tiempo, tambor, televisión…Unicornio, uva, unir, ultraligero, ulular, urano, uno, uña…Verano, vacaciones, vaca, visitar, voz, virtual, volar, vacuna, ¡viva!...Web, Walqui talqui, walquiria, walaby…Xilófono, saXo, …Yoga, yoyo, yak, yate, yema, yaya…Zafiro, zorro, zapatos, zoo, zagal, zanahoria…

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 6:30 pm

Me niego a leer tooooooooodo eso [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 6:41 pm

jajajajaj..pues te he dado pelotas de todos tipos, frases, palabras lindas....que más quieres...te brindo mi amistad eterna y hacerte la manicuri en los pies y manos cuando seas mi cuñada, a darte el bebe para que me lo cuides los fine de semana, mientras tu hermano y yo nos vamos de rumba....yyy?...que te parece...trato hecho :please:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 8:20 pm

me he quedado sin habla ross K.O

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 8:22 pm

jaja si y tibari también....no me respondio... scratch

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 8:23 pm

xDDDDD
yo apenas me tome un tiempito y me lo termine de leer
bueno chaoooo

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 8:26 pm

jajaaaj....bueno pero tu hermanito es muy peque asi que no t lo pediria a ti jajajajajajajaj

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Jue Ago 12, 2010 11:45 pm

jajjaaja
asaltacunasss xDDDDDDD
no se como seria tenerte de cuñada

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Vie Ago 13, 2010 3:03 pm

jajaj pues muy lindo....soy muy cariñosa... :manga08:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Sáb Ago 14, 2010 8:24 am

habia leido la sinpsis de este libro en alguna parte pero no le habia echo mucho caso... ahora lo voy a seguir aqui en el foro haber que tal... :?:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Sáb Ago 14, 2010 9:48 am

sip, creo que dejaron el proyecto sin acabar por culpa de las traductoras, lo que no sé es en que foro, de PR no me suena.

y ahora Annabel lo tiene en español y lo estamos transcribiendo ^^

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Sáb Ago 14, 2010 1:21 pm

1


Transcrito por Annabel Lee
Savannah, Georgia
Octubre de 2005

William

La inocente estaba desnuda, tumbada sobre una mesa elevada tapizada en cuero, con las muñecas y los tobillos atados. Llevaba una capucha de ejecución de raso negro atada bajo la barbilla que le cubría la cara pero dejaba el cuello al descubierto. Estaba sujeta con estacas como un chivo expiatorio listo para ser devorado y no podía verme. Incluso en el silencio de la habitación aislada oía su respiración, veía el ligero ondear del raso mientras jadeaba, como un pájaro. Y en ese pequeño espacio, podía oler su miedo.
Mi anfitriona, Eleanor, la propietaria de la casa de la calle River, comprobó dos veces que la chica estaba bien sujeta y luego dijo con una risita:
—La cena está servida.
—Ha llegado mi hora de ser el vampiro —respondí con un tono frívolo pero diciendo muy en serio cada una de mis palabras.
El cordero que estaba en la mesa conocía mi voz. Arqueó la espalda con un suspiro de intranquilidad, tirando del cuero, ofreciéndose, deseosa.
La chica tendría que esperar. Esperar formaba parte del juego y no la decepcionaría.
Me giré hacia mi anfitriona y le sostuve la mirada. En respuesta, mi Eleanor, ella, la que debe ser obedecida, miró hacia abajo como una virgen humana y tímida. Una artimaña en el mejor de los casos. Ella era humana, pero aunque realmente me temiese, nunca lo había mostrado. Su falta de sentido común era una de las cosas que me atrajeron de ella desde el principio.
—Acabaré pronto, en cuanto haya terminado con esta —dije. Recorrí con mi dedo el borde del vestido de Eleanor y luego la cola de la serpiente enroscada que tenía tatuada en el pecho a la altura del corazón. Sus latidos luchaban contra el peso de mi dedo, anticipando nuestro juego.
Se apartó y se giró, y el encaje caro de su vestido emitió un leve silbido. Luego volvió la vista atrás sobre su hombro desnudo con una sonrisa en los labios, como si fuese la mismísima amante gitana del demonio.
—Tómate tu tiempo. Tenemos toda la noche.
Eleanor abandonó la habitación y el sutil aroma almizclado de la promesa de sexo la siguió mientras cerraba la puerta y echaba el cerrojo tras de sí.
Volví a centrar toda mi atención en el manjar que tenía ante mí. Mi cuerpo, hambriento, no se había olvidado de ella ni por un momento. Podía sentir como mis propias venas frías se relajaban, se calentaban, anticipándose a la ingesta.
Aun así me resistí. Me acerqué a la mesa elevada con paso lento.
—Hola, bocadito —dije mientras empezaba a desabotonarme la camisa. No tenía sentido manchar de sangre la tela. Además, es mucho mejor que la carne toque la carne. Es más fácil de limpiar luego, una gentileza de los empleados de
Eleanor.
Dejé que la tela resbalase de mis hombros y la até alrededor de sus muslos desnudos. Ella tembló al sentir el contacto.
—Hola —respondió con un débil susurro.
Pasé lentamente las puntas de mis dedos desde su vientre hasta el corazón y acaricié su pecho izquierdo.
—¿Llevas mucho esperando? —le pregunté, mientras observaba ausente como se endurecía el pezón al contacto con mi piel fría.
—Desde siempre —dijo aquella voz susurrante.
Deslicé la mano hacia arriba hasta que mis dedos rodearon su cuello. La gruesa arteria carótida latía contra la palma de mi mano y tuve que resistirme para no adelantarme. Estaba extremadamente vacío, necesitado.
Y bajo su pálida piel había… sangre. Cálida y vital. El mínimo pinchazo la haría fluir en mi boca llenándome, intoxicándome, redimiéndome.
Incliné la cabeza hacia su mano izquierda, que tenía atada a una arandela de metal, y metí uno de sus dedos inquisitivos en mi boca.
Ella saltó y gimió cuando lo mordí y lo succioné. Una degustación de prueba.
—Por favor… —me rogó.
Sabía a vida, me mareó. Un hormigueo de lujuria recorrió mi piel y cerré los ojos contra el vacío de mi interior, que pedía más a gritos. «Bébela toda», oí susurrar a la despiadada voz de mi maestro. Y podría hacerlo, actuar como un niño glotón y aun así no quedar saciado. Pero no lo haría, tenía mis razones.
Pasé la lengua sobre la pequeña herida para cerrarla, preparado ya para pasar a mayores satisfacciones.
—¿Solo por favor? —dije—. ¿Por favor qué? —le pregunté, jugando con ella.
Todavía no.
Los humanos siempre desean negociar por su placer, y por su dolor. Los depredadores del mundo se saltan la negociación. Toman lo que quieren cuando quieren, las víctimas están condenadas. En mi caso, ir despacio era una tortura con la que ambos disfrutábamos.
Me acosté junto a ella sobre la mesa y acerqué la cara a su mejilla cubierta por el raso. Estábamos respirando el mismo aire, dos criaturas que ansiaban lo que el otro le podía dar pero que nunca se encontrarían fuera de esta habitación. Solo las voces, los suspiros. Los latidos del corazón… tac… tac… tac… Y el sabor.
—¿Por favor qué? —le dije de nuevo muy bajito pegado a su oreja.
En lugar de responder, ella miró hacia el lado contrario mostrando… no, ofreciendo su cuello hermoso y latiente. Me dolía la mandíbula de las ganas de morderlo. Pero en lugar de hacerlo, le pasé la lengua desde la clavícula hasta el lóbulo de la oreja, haciéndola saltar de la sorpresa. Podía ver las cicatrices apenas perceptibles de otras noches, de otros ofrecimientos. A esta no era necesario calmarla con visiones dulces para distraerla. Ella esperaba dolor, lo quería, negociaría por él. Se arriesgaría incluso a morir por su placer malsano. Pero este era mi juego y la complacería cuando yo quisiese.
Y ese momento había llegado.
Por fin ambos tendríamos lo que deseábamos. Coloqué la fría palma de la mano derecha sobre su corazón e hice presión. Su jadeo pronto se convirtió en gemido al morderla con fuerza, sujetándola con los dientes. En su mundo de dolor, emitió un gorgoteo y luego se encorvó contra el peso de mi mano mientras su dulce sangre fluía hacia mi boca. Era intensa. Intoxicante. No estaba seguro de que supiese lo delgada que es la línea entre la vida y la muerte y lo fácil que habría sido para mí succionar hasta detener su corazón vacío… obsoleto. Si supiese que la muerte había venido de visita, ¿me rogaría que parase? ¿Me suplicaría?
Como haría cualquier caballero, me contuve. Mientras la espesa esencia de vida brotaba a borbotones dentro de mí, me concentré no en los cambios de mi cuerpo, sino en los del cuerpo del cordero.
Sangre a cambio de dolor… ese era nuestro pacto corrupto.
Pasé las uñas por sus pechos, levantando verdugones y un rasguño sangrante justo debajo de un pezón. Sus lágrimas, que brotaban bajo la capucha de raso, se mezclaron con pequeñas salpicaduras de sangre y me entraron en la boca. Me hicieron desear morder más fuerte a sabiendas de que ella nunca, jamás, me pediría que parase.
Sangre a cambio de dolor y placer.
Cuando estaba rayando los límites que yo mismo me había impuesto, me deslicé hacia abajo y puse la mano entre sus muslos y hundí mis dedos húmedos y cálidos en su sexo.
Su orgasmo espasmódico envió un último y excitante chorro de sangre a mi interior como pago y luego me retiré, lamiendo los pinchazos para recoger las últimas gotas antes de dejarla. Saciada y demasiado débil para moverse o pedir ayuda, se quedó quieta. Solo la capucha de raso se movió cuando susurró:
—¿Cuándo puedo volver?
—Cuando te llame.
—Haré lo que tú quieras…
—Sí, bocadito, lo harás.
¿He mencionado que esta ciudad junto al río, Savannah, es mía? Es mi hogar, mi santuario. La conexión permanente entre mi existencia y la oscuridad vacía que hay más allá. A Savannah la llaman, muy acertadamente, el lugar más encantado de Estados Unidos. Aquí se ha derramado sangre, y algunas veces lo he hecho yo. Sin embargo, hay que decir que los humanos no han necesitado ayuda para sus carnicerías. Guerra tras guerra han demostrado que es una tarea que se les da bien. La sangre vertida en el pasado permanece densa y húmeda sobre las calles adoquinadas y los jardines salvajes de Savannah, igual que la niebla densa que cubre una tumba. El efecto puede llegar a ser… sofocante. Sin embargo, los que viven aquí están acostumbrados a lo poco habitual. En ocasiones, en los equinoccios o el día de todos los santos, los espíritus recorren descaradamente las calles y los mundos que no se ven abren sus puertas invisibles bajo la oscuridad de la luna.
Pero quizá todo eso sean tonterías. Los humanos pueden ser muy fantasiosos a veces. ¿Yo? Yo soy realista. Veo más allá del encanto y del glamur, de los humanos y de los no tan humanos. Camino en la oscuridad atravesando la historia de la ciudad, que no se detiene ante nada, al compás de los invisibles.
Los fantasmas no me estorban porque estoy muerto y llevo unos zapatos de setecientos dólares.
Pero esta noche, ahora que ya he comido, lo único que me interesa es el sexo.
Escaleras arriba me espera mi Eleanor. Ella fue quien juró matarme, si pudiese.
Sin llamar, giro la manilla y abro su puerta privada. Tenemos seis horas hasta el amanecer. Que empiecen los juegos.
Hay velas que huelen a magnolia por toda la habitación. Aun así puedo olerla. No necesito la luz de las velas para encontrarla. Reconocería el latido tan característico de su corazón en la oscuridad de una mazmorra. Tiro la camisa sobre la silla estilo reina Ana que está situada estratégicamente frente a la cama y dudo antes de sentarme para sacarme los zapatos.
Hay gente a la que le gusta mirar. Pero esta noche no.
La cama, mullida como una nube, se ha despojado de sus rasos y sedas habituales. Esta noche hay para mí algodón egipcio tan blanco como la nieve.
He de admitir que una salpicadura de sangre roja sobre un blanco prístino todavía me pone, como se dice ahora. Sobre todo cuando la sangre es mía.
Todos tenemos nuestras perversiones, incluso los no muertos.
Flexiono los músculos calientes de la espalda, ofreciendo el objetivo perfecto, antes de ponerme en pie para quitarme los pantalones. Es demasiado pronto, lo sé. Pero tal vez ella me sorprenda esta noche. Es francamente difícil sorprender a un ser que ha vivido durante cinco siglos. Sin embargo, siempre me gusta darle ventaja a Eleanor, por si acaso. Después de eso, dependo de su entusiasmo.
Desnudo, me tomo mi tiempo para tumbarme en la enorme cama. Mi cuerpo hierve de energía y lujuria. Dormir es lo último que se me pasa por la cabeza.
—Eleanor… —susurro—. Sal, sal, ¿dónde estás…?

En medio del silencio oigo como contiene el aliento, pero no se mueve. En un gesto de fingido aburrimiento, coloco los brazos bajo la cabeza dejando al descubierto mi pecho y exponiendo mi negro corazón inmortal a su antojo. La habitación está cada vez más silenciosa. Mi Eleanor contiene la respiración antes de erigirse como una exquisita víbora tatuada desde el suelo, junto a la cama. Su precioso cuerpo está desnudo, excepto por la obra de arte y por los mechones rizados de su pelo negro. Hipnotizado por la promesa ardiente de sus ojos oscuros, un hombre podría no fijarse en sus manos ocultas. Pero yo no soy un hombre, hace mucho tiempo que no lo soy, y sí me doy cuenta. Aunque eso no me detiene para atraerla con mis ojos y mi voluntad.
Lentamente, en un acto de sumisión, lleva las manos hacia delante y me las enseña con las palmas hacia arriba. Están cubiertas de henna y libres de armas.
Luego me pone los dedos encima, provocándome, seduciéndome. Después la boca. Conoce bien su profesión, después de todo. Y ambos conocemos el juego.
Su habilidad seduciendo es legendaria. Pero para mí hay algo más que eso para mí, y solo para mí.
Haciendo equilibrios, se coloca sobre mí y se desliza sinuosamente hasta que estamos cuerpo contra cuerpo. La suavidad de mi pecho contra sus senos, el calor de un sexo contra otro. Cuando su boca alcanza mi boca, introduce la lengua como un dardo, siguiendo a la mía, tocando los dientes y los colmillos y siento como la invade la excitación. Prueba la sangre y quiere más. Sería mía durante todo el futuro sombrío si se lo pidiese. Pero sabe que no lo haré. Tengo un antiguo odio que debo matar de hambre y desafiar. Además, la muerte permanente tiene las mismas posibilidades que la esperanza de la inmortalidad, y no correré ese riesgo, por su bien.
Y posiblemente también por el mío. Que ya esté maldito no significa que no tenga conciencia.
Cuando roza la lengua contra el filo de mi colmillo, saboreo su sangre, su mayor provocación. Y el sabor de sus pretensiones enciende mi sed de sangre como una hoguera prometedora. Si no tengo cuidado, conseguirá, con mi bendición, matarme. Eso, o bien obligarme a matarla.
Le chupo la lengua y lleno con su esencia mis sentidos ya aturdidos. Se aprieta contra mí, más fuerte, y a continuación mueve la parte inferior de su cuerpo y me acoge en su interior. Estamos encadenados en un baile silencioso y primitivo de sexo y muerte. Ambos vamos al límite.
Me mira descaradamente a los ojos. La mayoría de los humanos no tienen las agallas de mirar a la muerte a la cara. Dice que soy hermoso, y a sus ojos debo de serlo, aunque yo no recuerdo mi rostro. No he visto el brillo etéreo de mi mirada sin alma.
Mi reflejo se perdió la noche de mi transformación.
—Mi hermoso ángel asesino de ojos verdes —me susurra.
Luego me provoca con una sonrisa melancólica.
—¿O eres el diablo con rostro de galán de cine que ha venido a robar lo que me queda de alma?

Entonces es cuando siento un cambio en su concentración, en el movimiento de sus manos. Una se desliza por mi pelo, arrastrando sus uñas afiladas por mi cuero cabelludo, mientras que la otra me deja poco tiempo para prepararme. En un reflejo, mi mano izquierda rodea su cuello y la levanto. Podría matarla apretando los dedos, aún sentada a horcajadas sobre mis caderas, con su tenso calor rodeándome, con los brazos levantados sobre la cabeza sujetando una estaca de fresno con grabados. Objetivo: mi corazón.
Con nuestras miradas entrelazadas, veo que es casi la horma de mi zapato.
No porque sea más fuerte o más inteligente que la mayoría de los humanos, sino porque ha conseguido lo que pocos han logrado a lo largo de los siglos. Ha encontrado una debilidad en mi defensa. Eleanor ha descubierto mi fascinación por morir. Por cambiar una versión no muerta del infierno por otra.
Su pecho sube y baja al intentar respirar mientras le sostengo el cuello. A la luz de las velas el tatuaje de la serpiente parece deslizarse y cobrar vida en su piel.
Cleopatra se puso una serpiente en el pecho… y eso la mató. Hago una pausa, disfrutando del deseo de matar casi tanto como la excitación de estar erecto en su interior. Por primera vez en nuestro juego, estoy más excitado que ella.
Con un grito, hace descender la estaca.
Para mí, su movimiento se desarrolla a cámara lenta, como en un sueño. Esos pocos segundos se convierten en minutos en mi percepción alterada. Esa hermosa capacidad me permite disfrutar cada aspecto de la acción, desde la pequeña sonrisa que precede al grito a la forma en que los músculos de su pecho cambian, haciendo que parezca que la serpiente está atacando al moverse.
La estaca me penetra la piel y golpea mi esternón antes de quitársela de las manos. Ambos respiramos como si hubiésemos corrido una carrera. El dolor de la herida es mínimo y el temblor que me sacude hasta los huesos tiene más de anhelo y odio. Detesto la debilidad que me hace anhelar la muerte, la suma final de mi ecuación rebelde. Y esta mujer comprende ambas cosas.
La mirada de Eleanor brilla triunfante cuando pasa un dedo por la sangre que fluye de mi pecho. Igual de seductora, se lleva el dedo a la boca y lame la prueba de mi debilidad. Ya sabe lo que viene a continuación, igual que yo.
Ira, sexo y algo parecido a la sumisión por mi parte, ya que no puedo parar. No le permitiré beber de mi herida, solo de mi lujuria. La atrapo bajo la jaula que forman mis brazos. Ahora me toca a mí provocarla con unas caricias prolongadas en su interior hasta que pida más a gritos. Al sentir cómo va tomando forma su orgasmo, que a su vez alimenta el mío, llevo la boca a su cuello y atrapo su piel con mis dientes. Esta vez el grito es más fuerte y mecánico. Muerte o vida, ambas parecen ser el placer en este momento. Ella y el cordero tienen más en común de lo que creen.
Mientras sujeto a Eleanor, penetrándola pero sin alimentarme, con las manos rasgando las sábanas para aliviar los espasmos que desgarran mi cuerpo totalmente vivo, me siento casi humano. No es un pensamiento especialmente enriquecedor, ya que los humanos tienen tantos… defectos. Pero una vez fui humano y durante ese breve momento, fui feliz.



Jack


Bajé la ventanilla del camión grúa y dejé que el aire fresco me diese en la cara, pisé a fondo el acelerador y deseé que la máquina fuese tan rápida como mi Corvette 327 descapotable del 65. Encendí la radio, que estaba sintonizada en una emisora de country clásico. Merle Haggard cumplía veintiuno en prisión, viviendo la vida sin libertad condicional. La vida. Vaya concepto.
Remolcaba un coche que un cliente había dejado averiado en el arcén a pocos kilómetros de la ciudad. Había salido pitando hacia el calor de su hogar tras llamar a un amigo por el móvil para que lo viniese a buscar. No le culpaba. Uno nunca sabe qué clase de monstruos se puede encontrar cuando se queda tirado solo en una noche oscura fuera de la ciudad. Sobre todo en una ciudad tan llena de chanchullos sobrenaturales como Savannah.
Incliné la cabeza hacia atrás para que me diese más viento en el pelo. Se podría decir que, igual que muchos típicos sureños, necesito la velocidad. Creo que estaría en el circuito de Nascar2 si pudiese mostrar mi rostro a la luz del día. Pero en lugar de eso tengo que contentarme con la noche del aficionado, conduciendo bajo la luz de la luna por los sucios caminos del sudeste de Georgia y por las carreteras asfaltadas de las afueras de Savannah. Soy algo así como una leyenda entre los pescadores de camarones y las ratas de río que han vivido durante generaciones en las chabolas que salpican los bordes de los bosques de pinos.
Piensan que soy un espectro y que mi Corvette es un coche fantasma.
¿Quién puede culparles? Sus padres y abuelos les han contado historias sobre mí durante todos estos años. Antes de que hubiese coches me veían todo vestido de negro, con espuelas de plata a lomos de un enorme caballo negro. Los arreos estaban tachonados con plata mejicana y la forma en que brillaban bajo la luz de la luna le ponía los pelos de punta a cualquiera que tuviese la mala suerte de viajar por los caminos de noche. En la actualidad me ven pasar a toda velocidad sobre cuatro Goodyear de primera mientras pescan a la luz de la linterna en los canales navegables intracosteros. Pero no se molestan en llamar a la poli. No pudieron atraparme en todos los años en que gané una fortuna vendiendo güisqui de contrabando y tampoco lo harán ahora.
Casi en ese preciso instante, oí una sirena que se acercaba por detrás.
¡Maldita sea! Si hubiese ido en mi Corvette les habría hecho morder el polvo.
Soltando sapos y culebras por la boca, me aparté al arcén arenoso y esperé.
—Buenas noches, Jackie —dijo una dulce voz, así que me relajé y dejé que fluyese sobre mí.
Era la agente Consuela Jones, del departamento de policía de Savannah. Me iluminó con una linterna como si no estuviese del todo segura de quién era.
Entrecerré los ojos y esperé que no notase la forma tan poco humana en que mis pupilas se convertían en tiras alargadas con la luz brillante.
Conocía a Connie desde que había llegado a Savannah. La conocí una noche cuando se presentó en el lugar de un accidente en el que había destrozado otro de mis descapotables.
Había girado bruscamente para evitar chocar con un caimán en la carretera a Tybee y salí despedido del coche. Ella llegó allí antes que la ambulancia y estaba tan convencida de que estaba muerto que ni siquiera me buscó el pulso.
Qué suerte, Jack. El hecho es que nunca tengo pulso y habría sido difícil de explicar por qué volví en mí. Igual que lo sería explicar cómo volví a recolocarme el cuello. Normalmente no soy tan descuidado, pero le di la espalda cuando me incorporé. En ese momento tan raro, no había sentido a ningún humano a mi alrededor, así que, sin que yo me percatase, vio como me agarraba el cuello y me lo colocaba. Algo parecido a cuando enderezas un dedo en el que te haces daño jugando un partido de baloncesto.
Solo me di cuenta de que estaba allí cuando la oí soltar un grito ahogado.
Cuando me preguntó cómo lo había hecho, le dije que había sacado la idea de la película Arma letal, en la que Mel Gibson se coloca él mismo un codo dislocado. No se quedó demasiado convencida y desde entonces no me quita ojo de encima. Sabe que soy diferente, pero no se puede imaginar cuál es la diferencia. Como trabaja en el turno de noche se pasa por el taller de vez en cuando para echar un vistazo, o simplemente para pasar el rato. Me gusta pensar que nos hemos hecho amigos, aunque no pierdo la esperanza de llegar a tener una relación más cercana y cálida, ya me entienden.
La invitaría a salir, pero estoy seguro de que no confía en mí. Sabe que hay algo raro en mí, algo anormal. Sin embargo creo que tampoco sabe que ella tiene algo especial. Es extraño que no pueda ver ni oler su condición de humana, como ocurrió la noche en que la conocí. Y aun así, tampoco huele exactamente como un cambiaformas. Quizá sea algún tipo de raza mestiza.
Sea cual sea la mezcla, no se da cuenta de que no es cien por cien humana.
También es muy extraño que solo trabaje de noche. Tiene que haber una razón para ello, pero por aquí es mejor no hacer demasiadas preguntas.
Esa noche estaba especialmente guapa y llevaba su larga melena negra atada en una trenza que le bajaba por la espalda. Y, como siempre, ese uniforme le quedaba genial, sobre todo la camisa ajustada. Llevaba un revólver de servicio estándar donde siempre, sobre el lado derecho de la cadera, y la placa emitía un brillo azul plateado al reflejarse en ella las luces del coche patrulla. Una mujer de la autoridad. Tranquilo, inhumano corazón.
—Pero si es mi agente de policía favorita.
—Los piropos no te llevarán a ningún sitio con la ley. —Me sonrió con pereza y luego me guiñó el ojo despacio en un gesto sexi mostrándome sus espesas pestañas—. Voy a tener que ponerte una multa por exceso de velocidad.
Sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y humedeció deliberadamente el dedo índice para pasar una hoja en la libreta de multas. Le guiñé un ojo.
—¿Estás segura de que no quieres cachearme?
Inclinó la cabeza hacia abajo mientras escribía, pensando que no podía ver su sonrisa bajo el ala de charol de su sombrero.
—No será necesario.
—¿Un registro al desnudo?
—Ni se me ocurriría violar tus derechos civiles.
—Me refería a ti.
—Cuidado, podría detenerte por acoso sexual.
—Pensé que era un asunto civil.
Arrancó la multa y estiró el brazo para metérmela en el bolsillo de la camisa, haciéndome cosquillas en el pecho a través de la tela con el dedo que antes había lamido.
—Bueno, estoy segura de que podría encontrar la manera de hacértelo pagar.
Conduce con cuidado, señor McShane.
Y luego se dio la vuelta y me invitó a ver cómo se marchaba. Me reí y regresé al asfalto. Podía cobrarse cuando quisiera.
Las féminas humanas son un poco problemáticas, pero las vampiras no existen, según tengo entendido, así que, ¿qué va a hacer un chico como yo? La especie humana me considera el máximo exponente de la fobia al compromiso. Es irónico, porque si las cosas fuesen diferentes no me importaría asentarme. Pero con mi pequeña… afección, las relaciones a largo plazo son algo imposible. Ya es bastante difícil mantener en secreto mi verdadera naturaleza frente al mundo exterior. Jamás sería capaz de ocultar la verdad, y nada más que la verdad, mientras viviese con una mujer. No es nada, cielo, duermo durante el día y merodeo toda la noche. Sin mencionar que bebo sangre y que nunca envejezco.
Por eso mis relaciones siempre son cortas y dulces. Intensas (probablemente porque sé que no durarán), apasionadas incluso, pero breves. Quizá por eso no lo he intentado con Connie. Temo que si empezase a salir con ella no quisiese parar.
Supongo que tendré que ser un tío de aquí te pillo y aquí te mato con el tipo de mujeres que no esperan un «hasta que la muerte nos separe».
Un hombre de una sola mujer en el cuerpo no muerto de un mujeriego. ¡Qué grande es el amor!
Diez minutos después metí la grúa en el garaje y salí de un salto. Rennie estaba hurgando en el armario situado sobre la cafetera.
—Jack, no queda café.
—Mira en esa bolsa de la tienda que hay junto al fregadero.
Mi compañero en Mecánicos de medianoche, Rennie, lleva gafas de culo de vaso que siempre están tan embadurnadas de grasa que me pregunto cómo puede ver algo. Es bajo, lleva el pelo rapado, tiene un pecho fornido y es capaz de reconstruir un motor en menos de lo que canta un gallo. En ese momento estaba en mitad de una partida de póquer con algunos de los habituales.
«Los habituales», como los llama Rennie, son una colección de bichos raros (y tampoco tan habituales, en mi opinión) a los que, por alguna razón, les gusta pasar el rato en un taller nocturno. A veces me pregunto a qué se dedican, adónde van durante el día y, bueno, qué es lo que son exactamente. Pero ninguno me hace preguntas, como por ejemplo por qué soy capaz de levantar un coche por delante sin un gato, así que yo les devuelvo el favor. Supongo que por eso se sienten cómodos viniendo por aquí, donde casi siempre hay una jarra de café y una partida de cartas sobre la mesa. Estoy seguro de que algunos de ellos no son completamente humanos. Puedo oler a un cambiaformas a veinte pasos. Como Rufus, que nunca viene cuando hay luna llena; o Jerry, cuyas orejas parecen un poco puntiagudas cuando se quita la gorra de los Braves para rascarse su asqueroso cabello. ¿Qué tipo de cambiaformas son exactamente?
¿Quién lo sabe, y a quién le importa? Mientras no intenten comerse a los clientes, ¿quién soy yo para juzgarlos?
Aunque sea un solitario no me disgusta un poco de compañía de vez en cuando. Sobre todo una compañía que pueda decirme lo que ocurre en la ciudad cuando se apagan las luces de las mansiones que bordean las plazas, después de que la alta burguesía se haya arropado en sus camas antiguas con dosel y le haya pedido a Dios que los libre de todo mal… de gente como yo.
Un vampiro nunca es demasiado cuidadoso. Cuando entré en el taller, un tipo flacucho con aspecto de gusano llamado Otis estaba sentado a la mesa junto a Huey. Huey limpiaba coches y también era el mensajero general. Yo no diría que fuese tonto, pero tampoco había sido bendecido con una cantidad excesiva de neuronas. Si bien se quedaba en blanco a la hora de sumar una factura, era un alma alegre y agradable que recibía a cada cliente con una sonrisa y un apretón de manos grasiento, y a ellos les gustaba.
Otis se sobresaltó un poco cuando me senté junto a él y le hizo una seña a Rennie para que me incluyese. Otis nunca me mira directamente, siempre lo hace un poco de reojo. Creo que me tiene un poco de miedo. De hecho, hay tres o cuatro habituales que no vienen al taller si estoy yo solo. No les culpo por ello. Los tipos que no somos del todo humanos siempre identificamos a un tipo raro en cuanto lo vemos. O en cuanto lo olemos.
—Hoy tuve que limpiar los dos coches fúnebres de la funeraria —dijo Huey mientras se miraba la mano—. Fue un poco raro.
—¿Por qué, tío? —Levanté dos dedos y Rennie me lanzó dos cartas.
—Porque dentro llevan gente muerta —dijo Huey—. Los muertos me ponen la piel de gallina.
Rufus, que acababa de tomar un sorbo de café, casi se atraganta y escupió todo el café sobre las cartas. El resto intentaba con todas sus fuerzas no mirarme.
Rennie movió el borde del labio.
—Todos moriremos algún día —dijo—. Creo que todos daremos nuestro último paseo en esos largos Cadillacs de cinco puertas.
Habla por ti, pensé.
—Yo quiero que me entierren en mi coche —dijo Huey reluciendo. Tenía la cara tan brillante a causa de la grasa que casi podía ver el reflejo de su mano de póquer en ella.
—Tú muérete —dijo Otis mientras sacaba una bolsa de Red Man del bolsillo y se metía un pellizco de tabaco picado en la boca—. Nosotros nos ocuparemos de que te entierren con tu coche.
Llevaba unos Dickies grasientos y una camisa de trabajo con un parche en elque ponía «Bud». Ni idea de quién demonios era ese Bud.
—¿Conoces ese almacén de antigüedades que está junto al río? —preguntó mientras mascaba.
Ese almacén de antigüedades pertenecía a William. Me preguntaba qué tenía que ver el negocio de William con Huey de camino a la tierra de la gloria en un
Chevy Corsica.
—Hace una hora o así sacaron un barco al muelle y los tíos del almacén se pusieron a correr gritándose los unos a los otros. Me pareció escuchar algo, bueno, ya sabes, como cuando escuchas por casualidad parte de una conversación y de repente te sorprende una palabra.
—¿Cuál fue la palabra, Otis? —le pregunté con cautela. Él escupió un chorro de saliva mezclada con tabaco en un vaso de poliestireno por el espacio que le quedaba entre los dientes delanteros.
—Mmm..., pues «ataúd» —dijo—. ¿Crees que alguien querría que lo enterrasen en su barco? ¿Igual que Huey?
Aquello llamó mi atención. Debía de ser el barco de William.
Gente corriendo, gritando y hablando de ataúdes. Me retiré de la mano (de todas formas solo tenía una pareja de ochos) y fui a llamar al almacén. ¿Qué demonios estaría pasando?
Al sexto tono por fin alguien cogió el teléfono.
—Jack, gracias a Dios que llamas.
«Gracias a Dios» no era algo que estuviese acostumbrado a escuchar en la misma frase que mi nombre. Reconocí la voz de uno de los almacenistas de
William, Al Richardson. Lo que me dijo a continuación hizo que mi sangre se enfriase más de lo habitual.
—Le encontraré —dije, y colgué.
Le murmuré a Rennie que volvería pronto, monté de un salto en mi Corvette descapotable, que estaba aparcado en el último muelle, y arranqué. Tenía que encontrar a William rápido porque se acababa de desatar el infierno. Literalmente.
Normalmente yo soy más fácil de encontrar que William, ya que sus gustos por las actividades nocturnas son un poco más peculiares que los míos y se niega en redondo a aceptar el concepto de teléfono móvil. No lleva en su ADN el estar disponible para cualquiera, sea cual sea la emergencia. Parece que siempre lo estoy persiguiendo por la ciudad por algo.
Y William no es fácil de encontrar. Podría estar en un evento benéfico de etiqueta codeándose con la flor y nata de la alta sociedad, o bien acosando a una alumna de un colegio mixto de arte que despertaría a la mañana siguiente sobre un banco de piedra en un cementerio colonial, pálida y lívida, con un lapsus de un par de horas en su memoria a corto plazo.
Entre sus muchas empresas, William tiene un pequeño negocio de importación de antigüedades que compra a precio de ganga a aristócratas europeos que están pasando por una mala racha. William vende los artículos a los nuevos ricos de Savannah, esos trepas que no tienen ninguna cara reliquia familiar propia, ya que la mayoría de ellos tienen donde caerse muertos desde hace relativamente poco tiempo.
Pero el negocio de antigüedades no es más que una tapadera para la mercancía europea realmente importante: los vampiros. No tengo ni idea de por qué abandonan sus castillos y sus palacios para venir aquí, pero al parecer existe un flujo continuo de vampiros viejos y ricos a los que William trae en su yate, siempre de uno en uno. Los vampiros no siempre se llevan bien entre ellos.
Y nadie quiere que una estúpida competición sobre quién es más viejo o más rico se convierta en una guerra de vampiros con todas las de la ley en alta mar.
La tripulación ya está lo bastante nerviosa con un ataúd por viaje.
Los importados tienen que ser ricos para poder permitirse lo que William les cobra. Estos vampiros del Viejo Mundo viajan en primera clase. Es como un crucero de Carnival Cruise para carnívoros. William les ofrece todo tipo de comodidades: sangre corriente fría y caliente. Joder, incluso pueden jugar al tejo bajo la luna llena, según tengo entendido.
Y la oferta incluye la presentación ante la sociedad de Savannah. Después de un tiempo normalmente salen al atardecer y visitan lugares que solo conocen ellos y William, quien cuenta con contactos en comunidades de vampiros de todo el país. De vez en cuando se cuela alguna alimaña europea, pero la mayor parte pertenecen a la clase alta. Y quédense con esto. Algunos incluso traen su propia tierra.
No sé qué tiene de especial colocar sus ataúdes sobre esa maldita tierra europea. Donde esté una buena arcilla roja de Georgia que se quite lo demás.
Pero esa tierra tiene que tener algo que transmite poder. William no me quiere decir lo que es. Presiento que William no me dice muchas cosas. Maldito sea.
Ah sí, claro. Ya está maldito.
Intenta tratarme como su jornalero personal y me ha obligado a ayudarle a preparar la gran fiesta que va a dar para su último vampiro importado. En mi opinión organizar fiestas es cosa de mujeres, pero por lo menos ya no me pide que aparque los coches en sus saraos. No desde que lo amenacé con patearle el culo. Puede que le haya jurado lealtad hace ciento cincuenta años, pero estoy cansado de ser su lacayo. Afortunadamente solo se ríe de mí cuando le llamo la atención. Supongo que tengo suerte de que esté de buen humor la mayoría de los días. Es viejo, muy viejo, y en el mundo de los vampiros eso significa poder.
Podría aplastarme como a una cucaracha y lo sé, pero un hombre tiene que plantarse de vez en cuando, ¿no? Me trata con más respeto que antes, pero todavía estoy a su entera disposición y eso es algo que me corroe el alma. Bueno, si la tuviese.
William se da pisto mejor que nadie y toda la sociedad de Savannah estará en el famoso baile de beneficencia retro. Estamos construyendo una nueva ala en el hospital y un banco de sangre de última generación. Y para eso hace falta dinero. Mejor chuparles el dinero que la sangre, como suele decir siempre
William. Será el banquete más suntuoso que estos sangres azules hayan vistojamás. Y el licor más caro correrá como lo hace el agua por el río Savannah. Solo existía un problema.
El almacenero de William me había informado de que el invitado de honor había desaparecido.
Di la última curva sobre dos ruedas y aparqué bajo el roble situado tras la puerta de hierro forjado de una respetable mansión de antes de la guerra. Pero las apariencias engañan. A pesar de que su Jaguar negro no estaba, sabía que él sí. A menos que William me bloquee, puedo olerlo dondequiera que esté. Como un sabueso. No sé si tiene esa capacidad de bloquearme por ser el vampiro que me creó. Como yo digo, William no me tiene muy al corriente, pero eso no ocurre con el resto de los vampiros. Salí del descapotable de un salto y eché unvistazo a lo que ocurría en la terraza posterior. Dos de las chicas de la casa se mecían lánguidamente en un columpio cuyas cadenas chirriaban como los grilletes de los esclavos fantasmas que a veces se escuchan en las marismas.
—Me encanta la forma que tienes de salir de ese Corvette, Jackie —dijo una prostituta con cara de niña y hermoso pelo rubio—. ¿Por qué no me llevas de paseo alguna vez?
—Sí te llevaré, querida, pero ahora no.
Me parecía que se llamaba Sally, pero no estaba seguro. Le guiñé un ojo a ella y a la otra, que hojeaba un número de la revista People e intentaba parecer lo más cara y recatada que puede parecer una puta.
Entré sin llamar. No soy lo que se llamaría un cliente habitual, pero he de admitir que he compartido la mercancía de estas damas en alguna ocasión.
William viene a por sangre y yo solo a por sexo, ya que no disfruto con el tipo de sufrimiento que infligimos al morder la carne humana viva. Ni aunque la víctima se muestre dispuesta. Y como soy mecánico, me gusta negociar los servicios, sobre todo si esos servicios son muy buenos. No es que necesite pagar por mantener relaciones sexuales, no me malentiendan. La última vez que vi mi reflejo, hace ciento cuarenta años ya, recuerdo una cabellera negra y unos ojos del azul de una llama de gas. A mi aspecto lo suelen denominar Black Irish o moreno irlandés, un producto de la mezcla de sangre de los franceses (probablemente contrabandistas y piratas) y los irlandeses. No digo que sea guapo, pero normalmente no espanto a las mujeres, a menos que decida enseñar los colmillos.
De hecho tengo reputación de mujeriego y de rompecorazones. No puedo evitarlo. Tengo un taller nocturno y un servicio de grúa. Eso significa un suministro inagotable de damiselas en apuros. A veces son muy, pero que muy agradecidas. No es que me aproveche. Ser vampiro significa tener que decir adiós siempre.
Los romances de William son un pelín más complicados. No quería ni pensar lo que hacía William dentro de la mansión. Tenía mis sospechas de que les daba a entender que era uno de esos góticos pervertidos a los que les gustaba fingir que es un vampiro de verdad y practicar juegos de sangre. A mí no me va eso, pero si esa es la manera en que William hace realidad sus perversiones, no es asunto mío. Una vez le pregunté por qué no traía vampiras y me lanzó una de sus miradas que decían «No me hagas preguntas y no te contaré mentiras» y cambió de tema.
Pensé que quizá no existiesen vampiras, una idea profundamente deprimente.
Cuando entré en la sala me encontré con algunas de las chicas intentando ligarse a hombres de negocios jadeantes y sonrojados que probablemente venían de otras ciudades a una convención en alguno de los grandes hoteles que se encontraban en la calle Bay. Otros usuarios tenían la mirada relajada de los clientes habituales, y se sentían como en su casa en la barra de caoba negociando servicios a la vez que bebían. El mobiliario y los accesorios transmitían la imagen apropiada: dinero y privilegio. Un burdel disfrazado con la respetabilidad de un club para caballeros.
Una joven bien vestida levantó la vista del libro de citas fabricado en cuero repujado que estaba hojeando y se levantó del escritorio antiguo que había pasado el vestíbulo.
—Jack, qué agradable verte de nuevo. No vienes demasiado por aquí. ¿Qué tipo de fiesta te interesa esta noche?
Estreché la mano que me ofreció. Sus dedos delgados eran tan suaves y tersos como un capullo de rosa en mi mano callosa. Su perfume asaltó mis aguzados sentidos de vampiro de una manera no del todo desagradable. Era una pena que hubiese ido por un asunto urgente.
—Esta noche no he venido a divertirme, querida. Tengo que ver a William.
Es urgente.
Ashley levantó la mirada, como si pudiese ver los tocadores de los pisos superiores a través del techo.
—Me temo que lo interrumpirías en un momento inoportuno.
—Deja que yo me preocupe por eso.
Empecé a subir las escaleras y me encontré con William en el primer rellano.
Llevaba una prístina camisa blanca en la mano mientras se limpiaba la sangre de la barbilla, el cuello y el pecho con un pañuelo de lino que tenía un monograma. Había sentido mis vibraciones, por así decirlo, igual que yo había seguido las suyas.
—¿Qué ocurre?
—Es el barco. Tu mercancía ha desaparecido.
Una mueca de enfado invadió sus suaves facciones.
—Tu último vam… digo, cargamento se ha esfumado junto con toda la tripulación. El Alabaster flotaba a la deriva río arriba, cerca de Lazarus Point.
Algunos de tus chicos lo encontraron y lo remolcaron. Es un barco fantasma, William. —Entonces bajé la voz para continuar—. El ataúd está vacío. No hay cuerpos humanos. Sería mejor que vinieses a verlo.
Pasó por mi lado rozándome, pero no sin que antes viese su mirada asesina.
Si había un mortal detrás de todo esto, pronto sería un envoltorio seco. Pero a mí no me parecía que fuese el trabajo de un humano.
Fui con él hasta el coche siguiendo sus largos pasos mientras se abotonaba la camisa.
—Ni un humano ni varios podrían haber hecho eso, ¿verdad? Llevarse a una tripulación entera y a un viejo y poderoso vampiro —le pregunté.
—No —dijo William mientras saltaba al asiento del pasajero.
—Debe de haber sido el propio vampiro. Pero, ¿por qué se iba a comer a la tripulación y perderse la fiesta de bienvenida?
William miraba fijamente hacia delante con una cara que ponía los pelos de punta.
—No tengo ni idea.
William estaba furioso, pero no pasaba nada mientas no lo estuviese conmigo. Cuando se enfadaba era de lo más astuto y fuerte.
—Tenemos un vampiro sin escrúpulos entre manos, ¿no?
Al decir estas palabras sentí un escalofrío por toda la espalda.
—Deja de hacer preguntas y conduce.


Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Sáb Ago 14, 2010 1:31 pm

gracias Annabel!! ranguis ^^

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Sáb Ago 14, 2010 5:17 pm

se en cual foro pero por motivos personales la chica que tenia el libro no se pudo
gracias annabel

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Dom Ago 15, 2010 5:55 am

Gracias por los capis chicas! ya me he unido a esta lecturaaaa! xD jejeje...

Tibari... tengo una pregunta, postearias una foto de tu hermano??? jajaja Digo que tan cuero está el chico que Ross tiene que hacerte la pelota??? jajaja A ver cuantos años tiene??? jajaja.. Le gustan morenas??? jajajaja...A mi solo me ha entrado la curiosidad! si está así como para hacer suplicar a ross, no quieres otra opcion como cuñada??? aquí en venezuela como que no hay mucho tio bueno! jajaja (Ross respira... solo quiero saber de que va esto jejejeje)

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shuk hing
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Dom Ago 15, 2010 6:10 pm

ya me lo lei que larguitos xDDD

que pasara

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Dom Ago 15, 2010 10:56 pm

Ranguis!!!
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Nanis
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 9:50 am

Este también pinta bueno, gracias Annabel

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 7:53 pm

si a ver como es el asunto!!!

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