Black and Blood


 
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 La seducción del vampiro- Raven Hart

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rossmary
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 7:57 pm

bueno es te yo pondria unc artelito de PARA MAYORES DE 18...a shuk no la dejaba leerlo... :manga08:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 8:18 pm

jajajajaja pero si Shuk corrige esta dificil que no lo lea

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rossmary
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 8:21 pm

jajaja si

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 10:54 pm

jajjajaajjaja
como hablan de mi lallala
ademas soy la moderadora de este libro xDDDDDD

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Lun Ago 16, 2010 11:13 pm

Nahhh!!! Chicas que dicen??? si la Shu sabe más que todas nosostras juntas!!! jajaja excepto de la Nanis.. . Esa tambien "Si que sabe" jajaja xD

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 4:29 am

:240: Sonatina por Dios, que cosas dices :244: Yo soy inocente, inocente :211: :208:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 4:32 am

Ayyy mi querida nanis tu sabes que te adoro pqero como dice el dicho "Que te compre el que no te conozca" jajajaja xD

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 4:51 am

:201: Que mala eres conmigo!!! :225: :229: Yo ni hago nada :250:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 5:00 am

Ahhh no mi lindaaaa yo te adorooooo... pero vale que si eres picara!!! jajaja Nolo niegues...

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 5:03 am

cosas que enseña la vida :usagi2: y con estos libros tan detallistas :fuego: Dios :baba:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 5:06 am

Jajajaja Ves???? Ya te delataste mi Nanis... xD

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 9:56 am

:229: Ohhhh bueno pues, que le vamos a hacer :203: hay que darle gusto al cuerpo :208:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 4:18 pm

Eso mismo digo yo al cuerpo hya que darle ¨Goce y Roce¨.... :manga108:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Mar Ago 17, 2010 4:31 pm

2

Transcrito por Annabel Lee

William

Una cosa es que te roben y otra que te interrumpan bruscamente el mitad de una noche interesante. Eleanor y yo estábamos llegando a la parte más excitante de nuestro juego de «mátame o te mato» y nunca se me hubiera ocurrido que Algernon Rampsley, el cargamento desaparecido, tuviese tan malos modales. Ah, pero los vampiros, igual que los humanos, supongo, se vuelven egoístas con los años.
Yo, por mi parte, soy más propenso a la ira que al egoísmo. Tengo que esforzarme para controlar los frecuentes brotes de ira que están a punto de cegarme en muchas ocasiones. Una migraña del alma, como solía llamarlo mi vieja amiga humana Tilly.
Se negaba a considerarme incurable y durante los ochenta y cinco años que nos conocimos intentó poner en práctica varios remedios. Últimamente me había convencido para que viese unas charlas grabadas de la tele de alguien llamado doctor Phillip. Trataban sobre la gestión de la ira.
Intenté recordar cómo había propuesto el doctor Phillip que gestionase mi ira. Habría sido contraproducente desquitarme con Jack o con los hombres que trabajaban para mí. Cargamento desaparecido. Encontraría al verdadero culpable muy pronto. Si resultaba ser el propio Algernon, entonces estaba destinado a sentir mi disgusto. Mi pequeña empresa de importación y exportación se había vuelto más urgente durante los últimos cinco años y necesitábamos hacerlo mejor y más rápido. El diablo, sin detenerse en los detalles, nos esperaba a cada uno de nosotros con el infierno entre bastidores
Mi meditación sobre la ira se detuvo en seco cuando, a la altura de la plaza Johnson, el coche de Jack se coló delante de un coche que iba más lento antes de darle la vuelta a la plaza a una velocidad que haría temblar el musgo español pegado a los robles. Por un momento eché de menos mi Jaguar. Nunca me han gustado los aparatos que hacen ruido. En mi opinión, la invención del automóvil fue un grave error. Donde esté un purasangre de sangre caliente que se quite lo demás. Pero a Jack le encantan estas máquinas.
—Si fuese mortal temería por mi vida —dije.
Jack sonrió haciendo brillar sus colmillos.
— ¿Qué puedo decir? Me encanta despertar a estos vejestorios que duermen sobre montañas de dinero.
Redujo la velocidad al llegar al semáforo de la calle Bay. Decidí olvidarme del tema.
En el improbable caso de que atrajese a la adormilada policía local, sería problema suyo. Y cuanto antes llegásemos al muelle, antes podría salir de ese vehículo.

Cuatro de los trabajadores nocturnos estaban esperando cuando el coche entró rugiendo por el portón de la dársena de Brampton-Thorne, que recibió ese nombre entorno a 1902 en honor a uno de mis supuestos antepasados. Debo admitir que ser mi propio antepasado es una manera única de ver la historia. El término «cláusula de anterioridad» también tiene sus recompensas. Una de ellas ser la primera propiedad privada a orillas del río comprada y pagada en la primera década del siglo dieciocho y más allá del control de las autoridades estatales actuales. Mientras no tengan razones para creer que se está tramando algo ilegal, ignoran por completo mi pequeño y exclusivo astillero. Después de todo, es propiedad de una de las familias más antiguas y más ricas de la ciudad (esa familia soy yo) desde hace más de doscientos años. Más tiempo de lo que nadie puede recordar.
He acumulado cinco casas, dos plantaciones y varios alias desde que llegué a la zona de Savannah. Me he mudado de una casa a otra cada cuarenta o cincuenta años, he cambiado de nombre y de afiliación y he modificado mi apariencia con la ayuda de una serie de amas de llaves cuando ha sido necesario.
Se ha vuelto más fácil a lo largo de los años, debido al crecimiento de la población y al interés cada vez menor en la estructura social. Como siempre, cualquiera que tenga mucho dinero es bienvenido en los círculos más selectos sin demasiadas preguntas.
La naturaleza de mi empresa de transportes causaría una gran alarma si se conociese al completo. Y no estaba precisamente ansioso por enfrentarme a esa eventualidad.
Una nube de polvo, mezclada con un tufo apestoso a agua de río salobre rodeó el coche de Jack cuando nos detuvimos. En las leyendas humanas, los vampiros solo pueden oler la sangre para rastrear a los vivos que se van a comer. Pero nuestro sentido del olfato, mejorado al igual que otros rasgos antiguamente humanos, está mucho más acrecentado de lo que cualquiera pudiese imaginar.
No solo podemos inhalar olores reales, sino que también olemos otras cosas, como las emociones y las historias. El río Savannah transcurre por estas orillas desde antes de que llegasen los ingleses, incluso desde antes de los indios, y los olores han ido cambiando según la época. Pero el olor original del lodo antiguo, del agua salobre y de los millones de criaturas marinas que viven y mueren allí, ha permanecido.
—Por aquí, señor —dijo el que era mi capataz desde hacía quince años, Tarney Graham. Giró en dirección al muelle. Jack le dio una palmadita en la espalda a otro de los hombres, Richardson, creo, y nos siguió.
El Alabaster, un yate de gama alta de ochenta pies, estaba amarrado al muelle exterior. Las escotillas estaban totalmente abiertas, pero no había luces en la cabina. Parecía que el barco hubiese sido abandonado a toda prisa. Me preguntaba por qué Tarney y la tripulación no lo habían traído a los puntos de amarre privados como siempre. Tarney me ofreció una linterna de tamaño industrial.
—Si no le importa, señor… —dijo, y me hizo un gesto para que yo entrase primero. Tenía miedo. Podía olerlo y lo veía en sus ojos. Él había hecho su trabajo trayendo a casa el barco fantasma. Ahora era cosa mía.
—¿Jack? Conmigo —dije.
Uno de ellos nos entregó una linterna y se retiró hacia atrás mientras recorríamos la plancha hacia el barco.
En cuanto puse un pie en la cubierta comprendí por qué los hombres estaban asustados. El barco desprendía una sensación extraña, una presencia sofocante que reconocí. Durante un momento hasta yo me mostré reacio a dar otro paso.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró Jack. Tenía que sentir algo de lo que yo estaba sintiendo, pero no conocería la fuente. Y a mí no me apetecía contárselo, por su propio bien.
Había sangre en la cubierta delantera cerca de una escotilla y más junto al timón. Pero eso no era nada comparado con la fibra de vidrio chamuscada y las cenizas negras de lo que solo podía ser un vampiro tendido entre las cadenas del ancla en la plataforma de popa. Algo que parecía una estaca, que había sido hendida con tanta fuerza que parte de ella había sobrevivido al fuego, permanecía en pie clavada en la superficie reblandecida y abrasada de cubierta. Me incliné y la cogí.
—¡Jesús, María y José! —dijo Jack sin aliento. Después de todo, su vida había comenzado siendo el hijo de un irlandés católico y había visto muchos derramamientos de sangre humana antes de convertirse en vampiro. Pero ver los restos de un vampiro casi imposible de matar debió de ser una sorpresa cruel. La mayoría de los inmortales tendían a olvidar su peculiar vulnerabilidad. Pero yo jugaba con las mías. Sujetando el fragmento de roble, levanté una mano para pedir silencio.
Dejé que la conciencia del mal me guiase y hablé en una lengua dura, punzante y prohibida desde hacía mucho tiempo. Reconocí su lengua blasfema y con él la presencia de un viejo enemigo. Reedrek.
La última vez que había visto a mi querida Diana también había estado en su presencia. Gritó… y murió, levantando las manos hacia mí. «¡William, por el amor de Dios, haz algo! ¡Ayúdanos!», gemía mientras Reedrek le rasgaba la ropa y el cuello.
Luego fue a por nuestro hijo.
Y yo, despierto pero incapaz de hablar ni de moverme, no había podido salvarla a ella, a Will o a mí mismo. Los habría matado a ambos con mis propias manos antes de ver como su vida terminaba de manera tan brutal.
«Mi vida por la de ellos», había ofrecido como un estúpido, haciendo un trato de caballeros con un monstruo. En lugar de cumplir el trato, había actuado con las malas artes del mismo demonio. No solo había matado a mi familia, sino que al hacerme a mí inmortal, había plantado con regocijo el recuerdo de sus muertes agonizantes en mi memoria para toda la eternidad.
Desde ese día llevaba sobre mis hombros un odio ferviente, como si de una capa se tratase. Y también sentía ira por la propia vida, porque al crearme,
Reedrek se había ganado un protegido apenas humano mientras se protegía a sí mismo. Por mucha ira y odio que corra por mis venas malditas, un descendiente de sangre nunca puede matar a su maestro.
Ahora sentía como despertaba la vieja ira… mis sentidos intensificados me decían que algo peor que la muerte había visitado el Alabaster.
Envolví el trozo de la estaca chamuscado en mi pañuelo y lo metí en el bolsillo de la camisa, cerca de mi corazón sin latido. Tenía que seguir concentrado.
Cuando toqué el pasamanos de la pasarela los gritos de mi cabeza se hicieron más fuertes y resonaron a través del latón pulido como un diapasón.
Reedrek.
Mi creador, mi supuesto maestro, la razón de mi existencia y el objeto de mi rencor. Aunque la sangre negra de Reedrek corra por mis venas, no es mi padre mortal. Su traición había asolado mi corazón para siempre. Si había puesto un pie en este continente, estaba seguro de que había sido para buscarme, para llamarme. Pero, ¿cómo había llegado a mi barco?
Abajo estaba oscuro. Alumbré la galería y la zona del salón comedor con la linterna. La puerta que llevaba al lugar donde estaba el cargamento personalizado estaba entreabierta. La escotilla interior, más resistente, construida para soportar cualquier desastre normal, tenía los cerrojos dobles de seguridad destrozados.
—¡Puaj! ¡Vaya peste! —dijo Jack.
Esa es otra ventaja que tienen los vampiros sobre los humanos, además de ser más difíciles de matar. Al morir, los vampiros arden limpiamente hasta convertirse en cenizas. Los humanos son demasiado jugosos, deben descomponerse.
Aparté a un lado lo que quedaba de la escotilla y entré en la zona del cargamento. Se podría decir que el lugar era espacioso, de no ser por el ataúd de caoba grabada de más de dos metros de largo que descansaba sobre un abrevadero elevado, lleno de tierra. Los gritos de mi cabeza se iban desvaneciendo, una prueba de mi manchada pero poderosa sangre del Nuevo Mundo. Le di la linterna a Jack antes de inclinarme para pasar la mano por la elegante y pesada tapa, con incrustaciones de oro, que habían apartado hacia un lado. Un precioso trabajo a mano. Algernon siempre había tenido buen gusto. Antes de levantarme cogí un puñado de tierra. Hacía más de una vida que había pisado suelo inglés. Agarré la tierra viciada y maloliente e inspiré el olor persistente y familiar de Derbyshire, de la familia, del hogar. Había vivido lo suficiente como para darme cuenta de que, cuando somos humanos, nuestro lugar de nacimiento queda en cierto modo grabado en nuestras células. Ni siquiera haber vivido durante más de quinientos años podía borrarlo de mi memoria.
—¿Crees que el viejo Ambrose se puso hecho una fiera por estar encerrado? —preguntó Jack—. ¿Estás seguro de que no le daban miedo los lugares estrechos?
Jack sabía igual de bien que yo que hacía falta más que la fuerza de un vampiro normal para causar tal destrozo en la puerta.
—O quizá su apetito estaba por encima del contrato que firmó contigo —me dijo.
No había razones para ello. La cabina estaba equipada con varias jaulas de cristal con animales vivos. Jack los llamaba ‘las tres ces’: conejos, cobayas y comadrejas. Y había suficientes como para tener contento a un vampiro durante un mes o más. Luego estaba la nevera, en la que siempre había más de cuatro litros de sangre humana cuando zarpaba de la costa irlandesa. Jack abrió la puerta. Quedaban menos de dos.
Tiré la tierra y me limpié las manos.
—Es Algernon… no Ambrose.
En cuanto lo dije me di cuenta de que debería haber dicho que era Algernon, en lugar de «es». Los restos del vampiro de la cubierta seguro que eran los suyos. Pero, ¿qué había ocurrido? ¿Quién le habría clavado una estaca?
Ni un humano ni cuatro podrían haberlo hecho. En mi opinión solo podía haber sido Reedrek. Parecía que mi pequeño y exitoso negocio de contrabando se había visto comprometido.
—Sigue el olor —dije.
Solo llevó un momento.
—Bingo —dijo Jack desde el otro extremo de la habitación. El armario más alto estaba lleno de lo que parecía una ternera masacrada. De aquella carnicería sobresalía una mano humana que todavía llevaba puesto un reloj de pulsera.
—Es uno de los miembros de la tripulación —añadió Jack.
Maldita sea.
Volví a cubierta con Jack siguiéndome. Cualquier prueba perceptible de alguna presencia se desvaneció en cuanto puse un pie en el muelle. No había ninguna estela que seguir ni ningún ritmo que adivinar. Si Reedrek se había escondido y se dirigía a Savannah podría haber abandonado el barco en cualquier momento durante la noche. Lo más probable es que lo hubiese hecho cerca de Lazarus Point.
—Aquí no hay nada más que hacer —le dije al pequeño grupo de hombres que esperaban instrucciones—. Quiero que remolquéis el barco hasta aguas profundas y que lo hundáis.
Por la cara de Tarney, parecía como si le hubiese pedido que cometiese un asesinato.
—Pero señor, podemos traerlo a su amarre y repararlo.
Pensé en el horrible cargamento que contenía y en la reacción lógica que tendrían los hombres.
—Quiero que lo voléis en pedazos.
Por el rabillo del ojo vi la cara de Jack, una mezcla de excitación y de conmoción. Al leer sus emociones supe que sentiría la pérdida del Alabaster tanto como yo. Pero el niño que llevaba dentro disfrutaría haciendo saltar por los aires algo tan grande. El doctor Phillip probablemente habría dicho que Jack nunca había perdido el contacto con su niño interior.
—¿Y qué pasa con los agentes de la ley? —preguntó otro de los hombres.
—Puede que les interesase, si los invitase a merodear por aquí. Pero no es algo que vaya a hacer.
—¿Y la tripulación? —preguntó Tarney—. Cuando ese barco zarpó de aquí había cuatro hombres a bordo.
Uno de los cuales seguía allí. Me di la vuelta para ver de frente el casco vacío y abandonado del Alabaster, uno de mis juguetes favoritos. Los restantes miembros de la tripulación seguro que estarían tan muertos como Alger.
Reedrek solo estaría calentando su frío corazón para la matanza.
—Sí, los hombres… —dije, mirando de nuevo a Tarney. No se podía hacer nada más. La policía no ayudaría a resolver aquellos crímenes en particular—.
Informa de su desaparición una vez que el barco haya sido destruido.
—Pero…
—Leyeron y firmaron los contratos, igual que el resto de vosotros. Llorad su muerte, abrid sus taquillas y pagad sus deudas. Eso es todo lo que podemos hacer.
Había tomado por costumbre contratar a hombres sin ataduras que se encontraban en el lado oscuro de la ley. Sin familia, sin raíces. Sin nadie que los buscase si caían al otro lado del océano. Mis empleados recibían un buen sueldo y estaban protegidos por mi reputación. A cambio, mantenían la boca cerrada sobre mis negocios en el puerto deportivo o sobre mí mismo. Sin embargo, ninguno sabía que al firmar esos contratos era casi como si vendiesen su alma.
A mí.
—Averiguaré quién ha hecho esto.
Tarney asintió, pero podía ver que no estaba contento. Puede que la lealtad bien pagada no fuese suficiente si volvía a ocurrir algo similar.
Mi ira se encendió un poco más. El que había causado este desastre estaba sacando la parte más peligrosa de mí. Entre mi perverso padre y yo nunca había habido amor. Si me había encontrado tenía que prepararme. Reedrek no perseguía mi corazón, sino mi equilibrio y mi cordura. Hay cosas peores que la muerte y Reedrek era un maestro encontrando la tortura perfecta y más duradera para sus enemigos. Llevaba trescientos años desafiándolo desde mi período de aprendiz y no tenía ninguna intención de volver a ser su víctima.

Aunque no era habitual en mí, saqué mi reloj de bolsillo, herencia de un supuesto antepasado, y miré la hora. La verdad es que no lo necesitaba, ya que podía sentir cómo giraba la tierra, la aproximación de otro día. Faltaban cuatro horas para el amanecer.
—Jack, ya sabes lo que hay que hacer. Saca las cintas de seguridad y cualquier papeleo que encuentres, las cartas de navegación, el GPS y el disco duro del ordenador. Te recogeré en el paseo del río en Lazarus Point dentro de tres horas.
Por una vez, Jack no discutió conmigo, hasta que le pedí las llaves del coche.
—De ninguna manera. Dejarás trozos de la transmisión por toda la calle Bay.
Odiaba cuando Jack se enfrentaba a mí delante de otra gente. Este hombre no tenía ningún sentido del lugar ni del decoro. Pero bueno, ¿qué podías esperarte de alguien cuyo mayor deseo era convertirse en piloto de carreras? A veces era más humano de lo que yo recordaba haber sido. Esa era una de las cosas de Jack que yo protegía escrupulosamente, sin que él lo supiese, por supuesto. A veces me arrepentía de ocultarle tantos asuntos oscuros. Pero esta no era una de esas ocasiones. Extendí la mano para que me diese las llaves.
Él se las tiró a Richardson.
—Deja que Richardson te lleve a casa. Luego puede traerme el coche y dejarlo aquí.
Parecía que Richey, como le llamaba Jack, preferiría subirse al Alabaster y meterse en el ataúd vacío antes de meterse en un coche conmigo. Incapaz de negarse, me lanzó una mirada rápida y luego dio dos pasos hacia atrás.
No estaba de humor para mimar a ningún humano más.
—Sube al coche —le ordené en voz baja, y dejé que Richey sintiese una pequeña dosis de mi ira. Se fue corriendo hacia el Corvette.
—¿Cómo haces eso? —dijo Jack sacudiendo la cabeza.
A Jack le hice ver más que un pequeño atisbo de mi descontento. Dentro de lo poco que podía soportar en ese momento, la pequeña rebelión de Jack no estaba incluida.
—Práctica —le respondí, y luego añadí—: Tienes tres horas.
Él fue sensato y asintió.


Tras un viaje silencioso y en cierto modo más seguro desde el puerto deportivo a mi casa de la calle Houghton, Richey se marchó haciendo un gesto rígido con la cabeza y luego haciendo chirriar las ruedas. Un acto que Jack habría admirado, estoy seguro. Pasé junto a los muros cubiertos de hiedra y a los gigantes leones de hormigón que guardaban las escaleras. Cuando llegué a la puerta esta se abrió y apareció Reyha, una de mis guardianes, en su forma humana, alta y hermosa. Estaba de pie al otro lado del umbral. Si tuviese la cola que adquiría con la forma que adoptaba durante el día, la estaría moviendo.
Sonreía mientras retozaba a mi alrededor saludándome, presionando su mejilla contra mi abrigo.
―Esto está muy solitario sin ti―me susurró cerca de la oreja ants de saltar hacia su hermano, Deylaud, que estaba absorto leyendo un libro.
―¿Verdad que estamos muy solos, hermano?―le preguntó mientras deslizaba un brazo por el respaldo de la silla. Deylaud murmuró algo inaudible, pero se puso de pie para darme un breve abrazo.
―Unos más que otros―dijo lanzándole una mirada maliciosa a su hermana―. ¿Por qué no me dejas enseñarte a leer libros en inglés?
Reyha volteó los ojos hacia el cielo.
―Bah. Libros. En los libros no hay vida, solo los sueños de otros―dijo viniendo de nuevo hacia mi―. Yo ya tengo mis propios sueños.
―Pero yo no tengo tiempo para ti esta noche, cielo. Tengo que volver a irme pronto―le dije deslizando una mano por su sedosa cabellera.
Ella bajó la cabeza con un gesto de decepción y la mantuvo así durante un momento, y luego me dijo con un rostro resplandeciente.
―¿Puedo ir contigo?
―No, tienes que quedarte aquí con Deylaud. Tenéis toda la casa para deambular. Volveré en unas horas, antes del amanecer, claro.
Sabía que intentaría persuadirme, por lo que me fui. Tenía cosas que hacer antes de reunirme con Jack en Lazarus Pont. Reyha volvió al diván, disgustada, y se sentó sobre sus piernas en los cojines.
Me dirigí a la oficina del sótano pulsando el sensor de la pared mientras bajaba los tres últimos escalones desde el rellano. La magia electrónica del sofisticado sistema informático se puso en marcha y las gruesas contraventanas de metal que cubrían las ventanas de la casa, que iban del techo al suelo, se abrieron soltando un zumbido. Odio estar encerrado después del anochecer. Se podrían decir que la noche es mi especialidad. Ya son muy pocas las horas que hay sin sol para poder realizar mis actividades.
En el patio la brisa hacía susurrar la hilera de bambúes que protegía mi intimidad y la luna del cazador parpadeaba reflejada en el brillante estanque japonés. Su imagen flotaba como un pequeño barco blanco sobre las olas del océano.
El Alabaster.
Oí el rugido del océano, las voces de las conchas llamándome.
Aunque no era habitual, busqué a tientas el cajón secreto del armario. Se abrió con solo tocarlo y las yemas de mis dedos palparon un hueso humano. La caja y las cochas antiguas que había dentro conocían mi nombre, mi sangre. La caja de hueso, que había sido esculpida por un sacerdote de vudú africano a partir de la calavera de mi propio padre, era una de las pocas cosas que poseía y que eran más viejas que yo. Las conchas eran un regalo de Lalee, la tatara, tatara, tataranieta del venerable hombre… También me había dado otra cosa, el don de su poder, de sus linajes. Me lo había bebido, junto con su abundante sangre, siguiendo una antigua práctica de vudú. Tras cruzar la puerta en dirección al patio, me senté en el banco de piedra mirando el agua. Abrí la tapa de la caja con el pulgar y observé las ocho conchas blancas que había en su interior. Al mirarlas, las conchas parecían cambiar de forma y de tamaño, intensificando su llamada. El rugido de un océano agitado golpeando una costa rocosa invadió mis oídos. Saqué del bolsillo los restos de la estaca del Alabaster, los desenvolví y los sostuve en la mano. Sacudí la caja de hueso hasta que las conchas repiquetearon y las dejé caer sobre la piedra que tenía a mis pies.
La brisa fría que corría por el patio se detuvo. El estanque cristalino se calmó por completo y relejó la luna y las estrellas. Entonces, la noche se oscureció por completo, como si se hubiese abierto un agujero de terciopelo negro en el cielo y se hubiera tragado toda la luz. En ese mismo instante me encontré volando en la noche, rápido y muy bajo, sobre las olas tocadas por la luna. En la distancia vi las luces centelleantes del Alabaster en movimiento.
Cuando mis pies tocaron la cubierta oí un sonido prolongado y suave, como un suspiro o un siseo. Este tipo de visiones, esto de entrar en el mundo de las tinieblas, era un truco de brujo que yo apenas usaba. Sin embargo, esta noche no iba a ignorar las conchas. A lo lejos veía la costa. El barco se mecía con fuerza bajo mis pies invisibles, la luna estaba baja sobre el horizonte oriental y la sangre fresca se veía reflejada con la luz. Ya había muerto alguien. Bajé las escaleras hacia el lugar de donde provenían las voces.
―Huir como un cobarde no te va a salvar―dijo una voz familiar.
Reedrek.
Sentí un escalofrío de odio y de repulsión. Mis dedos apretaron con fuerza el trozo de madera como un acto reflejo. Tenía que llegar a la puerta del compartimento. Esta sería la verdadera para mi sagre mutada: ver si podía enfrentarme a él sin que la furia me distrajese y comprobar si Reedrek era capaz de sentir mi presencia.
Entonces, Algernon Rampsley dijo:
―¿Qué falsa ilusión te hace pensar que puedes gobernar el mundo?¿Crees que los humanos ignorarán la masacre indiscriminada de su raza?¿Crees que los otros clanes pasarán por alto lo que hiciste en Ámsterdam? Preferiría enfrentarme al fuego del infierno que inclinarme ante ti y tu grupo de tiranos.
Atravesé la puerta. Ahora los veía a ambos: Reedrek sentado cómodamente en una silla y Alger de pie junto al cabecero de su ataúd abierto.
―En realidad, bueno…
Reedrek perdió la concentración por un momento y desvió su atención hacia el lugar desde donde yo les observaba gracias a mi invisibilidad. Sentía su poder como la mano de un hombre ciego que busca donde apoyarse. Pasó sobre mí y continuó.
―En ese caso, el infierno es lo que te he traído, pero sin el fuego.―Reedrek se levantó de la silla―.¿Sabes lo que le hice a Lyone? Lo metí en una caja y lo congelé en un bloque de hielo antes de enviarlo al Ártico. Está enterrado en un glaciar como un viejo mamut de pelo cano―dijo sonriendo―. Seis meses de luz y seis meses de oscuridad. Dormirá durante medio año de golpe y se irá debilitando. Pero luego se despertará y pasará la otra mitad del año viviendo rodeado de aquel terrible frío, sabiendo que la larga noche no puede salvarlo.
Ni a él ni a sus descendientes. Ahora puedo hacer con ellos lo que yo quiera. He matado a los dos machos más fuertes y he metido a dos hembras en una mazmorra de Ámsterdam para servir a mis amigos. Te pondrías enfermo si te contase los actos excéntricos y depravados que otros vampiros sueñan con realizar cuando no se les niega nada. Cosas a las que solo podría sobrevivir un inmortal.
Reedrek miró a Alger con malicia y puso una mano sobre el ataúd.
―Te enviaría a la luna en tu cápsula del tiempo tallada a mano si no fuese tan complicado. Quizá más tarde, cuanto tengamos más controlados a los clanes estadounidenses. Por ahora creo que te hundiré en el océano para convertirte en el miembro más reciente del clan de los peces. Si tienes suerte, me olvidaré de ti. Sin embargo, no olvidaré a tu descendiente.
El cuerpo de Reedrek se movía más rápido de lo que recordaba. Empujó la tapa del ataúd hacia un lado y agarró a Alger por el cuello levantándolo como si fuese un niño. Era obvio que pretendía encerrarlo dentro. Mientras yo estaba allí sin poder hacer nada, Alger luchaba por su vida. El barco se hundía mientras forcejaban de un lado a otro del camarote. Pero Reedrek era más fuerte, más viejo, y Alger siempre había sido un vampiro apacible, si es que eso era posible. Mientras los observaba, Alger le dio un terrible y último empujón, liberándose de Reedrek y lanzándolo de espaldas.
―Te veré en el infierno― dijo mientras me atravesaba corriendo en dirección a la puerta. Reedrek salió volando tras él; sus pies apenas tocaban el suelo. Los seguí hasta cubierta y cuando subí la escalerilla vi horrorizado como Reedrek sacaba la misma estaca que yo tenía en mis manos y mataba a Alger antes de que este pudiese lanzarse al agua y escapar. Yo ya sabía que no podría escapar y ahora también sabía lo que había evitado al obligar a Reedrek a matarlo.
No quería quedarme allí para ver como ardía.
Un golpeteo insistente sacudió mis sentidos y, cuando abrí los ojos, estaba mirando fijamente a la luna reflejada en el espejo de agua. Las conchas habían regresado a su caja. Abrí la mano y la estaca había desaparecido, solo quedaban las cenizas. Me quedaba la verdad innegable.
Alger estaba muerto y, al parecer, Reedrek había averiguado mi paradero.
¿Cuántos más de sus amigos estarían de camino?
Miré hacia la puerta de cristal de la oficina y vi a Reyha de pie en el interior.
Estaba observándome expectante. Tenía que averiguar cómo había llegado mi maestro a uno de mis barcos. También tenía que comunicar las malas noticias sobre Alger a su gente. No a su familia en sí, si no a sus sirvientes y a sus descendientes de sangre. Sin duda, seguro que ya habían sentido un cambio de suerte en el aire. Y tenía que poner sobre aviso a los que estaba más cerca de Ámsterdam para que organizasen el rescate de Lyone y del resto de sus descendientes. Me levanté del banco y sentí que tenía más de quinientos años.
Después de devolver la caja de Lalee y las conchas a su escondite, me senté delante de los ordenadores, mi única concesión a los tiempos modernos.
Los humanos no son concientes de que entre los seguidores de Anne Rice y los aspirantes a vampiros, los vampiros de verdad también utilizan Internet.
Unos pasos sobre la alfombra, sigilosos aunque familiares, anunciaban que Reyha se acercaba. Se inclinó sobre el respaldo de mi silla y me rodeó el cuello con sus brazos, presionando su cara contra mi pelo. Resopló una vez, como si pudiese oler la energía de otro mundo que había recogido la viajar por el tiempo.
La ignoré, pero ella parecía contentarse con estar cerca de mí.
Lo primero que tenía que hacer era alertar al clan. Le escribí directamente al propio Alger. Alguno de sus empleados estaría controlando el correo.

Alger,
El cargamento se ha perdido. Ponte a salvo. Por favor, ponte en
Contacto conmigo lo antes posible.
Cuy.

Solo la gente que me conocía desde hacía mucho tiempo utilizaba mi apodo de la niñez. Alter había sido uno de los pocos vampiros a los que había considerado mi amigo.
Luego entré en la sala de chat élitesangrienta.com.
‹‹ ¿Tenéis algún contacto con A.R.? Estoy buscando parientes.››.
Recibí una respuesta inmediata.
‹‹¿‹‹A›› está desaparecido? ››
‹‹No está aquí. Necesito información ››
‹‹Volveré a ponerme en contacto contigo.››
‹‹Además, hay que enviar raptores, los que estén más cerca de Ámsterdam que se pongan en contacto conmigo de inmediato.››
‹‹Lo antes posible.››
Después de todo, todavía tenía aliados y contactos en Europa. Ya un pacto para negarles a Reedrek y a sus amigos cualquier tipo de apoyo.
Cogí el teléfono y marqué el número de la compañía de transportes que poseía en la costa irlandesa. Allí ya sería por la mañana.
El encargado de los envíos, Regan Adrews, no tenía información útil. Según él, habían metido el cargamento en el bardo bajo la luz de la luna, como siempre. El almacén y el astillero estuvieron cerrados y bajo vigilancia hasta que el Alabaster zarpó.
―¿Habéis despedido a algún empleado o ha faltado alguno al trabajo?―pregunté.
―No, pero había…
―Bueno, no sé qué relación puede tener, pero uno de nuestros hombres, James Dugan, murió en un accidente la noche después de que zarpase el barco. Iba a trabajar en su moto y fue atropellado por un coche.
―¿Viste su cuerpo?
―Bueno, no. Me dijeron que había quedado bastante destrozado.
―¿Quién te lo dijo?¿Quién lo vio?
―El agente de policía, señor. Tenían que determinar si estaba muerto para que pudiera ser incinerado.
Incinerado.
En lugar de contarle mis sospechas ( que había sido descubierto y lo habían asesinado), le dije que cancelase los envíos. Hasta que averiguase cuánto sabía Reedrek no podía arriesgarme a hacer otro envío de vampiros.
―Págales a tus trabajadores el mes y mándalos a casa. Llámame si ocurre algo fuera de lo normal.
―Sí, señor. Puede contar conmigo, señor.
Reyha suspiró y me abrazó más fuerte cuando terminé de hablar por teléfono. Le di una palmadita en el antebrazo.
―Tengo que ir a recoger a Jack, cielo.
Ella se acercó aún más, si es que era posible, y susurró:
―Quédate…
Me liberé de sus brazos y me puse de pie. Con tanto garbo como una bailarina del ballet de Bolshoi, dio un giro y me rodeó con un brazo, acurrucándose contra mí. Cuando llegué a la puerta del garaje, cogí las llaves de la barra y llamé a Deylaud.
―No debéis invitar a entrar a nadie mientras esté fuera―dije. No hasta que averiguase si Reedrek estaba en Savannah. Al pensarlo sentí un retortijón de ira, y la verdad sea dicha, me dejó preocupado. Sería dolorosamente irónico que mi debilidad y mi ilusión de morir hubiesen atraído a uno de los pocos seres que podían hacerme ese favor.
―No entrará nadie.―Deylaud asintió y luego hizo una seña para llamar a su hermana―.Ven, déjalo marchar―le dijo.
Tras dudar un instante, Reyha me dio el obligado beso de despedida en la mejilla y luego se fue disgustada haciendo aspavientos. Cuando llegó junto a su hermano, ya volvía a sonreir.
―¿Jugarás conmigo en lugar de leer esos horribles libros?
Él le pasó un brazo por el hombro y le dijo:
―De acuerdo.
Delylaud se quedó donde estaba, mirándome fijamente, esperando mi permiso, supongo.
Le hice un gesto con la cabeza y les dejé con sus juegos.

Jack

Obervé a William subirse en mi Corvette con Richey y lamenté verlo marchar. ES difícil asustar a un vampiro. Quiero decir, normalmente yo soy el que asusta, no el asustado. Pero tengo que admitir que en ese momento lo estaba.
Me fui a la zona de suministros secretos que estaba en el sótano del almacén de William. Allí era donde guardaba los artículos de emergencia que no quería que nuestros ayudantes humanos viesen: una selección de ataúdes, muestras de tierras de otros países, una nevera llena de sangre humana e incluso ingredientes difíciles de encontrar para los hechizos y las pociones de Melaphia. No pude evitar reírme cuando encontré una de esas mantas ignífugas especiales que utilizan los bomberos para evitar abrasarse cuando se ven asediados por fuegos incontrolados. William me había pedido que probase una para ver si, cubriéndome con ella, podía evitar quemarme durante el día. Le había dicho que ya hablaríamos de ello.
Llené un petate con explosivos, cables y detonadores eléctricos y me dirigí arriba. Rara vez había tenido que utilizar los conocimientos de demolición que había perfeccionado en mi época de transportista de libar ilegal (hacer volar por los aires alambiques antes de las redadas formaba parte del trabajo).
Por supuesto, el arte de hacer saltar cosas por los aires había cambiado a lo largo de los años, pero conseguí mantenerme informado. Uno nunca sabe cuándo tiene que hacer explotar algo a lo grande.
Tarney se estaba preparando para remolcar el Alabaster hacia Lazarus Point con un pequeño bote de pesca. Los humanos eran buena compañía, pero no serían de gran utilidad si volvía el que había roto aquella cerradura. Habíamos buscado por todo el barco y la persona o la cosa que lo había hecho se había marchado hacía tiempo.
Entonces, ¿por qué se me erizaba el vello de la nuca? ¿Y qué era ese olor?
Estaba seguro de que era algo más que los restos humanos. Más que oler, sentía algo pero era imposible de describir. Ninguno de mis cinco sentidos, por muy desarrollados que estuviesen, conseguían decirme lo que me envolvía. Era sofocante, empalagoso, exasperante y … familiar. No familiar en el sentido de algo que te suena, sino más bien de algo que llevas en los huesos, algo que forma parte de ti. Eso era lo que me producía escalofríos.
Mientras Tarney estaba ocupado llevándonos río abajo, volví a inspeccionar los restos del vampiro al que le habían clavado la estaca. No me recuerdan muy a manudo que, aunque técnicamente soy inmortal, todavía puedo morir. Y a diferencia de los mortales, cuando muera las cartas ya estarán echadas. Jackie se irá directo al infierno. No tendrá una segunda oportunidad.
Revolví las cenizas de mi antepasado lejano en busca de mi conexión habitual con los muertos. Nada. Cero. Niente. Dondequiera que estuviese era oscuro y profundo. Estaba fuera de mi alcance… hasta que me llegase la hora.
Me dio un escalofrío, me limpié las manos en los pantalones y fui al compartimento en el que estaba el ataúd. Después de llenarlo de explosivos, de terminar el cableado y de colocar el detonador, llevé el petate vació al puente para recoger el material que quería William. Tarney había recogido las cartas de navegación, el cuaderno de bitácora y otra documentación que dijo que William podía necesitar. Metí todos los papeles, el aparato de GPS y el ordenador portátil en el petate. Cuanto hube terminado mi tarea, volví abajo, el cuarto de invitados, como lo llamaba William, directo al pequeño bar que había cerca del ataúd lleno de explosivos. ¿Sabría William más de lo que decía sobre lo que había ocurrido allí? Abrí con los dientes una de las bolsas de sangre que quedaban y vertí el contenido en un vaso con un chorro de Dewar´s.
Lo había cogido desprevenido, eso estaba claro. Cuando William estaba enfadado, cuando estaba realmente cabreado, levitaba del suelo sin ni siquiera darse cuenta. De hecho, levitó un poco cuando subió al barco. Los humanos no se percataron, pero yo sí. Apenas era capaz de controlarse. Cuando estaba tan enfadado algo vibraba en su interior y normalmente yo podía sentirlo a varios pasos de distancia.
Engullí el cóctel rojo y espeso y me limpié la boca con la mano. William también quería las cintas de vigilancia de la cámara oculta. Tuve que mover el cadáver para poder abrir la puerta del compartimento y coger la cinta. Odiaba el olor de la comida muerta. Cuando era un vampiro novato, durante la guerra de agresión del Norte, a veces tenía que seguir a William caminando sobre los cadáveres de soldados muertos en batallas anteriores. Era lago que siempre me había puesto enfermo.
No sé lo que pretendía encontrar William en esa cinta, porque se borraba automáticamente todos los días. Por el olor de esos restos, fuese lo que fuese lo que había pasado, había ocurrido hacía días. La configuración del ordenador de última generación de William tenía la capacidad de monitorizar este camarote vía satélite, pero, ¿lo habría hecho si esperase tener algún problema? Sabía que los vídeos se podían grabar digitalmente en un ordenador.
¿Habría hecho eso William?¿ O bien habría desaparecido para siempre la prueba de lo que había pasado?
Prueba. ¿Por qué no había pensado antes en eso? Agarré el cuerpo que estaba encajado en la cabina y le puse en el suelo, en el pequeño espacio que había delante del ataúd abierto. El rigor mortis ya había desparecido, aunque asqueroso. Comprobé el cuello del miembro de la tripulación muerto. Sí. Tenía… dos marcas de mordiscos, profundas y salvajes, muy separadas entre sí. De repente, ese tufo ligeramente familiar que había sentido en cubierta se hizo más fuerte. Retumbaba en mi interior, me provocaba náuseas.
Olía a … infierno.
Me guardé en los bolsillos de la chaqueta las tres bolsas de sangre que quedaban ( no tenía sentido tirarlas), metí la cinta en el petate con el resto de las cosas y me marché. El Alabaster saltando por los aires en pedazos a lo lejos no me dio la sensación de borrón y cuenta nueva que había esperado. Sin embargo, fue genial. Y el sonido fue emocionante, aunque me hiciese daño en mis oídos hipersensibles. Para cuando se enterasen los guardacostas, los pedazos estarías esparcidos por la corriente del Golfo desde aquí a Nags Head.
Otro trabajo bien hecho.
Algo de aquel sentimiento horrible se hundió con el barco, pero fue sustituido por el presentimiento de que estaba siendo observado. Miré por encima del hombro por enésima vez mientras flotaba hasta el muelle de Lazarus Point. Estaba desierto y William todavía no había llegado. Después de dejar el petate con los papeles y el ordenador en la pasarela elevada, me metí en el agua para intentar deshacerme de la peste a carroña y del canguelo que me había invadido en el barco.
No era propenso a la paranoia (eso es lo bueno de ser un vampiro: uno se siente mucho mejor cuando está en lo más alto de la cadena alimenticia). Pero aunque el sonido del fueraborda de Tarney se había extinguido a lo lejos hacía tiempo, tenía la sensación de que no estaba solo. Quizá la explosión había llamado la atención de los guardacostas antes de lo que yo esperaba y había un barco lleno de pasma merodeando por los alrededores.
Tuve que reírme al pensar en las autoridades mandando detenerse a la pequeña Arca de Noé de Tarney. Cuando insistí en que nos llevásemos los animales que quedaban vivos, incluso las ratas, su mirada no tenía precio. Había hecho un viaje más a la bodega y había sacado los animales en un saco improvisado hecho con las cortinas de la cabina. Cuando mato a un animal para comérmelo lo hago rápido y sin dolor para la criatura. Claro que lo que los vampiros ansiamos es sangre de humanos vivos. Pero si no eres un monstruo aprendes a controlar tus instintos más bajos y a vivir a base de sangre animal.
De vez en cuando me apetece carne humana, pero la mayor parte del tiempo sobrevivo a base de sangre de carnicería. En Savannnah hay mucho vudú y prácticamente cada noche hay algún ritual de sangre en algún cementerio.
Cuando alguien viene a tu carnicería para comprar un litro de sangre de cerdo no haces preguntas. El cliente siempre tiene la razón. Sobre todo un cliente que te podría convertir en zombi.
Así que no podía soportar pensar en aquellas cosas peludas volando en pedazos o hundiéndose. Incluso las comadrejas. Como no había nadie para recogerlas en tierra le pedí a Tarney que las llevase a otro lugar de la costa. Si lo pillaban los guardacostas, ¿qué podía decir? ‹‹Es una noche muy bonita y se me ocurrió sacar a los conejos, las cobayas y las comadrejas a dar un paseo en barco. ¿No es lo que hace todo el mundo?››.
Pero seguro que no ocurriría eso. Tarney se dirigía al astillero como alma que lleva el diablo y solo quedaba el silencio. Si fuese verano, los sonidos de los animales resonarían en las marismas circundantes. Habría insectos zumbando y caimanes bajo el agua, todo esto entre gorjeos, graznidos y cantos. Pero en esta época los reptiles los anfibios hibernaban en el lodo y el fango que se hallaba bajo mis pies y el resto de animales se había marchado adondequiera que vayas los animales salvajes cuando se aproxima el otoño.
Me quedé flotando en el agua mientras esperaba a William y volvía a mirar a mi espalda. Quizá la sensación de no estar solo la causaban las almas inquietas que habitaban este lugar. La estación de cuarentena para el tráfico de esclavos había estado justo aquí, en Lazarus Point. Intenté no pensar en los cientos o miles de personas que habían cruzado el Atlántico pero nunca había llegado a Savannah. Esa noche podía sentir a muchos de ellos, vagando en busca de una tierra que nunca volverían a ver.
En lugar de pensar en eso, me concentré e lo que habíamos averiguado. Para una criatura de sangre fría, el agua fresca no era especialmente tonificante, pero los pastos de la marisma moviéndose en la noche me tranquilizaban. Me ayudaban a pensar.
Como iba diciendo, casi nunca mato humanos. A menos que sea estrictamente necesario. Los habituales me mantienen informado de cualquier persona de carácter especialmente malo que llegue a la ciudad. Si un asesino en serie humano o un violador aparece muerto, considero que es un criminal manos con el que se tienen que enfrentar la policía. Savannah suele ser una pequeña ciudad pacífica. Como un ciudadano que paga sus impuestos, considero que es mi deber cívico ayudar a la policía a que siga siéndolo. Pero si eres vampiro tienes que ser discreto. Si aparecieran demasiados cuerpos con dos marcas de dientes en la playa de Tybee arrastrados por la marea o flotando en el río, podría tener problemas. Por eso William y yo hacemos de policías por nuestra cuenta.
William y yo somos los únicos vampiros con residencia permanente en esta ciudad junto al río. Nos habíamos esforzado mucho en no meternos en líos (bueno, yo sí, a William parece no detenerle nada. Al fin y al cabo es el jefe.) para que un intruso pusiese en peligro nuestra pacífica relación con la comunidad. Así que cuando un chupasangre ocasional se pasa por la ciudad para ver como va la cosecha, nos aseguramos de que cuide sus maneras. Cualquier vampiro que actúe con irresponsabilidad y poca consideración y deje un cuerpo drenado en un lugar donde lo puedan encontrar las autoridades será expulsado de la ciudad, normalmente arrastrado por una cadena atada a mi Corvette.
Pero esta situación era diferente. El vampiro que había irrumpido en la bodega era mucho más fuerte que yo. Posiblemente incluso más fuerte que William. Había matado al vampiro que iba a bordo y a la tripulación, tirando por la borda a tres y dejando atrás el otro cuerpo. ¿Serían ese cuerpo y la marca de sus dientes algún tipo de tarjeta de visita? ¿Por qué el más fuerte se había colado en lugar de venir como los demás? Y, ¿adónde había ido?
Preguntas y más preguntas. ¿Tendría William las respuestas? Y, de ser así, ¿las compartiría conmigo? Ni en sueños. Dicen que el conocimiento es poder, y William no me da más que la información sobre nuestro modo de vida que necesito para sobrevivir. Me mantiene bajo su absoluto control sirviéndose de mi ignorancia sobre lo que soy y sobre lo que puedo hacer. La idea de que quizá tenga miedo a que me enfrente a él me hace sentir un poco mejor, pero no durante mucho tiempo. Cualquiera pensaría que después de más de tres vidas hunas de leal servicio me habría ganado su confianza. Pero no es así.
Oí el ronroneo del Jaguar de William a lo lejos, salí del agua y cogí el petate. Pensé para mí que debía de parecer el monstruo de la laguna negra.
―No estarás pensando en subirte en este coche empapado de lodo―dijo William. Había bajado la capota, como siempre, a pesar del frío.
Metí a bolsa en la parte de atrás y salté en el asiento del acompañante
―Haré que uno de los chicos lo limpie mañana.―William me miró durante un segundo y encendió el motor. Echó una mirada indescifrable a la tumba marina del Alabaster y sacó el Jaguar del aparcamiento en dirección a Savannah―.¿Has averiguado algo ya?―le pregunté.
―He hecho algunas investigaciones. Hubo un incidente con uno de los trabajadores del muelle, un irlandés, antes de que el Alabaster zarpase, pero no parece tener relación con lo que ocurrió a bordo. Estoy esperando más información.
Me recosté en el asiento suave y acolchado esperando a que William me preguntase si tenía alguna teoría sobre lo que había ocurrido, o al menos si había encontrado alguna prueba en el barco. Pero no lo hizo. Tras unos minutos, dije:
―Examiné el cuerpo que había en el armario. Encontré marcas de mordeduras, profundas y anchas. Fue un vampiro, vale. Estamos buscando a un tío bien grande.― Eso mismo pensé yo al ver aquella escotilla rota.
Más silencio. Joder, cualquiera pensaría que tendría que estar despotricando y desvariando. Acababa de perder un yate que había costado siete cifras y había un desalmado y poderoso vampiro que ahora acecha la zona. Y aun así no percibía nada en él, ni siquiera la ira que había sentido en el muelle. Estaba bloqueándome deliberadamente para que no accediese a su mente, cortando la comunicación de la sangre, como solía decir él. No es que nos pudiésemos leer la mente exactamente, pero lo cierto es que estábamos en la misma longitud de onda. Tenía algo que ver con el hecho de que fuese mi maestro. Pero si no quería que siguiese la dirección de sus pensamientos y que sintiese sus emociones, yo no podía hacerlo.
Entonces volví a dirigirme a él directamente.
―Venga, jefe, ¿qué es lo que no me estás contando?
―Nada que necesites saber en este momento.
―Maldita sea, William, un asesino de vampiros anda suelto, y por si no te habías dado cuenta, ¡somos vampiros!
―Encontraré a quienes han hecho estoy se las verán conmigo. Fin de la historia.
―Tiene que haber algo más. ¿Y qué pasa con…?
Se giró para que pudiese verle los colmillos.
―Ha sido una noche muy larga. He sufrido pérdidas que no te puedes ni imaginar. Hablaremos de esto cuando tenga más información. Antes no.
Me volví a acomodar en el asiento. No servía de nada provocar a William demasiado. Recorrimos el camino hacia el lugar donde duermo en silencio, excepto por una llamada a Richey para decirle que me dejase el Corvette en el taller. Cuando llegamos a Bonaventure y William detuvo el Jaguar, me bajé y entré en el cementerio para atajar hasta casa.
―Jack― dijo William. Cuando me giré estaba mirando hacia delante, no me miraba a mí―.Ten cuidado.
Después se marchó levantando gravilla y restos de cemento tras de sí.
―Vaya, gracias papá―murmuré mientras entraba en el cementerio para irme a casa. Bonaventure estaba justo al lado de mis almacenes de alquiler, que era mi segundo negocio. Durante el día descansaba en una de las unidades.
Aquel lugar no dejaba de sorprenderme con su belleza. Las estatuas de ángeles vigilaban a sus dueños muertos como centinelas silenciosos que miraban hacia el mar. Los robles, con sus barbas de musgo español meciéndose suavemente gracias a la brisa, sacaban sus raíces nudosas entre las tumbas.
¿Recuerdan esa película en la que el niño decía que veía muertos? Bueno, pues yo los oigo, y ellos a mí. Después de todo, soy uno más. A veces los escucho revolverse bajo mis pies, a los más inquietos. Pero no solo aquí y en otros cementerios, sino en todas partes. Cuando caminas por Savannah caminas sobre gente muerta: muertos de las dos guerras a los que a menudo enterraban donde caían; víctimas de la fiebre amarilla cuyos restos quemaban y cuyas cenizas se esparcían como pétalos de diente de león al viento; piratas que vivieron y murieron bajo la daga, a manos de bandoleros y asesinos de toda clase; y también los esclavos y otros inocentes que fueron víctimas de tiempos difíciles, cuando la vida no valía nada. Cuando me dejaba levar los escuchaba a todos, unas veces palabras y otras solo emociones.
Esta noche me advertían de que no estaba solo. Lo que había sentido a bordo del Alabaster en Lazarus Point y ahora aquí en Bonaventure no eran imaginaciones mías. Me di prisa, ignorando sus peticiones de que me sentase, hablase o hiciese brujería; por una vez me consolaba ver un poco de luz en el cielo de oriente. Estaría descansando antes de que los rayos de sol pudiesen quemarme la piel. Y apostaría a que el desalmado vampiro también buscaría un lugar para descansar. Bonaventure estaba lleno de tumbas cubiertas con losas de hormigón que un vampiro poderoso no tendría problemas en levantar. Sí, todos dormiríamos el día entero, profundamente.
De lo que me tenía que preocupar era de la noche siguiente.


Octubre de 2005
Carta de Olivia, una vampira

Mi nombre de humana era Olivia Margaret Spencer y, sí, era (o soy) pariente lejana de la difunta Diana Spencer, la malograda princesa de Gales. Puede que se pregunte por qué aclaro que soy mujer así de buenas a primeras, como se dice ahora. Porque es necesario. En otra época, cuando era niña, nos llamaban ‹‹los modernos›› éramos nosotros. Los años veinte eran nuestra respuesta salvaje a la Gran Guerra y a la muerte por la gripe en el Viejo Continente.
Queríamos vivir.
Nos divertíamos mucho leyendo sobre los gángsteres estadounidenses, subiendo las faldas por encima de las rodillas y mostrando nuestra rebeldía juvenil cortándonos el pelo a lo garçon. Bebíamos y follábamos hasta que nos cansábamos. Pero todo eso fue antes de conocer a Alger.
Sí, era un tipo elegante donde los hubiese. Y tenía más pluma que un avestruz. Él era mi Oscar Wilde y yo su George Sand. No iba a consentir que me ignorase, así que me vestía como un chico y lo seguía cuando nos encontrábamos, incitándoles a acostarse conmigo al menos una vez. Fue durante esa noche largamente esperada y sangrienta cuando por fin descubrí lo que era, además de rico, guapo y hastiado.
Un vampiro sanguinario.
Quería ser como él, o más bien una versión femenina de él. Una chupasangre, una cachonda empedernida siempre con ganas de marcha. Le prometí que me vestiría con ropa de hombre y que le permitiría cualquier práctica sexual que pudiese desear. Pero el dulce Alger no quería eso. Dijo que si me convertía en vampiro no me dejaría volver a su cama.
Luego me dijo dos cosas: una, que nosotras las mujeres a menudo no sobrevivimos al proceso; y dos: que si sobrevivíamos nos convertíamos en algo más que cazadoras que viven de sangre humana. Luego me explicó tranquilamente el significado de súcubo. Cuando una mujer se convierte en vampiro pierde la capacidad de procrear y gana la de fortalecerse (robar fuerza vital, por así decirlo), practicando sexo con vampiros machos. Puede que ellos se alimenten y obtengan placer de nosotras, pero nosotras nos quedamos con parte de ellos y podemos invocarlos cuando los necesitamos.
Como era una chica tímida y poco sociable, despojada de cualquier necesidad natural femenina de complacer a los varones que me rodeaban, dupliqué mi zalamería y mis lloriqueos hasta que Alger cedió. Creo que me convirtió para hacerme callar.
Cumplí mi palabra. Desde que me convirtió, Alger me ha poseído de todas las formas inimaginables e incluso me ha prestado a sus amigos en alguna ocasión. Me hacía obedecer, pero al mismo tiempo me daba su poder. Disfrutaba de cada minuto. Pero también planeé mi largo futuro organizando a mi hermanas de sangre. Me propuse buscar a todas y cada una de las vampiras del planeta, su linaje y sus conexiones. Sus hogares y sus amantes.
Después de todo, las chicas debemos permanecer unidas.

Fin del capítulo
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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 4:25 am

Gracias por el capi AnnAbel! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Son larguitos los capis no??? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Y Guaooooo El vampiro medio psicotico y sadomasoquista es Willian... No se por algo no quería que fuera él! es que me impresiona su forma de actuar es muy sadica incluso para ser un vampiro... Uno malo si, pero uno bueno???? jajaja Creo que estoy acostumbrada a las versiones dosificadas tipo Bones de Night Huntres xD

Bueno ya veremos que pasa con este vampirito... Pero por ahora me cae mejor JAck! jejeje xD Espero que no lo maten!

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 7:28 am

Ufffff que laaaargooooooo, jijijijiji

Gracias Annabell

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:02 pm

Jack te va ha caer super bien, pero te aconsejo que nunca intentes tener sexo con el jajajajajaj te sacará un susto de muerte jajaajajajjajja :manga08:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:38 pm

Guau, no me digáis que este libro es de sexo duro :205:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:42 pm

ja....pues si te cuento, por lo menos la parte que yo tanscribi....cayadita..termine media humeda jajajajajajajajaj

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:48 pm

Um, entonces no deben de ser escenas muy fuertes, porque sino hubieras acabado húmeda entera, no medio húmeda.
No me interesan las escenas que me dejan a medias :208: :205:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:50 pm

jajajaja jajaj es que una se aguanta...si me dejo llevar..ufff...

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:51 pm

Chica, la vida es joven, hay que dejarse llevar... :234:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:51 pm

:usagi2: y yo aún sigo sin leerlo..... hasta Laura ya lo empezó XDD

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:53 pm

si tu lo dices.....pues entonces, dejame llevarme a tu hermanito.. :manga64:

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MensajeTema: Re: La seducción del vampiro- Raven Hart   Miér Ago 18, 2010 6:54 pm

Veo que has hablado de el con todo el mundo :227: ...hasta mona está preguntando :bash:

No te lo permito...es mío... :239:

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