Black and Blood


 
ÍndiceCalendarioFAQBuscarMiembrosGrupos de UsuariosRegistrarseConectarse
Feliz Año 2015!!!
Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Conectarse
Nombre de Usuario:
Contraseña:
Entrar automáticamente en cada visita: 
:: Recuperar mi contraseña
Últimos temas
» LAS COTORRAS MÁS LOCAS DE LAS COTORRAS VIP.
Miér Feb 01, 2017 6:33 pm por rossmary

» saga Riley Jenson
Jue Ene 14, 2016 10:02 am por Vampi

» Kissing sin - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:31 pm por Vampi

» Lista de libros con links de capítulos
Mar Ene 12, 2016 1:25 pm por Vampi

» Tempting Evil - Saga Riley Jenson 3 - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:22 pm por Vampi

» Saga Tempting Evil, Riley Jenson Guardian, #3
Vie Ene 17, 2014 8:03 pm por rossmary

» Anuncia Tu Blog!
Jue Ene 16, 2014 10:10 pm por rossmary

Buscar
 
 

Resultados por:
 
Rechercher Búsqueda avanzada

Comparte | 
 

 99 Ataudes (David Wellington)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
Ir a la página : Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6 ... 10 ... 15  Siguiente
AutorMensaje
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 15, 2010 7:33 pm

Gracias por los capítulos!! 😎
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 15, 2010 7:37 pm

26

Transcrito por Annabel Lee


Los rebeldes se marcharon y yo pude respirar de nuevo.
Con gestos precisos, una pierna tras otra, un tramo tras otro, el tirador descendió del árbol. Se dejó caer al suelo con un ruido sordo y se agachó junto a mi escondrijo. Era un hombre larguirucho como nuestro comandante en jefe, o incluso más. Mediría mas de dos metros y era delgado como un junco. Me tendió una mano llena de arrugas y se la estreche agradecido.
«Silva Griest», susurré.
«Rudolph Storrow, de Indiana.» Se colocó el fusil sobre el hombro como si fuera un remo, vi que llevaba una escopeta recortada en la cartuchera del cinturón, donde un oficial habría llevado un revólver, del otro lado, donde debería haber estado la espada, llevaba un hacha de mango largo al estilo indio, lo que suele llamarse un tomahak. Me alegré enormemente de tenerlo de mi lado. «Oiga, Griest, se acercan dos hombres a pie por el mismo camino por el que llegó usted. Intentan avanzar con discreción, aunque sin demasiada fortuna. ¿los conoce?»
Yo asentí. Se refería a Eben Nudd y German Pete. «Son buenas hombres», le aseguré.
«Si visten uniforme azul, conmigo no necesitan más recomendación. Vaya y condúzcalos hasta aquí con sigilo; no queremos atraer a medio Ejército del Norte de Virginia con ellos.»
Me sonrojé hasta las orejas, pero no quise perder más tiempo con parloteos. Encontré a mis hombres ocultos entre los matorrales de un prado cercano, les indiqué que me acompañaran y los presenté a nuestro nuevo aliado.


LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 15, 2010 7:43 pm

27

Transcrito por Annabel Lee


Glauer acompañó a Caxton al hospital. Debía resolver un asunto importante antes de empezar a organizar las patrullas nocturnas y quería que el agente le sirviera de enlace con las autoridades locales. Se montaron en un coche patrulla, uno de los cinco que quedaban en el departamento después de que Caxton hubiera enviado uno al taller. Le resultó extraño sentarse en el asiento del acompañante. Había una Mossberg 500 instalada en el asiento, entre sus rodillas, y un ordenador montado entre los asientos con el que se golpeaba el muslo en cada curva cerrada.
En su día había sido ella quien llevaba a Arkeley en el coche patrulla y escuchaba las sabias palabras que el hombre tenía a bien compartir con ella. Había intentado aprender cuanto había podido de él, creyendo que el federal planeaba convertirla en su sucesora, pero éste la había utilizado como cebo para vampiros. Sin embargo, ahora las tornas habían cambiado. Caxton se preguntó si Arkeley también se habría sentido tan incómodo en el asiento del acompañante. Y no se trataba sólo de que le molestaran los aparatos, sino que por primera vez en su vida estaba al cargo de algo. Vincent y Glauer esperaban que Fuera ella quien tomara todas las decisiones. Caxton se había sentido mucho más cómoda la noche anterior, arriesgando sólo SU vida mientras perseguía al vampiro, de lo que se sentía dándoles órdenes a aquellos policías. ¿Y si metía la pata? La había fastidiado ya en numerosas ocasiones, era probable que volviera a hacerlo y, con el tiempo, uno de sus errores se saldaría con la pérdida de una vida humana. A menos que antes lograra acabar con el vampiro.
—Nuestro enemigo va a ser el tiempo —dijo cuando se detuvieron en un semáforo.
Las calles de Gettysburg habían sido diseñadas para el tráfico de carros del siglo XIX, cuando la ciudad acogía un gran mercado, en tiempos anteriores a la batalla. Y no las habían ensanchado desde entonces: no habían podido, pues para ello habrían tenido que derribar o trasladar edificios históricos. En consecuencia, aquella pintoresca ciudad, con sus dos millones de turistas anuales y sus setenta y cinco mil habitantes permanentes, sufría unos fenomenales atascos. Caxton soltó un suspiro y se preguntó si no llegaría antes caminando. Para matar el tiempo, se volvió hacia Glauer y le preguntó:
—¿Qué es lo peor que ha visto en su vida?
Era una de las preguntas habituales que se hacían los policías estatales para conocerse mejor, nada más. Sin embargo, Glauer la miró como si acabara de preguntarle cómo, cuándo, dónde y con quien había perdido la virginidad. Caxton se revolvió en el asiento y deseó poder retirar la pregunta. No obstante, al cabo de un segundo el agente se encogió de hombros y fijó la vista de nuevo en el parabrisas.
—Hará unos diez años una chica de la universidad saltó desde lo alto del Pennsylvania Hall. Dicen que está encantado... A lo mejor huía de un fantasma, pero también es posible que hubiera tomado ácido —dijo y volvió a encogerse de hombros—. Me mandaron precintar el lugar y evitar que los demás estudiantes presenciaran la escena. Tuve que quedarme con ella hasta que llegó la ambulancia para llevársela.
—¿Y había mucha sangre?
El agente se estremeció y sacudió la cabeza.
—No, no mucha. Había poca, en realidad estaba tumbada de costado, casi parecía que estuviera echando una siesta. Tenía la cara vuelta hacia el otro lado, por eso en un primer momento no vi los pájaros. Estaban por todas partes, había palomas, cuervos, estorninos... Al final decidí espantarlos, aunque me sentí como un idiota al hacerlo. Lo habría hecho antes si hubiera sabido que le estaban picoteando los ojos.
«No está mal», se dijo Caxton. En el cuartel de la Unidad T, la unidad de autopistas, eso tal vez le habría valido una cerveza gratis. Caxton sonrió y ya iba a felicitarlo cuando vio que el agente estaba temblando. Había obligado a Glauer a recordar algo que habría preferido olvidar. «Mierda», pensó. En la Unidad T veían cosas peores casi a diario. Los accidentes de tráfico podían ser realmente horrorosos, especialmente si había llovido. Los agentes estaban curados de espanto y recurrían al humor negro para ocultar la impresión que aquello les producía, pero al parecer siendo policía de una ciudad donde no se cometían homicidios no había necesidad de que se te endureciera el corazón.
Llegaron al hospital al cabo de unos minutos. Glauer la acompañó por una escalera hasta la morgue, donde la esposa de Garrity ya los esperaba. Estaba sentada en una silla naranja de plástico de la sala de espera, situada en el extremo más alejado de la sala de autopsias. Llevaba el pelo recogido con un pañuelo y gafas de sol, probablemente para ocultar los ojos hinchados de llorar. En la silla contigua había un vaso de plástico olvidado.
Caxton contuvo la respiración antes de entrar en la sala de espera y se prometió que en aquella ocasión iba a hacerlo bien.
Tenía que ser sensible y comprensiva, pero al mismo tiempo debía conseguir lo que necesitaba.
En la academia no había ningún curso donde te enseñaran eso, ta vez debería haber uno. Entró, se puso en cuclillas junto a la mujer y le tendió las manos.
―Hola― dijo, y estudió el rostro de la otra mujer. Tenía el
pelo rubio rojizo y unos labios delgados, y debía de tener entre treinta y cuarenta años, Caxton no habría podido precisarlo. Tenía la expresión pálida que el dolor provoca siempre en las personas, una lividez fruto de la tristeza—. Soy Laura Caxton y trabajo para la policía estatal. Anoche estuve con su marido —le dijo—. Quiero decirle que lamento mucho, muchísimo, lo sucedido.
—Gracias —dijo la mujer, que le dio a Caxton un apretón de manos y luego la soltó—. Los médicos me han dicho que usted solicitó que no me llevara el cuerpo de Brad hasta que hablara con usted. ¿Tengo que rellenar algún formulario?
Caxton le echó un vistazo a Glauer. El policía permanecía junto a la puerta, como si montara guardia. No la estaba mirando. Se suponía que éste le habría contado ya el motivo de su visita a la viuda de Garrity, pero era evidente que no había sido lo bastante específico.
—Lo que mató a su marido era un vampiro —dijo Caxton—. Existe la posibilidad de que... No estoy segura de cómo decirle esto.
La mujer se quitó las gafas de sol. Tenía los ojos rojos, pero transmitían más serenidad de la que Caxton había esperado.
—Diga lo que tenga que decir. Ya nos preocuparemos por mis sentimientos más tarde.
Caxton asintió y se miró los zapatos. Tuvo que hacer un esfuerzo por mirar a aquella mujer a los ojos.
—Los vampiros tienen cierto poder sobre sus víctimas. Pueden hacerlos regresar de entre los muertos. Y, créame, no iba a gustarle. Si regresan, lo hacen con el cuerpo corrompido y el alma destrozada. Se convierten en esclavos de los vampiros. Estoy segura de que su marido era un hombre fuerte, un buen hombre...
—Por el amor de Dios —dijo la mujer. Le temblaban las manos y le ardían los ojos—. ¿Qué es lo que quiere? ¿Me lo va a decir o no?
Caxton se mordió el labio.
—Hasta que crememos su cuerpo, el vampiro puede obligarlo a regresar y servirle. Tenemos que incinerarlo. No hay otra opción.
El rostro de la viuda adoptó una palidez mortal. Levantó la mirada hacia Glauer y Caxton esperó a que dijera algo, pero no hizo.
—No hay otra opción —repitió Caxton—. Comprendo que es posible que no quiera hacerlo por motivos religiosos, pero...
—¡Y una mierda! —dijo la viuda.
—Helena, te aseguro que no se lo está inventando —dijo Glauer.
La mujer se llamaba Helena. «¿Por qué no se lo había preguntado?», se dijo Caxton. Le ardían las mejillas, pero sabía que necesitaba su permiso para seguir adelante.
—Si nos da su consentimiento, nosotros nos encargaremos de los detalles.
—Mike, esta mujer está hablando de... de...
Helena Garrity se levantó de golpe, de forma tan repentina que se tambaleó. Entonces fue hasta donde estaba Glauer; que la abrazo con fuerza. La mujer casi desapareció dentro de su chaqueta.
—Chss —dijo Glauer, acariciándole el pelo. La mujer se hundió en su pecho—. Sólo di que sí.
La mujer sacudió la cabeza contra el pecho de Glauer, no obstante, dio su consentimiento. Entonces Caxton sacó el for¬mulario correspondiente y la mujer firmó donde debía. Un médico entró y empezó a hablar en voz baja con la viuda. Cogió el formulario y lo guardó en el bolsillo.
Glauer acompañó a Caxton escaleras arriba. No hablaron hasta llegar al aparcamiento. El agente se puso unas gafas de espejo y dirigió la mirada hacia la carretera.
No tiene usted lo que se dice don de gentes —dijo. Soy policía —replicó ella.
Él la miró casi con sorpresa.
—Lo dice como si fueran dos cosas distintas.
Caxton no abrió la boca hasta que llegaron a su siguiente destino: una sala de reuniones situada en la parte posterior de la iglesia. El jefe de policía Vincent estaba esperándolos detrás de un podio flanqueado por dos de sus hombres. «Deberían estar buscando el cuerpo del vampiro», pensó Caxton que, sin embargo, suponía que Vincent tendría sus motivos para preferir tenerlos allí, con él.
El jefe de policía quería dar una rueda de prensa. Había media docena de periodistas del Gettysburg Times y de otros periódicos del condado de Adams sentados en unas sillas de aspecto francamente incómodo, y un solitario equipo de televisión que había montado sus aparatos en un rincón, donde los cables y las baterías se amontonaban en el suelo. Había varios focos apuntando al podio, donde debía de hacer bastante calor. Caxton se quedó al fondo de la sala. Los periodistas la miraron y dejaron de prestar atención al jefe de policía, que estaba le yendo un discurso que llevaba preparado.
—La policía estatal de Harrisburg ha tenido la bondad de mandar a una experta en este tipo de crímenes —dijo Vincent señalándola. Caxton se dio cuenta de que quería que subiera al podio y dijera unas palabras—. Permítanme que les presente a Laura Caxton. Gracias —dijo con otro gesto dirigido hacia ella. Caxton no sabía si debía esperar a que aplaudieran, pero al ver que nadie lo hacía se dirigió precipitadamente hacia el podio.
Las luces eran tan brillantes que la cegaban. Se cubrió los ojos con una mano y miró a los periodistas.
—No he preparado ningún discurso —confesó—. ¿Tienen alguna pregunta?
Uno de los periodistas se levantó. Llevaba una chaqueta azul, pero no lograba verle la cara.
—¿Tiene alguna pista sobre la identidad del vampiro? — preguntó.
Caxton negó con la cabeza, pero no pareció ser suficiente, de modo que se acercó un poco más al micrófono y dijo:
—No, de momento no. Pero lo estamos investigando.
—¿Puede hablarnos del policía que falleció anoche? — pregun¬tó otro periodista sin ni siquiera levantarse—. ¿Sufrió mucho o murió plácidamente?
Caxton tuvo la sensación de estar de nuevo en el colegio, haciendo un examen. Aquélla parecía una pregunta con trampa.
—Sin comentarios, lo siento —dijo.
Entonces fue un periodista que había junto a la cámara de televisión quien preguntó:
—Agente Caxton, ¿puede decirnos qué es lo que debemos esperar? ¿Cuál es su plan para atrapar a esa criatura y cómo piensa proteger Gettysburg?
—Acabo de llegar como quien dice y aún no he tenido tiempo de elaborar un plan de actuación. Aún estamos trabajando en ello...
El periodista levantó las manos con un gesto de disgusto.
—¿No puede darnos ningún detalle de su investigación? ¿Cuál es su previsión más optimista? ¿Qué le recomendaría a la población que hiciera?
Caxton miró a Vincent. Su expresión era relajada, aunque parecía estar haciendo un gran esfuerzo para mantener el con¬trol. Sus hombros, en cambio, estaban crispados. No le estaba gustando la actuación de Caxton.
«Bueno, me da igual», se dijo Caxton. Sin duda tenía mejores cosas que hacer. Aunque a lo mejor podía lanzarle un hueso.
—En primer lugar, yo les diría que no abandonen sus casas esta noche. Que no salgan a la calle por ningún motivo, a menos que se trate de una verdadera emergencia. Quien pueda marcharse a pasar la noche fuera de la ciudad, que lo haga antes de que se ponga el sol. E invitaría a todos los turistas a que cancelaran sus vacaciones y regresaran a sus casas.
Vincent esbozó una amplia sonrisa y empezó a caminar hacia el podio con las manos muy juntas, como si estuviera a punto de romper a aplaudir.
Pero el periodista aún no había terminado.
—¿Está sugiriendo que Gettysburg debe paralizar su indus¬tria turística?
—Desde luego —respondió Caxton—. Estamos ante un vampi¬ro. Los vampiros se alimentan de sangre y matan a quienquiera que se interponga en su camino. Si de mí dependiera, mandaría evacuar toda la ciudad.
A pesar de la luz de los focos, vio cómo a los presentes se les ponían los ojos como platos.

Fin del capítulo
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 15, 2010 7:46 pm

Ranguis

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
rossmary
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Moderadora de Descargas *Diseñadora de Documentos *Diseñadora
Sagitario Mensajes : 4888
Rango : 144
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010

Hoja de personaje
nombre: Eliza
raza: Sacerdotiza

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 15, 2010 10:24 pm

Gracias linda ranguitos

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 16, 2010 3:46 am

Gracias Annabel

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 16, 2010 8:52 pm

28

Transcrito por Annabel Lee

Yo estaba que echaba humo de la impaciencia. La última vez que había visto a Bill estaba gravemente herido, tal vez al borde de la muerte. Cada minuto que se retrasaba mi rescate, se reducían sus posibilidades de supervivencia.
«Pare el carro Griest; esa es una virtud que he aprendido y que siempre me ha dado buenos resultados. Llevo mucho tiempo persiguiendo a ese rebelde, desde el día en que sorprendió a mi compañía en la península. Masacró a muchos hombres mientras dormían. Yo estaba de guardia aquella noche, de otro modo habría sido uno de ellos. Cuando usted llegó corriendo estaba esperando a que pasara por aquí para volarle la tapa de los sesos en su querido territorio a modo de agradecimiento. Y lo habría cazado si no hubiera gastado mi pólvora para avisarle a usted. »
«¿Quien es el asesino?», pregunte.
«El ranger Simonon, una de las peores víboras confederadas que jamás haya asomado a la superficie. ES un asesino silencioso un ladrón de caballos como sólo los hay en Kansas. E1 padre Abraham lo quiere muerto lo mismo que yo, y por Dios que he de salirme con la mía. Si puedo ayudarle a usted, amigo, lo haré, pero no si eso significa malgastar otro disparo.»
«Tengo intención de entrar sin más demora», dije yo una vez más.
Storrow me puso una mano en el hombro y me dio un apreton.
«Penetrar en ese lugar entraña peligro, ya lo sabe. Un peligro mortal. »
«Hasta ahora no me había parecido un cobarde», dije.
El tipo habría estado en su derecho de golpearme en aquel momento, pero se limitó a escupir al suelo y dijo: «Anoche vi salir algo de la casa que preferiría no volver a ver jamás. ¿Sabe de que le hablo?»
«Del vampiro», le espetó Germán Pete.
Storrow le dirigió una mirada prolongada e intensa, y finalmente asintió. «Eso fue lo que me pareció.»
«¿Entonces sabe de vampiros?», le pregunte.
Él se encogió de hombros. «Muy poco, aunque, ¿quien sabe? Son tan escasos como los políticos honestos, gracias a Dios. Ví a uno que habían atrapado y matado en Angola Tawn en el año 53 cuando yo era niño. Expusieron su cuerpo en un almacén para instruir al público. Mi padre nos llevó para que echáramos un vistazo y pagó a gusto los cinco centavos de entrada. El bicho más feo que haya visto en mi vida; estaba muerto y, sin embargo, casi me desmayo del susto. Pues este es peor.»


LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 16, 2010 9:37 pm

:Manga30: gracias Annabel

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 17, 2010 4:49 pm

Ranguis.

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 17, 2010 9:49 pm

29

Transcrito por Annabel Lee

—¡Qué prisa tenía por hacerme bajar del podio! —dijo Caxton. Se reclinó en el asiento de su Mazda y se frotó los ojos. Hablar con Arkeley le había sentado extrañamente bien. Nunca habría pensado que un día diría algo así.
Había tenido que hacer acopio de valentía para llamarle. Al finalizar la rueda de prensa, Glauer la había acompañado de nuevo a la comisaría de policía y la había dejado en el aparcamiento, donde las hojas se arremolinaban. No tenía ni idea de qué debía hacer; o, mejor dicho, sabía perfectamente lo que había que hacer pero no tenía tiempo para hacerlo. Debería haber estado rastreando las calles con los demás policías, buscando al vampiro, sin embargo, sólo tenía diez minutos antes de su reunión con el profesor Geistdoerfer. Había pensado en comer algo, iba a ser una noche muy larga, aunque tampoco tenía tiempo para eso, de modo que había cogido el móvil y había llamado a Clara; no obstante, se había encontrado con el contestador automático.
La había cagado y de qué forma. Lo sabía. Primero había traumatizado a la pobre viuda de Garrity y luego había escandalizado a los medios de comunicación locales. Vincent se había mostrado furioso con ella tras la conferencia de prensa. Caxton aún no había entendido por qué, no obstante, sabía que aquello iba a suponer un problema. Organizar la caza del vampiro iba a ser más difícil que nunca.
«En el teléfono que tenía en la mano estaba el número de Arkeley», pensó. Si había alguien en el mundo que pudiera aconsejarla, ése era el viejo federal. Él ya había pasado por aquello, había vivido la misma situación en la que se encontraba ella en aquel momento y había tomado las decisiones que ella se veía obligada a tomar. Sería una gran fuente de consejos, aunque nunca de aliento. De hecho, no esperaba otra cosa que desdén por su forma de proceder hasta el momento.
Abrió la lista de contactos del móvil y allí estaba, la primera entrada. Era la única persona que conocía cuyo nombre empezara por «A». Pulsó el botón de llamar sin darse tiempo a fre¬narse. El federal se encontraba en el camión con el que trasladaba a Malvern a Filadelfia y la conexión era muy mala, pero en cuanto descolgó, Caxton empezó a hablar y le puso al día de todo lo que había sucedido. Cuando terminó se hizo un silencio.
—¿Hola? ¿Arkeley? ¿Sigue ahí? —preguntó—. ¿Usted qué cree?
—Creo —respondió— que si hubieras planeado la forma de hacerlo mal todavía lo habrías hecho algo mejor.
Caxton renegó en silencio: lo que acababa de oír era más o menos lo que esperaba.
—Pero ¿qué querían? Yo me limité a decirles lo que pen¬saba...
—Eso, desde luego, era lo último que deseaban. Las confe¬rencias de prensa son una lata muy específica. Tienen dos fun¬ciones: decirle a la gente que, por apurada que parezca una situación, no es culpa suya, y que no tienen necesidad de actuar.
—¡Pero nos enfrentamos a un vampiro! —dijo ella con voz I quejumbrosa.
—Sí, y la buena gente de Gettysburg lo sabe. Están aterrorizados. Lo que querían era que usted subiera ahí y que les dijera j que no corren ningún peligro y que usted va a arreglarles el estropicio —le explicó. Su voz había cambiado y ahora sonaba más cansada—. Sólo querían que alguien los tranquilizara un poco. Por eso le dieron una bienvenida tan calurosa. El jefe de policía no sabe qué hacer y la llamó a usted para pasarle la patata caliente.
—Y yo que creía que me habían llamado por mi experiencia y mis aptitudes.
Arkeley soltó un gruñido que sonó casi como una carcajada.
—Bueno, pues ahora ya les ha demostrado de qué sirven sus aptitudes.
Caxton frunció el ceño. Su interlocutor no lo veía, aunque en realidad le hubiera importado bien poco.
—No recuerdo que usted tuviera que dar ninguna rueda de prensa la última vez.
—Eso fue tan sólo porque me escaqueé. Escuche, agente, me rengo que ir. Ya casi estamos en el museo. A lo mejor la llamo más tarde: si los huesos que almacenan aquí realmente se remontan a 1863, es probable que tengan algún tipo de relación con su sospechoso. Tendré el móvil conectado, o sea que manténgame informado, por favor.
El federal interrumpió la conexión sin añadir palabra. Caxton cerró la tapa del teléfono y se guardó el aparato en el bolsillo. Arkeley se había comportado como un capullo, como de costumbre, pero, por extraño que fuera, hablar con él la había hecho sentirse mejor. No la había apartado del caso, ni le había dicho que dejara que los policías locales se encargaran de todo. En cierto modo, seguía pensando que era la persona adecuada para el caso.
¡El caso! Miró el reloj y vio que faltaba poco para su cita con Geistdoerfer. Echó un vistazo al mapa anotado de la ciudad v puso el motor del Mazda en marcha. El campus de la univer¬sidad quedaba cerca, en realidad en Gettysburg quedaba todo cerca, pero el tráfico era intenso. Era tarde, estaba a punto de anochecer, y Caxton maldijo a los turistas que se amontonaban en los semáforos y bloqueaban los cruces.
Se dirigía hacia la calle Carlisle cuando de repente cayó en la cuenta de que los coches de los turistas se alejaban del centro de la ciudad. Anteriormente, el tráfico se había dirigido siempre hacia la plaza Lincoln. Estaban abandonando la ciudad, se marchaban en tropel. ¿Habrían emitido la conferencia de prensa en directo? Tal vez la gente era lo bastante lista como para querer sacar a sus hijos de una ciudad amenazada por un vampiro. Al menos eso esperaba.
Dejó el coche en un aparcamiento cercano al edificio donde estaban las aulas y se encaminó al interior. El Departamento de Estudios del Periodo de la Guerra Civil Estadounidense estaba situado en el tercer piso, delante de una zona para estudiantes con una fuente. A través de la ventana veía el campus, iluminado y de color dorado por la puesta de sol. Caxton se acordó del año y medio que pasó en la universidad, una época que dedicó a descubrir quién era, si bien es cierto que le sirvió de poco más. Encontró la puerta que buscaba, llamó educadamente y entró. El aula no estaba ni mucho menos vacía. Había varias filas de sillas metálicas de color negro orientadas hacia la pizarra blanca y una mesa llena de libros y bolsas. Tres estudiantes, que a Caxton le parecieron jovencísimas, estaban reunidas alrededor de un hombre muy alto y llamativo que tan sólo podía ser Geistdoerfer.
Lo llamaban Lobo Veloz y Caxton por fin comprendió por qué. Tenía una constitución normal, pero era tan alto que parecía delgado. Tenía la nariz afilada, una mirada penetrante y la cabeza cubierta por una mata de pelo canoso que se volvía más oscuro en la parte posterior. Llevaba un bigote espeso e hirsuto, pero no se parecía a los policías de Pensilvania que había visto en la comisaría; su aspecto era mucho más distinguido, tal vez como el de un aristócrata europeo, aunque tenía un fondo salvaje. Cuando hablaba con las chicas inclinaba la cabeza ligeramente hacia atrás y las miraba por encima de su larga nariz. Sin embargo, aquél no era un gesto altanero sino de complicidad; parecía que estuviera confesándoles algún oscuro secreto aunque, en realidad, discutían los temas de los trabajos de semestre.
—Profesor —dijo Caxton—. Odio tener que interrumpirle, pero...
—Agente... esto... Caxton— dijo con displicencia—. Ah, sí, llamaron de la policía para avisarme de que vendría. Jovencitas, será mejor que nos dejen a solas. —Les dedicó una sonrisa a las alumnas y una de ellas soltó una risita—. Y extremen las precauciones esta noche, ¿de acuerdo? Cierren la puerta para que los monstruos no puedan entrar.
Las estudiantes prometieron ser buenas, se colgaron los bolsos del hombro y se marcharon, mirando a Caxton de reojo. Esta se dio cuenta en aquel momento de que Geistdoerfer llevaba el brazo en cabestrillo.
—¿Quiere acompañarme a mi despacho? Así podremos sentirnos.
—Sí, cómo no— dijo Caxton.
El profesor empezó a meter libros y papeles en una cartera con la mano libre. Caxton decidió ayudarlo un poco y terminó llevándole la bolsa. Él la guió por un largo pasillo de aspecto lúgubre a la luz del crepúsculo. Su oficina, una acogedora habitación llena de libros, se encontraba en el extremo opuesto. El profesor se sentó detrás de un enorme escritorio hasta arriba de trabajos de alumnos y Caxton hizo lo propio en una silla acolchada que había al otro lado de la mesa. La agente echó un vistazo alrededor, como haría cualquier policía, pero a primera vista el despacho ofrecía pocos misterios. Había un sable de caballería colgado en una pared, con la vaina montada debajo. I e habían sacado brillo a la hoja, que relucía, aunque consérvala restos de herrumbre.
—Un jinete que conocía a J. E. B. Stuart lo perdió hace ciento cincuenta y un años a casi un kilómetro al sur del lugar en el que nos encontramos. —Le contó el profesor—. Una bala de cañón acababa de arrancarle la cabeza, o sea que ya no lo necesitaba.
Tuvo la delicadeza de dejarlo caer en el barro, donde quedó enterrado, y luego el calor de agosto endureció el barro como si fuera cemento. El sable permaneció allí durante bastante tiempo, preservado casi a la perfección, hasta que tuve el placer de desenterrarlo cuando aún era un chaval. Vine aquí como turista, ¿sabe? Mis padres me arrastraron desde Nebraska, donde vivíamos. Pensaba que este lugar era aburrido hasta que encon¬tré el sable. Ahora sería incapaz de pensar en un lugar más emocionante en el que quisiera vivir. Es gracioso, las vueltas que dan las cosas a lo largo de la historia, ¿no? La forma en que el pasado se cruza con nuestras vidas modernas y las modifica...
Caxton sabía bastantes cosas sobre cómo el pasado se te puede echar encima, pero no tenía tiempo para estar de palique. El sol estaba a punto de ponerse y el vampiro iba a despertar en cualquier momento... hambriento. Debía ventilarse aquella reunión lo antes posible.
—Le pido disculpas por robarle su tiempo —dijo Caxton—. He hablado ya con Jeff Montrose...
Por un instante, Geistdoerfer puso los ojos como platos.
—Un estudiante muy prometedor, a pesar de su peculiar as¬pecto.
—Sí —afirmó Caxton—. Me mostró la cripta y los huesos de su interior. Estoy bastante segura de que el vampiro al que estamos persiguiendo salió de uno de los ataúdes vacíos de allí dentro. Montrose dijo que usted había sido la primera persona en en¬trar en la cripta y se me ocurrió que tal vez viera algo que se nos escapó a los demás, o tiene alguna idea sobre cómo salió el vampiro.
—¿Pensó que tal vez vi al vampiro salir de la cripta?
Caxton se revolvió en su silla.
—No, eso sería bastante improbable, pero tengo que investigar todas las pistas. Estoy segura de que siendo un arqueólogo me entenderá.
—Sí, desde luego —dijo.
Entonces hizo un gesto con la mano herida, pero con el cabestrillo no tenía libertad de movimiento. Soltó un gruñido y cerró los ojos un instante, como si el dolor de la herida fuera insoportable.
Abrió un cajón con la mano buena y sacó un frasco de pastillas. Después de pelearse un rato con la tapa, se metió dos pastillas en la boca y se las tragó sin agua. Tragó saliva para hacerlas bajar y luego se pasó un minuto entero sentado ante el escritorio con la mirada perdida, mientras Caxton esperaba que se recuperara lo suficiente para poder hablar.
El profesor se acomodó en su silla giratoria, se reclinó hasta donde ésta se lo permitía y miró hacia el techo.
—Bueno —dijo finalmente—, supongo que mentir no servirá de nada.
—¿Cómo dice? —preguntó Caxton.
—Podría contarle alguna historia y, créame, soy un buen orador y probablemente no me descubriría. Podría decirle que el ataúd en cuestión ya estaba destrozado cuando lo encontré. Que estaba vacío y... todo eso. Pero da igual. Me ha pillado, agente. Tengo las manos manchadas de sangre.
El profesor bajó los ojos y se miró el brazo. Caxton inspeccionó el cabestrillo por primera vez y vio una mancha roja en el vendaje, alrededor de la muñeca. —Vaya, qué ironía, ¿no? Y se echó a reír.

Fin del capítulo
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 17, 2010 9:52 pm

30

Transcrito por Annabel Lee


En su día había sido una casa de categoría, con cuadros en las paredes y numerosas lámparas que iluminaban las habitaciones. Ahora sólo la luz del sol, que entraba diagonalmente a través de la cúpula agrietada, bañaba el salón con una claridad amarillenta que ocultaba tanto como revelaba. Pude ver los lugares donde el papel de la pared estaba arrancado y también que las tablas del suelo estaban llenas de avispas muertas, secas y quebradizas, que crujían cuando las pisaba.
La entrada daba a una intrincada escalera de caracol que en su día debía de haberse elevado majestuosamente hasta el segundo piso. Donde empezaba el pasamanos había un enorme pináculo conforma de peón que se conservaba en perfecto estado, pero poco más arriba las escaleras se habían hundido, o alguien las había derribado. Sea como fuere, habían quedado reducidas a un montón de yeso y mármol roto que ocupaba la mayor parte del vestíbulo.
Dejé atrás la escalera y encontré un lujoso salón en un estado ruinoso. Las paredes estaban cubiertas de espejos destrozados y habían amontonado las sillas al fondo del salón junto con el resto de cachivaches, algunos ya astillados, así como otros en los que aún era visible la tapicería de satén. En el centro de la estancia había una plataforma elevada, algo así como un altar pero con el tablero redondo. Estaba hecho de alabastro con grabados de oro. Me acerqué más y me di cuenta de que tenía bisagras a un lado y que se abriría como un arcón. Entonces contuve el aliento e intenté no marearme, acababa de encontrar un sepulcro. Un ataúd dorado.
«No pueden hacerte daño de día», me susurró Storrow desde detrás. Me di la vuelta y vi a los otros dos hombres en el quicio de la puerta, observando por encima del hombro, pero claramente no parecían dispuestos a dar un paso más.
Hice acopio de valor, agarré el lateral del sarcófago abrí la tapa. Esta subió como impulsada por un resorte y entonces la solté; di un brinco hacia atrás, preparado para lo que fuera.
Dentro había un forro de terciopelo rojo manchado y nada más. Vi un hueso descompuesto, ni siquiera un trozo de mortaja.
«Supongo que nada es tan sencillo», dijo Storrow, y por su voz parecía disgustado. En cuanto a mí, me alegraba de no haber encontrado al vampiro desaparecido. No me apetecía pelearme con el otra vez, aún no.
«Bill no está aquí —les dije a los demás—. Vamos, sigamos buscando.»
Cogí la tapa de nuevo e intente cerrarla, pero parecía como si se hubiera quedado encallada no logré moverla ni con todas mis fuerzas. "Pensé que debía de haber una palanca o un pasador oculto y me agaché para echar un vistazo de cerca.
En aquel momento un duro objeto metálico me golpeó en el cogote e hizo que me crujieran los huesos de la mismísima espina dorsal. Estoy seguro de que si hubiera estado inclinado hacia delante, me habría perforado el cráneo, aturdido y con manos temblorosas, me volví para ver cómo mi asaltante se preparaba ya para asestarme otro golpe. Vi que en la mano sujetaba un candelabro de oro, en cuyos receptáculos se acumulaba aún la cera fundida. El hombre que blandía aquel caro garrote llevaba una larga camisa de dormir y un gorro con una borla en la punta. Tenía la cara hecha jirones y la piel desprendida de los huesos grisáceos, el mismo aspecto que presentaba Bill.
Hubo una refriega; el resumen es que yo sobreviví y el no. Supongo que habría examinado al muerto con más detalle si en aquel momento no hubiéramos oído pasos en el piso superior.

LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST


Última edición por Annabel Lee el Sáb Sep 18, 2010 4:55 pm, editado 1 vez
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 17, 2010 10:26 pm

Es medio babas esa Caxton.

Gracias Annabel

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
rossmary
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Moderadora de Descargas *Diseñadora de Documentos *Diseñadora
Sagitario Mensajes : 4888
Rango : 144
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010

Hoja de personaje
nombre: Eliza
raza: Sacerdotiza

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 18, 2010 5:07 pm

bueno chicas yo lo perdi todo de mi maquina..suerte que lo que habia transcrito lo subi a la taquilla si no jajajjjajjajaja horroressssssssssss :manga11:

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 19, 2010 7:50 pm

Ranguis.

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 19, 2010 10:08 pm

Capítulo 31

Caxton entrecerró los ojos.
—Si ha contado un chiste, me temo que no lo he pillado.
—En ese caso, permítame que se lo explique. Tenía motivos para venir aquí, ciertamente los tenía. —El profesor se inclinó hacia delante y cuando volvió a abrir los ojos, en ellos había una mirada salvaje que hizo que Caxton diera un respingo—. El culpable que anda buscando soy yo. Cuando abrí la cripta no sabía lo que iba a encontrar dentro, pero en cuanto vi los ataúdes, en cuanto vi los primeros huesos, reconocí el potencial. Les pedí a Montrose y al resto de estudiantes que se marcharan. No creo que ninguno de ellos viera el corazón.
Caxton se sentó muy erguida en la silla. Era totalmente consciente de que la cartuchera de la Beretta, situada bajo su brazo izquierdo, estaba desabrochada.
—Aunque si lo vieron, lo más probable es que no supieran lo que era. Parecía un pedazo de carbón, porque alguien había tenido la brillante idea de cubrirlo de brea. Imagino que la idea era conservarlo, aunque no sabría decirle durante cuánto tiempo. Yo estaba sentado encima de uno de los ataúdes, uno de los cien, pero comprendí al instante lo que debía hacer. El corazón debía ir dentro; no lo habría tenido más claro aunque hubiera encontrado unas instrucciones escritas. Abrí el ataúd, coloqué el corazón en el centro de la caja torácica y el proceso se inició casi al instante. Desde luego estará preguntándose por qué cometí semejante estupidez. —Con la barbilla señaló el sable colgado en la pared—. Llevo toda mi vida deseando poder hablar con el hombre al que se le cayó esa espada. He pasado varias décadas imaginando qué me diría él y qué le preguntaría yo. Se me ocurrió que el tipo del ataúd sería bastante locuaz. Y en cierto modo estaba en lo cierto; tenía muchas cosas que contarme. Aunque, por supuesto, fue él quién formuló la mayoría de preguntas.
La temperatura en el despacho descendió diez grados mientras Geistdoerfer hablaba. Caxton fue a coger el arma, pero antes de que pudiera levantar la mano alguien desde atrás la agarró por las muñecas con puño de hierro. No necesitaba bajar la vista para saber que las manos que la tenían sujeta eran blancas como la nieve. Era consciente de que tenía al vampiro a sus espaldas por cómo se le había erizado el vello de la nuca.
—Sabía lo que hacía y, al mismo tiempo, sabía que probablemente estuviera cometiendo un error. Fue como si algo me obligara a hacerlo, aunque él asegura que por aquel entonces aún no tenía ningún poder sobre mí. Por tanto, actué puramente por curiosidad. Ni más ni menos que lo que mató al gato.
Geistdoerfer empezó a quitarse el vendaje del brazo. Tardó un poco, pues tan solo disponía de una mano y de la boca. El vampiro no dijo nada mientras Caxton esperaba a ver qué se ocultaba bajo la venda. El vampiro ni siquiera le soltaba el aliento en el cuello.
El vampiro tampoco le arrancó la cabeza, ni le chupó la sangre. A lo mejor significaba que antes quería jugar un poquito con ella. Los vampiros tenían una vida interior muy pobre, y pasaban la mayor parte de las noches buscando sangre y pensando en la sangre que iban a ingerir. A veces jugaban con los cuerpos de sus víctimas y otras jugaban con su alimento antes de bebérselo. La muerte humana les divertía. Los cadáveres podían tenerlos entretenidos durante horas.
—Fue un espectáculo digno de ver. Todo empezó en cuanto deposité el corazón entre sus huesos. El órgano empezó a latir y a brincar. La brea de la superficie se agrietó, adquirió un tono blanquecino y finalmente se abrió como si cediera a una gran presión interior. Del corazón salió una humareda blanca, aunque en realidad no se trataba de humo, sino de algo vivo; parecía que tuviera vida propia. Empezó a llenar el ataúd y un chorro se derramó por el borde. Por un momento creí que iba a recorrer el suelo, que venía a por mí, pero entonces vi los huesos a través de aquel miembro vaporoso: eran unas falanges.
Caxton apenas oía lo que le contaba. Estaba demasiado ocupada pensando qué se sentiría al ser el juguete de un vampiro. Sin embargo, había otra posibilidad mucho más probable y espeluznante: era posible que el vampiro no la hubiera matado aún porque quería algo de ella. Otro vampiro, Efraín Reyes, había querido convertirla en su amante. Kevin Scapegrace, el vampiro que apareció a continuación, había ido a por ella porque a Malvern se le había ocurrido que sería irónico convertirla en lo que ella misma había destruido. Y luego lo de Deanna… aunque prefería no pensar en Deanna.
En aquel momento se le ocurrió una tercera posibilidad. La noche anterior, aquel vampiro, la criatura escuálida que Geistdoerfer había despertado, le había perdonado la vida porque era una mujer y, según el propio vampiro, hacer daño a un miembro del sexo débil iba contra sus principios. No era del todo imposible que la dejara marchar una vez más.
Aunque en el fondo lo dudaba, lo dudaba muchísimo. Ese tipo de sutilezas eran patrimonio de los seres humanos. A un vampiro, las galanterías y las cortesías se le olvidarían en cuanto percibiera el olor a sangre. Era bastante improbable que lo que en su momento le había salvado la vida fuera a salvarla por segunda vez.
—El humo se solidificó ante mis ojos. En un primer momento era transparente y tembloroso como la gelatina. Entonces el vampiro se incorporó y rugió, soltó un alarido largo y ronco que casi me deja sordo. Todo su cuerpo se estremeció a medida que se volvía más sólido, más completo. Finalmente salió del ataúd y se quedó un instante medio encorvado en la cripta, como si no tuviera ni idea de dónde estaba. Cogió el ataúd y lo arrojó contra la pared. Aún no sé si durante todos estos años fue consciente de encontrarse dentro de aquella caja o si fue como un largo sueño. En cualquier caso, no parecía que quisiera pasar ni un segundo más allí dentro.
Finalmente, Geistdoerfer se quitó el vendaje, que formó un montón ensangrentado y pegajoso encima del escritorio. Lo que había debajo se parecía menos a un brazo humano que a una pata de cordero devorada por un perro. Le quedaban aún tres dedos en la mano, pero la mayor parte de la muñeca y del antebrazo habían desaparecido. Tampoco tenía pulgar. Geistdoerfer flexionó los pocos músculos que le quedaban y un chorro de sangre brotó de la herida abierta.
En aquel momento, las manos que sujetaban las muñecas de Caxton la estrecharon con una fuerza aún mayor, una fuerza descomunal. Entonces oyó la respiración del vampiro, un largo y frío suspiro de deseo que le descendió por el cuello como un jirón de niebla.
—Me pareció que tenía hambre, de modo que le ofrecí un trago —explicó Geistdoerfer—. Resultó ser un poco más impetuosos de lo que había previsto. Se ha disculpado, desde luego, pero no estoy seguro de que eso vaya a ser suficiente. Quiero que sepa algo, agente: quiero que sepa que no tenía ni idea de cómo iba a ser. Después de pasar tanto tiempo enterrado e inactivo… Además estaba tan delgado, tan cadavéricamente delgado… no tenía ni idea de que podría caminar por sí mismo, ni imaginaba la fuerza que tendría.
La mayoría de la gente no podía imaginarlo. El hecho de que casi nadie tuviera ni la menor idea de lo que un vampiro podía llegar a hacer era uno de los motivos por los que individuos como Arkeley y Caxton eran necesarios. Quienes los subestimaban solían pagarlo con la vida.
—Después del incidente quise ir al hospital, naturalmente; me temo que incluso grité un poco. Sin embrago, él no me dejó: no estaba dispuesto a perderme de vista. Entonces una amiga, una profesora de la universidad, me dio las pastillas que me estoy tomando. La mujer tiene un problema en la espalda que le provoca dolores, pero sólo de vez en cuando; de momento parece dispuesta a compartir los calmantes. Naturalmente rehizo muchas preguntas, pero me la saqué fácilmente de encima. —Geistdoerfer la miró a los ojos—. Está muy callada —le dijo.
—Porque sabe lo que le espera dijo el vampiro. Su voz era un gruñido, un rugido inhumano que le resonó en la espalda. Caxton cerró los ojos mientras el vampiro le pasaba los dientes por el cuello. Notó la dureza de sus fríos colmillos triangulares que se le clavaban en la piel caliente. Sin embargo, ninguno de ellos la atravesó. El vampiro se estaba conteniendo. Sabía que si la hacía sangrar era probable que no lograra resistir el impulso antinatural de matarla—. Discúlpeme por tomarme la libertad, señorita —dijo, ahora con voz mucho más suave.
Su mano, fría y pegajosa, le acarició el cuello. Sus dedos llegaron a la garganta y se perdieron bajo el cuello de la camisa.
—Veo que no ha cambiado de amuleto —le dijo al oído. Su aliento apestaba, aunque no a sangre, sino más bien a tumba abierta. El intenso hedor le llenó la boca y las fosas nasales y le entraron ganas de apartarse.
Caxton no respondió.
Estaba demasiado asustada para hablar.
Geistdoerfer cogió un puñado de gasas limpias y, con mucho cuidado, se vendó de nuevo lo que le quedaba de brazo. A media operación tuvo que parar para tomar más pastillas. Finalmente volvió a colgarse el brazo en cabestrillo, se levantó del escritorio y se colocó junto a ella.
—Ahora voy a quitarle el arma —le dijo. Sonaba sinceramente arrepentido, pero Caxton no pensaba perdonarle lo que había hecho; sabía que la viuda de Garrity tampoco se lo habría perdonado. Con la mano buena sacó la Beretta de la funda y la dejó sobre la mesa, bien lejos de su alcance. También le quitó el bote de espray de pimienta del cinturón y se lo guardó en su bolsillo. A continuación registró los bolsillos de la chaqueta de Caxton y le confiscó las esposas y la linterna. Encontró el bulto del teléfono móvil, le dio un apretón para comprobar de qué se trataba y lo dejó donde estaba. Caxton lo miró a los ojos, pero el rostro del profesor era totalmente inexpresivo.



_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 19, 2010 10:09 pm

Iré a uno por día chicas, no tengo muchos ánimos en estos momentos para nada.

_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 20, 2010 6:14 am

Gracias Zoe :Manga30:

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 20, 2010 12:44 pm

Gracias Zoe!!! ( y ¡ que no me entere yo que estás decaída!!!!! :247: )
Ranguis!!
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 20, 2010 1:35 pm

Gracias Annabel, ya os contaré el jueves cuando venga Tibari....

_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Tibari

avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Diseñodora de Documentos *Recopiladora *Transcriptora
Tauro Mensajes : 3109
Rango : 219
Edad : 39
Fecha de inscripción : 13/02/2010
Localización : No me localizo por ningún lado... ¡me he perdido a mí misma!

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 20, 2010 2:18 pm

Zoe escribió:
Gracias Annabel, ya os contaré el jueves cuando venga Tibari....

Ay, Dios, que me temo lo peor. ¿Tengo que llevar las tijeras de podar? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
El jueves nos vemos, pero al final no me quedo a comer porque tengo mucho lío. Quedamos para tomar el café. Ya os diré hora.

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


Última edición por Tibari el Lun Sep 20, 2010 4:02 pm, editado 1 vez
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
rossmary
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Moderadora de Descargas *Diseñadora de Documentos *Diseñadora
Sagitario Mensajes : 4888
Rango : 144
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010

Hoja de personaje
nombre: Eliza
raza: Sacerdotiza

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 20, 2010 3:29 pm

Gracias lindas...oh..me avisan cuando me toque...

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 1:15 am

32


Al instante los demonios se apiñaron en el marco de la puerta y no perdieron ni un momento sorprendiéndose por volver a vernos. Se abrieron paso como si sus cuerpos se hubieran fusionado en una única gelatina.
La escopeta de Storrow me aturdió los sentidos al descerrajar dos descargas de perdigones contra aquel amasijo de cuerpos. Los rostros desgarrados y las extremidades histéricas cayeron al suelo, hechos añicos. No había sangre en ellos, lo cual me sorprendió, aunque sí se oyó un profuso desgarro de músculos y rechinar de huesos. Tuve la presencia de espíritu para disparar mi propia arma en el bullicio de la refriega y oí también la explosión distante del revólver de German Pete. A mis oídos ensordecidos por el estruendo de las escopetas, aquello sonó como un hombre arrojando piedras contra una verja. Sin embrago, nuestras balas dieron cuenta de la mitad de nuestros enemigos…
Un diablillo con el rostro hecho jirones trepó a lo alto de los cuerpos descompuestos con un atizador en la mano. No teníamos tiempo para volver a cargar, de modo que lo ataqué con mi bayoneta. La hoja se hundió con escalofriante facilidad en su cráneo y en su cerebro, y el diablo cayó al suelo sin emitir ruido alguno. Dos más cruzaron el umbral, pero Eben Nudd los derribó con un golpe de culata.
Y la puerta quedó despejada, así de sencillo.



LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST


_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Zoe

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Sagitario Mensajes : 106
Rango : 54
Edad : 36
Fecha de inscripción : 15/02/2010
Localización : Salamanca

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 1:19 am

Tibari escribió:


Ay, Dios, que me temo lo peor. ¿Tengo que llevar las tijeras de podar?

Jejejejeje, por ahora guarda las tijeras xata, espero que solo sea una pelea, pero nunca se sabe, ya os contaré, y dime hora y sitio y alli estaré el jueves. Un beso

_________________
Si pudiera un momento, tan solo uno, estrecharle contra mi corazón, todo este vacío se llenaría.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Annabel Lee

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Transcriptora
Mensajes : 200
Rango : 92
Fecha de inscripción : 25/05/2010
Localización : Delante del ordenador...

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 1:47 pm

Gracias por el capi!! ranguis!!! (nos vemos el jueves) 😎
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
rossmary
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Moderadora de Descargas *Diseñadora de Documentos *Diseñadora
Sagitario Mensajes : 4888
Rango : 144
Edad : 36
Fecha de inscripción : 08/02/2010

Hoja de personaje
nombre: Eliza
raza: Sacerdotiza

MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 3:48 pm

gracias...ranguitos

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   

Volver arriba Ir abajo
 
99 Ataudes (David Wellington)
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 5 de 15.Ir a la página : Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6 ... 10 ... 15  Siguiente
 Temas similares
-
» HENRY DAVID THOREAU
» LA PUERTA OSCURA 3: REQUIEM, David Lozano
» Feluses marroquís (estrella de David, siglo XIX)
» LA DELICADEZA, David Foenkinos
» EL ATLAS DE LAS NUBES, de David Mitchell

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Black and Blood :: Proyectos del Foro :: Proyectos Terminados-
Cambiar a: