Black and Blood


 
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 99 Ataudes (David Wellington)

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Tibari

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 4:26 pm

Zoe escribió:
Tibari escribió:


Ay, Dios, que me temo lo peor. ¿Tengo que llevar las tijeras de podar?

Jejejejeje, por ahora guarda las tijeras xata, espero que solo sea una pelea, pero nunca se sabe, ya os contaré, y dime hora y sitio y alli estaré el jueves. Un beso

Ok, ok. Pero recuerda que también guardo el machete, aunque con unas simples tijeras bastaría. Seguro que le duele más que le corte el pelo [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 4:33 pm

machete, tijeras...eso que cosa es..chicas ustedes se juntan para cazar vampiros??? scratch

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 4:42 pm

rossmary escribió:
machete, tijeras...eso que cosa es..chicas ustedes se juntan para cazar vampiros??? scratch

Sí. Todas las noches nos convertimos en cazavampiros. Sobre todo esos que tienen el pelo largo. Uf, esos dan un mal rollo... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Sep 21, 2010 5:06 pm

por que dan mal rollo, no te gusta el pelo largo scratch

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 22, 2010 1:16 pm

33

—Lo ha estado ocultando aquí desde que lo descubrió —dijo Caxton.
—Permítame que le muestre algo —dijo Geistdoerfer.
El vampiro la soltó en cuanto estuvo desarmada. Geistdoerfer cogió la Beretta y le hizo un gesto que debía de haber aprendido en alguna película de blanco y negro. Caxton comprendió y se levantó lentamente, con las manos en alto.
Salieron de la oficina y penetraron en un oscuro pasillo. Geistdoerfer bajó el arma para abrir una puerta en la que ponía: «LAB DEP. GUERRA CIVIL». Caxton vio la pistola bambolearse entre los dedos del profesor, apuntando al suelo. Podría haber intentado arrebatársela. Pero entonces miró al vampiro.
Tenía una cara delgada y afilada, y unos ojos como abalorios. Sus dientes brillaban en la semioscuridad. Caxton sabía que el vampiro la destrozaría en un abrir y cerrar de ojos al menor gesto brusco.
Finalmente Geistdoerfer abrió la puerta.
Los tres entraron en una sala repleta de mesas, encima de las cuales había fragmentos de metal y balas de plomo blanqueadas. En una había un cubo; Caxton creía recordar que a aquello se le llamaba tonel. El paso del tiempo había deteriorado la madera y oxidado los aros, pero una negra capa de alquitrán hacía que se conservara de una sola pieza. En otra mesa había unos pantalones medio podridos: probablemente se tratara de los mismos pantalones que llevaba el vampiro cuando lo había visto la noche anterior. Estaban dispuestos con mucho cuidado, como si un equipo de arqueólogos se hubiera pasado el día examinándolos con lupas y pinzas. Entonces se dio cuenta de que era probable que Geistdoerfer hubiera estado haciendo precisamente eso.
En el centro del aula había un enorme fregadero de aluminio, tan grande como una bañera.
—Estamos preparados para tratar restos humanos, aunque creo que los amables ex alumnos que financiaron el laboratorio no lo hicieron pensando en nuestro distinguido invitado.
Caxton se inclinó y echó un vistazo a la pestilente bañera. Se acercó un poco más pero sólo acertó a ver un puñado de gusanos que reptaban por el fondo.
—¿Has estado durmiendo en esta bañera? —le preguntó al vampiro.
La mayoría de animales salían despavoridos al menor signo de presencia vampírica. Sin embargo los insectos, y en particular los gusanos, constituían la excepción más notable. Durante el día los vampiros no sólo dormían, sino que se les licuaba el cuerpo. Y los gusanos sabían identificar una comida gratis en cuanto la olían.
—No paraba de decir que necesitaba algo mejor, que quería un ataúd de verdad. Anoche fuimos a buscar uno, pero por desgracia apareció usted en el peor momento.
«O en el mejor», pensó Caxton. El momento perfecto para descubrir lo que el arqueólogo se traía entre manos. Probablemente el descubrimiento iba a costarle la vida, pero también significaría que el vampiro no iba a poder esconderse durante mucho más tiempo. ¿Cuántas personas sabían dónde estaba? La mitad del departamento de Policía estaba al corriente de aquella cita. Si no se presentaba a la comisaría por la noche, los policías locales atarían cabos rápidamente y aquél sería el primer lugar donde buscarían.
Por supuesto, para entonces ella ya estaría muerta. Una oleada de terror le recorrió todos los músculos de la espalda. Quería echar a correr, quería gritar.
Sin saber muy bien cómo, logró controlarse.
El profesor hizo otro gesto con la pistola. Era evidente que nunca antes había tenido una en las manos. Caxton se habría puesto mucho más nerviosa si el seguro hubiera estado quitado, pero incluso en la penumbra alcanzó a ver que no era así. Podría haber intentado un ademán heroico, como tratar de arrebatarle el arma. Tal vez lo habría hecho si no hubiera tenido al vampiro detrás.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
El vampiro se limitó a sonreírle en lo que era una truculenta parodia de una sonrisa humana. Sus colmillos parecían muy afilados en la penumbra.
—¿Fuiste soldado? —insistió, pero al ver que no respondía se volvió hacia Geistdoerfer—. ¿Luchó como soldado en la batalla de Gettysburg?
Geistdoerfer inclinó la cabeza un instante, pero no respondió a la pregunta. Al parecer, entre los dos eran lo bastante listos como para recordar que Caxton era policía y que cuando preguntaba algo, en realidad buscaba pistas; no iban a proporcionarle ninguna.
La pistola volvió a moverse y Caxton se dirigió hacia un pasillo que terminaba en una escalera. Por las ventanas entraba la luz anaranjada de las lámparas de vapor de sodio de la calle. La luz se filtraba por entre las hojas de un árbol que el viento sacudía y sus sombras, alargadas como puñales, bailaban sobre los escalones mientras Caxton bajaba por ellos. Al llegar al final de la escalera, empujó una puerta y el aire frío de la noche penetró en el edificio. Al otro lado de la puerta estaba el aparcamiento. No había ningún estudiante; tal vez habían sido lo bastante sensatos y, tras escuchar su advertencia, se habían encerrado en sus casas durante la noche.
El coche de Geistdoerfer era un Buick Electra color Burdeos, un viejo cacharro con pequeños alerones traseros. El profesor abrió la puerta del conductor y le hizo a Caxton un gesto para que entrara.
—¿Quiere que conduzca yo? —le preguntó.
Por una vez le respondió.
—Me temo que no tiene cambio de marchas automático, por lo que me sería muy difícil conducirlo con una sola mano. Además, usted es la única que sabe adónde vamos.
—¿en serio? —dijo Caxton, sorprendida.
Había creído que tan sólo querían alejarse de la ciudad para eludir la persecución que ella misma había ordenado. Sin embargo, sintió como si de repente le echaran encima un jarro de agua fría. No querrían que los llevara a su casa, ¿verdad? Clara estaba allí…
El vampiro respondió con su voz rasposa, cavernosa.
—Usted debe saber adónde ha ido. Antes percibía su presencia cercana, pero ahora se ha ido. Al este, creo.
—No lo sé… —tartamudeó Caxton, pero Geistdoerfer la cortó.
—Ahórrenos sus excusas. Sé que sabe dónde está; he visto su película, agente. Sé que sus destinos están íntimamente unidos. Tenga la bondad de decirnos adónde ha ido.
El miedo le heló el cuerpo y empezó a temblar. Iban a hacerle daño a Clara… iban a matarla. ¿O le harían algo peor? Sabía de qué eran capaces…
—No, por favor, no…
El vampiro la sujetó por los hombros, aunque no con suficiente fuerza como para hacerle daño de verdad.
—¿Dónde está la señorita Malvern? ¡Después de todo este tiempo no permitiré que nada me detenga!
No querían a Clara. La sangre volvió a circularle por las venas. Querían a Malvern… Claro, era razonable. Para los vampiros tan sólo había una cosa sagrada. Los vampiros jóvenes, los activos, se ocupaban de sus mayores. Así era como Malvern había logrado sobrevivir durante tres siglos, sirviéndose de aquella veneración. Y ahora aquel vampiro quería ocuparse de ella. Por viejo que fuera, seguía siendo joven en comparación con Malvern. Caxton se preguntó qué debía hacer. ¿Debía llevarlo hasta Malvern? Si el vampiro le traía sangre a Malvern, si lograba devolverle algún tipo de vida activa, los problemas de Caxton no harían más que redoblarse, pues iba a tener a dos vampiros en lugar de uno.
En cualquier caso, tampoco es que tuviera demasiadas opciones.
Geistdoerfer la apuntó con su Beretta.
—No tengo demasiada experiencia en estos asuntos, pero creo comprender los rudimentos. Nosotros nos sentaremos en el asiento trasero. Yo sujetaré el arma y mi colega guardará un silencio amenazador. Y usted, querida, nos llevará a… a…
Podía mentirles. Podía llevarlos a algún lugar al azar, como por ejemplo el cuartel general de la policía estatal de Harrisburg. Sin embargo, el vampiro lo sabría; incluso a aquella distancia lograba percibir la presencia de Malvern. Si no lo llevaba adonde él quería, la mataría sin más. Si no se comportaba, el vampiro no tendría motivos para mantenerla con vida. Y no estaba dispuesta a sacrificar su vida tan sólo para retrasar las cosas.
—Al museo Mütter —confesó finalmente, hundiéndose en el asiento del conductor.
—Eso está en Filadelfia, ¿verdad? Muy bien. Llévenos hasta allí, a una velocidad razonable, y no haga nada para llamar la atención, ¿de acuerdo? Si se sale de la carretera o provoca un accidente me enfadaré mucho con usted. Me ha costado mucho mantener este coche en buen estado. Permítame también recordarle que si hace cosas raras es posible que tanto yo como usted terminemos muertos, y un accidente supondría poco más que una ligera inconveniencia para el jefe, aquí presente. O sea que conduzca con cuidado, ¿vale?
El profesor levantó la pistola y le apuntó a la frente.
—¿Vale?
—Sí —respondió Caxton.
—Coja la autopista —le ordenó Geistdoerfer—. Será más rápido a esta hora.
Le tendió las llaves por encima del respaldo y Caxton puso el coche en marcha.
«En cuanto llegaran a Filadelfia, ¿cuánto tiempo la dejaría vivir el vampiro?», se preguntó. En cualquier caso, de momento seguía sana y salva. Aún podía pensar y tratar de elaborar un plan.
El único problema era que no se le ocurría ninguna idea.
¿Qué opciones tenía? Metió primera y salió del aparcamiento.






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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 22, 2010 3:47 pm

gracias linda...ranguistos para ti

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 22, 2010 6:32 pm

Gracias Zoe

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 25, 2010 1:59 pm

34

«¿Obediah?», dijo alguien. ¡Era el Ranger Simonon! Miré a través de la puerta y vi a varios hombres a caballo en el claro que había frente a la casa. Los rebeldes habían regresado. «¿Obediah?», gritó de nuevo. «Aquí pasa algo raro. Os juro que acabo de oír disparos.»
Éramos como ratas en una trampa y cada vez nos quedaba menos tiempo. La situación parecía desesperada.
La caballería rebelde acampó frente a la puerta como si se preparara para esperar varios días si era necesario: encendieron hogueras, ataron los caballos a los árboles y se repartieron las raciones que les quedaban. Nosotros, desde dentro, tan sólo podíamos maldecir nuestra suerte; eso sí, en silencio. Creo que no hicimos más ruido que cuatro ratones.
El ranger Simonon no entró en la casa, ni siquiera mandó a ningún hombre a echar un vistazo. Ni Storrow ni yo éramos tan estúpidos para creer que podríamos salir de allí por la fuerza de las pocas armas que poseíamos. Sabíamos que en nuestro estado de desesperación, si cruzábamos aquella puerta era para que nos masacraran al instante. Así pues, nos alejamos de la puerta e intentamos pasar desapercibidos.


LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 25, 2010 8:08 pm

gracias linda

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 25, 2010 10:17 pm

Gracias Zoe

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 26, 2010 2:27 pm

35

Caxton contempló el paisaje de la zona rural de Pensilvania, que discurría al otro lado de la ventanilla: las casas iluminadas por la luz amarilla o anaranjada de las lámparas, o el parpadeo azul donde había un televisor encendido. Había coches aparcados en las entradas y en los garajes. La gente normal estaba cenando o, si había terminado ya, fregaba los platos. Gente buena y también mala gente. Gente normal. Gente cuya vida había consagrado a proteger.
—Hay muchos policías en Filadelfia. Muchísimos más de los que tenemos aquí. No sé qué esperas poder hacer cuando encuentres a Malvern —dijo, aunque temía conocer la respuesta—. Pero antes o después deberás ocuparte de ellos. Y necesitarás sangre: o bien para ti, o bien para ella, pero tendrás que alimentarte. Puedes esconderte un tiempo, pero…
Caxton notó el cañón de la Beretta en la nuca.
—Corre un gran peligro, agente —gruñó Geistdoerfer—. Un peligro mortal. Ahora mismo. Y va a ir a peor. Percibo el pánico en su voz. ¿Quiere que ponga fin a su sufrimiento?
—No —respondió Caxton, apretando los dientes.
—¿No está preparada para morir? ¿Quiere vivir un poco más?
No quería siquiera darle aquella satisfacción, pero respondió de todos modos:
—Sí.
—Pues en ese caso no hable de lo que es inevitable o va a provocarme una indigestión.
¿Estaba intentando hacerla callar? ¿O acaso pretendía justificar sus acciones?
El vampiro confiaba en él; el monstruo no habría llegado tan lejos sin Geistdoerfer. A lo mejor quería que Caxton lo comprendiera, que lo perdonara.
«Lo llevaba claro», pensó Caxton, pero no lo dijo.
—¿Puedo poner la radio? —preguntó. Tal vez la música lograra conjurar los pensamientos más oscuros de su cabeza.
—No veo por qué no —dijo Geistdoerfer—. Pero no suba demasiado el volumen.
Caxton asintió y echó un vistazo al salpicadero del Buick. La radio era la original, por lo que no era demasiado sofisticada. La conectó y sonó una emisora local de música rock, aunque llegaba con muchas interferencias. Intentó ajustar manualmente el dial y la primera emisora que sintonizó fue una emisora cristiana. La cambió casi al instante: lo último que necesitaba en aquel momento, con la muerte tan cercana, era que le dijeran que iba a arder eternamente en el infierno. Finalmente encontró una emisora de música clásica. La pieza que sonaba era tranquila y alegre. Caxton no estaba nada familiarizada con la música clásica y no habría sido capaz de adivinar de qué compositor era.
—Mozart —anunció el vampiro, como si le hubiera leído el pensamiento—. Por Dios, conozco esta pieza. La oí una vez en Augusta, en un festival navideño. Pero ¿cómo…? ¿Hay una caja de música en este vehículo? Aunque en realidad suena como si se tratara de una orquesta completa…
Caxton no entendía lo que estaba preguntando. Además, no quería hablar si no lograba hacerlo con un trémolo de miedo. Fue Geistdoerfer quien le respondió.
—Justo después de tu tiempo, creo, un hombre llamado Thomas Edison inventó una forma de captar el sonido ambiente y grabarlo en un cilindro de cera. Más tarde alguien inventó una forma de transmitir sonidos a distancia.
—¿Cómo un telégrafo? —preguntó el vampiro.
—El principio es similar, pero en este caso no se precisan cables.
El vampiro se quedó callado un momento.
—Todo ha cambiado tanto —dijo al fin—.Las luces que iluminan la carretera, ¿las veis? En mi época habríamos estados rodeados de una oscuridad impenetrable. Todo el mundo más allá de nuestras hogueras era pura oscuridad. Pero todo eso ha quedado tan atrás para vosotros que no creo que os lo podáis ni imaginar.
—Tienes tantas cosas que enseñarnos… —le dijo Geistdoerfer.
Sin embargo, el vampiro no parecía muy predispuesto a impartir una lección en aquel momento. De hecho, no volvió a hablar hasta que abandonaron la autopista.
Faltaba poco para llegar al museo. Pasaron por las anchas avenidas arboladas de Fairmount Park, donde las farolas perforaban la oscuridad, y se dirigieron hacia la ciudad bordeando el alto muro de la vieja prisión estatal. Filadelfia era una ciudad con zonas claramente diferenciadas, distritos que conservaban su carácter. De hecho, era más parecido a una aglomeración de pequeñas ciudades que a una metrópolis. El barrio donde se encontraba el Museo Mütter era uno de los más peculiares de todos.
Aquella noche no había demasiada gente en las calles aunque había grupos reunidos ante las puertas de bares y restaurantes. El vampiro mantenía la cabeza gacha, invisible para cualquiera que por casualidad se fijara en el coche. Frente a un pub, dos chicos que parecían universitarios soltaron un grito de entusiasmo al verlos, pero sólo estaban admirando el Buick y no se fijaron en sus ocupantes.
Caxton tomó la calle Veintidós, dejó atrás el edificio del Colegio de Médicos y se metió en un callejón que conducía hacia un pequeño aparcamiento al aire libre situado entre tres edificios. No había vigilante. Quien quisiera aparcar debía doblar un billete de cinco dólares e introducirlo por una ranura que había en la cabina junto a la salida. Sólo había un puñado de coches más.
Caxton estacionó el coche en un hueco y puso punto muerto. El motor del Buick traqueteó un momento y finalmente se paró. El músculo del brazo le tembló cuando apagó el motor. Quería encogerse y quedarse acurrucada, tenderse con los ojos cerrados, resignada ante lo que fuera a suceder.
Pero al parecer el vampiro no iba a permitírselo.
—Por favor, salga usted primero, señorita.
—Y no intente escapar —añadió Geistdoerfer.
Caxton bajó la cabeza y apoyó la barbilla en el pecho durante un momento. Se frotó los ojos. Por un instante, parecía incapaz de coordinar su cuerpo para que abriera la puerta, pero finalmente lo logró. Sacó las piernas, las estiró, echó el cuerpo hacia delante y se levantó. Tenía el cuerpo agarrotado por la tensión y el miedo, pero estaba de pie. Eso era lo que uno tenía que hacer cuando se encontraba ante una situación imposible: seguir adelante.
Antes de que pudiera pensar si echaba a correr o no, el vampiro se colocó tras ella y la cogió por la muñeca. No se la apretó demasiado, no obstante, Caxton sabía que aquello podía cambiar sin previo aviso y que, si el vampiro se lo proponía, podía romperle los huesos.
—Creo que deberíamos entrar y alejarnos de las multitudes —insistió Geistdoerfer. Entonces se alejó un paso del coche y todos oyeron claramente el ruido de tela al desgarrarse.
El profesor bajó los ojos, lo mismo que Caxton. Vio que el brazo herido se le había enganchado en el alerón trasero del coche y que el cabestrillo se había rasgado.
—No pasa nada —dijo Geistdoerfer con el rostro trasfigurado de dolor—. Lo arreglaré más tarde. —«¿Se había hecho daño con el alerón?» Empezó a caminar hacia el museo, masajeándose la herida con la mano buena—. Vamos.
El vampiro no se movió. A Caxton no le quedó más remedio que quedarse inmóvil.
No había demasiada luz en el aparcamiento, iluminado tan sólo por unas pocas farolas que proyectaban numerosas sombras. Aun así, Caxton vio un rastro de gotitas de sangre, redondas y diminutas, que seguían los pasos de Geistdoerfer. Vio también que la sangre se acumulaba en el desgarrón del cabestrillo, que colgaba húmedo y rojizo. De pronto la gasa sanguinolenta se desprendió y cayó al suelo, que estaba manchado de aceite.
El vampiro le sostuvo el brazo con más fuerza.
—Llevo horas oliendo sangre —dijo. Su voz era un gruñido vago y oscuro, como el ronroneo de un tigre que se preparaba para saltar sobre una cebra—. Todo este tiempo he estado sentado a tu lado, conteniéndome como buenamente he podido.
Caxton no se movió; sabía lo que la visión de la sangre podía provocar en los vampiros.
—Es el único amigo que tienes en el mundo —le dijo—. No lo hagas, por favor…
—Necesitaré fuerzas para lo que he venido a hacer.
Salió disparado y cubrió la distancia que lo separaba de Geistdoerfer con un solo gesto. Caxton se vio arrastrada por la muñeca. Pataleó con todas sus fuerzas e intentó abrir los dedos del vampiro con la mano libre, sin embargo, era inútil; era como intentar abrir un torno industrial.
El vampiro no perdió el tiempo apartando el cabestrillo y sacando el brazo del profesor de la manga de la camisa. Lo mordió a través de las capas de tela, le atravesó la carne y sus dientes le royeron los huesos. Geistdoerfer soltó un grito, pero su voz no llegó demasiado lejos. Los ojos del profesor se helaron, presa del dolor y la sorpresa, mientras el vampiro le desgarraba la piel y los músculos y le chupaba la sangre. Por un momento pareció que Geistdoerfer iba a morir en silencio, casi en paz, cuando de repente un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo, y sus extremidades se agitaron de dolor y terror. Sus ojos estaban ya ciegos, pero su boca seguía moviéndose y sus labios intentaban articular palabras. Caxton fue incapaz de descifrar qué intentaba decir.
Cuando todo terminó, cuando la última gota de sangre hubo abandonado su cuerpo, Geistdoerfer estaba más pálido que el propio vampiro. Colgaba completamente inerte del brazo del vampiro, que los sujetaba a los dos, la mujer viva y el hombre muerto, como un niño jugando con dos muñecos desparejados.
Los ojos de la bestia refulgieron en la oscuridad. Su cuerpo se hinchó como si estuviera hecho de niebla y lo atravesara una brisa. De pronto su escuálido cuerpo parecía más abultado, como si la sangre lo llenara y lo dilatara. Al terminar el proceso, su aspecto era casi humano. O, cuando menos, tan humano como jamás llegaría a parecer.
Los arrastró a los dos hasta un contenedor del callejón y arrojó el cuerpo de Geistdoerfer al interior sin miramientos. A Caxton no le sorprendió. Los vampiros y sus siervos no tenían ningún respeto por la muerte humana. En cuanto se hubo deshecho del cuerpo, el vampiro tiró de Caxton para que se levantara y la soltó. A la agente ni le pasó por la cabeza intentar correr. Con la sangre que acababa de beber, el vampiro sería no sólo más rápido que antes, sino también mucho más fuerte y difícil de matar.
—Está aquí —dijo el monstruo—. La señorita Malvern está aquí —insistió, aunque no esperaba ninguna confirmación por parte de Caxton. Levantó el hocico, como si pudiera oler a la vampira en el aire—. Está bastante cerca. Has hecho bien, amiga mía, trayéndome hasta aquí.
Fue en aquel preciso instante, ni más ni menos, que al móvil de Caxton le dio por ponerse a sonar.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 26, 2010 5:37 pm

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 26, 2010 9:02 pm

Gracias por los capis Zoe, ranguis!!! y besotes!! :Manga30:
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Nanis
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Sep 26, 2010 10:06 pm

Gracias Zoe :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 27, 2010 3:14 pm

Gracias chicas...

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 27, 2010 5:33 pm

Ranguis

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 27, 2010 5:45 pm

hola! Very Happy

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 29, 2010 4:12 pm

36


Transcrito por Tibari



En la parte trasera de la despensa encontramos la escalera de servicio y decidimos que era mejor que nos ocultáramos arriba. Cada uno de los peldaños crujía y podría habernos delatado. Sin embargo, al cabo de unos minutos estábamos ya todos en el piso superior, frente a una hilera de ventanas. El tirador y yo mismo miramos por las aberturas y vimos a Simonon jugando a cartas con un sargento que iba descalzo. Ahora podíamos hablar, aunque debíamos hacerlo en voz baja.
«Podría alcanzarle desde aquí», dijo Storrow, acariciando con una mano el grueso cañón de su rifle de precisión. «Eso le haría un gran bien a la Unión.»
«Y a cambio lo pagaríamos con nuestras vidas», señaló Eben Nudd.
Storrow asintió y yo no añadí nada más. Creo de veras que el tirador habría dado gustosamente su vida para dejar al ranger fuera de juego.
Al cabo de un rato, con los dientes apretados, pregunté: «Pero ¿por qué está aquí? ¿Qué tiene con el tal Obediah, al que no para de llamar?»
«¿No lo has adivinado aún?», preguntó Storrow, que me dedicó una sonrisa macabra. «Obediah Chess es el propietario de esta casa o, mejor dicho, lo era.» Entonces señaló el pináculo del fondo de las escaleras; tenía forma de peón, como ya he contado antes. «No me preguntes cómo se ha producido ese cambio de estado, pero sea como fuere se ha convertido en tu vampiro. Y Simonon ha venido a enrolarlo.»
«¿Los confederados se dedican a reclutar vampiros?»
Apenas podía creerlo, aun tratándose de esos villanos.



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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 29, 2010 5:12 pm

Hola...gracias

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Sep 29, 2010 8:21 pm

Gracias Tibari, por cierto ¿Qué tal con la Showalter??? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 30, 2010 1:17 am

Gracias xata.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 30, 2010 2:40 am

Gracias Tibari!!

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 30, 2010 4:22 pm

Annabel Lee escribió:
Gracias Tibari, por cierto ¿Qué tal con la Showalter??? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Dios, me estoy mordiendo las uñas para no caer en la tentación de leer el siguiente. Qué tensión... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 30, 2010 4:24 pm

37


Transcrito por Tibari



El vampiro se quedó mirando la chaqueta de Caxton mientras en su móvil sonaban los primeros compases de una canción de Pat Benatar. La agente cerró los ojos y notó la vibración del aparato en el costado. ¿En serio iba a ser un móvil lo que al final provocara su muerte?
Se metió la mano dentro de la chaqueta para sacar el teléfono y el vampiro no la detuvo. Había dejado de sonar. Al cabo de un momento soltó un pitido que indicaba que había recibido un mensaje.
—Es… —empezó a decir, pero se detuvo justo antes de confesarle que se trataba de un teléfono.
Cuando todavía estaban en Gettysburg, Geistdoerfer la había cacheado. Había notado que llevaba el teléfono en el bolsillo, incluso le había dado un apretón. Y, sin embargo, no se lo había confiscado. ¿Por qué no? Inicialmente se había dicho que el profesor no lo consideraba una amenaza. Y no le faltaba razón: ¿qué posibilidades tenía de utilizarlo si él controlaba todos sus movimientos?
Aunque a lo mejor… a lo mejor intentaba ayudarla. Caxton habría jurado que Geistdoerfer quería ayudar al vampiro; de hecho se había comportado en todo momento como si él mismo formara parte del plan. Sin embargo, de algún modo debía intuir que tarde o temprano terminaría pagándolo con su vida. A menos que alguien lograra antes detener al vampiro. No podía ayudarla directamente, con el vampiro allí delante. ¿Había intentado darle una oportunidad sin delatarse?
Ya nunca lo sabría. Pero tal vez podía sacar ventaja de aquella situación. Tal vez podía utilizarla en su favor.
—Es una caja de música —dijo—. Como la del coche.
Le mostró el teléfono al vampiro, pero éste tan sólo negó con la cabeza. No habría sabido siquiera dónde debía mirar, en su época no tenían ni teclados ni pantallas de LCD.
—¿Y hace música? ¿Cuándo uno quiere?
Caxton tenía que pensar, se le tenía que ocurrir algo. Llamar a la policía quedaba descartado: el vampiro habría descubierto sus intenciones en cuanto hubiera pronunciado las primeras palabras. Tampoco podía escuchar el mensaje que acababa de recibir, pues eso resultaría demasiado sospechoso.
—Puedo hacer que toque otra canción —dijo al cabo de un segundo—. ¿Quieres oírla?
El vampiro se encogió de hombros. Disponía de mucho tiempo, la noche aún era joven.
Caxton se mordió el labio y presionó las teclas a toda velocidad. Tan rápidamente como pudo, escribió un mensaje para Arkeley:

«stoy cn vamp sin arma en mm»


No se le ocurrió nada mejor. Miró al vampiro y apretó la tecla de enviar. El teléfono vibró en su mano y emitió un feliz crecendo que indicaba que el mensaje había sido enviado con éxito.
—¡Magnífico! —dijo el vampiro con una sonrisa sincera—. A lo mejor más tarde le pido que toque algo más. Ahora, por desgracia, tengo muchas cosas que hacer. Las damas primero, por favor.
Caxton asintió y tomó la delantera. Percibía al vampiro detrás de ella y su presencia glacial le ponía los pelos de punta. Dobló la esquina y se dirigió hacia la entrada del museo. La puerta estaba cerrada, pero el vampiro tiró de la maneta hasta que el cerrojo chirrió y cedió. Un fragmento de metal retorcido salió disparado e impactó en la mano de Caxton. Ésta entró por la puerta abierta y se encontró en un amplio vestíbulo iluminado tan sólo por la luz anaranjada de las farolas de la calle.
Había estado en el Museo Mütter en otra ocasión, durante una excursión con el colegio. Mucho antes de dedicar su vida a perseguir vampiros. Ya entonces aquel lugar le había parecido espeluznante, y eso que en aquella ocasión las luces estaban encendidas y las salas llenas de adolescentes y estudiantes en busca de emociones desagradables.
En la oscuridad, en aquel silencio total, el viejo museo era un mausoleo encantado. Un miedo que nunca antes había experimentado se apoderó de ella. En cualquier caso, agradeció que en el vestíbulo no hubiera ni esqueletos, ni bebés bicéfalos flotando en tarros con formol, sino tan sólo una escalera que conducía al primer piso, cerrada con una cuerda roja, y unas puertas que daban a la tienda de suvenires, a varias oficinas y, finalmente, al museo. El edificio era también la sede del Colegio de Médicos de Filadelfia y albergaba una gran sala de reuniones y una biblioteca considerable. El museo era tan sólo una pequeña parte de la institución que se encontraba en una esquina del edificio. Caxton se adentró por una puerta situada a mano izquierda y atravesó un laberinto de placas de yeso que albergaban la exposición del instrumental médico utilizado por Lewis y Clark. Más allá había otra exposición, ésta dedicada a las grandes epidemias de los últimos dos años. La gran gripe de 1918 contaba con una buena representación: los murales de las paredes la describían como la mayor crisis sanitaria de la historia, responsable de más de cincuenta millones de muertos. Cuando su mirada se topó con la imagen de una montaña de cadáveres que esperaban para ser enterrados en una fosa común, Caxton se detuvo.
Ningún vampiro podría esperar tamaña mortandad. No obstante, si Malvern llegaba a recuperarse era posible que la! intentara. Iba a necesitar océanos de sangre para no desfallecer; cuanto más viejo se volvía un vampiro, más sangre necesitaba cada noche. En una ocasión, Arkeley había calculado que habrían hecho falta cinco o seis asesinatos por noche para mantenerla en pie. Y que ni siquiera eso habría logrado aplacar sud hambre. Ahora, por mucha hambre que tuviera, era incapaz di cazar y de matar. Sin embargo, ¿hasta dónde podía llegar m aquel vampiro encontraba la forma de revivificarla? Crearía más vampiros para que la sirvieran y la protegieran. Asesinaría indiscriminadamente, dejando un rastro de sangre por todo Pensilvania. ¿Cuántos policías morirían antes de lograr detenerla?
No podía permitir que aquel vampiro lograra su objetivo. Hasta entonces había actuado empujada por el miedo a morir, por la desesperación de vivir un poco más. No obstante, incluso ese miedo debía tener sus límites.
—Creo que ya falta poco —le dijo sin volverse.
¿Habría recibido Arkeley su mensaje? Esperaba sinceramente que sí. Se alejó de la imagen de la pared, se adentró mal aún en el edificio y de pronto ahí estaba: el Museo Mütter en todo su atroz esplendor.
Ocupaba dos pisos: la planta principal, situada bajo sus pies, y una ancha galería conectada con ésta mediante dos tramos de escalera de madera tallada. No había un centímetro dé pared en el que no hubiera una vitrina de madera oscura cubierta de cristal pulido. Dentro de las vitrinas había sobre todo huesos: paredes y paredes cubiertas de calaveras que ejemplificaban todas las variaciones de la anatomía craneal, esqueleto completos montados en barras metálicas que mostraban iodo tipo de deformidades óseas. A su izquierda estaba el ataúd de la mujer saponificada, un cadáver que el Mütter había adquirid para demostrar cómo las condiciones del suelo podían convertir un cuerpo humano en adipocera. Además, en aquella habitación se exponían un colon gigante obstruido, el cerebro del ase-sino del presidente Garfield y el hígado que compartían Chang y Eng.
Eso sí, todo estaba expuesto con un gusto ejemplar.
Caxton salió a una especie de tribuna y contempló el piso inferior. Allí abajo había muchos más esqueletos, algunos de «Nos metidos en enormes expositores de cristal. Uno contenía los huesos de un gigante, un hombre que debía de haber medido por lo menos dos metros diez, y a su lado estaban los restos de un enano. Parecía un padre caminando con su hijo. Cerca de allí había un armario con cajones de madera; Caxton recordaba que contenían diversos objetos encontrados en estómagos humanos: monedas, alfileres, pedazos de bombilla...
Entre los dos expositores había un ataúd de madera colocado encima de unos caballetes. La tapadera estaba cerrada. No formaba parte de la colección del museo.
—Ahí abajo —dijo Caxton, pues sabía que Malvern estaba dentro.
—Sí, gracias, ya lo veo —dijo el vampiro, que a continuación la cogió por los hombros, aunque no demasiado fuerte, y la obligó a mirarlo a los ojos—. Ahora se quedará aquí y me esperará hasta que regrese —le dijo.
Caxton tenía las manos en los bolsillos; había estado esperando que sucediera aquello. A pesar de lo que creía el vampiro, aún tenía su amuleto. Se le había roto la cinta y no podía llevarlo al cuello, por eso se lo había guardado en el bolsillo del pantalón, donde podía cogerlo si lo necesitaba. En el aparcamiento no había tenido oportunidad de sacarlo, pero ahora lo agarró con fuerza y notó cómo se calentaba.
Los ojos del vampiro la taladraron. Estaba intentando hipnotizarla, controlar su voluntad. «Seguro que el vampiro se daba cuenta de que no funciona», pensó Caxton. Entonces sabría que disponía de algún tipo de protección contra él.
Pero el vampiro no dijo nada. Tal vez no lo había notado, o tal vez tenía prisa. En cualquier caso, pasó junto a ella y saltó al piso inferior por encima de la barandilla de la galería, sin tomarse la molestia de bajar por la escalera. Aterrizó con un sonoro estruendo y se dirigió inmediatamente hacia el ataúd. Durante un segundo permaneció inmóvil junto a éste y finalmente acarició la tapa con sus lívidas manos, con la cabeza inclinada hacia atrás.
Alguien apareció detrás de Caxton y ésta estuvo a punto de soltar un grito. Una mano sin dedos se posó sobre su hombro y cuando se volvió vio a Arkeley, de pie junto a ella. En la oscuridad, su rostro adquiría una expresión terrible. Con su mano buena sujetaba la Glock 23. Al parecer había recibido su mensaje pero no había tenido tiempo de prepararse.
Se llevó la mano destrozada a los labios y Caxton comprendió que quería que no hiciera ruido. ¿A qué estaba esperando? Lo conocía lo suficiente como para saber que debía de tener un plan, pero no lograba imaginar de qué podía tratarse.
En el piso inferior, el vampiro levantó la tapa del ataúd, que se abrió sigilosamente. En el interior yacía Malvern. Estaba marchita y tenía la piel cubierta de pústulas, pero su aspecto era mucho más saludable que la última vez que Caxton la había visto. Eso era imposible, Arkeley llevaba más de un año racionándole la sangre con la esperanza de que terminara muriendo de malnutrición. Y, en cambio, parecía estar más fuerte que antes. ¿Cómo era posible?
El vampiro se inclinó y pasó las yemas de los dedos por la moteada mejilla de Malvern. Dijo algo, pero lo hizo en voz CU baja que Caxton no lo oyó.
Se les estaba acabando el tiempo. ¿A qué esperaba Arkeley? El vampiro de Gettysburg había encontrado la forma de de desafiar el paso del tiempo. ¿Y si conocía algún hechizo capaz de devolver a Malvern a su estado original? No había tiempo para nada más.
Miró a Arkeley con los ojos muy abiertos, pero éste se limitó a negar con la cabeza. Entonces Caxton hizo lo único que se le ocurrió: le arrancó la Glock de la mano, apuntó a la espalda del vampiro y le soltó tres balazos donde debía de tener el corazón. Uno, dos y tres. Los disparos retumbaron espantosamente en aquel lugar tan silencioso: sonó como si todos los expositores de cristal del museo hubieran estallado de golpe.
El vampiro desapareció sin dejar rastro. Si le hubiera dado, si lo hubiera matado, habría caído al suelo, fulminado. Sus balas no debían de haber encontrado el corazón, o tal vez la sangre que corría por sus venas, la sangre que le había chupado a Geistdoerfer, lo había protegido.
—¡Será idiota! —exclamó Arkeley, con el rostro congestionado por la ira—¡¿Cómo es posible que la haya cagado tanto?!
El federal no esperó su respuesta, salió corriendo hacia las sombras.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 30, 2010 5:22 pm

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