Black and Blood


 
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 99 Ataudes (David Wellington)

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:13 pm

jajaja, ross, voi tardar unos minutos xq me acabo de acordar de que cuando se pone << y >> no aparece el texto y los tengo que cambiar por comillas
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:14 pm

72
Transcrito por Lorena

Creía que iba a ser difícilencontrar voluntarios, pero una vez más me equivocaba. Me sorprendió, comoimagino que habría sorprendido a cualquiera que no hubiera presenciado aquellaguerra en persona, la cantidad de soldados moribundos que había en Maryland,heridos en el campo de batalla, víctimas de la temible peste que corría, osimplemente con el cuerpo y el alma destrozados. Había tantos hombres sin nadapor lo que vivir, dispuestos a experimentar por última vez la gloria antes deunirse al resto.
Así pues, no me vi frenadoporque faltaban voluntarios. De hecho, tuve que rechazar a muchos, hombres alos que aún quedaba un destello de vida, hombres físicamente capaces, enfermostan sólo de desesperanza. Aunque no pude ofrecerles detalles, aunque mis labiosnunca pronunciaban la palabra <>, había muchos,muchísimos. Eran demasiados.
Reunir las provisionesnecesarias tampoco supuso un problema. Las tropas habían requisado variasdamajuanas de ácido prúsico, que utilizaban para envenenar a las ratas en loscampamentos. Tampoco me costó encontrar ataúdes de la firmeza y calidadrequerida.
Este Gobierno se ha aseguradode que nunca haya escasez de ataúdes. Un vagón de ferrocarril equipado para eltraslado de los soldados fallecidos me esperaba en Hagerstown. Y también habíalogrado acceso al elemento más necesario: la señorita Justina Malvern. Lavampira era mucho más manejable y complaciente si cada noche recibía su raciónde sangre. En más de una ocasión, era yo quien se la proporcionaba de mispropias venas.

ARCHIVO DEL CORONEL WILLIAM PITTENGER
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:15 pm

73
Transcrito por Lorena

—¡Malditasea! ¡Retroceded, retroceded! –gritó Caxton.
Loshombres que había a sus alrededor obedecieron al instante y se retiraron,algunos de ellos a la carrera. Otros, en cambio, se quedaron donde estaban,disparando contra los vampiros, con las armas apuntando hacia el suelo, con unestruendo incesante.
Cadavez eran más los vampiros que se incorporaban y se ponían en pie. Los queseguían en el suelo eran ejecutados, pero quedaban todavía muchísimos.
—¡Retroceded!
Laúnica ventaja que tenían los humanos era la distancia; si los vampiros serecuperaban demasiado rápido, harían trizas a los agentes, los soldados y lospolicías.
—¡Retroceded!–volvió a gritar.
Otropuñado de sus hombres se internaron corriendo en la oscuridad, pero habíavarios que parecían no oírla. A lo mejor los protectores auditivos no los habíaprotegido de la explosión; a lo mejor se habían quedado sordos, pero tambiénera posible que estuvieran tan asustados que ni siquiera entendieran lo que lesestaba diciendo.
Enel extremo opuesto de la formación, un vampiro se levantó de un salto y selanzó contra un agente. Le abrió la camisa del uniforme y le desgarró la piel.Caxton levantó el arma con la intención de abatir al vampiro, pero no estaba ensituación de realizar un disparo claro. Las balas del calibre 50 de su riflepodían atravesar un motor, por lo que también habrían atravesado al vampiro yal agente. No podía hacer nada por ayudar a aquel hombre.
Juntoa ella había un agente de la BBA que disparaba sin parar. Había activado eldisparador automático y estaba arrojando una lluvia de balas del calibre 50sobre los vampiros. Estaba desperdiciando munición. Los vampiros a los quealcanzaba daban un respingo, como si tiraran de ellos con una cuerda, pero enrealidad estaba disparando a ciegas y las posibilidades de que acertara con undisparo limpio al corazón eran casi nulas. Caxton le gritó que parara, pero elestrépito le impedía siquiera oír su propia voz o ver nada más allá de losdestellos del cañón. Lo cogió del brazo e intentó apartarle la mano delgatillo, pero en ese momento se quedó sin balas.
—Estoyseco –dijo el tipo y dio media vuelta como si quisiera retroceder. Tal vezquisiera coger más munición, o tal vez tan sólo pretendía echar a correr.Caxton sacó un cargador lleno del bolsillo e hizo el gesto de tirárselo, sinembargo, en aquel preciso instante oyó el grito del policía local que tenía alotro lado.
Elcorazón se le heló en el pecho cuando se dio media vuelta y, por el rabillo delojo, vio cómo se le abalanzaba un cuerpo cubierto de piel blanca y ropaapolillada.
¡Erantan rápidos! Llevaban siglo y medio bajo tierra y, aun así, eran rapidísimos…Estaban por todas partes.
Loshombres bramaban y disparaban como locos. Sus cañones apuntaban en todasdirecciones, buscando objetivos, intentando dar en el blanco. Caxton se agachójusto en el instante en el que un puntero pasaba por encima de su cabeza. Elestruendo de la explosión la dejó momentáneamente sorda, pero cuando levantó lavista vio a un vampiro a un palmo de su cara; le dio tiempo a ver cómo la luzroja de sus ojos se extinguía. Sus manos, blancas y pálidas, le rozaron lacamisa y el brazo, pero estaban ya desprovistas de fuerza.
—Vamos–dijo Glauer, junto a ella.
Loshombres morían a su alrededor, a derecha e izquierda, mucho más rápidamente quelos vampiros. Caxton vio a un soldado partido en dos y presenció cómo una carablanquecina se hundía en aquella carne. Vio cuellos desgarrados, vio dientes devampiro que se abrían paso a través de los anoraks de sus hombres y de suschalecos Kevlar. Se oían gritos procedentes de todas partes.
Oyóa alguien rezar, aunque aquella voz se calló de golpe.
Glauerla agarró de la mano y a punto estuvo de caérsele el rifle.
—¡Tenemosque reagruparnos! –exclamó Caxton, al tiempo que esquivaba un vampiro quearremetía contra ella. Tenía los hombros echados hacia delante y sus zarpashendieron el aire que hacía un momento había ocupado su cuerpo. Caxton logrólevantar el rifle y le soltó tres disparos sin apuntar: en la cara, el pecho yla ingle. El vampiro se sacudió espasmódicamente, perdió pie y cayó al suelo.Caxton lo apuntó a la espalda, disparó y lo vio desmoronarse sobre la fríahierba.
—¡Replegaos!–gritó, aunque no sabía si alguien la escuchaba. El campo de batalla era uncaos, un amasijo de cuerpos luchando en la oscuridad.
—¡No,desplegaos! –gritó uno de los soldados—. ¡Salid corriendo!
Unvampiro había logrado agarrarlo por las cinchas de la coraza. El soldado serevolvió, intentó zafarse, pero el vampiro lo cogió del casco con la otra mano.Un chorro de sangre manó de su cuello y Caxton vio cómo la cabeza caía sobre elpecho, unida al tronco apenas por un pedazo de carne. El vampiro se inclinóhacia delante y lamió la sangre.
—¡Necesitoayuda! –gritó alguien. Caxton dio media vuelta y vio a un agente de la BBArodeado por tres vampiros. Disparaba con su rifle de asalto a la altura de lacadera mientras en la otra mano sostenía una enorme y reluciente Desert Eagle.De un disparo le voló el ojo a uno de los vampiros, que sonrió siniestramenteantes de estrecharlo entre sus brazos, con tanta fuerza que Caxton oyó elestallido de sus vértebras dentro del anorak.
Intentóacudir en su ayuda, pero en aquel momento una fría mano la agarró por la piernay la tiró al suelo. Era el vampiro al que había disparado por la espalda, quese había dado la vuelta y ahora miraba hacia arriba. Caxton estaba segura dehaber apuntado a la perfección… pero de pronto comprendió su error: le habíadisparado por la espalda y había confundido la derecha con la izquierda. En elmejor de los casos, le habría perforado un pulmón que ya no necesitaba paranada.
Elvampiro abrió sus enormes fauces al tiempo que tiraba de ella con las dosmanos. Le ardían los ojos y Caxton notó cómo de repente el colgante espiral quellevaba en la mano empezaba a arder. Estaba intentando hipnotizarla.
Unvampiro saltó por encima de su cabeza, persiguiendo a un agente. Caxton volvióla cabeza y vio aquellas manos huesudas que tiraban de su tobillo y acercabansu pierna a aquella cavernosa boca. Intentó darse la vuelta y levantar el arma.Dirigió el puntero entre las piernas del vampiro y lo clavó en la carne delmonstruo como si fuera una bayoneta, justo en el momento en que aquellosdientes hundían en su pantorrilla.
Apretóel gatillo y el vampiro dio un alarido y le soltó la pierna. Caxton se alejó deél rodando, se puso de rodillas y lo apuntó al pecho, directamente al corazón.Ya estaba muerto, pero no importaba.
Habíamuchísimos más.
Dosiban ya a por ella, uno por cada lado. Se acercaban con las manos levantadas, apunto para destrozarla. A uno le disparó en el pecho y se desmoronó, pero elotro se abalanzó sobre ella y la agarró por la camisa y la corbata. El vampirotiró con fuerza y Caxton notó como se le cerraba la garganta, cómo su propiacorbata le aplastaba la tráquea. Intentó apuntar con el arma, pero tenía alvampiro encima y le era imposible. Sintió la carne fría del vampiro sobre lasuya, inhaló el olor a podrido. Quería gritar, pero era incapaz de articularsonido alguno. Unos puntos blancos le nublaron la vista.
Oyódisparos. A Caxton le pareció que resonaban a lo lejos, por eso al principio nologró establecer ninguna conexión entre aquel sonido y el hecho de que lacabeza del vampiro se hubiera desparramado por el suelo convertido en unamasijo blanquecino de cerebro y huesos. El vampiro la soltó y ella logró salirde debajo de su cuerpo. Sin embargo, antes de que lograra siquiera ponerse denuevo en pie, el vampiro ya había empezado a regenerarse: su cabeza habíaempezado ya a adoptar su forma original, sus ojos rebosaban rabia pura.
Glaurla agarró por el brazo y la ayudó a levantarse. El agente tenía ya el rifle deasalto preparado y en aquel momento lo levantó, apuntó y le soltó al vampiro undisparo que le atravesó el corazón.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:16 pm

74
Transcrito por Lorena


Ésta es la declaración jurada de Rudolph Storrow,del 1.º rejimiento de francotiradores de los EEUU y todo lo demás. El 27 dejunio visité a mi viejo hamigo, Alva Griest, que estava enfermo y en cama. Memandava el coronel Pittenger.
Le dieron a Alva una havitación en la plasafuerte, que era limpia y tenía luz y bentanas y era bonita, pero que tamvienapestaba por que la erida se había jangrenado, me dijeron. Yo no dige nada delholor, por que Alva y yo somos viejos hamigos.
Pasamos un quarto de ora hablando de lo quehabíamos echo y visto en Virginia y de la casa del vampiro tal como le conttéal coronel Pittenger y asta nos reimos un poco. Entonces le pregunté a Alva siestaba seguro y si entavía quería hacercomo me había dicho.
El dijo que no le quedaba más nada que acer enesta vida con sus eridas y demás y que quería ayudar a su país como pudiera yque estava preparado. Me preguntó si llo creía que lo que iba a hacer erapecado pero yo le dige que no, que creía que no. Muchos otros hombres se abíanpresentado voluntarios para la misión, le dige, y el coronel me había aseguradoque todos hirían a un buen lugar y no de cabeza al hinfierno. O sea que elEgército dice que esta bien.
El dijo que eso era suficiente para el.
Yo llevaba conmigo mi cantimplora, que habíallenado de ácido prúcico, pues me lo había dado el coronel, y le serví un baso.La bebida huele fuerte a almendras y no parece muy recomendable beberla, esa esmi opinion.
El digo que estava cansado y que echaba de menos asu hamigo Bill. Entonces se bevio el baso, que no era mucho. Murio al cavo deunos minutos. Entonces escribí esto, tal como debía, y ahora que he terminadovoy a tomarme yo también mi trago y terminar con todo esto. Dios salbe America,al señor Lincon y a todos nuestros chicos.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:16 pm

75
Transcrito por Lorena


Glauerayudó a Caxton a levantarse, aunque ésta ya se estaba moviendo. No había tiempopara ponerse a hablar, ni de darle las gracias por haberle salvado la vida. Semovían a toda prisa, agazapados, hacia un gran edificio circular que sedistinguía en la oscuridad. A sus espaldas, los vampiros se estaban dando unfestín con los muertos y los moribundos, y no se tomaron siquiera la molestiade perseguirlos. Caxton miró un par de veces por encima del hombro y viocuerpos esparcidos por todo el campo de batalla. Algunos eran muy pálidos bajola luz de las estrellas, tenían las cabezas calvas y los ojos juntos. Pero lamayor parte de esos cuerpos pertenecían a sus hombres.
Porla mañana, si lograba sobrevivir hasta entonces, iba a sentirse culpable.Continuó corriendo. Cuando estaban ya lo bastante lejos, Caxton se atrevió porfin a hablar:
—Creíaque no le había disparado a nadie antes.
—Elentrenamiento profesional funciona a las mil maravillas –respondió Glauer quele dedicó una sonrisa que pronto se convirtió en una mueca de dolor. ¿Estabaherido? Caxton no lo veía. En cualquier caso, si así era no lo obligaba aralentizar el paso. <<¿Cuántos vampiros había matado Glauer?>>, sepreguntó Caxton. No tenía ni idea.
Porriguroso que fuera su plan y a pesar de la disciplina que se habíaautoimpuesto, había visto muy poco de lo sucedido en el campo de batalla.También ella había estado luchando, demasiado concentrada para fijarse en nadamás. No tenía ni idea de cuántos de sus hombres seguían vivos.
Frentea ella, la silueta circular del Cyclorama Center ocultaba las estrellas. Teníanque meterse allí dentro cuanto antes mejor. Agarró a Glauer por la manga de lachaqueta y se obligó a andar más rápido. Podían tener un vampiro pisándoles lostalones, o a punto de cortarles el paso. Eran lo bastante rápidos como paraadelantárseles y bloquearles el camino…
Ysi ése era el caso, desde luego, estaba muerta; no podría hacer nada alrespecto. Apresuró aún más sus pasos. Sus pies resonaron sobre el hormigón yCaxton soltó un suspiro de alivio mientras subía por la rampa paradiscapacitados del Cyclorama.
Laspuertas se abrieron y aparecieron dos soldados. Les estaban apuntando. Caxtonlevantó el rifle de asalto y ellos bajaron el arma.
—Tú–le dijo Caxton a uno de los soldados. Llevaba puestas las gafas de visiónnocturna, dos lentes que relucían bajo la luz de las estrellas—. ¿Qué ves? ¿Nossigue alguien?
—Negativo–respondió el soldado.
—Bien.Cierra la puerta en cuanto hayamos entrado.
Pormal que hubiera ido la primera parte de la batalla, a pesar de los efectivosperdidos, su plan seguía siendo válido. Acompañó a Glauer al interior de aqueledificio con luz eléctrica y calefacción.
ElCyclorama Center era una de las principales atracciones turísticas del campomilitar, o por lo menos lo había sido. Llevaba un año cerrado al público porreformas. La policía había tenido la amabilidad de abrirlo para que sus hombrespudieran usarlo como refugio preliminar. Se trataba de un edificio circular sinventanas, de modo que los vampiros no podían atacarlos por los laterales. Elinterior era un espacio abierto para que los visitantes pudieran ver elciclorama, una pintura al óleo de ocho metros de alto por más de un centenar delargo, una perspectiva de 360 grados del campo de batalla durante la infausta cargade Pickett. El tema era demasiado parecido a lo que Caxton acababa de vivirpara proporcionarle algún tipo de consuelo.
Algunosde los efectivos de Caxton, en su gran mayoría soldados con uniforme decamuflaje, estaban ya allí reunidos. Tenían los rifles en la mano y estabanpreparados para reemprender la batalla en cualquier momento. Ninguno de elloshablaba, ni fumaba, ni le dirigió más que una breve mirada. Sabían lo que habíaallí fuera, en la oscuridad. Aquel refugio les permitía un breve momento detregua, pues nadie lo habría llamado momento de paz.
Enmedio de la sala habían montado una mesa con caballetes. La mitad de esa mesala ocupaba un enorme equipo de radio portátil y la otra mitad estaba llena demapas a escala del parque y de la ciudad. Una soldado con galones en eluniforme manejaba el aparato y gritaba acaloradamente preguntas por elmicrófono.
—TenientePeters –dijo Caxton, que se dirigió rápidamente hacia la mujer—. Lo ha logrado.
—Por los pelos del culo, agente –respondió la soldado. Era una de las tresúnicas voluntarias del improvisado ejército de Caxton, pero era también elmiembro de más grado contingente que había mandado la Guardia Nacional. Eraalgo mayor que Caxton, tendría unos treinta años, pero ya tenía canas. Habíaluchado en Irak y había logrado regresar con vida. Caxton se preguntó por uninstante si sobreviviría también a aquella noche. Si alguno de ellos teníaalguna posibilidad, imaginaba que era la teniente.
—¿Algunanoticia del centro de turistas?
Petersfrunció el ceño y miró la radio.
—Hayalgunos hombres allí, pero no parece que estén demasiado organizados. El gruesode los adversarios han ido a por ellos.
—Mientraslogren mantener la posición… —dijo Caxton, que cogió uno de los mapas. Elcentro para turistas estaba junto a la carretera de Taneytown, apenas unoscentenares de metros al norte del Cyclorama. Los efectivos de Caxton se habíandividido en grupos para ocupar los edificios próximos, tal como ella habíaplaneado. Los grupos tenían órdenes de abandonar sus posiciones y refugios enubicaciones terciarias situadas carretera arriba si el combate se volvíademasiado reñido. El plan consistía en obligar a los vampiros a moverse haciael norte, hacia la ciudad, donde resultaría más fácil rodearlos. Por el contrario,si se marchaban hacia el sur, hacia el campo abierto del parque, los perderían.Caxton había dispuesto un plan de contingencia para esa eventualidad: loshelicópteros intentarían obligarlos a regresar hacia la ciudad usando suspotentes reflectores. Pero en realidad no sabía si aquello funcionaría.
—Yoen su lugar intentaría minimizar las bajas y saldría cagando leches –dijoPeters, como si estuviera leyéndole el pensamiento a Caxton. La teniente señalótres puntos en el mapa—. Los controles de carretera no van a lograr contener aesos cabrones más allá de un par de minutos. Si hicieran contacto allí…
—No,primero vendrán a por nosotros –respondió Caxton, que de pronto estabacompletamente segura de ello.
—Porel amor de Dios, ¿por qué? Les hemos hecho daño. Ellos nos han hecho más anosotros, es cierto, pero no les ha salido gratis…
—Esoespero –asintió Caxton—. Pero no, vendrán a por nosotros. Quieren nuestrasangre, llevan tantísimo tiempo pasando hambre en la oscuridad, esperando,soñando con la sangre… No van a desperdiciar la oportunidad más a manos deconseguirla. Y eso somos nosotros. –Volvió la mirada hacia la puerta de entradadel edificio—. ¿Están sus hombres preparados? Ya no pueden tardar en llegar.
—Hevisto lo rápido que se mueven. Mis hombres están preparados –dijo Peters, quemiró fijamente a Caxton. Ésta quiso apartar la vista, pero la teniente tenía lamirada clavada en ella y la estudiaba sin pestañear.
—¿Hayalgún problema? –preguntó Caxton.
—Noesperábamos este tipo de resistencia. En el desierto, si nos encontrábamos conla mierda hasta el cuello, el procedimiento estándar era retirarse –dijo y seapoyó en la mesa—. Retirarse y vivir para poder luchar otro día. Ésa es nuestraforma de proceder.
<>, pensó Caxton. Nada lehabría gustado más que dejar que fueran los soldados quienes se encargaran dedefender Gettysburg. Así podría haberse ido a alguna parte a dormir un poco.Sin embargo, sabía, porque Arkeley se lo había enseñado, que eso era lo últimoque debía hacer. Los soldados no se exponían al riesgo de que los masacraran.Se movían estratégicamente y sólo se refugiaban en posiciones que sabían queiban a poder defender. Operaban así porque sabían que sus enemigos seguían elmismo patrón.
Perolos vampiros no luchaban de aquella forma. Eran demasiado arrogantes, nunca seechaban atrás.
—Teniente,si nos largamos ahora los vampiros podrán hacer lo que les plazca. Como ustedmisma ha dicho, los controles de carretera no podrán retenerlos. Ya ha visto delo que son capaces contra soldados armados hasta los dientes. ¿De veras searriesgaría a exponer a la población civil a una amenaza de este calibre?
Petersfrunció el ceño, pero negó con la cabeza. Menos mal, Arkeley nunca le habríapedido a unos de sus hombres que aprobara sus órdenes, sino tan sólo que lasobedeciera
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:17 pm

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Glauerayudó a Caxton a levantarse, aunque ésta ya se estaba moviendo. No había tiempopara ponerse a hablar, ni de darle las gracias por haberle salvado la vida. Semovían a toda prisa, agazapados, hacia un gran edificio circular que sedistinguía en la oscuridad. A sus espaldas, los vampiros se estaban dando unfestín con los muertos y los moribundos, y no se tomaron siquiera la molestiade perseguirlos. Caxton miró un par de veces por encima del hombro y viocuerpos esparcidos por todo el campo de batalla. Algunos eran muy pálidos bajola luz de las estrellas, tenían las cabezas calvas y los ojos juntos. Pero lamayor parte de esos cuerpos pertenecían a sus hombres.
Porla mañana, si lograba sobrevivir hasta entonces, iba a sentirse culpable.Continuó corriendo. Cuando estaban ya lo bastante lejos, Caxton se atrevió porfin a hablar:
—Creíaque no le había disparado a nadie antes.
—Elentrenamiento profesional funciona a las mil maravillas –respondió Glauer quele dedicó una sonrisa que pronto se convirtió en una mueca de dolor. ¿Estabaherido? Caxton no lo veía. En cualquier caso, si así era no lo obligaba aralentizar el paso. "¿Cuántos vampiros había matado Glauer?", sepreguntó Caxton. No tenía ni idea.
Porriguroso que fuera su plan y a pesar de la disciplina que se habíaautoimpuesto, había visto muy poco de lo sucedido en el campo de batalla.También ella había estado luchando, demasiado concentrada para fijarse en nadamás. No tenía ni idea de cuántos de sus hombres seguían vivos.
Frentea ella, la silueta circular del Cyclorama Center ocultaba las estrellas. Teníanque meterse allí dentro cuanto antes mejor. Agarró a Glauer por la manga de lachaqueta y se obligó a andar más rápido. Podían tener un vampiro pisándoles lostalones, o a punto de cortarles el paso. Eran lo bastante rápidos como paraadelantárseles y bloquearles el camino…
Ysi ése era el caso, desde luego, estaba muerta; no podría hacer nada alrespecto. Apresuró aún más sus pasos. Sus pies resonaron sobre el hormigón yCaxton soltó un suspiro de alivio mientras subía por la rampa paradiscapacitados del Cyclorama.
Laspuertas se abrieron y aparecieron dos soldados. Les estaban apuntando. Caxtonlevantó el rifle de asalto y ellos bajaron el arma.
—Tú–le dijo Caxton a uno de los soldados. Llevaba puestas las gafas de visiónnocturna, dos lentes que relucían bajo la luz de las estrellas—. ¿Qué ves? ¿Nossigue alguien?
—Negativo–respondió el soldado.
—Bien.Cierra la puerta en cuanto hayamos entrado.
Pormal que hubiera ido la primera parte de la batalla, a pesar de los efectivosperdidos, su plan seguía siendo válido. Acompañó a Glauer al interior de aqueledificio con luz eléctrica y calefacción.
ElCyclorama Center era una de las principales atracciones turísticas del campomilitar, o por lo menos lo había sido. Llevaba un año cerrado al público porreformas. La policía había tenido la amabilidad de abrirlo para que sus hombrespudieran usarlo como refugio preliminar. Se trataba de un edificio circular sinventanas, de modo que los vampiros no podían atacarlos por los laterales. Elinterior era un espacio abierto para que los visitantes pudieran ver elciclorama, una pintura al óleo de ocho metros de alto por más de un centenar delargo, una perspectiva de 360 grados del campo de batalla durante la infausta cargade Pickett. El tema era demasiado parecido a lo que Caxton acababa de vivirpara proporcionarle algún tipo de consuelo.
Algunosde los efectivos de Caxton, en su gran mayoría soldados con uniforme decamuflaje, estaban ya allí reunidos. Tenían los rifles en la mano y estabanpreparados para reemprender la batalla en cualquier momento. Ninguno de elloshablaba, ni fumaba, ni le dirigió más que una breve mirada. Sabían lo que habíaallí fuera, en la oscuridad. Aquel refugio les permitía un breve momento detregua, pues nadie lo habría llamado momento de paz.
Enmedio de la sala habían montado una mesa con caballetes. La mitad de esa mesala ocupaba un enorme equipo de radio portátil y la otra mitad estaba llena demapas a escala del parque y de la ciudad. Una soldado con galones en eluniforme manejaba el aparato y gritaba acaloradamente preguntas por elmicrófono.
—TenientePeters –dijo Caxton, que se dirigió rápidamente hacia la mujer—. Lo ha logrado.
—Por los pelos del culo, agente –respondió la soldado. Era una de las tresúnicas voluntarias del improvisado ejército de Caxton, pero era también elmiembro de más grado contingente que había mandado la Guardia Nacional. Eraalgo mayor que Caxton, tendría unos treinta años, pero ya tenía canas. Habíaluchado en Irak y había logrado regresar con vida. Caxton se preguntó por uninstante si sobreviviría también a aquella noche. Si alguno de ellos teníaalguna posibilidad, imaginaba que era la teniente.
—¿Algunanoticia del centro de turistas?
Petersfrunció el ceño y miró la radio.
—Hayalgunos hombres allí, pero no parece que estén demasiado organizados. El gruesode los adversarios han ido a por ellos.
—Mientraslogren mantener la posición… —dijo Caxton, que cogió uno de los mapas. Elcentro para turistas estaba junto a la carretera de Taneytown, apenas unoscentenares de metros al norte del Cyclorama. Los efectivos de Caxton se habíandividido en grupos para ocupar los edificios próximos, tal como ella habíaplaneado. Los grupos tenían órdenes de abandonar sus posiciones y refugios enubicaciones terciarias situadas carretera arriba si el combate se volvíademasiado reñido. El plan consistía en obligar a los vampiros a moverse haciael norte, hacia la ciudad, donde resultaría más fácil rodearlos. Por el contrario,si se marchaban hacia el sur, hacia el campo abierto del parque, los perderían.Caxton había dispuesto un plan de contingencia para esa eventualidad: loshelicópteros intentarían obligarlos a regresar hacia la ciudad usando suspotentes reflectores. Pero en realidad no sabía si aquello funcionaría.
—Yoen su lugar intentaría minimizar las bajas y saldría cagando leches –dijoPeters, como si estuviera leyéndole el pensamiento a Caxton. La teniente señalótres puntos en el mapa—. Los controles de carretera no van a lograr contener aesos cabrones más allá de un par de minutos. Si hicieran contacto allí…
—No,primero vendrán a por nosotros –respondió Caxton, que de pronto estabacompletamente segura de ello.
—Porel amor de Dios, ¿por qué? Les hemos hecho daño. Ellos nos han hecho más anosotros, es cierto, pero no les ha salido gratis…
—Esoespero –asintió Caxton—. Pero no, vendrán a por nosotros. Quieren nuestrasangre, llevan tantísimo tiempo pasando hambre en la oscuridad, esperando,soñando con la sangre… No van a desperdiciar la oportunidad más a manos deconseguirla. Y eso somos nosotros. –Volvió la mirada hacia la puerta de entradadel edificio—. ¿Están sus hombres preparados? Ya no pueden tardar en llegar.
—Hevisto lo rápido que se mueven. Mis hombres están preparados –dijo Peters, quemiró fijamente a Caxton. Ésta quiso apartar la vista, pero la teniente tenía lamirada clavada en ella y la estudiaba sin pestañear.
—¿Hayalgún problema? –preguntó Caxton.
—Noesperábamos este tipo de resistencia. En el desierto, si nos encontrábamos conla mierda hasta el cuello, el procedimiento estándar era retirarse –dijo y seapoyó en la mesa—. Retirarse y vivir para poder luchar otro día. Ésa es nuestraforma de proceder.
"Ypor eso no os entregué el mando de esta misión", pensó Caxton. Nada lehabría gustado más que dejar que fueran los soldados quienes se encargaran dedefender Gettysburg. Así podría haberse ido a alguna parte a dormir un poco.Sin embargo, sabía, porque Arkeley se lo había enseñado, que eso era lo últimoque debía hacer. Los soldados no se exponían al riesgo de que los masacraran.Se movían estratégicamente y sólo se refugiaban en posiciones que sabían queiban a poder defender. Operaban así porque sabían que sus enemigos seguían elmismo patrón.
Perolos vampiros no luchaban de aquella forma. Eran demasiado arrogantes, nunca seechaban atrás.
—Teniente,si nos largamos ahora los vampiros podrán hacer lo que les plazca. Como ustedmisma ha dicho, los controles de carretera no podrán retenerlos. Ya ha visto delo que son capaces contra soldados armados hasta los dientes. ¿De veras searriesgaría a exponer a la población civil a una amenaza de este calibre?
Petersfrunció el ceño, pero negó con la cabeza. Menos mal, Arkeley nunca le habríapedido a unos de sus hombres que aprobara sus órdenes, sino tan sólo que lasobedeciera
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:18 pm

76
Transcrito por Lorena

El procedimiento para crear unanueva tropa fue de una simplicidad absoluta y lo llevamos a cabo sin obstáculosni demoras. Los hombres eran acompañados o traslados en camilla a la habitacióndonde se encontraba la señorita Malvern reclinada en su cama. Ésta no hablabacon ellos, ni les escribía palabras amables o tranquilas. Me dijo que para loque quería hacer necesitaba silencio total. En lugar de hablar con ellos,miraba a los voluntarios a los ojos; en algunos casos, había que sujetarles lacabeza para que ella pudiera vérselas bien. Entonces discurría un breve lapsode tiempo durante el cual se establecía entre ellos quién sabe qué tipo decomunicación. Después, el hombre era retirado a otra habitación, donde loestaba esperando su trago de veneno. Fueron muy pocos quienes en aquel momentose echaron atrás; sólo dos rechazaron la copa, y ambos regresaron al cabo de unrato y la volvieron a pedir. Yo tenía a varios hombres bajo mis órdenes, tiposdespiadados que cogieron los cuerpos y los metieron en los ataúdes, que yaestaban preparados. Entonces subieron los ataúdes al coche funerario. Alanochecer habíamos terminado.
Aguardé junto al coche a que elsol se pusiera. No bebí licor, ni jugué a cartas, no me dediqué a ningún otro pasatiempo.Me senté en una silla plegable, completamente solo. A solas con mi conciencia.Cuando la noche hubo caído por completo, los oí moverse dentro del coche yhablar entre ellos con voces graves e impasibles. Entonces algo golpeó contrala puerta metálica del coche. Yo me levanté y abrí una portezuela, poco más queuna mirilla, y vi un sinfín de ojos rojos que me devolvían la mirada.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:18 pm

77
Transcritopor Lorena

Disponíande un breve tiempo muerto que tal vez no fuera más que eso. Y, sin embrago,debían considerar sus prioridades. Caxton dejó su rifle de asalto en el suelo,se dejó caer y enrolló la pernera del pantalón. Tenía la pantorrilla llena demarcas rojas donde los dientes del vampiro habían entrado apenas en contactocon la carne. Las heridas no eran profundas y, aunque sentía la pierna algoagarrotada, podía andar perfectamente. Había tenido suerte, muchísima suerte.
CuandoGlauer se quitó la chaqueta, Caxton vio que éste había salido mucho peorparado. El agente era un tipo corpulento que no se detendría por un rasguño,pero la verdad era que aquella herida tenía muy mala pinta. Le faltaba un trozode carne del bíceps y cada vez que movía el brazo izquierdo sentía una punzadade dolor. No obstante, era sorprendente la poca sangre que había en la herida.
Caxtonsabía qué significaba aquello. Glauer respiraba con dificultad, se quejaba deuna sed insaciable y tenía la cara lívida, todo síntomas claros de anemia. Elvampiro que lo había mordido en el brazo debía de haberle chupado la sangre.Tal vez demasiado. Alguien le pasó una cantimplora y él bebió con desazón.Caxton se quitó la corbata y le practicó un torniquete por encima de la herida;eso evitaría que la sangre que le quedaba abandonara el cuerpo al tiempo queminimizaría el riesgo de infecciones. Aunque Glauer necesitaba más ayuda de laque ella era capaz de ofrecerle. Necesitaba un médico; necesitaba que lollevaran a un hospital.
Yeso no iba a suceder. O, por lo menos, no de forma inmediata.
Peropor lo menos no estaba en estado de shok, Caxton podía dar las gracias por ello.Uno de los soldados tenía venda y esparadrapo. Caxton le vendo el brazo y loayudó a ponerse la chaqueta. Le dolió volverse a vestir, pero eraimprescindible para conservar el calor corporal, algo crucial cuando uno perdíamucha sangre.
Alterminar, lo miró a los ojos:
-Elque te hizo eso…
-Acabécon él –respondió Glauer.
Caxtonse mordió el labio y asintió. Sin embrago, sabía que había otros vampiros quehabía bebido sangre humana caliente. La sangre no sólo los alimentaba, tambiénlos volvía más fuertes y resistentes. Hizo correr la voz a través de lateniente Peters. La siguiente oleada sería aún más difícil de matar. Eraposible que un solo disparo al corazón no bastara para acabar con un vampirobien alimentado.
-Dios–dijo uno de los soldados al enterarse-. ¿Qué pasa, acaso es hoy mi cumpleaños?Yo quería un poni, no esto
Unoscuantos soldados, demasiado pocos, se rieron. La tensión en el Cyclorama Centerera densa como el cemento. Todos sabían que los vampiros se acercaban, pero losmuy cabrones se estaban tomando su tiempo.
Laradio de Caxton crepitó. Antes de que pudiera responder la teniente Peters selevantó sin previo aviso. Todos los ojos de la sala se volvieron para mirarla.La soldado se llevó un dedo al auricular de su aparato de radio.
-Adelante–dijo.
Caxtonsupuso que hablaba con el piloto de uno de los helicópteros. El Cyclorama notenía ventanas, de modo que aquélla era la única forma que tenían de saber quésucedía en el exterior sin asomar la cabeza y comprobarlo personalmente. Era unamisión para la que nadie se presentaría voluntario.
-Deacuerdo, recibido –dijo la teniente al cabo de un momento. Se volvió haciaCaxton-, Claros indicios de movimiento. Los sujetos se definen claramente bajolos focos y…
Laspuertas del Cyclorama Center se abrieron de golpe antes de que pudiera terminarla frase. Un único vampiro entró caminando, con los brazos en cruz y la bocaabierta en una mueca perversa. No llevaba camisa y Caxton logró distinguir lascostillas bajo su piel blanca y tensa, pero tenía las mejillas sonrosadas.Debía de haber comido hacía un momento.
Lossoldados estaban a punto, lo habían estado desde el momento en que se habíanrefugiado en el edificio. Empezaron a dispararle y las balas le acribillaronambos lados del pecho. Unos fragmentos de carne lívida siguieron despedidos acausa de los impactos y un chorrito de sangre negra brotó de una herida en lamejilla. Dio un paso hacia delante y aparecieron nuevos orificios en todo sucuerpo, pero los viejos habían empezado ya a cicatrizar.
Diootro paso al frente… y de repente varias figuras lívidas salieron de detrás,propulsadas a derecha e izquierda: más vampiros.
"¡No!",pensó Caxton. Pero sí, actuaban de forma organizada. Habían planeado el ataque,habían hecho uno de los suyos se atracara de sangre hasta que su cuerpo fueracasi inmune a las balas y lo habían mandado el primero. Entonces, mientras ésteatraía los disparos, los demás vampiros se habían colado en el edificio sinencontrar resistencia.
Lapeculiar acústica de la sala circular hacía que los disparos de rifle reverberarany sonaran repetidamente, y los fogonazos de los cañones de las armasfracturaron la visión de Caxton, que se levantó de un brinco. Cogió a Glauer yse lo llevó hacia la puerta trasera, una salida de incendios situada en elparte norte del edificio. Notó un aire frío en la nuca y se volvió. Fue como sisu Baretta adquiriera vida propia. Antes siquiera de tomar conciencia de lapálida sombra que tenía sobre el hombro, ya había realizado tres disparos. Elvampiro se retorció y se abrazó con sus escuálidas extremidades y cayó a suspies. ¿Le habría alcanzado al corazón? Lo dudaba mucho, pues había disparado aciegas. Rápidamente levantó de nuevo la pistola y apuntó. El vampiro searrodilló con gran esfuerzo y puso un pie en el suelo. Caxton esperópacientemente hasta que el pálido cuerpo del vampiro volvió a ponerse en pie.
Entoncesle colocó la boca del arma contra el pecho y le atravesó el corazón con unabala de calibre 50. El vampiro murió tan rápido que no le dio tiempo ni allevarse una sorpresa.
Estabasalvada… de momento. Se dio la vuelta para comprobar la evolución de labatalla.
Portoda la sala, los soldados morían sin apenas tiempo para apuntar. Vio a unochillando y golpeando el suelo mientras un vampiro le desgarraba la espalda consus dientes como cuchillos. Otro le había arrancado ya las piernas. La tenientePeters estaba luchando con un vampiro que podría haberla aplastado a ella y asu corazón. Caxton vio cómo la teniente le golpeaba la cabeza una y otra vezcon el escudo térmico del rifle.
-Rompancontacto –gritó Caxton. Varios soldados, los que no habían muerto ya o estabana punto, la oyeron y se dirigieron hacia la puerta principal. Apuntó contra elvampiro que estaba luchando con Peters, pero le habría sido imposible no darletambién a la teniente. En cualquier caso, al cabo de un instante ya noimportaba, pues el vampiro hundió la boca en su garganta. La soldado quisosoltar una última maldición pero tan sólo logró emitir un gemido lastimero. Alcabo de un momento estaba muerta y el vampiro atacante se había vuelto muchomás fuerte.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:19 pm

78

Transcritopor Lorena

Pensé que tendríamos tiempopara entrenarnos y preparar tácticas especiales para utilizar los vampiros enla guerra. No fue así.
Nadie esperaba que tuvieralugar la batalla de Gettysburg; ninguno de los dos ejércitos estaba preparado.Y, sin embargo, en cuanto comenzó ya no hubo forma de pararlo, como un fuego enun campo en barbecho.
Yo me encontraba en micaravana, cerca de Hagerstown cuando llegaron las noticias. Me dirigía haciaPipe Creck para unirme al ejército de Meade. Allí habían tendido una trampapara intentar atraer a Lee hacia el sur, pero pronto se vio que éste no habíapicado. Mis instrucciones cambiaron de repente y tuve que subirme a un trenmilitar que iba a dejarnos al otro lado de la frontera. Yo no estaba preparado.Mis hombres no estaban preparados.
Pero no importaba, nadaimportaba. Atravesé el tren militar en cuanto éste empezó a moverse y vi aalgunos hombres rezando y a otros llorando, mirando al cielo. Creían que el finde los días había llegado. Los soldados sabían que aquella batalla iba a ser de "las buenas", un último intento desesperado para detener a Leeantes de que éste lograra tomar la ciudad de Filadelfin y obligara a firmar untratado de paz. Los hombres cantaban canciones, como Jonh Brown’s Body, que nohabía oído desde la gran asamblea de Washington, cuando la ciudad se habíaconvertido en un gran campo militar, o el Himno de Batalla de la Repúblico.Dios mío, ¡era tan conmovedor!
Cuando nos acercamos a lapequeña ciudad comercial de Gettysburg los cantos cesaron de forma abrupta yfueron reemplazados por otro sonido, un sonido abominable, un sonidoinsoportable que hacía que el vagón se estremeciera y que los ataúdestraquetearon en sus estantes. Yo nunca había oído fuego de artillería real conanterioridad. Jamás había oído las pistolas resonar como si fueran campanas, nila tierra retumbar como si fuera a abrirse. Ya a veinticinco kilómetros dedistancia, el fragor de la batalla te dejaba sin aliento. Luego me enteré deque el estruendo de las armas se oía incluso desde Pittsburg.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:19 pm

79

Transcritopor Lorena

-Vamos,¡andando! –dijo Caxton, que cogió a un soldado por el brazo y lo empujó haciala salida. Éste le siguió. La puerta se abría y se cerraba sobre sus goznes conresorte cada vez que uno de sus hombres la atravesaba. Caxton echó un vistazoen el interior del Cyclorama por si había más supervivientes, pero lo único quevio fueron cadáveres desgarrados y cubiertos de sangre. Y vampiros.
Habíaunos veinte reunidos en el centro de aquel vasto espacio circular y la estabanmirando. Sus uniformes harapientos, uno llevaba incluso los restos mohosos deuna gorra de campaña, eran similares a los de los soldados que había pintadosen las paredes. ¡Aquellos vampiros eran tan viejos y estaban tan hambrientos!Imaginaba perfectamente el hambre que debían de tener después de pasar cientocuarenta años bajo tierra.
Caxtonse maldijo. Arkeley nunca habría permitido que aquella idea tomara cuerpo.Aquellos vampiros no eran personas, ya no. Eran asesinos, animales salvajes alos que había que aplastar.
Unode ellos dio un paso adelante hacia ella, con los brazos levantados. Imploraba,suplicaba un poco de su sangre. Detrás de él los demás empezaron también aavanzar.
Caxtonapuntó con precisión. El vampiro dio otro paso. Había comido, Caxton lo vio enel ligero tono sonrosado de sus mejillas y en sus costillas, que no sobresalíantanto como las de los demás. Su primer disparo tan sólo le agrieto la piel y leastilló varios huesos. El segundo lo volteó de forma que Caxton sólo le veía elbrazo y el costado. Esperó a que se diera la vuelta, a que la mirara de nuevo,y entonces le soltó un tercer disparo que hizo añicos su oscuro corazón paraluego salir a través del orificio de salida, en la espalda.
Losotros seguían avanzando, se acercaban cada vez más. Algunos intentaron clavarlela mirada, pero Caxton logró evitar el contacto visual. Notó el asco le erizabala piel y le removía el estómago. La adrenalina, puro miedo líquido, lerecorrió el cuerpo. No había un solo músculo en todo su cuerpo que no quisieradar media vuelta y echar a correr, huir. Pero logró mantenerse firme.
PeroCaxton no podía enfrentarse a todos, sería un suicidio. Lo que sí podía hacer,en cambio, era darles algo de tiempo a sus hombres. Éstos estaban fuera,corriendo a través de la oscuridad hacia el centro de turistas. Cuanto mástiempo lograra retener a los vampiros dentro del Cyclorama, más posibilidadestendrían los soldados y Glauer de lograrlo. Quería que Glauer lo lograra, ledebía aquella oportunidad.
-¿Quiénes el siguiente? –preguntó Caxton, que levantó el rifle en posición de disparo.
Losvampiros avanzaban todos a una, como una lívida niebla vaporosa, se abalanzabancontra ella como una masa mortífera, a toda velocidad. Era justamente lo queCaxton había esperado. Eran demasiado listos para atacarla uno en uno.
Soltóel rifle, que quedó colgado del portafusil, y se metió la mano en el bolsillo,donde llevaba la segunda y última grana de iluminación. Ya le había quitado elenvoltorio de plástico, de modo que tardó apenas un instante en tirar de laanilla y dejarla caer al suelo. Ni siquiera tuvo tiempo de lanzarla…
Setiró de espaldas al suelo y cerró los ojos con fuerza. Su espalda golpeó labarra de apertura de las puertas en el preciso instante en que la granada estallabay los vampiros soltaban un alarido de dolor. No había tenido tiempo decolocarse los protectores auditivos, de modo que la explosión le martilleó eltímpano y la dejó sorda. De repente oía un agudo pitido, tan fuerte que ledolían los dientes y le resonaba en las tripas.
Nopodía pensar, ni respirar. Estaba aturdida por el estruendo, sus sentidos norespondían. Era vagamente consciente de que estaba cayendo, que caía deespaldas, hasta que, de repente, la invadió una nueva oleada de dolor algolpear contra el suelo y levantó instintivamente los brazos para protegerse lacabeza. Abrió los ojos, pero lo único que vio fue la oscuridad. En un momento,había pasado del Cyclorama, tan iluminado, a la oscuridad casi completa de lanoche nublada, y sus ojos no habían tenido tiempo de adaptarse.
Alguienla cogió por el brazo. Ella intentó soltarse, aterrorizada ante la idea de queun vampiro fuera a destrozarla aprovechando que estaba sorda y ciega, pero lamano simplemente la agarraba y al cabo de un momento Caxton se dio cuenta deque se trataba de una mano cálida, humana. Parpadeó rápidamente en un intentopor obligar a sus pupilas a dilatarse. Poco a poco fue distinguiendo una figuraen la oscuridad que se cernía sobre ella, una silueta gris atravesada por unafranja más oscura. Era una cara… una cara con un espeso bigote. Era Glauer.
-¿… oye? Los… puerta… manera… cerrar…
Suvoz era como un zumbido distante, un sonido grave que intentaba imponerse alpitido de sus oídos. Sólo oía una pequeña parte de lo que decía. Experimento unacceso de frustración mientras se sentaba y se ponía de pie. Ahora veía aGlauer un poco mejor y se dio cuenta de que con el dedo índice estaba señalandoalgo que había a las espaldas de Caxton.
Sedio la vuelta y vio la puerta de incendios por la que acababa de salir volando.Se había cerrado y ahora traqueteaba con violencia. Era como si los vampirosque había al otro lado quisieran abrirla pero no supieran que tenían quepresionar la barra. Era muy posible que fuera así, seguramente era la primeravez que veían una puerta como aquélla. Sin embargo, era cuestión de segundosque lograran descubrir cómo funcionaba, aunque tan sólo fuera siguiendo elmétodo de prueba y error.
Glauerle había estado preguntando si había alguna forma de atrancar la puerta, peroella había perdido un valiosísimo momento mientras volvía en sí. Se volvióprecipitadamente y se puso a buscar un cerrojo o algo con lo que bloquear lapuerta, pero ésta no tenía ningún pomo en la parte exterior: estaba diseñada paraser usada en caso de emergencia y para evitar la entrada de intrusos. Había unapequeña cerradura con la que seguramente podía cerrarse la puerta, naturalmenteno tenían la llave. Glauer pasó los dedos por encima de la placa metálica de lacerradura; a cada sacudida de la puerta, daba un respingo. La puerta se podíaabrir en cualquier momento, bastaba que un vampiro se apoyara en ella opresionara por error la barra con la cadera. No tenía más tiempo. Caxton locogió de la manga e intentó alejarlo de allí, pero Glauer seguía con los ojosfijos en la cerradura.
-…en las pelis. Abren la… pero a lo mejor… la cerradura –dijo, volviendo lamirada hacia ella.
Peroella tan sólo pudo negar con la cabeza. ¿Qué estaba diciendo?
Entoncespareció que Glauer perdía la paciencia; el agente sacó su rifle, apuntó a lacerradura y apretó el gatillo con una mueca, antes de que ella pudieradetenerle. La enorme bala revotó en la placa y Caxton notó cómo pasaba a pocoscentímetros de su mejilla. La podría haber matado, podría haberle volado lossesos.
-¡Seráidiota! –gritó y la sorprendió constatar que podía oír su propia voz. Entoncesmiró la placa de la puerta. La bala había combado la cerradura y habíadeformado el mecanismo. Más importante aún, las sacudidas de la puerta habíancesado.
Alo mejor aquella estupidez de Glauer había logrado bloquear la puerta. O talvez los vampiros tenían miedo de que fueran a dispararles a través de lapuerta. Fuera como fuese daba lo mismo.
Caxtonnegó con la cabeza y empujó a Glauer hacia la carretera de Taneytown, quediscurría junto al edificio Cyclorama. Disponían de unos segundos de ventaja,pero nada más.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:20 pm

80

Transcritopor Lorena

Aquélla era la primera batallaque presenciaba directamente. Supongo que hasta entonces había imaginado a unoshombres de uniforma azul bien planchado blandiendo sus sables y llamando aotros hombres para llevar a cabo un glorioso ataque. Pero no era así enabsoluto. En Gettysburg vi a soldados engullidos por un fuego abrasador,mosquetes que restallaban y disparaban, y una multitud de hombres que no sabíanhacia dónde correr. Fui testigo de cómo las balas agujereaban el suelo, queescupía cadáveres y los lanzaban por los aires. Vi mucha sangre y muchosmuertos, muchos más de los que mi estómago era capaz de soportar. Estabanamontonados o esparcidos por el campo de batalla, como si fueran soldados deplomo abandonados por un niño aburrido e impaciente. Si se presentaba laocasión, los arrastraban detrás de la línea de fuego, donde los apilaban comotroncos. Pero aquello sucedía raramente. Había aún más heridos, aunque lavisión de éstos era incluso peor. ¡Había tantos hombres pidiendo un poco deagua o un médico, y tan pocos que lo escucharan! De continuo se oía a algúnhombre gritando, agonizando, y a otros que le rogaban que cerrara la boca y secallara.
Era el segundo día de labatalla y no habíamos tenido un solo momento de calma. Lee se había hechofuerte en el noroeste y en Seminary Ridge y nosotros intentábamos adueñarnosdel valle desde lo alto de Cementery Ridge. Los rebeldes subían la cuestarugiendo, con las armas en alto, y nosotros los cortábamos como el trigo durantela siega. Corrían al tiempo que gritaban, chillaban y aullaban con el ruido másespantoso que haya oído jamás. Era el famoso <>,pensado para infundir miedo en nuestros corazones. Y debo admitir que en mí,por lo menos, producía el efecto deseado.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:21 pm

Termine con mi maraton!! Jusjus, espero aver puesto todas las comillas, si no es asi, avisadme!! (depaso, hay palabras que estan pegadas, es cosa del formato, creo, yo las tengo separadas en mi documento de word)
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:36 pm

Pronto seguimos...ranguitos...
Pasame tu documento word por si tengo problemas despues...
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Pues yo lo recopilaré

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:37 pm

Ross, te lo paso en unos minutos
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Mar Nov 09, 2010 11:58 pm

jajaj se te olvido el adjunto...me llego el correo sin nada....

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 12:00 am

O__O soi un desastre, ando a todo y al final no hago nda (esq estaba corrigiendo, y buscando unas cosas, enviandote el chisme...) T__T Lo dicho.... ago mil cosas y ninguna bien, xDDDDDDDD
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 12:01 am

jajajajajaj asi somos todas...

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 12:02 am

ya te lo envie :) Dime si lo recibiste
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 12:11 am

si, perfecto...gracias...

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 2:00 am

gracias por el maraton loree

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 8:34 am

Gracias Loo!

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 11:19 am

gracias Loo!!!! ya casi lo tenemos ^^

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 4:24 pm

Esperen y veran

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:04 pm

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Transcrito por Tibari



Paulatinamente fue recuperando la capacidad auditiva, aunque no del todo. Un zumbido sordo le llenaba la cabeza y no parecía querer desvanecerse.
Caxton sabía que la exposición reiterada al sonido producido por la detonación de las granadas de iluminación podía hacer que alguien se quedara sordo de forma definitiva y, de hecho, temía haberlo quedado en parte.
Sin embargo, oía el crujir de su ropa y eso tenía que ser una buena señal. Oyó disparos a lo lejos; se trataba de rifles de asalto. Algunos realizaban disparos aislados, otros gastaban munición inútilmente con fuego automático.
Se escondió detrás de un árbol y le hizo a Glauer un gesto para que se acercara.
—Algunos de los chicos siguen ahí fuera —dijo—. Deben de haber quedado atrapados y no han logrado llegar a los puntos de refugio.
—Debemos acudir en su ayuda —dijo Glauer. Su voz sonaba como si estuviera gritándole desde la cima de una montaña lejana, aunque estaba tan sólo a unos centímetros de ella—. Los van a masacrar.
Pero Caxton negó con la cabeza. Debía pensar como Arkeley y hacer lo que Arkeley habría hecho. Al viejo federal nunca se le habría ocurrido atravesar la oscuridad a ciegas con la vaga esperanza de rescatar a sus hombres; habría considerado que sus bajas eran asumibles. Para Arkeley, lo único que importaba era que los vampiros murieran.
Aunque Caxton no lograba conciliar aquella actitud con su propia conciencia, su mente racional estaba dispuesta a aceptarla por aquella vez.
—Debemos seguir el plan establecido —dijo, y miró a Glauer—. También usted debería haberlo seguido; no debería haberme esperado aquí, al descubierto. Él se encogió de hombros.
—Somos compañeros, ¿no? Uno no abandona a su compañero en medio de un tiroteo.
Caxton se rió y apartó la mirada hacia la carretera. Compañeros. El antiguo compañero de Glauer, Garrity, había muerto a manos de un vampiro.
En aquella ocasión Glauer se había negado a darle caza y había optado por quedarse con Garrity, a pesar de que éste ya estaba muerto.
En su día, Caxton había sido la compañera de Arkeley. O por lo menos eso creía ella. En realidad Arkeley sólo la había usado como cebo.
—Vamos —dijo Caxton, y se dirigió rápidamente hacia la carretera. Las farolas iluminaban el asfalto negro pero nada de lo que había más allá del margen de la carretera. Su luz hizo que se desacostumbrara a la oscuridad y, sin embargo, seguía escrutando las sombras, preparada para enfrentarse a cualquier tipo de amenaza.
No obstante, fue Glauer quien atisbo el peligro que se acercaba.
—Algo se ha movido —dijo. Con la mano extendida señalo un cañón situado junto a la carretera. La luz de las farolas se reflejaba la llanta de una de sus ruedas—. Allí —insistió, mucho más alto.
Un vampiro salió de detrás del cañón y cruzó el asfalto a toda velocidad. Durante un segundo a Caxton le pareció que veía sus ojos rojos. Levantó el rifle y disparó tres balas, aunque sabía que no iba a darle al vampiro. Sólo pretendía contenerle.
—¡Corre! —le gritó a Glauer y empezó a cruzar la carretera, moviendo las rodillas a mil por hora.
El centro para turistas, el siguiente refugio del plan, era el enorme edificio de una planta que tenían enfrente. Era un cubículo de ladrillo amarillo con numerosas puertas, mucho más difícil de defender que el Cyclorama. Caxton se dirigió hacia la entrada principal, compuesta por varias puertas de cristal, y entró con Glauer pisándole los talones. Detrás de las puertas había un estrecho vestíbulo que daba paso al punto de acceso principal del edificio. Caxton se agachó y miró a través de las puertas de cristal, intentado ver al vampiro al que acababa de disparar. Durante unos segundos aterradores, intentó no moverse, ni siquiera respirar.
Al parecer el vampiro era demasiado listo para realizar un a taque frontal. Aunque también era posible que estuviera persiguiendo a otra persona.
—Bueno, entremos —dijo finalmente.
Glauer tomó la delantera con el rifle colgado del brazo que no le habían herido. Abrió la puerta interior de una patada y entró corriendo, pero volvió a salir a toda prisa cuando unas balas atravesaron la oscuridad. El estruendo en el vestíbulo cerrado era como el redoble de unas campanas de hierro, y los destellos de los rifles cegaron a Caxton que, sin embargo, comprendió al instante lo que estaba sucediendo.
—¡No disparéis! —gritó al tiempo que agarraba a Glauer del cinturón y se lo llevaba lejos de la puerta—. ¡Somos de los vuestros!
Una cara asustada se asomó al otro lado de la puerta interior. Era uno de los soldados que Caxton había visto en el Cylorama Center. El que quería un poni.
—Mierda —exclamó éste mirando primero a Caxton y luego a Glauer. Entonces se mordió el labio inferior—. Creíamos que eran...
—Vampiros, ya —dijo Caxton, que se maldijo por haber estado a punto de dejar morir a Glauer—. Pues no, no lo somos. ¿Podemos entrar ahora?
El soldado se apartó y Caxton entró en el vestíbulo principal del centro para turistas, un espacio abarrotado de expositores y carteles. En la pared de la derecha estaba la taquilla y a mano izquierda, la tienda de suvenires, ahora con las luces apagadas. En el extremo opuesto de la sala, las salidas conducían a pasillos a oscuras, señalizados con carteles que anunciaban el inicio de las visitas guiadas y el «famoso» mapa electrónico.
Los soldados estaban sentados en el suelo, con las armas sobre las rodillas, y la observaban con miradas aterrorizadas. El soldado que les había disparado estaba apoyado en la taquilla, con los ojos perdidos en la oscuridad para no tener que mirarla a los ojos. Llevaba galones de cabo en el uniforme y una chapa en la que estaba grabado su nombre: «HOWELL.»
—Cuatro —dijo Caxton—. ¿Sois los únicos que habéis logrado salir?
—He estado intentando contactar con los demás por radio —dijo Howell—. Pero ni rastro.
Caxton soltó un suspiro incómodo. ¿Quedaban sólo cuatro? Era horrible. Abrumador. ¿Tan sólo cuatro? Aunque no sabía de qué se sorprendía, pensó. Había visto morir a los de más en el Cyclorama; había visto morir a la teniente Peters. El contingente de la Guardia Nacional estaba formado por hombres sumamente preparados, debidamente armados y organizados.
Arkeley le había dicho un millón de veces que no debía subestimar a los vampiros.
—¿Qué hay de los demás? —preguntó. Su plan pretendía que las diversas unidades de su ejército se mantuvieran tan juntas como fuera posible. Los soldados de la Guardia Nacional eran responsables del Cyclorama, mientras que los agentes de la brigada de bebidas alcohólicas tenían instrucciones de refugiarse en el centro para turistas y defenderlo mientras el resto de tropas se reagrupaba allí—. ¿Ha logrado establecer contacto con los agentes de la BBA?
El cabo Howell la miró fijamente y Caxton supo al instante que no le iba a gustar lo que éste iba a contarle.
—Los hemos encontrado —dijo y con la barbilla hizo un gesto hacia la tienda de suvenires.
Caxton se acercó a la tienda, pero no tardó en ver a qué se refería. En los pasillos llenos de libros y recuerdos, yacían un sinfín de cuerpos humanos —no sabía cuántos— esparcidos como si fueran juguetes rotos. Todos llevaban anoraks azul oscuro, algunos de ellos hechos trizas.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:18 pm

ahora voy...

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