Black and Blood


 
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 99 Ataudes (David Wellington)

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rossmary
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:19 pm

82

Mis ataúdes estaban camuflados como cajas de rifles y ocultos en un polvorín detrás de la línea de fuego. Pasé con ellos el resto del día, a pesar de que las armas de los confederados hacían temblar la tierra a mí alrededor, y aunque no hubo momento en que no temiera por mi vida. Notaba en el cráneo una opresión creciente, como si me hubieran colocado un aro metálico en la frente que se fuera estrechando poco a poco, deforma casi imperceptible. Cuando los disparos cesaron, me silbaban los oídos y tenía la sensación de que me iba a estallar la cabeza. Olía a pólvora quemada y el hedor a muerte hacia que los ojos me lloraran sin parar, aunque el humo era mucho más molesto.
Con la puesta del sol la batalla aplazó hasta el día siguiente. Los soldados empezaron a montar tiendas de campaña, machísimas. Mi vista no abarcaba hasta demasiado lejos a pesar de mi posición en lo alto de la montaña, pues la espesa humareda me embotaba los ojos. Sin embargo, la lona blanca de las tiendas destacaba sobre el color marrón del barro, y por primera vez tome conciencia de cuantos hombres me rodeaban. Pues en aquel campo de batalla había una ciudad entera y casi todos sus habitantes iban armados. No olvidaré jamás la visión de aquel mar de lona que parecía extenderse hasta el infinito.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:21 pm

83
—Debería habernos advertido —dio Howell. El odio le desfiguraba la cara—. Nunca nos dijo que fuera a ser así de horroroso.
Caxton se arrodilló y palpó el brazo de uno de los agentes de la BBA. Estaba frío y su mano tenía un tono completamente lívido. Lo puso bocarriba y se llevó una sorpresa: al hombre le faltaba la cabeza. Dio un paso hacia atrás, incapaz de ver nada que no fuera aquel cuello seccionado y sin sangre, y apenas oyó lo que Howell estaba diciendo.
—Tenemos que ahuecar —fue lo que dijo.
—¿Qué? —respondió Glauer.
El soldado lo miró con los ojos como platos.
—Ahuecar, piramos. ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Caxton le dirigió una mirada de odio que la sorprendió incluso a ella. Los agentes de la BBA habían sacrificado sus vidas para intentar detener a los vampiros ¿y aquel imbécil pretendía largarse y dejar el trabajo a medias? Era la clase de reacción que habría tenido Arkeley. «Es libre de marcharse cuando quiera, ahí está la puerta —pensó con un acceso de bilis—. A ver hasta dónde llega.» Pero logró no decir nada de eso.
—Sólo tenernos que resistir —respondió en cambio—. La Guardia Nacional va a mandar refuerzos.
— Por el amor de Dios, ¿cuántas veces habré oído eso? —Howell cogió la radio y presionó el botón de recepción: sólo se oyó un crujido de interferencias—. ¡Nadie acudirá a rescatamos!
Somos todo lo que queda de su grupo especial. ¿Aún no lo ha entendido? ¡Nos han destrozado!
—Hemos oído a otros en el exterior; tal vez sigan vivos.
—No por mucho tiempo —replicó Howell.
Caxton apretó los dientes y le clavó su peor mirada de poli.
—Muchos de mis hombres han muerto, sí —admitió—. Pero su sacrificio no ha sido en vano. Hemos matado a muchos vampiros. Aunque aún quedan bastantes...
—Ah, ¿sí? ¡No me joda! —gritó Howell.
Caxton iba a responder pero Glauer la cogió por el brazo y se llevó el dedo índice a los labios.
—¿A alguno de los dos se les ha ocurrido que los monstruo que hicieron esto pueden seguir por aquí? —dijo con un susurro, señalando hacia la tienda de suvenires.
Howell se calló al instante. Dirigió la mirada hacia los oscuros pasillos que se perdían en las profundidades del edificio y levantó el rifle en posición de disparo. Caxton vio cómo el puntero laser del extremo del rifle temblaba.
Se sacó su propia arma y apuntó. Casi esperaba que una horda de vampiros saliera de la oscuridad en aquel preciso instante. Al cabo de un largo y tenso momento, cuando vieron que no pasaba nada, Caxton levantó el cañón y apuntó hasta el techo.
Howell se volvió hacia ella. Estaba pálido y tenía los ojos muy abiertos. En aquella ocasión no se le ocurrió ningún comentario mordaz.
Ella quiso burlarse de él, pero se contuvo en el último momento. Estaba asustado, nada más; Caxton lo entendía perfectamente. El soldado, lo mismo que ella, sabía que Glauer podía estar en lo cierto. Debía controlarse y no perder la cabeza, lo mismo que Glauer.
—Bien visto —le dijo a Glauer en una voz apenas audible incluso para sí misma.
—¿Qué quiere que hagamos, agente? —preguntó otro de los soldados en voz baja. En su placa ponía «SADLER>. Se puso en pie lentamente, intentando no hacer ruido, y los demás lo imitaron.
Había dos pasillos: uno llevaba al punto de inicio de las visitas guiadas y el otro, al mapa electrónico. No había ningún motivo para elegir uno y no el otro. Y eso, pensó Caxton, significaba que eligiera el que eligiera podía tratarse del pasillo equivocado. Si conducía a sus efectivos a la oficina de visitas guiadas, un vampiro podía atacarlos por la espalda y acabar con ellos antes de que se dieran cuenta siquiera de que estaba allí. Eso asumiendo que aún quedara algún vampiro en el edificio, pues también era posible que hubieran devorado a los agentes y que se hubieran marchado ya.
Tenía que pensar.
—Tenemos que comprobar que el edificio es un lugar seguro. Vamos a dividirnos, tan sólo durante un momento. Howell, vaya con sus hombres por el pasillo de la izquierda; Glauer y yo cogeremos el de la derecha. Si establecen contacto, no esperen a que lleguemos: abran fuego de inmediato.
Miró a su compañero. Estaba pálido y respiraba con dificultad, pero todavía podía moverse y tenía el brazo derecho, el de disparar, intacto. Glauer se percató de cómo lo miraba e hizo un gesto tranquilizador con la cabeza.
—De acuerdo —dijo Howell, echando un vistazo a sus hombres—. Vamos, tíos; moved el culo.
Caxton se adentró en el pasillo débilmente iluminado que conducía al mapa electrónico; Glauer le pisaba los talones. Doblaron varias esquinas y pronto perdieron a los soldados de vista. Pasaron junto a varias vitrinas que exhibían artefactos hallados en el campo de batalla: cañones, rifles antiguos y una pared entera repleta de balas oxidadas y blanquecinas, además de botones de uniforme deslustrados y ennegrecidos. Sorteó otra esquina, levantó el arma y a punto estuvo de quedarse sin aliento. Sin embargo, antes de disparar se dio cuenta de qué era
lo que la había asustado tanto: un grupo de maniquíes vestidos con reproducciones de los uniformes azules y grises de la batalla. Los maniquíes tenían los rostros blancos como el yeso.
—Dios santo —dijo Glauer a sus espaldas—. No me vuelva a dar un susto así.
—Haré lo que pueda —le prometió Caxton.
Un poco más adelante, el pasillo se ensanchaba y desembocaba en una sala de espera. Había tornos, un podio donde se situaba el encargado de recoger los billetes y varias puertas dobles que daban a un auditorio. Una de las puertas se abrió hacia el interior delante de sus ojos, apenas uno o dos centímetros.
A Caxton se le heló la sangre. Se agachó en posición de disparo y extendió el brazo para bloquearle el paso a Glauer. Esperaba que las puertas se abrieran de golpe y que de ellas salieran decenas de vampiros en estampida, pero no sucedió nada.
Las puertas se quedaron ligeramente entreabiertas. Podría haber sido cualquier cosa. Tal vez la caldera que alimentaba la calefacción del edificio se había encendido de golpe y una ráfaga de aire caliente había abierto las puertas.
«Aunque es poco probable», pensó Caxton.
—Cúbrame —dijo Glauer, y se acercó hacia la puerta. Caxto permaneció agachada y con el arma a punto. El agente apoyó la espalda contra la pared, junto a la puerta, y echó un vistazo por la abertura—. No veo nada —dijo, y terminó de abrir la puerta usando el rifle.
Caxton pudo entrever parte de la sala que había al otro lado, un gran espacio lleno de hileras de butacas. Las puertas daban a la parte superior de un anfiteatro de planta cuadrad, podía haber cualquier cosa escondida a ras del suelo al acecho.
Se arrastró hacia la puerta y Glauer entró en la sala, barriendo el espacio de izquierda a derecha con el rifle.
—No hay moros en la costa —dijo. Entonces Caxton se levantó y entró también en la sala con el rifle en posición de disparó, por si a Glauer le había pasado algo por alto.
Recorrió con la vista los asientos tapizados de azul y la escalera que los atravesaban, tomó nota mentalmente de todas las salidas de emergencia y cerró la puerta a sus espaldas. El mapa electrónico estaba situado al fondo del anfiteatro. Se trataba de una enorme reproducción topográficamente correcta de la ciudad de Getttysburg y del campo de batalla del sur. Un operador podía encender una serie de luces que indicaba la posición de los diversos regimientos y batallones cada día de la batalla. Sin embargo, Caxton no lograba ver la mayor parte del mapa; estaba cubierto de ataúdes.
Muchísimos ataúdes. Algunos estaban rotos, pero la mayoría seguían intactos. Estaban amontonados sin orden ni concierto encima y alrededor del mapa. Había otros colocados entre las filas de asientos o apoyados en la escalera. No necesitaba contarlos para saber que había noventa y nueve en total.
Finalmente había encontrado los ataúdes, pero ya no servía de nada: era demasiado tarde.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:23 pm

84

Yo había salido a hacer la guerra y mientras tanto sucedieron muchas cosas a mis espaldas, en lo que otrora había sido mis aposentos. Mucho más tarde me di cuenta del error que había cometido al subestimar a mi nueva aliada. Posteriormente, logré reconstruir gran parte de lo sucedido. Lo que sigue está extraído del registro oficial del consejo de guerra especial del soldado Jack Beec Jack Beecham, transcrito a partir de sus propias palabras:

«Sucedió justo después de la medianoche, después de darle su ración nocturna de sangre.

«Realmente no tengo otra explicación para nuestra actitud, señor, más allá de que me pareció lo apropiado. El hombre que vino a buscarla tenía una herida en la cara y un aspecto enfermizo, pero pensamos que era un pobre diablo, un herido de guerra que habían destinado a tareas de intendencia porque no estaba en condiciones de luchar. A buen seguro, sabrá que algunos de los hombres que trabajan como cocineros están aquejados de heridas y dolencias peores. El tipo dijo que se llamaba Bill algo. Era un soldado yanqui y mencionó el nombre del coronel Pittenger, dijo que tenía órdenes suyas de recoger un ataúd y llevárselo para enterrarlo. Eso es lo único que sé. No, señor, no llevaba papeles, pero eso es algo bastante corriente en tiempos de guerra y a veces uno no puede considerar según qué sutilezas. Tenía un coche con una bandera negra, ya sabe, un coche fúnebre, y animales de tiro.
¡Si hubiera visto cómo se encabritaron los caballos cuando sacaron el ataúd, como si se encontraran en medio de un avispero! Como podrá imaginar, a todos nos alegró verle marcharse, pues eso significaba librarse de aquellos animales enloquecidos.
En aquel momento pareció lo correcto, le doy mi palabra. No sabía que la señorita Malvern iba dentro de aquel ataúd, pues en ese caso me habría opuesto con todas mis fuerza. Dijo que se la llevaba a su casa para enterrarla como Dios manda, pero no tengo ni idea de adónde fue en realidad.
Y Ahora, si así lo estima, recibiré mi castigo.
Al soldado Beecham se le ordenó cabalgar por todo el campamento sentando de espaldas a lomos de un asno y llevando un capirote durante la inspección matinal.
Entonces fue azotado y se le retiró la paga semanal. Tuvo suerte de que yo me encontrara tan
Lejos, pues yo le habría impuesto un castigo mucho más severo. A lo mejor le habría presentando a mis nuevos amigos.




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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:29 pm

Capitulo 85
Glauer bajó la escalera hacia donde estaba el mapa. Mientras tanto, Caxton rodeó la parte superior del anfiteatro al tiempo que comprobaba una por una las salidas de emergencia. Probó la primera y al ver que estaba cerrada, fue hacia la siguiente. Sin embargo, sabía que se trataba de una tarea peligrosa. Para intentar abrir las puertas debía bajar el arma y eso la dejaba en una situación vulnerable. Debía hacerlo tal como le habían enseñado. En otras palabras, necesitaba ayuda; Glauer debía cubrirla mientras ella iba abriendo las puertas.
—Glauer, intentemos no separarnos. ¿vale? —le gritó. El corpulento policía había bajado hasta el mapa y se había detenido entre varios ataúdes. Caxton estaba segura de que estaban, vacíos, no le quería allí abajo—. ¿Glauer?
Dio la impresión de que ni siquiera la había oído. Apuntaba con el rifle hacia el suelo, pero tenía la vista orientada hacia arriba, hacia una cabina de cristal que quedaba sobre su cabeza, donde debía de sentarse el operador del mapa.
Tenía la boca entreabierta, como si se le hubiera aflojado la mandíbula. Sus enormes brazos colgaban inertes a los lados.
—¡Glauer! —le gritó, pero el agente ni se inmutó.
-Mierda, joder-, pensó Caxton en el preciso instante en que Glauer levantó el rifle y colocó la mano del brazo herido en el escudo térmico. Reconoció aquella mirada al instante, pues ella misma la había adoptado en varias ocasiones. Debía de un vampiro en la cabina. Glauer había establecido contacto visual con él y éste lo había hipnotizado. Caxton se precipitó hacia él, convencida de que iba a ser capaz de romper el hechizo.
Entonces se dio cuenta de que la estaba apuntando a ella. No obstante. Glauer seguía mirando hacia el techo, como paralizado ante una aparición religiosa. Probablemente no sabía siquiera lo que estaban haciendo sus manos. Caxton vio cómo metía el dedo dentro del guardamonte y apenas le dio tiempo de tirarse al suelo antes de que el rifle soltara una ráfaga de disparos contra la pared que quedaba a sus espaldas.
—¿Agente? —lo oyó llamarla con voz vaga y llorosa—. ¿Dónde está? Es que no... no la veo.
Caxton se arrastró sobre los codos y las rodillas, protegida por la hilera de butacas que los separaba. El policía disparó otra ráfaga que perforó la tapicería e impregnó el aire de virutas de espuma amarilla.
Caxton no tenía ni idea de qué iba a hacer. Glauer la tenía inmovilizada. Si se levantaba, él le dispararía. Si avanzaba o retrocedía, terminaría en uno de los tramos de escalera que conducían al mapa. A un lado había dos puertas, la salida de incendios que acababa de intentar abrir y la que tenía intención de probar a continuación, una incógnita absoluta. Tal vez estuviera abierta, aunque también era posible que al otro lado hubiera cincuenta vampiros esperándola. En cualquier caso, poco importaba, pues para llegar hasta ella iba a tener que esquivar las balas de Glauer.
—Agente... ¿ha dicho… algo? —preguntó el policía. Su voz sonó diferente y Caxton se dio cuenta de que se estaba moviendo. Se acercaba hacia ella, estaba subiendo por la escalera.
No podía moverse, pero sabía que si permanecía quieta él iba a encontrarla y la mataría allí mismo. Su única opción era intentar abrir la puerta misteriosa. Glauer iba a tener todo el tiempo del mundo para dispararle entre tanto, pero no le que daba otra salida.
Mentira, aún tenía otra opción: podía dispararle a él primero. Probablemente Arkeley habría hecho precisamente eso, pero ella no sabía si tenía la sangre fría necesaria.
Así, esperó a que descargara otra ráfaga, en esta ocasión tan sólo dos balas, una de las cuales hizo saltar esquirlas de yeso de la pared, justo encima de su cabeza, y después se levantó y salió corriendo hacia la puerta tan rápido como pudo.
Volvió la cabeza un momento, sin dejar de correr, y lo vio a unos dos metros de distancia, con el cañón del rifle apuntándole directamente. Sus ojos, en cambio, seguían fijos en la cabina. Se abalanzó con la cadera por delante contra la puerta con la esperanza de poder presionar la barra de emergencia y cruzar el umbral con un solo gesto. Había un problema: no había ninguna barra.
La puerta era más estrecha que las primeras salidas de emergencia que había visto y estaba pintada del mismo color que las paredes. A la altura de los ojos, había un cartel que ponía:
PASO RESTRINGIDO AL PERSONAL DEL MAPA ELECTRONICO GRACIAS.
En lugar de una barra, la puerta tenía un pomo de latón. Caxton lo cogió con la mano e intentó hacerlo girar, pero la puerta estaba cerrada.
Era consciente de que en cualquier momento Glauer le dispararía por la espalda. Desenfundó la Beretta con la intención de apuntar al policía, pero su brazo no fue capaz de concluir la acción.
Glauer dio un paso más y apretó el gatillo. El rifle de asalto hizo un clic, pero no quedaban más balas en la recámara; había gastado el cargador. Iba a tardar unos pocos segundos en recargar, segundos en los cuales Caxton aún podía dispararle. Levantó la pistola. Si lo hería en los brazos, impediría que pudiera disparar. Por otro lado, Glauer había perdido ya mucha sangre por lo que no había forma de saber si una nueva herida iba a sumirlo en un estado de shock o incluso a causarle la muerte. Y, sin embargo, era o ella o él…
Las manos de Glauer manoseaban el rifle y movían la palanca de modo de disparo hacia delante y hacia atrás, en vano. Sujetó el arma por el escudo térmico y miró por el cañón.
¿Qué coño estaba haciendo? De pronto, Caxton lo comprendió. Glauer habría sido capaz de hacer saltar el cargador vacío y colocar uno nuevo incluso con los ojos vendados. Pero no era el policía quien controlaba su propio cuerpo, sino el vampiro invisible: un vampiro que habría sabido cargar un rifle con mosque, o incluso un rifle Sharps de retrocarga, pero desde luego no un Colt AR6520.
—¿Caxton? —preguntó—. ¿Me ha... me ha dejado aquí a solas?
Caxton decidió ignorarlo y embistió contra la puerta con la cadera y el hombro. Si lograba cruzar la puerta podría subir a la cabina de control y llegar hasta el vampiro que había hipnotizado a Glauer. Podría matar al vampiro y romper el hechizo.
A sus espaldas, el policía local dio otro paso más hacia ella. A continuación tiró el rifle, que rebotó contra el suelo, se llevó la mano al cinturón, se sacó la porra extensible y la desplegó por completo.
—¿Laura? —la llamó.
La puerta se negaba a abrirse por mucho que la embistiera. Cuando Glauer levantó la porra para golpearla, Caxton pensó que parecía un oso.
— A la mierda todo —dijo y le pegó una patada en el pecho. Al Policía se le cortó la respiración y cayó al suelo como un saco de patatas.
Caxton se volvió hacia la puerta.., y entonces fue cuando se apagaron las luces.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:30 pm

Capitulo 86

El general Hancock, que era mi superior y también el de mis hombres, vino a verme cuando la hora más oscura de la batalla daba paso a la oscuridad de la noche. Yo me había procurado una tienda bastante espaciosa, donde los ataúdes reposaban sobre caballetes. En el interior resonaba ya la agitación de mis hombres, preparados para su bautismo de fuego.
¡Por judas Iscariote!, maldijo el general. Era un tipo joven, de apenas cuarenta años, con una espesa barba cerrada, aunque llevaba las mejillas afeitadas. Saludó a Griest con el sombrero y entonces retrocedió un paso. ¿Podía alguien culparle? La primera vez que uno ve a un vampiro es siempre difícil. Uno no espera ni la prominente dentadura, ni los ojos enrojecidos; percibe de inmediato esa sospechosa frialdad que eriza la piel. Me acerqué a él para tranquilizarlo.
El secretario Stanton le manda sus más calurosos saludos, señor le dije ¿Qué tal va la batalla?
A Hancock se le iluminaron los ojos.
Aún no hemos perdido y Lee está en el campo de batalla, de modo que contaré este día como una victoria. He venido a decirle que se mantenga al margen de la batalla esta noche.
A Griest le cambió el semblante. Me di cuenta de que deseaba hablar, pero aunque ya no fuera humano, seguía siendo un soldado raso.
Así pues, fui yo quien habló por él.
Los hombres están listos para luchar, señor. Y todos ellos han hecho un gran sacrificio para estar aquí.
Lo sé perfectamente, sin embargo, no puedo soltarlo con gran sorpresa, por lo que no puedo jugar esa carta demasiado pronto. Manténgase al margen, pero estén preparados.
Pareció aliviado de poder marcharse por fin.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 5:33 pm

Listo la proxima.....

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 6:14 pm

Gracias Ross!!

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 6:22 pm

jajaja ok..eres tú?

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 6:28 pm

Como que si soy yo??

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Nov 10, 2010 9:25 pm

los cuelgo mañana
si no estoy mal voy yo

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Nov 12, 2010 5:33 am

Gracias por los capítulos chicas
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Nov 12, 2010 9:23 pm

si, creo que este se termina antes del nuevo año.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Nov 13, 2010 5:21 am

Capítulo 87


Estaba oscuro, oscurísimo. No se veía ni una sola luz, ni siquiera el brillo de las estrellas. El auditorio del mapa electrónico no tenía ventanas y la luz no penetraba ni siquiera a través de las salidas de emergencia.
Estaba atrapada en la oscuridad con un vampiro y su compañero, que estaba hipnotizado y quería matarla.
Caxton retrocedió unos pasos. Estaba ciega y aterrorizada. Logró ahogar un grito y metió la mano en el bolsillo, donde llevaba la linterna. Sostuvo la Beretta en alto, aunque sin luz no tenía a qué dispararle.
La puerta en la que se había estado apoyando hasta hacía un momento se abrió de repente y algo frío e inhumano pasó volando junto a ella y se perdió en la oscuridad. El vampiro había abandonado la cabina.
Glauer seguía en el suelo, pensó Caxton. Era una presa fácil. El vampiro habría tenido que romper el trance hipnótico del policía local al bajar, pero lo más probable era que Glauer siguiera aturdido y fuera incapaz de defenderse.
En fin, tampoco podía ayudarlo si no veía nada, y menos aún si estaba muerta. Encontró la linterna y la encendió antes incluso de sacársela del bolsillo. El haz de luz tembló y Caxton se dio cuenta de lo asustada que estaba. Hizo un esfuerzo supremo para contenerse y dirigió la linterna hacia el mapa electrónico. La débil luz revelaba apenas la presencia de los ataúdes y poco más. Caxton enfocó a sus pies y movió el haz hacia donde había dejado a Glauer. No le importaba revelar la posición del policía, ni la propia. Sabía que el vampiro veía su sangre brillar en la oscuridad, una maraña de arterias y venas rojas que latían cada vez más rápidamente.
El vampiro se rió de ella, un sonido animal como el que haría una hiena, un rugido frío y violento. Caxton se estremeció y le tembló todo el cuerpo, pero se dijo que debía seguir buscando a Glauer.
Encontró la porra extensible abandonada en el suelo, pero no había señal del policía. Pensó en llamarlo por su nombre, pero no le salió la voz.
Aquello era demasiado. Le habían disparado, la habían zarandeado, incluso la habían mordido. Estaba trabajando sin haber dormido y casi sin haber comido. Encima había vampiros por todas partes, vampiros que ya habían matado a la mayor parte de su ejército. Y ahora, para colmo, iban a por ella.
Por fin logró emitir un sonido. Sonó como un gemido.
«Ya basta —se dijo—. Eres una agente de la policía estatal de Pensilvania y has matado a más vampiros que este capullo a seres humanos.»
Se obligó a detener el temblor de sus manos. El pecho le subía y le bajaba incontrolablemente a medida que introducía más y más oxígeno en sus pulmones. Podía empezar a hiperventilar en cualquier momento. Se dijo que también iba a ser capaz de controlar aquello, pero primero necesitaba que le dejasen de temblar las manos. El haz de la linterna se estabilizó y barrió lentamente los respaldos metálicos de las butacas. Debía localizar al vampiro.
Iba armada hasta los dientes; sin embargo, dudaba que el vampiro fuera a asustarse por eso. Además, éste jugaba con clara ventaja debido a la oscuridad reinante. De hecho, podría haberla matado ya varias veces. Si aún no la había atacado significaba que estaba jugando con ella; estaba jugando con la comida. Los vampiros eran así, unos verdaderos capullos. Se concentró en el hecho de seguir con vida. Eso estaba bien y le sería muy útil. Significaba que todavía tenía posibilidades de salvar el pellejo. Ya se preocuparía por Glauer más tarde.
Su linterna iluminó otra hilera de butacas y de pronto se topó con un rostro lívido. Vio dos ojos rojos entrecerrados y una boca llena de dientes, y soltó un grito de miedo.
El vampiro evitó del haz de luz de un salto en el preciso instante en el que Caxton levantaba la pistola para dispararle. Se movía con una elegancia estremecedora, sus extremidades se contraían y se extendían como unos resortes ajustados a la perfección. Lo oyó aterrizar con un sonido sordo en algún lugar a su izquierda. Caxton se revolvió e intentó seguirlo con la linterna, pero lo había perdido.
Entonces lo oyó reírse de nuevo, mucho más cerca que antes. Caxton intentó recordar desesperadamente lo que le habían enseñado. Debía tratar de controlar la situación. Eso era algo que le habían enseñado en la academia de la policía estatal, en casi todas las clases a las que había asistido. Uno no debía adentrarse en un callejón oscuro sin saber quién aguardaba en la oscuridad. Si alguien te disparaba, tu primera reacción no debía ser devolver los disparos, sino ponerte a cubierto.
Arkeley le había enseñado que a veces uno no debía seguir esas reglas cuando se enfrentaba a los vampiros, mas en aquella ocasión se inclinaba por seguir el procedimiento policial tradicional. Se apoyó de espaldas a la pared y empezó a desplazarse lentamente hacia la izquierda, hacia la puerta de la cabina de control. Si lograba colocar una barrera física entre ella y el vampiro, eso aumentaría considerablemente su esperanza de vida.
Levantó un pie y lo volvió a apoyar en el suelo. Repitió el movimiento con el otro pie, dio otro paso. Alargó el brazo derecho, con el que sostenía la pistola, y el cañón de la pistola avanzó sin encontrar resistencia. La puerta seguía abierta y eso... en fin, eso estaba muy bien. Se volvió ligeramente y empezó a cruzar el umbral.
De inmediato notó cómo unas manos frías se le posaban sobre los hombros y tiraban de ella hacia atrás. El vampiro la lanzó por los aires y Caxton soltó un alarido de terror. Salió volando a través de la oscuridad, por encima de varias hileras de butacas, mientras sus brazos y piernas se agitaban frenéticamente, intentando encontrar algo a lo que agarrarse.
Cayó de bruces contra un montón de ataúdes y dejó de gritar de golpe. El impacto la había dejado sin aliento, como si una mano gigantesca le hubiera soltado un puñetazo. El estómago le ardía de dolor y notaba las piernas hechas polvo.
Desesperada, presa del pánico, se colocó bocarriba y apuntó con la linterna hacia el lugar del que había salido, en la parte superior del anfiteatro. El vampiro seguía allí pero ya avanzaba hacia ella. Tenía los brazos en alto, como si fuera a abalanzarse sobre ella. Caxton levantó la mano derecha pero se dio cuenta de que estaba desarmada; debía de haber perdido la Beretta en la caída. Se cubrió la cara con el brazo en un gesto puramente instintivo, pues sabía que no iba a poder defenderse del ataque del vampiro con las manos vacías. Se resignó a esperar el momento en que el vampiro le caería encima y la mataría, y mientras esperaba tan sólo sentía miedo. Esperó... y esperó...
Entonces, de pronto, oyó un gruñido de sorpresa seguido de un sonido de cuero rasgado. El vampiro rugió, no obstante, pero seguía sin atacarla, Caxton seguía viva. Decidió arriesgarse y echar un vistazo rápido.
En la parte superior del anfiteatro, en el pasillo que quedaba detrás de la última hilera de butacas, el vampiro agitaba los brazos frenéticamente. De hecho, parecía como si le estuviera pidiendo que fuera a ayudarlo.
Tenía el pecho desgarrado. La piel le colgaba en jirones sobre las costillas desnudas, sobre las que brillaba la sangre coagulada. La linterna le iluminó el pecho y Caxton vio, sin comprender, que le habían arrancado el corazón.
El vampiro se derrumbó con un maullido que le pareció casi lastimero.
Sin embargo, no había rastro de la persona, o la cosa, que había acabado con él.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Nov 13, 2010 5:21 am

Capítulo 88


He cambiado tanto. Incluso al sostener esta pluma tengo la sensación de estar haciendo algo que no me corresponde. Una pluma es un instrumento de vivos y yo ya he dejado esas cosas atrás. Esta noche debemos mantener nuestras posiciones, si bien se trata de un descanso inoportuno y no deseado. Mañana nos soltarán. Ahora reina la calma, aunque dicen que la batalla ha durado todo el día. Yo estaba durmiendo y no he oído nada, pero ahora percibo el olor a humo.
Mi corazón anhela penetrar en la noche y luchar, servir de nuevo. Ahora dispongo de nuevos poderes, tanto sobre mi cuerpo, que puede andar de nuevo (¡nunca pensé que fuera posible!), como sobre mi mente. Y veo cosas inauditas. Veo fantasmas, Bill, están por todas partes, aunque no me dan miedo. Lo mismo que yo, han dejado atrás el valle de lágrimas y ahora somos camaradas...
Otro poder que ahora poseo es el de despertar a los muertos; tal como te despertaron a ti. Pero no lo utilizaré, aun en el caso de que me lo ordenen... No soportaría ver sus rostros demacrados y sus cuerpos corrompidos, como estaba el tuyo.
Más allá de eso, prometo no tener clemencia con cualquier hombre que pueda encontrar.
Mañana debe correr la sangre. No sabía antes que mis sueños iban a estar llenos de sangre, sangre a raudales, y de su sabor.
Carta (no enviada) de Alva Griest

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Nov 14, 2010 7:09 am

89




Transcripto por Bautiston


Había terminado. De momento. Caxton volvía a estar sola y seguía viva. Estaba tendida encima de un montón de maderos rotos que hacía un momento eran los ataúdes de varios vampiros.

No tenía forma de saber si Glauer seguía en la sala o no. Iluminó con la linterna los rincones del anfiteatro, buscando algún rastro de él, pero no encontró nada.

Se quedó un momento tendida; estaba incómoda pero no le apetecía moverse. Su cuerpo protestaba cada vez que movía una extremidad o que parpadeaba demasiado rápido. Tal vez estaba muriéndose, se dijo. El impacto con los ataúdes había sido doloroso, espantosamente doloroso, y sabía que debía de haber sufrido lesiones internas. A lo mejor se había perforado un pulmón o tenía una hemorragia cerebral que se desataría en cuanto se sentara.

«Estás bien», pensó. Eso era lo que Arkeley habría dicho; ni siquiera se hubiera dignado echarle un vistazo. En el mundo de Arkeley, si eras capaz de levantarte, también eras capaz de seguir luchando. Y salvo que sufrieras una hemorragia en una arteria principal o una fractura de fémur, tenías que ser capaz de levantarte.

Se incorporó lentamente, decidida a concederse unos segundos más alejada del espectro de una muerte inmediata. Se sacudió el polvo y las astillas de las mangas de la chaqueta, y se apoyó en las manos y las rodillas antes de ponerse de pie. Le dolía todo, pero no se había roto nada, ni siquiera se había hecho un esguince. Su cansancio superaba todos los límites humanos, pero la adrenalina iba a mantenerla activa por lo menos un rato más.

Estaba sola, a oscuras y rodeada de enemigos... Sin embargo, todo eso era demasiado abstracto en comparación con el dolor y las molestias; no valía la pena siquiera pensar en ello.

Barrió el suelo con la linterna y encontró su Beretta. Parecía intacta. Echó un vistazo al cargador y comprobó que quedaban cuatro balas. Llevaba un cargador extra en el bolsillo de la chaqueta y tenía el rifle de asalto junto a ella, en el suelo. Éste tenía seis balas en el cargador, seis enormes balas del calibre 50 BMG capaces de atravesar un motor. Esas seis balas eran las únicas que le quedaban para aquel arma.

Al empezar la noche tenía dos granadas de iluminación, pero ya las había utilizado. Le quedaba aún una lata de spray de pimienta de cien gramos, modelo policial, pero nunca había probado a utilizarlo contra un vampiro y no tenía ni idea de si tendría efecto alguno. Ni siquiera sabía si le haría cosquillas.

No tenía ni idea de hacia dónde debía ir.

Entonces obtuvo la respuesta a su pregunta, aunque sabía perfectamente que era muy arriesgado hacerle caso. El letrero rojo encima de una de las puertas se iluminó de repente. Éste rezaba «EXIT» y letras parpadeantes la deslumbraron al mirarlas.

No era la primera vez que se enfrentaba a los jueguecitos de los vampiros. Sabía que la única decisión sensata era parapetarse en la cabina de control y esperar a que se hiciera de día, pero también sabía que aquélla no era una opción válida mientras aún tuviera trabajo pendiente.

Se encaminó hacia la puerta del letrero rojo y echó un último vistazo al auditorio. En cuanto sus ojos se hubieron ajustado a su brillo demoníaco, Caxton se percató de que el resplandor rojo iluminaba toda la sala. No veía a Glauer por ninguna parte: ni en las butacas, ni sobre el mapa electrónico, ni tampoco oculto entre las sombras. Lo llamó por su nombre varias veces pero no obtuvo respuesta. Se volvió hacia la salida y puso la mano encima de la barra de apertura.

El pasillo que se abría al otro lado estaba a oscuras, si bien había una luz al final. Caxton avanzó lentamente, intentando no hacer demasiado ruido. Sabía que podía encontrarse con cualquier cosa, lo que fuera. Al acercarse un poco más, se dio cuenta de que la luz que veía era otra señal de salida. Se dirigió hacia ella, tratando de no precipitarse, y levantó el rifle de asalto por si acaso.

El cartel no se apagó y tampoco se encendió ninguna otra luz. El brillo de aquella luz bañaba el pasillo de un albor rosado que no lograba disipar las sombras de los rincones.

Alguien dirigía sus pasos, probablemente hacia una trampa. Y ese alguien no iba a permitirle que se desviase a ningún otro lado.

La oscuridad del pasillo dio paso poco a poco a una luz pálida. Escrutó la penumbra con los ojos entrecerrados y vio una luz de emergencia normal y corriente en lo alto de la pared. Tenía dos reflectores que iluminaban un rincón. Junto a ésta había un cartel con una flecha que apuntaba hacia la zona donde empezaban las visitas guiadas.

Era el lugar al que había mandado a Howell y sus soldados. Caxton soltó un suspiro y se preguntó si podría reunirse con ellos, reagruparse y, por lo menos, no tener que andar a solas.

Tenía una corazonada desoladora de que la respuesta seria que no.

Avanzando con cautela, con el rifle en alto, dobló la esquina y se halló en un pasillo corto que terminaba en otra puerta cerrada. No había ningún cartel encima, sólo pintura descascarillada. Varias generaciones de turistas habían ido desgastando la pintura de la barra de apertura hasta dejar a la vista el metal. La puerta tenía una estrecha ventanilla rectangular con alambres en el interior del cristal. Miró por ella, pero sólo logró distinguir sombras.

Se infundió coraje, empujó la puerta y ésta se abrió. Notó una brisa impregnada de un olor repugnante que no se tomó la molestia de tratar de identificar. Cruzó el umbral y entró en la habitación, una especie de sala de espera llena de sillas y con un mostrador de recepción.

Encima de la alfombra, colocados uno junto a otro, yacían Howell y sus soldados. Era evidente que los habían arrastrado hasta allí y, tal vez, los habían dispuesto de aquella forma tan sólo para que la agente los encontrara. Sus miradas vacías estaban fijas en el techo. A uno de ellos, Caxton recordó que se llamaba Sadler, le faltaban los brazos. Las heridas de los hombros eran pálidas y no había en ellas ni una gota de sangre.

Howell tenía cortes en la cara, cuatro estrechos rasguños que a Caxton le parecían arañazos. Los bordes de los cortes eran translúcidos y permitían entrever el músculo rosado que había debajo. Ni rastro de sangre.

Los otros dos no presentaban ninguna señal de heridas violentas. Los cuatro llevaban aún el traje de campaña, casco incluido. En cambio, no tenían ni los rifles de asalto ni ninguna otra arma de fuego.

De la cincha de combate de Howell colgaba una granada solitaria. Caxton la cogió con cuidado y la estudió; era verde y cilíndrica, y tenía los orificios en la parte superior y no en los laterales. No era una granada de iluminación ni tampoco de fragmentación. Debía formar parte del equipamiento reglamentario de un soldado, se dijo. Estudió el código troquelado en el lateral, MI8 GREEN, y se dio cuenta de que en realidad se trata¬ba de una granada de humo. Si tiraba de la anilla, se liberarían miles de metros cúbicos de humo que no tendrían absolutamente ningún efecto sobre el vampiro al que se la arrojara. Aun así, se la metió en el bolsillo, pues le habían ensenado que nunca se deben dejar armas en la escena de un crimen. Procedimiento policial habitual.

Se levantó y, sin embargo, era incapaz de dejar de mirar a los cuatro hombres. Eran más jóvenes que ella, pero ya no envejecerían. Habían servido a su país con anterioridad, en Irak. Después habían regresado a casa y, al cabo de menos de un año, los habían mandado de nuevo a otra misión peligrosa. En esta ocasión, no habían sobrevivido. Se dijo a sí misma que eran soldados y que, lo mismo que ella, habían jurado proteger el estado de Pensilvania. Se lo repitió dos o tres veces, pero ni siquiera eso tuvo el efecto esperado.

Debía seguir adelante. Sabía que si se detenía, si se paraba a pensar en cómo habían muerto los soldados, o dónde estaba Glauer, o cuántos hombres seguirían vivos, se desmoronaría y perdería toda su determinación. Así pues, echó un último vistazo a los cadáveres de los soldados y dio media vuelta.

Detrás del mostrador de recepción encontró una oficina, un espacio minúsculo y abarrotado de archivadores. En el extremo opuesto había una puerta que daba al exterior y a la oscuridad. Ya iba siendo hora de salir del centro para turistas, se dijo. El cansancio estaba apoderándose de ella de nuevo y sabía que se le estaban acabando las energías. Fuera, notó el aire frío en el rostro; eso, por lo menos, la mantendría despierta y alerta.

Al otro lado de la salida había un aparcamiento y más lejos un seto. Había estudiado varios mapas de Gettysburg y sabía que detrás de esos árboles había una gasolinera y una calle llena de tiendas horteras para turistas: tiendas de camisetas, estudios de fotografías turísticas y restaurantes temáticos baratos. Su siguiente refugio, en cambio, era una vieja taberna con posada de más de doscientos años situada al noreste. Estaba algo lejos, especialmente teniendo en cuanta que los vampiros le estaban pisando los talones. Sin embargo, debía seguir el plan establecido. Si tenía alguna posibilidad de reunirse con las otras unidades, sería ciñéndose tanto como fuera posible a sus propias instrucciones.

Con el rifle de asalto en los brazos, preparada para adoptar una posición de disparo ante la menor amenaza, echó a correr hacia los árboles y cruzó la explanada de hormigón que había frente a la gasolinera. Allí no tenía dónde resguardarse. Nada salió a su encuentro, ningún ser lívido se abalanzó sobre ella a toda velocidad y, de todas maneras, tenía la sensación de que alguien la observaba. Un fuerte viento se había llevado gran parte de las nubes, y aquel cielo tan estrellado la hizo sentirse vulnerable. Tuvo que convencerse de que en realidad aquello era una ventaja. Los vampiros no necesitaban la luz, pues eran capaces de ver en la oscuridad más absoluta, de modo que las estrellas estaban de su lado.

No obstante, cada segundo al descubierto, cada momento que pasaba sin una pared a sus espaldas, se asustaba un poco más. Abrió las puertas de la tiendecita de la gasolinera abandonada y se escondió detrás del mostrador para recuperar el aliento. Allí reinaba el silencio, un silencio casi absoluto. No se oía más que el zumbido de los congeladores que flanqueaban el mostrador; tenían las luces apagadas pero el contenido seguía conservándose a temperaturas bajo cero. En la oscuridad, dejó que aquel zumbido calmara sus nervios.

Conectó la radio y llamó a todos aquellos que siguieran conectados al canal principal. Presionó el botón de recepción y esperó, pero tan sólo se oyeron interferencias, electrones silbando en la nada, mudos y sin sentido. Sus soldados tenían órdenes de responder a las comunicaciones de radio siempre que les fuera posible. O bien estaban atrapados en lugares donde habría sido peligroso emitir algún sonido... o bien estaban todos muertos.

Le parecía imposible haberse quedado sola. Al empezar la noche tenía a un montón de soldados bajo su mando. Era imposible que estuvieran todos muertos. ¿No?

—Helicóptero uno, Helicóptero dos, adelante —dijo por el micrófono y esperó la respuesta de los pilotos. No obtuvo ninguna.

Allí pasaba algo raro. Los vampiros no podían volar; ése era uno de los poderes que no poseían. Era imposible que hubieran derribado los helicópteros.

—Helicóptero tres, adelante —dijo una vez más, esta vez más fuerte, y subió el volumen, por si las interferencias estaban bloqueando su señal.

La radio emitió el mismo sonido estático de antes, más fuerte pero igualmente carente de sentido.

Salió de la gasolinera a gachas, moviéndose a toda velocidad. Llevaba el rifle en las manos, estaba preparada para disparar contra la primera sombra que se moviera. En realidad era una forma estúpida de cruzar un espacio abierto: tenía muchas más probabilidades de dispararle al vacío, o incluso a un ser humano, que a un vampiro. Pero era la única forma de evitar que el miedo se apoderara de ella, de modo que decidió no pensar más en eso.

Frente a ella tenía el cruce de la carretera de Taneytown con la avenida Steinwehr, una intersección ancha y despejada con una visibilidad impresionante. La atravesó corriendo y dejó en el césped unas huellas oscuras que habría podido seguir cualquiera. Entonces vio los edificios antiguos de Gettysburg, incluido el más antiguo de todos, la Dobbin House Tavern; su siguiente parada.

Un letrero junto a la entraba informaba de que la taberna llevaba allí desde 1776, mucho antes de la batalla. Se trataba de un extenso complejo de edificios que había ido creciendo con los años, con varios aparcamientos rodeados de árboles. El edificio principal tenía unos muros de aspecto defensivo con decenas de ventanas con postigos blancos. Del rejado de pizarra salían varias chimeneas de ladrillo rojo y toda la estructura es taba rodeada por una valla de color blanco que desembocaba en una ancha puerta roja como una diana, hacia la que Caxton se dirigió rápidamente, convencida de que lo más conveniente era entrar en el edificio cuanto antes mejor, y aliviada por haber dejado atrás el cruce.


Fin del capitulo.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Nov 14, 2010 7:11 am

Capitulo 90


Transcripto por Bautiston




El 3 de julio amaneció y el sonido de las pistolas resurgió de re­pente, precipitando la muerte sobre nosotros del mismo modo que nosotros precipitábamos la destrucción sobre ellos. Mis hom­bres durmieron en sus ataúdes durante toda la batalla de Devil's Den, en la que los soldados tropezaban con los cuerpos de sus compatriotas y no lograban avanzar. Yo lo vi todo y ter­mine envidiando su ignorancia. Durante todo el día no logre sacarme de encima la desquiciante sensación de tener la cabeza atrapada en un torno. Me queje al medico, pero este ten/a tan poco tiempo para mis dolores y achaques que ni siquiera se dignó a contestarme. Luego me dijeron que todos los hombres sentían lo mismo; conocían bien esa sensación, algunos creían que era por el ruido, que las explosiones de los morteros a nuestro alre­dedor bastaban para provocar daño físico. Otros aseguraban que era por la falta de sueño.

Un hombre, un voluntario de Kentucky, me propuso que rezara con el. «Esa sensación que tienes es Dios que te habla y te dice que hagas lo que debes, pues no te queda mucho tiempo para compensar tus malos actos.»

Dejare que sean otros quienes describan lo que sucedió aquel tercer día de batalla, que enumeren los regimientos que lucha­ron con tanto valor _y alaben a los generales que, finalmente, burlaron al gran Lee. Yo sólo podía contemplar cómo las hordas sureñas nos embestían en oleadas, una y otra vez, y cómo nosotros repelíamos sus ataques con mosquetes o incluso con simples bayonetas. Mi cerebro no era capaz de procesar el horror genera­lizado, la atroz falta de vida, el ruido, el humo. ¡Tanto, tantí­simo humo! En mi memoria, ese lugar ha quedado reducido a cenizas. Aún hoy noto las mejillas y la nariz manchadas de blanco y todo lo que respiro es humo. ¡Aún siento el olor!




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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Nov 14, 2010 7:18 am

Gracias Shuk y Bauti!!

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Nov 14, 2010 9:47 am

Gracias chicas por los capítulos
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Dom Nov 14, 2010 6:00 pm

Gracias por los capítulos
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Nov 15, 2010 4:58 pm

adelante chicas...

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Nov 27, 2010 12:27 pm

Gracias chicas por los capítulos
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Nov 27, 2010 3:37 pm

chicas a quien le toca??

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Nov 29, 2010 9:39 pm

dios seguro ami, por que capitulo vamos...????

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Nov 29, 2010 9:46 pm

nop. ufff...me toca el 99 final...esperemos que gemma revise, no se quien tiene el listado?

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 1:44 pm

Transcrito por Annabel Lee


91

Justo antes de llegar a la puerta, Caxton notó cómo se le eriza¬ba el pelo de la nuca y se detuvo de golpe, como un conejo pa¬ralizado por el miedo.
Alguien, algo, un ser antinatural, andaba cerca. Se las había visto con suficientes vampiros para conocer aquella sensación. Tenía que estar muy cerca, escondido tal vez en las sombras que la rodeaban, lo bastante cerca para golpearla si quería, pensó Caxton. Estaría esperando a que le diera a espalda y entonces la atacaría.
Levantó el rifle y dio media vuelta, apuntando a nada y a todo, preparada para abrir fuego al menor movimiento.
Entonces, aquel sentimiento antinatural desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.
Había tenido un vampiro cerca, estaba segura. La podría haber atacado, seguro que había querido hacerlo. Por algún motivo había cambiado de idea y la había dejado tranquila. Aquello no tenía ningún sentido.
Pero no tenía por qué tenerlo. Estaba bien así, se dijo, y si no era la última vez, mejor. Pensó en el vampiro que había muerto en el mapa electrónico: algo le había arrancado el cora¬zón. Algo la estaba... ¿protegiendo? Sin embargo, un vampiro nunca haría eso, para los vampiros la vida humana no posen ningún valor. Estaba convencida de que jamás se tomarían ninguna molestia para salvar a un ser humano, pero eso era precisamente lo que parecía que había sucedido. Aunque, por otro lado, tal vez no la estuvieran protegiendo. A lo mejor uno de los vampiros había decidido que era su presa personal. A lo mejor había matado al vampiro del mapa electrónico porque quería acabar con ella personalmente.
Una vez más, Caxton se dijo que no importaba. Seguía viva, el resto le daba lo mismo. Y quería seguir viva mucho tiempo.
—Bueno -dijo en un intento por centrarse un poco. Se dio la vuelta, retiró el pestillo de la puerta y penetró en la oscuridad. Cerró la puerta a sus espaldas y se obligó a recuperar el aliento. Se sentía como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Dentro de la taberna hacía mucho frío y Caxton no detectó señal de vida alguna. -Bueno -repitió.
Quería sentarse un momento. O mejor aún: dormir un poco. Pero no tenía tiempo de sentirse cansada. Nada había cambiado. No importaba cuántos vampiros iban tras ella, ni lo que querían: ella debía seguir su propio plan y reunirse de nue¬vo con el resto de su ejército de policías y soldados. Necesitaba más munición para sus armas. Y, sobre todo, necesitaba encon¬trar un lugar seguro, un lugar que pudiera defender, y mante¬nerlo durante tanto tiempo como le fuera posible. Por lo me¬nos, esperaba, hasta que llegaran los refuerzos de la Guardia Nacional.
Dentro de la taberna había una luz. Aquello era inesperado. Una vela solitaria ardía en una mesa del centro de la sala y su amarillenta luz parpadeante la deslumbraba. Se dio cuenta de que la estaban esperando.
A la luz de esa única vela, la habitación estaba llena de som¬bras temblorosas. Caxton decidió que aquello era peor que la oscuridad, de modo que sopló el pabilo y vio cómo la llama iba perdiendo brillo y por último se apagaba. No encendió la linter¬na de inmediato, primero quería que su visión se adaptara a la oscuridad. Así pues, se quedó contemplando las sombras y escuchando su propia respiración. Durante un momento no hubo más que eso.
Entonces, de pronto, oyó música.
Se trataba de un violín interpretando una alegre melodía. Era un sonido tan apropiado para una vieja taberna que por un momento se preguntó si no habría retrocedido en el tiempo. «Ojalá», pensó.
Se puso de pie. La música venía de arriba, de uno de los pi¬sos superiores del edificio. Oyó otro instrumento... ¿Era una flauta? ¿Una flauta dulce? No, era un pífano. Y por debajo, marcando un ritmo sencillo, se oía también un contrabajo.
Nada la obligaba a investigar el origen de aquella música. Si quería, y realmente quería y sabía que era ella quien pensa¬ba aquello, podía quedarse allí abajo hasta que llegara el alba. En la taberna estaría relativamente segura, por lo menos allí dependía de sí misma. Podía dispararle a cualquier cosa que intentara traspasar la puerta y mantener la espalda apoyada en una pared que ni siquiera los vampiros serían capaces de derribar.
Podía quedarse allí sentada, escuchando la música toda la noche. Si eso era lo que quería. Y la verdad era lo que quería.
Tan sólo había un problema: Arkeley habría querido que subiera a investigar. Sabía exactamente lo que el viejo federal habría hecho en aquella situación y, además, sabía que era lo apropiado.
A los vampiros les encantaban las tomaduras de pelo, era no sólo uno de sus pasatiempos favoritos, sino también una de sus pocas debilidades. Pero si te dejabas arrastrar de cabeza a una de sus trampas, si desafiabas la lógica obvia de sus trucos, a menudo lograbas pillarlos a contrapié.
Así pues, encendió la linterna, localizó la escalera y subió al piso superior.
La sala que había en lo alto de la escalera medía unos cinco metros por cinco, tenía el techo bajo y muchas ventanas. Por lo demás, no entendió nada de lo que estaba viendo. Lo que había en aquella sala no podía ser real.
Había varios hombres de uniforme azul, bien entallado y con botones de latón bruñido, apoyados en las paredes, sujetan¬do en las manos jarras de cerveza o vasos de ponche. Tenían el rostro encendido de salud y alegría. Varios de ellos tocaban los instrumentos que había oído y producían un ruido tan escanda¬loso como jovial. Junto a una de las paredes había una mesa llena de carne asada, pasteles y una enorme ponchera. Del techo colgaban unas banderitas doradas de tela en las que podía leer¬se la frase:

BIENVENIDO A CASA, ALVA «nuestro héroe ha regresado»

Habían despejado el suelo de la sala y había una gruesa al¬fombra enrollada y apoyada en un rincón. Sobre las tablas des¬nudas del suelo, dos soldados bailaban enérgicamente al son del violín. Tenían las caras brillantes por el sudor y el entusiasmo, y se reían al tiempo que daban vueltas y se empujaban.
Uno de ellos iba vestido con un andrajoso uniforme azul oscuro de algodón, tenía la cara destrozada y llena de sangre, y la piel le colgaba, hecha jirones. Sin embargo, y a juzgar por cómo se reía y aplaudía sin parar, eso no parecía importarle. Su compañero presentaba un aspecto bastante mejor. Era un gi¬gantón de unos dos metros. Llevaba una levita verde, pantalo¬nes grises ajustados y unos lustrosos zapatos. Los galones de sus mangas estaban festoneados por bordados de color dorado. Su frondosa melena y su espesa barba canosa enmarcaban un rostro curtido y surcado por incipientes arrugas. Tenía unos ojos profundos, conmovedores y muy oscuros.
Ninguno de los presentes pareció reparar en la llegada de Caxton, que subió los últimos peldaños y entró en la sala. Esta¬llan demasiado absortos en aquel baile desenfrenado, demasiado pendientes de beber y comer hasta saciarse. Nadie la miró, ni siquiera cuando levantó el rifle de asalto y apuntó a uno de los dos bailarines al corazón.
Entonces disparó... y todo cambió.

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Última edición por Gemma el Jue Dic 02, 2010 4:45 pm, editado 1 vez
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