Black and Blood


 
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 99 Ataudes (David Wellington)

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Vampi
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 1:45 pm

Transcrito por Annabel Lee

92

Se nos echaron encima de improviso. Hoy en día se conoce como la carga de Pickett, pero en aquel momento aún no sabíamos quien había ordenado el avance de las tropas. De pronto nos encontramos frente a una muralla gris que avanzaba en nues¬tra dirección, como si hubiera estallado una presa y la crecida del agua subiera montaña arriba hacia nosotros, ¿avanzaban gritando, a pesar de que nuestros morteros los hicieran volar por los aires de que los francotiradores del general Berdan los iban derribando uno tras otro. Se abalanzaban sobre nosotros, caían muertos al encontrarse con nuestras bayonetas y, aun así, ¡se¬guían viniendo!
Rompieron nuestros flancos. Los obligamos a retroceder, pero contraatacaron con furia redoblada. Las pistolas restalla¬ban se levantó una humareda tan espesa que de pronto no veía nada; deambule' medio ciego por un mundo que había perdido el color y la claridad. Tropecé con la ijada de un caballo y murmu¬re una disculpa. El jinete se agachó para mirarme. Era el gene¬ral Hancock. «Prepare a sus hombres —dijo con los ojos como platos—, Prepárelos» Salió cabalgando hacia la penumbra y al momento lo oí gritar. ¿Lo habría alcanzado el fuego enemigo? Más tarde supe que sí: lo habían herido de gravedad y, sin em¬bargo, se negó a abandonar el combate. Por Dios, ni siquiera los generales salieron airosos de aquella batalla.
Regrese corriendo al lugar donde aguardaban los ataúdes, vigilados por un pequeño regimiento de soldados heridos. Habría querido abrirlos en aquel preciso instante, pedirle a Girest y a sus hombres que salieran y presentaran batalla, pero el tiem¬po estaba en mi contra. A pesar de la negra cortina de humo que cubría el cielo, la noche aún estaba lejos.


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Última edición por Gemma el Jue Dic 02, 2010 4:46 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 1:46 pm

le tocaba a Annabel, pero me los tuvo que mandar porque no podía subirlos.
lo que no sé es quien va ahora

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 1:47 pm

Gracias por subir los capis.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 9:07 pm

dios...eso si es un problema...tibari no puso la lista como con otros...yo solo tengo el 99 por subir

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 9:32 pm

tibari en su taquilla tiene el 97
95,96, en la taquilla de Lorena
NO encuentro quien le toca el 93 y 94 chicas...

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 10:12 pm

Me toca a mi chicas, mañana los subo.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Miér Dic 01, 2010 10:29 pm

Graias Zoe, es que como no sabiamos estabamos preocupadas, pero no es de carrera. Saludos

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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 9:36 am

Gracias por los capítulos chicas
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 12:50 pm

93

Al momento comprendió que se trataba de una trampa.
Su ráfaga de tres disparos atravesó la pequeña sala y rompió el hechizo. Las banderitas, la mesa del banquete y los elegantes juerguistas se rompieron en mil pedazos como un plato de cristal, mientras sus tres balas se perdían en el aire. En su lugar quedó tan sólo una fría habitación vacía. Saltaron varias esquirlas blancas del yeso de la pared, pero aparte de eso sus balas no encontraron ningún objetivo. Los soldados habían sido parte de una ilusión. Los dos bailarines nunca habían estado allí. Caxton estaba sola en la habitación.
O ésa fue la sensación que tuvo durante un momento. Entonces un vampiro, grande, pálido y veloz, se abalanzó sobre ella, la arrojó contra el marco de la puerta y la dejó sin respiración. El cañón de su rifle salió disparado hacia arriba y a punto estuvo de golpearle en la cara. El vampiro la cogió por la cintura y la lanzó por los aires. Caxton se estampó contra una pared llena de fotografías enmarcadas.
No podía ponerse en pie ni respirar. Se quedó en el suelo, incapaz de recuperar el aliento, incapaz de pensar.
«Qué listo, qué listo.» Caxton comprendió que aquélla era la forma en que se suponía que debía morir; que había desperdiciado la única oportunidad que tenía disparándole a unos fantasmas, a las alucinaciones que un vampiro le había metido en la cabeza.
—Muy buen truco —logró decir con un susurro—. La música y todo eso.
El vampiro se agachó en cuclillas junto a ella y la miró a los ojos.
Caxton intentó ignorarlo y concentrarse en seguir viviendo. De momento había conseguido volver a respirar, aunque cada vez que hinchaba los pulmones le dolía horrores. ¿Se habría roto una costilla? ¿Tal vez se habría perforado un pulmón? A juzgar por el dolor que sentía, era posible.
—He aprendido tantas cosas desde que Malvern me convirtió en lo que soy… —replicó el vampiro. Entonces cogió el rifle de asalto con ambas manos e intentó arrebatárselo. El portafusil de nailon aún le colgaba del brazo y Caxton se sacudió como una muñeca rota cuando el vampiro tiró del arma. Caxton notó las manos frías de éste en el cuello y en los hombros mientras le quitaba el rifle. A continuación vio cómo se lo colocaba encima de la rodilla y doblaba el cañón. Aquel rifle no iba a disparar nunca más.
Aún tenía la Beretta en la pistolera lateral. ¿La habría visto el vampiro? La sala estaba bastante oscura. Entonces el monstruo se acercó y Caxton pudo verle bien la cara. Tenía las mejillas casi sonrosadas. Había comido hacía poco… lo que significaba que sería resistente a las balas. La pistola no sería de mucha utilidad. Pero Caxton también vio algo más. Reconoció unos ojos familiares, unos pómulos que le sonaban. No se trataba de un vampiro cualquiera, sino de su vampiro, el mismo que había perseguido por Gettysburg y Filadelfia. El cerebro de la operación. No lo había vuelto a ver desde que se escapara del Museo Mütter, pero nunca olvidaría su cara.
—Pero ¿tú…? Te conozco. ¿Por qué lo hiciste? —preguntó y notó una punzada en el pecho. El dolor era soportable y ella tenía cosas que decir. Tenía muchas preguntas que hacerle—. ¿Por qué despertaste a los demás? Si detestas lo que eres, ¿por qué no los dejaste dormir para siempre?
El vampiro echó el brazo hacia atrás y sus dedos se contrajeron como unas garras. A lo mejor se estaba preparando para arrancarle la cabeza. Entonces su brazo se relajó y sus ojos se posaron en los de ella.
—Había que destruir a Malvern. Usted me demostró que no podría hacerlo solo, señorita. O sea que en cierto modo también tiene la culpa, ¿no? Si no me hubiera parado los pies…
—Gilipolleces —respondió Caxton.
Al vampiro se le encendió el rostro de rabia. Probablemente no estuviera acostumbrado a que una mujer le hablara así. Caxton negó con la cabeza.
—Vale, necesitabas ayuda, pero ¿por qué despertarlos a todos?
El vampiro se quedó mirándola durante un instante peligrosamente largo, con los brazos laxos a los lados. Podía matarla en cualquier momento si así lo decidía, y ambos lo sabían. Lo que hizo, en cambio, fue ponerse en cuclillas. Caxton se dio cuenta de que el vampiro quería hablar del tema, quería explicarse.
—Pero ¿cómo iba a elegir quienes debían volver a vivir? Cuando nos metieron en esa cueva, nos aseguraron que sería tan solo durante unos días; que pronto tendríamos nuestra oportunidad de luchar. ¿Cree que todo ese tiempo pasó sin que lo sintiéramos? Porque lo sentimos, señorita: medíamos el cautiverio por nuestras pesadillas. Con nuestros sueños de sangre. Esos hombres, mis hombres, merecían volver a andar. Merecían una oportunidad que nadie más podía brindarles.
A Caxton le rechinaron los dientes. Lo que quería decir era que merecían una oportunidad de matar. Una oportunidad de provocar una masacre.
—Una oportunidad que, sin embrago, tú no aprovechaste…
—¿Disculpe? —preguntó él, parpadeando.
—No estabas con ellos cuando atacaron. Los despertaste, pero no te quedaste a su lado, al mando. ¿Dónde te has estado escondiendo todo este tiempo?
—Ellos sabían dónde estaba e iban a acudir a mí. Sabía que después de despertar encontrarían resistencia.
—Y por eso decidiste mantenerte a un lado, alejado del peligro.
El vampiro sonrió y dejó a la vista un sinfín de dientes.
—Como cualquier general, que es más valioso detrás de las líneas, desde donde puede dar órdenes, que en plena batalla, donde tan sólo es un soldado más. ¿No está de acuerdo? Ya sé que usted decidió dirigir a sus hombres desde el frente de batalla. Debo admitir que, para ser una mujer, tiene agallas. Y ahora, por favor, entrégueme el arma y acabemos con esto.
—Creía que eras distinto —dijo Caxton, ignorando su demanda—. No te parecías al resto de vampiros que he conocido.
Arkeley no se habría dejado engatusar, desde luego. Cuando la sed de sangre se apodera de ellos, todos los vampiros son lo mismo. Por muy nobles que fueran sus principios mientras vivían, la muerte los convierte en monstruos.
—Sólo puedo ofrecerle mi pesar, señorita, pero ha llegado el momento. El arma, por favor.
—¿Cuál? ¿Ésta? —preguntó Caxton, sacando la Beretta de la pistolera. No desenfundó particularmente rápido y, encima, perdió una fracción de segundo sacando el seguro. Sin embargo, aún logró disparar antes de que el vampiro tuviera oportunidad de arrancarle el brazo.
Éste se alejó de ella dando un salto hacia atrás. Fue un movimiento mucho más rápido y grácil del que sería capaz cualquier humano. Sus cuatro disparos, dirigidos con gran precisión al lugar en el que hacía un momento había estado su corazón, penetraron en su abdomen. Las balas dum-dum desgarraron el cuerpo desde el interior, cada una describiendo su propia trayectoria a través del tejido muscular y el estómago. La piel se agrietó, se arrugó y se rompió, hasta que Caxton pudo ver los fríos intestinos de la bestia, donde había cuatro gotas de la sangre de alguna de sus víctimas.
Era una herida espeluznante, muy fea, que habría tumbado a cualquier ser humano. El dolor y el impacto habrían matado a muchas personas. El vampiro miró su cuerpo con una expresión de sorpresa y… de burla.
Empezó a reírse justo en el momento en que su cuerpo empezaba a regenerarse, mientras los jirones de piel cicatrizaban el orificio como unos pálidos dedos que se entrelazaran. No había acertado en el corazón, ni siquiera se había acercado. Aquella herida ni siquiera le haría perder tiempo.
La Beretta estaba vacía, había disparado todas las balas del cargador. Se metió la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta para coger el cargador de repuesto, aunque sabía que no le iba a dar tiempo. El vampiro ya había dicho todo lo que tenía que decir.
Pero en aquel momento de desesperación, Caxton se equivocó de bolsillo. Llevaba la munición extra en el bolsillo derecho, sin embargo, metió la mano en el izquierdo, donde había un paquete de chicles, su linterna en miniatura y la granada que había recuperado del cadáver de Howell.
«La granada», pensó su mente inconsciente. Tiró de la anilla, y se la sacó del bolsillo. Lo único que pensó Caxton era que se trataba de un arma. Estiró el brazo y metió la granada en los intestinos despanzurrados del vampiro. La piel blanca del estómago cicatrizó tan rápido que a punto estuvo de pillarle los dedos.
Todo eso sucedió en una fracción de segundo, mucho menos de lo que necesitaba su mente racional para procesar toda la información y recordar que la granada que acababa de dejar en el interior del vampiro no era una granada de fragmentación, ni una granada de conmoción, ni siquiera una granada de iluminación. Era una granada de humo M18. Caxton podría haberle tirado las llaves del coche y el efecto habría sido el mismo.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 12:51 pm

94


No pude hacer nada más que refugiarme entre las cajas de madera, escuchar el sonido cada vez más cercano de los disparos y temblar de miedo cada vez que oía el alarido rebelde en las inmediaciones. Era incapaz de pensar en nada más que no fuera la derrota. Si Lee tomaba mi posición y me arrebataban los ataúdes antes del anochecer me colgarían, estaba seguro. Si los sureños se enteraban de lo que había hecho, iba a terminar en la soga, ¡siempre y cuando un cañonazo o un mosquete no me destruyeran primero! Notaba como si el cerebro se me estuviera desmoronando, como si estuviera cediendo a una presión excesiva. ¡Estaba seguro de que iba a morir por culpa del estruendo y de aquel maldito fuego!
Entonces los oídos me empezaron a zumbar con más fuerza. O, mejor dicho, el resto de los sonidos desaparecieron. ¿Me habría quedado sordo? Me levanté de golpe y atravesé la nube de humo buscando algún hombre al que preguntarle qué había sucedido. Me tropecé con un comandante con la cara llena de quemaduras negras de pólvora.
«¿Qué ha pasado? ¿Qué va a ser de nosotros?», le pregunté.
«¿Cómo? Hemos logrado repeler el ataque», dijo y por su voz parecía que apenas podía creerlo. Lo mismo me sucedía a mí.
Sin embargo, al llegar a lo alto de la colina vi que era cierto. La oleada gris se estaba retirando, cada vez más lejos de nuestras posiciones. Nuestras pistolas los perseguían y muchos de sus hombres seguían disparando sus mosquetes, apuntando a ciegas. Pero los toques de corneta y el gran éxodo gris no dejaban lugar a dudas.
Reinaba aún gran confusión y había escaramuzas y muchos movimientos de tropas. No obstante, todo había terminado. A las cuatro de la tarde, por fin, la batalla había concluido. Y habíamos ganado.
No habíamos utilizado a mis vampiros. Hubo conversaciones con el general Hancock sobre si debíamos enviarlos sobre la retirada de Lee y abordarlo desde la retaguardia, mas el general Meade, que había aprobado mi operación, mandó un mensaje personal: no habría ningún contraataque.
La batalla de Gettysburg había concluido. Mis hombres, mis monstruos, que habrían sido héroes, seguían sin ser usados ni alimentados.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 4:41 pm

Gracias linda....

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 7:27 pm

Gracias chicas, ya los leeré cuando acabe esta semana :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 11:18 pm

95

Trancrito por Lorena

El vampiro se levantó con un movimiento fluido, como si fuera una figura de origami desplegándose miembro a miembro. Caxton se recostó contra la pared y se levantó con un gesto mucho menos grácil. La Beretta le colgaba inútilmente de la mano. Tuvo el impulso de golpearlo con la culata, de abrirse paso a la fuerza, pero se contuvo. Sabía que no tenía ninguna opción de escapar, por lo menos de momento.
El vampiro le puso las manos sobre los hombros y la aplastó contra la pared. Sintió como si la estuvieran triturando. El vampiro se acercó aún más, como si quisiera besarla, y ella apartó la cara, pero no pudo apartar los ojos de sus dientes, hileras y más hileras de dientes afilados, triangulares, relucientes. El vampiro abrió aún más la mandíbula y ladeó la cabeza. Iba a arrancarle el cuello de un mordisco.
Lo que hizo, sin embargo, fue toser. El sonido de su tos seca resonó en la sala. Al vampiro se le abrieron un poco los ojos y dejó de sujetarla tan fuerte, al menos un poco. Volvió a toser, en esta ocasión una tos más profunda, y un jirón de humo le salió por la nariz.
Caxton levantó la mirada y vio que el vampiro estaba tan confundido como ella. Entonces éste le vomitó una bocanada de humo, saliva y sangre sobre la cara. Caxton se tambaleó, cegada por un momento. Las manos que le sujetaban por los hombros habían desaparecido y aprovechó la ocasión para escabullirse por debajo del brazo del vampiro. Éste ni siquiera tomó la molestia de volver a agarrarla, aunque habría podido hacerlo perfectamente.
Caxton se zafó, dio media vuelta y metió la mano en el bolsillo derecho para coger el cargador extra. Observó al vampiro con una sensación de pánico, pues no tenía ni idea de por qué la había soltado. Para el humo, en cambio, sí tenía una explicación racional: la granada había estallado dentro del abdomen del vampiro y ahora el humo se expandía, cientos y cientos de metros cúbicos de humo que ardían dentro de su cuerpo. Llegado el momento, salía por el primer orificio que encontraba, en este caso a través de la boca. Pero, desde luego, eso no iba a hacerle ningún daño: acababa de burlarse de las cuatro balas de nueve milímetros que le había disparado al estómago.
En la cara del vampiro Caxton vio lo que sucedía en realidad. Tenía los ojos tan abiertos que se le veía el blanco alrededor de las pupilas rosadas. Su estado no se debía al dolor, sino a la perplejidad- No entendía lo que estaba sintiendo, aunque sabía que era algo malo. Se agarró el estómago con las manos y se arañó su propia piel. Mientras Caxton lo observaba e intentaba aún sacar el cargador de la pistola, el vampiro se doblo y vomito una densa nube de humo negro oscuro que llenó todo el techo de la pequeña sala. El monstruo intentó cerrar la boca y tragarse aquel extraño elemento que pugnaba por abandonar su cuerpo, pero el humo le obligó a abrir de nuevo la mandíbula y a soltar otra enorme nube entre un ataque de tos. Con las manos se agarró un estómago cada vez más hinchado y deforme.
Todo su cuerpo se estremeció cuando vomitó una vez más. Caxton colocó el cargador de la pistola en la palma de la mano. El vampiro se volvió y le dirigió una mirada suplicante, aunque tal vez fuera tan sólo de sorpresa.
Daba igual. Le disparó en el pecho y le estalló la mitad de la barriga; una nube de humo verde salió flotando mientras el monstruo agitaba los brazos. Caxton se acercó un paso más y apuntó sin mirar la mirilla. Era mucho más difícil acertar disparando de aquella forma, pero no quería correr el riesgo de que los pulmones se le llenaran de humo y eso le hiciera perder la iniciativa. Le disparó una vez al pecho, apuntó un poco mejor y volvió a dispararle por segunda vez, y entonces creyó ver el corazón oscuro del vampiro bajo el fogonazo del arma y le soltó un tercer disparo.
El vampiro cayó al suelo y soltó una patada contra la pared, al tiempo que el humo continuaba manando de su cuerpo desgarrado. ¿Había muerto? Caxton no estaba segura de ello. No quería gastar más balas, pero tampoco podía seguir adelante sin asegurarse de que estaba muerto. Se agachó, pues la parte superior de la habitación estaba llena de humo hasta la altura de sus hombros, de modo que tan sólo quedaba aire respirable en la mitad inferior, y estudió los ojos del vampiro sin dejar de apuntarle al corazón con la pistola. Sus ojos rosados parecían vacíos. Bajó la mirada y le echó un vistazo al pecho; tenía el corazón destrozado. Perfecto.
Caxton soltó un largo suspiro y meditó sobre qué debía hacer a continuación. Quería sentarse. Quería tumbarse, en realidad, y dormir un poco, por fin. El humo era demasiado denso y pronto sería imposible respirar en aquella sala. Bajó la escalera hasta la planta baja de la taberna. Sin embargo, antes de llegar al final su radio soltó un pitido.
-Aquí Caxton, adelante –dijo, aliviada. ¡Por fin recibía una señal!
- Aquí helicóptero dos, ¿cuál es su posición?
La voz del piloto sonó lejana y llena de interferencias, peor desde luego muy real.
-Estoy en el tercer refugio. La, eh… la Dobbin House.
-Recibido –dijo la radio-. Hay movimiento en su sector. Hemos detectado diversos posibles sospechosos; por lo menos, nueve, incluso puede ser que sean doce sospechosos a pie. Adelante.
Caxton se mordió el labio. En ese contexto, sospechosos significaba vampiros. Podía haber hasta doce y la agente creía incluso conocer sus intenciones.
-Recibido. ¿Cuál es su ubicación?
-Se dirigen hacia usted, Caxton. Convergerán en su posición. Salieron de la nada hace un minuto y pusieron rumbo a toda prisa hacia donde se encuentra. Aún no disponemos de información sobre sus planes.
-Yo tengo una teoría –dijo, pero sabía que no tenía tiempo de explicarla. Creía que el vampiro al que acababa de matar había enviado algún tipo de llamada telepática de socorro, para que las tropas acudieran en su ayuda o, ahora, a vengarle
Nada más y nada menos que doce vampiros se dirigían hacia ella. Se había cargado al líder, con eso debería haber bastado. Pero parecía que la noche aún no había terminado para ella ni mucho menos.
-Helicóptero dos, ¿tiene algún otro avistamiento confirmado? –preguntó
-Negativo por el momento, Caxton. Adelante
Caxton intentó aclararse las ideas. ¿Significaba eso que su ejército se había cargado a todos los demás? ¿Qué aquellos doce vampiros eran todos los que quedaban del batallón? Dudaba de que fuera a tener tanta suerte.
-¿Y qué hay de los nuestros? ¿Ha establecido contacto alguno?
El piloto del helicóptero guardó silencio durante demasiado tiempo.
-¿Ha copiado lo que acabo de decir? –preguntó Caxton.
- La he copiado. Ningún contacto con los nuestros –dijo el helicóptero dos en un tono de voz que sonó como una disculpa.
-Cambio y corto –dijo Caxton. Entonces se pudo en marcha.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Dic 02, 2010 11:19 pm

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Transcrito por Lorena

Noventa y nueve corazones para noventa y nueve ataúdes. Los enterré yo mismo en una cueva natural en Seminary Ridge. Me encargué de que noventa y nueve hombres hallaran el descanso eterno y no se resistieron. En el extremo opuesto de la cueva, el número cien y último era Alva Griest. Tenía un aspecto demacrado, estaba mucho más delgado de lo que lo recordaba, tenía las mejillas hundidas y los párpados caídos de fatiga. Y, sin embargo, hablaba con vivacidad.
"Haznos partisanos –dijo, gesticulando con audacia bajo la titilante luz de las velas-. Mándanos tras las líneas sureñas. Causaremos tantos daños que se verán obligados a rendirse. Antes de Navidad tendremos a Jeff Davis encadenado y listo para ser arrastrado por la avenida de Pensilvania. O mándame a mí y yo lo dejaré seco. ¡Algo tendrás que darnos!"
"Alva", le dije yo en voz baja. "Cabo, todo esto no sirve de nada. El secretario ha dado ya sus órdenes. Pero esto no es el fin. Os despertaremos cuando volvamos a necesitaros."
"Y ahora debemos dormir. Porque tú lo llamas dormir, ¿verdad?"
Yo negué con la cabeza.
"No se me ocurre una palabra mejor. ¿Qué otra cosa podemos hacer? –pregunté con un gesto dirigido al resto de hombres, dormidos en sus ataúdes-. No podemos dejar que sigáis despiertos y que vuestra hambre se acreciente noche tas noche. ¿No lo comprendes? No tiene ningún sentido que sufráis anhelando una sangre que os está prohibida. Para vosotros será un descanso. ¡Cómo os envidio!"
Entonces Griest se levantó. Se movió tan rápido que su gesto pareció el temblor de una llama. Aun así, de pronto tuve muy cerca su cuerpo frío como una tumba. Sus manos se movieron frente a mi cara como si quisiera agarrarme por el cuelo y arrebatarme la vida.
"¡No entiendes nada! ¡Necesitamos sangre!"
Tuve que hacer acopio de todo mi aplomo viril para volver la cabeza y mirarlo a los ojos.
"Sangre sureña, quieres decir."
El ardor de sus ojos rojos se aplacó visiblemente y dejó caer los brazos.
"Sí –dijo por fin-. Desde luego."
"Vuestro tiempo llegará", le prometí, como se lo había prometido ya antes.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 7:24 am

Gracias Chicas
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 10:55 am

gracias Loo! :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 4:15 pm

Wau..ya casi se termina.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 4:41 pm

97


Transcrito por Tibari




«¿Qué haría Arkeley en su situación? Correr.» Cruzó la taberna oscura tan rápidamente como fue capaz, el haz de su linterna oscilaba delante de ella. A sus espaldas, cerca de la puerta principal, oyó un ruido de cristales rotos y madera astillada, pero Caxton no aminoró la marcha.
Si la Dobbin House tenía un aspecto vasto desde el exterior, por dentro era un verdadero laberinto. Esquivó mesas y sillas, se agachó al pasar por puertas bajas y se abrió paso entre cajas de licor y comida enlatada, buscando la salida. Le daba miedo salir al exterior, donde no dispondría de ningún elemento para cubrirse y estaría a solas con los vampiros, pero si terminaba en una habitación sin salida, tenía garantizada una muerte rápida y nada agradable.
Bajó un corto tramo de escaleras y dobló una esquina. Había ventanas por todas partes, pero estaban todas selladas y ella no quería montar un escándalo rompiendo un cristal. Por lo menos la luz de las estrellas entraba en rayos plateados y oblicuos.
¿Cuántos vampiros la perseguían? Nada menos que doce, según la unidad de apoyo aéreo. A menos que hubiera más y que no los hubieran visto, que también era posible. Había perdido el rifle de asalto que, de todos modos, estaba sin munición. ¿Cuántas balas le quedaban en la Beretta? Esa pregunta tenía tan sólo una única respuesta válida: no las suficientes.
Cruzó un gran comedor y entró en una especie de tienda de suvenires. Unos estrechos pasillos discurrían entre estanterías repletas de libros sobre la guerra civil, reproducciones de objetos de época y polvos para sopas basados en las recetas originales de la cocina de la taberna. Se golpeó la cadera contra una mesa llena de animales de peluche ataviados con gorras de campaña y rifles en miniatura. Los muñecos cayeron al suelo en una ruidosa avalancha y el dolor la obligó a detenerse un instante y a apretar los dientes para no gritar.
Pensó que, francamente, era afortunada de no habérsela roto. Teniendo en cuenta lo rápido que se movía a oscuras, lo raro era que no se hubiera torcido ya un tobillo.
A pesar de todo, no se movía lo bastante rápido para ganar a los vampiros. Mientras se mordía la lengua para no patear el suelo de dolor, oyó un movimiento a sus espaldas. Se olvidó de la cadera al instante y todos sus sentidos se concentraron en ese punto, intentando desesperadamente obtener algún tipo de información útil.
Si los vampiros ya estaban allí, ¿por qué no se mostraban? ¿Qué había oído? ¿El chirriar de una puerta?
«No te detengas —se dijo—. No esperes a que te maten.» Salió corriendo a pesar del dolor en la pierna. Arkeley se habría burlado de una herida como aquélla; el viejo federal no perdía el tiempo con problemas físicos a menos que éstos le impidieran caminar. E incluso en ese caso, habría dicho, siempre puedes disparar contra un vampiro desde una silla de ruedas.
Encontró una salida de emergencia al fondo de la tienda de suvenires. Cuando abrió la puerta no sonó ninguna alarma. Caxton se encontró en un aparcamiento. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué debía hacer?
Un madero seco y erosionado cayó del tejado y rebotó sobre el asfalto. Se había descolgado del tejado.
Caxton levantó la vista y vio varias figuras blanquecinas que avanzaban por el tejado inclinado. «No, aún no», pensó. Ya casi los tenía encima. Levantó el arma y disparó a ciegas. Las siluetas se dispersaron como pájaros asustados, aunque estaba segura de que no le había dado a nada. Dio media vuelta y echó a correr, sin más, hacia la calle.
Recordó claramente que había visto a un vampiro correr más rápido que un coche patrulla; no tenía ninguna posibilidad de huir de sus perseguidores. De hecho, tal vez fuera mejor enfrentarse a ellos, intentar luchar. Frenó un poco, lo que supuso un verdadero alivio para su maltrecha pierna. Entonces se incorporó y se dio la vuelta.
Estaban de pie, en semicírculo. Eran nueve y parecía que llevaran tiempo esperándola. Uno llevaba una gorra de campaña. La mayoría iban desnudos, apenas cubiertos con pantalones manchados de barro. Sus pechos eran esqueléticos, se les marcaban todas las costillas incluso bajo aquella tenue luz. Tenían las caras descarnadas, y las mejillas y los ojos hundidos, Henos de sombras.
Caxton quería gritar; en cambio, levantó la pistola y le disparó a uno directamente al corazón. El vampiro cayó, ululando. Los demás se pusieron tensos pero no echaron a correr. Caxton volvió a apuntar, encontró a su siguiente objetivo y disparó de nuevo. El vampiro se revolvió, pero Caxton debía de haber errado el corazón, pues no cayó al suelo. Se volvió hacia ella a cámara lenta y la miró con una ancha sonrisa en la cara.
—¿Se lo está pasando bien, querida? —le preguntó otro vampiro. Era mucho más alto que los demás y estaba mucho menos demacrado. Se volvió hacia el vampiro que tenía a su lado—. Llama al resto. No tienen por qué perderse esta parte.
El vampiro al que se había dirigido cerró los ojos un instante y echó la cabeza hacia atrás. Cuando volvió a mirarla, su rostro había adoptado una expresión maligna.
Caxton disparó de nuevo, pero el vampiro al que apuntaba se había apartado a un lado antes incluso de que ella hubiera apretado el gatillo. La bala ni siquiera lo alcanzó. El resto de vampiros dieron un paso hacia ella. Ninguno quería ser el siguiente en recibir un balazo, aunque todos sabían que le quedaban ya pocas balas.
No podía hacer nada porque aquello terminara bien. Disparó a ciegas, sin ni siquiera apuntar después de cada disparo. Entonces los vampiros retrocedieron, aunque tan sólo unos metros. Otro de los monstruos cayó fulminado antes de que Caxton se quedara sin balas. Ya no le quedaban más cargadores. No obstante, había acabado con dos de los vampiros. Tal vez fuera una recompensa razonable a cambio de su vida.
Caxton cerró los ojos y dejó caer la pistola al suelo.
Una potente luz le inundó los ojos cerrados y la deslumbró. Al cabo de un momento oyó el ruido de las aspas de un helicóptero que sobrevolaba la zona. Se cubrió los ojos con el brazo y los abrió lentamente.
Frente a ella, los vampiros estaban de rodillas o se retorcían en el suelo. Se arañaban los ojos y se los arrancaban como si les ardieran. Caxton vio el helicóptero, que volaba a media altura y los apuntaba con su potentísimo foco como un rayo del cielo.
Apenas lograba vislumbrar nada más. La luz deslumbraba sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, con una fuerza que resultaba casi dolorosa. Distinguía tan sólo algunos detalles; por ejemplo, vio cómo uno de los vampiros se levantaba. Las cuencas de sus ojos eran dos agujeros negros cubiertos por la densa neblina de los glóbulos, que ya se estaban regenerando. ¿Podía verla aún sin ojos? ¿Sería capaz de verle la sangre?
El vampiro, como si le hubiera leído la mente, habló, aunque sus palabras eran apenas discernibles por el estruendo del helicóptero.
—Puedo olería, pequeña.
Por Dios, tenía que largarse de allí. Empezó a correr por la calle que tenía a sus espaldas, lejos de los vampiros. Cualquier dirección que tomara era válida. Oyó cómo el silbido del helicóptero cambiaba de tono y supo que la estaba siguiendo. El foco la apuntaba de lleno y la cegaba, pero al mismo tiempo le ofrecía una ligera protección.
Frente a ella estaba el centro de la ciudad. Las casas, a ambos lados de la calle, eran cada vez más altas y estaban menos separadas; era el peor sitio al que podía ir, pues era fácil que, si los vampiros eran lo bastante listos como para acorralarla, se encontrara sin salida. No en vano habían sido soldados, ¿serían capaces de llevar a cabo una maniobra de ese tipo de forma instintiva?
Dobló una esquina, dispuesta a refugiarse en algún edificio que pudiera defender. Aún no sabía cómo iba a defenderlo exactamente, pero ya se le ocurriría algo en cuanto estuviera allí. De repente se encontró frente al antiguo ayuntamiento y se abalanzó contra las puertas; aquél era un buen lugar donde encerrarse.
Cuando ya era demasiado tarde, se dio cuenta de que las puertas estaban ya cerradas.
—Oh, no —dijo en voz alta. Accionó una y otra vez la maneta de la puerta. No sirvió de nada. Dio media vuelta y miró de izquierda a derecha y de nuevo a la izquierda.
Y en ese breve instante, en ese abrir y cerrar de ojos, se le echó encima.
—Es un placer conocerla, señorita —dijo aquel vampiro tan alto. Lo tenía a un metro y medio. El vampiro le dedicó una profunda reverencia—. Estoy en deuda con Alva —le dijo, aunque aquellas palabras no significaban nada para ella—. Pero nunca cumplir con mi obligación me había producido tanto placer.
Alargó el brazo y sus dedos se hundieron en la carne de Caxton como si ésta fuera agua. Sintió cómo sus tendones y sus nervios cedían, y notó su propia sangre, cálida y húmeda, en el pecho. Supo que sus huesos estaban a punto de romperse y fue consciente de que el vampiro iba a arrancarle el brazo por el hombro y que a continuación bebería de la herida.
Quería cerrar los ojos, rendirse y sucumbir. Pero el dolor no se lo permitía. Lo oía gritar dentro de su cabeza, como un animal atrapado dentro de su cráneo. No veía nada más que la cara lívida del vampiro que se abalanzaba sobre ella, dispuesto a chuparle la sangre y, con ella, la vida.
Caxton tuvo la sensación de que el tiempo se ralentizaba... hasta que se detuvo. Y entonces empezó a dar marcha atrás. Vio cómo el vampiro flotaba de espaldas y se alejaba de ella. Estaba confundida. ¿Era aquello lo que uno sentía al morir? Sin embargo, el tiempo no estaba dando marcha atrás, sino que alguien estaba arrastrando al vampiro, lejos de ella. Ese alguien le dobló el brazo a la espalda y se lo retorció, lo cogió por la barbilla y le retorció brutalmente el cuello. Caxton oyó cómo las vértebras del vampiro estallaban como si fueran disparos y entonces una mano lívida desgarró el pecho del monstruo. La piel, el tejido muscular y las costillas se partieron y se desprendieron. Aquella mano lívida se introdujo en el pecho y sacó un corazón oscuro, cubierto aún de alquitrán y trozos de hule. Entonces la mano arrojó el corazón, que cayó a sus pies.
Caxton no había tenido tiempo de comprender lo que acababa de suceder. Alguien acababa de salvarla, pero tenía preocupaciones más inmediatas. Se palpó la herida del brazo; estaba llena de sangre.
Su salvador se acercó hacia ella. Tenía un tic en el ojo y la vista fija en el punto donde estaban sus dedos: la herida.
—Por favor, agente, cubra eso.
Caxton frunció el ceño y se colocó la chaqueta sobre la herida.
—¡Se ha convertido en uno de ellos! —exclamó. Y, sin embargo, no se parecía en nada a los demás: era musculoso y tenía un cuerpo exuberante, saludable y fuerte. Sus mejillas, de un rojo abrasador, irradiaban vitalidad. Llevaba pantalón de vestir y una camisa blanca abotonada casi hasta el cuello. En cambio, no llevaba ni zapatos ni corbata—. ¿Pero a quien...?
—A Malvern —dijo él—. Se le ocurrió a Malvern.
Levantó la mano izquierda: no tenía ni un solo dedo.
—No puede ser —susurró Caxton. Era un error; era imposible. Aquella cara estaba mal y su postura, su pose, era... era...
—Le dije que aún podía hacer algo por usted, pero que era bastante drástico.
—¡Pero nunca dijo que fuera antinatural!
Caxton dio un paso hacia él y le cruzó la cara de una bofetada. Fue como golpear una de las columnas de mármol del ayuntamiento: le dolió mucho más a ella que a él y a su fría piel.
—Esto es una perversión. Es obsceno.
—Sí —respondió éste y a continuación pareció olfatear algo.
—Usted... Fue usted quien me salvó. En el mapa electrónico. Y también en la puerta de la Dobbin House. Estaba allí, ¿verdad?
—Sí.
La rabia le estalló en el pecho.
—¡Yo no le pedí que lo hiciera!
Él apartó la cara.
—Aún quedan unos cuantos y están cerca. Podemos quedarnos aquí discutiendo mientras yo me embriago del olor de su sangre, o puedo ir a por ellos y matarlos. A todos.
—Y luego, ¿qué? —preguntó ella.
—Luego regreso aquí. Justo aquí. Y usted me dispara al corazón. —Su expresión cambió. Caxton no habría dicho que se ablandaba, en realidad, nunca habría sido capaz de reconocer ternura en aquellos rasgos, ni antes ni después de que la muerte los cambiara—. Antes no tenía forma de ayudarla, mi cuerpo no valía para nada. ¿De qué demonios vale un cazador de vampiros que necesita ayuda incluso para vestirse? Así, en cambio, podía serle útil, aunque tan sólo fuera por una noche. Era la única forma.
Caxton habría discutido con él. Le habría dicho un millón de cosas, si él se hubiera quedado allí para oírlas.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 8:11 pm

98
Gemma

Al día siguiente mandé cerrar la cueva con explosivos. Para sellarla. Pero incluso en aquel momento, mientras la pólvora estallaba y la tierra temblaba, seguía creyendo en lo que le había prometido a Griest. Que pronto regresaría a por ellos.
Entonces ocurrió algo extrañísimo, algo que a todos nos parecía imposible: la guerra terminó. Y no hubo ya necesidad de abrir de nuevo aquella terrible cripta, ni desenterrar viejos secretos. No regrese a por ellos. No diré que he olvidado lo que enterré allí, pues eso sería mentir.
A lo largo de los años, sin embargo, cada vez fui acordándome menos de la cueva. Incluso los secretos se desvanecen.
Tengo ante mí todos los papeles que he recopilado. La declaración de de Griest, de estilo narrativo, y varios documentos míos. He conseguido incluso la declaración jurada de Rudolph Storrow, apenas legible. He reunido todas las pruebas que podrían implicarme en los hechos. He tardado veinte años en encontrarlos, pero ahora no estoy muy seguro de por qué me tomé la molestia.
¿Debo seguir el consejo del general Hancock y quemarlo todo? ¿Debo legarlos a un viejo archivo de Washington, con órdenes estrictas de que nadie los lea hasta dentro de cincuenta años? ¿O debería mandárselos por correo al editor del Harper’s Weekly? ¿Debería permitir que toda América supiera lo que se ha hecho en su nombre?

No, no creo que deba hacerlo. El secreto es mío y tengo la obligación de guardar silencio.
Dentro de poco dejaré la pluma y a continuación lanzaré esta hoja y todas las demás al fuego, tal como me recomendó el general.
Alva Griest y sus compatriotas fallecidos no despertarán hasta el día del Juicio Final. Y eso es una bendición para todos. El mundo nunca sabrá lo que hice, aunque Dios lo sabe. El Será mi único juez.


ARCHIVO DEL CORONEL WILLIAM PITTENGER

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 8:15 pm

Capitulo 99
El alba llego y la encontró sentada frente al ayuntamiento, sola.
Media hora más tarde llegó la Guardia Nacional, cientos de hombres y mujeres de uniforme de combate, camiones y helicópteros. Habían mandado incluso una tanqueta sobre un camión de plataforma.
La Guardia Nacional había llegado acompañada de un gran número de personal y equipamiento sanitario. Montaron un hospital de campaña en la plaza Lincoln con camas para dos decenas de pacientes. Uno a uno, los pacientes fueron apareciendo: hombres con rifles de asalto colgados del hombro y miradas avergonzadas. Algunos se habían escondido cuando el plan se había ido a pique; se habían encerrado en salas de suministro o en lavabos públicos y habían esperado a que pasara la noche. Otros se habían visco separados del grupo principal y habían vagado por el viejo campo de batalla buscando vampiros contra los que luchar, pero encontrando tan sólo fantasmas.
Contó hasta veintitrés supervivientes, casi un tercio de los hombres que había logrado reunir para la batalla. No era que aquello fuera a dejarla dormir mejor pero, honestamente, eran más de los que esperaba.
Todos los supervivientes estaban heridos. La mayoría habían perdido bastante sangre y todos sufrían algún desgarro o contusión que había que tratar. A media mañana ya habían mandado a la mayoría a sus casas. Entonces empezaron a llegar los muertos. Los soldados los transportaban con camillas desde el osario del Cyclorama, el centro para turistas y el sangriento lugar donde había empezado lo batalla. Había demasiados para las pocas camas del hospital de campaña.
Para entonces, Caxton era ya la única paciente a la que seguían tratando. Le dijeron que iba a llevar el brazo en cabestrillo unos días y que necesitaría cirugía ortopédica en el hombro. Debía tomar todo tipo de pastillas y seguir una serie de terapias físicas que, según le aseguraron, iba a odiar. Pero sobreviviría.
En cuanto oyó esas palabras, se levantó y salió de la tienda. Aún tenía que hacer un montón de cosas.
Los grupos de soldados peinaban la ciudad buscando pruebas. Cuando encontraban alguna, se la llevaban a Caxton. Al mediodía había contado ya setenta y nueve esqueletos y setenta y ocho corazones; éstos estaban carbonizados, aplastados o hechos picadillo por las balas de los rifles. Los fue colocando uno a uno en una resistente bolsa para productos tóxicos que tenía intención de vaciar ella misma en la incineradora. Quería verlos arder hasta quedar reducidos a cenizas. Como es sabido, los esqueletos no arden por completo, así que decidió mandar los huesos a una trituradora de madera. Era un trabajo truculento, pero lo ejecutó casi todo personalmente. Fue metiendo fémures, pelvis y falanges en la máquina hasta tener los pantalones cubiertos de un fino polvo amarillento. Alguien tuvo el detalle de darle una mascarilla y unas gafas de seguridad.
Quería dormir. Quería ver a Clara. Quería un montón de cosas que no podría tener hasta que hubiera encontrado los cien esqueletos con sus cien corazones.
De vez en cuando alguien la llamaba por teléfono. El comisario de la policía estatal la llamó para felicitarla por su increíble éxito. Caxton no estaba segura de saber a qué se refería. Le dijo que tenía garantizado su trabajo en la Oficina de Investigaciones Criminales y que nunca debería haber dudado de ella. Caxton le dio las gracias y colgó.
Decidió no responder a la mayoría de llamadas. Cuando la llamó el gobernador, sintió que debía atenderle, pero fue tan sucinta como pudo y al final le prometió que escribiría un informe oficial. Cuando Clara llamó se limitó a decirle que regresaría pronto a casa.
Sobre las cuatro de la tarde, dos soldados le llevaron una camilla en la que no había huesos, sino un hombre, un ser humano vivo tendido sobre la tela. Caxton frunció el ceño, molesta por la interrupción, pero entonces se dio cuenta de que se trataba de Glauer. Tenía la cara pálida y manchada de polvo, pero estaba vivo.
—No sé qué pasó, no lo recuerdo muy bien —dijo—. Cuando me he despertado, estaba tendido sobre un escritorio y había manchado de sangre todos los papeles.
Caxton sonrió, pero no encontró la energía necesaria para reírse.
—Me alegro de que haya sobrevivido —le dijo—. Me fue de gran ayuda.
—Oiga —respondió él, y la agarró débilmente del brazo sano—. Sé que ahora mismo la situación parece bastante desalentadora, pero usted ha salvado mi ciudad. Ha salvado a siete mil quinientas personas. ¿Puedo invitarla a una cerveza?
Otra sonrisa.
—Sí, ¿por qué no? —respondió ella—. Pero tendrá que ser mañana. Tengo que quedarme aquí hasta que caiga la noche.
Desde su posición veía las puertas del ayuntamiento. Arkeley no se había presentado, aunque lo había estado esperando hasta el amanecer. Se convenció de que debía de haber salido el sol y no le había dado tiempo a regresar.
Pero sabía que era mentira.
Él mismo le había enseñado que todos los vampiros eran iguales. Al principio podían ser nobles y compasivos, o unos cerdos, pero eso dejaba de importar en cuanto probaban la sangre; a partir de aquel momento se convertían en algo antinatural y ya sólo pensaban en seguir viviendo para beber más. Querían vivir para siempre.
Aquella noche el sol se puso a las siete. Para entonces había destruido exactamente cien corazones. Los había encontrado todos, algo de lo que nunca había dudado. Arkeley siempre había sido un tipo meticuloso. Cuando la postrera luz rosada desapareció del cielo de Gettysburg, Caxton seguía esperándolo junto a las puertas del ayuntamiento, con la Beretta cargada de nuevo. Si no aparecía iba a tener que cazarte. Aunque imaginaba que podía concederle una noche más antes de ponerse manos a la obra.

Fin




Agradecimientos.

John Geistdoerfer es una persona real, a la que le gustan los vampiros, aunque no en exceso. Su generosidad le ha valido aparecer en este libro y con su buen humor se ha ganado un lugar particularmente peculiar. Que lo disfrutes, me dijo. Y eso hice.
Pasé mucho tiempo investigando para escribir los episodios relacionados con la guerra civil estadounidense. Para ello conté con la ayuda de muchas personas, que respondieron a mis preguntas y se aseguraron de que fuera fiel a los hechos. Todo el personal del Parque Militar Nacional de Gettyshurg fue extremadamente generoso con su tiempo y sus conocimientos. Lo mismo puede decirse de Craig Young, que preparó un informe detallado sobre el 30 batallón de voluntarios de infantería de Maine, en el que se especificaba lo que habían hecho, dónde habían dormido y qué equipamiento habían utilizado cada día de la guerra. Su labor fue de inestimable ayuda a la hora de crear el hilo conductor de mi historia.
También quisiera dar las gracias a Carrie Thornton, Jay Sones y el resto de personas de Three Rivers Press que me ayudaron a hacer que este libro fuera una realidad.
Mi esposa, Elisabeth, me brindó su inquebrantable apoyo durante todo el proceso de escritura y merece una gratitud mucho más grande de la que puedo expresar aquí.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Dic 03, 2010 8:21 pm

Bueno hemos llegado al final de libro...tenemos que agradecer a todas las chicas que trabajaron en el.
ahora solo nos queda la recopilacion y diseño, del cual me encargare.
Gracias chicas otro proyecto mas. :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Dic 04, 2010 5:55 pm

Gracias chicas por los capítulos y el libro.
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Dic 04, 2010 9:26 pm

Ya el libro ha sido recopilado. Está en proceso de Diseño. :1003:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Dic 04, 2010 9:28 pm

wiii librito terminado
espero qeu se pueda hacer el tercero que es "Vampiro cero" si no estoy mal xDD

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Dic 04, 2010 9:31 pm

Creo que tibari habia dicho que aun no habia salido.

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