Black and Blood


 
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 99 Ataudes (David Wellington)

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rossmary
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 09, 2010 10:10 pm

oye si te fijas una de mis creaciones tiene tu nombre jajajajajaja

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 09, 2010 10:17 pm

siii tiernita parezco awwwww
entonces tibari, gemma, ross y yo
como seran de grandecitos estas mascotas preciosas

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 09, 2010 10:20 pm

jajjajaj...estaba haciendo una de karme pero no me dejo adoptarmas.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 09, 2010 10:20 pm

o.O
y pk no u.u

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Jue Sep 09, 2010 11:43 pm

Lo has dejado en lo mas emocionante Ross :grr: Malvada!!!

Gracias por los capis :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 5:14 pm

Nanis escribió:
Lo has dejado en lo mas emocionante Ross :grr: Malvada!!!

Gracias por los capis :Manga30:

Estás enganchada, ¿eh? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:13 pm

Siiiií esta buena la historia, espero que este vampiro sea quien creo y no sea tan sanguinario como los otros!!!!

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:29 pm

Capítulo 16

Transcrito por shuk hing

Tras mucho buscar encontré mi presa, pero lo lamenté casi al instante. Bill yacía enroscado en un matorral y cubierto de barro, con el cuerpo retorcido y deformado. No llevaba ni el fardo ni el mosquete y tampoco los encontré por ninguna parte. La chaqueta azul estaba desgarrada por la parte delantera y hallé los botones esparcidos a su alrededor, como si se los hubieran arrancado en un arrebato de furia. Tenía el cuello y las manos pálidas como el vientre de un pescado, pero eso no era lo peor, Tenía el rostro hecho trizas, como si lo hubiera atacado un oso. Le colgaban jirones de piel de las mejillas y tenía la nariz completamente abierta, como si la hubieran diseccionado para una clase de anatomía.
Encontré su gorra de campaña junto a su mano. La recogí y la retorcí entre mis propias manos, y llore por él, pues mi Bill estaba muerto.
Eben Nudd me puso una mano encima del hombro, algo que le agradecí enormemente. German Pete se sentó encima de su fardo y bebió un buen trago de su cantimplora.
Me arrodillé para besar a mi amigo en la frente por última vez y me llevé el peor susto de mi vida. Pues aunque su cuerpo no desprendía calor alguno, ni respiraba, ni mostraba señales de vida, Bill se movió y se estremeció al notar que lo tocaba.
«Alva —dijo agitadamente. Parecía estar demasiado débil para moverse y, sin embargo, estaba deseoso de alejarse—, Alva, me está llamando.»
«¿Quién, Bill? ¿Quién te llama? Te ayudaremos a levantarte y regresemos al campamento. Los cirujanos se ocuparán de ti.» Difícilmente podrían reconstruirle el rostro, pensé, pero había muchos hombres que habían terminado la guerra desfigurados y que, aun así, habían seguido viviendo y luchando. «Vamos.»
«¡No!», exclamó él con una voz aguda y escuálida como un silbido. Entonces me golpeó en el hombro y me hizo caer. «No, ¡no os acerquéis más! ¡Dejadme solo! Oh, ¿no lo oís? ¡Me está llamando!»
Entonces se levantó y se marchó corriendo, pero todavía se volvió y me gritó que no lo siguiera. Que a partir de aquel momento debía darlo por muerto.

LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:30 pm

Capítulo 17

Transcrito por shuk hing

El vampiro la vio y sus ojos enrojecidos se clavaron en los de Caxton. Ésta intentó apartar la mirada, pero no lo consiguió.
De forma vaga y superficial, sabía lo que estaba sucediendo. El vampiro la estaba hipnotizando. No era la primera vez. Si hubiera sido capaz, Caxton habría gritado, habría echado a correr, al menos habría apartado los ojos. Sin embargo, no podía. El vampiro imponía su voluntad. El amuleto que llevaba colgado en el cuello empezó a arder, como si intentara combatir aquella influencia maligna, pero no tenía suficiente poder. Su objetivo era canalizar la energía de su portadora, proporcionarle la claridad mental necesaria para repeler el ataque psicológico del vampiro. A menos que Caxton lograra mover la mano y cogerlo, dirigir sus pensamientos hacia el amuleto no le serviría de nada. Y si el vampiro no apartaba los ojos, la agente tan sólo podía devolverle la mirada, con la mente racional desconectada de su cuerpo.
En la mano sujetaba todavía el móvil, que iba emitiendo zumbidos. Lo más probable era que se tratara de la telefonista, que seguía preguntándole cosas desesperadamente. Abrió los dedos y el teléfono cayó al suelo. Rebotó en la acera, pero Caxton no pudo bajar la mirada para ver adónde había ido a parar. No podía mirar nada que no fueran los ojos del vampiro.
Y aquellos ojos... eran fríos a pesar de ser del color de las brasas candentes. No transmitían ninguna emoción y, sin embargo, estaban fijos en los suyos con una fuerza incontestable.
Si quería, podía retenerla allí para siempre. Podía acercársele y partirle el cuello con las manos, y ella no sería capaz de defenderse ni de moverse un ápice.
Oyó las sirenas de la policía que se acercaban; no obstante, carecía de la presencia de ánimo para alegrarse ante la posibilidad de que la rescataran.
El vampiro estaba cruzando lentamente la calle, cada vez estaba más cerca. Tenía todo el tiempo del mundo y lo sabía. Incapaz de romper el hechizo de su mirada, Caxton no vio el coche patrulla que se aproximaba. El vampiro, por su parte, debía de estar demasiado concentrado en ella y tal vez no veía más que la sangre que circulaba dentro de su cuerpo; en cualquier caso, tampoco se percató de la llegada del vehículo.
Caxton no sabría decir si el conductor del coche lo vio o no. Dobló la esquina a toda velocidad, las ruedas rechinaron sobre el asfalto, la agente oyó un chirrido lastimero a lo lejos, nada más, y el vehículo cruzó la calle a toda velocidad hacia donde se encontraba el vampiro. Lo embistió de forma lateral, llevándoselo por delante y lo arrastró media manzana, mientras los frenos chirriaban y echaban humo.
El hechizo se rompió al instante. Caxton exhaló una bocanada de aire viciado, había estado conteniendo la respiración todo el tiempo, y se dobló por la cintura, presa de la náusea y el miedo. Se llevó la mano al cuello y cogió el amuleto; el calor almacenado casi le quemó los dedos. De pronto Caxton sintió cómo la invadía una oleada de energía que le aceleró el pulso.
—¿Está muerto? —exclamó alguien—. Por favor, dígame que está muerto.
—¿Quién? —preguntó Caxton sin darse cuenta de que no se lo preguntaban a ella.
Levantó la mirada y vio a dos policías locales colocados a ambos lados del cuerpo inerte del vampiro, que yacía en medio de la calle. Ambos empuñaban las pistolas, pero apuntaban hacia arriba, en posición de seguridad.
—Por lo menos no se mueve —respondió el otro. Se trataba de dos hombres vestidos con uniformes idénticos. Uno de ellos, el último en hablar, era ancho de hombros, pero tenía apenas la misma altura que Caxton. Le dio una patadita al brazo del vampiro. El otro, un tipo grande como un muro, retrocedió para cubrir a su compañero.
Caxton sabía con absoluta certeza que ambos estarían muertos en cuestión de segundos si no hacía algo.
—¡Policía estatal! —exclamó y se acercó a ellos tan rápido como le permitió su cuerpo. Caminaba con paso vacilante, se sentía exhausta—. ¡Atrás!
El policía más alto se volvió hacia ella, con una palabra ya en los labios. El otro se agachó para mirar al vampiro de más cerca. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. El vampiro se levantó sobre los codos y volvió la cabeza hacia un lado. Su boca se abrió y dejó a la vista sus dientes, afilados y traslúcidos, que se hundieron en el muslo del policía que estaba de cuclillas. El vampiro cerró la boca con fuerza.
Un chorro de sangre salpicó el capó del coche, las piernas del otro policía y la oscura superficie de la calle. El vampiro debía de haberle hincado el diente en una arteria. El policía agachado soltó un grito e intentó bajar la pistola para disparar al vampiro, pero a medio gesto ya había muerto. Cayó de espaldas y su cabeza golpeó el asfalto con un sonido que hizo que Caxton se estremeciera.
El policía superviviente retrocedió de un salto y blandió la pistola. Caxton llegó junto al coche, agarró al policía por el brazo y se lo llevó más lejos.
El vampiro se arrastró para salir de debajo del coche. Tenía la boca y gran parte del pecho cubiertos de sangre. Su piel era de un blanco menos refulgente, incluso había adquirido un tono ligeramente sonrosado. Tenía el mismo aspecto demacrado y descarnado que hacía un rato, pero Caxton sabía que la sangre del agente lo habría vuelto diez veces más fuerte.
El policía superviviente se arrodilló y agarró el arma con las dos manos. Apuntó y hundió una bala en el cogote calvo del vampiro. Caxton vio cómo la piel del vampiro se abría y cómo, debajo, su calavera se agrietaba por el impacto de la bala. La herida se cerró de forma tan rápida y homogénea como si alguien hubiera disparado una bala en un cubo de leche. Si el vampiro había percibido el disparo, no dio muestra alguna de ello.
—El corazón —logró decir Caxton—. Debe destruirle el corazón.
Pero mientras ella hablaba, el vampiro se volvió lentamente y miró al policía local. El rostro de éste reflejó una expresión de miedo y aversión; sin embargo, pronto quedó inerte y vacío. Su cuerpo se estremeció y sus brazos se desplomaron a los lados; parecía que se había olvidado de que estaba empuñando la pistola.
Al vampiro le habría resultado de lo más sencillo matar a Caxton y al otro agente en aquel preciso instante. Podría haberlo hecho aunque sólo fuera para evitar que lo siguieran: Caxton había visto a otros vampiros proceder así antes. En cambio, salió disparado hacia el escaparate de la funeraria, frente al cual se encontraba el ataúd. Lo cogió, les dio la espalda y cruzó la calle en dirección al campus de la universidad.
A lo lejos se oyó el aullido entrecortado y titubeante de una sirena.
—¿Qué es eso? —preguntó Caxton.
El policía miró a su alrededor como si no se acordara de donde estaba.
—La alarma antitornados —dijo—. Querían evacuar las calles con rapidez. Va a asustar a los turistas, pero los habitantes del lugar sabrán darles cobijo.
Caxton respiró aliviada. La telefonista la había tomado en serio. No había ningún peligro real de tornados, el cielo estaba despejado y lleno de estrellas, pero la sirena cumpliría el objetivo.
—Eso está muy bien. Lo que tenemos que hacer ahora es...
—Oh, Dios —dijo el policía—. ¡Dios mío, Garrity! —Se acercó hasta su compañero caído, le cogió las muñecas y le buscó el pulso—. ¡Está muerto!
—Sí —respondió Caxton con toda la delicadeza de la que fue capaz—. Tenemos que atrapar a la cosa que lo ha matado.
—Negativo —dijo el policía, que cogió la radio y llamó a una ambulancia. Entonces cambió de frecuencia—. ¡Ha caído un agente! —exclamó—. Uno, cinco, cinco, Carlisle.
—Vale, bien... —murmuró Caxton. Sabía que el agente se limitaba a seguir órdenes: no se puede abandonar a un policía muerto en medio de la calle. Pero también sabía que a menos que se dieran prisa, iban a perder al vampiro—. Ahora tenemos que irnos.
El policía se quedó mirándola.
—Garrity era mi compañero desde hace ocho años —respondió; al parecer estaba convencido de que aquello pondría punto final a la discusión.
En cualquier otra circunstancia probablemente habría sido así, en aquel momento, Caxton sabía que no podía esperar a que llegara la ambulancia.
—Pues deme las llaves del coche y quédese aquí —insistió—. Soy agente estatal. ¡Vamos! ¡Se va a escapar!
El policía la observó con una mirada extraviada durante un instante excesivamente largo. Caxton casi podía ver el velo de dolor, ira y miedo que le nublaba el cerebro. Finalmente, el agente metió la mano en el bolsillo del pantalón de Garrity, manchado de sangre, y sacó las llaves del coche. Se las puso en la mano sin mediar palabra.
Caxton giró sobre sus talones y entró ágilmente por la puerta abierta del coche patrulla. Dio marcha atrás y se alejó de la horrible escena que ocupaba el centro de la calle; otra visión espeluznante que le provocaría pesadillas durante años, pensó. Encaró el vehículo hacia el campus y se dirigió hacia una estrecha carretera que enfilaba entre varios edificios de poca altura.
Pasó entre ellos a toda velocidad, y aunque intentó aguzar la vista, no descubrió ni rastro del vampiro. Había un puñado de estudiantes de aspecto aterrorizado pululando por las aceras, pero no le prestaron ninguna atención. La sirena antitornados resonaba con una cadencia cada vez más rápida.
Más adelante la calle se ensanchaba. En las señales podía leerse: «AVENIDA CONSTITUTION», aunque a Caxton el nombre no le decía demasiado. Apretó el acelerador y el coche patrulla salió propulsado, lanzándola contra el asiento. El vampiro podría haber tomado cualquier calle adyacente, pero lo único que Caxton podía hacer era confiar en su buena estrella y conservar la esperanza de que iba a dar con él. Estaba empezando a desesperarse cuando vio fugazmente algo blanquecino que trotaba en la oscuridad, frente a ella. Sí, ahí estaba. El vampiro seguía arrastrando el ataúd y corría por el centro de la calle, mucho más rápido de lo que cualquier ser humano sería capaz.
Caxton pisó el gas a fondo y, lentamente, empezó a recortar distancia. ¿Cómo era posible que fuera tan rápido? Debía de tener por lo menos ciento cincuenta años. A esa edad, los vampiros deberían yacer en sus ataúdes, incapaces de levantarse, como Justinia Malvern. Era imposible que un vampiro tan viejo pudiera correr tan de prisa y, sin embargo, eso era exactamente lo que estaba sucediendo.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:32 pm

Capítulo 18

Transcrito por shuk hing

Bill me había pedido que no lo siguiera. Pero ¿qué otra cosa podía hacer yo, que era su amigo? A través de la oscuridad, siguiendo su rastro, aparecimos tras el en una estrecha pista. Al poco, ésta desembocaba en un claro en el que había una casa y varias construcciones adyacentes. Sobre la casa podrían decirse muchas cosas, pero de momento hablaré tan sólo del resto de edificios. Se trataba de chozas en ruinas y varios cobertizos que flanqueaban la casa tan de cerca que casi se apoyaban en ella. Eran de la peor factura imaginable y estaban tan destartalados que le conferían un aspecto aún peor a la casa.
Ah, sí, ¡la casa! En su día estuvo pintada de blanco y tal vez fue una casa espléndida. En la fachada habla seis imponentes columnas y estaba rematada por una generosa cúpula. Los ventanales eran del cristal más transparente y tras estos pude ver los retazos de unas cortinas blancas. Restos, tan sólo, pues la casa había muerto y se había rendido ya a la decadencia.
¿Es correcto o siquiera posible decir que una Casa ha MUERTO? Esa fue mi primera impresión. La pintura de la fachada estaba agrietada y descascarillada, y dejaba a la vista tramos de madera carcomida, algunos ventanales estaban rotos y alguien había cegado apresuradamente los del primer piso con tablas. Parte de la cúpula se había hundido y un extremo de la casa era más bajo que el otro, como si los cimientos hubieran cedido y la edificación estuviera a punto de derrumbarse.
La puerta principal estaba abierta, o tal vez la habían arrancado. Se trataba apenas de un rectángulo oscuro que conducía al misterio; los orificios de bala astillados que había en el marco tampoco ofrecían demasiadas pistas. Estaba seguro de que Bill había entrado a través de aquel portal y me dispuse a seguirlo, con el mosquete y el morral al hombro y el aliento entrecortado.

LA DECLARACIÓN DE ALVA GRIEST

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:33 pm

Capítulo 19

Transcrito por shuk hing

La espalda blanquecina del vampiro brillaba a la luz de los faros. De vez en cuando volvía la mirada, pero en ningún momento ralentizaba el paso. Caxton pisaba el acelerador a fondo, y a pesar de que dejaba atrás aparcamientos y patios llenos de árboles a gran velocidad, el vampiro mantenía su ventaja.
Se dijo que su mejor opción era arrollarlo con el coche. Si lograba colocarse encima, atraparlo bajo las ruedas, tal vez podría retenerlo el tiempo necesario para pedir refuerzos. La idea de capturarlo a solas era un suicidio, más teniendo en cuenta que se había olvidado el arma en su coche. Echó un rápido vistazo al interior del coche que le había prestado el policía y vio que había una escopeta antidisturbios sujeta al salpicadero. Algo era algo, aunque las escopetas servían de más bien poco contra un vampiro que acababa de comer. A lo mejor lograría frenarlo; ésa era su esperanza.
Continuaba persiguiendo al vampiro a toda velocidad. La avenida Constitution recorría el margen externo del campus en dirección norte y el coche perdió algo de velocidad al tomar una curva. A través del parabrisas, Caxton vio cómo el vampiro levantaba el ataúd robado con ambas manos, cogía impulso y lo arrojaba contra ella. La agente intentó desviarse para evitar aquel misil de madera que ocupaba toda su visión. Pisó el freno con un grito en el preciso instante en que la luna delantera se agrietaba y se combaba por el impacto. El coche se bamboleó y derrapó; estaba a punto de volcar. Primero una rueda y luego otra, empezaron a hacer un ruido como de disparos: las llantas estaban percutiendo el suelo, el coche estaba perdiendo la verticalidad. El airbag se disparó con un silbido, pero se deshinchó al instante a pesar de que el coche seguía en marcha. Caxton salió disparada hacia un lado y se golpeó dolorosamente contra la puerta. El cinturón de seguridad la arrojó contra el asiento justo en el momento en que al fin el coche se detenía.
A través del parabrisas vio un estadio de fútbol americano. Había terminado en el aparcamiento, lo cual no estaba nada mal, pues esa noche el coche no iba a ir a ninguna parte.
Hizo un esfuerzo por centrarse. No había tiempo para comprobar si estaba herida o tenía algún traumatismo cervical: era imperativo moverse. El vampiro seguía cerca y ella aún tenía posibilidades, aunque fueran remotas, de atraparlo. Agarró la escopeta del salpicadero, se cercioró de que estuviera cargada, abrió la puerta y salió del coche. Aun tambaleándose, miró a su alrededor, pero no vio al vampiro.
La forma de actuar de aquel monstruo la tenía algo intrigada. Nunca antes había visto a un vampiro que huyera de una pelea, especialmente cuando acababa de comer. Un vampiro normal le habría dado algo más que guerra a la escasa fuerza policial del lugar y, sin embargo, nunca antes había visto a un vampiro con un aspecto tan precario, por lo menos ninguno que caminara por su propio pie.
Echó a correr hacia la calle con la escopeta en brazos. Entonces atisbó un ligero movimiento y se volvió. Sí, allí estaba. Vio una pálida sombra que se escabullía entre los árboles, en el extremo opuesto del estadio. No lograría darle caza en la vida si él corría tan rápido como cuando lo perseguía en coche, pero tampoco podía rendirse. Los pulmones le ardían mientras se dirigía hacia el lateral del estadio. Fue a coger el móvil pero no lo encontró. Entonces recordó que lo había soltado mientras estaba hipnotizada y que luego no se había acordado de recogerlo. Estaba sola.
Al otro lado del estadio había un campo de entrenamiento. Vio al vampiro correr por el césped recién cortado. Frente al campo había árboles y unas colinas verdes apenas iluminados por la luz de las estrellas. Aquellos montes formaban parte del parque militar nacional, pensó, un antiguo campo de batalla en el que no había más que obeliscos de mármol y enormes monumentos en memoria de los soldados caídos. Sabía que entre los árboles la oscuridad la envolvería rápidamente y que no llevaba linterna.
Pero continuó corriendo.
Se detuvo en lo alto de la colina e intentó recuperar el aliento. Sabía que debía dar media vuelta, no había discusión. Tenía que dejar huir al vampiro, permitir que se escapara. Arkeley se sentiría decepcionado. En su día aquello habría significado mucho, pero ahora Caxton tenía una vida. Tenía que pensar en Clara y en los perros. Si la mataban allí...
No tuvo tiempo de concluir el pensamiento, pues al dar media vuelta para regresar al campus, se encontró cara a cara con el vampiro. El monstruo estaba inmóvil, como si hubiera estado allí observándola desde hacía un rato. Los ojos le ardían en las cuencas como dos brasas de cigarrillo.
Caxton apartó la mirada de aquellos ojos y asió el amuleto que le colgaba del cuello. Hizo el gesto de levantar la escopeta, decidida a arrancarle los ojos de la cabeza. Sin embargo, el vampiro salvó la distancia que los separaba con un movimiento rapidísimo y le arrancó el arma de las manos. Ésta cayó dando tumbos por la falda de la colina y resbaló sobre el césped húmedo.
Entonces el vampiro agarró la cabeza de Caxton con las dos manos y tiró de ella hasta que la cara de la agente estuvo a apenas unos centímetros de la suya. Caxton olió la sangre del poli-cía muerto en el aliento del vampiro. Éste abrió mucho los ojos y le clavó la mirada, pero como la agente aún sujetaba el amuleto con la mano, no logró conectar con ella. La soltó con un gruñido de asco.
—Yo soy un caballero, señorita; y me enseñaron a no levantar la mano a una dama. —Tenía una voz dura bajo el gruñido que distorsionaba el habla de todos los vampiros. Dura y crispada. Frunció los labios y a la vista quedaron sus afilados dientes—. Aunque desconozco qué dirán los libros de etiqueta acerca de una mujer vestida con atuendos masculinos.
A lo mejor no iba a matarla o, por lo menos, no de inmediato. Caxton estaba tan aturdida que no comprendió a qué se refería. Bajó la mirada y vio su camisa blanca y su corbata.
—Éste es mi uniforme —dijo—. Trabajo para la policía estatal.
—Ya he matado una vez esta noche y eso es cuanto quiero —dijo—. Pero le advierto que debe dejarme en paz. Si nuestros caminos vuelven a cruzarse no me mostraré tan compasivo.
Y entonces la lanzó por los aires, a través de la oscuridad. Caxton notó el impacto contra la hierba, dura como un muro de hormigón, pero eso fue todo lo que sintió.
La oscuridad la envolvió como si de un enorme puño cerrado se tratara. Pero, de repente, la luz regresó a su mundo y Caxton se sacudió, presa de unas violentas convulsiones.
—¡No! — gritó al tiempo que abría los ojos.
La luz había cambiado, el aire era más cálido. ¿Dónde estaba? ¿Dónde había...? ¿Quién había frente a ella? ¿Era el vampiro? Extendió los brazos y agarró aquella figura que apenas lograba vislumbrar. Apuntó a la garganta, aunque sabía que estaría dura como la piedra. Sus manos se cerraron en torno a la tráquea: notó la carne sólida, sólida y caliente...
—¡Oh no, Dios mío! —gritó Laura, soltando la presa al instante. Frente a ella había una mujer con un flequillo de pelo negro de lo más mono. Tenía los ojos castaño oscuro, unos ojos húmedos en los que se reflejaba el rostro asustado de Laura.
Acababa de atacar a Clara, que tosía e intentaba volver a respirar.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:34 pm

Capítulo 20

Transcrito por shuk hing

Pero antes de que pudiéramos entrar en la casa se oyó un disparo y una bala se incrustó entre mis pies. Me quedé petrificado, como paralizado, y pensé que había llegado mi hora. Sin embargo, el tirador, que me hizo un gesto desde lo alto de un árbol cercano, resultó no ser ningún rebelde. Iba vestido de color verde oscuro y con botones de caucho negro. Su arma colocada encima de una gruesa rama del árbol, parecía una pitón mecánica. Era un fusil hecho a medida, un arma que tan sólo había visto en una ocasión, en un rodeo, antes del comienzo de las hostilidades. Tenía un largo cañón octagonal y un catalejo montado encima por si acaso. Sabía que con aquel fusil podría haberme atravesado de parte a parte, especialmente a aquella distancia, pero sabía también que el extraño había disparado con intención de advertirme y no de derribarme. Aquel peculiar atuendo le permitía camuflarse entre el follaje y de repente me percaté de que se trataba del uniforme de los francotiradores del ejército. Así pues, y por fortuna para mí, era un unionista, pues de otro modo yo ya estaría muerto. Llevaba unas largas patillas y tenía la piel bien curtida. En aquel momento no me atreví a aventurar qué podía estar haciendo en los árboles.
«¡Mi amigo está ahí dentro!», le respondí, si bien ante su gesto para que me callara se me entrecortó la voz.
Con la mano libre me indicó que me acercara hacia su posición y entonces hizo que me tendiera entre la hierba alta. «Se acercan los rebeldes», susurró.
A pesar de mi confusión, yo seguía siendo un soldado y entendí rápidamente a qué se refería. Me oculté con toda la discreción de la que fui capaz.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Vie Sep 10, 2010 9:49 pm

Gracias Shuk :Manga30:

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 11, 2010 9:52 am

ranguis!!!! ^^

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Sáb Sep 11, 2010 1:44 pm

Gracias !!! ala!!! rangos a cascoporro!!!!!!
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 4:14 pm

Espero que nanis este contenta....

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 4:51 pm

21



Transcripto por Bautiston


Caxton estaba tendida boca arriba en la cama del hospital, incapaz de encontrar una postura que le resultara cómoda. La habían encontrado al alba, arrastrándose por el parque militar. Inicialmente, los guardias forestales del parque habían creído que se encontraba en aquel estado a causa de las drogas y la habían trasladado al modernísimo hospital de Gettysburg. Los médicos le hicieron las pruebas pertinentes y, a pesar de no encontrar rastro de drogas en su organismo, insistieron en que debía descansar. Lo iba a tener difícil.
—Creía que era el vampiro. Dios mío, ¡he estado a punto de matar a Clara porque creía que era el vampiro!
—Sí. — Vesta Polder colocó sus manos sobre las mejillas de Caxton. La anciana llevaba varias decenas de anillos de oro en los dedos; Laura notó el frío metal sobre su ardiente piel. La mujer dejó las manos allí al tiempo que estudiaba los ojos de Laura.
— Es cierto. Pero no tienes por qué exaltarte tanto.
Laura se pasó la lengua por los labios resecos. Se sentía febril y exhausta, como si acabara de pasar una fuerte gripe.
— ¡Podría haberla matado!
Vesta Polder se encogió de hombros y retiró las manos.
— Pero no lo hiciste y la vida es demasiado corta como para pensar en el daño que podríamos haber causado.
La anciana tenía el pelo rubio y encrespado, y llevaba un largo vestido negro con el cuello abotonado. Era amiga de Arkeley, aunque tal vez sería más apropiado calificarla de aliada, y era una especie de médium o algo por el estilo. Caxton no sabía de donde provenía el poder de Vesta, pero sí que era considera¬ble. Había sido idea de Arkeley llevar a Vesta Polder al hospital, un gesto extrañamente afectuoso viniendo de él. No obstante, optó por no mirarle el dentado a aquel caballo regalado y decidió no preguntarse cuáles serían sus verdaderas motivaciones.
—¿Necesitas un sedante o crees que podrás calmarte?
Caxton tragó saliva. Tenía la garganta irritada y áspera, como si llevara horas gritando.
—Lo intentaré — prometió; se sentía como si la profesora del colegio acabara de regañarla.
— Pero ¿está bien?
— Se recuperará. Le he dado un té para calmar el dolor. —Vesta Polder vio la mirada aterrorizada de Caxton y negó con la cabeza.
—. Era un té de hierbas normal y corriente; mucho más efectivo que cualquier poción, en realidad. Está asustada, desde luego, pero se lo he explicado todo y no te guarda rencor. Vale la pena que la cuides —dijo, mirándola por encima de su afilada nariz.
— Es una chica lista y tiene los pies en la tierra.
Caxton asintió. Mucha gente no habría descrito a Clara de aquella forma, sin embargo, Vesta veía a las personas por lo que eran y no por lo que aparentaban.
—¿Y yo? ¿Estoy bien? —preguntó finalmente. Vesta Polder se levantó y se acercó a la cama.
—No te vendría nada mal descansar. Deberías alejarte de esta ciudad, tan lejos como puedas. No puedo decir que este lugar me guste: hay demasiadas vibraciones, buenas y malas. El eter está cargado de nubarrones. Pronto me iré a mi casa, donde puedo pensar mejor, y lo mismo deberías hacer tú.
Metió la mano en uno de los bolsillos del vestido y sacó algo. Abrió la palma, donde yacía un colgante en forma de espiral atado a una cinta hecha jirones.
—La policía lo encontró cerca de donde estabas. Intenta cuidar mejor de él a partir de ahora, ¿de acuerdo?
Caxton hizo una nueva promesa y cogió el amuleto; estaba frío como los anillos de Vesta Polder y tenía un efecto aún más tranquilizador. La anciana le dio una palmadita en el brazo y se marchó. Inmediatamente, la puerta de la habitación de Caxton se abrió y entró la siguiente visita. Clara se dejó caer pesadamente en la silla que había junto a la cama y le sonrió a Caxton sin decir palabra. Tenía unos cardenales rojos en el cuello; Caxton no podía mirarlos.
— ¡Menudo susto me has dado! — Exclamó Clara—. ¡No vuelvas a hacerlo! Cuando me llamaron para decirme que te habían encontrado, estaba segura de que el vampiro te había matado. Me contaron que se había cargado al otro tipo, el policía local. —Clara llevaba una camisa negra y vaqueros; debía de haberse tomado el día libre-. Su familia debe de estar hecha polvo, ¡pero yo me siento tan aliviada! ¿Crees que eso significa que soy mala persona? No me lo digas. Me alegro tanto de que estés viva...
Caxton abrió la boca para hablar pero sólo logró articular un gemido.
Clara abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza. —Escucha, los perros están bien. Les he puesto agua y comida, tal como me enseñaste. Creo que a Fifí no le caigo bien, aunque eso sólo significa que todavía no me conoce lo suficiente, ¿no? En cuanto me conocen, le caigo bien a todo el mundo.
Laura cerró la boca, volvió la cabeza y asintió con un gesto.
-Los médicos dicen que te puedes ir cuando quieras. He puesto un edredón nuevo en nuestra cama; anoche hizo mucho frío, sobré todo porque estaba sola. Y viniendo hacia aquí he visto un lugar donde venden manzanas Macoun. ¡Son mis favoritas! He pensado que te haré una tarta, ¿qué te parece? No he hecho nunca ninguna, pero... pero...
Clara la miraba fijamente. Caxtón notó cómo algo húmedo le caía por la boca. Se llevó la mano a la mejilla y se dio cuenta de que estaba llorando a mares. Quiso disculparse, pero en lugar de palabras le salió tan sólo un sollozo.
- Oh, Laura -dijo Clara en voz baja. Entonces se levantó de la silla y se metió en la cama, con Laura—. No pasa nada, estoy aquí.
Su pequeño cuerpo se pegó al costado de Caxton, se acurrucó contra su pecho. Sus suaves labios rozaron la sudada frente de Caxton. Se estaba balanceando hacia delante y hacia atrás, acunando el cuerpo laxo de Caxton, cuando la puerta se abrió de nuevo.
— Ejem —dijo Arkeley.
Caxton no se movió. Clara se incorporó apenas lo justo para decirle que se marchara. Pero el viejo federal lisiado la ignoró, porque en lugar de marcharse entró en la habitación y se detuvo a los pies de la cama.
- ¡Fuera de aquí! -gritó Clara. Había rencillas entre ella y Arkeley, en una ocasión incluso lo había amenazado con golpearlo, aunque al final se había echado atrás al comprender que agredir a un U. S. Marshal le costaría el trabajo.
Caxton cerró los ojos. No sabía qué decir. No quería ver a Arkeley y, sin embargo, por lo menos le debía una disculpa. Tragó saliva y se incorporó ligeramente en la cama.
-Mi novia y yo estamos ocupadas ahora mismo -dijo Clara.
El rostro de Arkeley se contrajo, las cicatrices fruncidas y lívidas. Le brillaba la mirada. ¿Estaría sonriendo? Si era así, parecía que le resultaba doloroso.
—Agente Hsu, ¿por qué no espera en el vestíbulo? —preguntó.
—¿Y usted por qué no sube aquí y baila? —respondió ésta al tiempo que le dedicaba un gesto grosero, con un dedo extendido.
La sonrisa de Arkeley no vaciló.
Caxton se aclaró la garganta de forma ostensible. Los dos la miraron como si esperaran que fuera a resolver las diferencias entre ambos. Caxton no se creía capaz de tanto, pero por lo menos podía intentar tomar el mando de la situación.
-Usted llevaba razón y yo estaba equivocada -dijo por fin, mirando a Arkeley a los ojos. Su expresión no cambió; no había venido a regodearse—. Es verdad, había un vampiro en el último ataúd. Un vampiro activo.
—Ya lo sé. He leído el informe del superviviente del ataque de anoche. —La observó como para asegurarse de que no estaba herida—. El otro superviviente, quiero decir. Su prosa era algo emotiva para un trabajo policial, pero logré comprender lo esencial.
—¿Y qué piensa hacer ahora? —preguntó Caxton. —¿Quién? ¿Yo? —replicó Arkeley con expresión de sorpresa. Una vez más, sus cicatrices adoptaron un tono blanquecino—. _Yo no puedo enfrentarme a este vampiro. —¿Porque no?
El viejo federal hizo una mueca y apartó la mirada.
—¿En serio va a obligarme a decirlo? Estoy lisiado —dijo, y se le tensaron los hombros. «¿Cuánto le dolería admitir su propia debilidad? — se preguntó Caxton—. ¿Hasta qué punto lo había humillado tener que pedirle ayuda para anudarse la corbata?»—. Mi cuerpo ya no responde como antaño. Puedo asistirla, pero nada mas. El caso es suyo.
Caxton abrió la boca como si fuera a reírse, pero sabía que lo decía en serio.
—No puedo aceptarlo —dijo.
—Si no lo hace tendrán que asignárselo a otra persona —ex¬plicó él pausadamente—. Probablemente un policía local que como mucho habrá tenido que vérselas con un conductor bo¬rracho. Y sabe perfectamente qué le va a suceder a ese policía: morirá. No sabrá a qué se está enfrentando, subestimará al vampiro y ese monstruo lo hará papilla la primera vez que se acerque a él.
A Caxton se le ocurrían cien argumentos contra lo que Arkeley estaba diciendo, sin embargo, todos convergían en un mismo problema: que el federal tenía razón. Y lo sucedido la noche anterior era la prueba definitiva a la par que horrible de ello. Arkeley tenía razón. Aquél iba a ser su caso.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 4:52 pm

22


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Demostró ser tan válido prediciendo acontecimientos futuros como disparando, apenas me hube escondido, oí un traqueteo de cascos que se acercaba. En menos de un minuto, una horda de caballerías secesionista se detuvo frente a la casa. Su líder, un oficial de bastante graduación a juzgar por el aspecto de su insignia, llevaba guantes de piel, un polvoriento sombrero flexible y una buena camisa de algodón gris hecha a medida. Sus hombres, en cambio, llevaban en su mayoría uniformes de color caqui hechos en casa. Habíamos visto a muchos en Chancellorsville, donde algunos hombres luchaban descalzos o incluso si fusiles.
En Chancellorsville habíamos sufrido una derrota, como siempre que nos hablamos enfrentado a Robbie Lee. Con aquello en mente, me dije que debía respirar de la manera más silenciosa posible.
«Marse Obadeiah», gritó el comandante de caballería como si se dirigiera a un viejo amigo. «¿Estás ahí? ¿Me oyes? He venido desde Richmond, eso son cuarenta y cinco kilómetros. ¿Me oyes? La causa requiere tus servicios una vez más. Los yanquis están por todas partes, hay que obligarlos a retroceder. ¡El general Lee comandará la carga!»
El oficial daba vueltas con su caballo, como si temiera ser atacado desde cualquier lugar.
La respuesta llegó después de unos momentos, pero lo hizo con una voz que helaba la sangre, aunque hablaba de forma gramaticalmente correcta, aquella voz tenía muy poco de humano. Sonaba más bien como si alguien raspara las cuerdas de un violín con el cuello de una botella rota y este, de algún modo, emitiera palabras.
«Os he escuchado», anunció la voz.


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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 5:23 pm

Ranguis.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 5:36 pm

Hola....

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 5:51 pm

¡Gracias!! ranguillos!!!! :sunglasses:
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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 6:01 pm

23


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Cuando salió de la cama, Caxton se sentía como si la noche anterior le hubieran pegado una paliza. Le dolían las articulaciones y su boca emanaba un olor hediondo. No podía hacer nada para remediarlo. Clara le había traído una muda limpia y Caxton se había cambiado con dolores en todo el cuerpo. No obstante, era agradable notar el tacto de la camisa limpia. Se puso el abrigo y guardó la libreta y el móvil en los bolsillos. La policía local había tenido la amabilidad de devolverle el teléfo¬no tras encontrarlo en la calle, ante la funeraria.
—Acepta el caso —dijo Arkeley. Y no era una pregunta.
El día anterior sí lo había sido y su respuesta había sido que no. Pero ahora todo había cambiado. Había visto a un colega de la policía local morir por un momento de vacilación. Había salido a la caza de un vampiro que no tenía posibilidad alguna «le matar. Todo estaba clarísimo y tenía sentido, mucho más sentido de lo que hubiera tenido nada desde la última vez. La última vez que se había enfrentado a un vampiro.
—Sí —respondió.
Clara se volvió para mirarla, pero Caxton ni siquiera miró a su novia a los ojos. ¿Qué otra opción tenía? Arkeley ya no podía enfrentarse a vampiros activos, ¡si ni siquiera era capaz de anudarse la corbata! Y había muchos otros policías en el mundo, aunque ninguno con la misma experiencia que ella. De hecho, ninguno de ellos tenía ninguna experiencia con vampiros. Si dejaba que otro policía asumiera el trabajo, estaba se¬gura de que acabaría muerto.
Por supuesto, no había garantías de que Caxton fuera a sobrevivir. Pero aquello formaba parte de su persona. Su padre había sido el único policía en unas minas de carbón del norte. Su padre había sido detective privado. «¿Qué diría su padre si aún estuviera vivo?», se preguntó. Sabía perfectamente lo que le diría. Que ya iba siendo hora.
-Ya he cometido muchos errores -dijo, y Arkeley se limitó a asentir; tranquilizar a los demás nunca había sido su fuerte. Aun así, el hecho de que hubiera acudido a ella buscando ayuda, que hubiera creído que era la persona más apropiada para encontrar y destruir al vampiro, significaba algo. Sólo esperaba poder convencer a sus superiores de Harrisburg-. Ya va siendo hora de que empecemos a hacer las cosas bien. Desde ya mismo.
El federal asintió de nuevo.
-Y para eso tenemos que saber a qué nos enfrentamos. Los vampiros envejecen bastante mal, hasta ahora ha sido la constante. Cuanto más viejos son, más sangre necesitan para mantenerse, y al cabo de cincuenta o sesenta años apenas pueden salir del ataúd. Pero éste es distinto. Ojala supiéramos cómo es posible. Lo vi ayer por la noche y parecía que llevara mucho tiempo sin probar la sangre, tenía un aspecto lamentable. Y, sin embargo, corría tanto o más que un coche. Arkeley estaba de acuerdo.
-Ignoramos muchas cosas sobre este espécimen. Pero es posible que logre averiguar algo. -Caxton soltó un gruñido de aliento-. Es posible que al final no sea nada, pero tengo algo parecido a una pista. Tengo un contacto en el Colegio de Médicos de Filadelfia que...
Clara se rió.
-¿Se refiere al Museo Mütter? No sé por qué, pero no me extraña que un fósil como usted tenga un contacto en aquel lugar. Caxton frunció el ceño. Había oído hablar del Museo Mütter, desde luego. Lo había visitado con el colegio, de niña. Albergaba la colección de anomalías médicas más grande del mundo. Bebés bicéfalos metidos en tarros, el esqueleto del hombre más alto del mundo. En realidad, había muchísimos esqueletos. Pensó en los huesos de la cueva, los vampiros que no habían logrado llegar al siglo XXI.
-Un momento, Clara. Arkeley, dígame, ¿qué hay en el museo que pueda interesarnos?
El federal se encogió de hombros. Parecía algo molesto por la interrupción.
-Como iba diciendo, mi contacto me llamó hace poco. Me dijo que había encontrado algo en el almacén que sabía que querría ver. Entre los huesos de la colección tienen los de un vampiro. Los huesos datan de 1863.
Caxton abrió los ojos como platos.
—Y cree que hay una conexión.
-¿Usted no lo cree? -preguntó Arkeley-. De todos modos Iré a echarles un vistazo. Tal vez comprendamos mejor a quién nos enfrentamos.
Caxton asintió con entusiasmo. Sin embargo, le preocupaba menos la identidad del vampiro que lo que éste pudiera hacer.
De acuerdo, averigüe todo lo que pueda. Para mí, lo más Importante ahora mismo es atrapar al vampiro activo. Me acercare a las oficinas centrales e intentaré convencerlos de que me presten a unos cuantos hombres para empezar a buscar la guarida del vampiro.
Arkeley se marchó sin decir palabra. Caxton se metió las manos en los bolsillos y encontró las llaves del coche. Entonces se volvió hacia Clara y dijo:
Has venido en coche, ¿verdad? Puedes llevarme hasta donde está mi Mazda y entonces...
Vale -dijo Clara, que se levantó. Entonces abrazó a Caxton y hundió la cara en su cuello-. Haría lo que fuera para ayudarte -dijo-. Pero tienes que prometerme que no te matarán.
Caxton le devolvió el abrazo, la estrechó con fuerza y se lo prometió. Sin embargo, cuando se soltaron vio el cuello magullado de Clara y se prometió otra cosa.
La última vez que había luchado contra los vampiros más de uno salió mal parado, gente que le importaba. Se prometió que aquello no se repetiría.
Salió al aparcamiento del hospital, donde soplaba un viento fuerte que arremolinaba las hojas de los naranjos. Clara la llevo hasta el Mazda y se despidió de ella con un intenso beso. Le prometió que se ocuparía de los perros.
—No me esperes despierta —le dijo Caxton, que no pensaba regresar a casa hasta haber destruido al vampiro.
—Mantenme informada —insistió Clara. Luego se subió al coche y se marchó.
Caxton siguió el coche patrulla con la mirada y vio la nube de hojas que levantaba a su paso. Entonces abrió la puerta del Mazda, cogió la Beretta y el cargador, revisó el mecanismo y se guardó el arma en el bolsillo de la chaqueta. Llevar su arma encima la hacía sentirse mucho mejor.
Quería empezar inmediatamente, ponerse en contacto con la policía local y abrir el informe de la investigación. Pero no iba a ser fácil. Primero tenía que regresar a Harrisburg y rogarles a sus superiores de la Oficina de Investigaciones Criminales que la reasignaran y le dotaran de algún tipo de jurisdicción para Gettysburg.
Un estrato de nubes se cernía sobre la autopista 15, por la que conducía en dirección norte. Puso la radio e intentó no pensar en nada hasta que por fin vio aparecer el acueducto de la capital del estado entre dos montañas. La cúpula del Capitolio tenía un aspecto verdoso bajo el cielo encapotado, pero se alegraba de verla. Unos kilómetros más adelante, entró en aparcamiento de las oficinas centrales de la policía estatal, un edificio de ladrillo con una enorme bandera en la fachada Aparcó el Mazda y accedió corriendo al vestíbulo.
Había pensado hablar con su capitán; sin embargo, cuando llegó le indicaron que subiera directamente al despacho del co¬misario. Al llegar ante la puerta, se presentó a la secretaria. Creía que tendría que esperar mientras su superior terminaba lo qué estuviera haciendo en aquel momento, pero la hicieron pasar al instante.
—Agente Caxton —dijo el comisario, levantándose del escritorio. Las paredes de la oficina estaban llenas de cabezas de ciervo de doce puntas y detrás de la mesa del escritorio había un estante de escopetas antiguas, como si el comisario estuviera preparado para pegarle un tiro a cualquiera que le trajera malas noticias.
—Señor —dijo la agente.
—¿Sabe por qué le he pedido que subiera a verme? —le preguntó.
Caxton se pasó la lengua por los labios y comenzó. —Hay indicios de actividad vampirica en Gettysburg —dijo— Quiero decir que hay un vampiro. Lo he visto personalmente. - Se maldijo por no haber ensayado lo que iba a decir. Había tenido tiempo de sobra en el coche—. Me gustaría que me asignara este caso, con atribuciones especiales. Si le parece bien.
—Sí —respondió el comisario.
Caxton no entendió qué quería decir.
—Señor, lo que...
- Lo que me está pidiendo es que le conceda una jurisdicción especial para este caso. Que la releve de sus obligaciones actuales. Estoy de acuerdo: eso es exactamente lo que ha de suceder. No soy el único —añadió con un centelleo en la mirada—. Los comedonuts han hablado. Esta mañana ha llamado el jefe de policía de Gettysburg y ha solicitado hablar personalmente conmigo. He escuchado sus explicaciones y le he prometido ayudarle en todo aquello que Gettysburg necesitara. ¿Y sabe que me ha pedido?
-No, señor.
—Ha pedido que le mandáramos a Laura Caxton, la famosa cazadora de vampiros. La estrella de la película Colmillos. La ha pedido a usted, con nombre y apellido.
A Caxton le temblaban las manos. ¿Así de fácil? ¿Era posible que fuera tan fácil? El comisario salió de detrás del escritorio, le dio un apretón en el bíceps y a continuación se dirigió hacia la puerta del despacho. Caxton seguía en posición de firmes cuando se dio cuenta de que su superior quería que se retirara.
—Señor —dijo—, quisiera agradecerle...
—¿A mí? No hay de qué —dijo el comisario con una sonrisa de oreja a oreja—. Como ya he dicho, he leído el informe de su trabajo en la investigación Godwin. Hizo que le dispararan y dos agentes tuvieron que arriesgar sus vidas para salvarla. —Caxton le dedicó una sonrisa, pero el comisario ya tenía los ojos fijos en sus papeles—. No sabe cuánto me alegra asignarle este caso y alejarla de mis hombres.
Entonces Caxton hizo lo que sabía, que era la única reac¬ción apropiada ante un cumplido tan dudoso como aquél: hizo chocar los talones, saludó, dio media vuelta y se marchó.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 6:03 pm


24

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Subimos a la caravana cubierta encajamos las rodillas y los codos alrededor del dial. Nos iluminaba tan sólo la luz de tina vela, pero el me aseguró que bastaba. Pasaban unos minutos de la medianoche y yo estaba ansioso por dar las malas noticias.
El telegrafista, sin embargo, tardó un buen rato en prepararse, e incluso con el aparato en funcionamiento iba muy retrasado. Sin dejar un instante de maldecir y de quejarse, hacía virar el indicador hacia delante y hacia atrás por la esfera del dial, que con dos hileras de letra y números, y varias órdenes como «ESPERE» y «DETENGASE». No lograba dar con una buena señal de salida, pues los mensajes entraban sin parar. Me aseguró que eso era normal y volvió a ponerse manos a la obra de nuevo con escaso éxito. Yo saque una petaca del interior de la chaqueta y le ofrecí un trago, y si bien eso resultó tener un gran efecto en su predisposición, no sirvió para que la máquina funcionara mejor.
Es por estos electroimanes, se supone que funcionan mejor que el telégrafo de toda la vida, pero a mí no me lo parece. No hay líquidos ni ácidos que puedan quemarme, y tampoco tengo que estar pendiente de la sal, y eso está bien. Pero este aparato detecta demasiados fantasmas.»
Debí de levantar una ceja.
«Lo digo en serio —dijo—, aparecen después de cada batalla y ocupan las ondas, fíjese: muertos que exhalan su último suspiro.»
Observe con asombro cómo el indicador se movía por el dial. Los mensajes llegaban letra por letra, de modo que incluso yo podía leerlos. Las frases no eran nunca largas ni demasiado complejas. La más corriente era «M-A-D-R-E», y también «D-I-O-S» o «J-E-S-Ú-S», pero también «S-O-S» y «A-G-U-A». Todos los gritos de un campo de batalla pulsados por una mano invisible.
Finalmente logramos transmitir mi mensaje urgente, aunque ya se habían hecho las dos. Iba ya a salir de la caravana, aliviado de poder abandonar aquel vehículo inquietante y atestado, cuando el telegrafista me llamó. «Otro mensaje, señor.»
« ¿De que se trata ahora? ¿Malas noticias del otro lado?»
«No, señor: este lleva su nombre. "Recibido por completo", dice, y a continuación: "Nuevas órdenes. Gum Spring de inmediato. " ¿Dónde está eso ?»
«No tengo ni idea », dije yo. Era la primera vez que oía aquel nombre.




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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 6:05 pm


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Transcripto por Bautiston




Cuando Caxton regresó a Gettysburg caía una ligera llovizna. La tarde estaba muriendo y pronto anochecería. Entró con el coche en el aparcamiento de la única estación de policía de la ciudad, situada en la calle High, al sur de la plaza Lincoln. Se terminó la comida para llevar que se amontonaba en el asiento del acompañante del Mazda: necesitaba mantenerse fuerte, especialmente teniendo en cuenta lo exhausta que había terminado tras los esfuerzos de la noche anterior. Después salió del coche y cruzó las puertas de cristal de la comisaría. El sargento de la recepción se levantó al verla entrar y le indicó que se dirigiera hacia unas puertas batientes. Era la zona de despachos, llena de cubículos con un ordenador y un par de sillas de oficina en cada uno. Al entrar vio que en la sala de reuniones había varios policías vestidos de uniforme gris y negro. Caxton vaciló un instante cuando todos se volvieron a mirarla.
No eran detectives, sino policías de patrulla, agentes que se pasaban el día en la calle, manteniendo el orden. Eran hombres altos y, en general, con cierto sobrepeso. Llevaban bigotes hirsutos y el pelo corto y bien cuidado. En otras palabras, su aspecto recordaba mucho al de su padre de joven. Conocía a suficientes policías como para saber interpretar sus miradas: tenían los ojos vacíos, como cuando interrogaban a un sospechoso y no querían revelar nada gratuitamente.
Uno de ellos la reconoció. Era un tipo grandullón con los hombros anchos y la cabeza agachada, como si temiera golpearse con el techo. Era uno de los policías que había respondido a la alarma de robo en la funeraria, el que había sobrevivido. El que se había quedado con su compañero muerto mientras ella salía a la caza del vampiro con su coche patrulla prestado. En su placa ponía «GLAUER». El tipo se acercó y se situó frente a ella, bloqueándole el paso con su corpachón. Caxton no estaba segura de qué quería, pero estaba preparada para defenderse si el hombre quería echarle la bronca.
—Agente —dijo Caxton a modo de saludo.
—Agente —respondió él. Apenas movía los labios para hablar-. Todos los hombres de esta oficina eran amigos de Brad Garrity, el hombre que...
—El hombre que murió anoche en acto de servicio. Lo recuerdo —dijo Caxton.
Hizo un esfuerzo por mantener la mirada tan vacía como él. ¿Estaba a punto de echarle la caballería por encima y decirle cómo le molestaba que entrara en la oficina de aquella forma, con la intención de quitarles el caso? A lo mejor iba a acusarla de cómplice en la muerte de Garrity. La culpa la tenía el vampiro, eso lo sabía todo el mundo, sin embargo, ella era un objetivo mucho más asequible para descargar la rabia y el dolor. Si quería desahogarse con ella, Caxton creía que sería capaz de soportarlo.
-Usted no lo conocía —dijo Glauer-. Nosotros sí. Tenía una esposa y dos hijos, dos chavales. No era un tipo listo, pero a la gente le gustaba. Era honesto y trabajaba duro. Le gustaba su trabajo y esta ciudad. Había crecido aquí.
—Lo siento —dijo ella, frunciendo el ceño con gesto de comí pasión.
Pero Glauer negó con la cabeza; no quería oír sus disculpas.
—Cuando Garrity murió, yo seguí el procedimiento estándar; aunque sabía que había muerto, me quedé con él hasta que llegó la ambulancia. Fui yo quien llamó. A continuación vine aquí y me encargué del papeleo. Usted, en cambio, salió tras el criminal que lo mató.
Caxton asintió. Aquel trabajo tenía sus reglas e iba a seguirlas.
—Luego nos enteramos de lo que le sucedió a usted. Y vi también lo que le había sucedido a mi coche cuando la grúa lo sacó del aparcamiento del Estadio Musselman. Yo y mis compañeros —dijo con un gesto hacia los hombres que tenía detrás— queríamos decirle algo.
«Aquí viene», pensó Caxton. Fuera lo que fuera, iba a cargar con ello.
—Queríamos darle las gracias. Usted no conocía a Brad y, sin embargo, puso su vida en peligro para cazar a su asesino. Y esa clase de valentía es algo que respetamos.
Un hombre que había en uno de los rincones empezó a aplaudir y los demás lo imitaron de inmediato. No era una ovación ensordecedora, pero sí genuina.
—Pídanos todo lo que necesite para cazar a esa cosa, lo que sea: estamos con usted —dijo Glauer, levantando la voz para que se le oyera por encima de los aplausos. Le tendió la mano y le dio un largo apretón—. Eso sí, la próxima vez intente cargarse el coche de Finster. Es un verdadero trasto.
— ¡Pero bueno! —exclamó otro hombre, que debía de ser Finster, y todos se rieron. También Caxton, que apartó la mano. Entonces Glauer señaló hacia una oficina con paredes de cristal que había al otro extremo de la sala.
Allí, el jefe de la policía local la estaba esperando. Encima de su escritorio había varias decenas de sobres de papel manila cuidadosamente amontonados. El jefe de policía se levantó, le tendió la mano y volvió a sentarse.
—Agente Caxton, no sé cómo expresar la satisfacción que me produce tenerla aquí; lo afortunado que es el municipio de Gettysburg de poder contar con su ayuda. En el letrero impoluto de su escritorio podía leerse CAPITAN VINCENT. En la pared que había a sus espaldas colgaban varias fotografías enmarcadas de policías de otra época; algu¬nas de esas fotografías tendrían sesenta o incluso ochenta años.
Vincent destacaba por comparación: era joven, tal vez diez años mayor que Caxton, y aunque llevaba bigote, era delgado y muy cuidado. Era un hombre relativamente bajo y tenía una mirada brillante, clara y llena de optimismo. Hablaba con un ligero acento puertorriqueño. No se parecía en nada a los policías que trabajaban en los cubículos. Tenía aspecto de político.
Caxton lo estudió con una mirada profesional. Debía de haber trabajado duro para llegar a ser lo que era, el jefe de los hombres que había fuera de su oficina; seguro que había tenido que soportar mucha mierda.
Caxton conocía esa historia porque era la misma que había vivido ella. Aquél era un hombre con quien iba a poder trabajar, se dijo. Alguien a quien podía comprender.
—Quiero darle las gracias por invitarme a trabajar con ustedes —dijo para romper el hielo.
—¿Bromea? Creo que haber contado con su presencia anoche es lo mejor que le ha pasado a Gettysburg.
Abrió uno de los sobres y sacó un mapa de la ciudad. Algunas áreas de la ciudad estaban resaltadas con fosforescente amarillo y los márgenes estaban repletos de notas a mano.
—Esta ciudad tiene una población de setenta y cinco mil habitantes y, en esta época del año, el número de turistas duplica el de habitantes. Tengo a veinte policías que se ocupan de esa gente, además de dos docenas de agentes auxiliares a los que llamo durante las celebraciones de inauguración del año académico o en casos de grandes recreaciones. Y generalmente con eso es suficiente. Sólo tenemos problemas si alguna fiesta universitaria se desmadra, o con los turistas que no saben conducir y convierten el tráfico urbano en un caos. —Levantó la mirada del mapa y le dedicó una sonrisa-. El año pasado se registraron cuarenta y tres crímenes violentos. Ninguno de ellos terminó en muerte.
-¿Ninguno? -repitió Caxton, algo asombrada-. ¿No tuvieron ni un solo asesinato en todo el año?
Incluso en las ciudades más aletargadas había alguna mujer maltratada que mataba a su marido, o unos niños que jugaban con pistolas y se volaban la tapa de los sesos. Y luego había que tener en cuenta las víctimas en accidente de tráfico. En la era de la conducción agresiva, cada vez eran más las personas que constataban que un todo terreno de tres toneladas puede convertirse en un arma letal.
Pero Vincent negó con la cabeza.
—Ésta es una de las ciudades más seguras de Pensilvania. Estamos orgullosos de ello y nos gustaría que siguiera siendo así. Mis hombres no están preparados para responder a lo que sucedió anoche. Tuvimos que descargar de Internet los formularios de notificación de muerte en acto de servicio porque no teníamos ninguno a mano. Agente Caxton, díganos qué debemos hacer, ¿de acuerdo? Díganos cómo proteger a la población y la escucharemos.
Caxton se recostó en la silla y respiró profundamente.
-No he tenido tiempo de elaborar un plan de acción formal dijo.
Vincent levantó las manos unos centímetros de su escritorio v las volvió a bajar.
—Estoy dispuesto a escuchar sus sugerencias improvisadas.
Caxton asintió y pensó un momento. Estaba entrenada para situaciones como aquélla, llevaba un año preparándose para trabajar en investigaciones criminales.
—De acuerdo. Bueno, en primer lugar intentaremos descubrir dónde duerme. No es sólo que a los vampiros les desagrade la luz del día, sino que no pueden salir del ataúd hasta que el sol se pone, literalmente. Y éste ni siquiera tiene ataúd: intentó robar uno anoche, pero yo le jodí el plan. Si no tiene más remedio, puede dormir en un barril, o incluso en un contenedor, pero necesitará un lugar oscuro y cerrado. Si logramos averiguar dónde pernocta, podemos arrancarle el corazón y cerrar el caso sin más episodios violentos.
—¿ Y cree que ése es un escenario probable? —preguntó Vincent con un brillo en la mirada.
—Por desgracia, no. Hay demasiados lugares en los que puede esconderse y no disponemos de suficiente personal para registrar toda la ciudad en un día. Va a anochecer en unas horas y el vampiro necesitará sangre otra vez esta noche; tenía un aspecto francamente consumido y esas criaturas son peores que los yonquis, necesitan la sangre tanto como nosotros el oxígeno. Si ataca, o mejor dicho, cuando ataque a alguien, debemos saberlo al instante para poder responder. Recomiendo emitir un boletín en todos los medios de comunicación. Puedo elaborar un perfil con el programa de identidad virtual para que sus: hombres sepan qué aspecto tiene. Aunque en realidad es bastante llamativo, estoy segura de que lo reconocerán al instante. En cuanto eso suceda necesito que me llamen de inmediato.
—Prefiero no esperar a que alguien muera para actuar —dijo Vincent—. No creo que a la gente de aquí le gustara...
—No, desde luego que no —dijo Caxton, que se humedeció los labios; se le estaba secando la boca. Nunca antes había hecho aquello, pero era la única que sabía cómo enfrentarse a los monstruos; debía tratar de no olvidarlo—. En todos los coches que patrullen la ciudad debe haber dos agentes y munición suficiente para abatir al vampiro. Hay un cuartel de la policía estatal a pocos kilómetros de aquí y otro en Arendtsville. Pida que le envíen todas las unidades disponibles. No dejaremos ni una sombra ni una esquina por examinar. Quien sabe, a lo mejor tenemos suerte. También querría abrir una investigación oficial, quién sabe qué cosas podemos descubrir sobre el vampiro.
Eso debería haber ido primero; se dio cuenta de que esa debería haber sido su primera sugerencia. Vincent se percató de que dudaba, Caxton lo vio en su mirada. Ya estaba metiendo la pata.
¿Qué habría hecho Arkeley? ¡Había sido todo tan sencillo mientras el federal estaba al mando y ella se limitaba a seguir sus órdenes! Caxton tenía que recordarse una y otra vez que se había estado preparando para aquello.
—También necesito hablar con alguien, un profesor de la universidad. —Se sacó la libreta y la abrió por la primera página—. El profesor Geistdoerfer, del... del Departamento de Estudios del Periodo de la Guerra Civil Estadounidense.
—¿El Lobo Veloz? —exclamó Vincent.
—¿Lo conoce?
El jefe de policía se rió y se cubrió la boca.
—Fui alumno de la universidad, de la promoción del 91. Todo el mundo le conoce. Pero ¿qué relación tiene con este asunto?
—Fue el primero en entrar en la cripta —dijo Caxton.
Entonces constató consternada la expresión de confusión en el rostro de Vincent: el jefe de policía ni siquiera sabía cómo había comenzado todo aquello. Le informó sucintamente del descubrimiento de Arkeley y de la investigación que ella misma había llevado a cabo sobre la cripta y los cien ataúdes. —Pero... no vamos a tener más monstruos de ésos, ¿verdad? -preguntó cuando Caxton concluyó. Tenía los ojos como platos y la boca entreabierta. Estaba cagado de miedo.
Bueno, tal vez tuviera motivos para ello, se dijo Caxton. A lo mejor eso lo mantendría alerta. Aunque esperaba que el miedo no lo paralizara, pues lo necesitaba.
—Faltaban todos los corazones. Eso significa que están muertos, por lo que no creo que tengamos que vérnoslas más que con ése. Aunque uno es más que suficiente. ¿Puede hacer que alguien me consiga una cita con el profesor?
—Sí —dijo Vincent—, por supuesto. —Sacó un paquete de chicles de un cajón y cogió uno. Después se lo tendió a Caxton, que aceptó con mucho gusto-. Me aseguraré de que la reciba después de la conferencia de prensa.
Caxton se detuvo con el chicle a medio camino de la boca.
—¿Qué conferencia de prensa? —preguntó.

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MensajeTema: Re: 99 Ataudes (David Wellington)   Lun Sep 13, 2010 7:40 pm

Gracias Bauti :Manga30:

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