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 Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)

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MensajeTema: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Oct 09, 2010 12:00 pm

Mireille Calmel - El Baile de las Lobas

Libro 1 - La Habitación Maldita

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Isabeau despertó con la tormenta abatiéndose sobre su cuerpo. Torturada y ultrajada por Francois de Chazeron, amo y señor de las tierras de Vollore, la joven había sido abandonada en el bosque, sin ninguna muestra de piedad. Minutos mas tarde, un aullido de lobo estremecería el castillo de Vollore, como confirmando el final de la pobre muchacha. Pero en su desgracia, Isabeau encontraría refugio entre las bestias más piadosas, hasta que llegara el momento de ajustar las cuentas.

Lista de Capítulos del libro 1(se irán añadiendo los links para encontrarlos rápidamente) cada dos días se subirá capítulo

Prólogo : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 1 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 2 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 3 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 4 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 5 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 6 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 7 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 8 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 9 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 10 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 11 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
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Capítulo 20 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

LIBRO 1 COMPLETO

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Libro 2 - La venganza de Isabeau

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Lista de Capítulos del libro 2:

Prólogo : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 1 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 2 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 3 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 4 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
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Capítulo 20 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 21 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Capítulo 22 : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

LIBRO 2 COMPLETO

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Última edición por Gemma el Vie Nov 19, 2010 1:55 pm, editado 22 veces
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Oct 09, 2010 12:02 pm

Prólogo


No era exactamente angustia. Más bien se trataba de una ligera opresión que sentía descender por el pecho hasta las pantorrillas apretadas contra los costados del burro. Una de esas sensaciones que a veces se apoderan de uno al caer la noche, cuando el silencio se impone y la luna está redonda y llena, intermitentemente velada por una bruma negra que la brisa deshilacha. La impresión de que aquellas torres, cuya imponente masa negra vislumbraba sobre la roca, justo al final del camino, no llegarían a darle albergue.
Así, para ahuyentar aquel absurdo y ridículo estremecimiento, el padre Barnabé hizo el signo de la cruz sobre su manteo, se caló la capucha y, con un gesto de determinación, puso la mano sobre el puñal de plata que llevaba al cinto.
Lo tranquilizó el silencio que le rodeaba y constatar la presencia de dos muretes de la altura de un hombre que flanqueaban aquel tramo de camino e impedían que los lobos pudiesen atacar a los viajeros. Luego, espoleó su cansada montura.


—Es aquí, señor.
François de Chazeron, señor de Vollore y de Montguerlhe, descendió del caballo rezongando. No había aflojado las mandíbulas desde que, por la mañana, el preboste había enviado a buscarle en su residencia de Vollore. El preboste, que se ocupaba de los asuntos de justicia en nombre del señor, se limitó a echar pie a tierra en silencio. A unos pocos metros, en el camino, dos monjes se ocupaban del cadáver refunfuñando, rodeados por una creciente masa de curiosos atraídos por el horrible hallazgo.
El preboste no necesitó recurrir al pequeño pelotón de soldados que le escoltaba. La imponente arrogancia del señor de aquellos lugares hizo que se dispersaran con la cabeza gacha, entre rezos.
El superior de la abadía de Moutier, Guillaume de Montboissier, los recibió con un gesto de cabeza al que François de Chazeron respondió sin entusiasmo. Las relaciones entre ambos hombres eran frías desde que el señor se negara a conceder al abad los fondos necesarios para la construcción de una nueva capilla, que había calificado de inútil y pretenciosa. El abad no se lo perdonaba. Así estaban las cosas.
—Es el quinto...
—¡Sé contar, Huc! —cortó secamente François de Chazeron retirando con el pie el sudario que cubría púdicamente el cadáver—. Un lobo, no hay duda —concluyó.
Huc de la Faye no discutió. El cuerpo lacerado por zarpazos, en cuyos ojos vidriosos aún se leía el horror, hablaba por sí solo. Sin embargo, estaba perplejo. Ningún lobo, de eso estaba seguro, habría podido saltar los muretes levantados a toda prisa después de la última agresión, tres meses antes.
—¿Sabemos quién es? —preguntó Chazeron.
—Es un hermano exorcista que venía de Clermont —respondió Guillaume de Montboissier—. Le habíamos pedido que investigase estos crímenes pero, al parecer, no ha tenido mucha más suerte que su predecesor.
François de Chazeron clavó los ojos en la mirada gris del abad, sin conseguir que éste la retirase.
—¿De verdad? —ironizó, mientras una ligera sonrisa flotaba en sus delgados labios.
—No podéis ignorar el rumor, señor —terció Huc de la Faye—. Lo han alimentado todos estos extraños acontecimientos. Confieso que también yo estoy perplejo. ¿Por qué sólo sacerdotes y siempre en plenilunio? Contaba con estos muros para acallar las supersticiones pero, dada su ineficacia, lo único que consiguen es alimentarlas.
—Simple coincidencia —zanjó François de Chazeron visiblemente molesto.
—Inquietante, sin embargo; no podéis negarlo —insistió Guillaume.
—Vamos, reverendo padre, seamos serios.
—Mirad a ese hombre, señor —dijo Guillaume mientras tendía un dedo hacia el rostro entumecido del difunto—, mirad y decidme si los rasgos de ese hombre dedicado a expulsar los demonios no muestran el mayor espanto, el de haberse encontrado esta noche frente a frente con Satán.
François de Chazeron se fijó no en el rostro que le indicaban con insistencia, sino en el puño cerrado del cadáver. Un paso le bastó para alcanzarlo y forzar los dedos a abrirse. Lo que descubrió le hizo proferir una exclamación de estupor. En la palma de aquella mano de uñas manchadas de sangre coagulada, pelos de lobo gris se mezclaban con finos y largos cabellos negros.


Hacía varios días que el aire se había enfriado notablemente sin que el bosque que cubría los montes de Auvergne hubiese cambiado su apariencia. Apenas podían verse algunas placas de escarcha junto a las rodadas, de Clermont—Ferrand a Thiers. En las tierras del señor de Chazeron, diciembre terminaba envuelto en la tibieza de aquel año de 1500, a pesar de que hubo algunos chaparrones repentinos y fríos.
François de Chazeron se había instalado en Montguerlhe para hallarse en el centro de la actividad desplegada por su preboste. El triste hallazgo de Huc de la Faye había fortalecido el supersticioso rumor de que un hombre lobo se burlaba de la Iglesia y de que, en consecuencia, no podía más que tratarse de Satán en persona. Las dimensiones que comenzaba a adquirir aquel asunto desagradaban a François.
Orgulloso, autoritario y engreído, aquel joven señor de veintiún años estaba más interesado en llamar la atención de los de su rango, con vistas a obtener un cargo más importante, en lograr que sus dominios de Vollore y Montguerlhe cobrasen importancia, que en ocuparse de los problemas de sus gentes.
Ahora, François de Chazeron, acompañado por Huc, se dirigía a la granja de Fermouly, en donde, justo dos semanas después de la muerte del padre Barnabé, una chiquilla de once años había asegurado haber visto un lobo gris merodeando junto a los muros del camino. Como la granja se encontraba en el trayecto entre Thiers y Montguerlhe, a poca distancia del lugar de la agresión, el preboste no había querido descartar ninguna hipótesis, a pesar de que, en varias ocasiones, los testimonios espontáneos que había recogido no tenían más fundamento que la imaginación de los campesinos.
François le había acompañado. Aquella hipotética caza del hombre lobo le permitía cuando menos dejarse ver por sus tierras, algo que había descuidado desde que un nuevo siglo se anunciaba, abriendo apasionantes perspectivas a sus trabajos de alquimista. Hacía muchos meses que, en el secreto de una torre del castillo de Vollore, sus alambiques destilaban el alkahest, la piedra filosofal que convertía el plomo en oro y que aseguraría su riqueza.
Estaba a punto de alcanzarlo, lo sabía, lo presentía. Poco importaban los medios para lograrlo. La satisfacción que le procuraban sus experimentos compensaba todos los sacrificios. Y ya faltaba muy poco para brillar en la corte de Francia.
Sin embargo, todo este asunto le fastidiaba, lo alejaba de sus prioridades, de su gran atanor y de sus lúbricas satisfacciones.
Ocupado con el recuerdo de ese placer frustrado, penetró en el recinto de la granja de Fermouly donde lo esperaba el granjero Armand Leterrier. Mientras el preboste tomaba declaración a la niña, su hija menor de mirada azul metálico, el granjero se dispuso a presentar las cuentas de la granja a François.
Todo aquello ocupó la atención del señor de Vollore durante un buen rato, hasta que sus ojos repararon en una silueta fina y graciosa que, del otro lado de la ventana, en el corral, echaba grano a las aves. Sintió una punzada en los riñones.
—¿Quién es? —preguntó a quemarropa al granjero, interrumpiendo una frase llena de cifras que no retuvo.
Armand Leterrier siguió con la mirada la de su señor y, orgulloso de su repentino interés, respondió sin malicia:
—Mi hija mayor, Isabeau.
—Vive Dios que es bonita y delicada, amigo —exclamó François, cuyas pupilas se iluminaron con un destello salvaje—. ¿Por qué no la he visto hasta ahora?
—La habéis visto, sin duda, señor, pero ha cambiado una barbaridad desde vuestra última visita. Con quince años, es el vivo retrato de su difunta madre y se comporta como una verdadera dama. Pero pronto dejaré de tenerla en casa, porque la caso del viernes en quince con Benoit, el hijo del cuchillero de la Grimardie.
—La casas, dices. ¿Sin mi autorización?
El tono de su voz se había vuelto seco. Armand empezó a balbucear y a retorcer la gorra que había dejado sobre sus rodillas al comienzo de la entrevista.
—No, señor, no. Fue vuestro difunto padre quien bendijo el compromiso de esos jovenzuelos hace ya dos años y quien fijó la fecha de la boda. No sabía que, aun teniendo la suya, también necesitase vuestra autorización.
—La de mi padre basta —dijo François tranquilizándose, sin poder retirar la vista de las suaves curvas de Isabeau subrayadas por su sobrio vestido verde almendra. Pero, granjero, no querrás contrariar a tu señor, ¿verdad?
—¡Por supuesto que no, mi señor! Nada nos falta en vuestras tierras, y no seré yo quien se queje. Muy al contrario, me complace alabaros —se apresuró a decir Armand, feliz de haber evitado la cólera de Chazeron.
Ante esas palabras, el señor de Vollore consintió en apartar la mirada de la ventana y la clavó en la del pobre diablo, repentinamente menos tranquilo. Desató del cinturón una bolsa de cuero y dejó caer dos monedas de plata sobre la mesa ante la que conversaban. Armand abrió unos ojos como platos mientras las monedas se detenían ante ellos con un tintineo prometedor.
—Empléalas en esos dos tortolillos, amigo. ¡Cógelas! ¡Vamos! Cógelas —insistió François con mirada lasciva.
Armand dudó por un instante y luego, incapaz de resistir la tentación, cogió los escudos y enrojeció.
—Vuestra señoría es muy buena con los hijos.
—¡Por eso quiero ser recompensado con la amabilidad de tu hija, granjero! La esperaré en el castillo de Montguerlhe en cuanto acabe la ceremonia. Naturalmente, doy por supuesto que el precio incluye su virginidad —dijo François con cinismo, sin que le conmoviese en absoluto el rostro descompuesto de Armand, quien hacía girar las monedas entre sus dedos como si quemasen.
—Olvidad a esa niña, señor François, o grandes desgracias se abatirán sobre vuestras tierras —susurró tras él una voz cansina.
François de Chazeron se volvió, furioso, y descubrió a una vieja que, confundida con el negro de la chimenea merced a sus ropajes de viuda, no había llamado su atención al entrar en la cocina.
—¿Quién eres tú para osar oponerte a los deseos de tu señor? —gruñó François sin ningún respeto por aquellas manos arrugadas que reposaban cruzadas sobre una inacabada labor de punto.
—Es mi suegra, señor —intervino Armand para excusarla—. No hay que preocuparse por sus decires.
—¡Cállate, hijo! ¿Acaso olvidas lo que me debes?
En un segundo, la voz se había tornado grave. Armand temblaba, tanto ante el poder de la anciana como ante la sombría mirada de su señor.
—Soy Amélie Pigerolles, hija de la Turleteuche, llamada también la Turleteuche, como ella —dijo la abuela con un tono de voz desafiante.
François de Chazeron torció el gesto. La Turleteuche era una bruja que había sido asesinada por unos notables en 1464, quince años antes de que él naciese. Aunque el culpable fue castigado con una peregrinación a Saint-Claude en la que había llevado un cirio de cuatro libras, la maldición de la desdichada lo había alcanzado unas semanas más tarde. Había muerto con la cara abotargada, entre atroces sufrimientos. François había oído contar esa historia más de una vez en su infancia. Odiaba a las brujas. Odiaba a quienes se le oponían. No obstante, hizo un esfuerzo para contener el tono de voz.
—¿Tú también eres bruja?
—En absoluto, señor, en absoluto. Sólo he heredado el sobrenombre. Pero no toméis a la ligera la locura de una pobre mujer...
François estalló en una carcajada malvada. Le bastaba con chasquear los dedos para que aquella loca acabase sus días en la hoguera. Se levantó y se plantó entre ellos, orgulloso y brutal.
—Quiero el himen de esa joven, granjero, y lo tendré. Piensa en los tuyos y en que más vale que sea de buen grado que por la fuerza.
Tras pronunciar esas palabras, el señor de Vollore salió de la estancia a paso vivo, cruzándose sin bajar la cabeza con Isabeau, que en ese instante entraba canturreando y que saludó con una reverencia.


Isabeau se derrumbó deshecha en llanto sobre las rodillas de su abuela, sin dirigir una sola mirada a su padre, quien, con la nariz hundida en el cuello de la camisa, acababa de ordenarle que se sometiese a la voluntad de su señor. La anciana pasó una mano delicada sobre la trenza castaña que recogía los largos cabellos de Isabeau sobre sus senos turgentes.
—Deja de llorar, hijita —murmuró—, Dios te salvará de ese demonio.
Isabeau creía a un tiempo en Dios y en los decires de su abuela, quien se había hecho cargo de ella desde la muerte de su madre, acaecida al traer al mundo a su hermana menor, Albérie. Pero no lograba expulsar de su alma un temor cercano al espanto.
Al día siguiente, Isabeau fue a ver a Benoit, su prometido, a quien quería con ternura. Estaba ocupado afilando unos cuchillos en el torno de amolar y se alegró al ver la silueta de Isabeau acompañada por Mirette, una perra pequeña y oscura. Cuando vio su cara bañada en lágrimas que anegaban el verde musgo de sus ojos, la llevó a un lugar apartado de sus compañeros. Allí recibió temblando su confesión. Permaneció en silencio por un momento y luego, tras reprimir una cólera furiosa, cogió sus manos entre las suyas, calientes y ásperas. Isabeau se sintió más serena, al menos durante unos instantes. Benoit inspiró profundamente y luchó durante un instante consigo mismo.
—Tenemos que someternos, Isabeau —dijo al fin, derrotado.
Ella quiso liberar las manos, como si sus palabras quemaran, pero Benoit la retuvo apretando aún más y, a pesar de la extrema palidez de la joven, prosiguió con tristeza:
—Conoces la costumbre igual que yo. Está en su derecho, Isabeau; hacerle frente equivale a la muerte. ¡Hacerle frente equivale a la muerte! —repitió como para convencerse a sí mismo.
—Entonces, ¡prefiero morir! —dijo Isabeau con una voz sin timbre—. Es vil y cruel. ¡Me horroriza a pesar de su prestancia!
—Es el señor, Isabeau. Le pertenecemos hagamos lo que hagamos. Somos sus siervos. ¡Yo haré que lo olvides! ¡Tus hijos harán que lo olvides!
—¿Nuestros hijos, Benoit? —Isabeau clavó su mirada desesperada en la del cuchillero—. ¿Cómo iba a olvidar si tuviese que llevar a su bastardo en mi vientre y me viese obligada a amamantarlo?
—Si así ocurriese, tu abuela haría desaparecer a ese hijo del demonio —escupió Benoit entre dientes.
Isabeau estalló en llanto, volvió a intentar zafarse, pero Benoit la atrajo contra sí.
—Te quiero, Isabeau. Más que a nada en el mundo. ¡Pero enfrentarse a él es la muerte! ¡La muerte!
No había dejado de oír esa frase desde su infancia, esa frase esencial que ningún villano debía jamás olvidar, esa sumisión sin reserva hasta renunciar a la propia dignidad, al propio deseo. Y frente a ella estaba la desolación de Isabeau, toda la belleza de Isabeau, su risa probablemente apagada para siempre, su inocencia mancillada y, sobre todo, la confianza que él traicionaba al entregarla a la perversión de François de Chazeron. Entonces, con el labio hinchado tras morder su propia rabia, dejó escapar en un suspiro:
—¡Huiremos, Isabeau! En cuanto nos den la bendición, huiremos. ¡Te salvaré de sus garras, pero será nuestra perdición!


Una cólera sorda se apoderó de François de Chazeron. Había esperado a Isabeau, imaginando con delectación los caprichos a los que la iba a someter, hasta tal punto le obsesionaba aquella joven en sus taciturnas jornadas. Hacía quince días que las investigaciones sobre el hombre lobo estaban estancadas. Al día siguiente habría plenilunio y su preboste planeaba tender una trampa a la fiera. François se había guardado bien de disuadirle, pero había dejado claro que no se engaña a Satán y que él volvería a Vollore con independencia del desenlace de aquel asunto. Así pues, aunque para distraerse participaba en batidas junto a sus hombres de armas antorcha en mano, sus pensamientos se centraban más en la carne tierna de Isabeau que en el duro cuero de lobos imposibles de encontrar.
Por eso había esperado que ella viniese a arrodillarse ante él en cuanto las campanas de la iglesia hubiesen dejado de tañer. Le había concedido el tiempo suficiente para disfrutar de la compañía de los suyos a la salida de la iglesia, antes de que se celebrara el banquete pagado con sus escudos. Pero hacía tres horas que había bendecido a los esposos y, en lugar de Isabeau, fue Huc de la Faye quien se presentó.
—Han desaparecido, señor.
—Apalea al padre. ¡Él nos dirá dónde se esconde su hija!
—Me parece que está tan sorprendido como espantado. Además, es él quien ha venido a buscarme en cuanto ha descubierto que los jóvenes habían huido. Es demasiado cobarde para estar implicado en este embrollo.
—¡Apaléalo de todas formas! —gruñó François dando un puñetazo sobre una mesa que tenía a su lado—. Y dile que si no encuentro a la mayor, entregaré la pequeña a los guardias de Montguerlhe. ¡Date prisa! Y no se te ocurra discutir mis órdenes. ¡Esa pequeña endemoniada pagará, y si no es ella, lo hará alguien de su familia!
Huc de la Faye evitó hacer comentarios, pero no le gustó romper la estaca en las espaldas de Armand, en la sala principal del cuerpo de guardia.
Había hecho un esfuerzo por soportar los golpes, pero Armand no se recuperó. Huc hizo que llevasen el cuerpo a Fermouly y se inclinó respetuosamente ante la abuela. Ella le miró sin odio. Tal vez adivinó cuánto le repugnaba tener que servir al vástago de los precedentes señores de Vollore con la misma devoción y obediencia ciega.
—Estoy obligado a llevarme a Albérie, pero velaré para que no se le inflija ningún daño. Tenéis mi palabra —murmuró con un carraspeo.
La anciana no respondió; tampoco movió un solo dedo desde su rincón del hogar. Esperaba que llegara su hora, la hora en la que el monstruo de Montguerlhe pagaría por cuanto había hecho.
Huc de la Faye cogió de la mano a Albérie y le ofreció un pañuelo para que se enjugase las lágrimas. Por un momento, la niña se rebeló y en sus pupilas azul metálico brilló un odio violento hacia quien acababa de asesinar a su padre; luego, apretando los dientes y tragándose la rabia, se dejó conducir hacia la imponente fortaleza de piedra.


Al principio habían seguido el camino real para poner tierra de por medio entre François de Chazeron y su miserable destino. Tanto el uno como el otro habían evitado pensar en ello, embriagándose con un perfume de libertad que no era más que un espejismo y que llevaban dos semanas alimentando con la débil esperanza de que fuera posible escapar. Benoit había hurtado con dolor los ahorros de su padre y había preparado sus magros hatillos, mientras Isabeau disimulaba con los suyos. Esperaban llegar a Lyon y para lograrlo, habían cogido los mejores burros de la granja, que agotaron en el camino antes de adentrarse en el bosque, a pesar de los lobos que amenazaban con sorprenderles, a pesar de los salteadores que podían desvalijarlos, a pesar del miedo que sentían a cada paso.
Durante dos horas tuvieron la impresión de estar solos en el mundo, prisioneros de su locura y de su amor; luego, Benoit percibió el ruido de numerosos caballos al galope. Se escondieron en un talud, abandonaron sus monturas y se adentraron por un espeso sotobosque. Isabeau no decía nada, no se quejaba a pesar de los espinos que deshacían su trenza y le arañaban las piernas, a pesar de las ramas caídas que le hacían tropezar. Avanzaba sin pensar, con el aliento entrecortado y la mirada perdida. Más pérdida aún cuando los primeros ladridos llegaron a sus oídos.
Apresuraron la marcha y pasaron por los arroyos para liberarse del olor que su excesiva transpiración enviaba a los perros, hasta el momento en que, agotada, Isabeau cayó y rompió a llorar cogiéndose el tobillo. Benoit se arrodilló junto a ella y besó suavemente sus labios resecos por la carrera.
—Huye —murmuró ella—. Es a mí a quien quiere. A ti te dejará en paz.
—Nunca. Desafiarle es morir —dijo con sarcasmo en un sollozo reprimido.
—Entonces no le dejes poseerme —suplicó Isabeau mientras los gritos de los ojeadores se acercaban entre ladridos de perros.
Benoit tragó saliva con dificultad, buscó en la mirada de su amada la menor vacilación, pero sólo leyó el reflejo de su intenso y puro amor.
—No viviremos ninguno de los dos —afirmó.
Se irguió resueltamente y sacó el largo cuchillo que había batido por si se daba esa extrema circunstancia.
—Cierra los ojos, amor —murmuró.
Isabeau los cerró, pero la muerte no acudió. Cuando volvió a abrirlos al oír el tintineo del metal sobre las piedras, vio cómo Benoit vacilaba sobre sus poderosas piernas, con una flecha clavada entre los omoplatos. Isabeau se levantó gritando. Detrás de Benoit, a unos pocos metros, con una ballesta en la mano, cruel y satisfecho, el señor de Vollore sonreía.


Había dejado de gemir, de tener miedo, de respirar y de vivir, a pesar de que su corazón seguía latiendo con resolución, a pesar de que sus ojos seguían viendo, y de que su sangre se mezclaba con la de aquel hombre.
Había dejado de existir desde el momento en que ahorcaron a Benoit, agonizante, ante sus ojos. «Para escarmiento», había voceado François de Chazeron. «No se desobedece al señor. No se resiste uno a los derechos del señor.» Benoit se había dejado matar tristemente, vencido por la evidencia de su condición. Resignado con el alma, con los genes. Había pagado. Era lo habitual.
Isabeau no lograba admitirlo. Ésa es la razón por la que había muerto al tiempo que él. Había quebrado su aliento con el tirón de la cuerda. Sin proceso, sin justicia. Simplemente la ley del más fuerte. La ley del señor. La innoble ley del orgullo.
En ese momento lo olvidó todo, todo y más. La cólera de François, su perversidad, sus ojos de loco, sus manos a veces suaves, a veces brutales, sus uñas carniceras. No había sentido nada, ni oído nada, ni inspirado nada. Había muerto con la última mirada de Benoit.


—¿Queríais un cebo para vuestro hombre lobo? ¡Que la cubran con una capa de monje y la arrojen en el bosque, bajo las torres de Montguerlhe!
Huc de la Faye se tragó la cólera que le quemaba la sangre desde el momento en que había entrado en la habitación donde hacía más de una hora François de Chazeron torturaba y violaba a Isabeau. Como no había gritado, la había creído muerta, pero por sus pálidas mejillas rodaban lágrimas silentes. Sintió el impulso de llevarla lejos de allí, de curarla, de tan vivo como conservaba el recuerdo de la alegre y hermosa jovencita que había sido hasta aquel día.
Agachó la cabeza y calló. Enfrentarse a él era la muerte. También lo había entendido. Ella merecía dormir para siempre, pues no podía imaginar que se pudiese sobrevivir a aquello.
Se acercó al lecho mancillado de sangre y cogió el cuerpo desnudo en sus brazos. En el pecho izquierdo de Isabeau, tumefacto por efecto del hierro candente, el sello de los Chazeron le hirió la vista como un insulto a su cobardía. Se mordió el labio para no gritar y salió de la habitación, con el alma avergonzada para siempre.
Tras haber ordenado a sus arqueros apostados en lo más alto de la torre de vigía que acabasen con Isabeau en cuanto un lobo se acercase a ella, se dirigió con paso apresurado hacia el ala de servicios en donde Albérie lloraba en el regazo de Jeanne, la imponente cocinera.
La arrancó con dulzura de aquel refugio y consiguió convencerla de que era necesario ponerla fuera del alcance de la locura del señor, por lo menos mientras estuviese en aquellos lugares. En el momento de llevarla a la abadía de Moutier, un pensamiento súbito detuvo su impulso. ¿Y la abuela? ¿Aquella Turleteuche que tanto desagradaba a François?
Huc de la Faye contuvo un juramento. Cogió prestamente a la niña y, mientras François de Chazeron vigilaba la sombra de su víctima desde lo alto de la torre oeste de Montguerlhe, se dirigió a galope tendido a Fermouly para calmar su remordimiento.
Sin embargo, una vez allí, hubo de rendirse a la evidencia: ni rastro de la anciana, como si se hubiese evaporado en su rincón de la chimenea. Al descubrir su labor en el suelo, ante la silla que habían sacado fuera del hogar, creyó por un instante que François de Chazeron se le había adelantado, pero pronto descartó esa idea. Eso sólo se lo habría encargado a él. Además, ya estaba bastante ocupado con castigar a Isabeau como para también tener que ocuparse de su familia.
A sus preguntas, Albérie respondió con una sonrisa despectiva, como si fuera depositaría de un secreto inviolable. Huc de la Faye no insistió. Estaba convencido de que la abuela estaba en lugar seguro. A partir de ese momento, sólo pensó en proteger a la huérfana.


Isabeau no habría sabido decir en qué momento sintió frío. Fue breve y violento a un tiempo, y doloroso, eso sí, infinitamente doloroso. Levantó la cabeza. Entre negros nubarrones que se apelotonaban, preparándose para reventar sobre Auvergne, la luna llena sonreía en su peregrinar de alabastro.
Isabeau percibió que se encontraba boca abajo, en el barro de un arroyo, más allá del último recinto del castillo, sin otro recuerdo que los crueles ojos de François sobre los suyos, mientras labraba su vientre entre gruñidos.
Fue ese dolor el que la devolvió a la vida. En ese mismo instante, un relámpago recorrió la noche furiosa, iluminando una abertura en la pared de montañas. Y casi inmediatamente, el chaparrón se abatió sobre sus llagas para lavar la injuria. Tenía la impresión de estar rota, quebrada, destrozada por todas partes, pero poco le importaba.
Mientras sus dedos se aferraban al barro para arrastrarse hasta la gruta entrevista, una sola palabra, una sola, calmaba sus heridas.


Venganza. Venganza.
Cuando un aullido salvaje llamó su atención, François de Chazeron, a quien la lluvia había obligado a guarecerse en el interior de la torre de vigía, se precipitó al exterior para intentar perforar la oscuridad con su ojo perverso, pero sólo vio el bosque azotado por la furia de la tormenta.
Entró, satisfecho por haber gozado de su capricho a pesar de todo. Al día siguiente volvería a Vollore. Pasó una mano desnuda sobre su ropa empapada y abrió unos ojos asombrados. Allí, en la palma de su mano, entre los cabellos morenos de Isabeau, tristes vestigios de su crueldad, unos pelos de lobo gris le retaban con su diabólica presencia.



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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Lun Oct 11, 2010 5:10 pm

Capítulo 1


Se habría dicho que un torbellino de crujidos, gemidos, borboteos y chasquidos succionase la oscuridad. Como si no tuviese que quedar nada en pie, nada sólido sobre aquella tierra que llevaba inundada interminables semanas.
El viento había comenzado a soplar en torno a vísperas, en el momento en que la noche prendía serenamente algunas estrellas en su manto. Luego, las nubes las habían cubierto y nadie se había atrevido a desafiar la cólera del Todopoderoso.
Los lobos se encamaron en lo más profundo de la montaña de Thiers y ningún humano volvió a levantar la vista de su rosario, mientras temblaba hasta la médula con cada rayo que desgarraba el cielo.
La tempestad reinó en aquella noche de octubre de 1515, tan sólo unas semanas después de la batalla de Marignan que había conocido la victoria del joven rey de Francia, Francisco I, sobre el duque de Milán.
—¡Tirad! ¡Vamos, tirad, por mil demonios! —gritaba Huc de la Faye.
Escupió en las rugosas palmas de sus manos y arrimó el hombro junto a los campesinos y los leñadores que se encorvaron tirando con todas sus fuerzas de la gruesa cuerda de cáñamo enroscada en torno al árbol, con la esperanza de lograr por fin mover el coloso de madera. Eran veinte, los más fuertes del país, los que llevaban trabajando desde el alba, despejando los tejados reventados por ramas o troncos enteros. Pero aquel tronco era de otra calaña. El viejo roble, varias veces centenario, había caído sobre una de las torres del castillo de Vollore, barriendo sin miramientos techumbres y armaduras de madera en medio de un estruendo ensordecedor. Cortar las ramas del venerable árbol había ocupado la mitad del día y el castillo parecía una ruina, con una brecha abierta en la que se hubiese hundido una estaca gigante. Ahora era necesario levantar el tronco de una treintena de metros para liberar el edificio.
Huc de la Faye soltó un juramento y reanudó el esfuerzo bajo las inquietas miradas de la gente de la casa que asistía entre oraciones a la peligrosa maniobra.
—¡Ya empieza, señor; por Dios, ya se mueve! —sopló entre dientes un Hércules con la sien atravesada por una palpitante vena azul.
—¡Tirad! ¡Tirad! —rugió Huc por toda respuesta, con la cara congestionada y las pestañas perladas por el sudor.
Poco a poco, como el mástil de un navío al fin libre de sus obenques, el tronco se levantó bajo el esfuerzo de los veinte hombres que retrocedían tirando de la cuerda.
—¡Girad! ¡Girad! —gritó Huc mientras, de un solo impulso, los leñadores desviaban el recorrido ascendente del roble para separarlo del edificio.
Soltaron la cuerda a un tiempo y sus gritos se confundieron con el estruendo de la madera al golpear contra la tierra empapada. Huc de la Faye se pasó por la frente húmeda una mano que el cáñamo había lacerado y felicitó con una palmada en el hombro al jefe de la cuadrilla de leñadores.
—¡Buen trabajo, Béryl, buen trabajo!
—¡Vive Dios que me ha costado un gran esfuerzo! —replicó éste chasqueando la lengua en una boca pastosa.
—¡Eh! ¡Los del castillo, que traigan de beber a nuestra gente, y rápido! —gritó Huc con un tono jovial.
De inmediato, unas cuantas criadas desaparecieron recogiéndose la falda para correr mejor, mientras los hombres seguían ocupados en soltar las cuerdas, mondar el tronco y hacerlo rodar para depositarlo junto a otros troncos, tumbados en el parque del castillo.
—¡Triste espectáculo! —gruñó Béryl tras escupir en el suelo.
Huc se limitó a encogerse de hombros.
Del esplendor de Vollore, aquella mañana sólo quedaba un edificio con los cristales rotos y un jardín arrasado por decenas de árboles arrancados de raíz o hechos trizas. Lo mismo ocurría en todo el país. El bosque parecía un montón de leña preparado para hacer fuego, y había que reconstruir numerosos edificios, sin hablar de los muertos y heridos que habían sido trasladados a la abadía de Moutier, milagrosamente indemne.
Huc de la Faye se plantó ante un paje que llevaba una bandeja llena de timbales y picheles y, sin más ceremonias, levantó una jarra por encima de la boca para regar con vino su garganta reseca. Luego, tendió el asa de tierra cocida a Béryl, que le había seguido y miraba con envidia caer el rojo líquido en medio de un borboteo de garganta. Calmó a su vez la sed, mientras Huc enviaba el resto del servicio a los leñadores que no se habían concedido reposo.
—Tengo que hacer el informe —suspiró Huc cuando su comparsa puso la jarra vacía boca abajo con un giro de muñeca.
—Os acompaño. No sobraremos ninguno de los dos —observó Béryl con una sonrisa forzada.
Huc le agradeció su solicitud con una mirada cómplice. Se conocían desde hacía tiempo y ambos tenían cumplida noticia del mal carácter de su señor. Mal carácter que aquella mañana había arreciado, hasta el punto de negarse a dejarse ver.
—Vamos, amigo —dijo Huc a la par que se dirigía hacia la parte indemne del edificio.
François de Chazeron iba y venía de una punta a otra de la única sala que conservaba las ventanas intactas, con las manos crispadas a la espalda.
—¡Queréis dejar de lloriquear de una vez! ¡Me exasperáis! —rugió volviéndose una vez más hacia su joven esposa Antoinette, quien estaba aterrorizada.
Aquella noche, Antoinette había creído llegada su hora y se había refugiado con sus ayudas de cámara bajo la inmensa mesa que ocupaba el centro de la torre, dando alaridos de pánico que herían los oídos de los pajes refugiados en el sótano y de su esposo, quien desafiaba a los elementos desde la ventana de la torre, con tal ímpetu que estuvo a punto de recibir en plena cara las astillas de vidrio de los cristales rotos al rozar el roble su guarida.
Antoinette levantó los ojos hacia su marido, que tenía la cara atravesada por estrías de sangre coagulada, y, en lugar de calmarse, estalló en convulsivos sollozos. François sintió que el furor le enrojecía el rostro. No podía soportar aquel comportamiento femenino, pero hizo un esfuerzo por controlarse.
—¡Por el amor de Dios, Antoinette, calmaos; estamos a salvo! —soltó entre los dientes apretados—. ¡Tenéis una compostura que mantener, unos servidores a los que disciplinar! ¡No es momento para lamentos, os lo aseguro!
—No me lamento, señor —hipó Antoinette—, me esfuerzo por rezar, oh, sí, me esfuerzo... —insistió la desdichada con un nuevo sollozo.
François se inclinó sobre el sillón en el que ella se hallaba sentada, se aferró al reposabrazos y plantó su cara ante la de Antoinette.
—Entonces, ¡esforzaos en silencio! No me dejáis pensar.
Antoinette escondió su rostro en un pañuelo e inclinó la cabeza con los ojos arrasados de lágrimas. Su esposo tenía razón, sin duda, pero no podía evitarlo, era más fuerte que ella.
En aquel momento entraron en la sala Huc de la Faye y Béryl. François se volvió como un resorte. Esperaban que los recibiese encolerizado pero, inexplicablemente, la visión de aquellos dos hombres lo calmó. Se dirigió hacia ellos con paso firme.
—¡No podíais ser más oportunos! —se limitó a decir—. ¡Seguidme!
Y sin dirigir una sola mirada a su bella esposa, a quien esta visita le permitía abandonar, salió de la estancia y dirigió sus pasos hacia su gabinete de trabajo, con el preboste y Béryl pisándole los talones.
—Serán necesarias varias semanas para reparar los tejados y luego habrá que ocuparse de las paredes deterioradas y de las reparaciones interiores —concluyó Béryl, que acababa de exponer con todo detalle los daños que había sufrido el castillo—. No hay que olvidar que numerosos caminos están cortados y que habrá que ayudar a mucha gente. Temo que incluso echando mano de los mejores maestros de obra, carpinteros, albañiles, techadores y ebanistas, no podamos acabar en el plazo que el invierno nos impone.
El señor de Vollore hizo un gesto de desagrado. Todo aquello le incomodaba, pero no tenía más solución que colaborar con aquellos dos hombres que hacía quince años que le servían fielmente.
Puesto que Montguerlhe y la abadía de Moutier eran los únicos lugares que la tempestad había respetado, había que reagrupar allí a los damnificados. No obstante, le repugnaba tener que compartir su morada con el populacho.
—¿Qué se sabe de Thiers? —preguntó François mientras se volvía hacia Huc.
—Según nuestros mensajeros, la basílica parece estar en bastante buen estado, igual que la iglesia de Saint-Jehan-du-Passet y Saint-Genes.
—Bien, bien. Que se distribuya a los más necesitados entre esos lugares de acogida. No estarán de más sus oraciones. Yo me reservo Montguerlhe para mi gente.
Huc de la Faye esperaba esa decisión y había mandado advertir a su mujer Albérie que preparase los alojamientos del señor. A pesar de todo, no pudo reprimir un escalofrío.
Hacía quince años que François de Chazeron no había puesto los pies en Montguerlhe, como si quisiera olvidar las sórdidas brumas de aquella noche de invierno en la que había abandonado a Isabeau a la voracidad de los lobos. Al alba, no se había encontrado el menor rastro de ella y era él, Huc, quien desde entonces cargaba con el peso de la culpa de su señor protegiendo a Albérie según su promesa, hasta el punto de haberle ofrecido matrimonio para ponerla al abrigo de cualquier concupiscencia. Se había prendado de ella a pesar de su carácter reservado, a pesar de la mirada fría y metálica que posaba sobre él desde aquel día maldito. No recordaba haberla visto sonreír, excepto la vez en que le anunció que nunca forzaría su lecho y que sólo ella decidiría respecto del fruto de su matrimonio. Ella nunca se ofreció y él se había resignado a desempeñar el papel de tutor en lugar del de marido. Tan sólo temió que François exigiese su derecho de pernada, pero, a diferencia de su hermana Isabeau, Albérie tenía un rostro poco atractivo cuya mirada azul y dura intensificaba sus rasgos salvajes. François de Chazeron bendijo su unión sin hacer una sola pregunta. En ocasiones, Huc se preguntaba si podría recordar quién era Albérie. François de Chazeron sólo se interesaba por sí mismo.
—¿Algo más, Huc?
La voz del señor lo sacó de sus pensamientos. Volvió en sí con rapidez.
—No, señor. Todo estará listo esta noche.
—¡Bien! ¡Ponte en movimiento!
Béryl y Huc se despidieron con una reverencia y se alejaron a paso vivo para retomar sus ocupaciones.
Al caer la tarde, una larga caravana de carretas llenas de baúles y utensilios abandonó el castillo señorial de Vollore en dirección a la plaza fuerte de Montguerlhe, con François y su mujer a la cabeza de su gente.


Albérie se pinchó el dedo con la aguja de zurcir y reprimió un juramento. Junto a ella, en un mullido sillón de labrados brazos, Antoinette de Chazeron bordaba sumida en sus pensamientos.
Por nada del mundo hubiese querido la joven dama romper el silencio. A Albérie le repugnaba tener que conversar con la señora, a pesar de que tenía que reconocer su encanto y simpatía. Había decidido odiar todo lo que se relacionase con François de Chazeron y hacía quince años que se consagraba virtuosamente a esa tarea. Escondía sus risas y sus momentos de secreta felicidad para presentar ante los demás un gesto distante, reforzado por la implacable ironía de su mirada metálica. Así se protegía de la locura de los hombres que, por otra parte, no le interesaban. Como su abuela antes que ella, se entendía mejor con los lobos que con sus semejantes.
—Estoy esperando un hijo.
Albérie tardó un momento en reaccionar a la tímida y débil entonación de Antoinette. Sólo cuando, tras unas tosecillas, repitió la frase, Albérie levantó la cabeza con el corazón palpitante.
—¿De verdad? —se obligó a preguntar.
—Eso creo —añadió Antoinette mordiéndose el labio, repentinamente arrepentida de su confidencia.
Sin saber por qué, Albérie le daba miedo. Y, sin embargo, se ocupaba con eficiencia de la intendencia de Montguerlhe, y nadie tenía nada que reprocharle respecto de su trabajo, ni de su servicio durante la semana que llevaban residiendo en la fortaleza. En varias ocasiones, Antoinette había intentado quebrar su reserva, pero sus relaciones se mantenían en una distancia cortés, como si a Albérie le resultase incómodo establecer contacto con ella. Por no mencionar el hecho de que solía retirarse sistemáticamente en el momento en que François aparecía en la estancia en la que ella se encontraba.
—Nuestro señor estará contento con la noticia —comentó educadamente Albérie, dando una puntada con la aguja que había quedado por un momento en suspenso entre sus dedos helados.
—Aún no lo sabe. Está tan irritado con los últimos acontecimientos que no me atrevo a decírselo.
—Una decisión prudente, en efecto.
El tono era seco, demasiado seco.
—¿Os lo parece?
Un relámpago de pánico veló el rostro de Antoinette, y Albérie lamentó haber pronunciado esas palabras.
—Ambos habéis pasado muy malos momentos desde que se produjo la tempestad —rectificó, ablandando su rostro con una sonrisa compasiva—, tal vez vuestros síntomas no sean más que el resultado de tanto trajín, de la legítima inquietud y la preocupación que sentís por esos desdichados que tenéis bajo vuestras ventanas. En mi opinión, más vale esperar un poco.
Antoinette la escrutó por un instante y luego se encogió de hombros. No había pensado en eso.
—Tenéis razón. Es prudente esperar antes de afirmar... Me gustaría tanto darle un hijo...
Albérie contuvo su irritación. No quería oír los lamentos de aquella mujer. Si abortaba, tendría que reprochárselo sólo a su esposo, a su crueldad, a su orgullo, a su suficiencia. La maldición gravitaba sobre él y ella no movería un dedo para impedir que se cumpliese.
Hacía mucho tiempo que los suyos esperaban vengarse después de que François mandara asesinar a su padre y su familia fuera destruida, obligada a vivir recluida, oculta.
La rabia le golpeaba tan fuerte en las sienes que a Albérie le costó tragar saliva. No, Antoinette no era responsable de esa tragedia, ignoraba lo que había ocurrido, puesto que tan sólo llevaba tres meses casada. Habían borrado su apellido de los registros de Fermouly, habían enterrado a su padre en el humus de la memoria, a mayor gloria del señor de Vollore. En consecuencia, como los suyos, François moriría sin heredero. Y Antoinette sería liberada de esa descendencia, al igual que la comarca.
Albérie consideró que era el momento propicio para escapar. Su huida pasaría por pudor. Dejó la labor sobre el taburete que tenía al lado y salió de la sala, con el corazón más insensible que nunca.
Por un momento, tuvo deseos de huir lejos, muy lejos de aquellos muros que la ahogaban, de sus tareas cotidianas de intendente junto a Huc, del respeto que su nombre y su título le habían valido entre la guarnición y en el país. Tuvo que apoyarse con todo el cuerpo contra la pared tras haber cerrado la pesada puerta. Con la respiración entrecortada, echó la cabeza hacia atrás e incrustó los dedos en las junturas huecas. A sus veintiséis años se sentía vieja. Infinitamente cansada.
No, no era la indignación la única causa, lo sabía. Aquella noche habría luna llena.
Las lágrimas le irritaron los ojos. Conocía bien aquel insidioso dolor de sus miembros, aquel odio bestial que la invadía lentamente a medida que pasaban las horas, hasta sentir sed de sangre en la boca. Entonces aquello comenzaría de verdad, al principio por el vientre, que se cubriría de pelo, luego los pies y las manos. Después sentiría dolor, dolor hasta el aullido, mientras su cuerpo entero se retorcería, se estiraría, se modificaría hasta abandonar cualquier rasgo humano, sin que por eso dejara de saber quién era y por qué.
Albérie clavó aún más las uñas en la piedra y se tranquilizó. Así, transformada en loba, se reuniría con los suyos. Eso era lo único que importaba.


Huc de la Faye se acodó en la ventana ajimezada de la torre cuadrada, con el semblante entristecido. El día declinaba lentamente sobre Montguerlhe, tiñendo de rojo el punto de agua junto al que pasaban mansamente ovejas y vacas. Demasiado ocupado durante las últimas semanas en ayudar a Béryl y su gente, casi había olvidado lo que le esperaba aquella noche, como cada noche de plenilunio desde hacía trece años, desde que había descubierto el terrible secreto de Montguerlhe y aceptado guardar silencio.
Aquella desgraciada noche de septiembre de 1500, tras haber confiado Albérie al abad de Moutier, Huc había vuelto a Montguerlhe con la disparatada esperanza de que la tempestad hubiese alejado los lobos e Isabeau hubiese sobrevivido. Tras comprobar que los arqueros habían abandonado sus puestos y que François había atrancado la puerta, se precipitó bajo el azote de la lluvia. Pero el único rastro de Isabeau que quedaba al pie de las murallas era una capa cubierta de sangre. Huc buscó entre la maleza de los alrededores durante más de una hora y luego se resignó. A la mañana siguiente, François de Chazeron no dio muestras del menor remordimiento. Pretextando que lo esperaban en Vollore, hizo empacar sus cosas y no quiso saber nada más, tras añadir que no admitiría la presencia de ningún exorcista en los alrededores.
Algunas semanas más tarde, donó al abad de Moutier una importante suma para su nueva capilla, en memoria, según dijo, de quienes habían muerto entre las garras de la bestia.
Con la llegada del nuevo siglo, François de Chazeron se aisló en un sórdido mutismo y se desinteresó más que nunca de sus tierras y gentes. Pasaba el tiempo encerrado, y tan sólo salía para ir a Clermont o a la corte real, donde su familia era aceptada desde antiguo. Nadie sabía qué maquinaba en su torre ni por qué a veces, al amanecer, aparecían humos nauseabundos extraños que producían picores en la nariz. De vez en cuando, recibía extraños personajes que ocultaban su identidad bajo una amplia capucha y que no se quedaban allí más de ocho días.
Huc había renunciado a presentarle las cuentas y administraba sus posesiones como podía, con ayuda del abad Guillaume de Montboissier. Dos o tres veces al año desaparecía algún niño, sin que se pudiese encontrar pista alguna. El abad de Moutier alegaba que las montañas de Thiers eran traidoras con quien se adentraba en sus bosques, pues se convertía en presa fácil de los lobos, y decía que no había que buscar más explicaciones, que en el pasado se habían producido hechos semejantes con frecuencia.
Pero Huc no estaba convencido. Los rumores circulaban entre los campesinos. Rumores que afirmaban que François comerciaba con el diablo y que le ofrecía sus hijos en sacrificio. Al preboste le costaba creer aquellas supersticiones de los campesinos y, sin embargo, algo indefinible le hacía sentirse incómodo cada vez que su mirada rozaba los altos muros de la torre de Vollore, aquella torre cerrada con llave, en donde se encerraba su señor.
Acabó por reírse de sus miedos inmaduros y por no ocuparse más que de Albérie. La comarca casi siempre estaba en calma y la vida cotidiana se desarrollaba sin sobresaltos, de modo que la leyenda del hombre lobo quedó relegada al olvido.
Y luego, aquellos odiosos crímenes reaparecieron. Justo tres años después del último drama, en el camino que lleva a Montguerlhe, una noche de luna llena, al día siguiente de la muerte de Guillaume de Montboissier. Volvió a ocurrir en la luna siguiente, de modo que Huc no pudo pegar ojo durante la que vino después. Albérie acababa de cumplir catorce años. Para demostrarle su afecto, Huc le regaló un brazalete de plata trenzada, acompañado con una generosa porción de tarta de avellanas. Ella lo miró de una manera extraña, como si tras su fría apariencia se escondiese otra capaz de alterarse. Albérie bajó los párpados y le dio las gracias sobriamente antes de girar sobre sus talones y dejarlo allí plantado, a medio camino entre el deseo de demostrarle su afecto y el de desaparecer.
Ni siquiera habría sabido decir si ella le había perdonado los golpes propinados a su padre, cuando él seguía reprochándoselos. Tampoco entendía mejor que el primer día por qué Armand Leterrier no había sido capaz de aguantarlos. Era un hombre corpulento y robusto a quien no amilanaba el trabajo duro, y él mismo había contenido su brazo tanto como había podido. ¿Cómo explicar a Albérie que él no había deseado la muerte de su padre, sino tan sólo obedecer a su señor por miedo a ser castigado? No encontró las palabras. Renunció diciéndose que el tiempo curaría las heridas y que tal vez entonces, si la rodeaba de amor, ella lograría olvidar. Pero la niña no olvidó. Se encerró en su silencio, y se mantuvo ocupada con las tareas que le confiaban en la cocina, dejándose ver poco en las salas comunes en donde los guardias se metían con ella en tono amable, por miedo a molestarle a él, su preboste. No había vuelto a ver a François de Chazeron ni preguntado si habían encontrado a Isabeau o a su abuela. Lo único que hablaba en ella era su mirada cuando se cruzaba con la de Huc; éste, a su vez, volvía la cabeza, pues, a ese por qué permanente, sólo habría podido responder con su propia indignación y su propio resentimiento hacia su señor.
Entonces, para protegerla también a ella de la pretendida bestia, decidió acabar con el rumor que crecía a su alrededor, descubrir la verdad. Salió furtivamente, cubierto con una capa oscura que hacía que se confundiese con las sombras de las nubes sobre la fortaleza. Avanzó a paso lento, empuñando la ballesta, pegado a los árboles que bordeaban el camino por el que llegaban los viajeros que se dirigían a Clermont, justo allí donde, en dos ocasiones, el lobo había atacado.
No tuvo que esperar mucho tiempo. El animal surgió de la nada, según le pareció, para plantarse ante él, con los colmillos surgiendo de una boca que espumeaba.
Sin titubear, Huc tensó la ballesta y apuntó hacia el pelaje gris para acabar con el terror, persuadido de que el animal iba a saltar sobre él. Luego bajó el brazo sin aliento. Allí, a unos pocos pasos, surgió una silueta, bañada por la luz de la luna, y avanzó hacia el animal, que retrocedió entre gañidos al ver el arma.
Cuando animal y humano se aproximaron, Huc reconoció la cara arrugada de la Turleteuche esbozando un rictus de compasión en su dirección, mientras él se obstinaba en mirar fijamente los ojos azul metálico del lobo. Después, la oscuridad se abatió sobre aquella imagen y el estruendo de un trueno desgarró el silencio. Cuando la luna volvió a asomar entre dos nubes, el camino estaba desierto y Huc boqueaba, con la garganta seca y las piernas temblorosas.
Permaneció mucho rato observando el movimiento de los fresnos y los castaños que el viento de la tormenta que se avecinaba hacía ondular desde la copa hasta el tronco, como si quisiera mecerse después de la pesadilla. Luego, al contacto con las primeras gotas, emprendió el camino de vuelta, esta vez a cara descubierta, y entró, taciturno y helado, sin dirigir una palabra al centinela, quien manifestó su dicha de verlo vivo.
Subió las escaleras y se detuvo ante la puerta de Albérie, oscilando alternativamente sobre uno y otro pie. ¿Deseaba comprobar si era cierto lo que había imaginado con horror? Cuando estuvo seguro de la respuesta, empujó la gruesa puerta, seguro de encontrarla abierta, y se dejó caer sobre la cama, con la cabeza oculta entre las manos. La estancia estaba vacía, y en medio de la noche, a través de las ventanas abiertas a la tormenta, el lobo aullaba a la muerte.
Cuando el alba doraba el espejo del tocador situado frente a la ventana, Albérie surgió de un pasadizo que desembocaba en el interior de la chimenea. Huc no había dormido. La joven se presentó ante él con el rostro descompuesto y ojeroso. Huc se mordió el labio al recordar las otras dos mañanas en las que la había visto en un estado semejante. Sin embargo, esta vez, sus ojos enrojecidos indicaban mucho más que cansancio. Albérie había llorado. Huc se levantó, se acercó a ella y espontáneamente le abrió los brazos. Ella dudó un instante y luego se refugió en ellos con un largo sollozo.
Después, Albérie habló. Por primera vez en tres años, contó la triste historia de su familia. La bisabuela, la bruja apodada la Turleteuche que los burgueses habían matado, practicaba en secreto, en el solsticio de verano, ciertas costumbres paganas consistentes en copular con un lobo. Su abuela, fruto de aquella unión contra natura, tenía el poder de ser loba y mujer a un tiempo y el de transmitir a su descendencia lo mejor de esos dos seres. Así es como había vivido Amélie Pigerolles, saciando en cada plenilunio su sed de sangre con corzos y corderos. Y luego habían tenido lugar aquellos crímenes de los que se culpó al hombre lobo gris, y ella había cometido el error, ella, la hija de Fermouly, una niña que no sabía nada de aquella maldición, de atraer hacia su familia el odio de François de Chazeron, después de haber visto a la bestia. Era ella, Albérie, la que había causado la perdición de los suyos. Y había vivido con esa culpabilidad hasta los últimos meses en que su abuela, a quien creía muerta, se le había presentado en un recodo del camino, cuando iba a recoger los cepos para los tordos. La Turleteuche la condujo a lo más profundo de la montaña, junto a su hermana Isabeau, a quien había curado pacientemente tras el drama acaecido, y junto a la niña que había traído al mundo, entre lobos, el 24 de septiembre de 1501. La Turleteuche le confió que se estaba apagando y que sería ella, Albérie, quien a partir de ese momento detentaría su poder. Isabeau tan sólo había recibido en herencia un mechón de cabellos grises en la nuca, en el arranque del pelo, y no podía transformarse, pero ella, Albérie, era de su raza, como supo tras su nacimiento, y con la pubertad su don no tardaría en manifestarse. Tras la alegría de encontrar a su hermana, a su abuela e incluso a aquella niña salvaje, su sobrina Loraline, dormida entre las patas de un lobo llamado Cythar, Albérie había sentido terror, pero la Turleteuche la había guiado. Las tres primeras veces necesitaría sangre humana, luego la sed se calmaría y podría contentarse con animales nobles o corderos. No tenía nada que temer. A partir de aquel momento, tenía una familia. Albérie había acabado por tranquilizarse, a pesar de aquel extraño brillo en la mirada de Isabeau, aquel brillo a medio camino entre el odio y la locura. Seguidamente, la Turleteuche le mostró el secreto del subterráneo que unía aquella estancia con el bosque cercano.
Huc escuchó sin un parpadeo, con la sangre helada y el vello erizado en los brazos, que rodeaban los hombros de su esposa.
Albérie estaba sentada a su lado sobre la cama cubierta con piel de conejo, y el fuerte olor del cuero curtido le devolvió por un instante la visión de aquella loba de belfos amenazantes.
Como si hubiese podido leer sus pensamientos, Albérie se volvió hacia él y clavó una mirada incómoda en la suya.
—Ha sido tu olor —dijo—, tu olor lo que me ha detenido. Algo más fuerte que el instinto me ha alejado. Esta noche me he convertido a mi vez en la Turleteuche, y he ganado el sobrenombre de mujer lobo que adoptó mi antepasada.
Hubo un silencio durante el cual una multitud de preguntas acudió a la mente de Huc. No formuló una sola. Luego la vocecita tembló:
—Mátame —dijo—, pero guarda el secreto y no entregues a los míos al señor de Vollore.
Él sintió que el corazón le dolía, cogió su rostro entre las anchas palmas de sus manos, y seguro de sus actos en lo más profundo de su alma, masculló antes de besarla en la frente:
—¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca en mi vida!


—¿Mi señor Huc?
Huc se sobresaltó. Inmerso en sus recuerdos, no había oído llamar a la puerta, ni a la sirvienta que carraspeaba a sus espaldas.
—¿Mi señor Huc? —insistió ella mientras él despabilaba su memoria y se esforzaba en esbozar una sonrisa—. El señor François. Os ha hecho buscar por todas partes y parece muy enfadado por no haberos incorporado de inmediato a su servicio.
Curiosamente, Huc se alegró y partió con una risa nerviosa siguiendo los pasos de la joven. François de Chazeron había regresado a Montguerlhe y algo le decía al preboste que había llegado la hora de ajustar cuentas.


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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Jue Oct 14, 2010 10:20 am

Capítulo 2


Antoinette frotaba y refrotaba una mano contra otra, para calentarlas, sin lograr conservar el mínimo calor en sus venas. Había ido a socorrer a los menesterosos, secundando a Huc de la Faye y al nuevo abad de Moutier, Antoine de Colonges, en la distribución del abundante pan que había hecho cocer. Cumplía con aquella tarea lo mejor que podía desde que, subyugada por la belleza de François de Chazeron, había condescendido a que solicitase su mano. Él había desplegado ante ella todas sus atenciones y su tacto mientras la cortejó, en apariencia poco interesado por el parentesco de su padre con el duque de Borbón y aún menos por su fortuna, enteramente entregado al placer de su compañía. Antoinette era una jovencita de diecisiete años, y se dejaba llevar por la felicidad de ser la esposa de tan orgulloso señor.
Le bastaron unos cuantos meses para desengañarse. El país de Thiers era siniestro, muy alejado de los fastos de París. Ella recordaba los trovadores, las ferias, los saltimbanquis y los poetas malditos lanzar sobre la ciudad un velo de impertinencia en panfletos que unas veces irritaban a la corte y otras la divertían.
Vollore era triste. Le habría gustado organizar algunas fiestas, pero sus allegados se habían alejado con la llegada del invierno que aprisionaba el país de Thiers en el corazón de los volcanes de Auvergne. Su único momento de felicidad había sido el reencuentro con su madre y sus hermanas cuando, cansada de los interminables encierros de François en la torre a la que le tenía prohibido entrar, había ido a visitarlas.
No obstante, en cuanto regresó, su marido le prohibió volver a ausentarse. Autoritario y pretencioso, quería que los suyos la creyesen contenta con su suerte. Una noche, en la cama, después de una breve cópula, Antoinette, tras quejarse de su escaso interés, vio esfumarse sus últimas ilusiones.
—Me casé con vos, señora, por dos razones —dijo Chazeron—. La primera por vuestros encantos que ofrecen a mi temperamento una oportunidad de asentar mi linaje; la segunda por vuestra fortuna y vuestras relaciones. Por el momento no he agotado ninguna de vuestras virtudes. Comprenderéis que no pueda devolveros a los vuestros. Así que no hablaremos más del asunto.
Y la dejó allí plantada, más desesperada y sola de lo que nunca había estado. Desde entonces, para mantenerse ocupada, se perdía en oraciones y trabajos para socorrer a los pobres, como ahora, cuando la escarcha se pegaba a su capucha de armiño y sus botines de cuero hollaban la blanca helada bajo sus delicados pies.
No conseguía despegar sus pupilas de aquellas sólidas espaldas, mientras Huc se inclinaba sobre los enfermos y los niños con una atención y una generosidad no fingida, ni lograba sentirse culpable del deseo que crecía en su interior desde que se refugiaran en Montguerlhe. En varias ocasiones, se había hecho preguntas sobre el curioso matrimonio del preboste. Aunque de cierta edad —Huc tenía cuarenta y tres años—, poseía un hermoso porte y un rostro de rasgos regulares y labios carnosos, aureolado por una abundante cabellera que ya plateaba. No faltaban jóvenes de caras bonitas y risueñas en la región; no obstante, se había casado con Albérie, cuyo humor no conseguía comprender y que a veces le infundía un miedo inexplicable.
Antoinette la dulce, la sumisa, la tierna. Llevaba esos calificativos adheridos a la piel. Qué no habría dado, sin embargo, desde hacía unos días, por perderse entre aquellos menesterosos refugiados en la abadía de Moutier y ver a Huc de la Faye preocuparse por ella, por sus tormentos y por los sentimientos que ya no reprimía.
Abandonada a sus pensamientos adúlteros, Antoinette dejó escapar un profundo suspiro que hizo que la sonrisa alegre de Huc se volviese hacia ella.
—El frío es intenso esta mañana. Vendré solo los próximos días —se excusó él.
—¡No! —había exclamado tan vivamente que tuvo que retractarse suavizando la voz—. No; me gusta este trabajo, creedme. Me lamentaba de la triste suerte de nuestra gente, no de la mía. François apenas me informa de la marcha de los trabajos, como de todo lo demás, por otra parte —añadió sin poderlo evitar—, y me preocupa saber cuándo podrá esta gente recuperar sus hogares.
Huc besó la frente de una chiquilla enclenque a la que acababa de dar una manzana; tras incorporarse, condujo a Antoinette hasta el devastado jardín de la abadía, dejando tras él una cincuentena de desdichados a quienes ni las oraciones ni las abundantes mantas conseguían dar calor.
Cuando se alejaron del edificio y se aproximaron a un macizo castaño arrancado de cuajo, la miró con gravedad.
—El invierno está a las puertas, señora. Béryl hace cuanto está en sus manos; dirige a todos los hombres capaces en los trabajos más urgentes, pero mucho me temo que todo eso sea insuficiente. La verdad es que vuestro esposo concentra en Vollore a la mayor parte de esos hombres, desesperado como está por encontrarse privado de sus habituales ocupaciones. Temo que muchos de éstos —señaló la capilla— no superarán el invierno en tan precarias condiciones. Encender fuego en la capilla es algo impensable. El abad Antoine de Colonges hace lo que puede, pero la regla de su orden es estricta y se ve obligado a quebrantarla cada vez que conforta a estos desdichados, mientras sus hermanos están en las mismas condiciones.
—Pero se trata de mujeres, ancianos y niños —dijo indignada y con los ojos empañados.
—Se trata de los más débiles, Antoinette —respondió Huc con una voz apenas audible, mientras cogía entre las suyas las suaves manos enguantadas que temblaban de rabia y compasión—, de ellos y de esa inmisericorde ley natural que respetará a los más fuertes y proporcionará a los demás la salvación del alma y la paz.
Ella lo miró a través de sus lágrimas. ¿Por qué tuvo la sensación de que él ya no hablaba de aquellos refugiados sino de ella misma, de su vida echada a perder, siniestramente inútil? Olvidando su rango, Antoinette de Chazeron se refugió contra el jubón de grueso cuero bajo la capa de lana. Huc lanzó una ojeada a su alrededor para asegurarse de que no había ninguna mirada indiscreta y abrazó con ternura a la joven dama, embriagándose a su pesar con su silueta frágil y desarmada, puesto que, desde que se había casado con Albérie, no saciaba sus deseos carnales más que con prácticas solitarias. Consciente de que no podría seguir ocultando su turbación, el preboste apartó con suavidad el cuerpo caliente de Antoinette y se aclaró la voz con un carraspeo.
—Reportaos, señora, os lo ruego —murmuró sonriendo—. Esa gente no debe dejarse llevar por una desesperación que cavaría su tumba antes que las heladas. Sacan su fuerza y su esperanza de las nuestras. Han conservado la fe, no la perdáis vos. ¡Tened!
Y le tendió un pañuelo de limpio tejido, con sus iníciales bordadas, que acababa de extraer de un bolsillo de la camisa.
Antoinette lo cogió tras bajar la mirada, culpable tanto de su debilidad como del placer experimentado al sentir a Huc estremecerse con su contacto. Secó con delicadeza sus párpados y luego se sonó dándole la espalda para ocultarle el fuego de sus mejillas.
—Si queréis forzar la naturaleza y dar una oportunidad a estos desdichados —insistió dolorosamente la grave voz a su espalda—, convenced a vuestro esposo de que cambie sus órdenes respecto a la reparación de Vollore. Bastarían dos semanas si Béryl pudiese disponer de toda la mano de obra.
Antoinette tuvo un amargo espasmo. Se volvió hacia él con un rictus de decepción.
—¿Convencer a François? Pero ¿quién creéis que soy yo para imponer mi voluntad a mi esposo? Hasta la última de las criadas tendría más talento que yo para lograrlo. Lo que el señor de Vollore desea, lo obtiene, amigo mío, y le importa mucho más lo que esconde en su torre que mi miserable existencia.
Huc reprimió un escalofrío de cólera. Aún podía ver el rostro de Isabeau descompuesto y despavorido en la cama del señor mientras éste, implacable, le ordenaba entregar Isabeau a los lobos. François de Chazeron no había cambiado en los quince años transcurridos, mientras su propio resentimiento no había dejado de crecer.
—Lo odiáis, ¿no es cierto?
La pregunta hizo comprender a Huc hasta qué punto la expresión de su mirada había debido de ser elocuente. Por una fracción de segundo, estudió la de Antoinette, pero tan sólo encontró en ella un brillo de placer. Entonces hizo un gesto con la cabeza.
—Yo también, me parece —añadió ella en un susurro. Luego suspiró profundamente y con voz cansada dijo—: Volvamos si os parece bien.
Huc se contentó con seguir sus pasos.


—¡Estoy esperando un hijo!
Antoinette se había preparado para recibir algún comentario hiriente, pero su anuncio obtuvo el silencio por toda respuesta. François de Chazeron ni siquiera levantó la nariz del libro.
«Un tratado de alquimia, como siempre», pensó con amargura, mientras dirigía la mirada hacia las llamas del hogar para disimular las de su indignación.
¿Qué le movía hoy a sacar tanta audacia de su interior? Tal vez se debiese a la sensación, experimentada por primera vez en su vida, de haber sido comprendida por alguien, de haber compartido por un momento la misma emoción.
Al volver se había encontrado con Albérie y no se había sentido culpable ante ella, incluso la había desafiado con la mirada al pedirle un vaso de leche caliente, porque le había parecido percibir que Huc no se encontraba a gusto. Antoinette había imaginado inmediatamente que él sentía por ella algo más que un deseo pasajero y eso le había dado confianza en sí misma. Siguiendo su costumbre, Albérie no había manifestado sentimiento alguno, como si nada ni nadie le interesaran.
«Con ella es con quien tenía que haberse casado François —pensaba Antoinette—. ¡Es tan cerrada, insensible y egoísta como mi marido!»
Tras esta reflexión, se dejó caer en una butaca frente a François. Él no la necesitaba. ¡Huc sí!
—¡Os he hablado, querido esposo! —insistió para apurar la veleidad de su rebeldía.
—Y yo os he oído. ¡Buenas noches! —añadió para dar por terminada la discusión sin siquiera mirarla.
Antoinette hizo una profunda inspiración y, haciendo caso omiso, prosiguió en el mismo tono.
—No quiero perder esta criatura.
—Bien.
Su respuesta fue educada, pero Antoinette percibió un asomo de impaciencia.
«La lectura debe de ser interesante», se dijo. ¡Le daba igual! ¡Lo que ella tenía que decirle también lo era! Hizo acopio de valor y se esforzó por conservar la firmeza de su voz.
—He pedido a Albérie que me prepare otra habitación.
Hubo un nuevo silencio. Luego François levantó la cabeza y ella constató que una hoguera aún más ardiente encendía sus ojos. Volvió la cabeza. Temblaba.
—¿Perdón? —preguntó.
—El boticario de Moutier me ha desaconsejado cualquier abrazo durante el embarazo. Dice que eso puede provocar el aborto y, como os he dicho, me niego a correr ese riesgo —balbuceó Antoinette, con el corazón batiéndole tan fuerte que se preguntó si François la había podido oír en medio de aquel estruendo.
—¿Y si a mí me place poseeros?
—¡No! —rugió en ella una vocecilla—. ¡No! ¡Te prohíbo volver a doblegarte, hazle frente! ¡Hazle frente!», insistió la voz que repentinamente cobró los acentos del preboste. Recuperando todo su valor, Antoinette se enfrentó a su marido y lo contempló desafiante, como había mirado a Albérie un momento antes.
—¡Esperaréis, señor! Esperaréis a que haya traído vuestro hijo al mundo. —Luego, suavizando el tono de voz a la vista de la cólera que veía apoderarse de François, imploró tras dejarse caer a sus pies—: Siempre me he inclinado ante vuestros deseos. Ni una sola vez, François, me he enfrentado a vuestros malos humores, a vuestras exigencias, a vuestras decisiones, intentando siempre ser la mejor y la más solícita de las esposas. Ahora mis nervios están sometidos a una dura prueba. Esos niños ateridos de frío que trato cada día hacen que sienta cruelmente la necesidad de ser madre. ¡Me siento tan poca cosa! ¡Tan frágil! Al casaros conmigo, François, queríais descendencia. ¡Dejadme dárosla! Os lo suplico. Ahorradme vuestros deseos hasta que cumpla, y os resarciré con creces como amante.
En el silencio que siguió, la respiración irregular de su marido resultaba ensordecedora. Estaba furioso contra ella, lo sabía, y no obstante, negarse a su solicitud era ir en contra de las razones que le habían llevado a contraer matrimonio. El señor de Chazeron necesitaba descendencia y François no era tan estúpido para no rendirse a la evidencia. «Sucio orgullo de gallito», pensó mientras le dedicaba una mirada llena de ternura.
—Retiraos a vuestros aposentos —ordenó por fin François—. No me inspiraréis mucho deseo cuando engordéis y tenga que soportar vuestros malestares y gemidos. No me habría atrevido a echaros de mi cama pero, puesto que habéis sido vos quien lo ha sugerido, no os haré el desplante de negároslo. Como es natural, una de vuestras sirvientas os reemplazará en vuestro lugar —añadió con cinismo.
—Sabré aceptarlo, señor. Sois el amo de esta casa —concluyó Antoinette obsequiosamente, para disimular a un tiempo el placer de su victoria y el poco afecto que le tendría en adelante.
Se levantó y, luciendo su mejor sonrisa, salió de la habitación de François para encerrarse en la suya.


Albérie cerró cuidadosamente la puerta tras ella, como cada vez que encontraba a Huc sentado en su cama, esperándola. Había encendido fuego en la chimenea frente a su lecho y el aposento, pequeño y sobrio, estaba bañado por un calor suave y luminoso. Fuera de las murallas de Montguerlhe un viento frío del norte helaba los desagües por los que se deslizaban escasos residuos de agua.
Al día siguiente, al alba, una espesa escarcha envolvería los largos dedos de las ramas que aún conservaban las heridas de la tempestad, confiriendo al fúnebre paisaje el aspecto de un suntuoso baile de estrellas. A Albérie le gustaba el silencio que envolvía el aire durante los períodos invernales. Aflojando parte de la tensión de las últimas semanas, en las que sufría la presencia de François entre sus paredes, sonrió con dulzura y se acercó cariñosamente a su esposo.
Huc le tendió la mano y ella, como de costumbre, fue a sentarse a su lado para apoyar la frente en su hombro. Permanecieron así un momento, arrullados por el crepitar del fuego que aureolaba las paredes con sombras danzantes. Huc se sentía bien. Había anhelado su presencia, su complicidad, tras abrazar a Antoinette de Chazeron, sin por eso haberse sentido culpable por el deseo experimentado. El afecto que tenía a Albérie era algo diferente, algo intangible que el peso del secreto hacía aún más excepcional.
—Te quiero, Albérie —murmuró espontáneamente, sin poder evitar sentirse conmovido por la dulzura del instante que hurtaban a la mirada de los demás y sin esperar, no obstante, más eco a su confesión que el silencio.
Albérie jamás hablaba de sus sentimientos, pero él sabía que, a pesar de todo, también ella le quería.
—Necesito tu ayuda, Huc.
Era la primera vez. Huc volvió hacia ella un rostro lleno de sorpresa. Albérie conservaba su sonrisa, una sonrisa triste y tierna a la vez. Inhabitual. A pesar del placer que aquella súplica le procuraba, Huc se sintió incómodo.
—Toda la que quieras —se oyó contestar con sinceridad.
¡Había hecho tantas cosas por ella que ella nunca le había pedido! Sin embargo, la noticia tuvo en él el efecto de una puñalada.
—¡Isabeau ha muerto!
La voz de Albérie se quebró. Huc tragó saliva. En quince años, había visto a Isabeau una sola vez. Recordó aquel día en que había ido al bosque para intentar encontrar uno de sus perros que no había vuelto tras una batida de jabalí. Unos campesinos le aseguraron haber oído ladridos, no lejos del lugar donde había perdido la pista de su perro. Era su mejor rastreador y no quería dejarlo a merced de los lobos. De pronto, oyó una risa de mujer, en un lugar del bosque demasiado profundo para tratarse de alguna ramera. Ató el caballo a un árbol y, tomando todas las precauciones, se acercó con el corazón desbocado. Al pie de un acantilado, una fuente formaba un remanso natural cuya agua se llevaba el río hacia las tierras de cultivo. Isabeau estaba allí, bañándose en compañía de una niña risueña de larga cabellera castaña y de rostro tan delicado, tan marcadamente conforme a sus recuerdos, que se sintió conmocionado. Mientras la niña, de siete u ocho años, era el vivo retrato de la mujer-niña violada por François de Chazeron, Isabeau parecía otra, sin edad, con los rasgos endurecidos y los senos violáceos, el cuerpo envejecido, castigado por las privaciones.
En la orilla, a pocos metros de ellas, dos lobos, tranquilamente tumbados, vigilaban. Huc permaneció acurrucado durante unos instantes, contemplando sus juegos y sus risas, y luego, temeroso de que el viento acabase por llevar su olor hasta los animales, se alejó con el corazón encogido. Albérie siempre se había negado a que volviese a ver a Isabeau, incluso después de que la muerte de la abuela se hubiese llevado con ella aquella prohibición. Isabeau vivía aislada del mundo, convencida de que todos ignoraban que había sobrevivido y que había traído al mundo a la hija de Chazeron.
«No sabe que lo sabes —le había dicho Albérie con tono grave, el día en que él había querido ir a visitarla—. Jamás transgredas la prohibición. Isabeau ya no es la que conociste, Huc.» Y Huc había aceptado aquella decisión, sin discutir. Nunca contó a Albérie aquella imagen de felicidad fugazmente intuida, pues aquel día había entendido hasta qué punto tenía razón. Isabeau ya no necesitaba a los hombres.
Y a pesar de todo, la idea de su muerte le dolía, de la misma manera que durante muchos años le había dolido la idea de su supervivencia.
—¿Cuándo ha ocurrido? —se contentó con preguntar, dividido entre la rabia que le producía tamaña injusticia y el sincero dolor que sentía sobre sus hombros.
—Hace tres días, según Loraline.
—Justo antes del plenilunio. ¡Oh, Dios mío! Albérie, tú...
Pero Albérie le impidió terminar la frase al poner un dedo helado en sus labios. Su mirada metálica se vistió de melancolía.
—He esperado a que el alba me librase de esa apariencia que detesto y he ayudado a mi sobrina a darle sepultura, junto a nuestra abuela. Ha sido una extraña ceremonia. Tuve que esconderme en el bosque para que Loraline no pudiese ver la transformación, tal y como prometí a mi hermana. Fue la primera vez que resultaba tan doloroso, pero ahora todo va bien, tanto para mi sobrina como para mí. No deseo que te inquietes, Huc de la Faye.
—¿Por qué no me dijiste nada anteayer, cuando volviste de la cueva?
—Yo necesitaba pensar y tú recuperarte, como cada vez que sabes que estoy... diferente —terminó buscando la palabra que pudiese herirles menos a ambos.
Bien sabía lo que él sentía. Ella misma se horrorizaba al pensar en el monstruo que cohabitaba con aquel cuerpo de mujer, en su interior. Al día siguiente de cada luna llena, Huc se esforzaba por acercársele, tocarla, besarla, para que no notase hasta qué punto detestaba esa parte de ella, pero Albérie estaba convencida de que en aquellos momentos le repugnaba tanto a él como ella se odiaba a sí misma.
—Te he aceptado tal como eres, Albérie. Tal como eres en este momento y en cada plenilunio. Me gustaría que pudieses creerme. Me gustaría de verdad —murmuró Huc sosteniéndole la mirada hasta que ella la desvió.
—Perdóname —dijo ella sin saber qué responder.
Huc se irritó a su pesar. Se puso en pie y anduvo a grandes zancadas en un esfuerzo por calmar sus sentimientos heridos, hasta detenerse junto al hogar para atizar el fuego.
—Eso es lo que dices siempre, Albérie. ¡Siempre! Ni me apena, ni tengo miedo de lo que eres, te quiero así. ¿Alguna vez te he mostrado aversión, odio o siquiera indiferencia? ¿No he merecido, por el contrario, tu confianza? ¡Nunca te he pedido nada! ¡Por el hecho de aceptarte, soy más tuyo que lo que ningún otro amante lo es de su amada! ¿Qué tengo que hacer? Dime, ¿qué tengo que hacer para que dejes de pedirme perdón por existir?
En el denso silencio que se produjo tras su estallido, Huc permaneció de pie junto a las llamas, apoyando sus anchas manos en la campana de la chimenea, hasta que se dio cuenta de que Albérie lloraba, en silencio, por no molestarle. Entonces olvidó lo que acababa de decir, porque Isabeau estaba muerta y Albérie le necesitaba. Cruzó la estancia decidido y, tras tomarla en sus brazos, la llevó ante la ventana, que abrió con presteza mientras su esposa escondía el rostro en su jubón. La dejó llorar, aspirando profundamente el viento helado que entraba a espuertas en la estancia, ante las llamas avivadas por el nuevo aporte de aire, apretando contra el calor de su vientre aquel cuerpo frágil. Luego pensó que ella iba a enfriarse a pesar de que su sangre hervía. Cerró la ventana y se dejó caer en una butaca, siempre con la joven en sus brazos, como si de un niño se tratase. La acunó con dulzura e hizo las preguntas que le abrasaban el corazón:
—¿Cómo ha ocurrido? ¿Qué quieres que haga?
Albérie no respondió de inmediato. ¡Era tan tierno con ella, tan atento! ¡Habría dado cualquier cosa por ser humana! ¡Sólo humana! Volvió a escoger sus palabras para no desvelar demasiado. No quería involucrarlo en lo que se avecinaba. Tenía que protegerlo como él la había protegido a ella hasta entonces. ¡Había tantas cosas que él aún no sabía! Se mordió los labios con amargura. ¡Si François de Chazeron se hubiese limitado a dejar a los suyos en paz, no se vería obligada a mentir, a engañar al único hombre que amaría en su vida!
—Una desgraciada caída al volver a la cueva —dijo procurando afirmar la voz—. Se habían amontonado muchos árboles cerca de la entrada y, cuando la tempestad los derribó, se entremezclaron con ramas y piedras. Le aconsejé prudencia pero, con la lluvia y el hielo, aquel lugar era muy peligroso. Ha agonizado varios días antes de apagarse. No hubiese podido salvarla, Huc, aunque hubiese corrido en su auxilio. Y no podía hacerlo estos últimos días con el señor de Vollore en casa.
Huc sacudió su hermosa cabeza en silencio. «Qué situación», pensó mientras Albérie continuaba hablando.
—Aunque se dijo una misa por ella hace quince años, cuando se la creyó perdida, ha muerto sin un sacerdote a su lado, sin confesión ni el perdón de la Iglesia. Isabeau era una ferviente católica, Huc, y ha educado a su hija en ese espíritu, a pesar de que no está bautizada. Me gustaría que descansase en paz.
Huc se volvió hacia ella y la cogió tiernamente por los hombros.
—¡Tienes razón, hay que traer a esa niña a casa!
—¡No! —Albérie casi había gritado. ¡No, no había entendido nada! Se tranquilizó, pero su expresión permaneció dura—. No, Loraline ya no es una niña, Huc, tiene quince años y se parece como una gota de agua a otra a la Isabeau que François de Chazeron conoció. Si por desgracia se enterase de que existe, sólo Dios sabe lo que podría ocurrir. Loraline ha nacido entre lobos, ha crecido con ellos y conoce su lenguaje. La quemarían en la hoguera, como una bruja, igual que a mi bisabuela. No, Loraline está bien donde está, yo cuidaré de ella, no temas. El abad Antoine de Colonges visitó a Isabeau cuando murió mi abuela. Lo he convencido para que persuada a Loraline. Temo que intente algo para vengar la memoria de su madre. De hecho, la presencia de Chazeron en Montguerlhe la pone de mal humor. No quiero que la historia se repita, Huc. Me ha costado mucho olvidar. He tardado trece años en aprender a quererte, en acallar de mi interior el odio y cualquier idea de venganza. Ayúdame. Aleja a Chazeron de Montguerlhe por unos días. Justo el tiempo necesario para que Antoine de Colonges calme el dolor y la cólera de Loraline. ¡Ayúdame!
Huc se entristeció. ¡El abad de Moutier lo sabía! ¡Había visto a Isabeau mientras a él le habían impedido verla! Esa idea lo sublevaba, a pesar de que una vocecita interior le murmuraba que sólo lo había llamado para que ejerciese su función, nada más. Se tranquilizó. No, no le habían traicionado y no tenía motivos para sentirse marginado. Él había sido el único en compartir de verdad la suerte de aquellas desdichadas, en sufrir con su cruz y en intentar suavizar su castigo por amor a Albérie.
—¿Me ayudarás? —insistió Albérie, consciente de que su confesión lo había contrariado.
—No es fácil —dijo Huc con un gesto de cabeza—. ¿Qué motivos puedo alegar? ¡El señor de Chazeron se desinteresa de sus allegados y más aún de sus gentes!
Eso era lo que Albérie aguardaba desde el día de la tempestad, desde que François de Chazeron había venido a Montguerlhe y desde que Antoinette se quedó embarazada.
Isabeau y ella habían abandonado la idea de vengarse. ¡Y de pronto se había convertido en algo tan fácil, tan evidente! Chazeron iba a pagar. Antes de morir sufriría, acosado por el miedo, sin siquiera poder imaginar algún alivio.
Albérie, con el corazón invadido por un salvaje deseo de sangre, clavó su profunda mirada metálica en la de su esposo y le expuso sus argumentos.

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:47 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Oct 16, 2010 10:15 am

Capítulo 3


Antoine de Colonges se frotaba las manos de delectación al tiempo que se reprochaba el placer hipócrita que había sentido de repente.
—¡Vaya con cuidado, padre! Nadie debe saberlo, no lo olvide, de otra forma...
El abad de Moutier asintió en respuesta a la voz cascada que surgía de aquella capucha de sayal negro abatida sobre un rostro ajado.
—No temas, hija mía. Hace tanto tiempo que espero este momento... Ahora mismo, sólo siento piedad por mí mismo. ¡Que el Señor me perdone!
—En ese caso, bendito seáis en nombre de esas criaturas que salvaréis con vuestro silencio.
Antoine de Colonges sacudió la cabeza, sacando fuerzas para no oír la voz de su conciencia. Por primera vez en su larga vida al servicio del Todopoderoso, iba a cometer una falta contra el mandamiento supremo: «No matarás». Claro que él no sería la mano ejecutora, pero sería culpable de aceptar que la justicia de una mujer supliese la de Dios. Cogió un crucifijo de madera y una bolsa de cuero llena de escudos de una mesa pulida por largas jornadas de lectura y la tendió a la visitante.
—¡Que el pensamiento en Cristo te acompañe y te ayude a encontrar por fin la paz!
—Sólo cuando él haya muerto, padre. Muerto por la mano de aquella a quien él engendró. Entonces tal vez, sí, si Dios quiere, volveré a ser una madre. Si Dios quiere, padre —jadeó con voz cascada.
Antoine de Colonges miró para otro lado, con el corazón súbitamente encogido. ¡Se sentía tan despreciable por utilizar aquel odio para liberar a la comarca de François de Chazeron y de sus crímenes! Porque, a pesar de que no tenía más pruebas que las acusaciones de la Turleteuche, como Guillaume de Montboissier con anterioridad, estaba convencido de que todas aquellas desapariciones acaecidas en los últimos dieciséis años eran obra de su señor. Sin contar las muertes de los cinco eclesiásticos a quienes su predecesor había encomendado investigar las extrañas actividades nocturnas de François de Chazeron. ¡Habría dado cualquier cosa por hacer justicia a la luz del día! Pero, gracias a su boda con una pariente del duque de Borbón, tan cercano al rey Francisco I, el señor de Vollore era ahora muy poderoso. Demasiado poderoso. Tenía derecho de vida y de muerte sobre sus tierras. Aquello tenía que acabar. Los burgueses lo temían tanto como los campesinos. Para oponerse a su crueldad, no quedaba más que lo único que él había transformado en algo más monstruoso que él mismo.
«Sólo los lobos se devoran entre ellos —pensó mientras sonreía a Isabeau, cuya clara mirada había adquirido, a lo largo de tantos años de rabia, una expresión cercana a la locura—. Cuando todo haya terminado, me encargaré de ella y de su hija y las sacaré del país para siempre.»
—Vete —susurró Antoine de Colonges sumido en sus pensamientos—. En París preguntarás por el padre Boussart. Es un viejo amigo, te está esperando y se ocupará de ti.
Isabeau disimuló su aprensión tras un leve gesto de asentimiento.
«¡Recuperar la libertad después de tantos años!», pensó. ¿Sería siquiera capaz de saborearla?
Había sido necesaria toda la ternura de Albérie para convencerla de que era mejor así. ¡Hubiese preferido tanto castigar a François con sus propias manos! Pero, en quince años, ni una sola vez había tenido valor para enfrentarse a él. Se había contentado con rumiar su sufrimiento y aprender el poder de las hierbas, para curar o matar. Como su abuela antes que ella, había esperado descubrir el secreto de la transmutación de los cuerpos para liberar a Albérie, a quien su diferencia carcomía y amargaba. Por fin había llegado la hora de ensayar con el licor, producto de sus investigaciones, en François de Chazeron.
Hacía quince años que veía crecer a la hija del diablo. La niña que le devolvía su juventud perdida como en un espejo y la llamaba mamá. Isabeau había acabado por decidirse a dejar que ocupara su lugar en el odio, redimir su propio pasado. Por un momento, se le encogió el corazón con el recuerdo del dolor desolado de Loraline ante su fingido cadáver.
Pero Isabeau se repuso enseguida. Abatió sobre los ojos la capucha de la capa para disimular su turbación y hundió en la pared la piedra sobresaliente que tema delante; se abrió ante ella un pasadizo iluminado con vacilantes antorchas y, decidida, penetró en el dédalo de subterráneos que unía la abadía de Moutier con Montguerlhe, Montguerlhe con Vollore y Vollore con Thiers, en lo más secreto de la montaña.
Al elevarse el sol sobre aquel 11 de octubre de 1515, Isabeau se alejaba hacia París a lomos de una yegua gris, con la íntima sensación de que por fin escapaba de su verdugo.


Antoinette dejó que su camarera la vistiera mientras canturreaba. La víspera, el tiempo había mejorado y, desde su abrazo furtivo en Moutier, Huc se mostraba más solícito con ella, más atento, hasta el punto de haberle metido en la cabeza el proyecto de aprovechar las obras en Vollore para remozar el viejo castillo y dar así un mayor confort al niño que llevaba en el vientre, cuando éste viniese al mundo. Cuando preguntó por los plazos, Huc respondió optimista que la mejoría del tiempo que anunciaban los viejos permitiría por fin acelerar la reconstrucción en los pueblos. «Adeás —añadió—, la ampliación de Vollore obligará a François a tener paciencia. Nuestra gente podrá trabajar en otra parte, en lo más urgente, sin que él se dé cuenta y vos daréis fin a vuestro embarazo con toda tranquilidad en Montguerlhe.»
Antoinette había sentido que el corazón se le disparaba. Si Huc deseaba mantenerla cerca, eso significaba que también él la amaba. Aparte de que Huc tuviese razón en lo concerniente a Vollore y al bienestar de los campesinos, ese último argumento era razón de más para ponerse manos a la obra. François sólo pensaba en volver cuanto antes a su torre y, en la espera, se alimentaba con gran número de libros de astronomía, alquimia y astrología que había traído de París, con ocasión de su última estancia allí, y que había hecho reconducir hasta Montguerlhe. Antoinette, que en numerosas ocasiones durante los primeros meses de su vida en común se había preocupado por lo blanquecino de su tez y por las ojeras violáceas que aparecían sobre sus pómulos salientes tras interminables horas de lectura, sentía ahora una total indiferencia. Hasta la llegada de aquella horrible tempestad, insistía a François en que hiciese ejercicio, de forma que éste llegaba a convencerse de ello y retomaba la práctica de algún placer sano, de aquellos a los que se entregaba en su infancia, junto a su padre.
Pero ahora era imposible perseguir corzos o jabalíes en aquellos bosques devastados y habían sido necesarias las dotes de persuasión de Huc para lograr que François dedicase algún tiempo al entrenamiento de su guarnición para desentumecer su cuerpo, demasiado tiempo inactivo, con la lucha y el manejo de la espada y la ballesta. Como resultado, el señor de Vollore se había vuelto más afable, a pesar de que le cansaba celebrar justas contra estafermos, deglutir cordero y gallina y dedicarse a la teoría cuando lo que le pedía la sangre era las llamas de su hornillo de atanor. Para Antoinette, la atención que Huc dedicaba a su marido no tenía más eco que el de su corazón. A Huc no le preocupaba la salud de su señor, sino que ella acabase pagando su mal humor. Huc la protegía. Huc la amaba. Así pues, era el momento de alejar a su triste esposo y devolverlo a lo que tanto añoraba.
Ésa es la razón por la que, el 12 de octubre de 1515, Antoinette de Chazeron estaba tan alegre. Juzgando ante el espejo que su carita jovial y radiante se adecuaba perfectamente al papel que ella misma se había asignado, despidió a la camarera y bajó las escaleras casi volando para presentarse al pie de la torre oeste donde, como cada mañana, François y Huc se entrenaban para el combate.
Admiró un buen rato el intercambio de golpes entre los dos hombres, a una distancia prudencial para disfrutar mejor del espectáculo, y luego se acercó poco a poco al círculo de entrenamiento, donde flotaba una fina nube de polvo. Huc no se lo ponía fácil a François, fintando con habilidad y esquivando ágilmente los ataques de su enemigo, siete años más joven que él y con la reputación de ser un excelente espadachín.
Decididamente, le gustaba mucho, pensó mientras, sin poder evitarlo, aplaudía una finta de Huc que lo llevó a tocar la jacerina de François.
Ante ese batir de palmas que celebraba el final poco glorioso de aquel combate amistoso, François se volvió y clavó en ella una mirada borrascosa.
—¿Puedo saber a qué debo el honor de vuestra presencia, señora? —preguntó sin miramientos, mientras Huc se pasaba la mano por el cabello para enjugar el sudor que le perlaba la frente.
Antoinette se forzó a apartar la vista del preboste para sonreír a su esposo, adulando su arrogancia con falsas excusas.
—¡No hay muchas distracciones aquí y es tan bonito veros combatir! Perdonadme.
François contrajo los labios en un gesto amargo. Antoinette no le había habituado a esa clase de zalamerías y, curiosamente, eso aguzó sus celos. Al ver que ella agachaba la cabeza para disimular un ligero rubor, François miró a Huc con discreción, quien le pareció absolutamente indiferente, ocupado como estaba en pulir su espada antes de volverla a envainar. Tranquilizado respecto a las intenciones del preboste, François, que no toleraría el adulterio más que en su propio lecho, puso en la cuenta de su gloria personal aquel nuevo interés y guardó su mal humor junto a su espada.
—Muy bien, señora. Puesto que parecéis añorar tanto mi compañía, acompañadme. Huc, haz que ensillen dos caballos —dijo por encima del hombro al preboste que voluntariamente se había apartado del círculo—. ¡Mi mujer necesita emociones fuertes esta mañana!
—No tanto, señor —dijo Antoinette a la par que se acercaba a su esposo para intentar zafarse de su proposición—. Seguiros por matorrales y malezas en pos de algún corzo conmocionaría a la criatura que llevo en el vientre y, como sabéis, la cuido con todo esmero. Concededme, por el contrario, un corto paseo. Me gustaría hablaros de un asunto que os interesa en grado sumo. Así, si os place, podremos disfrutar tranquilamente de un día tan radiante.
Espoleado a su pesar por el tono complaciente de su esposa, François se dejó convencer, pensando en cómo cambia el humor de las mujeres en cuanto otra ocupa su lugar en el lecho conyugal.
Huc de la Faye los miró alejarse en silencio, sin poder evitar recrearse en el gracioso contoneo de caderas de Antoinette. Al apartar sus ojos encendidos para atender otras ocupaciones, su mirada tropezó con la ventana del primer piso de la torre, desde donde Albérie lo miraba con curiosidad. Repentinamente incómodo, se limitó a sonreírle. En ese instante, el rostro desapareció y Huc se preguntó si lo habría soñado. Luego se tranquilizó. Lo hacía por ella. Sólo por ella. Todo lo demás eran pamplinas.
El preboste dio una patada a una piedra que se interponía en su camino y se dirigió a la puerta abovedada desde donde llegaban las risas de sus hombres de armas. Si todo se desarrollaba como estaba previsto, dentro de una hora a lo sumo cabalgaría en dirección a Vollore.


Loraline apoyó todo su peso sobre sus delicadas manos, blancas y temblorosas. ¡Qué sola se sentía, qué siniestro le parecía todo desde que faltaba Isabeau, su madre, incluso esta cueva en la que, sin embargo, había vivido momentos inolvidables!
Se remangó el sayal sobre el que llevaba una piel de lobo que le proporcionaba un calor y un olor acogedores, y luego removió en un recipiente de tierra cocida la pasta a base de raíces, bayas y cebada que le servía de comida. Desde que vino al mundo, eso era lo único que había comido, acompañado con leche, caza menor y frutos. Ahora había que seguir. Pero ¿seguir qué? Albérie, su tía, no había dejado de repetirle que se debía a la memoria de su madre. Que tenía que vengar a los suyos, perseguidos, para encontrar por fin una vida normal y decente. Pero Loraline no tenía la menor idea de lo que quería decir una vida normal y decente.
Vivía allí, en el corazón de la fuente de Montguerlhe, entre vapores de azufre, rodeada de lobos. Hasta entonces nunca se había sentido sola ni triste. Sin embargo, de pronto, el tiempo le pesaba y, mientras amasaba la pasta ablandada con el agua que brotaba a sus pies, se puso a rememorar en voz alta aquellas bellas imágenes que le describía su madre, imágenes de antes de su exilio, de antes de que ella naciera: las manos anchas y callosas de su abuelo cortando el trigo maduro, su cara risueña al viento; las fiestas del pregón de la cosecha en las que todos en la granja se endomingaban y se frotaban con menta silvestre para luego engrescarse en una farandola al son de cornamusas y zanfonías; las rodillas de Isabeau agitándose sobre los muslos de su padre, y la mirada azul de Albérie que se divertía con todo y con todos; la abuela, la Turleteuche, que abría sus finos labios en una risa desdentada y marcaba el ritmo dando palmas, y las bromas de Benoit que tanta gracia hacían a Isabeau... Las bromas de Benoit. La dulzura de Benoit. La ternura de Benoit. El amor de Benoit.
Cuando, un día, Loraline preguntó, con toda la inocencia de sus ocho años, quién era Benoit, Isabeau la miró largo rato y luego, tras apartarse de ella, dejó caer con frialdad:
—¡Tendría que haber sido tu padre!
Loraline no se atrevió a preguntar quién era su padre si no era él, porque en aquel momento la mirada que su madre le lanzó le dio miedo. Por otra parte, hasta entonces ni siquiera había imaginado que necesitase un padre, puesto que tenía una madre, ni tampoco sabía cómo se concebía un hijo.
Sin embargo, en tres ocasiones, había visto a su madre dar a luz, como las lobas, extraños gnomos que no habían logrado sobrevivir y que Isabeau había metido en frascos de cristal llenos de un licor ambarino. Isabeau poseía toda una colección de frascos en los que flotaban miembros y vísceras de animales y humanos. Loraline ignoraba cómo los conseguía. Sólo sabía que, junto con los libros que traía Albérie, servían para continuar sus experimentos. Durante largos años, su madre la había mantenido alejada de aquellos trabajos y luego, de pronto, el último verano, Isabeau la había iniciado. De golpe, Loraline se había sentido investida de un gran poder. Había dejado de ser una niña. Había cumplido quince años y ya era digna de recibir la herencia de los suyos.
No le había parecido extraño. Estaba inmersa en su cultura desde siempre. Sin noción del bien y del mal. Su universo se reducía a su madre, Cythar, su lobo, Albérie, la abuela de la que aún se acordaba, el abad de Moutier a quien había visto en varias ocasiones y una loba gris que venía en cada plenilunio. Respondía al nombre de Stelphar, se acostaba a su lado y velaba por ella y por la manada.
Ese día todo era diferente. Las últimas palabras de Isabeau la obsesionaban:
—Fue el señor de Vollore y de Montguerlhe quien nos echó e hizo ahorcar a Benoit, mi prometido. François de Chazeron es un monstruo, Loraline. Me violó y me torturó; peor aún, nos usurpó nuestra vida. A ti sobre todo. Y, sin embargo, tú eres su única heredera.
Isabeau había expirado tras pronunciar aquellas terribles palabras. Conmocionada, Loraline ayudó a Albérie a llevar el cuerpo de su madre a una pequeña gruta cercana a aquella en la que se hallaba y que, desde la muerte de su abuela, servía de sepultura para los suyos. Albérie había abierto un paso en la cámara mortuoria en donde descansaba Amélie. Había convencido a Loraline de que la dejase trabajar y luego había vuelto a cerrar el orificio, sellando la tumba de Isabeau. Seguidamente se había llevado a su sobrina a lo más profundo del bosque, hasta un promontorio que dominaba el valle. La fortaleza de Montguerlhe se dibujaba sobre el acantilado vecino. Aquella terrorífica fortaleza en la que reinaba François de Chazeron. Allí, frente a aquel paisaje grandioso y siniestro a un mismo tiempo, Albérie había completado la confesión de Isabeau.
—François de Chazeron es tu padre, Loraline, y a pesar de todo te mataría si supiese que existes. Para protegerte, tu madre se sacrificó durante todos estos años encerrando su juventud en el secreto de estas montañas. Te debes a su memoria, Loraline. Ella juró vengarse si François volvía a poner los pies en Montguerlhe. Hoy tiene que morir. Es el castigo por sus crímenes, y sólo tú puedes ejecutarlo ahora. Con esto.
Albérie le tendió un frasco que Loraline había visto muchas veces entre las manos de su madre. Sabía que su existencia estaba forjada alrededor de aquel líquido que ella había inventado, destilado y modificado en el curso de los años, sin dudar a probarlo sobre sí misma. Isabeau se había envenenado poco a poco para crear el veneno absoluto, imposible de detectar, le explicó Albérie.
Tras ahuyentar esa imagen de su memoria, Loraline llevó a sus labios un bocado de pasta amasada con toda la fuerza de su dolor y la tragó sin ni siquiera ser consciente de lo que hacía. En ese simple gesto se resumía su única certeza. Debía continuar. Por su madre. Tenía que sacrificar el alma negra de François de Chazeron para que Isabeau conociese por fin la paz. Sacrificar el alma del señor de Vollore a aquel Dios de misericordia que el abad de Moutier le había enseñado a amar. Así, sí, se haría digna de las tierras de lo alto.
Se hallaba sumida en esos pensamientos cuando Albérie apareció en el umbral del subterráneo que conducía a la fortaleza. Su tía le tendía una mano cómplice para invitarle a seguirla. Loraline puso el recipiente sobre una roca junto a ella y, dejando los magros restos de su comida a Cythar, que estaba tumbado a sus pies, se perdió tras Albérie en la danzante luz de las antorchas.
Mientras avanzaban lentamente a través de la roca evitando las trampas naturales construidas por el tiempo a lo largo del pasadizo, Loraline sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
Había recorrido muchas veces los diversos subterráneos que se extendían formando un laberinto cuya existencia los mismos señores habían olvidado, y había aprendido a conocer cada peligro, cada acceso, cada salida. Pero éste se lo había prohibido Isabeau. Este y el que conducía a Vollore. Desde que su madre muriera ocho días atrás, no había dejado de preguntarse en qué momento encontraría el valor suficiente para romper aquel veto. Y luego, Albérie la había visitado la víspera y, apretándola afectuosamente contra ella, había anunciado: «Si todo ocurre como está previsto, mañana te conduciré ante tu destino».
El la esperaba allí, al final de aquel corredor de roca rojiza y, por primera vez en su vida, Loraline tenía miedo. Miedo de aquella verdad que algo indefinible en ella no lograba admitir. Como si hubiese podido percibir su turbación, Albérie cogió con firmeza su pequeño puño cerrado y, forzando la mano húmeda a distenderse, la conservó en la suya, tranquilizadora: «No temas, hija mía, todo saldrá bien».
Loraline quiso contestar, pero un nudo en la garganta le impidió pronunciar sonido alguno. Concentró toda su atención en sus pasos para evitar los agujeros que se abrían ante ella y que podían hacer desaparecer una pierna entera en alguna oscura cavidad natural. Avanzaron a través de una cuesta ascendente y luego el pasillo se estrechó obligándolas a andar con la cabeza gacha una detrás de la otra, hasta llegar a una vía sin salida. Albérie hizo bascular una piedra que sobresalía de la roca y la cruda luz del día inundó las chorreantes paredes del subterráneo. Albérie entró en la estancia sin vacilar, arrastrando tras sí el paso prudente de su sobrina.
Loraline abrió sus ojos verdes que aquel súbito exceso de luz quemaba hasta hacerla lagrimear. Un instante después vio que se encontraba en una vasta estancia cuadrada, amueblada con una sobria cama, un cofre de trabajadas cerraduras y una mesa de trabajo semienterrada bajo un montón de libros encuadernados en grueso cuero. Algunos más se apilaban sobre un sillón en el que yacía una capa escarlata que desprendía un embriagador olor de almizcle.
Habían accedido a la estancia por el lado izquierdo de una gran chimenea abierta en la muralla. Loraline notó que las llamas del hogar, a pesar de arder con viveza, ni siquiera habían acariciado sus zapatos de tan grande como era la campana, que ocupaba casi toda la pared.
—No te preocupes por los detalles, hija mía —susurró Albérie, quien había seguido su mirada—. El que diseñó ese pasadizo derrochó sentido común. Quería ir y venir sin que nadie lo notara. Somos las únicas en conocer ese secreto. Ni siquiera el fuego del infierno te quemaría.
—Lo sé, tía. Vi una chimenea parecida en Fermouly cuando, siendo muy niña, la abuela Amélie me llevó con ella por el subterráneo.
Albérie meneó la cabeza. No había vuelto a poner los pies en Fermouly desde que Huc de la Faye se la había llevado de allí, cuando era muy pequeña, pero recordaba el pasadizo por haber visto a la abuela en innumerables ocasiones retirar su silla de delante del acceso escondido y desaparecer tras las llamas. En aquella época, aún ignoraba el secreto de Amélie Pigerolles y se contentaba con esperar a que volviese de su desconocido destino, seguramente poblado por hadas y gnomos. Como si quisiera darle la razón, la Turleteuche le traía a menudo preciosas piedras de colores que ella guardaba ceremoniosamente en un cofre de boj, como si de un maravilloso tesoro se tratase.
Un tesoro que había dejado abandonado allí, junto con la feliz despreocupación de su infancia. Con un suspiro que le salía del alma, Albérie apartó aquella visión con nostalgia. Estaba allí en nombre de los recuerdos perdidos. Decidida, avanzó hacia la ventana con ajimez situada frente a la chimenea.
—¡Acércate!
Loraline obedeció y, siguiendo el ejemplo de su tía, se ocultó entre los cortinajes para observar el exterior sin ser vista. Abajo, en el patio, un hombre resoplaba impaciente al paso nervioso de su soberbio caballo negro. Aunque atractivo, su severo rostro inspiraba temor; con voz bronca daba prisa a algunos soldados que terminaban de comprobar sus monturas.
Loraline sintió que algo se helaba en su interior. Sin saber por qué, supo inmediatamente quién era.
—Sí, es él, Loraline —dijo Albérie bajando la voz, como si él pudiese oírlas, incluso antes de que ella hubiese pronunciado su nombre—. Tu sangre no te ha engañado. Es el señor de Voilore y de Montguerlhe en toda su soberbia, orgullo y suficiencia.
—¡Mi padre! —articuló con dificultad la garganta paralizada de Loraline, mientras el perfume almizclado que flotaba en la estancia le producía náuseas.
Albérie se volvió hacia ella, con un brillo maligno en la mirada metálica. Se amparó sin miramientos en la húmeda mano de su sobrina, dejando entre ellas la anchura de la ventana por donde les llegaba la voz dura de François.
—Sí, Loraline, tu padre... ¡Y el verdugo de tu madre! Míralo bien, hija, porque hoy tu corazón debe escoger. A partir de ahora, decidas lo que decidas, eres dueña de tu vida.
Involuntariamente, Loraline bajó la mirada, con el corazón a punto de estallar. ¡De pronto tenía miedo, miedo de sí misma, miedo de aquella mirada despiadada, miedo de aquella luz que tantas veces había visto brillar en las pupilas dilatadas de su madre, cuando sus pesadillas la despertaban dando alaridos! Pero a Albérie no la ablandaron aquellos dedos temblorosos entre los suyos. Su voz sonó cortante y amarga.
—¿Ves esa cama, Loraline? Ahí es donde la violó, la golpeó y la humilló después de haber ahorcado a Benoit en su presencia y antes de deshacerse de ella, desnuda y rota, como pasto de los lobos. Sí, mira y escoge: o presentarte a él y morir también tú, o aceptar los hechos y vengar a tu madre y tu nacimiento, porque para los demás nunca serás, nunca, lo oyes, más que la bastarda del señor.
Al pie de la torre, Antoinette acababa de encontrarse con su esposo, acompañada por Huc de la Faye, quien, montado en su caballo, tiraba del ronzal de la muía que llevaba el baúl con sus efectos personales.
Huc sonreía, con el corazón alegre. Antoinette, que había cumplido a la perfección con su cometido, se llevaba a su esposo consigo, hacia Vollore, con la intención de conformarlo con las ampliaciones y arreglos del castillo. Huc los acompañaba con algunos hombres, alejando de Montguerlhe a los señores por unos días.
Durante un instante miró hacia la ventana, con la curiosa sensación de estar siendo espiado, pero no vio nada. No obstante, convencido de que se trataba de su mujer, guiñó un ojo hacia donde se hallaba la ventana y se puso al frente de sus hombres con decisión, para gran contento de François, quien, con la mirada sombría, sólo pensaba en volver a casa.
Los caballos iniciaron la marcha con paso tranquilo y Loraline alzó los ojos arrasados de lágrimas para seguir la silueta ágil de su padre, mientras el odio crecía en su corazón. Cuando François desapareció tras el ángulo del edificio que precedía a la primera reja del recinto, Loraline murmuró con una voz que le resultó extraña a ella misma: «Lo que tenga que ser, será. François de Chazeron morirá».
Sólo entonces Albérie, aliviada, soltó su pequeña mano. «¡Esta criatura es de nuestra sangre, no hay duda!», pensó satisfecha. Y atrayendo hacia sí el cuerpo tembloroso de Loraline, la abrazó cariñosamente.
—Cuando todo haya acabado, serás libre, te lo prometo —susurró al oído de su sobrina, pero ésta no la oyó.
Como en medio de una bruma, con el corazón henchido de rabia, Loraline miraba fijamente la cama deshecha. Los gritos y las súplicas que su madre vomitaba en cada una de sus pesadillas cobraban vida en las horribles imágenes que ese lugar le sugería. Tras permanecer petrificada por su imaginación y su rabia, apartó a Albérie con violencia y, con los ojos inyectados de sangre, masculló:
—¿Qué tengo que hacer?
Albérie sintió que el animal que dormitaba en ella le arqueaba la espalda, mientras un gusto acre le invadía el paladar. Satisfecha de la reacción de su sobrina, le expuso su idea, antes de acompañarla por el dédalo de pasadizos subterráneos para llevarla a Vollore.


Mientras cabalgaban a paso tranquilo, Antoinette canturreaba. Por un lado porque el sol, radiante a pesar del aire frío, la llenaba de contento tras tantos días desapacibles y, por otro, porque Huc mostraba un rostro distendido y sereno que ella había desconocido hasta ese momento.
«Se aleja de su mujer y se acerca a mí», imaginó oyéndole bromear con sus hombres o saludar amistosamente a los campesinos ocupados en reconstruir lo que la tempestad había destruido.
A pesar de la melancolía que la catástrofe había sembrado en los caminos, el cierzo cargado de olores de tierra mojada y de musgo pútrido acariciaba el olfato con un placer nuevo. Los cantos de los pájaros llegaban a sus oídos respondiendo a la melodiosa voz que se elevaba atrevida y que sacaba de sus casillas a François de Chazeron, hasta el punto de increpar malhumorado a su mujer. Antoinette fingía no entender y, convencida de que a Huc de la Faye y a sus compañeros les gustaba su canción, prosiguió con ímpetu renovado, hasta lograr por fin lo que esperaba. François, exasperado, poniendo su montura al galope, se separó del grupo y les tomó la delantera. Cuando Huc hizo ademán de seguirlo, ella lo detuvo con una orden:
—Dejadlo, amigo. Le impediríais aislarse en su torre, que es lo único que desea, creedme. Mejor charlemos, si os parece bien.
Huc se avino y condujo su caballo a la altura del de ella. Cabalgaron por un momento el uno junto al otro, en silencio, seguidos a distancia por la escolta que, a indicación del preboste, se había alejado discretamente. Luego, Antoinette se puso a cantar permitiendo que Huc se dejase acunar con placidez por su voz cristalina. Era un placer raro en Montguerlhe. A veces llegaban hasta ella los melodiosos acordes de alguna lavandera, que callaba en cuanto se acercaban los hombres.
—No he tenido ocasión de oír cantar a vuestra esposa —señaló Antoinette formulando en alta voz sus pensamientos.
—Albérie no canta. Creo que su voz no se presta a ello —respondió Huc con un curioso sentimiento de amargura.
—¡Oh! ¡Qué triste debe de ser eso! —lamentó Antoinette, en el fondo encantada de tener una baza más contra su rival—. Todo parece más ligero, más alegre con la música. Mi querido Huc, tenéis mucho mérito contentándoos con tan pocas distracciones. Por mi parte, y diga lo que diga mi esposo, no podría prescindir de la música. Puesto que vamos a Vollore, a la vuelta nos traeremos mi arpa. La tocaré para vos... Y para vuestra esposa —añadió para subrayar su preferencia, en un tono tan dulce que parecía una caricia.
A su pesar, Huc sentía que la sangre le golpeaba en las sienes. Sacudió la cabeza y se entristeció.
La atracción que Antoinette ejercía sobre él lo enervaba cada vez más. La conocía y la respetaba desde su llegada a Vollore y nunca antes había sentido aquella turbación. Hizo un esfuerzo para pensar en Albérie y en su felicidad cuando le anunció que había conseguido alejar a François.
«Así —había concluido—, podrás ocuparte de Loraline con toda tranquilidad.»
Ahora, sin embargo, se preguntaba si lo había hecho por ella o para tranquilizar su propia conciencia. Aunque hacía quince años que luchaba contra aquel sentimiento, se culpaba de haber sido lo bastante cobarde como para hacerse cómplice de la abominación de su señor, a pesar de que sabía que el señor de Vollore estaba en su derecho.
«En fin —pensó—, la muerte de Isabeau va a liberar a Albérie.» Pero en el fondo, ¿no era a él mismo a quien quería liberar? ¿De qué o de quién? Esa idea le heló el alma, tanto más cuanto que en aquel mismo momento, cansada de su silencio, Antoinette preguntó con toda inocencia:
—¿Qué ha sido de ese famoso lobo al que se imputaron tantos crímenes?
—¿Cómo sabéis...? —preguntó Huc volviéndose hacia ella con la mirada extraviada. De inmediato detuvo su impulso y, reponiéndose, se forzó a recuperar la calma para preguntar—: ¿De dónde habéis sacado ese cuento?
—Así que lo que cuentan los campesinos es cierto —suspiró enfáticamente Antoinette—. Un hombre lobo merodeó por la comarca en el pasado. Hace unos días sorprendí una conversación entre dos menesterosos, en la abadía de Moutier. Uno de ellos decía al otro que estas tierras no habían conocido una desgracia mayor desde los tiempos en que el hombre lobo había masacrado a los monjes. Cuando me acerqué a ellos para pedirles detalles sobre el asunto, afirmaron espantados que no sabían de qué les hablaba. Extraño, ¿no os parece? Pregunté a François aquella misma noche y se zafó malhumorado argumentando que todo lo que había ocurrido antes de nuestro matrimonio no era asunto mío. Lo entiendo perfectamente, Huc, pero como podéis comprender, ahora pertenezco a este país y, aunque no crea ni por un momento en todas esas truculencias, deseo estar al corriente del intríngulis de esa historia. Eso me ayudaría a entender mejor a mi esposo. ¿Guardaréis silencio también vos?
Huc se sentía más incómodo que nunca: había prestado juramento a su señor. Juramento de fidelidad. Juramento de olvido, incluso sí no podía olvidar. Para proteger a Albérie. Para protegerse a sí mismo. Pretender no saber nada sería una mentira más entre los cotidianos pretextos y falsedades. Pero aquello no le gustó. Antoinette, tan afable, tan ferviente, merecía conocer la verdad sobre su marido. Sin embargo, era precisamente su ignorancia y su inocencia lo que mejor la salvaguardaba de él.
—Estamos llegando, señora —se zafó, aliviado al ver las torres del castillo.
—No habéis respondido, Huc —insistió Antoinette, frustrada.
—No tengo derecho a responderos, señora. Pero vuestro esposo tiene razón. Hay que dejar los recuerdos en paz y no entristecer un rostro tan hermoso por las villanías de tiempos pasados. Olvidad todo eso y ocupaos tan sólo de la criatura que lleváis en vuestro seno.
Antoinette volvió la cara para disimular su rubor. Aquella respuesta no la satisfacía, pero Huc la encontraba hermosa y eso bastaba, en el fondo, para contentaría. Ya sabría ella, en un momento u otro, arrancarle aquel secreto. Se preguntaba, de manera más clara cada vez, si su marido, con sus extrañas manías, no llevaba sobre su conciencia algún pecado mayor de lo que aparentaba. No es que lo creyera un criminal, no, pero ¿qué no hubiese encubierto a cambio de un raro y precioso tratado de alquimia?
Se esforzó en sonreír con aire indiferente.
—Huc —dijo zalamera—, vos sois el más atento y más cortés de los amigos. Os prometo olvidar todo si dejáis que aflore de nuevo el alegre humor que mostrabais hace un momento.
Aliviado, Huc le dedicó una mirada agradecida y, para vencer el demonio de sus recuerdos, se puso a canturrear una canción de Auvergne.
—Así me gusta —concluyó Antoinette acordando su voz con la de Huc, mientras pasaban bajo la bóveda de piedra, bajo los rastrillos abiertos, y entraban en el patio del castillo de Vollore.
En el momento en que Huc ayudaba a Antoinette a echar pie a tierra, tras haber confiado su caballo a un palafrenero que acudió a recibirles, Clothilde, la responsable del servicio de la casa, apareció en el umbral de la puerta, lívida y despeinada.
—¡Dios mío, señora Antoinette, venid aprisa! —jadeó—. ¡Ha ocurrido una desgracia!

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:52 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Mar Oct 19, 2010 10:12 am

Capítulo 4


Huc tensó el cuerpo al máximo, esforzándose para empujar la puerta de roble claveteado que bloqueaba el acceso al último piso de la torre, pero, a pesar de todo su impulso, una vez más, la puerta ni siquiera vibró.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —sollozaba Antoinette desesperadamente tras él, mientras retorcía un pañuelo bajo su nariz.
—Busca a Bertrandeau. ¡Que mande a Béryl a buscar las hachas a la Grimardie para romper la puerta! ¡Corre!
Mientras el criado se lanzaba escaleras abajo, él se volvió hacia Antoinette.
—Lo siento, pero no hay más remedio que esperar —dijo mientras se frotaba el hombro dolorido.
—¿Y si estuviese...? ¡Oh! Dios mío, Huc...
Sus miradas se cruzaron un instante, ambos pensando en aquella desgraciada posibilidad, y Huc se vio forzado a volver la cabeza para desmentir el placer malsano que le producía aquella idea.
—Estoy seguro de que no será así, pero no deberíais quedaros ahí. Clothilde, lleva a la señora a la cocina y sírvele una tisana.
—¡Quiero quedarme aquí! —se rebeló Antoinette, quien ya no sabía muy bien qué esperaba descubrir en realidad.
—Haced lo que os pido, Antoinette —dijo Huc, sin ceder, con una mano en el hombro tembloroso de la señora del castillo—. No sé qué vamos a encontrar detrás de esta puerta, pero creo que ya habéis sufrido bastante. Iré a buscaros, os lo prometo —aseguró con dulzura.
Mientras Huc se ocupase de ella, poco importaba lo demás, pensó. En cuanto a su triste marido, si había muerto como consecuencia de una de sus diabólicas experiencias, que Dios la perdonase, pero no sentiría su muerte.
—Sed prudente —se limitó a contestar en señal de asentimiento.
A un gesto del preboste, Clothilde pasó el brazo en torno a los hombros de su señora y se la llevó escaleras abajo.
En cuanto estuvo solo, con un segundo criado que sostenía un candelabro para alumbrar el sombrío rincón del amplio rellano, Huc apoyó todo su peso contra la pared, frente a la puerta que los retaba desde su inmovilidad, y se dejó resbalar contra la piedra hasta quedar sentado en el suelo.
Al llegar, cuando Clothilde les devolvió de golpe a la realidad, se habían precipitado hacia allí, mientras escuchaban en el trayecto la narración entrecortada de la encargada del servicio de la casa, llena de inquietud.
François de Chazeron había llegado al castillo media hora antes que ellos y, sin preocuparse de las obras que su gente llevaba a cabo, corrió hasta la escalera que conducía a la torre. Clothilde oyó cómo abría la puerta con su enorme llave, profería juramentos y cogía un enfado de mil demonios, hasta el punto de que, mientras le preparaba una colación, se preguntó qué era lo que sucedía.
Ni siquiera había tenido tiempo de aventurar una hipótesis cuando, en un arrebato de furia, François, tras entrar en la cocina, le propinó tal bofetada que la mandó contra la pesada mesa. Se abalanzó de nuevo sobre ella, la levantó con una mano, blandiendo amenazante la otra sobre su rostro, con mirada de loco y actitud asesina.
—¿Quién ha entrado en mi gabinete?
Clothilde comenzó a balbucear que nadie había subido, que ella supiera, pero eso no hizo más que avivar aún más su ira.
—¡Habla o te estampo contra la pared!
Pero ella no supo qué decirle y se limitó a gritar para atraer a los obreros del castillo. Al ver la escena, Bertrandeau, el maestro techador, se acercó para intervenir. Entonces, François se volvió y soltó a Clothilde, quien aprovechó para huir a toda prisa.
—¿Quién de vosotros me ha desobedecido? ¡Que confiese o vive Dios que os hago colgar a todos!
Pero Bertrandeau mantuvo una calma encomiable ante el señor, parapetado en su enorme corpulencia.
—Antes de acusar a alguno de nosotros, señor, tendríamos que saber qué nos reprocháis. Hacemos nuestro trabajo de acuerdo con vuestras órdenes y nuestro deber, y al parecer uno o algunos de mis hombres os han molestado. Me corresponde a mí castigarlos según las reglas de nuestra corporación.
—¡Prohibí que nadie entrara en mi gabinete! —gruñó François como única respuesta.
—No hemos entrado en él para nada, señor. Por otra parte, creo que sois el único que tiene la llave. Si alguien hubiese forzado la cerradura, la gente de esta casa os hubiese alertado de inmediato.
Fue esa evidencia la que hizo que su cólera se calmara: él mismo había abierto la puerta con la única llave existente. El señor de Vollore se desmoronó, con el rostro blanco como una sábana.
—¿Os encontráis bien, señor? —inquirió Bertrandeau ante aquella palidez.
Pero François pareció no oír nada. Se abrió paso entre ellos, vacilante, volvió a su antro y todos pudieron oír cómo se encerraba con dos vueltas de llave.
Clothilde, habituada desde hacía tiempo a los malos humores de su señor, aunque nunca hubiesen alcanzado aquella intensidad, volvió a su trabajo rezongando, comentando en voz baja con los obreros que, decididamente, su señor era un bicho raro.
Y luego, la explosión, que les había dejado petrificados antes de precipitarlos con un unánime impulso hacia la torre, para tropezar, al igual que Huc unos minutos después, con la puerta maciza.
—Señor Huc, señor Huc —jadeó el criado subiendo los escalones de cuatro en cuatro.
Huc se levantó al momento.
—Bertrandeau ha encontrado un medio de acceder al gabinete. Me envía a buscaros.
Huc, que conocía el ingenio del maestro techador, se precipitó tras los pasos del mensajero hasta la base de la torre. Bertrandeau se encontraba allí con tres de sus hombres ocupados en empalmar dos escaleras con gruesos cabos de cáñamo. Huc comprendió de inmediato lo que pretendía hacer: alcanzar por ese sistema la ventana cuyos vidrios rotos por la tempestad permitirían introducir la mano para correr el pasador.
—Yo voy primero —decidió mientras veía alzar los travesaños de madera pegados al muro.
—No, Huc, ni tú ni yo —le detuvo Bertrandeau con su gruesa mano—. Somos demasiado pesados.
Eligió a un criado, de unos doce años, cuyo aspecto enclenque convenía mejor para encaramarse por aquel frágil invento. Huc sacudió la cabeza y luego se acercó al muchacho.
—Cuando estés dentro, no toques nada, no mires nada. Limítate a abrir la puerta y salir corriendo.
—Sí, señor Huc —acató el chico, orgulloso de su súbita importancia.
—Ten mucho cuidado, pequeño —le animó Bertrandeau pasándole la mano por la negra cabellera, recogida en la nuca por un lazo de seda azul.
Huc habría debido volver al interior y esperar ante la puerta, pero no podía evitar seguir la ascensión del pequeño Guillaumet, que, ágil y valiente, acortaba poco a poco el espacio que le separaba de la ventana. Sabía, como todos los hombres que sostenían la escalera, que si se soltaba una sola atadura, su peso, a pesar de ser ligero, provocaría una caída de siete metros. Por eso, todos contenían el aliento, dispuestos a intervenir para intentar amortiguar el impacto. Pero Guillaumet procuraba permanecer en el centro de los travesaños, compensando instintivamente cada desequilibrio, de manera que alcanzó su objetivo antes incluso de que el preboste tomase conciencia de que seguía allí, plantado sobre sus pesadas piernas. Sin embargo, esperó a que el chico descorriese el pestillo de la ventana ajimezada introduciendo la mano por uno de los vidrios rotos y luego, mientras el muchacho era animado por los ¡hurra! de los techadores y penetraba en el antro prohibido, salió a la carrera para recibirlo en el piso.
Guillaumet lo esperaba en el rellano, orgulloso de su hazaña, blandiendo la llave entre los dedos como un trofeo. Huc le sonrió y le revolvió a su vez la abundante cabellera, antes de hacer desaparecer el precioso objeto en su escarcela.
—Ahora vete y dile a Clothilde que te prepare un vaso de leche bien caliente. Dale la noticia a la señora, pero insiste en que no venga por aquí. ¿Has entendido?
—Claro que sí, señor. Tendrá que pasar sobre mi cadáver.
—¡Buen trabajo, chico! —le felicitó Huc a modo de despedida.
Después, dejándole marchar triunfante, aspiró una bocanada de valor y entró en la estancia. Allí reinaba un desorden inextricable que atribuyó a la explosión, pero en aquel momento hubiese sido incapaz de decir qué la había causado.
Por fortuna, el aire helado había barrido los efluvios de los productos volcados, pero un desagradable olor ácido se adhería a la nariz. Huc encontró a François tendido boca abajo al pie de una mesa sobre la que se disgregaban, entre retortas y frascos desperdigados, restos calcinados de pergaminos.
Huc se arrodilló sin tardanza junto a su señor y le tomó el pulso en la yugular. Cuando lo sintió latir bajo sus dedos, no supo si aquello le hacía sentirse tranquilo. En el momento en que ponía boca arriba a François, inconsciente, apareció Bertrandeau en el umbral, quien, al verlo arrodillado, preguntó inquieto:
—¿Está muerto?
—No —se oyó responder Huc a su pesar—, pero ha perdido mucha sangre. Tiene un trozo de metal clavado en la sien. Hay que sacarlo de aquí.
—Vamos allá —se ofreció Bertrandeau acercándose dispuesto.
—No hagas nada —lo detuvo Huc con un gesto—. Ya has visto demasiado. Si cuando vuelva en sí intenta castigar a alguien, más vale que sea sobre mí sobre quien descargue su furia.
Una amplia sonrisa burlona distendió los finos labios de Bertrandeau y, desafiando la amenaza que sabía real, se dispuso a ayudar a Huc, quien no tuvo valor para volver a rechazarlo. No estarían de sobra cuatro brazos para bajar a François hasta las cocinas. Mientras el techador examinaba la herida, Huc descubrió en un rincón una pieza de lino limpio junto a un pequeño cráneo humano. Reprimiendo un escalofrío, Huc cogió la tela y despejó el suelo junto a François para desplegarla.
—¡No me gusta ese color cerúleo! —comentó Bertrandeau.
—Razón de más para darse prisa.
—¡Cuando diga tres! —propuso el techador a la par que cogía a François por las piernas.
Huc lo agarró por los hombros, sosteniendo con sus antebrazos la cabeza para que no colgara, y depositaron el cuerpo sobre la tela extendida. Se disponían a levantar el cuerpo usándola como parihuela, cuando la mirada de Bertrandeau topó con una forma destripada de la que rebosaba una pasta dorada que se había enfriado.
—¿Qué es eso? —preguntó sin poder reprimirse.
Huc siguió su mirada y, de inmediato, supo la respuesta.
—No lo sé —mintió—, y creo que es mejor para todos que sigamos sin preocuparnos por esta estancia.
Bertrandeau lo miró un instante, pero no logró descubrir en su rostro más que un repentino y profundo cansancio.
—Tienes toda la razón, Huc. ¡Salgamos de aquí!
Y dicho y hecho, en un mismo impulso de complicidad, ambos hombres levantaron la improvisada parihuela y atravesaron la estancia. Una vez en el rellano, depositaron el fardo en el suelo. Mientras Bertrandeau hacía despejar la escalera donde se habían apiñado sus hombres y la gente del servicio de la casa en espera de noticias, Huc extrajo la llave de su bolsa y cerró tras ellos con dos vueltas.


Antoinette se había repuesto gracias a la amabilidad de Clothilde, cuyo ojo izquierdo empezaba a amoratarse como resultado del bofetón de François.
Ni la una ni la otra se explicaban aquella repentina brutalidad. Clothilde había oído hablar de una historia según la cual su joven señor había violado a una jovencita del país, pero ella era de Thiers y allí casi nadie había dado crédito a aquel cuento, porque la reputación de los señores de Vollore estaba muy por encima de tales calumnias. Además, aquello no era más que un rumor que perdía peso en cuanto se hacían unas cuantas preguntas. Era cierto que, desde que estaba en el castillo, es decir, desde hacía seis años, había tenido que padecer su carácter abominable, pero François de Chazeron jamás había levantado la mano sobre ella ni sobre nadie del servicio. Ésa era la razón por la que, por mucho que se exprimía el cerebro, no podía responder a las preguntas de Antoinette más que con una total incomprensión, reforzada por su certeza de que nadie del castillo habría subido allá arriba durante la ausencia del señor.
En ésas estaban ambas cuando el pequeño Guillaumet entró en la sala casi corriendo, para exigir torpemente que despejasen la mesa.
—¡Traen al señor! —añadió con tanta veneración que se habría dicho que traían al mismísimo rey.
Tan rápida como eficaz, Clothilde retiró el bol vacío que aún estaba frente a Antoinette, mientras ésta retrocedía y a punto estuvo de tirar el banco en el que estaba sentada. Levantándose con brusquedad, Antoinette se pegó a la pared, frente a la puerta. Se sentía helada. El corazón le latía de forma desaforada y parecía que iba a salírsele del pecho, oprimido en exceso por las cintas del corpiño.
Primero apareció por la estrecha puerta Bertrandeau y, unos segundos después, en medio de un silencio religioso, su esposo ya se encontraba extendido en el mismo lugar en donde acababa de tomar un refrigerio.
Ante aquel rostro ensangrentado y con una herida abierta, a Antoinette le costó un gran esfuerzo contener las náuseas. Al verla descompuesta, Huc se acercó a ella y procuró tranquilizarla.
—Sólo está inconsciente. Todo irá bien.
Antoinette perdió su mirada en la del preboste y luego agachó la cabeza. El se apartó para dirigirse a Clothilde, quien ya había tomado la iniciativa de avivar el rescoldo del hogar y colgar de la cremallera, sobre el fuego, un caldero con agua limpia.
—Traed trapos. Necesito luz, mucha luz.
En un santiamén, Guillaumet desapareció como si aquella tarea fuese lo único que le incumbía y, mientras Bertrandeau, con voz autoritaria, echaba a los curiosos más atrevidos, Huc volvió junto a Antoinette. Lloraba en silencio, sin siquiera darse cuenta, y Huc tuvo que hacer un esfuerzo para no tomarla en sus brazos.
—Voy a tener que limpiarle la herida —dijo solícito—. No deberíais permanecer aquí.
—Mi sitio es éste, Huc —respondió Antoinette, aunque con voz insegura—. Mi obligación es permanecer a su lado, puesto que está... ¡vivo! —añadió con un suspiro.
Huc sintió que algo se desgarraba en su interior, algo que le hacía daño. Tan sólo atinó a volver la cabeza, trastornado por la conciencia de haber sentido la misma decepción al comprobar que François aún vivía.
¡Qué fácil le hubiera sido estrangularlo en silencio y vengar así a Isabeau, a la abuela, a Albérie y a Antoinette! Pero no lo había hecho. «Bertrandeau ha llegado demasiado pronto», le decía una vocecilla para excusar su cobardía, pero no la creyó. Él sabía que la verdad era otra. El no era un asesino.
—¡Rezad, señora! —gimió en medio de una bruma glacial que invadía todo su ser. Luego, dándole la espalda, se afanó a la luz de los candelabros que Guillaumet y uno de sus compañeros sostenían en la mano, con la mente en su deber y el corazón desgarrado.


Cuando hubo acabado de limpiar, desinfectar y vendar la herida, siempre ayudado por Bertrandeau, llevaron a François a la habitación contigua que Clothilde se había apresurado a preparar. Bertrandeau la había utilizado como su gabinete de trabajo durante las reparaciones, y la mesa que allí había aún estaba llena de planos y croquis. Hablando con propiedad, no era un lugar digno del señor de aquella casa, pero la mayor parte de las habitaciones carecían de techo y cristales. Algunas chimeneas se habían desplomado bajo las ráfagas de viento y yacían sobre los lujosos entarimados. Se había limpiado, entoldado y reparado lo más urgente, pero no había ninguna pieza que conviniese mejor a un herido que aquélla, fuese el que fuese su rango.
Pusieron a François sobre una sobria cama no lejos de la chimenea, que había resistido intacta y que proporcionaba un agradable calor.
A pesar de su respiración regular, seguía sin recobrar el sentido, y Huc se preguntó por un momento si no tendría algún absceso y si lograría sobrevivir más allá de la noche. Le pasó por la cabeza la incongruente idea de que Albérie, con los conocimientos de hierbas medicinales que había heredado de su abuela, podría salvarlo. Eso le hizo sonreír. Albérie no hubiese salvado a François de Chazeron, bien lo sabía. Ella hubiese encontrado el valor que él no había tenido. Volvió la cabeza hacia Antoinette. Se había echado un chal de lana sobre los hombros y permanecía en la cabecera de François, sin decir palabra, con las manos juntas en una interminable y ferviente oración cuyo contenido él no hubiese sabido precisar. Pero Huc, a su pesar, no conseguía borrar la imagen de aquella estancia en la que flotaba el aliento del diablo. Suspiró en silencio. Mañana sería otro día. Se instaló en un rincón de la estancia, en el suelo, junto a Bertrandeau, quien se había negado a abandonar el lugar, y a Guillaumet, que, a pesar de su corta edad, había insistido en ocuparse de mantener las candelas encendidas. Así comenzó, aquel 12 de octubre de 1515, una larga vela.


Philippus Bombastus von Hohenheim era un joven de veintidós años, despierto aunque de rostro aniñado. Decir que era seductor sería exagerado, pero su persona emanaba un misterioso encanto al que no eran ajenas la profundidad y la inteligencia de sus ojos negros. De espíritu inquieto, curioso y de una sensibilidad orgullosa, Philippus se interesaba por todo y en especial por aquello que podía ser revisado por las diferentes ciencias. Su padre, médico suizo, lo había educado en ese espíritu curioso para hacer de él su digno sucesor. Sin embargo, aunque Philippus había heredado de su progenitor el respeto por la medicina, también, y muy en especial, había crecido a la sombra de la famosa Virgen Negra, en la abadía de Schwyz, donde su madre había sido sirvienta. Y su rigurosa formación había chocado con las legendarias historias de curaciones espontáneas, de pseudomilagros y creencias populares de las que su padre se limitaba a reírse, pero que en su alma infantil encontraban un eco favorable.
Por todas esas razones, aquel 12 de octubre de 1515 se encontraba en Saint-Rémy-de-Provence, tan lejos de su Suiza natal que había dejado tres años atrás para recorrer el mundo e intentar descubrir sus secretos. En aquel momento volvía de Ferrara, donde había obtenido brillantemente su promoción, y su título de médico sonaba un poco fanfarrón aplicado a su exultante juventud, dados los pocos colegas que conocía que hubiesen adquirido, con sus viajes o encuentros, tanto saber como él.
Así pues, Philippus, a lomos de su asno y flanqueado por un criado de gran discreción, puesto que era mudo, se acercaba a la esquina de una callejuela, tras haber afrontado durante un mes todos los vientos de su itinerario.
—¡Debe de ser ahí! —afirmó tendiendo un dedo que unos mitones de lana cubrían a medias.
Hundidos bajo las pellizas, él y su compañero parecían más unos pordioseros que un médico y su acompañante. Eso no importaba mucho a nuestro hombre. Al desprecio de sus contemporáneos, respondía, incisivo: «Más vale un cerebro bien avituallado acompañado por una bolsa vacía que lo contrario. ¡Tal vez uno duerma mal cubierto, pero sueña mucho mejor!».
Y vive Dios que tenía sueños, desde que había paseado sus harapos por Egipto, al pie de las pirámides que se negaban a desvelar sus secretos, y por Constantinopla, donde había consultado gran cantidad de tratados. En todos los lugares por donde pasaba su camino, se hacía iniciar en los misterios y creencias de las sociedades secretas y de las sectas religiosas que florecían en aquel nuevo siglo. Para completar su saber académico, aprendía los secretos medicinales de las gentes del pueblo, de las amas de casa, de los barberos, de los bañeros e incluso de los verdugos. Nada ni nadie habría podido saciar la inmensa sed de conocimientos que él quería poner al servicio de la humanidad.
Ahito de todo aquel saber olvidado para mejor retener su quintaesencia, Philippus dejó caer sus dedos helados contra la madera de una puerta baja, en el corazón de la pequeña ciudad provenzal. Una mujer de rasgos agradables entreabrió la puerta con prudencia, mientras, armado con su fuerte acento gutural, él se presentaba e insistía en ver al hijo de la casa. Inmediatamente, la puerta se abrió para permitirles pasar y amo y señor entraron en una sobria pieza, en la que reinaba el agradable calor de un hogareño ruego, acompañado de un suave olor a sopa.
Philippus se dejó distraer un momento del objeto de su visita por aquel simple aroma que le recordó que no había comido nada desde por la mañana, de tan vacía como estaba su bolsa. Si no encontraba pronto en su camino un providencial enfermo dispuesto a pagar sus servicios, tendría que contar con una hipotética pieza de caza, como tantas otras veces. Desgraciadamente, con aquel tiempo era difícil atrapar una perdiz o una liebre. En cuanto a rascar el suelo helado para extraer raíces, ni pensarlo. Sólo había algunos puerros silvestres por aquí y por allá, que el hielo había inutilizado para el consumo.
Orgulloso, carraspeó para disimular a su anfitriona el maligno gorgoteo de su tripa, contentándose con oler los sabrosos vapores que escapaban del caldero colgado sobre el hogar. Su criado, por su parte, miraba sin disimulo la hogaza de pan blanco que una fina tela mantenía tibia sobre la mesa.
En el momento en que la anfitriona se dirigía hacia la escalera para llamar a su hijo, un muchachito bajó a su encuentro y les saludó desde la escalera:
—Os esperaba, señor. Madre —prosiguió viendo que Philippus fruncía el ceño, asombrado por aquella entrada en materia—, ¿está la comida dispuesta para recibir a nuestros visitantes? Tienen un hambre voraz y todo el mundo sabe que la charla sólo es buena con el buche lleno.
—Me disponía a poner la mesa cuando se han presentado —aseguró la mujer cuyo rostro se iluminó con un velo de orgullo ante su hijo prodigio.
Mientras éste, desde su altura de doce años, lanzaba una mirada de complicidad a Philippus, impresionado a su vez y, a fin de cuentas, encantado de aquella acogida inesperada.
—¡Así pues, ese cuento era cierto! —atinó a decir torpemente.
—Desgraciadamente, señor —añadió el muchachito al llegar a su lado y saludarle con una teatral zalema—, porque suele ocurrirme que predigo más desgracias que dichas, sin poder, en modo alguno, cambiar el curso de las cosas. Pero acomodaos, leo en la expresión glotona de vuestro criado que la fortuna os ha abandonado en esos miserables caminos que os han traído hasta mí. Quitaos pues esas pellizas, que las extiendan frente al fuego, y venid a calentaros con este vino. No somos un albergue, pero nuestros invitados están en su casa.
Philippus se había rehecho y miraba al jovencito cuya inteligencia le iluminaba la cara tras una chispa de malicia. Le devolvió su reverencia, como se hubiese inclinado ante un personaje importante.
—Philippus Bombastus von Hohenheim —se presentó.
—El que pronto será llamado Paracelso, sí, ya lo sé, amigo mío.
—Pero ¿quién sois vos en realidad? —preguntó Philippus perplejo, mientras su criado seguía devotamente las idas y venidas de la madre en torno a la mesa que acababa de preparar en silencio.
—Michel de Nostre-Dame, para serviros, en el respeto a las Santas Escrituras y a la Ciencia. Porque no debéis ver en todo esto ni pretensión ni malicia, tan sólo un don de Dios. Nada más que un don de Dios.
—¿Y qué otra cosa podría ver en ello? —exclamó Philippus, a quien, sin que él lo supiera, un gran respeto unía ya al hombrecito.
La madre se detuvo y se echó a temblar, mientras Michel respondía en voz baja:
—La mano del diablo, señor, lo que conllevaría traer a esta casa un proceso malintencionado.
Philippus meneó la cabeza con gravedad. ¡Cuántas veces había visto la Inquisición golpear con su terrible juicio a éste o a aquél, en España y en otras muchas partes! No tenía suficientes dedos en las manos para contarlas, ni suficiente cinismo para olvidar los gritos de aquellos desdichados lamidos por las llamas.
De repente, un silencio glacial había caído como una losa de plomo sobre la acogedora casa. Philippus se apresuró a disiparlo, pero curiosamente fue a la madre a quien se dirigió:
—¡No temáis, santa mujer! Soy un hombre de ciencia y no de Iglesia. Como tal, aplaudo los prodigios del espíritu humano. La desgracia no caerá sobre vuestra casa, pues mi corazón es tan noble como mis intenciones, ya que pretende estar al servicio de mis semejantes.
—No estaba inquieto, amigo mío —aprobó Michel, cuyo rostro se iluminó con una sonrisa franca—; y como yo, sabedlo, les serviréis bien. Madre —añadió—, guardad junto al fuego la ración de mi padre y de mi hermano. La clientela los retendrá hasta muy tarde.
Sin preocuparse más de aquella predicción, la interpelada depositó un trapo tibio sobre dos escudillas de tierra cocida y se puso a llenar las demás con ayuda de un cazo que aguardaba su momento colgado de un clavo en la pared.
El criado, que no podía contenerse más, abrió dos ojos como platos y, pasándose por los labios una lengua desmesurada que expresaba mejor que cualquier discurso su profundo contento, se sentó a la mesa golpeteando impaciente la madera encerada. Philippus y Michel intercambiaron una mirada cómplice y estallaron al unísono en una alegre carcajada.
Aquella comida fue para Philippus la más agradable que hubiese tomado en mucho tiempo. Por un instante, se creyó de regreso en su Suiza natal, junto a los suyos, de tanto como el ambiente de aquel humilde hogar respiraba alegría de vivir, a pesar, como podía deducirse del escueto mobiliario, de las estrecheces económicas.
El abuelo de Michel, figura médica que en su tiempo había asistido al rey Rene, era conocido por haber dejado gran cantidad de notas asombrosas. Atento al rumor que decía que su nieto tenía un notable don de adivinación, Philippus había decidido hacerle una visita.
Se felicitaba por ello. En aquel nido mullido en donde los rasgos de ingenio se codeaban con la sencillez de una inteligencia sin maquillajes, Philippus olvidó por un momento las penalidades del invierno, su alocada búsqueda de conocimiento y hasta su propio rango, para volver a ser un muchachito maravillado ante un gigante de apenas doce años.
Tras terminar la comida con una tarta de nueces, que dejó a amo y criado con el estómago lleno, Michel se aclaró la voz y se volvió hacia Philippus con semblante grave y repentinamente deshecho:
—Montura y criado encontrarán refugio esta noche en la cuadra. Para vos, la noche será larga, pues no habéis venido hasta aquí por azar. Esta noche, señor, me salvaréis.
Y dicho esto, se derrumbó desmayado sobre la mesa, mientras su madre dejaba escapar un alarido y congelaba la felicidad en los labios de Philippus. Aunque conmocionado por aquella terrorífica puesta en escena, no se detuvo a reflexionar. Palpó el pulso del mozalbete, lívido.
—¡Corichon, mi maletín! —ordenó tranquilamente a su criado, quien, desinteresándose de lo que acababa de ocurrir, continuaba deglutiendo pan hasta reventar.
No obstante, ante la orden de su señor, dejó de comer en el acto y salió corriendo.
—¿Qué enfermedad tiene? —preguntó Philippus a su anfitriona, quien, petrificada, miraba a su hijo sin saber qué hacer.
—No lo sé, señor —respondió con voz sofocada, alzando unos ojos aterrados hacia Philippus.
—¿No os ha dicho nada? —inquirió Philippus rehaciéndose tras un instante de pánico—. Una palabra, una sola que tengáis que transmitirme. A vuestro hijo le gusta preparar sus golpes de efecto...
Ella sacudió la cabeza ante aquel argumento y rebuscó en sus recuerdos. Por fin su cara se iluminó y corrió al cajón de un aparador del que extrajo un cofrecillo de cuero. Temblorosa, se lo ofreció a Philippus.
Éste lo abrió, febril, y descubrió estupefacto un escalpelo, hilo y una aguja clavada en un trozo de pergamino. Philippus lo desplegó y leyó: «Víscera derecha».
Sin perder tiempo, cogió al muchacho en brazos y, precedido por la madre, que no entendía nada de todo aquel jaleo, lo llevó a su habitación.
Philippus no se demoró en explicaciones. Mientras ordenaba que se hirviera agua, retiró la camisa de Michel y palpó su vientre duro. Cuando llegó a la altura del apéndice, el rostro del muchacho se contrajo en un rictus de dolor, a pesar de su inconsciencia.
—¡Por los clavos de Cristo! —masculló Philippus para sí—. ¡Hay que actuar deprisa!
Conservando a su lado para ayudarle tan sólo a su criado, que le pasaba sus instrumentos y que acababa de traerle el cubo de agua caliente y trapos limpios, Philippus se remangó, seguro de lo que debía hacer. Maravillado de la precisión del escalpelo que Michel le había reservado, sajó la carne con mano firme y segura.


Una hora más tarde, acabada la operación y mientras su criado limpiaba los instrumentos, Philippus se encontraba solo junto a su paciente, satisfecho de sí mismo. Relajando la tensión que lo había atenazado hasta el último instante, con serenidad controló el pulso y el blanco de los ojos de Michel, y luego lanzó una mirada circular por la estrecha habitación.
Inmediatamente le llamó la atención un aparato dispuesto ante la ventana. Philippus se levantó y se dedicó a descifrar los extraños signos e inscripciones que dividían cada uno de los anillos, encastrados unos en otros, en torno a una pequeña esfera.
—Es un astrolabio —murmuró una voz tras él.
Philippus se volvió. Michel había vuelto en sí y le sonreía débilmente. Philippus abandonó un momento su descubrimiento para sentarse cerca del jovenzuelo. Le cogió la mano y, tras comprobar que estaba húmeda, aplicó la palma de su mano sobre la frente ardiente.
—No habléis, mi joven amigo —insistió Philippus a pesar de la ola de preguntas que acudían a su mente—. Mañana tendréis todo el tiempo que queráis para enseñarme esas cosas turbadoras que llenan vuestra vida diaria. Por ahora, conformaos con saber que teníais razón. Si no os hubiese operado esta noche, a estas horas estaríais muerto. Y, debido a la fiebre que tenéis, aún no sé si el peligro ha pasado.
—La víscera derecha, ¿verdad? —preguntó Michel gesticulando.
—El apéndice, para ser más exactos. Es una especie de embudo cuya utilidad aún se nos escapa pero que, por razones que ignoramos, a veces se inflama hasta pudrir el intestino y, si revienta, el cuerpo entero. He sajado justo a tiempo. Ahora, debéis dormir. Me quedaré a vuestro lado. ¿Os duele?
—Como si mil roedores me comiesen las entrañas, señor. Pero no temo el dolor. Si lo siento, es que estoy vivo. ¡Buenas noches, Paracelso!
—¡Qué extraño nombre me dais! —dijo Philippus con voz afectuosa.
—Será el secreto de vuestra vida... —murmuró Michel antes de cerrar los ojos y sumergirse en un sueño comatoso.
—El secreto de mi vida —repitió a media voz Philippus, turbado—. Hombrecito y, no obstante, ¡tan grande! —concluyó apartando cariñosamente los rizos morenos que se pegaban a su frente ardiente.
Philippus paseó su mirada por el astrolabio que reinaba como señor indiscutible de aquella habitación llena de libros y pergaminos garrapateados. El aparato le recordaba tantos otros, pretendidamente diabólicos, que Philippus no pudo reprimir un escalofrío. ¡Los inquisidores estaban tan ávidos de despejar el campo para no tener que afrontar la verdad de un conocimiento que no podían entender ni prohibir...! ¿Cuántos crímenes se cometerían aún en nombre de la ignorancia? Ese pensamiento bastó para provocarle náuseas. Se levantó con mucho cuidado y salió de la habitación dispuesto a tranquilizar a los moradores de la casa.
Al pie de la escalera, el padre y Héctor, el pequeño, sentados a la mesa, comían en silencio. No los había oído entrar y se sintió incómodo por estar allí, perturbando sus hábitos cotidianos. Sin embargo, el hombre no se ofuscó y le saludó con cortesía, aunque sólo la llegada de su mujer consiguió disipar el malestar. Seguramente ella le había puesto al corriente de los acontecimientos y Philippus se atrincheró tras su diagnóstico.
—No puedo pronunciarme antes del amanecer, pero si las verdades de vuestro hijo son lo que pretende, podéis tener esperanzas. Vivirá. Ahora debo volver a su cabecera.
—Sin ánimo de ofenderos, señor —suspiró el padre, a pesar de la insistente mirada de su mujer—, tengo poco interés en las veleidades de mi primogénito. Preferiría que me ayudase, como hace su hermano, en lugar de soñar con las estrellas. Podéis creerme si os digo que si su madre, en recuerdo de su abuelo, no hubiese aprobado su deseo de seguir los estudios de medicina, lo hubiese metido en vereda sin contemplaciones.
—¿Michel quiere ser médico? —preguntó Philippus, asombrado a su pesar.
—¿De dónde creéis que ha sacado su maletín de cirujano? ¡Es difícil conseguir que piense en otra cosa!
Mientras el padre volcaba su amargura en Philippus, la madre, que se había ausentado de la estancia, regresó visiblemente tranquila.
—¡Tened!
Philippus cogió el tarro de barro que le tendía la mujer y lo destapó con curiosidad.
—¿Cristales de sal? —preguntó perplejo—. ¿Para qué?
—Lo ignoro, señor. Michel se ha limitado a pedirme que os lo diese cuando vinieseis a tranquilizarnos.
—¿Cuándo ha sido eso? —preguntó Philippus inquieto.
—Hace unos instantes, cuando ha salido a la escalera, justo antes de que vos bajaseis.
Philippus la miró de hito en hito, preguntándose si no le estaban tomando el pelo. No sólo no se había apartado de la cabecera del jovencito, sino que le hubiera sido imposible levantarse en su estado. La expresión serena y confiada de aquella madre le convenció de que había que buscar la explicación en otra parte. No atreviéndose a aventurar ninguna, se contentó con sonreír y volver junto al enfermo.
Michel dormía; su respiración era corta e irregular. Un rápido examen permitió a Philippus concluir que la fiebre seguía subiendo. Intentó dar de beber al niño, pero éste devolvió el agua que acababa de tomar.
Desolado, Philippus escondió el rostro entre las manos. Si la fiebre no bajaba rápidamente, todo se habría perdido.
Philippus se devanó un buen rato la cabeza vacía, como si repentinamente hubiese olvidado todo su saber, de tan preciosa como le parecía la vida de aquel niño, más preciosa que cualquier otra. De pronto, su mirada tropezó con el crucifijo de madera que había sobre la cabecera de la cama, y recuerdos de otros tiempos comenzaron a revolotear en su cabeza. ¿No había oído hablar de esa facultad de desdoblamiento? Claro que normalmente eso no eran sino cuentos, pero ¡Michel era tan raro! Puesto que invocaba al Todopoderoso, ¿no habría que buscar algún imprevisible lazo entre Cristo y él? «El azar no existe», había afirmado Michel durante la comida, aquella misma tarde. ¿Entonces? ¿Cuál era la clave?
A su lado, el niño sudaba copiosamente y gemía; las sábanas de lino estaban empapadas. Si no podía beber líquido, era necesario que conservase el suyo. Esa constatación fue la que encendió la luz en su memoria. ¡Desde la noche de los tiempos se usaba la salmuera! Cogió un puñado de sal con los dedos, abrió la boca del muchacho y la llenó. Una y otra vez, a intervalos regulares, hasta el alba, alternando con la aplicación de paños fríos y húmedos sobre aquel cuerpecito que tiritaba.
El peso de una mano sobre la sien le hizo abrir los ojos. Por la ventana, un sol lechoso entraba en la habitación. Philippus alzó la frente que el sueño había acabado por inclinar, acurrucado en el único sillón con brazos de la estancia, pegado a la cama.
Michel sonreía apaciblemente, el rostro sereno. Philippus colocó la palma de la mano sobre la frente del muchacho y concluyó, contento:
—Estáis a salvo. La fiebre ha remitido.
—Gracias a vos, amigo —le agradeció Michel.
—Gracias a Dios sencillamente, quien os dio ese don sin par.
—Es más complicado que eso, creo —replicó Michel con un enigmático guiño de ojo—. Pero ahora tendremos todo el tiempo del mundo para hablar de esos misterios. Por el momento, tengo hambre y sed y, aunque lo ignoro todo de vuestra medicina, estoy impaciente por quitarme este desagradable gusto que tengo en la boca, como si hubiese pasado la noche masticando sal.
—Corro a prevenir a los vuestros y a traeros algo de comer —replicó Philippus en un estallido de risa triunfal.


Mientras bajaba las escaleras de cuatro en cuatro, alegre como unas pascuas, le dio por pensar que la vida era hermosa. Y puesto que había obtenido un mérito tan notorio ante el Señor a través de su protegido, no cabía duda de que le esperaba un destino relevante, noble y maravilloso.

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:52 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Jue Oct 21, 2010 12:57 pm

Capítulo 5


Antoine de Colonges echó la cabeza atrás abandonándola en un gemido de placer. Apoltronado con lánguida lascivia en su butaca, que había desviado noventa grados de su mesa de trabajo, con las piernas separadas y el sayal recogido sobre su voluminosa barriga, se dejó ganar por los estremecimientos de su cuerpo satisfecho. Purgado de aquellos humores diabólicos que estorbaban su alma, se hundió en un sueño pastoso, esperando que al despertar, en su enorme mansedumbre, Dios hubiese insuflado en su espíritu y su corazón las palabras justas para calmar los sufrimientos de sus parroquianos.
Un ruido inhabitual lo sacó de su modorra. Por un momento se preguntó dónde estaba, si no era en aquel camino paradisíaco bordeado de flores y de luz. Irguió penosamente la nuca anquilosada y abrió los ojos. Frente a él, Albérie esperaba, burlona, con una mueca de asco en los labios, apoyada contra el marco del pasadizo secreto de donde acababa de salir.
Repentinamente consciente de lo ridículo de su postura, se bajó con premura el sayal para ocultar el bajo vientre, ruborizado ante la sonrisa que se dibujaba en los labios de su visitante.
—¡Por Dios todopoderoso, Albérie, podríais bajar los ojos! —masculló, furioso, mientras adoptaba con torpeza una postura más apropiada.
—¡Roncáis, padre! —se limitó a contestar Albérie sin moverse un milímetro.
—¡Como si se tratase de eso! —gruñó Antoine entre dientes.
—Vamos, padre, tranquilizaos —exclamó Albérie dejando escapar una ligera risa.
Era la primera vez que la veía reír. Olvidando de pronto lo que acababa de ocurrir, Antoine clavó la mirada en ella, con el corazón acelerado. Albérie sacudió la cabeza, con un brillo salvaje y travieso en el rostro, como si hubiese podido leerle el pensamiento.
—Todo está destruido —anunció.
—¡Alabado sea Dios! —suspiró el abad, mientras se sentía invadido por una felicidad infantil.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par y un novicio entró en la sala, sin aliento, dejando clavados en su lugar al abad y su visita.
—Señor abad —hipó el jovencito sin siquiera ver el pasadizo que permanecía abierto y que Albérie disimulaba a su espalda—, debéis seguirme cuanto antes. Ha ocurrido una desgracia en Vollore y nuestro señor François está muy grave.
El abad de Moutier se levantó de un salto, interrogó con la mirada a Albérie, que también parecía perpleja, y siguió al novicio, quien continuó explicando que un mensajero acababa de llegar a la abadía pidiendo socorro.
Las campanas de la capilla se agitaron para invitar al oficio de prima, como una llamada al arrepentimiento. El abad de Moutier se estremeció. No era eso lo que estaba previsto, pero ¿qué eran ellos ante la voluntad del Señor? Cuando llegó al patio interior, el cielo aún despejado destilaba los vapores rosados del alba. El escudero de François de Chazeron resoplaba impaciente, envuelto en el aire cortante de la mañana, mientras en el fondo de su taller, el hermano Étienne recogía sus medicinas a toda prisa.
Albérie, acosada por un alud de preguntas sin respuesta, observó un momento los preparativos desde la ventana. ¿Qué le había ocurrido a Chazeron después de que ellas se fuesen?
Una vez acabado su cometido, Loraline y ella habían desaparecido de allí en cuanto vieron a François a las puertas del castillo. Tenía que saber. Resuelta, cerró la puerta del pasadizo tras de sí y comenzó a andar con paso decidido por el largo pasillo de piedra.


Antoinette se secó el rostro congestionado por una noche de inquietud. Estaba en una pequeña habitación oscura que, durante las obras, hacía las veces de cuarto de aseo. Acababa de lavarse la cara con agua de melisa para intentar refrescarse, pero el espejo que tenía frente a ella le devolvía la imagen de sus ojos hinchados. Se sintió irritada por un momento, pensando que Huc merecía algo mejor que aquella cara espantosa. Luego se repuso. En el fondo, su aspecto era el que convenía a las circunstancias. Era la esposa del señor y el amanecer no había traído ningún cambio en su estado.
Tenía conciencia de haber permanecido largo rato con las manos juntas, en oración, pero no lograba saber si Dios iba a oír su corazón o su razón. François le daba pena, pero la posibilidad de perderlo no le producía el menor trastorno. Suspirando, dejó la toalla junto al barreño con agua que la camarera había hecho templar. «Ocurra lo que ocurra, el día se anuncia hermoso», pensó mientras indicaba con un gesto a esta última que la vistiera.
Se dejó vestir, con el pensamiento flotando en imágenes tranquilizadoras: la dulce mano de Huc que la había despertado en plena noche, cuando ella se adormeció a la cabecera de su marido, invitándola a echarse sobre una cama de circunstancias para descansar un poco mientras él velaba en su lugar; sus miradas, que en aquel momento se habían unido con infinita ternura, tanto que Antoinette sintió cómo el corazón le brincaba en el pecho.
Había obedecido con un nudo en la garganta, segura de que si hubiesen estado solos en aquel momento, Huc no habría podido resistir el deseo de besarla. Lo estuvo observando a través de las pestañas entrecerradas. El enjugó la frente de François, le miró el blanco del ojo y luego se acomodó lo mejor posible, para no volver a moverse y evitar el riesgo de despertarla. Antoinette durmió a ratos. A dos pasos de ella, Bertrandeau roncaba, con la tranquila seguridad de que lo despertarían si era necesario. Sin que supiese por qué, todo aquello la tranquilizó y no se despertó hasta el alba, al oír unos murmullos. Huc hablaba en voz baja con Bertrandeau. Ambos parecían de acuerdo sobre lo que había que hacer, y hablaban del sacerdote. Ella se incorporó sobre un codo, totalmente despierta, y preguntó con una vocecilla temblorosa:
—¿Ha muerto, Huc?
Los dos hombres se volvieron hacia ella y luego, por discreción, Bertrandeau inclinó la frente en una reverencia y se retiró. Huc, a su vez, se volvió de espaldas el tiempo necesario para que ella se levantase y adoptase una postura más conveniente. Ella se alisó el vestido arrugado y el pelo que el sueño había despeinado, en el que se habían enredado algunas briznas de paja del jergón. Debía de tener el aspecto de una picara, pero le daba igual.
—Podéis volveros; Huc, necesito saber.
Él le sonrió tímidamente, pero mantuvo la mirada baja. Aunque era la esposa del señor, la indecencia de su vestimenta desaliñada le turbaba, a pesar de las circunstancias, mucho más que un atuendo principesco.
—Vuestro esposo sigue inconsciente, señora —respondió Huc, pesando sus palabras—. Mis competencias acaban aquí. Debemos llamar a un médico y a un sacerdote. He pensado que mi hermano Étienne, que es monje en Moutier, bien podría cumplir ambas funciones. Pero se hará lo que dispongáis.
—Así pues, lo creéis perdido —murmuró ella en un suspiro.
—No sabría decirlo, pero Étienne es un buen boticario...
—Tenéis razón, Huc —aprobó ella—. Si no puede sanarlo, le dará los últimos sacramentos. Sea como fuere, no puedo presentarme ante mi gente con esta facha. Permitid que os deje a su cabecera.
—Tomaos todo el tiempo necesario —creyó conveniente añadir Huc mientras ella le rozaba con los bajos del vestido que sus finas manos recogían para que no se arrastrase por el suelo.
Mientras la camarera acababa de anudarle los lazos del corpiño, se dijo que lo que había querido refrescar no era tanto su apariencia descompuesta como sus ideas. De pronto se sintió avergonzada. ¿En qué se había convertido? ¿Había perdido súbitamente toda dignidad para desear con tanto ardor conducirse como la última de las busconas? Se envolvió en la desdicha como en un castigo y, dispuesta a recibir al hermano Étienne, salió de la estancia para hacerse servir el desayuno.


Huc estaba solo con François, bañado por la luz del día que penetraba a través de una ventana cercana. Un sudor frío que crecía por momentos acentuaba el gusto amargo de su boca. No podía apartar la mirada del cuello de su señor que habían dejado al descubierto para que pudiese respirar mejor. Su respiración era regular y había recuperado el tono rosado de la cara. François parecía dormir. Huc se incorporó, luchando contra los sentimientos contradictorios que se atropellaban en su interior y trastornaban todo su ser sin miramientos. Pensó en Albérie e inmediatamente después en Antoinette, a quien de buen grado hubiese dado un revolcón aquella mañana, como si de una sirvienta se tratara. Luego otra vez en Albérie y después en Isabeau y en la hija que había dejado.
Todo aquello le hizo retomar su antiguo odio. Aquel odio que refrenaba desde hacía tantos años y más aún desde la víspera. Había pasado la noche pensando en ello, rogando al cielo no quedarse a solas con su señor, tan vulnerable en aquella situación. Cuando el deseo fue tan fuerte que no pudo contenerlo, intentó salir de la habitación. El recuerdo del rostro de Isabeau lo obligó a volverse a sentar junto al enfermo. Vio cómo sus manos se acercaban inexorablemente al cuello de François. Intentó una vez más luchar con su conciencia, pero el impulso era demasiado fuerte. Sus manos se cerraron sobre la piel húmeda. Tuvo la sensación de que ya no podría impedirles apretar, apretar más y más hasta triturar el pasado, pero su gesto quedó paralizado incluso antes de haberse iniciado.
François había abierto los ojos de par en par y lo miraba fijamente. En ese momento, el miedo se apoderó de Huc, mientras un poderoso instinto de conservación le obligó a guardar la calma. De repente, su deseo de muerte dejó paso a otra constatación: François había comprendido que lo odiaba. ¿Cuánto tiempo hacía que lo sabía? ¿Qué maniobras había efectuado para averiguar sus más secretas intenciones?
Todo eso pasó por su mente en una fracción de segundo, llevándolo a la conclusión de que en ningún caso debía retirar las manos. Huc se contentó con esperar, desplazó los dedos y simuló que quería verificar el flujo sanguíneo a ambos lados del cuello, como si su gesto tuviese la mejor de las intenciones.
—Y bien, Huc, ¿viviré?
La voz de François sonaba lejana, gutural, acusadora y provocativa. Pero, con el simple gesto de tomarle el pulso, Huc había recuperado el dominio de sí mismo. «No eres un asesino», repetía en su interior una voz burlona.
—Creo que sí —respondió forzándose a sonreír y evitando justificarse—. Nos habéis asustado mucho, señor —afirmó a la par que, por fin, retiraba sus manos.
—Soy consciente de ello. Sin embargo, ahora me encuentro bien. Y para serte sincero, amigo, ¡tengo hambre!
Sin más preámbulos, se incorporó hasta quedar sentado. Huc se apartó. Habría querido protestar, convencerle de que guardase cama para evitar un desmayo, pero no hizo nada. Algo en su interior le impedía tomar cualquier iniciativa, algo semejante a una irrefrenable sensación de peligro.
François se sentó en el lecho sin ningún problema, satisfecho, estiró su cuerpo anquilosado, se puso en pie y, con un tosco ademán, abrió la puerta para salir de la estancia.
Se encontró de bruces con Antoinette, quien volvía para recuperar su lugar junto a la cabecera del enfermo. Al verlo así, fresco y dispuesto, dejó escapar un grito y cayó sobre el embaldosado con un ruido sordo. François soltó una carcajada salvaje, antes de levantar cuidadosamente la pierna para pasar por encima de la forma sedosa y dislocada que tenía a sus pies. Huc se quedó clavado donde estaba, aterrado, mientras François le ordenaba por encima del hombro:
—Llévala al jergón y haz que le traigan las sales, mi buen Huc. Decididamente, mi mujer es demasiado impresionable.
Los dejó allí plantados a los dos y entró en el salón de recepciones gritando al servicio que no había comido nada desde la víspera y que quería darse un festín ipso facto.
Huc reprimió la cólera que de nuevo le golpeaba en las sienes. Cogió a Antoinette en brazos, la tendió sobre el lecho que acababa de abandonar François y se hizo con un frasco de sales.
Se sentó a su lado y le pareció muy frágil. «¡Qué hermosa y dulce es!», pensó sin poderlo evitar, mientras pasaba el frasco bajo su nariz. Antoinette gimió ligeramente al tiempo que apartaba la cabeza y abría los ojos. Ignoraba por qué, pero Huc estaba inclinado sobre ella y la cuidaba con tierna delicadeza. Dejándose invadir por aquella intensa sensación de seguridad, echó sus brazos cubiertos por unas mangas polvorientas en torno al cuello del preboste y lo atrajo hacia sí.
Incapaz de resistirse, Huc se dejó hacer y se apoderó de la boca que se le ofrecía con toda la fuerza de su desesperación. Largo rato. Para olvidar el resto del mundo. Una tosecita tras ellos deshizo su abrazo. Huc se volvió de golpe.
En el umbral de la puerta, Antoine de Colonges les observaba, incómodo y desolado.


Michel de Nostre-Dame comía con buen apetito, a pesar de que, entre bocado y bocado, decía sentir náuseas. A su madre —que no entendía cómo a pesar de las náuseas podía despachar un trozo de pularda tras otro— le decía que, en su opinión, ése era el único medio de quitarse el persistente gusto de sal que tenía en la boca.
Ella se encogió de hombros y Michel lanzó una mirada burlona a Philippus, quien, de excelente humor, también se deleitaba con la comida.
—¿Y hasta cuándo debe guardar cama mi hijo? —inquirió la buena mujer, mientras contemplaba horrorizada las manchas grasientas que invadían las sábanas sobre las que había depositado una bandeja repleta de vituallas.
—Yo diría que unos cinco días, para evitar todo peligro de infección y dar tiempo a las vísceras de rehacerse en torno a los puntos...
—Cinco días... —repitió ella con una mueca de disgusto y desolación.
—Y diez más hasta que pueda retirar los puntos de mi bigorrella —añadió Michel no sin malicia, señalando los veinte centímetros del costurón que dividía su vientre en dos partes desiguales, sobre el que un grueso vendaje mostraba manchas de sangre.
—¿En cama? —se lamentó la madre, más preocupada por su ropa blanca que por la suerte de su retoño.
—No os preocupéis, señora Reynére, os estamos tomando el pelo y eso no es caritativo. Os prometo que, a partir de mañana, Michel comerá en esa mesa —dijo indicando con el dedo la que estaba contra la pared, que en aquel momento soportaba el peso de numerosos y edificantes tratados de astronomía; luego añadió—: Por lo que a mí respecta, no me atrevería a pedir ningún trato especial, y si me ofrecéis hospitalidad a cambio de mis cuidados, estaré encantado de comer con los vuestros.
Una sonrisa de alivio recompensó su perorata. «La misma que la de su hijo, franca y generosa», pensó Philippus.
—Que así sea, señor, me complace mucho. No tenemos dinero para pagaros pero...
—No es cuestión de efectivo, creedme —cortó en seco Philippus—. Gano mucho más con los conocimientos de vuestro hijo que con mil divagaciones. Alojamiento y comida para mi criado, para mí y nuestras desdichadas monturas hasta que no precise más atención médica serán mis únicas exigencias.
—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó la buena mujer antes de coger sus grasientas manos para besarlas, en un gesto espontáneo, tras lo cual, salió precipitadamente de la habitación, repitiendo por encima del hombro—: ¡Que Dios os bendiga!
—Ya lo ha hecho —no pudo evitar decir Philippus para que lo oyese Michel, quien, vivaracho, mordía un tercer muslo de pularda—. Lo ha hecho trayéndome hasta aquí.
—Vamos, amigo —se burló Michel—, no os volváis devoto o echaríais a perder el hombre de ciencia que sois.
—¡Nada más lejos de mi intención! ¡Nada más lejos!
—Liberadme de esta bandeja. Empieza a resultarme pesada para la digestión, a menos que sea ésta la que me pesa —dijo con una mueca, mientras apartaba la carne.
—¡En buena hora! —rió Philippus—. Nunca, jamás de los jamases, había visto a uno de mis enfermos devorar tanto tan poco después de una intervención. Empezaba a pensar que me había ido de la mano con el escalpelo y que había sajado el fondo de ese estómago insaciable. Me tranquilizáis, joven.
—Es bueno que pueda tranquilizaros hoy —aprobó Michel en un tono que a Philippus le pareció menos ligero de lo que correspondía.
Se deshizo con rapidez de la bandeja dejándola sobre la alfombra de lana teñida que cubría la tarima encerada.
—¿Qué queréis decir? —preguntó inquieto—. ¿No habréis tenido alguna visión preocupante respecto a mí?
Michel lo miró fijamente, como si escrutase lo más profundo de su ser, pero Philippus no se sintió incómodo, ni se irritó. Esperó con paciencia a que Michel contestase a su pregunta.
—Loco sería quien pretendiese saber de qué está hecho el mañana —dijo Michel encogiéndose de hombros.
Philippus se sintió estafado.
—Os burláis, amigo. ¿Queréis que os crea después de haberme demostrado ayer que el azar no existe? La verdad es otra y os quema.
—En absoluto, Paracelso, en absoluto, creedme. Simplemente estoy exhausto y, como consecuencia de ello, me resulta muy penoso confesar que mi poder premonitorio sólo alcanza a mis ruidosas vísceras, dado que sufro una enfermedad aún más perniciosa. Una enfermedad que tenemos en común, me parece: un lamentable orgullo. —Hizo una mueca mientras se retorcía y añadió—: Creo que necesito dormir un poco. ¿Queréis dejarme solo?
Comprendiendo cuánto necesitaba descansar su enfermo, Philippus no insistió. Aquel bribón tenía razón. Lo tenía por tan testarudo y orgulloso como él, cosa que le contentó, en el fondo, más que ninguna otra.
—Debo examinar vuestra orina. Luego podréis dormir.
—Debajo de la cama —le indicó Michel.
Philippus se agachó y extrajo un bacín de loza. Lo llevó a la altura del pene del joven, apartó las sábanas e inclinó el recipiente.
—Rogad a Dios que mi madre no entre en este momento —bromeó Michel, mientras con mano ligera dirigía el chorro de orina al fondo del recipiente.
Philippus contuvo una carcajada para no desconcertar al muchacho a quien aquel simple gesto, lo sabía, costaba un gran esfuerzo, pues para efectuarlo debía comprimir la vejiga y, en consecuencia, tensionar su herida.
Michel, sin embargo, salió del apuro sacando cómicamente la lengua antes de aconsejar a Philippus que, en cuanto hubiese terminado su examen, fuese a vaciarlo en las letrinas, al fondo del pasillo.
—Todo va bien —afirmó el médico levantando los ojos del bacín que había llevado ante la ventana—. Vuestra orina es clara. No hay la menor señal de hemorragia postoperatoria. Pronto correréis como una liebre.
—En ese caso, id a descansar. O mejor no —se retractó Michel mientras sus pesados párpados lo arrastraban ya hacia el sueño—: acudid a la posada que hay a dos calles de aquí, la que tiene una enseña que asegura ser El Sueño del Rey. Os esperan allí. Una mujer joven... Mucho dinero...
En medio de aquella última imagen que Philippus tomó por una visión, Michel sucumbió a un profundo sueño mecido por regulares ronquidos.
Philippus dudó un momento sobre lo que convenía hacer. ¿Había que dar crédito una vez más a las advertencias del muchacho o debía renunciar? ¿Qué entendía Michel por «mucho dinero»?
Llevado por una curiosidad que espoleaba su espíritu científico, abandonó la habitación sin hacer ruido. Al fondo del pasillo, al que daban las tres habitaciones de la casa, se encontraba un cubículo cuya entrada se ocultaba tras una simple cortina. Un conducto de piedra corría bajo un agujero practicado en el suelo. Philippus fue agradablemente sorprendido por el olor a lavanda que desprendía el lugar. En algunos sitios, la falta de higiene hacía ese lugar muy desagradable. Ese parecía recién fregado, de forma que nada ofendía al olfato. Philippus constató que incluso había trapos húmedos dispuestos en un barreño lleno de agua para ser lavados. De allí provenía el olor a lavanda.
Mientras vaciaba la orina de Michel en el conducto que daba a la callejuela, recordó arrepentido haberse aliviado la víspera en la cuneta del callejón, detrás del edificio, para no molestar a sus anfitriones. Le habían pasado entre las piernas unas ratas enormes. ¿Cuántas veces había tenido que espantar las ratas de sus calzoncillos desde que andaba por esos caminos? Lo ignoraba, pero sabía que su número aumentaría a diario mientras prosiguiese aquella vida aventurera. Súbitamente invadido por una profunda nostalgia, pensó en su padre, establecido allí lejos, en su Suiza natal, en su infancia feliz, como la de Michel en esa casa. La misma pasión, el mismo sueño: ponerse al servicio del prójimo.
En Italia había deseado encontrarse con Leonardo da Vinci, pintor divino donde los haya, y genial inventor de máquinas extraordinarias de las que había oído hablar boquiabierto. Pero aquel hombre no se había dignado a recibirle. Sólo abría su puerta a los poderosos. Y Philippus no tenía un miserable escudo. Tan sólo, como había dicho Michel, aquel lamentable orgullo. «Mucho dinero», había dicho también. «No, lo indudable —se dijo ampulosamente Philippus corriendo tras él la cortina de las letrinas— es que el azar no existe.» Y, armado con esa certeza, bajó la escalera, cogió su maletín y salió del edificio.
Fuera, un sol radiante le hirió los ojos. Se preguntó si no debería llamar a Corichon, al que no veía desde la víspera, pero pensó que se las arreglaría mejor solo. Sacudió la bolsa que llevaba atada con un hilo de seda bajo su raído chaleco. No quedaba más que un mísero ochavo, lo justo para pagarse una jarra de vino. Sería suficiente para entrar. Si esa joven existía y lo esperaba, no tardaría en encontrarla. A menos que fuese ella quien lo encontrase...
Un zapatero terminaba ante su puerta la venta de un par de lazadas destinadas a la reparación de un carcaj. Philippus esperó a que le hubiesen pagado y luego se informó de la dirección que debía tomar. El hombre desprendía un fuerte olor a excrementos. Se hizo repetir varias veces antes de entender, a través del acento gutural de Philippus, el sentido de la frase y luego le informó con amabilidad. Philippus se alejó del establecimiento con alivio. Pensó que si olía así era porque seguramente él mismo curtía sus pieles, pues sabía que la utilización de excrementos era de uso corriente para ablandar el cuero. Corroboró sus sospechas cuando, al girar por el ángulo de la casa, como le había indicado, vio dos barricas en torno a las cuales zumbaba una nube de negros moscardones. Philippus aceleró el paso felicitándose de estar a las puertas del invierno y no en verano. Habituado como estaba a moverse en ciudades y pueblos, no tardó en encontrarse ante la enseña de El Sueño del Rey, no sin antes haber tenido que pegarse a las paredes de las casas para esquivar caballeros y carretas.
Un olor de vinazo y cerveza atacó con violencia su nariz. Le gustaba el ambiente desvergonzado de las tabernas. Las risas partían de todos los rincones, desde la amplia barra a las mesas. Philippus lanzó una mirada circular al local. Las únicas jóvenes que vio en aquel antro eran mujeres de la vida cuyos pechos, generosamente descubiertos, se ofrecían sin recato a las manos y bocas atrevidas. En una mesa, un grupo de gendarmes, que portaban los colores del señor del lugar, cantaban a voz en cuello una canción cuartelera que coreaba con voz de falsete una morena medio borracha, en equilibrio inestable sobre la rodilla de uno de ellos. La morena soltó una carcajada bobalicona cuando, para retenerla en el momento en que caía hacia atrás, un hombre la sujetó por el corpiño, dejando al aire un voluminoso pecho.
Todo aquello deleitó a Philippus. Se sentó a una mesa desde la que podía abarcar la sala con la mirada y encargó a la patrona un ochavo de vino. El gendarme había sentado a la morena a caballo sobre sus muslos y lamía con voracidad sus pechos endurecidos bajo las toscas aclamaciones de sus compañeros, cuyos vasos se vaciaban y se volvían a llenar compulsivamente. Philippus no tardó en comprender que, en realidad, la chica no estaba borracha, sino que representaba a las mil maravillas su papel de libertina, indicando regularmente a la patrona con un gesto que volviese a llenar los vasos. Antes de la noche se habrían bebido la soldada, pero a nadie parecía preocuparle eso. Así iba el mundo. La última moneda de Philippus desapareció en el bolsillo del delantal de la patrona, quien ni siquiera le dedicó una mirada. Aquel mísero gasto no aportaba nada a su negocio.
Philippus bebió a sorbitos el vino peleón que le habían servido, dejando que pasase el tiempo mientras observaba las proezas de la morena que excitaba a los parroquianos sin entregarse de verdad. El objeto del juego consistía, bien lo sabía, en lograr que los hombres se emborracharan tanto que fueran incapaces de poseerla. Cuando rodaran bajo la mesa, con los bolsillos vacíos, ella se dedicaría a cazar otra pieza.
Philippus terminó su vaso con la impresión de que Michel se había equivocado. «¡Bah! —se dijo—. Al menos habré disfrutado del espectáculo.»
Se disponía a levantarse para salir del local cuando un hombre entró corriendo. Llevaba el jubón manchado de sangre.
—Señor Luc —gimió dirigiéndose al patrón, que palideció al verlo—. Bandidos, señor, bandidos.
Mientras él avanzaba, entró otro criado. Traía una joven inerte cuyos brazos colgaban blandamente, separados. El pelo le chorreaba sangre.
Philippus dio un salto y llegó ante la joven al mismo tiempo que el lívido patrón. En la sala se había hecho el silencio. Borrachos, los gendarmes no sabían si debían correr o pasar desapercibidos.
—Soy médico —dijo Philippus mientras, con el revés del brazo, despejaba con rapidez la mesa más cercana—. ¿Cómo ha ocurrido? —preguntó al hombre que dejaba delicadamente a la joven sobre la mesa.
—Nos ha pedido que la acompañásemos. Quería tomillo, mucho tomillo antes de que las heladas lo echasen a perder. Unos bandidos nos han sorprendido. Han espantado los caballos y han matado al señor Olivier, quien protegía nuestra carrera comprometiendo su espada. He tropezado, señor. He tropezado y me he golpeado la cabeza. No he podido impedirles su ataque.
El patrón escuchaba la narración del criado al tiempo que Philippus. Al oír esas últimas palabras, la rabia se apoderó de él y tumbó a aquel desdichado de una sonora bofetada.
Sin preocuparse en absoluto por aquellas reacciones nerviosas, Philippus acabó su examen apartando con delicadeza los velos de las enaguas. El posadero sujetó su brazo con mano autoritaria:
—¿Qué estáis haciendo?
—Cumplir con mí deber, señor Luc —respondió Philippus sin abandonar su fingida indiferencia.
—¡Salid, salid todos! —gritó el patrón mientras tumbaba las sillas y las mesas y propinaba puntapiés en el trasero de los borrachos.
Philippus esperó a estar solos para actuar. Al parecer, la joven había recibido un navajazo que le había rebanado un trozo de cuero cabelludo. Ése era el origen de la sangre, pero la herida no era grave, se dijo Philippus. Esperó a que el patrón hubiese cerrado las puertas para levantarle las faldas. La visión de la sangre en los muslos confirmó sus temores.
—¡Los muy cerdos! —rugió el patrón por encima de su hombro—. ¡Los muy cerdos! —repitió visiblemente conmovido—. Han violado y asesinado a mi pobre niña.
Philippus se volvió hacia él y le puso una mano amistosa en el hombro. El patrón tenía los ojos arrasados de lágrimas.
—Aún está viva, amigo. —El patrón parecía no oírle. Philippus insistió—: Voy a curarla. Todo irá bien.
Apenas había pronunciado aquella frase cuando la joven volvió la cabeza hacia ellos con un gemido. Su padre se acercó y le cogió las manos efusivamente.
—No te muevas, no digas nada. Yo me ocuparé de ti, mi preciosa niña.
—Padre —murmuró ella—. Me duele mucho la cabeza. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
—Estabas en el bosque —comenzó Luc, pero Philippus se interpuso, apartándolo con delicadeza.
—¿Quién sois? —murmuró la joven al ver las gruesas manos de Philippus acercarse a su rostro.
—Soy médico. Permitid que os atienda. Todo irá bien. —Luego, tras controlar el blanco del ojo, susurró—: ¿Recordáis lo sucedido?
—Estabas en el bosque con Olivier y La Pendaille —comenzó su padre.
Philippus lo fulminó con la mirada y el barrigudo posadero calló.
—Sí, estaba en el bosque —repitió la joven buscando en su memoria—. Estaba cogiendo tomillo cuando... ¡Oh, Dios mío! Unos bandidos nos han rodeado. Olivier me ha dicho que corriese. La Pendaille me ha seguido. He corrido entre matorrales y luego me he caído, creo. No recuerdo nada más.
—Intentad recordar. Haced un esfuerzo.
La joven frunció el ceño en un esfuerzo por recordar pero...
—No, de verdad, no recuerdo.
Philippus suspiró aliviado. Primero la habían dejado sin sentido de un golpe, a menos que, al caer, se hubiese golpeado contra el canto de una roca. Así no tendría ningún traumatismo duradero.
—¿Y Olivier? ¿Ha podido escapar?
—El señor Olivier ha muerto —explicó Philippus con voz suave—. Y eso no es todo. Han abusado de vuestra inconsciencia.
—¿Qué queréis decir? ¿Qué quiere decir, padre? —preguntó con el rostro lívido.
Por toda respuesta, el padre se acercó a ella y la atrajo contra su pecho henchido. La joven estalló en sollozos. Philippus hizo un esfuerzo por controlar la situación y sus sentimientos, pero estaba furioso. Naturalmente sabía que la violación y el asesinato eran moneda corriente en los bosques de Europa, pero no podía impedir un rugido en su interior cada vez que una mujer era atormentada de aquella manera. Algo dentro de él hervía de odio contra aquellos hombres sin fe ni ley. «Hay que aceptar lo que no se puede impedir...» ¡Cuántas veces había oído esa frase en labios de mujeres que amamantaban a su bastardo con la leche del odio! Se preguntaba cuánto tiempo necesitaría aún el hombre para dejar de comportarse como un animal.
Cuando abandonó la posada El Sueño del Rey, la pequeña ciudad de Saint-Rémy-de-Provence comenzaba a dormirse. Ameline, la joven, descansaba tranquilamente en su casa. A ruegos del padre, la había adormecido con un licor de adormidera y luego le había curado la herida de la cabeza. Después había limpiado la vagina mancillada y colocado en el útero una piedrecita blanca que caería por sí misma, arrastrada por el aborto. No habría niño. Aquello lo había aprendido de una bruja egipcia. A los ojos del mundo, el honor de la joven estaría a salvo. El posadero se había empeñado en comprar su silencio con una suma considerable. En un principio Philippus la había rechazado, pero luego la aceptó.
El azar no existe. Tenía que aceptar esa ley. Y las ventajas que el destino le ofrecía.
Volvió a paso vivo a casa de Michel, contento a su pesar al oír tintinear los escudos de oro contra su pecho.

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:53 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Lun Oct 25, 2010 4:19 pm

Capítulo 6


François de Chazeron estaba de un humor de perros. El hermano Étienne había querido examinarlo al llegar al castillo en compañía de Antoine de Colonges, pero François lo rechazó de inmediato, alegando que la única medicina que necesitaba era la comida y que debían esperar a que hubiese terminado. De hecho, devoró cuanto le prepararon como si llevase semanas de ayuno.
Advertido por Clothilde de que Antoinette no se encontraba bien, el abad de Moutier dejó de lado, sin ningún remordimiento, al señor de Vollore, para informarse del estado de su esposa. Desde entonces, lo había lamentado. ¡No porque le preocupase más el honor de François que sus estados anímicos! Lo que le apenaba de aquella historia era Albérie. Sabía que estaba profundamente unida a Huc y no podía dejar de pensar que su reacción sería terrible si llegase a descubrir la verdad. Suspiró tan profundamente que François de Chazeron le reprendió con una mirada aún más borrascosa.
Tras haber despachado un contundente desayuno compuesto por una tortilla de quince huevos, unas gruesas lonchas de jamón, cuatro codornices y tres postres, todo ello regado con vino, François exigió la presencia inmediata del abad, Antoinette, Clothilde y Huc. Ignoraba, o fingía ignorar, que Bertrandeau y Guillaumet habían tomado parte en su salvamento y Huc se abstuvo de mentarlo.
El hecho era que estaban allí, en aquella habitación en la que algunas semanas antes Béryl y él habían expuesto a François la situación tras la tempestad. François había saciado su estómago, pero no su espíritu. Su primera pregunta fue brutal.
—¿Quién de vosotros tiene la llave?
Sin pronunciar palabra, Huc la sacó de su bolsa y la depositó sobre la mesa, ante su señor. Estaban sentados en torno a la mesa, en silencio. Sólo un tic nervioso en el ojo morado de Clothilde delataba su temor. Se había sentado entre Huc y el abad de Moutier, pensando que, seguramente, si el señor intentaba volver a golpearla ellos se interpondrían. Por su parte, Antoinette, a quien Huc evitaba mirar, parecía ausente, como si todo aquello no le concerniera.
Mostraba un rostro sereno, casi fresco, que algunos habrían podido sin duda atribuir a la curación de su marido. Algunos, pero no Antoine de Colonges, ni Huc, quien en ese instante se sentía más incómodo que nunca en su vida. Sabía que el abad no diría nada, pero no se perdonaba haber cedido a su impulso. Por un momento pensó en lo que había cambiado en quince años, también él. En aquellos tiempos, se revolcaba a su capricho, sin escrúpulos, con todas las jovencitas. Tenía una reputación que con frecuencia le permitía limitarse a alargar la mano para que los más codiciados frutos viniesen a posarse en ella. Desde que se había casado con Albérie, vivía como un monje, mientras ella no exigía nada. Ahora, a pesar del lugar y de la amenaza que pendía sobre sus cabezas, no podía evitar preguntarse por qué se había replegado así sobre sí mismo. ¿Había temido, sin siquiera ser consciente de ello, llegar a perder en las faldas de otra el amor que sentía por su esposa? ¿O, con aquella castidad, había buscado acercarse a ella para que comprendiese hasta qué punto le tenía afecto? No tenía la respuesta, pero sabía que algo había cambiado, aunque no supiese qué; algo que le había empujado hacia la única mujer que habría debido evitar. El deseo que sentía por Antoinette era más fuerte que la simple necesidad de contacto sexual.
—¿Has entrado?
Huc oyó la pregunta sin percatarse de que iba dirigida a él. Cuando se rehizo, François miraba alternativamente a uno y otro con ojos furiosos. Los había hecho sentar ante él y se erigía en juez de aquel tribunal que, en un principio, no era tal. Sin embargo, todos se comportaban como culpables, y la idea de que algo se le escapaba lo estaba volviendo loco.
—Alguien tenía que socorreros. Lo hice yo —dijo Huc, tomando la iniciativa.
—¿Cómo? —insistió François.
—Entrando por la ventana y liberándoos. Cerré cuidadosamente la puerta al salir —mintió Huc, pues no quería poner en peligro a Guillaumet, a pesar de que era consciente de que François acabaría por averiguar la verdad.
—¿Qué has visto?
—Nada, señor. Nada que sea de mi incumbencia. A menos que deseéis que, en calidad de preboste, haga un informe preciso y detallado.
—Sería inútil —replicó François, quien no tenía interés en dejar indicio alguno de aquel incidente.
—Y vos, esposa mía, ¿habéis entrado a pesar de que lo teníais prohibido?
—En absoluto, esposo mío. Como sabéis, vuestros asuntos me importan bien poco —respondió Antoinette con sinceridad—. Sin embargo, me gustaría saber por vuestra boca qué es lo que provocó semejante desastre y oír la promesa de que, sean las que sean vuestras actividades, renunciaréis a ellas si deben privarme de vuestra presencia.
«¡Qué bien miente! —se dijo Huc, percibiendo lo mucho que su tono había cambiado—. Ella se burla y él parece no darse cuenta de nada.» Huc sintió que su espalda se tensaba. «No es consciente del peligro.»
—Impedí que fuera a prestaros socorro, señor, a pesar de que, en su gran inquietud, ella insistió —se interpuso Huc, antes de que François pudiese responder—. Me parece que este asunto no le concierne y creo que sería conveniente dejar al margen tanto a ella como a la señora Clothilde.
Mientras Clothilde le dedicaba una mirada llena de gratitud a guisa de réplica, Antoinette se contentó con fruncir el ceño. Huc no le prestó atención. No le importaba que ella se enfadase. Sabía que él tenía razón y que ése era el único medio de protegerla, aunque a ella no le gustara.
François guardó silencio, reflexionando precipitadamente sobre lo que, a fin de cuentas, sería más conveniente para preservar su secreto. Luego dictó sentencia:
—Salid, señora. Huc tiene razón, puesto que no habéis traicionado mi confianza, debéis manteneros al margen de todo esto. Llevaos a vuestra ama de llaves lejos de mí. ¡Su vista me resulta insoportable! —añadió irritado al ver que la desdichada sudaba a chorros por miedo a su cólera.
Antoinette hizo ademán de protestar, pero la mirada de Huc se lo impidió. No hubiese querido contrariarlo por nada del mundo. De todos modos, acabaría por enterarse de lo que había pasado. En adelante, Huc sería incapaz de resistírsele. Salió de la sala sin decir palabra, con Clothilde pegada a los talones como un perrito amedrentado.
François calló durante un buen rato y Huc tuvo la impresión de que tras su furor se escondía algo más. Si no hubiese conocido tan bien a su señor, se habría inclinado por pensar que era miedo y, a pesar de que descartó esa hipótesis, una parte de él se negaba a desecharla. Sin la presencia de Antoinette, sentía que volvía a ser él mismo.
—Señor, tal vez sea el momento de revelarnos la verdad —insinuó tras recuperar su papel de preboste.
Antoine de Colonges inclinó la cabeza. Ardía en deseos de entender por qué su empeño había fracasado.
—La verdad, Huc, es que no sé nada —dejó caer François, tras aclararse la garganta—. ¡Nada salvo que, sea lo que sea lo que ha ocurrido, es obra del diablo!
Huc se arrellanó en su sillón. François de Chazeron tenía miedo, simple y llanamente. Aquella evidencia le puso contento. No obstante, hizo un esfuerzo para que nadie lo advirtiese. Por otra parte, Antoine de Colonges, quien hasta entonces había guardado silencio, acababa de sugerir a François que no lo mezclase todo.
—Sólo a mí corresponde determinar el papel de Dios o del diablo en el asunto que sea —añadió sobriamente, con las manos juntas—. Confiad en nosotros, hijo mío. Si la justicia de los hombres y la de Dios trabajan juntas, tal vez sepamos calmar vuestros temores.
—¡No tengo miedo, padre! —objetó François, súbitamente enfurecido por su visible debilidad.
Antoine agachó la cabeza ante aquella reprobación. Como no tenía escapatoria, François comenzó la narración de los hechos.
Había entrado en la torre tras haber hecho girar la llave en la puerta y había cerrado tras él, como era su costumbre. A primera vista, tuvo la impresión de que todo estaba tal y como lo había dejado tres semanas antes, pero luego, al adentrarse en la estancia, algo le extrañó: el calor. La sala estaba tibia, a pesar de los vidrios rotos de la ventana y del aire gélido que por ellos entraba. Estaba tibia como cuando tenía encendido el hornillo del atanor. Sin embargo, recordaba perfectamente haber dejado el hornillo apagado antes de irse. Se acercó más y descubrió con estupor que no sólo había brasas calientes y recientes en el hornillo, sino que, en lugar de la barra de plomo que había dejado enfriar en su interior, había una barra de oro puro.
Eso le hizo enloquecer. Hacía más de quince años que intentaba descubrir el secreto de los alquimistas. Quince años que pertenecía a diversas sociedades secretas cuyo único propósito era lograr la Gran Obra, y no sólo alguien había violado su santuario, sino que el intruso había logrado aquello en lo que todos habían fracasado. Necesitaba obtener respuestas. Se precipitó furioso contra Clothilde y luego se enfrentó a Bertrandeau. Aunque sabía que eran incapaces de realizar aquella transformación, alguien de la casa tenía que haber sido cómplice del delito y había abierto la puerta. Todo se vino abajo cuando Bertrandeau le objetó que él era el único que tenía la llave de aquella estancia.
De inmediato, volvió a subir para comprobar lo que ya sabía. La puerta no había sido forzada. Pensó en la ventana, pero estaba demasiado alta y permanecía cerrada por dentro. Y, además, no encontró huella alguna bajo la ventana, lo que no hizo más que aumentar su perplejidad. No había nada. Registró metódicamente la sala con la esperanza de encontrar algún indicio. Entonces se percató de que alguien había leído su diario. Hacía quince años que consignaba sobre pergamino cada uno de sus experimentos, resultados, errores y observaciones. Así progresaba de forma lenta pero segura. Los pergaminos estaban abiertos uno sobre otro, formando una pila impresionante de hojas con un pesado candelabro con una vela de cera en cada esquina, cuidadosamente colocado para evitar que se abarquillasen.
Aunque siempre los dejaba así, recordaba haber enrollado todo y haberlo dejado en un ángulo de la mesa para evitar que el polvo que entraba por los vidrios rotos se depositase en ellos. Tras encender una vela, comprobó que alguien había completado sus últimas notas, pero no con tinta como habría sido lo habitual. Las letras irregulares parecían hechas con una pasta parda que las hacía destacar, en relieve, lo que dificultaba su lectura. Muchas líneas escritas por él estaban recubiertas por aquella materia, y había anotaciones añadidas aquí y allá sobre la hoja. La curiosidad y la impaciencia disiparon su miedo. Como no lograba descifrar aquel curioso mensaje, se le ocurrió contornear las palabras con tinta. Apenas terminó de escribir la primera sobre el espesor de sus letras, la palabra se incendió crepitando y el fuego recorrió toda la línea como si de un reguero de pólvora se tratase. A pesar de ello pudo leer la inscripción incandescente: «He venido a buscar lo que es mío: tu alma».
—Perdí la cabeza, padre —añadió François de Chazeron, cuya mirada traslucía la autenticidad de sus palabras—. Cogí un hurgón y, movido por un incontrolable reflejo, tiré las hojas al hornillo del atanor. Seguramente pensé que allí sería más fácil apagar las llamas. Sobre la mesa, muy cerca, había ácidos y diversas preparaciones que, en contacto con las llamas, sin duda habrían incendiado la estancia entera. No sé lo que pasó después. Cogí una jarra que sabía que estaba llena de agua y la vacié sobre los pergaminos que cubrían la masa de oro, satisfecho, creo, de haber salvado una parte de mis escritos más antiguos, esperando con aquella acción salvar el resto. Recuerdo una explosión. Luego vinieron las tinieblas.
Cuando calló, con la frente empapada por un sudor agrio provocado por el recuerdo de aquellas imágenes, un pesado silencio gravitó sobre la sala.
Antoine de Colonges, pensativo, sacudía intermitentemente la cabeza, intentando así disimular, con un simulacro de análisis, la profunda satisfacción que le producía la reacción del señor de Vollore. Albérie había acertado. Al destruir su trabajo, había herido al hombre en lo más profundo y había cimentado su pérdida. Bastaría con confortarlo en sus temores. Aquel hombre tenía demasiadas cosas sobre su conciencia para no estar persuadido de que el diablo en persona acudiría a buscar lo que le pertenecía.
Antoine se volvió hacia el preboste, quien parecía desconcertado. Por mucho que pudiese imaginar, Huc ignoraba demasiadas cosas y, en particular, la existencia de un pasadizo que trepaba por el interior de la muralla hasta el último piso de la torre de Vollore. El subterráneo databa de la guerra de los Cien Años y comunicaba el castillo con la plaza fuerte de Montguerlhe. Una vieja leyenda decía que, en aquella época, unos herreros de gran talento se habían refugiado en él. Las espadas que se templaban allí salían de las forjas del infierno y garantizaban la victoria a quien las poseía. Durante esa misma guerra, se había escondido allí el oro inglés.
El abad no tenía intención de compartir aquel saber con el preboste; se lo llevaría a la tumba. Se lo había jurado a Isabeau.
Una parte de él, era consciente de ello, se había corrompido alejándose de sus funciones y de la regla cisterciense. François de Chazeron iba por fin a pagar por aquellos crímenes inútiles, aquellos odiosos sacrificios para unos experimentos dignos de menosprecio, cuando su única razón de ser, aquel oro con el que esperaba obtener el poder, dormía bajo sus pies.
Antoine levantó un mentón vengador y se esforzó en subrayar cada una de sus palabras. En aquel instante, François de Chazeron había pasado de juez a acusado. Un acusado que no lograba espantar la insidiosa angustia que habían suscitado sus monstruosos actos.
—Mucho me temo, hijo mío, que haya sido el mismísimo Satanás quien ha querido burlarse de vos. ¿No tenéis sobre la conciencia ningún acto que os haya alejado del Señor y de su perdón? ¿Algún acto que hayáis omitido decir en confesión y por el cual, como testimonian esas líneas de llamas, hubieseis renegado de vuestra fe? Si es así, sólo el arrepentimiento y el ayuno pueden, tal vez, protegeros. Amparada por nuestras oraciones, vuestra alma podría salvarse. Si no es demasiado tarde —añadió con gesto desolado, disfrutando secretamente del rostro lívido de François.
—Sea la que fuere la verdad —terció Huc de la Faye— hay que buscarla antes de llegar a conclusiones precipitadas. Permitid que lleve a cabo una investigación. Si os han jugado una mala pasada, encontraré al culpable y haré que sea castigado. Si todo esto es asunto del demonio, haremos venir un exorcista. Pero por el momento estáis a salvo, lo que significa que hombre o diablo ha fallado el golpe, a menos que todo esto tan sólo haya sido una advertencia.
«Pobre loco —pensó Antoine de Colonges lanzando una mirada de conmiseración a Huc—. La verdad te destruiría junto con tu señor...»
—Llevad el asunto como os parezca, preboste —dijo Antoine tensando sus delgados labios—, pero pensad que el diablo mora desde hace mucho tiempo en esta casa sobre la que gravita su maldición, y recordad también que hace tiempo un hombre lobo degolló al exorcista enviado para mandarlo a los infiernos. En mi opinión, hay misterios que más vale dejar que se olviden a base de oraciones que darles demasiada importancia...
Huc lo miró de hito en hito, atónito. En un instante, acababa de comprender el sentido oculto de aquella frase y la evidencia lo paralizaba. Albérie. Albérie estaba detrás de todo aquello. Cómo, no lo sabía, pero la alusión al hombre lobo era clara. Antoine de Colonges sabía algo que él ignoraba.
A François de Chazeron, indiferente a sus estados de ánimo y a su lenguaje en clave, le costaba situarse en aquella realidad fantasmagórica. La propuesta del preboste le satisfacía, porque racionalizaba los hechos. Pero, ante sus ojos, desfilaban los rostros tumefactos de los niños que había degollado como sacrificio al Maligno, con el único objeto de obtener la piedra filosofal. Oía sus gritos cuando les abría las entrañas para arrancarles el corazón, antes de sumergirlo, aún palpitante, en soluciones de plomo y azufre. ¡Cuántas veces se había burlado de los grandes maestros que le habían enseñado que la Gran Obra no era la transmutación de los metales, sino la del propio ser en un alma perfecta! Sabía que mentían. Todos. Sólo buscaban desanimar a los imbéciles.
Únicamente un sacerdote negro le había guiado en sus investigaciones practicando misas satánicas, abriéndole las auténticas puertas de las verdades primigenias. Descubriría el alkahest, el disolvente absoluto, la piedra de curación y poder. No tenía razones para tener miedo. Satán era su señor. Hacía mucho tiempo que lo sabía. Simplemente, se le había recordado que hacía mucho que no le servía, revelándole al mismo tiempo que estaba en posesión de la verdad.
La piedra filosofal no sólo no era un engaño, tenía un precio. Tranquilizado por los derroteros que había tomado su pensamiento, miró a ambos hombres con gélida mirada.
—Haré ayuno y penitencia, padre, hasta que reconstruya lo que la explosión ha destruido; vuestras oraciones serán útiles para ahuyentar al maligno de esta casa. No sé qué lo ha atraído, pero no le temo. Mi alma es pura, padre abad, y si lo que quería era llevársela, ha fracasado. El asunto está cerrado. Quiero olvidarlo.
Se volvió hacia Huc, quien, en resumidas cuentas, se sentía satisfecho con las palabras de su señor, puesto que suponía que Albérie estaba implicada en aquella intriga.
—Haz que vengan de inmediato dos albañiles de confianza. Nos quedaremos tres días en Vollore para discutir los planos de ampliación del castillo con el arquitecto de Thiers que he mandado traer. No quiero que mi mujer vuelva insatisfecha. Así que tú te ocuparás con ella de sus deseos en cuanto a decoración, mientras yo me encargaré de supervisar los trabajos en mi gabinete. Me pondrás al corriente del coste en cuanto lo hayas calculado. Si mi crédito no basta, mi esposa tendrá que solicitar una carta de crédito a su pariente, el duque de Borbón. Su cargo al lado de nuestro buen rey nos permitirá obtener favores sin demasiadas dificultades. Me verás en las comidas, y entonces podremos cambiar impresiones sobre aquellos puntos en los que estemos en desacuerdo. Fuera de eso y hasta nuestro regreso a Montguerlhe, no quiero que se me moleste bajo ningún pretexto. Tanto de día como de noche. Y sólo los obreros escogidos y pagados para guardar silencio serán admitidos en la torre. Te doy de plazo hasta la noche para que te ocupes de todo eso. A partir de ese momento, consideraré que los tres días han empezado. ¿Estamos de acuerdo, mi buen Huc?
—Todo se hará según vuestros deseos, señor —afirmó Huc, satisfecho de tener el campo libre.
Haría todo lo posible por cumplir con los intereses de Antoinette y adelantaría el regreso. Así, Albérie habría acabado lo que deseaba hacer en su ausencia y él se reservaría el derecho, cuando la viese, de aclarar ese incidente. Para acallar su conciencia.
Mientras François se dirigía hacia su antro en lo más alto de la escalera, Huc puso una mano firme sobre el brazo del abad Antoine de Colonges para retenerlo un instante.
—Me parece que ambos tenemos un gran secreto —susurró.
Antoine sacudió la cabeza. Habría sido ridículo seguir disimulando ante el preboste la pequeña parcela de verdad que compartían.
—¿Albérie es culpable?
La pregunta fue formulada con un suspiro. El abad ya sabía cuál sería su respuesta.
—No, hijo mío —murmuró inclinándose sobre el oído del preboste—. La explosión tan sólo es un lamentable accidente.
Huc lo observó, pensativo. No le creía. El abad se encogió de hombros para dar a entender que su opinión le importaba poco.
—¡No fue el diablo quien redactó esas inscripciones, padre! Quiero entender. ¿Quién?
—¿De veras lo deseáis, Huc? Si es así, con gusto cambiaré mi secreto por el vuestro.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Huc frunciendo el ceño.
—De vuestras debilidades, amigo, y de las de Antoinette.
Huc tragó saliva. Había estado a punto de olvidar lo que había ocurrido hacía poco. Una ola de calor le inundó los riñones. Antoine de Colonges le puso una mano amistosa sobre el hombro.
—Soy un hombre de Iglesia y poseo el poder de perdonar, tanto como el de no ver ni oír nada. Si puedo contar con vuestra discreción, vos podréis contar con la mía. Tenemos, me parece, los mismos intereses.
—Olvidaré todo este asunto, padre, en cuanto mi curiosidad quede satisfecha.
—En ese caso, hijo, retened el nombre y no preguntéis ni por qué, ni cómo. De otra forma pondríais en peligro aquello que amáis. Que amáis más que nada.
Huc sacudió la cabeza. Antoine se inclinó hacia él y murmuró, tan bajo que su voz resonó en el oído de Huc como el sonido de un arroyo:
—Loraline.


Loraline. Ese simple nombre hacía que un escalofrío le recorriese la espalda en el momento en que su mente lo pronunciaba furtivamente. Hacía dos días que Huc trabajaba al lado de Antoinette y del arquitecto con el fin de entender mejor las reformas que la señora del castillo deseaba. En realidad, se dedicaba sobre todo a evitar que cambiase permanentemente de opinión, cosa que les irritaba tanto a él como al maestro Patelier, aunque éste, según decía, estaba habituado a esa inconsecuencia femenina. Huc llevaba las discusiones al terreno financiero, procurando con suma delicadeza no herir a Antoinette. Ella había buscado en varias ocasiones acercarse a él, pero Huc evitaba permanecer con ella a solas, pretextando alguna obligación urgente en cuanto se perfilaba la posibilidad de un mano a mano. Huc lamentaba aquel beso, al tiempo que deseaba volver a tenerla en sus brazos. Estaba sumamente afligido, sobre todo desde que el abad había hablado con él. No podía evitar buscar explicaciones, a pesar de que ninguna le satisfacía, porque ninguna excluía la complicidad de Albérie, ninguna confirmaba la sinceridad de su esposa para con él. Ardía en deseos de volver a Montguerlhe y aclarar la situación. Por su parte, Antoine de Colonges había dejado perplejo a Huc. ¿Conocía el abad el fondo de la historia? ¿Qué interés podía tener en la muerte de François? Y si se trataba tan sólo de un mero accidente, ¿qué había venido a buscar Loraline si no era venganza? Huc no deseaba juzgar; al contrario, una parte de él se alegraba de la destrucción de los preciosos documentos de François. Sólo quería saber la verdad. Toda la verdad. Para ahuyentar aquella frustrante sensación de estar excluido.
—Os veo pensativo, mi buen Huc. ¿Acaso pensáis en aquel instante furtivo en el que también yo pienso?
Huc se sobresaltó y alzó la cabeza. Antoinette sonreía, con cómplice ternura, a pocos pasos de él, en el pequeño gabinete que quería reformar. Estaban solos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Ensimismado en sus pensamientos, no había seguido la conversación ni había visto irse al maestro Patelier. Tuvo un momento de pánico cuando Antoinette posó una mano delicada en su antebrazo y le dedicó una mirada cargada de promesas.
—No temáis. El maestro Patelier pasará un buen rato buscando su tendel que cree haber olvidado en la sala de recepción —dijo con una risita mientras sacaba el objeto de su manga, para luego acercarse a él hasta rozarlo.
—Señora —balbuceó Huc con un tono de reproche, como si tan sólo con su voz pudiese poner freno a lo que sabía que era ineluctable.
Sorprendida de improviso, su razón naufragaba en una ola de irresistible deseo. Antoinette puso una mano sobre su mejilla, que una barba naciente erizaba de púas. «¡No debes hacerlo!», objetó torpemente una vocecilla en su cabeza. Pero el refugio de ternura de la mirada de la señora del castillo lo absorbía irremediablemente. Rodeó su cintura con los brazos y, tras abrazarla, la llevó a un hueco de la pared desde donde podía controlar con facilidad cualquier movimiento que se produjera en las proximidades de la estancia. Entonces, devoró aquella boca suplicante sin intentar rechazar el imperioso suplicio de su sexo hinchado. Antoinette se abandonaba a sus caricias como una gata joven se abandona a las llamadas de los primeros machos.
—Poséeme. Aquí. ¡Ahora! —exclamó sofocada, mientras apretaba su mano contra el bulto de sus calzas.
Él la volvió con un solo movimiento y le levantó las faldas descubriendo los muslos. El deseo no le permitía demorarse en tiernas caricias. Necesitaba poseerla. Gozar de aquel cuerpo entregado que Albérie le negaba.
La penetró con un movimiento de cintura flexible e imperioso, al tiempo que le ponía una mano sobre la boca para apagar el estertor de placer. Se demoró unos segundos para complacerla y luego se abandonó en ella, liberando apresuradamente quince años de vida monacal. Sólo después fue consciente de haberse conducido como un patán, a pesar de que Antoinette, que de nuevo se había vuelto hacia él, contemplaba llena de felicidad su rostro descompuesto en el que aún se leía el fuego del placer.
—¡Perdonadme! —gimió Huc mientras Antoinette alisaba sus faldas con delicadeza y arreglaba su trenza, de la que se habían soltado algunos mechones de cabello rubio.
—¿Perdonaros? —preguntó Antoinette posando en él una mirada llena de ternura—. ¿De haberme hecho más feliz de lo que nunca he sido? No. Os amo, Huc. No me volváis a rehuir. ¡Os necesito tanto!
Se acurrucó contra él, mientras los estremecimientos de Huc se calmaban poco a poco. Hubiera querido rechazarla, como habría hecho con una sirvienta o una camarera demasiado efusivas, pero no podía. Era su vasallo y u había poseído. A partir de aquel momento, tenía poder de vida y muerte sobre él, mucho más que su triste marido.
—Tenemos que ser razonables —dijo con timidez—. El maestro Patelier estará a punto de regresar.
—Aún os turba mi presencia, ¿verdad? —insistió ella, dichosa.
—Sí —respondió Huc aceleradamente, sin saber si mentía o no.
—Entonces pronto volveremos a vernos, mi hermoso amante.
Huc se contentó con sacudirla cabeza mientras se apartaba de ella. Era su amante. Y no podré evitarlo hasta que ella se hartase de él. Mientras su vientre frustrado gritaba victoria, una profunda laxitud se amparaba de su corazón. ¿Tenía derecho, en adelante, a exigir la verdad a Albérie, cuando él sólo podría ofrecerle mentiras? Sin atender a la dulce voz que retenía su huida, salió de la estancia, detestando su debilidad y las consecuencias que se derivarían de ésta.


Al día siguiente, François anunció que estaba preparado para regresar a Montguerlhe. Hizo llamar a Huc a la torre, y el preboste franqueó la puerta prohibida por segunda vez.
François de Chazeron le mostró dos cuerpos de rostros violáceos tendidos en el suelo, uno junto al otro. Los albañiles encargados de la reparación de su torre.
—¡Sabían demasiado! —se justificó François con un encogimiento de hombros—. Marcharé con mi mujer. Ocúpate de todo y dale esto a su familia. Han merecido su salario por haberme servido bien.
Huc cogió la bolsita de cuero sin responder. Una vez más iba a tener que ocultar la crueldad de su señor. Durante unos instantes, tuvo ganas de revelarle que era el amante de Antoinette. François alzaría la espada o lo haría ahorcar. Huc sería libre. Libre como Isabeau. Pero ni siquiera eso era ya posible, pues ahora se debía a Albérie y a Antoinette, a quienes también habría condenado.
—Te estás haciendo viejo, Huc —masculló François al ver su gesto ceñudo—. ¡Te estás volviendo un sentimental!
Y tras esas irónicas palabras, lo invitó con un gesto a abandonar la estancia, cosa que hizo de buen grado.
En la cena, François concretó los detalles con el arquitecto y decidió que los trabajos tendrían que estar terminados en verano, para el nacimiento de su hijo. Besó a su esposa en la frente antes de anunciar que habría que organizar una gran fiesta para la ocasión. Hacía mucho tiempo que Vollore no había presenciado torneos ni trovadores. Antoinette hizo palmas, como una niña. Estaba feliz. François parecía haber olvidado el incidente que había estado a punto de costarle la vida y la pérdida de sus notas. Había algo diferente en él, algo que Huc no conseguía captar, pero que le desazonaba.
Cuando, por la mañana, François, Antoinette y su escolta tomaron el camino de Montguerlhe, Huc les vio alejarse con aprensión. Antes de irse, François le había dado la llave de la torre.
—Devuélvemela en cuanto te hayas deshecho de los cuerpos. No quiero que mi esposa sospeche nada. —Y, tras un silencio, había añadido con una mirada dura—: Ahora compartes algunos de mis secretos. No se te ocurra descubrir otros.
—Habría de estar loco para traicionaros, señor.
François no respondió. A Antoinette, que preguntó por qué el preboste se quedaba en Vollore, le replicó tranquilamente que le había encomendado arreglar algunos asuntos y que no tardaría en unirse a ellos.
Huc se apresuró a confirmarlo. Hizo pasar el envenenamiento por un accidente de trabajo y llevó los cuerpos a las familias, añadiendo al peculio que les dejaba François una parte sustancial de su propio sueldo. El resto se lo dio a Bertrandeau, a quien pidió que confirmara su versión. Si el maestro techador no estaba de acuerdo, no lo dejó traslucir. Estaba en deuda con Huc, que había omitido mencionar su intervención en el momento del accidente. La visión de los dos desdichados obreros le confirmó, sin duda alguna, hasta qué punto Huc había hecho bien callándose. Le debía la vida. Pagó pues su deuda al preboste con un respeto incrementado por la vieja amistad y fraternal confianza.
Al caer la tarde, Huc había cumplido su misión y llegaba a la entrada de la fortaleza, bajo el incendio de una puesta de sol esmaltada de vapores glaciales. En breve, el invierno estaría en las puertas de Auvergne. Entonces su alma se asemejaría al instante que en esos momentos contemplaba y no hallaría más que tormentos.


Philippus Bombastus no pudo evitar, en cuanto volvió de la posada El Sueño del Rey, felicitar a Michel de Nostre-Dame por su visión, pero éste recibió su historia con un asombro no fingido. No recordaba nada, tan sólo haber dormido mucho tiempo y haberse despertado con la lengua pastosa, poco antes del regreso de su nuevo amigo.
—Me ocurre con frecuencia —concluyó con una ligera risa—. A veces, al dormirme, tengo la impresión de poseer el poder de cambiar el mundo y, al despertar, me siento más estúpido que antes. Me pregunto si no sería juicioso hacer que un criado habilidoso tomase notas cuando me acuesto. Pero por mi mala fortuna, amigo mío, no puedo pagarme tal servicio y, si pudiese, ¿dónde encontraría un criado letrado?
—¡Pero no todas tus visiones se esfuman con el alba!
—Por desgracia no, porque, mira por dónde, Paracelso, las que quedan a menudo son tortuosas y comportan peligro. Sólo pierdo las que podrían hacer de mí y de los míos unos personajes ricos y respetados. Estoy encantado, puedes creerme, de que hayas sabido aprovechar mi fantasía y llenarte los bolsillos con ella.
—Lo he hecho por curiosidad. Volveré allí por respeto al oficio que he elegido...
Luego la conversación derivó, hasta avanzadas horas de la noche, hacia los astros y su papel en el equilibrio del Gran Todo que constituía el universo. Philippus aportó a Michel todo lo que había podido aprender en Egipto, donde el culto del dios solar coincidía en muchos aspectos con el saber de los astrólogos. Se durmieron uno junto al otro, con la mirada vuelta hacia una noche poblada de centelleantes estrellas.
Al día siguiente, Philippus visitó a su joven paciente. La encontró serena, cosa que le hizo feliz. No recordaba más que la versión oficial de su triste historia. Unos bandidos habían aparecido de pronto, ella había huido mientras Olivier les hacía frente, antes de caer alcanzado por una flecha. Había tropezado y había perdido el sentido. El bueno de La Pendaille la había encontrado. Ayudado por Bergeon, un bobo que vagaba no lejos de allí, la había traído a casa de su padre.
Una vez más, Philippus se felicitó por aquel saber aprendido de las brujas y por aquel filtro del olvido que permitía borrar los acontecimientos de las doce horas que precedían a su ingestión. No había dudado en administrarlo tras la intervención. Nadie sabría que la joven virgen había sido desflorada. Así podría casarse y llevar una vida honorable. Eso era todo lo que deseaba el padre, que apretaba efusivamente la mano que el médico le tendía. Cuando se disponía a despedirse, el posadero le dijo que tenía una sorpresa para él y Philippus se dejó conducir hasta el umbral de una habitación.
—¡Diviértase a gusto, señor! —le animó el hombre con una obsequiosa inclinación, mientras la puerta se abría permitiendo a Paracelso ver a la morenita que la víspera le había excitado a él tanto como a los gendarmes.
Antes de que pudiese rechazar tal ganga, se sintió empujado hacia delante por el gesto y la risa zafia del buen hombre que cerró ruidosamente la puerta tras él.
La casquivana sonreía acogedora y Philippus sintió que su cuerpo se tensaba puntualmente. Desde tiempo atrás era aficionado a aquellos abrazos ocasionales y hacía algunas semanas que, falto de dinero, no había podido pagarse una barragana. Por un momento pensó en lo astuto que era el posadero trayéndolo allí para recuperar su dinero.
«¡Bah! —se dijo—. ¿Para qué sirve el dinero si no es para disfrutar de la vida?»
—Acercaos, señor. Quiero daros lo mejor —dijo la morenita mientras se desabrochaba el corpiño.
—¿Y cuánto me costará eso? —preguntó Philippus, que a pesar de todo esperaba salvar algo de su peculio.
—Esta noche es de balde —contestó ella con franqueza.
—¿Por qué? —preguntó Philippus, poco habituado a aquel género de comercio.
—¿Cómo pensáis que he acabado vendiéndome, señor? ¿Por caridad cristiana? —dijo con una risa desvergonzada que, instintivamente, atrajo a Philippus hacia la cama—. Una chica deshonrada no tiene más destino que seguir siéndolo. Me habría gustado que alguien hiciese por mí lo que vos habéis hecho por ella. Todo esto es un favor, señor, a cambio de otro —murmuró cogiendo sus senos voluminosos con ambas manos—. Hacedme el amor como se hace a una dama de bien. Por unas horas, olvidaré que no soy nadie.
Con un nudo en la garganta ante aquella confesión, Philippus alargó una mano para acariciar su frente salvaje. «Ha debido de ser hermosa», pensó.
Era difícil precisar su edad, pero sus ojos, exageradamente maquillados, estaban rodeados por finas arrugas. La atrajo contra sí, besándola con una ternura cuya posibilidad ni siquiera habría sospechado, dada la fuerza con la que su cuerpo se había animado al entrar en la habitación. La acarició largo rato, y la desnudó con pudor antes de desvestirse él.
Luego la amó con paciencia y voluptuosidad, como nunca había amado a otra. La amó en nombre de todas las mujeres que la locura, la barbarie y la lascivia de la chusma habían echado a perder para siempre.


Philippus permaneció dos semanas en Saint-Rémy-de-Provence. El tiempo necesario para asegurarse de la total recuperación de Michel. Intercambiaron muchas teorías y se acercaron aún más el uno al otro, en una complicidad sin parangón. Philippus aprendió el manejo del astrolabio y aventuró observaciones pertinentes a propósito del movimiento de los astros y la influencia de los planetas sobre sus universos. A veces, Michel hablaba de manera enigmática, con la mirada perdida, y Philippus, como movido por un reflejo condicionado, anotaba febrilmente. Sus visiones resultaban a veces incoherentes, incluso ridículas, como cuando describía un gigantesco hongo blanco elevándose por encima de las tierras amarillas y expandiendo la muerte y el terror sobre la Tierra. Otras veces, percibía un perro callejero llevándose una ristra de salchichas del mostrador del charcutero y que el hombre lo perseguía dando voces, cuchillo en mano, arrastrando consigo, en su carrera, la ropa tendida de las lavanderas.
De todas aquellas avalanchas de imágenes, a veces no quedaba nada, o tan sólo un ataque de risa o de llanto.
En esos momentos, Philippus no sabía cómo ayudar al niño. Michel siempre acababa por calmarse y, con su infatigable humor, se burlaba de ello con una mueca. Entonces, Philippus lo apretaba contra su corazón.
Era feliz y su criado, a quien había dejado que se dedicara a sus asuntos, también, mimado por la sirvienta de la casa, una huérfana algo simple que el padre había recogido.
Philippus visitaba con frecuencia la posada en donde gozaba de un crédito ilimitado en los favores de la morenita que, por cierto, se llamaba Magali. El posadero se había negado a cobrarle.
—¡Mientras eso no perjudique a mi negocio! —había añadido rezongando para disimular la generosidad que Philippus sabía que poseía, oculta tras su sentido comercial.
Todo aquello hubiese podido durar eternamente, pero Philippus era consciente de que tenía que partir. Noviembre avanzaba y, para llegar a su Suiza natal, donde le esperaba su padre, tendría que dejar atrás caminos nevados.
Una mañana decidió que había llegado el momento. La cicatriz de Michel era tan fina que no resistió la tentación de pedirle que le vendiese el escalpelo que había utilizado.
—No es mío —lamentó Michel—. Me lo ha dejado mi tío tras decirme: «Será tuyo cuando seas médico». No podría venderlo sin traicionar el compromiso que adquirí aquel día.
—En ese caso —anunció Philippus decidido—, pasaré por Thiers para ver a ese cuchillero prodigioso y le encargaré que me haga dos, uno para mí y otro para mi padre.
Michel palideció ante aquel anuncio y aventuró con torpeza:
—Según dice todo el mundo, con mal tiempo, Auvergne es mala de atravesar.
—Por eso no puedo demorarme. Esos instrumentos obran maravillas y no podría prescindir de ellos una vez que mi buena fortuna ha hecho que los conozca y me ha dado los medios para adquirirlos. ¡El azar no existe! ¿No es eso?
Michel sonrió con tristeza mientras sacudía la cabeza.
—Pronto volveremos a vernos, te lo prometo —dijo Philippus.
—Lo sé, amigo —aprobó Michel, pero su rostro había mudado la alegría por una profunda pena.
Philippus estaba triste ante aquella separación. La casa acogedora, las risas de la madre, las ocurrencias del padre y del pequeño, la insaciable inteligencia de Michel, todo lo echaría en falta en el camino. Sin embargo, sentía que debía partir, si no quería correr el riesgo de adormecerse en aquella vida bobaliconamente tranquila y deliciosa.


Aquella mañana del 25 de octubre de 1515 subió a lomos de su asno, con su criado detrás. Ambos tenían los ojos húmedos y el corazón encogido.
Una vez hubieron desaparecido, Michel, sin poderse contener por más tiempo, se refugió llorando en brazos de su madre, quien, en el umbral de la puerta, también había querido despedirlos con la mano.
—Vamos, vamos, mi pequeño —le consoló—, el tiempo curará tu pena.
—La mía sí, madre, pero no la suya. No, la suya no. Habría debido detenerlo. ¡Estoy tan triste, madre, tan triste de saber sin poder cambiar el destino!
—¿Qué destino? —preguntó ella, mientras lo apartaba con ternura para darle un pañuelo.
Michel se sonó ruidosamente y alzó hacia ella una mirada desesperada:
—El suyo, madre.


Philippus se volvió una última vez a mirar la pequeña villa rodeada de olivos centenarios y luego, resueltamente, dirigió los pasos de su asno hacia Avignon. Tras él, como un eco del dolor de Michel, su criado lloraba moqueando.

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:53 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Miér Oct 27, 2010 10:45 am

Capítulo 7


Isabeau permaneció largo rato mirando la catedral que se erguía impresionante sobre un cielo plomizo. Por mucho que echaba la cabeza atrás hasta dislocarse la nuca, al pie de las escaleras de Notre-Dame de París, apenas alcanzaba a ver la punta de los pináculos. No habría sabido decir cuánto tiempo estuvo allí, sumergida en la contemplación del rosetón de la fachada o de las grotescas caras de las gárgolas. Era como si una parte de ella se identificase con la herida de la piedra, una herida sublimada, magistral, que se erigía cual una montaña, en un lugar de asilo.
Aquel 30 de octubre de 1515, Isabeau sintió que poco a poco la fatiga de tan largo y trabajoso viaje empezaba a remitir, como si el simple hecho de encontrarse allí, tan pequeña ante aquel gigante tallado, le hiciese olvidar la desesperación y la rabia que constituían su cotidianidad.
—Moneda caída, moneda perdida. Moneda perdida, moneda encontrada para el platillo del mendigo —dijo a sus pies una voz llena de sorna.
Desde que había entrado en aquel París repleto de callejuelas estrechas y mugrientas, el ruido la rodeaba por todas partes. ¿Por qué atraía su atención aquella voz más que otra, cuando todo lo que la rodeaba contribuía a su asombro, en medio de aquel continuo bullicio casi musical? No habría sabido decirlo, pero bajó los ojos hacia aquella voz, como si esperase verla brotar de la mismísima piedra.
Isabeau dejó escapar un leve grito de sorpresa. A la altura de sus rodillas, un ser deforme mordía una moneda para comprobar su autenticidad. Alzó hacia ella una cara simiesca y sonrió mostrando sus dientes negros y espaciados.
—¡Moneda caída, moneda perdida! —repitió haciéndola desaparecer rápidamente en la manga.
Isabeau no podía apartar la vista del hombrecillo que parecía contento de ser así examinado, puesto que sacó pecho y levantó la frente arrugada bajo un flequillo piojoso.
—¿Perdida la damita? Es bonita, como una monedita, lo que se da no se quita —canturreó haciendo guiños con unos ojos redondos.
A Isabeau le hizo gracia.
—¿Eres un niño o un capricho de la naturaleza? —preguntó por fin al ver que una arruga le surcaba la frente.
—Enano soy, pero bien formado, puedes creerme, guapa —aseguró guiñando un ojo—. ¡Croquemitaine me llaman!
Isabeau rió abiertamente. Le gustaba aquel hombrecillo. No podía ser más feo ni oler peor, pero su misma fealdad la tranquilizaba. Sacó de su bolsa una moneda y la blandió entrando en su juego.
—Perdida estoy como la moneda que te doy. ¿Me ayudarás a encontrar a quien busco? Tengo que encontrar al padre Boussart —dijo Isabeau rebuscando en el recuerdo para no deformar el nombre de quien la esperaba en París, de acuerdo con la recomendación del abad de Moutier.
Croquemitaine desplegó una amplia sonrisa lunar, en su rostro de ojos saltones y nariz aplastada.
—Sígueme —dijo sencillamente mientras ponía en su mano una regordeta mano infantil.
Isabeau se dejó llevar. A pesar de sus piernecitas torcidas, el enano avanzaba con rapidez sobre el adoquinado, pegado a las paredes de la catedral para darle la vuelta. Por un momento, Isabeau se preguntó si no la conduciría a alguna ratonera, pues bajo los desnudos tilos que flanqueaban el edificio, se veían cada vez más mendigos contrahechos e individuos de rostros patibularios.
Curiosamente, sentía por el hombrecillo una simpatía que calmaba su inquietud. Con más razón cuando, a lo largo de su itinerario, le pareció observar que, a su paso, todos aquellos pobres diablos la miraban con benevolencia e incluso inclinaban la cabeza en una especie de saludo.
Cuando Croquemitaine se detuvo ante una pequeña puerta cuya sobriedad contrastaba con el resto del edificio, Isabeau cayó en la cuenta de que estaba sin aliento. Nunca habría imaginado que pudiese existir un edificio como aquél. La catedral alineaba sus vidrieras y basamentos de piedra hasta el infinito. Había renunciado a contarlos para trotar tras Croquemitaine a un paso que, lejos de ser el suyo, la hacía sudar a chorros, a pesar del frescor del aire.
—Ya has llegado, Isa —declaró el enano golpeando tres veces la aldaba contra la maciza madera.
¡Isabeau se estremeció!
—¿Cómo sabes...? —comenzó a preguntar, pero la puerta empezó a abrirse y el enano se fue corriendo y canturreando.
—¡Isa es bella, es una Isabelle!
Isabeau, atónita, lo vio doblar el ángulo de una callejuela que se abría al final del edificio para desaparecer de inmediato. Cuando volvió a centrar su atención en el lugar en el que se encontraba, un sacerdote sobriamente vestido con una sotana remendada la miraba con ojos afables, de pie en el umbral de la puerta.
—Soy...
—Lo sé. Entrad, señorita, estáis en vuestra casa. Soy el padre Boussart —dijo sin solución de continuidad, mientras se apartaba para dejarle paso.
Isabeau renunció a entender y siguió al cura, que por su aspecto era apenas mayor que ella y que ya avanzaba por el pasillo iluminado por pequeñas vidrieras. Oyó a lo lejos las voces de salmodia de los monjes y sintió que una serenidad tranquilizadora la invadía. Mientras el padre se detenía a abrir una puerta que le cerraba el paso, ella se preguntó si, al igual que Croquemitaine, todo París sabía ya su nombre.


Antoinette adoptaba un aire triunfal cuando, en compañía de Albérie, se anunciaba la presencia del preboste. Eso hacía que Huc se sintiese incómodo, aunque su mujer no parecía molestarse en lo más mínimo por aquellas maneras. Incluso se habría dicho que no se daba cuenta de ello. A pesar de todo, Huc no lograba comportarse con soltura y bromear como habría convenido en la circunstancia porque, no tenía más remedio que admitirlo, algo más fuerte que el deseo anidaba en él con respecto a Antoinette. Pero no sabía decir si era amor o temor. No temía a Antoinette de Chazeron, eso no, más bien presentía la presencia de un gran peligro. Si se traicionaba, reduciría a nada lo que llevaba tantos años protegiendo. Y esa idea le resultaba insoportable.
A su regreso a Montguerlhe, intentó hablar a su esposa para acabar con sus dudas. Pero, a pesar de haber permanecido toda la noche sentado en su cama esperándola, Albérie no había aparecido. Comprendió que había tenido que quedarse junto a su sobrina, en la cueva. Cuando, la mañana siguiente, después de una noche horrible, bajó a las salas de servicio, la encontró sirviendo el desayuno a una Antoinette exultante y altiva, que alababa la valentía y la deferencia del preboste durante las terribles horas que habían conmocionado Vollore. Sin sentirse en absoluto molesta, Albérie salió a su encuentro con actitud afable y le invitó a sentarse a la mesa. Pero Huc se escapó alegando que tenía prisa y que no quería desayunar. En realidad, no habría podido soportar ver cómo les servía Albérie, a él y a la señora del castillo, quien a su llegada había dado ostensibles muestras de contento.
El frío era intenso. Los primeros copos de nieve ribeteaban el bosque de Thiers con un inmaculado velo de silencio. Huc se había empeñado en comprobar que quienes se habían quedado sin techo tras la tempestad podían volver a sus hogares. Por fortuna, aquel invierno no faltarían reservas de leña. Hacía una semana que François de Chazeron había partido hacia Thiers. También él quería aprovechar las últimas bonanzas del clima para obtener créditos del duque de Borbón, de quien era vasallo. Antoinette había renunciado a muchos de sus caprichos para la renovación del castillo pero, a pesar de todo, la factura era considerable. Se necesitaba dinero y a François, a fin de cuentas, le había apetecido escaparse de Montguerlhe por unos días, aprovechando que el duque de Borbón se encontraba en Auvergne.
A partir de ese momento, Huc no pudo evitar que Antoinette lo acompañase en sus visitas a los menesterosos. Nadie habría pensado mal por eso, puesto que lo hacía desde mucho tiempo atrás. Nada había cambiado a ojos de los demás. Ya en la primera salida, Huc comprendió que sería inútil luchar contra sí mismo. Los roces de faldas, las intensas miradas de la señora acabarían por despertar sospechas en los guardias si se empeñaba en llevar escolta en sus desplazamientos. Con más razón si se tenía en cuenta que François se había llevado con él la mitad de los efectivos de la fortaleza, es decir, una treintena de hombres de armas. Huc había notado que no lo hacía para que lo protegiesen a él, sino al misterioso cofrecillo de cuero que se había llevado consigo. Huc estaba seguro de que contenía la barra de oro que había visto en el atanor reventado. Seguramente, François aprovecharía su estancia en Clermont para hacerlo analizar. A Huc le traía sin cuidado. Desde que François había abandonado Montguerlhe, la atmósfera era más ligera y distendida. Hasta había sorprendido a Albérie riendo con la oronda Jeanne y una lavandera.
Así pues, dejó la escolta en el castillo y cabalgaba con una Antoinette exultante y provocativa a su lado. El primer día fue ella la que, una vez acabada la ronda de visitas, se dirigió hacia una cabaña medio en ruinas, en el bosque. A la ida, había preguntado a Huc quién la habitaba y éste le había respondido que llevaba mucho tiempo abandonada. Cuando ella se apeó del caballo delante de la casucha que la vegetación y las zarzas cubrían casi por completo, él se mordió el labio al pensar que debería haber guardado silencio.
Antoinette ató su caballo a un árbol y se echó a reír al ver su expresión inquieta.
—Estamos solos, Huc. No hay nadie en dos leguas a la redonda. Vamos, ven...
El la siguió, como un perro a la llamada de su dueña. Aquel día también la poseyó brutalmente, rogando al cielo que los gemidos de placer de su víctima no llamasen la atención de nadie en los alrededores.
No aflojó las mandíbulas en todo el resto del camino. Después de cenar volvió a refugiarse en la habitación de Albérie para esperarla, pero tampoco aquella noche pudo verla. Eso le irritó. ¿Por qué tenía que sentirse culpable, si en el fondo ni siquiera podía verse con su esposa para hablar? A pesar de que comprendía que pasase tiempo junto a su sobrina para consolarla, desde que Antoine de Colonges había dejado caer el nombre de Loraline, no podía evitar sospechar que ambas se traían algún tejemaneje.
Al día siguiente fue él el que llevó a Antoinette a la cabaña y la ayudó a bajarse del caballo. Cuando la cogió en brazos para pasar el umbral, Antoinette estalló en una risa cristalina, al tiempo que rodeaba el poderoso cuello del preboste con sus finos brazos.
El interior de la cabaña era triste y sombrío. Las zarzas habían tejido una inextricable maraña en torno a las ventanas desvencijadas, permitiendo apenas que un rayo de luz atravesase sus espinas. Un viejo colchón de paja mancillado por las ratas acababa de pudrirse en un rincón, entre objetos de barro cocido rotos o quebrados. Era con mucho el lugar más mísero que conocía, pero aquella cochambre parecía espolear los sentidos de Antoinette. La víspera, ella había barrido con un gesto los fimos de pájaro y los cascotes que había sobre la mesa que ocupaba el resto del espacio y se había sentado directamente sobre la madera, como una buscona. Con fuego en la mirada, había soltado el lazo de su corpiño y se había levantado las faldas abriendo los muslos en actitud provocativa. Huc la había poseído como ella deseaba. Y a ambos les había gustado.
Sin embargo, Antoinette de Chazeron merecía algo mejor que aquellos abrazos sórdidos, a pesar de que dudaba de que ella hubiese conocido otra cosa. Aquel día, fue él quien la tumbó, desnuda, sobre la mesa cubierta con su capa. Antoinette tiritó un momento, mientras él se desnudaba a su vez. Luego él se acercó y murmuró:
—Yo te haré entrar en calor, no temas.
La acarició con sus manos expertas, de pie sobre la tierra helada. Antoinette se ofreció sin ningún pudor hasta que, ebria de deseo y de impaciencia, le suplicó que la poseyese. Sólo entonces, se tumbó sobre ella manteniendo su peso apoyado en los antebrazos para no perjudicar al niño que lentamente tomaba cuerpo en su vientre.
La amó largo rato, con una infinita ternura, intentando con las proezas de su placer retenido hacerse perdonar su anterior grosería. En el momento de abandonarse en ella, se confesó que nunca había conocido semejante plenitud.
La noche siguiente, cuando comprendió que una vez más su mujer no aparecería por su habitación, fue a llamar resueltamente a la puerta de Antoinette, cuidando de que nadie le viese.
Cuando Antoinette le abrió, con la cara hinchada por el sueño, la llevó con delicadeza hasta la cama, después de haber atrancado la puerta tras él. La dama de Vollore se sometió a todas las audacias del preboste, dando rienda suelta a sus instintos más sensuales.
Con el canto del gallo, Huc la dejó colmada y dormida sobre el lecho deshecho. Notó que en lugar de haberlo dejado agotado, aquella noche lo había regenerado, como si hubiese abandonado para siempre su vieja piel. Una piel que tendría quince años.


—Tengo que hablar contigo. Esta noche.
El tono era más frío de lo que hubiese deseado y Huc se apresuró a aflojar la mano que, para detener el paso de su esposa, le había rodeado el brazo con una presión de acero.
Albérie lo miró fijamente con sus ojos metálicos. En aquel instante él no habría sabido decir si eran siquiera benévolos.
—Esta noche —repitió Huc.
—Después de cenar. Estaré en mi habitación.
Huc no se atrevió a insistir. En el fondo, el momento le daba igual.
Se ocupó en diversos asuntos sin lograr expulsar de su cabeza el recuerdo del perfecto cuerpo de Antoinette pendiente de su aliento, de sus gestos. «¡Si Albérie hubiese consentido una vez, una sola vez todo ese amor!» Suspiró ruidosamente y se puso en movimiento.
La víspera, mientras él estaba en la cabaña, un grupo de bandidos había atacado el molino y se había apoderado de dieciocho sacos de harina. Sabía que ese tipo de agresiones era de esperar. La tempestad no sólo había destruido las casas, sino que también había arruinado las cosechas dejadas a cielo abierto. Había hecho lo necesario para su gente, pero ignoraba qué ocurría en las regiones colindantes. El hambre siempre empujaba a mercenarios a salir al descubierto. Así sucedía cada invierno y ese año las cosas sólo podían empeorar. Lamentó no haber estado allí, pero ¿qué habría podido hacer con tan sólo treinta hombres? Organizar una batida para encontrar a los culpables era impensable. En cuanto a apostar a sus hombres en los lugares estratégicos, si bien era la única solución y la más inmediata, no le satisfacía, porque Montguerlhe quedaría sin defensa. Por muy riguroso que se anunciase el invierno, nada impediría a algún señor montaraz devastar el país de Thiers, cuando sus reservas escaseasen. Toda Auvergne había sufrido las consecuencias de la tempestad.
Lamentó haber dejado que François se llevase tanta escolta. ¿En dónde tenía la cabeza? La respuesta surgió inmediatamente: ¡debajo de las faldas de Antoinette!
Durante la comida se enteró de que ella había hecho saber que se encontraba indispuesta y que deseaba permanecer en su habitación. Eso le hizo sentirse orgulloso. No creyó una palabra de la pretendida indisposición de la señora, lo único que pasaba era que necesitaba dormir. Se prometió renunciar a las visitas nocturnas, para evitar que el servicio se preocupase más de lo conveniente. «De todas formas —pensó—, dentro de poco habrá que abandonar la relación, para no dañar al niño.» Hasta ese momento, se prometió no dejar escapar una sola ocasión.
Unos instantes después, Albérie acudió a su encuentro en la habitación. Estaba sonriente y le echó los brazos al cuello. Huc la besó en la frente, como de costumbre.
—Perdóname —dijo ella mirándole a los ojos—. No he tenido un momento para ti desde que volviste. Tienes razón en reprochármelo.
—No te he hecho ningún reproche, Albérie —se defendió Huc, pero una vez más su voz sonó seca a sus propios oídos.
—Tus gestos, tu voz son un reproche —replicó Albérie retirando los brazos mientras su rostro adquiría una expresión grave—. Es inútil negarlo. Quisiera cambiar lo que ha ocurrido, Huc. No puedo. Pero intento evitar que vuelva a ocurrir —gimió mientras se sentaba en la cama.
La estancia estaba fría. Hacía una semana que Albérie no dormía en su habitación y no se alimentaba la chimenea. Un viento ronroneante se deslizaba por el tiro hasta el suelo entarimado.
—¿Qué es lo que ha pasado, Albérie? —preguntó Huc acomodándose a su lado.
La joven dejó caer la cabeza sobre el hombro de su esposo como acostumbraba, pero esta vez a Huc le costó un esfuerzo pasarle el brazo en torno a los hombros. No tenía ganas de reconfortarla. Se sentía traicionado. Traicionado por su silencio. Y algo le gritaba que ésa era la única razón que lo había empujado a su propia traición.
—Lo sabes, Huc. Antoine de Colonges me lo ha contado.
A Huc se le hizo un nudo en la garganta. ¿Lo habría denunciado Antoine de Colonges?
—Necesito saber qué es lo que sabes —balbuceó.
Albérie suspiró profundamente y Huc sintió que una perla de sudor le corría por la espalda. ¿Y si Albérie no había vuelto por culpa de su relación con Antoinette? ¿SÍ hubiese querido rehuirle para permitirle ser feliz? Le apretó el abrazo. Albérie aspiró su olor. El instinto de la bestia escondida en su interior le había enseñado a embriagarse con aquella mezcla animal de transpiración y almizcle. ¡Cómo había echado en falta aquel contacto!
«Y, sin embargo —pensó—, no tengo otra opción.»
—Ha sido un accidente. Loraline no quería matarlo, sólo quería castigarlo.
—¿Cómo entró? —preguntó Huc, a quien ese interrogante no cesaba de atormentar.
—Por la ventana —respondió Albérie.
Huc recibió la mentira con la certeza de que lo era. No obstante, no dejó traslucir nada e insistió:
—¡Estaba cerrada!
—Los cristales están rotos, es fácil entrar y salir. El pequeño Guillaumet lo hizo.
—¡El tenía una escalera!
—¡Ella tenía la magia!
Huc sintió que su cuerpo se tensaba.
—¿La que? —hipó.
Albérie se levantó. Estaba lívida y le temblaban los labios.
—Sé lo que piensas, Huc de la Faye. Y, desgraciadamente, tienes razón. Loraline posee ciertos poderes. Hace poco que los ha descubierto. Con la llegada de la pubertad, como yo. Es capaz de curar aplicando una mano sobre los órganos enfermos, lee el porvenir sin más instrumento que un frasco de agua, habla a los animales en su lenguaje: tanto a los lobos como a las serpientes. Y... levita.
—¡Me niego a creer en esos cuentos! —dijo Huc levantándose.
Estaba furioso.
—¿Por qué, Huc? ¿Te parece eso más absurdo, más inverosímil que mi propio cuerpo que se estira, se deforma y me envilece cada plenilunio?
Huc no contestó. No, no era ni más incoherente ni más descabellado. Entonces, ¿por qué aquello le indignaba? Porque estaba indignado. A pesar de todo lo habido y por haber a lo que se había enfrentado en los últimos quince años, algo sonaba falso en aquella confesión y eso lo volvía loco.
—Te digo la verdad, Huc de la Faye. ¿Cómo habría podido entrar en la torre? Sólo François tiene la llave, lo sabes tan bien como yo.
Huc se estremeció. Una vez más, Albérie había leído sus pensamientos. Hizo un esfuerzo por conservar la calma. Había algunos que ella no debía conocer, no podía arriesgarse más.
—Muy bien, Albérie, te creo. ¿Qué pasó después?
—Loraline utilizó una mezcla de azufre, cal y pólvora. Quería que François de Chazeron pensase que lo castigaba el mismísimo diablo. Actuó sola, puesto que sabía muy bien que yo se lo hubiese impedido. Mi único error ha sido, según creo, decirle que François volvía a Vollore y que podíamos recibir sin temor al padre Antoine de Colonges. Ha aprovechado la ocasión, Huc. Lamento no haber sabido intuir su decisión.
—¿Y la explosión?
—Es un misterio. Pero algunas sustancias se vuelven peligrosas en contacto con un calor excesivo. Probablemente, François ha desencadenado una reacción química al arrojar los pergaminos al hornillo del atanor. Es la única explicación. Habría preferido que hubiese muerto —dijo Albérie sin apartar la vista de su marido—. No me da ninguna lástima, lo sabes, pero ni Loraline ni yo seríamos capaces de cometer un crimen. Sólo Isabeau, tal vez... Si el señor de Vollore hubiese debido pagar con su vida el daño que nos hizo, hace mucho, muchísimo tiempo que habría muerto.
Huc dio un paso hacia delante. De pronto, ya no estaba seguro de nada. Albérie tenía en la mirada aquella indefinible luz que lo atraía irresistiblemente hacia ella. La joven se dejó caer, fatigada, sobre la cama.
—Estoy tan cansada, Huc —murmuró—. Loraline se arrepiente cada día de su acto y yo no tengo la ternura de una madre. Sin embargo, me necesita. Tanto, sin duda, como yo te necesito a ti.
Había dos lagrimitas en el ángulo de sus ojos. Huc sintió que se le encogía el corazón. Se acercó y la atrajo contra sí. Albérie no lo evitó. Al contrario, le rodeó el cuello con sus brazos nudosos, con todas sus fuerzas, como si temiese que él escapase. Huc no pudo evitar que una ola de deseo lo invadiese. No era la primera vez que la deseaba, pero esta vez eso le dio pánico. Su cuerpo, tanto tiempo abandonado, había recuperado el gusto por la vida. Reclamaba lo suyo con mayor insistencia.
Albérie se dio cuenta y, a pesar de ello, no se inmutó. Con dulzura, Huc apartó la larga trenza que recogía sus largos cabellos morenos y deslizó su boca a lo largo de la nuca. La sintió estremecerse bajo la caricia. Por un momento, el rostro de Antoinette jadeante brilló en su recuerdo, pero lo ahuyentó con decisión antes de apoderarse tiernamente de la boca de su mujer. «Es la primera vez», pensó. La primera vez que la besaba así y que ella se abandonaba. Enardecido por su propia audacia, la tumbó sobre la cama y le abrió el corpiño.
Entonces Albérie lo rechazó. El alzó su rostro sobre el de Albérie. Estaba llorando. Huc notó cómo la sangre le golpeaba las sienes. Le dolía el bajo vientre, pero no insistió. A su pesar, retiró los dedos de aquel pecho en el que sentía el ritmo irregular de los latidos del deseo.
—Me gustaría, Huc. ¡Oh, sí! Me gustaría, pero no puedo —gimió ella volviendo la cabeza hacia otro lado.
—Nunca me has dicho por qué... —se contentó con responder, reprimiendo en lo más profundo de su ser la insensata esperanza nacida de su abrazo.
—¿De verdad es necesario?
No era más que un murmullo, pero lo único que Huc deseaba en el mundo era una explicación.
—No seré violento, Albérie —creyó conveniente decir, como si únicamente el miedo pudiese disipar aquella barrera infranqueable.
Volvió a hacerse el silencio, puntuado por los sollozos de Albérie, quien buscaba las palabras adecuadas. ¡Hacía tanto tiempo que deseaba decírselas! Pero la verdad le hacía daño, aún más que aquel deseo que se negaba a satisfacer.
—Dime, te lo suplico. Dímelo.
—¿Qué harías, dime, qué podrías hacer, Huc, con un niño que naciese como yo?
Huc quedó con la boca abierta, sin respiración. ¡Era tan evidente! Jamás, jamás de los jamases, se le había ocurrido pensar que Albérie y él podrían engendrar un monstruo. Y no obstante... La visión de un recién nacido con cara de lobo le dio ganas de vomitar. Se apartó de su esposa y se puso en píe. De pronto, necesitaba aire.
Cuando se dirigía a la puerta, la voz de Albérie lo detuvo:
—No me abandones, Huc. Ahora no. Te quiero.
Quince años. Quince años hacía que esperaba oírselo decir. El corazón le dio un brinco en el pecho, pero en aquel momento se sentía invadido por la violencia y el asco.
—No te preocupes. Yo también te quiero —se oyó decir, con voz turbada.
Luego salió de la estancia y bajó las escaleras sin volverse.


Isabeau comió con excelente apetito. El viaje, que había hecho a marchas forzadas, la había dejado agotada, pues hacía mucho tiempo que no viajaba a lomos de un asno. Había dormido en las posadas y albergues del camino, recorriendo el mayor número posible de leguas al día, confundida entre los peregrinos y mercaderes que desde Clermont se dirigían a París. Así evitó los inconvenientes de un posible ataque de los salteadores. No era raro, en los caminos reales, encontrar soldados mezclados con los viajeros. Las temibles bandas que vivían en los lindes del bosque se mostraban prudentes en cuanto un grupo contaba con más de veinte personas. Isabeau lo tuvo en cuenta y se felicitaba por ello. Por la noche, cuando hacía un alto, oía muchas historias sobre buenas gentes que se habían aventurado solas esperando pasar desapercibidas. A veces aparecían sus restos al borde del camino, despedazados por los carroñeros. El padre Boussart le había dicho que estaba segura en Notre-Dame. Antes de que hubiese podido formular todas sus preguntas —incluida la que concernía a Croquemitaine—, el cura la invitó a descansar en su habitación. Isabeau se dejó llevar, con su sucinto equipaje al hombro, enrollado en una vieja tela que había pertenecido a su abuela: un cepillo de amarillentas púas y mango de boj, así como un peine a juego con un espejito encastado en una fina carcasa de plata. Ése era todo su tesoro, pero lo apreciaba más que nada en el mundo. Benoit se los había regalado unos meses antes de su boda, bamboleándose alternativamente sobre los pies, con aspecto atolondrado.
Los había hecho él con sus propias manos y ella los había llevado consigo en su huida junto a él. Fue Albérie quien se los devolvió. Los había encontrado en la habitación maldita, después de que François regresara a Vollore. Era todo lo que le quedaba de su felicidad perdida. Todo lo que la había ayudado a vivir. Eso y sus ansias de venganza.
De momento, sólo se ocupaba de su nuevo universo. La habitación era estrecha, apenas una buhardilla situada en un edificio anejo a la imponente construcción. Para llegar hasta allí, tuvieron que atravesar la catedral y subir una escalera. Isabeau nunca había visto mayor esplendor, y la suavidad de las curvas, la riqueza de las vidrieras, la sobriedad y al mismo tiempo la exuberancia de detalles causaron su efecto y perforaron aquella capa sórdida que los años de rencor e infortunio habían labrado. Sin siquiera darse cuenta, se encontró radiante ante la pequeña puerta que daba a la habitación. La cama era sobria y estaba presidida por un crucifijo colgado de un clavo, pero era una cama auténtica, con colchón relleno de paja fresca y gruesas mantas.
Sintió ganas de batir palmas como un niño. Al lado de la miseria de su guarida, aquel lugar parecía la habitación de una reina.
—Aquí os encontraréis a gusto. Nadie controlará vuestras idas y venidas. Esta habitación sirvió de refugio a una dama de alta alcurnia hace algunos años, cuando intentaba huir de las insinuaciones demasiado imperiosas del hermano del rey. Ya no es un secreto para nadie, desde que se arrojó de la crujía.
Tras esas palabras, el cura la condujo hasta la barandilla de piedra para gozar de la vista. Isabeau abrió unos ojos como platos ante tanta belleza. A sus pies, desplegando sus callejuelas en torno a las islas del Sena desbordantes de actividad, la vieja ciudad formaba una majestuosa alfombra.
Cuando, algunos minutos más tarde, volvieron a la habitación, una bandeja la aguardaba sobre la mesa. La habían traído con discreción. El cura se despidió, tras desearle buen provecho, con la promesa de hacerla llamar después del oficio para concretar con ella algunos aspectos de su estancia.
—París —murmuró Isabeau entre dos bocados de carne—. Estoy en París...
—Os gustará, señorita.
Isabeau volvió la cabeza, sorprendida. Ante ella se encontraba una diminuta mujer a la que no había oído entrar, sumida como estaba en su entusiasmo. «¡Decididamente —pensó— éste es el reino de los enanos!»
—Soy Bertille, para serviros —le saludó cortésmente su visitante con una reverencia casi grotesca.
Isabeau, sin embargo, no rió. Nunca había tenido a nadie a su servicio. Aquello la incomodó, pero como no lograba pronunciar palabra, se contentó con sacudir la cabeza y tragar el bocado.
La enana estalló en una franca y sonora carcajada.
—No os serviré porque sea mi obligación, señora Isabeau —acabó por decir una vez recuperada su seriedad—. Os serviré porque me agradáis y porque agradáis a mi rey.
Isabeau sintió que el aire le faltaba. ¿Qué sabía el rey de Francia de su existencia?
—No, no —replicó su visitante haciendo eco a sus pensamientos—, no ese rey, el mío, el de los desarrapados y los tullidos, el de los lisiados y los mendigos.
Isabeau no entendía nada. Desorientada, acabó por abrir la boca y articular:
—Pero ¿de qué estás hablando?
Bertille estalló de nuevo en una risa incontenible, hasta el punto de tener que sentarse en el borde de la cama para sacar un pañuelo de la manga y usarlo ruidosamente.
—¡Oh, sí! —dijo ahogándose de risa—, me caes bien, me caes bien. Descansa, vendré a buscarte más tarde.
«Loca —se dijo Isabeau—. ¡Esa pobre chica está loca!» Pero antes de cruzar la puerta, Bertille se volvió y le espetó con los ojos chispeantes de malicia:
—¡Yo sé por qué le gustas al rey! ¡Eres hermosa, Isa!
Y salió con una carcajada que resonó largamente, decreciendo poco a poco, en los oídos de Isabeau. Perpleja, acabó su comida y se tendió en la cama. Cuando empezaba a adormecerse, una voz se superpuso a la de Bertille, una voz que cantaba. Isabeau se incorporó ahogando un grito de sorpresa. «¡El enano! ¡El enano era el rey de los bufones!»


—Es más o menos eso, pero mucho más complicado —aprobó el padre Boussart cuando, confortablemente instalados uno y otro en un butacón, llevaban unos minutos charlando—. En realidad, existe en París una especie de reino dentro del reino, con sus reglas, leyes y jerarquía. Se le llama la Corte de los Milagros. La policía del rey Francisco sabe muy bien dónde encontrarlos, aunque son imposibles de detener, puesto que conocen la ciudad, sus pasadizos secretos y escondrijos mejor que nadie. La gente los apoya, los previene, los esconde, porque son el pueblo y no practican sus hurtos más que con los poderosos, de los que se ríen sin ningún escrúpulo. Cada año coronan un rey. A menudo se le escoge por su fuerza, pero no siempre. Hace dos años que es el enano Croquemitaine, porque es justo, malicioso, rápido, vivo y extraordinariamente inteligente. Conozco pocas mentes tan despiertas como la suya. Es apreciado, incluso adulado por todos, y hasta nuestro rey Francisco le ha tomado afecto desde que no aceptó ser su bufón. «¡No puedo aceptar, señor —declaró—, vos me divertís mucho más de lo que yo podría hacer para distraeros! De forma que en no mucho tiempo cambiaríais vuestro trono por el mío.» El Borbón se incorporó de un salto para hacerlo detener, pero el rey Francisco se contentó con reír con franqueza, saludando no sólo la audacia, sino también la oportunidad de Croquemitaine. Ha prohibido a quienquiera que sea hacerle el menor daño bajo pena de muerte y ha aceptado su decisión argumentando que una inteligencia tan aguda merecía tan gran cabeza y tan pequeños pies. En su lugar, ha dado el empleo al primo de Croquemitaine, un enano apodado Triboulet.
—El rey Francisco tiene sentido del humor —sonrió Isabeau, a quien no costaba ningún esfuerzo imaginar la escena.
—Sabe vivir —aprobó el padre—. Pero todo eso nos hace olvidar el motivo de vuestra visita, hija mía. El padre Antoine, que es un viejo amigo mío, me ha contado vuestra triste aventura. —Isabeau se ensombreció en su butacón, incómoda—. Tranquilizaos, nadie aparte de mí conoce vuestro secreto y así seguirá siendo. Ya es tiempo de que os abráis a la vida y de que paséis página sobre esos años. Sois una hermosa mujer y fácilmente podríais perderos en París. Tendréis que confiar en mí. Os protegeré y, si doy crédito a lo que dice Bertille, Croquemitaine me ayudará. ¿Sabéis coser y bordar?
—Sabía —respondió Isabeau recordando con amargura el ajuar que había confeccionado con tanto amor, junto a su abuela, mientras aguardaba la fecha de su boda.
—Entonces, no se os habrá olvidado, creedme. Tan sólo necesitáis recuperar la confianza en vos. El rey Francisco lanza una nueva moda, impulsado por jóvenes talentos italianos, y los talleres de costura necesitan mano de obra. Una señora, llamada Rudégonde, una de las preferidas del rey, busca una aprendiza que aprenda pronto y a la que no le asuste el trabajo. No obstante, habrá que guardarse de decir en público que habéis estado casada, pues la regla de la corporación es estricta: ninguna aprendiza ha de ser casada ni viuda. Pero Rudégonde es una persona generosa y ha estimado que no habéis estado casada el suficiente tiempo para transgredir esa ley. Si vos no decís nada, también ella guardará el secreto. ¿Queréis intentarlo, Isabeau?
Isabeau escuchaba temblando cada palabra, como si se tratase de una sentencia. ¿Sabría, después de todos aquellos años, recuperar sencillamente el gusto por vivir sin esconderse? Había ido a París para dejar que Loraline cumpliese su venganza, sin pensar en lo que sería de ellas después, cuando François de Chazeron estuviese muerto. De pronto caía en la cuenta de que, de ahora en adelante, su sitio ya no estaba en parte alguna. Para todo el mundo estaba muerta. Doblemente muerta.
El cura la miraba en silencio, deseoso de dejarle tiempo para pensar. Antoine no le había ocultado nada de sus intenciones con respecto a François, ni sobre las razones de la huida de Isabeau. Ambos perseguían el mismo objetivo. El cura Boussart era exorcista.
Isabeau alzó hacia él sus grandes ojos llenos de esperanza.
—No os decepcionaré, padre.
—Excelente. Bertille os acompañará mañana al taller de un sastre y una costurera, a dos calles de aquí. Sus precios son razonables y necesitáis un guardarropa presentable. Tenéis con qué pagar, creo.
Isabeau inclinó la cabeza y sacó dos barras de oro de una bolsita de cuero sólidamente atada a su cintura.
El cura frunció el ceño con sorpresa, pero no hizo pregunta alguna. Cogió el oro y, levantando un tapiz que representaba la Pasión de Cristo, sacó unos cuantos escudos del crisol que había detrás.
—Esto os irá mucho mejor para hacer vuestras compras. Poseéis una pequeña fortuna que tendré que hacer tasar por un orfebre. Podría dispensaros de trabajar, pero creo que os vendrá bien ocupar vuestro espíritu y vuestras manos. Además, tendréis la oportunidad de relacionaros con la grandeza. Sois inteligente, Isabeau, os abriréis camino si lo deseáis con tanto ardor como el que habéis derrochado para sobrevivir.
—¿Por el alojamiento y la comida, padre? —aventuró Isabeau, a quien aquellas palabras habían reconfortado.
—No os preocupéis por eso. Recuperad vuestra belleza, Isabeau, vuestra belleza interior, y entonces estaremos en paz.
Emocionada, Isabeau cogió la mano que le tendía el cura y se levantó con las piernas temblorosas.
—¿Seré capaz, padre? —preguntó en un suspiro, mientras él la acompañaba por el pasillo.
—Sólo vos podéis responder, y necesitaréis tiempo. Tomáoslo. No tenéis enemigos en París.
En un impulso espontáneo, Isabeau se inclinó y besó respetuosamente la mano del cura, como hubiera hecho con un arzobispo. Al erguirse a súplicas del cura, a quien aquel gesto incomodaba, vio la carita risueña de Bertille.
—Tengo una petición que haceros, padre —dejó caer en el momento de despedirse de él.
—Os escucho, Isabeau.
—Su rey ha escogido mi nuevo nombre, el de mi nueva vida. Si os parece bien, padre, de ahora en adelante me llamaré Isabelle.
El padre Boussart dejó escapar una risita mientras Bertille aplaudía, con la boca estirada en una sonrisa de oreja a oreja.
—Es mucho más que su rey, Isabelle —le confió el cura, aprobando su decisión—. También es, ante todo, su marido.
Bertille cogió firmemente la mano de Isabeau y la condujo hacia la escalera decretando:
—La señora Isabelle ya ha tenido bastantes emociones por hoy. Mañana será otro día. El baño te está esperando, Isa, y el sueño también, vamos...
Isabeau se dejó conducir, con el corazón trastornado. Bertille tenía razón. Estaba agotada. Agotada de volver a estar viva.

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Última edición por Gemma el Sáb Oct 30, 2010 11:53 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Oct 30, 2010 11:37 am

Capítulo 8


François de Chazeron dio unas palmadas en el cuello de su caballo antes de echar pie a tierra, eufórico. Había pasado ocho días en Clermont y había obtenido todo lo que buscaba. Por un lado, el duque de Borbón le había garantizado su apoyo moral y financiero, dándole a entender que consideraba la idea de hacerlo ascender en el escalafón social mediante un cargo real. Además, un orfebre le había certificado que poseía una barra del más puro oro. Todo ello le permitía organizar una fiesta suntuosa para celebrar el nacimiento de su hijo. Una fiesta a la que el Borbón le prometió traer al rey.
Así pues, aquel 1 de noviembre de 1515, Chazeron recibió de buen humor las quejas de su preboste y decidió no inquietarse demasiado por las rapiñas y pillajes que, en su ausencia, habían ensombrecido la comarca. La guarnición volvía a estar al completo en Montguerlhe y, a partir de aquel momento, los aguerridos vigías detectarían con presteza un ataque masivo. Desde su espolón rocoso, la fortaleza dominaba a sus vecinos, y no había padecido auténticos asaltos más que durante la guerra de los Cien Años. Pero incluso entonces, la estratégica situación de Montguerlhe le permitió cerrar rigurosamente el paso al país de Thiers.
François fue a besar a su esposa y durante la comida anunció ufano que al día siguiente regresaría a Vollore. Solo. Hasta que terminasen las obras. Antoinette tuvo que crispar los dedos en la falda para no gritar de alegría, y logró articular, con tono remilgado y los ojos bajos, un lastimoso:
—Ignoro lo que os impele a volver allí, señor, pero os echaré en falta.
—Pronto os acostumbraréis a mi ausencia, señora —respondió François con una risa franca—. El niño que lleváis en el vientre os distraerá. Está decidido. Huc sabrá dónde encontrarme en caso necesario. Por lo demás, mi retiro no admitirá visita alguna. Por otra parte, la nieve empieza a acumularse en exceso y pronto no será prudente viajar.
Antoinette agitó la cabeza. Aquella decisión la contentaba enormemente. En realidad, ya sospechaba que François acabaría por tomarla. Estaba segura de que no podría aguantar tanto tiempo alejado de sus trabajos. Lanzó una mirada cómplice a Huc, que compartía mesa con ellos. Cuando desvió la mirada para evitar traicionarse, vio el rostro de Albérie en el quicio de la puerta. La expresión que leyó en el rostro de la joven la heló de espanto. Toda ella era odio. Maquinalmente, siguió la dirección de aquella mirada metálica. Albérie sonreía con frialdad mientras miraba a François de Chazeron.


El sol ya estaba alto cuando, al día siguiente, François se despertó en Montguerlhe, con un gusto acre en la boca. Había tenido pesadillas durante toda la noche e incluso había llegado a imaginar un rostro inclinado sobre su lecho, un rostro que le recordaba vagamente a alguien, aunque no habría sabido decir a quién. Luego sus facciones se dilataban, se deformaban y daban paso a una monstruosa cabeza de lobo cuyas fauces se abrían para engullir su cara asustada. Estuvo un momento con los ojos abiertos, mirando la ventana. Aquella mañana aún era clara, pero una bruma opaca se acumulaba en torno a la montaña. Al día siguiente o al otro a más tardar, nevaría copiosamente. Era tiempo de regresar a sus alambiques. Si el diablo le había regalado aquel oro, no cabía duda de que lo había hecho para confirmarle que estaba a punto de alcanzar el objetivo final. Estaba decidido a retomar sus experimentos a partir de las líneas que las llamas habían respetado. Era allí, sin duda, donde se había equivocado. Apartó las mantas con decisión e intentó sentarse. Sin embargo, en cuanto puso los pies en el suelo, el vértigo se apoderó de él mientras un temblor le subía por las piernas hasta adueñarse de su cuerpo. Tuvo la impresión de que le hundían una daga en el vientre y, de inmediato, empezó a vomitar de forma compulsiva.


Isabeau giró una y otra vez delante del espejo que le devolvía una imagen suya tan lejana que había olvidado su hermosura. A su lado, Bertille batía palmas como una chiquilla, pero Isabeau no le prestaba ninguna atención porque la enana, generosa y espontánea, adoptaba esa actitud en cualquier ocasión.
—Estáis soberbia, señora Isabelle —aprobó la costurera mientras se arrodillaba a sus pies para hilvanar el dobladillo de la falda—. Francamente soberbia...
Y de hecho lo estaba, a pesar del sobrio atuendo. Bertille la había llevado primero a un peluquero para disciplinar su cabellera que la falta de cuidados durante aquellos años había vuelto rebelde y áspera. Sus ungüentos habían operado maravillas, los hilos de seda y perlas que retenían el moño, del que partía una larga trenza, afinaban su rostro ligeramente maquillado. Así engalanada, Isabeau se vio quince años más joven, como si de pronto hubiesen borrado de su vida la huella de sus padecimientos. Por un momento, el rostro de Benoit se superpuso al suyo en el espejo. Sintió una punzada en el corazón. Le habría gustado así, lo sabía, pero había llegado el momento de pasar página.
No tenía ninguna noticia de Montguerlhe. Se negaba a aceptar que pudiese echar en falta a Loraline, de la misma manera que se negaba a aceptar, desde el momento en que nació, que fuese su hija. Auvergne estaba lejos. Probablemente sumida en la nieve y el frío, pues aquí, en París, pasaba lo mismo. Por nada en el mundo hubiese querido volver allí. Pasase lo que pasase, ella era Isabelle. Isabelle de Saint-Chamond, de donde era originaria su bisabuela.
Cuando traspasó el umbral de la tienda, tras haberse echado sobre los hombros la pelliza de armiño que cubría su vestido, las miradas de los curiosos convergieron en ella. Sus ojos verdes miraron fijos al frente y avanzó a paso ligero, con Bertille pisándole los talones, escoltada por un criado que llevaba sus compras.


Al día siguiente por la tarde, era presentada a Rudégonde en una tienda que exhibía la enseña Hilo del Rey, en la rué de la Lingerie. Rudégonde era una persona jovial y regordeta, con una sonrisa llena de franqueza y de calor humano. El padre Boussart había prevenido a Isabeau de que bajo aquella apariencia se ocultaba una oportunista. En sólo tres años, la que había sido la amante del muy honorable señor de La Palice había sentado sus reales en el comercio y confeccionaba la ropa más elegante para los grandes del reino. Mientras su fortuna y su reputación engordaban, ella había hecho otro tanto, hasta el punto de hartar al animoso La Palice. El nuevo mariscal de Francia, investido en su cargo por el joven Francisco I en enero de aquel mismo año, había vuelto a sus amores pasajeros que su físico seductor atraía sin dificultad. Rudégonde no le guardaba rencor, sino más bien una infinita gratitud por la desahogada situación de la que ahora disfrutaba, de manera que no sólo eran buenos amigos, sino que él le enviaba regularmente sus conquistas para que las vistiese.
A Rudégonde le encantó su nueva recluta y se encargó de explicarle las últimas novedades de la corte para que pudiese responder de forma adecuada a las preguntas que aquellas señoritas y muchachos no tardarían en hacerle. El rey Francisco se había instalado en Pavía, en donde había conocido a Leonardo da Vinci, aquel artista prodigioso, quien se puso inmediatamente a su servicio. Allí recibió a numerosos embajadores, en particular a los del papa, quien temía que la victoria de Marignan inspirase a Francisco I pretensiones ilegítimas sobre Roma. Para conjurar aquel peligro, su santidad León X concluyó con el rey de Francia un tratado por el que ambos se comprometían a prestarse mutuo apoyo. Francisco prometió defender Florencia y mantener en ella a los Médicis, León X prometió que le prestaría su apoyo a fin de que conservase el Milanesado. Además, le ofreció Parma y Plasencia.
Como se había declarado una epidemia en Pavía, el rey avanzaba en aquel momento hacia Bolonia, tras haber encargado al canciller Antoine Duprat que organizase el ducado del Milanesado para integrarlo al reino de Francia.
Isabeau escuchó todo aquello con atención. Demasiado ocupada por su propia subsistencia, no se había interesado hasta entonces del devenir de Francia y supo de la muerte de Luis XII porque Albérie se lo había dicho, de manera que todos aquellos nombres revoloteaban a su alrededor sin que pudiese confesar que no los conocía. Estaba maravillada de ver hasta qué extremo Rudégonde se mantenía al corriente de la actualidad, incluso cuando ésta se desarrollaba en Italia, tan lejos de donde ella vivía.
Cuando comenzó a atreverse a hacer preguntas sobre el particular, Rudégonde la condujo a la trastienda abarrotada de voluminosos rollos de telas tornasoladas y de hilos de oro y plata. Dos jovencitas cosían mientras una tercera bordaba bajo unas amplias ventanas.
Rudégonde le presentó a Ameline, Blanche y Françoise, y le informó de que al día siguiente se uniría a ellas para aprender el oficio. Luego, tras cruzar la puerta, la llevó al patio. En el fondo del mismo, un palomar de piedra encerraba una docena de volátiles.
—Aquí está mi secreto —dijo Rudégonde—. Mantengo una correspondencia regular con el señor La Palice, de forma que soy sin duda alguna la persona mejor informada de París, y la primera que se entera de todo. Esa es otra de las razones por las que la nobleza viene a mi taller. Están al corriente de las actividades del rey y de las tendencias de la moda antes que los demás. La influencia italiana no tardará en hacerse notar en todo el país, y quiero ser la primera, sí, la primera en proponer al rey, en cuanto vuelva, lo que desea lanzar mañana.
Rudégonde estalló en una risa de orgullo, mientras se llevaba a Isabeau de la mano. En un ángulo del taller de confección, espléndidos tejidos de reflejos con urdimbre de hilo de oro estaban enrollados sobre una mesa cuidadosamente pulida para evitar que alguna tela se deshilachase.
—Llegaron ayer. El rey los miró encaprichado, y mis informadores se apresuraron a concluir la compra para mí, según lo acordado. Ése es el motivo por el que os necesito, Isabelle. El padre Boussart, sin contarme vuestra historia, me ha asegurado que deseabais más que nada en el mundo abriros camino y recuperar vuestro rango. Ignoro qué contrariedad hizo que lo perdierais. Sé demasiado bien, por mi parte, hasta qué punto nosotras, las mujeres, somos un juguete en las manos de los hombres. De manera que no os preguntaré nada y no espero confidencia alguna. Dentro de unos meses, unos años tal vez, voy a convertir este lugar en un paso obligado para todo aquel que viva en este reino. Por eso necesito, a partir de hoy, una persona de confianza en quien apoyarme. Me han hablado muy bien de vos y, en verdad, vuestra inocencia me place —añadió con un guiño de complicidad.
—No os decepcionaré.
—Bien. Recibiréis cinco sueldos al día. No es mucho, pero eso os acicateará para aprender. En cuanto sepáis bordar, coser y cortar como ellas —dijo señalando a las tres obreras— tendréis un aumento. Y así, progresivamente, hasta alcanzar los tres escudos por semana, más comida y alojamiento. Pero eso no ocurrirá hasta dentro de algunos meses. Y deberéis trabajar duro, tendréis a veces las manos embotadas pero, aun así, habréis de conservar la agilidad de los dedos y mantener el punto regular. Yo debo mi posición tanto a la sangre de mis heridas como al sudor de mi frente. Tendréis que ganaros la vuestra. No os regalaré nada, Isabelle, nunca, porque para poder un día confiar plenamente en vos, tendré que sondear vuestro coraje, vuestra obstinación y, sobre todo, sí, sobre todo, vuestra abnegación. Este oficio os brindará riqueza, gloria y respeto si lo abandonáis todo por él, para renacer en su humildad. Os hayan contado lo que os hayan contado sobre mí, es cierto, pero no tanto como el trabajo que he tenido que llevar a cabo para alcanzar mis objetivos.
Isabeau sacudió la cabeza. Entendía muy bien lo que quería decir Rudégonde. ¿No le había costado a ella quince años lograr su meta? Se sentía dispuesta a cualquier sacrificio para recuperar una vida normal. Sus mayores penalidades quedaban atrás. Después de haberlas pasado, no había nada que no pudiese soportar.
—Me adaptaré a vuestras exigencias, señora —afirmó alzando la cabeza—, hasta caer rendida y arrastrarme si es necesario, pero dentro de no mucho tiempo, os lo juro, podréis contar conmigo como si fuera vos misma.
Rudégonde la miró con respeto.
—Nos entenderemos bien, Isabelle de Saint-Chamond, sí, estoy convencida. La providencia os ha puesto en mi camino por intercesión del padre Boussart. Un santo hombre sin ninguna duda. Lamento que se vea obligado a callar lo que piensa de sus pares. —Y como Isabeau la miraba interrogativamente sin entender nada, Rudégonde prosiguió—: Claro, desconocéis todas las corrientes de pensamiento que se mueven en la sombra. Se habla poco de todo eso en provincias.
Isabeau tragó saliva con dificultad. ¿Por qué tenía, súbitamente, la sensación de que todas aquellas bondades escondían alguna misteriosa mancha? ¿No iban a utilizarla una vez más?
Probablemente Rudégonde notó su turbación, porque de inmediato le dedicó una cálida sonrisa.
—Todo eso no os concierne en absoluto, Isabelle. El padre Boussart es uno de esos hombres de iglesia que no ven con buenos ojos la opulencia de ciertos prelados entre los que se encuentra su superior jerárquico. Esos clérigos dominantes están tan ensoberbecidos con su poder y sus riquezas que sólo aplican los preceptos del Señor para mantener sus propios privilegios. El padre Boussart ayuda a los pobres, por eso Croquemitaine y Bertille le brindan su apoyo. Es querido y respetado por el pueblo. La generosidad de ese hombre es enorme, pero en estos tiempos el buen tono exige de tal manera no ocuparse más que de los grandes, que debe practicarla con prudencia, de forma que ayuda al prójimo a escondidas. Apostaría algo a que es el único que conoce vuestra existencia y vuestra estancia en Notre-Dame. Es importante que lo sepáis, aunque, como ya os he dicho, no debáis preocuparos por eso. Estamos a vuestro lado, Isabelle, y lo hacemos de todo corazón. Marchaos ahora. Os espero mañana.
Isabeau dio las gracias y se retiró. Las últimas palabras de Rudégonde la habían tranquilizado. Todo aquello no tenía más importancia que lo demás. Sólo tendría que acostumbrar su mente a aquellos juegos políticos si quería, como la modista, evolucionar en aquel mundo que no era el suyo. Aquel mundo que la había aplastado y que tendría que aprender a dominar para no volver a sufrir nunca más su saña.
Al día siguiente, es decir, el 3 de noviembre de 1515, tres semanas después de haber dejado Thiers, Isabeau comenzaba el primer día de su nueva vida, con el alma ligera y el corazón tranquilo.


Philippus espoleaba su burro, que cada vez era más reacio a abandonar la cuadra, tanto como su criado a abandonar la posada. Aquellos tres borricos, como los llamaba afectuosamente incluyendo el mulo sobre el que cabalgaba Corichon, parecían pensar que había perdido la razón y que haría mejor pidiendo alojamiento para el invierno en algún monasterio.
La víspera había estado a punto de hacerlo, pero finalmente había decidido desafiar la tempestad que azotaba Auvergne. Algo lo atraía hacia Thiers. La certeza de que, como en Saint-Rémy-de-provence, se requería su presencia allí.
Antes del anochecer estaría en su destino, aunque aún ignoraba cuál sería. Pediría asilo al señor del lugar y luego, por la mañana, iría a buscar al cuchillero indicado en el interior del cofrecillo que tenía Michel de Nostre-Dame. Cuando lo hubiese localizado, decidiría.
Por el momento, se cruzaban con pocos peregrinos en el camino de Compostela que subía hacia el país de Thiers. Y aunque se hubiese encontrado con algún otro loco en el camino, no hubiese podido distinguir su emblema de tanta nieve como caía. En algunos lugares, sus monturas se hundían en ella hasta media pata, y sus calzas la rozaban. Cuando los animales se negaban a avanzar, se veían obligados a apearse y tirar del ronzal. Estaban calados hasta los huesos. El único temor de Philippus era apartarse del camino que se confundía en el blanco paisaje. Se veía continuamente obligado a tantear con el bastón en la cuneta para encontrar los mojones que jalonaban el camino. Con frecuencia se trataba de montoncillos de piedras, a veces pequeños muretes o un cartel que indicaba una dirección. Entonces rascaba con los dedos congelados bajo los mitones de lana para retirar la nieve y leer lo que podía.
Llevaban tres días avanzando así y aquello parecía no tener fin. Cuando atravesaban bosques —cada vez con mayor frecuencia—, Corichon se le pegaba gimoteando, pero Philippus no le hacía caso. Las condiciones climáticas alejaban de ellos tanto los lobos como los salteadores. Había que estar loco para obstinarse en seguir.
Cuando el atardecer oscureció aún más los contornos de las nubes bajas, comprendió que tendrían que seguir a ciegas hasta encontrar un refugio. Estaban rodeados de montañas. Philippus encorvó la espalda y alargó el paso. Ya no sentía ni los pies ni las manos. Si no encontraban un lugar donde cobijarse, morirían de frío antes del amanecer. Para colmo, oía castañear los dientes de su pobre compañero y resoplar ruidosa y rápidamente por los ollares sus atemorizadas monturas, de las que se habían apeado.
«¡Esta vez, está decidido —rugió una voz en su cabeza—: si el Señor pone en tu camino un lugar en donde asilarte, cabecita loca, te quedarás allí hasta que escampe!»
En ese momento, su criado puso una mano en su brazo antes de tender un dedo tembloroso indicando un claro entre las nubes. Philippus escrutó el horizonte sacudiendo la cabeza. Era imposible distinguir nada con aquella tempestad, pero Corichon insistió. Finalmente Philippus lo vio. No era más que un resplandor, pero atravesaba la noche al capricho de las nubes bajas que el viento empujaba. El corazón le dio un brinco de alegría. Sin duda se trataba de uno de aquellos fuegos que ardían en la cima de las torres de vigía para servir de punto de referencia a los viajeros perdidos. Dio una palmada afectuosa en el hombro de su criado, expulsando de su capa unas pulgadas de nieve.
—Vamos —gritó—, estamos llegando, amigo.
Animados por esa idea, reemprendieron camino.
Una hora más tarde, la muralla de piedra se levantaba ante ellos, rodeada por hogueras en las cuatro torres del último de sus recintos. Debía de haberlos visto un vigía, porque la reja se levantó para dejarlos pasar. Franquearon la segunda puerta con la sonrisa en los labios y penetraron en el recinto del castillo.
Unos minutos más tarde, libre de la capa y los mitones, que gracias al calor habían acabado por despegarse de sus dedos hinchados, Philippus se inclinó respetuosamente ante Antoinette de Chazeron para solicitarle alojamiento.


Philippus se dejó caer sobre la cama que su acogedora anfitriona había mandado poner a su disposición. En la generosa chimenea, crepitaba un fuego que puntuaba la oscuridad con sus chispas. En el suelo, tumbado en un jergón de lana, su criado roncaba estrepitosamente, con el vientre lastrado como el suyo por la sustancial colación que les habían servido. Philippus sintió que le picaban las extremidades, rígidas a causa del frío, pero eso no le molestó. Agotado, durmió de un tirón dando gracias al Señor por su providencia.
La mañana de aquel 5 de noviembre de 1515, la nieve seguía cayendo. Philippus echó una ojeada por la ventana y comprobó que las huellas de su llegada habían desaparecido bajo una capa de dos codos de espesor. Su intuición le decía que tendría que quedarse allí más tiempo del que había pensado. Curiosamente, eso no le apenó. A lo largo de las tres semanas que habían caminado en medio de aquella grisalla, aquel frío y aquella tempestad, había soñado más de una vez con la quietud de una casa que, a su pesar, sus recuerdos identificaban con la de Michel.
Philippus se desperezó un buen rato y luego pasó por encima de su criado, quien seguía durmiendo. Salió de la habitación con paso vivo y, guiado por los ecos de unas voces, llegó a la puerta de la sala común y entró con gesto afable.
Sobre la mesa de la sala, la estancia principal del lugar, había preparado un desayuno. Instalados en unos bancos, tres personajes gordos y rechonchos hablaban a voces, presumiendo de un saber que se arrojaban a la cara como injurias para darse importancia. Philippus no tardó en diagnosticar el mal que les aquejaba: los tres eran médicos. Frente a ellos, Antoinette de Chazeron les oía sin escuchar. Parecía cansada, y Philippus se dijo que también él precisaría de poco tiempo para irritarse con aquellas maneras. En el extremo de la mesa, reconoció al preboste que lo había acogido y a quien se había presentado como manda la costumbre. Como la víspera, aquel hombre parecía preocupado. En torno a ellos, diligente y silenciosa, Albérie servía leche caliente en boles de barro cocido primorosamente decorados. También a ella la reconoció de inmediato. Era ella quien les había acompañado la víspera, a él y a su criado, a la habitación. Les había dado las buenas noches y recordaba haberse estremecido ante su insistente y extraña mirada sobre la pata de lobo disecada que llevaba a la cintura. Estuvo a punto de explicarle que había encontrado el animal preso en una trampa, dos años atrás. Era una hembra de cuyo vientre mamaban golosamente tres lobeznos, a pesar del infortunio de la madre. Debía de haber caído en la trampa cuando llevaba a sus cachorros a su primera caza. Estaba agotada y había medio roído su pata para liberarse. Philippus no lo dudó. A pesar de su miedo y de los gruñidos del animal, abrió la mandíbula de hierro para liberarla. La loba se alejó sin dejarle curarla. Su pata no era más que un muñón y la parte seccionada había quedado en el suelo. Philippus la recogió no para recordar su gesto, pues no lo necesitaba, sino para no olvidar que una buena obra nunca es en vano. Para darle la razón, algunas semanas después, cuando se encontraba, no lejos de allí, recogiendo plantas medicinales, surgieron dos lobos. Antes de que hubiese podido tensar su arco, aquella misma loba, andando con tres patas, se interpuso entre ellos y los obligó a huir. Luego se alejó de él sin mirar atrás. Estaban en paz. Philippus no temía a los lobos. Los respetaba, pues sabía, a diferencia de mucha otra gente, que sólo atacan empujados por la necesidad o por el hambre. El resto del tiempo, evitaban a los humanos. Sí, había tenido ganas de contar su historia a aquella mujer, pero se había callado. Estaba demasiado cansado y se había limitado a decirse: «Más tarde...».
Ahora se preguntaba por qué eso le había parecido tan importante. En el momento en que Albérie se volvía hacia él, descubriendo de pronto su presencia en medio del griterío médico, comprendió de golpe: tenía la misma mirada que aquella loba herida.
Se observaron en silencio durante un instante y luego Huc, siguiendo el movimiento de su mujer, se percató también de la presencia del recién llegado. Con voz potente, conminó a los médicos a callar y, en un momento, todas las miradas convergieron en Philippus, quien, incómodo por su indiscreción, se adelantó murmurando banales excusas.
Antoinette se levantó de inmediato para acudir a su encuentro con una encantadora sonrisa que iluminaba sus cansadas facciones.
—No os excuséis, señor. Sois nuestro invitado. ¿Habéis pasado una buena noche? Me habría gustado alojaros mejor pero, como podéis constatar, Montguerlhe no tiene nada de capricho señorial. Esta fortaleza, según creo, nunca ha acogido tantos visitantes a la vez, y los únicos alojamientos decentes que podemos ofreceros son bien toscos al lado de los de nuestro hermoso castillo de Vollore, dañado por una reciente tempestad.
—He dormido, creedme, mucho mejor que estas últimas semanas, y si he de confesároslo, amable señora, no deseaba otra cosa que una cálida hospitalidad.
—Bien, bien —aprobó Antoinette—. Albérie, servid algo de comer al señor Philippus, si me permitís llamaros así, pues temo desollar vuestro apellido.
—Haced como gustéis. Me haréis feliz —afirmó Philippus con sinceridad, mientras tomaba asiento saludando a sus colegas con un gesto de cabeza.
Antoinette se los presentó. Estaban allí Jean Touron de I'Aiguille, Vaquemont du Puy y Albérie de Lyon, cuyo nombre recordó Philippus haber oído en diversas ocasiones. Aquel médico tenía la reputación de ser muy hábil desde que había salvado de la gangrena al difunto Luis XII, quien sufría frecuentes ataques de gota. Enseguida, Philippus tuvo la sensación de que no era el azar lo que había traído hasta allí a aquel hombre.
Al mismo tiempo una pregunta se le impuso como obvia: ¿era el azar lo que le había traído hasta aquí, a él también? Se presentó a su vez, pero instintivamente no dijo ni su título ni las verdaderas razones que lo habían traído al país de Thiers.
Por un breve instante, comieron en silencio y, luego, no aguantando más, los médicos reanudaron su justa oratoria con una frase:
—¡Hay que sangrarlo!
—Stupidum! —se indignó Vaquemont du Puy ante Albéric, quien se levantó de un salto.
—¡Tonto seréis vos! Todos los grandes confían en mí y ninguno se ha quejado.
—Los que hubieran querido hacerlo no podían —replicó Touron con crueldad—, están muertos a causa de vuestras punciones.
—¡Basta ya! —chilló Albéric de Lyon con sus carrillos mofletudos y rubicundos, blandiendo su dedo amorcillado por encima de la mesa—. ¡No seguiré soportando semejantes calumnias e imbecilidades!
Huc se incorporó a su vez y, una vez más, impuso silencio. Pero Albéric de Lyon, herido en su orgullo, se apartó del banco echando pestes, diciendo que se iba inmediatamente y que sus honorarios estarían a la altura de su descontento.
Mientras se dirigía hacia la puerta echando sapos y culebras, Antoinette dejó escapar un suspiro de fatiga. Después de haberse ido, ella lanzó una mirada de desagrado a los dos personajes que bebían su leche mostrando su contento sin ningún escrúpulo.
—No sé, señores, a quién debo creer —dijo desolada—. Contaba con vuestro prestigio para desentrañar este enigma, esperando que supierais poner en común vuestros conocimientos. En lugar de eso, probáis cualquier cosa a la buena de Dios, sin darme la impresión de intentar lo mejor para vuestro paciente.
Jean Touron carraspeó ligeramente mientras depositaba su bol sobre la mesa. Parecía confundido. Tanto como su colega, que agachaba la cabeza.
—Creo, señora, que la verdad es que nos sentimos impotentes. Ninguno de nosotros sabe de qué sufre vuestro esposo. Ningún tratamiento clásico surte efecto; muy al contrario, su estado se agrava de día en día. Nos comportamos como niños con nuestras disputas, es cierto. No obstante, Vaquemont y yo mismo estamos convencidos de que una nueva sangría sería fatal para él. En eso nos oponemos, es verdad que con más vehemencia de la conveniente, a Albéric. Es nuestra única certeza y la defendemos. Sin embargo, debo confesaros, en detrimento de la ciencia que representamos, que sólo Dios puede salvar a ese hombre.
—Lamentablemente, señora, en esta situación yo también creo que a partir de ahora lo que el señor de Chazeron necesita es un sacerdote. En cuanto se calme la tempestad, nos iremos. Otros enfermos esperan nuestros cuidados. Mucho me temo que nadie puede hacer nada por el vuestro.
Dicho lo cual, se levantaron y, tras saludar a Antoinette con una inclinación de cabeza y luego a Huc y a Philippus, que les habían escuchado en silencio, abandonaron la sala.
A pesar de que Antoinette constataba como ellos la exactitud de su diagnóstico, esta vez no lograba alegrarse. Tenía demasiado vivo el recuerdo del accidente del mes anterior. François había resucitado cuando todo indicaba que se moría. No podía permitirse enterrarlo demasiado aprisa, más aún teniendo en cuenta que, a pesar de su debilidad, tenía plena conciencia y todavía daba órdenes.
Como el silencio se prolongaba en torno a la mesa, tan sólo turbado por el ir y venir de Albérie, que retiraba los cubiertos, Philippus se abandonó a sus pensamientos. Una parte de él se moría de ganas por precipitarse sobre aquel caso desesperado, mientras la otra, inexplicablemente, le exhortaba a la prudencia. Y a Philippus no le gustaba contrariar su instinto.
—Lo siento muchísimo, señor —dijo de pronto Antoinette dirigiéndose a él—, esa conversación no os concernía y no me perdono habérosla impuesto.
—En absoluto, amable señora —afirmó Philippus con una sonrisa—. Muy al contrario, habría comprendido perfectamente que en una circunstancia así os hubieseis negado a dar albergue a un visitante.
—No íbamos a dejaros morir de frío —exclamó Huc, saliendo de su mutismo—. No obstante —añadió frunciendo el ceño—, por mi parte os hubiera agradecido que nos hubieseis hecho saber las auténticas razones de vuestra estancia entre nosotros.
Philippus se puso a la defensiva. El hombre le parecía vivo, inteligente. Sin duda no tardaría en descubrir la verdad y, entonces, tal vez sus anfitriones se mostrasen menos acogedores a la vista de su negligencia. Imponiendo silencio a su instinto, decidió decir la verdad sin tardanza.
—A fe mía, señor, que iba a hacerlo, pero por respeto a vuestra desgracia y al diagnóstico de mis colegas, no me atrevía, lo confieso, a dar el paso. —Antoinette quiso interrumpirle, pero él se apresuró a proseguir—: En efecto, amable señora, soy médico de profesión, o cirujano, para ser más exactos, y volvía de Ferrara tras acabar mis estudios cuando, de paso en casa de un amigo, conseguí la dirección de un cuchillero especializado en instrumentos de cirugía. Estoy aquí para buscarlo y encargarle un trabajo antes de regresar a mi Suiza natal, donde me espera la familia.
Huc se arrellanó en su asiento, que presidía la larga mesa. Su intuición no le había engañado. Había notado, sin que Philippus se diese cuenta, el interés que ponía en la conversación de los médicos y había visto cómo se le animaba la cara. Eso había bastado para hacerle pensar que comprendía perfectamente su lenguaje. Su orgullo se felicitó por su perspicacia, sobre todo porque desde que François de Chazeron estaba en cama y él había visto desfilar por su cabecera tantos médicos y boticarios, sospechaba que éste, como los otros, tropezaría ante aquella enfermedad misteriosa sin lograr mayor éxito.
Había hablado de ello a Albérie, por miedo a que se tratase de otra mala pasada de su sobrina, pero su mujer le había asegurado que Loraline sólo pensaba en protegerse del frío. Además, el ataque de François se había producido después de su regreso de Clermont, y todo hacía pensar que había desarrollado allí alguna enfermedad que movía al cuerpo médico a mantenerlo aislado. Se sobresaltó cuando la voz cristalina de Antoinette dijo: —Os ofrecemos de grado alojamiento y cubierto. A cambio, y a despecho de las conclusiones de esos eminentes personajes, me encantaría que asistieseis a mi esposo.
Philippus aceptó efusivamente. Aquella petición satisfacía en el fondo la parte de él que siempre desafiaba al cuerpo médico. En consecuencia, desoyó sin ambages la chispa de prudencia que una vez más su espíritu encendía.
Unos instantes después, precedido por Albérie, que llevaba algo de comer al señor del lugar, Philippus penetró en la habitación cuyas cortinas estaban echadas a causa de las jaquecas del enfermo.
François de Chazeron se prestó de mala gana a un nuevo chequeo de su persona. El acento gutural de Philippus hería su oído y hubiese preferido que lo dejasen en paz, convencido como estaba en lo más íntimo de que todos aquellos cretinos acabarían por matarlo de manera más cierta que la propia enfermedad.
Philippus aceptó con buena cara y diplomacia el mal humor de su paciente y lo examinó atentamente. Habría podido consultar a sus colegas, pero esa idea no le hacía gracia. Su orgullo insistía en querer descubrir sin ayuda de nadie el origen de aquellas disfunciones. Porque, y de eso estuvo seguro desde el primer momento, estas últimas no eran comunes. Picado en su curiosidad, decidió que lo descubriría.
Por la tarde, la tempestad amainó y, cuando volvió a la cama, estaba seguro de que François de Chazeron había sido envenenado. Sin embargo, no dijo nada, a pesar de la insistencia de Antoinette, quien, durante la cena, lo acribilló a preguntas delante de sus colegas. Estos lo miraron por encima del hombro, con un ostensible rictus de desafío. Philippus se limitó a decir que necesitaba ver los orines de la mañana y que era delicado aventurar una conclusión acelerada, provocando así el contento de los médicos.
Al día siguiente, el cielo se había despejado y un sol alto y saludable transformaba los cristales de la escarcha en un arco iris de luz sobre las vidrieras. Esa segunda noche de verdadero sueño había acabado con la fatiga del viaje y Philippus se sentía dispuesto a enfrentarse al misterio que rodeaba aquella casa.
Cuando vio por la ventana que sus obsequiosos colegas estaban listos para reemprender camino con su equipaje, se sintió aliviado. Sin aquellos aguafiestas, iba a poder dar la medida de su talento. Esa idea bastó para ponerlo de buen humor.


Loraline cepilló delicadamente su larga cabellera morena al tiempo que estiraba sus miembros extenuados. En torno a ella, al calor de la cueva, la manada de lobos dormitaba, abotargada por la bruma helada que, aquellos últimos días, los había llevado a devorar los pocos animales que la joven cazaba con sus trampas. Detestaba colocarlas en los alrededores de su territorio, por miedo a que uno de los animales cayese en ellas. A pesar de que los lobos habían aprendido de Loraline y de su madre a desconfiar de las mandíbulas de hierro, por lo menos una vez al año, alguno de ellos caía atrapado por la pata o por la cola.
Loraline había descubierto sus poderes con ellos. A menudo bastaba con que impusiera las manos para calmar los dolores, sin duda porque ella misma sufría viendo a los suyos enfermos o moribundos. Los lobos, junto con Albérie, eran su familia. La única familia que tendría. Había acabado por hacerse a esa idea, aunque rechazase la cópula con los animales. Cada vez que pasaba ante el anaquel donde se guardaban los frascos con monstruosos embriones medio humanos medio lobos, no podía evitar un estremecimiento.
Los quería, sí, pero no lograba entender cómo ni por qué su madre había ofrecido así su vientre a aquellos monstruos que, a todas luces, no podían sobrevivir. Albérie le había asegurado que esperaba un niño lobo que la vengaría de François de Chazeron devorándolo, pero a Loraline le costaba creer aquella leyenda del hombre lobo, a pesar de que, como su madre, tenía en la nuca un mechón de pelo gris.
La joven recogió su cabellera y clavó en ella un trozo de hueso afilado para sujetarlo en un moño. Con el cuerpo dolorido ante la tensión de su trabajo nocturno, se introdujo desnuda en la bañera natural formada por el brazo del río subterráneo, no lejos de la fuente termal que renovaba continuamente sus aguas sulfúricas.
Desde hacía algún tiempo, sólo pensaba en su objetivo y en aquella sala en la que el oro de los ingleses esperaba su hora. Albérie le había enseñado cómo su madre fundía las piezas, transformándolas en pequeños lingotes. Era su tesoro, el mejor guardado del mundo, y cuando la soledad le pesaba, se decía que con aquella riqueza pondría el mundo a sus pies, en cuanto pudiese volver a la superficie. En cuanto François de Chazeron hubiese pagado. Y ahora tan sólo era cuestión de días.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Oct 30, 2010 11:42 am

Capítulo 9


Huc empujó con delicadeza el vientre apenas tenso de Antoinette. Embarazada de dos meses, hacía todo lo posible por disimular bajo el camisón sus nacientes redondeces. No era que le molestase, muy al contrario, aquel hijo era para ella el símbolo de una nueva vida, pero le repugnaba ofrecer a su amante la imperfección de su cuerpo de futura madre. Sin embargo, a Huc no le molestaba. Su actitud había cambiado en aquellas semanas; se había vuelto infinitamente cariñoso y tierno, llegando incluso a veces a poner su oreja sobre la protuberancia casi imperceptible del abdomen, como si intentase adivinar el menor movimiento de aquella vida que anidaba en su interior.
En esos momentos, Antoinette no podía evitar pensar que sería un padre maravilloso para su pequeño. Si su marido le hiciese el favor de morirse esta vez, ella se las arreglaría para echar a Albérie y casarse con el preboste. Huc era de sangre noble, aunque los suyos hubiesen venido a menos a causa de la pérdida de sus bienes durante la guerra de los Cien Años.
Una sola vez le había preguntado por qué no tenía hijos si hacía tanto tiempo que estaba casado. Él había apretado las mandíbulas y había mascullado que Albérie era estéril, y seguidamente había farfullado vagas excusas para alejarse. Antoinette concluyó que, a no dudar, ahí radicaba el drama de aquel matrimonio. A partir de entonces entendió mejor ciertas reacciones de Albérie, su melancolía y su reserva, así como el hecho de que Huc se hubiese alejado de su mujer con tanta facilidad. Venía cada vez más a menudo a su lado por la noche, porque el mal tiempo impedía sus escapadas campestres. La miraba extasiado, inquietándose por el menor de sus suspiros y preocupándose de su placer como ningún otro había hecho. Antoinette era feliz, tanto que había dejado de mirar a Albérie con desdén. No le tenía rencor por el lugar que ocupaba, el suyo era mucho mejor. El hecho de que a pocos pasos de su lecho lascivo su marido estuviese muriéndose la dejaba indiferente. Los médicos se ocupaban de su caso. Por la mañana, el cansancio se reflejaba en su rostro y tenía los ojos hinchados, como convenía a una persona en aquel penoso trance. No podía sino agradecérselo a Huc. A Huc y a sus excelentes cuidados.
Ahora la noche era tranquila. Desde que había acabado la tempestad de nieve dos días antes, el cielo estaba despejado y claro, y generaba un frío vivo en un silencio lechoso. Huc levantó los ojos hacia la ventana al tiempo que liberaba su brazo de debajo de la cabeza de la dormida Antoinette. La luna llena expandía una claridad opalina, y el paisaje inmaculado adquiría un aspecto irreal, fantasmal. Huc sintió que se le aceleraba el corazón. Si esa noche había acudido hasta la estancia de Antoinette era para olvidar. Pero no podía. No habría sabido decir qué hora era, pero sabía que el momento se acercaba, había acabado por sentirlo en su piel, también él. Un escalofrío le recorría la piel, un temblor sacudía casi de modo imperceptible cada uno de sus miembros.
Sin poder evitarlo, su cuerpo se tensó, atento al menor aliento, mientras la respiración apacible y tranquilizadora de la señora del castillo ronroneaba a su lado. Y luego, de pronto lo oyó. El primer alarido. El del animal sorprendido, enloquecido y degollado. Probablemente una de las ovejas del castillo. Así era cada invierno. Nadie entendía cómo ni por qué se encontraba un animal descuartizado en el interior del tercer recinto, tan sólo a unos pocos pasos del aprisco. Huc había dado a entender que a François no le gustaría aquel nuevo misterio, que más valía no investigar ni poner hombres en peligro. Algunos aún recordaban lo que había ocurrido en 1500. Nadie quería volver a vivir aquello. La regla del silencio había reemplazado a todas las demás. Se constataba, se limpiaba, se olvidaba.
Huc apretó los puños sin ni siquiera darse cuenta. ¿Por qué le dolía tanto desde que Albérie le había confesado sus temores? Oyó el segundo aullido, el de la loba, ascender hasta su alma. Tuvo ganas de aullar con ella, pero ningún sonido salió de sus labios. Su dolor estaba allí, en su vientre, más vivo que nunca. Para olvidarlo, se demoró sobre el de Antoinette, redondo, caliente, lleno de promesas. ¡Cómo le habría gustado en aquel momento que ese hijo fuese suyo! No había vuelto a verse a solas con Albérie desde aquel día. No había podido. Huc se lo reprochaba, porque tenía la sensación de que ella había buscado su presencia, a pesar de lo que había ocurrido. Las únicas palabras que habían intercambiado concernían a François, pero Huc se había dirigido a ella sin calor, no como un esposo sino como un preboste que efectuara indagaciones. Sí, se lo reprochaba. Tal vez porque por fin ella le había confesado que lo amaba.
La loba volvió a aullar. Parecía sufrir. Huc sabía por qué. Se dio cuenta de que estaba llorando porque una lágrima cayó blandamente sobre la piel de Antoinette. Entonces se levantó y se vistió en silencio. A pesar de todo, tendría que estar allí cuando Albérie volviese.


Philippus se despertó sobresaltado y tendió el oído. Estaba seguro de haber escuchado un aullido entre sueños. Estiró sus miembros doloridos a causa de la incómoda postura en la que estaba, instalado en una silla de brazos junto a la cama de François de Chazeron. Volvió la vista hacia su paciente y constató una mejoría en su estado. Su respiración era más regular que la de la víspera y casi no había regurgitado. Todo aquello hacía que el misterio fuese aún mayor.
Tras el primer examen que había servido para forjarse una opinión, controló la orina de la jornada. Por la mañana era muy turbia. No obstante, se aclaró a lo largo del día hasta adquirir un color casi normal al atardecer, al tiempo que el estado general del enfermo mejoraba. Deliraba menos, tenía menos náuseas e incluso quería comer. Por la mañana todo volvió a empezar y Philippus pudo observar que una fina mancha oscura orlaba la comisura de sus labios.
La hipótesis del envenenamiento era para él una evidencia: había corrido suficiente mundo y visto toda clase de enfermedades como para conocer sus diferentes naturalezas. A pesar de todo, este caso lo dejaba perplejo. El veneno mata, ése es su objeto, con mayor o menor rapidez, pero no tarda más allá de veinticuatro horas. En este paciente actuaba de otra forma. Era evidente que alguien buscaba la muerte del señor de Vollore, puesto que su estado se había agravado inexorablemente hasta su llegada; sin embargo, se habría dicho que el o los asesinos deseaban, más que cumplir su sentencia, alargar su placer. Como si gozara más con el sufrimiento del señor que con su muerte. Philippus suspiró. Se enfrentaba a unos individuos perversos. Unas personas a quienes a todas luces estorbaba, puesto que desde que había anunciado su intención de velar a François de Chazeron día y noche, éste parecía recobrar fuerzas.
«Todo hace pensar que se trata de alguien de la casa», se dijo. Pero igual que antes, sacudió la cabeza desorientado. No podía ser Albérie, a pesar de su carácter extraño y de que era ella la que llevaba el potaje al señor. La había observado la primera noche. François estaba consciente cuando ella depositó la bandeja. No hubiese podido verter nada en el bol sin que él lo advirtiera. Tenía que haberlo hecho antes. Pues bien, ella no podía saber que Philippus era médico y que atendería a François. Había probado el potaje antes que el señor, en cuanto ella salió de la habitación. No había notado nada. Ningún trastorno. Muy al contrario, había pasado una noche excelente, como pocas veces antes. A la mañana siguiente, François de Chazeron vomitaba profusamente y tenía terribles retortijones, a pesar del guardia que había mandado permanecer ante su puerta al salir. Después de él, nadie había entrado ni salido. A pesar del esfuerzo de Philippus por comprender, era evidente que algo se le escapaba.
Sin embargo, en los dos días que llevaba durmiendo allí, todo indicaba que, aunque el enfermo no mejoraba, tampoco empeoraba. Por un momento se preguntó si en lugar de veneno, no le habrían echado a ese hombre un mal de ojo. Así, tomó la decisión de revisar su ropa de cama al día siguiente. Volvió a apoltronarse en la silla y se envolvió en la manta que había caído a sus pies. Echó una ojeada a la chimenea, en donde unas hermosas llamas mantenían aún un agradable calor. El tronco estaba a medio quemar, duraría sin dificultad hasta la mañana. Y en ese momento oyó el aullido de la loba. Desvió inmediatamente la mirada hacia la ventana. A pesar de que las cortinas estaban echadas, la claridad de la luna filtraba una luz siniestra. Philippus se estremeció. Conocía bien los lobos, lo suficiente como para que aquel grito le preocupase. Tras el animal, habría jurado oír el gemido de un humano. Y, sin embargo, a pesar de las leyendas que recorrían toda Europa, él sabía que los hombres lobo no existían. Como tampoco existía un veneno de aquella calaña. Perplejo, cerró los ojos sobre aquellos misterios prometiéndose no dejar Montguerlhe antes de haberlos resuelto. Aun a riesgo de su propia vida.


Albérie se dejó caer a cuatro patas sobre la nieve. Todavía estaba a caballo entre dos mundos, con un rostro de mujer chorreando sudor y sangre sobre un pecho de loba. El dolor era indescriptible, como si le arrancasen una parte de sí misma, como si le robasen la memoria. No le servía de nada estar acostumbrada, cada vez se sentía un poco más sucia. Vencida y rota por aquella fuerza maléfica que reclamaba lo suyo, jadeaba como un animal que no acaba de morir. Y, no obstante, estaba viva, demasiado viva, innoblemente viva. Por un momento volvió a ver los ojos dilatados de la oveja cuando comprendió que no tenía escapatoria. El gusto de sangre que afloraba por oleadas a su garganta le dio náuseas. Vomitó entre grandes espasmos sobre la roca cubierta de nieve, esperando contra toda lógica echar lejos de sí la loba furiosa y asesina. Cuando se hubo vaciado de aquella repugnancia, se arrastró a cuatro patas hasta el arroyo. El frío invernal penetraba en ella lentamente, pero eso no le preocupaba. Incluso le parecía confortable después del calor intenso que había consumido su razón durante la transformación.
La nieve cubría todo el contorno. Albérie la apartó con la mano de entre dos rocas planas y luego tiró con fuerza una piedra a la capa de hielo que cubría el agua. Se oyó el dulce murmullo del arroyo, monótono en el silencio. Albérie retiró los trozos de hielo afilados como cristales y luego mojó sus manos en el agua clara. Se acostó sobre la nieve, desnuda, y hundió el rostro en las manos. Inmediatamente, el agua se tiñó de un rojo escarlata. Repitió el gesto una y otra vez hasta que su rostro pegajoso quedó libre de sangre. Cuando hubo terminado, no quedaba ni rastro de su fechoría. El agua vivificante se lo había llevado todo bajo el hielo. Entonces se revolcó en la nieve como si quisiese enterrarse en ella. Luego se echó a llorar, con la mirada vuelta hacia la luna redonda, mientras un simulacro de sol despuntaba tras las montañas endomingadas. Ahora estaba tiritando, pero permaneció a la espera de que su cuerpo amoratado la arrastrase hacia el sueño, de nuevo en la linde entre dos mundos, entre la vida y la muerte. Cada vez esperaba ese momento suplicando a su alma que se dejase llevar. Bastarían unos minutos más y habría desaparecido para siempre el animal que detestaba. Pero, una vez más, se levantó, porque su instinto de conservación era más fuerte que el de cualquier otra mujer y no le dejaba acabar con su vida. El frío tenía la ventaja de acabar con los sufrimientos del cuerpo, aunque a sus miembros entumecidos les costaba moverse. En el bosquecillo que le servía de escondrijo cogió la ropa que había abandonado unas horas antes para evitar que la transformación la destrozase y se vistió con los dientes castañeando. Como cada invierno, tuvo grandes dificultades para abrocharse el corpiño, porque sus dedos helados se negaban a obedecerle y, por fin, se echó la gruesa capa sobre los hombros. La entrada del pasadizo estaba allí cerca, a unos pocos metros que recorrió arrastrando las piernas. Un solo pensamiento la ocupaba. Huc. Huc la estaba esperando. Como siempre hacía. Estaría allí, la estrecharía entre sus brazos y la mecería con ternura hasta hacerle sentir que no había ocurrido nada. Sí, él estaría allí. Albérie se aferraba a esa certeza. La única que le ayudaba a seguir viviendo. Mientras avanzaba lentamente a lo largo del corredor de piedra que subía hasta la fortaleza, lo imaginaba sonriente, atento, tranquilizador. Le friccionaría los dedos entumecidos con un ungüento y también los pies, hasta que los sabañones no fuesen más que un mal recuerdo, como todo lo demás. No hablarían. El silencio era su universo cómplice, mucho más que las palabras. Huc la comprendía. Huc la quería. Huc la esperaba.
Y a pesar de todo, a cada paso que la acercaba a él, una angustia sorda hacía vacilar sus certezas. Huc había cambiado desde que ella lo había rechazado la última vez. Ella tenía la sensación de que el amor de su esposo era inmutable, pero ¿era así? Al hacerle aquella confesión ¿no había acabado con sus últimas esperanzas? Huc no tendría heredero. Eso era importante para él. Albérie puso la mano sobre la anilla. Detrás de la pared estaba la habitación. Normalmente, estaba tibia a causa de las llamas de la chimenea, al otro lado del pasadizo. Ahora, estaba fría. Hacía tanto tiempo que no venía, que no mantenía la brasa. Pasaba la mayor parte de las noches en la cueva con Loraline, para acompañarla y cuidar de que no desfalleciese. Se lo había prometido a su hermana. Dudó, con el corazón palpitante y los labios apretados. ¿Y si Huc la hubiese olvidado esta vez? ¿Si ya no estuviese allí? Sin poder aguantar más de tan agotada como estaba, hizo girar la anilla. El paño de piedra pivotó. Lo vio inmediatamente, a la luz de la vela, y su corazón desamparado dio un salto de alegría. Huc estaba allí. Le sonrió y entró en la habitación para ir a acurrucarse en sus brazos.
Mientras la apretaba contra su pecho, ella se emborrachaba con su olor familiar para recuperar su identidad, sus referencias. De pronto su sangre entibiada se heló. Volvió a olfatear para estar segura de que no se equivocaba. Su cuerpo despedía la fragancia de otro perfume. Tuvo ganas de rechazarlo, de darle una bofetada y huir, pero no se movió. Huc la había engañado. Con Antoinette de Chazeron. Una vez más, habían robado y destruido lo que le pertenecía, a ella y a los suyos.
Huc la acunaba con dulzura, acariciándole el pelo aún húmedo y quebradizo. Albérie se abandonó a las lágrimas, que brotaban sin que pudiese hacer nada para impedirlo. Él no haría preguntas. Nunca las hacía después. Y lloró buscando en su cuello, sin encontrarlo, un lugar en donde su olor no estuviese mezclado con el de su rival. Luego, poco a poco, se calmó. Huc la había engañado, pero estaba allí. De manera que no era demasiado tarde. Eso la reconfortó. Seguía odiándose tanto como siempre, pero en aquel momento odiaba mucho más a Antoinette de Chazeron.


La mañana transcurrió serena. Durante el oficio que celebraba el hermano Bertin, destinado allí como cada invierno para que Montguerlhe no estuviese abandonado de Dios, Albérie se atrevió a observar con mayor atención a Antoinette. Desde que François estaba enfermo, todos se reunían con redoblado fervor en la capilla situada junto a la torre. Albérie se mordió el labio por su tontería. ¿Cómo había podido no darse cuenta de nada? Antoinette estaba radiante bajo la máscara de su aparente tormento. Su vientre se redondeaba poco a poco, y Albérie apretó los puños contra el suyo, que se obstinaba en mantener estéril. Pero lo que más traicionaba a Antoinette era su mirada. Cada vez que la posaba sobre el preboste, se iluminaba como si hubieran encendido una vela en ella. Estaba enamorada de Huc de la Faye, era evidente. Pero ¿él la amaba? Albérie no habría sabido decirlo. Él tenía la frente cargada de preocupación, aquel semblante que adquiría después de vivir días trágicos que ella le conocía tan bien.
Sabía que aquel joven médico, Philippus, había hablado con él después de que ella lo hubiese dejado. Se habían cruzado en el corredor y Albérie había oído su conversación. Philippus preguntó si había muchos lobos en la región, y afirmó que un grito lo había despertado en plena noche. Huc le aseguró que eso ocurría a veces, cuando escaseaba la comida, pero que él no había oído nada. Albérie tuvo la impresión de que mentía mal, pero Philippus no insistió; Huc desvió la conversación hacia François, que parecía evolucionar favorablemente puesto que había mandado que le trajesen el desayuno. Aquello irritó a Albérie. Por culpa de aquel hombre, hacía dos noches que Loraline no había podido administrar su dosis a François.
Mientras el cura terminaba el sermón, Albérie centró su atención en Philippus. Estaba delante de ella, de forma que no podía saber que lo observaba. A pesar de su frente bien torneada, Philippus dejaba que su mirada se pasease a un lado y otro,
«Si descubre la relación entre Huc y Antoinette, creerá que son culpables —se dijo de pronto—. A diferencia de los otros, éste está lejos de ser tonto y seguramente sospecha que la enfermedad de François no es natural.» Si se le ocurriese decirle lo que había descubierto e involucrase a Huc en el asunto, el señor de Vollore haría que lo detuviesen como había ordenado detener a Benoit. Albérie tragó saliva con dificultad de forma que su canto, que ahora se unía al de los demás, acabó en un gallo que le atrajo las miradas medio divertidas, medio extrañadas de sus vecinas, ambas camareras de Antoinette. Pero Albérie no se inmutó. Al consagrarse a su misión, había descuidado a su marido hasta el punto de empujarlo a los brazos de otra. Y esa otra lo ponía aún más en peligro que sus propias maniobras. Con Philippus o sin él, esta noche François de Chazeron tendría su dosis. Antes del final de la semana, estaría muerto. Por muchas sospechas que tuviese Philippus, no tendría pruebas. No sólo Huc no sería culpable de la muerte del señor, sino que no querría creer que Loraline fuese la autora de aquel asesinato. Albérie había sido lo bastante convincente. Si Huc aceptase la tesis del envenenamiento, ella sabría arreglárselas por su cuenta para que la responsabilidad de la muerte de François recayese sobre Antoinette, y sólo sobre Antoinette. La señora del castillo tenía un motivo. ¡François le estorbaba! Así se habría acabado su relación con el preboste, pues, Albérie estaba segura de ello, aunque Huc odiaba a François, no podría seguir queriendo a su asesina.
Albérie se sintió más tranquila. En el fondo hacía mal preocupándose. A no mucho tardar, todo habría acabado.
Como cada noche, Albérie sirvió la espesa sopa en grandes cuencos, con pulso firme y humor distante. Luego volvió a hundirse en el ángulo de la estancia y esperó. Huc cenaba con Antoinette, en un extremo de la mesa, con su séquito y tres damas de compañía en el otro. Albérie apenas las conocía. Eran jóvenes, con una inteligencia más próxima a la de los bovinos que a la de los zorros, y se aburrían en Montguerlhe, de manera que languidecían en medio de la indiferencia total de la casa, jugando a los dados, bordando, hilando, cosiendo y despellejando a otras jóvenes de su edad, colocadas en otras casas para educarse. Antoinette apenas les hacía caso y les había confiado el encargo de ocuparse de la canastilla del bebé para no tenerlas encima todo el día. Su único interés era animar un poco las veladas. Una de ellas declamaba a las mil maravillas los versos de poetas que no entendía, pero cuya melancolía la emocionaba, las otras dos unían su voz al timbre cristalino de Antoinette, que acompañaba las canciones al arpa. Su papel, su propia existencia en Montguerlhe se reducía a eso.
Fuera como fuese, Albérie estuvo encantada de ver que todos los presentes daban buena cuenta de su plato con gusto. Delegó el resto del servicio y se fue a llevar la cena a Philippus, que insistía en velar a François de Chazeron tanto de día como de noche, no permitiéndose más distracción que los numerosos oficios.
Albérie tenía que vencerse a sí misma para inclinarse sobre el fétido aliento del señor y depositar la bandeja. No podía evitar imaginar aquel aliento sobre la cara de Isabeau. Tenía que recurrir a la idea de su próxima muerte para no acabar con él usando una daga.
Pero no aquella noche. Tal vez fuese el temor a perder a su esposo lo que falsease sus referencias. Por el momento sólo pensaba en una cosa: François y Philippus debían tomarse la sopa que les había traído.
Tres horas más tarde, la casa dormía a pierna suelta gracias al extracto de adormidera con el que Albérie había sazonado la cena. De todas formas, se aseguró de ello, llegando incluso a comprobar que Antoinette estaba sola. Salió de la habitación aliviada. Abandonada al sueño, Antoinette tenía el aspecto de una frágil flor. «¡Qué fácil resultaría segarla!», pensó Albérie casi triunfante. Sin embargo, la dejó sumida en sus sueños de adúltera sin remordimientos. Ya le llegaría su hora, Aventuró una ojeada sobre el lecho de su esposo. Huc roncaba. Al menos aquella noche no la traicionaría.
El guarda plantado delante de la puerta había escapado al somnífero, como ella quería. Así podría testificar que nadie había entrado en la habitación. Él mismo, puesto que ésas eran sus órdenes, no turbaría el descanso del señor. Dentro de algunas horas lo reemplazarían y Philippus sólo podría constatar los hechos. Albérie entró en su habitación y corrió la falleba. Pulsó el mecanismo del pasadizo secreto y, con el corazón alegre, fue a encontrarse con su sobrina.
Aquella noche Philippus tuvo extraños sueños. Al despertarse, recordó un rostro asombrosamente hermoso y triste. Un rostro de mujer. La mujer se inclinaba sobre François de Chazeron y él tendía la mano hacia ella para detener su gesto borroso; entonces la mujer se incorporaba, se acercaba a él hasta casi tocarlo y le sonreía con dulzura. Philippus, tranquilizado, volvía a cerrar los ojos. Aquella mañana, sólo le quedaba la impresión de haber soñado. En realidad, estaba embotado y tenía la lengua pastosa. Una mirada al señor de Vollore confirmó sus temores. El señor estaba lívido y sudaba a mares. Una estrecha aureola oscura teñía las comisuras de sus labios. Philippus se levantó. Estaba contracturado por la postura en que había dormido. Había decidido cambiar la incomodidad de la butaca por un colchón de paja que Albérie había hecho que le trajesen la víspera, pero no había tenido tiempo de echarse en él. Se había dormido sentado y todo indicaba que no se había movido en toda la noche. Se estiró largamente, y luego se dirigió a la puerta. La abrió de golpe, sobresaltando al guardia.
Philippus le saludó y luego le interrogó sobre las posibles visitas nocturnas. El guardia fue tajante: ni él ni su compañero, que cubría la primera mitad de la noche, se habían dormido. El corredor había permanecido desierto. Al oír que François vomitaba, volvió a la habitación. La jofaina sobre la que el señor del castillo se inclinaba se llenaba entre dos espasmos de una bilis viscosa veteada de sangre. Philippus sintió que la cólera se apoderaba de él. Si nadie había entrado sólo había una explicación: le habían mentido. Tenía que existir un pasadizo en la piedra. ¡Era la única opción posible! Alguien los había drogado, a François y a él. Podía ser cualquiera que tuviese acceso a las cocinas.
Cuando François se hubo vaciado entre estertores, Philippus le alargó un lebrillo lleno de agua de melisa, conservado junto al hogar para mantenerlo tibio.
—Enjuáguese, señor —aconsejó mientras le tendía una servilleta.
François tiritaba castañeando los dientes, con la mirada extraviada, y Philippus tuvo que ayudarle en su sumario aseo. En cuanto volvió a tumbarse sobre la espalda, los espasmos se reprodujeron. Durante dos horas estuvo vomitando entre convulsiones, de tal manera que Philippus se preguntó si esta vez la dosis administrada no habría sido mortal. Sin embargo, aquello cesó. Cuando Antoinette apareció en el umbral antes de comer, como de costumbre, se sintió incomodada por el olor fétido que despedía la estancia. Philippus estaba derrengado de sostener a François en sus esfuerzos, porque su debilidad cada vez mayor le hacía inclinarse hasta bascular sobre la palangana sucia.
—Creía que estaba mejor —se compadeció Antoinette ante el despojo que era su esposo, quien por fin dormía, agotado, con la boca abierta y el cuerpo agitado por intermitentes temblores—. ¿Qué ha pasado, señor? —preguntó con interés sincero.
Philippus prefirió no revelar nada. Se contentó con decir que cualquier recaída era posible en aquel estadio de la enfermedad. Todos eran sospechosos en la casa y había notado que la señora se preocupaba más del preboste que de su marido. Se limitó a preguntarle si los gemidos del enfermo la habían despertado, pero Antoinette le respondió que apenas recordaba haberse acostado, porque había dormido de un tirón. Cuando añadió que sin duda había dormido demasiado porque se había despertado con amargor en la boca, Philippus supuso que, como a él, la habían drogado, pero se abstuvo de llegar a una conclusión apresurada. Si estaba involucrada en este asunto, intentaría cualquier cosa para despistarlo. La acompañó hasta la puerta e insistió en que no se le molestara y excusasen su ausencia en el oficio. François necesitaba reposo y Philippus prefería velarlo en la hipótesis muy probable de que se produjese una nueva crisis.
Antoinette se sometió a su opinión, feliz de abandonar aquella estancia de olor pestilente. Philippus confió al guardia el cuidado de vaciar y limpiar la jofaina, y luego procedió a inspeccionar metódicamente la habitación, presionando todas las piedras que sobresalían o resultaban sospechosas, pero no halló nada. Se impuso calma.
Cuando unas cinco horas más tarde François se despertó, parecía estar mejor y Philippus pudo interrogarlo. ¿Había soñado mientras dormía?
—Con frecuencia, desde que esta enfermedad me obsesiona. Una sombra se inclina sobre mí y me dice que duerma en paz, que ella vela por mí.
Philippus tuvo que contener su alegría para no dejar traslucir nada.
—¿Os resulta familiar?
—¿Quién?
—Esa hada buena.
—Por Dios, no lo sé, señor. Tengo la impresión de que sus rasgos no me son desconocidos y, sin embargo, también siento que es una extraña. Como si estuviese ahí, a mi lado, desde siempre, en la sombra, vigilando cada uno de mis pasos. En realidad, la adivino y la oigo, más que verla. No sabría decir a quién me recuerda y menos aún si deseo acordarme de ella. Pero estoy seguro de una cosa: no es un hada buena.
Philippus dio un respingo.
—¿Qué os hace decir eso?
—Me habéis confiado que compartís mis impulsos alquímicos, señor —dijo François con una risa desengañada—. En ese caso, debéis saber que el oro no brota de las forjas del Señor. Bajo mi cama hay un cofrecillo. Cogedlo.
Philippus se agachó y recogió la caja labrada. François cogió la cadena que llevaba al cuello y, tras separar la llave, la tendió al médico. Philippus la hizo girar y dejó escapar un silbido ante la colada de oro enfriada en una extraña forma. En pocas palabras, François de Chazeron le contó el trágico episodio. Philippus lo escuchó sin decir nada, acariciando con un dedo soñador la superficie lisa y mate del metal.
—He pensado mucho en qué me recordaba esa extraña escultura. Hoy lo sé. ¡Dadle la vuelta!
Philippus lo hizo y la evidencia le saltó a la vista. El azar había formado un bosquejo de perfil. Un perfil monstruoso con la frente coronada por un cuerno.
—He necesitado pruebas, cuando ese mensaje era transparente. He hecho analizar el oro, no creí en «él». Ahora pago el precio, señor. Sufro como un servidor indigno, y su mensajero viene a asegurarse de que no muero. No, no antes de que él haya juzgado que ya he tenido suficiente castigo.
Philippus se guardó de hacer comentario alguno. Creía tan poco en la obra del diablo como en el poder divino de la oración. Sus peregrinaciones le habían enseñado que las respuestas se encuentran al alcance del hombre por poco que acepte buscarlas. Conocía bien aquel tipo de lenguaje. Muchos alquimistas pretendían haber cerrado un pacto con Satán para alcanzar la Gran Obra. Sin duda lo creían ellos mismos, cuando menos aquellos que tan sólo veían riqueza y poder en el descubrimiento de la piedra filosofal. Por su parte, había encontrado auténticos sabios cuyo único objetivo era la perfección del alma; en eso era en lo que él creía.
Lo que rodeaba a François de Chazeron no era sino una hábil maquinación. La obra de un loco, tal vez. No obstante, la historia que había contado el señor contenía una parte de verdad. Pagaba por algo. Si no era por sus investigaciones, ¿por qué era?
—¿Existen subterráneos en Montguerlhe? —preguntó mientras el silencio volvía a cerrarse sobre la respiración entrecortada de François.
—No —respondió en un suspiro, con los ojos cerrados, el señor a quien la narración había agotado—. Puedo asegurároslo. Cuando era niño, una vieja leyenda decía que, durante la guerra de los Cien Años, nobles caballeros llegaban a Montguerlhe por pasadizos secretos para hacer forjar espadas y amolar machetes a los cuchilleros que se habían refugiado aquí. He pasado mi infancia, y mi padre antes que yo, batiendo las colinas para localizar los accesos, y sondeando las paredes como vos podéis haber hecho. Ninguno de los míos, desde hace cuatro generaciones, ha encontrado nada, y en los registros nada indica que esa leyenda pueda tener algún fundamento. El mal que padezco, señor, no tiene más realidad que la que acabo de contaros, os lo aseguro.
Philippus asintió. Poco importaba, en el fondo, lo que pudiese pensar Francis de Chazeron. Era mejor dejarlo descansar.
También él tenía su opinión. La noche siguiente, su enigmática aparición volvería, y entonces sabría discernir entre sueño y realidad. Cerró el cofrecillo con decisión y lo volvió a dejar bajo la cama, devolviendo la llave al cuello de su propietario. Estaba listo para acoger la verdad.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Jue Nov 04, 2010 8:25 pm

Capítulo 10

Hacía ya un buen rato que Isabeau sentía sobre ella el peso de una mirada de azabache a través de la ventana, pero eso le divertía mientras se obstinaba en mantener la cabeza inclinada sobre su labor. La tarde avanzaba en el cálido ambiente de la trastienda donde hacía días que obligaba a su cerebro, más que a sus dedos, a recuperar la precisión de los puntos de costura. Rudégonde le había dado una camisa de un lino de Flandes que había costado un dineral para que la armara. En un primer momento, al enterarse de que la prenda estaba destinada a la madre del rey Francisco, Isabeau había sentido pánico. ¡Las agujas eran tan finas para sus torpes manos! ¿Y si se equivocaba, si echaba a perder el trabajo dando puntadas irregulares? Había sugerido que más valía que empezase por un pañuelo, pero Rudégonde no había querido saber nada.
—Olvidad que se trata de la reina, mirad lo agradable y fina que resulta esta tela al tacto. Tocadla con respeto. Aplicaos, tomaos vuestro tiempo, Isabelle, y venceréis vuestras aprensiones.
Obedeció después de haber obtenido permiso para trabajar durante una hora con algodón tosco, con la finalidad de volver a aprender el punto solicitado. Curiosamente, le resultó fácil, de manera que concluyó que Rudégonde estaba en lo cierto.
Un miedo visceral la había paralizado en cuanto llegó. La primera noche se había preguntado qué le resultaría más difícil. Ahora lo sabía. Había pasado los últimos años olvidando todo lo que había llegado a ser y aprender, para no tener que echarlo en falta. Porque no imaginaba que lo recuperaría. Ahora debía recorrer el camino inverso y eso la asustaba. La negación había apagado el dolor. Por nada del mundo habría querido despertarlo. Y, sin embargo, era necesario. Acababa de cumplir treinta años. No era demasiado tarde para volver a empezar a vivir y amar.
El trabajo avanzaba con mil precauciones. Oía, sin escucharlas, la conversación y las risas de sus compañeras, sentadas en círculo cerca de ella. No quería dejarse distraer, pues las costuras laterales de la camisa debían ser sutiles para que el cuerpo no las notase. Sólo se permitía charlar en el momento de las pausas. La primera era la de la comida, las otras dos durante la tarde. Las costureras trabajaban hasta el anochecer, en invierno y verano, había dicho Rudégonde. La veían poco, pero la oían trabajar en la tienda, a la que acudían muchos nobles. A veces reclamaba una determinada pieza de tela, y alguna de las chicas se la llevaba enseguida. Isabeau tomaba nota, pero no levantaba la cabeza. Estaba trabajando para la madre del rey y era consciente de que Rudégonde le hacía un honor al haberle confiado aquella labor.
En el descanso, decidió que era el momento de sorprender a su misterioso admirador, pero cuando volvió la vista hacía la ventana, constató que había desaparecido. Por un momento se sintió decepcionada, pero luego se encogió de hombros y se estiró para desentumecerse antes de unirse a las chicas que, entre bromas, comían algunas galletas con un vaso de leche en la mano. Rudégonde las trataba bien. De hecho, también se unió a ellas, afable, cuando Isabeau se servía la colación.
—¡Esa vieja duquesa de Blois es una auténtica maldición, queridas! —dijo dejándose caer sobre una silla—. Me entran sudores fríos en cuanto la veo asomar por la puerta. No tiene ningún gusto, presume de saberlo todo, repasa cada vara de tela, cambia continuamente de opinión por un simple bordado para acabar diciendo que el conjunto no le convence y que hay que volver a empezar.
—¡Y es que no podía ser de otra forma! —bromeó Blanche, que adoraba burlarse en privado de los clientes—. Es tan gris y está tan arrugada que una tiene la impresión de estar vistiendo una gárgola...
Isabeau se dejó contagiar por la risa de sus compañeras. ¡Cómo la ayudaba compartir su despreocupada camaradería! Rudégonde les riñó en broma, con una chispa de picardía en los ojos, y luego se encaminó hacia el tintineo de la campanilla que anunciaba una nueva visita.
Blanche, poniéndose de puntillas, miró a través de la mirilla para averiguar de quién se trataba. Luego, bizcando los ojos y deformando la cara en una mueca ridícula, imitó unos pesados andares de gordo. Por turnos, Françoise y Ameline lanzaron nombres animando a Blanche a incluir otros indicios hasta que acabaron por pronunciar el apodo de Coeur de Boeuf. Blanche batió palmas entre risas, mientras las otras dos se desternillaban de risa.
—¿Quién es? —preguntó Isabeau, a quien aquel circo había divertido, a pesar de sentirse excluida.
Françoise la cogió por el brazo y la animó a asomarse a la mirilla. En la tienda, un rubicundo personaje, gordo y vestido con colores grotescos, tendía ambas manos hacia Rudégonde con una rodilla hincada en tierra.
—Coeur de Boeuf es el presidente de la corporación de los carniceros —le susurró Françoise—. Hace seis meses que acosa a Rudégonde con su cortejo y no pasa día sin que le envíe golosinas o selectos cortes de carne. Es ridículo, pero es un buen hombre, a quien Rudégonde no consigue desengañar sin ofenderle, lo que constituye para ella un verdadero problema.
Las otras dos estallaron en carcajadas. Isabeau dejó de mirar. El hombre lloraba. Cuando Isabeau se volvió a contemplarlas, las risas se detuvieron en seco. Isabeau se abrió paso entre ellas y salió al patio. Estaba lívida y, muy a su pesar, lloraba.
Un instante después, Blanche, Françoise y Ameline se unieron a ella, con semblante contrito. Isabeau se había sentado sobre un tonel, en la nieve que lo cubría. Las chicas se acuclillaron ante ella y Françoise le tendió un pañuelo. Isabeau levantó la cabeza y les sonrió entristecida.
—Perdonadme —consiguió farfullar antes de suspirar sobre aquel trozo de lino con iníciales bordadas.
—No, perdónanos tú por haberte herido, aunque no entendamos por qué —respondió Ameline apretándole amistosamente el brazo.
Isabeau removió sus recuerdos.
—No sois vosotras. Es sólo que lo que he visto me ha recordado algo que tendría que olvidar.
—No tienes por qué contárnoslo —señaló Blanche.
—Estuve prometida, hace mucho tiempo —se sintió obligada a comenzar Isabeau—, y, al igual que Coeur de Boeuf, mi Benoit hincó una rodilla en el suelo para pedir mi mano. ¡Fue el día más hermoso de mi vida!
Isabeau sacó del pecho la cadena que se ocultaba en él y descubrió su anillo nupcial. Las chicas se habían aproximado a ella en silencio, conteniendo el aliento en vista de su rostro torturado. Isabeau acarició la alianza.
—Murió —dijo—. El día de nuestra boda.
—¡Dios mío! —exclamó Ameline llevándose las manos a la boca.
Isabeau volvió hacia ella sus ojos almendrados. Nunca había contado su historia a nadie. Sus ojos se llenaron de odio mientras sus dedos se crispaban.
—Fue asesinado por haberme querido proteger del señor que me deseaba —dijo alzando la cabeza—. «Resistírsele es morir», decía. Y tenía razón.
Isabeau suspiró profundamente y se frotó con fuerza los ojos con los puños, para ahuyentar aquellas imágenes de su memoria.
La nieve había comenzado a caer, fina, silenciosa, moteando sus cuatro capuchas con su virginal ropaje.
—Ahora debemos volver a casa —dijo Ameline tendiéndole amistosamente la mano.
Isabeau apretó aquella mano sin dudar. Cuando Ameline y Blanche las precedieron para entrar en la trastienda, Françoise la retuvo por el brazo.
—Ese señor te violó, ¿verdad?
—Sí—dejó caer Isabeau sin apartar la mirada de los ojos claros y directos de su compañera.
Inmediatamente un velo de odio se formó en ellos.
—En ese caso, espero que haya pagado por ello —susurró solidaria, antes de entrar en el taller.
—¡Sí, ha pagado! —afirmó Isabeau mientras la seguía, sintiéndose de repente mucho mejor.


Nueve de noviembre de 1515. Philippus apagó la vela, sumiendo la habitación en la oscuridad. La claridad de la luna aún le permitía encontrar el pasaje secreto. Había pasado el día preguntándose qué convendría hacer cuando el agresor se dejase ver. Su primer impulso había sido cerrarle la retirada y llamar a la guardia, pero había terminado por aceptar la evidencia: no era una buena idea. Probablemente, la joven que había visto en su sueño de la víspera tenía cómplices en la casa, tal vez no fuese más que la ejecutora. En ese caso, detenerla a ella sola no sería de utilidad a François de Chazeron. Tenía que descubrir la verdad de aquella intriga, por muy sórdida que fuese. En el fondo, el culpable le interesaba menos que el misterio que escondía tras él. Y Philippus nunca había sabido resistirse a los enigmas.
A la hora de la cena, como cada noche, Albérie subió las bandejas. Cuando volvió a buscarlas, veinte minutos más tarde, todo indicaba que Philippus y François habían acabado de cenar. Era cierto en el caso del señor del castillo, pero Philippus había volcado discretamente la comida en una bolsa de cuero disimulada detrás de un mueble.
Philippus se instaló confortablemente en su sillón, cubriéndose pecho y hombros con la manta, en la misma postura de descanso que las noches precedentes. No lejos de él, François de Chazeron dormía. Roncaba, silbando en cada inspiración, con la boca abierta y un aliento ácido.
Philippus había procurado desplazar su butaca de manera que pudiese abarcar con la vista toda la habitación. Sus reflexiones le habían conducido a proceder por descarte. Un lienzo de pared tenía apoyados contra él una mesa y un arcón con diversos objetos encima que habría que haber movido en bloque para poder pasar. El que tenía frente a sí y que cubría la ventana, estaba demasiado cerca de la cama del enfermo. Una puerta secreta podía estar disimulada allí, pero Philippus había descartado esa hipótesis, pues la desconocida de la víspera se había inclinado sobre François desde el otro lado de la cama, de forma que habría tenido que dar la vuelta en torno al enfermo para llegar hasta allí. La tercera pared era una pared interior, en la que se encontraba la puerta custodiada por el guardia. No era lo bastante gruesa para disimular un escondrijo. Quedaba la chimenea, ancha y profunda. A la izquierda, un candelabro de pie amueblaba el espacio restante; a la derecha, la cabecera de la cama se apoyaba sobre la piedra.
Philippus había conocido numerosas mansiones cuyas chimeneas se abrían sobre toscos escalones en el muro exterior. Estaba persuadido de que de allí era de donde había salido la jovencita.
Fuera se había levantado viento y se oía su respiración irregular descender por el conducto de la chimenea, avivando las llamas en medio de un haz de chispas.
Philippus se dejó ganar por una modorra reparadora. Su estómago protestaba de hambre, pero estaba acostumbrado a no hacerle caso. La noche iba a ser larga. Procuró mantener todos sus sentidos en estado de alerta, como cuando dormía en alguna posada de mala fama o en el bosque, durmiendo a medias, con un ojo y una oreja alertas, sabedor de que el menor ruido lo despertaría.
En realidad, lo que lo sacó de su duermevela fue la sensación de una presencia y no aquel ligero chirrido que había escuchado.
Cubierta por una capa, la silueta le pasó rozando para dirigirse a su víctima. En cuanto estuvo cerca de ésta, sacó un frasco de la manga y se humedeció el dedo. Por un momento, Philippus tuvo el reflejo de detener aquel gesto, pero se contuvo. La existencia de un veneno implicaba la existencia de un contraveneno, estaba seguro. Contuvo el aliento mientras la visitante deslizaba el dedo sobre los labios de François, quien emitió un ligero gruñido. Luego se apartó de él con cautela, y Philippus dejó caer los párpados sobre sus ojos curiosos, conservando tan sólo un fragmento de luz entre las pestañas abatidas, el suficiente para permitirle admirar los contornos perfectos del rostro que lo escrutaba en la tenue claridad.
El corazón le dio un vuelco en el pecho sin que pudiese evitarlo. Aquella mujer estaba allí, frente a él, inmóvil, observando con atención su fingido descanso con una tierna sonrisa en los labios. Se preguntó si la víspera lo habría observado de la misma forma. Probablemente hubiera sido eso lo que lo había medio despertado. Philippus se estremeció ante la idea de que habría podido envenenarlo a él también. ¿Por qué no lo había hecho, si era evidente que estorbaba sus tejemanejes?
Cuando se acercó a él, Philippus cerró del todo los ojos por miedo a que se percatase del subterfugio. El corazón le latía desbocado, pero no habría sabido decir si era a causa del miedo o debido a la turbación, porque la aparición despedía un fuerte olor de almizcle, casi animal, aunque, no obstante, embriagador y agradable. Esperó. La boca delicadamente orlada se posó sobre sus labios con una dulzura infinita y se retiró de inmediato, dejándolo frustrado. Luego, se alejó sin que pudiese siquiera oír el rumor de sus pasos. Entonces volvió a entreabrir los párpados y contuvo un grito de alegría. A diferencia de muchos mecanismos, éste no se accionaba desde la pared, sino desde el interior de la chimenea.
Vio con claridad la piedra cubierta de hollín hundirse en el vacío a la izquierda del hogar mientras, grácil y ligera, la misteriosa aparición pasaba rozando las llamas antes de desaparecer. Philippus esperó a que el mecanismo hubiese vuelto a su posición originaria, antes de moverse.
Se preguntaba si la desconocida no le habría dado el beso de la muerte, pues se sentía muy débil, pero descartó esa idea. La verdad era otra y clavaba su evidencia en el centro de su calzón. Philippus estaba claramente excitado, como nunca le había ocurrido. De pronto se sintió avergonzado e hizo un esfuerzo para recuperar un estado más decente. ¡Había que ser perverso para sentir una atracción así! Mientras se levantaba para acercarse a François, cuyo rostro se contraía bajo el efecto del veneno, no pudo evitar preguntarse si este último no tendría razón.
Aquella joven tenía la belleza y el perfume prohibido del diablo. ¿Podía ser que el castigo fuese ella?


Isabeau salió de la tienda apesadumbrada. El final de la jornada había sido triste, a pesar de que sus compañeras habían hecho un despliegue de imaginación para distraerla de su tormento.
Se sentía extenuada; extenuada y rota. Para aumentar aún más su debilidad, la nieve seguía cayendo sobre la ciudad y se veía forzada a levantar los tobillos para avanzar en medio del gentío que abarrotaba las callejuelas, incomodada por el paso y los excrementos de los caballos, los cerdos y algunos bueyes que tiraban de pesadas carretas.
Isabeau se recogió las faldas y avanzó por la rué de la Lingerie. Cuando pasaba junto a la tapia del cementerio de los Saints-In-nocents para llegar al puente de Notre-Dame y volver a la catedral, tuvo que detenerse y pegarse a la tapia para dejar paso a un carruaje ricamente adornado. Él solo ocupaba toda la angostura de la calle e Isabeau lo maldijo. El agua que salpicaba le había mojado los zapatos y había acabado de empaparla. Por un momento, se dejó llevar por la fatalidad y, muerta de cansancio y agotada por la tensión nerviosa, se apoyó pesadamente contra la piedra y cerró los ojos fatigados por el minucioso trabajo de aguja.
En cierto modo, hablar de Benoit la había aliviado, sobre todo porque era la primera vez que alguien ajeno a su historia la oía y la comprendía hasta el punto de reaccionar como ella. A pesar de todo, se daba cuenta de su vulnerabilidad. Remover aquellos recuerdos había despertado en ella una doble añoranza: la de Benoit, que seguía viva a pesar de que su rostro, curiosamente, casi se había borrado, y la de Loraline. No había dejado de pensar en ella después de volver a su labor, aunque se convenció con rapidez de que eso ocurría por una sola razón: Loraline era la garante de su venganza.
Se prometió enviar un correo a la abadía de Moutier. Estaba ansiosa por recibir la noticia de la muerte de Chazeron. Pensar que su hija podría vivir con ella le reconfortaba, aunque quedase un obstáculo mayor a ese posible reencuentro: para ella, oficialmente, Isabeau había muerto. ¿Le perdonaría alguna vez Loraline su dolor y aquella mascarada? ¿Cómo reaccionaría cuando descubriese que no había sido más que un instrumento en manos de su madre? Isabeau ahuyentó aquel pensamiento. En el fondo, eso no tenía ninguna importancia. No necesitaba el amor de su hija, tampoco lo poseía para dárselo. Tan sólo quería para Loraline una vida mejor que la que había tenido ella.
Una mano cogió la suya, forzándola a volver la cabeza y abrir los ojos. Croquemitaine. El enano le sonrió bonachón y, en una fracción de segundo, una complicidad evidente les unió en silencio. Luego, como acostumbraba, Croquemitaine hizo rodar unos ojos redondos con humor simiesco.
—Isa parecía perdida. Croquemitaine siempre encuentra lo que se ha perdido. La gente y las monedas. Dos veces te he encontrado, a la tercera me perteneces, Isa.
Isabeau no pudo evitar reírse. No había vuelto a ver al rey de los bufones desde el día de su llegada. Le gustó comprobar que el enano no la había olvidado.
—Esta vez no estaba perdida, sólo agotada —replicó con una sonrisa franca—. Pero estoy encantada de verte. El otro día no me diste tiempo a darte las gracias.
—¿Para qué? —preguntó Croquemitaine encogiéndose de hombros en un gesto cómico—. Hoy por ti, mañana por mí, es la regla. Seguro que un día también tú tenderás la mano a Croquemitaine. Así es como funcionan las cosas, Isa.
Isabeau sacudió la cabeza. A ratos, una ráfaga de viento concentraba los copos sobre sus pellizas, depositando sobre ellas una fina capa de cristales. El frío penetraba en Isabeau a través de su ropa mojada. Tuvo un escalofrío.
—Ven —dijo Croquemitaine llevándosela consigo.
Anduvieron algunos pasos junto a la tapia y, luego, Croquemitaine se detuvo ante una puerta tan baja que Isabeau tuvo que ponerse en cuclillas para verla. El enano extrajo una voluminosa llave de un saquito colgado de su cintura y la hizo girar en la cerradura. Isabeau descubrió un pasaje en forma de tubo que se hundía en el suelo de una pieza estrecha, en la que apenas cabría un hombre tumbado. Croquemitaine no le dio tiempo a hacerse preguntas.
—Entra, date prisa o se descubrirá mi secreto.
Isabeau descendió la escalera de hierro que alumbraba una linterna dejada cerca de la boca de entrada del pasaje y oyó cómo Croquemitaine hacía girar la llave tras él. Un momento después, sus piernecillas aparecían por encima de su toca. Isabeau se encontró en medio de un subterráneo que apestaba a humedad. Croquemitaine saltó el último escalón y barrió su alrededor con la linterna.
—No debes tener miedo, hermosa Isa —dijo con un guiño de complicidad.
—No tengo miedo —contestó Isabeau divertida.
Deseaba decirle que, por el contrario, aquella bóveda húmeda y maloliente la tranquilizaba. Había pasado tanto tiempo recorriendo los subterráneos de Montguerlhe, sola o acompañada por los lobos, que se sentía más segura allí que en las atestadas calles de París. Era la muchedumbre, su movimiento, su continuo bullicio lo que le daba miedo. No el silencio, ni la oscuridad. Ni las ratas que oía correr a sus pies. Al cabo de algunos metros, atisbo la vacilante claridad de otra lámpara. Estaba emplazada en una cavidad de la piedra. Al llegar a su altura, descubrió dos nichos en los que había esqueletos amontonados. No pudo contener un sobresalto de sorpresa. Croquemitaine estalló en una risa divertida.
—Los muertos son menos peligrosos que los vivos, bella Isa. Éstos llevan aquí siglos. Se dice que son de los tiempos en que los romanos ocupaban las Galias, cuando París aún se llamaba Lutecia. Seguramente es cierto. Sobre nuestras cabezas tenemos el cementerio de los Saints-Innocents. Pero mira, ya llegamos.
En efecto, ante ellos se dibujaba una nueva puerta. Croquemitaine corrió el pestillo y una oleada de luz, música y colores le estalló en el rostro.
—¡Bienvenida a la Corte de los Milagros! —dijo alegremente el enano, apartándose para dejarla pasar.
En la amplia sala de piedra que se extendía ante su mirada atónita, unos cuarenta tullidos, mendigos y desarrapados se ajetreaban en un desorden asombroso y rutinario. Vanos ataúdes convertidos en mesas acogían pitanza y botellas destinadas a las grasientas manos de los hambrientos, servidos por algunas matronas despechugadas que reían y se dejaban manosear las nalgas. En un rincón, amontonados de cualquier manera, cabezas contra traseros, los niños dormían con la boca abierta sobre destripados colchones de paja.
Sentado en el suelo, un grandullón pelirrojo jugaba a las tabas con un lisiado a quien le faltaban las piernas, instalado sobre una tabla con ruedecillas. Los músicos interpretaban una zarabanda mientras, envuelta en pañuelos tornasolados, una voluptuosa morena arqueaba la cintura en una danza provocativa, bajo la atenta mirada de unos cuantos individuos que llevaban el ritmo batiendo palmas. Un poco más allá, una jovencita amamantaba a un mofletudo bebé mientras otra propinaba un manotazo al vuelo a un harapiento que le lanzaba bolitas de arcilla.
La mirada de Isabeau iba de un lado a otro, sin detenerse en nada, pero abarcándolo todo y descubriendo una miseria alegre, guasona, mugrienta y asombrosa.
Y luego, bruscamente, las notas quedaron en suspenso: la gitana, en un movimiento flexible, acababa de descubrir a Croquemitaine. Con paso rápido giró y giró hasta quedar de rodillas ante él, postrada en una respetuosa reverencia. Como si ese simple gesto hubiese bastado, todas las miradas convergieron en el rey de los bufones para humillarse con deferencia.
Croquemitaine pareció no notar la atención de la que era objeto. Pasó una mano tierna y rápida por los cabellos de azabache de la joven. Ella le dedicó una mirada salvaje, ardiente, hasta el punto de hacer que Isabeau se sintiera incómoda. Croquemitaine se apresuró a romper el silencio.
—Amigos, aquí está la hermosa de la que os he hablado: Isa.
Tomó la mano de Isabeau entre las suyas. Ella temblaba. Al punto, en un solo impulso, hombres, mujeres y niños comenzaron a golpear con la palma de la mano sobre los ataúdes, el suelo, las paredes, produciendo un estruendo ensordecedor. Isabeau sintió que la sangre se retiraba de su rostro. Su presencia le espantaba, sus caras descarnadas, sus dientes negros y amarillentos, sus sonrisas lascivas. Se levantaron y se acercaron, acogedores a pesar de su miseria, espantosos en conjunto. Isabeau se volvió hacia Croquemitaine. La gitana le había rodeado el cuello con los brazos y lo besaba en la boca. Isabeau sintió que las piernas le flaqueaban. Retrocedió hasta la puerta, segura de estar viviendo una nueva pesadilla.
Tras proferir un grito, los presentes se detuvieron en seco, pero ella ya no veía nada. Acababa de deslizarse en una noche sin fin.


Philippus aplicó un pañuelo empapado en agua clara sobre la mancha que orlaba los labios de François, esperando reducir los efectos del veneno. Se aseguró de que el pulso permanecía estable, aunque rápido, y luego tomó una decisión.
No tenía más arma que su machete. Por un momento había pensado en traerse su daga a la habitación, pero temía llamar la atención. En principio, no corría ningún peligro junto al señor, y equiparse así para velar a un moribundo tal vez habría alertado a los asesinos.
Fiándose de su instinto, accionó el mecanismo de apertura y vio cómo la piedra se hundía en el hogar. A su espalda, las llamas roncaban, aspiradas y avivadas por el aire enrarecido que se precipitaba en la abertura. Percibió su calor a través del jubón, mientras el frescor que llegaba de la sombra le golpeaba el pecho.
Encendió la antorcha que había preparado y descendió los peldaños. Al poner el pie sobre el tercero, oyó el chasquido de la losa que volvía a su posición, sin que él hubiese hecho el mínimo movimiento para lograrlo. Un helado escalofrío recorrió su cuerpo, pero se repuso inmediatamente. Ya no había vuelta atrás. Estaba preso de su propia temeridad.
El pasadizo era estrecho, excavado en la muralla, y los escalones eran resbaladizos. Había dos muros y Philippus creía que habían creado aquel espacio intermedio de forma intencionada, cuando se construyó la fortaleza. Por qué razón había sido mantenido en secreto para los sucesivos dueños, era una pregunta sin respuesta.
Concentró toda su atención en el descenso. De tanto en tanto, un soplo de aire le acariciaba el rostro y la llama de su antorcha se curvaba. Aquí y allá habían dispuesto estrechas aspilleras, tan astutamente incrustadas en las junturas de las piedras que era imposible sospechar su existencia desde el exterior.
La construcción de manipostería dejó paso a la roca y Philippus encontró bajo sus pies el suelo blando y terroso de la galería de una caverna. Las ratas bullían chillando y el pasadizo tan pronto se ensanchaba como se estrangulaba. Avanzó durante un buen rato, buscando su camino gracias a la ayuda de huellas esporádicas cada vez que la galería se cruzaba con otra que se hundía en la noche. No encontró nada que le proporcionase una pista.
Por un momento se dijo que aquel dédalo iba a dar cuenta de su osadía, que estaba perdido, condenado a errar sin encontrar una salida. Estuvo tentado de dar marcha atrás, pero se impuso calma a sí mismo y decidió reflexionar. La reflexión siempre le había llevado a encontrar soluciones. Su instinto también. Detestaba aquella sensación de estar emparedado.
Tomó asiento y repasó el recorrido. Todas las galerías que había cruzado parecían subir. Eso quería decir que probablemente todas llevaban al castillo por diferentes escondrijos y sí no era en Montguerlhe, lo sería en algún otro lugar. Puesto que no sabía de dónde venía la joven, debía seguir su ruta en el sentido lógico de la cuesta. Todas desembocaban en aquel corredor, así que se hallaba en la buena dirección. Quedaba por saber adonde le llevaría.
Se levantó con dificultad. La humedad le había penetrado en los zapatos y empezó a tiritar. Aceleró el paso para entrar en calor. En una revuelta, su pie tropezó con una piedra saliente y cayó de bruces. Se agarró contra la roca, pero se le escapó la antorcha que rodó por el suelo y se apagó en un charco de aguas residuales. Philippus soltó un juramento mientras se frotaba el tobillo dolorido. Se hallaba sumido en una oscuridad absoluta. Pegó la mano a la roca para guiarse y avanzó a tientas con la mayor prudencia posible. A cada rato encontraba una abertura, aunque éstas empezaron a escasear. Eso lo tranquilizó, a pesar de que bajo sus pies el suelo se volvía horizontal. Fue reduciendo las precauciones, sobre todo porque sus ojos se habituaban poco a poco a la oscuridad y ya intuía ante él el largo recorrido del túnel.
De pronto, se le hundió un pie y perdió el equilibrio. Intentó agarrarse a la pared, sacar la pierna que se había metido en el agujero, pero fue en vano. Un intenso dolor le arrancó un grito de animal asustado, se dejó caer a lo largo, golpeándose la cabeza contra la pared con un ruido sordo, y quedó cruzado en el camino. No tuvo tiempo de pensar que estaba perdido. Tras el golpe, se desvaneció.


Cuando Isabeau recuperó el sentido, la cara inquieta de la gitana se movía por encima de la suya mientras le humedecía las sienes. Volver a abrir los ojos la devolvió a su angustia y se echó a temblar.
—Tranquila, tranquila —murmuró Lilvia, mientras le ponía una mano fresca y ensortijada sobre la frente.
La voz zalamera de acento áspero le transmitió poco a poco su calor, igual que aquella que resbalaba de su frente a su pelo en una afectuosa caricia. Isabeau cerró los ojos y dejó que los latidos de su corazón se calmasen. La gitana entonó con timbre tranquilizador y sensual una cancioncilla cuya letra Isabeau no comprendió, pero que le devolvía lejanas imágenes. Volvió a ver el rostro de su abuela inclinado sobre el suyo, sus largos dedos acariciándole el pelo rebelde cuando, siendo niña, se dejaba mimar. Recordó aquella canción de cuna que alejaba sus temores, aquellos instantes únicos en los que, sobre las rodillas ya gastadas, se metía el pulgar en la boca antes de dormirse. Aquella canción de cuna que también ella había canturreado a Loraline.
Poco a poco, sus miedos irracionales dejaron de encontrar eco en su imaginación. Cuando volvió a abrir los ojos, ya tranquila, la gitana sonreía amable y maternal.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—En la habitación del rey —contestó Lilvia—. Esta habitación y la gran sala que has visto son nuestros escondites bajo la iglesia. Los mendigos están compungidos, no querían asustarte sino darte la bienvenida. ¡Escucha!
Isabeau tendió el oído, pero sólo oyó silencio.
—No oigo nada.
—Justamente. Están pendientes de lo que pasa, por eso callan. Me apuesto algo a que uno de ellos no despega la oreja de la puerta mientras los demás contienen el aliento. Esperan que vuelvas con ellos, Isa. La belleza les fascina, es un tesoro que nunca poseerán. La respetan enormemente. Y tú eres muy hermosa.
Isabeau sintió que se ruborizaba bajo la insistente mirada de la gitana, que la observaba detenidamente.
—¿Dónde está Croquemitaine? —preguntó para disimular su malestar.
—Aquí, allí, en todas partes —rió la gitana—. Es el rey.
Se apartó de la cama y cogió la mano de Isabeau para incitarla a levantarse. Isabeau se sentó y observó minuciosamente el lugar al que la habían traído. Todo a su alrededor era riqueza y esplendor. Preciosos jarrones de oro, plata y pedrería, cuadros sublimes, tapicerías y alfombras lujosas, no había lugar en donde posar la mirada sin quedar cautivado.
La gitana tiró un poco más de su mano.
—¿Aún tienes miedo, Isa? —preguntó con amabilidad.
Isabeau le respondió con una sonrisa franca. No, ya no tenía miedo. Hasta se sentía como una tonta.
La gitana pegó un ojo al agujero de la cerradura antes de volverse con expresión maliciosa. Hizo señas a Isabeau de que la imitara y ésta topó con otro ojo frente al suyo que la miraba. Retrocedió con un grito de sorpresa.
—Te lo dije, Isa. Te están esperando.
La gitana puso su larga mano ensortijada sobre el pomo de la puerta con la intención de abrir.
—¡Espera! Necesito saber —exclamó Isabeau deteniéndola con un gesto.
—¿Saber qué, Isa? —inquirió a la par que interrumpía el movimiento de su brazo e inclinaba la cabeza.
—Tú. Tú y Croquemitaine. Lo has besado —añadió, incómoda.
—Sí. ¿Y qué?
No parecía encontrarlo raro, ni por asomo.
—¿Y Bertille? —preguntó Isabeau tras tragar saliva.
—No sabes nada de las leyes de la Corte de los Milagros, Isa —respondió la gitana con un gesto desolado—. El matrimonio aquí no tiene el mismo sentido que afuera. Cuando una esposa no puede dar un hijo al rey, entonces éste escoge una segunda para que se lo dé. Bertille no puede tener hijos. Yo sí —aseguró poniendo la mano sobre su vientre.
Isabeau ahogó un grito de sorpresa. Bajo la curva de su mano, a través del tejido de sus faldas, se adivinaba un abultamiento.
—¿Bertille es una repudiada? —insistió Isabeau inquieta por aquella idea, pues le había tomado afecto a la enana.
—¡No, por Dios, no! Educaremos al niño juntas. Las cosas aquí funcionan así. Compartiremos todo lo que sea sano y bueno. No hay como los burgueses para echar a una mujer estéril y humillarla. Aquí, si una madre muere, adoptamos a su pequeño; si una no puede ser madre, le dejamos compartir el hijo de otra.
—¡Como las lobas! —exclamó Isabeau admirativa.
—Sí, como las lobas. Eso es un poco lo que somos, Isa. Una manada de lobos de afilados dientes a la que los burgueses tienen miedo.
—Pero tú no eres como ellos, tú eres hermosa, vivaracha...
—Los gitanos son un pueblo hostigado porque es libre. Los míos fueron masacrados cuando yo tenía cuatro años. Ellos me recogieron. Soy una más entre ellos. No hay uno solo a quien no tenga afecto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabeau, mientras pensaba cuánto se parecía la historia de la gitana a la suya.
—Elvidara, pero aquí todo el mundo me llama Lilvia. Haz lo mismo y serás mi amiga para siempre.
—No lo olvidaré, Lilvia —aseguró Isabeau.
Y fue ella la que, adelantándose a la gitana, hizo girar la manilla de la puerta. En el centro de la sala se hallaba Croquemitaine, malhumorado, sentado sobre un sillón sobreelevado. A sus pies, frente a éste, la Corte de los Milagros esperaba su veredicto en silencio.
Los ojos de Isabeau se demoraron largamente sobre ellos y luego se detuvieron en el rey de los bufones. Se había tomado el tiempo necesario para verlos con su instinto y su corazón. Cuando avanzó sonriente hacia el trono, los ojos de aquellos miserables se iluminaron. Tras depositar sus labios sobre la frente de Croquemitaine, cuyo rostro se iluminó, un gigantesco ¡hurra! sonó como una sola voz.
Al instante, los mendigos corrieron junto a ella para darle, cada uno a su manera, la bienvenida. Una vez más, había encontrado a los suyos. Se volvió hacia Lilvia y, con un gesto, la invitó a acercarse. La gitana no se movió. Se contentó con sonreír mientras acariciaba su vientre.
Entonces, Isabeau se confundió con la manada. Tal vez para olvidar que, por un momento, se había vuelto a ver con el vientre abombado, frente a la cueva de Montguerlhe, donde le esperaban los lobos, con su abuela en el centro, aullando a la luna llena con su pelaje gris.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Nov 06, 2010 12:37 pm

Capítulo 11


Cuando aquel 10 de noviembre de 1515 Antoinette cruzó el umbral de la habitación de su marido, la ausencia de Philippus la turbó menos que la visión de su marido nadando en vómitos, sumido en un pesado sueño que lo obligaba a roncar con la boca abierta. Sintió arcadas y salió inmediatamente de la habitación, sin siquiera tener valor para abrir la ventana y expulsar aquel olor.
Interrogó allí mismo al guardia, que seguía plantado ante la puerta, y éste le aseguró que el médico no había abandonado su puesto desde que él ocupara el suyo. Perpleja, resolvió preguntar al criado de Philippus qué razones habían llevado a su amo a descuidar a su paciente, no sin antes haber ordenado que se lavase y asease a François, así como que se limpiase la habitación y la ropa de cama.
Mientras se dirigía hacia el alojamiento que había puesto a disposición de Philippus, cayó en la cuenta de que no lo había visto en el desayuno. Se había despertado con dolor de cabeza, pero no prestó la menor atención a ese detalle que, sin embargo, debería haberla preocupado. Antoinette se lo reprochó. Bien podía ser que el médico también se encontrase mal. Cuando llamó a la puerta, su indignación había dejado paso a la transigencia.
Corichon le abrió la puerta con un bostezo y puso unos ojos como platos al oírle preguntar por su amo. Como su mudez no le permitía dar respuestas precisas, se contentó con invitarla a entrar con un amplio gesto.
—¡Es como si hubiese desaparecido, Huc! —concluyó Antoinette a la par que dejaba caer los brazos en un gesto de impotencia.
El preboste había oído el relato de Antoinette con el corazón encogido. Cuando la vio aparecer en la sala de guardia, descompuesta y sofocada, creyó que su esposo había pasado a mejor vida, pero Antoinette estaba empeñada en interrogar personalmente al guardia de turno durante el primer cuarto de noche. Luego, lívida, le había hablado del misterio, a solas.
Philippus no había salido de la habitación y, sin embargo, no estaba en ella. Sin mucha convicción, Huc se desplazó hasta el pie de la torre, examinó en la nieve las huellas de la víspera y luego alzó la vista hacia la ventana, hasta tener la certeza de que ningún ser humano se había aventurado por allí. Si por alguna razón Philippus hubiese saltado por la ventana, aún serían visibles las huellas de su paso.
Mientras Antoinette temblaba a su lado invocando la obra del diablo, una rabia sorda se apoderaba de él mientras recordaba las preguntas del médico. Era cierto que, tal como Philippus había supuesto, existía un pasadizo parecido al que salía de la habitación de Albérie para desembocar en el bosque. Después del episodio de Vollore, él mismo lo había recorrido mientras su esposa estaba en la cocina, poco inclinado a creer la tesis de la levitación de Loraline. Había pensado que descubriría, a los lados de aquel túnel, otros subterráneos que llevarían a la cueva de Vollore, pero regresó con las manos vacías y, muy a su pesar, tuvo que admitir la versión de su esposa. El pasadizo excavado en la roca era de una sola pieza, tal y como Albérie lo había descrito.
Mientras se hallaba sumido en aquellos pensamientos, Antoinette puso una mano temblorosa en su brazo, obligándolo a dedicarle una mirada lejana.
—Huc —murmuró ella con una voz blanca. Él profirió un gruñido a modo de respuesta y luego cayó en la cuenta de que ella estaba llorando—, tengo miedo.
El preboste la abrazó con ternura y la acunó en sus brazos. De pronto, también él tenía miedo. No del diablo, como Antoinette de Chazeron, sino de la verdad.
Un instante después se separaba de ella, por miedo a que alguien viese aquel breve abrazo desde la torre, decidido a mantener una conversación con su mujer.


La encontró en las cocinas, junto a la oronda Jeanne, ocupada en limpiar legumbres para el guiso del mediodía. En cuanto hubo cruzado el umbral de la puerta, Albérie se levantó para ir a su encuentro.
—Tengo que hablar contigo, Huc —anunció con tono grave, cortando en seco sus propios argumentos.
Y dicho eso, lo llevó a una pieza contigua que servía de trastero y despensa. Cerró la puerta tras ella y se apoyó contra la puerta de madera, con las manos cruzadas a la espalda, como si quisiese retenerlo prisionero.
—Algo raro ocurre en el castillo, Huc.
—Lo sé, el médico ha desaparecido, y de la manera más extraña imaginable.
Ante aquellas palabras Albérie palideció, el rostro descompuesto por una sorpresa no fingida, hasta tal punto que Huc no pudo evitar preguntar:
—¿No lo sabías?
—No, me he despertado tarde y con dolor de cabeza, como me ocurre desde hace varios días. No he desayunado y he venido directamente a las cocinas. ¿Qué ha pasado?
—Luego te lo contaré. ¿Qué tenías que decirme?
El tono de su voz era seco. Albérie se acercó a él y se sentó sobre un tonelete, en actitud pensativa. Parecía inquieta. Huc sintió que su indignación vacilaba. Se arrodilló y le cogió las manos delicadamente.
—Mírame, Albérie. Quisiera estar seguro de que no tienes nada que ver con todo este asunto.
Ella clavó su mirada en la suya.
—¿Qué vas a creer, Huc? ¿No es suficiente la maldición que pesa sobre mí como para que además me consideres sospechosa? No sé nada de todo este asunto, pero es otro el que me preocupa. ¡Tal vez estén relacionados, después de todo!
—Entonces habla —la animó Huc a la par que retiraba de la frente de Albérie un mechón moreno que se había deslizado de su trenza.
—Antes necesito saber. ¿También tú te sientes cansado y pálido por las mañanas desde hace unos días?
—Sí, así es.
—He interrogado a la gente del servicio y todos, al menos aquellos que hubieran podido acercarse a la habitación del señor, padecen los mismos síntomas. Todos salvo los guardias, que, como sabes, comen aparte.
—¿Adonde quieres ir a parar?
—Tengo la impresión de que nos han drogado, Huc. Con qué objeto, no podría decirlo, pero creo que Philippus tenía razón. La enfermedad de François no es natural.
—¿Loraline? —aventuró Huc, desconcertado por aquella confesión.
—Eso creí, y por eso me ausenté ayer del castillo después de comer. Me ha asegurado que no sabe nada del asunto, y menos aún de las propiedades de los venenos, porque me concederás, Huc, que el que utilizan, si es que se sirven de éste como piensa Philippus, es muy lento en dar muerte a su víctima. Loraline es joven, inocente y está sola. El invierno la mantiene acantonada en la cueva con los lobos y, por primera vez en su vida, se ve obligada a afrontar sus rigores, sus inconvenientes, sin !a ayuda ni el calor de su madre. Yo la sustituyo como puedo y si alguna venganza hubiese vuelto a nublar su mente, lo habría notado, Huc, tienes que creerme. Además, ningún subterráneo, aparte del que lleva a nuestra habitación, permite acceder al castillo. Ella misma ignora su existencia por las razones que conoces. Sigue creyendo que voy a lomos de una mula, y que la dejo apartada a causa de los lobos. A pesar de todo, he registrado hasta el último rincón de la cueva sin ningún resultado.
—Sin embargo, ese pasadizo existe. ¡Philippus tiene que haberlo descubierto esta noche puesto que no ha salido de la habitación de François!
—Entonces debes encontrarlo, Huc. Deseo más que nadie la muerte de François, pero no puedo soportar que tu mirada me acuse a mí o a los míos. Es un ser lo bastante vil como para haber suscitado muchos odios. El señorío de Vollore está lejos de ser pobre. Si François muere, serán muchos los vecinos colindantes que se apresurarán a anexionarlo. Loraline sería la culpable ideal. También yo. Eres un buen preboste y el ser más cabal que haya conocido nunca. No dejes que las brumas del pasado nublen tu entendimiento. Por mi parte, probaré cada plato antes de que salga a la mesa y permaneceré en la cocina durante su preparación. Mi desconfianza tal vez aleje la fechoría, pues quien está atentando contra la vida de nuestro señor ha conseguido un cómplice entre estas paredes. Encuéntralo, Huc. No para salvar a François, sino para alejar las sospechas de nosotros. Me niego a perder tu confianza. Ya tengo bastante con haber perdido tu amor.
Huc pestañeó. Había escuchado en silencio, siguiendo la lógica del pensamiento de Albérie, que coincidía con la suya. La había creído culpable, pero ella tenía razón. Para su conciencia, era fácil y reconfortante. Tal vez él se había equivocado. Levantó el mentón tembloroso de Albérie. No recordaba haberla visto con aspecto tan atormentado, ni siquiera cuando tuvo que confesarle su transformación.
—Aún te quiero, Albérie —dijo.
Ella esbozó una leve sonrisa. Su mirada herida se llenó de crueldad mientras decía con tristeza:
—¿Y a ella, la quieres, Huc de la Faye?
—No sé de qué... —empezó a decir, incómodo, pero le interrumpió ella con un dedo sobre los labios.
—No, te lo suplico, no mientas. No puedo reprocharte que recojas en otra parte las frutas que yo no te dejo coger. Te he conocido goloso de jovencitas y yo no merecía todos esos años de abstinencia en nombre de un matrimonio nunca consumado. Pero si François de Chazeron muere mañana, ¿cuál será tu elección, Huc?
—No lo sé —confesó él miserablemente, bajando los ojos.
—Entonces, deseo que viva muchos años.
Albérie salió de la estancia tambaleándose. Por muy dolorosa que le resultase aquella idea, había sido sincera.


Al pasar por el corredor que llevaba al piso superior, Albérie oyó la voz de Antoinette que daba órdenes a las lavanderas para que, a pesar del frío, las sábanas sucias de François se lavasen y batiesen. La invadió un odio feroz, tan violento que tuvo que apoyarse con las dos manos en la pared para contenerlo.
Al ver que la voz se aproximaba, aspiró una buena bocanada de aire y forzó sus pies a acelerar el paso. El animal que llevaba dentro reclamaba sangre. Castigo. Debía evitarlo, tenía que rehacerse. Cuando alcanzó el descansillo, al ver que le faltaba aire, cayó en la cuenta de que había estado corriendo. El pasillo estaba desierto. Se había retirado la guardia de delante de la puerta de Chazeron. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta, la entreabrió y cruzó el umbral. François roncaba, agotado por sus espasmos. Albérie se arrodilló junto a la cama y extrajo el cofrecillo que contenía el lingote de oro. El no se movió. Un momento después, tras echar el cerrojo a la puerta, se precipitó sobre su cama y, a pesar de su audacia, hundió la cabeza en la almohada con la imperiosa necesidad de desgarrarla a dentelladas para después, liberándose de golpe, derrumbarse y fundirse en lágrimas.


Huc estuvo tres días inspeccionando cada pulgada de la habitación, haciendo oídos sordos a la opinión de François de Chazeron, que pretendía haber visto cómo el diablo se llevaba al médico. Según decía, uno y otro habían desaparecido entre las llamas. De modo que allí fue donde más se aplicó Huc en su búsqueda. Sin éxito. Fue inútil que sondease todas las paredes de la chimenea, que forzase cada piedra. No consiguió nada.
Así que puso en práctica lo que le pareció más inteligente. Hizo vaciar una habitación que servía de trastero y transportó a ella al enfermo, contra su voluntad. Albérie se había encerrado en su habitación desde la entrevista con él, so pretexto de no encontrarse bien. No le dejaba entrar y sólo la voluminosa Jeanne estaba autorizada a llevarle la comida. Huc se sentía responsable. Se negaba a tener que escoger entre su amante y su esposa, aunque comprendía las razones que asistían a esta última. Antoinette se había enamorado de él, sinceramente. No tendría ninguna dificultad para apartar a su rival. Entonces, todo se iría al traste. «¡No!», decidió. A François de Chazeron no se lo llevaría pateta. ¡La desgracia ya había entristecido suficientemente aquella casa!
Despidió cortésmente a Antoinette, recordándole los deberes de su cargo para con el señor y, reemplazando a Philippus, se instaló a la cabecera de François.


Antoinette refrenó su cólera. Aunque aún se le escapaban los motivos, ahora estaba segura de que su esposo era víctima de alguna magia negra o algo todavía peor. Sin embargo, ante la plenitud que le aportaba su amante le venía muy bien la muerte de François. Que Huc emplease sus energías en impedirla, le parecía una traición insoportable. También ella se encerró en su habitación. Así pues, Montguerlhe pasó una semana sumida en un silencio mórbido de tensión y rencor.
Más encaramada que nunca en su espolón rocoso, cercada por la nieve y el frío, la fortaleza entera parecía esperar su liberación.


Se asemejaba a un latido. Casi una sucesión de golpes, de tan hiriente como lo sentía en el interior del cráneo. Varias veces tuvo ganas de abrir los ojos, pero la sola idea de forzar los párpados le dolía. En realidad, todo su cuerpo era puro dolor, de forma que el simple hecho de respirar hacía insostenible la menor reflexión. Y entonces se dejaba arrastrar hacia un sueño doloroso, persuadido de que no terminaba de morir.
Poco a poco, sin embargo, el dolor de cabeza empezó a remitir. A veces, el cuerpo le ardía. Otras, un frío glacial hacía que los dientes le castañeasen. Al cabo de un tiempo que le habría resultado del todo imposible calcular, vio desfilar por su memoria todo lo que le había conducido a aquel estado.
Abrió los ojos.
Una mujer joven se hallaba inclinada sobre su frente y le humedecía las sienes. Al menos eso es lo que dedujo, pues, tras seguir el ritmo de los movimientos de las gasas, dos senos blancos y redondos se irguieron ante su cabeza, entre la abertura de una capa de piel de lobo.
Philippus sintió que la respiración se le aceleraba. Cerró los ojos ante aquella visión curiosamente indecente y volvió a abrirlos al sentir que la caricia se retiraba de su frente. Los dos senos habían dejado su lugar a dos pupilas verde almendra con brillos dorados que lo miraban sin que pudiese siquiera explicar lo que despertaban en él. No obstante, tuvo la impresión de que acababa de nacer de aquella mirada.
Estuvieron escrutándose mucho rato y, luego, el rostro se vio amplificado sobre el suyo, para después alejarse. Cuando Philippus volvía la cabeza para seguir la silueta que se dirigía hacia un rincón de la cueva, se dio cuenta de que no estaban solos, y menos aún en el castillo de Montguerlhe, donde había creído encontrarse de regreso. En el tembloroso resplandor de las linternas, su mirada topó con decenas de pares de ojos brillantes. Su corazón se aceleró cuando uno de ellos, saliendo de la penumbra entre gruñidos, se le acercó. Contuvo un grito de sorpresa y miedo. El lobo pegó el hocico a su cara y lo olfateó. En ese momento, una voz emitió un breve sonido y el animal retrocedió para rumbarse dócilmente a su cabecera.
Philippus se echó a temblar. Estaba a merced de una manada de lobos hambrientos a causa de los rigores del invierno. La joven se acercó a él y le levantó la nuca con mano firme.
—No tienes nada que temer, ni de ellos ni de mí. Bebe —ordenó colocando ante sus labios un cuenco de tierra cocida.
Philippus obedeció sin protestar, pues la garganta se le había secado súbitamente. A su miedo se añadía una turbación que iba en aumento. La misma que había sentido en la habitación de François, antes de lanzarse tras los pasos de aquella desconocida, pues, aunque lo intentó, no lograba despegar los ojos de aquellos pechos desnudos sobre él.
Loraline apartó el cuenco de sus labios y lo dejó en el suelo, luego inclinó su dulce rostro hacia el de Philippus. Una vez más, sus miradas quedaron prendidas la una en la otra y, de repente, el miedo de Philippus desapareció. Sólo quedó el deseo, brutal, animal, un deseo incontrolable.
—Yo... —empezó a decir, pero los labios de Loraline se fundieron con los suyos.
Volvió a sentir el golpeteo en las sienes, pero le dio igual. Aquellos labios sobre los suyos sabían a bayas y a hierbas medicinales. Oyó el ruido sordo de la pelliza al caer al suelo. Instintivamente, atrajo hacia sí aquel cuerpo que intuía desnudo. Loraline se acostó sobre él con suavidad. Descubrió su propia desnudez al contacto de aquel cuerpo contra su sexo erecto. Se embriagó de él mientras, ágil y felina, Loraline lo cabalgaba irguiéndose sobre su vientre.
Ella profirió un leve grito de dolor mientras su cuerpo se encabritaba en una danza lánguida guiada por el instinto. Philippus se dejó poseer, forzándose a controlar su deseo para disfrutar mejor de aquella imagen. Jamás había visto cuerpo y rostro tan perfectos, ni oído canción más bella que aquel himno al placer que ella le ofrecía sin pudor, sin tabúes. Cuando, no pudiendo contenerse por más tiempo, se liberó en ella, Loraline se dejó resbalar a su lado sonriendo, arrellanó la cabeza de bucles sedosos, largos y salvajes contra su hombro y se durmió.
Sólo entonces fue consciente de haberse refocilado con una criminal.


No se había atrevido a moverse, ni siquiera a respirar más fuerte por miedo a despertarla, obligándose a reconstruir en la memoria los fragmentos de su aventura a partir de Auvergne. Y cuantos más minutos pasaba bajo la respiración regular de aquella salvaje, más clara era la impresión de que había algo que no encajaba. Necesitaba respuestas. En la mirada almendrada que había escrutado la suya, sólo había visto dulzura, luz y ternura. No era lo que se podía esperar de los ojos de un asesino. No, había algo más. Algo que se parecía a una herida. Y más que su propio cuerpo, del que iba tomando conciencia progresivamente en el dolor, lo que le dolía era aquella herida. Le dolía su misterio.
Puso una mano sobre los senos de la bella y los acarició con ternura. Su piel era flexible y fina, tanto que hizo que sonriese apaciguado. Subió la mano lentamente, hasta la nuca, y notó los bucles sedosos deslizarse entre sus dedos. No, no tenía nada de irreal ni de diabólico. Sencillamente, era la más hermosa de las mujeres con las que le había sido dado cruzarse en la vida, y no conseguía entender qué hacía allí, en medio de unos lobos cuyo lenguaje parecía conocer.
Acabó por mirarla con ojos animados tanto por la emoción como por la curiosidad. Ella lo observaba en silencio, seguramente la había despertado su caricia. Frustrado por el hecho de que hubiese dejado de pertenecerle, la apretó contra su hombro, como si eso bastase para que se volviese a dormir. Ella movió el omoplato bajo su mano, en una llamada silenciosa. Él dejó que sus dedos la volvieran a recorrer. Loraline languideció en un gemido de bienestar, con la cara iluminada por una felicidad sincera.
—¡Tengo tantas preguntas! —arriesgó Philippus.
Pero la joven empezó a recular entre sus muslos.
—Más tarde —respondió mientras deslizaba sus dedos por su bajo vientre. Lo miró largo rato, con un brillo salvaje en lo más profundo de sus pupilas, mientras él sentía que su sexo se inflamaba de nuevo—. ¿Otra vez? —preguntó, segura de la respuesta.
—Sí. Otra vez.
Tras cerrar los ojos sobre su plenitud, Philippus se dejó amar por segunda vez.


Luego tuvo que afrontar la realidad.
—Te he dormido la pierna y te la he inmovilizado —explicó Loraline después de revelarle su nombre—. La fractura era abierta y habías perdido mucha sangre cuando te encontré. Cytbarme ayudó a sacarte de la grieta —añadió esbozando una caricia entre las orejas del lobo que se le había acercado para olfatearlo.
—¿Cómo lo has sabido? ¿Quién eres? ¿Por qué no puedo verme la pierna? Soy médico, yo...
—¡Chitón! Cálmate. Responderé a todas tus preguntas. Dame tiempo, ¿quieres?
Sonreía, increíblemente serena, sentada a su lado, desnuda a pesar del fresco. Philippus se resignó con un suspiro. Sí, quería saber y quería entender. No sólo el secreto de aquella mujer, sino lo que le estaba pasando a él, Philippus von Hohenheim, quien se sentía, a pesar de las circunstancias, feliz y ligero como nunca se había sentido.
Entonces Loraline habló: de Isabeau, Benoit, François de Chazeron, Huc de la Faye, el abad de Moutier, Albérie. Todo lo que sabía o suponía hasta aquella famosa noche en que lo había visto por primera vez, dormido por las artes de su tía, en el sillón. No pudo explicar por qué entonces su odio se había esfumado.
Las noches siguientes, no tuvo la audacia de volver a la habitación. No dejó de pensar en él y esa obsesión le daba miedo. Luego vino Albérie, furiosa porque François se encontraba mejor. No se atrevió a decirle que si no había llevado a cabo su trabajo, no era por miedo a que la descubrieran, sino porque de pronto le parecía que no tenía objeto.
Prometió a su tía que acabaría su trabajo. Bastó la evocación de Benoit e Isabeau. Hasta entonces sólo había deseado vengar a su madre. Ahora, gracias a Philippus, podía medir lo que el señor de Vollore había destruido. Por primera vez, puso nombre a sus propios sentimientos. Se había enamorado de Philippus. No sabía cómo era posible eso, pero no tenía ninguna duda de lo que le cosquilleaba en el vientre y en el corazón cuando pensaba en él. Albérie administró el somnífero. Al darse cuenta de que él fingía dormir, dejó deliberadamente abierto el pasadizo con la esperanza de que la siguiese.
Esperó el resto de la noche, hasta el mediodía siguiente. Terminó por pensar que se había equivocado. Y luego apareció Albérie, temblorosa y deshecha, con los ojos enrojecidos por el llanto. Le contó que Philippus había desaparecido, que era muy probable que la hubiera seguido, que la casa estaba conmocionada y que probablemente todo se había perdido.
—No he visto ni oído que nadie me siguiera, tía, puedo asegurártelo.
—Entonces ha debido de perderse por los subterráneos. Poco importa. Debes encontrarlo, Loraline, antes de que descubra y traicione nuestro secreto. Vete con los lobos y quítalo del medio.
—¡No puedo matar a ese hombre! —se indignó.
—Me parece que no lo entiendes, sobrina —dijo la tía alzando la voz y zarandeándola por el brazo sin miramientos—. Ahora la situación es tú o él. He ahuyentado las sospechas de mi marido, pero va a registrar la habitación de François. Si Philippus ha podido encontrar el pasadizo, es que no estaba correctamente cerrado. Vuelve y cierra el acceso antes de que también él llegue hasta ti.
—¡Qué importa que venga! Sabe que existo.
—No entiendes nada, tonta. Lo he puesto sobre otra pista. Tiene que creer que somos inocentes, Loraline, para que sus sospechas puedan recaer sobre Antoinette de Chazeron y que ella pague con su esposo todo el daño que nos han hecho. Tienes que creerme y obedecer, te cueste lo que te cueste, o las dos estaremos perdidas.
Loraline acabó por someterse una vez más, mientras Albérie añadía:
—De momento, no vuelvas a acercarte a François de Chazeron. Es demasiado peligroso. Deshazte de ese médico. Los lobos tienen hambre. Te bastará con soltarlos tras su rastro.
No se atrevió a confesarle sus sentimientos hacia Philippus. ¡Eran tan confusos! Sabía que Albérie tenía razón, y no obstante no podía evitar pensar que Philippus habría podido detenerla, llamar a la guardia y perderla. Su instinto se aferraba a esa evidencia. Habría podido. Habría debido. Pero no lo había hecho.
Regresó al subterráneo y lo encontró. Yacía sin conocimiento, con la pierna medio engullida por la grieta y la frente cubierta de sangre. Tuvo la impresión de que todo se venía abajo a su alrededor. Luego lo examinó, se tranquilizó al oír su pulso. Envió a Cythar en busca de los demás lobos mientras ella corría hasta la habitación de François. Una sola idea la obsesionaba. Nadie de la casa debía encontrar al médico antes de que ella hubiese podido curarlo. Subió la escalera de cuatro en cuatro y bloqueó el mecanismo a fin de que nadie pudiese abrirlo desde el interior.
«Por eso no pude encontrar el pasadizo los primeros días», se dijo Philippus.
Pero Loraline proseguía su relato, enlazando sus dedos con los suyos, repentinamente enfebrecida por aquellos recuerdos.
—Gemías inconsciente. Entonces improvisé una camilla y los lobos te trajeron hasta aquí. Hace siete días que te curo y te mantengo en un sueño profundo para ahorrarte el dolor. Siete días que me peleo con mi tía para conservarte vivo, porque te quiero, Philippus, por primera vez en mi vida amo a un hombre, y porque deseo creer que tú también me quieres.
Loraline llevó los dedos a sus labios con fervor. Philippus estaba conmovido. Todo el saber del mundo se esfumaba ante aquella confesión. Todo lo que había aprendido, rebuscado, intentado descubrir perdía sentido en la mirada de aquella mujer. Habría querido negar la evidencia, pero todo su ser se rebelaba. Nunca había vivido una plenitud tan intensa.
—Sí, te quiero, Loraline. Contra toda razón.
La mirada de Loraline se iluminó con un relámpago salvaje. Se inclinó sobre sus labios y bebió aquel beso que él le devolvía ardientemente.
«¡Estoy loco —pensó—, pero es una locura hermosa y agradable!»
Había dejado de sentir simpatía por François de Chazeron. Una vez conocida la historia de Loraline y de los suyos, entendía mejor su acto de venganza. Era hora de que todo aquello terminase. Había llegado el momento de pasar página. Aquella joven merecía algo mejor que aquel sórdido lugar. Se sentía dispuesto a darle una identidad, una existencia, una realidad. Se sentía dispuesto a hacer de ella su compañera. Aunque no supiese cómo.
—¿Cómo están mis heridas? Ya no siento nada —dijo para proporcionar una base concreta a sus deseos.
Cuando Loraline le hizo el amor, no había intentado cambiar de postura, maravillado por la espontaneidad de su audacia, de su placer. Con sus movimientos, sintió algún dolor, pero era algo difuso, como lejano, borrado por la marea de su deseo.
—Apóyate contra la pared —ordenó Loraline mientras se apartaba de él.
Obedeció con la sensación de que sus piernas eran un peso muerto. Un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Estaría paralítico? Loraline se había inclinado sobre el emplasto de hojas atadas con lianas. Comenzó a deshacerlo.
—Eres médico, lo sé, y por tanto poco habituado a mis medicinas, pero, a pesar de todo, son eficaces —dijo para tranquilizarlo, mientras apartaba de la carne lacerada una espesa capa de mucosidad—. Te he reducido la fractura. Todo va bien.
Philippus se inclinó sobre la llaga. A pesar de su profundidad, comprobó que estaba limpia y sana. Un sentimiento de admiración le hinchó el corazón. La muchacha había hecho un excelente trabajo, dada la importancia de la herida.
—También tenías una luxación de rodilla y del hombro izquierdo, por no hablar de la conmoción cerebral.
Philippus se llevó la mano al hombro y lo movió con cuidado.
—Debería sentir dolor —dijo.
—Hace poco que he descubierto el alcance de mis poderes y de los de mi madre —dijo Loraline a la par que estallaba en una risa cristalina—. El ungüento de adormidera que te he aplicado te hace insensible, pero necesitarás algunas semanas antes de poder volver a la actividad normal. Mucho me temo que voy a tener que conservarte a mi lado, doctor Philippus, a merced de mis extrañas medicinas.
—¿Y luego? —preguntó él con el corazón disparado.
—Luego te devolveré tu vida y tú decidirás mi suerte.
Philippus movió la cabeza satisfecho. Necesitaba tiempo para digerir aquella increíble historia que el destino le había puesto entre las manos.
—El preboste hará que me busquen, como bien puedes suponer.
—No por mucho tiempo. —Y luego, tras adoptar una expresión incómoda, dejó caer rápidamente—: Me las he arreglado para que encuentren tu ropa junto a una carroña que los lobos han roído tanto que es irreconocible. Pensarán que has salido por algún pasadizo secreto, pero nadie tendrá pruebas si no lo encuentran. Si volvieses a Montguerlhe, tendrías que contar lo que sabes y mi tía no te lo permitiría. ¿Entiendes?
Philippus pensó por un momento en su buen criado que, solo en aquel país, sin duda le echaría de menos. Se dijo que, en el mejor de los casos, tal vez Coríchon obtuviese un nuevo cargo en el castillo y fuese allí feliz y que, en el peor, con el buen tiempo volvería al camino para llevar la triste noticia a los suyos. Y allí se encontraría a su dueño, feliz con su desposada que se habría traído con él.
—Has hecho lo que había que hacer —aseguró.
Tomó las rugosas manos de su amada entre las suyas. «Dios mío, qué hermosa es», pensó perdiéndose en el musgo de su mirada delicadamente orlada por unas largas pestañas negras.
Le dejó renovar el emplasto, suspirando de felicidad. A pesar de las pocas comodidades de aquella cueva sumaria y de su desnudez, no tenía frío. Muy al contrarío, todo era dulzura y luz. La que emanaba Loraline lo ennoblecía todo.
Cuando Cythar se incorporó para pasarle una lengua rasposa por la mejilla, no sintió ningún miedo. Aturdido por el placer de aquel acercamiento, él, que respetaba a los lobos, alargó una mano hasta el lomo del animal y la demoró allí en una caricia. El lobo se sentó como un perro ante su dueño, con la mirada despierta e inteligente de quien ha elegido a los suyos.
«Soy el hombre con más suerte de la tierra», pensó Philippus. Entonces, ¿por qué no le había dicho nada su amigo Michel de Nostre-Dame?

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Sáb Nov 06, 2010 2:28 pm

Capítulo 12


Montguerlhe, 10 de noviembre de 1515.

Nunca había azotado la región un frío tan intenso. Este invierno será el más riguroso que yo haya conocido. Hace una semana que, cada día, la pobre gente viene a pedir hospitalidad en la fortaleza. A pesar de las reservas de madera acumuladas, los hogares precariamente reconstruidos tras la tempestad son glaciales. Con frecuencia, la nieve que cae por el agujero abierto de la chimenea abate el humo hacia el interior de la casa antes de apagar las llamas. Las frecuentes náuseas que padezco no me permiten ir en ayuda de esos pobres miserables. Se apelotonan por docenas en la sala común donde, gracias a Dios, podemos aliviar sus penas. Sin embargo, muchos han muerto. Sobre todo niños. Eso me causa un gran desánimo y una profunda pena.
Mi esposo se recupera lentamente de su enfermedad. Huc dice que su habitación debía de tener el aire viciado, puesto que desde que está instalado en otro sitio, se siente mejor. Uno y otro me mantienen alejada de su compañía. Tal vez me reprochen haber convencido a ese médico suizo para que velase y atendiese a François. Éste afirma que antes de desaparecer le robó algo muy valioso que, en su debilidad, tuvo la inconsciencia de enseñarle.
Dios lo ha castigado. Sus restos fueron encontrados ayer, no lejos del castillo, junto al murete que bordea el camino de Thiers. El campesino nos trajo su maletín, que yacía intacto entre las piedras. Aceptó cambiarlo por víveres para su familia.
Huc fue a inspeccionar el lugar e interrogó exhaustivamente al hombre, pero no he sabido el contenido de su informe. Ya no me dice nada. Por la indignación de mi esposo deduzco que lo robado no ha aparecido. Me importa bien poco saber de qué se trata. Que me haya engañado un simple ladrón pretendidamente médico me entristece porque no sé qué hacer con su criado. Es mudo y bien poco responsable de la maldad del amo. La oronda Jeanne se ha prendado de él. Su habilidad la satisface. Se lo cedo. Trabajo no falta con todos estos refugiados.
He enviado un guardia a la abadía de Moutier para dar cuenta de los hechos al abad Antoine y rogarle que dé refugio, pan y fuego a los menesterosos que lo soliciten. A su regreso me he enterado de que también él está muy enfermo. El frío, me dicen, le ha penetrado en los pulmones y tose de una manera tan violenta que sus allegados están preocupados.
Me siento sola, los caminos apenas son practicables, mis damas de compañía se lamentan y suspiran pensando en esas cortes del sur en las que se canta, se baila y se ríe, adonde incluso en invierno acuden bufones, trovadores y cuentistas. Ojalá Dios me permita conservar este hijo para endulzar mi pena y mi tedio. Hilo, tejo y coso su canastilla, ésa es mi única satisfacción en estas horas lúgubres, en las que Huc ya no me visita. Intento ser razonable.
Albérie me evita, la noto preocupada. ¿Tal vez sepa algo? Si esa mujer me pierde, moriré a manos de mi vengativo esposo. Y el niño conmigo.
Esta noche hay luna llena. ¡Por qué no me habré casado con algún señor gascón...!


Antoinette de Chazeron secó la pluma de oca, tapó el tintero y cerró su libro de horas tras haber soplado sobre su fina y elegante escritura. La noche caía lentamente sobre la montaña, pero ya hacía rato que las velas habían reemplazado a la claridad de la nieve.
Los antiguos pretendían que Dios había querido destruir a Satán aprisionándolo entre los hielos. ¡Tal vez fuese cierto! Su marido había insinuado que ésa era la única razón por la que el diablo no había vuelto a buscarlo. Al minuto siguiente, cuando ella se atrevió a interesarse por las razones que habrían podido atraer a Satán entre sus paredes, la echó de la habitación, furioso por su indiscreción. No le cabía la menor duda de que François estaba curado, puesto que había vuelto a ser odioso.
Se levantó, llevando apretado contra su corazón el cuaderno de sus confesiones, abrió el cajón de un escritorio, lo dejó allí y luego introdujo en la fina cerradura una llavecita que siempre llevaba en el pecho.
Permaneció un rato en su reclinatorio mientras rezaba las oraciones de la noche y se acostó con un suspiro antes de apagar la vela. No había echado el cerrojo de la puerta. También aquella noche esperaba que Huc la cruzase, sin dejar por eso de saber que no vendría. Ambos sufrían con aquella abstinencia de ternura y amor, pero ella entendía su prudencia y la respetaba. Estuvo mucho rato esperando escuchar ruidos de pasos en el corredor y luego se durmió entre sueños adulterinos.
Huc cerró la puerta al sueño regular de François de Chazeron, dejando que uno de sus guardias más fieles permaneciera alerta. Lo hacía por costumbre, a pesar de que estaba convencido de que ya no era necesario. Con el descubrimiento de los restos del médico, había resuelto el misterio de Montguerlhe. Todo le parecía claro ahora. Aquel impostor debía de haberse cruzado con François en Clermont, durante su viaje, y lo había seguido. ¿Había abierto el pasadizo por azar o le habían informado de su existencia? Fuera como fuese, si Philippus había podido desaparecer así, era porque conocía el acceso y poseía el secreto del mecanismo. Así pues, Philippus había administrado alguna droga a François para poder justificar la necesidad de su intervención. ¿Tal vez no había encontrado el oro durante sus primeras visitas? Se había presentado en el castillo con un criado mudo que no podía traicionarle, se había erigido en doctor en medicina, había prevenido hábilmente las sospechas hablando de envenenamiento y vertiendo somníferos en la sopa. De hecho, al día siguiente de su desaparición, Huc había encontrado el potaje tras un mueble, prueba de que Philippus sabía lo que contenía.
Philippus convenció a François de su interés por los alquimistas, lo animó a hacerle confidencias y robó el lingote de oro antes de abandonar a su criado, que ya le resultaba inútil. Para desgracia suya, se encontró con la justicia divina. Los lobos hambrientos se encargaron del asunto. Philippus von Hohenheim no había tenido más que lo que merece todo ladrón.
Huc habría debido sentirse aliviado una vez aclarado aquel enigma y, no obstante, se lo reprochaba. Albérie tenía razón al rebelarse contra él. Por culpa de Antoinette, había traicionado quince años de confianza para ahogar los remordimientos de su conciencia. Deseaba a Antoinette, pero desde que se había enterado de que su mujer lo sabía, no conseguía acercarse a ella.
Aquella noche contaba con hacerse perdonar. Porque era plenilunio. Porque después, Albérie lo necesitaría. Porque quería hacerle entender que no se había perdido nada. Porque había comprendido demasiado tarde que su esposa lo amaba mucho más de lo que odiaba al verdugo de los suyos. Era más de lo que se había atrevido a esperar de ella. Cuando volviese, la convencería de que fuese suya, para conjurar para siempre su miedo, para probarle que no le horrorizaba y que la aceptaba. Totalmente. Claro que seguiría queriendo a Antoinette, tal vez incluso aún la poseyera, pero no volvería a dejarse sorprender.
Pasó frente a la habitación de su amante sin sentir remordimientos e hizo girar la manilla de la puerta de los aposentos de su mujer. La habitación estaba vacía. Un hermoso fuego crepitaba en la chimenea de piedra. El había encarecido a los criados que lo mantuviesen vivo. Tras su cortina de llamas, imaginaba la lenta transformación, su grito, su angustia. Se sentía a su lado, más que ninguna otra noche. Entrelazó los dedos en oración y esperó el alba, ofreciendo el rostro a la luna redonda, a través de la ventana.


Philippus dormía plácidamente cuando un aullido lo sobresaltó. Se incorporó y tendió el oído, inspeccionando de forma instintiva la cueva a su alrededor. Cythar permanecía tranquilo a sus pies. Le velaba permanentemente, como hace un buen perro con su amo. Lo que le angustiaba no era tanto el grito como el convencimiento difuso de que era tan animal como humano. Recordaba haberlo oído ya otra vez, en el castillo. Aquí no tenía ninguna noción del tiempo. Buscó la suavidad de Loraline a su lado, pero no la encontró.
—¿Loraline? —llamó en la oscuridad, pero su eco rebotó en la roca sin obtener respuesta.
Sólo Cythar, despertado por su voz, se levantó para poner su oscura cabeza sobre su pecho. La serenidad del animal lo tranquilizó. No debía inquietarse. Seguramente, Loraline había salido a buscar hierbas medicinales. Algunas brujas que había conocido le habían explicado la importancia de la recogida nocturna. No tenía por qué preocuparse por su conducta. Volvió a acostarse, riendo de su estupidez. ¡Loraline no tenía ninguna necesidad de su protección!
Acarició el cuello de Cythar y se distendió. Unos instantes después, no obstante, volvió a sobresaltarse. Escuchó de nuevo el gruñido, muy cerca. Esta vez, Cythar había levantado la cabeza. Philippus inspeccionó los alrededores y por fin lo vio. Erguido sobre una roca, a unos pocos metros por encima, un lobo gris clavaba en él unos ojos metálicos cargados de odio, con los belfos recogidos y salvajes.
Un sudor frío resbaló por la cintura de Philippus. Cythar se levantó gimiendo, lo que le espantó aún más. Nunca había visto un lobo tan poderoso en aquel lugar. Éste era diferente de los protegidos de Loraline.
«No moverse, no dejar que noten que tienes miedo —se repitió—. Vives entre sus semejantes, llevas su olor.»
Cerró un instante los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el animal había desaparecido, pero Cythar seguía gimiendo mientras los demás lobos, encamados en lo más recóndito de la cueva, unían sus gemidos a los suyos. Philippus dudó si llamar a Loraline, por miedo a exponerla a la bestia. Tal vez perteneciese a otra manada, perdida y hambrienta. ¿Y si la joven la había encontrado en su camino? Se le hizo un nudo de indecible angustia en el pecho.
A pesar de su herida y de sus propósitos, hizo un esfuerzo por sentarse. Cuando puso el pie en el suelo, el dolor, que había acabado por olvidar, lo traspasó. Pero se resistió a someterse. Apoyándose en la pared, se levantó y cogió la linterna que se hallaba a su cabecera. Le bastaría con llegar hasta la hoguera que Loraline mantenía encendida en el centro de la cavidad. Los lobos nunca se acercaban a las llamas. Buscó la nuca de Cythar y se, aferró a ella con todas sus fuerzas.
—Llévame —dijo en un murmullo al animal mientras le señalaba las brasas.
Cythar avanzó llevando consigo a Philippus, que daba saltitos sobre un pie. Estaba a medio camino cuando un gruñido a su espalda le hizo comprender su inconsciencia.
—Avanza —ordenó a Cythar.
Pero el animal estaba paralizado, jadeando a su lado, como si obedeciese a una orden aún más imperiosa. Philippus se volvió. La bestia estaba recogida sobre sí misma, dispuesta a saltar. Sintió erizarse los pelos de Cythar bajo su mano. No pudo evitar soltarlo. Por un instante, los dos lobos se retaron con la mirada, mientras Cythar se interponía entre Philippus y la bestia.
«Llegar a la hoguera. Llegar a la hoguera», tamborileaba en sus sienes una vocecilla casi imperceptible. La pierna le dolía horrores. A pesar de todo, Philippus se obligó a retroceder dejando a Cythar frente a la rabia del lobo gris. Cuanto más se acercaba a las brasas, más fuerte era su impresión de que Cythar se sometía a los gruñidos de su adversario. De pronto, como para darle la razón, Cythar bajó el morro, se echó a un lado y huyó. Philippus comprendió que había perdido la partida. El animal avanzó tan sólo unos pasos, con su mirada azul, fría y cruel, clavada en la del médico.
«¡Si tan sólo pudiese desplazarme un poco!», pensó Philippus. ¡La hoguera estaba tan cerca!
El animal se recogió sobre sí mismo en actitud de saltar. Fue entonces cuando apareció Loraline, bañada en sudor, con Cythar a su lado. Dio un grito.
—¡Stelphar, no!
Pero el animal ya se había lanzado. Philippus se encontró en el suelo inmovilizado por una fuerza prodigiosa, mientras los colmillos se clavaban en los brazos que había cruzado ante la cara y la garganta para protegerlas.
—¡Suelta, Stelphar! ¡Suelta! —ordenó Loraline, antes de lanzar un aullido que congregó en torno a ella los lobos del lugar.
Philippus no intentaba debatirse a pesar del dolor de su pierna, a pesar de las fauces rabiosas que acuchillaban sus brazos. El animal buscaba el cuello. Ofrecérselo era la muerte. Y luego, repentinamente, el lobo se detuvo y retrocedió, amenazado por los gruñidos de sus pares.
Esta vez, Cythar saltó sobre el lobo y Philippus contempló, fascinado, el extraño ballet de odio que les hacía rodar en el polvo. Loraline le rodeó la cintura con el brazo y lo llevó junto a las brasas.
—¡No te muevas! —ordenó, con el rostro arrasado por las lágrimas y la rabia.
Aunque hubiese querido hacerlo, no habría tenido fuerzas. La vio interponerse entre los dos animales, entrando en su círculo, tumbándose entre ellos a riesgo de que le mordiesen. Sin embargo, aquel simple gesto bastó para separarlos, como si uno y otro se negasen a herirla. Cythar reculó hasta Philippus y se dejó caer a su lado, agotado por la lucha, con una pata ensangrentada. A Philippus le habría gustado acariciarlo, pero sus heridas eran profundas y tenía el cuerpo magullado y lleno de arañazos.
Primero creyó que Loraline iba a matar al lobo gris, pero en lugar de eso, se arrodilló a su lado y se puso tranquilamente a examinar la herida que Cythar había hecho en el omoplato. Le hablaba en un extraño lenguaje mientras el animal seguía gruñendo, gañendo, sin hacerle el menor daño. Permaneció largo rato a su lado, luego cogió la cabeza gris en su regazo y la acunó.
Philippus no se atrevía a decir nada, turbado, intrigado y estupefacto ante aquella escena. Desde donde se encontraba, habría podido jurar que la joven estaba llorando. Pero ya no estaba seguro de nada, si no era de algo evidente: él estaba allí, herido y vulnerable, y era a su agresor a quien Loraline consolaba y curaba. Extenuado y débil, se dejó deslizar hacia la noche, con un gusto de desilusión en los labios.


Con las primeras luces del alba, Huc se estiró con voluptuosidad. Se había quedado dormido y había descansado apaciblemente. Eso lo confortó en su decisión. Si estaba tan en paz, era sin duda porque había tomado la decisión correcta. Albérie no tardaría mucho en llegar.
Cuando oyó el chasquido del mecanismo, el corazón le dio un salto de contento. Tenía mucho que hacer para hacerse perdonar. Sin embargo, la sonrisa se le heló en los labios. Apenas hubo cruzado el umbral de la habitación, Albérie se desplomó ante sus ojos, con una espesa mancha de sangre atravesando su capa a la altura del hombro.


Philippus se despertó sobresaltado, bajo el efecto de una horrible pesadilla. Al ver la silueta de Loraline, se felicitó de que no fuese más que un mal sueño.
—Loraline —dijo con ternura.
Pero cuando ella posó en él sus ojos atormentados, tuvo que rendirse a la evidencia. Aún tenía el pelo polvoriento, con sangre coagulada, y amplios surcos de sal tejían sobre sus mejillas una grotesca tela de araña.
Para convencerse, bajó la vista hasta sus brazos y se dio cuenta de que los tenía cubiertos del mismo fango negro que la pierna. Volvía a estar sobre su jergón pero, esta vez, Loraline no cabalgaba sobre su vientre gritándole «Te quiero». Sin embargo, le sonrió, con esa sonrisa pálida en la que uno se escuda para excusarse de las palabras que va a pronunciar.
—¿Te duele?
Él movió la cabeza. El dolor que le destrozaba el corazón no podía calmarse con ningún ungüento.
—¿Qué ha pasado, Loraline?
Ella suspiró y esbozó una caricia sobre su frente de pegajosos mechones.
—Pensé que lo entendería. Me equivoqué. Te quiero, Philippus, pero en cuanto tus heridas estén curadas tendrás que irte y olvidarme.
—No sin ti —dijo Philippus, y se incorporó sintiendo que la rabia se apoderaba de su vientre—. Hace diez días que observo tu vida, y ni por un momento he tenido la menor duda. Me has prometido abandonar al señor de Vollore a su destino y vivir el tuyo. No puedo imaginar que lo hagas si no es a mi lado.
—No lo entiendes, amor mío. No tengo opción. Le pertenezco.
—Pero ¿a quién, por el amor de Dios? —casi gritó, cogiéndola por el brazo a despecho de sus propias heridas.
—La loba, la loba gris. Ella es quien trajo a mi madre a este lugar, ella es quien protege a los míos desde que vine al mundo, ella es quien me enseñó el lenguaje de los lobos. Ella es la madre de todos estos, la respetan. Nunca hubiese creído que Cythar se rebelaría contra ella. Viene cada plenilunio y duerme a mi lado. Le pertenezco, Philippus.
—¡Es absurdo! ¡No es más que un animal!
—No, mi madre me dijo que era de nuestra misma sangre.
—¡Eso es imposible, Loraline!
La dolorida mirada de la joven hurgó en la suya como para buscar allí refugio a su razón, luego la bajó, se volvió lentamente y despejó la nuca que sus largos cabellos ocultaban.
Philippus sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Un mechón de pelo gris de dos dedos de anchura y otro tanto de espesor cubría el cuello de la joven. No, se negaba a creer en aquellos cuentos. ¡Los hombres lobo sólo existían en las leyendas!
—Todas las mujeres de mi familia llevan esta marca. No sé por qué, pero gracias a ella poseo extraños poderes. Entiendo el lenguaje de los animales, puedo correr más aprisa, saltar más alto que un humano, sé detectar los olores de las raíces propicias para curar...
—Todo eso lo has podido aprender de tu madre tanto como de los lobos. El mimetismo es moneda corriente. Te has adaptado al medio en el que vives. Eso no hace de ti una prisionera. Estabas dispuesta a desafiar a tu tía, ¿por qué no a este animal?
—Mi tía aceptó la confianza que te tengo, porque le mentí diciéndole que te sentías obligado ya que me debías la vida. Stelphar no me ha dado elección. Si no te vas, te matará. Cuando llegue el buen tiempo, ella te llevará al corazón de Thiers. Allí encontrarás una montura, provisiones y oro para comprar tu silencio. Te concede cinco lunas. Cuando vuelva, nos diremos adiós.
Philippus dejó que se hiciese el silencio. Cinco lunas. Cinco meses. Tenía cinco meses por delante para convencerla de que abandonase aquellas estúpidas supersticiones. Cinco meses para doblegar su miedo, sus remordimientos y para demostrarle su amor. Cinco meses para curarse.
—Ámame —murmuró con dulzura.
Loraline volvió hacia él su hermoso rostro herido, con un brillo de sorpresa en la mirada. Philippus sonreía.
—Ya vendrá el momento —murmuró él—. No dejemos que el miedo al mañana envilezca lo que vivimos ahora. Quiero olvidar mis heridas en tu piel, quiero disipar el fragor de la pelea entre tus gemidos, ahogar el sabor de la sangre en el de tus besos. Me importa poco a quién perteneces, a partir de ahora sólo te pertenezco a ti.
Un sollozo la lanzó contra el pecho del médico. Al instante, volvió a verla suntuosa y felina, arqueando sus senos altos y duros bajo el yugo del placer.


Huc acostó delicadamente a Albérie boca abajo y le desabrochó el vestido con precaución. Seguía desmayada y él topaba con aquel silencio como si se tratase de un muro de preguntas. La mordedura era superficial, pero la identificó al primer golpe de vista, lo que trajo consigo otra avalancha de interrogaciones. ¿Por qué los lobos habían atacado a su mujer? Ella le había explicado incontables veces que la respetaban, que casi la veneraban.
Como no deseaba que nadie se alarmase, bajó él mismo a las cocinas, hirvió agua y subió un cubo y compresas de tela. Se felicitó de que los moradores de la casa aún durmiesen. Sin hacer ruido, volvió a la habitación y encontró a su mujer sentada en la cama, con la mirada extraviada y las manos cruzadas sobre sus pechos desnudos. Se precipitó a su encuentro, salpicando el entarimado con sus prisas, y dejó el cubo, que formaba pequeñas olas a sus pies.
—¿Estás bien? ¡Tu herida no es profunda, voy a curarte!
—No estabas aquí cuando me he despertado —dijo ella mirándole con tristeza—. He creído...
—Te has equivocado, Albérie, pero yo he cometido más equivocaciones que tú. Se acabó. Estoy aquí. Como antes.
La besó con ternura en la frente y luego comenzó a limpiarle la herida. No quería forzarla. Sabría esperar a que ella desease su confianza. Lo que no tardó en llegar.
—No comprendo qué ha podido pasar. Cythar se me ha enfrentado. Es la primera vez. Loraline se ha interpuesto, pero he tenido la sensación de que lo hacía para protegerle. Con la edad, se vuelve celoso. Vio nacer a la pequeña, y ahora que su madre ya no está, tal vez sienta que debe marcar su territorio.
—¡Dile la verdad a tu sobrina!
—Nunca. No quiero que pase los mismos tormentos que yo.
Volvió a hacerse el silencio mientras él acababa de vendarle el hombro. Cuando fue a sentarse a su lado, ella dejó escapar en un murmullo:
—Nunca me había sentido tan sola. Creía haberte perdido.
La abrazó delicadamente para no hacerle daño. ¡Había pasado la noche buscando las palabras y de pronto le parecían tan evidentes!
—Yo habría sido el único responsable. Mírame, Albérie. Me refugié en la mentira para convencerme de que era culpa tuya. No en lo referente a los acontecimientos de estos últimos meses, sino a tu rechazo a entregarte a mí. He reflexionado mucho sobre todo eso, sobre las consecuencias de nuestros actos. ¡Me da igual! Ya no tengo bienes, ni un título auténtico, ni tierras. ¿Qué les dejaría a mis hijos si los tuviese? Ni fortuna, ni nombre, ni gloria. Mi linaje puede perderse, no lo lamentaré.
—En el interior de mi vientre habita la bestia.
—La domaré, porque no la temo.
—¿Y si llega un niño?
—Tú decidirás qué hacer. Según el impulso de tu corazón y de tu alma. Viva o muera, no te reprocharé nada. Asumiremos juntos las consecuencias. Te lo ruego, no me niegues el derecho a ayudarte a descubrir la mujer que eres.
—No sé si podré soportar...
—Nos tomaremos nuestro tiempo. La vida entera si es necesario.
—¿Y Antoinette?
—Me dejé seducir. Ella necesitaba amor. Yo también. Los Chazeron siempre obtienen lo que quieren, ya lo sabes. Tengo que darle tiempo para que se despegue de mí, no quiero que su indignación te afecte. Debes confiar en mí, Albérie.
—Pero tú la quieres.
—Lo creí, sí. Necesitaba ese amor. Me perdí. He estado a punto de perderte. Perdóname.
—No es a ti a quien odio, es a mí.
—Lo sé. Ya es hora de que eso acabe.
Buscó sus labios con dulzura. Ella no lo esquivó. Aquella noche, cuando los suyos la echaron, había perdido sus asideros.
—Sé mía. Esta noche —gimió Huc con ternura.
La tumbó delicadamente en la sobrecama acolchada. Ella mantenía los brazos apretados contra sus senos para ocultarlos. Huc los cubrió de tiernos besos, se tomó el tiempo de demorarse en su boca, en su cuello, en su pecho con los dedos y los labios, hasta doblegar su resistencia, hasta acelerar su respiración y los latidos de su corazón. Cuando Huc hubo logrado desmontar aquella barrera de decoro, ella cerró los ojos para eludir su veredicto.
—Eres hermosa —murmuró.
Era sincero. Recordaba el pecho cálido y duro de Isabeau por haber tenido en sus brazos a la joven violada. Su mirada se había vuelto púdica. Ahora, reencontraba en los pechos de su esposa el recuerdo del blanco lechoso de las redondas formas de Isabeau. Los besó con ternura, apasionadamente, lleno de deseo. A pesar de las huellas de la lucha sobre su piel suave, a pesar del olor a sangre que el agua no había acabado de borrar.
Albérie no se movió. La sentía tensa de deseo y de miedo a la vez. Acabó de desnudarla en silencio. A veces, cuando un estremecimiento provocado por el contacto de sus manos recorría su cuerpo, él depositaba un beso y la tranquilizaba con un «te quiero» apenas más fuerte que un murmullo. Cuando estuvo desnuda, se desnudó a su vez, en silencio, puntuando sus gestos con una caricia sobre sus muslos apretados uno contra el otro, a modo de refugio.
No había abierto los ojos, pero su cuerpo traslucía su emoción, más allá del miedo.
—Mírame, Albérie, deja de huir de la realidad. Quiero que por fin puedas mirarte en mis ojos.
—No puedo —gimió sacudiendo la cabeza.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. Pero él se negó a tenerla en cuenta.
—No te tomaré por la fuerza. Nunca. Confía en mí, confía en ti. Te lo ruego. Abre los ojos.
Ella dudó un instante y luego obedeció. La desnudez de su esposo la hizo volver la cabeza con rubor. Suavemente, él guió la mano húmeda a su sexo erecto, forzándola a cogerlo.
—Ve, amor mío, cómo te deseo tal como eres, hasta qué punto tu cuerpo ofrecido es un regalo para mis ojos y mi corazón. No te ruborices por ser tan hermosa, no te avergüences ni temas nada. Mi vientre ha aceptado el tuyo.
Huc dejó que el silencio volviese a reinar sobre su respiración entreverada con el crepitar del fuego del hogar. Poco a poco, los dedos cobraron confianza sobre su miembro, arrancándole un gemido que no intentó ahogar. Los dedos de Huc reanudaron su danza sobre el cuerpo de la amada, y Albérie se relajó. Volvía a tener los ojos cerrados, pero eso no tenía importancia. Huc apartó los musculosos muslos, y su boca se abrió camino más allá de sus reticencias. Cuando ella gozó bajo su caricia, Huc supo que había ganado.
Remontando lentamente hasta sus labios, se echó sobre su vientre y la penetró con suavidad, espiando en su cara el menor signo de dolor. Pero no hubo ninguno. Cuando los riñones bajo los suyos se unieron a su vaivén, entrelazó sus dedos con los de ella con fervor. Sólo cuando el placer la invadió, abrió ella los ojos. Más que un grito, su voz se ahogó en un «te quiero».


Albérie aún dormía cuando Huc salió de la habitación, a pesar suyo. El sol había salido hacía mucho tiempo y tras sus retozos, se habían dejado vencer por el sueño. Había prometido a François que jugaría con él una partida de ajedrez y éste debía de estar de un humor de perros al no verlo aparecer. Cuando se encaminaba hacia la habitación del convaleciente tras girar por una esquina, se cruzó con Antoinette, quien iba a reunirse con sus compañeras, llevando su cesto de labor en la mano.
—Huc, querido Huc —dejó caer ella a guisa de buenos días, mientras le dedicaba una mirada llena de ternura.
Huc le sonrió sin ninguna intención de detenerse. Los pasillos de Montguerlhe eran oscuros y fríos. La saludó con un: «Os deseo un buen día, Antoinette» y apretó el paso.
Antoinette lo retuvo poniéndole una mano en el brazo.
—¿Me huís, Huc?
—En absoluto —mintió—, pero el deber me llama al lado de vuestro esposo.
—Os prefería cuando os mostrabais solícito conmigo —murmuró ella con un ligero tono de reproche.
—Sólo la prudencia me guía —respondió Huc acariciando el brazo que le impedía la huida.
—¿Me seguiréis amando?
—Pronto —la tranquilizó despegándole los dedos para depositar un beso en ellos.
Se alejó rápidamente. El eco no fue lo bastante fuerte para enviarle el último murmullo de su amante:
—¿Aún me quieres, Huc de la Faye?


Encontró a François de Chazeron de pie y vestido. Quiso reprenderle, pero conocía demasiado bien a su señor para saber que, en cualquier circunstancia, el amo era él.
—Hoy tengo un aspecto excelente, apetito y vigor, amigo mío —anunció el señor de Vollore a su llegada.
Algo que, a todas luces, era verdad.
—Tú no eres médico, así que me ahorrarás todas esas estúpidas reticencias de charlatán. Necesito aire y cuento con acercarme a Vollore.
—Hace mucho frío, incluso para los caballos.
—He afrontado otros inviernos con buenas pellizas. Estoy cansado, mi buen Huc, de esta situación de somnolencia que me embota desde hace tanto tiempo. Mis investigaciones me requieren y me siento prisionero en esta habitación indigna de mi rango. Hasta tu guarnición tiene mejor alojamiento.
—Conocéis las razones.
—Ya no tienen ningún sentido, puesto que, en lugar del diablo, me ha estafado un hábil ladrón. Así que está decidido, me acompañarás con unos cuantos hombres.
—Os decepcionará la visita. Los trabajos están estancados por culpa del frío. He conocido pocos inviernos tan rigurosos.
—¡Basta, Huc! Mi entusiasmo no encuentra ningún placer en escuchar esas noticias. Salimos de inmediato. Ya he dado las órdenes mientras estabas con tu esposa.
Huc bajó la cabeza, sin poder evitar sentirse incómodo.
—Vamos, no te ruborices. Me entero de todo lo que ocurre en esta casa, me guste o me entristezca. Tu mujer es joven y bien formada, haces bien honrándola.
Huc se sintió violento. Tras la aparente campechanería de François, percibía una amarga ironía. Había sido discreto en cuanto a Antoinette y, sin embargo, su mujer había descubierto sus enredos. ¿Podría ocurrir lo mismo con François?
Tras pasarle el brazo sobre los hombros, François lo llevó hasta el umbral de la habitación.
—También yo tengo gran necesidad de una jovencita, y en Vollore hay una pequeña muy apetecible con la que me saciaré a placer en cuanto hayamos arreglado cierto desagradable asunto... Prepara tus hombres, Huc. Nos vamos.
El tono era seco, autoritario. Huc hizo un esfuerzo por permanecer tranquilo y respondió sonriendo:
—Estoy a vuestras órdenes, señor.
Esta vez, se dirigió con resolución a la habitación de su esposa, con el corazón tocando a rebato. Seguía durmiendo tranquilamente. Nunca la había visto tan serena y tan mujer. A pesar de todo la despertó.
—Huc —gimió ella rodeándole el cuello de manera espontánea.
La besó castamente en la frente al tiempo que se soltaba. Tenía poco tiempo.
—Te quiero, Albérie, con toda mi alma, y esta noche ha sido para mí la más hermosa de todas, pero tengo mucho miedo. Debo acompañar a François a Vollore y mi instinto me dice que conoce mi relación con Antoinette.
Albérie palideció y estrujó la sábana contra su blanco pecho.
—Es posible que no vuelva de Vollore, pero no sufriré su castigo sin defenderme. Temo que se vengue en ti. Si por azar no regreso, huye. Y recuerda siempre mi amor.
—No te enfrentes a él, Huc. Huyamos juntos, ahora —suplicó ella con los ojos llenos de lágrimas—. No puedo imaginar lo peor, no después de esta noche. Te lo suplico.
—No, hace mucho tiempo que espero este momento, sin dejar de temer que llegase. Soy más fuerte que él. Y estoy seguro de mis hombres. Estate atenta a mi regreso. Y protégete, amor mío.
La besó desesperadamente. Sus labios tenían el gusto de las lágrimas, como aquella noche cuando ella se había entregado a su placer, pero esta vez sólo le dejarían una sensación de dolor. Se apartó de ella. Cogió su capa y salió, negándose a oír sus sollozos.
Poco después, pasaba bajo el portal de piedra acompañado de cuatro hombres y François de Chazeron.


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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Miér Nov 10, 2010 1:35 pm

Capítulo 13


Aquel 20 de noviembre de 1515, François cerró tras sí la puerta de su antro de alquimista y Huc se sintió atrapado. A pesar de todo, había obedecido la orden de su señor de que entrase en la habitación prohibida. Las huellas de la explosión aún eran visibles en la pared de la derecha, pero el atanor volvía a estar intacto y frío.
—¿Te has preguntado alguna vez qué podría estar buscando aquí, Huc? —comenzó François, mientras guardaba en el bolsillo la llave que acababa de usar para cerrar por dentro.
Huc había permanecido en silencio durante todo el trayecto; por un lado, porque el intenso frío les helaba el aliento de tal manera que habían cabalgado con el capuchón calado y envueltos en gruesas bufandas y, por otro, porque eso le había dado tiempo para prepararse para el enfrentamiento. Como hombre de armas, sabía luchar, pero también organizar su defensa. François era vivo e inteligente. Había escogido dejarle venir.
—Esa famosa piedra filosofal, supongo —respondió sin rodeos.
—Cierto, cierto, pero es más que eso.
François se acercó al horno y lo encendió. Un sordo bramido se amparó de las brasas, enrojeciendo el horno. Hacía casi tanto frío en la estancia como en el exterior y por la chimenea apagada penetraba un viento glacial. Sin titubear, Huc se acercó a las llamas generadas por el carbón incandescente, con las manos a la espalda. François avivó el fuego con ayuda de un hurgón de hierro con mango de madera. Le producía un evidente placer clavarlo en los carbones más grandes para partirlos y entregarlos a las llamas.
—A través de la piedra filosofal, lo que los alquimistas esperan encontrar es la eterna juventud y oro en abundancia. Yo deseo mucho más. Quiero el poder. Absoluto, total. Ese poder invencible que dan la riqueza inagotable y la eternidad. No puedes imaginar hasta qué punto es tentador pensar que nada ni nadie podría rebelarse contra ti, que la gente se arrastraría a tus pies y te lamería las botas ante la amenaza de que sus suelas los aplastasen al menor indicio de desobediencia. Me horroriza la desobediencia. Pero aún más la traición.
Se hizo un silencio. Huc permaneció impávido. Ahora estaba seguro de que François lo sabía. Sin embargo, ambos permanecían tranquilos. El hurgón estaba al rojo vivo entre las brasas y François no lograba apartar la vista de él.
—Me has servido bien, Huc. A veces no estabas de acuerdo con mis actos, pero nunca te has alzado contra mi voluntad. Claro que te casaste con esa chica. ¿Temías que me metiese con ella o te sentías culpable de tu cobardía, preboste?
—Las dos cosas, sin duda. En cualquier caso la amo.
—¡Ah! ¡El amor! Cosa estúpida y ridícula —dijo François sarcástoco—. En el fondo me traen sin cuidado las razones de tu decisión. Eras leal, eso era lo único que importaba. La sed de poder es como la sed de vino, imperiosa y embriagadora. La simple idea de perder la mínima parcela de él me duele, como si me arrancasen el alma. Mira mi mujer, era sumisa y respetuosa. Y mira por dónde, con un pretexto ridículo se levanta contra mi voluntad y al mismo tiempo caigo enfermo, como si el destino quisiera humillarme, constreñirme. Imagínate, Huc, todo ese tiempo sin hacer otra cosa que pensar, intentar entender por qué de pronto aquel poder se me había escapado. Mi mujer es bastante triste en la cama. ¿Le has enseñado?
—Eso creo.
—Bien. Tienes una reputación. Mi padre ya me lo decía. ¿Ha sido antes o después del niño?
—Después.
—Así, el padre soy yo. Eso está bien. Las tierras de Chazeron necesitan un heredero. Perdonaré a mi mujer, aunque estoy persuadido de que es ella la que te ha seducido. Tú no te habrías arriesgado a disgustarme, lo sé.
—No obstante, soy el único responsable.
—Basta, Huc, te he dicho que la perdonaré. No necesitas defenderla. Es a ti a quien debo castigar y eso no me agrada. Debería matarte por haberme ofendido, pero me sirves bien. Has velado por mí como un padre, y ya es la segunda vez. Supongo que te debo la vida. ¿Has deseado mi muerte, Huc?
—¡La sigo deseando!
—Me gusta tu franqueza —dijo François con renovado sarcasmo—. Tengo suerte de que seas un pusilánime. En tu lugar, yo no habría dudado si te hubiese odiado tanto como tú a mí. Ahora bien, no quiero a mi mujer lo suficiente como para odiarte por haberla hecho tuya. No encontraré un preboste mejor que tú. No obstante, convendrás en que merezco una compensación. Por supuesto, no te volverás a acercar a mi mujer.
—Está claro.
—¿La quieres?
—No.
—Creo que ella sí te quiere. Deseo que no sepa nada de nuestra conversación y que la rechaces. No hay nada peor para una mujer que creer que ha sido estafada en sus sentimientos. Su desgracia la volverá dócil. Asunto saldado. Con la sola salvedad de que, en compensación, debo tomar lo que más cuenta para ti, a fin de obtener una justa venganza, ¿no es así?
—No tengo nada de mayor valor que mi vida.
—Claro que sí, Huc de la Faye. Has sacrificado tu vida por ella.
Huc sintió que la cólera se apoderaba de él.
—¡No os metáis con mi mujer! —rugió Huc entre dientes, súbitamente invadido por la cólera.
—Así pues, tenía razón —dijo François con una sonrisa cruel—. Te dejarías matar por ella, ¿verdad? Como aquel idiota de cuchillero por su hermana. Eso basta a mi dolor, preboste. Cuando haya escogido el momento, será mía como Isabeau, a pesar de que, debo reconocerlo, no me excita mucho.
Huc apretó los puños y se volvió hacia François con el vientre henchido de rabia. Pero François había previsto su cólera. El hurgón al rojo vivo le cruzó el rostro marcándolo con una quemadura humeante.
Huc retrocedió aullando de dolor y sorpresa. François aprovechó para clavarle el hierro en el pecho. Huc cayó de rodillas, con la mirada extraviada, sin aliento. François lo agarró por el pelo obligándole a levantar el rostro. Estaba asombrosamente tranquilo.
—No morirás, Huc de la Faye. Vas a seguir sirviéndome, cada día, sabedor de que vivirás. Si me desobedeces una sola vez más, ella será mía, ¿lo oyes?, luego la marcaré como a ti para que la región entera no olvide lo sucedido.
Con un gesto brusco, le arrancó la punta cubierta de sangre y la echó sobre los carbones incandescentes. Luego, se encaminó hacia la puerta.
—Ahora, largo de aquí. Yo no soy tan manso como tú, Huc de la Faye; que te curen en las cocinas. Todos saben allí por qué se te ha castigado. ¡Ah! Se me olvidaba. Haz que me manden a Romane.
Huc se incorporó penosamente tosiendo y escupiendo sangre. Agarrado al marco de la puerta, se permitió el lujo de mirar de arriba abajo con ojos de odio a su verdugo y luego bajó las escaleras titubeando, con una mano pegada al pecho atravesado.


Clothilde no hizo preguntas al verle aparecer, y Huc comprendió el sentido de las palabras de François. Todos estaban al corriente de su relación con Antoinette. Y pensar que él se tenía por discreto...
François era un buen espadachín. Había pinchado en el punto exacto para dejarlo fuera de combate sin tocar ningún órgano vital. Huc se sintió como un pobre diablo. Había subestimado a su señor. François siempre había estado al corriente de lo que sucedía. Lo sabía todo. Leía en él, en todos ellos, como en un libro abierto. ¡Tenía que ser muy perverso para haber jugado así después de tantos años de confianza! Albérie tenía más razón que un santo. No era un hombre, ni siquiera un animal. Al revés que su mujer, cuya sangre mezclada llevaba una marca infame, él era una fiera. Una innoble y repugnante fiera.
La pequeña Romane subió las escaleras con ánimo alegre. Era la preferida del señor y eso la halagaba a sus diecisiete años. Sin embargo, Huc tuvo la sensación de enviarla al matadero. Harto hasta la desesperación de su servidumbre, dejó que Clothilde curara su herida sin aflojar las mandíbulas.


Aquella misma tarde regresaron a Montguerlhe, como si nada hubiera ocurrido. Tan sólo las costras de su herida ponían de manifiesto la sumisión del preboste a su señor, y Huc se sintió avergonzado cuando su esposa lo abrazó en un gesto sincero.
No tuvo valor para revelarle la amenaza de François; se contentó con asegurarle que se mantendría tranquilo. Albérie había cambiado. Era una transformación diferente de la que la envilecía cada plenilunio. Le traicionaba su mirada, sus hombros que ya no arqueaba cuando su esposo la miraba. Aquella noche, se acostó desnuda contra él y, a pesar de sus respectivas heridas, se abrazaron con ternura sin, no obstante, hacer el amor.
De pronto se daba cuenta de que no había dejado de esperar y de soñar con aquel momento. Era como una revelación, la certeza seguramente estúpida de que habían domado para siempre el animal que llevaba dentro. Por primera vez en su triste existencia, no era más que una mujer. Y su esposo, que ella había creído perdido, sonreía satisfecho de tenerla abrazada a él.
—¿Sabrás perdonarme todo ese tiempo perdido? —le preguntó, segura ahora de la respuesta.
—También lo necesitaba para quererte mejor. Haga lo que haga a partir de hoy, Albérie, has de saber que actuaré sólo por ti y por tu felicidad.
Aquellas palabras la embriagaron. Los suyos la habían echado pero, aquella noche, eso carecía de importancia. Tal vez debiese ser así. Los lobos ya no eran su familia, Loraline nunca lo había sido, aunque entendía su felicidad. No volvería a molestar a Philippus y su sobrina. Se prometió salir de sus vidas hasta la primavera. Luego habría que volver a empezar. Se lo había prometido a Isabeau y el incidente de hoy confirmaba su resolución. Puesto que ya no tenía que temer perder a su esposo en manos de su rival, François de Chazeron moriría en cuanto el buen tiempo condujese a Philippus hasta las puertas de Auvergne. Sólo entonces sería libre de amar sin temor. Suspiró contenta y se durmió. Huc se enterneció a placer y luego se hundió a su vez en el sueño ahogando un acceso de tos.
La amenaza de François planeaba sobre su nueva felicidad, pero aquella noche no le preocupaba. A pesar de todo, había obtenido una victoria. A partir de ahora no tendría que disimular. François tenía razón. Para proteger a su mujer, estaba dispuesto a todo. Incluso a matar.


Unos días más tarde, François regresó a Vollore, esta vez con todo su equipaje. Cuando Antoinette insistió en quedarse en Montguerlhe debido a su avanzado estado de gestación, las obras en curso, el frío y ante la falta de confort de aquella casa, él no la contrarió. Se contentó con lanzar una mirada sesgada a Huc que significaba a las claras que, ocurriera lo que ocurriera, sería informado.
El señor de Vollore había recuperado su salud, su orgullo, su cinismo, su crueldad y su derecho. Partió en pleno invierno, olvidando la Navidad que se aproximaba, para no padecer a los menesterosos que se refugiaban en Montguerlhe, para encontrarse a solas con su atanor y sus experimentos. Y en la fortaleza que se levantaba como una muralla entre la ignominia del uno y el odio de los otros, todos, sí, todos se sintieron aliviados.


—Tenéis que perdonarme, señora —insistió Huc inclinándose ante ella.
En cuanto su esposo hubo franqueado la reja, Antoinette lo había hecho llamar a sus aposentos para echársele al cuello, recuperar sus caricias y conocer la causa de aquella horrible cicatriz de su cara. Se rumoreaba que se debía a un castigo. Ella había temido que fuese por su culpa, pero el hecho de que su esposo no la hubiese incomodado también a ella lo desmentía. Hizo llamar a su amante. Pero Huc no se presentó en sus habitaciones privadas. Le envió un paje con un mensaje lacónico: «Os veré, señora, pero no en vuestros aposentos».
Así pues, estaban solos como ella deseaba, pero en la sala de armas donde Antoinette había venido a buscarlo inmediatamente después de comer. Nada más cerrar la puerta se había lanzado hacia él pero, en lugar del fogoso beso que había esperado, él la había besado en la frente rechazando su abrazo con elegancia.
—Si tengo que perdonaros, entonces es que puedo temerlo todo, ¿no es así, Huc?
Se hubiese dejado caer sobre una silla, pero la sala estaba de—desperantemente vacía, si se exceptuaban los armeros de madera en donde ballestas, flechas, mazas erizadas de puntas y otras armas se encontraban sujetas, guarneciendo cada pared con un triste vestido guerrero.
—Os escucho, Huc. Vuestra esposa luce un rostro radiante que no le conocía, cuando yo he perdido el mío. ¿Por qué tengo el presentimiento de que no se trata de una mera coincidencia?
—Porque a vos no sabría mentiros, Antoinette. Os amo, es cierto, lo podéis ver en mis ojos, en esa conmoción que provocáis en mí a cada momento, y no obstante también quiero a mi esposa, por muy curioso que pueda pareceros. Mi corazón sincero no puede sufrir engañaros ni a la una ni a la otra. Debo escoger. Ahora bien, tenéis un esposo, señora, y ese esposo es mi señor.
—Eso no os preocupaba hace bien poco —objetó, herida.
—Quise creer, señora, en la felicidad que me ofrecíais. La respuesta es esta marca que llevo en la frente. Me guste o no, por desgracia no es a vos a quien pertenezco.
—¿Lo sabe? —preguntó Antoinette palideciendo.
—La duda, señora, es más perniciosa y más peligrosa que la certeza. Me ha recordado a quién, de entre vos y él, debía servir, y no le falta razón. Temo por vos, amada mía, más que por mí. Mientras llevéis el niño en el vientre, estará dispuesto a ignorar los rumores que corren. Si esos rumores crecen y no desmienten sus temores, cuando tenga un heredero, no seréis a sus ojos más que un motivo de deshonor.
—La muerte me resultaría más llevadera que el tormento de vivir sin vos.
—¿Creéis que me dejaría con vida? ¿Que respetaría a los míos? Mi decisión está tomada. No daré a vuestro esposo argumentos para nuestra pérdida. Tendréis un hijo, señora. Volcad en él todo ese amor del que yo me alimento aún hoy. El lo merece mucho más que yo. Amadlo como habríais hecho con el que yo nunca tendré, como si fuese mío. Por mi parte, os amaré a través de él, en nombre de ese vientre que me habéis ofrecido y del que él ha participado.
—Tendré que envejecer sin ser amada. Me habéis dado tanto, Huc, me habéis enseñado tanto... No sabré contentarme con un remedo de placer de un esposo distante.
—Sin embargo, será necesario. Será necesario, mi bella, mi dulce, mi tierna Antoinette.
—No sobreviviré a eso.
—Vuestro papel de madre os ayudará. Dejadme ahora. No deben volver a vernos juntos, nunca.
—Te querré siempre, Huc.
—Entonces, aceptad lo ineludible.
—Si François hubiese muerto, ¿tu decisión hubiese sido la misma? —preguntó Antoinette, reteniendo las lágrimas en un arranque de dignidad mientras se dirigía a la puerta, puesto que no hubiese soportado oír la respuesta mirándole a la cara.
—No lo sé, Antoinette. Pero lo pensé, sí, en un momento de despreocupación y felicidad.
Ella quería creerlo. Se persuadió de que era así para agarrarse a algo hermoso y verdadero. En ese momento cayó en la cuenta de la evidencia. Si su marido sabía, era porque alguien le había informado. Recordó la mirada de odio de Albérie a François. ¿Quién más que ella habría podido traicionarlos, para vengarse a la vez de su rival y de François? Probablemente había negociado para que Huc salvase la vida y no saliese demasiado mal parado. Fuera como fuese, había obtenido lo que deseaba. Había recuperado a Huc de la Faye y su nueva felicidad justificaba ahora su innoble gesto. Albérie era culpable. Y esa idea le sublevaba. Llegado el momento ya sabría ella hacérselo pagar.


Aquel 16 de diciembre de 1515, Isabeau puso todo su cuidado en hacer una graciosa reverencia, tal y como Rudégonde le había acostumbrado a hacer en cuanto aparecía un cliente. Y éste, en verdad, era el hombre más apuesto que ella había visto sobre la tierra.
—¡La Palice! ¡Bienaventurados los ojos, amigo mío, qué alegría!
Isabeau se incorporó mientras un impulso precipitaba a Rudégonde al encuentro del recién llegado. El caballero así llamado se descubrió elegantemente con una mano y se inclinó con la otra sobre el pomo de la espada que llevaba a la cintura.
—Nada de reverencias, querido —dijo Rudégonde sonriente—; besad mejor estas mejillas que os ofrezco.
Él rió con una risa fresca y obedeció con placer no disimulado. Isabeau era consciente de que presenciar aquel encuentro resultaba de una total indiscreción, pero una mirada azul firmamento la paralizaba por encima del hombro de su patrona. El capitán de los ejércitos del rey la miraba divertido.
Rudégonde se apartó de su antiguo amante y lo presentó con un tono falsamente mundano que transparentaba todo el placer que sentía con su contacto.
—Isabelle, permitidme presentaros al hombre con más suerte de este reino: su excelencia Jacques de Chabannes, señor de La Palice.
Isabeau estuvo a punto de repetir su reverencia, pero algo retuvo su gesto, tal vez aquel rostro afable, sin malicia, lleno de sencillez. Además, como respondiendo a un instinto, La Palice dejó caer:
—Esta dama ya ha saludado de la manera más encantadora mi discreta entrada en este lugar.
—Vamos, seductor incorregible —le riñó afectuosamente Rudégonde—, ¿olvidáis que quiero ser la primera en disfrutar de vuestra prestancia y encanto? Acabaréis por ponerme celosa, querido. —Y luego, sin sospechar ni por un momento la turbación que sentía su empleada, continuó alegremente—: Isabelle es nueva aquí, pero muy hábil. Así que me ayuda en la tienda desde el lunes pasado y me felicito cada día por ello. Me he acostumbrado a confiarle mis clientes, pero eso no es válido en vuestro caso, ¡os quiero para mí sola, querido!
—¿Cómo podría yo, dulce amiga, apartarme de un afecto tan cálido? —respondió La Palice cogiendo su mano y besándola con ternura.
—Desconfiad, Isabelle —dijo alegremente Rudégonde llevándose a su antiguo galán—. Este bribón tiene fama de rompecorazones, por muy solícito que se muestre. Venid pues por aquí, señor, y contadme lo que os trae por París cuando es sabido que el rey está en Milán.
—Nada grave, todo lo contrario. Tengo la agradable misión de preparar un alojamiento lujoso para un pintor del que nuestro buen rey se ha encaprichado en Italia. Ese Leonardo da Vinci tiene un extraordinario talento y una imaginación delirante. Ha construido un autómata y lo ha presentado en la corte de Pavía. Ese león abrió sus fauces ante el rey Francisco, inundándolo de pétalos de lis; un momento después sus flancos se separaron para desparramar corolas de un azul profundo que nos maravillaron. Con qué mágico procedimiento ha podido teñir tan delicados pétalos es una pregunta que desde entonces está en todos los labios. Sin embargo, sospecho que nuestro señor Francisco se interesa más por las máquinas de guerra que diseña que por sus impulsos bucólicos. Yo mismo, lo confieso, lo he encontrado muy interesante. Se propone fabricar carros cubiertos, así como bombardas muy cómodas y fáciles de transportar que envíen proyectiles ligeros y cuyo humo cause gran espanto entre el enemigo. Dice que muchas de sus máquinas de guerra son ya un proyecto desarrollado y que tan sólo desea una ayuda financiera para probar su eficacia. No me creeréis, pero ha imaginado nada menos que una máquina voladora capaz de permitir al hombre desplazarse como un pájaro. Una de dos, o ese viejo está loco, o es un genio y, cómo no, una vez que lo ha encontrado, apuesto a que nuestro buen rey estaría más loco aún si no se interesase por ese fenómeno.
—A fe mía —afirmó Rudégonde— que ante tal entusiasmo no puedo por menos de suscribir la misma opinión. Y más cuando me procura el placer de vuestra visita.
—Dejar de veros sería faltar a la constancia de vuestra amistad. ¿No necesitáis por el momento alguna financiación? —añadió bajando ostensiblemente la voz.
No lo bastante, sin embargo, como para que Isabeau no lo oyese. Esta había vuelto a su trabajo e intentaba medir una tela recibida aquella misma mañana con ayuda de una regla de madera, pero se equivocaba en los cálculos, sin poder evitar tener la oreja atenta a las indiscreciones de su patrona. Entre la pareja y ella, tan sólo unas pocas varas y un tapiz marcaban una distancia de cortesía.
—Los negocios van bien —respondió Rudégonde en el mismo tono—, no obstante, como sabéis, para satisfacer a una persona tan exigente como el rey, debo encontrar los más finos tejidos y también los más exclusivos. Tienen un precio elevadísimo. Pero me resulta incómodo pediros crédito.
—Sirviendo al rey me servís, Rudégonde. El afecto que os tengo está muy por encima de mediocres transacciones. Tomad y usadlo con tino.
—¡Ah! Señor, sois el hombre más galante de esta corte. ¿Me queréis aún un poco?
Isabeau oyó la risa clara de Jacques de Chabannes. Volvió la cabeza hacia el tapiz. En sombras chinescas, vio cómo el mariscal pasaba el brazo por la cintura de la imponente costurera y depositaba sobre sus labios un casto beso.
—¿Lo dudáis, tonta?
Un momento después, el tapiz se apartaba e Isabeau, con las mejillas ardiendo, inclinaba la nariz sobre sus cálculos, sin lograr concretar cifra alguna. Sus pasos se acercaron a ella.
—¿Os quedaréis mucho tiempo? —preguntó todavía Rudégonde.
—Por desgracia, he de irme pronto; debo escoltar a la reina Claudia y la regente Luisa de Saboya. Tenemos que reunimos con el rey en Sisteron, hacia el 13 de enero. Eso me deja muy poco tiempo para consagraros, pero creedme que por nada del mundo descuidaría ese cargo.
Y tras decir eso, lanzó un guiño de complicidad en dirección a Isabeau.
Rudégonde, entre risas, lo trató de granuja mientras él se alejaba con paso vivo. Cuando la puerta se hubo cerrado tras un glacial torbellino de nieve, Rudégonde suspiró, con una sonrisa melancólica de oreja a oreja.
—Le gustáis, Isabelle —dijo con la mirada fija en la puerta.
Isabeau cayó en la cuenta de que le temblaban las manos sobre la tela; las deslizó rápidamente por debajo, para que su patrona no las viera. Pero Rudégonde estaba sumida en sus pensamientos, con los codos apoyados en el mostrador, delante de Isabeau.
—Hace una eternidad que no veía ese brillo chispeante en los ojos de ese descreído. Yo era la causa, pero de eso hace mucho tiempo, sí, mucho tiempo. Sigue encandilándome, pero tampoco él se engaña. El amor se ha acabado, Isabelle, así es la vida. Sólo conservo el recuerdo de sus caricias. Mi trabajo ocupa ahora en mi vida el lugar que en otro tiempo ocupó él. Le debo todo, así que no lamento nada. Muchas veces la amistad vale más que todo lo demás. Pronto volverá. No por mí. Por vos.
Se volvió hacia Isabeau. Había una tranquila ternura en su mirada, casi la de una madre, pensó, a menos que fuese un sentimiento de despecho. Pero Isabeau se negó a creerlo así. Rudégonde era una persona directa, auténtica.
—No lo rechacéis si es de vuestro agrado, Isabelle —prosiguió ésta sin rodeos—. Os proporcionará grandes momentos de felicidad, es todo lo que puedo desearos a ambos.
—No sé si... —comenzó Isabeau para no quedarse callada, pero Rudégonde la interrumpió con un gesto.
—Pamplinas, nada de eso, querida. Confiad en mi experiencia. Os hará la corte y acabaréis sucumbiendo, porque en este país no hay una sola mujer capaz de rechazar a un hombre como él. A otras les diría «no te fíes», no a vos, porque lo sé, lo he visto: ya os ama. Sabed sacar provecho y dentro de no mucho tiempo seréis tan afortunada y tan estimada como yo.
La campanilla que colgaba sobre la puerta repicó, mientras un viento glacial se colaba en la tienda. Una dama imponente, grotescamente vestida, apareció en el umbral, y Rudégonde esbozó una mueca dirigida a Isabeau antes de apresurarse a atenderla.
Isabeau volvió a inclinar la cabeza sobre sus medidas. La llegada de la duquesa de Blois había interrumpido sus confidencias, pero se sentía trastornada. Nunca se le había pasado por la cabeza que pudiese atraerle un hombre que no fuera Benoit, ni siquiera que existiese uno después de Benoit.
Desde el momento en que había puesto los pies en la sastrería, había estado oyendo hablar del señor de La Palice, tanto a Rudégonde como a las chicas que, estaba segura, no habían perdido detalle de la escena a través de la discreta mirilla de la trastienda. Había imaginado a La Palice de mil maneras según lo que decía una u otra, pero ahora veía que nada de todo aquello se ajustaba a la realidad. La había turbado, al primer golpe de vista, como nunca nadie antes, ni siquiera Benoit. ¿Era tal vez consecuencia de su nueva vida? Lo ignoraba, pero reconocía que nunca antes se había sentido tan arropada, apreciada y feliz. Bertille y el cura se ocupaban de ella en Notre-Dame, Croquemitaine y los menesterosos la veneraban, Rudégonde, a la vista de sus aptitudes, le había confiado la atención a los clientes y la hechura para dos de ellos. Todo iba a las mil maravillas, a pesar del frío de un invierno traicionero que provocaba sabañones y toses perniciosas.
Con frecuencia pensaba en Albérie y Loraline. Sobre todo en Loraline. Imaginaba que François de Chazeron había dejado de existir y que su hija tan sólo esperaba la primavera para iniciar una nueva vida. Se prometía que volvería a verlas. Cuando hiciese bueno. Claro que no resultaría fácil afrontar la indignación de la joven, pero Isabeau se lo explicaría, y tal vez comprendiese hasta qué punto su madre había necesitado aquella segunda oportunidad, aquel renacimiento. Tal vez fuese entonces el momento de crear una auténtica relación entre ellas, tras descubrirle su nueva identidad y sus nuevos amigos.
De pronto, Isabeau cayó en la cuenta de que estaba sonriendo, inclinada sobre la tela, con esa sonrisa instintiva de las horas apacibles y tranquilizadoras. Y pensándolo bien, el interés por el señor de La Palice tenía algo que ver con ello...

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Miér Nov 10, 2010 1:37 pm

Capítulo 14


—¡Basta, por favor, señor, me mataréis! —suplicó Isabeau secándose los ojos con un pañuelo de encaje.
En las comisuras de sus labios estirados por una risa loca, unos finos pliegues cavaban dos hoyuelos que vibraban al unísono.
El señor de La Palice, con un pie negligentemente reposando sobre una piedra, se apoyaba con elegancia en el pomo de su espada, entregado a un placer no disimulado. Isabeau reía, y él se habría dejado condenar al infierno por aquella risa espontánea que tanto esperaba.
—No, señora, me hacéis sufrir demasiado riéndoos de mis desengaños —dijo haciendo girar unos ojos redondos, cómicamente.
Isabeau se apartó de él sin hacer ningún esfuerzo para evitar aquel estallido de risa que seguía sin controlar.
Desde que hacía una semana había aceptado la compañía de Jacques de Chabannes, había sentido rebrotar en ella aquellos entusiasmos de otra edad. Poco a poco, a fuerza de visitas cotidianas a la tienda, había domesticado su sonrisa, aquel arrebol en sus mejillas en cuanto él posaba su mirada golosa sobre su corpiño. Isabeau se había dejado conquistar, temerosa y feliz, rebelde y constante a un tiempo. Simplemente porque el personaje era agradable, acogedor, pero sobre todo paciente y respetuoso.
En cada visita la colmaba de atenciones, trayendo dulces, cubriendo de elogios su atuendo, sus gestos, su buena disposición. Rudégonde le había regañado para cubrir el expediente, insistiendo en el hecho de que se olvidaba de ella, como siempre, y, lo que aún era peor, distraía a su empleada de su labor, cosa que seguramente le significaría reducir las ganancias. La Palice estallaba en una sonora carcajada, la abrazaba con impertinencia y le estampaba un beso en la mejilla antes de deslizar una monedita entre sus voluminosos senos. Rudégonde se enfadaba aún más, mientras él acompañaba su gesto con un alegre:
—Ya veis, costurera, que os pago el tiempo que os quito y, si hay que justificarlo, hacedme un calzón y una gorguera.
Rudégonde guardaba el dinero y tomaba sus medidas, insistiendo en que Isabeau pasase la cinta en torno a las pantorrillas, la cintura o el cuello del gentilhombre, y burlándose de su embarazo, cuando sus dedos rozaban la camisa o la piel.
—¡Hija mía, hay que darse prisa, de otra forma este hermoso galán nos va a dejar en la ruina! Aprended a guardaros de sus halagos o haréis mal negocio. —Y apoyaba los dedos de Isabeau sobre la pierna de La Palice diciendo—: ¡Así! ¡Veis, no es tan complicado! Sujetad fuerte y si os importuna, pinchadle con la aguja.
La Palice reía, se defendía con una dentellada en dirección a la costurera y suplicaba en un aparte:
—No la escuchéis, tiene tanta labia como corazón. Gracias a ella, estoy más pinchado de aguja que de espada y convendréis en que ésas no son cicatrices halagadoras.
—¡Callad de una vez, señor, o coseré mi última cenefa en vuestra boca! —respondió Rudégonde.
Aquel permanente tono de broma y juego cómplice acabó con el mutismo de Isabeau. Tenía ingenio y lo había ignorado hasta entonces. Había acabado por bromear con ellos, hacer burla con ellos, despellejar también, puesto que en la corte del rey no había más cosas que comentar que aquellos rumores picantes.
A medida que la confección de la ropa interior de Jacques de Chabannes avanzaba, Isabeau se soltaba, dejaba escapar una palabra, una mirada, una risa más fuerte, hasta entrar en el juego y contestar sin ruborizarse al atractivo mariscal de los ejércitos. Sus tres amigas en la trastienda, que se turnaban para ocuparse de los demás clientes si se presentaban durante la prueba, no perdían ocasión al final de la tarde de comentar el cambio que se estaba operando poco a poco en la cara de Isabeau. Hasta el punto de que, una tarde, a la hora de cerrar, Françoise acabó por cogerla afectuosamente entre sus brazos y susurrarle al oído:
—La felicidad está ahí mismo, si aceptas volver a aprender el amor en los brazos de otro.
Isabeau palideció. Cuando se encontró sola en su habitación tras separarse de sus amigas, tomó conciencia de aquella evidencia. Ya no tenía duda alguna de que estaba enamorada del señor de La Palice, pero no había imaginado sus manos sobre su cuerpo. Sabía que sus amigas le habían guardado el secreto. ¿Debía confiarse a Rudégonde, estaba a tiempo de rechazar a aquel hombre, tenía siquiera ganas de hacerlo? Cuando pensaba en el amor carnal, volvía a ver la violencia, la perversidad, el sufrimiento. Durante quince años se había bañado todos los días, una y otra vez, para lavarse aquella injuria. No había vuelto a pensar en ello desde que estaba en París. Aquí todo era ligero, sereno, todo le entibiaba el alma, el corazón, el cuerpo.
Con la ropa soberbia que llevaba, había recuperado la estima por su propia persona. Aquel cuerpo, sublimado por las insistentes miradas de La Palice, lo había sentido renacer. ¿Sería capaz, llegado el momento, de borrar sus cicatrices? Sobre todo aquella visible que el señor de Vollore había grabado con un hierro incandescente en su pecho.
Finalmente se confió a Lilvia la gitana. Ella fue la que le contó lo dulce que era hacer el amor con el ser amado, la que le dijo cómo las caricias calmaban las dudas y fortificaban los sentimientos y que no tenía que temer lo que sentía en lo más profundo de su ser.
Isabeau acabó por expulsar aquellos interrogantes de su cabeza y un día tras otro continuó su aprendizaje de la dulzura de vivir.
La víspera, una vez terminadas sus prendas, La Palice había venido a recoger su paquete. Tenía una sonrisa triste.
—Por desgracia, tengo que despedirme, amables damas. El deber me reclama junto a mi rey. Salgo pasado mañana, no sé hasta cuándo.
Isabeau sintió que su corazón naufragaba en el dolor. A pesar de todo, se esforzó por sonreír.
—Le echaremos en falta, señor. ¡Volved cuanto antes! —dijo adelantándose a su patrona.
No vio la mirada de connivencia que intercambiaron La Palice y Rudégonde, quien se eclipsó con un oportuno acceso de tos. La Palice le cogió la mano, momentáneamente fresca por efecto de la sangre que la abandonaba. Ella alzó sus ojos almendrados sin intentar disimular su pena.
—No me atrevía, dulce Isabelle, a deciros todo el bien que me hace vuestra compañía. Esas palabras vienen a arrumbar todos mis temores. Mañana dispongo de todo el día, concededme el vuestro. Apuesto a que nunca habéis visitado París, permitid que me ofrezca como guía. Así partiré con el corazón rebosante de vos, menos triste por estar enriquecido con el recuerdo de esta escapada.
—En realidad, señor, ¡tengo trabajo aquí! —dijo Isabeau, que se derretía.
—Me las arreglaré sin vos, Isabelle. El señor de Chabannes tiene razón, trabajáis, coméis y dormís, eso es todo. La ciudad es hermosa, os concedo el día libre. ¡Aprovechadlo! —dijo Rudégonde a su espalda.
Isabeau tuvo ganas de aplaudir como un niño, pero se contentó con un «Gracias, señora».
—Pasaré a buscaros a las diez, aquí mismo —concluyó Jacques de Chabannes.
Luego salió rápidamente, tal vez para que ella no cambiara de opinión. En realidad, Rudégonde nunca le habría permitido rechazarlo, ni tampoco sus tres amigas, quienes, en cuanto la puerta se cerró, se le echaron al cuello aplaudiendo a rabiar. Isabeau se abandonó a su felicidad, mientras ellas la llevaban a elegir un vestido adecuado para aquel día excepcional.


—¡Sin carabina, vais a salir sin carabina! ¡Vamos, Isabelle, eso no se hace en la alta sociedad! —exclamó Bertille, bien erguida sobre sus piernecitas, ante una Isabeau confortablemente instalada en la butaca de su alojamiento.
Isabeau la miró boquiabierta. ¿Cómo podía la enana preocuparse por las conveniencias cuando en la Corte de los Milagros no había ninguna?
—Yo no pertenezco a la alta sociedad.
—¡El sí! Vamos a ver, Isabelle, él te gusta, tú le gustas, es un hecho. Te considerará mucho mejor si te muestras a la altura de lo que espera, débil evidentemente, pero grande y fuerte. ¿Qué quieres ser para él, una amante o una conquista?
Isabeau quedó perpleja. No se había hecho esa pregunta, puesto que había decidido no plantearse más cuestiones.
—Jesús mío de los Lisiados! —exclamó Bertille tapándose la boca con sus manecitas amorcilladas—. Si Croquemitaine se entera de que te he dejado acompañar a ese mariscal sin carabina me matará, por muy marido que sea. ¡Te acompañaré!
—Pero...
—¡Nada de peros! Te acompañaré, me quedaré en la litera si es necesario, pero nadie podrá decir que has ido a tu primera cita sin carabina.
—Tengo treinta años... —acabó por decir Isabeau.
—Se pueden tener treinta años y ser una jovencita —replicó Bertille.
—¡A los treinta años una joven es una solterona! Iré sola y si Croquemitaine se inquieta, que haga que los picaros nos vigilen discretamente. ¡Dile también que si comete la tontería de enfadarse contigo, no seré la madrina de vuestro hijo, que se entere!
—¡Isabelle!
La enana hizo girar los ojos en redondo, bamboleándose sobre las piernas, para terminar con un suspiro que partía el alma.
—¿Y el padre Boussart? ¿Qué va a decir el padre Boussart?
—¡Nada, no dirá nada porque tú no le dirás nada, eso es todo! ¡Oh, por favor, Bertille! ¡Mira lo feliz que soy! Me has repetido tantas veces que aquí sólo tenía amigos, que mi vida debía sonreír mirando al mañana, que la felicidad residía en la confianza y en el compartir... He acabado por creerlo. Ayúdame a recuperar todo lo que he perdido. Sin enfadarme.
La enana estuvo aún un instante enfurruñada y luego, cuando Isabeau abrió los brazos, acabó por abandonarse a ellos, apoyando sin miramientos su cabeza redonda sobre el vientre de su amiga.
—A Croquemitaine no le va a gustar eso. Eso no —repitió en un murmullo.
Pero al día siguiente se prestó al juego y, de excelente humor, ayudó a Isabeau a acicalarse.


Estaban en la orilla del Sena bajo un cielo azul en el que lucía un sol redondo, franco y cómplice. La nieve se había fundido con el paso de los caballos. Tan sólo los árboles que bordeaban el río conservaban sobre las ramas desnudas aquel frágil vestido que de vez en cuando caía en pequeños montoncitos discretos a sus pies. El frío era vivo, pero Isabeau no se preocupaba. Conocía la mordedura de otros inviernos mucho más tristes. Este olía a primavera.
La orilla era hermosa, llena de paseantes, de verduleros, de barqueros. Anduvieron a lo largo de ella en silencio durante un rato. Isabeau se deleitaba con los sonidos y los perfumes tan diferentes de aquellos que habían adornado su infancia. Era otro mundo y Jacques la dejaba oler, tender el cuello y el oído, contentándose con envolverla en una mirada febril y empalmar chistes e historias por la dicha de oírla reír. Se detuvieron ante un carrito sobre el que un viejo asaba castañas en un anafre.
Isabeau lo reconoció de inmediato, lo había visto en la Corte de los Milagros. Mientras La Palice pagaba una generosa cantidad, el hombre le guiñó el ojo en un gesto de complicidad. Croquemitaine había seguido sus consejos y había desplegado su brigada. Sin ninguna razón de peso, aquello le agradó. Gracias a todos ellos, se sentía segura en todas partes, fuese a donde fuese.
—Creo que es el día más feliz de mi vida —confesó al alejarse del carrito, mientras cogía una castaña caliente del cucurucho que Jacques había comprado.
Fueron a sentarse en un banco adosado a un árbol cuyas ramas cubiertas de escarcha se doblaban sobre el agua.
La Palice comenzó otra historia con un tono indecente. Detrás de ellos, unos metros más allá, podía oírse el paso de los caballos y el chirriar de las ruedas de los carruajes sobre los adoquines. Pero Isabeau tan sólo oía su propia risa, como si ésta hubiese logrado abrirse camino desde sus pies hasta sus manos, de sus manos a sus ojos, de sus ojos a su boca, como si lavase sin descanso aquel interior que el destino había ensuciado.
Se levantó para sonarse, decidida a no volver a mirar a La Palice, para calmar su tenaz hilaridad, y se adelantó hasta la orilla. El la alcanzó de inmediato y puso suavemente las manos sobre sus hombros, muy cerca de ella, obligándola a mirarle de frente. Isabeau reía aún demasiado para desconfiar. Se encontró en sus brazos sin siquiera haber entendido cómo había ido a parar allí. La voz, cálida y acariciante, la envolvió: «¡Os amo, Isabelle!». Al instante siguiente, se abandonaba por completo al reclamo de aquel murmullo en un beso tan tierno que sus piernas olvidaron que tocaban el suelo.
Cuando él le dejó recuperar el aliento, ella ya no reía y apenas recordaba que un día se había llamado de manera diferente a Isabelle. Quiso hablar, pero él se lo impidió con un beso furtivo.
—¡Chitón! —dijo apretándola aún más contra su ropa de terciopelo—. ¡No digáis nada! Os regalo esa confesión como vos me habéis regalado vuestra dicha. Que vuestra felicidad os conduzca, que os embriague como a mí. El tiempo os pertenece, Isabelle. Si un día sois mía, me la devolveréis y estaré completo. Por ahora dejadla esperaros, dejadme enseñaros.
La volvió a besar, pero esta vez ella lo esperaba. Le rodeó a su vez el cuello con los brazos y se entregó a aquel abrazo sin preocuparse de la mirada de los curiosos. Luego, despacio, casi dolorosamente, él la separó contentándose con conservar su mano cogida en la suya y la llevó tras él. Anduvieron un rato en silencio hacia el carruaje que les esperaba al final del muelle, sintiéndose casi violentos con aquella nueva intimidad.
—¿Adonde me lleváis ahora? —preguntó al fin Isabeau cuando llegaban a los escalones que conducían al nivel de los carruajes.
—¿Adonde queréis ir? —preguntó él por toda respuesta.
—No sé. A todas partes y a ninguna. Me siento como una tonta, no tengo...
—¿Queréis volver a casa? —preguntó el mariscal sonriendo tristemente mientras le ponía un dedo sobre los labios.
—No, no, apenas acaba de comenzar el día. ¿Por qué iba a querer regresar? —confesó demasiado aprisa Isabeau, que no tenía ningunas ganas de volver a casa.
—¡Para protegeros de mí!
Ella se detuvo en el último escalón, cuando el lacayo les abría la puerta. Se perdió en su mirada, juzgando si hablaba en serio. Él parecía turbado, pero ella lo estaba mucho más.
—¿Debería hacerlo, señor? —preguntó al fin cuando él la invitaba con un gesto a subir a la litera para despejar el paso.
La Palice dejó que el lacayo cerrase la puerta tras ellos, volviese a su puesto e hiciese avanzar los caballos algunos metros. La litera se detuvo a la espera de una orden. Jacques parecía debatirse en una fuerte contradicción. Le cogió las manos. Estaban sentados uno frente al otro, en la oscuridad de la litera cuyas cortinas de cuero estaban echadas para protegerlos del frío. Isabeau no estaba inquieta. Tenía ese instinto de loba, sabía que no le había mentido.
—Tengo que decíroslo, Isabelle. Tengo bien ganada la reputación que me acompaña. Soy un seductor, y no puedo negar cuánto me gustan las mujeres y el amor. Sin duda casi tanto como la guerra. Es una especie de juego para mí. Mi intención, os lo confieso, era seduciros, para perderos en unas sábanas entre las que tantas veces he prometido lo imposible. Luego me habría ido y vos me hubieseis olvidado o no. Como otras, me hubieseis amado y luego maldecido.
Isabeau tuvo la impresión de que aquellas palabras le costaban; sin embargo, a ella le parecían evidentes. Ella sabía todo eso, incluso esperaba que la hubiese llevado a su casa. No sabía si a ella le apetecía, se había limitado a decirse que decidiría cuando llegase el momento. Sabía, sentía que él no la forzaría. Sólo quería tener la oportunidad de conocer otros sentimientos diferentes del horror que sus sentidos habían guardado en su memoria.
«Es un hombre experimentado —había afirmado Rudégonde—; ninguna mujer, empezando por mí, ha conocido mayor placer que el vivido entre sus brazos.»
—Continuad, señor —le animó a seguir Isabeau.
—La verdad es que no quería veros diferente a las demás. Pero lo sois, Isabelle. No sabría decir por qué prodigio, pero lo sois. Mientras os tenía entre mis brazos, orgulloso de vuestro abandono, me maldecía por haber imaginado vuestro abrazo. No iremos a mi casa, no porque no lo desee, sino porque os amo y quiero probároslo. Eso es todo.
Él tenía las manos húmedas y lo notaba incómodo. Pero ella no lo estaba. Al contrario.
—Vuestra franqueza os honra, señor. Más cuando intuyo que vuestra confesión es sincera. Mentiría si dijese que no siento por vos los mismos impulsos del corazón. A mi vez, voy a haceros una confidencia. Que ella os diga la confianza que os tengo. No espero nada de vos y lo espero todo. Me habéis devuelto la vida. Y por eso soy vuestra para siempre.
—No habéis...
—Callad, señor de La Palice. Es una confesión difícil para una mujer, más aún tratándose de un hombre como vos. Sin esta oscuridad, no sé si sería capaz de confesaros mi herida. No conocí hombre antes de ese día. Me convertí en viuda el mismo día de mi boda por la crueldad de quien me violó y humilló.
Le oyó mascullar rabioso y notó que la presión de sus dedos en torno a los suyos, que no había soltado, se incrementaba. Ella prosiguió, pero esta vez las palabras no le hicieron daño, no más que las imágenes.
—Del amor sólo he conocido la bestialidad y los golpes de un ser que me robó la felicidad y la vida. Fue hace quince años. He terminado mi luto. Esta última semana, gracias a vos, he tenido la sensación de que el pasado quedaba atrás para siempre. Me deja en paz. Me ofrecéis respetarme, señor, es mucho más de lo que deseaba. No sé si hoy habría sido capaz de gozar de los placeres de la carne con vos, pero sabed que hubiera aceptado intentarlo, porque os amo, como, me parece, nunca antes había amado.
Isabeau se inclinó despacio hasta él y apoyó el rostro contra su pecho. Él la tuvo así, enternecido, durante unos segundos y luego buscó su frente con los labios, deslizó los dedos por su cuello, bajo el cuello de armiño, y acabó por apoderarse de su boca con una pasión tal que los abrasó a ambos.
Luego, una vez más, se apartó del abrazo.
—Volveré en cuanto me sea posible, mi dulce Isabelle. Volveré a enseñaros el amor. Me someteré a vuestros límites, me enseñaréis los míos. Juro por Dios que no cejaré en reparar lo que ese loco ha destruido. Pero antes tengo que saber su nombre. Quienquiera que sea, es hombre muerto.
—No os preocupéis más de él. El destino me ha vengado. Os lo he dicho, señor. Ahora soy libre, libre para amaros.
La Palice estalló en una risa feliz, cubriendo de ligeros besos aquella cara que sonreía en la penumbra. Luego, movido por una idea repentina, gritó, alegre, al lacayo:
—Al palacio real.
—Pero... —se quejó Isabeau a la par que abría la boca, sorprendida.
—¿Conocéis a la reina Claudia Isabelle?
—No, yo...
—Es la esposa de nuestro buen rey Francisco. Administra el reino mientras él guerrea en Italia, hasta su regreso. El palacio de la Cité es un poco triste en estas fechas, puesto que la corte acompaña al rey, pero me encantará que os vean de mi brazo. A no dudar tendréis que soportar el desprecio de mis antiguas amantes, pero eso no debe asustaros. No quiero teneros escondida, Isabelle, me haréis feliz.
—No estoy segura de estar preparada para conocer a esa gente, señor —objetó Isabeau, a quien aquel capricho asustaba un poco.
—A mi lado no tenéis nada que temer, creedme. Confiad en mí.
—Sea, si creéis que es necesario.
—Sé leer entre líneas, Isabelle. Sé qué se esconde detrás de un derecho de pernada. El título nobiliario que os falta, lo legitimaréis apareciendo a mi lado. Nadie pensará en ir a buscar el secreto de vuestros orígenes si os presento a la reina tal y como os veo.
Isabeau sacudió la cabeza en silencio. Su gesto la conmovía, puesto que era consciente de su alcance. Cambió de asiento y fue a sentarse a su lado, pegada a él. Cuando rodeó afectuosamente sus hombros con sus brazos, ella dejó caer su cabeza contra la de él.
Sí, ahora estaba segura. ¡Había pasado página!

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Miér Nov 10, 2010 1:39 pm

Capítulo 15


Era como si el invierno hubiese suspendido su aliento en el umbral del largo túnel que llevaba del bosque hacia la sala subterránea, como si cada instante pareciese el primero y el último a un mismo tiempo. Un paréntesis suave y cálido, lejos de la mordedura de las sucesivas borrascas de nieve o lluvia.
Los lobos sólo abandonaban el refugio por la noche, para acercarse a los pasos de ciervos y corzos siguiendo un ritual inmutable. Sin embargo, con frecuencia volvían con el vientre vacío.
—Nunca había visto un invierno tan duro —afirmó Loraline al regresar en compañía de Cythar, con un rosario de pájaros muertos ensartados en un hilo, colgando de la cintura.
A menudo los encontraba helados al pie de los árboles, pájaros y pequeños roedores esqueléticos que la hambruna había matado. Entonces, ambos compartían su pitanza con los animales.
Philippus estaba maravillado. Cada día, según el mismo ritual, ella los llamaba con un sonido, esperaba a que se instalasen en círculo a su alrededor, y les distribuía su parte sin que ninguno se pelease o exigiese más. Reinaba sobre la horda, y Philippus lo consideraba un hecho mágico.
En cuanto pudo andar ayudándose con una muleta, exploró la sala subterránea que resultó ser más vasta de lo que había creído. Una sola zona le fue vetada por Cythar. Cuando avanzó hacia ella, el viejo lobo se cruzó en su camino gruñendo. Philippus no insistió. Por otra parte, Loraline nunca se aventuraba hasta aquel lado.
—Mi madre y mi abuela descansan del otro lado de esas piedras —le confió después de haber visto la actitud de Cythar—. A mí tampoco me permite entrar en la cámara mortuoria. Es como si quisiese ser el guardián de sus restos mortales. Respeto su voluntad. Cuando echo de menos a mi madre, dejo que la llama de una vela suba al cielo. Así, un poco de mi amor asciende hacia ella. No te acerques a su tumba; Cythar no te haría daño, estoy segura, pero no sirve de nada provocarle.
Philippus aceptó, como ella había aceptado.
Hacía ya tres meses que vivía así, más feliz de lo que había sido nunca. Más enamorado también. No habían hablado de la loba gris. No había vuelto a aparecer. A Loraline eso le había afectado: era la primera vez que la loba gris no se presentaba a su cita del plenilunio. Philippus la consoló, a su manera, haciéndole el amor. Aprendían a conocerse mutuamente.
Sus heridas cicatrizaban gracias a los ungüentos y las pociones que Loraline le administraba. A veces tenía la impresión de que, comparado con el suyo, el saber de la joven era inmenso. Lo que ella era y representaba confería un sentido concreto a su búsqueda. Una búsqueda cuya única verdad era el amor.
Los primeros días, se preguntaba cómo podría tolerar el paso del tiempo sin acabar añorando la luz del día, todo lo que antes constituía su vida cotidiana. Pronto comprendió que no tendría bastante con cinco lunas para tener una idea de todos los conocimientos que la joven había adquirido.
Y luego llegó aquella mañana de enero de 1516. Una mañana parecida a las demás. Philippus se desperezó en su jergón cuidando, como cada día, de no hacer gestos bruscos para no despertarla, pues siempre se levantaba antes que ella. Esta vez, sin embargo, no la sintió a su lado. Volvió la cabeza y comprobó que no estaba. Se preocupó. No porque se hubiese habituado a aquel ritual, al contrario, pero de pronto aquel vacío a su lado le resultaba casi doloroso. Se incorporó. Cythar dormía a los pies del jergón, sereno. Philippus aguzó el oído. Una tos cavernosa y lejana seguida de un espasmo resonó en el silencio. Loraline vomitaba.
Se levantó y, tras encender una antorcha, guiándose por el sonido, avanzó a lo largo de un túnel que partía a su derecha. Sabía bien adonde llevaba. A una especie de cuenca por cuyo fondo corría un regato de agua. Lo usaban como letrinas. No lejos, un segundo agujero más alto permitía tomar un baño de asiento. Era una de esas curiosidades de la naturaleza que Philippus había bendecido desde el primer día. El agua allí no era potable, pero para lo que la usaban, servía a las mil maravillas y no recordaba haber conocido muchos lugares con mayor comodidad.
Loraline estaba inclinada sobre el regato, con el cuerpo sacudido por espasmos. Con una mano retenía sus largos cabellos negros mientras, para sujetarse, crispaba los dedos de la otra sobre una piedra.
Philippus aún sentía tirones en la rodilla y en la parte alta del muslo, allí donde los ligamentos se habían despegado, pero había recuperado la movilidad, a pesar de que cojeaba un poco. Cuando apresuró el paso para llegar hasta ella, se mordió el labio ante las punzadas que inmediatamente le asaltaron. No quiso doblegarse y tocó la espalda de Loraline en el momento en que un nuevo espasmo la obligaba a doblarse sobre el agujero. Le habría gustado arrodillarse a su lado, pero ése era un movimiento que su pierna aún controlaba mal. Se contentó con esperar a que ella recobrase el aliento dándole masajes en la nuca y los omoplatos para relajarla lo mejor que podía.
—No es nada —farfulló finalmente Loraline mientras se incorporaba—. Nada en absoluto.
Pero Philippus estaba inquieto. Recordaba demasiado bien los sufrimientos de François de Chazeron.
—¿Has probado algún medicamento de tu madre? —preguntó cuando Loraline se incorporaba tras haber recogido un poco de agua fresca y limpia para mojarse la cara.
—No —afirmó ella sonriendo—. Estoy un poco cansada e hinchada. No te preocupes, amor mío.
Pero Philippus acababa de topar con el incipiente abombamiento de aquel vientre tantas veces ofrecido y sublimado. Su cabeza funcionó muy aprisa. Tres meses, tres meses haciéndole el amor con una total despreocupación. ¡Loco!
Le cogió las manos dulcemente, con la garganta seca.
—Tengo que examinarte. Ahora —ordenó.
—¿Te quedarás tranquilo luego? —preguntó ella sin malicia.
—¡Sí, me quedaré tranquilo si me lo has dicho todo!
—¿Qué podría ocultarte, Philippus? —soltó ella en un estallido de risa.
Poco a poco iba recuperando el color y los ojos le chispeaban de nuevo. Entonces Philippus comprendió que lo ignoraba todo sobre las leyes inmutables de la gestación. Loraline se dejó conducir hasta la cueva y tumbar sobre el jergón. Cuando le separó los muslos, ella ronroneó de placer, pero él se contentó con un palpo médico, rápido.
—¿Ya? Pues era muy agradable —gimió.
Pero Philippus no estaba de humor para bromear. Se sentó a su lado dividido entre la felicidad y el pánico.
—Estás embarazada, Loraline.
Ella abrió la boca, pero no profirió sonido alguno. Su sonrisa parecía petrificada por la sorpresa. Siguió un largo silencio, luego Loraline parpadeó, como si aquel sueño que la había atrapado bruscamente le devolviese a la realidad.
—¿Quieres decir que hay un pequeño Philippus ahí, en mi vientre? —murmuró.
Él movió la cabeza. La joven se le colgó del cuello y prorrumpió en sollozos.
—¡Oh, Philippus, soy feliz, tan feliz!
Y al abrazarla, cayó en la cuenta de que él también era feliz.


—Ya no puedo irme sin ti.
Había esperado varios días antes de anunciarle su decisión, el tiempo suficiente para que Loraline se habituase a la idea de tener aquel niño. Ella se había transformado, reía por cualquier cosa, sacaba el vientre hacia delante, iba de lobo en lobo haciendo que pusiesen la pata sobre él, diciéndoles que pronto tendrían un niño que mimar. Estaba conmovedora, desarmaba, pero Philippus no daría su brazo a torcer.
Se habían vuelto las tornas. Mataría la loba gris con sus propias manos si era necesario. Estaba dispuesto a todo. Había pasado varias noches en blanco preguntándose qué habría hecho finalmente al término de aquellos cinco meses. Ahora lo sabía. No habría abandonado a Loraline. Lo que sentía por ella iba mucho más allá del amor. Ella era la suma de todo aquel tiempo pasado buscando lo imposible, lo sobrenatural, lo impalpable. Como si su existencia hubiese tendido un hilo invisible formado por indicios que no habían tenido más que un objetivo: llevarle hasta ella.
Loraline fingió no oír. Siguió jugando con Cythar. Philippus lo repitió un poco más alto, decidido a levantar la voz más y más hasta que no pudiese hacerse la sorda.
—Ya no puedo irme sin ti.
Pero no necesitó volver a repetirlo. Ella lanzó el palo que tenía en la mano y mandó a Cythar a buscarlo. Luego, sentada en el suelo de tierra, a sus pies, como uno de sus lobos, alzó hacia Philippus sus grandes ojos verdes, ensombrecidos por aquella evidencia que, de pronto, también se le imponía a ella.
—Ya hemos hablado de eso. No tengo derecho.
Su voz pretendía ser firme, pero Philippus sabía que no lo era en absoluto.
Habló con suavidad. No quería forzarla. Habría querido sentarse en el suelo junto a ella, pero no podía. Aún no era dueño de sus movimientos y, por desgracia, su agilidad había desaparecido. Tenía que contentarse con aquella postura incómoda en ese taburete, junto a la tosca mesa. Eso le daba un aire de superioridad que le hacía sentirse incómodo. Pero Loraline prescindía de las conveniencias, no conocía ninguna.
—Sigo siendo una mujer loba. Y ese pequeño ser se nutre de ello, Philippus. —Separó los brazos englobando en un gesto la gruta y sus habitantes—. Ellos son mi familia, y ésta es mi casa. Stelphar tiene razón. Mi sitio está aquí.
—No, eso es lo que te han hecho creer, pero es mentira. No te pido que renuncies a todo esto, te quiero por lo que eres, pero tú mereces conocer el mundo, su belleza, su riqueza, todo lo que te falta.
—¿Crees que me falta la riqueza, Philippus? —dijo ella prorrumpiendo en una carcajada triste—. Sin embargo, si quisiera podría ofrecerte ese mundo que tanto te atrae. Soy ingenua en las cosas del amor, pero no en las del odio y la pena. En tu mundo, hay más fealdad que belleza. Lo sé, lo he visto en los ojos de mi madre y en los de mi abuela. Aquí estoy segura, con ellos. ¡Quédate! Podré convencer a Stelphar —terminó en un susurro.
Philippus sintió que le flaqueaban las piernas. No había pensado en quedarse. Ni por un instante. Al menos, no en serio. Estaban en una burbuja, aislados del tiempo, de todo. Eso le bastaba de momento, porque aún se sentía inválido, porque Loraline lo llenaba todo, pero sabía que no podría conformarse con aquella vida de topo. Además estaba su padre, que contaba para él y con él, y estaban todos los enfermos presentes y futuros que agradecerían su prodigioso saber. Tenía grandes cosas que aportar a la humanidad. Lo sabía. Podría compartirlas con Loraline, fundando una auténtica familia, dándole un nombre. Un nombre de verdad, una verdadera identidad en un mundo que la respetaría, que sabría escucharla cuando le comunicase sus conocimientos sobre anatomía animal. No podía dejar que todo eso se perdiese, no podía renunciar al fabuloso destino que se les ofrecía. A ellos y a su hijo.
Intentó explicárselo, pero las palabras le parecían vacías, producto de su propio razonamiento. Finalmente cayó en la cuenta de que para ella carecían de sentido. Entonces, Loraline se levantó. Su semblante se había ido oscureciendo a medida que él se embrollaba en justificaciones sin fundamento.
—Ven —le dijo—. Voy a enseñarte algo.


Anduvieron en silencio, iluminados tan sólo por la linterna que Loraline sostenía con mano firme. Philippus respetó su mutismo mientras se adentraban en las entrañas de la tierra. Sus pasos producían un eco regular sobre la tierra, tan sólo turbado por el raspar en el suelo de las zarpas de Cythar, que les seguía.
—Los lobos no son eternos. Ya son viejos. ¿Qué quedará después de ellos? —masculló con torpeza poniéndose a su lado.
Por toda respuesta, Loraline apretó puños y dientes. Por un momento, Philippus pensó que iba a acabar con él o a encarcelarlo en alguna parte, pero pronto se quitó esa idea de la cabeza. Confiaba en ella porque ella le amaba. De verdad.
Avanzaron un rato entre vahos sulfúricos y, a pesar de todo, no se ahogaba. Apenas sentía cansancio en la pierna, que descargaba de peso con ayuda de una muleta. En algunos puntos se veía obligado a agachar la cabeza o a escurrirse entre dos rocas, de lado y metiendo el estómago, aunque, lo habría jurado, aquel subterráneo, como los demás de Montguerlhe, había sido tallado por la mano del hombre.
Por fin llegaron a un callejón sin salida.
—Espera aquí —dijo Loraline con brusquedad.
No se movió, pero retuvo a Cythar por el cuello cuando éste iba a seguir a su ama. El lobo se sentó contra su pantorrilla. Con él siempre encontraría el camino. Poco a poco, una pálida luz se fue encendiendo detrás de una roca que disimulaba un agujero en la pared y que Philippus había oído desplazar.
Por fin, Loraline volvió a aparecer y lo llamó por señas. Entonces soltó a Cythar sin preocuparse de los pelos que habían quedado en su mano y se acercó al agujero. Lo que descubrió en aquella pequeña cámara lo dejó sin respiración. Una catarata de oro. Los jarros se apilaban unos sobre otros, llenos de monedas y piedras preciosas. Nunca había visto nada parecido. Nunca. Sobre cada uno de ellos, lucía un blasón esculpido.
—Como puedes ver —explicó con amargura la voz de Loraline—, podría comprar fuera todo lo que no tengo aquí. Todo, sí, salvo la felicidad que tú me das.
Su voz había temblado al pronunciar las últimas palabras. Philippus supo que estaba conteniendo las lágrimas.
No encontraba nada que decir. Temía que aquello fuera el fruto de un hábil robo, y al mismo tiempo se decía que la joven habría necesitado siglos para reunir semejante tesoro.
—Explícate —le pidió mientras cogía de un cántaro un puñado de monedas que desgranó entre sus dedos.
—No tiene importancia.
—Todo lo que me permite entenderte para quererte mejor tiene importancia.
—¡Es una larga historia, Philippus!
Para aliviar sus heridas, fue a sentarse sobre un montón de monedas de oro que se hundió bajo su peso, haciendo rodar algunas de ellas contra los jarros, donde se detuvieron entre tintineos.
Loraline se apoyó contra la pared que supuraba humedad. Conocía bien el lugar y había tenido la precaución, antes de bajar, de echar sobre los hombros de ambos unas gruesas pellizas.
—Muchas veces, cuando era una niña, vi a mi madre entrar en este túnel, pero tenía prohibido acompañarla. Cuando volvía, traía en la mano una barrita de un metal amarillo y frío que daba a la tía Albérie. Con el tiempo, porque inocentemente mis orejas andaban por todas partes, acabé comprendiendo que el abad de Moutier, Antoine de Colonges, daba a mi tía monedas a cambio de aquellas barritas para que pudiese aprovisionar a mi madre y mi abuela cuando el invierno era crudo. El no venía nunca hasta aquí.
Sé que un subterráneo lleva a la abadía, pero no he conseguido encontrarlo. Te asombrarías si supieses el laberinto que esconden estas montañas.
—¿Por qué daba tu madre oro para obtener monedas cuando esta sala...?
No acabó la frase. La obviedad iba más aprisa que él. Loraline aprovechó la circunstancia.
—Estas son demasiado antiguas. Usarlas hubiera sido correr el riesgo de dar veracidad a la leyenda. Cientos de personas habrían venido a hurgar en la tierra. Lo comprendí tarde. Poco antes de morir, mi madre me trajo aquí y me lo contó todo: en 1369, Carlos V de Francia rompió el tratado de Brétigny, que dejaba a Eduardo III, rey de Inglaterra, todo el sudoeste y parte del norte de Francia. La guerra de los Cien Años arreciaba, y el rey de Francia recuperaba una a una las ciudades francesas atribuidas al enemigo. Entonces, el señor de Thiers se cruzó en el camino con un grupo de fugitivos ingleses, felices de poderlo destripar. A cambio de su vida, les ofreció asilo para sus familias y sus bienes en el inexpugnable Montguerlhe. Así pues, se instalaron en la fortaleza, pero no confiaban en absoluto en aquel señor que en cualquier momento podía entregarlos a los franceses. Levantaron paños de muralla en el interior del castillo, disimulando los pasadizos. Durante años reorganizaron las antiguas canteras de piedra y elaboraron un inteligente dédalo de subterráneos. Muchos de sus compatriotas vinieron a esconder aquí sus bienes, o cuando menos lo que habían podido salvar en su huida. Varios cuchilleros, generosamente pagados, trabajaron para ellos en secreto en la sala subterránea. Aquí tenían todo lo que deseaban, y las armas que fabricaban se usaban en la lucha sin cuartel entre Inglaterra y Francia.
»Luego pasó lo que tenía que pasar. El señor de Thiers se dio perfecta cuenta de que algunos renombrados cuchilleros se habían enriquecido. Intentó hacer hablar a uno de ellos, pero murió torturado antes de revelar su secreto. Los demás, asustados, se pusieron bajo la protección de los ingleses, con sus familias. El señor de Thiers, Hermand de Montreval, se ofuscó y reclamó oro a cambio de su silencio. No obtuvo todo el que deseaba. Encontró un cómplice y se aseguró de que se envenenase a sus huéspedes, que se habían convertido en indeseables, tanto más cuanto que él mismo era un traidor a la corona de Francia por haberlos escondido. Cuando en Montguerlhe tan sólo quedaron cadáveres, buscó el oro, puso el castillo patas arriba, pero fue en vano. Acabó por creer que todo el oro se había invertido en fabricar espadas, pero ningún cuchillero seguía con vida para contrastar su teoría. Hizo enterrar los cuerpos en secreto, y destruyó cualquier documento que pudiese comprometerle.
—Si nadie lo sabe, ¿cómo es que los tuyos...? —preguntó Philippus.
—Una mujer, una lavandera, trabajaba en el castillo de Montguerlhe. Al ordenar un montón de sábanas en un cuarto, sorprendió a uno de los hombres introduciéndose en un pasaje. Debería haber muerto con los demás, pero el azar quiso que aquella triste noche estuviese ausente, retenida en la cabecera de la cama de su madre, que estaba enferma. Al día siguiente se enteró de que se había declarado una epidemia en el castillo. Asustada, corrió a ver al abad de Moutier para que la examinasen. En lugar de ello, el abad le hizo muchas preguntas y la obligó a prometer que nunca diría que había trabajado en Montguerlhe. Entonces comprendió que algo terrible había ocurrido. Esa mujer era antepasada mía. Algún tiempo más tarde, corrió el rumor de que habían perecido todos de aquella extraña enfermedad, y durante largos meses en Montguerlhe resonaron los pasos de quienes buscaban desesperadamente el oro. Al año siguiente consiguió que la contratase el nuevo intendente y pudo accionar el mecanismo con discreción. Y, después de mucho buscar, fue finalmente mi abuela quien descubrió el tesoro. Todas las leyendas tienen algo de verdad, Philippus. Pero este oro, como los lobos, pertenece a !a montaña. ¿Puedes asegurarme que en tu mundo tendría más valor que aquí?
—¡El oro no sirve para nada si no se gasta! —dijo Philippus para esquivar la pregunta.
—Aquí tengo todo lo que deseo. Antes de encontrarte había un gran vacío en mí. Si decides irte, este niño lo colmará.
—Tengo dos meses para convencerte, pues, digas lo que digas, Loraline de Chazeron —ella torció el gesto—, creo que después de mí te seguirá faltando un nombre para tu hijo. El de su padre, el que podría daros a los dos. Soy pobre, es verdad, pero mucho más rico que tú por tener una identidad y un título. Y el amor que te tengo vale más a mis ojos que todos tus falsos argumentos para evitar afrontar el mundo exterior.
Por un momento creyó que ella iba a echarse a llorar, pero no fue así. Su mirada se endureció con el recuerdo de aquella herida que él había reavivado aposta.
—Sea —dijo Loraline distendiendo el rostro en el que volvió a asomar la sonrisa—. Tenemos dos lunas tanto el uno como el otro para decidir nuestro destino. Entonces, Stelphar te acompañará hasta las puertas de la ciudad y volverás a tu casa para poner tus asuntos en orden. Regresarás para ayudarme a traer el niño al mundo y volveremos a hablar de todo esto. Habrán pasado cuatro meses con nuestras penas y nuestra soledad. Nuestras decisiones nos harán más fuertes para no poder arrepentimos de nada. ¿Estás de acuerdo, Philippus?
—Estoy de acuerdo.
Ella avanzó hacia él, se izó sobre la punta de los pies haciendo rodar algunas monedas con su movimiento y le tendió los labios para que los besara. Excitado por su olor almizclado de joven salvaje, la estrechó contra él. Cayeron abrazados hacia atrás en un resbalar de monedas y rodaron contra un jarro que se volcó con el impulso, desparramando sobre ellos su dádiva resplandeciente. Permanecieron mucho rato enredados en una risa loca, olvidado ya aquel miedo pasajero a lo desconocido que lleva a la encrucijada de caminos.
—Te quiero, Loraline —dijo Philippus mientras sacudía sus largos cabellos cubiertos de moneditas.
—Yo también te quiero. ¡Ojalá no me olvides nunca!


Lejos de allí, en la pequeña población de Saint-Rémy-de-Provence, Michel de Nostre-Dame escrutaba la carta astral de su amigo que tenía desplegada ante él, mientras se mordisqueaba el labio con nerviosismo. Era inútil que lo repitiese una vez más, hacía meses que lo hacía una y otra vez: la misma imagen fugitiva volvía a aparecer ante sus ojos, la imagen de su amigo aullando entre lobos, en medio de un bosque en llamas.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 12, 2010 11:08 am

Capítulo 16


«Háblame de tu madre...», dijo Philippus. Bruscamente había tomado conciencia de que ella era el alma de aquella cueva, la razón del profundo apego de Loraline a aquel lugar. A lo largo de aquellas cinco lunas, no había intentado saber más de Isabeau y, de pronto, se volvió indispensable.


«Tuve dos visiones diferentes de ella a medida que fui creciendo —le respondió Loraline—. Apenas recuerdo su contacto físico porque, lo supe más tarde, no me amamantó; lo hizo una loba que acababa de tener lobeznos. En realidad, Cythar y yo nacimos con pocas horas de diferencia, seguramente por eso nos sentimos tan cerca la una del otro. Nos alimentábamos de la misma carne, dormíamos una contra otro. Creció conmigo. Mi madre lloraba con frecuencia en aquella época. Tengo imágenes furtivas de una mujer encogida, desgreñada, que pasaba el tiempo fregándose y raspándose el cuerpo con musgo. A veces llegaba a hacerse sangrar. Era la abuela la que se ocupaba de mí. Vivía con nosotros y yo conocí más el calor de sus brazos que el de los de mi madre.
»Luego, poco a poco, mi madre empezó a hablarme, con dureza casi siempre, pero sentí que había tomado conciencia de mi existencia. Recorrí los bosques con ella y con la abuela, cogiendo bayas, hierbas medicinales, setas. Cuando eran venenosas me lo advertía. Cuando me hería y lloraba, ella se apresuraba a curarme. Si la herida era superficial se apartaba de mí burlándose y diciéndome que tenía que aprender a sufrir en silencio.
»Recuerdo que una vez, yo debía de tener cuatro o cinco años, tropecé con una zarza y me fracturé una pierna. Me oyó gritar. No podía levantarme. Ella estaba lívida. Se puso a dar vueltas en torno a mí con las manos sobre el rostro y luego se detuvo, me cogió en brazos y me llevó a la cueva. Fue en ese momento, creo, cuando cambió. Dejé de llorar. Le había echado los brazos en torno al cuello y oía latir su corazón como un tambor en su pecho. La abuela no estaba. Me curó en silencio. Me dolió cuando me colocó los huesos en su sitio, pero estaba como adormecida por su dulzura, por aquella insinuación de ternura. No grité.
»"Está bien, hija mía, has sido valiente", dijo con una sonrisa triste. También era la primera vez que me llamaba hija.
»Era demasiado pequeña para comprender lo que había ocurrido en su cabeza y en su vida. Mi universo entero se limitaba a esta sala, no sabía nada del exterior, aún menos que existiesen otras personas, otras vidas. No obstante, algo había cambiado. Mi madre ya no me rechazaba cuando me subía a sus rodillas o le cogía la mano. Fue un cambio progresivo. Creo que la amansé a lo largo de meses. Estaba más sonriente y, a veces, mi abuela y ella hasta estallaban en carcajadas.
»Un día, la seguí a otra sala a pesar de que me lo había prohibido. El espectáculo me heló la sangre. Di un grito al entrar. Era la primera vez que veía un cadáver. Era el de un muchacho: una auténtica carnicería. Mi madre salió de detrás de un montículo, con un cuchillo en la mano. Estaba cubierta de sangre. Retrocedí y topé con la abuela. Volví a chillar, pero su voz me calmó mientras me estrechaba entre sus brazos. Mi madre se acercó a mí después de haber dejado el cuchillo junto al cadáver, sobre la mesa.
»—Lo he encontrado en la montaña —me dijo—, pero no son los lobos los que lo han despedazado, Loraline, ni yo. No quiero que vuelvas a pasear sola, me oyes, hay por ahí una especie de diablo, en las tierras de arriba, un hombre muy malo. Él es el que ha matado y descuartizado a este chiquillo. Si se entera de tu existencia, también te matará. Ahora ven, no debes tenerle miedo a la muerte, nos enseña cosas hermosas para aliviar a los vivos.
»Dejé que su mano ensangrentada tirase de la mía. Cogió el cuchillo y abrió el pecho inerte. Cuando extrajo una a una las vísceras del cuerpo despanzurrado, retrocedí un poco, pero ya no tenía miedo. Parecía unas veces sorprendida y otras maravillada de sus descubrimientos. Acabé por dormirme en un rincón de la sala. Me desperté por la mañana sobre mi jergón. Mi madre lloraba contra el pecho de la abuela.
»Pagará, Isabeau, créeme. François de Chazeron pagará.
»Era la primera vez que oía ese nombre, pero comprendí que era él, el monstruo de las tierras de arriba. En aquel momento, nunca se me hubiese ocurrido pensar que también era mi padre.
»Mi madre pasó días enteros sobre el cadáver, transcribió sus hallazgos sobre pergaminos, acompañándolos con croquis. Yo ya había visto cosas parecidas en otro cuaderno atado con hilos de cáñamo. Mi madre había dibujado un lobo en la primera página. La abuela me explicó que la madre de Cythar había sido la primera en ser abierta y examinada por mi madre. Ella quería comprender para poder curarlos cuando estuvieran enfermos o heridos. Gracias a esos conocimientos pudo sanar mi pierna rota. Me sentí muy orgullosa de ella. En los años posteriores, hizo croquis de flores y plantas y preparó toda clase de ungüentos y mixturas.
»Una mañana, la abuela trajo a tía Albérie. Mi madre y ella se dieron un abrazo interminable. Luego conversaron en voz baja, pero oí varias veces el nombre de François de Chazeron. Después, tía Albérie dijo que Huc de la Faye la protegía. Eso me tranquilizó. Si alguien se oponía al monstruo, yo no corría ningún peligro. Tía Albérie vino a vernos a menudo, mi madre reía más que antes, a veces era ella la que me abrazaba y jugaba con los lobos y conmigo. Entonces tía Albérie le lanzaba miradas de reproche.
»Luego la abuela murió y mi madre cerró la cámara mortuoria. Albérie y ella lloraron mucho, yo no. "La muerte no debe darte miedo", había dicho mi madre, por eso yo no tenía miedo. El dolor surge con la idea de la ausencia; para mí eso no significaba nada. Cuando añoraba a la abuela, preguntaba cuándo iba a volver. Tía Albérie me lo explicó algunos meses más tarde. Fue entonces cuando sufrí.
»En aquella época, mi madre volvió a cambiar. Tía Albérie lloraba mucho en cada visita, tenía ojeras. Un día le pregunté si el monstruo de las tierras de arriba le había hecho daño a ella también. Se le endureció la mirada y me ordenó que me recogiera el pelo. Pasó los dedos por el mechón de pelo gris y rió con sarcasmo antes de contestarme:
»—¡El monstruo vive en mí, Loraline, en nosotras!
Retrocedí y corrí a esconderme. Mi madre levantó la voz contra su hermana:
»—¡Nunca, me oyes! ¡Nunca delante de la niña!
»Me tapé los oídos. De pronto tenía miedo, sin que pudiera explicarme por qué, como sí presintiese algo terrorífico, y luego Cythar se interpuso, gruñó, gimió entre ellas. Se callaron y se volvieron hacia mí, que estaba asustada, apenas oculta por la roca tras la que me había refugiado. Mi madre se acercó a mí, me retiró las manos de los oídos y me tranquilizó.
»—Tía Albérie es alguien especial —murmuró—, pero nunca te haría daño.
»Fue en esa época cuando Stelphar apareció por primera vez. Mi madre me dijo que volvería cada noche de luna llena, que velaría por nosotras y que, gracias a ella, nunca tendríamos nada que temer.
»Pasó el tiempo. Mi madre siguió hurgando en los secretos de la naturaleza, como si su vida dependiese de ello. Consagraba a eso todo su tiempo, toda su energía. Supe que había habido más cadáveres en la montaña, pero mi madre no volvió a traerlos. Después de cada uno de aquellos macabros descubrimientos, se encerraba en su antro y me prohibía acercarme. La oía llorar, a veces gritar, en sus pesadillas. Acabé por comprender que el monstruo le había hecho daño, a ella y a Benoit, del que hablaba a menudo con tía Albérie.
»En los últimos tiempos, se había vuelto extraña. Creo que sentía que se iba a morir. Se mantenía apartada, no me rechazaba cuando me acercaba a ella, pero volvía la cabeza y siempre acababa por escaparse urgida por algún trabajo. Y luego pronunció aquella frase terrible, una mañana, justo antes de morir. Y mi vida dio un vuelco, porque de golpe el monstruo de las tierras de arriba se había convertido en mi padre, cuando ya no tenía madre.»


Fuera, abril había abierto las primeras yemas y el aire exhalaba !a fragancia de los perfumes de las flores silvestres despabiladas por una tibieza primaveral. El invierno parecía olvidado, la vida resurgía en campos y bosques. Una noche de luna llena, Stelphar penetró en la cueva. Philippus quiso oponerse, pero la mirada de Loraline se lo impidió. Le repugnaba dejarla en su estado.
—Tía Albérie cuidará de mí. Vuelve en junio, traeremos el niño al mundo entre los dos. ¡Vete!
Se dieron un largo beso, pero ella no le acompañó por el subterráneo. La loba gris abría la marcha, Cythar la cerraba. Entre ellos, Philippus sentía a cada paso que parte de su vida se alejaba.
Emergieron al aire libre, detrás del altar de una ermita. Salieron juntos de ella. Philippus memorizó su nombre inscrito en el frontón de piedra: Saint-Jehan-du-Passet. Se erguía sobre un altozano. En la claridad de la luna llena, vio una muía que le esperaba, atada a un árbol. Sendas alforjas colgaban a cada lado. En una encontró comida, en la otra oro. Se volvió hacia la loba y la miró fijamente a los ojos.
—Yo no creo en los hombres lobo, Stelphar, y sin embargo sé quién eres. Sólo la muerte me impedirá volver a buscar a mi mujer y mi hijo. —Desató la alforja y la tiró a los pies de la loba impasible, para después decir—: Esta noche soy el más pobre de los peregrinos por tu culpa, y todo el oro del mundo no podrá cambiar nada. Nos volveremos a ver muy pronto.
Subió a la mula y la espoleó sin volverse. Tan sólo oyó el aullido de Cythar acompañándolo. Como él, el lobo lloraba.


Philippus quemó etapas. Le dolía la pierna por las noches, al acostarse. Como no se había quedado con el oro, evitaba los albergues y se detenía en los hospicios, en donde se hacía pasar por un peregrino de regreso de Compostela. El pelo y la barba le habían crecido y le daban el aspecto de un ermitaño un tanto loco al que la caridad cristiana no podía negar nada.
Tenía prisa por estar en Suiza con los suyos. No sabía si su padre había sido informado de su desaparición y de pronto le preocupaba su inquietud, su salud. Se preocupaba por él para evitar preocuparse por ella. Se decía que iba a poner sus asuntos al día para instalarse, para preparar un nido donde el niño pudiese crecer feliz. Esa seguridad ahuyentaba su melancolía, por momentos incluso le hacía sentirse feliz, a pesar de que al levantarse, cada mañana, sus dedos se agarraban con desesperación al vacío, porque aún tenía el cuerpo rebosante de las brumas sensuales de pretéritos abrazos.


Isabeau temblaba. De la cabeza a los pies. Intermitentemente. Toda ella era una sucesión de temblores. Incontrolables, irritantes.
Se había preparado, no obstante. Había contado cada día desde la partida de Jacques, precipitándose sobre sus correos.
El señor de La Palice le hablaba mucho de la corte y del rey, a quien frecuentaba, le contaba su periplo, el encuentro del rey con su mujer y su madre, la ciudad de Marsella, en donde habían pasado un tiempo y en la que les había recibido una gran batalla de naranjas en la que Francisco y su corte habían participado con entusiasmo. Luego habían visitado la flota de galeras antes de admirar un extraño animal unicornio cuyo lomo estaba cubierto por un grueso caparazón, a la manera de las tortugas, y que llamaban el rhinocems, animal que estaba de paso en Marsella camino de Roma, como regalo de Manuel de Portugal al papa León X.
Isabeau devoraba sus cartas. Comentaba algunos pasajes a sus amigas, reservándose ruborizada aquellos en los que Jacques la cubría de elogios y en los que le decía que suspiraba por ella más que por ninguna otra antes. Ella había visto crecer su afecto por él de día en día, sin dejar por eso de atender a su trabajo, en el que daba plena satisfacción a Rudégonde, ni de preocuparse de sus amigos, cuyo cariño le procuraba un remanso de dulzura y serenidad.
En esa atmósfera, había acabado por sentirse ligera, y se había repuesto tanto que renunció a su cuartito en Notre-Dame para alquilar un pequeño alojamiento vecino a la tienda, en la rué de la Lingerie. Bertille se había empeñado en permanecer a su servicio e Isabeau la recompensaba bien. En realidad, aparte de su salario, el oro que había traído de Montguerlhe le garantizaba una renta suficiente que ella presentaba como producto de su viudedad, desde que La Palice le había conseguido una autorización real para trabajar como modista. Como se había granjeado la simpatía de todo el mundo, nadie habría sospechado que, tras aquella amable dama, se ocultaba una salvaje que durante quince años había vegetado entre lobos.
La puerta de la tienda se abrió de golpe y un viento primaveral penetró en ella. Jacques de Chabannes apareció enmarcado por la puerta con aspecto vivaracho. Isabeau se sintió desfallecer. Le dedicó una reverencia que él ayudó a deshacer tendiéndole su mano tras quitarse el guante.
—Vuestra ausencia, señora, ha sido una larga y profunda herida —susurró sobre su mano con boca golosa y mirada encendida—. La vida me abandonaba. No podía soportar por más tiempo tanta agonía. Por eso, heme aquí.
Ella se contuvo para no abalanzársele al cuello. Con el buen tiempo, la tienda era más frecuentada y dos hermosas damas se encontraban en ella. La Palice las saludó con cortesía. Isabeau notó que se sentían ofendidas por su escaso interés y se picó en su amor propio. Acaso ellas también pertenecían al batallón de sus antiguas amantes. ¿No corría el riesgo de incorporarse a sus filas si cedía a sus pulsiones ahora que estaba recuperando las ganas de amar? Aquellas damas estaban casadas, pero era de buen tono tener un amante y, por otra parte, todo el mundo conocía en París el temperamento del rey, que, para justificar el suyo, autorizaba el más atroz libertinaje.
Isabeau era viuda, lo que le valía cierto respeto, mucho más que Rudégonde, calificada por muchos de cortesana, a pesar de que se vistiesen en su casa. ¿Sería capaz de afrontar la situación si volvía a caer en desgracia, si volvía a ser abandonada?
De vuelta en su casa, con la promesa de una cita al día siguiente, los recuerdos habían vuelto a asaltarla y con ellos los interrogantes, las dudas. Bertille le friccionó la espalda mientras ella intentaba calmar sus temblores con un baño de melisa y poleo.
—Creo que tienes miedo, Isa —señaló la enana que ya hacía tiempo que sabía toda la verdad sobre su pasado—. Mañana te vas a encontrar en su cama y eso te aterra, porque no sabes cómo vas a reaccionar ante sus caricias. ¡Pero no debes temer al amor, Isa! Te quiere, lo he visto en sus ojos. Además, Lilvia ha leído tu porvenir en las cenizas. Seréis felices juntos hasta que la muerte os separe.
—Justamente por eso, Bertille. ¿Cuándo vendrá a robarme otra vez el hombre que amo?
—Lilvia no lo sabe, pero te ve envejecer a su lado. Eso debería bastar para tranquilizarte. Pateta nos lleva a todos un día u otro, Isa. No hay que olvidarse de vivir por miedo a morir o a perder lo que uno ama. Eso es estúpido y tú no eres estúpida.
—Tienes razón, Bertille, muchísima razón. Es tan solícito, tan atento...
—Entonces, no hagas trampas con él.
Bertille la estaba secando cuando unos golpes sordos sonaron en la puerta de entrada.
—¿Quién puede ser a estas horas? —se indignó Bertille bajando de cuatro en cuatro las escaleras de madera que conducían a la planta baja.
Isabeau, tranquila, acabó de frotar sus brazos, por los que corrían algunas gotitas, cuando reapareció Bertille sudando tras haber corrido. Estaba excitada y se retorcía las manos.
—El bebé —gimió— ya viene, ya viene; tengo que irme. Lilvia me espera.
Isabeau sintió que el corazón le daba un salto en el pecho y que sus miedos se esfumaban. ¡Lilvia iba a dar a luz!
—Ayúdame a vestirme —dijo alegre—. Te acompaño.


Un momento después, recorrían la rué de la Lingerie camino de la Corte de los Milagros, donde Croquemitaine daba vueltas en círculo en la sala subterránea de la iglesia, mordiéndose las uñas hasta provocarse sangre. Isabeau asistió a Lilvia durante toda la noche, empleando todo su saber para atenuar los dolores a base de puntos de presión, masajes y algunos ungüentos que había tenido la precaución de preparar para la ocasión. Bertille tenía cogida la mano de la gitana y sufría con ella. Se habría dicho que parían juntas. Por la mañana, cuando el niño lanzó un grito, las dos madres se abrazaron y se besaron con ternura. Era un bebé mofletudo y con abundante pelo, de talla normal, al que ambas, de mutuo acuerdo, llamaron François-Constant.
Cuando Croquemitaine fue autorizado a entrar en la habitación, que durante mucho tiempo había estado transida por los gritos, se echó a llorar. Isabeau sintió dolorosamente cuánto había echado en falta aquella felicidad de un padre cogiendo en brazos a su hijo por primera vez.
Por la mañana, los dejó tras prometer volver al día siguiente para el bautismo del pequeño, del que sería la madrina. Ese día tenía trabajo. Aquel nacimiento había acabado con sus últimas dudas, con sus últimos miedos. Aún estaba a tiempo de volver a empezar. Incluida la maternidad.


Cuando la litera de Jacques de Chabannes se detuvo delante de su puerta aquella tarde del 13 de abril de 1516, estaba preparada, vestida, peinada y recién perfumada. Jacques la besó apasionadamente y ella le devolvió el beso con la misma fogosidad.
—Os he echado de menos, señor —añadió sobre sus labios.
—Os amo, Isabelle —respondió él en un suspiro.
La atrajo hacia sí e Isabeau pudo adivinar contra su vientre la intensidad de su deseo.
—¿Recordáis aquella conversación que mantuvimos antes de vuestra partida? —preguntó Isabeau en un murmullo junto a su oído.
—La recuerdo...
—Creo que nunca he estado tan preparada...
—¿Estáis segura? ¡Os esperaré el tiempo que sea necesario!
—Despachad vuestra litera, señor, en mi casa nadie nos molestará.
Él se apartó un poco, consideró su sonrisa y su determinación, y luego salió unos segundos para despedir a los lacayos. Cuando volvió a su lado, Isabeau corrió el cerrojo tras él.
—Sois mi prisionero, señor —bromeó.
—Dios no quiera que en mi vida me vea encerrado en tan horripilante mazmorra.
La volvió a atraer hacia sí.
—Tembláis.
—Vos sabréis vencer este último escrúpulo de aprensión.
—Por amor de vos, venceré a cada uno de los enemigos que intenten impedir vuestra felicidad.
—Entonces, volvedme a enseñar —murmuró Isabeau, mientras Jacques hundía la boca en su escote.
No respondió, pero sus dedos expertos soltaron las lazadas que retenían su corsé sin que ella ni siquiera se diera cuenta de que aflojaban su abrazo. Un momento después se encontraba desnuda en la luz que velaban los gruesos tapices que les aislaban de la calle. Se descubrió hermosa en su mirada y, mientras él la llevaba así, en brazos, hasta su habitación por la escalera, ella se sintió revivir, como si Isabeau no hubiese existido nunca y no quedase de ella más que esta nueva Isa. Una Isa que se había convertido en auténtica y definitivamente hermosa.


Corría el mes de mayo de 1516 cuando Philippus llegó a Suiza. Se alegró de descubrir que no se habían inquietado por su silencio, porque el invierno había sido muy riguroso a ambos lados de los Alpes. Se puso al corriente de todo aquello de lo que no se había enterado: que el rey Francisco de Francia había firmado un tratado que garantizaba la neutralidad de Suiza en los conflictos que concerniesen a Francia, que la política de ambos países había sellado de hecho un acuerdo comercial, que los enfermos habían sido numerosos y que se felicitaban por su diploma. Él contó sus diferentes periplos, feliz de encontrarse en una casa de verdad, ante un hermoso fuego, saboreando la cocina suave de la criada de su padre, bajo la mirada afectuosa de éste. Luego habló de ella, contó que era hija de un cuchillero de Thiers y de una planchadora, que era la más hermosa y más agradable de las mujeres, que estaba perdidamente enamorado y quería casarse con ella porque había tenido la audacia de convencerla de que lo amase y la había deshonrado vergonzosamente. Su padre torció el gesto.
—Entonces ¿por qué no te ha acompañado?
—La he dejado al cuidado de los suyos para venir a arreglar mis asuntos y daros noticias mías. La gestación ya está avanzada y no quería arriesgarse a tener un aborto. Me iré en cuanto pueda y me casaré allí.
—¿Qué dote ofrece el padre?
—Desgraciadamente es huérfana y muy pobre —dijo Philippus metiendo la nariz en el plato después de aspirar una bocanada de aire—. Su única dote será ese niño, pero la acepto, no quiero ninguna otra.
El padre dio un suspiro de resignación y sonrió a su hijo. Evidentemente aquello no era lo que había esperado para él, pero era justo y generoso, y sabía que nada valía más que un amor sincero y compartido.
Terminaron la comida en una atmósfera alborozada y Philippus pronto olvidó su mentira. Lo esencial era el fervor de sus sentimientos.
—¿Por qué no os habéis casado antes de volver al país? —preguntó su padre más tarde, cuando hubieron tomado un licor.
—Es un alma noble, padre. Quería que tuviésemos tu consentimiento por miedo a que te sentase mal, y ha aceptado desafiar las miradas a cambio de cumplir mi promesa ante testigos.
—Es una razón, en efecto. Sin embargo, si quieres darme otra, has de saber que estoy dispuesto a oírla.
Philippus tragó saliva. Su padre le dedicó una sonrisa de complicidad.
—Es la única que conozco, padre —se limitó a contestar.
—Entonces lo dejaremos ahí. Has de saber, sin embargo, que no te negaré mi bendición, aunque tuvieses más cosas que decirme. Buenas noches, hijo.
—Buenas noches, padre.
Philippus se quedó solo con sus resoluciones. Sabía que podía confiar en su padre, pero aquel secreto pertenecía a Loraline. No se avergonzaba de lo que ella era, no; sencillamente se decía que la joven viviría mejor si nadie más conocía sus heridas.
Aquella noche durmió mal. La cama era blanda, caliente, confortable. Había soñado con ella durante dos largos años, con aquel colchón de gruesa lana, con aquellas mantas que olían maravillosamente a su infancia, con los olores de su vieja ciudad, con la respiración regular del perro que había celebrado su regreso con ladridos de júbilo. De pronto comprendía que todo aquello ya no tenía consistencia. Su cuerpo se había acostumbrado a los jergones improvisados, al olor de la hierba seca que, por la mañana, dejaba sobre la suave piel de Loraline olores de siega. Después de haber dado mil vueltas en aquella cama demasiado mullida, acabó por dormirse en el suelo, envuelto en una manta, con la frente entre las patas del viejo perro que no había querido separarse de él.


Durante un mes, se movió en todas direcciones. Para ayudarle a hacerse un nombre, su padre aceptó cederle una parte de su clientela, que apreció su competencia y propagó su prestigio. Philippus sabía que eso no bastaría, que tendría que instalarse por su cuenta y que al principio los pacientes serían escasos, pero era consciente de que tenía mucha suerte: su padre era conocido, valorado y apreciado.
Al cabo de numerosas gestiones, encontró una casa confortable en la vecina ciudad de Villach y tuvo la suerte de que le concedieran un crédito para instalarse.
Pero cuanto más avanzaba hacia el objetivo que se había fijado, más le costaba dormir. La gente, el ruido, le daban dolor de cabeza, la charla de los pacientes le cansaba. Se sorprendía a sí mismo escapando en cuanto podía al bosque cercano, espiaba cada ruido, con la secreta esperanza de encontrarse frente a frente con un lobo. Cada vez que oía aullar a través de la ventana de su habitación que dejaba abierta, tendía el oído y corría a asomarse para inspirar a pleno pulmón los perfumes salvajes de la noche. Era inútil convencerse con las mejores razones del mundo, no podía negar la impronta indeleble que aquellos cinco meses de reclusión habían dejado en él.
«¡Acabará por acostumbrarse, por olvidar!», se convencía entonces con todas sus fuerzas, volviendo a cerrar la ventana con resolución e instalándose confortablemente en su cama. Pero cuantos más días pasaban, más añoraba lo que había dejado. Imaginaba a aquella mujer, su mujer, bebiendo una tisana en los salones de alguna dama, desmejorada y apagada, con la mirada perdida en añoranzas que acabarían por ocupar todo el espacio. Entonces su seguridad vacilaba.
Cuando juzgó que había puesto suficiente orden en su vida para poder empezarla con ella, reemprendió el camino, fortificado por sus resoluciones, con la secreta esperanza de que ella se negaría a seguirle y sabría convencerle de que se quedase. Allí. A su lado. Sabiendo, no obstante, que ni el uno ni el otro estarían en el lugar al que pertenecían.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Lun Nov 15, 2010 10:14 pm

Capítulo 17


—Chazeron volvió ayer a Montguerlhe para ocuparse de su esposa, a quien hasta ahora ha tenido abandonada. La llegada del niño está cerca, Loraline, tenemos que actuar. Ahora —afirmó Albérie golpeando la mesa con el puño.
—Estoy demasiado pesada, tía, no sé si podré... —mintió Loraline, sabiendo que no la engañaría.
—Es tu última oportunidad de vengar a tu madre. Pronto volverá el médico, te lo prometió y sé que cumplirá su palabra. Sé que suspiras por él.
En realidad, desde que Philippus se había ido, Loraline no había sido capaz, ni una sola vez, de aceptar su ausencia. Sin poder evitarlo, espiaba sus pasos, tendía el oído cada vez que Cythar tendía el suyo. Acariciaba su vientre redondo como una promesa. Pero le pesaba el tiempo. Más aún a causa de la muerte de dos viejos lobos ocurrida poco después de haber terminado el invierno. Habían consumido sus últimas fuerzas afrontando el frío y la malnutrición. Sabía que Philippus tenía razón. Cythar no sería eterno. La manada que él protegía le conocía, pero ¿qué pasaría con los nuevos que vendrían a engrosarla con el apareamiento de las tres hembras que quedaban? Ignoraba si su hijo iba a estar bien protegido. Por otra parte, no podía negar la evidencia. ¿Lo que deseaba para su hijo era aquella vida o una vida como la que su madre y su abuela habían soñado?
—Querrá que me vaya con él.
—Es una persona generosa y sincera. Harás bien siguiéndole. Es hora de que las cosas vuelvan a su sitio, Loraline. Tienes derecho a ser feliz y el niño que llevas en el vientre, también. Pero cuando lo acunes abrazado contra ti, no podrás evitar pensar en tu madre, en su venganza abortada, en esos niños que François de Chazeron seguirá sacrificando para intentar encontrar la piedra filosofal. El remordimiento te hará envejecer. No podrás ser una mujer completa sí él sigue con vida. Sabes que tengo razón. Hay que acabar con ese ser dañino. Luego serás libre de verdad.
Loraline esquivó su mirada. Sí, sabía todo eso. Pero ¿lo entendería Philippus, la seguiría queriendo si ella cumplía con su cometido?
—Te ha querido a pesar de todo, te seguirá queriendo por no haber traicionado tu memoria —le aseguró Albérie como si le leyese el pensamiento—. Antoinette se ha negado a regresar a Vollore para dar a luz. Saldrá de cuentas dentro de una semana, quizás antes a juzgar por la cercanía del plenilunio. El hermano Étienne le ha aconsejado que guarde cama hasta entonces y, a pesar del enfado de François, se ha opuesto con firmeza a su pretensión. El ha decidido quedarse para estar seguro de que traerá su hijo al mundo. Tenemos poco tiempo, Loraline. Le darás dos dosis, una no será suficiente porque debe de estar inmunizado. La primera le indispondrá, la segunda no tendrá remisión. Morirá en veinticuatro horas a más tardar. Antoinette traerá su hijo al mundo, volverá a su casa y devolverá la serenidad a estas tierras para contento de todos. Tú te irás con el hombre que amas y tu hijo tendrá sin duda el mejor de los padres.
—¿Y tú, tía Albérie?
—Yo tendré paz. Me libraré de este secreto que me pesa, porque podrás venir a visitarme a la luz del día. Tendrás un apellido honorable y a nadie se le ocurrirá andar en maledicencias. Huc y yo seremos felices. No tendré descendencia, pero será mejor así.
—¿Por qué dices eso? Serías una buena madre.
—Tu madre nunca quiso que supieses la verdad —se decidió a decir Albérie, tras un instante de vacilación—, para protegerte, sin duda, pero me cuesta creer que nunca te hayas dado cuenta. Cuando te marches, yo cuidaré de los lobos.
Albérie cogió las manos callosas y calientes de su sobrina. De pronto, aquel peso se había hecho liviano, sabía que con la confesión expulsaría fuera de sí sus últimos sufrimientos.
—Su sangre corre por mis venas, Loraline. Cada plenilunio.
—Stelphar —murmuró la joven abriendo unos ojos como platos.
—Sí, Stelphar. Somos una y la misma, por desgracia, y la he odiado por mucho tiempo, y la seguiré odiando hasta que mi marido me la haga olvidar.
—Lo sabía..., siempre lo he sabido sin poderlo creer, por los ojos tan parecidos, tan especiales. Si me voy de Montguerlhe, ¿Stelphar no los abandonará?
—Son mi familia, igual que tú. Podrás pasar página definitivamente.
Loraline estaba conmovida. Abandonar a Cythar y los demás le había parecido una muralla infranqueable. Gracias a aquella revelación, la veía desmoronarse como un castillo de naipes. Luego, de repente, se le ocurrió una idea.
—¿Aquellos embriones apenas humanos que mi madre conservaba, los has...?
—No, la idea de copular con los lobos me resultaba tan insoportable como el contacto con un hombre. Pero tu madre sabía que el peso de esa maldición gravitaba sobre mis espaldas. Se desvivió por intentar ir hasta las fuentes. Una mujer humana fecundada por un lobo, una noche de luna llena. Siete veces. Se sometió siete veces antes de renunciar. Ninguno era viable. Los diseccionó buscando en sus cerebros algo que explicase nuestro origen, el secreto de esta mutación, con la esperanza de encontrar una solución. Lo único que sacó de esas experiencias fue este veneno. ¿Estará en él la clave? La sustancia secretada por esos embriones no ha aparecido ni en los lobos ni en los humanos que examinó. Acabó por renunciar. Seguramente porque había descubierto el arma absoluta contra François de Chazeron. Las dos creíamos que tras administrarle el veneno moriría, eso era seguro, pero tal vez habríamos asistido a una transformación, aunque fuese parcial, de su sistema piloso, de las terminaciones de sus miembros. Necesitábamos una cobaya para experimentar, para intentar entender: nadie mejor que él. La única solución que me queda es no tener hijos. Después de mí, esta raza bastarda se extinguirá, será mejor así.
—No, tía, yo continuaré la obra de mi madre junto con mi esposo. Destilaremos ese veneno, buscaremos otros casos de hombre lobo por el mundo y te salvaremos.
Albérie se enterneció ante la mirada febril de su sobrina.
—Cúrame de mis recuerdos, para que me dejen vivir en paz. Hoy por hoy, eso es lo único que importa a mis ojos.
—De acuerdo. Esta noche. Iré esta noche y la noche próxima.
—Bien.
—¿Y Huc?
—Se ha ido esta mañana, estará fuera toda la semana. François le ha encargado una misión para los Borbones. No me ha dicho más, tan sólo que François de Chazeron necesitaba un mensajero de confianza. Esta vez no nos molestará. Cuando vuelva todo habrá terminado. Nadie ha dormido en esa habitación desde que François enfermó. Creerán que la enfermedad ha permanecido en ella. Seguro que la condenan para siempre. Así es como nacen las leyendas. Tal vez un día se la cuentes a ese niño.
Albérie acarició con el dedo las prominencias que aparecían intermitentemente en la voluminosa curva de su cintura; luego la conversación derivó hacia el nombre del niño, hasta que Albérie se despidió de su sobrina. Tenía que volver para preparar la comida y verter en el potaje el somnífero adecuado.
Al regresar a su habitación, Albérie se sentía ligera. Hacía algunos meses que vivía una unión idílica con un esposo atento. Huc se había alejado de la señora del castillo y Albérie sabía por sus abrazos apasionados, que ya aceptaba sin problemas, que la suerte no le sería adversa. François de Chazeron podía desaparecer, Huc de la Faye seguiría siendo su esposo.
Albérie había decidido salvar al hijo de Antoinette, lo veía como una compensación al hecho de que ella hubiese recuperado al hombre que amaba y de que pudiese castigar al señor de Vollore. En realidad, evitaba confesarse a sí misma que esperaba que aquella maternidad distrajese para siempre a Antoinette de sus apetencias. Porque sabía perfectamente que si bien era verdad que Huc de la Faye había dejado de amar a Antoinette, también lo era que ésta no había dejado de amar a Huc.
Sólo tenía buenas noticias de su hermana, gracias a Antoine de Colonges, quien mantenía una estrecha correspondencia con el padre Boussart. Albérie había insistido en que no transmitiese ninguna información que pudiera perturbar la nueva felicidad de Isabeau. La muerte de François de Chazeron se había retrasado. Cuando todo hubiese terminado, ella misma contaría a su hermana el maravilloso destino que esperaba a Loraline.
Todo sería perfecto.


Aquel 30 de junio de 1516, François de Chazeron se despertó con la sensación de que unas fauces despiadadas hurgaban en su vientre y lo desgarraban. Reconoció de inmediato aquella mordedura y tuvo el tiempo justo para volverse de costado y vomitar sobre el entarimado, junto a la cama.
Estuvo a punto de pedir ayuda, pero se contuvo. Las suposiciones más disparatadas se agolpaban en su cabeza dolorida. Volvía a verse subiendo las escaleras hasta su habitación, sin lograr evitar un bostezo interminable. Había querido saludar a su esposa, pero ya estaba dormida, con la bandeja vacía sobre la mesilla. Todos los habitantes de la casa le habían parecido somnolientos durante la velada, tanto que se había preguntado qué era lo que podía retener a su esposa en aquel lugar, ahora que Huc de la Faye no mostraba interés por ella. ¿Intentaba reconquistarlo con su sola presencia? Se prometió poner orden en todo aquello reclamándola en su lecho después de la misa de purificación y luego cayó sobre su cama casi sin fuerzas para desvestirse.
Había alejado a Huc con la misión de traer el préstamo que le había concedido el Borbón para celebrar el bautizo con una gran ceremonia, y la confirmación de que asistiría a él el rey en persona. Sabía que Francisco I estaba muy ocupado con sus campañas en Italia, pero quería creer que el Borbón lo convencería. En consecuencia, Huc no podía estar implicado en este asunto. Su esposa no había parecido entusiasmada de volver a verle, pero su estado le impedía cualquier tejemaneje. No podía tratarse más que de Albérie. Sin embargo, le repugnaba hablar con ella. No conseguía creer que fuese peligrosa. Había tenido mil veces la ocasión de vengarse de él pero, como su marido, no había tenido el valor de hacerlo. Además, gracias al amor que Huc de la Faye le profesaba, él tenía asegurada la fidelidad y la lealtad del preboste.
Chazeron volvió a inclinarse para vomitar, con el corazón tocando a rebato y las manos pegadas al estómago. ¿Y si todo aquello no fuese más que una coincidencia? Si la propia habitación hubiese sido envenenada por alguna sustancia depositada por aquel ladrón de Hohenheim...
Al incorporarse, su mirada tropezó con la chimenea. A su llegada se habían quemado allí algunas ramas para eliminar de la habitación la humedad acumulada por todo un invierno sin calentarla. Recordó que la víspera, cuando él subió a acostarse, el fuego agonizaba. Hizo un esfuerzo para levantarse y acercarse hasta allí, con la esperanza de que quedasen algunas brasas y calmasen su dolor al proporcionarle algún calor.
Cogió el hurgón y removió las cenizas grises sin lograr encontrar la menor incandescencia. Estaba a punto de darse la vuelta cuando una forma insólita despertó su curiosidad. Se agachó en la amplia abertura y avanzó un paso en el interior del hogar. En la ceniza se dibujaba la huella de un pie fino. A su lado había un frasquito lleno de un líquido ámbar y violáceo.


Loraline se trató de tonta tras descubrir la pérdida del veneno. Su vientre prominente dificultaba sus movimientos, y la angostura del pasadizo en la muralla le había obligado más de una vez a pegarse a las paredes. Era cierto que había engordado mucho y que los subterráneos de Montguerlhe no se habían pensado para una mujer embarazada, y mucho menos sus accesos secretos. El frasco podía habérsele caído en cualquier sitio, porque en muchas ocasiones había tenido que maniobrar con los codos para proteger su vientre de la aspereza de la muralla. Por fortuna aún quedaba lo suficiente para envenenar a toda la región.
Cogió de un estante la botella adornada con una calavera y, con ayuda de un embudo, llenó otro frasco. «Esta noche —pensó— tragará la dosis entera. Así quedaré libre.»
Así que, sin la menor inquietud, se dedicó a sus ocupaciones en aquel espléndido 1 de julio de 1516. Philippus no tardaría en llegar, era cuestión de días, de horas, tal vez.
Al hacer funcionar el mecanismo de abertura, esbozó una mueca al sentir las patadas del niño. Lo sentía descender en su vientre, ponerse en posición. Sin embargo, le parecía demasiado pronto. Apenas había acabado su séptimo mes de embarazo. Seguramente no le gustaban las largas y difíciles caminatas en el húmedo túnel. Lo acarició con ternura mientras penetraba en la habitación oscura.
Normalmente, las cortinas quedaban abiertas, dejando entrar en la habitación la pálida luz de la luna, pero vio que ahora estaban echadas, seguramente a causa de la jaqueca del enfermo. Cuando sus ojos se habituaron a la penumbra, se dirigió hacia la cama, porque dejaba siempre la linterna en el último peldaño, en la boca del pasadizo.
François dormía boca arriba, como de costumbre. Sacó el frasco y se inclinó sobre la cama. En el momento en que iba a verter el contenido en la boca entreabierta, una mano de hierro detuvo su gesto. Dio un grito de sorpresa. El señor de Vollore la miraba con los ojos abiertos como platos. Loraline intentó zafarse de aquella mano firme que le oprimía el brazo, pero de inmediato la punta de una lanza le pinchó entre los omoplatos al tiempo que oía detrás de ella el chasquido de un pedernal.
En un instante se encontró rodeada por tres guardias, que se habían ocultado pegándose contra la pared, a ambos lados de la chimenea, que le apuntaban con un arma. Pero, más que aquellos hombres, lo que la espantó fue la mirada de François de Chazeron iluminada por la lámpara. Estaba lívido, con los ojos desorbitados por la sorpresa.
—¡Vos! —exclamó en un suspiro, como si de pronto la realidad se le escapase.
Loraline no encontró qué responder. Estaba frente a aquel padre que el destino le había impuesto, aquel padre odiado, aquel padre monstruoso, y sólo pensaba en el niño que llevaba en el vientre: ¿lograría salvarlo de aquel loco?
Apartó la mirada de François y la detuvo sobre el frasco que se había roto al caérsele de la mano, cuando la detuvo el señor. El líquido se había derramado por el suelo y se introducía por las finas ranuras del entarimado. Ya no tenía ninguna importancia que se perdiese puesto que todo se había perdido.
—Lleváosla —ordenó François de Chazeron—. ¡Encerradla en un calabozo! ¡No, atadla bien con sólidas cadenas! Que nadie sepa nada. ¿Entendido? Raguel, ponte delante de la habitación de la mujer de Huc de la Faye y asegúrate de que no salga. Si te pregunta, dile que estoy enfermo y que quiero asegurarme de que la enfermedad no se expanda. Haz lo mismo con mi mujer y su séquito.
Loraline estuvo a punto de defender a su tía, pero se abstuvo de hacerlo. Más valía que François creyese que ignoraba la existencia de su sobrina. Forzada por el vientre que entorpecía sus movimientos, Loraline se dejó llevar sin resistencia.
«Philippus no tardará en llegar —se dijo para darse ánimos—. Entre tía Albérie y él encontrarán la manera de salvarnos.»
Cuando la puerta del calabozo se abrió, ella ya sabía a quién precedía la luz de las antorchas. François de Chazeron esperó a que el batiente de hierro se cerrase tras él para acercarse a la prisionera. Llevaba el brazo en cabestrillo y una mancha roja atravesaba el espeso vendaje. Tenía la tez crispada y cerúlea, pero su expresión parecía determinada.
Cuando estuvo a unos pocos pasos de ella, desveló lo que llevaba en la mano: una barrita de oro que Loraline había llevado a la cueva la víspera. La joven se sintió invadida por una angustia irracional. Evidentemente había encontrado el pasaje y había descubierto su secreto. Si había regresado con vida, se debía sin ninguna duda a que él y sus hombres habían exterminado los lobos. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo. No quería traslucir nada. Nada.
Durante un momento, Chazeron dio vueltas a su alrededor, en silencio; verificó con su mano sana el anclaje de la cadena en la pared, pero no el grillete de hierro que habían colocado en torno a su nuca. La examinó largamente y luego se sentó sobre una piedra, húmeda como el resto de la mazmorra siniestra y helada.
—Es extraño, mira por dónde —comenzó con voz tranquila—, nunca habría pensado que pudieses sobrevivir después de aquella noche, y sin embargo habría debido sospecharlo. ¡No eres humana, Isabeau!
Loraline frunció las cejas. La había confundido con su madre. Era verdad que se parecían como si fuesen gemelas. Por un momento sintió ganas de desmentírselo, pero se contuvo. Siempre estaría a tiempo. Le dejó proseguir.
—Recuerdo a aquel exorcista que Guillaume de Montboissier, el antiguo abad de Moutier, hizo venir. A ése y a los otros. De hecho, durante muchos meses no dejé de pensar en aquellas escenas repetitivas. Montboissier quería probar que yo exterminaba a mozalbetes para mis experimentos. ¡Como si pudiese entender! No los suprimí por gusto, lo hice para servir a la ciencia. Para alcanzar el objetivo final, el secreto de la eterna juventud. El abad era un imbécil. Creía que podría confundirme por medio de aquellas insignificantes criaturas a quienes encargaba una investigación. Su presencia sólo logró irritarme. Tuve que eliminarlos, cada uno a su tiempo, preparando el cadáver para que pareciese obra de un lobo. En realidad, cada vez que me encarnicé con uno de aquellos curas, sentí que la mirada de una loba pesaba sobre mí. Hasta llegué a verla. No entendía por qué no me atacaba, acabé por creer que le gustaba el olor de la sangre que yo derramaba, que esperaba a que me fuese para alimentarse de ella. Cuando descubrí un mechón de su pelo en el último cadáver, empecé a tener dudas porque había también largos cabellos entre ellos. Dejé que Huc de la Faye y el abad Guillaume creyesen en aquella leyenda del hombre lobo. Eso los alejaba de mí y en el fondo me divertía, hasta que te poseí y descubrí aquellos pelos grises en mi jubón. Habrías debido matarme, Isabeau, cuando me mirabas lacerar el vientre de mis víctimas. Te habrías salvado si lo hubieses hecho, pero no te gustaba la sangre, como entonces creí. No debe ser cómodo tener conciencia cuando se tiene el cuerpo de un animal. No sólo no supiste aprovechar la oportunidad cuando se presentó, sino que, además, me has librado de cualquier sospecha. En tu lugar, yo no habría tenido ningún escrúpulo. Pero tal vez te hice un favor, a fin de cuentas, obligándote a volver con los tuyos, a emboscarte entre los lobos. Por eso no entiendo qué es lo que te ha llevado a querer asesinarme, dieciséis años después; es algo que no tiene sentido. ¡Salvo que creyeses que estaba a punto de alcanzarlo!
Guardó silencio por un instante y acarició el lingote de oro con un dedo. Loraline callaba, tan intrigada como fascinada, muy a su pesar, por aquella extraña confidencia, como si bruscamente, a través de ella, notase el aliento de su madre en la huella del tiempo.
François no la miraba. Parecía seguir una lógica que ella no alcanzaba a comprender. A pesar de su miedo real, latente, quería saber qué había podido concebir la locura de aquel hombre. Cuando volvió a hablar, tuvo la sensación, por el tono de voz, de que la admiraba y estaba celoso de ella al mismo tiempo.
—Lo he buscado durante años, con unos medios muy superiores a los que tú tenías, y, no obstante, lo has conseguido antes que yo. Según los alquimistas, la piedra filosofal sólo puede tener un dueño. ¿Cómo has podido? ¿Cómo has sabido? Es algo que va contra natura, contra toda lógica. Tú eres una mujer. Impura, puesto que te he poseído, impura por tu sexo desde tu nacimiento. Entonces, ¿qué? ¿Tienes al diablo por padre, por ser medio loba? ¿Ése es el secreto, el secreto que se me resiste, que se resiste a todos? ¿La transmutación de los metales pasa por la del cuerpo? Quiero las respuestas, Isabeau, quiero saber dónde está, qué forma tiene, qué consistencia, qué color, qué energía. Quiero esa piedra filosofal con la que has creado este oro, gracias a la cual pareces una joven—cita. La misma que antaño. No la he encontrado en la cueva, pero tal vez no haya buscado en el sitio indicado, tal vez la lleves encima. ¿O dentro de ti?
Por un momento, en su rostro vibró una expresión extraña, mientras seguía con la vista sus formas redondas. Loraline sintió una angustia sorda golpearle las sienes. No pudo evitar cruzar las manos sobre su vientre y balbucear:
—No, no es lo que creéis. Estoy esperando un hijo.
François hizo una mueca de repugnancia.
—¿Uno de esos miserables gnomos que conservas en frascos? ¿Te han servido para crearla?
Loraline estuvo a punto de responder, pero él no le dio tiempo. Proseguía, preso de una gran agitación. Comenzó a golpear el suelo de la habitación en torno a ella.
—¡Sí! Claro que sí, es perfectamente lógico. Yo no he conseguido extraer el alkahest de esos púberes que diseccioné, porque no eran los indicados. Se necesitan esos mutantes, ¿no es eso? ¡Es tan evidente ahora! Lo encontraste después de haberte hecho preñar una vez más... No, no puede ser... Mis primeras indisposiciones... ¿Eras tú o ese médico? A menos que haya sido tu cómplice. Esta no es la barra de oro que me robó, no, la reconocería entre mil por su extraña forma. Sin embargo tenía acceso al subterráneo. Así que tú le conocías, por fuerza. ¿Tal vez era tu amante? Claro que sí, los lobos no habrían podido satisfacer plenamente tu vigor de jovencita. Así que estás preñada de él. ¿Por qué entonces sacrificarlo a los lobos? ¿Una cuestión de celos? —Rió con un sarcasmo envenenado—. ¿Esos encantadores animales no han podido soportar la idea de que dejases de ser suya? —Se detuvo por fin para pegarse a la pared, jadeando—: Veamos, volvamos a empezar. Por alguna razón encuentras a ese charlatán y te conchabas con él con la idea de que lleve a cabo tu deseo: recuperar el oro que el diablo ha fundido en mis hornos, con objeto de poder verificar su calidad. Lleváis a cabo el trabajo, os emparejáis, tal vez fabricáis sueños de cuentos de hadas, pero los lobos eliminan al importuno, de forma que reclamas venganza de nuevo. ¡Sí, eso tiene sentido! ¿Dónde está, Isabeau? ¿Dónde está la piedra filosofal?
Loraline permaneció callada. Mantenía los párpados cerrados e intentaba con todas sus fuerzas no pensar más que en el niño. Más y más, para protegerlo. François de Chazeron estaba loco, acababa de comprobarlo. Contra esa locura, no tenía ninguna medicina. ¿Cómo ganar tiempo? No lo sabía.
La voz se hizo meliflua ante su mutismo. Lo sintió acercarse a ella. Cuando abrió los ojos, él se puso en cuclillas ante ella, con una dulzona expresión de codicia en la mirada.
—No te odio, Isabeau. En el fondo, tú y yo nos parecemos. Dame lo que quiero y seréis libres, tú y el niño. Nadie sabe de tu existencia. Te dejaré el oro y podrás instalarte en otra parte, a la luz del día, para que puedas educar a tu pequeño. Incluso te daré una carta de presentación, si lo deseas, para algún señor bien situado.
¡Qué no habría dado en aquel momento por creerle! Pero Loraline sabía bien que Chazeron no toleraría ningún testigo. Además, no tenía nada que darle, salvo...
Un pensamiento furtivo. Loco. Pero ¿acaso no estaba él igual de loco?
—¡Lo que habéis tomado por un veneno, no lo era! —Chazeron, sorprendido, abrió los ojos de par en par. Loraline prosiguió, ya no tenía nada que perder—: Esa sustancia ha sido extraída de los embriones. No se encuentra ni en el hombre ni en los lobos. Es el secreto de la transmutación.
Tenía conciencia de mentir sólo a medias. Eso era lo que su madre creía. Chazeron abrió los ojos y la boca. Ella tenía la impresión de adivinar detrás de sus órbitas aquel retorcido mecanismo de reflexión que sólo él era capaz de poner en marcha.
—¡Ese veneno ha estado a punto de matarme! —dejó caer como una sentencia mientras hacía un mohín.
—¡No lo ha hecho! —reaccionó Loraline—. Quería saber si podía provocar la mutación en un humano. Ésa era mi venganza. Mirar cómo os transformabais lentamente en lobo, mientras verificaba mi hipótesis.
—Ya veo...
Se incorporó dándole la espalda. Loraline pensaba en el producto derramado por el suelo. Aún quedaba. ¡Si pudiese hacérselo tragar!
—En la cueva —dijo—. Un frasco de cristal azul. Ese licor no tolera la luz. Sé por qué no se ha producido la mutación —añadió—, sólo la luna llena es propicia para ello.
—Así pues, el alkahest es líquido —masculló François.
Loraline sintió que su corazón tocaba a rebato.
—Sea. El plenilunio será dentro de tres días. Veremos si dices la verdad. Una cosa más: ¿qué saben tu hermana y Huc de tus tejemanejes?
—Nada —aseguró Loraline forzándose a permanecer tranquila—. Albérie cree que he muerto. Era mejor así, para su propia seguridad.
—Tanto mejor. Para ella y para ti.
Tras esas últimas palabras, subió los tres escalones empapados que conducían a la puerta de la mazmorra, golpeó en la madera y desapareció por el vano que le abrieron. Cuando Loraline se volvió a encontrar sola, sintió que las lágrimas le anegaban los ojos.
Con un poco de suerte no encontraría la cámara mortuoria con los dos cuerpos, bebería el veneno y moriría entre atroces sufrimientos.
Pero no lograba creer sus pensamientos.
«Los locos son insolentes —pensó—. Se las ingenian para no morir. ¡Bah! Me queda una última carta para jugar: la verdad.»
Pero algo le decía que no querría oírla. Acarició suavemente su vientre para calmar las patadas del niño. Estaba bajo. Lo sentía pesar sobre la vejiga. Se puso lo más cómoda que pudo y se esforzó por ahuyentar los retazos de imágenes que se obstinaban en permanecer ante sus ojos. Ya no podía hacer nada por sus compañeros cuadrúpedos. No le serviría de nada insistir en su pena. Chazeron creía que Philippus había muerto. Él era su última oportunidad. Movilizó su energía para pensar en él. Como en una oración. Una llamada de socorro. Deseando con todas sus fuerzas que él la oyera.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 12:29 pm

Capítulo 18


Cuando Philippus llegó al umbral de los corredores que se ensanchaban hacia la sala subterránea, comprendió de inmediato que algo inhabitual ocurría.
Había luces a un lado y otro de la sala y se oían voces, entremezcladas con risas y ecos. Se le aceleró el pulso, pero se negó a huir. Se acercó todo lo posible, escondiéndose lo mejor que pudo en las sombras del túnel, hasta alcanzar una cavidad en la roca desde donde pudo abarcar con la mirada el alcance del desastre.
Cuatro hombres revolvían y registraban cada rincón, destripando los jergones, pasando sobre los cadáveres de los lobos. Sintió ganas de saltar, de gritar, pero al ver a Chazeron inclinado sobre los grimorios de Isabeau detuvo su impulso. Le vio apoderarse con sus acólitos de los tarros de cristal, de los frascos y los cuadernos, para luego desaparecer en el subterráneo que conducía a su habitación.
Cuando el ruido de sus pasos se hubo alejado, Philippus penetró en la sala devastada. La registró a su vez, se tranquilizó al no encontrar el cadáver de Loraline, cerró los ojos de unos cuantos animales cuyos cuerpos comenzaban a envararse, se dejó caer al suelo y, desolado, se echó a llorar. Entonces lo vio. Cythar. El animal le miraba fijamente con sus ojos temerosos y doloridos desde detrás de la roca en donde se había refugiado. De un salto, Philippus se encontró a su lado. El lobo tenía una herida en el costado que le había lisiado una pata trasera. Había perdido mucha sangre y parecía haberse tumbado allí para morir. Philippus le acarició la frente y le dejó lamer la mano que le tendía. Su instinto médico ahuyentó el miedo. Tranquilizó a Cythar y volvió a buscar entre los despojos de la cueva con qué curar a su viejo amigo. Le trajo agua fresca en un cuenco pequeño y luego se puso en acción con gestos suaves y precisos, como si se tratase de un niño, como había visto hacer a Loraline durante aquellos largos meses. Después esperó. El animal estaba débil; pero si a la mañana siguiente seguía vivo, se habría salvado. Con su ayuda tal vez lograse encontrarla. Estuviese donde estuviese. Por un momento estuvo tentado de salir en su busca, pero el riesgo de perderse en el dédalo era demasiado grande. Si quería ser útil y eficaz, tenía que esperar. Tener paciencia y no perder la esperanza.


Le despertó una lengua rasposa en la mejilla. Estaba transido y lleno de agujetas. El fuego que Loraline mantenía incansablemente encendido en el centro de la sala llevaba tiempo apagado y un desagradable zumbido de moscas recordaba que no había ningún lugar donde los cadáveres pudiesen estar al abrigo de los predadores. Cythar estaba de pie, cerca de él. Philippus pensó que había hecho bien en no desplazarlo, seguro como estaba de que los guardias no volverían después de haberse llevado de la sala lo que les interesaba. El lobo se había recuperado. Volvió a dar un lengüetazo a su barba de varios días y a Philippus le conmovió aquella complicidad. Comprobó el estado de la herida. Cythar cojearía aún mucho tiempo, pero había desaparecido el peligro. Se levantó y se desperezó, con el cuerpo dolorido.
—Hay que encontrarla. Guíame —pidió al animal que meneaba la cola.
Sin titubear, Cythar se dirigió hacia la cámara mortuoria que la gente de François de Chazeron había abierto sin escrúpulos. Philippus sintió que el vientre se le contraía, pero siguió al animal. Se detuvo en el umbral.
—¡Vos!
Con los ojos enrojecidos y arrasados por las lágrimas, Albérie estaba en cuclillas entre los túmulos profanados. Cythar avanzó hasta ella y fue a lamerle las manos.
—Mi buen Cythar. Estaba segura de que te habrías salvado.
—¡No gracias a vos, según parece! —dijo Philippus con voz dura.
Se miraron frente a frente durante un momento, en silencio.
—¿Dónde está ella? —preguntó Philippus.
Albérie le indicó por señas que se acercara. Estaba cansada.
—Prisionera de Chazeron en una de las mazmorras. Hagamos las paces, Philippus. ¿Queréis? No es momento de disputas.
Le hubiera gustado volcar en ella su rencor, su indignación, pero tenía razón. Lo único que contaba ahora era Loraline. Se acercó a ella y se sentó a su lado.
—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó.
—No lo entenderíais. Yo misma no lo entiendo. Hay que salvar al niño, Philippus.
—Hay que salvarlos a los dos —afirmó él.
Hubo un breve silencio. Luego Albérie volvió a hablar. Había cogido un puñado de piedrecitas y las dejaba caer maquinalmente de una mano a la otra. Eso la ayudaba a pensar, pero aquel ruido repetitivo enervó a Philippus. Sin embargo, se abstuvo de impedírselo. Había algo extraño en aquel lugar, pero no habría sabido decir qué. Ardía en deseos de ponerse en movimiento, pero no sabía hacia dónde ni cómo.
—Chazeron cree que estoy encerrada en mi habitación —anunció Albérie—. Cuando he descubierto la guardia apostada ante mi puerta indicándome que estaba en una cuarentena por causas médicas, enseguida he comprendido que algo había fallado. He echado el cerrojo a mi puerta y he venido.
—Hay que liberarla ahora —ordenó Philippus.
—Nos atraparían. Hay que esperar, creedme. Esta noche.
—¡No tengo ningunas ganas de esperar, Albérie! ¡Iré solo si es necesario!
—¡No seáis estúpido! Os perderíais en el camino. No le hará daño.
—¿Cómo podéis estar segura?
Albérie se volvió hacia él y le ofreció su rostro roído por la inquietud.
—No estoy segura de nada, señor, pero quiero creerlo porque no tenemos elección.
—¿Vuestro esposo no puede ayudarnos?
—Tardará varios días en volver. No sé dónde está, sólo sé que se halla en misión al servicio del señor de Vollore.
—Así que estamos solos contra él.
—Sí.
—¿Existe un acceso al calabozo?
—Sí, los ingleses lo previeron en caso de que los atrapasen, pero, como todos los pasadizos, hay que abrirlo desde la montaña y no sé si el mecanismo aún funciona.
—¡ Comprobémoslo!
—¡Sois un arrebatado, un obstinado y un imbécil! —asestó Albérie—. ¿Os arriesgaríais a accionarlo a la vista de un guardia o de Chazeron? Os digo que esperaremos a que caiga la noche.
Philippus agachó la cabeza. A pesar de la inquietud que le roía, debía reconocer que ella tenía razón. Sin embargo, necesitaba moverse. Avanzó hasta el borde de la tumba. Albérie se incorporó de súbito.
—¿Qué hacéis?
—Hay que taparlas, las dos.
Albérie detuvo su gesto al agarrarlo del brazo con una mano firme.
—No. Si vuelve y encuentra este lugar diferente, sospechará y nos acosará a nosotros también. No debemos cambiar nada. ¿Entendéis? Nada. Salgamos de aquí. Hasta esta noche, debéis permanecer escondido con Cythar. Venid.
Sin dejarle otra opción, se lo llevó consigo. A pesar de que no entendía las razones, Philippus se dejó ganar por la extraña impresión de que ella no quería que se aproximase demasiado a aquellas tumbas. Lo más curioso, sin duda, era que, a diferencia de otras veces, Cythar lo había conducido allí. Pero tal vez fuese simplemente porque estaba agotado.
Se dejó llevar por un pequeño túnel, de poco más de medio metro de altura, hasta otra sala, menos vasta, con el techo adornado por estalactitas.
—Vendré a buscaros —afirmó Albérie, señalando con el dedo una provisión de carne y frutos secos sobre cañizos, junto a una barrica—. Reponed fuerzas y no cometáis imprudencias. Podría volver en cualquier momento. ¡En cualquier momento!
—¿Qué vais a hacer?
—Someterme a sus órdenes y actuar como si nada ocurriese. Conseguir noticias de Antoinette y fingir que no sé nada de la existencia de mi sobrina. Tal vez así logre recoger alguna información sobre sus intenciones. Philippus, haré cuanto esté en mis manos para salvarla. Debéis creerme.
—Os creo.
Se miraron una vez más, esta vez sin animadversión. Ahora perseguían el mismo objetivo. Al instante, Philippus se encontraba solo con Cythar.
La barrica estaba llena de agua fresca y Philippus comprendió que aquella reserva había sido dispuesta para un caso de urgencia, pues en un rincón había una veintena de barritas de oro, así como ropa de viaje masculina y femenina. Desde esta cueva, partían dos túneles en sentidos opuestos, a ras de tierra. Como el que le había conducido hasta aquí, apenas permitían el paso de un hombre a gatas.
Hizo una cura a Cythar, le dio de comer y de beber tanto como quiso y luego se tumbó en un viejo jergón para sumergirse en un sueño lleno de pesadillas, convencido de que sólo sería útil si estaba en su mejor forma.
Así pasó el día, largo y moroso. A su regreso, Albérie constató que habían retirado la guardia apostada ante su puerta y fue a ocuparse de sus quehaceres, como de costumbre. El señor de Vollore no se dejó ver; había asignado a un soldado la misión de llevarle la comida a su habitación. A las preguntas de Antoinette, Albérie respondió que no sabía qué mal atormentaba a su esposo, pero le desaconsejó visitarlo, no fuese a resultar contagioso.
En realidad, Antoinette no mostró tener ningunas ganas de ir a verle. Bastante desagradable le resultaba ya saber que estaba en la casa. Además tenía dolores. El parto se aproximaba, cosa que aumentaba la irritación de Albérie. Probablemente tendría lugar en la luna llena y, dados sus conocimientos de hierbas medicinales y su talento como comadrona, Albérie debería asistir a Antoinette. ¿Qué ocurriría cuando sintiese que su propio cuerpo se transmutaba? No quiso ni pensarlo. Ya encontraría una solución. Encontraría todas las soluciones en el momento preciso.


—¡Es el momento, vamos allá!
Philippus no se lo hizo repetir. Cythar abrió resueltamente la marcha tomando el camino que llevaba a Montguerlhe. Torcieron en varias ocasiones, adentrándose por túneles más estrechos, guiados por el instinto y el olfato infalibles de Cythar, cuando los recuerdos de Albérie Saqueaban. Terminaron a cuatro patas detrás del animal, que dejaba escapar una queja de dolor. También ellos tenían las palmas de las manos y las rodillas magulladas por las piedras.
Un instante después se preguntó cómo podrían dar marcha atrás si el túnel se obstruía, pero evitó pensar en ello. Al cabo de algunos metros alcanzaron una piedra dura y Albérie tendió un brazo entre las patas de Cythar para accionar el mecanismo. Tuvo que hacer grandes esfuerzos durante varios minutos, con la respiración acelerada por la falta de oxígeno, hasta que por fin cedió y una bocanada de aire viciado les golpeó el rostro.
Cythar saltó fuera del pasadizo y se precipitó en la penumbra. Después de salir también él, Philippus se sintió reconfortado al oír la voz de Loraline que le llegaba desde el otro extremo de la mazmorra.
—Estás aquí, estás aquí, mi buen Cythar.
—También nosotros —se oyó decir abalanzándose tras Albérie, a pesar de sus agujetas, a pesar de todo.
Momentos después los tres se abrazaban con la ternura propia de las angustias compartidas.


Philippus tensó sus músculos una y otra vez, hasta tener la palma de las manos enrojecida, pero, a pesar de sus esfuerzos, sólo consiguió arañar el cuello de Loraline al intentar soltar el collar de hierro. Finalmente, se dejó caer al suelo, agotado.
—Te obstinas en vano, Philippus. Lo he intentado todo, puedes creerme. El cerrojo es viejo, pero eficaz.
—Debéis encontrar la llave, Albérie —renegó Philippus golpeando la piedra con el puño.
Loraline y su tía intercambiaron una mirada preocupada a la mortecina luz de una vela. Philippus se negaba a ver, a entender.
—Lo intentaré, pero eso no bastará.
—Déjalo, tía —intervino Loraline—. Déjanos solos y haz lo que puedas.
Albérie sacudió la cabeza. Antes de introducirse en el pasadizo, se dirigió a Philippus para decirle:
—Cythar os guiará de vuelta.
—Acércate, mi dulce amor —susurró Loraline a la par que tendía hacia él sus manos heladas.
El se arrodilló a su lado, estrechó aquel vientre tenso para darle protección y lo cubrió de besos.
—No ha pasado una hora, no ha pasado un instante en el que no haya esperado este momento. Este gesto lo he hecho mil veces, Loraline. Qué locura, qué absurdo, qué sin sentido nos ha llevado tan lejos uno del otro. He levantado mis sueños sobre ti en medio de la luz y te encuentro así, humillada y transida, en la penumbra. No me iré sin ti. No esta vez.
Loraline se tomó el tiempo necesario para contener las lágrimas, para ahuyentar el miedo omnipresente. Había comprendido, en cuanto le explicaron la estrechez del pasadizo, que su única esperanza estaba en la promesa de François de Chazeron. Dejó correr una mano llena de ternura por la espesa mata de pelo de Philippus. A pesar de su situación, lo deseaba. Como siempre.
—Te quiero, Philippus. Te quise desde la primera mirada y será así hasta la última. Nunca dudé de que volvieses. Nunca. Escucha. Oye a nuestro hijo contra tu oído. Tienes que ayudarme a salvarlo, Philippus.
—Os salvaré a los dos. Albérie va a venir con la llave...
—¡No! ¡No! No podré pasar, Philippus. El pasadizo es demasiado estrecho para mi vientre abultado, le lo ruego. Abre los ojos y acepta la realidad. No puedes salvarme. No así.
Philippus levantó la cabeza, con la mirada inyectada de rabia ante aquella evidencia que se obstinaba en negar.
—Entonces iré a buscar ayuda. Ese abad de Moutier me ayudará. Hará que te liberen. Si se niega, echaré abajo esa puerta y abriré en canal a todo guardia que se interponga. Mejor aún, entraré en la habitación de Chazeron y le amenazaré hasta que consienta en devolverte la libertad. ¡Todo es posible, todo! No hay nada que me dé más miedo que abandonarte aquí, a merced de ese hombre.
—Hagas lo que hagas te matará. Lo mismo que a Albérie. No olvido aquellas palabras que mi madre me repetía en sus peores pesadillas: «Desafiarle es morir». No temo a la muerte, Philippus, temo por el niño. Por nuestro hijo. ¿Qué sería de él si os capturasen? Me niego a que lo condenen. Mientras esté en mi vientre corre peligro. ¿Lo entiendes? No nos queda mucho tiempo. Cuando la luna esté llena, Chazeron descubrirá que le he mentido sobre la piedra filosofal. No aceptará la verdad. Hay que actuar antes. Esta noche.
Philippus tragó saliva. Tenía razón. Todas las soluciones que podía intentar necesitaban tiempo. No lo tenían.
—¿Qué debo hacer, amor mío? —preguntó al fin, sumiso.
—Tengo que traer este niño al mundo, Philippus, pero eso no bastará para protegerle. Chazeron está lo bastante loco como para pensar que este pequeño podría ser la clave de sus pesquisas. Si no lo encuentra a mi lado, removerá cielo y tierra, ¿lo oyes? El único medio para ganar el tiempo suficiente y lograr salir de aquí es entregarle un recién nacido en sacrificio, la próxima luna llena.
—Es imposible.
—Escúchame, Philippus. Antoinette está fuera de cuentas. Tanto tú como Albérie sabéis cómo provocar un parto. Hacedlo. Cuando los niños hayan nacido, los intercambiaréis. Donde mejor protegido de su maldad estará nuestro pequeño es bajo su propio techo. De aquí a quince días, habré perdido el suficiente peso como para poder pasar, si habéis conseguido la llave. Entonces no será difícil recuperarlo. Nadie desconfiará. Ten confianza, Philippus. Es la única posibilidad de que nos salvemos los dos. Será prematuro en más de un mes, necesitará leche y calor, si queremos que viva. Antoinette de Chazeron le proporcionará cuanto necesite.
Philippus inclinó la cabeza. La idea de sacrificar un recién nacido le repugnaba, pero no tenía otra opción.
—Muy pronto estaré de vuelta —aseguró a Loraline, y la besó con pasión.
—Vete y sé prudente —le recomendó ella mientras él ya avanzaba a cuatro patas por el conducto, detrás de Cythar.
Cuando el mecanismo volvió a cerrarse tras él, Loraline sintió que una nueva fuerza crecía en ella. Si ya no tenía que temer por el niño, entonces estaba decidido, afrontaría la verdad.
Al amanecer, la poción traída por Philippus y Albérie surtió efecto. Las primeras contracciones unieron a ambas mujeres en un mismo destino.
Al enterarse de que su mujer iba a dar a luz, Chazeron se desinteresó de la suerte de su víctima, tanto más cuanto que había descubierto el precioso frasco y contaba con probarlo al día siguiente, cuando hubiese luna llena. Esperaba un hijo con tanto entusiasmo que la suerte de su cautiva le era indiferente. Aceptó sin rechistar que Albérie asistiese a su esposa y que fuese la única autorizada a permanecer a su lado. En el fondo, saberla prisionera de su saber de comadrona beneficiaba a sus intereses. Después del oficio de tercia, se encerró en su habitación y se permitió una siesta bien merecida puesto que había pasado una noche agitada y aún sentía espasmos que le obligaban a vomitar.
Por su lado, Philippus no se concedió ninguna tregua. Permaneció junto a Loraline, paliando lo mejor que podía la incomodidad de la mazmorra. A sexta, un guardia le trajo una escudilla de sopa y agua fresca, y Philippus tuvo que acurrucarse en un rincón oscuro con ganas de abalanzarse sobre él y eliminarlo. Pero Loraline ya no estaba en condiciones de seguirle. Mostraba valientemente un semblante sereno y preguntó si podían quitarle el collar para permitirle alguna comodidad, pero el hombre se parapetó tras un silencio prudente y salió con prisa sin acercarse a ella. Chazeron debía de haber hablado de ella como de una bruja, y los viejos miedos y creencias estaban fuertemente arraigados en los espíritus simples.
En cualquier caso, desde su escondrijo, Philippus pudo comprobar que el hombre no llevaba llavero alguno, constatación que calmó sus remordimientos y su ímpetu. Se felicitó por haber dejado a Cythar al otro lado del estrecho pasadizo, pues el animal no hubiese podido evitar gruñir y hacer que los descubriesen.
Permanecieron juntos, más próximos de lo que nunca habían estado. Loraline, echando mano de todo su valor para no dar la alerta, no gritó. Se acordaba de las lobas y jadeaba siguiendo su ejemplo. Cuando el dolor era demasiado fuerte, mordía con fuerza el cinturón de cuero que Philippus había retirado de su cintura. Nunca había visto una mujer tan valiente, tan fuerte. Se desgastó las manos a fuerza de darle masajes en el vientre y los riñones, se desgastó los ojos a fuerza de mirar sus lágrimas en la penumbra, se dijo que estaba hermosa a pesar del sufrimiento que reflejaba su rostro, puesto que era cierto que lo era, esclava de una vida robada, empujando, resoplando, arañándose el cuello con el grillete de hierro para liberar de su vientre aquella vida que le habían impedido tener.
Cuando llegó el momento, se levantó, separó las piernas y se plantó sobre los pies, con las rodillas flexionadas, la túnica recogida en la cintura por sus manos apretadas hasta blanquear los nudillos. Philippus la dejó hacer. Sabía que el instinto era propio de las mujeres y que ninguna medicina podía reemplazar ese lazo secreto entre madre e hijo. Era estúpido cambiar aquella postura por otra, según las conveniencias. Se contentó con cruzar las manos sobre el sexo desgarrado y guiar el parto. Lo había hecho varias veces, siempre en situaciones extremas, por casualidad. Sin embargo, nunca había sentido semejante emoción, semejante orgullo.
Sabía que el pequeño podía nacer muerto o no sobrevivir más que unos pocos segundos, pero por aquel instante, único, habría dado la vida.
La niña vino al mundo en el momento en que el mecanismo se abría a su espalda, y cayó entre las manos de Philippus en medio de una ola de sangre. Cortó el cordón temblando, lo enrolló entre sus dedos como había aprendido a hacer en Egipto y dejó que Loraline la cogiera como un animal. La pequeña no respiraba. Loraline, sin reflexionar y sin ni siquiera poder decir qué la movía a aquel gesto, abrió con la mano la boca de la recién nacida y pegó la suya sobre su cara. Sopló dentro de ella con toda la fuerza que le quedaba. Un momento después la niña tosía y berreaba.
—¡Tenemos que irnos! ¡Deprisa! —dijo Albérie tendiendo el bulto que llevaba consigo.
Philippus retiró la pequeña de los brazos de su madre con el corazón encogido.
—Los guardias van a venir, amor.
—Marchaos —dijo Loraline cogiendo al hijo de otra en sus brazos.
El hijo de François de Chazeron era mofletudo y se apoderó del pecho de Loraline con voracidad, pero Loraline no le prestó la menor atención. Se dejó resbalar contra la pared, con el pensamiento enteramente puesto en la carrera de Albérie hacia la habitación de Antoinette. Si su treta fracasaba, estarían perdidos.
Cuando apareció un guardia y barrió la escena con la luz de la antorcha, soltó un grito de sorpresa y se apresuró a cerrar. Si la bruja había copulado con los lobos, el gnomo amenazaba con robarle el alma para ofrecerla a Satán. Se santiguó varias veces y se escondió temblando en un rincón para vigilar la puerta, mientras esperaba el relevo.


Antoinette dormía con la boca abierta y la cara desencajada, a pesar del somnífero que Albérie le había suministrado en cuanto nació el niño. La dosis era tan fuerte que se desplomó de inmediato sin ni siquiera tener tiempo para preguntar si era niño o niña.
Albérie envolvió a la chiquitina en unos pañales y la acostó contra el pecho de Antoinette para que encontrase el pezón endurecido. La niña era tierna y grácil. Albérie sacudió la cabeza; pensaba que no sobreviviría. Pocos prematuros superaban la primera semana. A pesar de ello, se obstinó en presionar el pecho de la señora para hacer brotar la leche sobre la boca violácea. La niña la rechazó varias veces, como si sintiese que no era la de su madre, pero luego acabó por cerrar los labios sobre la punta de carne y mamar, arrebujada en el calor de los chales.
Albérie se dejó caer sobre un sillón. Estaba cansada. Cansada de aquella lucha perpetua entre el bien y el mal, entre sobrevivir y vivir su vida. Pensó en su hermana, quien le había anunciado su llegada en el mes de agosto. Isabeau quería decírselo todo a Loraline, llevársela a París, presentarle a su amante, aquel señor de La Palice que la colmaba de cuidados y la paseaba de su brazo por la corte. Albérie pensó en lo que podría ella confesar a su hermana de aquellos días sin gloria. Isabeau volvía segura de que todo se había consumado, de que no tendría que esconderse, de que Chazeron llevaba tiempo muerto.
Albérie suspiró fatigada. ¿Por qué no se había realizado nada de lo que habían previsto? Tenían que estar malditas para que el mal se cebase así en ellas, sin remisión.
Agotada de tanto luchar contra sombras, se quedó dormida, esperando con todas sus fuerzas que Huc permaneciese alejado de todo aquello. Hasta el desenlace.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 12:30 pm

Capítulo 19


François de Chazeron volvió la cara despechado.
—¡Una niña! —dijo, como si esa simple constatación fuese una injuria—. ¡Eso es todo lo que sois capaz de darme! Preferiría adoptar uno de mis bastardos que volveros a cubrir.
Antoinette apretó su abrazo en torno a la pequeña Antoinette-Marie, tan enclenque que la habría creído muerta al despertarse, aquel 2 de julio de 1516. En cualquier caso, estaba dispuesta a todo para protegerla de la cólera de su esposo, que acababa de cruzar la puerta con la esperanza de tener un heredero.
—Haced como bien os parezca, esposo —dijo sin bajar los ojos.
—¡Id al diablo, vos y esa niña! —rugió mientras salía de la estancia.
El golpe de la puerta se superpuso al sonido de sus pasos, haciendo que se sobresaltara la pequeña y se echase a llorar. Antoinette la acunó largo rato canturreando. Poco a poco, Antoinette-Marie se tranquilizó y acabó por volverse a dormir.


Loraline apenas había logrado estar en duermevela a pesar de su agotamiento. Philippus volvió para anunciarle que todo había salido a las mil maravillas, que su hija había aceptado el pecho y el calor de Antoinette, que Albérie no se había cruzado con alma viviente en los corredores del castillo y que la señora no se había dado cuenta de nada. Todo eso la había tranquilizado y, no obstante, se estremecía con el contacto de los labios golosos del bebé sobre su piel. Sentía que su vitalidad disminuía con el frío de la mazmorra. Lloriqueaba con frecuencia y Loraline no lograba protegerlo del frío húmedo y malsano. No podía evitar pensar que su vida dependía de la de aquel niño. Su vida y la de su hija. Su vida y la de Philippus.
Esperaba a Chazeron. Lo esperó durante todo el día. En vano.


La noche siguiente, cuando la luna llena alcanzó su agujero de estrellas, Albérie abandonó la cabecera de Antoinette, «para tomarme algún descanso», dijo, y se fue a aullar su odio al cercano acantilado.
En la torre de Vollore, adonde había vuelto, François se agitaba en vano en torno al atanor, invocaba al diablo y a sus secuaces, se atrevió con todas las mezclas y, finalmente, se resolvió a admitir que le habían engañado. Antes de que despuntara el alba, su grito de rabia se confundió con el de la loba gris, haciendo temblar de espanto a los animales de los alrededores, llevando al naciente día el implacable anatema de su alma demoníaca.


Philippus sólo se separó de Loraline cuando oyó que Cythar arañaba la piedra. Estaban amodorrados el uno contra el otro, agotados de promesas, de sueños imposibles, inalcanzables y, a pesar de todo, tranquilizadores. Había mantenido caliente a aquel niño que no era el suyo, rogando al cielo que viviese lo suficiente para que su treta resultase. Debería haberse odiado por aquella idea obscena, pero se sentía tranquilizado. No tenía remordimientos, no se arrepentía. Loraline sonreía, a pesar del miedo. Sonreía por su presencia, sonreía por saber que su hija estaba segura. Lo demás no tenía importancia. La dejó con la sensación de que no volvería a verla, pero se obligó a contener las lágrimas. Se besaron apasionadamente. Grabó en su memoria las últimas palabras que ella pronunció.
—Ocurra lo que ocurra, Philippus, nunca olvides cuánto te quiero.
Luego, volvió a cerrar el pasadizo tras él y se dejó caer contra Cythar, al final del túnel, en cuanto pudo caber sentado. Como ella, también él esperaba.


En apariencia, François de Chazeron estaba tranquilo, pero en sus ojos brillaba una llama hipócrita, apenas humana. Loraline apretó sus manos en torno al niño que mamaba ávidamente para evitar ofrecer la vista de su seno a su inmundo padre.
No había dicho una palabra desde que había entrado. Apretaba los puños cruzados a su espalda, pegado a la pared de la mazmorra; siniestramente superior. Aquello duró dos minutos, tal vez cinco. Loraline no habría sabido decirlo. Había perdido toda noción del tiempo. Hasta había dejado de tenerle miedo. Luego, él habló pausadamente. Como la primera vez que se habían encontrado en aquel lugar. Sabía que aquella frialdad impersonal era aún peor que la cólera. No obstante, ella estaba por encima de eso. Le importaba un bledo. Todo lo que podría quitarle era aquel niño, su hermanastro, por el que no sentía más afecto que por el padre.
—¿Qué esperabas obtener con esa mentira, Isabeau? ¿Parir a ese gnomo? ¿Enternecerme con esta escena? Te creía más lista. Estaba dispuesto a devolverte la libertad, ¿sabes? ¿Para qué te servirán ese oro y su secreto en la tumba? ¿Para qué puede servirte la eterna juventud si destripo a este niño ante tus ojos antes de abrirte las entrañas? A menos que el alkahest procure la inmortalidad. ¿Te crees inmortal, Isabeau? Tal vez sea verdad, pero yo estoy seguro de que la espada puede dar cuenta de esa inmortalidad. Eres bella y deseable. Disfrutaré torturándote, entregándote a mis hombres, gozando con tu sufrimiento. Durante mucho tiempo. Tú sabes que digo la verdad. ¿Por qué entonces me desafías así? Acabaré por arrancarte el secreto que callas. Sí, creo que me gustará arrancártelo, como una dolorosa espina clavada en una mano. Sin embargo, te voy a dar una nueva oportunidad. La última. Quiero la verdad.
—No os gustará —dijo Loraline sosteniéndole la mirada.
Se acercó a ella, se arrodilló ante aquel rostro que, una vez más, con aquellas sencillas palabras, se enorgullecía de desafiarle.
—Déjame que sea yo quien lo juzgue —susurró él con un aliento fétido.
Loraline volvió la cabeza, mareada por aquel aliento malsano de tufo venenoso. Aquel veneno que ella había esperado verle beber, en una última tentativa, la noche anterior.
Él retrocedió algunos pasos. El niño se había echado a llorar y Loraline lo meció con dulzura. No era capaz de sacrificarlo, a pesar de su decisión de la víspera. Cuando Philippus la dejó, ella había tomado otra decisión.
—La piedra filosofal es una estafa —se arriesgó a decir—. Yo no soy Isabeau.
François soltó una sonora carcajada.
—¡Mira por dónde! ¿Y quién eres entonces? —se mofó.
Ella volvió a sostenerle la mirada, sin pestañear. Ya no podía echarse atrás.
—Su hija. Vuestra hija, François de Chazeron.
Tras asimilar la revelación estalló en otra carcajada.
—Sea. Admitámoslo. Digamos que eres la hija de Isabeau. Si es así, pruébalo. Entrégame a tu madre.
—Murió el año pasado.
—Mientes.
—No. Si habéis registrado la cueva, habéis debido encontrar dos sepulturas. Las de mi madre y mi abuela.
Chazeron frunció las cejas. Luego una fina sonrisa estiró sus delgados labios. Una sonrisa cruel.
—Dos sepulturas, es cierto, pero una de ellas estaba vacía, y yo sé por qué.
Loraline sintió que le faltaba el aire. La segunda tumba no podía estar vacía. Ella misma había tendido a su madre en el sudario. Luego Albérie la había hecho salir de la sala en el momento en que una paletada cubriría su rostro. «Yo lo acabaré. Espérame fuera. Vete.» Ella había dudado y, luego, afectada y derrengada, había consentido en salir de la sala.
—Vacía —repitió Loraline, intentando dar algún sentido a aquella palabra.
—Eres más astuta de lo que imaginaba, Isabeau. Esta puesta en escena por si te atrapaba habría podido funcionar. Pero eso hubiera significado que no me conoces bien. He removido la tierra de cada recoveco para buscar la piedra filosofal. No temo a los muertos y no considero pecaminoso profanar las tumbas.
Loraline se echó a temblar, pero no a causa del frío ni del miedo. Algo acababa de desmoronarse en su interior. Ignoraba por qué, ignoraba cómo, pero le habían mentido, habían representado una macabra comedia para ella: su madre no había muerto. La había abandonado. Abandonado a su venganza. Si eso era así, quería decir que nunca la había querido. Tan sólo se había servido de ella para destruir a François de Chazeron. La había sacrificado porque la odiaba, como odiaba a su progenitor. De pronto nada tenía sentido, o todo tenía demasiado.
Sin poder evitarlo, sintió que un sollozo ascendía por su garganta. «No llorar. No llorar delante de él. Pero ¿qué importa?» Cerró los ojos y se dejó vencer por las lágrimas.
Chazeron no se inmutó. Por un momento se preguntó si no estaría diciendo la verdad, si podía ser su hija. Aparentaba dieciséis o diecisiete años. Eso encajaba. Pero nada en ella le recordaba a él, mientras se parecía sobremanera a Isabeau. No había olvidado ni por un momento su rostro mientras él se saciaba de ella. Nunca había visto un rostro tan delicado y hermoso, nunca había deseado tanto a una mujer. Aún hoy la habría poseído encantado si no fuese porque sabía que acababa de dar a luz. Dudó; pero la duda no duró mucho. La piedra filosofal, el oro, la eterna juventud, todo remitía a su sueño. Todo.
Se le había acabado la paciencia. Se acercó a ella y la agarró del pelo, forzándola a levantar la cabeza.
—¡Basta! No conseguirás que abandone, Isabeau —dijo, y le escupió en la cara—. Me decepcionas. Antes no eras tan quejica. —Desenvainó la espada y la apoyó en la espalda del niño—. ¡Deja de lloriquear o ensarto a tu hijo!
Loraline sorbió las lágrimas. Ideas contradictorias se atropellaban en su cabeza. ¿Debía sentir escrúpulos? Tenía ganas de morir y de vivir a un tiempo. Morir porque la habían traicionado, vivir como su madre antes que ella, para vengarse.
Sangre Chazeron corría por sus venas. Esa sangre que rechazaba, que execraba, la sublevó lo suficiente para recuperar su dignidad perdida. Se pasó la mano por la nariz con gesto decidido y se tragó las lágrimas para alimentar su cólera.
—Tenías razón, François de Chazeron. La piedra filosofal estaba dentro de mí. La bebí para traer este niño al mundo. No es como los demás. Es el alkahest.
François de Chazeron abrió los ojos de par en par, con un placer no disimulado. La voz de Loraline tenía esa convicción que sólo confieren las situaciones extremas. Estaba jugando su última carta: podía salvarla o perderla. Le tenía sin cuidado.
—El líquido que te indiqué me sirvió para hacerlo. Bastaba con mezclar un corazón de lobo con mi propia sangre y añadir ese extracto para obtener una pasta que, en contacto con el hierro, lo transformaba en oro. Poseo una montaña de oro, Chazeron. Pero, como bien sabes, nunca es bastante. Por eso di a luz a este niño. Aún es demasiado pequeño. No obstante, cuando alcance la pubertad, el oro brotará de sus manos al contacto con el metal. Bastará con que imponga las manos sobre una herida para cerrarla y unas pocas gotas de su sangre se convertirán en el elixir de la juventud. Si no me hubieses encerrado, habría huido con el niño y el tesoro. Me habría comprado la vida que me has robado.
Lo miró de arriba abajo con una sonrisa cruel. Él le soltó el pelo y retrocedió fascinado.
—Sí. Sí —repitió, preso de una agitación extrema.
Se paseó de un lado a otro de la celda, deteniéndose de vez en cuando para observar al niño dormido, con mirada curiosa. Loca. Loraline se preguntaba cómo podía creer un solo instante aquella fábula sórdida, pero a fin de cuentas eso le importaba bien poco. Ciertamente, ella estaba tan loca como él por haber osado inventarla. Fuera como fuese, estaba decidida a ir hasta el final.
—Devuélveme mi libertad, Chazeron. Puedes quitarme el niño, pero necesita mi pecho para sobrevivir. La leche humana no servirá.
—No antes de haber comprobado lo que dices respecto al oro.
—Te conduciré hasta allí.
Chazeron estalló en una risa siniestra.
—¿Para perderme en los subterráneos? No me creas tan estúpido, Isabeau. Me llevarías hacia la muerte con mucha más probabilidad que hacia la fortuna, y así podrías huir tranquilamente. Voy a hacer que te traigan un pergamino. Trazarás el itinerario. Cuando haya verificado lo que dices, estarás a salvo. Tú y ese precioso niño seréis mis invitados.
Se apartó de ella y golpeó la puerta, que se cerró tras él. La respiración del bebé era débil mientras dormía. Loraline atrajo sus rodillas hacia el vientre y recogió los faldones de su túnica sobre él. No viviría mucho tiempo, lo presentía. Costara lo que costara, era preciso que Chazeron encontrase aquel oro y la liberase antes de que muriese. Una vez fuera, ya encontraría la manera de escapar.
François volvió unos minutos más tarde y ella le dibujó un itinerario, no hacia el tesoro de los ingleses, sino hacia la sala en la que había fundido las monedas inservibles para formar lingotes, con la intención de llevárselos cuando huyera junto a Philippus, para asegurar su fortuna. Había un centenar. Suficientes para hacer creíble su historia.
Chazeron escuchó sus consejos, se fijó bien en los peligros que ella le señalaba y luego se fue, ávido de verificar sus palabras.
Instantes después, en lugar del caldo que le habían servido la víspera, le trajeron medio pollo acompañado de legumbres y dulces. Loraline concluyó que Chazeron tenía interés en conservar vivo al niño. Volvió a pedir que le retiraran el collar de hierro, pero su solicitud no fue concedida. François de Chazeron desconfiaba de ella. Comió sin apetito, pues se había apoderado de su ser una rabia sorda, contenida en una sola pregunta: ¿dónde estaba su madre?


Cythar gruñó en la sombra y Philippus se despertó, entumecido, a pesar de la capa en la que se había envuelto. Se había dormido contra la piedra, incapaz de resolverse a abandonar su puesto. En la entrada del último conducto, cuatro codos lo separaban de Loraline. Cuatro codos. Era muy poco y, sin embargo, más lejos de lo que nunca habían estado.
Quiso levantarse, pero sus articulaciones estaban anquilosadas a causa del frío. Lo único que parecía tener vida era su ritmo cardíaco. Apareció Albérie y Cythar le hizo fiestas.
—¿Cómo está? —preguntó tras saludar con un gesto de cabeza.
—Tranquila e inquieta a la vez. ¿Cómo se encuentra mi hija?
—Antoinette le ha puesto de nombre Antoinette—Marie. Se aferra a la vida. Acabo de ver a Chazeron entrar en su habitación con cuatro guardias que llevaban un viejo baúl.
Philippus sintió que le faltaba el aire.
—Creéis...
—¿Que contiene el cadáver de Loraline? No lo sé. He venido a comprobar lo contrario. No corremos ningún riesgo si le hacemos una visita, puesto que él se ha ausentado.
Philippus asintió con un movimiento de barbilla y se introdujo a cuatro patas por el conducto. Un momento después, Loraline les contaba con todo detalle el pacto al que había llegado con François, omitiendo mencionar lo que había descubierto a propósito de Isabeau. No era el momento de ajustar cuentas con su tía. François estaba a punto de volver.
—Pronto seremos libres, amor mío. Hay suficientes pasajes en ambos castillos para poder evadirme en cualquier momento. Tía Albérie, cuida de nuestra hija hasta entonces. No te quedes en los subterráneos. Cuando François haya descubierto el oro, registrará hasta el último rincón para ver si encuentra más. No volváis por aquí. Dejad el pasadizo abierto. Si al final él decidiese dejar que me pudra en esta mazmorra, tal vez me permitiera desatarme. No perdáis la confianza. Volveré, Philippus. Te lo prometo.
El afirmó con la cabeza, confiado en su convicción, confiado en aquella capacidad para adaptarse, para sobrevivir que ella llevaba en la sangre. No, no era como las demás, y esa diferencia hacía que la amase más que nunca. Se quitó del cuello una cadena de oro en cuyo extremo colgaba una cruz finamente cincelada y la ató al suyo, bajo la argolla de hierro.
—Era de mi madre. Murió antes de conocer esta dicha. Quiero que la lleves a partir de ahora.
Loraline contuvo su sufrimiento al pensar en su propia madre. Gracias a Philippus, por fin tendría una verdadera familia.
—Nunca me apartaré de ella, amor mío. Nunca. Marchaos ahora. Si os encontrase aquí no quiero ni pensar lo que podría ocurrir.
Lo vio desaparecer mientras oprimía con su mano aquella joya llena de promesas. El niño había cesado de gemir y de mamar. Estaba adormecido, con la respiración irregular. Hacía demasiado frío para que pudiese sobrevivir. Esperaba que François no se diese cuenta de nada. Hacía lo que podía por protegerlo, pero tenía poco calor que transmitirle. También ella estaba helada.
Observó las idas y venidas de dos ratas que se disputaban las sobras de su comida. Varias veces había tenido que espantarlas arrojándoles una piedra encontrada por allí. Atraídas por el olor de su leche, tres o cuatro se quedaban espiando su sueño. Ni una sola vez, en la cueva de su infancia, había tenido que padecer frío, hambre o condiciones insalubres. Allí, tenía que convivir con sus propios excrementos y con el moho. Se sentía sucia, mancillada. Apretó los dientes, se forzó a andar de un lado al otro, tan lejos como se lo permitía la cadena, soplando sobre el niño que tenía apretado contra su pecho para darle un poco de vigor. Habría querido poder dormir un poco, pero intuía que cuando despertase el pequeñín estaría muerto. No podía decidirse.
«Antoinette-Marie.» La señora había llamado a su hija Antoinette—Marie. A Philippus le había gustado el nombre. Ella no había mencionado su propia elección: Héralde. «Héralde—Marie. ¿Por qué no?» De pronto resultaba tan irrisorio... ¡Le habría gustado tanto mecerla en su regazo! Tal vez fuera ése el motivo por el que conservaba con vida a su hermanastro. Para no sufrir por la falta de ella. Para dejar que su cuerpo se hiciera ilusiones.
Anduvo aferrada a sueños, hasta que le dolieron las plantas de los pies desnudos. Ronda inútil para pisar el tiempo que pasa y procurarse la impresión de ser libre.


La despertó el chirrido de la puerta. Frunció los párpados deslumbrada por la luz de la antorcha que se acercó a ella. Los guardias habían repuesto la vela depositada sobre los escalones al traerle la comida, como cada vez. Pero se había apagado, sin duda por culpa del aire que se filtraba a través del pasadizo mal cerrado que permitía la entrada de corriente por el vano de la puerta. François no podía entrever la piedra mal ajustada.
Loraline se sentía pastosa. Por la mirada de François, cayó en la cuenta de que había soltado al niño sobre su vientre y le ofrecía la visión de su pecho izquierdo desnudo a través del escote del sayal. Siempre se cubría para entrar en la habitación de François, por pudor, aunque supiese que estaba profundamente dormido. Levantó al niño. Tenía la rigidez del sueño eterno. Se esforzó por disimularlo y lo pegó contra ella, sustrayéndose a aquella mirada que parecía turbada.
—¿Habéis encontrado el oro, señor?
François afirmó con la cabeza. Sin embargo, algo le intrigaba. No conseguía saber qué, pero la vista de aquel seno había despertado en él una extraña sensación más allá del deseo de aquella forma blanca, perfecta, que había amasado, lamido, besado en una ocasión. Apartó de sí aquella sensación para pensar sólo en el oro.
—Incluida la barra que el médico me robó. Entonces, estabais conchabados. Pero ahora eso me da igual, puesto que me has dado lo que deseaba: un heredero apto para convertir el metal en oro. Podría repudiar a mi esposa y hacerte mía, pero no tengo ninguna confianza en ti. Además, ¿cómo podría explicar que sobrevivieses hace quince años sin que algo demoníaco lo hubiera permitido? Me has enseñado a fabricar oro a partir del alkahest —dijo mientras sacaba el frasco—, eso me bastará para esperar a que este niño esté en edad de darme lo que deseo. Te lo voy a quitar, Isabeau, para ponerlo al pecho de mi mujer, junto a mi hija. Mucho me temo que, a partir de ahora, no voy a necesitarte.
Loraline sentía que se le desbocaba el corazón.
—¡Me disteis vuestra palabra!
—No tengo poder para resucitar a los muertos y tú estás muerta para todos, Isabeau. Dame el niño. Yo me encargaré de que viva.
Loraline retrocedió tanto como le permitía la cadena, mientras él avanzaba resueltamente hacia ella. Sabía que le sería imposible huir de su destino, pero una voz en su interior se obstinaba en negar lo ineluctable, ese derecho que ella se había otorgado a poder vengarse.
—No seas tonta —susurró François, como si aquel juego le divirtiese—. No puedes escapar, Isabeau. Soy el señor, el dueño. Me perteneces. Siempre me has pertenecido. Tanto ayer como hoy.
Loraline le tendió el niño y estalló en una risa desesperada.
—Es demasiado tarde. Ya no tenéis heredero, señor.
Él cogió el niño, miró sus labios blancos y sus ojos vacíos, lo sacudió como si negase la evidencia y, finalmente, enrojeció:
—¡Me has vuelto a engañar!
La bofetada barrió con violencia el rostro de Loraline, haciendo sonar su cráneo contra la pared que tema detrás. La cogió por la cabellera suelta y enredada, loco de rabia, mientras el niño caía al suelo con un ruido sordo.
—No, oh no, esto no ha terminado. Estoy seguro de que queda una solución, Isabeau.
Levantó a la altura de los ojos el frasco y lo destapó con dedos ávidos. Loraline intentó apartar aquel cuerpo pegado al suyo que le impedía escapar. Intentó volver la cabeza pero, indiferente a los golpes que ella le propinaba en las costillas y la espalda, François empuñó su mandíbula y la forzó a abrir la boca.
—¡Bebe! ¡Vamos, bebe!
Loraline sintió que el líquido le quemaba la glotis mientras él le mantenía la cabeza echada hacia atrás. Las lágrimas le anegaron los ojos, pero ya no se debatía. Era demasiado tarde. Había volcado en ella suficiente veneno para matarla. Estaba convencida. Sólo quedaba esperar que fuese rápido.
Cerró los ojos. Chazeron tiró el frasco al suelo y desgarró de un tirón el escote de su sayal, desnudando sus hombros y el pecho.
«Morir rápidamente», pensó ella mientras sentía arder su cuerpo.
Imaginó que probablemente fuera eso lo que su madre había pensado mientras él se saciaba de ella.
—¡Tal vez mueras o tal vez no! —gruñó François mientras empuñaba sus pechos a manos llenas—. Eres medio loba, de modo que todo es posible. Esperemos, querida. Como antaño. ¡Estoy seguro de que te gustó!
Hundió sus labios en el canal de sus senos mientras un sudor frío helaba su cuerpo. El dolor crecía en ella, mezclando sus ideas en un vértigo que la alejaba del perverso y demente deseo de aquel hombre.
En ese momento, él la soltó y retrocedió, aterrado.
—¡La marca —exclamó como si de pronto acabase de comprender—, no llevas la marca!
Ahora lo recordaba. El blasón de los Chazeron. El sello del placer que aplicaba en el pecho de sus víctimas antes de poseerlas. Aparte de excitarle, le servía para no sacrificar por error a sus propios bastardos cuando se hacía servir de jovencitos para sus experimentos, al reconocer el pecho de su madre, ya que era incapaz de recordar el rostro de las jovencitas con las que se satisfacía, fuesen las mismas o no.
—¡Tú no eres Isabeau! —exclamó, blanco como un sudario.
Loraline alzó la cabeza penosamente, una cabeza que le costaba sostener. No obstante, tuvo fuerzas para emitir una risa cruel.
—¡Os negasteis a creerme, padre! Pero eso ya no tiene importancia. ¡Acabáis de librarme de vos!
—¡No, no! —rugió François retrocediendo.
La idea de que acababa de asesinar a su propia hija lo desquiciaba, no por la ignominia de su gesto, sino porque acababa de echar a perder en ella aquel líquido precioso que había estado buscando en vano durante toda su vida. Para nada. Ella era demasiado humana para destilarlo en el momento oportuno.
En un último arranque de lucidez, se volvió hacia ella.
—¡Tu madre! ¡Dime dónde está tu madre! —preguntó mientras la sacudía.
Loraline no respondió. Por otra parte, ¿qué habría podido responder? Tenía la sensación de que su cuerpo se desmembraba mientras en el punto de su nuca en donde crecía el mechón de pelo gris, sentía una fulgurante quemadura.
Chazeron se apartó. Loraline se moría y su mismo aliento le daba náuseas. Dio unos golpes en la puerta y abandonó a su víctima dando órdenes a la guardia de no entrar allí bajo ningún pretexto.


Loraline se dejó caer de rodillas. Tenía la extraña sensación de que en esa posición el dolor remitiría, por absurdo que pareciese. Violentos espasmos la obligaron a vomitar varias veces. Pero lo que más la afligía no era eso, sino la sensación de que una mano invisible trituraba cada uno de sus huesos para remodelarlos.
Entonces llegó él. Cythar. Movido por ese maravilloso instinto animal, había logrado apartar la piedra. Se acercó a ella gimiendo y le lamió la cara.
Loraline se enroscó en postura fetal en torno a él. Mientras Cythar alojaba su cabeza salvaje en su cuello, ella vio un manojo de llaves en el polvo. Tendió una mano temblorosa pensando que Chazeron lo habría perdido al violentarla. En un arranque de orgullo, las probó una tras otra en el grillete de su cuello hasta liberarse. Luego se abandonó, con la certidumbre de que aquella muerte no era más que el comienzo.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 12:34 pm

Capítulo 20


Aquel 3 de agosto de 1516, Isabeau, nada más descender de su carruaje, con el amplio capuchón de su capa de seda ocultando su rostro, se hizo conducir ante el abad de Moutier. Había venido sola, tras dejar a su amante en el muy activo séquito del rey de Francia. No quería involucrarlo en ese asunto. No antes de haber visto a su hija. No antes de haberle pedido perdón. Había estado a punto de presentarse en la cueva pasando por la ermita de Saint-Jehan-du-Passet, pero finalmente se decidió a seguir el consejo de Antoine de Colonges, quien quería arbitrar la confrontación entre las tres mujeres. La única persona que la seguía era Bertille, quien avanzaba tras ella al ritmo que le permitían sus piernecitas.
Isabeau esbozó una sonrisa al entrar en el despacho del santo varón. Nada había cambiado. Sin embargo, ella era diferente. Unos instantes después, Antoine de Colonges cruzó la puerta y, sorprendido, abrió los ojos de par en par.
—Isabeau, por Dios todopoderoso, ¿en verdad sois vos?
—Eso creo, padre, y ésta es Bertille, a quien encontré al servicio del padre Boussart y que he conservado en el mío.
El abad se aproximó a ella y la besó paternalmente en la frente.
—En vuestras cartas me hablasteis del cambio que habéis experimentado, hija mía, pero no creía que éste fuese tan espectacular. Estáis radiante.
—No puedo decir lo mismo de vos, padre. ¡Parecéis tan cansado, tan desanimado, tan delgado!
—¡Ay! —exclamó—. El invierno pasado fue muy duro para mi vejez incipiente, sin contar... —Dio un suspiro que partía el alma, antes de extraer de su memoria una acogedora sonrisa—. Debéis de tener un hambre voraz. Voy a ordenar que os preparen algo de comer. Como sabéis, siempre hay lecho y cubierto para los huéspedes de paso. A nadie se le ocurrirá haceros preguntas. La regla de nuestra orden es estricta.
—Muy bien, padre. Dicho eso, sin rechazar vuestra hospitalidad, me gustaría solventar lo antes posible el asunto que me ha traído hasta aquí.
—Sí, sí. Voy a avisar a Albérie.
—Podría ir yo misma —objetó Isabeau acercándose al pasadizo por el que había huido la última vez.
—¡No! —la detuvo con un grito el abad de Moutier.
Isabeau lo miró, intrigada. En la frente del abad se formaban perlas de sudor. La cogió del brazo y moderó su tono de voz.
—Sería una pena echar a perder vuestro vestido con la suciedad de los subterráneos. Comed y descansad, mientras vuestra hermana viene. Entonces actuaremos.
—¡Sea, padre! Siempre me habéis colmado de atenciones.
Se dejó conducir hacia el refectorio, incómoda a pesar de todo, sin poder explicarse el motivo. Lo achacó al viaje y a su angustia por volver a encontrarse cara a cara con su hija, y tan sólo pensó en reponer fuerzas. En verdad, estaba hambrienta.


Las dos hermanas se abrazaron largamente antes de contemplarse la una a la otra en el despacho del abad, adonde Antoine de Colonges había conducido a Isabeau. Albérie tenía ojeras y lucía una pálida sonrisa, mientras hacía cumplidos a su hermana mayor a propósito de su buen color, su peinado y atuendo.
Isabeau sintió que su malestar aumentaba hasta estallar.
—¿Qué escondéis la una y el otro?
Se hizo un pesado silencio en la estancia. Nadie se atrevía a empezar. Isabeau golpeó la mesa con el puño y Albérie se estremeció.
—¿Tengo que preguntar yo misma en Vollore para descubrir la verdad?
—No será necesario, hermana. Siéntate, te lo contaré todo.
Antoine de Colonges arrastró sobre el entarimado unas sillas que rechinaron en el silencio. Isabeau oía los latidos de su corazón desbocado. Tenía ganas de preguntar dónde estaba su hija, pero no se atrevía. Todo aquello era absurdo.
Albérie se aclaró la voz con un carraspeo, mientras daba tiempo a que Bertille se instalase junto a Isabeau, en el suelo, y deslizase su manecita en la suya para confortarla.
Le contó el invierno, la primera tentativa abortada de matar a François de Chazeron. La intervención de Huc, su relación con Antoinette y el hijo que ésta esperaba. La decisión de François de recluirse en Vollore hasta la primavera y la segunda tentativa de Loraline para eliminarlo, olvidando la intención de revelar la existencia de Philippus y de la hija que Loraline había traído al mundo. Bastante tenía con confesarle su impotencia. Isabeau temblaba y apretaba más y más la manecita de Bertille, quien no articulaba palabra.
Albérie explicó también el error de François y el pacto que había hecho con Loraline: su vida a cambio del oro. Ignoraba lo que había ocurrido luego. La noche siguiente, después de que François de Chazeron se encerrara en su habitación, lívido, ella había ido a la mazmorra. Estaba vacía. El pasadizo estaba abierto y la cadena colgaba blandamente contra la pared. La camisa de Loraline estaba desgarrada, despedazada por los colmillos de un lobo. Había encontrado en el suelo el frasco vacío y el niño muerto, cuya existencia volvió a callar. Eso había ocurrido hacía un mes. Desde entonces esperaba, confiaba, pero no se atrevía a creer que Loraline siguiese con vida. Cythar había desaparecido aquella noche y, a pesar de sus esfuerzos, no había encontrado, en ninguna parte, el menor rastro ni de él ni de la joven.


Isabeau se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar. Albérie y el abad intercambiaron una mirada de impotencia. En realidad, como Isabeau, éste ignoraba la existencia de Philippus, quien acababa de decidirse a partir. A aquella misma hora, hacía el equipaje en una posada de Thiers, resignado y vencido. Albérie había contemplado todas las posibilidades cuando exigió que le devolviesen a su hija pero, aunque Antoinette-Marie había sobrevivido, seguía siendo una criatura débil. Cambiarla de nodriza hubiera sido fatal. Philippus acabó por resignarse.
Huc había regresado dos días después de aquella siniestra noche. François escuchó su informe y luego hizo saber que ya no tema ninguna necesidad del préstamo que le concedían. Sin embargo, Albérie tuvo que responder a las preguntas de su esposo, limitándose a revelar que Loraline había sentido unas súbitas ganas de vengarse de Chazeron, afectada por la soledad y la falta de su madre. François la había capturado y asesinado. Huc rugió, pero Albérie lo tranquilizó. Más les valía a ellos dos que François no se enterase nunca de su complicidad. Huc se plegó ante aquella evidencia. Recordaba demasiado bien la promesa de su señor. Su acto monstruoso le demostraba que no retrocedería ante nada para preservar su autoridad.
Luego, Huc comenzó a beber. Se sentía culpable. Demasiado cobarde, demasiado esclavo. Ni siquiera el bebé que tomaba por el de Antoinette fue capaz de alegrarle. Peor aún, lo enfrentaba a su inutilidad.
La noche de luna llena que precedió a la llegada de Isabeau a Moutier, Albérie había recorrido los bosques de los alrededores en una carrera demoníaca. Por su parte, sólo había entrevisto una explicación a la desaparición de Loraline, a saber: que se hubiese transmutado en loba. Pero no pudo averiguar nada que avalase su hipótesis.
Chazeron no había vuelto a la mazmorra, y los guardias habían sido relevados de su puesto con orden de no revelar nada de aquella aventura, ni siquiera a Huc, bajo pena de muerte.
Albérie había terminado por rendirse a la razón. La lógica le decía que Loraline debía de haber muerto en lo más profundo de un calabozo.
Philippus insistió en inspeccionar la mazmorra, pero Albérie le disuadió de hacerlo. Chazeron revolvía hasta el último rincón de los subterráneos para encontrar otros escondrijos de alkahest o de oro. Se había acabado. Debía abandonar toda esperanza de volver a ver un día a su amada, igual que debía abandonar a su hija, hasta que fuese lo suficientemente mayor como para viajar y entender lo acaecido. Sabía que era la única manera de protegerla de François de Chazeron, puesto que raptarla significaría condenarla, poner toda la cólera de aquel hombre tras sus pasos. Destrozado, consumía sus noches recorriendo las tabernas, donde gastaba las pocas monedas que le quedaban, endeudándose en el juego, y diciéndose que le bastaría con vender su casa, su consulta, sus sueños, puesto que ya nada tenía sentido.
Isabeau se fue al día siguiente, después de una noche de insomnio mirando roncar a Bertille en el jergón de paja, a su lado.
—No te reprocho nada —dijo antes de separarse de su hermana—. Has hecho lo que has podido. A quien no perdono es a mí, habría podido evitar todo esto si hubiese vuelto antes. Habría debido. Una vez más, el señor de Vollore me ha robado mis noches y mi vida. Mantente alejada de él, o te destruirá a ti también. Y si un día todo esto se te hace demasiado duro, ven conmigo.
Se abrazaron aún con mayor fuerza que al encontrarse, pues ambas sabían que a partir de aquel momento sólo estarían en condiciones de enfrentarse a su enemigo si se convertían en sus iguales.
Al amanecer, Isabeau tenía los ojos secos. Pensaba en La Palice, en la primera vez que se habían amado, cuando él descubrió sobre su pecho la marca de la sumisión. Él se había empeñado en cicatrizar las heridas de su alma a fuerza de enseñarle lo que es la ternura. Ahora, aquella marca le quemaba, porque el sentido de su vida había desaparecido con Loraline. Se preguntó si tema derecho a seguir siendo su amante. Una vocecilla le gritó: «Sí». Sí, para llegar a ser más poderosa de lo que François de Chazeron llegaría a ser nunca. Sí, para olvidar. Para siempre.


Philippus se levantó al alba, como un ladrón, dispuesto a partir antes de que los usureros llamasen a su puerta. No había vuelto a ver a Albérie desde hacía una semana, ni a su hija desde su nacimiento. Se decía que el paso de los días reduciría el dolor y la esperanza. Pero sentía que ningún día podría hacerlo. Era tiempo de partir por los caminos, de volver a su vida errática, de ponerse al servicio de los demás y de utilizar aquel inmenso saber que Loraline le había legado. Volvería, cuando François de Chazeron se hubiese confiado, cuando hubiese olvidado que existían subterráneos que extendían su laberinto bajo sus pies, y recuperaría a su hija. Se lo había prometido a Loraline, se lo había prometido a él mismo. Volvería.
Bajó de puntillas a la sala principal de la posada, sabiendo que el posadero le reclamaría una cuenta que no podría pagar; discretamente, se llevó su asno de la cuadra y montó en él, apesadumbrado.
Por un momento, no supo qué camino tomar. Le habría gustado visitar a su amigo Michel de Nostre-Dame, pero desechó la idea. El joven le había puesto en guardia, ahora lo recordaba. Le había desaconsejado ir a Thiers. ¿Qué podría decirle sin que se culpabilizase al oír su historia por no haber insistido con mayor fuerza para que cogiese otro camino? Michel tenía un gran porvenir, lo presentía. No quería echar a perder nada. Volvería a verlo más adelante, cuando la pena se hubiese acallado. Cuando tuviese ánimos para reírse con él. Le presentaría a Marie.
Con un golpe seco de talón, tomó el camino real. Poco antes de tomar la desviación que le llevaba hacia su Suiza natal, tuvo que hacerse a un lado para dejar pasar un carruaje al galope cuyas persianas estaban echadas. Sonrió al pensar que, al menos, existía en esta tierra otra persona a quien le entristecía tanto como a él abandonar aquel lugar; luego, bajó la nariz con los ojos clavados en las riendas para no mirar hacia atrás.
En lo alto del collado, envuelta en una piel gris deslumbrante, una loba miraba separarse aquellos dos destinos, cruelmente divididos. Cuando no fueron más que un punto en el horizonte, Cythar pasó sobre su morro una lengua rasposa y reconfortante, haciendo que se balancease en su cuello una crucecita labrada en oro que pendía de una cadena.
Entonces, la loba comenzó a aullar.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 12:47 pm

Libro 2 - La venganza de Isabeau

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 12:47 pm

Prólogo


Vollore, 16 de mayo de 1521.
Extraño día, en verdad, el de hoy, en esta primavera radiante, con el aire lleno de zumbidos y los árboles plagados de brotes. Pocas veces he visto en estas tierras cielo tan claro y despejado, perfumes tan embriagadores.
Me voy. Tal vez sea eso lo que aguza mis sentidos, pero no lo creo así. Es un día que derrama bálsamo sobre seis años de mi vida. Un nenúfar sobre unas aguas cada vez más corrompidas.
François de Chazeron me ha echado. Lo estaba esperando, creo, desde siempre, para que acabase el calvario de las ilusiones marchitas, para que se borrase el dolor de los hijos perdidos, para por fin alejar de mí la maldición que pesa sobre esta casa. Nunca más.
Es extraño cómo vuelven los recuerdos. Me ha permitido llevarme conmigo a Antoinette-Marie. No la habría dejado aquí por nada del mundo. La niña le tiene sin cuidado. A menudo me he preguntado si no la odiaba. De los tres que nacieron, sólo ella ha sobrevivido. Dos vinieron después, sin amor, instantes bestiales de procreación. Murieron al poco de nacer. Ya no creo en el azar. Sencillamente, esta tierra no debe tener heredero por alguna razón que aún se me escapa.
No hay duda de que mi esposo volverá a casarse. Ignoro si tiene alguna jovencita en perspectiva, pero sé que su sueño no se cumplirá. No le dará los hijos que yo no le he dado. La voluntad de Dios o la del diablo está escrita en las páginas de la historia de este país. Así será. No tiene ningún sentido. Por lo menos yo he renunciado a encontrarlo. ¡Hay tantas cosas que Chazeron tendría que hacerse perdonar! ¡Tantos horrores infligidos a sus amantes, a sus gentes, a mí! Nada queda impune, nunca.
Me queda Antoinette-Marie. Mi hija. Carne de mi carne. ¡Era tan pequeña y tan frágil al venir al mundo! Tan diminuta que su cabeza apenas tenía el tamaño de mi puño. De manera que no pude regresar a Vollore hasta finales de septiembre, cuando ella tenía dos meses y las obras de restauración habían terminado. Pasé mucho miedo durante aquellos días. François se negó a bautizarla antes de que todo estuviese dispuesto para recibir a sus invitados. De hecho, fue una hermosa fiesta, como no habíamos visto otra desde nuestra boda. Acudieron juglares, saltimbanquis con monos sabios y osos que, de pie sobre las patas traseras, gruñían a través de sus bozales.
No sé de dónde sacó mi esposo el dinero para recibir tan fastuosamente a sus invitados. El castillo estaba iluminado y decorado de arriba abajo. Había mandado traer sedas y brocados, y renovado el vestuario de todo el servicio. Hizo oídos sordos a todas mis preguntas. Lo cierto es que esperaba recibir al rey en su casa. Pero al rey de Francia le traen sin cuidado sus pequeños vasallos, por emparentados que estén, vía matrimonio, con los Borbones. No se presentó. En cuanto acabaron las celebraciones, mi esposo volvió a sufrir un ataque de cólera. A pesar de que le regaló un medallón grabado para la ocasión, no había desplegado todo aquel fasto para su hija, sólo pensaba en su prestigio. Evidentemente, se habló de él en lugares lejanos y durante mucho tiempo, pero el rey había declinado su invitación. Sería el hazmerreír de todo el mundo. En el mejor de los casos, quienes ignoraban la humillación conservarían el recuerdo de un hermoso recibimiento en el castillo de un rico señor.
En cuanto terminaron las últimas reverencias, arrancó los tapices, quemó los cortinajes y estuvo a punto de arrasar la casa a sangre y fuego. Sin la intervención de Huc, habría acabado con su mujer y con su hija. Luego, como siempre, se encerró en su torre durante días. Extraño hombre.
Cuando volvió a aparecer, nos hizo saber que mientras él estuviese vivo, nadie volvería a poner los pies en Montguerlhe. Dejó allí una guarnición de tan sólo doce hombres asistidos por una criada, una lavandera y un cocinero para ocuparse de la intendencia. A Huc se le pidió que fuera con ellos en calidad de preboste y su esposa entró a mi servicio, aquí. No sé por qué quiso separarlos. Lo contrario me habría venido mejor. Creo que de esa manera intentaba castigar a Huc por haber detenido su brazo cuando estaba en pleno arrebato de ira. Pero haría mal en quejarme, porque para Antoinette-Marie ha sido una excelente solución.
Yo estaba tan débil después del parto que Albérie se ocupó de Antoinette-Marie más que yo. La cambiaba, la bañaba, la acunaba. Yo tan sólo podía ofrecerle este pecho, esta leche.
Extraña mujer. Nunca me ha gustado y, sin embargo, esta inesperada relación nos ha acercado la una a la otra. A menudo la veía triste, pero se le iluminaba la cara en cuanto estaba con la niña. Me recordaba a mí misma las palabras de Huc: «No puede tener hijos». Ejercía de madre por procuración. Yo habría disfrutado quitándosela, porque a fin de cuentas, con su amor y en su papel de esposa, ella me había robado el deseo de Huc. Pero siento que le debo a ella que Antoinette-Marie haya sobrevivido. Nos hemos acercado. Por lo menos tanto como eso es posible con una persona tan distante, fría y particular como Albérie. Siempre posaba su mirada metálica sobre mí, más allá de cualquier percepción. Se le iluminaba el rostro cuando Antoinette-Marie le daba la mano. Dio sus primeros pasos para ir hacia ella, a ella fue a mostrarle el primer diente que se le cayó. Debería haberle tenido celos. No lo conseguí. Mis siguientes embarazos me debilitaron, la pérdida de mis hijos me volvió huraña. Albérie mantuvo un humor constante para con Antoinette-Marie. Sé que jamás la haría sufrir ni le causaría el menor daño.
Hace tres años, una vez levantada su sanción, Huc vino a instalarse en Vollore. Mi esposo se ausentó en varias ocasiones. En todas ellas, Huc se mostró cordial. El grueso de la guarnición se había instalado en Vollore con él, en una torre que François había acondicionado al efecto. El preboste tenía allí su puesto. Sin embargo, lo perdió. Ignoro qué lo hizo cambiar. Poco después del nacimiento de Antoinette-Marie empezó a beber y acabó por permanecer borracho días enteros. Todos los hombres beben. Él parecía querer olvidar a fuerza de vino.
La presencia de Antoinette-Marie hizo que no recuperase a mi amante. Ambos sublimaron en ella su frustración de progenitura, cada uno a su manera.
Mi esposo olvidó a su hija. Tras la muerte de su último hijo, abandonó mi lecho; de eso hace hoy dieciocho meses.
Hace tres noches que se fue. A París. Me ha dejado claro que a su regreso mis gentes, mi ropa y Antoinette-Marie deberán haber abandonado este lugar. Para siempre.
Conforta salir de su vida. Me habría gustado llevarme a Albérie conmigo, pero es imposible. François se ha negado a que deje Vollore. «¡Es un ángel!», ha mascullado. No sé qué ha querido decir. ¿Tal vez la utiliza para presionar a Huc? Sea como fuere, el anuncio de mi partida ha hecho palidecer a esa mujer. Me ha pedido autorización para explicárselo a Antoinette-Marie. En este momento, deben de estar las dos despidiéndose.
Antoinette-Marie tiene cinco años. Ya es hora de que sonría a otras gentes, de que conozca la auténtica felicidad. Con mi familia, pronto encontrará otras amistades. La que ahora llama afectuosamente tata, dentro de unos meses tan sólo será un recuerdo, tanto para ella como para mí.
Extraño día, en verdad. Me siento libre. Libre de vivir por fin lo que tenía que callar. Libre de reír o de llorar. Libre de volver a amar. Tendré otros hijos de otro hombre. Seré feliz. Ése es el orden de las cosas. ¡Que François de Chazeron se vaya al diablo!


Llamaron a la puerta y Antoinette cerró su libro de horas bajo el rayo de sol que desde la ventana caía sobre su escritorio.
—Entrad —autorizó con voz alegre.
Porque, ciertamente, hacía mucho tiempo que no lo había estado tanto. Blanche, su nueva camarera, apareció en el marco de la puerta con los ojos enrojecidos. Estaba temblando y retorcía un pañuelo entre los dedos.
—¡Bueno, bueno! —comenzó Antoinette al descubrir semejante espectáculo—. Vamos, no hay motivo para ponerse así. Es verdad que me voy, pero tú sigues a mi servicio y te prometo que podrás visitar a los tuyos con frecuencia.
—Bien que lo sé, señora. Bien que lo sé. No es eso lo que me preocupa, ¡Oh, no! —respondió la joven visiblemente afectada.
—Entonces ¿qué es? —preguntó Antoinette mientras se acercaba a ella y, en un impulso maternal, le enjugaba una lágrima que rodaba por su mejilla.
—Se trata de Antoinette-Marie, señora.
—¿Qué le pasa a Antoinette-Marie?
—Ha desaparecido, señora.
Antoinette se quedó petrificada unos instantes y luego se echó a reír.
—Os está tomando el pelo, como de costumbre. Además, le encanta este lugar y conoce mil escondrijos. No hay ningún motivo para llorar. Que Albérie le lea la cartilla y saldrá enseguida de su escondite, como siempre hace.
—Ya hemos pensado en ello, señora, y eso es lo que me preocupa. Albérie también ha desaparecido, igual que los juguetes preferidos de Antoinette-Marie y el pequeño baúl que contenía las mudas para el viaje.
Antoinette tragó saliva. Su mano quedó repentinamente congelada en el aire. La joven había soltado aquello de una tirada, como sí le urgiese desembarazarse de la noticia. Antoinette dio unos pasos hacia atrás y tuvo que apoyarse en un cofre sobre el que había varios cestos de mimbre con cepillos y ungüentos.
—Vamos, eso no tiene sentido. No tiene sentido —repitió—. ¿Las han visto salir del castillo?
—No, señora. Como podéis suponer, he preguntado a los vigías.
—En ese caso, es una broma pesada, no hay duda. A esa tunante de Antoinette-Marie no le gustan los viajes. Le encanta asustarme, eso es todo, y habrá convencido a Albérie para que le siga el juego. ¡Encontradlas! Las dos tendrán su castigo.
—Como podéis imaginar, señora, ya las hemos buscado.
—¡Seguid buscando hasta que aparezcan! ¡Hay mil rincones, mil escondrijos! Que las busque toda la guarnición. Quiero salir de Vollore inmediatamente después del oficio de sexta.
—Bien, señora.
—Que manden también cuatro guardias al bosque. Los lobos andan demasiado cerca. Los oigo aullar a menudo por la noche, desde la ventana.
—Bien, señora.
—¿Dónde está nuestro preboste? —Hubo un silencio incómodo—. ¡No me digas que también ha desaparecido! —gritó Antoinette exasperada.
—¡Oh, no, él no, nada de eso! ¡No habría podido!
—¿Qué quieres decir?
—Que está borracho, señora; está roncando bajo el escudo de la sala común.
Antoinette sintió que la invadía una marea de indignación.
—¡Que lo espabilen con un cubo de agua fría! ¡Quiero verlo aquí de inmediato! ¡Y deja de lloriquear, acabarás por sacarme de mis casillas! No es más que un juego, un juego. ¿Lo oyes?
—Sí, señora.
Y Blanche desapareció sorbiéndose la nariz para volver con el resto del servicio. Antoinette estaba temblando. «Un juego, un simple juego...», se repetía en voz alta para intentar convencerse a sí misma. Albérie nunca habría abandonado a su esposo. Nunca. Nunca.
Sin embargo, cuando Huc apareció al cabo de unos minutos eternos, al oír toda la casa convulsionada yendo de un lado para otro y al ver a unos cuantos gendarmes correr hacia los bosques colindantes con el jardín, aquella certeza dejó paso a una duda lacerante. Mal afeitado, con la mirada aún abotargada, el pelo alborotado y la ropa arrugada, el preboste tenía un aspecto deplorable y su aliento cargado de tufo de vinazo no mejoraba en nada tan triste retrato.
—Me habéis mandado llamar —masculló Huc.
Lo había amado, como a ningún otro. Hoy le daba asco.
—Albérie y Antoinette-Marie han desaparecido —dijo.
—Desaparecido —repitió Huc repentinamente despejado.
—¡En efecto! Y si estuvieseis menos empapado en vino, habríais tomado parte en la búsqueda, como corresponde a vuestro cargo.
—Perdonadme —balbuceó Huc, de pronto infinitamente cansado.
—Os he conocido galán, señor, y ahora estáis abotargado, borracho. ¿Qué lecho podéis honrar aún que retenga a una amante? ¿Qué os ha ocurrido, mi buen Huc, para que hayáis degenerado de esa manera?
Por un instante sintió compasión por él y luego se sobrepuso. Se negaba a admitir la evidencia.
—¿Creéis que Albérie es capaz de llevar a cabo un secuestro?
Huc sacudió la cabeza.
¿Cuánto tiempo hacía que había dejado de ser esposo? ¿Cuántos siglos hacía que había fracasado? Fueron felices. Mucho tiempo atrás. Luego llegó la muerte de Loraline, el nacimiento de Marie. Una vez más se reprochó no haber sabido, no haber hecho nada. La historia se repetía. Quiso proteger a su mujer. Como ella, le tomó afecto a la pequeña hasta el día en que, al levantarla del suelo tras una caída, descubrió la marca de las lobas en su frágil nuca. Acababa de cumplir tres años. Eso sucedió el mismo día que Chazeron le llamó al castillo, junto a sus hombres. Debería haber amado a Albérie, a quien dos inviernos de separación habían alejado de él, mientras él sufría pensando que Chazeron podría abusar de ella por capricho. Durante su exilio bebió para olvidar que no estaba junto a ella, que no podría interponerse a tiempo, que se había vuelto inútil. A pesar de que se siguieron viendo en Montguerlhe, en la antigua habitación de Albérie, cada plenilunio, Albérie se cansó de él. Él se cansó de sus mentiras. Discutieron a causa de Marie, a causa de la marca de la niña. «¡Si un día revelas la verdad, te mataré, Huc!», amenazó Albérie. El vino lo volvía taciturno. Además, quería demasiado a Albérie, fuese lo que fuese. Pero aquella verdad acabó por destruirlo, porque significaba que Albérie ya no le quería, no lo bastante para mentirle, no lo bastante para dejarle creer que aún podía protegerla, no lo bastante para protegerle de sí mismo. Se había ido hundiendo, cada día un poco más. La comarca estaba tranquila. Las relaciones de vecindad entre señores eran amistosas y corteses. Apenas había que neutralizar a los pocos salteadores que desvalijaban a viajeros y peregrinos. Hacía ya mucho tiempo que el capitán de la guardia de Chazeron le reemplazaba en el trabajo. De preboste sólo le quedaba el título. De esposo, sólo le quedaba el nombre. De protector, no le quedaba nada. Aparte, tal vez, de una última mentira.
—Albérie nunca haría daño a Antoinette-Marie.
—Eso creo también yo —dijo Antoinette más tranquila—. A veces habéis acompañado a mi hija por los alrededores del castillo, Huc, Creo que no quiere abandonar el lugar de su infancia, a su amiga Margot, la hija de la costurera, y a su nodriza. Temo que Antoinette-Marie se haya aventurado sola en el bosque y que Albérie haya ido en su busca.
—Es posible —mintió.
—Encontradlas. Ayer hubo luna llena. Los lobos merodean en torno a las casas. Temo por mi hija. Y sea lo que sea lo que busquéis olvidar con el vino, Huc, vos sois el único en esta casa en quien tengo depositada toda mi confianza.
Huc se inclinó ante ella, aprestándose a salir, cuando Antoinette le retuvo.
—Evidentemente, no es asunto mío, Huc, pero me voy para no volver jamás a este lugar. Por eso, me gustaría saber qué razones os han llevado a hundiros así, poco después de que me comunicarais que rompíais nuestra relación. ¿Habéis intentado olvidarme?
¡Cómo le habría gustado que aquello fuese cierto! Se volvió hacia ella y esbozó una leve sonrisa.
—A quien he intentado olvidar es a mí, sólo a mí, Antoinette. No os reprochéis nada. Sed feliz. Lo merecéis.
—Traedme a Antoinette-Marie.
—Os lo prometo.
Mentía, una vez más. Sin embargo, se prometió buscar. Quería despedirse de Albérie. Que ella supiese que seguiría siendo su esposo hasta que le llegase la muerte.


Dejó la agitación del castillo sumido en gritos, en llamadas que llegaban desde el jardín, desde el sotobosque. Penetró en el bosque a caballo, solo, procurando que le vieran ocupado en la búsqueda. Luego, cuando las voces sonaron lejanas, se desvió y tomó un sendero hacia la montaña. Las zarzas lo habían invadido de tanto tiempo como llevaba olvidado.
Le costó un buen rato dar con la entrada del pasadizo que ramas y hiedras habían tapado, pero acabó por despejar el acceso.
Penetró en la oscuridad sin vacilar. Había vuelto allí dos años atrás, tras la discusión con Albérie, para explorar las ruinas de su cobardía, para hacerse daño hundiéndose en la desolación y el cinismo. Los lobos aún se escondían allí, su olor era penetrante. Avanzó sin intención de atacarlos. Si alguno de ellos se lanzaba sobre él, dejaría que ejerciese su oficio. Sería una liberación para él.
Se preguntó por qué tenía la impresión de que Albérie y Marie estaban allí. ¿Tal vez porque aquel lugar era el origen de todo?
Pronto oyó unas voces que confirmaron su corazonada. Avanzó a la luz vacilante de un farol y se encontró frente a ellas. Estaban sentadas en el centro de la sala subterránea, con dos lobos tumbados a su lado. Jugaban a las tabas.
Una loba gris alzó el hocico y mostró los colmillos, lo que les obligó a volver la cabeza.
—¡Tío Huc! —exclamó la niña levantándose precipitadamente para correr hacía él.
—¡Hola, princesa!
La levantó en brazos y, como de costumbre, le hizo dar vueltas riendo a carcajadas. El animal dejó de gruñir, pero seguía con la mirada cada gesto del preboste. Albérie se levantó a su vez y se acercó a su esposo en el momento en que éste depositaba en el suelo a Marie, que pedía más.
—No, señorita, se os revolverán las tripas.
—Más, más, más —insistió ella tirándole de las piernas.
—Una vez, una sólo y luego basta. Tengo que hablar con vuestra tata.
Repitió la operación y luego se la llevó en hombros hasta el lugar en donde había dejado las tabas abandonadas. Se sentó junto a los lobos, sin miedo, con la mirada fija en la de la loba.
De inmediato, Marie se puso a jugar con ella, como hubiera hecho con cualquiera de sus perros, y Huc comprendió que eran amigas desde hacía tiempo. Sin embargo, dio un respingo cuando la loba, molesta por las risotadas de la niña, rodó sobre la espalda y dejó ver un extraño collar en su pecho: una cadena de oro con un colgante en forma de cruz.
Quiso alargar la mano para apreciar la delicadeza del trabajo, pero la voz de Albérie desvió su atención hacia ella.
—¿Qué vas a hacer, Huc?
—¿Qué podría hacer? —dijo mirándola resueltamente con una sonrisa, tras observar el baúl.
—Impedirme huir con ella. Devolverla a Vollore. Intentarlo, cuando menos.
—¿Por qué? Basta con verla para comprender de qué raza es. Tarde o temprano, François de Chazeron acabaría por sospechar algo. Y aunque él nunca se enterara, Antoinette no podría transmitirle tu saber, tu fuerza. Me he preguntado a menudo si sería como tú o como Isabeau. Nadie mejor que tú podría prepararla para afrontar su destino. He venido simplemente a decirte adiós. Me ha parecido entender que no habías contado con la posibilidad de que aún pudiese ocupar un lugar a tu lado.
—Si huyésemos juntos François me buscaría con redoblado ahínco. Además está Antoinette. Te necesitará.
—¡Creía que la detestabas! —señaló Huc.
—Así fue por mucho tiempo. Su amor por Marie nos ha acercado.
—Tu amor por Marie nos ha perdido.
—Te devuelvo tu libertad, Huc —respondió ella, aunque con el corazón oprimido.
—Los recuerdos son una gran esclavitud.
—Demuestras un gran coraje dejándonos marchar. Hay que pasar página. Nunca te he reprochado nada. Haz tú lo mismo.
En el momento en que iba a responder, sus ojos tropezaron con dos siluetas que avanzaban con sigilo hacia ellos. A pesar de los años y el alcohol, Huc se hallaba lejos de estar acabado. La loba gris enseñó los colmillos y se incorporó de un salto, al igual que su compañero. Huc apartó a Albérie con una mano, desenvainó la espada con la otra y gritó en la oscuridad.
—¡Alto! ¿Quién va?
Las dos siluetas abandonaron su escondite y avanzaron a plena luz. Frédéric de Montjoie y Etienne de Fouquet. El capitán de la guardia de Chazeron y su brazo derecho. Los mismos que habían obtenido títulos y cargos a cambio de su silencio. Los mismos que habían detenido y encarcelado a Loraline. Llevaban la espada desenvainada. De un salto, los dos lobos flanquearon a Huc, al tiempo que Albérie cogía a Marie y se la llevaba fuera del alcance de los golpes.
—Borracho y traidor —espetó Frédéric de Montjoie.
—Apuesto a que me habéis seguido —masculló Huc, furioso consigo mismo.
—Nunca confié en las promesas de un borracho.
—¿Os envía la señora?
—En absoluto. Cumplimos el juramento prestado a nuestro señor de vigilaros a vos y a vuestra pájara de cuenta. Su misteriosa desaparición nos ha traído a la memoria estos túneles. El señor cerró todos los accesos que encontró hace cinco años. Por mi parte, tenía el convencimiento de que quedaban otros. Pero lo que he oído, pardiez, sobrepasa con mucho lo que imaginaba y no tengo ninguna duda de que Chazeron pagará una buena cantidad por la hija de la bruja.
—¡No mientras yo viva!
—Simple formalidad.
Y, acompañando la palabra con el gesto, lanzó la espada hacia delante. Huc soltó una carcajada feroz y se detuvo con vigor. Era una hermosa ocasión para vengar todos aquellos años de cobardía.
Mientras los dos animales se encarnizaban con las pantorrillas de los guardias, despreciando las estocadas que evitaban de un salto, Huc blandía su espada con tenacidad, dos contra uno.
—¡Id por el otro! —gritó, seguro de que la loba del collar sabría entenderle.
En un abrir y cerrar de ojos, en un mismo impulso, los lobos inmovilizaron a Étienne de Fouquet contra el suelo. Al pobre hombre se le cayó la espada y fue inútil que se cubriese el rostro, que luchase a puñetazos mientras Huc arrastraba a su compañero hacia el otro extremo de la gruta: los mordiscos le despedazaron la carne. Dio alaridos, se revolvió tanto como pudo, se arrastró hasta su espada para seguir defendiéndose mientras los colmillos le araban los omoplatos y la nuca, consiguió empuñar la espada con sus dedos sanguinolentos antes de ser pisado y lacerado en ojos y rostro. Su mano armada golpeó a diestro y siniestro, acertó a herir a un enemigo invisible, pero no logró que soltara su presa. Luchó mientras pudo y luego abandonó.
Cuando comprobaron que estaba fuera de combate, los lobos fueron en ayuda de Huc, a quien la juventud de Frédéric de Montjoie estaba poniendo en un brete. Un golpe le había desgarrado el hombro, otro el muslo, pero luchaba con más ahínco que nunca, en nombre de un honor perdido.
La energía de los animales furiosos reforzó la suya. Cuando por fin Montjoie se desplomó, al no poder detener la mortal finta de Huc a la que Cythar había ayudado con una maniobra de distracción, el preboste les dejó encarnizarse con él, profundamente complacido. Aquellos dos bribones acababan de proporcionarle una conciencia.
A pesar del dolor que le desgarraba los miembros maltrechos por los golpes del capitán, Huc se acercó cojeando hasta Albérie. Su esposa había mantenido a la atemorizada niña pegada contra sus faldas para ocultarle la escena. Albérie estaba lívida y, por la mirada que le dedicó, Huc comprendió que era por él por quien había temido.
La tranquilizó con una sonrisa, mientras oprimía su hombro izquierdo con la mano derecha para contener el flujo de sangre.
—No pasa nada —dijo—. Nada que no tenga arreglo.
Entonces resonó un aullido que obligó a Maríe a despegarse de Albérie.
—¡Ma! —gritó la niña a su vez.
La hembra estaba sentada sobre las patas traseras ante el cuerpo de Cythar sacudido por espasmos. Albérie no pudo retener a la niña por más tiempo. Escabullándose como una anguila, corrió hacia el animal. Albérie y Huc la siguieron. Marie había rodeado con sus bracitos la hermosa cabeza de la loba y la consolaba tragándose sus propias lágrimas.
—No llores, Ma, no llores. Se curará. Ya verás, se curará.
Huc se inclinó sobre Cythar. La hoja había alcanzado las vísceras. Se preguntó cómo había podido seguir peleando con semejante herida. Cythar no se desplomó hasta que sus adversarios estuvieron vencidos.
Albérie acarició con mano temblorosa el cuello manchado de sangre, babas y polvo, mientras la respiración se apagaba y los ojos se tornaban vidriosos. Nadie encontró palabras. Sólo Ma aullaba su tristeza.
Después, cuando el último aliento de vida hubo traspasado el hocico de su viejo amigo, la loba se zafó con suavidad del abrazo de la niña y se inclinó sobre él. Le cerró los párpados con una lengua rasposa y se alejó. Marie corrió inmediatamente tras ella trotando.
—¡Espera, Mal ¡Espera!
La loba se detuvo. Reanudaron la marcha juntas, con la mane—cita de Marie sobre el lomo del animal.
—¡No os alejéis! —aconsejó Albérie, con el eco colgando de las paredes rocosas.
Luego, tras rodear los despojos de Cythar, escondió la cabeza en el hombro de su esposo.
—Te dejo los difuntos. Lo siento. ¡Me habría gustado tanto darte otra vida, Huc!
—Es la que yo he escogido. No tienes nada que reprocharte. La muerte de estos hombres, la de este lobo y mis heridas me proporcionarán argumentos, ¡ay!, para apartar de vosotras cualquier amenaza. Protege a Marie. Protégete tú. ¿Adonde iréis?
—A París. Tengo allí familia que nos acogerá.
—¿Tienes suficiente dinero? Puedo asignarte una renta sobre mi sueldo. Lo necesitarás.
—No, Huc. Tarde o temprano, Chazeron descubriría tus envíos. Hay que evitar que sospeche, que pueda seguir una pista que le lleve hasta Marie. Cuando vuelva te interrogará. Temo por tu vida ahora que estás involucrado en mi huida.
—Ya no le temo, Albérie. Si sé que estás segura, entonces también yo lo estaré. Sé prudente —murmuró acariciándole la nuca—. Sobre todo en las noches de plenilunio.
—Ya no me asustan. Pero te echaré de menos —confesó Albérie respirando en su piel el penetrante olor de sangre que se mezclaba con el agrio olor a vinazo que, no obstante, en aquel momento no le molestaba.
—Entonces esperaré. Esperaré a que vuelvas a mí —se atrevió a decir Huc, con el corazón henchido de esperanza.
—No te prives de la felicidad de tener una esposa de verdad, Huc.
—La edad calma los ardores. Tú eres la única. No separaré lo que Dios y mi sangre han unido —dijo Huc con un fervor que creía muerto.
Albérie alzó hacia él una mirada llena de ternura. Sus bocas se unieron largamente, en un beso lleno de fuego. Luego Huc la apartó de sí.
—Ahora vete. Pero antes debéis cambiaros las dos. Esa ropa sucia me servirá de prueba. Que la loba la desgarre.
Albérie asintió con la cabeza.
—Adiós, esposa mía —añadió casi sin voz.
—Adiós, esposo mío.
Ella se separó de él, ocultándole las lágrimas. Nunca había dejado de amarlo y nunca lo haría. Pero no tenía elección. ¿La había tenido alguna vez?
Unos minutos más tarde, ambas desaparecían de su vista por el túnel que conducía a Saint-Jehan-du-Passet, con la manecita de Marie resueltamente apretada por la mano de Albérie, bajo la capa de terciopelo que la envolvía, con la loba gris abriendo la marcha.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:22 pm

Capítulo 1


La tienda era amplia y clara, y ahora se extendía por tres edificios que se habían comprado y unido tras abrir grandes vanos. En el piso, al que se accedía por una única escalera, puesto que se habían suprimido las otras para ganar espacio, estaban los probadores y el taller de confección.
Isabeau contempló satisfecha sus dominios desde la rué de la Lingerie, en donde dos mozalbetes encaramados a una escalera instalaban la nueva enseña en la que, en letras primorosamente decoradas, se leía: «Hilo del Rey. Isabelle de Saint—Chamond, lencera de la casa real».
Rudégonde había muerto doce días atrás, de la sífilis que un aciago amante le había traído de España, dejando su negocio en herencia a Isabeau, de quien hacía ya mucho tiempo era socia. Juntas, a fuerza de años, hicieron prosperar el negocio y vivieron momentos felices y episodios dramáticos, apoyándose en su amistad para conquistar aquel poder que ambas se habían fijado como la meta de su vida. Superado el dolor, Isabeau ponía todo su pundonor en mostrarse digna de las últimas voluntades de la difunta: «No rendirse nunca, ni inclinar la cabeza, ni mendigar. Poner al rey a sus pies y meterse a sus descendientes en el bolsillo. No cobrar más de lo debido, pero esforzarse para que cada día sea más que la víspera».
Esa era la razón por la que, aquel 2 de marzo de 15 31, Isabeau se sentía con el corazón contento. Al día siguiente, en Saint-Denis, Leonor de Austria, la hermana del emperador Carlos V, con quien el rey se había casado en segundas nupcias en Mont-de-Marsan, el último 7 de julio, iba a ceñir la corona de Francia. Y era ella, Isabeau, la que había cortado la ropa interior de más de la mitad de la corte presente en aquel acontecimiento, como también era ella quien había confeccionado el ajuar real.
Isabeau siguió dirigiendo durante un momento los movimientos de los dos mozalbetes y luego, tras juzgar que la enseña estaba derecha, sólidamente sujeta a sus ganchos y que producía un excelente efecto, les pagó su trabajo. ¡Definitivamente, al día siguiente iba a conquistar París!
Miró el trabajo de las jóvenes de la tienda, se aseguró de que lo llevaban a cabo con eficacia, saludó a algunos clientes con una palabra amable, respondió con tono afligido a los pésames de otros que recordaba haber visto en el entierro de Rudégonde, y dejó dicho que no quería que se le molestase bajo ningún pretexto.
Entró en el patio trasero donde estaban tendidas las cotonadas, atravesó un jardín en el que los primeros junquillos se desplegaban en parterres, entre precoces lilas podadas en forma de seto. Recorrió el sendero enlosado, embriagándose con su perfume, antes de cruzar el umbral trasero de su casa. Esta, del lado de la fachada, daba a la rué de la Bonneterie, paralela a la de la tienda. El jardín, común a los dos edificios, estaba protegido a la derecha por la lonja de los Paños y a la izquierda por la de los Cereales.
En cuanto empujó la puerta, el espacio se llenó de un movimiento de felicidad, hecha de risas, gruñidos y carreras. Isabeau avanzó intrigada hasta la espaciosa sala abovedada en la que tres personas se perseguían con gran despliegue de cojines que volaban por los aires, respetando por milagro los mil objetos de adorno dispuestos aquí y allá sobre consolas y estanterías.
—¡Qué escandalera! —gritó para ser oída, mientras atrapaba un proyectil al vuelo.
—¡Oh, eres tú, tía! —exclamó la quinceañera antes de que un jovencito desgreñado la inmovilizara sobre la alfombra persa.
—¡Ya te tengo! ¡Ayúdame, mamá!
Bertille acudió al instante y mientras el muchacho sujetaba firmemente las manos de su prisionera en la espalda, sentado a horcajadas sobre su trasero, que no paraba de moverse, ella comenzó a hacerle cosquillas en las axilas, refunfuñando.
—¡Te voy a dar una buena por despertarme así!
—¡Ayúdame, tía, por favor, tía! —imploró la muchacha riendo a carcajadas.
Isabeau no pudo evitar echarse a reír. Se acercó y, deslizando los brazos por debajo de los de la enana, la levantó por el aire.
—¡Protesto! —chilló Bertille, mientras Isabeau la depositaba en el suelo.
—Vamos, Bertille, ya no tienes edad para estos juegos. Venga, bribón, déjala. Ya tiene bastante, me parece.
El mozalbete obedeció, no sin antes hacerle unas cuantas cosquillas suplementarias bajo los brazos a su compañera de juego. Marie se volvió y se sentó en la alfombra frotándose las muñecas. Sus ojos grises brillaban con lágrimas de felicidad.
—¡Pardiez! Eres más duro que una piedra. ¡Me las pagarás, Constant!
—¡Bueno, bueno, bueno! Estáis hechos un par de espinillas y vais demasiado lejos enredando con vuestras bromas para divertiros. ¡Si llegáis a romper alguno de estos jarrones, os habría arrancado los ojos!
—¡Perdón, tía, pero ha empezado él!
—¿Ésas tenemos? ¡Qué cara más dura la tuya! —protestó Constant poniendo los brazos en jarras.
Se retaron con la mirada durante unos instantes y luego estallaron en una risotada unánime.
«¡Qué bien se entienden!», pensó Isabeau, volviéndose hacia Bertille, a quien la edad había vuelto más torpe.
—¿Me dirás cuál es el secreto de esta historia?
—La verdad —dijo Marie— es que se había dormido encima de su labor, eso es todo. Así—añadió imitando un ronquido espasmódico.
—Quieres... —comenzó a protestar Bertille, quien había enrojecido hasta las orejas.
—¡Siempre tan susceptible! —rió Isabeau clavando un dedo bajo los omoplatos de la enana, que dio un salto a un lado.
—¡Oh, no, tú no, Isabelle! ¡Me pongo de muy mal humor cuando me despiertan bruscamente! ¡Esta mala pécora ha estado a punto de matarme! Constant, que estaba en la letrina, me ha oído gritar y ha venido corriendo sin siquiera abotonarse los calzones. Ha tropezado con el dobladillo y se ha caído de bruces.
Marie estalló en una carcajada al recordar la escena y Constant le lanzó una mirada torva.
—Al verme en semejante posición, esta mala pécora se ha lanzado sobre mí, me ha levantado la camisa y, aunque te parezca increíble, madrina, me ha dado unos azotes en el trasero antes de escapar corriendo.
—La creo capaz. Pero bueno, Marie, ¿te parece que ésos son los modales propios de una jovencita?
—Valía la pena el descaro por ver su cara de asombro, tía —dijo Marie encogiéndose de hombros con picardía—. Se ha puesto rojo como, como, como... como su trasero, eso es —añadió muerta de risa.
—¡Por mil demonios! —gruñó Constant enfadado. ¡No tardaré mucho en ablandar el tuyo!
—Defiéndeme, tía. Mi virtud está en peligro... —dijo Marie refugiándose tras Isabeau.
—¡Bien poco te has preocupado por la mía! —protestó Constant intentando sacarla de allí sin faltar al respeto a su madrina.
—Bueno, vosotros dos, ya basta. Arreglad vuestras cuentas en otra parte. Tengo cosas que hacer y necesito calma. ¿Dónde está tu madre, Marie?
—No lo sé, tía —respondió Marie encogiéndose de hombros mientras se mantenía prudentemente junto a Isabeau—. Creo que tenía que ver al padre Boussart.
—¡Ya basta, Constant! —le riñó cariñosamente Isabeau, cuando éste alargaba una mano para atrapar a la descarada que seguía usándola como parapeto—. Por lo que a ti respecta, Marie, no vuelvas antes de dos horas. Espero una visita importante y, por todos los santos, no soportaré semejante escandalera en mitad de mis asuntos. Si por el camino encuentras a tu madre, dile que venga a verme lo antes posible. ¡Vamos, aprisa, moveos, par de piezas!
Marie salió inmediatamente a escape.
—¡Espera un momento! —gritó Constant corriendo tras sus pasos.
Poco después, se oyó golpear la puerta de la rué de la Bonneterie en medio de un tintineo de campanillas, para dejar inmediatamente que el silencio volviera a apoderarse de la sala.
—Esos dos no paran de inventar nuevas chinchorrerías —suspiró Bertille—. Y sin embargo, ya no son unos niños.
—Dejémosles por ahora disfrutar de esa despreocupación —dijo Isabeau enternecida—. Luego ya los casaremos.
—¿Casarlos? —preguntó Bertille abriendo unos ojos como platos—. ¡Cómo se te ocurre, Isabelle...!
—¿Y por qué no?
—Ahora eres una gran dama y Constant no tiene ni título ni fortuna que ofrecer a Marie.
—Marie ha crecido en la Corte de los Milagros, Bertille. Y tú y yo sabemos que no tengo ni título ni fortuna, aparte de esta tienda. Ni nacimiento, ni ilustre progenitor para tener ridículas pretensiones. Marie es mi sobrina e hija de un preboste. Lo bastante para el hijo de un rey.
—El rey de los bufones —se defendió Bertille.
—¿Y eso qué importa? ¿Acaso no estás orgullosa de él, Bertille? Vale por todos los otros y es mi ahijado. Si esos dos se gustan, los casaremos. Y ninguna sombra oscurecerá su felicidad si, en su momento, está claro para ellos y para mí.
Bertille mostró una amplia sonrisa. En el fondo, siempre había soñado con aquella unión. Isabeau se inclinó y besó la estrecha frente sobre la que bailaba una perlita, detalle del tocado que sujetaba un moño canoso.
—Y ahora, ve a ver si viene mi visita y ocúpate de que nadie nos moleste.
Bertille asintió. Isabeau se quitó la capa de seda y, tras recogerse la falda bordada con hojas de oro, subió la escalera que conducía a su despacho. Desde el ancho ventanal acristalado que iluminaba la espaciosa estancia, podía admirar, no sin cierto orgullo, el ir y venir de las obreras frente a ella, en la tienda. A despecho de las cortinas de estameña que desdibujaban las siluetas, sabía reconocerlas y atribuir a cada una unos gestos que ella misma les había enseñado con paciencia y cariño. No eran menos de veinte, bajo la responsabilidad de las tres modistas que, a su llegada a París, la habían acogido con Rudégonde: Ameline, Blanche y Françoise. Eran sus únicas amigas, junto con Lilvia la gitana y Bertille. Fieles y fiables. Ahora todas ellas sabían la verdad de su historia. Ninguna, estaba segura, la traicionaría nunca. A cambio de aquella amistad inquebrantable, les había otorgado su confianza. Había salido reforzada.
Ahora, Ameline, Blanche y Françoise tenían su puesto en la tienda. El testamento de Rudégonde insistía en que Isabeau las hiciese partícipes de los beneficios. Hacía mucho tiempo que Isabeau, por su parte, pensaba en ello, aunque sus emolumentos ya las ponían al abrigo de pasar necesidades. Había decidido darles la noticia después de la coronación de la reina. Así, su triunfo sería también el suyo, continuando el de Rudégonde.
Tras haber cuidado de correr también las cortinas del ventanal, Isabeau se dejó caer en un sillón labrado. Frente a ella, en la campana de la chimenea, destacaba el retrato de su difunto amante, Jacques de Chabannes, señor de La Palice. Había caído ante Pavía, el 24 de febrero de 1525, como muchos otros, por desgracia. Se había quedado sola por segunda vez, tras ocho años de felicidad. Lo lloró en la misma medida en que lo había amado. Mucho tiempo.
Las imágenes se atropellaban en su cabeza. Tal vez fuese a causa de la muerte de Rudégonde. ¡Hacía tanto tiempo que no había llorado de verdad! Apoyó con pesadumbre la cabeza en el respaldo del sillón.
¡Todo había ido tan deprisa! Se veía huyendo de Auvergne, huyendo de la evidente muerte de Loraline, huyendo otra vez de François de Chazeron. A su regreso se lo contó todo a Rudégonde, como si aquel pasado se le hubiese vuelto infinitamente insoportable a través de aquella lacerante evidencia: había perdido a su hija. Su hija. Había pasado años convenciéndose de que la odiaba para vengarse de Chazeron. Había conspirado en su mente contra su corazón, contra su vientre, pero la ley de la sangre la había vencido. Insidiosamente.
Su nueva felicidad calmó el odio, despertó lo que acallaba en su interior: su maternidad perdida. Volvió a Thiers por Loraline. No tuvo tiempo de decirle cuánto la quería, de pedirle perdón.
Jacques de Chabannes, a su vez, había vuelto a París con el séquito del rey. Escuchó su historia, con la rabia dibujada en su hermoso rostro. Ella terminó su narración con las siguientes palabras:
—Ya no deseo vengarme, señor, sino comenzar una nueva vida y olvidar. Olvidar el mal hecho. La venganza me ha convertido en criminal de mi propia sangre. Si no me odiáis por eso, y si aún me queréis por amante fiel, juro que nunca os dejaré por otro.
—Mataré personalmente a François de Chazeron —rugió Jacques a la par que llevaba la mano a la espada.
—No. ¡Que se vaya al diablo! Dios le castigará. Me niego a que su sangre se mezcle con la vuestra.
—En ese caso, que nunca se cruce en mi camino ni en el vuestro, Isabelle.
Se abrazaron febrilmente y luego él la llevó al patio. Allí la presentó al rey. A su bendición, Francisco I, seducido, añadió su protección si la desgracia alcanzaba al más fiel de sus vasallos. Así pues, Isabeau se había convertido en la amante oficial del señor de La Palice. Y pasó con ella más tiempo que con su legítima esposa, aquella esposa que la razón le había impuesto.
Hasta 1521, la felicidad reinó, sencilla y apacible, en casa de Isabeau y luego, el 16 de junio, vio aparecer en su tienda a una niña de cinco años, escoltada por una loba gris y su hermana, de la que no había tenido noticias hasta ese momento.
Tenían un aspecto lamentable y Rudégonde las acogió con el corazón en la mano, a pesar del temor que le inspiraba Ma. Isabeau las llevó a su casa, atónita ante aquella comitiva. Escuchó la historia de Albérie sin pestañear: había tenido una hija con Huc, la pequeña Marie allí presente, a quien enseñó la lengua de los lobos porque, como las de su raza, Marie llevaba la marca. La niña había nacido al mismo tiempo que Ma, cuyo padre era Cythar. Eran inseparables. Por desgracia, su amistad acabó por llamar la atención de François de Chazeron y habían huido para que la historia no se repitiese.
Isabeau abrió los brazos y las estrechó con ternura. Jacques estaba ausente por aquel entonces. Las alojó, bajo la mirada de Ma, que la hacía sentirse tan incómoda que acabó por pedir a Albérie que se separase de ella.
—No podemos tenerla en París. Asusta a la gente. Acabarán por quejarse al preboste y la sacrificarán. Su vida está en el bosque. Por desgracia, su sitio no es una casa respetable. Jacques estará de acuerdo conmigo.
El animal se puso a gruñir y Marie, instintivamente, le rodeó el cuello con sus bracitos.
—Sólo quiero protegerte, Ma —dijo Isabeau poniéndose de rodillas ante ella—. Ignoro por qué me odias, pero no podría soportar que te ocurriera alguna desgracia. Sé que me entiendes. Eres la única persona que me une a Cythar, el compañero de mi hija, y por eso la única que me une a Loraline. Tú no la has llegado a conocer, pero la echo mucho en falta y en honor de su memoria y de su perdón, debo preservar su pasado. Tú formas parte de él.
Los ojos de la loba se dulcificaron. Pasó su lengua rasposa sobre su mano ensortijada y Albérie sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Por un momento, estuvo a punto de revelar la verdad a su hermana, pero calló. Nada podía cambiarse.
Entonces intervino Bertille.
—En la Corte de los Milagros, nadie se preocupará de Ma, ni de sus amos.
Isabeau reflexionó y finalmente Albérie, Marie y Ma acabaron en una casa de la rué Vieille-du-Temple recomendada por Croquemitaine que, al disponer de un subterráneo, en otros tiempos había permitido a los caballeros salir de la ciudad y organizar reuniones secretas.
Marie creció con Constant, cuya maternidad compartían Bertille y Lilvia, mientras Isabeau velaba por que ambos recibiesen la misma educación a través de los buenos servicios de un preceptor que le costaba muy caro. Rudégonde dio trabajo a Albérie en la tienda y Jacques de Chabannes felicitó a Isabeau por haber acogido así a los suyos. Pero aquella felicidad duró poco.
En efecto, el rey Francisco sólo tenía una idea en la cabeza: reconquistar el ducado de Milán que había perdido en sus sucesivas campañas contra Carlos V, emperador del Sacro Imperio y rey de España, aliado de Enrique VIII de Inglaterra. En 1523, estalló la guerra. Los soldados ingleses, españoles y alemanes invadieron las provincias francesas. Mandados por el duque de Norfolk, los ingleses avanzaron sobre París a principios del invierno. El terror se apoderó de la ciudad. Un frío glacial la castigó. Cosechas, viñas, árboles se perdieron y el comercio se hundió. Las rapiñas y la violencia se enseñorearon de Ile-de-France; la soldadesca devastaba las casas, se comía las escasas provisiones, violaba, masacraba, inmisericorde y salvaje. Croquemitaine denunció a uno de ellos, apodado el rey Guillot, que había intentado refugiarse entre los mendigos. Fue detenido, decapitado y cortado en cuatro pedazos que colgaron a las puertas de París para escarmiento, añadiendo así al frío la pestilencia de sus restos. Por otra parte, el rey prohibió llevar bastón en la ciudad, así como los juegos de dados, cartas, bolos y otros que habrían podido provocar discusiones y peleas, incorporando el aburrimiento al miedo.
Rudégonde e Isabeau abrieron sus puertas a los miserables, sin preocuparse por su reputación, y compartieron su escasa comida con la Corte de los Milagros. Ocuparse de los demás acercó a las mujeres que contaban los días que faltaban para que París fuera sitiado. Mientras esperaban, se reforzó la vigilancia y se tendieron cadenas en los cruces. Algunos burgueses levantaron fortificaciones, cavaron trincheras, mientras otros huían a provincias.
La Palice insistió para que Isabeau fuera a reunirse con él en Lyon, pero ella se negó. Estaba fuera de discusión que abandonara a los suyos, aquellos pordioseros de los que nadie se ocupaba. Por fin, contra todo pronóstico, el duque de Norfolk dio media vuelta. Una epidemia se había abatido sobre su ejército ya diezmado por el frío. París se salvó y la vida recobró su pulso, lentamente, con el alma dolorida.
El 4 de marzo siguiente, Jacques de Chabannes se presentó en la tienda derrengado y pesimista en cuanto a la suerte del ejército francés, que iba al albur del humor de su rey, tan reventado como él. Las tropas se agotaban en el sitio de Milán que el rey se negaba a abandonar, a pesar de los estragos de la peste. Cuanto más tiempo pasaba, más débil era la moral de los soldados.
A ese conflicto se añadía otro procedente de Alemania: el provocado por las soflamas de un tal Lutero que se levantaba contra la Iglesia católica, pervertida, mancillada por el lujo y la lujuria. El padre Boussart se adhirió a aquella doctrina, arrastrando consigo a numerosos miembros del clero bajo, aunque también a notables, burgueses y comerciantes. El pueblo, aplastado por los hechos y los robos que padecía, estaba cansado. Se amotinaba en cada esquina de París, hurtaba en los puestos de venta de comida para combatir el hambre, harto de oír a aquellos prelados que le ofrecían el espectáculo de resplandecientes joyas de oro y piedras preciosas en sus dedos amorcillados.
En Lyon, el rey fue sorprendido por la muerte de su esposa, la reina Claudia. Movido por el dolor, exigió que su féretro fuese expuesto en la capilla del castillo de Blois para que su vida de santidad sirviese de oración y permitiese salvar a Francia, pues el traidor Carlos de Borbón, conde de Auvergne y de Forez, el mismo que tanto le sirviera, se había aliado con su enemigo Carlos V, a quien abría camino. Quiso la suerte que las tropas enemigas, diezmadas por la peste, retrocedieran. El orgullo de Francisco creció con aquello. A su entender, había ganado la guerra y sus enemigos estaban vencidos. Nada le impediría ya recuperar Milán y conservarla de una vez por todas.
Desoyendo los consejos de La Palice, quien percibía el cansancio de las tropas, el 28 de octubre de 1524 sitió Pavía, seguro de su éxito.
A mediados de noviembre, Isabeau recibió una nota de su amante que la tranquilizó:

He acampado con los míos junto a un arroyo en el que fregamos y hacemos nuestras abluciones. La región es bella, ubérrima, y al verla comprendo el apego que le tiene mi rey, aunque nos aceche el invierno y el olor de pólvora envenene el aire. La niebla y la lluvia se suceden, pero nuestra moral es buena. De hecho, pese a los rumores que sus habitantes propalan, sabemos que en Pavía se ven reducidos a comerse los caballos. Pensad en mí, amada mía, como yo pienso en vos.

Y luego otra:

3 de febrero de 1525. Amada mía:
El rey Francisco no está muy inspirado estos días. Hace oídos sordos a mis advertencias. Ese infame Borbón ha llegado con treinta mil hombres, a juzgar por la extensión de su campamento. Hemos pasado de asediantes a asediados. Creo que sería conveniente replegarse hacia Milán, donde aún permanece una de nuestras guarniciones. Así podríamos regresar mejor y con más fuerza. Temo, amiga, que se nos eche encima un invierno mucho más crudo, pero soy soldado, voto a bríos, y moriré por mi rey si es necesario.
Vuestro fiel enamorado

Arreció la batalla sobre una tierra empapada en sangre. La Palice se batió como un demonio, agotado por el peso de su armadura. Acabó por bajar la espada y rendirse, cuando un arcabuzazo español lo segó a bocajarro. Unos minutos después, con todos sus fieles caídos, el rey estaba rodeado.
Francisco I cayó prisionero y Francia lloró. El corazón de Isabeau volvió a vestirse de luto, igual que el de un buen número de viudas. La tienda, en donde la actividad se había reanudado, cobró el aspecto de un cementerio con tantos codos de bordados y encajes negros como se desplegaban día tras día. París cerró la mayor parte de sus puertas y se pidió a los niños que no cantasen por las calles.
Para no mover al enemigo a avanzar, Luisa de Saboya, la madre del rey, se puso al frente del gobierno de una Francia dolorida y atemorizada por la perspectiva de la invasión.
Las negociaciones para obtener la libertad del rey comenzaron. Se prolongaron durante varios meses. Francisco I daba vueltas y más vueltas en su calabozo. Cayó enfermo e hizo llamar a su hermana y a Carlos V, quien se negaba a verle y a dejarse ablandar por su suerte. Margarita de Angulema fue a hablar con Isabeau, a quien había tomado cariño durante los días felices de la corte de Francia, cuando La Palice la llevaba allí del brazo y la presentaba. Se habían hecho amigas y Margarita le traía frecuentes noticias del rey. Isabeau le dio un frasco de veneno que había traído de Montguerlhe.
«Usadlo contra el emperador si se obstina en negar la libertad al rey», le había sugerido.
Pero Margarita regresó con la seguridad de que sería liberado si superaba su enfermedad. Francisco I se restableció y el emperador olvidó su promesa. Isabeau, y con ella toda Francia, se indignaron.
Apalabras mendaces, Francisco respondió con el engaño. El 17 de marzo de 15 26 recuperó su libertad a cambio de la firma de un tratado. Como garantía, Carlos V exigió canjear al rey por sus dos hijos: el delfín Francisco, de diez años, y su hermano Enrique. Francisco I aceptó, forzado, para salvaguardar su reino. Se separó de sus hijos con el corazón oprimido, volvió a Francia y se burló de aquel tratado que había firmado bajo presión. Tan sólo ofreció al emperador casarse con su hermana Leonor de Austria y un fuerte rescate por sus hijos.
Fueron necesarios tres años más para lograr un acuerdo entre el rey y el emperador. Finalmente, en 1530, los hijos del rey fueron devueltos a Francia y Leonor, viuda del rey de Portugal, se casó con Francisco I.
A lo largo de esos años, Isabeau recibió el apoyo y el afecto tanto del rey como de su hermana. La tienda de Rudégonde prosperó. Francisco mantenía su corte en todos los rincones del reino y se aturdía con fiestas, cacerías y todo aquello de lo que había estado privado durante su cautividad, mostrándose con su nueva favorita, Anne de Pisseleu, cuya ropa interior confeccionaba Rudégonde. De hecho, Rudégonde e Isabeau habían contribuido espléndidamente al rescate real, y Francisco I manifestó su agradecimiento y estima a aquella a quien su difunto amigo tanto había amado. Le propuso desplazarse a vivir a la corte, pero Isabeau lo rechazó. Había conquistado su situación a base de esfuerzo y era consciente de que, gracias a su arte, tenía mucho más poder que aquellas frívolas damas que se contoneaban con sus largos vestidos. En la tienda, las lenguas se soltaban, los rumores de la corte iban y venían, y los secretos mejor guardados le garantizaban, en la sombra, muchas amistades.


Llamaron a la puerta. Isabeau ahuyentó sus recuerdos con gesto cansado. Aquel día Francia estaba en paz y al día siguiente, gracias a su trabajo para aquellas bodas reales, su nombre estaría en todos los labios. Un nombre que el destino le había labrado.
A una indicación de su señora, Bertille hizo entrar una silueta encapuchada. Cuando la puerta se hubo cerrado tras él, su visitante se quitó la capa.
—Cruel Isabelle —dijo a guisa de saludo—. Me condenáis al anonimato mientras Francia entera conoce y respeta mi nombre.
—Clément Marot, sois incorregible —dijo divertida Isabeau, y le tendió la mano para que se la besara.
—Y vos, tan fría mientras mi corazón se consume de amor por vos, que rechazáis incluso mis versos.
—Tenéis muchas otras para seducir, amigo mío, jóvenes y bonitas condesas rendidas a vuestros pies.
—Si sintieseis celos de ellas me haríais feliz...
—En absoluto. Mi edad, bien lo sé, señor, me mantiene al abrigo de un auténtico deseo. Dejadme disfrutar de vuestra amistad. Me resulta más estimable, como le resultaba a mi añorado Jacques.
—Paz a su alma.
—Paz a la mía, señor, que vuestra insistencia sin fundamento divierte e irrita a un tiempo.
Marot se dobló en una graciosa reverencia acompañada por una sonrisa maliciosa. El poeta cuyos versos deleitaban la corte de Francia también sabía callar.
—Deseabais verme. Aquí me tenéis.
—Necesito imperiosamente lo que vos sabéis y los demás ignoran.
—Será cosa hecha dentro de ocho días. El rey de Francia velará en persona por que la estatua de la Virgen mártir vuelva al emplazamiento de la precedente, en la esquina de la rué des DeuxSiciles. Sería bueno que los niños no se acercasen al lugar, Isabelle.
Ésta asintió con la barbilla. Dos años antes, la antigua estatua había sido mutilada y destrozada. París se conmovió y se acusó a los «perros malditos por Dios», aquellos luteranos, aquellos herejes que apestaban el país. Francisco I llegó a prometer mil escudos de oro a quien le entregase a los culpables. Pero nadie se los trajo. Y menos que nadie, los pocos mendigos que habían presenciado el ultraje.
Quienes cometieron la fechoría, convencidos de las teorías de Lutero, de las que estaban imbuidos desde la más temprana edad, fueron Marie y Constant. Y esos dos eran sagrados en la Corte de los Milagros. Clément Marot lo sabía. Era de los suyos. En secreto, pues los días que siguieron los heraldos habían pregonado que quienquiera que hablase mal o renegase del nombre de Dios sería castigado. Según la gravedad de los hechos y el grado de reincidencia, las penas podrían ir de los sesenta sueldos de multa hasta sufrir la perforación de la lengua. Al año siguiente la ley se endureció aún más. En adelante no se toleraría ninguna fechoría. Al segundo escándalo se pronunciaba la pena de muerte. Isabeau tragó saliva con dificultad. No se atrevía a imaginar a aquellos niños estrangulados por la mano del verdugo.
—El preboste tuvo una mala caída del caballo hace unos días, Isabelle. El rey ha nombrado un suplente para sustituirle durante su convalecencia. Entrará en funciones para esta ocasión.
—He oído decir que no hubo tal accidente, ¿no es así? —preguntó Isabelle a pesar de que conocía la respuesta.
—Supongo que han sospechado de su connivencia con los luteranos, porque encubría muchos delitos. Pero nada prueba que se trate de una sanción.
—Naturalmente. ¿Se sabe qué cara tiene nuestro nuevo perseguidor? ¿Será fácil de convencer? —preguntó Isabeau, que no dudaba de que podría comprar el silencio de éste, como había hecho con el de sus antecesores.
—Temo que, muy al contrario, su presencia os resulte incómoda —respondió Marot preocupado—. Parece haber puesto mucho empeño en obtener ese cargo, desde el incidente que siguió al ahorcamiento del barón de Semblancay, en 1527.
—¿Semblancay? ¿El administrador del reino? ¡Lo ejecutaron por robos, falsedad, abuso y malversación! ¿Cuál es la relación con el sustituto del que hablamos?
—¡Los lobos, Isabelle! —Ella alzó la cabeza y detuvo su mirada en la de su amigo—. De la muerte de ese hombre, París tan sólo retuvo mis versos, hasta que su cuerpo fue descolgado del patíbulo y encontrado en un prado de Pantin, despedazado por colmillos, igual que aquel otro que, unos meses antes, había injuriado al rey. En esa ocasión, en pleno corazón de la ciudad. Recordad aquel rumor, que yo no canté, sobre una loba gris que se transformaba en mujer en lo alto de una roca, la noche en que ocurrió aquello, noche de luna llena.
—¡Cuentos del populacho! Ninguna mente en sus cabales ha prestado oído a eso, y el propio rey se burló. Dijo que en los alrededores de la ciudad había menos lobos de los que la corte tenía en sus prisiones. ¿Adonde queréis ir a parar, mi buen amigo?
—Ese suplente es un pequeño señor de Auvergne que, tras la muerte del Borbón, compró sus favores entregando más dinero para el rescate real que ninguno de sus pares. Se cuenta que su hija fue devorada por los lobos junto con su gobernanta, pero que desde entonces él sólo persigue a uno. Un hombre lobo con rostro de mujer.
Isabeau sintió la mala sangre golpear sus sienes. Al verla palidecer, Clément Marot se acercó a ella y le tomó la mano cariñosamente.
—Yo os soy fiel, Isabelle. Cumplo los deseos de vuestro amado, a quien debía amistad porque en una ocasión me salvó la vida.
Vuestros secretos son asunto vuestro y no permitiré que nadie ensucie el nombre que lleváis. No obstante, conozco de boca del propio Jacques de Chabannes el interés que prestaba a los actos de ese hombre. Hubo un tiempo en que me pidió que estuviese atento y que le informase de todos sus movimientos. François de Chazeron está destinado en París, señora. Ignoro cuál es vuestra relación con él, pero he creído oportuno advertiros de sus intenciones.
Instintivamente, Isabeau se llevó la mano al pecho. Por fortuna, la moda había elevado los escotes y la marca del hierro incandescente no podía adivinarse. Sin embargo, en aquel momento le quemaba como si se la hubiesen hecho la víspera. Isabeau se sentó agotada.
—Servios de beber —sugirió mostrando un bufete en donde esperaba una jarra de cristal de fina talla sobre una bandeja de plata, con dos copas a juego.
¿Cómo había podido creer que el pasado nunca la volvería a alcanzar? Se sintió estúpida. Tanto más cuanto que las palabras de Clément habían despertado una duda en ella. Una duda perniciosa. ¿Quién era Marie en realidad? Aunque llevaba la marca...
Isabeau tomó el vaso que le ofrecía el poeta y bebió un sorbo de licor de arándano.
Clément se instaló y la contempló con detenimiento. Conservaba su belleza a pesar de las injurias del tiempo. Se preguntó qué edad podía tener. ¿Cuarenta y cinco, cincuenta años? Tenía un rostro con mucha personalidad, distendido en su óvalo aureolado por un cabello que comenzaba a encanecer bajo el tocado. A pesar del maquillaje, se adivinaban arrugas en la comisura de los labios, en la frente, en torno a los ojos. Sin embargo, la mirada permanecía intacta, esquiva y llena de vida, de un verde tan intenso que parecía musgo.
La alzó hacia él y sonrió. Ahora los unían muchas cosas, por no hablar de su pertenencia al movimiento luterano. El hecho de que su amante, mientras vivió, hubiese mantenido su vigilancia sobre François de Chazeron a través de Clément Marot le impedía mentir. Jacques de Chabannes no depositaba su confianza a tontas y a locas. Nunca le traicionaron las gentes en las que confió.
—Es una larga historia —comenzó.
—Dispongo de todo el tiempo —contestó él arrellanándose en su sillón.


Cuando se despidieron, Clément Marot estaba satisfecho y honrado por lo que acababa de escuchar. Se perdió por las calles de París pensando que, ahora más que nunca, Isabelle de Saint-Chamond merecía todo su respeto.

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