Black and Blood


 
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 Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:24 pm

Capítulo 2


Cuando Philippus detuvo el paso de su asno ante la fortaleza de Montguerlhe, le invadió un indefinible sentimiento de desolación. No por lo que venía a buscar en aquel mes de marzo de 1531, sino porque el lugar sugería abandono.
Del tercer recinto, que ocultaba la fortaleza a las miradas, tan sólo quedaban algunos paños de muralla y aquella puerta cerrada, como una tentación lanzada a los paseantes para que se aventurasen más allá. Pensó que las construcciones de mampostería que había encontrado por el camino debían de haber nacido del pillaje de aquellos muros. Hubiese podido franquear con facilidad lo que quedaba de ellos porque, en algunos lugares, su altura apenas superaba unos codos. Sin embargo, tiró de la palanca que accionaba una pesada campana, en lo alto de la abertura. Luego esperó.
Largos minutos después, un sargento, a juzgar por su atuendo, entreabrió la pesada puerta carcomida, con cara de pocos amigos. Se contentó con mirar de arriba abajo a Philippus para refunfuñar:
—¡El peaje es más abajo!
—Busco a alguien que vive aquí —se apresuró a responder Philippus con su acento germánico, antes de que el hombre volviese a cerrar la puerta.
Este vaciló un momento, sorprendido por lo inhabitual de la demanda, y luego escupió sobre la hierba a sus pies, antes de preguntar a quién venía a ver.
—A vuestra intendente, Albérie de la Faye.
Los ojos del sargento se abrieron de par en par. Rebuscó en una memoria que la inteligencia ni siquiera había rozado, y luego se rascó la barba incipiente.
—¡No la conozco!
Philippus sintió que una ola de angustia le oprimía la garganta. El hombre era joven. Dieciséis, diecisiete años todo lo más.
—¿Dónde está vuestro preboste, Huc de la Faye? —insistió.
—¿El señor Huc? ¿Así que es a él a quien buscáis?
Philippus se sintió aliviado. Asintió con la cabeza.
—Está en Vollore, o de camino.
Comprendiendo que no sacaría mucho más de aquel zoquete, Philippus le dio las gracias y, tras haberse hecho indicar la dirección, volvió a montar en el asno y a espolear su montura. Tenía la cabeza llena de preguntas sin respuesta.


Durante aquellos quince años, Philippus se había sentido aturdido en los campos de batalla, como médico del ejército en los Países Bajos y más tarde en Dinamarca, y había vivido con la insensata esperanza de que una bala perdida le arrancase su dolor de vivir. Había olvidado con la ayuda de la cerveza de las tabernas, tras las faldas de las busconas, derrochando su sueldo, demasiado escaso para otros sueños, en el vertiginoso sucederse de los días. En 1524 volvió a Salzburgo, se apasionó con nuevas ideas y participó en las algaradas obreras, además de escribir algunos ensayos teológicos. Al cabo de un año, abandonó la ciudad de forma precipitada.
Los azares del camino lo llevaron a cruzarse en el de Felipe I de Badén, a quien sanó milagrosamente. Luego curó al secretario de la catedral de Estrasburgo, donde escribió dos libros de cirugía para que quedase constancia sólida de lo que Loraline le había legado, que su memoria, maltratada por una vida disoluta, comenzaba a ocultar.
En 1527, gracias al apoyo de numerosas personalidades, se instaló en Basilea, en calidad de doctor, e impuso sus teorías, aquel saber heredado de curanderos, magos y brujas. Comenzó a profesar en latín y en alemán, provocando el rencor y la inquina de la facultad, de sus colegas y de los boticarios. Cuando, borracho como una cuba, Philippus se burló en público de un paciente con el que se había peleado, la amenaza de una condena del consejo de la ciudad le forzó a huir una vez más. Se instaló en Colmar, donde abrió una consulta. Tampoco allí fue capaz de habituarse a la rutina cotidiana que le corroía por dentro. Se fue a Nuremberg, a una casa donde numerosas prostitutas le instruyeron sobre sus enfermedades. Donde mejor se olvidaba era en la hez del pueblo. Escribió dos obras sobre la sífilis, para tener la sensación de seguir vivo.
Y de nuevo el camino, Beratghausen, Ratisbona, Amberg, Zimmen, Zingall, hasta agosto de 1530. Allí fue donde el destino lo alcanzó. Como le ocurría con frecuencia, en un encuentro casual, en una taberna. Tras varias botellas, había rodado bajo una mesa. Se despertó contra la pared, en plena calle, junto a otro cuerpo tan borracho como el suyo, bajo una pléyade de estrellas fugaces cabalgando una noche sin nubes, ante su mirada vidriosa.
Las estuvo contemplando. Mucho rato. Luego, una voz a su lado se elevó, con un chasquido pastoso de borracho, mientras ante ellos desfilaba la fauna sórdida de los callejones inmundos, de los apetitos nocturnos e irreverentes.
—Cada una de ellas es un alma que pasa a la otra vida.
La imagen era bonita. Philippus la conocía.
—Un muchacho me dijo lo mismo hace mucho tiempo, bajo el cielo de Francia —afirmó tras recordar el rostro de Michel de Nostre-Dame.
—Un hombre me lo reveló hace algunos meses en Montpellier.
Philippus volvió la cabeza hacia su compañero de borrachera. El mismo nombre afloró a sus labios y estallaron en una carcajada. Así acabaron la noche, Philippus enterándose por boca del joven médico que lo acompañaba y que estaba celebrando el final de sus estudios, de su encuentro con Michel, que también se había hecho médico y astrólogo, cuyas profecías relataba toda Provenza. Por fin, el hombre, un tal Seulbach, le preguntó:
—¿No seréis vos, por casualidad, Paracelso?
Philippus asintió.
—Entonces, tengo una carta para vos. Porque ese extraño personaje predijo nuestro encuentro. En una hermosa noche de agosto, en medio de las brumas del espíritu, me dijo: «Lo reconoceréis y le daréis esto».
Philippus, emocionado, guardó el sobre arrugado en el que había un sello de cera con el emblema de Nostradamus. Lo guardó en la manga, con lágrimas en los ojos. Las de los recuerdos, buenos y malos. Las del arrepentimiento. Desde que se fue de Thiers, no había encontrado ni el momento ni las fuerzas necesarias para escribir a Michel como le había prometido. Sin embargo, éste, fortificado por el destino que los unía, no le había olvidado.
Cuando el alba devolvió al callejón su actividad, se separaron, antes de recibir en plena frente el tibio orín de los orinales que en aquellos lugares aún se vaciaban desde las ventanas al arroyo.
Una vez en su habitación, Philippus rompió el sello de la misiva. Era breve:

Os espero, amigo mío. Persigo en sueños imágenes que son vuestras y el peso de un secreto que comparto sin poder aliviaros de él. Y no obstante, lo sé, esas imágenes aliviarían vuestra tristeza, pues me apena saberos tan deshecho, cuando tenéis que llevar a cabo una misión tan grande en beneficio de aquella que os ama.
Vuestro, incondicionalmente.

Philippus se echó a llorar. Más de una vez había sentido la necesidad de volver a ver a su hija, pero había renunciado. ¿Qué podía ofrecerle? Se despreciaba por haberse obstinado en convertirse en lo que era. El vino lo había engordado, el cabello le había clareado, los dientes le habían amarilleado. Se batía contra todos, obstinándose en argumentos y métodos que él sabía que eran salutíferos, que proporcionarían resultados, pero que apenas le daban de comer, tal era el número de críticas que le venían de todas partes. Estaba maldito.
Triste constatación para un padre, cuando adivinaba que su hija, su Marie, estaba al abrigo de cualquier necesidad, protegida como en un estuche, en un castillo que Antoinette de Chazeron había sabido llenar de amor. Tal vez un día, se repetía cuando la pena lo embargaba.
Aquella carta, a pesar de todo, le había turbado. ¿Qué misión podía ser la suya? Su hija ignoraba su existencia. ¿Cómo podía quererle? A menos que Albérie hubiese revelado a la niña su nacimiento. Aquellas preguntas le impidieron dormir.


A principios de septiembre de 1530, su decisión estaba tomada. Montó en su asno, decidido a llegar hasta Provenza, haciendo escala allí donde el destino había destruido su vida.


Un palafrenero cogió su asno por la brida en cuanto le abrieron el paso al castillo de Vollore y lo condujo al paso ante los escalones del imponente edificio al que nunca se había acercado.
Bénédicte salió a su encuentro y, tras recibir su solicitud de visitar a Huc de la Faye, le hizo entrar por las cocinas. Philippus no se azoró. Su atuendo le impedía con frecuencia presentarse en el vestíbulo de los huéspedes de calidad, los cuales llegaban en carruaje, vestidos con sedas y joyas. Su capa de viaje estaba llena de remiendos y la ropa, que la intemperie había descolorido, recordaba vagamente una tela de precio, regalo de alguno de sus ilustres enfermos.
—Deseabais verme, señor.
Philippus se volvió y el rostro de Huc apareció ante él tal como lo recordaba. El preboste había envejecido, su blanca cabellera daba testimonio de ello, al igual que sus profundas arrugas, pero sus ojos y su aspecto general rezumaban vida. Por su manera de mirarle, Philippus comprendió que no le reconocía.
—En efecto, os buscaba.
Huc abrió unos grandes ojos y retrocedió un paso; en los labios de Philippus se congeló la explicación que se había tomado el trabajo de preparar en el camino desde Montguerlhe.
—Esa voz... Ese acento... Por mis barbas, ¿acaso sois, señor, quien creo que sois?
—¿Qué creéis?
—Que hace tiempo un médico se perdió en la borrasca y llegó hasta estas tierras y hoy vuelve a estar aquí, muy cambiado de aspecto, ciertamente.
—En ese caso, creéis bien.
—Sed bienvenido a Vollore... —dijo Huc, tendiéndole una mano amistosa—. ¿Philippus von Hohenheim, si mi recuerdo es exacto?
—Lo es. Ahora me llaman Paracelso —respondió Philippus a la par que estrechaba una mano amiga.
Unos segundos después, llevados por el impulso espontáneo de un pesado secreto, se abrazaron fraternalmente. Luego, Huc se apartó y llamó:
—¡Bénédicte! Tenemos un invitado. Haz que le preparen algo de comer en la cocina y una habitación.
—Antes debo saludar a la señora del lugar —se apresuró a decir Philippus.
Huc lo miró con curiosidad.
—¿Qué sabéis de François de Chazeron, amigo?
—Por desgracia, tan sólo lo que el tiempo no ha borrado. Tenía el deseo de encontrar a vuestra esposa y la esperanza de ver a Marie de Chazeron —añadió Philippus, que ignoraba qué había confesado exactamente Albérie a su esposo.
Huc se puso un dedo sobre los labios para rogarle silencio. Se acababa de abrir una puerta de la sala y una muchacha entraba con una hogaza de pan y una terrina de conejo, seguida de otra que traía jamón y vino, así como por otro muchacho, con los brazos cargados por una aromática tabla de quesos de oveja, frutos y cubiertos.
Prepararon la mesa en silencio, quizá sorprendidos por que se les mirase hacer sin decir palabra y, luego, cuando se retiraban, Huc ordenó:
—Que no nos molesten hasta nuevo aviso. ¡Bajo ningún pretexto!
La muchacha indicó con un gesto que había entendido, ruborizándose un poco, y luego la puerta los aisló del resto de la casa.
—Sentaos, amigo, y contentad vuestro estómago. Veo por vuestro atuendo que la suerte no os ha sido favorable y lo que tengo que contaros puede decirse comiendo.
Philippus se congratuló por ello. Sin hacer remilgos, cortó el pan y clavó el cuchillo en la terrina.
—Tanto Albérie como la niña están muertas para todos —concluyó Huc una vez acabada su narración.
Philippus se preguntó sí debía alegrarse o lamentarse. Había deseado volver a ver a su hija y descubría que la situación en la que la imaginaba no existía y que sólo dependía de él dar sentido a sus sueños.
—¿Sabéis dónde están?
—Por desgracia, París es grande. ¡Han transcurrido tantos años! Ni una sola vez he recibido noticias suyas. ¡Ni siquiera sé si llegaron allí! Hay muchos bandidos en los caminos, aunque la loba los habrá ahuyentado.
—Es curioso que ese animal las haya seguido. No es el comportamiento habitual de esas fieras. Pertenecen a una manada y son solidarias con ella.
Huc movió la cabeza.
—No sé qué lugar habrá ocupado junto a las dos, pero Marie parecía muy apegada a ella. Ambas parecían entenderse muy bien. En realidad, me tranquilizó saber que las seguía. Tenía una extraña mirada. Sí, una extraña mirada.
Philippus bebió un buen trago de vino. Para él no era una sorpresa el apego de Marie a los lobos. Había estado inmersa en su olor, sus gritos y gruñidos a través de las emociones de su madre, durante el embarazo.
Era otra de sus teorías. Estaba convencido de que el ambiente que rodeaba a una mujer durante ese período influía en los sentimientos, las fobias y las afinidades del niño tras su nacimiento.
—¿Qué ha sido de Antoinette de Chazeron? —preguntó por fin, saliendo de su ensimismamiento.
—Se retiró a un convento tras los funerales de Marie. Aún permanece allí. Lo lamento. Era una noble señora. Merecía ser feliz. Por desgracia, la verdad sólo habría servido para destruirla aún más. Le conté que los lobos habían atacado a Marie, que Albérie se defendió con valentía para proteger a ambas y que llegué con dos de mis hombres cuando ya era demasiado tarde. La numerosa manada nos rodeó y los guardias perecieron. Sólo yo, que llevaba una antorcha, había logrado escapar, herido. Se hundió en una locura lúgubre y terrible, negándose incluso a ver los ataúdes que yo traía, conchabado con Bertrandeau, mi viejo amigo. Chazeron no volvió hasta dos meses después. Las sepulturas estaban cubiertas y se contentó con dejar que Antoinette se recluyese en el convento para descansar y rezar. No hizo ninguna pregunta tras oír mi narración. Ignoro si la creyó. Marie no interesaba a François de Chazeron. Seguía soñando con un hijo y acabó por tener uno de una fiel sirvienta, poco después del drama, pero no quiso casarse con la madre. No era digna de su rango. Guillaumet vivió hasta cumplir siete años. Seguía a los soldados a todas partes, era espabilado y alegre, y se esforzaba en parecerse a su padre, quien luchaba al servicio del rey, tras haberse negado a servir al Borbón. La guarnición de Montguerlhe era relevada con regularidad y al niño le divertía aquel movimiento de hombres de armas. Como ellos, Guillaumet había recibido la orden de no beber agua de los pozos. Escapó de la vigilancia y, sediento, se sació de aquella agua. Durante varios días se estuvo retorciendo de dolor y, finalmente, murió. François decidió que Montguerlhe sería olvidado, borrado del mapa. Dejó que lo desvalijasen y tan sólo dispuso tres hombres en la torre de vigilancia.
—Antes, esa agua era potable. ¿Qué ocurrió? —preguntó Philippus desconfiado.
—Tras la muerte de Loraline, acaecida en 1516, Albérie arrojó los cadáveres de los lobos al manantial. Un mes más tarde, las ovejas enfermaron y el corral quedó diezmado. Los hombres también murieron. Se prohibió el acceso al lugar, se desinfectó con cal, creyendo que se trataba de una epidemia transmitida por el ganado, pero aquello se repitió y el herborista de Moutier, mi hermano, llegó a la conclusión de que el agua era la responsable. Prohibió su consumo y se hizo llevar cada mes, con el relevo, agua y alimentos a los que guardaban la torre. Yo me libré de que me llevara pateta gracias a los consejos de Albérie. Aquello enloqueció a Chazeron, quien era consciente de que se trataba de una venganza. Nos separó, me confinó en Montguerlhe, dejándonos vino para paliar la falta de agua, y delegó a mi esposa al servicio de su mujer.
—Ya veo.
—Corrió por el país la leyenda de que el lugar estaba maldito, pero eso no impidió el pillaje del tercer recinto. El invierno de 1523 fue terrible, aquí aún más que en otras partes, y la gente pensó que la piedra les preservaría mejor de las borrascas que unos troncos de madera mal ajustados. Yo animé a François a que les dejase hacer. Ya era hora de que mejorara su situación. A él, en el fondo, le traía sin cuidado. Tenía otras preocupaciones. Seguía perteneciendo a la familia de los Borbones al estar casado con Antoinette. La felonía de ese hombre se volvió contra él. François de Chazeron decidió olvidar su parentela. Se puso al servicio de los ejércitos del rey, ofreció para el rescate de los príncipes todo el oro que había robado a Loraline y se atrajo la simpatía ante su gesto desesperado. Durante su ausencia, me confió la intendencia de sus tierras, además del cargo de preboste. Recé más de una vez para que la muerte le sorprendiese en el campo de batalla, pero parece que el diablo protege a ese bribón, porque se las arregló para salir indemne, sin un rasguño. Chazeron tiene mil caras y sospecho que, en más de una ocasión, compró su vida con alguna traición.
—¿Aún sigue obsesionado con la piedra filosofal?
—Por desgracia, Paracelso. Pero no logró descubrir el secreto. Lleva colgada del cuello la llave de su torre y jamás se separa de ella. Recibió a los alquimistas más célebres para intentar asociarse con ellos, pero no hicieron sino reírse de sus teorías sobre la transmutación de los cuerpos. Ninguna persona sensata puede creer que un lobo pueda transformarse en humano. Mucho menos que de su cópula pueda salir el alkahest. Los que más se rieron fueron los luteranos, a pesar de que había creído identificarse con ellos. Desde entonces les profesa un odio implacable. Ese hombre sólo se ama a sí mismo. Y al diablo.
—¿Dónde está ahora?
—Esperaba obtener un cargo en la corte. Reunió todas las joyas de la familia y encargó al mejor orfebre que labrase un suntuoso aderezo que pensaba regalar en señal de homenaje a la reina de Francia. No tengo ninguna noticia suya desde que se fue, pero eso es algo normal en él, a lo que estoy acostumbrado. Ha llegado a estar dos años sin aparecer ni dar señal alguna de vida. La necesidad de dinero, el descubrimiento de un nuevo tratado o un nuevo elemento para seguir su investigación lo vuelven a traer indefectiblemente. No me quejo. Sin él la comarca está tranquila, las gentes sencillas son felices y los burgueses, prósperos. He aumentado algunos impuestos y disminuido otros en su nombre, saneado las cuentas de los granjeros y puesto orden en sus créditos. Ahora el país tiene la riqueza de lo que es capaz de producir, del saber de sus cuchilleros, pero mantengo las arcas razonablemente llenas, mientras él habría dilapidado su fortuna para aparentar. Pasa muy poco tiempo aquí para apreciar esos hechos. Encuentra lo que viene a buscar y prescinde de todo lo demás.
—¿Por qué os desvivís tanto, Huc? No lo merece —subrayó Philippus.
—La justicia me sostiene, me empuja. François no tiene heredero, Philippus. Cuando falte, estas tierras irán a parar a manos de vuestra hija. Si Dios quiere. Entonces habré redimido con mi lealtad la miserable vida que mi cobardía me ha procurado.
—Sois un buen hombre, Huc, y nadie pensaría en reprocharos nada. Nos conocemos poco, pero Loraline jamás me habló mal de vos. Incluso a veces percibí en sus palabras, que no eran sino el reflejo del alma de su madre, cierto afecto. Hicisteis lo que debíais, sin odio, sin mérito. Me parece que con el amor que habéis profesado a vuestra esposa, habéis redimido vuestras culpas, porque pocos, por no decir nadie, habrían aceptado, soportado y venerado a un ser tan extraño como Albérie. Creedme. Mis pasos me han llevado a numerosos países, he sido testigo de muchas curiosidades, pero nunca vi semejante sacerdocio. Porque a mis ojos, vuestra fidelidad es un sacerdocio. Tengo pocos amigos en este mundo, pero el secreto que nos une y pesa sobre nuestras vidas es de más valor que una simple relación de compañeros de armas. Si mi abrazo os resulta agradable en algún grado, sabed que me enorgulleceré de recibir el vuestro como el de un hermano.
—Entonces, hermano, marchaos y encontrad a esa niña que nos es tan querida, pues los dos, vos por la sangre, yo por la unión, la consideramos nuestra para siempre.
—Lo juro ante Dios, Huc. Si aún vive, la encontraré.
Huc alzó su vaso. Sus miradas febriles se fundieron en un mismo impulso de fraternidad, mientras se saludaban mutuamente con la botella, para luego beber de un trago aquel vino de alianza eterna.


Se separaron al día siguiente, a la hora nona. Philippus llevaba en la alforja tasajo y algunos frutos, así como una bolsa convenientemente provista por el preboste para comprar ropa nueva e información en París.
Philippus no dudó qué camino debía seguir. Si alguien podía conducirle hasta Marie, ése era Michel de Nostre-Dame. Cuando espoleó su asno, se sentía un hombre nuevo. Y, a diferencia de la última vez que había abandonado Auvergne, se puso a silbar, confundido en la riada de mercaderes que se dirigían a Le Puy.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:25 pm

Capítulo 3


Aquel mes de marzo de 1531, París era una fiesta. Isabeau estuvo un buen rato admirando la rué Saint-Antoine, a la que se había levantado el pavimento para el torneo. El rey le había ofrecido un lugar destacado en la tribuna, instalada a lo largo de las fachadas, y reconocía que se sentía orgullosa de que la saludaran como a una dama de alcurnia. La palma de las reverencias se la llevó Anne de Pisseleu, la favorita del rey, pero a quien Isabeau no quitó ojo fue a Diana de Poitiers, ya que el duque de Orléans, el hijo menor de Francisco I, la había elegido como su dama. El la devoraba con los ojos. Con un sensual movimiento de muñeca, ella le envió un beso posado en su mano, como una mariposa en una rosa. Isabeau se propuso lograr que aquella belleza fuese dienta suya. Hablaría con su amiga, Margarita de Angulema, la hermana del rey.
Mientras tanto, París nadaba en la abundancia. Isabeau nunca había visto semejante profusión de asadores, carniceros, reposteros, cocineros, taberneros. Los había por todas partes, y por un testón daban de comer a un hombre. Hasta los indigentes estaban ahitos y lucían sonrosados carrillos. Por todas partes se derrochaba lo suficiente como para que pudieran compartir las sobras con los perros callejeros, los gatos y las ratas, gordas como conejos.
Isabeau buscó a su sobrina con la mirada, pero no la encontró. Marie había prometido quedarse junto a Constant y no hacer tonterías. La muchacha tenía una enojosa tendencia a olvidar que ya no era una niña y seguía con sus bromas, como si le fuese a faltar tiempo para hacerlas todas. Isabeau sabía que era capaz de meterse debajo de las tribunas con Constant y encabritar los caballos tirándoles picapica con cerbatana. No quería correr el riesgo de que los atrapasen y la vergüenza recayese sobre ella. Si en una de ésas, alguien resultara herido, no podría soportar el bochorno. Por no hablar de peores consecuencias, puesto que François de Chazeron también estaba en París.
Lo había visto saludando al rey e inclinarse ante la reina hasta tocar el suelo. El corazón le dio un vuelco, pero se sobrepuso y permaneció digna entre la asistencia. Ya no era la misma, todo el mundo la conocía, y gozaba de la protección del rey. Chazeron no debía inquietarle, tuviese el puesto que tuviese. Además, él la creía muerta. No tema nada que temer. Salvo que Marie cayese en sus manos y él tirase del hilo hasta llegar a su madre y descubrir la verdad. Ahuyentó esa idea. Poseía una casa respetable. No podía hacer nada contra ella. Nada.
Pero el odio y el miedo no se borran así como así. A pesar de sus propósitos, a pesar de sus razonamientos, cuando lo veía sonreír con afabilidad, resucitaban en ella los recuerdos de su perversidad y la cicatriz del pecho le quemaba. A pesar de todo, el día terminó sin sobresaltos e Isabeau volvió a casa aliviada.
La semana de fiestas le había resultado agradable y tenía la convicción de que sus asuntos también irían bien.


Albérie la esperaba en casa. Desde la visita de Clément Marot, unos días antes, no había tenido ocasión de hablar con su hermana. Isabeau se había limitado a informarle de la llegada de Chazeron, sin entrar en detalles. Albérie era un elemento muy activo entre los luteranos y su casa, en la rué Vieille-du-Temple, servía de lugar de reunión. Se congregaban a escondidas con objeto de pasar desapercibidos y no atraerse inquinas. El rey les protegía, pero a condición de que no le obligasen a tener que dirimir una querella o una reyerta armada. Conservaba su inclinación por aquella doctrina, pero condenaba los excesos. Albérie le había tomado cariño al padre Boussart, quien hacía tiempo que se indignaba ante las perversiones eclesiásticas, los desmesurados privilegios de los clérigos y la venta de indulgencias.
Albérie había educado a Marie en ese espíritu, a caballo entre los preceptos de una Iglesia respetuosa con los mandamientos de Cristo y los preceptos de la Corte de los Milagros, donde la niña había encontrado una familia. Una extraña mezcla que había dado como resultado a la muchacha más entera, indisciplinada y trepidante que jamás se haya visto.
—Será esta noche —anunció Albérie mientras Isabeau se quitaba la capa.
—Bien. ¿Estarán todos?
—Sin contar al barón de Etampes, que se ha lastimado en una mala caída, me parece que sí. Pero no veo la necesidad de tantas prisas, Isabeau.
—Porque aún no sabes ciertas cosas. Vamos a mi gabinete. No quisiera que nos sorprendiera Marie.
Albérie inclinó la cabeza y siguió a su hermana escaleras arriba. Una vez que la puerta se cerró tras ellas, Isabeau contempló satisfecha la imagen que le devolvía el espejo enmarcado en plata que tenía delante. ¡Cómo habían cambiado las dos! ¡Qué lejos estaban el corral de Fermouly y la cueva de Montguerlhe!
—¿Quién habría dicho cuando dejé la manada que acabaría siendo más respetada en la corte que cualquier otra dama? Sin tener siquiera un título nobiliario. Se lo debo todo a Rudégonde, al padre, a Bertille y a mi empeño en negarme a morir, a darme por vencida. También a ti te he visto cambiar. Gracias a Marie. Has ganado confianza en ti misma con tu papel de madre, sirves a una causa justa y, como yo, te niegas a ser lo que la fatalidad quería que fuéramos. Nuestras diferencias son nuestra baza desde hace dieciséis años. Pero no se puede borrar el pasado. Mi venganza no se ha cumplido. Creí que ya no me importaba. Me equivocaba, Albérie. Volver a ver a ese hombre, oler a distancia el demonio que lleva dentro, la ha despertado sin que yo pudiera evitarlo. No me cruzaré en su camino, no correré ese riesgo, pero si viene, y estoy segura de que vendrá, quiero estar preparada.
—¿Qué sabes que yo no sepa?
—Eres tú la que tiene que decírmelo, hermana.
—No entiendo.
Isabeau suspiró con impaciencia. Esperaba esa respuesta. Estaba decidida a enterarse de la verdad.
—Clément Marot me ha puesto al corriente de las razones que trajeron aquí a François de Chazeron. La Palice le había explicado quién era ese hombre y le pidió que lo vigilase, cosa que se esforzó en hacer cuando no estaba en la cárcel. Me ha contado una extraña historia: la de una niña y su gobernanta devoradas por los lobos, poco antes de que tú llegases aquí.
Albérie se dejó caer en una silla. Siempre había sabido que un día tendría que afrontar la verdad. Pero, como en otros tiempos, no encontraba las palabras. Lo que le pesaba no era tanto su mentira como la conmoción que iba a provocar.
—Marie lleva la marca —se contentó con decir, como si eso solo bastase para resumir lo inconcebible.
—¿Es hija de Chazeron, Albérie?
—Sí y no.
Isabeau apretó los puños. Algo en su interior presentía una evidencia que no lograba definir. Hizo un esfuerzo por conservar la calma. Albérie parecía descompuesta. Se arrodilló ante ella y le cogió las manos. Las tenía heladas.
—Nos acecha el mismo peligro de otros tiempos, Albérie —dijo con dulzura—, pero esta vez podemos combatirlo. Tenemos mejores armas que François de Chazeron, somos más fuertes, estamos más unidas que nunca. Tengo que saber contra quién lucho. François ha venido persiguiendo a una mujer lobo y también a exterminar a los herejes. Creo que busca a Marie y quiero saber por qué.
Albérie levantó la cabeza. Sus ojos metálicos habían dejado de parpadear.
Cuando hubo acabado de hablar, se levantó en silencio y salió de la estancia como una sombra. Se lo había contado todo, el embarazo de Loraline, Philippus, el intercambio de bebés, el pacto y Ma. Ma, que hacía quince años que ocultaba a Loraline. Le habría gustado quedarse junto a Isabeau pero, con un gesto, su hermana la echó. Sabía que era transitorio, Isabeau digeriría aquellas verdades que derramaban bálsamo sobre sus antiguos lutos. Sencillamente, necesitaba tiempo. Aquello no cambiaría nada. Aquello lo cambiaría todo.
Detrás de la puerta, frente al retrato de su difunto enamorado, Isabelle de Saint-Chamond lloraba.


La reunión fue tormentosa, pero Isabeau dominó el murmullo que siguió a su declaración. Sentada a un extremo de la mesa, volvió a tomar la palabra. En torno a ella, sentados en bancos, una cincuentena de allegados, hombres en su mayor parte, nobles, médicos y comerciantes unidos en una misma causa, guardaron silencio. Sin que nadie pudiese decir por qué, Isabeau se imponía a todos. Tal vez a causa de aquella loba gris a su lado, entre Albérie y Marie, que no le quitaba ojo.
—Creedme, aunque es verdad que ese hombre codicia el oro, también es capaz de la más vil traición. Aceptará lo que le ofrezcáis para enriquecerse sin el menor escrúpulo pero, al hacerlo, mostraréis vuestros rostros y seréis vulnerables. A la menor ocasión, incautará vuestros bienes y os encerrará en Chátelet. Nuestro amigo Clément Marot sabe algo de eso: sin la amistad del rey aún se estaría pudriendo allí. A diferencia de sus predecesores, a quienes pudimos ablandar y mover a clemencia con favores, con François de Chazeron no lo lograremos. Estamos ante un ser contra el que tendremos que emplear la astucia y, podéis estar seguros, pelear.
—Preferiría convertirlo, Isabelle. En realidad, eso es lo más importante de nuestra misión, ¿verdad?
—Tenéis razón, pero no sabéis nada sobre ese hombre, señor Calvino, y no porque yo no quiera hablar del horror de sus vicios éstos dejan de existir. Mi familia es originaria de Auvergne y conocemos la monstruosidad de sus depravaciones, que probablemente incluyen tratos con Satán. Os he reunido aquí para recomendaros a todos prudencia. Juntos constituimos una fuerza al servicio de ideas legítimas. Frente a él, debemos actuar juntos. No toméis ninguna iniciativa aislada. Lo que digo va dirigido sobre todo a vosotros dos —añadió Isabeau apuntando con el dedo a Marie y Constant, al tiempo que les lanzaba una mirada seria y reprobadora.
—¿Por qué no lo eliminamos? —masculló una voz cortante desde una esquina de la sala.
Las miradas convergieron sobre una silueta vestida de negro que se erguía junto a un pilar de piedra. Con una mano sostenía un cuchillo con mango de acero mientras, con la otra, jugaba a probar su filo sobre un trozo de madera del que hacía brotar virutas con parsimonia.
A Isabeau le divirtió el silencio de los burgueses, atemorizados ante aquel rostro sin barba, afilado como su cuchillo, de larga cabellera negra sujeta por un lazo que formaba una cola de caballo bajo la nuca. Aquella mirada de jade se cruzó con la suya y a Isabeau le pareció ver que aquel hombre se divertía.
—No os conozco, señor, pero si sois de los nuestros y se os ha invitado a venir aquí —dijo Isabeau afable—, debéis saber que no estamos familiarizados con el asesinato, porque actuamos en nombre de las Sagradas Escrituras, en las que está escrito: «No matarás». Nos defenderemos si nuestras vidas corren peligro. No creo que ése sea el caso.
—¿Creéis que presidir una reunión como ésta es papel y lugar adecuado para una mujer? —preguntó él burlón.
—Todos lo hacemos cuando nos corresponde, si hay algo que aportar a nuestra misión —respondió Isabeau sin inmutarse—. Decidimos juntos y votamos a mano alzada cada acción. Sólo así lograremos ser eficaces. En cuanto al lugar que ocupo hoy aquí, señor cuyo nombre ignoramos, sepa que lo he merecido por mi responsabilidad en esta ciudad, y desafío a quien sea, aquí o en otra parte, a encontrar algo que objetar.
El hombre se adelantó, mostrando a todos una sonrisa depredadora, y se inclinó ante Isabeau en una profunda reverencia.
—Me llaman Jean Latour, doña Isabelle, y estaría encantado de ser de los vuestros a partir de ahora.
—¿Jean Latour? He oído hablar de vos, en efecto. ¿Se puede saber quién os ha invitado a esta reunión?
—Yo, tía.
Isabeau dirigió una mirada de sorpresa a Marie, quien, ruborizada, acababa de señalarse. No hizo ningún comentario.
—En ese caso, señor, si esta asamblea lo acepta, no veo ninguna razón para rechazar vuestra presencia. En consecuencia, vamos a proceder a votar como mandan las normas. ¿A favor de que este hombre sea uno de nosotros?
Fuera de unos pocos, entre los que se encontraba Juan Calvino, cuya suficiencia a menudo irritaba a Isabeau, la mayoría levantó la mano.
—¿A favor de la muerte de François de Chazeron, tal y como sugiere Jean Latour? —prosiguió Isabeau.
Tan sólo dos manos se alzaron. Isabeau no se extrañó. Se trataba de dos taberneros que habían tenido frecuentes problemas con los anteriores prebostes.
—¿A favor de mantener al suplente vigilado y apartado de toda relación que pueda poner en peligro nuestra acción?
Todas las manos se alzaron. Isabeau se felicitó por ello. Había sabido ser convincente.
—Se cierra la sesión. Señor Latour, no os vayáis, si sois tan amable. Desearía hablar con vos. ¡Contigo también, Marie!
Isabeau saludó a mucha gente y luego la asamblea se dispersó por la escalera que conducía al vestíbulo del alojamiento de Albérie.
En la trémula luz de las velas que iluminaban la espaciosa estancia, cuya intimidad garantizaban las cortinas echadas, Isabeau esperaba que el silencio volviera a establecerse para dirigirse al recién llegado. Éste había guardado su cuchillo y, con una mano firme, cogía el hombro de Constant, a quien susurraba algo.
—Vuestra reputación, señor, es bastante escabrosa, incluso en la Corte de los Milagros —se interpuso Isabeau—. Os describen como un cazador de dotes, matón cuando se tercia, jugador y descreído. En mi opinión es demasiado para un solo hombre, a menos que no sea más que un pálido reflejo de la realidad. También se rumorea que habéis estado encerrado varias veces en Chátelet por diversas fruslerías y liberado, incluso evadido. ¿Podéis decirme de qué conocéis a mi sobrina?
—Por este animal —respondió Jean exhibiendo una abierta sonrisa.
Y señaló a Ma, que se había acercado a él. A Isabeau se le estremeció el corazón y tuvo que refrenar un gesto de ternura. Aún estaba demasiado conmocionada por las revelaciones de esa misma tarde para poder distanciarse del asunto.
—Contadme —farfulló.
Con un gesto, les rogó que se sentaran. La verdad era que necesitaba urgentemente un asiento, porque se sentía deshecha. Marie y Constant se instalaron en el suelo, mano sobre mano, sobre la gruesa alfombra, y Ma fue a instalarse a su lado. Jean Latour optó por un banco sobre el que plegó sus largas piernas. Con la misma desenvoltura que los dos jovencitos, cruzó las manos sobre las rodillas y miró a Isabeau con descaro.
«¿Qué edad puede tener? —se preguntaba Isabeau—. ¿Veinte años? ¿Treinta?» No habría sabido decirlo. Se sentía torpe y ridícula en su sillón, ante aquellos jovencitos que la conmovían.
—Hace tres días, Chazeron, cuyas fechorías habéis explicado con tanta lindeza, echó a sus hombres y perros tras mis pasos, por la denuncia de un celoso que, no contentándose con el mérito de ser cornudo, aseguraba que le había aligerado del peso de una jugosa suma. La acusación era falsa, para mi desgracia, porque estaréis de acuerdo conmigo en que no hay nada más desagradable que no poder gozar de las ventajas de los crímenes de los que se te acusa.
—Estoy de acuerdo —respondió divertida Isabeau, a quien aquel tono liviano devolvía el color a su rostro.
—Así que, con ese bellaco pisándome los talones, me escabullí por la rué de la Farinerie hasta que me encontré rodeado ante la puerta del cementerio. Entré corriendo sin grandes esperanzas. En la entrada de la iglesia me esperaba esta loba. No soy un cobarde, así que decidí vender caro mi pellejo, cuando Marie apareció detrás de Ma y me invitó a seguirla. La puerta de la iglesia se cerró en las narices de los soldados que ya habían invadido el pórtico. Lo que sigue ya lo sabéis: el pasadizo secreto disimulado bajo el altar, la sala subterránea y los gritos de rabia de mis perseguidores, que pusieron todo patas arriba sin lograr descubrir el menor indicio del escondite del rey de los bufones. Vuestros hijos me han adoptado y me han invitado a venir a esta reunión porque, lo confieso, amable señora, ese suplente me exaspera y me amarga la existencia. Me encantaría darle un puntapié en salva sea la parte. En cualquier caso estoy en deuda con los vuestros. Tenéis muchas razones para estar orgullosa de su arrojo.
Isabeau sintió que un puño de acero le oprimía el corazón. Bajó los ojos hacia Ma.
—Lo estoy, señor. Lo estoy —murmuró con una voz alterada por una emoción que le costaba reprimir. Luego, forzándose a controlar sus sentimientos, se levantó—. Es muy tarde. Pronto amanecerá. Necesito descansar. Estáis en vuestra casa, quedaos en ella, pero hacedme un favor a cambio.
Jean Latour aceptó. Se había puesto de pie a su vez y tomó la mano que Isabeau le tendía.
—Es verdad que tienen arrojo, pero son jóvenes e impetuosos, inconscientes de los peligros que corren desafiando la ley. Por razones personales, querría que se mantuviesen lejos de François de Chazeron. Intentad hacérselo entender.
Jean Latour se inclinó y depositó un beso en la ensortijada mano de Isabeau, que algunas manchas marrones arrastraban hacia la vejez.
—Cuidaré de ellos, señora, como si de mí se tratara. Que descanséis bien.
Incapaz de soportar la emoción por más tiempo, Isabeau se retiró sin decir palabra.
Cuando se disponía a salir para subir al coche que la esperaba, Mat que la había seguido, se le acercó y, con una lengua rasposa, le lamió la mano abandonada.
—Perdóname, hija —dejó escapar Isabeau en el frío del alba, con una voz sin timbre que la emoción nublaba.
Luego, la puerta se cerró de golpe y la calle se llevó su secreto.


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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:27 pm

Capítulo 4


La puerta se abrió súbitamente en el momento en que Philippus se disponía a golpearla con la aldaba de bronce. Los dos brazos de un hombre alto y de complexión vigorosa se tendieron hacia él y lo estrujaron en un impulso espontáneo y fraternal.
—¡A la hora exacta! —exclamó una voz que no reconoció, pero cuyo origen sí conocía.
Estrechó calurosamente aquella masa humana que descubría al redescubrir a su amigo, mientras Michel de Nostre-Dame, alegre y encantado con su sorpresa, proseguía visiblemente feliz:
—¡Vive Dios que me encanta esta ciencia, amigo! ¡Y qué delicia todo este tiempo que os he estado esperando sabiendo que veníais!
—¿Y eso os da derecho a espachurrar de ese modo a un viejo como yo? —bromeó Philippus, entregado al disfrute de aquella efusión característica de los provenzales.
—¡Vive Dios que no, aún no os ha llegado la hora! ¿Habéis tenido buen viaje? —dijo Michel aflojando su abrazo y bajando la voz tras una sonora risotada.
—¿No lo sabéis? —volvió a zaherir Philippus mirando de hito en hito al hermoso hombre que tenía ante él.
Del niño que había dejado, sólo reconocía la mirada penetrante, astuta, clarividente, y los dos hoyuelos. Era como si nunca se hubiesen separado.
—Naturalmente que sí, y siento no haber tenido la suficiente presencia de ánimo para indicaros mi nueva dirección, forzándoos a una peregrinación que ha retrasado vuestra llegada. Pero qué queréis, aún controlo mal esas visiones y a menudo la impaciencia le gana la partida al sentido común, cosa singular cuando se lucha con el significado oculto de los sueños de los que, buenos o malos, uno es esclavo. Doy fe de ello.
Una nueva carcajada celebró aquella perorata. Philippus le miró reírse de sí mismo, recuperando con aquel espíritu brillante, burbujeante y burlón, toda la felicidad de su primer encuentro. Una serena felicidad lo invadió y borró de un solo golpe toda la tristeza de aquellos largos Años sin objeto.
—Me hace feliz que nos volvamos a ver, Michel. Feliz de verdad.
—¡Vive Dios que a mí también, Paracelso! —encareció Michel usando una fórmula que le parecía personal—. Vamos, entrad. La mesa está puesta y h cama, caliente. En septiembre, las noches refrescan. Ya veis, el tiempo es desconcertante. Está uno anonadado por el calor y, de pronto, se encuentra tiritando. ¿Sabéis que muchos enfermos vienen a verme alarmados por ese síntoma, de tan asustados como están con la peste que asuela el país? Estoy trabajando en una medicina, pero necesitaré aún largos años para obtener resultados. A pesar de todo, reconforta saber que la perseverancia acaba por ser rentable. Pero no es eso lo que os trae por aquí y no quisiera que habláramos esta noche de ello. He de mostraros algo. Así sabréis como yo que, hagamos lo que hagamos, el azar no existe. ¡Venid!
Philippus se dejó guiar a través de una puerta hasta una estancia cuadrada en la que ardía un fuego de chimenea. A la luz de los faroles, una mesa cubierta de manjares esperaba para saciar su apetito.
La casa era pequeña, sencilla, pero tan acogedora como la de Saint-Rémy-de-Provence, cuyo recuerdo había conservado intacto. Se sintió en su hogar, como si hubiese pasado todo aquel tiempo buscando aquel asilo sereno, aquella concha en donde su dolor pudiese perder sentido.
Comieron el uno frente al otro, mientras Philippus colmaba el vacío de aquellos años oyendo a Michel contar su itinerario vital.
Hasta 1520, Michel había estudiado medicina en Avignon. La peste interrumpió sus estudios. Entonces se consagró al estudio de las hierbas medicinales y a la farmacopea, siguiendo paso a paso el contagio para instruirse y combatirlo. Hasta octubre de 1529 no se volvió a inscribir en la Facultad de Montpellier. Aquella epidemia que había asolado el Languedoc, la soñó unos años antes: se vio inclinado sobre los montones de cadáveres, aunque no tenía mucho poder para verse a sí mismo, tomando muestras de sangre y piel que guardaba en frascos, para analizarlas después. Así es como encontró fuerzas para emprender sus investigaciones, seguro de que no moriría de la enfermedad, a pesar de su abnegación con los enfermos.
En cuanto a los sentimientos, no percibía nada. Había sufrido demasiado con lo que había visto antes de que Philippus lo abandonase para ir a Auvergne. Sin embargo, no lo intentó, no supo, no quiso modificar el curso del destino. Sabía que no tenía derecho, como si la mano celeste le hubiese amordazado contra su voluntad, imponiéndole saber para prepararse a afrontar los acontecimientos, no para cambiarlos. Nadie tenía poder para hacerlo. Durante mucho tiempo, se había sentido culpable de haber arruinado aquella vida con su silencio. De forma que, sin pretenderlo, levantó una especie de barrera en su interior que impedía que las visiones que le concernían pudiesen perturbar su propia existencia. No quería sufrir antes de que las cosas ocurriesen, y tampoco quería adelantarse a las alegrías. Salvo en lo tocante a Philippus. Supo que había llegado el momento de una extraña manera.


A pesar de la impaciencia que leía en los ojos de su compañero, Michel ahuyentó aquel recuerdo con un gesto de la mano.
—Mañana, amigo. No creáis que haciéndoos esperar pretenda darme una importancia que no tengo. Se trata de circunstancias particulares. Mañana, la configuración de los astros será propicia para esas revelaciones, pues otras nuevas vendrán a colmar las lagunas, a responder los interrogantes. Lo sé. Precipitarnos podría provocar la modificación de vuestro destino y, tal y como os he dicho, Dios todopoderoso me dio este don particular con esa única condición. Es mi deber de cristiano someterme a ella. Si pervirtiese mi fe, perdería mi alma.
—Esperaré —dijo Philippus.
—En ese caso, dejad que os enseñe la extraordinaria figura que dibuja vuestra carta astral.
Tan fascinado por el hombre como lo estuvo por el jovencito, Philippus subió tras él las escaleras de madera que llevaban al piso. Daban a una única pieza, del tamaño de la sala en la que habían comido. Un pequeño pasillo conducía a las letrinas que sobresalían en la fachada, sobre la calle, en una protuberancia arquitectónica que Philippus había observado en todas las callejuelas de la ciudad. Un simple agujero en el suelo dejaba ver la reguera que corría junto a las casas, a cielo abierto. No era de extrañar que la peste se extendiera por todas las regiones de Francia. Para combatir aquel mal, estaba persuadido de ello, había que sanear las ciudades construyendo una red de alcantarillado.
Michel había intentado convencer a los habitantes de su calle para que siguiesen su ejemplo: echar en un cubo de agua un puñado de cal y volcarlo en el desagüe donde se evacuaban los excrementos para acabar con los gérmenes. Pero muchos vecinos se reían de él. La lluvia lavaba el adoquinado y lo arrastraba todo hacia la plaza, donde se reunían los regueros fecales. Allí, un pozo los sumía en tierra. ¡Era más que suficiente!
La higiene no preocupaba mucho ni al pueblo ni a los burgueses. Además, ¿no se decía que lavarse producía dolor de cabeza y flojedad de vientre? En algunas regiones de Francia, los tópicos eran legión. Desde la guerra de los Cien Años, se había perdido el sentido común y la medicina se enfrentaba a un retroceso que favorecía las epidemias.
Ese intercambio de puntos de vista los mantuvo ocupados un buen rato y Philippus constató con satisfacción que, en muchos aspectos, su amigo se le parecía. Seguramente también él tropezaría con la oposición de muchos colegas y le sugirió que, tal y como él había hecho, afianzase sus teorías con un viaje a Egipto, en donde él había encontrado tantas respuestas y descubierto tantos secretos. Michel le prometió hacerlo en cuanto pudiese.
—Por el momento, mirad esto.
Inclinado sobre su mesa de trabajo, extendió ante Philippus una carta astral que la cubría por entero y sobre la que numerosos signos se mezclaban con cifras, círculos y puntos. Philippus, que había estudiado astrología, se interesó nada más verlo.
—Mirad, Philippus —insistió Michel siguiendo una línea que unía puntos y signos—, hasta qué punto vuestra carta es poco corriente. La noche en que nacisteis, hubo elementos que se encontraban en una extraña posición en el cielo. Mercurio en ocho, Venus y Saturno en cinco y doce...
—¿Cómo demonios habéis podido...? —preguntó Philippus abriendo los ojos sobre el curioso dibujo que aparecía ante él.
—Yo, Paracelso, me he limitado a hacer una carta astral como tantas otras. Apartaos y lo veréis mejor.
Philippus obedeció y Michel acercó las velas a las cuatro esquinas. Entonces tuvo una visión de conjunto del dibujo que formaba aquella maraña astral sobre la hoja. Se le encogió el corazón. Ante sus ojos incrédulos, ocultando los signos que la componían, destacaba una cabeza de lobo distintamente dibujada.
—Increíble —balbuceó.
—Lo más extraño no es eso. ¡Lo más extraño es esto!
Michel cogió una pluma y unió varios puntos entre ellos, desde las orejas del lobo hasta la parte baja de la hoja. Cuando los trazos se unieron, formaron una cadena terminada por una cruz.
Philippus volvió a inclinarse sobre el pergamino, atónito. No entendía lo que aquella cabeza significaba, pero le turbaba porque en ella veía la marca de lo que había vivido y aún le obsesionaba.
—Creedme, Philippus, desde que era niño, he compuesto decenas de cartas de todo tipo, para gente muy diversa. Nunca, me oís, nunca he visto una cosa así. Sin embargo, eso no es todo. La próxima noche, esta configuración volverá a ser visible. ¡Por eso no creo en el azar! Juntos retiraremos el velo de este misterio. Desde que nos conocimos, he consagrado mucho tiempo a comprender, a interpretar los signos, a intentar explicar por qué nuestros caminos se han cruzado, qué enseñanzas podéis aportarme, cuál sería el precio y cuál la recompensa. He tenido que efectuar muchas investigaciones para llegar, de manera fortuita, a esta evidencia, porque lo descubrí por azar, cuando me aparté de la mesa para estirar mis miembros entumecidos: vuestro destino está unido al de un lobo.
—Algunos pueblos hablan de vidas anteriores...
—He oído esas teorías. La Iglesia católica las rechaza.
—Sin embargo, hay brujos que también lo mantienen. Me parece que la Iglesia tiene miedo. En Alemania, Lutero ha sugerido la hipótesis de una posible reencarnación que aseguraría la pervivencia del alma. Todo el mundo se ha indignado contra él. Ha abandonado la idea porque se opone radicalmente a los conceptos de Infierno y Paraíso. Si, a pesar de todo, admitiéramos esa posibilidad, ¿creéis que mi alma ha podido ser la de un lobo? Porque los lobos tienen alma, Michel. Lo sé porque he vivido entre ellos. Conocí a una mujer que tema el poder de transformarse en loba las noches de plenilunio. ¡Qué interrogantes tan extraños y obsesivos!
—No tengo respuesta a eso, Paracelso. Esta cruz tal vez represente la voluntad de Dios. Poco después de esa revelación, me encontré con aquel joven médico que acababa de obtener su título. Sabía que también él acabaría por cruzarse con vos y que haría que vinieseis aquí para que pudiésemos encontrar juntos la clave del enigma. ¿Sabéis por qué? Ese hombre llevaba una bolsita a la cintura. Me había cruzado varias veces con él en la facultad. Aquel día resbalé al pisar una hoja húmeda y caí sobre él. Al saquito se le rompió la cinta que lo ataba y desparramó por el suelo de la facultad los ocho dados que contenía. Me incliné para ayudarle a recogerlos: al caer habían formado la letra «P».
—¡Qué coincidencia...!
—La mano del destino, más bien. El azar no existe. Todo está escrito.
—En la obra de Dios...
—Quiero creerlo porque soy cristiano, pero muchos pueblos no creen en Dios, ni siquiera saben nada de su existencia y, sin embargo, crecen y su destino también está trazado. Es seguro que la verdad es más vasta, pero es tranquilizador imaginarlo así, confiar a Dios el cuidado de haber creado todas las cosas y de conocer su fin. Bueno, ahora hay que dormir. La noche nos atrapa en sus redes y el alba está a punto de despuntar. ¡Cuántas cosas teníamos que decirnos! Mañana me contaréis toda vuestra historia y luego esperaremos a que la oscuridad envuelva la ciudad, el país y el mundo. Entonces hablarán los astros.
Se echaron en la cama el uno junto al otro y cerraron los ojos para sumergirse en el abismo de la perplejidad. A diferencia de Michel, Philippus no logró dormirse. Tenía la sensación de que, desde la mesa de trabajo, la mirada del lobo velaba su descanso.


No obstante, cuando abrió los ojos, Michel ya no estaba a su lado; la estancia estaba inundada por la luz del día, las campanas de la catedral llamaban al oficio y un olor de carne asada despertaba su apetito. No recordaba haberse dormido, aún conservaba en la conciencia el canto del gallo mientras una claridad rosácea invadía el interior de la habitación.
Se desperezó dolorosamente. A fuerza de dormir en el suelo, no estaba muy acostumbrado a aquellos colchones demasiado mullidos, tan confortables que uno se sentía aspirado, fundido. Se despertaba siempre anquilosado. Se levantó, alivió su vejiga demasiado llena preguntándose si el agujero, a dos metros del suelo, podía impedir que su orina salpicase a los transeúntes y se echó a reír al pensar en aquella tontería. A pesar del interrogante que Michel había traído a su vida, se sentía de un humor excelente. Deseaba encontrar a su hija cuanto antes, lo que resultaría fácil con la idea de Michel. Por eso había venido. Bajó la escalera con paso ágil y, para sorpresa suya, se topó de frente con una anciana que traía una bandeja con un par de huevos y una rodaja de tocino hecha a la parrilla.
—¡Ya estáis despierto, señor! —dijo la anciana con tono de reproche—. ¡Os habéis saltado el oficio! Dios os castigará.
Philippus se contuvo para no decirle que tenía cosas más graves sobre la conciencia y se limitó a cogerle la bandeja que, según todas las apariencias, le estaba destinada.
—¿Dónde está Michel de Nostre—Dame? —preguntó tras haberle dado las gracias amablemente.
—¡En la iglesia! —afirmó ella como si se tratase de algo evidente. Y luego, volviendo a su agrio tono de vieja beata, tras santiguarse, le espetó—: El señor de esta casa cumple sus deberes para con Dios, no como otros...
—No me encontraba bien, señora, el Señor me lo perdonará, sin duda. ¿Cuándo volverá Michel de Nostre-Dame?
—Dentro de una hora debe recibir a un enfermo.
Philippus torció el gesto. Michel le había asegurado que le dedicaría el día. Se llevó la bandeja a la cocina donde habían cenado la víspera, y se disponía a dejarla sobre la mesa cuando la sirvienta rezongó:
—¡Ya se ha hecho la limpieza, caballero! Tenga la amabilidad de comer sin ensuciar nada.
Philippus suspiró irritado, pero asintió.
Se dejó caer en un banco y comió con excelente apetito. Un momento después, la vieja Margot ponía ante él un vaso rebosante de apetitoso vino y estiraba sus labios secos en una tierna sonrisa, mientras él le daba las gracias. La ablandó lo bastante como para obtener de ella algunas confidencias y, cuando Michel apareció en el umbral, ya sabía que Margot venía todos los días para ocuparse de la casa y la comida, a cambio de unas cuantas monedas y atención médica gratuita para ella y su familia.
Más tarde, Michel le confió que le preocupaba una de sus vecinas. Estaba embarazada y quería que también él la examinase para conocer su opinión.
—Está de ocho meses y sangra con frecuencia. No ha adelgazado, pero cada día está más pálida. Me preocupa y no sé qué le pasa. El niño se mueve con normalidad.


Cuando la joven llegó, apoyada en su madre, Philippus no tuvo muchas dudas sobre el diagnóstico. Una ligera palpitación le confirmó sus sospechas. El niño había roto la bolsa placentaria y el líquido los estaba pudriendo a ambos. Seguro de lo que hacía, la hizo tumbarse sobre la mesa de la cocina y le administró un medicamento de su invención, obtenido mezclando beleño negro y lúpulo, entre otras sustancias. Cuando la paciente estuvo dormida, le abrió el vientre de lado a lado. Michel le asistió con eficacia, orgulloso de la precisión de gestos de su amigo, sin cuestionar ninguna de sus iniciativas.
Unas cuantas horas más y la criatura, una niña, habría nacido muerta. Philippus la envolvió en un paño tibio y la confió a su abuela, mientras Michel cauterizaba la hemorragia, limpiaba la infección y cosía a la infortunada que seguía inconsciente. Nunca había visto traer un niño al mundo de aquella forma.
—Aprenderéis muchas otras cosas en Egipto, amigo mío —aseguró Philippus—. Sería prudente que la paciente se quedase aquí esta noche para controlarle la fiebre, porque seguramente la tendrá. Para que la niña viva, necesitará una nodriza. La leche nunca sube cuando se hace una intervención contra natura. También necesita el contacto con su madre. No las separéis y cuidad de mantenerla al calor.
Antes de que terminase el día, habían instalado un jergón de paja junto a la chimenea, y la madre y la hija, salvadas de forma milagrosa, dormían apaciblemente, una contra otra, veladas por la abuela, que, con lágrimas en los ojos, había bendecido mil veces a los dos médicos. Michel y Philippus se relevaron hasta el alba para reducir la fiebre. Cuando ésta bajó de golpe, supieron que la mujer estaba fuera de peligro. La niña era enclenque, frágil, pero vivaracha, y Philippus no pudo evitar ver en ello una nueva señal del destino. ¿No era así como había visto a la suya por primera y última vez, cuando asistió a su madre en el parto? No lo había olvidado.
Cuando se reunió con Michel en la habitación del piso, se confió a él, con una viva emoción visible en sus manos cansadas. Michel se limitó a inclinar la cabeza en señal de asentimiento.
Le invitó a que le contase su historia con todo detalle y mantuvo los ojos cerrados sobre las imágenes que ésta despertaba en su imaginación. Philippus no se detuvo hasta después de contar las últimas revelaciones de Huc de la Faye. Era noche cerrada. Estaba agotado. A la mortecina luz de las velas, Michel, tumbado sobre su lecho, se dejaba absorber, disolver en una impalpable sucesión de emociones y colores. Algunas voces se mezclaban con sonidos difusos, con alientos. Un viento glacial le hacía tiritar inmerso en la sensación de una carrera desenfrenada y luego, de repente, encaramada sobre el espolón rocoso que dominaba un mar de cadáveres, descubrió la loba. La loba gris de la cadena de oro. El animal volvió hacia él su mirada esmeralda, se acercó para adentrarse en su propia mirada y fundió su alma con la suya.
Michel abrió los ojos de par en par y aulló.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:29 pm

Capítulo 5


—¡Venga, vamos, no seas vago, Constant! —apremió Marie.
—Tu tía nos lo ha prohibido, Marie. Si se entera, nos castigará.
—¿Y quién iba a decírselo, tonto? ¡Vamos! ¡Sin ti sería menos divertido, pero te advierto que iré de todas maneras!
—¡Ah, las mujeres! —protestó Constant dando una patada a una piedra que la calzada había olvidado allí.
Puso los brazos en jarras y frunció el ceño. Claro que le apetecía aquella barrabasada, pero no lo veía claro. Habían reforzado la vigilancia de la ciudad y a aquella hora todo el mundo dormía en París. ¡Harían mejor imitándoles!
Marie mariposeó a su alrededor, llena de gracia a pesar de la ropa de pordiosera que se había puesto para la circunstancia. Así se camuflaba mejor por los rincones de las callejuelas en una noche sin luna como aquélla y, si por azar tenían que tirarse al suelo para no ser vistos, no se arriesgaba a manchar ni a rasgar su ropa buena.
—Si me acompañas te daré un beso —dijo acercándose a él hasta rozarlo.
Constant sintió que el corazón se le aceleraba, algo que casi le asombró, y luego apartó a la joven.
—¿Qué ganaría con ello?
—¡Mucho, puedes creerme, a juzgar por lo que a mí me gusta!
Y rápida como el rayo, se le acercó, depositó un fugaz beso sobre sus labios y retrocedió inmediatamente conteniendo la risa. A pesar de la oscuridad, Marie adivinaba la turbación de Constant.
—¿Qué tal? —preguntó con voz lánguida y convincente.
—Nada —gruñó él, con los sentidos alerta.
No podía negar que Marie le atraía. Habían crecido juntos, hecho trastadas juntos, pero su cuerpo manifestaba ahora la necesidad de otros juegos y, aunque estaba seguro de que Marie sentía lo mismo por él, siempre se enfadaba cuando ella lo tomaba a broma.
—Eres un aburrido, Constant. Peor para ti —dijo decidida.
Cogió una boñiga de caballo con las manos y avanzó a la descubierta hasta la esquina de la rué des Deux-Siciles en donde, hacía muy poco, el rey Francisco acababa de reemplazar la estatua de la Virgen que habían mutilado dos años antes.
Marie apuntó. La boñiga fresca abandonó sus dedos y aterrizó en forma de plasta viscosa en la cara de la Santa Madre. Contuvo un grito de júbilo y lanzó una mirada hacia atrás. Pero la oscuridad era demasiado densa y le impedía ver a Constant. Sin embargo, ella sabía que él no podría contener por mucho tiempo las ganas de sumarse a ella. Se agachó, arañó el suelo allí donde sabía que había excrementos y volvió a hacer puntería.
El grito de Constant la detuvo en el momento en que lo volvía a intentar:
—¡Marie, los soldados! ¡Los soldados!
Los vio al mismo tiempo que sus faroles. Rápida como el rayo, se alejó en dirección opuesta, segura de que Constant ya se había esfumado. Corrió un momento con las faldas tan recogidas como pudo, sintiéndose acosada por el aliento de los perros lanzados tras su rastro. Conocía París como la palma de la mano. Sabía perfectamente adonde iba. No era la primera vez que salía por piernas.
Pero esta vez cayó al suelo todo lo larga que era tras tropezar con una zancadilla interpuesta en su camino. Una mano poderosa la agarró levantándola al aire en el momento en que los perros llegaban a su altura. Se debatió con todas sus fuerzas, pero la mano en su espalda no aflojó.
—Soltadme. Me van a devorar. ¡Por favor!
La cara que el farol le desveló le hizo lamentar haberse atrevido a quejarse. Los animales seguían ladrando, pero no atacaban. Bastaba la presencia de su dueño para aplacarlos. El guardia se unió a ellos, sin aliento.
—Es nuestra presa, señor. Es una suerte que pasaseis por aquí.
—¿Una suerte, decís? —El timbre de la voz era glacial, presuntuoso, altivo—. ¡Si comieseis menos estaríais más atentos!
Marie contuvo la risa. No era el momento, aunque pensase que el hombre tenía razón, afortunadamente para ella.
—¿Qué ha hecho? —preguntó el hombre.
—Ha profanado la estatua mártir, señor preboste.
A Marie se le heló la sangre en las venas. Aquél era el sustituto del preboste, el individuo contra el que su tía les había puesto en guardia. Estaba en una situación comprometida. «¡Ojalá Constant no esté demasiado lejos y se le ocurra avisar a los mendigos!»
—¡Vamos a ver qué es esto!
François de Chazeron soltó a Marie con un empellón que la hizo caer de golpe sentada en el suelo apestoso. Los soldados estallaron en una sonora carcajada. Marie no sabía si debía hacer otro tanto. Tenía la extraña sensación de que lo único que conseguiría hablando sería perjudicar su causa.
—¿Qué pensáis hacer con ella, sargento?
—¡Llevarla a Chatelet y cortarle las manos!
Marie se echó a temblar. Aquél era el castigo de los ladrones. Se decidió a implorar clemencia. Se arrastró a cuatro patas hasta el preboste, se puso de rodillas y le ofreció un lamentable espectáculo, sucia, despeinada y con la cara tiznada. Juntó sus pequeñas manos en una súplica.
—Por favor, señor. Ha sido una broma de mal gusto, inspirada por algún demonio, y le pido perdón por ello a Dios todopoderoso. Iré ahora mismo a hacer penitencia a Sainte—Genevié—ve, que está aquí cerca, y rogaré por vos tanto como deseéis. Pero ¿cómo podría hacerlo si no puedo juntar las manos para orar al Señor?
Las risotadas de los soldados redoblaron en fuerza y Marie sintió una rabia sorda golpearle las sienes. Sin embargo, hizo un esfuerzo por aparecer contrita y aureoló su rostro con la sonrisa más angelical del mundo.
—Sin duda tienes razón —afirmó François de Chazeron cortando en seco la hilaridad de sus hombres—. Las manos son muy necesarias a las mujerzuelas de tu especie. Lleváosla y disfrutad de ella. Luego podéis soltarla, las cárceles ya están suficientemente llenas.
Un rumor de aprobación partió de los tres hombres.
—Piedad, señor. Aún soy virgen —aventuró Marie en un último arranque de sinceridad.
—Tanto mejor —se mofó François de Chazeron—. Esta noche será tu iniciación, y apuesto a que te gustará.
Y dejando que el sargento atase las muñecas de Marie, se apartó del grupo, llamó a los perros para que lo siguieran, volvió la espalda y se fue, satisfecho de su sentencia.
Unos instantes después, Marie, con las manos atadas por una cuerda a la perilla de la silla del sargento, seguía con paso rápido el trote de los caballos, con los ojos arrasados por lágrimas de rabia e impotencia. En aquel momento habría descuartizado no a aquellos policías, sino a su jefe, a François de Chazeron, aquel cerdo pretencioso.
Avanzaban junto a la ribera del Sena cuando el sargento detuvo su caballo.
—Alto —dijo.
Marie se alegró. Aquel paso que no era el suyo, aquella incómoda postura, la habían agotado. El lugar estaba desierto. Tan sólo se oía el rumor del chapoteo del río contra la fina hierba de la orilla, más abajo.
—¡Esta silla me calienta la sangre! —dijo el sargento echando pie a tierra—. Ya tengo bastante. Este lugar es ideal y, además un buen baño quitará la costra de porquería a la doncella. ¡Pie a tierra, soldados!
Y acompañando sus palabras con actos, saltó al suelo, desató la cuerda y la enrolló en torno a su mano. Con la otra, sacó la espada, apoyó la punta en el pecho de Marie y, con un movimiento seco, cortó las lazadas del corpiño.
—Retrocede y báñate —ordenó mientras seguía aplicándose a cortar las presillas que todavía retenían los dos paños abiertos del ajustador.
Los menudos pechos blancos y redondos de la muchacha se afirmaron en la penumbra. Para escapar a su lúbrica mirada, Marie obedeció y se introdujo en el río. Le ardían las pantorrillas y, en cualquier caso, lo mejor que podía hacer era ganar tiempo. Muchos miserables recorrían las orillas del Sena, tanto de día como de noche. Al amparo de la oscuridad, resultaba fácil hacer alguna pesca milagrosa y gratuita. Todos la conocían. Podía contar con su ayuda.
Se remojó durante unos minutos y luego volvió a sentir que tiraban de ella. El baño de agua fría le había devuelto la vitalidad y la sensación de cansancio había desaparecido de sus piernas. Estaba decidida a defenderse.
Un tirón seco la proyectó hacia delante. Desequilibrada, cayó de rodillas en el fango de la orilla, furiosa. Quiso incorporarse, pero el sargento no le dio tiempo. Una patada en la barbilla la envió rodando sobre el costado, atontada tanto por la violencia del golpe como por la sorpresa. El hombre se tumbó encima de ella sin miramientos, alentado por las risotadas de sus comparsas.
Marie se arqueó bajo su peso e intentó rechazarlo mientras él le manoseaba los pechos gruñendo.
—¡Estate quieta, zorra!
Pero eso no hizo sino aumentar su rabia. En el momento en que él le besaba el pecho trepidante, Marie le tiró del pelo con ambas manos y le mordió con todas sus fuerzas. El hombre dio un alarido. De inmediato, otro vino en su ayuda, cogió a Marie por las muñecas y la obligó a soltar su presa a la par que le ponía en el cuello el filo de la espada.
—¡Basta! —gritó—. O te desangro como a una gorrina.
—¡Este demonio me ha arrancado la oreja! —vociferó el sargento, que se había puesto de pie y se llevaba la mano a la herida.
Iracundo, le dio una violenta bofetada. Marie no se inmutó. Tenía la espada demasiado cerca del cuello.
—¡Sujétala! ¡Acabemos de una vez! Morirás —añadió sobre los labios de Marie.
Le separó violentamente los muslos, con la respiración ronca y un reguero de sangre corriéndole por el pelo pegajoso. Marie apretó los dientes. En aquel momento no habría sabido decir qué le intimidaba más: la cólera, el espanto o aquellas uñas que se le clavaban en las caderas.
El sargento no tuvo tiempo de hurgar en su vientre. Se desplomó sobre ella y Marie recibió en pleno rostro el chorro de sangre que le brotó por la boca abierta. Al instante, oyó un grito acompañado de un chapuzón. Las manos que aprisionaban sus muñecas también la soltaron y Marie percibió el golpe sordo de un cuerpo al desplomarse.
Con un estertor de victoria, apartó el cadáver que aún tenía encima y cogió la mano que le tendían. Sabía que era una mano amiga. Hacía unos segundos que había dejado de tener miedo. La noche le había traído un olor familiar. Mientras se incorporaba, Ma salió del agua y se sacudió repetidamente. Sin embargo, para sorpresa de Marie, no fue Constant a quien encontró delante de ella, sino a su nuevo amigo: Jean Latour.
—¿Te han hecho daño? —se limitó a preguntar.
—Nada irreparable. ¿Dónde está Constant?
—¡Aquí! —respondió la voz del muchacho que limpiaba la hoja del machete en su jubón mientras se adelantaba hacia ellos—. No debemos permanecer aquí. La guardia patrulla por los alrededores de Chátelet, si la luna se descubre nos verán.
—¡Larguémonos! —aprobó Marie mientras se recogía la falda.
—¡Espera! —la detuvo Jean.
Galantemente, retiró de sus hombros la capa negra que los envolvía y cubrió con ella los de la joven. Marie se ruborizó. Había olvidado su desnudez. Bajó los ojos para no cruzarse con la mirada de Constant y Jean, y apretó la capa contra su pecho.
—¡Ma! —llamó, pero la loba ya estaba pegada a su muslo.
Acarició con ternura su hermosa cabeza y se lanzó a la carrera por el camino, con sus dos amigos tras ella.


Cuando Isabeau entró en casa de su hermana, estaba furiosa. El alba despuntaba sobre los tejados de París y Constant había ido a su encuentro para avisarle.
Albérie la recibió tranquila, acompañada por Jean Latour.
—¿Dónde está Marie? —preguntó indignada.
—Está durmiendo —la tranquilizó Albérie—. Todo va bien. Han intervenido a tiempo.
Pero Isabeau tenía una chispa de locura en la mirada. Aquella chispa que Albérie había descubierto tantas veces después de la humillación que le infligiera François de Chazeron. No tenía delante a Isabelle de Saint-Chamond, sino a Isabeau la de las lobas, ante sus propios demonios.
—Cálmate —impuso Albérie—. La pequeña está a salvo. Ma no habría permitido que le sucediera nada malo. Cálmate —repitió.
No obstante, a Isabeau le costaba tranquilizarse. Sus ojos iban de la loba a la puerta cerrada tras la que dormía Marie y de la puerta a la loba. Se detuvieron en Jean Latour, quien apenas la reconoció de tanto como la angustia y un sufrimiento casi tangible habían deformado su rostro.
—¡Yo había prohibido que se le acercara! ¡Prohibido! —exclamó Isabeau mientras cogía violentamente a Albérie por los hombros y la zarandeaba.
—Lo sé. Pero ahora todo ha terminado —insistió Albérie, conciliadora.
—Tú no lo entiendes, Albérie; nada ha terminado. ¡Nada! ¡Lo odio! ¡Dios mío, cómo lo odio!
Extenuada por la rabia y la inquietud, sacudida por un espasmo, se derrumbó en brazos de su hermana, ahogada en sollozos. Se había preparado para enfrentarse a su verdugo, pero no así. No con la idea de una violación. A pesar de los años, lo que más la espantaba seguía allí, agazapado en la sombra. No estaba curada. Lo había creído. Se había engañado a sí misma para poder convivir con su dolor.
Rechazó a Albérie y se arrodilló ante la loba que se le acercó entre gemidos. Albérie se apartó. Le incomodaba verla ofreciendo aquel espectáculo a Constant y Jean. Pero no encontró palabras para impedirlo. Isabeau estrechó el cuello de Ma y escondió sus lágrimas en él. Madre e hija abrazadas. Más allá de las apariencias. Más allá del perdón.
—No debí abandonar Montguerlhe, no debí dejarte actuar en mi lugar. Nunca —gimió Isabeau, con la mirada perdida en lejanos recuerdos.
Albérie se volvió hacia Jean.
—Será mejor que nos retiremos. Por razones que no podría explicar, mi hermana se siente responsable de lo ocurrido. Os ruego que olvidéis su desvarío.
Indicó con un gesto a Constant que les siguiese, se tensó al leer en la mirada del muchacho un dolor sincero ante aquel espectáculo y luego cerró la puerta tras aquel abrazo que sólo ella podía entender.
Jean Latour no dijo una palabra, se despidió y se alejó por las callejuelas. No sabía muy bien qué pensar de lo que acababa de presenciar, pero una extraña sensación le oprimía el corazón. Y, para su sorpresa, no se trataba ni de lástima ni de vergüenza. Antes bien, era un ansia de reemplazar a aquella loba y estrechar a aquella mujer entre sus propios brazos.
Isabeau permaneció mucho tiempo en la antecámara con Ma. Habló largo rato hasta que, por fin, se atrevió a pronunciar las palabras que aullaban en sus entrañas desde que había tomado conciencia de su sentimiento materno. Ma le lamió la cara y las manos, envolviéndola con sus grandes ojos tristes, en los que brillaba una ternura auténtica. Habría podido morder, vengarse de lo que le había pasado, pero nunca había dejado de querer a aquella madre que 3a había traicionado. En su cuerpo de animal, lo sentido era más fuerte, la intuición también. Percibía sus remordimientos, su sufrimiento, en sus actitudes, en sus frases, en sus silencios. Se vio en el papel de madre a través de sus ojos. La una y la otra tenían una sola razón para vivir: Marie. Y por Marie estaban dispuestas a todo.
Cuando Albérie volvió, Isabeau se había calmado y jugaba con la loba, con las mejillas cubiertas de surcos dejados por las lágrimas.
—Ha llegado el momento de decirle la verdad a la pequeña —dijo a su hermana.
Albérie asintió con la cabeza. También ella temía que le ocurriera algo a aquella sobrina a quien quería como a una hija. Cuando Constant se había presentado, bañado en sudor, para explicar que habían atrapado a Marie, creyó morir. Jean Latour estaba allí. Lo había eximido de su vigilancia para confiarle una misión con los burgueses. ¡Cómo se arrepintió en aquel momento! Sin dudarlo, Jean corrió tras Constant, tranquilizado por la seguridad de que, cuando llegara el momento, Ma les llevaría hasta ella. Sin embargo, hasta que no aparecieron los cuatro de vuelta, Albérie tuvo las entrañas roídas por la inquietud sin querer avisar a Isabeau mientras no conociese el desenlace del drama. También ella sabía qué implicaba aquello.
Juntas esperaron a que Marie se despertase. Cuando apareció en el umbral de su habitación, con la cara llena de contusiones, no se asombró de su presencia y sólo se inquietó por la ausencia de Constant.
—Lo he mandado a tranquilizar a Bertille y a los mendigos. Volverá. Tenemos que hablar, Marie. La situación es grave y ha llegado el momento de que sepas cuáles son las verdaderas razones de nuestro tormento.
Marie paseó una mirada curiosa de Albérie a Isabeau y luego se sentó en la alfombra y rodeó con los brazos el cuello de Ma, que pasó su áspera lengua por la mejilla de la muchacha.
—Ya sé que no debería haberlo hecho —comenzó—. Pero me he llevado un buen castigo y os aseguro que no se repetirá.
—No se trata de eso, Marie —anunció Isabeau, y se arrodilló frente a ella—, sino del secreto de tus orígenes.
—¿Mis orígenes? —preguntó Marie abriendo los ojos de par en par.
—¿Recuerdas las iniciales en el reverso de tu medalla? —preguntó Albérie.
—Sí, no —respondió Marie con un encogimiento de hombros—. La tengo desde que era pequeña. Nunca me he...
Maquinalmente, se había llevado la mano al cuello para poner la medalla sobre su corpiño.
Isabeau y Albérie intercambiaron una mirada de inquietud.
—Mi cadena... La he perdido —constató Marie tras contemplar sus dedos vacíos.


François de Chazeron dejó que su caballo piafase. No tenía ningunas ganas de mancharse los zapatos con el lodo de la orilla cuando le esperaban en palacio.
No obstante, el espectáculo le irritaba. Reconocía a sus hombres mortalmente heridos. Eran dos. Uno atravesado por la espalda, el otro degollado. El tercero no había aparecido. Supuso que habría caído al río y se lo habría llevado la corriente. Los había encontrado la patrulla de la mañana, atraída por los numerosos curiosos congregados en torno al triste espectáculo de los carroñeros.
François quiso comprobar personalmente la escena. Estaba furioso. Habría hecho mejor eliminando a aquel demonio, puesto que alguien la había ayudado. Todos aquellos menesterosos eran una úlcera repugnante para París. Se prometió solucionar aquel asunto.
—Señor, señor —llamó uno de los soldados cuando ya se disponía a marcharse.
El hombre se acercó al cuello del palafrén que piafaba tan impaciente como su dueño. Chazeron tendió la mano enguantada de negro hacia el objeto que le alargaban.
—¿Dónde habéis encontrado esto? —preguntó frunciendo el ceño.
—Lo tenía en la mano el sargento Borsia, señor. Como si lo hubiese arrancado antes de morir.
François de Chazeron hizo saltar la cadenita y el medallón en su mano. Conocía aquel objeto. Mientras hurgaba en sus recuerdos, le dio la vuelta. Una «A», una «M» y una «C» entrelazadas y acompañadas por una fecha que le resultaba conocida le confirmaron que no estaba soñando. Le invadió un perverso sentimiento, mezcla de victoria y de cólera. Introdujo la joya manchada de barro en su bolsa y ordenó:
—Poned París patas arriba y encontradme a esa desarrapada, teniente. Se llama Antoinette-Marie y, a juzgar por los indicios, debe de estar conchabada con la Corte de los Milagros. Ofreced una recompensa, torturad a algunos mendigos, pero quiero a esa joven. ¿Oís?
—Sí, señor.
—Otra cosa. Si le tocáis un solo cabello o la violentáis, tendréis la misma suerte que vuestros camaradas que yacen aquí difuntos. La quiero intacta. ¿Entendido?
—Pero seguramente tendrá con qué defenderse, señor —objetó el soldado, a quien molestaban todas aquellas precauciones.
—Mucho más de lo que imagináis, teniente, pero responderéis ante mí de su vida y virtud o esto acabará pronto con vuestros remordimientos —dijo Chazeron a la par que desenvainaba veloz la espada y la ponía en el cuello del vasallo.
El hombre tragó saliva y asintió.
—Os doy dos días —le informó Chazeron con una sonrisa de satisfacción.
François de Chazeron envainó la espada, volvió grupas y partió al galope en dirección al Louvre, obligando a apartarse al gentío congregado en su camino.
Se sentía tan jovial como furioso contra sí mismo. De manera que lo que siempre había presentido era cierto. ¡Su hija estaba viva! ¡Qué estúpido había sido al no reconocerla! Odiaba a los mendigos, pero esta vez hizo un esfuerzo por reconocerles alguna utilidad. ¡Sin su intervención, esta hija de la que podía esperar un ventajoso matrimonio habría sido deshonrada y, para colmo, por orden suya! Soltó una risotada demoníaca y lanzó al viento:
—¡Ahora nos veremos las caras, Albérie de la Faye!

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:31 pm

Capítulo 6


A Philippus le exasperó tener que detenerse de nuevo. Su asno sacaba la lengua de forma desmesurada y se negaba a continuar. Sin embargo, cuantas más leguas dejaban atrás, más impaciente estaba por llegar a París.
Tiró bruscamente del ronzal, pero el animal no se inmutó.
—¡Diantre de bicho! ¿Quieres andar de una vez? La posada está ahí mismo. ¡Vamos!
Tironeó con todas sus fuerzas mientras algunos caminantes le adelantaban divirtiéndose a su costa.
—¡Eh, amigo, los borricos son como su dueño! ¡La burricie les sale por las orejas y los paraliza!
—Reíos, reíos —masculló Philippus para su coleto. Y luego, dirigiéndose al animal añadió—: ¡Deja ya de ponernos en ridículo, mal bicho! ¡Te prometo una buena ración de avena a la vuelta del camino!
Como animado por la promesa, el asno aceptó dar algunos pasos, pero se apartó de Philippus cuando éste hizo ademán de subírsele al lomo.
—¡Que el diablo se lleve a estos borricos! —refunfuñó Philippus, quien, decidido a conformarse para seguir camino, enrolló el ronzal en la mano y alargó el paso.
El asno rebuznó de satisfacción y siguió a su dueño, quien despotricó y echó pestes hasta la posada, donde se habían instalado numerosos mercaderes.
Antes de confiar el animal al mozo que lo llevó a la cuadra, le dio una palmada rencorosa en la grupa. El animal berreó y soltó una coz al aire. Philippus se encogió de hombros. Se habría dicho que el asno se burlaba de él.
Al entrar en la posada, el bullicio le hirió los oídos. Se instaló en una mesa y se decidió por la torta que le recomendaban, con una tortilla y una jarra de vino. El lugar era ruidoso, pero aquella atmósfera le resultaba familiar y acogedora. Aquél era, desde siempre, su mundo cotidiano.
Se sentía contento, a pesar de su impaciencia. Había estado a punto de volver a pasar por Vollore tras las revelaciones de Michel de Nostre-Dame, para compartir con Huc la imposible realidad que presentaban, pero renunció a hacerlo. Tenía demasiada prisa por encontrarle un sentido a todo aquello.
Comió con buen apetito y luego se apoyó contra la pared que hacía de respaldo al banco de madera sobre el que se había dejado caer. Se oían risas aquí y allá, también música, como pago de una comida. Dos hombres peleaban por una partida de dados cuya apuesta el perdedor no quería pagar.
Quedaban unas pocas leguas. Los caminos estaban cada vez más concurridos, en algunas encrucijadas había más que palabras. El apresuramiento de la gente hacía presentir la efervescencia de la capital, tan cercana ya.
Philippus estaba contento. ¡Le habría gustado quemar etapas! Correr.
—¡Maldito burro! —masculló entre dientes al pensar en su asno.
—¡Eh! ¿Qué maneras son ésas de provocar a una dama, patán?
Philippus alzó la vista sobre la imponente matrona que inclinaba un pecho desbordante sobre su mesa.
—Nada más lejos de mi intención, señorita —dijo sonriendo.
—En ese caso invítame a beber. ¡Estoy sedienta!
Philippus contuvo una carcajada. No le apetecía una barragana y menos ésta, a pesar de sus afeites y puntillas.
—Lo siento, pero mi bolsa está vacía y sería una triste compañía.
—Ya veo —refunfuñó ella recogiendo con mano decidida en su corpiño sus exuberantes pechos—, el señor es avaro. ¡No sabes lo que te pierdes! —le espetó antes de alejarse con andares porcinos.
Philippus reprimió un rictus de asco, echó algunas monedas en su plato y se levantó. Apenas le quedaba con qué pagarse la noche. Maldijo su carácter derrochador y se fue a la cuadra, no sin antes darse el gusto de dar, de pasada, un azote en las nalgas a la voluptuosa que provocaba a otro cliente.
Ella le lanzó una mirada de odio mientras él pensaba que la grupa de su burra era más firme que aquélla.
Una vez solo en un rincón, se dejó caer sobre la paja mullida. Al día siguiente estaría en ayunas, pero eso no tenía importancia. Recordaba al joven despierto que era quince años atrás. Ahora estaba abotargado a fuerza de vino y mala comida. En el fondo, ¿valía él más que aquella miserable buscona que acababa de rechazar? ¿Qué padre sería para aquella niña? ¿No se avergonzaría ella del hombre en el que se había convertido?
Intentó dormir pero, una vez más, no lograba conciliar el sueño.
«¡La loba, la loba lleva la cadena! —había exclamado Michel de Nostre-Dame, con los ojos dilatados por su misterioso saber—. La cadena y la cruz. ¡Ella es la mujer, la esposa, la madre, por ella llegará el perdón!»
La cadena y la cruz. «De oro labrado», había precisado Michel. El propio Philippus la había puesto al cuello de Loraline. Aún podía oír las palabras de Michel mezclarse con las de Huc: Marie jugando con la loba, la loba del collar de oro, con Cythar a. su lado. Ignoraba qué magia había provocado la mutación, pero una cosa resultaba evidente: también a él le había mentido Albérie. Había alejado de él a Loraline y había llevado a Marie a donde pensaba que él nunca la encontraría.
«Tres mujeres —predijo Michel—, dos lobas unidas por la muerte, la sangre, el odio y el amor. Sin embargo, su prisión es la llave. La llave de la cruz.»
Philippus anotó concienzudamente las enigmáticas palabras de su amigo. Cuando su trance hubo acabado, Michel fue incapaz de darles un sentido. Como de costumbre, no recordaba nada salvo aquella mirada metálica que le había llegado al alma antes de transformarse en otra, patética y lánguida, en la que entrevió el rostro de una mujer y el de Philippus extrañamente mezclados.
«Están en París —concluyó Michel—. Busca al hombre de negro y las encontrarás. Busca la torre del rey»
¿A qué podían hacer referencia aquel hombre de negro y aquella torre? Nada más oscuro que las predicciones de Michel. Sin embargo, nada más fascinante que encontrar gracias a ellas una razón de vivir.
Philippus acabó por dormirse inmerso en un torbellino de ideas y rostros. Exhausto, exhausto y feliz de saber que aún tenía un papel que representar en la vida de Loraline.
Seguro, no obstante, de que su propia vida dependería de ese papel.


La Porte Saint-Antoine estaba muy concurrida y Philippus se vio obligado a esperar un buen rato en medio de una abigarrada muchedumbre, movediza y ladradora, antes de cruzar el puesto de guardia. No bien entraba en el puente levadizo, notó un movimiento de armas tras él. Volvió maquinalmente la cabeza y vio cómo dos soldados detenían a una chiquilla que iba sentada junto a un hombre sobre una carreta cargada de barricas. La jovencita vociferaba y pataleaba mientras su padre se desgañitaba explicando que venía de Lyon, que era un simple comerciante y que jamás, en parte alguna, había visto tanta desfachatez. De nada sirvió, la joven fue llevada a la Bastilla, que estaba allí, a la izquierda, imponente y altiva, mientras que carreta y protestón iban, bajo escolta, a buscar un lugar de estacionamiento.
Philippus no se demoró. A su alrededor, la gente hacía aspavientos, discutía o comentaba el celo de los soldados. La mayoría parecía de muy mal humor.
—¡Llevan así tres días! ¡A ver si le echan el guante a esa perjura de una vez! ¡Estos luteranos del demonio están echando a perder el comercio! ¡Mirad mi fruta pasada de tanto esperar!
Las protestas menudearon mientras bajaba la rué Saint-Antoine para luego diluirse en la febril agitación de la capital. A Philippus no le gustaba París. No tenía ni blanca y necesitaba un lugar donde albergarse para iniciar sus pesquisas, pero tenía algunas recomendaciones a las que dirigirse. Anduvo bordeando el cementerio de Saint-Jean y tomó la rué de l'Hópital para detener su asno ante el hospicio de la iglesia de Saint-Gervais.
Un rato después, tras haber dejado el animal en manos de un novicio, era conducido ante Jean Pointet, cirujano genovés instalado en París, un colega al que había enviado una carta al salir de Montpellier.
—Vuestra carta me llegó justo ayer, amigo —explicó tras haberle hecho aguardar más de una hora—. Perdonad que os haya hecho esperar, ya sabéis lo que son las urgencias. Claro que no son las de los campos de batalla a las que estáis acostumbrado, pero en París también hay muchos accidentes. Hoy he tenido que proceder a la amputación de una pierna gangrenada. Hago prevención pero, por desgracia, pocos piensan en la gravedad de una herida hasta que la fiebre les hace delirar y los trae aquí. Es un hombre joven, se repondrá, pero, una vez más, no he tenido más remedio que cauterizar con hierro incandescente.
Philippus asintió. Su amigo, Erasmo de Rotterdam, no había mentido. Aquel hombre era afable, nada pretencioso y muy charlatán.
—¿Así que buscáis dónde alojaros?
—Así es, señor. Asuntos personales urgentes me obligan a permanecer en París pero, por desgracia, como bien suponéis, tengo la bolsa vacía, puesto que vivo de poner mi talento al servicio de las gentes del camino y, a causa de mis ideas, gusto poco a mis colegas.
—No hay nada malo en defender las propias ideas y expresarlas en voz alta. Me importa poco, creedme, ese estúpido valor al que tanta importancia conceden las gentes de bien. No basta con ser de alta cuna para poder levantar la cabeza con orgullo, sino que lo que cuenta es ser leal, justo y generoso. La fortuna es el patrimonio de los que hacen reverencias. Vos y yo tenemos otro temple. Estáis en vuestra casa y podéis disponer de ella el tiempo que os plazca.
Jean rió de buena gana y Philippus le dio las gracias antes de proseguir:
—Erasmo me ha hablado mucho de vos, le impresionó vuestra joven curiosidad. Insistió en que os visitase si mis pasos me traían a París.
—Ha hecho bien. Nuestra amistad epistolar se ha alimentado de vuestro trabajo, podéis creerlo. Lo conocéis hace mucho, ¿no es así?
—Desde febrero de 1526. Coincidimos en casa de un amigo común, un editor de Basilea: Froben.
—Sí, sí, lo recuerdo. Pero debéis de estar cansado y hambriento. Yo mismo no he parado de operar como un forzado desde el alba. Voy a ordenar que os conduzcan hasta vuestra celda. Es muy modesta, pero hay paja nueva. ¿Qué os parece París? Nuestro buen rey Francisco quiere poner orden a toda esta pestilencia. Dice que la construcción es de un gusto primitivo, que hay que renovar, dar amplitud, empaque. Desde que hizo de esta ciudad la capital de Francia, sueña con dotarla de las elegancias de una damisela. Es como si se hubiese encaprichado de ella como de una nueva amante...
Jean soltó una alegre carcajada, satisfecho de su comparación. Su petulancia recordó a Philippus la de Michel. «¡Decididamente —pensó—, esta juventud es alegre, emprendedora y muy agradable!»
Instaló sumariamente su hatillo en la estrecha alcoba que le asignaron y luego hizo gran honor a las tortas y patés, porque su comida del día anterior ya estaba muy lejana.
Aunque ardía en deseos de ponerse manos a la obra en la búsqueda de su hija, sabía que no iba a ser fácil encontraría. Ignoraba con qué identidad había crecido y si, diez años después, seguía en París. Aunque Michel había sido claro a ese respecto, quedaba un montón de puntos tan oscuros que resultaban desalentadores por sí solos.
Pero Philippus no desesperaba. Tenía algunas pistas: Albérie debía vivir cerca del bosque, puesto que dependía de la luna llena, a menos que hubiese encontrado en la ciudad un pasadizo que le permitiese ir y venir. Era poco probable que Loraline estuviese en la ciudad. Un lobo habría llamado la atención, habría espantado a la gente. Era forzoso que estuviesen en un lugar secreto donde pudiesen cultivar su diferencia sin peligro. Y, sin dejar de ocultar el verdadero objeto de sus pesquisas, Philippus tenía intención de interrogar ajean sobre los lugares con probabilidades de acercarle a su progenitura. Quedaba el misterio de la torre del rey. ¿De qué torre se trataba? ¿De la torre de Nesle? ¿Qué papel podía tener el rey de Francia en la maraña de sus vidas? Si pedía audiencia, ¿sería siquiera recibido? ¿Y qué diría, qué preguntaría? Por no hablar de François de Chazeron, quien, según Huc de la Faye, ocupaba un cargo importante en la ciudad. Era poco probable que le reconociese, habida cuenta de lo mucho que había cambiado su aspecto y hasta su rostro, pero demasiadas preguntas podrían poner a aquel torturador sobre la pista. Se prometió ser prudente.
Cuando volvió a reunirse con Jean Pointet, sonaba el toque de queda. El cirujano, con ojeras y las facciones tirantes, parecía haber envejecido de golpe. Estaba agotado de haber pasado el día realizando intervenciones quirúrgicas. A pesar de todo, hizo un esfuerzo por poner buena cara a su invitado, cenó con él e hizo gala de un buen apetito y, sin hacer pregunta alguna, le prometió poner a su servicio a un competente amigo, ferviente admirador de Erasmo.
—Juan Calvino es sincero y trabajador —prosiguió—. Ha estudiado como Erasmo en el colegio Montaigu de París y luego derecho en Orléans y Bourges. Actualmente se encuentra aquí, en el colegio de Fortet, y apostaría algo a que estará encantado de conoceros. Se halla más cerca del humanismo de Erasmo que de las teorías de Lutero aunque, como yo, milita en su campo porque en este reino es el único movimiento de clara oposición a la Iglesia católica. No obstante, tanto él como yo, denunciamos la doctrina de la predestinación.
—Tampoco a mí me gusta y, sin embargo, hechos incontestables me empujan hoy a aceptarla. Por desgracia no tengo nada que decir para defender a Lutero y menos aún para apoyar a Erasmo, pero una cosa es cierta: mi corazón se inclina del lado de la Reforma. Desde hace mucho tiempo.
—Juan Calvino os ayudará en vuestras pesquisas. En cualquier caso sed prudente, hace algunos días que París está llena de soldados poco complacientes. Alguien ha masacrado una patrulla y muchos piensan que nuestra sociedad secreta no es ajena al asunto. En concreto, buscan a una muchacha joven. Creo que conozco a la granuja que, después de su madre y su tía, es la luterana más comprometida y no desperdicia ocasión de atacar a los prelados. Sin embargo, es incapaz de haber provocado esa matanza. Los burgueses y adeptos de la doctrina son unos cobardes, de ningún modo asesinos. Más bien creo que es el mismo sustituto del preboste de París el que ha organizado esa farsa para atraer sobre nosotros todo el odio del pueblo. Lo primero que hizo al llegar fue anunciar que pensaba librar a la ciudad de mendigos, ladrones y herejes. Nada más fácil que hacer de uno de los nuestros un chivo expiatorio. Por suerte, no sabe quién es esa chica y ninguno de nosotros la traicionará. Tampoco lo harán los mendigos de la Corte de los Milagros. Antes morirían en el potro de tortura que denunciarla. Eso os da una idea del estado de ánimo de la capital, amigo mío. No hagáis preguntas si no es a gente de confianza. Juan Cal—vino conoce a mucha gente. Él os ayudará. En cuanto a mí, asisto poco a las reuniones de los reformistas: como sabéis la oscuridad envuelve sus manejos y a mí enseguida me vence el sueño. Así que voy a dejaros ahora. Mañana mismo os acompañarán hasta Calvino con una carta de presentación.
—No sé cómo agradecéroslo.
—Siendo discreto, amigo. No hacer ostentación de nada permite seguir siendo libre, no lo olvidéis, libre de actuar, pensar y combatir la injusticia.
—Lo recordaré. ¡Que tengáis una buena noche!
—Y que a vos os sea provechosa.
Se despidieron en el extremo del pasillo, en medio del monótono murmullo de los rezos.
Cuando Philippus despertó, al día siguiente por la mañana, Jean Pointet ya estaba al pie del cañón con sus enfermos.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:31 pm

Capítulo 7


Isabeau entró en su despacho seguida por Jean Latour. Bertille se ocultaba con los mendigos en el subterráneo que unía la casa de Albérie con el Temple. Algunos de ellos habían sufrido la violencia represiva y súbita de las patrullas y habían sido conducidos a prisión. A uno lo habían puesto en libertad, con la cara quemada por carbones incandescentes, para que contase a los demás los tormentos que padecerían si no entregaban a los culpables. Los demás se habían dejado arrancar los miembros en la rueda, descuartizar o trepanar sin facilitar información alguna. Habían muerto con dignidad. La Corte de los Milagros tenía su código de honor. Un honor mucho mayor que el de sus verdugos. Constant era el hijo de su rey y Marie, la mujer que amaba. Ella era uno de los suyos. Por nada del mundo, ni siquiera por salvar la vida, habrían sacrificado a la joven.
En consecuencia, permanecían escondidos, esperando a que la cólera de François de Chazeron se calmase, y protegían a Marie y a Ma en sus refugios, seguros de que nadie se atrevería a profanar las tumbas.
El rostro de Isabeau tenía una expresión tensa. Desde el taller de confección y la tienda, al otro lado del jardín, le llegaban risas y canciones, confundidas con la cháchara de los clientes. La vida seguía su ajetreo, a mil leguas de sus tormentos. Eso la tranquilizaba. La corte frecuentaba su casa, legitimando así su función, su derecho y su nombre, contra cualquier ataque. Incluso había recibido la víspera a Anne de Pisseleu, la favorita del rey Francisco. El escaparate era hermoso, ella se desenvolvía con talento y desenvoltura. Sin embargo, su corazón y su alma no eran más que un puro desgarro.
Invitó a Jean Latour a tomar asiento. Estaban solos. Sabía que Bertille temía por los suyos. No había dudado en mandarla a hacerles compañía. Además, necesitaba estar sola para tranquilizarse, para decidirse a actuar. Hizo un esfuerzo por sonreír. El hombre la miraba con una dulzura inhabitual. Evitando dejar que el silencio se instalase entre ellos, expuso abiertamente el objeto de su visita:
—Tenéis una pobre opinión de mi persona, señora, cosa perfectamente comprensible teniendo en cuenta la reputación que me han creado en París, y, sin embargo, nada es hoy más importante para mí que gozar de vuestra confianza. Están haciendo detenciones arbitrarias, torturando, matando para encontrar a Marie. Hasta ofrecen una enjundiosa recompensa. Quería que supieseis que nada podrá obligarme a entregarla al preboste. Nada. Si no es ella misma. Para salvar a los suyos y detener la matanza.
Isabeau palideció y crispó los dedos en los brazos del sillón. Jean espantó un mosquito con una mano impaciente y prosiguió:
—Tranquilizaos. No he hecho nada. Pero Marie insiste desde ayer en que la saque discretamente del subterráneo donde, para combatir esa locura, Croquemitaine la tiene prisionera. Quiere enfrentarse a François de Chazeron y, al mismo tiempo, permitir que cobre la recompensa para indemnizar a las familias de los que han caído prisioneros. Vuestra sobrina tiene un alma noble, señora. Noble y generosa. Pero no la he salvado de esos hombres para perderla ahora. Mucho menos cuando no es culpable de esas muertes. He pensado en entregarme en su lugar, pero ella me ha convencido de que eso no serviría en absoluto a su causa. «Me quiere a mí y sólo a mí. Lo sé», me ha dicho. Mi intuición me indica que tiene razón. Estoy preocupado. No romperé la promesa de protegerla, pero temo que logre convencer a Constant. Ejerce sobre él el poder del amor y acabará por encontrar los argumentos para convencerlo. Ese es el motivo por el que necesitaba veros, para pediros que hagáis algo.
—Os lo agradezco, Jean. Infinitamente. En realidad, temía que Marie reaccionara así. No debe hacerlo. No sabe de qué es capaz ese ser. Ni siquiera es un hombre, es el diablo en persona.
Jean se inclinó hacia ella y le cogió las manos con afecto. Estaban heladas. Por un instante, una chispa de locura brilló en los ojos almendrados de Isabeau, pero enseguida se sobrepuso y se esforzó por recuperar una pálida sonrisa.
—Contadme, Isabelle. Haced de mí el esclavo de vuestra confianza, para no seguir estando sola frente a ese fantasma que os tortura. Desde que os vi, no tengo otro faro que la dulzura de vuestros ojos. Tengo fama de cazadotes, aceptad la sinceridad de mis sentimientos como prueba de que no es cierto.
—Soy demasiado vieja, señor, para creer en vuestras efusiones —se burló ella con un deje de tristeza.
—No me hagáis la ofensa de pensar que otra podría agradarme más. Soy un ser imperfecto y sin duda ambicioso, pero nunca he mentido. Dejadme ayudaros a salvar a Marie.
—De acuerdo. Ma os aceptó. No lo habría hecho si yo no pudiese confiar en vos. Os lo contaré todo, amigo, así entenderéis cuánto padezco por la suerte de los míos.
Jean la escuchó ceremoniosamente, apasionado por lo insólito de su relato, con el corazón convulso por la rabia y la compasión. El rostro de Isabeau reflejaba cada uno de sus recuerdos como otras tantas quemaduras. En varias ocasiones sintió ganas de correr a enjugar las lágrimas que, sin que ella pudiese evitarlo, rodaban por las mejillas de Isabeau.
Cuando calló, Jean tan sólo tenía un sentimiento en el corazón: venganza.
Se levantó y la forzó con un gesto a hacer otro tanto. Al cogerla en sus brazos, Isabeau se dejó mecer en ellos como en otro tiempo había hecho en los de La Palice, con el mismo sentimiento de estar perdida y tener que reconstruirlo todo. El escrutó sus ojos apasionadamente y luego se apoderó de sus labios como si le faltara el aliento y necesitase respirar su luz.
Isabeau, náufraga por un momento, se abandonó al anclaje de aquella boca cálida y golosa que ahogó su sufrimiento. ¡Cómo había echado de menos aquello!
—Amadme, Jean —murmuró cerrando los ojos.
—Ya os amo, mi señora —dijo mientras la levantaba en brazos para llevarla a la habitación colindante.
Cuando él dejó al desnudo la cicatriz que François de Chazeron había grabado en sus pesados senos, Isabeau volvió la cabeza. Jean la observó en silencio y luego desplegó una amplia sonrisa, satisfecho por la idea que acababa de venirle a la cabeza.
Antes de hacer el amor con toda la ternura y la experiencia que le habían dado su reputación, le dijo:
—Esta marca perderá al señor de Vollore, Isabelle. Vamos a darle lo que desea y mucho más. Confiad en mí, amor mío, y por Dios todopoderoso, lo juro, vos y los vuestros seréis por fin vengados.


Philippus oyó repicar las campanas cuando acababa su colación matinal. Inmediatamente, como todos los habitantes de París, fue a la ventana y tendió el oído. El rumor se extendió de callejuela en callejuela, mucho antes de que lo proclamase el heraldo. Luisa de Saboya, madre del rey, acababa de morir en Saint-Maur-des-Fossés.
Una marea de consternación invadió París, haciendo olvidar de forma momentánea el odio y el rencor. Con ella desaparecía una gran señora. Francia estaba de luto.
Philippus cerró la ventana. Se sentía poco afectado por ese fallecimiento aquel 2 3 de septiembre de 15 31 y pensó, a pesar de su compasión natural, que las exequias en Notre-Dame iban a congregar en París mucha más gente y causar más alboroto que de ordinario. Algo que, al fin y al cabo, no ayudaría a sus pesquisas. Con la carta de recomendación en la mano, no se permitió perder más tiempo. Tenía que actuar de inmediato y encontrar a Marie.


Juan Calvino estuvo encantado de recibirle, orgulloso de acoger y ser útil a un amigo de Erasmo, a quien veneraba.
—Os ayudaré lo mejor que pueda si a cambio os comprometéis a llevar mi dedicatoria —solicitó febril mientras alargaba a Paracelso el Ensayo sobre el libre arbitrio, traducido al francés y encuadernado en cuero.
—¿La edición de 1524? —preguntó Philippus tras coger la obra con sumo cuidado—. Diantre... Traducido por vos y con una encuadernación no comercial, a juzgar por la factura. Ejemplar único. ¡Felicitaciones!
Calvino hinchó el pecho orgulloso.
—La traducción tardaba en Francia. Era necesario un escrito con las palabras de ese maestro. Lo he intentado. Me gustaría ofrecérselo en prueba de mi admiración.
Abrió el libro y mostró a Philippus las palabras que su pluma entusiasta había trazado en la guarda: «Ojalá pueda un día daros motivos para alegraros de las enseñanzas que me disteis. Vuestro devoto servidor».
Había firmado «J. Calvino» con gracia y emoción. Philippus se sintió conmovido.
—Es un hermoso homenaje y apuesto a que le emocionará porque, ante todo, es un hombre sencillo que, a pesar de su saber y de sus sesenta y cinco años, sigue creyendo en la juventud europea como corriente portadora de ideas nuevas y justas. Podéis estar seguro de que se lo entregaré.
—Me haréis feliz con ello. Ahora, contádmelo todo sin omitir nada. Os serviré como si de mí se tratase.
Philippus se decidió.
—¿Sabéis algo sobre una mujer loba?


François de Chazeron rompió el lacre de la misiva que acababan de entregarle. La letra era fina, elegante y firme. El contenido le hizo feliz;

Sé dónde se esconde aquella a quien buscáis. Os llevaré hasta ella si venís a mí. Solo.
Isabelle de Saint—Chamond, lencera del rey

El nombre y la enseña le resultaban familiares, los había oído de muchos labios en la corte. Él mismo había pensado en pasar por allí para encargarse una camisa. No le cabía duda de que por un lugar como aquél debían de correr mil hablillas. Tampoco dudaba de su poder y fuerza.


Cuando Françoise le anunció que el suplente del preboste preguntaba por ella, Isabeau sintió que las fuerzas la abandonaban. Sin embargo, sabía que Jean tenía razón. Dio órdenes de que hicieran esperar a François de Chazeron con cualquier pretexto y mandó a buscar a Jean, que esperaba en su casa, al otro lado del jardín. Sólo intervendría en caso de absoluta necesidad, pero saber que estaba en la sala contigua la tranquilizaría, la ayudaría a enfrentarse a su verdugo.
Se sirvió un vaso de licor de arándano y se impuso calma. ¡Tantos enredos habían fracasado! Se jugaba la vida, su reputación. Y no obstante, una vocecita le susurraba al oído que ahora era influyente e intocable. Que eso fuera cierto no servía de mucho, el rey Francisco estaba ausente. Y La Palice ya no estaba. Quedaba Jean. Jean que le había hecho el amor como nadie antes, ni siquiera Jacques de Chabannes. Jean que no había dudado en matar para salvar el honor de Marie.
Nada más cruzar el umbral, la abrazó:
—No te angusties. No le dejes ver que le tienes miedo. No te violará, aunque se muera de ganas. ¿Podrás?
—Creo que sí.
—La suerte está echada. Debe pagar. No lo olvides. Haga lo que haga y diga lo que diga. Ésa es tu fuerza.
Ella asintió con la cabeza, dejó que cerrara la puerta tras él y ordenó que hicieran entrar al visitante. Se instaló tras su mesa de despacho, para poner distancia de por medio, y luego desabrochó el cuello de encaje que adornaba su escote. Enmarcada por el terciopelo azul de su abultado jubón, la marca infame destacaba como una injuria. Estaba dispuesta.
Cuando se abrió la puerta, permaneció aún unos minutos ocupada, fingiendo acabar una carta mientras se esforzaba en evitar que la pluma le temblase. Su frente, inclinada sobre el escritorio, ocultaba sus rasgos a François, e Isabeau percibió un movimiento de impaciencia en su silueta. Era preciso minar su aplomo, su orgullo. En todas partes actuaba como el amo. Tenía que invertir los papeles. Cuando alzó la cabeza, estaba tranquila.
—Acercaos, señor. Hubo un tiempo en el que no os inspiraba tanta paciencia.
François se adelantó hasta que la luz le mostró plenamente la sonrisa de Isabeau, digna y casi arrogante, su pecho ofrecido como un desafío.
—¡Vos!
La sorpresa encendió en su rostro un relámpago de crueldad y perversidad.
—¿No acabaréis nunca de morir? —escupió.
—Por desgracia —replicó ella—, parece que he nacido para envenenar vuestra vida, como vos envenenasteis la mía.
François de Chazeron soltó una carcajada, restando seguridad a Isabeau, quien no dejó traslucir nada y aprovechó que él se instalaba en un sillón para sobreponerse. No debía dejarse debilitar por los recuerdos. Se retaron con la mirada, pero ella no se inmutó. Había dejado de ser una víctima. Era la lencera del rey de Francia. François de Chazeron no se engañó a ese respecto.
—¡Te he conocido cuando tan sólo eras capaz de alimentar un corral —dijo afable—y por un milagro incomprensible te encuentro adulada por los más grandes de este reino! Impresionante, tengo que reconocerlo.
—El odio tiene a veces cosas buenas, señor —dijo Isabeau reconfortada—. Debería agradeceros que me hayáis enseñado a gustar del poder y de la revancha.
—¡Dejémonos de galanterías, zorra!
François se levantó de un salto y apoyó los nudillos de sus dedos blanquecinos en el borde de la mesa de despacho, inclinado hacia ella, con un rictus amargo en la cara. Isabeau estaba preparada para aquella reacción. El corazón se le aceleró al notar el aliento de François sobre el pecho, pero no se movió y conservó la sonrisa.
El desconcertado fue él.
—¡Parece que ya no te doy miedo!
Alargó un dedo y rozó la cicatriz. Isabeau contuvo un alarido. Aquel tacto le quemaba, y al mismo tiempo alimentaba su odio.
—En treinta años, he aprendido a defenderme —replicó con la mirada orgullosa clavada en la suya.
—Me gustó aquello —rió él, mientras se distraía recorriendo el contorno de la marca—. Es extraño. Ahora eres una mujer vieja y, a pesar de todo, más deseable que entonces. Apenas marcada por los años. Siempre pensé que habías encontrado la piedra filosofal. Este despacho, tu fama y hasta tu belleza lo demuestran. Me perteneces, Isabeau, ese sello lo prueba. ¡Por su causa, estoy seguro de que ningún amante ha logrado satisfacerte!
Isabeau se apartó de la caricia apoyándose en el respaldo del sillón. Estalló en una risa franca.
—¡Qué presuntuoso sois! Hasta los lobos han sido mejores amantes que vos. Hoy no me inspiráis más que una total indiferencia, François de Chazeron. Aterrorizáis París a sangre y fuego, retardáis la entrega de las mercancías con vuestros controles y dañáis mi negocio. Sé dónde se esconde la pordiosera que buscáis. ¡Libradnos de ella! Les hace el juego a los luteranos, perjura, escupe y daña al comercio.
—Conoces la suerte de los criminales. Será colgada y quemada si se le declara culpable.
—¿Acaso me perjudicará la suerte que corra? —respondió Isabeau con una mueca de desdén—. Me hicisteis viuda ahorcando a mi esposo y me violasteis con él aún en el patíbulo. ¿Creéis que la vista de un cadalso puede romperme el corazón?
Fanfarroneaba, pero sabía que tenía que convencerle. François la calibró por un momento e Isabeau se enorgulleció de la chispa de admiración que leyó en sus ojos. Jean tenía razón. Se había vuelto más fuerte de lo que ella misma creía. Enfrentarse a François de Chazeron le purificaba el alma.
—En verdad, no sólo te he impreso mi marca, te he vuelto tan inhumana como yo. Podríamos hacer grandes cosas juntos.
—He hecho grandes cosas sin vos, Chazeron. Ahora no me sois de ninguna utilidad.
—¿Dónde está mi hija?
Isabeau adoptó un falso aire de sorpresa y turbación.
—¿Vuestra hija?
—Sí, mi hija, Antoinette-Marie de Chazeron. Esa pordiosera que queréis venderme para que la cuelgue. El sargento asesinado tenía esto en la mano.
Sacó de la manga el medallón de Marie y lo arrojó sobre la mesa. Isabeau lo cogió y dejó que el silencio pesara. Sentía crecer la cólera de François.
—Decididamente, la venganza no te sienta bien, Isabeau —dijo optando por la perfidia—. Sin esta medalla, habría colgado y quemado mi propia carne, y habría calmado algunas de tus antiguas heridas. ¿Qué ha sido de tu hermana, aquella Albérie de la Faye a quien el cobarde de su esposo hizo pasar por muerta? Me reía de ella y de esa niña hasta que, en casa de un amigo que vive en la Courtille, oí hablar de una loba gris. Una loba que, según dicen algunos locos, tiene poder para transformarse en mujer. Por eso solicité este puesto. Durante mucho tiempo me he preguntado qué ocurrió en aquel calabozo de Montguerlhe, cómo pudo escaparse aquella bellaca. Por muy increíble que parezca, no he tenido más remedio que rendirme a la evidencia: la transmutación se produjo. El frasco contenía el alkahest, ¿verdad?
Isabeau alzó la cabeza y desplegó en su dulce rostro un rictus cruel.
—Sí. Si no hubieseis echado a vuestra esposa, Albérie nunca se hubiese llevado a Antoinette-Marie. Pero lo había perdido todo. Vino a reunirse conmigo en París, en donde me había refugiado, y contaba con pedir un rescate por la pequeña. Yo la disuadí.
—¿Dónde está?
—¿Por qué iba a entregárosla ahora, puesto que no la colgaréis? Me bastaría con llevarla conmigo una noche de luna llena.
Isabeau se asombraba de su propia audacia y crueldad, que ahora se alimentaba de la fascinación que leía en los ojos de François.
—Me resultaría fácil encarcelarte por perjura, por connivencia con los herejes.
—¿Con qué pruebas?
—Los falsos testigos se compran.
—Mis relaciones son más influyentes que las vuestras, Chazeron.
—Cierto, pero en el plenilunio cualquiera podría descubrir el verdadero rostro de la bruja que te acusaré de ser —dijo estallando en una risotada, y se sentó negligentemente en una esquina de la mesa para añadir—: Este torneo no nos conduce a nada. Ahora somos iguales. Hagamos las paces. Devuélveme a mi hija y olvidaré cuanto sé.
—¿Qué ganaría yo con eso?
—No perderías nada de lo que has conseguido, que ya es mucho, ¿no es así? Y quién sabe, tal vez acabes por aceptar la evidencia de tu propio deseo. Juntos, nuestro poder sería inmenso. Piénsalo. Tú me perteneces. Isabeau, a ti te gusta esa servidumbre, de otra forma no habrías pasado todos esos años odiándome.
—Lo pensaré, Chazeron, pero debéis saber que Antoinette-Marie no será fácil de convencer, ni de separar de sus amigos.
—Llévame hasta ella. Le dirás la verdad.
—Vendréis solo. Sin guardias. Si tiene miedo, huirá.
—Mi espada apartará tus tretas, si es que tramas alguna.
—Mañana, al caer la noche. En la Porte du Temple. Os esperaré allí.
—De acuerdo.
François se levantó, saludó con un guiño y salió de la sala, satisfecho. Sólo entonces, Isabeau escondió la cabeza entre las manos, agotada.
—Has estado perfecta —la felicitó Jean al reunirse con ella.
—¿Y si le hiciese daño a Marie? ¿Si descubriese la verdad? Nunca me lo perdonaría.
—Marie es lista y astuta. Seguro que sabrá defenderse y engañarle. Vamos. Hay que prepararse.
Isabeau asintió con la cabeza. Esta vez eran cuatro, unidas por el mismo destino, la misma connivencia, la misma fuerza. Nada podía ocurrirles.
Rodeó el cuello de Jean con los brazos y buscó voluptuosamente sus labios. François de Chazeron se equivocaba. Nunca le pertenecería.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:34 pm

Capítulo 8


El padre Boussart escudriñó a Philippus de la cabeza a los pies como si tuviese que juzgar su sinceridad por el atuendo. Dudó un buen rato y luego lanzó un profundo suspiro. No le resultaba fácil darle la información que el médico venía a buscar. No confiaba del todo en aquel Juan Calvino de quien Isabeau desconfiaba. Calvino manifestaba abiertamente su preferencia por Erasmo, frente a Lutero. ¿No venía Paracelso a crear más problemas a su asamblea? ¿Y si Calvino hubiese cerrado un pacto con Chazeron para recuperar a la joven y perder a Isabeau, que había alcanzado demasiada influencia?
La mirada de Philippus era directa, orgullosa y sincera. Vibraba en él una intensa esperanza que decidió al cura.
—¡Sea! Si vuestro deseo de encontrar a Marie es legítimo, mi obligación es ayudaros. Sin embargo, debéis saber que seréis juzgado sin piedad si atacáis a nuestra causa de la manera que sea.
—No soy ni traidor ni perjuro, padre. Me limito a buscar a mi hija.
—En ese caso, esta noche se jugará vuestro destino. Veremos quién, Dios o el diablo, guía vuestros pasos. Juan Calvino os conducirá.
Philippus le dio las gracias y, tras seguir a Calvino, se alejó por las callejas de París. Por un momento, tuvo la sensación de que le espiaban y miró hacia atrás, pero sólo vio la muchedumbre abigarrada que se arremolinaba en las escaleras de Notre—Dame y a un enano que alargaba su platillo canturreando:
—Moneda caída, moneda perdida. Moneda perdida, moneda encontrada en las manitas.
Al cabo de un instante, el tiempo de cruzarse un paseante, el hombre había desaparecido. Philippus se sintió mejor. Si le seguían era porque su hija no estaba lejos. Calvino no le había querido decir nada, se había limitado a llevarle a Notre—Dame diciendo que él solo no podía tomar la decisión de contarle lo que sabía. Con ello no había conseguido otra cosa que intrigar aún más a Philippus. Ahora se sentía tranquilo. Se acercaba el momento. No hizo más preguntas a Juan, quien se había atrincherado en un prudente mutismo.
—¿Y si hablásemos de ese viejo Erasmo? —propuso con voz despreocupada, para calmar a su nuevo amigo y ayudarle a matar el tiempo.
El rostro de Juan Calvino se iluminó inmediatamente y, mientras conducía a Philippus a una taberna, éste se consoló al pensar que sería una hermosa noche.


La tormenta se cernía sobre París. De vez en cuando, repetidos relámpagos atravesaban la noche de tinta con gesticulantes espasmos, dejando ver las siluetas encapuchadas que se apoyaban en el enorme pilar del basamento de la Porte du Temple.
Para evitar que Isabeau se expusiese a cualquier peligro, Jean la había acompañado. Esperaba a Chazeron de pie, con la espada envainada, pero con la mano en el puñal que llevaba discretamente escondido en su costado.
Este llegó cuando caían las primeras gotas. Parecía venir solo, por lo menos en el espacio que alcanzaba la vista, pero Isabeau no se fió. Había acostumbrado sus ojos a ver y sus sentidos a percibir mucho más allá de la sombra. François de Chazeron se apeó del caballo con gran prestancia y se presentó ante ellos a cara descubierta.
Fiel a la imagen que se había fabricado la víspera, Isabeau no sonrió. Se limitó a entregarle una venda negra.
—¿Qué quieres que haga con esto? —ironizó Chazeron.
—Es mi garantía de que no volveréis para limpiar nuestro escondite. Si queréis volver a ver a Marie-Antoinette, debéis aceptar nuestras reglas.
—¡Sea, puesto que te gusta el juego y el riesgo —zahirió con tono procaz—, sabré recordártelo, puedes creerme!
—No será necesario, Chazeron, tengo la suficiente memoria —replicó ella sin dejarse distraer.
François le dedicó una sonrisa depredadora y anudó la tela en torno a sus ojos.
—Vuestro caballo se quedará aquí. Lo recuperaréis a la vuelta.
Jean Latour le ató un cabo de cuerda en la muñeca derecha.
—Yo iré delante cogido al otro extremo. No encontraremos ningún obstáculo en el camino, sólo alguna escalera, y os señalaré los peldaños.
Isabeau hizo lo mismo en su mano izquierda.
—Yo iré detrás. Mientras estéis sujeto a estas cuerdas, estaremos seguros de que no veis nada del lugar al que os llevamos. Si las soltáis estaréis en peligro.
—Habría podido morir en tus manos muchas veces, Isabeau. Esta vez tampoco tendrás el valor de acabar con tu pasado.
Por toda respuesta, Jean hizo girar una de las piedras del adorno del pilar y éste dejó un pasadizo al descubierto.
Anduvieron largo rato por el túnel secreto que unía el Temple con varias casas de la rué Vieille, hasta detenerse en el sótano de la de Albérie, que abrió otro mecanismo. Ésta les esperaba con Mane y Constant a su lado.
Mientras Jean desandaba el camino, Isabeau retiró la venda a Chazeron. El farol danzaba sobre la sombra de las paredes y Chazeron se demoró un momento inspeccionando el lugar mientras se frotaba las muñecas.
Su mirada se detuvo en Marie, a cuyo lado ya estaba Isabeau, junto a unos tonelillos y estanterías llenas de conservas.
—No tienes nada que temer de él, Marie —dijo. Y luego, volviéndose hacia François de Chazeron, que no se había movido, añadió—: Ésta es Antoinette-Marie. Es la persona que buscabais.
Rodeando una escalera que conducía a la cocina, se acercó a ella con un atisbo de ternura en el rostro. Marie dio un paso atrás.
—No os acerquéis a ella —rugió Constant.
—Calma, jovencito —replicó François—, sólo quiero asegurarme de que no me han mentido. ¿Esto te pertenece? —preguntó, sacando el medallón de su bolsa y mostrándolo a la joven.
Marie lo cogió rápidamente y se apresuró a atarse la cadena en torno al cuello.
—Vuestros hombres me la arrancaron junto al río —gruñó. Y luego, tras mirarle fijamente a los ojos—: Debéis dejar de atormentar a los mendigos. ¡Son inocentes!
—Quisieron defenderte, lo sé, pero era la única manera de encontrarte. ¿Sabes quién es tu padre?
—¡Un descreído, a juzgar por vuestros crímenes! —asestó Marie, pérfida, levantando la barbilla.
—De manera que te han dicho quién eres —dijo François de Chazeron sonriendo.
Aquella muchacha le hacía gracia.
—Eso no me obliga a seguiros.
—¿Hay pruebas de su origen? —preguntó con un suspiro el señor de Vollore, a la par que se volvía hacia Isabeau.
Albérie le alargó el acta de nacimiento que había traído con la niña. François la desenrolló e hizo un movimiento de cabeza.
—Os habría resultado fácil colgar esta medalla del cuello de una hija vuestra, de Albérie, o de otra. Este documento no prueba nada, salvo el nacimiento de Antoinette-Marie de Chazeron.
—Remángate, Marie —ordenó Albérie.
La joven dudó un instante y luego retiró el encaje de su camisa. La cicatriz tenía dos dedos de longitud y Chazeron la reconoció al instante.
—¿Recuerdas cómo ocurrió ese accidente? —preguntó con dulzura.
—Recuerdo que corría detrás de un perro. Estaba jugando, creo. Tropecé con una raíz. Había una piedra con un canto afilado a flor de tierra. Me curó la tía Albérie. Había sangre por todas partes. Vos me reñisteis por llorar.
—¿Cómo sabes que era yo?
—Porque la tía Albérie me dijo que obedeciese a mi padre. ¿Le basta con eso, señor? —se mofó Marie acompañando su mueca de irritación con una reverencia.
—Voy a llevarte a Vollore para que recibas una buena educación.
—¡Eso jamás! Aquí es donde están los míos. Mi sitio es éste, junto a los mendigos y la Reforma. No podéis obligarme a seguiros.
—La Reforma será disuelta dentro de poco. El rey no podrá permitir por mucho más tiempo el desorden que provoca. En cuanto a tus amigos, tendrás que olvidarlos. Has nacido Antoinette-Marie de Chazeron y tu deber es dar herederos a tu tierra. Ya va siendo hora de ocuparse de tu educación.
Cuando François de Chazeron iba a coger a Marie por el brazo, Constant se interpuso.
—No la toquéis —rugió amenazante, al tiempo que se llevaba la mano al puñal.
Pero Chazeron fue más rápido. Con un contundente puñetazo al mentón, lo mandó a rodar por el suelo.
—No te metas en esto, mocoso.
—Os prohibo que toquéis a Constant —dijo Marie indignada mientras se disponía a ayudar a su amigo a levantarse.
—¡Ya basta, lenguaraz! Albérie te secuestró de tu hogar y ahora eres una carga para estas muchachas. Si no fuese verdad, no estaría aquí.
—¡No os creo! No permitiréis que me lleve, ¿verdad? —gimió volviéndose hacia Albérie e Isabeau.
Pero ellas, al unísono, se apartaron y se acercaron a Constant, quien se incorporaba en esos instantes con un ojo morado.
—Lo que este hombre dice es verdad, Marie —afirmó Albérie con dulzura—. Te secuestré para vengarme de él. Eres de sangre noble. Ha llegado el momento de recuperar tu lugar y tu rango.
—¡No! —gritó Constant, pero Isabeau lo detuvo.
—Déjala irse, Constant. Es mejor así, créeme.
—¡Poco importa la verdad, me niego a seguiros! —exclamó Marie pugnando para soltarse.
—Muy bien —estalló François de Chazeron—, entonces has de saber que masacraré a cada mendigo de París, empezando por Croquemitaine, su rey, y luego sacaré de sus guaridas uno a uno a esos conjurados de la Reforma hasta que ya no quede a tu alrededor más que las ruinas de esa familia de la que pretendes ser heredera.
Marie palideció y se detuvo.
—¡No haréis eso!
—¿Y quién me lo iba a impedir? Tengo poder para hacerlo, lo sabes. ¡Sólo depende de ti salvar a los tuyos!
—¡No tenéis derecho! —exclamó Marie con rabia, a punto de echarse a llorar.
—¡Claro que tengo derecho! ¡Soy tu padre, Antoinette-Marie!
—¡No! —afirmó una voz poderosa a espaldas de François.
Isabeau dio un grito de sorpresa que hizo volverse a Chazeron. En lo alto de la escalera, Philippus le cerraba el paso, con un trabuco cargado en la mano.
—¡Ha llegado la hora de que paguéis vuestros crímenes, Chazeron! Soltad a esa niña —ordenó.
En ese momento, el subterráneo se abrió y surgieron dos guardias gritando a Chazeron que se apartase. Philippus no tuvo tiempo de comprender lo que pasaba. Se sintió proyectado hacia delante en el mismo instante en que sonaba el disparo. Bajó rodando las escaleras, quedó tumbado sobre la tierra batida y recibió un cuerpo quejumbroso sobre su vientre.
—¡Ma! —gritó Marie.
Deshechas, Isabeau y Albérie parecían petrificadas por lo repentino y violento de la acción. Con gesto vivo, Marie se zafó de Chazeron y se arrodilló junto a aquellos dos cuerpos enredados sobre los que crecía una mancha escarlata.
Aturdido, Philippus se veía rodeado de soldados, con la loba tumbada sobre él. El animal había dejado de gemir, y se contentaba con clavar en la suya una mirada esmeralda, de una ternura desgarradora.
—Ma... —murmuró Marie. La loba gris le lamió una mano para tranquilizarla. Luego, dirigiéndose a Philippus, con las mejillas arrasadas de lágrimas, dijo—: Os ha salvado. Pero ¿por qué? ¿Ma, por qué?
—Soy tu padre, Marie —se atrevió a decir Philippus en un murmullo, con un nudo en la garganta, reteniendo la respiración para comprobar los latidos del corazón de Ma, fuertes y regulares.
Marie acarició con ternura el cuello de Ma. Cuando François apartó a sus hombres para apoderarse de ella, Marie susurró sólo para Philippus:
—¡Entonces salvadla! Salvad a mi madre...
Philippus rodeó con los brazos el cuello del animal y miró a François, que se llevaba a Marie clamando:
—¡Estamos en paz, Isabeau! No vuelvas a cruzarte en mi camino, o morirás como esa loba.
Con dos guardias cubriéndole la espalda, se introdujo en el túnel con Marie. Cuando hubieron desaparecido, Isabeau se precipitó hacia los dos cuerpos abrazados. Philippus no se atrevía a moverse, con la nariz hundida en su pelo y las lágrimas de ambos mezcladas en una ternura infinita.
—¿Es ella? —inquirió Isabeau con el corazón desgarrado.
Antes de que Philippus pudiese responder, Ma levantó una pata y la puso sobre la mano que adelantaba Isabeau.
—Todo saldrá bien, estoy a tu lado —murmuró ésta—. ¿Estáis herido? —preguntó a Philippus con aspereza.
—No, no como vos pensáis.
—Entonces no os mováis. Tengo que asegurarme de que Ma no corre peligro si la movemos.
—Tomaos el tiempo que sea necesario.
No entendía, ya no entendía nada. Dejó que Isabeau examinase la gravedad de la herida de la loba. Desde donde estaba no podía ver dónde la habían alcanzado. Tan sólo percibía su dolor, a pesar de que en su mirada esmeralda ardía un fuego abrasador. El mismo que antaño en la de Loraline. Sentía la cruz de oro labrado clavársele en el pecho a través de la camisa. Todo era confuso. Desesperadamente.
Se había presentado en casa de Albérie con Calvino, entró como es costumbre entre los luteranos, sin esperar respuesta. Unas voces les guiaron hasta la escalera del sótano que partía de la cocina. Philippus había reconocido la de Chazeron entremezclada con las súplicas de Marie.
Sacó el trabuco, que había recogido hacía mucho tiempo en el campo de batalla para cubrir su propia retirada y que siempre llevaba encima, escondido bajo la capa.
Calvino se había quedado atrás, más temerario en sus discursos que en sus actos, y Philippus decidió intervenir.
Ahora todo le resultaba confuso. Al primer golpe de vista, había reconocido a Loraline y Albérie sacrificando a Marie, contra su voluntad, a aquel monstruo. No entendía nada. Apenas era consciente de que la que había tomado por Loraline era otra mujer, engañado por su pasmoso parecido. Mientras, contra su cuerpo, moría aquella a quien amaba. Detrás del olor del animal se hallaba el de Loraline. Aquel olor tan especial, mezcla de mujer y loba, que tantas veces le había inundado de deseo y amor en la cueva de Montguerlhe.
Albérie y Constant se acercaron obedeciendo a la llamada de Isabeau. El muchacho se había refugiado en los brazos de su tía y lloraba desconsolado.
—Está perdiendo mucha sangre, pero no le han alcanzado ningún órgano vital. Hay que extraerle la bala. Vos sois cirujano, creo —dijo Isabeau dirigiéndose a Philippus—, me ayudaréis. Cuando diga tres —ordenó a sus acompañantes.
Jean Latour, que acababa de regresar, también puso las manos bajo el costado herido.
Isabeau contó hasta tres y a la vez levantaron al animal, mientras Isabeau deslizaba una tela gruesa entre él y Philippus.
Philippus se incorporó, embotado por la frialdad del suelo de tierra batida y el peso de Ma. El extraño cortejo se llevaba la improvisada parihuela y subía las escaleras con precaución. Cuando Philippus llegó al descansillo, tropezó con la mirada de Calvino, quien lo esperaba con evidentes muestras de incomodidad.
—No he tenido tiempo... —comenzó.
—No tiene importancia —le interrumpió Philippus.
—El destino está en marcha, sigámoslo, amigo —dijo Calvino con un suspiro mientras le daba una palmada en el hombro.
Philippus le siguió apesadumbrado. Otra vez había perdido a su hija. No perdería a Loraline. Con independencia de su apariencia, ella aún le amaba. Lo había demostrado con su gesto instintivo. Y por aberrante que pudiese parecer, al abrazarla contra sí había comprendido hasta qué punto su propia existencia carecía de sentido. Hasta qué punto había esperado aquel instante contra toda razón. Hasta qué punto también él la seguía amando.
En unas zancadas alcanzó a Albérie y a Constant, que sostenían la hermosa cabeza de la loba.
—Sois un imbécil, Philippus —le reprochó Albérie por encima del hombro.
—La salvaré —dijo él por toda respuesta.
Desesperado, fijó su mirada en la cadenita que temblequeaba a cada paso sobre el pecho ensangrentado de Ma y se puso a rezar en silencio, mientras la tendían sobre la mesa de la cocina.
La operación fue larga y Philippus ayudó lo mejor que pudo a Isabeau. No preguntó nada cuando Albérie pronunció aquel nombre que tantas veces había oído de labios de Loraline. Las explicaciones vendrían más tarde. Le faltaban tantos eslabones a la cadena de los días que se habría vuelto loco si tan sólo hubiese prestado oídos a los murmullos de su alma. En consecuencia, se refugió en los actos.
Isabeau sabía dónde y cómo intervenir. Él no habría podido. Evidentemente, había visto mil veces a Loraline sangrar a los lobos heridos en el monte, había escuchado y aprendido la anatomía de los animales de su boca. Pero todo aquello estaba muy lejos. ¿Cuántos humanos se le habían ido de las manos en los campos de batalla, cuánta metralla había extraído en vano? Isabeau ordenaba y él obedecía. Poco importaba saber cómo se había enterado de quién era él, cómo le juzgaba. Ella sudaba copiosamente. Albérie mantenía aplicado al morro de Ma un trapo empapado en somnífero. Él pasaba los instrumentos, sostenía los separadores, cuidaba de que Jean mantuviese el farol a la altura conveniente. Se refugiaba en aquella falsa impresión de ser útil para olvidar el miedo. Su miedo a ver aparecer la mujer bajo la loba.
—Si muere, recuperará su apariencia —le había confiado Albérie en un aparte—. Rezad, Philippus, para no volver a ver su rostro jamás.
Estaba aterrorizado. Tanto más cuanto que, en el de Isabeau, tenía delante de los ojos aquel rostro robado por Chazeron. A pesar de los años, de algunas arrugas furtivas y de un no sé qué más insistente en la mirada, era como un espejo. Un espejo en el que habría bebido todas las lágrimas del mundo para olvidar la pesadilla de las suyas.
—Acabad vos, estoy agotada —le ordenó ella.
Isabeau sonreía, y Philippus se sintió renacer.
—Cosed en la dirección en que crece el pelo, como con un cráneo, para que la cicatriz no duela —dijo antes de secarse la frente húmeda.
Philippus asintió con la cabeza. Isabeau le explicó que la bala había penetrado por el costado derecho y rebotado en las costillas, a menos de media pulgada del pulmón.
Ma había tenido suerte. También él. La bala lo habría matado.
Se aplicó a coser la herida en la que Isabeau había derramado un buen chorro de licor de adormidera. A su contacto, brotó una sangre limpia y clara que se llevó las últimas impurezas.
—No habrá infección —había anunciado Isabeau.
Pero él ya lo sabía. Loraline le había enseñado las milagrosas virtudes de la planta así como el arte y las diferentes maneras de utilizarla. ¿Acaso no había experimentado en propia carne su eficacia? Cuando acabó de vendarla, Albérie retiró el trapo del morro de Ma. Luego se dejaron caer sobre un banco de madera arrimado a la pared. Los cuatro.
Constant dormía hacía rato, hecho un ovillo, en el cuarto de al lado. A Calvino le había parecido conveniente retirarse a su casa, no sin avisar antes a los mendigos y a los reformados de que los hombres de Chazeron habían forzado su guarida y decirles que era mejor no volver a reunirse hasta nueva orden.
Albérie cerró los ojos y se recostó contra la pared. Estaba extenuada pero satisfecha. Ma seguía dormida, respiraba de forma regular. Isabeau y Philippus no lograban despegar la vista de aquella mesa de madera en la que la sangre comenzaba a coagularse.
—Habéis hecho un buen trabajo, Isabeau —dijo con sinceridad.
Isabeau volvió hacia él un rostro marcado por las ojeras aún moteado con manchas de sangre roja y negruzca.
—Vos también, amigo... Sin tener en cuenta vuestra estúpida intervención.
—Teníais la venganza al alcance de la mano. No lo entiendo. ¿Qué va a ser de Marie?
—No os inquietéis por ella —dijo Isabeau con una sonrisa franca—. La escena a la que habéis asistido estaba preparada hasta en su último detalle. Sabíamos que Chazeron había apostado dos hombres en los alrededores de la Porte du Temple. A los mendigos no se les escapa nada, aunque nadie los vea. Desde el exterior, el pasadizo sólo se abre con una maniobra hábil que los soldados no habrían podido reproducir en la oscuridad. Jean ha vuelto para abrirles y se las ha ingeniado para guiarlos.
—¿Por qué?
—Era preciso que Chazeron creyese que se llevaba a Marie contra su voluntad. Era la única manera de que no sospechase nada. Va a llevarla a Vollore.
—¿Y luego?
—¿Luego? Chazeron morirá.
Philippus dejó traslucir una mueca de escepticismo. Isabeau puso sobre su brazo una mano amistosa.
—Yo misma he dudado ante una intriga tan audaz, pero Marie me ha convencido. Aún ayer me preguntaba de quién había heredado esa perseverancia, ese coraje, y me decía que tal vez se debiera a la sangre de Chazeron. Me equivocaba. No hay duda de que se parece a su padre. Os ruego que me perdonéis, Philippus. Sin mi egoísmo, sin mi locura, hubieseis educado a esa niña con Loraline y el orden de las cosas nos habría proporcionado la felicidad.
—¿Cómo habéis adivinado quién era yo?
—Como vos, Ma estaba alerta, agazapada en la sombra, dispuesta a intervenir si Chazeron intentaba lastimar a Marie. Luego habéis aparecido y ella os ha tirado al suelo para salvaros. Yo no sabía vuestro nombre, Albérie lo ha musitado al asombrarse ante la escena, confirmando así mi intuición. Nadie sacrifica su vida sin una razón. Ma es un animal, su instinto de conservación es aún mayor que el de los humanos. Si dudabais del amor de mi hija, ahora os ha dado pruebas de que sólo ha cambiado su apariencia externa.
—No me importa. Me ha engañado vuestro parecido, he creído que, como en el caso de Albérie, la transformación era periódica. Si lo hubiese sabido, nunca la habría expuesto.
—Vivirá.
—¿No hay ninguna manera de devolverle su verdadero rostro?
—¡Por desgracia, no! ¿Creéis que yo habría aceptado mi destino si la hubiese? —replicó Albérie con sarcasmo.
Philippus volvió el rostro hacia ella. Seguía con los ojos cerrados. Con la cabeza hacia atrás, apoyada en la pared, parecía dormir.
—¿Por qué me mentisteis? ¡Nunca la habría abandonado!
—Ella no quería condenaros a vivir como un recluso junto a un animal, como ella misma había hecho junto a Cythar durante años. Ya no erais del mismo mundo. Os amaba.
—Vos sois la culpable. Si me hubieseis autorizado a llevármela cuando aún estaba a tiempo... —espetó, a su pesar.
—Las cosas no son tan sencillas, Philippus —objetó Isabeau—. Debéis creerme. He necesitado reaprender a vivir para darme cuenta de que quería a Loraline, de que había hecho mal dejando que me creyera muerta. Quería exacerbar su odio, que Chazeron muriese por la misma mano que su crueldad había engendrado. Sólo esa idea me daba fuerzas suficientes para afrontar el día siguiente. Cuando tenía a mi hija sobre las rodillas, la imaginaba como un arma despiadada que me lavaría sin remordimientos de la injuria de su progenitor. Hasta que estuve separada de ella no entendí que tan sólo era una niña. Mi hija. Cuando regresé para intentar enmendar mis errores, ya era demasiado tarde. Entonces mi hermana me mintió, también a mí. No he descubierto la verdad sobre Marie, Ma y vos mismo hasta hace poco. En un primer momento también yo reproché a Albérie haberme mantenido alejada de los míos. Ahora sé que tenía razón. He pasado los últimos años reconstruyéndome. ¿Habría podido hacer lo mismo cruzándome con la mirada de Ma todos los días? ¿Habría podido reír sin reprocharme mi error? ¿Habría podido perdonarme lo bastante para enfrentarme a Chazeron? Ma y yo nos hemos descubierto de manera diferente gracias a mi ignorancia. Ella ha sabido comprender mis errores. Ha sabido perdonarme. No he engendrado un monstruo, Philippus; fue engendrada en el horror, en la perversidad, y a pesar de todo lleva en el alma la luz más bella y generosa. Sin duda, gracias al amor en el que la habéis envuelto.
—Me he perdido a menudo sin ella —confesó él, conmovido por la confidencia de Isabeau.
—Chazeron pagará, Philippus.
—Eso no me basta, señora. Dios es testigo de que todo el saber adquirido durante estos años no habrá sido en vano. Consagraré a ello el resto de mi vida si es necesario, pero le devolveré su aspecto humano. Os devolveré a vuestra hija, Isabeau, y haré de ella mi esposa. Os lo juro.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:35 pm

Capítulo 9


Huc de la Faye se quedó boquiabierto cuando, detrás de su señor, Marie bajó del carruaje. Tenía los párpados hinchados y h cara veteada por unas marcas rosáceas, que le había dejado la manga del vestido sobre la que se había dormido, pero seguía siendo hermosa. Marie lanzó una mirada curiosa al imponente edificio, pero sobre todo a él. Huc se limitó a inclinarse en una reverencia. Había esperado que Philippus fuese el primero en encontrar a Marie, pero como ése no era el caso, tendría que morir por haber traicionado a su señor. Se había preparado para ello desde que recibió el correo de François. Reconfortado por esa certeza, al incorporarse encaró a Chazeron con una mirada directa y orgullosa.
—Antoinette-Marie, te presento a mi preboste, Huc de la Faye —dijo François con malicia.
—¿Sois vos el esposo de la tía Albérie? —preguntó Marie mientras se acercaba a él sonriente.
Al oír nombrar a su mujer, Huc sintió que el corazón se le encogía. Asintió con la cabeza.
—Sed bienvenida a vuestra casa, Antoinette-Marie —dijo con la voz turbada por la emoción.
—Llévala con Bénédicte, que le dé una habitación y le prepare un baño. No te duermas. Tenemos que hablar.
El tono era frío, cortante. A Huc le traía sin cuidado. Hacía mucho tiempo que la muerte no le asustaba. Lo único que le preocupaba era Marie.
—¿Aceptaría mi brazo, señora? —dijo a la par que se lo ofrecía elegantemente.
—Dios mío, Huc, sois un auténtico caballero —exclamó Marie riendo—. No puedo decir lo mismo de ciertas personas —añadió lanzando a François de Chazeron una mirada de desprecio.
Él hizo como si no la hubiese oído y los observó entrar en el castillo rumiando su rabia. A no mucho tardar, aquel pequeño demonio estaría casado con un buen partido. Ya no necesitaba intendente para Vollore. Había llegado el momento de deshacerse de Huc de la Faye. Resuelto, entró tras ellos para impartir sus órdenes a los criados.
—Acompañadme, Huc —rogó Marie al intendente, cuando éste hizo ademán de conducirla hacia una escalera de piedra.
—Vuestro padre me espera —objetó él sin convicción.
—¡Que espere! ¡Vamos!
Le tendió una mano decidida y Huc la siguió bajo la mirada reprobadora de Bénédicte, quien, no obstante, no dijo nada. Apreciaba más al preboste que a su señor.
—Dejadnos solos, Bénédicte, mi padre desea que me preparéis un baño. ¡Y en verdad lo necesito! ¡Id ahora!
—Señora, no es muy decoroso que os quedéis...
—¡Salid! —ordenó Marie amablemente con un gesto de determinación—. Mañana empezaré a aprender los modales que me impongan. Por el momento, mis deseos son órdenes, Bénédicte.
—Bien, señora.
La puerta se cerró sobre su rostro contrito. Huc estaba maravillado ante tanto aplomo y tanta belleza.
—Mi buen Huc —comenzó cogiéndole las manos—. Mi tía Albérie me ha encargado que os transmita todo su cariño. Sé que más de una vez me habéis recogido del suelo cuando tropezaba y me hacía daño, y os recuerdo a pesar de que he conservado muy pocas caras en la memoria.
—Estoy encantado de volver a veros. Menos por el hecho de que sea junto a él. Os habéis convertido en una mujer tan hermosa, Marie... Y tan fuerte, al parecer...
—Más de lo que creéis, Huc. Tenemos poco tiempo y no puedo deciros nada —susurró Marie—, pero confiad en mí. La tía Albérie me ha explicado que Chazeron querrá castigaros. Aceptad su sentencia y confiad en mí.
Huc abrió unos ojos como platos, pero Marie puso un dedo sobre sus labios y le guiñó un ojo. Luego, poniéndose de puntillas, depositó un cariñoso beso en su rasposa mejilla.
—Id ahora. Seguro que ya está de un humor de mil demonios.
Marie le precedió, le abrió la puerta y lo despidió con una maliciosa reverencia. Intrigado, pero lleno de confianza, Huc bajó la escalera para dirigirse al gabinete de François.
Una vez sola en su habitación, Marie corrió a la ventana y abarcó con mirada satisfecha los jardines cubiertos de hojas doradas. El otoño estaba a las puertas de Auvergne.
—Dentro de poco, François de Chazeron, todo esto será mío.
Y comenzó a girar por la sala en una danza feliz para dejarse caer con los brazos abiertos sobre la cama con dosel.
—¡El baile de las lobas va a poder empezar!
Cuando Bénédicte pidió permiso para entrar, seguida de un barreño que traían dos mozas, encontró a Marie animada y con una sonrisa en los labios.


—Te colgaremos pasado mañana, al alba —anunció François cuando Huc acababa de cerrar la puerta tras él.
François le daba la espalda, con una mirada que la rabia ensombrecía perdida en la escena que se desarrollaba al otro lado de la ventana. Esta daba a un cercado en donde un palafrenero domaba un caballo de guerra. El hombre no ahorraba fustazos para obligarle a correr en el círculo que le imponía. Cada golpe que azotaba la grupa del animal calmaba en François su deseo de golpear al preboste hasta hacerle sangrar.
Lo encaró, manteniendo las manos en la espalda, crispadas sobre un imaginario látigo. Huc esperaba aquella sentencia. No puso objeción alguna.
—Siempre fuiste un pusilánime —dijo François con una risa irritada—. Incluso hoy. Hace tiempo que debería haberte castigado. Creíste poner a tu amada fuera del alcance de mi justicia y vengarte quitándome a mi hija. Nunca creí tus mentiras. Nunca. Pero en el fondo me daba igual. Tu gesto apartaba de mí a mi propia esposa. Tras encerrarse en el convento, salió de mi vida y me dejó sus bienes. En el fondo me eras útil, sobre todo sabiendo que tu servilismo no tenía límites, a juzgar por tu perfecta administración. A menos que sólo hayas administrado Vollore pensando en Antoinette-Marie. ¿Era ése el plan de Albérie, Huc, hacerla reaparecer cuando yo muriese? Es mi única heredera legítima. ¿Sabías que Isabeau está viva?
Huc encajó el golpe palideciendo. No lo sabía. Sin embargo permaneció callado. François comenzó a recorrer la estancia de punta a punta, como tantas veces le había visto hacer cuando seguía el hilo de sus retorcidos pensamientos.
—No, claro que no lo sabías. Tienes que aceptar la evidencia, mi buen Huc: la mujer que amabas y a quien querías proteger te ha traicionado. He recuperado a mi hija, pero Antoinette-Marie nunca será la heredera de Vollore. He tenido cuatro bastardos que pienso legitimar en cuanto esa peste de Antoinette-Marie contraiga matrimonio. La unión que sellará esa boda me resarcirá de todos los manejos que habéis tramado. Es hermosa y despierta. De aquí a unos meses la presentaré al rey y solicitaré que entre al servicio de la futura esposa del duque de Orléans, el joven Enrique. Su situación pronto atraerá a los pretendientes de las familias más ricas. Pero tú ya no estarás para verlo, Huc, ni tampoco tu mujer y esa maldita Isabeau. Vas a morir. Luego les tocará a ellas, en cuanto vuelva a París. Me ocuparé personalmente de los luteranos a quienes ellas apoyan y de los mendigos que gangrenan las calles de París. El rey me estará agradecido. Habrías hecho mejor manteniéndote en tu papel de preboste, Huc. Toda la castellanía de Vollore está harta de tus complots.
—Me queda un punto por aclarar antes de morir. Una última voluntad, por así decir —espetó Huc, socarrón.
—Es la costumbre —consintió François, aunque irritado por su soberbia.
—Guillaume de Montboissíer, que en paz descanse, estaba convencido de que erais vos el asesino de los sacerdotes enviados a petición suya para investigar y exorcizar. Recordad, fue apenas unas semanas antes de que os encaprichaseis de Isabeau en Fermouly e hicieseis tambalear su destino y el mío.
—Ese estúpido abad creía que podría obligarme a reducir mis actividades. Vino a defender la miserable causa de aquellos arrapiezos que yo utilizaba en mis experimentos. ¡En nombre de la caridad cristiana!
François soltó una risotada sarcástica. De pronto, parecía encantado de dar rienda suelta a sus recuerdos, a la negrura de su alma. Huc sacudió la cabeza, asqueado.
—Así pues, él tenía razón. Vos asesinasteis a los curas y también a los niños.
—Olvidas algunas vírgenes. Sí, durante más de quince años, les arranqué el corazón para echarlo aún palpitante en mis pociones, les trepané el cerebro para beber su sustancia, usé de todos esos recursos y de muchos más para encontrar el alkahest. Era una causa noble. Transformar el plomo en oro, alcanzar la eterna juventud. Sin remordimientos. A menudo eran una carga para sus familias. Sólo sacrificaba dos al año, en cada solsticio, en plenilunio, como está escrito en muchos tratados. Una noche, Guillaume de Montboissíer me vio llevarme a uno de ellos al castillo y el niño no volvió a ser visto con vida. Quiso chantajearme: yo financiaba su capilla y él cerraba los ojos. Bonita moral la de la Iglesia, ¿no te parece? Me reí en sus narices. No tenía ninguna prueba. Entonces se le ocurrió mandarme aquellos comisionados para acusarme de brujería y de comercio con Satán. Como corrían muchos rumores sobre la presencia de una loba merodeando por las granjas, me cubrí con una piel de lobo. Los degollé lacerándoles la carne para que creyeran que había sido obra de un animal. Hasta que Isabeau se cruzó en mi camino. No sé de dónde ha sacado ese poder. A sus antepasadas, a la Turleteuche sobre todo, se las señalaba con el dedo como brujas. Sin embargo nadie habría podido sospecharlo. Isabeau, una mujer loba. Le enseñé al abad de Moutier los pelos que encontré en mi jubón después de haberla poseído y le obligué a compararlos con los que aparecieron en la mano del último cadáver hallado. Le convencí de que esa mujer era la asesina, de que era ella quien había matado a monjes y niños las noches de luna llena y de que yo no tendría ningún escrúpulo en quemar a los suyos en la hoguera si volvía a atreverse a mancillarme con sus sospechas. Me parece que, como tú, quiso proteger a esa Albérie que hiciste tu esposa. Se calló. Incluso abrí mí bolsa para comprar mi arrepentimiento por haber abusado de esa bruja. Para purgar mi alma y mi cuerpo en el caso de que Satán se hubiese introducido en mí en el momento del coito. ¡Hay que ser idiota para creer semejante fábula! La verdad es que le traían sin cuidado aquellas vidas sacrificadas en aras de la ciencia. Su orgullo estaba satisfecho. En el frontón de su capilla, hizo grabar sus iniciales para la posteridad. Poco le importaba que las mías lo estuviesen en sangre, en los soportes de mi atanor. Ya basta. Fuiste un hombre de bien, Huc de la Faye, y como tal, cobarde y sin ambición. Ese es tu único crimen, pero te condena.
Se dirigió con paso tranquilo hacia la puerta y la abrió.
—Llevadlo al calabozo y haced llamar al abad para que se confiese.
—Una última cosa: ¿habéis renunciado al alkahest, François de Chazeron?
A François se le iluminó el semblante.
—¡De ningún modo! Isabeau guarda el secreto. Será fácil que el rey me conceda su mano. Y como bien sabes, no existe mujer que ande con tapujos ante su esposo cuando éste le pide amablemente las cuentas...
Huc se dejó conducir sin resistencia, tal y como se lo había prometido a Marie, pero una arcada agria le revolvió el estómago. Y mientras la risotada demencial de François se acallaba en el húmedo frío del calabozo, no pudo evitar esperar un último milagro. Era impensable que Dios pudiese seguir cerrando los ojos ante las injusticias de este mundo.


—Si dejáis a los míos tranquilos os daré el alkahest.
François levantó la cabeza de su mesa. Marie estaba en pie ante él, erguida y orgullosa, con la mirada llena de una rabia controlada. No la había oído entrar. Con su vestido verde almendra, estaba encantadora, muy diferente de la niña asilvestrada que había detenido en las calles de París. La miró con sorpresa y admiración. Ella le sonrió.
—Soltad a Huc y respetad a mis amigos, padre, puesto que soy vuestra hija y debo llamaros así. Yo conozco el secreto de la tía Isabeau. Olvidadla, olvidadlos a todos, y compartiré ese conocimiento con vos. Y más aún.
François frunció el entrecejo. Marie adivinó todo su interés en el brillo de sus pupilas. Se aproximó a él y le susurró por encima del escritorio:
—He oído la conversación que habéis mantenido con Huc. Los mendigos tienen la ventaja de saber espiar sin ser vistos... Os obedeceré. Punto por punto. Seré sumisa y dócil, como es debido, y mucho más que un matrimonio de conveniencia, os daré la fortuna que duerme bajo vuestros pies y que al huir, Isabeau dejó a vuestra disposición.
François se apoyó pesadamente contra el sillón. Aquella joven le agradaba. Era una digna descendiente suya, sin lugar a dudas. No obstante, replicó:
—Esa fortuna de la que hablas sirvió para pagar mis deudas y algunos favores. No queda nada en la cueva, doña Sabelotodo.
Marie redobló su sonrisa. Se dejó caer, ligera, en una butaca que acusaba el paso del tiempo en el cuero del acolchado y, divertida, tamborileó con los dedos en el brazo.
—¡Doña Sabelotodo contra el señor Zorro astuto! ¡Un bonito título para una comedia! ¿No os parece, padre? Porque sois menos sagaz de lo que aparentáis... ¿Creéis que la tía Isabeau es tan tonta? Os dio unas migajas de lo que el alkahest le reportó. Simples migajas. Lo sé. Yo he visto ese oro, esa montaña de oro.
François tragó saliva con dificultad. Estaba pálido a causa de la avaricia y su orgullo herido. Marie se burlaba de él, lo leía en cada hoyuelo de su picara cara, y sin embargo decía la verdad. Lo notaba. Lo sabía. El alkahest aún estaba en Montguerlhe.
—Cuéntame —le pidió con avidez.
Marie disfrutaba de un placer malsano con su venganza. Estaba exultante en su fuero interno. Isabeau y Albérie no le habían mentido. Por aquella piedra filosofal era capaz de cualquier cosa. Empezó a hablar mientras calculaba sus efectos:
—Tía Albérie dejaba regularmente París para visitar a su familia en Auvergne, como ella decía. De vuelta, traía dos sacos llenos de oro que servían para ayudar a todas las causas, tanto la suya como la de la tía Isabeau o la de los mendigos en la época de las hambrunas o la de la Reforma a través de calculados donativos para la edición de los libros de Lutero o de Erasmo. A mí me tenía sin cuidado todo aquello. En una ocasión, yo debía de tener diez o doce años, no lo recuerdo, Constant me preguntó por esa fortuna. Le contesté que no sabía nada, pero que la tía Albérie era muy rica. «Entonces, ¿por qué no está en la corte del rey? ¡Todos los nobles están allí! Y sólo los nobles son ricos», me contestó. Fue como una revelación. Tenía razón, había algo extraño en aquel tejemaneje. Tanto por juego como por curiosidad, empecé a espiarla con la ayuda de Constant y su hermana pequeña Soléne. Era divertido. Recogía por aquí y por allá informaciones de frases cazadas al vuelo, sin entender realmente lo que quería decir, y finalmente, el año pasado, me lancé. Pregunté a la tía Albérie qué era el alkahest y cuál era la procedencia del oro. Unos días después me llevó con ella. Al final de un largo recorrido subterráneo, me enseñó el mecanismo secreto que abría la sala oculta. Luego, extendió el brazo y anunció, satisfecha de mi asombro: «Aquí está nuestro tesoro. ¡Gracias a esto!». Y me enseñó una botella llena de un líquido de color ámbar violáceo, y una piedra oscura. Destapó el frasco, vertió algunas gotas en su mano y las lamió como un animal. Se retorció de dolor durante unos minutos y luego cogió la piedra y la acercó a una roca. Bastó con que una y otra entrasen en contacto para que la roca se transformase en oro. Fabricó el suficiente para llenar dos sacos. Después cerramos el pasadizo y nos fuimos cuando los efectos del producto se disiparon. Le pregunté por qué no utilizaba el oro que había allí y me respondió que llegaría un día en el que el licor se agotaría. Aquello era su reserva, porque ya no tenía la posibilidad de fabricar más sin correr el riesgo de llamar la atención. Eso es todo, señor padre. ¿Satisfecho?
El señor de Vollore se frotó la barba nervioso. Así que Isabeau no había mentido, el recipiente contenía el alkahest y, para poder disponer de la sustancia, habían experimentado su inocuidad administrándoselo a él.
—El frasco. ¿Qué fue del frasco?
—La tía Albérie volvió a dejarlo en su sitio, en la sala contigua a la de la roca. Prefería dejar el alkahest en Montguerlhe por miedo a que la atracasen por el camino y a que descubrieran su uso en París. El oro puede sustituirse. Ese secreto no.
François se echó a temblar. Era indiscutible que Marie decía la verdad. Sólo él había visto el licor, había conocido sus efectos.
—¿Recuerdas dónde? —preguntó.
—Lo encontraré sin dificultad cuando entre en la iglesia donde dejamos la litera.
—¿Cómo se llamaba?
—Saint-Jehan-du-Passet.
François se hallaba exultante. Había registrado los subterráneos sin encontrar nada y aún menos la salida de la capilla. Así que era por allí por donde habían huido Isabeau primero y luego Albérie. Aquella ermita no recibía la visita de un sacerdote más que dos veces por semana.
En aquel lugar aislado era fácil ir y venir de noche sin atraer la atención.
—¿Era una noche de luna llena?
—No. La tía Albérie me explicó que la mezcla era estable. Necesitaron diez años para lograrlo. Cualquiera puede consumirla sin peligro, en cualquier momento. A razón de un trago para un efecto prolongado de algunos días o de unas gotas para algunas horas. La tía Albérie no necesitaba una gran cantidad. Lo más extraño era que, después de haberlo ingerido, se le borraban las arrugas, se alisaban. De hecho, nunca la he visto envejecer.
—Iremos allí. Esta noche.
—No, padre.
Marie exhibía su sonrisa más amable, pero su mirada reflejaba una decisión inquebrantable. François sintió que la cólera lo invadía.
—Muy bien, escucho.
—Soltad inmediatamente a Huc y echadlo de aquí. Irá a reunirse con su esposa y le revelará cuál ha sido el precio de su vida. Tía Albérie e Isabeau seguirán con sus asuntos en París. Vos podréis presentar vuestra hija al rey con magnificencia, legitimar vuestro nombre y vuestro título, y ser libre como sólo lo son los poderosos. Quiero a esa gente, François de Chazeron; durante quince años de mi vida me han querido como a una hija. Aunque no les perdono que se comportaran así, sé que lo hicieron por el bien de todos y por miedo a vuestra cólera. El viaje que me trajo aquí me ha permitido ver las cosas con claridad, comprender su actitud.
—Entonces, ¿por qué les traicionas?
—No lo habría hecho si no fuerais un perjuro al no cumplir la palabra dada. Ya os lo he dicho. Os llevaré hasta allí. A cambio de que los dejéis libres y los olvidéis. Quiero ese compromiso por escrito.
François de Chazeron reflexionó un instante. Sólo deseaba a Isabeau por el alkahest. En cuanto a Huc, lo había perdonado tantas veces...
—Sea. Daré la orden de liberar a Huc de la Faye de inmediato. Tú misma lo verás partir con sus armas y con una carta que ateste que está libre de cargos. Otra misiva hará saber a Isabeau que no debe volver a cruzarse en mi camino. Haré tapiar el pasadizo y nadie, aparte de nosotros, sabrá que ha existido. Tienes mi palabra de que respetaré este compromiso.
—En ese caso, padre, iremos la próxima noche.
Marie se levantó garbosa, le dedicó una radiante reverencia y salió de la estancia tan silenciosamente como había entrado.


Huc no tuvo tiempo de menospreciar el frío inmundo del calabozo. Dos de sus antiguos compañeros de armas vinieron a buscarlo y lo condujeron hasta sus aposentos, insistiendo en que debía reunir sus pertenencias cuanto antes. François de Chazeron quería verlo.
En cuanto entró en el gabinete François le tendió dos misivas y le anunció con frialdad:
—He decidido perdonarte. Tu esposa está en París, reúnete con ella y confíale esto. En este pliego encontrarás la dirección de Isabeau. Te mantendrás apartado de mi camino, Huc de la Faye, para siempre. Por este documento que vas a firmar, me entregas tus bosques y tu título.
—¿De qué viviré? —preguntó irónicamente Huc.
—Vivirás. ¿No es bastante? Debes compensarme por tu conducta. ¡Firma!
Huc apretó los puños, reticente por unos instantes ante la idea de ver lo que le quedaba de sus antepasados en aquellas manos indignas, pero luego cedió, ayudado por aquella vocecilla en su memoria, la de Marie incitándole a someterse. Seguro de que la muchacha había tramado algo, abdicó de su título y de su escasa fortuna, bajo la mirada socarrona de François de Chazeron.
—Vete ahora mismo. Aquí tienes tu sueldo, te bastará para el viaje. Estamos en paz, pero no vuelvas a poner los pies en este país. Sí sorprendiese a uno de los tuyos, lo abatiría como a un lobo dañino. ¿Queda claro?
—Lo recordaré, no temáis.
—Nunca temí nada de ti, preboste. Eres el ser más lamentable y pusilánime que he conocido. Vas a reunirte con los piojosos de tu calaña en la Corte de los Milagros. Y pardiez, esa perspectiva me resulta más agradable que tu muerte.
—¿Estoy libre? —preguntó Huc, rabioso tras su fingida indiferencia.
—Lo estás. Que te degrades con salud, amigo.
Huc no respondió. Se echó al hombro su magro hatillo y, con decisión, salió dejando la puerta abierta.
Cuando traspasaba el umbral de la cuadra para ensillar su caballo, encontró el lugar sin ningún sirviente, pero con el caballo preparado. Se disponía a montarlo cuando la voz de Marie, delicada y alegre, surgió de un rincón oscuro.
—No te vuelvas, Huc, te está vigilando pero no puede oírme. Ve dando rodeos, porque no tengo ninguna confianza en su palabra. Bien podría mandar a sus hombres que te sigan. Vete y preocúpate sólo de ti. Dile a la tía Albérie que no tenía elección. Ella lo entenderá. Adiós, Huc.
Huc espoleó su montura con el corazón encogido. Cuando atravesaba el patio, Marie se apartó de la sombra y le sonrió. Él la saludó con una ligera inclinación de cabeza antes de ponerse al trote y salir de las murallas de Vollore.
Marie esperó unos minutos para que el espía de Chazeron tuviera tiempo de ir a hacer su informe y luego salió silbando. Cuando se cruzó con el mozo de cuadra que, una vez acabada su misión, volvía cojeando, como de costumbre, le presentó su más graciosa sonrisa acompañada de un amable:
—Hermosa tarde, ¿verdad?
Pero en lugar de responder, bajó la cabeza bajo el peso de su delación y apresuró el paso, como si de pronto se avergonzase de haber repetido lo que acababa de oír. Marie no insistió. En París habrían sido amigos; aquí, tan sólo era un esclavo más, respetuoso con el señor que le daba trabajo a pesar de su cojera. Y, en realidad, sin saberlo, también la servía a ella, al reforzar en François la opinión que quería que éste tuviera de ella.


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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:36 pm

Capítulo 10


Comieron en silencio, el uno frente al otro, en la gran sala de recepciones, uno en cada extremo de la mesa larga y maciza, observándose por el rabillo del ojo. Marie desplegó todo el arte que había aprendido de Isabeau, manejando los cubiertos con soltura. François de Chazeron, a pesar de su impaciencia por la expedición que iban a emprender, no podía evitar admirarla. Sabiamente realzada por un vestido granate, su larga cabellera, que domesticaba una capota con orejeras adornadas con perlas, era muy diferente de la joven que había secuestrado dos semanas atrás. Tan sólo llevaba unas horas en Vollore y ya reinaba en el lugar con una prestancia que ninguna otra, ni siquiera Antoinette, había sabido ostentar. Marie le turbaba, por su mirada franca y orgullosa, gris acero, por su gracia e incipiente sensualidad que la aureolaba. Por un momento, le pasó por la cabeza la idea de casarse con ella, que Marie no desentonaría cogida de su brazo. Pero ahuyentó aquella perspectiva incestuosa de inmediato. Había recuperado a Marie para lograr una alianza con un rico y magnífico partido. Tenía que perseverar en su propósito. Pero ¡por los clavos de Cristo! ¡Cómo lamentaba que fuese su hija!
—Huc se ha ido, lo he visto —dijo Marie mientras apartaba el plato—. Habéis cumplido vuestra promesa, y ahora debo cumplir la mía. Si estáis dispuesto, yo también lo estoy.
François se levantó sin siquiera dejar tiempo al paje para retirarle la silla. Marie, por su parte, se sometió con gusto a aquella costumbre para dejar bien claro que era capaz de adaptarse a cualquier circunstancia y, luego, le precedió por el corredor que conducía a las cuadras.
—Creía que tendría que ocuparme de tu educación —dijo François, admirado, sin poder contenerse—, pero parece que me equivocaba. Tienes muy poco que aprender.
—¡Se puede vivir en la Corte de los Milagros y saber remedar a los grandes! —contestó Marie de buen humor.
François se contentó con esbozar una sonrisa que se perdió en el sensual balanceo de caderas de la muchacha. Apretó los puños, apremiado por la ola de deseo que lo invadía. En un instante, su decisión estaba tomada. Si no podía casarse con ella, bien podía poseerla. No sería el primer padre en ocuparse así de la educación de su hija. De esa forma, poseería mayores conocimientos tras las nupcias. Aquella idea apenas sirvió para apaciguar el hervor de sus sentidos; cuando atravesaron el puente levadizo en dirección a Saint-Jehan-du-Passet, estaba mucho más obsesionado por la proximidad de Marie que por la tan soñada piedra filosofal.
Ataron sus monturas a un roble que crecía en la colina entre muchos otros y Marie le guió hasta detrás del altar. No había alma viviente en dos leguas a la redonda. Marie encendió un farol con el pedernal y avanzó segura hacia el subterráneo tallado en la roca que se adentraba en las entrañas de la montaña.
François se dejó conducir en silencio. El olor húmedo del lugar le producía náuseas, pero su deseo de poseer tanto el alkahest como a la joven le daba ánimos.
Pronto tuvo que renunciar a orientarse en aquel dédalo que se adentraba cada vez más profundamente. Marie parecía conocer el lugar por el que le guiaba. La seguía sin desconfiar, porque se parecían, aunque ella no confiase en él. La forma en que había reaccionado ante Huc confirmaba sus temores. De ahora en adelante, a Marie le interesaba servirle sólo a él.
El túnel terminaba en un callejón sin salida. François frunció el ceño.
—Ya hemos llegado —anunció Marie volviéndose hacia él—. Me debéis un favor, querido padre. Tía Albérie se negó a dejarme probar el contenido del frasco, con el estúpido pretexto de que la piedra debía tener un solo dueño. Hoy las cosas han cambiado. Quiero mi parte de poder. Deseo ser vuestra igual.
François se sintió herido al escuchar esas palabras. Asintió mecánicamente con la cabeza, pero su ávida mirada transparentaba sus sentimientos. Nunca aceptaría que una mujer fuese su igual, ni siquiera su hija. Bastante le dolía saber que aquellas brujas habían disfrutado de ese privilegio antes que él. Marie se conformó con aquella señal de asentimiento y dirigió sus pasos hacia una roca que sobresalía entre las demás. Frotó en dos lugares distintos, hizo aparecer el mecanismo de apertura y apretó varios signos tallados que se hundieron uno tras otro.
Una voluminosa piedra se apartó para dejarles el paso libre. Marie se introdujo por allí. Chazeron siguió sus pasos y se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando. Bajo la flameante luz de la antorcha, el oro resplandecía allí donde su mirada se detenía. Con avidez, cayó postrado de rodillas en medio de las monedas que hizo resbalar entre sus dedos.
—El alkahest está ahí —señaló Marie al pasar junto a él para acercarse al frasco que destacaba sobre un estante, junto a una piedra volcánica.
Al ver que ella se disponía a cogerlo, François se puso en pie impulsivamente y la apartó de un empujón para cogerlo primero. Rápida y ágil, Marie recobró el equilibrio, haciendo apenas oscilar la linterna. Se echó atrás y le dejó el campo libre.
François volvió con el frasco en la mano.
—Sí, eso es. Este extraño color, apenas más negruzco que entonces. La carne de la vida.
Lo destapó y se apoderó de la piedra con la misma impaciencia. Con un objeto en cada mano, los observó con codicia.
—Sólo unas gotas, padre —le recordó Marie—. Yo también lo quiero, me lo habéis prometido.
Pero François no la escuchaba. Los efectos serían permanentes, le había dicho hacía poco. Permanentes. Sería el hombre más rico del mundo, tendría la vida eterna. Detuvo sus ojos sobre la muchacha y su mirada se tornó más viciosa si cabe. Ya no necesitaría un heredero, podría satisfacer todos sus caprichos, incluido el de casarse con Marie, poseerla, convertirla en una mujer.
—Lo habéis prometido —insistió Marie mientras se acercaba a él con una mano tendida hacia el frasco.
De un trago, François envió el contenido al fondo de su garganta, cegado y enloquecido ante la sola idea de compartirlo. Satisfecha, Marie retrocedió despacio. Cuando el frasco cayó al suelo y Chazeron apretó la piedra con las dos manos, ella no pudo contener la satisfacción de su victoria, y le dedicó una sonrisa exultante. Apenas había tenido él tiempo de asombrarse, cuando un violento dolor lo dobló en dos y le hizo palidecer. Alzó los ojos hacia ella y lo único que leyó en su rostro fue un odio feroz.
—Vas a morir, François de Chazeron. Vas a morir en medio de este oro por el que te has condenado.
—¿Qué es lo que...? —comenzó a preguntar mientras intentaba incorporarse, pero el dolor de su vientre era tan lacerante que se lo impidió.
Los espasmos contraían sus músculos y sus huesos parecían desgarrarse, arrancarse, mientras su ritmo cardíaco se aceleraba de tal forma que se sintió enloquecer.
—El alkahest no existe, Chazeron; no es más que un veneno. Violento e irreversible. Vas a morir, a menos que te transformes en lobo, como mi madre hace quince años.
Marie estalló en una carcajada feroz. François abría unos ojos enormes, sabedor de que Marie decía la verdad. En un acceso de cólera, intentó abalanzarse sobre ella, pero Marie lo esquivó con habilidad y François cayó de bruces al suelo. La joven aprovechó para agacharse sobre su cintura y desenvainar su espada. Sabía que tenía poco tiempo. Albérie se lo había advertido.
Se dirigió al pasadizo con la espada en la mano, dispuesta a salir si fuese necesario. Pero deseaba vengarse a sí misma y vengar a los suyos.
—No soy tu hija —confesó con voz alterada por la violencia de sus actos—, sino tu nieta. La que tomaste hace dieciséis años por Isabeau era mi madre y la hija ilegítima de la violación que cometiste. Para salvarme de ti, me cambió por el hijo de tu esposa, antes de transformarse en la loba gris que tus hombres hirieron en París.
—Es imposible —rugió François entre dos espasmos que le hicieron regurgitar una bocanada de sangre—. Mientes. ¡Mientes! —gritó iracundo.
Marie se volvió y levantó el farol hasta la altura de su nuca, para desnudarla con un gesto ligero.
—Comprueba si miento.
François dejó escapar un grito de rabia y dolor. De repente, las cosas adquirían un sentido tras perder otro.
—La marca de las lobas, Chazeron —dijo Marie encarándolo de nuevo—. Soy de su raza y también de la tuya. Por eso me ha resultado tan fácil representar esta comedia. Por mis venas corre tu sangre y, gracias a ella, voy a recuperar por derecho lo que robaste a mi madre, a mi abuela, a mi tía: su identidad, su nombre. Y voy a darles, a darme, el poder y la capacidad que he heredado. Vas a sufrir mucho y vas a morir. En medio de todo este oro. Solo, como un animal, mientras bailo el baile de las lobas. ¡Adiós, abuelo! ¿Soñabas con una fortuna? ¡Ahí la tienes!
François se retorció de dolor y Marie vio cómo se dislocaba su ropa. No esperó más. Con gesto vivo salió de la cavidad y activó el mecanismo de cierre. El grito de odio de François se perdió tras el muro. Sin siquiera tener tiempo de reunir las fuerzas para incorporarse, se encontró emparedado.
Entonces, Marie-Antoinette de Chazeron se echó a reír a carcajadas.


Cuando Marie salió de la iglesia, la noche aún reinaba sobre Auvergne, una noche clara y fresca, que anunciaba la inminencia de las primeras heladas. Sin remordimientos, con el alma y el corazón aliviados, fue al encuentro de la silueta que la esperaba junto al caballo de François. Jean Latour echó atrás la capucha y Marie le dedicó una sonrisa cómplice.
Cuando estuvo a su lado, se adelantó a sus preguntas formulando otra:
—¿Cómo está Ma? ¡Hace tres semanas que me muero de inquietud por saberlo!
—Ma está bien. Isabeau y Philippus la han salvado. Cuando se empezaba a despertar tras ser atendida de sus heridas, dejé París al galope siguiendo vuestro rastro para estar seguro de que todo iba a desarrollarse como habíamos planeado. Puesto que sales sola, deduzco que ése es el caso.
—Isabeau tenía razón. Deseaba tanto poseer la piedra filosofal que ha caído en la trampa con los ojos cerrados. Ha sido un juego de niños. Esa sala será su tumba. Me muero de ganas de volver con los míos. Volvamos a París, Jean.
—¡Lo siento, todavía no, hermosa Marie! Tenemos que rematar el trabajo. —Y, al ver su cara de pena, la cogió cariñosamente por el brazo y añadió—: Has conseguido hacer lo que los tuyos llevan soñando treinta años. Ahora tienes que llegar hasta el final.
—¿Por qué no te ha acompañado Constant?
—Isabeau se lo ha impedido. Tiene razón. Nadie debe saber que François de Chazeron ha muerto. Vamos, Marie. Hay que actuar antes del alba.
—Lo sé.
La besó cariñosamente en la frente y Marie sintió que el corazón se le aceleraba y le latía con mayor fuerza. Jean la turbaba. De manera diferente a Constant. Una ola de rabia le oprimió el estómago. Cumpliría su misión hasta el final, pero no por Isabeau ni por Albérie. Lo haría por ella. Para tener derecho a decidir respecto a su vida.
Tras montar el caballo, volvió la cabeza hacia Jean y observó sus gestos rápidos y ágiles, con los que de un salto se encontró sobre su montura.
—Dime, Jean, ¿quieres a Isabeau? —se atrevió a preguntar.
Asombrado, él volvió hacia ella sus grandes ojos negros y respondió con un sí franco, directo, como él era en todo, a pesar de su reputación. Sin embargo, añadió:
—¿Por qué?
Marie se mordió el labio. ¿Cómo decirle que habría querido, que le habría gustado probar lo prohibido en sus labios carnosos? ¿Cómo confesar que quería a Constant, pero que su voz, la de él, la hacía vibrar?
La oscuridad aún velaba en su rostro la máscara de sus tormentos. El se le acercó sobre el nervioso caballo. En un suspiro que la tensión de las últimas horas afilaba, sin mirarlo, dejó caer:
—Ella es una mujer vieja. Yo no.
Sin esperar respuesta, Marie espoleó su montura y lo dejó allí plantado. Jean la alcanzó en el camino real. El aire había refrescado sensiblemente con la proximidad del alba. Pero ni el uno ni el otro sintieron su mordisco. A su llegada, el puente levadizo descendió a una señal del vigía. Marie había retirado de su rostro la capucha de lana de la capa, pero Jean seguía cabizbajo. Habían salido dos, regresaban dos. Ninguno de los tres guardias de la puerta hizo preguntas. François de Chazeron era un personaje lo bastante discreto y desagradable como para que nadie se hiciese preguntas sobre sus asuntos.
La casa aún dormitaba. Marie precedió ajean por los corredores hasta la habitación de François para que recogiese algunos efectos personales. Tenían el tiempo justo. Ella, incómoda por su audacia de hacía un momento, evitaba su mirada. Jean no dejó traslucir emoción alguna. La confesión de la joven había despertado en él su propia atracción. Estaba seguro de sentir un cariño sincero, fuera de lo común, por Isabeau. Pero lo que Marie había dicho era cierto. Marie tenía juventud, la frescura ante la que ningún hombre puede permanecer insensible. Menos aún él, que no había hecho otra cosa en su vida que mariposear de cama en cama.
Marie abrió varios cofres para mantenerse ocupada a su lado. No necesitaron mucho tiempo para llenar una bolsa de viaje y añadir un anillo con el sello de los Chazeron. Cuando concluyeron su trabajo el gallo cantó en el corral.
—Tengo que irme antes de que el palafrenero vaya a las cuadras y se dé cuenta del subterfugio.
—Sí—masculló Marie con una leve sonrisa.
Estaba triste. Aquel castillo que no era el suyo la rodeaba de una soledad a la que no estaba acostumbrada. Jean se sintió doblemente turbado. Sus miradas se cruzaron y él dejó que sus dedos recogiesen un mechón negro que se había deslizado fuera de la capota, durante la cabalgada.
—Dentro de unas semanas un correo con el sello de Chazeron reclamará tu presencia en París. No vuelvas a los subterráneos. Deja pasar unos días.
—Tendré paciencia. Respecto a lo de hace un rato...
—Chitón —susurró Jean reteniendo sus palabras con un dedo sobre su boca flexible—. El amor y el deseo son dos emociones muy distintas, Marie. No tientes al pecador que llevo dentro. Nos perderíamos los dos.
Se inclinó sobre su boca y esbozó un leve beso en sus labios. Luego se apartó de ella y salió de la habitación.
—Jean —le detuvo Marie con un arrebato de independencia en el corazón—, di a Isabeau que no soy mi madre. Nadie, nunca, regirá mi destino.
Jean se volvió y la miró de hito en hito, con gravedad. Su barbilla levantada desafiaba a las lágrimas y a su repentino desamparo. Él soltó la bolsa y adelantó una mano febril. Marie se encontró entre sus brazos tan repentinamente como él había sentido la necesidad de que así fuese. Marie se abandonó en aquel beso imperioso y sensual que despertaba en su cuerpo a la niña salvaje con sangre de loba. Luego, Jean volvió a dejarla en el suelo con la misma determinación.
—Tu destino está en marcha, Marie. ¿Estás segura de poder controlarlo?
Recogió su equipaje y desapareció mientras una bóveda de vapores rosados incendiaba el cielo del otro lado de la ventana.
Marie le siguió hasta la cuadra, temblando, aquejada de una fiebre insospechada. Se sosegó al verlo montar en el caballo de François justo cuando el palafrenero aparecía erizando una cabellera deslumbrante y áspera como la crin. Con la capucha calada hasta las cejas, Jean avanzó hasta el puente levadizo, lo pasó sin dificultad, cuidando de que vieran su bolsa de viaje, y lanzó a su montura por el camino, con el cuerpo en ascuas y el espíritu confundido.
Al ver al palafrenero, que había llegado junto a ella y miraba cómo su amo se marchaba, con cara dubitativa subrayada por un sonoro bostezo y una rascada a fondo de su cabellera piojosa, Marie le dijo irritada:
—¡Así es mi padre! Me trae aquí, ladra órdenes, despide a su gente, me hace correr por esos campos de noche para mostrarme los límites de sus tierras y se vuelve a París antes de que se haga de día. ¿Hay alguien más imprevisible, impertinente y estrafalario en este mundo?
—Quia, señora —aprobó el bobo, con una expresión de desconcierto en el rostro, tanto ante el lenguaje de la joven como por la actitud del señor.
Le traían sin cuidado sus extravagancias y sólo recordaba una que le atañía. Chazeron le había prometido dos sueldos por espiar a Marie y, ahora que se había ido, su bolsa seguía vacía. Marie lo dejó con sus pensamientos, que no le concernían, y volvió al castillo. El alba había despuntado y la escarcha esparcía una muselina blanca sobre las hojas que cubrían el suelo. Sintió un escalofrío.


En la sala adyacente a las cocinas, las criadas ya se habían puesto en movimiento y llevaban jarras de leche a la mesa. Al notar su semblante descompuesto, una de ellas le sirvió leche en un cuenco y se lo alargó en el instante en que entraba Bénédicte. La intendente observó su vestido arrugado y su tocado desordenado.
—¡Por todos los santos! —refunfuñó levantando los brazos al cielo—. ¿De dónde venís en semejante estado? ¿Qué va a decir vuestro señor padre?
Marie bostezó. Estaba agotada. Atravesó la sala y se plantó ante ella.
—Mi padre ha regresado a París para ocuparse de su cargo. Parece que para él es más importante que su hija...
—Pero si ayer mismo me dio una lista de las recepciones que había que celebrar... —protestó Bénédicte sin entender.
—Olvidadlas —dijo Marie sin dejar de bostezar—, como voy a olvidar las promesas que me hizo al traerme aquí. Al parecer mi padre es tan imprevisible como poco delicado. Me ha encargado deciros que, en su ausencia, estaré bajo vuestra autoridad. Estoy de acuerdo. En cuanto haya recuperado este sueño que me falta.
Depositó un beso en la abultada mejilla de la matrona, que esbozó una sonrisa oronda y satisfecha, para luego desaparecer por el corredor tambaleándose.
Nada más cerrar la puerta de su habitación, Marie se dejó caer vestida sobre la colcha guateada. Hacía frío en la estancia, pero no lo notó. Todo en ella era ardor. Se sumergió en un sueño inquieto lleno de imágenes gesticulantes donde el señor de Montguerlhe moría pronunciando su nombre entre gemidos.


Ante la enseña del Hilo del Rey, Huc se balanceó y apoyó su cuerpo alternativamente en uno y otro pie, mientras comprobaba una vez más la dirección que Chazeron le había dado. Estaba sucio hasta el sombrero, que no lograba detener los torrentes de lluvia que se abatían sobre la ciudad. La calle arrastraba olas de barro mezclado con inmundicias que le cubrían las botas. Había vendido el caballo a dos leguas de París. El pobre animal estaba agotado. Él también, pero se había impuesto avanzar a pie, a pesar del mal tiempo. Tantas preguntas le mantenían despierto desde su salida de Auvergne, tantas esperanzas también.
—Apártate, imbécil —gritó una voz.
Cayó en la cuenta de que estaba en medio de la calle y estorbaba el paso. Avanzó hasta el porche, sacudió su esclavina, vació el chapeo y empujó la puerta, que hizo tintinear un carillón ligero en medio de la tormenta.
—¡Estáis empapado, señor! —exclamó una voz.
La joven parecía tan sorprendida como disgustada.
—Busco a una dama —explicó Huc tosiendo para aclararse la voz enronquecida por las anginas.
—Deja esta vara de tela, hija, y corre a tomar medidas a madame de Bernardin; ha engordado un poco y se empeña en...
El resto de la frase quedó suspendido en los labios de Albérie, que acababa de entrar en la tienda. A pesar de aquella barba tupida y canosa que le cubría el cuello, a pesar de su miserable aspecto, Albérie lo reconoció al instante.
—¿Qué dama, señor? —preguntó la joven que ni siquiera había notado que su patrona estaba detrás de ella.
—Esta —sonrió Huc, también estupefacto ante la transformación que había experimentado su esposa.
—Mi querido Huc —dijo ella adelantándose—, ¡No nos quedemos aquí, ven! —añadió mientras le cogía las manos—. Carolys, dile a mi hermana que mi esposo acaba de llegar.
—¿Vuestro esposo, señora? —preguntó la jovencita, pero al comprender la indiscreción cometida se apresuró a rectificar—: Voy corriendo.
Carolys desapareció al instante. Huc no encontraba las palabras. Se dejó llevar.
—Primero, ponte cómodo —insistió Albérie mientras entraban
en el vestíbulo de la vivienda de Isabeau.
Bertille entró en la estancia. /
—¿Qué ocurre, Albérie?
—Mi esposo, Bertille.
—¡Por todos los santos! —exclamó Bertille, dando con un pie en el suelo, en un gesto de indignación—. ¡Está empapado!
—Perdonad —se disculpó Huc, pero las palabras se perdieron en los labios de su mujer.
Sin poder aguantar más, Albérie se le había colgado del cuello y lo besaba. Él dudó un momento si abrazarla, por no ensuciarla, pero pronto cedió a su propio deseo, frente a los refunfuños de Bertille, molesta.
—¡Vaya unas maneras! ¡Mi tarima echada a perder! ¡Albérie, a ver cómo queda vuestro vestido! ¡Vive el cielo —acabó por decir mientras salía de la sala—, no quiero verlo! ¡No, no quiero verlo!
Su abrazo acabó en una carcajada. Huc enmarcó con sus gruesas manos las sonrosadas mejillas de su amada.
—¡Santo Dios, Albérie, cómo te ha embellecido haber vivido en paz!
—Yo también te he echado en falta, Huc —respondió ella escudriñando en sus ojos con su mirada metálica.
—¿Podremos adecentar a vuestro esposo ahora? —insistió la voz indignada de Bertille.
Ambos se volvieron de consuno. Con los brazos en jarras y el ceño fruncido, la enana se enfadaba para no llorar de emoción. Era su manera de luchar contra su excesiva sensibilidad.
—¡Creo que sí, Bertille! Pero si te parece bien, yo me encargaré, porque dada su altura, tendrías problemas para limpiarlo.
—¡Albérie! Como si... —se defendió la enana enrojeciendo hasta las orejas.
—Ven, Huc. Bertille es una magnífica cocinera. Estará encantada de prepararte algo de comer.
—¡Claro que sí! Pero que se descalce antes de ir más allá.
—Vuestros deseos son órdenes, jovencita —concedió Huc, seductor.
Bertille se dejó enternecer, ruborizada bajo su mirada, y se alejó contoneando las caderas.
—Encontraré algún paté..., jamón, y tortas —enumeró para disimular.
Huc se quitó las botas, inundando aún más la tarima con la turba que contenían, y luego siguió a Albérie hacia un aseo situado en el piso de arriba.
Cuando Bertille llamó a la puerta para anunciar que traía agua caliente, obtuvo un gruñido por toda respuesta. Dejó los cubos ante la puerta, se secó las manos en un pequeño delantal y dio media vuelta suspirando.
—¡Al menos podría haber esperado a haberse bañado!


Un momento después, se quejaba ante Isabeau, quien, en cuanto le dieron la noticia, se apresuró a volver a casa.
—Conserva calientes las tortas —dijo Isabeau, enternecida con su relato—. Tienen mucho tiempo que recuperar. Volveré más tarde. Toma —añadió mientras le ofrecía un pañuelo a la enana—, suénate.
Antes de que Bertille hubiese podido protestar, Isabeau desapareció tras guiñarle un ojo. Se sentía ligera. Dos misivas de Marie habían precedido el regreso de Huc y Jean. La primera le notificaba con ironía la muerte de Chazeron entre «atroces sufrimientos. ¡El pobre!» y la visita de Huc; la segunda, fechada tan sólo unos días antes, contaba cómo le complacía ocuparse de sus tierras. Marie había consultado los registros de Huc y, con ayuda de Bénédicte, se había decidido a proseguir las iniciativas puestas en marcha por el preboste para paliar entre los gañanes la dureza de un crudo invierno. Contra todo pronóstico, Marie solicitó a los suyos permiso para quedarse en Vollore hasta la primavera.
Isabeau se alegró de ello. Aquella herencia era suya, y nada la contentaba más que saber que Marie era feliz en el lugar que su condición de siervos le había deparado. Su única preocupación era la reacción de Constant.
Desde que se habían llevado a Marie, el jovenzuelo había cambiado. Antes alegre y vivaracho, ahora se mostraba taciturno, se rebelaba a la menor ocasión, a veces incluso en las reuniones con los luteranos. Como si echase la culpa al mundo entero del vacío que le roía por dentro.
Era cierto que, en tan sólo dos meses, habían cambiado muchas cosas. El preboste titular, Jean de la Barre, una vez recuperado de sus heridas, había vuelto a ocupar su puesto y, aunque se mostraba más discreto en sus afinidades con los reformados, tampoco tenía intención de extremar su celo. En cuanto Chazeron devolvió su cargo de suplente, por medio de un correo oficial redactado por la mano de Marie, Jean de la Barre rompió sus expedientes y olvidó las persecuciones. Tanto los luteranos como los mendigos se lo agradecieron con las dádivas acostumbradas.
Ma se recuperó enseguida. Philippus no se separaba de ella, dormía a su lado, lo que exasperaba aún más a Constant, quien ya estaba muy abatido por la pérdida de Marie. Isabeau intentó explicarle la historia, pero él se negó a escucharla. Le daba igual saber que Philippus era el padre y Ma la madre de Marie. Para él sólo había una cosa cierta: uno no se deshace de la gente que quiere. A sus ojos, haber disfrazado a Marie de noble era peor que la prisión, peor que la muerte. Que Marie dijera que se encontraba a gusto en aquel papel se debía tan sólo a que era demasiado orgullosa para quejarse de su añoranza. Si hubiese sabido montar a caballo, habría corrido hasta Auvergne para liberarla. Lo intentó a pesar del miedo que le inspiraban aquellos animales, pero se encontró limpiando el polvo de la calzada con eí trasero, ante la rechifla de los mendigos, y renunció consolándose con la idea de que Jean le enseñaría en cuanto volviese.
Pero Jean tardaba en regresar, igual que Huc.
Isabeau volvió a sus cuentas con el alma en paz. Si uno había vuelto, el otro no tardaría en hacerlo.


Por la noche, durante la cena, en su casa, lo único que la apenó fue la ausencia de Constant. Fue una extraña velada, en verdad. Todos estaban allí: Philippus y Ma, Albérie y Huc. Todos igual de emocionados. Emocionados por encontrarse así, con el alma en carne viva por tantos recuerdos, ensombrecida por tantas mentiras y traiciones y, sin embargo, más rebosante que nunca de amor, perdón y agradecimiento. Estuvieron mucho tiempo hablando. Isabeau se había hecho a la idea de que Huc le reprocharía todo, nada, algo. El se contentó con besarla con una sonrisa franca y los ojos chispeantes.
—Hay una hermosa luz esta noche —se limitó a constatar.
Ella, al igual que los demás, había entendido de qué luz hablaba. La de la verdad, la de la abnegación, el coraje y la perseverancia. La que había sabido sublimar su desgracia y su sumisión. Rieron juntos. Hablaron de Marie juntos. Celebraron el adiós de Chazeron. Juntos.
Jean se presentó dos días después. La peste lo había obligado a desviarse del camino.
—Era previsible. Tenemos que prepararnos para su llegada —respondió Philippus preocupado.
Una semana más tarde, con su amigo Jean Pointet, recorría París para prevenir la epidemia, con las alforjas llenas de jabonetas que Isabeau había comprado con algunos burgueses atemorizados.
El rumor no tardó en crecer. La enfermedad corroía toda Francia, se extendía como una serpiente purulenta. Se hicieron procesiones y rogativas. A pesar del peligro, el rey decidió recorrer sus provincias, satisfecho de visitar las que la muerte de su madre le había legado, junto a su esposa y al delfín de Francia.
En los pueblos y ciudades afectados por la plaga, la gente esperaba su llegada, persuadida de que si podía curar las escrófulas a ejemplo de sus ancestros, salvaría a sus subditos y, por ende, a Francia.
Las lluvias torrenciales que se abatieron sobre París provocaron que el Sena llegase a la altura de los muelles. Siguiendo los consejos prodigados, muchos habitantes se lavaron en aquellos desbordamientos para protegerse. La epidemia no alcanzó la ciudad, pero dejó a la gente poco tiempo para pensar.
Sin embargo, dos seres sufrían grandes tormentos: Constant, que contaba los días que faltaban para la primavera, y Jean, a quien un simple beso había conseguido perturbar.


El invierno pasó sobre un país lleno de sufrimiento. Las noticias de Marie eran buenas y tranquilizaban a los suyos. La epidemia había respetado la casa de Vollore, a pesar de que en Auvergne se habían declarado numerosos focos. Marie decía que era feliz ayudando a su gente, como empezaba a llamarlos. Se sentía útil, aún más que en la Corte de los Milagros, y mejorar la suerte de aquellos pobres la llenaba de satisfacción. Para todos en el castillo de Vollore, François de Chazeron era el destinatario de sus cartas en París, donde su cargo le retenía.
Bénédicte encontraba maravilloso que su nueva y joven señora hubiese reemplazado al cascarrabias de su señor y no sentía desconfianza alguna. Siguiendo los consejos de Jean, Marie no había vuelto a los subterráneos de Montguerlhe. No obstante, los echaba en falta a todos, sobre todo a Constant, y se consolaba pensando que se reuniría con ellos en cuanto la nieve y el hielo permitiesen más viajes que los del correo.
Cuando, el 25 de abril, llegó a la tienda una nueva carta, Isabeau se apresuró a abrirla, segura de que Marie anunciaba su regreso.
Alterada por el contenido de la misiva, palideció y no tuvo tiempo de responder a Carolys, visiblemente inquieta. Se le heló la sangre y cayó de espaldas sobre el embaldosado.
Volvió en sí sobre la banqueta del vestíbulo. Los rostros que se inclinaban ante ella se mostraban graves y recuperó la memoria al instante. Se incorporó y se adosó al cuero.
—¿Es lo que creo? —preguntó.
—¡Por desgracia! —le respondió Albérie con la voz estrangulada.
—Debemos ir allí —concluyó Isabeau—. Ahora mismo. Esta vez no huiré, hermana.
—Bertille está preparando vuestro equipaje —intervino Jean—. El mío ya está listo —añadió llevándose una mano a la espada.
—Entonces, lo que tenga que ser será.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:38 pm

Capítulo 11


—Acaba de llegar un caballero, señora.
Sin dar tiempo a su sirvienta a decir nada más, Marie corrió escaleras abajo, sin poner cuidado en no enredarse los pies en la falda.
El hombre sacudía su capa de viaje empapada por la lluvia. El sombrero le caía de forma lastimosa a cada lado de la cara protegida poruña máscara de cuero.
—¡Constant! —llamó Marie con el corazón palpitante.
El hombre deshizo la lazada de la máscara y Marie pudo descubrir su rostro, cuya barbilla estaba orlada por una barba negruzca.
—Jean —rectificó ella deteniendo el paso, sin parecer decepcionada.
—Buenas tardes, Marie —respondió él a la par que extendía los brazos.
Marie se refugió en ellos. Tenía mala cara, las mejillas hundidas y grandes ojeras, el pelo encrespado y un surco de preocupación le cruzaba la frente. Jean depositó en ella un beso cariñoso y la estrechó con afecto.
—Constant no está lejos. Tan sólo a unas decenas de leguas. Se nos ha roto una rueda en una rodada, a la salida de Clermont. He juzgado prudente no dejar que la noche se nos echase encima. Mañana se nos unirán los tuyos. He querido advertirte.
Marie se apartó de él con los ojos desorbitados por el espanto.
—No, no deben venir. Vayámonos ahora mismo, los dos. No podría permanecer por más tiempo en este lugar maldito, Jean. Sácame de aquí, te lo suplico. Te lo suplico.
Jean observó por un instante su semblante. La había dejado triste, pero esplendorosa. Ya no era más que una sombra de la muchacha vivaracha y sensual que recordaba. ¿Podría ser que Constant tuviese razón? ¿Que aquellas cartas no hubiesen sido más que disimulos?
—La noche es oscura, fría y ventosa. Sería una locura partir al instante. Aquí estamos seguros, Marie. Guíame, tenemos que hablar.
—Señor, ¿dónde está nuestro señor? ¿Nos trae noticias suyas? —se inquietó la oronda Bénédicte que acudía desde las cocinas.
—Por desgracia, su cargo aún lo retiene en París —respondió Jean saludándola con un gesto de cabeza—. Me envía por delante de vuestro preboste, que regresa una vez cumplida su misión.
Bénédicte abrió unos ojos como platos.
—¿El señor Huc?
—El mismo. ¿Quién mejor que él podría detener esos crímenes?
Bénédicte se tranquilizó enseguida. Marie se había cuidado de acallar las habladurías que corrían entre los guardias. Finalmente, fue enviado a París por delante de su señor, quien juzgó más útil utilizar sus talentos que castigar sus errores. Nadie tenía motivos para dudar de ella. Los rumores cesaron.
—¡Debéis de tener hambre! —dijo Bénédicte a modo de bienvenida.
Jean asintió con la cabeza, pero el aspecto de desesperación de Marie le obligó a tener paciencia.
—Debo hablar en privado con Antoinette-Marie, ésas son mis órdenes.
Las palabras parecieron devolver a Marie cierta lucidez. Lo cogió del brazo y apretó el paso.
—Seguidme. El último correo de mi padre me aconsejaba confiar en vos y en Huc.
Bénédicte los vio alejarse por el corredor hacia el gabinete de François, que Marie ocupaba desde su llegada. Recordaba al mensajero que le había confiado la semana precedente la misiva con el sello de los Chazeron. Marie había parecido aliviarse con su lectura. Ahora entendía por qué. Más serena, regresó a las cocinas.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Marie estalló en sollozos sobre el jubón de Jean; era la noche del 25 de mayo de 1532.
Jean la condujo hacia un banco cubierto de terciopelo azul que destacaba bajo la ventana de postigos interiores trancados. Ella se acurrucó contra su pecho, incapaz de seguir conteniendo la tensión que había tenido que soportar sobre los hombros aquellas últimas semanas. Estaba agotada.
Jean no sabía cómo calmarla. Se contentó con mecerla tiernamente mientras le acariciaba la nuca sacudida por espasmos. Marie se limpió la nariz con el revés de la manga y eso le hizo sonreír. Pensó en Constant, abandonado en el camino con los demás, avergonzado de no poder montar a caballo y seguirle. Tenía razón. Marie sólo había cambiado de traje. En su interior aún se hallaba la niña salvaje de la Corte de los Milagros. «Dile que la quiero», había dicho Constant ajean cuando éste volvía grupas hacia Thiers, pero Jean no se decidía a hacerlo. Había pasado el invierno haciendo el amor a Isabeau mientras se preguntaba por qué el beso robado a Marie iluminaba con sus sueños el resto de sus noches. Quería a Isabeau. Sinceramente. ¿Entonces? ¿Su apetito carnal, que en él era muy fuerte, turbaba su temperamento? No podía convencerse de ello. Marie despertaba en él un sentimiento mucho más confuso, mezcla insidiosa de amistad, respeto y sensualidad. Un sentimiento que, al besarla, había percibido como compartido y profundo, a pesar de sus otras relaciones. No había podido olvidarlo, aunque sentía afecto por Constant y temía traicionar su confianza. Aun en ese momento, cuando su llanto comenzaba a calmarse, sólo pensaba en eso. Tranquilizarla. Más satisfecho de lo razonable por ser el primero en llegar a su lado.
—Ya pasó todo, Marie. A partir de ahora no tienes nada que temer, ni de él ni de nadie.
Jean sacó el pañuelo y se lo ofreció en el momento en que ella iba a volver a restregarse el rostro con la manga. Marie le sonrió llena de agradecimiento y esperanza. Se sonó y volvió a inclinar la cabeza contra su pecho, turbada pese a la tormenta que la embargaba con el acelerado latir de su corazón. Cuando el suyo se desbocó, alzó hacia él un rostro atónito y sensual que echó por tierra sus débiles resoluciones.
Jean se apoderó de su boca entreabierta con la sensación de unirse a la tempestad, como el capitán de un barco dispuesto a todo para mantenerlo a flote.
Marie se dejó guiar entre gemidos. Había tenido tanto miedo las últimas semanas, sin poder luchar contra la noche, contra aquella amenaza invisible que, no obstante, podía percibir bajo sus ventanas... Había ordenado atrancar todas las puertas de las habitaciones que tenían chimenea y poner soldados a vigilar. Pero lo sentía merodear a su alrededor, vicioso y asesino.
Jean se apartó de aquel rostro empapado, sofocado por el beso como si le hubiese absorbido el alma. Marie siguió gimiendo, entregada y lasciva, tranquila al sentirse de nuevo viva en aquella carne que mendigaba caricias. Él intentó sobreponerse, rechazar en su interior el deseo salvaje que le laceraba, buscó para convencerse el rostro confiado de Constant que le creía amigo, pero fue inútil.
Con dedo ágil, le soltó las lazadas del corpiño y los corchetes del vestido desnudándola hasta la cintura. Marie se tumbó sobre el banco con los ojos cerrados. Había adelgazado y sus pequeños senos redondos apenas llenaban las manos de Jean, pero éste no pudo evitar encontrarla más hermosa que ninguna. Nunca hasta entonces había tenido una impresión tan clara de ser útil, como si aquellos dedos que se paseaban sobre la blanca piel de Marie despertasen en ella cada ápice de vida. La sentía estremecerse, tensarse y distenderse, ofrecerse tanto como dejarse desear, por instinto. Aquel instinto de supervivencia que había presentido en Isabeau la primera vez que la hizo suya. Se demoró descubriéndola, buscando en sus gemidos justificaciones a su miserable comportamiento.
Era virgen, lo sabía. En otros tiempos, en otros lugares, eso le habría traído sin cuidado, habría gozado de ella como de una barragana, sin preocuparse por dejarla embarazada o insatisfecha. Marie merecía algo más que eso. Merecía el amante que él había aprendido a ser y que las burguesas en ocasiones compraban cuando él se hacía el remiso para subir su cotización. Por Isabeau había acabado con aquel miserable pasado. Por Marie, recuperaba la perversidad a fin de colmarla más que a ninguna otra. Le debía la vida. Le devolvía la vida. Un arranque de orgullo lo invadió cuando la jovencita gozó de sus caricias. Seguro de sí, disfrutó de su virginidad bebiendo el placer en sus labios, como de una fuente que nadie antes había visto brotar.


—¿Aún tienes hambre?
Jean entreabrió los ojos y se demoró mirando el rostro distendido de Marie.
—Me parece que sí.
—Deberíamos volver a la sala donde Bénédicte estará llorando por sus buñuelos fríos —dijo Marie divertida.
—Por supuesto.
Pero Jean no encontraba fuerzas para moverse. Permanecer así, inmóvil contra ella, era proteger aquel placer de un sueño imposible. No le iba a gustar su situación. Lo sabía. Suspiró mientras pasaba tiernamente un dedo sobre la sedosa suavidad de su hombro.
—Debemos olvidar este desvarío, Marie.
La sintió tensarse. Habría podido esperar, pero no quería que se instalase entre ellos la complicidad irreversible de las pasiones adúlteras.
—Quieres a Constant y él te quiere a ti —añadió con voz firme al ver que Marie permanecía en silencio—. Mañana estará a tu lado e Isabeau al mío. No me arrepiento de nada, Marie, pero tú mereces mucho más que...
—No sigas, Jean —cortó ella con tono seco mientras se incorporaba—. Ya lo he entendido. Tenía miedo y tú me has dado ánimos, a tu manera. Necesitaba esa ternura, no te guardo rencor. Estamos en paz. Nadie lo sabrá.
El no respondió. La vio vestirse febrilmente. Estaba indignada, más con ella que con él. Pensó con tristeza que era aún más vil y cobarde de lo que había creído. También él se anudó las lazadas.
Sin pronunciar una palabra más, con el cuerpo sosegado a pesar de su pena, regresaron junto a Bénédicte, quien no se atrevió a hacer comentario alguno, salvo hacer notar que le habrían podido advertir de la duración de la entrevista.
A lo cual Marie respondió, con una sonrisa, que al día siguiente habría cinco comensales más en Vollore.


La joven pasó la palma de la mano sobre su vientre y sus senos, mientras hacía muecas ante el espejo.
No, decididamente, nada había cambiado. Siempre se había preguntado si se notaba la primera vez. No. Nada. Se había convertido en una mujer y su cuerpo guardaba el secreto. Había sentido rencor hacia Jean por dejarla así, tan pronto, pero ese sentimiento no había durado mucho. Era un amigo fiel. Rebuscando en sus recuerdos, se había dado cuenta de que siempre le había atraído, sin que por eso llegase a la conclusión de haberlo amado. Era mejor así. Iba a reencontrarse con Constant. A reencontrarse por fin con aquel padre que tan sólo había entrevisto y a dejar de tener miedo. En Vollore se sentía como en casa, más que en París, a pesar de su agitación. Su lugar estaba aquí. Un lugar aparte. Una razón de ser. En realidad, las cosas eran sencillas. Constant se casaría con ella. Ella le daría hijos y estas tierras serían su cuna. Sí, las cosas eran sencillas.
Cuando volvió a ver a Jean, sentado ante su desayuno, Marie sonrió de contento y él se felicitó por ello. No había podido dormir tironeado por sentimientos contradictorios. El rostro sereno y reposado de Marie le liberó de sus dudas de una vez por todas. Y con excelente humor, se dispuso a contarle las anécdotas del viaje.


El carruaje apareció por la tarde, cuando el día apenas comenzaba a declinar. Antes de que Marie pudiera darles la bienvenida, Ma alzó las patas delanteras y se puso a ladrar.
—¡Señor Jesús! ¡Pero si es un lobo! —se asustó Bénédicte, que se había adelantado para recoger el equipaje.
—Una loba domesticada e inofensiva —rectificó Jean a la par que dejaba reposar una mano tranquilizadora en su hombro.
Bénédicte se puso roja hasta las orejas, pero no hizo el menor gesto por zafarse de ella. El señor era muy atractivo y aquella protección no le desagradaba en absoluto. Marie se acuclilló y frotó afectuosamente su nariz contra la piel gris del animal.
—¡Ma! —exclamó—. ¡Cómo te he echado en falta!
—¿Y yo? ¿Me has echado en falta a mí?
Marie alzó el rostro y encontró el de Constant, maduro y rebosante de ternura. Se incorporó y sonrió a los suyos, unidos por una misma mirada de amor puesta en ella.
—Os he echado en falta a todos —dijo antes de unir sus brazos tras la nuca de Constant.
Constant la abrazó con fuerza, tan feliz como incómodo y súbitamente aturdido al encontrarla tan hermosa a pesar de su delicada figura.
—Entremos —se limitó a decir Marie—. Tenemos mucho que contarnos.


Bénédicte se retiró en cuanto acabó la suculenta cena. Sólo había retenido lo que ellos habían dejado traslucir. Huc de la Faye volvía al país con una mujer desposada e Isabeau era a la vez su hermana y miembro de la parentela de François de Chazeron. En realidad, no quedaba nadie en el castillo capaz de reconocer a Albérie. Aunque su rostro podía resultar familiar a algunos demasiado jóvenes para recordar su cargo, era fácil explicarlo por el parentesco que en otros tiempos habría podido moverla a visitar a la familia. Y a Bénédicte le traían sin cuidado todas aquellas historias. No hizo más preguntas que cuando regresó Marie. François de Chazeron había sido claro: traía a su hija que se había educado en un convento porque la locura de su madre le forzó a separarse de la una y de la otra, por el bien de la niña. Aquellas caras nuevas y cariñosas con la pequeña le gustaban tanto más cuanto que había tomado un sincero afecto a Marie, como todos en el castillo. Que quisiera a una loba no cambiaba nada.
—¡Tengo tan poco tiempo para conoceros, padre! —se enterneció Marie dirigiéndose a Philippus, quien la miraba lleno de orgullo.
—Dispondremos de más. En cuanto hayamos devuelto la paz a esta casa.
Marie se estremeció, su mirada traslucía miedo. Esbozó una leve sonrisa. Era el momento de contarles su desventura.
—No sé si seremos capaces. Y de hecho, hasta ayer por la tarde, cuando Jean me tranquilizó sobre vuestras intenciones, sólo deseaba una cosa: irme de aquí cuanto antes y lo más lejos posible, a pesar de que, lo confieso, me había gustado vivir aquí hasta estas últimas semanas.
Constant apretó los labios y frunció el ceño.
—En mi opinión, esta expedición es una locura. Si quieres volvemos al alba. A casa —añadió.
—No, Constant —dijo Marie sacudiendo la cabeza—. Volver a veros me ha devuelto las fuerzas que me faltaban. Hay que terminar con esto de una vez, o nunca podré volver a dormir tranquila.
—¿Qué ha pasado, Marie? —preguntó por fin Isabeau en un tono de voz cariñoso, a pesar de saber la respuesta de antemano.
—Chazeron ha vuelto. Por lo menos eso creo, aunque sea diferente. ¡Oh, Dios mío, si hubieseis podido verlo como yo lo he visto! ¡Hemos creado un monstruo! ¡Un monstruo! —gimió Marie mientras un escalofrío le recorría la espalda.
De pronto sentía la necesidad de arrancar de sí aquellas imágenes, aquel terror que la perseguía desde hacía más de un mes.
—Todo empezó a principios de la primavera, con la mejora del tiempo. Vinieron unos campesinos a quejarse al sargento de que habían desaparecido algunas ovejas y que habían encontrado a otras devoradas. En Fermouly, el aprisco había sido diezmado, las verjas arrancadas y dos perros destripados. Después, una mujer de la Grimardie extendió el rumor: no se trataba de un lobo, como todos habían creído al principio, sino de un horrible animal. De un hombre lobo. Ella lo había visto, a la pálida luz de la luna, arrasar su establo. Su marido tenía mucha fiebre, ella había querido coger la hoz para echar a aquel trasgo, pero al verla había huido. Otros corroboraron su descripción: la bestia se erguía sobre dos patas cubiertas de largo pelo, y los brazos terminados en garras emergían de un torso corto. El rostro era deforme, la frente humana se prolongaba en un morro alargado. No atacaba a los granjeros, parecía provocarles con su maléfica presencia, permitir que lo viesen claramente y que se echasen a temblar, para luego caer a cuatro patas y desaparecer a una velocidad asombrosa. Eso ocurrió en un único perímetro que abarcaba Vollore y Montguerlhe. Al principio, me escondía en casa y lanzaba la guardia en su persecución, escoltada por los más valientes de los pueblos aledaños, pero la persecución resultaba en vano. Estaba espantada y me negaba a ver la verdad. No podía ser él. Estaba muerto. Yo misma lo había emparedado mientras agonizaba. Pero el sueño me huía; en cuanto me adormecía, pesadillas pobladas de lémures me despertaban empapada en sudor. Necesitaba saber a qué atenerme.
»Una mañana, muy temprano, burlé la guardia y fui a Saint-Jehan-du-Passet, sola, con un trabuco cargado bajo la capa, recordando las veces que había burlado a los soldados del preboste de París. Mi propia cobardía me dio risa. Ya me había enfrentado a aquel hombre y si no era él, no sería más peligroso que otros. El pasadizo seguía cerrado, pero la sala se hallaba vacía. El frasco de veneno aún estaba en el suelo. Inspeccioné cada rincón y acabé por descubrir la brecha, producida por un desprendimiento de rocas. En su deseo de sobrevivir, Chazeron debió de percibir que por allí entraba aire y apartó las piedras. Me aventuré tras su rastro y salí a la sala contigua, la estancia donde se fundían las monedas en lingotes. La rodeé y luego volví sobre mis pasos, aterrorizada. No lo vi, pero estaba allí, agazapado, en alguna parte, regodeándose con mi tormento. Casi podía respirar su perfume mezclado con los olores salvajes de la bestia.
»De regreso en Vollore, tuve que sufrir los reproches de Bénédicte, a quien tuve que mentir, decir que había visitado al abad de Moutier, pero estaba aturdida. Mi primera reacción fue escribiros para rogaros que vinieseis a buscarme. Sin embargo, nada más despachar la carta, me arrepentí. Había hecho exactamente lo que Chazeron esperaba. Por eso me había perdonado la vida, cuando le habría resultado tan fácil sorprenderme. Quiere medirse con nosotras cuatro. Envié otro correo pero, a la mañana siguiente, encontraron al mensajero degollado a unos pocos codos del recinto del castillo. Hice vigilar todas las habitaciones con chimenea. Me habíais enseñado lo que tenía que contar a Chazeron para convencerle de que me siguiese, pero ignoraba los accesos secretos de los demás subterráneos. Podía entrar en el castillo si lo deseaba, estrangular o degollar a mis gentes para castigarme y aumentar mi terror. Di órdenes explicando a todos que una criatura demoníaca podía infiltrarse por los conductos y que aconsejaba no entrar en aquellas habitaciones hasta que nuestras oraciones nos libraran de ella.
»Durante algo más de una semana, todo se calmó. Él había obtenido lo que quería y os estaba esperando. Pude dormir un poco, sosegarme. Todo volvió a empezar hace tres noches. Mi yegua estaba inquieta en el establo, los otros caballos comenzaron a relinchar y despertaron a toda la casa. Bénédicte se negó a dejarme salir. Fui al gabinete de François, abrí los postigos y pegué la cara a los cristales para escrutar la oscuridad que barrían los faroles de los guardias que habían acudido. Y se irguió ante mí, con el morro pegado al cristal y los ojos inyectados de sangre, una fracción de segundo antes de desaparecer. Nunca había visto tanto odio. Cerré los postigos, no sé cómo, y permanecí postrada en el otro extremo de la estancia, sobresaltándome al menor ruido, como si esperara que penetrase allí. Por la mañana, Bénédicte me comunicó que había despanzurrado a mi yegua y que habían tenido que sacrificarla. Hasta la llegada de Jean ayer por la tarde, estaba aterrorizada, espantada aún por aquella terrible visión —concluyó Marie, aún conmocionada por el peso de tan cercanos recuerdos.
Jean sacudió la cabeza en silencio, pero Constant estalló:
—No permitiré que ese monstruo te martirice por más tiempo. Mañana te llevaré de vuelta a París, te guste o no.
—Pero si yo no quiero volver a París, Constant —dijo Marie abriendo los ojos de par en par, sorprendida.
—Claro que quieres —insistió él encogiendo los hombros—. Tu sitio está en la Corte de los Milagros, conmigo. Allí estarás segura. Pueden darle caza sin nosotros. No es nuestra lucha, Marie, es la de Isabeau.
—No lo entiendes, Constant —dijo la joven con la voz ahogada por una vaga tristeza—. Esta tierra es ahora mi tierra y esta gente cuenta conmigo. No quiero irme. Esta lucha, como tú la llamas, se ha convertido en la mía.
Constant la miró, incrédulo, y luego la rabia afloró a sus ojos dejando ver la herida de verse rechazado.
—¡Estás diciendo tonterías! —exclamó irguiéndose.
Antes de que ella hubiese tenido tiempo de contestar, él ya había salido de la sala.
—Dale tiempo, Marie —dijo Albérie tras romper el denso silencio—. Ha estado muy preocupado. Estaba persuadido de que para ti vivir aquí era una carga. Cuando todo haya vuelto a su cauce, los dos veréis las cosas más claras.
Marie asintió con la cabeza; tenía un nudo en la garganta.
—Es importante que recuerdes este detalle, Marie —dijo Isabeau, quien se había concentrado en sus propios recuerdos durante la narración de la joven—: ¿Estás segura de que el frasco estaba vacío?
—Sí, abuela. Puedo jurarlo. Vi a Chazeron beber hasta la última gota. Debería haberlo matado. No transformarlo. No es de nuestra raza —añadió evocando las palabras de Albérie cuando barajaron esa posibilidad en recuerdo de la suerte de Loraline.
—Eso sólo puede significar una cosa —observó Philippus pensativo.
Su mirada se cruzó con la de Isabeau.
—El alkahest—dijo ésta, asintiendo con la cabeza.
—Sí. Sin pretenderlo, Isabeau, habéis descubierto el secreto.
—No es por casualidad. Pasé quince años de reclusión intentando averiguar ese misterio para procurar a mi hermana una vida normal. Creí que había fracasado. Como así ha sido. La fórmula es incompleta o inestable, puesto que Chazeron es ahora un ser deforme. Sólo puede aplicarse a los de nuestra sangre.
—Es suficiente para nuestro uso, ¿no os parece?
—Sin duda.
—No entiendo una palabra de vuestro parloteo —se excusó Marie—. ¿Qué importancia puede tener eso?
—El alkahest es la clave, Marie —explicó Philippus, a quien esa idea había devuelto la esperanza—, la clave para devolver el rostro a tu madre.
—¿De verdad? —exclamó Marie.
—Desgraciadamente, no es tan sencillo —terció Isabeau—. Hay que encontrar el antídoto de esa poción y eso sólo es posible a partir de ella. Ahora bien, como acabas de confirmarme tú misma, el único frasco que quedaba era el que Chazeron vació.
—¿Estás segura, abuela? —insistió Marie, quien de pronto sólo pensaba en aquella hermosa perspectiva.
—Al abandonar Montguerlhe, lo dejé en aquel lugar protegido por si ocurría algo. Loraline tenía un frasco de reserva para el uso al que yo lo destinaba y me llevé otro a París. Se lo di a la hermana del rey cuando éste estuvo prisionero para asesinar a Carlos V, por desgracia sin haber profundizado más en su secreto. Se rompió durante el viaje de vuelta. Lo siento, Marie, porque con la ayuda de tu padre tal vez habríamos podido acabar lo empezado.
—Tal vez Chazeron lleve el secreto consigo —objetó Philippus—. Nos bastará con elaborar el alkahest a partir de vuestras notas.
—Eso espero, Philippus.
—No me abandonaréis, ¿verdad? —insistió Marie acariciando a la loba que tenía acostada a sus pies desde el comienzo de la velada.
—Nunca, Marie —dijo Isabeau enternecida por aquel cuadro, sonriendo a su nieta—. Nunca. Me cueste lo que me cueste.
—Así pues, tenemos que prepararnos y urdir un plan para acabar con esto de una vez —concluyó Jean—. Y, en cuanto a eso, tengo una idea.
Jean la expuso y obtuvo la aprobación de Huc, quien afirmó poder contar con la ayuda de su amigo Bertrandeau, con absoluta discreción. Veinte minutos más tarde, se separaban para ir cada cual a la habitación que les habían preparado, con el corazón ligero de equipaje.


Marie, a quien aquellas perspectivas habían devuelto el apetito, decidió, a pesar de lo avanzado de la hora, coger algunas galletas de la cocina.
Le sorprendió y le hizo feliz encontrar allí a Constant, sentado a la mesa, bajo la mirada encantadora y curiosa de Bénédicte. La intendente había esperado sonsacarle alguna información, cuando se presentó, un momento antes, reclamando algo de beber, pero, a pesar de sus esfuerzos para entablar conversación, el muchacho cariacontecido había permanecido callado como un muerto.
—Creía que te habías acostado —se inquietó Marie dirigiéndose a Bénédicte.
—¿Y quién se iba a ocupar de las tortas para mañana? —rezongó ésta—. ¿Y de los patés? ¿Y de las tartas? ¿Los marmitones, tal vez?
—¡Oh! ¡Perdón! Perdón, Bénédicte —dijo Marie besándola en la mejilla con un gesto espontáneo—. No quería molestarte, bien lo sabes... Tienes ya tanto trabajo que...
—Bueno, bueno, basta... De todas formas ya había terminado —dijo Bénédicte más complaciente, mientras se limpiaba las manos en el sucio delantal, antes de quitárselo—. Os dejo. Hay leche caliente con canela en la marmita.
Cuando se hubo alejado, el silencio cayó sobre la amplia cocina. Marie se sirvió algo de comer. No sabía por dónde empezar. ¡Constant había cambiado tanto en unos pocos meses! Igual que ella.
—Al parecer, te quiere mucho.
El tono era desabrido, pero el corazón de Marie se sintió reconfortado.
—Yo también te quiero, Constant —susurró Marie inclinándose junto a su oído, mientras dejaba el cuenco de leche a su lado, sobre la mesa atiborrada de dulces.
Él se volvió con un amplio movimiento y los ojos se le inflamaron tanto como las rodillas sobre las que se derramó el líquido ardiente. Marie estalló en una risa cristalina mientras él se levantaba dando saltos sobre uno y otro pie, alternativamente, soltando juramentos. Furioso y divertido a la vez, se abalanzó sobre ella y la abrazó. La hilaridad de Marie se perdió en el beso fogoso que él le dio, ahuyentando de golpe las reminiscencias de su infancia.
Por un momento, Marie entreabrió los ojos y topó con la mirada dolorida de Jean, que permanecía de pie en el umbral de la puerta. Volvió a cerrarlos y se abandonó en brazos de Constant, persuadida de que lo había soñado.
—Lo nuestro es para toda la vida, ¿verdad? —gimió Constant en su cabello.
—Sí —respondió Marie con todo su corazón.
Pero aquella seguridad no sirvió para aclarar su situación.


A pesar de la amenaza, los ocho días que siguieron fueron una auténtica fiesta. No volvió a haber incidentes en los alrededores, y todos conocían el motivo: el señor de Vollore buscaba la confrontación. Faltaba saber sobre quién se cerraría el cepo. Nadie deseaba pensar en ello, entregados como estaban al disfrute de su reencuentro. Marie estaba maravillada por el padre que acababa de descubrir. Por él supo, al fin, lo que sólo su madre habría podido contarle. Su extraño encuentro, su juramento. Quería saberlo todo de él, de ellos, ávida por averiguar quién era ella, tras tantos años de ignorancia, de mentiras que, a pesar de todo, no reprochaba a nadie. También le fascinaba aquella piedra filosofal, el secreto de la mutación que Loraline había experimentado. Abrió a Isabeau y a Philippus la puerta del primer piso que había hecho forzar, puesto que no tenía la llave, y se enterneció al ver a su abuela reencontrarse con sus esquemas y notas, y a Philippus descifrar los trabajos más recientes de Chazeron. Quería saberlo todo, aprenderlo todo: alquimia, anatomía, cirugía, astrología, persuadida de que así se acercaría aún más a los suyos, participando en sus trabajos.
Constant rezongaba ante su entusiasmo.
Ella evitaba pensar en eso. La verdad la hería, pues era evidente que a Constant no le gustaba Vollore. De hecho, habituado a su libertad, no soportaba estar encerrado en el recinto del castillo. Marie lo sabía. Se mentía al pensar que con el tiempo sería diferente, se negaba a ver el foso que se abría entre ellos, y se alegraba de que ayudase a Huc y ajean a preparar la batida junto a Bertrandeau.
Por fin se llevó a cabo. El 6 de junio de 1532. Con luna llena. Fue una noche extraña. A pesar de sus reticencias, Albérie había aceptado esperar entre los suyos a que se operase su propia transformación. Philippus estaba invitado a anotar cada etapa del proceso, cada detalle que pudiese servirle. Marie también se había empeñado en estar presente para entender mejor la metamorfosis de Ma. Aunque Albérie había cedido a sus argumentos, se mostró más reticente respecto a Huc, por temor a que surgiese entre ellos el espectro de los años pasados. Huc sabía de su existencia, pero nunca había tenido contacto con el animal que llevaba ella en su interior. ¿Podría seguir amándola, tocarla, acariciarla después de aquel espectáculo de pesadilla? ¡Tantas veces ella misma se había apartado de los espejos...! Su reencuentro se había producido con mayor complicidad de lo que ella esperaba. ¿No lo iba a echar todo a perder aquel descubrimiento?
—Es la última barrera entre nosotros, Albérie. Quizá la única manera para mí de descubrir del todo a la mujer con la que me he casado. Esa parte de ti no me pertenece. Regálamela. Estoy listo para recibirla.
Ella acabó por creerle. Se abandonó, dio a luz a la loba gris en aquella misma habitación en donde hicieron el amor por primera vez. Allí donde todo había comenzado. En Montguerlhe, saqueado, devastado, abandonado a su maldición. Guardado tan sólo por unos pocos hombres que cobraban los derechos de paso a los peregrinos, a los viajeros que pasaban por la vía romana.
Albérie se entregó a sus demonios aullando, ante las lágrimas que brotaban de los ojos de su esposo, rodeada de los suyos, desgarrados por el dolor. Luego, hubo que serenarse, luchar contra la emoción que les había embargado a todos, hasta las entrañas. Hubo que ir a buscar al verdadero monstruo de Montguerlhe. Enfrentarse a él.
Isabeau abría la marcha, con las dos lobas pisándole los talones, y Marie cerraba la procesión. «Cuatro mujeres, dos lobas», pensó Philippus al verlas alejarse a la luz de las antorchas. Se le encogió el corazón. ¡Dios mío, cómo las admiraba! ¡Dios mío, cómo las quería! Se introdujo el primero en el subterráneo para guiar a Jean, Constant, Huc y Bertrandeau, siguió por un momento el resplandor que le precedía y, luego, se desvió hacia la derecha.
Al penetrar en la cueva, Isabeau se puso a toser, molesta por aquellos vapores de azufre que su cuerpo se negaba a reconocer. Se había habituado a otros olores. Éstos le producían náuseas y despertaban en ella el asco de aquello que había sido.
—¿Todo va bien, abuela? —se inquietó Marie.
Isabeau asintió con la cabeza mientras contenía un espasmo provocado por las náuseas. Marie vio desaparecer a las dos lobas en el bosque, mientras Isabeau se obligaba a avanzar.
—Yo también tengo miedo —dijo Marie.
—No hay que tenerlo —afirmó Isabeau encendiendo las antorchas cubiertas de telarañas que seguían allí, sujetas a las paredes.
Una luz suave se expandió sobre las piedras y disipó la angustiosa penumbra.
—¿Será largo? —preguntó Marie acercándose a su abuela.
Estaba espantada, e Isabeau le pasó un brazo cariñoso en torno a los hombros.
—No, no creo. No tienes nada que temer, Marie. No te hará ningún daño. Estoy convencida de que te ha juzgado por tus actos desde que te has hecho cargo de Vollore. ¿Quién, sino tú, podría darle descendencia? Su sangre corre por tus venas. No te matará. Ya lo habría hecho.
—¿Y tú?
—¿Yo?
Prorrumpió en una risa triste. ¿Cómo decirle que había venido aquí a morir? ¿Para salvarlas a las tres? ¿Cómo decirle que ya no sentía angustia, que tenía la íntima convicción de que había llegado su hora?
—No te preocupes por mí. La única diferencia entre ayer y hoy es que lleva su auténtico rostro en lugar de esconderlo. Será más fácil. Ahora haz lo que te he dicho. Enciérrate en esa habitación y no salgas hasta que te llame.
—No entiendo... —protestó Marie.
—Ya lo entenderás. Más tarde. Obedece, Marie. Por amor a los tuyos. Confía en mí. Tiene que creer que estoy sola. En caso contrario, no vendrá y no podremos deshacernos de él. Corre.
Marie entró a regañadientes en la sala mortuoria que Isabeau había recorrido con la antorcha para asegurarse de que estaba vacía. Obedecería, pero con la extraña sensación de que Isabeau dictaba unas reglas diferentes a las que habían establecido entre todos.


Isabeau encendió la antorcha situada frente a la larga mesa en la que tantas veces había diseccionado y observado cadáveres. Los frascos yacían rotos sobre lo que quedaba de estantería; Chazeron había arramblado con los que contenían los embriones de los monstruos que ella había engendrado. No había sabido utilizarlos. No había reproducido el alkahest. Todo su trabajo se había perdido. Apretó los dientes, negándose a perder tiempo con los restos podridos y cubiertos de polvo de aquellas horas de trabajo. Se apoyó sobre la superficie plana que ella misma había tallado con árboles caídos para asegurarse de su solidez y luego se quedó quieta, escuchando una respiración ronca tras ella.
—Te estaba esperando —se limitó a decir. Con unas manos que no temblaban, se desvistió—. Tenías razón, François. Te pertenezco. Siempre lo he sabido —dijo mirándolo de frente, con voz tranquila, mostrando ante sus ojos enrojecidos por el odio el sello de los Chazeron sobre su pecho desnudo—. ¿No es así como me querías al día siguiente de mi boda? Así es como hoy vengo a ti. Se acabaron las máscaras, se acabaron los fingimientos, se acabó la venganza. Sólo tú y yo. En el punto en que todo empezó. Luego podrás matarme aquí mismo o conservarme a tu lado para servirte. Me someto a todo. Sólo te pido un favor: deja que nuestros hijos vivan en paz en esta tierra. Tú siempre fuiste el dueño y señor. Y yo tan sólo una sirvienta. Ahora lo sé. Y voy a demostrártelo.
Se acercó a él sin vacilaciones, sin apartar los ojos de aquella mirada perversa, y apretó entre los dedos su sexo erecto de deseo. Él, con una mano en forma de garra, le propinó una bofetada que la proyectó contra la mesa que acababa de dejar para abalanzarse sobre ella y lamer la marca de su servidumbre con su rasposa lengua de lobo. Isabeau cerró los ojos y murió por segunda vez.
Se disponía a apartarse de ella cuando el eco trajo consigo un tintineo. Gruñó y la levantó tras agarrarla por el brazo. Sin ofrecer resistencia, Isabeau se dejó llevar. Usándola como escudo, se abrió paso entre los cinco hombres. A la luz de las antorchas, el cuerpo de Isabeau brillaba como un insulto a la monstruosidad de Chazeron.
Ella clavó su mirada en los ojos estupefactos de Philippus y supo que había comprendido. Le sonrió. La hora estaba cerca.
—Dejadnos pasar, Huc —articuló ella con voz ahogada por los dedos que le atenazaban la garganta.
—Haced lo que os dice —insistió Philippus.
Jean, Constant y Bertrandeau se apartaron. Isabeau adivinó la furia de Jean en la mirada que lanzó a su vientre. Entonces sintió su herida. Pero ya era tarde. Había tomado una decisión y no se arrepentía de nada.
Chazeron aulló y la soltó para llevar los puños hacia atrás. Isabeau cayó en la cuenta de que daban la espalda a la cámara mortuoria. El grito de Constant se unió al suyo. Marie salió violentamente proyectada contra una roca, mientras el monstruo arrancaba la vieja lanza que ella le había clavado en las costillas.
Aprovechando ese instante de distracción, en un movimiento unánime, Huc y Jean arrastraron a Isabeau fuera del alcance de la bestia, mientras Constant gritaba a Bertrandeau:
—¡Muerte a la bestia!
Chazeron salió corriendo a cuatro patas y los dejó atrás por el dédalo de subterráneos, hasta que dos lobas, con mirada de odio y curvos colmillos, le cerraron el paso. El dudó un momento si desandar el camino, pero se irguió y les hizo frente con las zarpas por delante.
Tras cubrir su desnudez con la capa de Philippus, Isabeau se inclinó sobre Marie, que yacía inconsciente. Bajo su cabeza, un hilo de sangre tiznaba la roca. Philippus sacó de su escarcela un frasco de licor y derramó unas gotas sobre sus labios blancos. La joven tosió y luego abrió los ojos.
—Sobre todo, no te incorpores —exigió Philippus—. Vuelve la cabeza despacio.
Examinó la herida. Era superficial; una amplia sonrisa tranquilizó a Isabeau.
—Un bonito chichón y un hermoso pánico —concluyó tras pasar el frasco a Isabeau.
Esta vertió inmediatamente un chorro sobre la herida que hizo contraer el gesto a Marie.
—¿Y Chazeron? —preguntó la joven tras recobrar el conocimiento.
—Los demás le persiguen. No irá lejos. Deja de moverte —le conminó Isabeau—. Hay que vendar esa herida. ¡Y ni una palabra más!
Philippus desgarró su camisa y, mientras Isabeau se alejaba, vendó la cabeza de Marie.
De vuelta a la sala en donde acababa de jugarse la vida de los suyos, Isabeau recogió su ropa y, tras dejar que la capa le resbalase por los hombros, se vistió sin remordimientos. La cabeza aún le zumbaba y un poco de sangre le perlaba la mejilla, en el lugar de la bofetada, aunque no le dolía. Chazeron la había poseído, pero no la había violado. Ella se había entregado. Y si fuera preciso, lo volvería a hacer. Sin embargo, antes de abandonar la sala, concentró todas sus fuerzas en una única oración y murmuró para la sombra cómplice:
—Señor Dios, haced que haya quedado embarazada.
Por mucho que Constant balanceaba la antorcha a derecha e izquierda en la estrechez del túnel, sólo conseguía ver tres cuerpos entrelazados en un ballet macabro, sin poder distinguir quién llevaba las de ganar. Todo era tan confuso que nadie se atrevía a intervenir. A veces, Chazeron se incorporaba y, a veces, rodaba por tierra, hostigado por el odio de las dos lobas. Aquello duró y duró. Los pelajes, empapados de sudor, baba y sangre, brillaban bajo el resplandor de las llamas.
Chazeron quedó en tierra. Por un instante, las lobas se encarnizaron con él, excitadas por su victoria. Después, ambas se apartaron. Jean y Constant se aproximaron machete en mano. Jean puso los dedos en la base del cuello y sintió cómo se le escapaba la vida, al lento e irregular ritmo del pulso.
Cuando todo hubo terminado, se volvió hacia las lobas, que se lamían mutuamente las heridas.
—Está muerto.
—¡Que se pudra en el infierno! —renegó Constant.
Tras dejarlos allí plantados, salió precipitadamente para averiguar cómo estaba Marie.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:40 pm

Capítulo 12


Allí estaba. Un cadáver inmóvil y destripado en toda su monstruosidad. Dejado como un objeto de estudio sobre aquella mesa en la que ella había sacrificado los gnomos salidos de su vientre, y su propio vientre. Por amor. Amor a los suyos.
Durante años se había creído enteramente hecha de odio. Imaginaba que cada uno de sus actos era movido por el ánimo de venganza. Se equivocaba. No había sido sino un acto de amor. Amor perdido, amor robado, amor traicionado, amor.
Isabeau miró cómo Philippus serraba el voluminoso cráneo de la bestia, cómo ponía al descubierto aquel cerebro que la demencia por fin había abandonado. ¿Entregaría los secretos de su alma? Isabeau así lo esperaba. Para no tener que dar a luz al hijo. Para no tener que matar. La muerte de Chazeron la había dejado exhausta. La había esperado demasiado.
Philippus le lanzó una mirada inquieta. Ella le sonrió. Se sentía cansada. Entendía por qué Loraline había escogido aquel hombre. Debió de ser guapo. Ahora se había vuelto feo. Con esa fealdad que procuran el olvido de sí mismo, el desengaño de la vida. Durante años, en aquella cueva, también ella se había vuelto fea. Luego vino París. Aquella gente supo despertar su belleza perdida. Gracias a su amor. Era un deber para ella devolverle la suya. Y la de Loraline. Ante todo. Luego, podría dormir. Por fin.
—Deberíais descansar.
—Mi sitio está aquí, Philippus —dijo Isabeau sacudiendo la cabeza—. No lo he consignado todo por escrito. El alkahest sólo tiene un dueño —añadió en broma.
Philippus asintió. Isabeau parecía estar a punto de desfallecer, pero aguantaba en pie y su mirada era firme, a pesar de la sangre derramada, a pesar del olor apestoso de aquella carne de extraña textura. Se había limitado a echar una tela sobre el sexo desnudo, como si eso bastara para olvidar. Olvidar su sacrificio. Nunca había conocido una mujer como aquélla. Apartó los huesos del cráneo y, con un infinito respeto, dijo:
—Su alma os pertenece, señora. ¡Ojalá podáis encontrar a Dios en ella!
Isabeau inspiró profundamente y hundió sin titubear los dedos en el orificio abierto.


Albérie tenía esparcidas por todo el cuerpo las marcas de los mordiscos de la bestia. No recordaba haberse acostado. Pero ahora se despertaba sola. Eso le produjo un estremecimiento momentáneo y, luego, el cariño de Huc inundó su memoria. En el momento en que volvía a ser mujer, él la había besado, le había dicho que la quería. Entera. Más que la muerte de Chazeron, más que la venganza de los suyos, aquello era lo que llevaba toda la vida esperando. Aquella aceptación total de su diferencia. Al fin reconciliada con su doble, sintió que le escocían los ojos. Era capaz de llorar sin reprimirse. Lo único que tenía que lavar era un envoltorio de piel. Su alma, por el contrario, estaba limpia. Para siempre.
No habían regresado a Vollore. Huc había juzgado preferible terminar la noche en Montguerlhe, aunque la fortaleza no tuviese ya nada de confortable. Había conservado dos habitaciones intactas. Aquella en la que amó a su esposa y la que se había adjudicado Antoniette de Chazeron durante su estancia en 1516. ¡Aquello quedaba tan lejos! Acostó a Marie en esta última, dejando que Constant durmiese sobre una alfombra raída, al pie de la cama, para no molestarla. Marie no quiso ver los despojos de Chazeron. Le dolía la cabeza y Philippus juzgó más prudente administrarle un sedante.
Albérie empujó la puerta, que, a pesar de su discreción, rechinó lastimeramente, erizando las orejas de Ma.
Como ella, la loba estaba cubierta de heridas, pero ninguna era lo bastante profunda para impedirle volver con los niños. Al final, Constant se había acostado junto a Marie, encima de la sobrecama, abrazado al cuello de Ma. Pegada a ellos, hecha un ovillo, lo único que se intuía de la joven era el grueso vendaje que le cubría el rostro.
—¿Todo va bien? —susurró Albérie.
Ma pestañeó. Sus ojos tenían un brillo de quietud y felicidad. Albérie volvió a cerrar la puerta y desapareció, movida por antiguos gestos. ¡Hacía tanto tiempo que no bajaba aquella escalera! Olía a mugre en lugar de a cera, al sudor de hombres que habían trasladado su cuartel a la casa, por encontrarla más confortable que la torre cuadrada, adusta.
Montguerlhe había perdido sus funciones. Ella se había ocupado de que así fuera al envenenar el agua. Una manera como otra de vengarse. Lo lamentó por un momento, pero ahuyentó los remordimientos con un gesto de la mano, junto con el moscardón que se le había posado en la frente. Lo que quedaba del lugar bastaba para su rememoración.
Encontró a Jean y a Huc sentados a la mesa. Un cura que le resultó familiar desayunaba con ellos. El hombre, de cierta edad, abrió unos ojos como platos y, a pesar de tener la boca llena, balbuceó:
—¡Por todos los santos! ¡Albérie, estáis viva!
El timbre de la voz la devolvió once años atrás y, feliz, avanzó hasta ponerse frente a su prominente panza.
—¡Hermano Étienne! Os creía enterrado bajo vuestras notas y desde hace mucho tiempo.
El se levantó y la abrazó cariñosamente, para apartarse después y apuntar a Huc con un dedo acusador.
—¡Hacerme registrar su funeral, a mí, tu propio hermano! ¡Sacrilegio! ¡Doble sacrilegio! ¡Deberías avergonzarte del nombre que llevas, Huc de la Faye!
Huc soltó una sonora carcajada. Se había preparado para la reacción de su hermano mayor.
—¿Qué otra cosa podía hacer, Étienne? Confiarte el secreto habría sido hacer que te colgasen. Y, en realidad, no sabía qué había sido de mi esposa durante todos estos años.
Étienne dejó a un lado su indignación y cogió solícito las manos de Albérie entre las suyas.
—A las puertas de la muerte conozco esta verdad que cicatriza viejas heridas. Así, Antoinette-Marie está a salvo y las sospechas de mis superiores se confirman. Chazeron tenía en verdad ese poder demoníaco de hombre lobo. Ardo en deseos de verlo con mis propios ojos. Luego haremos una pira y todos podrán ver sus monstruosos restos purificarse con las llamas. Por fin podrá el país renacer en la paz de Cristo.
Albérie no pudo evitar un estremecimiento. Quemarlo en la hoguera podría atraer hasta allí a algún familiar de la Inquisición de Toulouse. Haría preguntas, examinaría los cuerpos, detectaría la disección y abriría una investigación. Todo su ser se estremeció ante aquella perspectiva. Huc debió de percibir su miedo, pues intervino inmediatamente.
—No, Étienne. ¡Nada de eso, porque grandes desgracias se abatirían sobre estas tierras!
—Pero ¿qué quieres decir, Huc?
—¿Acaso podría atreverme a confesar a su gente que hemos dado caza y matado a Chazeron, su señor? ¿Sería suficiente el hábito que llevas para impedir que se me juzgara por traición? Nadie puede reconocer a Chazeron con ese nuevo rostro y bastaría su desaparición para que me condenasen. Lo mismo le ocurriría a Albérie por haber raptado a Marie, aunque no se le haya hecho ningún daño. ¿Quién estaría dispuesto a creer que la sustrajo a sus padres para preservarla del Maligno? ¿Quién, hermano? En este país, la gente es dada a quemar primero y juzgar después. Tú mismo, por el hecho de tener lazos familiares conmigo, serías sospechoso de haber falsificado los registros de los que eres responsable. Antoinette-Marie y Albérie constan allí como difuntas, inscritas por tu propia mano y por mi declaración jurada.
El clérigo volvió a sentarse, con la frente bañada por un sudor agrio que enjugó con una esquina del mantel.
—Por desgracia, lo que dice es cierto, hermano Etienne —insistió Albérie—. ¿No es mejor olvidar? La paz llegará a los corazones si la bestia no vuelve a aparecer. Y podéis creerme, no volverá a aparecer.
—¿Podré verla, al menos? —preguntó Etienne, vencido por la evidencia.
—En cuanto el médico del que te he hablado haya terminado de examinarla. Este caso científico le interesaba en grado sumo.
—¿Escribirá un tratado de licantropía?
—Lo ignoro. Él mismo no lo sabe todavía. Pero era una ocasión para estudiar a la bestia que no podía desaprovechar.
—Yo lo haría, si pudiese. Pero ya no soy más que un modesto glosador. Me siento cansado, Huc.
—Vuestra avanzada edad no es ajena a ello, sin duda —dijo Albérie compadecida.
La mirada vivaracha y enojada del anciano (iba por su septuagésimo año) brilló.
—Me inclino más bien por el apetito que me habéis quebrantado y que me llama al orden. Cortadme pues una loncha de esa salazón de tocino y acompañadla con un pichel de vino, para que me dé las fuerzas necesarias para no maldeciros.
Albérie contuvo la risa, al igual que Jean, Huc y Bertrandeau, y se esmeró en satisfacer el apetito de su cuñado. Comieron sumidos en sus respectivos pensamientos hasta que Etienne rompió el silencio.
—Hay que dar la noticia a Antoinette.
Albérie y Huc intercambiaron una mirada incómoda.
—Desde aquel día —insistió el clérigo—, cerró la puerta a la luz y vive enclaustrada en un convento, rezando para que la muerte se la lleve. ¡Es su hija, Albérie! Vuestras razones eran dignas de elogio, pero su dolor es un reproche que mi perdón no podrá borrar. Devolvedle a Antoinette-Marie. Si ella también os perdona, me llevaré el secreto a la tumba.
—Os lo prometo —dijo Albérie asintiendo con la cabeza—. En cuanto Antoinette-Marie esté repuesta.
—Habrá que quemar el cuerpo —añadió el hermano Etienne, contento de haber obtenido satisfacción a su primera demanda.
—La chimenea de la torre servirá —aseguró Huc.
—No podré ocultar la verdad a Antoine de Colonges. Lleva toda una vida esperándola.
—Te ha enviado aquí por orden mía, ¿cómo puedes suponer que lo ignora?
Etienne frunció el ceño. El padre Antoine le había dicho que se presentase en Montguerlhe sin ninguna consigna en concreto, eso era cierto. Sólo que parecía contento. Él mismo se había preguntado a qué podía deberse aquel mandato, pero no entraba en su costumbre discutir las órdenes.
—Le he puesto al corriente esta mañana —prosiguió Huc—. Si no ha venido en persona es porque otras obligaciones le impedían acudir. Le estamos esperando. Sé que no tardará.
—Bien, bien. Siento que me vuelve el apetito.
Esta vez, Jean, quien hasta entonces había permanecido callado, no pudo evitar reírse. El hombre, sin ayuda de nadie, había ingurgitado una docena de huevos pasados por agua, medio jamón y tantas tortas como ellos cuatro juntos.
Albérie se levantó de la mesa y Huc la siguió. Cuando salían de la estancia, ella le susurró, divertida:
—Me parece que acabo de recuperar mi papel de intendente. Si se queda hasta mañana, la despensa quedará vacía. Deberías enviar a Bertrandeau a Vollore para que traiga provisiones. Decididamente, tu hermano no ha cambiado.
—Tú sí, esposa mía —dijo Huc con tanta gravedad que se quedó paralizada.
Con un gesto despacioso, la tomó por la cintura y le susurró al oído:
—Ahora que te conozco por completo, estás más hermosa que nunca. Y si quieres creer a este viejo, ardo en deseos por ti.
Albérie sintió que su corazón tocaba a rebato y que una ola de felicidad la invadía. Sus labios golosos se encontraron y el tiempo los olvidó.


La jaqueca atormentó a Marie durante todo el día. No salió de su habitación y Constant la cuidó con un esmero conmovedor. Le traía viandas, desaparecía cuando ella pedía el bacín y llamaba a la puerta antes de traspasar el umbral. No quería que hablase y la miraba dormir, con el corazón cargado de todas las palabras que no se atrevía a pronunciar, esperando apasionadamente oírlas de boca de ella. A quien susurraba aquellos interrogantes, aquellas dudas, era a Ma; como cuando era pequeño y, por alguna razón desconocida, Marie le ponía mala cara. No entendía lo que sucedía. No le asombraba nada de aquella familia, porque desde su infancia vivía inmerso en sus extravagancias; tanto, que eran los demás los que le parecían raros. No sabía cómo ni por qué poseían aquel poder propio de lobos, pero lo encontraba tan normal como el enanismo de su padre, o como el hecho de tener dos madres tan diferentes. Todo aquello conformaba su universo. No, lo que constituía un misterio para él era aquel repentino apego de Marie por la nobleza de la que tantas veces se habían burlado juntos y a la que tantas veces habían desvalijado. Y eso le daba más miedo que un ejército entero de hombres lobo.


Antoine de Colonges llegó al tiempo que Bertrandeau con las provisiones, aquella misma tarde. Había envejecido pero, al contrario que el hermano Etienne, estaba espantosamente flaco. La piel se pegaba a sus pómulos secos y arrugados y parecía más cadavérico que Chazeron. Como Huc creía que más valía suministrarle la verdad con cuentagotas, al hermano Etienne le presentaron a Isabeau como una prima de Albérie que la había acogido en su casa de París. Ma no se dejó ver.


Desmintiendo las teorías de Albérie, Chazeron conservó su apariencia bestial una vez muerto. Philippus e Isabeau se negaron a ver en ello la prueba evidente de que la mutación era irreversible. Quemaron el cadáver en la espaciosa chimenea de la torre de vigía, despedazado. Del señor de Vollore y de Montguerlhe pronto no quedó más que la pestilencia de un acre humo negro que lamió las paredes de la estancia y las vigas de madera, obligando a todos a salir.
El olor a carne quemada flotó largo rato sobre los tejados de la comarca y luego, barrido por un viento del este, se perdió y se olvidó.
Isabeau transportó las cenizas del verdugo a lo más alto de aquella torre desde la que, treinta y un años antes, Chazeron había esperado a que los lobos se encarnizasen con su cuerpo mancillado. Isabeau las estrujó tanto como pudo entre sus dedos y luego abrió las manos sobre los valles murmurando:
—¡Que Dios te perdone lo que yo nunca pude perdonarte!
Después, tras haber dado las gracias a Bertrandeau por su amistad y complicidad, y haberle dejado volver con los suyos satisfecho de haber purificado la comarca, regresaron a Vollore, con el alma ligera y el corazón en paz.


La puerta se abrió silenciosamente. La habitación monacal estaba iluminada por una simple vela y tan sólo las espesas cortinas se movían empujadas por el aire, dejando entrar un rayo de sol.
Antoinette yacía en la cama y, según la abadesa, tenía los días contados. Con cada uno de sus purulentos accesos de tos, el contorno de sus párpados incrementaba su coloración violácea. Estaba tan pálida como las sábanas blancas. Marie se estremeció, pero se acercó hasta ella, flanqueada por Huc y Albérie. Había aceptado representar la comedia. Tal vez porque lejanos recuerdos se la presentaban cariñosa y risueña, a aquella mujer que en otro tiempo había llamado madre.
La novicia dio unos golpecitos en el hombro de la durmiente.
—Tenéis visita, señora Antoinette.
Abrió los ojos, se detuvo un momento en los rostros que se le acercaban y luego los volvió a cerrar.
—Estaba soñando algo muy hermoso —murmuró—. Veía a mi hija. No me volváis a despertar, mi buen Huc.
—Vámonos —musitó Marie con los ojos anegados de lágrimas, a su pesar.
—Hemos dado nuestra palabra —la animó Albérie, aquejada de tardíos remordimientos.
—No, tiene razón —intervino Huc, cuya mirada reflejaba su dolor—. Es demasiado tarde.
Marie, tras hallar en su interior un súbito coraje de ternura, avanzó hasta la cama y cogió entre las suyas la mano descarnada de Antoinette.
—He vuelto a vuestro lado, madre. Huc me ha encontrado y me ha traído junto a vos.
Antoinette pestañeó y esbozó una sonrisa. Con su mano libre, acarició con un gracioso gesto el contorno del rostro de Marie bañado por lágrimas sinceras.
—Sí —murmuró tras retener un acceso de tos en su pecho silbante—. Te pareces a ella. Mi Antoinette tenía unos ojos redondos como los tuyos.
—Yo soy Antoinette-Marie, madre. Me arrancaron de vos cuando apenas era una niña.
—Lo sabía. Siempre lo he sabido; le supliqué que no me separara de ti, pero decía que habías muerto. Quería que me volviese loca, para repudiarme, pero no lo consiguió. Seguí siendo su mujer. Tú has podido escapar de él. Como yo.
Volvió a cerrar los ojos a su dulce demencia.
—Ha muerto, madre. Vuestro esposo ha muerto.
Por un instante, aquellas palabras no produjeron efecto alguno. No obstante, al cabo de unos instantes las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas demacradas mientras sus dedos apretaban los de Mane.
—Huc, mi querido Huc, ¿es eso cierto? —susurró con voz ahogada.
Huc se acercó mientras Albérie retrocedía, dejando que la oscuridad la ocultase por entero. Aquella mujer había sido su rival. Albérie no había hecho otra cosa que protegerse, no le había quitado a su hija, se había llevado a su sobrina. Nada más. Nada que no fuera legítimo. Ella no era responsable de lo que Antoinette había hecho con el resto de su existencia. Sólo Chazeron era culpable. Y, a pesar de todo, se sentía conmovida.
Huc se arrodilló y retiró de la blanca frente una mecha plateada. La reclusión la había cambiado. Con menos de cuarenta años, Antoinette parecía una anciana.
—Vuestro esposo ha muerto, doña Antoinette. He acabado con su vida para salvar a Antoinette-Marie. Antoinette-Marie, a quien he hallado viva y hermosa. Como vos lo sois aún.
Su mirada, de una infinita ternura, recorrió sus rostros angustiados.
—¡He rezado tanto!. ¡Sí, he rezado tanto! Mi Antoinette. Mi niña. Mi amor. Mis amores perdidos. —Tomó la mano que Huc le tendía y añadió—: Ni por un solo instante he dejado de quereros. De esperaros. Sabía que vendríais.
Un acceso de tos la hizo incorporarse y escupir algunos hilillos de sangre sobre el lienzo sucio dispuesto sobre la sobrecama. Cuando volvió a caer sobre la almohada, estaba más pálida aún, casi traslúcida. Sus ojos tenían el tinte vidrioso de los seres en trance de partir. Marie no pudo contener un sollozo, conmovida por aquella mujer que apenas conocía, cuyo cariño olvidado le oprimía el corazón. Huc no conseguía despegarse de aquella a quien en otro tiempo había poseído. Ya no recordaba con certeza si la había querido. Sólo Albérie había contado para él y seguiría contando.
Esperaban que recobrase las fuerzas. Pero parecían abandonarla por momentos y su respiración no era más que un silbido tímido y entrecortado.
—Voy a morir, Huc. Siento que él me llama a su lado. No me dejará en paz. ¡Ay! Nunca. Es mi amor por ti lo que jamás perdonó, Huc. Mi esposo es así. No permitirá que os haya reencontrado. Antoinette, mi Antoinette. Óyeme. Más cerca.
Marie se inclinó sobre lo que no era más que un murmullo agotado y desesperado.
—Ahora eres la dama de Vollore. Tú sola. La única. En memoria mía, por Dios todopoderoso, sé la que yo no fui.
—Lo juro, madre. Lo juro por el daño que se os ha infligido.
Antoinette de Chazeron se durmió con la sonrisa en los labios. Unos instantes después, los tres abandonaban la celda en silencio. Marie no preguntó a Huc cuál era el lazo que lo había unido a Antoinette. Le daba igual. Había venido para cumplir con su deber y volvía con la sensación de que una parte de sí misma moría entre aquellas paredes. Una parte de sí misma que no podría olvidar.


Tres días después, un mensajero le anunció la muerte de Antoinette. En ese momento, el juramento que le había hecho cobró pleno significado.
Era la señora de Vollore. Siempre lo había sido. Desde su nacimiento. Desde que el curso de las cosas había cambiado.
A Constant le bastó una mirada a la frente apesadumbrada de Marie para comprenderlo. Marie nunca volvería a París.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:41 pm

Capítulo 13


El mes de noviembre de 1532 se alargaba. Auvergne estaba serena, el espectro de la bestia se había alejado y la vida había reanudado su curso.
Marie acarició su vientre abultado y se apoyó contra el tronco del árbol centenario que se erguía en medio del parque del castillo. «El único superviviente de una espantosa tormenta», le había dicho Huc. Se sentía cansada y anormalmente gorda. Tan sólo siete meses. Albérie le predecía gemelos. En realidad, aquel embarazo le molestaba. No porque no se sintiese madre, sino porque la identidad del padre le pesaba. Jean. Una vez. Una sola vez en toda su existencia. Y tantas consecuencias.
Suspiró y se acarició el ombligo con ternura. El tiempo era tibio y seco. Tanto que uno habría podido creerse en primavera. El cachorrillo que había adoptado hacía unas semanas se estiró sin remilgos sobre los dedos de su pie en una hierba cuidadosamente segada, cerca de Ma, que también le había tomado cariño. Marie no podía dejar de pensar en Constant. En el momento de la despedida, ella le había dicho que le quería, que deseaba tenerlo a su lado, allí, para siempre. Con una mirada triste, él le había respondido: «Tú has elegido tu mundo, Marie. No es el mío». Como insistía, él la había mirado con desdén: «No soy como mis tíos, Marie. No tengo alma de bufón». Ella se tragó las lágrimas y guardó silencio. Tenía razón. A pesar de que su educación hubiese sido similar, sin un nombre un individuo no era nadie en aquel mundo. El no tenía ninguno que ofrecerle y era demasiado orgulloso para aceptar un título que no respetaría jamás. Se fue con Isabeau y Jean, dos meses después de los funerales de Antoinette de Chazeron.
Al enterarse de que Isabeau estaba embarazada, Marie pensó en el retraso de sus propias menstruaciones. No dijo nada. Era demasiado pronto para estar segura. Además, ¿qué habría podido decir? Ella había escogido su destino.
—Todo ha ido tan deprisa —murmuró en el silencio del parque.


Isabeau y Philippus se habían encerrado en la torre durante semanas con todos los pertrechos alquímicos. Recrearon una poción que no tuvo ningún efecto sobre Ma, salvo el de ponerla enferma. Habían trabajado como forzados, pero tuvieron que rendirse a la evidencia: Chazeron no les había legado el secreto del alkahest.
—El niño que llevo en el vientre es fruto de una modificación de la naturaleza. Sólo él puede darnos la clave. Ignoro si será lobo o humano, pero sea lo que fuere, tendremos que sacrificarlo—anunció fríamente Isabeau al revelarles el fracaso de sus intentos y la verdad sobre lo que había ocurrido en la cueva con Chazeron. Y ante su mutismo prosiguió—: Philippus y yo hemos tomado una doble decisión. Voy a volver a París para ocuparme de mis asuntos que tengo abandonados hace demasiado tiempo. Philippus, por su parte, volverá a Suiza y procurará reunir, además de sus notas, todos los escritos que pueda encontrar sobre la piedra filosofal, tal vez se me haya escapado algo. Un gesto, una mezcla. ¡En algunos momentos todo me parece tan lejano, en otros tan cercano! La memoria me juega malas pasadas. Nos volveremos a ver aquí a principios del invierno y reanudaremos nuestros experimentos en cuanto haya traído al mundo esta «cosa».
—¿Cómo puedes aceptar la idea de llevar ese ser en tus entrañas? —gimió Albérie con un atisbo de repulsión no disimulada.
Isabeau la miró de hito en hito con una dureza que Marie no le conocía y, finalmente, espetó:
—Igual que soporté los otros. Para que un día también tú puedas tener un hijo humano.
Albérie bajó la cabeza dolorosamente. Había estado a punto de olvidar que el alkahest había surgido a causa de ella, de su sufrimiento, de su desesperación al no poder dar un hijo a Huc. Isabeau y la Turleteuche habían iniciado sus experimentos por todas esas razones. La idea de probarlo en Chazeron, de utilizarlo para acabar con él, era muy posterior.
—No volveré.
Marie sintió que se le rompía el corazón, y todas las miradas convergieron en Constant, quien permanecía con la espalda apoyada contra la pared y los brazos cruzados ante aquella certeza. Sus ojos profundos y negros pesaban sobre ella como un cielo de tormenta. Ella se limitó a responder: «Lo sé», e Isabeau recuperó la palabra para decir que cada cual era libre de tomar sus propias decisiones, pero que en adelante eran una familia. Unidos o desunidos, los ataba un secreto común.
Constant asintió con la cabeza y Ma se echó a sus pies como para afirmar su confianza en él.
Se separaron unos días más tarde. Ma se quedó con Marie; parecía destrozada por la ausencia de Philippus. Huc y Albérie se instalaron en Vollore y nadie puso objeciones.
Según lo acordado, Bertrandeau hizo correr la voz de que Huc había matado a la bestia y había informado del suceso al señor de Chazeron.


El cachorrito se estiraba ladrando de contento y Marie lo puso sobre sus rodillas. La carta de Isabeau cayó al suelo y dejó que el viento, de una suavidad inhabitual en aquellos días de comienzos de invierno, se la llevara con las hojas caídas.
Dentro de unas semanas Isabeau y Jean volverían a estar allí, al igual que Philippus. Podía mentir; Albérie se lo había recomen dado, decir que esperaba un hijo de Constant. Jean no lo creería. Habría hecho mejor abortando, como le recomendó su tía al principio. Pero no se arrepentía de su decisión, no más que entonces. Sabía que estaba hecha para eso, para dar hijos a aquella tierra. Que no tuviesen padre carecía de importancia. Llevaban el nombre de Chazeron. Eso bastaba para legitimarlos.
El cachorro empezó a mordisquearle los dedos y luego saltó sobre el niño que se movía. Al momento, Ma se levantó y se lo llevó firmemente cogido por el lomo.
—¡No me molestaba, Ma! —se indignó Marie entre risas.
La loba le dedicó una mirada llena de ternura, y se puso a jugar con Noirot, que volvía a la carga, esta vez con las patas.
—Son nuestros hijos, madre —murmuró Marie cubriéndose el vientre—, y juro que un día los tendrás en los brazos, como ese cachorrillo.
La loba lamió con cariño la mano que Marie tendía sobre su cabeza. Encantado de jugar al aguafiestas, Noirot tiró de la manga de la joven. Fue preciso un golpe de morro de Ma para hacerle soltar su presa y mandarlo a rodar sobre la hierba, donde, enfurruñado, se tumbó aparte, con la nariz entre las patas de delante. Marie estalló en una risa feliz, se levantó y, sujetándose los riñones con mano firme, volvió al castillo donde la campana llamaba a comer.


Philippus se frotó los ojos al ver el vientre que precedía los brazos abiertos de su hija.
—¡Cielo santo! —exclamó, cogiendo con las manos aquella esfera.
De pronto, la emoción lo embargó y abrazó tan fuerte como pudo a aquella hija querida, gesto que se limitó a un simple frotarse el uno contra el otro con los vientres abultados, y selló su complicidad con una carcajada conjunta. Un instante después era a Ma a quien Philippus cubría de ternura, expresando con la mirada cuánto la había echado en falta.
Aquella misma noche, Philippus examinó a Marie y confirmó las sospechas de Albérie.
—Los latidos del corazón son nítidos. ¡En realidad, hija mía, al menos son dos los que comparten ese nido! El parto no tardará en presentarse.
—¡Dos! ¿Cómo es posible?
—A fe mía que el padre es de buena semilla. ¿Cuándo llegará?
Marie se mordió los labios. Philippus frunció el entrecejo.
—No le has dicho nada a Constant, ¿verdad?
Marie dudó por un momento y luego espetó:
—El padre es Jean Latour.
Philippus adoptó un aire de preocupación, pero se abstuvo de emitir juicio alguno. Con gestos precisos, guardó sus instrumentos en la maleta de cuero y se sentó a los pies de la cama de la joven.
—¿Quieres que hablemos? —preguntó cogiéndole las manos.
—No hay nada que decir. Ocurrió aquella noche, antes de vuestra llegada a Vollore. Estaba aterrorizada, perdida. Nos dejamos llevar. No le reprocho nada.
Marie se encogió de hombros. Philippus dio gracias al cielo por no tener al interesado al alcance de la mano para desentumecerse los puños allí mismo. Había conocido suficientes mujeres en el mundo para saber que no se abusa desconsideradamente de una virgen. Jean se había comportado como un perfecto granuja y no dejaría pasar la primera ocasión que se presentase para reprochárselo. Marie debió de percibir su indignación, porque suplicó:
—No le digas nada, por favor. No sabe que estoy embarazada y haré todo lo posible para que no pueda pensar que es el responsable. Me parece que Isabeau le quiere. No deseo ser la causa de un drama.
—Tendría que reparar su acto.
—No le quiero.
—Sea. No me inmiscuiré en ese asunto. Aunque a mi orgullo de padre le cueste aceptarlo.
—Piensa en tu orgullo de ser abuelo. Y por partida doble, además.
—Abuelo... —musitó Philippus mientras besaba las manos de Marie con fervor—. Tengo el suficiente amor y tiempo que recuperar para mimaros a los tres.


Isabeau y Jean llegaron la semana siguiente. Isabeau se maravilló, pero Jean palideció más allá de lo indecible y Philippus tuvo que controlarse para no saltarle al cuello. Sin embargo, fiel a su promesa, no se inmutó y saludó como si nada supiera. Isabeau, por su parte, no hizo preguntas. Estaba agotada. A pesar del buen tiempo que se eternizaba en Francia, el viaje había sido difícil. Ya no era joven y había engordado mucho. Philippus le recomendó reposo en cama para que pudiese, sin peligro, traer la «cosa», como se empeñaba en llamarla, al mundo.
Isabeau obedeció de buena gana y se puso en manos de su hermana, quien no pedía otra cosa. Marie evitaba encontrarse a solas con Jean y Philippus la ayudaba, amablemente, manteniéndose cerca de ella tanto como le era posible. No obstante, acabó por ocurrir.
Isabeau se sintió indispuesta dos días más tarde y Albérie mandó buscar a Philippus. Marie quiso ayudarle, pero él rechazó su ayuda. El vientre de Isabeau había bajado. El parto se acercaba y no quería asustar a Marie. Se encontró sola en el corredor, desamparada. Antes de que hubiese podido oponerse, Jean la cogió por el brazo. La llevó a una habitación cercana, y cerró cuidadosamente la puerta tras ellos.
—Tu huida es una confesión, Marie —dijo sin más preámbulos—. Con frecuencia he sido inconsecuente y liviano, cazadotes y mujeriego, ladrón de favores y de escudos, pero de manera franca, sin hacerme pasar por mejor de lo que era, sin prometer nada que no pudiese cumplir. Esta vez no. No puedo dejarte cargar con mis hijos, Marie.
—No son tus hijos —afirmó Marie con voz temblorosa.
Un relámpago colérico atravesó las pupilas de Jean. La cogió violentamente por las muñecas, obligándola a dibujar una mueca de dolor, y la forzó a sostenerle la mirada.
—Me haces daño —gimió Marie—. ¡Suéltame!
—No sin antes oír la verdad, Marie.
—¿Y qué ibas a cambiar?
La dureza del rostro de Marie le hizo soltar la presa. Por un momento, no supo qué decir, y luego, con voz apagada, anunció:
—Repararé el mal infligido.
—Olvida eso, Jean —dijo Marie estallando en una risa que sonó falsa—. No me debes nada.
—Te he deshonrado. Eso quiere decir algo para mí.
—Tenías que haberlo pensado antes —respondió ella sin amargura.
Jean se dejó caer sobre la cama y escondió la cabeza entre las manos.
—Tú no lo entiendes, Marie.
—No hay nada que entender. He tomado una decisión. Te provoqué, recuerda. No tienes nada que reprocharte. Yo no te hago reproches.
—No entiendes nada —repitió Jean levantándose enérgicamente y volviéndola a coger por las muñecas, febril—. No he dejado un momento de pensar en aquella noche. Ver que Constant te rechazaba me volvía loco y sorprenderte entre sus brazos, también. No entendía nada. Isabeau me abrió los ojos. Te quiero, Marie. Cásate conmigo.
Marie sintió que las piernas le Raqueaban. Abrió la boca para responder pero no emitió sonido alguno. No era esa confesión lo que la conmocionaba, sino el hecho de que Isabeau estuviese al corriente de su traición. Palideció de tal manera que Jean la cogió en brazos y la ayudó a echarse sobre la cama. Luego buscó sus labios con dulzura. Ella no se resistió. No tenía fuerzas. No obstante, aquel beso le reveló su verdad.
Cuando Jean se apartó de ella, Mane había recuperado el color en sus mejillas.
—Sólo quiero un padre para mis hijos, y no eres tú, Jean. Yo no te quiero. Te deseo, sí. Con un deseo que me avergüenza.
Jean acusó el golpe, pero se repuso enseguida.
—Constant ha tomado una determinación. No quiere nada de ti. Y aunque reconsiderase su decisión, ¿aceptaría los hijos de otro? Lo dudo.
—Él también habría podido...
—Mientes. Constant es un alma pura. Nunca te habría deshonrado. Nunca. Y si lo hubiese hecho, se habría quedado aquí.
—Tienes razón. Constant es un ser sin malicia, sin doblez, sin máscara. ¿Cómo puedes creer que lo olvidaría en tus brazos? No me casaré contigo. Soy de la raza de las lobas, Jean. Sin duda tendré amantes, pero no otro amor.
Jean se incorporó. Esas palabras obraron como lo hubiera hecho un insulto. Levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada.
—No permitiré que te conviertas en una ramera —bramó, para excusarse de un gesto que ya lamentaba.
—En ese caso, Jean Latour, mantente alejado de mí —respondió Marie con los dientes apretados, con el rostro congestionado tanto por la indignación que sentía como por la marca que habían dejado sus dedos.
Jean retrocedió, asustado por el dolor que nacía en su interior. Un dolor que nunca había sentido y que no había creído tener que conocer un día. Miró aquel vientre lleno de vida que palpitaba sobre la colcha a pesar de las numerosas faldas que lo cubrían; luego dio media vuelta y salió de la habitación con ganas de abrir en canal al primero que encontrase.
Marie permaneció largo rato inmóvil. No creía en nada de lo que le había dicho. Le quería, aunque su cariño estuviese lejos del que le unía a Constant. Seguramente habría podido hacerla feliz. Seguramente. Se habría convertido en el señor de Chazeron y sus hijos habrían crecido en una verdadera familia. Ella habría acabado por olvidar a Constant.
—No —musitó—. No podré.


Se levantó con resolución y fue a llamar a la puerta de Isabeau. Estaba descansando, recostada sobre varias almohadas, en una estancia que inundaba un sol persistente. Estaba sola.
—Acércate, mi Marie —la invitó Isabeau tras tenderle una mano afectuosa—. Tu padre acaba de salir. Me parece que esto ya está aquí, tanto para ti como para mí.
Marie se instaló a sus pies e Isabeau profirió una risita al verla encajar cuidadosamente su embarazoso vientre sobre las rodillas.
—Ya no sé qué hacer —replicó Marie enternecida.
—Pronto lo sabrás. ¿Te casarás con él?
Marie palideció.
—¿Con quién? —preguntó estúpidamente.
—¡Con Jean, con quién si no! —Marie bajó los ojos, provocando un velo de ternura sobre el rostro de Isabeau, quien prosiguió—: Desde el momento en que le vi, comprendí que te adoraba. Mírame, Marie. Yo soy vieja y Jean es veinte años más joven que yo. Mis conocimientos le fascinaban y era sincero cuando decía que me amaba. Se persuadió de ello, porque entre vosotros estaba Constant. Constant su amigo. Constant a quien también debía la vida. Era agradable ser su amante. Yo necesitaba su interés, su atención, en un momento en el que, de repente, todo me devolvía a mis angustias pasadas. Acepté lo que me daba, a sabiendas de que no duraría. Que te pertenecía. Te quiero, Marie. Tú eres la prolongación de mi vida, que se deshilacha. ¡He fracasado tantas veces! ¡El destino ha dado cuenta de mis sueños tantas veces! No dejes que el orgullo ofusque los tuyos. Jean no es perfecto, pero es leal y fiel. Lo demás cuenta poco, créeme. Cásate con él. No será una mala decisión.
—No puedo, abuela. Tal vez un día. Pero ahora no.
—¿Cuándo?
—Cuando esté segura de haber perdido a Constant.
—¿No será un simple capricho de ese espíritu infantil que te niegas a abandonar?
—No. Hemos crecido juntos, reído, llorado juntos, mi primer beso se posó en sus labios y mi amor ha seguido el mismo camino. Nunca consideré a Constant como un hermano. Desde que tengo memoria, siempre supe que permanecería a mi lado.
—Pero no es así. Y te ofreciste a otro. Espontáneamente.
—El deseo...
—No, Marie. El deseo es una cosa. El miedo, la angustiosa soledad, pesan sobre los corazones, pero si amases a Constant con todo tu ser no habrías podido soportar un abrazo que no hiera el suyo. Créeme. Tal vez sea el que soñabas, pero no es el que tu alma ha escogido en secreto. —Marie permaneció un momento pensativa. Isabeau respetó su silencio y luego añadió—: Tómate un tiempo para pensarlo. Decidas lo que decidas, tienes mi bendición, Marie. Se trata de tu vida. Nadie, nunca, debe robártela.
—Lo recordaré, abuela.
Isabeau cerró los ojos y Marie se retiró.
El resto de la semana fue sombrío. El tiempo había cambiado con brusquedad. El frío apareció en forma de borrascas de nieve, cuando nada lo anunciaba. En unas horas, las ondulantes cimas de Auvergne se vieron cubiertas de un blanco lechoso y hubo que encender las chimeneas del castillo, porque el aire que descendía por ellas helaba las habitaciones. El humo se eternizaba hasta que los conductos se calentaron lo bastante para arrastrarlo por encima de los tejados, obligando a carraspear las gargantas, irritando la nariz y forzando a entreabrir las ventanas, Luego todo se calmó. La modorra invernal aisló el castillo de Vollore y su gente del resto de la comarca y diciembre trajo los preparativos de las fiestas de Navidad.
Marie dio a luz doce días antes del nacimiento de Cristo, rogándole con toda su alma de hereje que conservara con vida a sus hijos. A los dos.
Los llamaron Antoine y Gasparde, falsos gemelos que no se parecían y que lloraban desde el atardecer hasta el amanecer, agotando los pechos de su madre hasta el punto de tener que buscar una nodriza en Thiers. Ahitos al fin en las pesadas mamas de la sólida campesina, consintieron en dar reposo a Marie.
Ma no se apartó de ella, cuidando de los suyos con una ternura que pronto hizo que el castillo olvidara su naturaleza de loba. Philippus no cesaba de canturrear cancioncillas guturales que recordaba enternecido y Jean protegía a su progenitura con un deseo de paternidad que le sorprendía tanto como a Marie.
Esta había esperado que Isabeau le entregase una carta de Constant en respuesta a todas las que le había escrito desde su separación. No había contestado. Estaba atareado en el círculo de Juan Calvino, pasaba todo su tiempo apoyando la Reforma, amenazada por sus detractores, que eran cada vez más numerosos en el entorno del rey. Todos los esfuerzos de Croquemitaine por hacerle recapacitar habían sido vanos, era inútil. Llegaba hasta a distribuir por la noche panfletos contra la Iglesia. Los repartía por las puertas de las casas, de las tiendas, de los talleres, escoltado por Soléne, su hermana pequeña, y por un grupo de muchachos de su edad que Marie conocía bien. Eran sus compañeros de juegos. Bertille se tiraba de los pelos, temblando cada noche, temerosa de que la guardia los detuviese. Pero Constant no escuchaba nada ni a nadie. A parte de a Calvino. Y éste se preocupaba poco de todo lo que no fuera la gloria de sus propias ideas.
Marie llegó a la conclusión de que se entregaba a aquella tarea para no pensar en ella. Pero no podía hacer nada. Ya no podía reunirse con él aunque lo hubiese deseado. Y no quería dejar Vollore.
—¡Cásate conmigo!
Se despertó con esas palabras. Jean estaba inclinado sobre sus labios. Los gemelos tenían una semana de vida. Percibía su respiración tranquila en las cunas cercanas a su cama. Fuera la noche era hermosa, salpicada de estrellas. Marie sacudió la cabeza, pero él volvió a apoderarse de su boca, como si quisiera rechazar hasta lo más profundo de ella aquella estúpida resistencia. Marie se dejó llevar, inmersa aún en el sueño, y luego él la dejó. Lo miró huir sin remordimientos, preguntándose si aún soñaba.


La Navidad transcurrió acompañada de los lloros de los gemelos. Éstos recibieron el nombre de Chazeron en el libro de horas de Marie, y Étienne de la Faye, el archivero de Moutier, lo consignó sin discutir. Jean hizo rechinar los dientes, pero decidió esperar. Mientras Marie no lo apartase de su lado, podía esperar a que cediese. Pero no se sentía muy orgulloso de oscilar así, entre Isabeau y Marie, aunque fuese sin malicia. De una parte y otra, las cosas estaban claras. Las quería a las dos, por motivos diferentes, pero no podía evitarlo.
El año 1532 acababa de quedar atrás cuando Isabeau dio a luz la «cosa». Era una tarde lluviosa y desapacible. Isabeau gritó largo rato. Asustados, los gemelos no tardaron en llorar de manera estridente, sumergiendo el castillo en una atmósfera semejante al fin del mundo.
Marie quería asistir a Isabeau, pero Philippus se opuso. Como todas las jóvenes en período de posparto, estaba débil y deprimida. Philippus no quería añadir a ese humor la visión de un parto monstruoso. Se felicitó de que fuese así, pues tuvo que abrir aquel vientre que la naturaleza no dilataba y sacar al niño empleando la cirugía. Porque más allá de la «cosa» estaba el niño.
Se hallaban pegados por una pierna y un brazo, Prolongación de una misma carne para una máscara de dos caras. La una era redonda y rubicunda, la otra no era más que pelo y deformidad.
Siameses. Philippus nunca había visto una cosa tan extraña. Y se alegró de que Isabeau estuviese dormida.
Por un momento, no supieron qué hacer ante aquel nacimiento. Luego Albérie cogió la pierna doble. Con decisión, la suspendió en el aire y dio un cachete en la espalda de los recién nacidos. Lloraron al unísono, mientras Philippus se ocupaba en coser el bajo vientre de Isabeau.
—Si las fiebres no la invaden, saldrá adelante —afirmó al acabar el vendaje.
—¿Qué hacemos con «esto»? —preguntó Albérie tendiendo un dedo que mostraba todo su asco.
—Conviene separarlos, me parece.
—Sería preferible acabar con ellos.
—Sólo Isabeau sabe lo que debe hacerse. Ella decidirá. Son dobles, Albérie. No quiero que los vea así.
Se puso manos a la obra solo. Albérie no se movió. En el rostro del niño reconocía los rasgos de Loraline, como dos gotas de agua. Por ese parecido ya sabía cuál sería la decisión de su hermana. Isabeau se despertó avanzada la noche, atormentada por la fiebre y las pesadillas. Se relevaron en su cabecera y luego, por la mañana, la fiebre bajó e Isabeau quiso verlos.
Pero lo que primero vio fue a Ma. Ma que se había deslizado en la habitación, detrás de Philippus. Ma que se había acercado a la mesa en donde se hallaban los pañales. Ma que, con una lengua rasposa, lamía la cara del niño.
—Enseñádmelo —pidió Isabeau enternecida.
Philippus le mostró al recién nacido, con Ma tras sus pasos ladrando de felicidad como un cachorrillo. Isabeau habría querido odiarlo, pero no pudo. Igual que Loraline, era el hijo de su verdugo. Pero también era el suyo.
Echó un vistazo al monstruo que Albérie le tendía y luego, con voz serena, anunció:
—Sacrificaremos a la «cosa». El otro vivirá.
Philippus se sintió aliviado. Ni por un momento había podido imaginarse trepanando a aquel agraciado bebé. Como para darles la razón, un gruñido escapó de los brazos de Albérie y la «cosa» se agitó.
Isabeau apartó sus ojos del bebé que Ma no dejaba de vigilar.
—El otro no vivirá mucho tiempo —afirmó—. Hay que actuar con celeridad. No puedo ayudaros, Philippus, pero sabéis paso por paso lo que hay que hacer. Obrad, pues, y traedme a Marie. Que sepa que acaba de nacer otro Chazeron.
A pesar del odio que profesaba al señor de Vollore, Marie aprobó la decisión de su abuela. Se propuso educar a los tres juntos, ayudada por Huc y Albérie, que acababan de heredar de golpe una hermosa descendencia.
Acostaron al pequeño, al que llamaron Gabriel, junto a los otros, y los alimentaron con el mismo pecho, mientras en la torre del castillo, ayudado por Albérie, Philippus ejecutaba su sentencia.


Hubo que esperar a finales de febrero para que Isabeau estuviese repuesta y fuese capaz de reemprender el camino. El alkahest estaba listo, pero aún no podía actuar. Había que crear, a partir de él, el contraveneno. Philippus pensaba que no podía hacerlo en Vollore. Faltaban demasiadas retortas, así como un segundo atanor. En Basilea tenía más medios para trabajar. En consecuencia, resolvió partir, pero esta vez Ma manifestó su deseo de acompañarla.
Marie sintió que se le partía el corazón, pero no se opuso. Ahora no estaba sola. Tenía una familia. Jean insistió en quedarse, pero Marie fue inflexible:
—Isabeau necesita más que nunca que la apoyen con la tienda. No puedo soportar la idea de que vuelva sola. Los caminos son muy inseguros y en París arrecia la ira contra los herejes. Te necesita, a pesar de lo que diga.
—Tú también.
—No, Jean —rió Marie con sarcasmo—. Muy al contrario, necesito estar sola para poner orden en mis sentimientos.
—Así que confiesas que existen —respondió él, atormentado.
—Eres mi amigo. Siempre lo has sido. No me pidas más. Es como si estuviese viuda del amor de una vida. Déjame tiempo para guardar luto.
—Bien. Acepto tu decisión. Cuida de nuestros hijos.
—Y tú, Jean, cuida de los míos. Ocúpate de él.
Jean asintió con la cabeza. Constant seguía siendo su amigo, pero dudaba de que cuando se enterase de la verdad, siguiese respetando al compañero de armas que era.
Vollore volvió a despoblarse de los suyos. Pero esta vez, Marie se sintió abandonada. Con Ma se alejaba una parte de su infancia. Con Jean, la otra parte de despreocupación. Pero ahora, ella era la dama de Vollore. Se lo había jurado a su madre adoptiva.
Ella sería aquella vida que le robaron.


Y transcurrieron unos cuantos meses de felicidad y calma, viendo crecer a sus hijos. Después, el destino volvió a inmiscuirse para deshacer aquella madeja que los suyos habían tejido.
Por voluntad de un hombre.
Por capricho de un rey.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:43 pm

Capítulo 14


Marie se inclinó en una graciosa reverencia ante la sotabarba 7 la nariz aguileña que adornaban el rostro de Francisco I. El castillo de Thiers estaba impracticable como consecuencia de numerosas reparaciones en curso, y el rey de Francia había decidido hacer alto en Vollore para pernoctar.
Su corte se repartió por las modestas estancias del piso y se instalaron rápidamente tiendas en el parque y los jardines para acoger a los que no cabían allí. Por suerte, tras los numerosos aguaceros que empaparon el mes de marzo, abril de 1533 se bañaba en una agradable y luminosa templanza.
Marie, a quien se advirtió tan sólo unos días antes de la decisión y la visita reales, tuvo que afrontar el aprovisionamiento aprisa y corriendo. Por fortuna, Albérie, que había recuperado sus atribuciones y su intendencia, engalanó con diligencia y eficacia cada rincón del castillo, dotándolo de lo necesario y de lo superfluo.
Al rey Francisco le conmovieron tanto la acogida que se le dispensó como aquella carita risueña que ofrecía a su natural apetito una sonrisa carnosa, como una fruta que pide ser comida a mordiscos.
—Señora de Vollore —dijo obligándola a incorporarse con su mano ensortijada y habituada a la caricia—, colmáis mi corte con vuestra encantadora presencia. ¿Dónde está vuestro padre, para que lo felicite?
—Os suplica que lo perdonéis, Majestad. Está ocupándose de unos asuntos y ha sabido demasiado tarde el honor que le hacíais. Estoy sola con mis hijos.
—¿Vuestros hijos?
—Trillizos, Majestad.
Detrás del rey apareció un jovencito, con cara de asombro. Marie lo reconoció de inmediato. Era el delfín, Francisco.
En una ocasión, acompañada por Constant, había lanzado boñigas contra su carruaje. Una de ellas le alcanzó en el jubón, cuando se apeaba, causando la reprobación general entre los que le rodeaban. Sólo su agilidad les permitió huir y permanecieron ocultos varios días para escapar de la sentencia de muerte en la que incurrían con aquel crimen. Marie no pudo evitar ruborizarse ante aquel recuerdo mortificante, en el momento de hacer una nueva reverencia al hijo del rey.
Marie había crecido y era imposible que la reconociera, pero no pudo evitar sentirse en peligro, igual que entonces.
—Alzaos, señora. Esa hazaña de maternidad honra a Francia. Otras habrían fenecido en el empeño. Por el contrario, vos estáis deslumbrante.
—Gracias al honor de vuestra presencia, Majestad.
Francisco estalló en una de aquellas carcajadas que habían establecido su reputación de vividor más allá de las fronteras, y aplaudió alegremente, arrastrando a su corte a imitarle.
Asombrada y feliz, Marie volvió a enrojecer hasta las orejas y permaneció con los brazos colgando, bajo la mirada del delfín, que la devoraba con los ojos y observaba su apuro con placer no disimulado.
—Que traigan a esos querubines. Quiero ponerlos de inmediato bajo mi real protección. Así como a su padre, cuya simiente es tan vigorosa.
—Por desgracia, su padre está con el mío —se apresuró a explicar Marie, mientras Bénédicte y Albérie traían a los niños envueltos en sus toquillas.
—¿Tres chicos?
—Dos, Majestad, Gabriel, Antoine, y aquí tenéis a Gasparde, mi hija.
El rey cogió a los dos chicos en brazos y los presentó a las miradas de la corte.
—Tomad ejemplo de esta joven, damas de Francia, y no os avergoncéis de ofrecer vuestro culo para la posteridad. ¡A partir de hoy, habrá una prima para cada parto de trillizos!
Un nuevo aplauso acogió la decisión real y, de pronto, Marie tuvo la sensación de encontrarse en medio de una de aquellas farsas que los mendigos representaban. Sensación que aumentó cuando, tras abrirse camino hasta ella, el bufón del rey, Triboulet, a quien conocía bien porque era hermano de Croquemitaine, imitó con abundancia de gemidos y aspavientos un coito simiesco, para gran regocijo de los presentes.
Francisco le dejó distraer a su gente y devolvió los niños a su nodriza. Luego dio unas palmadas para reclamar silencio.
—¡Ea! —gritó—. ¡Que nos sirvan de comer y de beber! En cuanto a vos, hermosa dama, permaneced a mi lado y contadme qué tratamiento os aplicó vuestro esposo para obtener tan bello resultado. De forma que no admitía réplica, la cogió por los hombros y la llevó consigo. Ella se defendió con un «Señor» medio ofendido, pero sólo logró hacer reír al rey y a sus hijos, que lo seguían de cerca.


Albérie también había convidado a juglares y saltimbanquis y la comida fue animada. El vino corría a espuertas y el rey Francisco hizo honor a su reputación de buen vividor, pellizcando las nalgas y los pechos de las sirvientas cuando se inclinaban para dejar los platos, robándoles un beso aquí y allá. Marie se sentía incómoda, pero él la respetó.
La joven favorita del rey, Anne de Pisseleu, a quien Marie había visto con frecuencia en la tienda, la reconoció durante la comida.
—¿No sois vos la sobrina de Isabelle de Saint-Chamond?
—Sí, así es —confesó Marie.
El rey se volvió hacia ella y la examinó con atención.
—No sabía que estuviese emparentada con ese bribón de Chazeron —dijo sin malicia.
Marie se mordió los labios.
—Ni siquiera un rey puede saberlo todo —replicó con tono ligero—. ¿No decíais hace un momento que una mujer debe preservar un halo de misterio?
La respuesta agradó al rey, pues se mostró asombrado.
—¡Ingenio! —exclamó—. Querida Anne, esta joven no sólo es madre, también tiene ingenio. Lo siento por vuestros hombres, querida Marie, mañana mismo os llevo conmigo.
—¿Me lleváis con vos, señor? —balbuceó Marie.
—Nuestros pasos nos conducen a Marsella en busca de una esposa para mi hijo menor. Vuestro padre solicitaba un cargo en la corte. Os ofrezco el de dama de honor de mi futura nuera.
—¡Pero, señor, mis hijos!
—Vuestras nodrizas saben lo que hay que hacer. Y también vuestro esposo saldrá ganando. Vamos, ni una palabra más, está decidido, me acompañaréis.
—¿Y si decidiese negarme, Majestad? —dijo Marie ofuscada.
—Aceptad. Los luteranos os necesitan en la corte de Francia —dijo el rey a su oído, con el ceño fruncido.
Marie hundió la nariz en el plato. De pronto lo entendió todo. El rey estimaba a Isabeau. Pero ella se había puesto abiertamente del lado de aquellos herejes que él no podría seguir defendiendo por mucho tiempo, a pesar de su inclinación por sus creencias.
Marie había escogido su destino, pero éste quizá se hallase en otro lado. Tal vez también ella tuviese una misión que cumplir: salvar a su familia. Salvar a Constant en el otro campo. A pesar suyo. A pesar de todo.
En un instante, su decisión estaba tomada.
—Os seguiré, señor, si me prometéis darme la libertad de visitar a mis hijos cuando me plazca.
—¡Diantre, habláis de Fontainebleau como de una prisión! ¡Nadie piensa en reteneros, hermosa Marie, todo lo contrario!
Marie se cruzó con la mirada viciosa del delfín y, por un momento, tuvo una duda perniciosa. «¡Bah! —se dijo sosteniendo la mirada de aquellas animadas pupilas—. ¡He vencido a muchos demonios peores que tú!»


Dos días más tarde, con los baúles cerrados, besaba a los pequeños, a Albérie y a Huc, y en una litera, seguía la comitiva de una alegre corte.
A Albérie le pareció nefasta la idea de su sobrina, hasta que Marie le comunicó las palabras del rey. La última carta de Isabeau daba cuenta de un endurecimiento de la opinión pública contra los luteranos. Francisco I seguía asumiendo su defensa.
—También ellos son mi familia —explicó Marie—. He crecido con las teorías de Lutero. Me he burlado de la Virgen, tal vez he ido más lejos que muchos otros en esa nueva fe. Estos últimos meses he aprendido mucho, de astrología, de retórica. Aquí, mi saber es inútil. En la corte del rey, servirá a una causa. Quizá me haya equivocado. Quizá no sea el momento de ser simplemente la señora de Vollore.
—Dale un beso a Constant de mi parte —respondió Albérie.
Más allá del discurso de Marie, había otro. El de su corazón.
—Tienes razón, tía —murmuró mientras se echaba en sus brazos—. Tal vez lo que necesite sea elegir mi terreno.
—¡Vamos, vete y haz lo mejor que puedas!
Albérie la besó y la vio irse, ansiosa. Huc pasó un brazo por la cintura de su mujer y le susurró al oído:
—Por fin solos, esposa mía. Yo soñaba con una gran familia, pues ahora la tenemos.
—Extraña familia, en efecto —dijo Albérie enternecida.
—¡Qué importa! Un niño no es otra cosa que lo que el amor hace de él. Y tú serás la mejor de las madres.
—¿Estás seguro, Huc de la Faye?
—Nunca lo estuve tanto.
—La pequeña tiene la marca. La marca de los lobos.
—Hay que aceptar los hechos —suspiró Huc de buen humor—. De casta le viene al galgo.


Algunos días más tarde, el rey y su corte llegaron a Le Puy. Marie había compartido litera con dos jovencitas encantadoras que le informaron sobre la nuera del rey, y estaba encantada de conocer aquellos detalles. Gracias a sus chismorreos podía atribuir un nombre, una función, un título y algún chisme a casi todos los rostros. Algunos los conocía.
Era el juego favorito de Constant, y de ella, instalarse sobre las gárgolas de Notre-Dame y mirar cómo la corte, cuando estaba en París, se reunía en la plaza, frente a la iglesia, desplegaba sus sedas y puntillas, tejía y destejía intrigas y celestineos. A veces, dejaban caer algún excremento, de los que habían hecho previo acopio, sobre las capas de armiño o al lado de algún personaje. Había tantas palomas y tórtolas en París que a los nobles ni se les pasaba por la cabeza mirar hacia arriba. Se sacudían, se limpiaban, extendían las manchas para gran regocijo de los tunantes. A veces, se disfrazaban de mendigos, se instalaban en el atrio de la iglesia e imploraban unas monedas para detectar las bolsas repletas. En el ángulo de una callejuela, desvalijaban al propietario o pasaban la información a otros que estaban esperando.
A Marie le costaba imaginarse en medio de aquella gente a la que, ayer mismo, despreciaba. Tenían diversiones fútiles. Como ellos. Sólo que aquéllos se revolcaban en un desenfreno de vino, gula y sexo que le asqueaba. Los miraba a distancia, se sentía diferente, pero les reía sus gracias, imitaba sus gestos, dando la perfecta impresión de encontrarse a sus anchas, al tiempo que mantenía una prudente reserva.
Francisco I no perdía ocasión de referirse a ella como un «vientre excepcional». De no haber sido el rey, lo habría abofeteado con gusto.
Sin embargo, se encontraba bien con la reina Leonor. Era discreta y de una dulzura llena de gracia y, junto a ella, pronto olvidaba su rango y su fortuna. Marie la encontraba hermosa. Las gentes de la corte la veían insípida, porque en torno al rey sólo brillaban dos joyas: su favorita Anne de Pisseleu y Diana de Poitiers, tan perfecta que una sola de sus miradas bastaba para conmocionar a la corte y al joven duque de Orléans.
Francisco I había emprendido aquel viaje para salir al encuentro de su nuera, una Médicis llamada Catalina quien sellaría con su dote la alianza italiana, pero también era una ocasión para él de presentar a su esposa y al delfín. Por eso, cada vez que llegaban a una ciudad, la reina y el delfín se adelantaban para recibir los vítores del entusiasmo popular.
Así fue en Le Puy, donde les esperaba una suntuosa fiesta. Un banquete preparado en la plaza principal reunía a los notables de la ciudad. Se habían dispuesto barreras en las calles para que el pueblo pudiese ver al rey sin acercarse demasiado y se distribuía comida a todo el que quisiera.
Marie se encontró situada junto a la reina para que, en palabras de Francisco, parte de su fertilidad impregnase el lecho de Francia. Aquel sitio le convenía, pues la discreción de Leonor sólo era comparable a su gentileza. En plena comida, que amenizaban juglares y trovadores, avanzó un cortejo precedido por una numerosa guardia, bajo la mirada inquieta del populacho.
Marie dejó una mano en suspenso, sosteniendo un muslo de pollo con especias que se llevaba a la boca, y permaneció con la boca abierta ante el hombre que se inclinaba de manera extraña en medio de un denso silencio.
—Jayr al-Din, ¿qué palabra me traes, amigo? —respondió al saludo Francisco, levantándose con afable sonrisa.
—Salud de Alá para tu alma y la de tu señor Solimán. He aquí el presente que te envía como muestra de agradecimiento.
El hombre se apartó y Marie estiró el cuello para ver mejor. Quince prisioneros estaban encadenados unos a otros, hombres y mujeres, con el pelo hirsuto y la cara quemada por el sol. Cerca de ellos, un león en libertad montaba guardia, poniendo los pelos de punta a todos los presentes.
El turco dio una orden y sus hombres desataron en el acto a los esclavos.
—Son cristianos, señor de Francia. Solimán te los devuelve en prueba de su amistad.
—Majestad, ¿sabéis quién es este hombre? —preguntó Marie, quien nunca en su vida había tenido ocasión de ver una tez tan oscura, una barba tan rojiza ni un traje tan abigarrado.
—Le llaman Barbarroja, es un jefe pirata del Levante, capitán—pacha para el Mediterráneo y lugarteniente de Solimán el Magnífico —le respondió la reina—. Ignoro lo que mi esposo se trae entre manos, pero no me gusta la idea de una alianza con el turco.
Marie apenas oyó el final de la frase. Francisco se había reunido con Barbarroja y se acercaba al león que acababa de regalarle. Los prisioneros se habían apartado rápidamente de su presencia y habían ido a dar cerca de las mesas desde donde, por diversión y con gran algarabía, les echaban pan y carne. Marie volvió la cabeza al ver la dignidad perdida de aquellos desdichados, peleándose por la pitanza. Estaban tan flacos que daban miedo y habrían merecido un sitio en la mesa. Se contentaban con atrapar al vuelo lo que les tiraban o con lanzarse al suelo para recoger un hueso que había rodado por el polvo.
—Hay que detener esta comedia —murmuró enfadada la reina.
Dio una palmada, musitó una orden al guardia que se inclinaba hasta la altura de su rostro, y un momento después los prisioneros eran reunidos y conducidos hacia el campamento de la corte con orden de facilitarles un baño, ropa y una mesa.
Su gesto conmovió a Marie, pero no se demoró en ello. Su instinto estaba alerta. No podía apartar la vista del animal domesticado al que daban órdenes contradictorias. Varios hombres, entre ellos el delfín, le pinchaban con un palo, le tiraban de la cola o de la melena. Marie sentía crecer en su interior una furia de fiera. El animal rugió, pero Barbarroja hizo chasquear el látigo y volvió a callar.
Sin embargo, el peligro estaba allí. Nadie parecía darse cuenta. Ni siquiera el turco, que aprovechaba la presencia del rey a su lado para hablarle de confabulaciones. Sólo el león les prestaba atención. Una atención que Marie veía transformarse en odio. De pronto, no pudo seguir respetando las conveniencias, según las cuales habría debido atenerse al papel de simple testigo. Corrió hacia ellos, rozando el vestido contra las mesas. Sin previo aviso, el león se replegó sobre las patas traseras, saltó sobre un paje que pasaba a su alcance y le clavó la mandíbula en el brazo, para luego abandonarlo bañado en sangre. La muchedumbre gritó. Barbarroja intentó intervenir, pero el animal ya no obedecía. Presto a saltar de nuevo, se volvió hacia el delfín.
Movida por un instinto incontrolado, Marie se interpuso entre ellos, con los ojos fijos en los del animal y la mano tendida hacia él, como habría hecho para apaciguar a una loba enfurecida. Murmuró sonidos que ella misma no entendió. Contra todo pronóstico, la fiera detuvo su ataque y se quedó inmóvil. Marie se acercó al animal despacio, mientras éste se tumbaba sumiso ante ella. No fue consciente del silencio de incredulidad que rodeó su gesto, ni de los ojos concupiscentes del turco. Se arrodilló y alisó sonriendo la melena de la fiera.
—No temas —murmuró—. Nadie te volverá a molestar.
El león rodó sobre la espalda y ofreció su vientre a la caricia. Marie deslizó los dedos entre la suntuosa masa del pelaje y luego se volvió hacia el rey y Barbarroja.
—No lo sacrifiquéis, señor. Tan sólo estaba asustado. No volverá a atacar.
Sólo entonces cayó en la cuenta de que no habría debido estar allí. El turco susurró algo al oído del rey. Francisco I quedó perplejo, contemplando como los demás el insólito espectáculo que Marie ofrecía. En realidad, también ella estaba aterrorizada. Ma no estaba allí, como antaño, para protegerla.
Los dos hombres se le acercaron. El rey sonreía y Barbarroja parecía decepcionado por la respuesta que éste le había dado. Marie cogió la mano que el monarca le tendía y se incorporó, con la falda de seda maculada por el polvo hasta la altura de las rodillas. Sintió que el rubor cubría sus mejillas; sin embargo fue Barbarroja quien se inclinó ante ella.
—Sois un precioso bien para el reino de Francia. Este animal no tenía más dueño que yo. Que Alá os proteja si vuestro Dios no lo hace.
Envolvió a Marie con una mirada penetrante y luego retrocedió, con la mano sobre el corazón. Cuando estuvo a algunos pasos, lanzó una orden y su guardia acudió a él, impresionante, vistiendo suntuosos caftanes abotonados hasta el cuello, con sus largas cimitarras sujetas al costado por un ancho cinturón de tela. Giró sobre sus talones y se alejó con paso decidido.
Los murmullos volvieron a las mesas y entre el gentío, propagando la hazaña de Marie, comentando su gesta. «Como una marea que crece hasta convertirse en tempestad», pensó ella, con el corazón tocando a rebato.
—Os debo la vida de mi hijo, tal vez también la mía. ¿Me enseñaréis a domar ese animal que ronronea a vuestros pies?
Efectivamente, la fiera contemplaba a Marie como un gatito a su dueña.
—Ignoro cómo lo he logrado, señor. Es como si una mano invisible me hubiese guiado —tuvo fuerzas para responder.
—Sólo veo la mano de Dios, y la que ahora coge la vuestra no es sino gratitud y amistad, hija mía.
—Señor, yo...
—Volvamos a la mesa, ¿queréis? —la interrumpió el monarca con suavidad.
Marie se lo agradeció. El delfín se había apartado y habían retirado al herido. El león miró alejarse a Marie, apaciblemente tumbado en el polvo gris de aquella plaza.
—No os inquietéis —la tranquilizó el rey—. Barbarroja me lo ha asegurado: ese animal está domesticado. Tan sólo la maldad de los hombres ha despertado su furor. Irá a reunirse con los demás animales que me han regalado y se le tratará bien.
En efecto, dos lugartenientes de Barbarroja se adelantaron y le pusieron una cuerda al cuello. Se lo llevaron tras ellos sin más incidentes.
—¿Sabéis lo que Barbarroja me ha ofrecido por esa hazaña? —continuó el rey cuando llegaban a las mesas, animados por un aplauso que devolvió el color al rostro de Marie. Y sin darle tiempo a responder, prosiguió—: La libertad de doscientos esclavos contra la vuestra en el harén de Solimán.
—¿Qué habéis respondido, señor? —balbuceó ella, deteniéndose en seco.
—Que ningún tesoro en el mundo valía la vida de mi hijo. Solimán se recuperará del golpe —acabó, guiñándole un ojo cómplice mientras le soltaba la mano.
Marie, más que sentarse, se dejó caer sobre su asiento y hundió la nariz en su plato. Apenas oyó a Leonor soplarle al oído:
—Podéis estar orgullosa. Tenéis el favor del rey.
Pero no le prestó atención. Como tampoco vio el odio en los ojos de Anne de Písseleu y de su vecino, un sacerdote que regresaba a Toulouse. Sólo pensaba en hacerse olvidar mientras mordisqueaba la carne.
«Bruja —murmuraba una vocecilla en su cabeza—. Me ven como una bruja.» Y aquella voz trajo consigo un tufo de carne quemada.
Al día siguiente reemprendieron el camino. Marie no había conseguido dormir. Había acabado por decirse que tenía que llevar la cabeza bien alta. No tenía motivo alguno para sentirse culpable. El rey la apreciaba. Habría podido deshacerse de ella y no lo había hecho. La protegería de la Inquisición si sus poderes inquietaban a alguien. Más tranquila, sonrió a todos y se mostró alegre, asombrada de descubrir un evidente respeto en la actitud de quienes la saludaban. Sólo Anne de Pisseleu volvió la cabeza para finalmente, en un aparte, espetarle:
—¡No seréis más que un capricho! Si insistís, lo lamentaréis.
En aquel momento, Marie no cayó en la cuenta de lo que quería decir. Sólo lo entendió cuando el rey vino a saludarla y su mirada lúbrica se recreó en sus formas, que el embarazo había subrayado.
—No os alejéis de mí —insistió el monarca a una Marie que se sentía paralizada.
No supo responderle, pero se mantuvo a distancia. Tanto de él como del delfín. No tenía ningunas ganas de ser su favorita. Sólo quería encontrar su puesto. Y sabía que no sería en la cama del rey.


A pesar de todo, en Toulouse, Marie se sintió más cercana a él. No parecía querer forzarla y seguía presentándola como un «vientre de excepción», gloria de Francia. Pero el aire olía a carne quemada y en las colinas se levantaban piras todos los días.
Una jovencita de quince años, de nombre Paule, salió al encuentro del cortejo y ofreció al rey las llaves de la ciudad, cuyos habitantes comenzaron inmediatamente a aclamar al soberano. Estuvieron allí tres días. Marie estaba envuelta en un velo de dignidad. A quien le pedía consejo para domar un animal salvaje, le respondía que sólo la oración podía lograrlo y que ella tan sólo había respondido a la voz de Dios. Pero el rumor, que ella se negaba a oír, le atribuía numerosos poderes. Incluido el de haber hechizado al rey.
Cuando el gran inquisidor acudió para mantener una larga entrevista con él, Marie temblaba pero se esforzó por no dejar traslucir su inquietud. La reina le mantenía su amistad y parecía estar encantada con su presencia.
De la entrevista no supo nada, pero estaba segura de que el rey había respondido de su fe, pues abandonaron la ciudad sin que nadie la inquietara, ni siquiera la interrogara. Aliviada, relajó la tensión que la embargaba y empezó a dejarse ganar por el descubrimiento de aquellas ciudades que les acogían con sincera efusión. Cuanto más se adentraban en el Languedoc, más apreciaba la bonhomía de aquella gente, la riqueza de los paisajes y de su temperamento.
Francisco I protegía las artes tanto como veneraba a las mujeres. Había otorgado a la Universidad de Toulouse el privilegio de conceder el rango de caballeros a los catedráticos que alcanzasen el grado de doctores. En Narbona, mantuvo largas conversaciones a propósito de las ruinas de numerosos monumentos dispersos aquí y allá, y ordenó que se utilizasen para consolidar las puertas de la ciudad cuyas murallas debían reforzarse.
Pero el recuerdo más deslumbrante que Marie conservó fue el de Nímes. Permanecieron allí una semana, durante la cual el rey dispuso que se demoliesen las casas que se apoyaban sobre el anfiteatro romano.
Una vez cumplida la orden, la corte se reunió ante la Maison Carree y el rey impuso silencio. En el momento en que se arrodillaba para retirar el polvo de antiguas inscripciones, un hombre de barba oscura y rostro atrevido se situó tras él y en voz alta recitó:
—En la guerra y en la paz, el bien ajeno respetarás. Así, entre los dioses, gran rey permanecerás.
El rey se volvió y sonrió a quien turbaba su recogimiento.
—Esas letras te han hablado, amigo, como hablan a tu rey.
—Eso es porque os esperaban, señor, como a mí —afirmó el otro inclinándose.
—¿Y quién eres tú, para permitirte ese privilegio?
—Aquel que el destino os envía y que vos habéis venido a buscar.
El rey estalló en una risa clara ante aquel misterioso personaje que parecía burlarse de su prestancia. Luego se volvió hacia la corte y lo presentó:
—Amigos, he aquí el hombre a quien mi difunta madre temió en cuanto hubo predicho el paso de un cometa que traería su muerte. El maestro Nostradamus, astrólogo de profesión.
Mientras Marie permanecía aturdida por la sorpresa, la mirada de Michel de Nostre-Dame tropezó con la suya. Una ola de ternura la invadió. Era tal y como su padre lo había descrito y, como un fogonazo, tuvo la sensación de que él la reconocía entre todas. Como para darle la razón, Nostradamus la saludó con un ligero gesto de cabeza acompañado por una sonrisa maliciosa y, luego, se fue tras el rey.


Francisco I acaparó toda la atención del astrólogo y Marie sólo pudo conversar con él unas horas antes de su partida. Desesperaba por poderle transmitir todo su agradecimiento cuando él se deslizó hasta ella y, tomándola del brazo, la llevó aparte, haciendo de ella, una vez más, el centro de todos los comadreos.
—¿Habéis encontrado al que llaman Paracelso? —preguntó Michel sin más preámbulos.
—Os tiene en gran aprecio, así como su hija —respondió Marie, por temor a la presencia de oídos indiscretos demasiado cercanos.
—Bien —dijo Michel dejándose ganar por una amplia sonrisa—. Las cosas son lo que deben ser. El rey me ha contado vuestra hazaña —continuó—. Aconsejadle que regale ese león que no se decide a enviar a París. Muy pronto se convertirá en un problema, pequeña. Los rumores se apagan en cuanto su objeto se olvida.
Marie torció el gesto. Esa era exactamente su impresión. La víspera, la fiera se había agitado en su jaula y vinieron a buscarla para que la calmase. Ella se negó, alegando que no sabía nada de aquel poder que le atribuían y que, sin duda, bastaría con evitar que la gente lo irritase para lograr calmarlo. Cuestión de sentido común, había añadido.
—Haré lo posible, maestro.
—Id con cuidado, Marie —añadió Nostradamus divertido por su deferencia—. Sabía que os encontraría aquí y ése es el segundo motivo de mi visita. Os esperan graves peligros de los que sólo la audacia y la razón os protegerán. También el amor, si sabéis hacer la elección correcta.
—¿Cuál es, maestro? —preguntó Marie, turbada.
—Por desgracia, mis visiones no lo predicen todo. Por afecto a mi amigo, tenía que advertiros de ésta. Es un enigma tanto para mí como para vos. Escuchad y meditad. «Por la ignorancia de las lobas, un gran rey se llorará.» Os abandono a vuestro destino. Saludad a vuestro padre de mi parte. No volveré a verlo.
Levantó la mano temblorosa de Marie hasta sus labios, depositó en ella un beso lleno de cariño, y luego giró los talones y desapareció.
Marie estaba pálida, pero sostuvo las miradas curiosas. «¿Qué pueden estar maquinando el mago y la bruja?», parecían preguntarse. Levantó la cabeza y se alejó.


Algunos días más tarde, el 8 de octubre de 1533, el rey dejaba la reina, el delfín y la corte, en Aubagne, para reunirse con Montmorency, a quien había enviado por delante a Marsella. Como los últimos preparativos para la boda habían suscitado cierto descontento, el rey le encargó que indemnizase a los marselleses que habían visto derruir sus casas para crear una avenida nupcial. Hecho eso, se preparaba para encontrarse con el papa Clemente VII, tío y tutor de Catalina de Médicis.
Marie tan sólo prestaba un oído distraído a las noticias que les llegaban cada tarde y que cada cual comentaba a su manera. Sólo se entretenía en comprender aquellas curiosas bodas para poder adaptarse a la función que el rey le había encomendado.
Y a pesar de que los que la rodeaban se maravillaban de las suntuosas galeras atracadas en el puerto, llenas de prelados y presentes, ella sólo retenía lo esencial de aquel casamiento: Catalina de Médicis era una considerable apuesta política. Su dote era escasa, pero representaba más de lo que había sobre el papel. El Papa había prometido al rey su apoyo para recuperar aquel Milanesado con el que no dejaba de soñar y que Carlos V, su eterno rival, se desvivía por arrebatarle. Haber establecido una alianza tan prometedora con el Santo Padre era una gran victoria sobre sus enemigos.
En el castillo señorial del barón de Aubagne, donde la corte esperaba a que el destino de Francia se jugase de nuevo, Marie sólo pensaba en las palabras de Michel de Nostre-Dame. Le obsesionaban por su enigma, por su poder. No podía imaginar, de ninguna de las maneras, acabar siendo la causante de la muerte del rey. Pero ¿qué otra cosa podían significar? ¿Cuáles eran o serían aquellas decisiones de las que había hablado? ¿Protegerían a los suyos?


Apenas se alegraba por los festejos que se preparaban, que para ella eran nuevos. Casi no era consciente de que ya hacía seis meses que había abandonado Auvergne y de que no tenía noticias de su familia, dado que los continuos cambios en el itinerario de su viaje carecían de coherencia.
Finalmente, el 23 de octubre, apareció Catalina de Médicis encaramada en una hacanea rojiza que avanzaba amblando. Su futuro esposo, Enrique, el segundo hijo del rey, la acogió con una indiferencia taciturna, y Marie se encontró de pronto sumida en aquella realidad que hasta entonces se le había escapado. Catalina se arrodilló ante su prometido. Parecía orgullosa de las manifestaciones de bienvenida que le dispensaban los marselleses, segura de su importancia.
Marie la observó con detenimiento. No era hermosa. Tema unos ojos saltones, como aquellos peces que antaño pescaba furtivamente en el Sena con Constant. Poseía un rostro abotargado que ostentaba, en el centro, una nariz gruesa y llena de granos bajo el maquillaje. Asimismo, su cuello ancho y corto se apoyaba sobre unos hombros demasiado redondos, que una talla mediana no permitía atenuar. A pesar de sus suntuosos atavíos, no tenía más prestancia que aquella mirada orgullosa y aquella boca fina y seca que no sonreía.
—La pobre chica. Es huérfana y no ha conocido, hasta hoy, otra cosa que el odio contra su familia. De manera que ha vivido enclaustrada desde su más tierna infancia. ¡No es de extrañar que esté ajada! —se apiadó una condesa situada a su lado.
Aquellas palabras produjeron en Marie el efecto de un latigazo. Si alguien podía entender cómo se sentían los suyos, tenía que ser aquella joven. En el momento en que Catalina paseó la mirada en su dirección, ella la saludó. La duquesa pareció por un instante sorprendida por aquel rostro que exhibía una simpatía real y le devolvió su sonrisa de forma espontánea. Fue la única que se permitió.
Durante cinco días hubo fiestas y se intercambiaron regalos. El león atraía numerosos curiosos y Marie se percató de que el primo de Catalina, un joven moreno llamado Hipólito, se interesaba mucho por él. En la primera ocasión, se lo hizo notar al rey. Este encontró la observación de Marie muy juiciosa, porque le molestaba sorprender a veces la palabra «bruja» saliendo de bocas malintencionadas. Marie le gustaba, por numerosas razones.
En consecuencia, regaló el león de Jayr al-Din a Hipólito, quien se mostró muy satisfecho, y luego armó caballero a su hijo. La boda que siguió fue grandiosa. Además de las numerosas salvas disparadas desde las galeras, se comió, se bebió y se bailó hasta el alba. Luego el rey, achispado y feliz, acompañó a los esposos hasta su lecho nupcial, donde, agarrándose al dosel para no caer sobre la lid, se aplicó a comprobar que su hijo hacía valientemente honor a su contrato matrimonial, a pesar de cierto impedimento natural situado en la verga.
Cuando todo se hubo consumado, salió de la habitación y fue a gritar por los pasillos del palacio, cantando a voz en cuello que Italia estaba definitivamente ganada y su plaza bien cercada, cosa que hizo dichosos al Papa y a la corte, e hizo sentir repugnancia a Marie, quien pensaba en lo molesta que debía de haberse sentido Catalina.


Volvían a París cuando, una noche, Francisco I irrumpió en la habitación de Marie sin avisar. Ésta acababa de ponerse su camisa de dormir y se echó a temblar cuando se le acercó, con una leve sonrisa en los labios. Horrorizada pensando en lo que podía pretender de ella, se dejó caer de rodillas ante él, gimiendo:
—No me forcéis, señor. Dejad a mi esposo el derecho a ser el único en amarme.
Francisco se detuvo en seco y la miró, desconcertado. Luego cogió aquellas manos juntas en oración y la levantó, conmovido por su sinceridad.
—¿Me creéis capaz de semejante cosa, Marie?
—Perdonadme, señor —dijo Marie, avergonzada de haber dudado de su rey,
—¿De qué, Dios mío? ¿De haberos sorprendido? —Paseó los dedos por su espesa barba, con la mirada picara, risueña—. Me agradáis, dulce Marie, no puedo negarlo. En verdad, un vientre tan bien constituido sólo puede ser una cálida promesa para cualquier hombre, pero he sorprendido vuestra reserva y he alimentado aún más las animosidades que despierta mi interés. Tengo una esposa conciliadora, pero una favorita muy celosa. Si no tuviese más proyectos con respecto a vos que una noche de amor, me hubiera reído tanto de la una como de la otra, pero no os he alejado de los vuestros para eso.
Marie se sintió aliviada y una sonrisa de agradecimiento acompañó su reverencia.
—Para todo lo demás, Majestad, estoy a las órdenes de mi rey.
—Nada de órdenes, no. Nada de órdenes. Sentaos a mi lado. No puedo demorarme en vuestros aposentos sin despertar sospechas que se convertirían en rumores que amenazarían vuestra tranquilidad.
Marie obedeció y se sentó graciosamente sobre la cama. Francisco había adoptado un gesto preocupado.
—Mientras estábamos en Marsella, recibí una queja del Parlamento. Nicolás Cop, el rector de la universidad, ha pronunciado un discurso en defensa de los herejes. Mi hermana, Margarita de Angulema, protege a los luteranos y yo mismo los tengo en mucha estima, por la sencilla razón de que en Alemania son enemigos de ese detestable Carlos V. Tengo afinidades con su fe, pero también, y sobre todo, soy un rey cristiano, Marie. Y ahora, mi hijo es sobrino del Papa. Me compelen a tomar partido sin ambigüedades y la razón de Estado me obliga a hacerlo. Me han entregado una lista de sospechosos. Isabelle de Saint-Chamond no se encuentra en ella y velaré por que su nombre sea olvidado, pero no puedo impedir esos arrestos ni los juicios que les seguirán. Algunos son una amenaza real para la paz civil, otros no. Haré lo que pueda para calmar los rencores, pero llegará un momento, estoy seguro, en que no podré impedir que ardan las hogueras.
Le cogió las manos con fervor. Marie volvía a temblar. Pero ahora no por miedo a su rey.
—Ayudadme a salvar esas vidas que debo sacrificar en nombre del reino. Haced llegar a vuestros amigos los argumentos que os doy. Que no se pueda detener más que a aquellos a quienes se encuentre. A cambio, os protegeré. He hablado de vos a Catalina. Es aficionada a las ciencias ocultas, a la astrología, a los poderes. Vuestra aventura con ese león ya había llegado a sus oídos. Os comisiono a su lado, tal y como os prometí.
—Pero señor, yo no sé una palabra de italiano.
—No temáis, Catalina habla muy bien el francés. Junto a ella, estaréis cerca del Papa y de mí. No correréis riesgo alguno y podréis actuar a vuestro antojo. ¿Aceptáis, querida niña?
—Por la salud de los míos, señor, acepto.
—En ese caso, dormid en paz.
Depositó afectuosamente un beso en su frente y desapareció de inmediato. Marie permaneció mucho tiempo sentada. Frente a ella, una amplia ventana con ajimeces dividía una noche sin nubes. Una noche de luna llena.
Para dar a Philippus y a Isabeau la oportunidad de ir hasta el final de sus experimentos y salvar a su raza de la maldición, tenía que cumplir su propio destino.
«Bruja, hoguera, hereje.» Esas palabras daban vueltas en su cabeza hasta la náusea. A lo lejos aulló un lobo y su corazón se puso a latir con mayor fuerza. Si no hubiese estado tan lejos de Auvergne, habría creído que Albérie lloraba.


Apenas había transcurrido un mes, cuando se anunciaba diciembre, se desató la locura.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:44 pm

Capítulo 15


La tumba era pequeña. Apenas la de un niño. La del niño que a fin de cuentas nunca había dejado de ser. Marie había llegado demasiado tarde a París. Demasiado tarde para sus funerales, demasiado tarde para decirle adiós.
La corte se acababa de instalar en Fontainebleau y ya corría ella al domicilio de Isabeau para ponerla al corriente de su nuevo cargo. La halló vestida de luto, con los ojos hinchados.
—Croquemitaine ha muerto —fueron sus palabras de bienvenida.
Marie se encontró llorando en brazos de su abuela.
Era un anciano. Las fiebres del invierno se lo habían llevado. Isabeau no pudo hacer nada. Hacía ya una semana que había perdido a su más fiel amigo. Casi un padre. Marie comprendía perfectamente su tristeza, puesto que también era la suya. Cuántas veces les había hecho cabalgar en sus rodillas, a ella, a Constant y a Soléne. Hasta que se hagan «gigantes», decía, gigantes de alma diminuta.
Cuando ambas hubieron aplacado su enorme dolor, Marie habló. Isabeau la animó en su decisión. Siempre había tenido al rey en gran estima y los luteranos la conocían lo bastante para entenderlo. Salvo Juan Calvino. El prescindía de sus contemporáneos, había dictado sus propias reglas y se oponía en muchos puntos a Lutero. A sus discípulos, todo eso tan sólo les había parecido un juego. Pero ya se hablaba so capa del movimiento calvinista. Isabeau no se oponía, porque iba en la misma dirección de su propio pensamiento, pero aquel hombre le desagradaba cada día más. Sacaba provecho de cualquier acción, como un perfecto oportunista, y con frecuencia dejaba que los demás ocuparan la primera línea. Había sabido persuadirles de que era necesario proteger al maestro para que sus ideas se desarrollasen y perdurasen. Hasta Clément Marot acabó por distanciarse de él. Marot seguía defendiendo abiertamente la fe de los herejes, pero lo hacía en la línea de la hermana del rey, quien no buscaba gloria alguna. Tan sólo Constant seguía cegado por él, efectuando en su nombre los más viles cometidos, los más atrevidos también. Y eso volvía locas de inquietud tanto a Lilvia y Bertille como a Isabeau, que le quería como a un hijo. Jean lo seguía. Paso a paso. Para protegerlo de sí mismo.


—¿Qué haces aquí?
La voz era seca y Marie sintió que su dolor se redoblaba. Se había sentado sobre la tumba de tierra, sin preocuparle que se manchase su ropa de terciopelo, mientras desgranaba finas piedrecillas entre los dedos, como tantos años de felicidad perdidos.
—Hola, Constant —logró decir sin volverse.
El se acercó y se sentó a su lado. Su mirada era dura, hecha de esa rabia sorda que se superpone al sufrimiento. Pero a Marie le daba igual. Tendió la mano, le rozó la mejilla erizada de una barba indisciplinada y, al momento, hecha un ovillo en sus brazos, se echó a llorar.
Estuvieron así largo rato, como si Croquemitaine pudiese oír, mucho más allá de las palabras, su último mensaje, esperando casi ver sus brazos torcidos salir de la tierra y abrazarlos, oír su voz aflautada burlarse de su dolor y declamar, con su divertida seriedad: «¡Cuando seáis grandes, como yo, se os pasará!».
—Ahora nos toca a nosotros ocupar su puesto —afirmó Constant.
Marie bajó la vista y, sin encontrar fuerzas para resistirse, dejó que se la llevara de allí. Había esperado un mano a mano con él. No lo hubo. Cuando entraron en casa de Albérie, en donde les recibió Soléne, la hermana de Constant, Marie se encontró ante Calvino, que discutía con Jean y con otros en torno a una mesa cubierta de panfletos.
Tras un primer momento de desconcierto por su presencia, Jean Latour se adelantó para saludarla. Al igual que Isabeau, había sabido por Albérie que el rey se la había llevado en su cortejo, pero desde entonces no había vuelto a tener noticias de ella. Los gemelos iban a celebrar su primer aniversario dentro de unas pocas semanas.
—¿Marie? —se admiró Calvino incluso antes de que Jean pudiese decir algo—. ¿Habéis dejado la guardia real en la puerta o queríais primero aseguraros de nuestra captura? —zahirió, acerbo y desconfiado.
Marie se quedó paralizada. Habría querido contestar, pero Constant se le adelantó.
—Explicaos, maestro —dijo tras apartarse de ella, lívido.
—¿Cómo? ¿No lo sabes, Constant? —prosiguió Calvino, con un rictus malévolo que tensaba sus labios resecos—. Se dice que Marie es la nueva amante del rey y que le debemos todas esas detenciones. Nos ha traicionado, mi pobre amigo. ¡Mira su atuendo!
Constant la fulminó con la mirada, los ojos mera de las órbitas. Le habían dicho que Marie se había ido de Auvergne con la corte, pero se había negado a creerlo.
La sangre se heló en las venas de la joven. Se plantó ante su acusador y le hizo frente, ardiendo de rabia.
—Yo no soy la amante del rey ni una traidora. Y si alguien aquí lo pone en duda... —rugió remangándose como tantas veces había hecho en momentos de pelea.
Jean la cogió por los hombros.
—Yo te creo, Marie. Pero circulan rumores, explícate.
Marie se lo contó todo. La visita del rey a Vollore, su apego a las ideas de la Reforma y su doble papel en la corte de Francia.
—He venido a ayudaros, siguiendo la voluntad del rey.
—¡Nosotros no tenemos nada que hacer con la perfidia de un rey que habla y hace zalamerías para golpear mejor! —explotó Cal—vino, dando un puñetazo en la mesa—. Si hay que hacer una cruzada contra los papistas, la haremos. La hoguera no arredra a las almas valerosas. ¿No es así, Constant?
Pero Constant sólo tenía ojos para Marie y para la mano de Jean, que aún reposaba sobre el terciopelo granate. Estaba lívido.
—¡No! ¡Estoy aquí para protegeros! —gritó Marie enfrentándose a Constant.
Pero él apretó los dientes y con un gesto rápido e inesperado que la dejó atónita, desapareció. Antes de salir corriendo tras él, Marie encontró la fuerza de alzarse contra Calvino, quien parecía encantado.
—Me lo habéis quitado, Juan Calvino —rugió—, y por eso me humilláis, pero lo salvaré mal que os pese, y a mis amigos también.
—Habríais debido quedaros en Auvergne para educar a vuestros bastardos, Marie —gritó éste mientras se alejaba.
No tuvo tiempo de contestarle. El puño de Jean Latour ya volaba y Calvino, con la nariz ensangrentada, fue a estamparse contra la pared opuesta.


Constant había desaparecido. Marie vagó un instante por aquellas callejas que conocía como la palma de su mano, haciendo caso omiso de las miradas envidiosas que atraían su ropa y su capa con cuello de armiño. Luego se detuvo. ¿Dónde se habría metido? Levantó la vista y vio por azar las altas flechas de Notre-Dame que se enredaron con sus recuerdos. Constant sólo podía estar allí. No se tomó la molestia de saludar al padre Boussart, encontró la puerta abierta y subió decidida por la escalera de caracol que ascendía en espiral por el interior de los muros de la catedral. Recorrió la crujía y lo descubrió, con los pies balanceándose en el vacío, a caballo sobre una gárgola. Como en otros tiempos.
—No te acerques a mí —gruñó Constant al tiempo que una paloma echaba a volar espantada por el menudo paso de Mane.
—He vuelto, Constant —dijo sencillamente, dejándose resbalar contra la piedra.
—No deberías haberte ido. Nunca.
—Era preciso —respondió Marie con el corazón en un puño—. Por Ma.
Al oír el nombre de la loba, Constant volvió hacia ella su rostro atormentado. Había cambiado. Barba oscura, rasgos marcados. Se había hecho un hombre, pero su mirada era la misma de antes. Parecía tan perdido como cuando, siendo niño, ella le atormentaba, jugando con sus temores y emociones, con su intuición de muchacha. Ahora ya no tenía ganas de jugar.
—Creí que habías vuelto por mí —farfulló para sí—. ¡Hace falta ser idiota!
—¿Por qué dices eso? Calvino miente, te lo aseguro. He oído al rey. Está preocupado y es sincero. Yo puedo ser útil, servir a la Reforma como antes. ¿No era yo la primera en proferir juramentos, blasfemar y ultrajar a la Virgen y los prelados? Tú me conoces, Constant. ¿Tanto he cambiado?
—¡Y más, Marie! ¡Antes no mentías!
—No entiendo —respondió Marie sin encontrar las palabras para continuar.
El profirió una risa sarcástica y, con una pirueta, se puso en pie. Se acercó a ella, rabioso, y se inclinó sobre su frente, clavando las uñas en los arañazos que el tiempo había infligido en la piedra.
—No, no entiendes, Marie. ¿Dónde estabas cuando mi padre preguntaba por ti antes de morir? ¿Qué hacías mientras yo le aseguraba que estaríamos con él, juntos, el día de Navidad? ¿Que nos casaría como siempre había soñado? ¿Que le darías unos nietos preciosos y altos? Esos hijos que me has negado, Marie. ¡Esos hijos que has dado a otro!
Se puso en cuclillas ante ella, con los ojos llenos de una indignación tenaz. A ella le habría gustado negar, preguntarle cómo podía saberlo, pero él no le dio tiempo,
—¿Es que has olvidado quiénes somos, Marie? Al rey de los bufones se le cuenta todo, nada se le oculta. Tu hazaña te ha precedido. No hay truhán en París que no mime ese «vientre» del que el rey se llena la boca. Un vientre de Marie que puede santificarse. Como ves, hasta ese nombre, al salir de sus labios, se ha convertido en una injuria. ¿Sabes cómo te apodan allí? ¡La Virgen de los trillizos! Me reí mucho con eso. A carcajada limpia. Hasta que me enteré de que era de ti de quien me estaba riendo. De ti. Que me habías traicionado.
—No son trillizos —murmuró Marie como si eso pudiese tener alguna importancia.
—Sí, lo sé. El niño, el monstruo sacrificado. Tu abuela me lo contó en su momento. Simplemente calló el resto. Al morir mí padre, creí volverme loco de soledad, de rencor. Nunca habría creído que te quería tanto. —Y apretó la boca contra su pelo con una rabia amarga, susurrándole al oído—: Cuando te he visto en la tumba, he estado a punto de olvidarlo todo, de perdonarlo todo, porque habías vuelto. Tu mirada, tu mano en mi mejilla, como antes. He creído por un momento. He querido creer que todo había sido una farsa. Una simple farsa de la que yo había sido el pagano. Pero no es así, ¿verdad?
Los labios se deslizaron hasta su cuello, brutales, salvajes por el orgullo herido y el deseo. Marie no intentó rechazarlo. El soltó brutalmente las lazadas de su corpiño y se apoderó de su pecho menudo.
—Dime, dime que te violó, que te traicionó como me traicionó a mí. Dímelo, Marie, dilo... —suplicó en un gemido mientras buscaba su boca.
Pero la mirada que encontró le traspasó el corazón. Marie sólo pedía perdón.
—Tienes razón. Te traicioné y la forcé.
Jean acababa de aparecer en la crujía. Había tardado en encontrarlos, aún estaba sin aliento.
—Llegas demasiado tarde, Jean —gruñó Constant, a quien la silenciosa confesión de Marie había helado el corazón.
—Te lo aseguro —insistió Jean acercándose, pero Constant sacó su daga y se incorporó como un resorte.
—No te metas en esto, ¿me oyes? ¡Ya has hecho bastante daño!
—Déjala irse y ajustemos cuentas entre hombres —pidió Jean a la par que retrocedía prudentemente—. Tú y yo solos.
—No —intervino Marie incorporándose a su vez.
Agarró con una mano el jubón de Constant, pero éste la rechazó.
—Es con él con quien has venido a reunirte, ¿verdad? —rugió—. Lo comprendí hace un rato. Al ver su mano en tu hombro.
—No, Constant. le Lo juro. Tú eres eL único. El único a quien he querido. El único a quien siempre querré. Ocurrió la víspera de vuestra llegada a Vollore. Estaba aterrorizada. No... ¡Oh! Constant, me habría gustado tanto que hubieses sido tú... —gimió en un sollozo.
Él pareció desconcertado por un momento, el arma le resbaló entre los dedos marcando la piedra al caer. Cerró los ojos y los volvió a abrir con un rictus amargo.
—Pero no dijiste nada, Marie. ¡Nada! Dejaste que me fuera. Para poder traer sus hijos al mundo.
—Habría podido abortar. No te habrías enterado. Pero no tuve fuerzas. Ya no sabía quién era, ni lo que quería. Me rechazabas. Te supliqué que te quedaras, recuérdalo. Yo te quiero, Constant. ¡He soñado tanto con que me perdonases!
—Dice la verdad. Por eso se ha negado a casarse conmigo —terció Jean.
La mirada de Constant fue del uno al otro, luego se irguió extraviado.
—Habrías debido aceptar, porque yo jamás te perdonaré —espetó.
Retrocedió contra la balaustrada labrada. Estaba ebrio de dolor. La cabeza le daba vueltas. Contemplando por un momento a la gente en el atrio de la catedral tan lejos, allí abajo, se preguntó si Marie recordaba sus juegos, cuando a él le gustaba colgarse por los pies de las gárgolas, para asustarla... Era suya, sólo suya. Jean iba a pagar por haber cambiado eso.
Con un giro violento, se abalanzó sobre su rival, que se encontró catapultado con fuerza hacia atrás. Los dos hombres rodaron uno sobre el otro por la estrecha crujía. El puñetazo de Constant alcanzó el rostro de Jean. Marie chilló, luego volvió a dejarse caer, descompuesta. Se estaban matando por ella.
La pelea duró un buen rato sin que ella pudiese ver quién ganaba y luego todo dio un vuelco. Constant sintió bajo sus dedos la daga que había caído al suelo y la cogió. La puso en el cuello de Jean, que lo tenía a su merced. Jean lo soltó inmediatamente y quedó inmovilizado, sentado a caballo sobre sus muslos.
—Hazlo, Constant —dijo con la mirada fría—. En una ocasión me salvaste la vida. Estaremos en paz. Acabemos con esto de una vez.
La hoja se hundió delicadamente en la piel, dejando que una gota de sangre perlase el acero. Jean no se inmutó. Marie lloraba en silencio, sin atreverse a intervenir por miedo a incrementar la furia de Constant. Pero Jean se empleó a fondo para lograrlo.
—Abusé de su inocencia para forzarla a quererme. Era fácil, porque te ha dicho la verdad: estaba aterrorizada y yo era su amigo. Confiaba en mí. La poseí sin remordimientos, persuadido de que sabría satisfacerla mejor que tú.
—¡Cerdo! —rugió Constant, y hundió la hoja mientras aquellas palabras lo apuñalaban.
Marie no soportó más. Se arrastró hasta Constant y suplicó:
—Basta. Te lo ruego. Yo no valgo la muerte de un hombre.
—No la escuches, Constant. Vivir me tiene sin cuidado. He perdido. Nunca me querrá.
Constant dudó aún por unos momentos y luego retiró la daga.
—No te haré ese favor, amigo. Vivirás con ese sufrimiento. Como yo. Me ocuparé de ello. ¡Ahora marchaos! ¡Los dos!
—Constant... —suplicó Marie.
—Tal vez un día, Marie. Por ahora, tú misma has escogido tu partido. Tu partido y tu rey.
—Ven, Marie —insistió Jean incorporándose, indiferente a la sangre que le corría por el cuello.
Marie enjugó las lágrimas con el revés de la mano y murmuró a Constant, que no se movía:
—Si un día tengo más hijos, juro que serán tuyos, Constant.
Luego se dejó llevar.


Los meses que siguieron fueron una locura. Arrestos, procesos y suplicios se multiplicaban. Marie corría de un lado para otro, de aquella corte frívola en donde aprendía a adquirir la docilidad de una dama de honor al lado de una joven austera, a los subterráneos del Temple en donde a menudo se reunían los herejes. Calvino había acabado por aceptar su apoyo, seguramente con la ayuda del convincente puño de Jean Latour. Constant no le hablaba. Cuando se cruzaban, bajaba los ojos y giraba sobre sus talones. Marie no desesperaba. Se consolaba con aquel «tal vez» pronunciado en Notre-Dame. Se aturdía a base de aprender italiano, asistía a las fiestas que el rey daba en sus diversos castillos y se apartaba con prudencia de cualquier animada discusión en la que se hablara de herejía. Isabeau tenía la tienda abierta, pero los rumores que aseguraban que formaba parte de los luteranos hicieron menguar su clientela. Ahora había dos bandos que se oponían abiertamente. E Isabeau sentía cada día con mayor claridad lo precario de su situación. Sin embargo, su nombre no aparecía en las listas.
Una mañana de marzo, Jean Latour entró en su casa, con semblante preocupado.
—Han detenido a Pointet, el cirujano. Ha tratado a curas con sífilis y les ha espetado que el celibato era la causa de su enfermedad.
—Pero eso no es más que la verdad —se indignó Isabeau—. Las rameras pululan por conventos y monasterios. Lo soltarán.
—Mucho me temo que no, Isabeau. Ha sido encarcelado y ha rechazado la confesión; ha blasfemado contra la Virgen al no querer postrarse ante ella. Lo ejecutarán el sábado por la mañana en la plaza Maubert.
Isabeau se desplomó sobre un sillón, lívida. Jean se arrodilló y le cogió las manos.
—Marie no puede controlarlo todo, Isabeau. Las actas escapan incluso al rey. Tenemos que marcharnos.
—No puedo abandonar a mi familia, Jean.
—Los tuyos están en Vollore. La situación se ha hecho demasiado peligrosa. Además de la locura de los papistas, está la de la Inquisición. En la sombra, la caza de brujas y de alquimistas se ha reavivado. Los inquisidores rondan por todas partes y muchos procesos se instruyen bajo su control. Jacques de la Croix también ha sido detenido.
—¡Es un alquimista! Philippus y yo estuvimos con él.
—Pero también es un predicador evangélico. Isabeau, quemarán a quien les estorbe y el rey no se enterará ni de la décima parte.
—Pero están Marie, Constant, Bertille y tantos otros...
—Nos vigilan, Isabeau. Son el pueblo llano. En las profundidades de París, no pueden nada contra ellos, pero los ponemos en peligro al intentar protegerlos, al acercarnos a ellos. En cuanto a Marie, el rey velará por su seguridad. Y yo por la de Constant. Créeme, Isabeau. Tienes que irte de París. Y dedicarte a tus investigaciones para salvar a los tuyos.
Isabeau agachó la cabeza, derrotada.
Llevaron a Jean Pointet a la hoguera. Atado sobre el montón de haces y leña seca, le extirparon la lengua. De un golpe seco, el
verdugo la cortó para exponerla a las aclamaciones de una masa sanguinaria. «¡Este no blasfemará más!», rugía la horda humana.
Unos días más tarde, Laurent Canu, llamado Jacques de la Croix, ardía también, con el dossier de su proceso atado con una cuerda alrededor del vientre, suplicando a Jesús que perdonase a los hombres su extravío.
Abril de 1534 apestaba en los arrabales. Isabeau despidió a sus obreras e hizo clavar tablones en las ventanas de cruceros. Salía de París como había salido de Auvergne: pasando una página de su vida. Se llevaba consigo a Bertille, a quien había conseguido convencer.
Lilvia murió seis meses más tarde. Marie no pudo salvarla. En medio de la iglesia, había surgido de la sombra y había degollado al prelado que condenaba a los herejes. La juzgaron y la condujeron a la hoguera sobre la marcha. Era una bohemia. Una hechicera. Una bruja. Cuando Constant se enteró, el cuerpo de su madre no era más que una tea que acababa de consumirse. Eso lo desquició. Mientras Calvino abandonaba Francia en dirección a Suiza, él se quedó en París, consoló a su hermana y preparó su venganza. Marie intentó hacerle entrar en razón, lo mismo que Jean. Se revolvió contra ellos.
—¡Basta! ¡Llévatela de aquí, Jean, y cásate con ella! Lo que yo quiero es la muerte, ella me librará de vosotros. ¡Me librará de ti! —gritó apuntando con el dedo al pecho de Marie.
Rápido como el rayo, se eclipsó con sus pasquines bajo el brazo. Marie estalló en sollozos entre los brazos de Jean y luego volvió a Amboise. Aquella noche, el 17 de octubre, Francia entera se desplomó bajo la violenta diatriba de Antoine de Marcourt, un pastor amigo de Calvino. En su panfleto se sublevaba contra «los horribles e insoportables abusos de la misa papal inventada contra la Santa Cena» e injuriaba «al Papa y a la gentuza de sus cardenales, obispos y curas, monjes y otros hipócritas decidores de misas».
Francisco I encontró uno clavado en la puerta de su habitación. En un salto estuvo en la de Marie. Furioso.
—He hecho lo que he podido. No puedo permitir esto. Es un atentado contra mi autoridad real. Un peligro para todo el Estado, Marie. Una declaración de guerra. Esperaba que entendiesen. Se niegan a escuchar vuestras advertencias, a ver mis actos para salvar su fe. Isabelle de Saint-Chamond está fuera de peligro. A partir de ahora, Marie, manteneos lejos de los reformados o ya no responderé de vos.
—Señor, os lo ruego —suplicó con los ojos aún rojos por su discusión con Constant, segura de que estaba implicado en aquel hecho.
—Es demasiado tarde, Marie. Tengo que aplicar mano dura. Soy el rey.
Salió dejándola desconsolada. Advertido por ella, Jean expuso a los conjurados de la sombra la decisión del rey. Constant se limitó a reírse de la advertencia y eso le afectó. Por amor a Marie, y puesto que ella no podía hacerlo, lo protegía de sí mismo.
Unos días después, se ofreció una recompensa de doscientos escudos a cualquiera que denunciase al o a los provocadores. La hoguera esperaba a los culpables y sus cómplices.
Constant conocía bien el subterráneo del Temple. Se escondió allí con sus amigos, mientras las condenas se multiplicaban impulsadas por la cólera de la Iglesia. Quemaron a una maestra de escuela que no había hecho recitar un avemaria, a un paralítico que predicaba el Evangelio de una manera extraña. Luego, a la gente con la que Marie se había cruzado tantas veces en su infancia, junto a Isabeau: el zapatero Milon, el albañil Poille, Antoine Augereau, el impresor.
Marie rezaba con toda el alma para que aquello acabase. Pero, a despecho de sus oraciones, en enero de 1535, surgieron nuevos libelos titulados Parantiphresis. El rey firmó un decreto que prohibía a los editores imprimir cualquier texto sospechoso bajo pena de horca.
Después, organizó una gran procesión a través de París, llevando tras él los relicarios que contenían fragmentos de la corona de espinas e invitando a las masas a salmodiar una oración a la Virgen. Su discurso, pronunciado aquella misma tarde, demostró palmariamente su determinación: «¡Si mi brazo estuviese infectado por esa podredumbre, lo querría separado de mi cuerpo!».
Una semana más tarde, se creó un tribunal de excepción que amplió el campo de los culpables a todos aquellos que hubiesen alojado a luteranos. Marie tembló pero, fiel a su promesa, el rey la siguió protegiendo.
Sin embargo, por temor a que le llegara el turno, se sumergió en el séquito de Catalina de Médicis, quien se inquietaba por su triste aspecto y su poco ánimo. Respondió que echaba de menos a sus hijos. Claro que recibía frecuentes noticias de ellos, pero hacía dieciocho meses que no los veía. Era cierto. Pero sólo en parte. Aquel vientre le recordaba que había condenado a Constant a perderse en su fe. No lograba guardarle rencor por no haberla perdonado. Ella misma no se lo perdonaba. Habría podido olvidarlo, casarse con Jean, pero no podía decidirse. Como si algo más fuerte que la razón guiase sus pasos. Aquel instinto salvaje que llevaba dentro. Aquel instinto de las lobas que su corazón no refrenaba.


A pesar de las pestilentes humaredas que viciaban el aire de Francia, la vida de la corte no era más que risas, gracejo y liviandad. Como si existiesen dos mundos cuya frontera se encontrase en los suntuosos jardines de los castillos de Amboise, de Saint-Germain, de Fontainebleau o del pequeño Madrid que el rey había hecho construir. Los más renombrados artistas daban rienda suelta a su creatividad bajo la protección tanto del rey como de su favorita, Arme de Pisseleu, a quien había hecho dama de honor de Catalina.
Como consecuencia, Marie se codeaba con ella a diario. Habían acabado por entenderse. Anne era muy celosa e intrigante, había conspirado cruelmente para que se olvidase a la precedente amante del rey, Françoise de Cháteaubriant, y detestaba a Diana de Poitiers, cuyos consejos y compañía el rey apreciaba. Pero había aceptado el hecho de que Marie no constituía una amenaza para ella y apreciaba su abnegación en la sombra.
No obstante, Marie estaba más cerca de Catalina que de Anne de Pisseleu. Con ocasión de la muerte del papa Clemente VII, menos de un año después de su matrimonio, Catalina temía ser repudiada, pero Francisco no mostró la menor intención de hacerlo. Si bien era cierto que le gustaba decir que había recibido a aquella muchacha casi desnuda, puesto que la promesa de recuperar el Milanesado se había esfumado con el último suspiro del pontífice, también lo era que le encantaba el acento cantarín de la joven. Iba a visitarla con frecuencia y ponía una mano sobre su vientre o, a veces, la oreja. Lamentaba que siguiese sin quedar embarazada y le daba una palmada familiar en la grupa, diciendo que un hermoso culo haría nacer una ardorosa lid.
—¡Ah! ¡Marie, Marie! —clamaba al retirarse—. ¡Enseñad vuestro arte a estos amantes!
—¡Estoy en ello, señor, estoy en ello!
Pero todo aquello no eran más que bromas.
Le había tomado cariño a su esposo, pero su único amor estaba en Italia, confió a Marie. Su corazón entero era de su primo Hipólito de Médicis, durante todos aquellos años en los que la habían mantenido secuestrada en aras de los intereses de este mundo. Hasta entonces, no había conocido más que una existencia triste y gris entre las monjas. Del pasado esplendor de los Médicis sólo le quedaban las historias. No las recordaba. Así pues, estaba profundamente agradecida al rey por conservarla junto al trono, a pesar de que lo detestaba por permitir que su esposo combatiese defendiendo los colores de Diana de Poitiers.
Enrique amaba a Diana. Con gran ternura, sin esperanza. Toda la corte lo sabía. Aunque ardoroso en la lid, más de una vez, en el momento de gozar, era su nombre el que pronunciaba. Catalina hacía como que no oía. Ella no sentía nada. Ni deseo, ni placer. Tan sólo el apego de una huérfana a la tierra que le había dado un nombre. No confió aquello a Anne de Pisseleu, sino a Marie.
—¿Qué dicen los astros? —preguntó de pronto.
—Que seréis madre y poderosa —afirmó Marie segura.
—¿Más poderosa que Diana?
—Ella se marchitará, Catalina, y a vos os venerarán.
—Enséñame cuáles son las plantas que curan y cuáles no hay que emplear —le suplicó.
Marie aceptó con un gesto de cabeza, feliz de evadirse aprovechando los conocimientos de su padre y de su abuela. Le hablaba de astrología, anatomía, teorías alquímicas y farmacopea. Catalina llenaba sus jardines con plantas medicinales y explicaba que su saber procedía de Italia. Porque a cambio del que ella detentaba, Marie había exigido una total discreción. Por nada del mundo habría querido volver a llamar la atención.
—¿Conoces el secreto de los venenos?
Marie sabía que un día tendría que responder a esa pregunta.
—Lo que cura puede matar, duquesa, pero esa manifestación de las cosas no me interesa. Sólo os enseñaré lo que sé. Y eso no lo sé.


Catalina fingió creerla, pero Marie no se engañaba. Ignoraba cuáles eran los proyectos ocultos de Catalina y desconfiaba. Era una católica cuya firme fe abominaba de los luteranos. ¡Si hubiese sabido que Marie los apoyaba en la sombra, a buen seguro nunca le habría confiado hasta qué punto el olor a carne quemada facilitaba y mecía sus oraciones!
Como consecuencia de ese mismo fervor religioso exacerbado que irritaba a Marie, Catalina estaba inquieta. El rey se aliaba abiertamente con el Gran Turco y desde los primeros días de 15 3 5 había destacado un embajador permanente en Constantinopla. El único objetivo confesado de aquella alianza era el de impedir que Carlos V extendiese su poder por Europa.
—Señor, escuchad vuestro corazón, no vuestro orgullo —se atrevió a sugerirle Marie en una ocasión en que el rey había solicitado su presencia.
—Estáis aquí para alimentar ambos, Marie —respondió Francisco I con una sonrisa que entreabrió su barba golosa—. Antoine du Bourg me suplica que cese de crear mártires. La liga de Esmalcalda se indigna por esta represión, por imaginarme confraternizando con el islam. Carlos V me exaspera e Italia me obsesiona. ¡Ah! Marie, Marie, ¿no habéis comprendido qué guía mis actos?
Marie sacudió la cabeza. Durante meses se había obligado a no echarse a temblar, prescindiendo de la política.
—Detener esas masacres, inclinarse ante la fe de los herejes habría hecho un flaco servicio al reino, Marie. A los ojos de la cristiandad, soy el rey de una Francia hija primogénita de la Iglesia. Distraigo los días en partidas de caza, en la cama de vírgenes o de rameras, componiendo poemas y visitando a mis artistas. Pero por la noche, oigo gritos y aquellos a quienes he condenado parecen decirme: «Tú eres el primero de los nuestros».
El rey se pasó una mano cansada por su rizada cabellera. Marie se sentía incómoda ante aquella confesión, en la que no sabía muy bien qué papel desempeñaba ella. Pero el rey prosiguió, indiferente a su inquietud, yendo y viniendo con paso cansino de un lado a otro de la estancia, mientras ella permanecía en pie, inmóvil.
—He construido las bases de mi acuerdo con Solimán sabiendo muy bien adonde me llevaría esa alianza, guardándome ese triunfo en la manga para el caso en que no pudiese controlar la situación. Ése ha sido el caso y he reaccionado como el rey cristiano que soy, rezando a pesar de todo para que todo acabase. Tolerar al islam me obliga, a los ojos del mundo, a admitir a los luteranos.
Ved, Marie, dónde está mi orgullo. ¡Rogar a un Dios pagano que me deje venerar al mío!
—Señor... —musitó Marie conmovida.
—Id a decir a vuestros amigos, si os queda alguno, que no se les molestará más. Y para que se les olvide, voy a hacer la guerra a mi único enemigo: Carlos V Es como una araña sobre Europa. He de aplastarlo o no moriré en paz.
Marcó una pausa y luego la miró detenidamente, con atrevimiento.
—Estáis cada vez más hermosa, Marie. Vuestro esposo está muy lejos. Para servirme, habéis dejado de amar.
Se acercó a ella, triste a pesar de su interés.
—Señor —murmuró Marie conmovida por su confidencia—, mi corazón le es fiel, al igual que mi vientre, ahora y para siempre.
El rey dejó resbalar un dedo por su mejilla y su cuello y luego lo retiró con un suspiro.
—Si eso cambiase, ¿me permitiríais gozar de vos?
—¿Si eso cambiase? Sí, señor, me halagaría, pero ruego a Dios que eso no ocurra jamás —respondió Marie con franqueza.
—Entonces corred a su lado, hija mía. Y volved cuando gustéis a la corte de Francia.
—Os lo agradezco, señor.
—No lo hagáis, Marie. No estoy orgulloso de lo que he hecho.
Se fue con la cabeza gacha y Marie se sintió más sola que nunca.


Encontró a Constant solo. Estaba tumbado sobre un jergón de paja, en una pequeña habitación subterránea. En una esquina, una escueta mesa acogía los restos de una sucinta comida y una vela. Marie se dijo que Jean habría tenido que guiar a los demás a alguna acción secreta. Sabía que Constant y él se turnaban. Hacía varios meses que no los había visto. Para no descubrir su escondrijo, dejaba notas en el platillo de los mendigos, entre varias monedas. Así es como se comunicaban. En la esquina de una calle, un malandrín le daba un empujón. Por la noche, leía febrilmente el mensaje que encontraba entre su ropa. Los perseguidos habían cambiado varias veces de refugio, pero éste lo conocía bien.
En una ocasión, Constant y ella se habían adormecido juntos, en el mismo lugar donde ahora descansaba él, acurrucados el uno contra el otro. Se habían besado como niños. Ella debía de tener doce o trece años. En aquella época aún no era más que un juego. Era la primera vez que el corazón se le desbocaba.
Se levantó las faldas, se descalzó en silencio y, tan prestamente como entonces, se deslizó a su lado. Él dormía profundamente, emitiendo ronquidos intermitentes. Eso la enterneció. Antes, le hubiera tapado la nariz conteniendo la risa. Se contentó con contemplarlo. Su cabello rubio se rizaba sobre los hombros, que se habían ensanchado, y su boca entreabierta dejaba ver unos dientes asombrosamente blancos para un mendigo, prueba de que seguía frotándolos con jabón, como Isabeau le exigía.
Marie se arrebujó contra él reteniendo el aliento y se abandonó al placer de sentir su calor contra ella.
—¡Oh! ¡Constant! —gimió—. ¡Cómo te echo en falta!
Transcurridos unos instantes, Marie dormía.
Él fue el primero en despertar, molesto por no poder moverse a sus anchas. Ella sonreía, con la nariz en su hombro y los ojos cerrados sobre sus sueños. Por un momento se preguntó si no estaba soñando y permaneció inmóvil. La vela acababa de consumirse sobre la mesa y la oscuridad se hacía más densa. No obstante, la habría reconocido en la noche más oscura. A pesar de los ungüentos, el olor de su pelo y de su piel no había cambiado.
El se movió y ella se desperezó.
—Constant... He soñado que me besabas —dijo Marie sin lograr volver del todo a la realidad.
—Zorra —rugió Constant inclinándose sobre ella, turbado a pesar de su rencor.
—Te quiero—respondió ella rodeándole el cuello con los brazos.
La vela del candelabro agonizó sobre la mesa cuando sus labios se encontraban.
Marie se entregó a sus caricias con un ardor insospechado. ¡Había esperado tanto aquella reconciliación! Los dedos de Constant apartaron sus muslos y Marie gimió de placer mientras lo atraía contra sí. Entonces el corazón se le detuvo. Constant acababa de mascullar con amargura en su oído:
—¿Quién es mejor amante, Marie, tu rey o yo?
Con un puño indignado, ella lo rechazó.
—Déjame —gritó mientras intentaba liberarse, herida por haberse dejado humillar.
Pero Constant no tenía ningunas ganas de detenerse allí. La inmovilizó cogiéndola por las muñecas y buscó sus ojos velados por la noche.
—¡Oh, no! ¿Por qué me niegas lo que das al primero que llega? A mí me lo debes, ¿no? —rugió, empujado por un deseo que ya no controlaba.
—Te lo suplico, Constant, así no. Así no —imploró en un sollozo.
La luz iluminó de golpe su mirada ahogada y Constant suspendió su acción en el momento de poseerla.
—Suéltala —ordenó tranquilamente la voz de Jean.
Un rictus cruel afloró a los labios de Constant, y luego se borró. Se arrepentía y al mismo tiempo sus súplicas le sentaban bien, le aliviaban. Sintió ganas de pedirle perdón, de besarla como hacía un momento, antes de recordar que le había traicionado.
—Suéltala —repitió Jean sin cólera.
La suya resurgió. Constant retiró las manos que tenían inmovilizadas las muñecas de Marie contra el jergón y se levantó.
—¿Ves, Marie? Incluso cuando quiero hacer las paces se interpone entre nosotros.
Se abrochó los calzones mientras Marie se frotaba los ojos. Luego se dirigió a la mesa mientras decía con amargura:
—Puedes estar tranquilo, Jean, tu honor está a salvo, cuando menos por lo que a mí respecta.
Empuñó una botella en la que dormía un resto de vinazo y la vació, con el corazón desgarrado entre aquellas palabras que no podía evitar proferir y aquel amor que le quemaba el alma. Jean apretó los puños, pero se dominó.
—¿Estás bien? —preguntó a Marie, quien intentaba incorporarse.
Ella afirmó con la cabeza para no provocar una pelea entre los dos hombres, pero toda ella proclamaba lo contrario.
Constant se había vuelto y la miraba ajustarse la ropa. Era hermosa y llena de dignidad a pesar de sus ojos enrojecidos. Se dijo a sí mismo que era un imbécil, que lo había echado todo a perder, por orgullo. Pero ella estaba de pie junto a Jean. Jean que la había poseído. Jean que le había dado dos hijos. Jean que se había vuelto a inmiscuir. Soléne apareció por el pasadizo acompañada por dos hombres y la tensión se disipó como por encanto.
—¡Marie! —exclamó uno de ellos al reconocerla, y se adelantó hacia ella.
Era uno de sus compañeros de infancia. Marie se enjugó las lágrimas y se echó en sus brazos sin malicia. Constant volvió la cabeza y empuñó otra botella que vació dolorosamente. Marie sonreía ahora, demasiado orgullosa para dejar traslucir su dolor.
—Bastien, estoy feliz de verte vivo a ti también.
—¿Has llorado?
—Es de alegría, de volver a veros sanos y salvos —mintió—. Se acabó, Bastien. Las represiones han terminado. El rey ha bajado el brazo, no habrá más persecuciones. Me lo ha prometido. Sois libres.
—¿Ese era el motivo de la visita? —inquirió Constant con voz apagada.
—Sí —respondió Marie mirándolo frente a frente—. Mi papel en la corte ya no tiene sentido. Voy a volver a Auvergne para reunirme con mi familia.
Constant bajó !a nariz y se echó al coleto otro trago. Se sentía avergonzado. Jean titubeó un momento y luego preguntó:
—¿Quieres que te escolte?
—¡No! No... Me gustaría estar un momento a solas con Constant —solicitó.
Eso irritó ajean, pero se retiró tras indicar con un gesto a los demás que lo siguiesen.
—Encantada de haberte vuelto a ver, Marie —dijo Soléne mientras la besaba en la mejilla.
—Cuídate. Cuidaos.
—Lo haremos —aseguró Bastien.
Le guiñó un ojo en señal de complicidad y se fue llevándose consigo a la hermana pequeña de Constant, que iba a cumplir doce años. Marie permaneció un rato con los brazos caídos y luego se acercó a Constant.
—Quédate donde estás, Marie. No conseguirás nada llorando en mi hombro.
Ella se detuvo. Le hacía daño. Pero no se lo reprochaba.
—A mi pesar, a pesar de todo, te sigo queriendo, Constant, pero está claro que haga lo que haga o diga lo que diga, no me perdonarás. Había venido a pedirte que me aceptases a tu lado ahora que ya no hay peligro, pero eso sería una estupidez. Voy a volver a Vollore. No he sido amante del rey, pero no puedo cambiar lo que pasó. Jean es el padre de mis hijos, no le impediré verlos si lo desea, pero como ya te he dicho te pertenezco para mi desgracia, para la tuya y para la suya, pues nunca tendré un amante que no seas tú. Si un día puedes olvidar y llamarme a tu lado...
—Yo te quiero, Marie.
—Lo sé. Pero eso no basta, ¿no es así?
—No, no basta.
Con los ojos anegados en lágrimas, Marie se dio la vuelta.
—En ese caso, adiós, Constant.
Marie era consciente de la lucha interna de Constant, pero éste no cedió. Decidida, volvió al aire libre, dio un beso a Jean en la mejilla y subió a su litera.


Algunos días más tarde, Francisco I anunciaba oficialmente el final de la represión y autorizaba a los luteranos a regresar a Francia, con la condición, no obstante, de que abjurasen de su fe y viviesen como buenos cristianos.
Marie no se engañó. Juan Calvino no volvió, lo que no impidió en absoluto que la herejía perdurase y que las sectas se expandiesen.
En el viaje de regreso a Auvergne, Marie se sentía cansada. Era la cuarta de una raza para la que el amor no había sido más que sufrimiento. Pensó en su hija. Como ella, llevaba la marca de los lobos. Con los ojos cerrados, comenzó a rezar:
«¡Señor, haz que esta maldición se detenga aquí!».

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:45 pm

Capítulo 16


Marie se sintió feliz de volver a estar en Vollore. Nada más descender del carruaje, una bola de pelo le saltó a la cara. Cuando apartaba a Noirot, que le hacía fiestas, oyó gritos y lloros.
—¡Antoine, ya basta! —los ahogó la voz de Albérie.
—No soy yo, es...
—Comportaos como es debido e id a saludar a vuestra madre.
Los tres niños bajaron la gran escalera envarados en sus trajes arrugados por la pelea. Marie sintió que el corazón se le encogía.
Gasparde había heredado los ojos verdes de Isabeau y de Lovaline, su nariz respingona se perdía entre unos mofletes redondos y maliciosos. Parecía intimidada al inclinarse en una aplicada reverencia. Antoine tenía el rostro enjuto y la pelambrera negra de su padre. Ironías de la vida, Gabriel se parecía más a su «hermana» que el gemelo de ésta.
Marie se arrodilló ante ellos y abrió los brazos con el corazón alborozado.
—¡Dejaos de formalidades y dadme un abrazo!
Se acercaron, desmañados, y le dieron un tímido beso. Marie comprendió que tenía que empezar por ganárselos. Isabeau apareció con las manos llenas de harina. Tenía el pelo tan lechoso como las manos y Marie se sintió conmovida. Apartándose de sus hijos, que no sabían qué decir ni qué hacer delante de aquella extraña, abrazó efusivamente a Albérie y a su abuela.
—No te esperábamos antes de mañana —se excusó Albérie señalando con la barbilla la ropa sucia de los niños, que ya volvían a darse codazos.
Marie se echó a reír con una risa clara.
—Hacía demasiado calor y le he dado prisa al cochero. En cuanto a esos dos, no cambies nada. —Se volvió hacia Antoine, que fulminaba con la mirada a su hermano. Gabriel le había pellizcado—. ¡Hala, idos al río, pilludos!
Los ojos de los niños brillaron y, sin hacérselo repetir, echaron a correr de concierto.
Mientras desaparecían, la brisa ligera trajo sus voces:
—¡Bertille —gritaban—, date prisa, rápido, rápidooo!
Sumado a su impaciencia, Noirot se puso a ladrar. Marie rodeó los hombros de Albérie e Isabeau, y cruzó con ellas el umbral del castillo.
—¡Santo Dios —exclamó—, cómo ha cambiado Vollore!
Era cierto. Los tres niños que ahora tenían dos años y medio aportaban una bocanada de vida y alegría a cada instante. Eran pendencieros, movidos, maliciosos, y Marie se reconocía en sus risas y sus bromas.
Isabeau había encontrado su sitio en la cocina, ocupándose de los fogones con la ayuda de Albérie y Bénédicte. Bertille seguía a los niños en todo momento, ya que sus piernecitas le permitían entrar en sus escondrijos del parque. Como antaño para Marie, era la compañera de juegos ideal. Su tamaño de niño le atraía la confianza y el juego, su pelo gris apaciguaba las peleas y restablecía el orden.
—¡Estoy agotada! —decía sin embargo todas las noches, en cuanto estaban acostados.
La nodriza se había quedado en el castillo y su desbordante energía resultaba indispensable para relevarla y ocuparse de las tareas más difíciles. Como a Isabeau, los años empezaban a pesar a Bertille. Las cuatro mujeres dirigían la casa en una afectuosa colaboración. Marie se sorprendió de ello.
La vida había vuelto por sus fueros a Vollore, las risas brotaban a todas horas. Aunque faltasen hombres, Huc sabía hacerlo olvidar. Presidía la mesa desde el extremo, y bastaba con una mirada severa para que los niños agachasen la cabeza sobre el plato. Marie comprendió que para ellos era el padre que ella no les había dado. Estaba bien así. Todo estaba en su sitio. Ella también. A pesar de que, más que nunca, le habría gustado que Constant estuviera allí. El castillo de antaño ya no existía más que en su forma. Le habría gustado esta sencillez. Una sencillez serena, lejos de las conmociones, de la locura de los hombres y de los reyes. Los campesinos estaban contentos, los artesanos prosperaban, el molino daba renta y los cuchilleros que habían abandonado la región en el momento de la represión parecían querer regresar al país de Thiers, a diferencia de lo que ocurría en Lyon, de donde numerosos tejedores se habían exilado definitivamente.
Todo estaba en orden. O casi.
Isabeau no había conseguido encontrar el contraveneno, a pesar de sus esfuerzos. Se aplicaba en elaborarlo y volver a elaborarlo, sin éxito. Cada noche de luna llena, la loba gris volvía a aparecer.
Había llegado un correo de Augsburgo, acompañando un tratado sobre medicina encuadernado en cuero. Philippus había consignado en él todo el saber de Isabeau y la suma de sus propias experiencias bajo el nombre de Paracelso. Ma seguía sus peregrinaciones, al albur de los alquimistas que visitaba o en función de los elementos que intentaba asociar a sus deducciones. También él estaba estancado. Por momentos perdía la esperanza de lograr algún resultado, más aún si se tiene en cuenta que con frecuencia había tenido que andar con mucho cuidado. A pesar de que en Alemania y Bélgica se alentaba el culto de Lutero, aún quedaban opositores dispuestos a volver a agitar el fantasma de la brujería para acusar y llevar a la gente a la hoguera. Marie, que con frecuencia echaba de menos a su madre, lo envidiaba un poco.
—¡Nada en este mundo es perfecto! —decía Huc—. Hay que adaptarse a aquello que no podemos cambiar.
Era feliz con Albérie. Totalmente. Y eso a pesar de que también él sentía el peso de los años sobre sus hombros, que ya se encorvaban. Profundas arrugas le surcaban la frente y los bordes de sus ojos risueños. Estaba siempre dispuesto, hábil y en buena salud, pero tenía dolores con los cambios de tiempo, aunque la presencia de los niños se los hiciese olvidar.


El verano y luego el otoño pasaron sobre el castillo de Vollore. Muy pronto, los niños devolvieron a Marie el cariño que ella les prodigaba. Recibía con regularidad noticias de la corte, pero no sentía ningunas ganas de regresar a ella, ocupada como estaba en procurar el bienestar de los suyos, en coger avellanas y setas, manzanas y moras. Con los pequeños, todo era un juego. Y Marie, a pesar de sus veinte años, volvía a ser una niña.
La reina Leonor también le escribía de vez en cuando. Marie habría preferido mil veces estar destinada a su servicio que al de Catalina de Médicis. La esposa de Francisco I era inteligente, y ella la apreciaba por su fina inteligencia tanto como por su carisma.
No obstante, la reina estaba triste. Triste porque la guerra entre su hermano Carlos V y su marido volvía a ser inevitable. El rey de Francia quería el Milanesado. Por encima de todo. Los preparativos podían verse en todas partes, y el país de Thiers no se salvaba. Eran numerosos los que se enrolaban en el ejército que estaba formando el rey. Pero Marie se despreocupaba de aquello. Preparaba la Navidad con los suyos, con la secreta esperanza de que su dicha fuese colmada.


Dos días antes de Navidad, un carruaje se detuvo ante el castillo, en medio de una tenaz nevada que caía en gruesos copos. Desde el jardín, dos muñecos de nieve armados con largos palos tallados en punta y dotados de una nariz de erizo de castaña, parecían reírse de los viajeros. Los niños los habían hecho en cuanto se presentó la primera borrasca, sosteniendo una batalla con gran acopio de bolas de nieve, antes de concentrar sus esfuerzos en aquellos nuevos soldados del rey, como les llamaban.
Marie salió a la puerta, con el corazón palpitante. Había escrito a Jean para invitarle a celebrar las fiestas con ellos, y pedido a Bertille, a quien confió su tormento, que hiciese lo mismo con su hijo. Cuando Constant abrió las cortinillas del carruaje, estuvo a punto de correr a su encuentro, pero Bertille se le adelantó y rodeó con los brazos las rodillas de su hijo. Constant la alzó en el aire y le hizo dar vueltas entre alegres carcajadas. Y aquella risa que brotaba del pasado calmó sus temores.
Jean se adelantó. Los dos niños se perseguían entre risas, jugando a reyes malvados, por las estancias del castillo. Salieron en tromba, gritando, por la puerta abierta y se quedaron paralizados de golpe ante la escena que se desarrollaba ante ellos. La capa alzada de Jean y su sombrero cubierto de nieve le conferían el aspecto de un malhechor. A pesar de la alegría de Bertille, ambos niños buscaron la mano de su madre, y así es como Marie recibió a los recién llegados. Con el corazón entre dos vidas.
Jean la besó en la mejilla.
—¡Vaya tiempo de perros! —refunfuñó antes de entrar en la casa.
Ella hizo un gesto con la cabeza, sin poder moverse. Constant había sentado a la enana sobre sus hombros, con una pierna a cada lado del cuello y, a pesar de sus gritos y de los golpes divertidos que daba a su sombrero, subió airosamente los escalones ante Marie.
—Hola, Marie.
Al pasar ante Antoine, éste le asestó un puntapié en la tibia, con los puños cerrados, expresión de una rabia sorda.
—Suelta a mi Bertille —rugió.
Constant sostuvo aquella mirada torva mientras Bertille reventaba de risa. Luego, como si de una pluma se tratara, levantó al mozalbete con mano ágil y lo tumbó bajo su brazo, a pesar de sus aspavientos.
—¡No hace falta preguntar quién es su padre! —dejó caer antes de entrar, volviéndose hacia Marie.
Ésta se mordió el labio y entró tras él.


Fue Bertille quien presentó los niños a los recién llegados, en cuanto Constant la hubo dejado en el suelo, tras haber soltado a Antoine, quien corrió a esconderse detrás de Marie.
—Constant es mi hijo —dijo Bertille cuando Antoine, rencoroso, se negó a saludar a su verdugo.
Abrió unos ojos como platos y avanzó hacia Constant, desconfiado.
—Entonces ¿por qué eres alto?
Constant se echó a reír y se arrodilló delante de él.
—Porque Bertille siempre me tiraba del pelo cuando hacía tonterías.
De repente, Antoine lo miró con admiración.
—Debiste de hacer muchas —exclamó Gabriel, quien de un brinco se puso junto a su hermano.
—¡Sí, muchas!
Los dos muchachitos tendieron a Constant una mano confiada.
—Bienvenido a Vollore —dijeron al unísono.
Gasparde, mordisqueándose una mano y sosteniendo en la otra una muñeca de trapo, avanzó hacia Jean, quien se había quitado la capa y acababa de sacudirse la nieve de encima.
—¿Y tú? —preguntó sacando el pulgar de la boca—. ¿Quién eres?
Marie carraspeó. Los dos niños y Constant se volvieron al mismo tiempo hacia Jean.
—Es vuestro... —comenzó a decir.
—Soy vuestro tío—explicó Jean agachándose para coger a Gasparde en brazos—. El tío Jean.
Marie se lo agradeció. Quiso añadir algo pero no encontró qué. Topó con la mirada de Constant, pero no supo traducir lo que éste pensaba. Gabriel y Antoine la habían cogido de las manos y se la llevaban a jugar sin objeción posible.


Los dos días que siguieron dieron poca ocasión para la intimidad. Los chicos estaban sobreexcitados. Querían saberlo todo sobre París y el rey. También ellos querían hacer la guerra al malvado Carlos V y no entendían que Jean y Constant no se hubiesen enrolado en el ejército. Asediaban a los dos hombres con incesantes preguntas a las que a veces les resultaba muy difícil contestar. Marie, por su parte, estaba en el cielo. Constant parecía entenderse a las mil maravillas con ellos. Incluso había sorprendido a Gasparde sobre sus rodillas, ella que era tan huraña y tímida. Jean también pasaba mucho tiempo con ellos, como con Isabeau, que desde el primer día le había abierto la puerta de su habitación. Se habían amado como amigos a quienes preservaba el cariño.
A Marie le habría gustado conversar con Constant, pero a menudo era el primero en retirarse por la noche y ella había llegado a la conclusión de que era mejor dejarle tomar la iniciativa. Que hubiese hecho ese viaje sin duda quería decir que estaba dispuesto a aceptarla.
—¿Por qué autorizas que se celebre una misa? —preguntó, cuando ella estaba en la cocina, la noche de Navidad.
Marie se volvió. Apoyado en el marco de la puerta, la miraba con un brillo de exasperación en las pupilas.
—Para la gente de la casa que no es luterana. Nosotros no iremos, Constant, pero he visto nacer demasiado sufrimiento de una discrepancia. Aquí, en Vollore, todo el mundo es libre de practicar su fe. Y respeta la de los demás.
—¿Los niños saben distinguir la diferencia?
—Yo se lo enseñaré. De la misma manera que les enseñaré el significado del amor y la paciencia, la tolerancia y la fuerza de la libertad.
Bénédicte les interrumpió mascullando que el sitio de Marie estaba en la mesa y no en la cocina.
Marie birló una naranja confitada en un plato y escapó esquivando los delantalazos. Constant se hizo a un lado para dejarla pasar. Sus dedos se rozaron y Marie creyó que el corazón le iba a estallar.


La velada fue acogedora y animada. Siguiendo una tradición que Philippus les había enseñado, Huc había hecho cortar un hermoso árbol. Adornado con bolas de muérdago, engalanado con lazos rojos, hermoseaba un paño de pared. En la vasta chimenea, frente a la mesa servida con vajilla de plata, daba vueltas un cochinillo. Un criado lo rociaba de cuando en cuando con ayuda de un embudo de hierro caliente del que caía tocino fundido. Dispuestas en una parrilla, unas manzanas se asaban sobre las brasas que estallaban bajo el jugo chorreante.
Los niños disfrutaban de los olores que se mezclaban en el aire, con los ojos clavados en las llamas temblorosas de las velas dispuestas por doquier en candelabros. Marie se sentía renacer.
La cena tocaba a su fin cuando Constant se levantó. Sostenía el vaso en la mano y tenía las mejillas coloradas, tanto por efecto del calor como del vino.
—He venido a traerte un regalo, madre —anunció con gravedad.
Marie sintió que le flaqueaban las piernas y una loca esperanza palpitó en sus sienes, pero las palabras de Constant provocaron en ella el mismo efecto que una lluvia helada.
—Soléne va a darme un hijo. Voy a casarme con ella.
Marie miró a Constant y luego a Jean, quien desvió la vista, incómodo. Se le escapó un leve grito. Luego no vio nada más. Todo se había detenido en torno a ella, sumido en una noche oscura.


Cuando volvió en sí, Isabeau estaba a su lado. Le bastó con abrir los ojos para que las palabras de Constant le estallasen en el corazón. Isabeau la abrazó y recibió su llanto en su pecho generoso.
—Ya, ya, pequeña —murmuró—. Llora. Te sentirás mejor.
—Pensé que... —gimió Marie entre lágrimas—. Pensé...
—Ha sido una sorpresa para todos. Sólo Jean lo sabía, al parecer, y no era él quien debía anunciarlo.
—¿Por qué? ¡Todo era tan perfecto!
—Supongo que es su manera de vengarse. De romper la imagen navideña. Sin embargo, créeme, Marie, cuando te desmayaste, con ayuda del vino, se echó a llorar.
Marie levantó la cabeza.
—¿Dónde está?
—Se ha ido, esta mañana temprano.
—¿Esta mañana?
Marie se frotó los ojos. No había caído en la cuenta de que la habitación estaba inundada por la luz del día.
—Has dormido de un tirón. Los preparativos te habían agotado.
—¿Por qué no me habéis despertado? Habría podido, habría...
—Ha dejado esto.
Isabeau le tendió una carta lacrada. Marie se secó la pena con el reverso de la mano y la abrió.

Marie:
Lo hecho, hecho está, como tú dices con tanta razón. Cásate con Jean, merece los hijos que le has dado.
Adiós.
Constant

Hizo una bola con la carta entre sus dedos y, rabiosa, la envió contra la pared de enfrente.
—¡Nunca! —gritó, como si él pudiese oírla—. ¡Nunca!
Luego dio la vuelta y escondió su desesperación en la almohada. Isabeau permaneció un momento junto a ella y, tras juzgar que era mejor dejarla sola, cerró entristecida la pesada puerta ante su dolor.
Marie no salió de su habitación hasta tres días más tarde, delgada y huraña. Encontró a Jean a cuatro patas, con los dos chicos sobre su espalda, y Gasparde dando palmas y gritando:
—¡A mí, me toca a mí!
Eso la irritó y la hizo sentirse incómoda al mismo tiempo. Giró sobre sus talones, se enfundó en una capa, se puso los botines con forro de armiño y se caló la capucha sobre el rostro demacrado. Necesitaba aire. Cruzó el umbral y respiró a pleno pulmón. El cielo estaba despejado. Cada paso en la nieve le costaba un esfuerzo, pero no se preocupaba por ello. Avanzó resuelta hasta el gran roble y se dejó caer en el banco cubierto de nieve.
—Te vas a enfriar.
—Me da igual —respondió a Jean, que la había alcanzado.
Él se arrodilló ante ella, avergonzado.
—Estoy desolado, Marie.
—No es culpa tuya —respondió ella encogiéndose de hombros—. ¿Cuándo tiene que dar a luz?
—En julio.
—¿Hace mucho tiempo que ellos...?
Pero las palabras murieron en sus labios. No podía imaginar a Constant enamorado de otra. Mucho menos de Soléne.
—No lo sé. Siempre han estado cerca. Tanto como pueden estarlo un hermano y una hermana. Lilvia habría desaprobado esa unión. Bertille está furiosa. Aunque no tengan el mismo padre, han salido del mismo vientre. No lo entiendo. Pero tal vez no haya nada que entender. Los mendigos lo han escogido rey. Necesitaba una reina. Y en la Corte de los Milagros quieren a Soléne tanto como te quieren a ti.
—Es estúpido, Jean. Sabes tan bien como yo que la Corte de los Milagros no es más que una leyenda, que no existe, como tampoco existe su pretendido rey.
—No hables así, Marie.
Ella rió con sarcasmo y lo miró sin indulgencia.
—¿Que un puñado de mendigos, tullidos y picaros se reúnan en la cloaca de un cementerio es suficiente para crear un reino? El rey de los bufones no es más que el cabecilla de una banda de tunantes que se burlan de la ley para sobrevivir. Todos lo sabemos, Jean. Lo demás no es más que un cuento para parodiar el espíritu de los reyes. Al crecer, he dejado de creer en eso y he visto la realidad tal y como es. Se la puede enmascarar, disfrazar, darle pretensiones, pero sólo hay una realidad. La de nuestros actos. Y los míos me han hecho perder al hombre que amaba.
—Si te hubiese amado de verdad, te habría perdonado.
—¡Tú qué sabes!
—Yo también me voy, Marie —dijo suspirando—. Con el ejército del rey.
Hubo un silencio que Marie no rompió.
—El rey ofrece tres escudos de oro al mes, un farseto, las armas y la promesa de ennoblecer a quien sea valiente y ascenderlo a oficial —prosiguió Jean—. Yo no tengo título que ofrecerte, ni oro, ni promesas, nada sino un pasado indigno de la dama de Vollore en la que te has convertido. En cuanto a mi amor, es infiel, pues el lecho de las mujeres me atrae incluso bajo tu propio techo. Así que tengo más defectos que nadie y por eso mismo debería negárseme todo. Sin embargo, me has dado los hijos más hermosos imaginables, Marie. Es lo único de lo que me siento orgulloso. A pesar de que no saben quién soy, necesito ir a buscar para ellos la gloria que no tengo.
Marie sacudió la cabeza.
—Podrías morir en combate...
—Nadie me lloraría. Ni un padre, ni una madre, ni ellos, ni Isabeau, ni tú.
—Sí, Jean, te echaré en falta.
El se inclinó sobre sus labios temblorosos y los besó con suavidad.
—Pongo a Dios por testigo, Marie, de que he tenido a muchas mujeres en mis brazos, pero nunca, ninguna, me ha llenado tanto. ¡Nunca!
—¿Te quedarías si me casase contigo? —preguntó ella sin voz.
—No. Pero volveré del combate para eso —añadió sonriendo—. No dejes que Constant estropee tu risa, Marie. ¡Eres tan hermosa cuando ríes! Volvamos ahora o te quedarás helada.
Ella se dejó acompañar. Cuando cruzaba la puerta, Gasparde se le echó a los brazos.


Jean se fue al día siguiente y el invierno pasó sobre Vollore sin que recibiesen ninguna noticia suya. Fue un invierno frío que tan sólo la despreocupación y el hermoso vigor de los trillizos alegraron.
Un correo de Constant a su madre le informó de que se había casado cuando junio hacía florecer las últimas lilas. Soléne no tardaría en dar a luz. Bertille rompió la carta echando pestes contra aquel hijo que no había entendido nada, y se negó en redondo a ir a verle a París.
—Aún tengo una hija aquí —dijo pellizcando las mejillas de Marie como antaño—, y suficientes nietos para olvidar mi pena. Así que acaba con la tuya. ¡Ese desarrapado no merece la felicidad que querías para él!
Marie se sentía reconfortada con aquellas palabras. Philippus anunciaba que estaba sobre una pista fidedigna y que no podía visitarlas como había esperado. Isabeau, por su lado, estaba estancada. Había perdido vista con la edad y cada vez dependía más de Marie para sus preparaciones. Eso no afectaba a su optimismo. Aunque hasta el momento sólo hubiesen sido capaces de reproducir un veneno. Lo habían ensayado en animales sin lograr obtener una mutación. Isabeau estaba convencida de que daban vueltas en torno a la «fórmula mágica», como ella decía, que bastaría un relámpago de lucidez en un momento dado.
A principios de julio, el hermano de Huc, el archivero de la abadía de Moutier, se desplazó hasta el castillo. Sentía el cansancio de los años pesar sobre sus robustos hombros y, antes de que la muerte llamase a su puerta, quería que los hijos de Marie estuviesen cubiertos ante posibles eventualidades. Por consejo suyo, Marie redactó un testamento que él prometió registrar al mes siguiente como el de François de Chazeron a sus dos hijos: Gabriel y Antoine. Se añadieron las tierras de De la Faye que Chazeron se había quedado al expulsar a Huc. Marie dejó correr el rumor de que su padre se había enrolado como oficial en el ejército del rey.
El dinero comenzaba a faltar. Casi no quedaba nada del tesoro escondido bajo Montguerlhe que Isabeau y Philippus, cada uno por su lado, devoraban con sus experimentos. Y aunque las tierras eran prósperas, bastaba una helada o una sequía para echarlo todo a perder. Marie se decía que ya llegarían las soluciones.
No esperaba aquel nuevo golpe del destino.


La misiva era breve y estaba firmada por Catalina de Médicis: «¡El rey corre gran peligro, sólo vos podéis salvarlo!».
La extraña profecía de Michel de Nostre-Dame le vino inmediatamente a la memoria: «Por la ignorancia de las lobas, un gran rey será llorado».
Dudó un momento. Si el destino podía cambiarse, entonces debía volver a París, a costa de lo que fuese. Julio cubría los campos de espigas doradas y generosas. Abrazó a toda la familia, prometió a los niños volver en cuanto le fuera posible y subió al carruaje, con el pensamiento asediado por mil preguntas sin respuesta. ¿Qué podía hacer ella para salvar a su rey?


Catalina estaba más enjuta que cuando la dejó. Con austero atuendo, tez blanca y labios apretados, daba la impresión de un cuervo posado en donde no se le esperaba. Sin embargo, la abrazó efusivamente. Marie se extrañó, pero no se detuvo a pensarlo. Quizá quedase, bajo aquel caparazón, un poco de la Italia exuberante y excéntrica dueña de aquel carácter tan expansivo.
—Se está tramando un complot en torno al rey—anunció Catalina sin preámbulos, tras haberla introducido en su gabinete—. Parece que algunos están cansados de verle enfrentarse al emperador para conquistar un efímero Milanesado. Como sabéis, Marie, estoy bien informada porque me gusta espiar. No puedo enfrentarme a los conspiradores, pero puedo asegurarles que son espiados. He descubierto a quién han escogido para asesinar al rey. Dentro de unos ocho días debe partir para unirse a Francisco y su ejército. Dadme el poder de los venenos y podré impedirlo. Con el rey a salvo, sus enemigos se replegarán para no ser denunciados.
Marie se mostró remisa.
—No tengo ese poder.
Catalina enrojeció, pero contuvo su indignación.
—Sé que mentís. Si no estáis del lado de sus amigos, entonces estáis con los conjurados —añadió acusadora.
Marie se dejó caer sobre una silla. «Salvar al rey. Como él la había salvado.»
—Muy bien —dijo—. Os ayudaré. Pero nadie deberá saber que estoy involucrada en esto.
—Nadie sabrá lo que hagamos, fiel Marie. Os doy mi palabra. Y la palabra de una Médicis vale más que dinero en la mano. Sin embargo...
Y sacó de la manga una bolsa llena que dejó caer en la mano de Marie que tenía cogida.
—Tomad. Lo necesitaréis para procuraros los ingredientes, incluso para comprar el silencio del boticario.
—No tengo... —comenzó a decir Marie, antes de callar.
Era inútil que Catalina supiese que Isabeau le había confiado un frasco de su preparación cuando le comentó las razones de su regreso. «Nunca se sabe. Sí se presentase la necesidad, por lo menos tendríamos la posibilidad de probarlo en un ser humano», había afirmado su abuela. Pero aquella idea le repugnaba. Aceptó la suma y se despidió de Catalina con una sonrisa cómplice. Servía la causa de los suyos sirviendo la de su rey. Un rey justo, aunque orgulloso. Un rey que ella respetaba.


Al día siguiente, entregó a Catalina de Médicis lo que le había pedido, pensando que el oro llegaba en el momento preciso. Con objeto de no despertar sospechas, decidió pasar el verano en Fontainebleau, donde la corte comentaba el avance de las tropas sobre los territorios de Saboya en los que habían irrumpido, procurando no pensar que, no lejos de allí, Constant acunaba un recién nacido.


Como Carlos V y Francisco I no pudieron llegar a un acuerdo respecto a aquel Milanesado tan deseado, el emperador fue el primero en lanzar la ofensiva, penetrando en suelo francés, a pesar de la reprobación del Papa y de la opinión de su gente. Francisco lo celebró. Su ejército estaba capacitado para hacer frente a su enemigo. Lo esperó en Provenza, ordenando que hornos y molinos fuesen destruidos. También hizo quemar los trigales, derramar los vinos y envenenar los pozos echando en ellos los forrajes, ante la mirada desesperada de los campesinos.
—¡Si no tienen nada que comer, volverán sobre sus pasos! —afirmó mientras acampaba junto al Ródano, dispuesto para la pelea.
Carlos V, una vez alcanzada Aix, se hizo coronar rey de Arles y conde de Provenza, con autoridad y soberbia.
—Paceremos la hierba de los prados y abrevaremos agua de lluvia, pero, aunque tengamos que arrastrarnos, París se prosternará aún más bajo ante mí—respondió cínicamente.


Marie se retorcía las manos ante aquellas noticias, sin dejar de preguntarse quién era el traidor a la corona. A su entender, sólo podía tratarse de un espía de Carlos V. Y por lo tanto, de un familiar de la reina Leonor. No imaginaba a ésta implicada en semejante complot. Aquella guerra entre su hermano y su esposo era un peso en el corazón de la reina, quien rezaba por que todo terminase y sentía espanto cuando llegaban los mensajeros, que, cada día, arrojaban la sombra de una tensión creciente.
—¡El delfín ha muerto! ¡El delfín ha sido asesinado! —gritó el heraldo bajo las ventanas del palacio.
Marie se precipitó, junto con las otras damas con las que estaba bordando. El mensajero había echado pie a tierra y ellas se congregaron a su alrededor cuando la reina Leonor se aproximaba.
—Majestad —anunció el mensajero arrodillándose ante ella—. Es una triste noticia la que el rey os hace llegar.
Un pesado silencio sobrecogió a la corte cuando Leonor, lívida, le invitó con un gesto a continuar.
—¡Ay! Majestad, el delfín Francisco expiró hace tres días en Tournon, donde se preparaba para unirse al rey.
—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó Leonor dejándose caer sobre un sillón cercano.
—Al parecer ocurrió tras una partida de pelota, el pasado 10 de agosto. Monseñor el delfín tenía sed y la sació con el vaso que le tendía el escudero. Unos minutos más tarde fue presa de convulsiones que alarmaron a la gente y le obligaron a tumbarse. ¡Aquella agua le resultó fatal! De manera que Su Majestad ha ordenado una investigación y ha hecho detener al escudero Montecucculi. Ahora fue Marie la que sintió que la sangre se le helaba en las venas. ¿El delfín? ¿Traidor a la corona que debía llevar? No podía creerlo. Le invadió una profunda angustia. Con ese crimen, Catalina de Médicis se convertía en la esposa del futuro rey. Marie se volvió hacia ella. Catalina sonreía, con un brillo de satisfacción en sus pupilas negras.


Algunos días más tarde, su esposo, Enrique de Francia, era confiado a Anne de Montmorency para acabar su educación, mientras Francisco I distraía su dolor concentrándose en la guerra.
—Habéis abusado de mi confianza, de mi amistad —espetó Marie en el gabinete de Catalina.
Indiferente a su cólera, ésta parecía burlarse de ella, con una mirada socarrona. Hacía tres días que la joven no lograba conciliar el sueño, desde que comprendió que la habían utilizado y que la profecía de Nostradamus se había cumplido. Aquella profecía que había creído combatir con sus actos. No se lo perdonaba al mago, no se lo perdonaba a Catalina, no se lo perdonaba al mundo entero.
—Calmaos y escuchad, cabeza de chorlito —le ordenó Catalina con mirada despectiva.
A pesar de su escasa talla, su rostro imponía; una cara que Marie encontró aún más fea que de costumbre. Calló, pero no aflojó los puños.
—Mi cuñado era un ser perverso, enamorado del poder, de fiestas orgiásticas y escandalosas, sin ningún sentido moral, sólo atento a sus deseos. Vos no lo apreciabais más que yo. ¡Sus insinuaciones, sus miradas, sus gestos obscenos os irritaban, me lo habéis confesado más de una vez!
—Eso no significa... —comenzó Marie.
—¡Silencio! —conminó Catalina—. Ese ser repugnante agotaba con sus desvaríos la salud que Nuestro Señor le había dado. A pesar de todo, su padre lo idolatraba porque era el delfín, el futuro monarca de Francia, porque se le parecía en el insaciable apetito carnal. ¡Pero eso no basta para hacer un gran rey! Tengo más respeto por el mío que cualquier otra en este reino. Le debo lo que soy. Pero mirad adonde lo lleva su orgullo: a desecar Provenza, a matar de hambre y a sumir en la desolación a su pueblo a fuerza de saqueos y muertes. Dios sabe que quiero aún más a Italia, pero ¿acaso vale el Milanesado todas esas vidas sacrificadas, una Francia endeudada y empobrecida y los graneros vacíos que el invierno deplorará? Después de la muerte de Francisco I, la historia tan sólo recordará esos espléndidos castillos, esas obras de arte de artistas italianos que él idolatra, pero la verdad es que habrá gobernado sólo su capricho. El delfín no habría sido más que una pálida repetición para Francia. Yo le he dado un rey.
—¡Y una reina, me parece! —rabió Marie, a quien no había calmado aquel discurso.
Catalina estalló en una risa cínica.
—¡Oh, no! Marie, no diréis nada. Es nuestro secreto. Si me perdéis, os perderé. Olvidad vuestro enfado, vuestro orgullo herido, y pensad más bien en el sentido de mis palabras. Ellas os convencerán de que somos aliadas. Ligadas la una a la otra para siempre.
Marie sostuvo su mirada un instante y luego giró sobre sus talones maldiciéndose. Había caído en la trampa.


El 14 de septiembre de aquel año de 1536, Carlos V se confesó vencido por el hambre que le había costado veinte mil hombres. En el norte de Italia, el ejército del emperador también retrocedía. Mientras Francisco I visitaba sus tierras, ordenaba la reconstrucción de las ciudades destruidas como Aix, o dañadas como Marsella, la corte en Fontainebleau celebraba espléndidamente la victoria sobre su enemigo vencido y expulsado.
A principios de diciembre, el proceso de Montecucculi tuvo lugar en Lyon. Bajo tortura, el escudero del delfín confesó haber envenenado a su señor por orden de Carlos V¡ quien también había condenado a Francisco I. En ningún momento se mencionó el nombre de Catalina o de Marie, pero eso no apagó los remordimientos de la joven. Montecucculi fue descuartizado por cuatro caballos en la place de Grenelle.
—Fue una escena insoportable —contó Margarita, la hermana del rey—. Sus miembros desgarrados fueron lapidados. Los niños le arrancaron la barba y el pelo. Le cortaron la nariz, le sacaron los ojos y le arrancaron la lengua. ¡En mi vida he visto un espectáculo tan horrible!
Marie lo creyó, con sólo ver su color demudado y sus manos temblorosas. Ella también lo estaba. Si el rey llegase a saber que ella había entregado el veneno, ¿qué suerte te estaba reservada?


En diciembre, Francisco I la hizo llamar. No lo había visto desde la firma de la paz con los herejes. La besó calurosamente en la frente, aunque tuvo ganas de hurgar en sus labios con los suyos.
—¿Cómo están vuestros hijos, dulce Marie? —fue lo primero que preguntó Francisco—. ¿Los habéis encontrado en buena salud, habéis disfrutado de ellos?
—Sí, señor. Son fuertes y movidos.
—¿Os ha satisfecho vuestro esposo? —bromeó como de costumbre.
—Sí, señor —mintió Marie mordiéndose los labios.
—Pero me echabas en falta, ¿verdad? Si no, ¿por qué lo ibas a dejar? —prosiguió el rey pasando un dedo goloso por el óvalo de su cara.
«Constant está perdido y tú tienes que proteger tu secreto», le sopló una vocecita en las sienes, una voz cargada de vergüenza y añoranzas.
—Sí, señor —se oyó responder, con la mirada gacha—. Os echaba en falta.
Un brillo salvaje incendió la mirada del rey. Levantó aquella barbilla temblorosa y besó su boca delicadamente rosa. Marie se abandonó, turbada por aquella desacostumbrada dulzura. El rey era un buen amante, según decía el rumor. Tal vez él la ayudase a olvidar a Constant. Pero esta vez, sabría ser precavida. Conocía, por su madre, una poción de esterilidad. Respondió atrevida a su beso.


Francisco I fue a encontrarse con ella en su habitación, cuando el aliento de la noche no era más que un murmullo sobre el palacio.
—Deja tu puerta abierta —le había recomendado cuando ella se había despedido hacía un rato, en el momento en que se anunciaba la presencia de Anne de Montmorency.
Ella obedeció y despabiló las velas, con el corazón palpitante. Sólo la habían poseído una vez, ¿no iba el rey a reírse de su inexperiencia?
El se mostró generoso en caricias y atento, sin parecer notar su impericia, despertando, muy al contrario, la sensualidad que dormía en ella. El alba la sorprendió agotada y feliz de haber cedido. El rey había hecho honor a su reputación y la había satisfecho plenamente. Este, mientras se vestía, se volvió hacia ella.
—De nuevo, voy a confiarte un secreto, Marie.
Antes de que hubiese podido protestar, el rey se sentó en la cama y mientras seguía el contorno de su pecho con el dedo, prosiguió:
—Este cuerpo que me has ofrecido, lo he admirado más de una vez, tan desnudo como en este momento.
Marie permaneció boquiabierta.
—Señor... ¿Cómo...?
—No te enfades, te lo suplico. En realidad, no hay una dama en este lugar que no haya visto bañarse en su más espléndida y despreocupada hermosura —dijo con una sonrisita picara, mientras ella fruncía el ceño—. Sobre las bóvedas del laguito en el que con frecuencia retozáis se encuentra una gruta, como sabes. He hecho disponer un sendero que lleva hasta ese lugar y un sutil juego de espejos me envía vuestras siluetas hasta allí.
—¡Oh! ¡Pero eso es un escándalo! —le regañó ella, herida.
—Yo diría más bien terriblemente... excitante... —respondió él divertido, mientras se inclinaba sobre ella.
—¡No podré volver a bañarme!
—Claro que sí. Tienes muchas cosas que aprender, Marie. El deseo es una de ellas. Tú eres la única que conoce mi secreto, incluso Anne lo ignora. Es demasiado celosa y habría echado a perder mi disfrute haciendo tapiar el observatorio.
—Entonces, ¿por qué me lo contáis?
—Para que de ahora en adelante pienses que mis ojos serán caricias. Mis ojos y los de otros gentilhombres que a veces me acompañan.
Marie sintió que se le ruborizaba hasta el alma. ¿Cómo podía pensar ni un solo instante que ella pudiese desear exponerse así, como una mujer pública?
—Señor, creí que me respetabais —dijo indignada.
—Marie, Marie —respondió él asombrado—, te respeto, de otra forma te habría forzado y no te habría dicho nada. Es un regalo que te hago. Tú tienes una naturaleza generosa y apasionada, pero aún no lo sabes. Al parecer tu esposo es un bendito —observó divertido. Y como ella no reaccionaba, él prosiguió con una amplia sonrisa—: Deja que esas sensaciones te invadan voluptuosamente en tu próximo baño, ellas te enseñarán más sobre tus emociones y tus deseos que ningún hombre, nunca. Fuera de mí, nadie sabrá que sabes. Regálame en justa correspondencia el abandonarte a ese juego tan inocente, por picante que sea.
—¿Cómo sabré que me estáis observando?
—No lo sabrás, y esa incertidumbre aumentará la delicia, créeme.
—No sé si me atreveré —confesó ella.
—Negarte a practicar tan agradables hábitos atraería sospechas. No querrás que me descubran, ¿verdad? ¡Arme me mataría!
Aquella verdad evidente arrancó una sonrisa a Marie, que se apagó de inmediato.
—Si se enterase de que me honráis, sería a mí a quien matase.
—Entonces búscate un nuevo amante, hermosa Marie.
—¿Ya, señor? —preguntó Marie, repentinamente segura de haberle decepcionado.
El esbozó una abierta sonrisa que aplicó a su boca triste y luego la volvió a esbozar.
—Me has regalado algo maravilloso: desde hace mucho tiempo eres la única mujer en este palacio en la que confío. Eso es lo que hacía que desease poseerte. Podría echar a Arme, hacer de ti mi favorita, pero ella te destruiría, a ti o a tu familia, para vengarse. No quiero que eso ocurra.
—También sabe muchas cosas.
—Efectivamente. Asuntos que podrían servir a mis enemigos y a los de Francia. Es un riesgo que no puedo correr. Pero me conozco. No será necesario pasar mucho tiempo retozando contigo en la cama para acabar perdidamente enamorado de ti y dispuesto a cualquier locura. No te gusta el poder, ¿verdad?
—No, Majestad. Me deja indiferente.
—No cambies, hermosa Marie. Sigue siendo mi aliada. Esta noche hemos sellado un pacto entre nosotros. Quería descubrirte el amor. Sabía que tu esposo no lo había hecho, puesto que no estás casada.
La sorpresa estuvo a punto de ahogar a Marie, pero no intentó negarlo.
—¿Cómo lo habéis averiguado?
—¡Ah! ¡Marie, Marie! Cándida y encantadora. ¡Cuando un rey quiere saber, sabe! Pero tranquilízate, no diré una palabra. Todos tenemos nuestros secretillos. El tuyo vale el mío, ¿no?
—Eso creo, señor. Lo respetaré.
De pronto, se sentía serena. El galio cantaba por segunda vez cuando Francisco I se levantó y se estiró. En el momento en que iba a salir, Marie lo detuvo con una pregunta que le rondaba:
—Señor, vuestro hijo Francisco... —El rey se volvió con un rictus doloroso en el rostro—. ¿Me observó en alguna ocasión?
—En una ocasión —confesó el rey—. Era perverso —prosiguió—, y su pretensión estaba fuera de lugar. Le di una bofetada y le prohibí que se te acercara.
—¿Por qué, señor? —preguntó Marie estupefacta.
—Era mi hijo y lo quería —respondió Francisco con una mueca de tristeza—. Pero a pesar de que soy un juerguista libertino, desaprobaba aquellas orgías en las que se tomaba a las damas por la fuerza.
—¿Cómo agradeceros eso, señor? —preguntó Marie tras recuperar la voz.
El la miró fijamente a los ojos, escrutándolos hasta obligarla a bajarlos. Luego replicó con voz apagada:
—Sin saberlo, Marie, ya lo has hecho.
El rey cerró la puerta y sus pasos tan sólo fueron un deslizarse más entre los de otros adúlteros que volvían a su legitimidad.
Marie apenas se atrevía a respirar. Aquella última frase resonaba como un eco en su corazón. ¿Qué podía querer decir? ¿Que sabía que el veneno procedía de ella? ¿Que al fin y al cabo le había hecho un favor? ¿Que Catalina tenía razón al decir que Enrique sería mejor rey que su hermano? ¿No era ésa la razón por la que Francisco I había intentado convencer a Carlos V para que entregase el Milanesado a Enrique en lugar de a su hermano? ¿Porque, de una manera u otra, él había condenado a aquel hijo querido, a aquel hijo amado a pesar de sus vicios?
El sueño la envolvió en medio de sus dudas e interrogantes. Sin pretenderlo, había forzado los secretos de Francia y ése no era en absoluto el destino que ella se había trazado.


Algunas semanas más tarde, el 1 de enero de 1537, Magdalena de Francia, hija de Francisco I, se casaba con Jacobo V, rey de Escocia, en cumplimiento de los acuerdos establecidos desde tiempo atrás entre ambos monarcas.
Magdalena había palidecido ante aquel compromiso. Pero terminó por convencerse de que debía aceptarlo. Su esposo no era feo, pero su cabellera rubia y ensortijada le producía espanto.
—¿Acaso no es normando para tener el color del trigo? ¿No será cruel conmigo, como lo eran sus antepasados? —se lamentaba.
Leonor y Catalina tuvieron que tranquilizarla explicándole que también ellas dos se habían visto forzadas a un matrimonio de Estado, y que se felicitaban por ello. La ceremonia en la catedral de Notre-Dame fue suntuosa, pero Marie no supo apreciarla. Al desfilar en el atrio junto a los grandes del reino, pensaba en lo pequeños y despreciables que eran para aquellos que, como ella en otros tiempos, les miraban moverse desde las torres. Tal vez Constant estuviese allí, encaramado en una gárgola. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a intuir su silueta.
Tres días antes de la ceremonia, se había bañado con Magdalena, Catalina, Anne y otras damas de la corte. El manantial que alimentaba aquel pequeño lago era caliente, de forma que lo disfrutaban tanto en invierno como en verano. Habían retozado como de costumbre, pero a Marie le había costado esconder la turbación que sentía. Las palabras del rey no la abandonaban, tanto más cuanto que estaba convencida de que si las espiaba en aquella ocasión no lo hacía solo. Se ruborizó por Magdalena, que nadaba de espaldas, presentando probablemente su vientre, sin saberlo, a los ojos de su futuro esposo, quien, sin duda, se deleitaba ante aquella visión.
—¿Me ofreceréis el brazo?
Marie se volvió y asintió con la cabeza en respuesta al gran maestre Anne de Montmorency. Rondaba los cuarenta años y era el hombre más apuesto del reino, de rasgos regulares, labios carnosos y ojos de un azul tan puro que era muy fácil ahogarse en ellos. Era tan goloso de mujeres como su rey y su reputación como amante también atraía todos los comentarios, con doble motivo, puesto que se obstinaba en seguir soltero, diciendo a quienes se lo reprochaban que abominaba del adulterio y que no tenía más solución que la soltería para evitarlo. El hombre era encantador, agradable, tenía tan buen humor como práctica guerrera y tantas virtudes como hechos gloriosos en su activo.
Acompasando su paso al suyo en dirección a la catedral, Marie abandonó con humor sus añoranzas en la oscuridad del pasado.
«Yo también he elegido a mi rey —pensó—, forzada por tu orgullo y tu voluntad, Constant. Ojalá no tengas que lamentarlo nunca.»

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:46 pm

Capítulo 17


Aquel mes de enero de 1537, los torneos se sucedían uno tras otro en medio de una atmósfera festiva, y el joven Enrique no cesaba de ganarlos en honor de Diana de Poitiers. Marie estaba encantada. A pesar de la fingida indiferencia de Catalina de Mediéis, Marie sabía que aquello la atormentaba.
Después de todo, aquello no era más que un amor cortés, pretendía la duchessina. Uno de esos amores que nutren las leyendas. Diana de Poitiers nunca cedería a aquel jovencito que había tenido en brazos de recién nacido. Todo lo más, la enternecía aquella atención que él le prestaba. Ya podía pasmarse Enrique, el honor de los Médicis no sufriría por ello. Se equivocaba.
Para vengarse, Marie se empeñaba en favorecer el sincero amor de Enrique por aquella mujer que jamás había traicionado ni intrigado. Diana tenía treinta y siete años, pero distaba de estar ajada. De hecho, pocas mujeres en el reino podían resistir la comparación con su deslumbrante belleza.
Marie se dejaba invitar cada vez con mayor frecuencia al castillo de Écouen, hogar de Anne de Montmorency. Él parecía haberla escogido como nueva amante y a ella no parecía desagradarle la idea, sin por eso ceder a sus apremiantes miradas. Las fiestas que organizaba el gran maestre eran fastuosas. La música, el vino, los juegos se orquestaban con sabiduría en torno a temas continuamente renovados, casi siempre jocosos. En algunas estancias del castillo en donde se reunían, los amantes de unas se perdían en las bocas de las queridas de otros, en un sutil juego de intercambio y frivolidad. Marie se mantenía a distancia, prefiriendo dejarse cortejar por su anfitrión, lejos de aquella vorágine espantosa e inmoral. Cuando el vino lo volvía más atrevido, ella se despedía. Diana también asistía, y Enrique le servía de galán solícito, divirtiendo a los invitados. Marie y ella habían simpatizado en el secreto de los gabinetes femeninos. Una noche, mientras todos bailaban, se divertían y amaban en el castillo iluminado, ellas se pusieron a charlar como dos amigas, aparte, tal y como convenía a la imagen de excepcional rigor que Diana imponía a las miradas.
Un gentilhombre enmascarado las interrumpió una primera vez. Apremiado por las risas de las damas a quienes debía encontrar, se excusó y dejó caer el cortinón mientras las saludaba. Luego fue otro, persiguiendo a una hermosa moza a quien divertían sus prisas, con las faldas remangadas y el corpiño desabrochado, en la habitación contigua que aquel mismo cortinón escondía intencionalmente. Un tercero se interpuso en su camino, bloqueando la huida de la jovencita. Ella se quejó entre risas y súplicas y luego se dejó tumbar en la cama, abriendo los brazos a ambos, que la estrecharon y desvistieron. Diana apartó los paños del cortinaje y aventuró una mirada indiscreta, invitando a su compañera a unírsele. Poco habituada a semejante actitud en Diana, Marie apartó la vista, incómoda.
—Abrid los ojos, hermosa Marie —se burló la viuda desplegando un abanico ante sus labios orlados de rojo—, este siglo es digno de ser apreciado.
—Si es así, ¿por qué no cedéis vos misma? —respondió Marie, asombrada.
Estaban solas, Enrique y Montmorency se habían distanciado para ir a buscarles una bebida.
—¿Con quién, por Dios omnipotente? —exclamó falsamente Diana, impostando la voz.
—Os ama y le amáis, ¿no es así?
—Sólo es un niño —se defendió Diana.
—¡De gran prestancia y vigor, estaréis de acuerdo conmigo!
—A fe mía, que en ello perdería mi reputación.
—Se critica con más facilidad nuestra virtud que su ligereza —dijo Marie encogiéndose de hombros.
Cuando los dos hombres, a menudo inseparables, regresaban a su lado, Diana, pensativa, susurró a Marie:
—Está bien, cederé si vos cedéis, querida.
—¿Ahora mismo, en esta alcoba? —preguntó Marie inquieta, sorprendida de haberla convencido con tan pocos argumentos.
—Mejor por la mañana. Esta noche, dejémosles creer que han sabido convencernos. Juguemos. ¿Queréis?
—¿Qué complot urdís, señoras? —preguntó el delfín abriendo de par en par los cortinones.
—Nada que os desagrade, Enrique. Nada que os desagrade —dijo Diana divertida—. Ahí viene vuestro padre. Parece estar de excelente humor.
El rey avanzaba hacia ellos con su traje de brocado y oro, con un andar acompasado a su sonrisa de gigante; reía con lo que le decía otro personaje, un tanto rollizo, de rostro regordete, cuya malicia delataban tanto su expresión como los movimientos de sus brazos.
—¡Mira por dónde —subrayó en un aparte Diana a Marie—, pero si es ese inútil de Rabelais! ¿Está intentando convencer al rey de que le permita publicar?
Marie había oído hablar más de una vez de las obras de aquel médico cuya rijosidad y excesos se hacían evidentes en sus obras Gargantea y Pantagruel. La corte rechazaba sus escritos y el propio rey se había escandalizado ante ellos.
—Amigos —dijo el rey—. ¡Este extravagante es más divertido que mis bufones y, por Dios, si no fuese tan alto lo cambiaría por ellos!
—Señor —dijo el hombre con fingido enfado—, la fealdad de mi alma sería de más valor que su deformidad. Servidor... —declaró mientras efectuaba una reverencia simiesca ante las damas.
Marie y Diana no pudieron contener la risa. Al parecer, los dos hombres estaban ebrios.
—Ved, señor —prosiguió Rabelais incorporándose—. El empleo me va como anillo al dedo. En menos tiempo del necesario para mear, gangrenaría vuestro palacio.
—Vuestras obras son más bien crudas, señor —replicó Diana frunciendo los labios—. Por no decir vulgares y carentes de interés. Por mi parte, prefiero acunarme con los primeros versos de ese joven llamado Ronsard.
—Ciertamente —replicó Rabelais, con un ojo rijoso inmerso en el amplio escote de Diana—, él orna las rosas con espinas, yo tan sólo tengo un tosco dardo...
El rey estalló de nuevo en una carcajada ante la cara de asco de la bella.
—¡Ved, mi querida Diana; este hombre nunca cambiará! Sólo la esperanza ha hecho que lo llame a París. Por desgracia, para la corte, tanto su atuendo como su verbo tienen una constitución demasiado recia.
—Ya veo —replicó Diana llevándose el abanico al pecho—. Permitid, sin embargo, amigo mío, que mis simpatías vayan a espíritus más atrevidos y principescos. ¿Qué pensáis vos, Enrique?
Volvió hacia él una mirada ardiente. Enrique tragó saliva, preguntándose si no estaba soñando, mientras el rey reía a carcajadas:
—¡Bien, bien! Ese es un augurio que me conviene más que la frialdad santificada. Aquí, sólo el sexo es amo y criado. Anne, ¿habéis mostrado a Marie esas vidrieras capaces de ruborizar incluso a nuestro Rabelais?
—Todavía no, Majestad, pero si es orden vuestra, lo haré encantado.
Marie, a quien aquel intercambio de réplicas divertía mucho, entró a su vez en el juego:
—Cuentan, creo, los amores de Psique...
—Con todo el impudor de su sensualidad, queridísima —dijo Montmorency llevando a sus labios la mano de Marie que había tomado entre las suyas.
Rabelais alargó un brazo y rodeó a su vez, sin complejos, los hombros de ésta.
—Si aceptáis mi consejo, hermosa dama, llevadme a mí también. Es necesario que seamos dos para maravillaros, pues lo que el uno vea, el otro se lo mostrará, y viceversa.
Marie se zafó con una pirueta y respondió de inmediato:
—Y vos pronto escribiréis que Marie en el vicio es versada... Ni pensarlo, señor. Venís precedido por vuestra reputación. Para la visita me pongo en manos de quien las ha imaginado.
—Es una excelente decisión, Marie —aprobó el rey, cómplice, mientras Montmorency la saludaba, exultante por lo que aquello dejaba entender.
Por toda respuesta, Rabelais se contorsionó y soltó al aire un olor inmundo acompañado por un ruido de trueno.
El rey frunció el ceño y, mientras las damas volvían el rostro, se dirigió al hombre:
—Arrugo la nariz ante vuestros vapores, amigo.
—¡Cuánto parloteo, señor, para protestar de un simple cuesco!
Francisco se echó a reír una vez más y cogió una copa de vino de Anjou de una bandeja que le presentaban. Para cambiar de tema, Montmorency abrió de par en par los postigos de las ventanas a la luz que despuntaba, dejando al descubierto las famosas vidrieras de las que el rey había hablado. Enredando sus dedos con los de Marie, la invitó a mirar.
El impudor de los cuerpos que los destellos de oro y púrpura revelaban uno tras otro en un sabio ballet le abrasó los ojos y el corazón. El rey, con un gesto, se llevó a Rabelais.
—Venid pues, amigo, a cambiar de aires. De los vuestros, estoy saciado.
—¡Me salváis de una tempestad, señor, habría estado mal por mi parte expulsar más ventosidades!
Sus risas se mezclaron y difuminaron entre las muy numerosas del palacio. En la alcoba que protegía sus secretos, el encanto de las vidrieras se insinuaba en la respiración de aquellas dos parejas estremecidas. Enrique permaneció inmóvil, rozando apenas a Diana, por miedo a salir de aquel sueño en vela. Sin embargo, ella parecía vivir el momento y estaba radiante.
Montmorency se inclinó hasta el oído de Marie y murmuró:
—Ha llegado el momento, creo, de dejaros amar.
—Entonces, enseñadme, señor, lo que he debido olvidar—se oyó responder, ardiendo en un deseo que la atmósfera del castillo había encendido.
—Acompañadme a mi habitación, Enrique, ¿queréis? Esta lubricidad me inquieta, no querría tropezar con algún borracho —dijo Diana zalamera mientras atraía al delfín sin más rodeos.
Montmorency se llevó a Marie tras sus pasos.
La habitación de éste era contigua a la que había asignado a la gran senescala. Se separaron en la puerta y Marie se introdujo, sin titubear, en la del gran maestre. Desde las tapicerías eróticas hasta las figurillas de cuerpos enlazados, todo en aquel lugar era una invitación al amor. Marie se ofreció como el rey le había enseñado, segura de que Diana, al otro lado de la pared, había abierto los brazos al hombre que la deificaba.
El día se elevaba sobre el castillo de Ecouen, engastando el placer en un incendio cómplice. En Fontainebleau, como de costumbre, Catalina de Médicis acababa de arreglarse para asistir al primer oficio del día, triste y sombría. ¡Abominaba aquellas orgías!


Unos días más tarde, un billete llegó a sus manos secas. Contenía un poema como los que con frecuencia circulaban, puesto que era el juego favorito de los grandes del reino. Éste era de Diana de Poitiers:

He aquí en verdad que una hermosa mañana
vino a ofrecerme florecillas muy gentil
y mi corazón desfalleció.
Pues, ya veis, la floréenla tan gentil
era mozo fresco, dispuesto, jovencito.
Así, temblorosa y volviendo los ojos,
«Enrique», le dije. «¡Ah! No quedaréis decepcionada»,
repuso Amor y de pronto ante mi mirada
va presentando un laurel maravilloso.
«Más vale —le dije— ser buena que ser reina.»
Pero me sentí estremecer y temblar;
Diana claudicó, adivináis sin pena;
de qué mañana pretendo volver a hablar.

De rabia, Catalina estampó el rollo de papel contra la pared. Con el rostro crispado por un odio voraz, rugió apretando los puños:
—Me darás un hijo, un reino y un título, joven alocado, y luego morirás, aunque para ello tenga que implorar al diablo en persona. ¡Marie! —llamó mientras arrastraba su áspera sombra por los pasillos.
Pero Marie no respondía. Acababa de llegarle un correo de Auvergne. Hecha un ovillo sobre su cama revuelta, lloraba a lágrima viva. La misiva era breve y procedía de Albérie: «Isabeau nos ha dejado esta mañana. Te esperamos».


Dos semanas más tarde, se echaba en brazos de sus hijos y se vestía de luto.
—La encontró Bertille un día que tardaba en aparecer. Murió mientras dormía, serena, sonriente y en paz —le explicó Albérie con las huellas del dolor en el rostro—. Ordenando sus cosas, he encontrado esto —añadió tras alargar una carta a Marie—. Sin duda te la quería mandar. No lo sé. Tu nombre está escrito ahí. No la he abierto.
Marie la hizo girar entre sus dedos helados una y otra vez.
—Necesito estar sola.
—Cuidaremos de que no te molesten —le aseguró Huc cariñosamente.
Marie suspiró mientras lo observaba con pena. También él había cambiado. Ahora tenía el cabello totalmente blanco, el rostro surcado por profundas arrugas y los hombros encorvados. «Así es la vida, no espera a que se realicen los sueños y las esperanzas de cada cual», pensó mientras se dirigía a la escalera que conducía a su habitación, con la cabeza zumbándole por culpa de una tenaz jaqueca.
Marie encontró a su hija con los brazos cargados de muñecas, sentada en el rellano de la escalera.
—Mira, me las hizo la abuela Isabeau. Tengo una por cada mes del año —dijo orgullosa—. ¿Has llorado, madre?
—Es por la felicidad de volver a veros —mintió a medias Marie, mientras cogía a la niña regordeta en brazos—. Has crecido mucho durante mi ausencia. ¿Los niños han sido buenos contigo?
—¡Oh, no! Me tiran de las trenzas y me deshacen los lazos. Gabriel le abrió la tripa a una de mis muñecas para operarla.
—¿Para operarla?
—¡Sí! Cogió el libro gordo que nos mandó el abuelo, ¿sabes?, ese en el que se ve gente tumbada con...
—Ya veo —dijo Marie imaginando la curiosidad de los niños ante el tratado de medicina y cirugía de Paracelso—. Albérie les riñó, espero...
—¡Oh! Les zurraron, pero mi muñeca estaba desconsolada e Isabeau tuvo que arreglarla. Le puso un nombre muy bonito: Loraline. ¿Verdad que es bonito, mamá?
—Muy bonito, Gasparde. Sí, muy bonito —musitó Marie pensando en Ma, cuya ausencia se le clavó de pronto en el corazón.
—¿Estás llorando, mamá? ¿Por qué? —preguntó la niña, con los ojos húmedos a su vez por la pena que leía en su rostro.
De pronto, dejó caer al suelo sus muñecas de trapo y abrazó a su madre con sus bracitos, escondiendo la boca en su cuello.
—Isabeau nos ha dejado, Gasparde. ¿Sabes qué quiere decir eso? —murmuró Marie.
—No muy bien. Sé que duerme en una caja grande. Es una litera muy rara. Pero tía Albérie dice que así es como se viaja para ir al paraíso. ¿Volverá pronto?
—No, querida, nunca volveremos a verla.
—¿No volverá para jugar con nosotros?
—No, Gasparde.
De golpe, la niña se deshizo en lágrimas e hipó en el cuello de su madre:
—Entonces, ¿nunca volveré a tener muñecas?
—Claro que sí, querida, pero serán diferentes. Todo será diferente.
Marie oyó a los niños pelearse al pie de la escalera. Con paso inseguro, pesado a causa de su carga, bajó para reñirles. Ante el dolor patente, sin falso pudor, reflejado en su rostro, bajaron la cabeza y se alejaron, para volver a sus juegos en cuanto doblaron el ángulo del comedor.
Marie llevó a Gasparde a su habitación. Acunada por la ternura de la madre que acababa de recuperar, la niña no tardó en dormirse sobre h cama, contra ella. Marie dejó que las palabras de Albérie aliviasen su cabeza cargada.


El oficio había sido sobrio, tan sencillo como Isabeau. La enterraron en el panteón de los Chazeron y a nadie se le ocurrió preguntar por su legitimidad. Se había ganado todos los corazones de Vollore y nunca nadie se había interesado por su pasado. Albérie no mencionó su defunción en los registros del castillo. Isabelle de Saint-Chamond nunca había existido e Isabeau había muerto cierto día del año 1500. Treinta y siete años más tarde sólo quedaban de ella recuerdos, la herencia de los Chazeron que su venganza les había legado y aquella carta.

Mi muy querida niña:
Mis fuerzas disminuyen desde hace semanas sin que esté en mi mano hacer nada. Tengo las horas contadas. Lo noto. Lo sé. No digo nada a nadie para no añadir a mi propio dolor el de mi familia, pero creo que Albérie lo ha adivinado. Hace dos días que los lobos aúllan bajo mi ventana. Es forzoso que lo haya notado. Así pues, no volveré a verte y lo siento, como tantas otras cosas.
He fracasado, Marie. No he sabido desvelar el secreto de la transmutación. ¡A fin de cuentas, esa poción sólo fue un golpe de suerte o de locura! Entonces yo era medio mujer medio loba, y sigo ignorando cuál de las dos engendró el misterio, tan sólo tenía esa indefinible sensación de que algo debía cumplirse a través de mí. Tú sabes que no soy locuaz, nunca lo fui. Por pudor, tal vez por vergüenza. ¡Hay tantas cosas que habría querido deciros que tan sólo he abordado por encima! Echo en falta a tu madre, Marie, como a un hijo abortado, me habría gustado tanto vería nacer por segunda vez... En la primera, sólo era odio. Ella me enseñó el amor, la noción de clan, de familia, de herencia.
Tú me has permitido ver crecer a otros niños, libres y felices. Aunque el mío sólo me llame abuela, me nutre de un lazo con mi pasado y Loraline. Siento vergüenza, arrepentimiento y ternura por haberla engendrado. Vergüenza por todo el daño que he sembrado buscando venganza. Es vana, Marie. Fuera de lo ganado, de esta tierra que ha resultado de ella, tan sólo ha producido sufrimiento, vanidad y heridas. Su precio hace tiempo que me quitó las ganas de vivir. Todo se paga, Marie. Todo.
Ese es el motivo por el que me sincero hoy contigo. Los dominios, el poder que tú detentas hoy, ni siquiera lo hubiera soñado ninguno de mis antepasados. He subvertido el orden de las cosas, os he forjado un destino a través de actos que, eso creía, eran intrascendentes. Me gustaría que lo recordases en la hora de las decisiones, para preservarte tal y como te quiero: sincera, altruista, aplicada y curiosa, justa, generosa y cariñosa. No dejes que el poder te corrompa, que el dinero te envilezca, que el amor te marchite. Conserva ante tus ojos esa niña del espejo, la de la calle, la de los mendigos, para que nunca olvides ni de dónde vienes ni lo que eres.
Hay mil maneras de transformar a un individuo en monstruo. Aquella poción sólo ofrecía la apariencia. Más feas son las de la codicia, la ignorancia, el orgullo y los celos. Esos peligros son reales en la corte de Francia. Yo me preservé de ellos. Sólo amé con toda mi alma a un único hombre después de Jacques de Chabannes. Me lo ha devuelto con creces, aunque no lo haya sabido. Ese hombre que fue mi rey y sigue siendo el tuyo, nunca pudo ver quién soy en realidad. No cometas el mismo error, Marie. Constant es orgulloso, y ese orgullo le ha llevado a casarse y, sin embargo, sólo él te conoce como yo te conozco.
Llegará un día, hija mía, en que tendrás que mirar de frente esa verdad y aceptarla. Pelearte por ella tal vez sea tu única manera de no perderte para siempre. Continúa mis investigaciones y tu hija después de ti, para librar a nuestra raza de la diferencia que nos singulariza, pero no les dejes olvidarla. Ella es nuestra fuerza. Es lo que tenemos de mayor valor.
Di a tu madre que le pido perdón. Una vez más y la última. Y, por encima de todo, sigue siendo la gran señora que eres.
Tu abuela, Isabeau

Marie volvió a plegar cuidadosamente la carta de letra inclinada y temblorosa, con una ligera sonrisa en lo más profundo de su pena. Ahora entendía mejor por qué Francisco I la había introducido en la corte de Francia, y su palidez cuando le anunció la muerte de Isabeau.
Apagó la vela, cerró los ojos, y luego murmuró, en el recuperado silencio de la casa, apretando el cuerpecito de su hija con mayor fuerza contra el suyo:
—Te equivocabas, Isabeau. El rey te quería.


Fueron precisos unos cuantos días aún para que el castillo saliese del sopor en el que el duelo lo había sumido. Tan sólo los niños habían recuperado su vitalidad, trastornando aquella vida disminuida.
Gasparde no se apartaba de su madre y volvía a chuparse el pulgar sin que Marie tuviese fuerzas para reñirla. Bertille le preocupaba. Cojeaba y parecía cansada. La desaparición de Isabeau la afectaba visiblemente pero estaba segura de que aquél no era su único dolor. Una mañana que estaba ayudando en la cocina, Marie preguntó si se había avisado a Jean. Albérie respondió afirmativamente.
—Su correo precedió unas horas a tu llegada. Le habría gustado estar a nuestro lado, pero no le autorizaron a abandonar su puesto, en el norte.
—¿Está bien? —preguntó Marie, que no había tenido noticias suyas desde que volvió a París en julio.
La muerte del delfín Francisco y su culpabilidad le habían hecho olvidarlo todo.
—Eso parece. Escribe a menudo preguntando por los niños. Y por ti —añadió Albérie—. En el fondo es un buen muchacho, habría merecido que hubieses hecho de él un esposo. No me gusta la idea de que vuelva a estallar la guerra y se lo vuelva a llevar.
—El rey no la quiere —afirmó Marie—. Ha emplazado a Carlos V a comparecer ante una sesión solemne de las cortes, pero éste se le ha reído en la nariz. Si se empecina, seguramente se reemprenderán las hostilidades. Jean lo sabe.
Bertille se aclaró la voz para fingir simple curiosidad.
—¿Has visto a Constant en París?
—No, Bertille —confesó Marie, notando la tristeza de su mirada—. ¿Te ha escrito?
Bertille sacudió la cabeza y Marie sintió cómo el desamparo se apoderaba de ella. Se acercó y se arrodilló para abrazar a aquella mujercita.
—¿Por qué no vas a visitarle?
—No, ya soy demasiado vieja —dijo tras un carraspeo—. Y, además, nos ha hecho demasiado daño. ¡Tiene bien merecido lo que le ocurre!
—No hagas como Isabeau, no cultives las penas.
Marie desplegó la carta que guardaba sobre su corazón y la leyó a las dos mujeres. Luego, cogió a Bertille por la cintura y la sentó sobre la mesa, desoyendo sus protestas.
—Es tu hijo, Bertille, y yo sé que quieres a Soléne tanto como yo. Lo quieras o no, te llevo conmigo a París e iremos juntas a visitar a ese nieto que te han dado. Después, decidirás dónde pasarás los días de tu vejez.
—Será doloroso... —señaló la enana.
—Tanto como para él el año pasado. Isabeau tenía razón, Bertille. Hay que afrontar la realidad, sea la que sea, cueste lo que cueste. Nuestros errores han de servirnos para avanzar, no para engañarnos. Sólo a ese precio nuestras vidas tienen sentido. Iremos en primavera. Mañana mismo escribiré a Jean. Sé lo mucho que ha debido de afectarle la muerte de Isabeau. Tiene que saber que nos gustaría que volviese.
—¿Te casarás con él?
Marie dejó que el silencio acompañase su reflexión.
—Tal vez haya llegado el momento, sí, de aceptar lo que no puedo cambiar.
—Entonces ¿renuncias a Constant? ¡A pesar de la carta de Isabeau!
—Es él el que ha renunciado a mí, tía Albérie. ¿Sabías lo del rey? —preguntó.
—Yo sí que lo sabía —respondió Bertille sonriendo—, pero ella nunca me lo dijo. Jacques de Chabannes supo crear un fuerte lazo afectivo y ella le permaneció fiel. Recuerdo su primer encuentro con Francisco I. Algo palpable pasó entre ellos. «Señor —dijo La Palice al notarlo—, he aquí una flor que me gustaría conservar.» Y el rey respondió que a tan fiel mariscal nada se le podía negar. Eran los tiempos de Francoíse de Chateaubriant, su primera favorita. No se habría necesitado mucho para que Isabeau la desplazase. Estaba demasiado hundida por entonces. No deseaba el poder lo suficiente.
—Creo que sobre todo tenía miedo —afirmó Albérie, quien, como Marie, descubría aquel secreto—. Miedo a que se descubriese su verdad.
Los niños entraron ruidosamente en la cocina, Antoine el primero, abriéndose paso a codazos, como de costumbre, interrumpiendo sus confidencias:
—Tenemos hambre —anunció deteniéndose, desorientado en sus referencias al ver a la enana sobre la mesa.
—¡Si olvidamos la hora, bien sabéis recordárnosla, bribones! —refunfuñó ésta mientras aceptaba la mano de Marie para bajar—. Hay compota de merienda. ¡Y que no cace a ninguno subiendo a la mesa como yo! —vociferó a la par que sacudía un dedo falsamente severo.
Gasparde miró a la enana y la mesa con cara pensativa, y luego afirmó desde la altura de sus cuatro años, con los brazos en jarras:
—¿Cómo quieres que lo haga? ¡Has escondido la escalera!
Las tres se echaron a reír y, mientras Bertille extendía compota de arándano sobre unas generosas rebanadas de pan, Marie sentó a Gasparde y a Gabriel sobre sus rodillas, mientras Antoine buscaba las de Albérie. Pronto invadió la estancia un olor a leche caliente, y Marie se dejó mecer por aquel ambiente.


Philippus no había necesitado la misiva de Albérie para enterarse de la muerte de Isabeau. Ma había aullado a la luna la noche en que abandonó el mundo de los vivos. Por entonces, estaban en Austria.
Con ella recorría cualquier lugar, cualquier itinerario que le permitiese adquirir conocimientos o dinero. Como Isabeau, con quien mantenía una estrecha correspondencia, topaba con una pared. Isabeau estaba estancada en Vollore, él podía buscar en otros sitios que no fuesen los libros, leídos, releídos y gastados con las mismas fórmulas, las mismas observaciones. Así era como en sus años jóvenes había adquirido su saber, en los caminos, escuchando a sabios y a brujas. No había lugar en donde las hubiera que no quisiese explorar. No renunciaba. A menudo, la gente se volvía mirando a Ma y, de común acuerdo, habían decidido separarse en los alrededores de las ciudades. El bosque que cubría Alemania, Austria, Hungría, Suiza y Bohemia permitía a Ma no ser molestada, ni separada demasiado tiempo del hombre a quien había escogido seguir. Los otros lobos no se le acercaban. Vivía de la caza y siempre encontraba un abrigo en lo más profundo del más frío de los inviernos. Nunca se quejaba. A veces, Philippus se reprochaba haberla forzado a aquella vida salvaje. En varias ocasiones, había sugerido devolverla a Vollore junto a los suyos, y actuar solo. La mirada de amor y tristeza de la loba le había disuadido de hacerlo. Ma quería estar con él. Más que nada en el mundo.
Gracias a la protección del mariscal Lipnitz, a quien había curado de una gangrena, volvía a disfrutar de un poco de dinero y, a cambio de la redacción de un fascículo de astronomía, el mariscal le había abierto sus secretos de alquimia. El hombre era un apasionado de la licantropía y Philippus le agradeció que compartiese con él sus conocimientos y sus teorías, sin por ello revelar su secreto.
Trabajaron de concierto una buena parte de aquel año de 1537. Philippus se reunía con Ma cada noche, en un claro del bosque cercano. Se comunicaban con un lenguaje de sonidos y gemidos que Philippus había creado, reminiscencia de los largos meses transcurridos junto a los lobos en el subterráneo de Montguerlhe. Pasaban juntos largos ratos en torno al fuego. Luego, él volvía al acogedor palacio que lo esperaba, con el corazón sereno pero con el alma desgarrada, utilizando el dinero ganado en seguir buscando. Seguir buscando el medio de liberarla, ahora y siempre.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:48 pm

Capítulo 18


Marie regresó a París cuando abril de 1537 despertaba. La pena de los niños le oprimió el corazón, pero hizo un esfuerzo para no volver la cabeza. Bertille lo hacía por las dos. Hasta que desaparecieron de su vista, la enana agitó el pañuelo desde la portezuela del carruaje diciendo entre gimoteos que era una locura dejar a «aquellos arrapiezos», como ella los llamaba.
El viaje resultó lento a causa de las incesantes lluvias que permitieron a Bertille quejarse tanto cuanto quiso. Primero eran sus rodillas, luego los dedos de los pies o los riñones los que rechinaban, golpeaban, se tensaban, eran maltratados.
–La verdad es que te angustia la idea de afrontar a tu propio rapaz –la pinchaba Marie, que sabía muy bien, en lo que a ella concernía, qué era lo que le ponía un nudo en el estómago.
–La verdad es que soy vieja y que pateta viene a buscarme –respondía Bertille refunfuñando.
–¡No hay nada que hacer con una gruñona! –proseguía Marie, al tiempo que el surco de una rodada volvía a hacerle dar con la cabeza en el techo, y ponía un nuevo gemido en la boca de la enana.
A pesar de todo, llegaron a Fontainebleau. Curiosamente, al encontrarse con Triboulet, la fatiga de Bertille se esfumó de golpe. A punto estuvo de dejarse arrastrar por la loca zarabanda del bufón. Catalina se manifestó encantada de conocerla y el rey la' levantó en brazos para besarla, declarando estar muy triste por haber, como ella, perdido a una amiga. Veinticuatro horas en el palacio redujeron al olvido males y pesares, y fresca y dispuesta, envuelta en su dignidad tanto como en su nuevo vestido, se dejó
conducir con Marie a la rué Vieille-du-Temple, tras un rodeo por el cementerio de los Saints-Innocents, en donde quería recogerse sobre la sepultura de Croquemitaine.
Al pasar ante la antigua tienda de Isabeau, Marie sintió que el corazón se le encogía. Los mismos tablones cerraban los ventanales de vidrio a las miradas de los curiosos. Sin embargo, el tiempo los había deteriorado y Marie habría jurado que el taller había sido saqueado y devastado.
–Habría que venderlo –pensó en voz alta.
–O volverlo a abrir –rectificó la enana dándole unas palmaditas en la muñeca.
–Yo no sé hacer nada, Bertille. Y lo que sabía, lo he olvidado.
–Te basta con querer.
–No tengo dinero para reabrir el negocio.
–Pídeselo al rey. Te lo concedería, estoy segura.
–No sé. Ya veremos.


Soléne besó a Bertille con afecto. Marie la recordaba como una chiquilla flacucha, plana y de ojos cavernosos. Muy lejos de eso, la muchacha, seis años más joven que ella, poseía la belleza salvaje de su madre Lilvia. Sus formas redondeadas realzaban un porte de reina y su pelo dorado, retenido en una trenza, inflamaba una mirada chispeante de felicidad. Marie le dejó apretarla entre sus brazos con una cálida sonrisa. Frente a semejante belleza, comprendía mejor que el corazón de Constant hubiese acabado por naufragar.
Bertille recibió con emoción a su nieto en brazos.
–Es tan hermoso... –se enterneció Soléne ante aquel bebé regordete, de casi un año, envuelto en mantillas–. Le hemos llamado Bertrand, como su abuelo, pero ya veis, no es...
–¡Muy educado presentarse sin avisar! –la cortó secamente la voz de Constant a su espalda–. Estoy feliz de volverte a ver, madre –la saludó, amansado, y levantó a la enana en brazos.
Por un instante, Marie habría jurado que Soléne había bajado la vista velando un secreto. ¿Qué podía esconder aquella frase inacabada?
Constant fue hasta ella y la besó en la mejilla. Ella sintió que le flaqueaban las piernas, pero se contentó con un «hola» acompañado de una sonrisa forzada.
–Voy a buscar vino –anunció Soléne deslizando una mirada triste sobre Marie, que frunció el ceño.
Podía aceptarlo todo de su rival, que le hiciese fiestas, la ignorase o la despreciase con el orgullo de quienes han ganado. Todo, salvo la lástima.
–No sabía que Croquemitaine se llamaba Bertrand –dijo levantando la cabeza.
–No se nace con un sobrenombre, Marie, se lo gana uno, ¿lo has olvidado? Claro que ahora el mundo de los mendigos debe de parecerte muy estúpido.
–Y más todavía los que creen que he cambiado –replicó ella.
–¡Ah! ¡No! ¡Ya basta, vosotros dos! No he hecho todo ese camino para oír cómo os peleáis. ¿No podéis hacer las paces? ¡Me gustaría tanto veros reconciliados antes de morir! –añadió Bertille, como en una súplica.
Constant se inclinó sobre la frente de su madre y la besó.
–Si esa idea tiene que mantenerte en vida, entonces nunca –rió.
–¡No te burles, arrapiezo! –protestó ella.
Marie se acercó y puso una mano sobre el musculoso brazo de Constant.
–Tiene razón. Esta disputa ha durado demasiado, Constant. En nombre de nuestros hijos, olvidémosla. Volvamos a ser amigos.
El exhibió una sonrisa y asintió con la cabeza; no obstante, un pequeño brillo en su mirada hizo que Marie comprendiese que no había perdonado. Pero bastó a Bertille, quien quiso saberlo todo: lo que hacía, qué había sido de fulano o de mengano. ¿Y la Reforma?
Constant explicó que había conseguido trabajo en una imprenta. Encontrar gente hábil y rápida, que supiese leer y escribir no era cosa tan sencilla entre la gente del pueblo y no había tenido ninguna dificultad para que le reconociesen sus cualidades. Así, seguía actuando a favor de la Reforma, puesto que el rey había autorizado a su patrón para que publicase, tras verificación, los textos de Calvino y las traducciones de Lutero. Albérie le había ofrecido que se instalase en su antigua casa, como en otros tiempos. Soléne, por su lado, se ocupaba de los niños de la calle, les enseñaba el alfabeto y los números, sin dejar por eso de cumplir con su nuevo papel de madre. Marie sintió envidia. Soléne era manifiestamente feliz y, a su lado, Constant parecía más tranquilo, más fuerte también. Había madurado. Delgadas arrugas orlaban sus ojos cuando reía.
Permanecieron dos largas horas, muy lejos de aquella atmósfera que Marie había conocido siendo niña, prueba de que ella tema razón y de que Constant se equivocaba. Todo el mundo cambiaba y la Corte de los Milagros no era más que una puerta abierta entre la burguesía y la miseria. Tan sólo uno de esos motes ganados a la intolerancia humana. Y aquel mundo nunca había dejado de ser el suyo.


Los exquisitos perfumes del castillo de Fontainebleau le parecieron artificiosos. Estuvo a punto de volver a su casa, con sus hijos. No lo hizo. Bertille quería disfrutar de su nieto, del que se había prendado sin tardanza. De los adultos que habían rodeado la infancia de Marie, tan sólo quedaba ella en París. La represión había dispersado el grupo de los allegados de Isabeau y los inviernos se habían llevado a los miserables. Con Isabeau se había extinguido una generación y se había pasado una página. Marie necesitó varias semanas para aceptarlo.
Bertille, que estaba instalada en casa de Constant, insistía para que viniese a verles. Ella lo hacía por afecto a la enana, paro cada visita la ponía ante su propio espejo. A pesar de las caricias de Montmorency, que protegía el secreto de su crimen, se sentía sola. Sola e inútil.
La prematura muerte de Magdalena de Francia, apenas seis meses después de su boda, añadió aires de tristeza a Francia. Sin embargo, el verano ganó la partida con su cortejo de fiestas en los jardines. En adelante, hubo dos círculos bien diferenciados. Por un lado, los allegados del rey y de Anne de Pisseleu; por el otro, los de Enrique y Diana. Marie se encontraba en el segundo, a causa de su relación con Anne de Montmorency. Entre los dos, Catalina parecía imperturbable en sus obras. Participaba de forma regular en las partidas de caza del rey, montando estilo amazona, según la moda que ella misma había lanzado, adoptando incluso los calzones para mayor comodidad y pudor. Pero evitaba los placeres demasiado suntuosos, envolviéndose en una decorosa dignidad, que le permitía sostener sin vacilaciones la mirada de todos y la de Diana de Poitiers en particular. Diana, Anne de Pisseleu y Catalina querían lo mismo: aquel poder que Marie execraba.
Su única verdadera aliada, pronto lo había comprendido, era la hermana del rey, que proseguía decidida y abiertamente la lucha de los reformados. Su amistad nacía de su fe, pero también, y sobre todo, de su complicidad durante los negros días de la represión.


Con la llegada del otoño, Marie recibió en la corte noticias de Jean. Decía sentirse feliz por el hecho de que ella se inquietase por él. A pesar de su sincero dolor por la muerte de Isabeau, estaba encantado con haberse enrolado. Su eficacia táctica y valor le habían valido el ascenso a oficial y se disponía a conquistar el Piamonte con el ejército francés. De hecho, el rey ya se había instalado en Lyon para unirse a sus tropas. Montmorency y Enrique le siguieron hasta allí. Una vez más, se trataba de reconquistar las ciudades perdidas en Italia.
Allí recibió el rey la noticia de la muerte de Françoise de Chateaubriant. El rumor se fue incrementando de ciudad en ciudad y la corte se estremeció de indignación: la antigua amante de Francisco I parecía haber sido asesinada por su esposo. El que durante años había aceptado sin decir palabra sus cuernos reales había acabado por secuestrar a su esposa, a quien Anne de Pisseleu había desplazado, hasta el 10 de octubre de aquel año de 1537. Se decía que, harto de ella, había acabado por entrar en la habitación transformada en celda, acompañado por cirujanos y hombres de armas. Allí, había hecho que le abriesen las venas y se había dedicado a verla agonizar.
El rey acusó aquel desgarro, después de tantos otros en aquel año. Encaneció de golpe. El 10 de febrero de 1538, nombraba a Montmorency condestable de Francia y le encargaba una investigación en cuanto la guerra hubiese terminado. E inmediatamente después, se lanzó a ésta para olvidar.
Aquel invierno de 1538 apartó a los hombres de la corte. Una vez ellos fuera, la atmósfera del palacio se llenó de rencores y exhibió máscaras de gárgola. Aquellas damas se retiraron, cada una por su lado, con sus familias, y Marie no encontró su lugar en ninguna parte. En los círculos, se zaherían una a la otra, bajo apariencias de charla de buen tono.
Marie no pudo soportarlo por más tiempo. Isabeau le había dejado en herencia su casa y su tienda. Se decidió a volver a ellas, limitándose a anunciar a Catalina que iba a visitar a su familia. En la casa, que llevaba siete años abandonada, los excrementos de las ratas viciaban el aire. Marie trocó sus ropas de dama de la corte por los de una sirvienta y se remangó para devolver a la casa su esplendor olvidado. Necesitó un mes para conseguirlo. Mientras Bertille se ocupaba de Bertrand, Soléne vino generosamente a ayudarla. Su amistad sencilla y sincera le hizo bien. Evitaban hablar de Constant, y Soléne se esforzó en ello con una sincera comprensión.
En la tienda, era aún peor. Los rollos de tejidos preciosos estaban apolillados, agujereados por los ratones y estropeados por la humedad. Los que pudo salvar, Soléne los llevó a los pobres, igual que la ropa y las cintas pasadas de moda o deslucidas.
Cuando todo estuvo limpio y saneado, el invierno terminó en un soleado mes de marzo. Marie había tenido tiempo de madurar su decisión. La investigación estaba detenida por falta de dinero. Vollore generaba lo suficiente para subsistir, como las demás tierras que la muerte de Chazeron le dejaba, pero no producía suficiente liquidez para renovar los equipos de alquimia. Y Ma envejecía, igual que Huc, Bertille y Albérie. Si no encontraba los medios para seguir financiando sus investigaciones, el tiempo se los llevaría, cada uno en su momento, y ella perdería cualquier oportunidad de recuperar un día a su madre.
El mes siguiente, Marie tomaba el camino de Angulema. Fue calurosamente recibida por la hermana del rey y regresó no sólo con el préstamo que esperaba sino, además, con una confidencia que le alegraba el corazón:
–Isabelle de Saint-Chamond era amiga mía y lamenté mucho que se mantuviese fiel a La Palice. Si se hubiese convertido en la favorita de mi hermano, juntas habríamos hecho grandes cosas por la Reforma. No obstante, yo la apreciaba mucho, tanto por esa constancia como por su generosidad. Conocía su secreto. Como lo conocía el rey, a quien ella había pedido protección a falta de confesar que lo amaba. Vuestra abuela era alguien muy especial. Vos os parecéis a ella, Marie. No sólo apoyaré vuestro comercio haciéndome su clienta, sino que además os prometo llevaros un buen número de gente que lo prestigiará.
Marie no se atrevió a preguntarle si conocía toda la verdad, pero el sincero afecto de Margarita de Angulema la reconfortó.


Nada más regresar a París, a principios de junio de 1538, se presentó ante Catalina y le confesó su proyecto.
–Te necesito en la corte, a ti y a tus visiones y cartas astrales –replicó ésta, con los ojos brillantes de rabia.
–Vamos, tenéis suficientes espías para saber lo que pasa en todas partes y a todas horas –observó Marie.
–Pero ninguno que esté lo suficientemente cerca de Diana para librarme de ella –repuso Catalina con una voz transformada por su determinación.
Marie palideció de indignación. La duchessina ya no le daba miedo. Se irguió y sostuvo su perversa mirada de medusa.
–Jamás.
–Podría denunciarte por la muerte del delfín. Tu amistad con la reina Leonor, la hermana de Carlos V, bastaría para hacer de ti una espía, una perjura. No dejaré que te vayas sin haberme hecho ese favor, Marie.
–Otros me lo autorizarán. Porque si caigo, creedme, vos caeréis. El rey os tiene afecto porque representáis a Italia, pero no está ciego. El crimen os ha sido de mucho más provecho que a mí, no volveré a ponerme a merced de vuestros caprichos. Vos no sois madre y Enrique, a quien amáis, nunca os amará. No lo olvidéis, duquesa, nada hoy en día podría evitar que el rey y su hijo os repudien.
La mirada negra de Catalina se llenó de ira y un tic la sacudió con un nefasto sobresalto.
–Sal de aquí –rugió–, ¡Haz lo que bien te parezca pero desaparece, putana! ¡Tus fornicios no cambiarán nada! Los que no están conmigo, están contra mí. Llegará el día en que lo lamentes.
–Es posible, pero nunca tanto como si aceptase alienar mi libertad.
Tras una reverencia, se retiró. Su tiempo en la corte de Francia había concluido. Conservaría la atención de Montmorency, cuyo nuevo cargo le resultaba más útil que nunca, y el sincero afecto del rey y la reina. De vuelta en su casa, en el corazón de París, redactó un correo dirigido a Diana, quien había regresado a sus tierras: «Cuidaos. Buscan haceros daño, tal vez eliminaros», recomendó. Escogió el anonimato y firmó simplemente «una amiga», para el caso en que interceptasen la misiva. No quería que Catalina pudiese usarla, de una manera u otra, contra ella.
Luego esperó a Soléne, a quien había avisado de su regreso y con quien quería hablar. Había dejado de considerarla su rival y tan sólo conservaba el recuerdo de la chiquilla que en otros tiempos compartía sus juegos. Que Constant la hubiese hecho su mujer para vengarse de ella o por amor, carecía de importancia. Soléne seguía siendo la misma, y Marie necesitaba alguien en quien confiar a su lado.
Para mantenerse ocupada, leyó el correo que había recogido en palacio. Contenía una breve nota de Jean.

Una fea herida en la pierna acaba con mi carrera en el ejército. Los médicos no son optimistas, querida Marie. Tal vez no puedan salvarla, ni salvarme. Cuida de mis hijos.
Jean

Estaba fechada el 20 de octubre. Marie hurgó febrilmente en su correo, que la esperaba allí desde enero, cuando regresó a casa de Isabeau. Jean no había dado más señales de vida. Examinó la letra, trazada con mano temblorosa. En algunos puntos del papel se adivinaban rastros de sangre y de sudor. Marie se estremeció y se dejó caer en un sillón. No había duda de que estaba en estado febril. Había querido prevenirla.
Soléne entró en el momento en que estallaba en sollozos. La joven acudió a ella y la cogió por los hombros para apretarla contra sí, sin comprender. Vio la carta caída en el suelo, la recogió y la leyó. Nada más terminar, dejó escapar un grito y, súbitamente, se desmayó.
Marie alzó la frente al oír el golpe sordo de la cabeza contra la tarima. Su pena se diluyó en la urgencia. Se agachó al lado de Soléne y la incorporó contra el sillón. Cuando cogía una botella de licor, la oyó gemir. La encontró extraviada, con los ojos arrasados de lágrimas y los dedos crispados sobre la carta que no había soltado. Marie la forzó a beber un trago. No habría creído que aquella noticia pudiese afectarla tanto.
–Ha muerto, ¿verdad? –gimió Soléne con labios temblorosos.
–No lo sé, éste es el único correo que tengo.
Marie rodeó a la joven con sus brazos y la acunó suavemente. No lograba imaginar que Jean hubiese podido morir, él que había afrontado tantas veces la muerte con el filo de su espada, que se había reído de los hombres del preboste, burlado de los maridos burlados. Un sentimiento de culpabilidad la devolvió a las razones que lo movieron a irse. Si se hubiese casado con él, los trillizos tendrían un padre a su lado, ella no habría dejado de ser la dama de Vollore y todo, en suma, habría sido sencillo y auténtico. Al ver que Soléne lloraba desconsolada, intentó reconfortarla:
–Jean es hábil, astuto y de buena constitución, Soléne. Estoy segura de que saldrá vivo de ésta. Segura, ¿me oyes?
Soléne asintió con la cabeza y sorbió. Echó mano a una botella y se sirvió un buen trago.
–¡Eh! –la sermoneó Marie tras quitársela–. Te vas a emborrachar como una cuba.
–Me da igual.
–No sabía que eras tan sensible. Hemos visto morir a tanta gente, tantos amigos...
Soléne bajó la cabeza y volvió a sorberse la nariz.
–Era diferente. Yo le quería –confesó.
–No comprendo –comenzó atónita Marie, sintiendo que le faltaba el aire.
–No hay nada que comprender. El te había escogido a ti –dijo Soléne a la par que volvía hacia ella sus grandes ojos doloridos.
Marie intentó reunir los pedazos de una historia que aquella revelación había hecho saltar por los aires, pero no logró que encajasen, era como si faltase uno para que resultase coherente.
–¿Por qué me hiciste venir?
La pregunta de Soléne la cogió por sorpresa. Sumida en sus cavilaciones, respondió automáticamente:
–Para unirte a mi proyecto. He obtenido los créditos que necesitaba para reabrir la tienda.
–¡Oh! Dios mío, Marie –replicó Soléne cogiéndola por los hombros–, ¿cómo podré aceptar sin decirte toda la verdad?
Marie buscó su mirada. Estaba velada por una tristeza tal que sonrió con ternura.
–¡Eres tan generosa! –prosiguió Soléne–. Habrías debido guardarme rencor por el papel que me forzó a representar. En lugar de eso, he recuperado aquella hermana mayor que veneraba en mi infancia.
–¿Qué papel? ¿De qué estás hablando, Soléne? –preguntó Marie, con la cabeza confusa a fuerza de aquellas confesiones inacabadas, de una intuición que la devolvía a Constant y de aquel sentimiento de culpabilidad que la perseguía ante la idea de la muerte de Jean.
–Bertrand no es hijo de Constant –anunció Soléne–. Siempre quise a Jean –continuó mientras Marie abría los ojos de par en par, sorprendida–. Cuando supe por Constant lo que había ocurrido entre Jean y tú, estuve furiosa de celos, pero no podía reprocharte nada. Para Jean, yo no era más que una niña y tú ignorabas los sentimientos que me inspiraba. Luego vinieron las persecuciones. Me fui acercando a él insensiblemente, con la fuerza que me proporcionaba lo que Constant, mi propio hermano burlado y herido, me confiaba. Gozaba rechazándote, sabiendo que no amabas ajean tanto como a él. Quería castigarte. Estaba perdida en medio de aquellos acontecimientos que me horrorizaban. La muerte de mi madre, aquella revelación sobre mi nacimiento. Calvino merodeando en nuestro derredor y embrollándonos las ideas y el corazón. No entendía nada de lo que Constant tramaba. Luego tú te fuiste y Jean se quedó. Era muy infeliz. Sabía que nunca te casarías con él. Conseguí convencerle de que yo podía darle una familia, de que sabría quererle. Y de que si se casaba conmigo, todo volvería a estar en orden. Constant perdonaría y volverían a ser amigos. Acabó por ceder y nos amamos, con su promesa de que nos casaríamos. Se lo dije a Constant. Se volvió loco. Vociferó que mientras él viviese, Jean nunca viviría feliz y en paz. Me hizo jurar que rechazaría a Jean porque de otra forma lo mataría con sus propias manos. ¡Estuvo tan violento! Tuve miedo cuando me abofeteó. Miedo a que hiciese lo que decía. Obedecí. Y luego me di cuenta de que estaba embarazada. Se lo confesé a Constant. Una semana más tarde, él y Jean se reunían contigo en Auvergne. Constant me había prometido que hablarían de eso por el camino y que a la vuelta me diría lo que habían decidido. Volvió solo, afirmando que Jean se había burlado de mí y que tú habías decidido casarte con él para dar un padre a tus hijos. Me eché a llorar y acepté lo que me proponía: convertirme en su mujer para no ser deshonrada. Algún tiempo después Jean volvió furioso. Se pelearon. Así es como me enteré de la verdad. Jean había ido a Auvergne para comunicarte su intención de casarse conmigo y Constant se le adelantó. Jean calló. Pero a su regreso exigió saber. «¡Me robaste la felicidad, ahora estamos en paz!», respondió Constant riendo como un loco furioso. «Si cualquiera de vosotros revela algo de esto a Marie, lo pagará el niño.» Jean se fue al día siguiente con el ejército del rey. No lo he vuelto a ver. Constant quería castigaros a los dos. ¡Es tan estúpido! –terminó, echándose en los brazos de Marie.
Marie la apretó contra sí, conmovida. Luego algo se fue apoderando de ella, un sentimiento de una violencia que nunca habría imaginado. Apartó suavemente a Soléne y se incorporó, con el rostro nublado por aquel odio implacable.
–¿Te ha forzado?
–¿Quién?
–Constant. ¿Te ha forzado?
–Una sola vez –confesó Soléne–. ¡Por causa de tu relación con el rey y a causa de mi madre!
–¿Tu madre? –preguntó Marie extrañada, con los puños apretados.
Soléne dudó un momento ante las facciones crispadas de Marie.
–Habla –ordenó ésta con más dureza de la que habría querido–. Ahora no debemos seguir teniendo misterios la una para la otra, Soléne –insistió con mayor dulzura.
–Gracias a Triboulet –explicó Soléne tras asentir con la cabeza–, mi madre fue contratada para divertir al rey y a sus convidados en el castillo de Blois, una noche, a comienzos de su reinado. Bailó como ella sabía hacerlo, aturdiendo a los hombres y negándose a ellos. Sin embargo, se dejó seducir y embriagar por el primero de ellos. De madrugada, abandonaba el castillo con una bonita suma en su bolsa de cuero y la hija de Francisco I en su vientre. Esa hija era yo –confió ruborizándose–. Nadie, salvo Croquemitaine y Bertille, sabía la verdad. Él me lo reveló poco antes de morir y tuve la debilidad de confiárselo a Constant una noche, porque ese secreto me pesaba. Algunas semanas después, Triboulet le anunciaba que el rey había yacido contigo. Eso lo volvió loco. «¡Puesto que ella se permite un rey, nada me impedirá amar a una reina!», me dijo mientras me propinaba una bofetada. Le dejé hacer. Luego me pidió perdón y me prometió que jamás volvería a hacerlo. No quedé embarazada y él mantuvo su promesa.
Marie se incorporó lentamente, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
–¿Adonde vas? –preguntó Soléne con voz temblorosa.
–¿Adonde voy? –repitió Marie con una risa agria–. ¡Voy a matarlo!
Y dejándola allí plantada, se fue corriendo por las calles de París, arrastrando por el cieno de las cunetas su falda de seda, indiferente a las asombradas miradas de los transeúntes. Indiferente a todo lo que se cruzaba en su camino.
Pero esta vez ya no era una niña que procuraba vengarse de un hermano de leche por un tirón de trenzas. Había ido demasiado lejos.
Llegó empapada en sudor a la casa donde Bertille estaba acostando a Bertrand. Constant no había vuelto de la imprenta y Marie no se tomó la molestia de explicarle por qué lo buscaba. Volvió a encontrarse corriendo por la calle antes de que la enana hubiese podido inquietarse por su aspecto.
Encontró la imprenta dos calles más allá y entró sin aliento.
Constant se irguió ante ella, con las manos manchadas de tinta, igual que el delantal azul que le protegía la ropa, asombrado de verla surgir tan sucia y despeinada como en su juventud. Marie tomó aliento y luego hipó:
–¿Estás solo?
–Sí. ¿Por qué?
El final de la palabra se perdió en una bofetada magistral que le volvió la cabeza. Antes de que pudiese reaccionar, Marie se abalanzó sobre él, le puso la zancadilla y le golpeó repetidas veces en la cara mientras él caía de espaldas, se agarraba a la prensa, arrastraba un frasco de tinta y se desplomaba entre dos pilas de papel. Marie le saltó sobre el vientre, tan enfurecida como desbocada.
En el tiempo que tardó en comprender lo que ocurría, el ojo derecho ya se le había hinchado y un hilo de sangre le brotaba de la nariz. Constant agarró los puños osados que lo aporreaban sin tregua y los doblegó.
–¿Te vas a calmar de una vez? –explotó.
–¡Nunca! ¡Nunca! –rugió ella entre los dientes, más rabiosa aún por el hecho de que se atreviese a contestarle.
Lucharon y luego Constant consiguió deshacerse de los montones de papel que lo aprisionaban, logrando invertir los papeles, con Marie debajo de él, sin conseguir impedirle que golpease con pies, rodillas y puños. Cuando la hubo inmovilizado con su peso, ella se lanzó con la cabeza por delante sobre su oreja y la mordió como si quisiera arrancarle un pedazo. Él aulló y resolvió abofetearla para obligarla a soltarle.
–¡Voy a matarte! –rugía ella, agarrando y mordiendo todo lo que encontraba a su alcance.
A pesar de todo, acabó por agotarse. Constant era de lejos más fuerte que ella. Aunque acusaba los golpes, pringado de tinta y sudor, se negaba a devolverlos. Algo se había quebrado en su interior cuando ella había entrado trayendo consigo aquel perfume del pasado. Algo que lo había vuelto loco todos aquellos años. Cuando los ataques se espaciaron con su respiración convulsa, le aprisionó las manos sobre la cabeza y buscó sus labios. Marie sintió que la ira la invadía de nuevo y se arqueó, soltando una caterva de insultos, volviendo la cabeza y agitándose como una anguila.
Pero todo fue inútil. La boca tomó la suya. Tenía un gusto a sangre que de golpe calmó su sed. Marie gimió ante su violencia, con los sentidos exacerbados, y se dejó invadir y palpar. Constant aflojó su presa y hundió los dedos en su pelo revuelto, mientras ella anudaba los suyos, magullados, alrededor del cuello poderoso, a la par que maldecía su debilidad.
Cuando él le dejó recuperar el aliento, ella aún masculló:
–¡Te odio! ¡Te destrozaré, Constant!
Antes de volverla a besar, él murmuró entre sus labios tumefactos:
–¡Por fin te reconozco!
–¡Basura! –escupió ella rechazándolo.
Él volvió a besarla.
–¡Golfo! –insistió ella, pero su cólera desaparecía en su mirada.
Una mirada que pedía perdón. Permanecieron inmóviles por un momento, buscando en el alma del otro razones para odiarse. Tenían miles. No encontraron ninguna.
–¡Te he echado tanto en falta! –confesó Constant alisándole el pelo manchado de tinta, de cola y caracteres de imprenta.
–Un día te destrozaré, Constant –repitió ella mientras lo atraía hacia sí.
–Como quieras. Merezco eso y mucho más.
La desvistió sin prisas, sin apartar la vista del animal montaraz en que se había convertido. Se amaron como niños que se descubren por primera vez. Sin decir palabra para no quebrar nada, a tientas para no herir más. Unidos por una misma certeza.
La noche se había cerrado sobre París cuando se abandonaron al reposo, uno en los brazos del otro, en medio del desorden que habían provocado en el taller. Marie se arrebujó contra el torso apenas velludo de Constant. Con las manos cruzadas detrás de la nuca, embutido entre los montones de papel tirados y revueltos, el joven sonreía. Hacía años que no conocía la paz. Sin embargo, sabía que había llegado el momento de las explicaciones. Ignoraba qué había descubierto Marie, pero estaba determinado a no volver a mentir, a no volver a jugar. La dejó sumirse en el sueño, acompañándola con una caricia en la mejilla. El mismo necesitaba aquella tregua para comprender lo que les había ocurrido. Era consciente de que todo era culpa suya, pero ¿bastaba eso para reparar el daño infligido?
Acabó por dormirse también él.


Marie lo sacudió violentamente.
–El alba no tardará en llegar, Constant –dijo mientras él se estiraba–. Hay que ordenarlo todo o te echarán.
El abrió sus grandes ojos redondos. Un sol aún tímido calentaba la penumbra de la callejuela. Se levantó de un salto y Marie bajó la mirada ante su desnudez. Ella se había vestido nada más despertarse, por miedo a que los sorprendieran. Constant se sintió torpe ante aquel rostro. El miedo a que se fuese le hizo alargar la mano y cogerla por el brazo. La atrajo así y se tranquilizó al no percibir ninguna resistencia. La abrazó contra su vientre desnudo y pegó su boca a su oreja.
–Te quiero, Marie.
–Pero eso no basta –respondió ella como en un eco a aquellas palabras de antaño que habían apagado su luz.
–Sí, eso basta, Marie –sentenció él abrazándola con mayor fuerza–. Merezco todos los castigos, todo el odio, toda la furia, pero ya he pagado demasiado caro el precio de este amor.
–Jean ha muerto.
Él se crispó por un momento y luego dejó caer los brazos.
–Yo no deseaba eso –murmuró sacudiendo la cabeza.
Marie le besó en la mejilla y luego se apartó.
–Lo sé. Vístete y ordenemos esto. No quiero que pierdas tu empleo. Tienes un hijo que alimentar.
–No es hijo mío, Marie –confesó.
–También lo sé. Ya hablaremos más tarde.
Marie le mostró una cara amistosa que lo reconfortó. Se vistió aprisa mientras ella encendía los faroles. Momentos después, reparaban lo mejor posible las consecuencias de sus retozos.
El día incendiaba los pináculos de Notre-Dame cuando abandonaron la imprenta. Habían ordenado la estancia en silencio para conservar intacto el recuerdo de aquella noche. Al doblar la esquina, Marie deslizó sus dedos entre los de Constant. El se volvió hacia ella y la arrastró en una loca carrera, tan loca como su esperanza recuperada.


Se detuvieron ante la casa de Isabeau, sin aliento, riendo como dos niños. Soléne se había dormido en un sillón y Marie se puso un dedo sobre los labios para invitar a Constant a no hacer ruido. Tras quitarse los zapatos, treparon por la escalera en un solo impulso, y ella lo llevó a la habitación que se había arreglado.
Cuando la puerta se hubo cerrado, miró de frente a Constant, con los brazos caídos, como el jovencito tímido que había conocido y al que siempre había tenido que arrastrar para cometer diabluras.
–Te lo ha contado todo –dijo él bajando los ojos–. Estaba decidido a hacerlo cuando supe que volvías a abrir la tienda. Siento que se me haya adelantado.
Marie le invitó a sentarse junto a ella, en la cama. Aquella noche había vencido su furia calmando su frustración.
–No tenías derecho a robarle su vida para vengarte de Jean y de mí –dijo Marie, sin soltar aquella mano que se aferraba a la suya.
–No era yo, Marie. Me odié por mis reacciones, por mi violencia, por aquella fuerza malsana que me llevaba a destruirlo todo. Es como si algún trasgo me hubiese poseído. Como si sólo el mal pudiese calmar mi sufrimiento, pero lo único que hacía era aumentarlo. No tengo excusa alguna. Soléne es mi hermana. ¿Puedes creer, Marie, que llegué a forzarla cuando supe que era hija de ese rey que yo despreciaba? Corrí a tirarme desde las gárgolas de Notre-Dame. Habría querido morir de tan avergonzado como me sentía. Pensaba en Chazeron y me decía que yo no valía más que él. Sigo sin saber qué me impidió saltar.
Marie no se atrevió a decirle que eso también se lo había confesado Soléne. Oír su confesión la reconfortaba. Exorcizaba sus propias faltas. Animado por su silencio, Constant prosiguió:
–Necesité tiempo para descubrir la razón de mi desvarío. Creía que tus hijos eran los responsables. Pero cuando los vi, cuando jugué con ellos, me sentí tan vulnerable, tan triste porque no eran míos, porque tú no eras mía, que se me ocurrió la idea de casarme con Soléne para colmar aquella necesidad de paternidad, más que para castigar a Jean. Venganza es la razón que me di para no admitir esa verdad que me asustaba. ¡Oh!, Marie, ¿cómo podría explicártelo? –gimió mirándola de frente–. No es tu conducta lo que detestaba, era esa distancia que el destino ha puesto entre nosotros. Te veía cambiar. Amar esas galas que nunca podré ofrecerte, llevar esas joyas de la dama de Vollore y brillar en la corte hasta en la cama del rey. No es tu ascenso lo que detestaba, era mi miseria. No podía reprocharte haber optado por ese fasto del que nos habíamos burlado, cuando te había expulsado de mi lado por haberme traicionado. Porque me sentía traicionado, Marie. Porque ya no eras la misma, porque ya no te reconocía, pero sobre todo porque, a pesar de tus súplicas, no tenía un sitio en ese mundo que habías escogido.
–Nunca fue el mío. Si me complacía en él era para salvar a los nuestros. Para salvarte a ti. Intenté mil veces hacértelo entender.
–Lo sé, pero no podía. Vestida así, peinada, maquillada, moviéndote a mi alrededor, eras tan diferente, tan hermosa, tan inaccesible como las mujeres que veíamos pasar en esas literas doradas. Estabas hecha para ser una de ellas. Y yo tan sólo era un mendigo en tu camino.
¿Cómo había podido estar tan ciega, pasar al otro lado del espejo sin darse cuenta?
–Acuérdate de lo que nos decía Croquemitaine, Constant: «Más allá de la apariencia, hay un corazón que late. Y las emociones que alberga siguen siendo las mismas con independencia del traje y el rostro que lo envuelven». Yo no he cambiado.
–Lo comprendí cuando viniste a instalarte aquí, acogiste a Soléne y recuperaste tu sencillez de antaño. ¿Qué va a ser de nosotros, Marie? ¡Te quiero tanto!
–Yo también, Constant. Pero nuestros errores han cambiado nuestras vidas. Tú estás casado y ese niño debe seguir siendo tu hijo ahora que Jean no está entre nosotros. Yo soy la amante de Montmorency y debo seguir siéndolo para proteger mi secreto contra el odio de Catalina de Médicis.
–¿Tu secreto?
–Yo soy la responsable de la muerte del delfín.
Constant abrió los ojos de par en par mientras ella se lo contaba todo. Cuando calló, a él le carcomía la indignación.
–Te ha manipulado. Tienes que contarle la verdad al rey. Él sabrá comprenderte y perdonarte.
–Algún día, tal vez. Es demasiado pronto. Hoy por hoy no puedo correr el riesgo de que me ejecuten por ese crimen, Constant. Isabeau ha muerto y mi padre necesita dinero y ayuda para salvar a Ma. Sólo quedo yo para conjurar la maldición.
–¿Qué será de nosotros?
–Soléne debe decidir, puesto que la vuestra es una unión de conveniencia. Tú también debes aceptar compartirme el tiempo que sea necesario.
Constant se entristeció. Marie vio cómo sus puños se contraían tensados por la lucha interior.
–¿Esta noche –preguntó– era como...?
–No –interrumpió ella–. Tú me has hecho mujer, de verdad, volviéndome completa. Nadie, nunca, podrá colmarme con esa dicha.
Él la abrazó y la tumbó sobre la cama. Marie se abandonó a la ternura de la boca que exploraba la suya, despertando cada parcela de deseo intemporal.
–Seré paciente –murmuró Constant incorporándose–. Vamos a despertar a Soléne.
Pero Marie le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí.
–Tenemos todo el tiempo del mundo –gimió–. Es domingo y tu día libre.
Constant no dudó un instante. Habían sufrido demasiado por no poder amarse.


A pesar de su dolor por la pérdida de Jean, Soléne se mostró feliz con su reconciliación. Los quería sinceramente como hermano y hermana, y se congratuló de su reencuentro. Bertille se alegró tanto del final de sus hostilidades que apenas se sintió decepcionada al enterarse de la verdad sobre Bertrand.
–Sigue siendo mi nieto y no admitiré que nadie cambie eso –añadió besando golosamente al mozalbete.
A lo que el granuja respondió acribillándola a patadas.


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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:49 pm

Capítulo 19


Corría el mes de junio cuando una feliz noticia encendió el corazón de Francia. Apremiados por la insistencia del papa Pablo III, los reyes Francisco I y Carlos V, que se habían encontrado en Niza, aceptaban concluir una tregua de diez años al término de un laborioso compromiso. Francisco quedaba en posesión de Brescia, del Bugey y de dos tercios del Piamonte; Carlos V recuperaba la totalidad del Milanesado con el añadido del resto del Piamonte.
Francia iba a poder respirar y reconstruirse. Al día siguiente de ese anuncio, Marie y Soléne abrieron su tienda de lencería.
Marie había vuelto a la corte de Catalina para informarle de ello y esperaba verla ablandarse. Ésta la miró de arriba abajo con desprecio y le espetó:
–No se puede ser al mismo tiempo noble y simple plebeyo. Habéis escogido vuestro campo. ¡La regresión no es el mío!
Afortunadamente, Marie conservaba su influencia entre las damas de compañía, a las que contó que su esposo había muerto en combate y que, viuda, había sentido ganas de recuperar el taller de su «pretendida» tía. Algunas encontraron su valor digno de elogio y legítimo su deseo de ser útil.
Cuando los hombres estaban en guerra, muchas de ellas se aburrían. Prometieron visitarla, sobre todo teniendo en cuenta que seguía siendo la amante oficial de Montmorency.
Este la había animado en su empresa, sin duda alentado por el rey. Se enorgullecía, decía, de saber que, como La Palice antes que él, tenía por amante a una mujer de ambición y determinación tan grandes. Por otro lado, un billete de Francisco I le aseguraba que tenía en su persona un fiel cliente.
En agosto de 1538, se contaba en todas partes que Francisco I y Carlos V se habían cubierto de regalos y exhibían una hermosa amistad. Marie recibió un correo de Montmorency en el que le revelaba que aquel entendimiento sonaba más falso que un laúd desafinado y que había que seguir desconfiando de Carlos V. Anne se decía deseoso de volver a verla e insistía en que siguiese los desplazamientos del rey durante el invierno.
Marie le contestó que se reuniría encantada con él en cuanto pudiese confiar la carga a su empleada. En realidad no pensaba hacerlo, ya que cada noche Constant se afanaba en recuperar en su cama los años perdidos.
–Dame un hijo –decía con frecuencia.
–No, Constant. He dicho que soy viuda; si estuviese esperando un hijo, las malas lenguas pronto habrían ensuciado una reputación que he conseguido preservar. Otros lo atribuirían al condestable de Francia. No puedo correr ese riesgo. Sé paciente. Me lo has prometido.
Él se sometía, pero sin renunciar a su idea. Y de hecho, si ella no hubiese utilizado su conocimiento de las plantas para mantenerse estéril, no hay duda de que no habría tardado en dejarla embarazada.


Su felicidad alcanzó el apogeo una mañana de principios de septiembre, cuando Marie vio surgir tres pelambreras ensortijadas, riendo y empujándose ante su puerta. Albérie le había dado la sorpresa de visitarla con los trillizos. ¡Cómo los había echado en falta! Ellos también añoraban a Bertille y aquel reencuentro fue una hermosa fiesta en una casa rebosante de cariño.
Cuando estuvieron acostados y dormidos, Albérie mostró una carta a Marie. Estaba abierta e iba dirigida a Huc:

Amigo:
Quería informaros de que sigo con vida, aunque en adelante inepto para hacer feliz a una mujer. La guerra se me ha llevado una pierna y aquella virilidad que yo tenía en exceso. ¡Tal vez había llegado la hora de recibir el castigo de Dios! Lo acepto.
No sé cómo confesar esta tara a Marie. Por el momento estoy en el monasterio en donde mis cuidados han sido largos, sin encontrar el coraje de conformarme con este estado, indigno de un hombre. Pienso quedarme aquí. Vos sabréis, sin duda, decir estas cosas mejor que yo. Transmitid a Constant mi amistad, que no era fingida. La guerra lo ha vengado. Ojalá en adelante pueda vivir en paz.
Jean Latour

Una intensa emoción embargó el corazón de Marie cuando alzó los ojos de aquella carta que Albérie le había invitado a leer.
Soléne estaba meciendo a Bertrand, confortablemente instalado contra su pecho. Ala criatura, a quien la presencia de los trillizos había excitado, le costaba más dormirse que a ellos, agotados por todas las novedades que su largo viaje les había descubierto.
–Está vivo, Soléne, Jean está vivo –anunció Marie cuando la joven alzaba la cabeza, con un brillo de esperanza en la mirada–. Ya no es exactamente el de antes –continuó turbada.
Mejor que una explicación, le llevó la misiva y la besó en la capota.
–Ten valor.


Al día siguiente, le expresaban juntas su afecto y su deseo de que volviese junto a los únicos hijos que jamás tendría. Constant, a su vez, añadió unas palabras que empezaban por «hermano mío» y acababan con una esperanza de perdón.
Formaban una familia. Herida, aumentada, de luto, pero una familia de pleno derecho. Nada podría ya separarlos.
En octubre de 1539, una misiva de Montmorency hizo que Marie volviese a la corte. Deseaba hablar con ella y aprovechar que pasaba por París para colmarla de afecto. Constant osciló entre el orgullo y la complacencia, luchando por atenerse a su promesa. Marie no se demoró mucho allí. Triboulet, que por su avanzada edad había sido reemplazado en los desplazamientos del rey, permanecía en el séquito de Catalina, tal y como Constant le había pedido.
Así, Marie sabía que la duchessina recurría con asiduidad a numerosos magos, cartománticos y astrólogos, entre los que se encontraba Michel de Nostre–Dame, para que la aconsejaran. Nostradamus tardaba en presentarse, retenido por numerosos trabajos en los alrededores de Burdeos, alegando múltiples excusas para rechazar a aquella mujer de la que desconfiaba. Hablaba con frecuencia de Marie, insinuaba que tenía poderes sobrenaturales, que cuando se sabía amansar los leones se podía doblegar a los hombres y que su alejamiento bien podía esconder alguna negrura de alma.
Marie, en consecuencia, estimó que había que hacerle una visita. La hermana del rey, fiel a su promesa, le hacía buenos encargos y Francisco I no le iba a la zaga. Entraba dinero. El suficiente para que pudiese enviar a Philippus y reembolsar sus deudas. El suficiente para continuar las investigaciones.
Renovó su vestuario usando las más hermosas sedas que había traído de Italia y se paseó del brazo del condestable con rostro enamorado y dichoso por aquel reencuentro. A su sombra, se sabía protegida. No se necesitaron ocho días para que el rumor cesase. Se dejaba amar y se plegaba a sus caprichos como antaño, pero tan sólo encontraba en ello un placer mecánico, sin alma. Aunque también sin remordimientos. Tres semanas más tarde, se encontraban con el rey en Provenza, donde Montmorency debía rendirle cuentas de la investigación que había llevado a cabo sobre la muerte de la condesa de Cháteaubriant.
Nada más llegar, Francisco la besó en ambas mejillas.
–¡Ya estáis aquí, lencera de mi corazón! –canturreó entre risas–. Montmorency, os la secuestro.
–Señor, si me la devolvéis... –aceptó el condestable desapareciendo tras una reverencia, mientras el rey se llevaba a Marie a su lado.
–Por la mañana, cazo, por la tarde, cazo –comenzó Francisco.
–¿Y por la noche, señor? –se burló Marie.
–¿Por la noche, bella Marie? Persigo y alanceo mi caza favorita –bromeó.
–¿Cuál es ésa, Majestad? –inquirió ella siguiéndole el juego.
–¡La tórtola! Sólo ella sabe arrullar y arrullar con todo el encanto del mundo, sin cesar.
Rieron a dúo. Cuando Francisco daba palmadas para que trajesen de comer, se aproximó un hombre haciendo rechinar sus botas sobre la tarima de madera.
–Majestad, me señalan que hay un lugar encantador y rico en caza, a veinte leguas de distancia.
–¿Hemos agotado la caza aquí?
–Eso temo.
–Señor, los embajadores del emperador deben reunirse con nosotros aquí. Les irritan vuestros repetidos desplazamientos –se quejó Montmorency.
–¡Que se irriten! –se mofó Francisco–. ¡Nos vamos, amigos! Anne, mi dulce Anne, ved a quién nos trae nuestro condestable.
Anne de Pisseleu, que salía de las letrinas, dedicó a Marie una sonrisa mundana. Era evidente que no le gustaba que el rey la paseara del brazo. Marie se liberó con habilidad de aquel lazo y se acercó a ella para saludarla.
–Querida Marie –exclamó la víbora–. ¡Qué placer! Corrían rumores de que os habíais hecho lencera en París. ¡Qué villanía!
Marie no se ofuscó por la puya. Eran amigas tan sólo de nombre. La duquesa de Étampes apreciaba poco a cualquier mujer a la que el rey estimase. Marie le dedicó una sonrisa.
–Mi viudedad me deja poca fortuna, señora. Necesito dinero para educar a mis hijos.
–Volveos a casar –replicó Anne como si ésa fuera la única solución que conviniese a la nobleza–. Montmorency, querido, ¿no podríais considerarlo vos? –continuó con perfidia.
Montmorency, atrapado, se refugió en un torpe:
–¡Señor, esa viudedad es tan reciente! –que hizo reír al rey y a Marie.
Sin embargo, ella acudió en su socorro.
–La guerra me ha arrebatado a mi esposo, señora, ¿creéis que yo podría casarme con el ejército? Tengo que sobreponerme y para hacerlo dejar que el tiempo nos reconcilie. ¿No sois de mi opinión, querido? –añadió dirigiéndose al condestable.
–Naturalmente, naturalmente –aprobó éste aliviado–. Señor, debo hablaros en privado –dijo para escapar de aquella embarazosa situación.
Ambos se alejaron y Anne de Pisseleu se arrellanó en un sillón.
–Sentaos pues, Marie, y decidme vuestro secreto –dijo mientras la gente se dispersaba en su derredor.
–¿Qué secreto? –preguntó Marie en guardia.
–Huís del poder tanto como yo lo busco y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que se os ama más de lo que se me puede amar a mí. Os detesto por eso –confesó.
–No soy vuestra rival, Anne. Y no tengo nada que esconder.
–¡Tanto mejor! No me gustaría que acabaseis como aquella querida señora de Chateaubriand
Su sonrisa enigmática asombró a Marie. ¿No le había asegurado Montmorency que su investigación no había dado resultado alguno, que la antigua amante del rey había muerto de muerte natural? Pero no dejó traslucir su sorpresa y no respondió a la amenaza. Ni tan siquiera estaba segura de que lo fuese. ¿Y sí lo era? ¿Por qué Montmorency había desmentido el rumor? Se prometió estar alerta. A pesar de lo enamorado que se mostraba, era perfectamente posible que decidiese reemplazarla.


Se fueron tres días más tarde. Montmorency prefería la corte de Diana y Enrique a la del rey. Antes de despedirse de él, Marie recibió un sustancioso anticipo por un encargo de tejidos y ropa interior. Marie se dijo que habría que relanzar la confección como en tiempos de Isabeau, y eso la complació. En otra época, en aquel lugar, trabajaban muchas manos. Verlo revivir como en sus días fastuosos era un buen medio de rendir homenaje a la tenacidad de su abuela.
Diana de Poitiers la besó con redoblado placer, encantada de ver a Catalina molesta. La pareja ilegítima era ya inseparable y no había lugar donde, tras su paso, no se encontrasen sus iniciales entrelazadas por algún escultor o algún pintor. Enrique se divertía con ello, cada día más enamorado, aunque continuase cumpliendo con sus deberes de esposo y desplegase una gran atención para con Catalina.
Las malas lenguas decían que era por miedo a verla asesinar a su rival y era difícil que Marie no lo creyese. Volvió a su casa en cuanto pudo. Montmorency no le habló de matrimonio y ella se abstuvo de recordárselo en la cama.
Había decidido que los trillizos se quedaran con ella en París, donde el invierno era más benigno. Habían crecido lo suficiente para permanecer tranquilos, bajo la protección de Bertille, mientras ella se ocupaba de los encargos durante el día. Constant no le preguntó nada sobre lo que había ocurrido en la corte durante aquellos dos meses, pero la poseyó con un vigor orgulloso, ganando confianza con los gemidos de ella para olvidar que el otro había podido arrancárselos.
–Me gustas cuando estás celoso –murmuró Marie en su oído cuando, vencido por un intenso placer, empezaba a adormecerse.
Él no reaccionó, pero la abrazó con mayor fuerza contra sí.
El invierno de 1539 pasó, clemente como aquella tregua en el corazón de las ambiciones europeas. Francisco I continuaba sus desplazamientos, aprovechando el buen momento y la paz para proclamar edictos.
Marie recibió en varias ocasiones a Montmorency en su casa. En una ocasión se cruzaron con Constant. Este bajó la cabeza sin saludarle y se alejó dando patadas a todas las piedras que halló a su paso. Marie explicó al condestable que era el esposo de su empleada y que acababa de reprocharle que viniese con demasiada frecuencia a distraerla. Anne de Montmorency pareció creerla. Por otra parte, le traía sin cuidado. Sólo había venido a amarla. Se inquietó por la posibilidad de que los niños les sorprendiesen pero se conformó con saber que Marie los había enviado a casa de su nodriza hasta que anocheciera y ni siquiera le extrañó poseerla en una habitación impersonal que su perfume no había impregnado. Le confirmó una vez más su cariño y le regaló un dije de diamantes en el que una rosa se entrelazaba con una M.
Marie le dio las gracias y lo acompañó a la puerta con mayor placer que el que había sentido al entregarse. Cuando, al día siguiente, volvió a ver a Constant, éste sonreía. Marie prefirió no preguntarle nada para no reavivar sus celos. Pero estaba cada vez más cansada de simular ser una amante complaciente y sumisa. Por muy buen amante que el condestable hubiese podido ser, ninguna de sus caricias la colmaba tanto como un solo beso de Constant.
Jean no contestó a su carta hasta julio de 1539. Anunciaba su regreso. Marie prefirió enviar a los niños a Vollore antes de que llegase. Inconscientes del daño que causarían con sus preguntas, podrían hacerle aquel reencuentro insoportable. Era mejor que las cosas se arreglasen primero entre adultos. Luego ya se vería.
Los niños protestaron menos de lo que Marie había creído. En realidad, en París tenían mucha menos libertad que en Auvergne. El incesante ir y venir de carretas confinaba los juegos en la casa o en el patio, y les faltaba espacio. Marie era consciente de ello. Además, Albérie añoraba a su esposo, a quien no había visto en un año. Ninguno estaba en su lugar. Había que haber crecido como ella, en el corazón de París, para que le gustase.
Así pues, partieron a principios del mes de agosto de 1539. Ocho días más tarde, llegaba Jean Latour.


Marie apenas lo reconoció de tanto como había adelgazado y envejecido de pronto. Una pata de palo sostenida por lazos de cuero prolongaba el muñón que quedaba de su pierna. A pesar de eso, necesitaba apoyarse en un bastón para avanzar. Marie se secaba las manos en el delantal, delante de la ventana, cuando lo vio bajar de la litera. Se alegró de tener tiempo para componer un semblante sereno, cuando súbitamente todo en ella era tristeza. Jean no aceptaría su compasión. Ninguno de los tullidos que había conocido en su infancia lo hubiera soportado.
Abrió la puerta de par en par, dispuso una sonrisa sobre su pena y lo saludó abiertamente:
–¡Jean!
Él se volvió hacia ella tras haber pagado al cochero y la dejó avanzar hacia él en la callejuela atestada. Ella lo abrazó sin titubear.
–¡Qué alegría verte, Jean! ¡Entra enseguida! París está cada vez más sucio.
Como para darle la razón, pasó rozándoles un caballo que se cruzó con una carretilla cargada hasta los topes de sandías, empujada por un hombre que vomitaba injurias.
Un momento después, se encontraban en la casa. Marie había evitado ayudarle a subir la escalera de tres peldaños que realzaba la entrada.
–¡Dame tu capa! –exigió.
Como ella no manifestaba la menor intención de ayudarle a quitársela, Jean se distendió por fin y Marie volvió a ver, con satisfacción, la blancura de su sonrisa. La anfitriona colgó su capa de cuero en una percha y le rodeó el cuello enjuto con las dos manos.
–Creí que no volvería a verte –dijo besándole en la barbuda mejilla–. Bienvenido a tu casa, Jean.
Él, con un gesto espacioso, le rodeó la cintura y la apretó contra sí. Marie se dejó hacer, pero él la apartó casi al instante.
–Perdóname –dijo.
Ella no respondió. Acababa de caer en la cuenta, viendo su mirada, que con aquel gesto sólo buscaba una reacción de su virilidad perdida. En su tristeza, era visible que no la había hallado.
–Cuéntame –dijo Jean para romper un silencio incómodo–. Quiero saber todo lo que ha ocurrido mientras yo me moría.
Marie lo llevó a un sillón y estuvieron hablando hasta tarde. Animado por sus confidencias, Jean le confió que algo se había descompuesto en él desde la amputación. Los médicos decían que la amputación de la pierna no era la responsable de su impotencia, que la causa estaba en otra parte, pero él no se lo creía demasiado. Seguía sintiendo deseo, pero su cuerpo se negaba a satisfacerlo. Marie le prometió escribir a Philippus para pedirle consejo.
En el momento en que tomaban esa resolución, llegó Soléne, que acababa de cerrar la tienda.
–¡Jean! –exclamó atónita, dejando caer el manojo de llaves.
Jean le sonrió y le abrió los brazos. Ella se lanzó a ellos llena de ternura, pero él volvió la cabeza cuando quiso besarlo. Soléne contuvo las lágrimas y bajó la vista.
–Debí sospechar que tu corazón seguiría inclinándose por ella –dijo, para lamentar inmediatamente haberlo hecho.
La sonrisa de Marie se heló. La de Jean se volvió triste; no obstante, le cogió la barbilla y forzó a aquellos ojos verdes a sostener su mirada.
–No es eso, Soléne. Tú estás casada y yo lo respeto.
–Tú nunca has respetado el matrimonio, Jean Latour. Y éste no está consumado, así que es muy fácil de anular.
Jean volvió el rostro hacia Constant, que había entrado y se le acercaba sin animosidad. Jean quiso levantarse, pero el bastón resbaló. Entonces, Constant le tendió una mano amistosa. Sus antebrazos se enlazaron, Jean se agarró con fuerza y, en un instante, tirado hacia delante por Constant, se encontró de pie entre sus brazos. Se abrazaron como dos hermanos.
–He sido un estúpido, no me bastará con una vida para expiar el daño que te he causado.
–Entonces estamos en paz, Constant –respondió Jean.
Soléne los miraba temblando. Marie percibía su lucha, pero no podía hacer nada. Había esperado aquel regreso sin sospechar un solo instante que se inclinaría por ella. Ahora, ya no estaba segura de nada.
Jean se apartó de Constant y, finalmente, la miró de frente.
–Tienes razón, Soléne –murmuró con dulzura–. Los lazos que me unen a Marie son fuertes. Siempre lo fueron, pero, durante este último año, no he dejado de pensar en esta oportunidad que el cielo me deparaba. Es tu amor el que me ha traído, Soléne, aunque he venido a liberarte. No tengo nada que ofrecerte. Nada de lo que una mujer hermosa y deseable puede esperar de un esposo. Ni siquiera puedo subvenir a las necesidades de una familia, a pesar de la renta que me pasa el rey en razón de mis buenos servicios y de mi calidad de oficial. Ya no soy más que la mitad de un hombre, y esa mitad es indigna de una mujer como tú.
Soléne avanzó con paso furioso y lo enfrentó. La bofetada que le propinó resonó como un gong dejándolos estupefactos a los tres.
–Es la peor excusa que jamás se haya encontrado, Jean Latour –dijo levantando orgullosa la barbilla–. ¡Encuentra otra si quieres que renuncie!
Y dejándolos allí plantados, salió de la sala. Jean se quedó boquiabierto, mientras el buen humor de Marie volvía a recorrer sus venas. Soléne tenía temperamento, pero era la primera vez que la veía hacer uso de él de tan linda manera.
–Marie, explícaselo –rogó Jean volviéndose hacia ella, tras comprender por fin lo que acababa de ocurrir.
–¡Oh, no, Jean! Vas a tener que aceptar las cosas como son. Te quiere como eres y le tiene sin cuidado tu apariencia.
–Hermano –comenzó Constant poniéndole afectuosamente una mano en el hombro–. ¿Te han cortado lo que tú sabes?
–Ciertamente no, pero...
–Entonces, concédete una segunda oportunidad. Si te gustas en sus ojos, todo acabará por arreglarse. Créeme –añadió dirigiendo a Mane una mirada concupiscente.
Jean suspiró, dudó y luego preguntó:
–¿Tú opinas igual, Marie?
–No habría sabido expresarlo mejor.
–De acuerdo –se resignó Jean–. ¿Dónde la puedo encontrar?
–Con tu hijo, amigo mío. Ven, yo te acompaño.
Jean aceptó la mano que Constant le tendía y Marie los miró alejarse cogidos del brazo, como si el tiempo no hubiese destruido nada.


Los cuatro decidieron que Jean se instalaría en casa de Albérie y compartiría la cama con Soléne, pudiese o no satisfacerla.
–¡Además –le dijo ella–, estoy segura de que encontrarás otros recursos en el arte de amar!
Cosa que Jean se apresuró a demostrarle.
A finales de octubre, Marie recibió un correo del rey, que se encontraba en Compiégne, restableciéndose con grandes trabajos de un «constipado» que le había descendido a los «genitorios» y le causaba grandes dolores. Carlos V había aceptado su invitación. Atravesaría Francia de punta a punta para ir a sus estados de Flandes, que se encontraban en plena rebelión. Según sus nuevos acuerdos, Francisco I había recomendado a su cuñado que evitase aventurarse en el mar a las puertas del invierno. Y éste había estado de acuerdo. Lo que le asombraba y llenaba de contento a un tiempo. Quería impresionarlo y recibirlo dignamente. Para la circunstancia, encargaba a Marie diez varas de tela de oro plisado para hacer un vestido y una saya a madame de Canaples y doscientas veintiuna varas de terciopelo violeta carmesí para las damas de honor que quería ver vestidas con los mismos vestidos. Se añadían otras sedas y terciopelos negros forrados con piel de armiño para las damas de honor de Catalina y de Leonor, y serían necesarias otras tantas gorgueras.
La fortuna de Marie estaba hecha. Dio las gracias al rey por correo, deseándole un pronto restablecimiento y se propuso satisfacer sus exigencias con todo el talento que de ella se esperaba.
Recibía los favores de Montmorency de forma cada vez más esporádica, prueba indiscutible de que se estaba cansando de ella. Eso no extrañó a Marie. El condestable nunca se había casado para poder satisfacer su insaciable apetito de novedad y, a decir de Triboulet, que seguía espiando, hermosas jovencitas poco esquivas habían hecho su aparición en la corte.
Marie se había conformado con aquella inevitable ruptura. El encargo del rey le demostraba su afecto, era feliz junto a Constant y pensaba en visitar a su padre la primavera siguiente con una bolsa rebosante, para convencerle de que volviese a Vollore con ella y con Ma, a quien añoraba cada vez más.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:50 pm

Capítulo 20


–Catalina de Médicis intriga para perderte definitivamente –le anunció Triboulet sin más preámbulos, a las puertas de diciembre.
Estaba tan arrugado que Marie tuvo la impresión de besar una manzana seca, pero eso no había debilitado su inteligencia.
–Ya no es el momento –se burló Marie–. ¿Qué puede ahora contra mí?
–Todo, Marie, todo. Quiere derribar a Montmorency y que te arrastre en su caída.
–No tardará en romper conmigo, y ella habrá perdido el tiempo.
–Montmorency no romperá. Catalina lo tiene cogido.
Esa afirmación inquietó a Marie. Si Triboulet se había arriesgado a venir a verla, era evidentemente porque se trataba de algo más serio de lo que ella imaginaba.
–Te escucho.
–Montmorency insistirá en que vuelvas a Fontainebleau cuando Carlos V se aloje allí. Tiene encomendado convencer al rey de que tu presencia es indispensable y te haría una buena publicidad, puesto que toda la corte luciría tus telas y tu ropa interior. Allí se las arreglará para hacerte coger en flagrante delito de adulterio con Carlos V
–¿Cómo podría ser eso? ¡El personaje me repele!
–Un brebaje soporífero bastará. Te despertarás al lado del huésped del rey, quien insinuará pérfidamente que te ha amado de acuerdo con vuestro perfecto entendimiento.
–¿Por qué lo iba a hacer?
–Porque Montmorency le ha prometido que Francisco I no reivindicaría nunca más Italia si le ayudaba a desenmascarar al autor del complot contra el delfín.
Marie sintió que el corazón se le aceleraba.
–Ha hecho la promesa opuesta al rey, para que acoja a Carlos V con la mayor magnanimidad –prosiguió Triboulet–. Le ha asegurado que, a cambio de su generosidad, se le devolverá Milán. Ésa es la razón por la que el rey ha abierto el tesoro real y ha insistido en que las casas se decoren con profusión así como en que la gente luzca las galas más hermosas. Montmorency se esforzará en inocular la duda en el espíritu del rey, asegurándole que sólo se acercó a ti para desenmascararte y que ahora la prueba de tu complicidad con Carlos V es innegable, que tu perversidad y tu codicia han permanecido ocultas tras tu fingido desdén del poder, para alcanzar tus fines. El nombre de tu negocio legitimado por su encargo hace ahora de ti una viuda muy rica.
Marie estaba anonadada. Sabía bien que Catalina llevaría a cabo su amenaza, pero no sospechaba que tuviese los medios para hacerlo.
–¿Y dices que también quiere perder a Montmorency? ¿Por qué? ¿Cómo, Triboulet?
–Para castigarle por haber permitido que Diana y Enrique se acercaran. Si matase a su rival, sabe de sobra que su esposo no se lo perdonaría. Ha descubierto que Montmorency ha traicionado al rey por una sustanciosa herencia: la del conde de Cháteaubriant. Este ha legado todos sus bienes al condestable en lugar de a sus sobrinos, y eso a cambio de su silencio sobre la muerte de su esposa. La transacción se llevó a cabo ante un discreto notario, pero Catalina ha acabado por enterarse. Amenaza con revelar la verdad al rey si Montmorency no sirve a sus planes. Cuando los haya cumplido, lo perderá afirmando al rey que era tu cómplice y que te cubría de joyas para que callases. Catalina fingirá haber apartado de la corona a dos traidores tan codiciosos como despiadados, de manera que desaparecerá el riesgo de que el rey la repudie por estéril.
–Carroña –rugió Marie golpeando la mesa con el puño–. Pretextaré cualquier enfermedad y no iré a palacio.
–Sin embargo, no podrás evitarlo. Tu única posibilidad de salvarte es confesar al rey cuanto sabes. Y hacer caer a Montmorency.
–Catalina sabrá que me han puesto sobre aviso y correrás peligro.
–Ya lo sabe, mi pequeña Marie. Sé que hace que me vigilen.
Saltó al suelo desde el sillón y le cogió las manos.
–Dudo que pueda seguir sirviéndote. No volveremos a vernos.
Marie se arrodilló. El enano le sonreía.
–Te has sacrificado para salvarme. ¿Por qué?
–Porque tú eres la elegida. Croquemitaine lo sabía. Yo también lo sé, como lo sabe la gente humilde.
–¿La elegida? No entiendo.
–Nosotros los enanos sabemos más cosas que vosotros los gigantes. Nosotros estamos a ras de suelo y venimos de una raza olvidada de los dioses. Para compensar nuestra fealdad, nos regalan dones: los de prever y saber. Pero eso no bastaba. Entonces nos alimentaron con la leche de las lobas para que pudiésemos vivir escondidos, en clan, y proteger a nuestros semejantes. Tras nuestra aparente locura, se esconde una gran sabiduría, Marie. Constant nació para transmitirla y tú para que la sangre de las lobas pueda lavarse. Voy a morir, pero eso no tiene importancia. Estoy viejo y cansado. Te he servido bien. A tu vez, sirve la causa de los hijos que puedas dar. Si el círculo se cierra, entonces moriré en paz.
Rodeó con sus bracitos el cuello de Marie, que se había puesto en cuclillas, y permanecieron mucho rato abrazados. Luego Triboulet la besó y la dejó con su preocupación.


Algunos días más tarde, Marie recibía un pliego de Catalina: «La corte ha perdido un bufón. Apenas un niño. Hago votos por que Dios proteja a los vuestros».
Marie envió inmediatamente un correo a Albérie para decirle que redoblase la vigilancia en torno a los trillizos. Si Catalina pensaba que su plan podía no funcionar, era muy probable que deseara vengarse a través de ellos. Sólo después lloraron a Triboulet.
Cuando Montmorency, de visita en su casa, le confió que le gustaría llevarla de su brazo en las fiestas en honor de Carlos V, ella le obsequió con la más jovial de las sonrisas.
–Nada podría agradarme más, Anne. Decid al rey que me haría feliz agradecerle en persona el honor que me hace.
Montmorency le presentó un cofrecillo que abrió ante ella. Contenía un collar de diamantes.
–Llevad este aderezo, Marie, en señal de mi sincero afecto.
Lo abrochó en torno a su cuello y Marie tuvo la impresión de que una mano invisible lo apretaba. Tragó saliva y se lo quitó de inmediato sin abandonar su calma.
–Me lo pondré, amor mío, con un vestido digno de su belleza. Este no merece en nada su brillo.
–Como gustéis –respondió él devolviéndolo a su estuche, que dejó junto a la cabecera–. Enviaré a buscaros muy pronto –añadió antes de despedirse.
Marie no pudo conciliar el sueño en toda la noche y, en cuanto Soléne llegó para abrir la tienda, le contó el curioso efecto que le había producido el collar.
–Enséñamelo –pidió Soléne.
Marie la condujo hasta la habitación en la que consumaba su relación con Montmorency. Las sábanas aún estaban en desorden y se sintió incómoda. En aquel lugar nunca entraba Constant. Soléne cogió sin titubeos el cofrecillo de caoba labrada.
–Magia negra –dijo pasando un dedo experto sobre los diamantes.
–Lo sospechaba. ¿Qué puedo hacer? He prometido a Montmorency llevarlo.
–Confíamelo –dijo Soléne con una sonrisa–. Las gitanas guardan muchos secretos, incluido el de devolver el mal al lugar de donde viene. En dos o tres días, Catalina de Médicis estará en cama y llena de abscesos purulentos.
–¿Qué pasaría si yo llevase ese collar tal cual?
–Morirías. Con tanta rapidez como si te colgasen.
–Mi muerte no estaba prevista en su primera intriga –dijo Marie preocupada.
–Probablemente ha cambiado los planes por temor a que Triboulet haya revelado todos sus proyectos. Tal vez ignore qué sabía. Tal vez no. Sé prudente, Marie. Si esa mujer emplea la brujería para destruirte, en palacio no podré hacer nada por ti. Sea como fuere, hay que hacerle creer que posees el poder de la magia a la que ella recurre y que no tiene efecto alguno sobre ti. Tal vez eso la disuada de repetir el intento.
–¿Pero tú no corres peligro? –preguntó Marie inquieta.
–Limítate a estar atenta a los rumores –dijo Soléne echándose a reír–. Ya veremos quién gana. Echo en falta a Triboulet y nada me causaría mayor placer que vengar su muerte.
Transcurrieron así varios días. Luego, el sábado siguiente, ocurrió lo que Soléne había predicho. Sonaron las campanas para anunciar que la duchessina estaba gravemente enferma, víctima de unas fiebres malignas que estallaban en pequeñas bolas purulentas a flor de piel. Durante una semana se mantuvo el castillo aislado y sus allegados bajo vigilancia médica por miedo a una epidemia.
Soléne aseguró a Marie que se restablecería enseguida.
–Su magia es mucho menor que la mía –añadió–, pero eso ella no lo sabe.
Parecía encantada por la jugarreta que le había hecho a aquella envenenadora. Marie lo estaba mucho menos. Catalina no se engañaría cuando le viese llevar el aderezo. Y la conocía lo bastante como para poder imaginar las represalias.
El 27 de noviembre de aquel año de 1539, Carlos V hacía su entrada en tierras de Francia, por San Juan de Luz. Aquel mismo día, Soléne ponía en el cuello de Marie el collar libre de su maleficio. Esta se sintió aliviada al no sentir más que el frescor benéfico y espléndido de los diamantes. Catalina volvía a estar de pie «con gran misterio», decían los médicos, y el castillo de Fontainebleau limpio del suelo al techo, para recibir la visita del emperador.
Montmorency se había reunido con el rey y la reina Leonor en Loches. Allí esperaron a Carlos V para acompañarlo en su viaje. Francisco estaba encantado de poder deslumbrar a su cuñado con las mansiones de Francia. Así pues, Marie sabía que no podría hablar con él antes de que la trampa se cerrara sobre ella.
Los suyos debatieron extensamente sobre la conducta que se debía adoptar. Constant pensaba que debía volver a Vollore y esconderse allí, Bertille también insistía en que volviese, a condición de que su hijo les acompañase. Soléne y Jean pensaban que, al contrario, había que enfrentarse a la situación. Si Marie dejaba traslucir su miedo, sólo conseguiría ser más vulnerable.
Algunas bocas le insinuaron el nombre de la hermana del rey y Marie entrevió en él una solución. Margarita de Angulema no había disimulado su afecto por ella ni su aversión por Catalina. No había duda de que sabría aconsejarla. A pesar de las primeras heladas, se puso en camino para ir a verla a Poitiers, donde se encontraba.


Margarita la abrazó con sincero contento y le concedió inmediatamente la entrevista que solicitaba. Esta vez, Marie expuso todos sus argumentos con sinceridad: la predicción de Nostradamus, la insistencia de Catalina para obtener aquel veneno y engañarla, su odio desde que ella se había negado a asumir otros proyectos macabros, la codicia de Montmorency. Durante su confesión, Margarita mantuvo el ceño fruncido, preocupada. Pero era demasiado tarde para echarse atrás. En conclusión, Marie le confesó su miedo a ser condenada por algo más que por sus remordimientos y le dio el último pliego de Catalina en el que le informaba de la defunción de Triboulet. Luego calló, se hundió más en el sillón, bebió de un trago el licor de almendra que le habían servido y esperó. Margarita permaneció un buen rato en silencio, apretando la carta entre sus manos. Luego alzó la cabeza. Una arruga de disgusto plegaba su amplia y alta frente, sobre la que se perdían algunos mechones rizados y sedosos.
–Todo esto me entristece horriblemente, Marie –dijo–. La culpabilidad de Catalina en la muerte del delfín nunca ha ofrecido la menor duda al rey, así como vuestra involuntaria colaboración. Hubo un tiempo en que Isabelle de Saint-Chamond me proporcionó el mismo veneno. Fue en tiempos de la cautividad del rey en Madrid. Poco importan las circunstancias, hay que pensar que no estoy hecha para el crimen. Sea como fuere, mi hermano conocía el origen del veneno que mató a su hijo.
–¿Por qué no dijo nada? ¿No hizo nada contra mí? –preguntó Marie.
En aquel preciso momento recordó las palabras del rey al salir de la habitación después de haberle hecho el amor. ¿No había tenido entonces la impresión de que la desenmascaraba? Margarita respondió encogiéndose de hombros.
–¿Con qué objeto? Tenía al que lo había vertido. Además, tiene afecto a Catalina de Médicis por falsas razones, pero es sincero. Por lo que a vos respecta, nunca dudó de que habíais sido manipulada. Aunque hay otro argumento, más siniestro: el joven Francisco, al que el rey quería, podéis creerme, era un ser perverso y cruel. A pesar de su afecto, mi hermano temía que lo sucediera. Temía que un día una guerra fratricida lo enfrentara a Enrique y a su hermano menor. Su pena fue enorme y, a pesar de todo, creo que se sintió aliviado al saber que Francia recaería en el siguiente hermano. Tal vez lo añore ahora que Enrique se le enfrenta por múltiples y estúpidos motivos.
–Está mal aconsejado, Margarita. Montmorency, a quien yo tenía por íntegro y justo, sólo actúa pensando en su gloria y su provecho.
–En efecto, lo descubro ahora. Esa es justamente la causa de mi abatimiento. Mi hermano tiene plena confianza en él.
–¿Qué debo hacer? –preguntó Marie.
–Dejar que os atrapen en la trampa para desviar de vuestros hijos el odio de Catalina. Yo, por mi parte, voy a informar al rey de que se está tramando un complot contra vos y de que Montmorency le ha traicionado. ¿Tenéis aún algún interés en la corte?
–Ninguno, señora. Simplemente necesito dinero para preservar a los míos, pero gracias a vos la tienda tiene una buena clientela.
–Entonces, no os preocupéis por nada. Una desgracia pasajera no perturbará vuestro negocio, yo me ocuparé de ello. Vos lo sabéis mejor que nadie, con frecuencia la sombra es más propicia al afecto. Confiad en mí y en vuestro rey.
–Sólo él y vos habéis tenido siempre mi confianza.
Margarita se levantó y la abrazó con cariño.
–Id ahora.
Marie se disponía a partir cuando se le ocurrió una idea.
–Tengo otro secreto, Margarita. Ciertamente sin importancia,, pero que quisiera que compartieseis.
–Os escucho, Marie.
–Hace mucho tiempo, una noche, el rey amó a una gitana. De aquella unión nació una niña. Se llama Soléne y era la sobrina de Triboulet por adopción. Es mi amiga y mi socia.
Margarita lució, sin reserva, una sonrisa feliz.
–Una razón suplementaria para creer en vuestra fidelidad a nuestra familia, Marie. Decid a esa sobrina ilegítima que de ahora en adelante conozco su existencia y que estará bajo mi protección si llegase a necesitarla.
Marie le dedicó una radiante reverencia y se fue aliviada. Si le ocurriese alguna desgracia, Soléne y la tienda estarían a salvo.


Constant recibió la recomendación de Margarita con inquietud.
–¿Y si ella también te traicionara? Los nobles son trapaceros y carecen de escrúpulos.
Pero Marie no cedió. Creía en su intuición. Isabeau, Albérie y su madre habían huido ante la amenaza y la desgracia las había vuelto a atrapar. Ella era la elegida, según había dicho Triboulet. A pesar de que nunca había logrado captar el sentido de aquella afirmación, no permitiría que un nuevo monstruo aniquilase sus proyectos.
Una semana más tarde, un violento espasmo la sacó de la cama y la llevó a las letrinas. La escena se repitió todo el día y los días que siguieron. Fue Bertille la primera en comprender lo que sucedía, batiendo palmas con sus felices manecitas.
–Voy a volver a ser abuela –exclamó ante los ojos ojerosos de Marie.
Aún estaba vomitando, cuando Marie se puso a contar los días. Se le había atrasado la menstruación. Sin embargo, había cuidado de tomarse sus tisanas. ¿Cuándo las había olvidado? Un sudor frío la bañó por entero. La noche en que Montmorency le había puesto el collar. Esa noche y las siguientes. ¿Cuántas? ¿Dos, tres? Ya no se acordaba. Pero una cosa era cierta. Estaba embarazada. ¿Quién la había preñado, Constant o Montmorency? Esa idea la llenó de un terror indecible. Frente a ese dilema, ¿cómo reaccionaría Constant?


Constant acogió la noticia con alegría, haciéndola girar en sus brazos, jaleado por la voz aflautada de Bertille, quien se encogía día a día bajo el peso de los años. Soléne y Jean lo celebraron con el mismo entusiasmo y ella no tuvo valor para confesar lo que le atormentaba. Ya habría tiempo de hacerlo, si la criatura no se malograba.
Al día siguiente, una noticia la ratificó en su postura. Después de haberlos dejado, Soléne y Jean se habían abrazado. Como si aquel futuro nacimiento les hubiese lavado la conciencia, Jean había sentido que su vigor se despertaba tímidamente. Soléne lo animó y finalmente pudo recibir el homenaje de su amante recuperado.
Dos mañanas después, Marie volvía a su casa, con las manos cargadas de un pan deliciosamente tibio, cuando la voz de Jean a su espalda la detuvo ante la puerta del cementerio. Ahora avanzaba aprisa, apoyándose en su muleta tanto como en la pata de palo que sostenía el muñón de su pierna. En un impulso, se plantó a su lado, mientras ella contenía la risa que le provocaban sus muecas.
–¡No te burles! –protestó él al llegar a su altura–. ¡Ya me gustaría a mí verte bailar con un solo pie!
–Sería mucho más patosa que tú y acabaría en tus brazos –dijo divertida.
–Mis viejos demonios no lo soportarían –constató él con más seriedad de la que hubiese querido.
Jean alargó el paso y Marie le siguió.
–¿De qué hablas, Jean?
Esperó a llegar a la puerta de la tienda para contestarle, molesto por el bullicio de la calle que les obligaba a alzar la voz. No quería que le oyesen y, en realidad, no quería decírselo. Sin embargo, las palabras se le escaparon:
–Te echo de menos, Marie.
Abrió con gesto seguro y la invitó a entrar.
Marie depositó el pan sobre la mesa de la cocina, sacudió el polvo de su capa cubierta de harina y alzó la vista hacia Jean, que, desde el marco de la puerta que había cerrado tras su confesión, no lograba despegar los ojos de sus movimientos.
–Están Soléne... y Constant –le pareció a Marie juicioso precisar.
Jean estalló en una risa clara y avanzó hasta ella. Con un despacioso movimiento, la atrajo a sus brazos.
–No se trata de eso, Marie. Soléne me hace feliz y Constant es el que tú has escogido. Todo está claro, y en orden. Pero un vigor que creía perdido me recuerda ciertos perfumes, aquellos caprichos carnales a los que yo era más dado que otros.
–Jean Latour, sigues siendo insoportable –se defendió ella apartándolo educadamente.
Marie no sabía muy bien si bromeaba o no, y decidió tomárselo a broma. No obstante, su mirada ardiente hizo que se volviera.
–Sólo merezco la hoguera –concedió Jean–, pues te deseo sin poder evitarlo, créelo. Prueba de que un alma satánica se esconde en mí y de que no tengo redención posible.
–No me atormentes, Jean. Ya me cuesta bastante engañar a Constant.
–Él conoce las razones que te empujan al lecho de Montmorency. Yo lo traicionaría si me atreviese. Pero no me atreveré, Marie. Aunque la mujer en la que te has convertido me seduce más que la jovencita de antaño. Pero tal vez sea ese vientre el que me recuerda otro. Ese vientre portador de su vida, que aguza unos celos malsanos. Perdóname.
Marie levantó la nariz, con un mohín enfurruñado en los labios.
–¡Tú no tienes ningunas ganas de que te perdone!
–¡Es cierto! –admitió Jean–. Puedo volver a hacer el amor, Marie. Me siento vivo, como si saliera de un triste sueño. Y seguirte deseando es una bonita victoria ante el desgaste del tiempo. Deberías sentirte halagada.
–Eres insoportable –suspiró Marie.
–Te repites, hermosa Marie. Y ahora, dime qué es lo que te atormenta. Porque la fragancia de tu piel no es lo único que echo en falta, también añoro tus confidencias y tu confianza.
Marie lanzó un sonoro suspiro. Jean tenía razón. Sus preocupaciones le habían distanciado de su amistad. No había imaginado que eso pudiese hacerlo sufrir. Soléne estaba tan atenta a él,..
333

–Es a causa de mi tripa –se atrevió a decir–. La historia se repite, Jean.
–¿Montmorency?
–Tal vez. Estaba tan perturbada por ese complot y tan afectada por la muerte de Triboulet que se me olvidó tomar mis medicamentos. ¿Cómo puedo estar segura?
–¿Qué dice Constant?
–Tengo la impresión de que disimula. Parece feliz, pero me cuesta creer que no sospeche nada.
–Díselo.
–¡Si fuera tan fácil!
–¡Ah! ¡Marie, Marie! –gruñó Jean atrayéndola de nuevo a sus brazos.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. Jean se sació de su perfume de brezo y de pan caliente y luego susurró en su oído:
–Sólo la mentira y las dudas pueden destruir la confianza. Ábrele tu corazón, cuéntale tus temores. Compartidlos. Probablemente él tiene tantos como tú.
–Tienes razón.
Marie se sintió repentinamente más fuerte. Sin pensarlo, estampó un beso en la mejilla de Jean, quien apretó su abrazo.
–Cuando hayas dejado a Montmorency, prueba con un miserable con pata de palo –dijo Jean con la voz deformada por una deliciosa turbación.
Marie se zafó lanzando un: «No cuentes con eso, Jean Latour», que le dejó feliz de haber recuperado su complicidad.
Aquella misma noche, en la cama, Marie se acurrucó desnuda entre los brazos vigorosos de Constant. El la acarició largamente, maravillado, como en cada uno de sus abrazos, por aquel placer que nacía bajo sus dedos en un gemido que él prolongaba a su capricho. Marie se abandonó a su juego, sin por eso poder evitar pensar en la confesión de Jean. Cuando, con un mismo grito, sus respiraciones se calmaron, su decisión estaba tomada.
–Estoy avergonzada, Constant –musitó Marie, aprovechando el momento de abandono que siguió al placer.
Constant sintió todo su cuerpo pesar sobre su fina silueta y se incorporó sobre ella, apoyándose en los codos. Con el pelo desordenado, la barba rebelde y los ojos somnolientos, parecía un salvaje. Marie se enterneció y le pasó los brazos en torno a la cintura para retenerlo en ella.
–Me gustaría que mi hijo fuera tuyo –dejó caer, con la mirada llena de un amor incondicional.
–Lo es.
–Está el otro... –comenzó a decir Marie.
–Me tiene sin cuidado –afirmó Constant–. Ese niño sólo tendrá un padre, Marie, aunque tenga que matar a Montmorency con mis propias manos para estar seguro.
Marie no contestó. Parecía que el corazón iba a salírsele del pecho. Se acurrucó aún más contra él.
–Pero no será necesario, ¿verdad? –preguntó Constant con la boca pastosa, reprimiendo un bostezo.
–No, no será necesario. Voy a enfrentarme a Catalina de Mediéis, Constant. Luego hablaré con el rey y romperé con Montmorency. Lo prometo.
–Ten mucho cuidado, Marie –masculló tras depositar una pesada mano sobre su vientre–. Quiero a ese niño tanto como a ti.
Marie dejó que el silencio atrapase su sonrisa en la oscuridad de la habitación. Se sentía dispuesta a afrontar su destino. Se prometió besar ajean al día siguiente. En la mejilla solamente, tanto por sus consejos como por su cariño. Constant emitió un ligero ronquido que le hizo reír. Le tapó la nariz murmurando:
–Te quiero.
Constant le apartó los dedos y los aprisionó entre los suyos.
–Yo también te quiero. Y nada ni nadie me hará cambiar de idea, sea un mendigo, un mariscal o incluso el rey.
Marie contuvo la risa y se deslizó en un sueño feliz.


Unos días más tarde, se ocupó de enviar a su padre el dinero que había reservado, informándole de que contaba con irle a visitar en cuanto le fuera posible, y fue a ver a su banquero para asegurarse de que todas sus cuentas permitían enviar letras de cambio ocurriese lo que ocurriese. «Para conjurar la desgracia –había dicho Soléne–, nada mejor que anticiparse a ella.»
Después, dejó que los parisienses le contasen el avance de Carlos V hacia su destino.


Francisco I recibió la carta de su hermana en Chambord, al pie de la escalera central que había hecho construir y que acababa de enseñar a su invitado, pasmado ante tanto ingenio.
En realidad, Francisco esperaba hacerse perdonar el accidente que había tenido lugar en Amboise cuando andaba por la torre Hurtault junto a Carlos V Un portador de antorcha había tropezado delante de su litera, propagando las llamas por las tapicerías dispuestas para la ocasión. Se habían visto obligados a desandar el camino, librándose del incendio por milagro.
El rey se había deshecho en excusas. Para no echar a perder su buen entendimiento, Carlos V afirmó que no se había sentido incomodado, pero aquello sonaba tan falso como el silbido que emitía en permanencia su garganta abarrotada de vegetaciones. Francisco I prefirió atenerse al verbo para tranquilizarse.
Las palabras de Montmorency sonaban en su memoria: «Si el emperador queda satisfecho, Milán bien podría agradecéroslo».
En consecuencia, las noticias de Margarita le hicieron rechinar los dientes. Por la noche, pretextó la fatiga del emperador para abreviar las recepciones en su honor. En la soledad de su alcoba, reunió toda la reflexión necesaria para no castigar a Montmorency en el acto. Acabó por aceptar la idea de su hermana a fin de no comprometer la perspectiva de recuperar el Milanesado, a pesar de que ahora tenía dudas sobre ese particular. Con su letra, firme e inclinada, informó a Margarita de que era de su mismo parecer y de que velaría por que se hiciese justicia para bien de los intereses del reino. Seguidamente, cogiendo otra vitela, escribió rápidamente las siguientes palabras dirigidas a Marie: «Estad segura del afecto que os profeso y del placer que me causa».
La mañana siguiente, venciendo su mal humor con el que habría hecho crucificar inmediatamente al condestable, que desplegaba una sonrisa hipócrita, entregó sus misivas al correo y ofreció a Carlos V visitar una abadía.
Éste aceptó de buen grado. Durante el trayecto, Francisco I le explicó que en el agosto último, había redactado un edicto obligando a los archiveros de las parroquias a llevar un registro completo de todas las defunciones, nacimientos y matrimonios, consignando el día y la hora exacta, a fin, precisó, de que en aquel país se supiese quién vivía y quién moría.
–Ved, querido cuñado –terminó–, hasta qué punto tanta magnificencia puede alimentar bellas ideas.
Por toda respuesta, Carlos V se contentó con desplegar sus títulos y cualidades sobre el registro que el abad le presentaba. El rey, que tras su alegría ocultaba un profundo resentimiento, se contentó con añadir su firma aderezada con estas simples palabras: «Francisco, señor de Vanves».
–En Fontainebleau, como veréis –añadió jovial–, entre los artistas responsables de mi buen humor y mi ingenio, soy modesto como una florecilla del campo.
Carlos no reaccionó. También a él Montmorency le había puesto delante el señuelo de lo que esperaba. Que el rey de Francia renunciase a sus pretensiones sobre Italia, y eso, definitivamente, bien valía algunos celos y humillaciones.


La misiva del rey llegó a París al mismo tiempo que la de Montmorency. A Marie la tranquilizó la primera y le hizo temblar la segunda.
En el momento en que el condestable la invitaba a reunirse con él, Carlos V asistía, feliz, a los espectáculos que precedían a su entrada en Fontainebleau. Era el 24 de diciembre de 1539.
Al día siguiente, Navidad, Marie se inclinaba ante el rey y el emperador en una esmerada reverencia. Sobre su pecho, donde las más hermosas sedas se ahuecaban en su estuche de armiño, el río de diamantes captaba las luces del entorno, envolviéndola en un arco iris de belleza.
El rey la alzó complacido e inmediatamente la presentó a su invitado.
–Marie de Chazeron es una de esas artistas cuyo talento habéis tenido oportunidad de admirar, hermano.
Carlos V frunció el entrecejo. Sabía que el talento era propio de hombres, no de mujeres. Como para darle la razón, Marie lo negó con humor.
–Señor, los italianos que han hecho de este lugar una obra de arte se indignarían si os oyesen, como yo lo estoy de vuestra burla.
–¿Veis, Carlos? –replicó el rey–, otras se habrían hinchado con ese cumplido, pero no nuestra Marie y, sin embargo, ni una de las damas de mi corte estaría tan hermosa para recibiros si esas manos de lencera no tuviesen la habilidad de hacerlas resplandecer.
–Me he limitado a servir a mi rey –replicó Marie.
–Apuesto a que lo servís bien –afirmó Carlos V cuando ella se incorporaba de la reverencia.
–Acompañadnos, Marie. El emperador desea visitar mi casa. La corte nos sigue.
Marie accedió con la cabeza y se apartó para dejarles paso. Montmorency se acercó a ella y, con autoridad, rodeó su brazo con el suyo.
–Estáis más bella que nunca –murmuró a su oído.
–Son estas joyas. Me habéis colmado.
Marie se inclinó de nuevo en una reverencia ante la reina Leonor, que la acogía con una sonrisa, ante Anne de Pisseleu, que hizo otro tanto, aunque más crispada, ante el delfín, que sólo tenía ojos para Diana, quien se limitó a dedicarle una amistosa inclinación de cabeza, envuelta, como de costumbre, en una altiva reserva, y finalmente ante su hermano.
Cuando Catalina pasó frente a ella, Marie aumentó su contento al verla palidecer a la vista del aderezo de diamantes. Inconscientemente, la duchessina se llevó la mano al cuello, frunció los labios resecos y siguió al cortejo sin decir palabra. Marie dedujo al momento que había comprendido. A partir de entonces debía estar alerta y se puso a escuchar al rey alabar, como él sabía tan bien hacer, los esplendores de Fontainebleau.
Comenzaron la visita por la cámara real adornada con tapices dibujados por Rafael y luego subieron al segundo piso.
–Los fastos fueron ayer del mejor gusto a la llegada de Carlos V –contó Montmorency–. Hubo sainetes, torneos y efusiones a placer, querida Marie. Es una pena que no los hayáis podido contemplar. De todo esto –añadió englobando con un gesto la sala de la torre en la que se encontraban–, conocéis al dedillo los detalles. ¿No preferís aislaros?
–He oído que se había creado un nuevo lugar muy especial para esta ocasión –respondió Marie, que no tenía ningunas ganas de encontrarse a solas con el condestable.
–Se trata de los aposentos del emperador. Un pabellón de esquina en el que se han pintado en el techo águilas rodeadas por su divisa. También se han instalado numerosas estufas para paliar la falta de chimenea. ¿Queréis visitarlos? –insistió Montmorency deslizando un brazo en torno a la cintura de Marie.
Mientras en otros tiempos le hubiese halagado sentir que la deseaba, esta vez la irritó. Pensar en su perfidia había destruido el respeto que le tenía.
–No estaría bien –replicó educadamente– penetrar en los aposentos de un huésped sin ser invitados a hacerlo. Tened paciencia, Anne. Esta noche, para serviros, mis únicas galas serán este collar.
–La espera se me hará eterna –gimió él en su oído–. ¿No podríamos adelantarlo?
–¡Qué impaciencia, querido! –zahirió Marie–. Parecéis un jovencito rechazado. Basta. Pronto obtendréis lo que merecéis.
Anne de Montmorency se conformó y Marie se dejó llevar tras el séquito del rey. No había mentido en su última frase. Y esa sencilla constatación la alivió.
Las salas se sucedían unas a otras, abarrotadas de obras de Leonardo da Vinci, de Rafael y de muchos otros artistas italianos. Francisco se maravillaba ante el Hércules de Miguel Ángel, ante La Gioconda colgada de la pared, ante las orfebrerías de Cellini, que adornaban hasta el apartamento de baños, arrastrando al emperador en aquel placer indecible que sentía con el arte bajo cualquiera de sus formas, un arte que hacía de Fontainebleau el más hermoso lugar de Francia.
Durante la cena que coronó aquel día, el emperador felicitó a Marie por las suntuosas telas que llevaban las damas de la corte. Marie respondió que el mérito era del buen gusto del rey. Pero se vio obligada a charlar con el emperador y a aceptar su brazo para bailar. Para gran sorpresa suya, en un aparte, Carlos dejó caer: «Sois tan bella como me plugo imaginar». Marie se contentó con responderle con una sonrisa bobalicona. Incómoda a pesar de su fingido aplomo, lanzaba frecuentes miradas hacia Montmorency y Catalina, con la seguridad de que estaban intrigando. Ignoraba cuándo caería la cuchilla, pero tenía cuidado con lo que comía y bebía, no tocaba nada de lo que dejaba en el plato cuando se ausentaba, esperando que se lo retirasen y le volviesen a servir al tiempo que a Montmorency para comer y beber.
La noche siguiente, se dejó poseer tal y como había prometido para no despertar ninguna sospecha, pero hacerlo le costó más de lo que habría creído, a pesar de que Anne se mostró cariñoso y atento. Así pasaron cuatro días. Carlos V buscaba cada vez más a menudo su presencia, riendo sus ocurrencias como un viejo amigo. Catalina parecía encantada con ello; Montmorency, molesto. La víspera de la partida del emperador, le susurró al oído:
–Debía perderos, Marie. Vengo a salvaros. Dentro de un momento, caerá una misiva a vuestro lado. Yo tendría que cogerla para entregarla al rey. Hacedlo vos primero. Nadie lo sabrá jamás.
Se alejó de ella sin que pudiese comprender más. Una farándula pasó junto a ella y la arrastró. Se dejó llevar por el movimiento mirándose maquinalmente los pies. Cuando volvía hacia el rey, agotada de bailar, un paje la empujó y un pliego con el sello roto cayó a sus pies. Montmorency estaba delante de ella pero, con premura, se adelantó y se lo metió en la manga con una sonrisa. El condestable mostró una notable impaciencia a Catalina, que no había perdido ripio de la escena, y Marie, de forma instintiva, se dirigió hacia el rey, que conversaba con Diana de Poitiers. Mezcló su risa con la de Diana y cruzó los brazos sobre el pecho, forzándose a guardar la calma. Pero temblaba de pies a cabeza.
Cuando, ya noche cerrada, se encontró sola en su habitación, abrió la carta que en la primera ocasión había escondido discretamente en el escote. El sello era el del emperador. Decía que estaba satisfecho de sus servicios, que la muerte del delfín lo vengaba de las humillaciones que le había infligido el rey de Francia y que recibiría otras órdenes a cambio de la misma suma de dinero. La misiva estaba fechada el 26 de agosto de 1536. El cerebro de Marie entró en ebullición. Aquel mensaje era auténtico, lo habría jurado. Si el emperador lo había escrito, seguramente era porque creía que ella o alguien que se hacía pasar por ella espiaba para él en la corte del rey. ¡Eso bastaba para explicar su curiosa familiaridad!
A Marie se le heló la sangre en las venas. De un salto, atrancó la puerta y quemó la carta en la llama de una vela. Luego la tiró a la chimenea y no se relajó hasta que la misiva acabó de consumirse. Ya podían los guardias* forzar la puerta, que aquella falsa prueba estaba destruida para siempre. Sin embargo, cuando los golpes sonaron en ella, se tomó unos segundos para calmar los alocados latidos de su corazón, se aseguró de que todo había desaparecido y fue a abrir.
Montmorency estaba tras la puerta. Solo. Entró, la cerró y corrió el cerrojo.
–¿Venís a detenerme o a explicarme? –preguntó Marie con arrogancia.
–A pediros que me perdonéis, simplemente.
–Os escucho –dijo Marie más blanda.
–¿Dónde está?
Marie le indicó el hogar donde ardía un tronco.
–Es lo mejor que se podía hacer –aprobó.
Anne se sentó en la cama, con las facciones tirantes. Fue entonces cuando Marie comprendió que no la engañaba. Su angustia desapareció para dar paso a las preguntas que se atropellaban en su cabeza.
–¿Quién os la ha dado? –preguntó, segura ya de la respuesta.
–Catalina de Médicis –respondió el condestable sin titubear.
Se volvió hacia ella y escudriñó su mirada con la suya. Estaba desolado.
–He tenido que leerla y releerla una y otra vez para poder aceptar la idea de vuestra traición. Os creía por encima de esas cosas, Marie.
–Os equivocáis, Anne. No soy culpable.
–Sin embargo, esa misiva es auténtica. He trabajado mucho por la paz y conozco mejor que nadie la letra y el sello del emperador.
–Lo sé. Y ésa es justamente mi desdicha.
Marie se cogió la cabeza entre las manos. De pronto se sentía extenuada. Volvió a sentir náuseas, que se esforzó en controlar. Montmorency la había salvado y, no obstante, la creía culpable. Eso no tenía ningún sentido.
–Admitamos que acepto la idea de vuestra inocencia. Eso supondría un complot contra vos, pues os lo aseguro, Marie, al oír vuestro nombre, el emperador no ha mostrado el menor asombro, vuestra presencia parecía incluso hacerle feliz.
–Yo he sido la primera sorprendida, creedme. Y si bien es cierto que esta misiva arroja luz sobre su comportamiento, también lo es que aporta más preguntas que respuestas. Intentemos encontrarlas juntos, ¿queréis? Para ello, tengo que haceros una confesión difícil, Anne.
Como había hecho con Margarita de Angulema, le contó los perversos lazos que la unían a Catalina, guardando en la reserva tan sólo el episodio en donde ella le denunciaba al rey, a él, Montmorency. El condestable se había levantado y paseaba de un lado a otro de la estancia, acariciándose la barba. Cuando ella hubo terminado, él inspiró profundamente.
–El Milanesado. Ésa es la razón –dijo.
Marie guardó silencio durante un momento y luego sacudió la cabeza.
–No entiendo.
–Haciendo creer al emperador que tenía en vos una aliada, una cómplice, incluso un brazo ejecutor, Catalina ponía a cubierto su propia traición. Si las sospechas hubiesen recaído sobre ella, habría podido exhibir esa misiva u otras. Porque es forzoso que tenga otras –añadió con tono preocupado.
Marie movió la cabeza. Aquella perspectiva la había cogido desprevenida. No se detuvo en ella. Montmorency proseguía su pensamiento:
–Catalina os detesta, Marie. Vos sois bella, ciertamente, y sobre todo libre. Vivimos una época en la que cualquier forma de libertad resulta sospechosa. Peligrosa.
–¿En qué soy más libre que ella, Anne? Ella reina. Yo no.
–Ella es esclava de ese poder que constituye su única arma, su única baza. Sólo reina por la ambigua relación que mantiene con los seres de su especie. Por una parcela de ese poder, muchos venderían hasta el alma. Vos habéis sabido salvaguardar la vuestra y esa frescura ha hecho que os amase un rey que aún puede, con un simple gesto, apartarla a ella de un auténtico destino. Siempre creemos reconocer frente a nosotros el espíritu en el que nosotros mismos hemos sido forjados. Esa artimaña le permitía perderos si dejabais de servirla, como ha acabado ocurriendo, pero también si vos decidíais influir en el rey para que la desterrase.
–No he hecho nada para perderla. Sigo sin entender.
–Por eso pienso en el Milanesado. Vos sabéis tan bien como yo hasta qué punto Catalina se siente ligada a la tierra de sus antepasados. Debía ser su dote. Su garantía de una legitimidad en Francia.
–Ciertamente.
–Hace años que el Milanesado pasa del rey al emperador y del emperador al rey, en un forcejeo mortífero que, a pesar de todo, le permitía esperar recuperarlo un día. La obstinación de Francisco I en ese sentido era en sí una promesa. Sin embargo, firma la paz con su enemigo. El Milanesado está perdido. Eso resulta insoportable, sobre todo cuando Enrique sucumbe a los encantos de Diana de Poitiers, a quien el rey aprecia tanto como a vos. Para colmo, Catalina es estéril. Simplemente con eso ya puede ser repudiada. Su único consuelo es la venganza. Imaginad, Mane: yo recogía la misiva. En mi calidad de condestable, debía entregarla al rey, quien tenía a su merced a su peor enemigo y a la responsable de la muerte de su hijo, de una sola vez. Su cólera habría caído sobre el emperador y sobre vos. El emperador habría sido hecho prisionero como Francisco lo fue en su tiempo, y el Milanesado volvería a ser moneda de cambio. Una vez hecho público el asunto, habríais sido juzgada por asesinato y alta traición. Yo no habría tenido más remedio que pretender haber descubierto vuestro juego y haberme acercado a vos para mejor perderos. Catalina estaba vengada y el Milanesado recuperado.
–¿Por qué decidisteis seguirla, Anne? Os bastaba con haberme hablado de ello.
–No tenía elección, Marie. ¡Desgraciadamente, esa gorgona me tiene cogido!
Marie sintió que una ola de ternura la invadía. ¿Era posible que Montmorency también se hubiese dejado atrapar?
–No os lo he dicho todo, Anne –confesó alzando hacia él una mirada desconsolada–. Yo también os creía de su parte, dispuesto a perderme por viles intereses. Me he protegido. Y para hacerlo, os he denunciado ante el rey.
Anne se quedó boquiabierto. Marie le explicó su visita a Poitiers concluyendo por el mensaje que había recibido del rey. Montmorency se dejó caer a su lado.
–Aún no es demasiado tarde. Tal vez pueda convencer al rey –dijo Marie.
–No –le interrumpió el condestable con la voz rota–. Es justo que sea castigado por mi silencio, Marie. Fue un error. Estúpido. El conde de Cháteaubriant recibió mi visita muy cortésmente y no descubrí, es cierto, ningún testigo de lo que había ocurrido. Ninguna traza de sangre en las habitaciones, y sí por el contrario la confesión de un médico que, bajo juramento, me aseguró que había asistido a la agonía de Françoise a lo largo de tres días, insistiendo en el hecho de que ella se había negado a que se informase a Su Majestad de su desgracia a fin de que no viniese a visitarla y descubriese decrépito aquel rostro que había amado. El conde me mostró el epitafio que ella misma había redactado, según me dijo, poco antes de exhalar su último suspiro. En verdad, Marie, lo juro, no encontré nada. Catalina me engañó a mí también. Una mañana blandió ante mi nariz el acta de donación del conde a mi favor. «Ha apreciado en su justo valor que hayáis cerrado los ojos a la verdad», me dijo simplemente. Intenté justificarme, explicar mi inocencia. Se rió en mis narices. Me enteré por boca del propio conde de que Catalina le había anunciado que yo lo había descubierto todo y que venía a darme razones para callarme. Había hecho lo que ella sugería y se asombraba de que yo no estuviese contento. Exigí que rectificase su testamento, se negó. «Así estoy seguro de que nunca hablaréis», me dijo. Tenía razón. He silenciado la verdad. Y he aceptado lo que había, lo que me hace culpable de hecho.
–Perdonadme, Anne. Sabía que erais un oportunista, vos mismo nunca lo escondisteis. Catalina nos ha manipulado a su antojo, como hizo con Triboulet, a quien dejó que me visitara con informaciones falsas.
–Es verdad. Pero hay un abismo entre el oportunismo y la alta traición. Nunca lo habría hecho por mi propia voluntad, creedme.
–Ambos somos víctimas de su perfidia. Y si vos no hubieseis hecho el esfuerzo de salvarme a pesar de los pesares, en este mismo momento, ella habría ganado. ¿Qué os ha hecho cambiar de opinión, cuando todo probaba mi culpabilidad?
–¿No lo habéis entendido? –le preguntó cogiéndole las manos.
Una duda repentina y Marie se echó a temblar. En el rostro atormentado del condestable, una débil sonrisa despertó el brillo de su mirada ultramar.
–Os amo, Marie. Claro que os lo he dicho mil veces sobre la almohada, como a otras. Ha sido la idea de perderos de verdad lo que me ha hecho tomar conciencia. No sé por qué ha sido tan violento y repentino. Como si mi ser entero no pudiese traicionaros sin por ello sufrir menoscabo.
–Anne, yo...
–Chitón, no digáis nada, amor mío. Se ha evitado lo peor, eso es lo que importa. El emperador seguirá su camino y dentro de algunos días daré cuenta al rey de mis errores. No soy un cobarde, Marie. Nuestro soberano es justo. No temo su sanción, pero no os arrastraré conmigo. Aceptad las cosas como son y dejaos amar. Vuestra piel es tan suave, y esos diamantes que lleváis me roban el corazón. Como en las noches precedentes, no os los quitéis. Me devuelven con mil brillos el de vuestra belleza.
Marie se dejó acostar sobre la colcha y desvestir. De repente, el condestable ya no le desagradaba. Como para reconfortarla en sus caricias, sus náuseas recurrentes la abandonaron.
Montmorency la colmó con una pasión que su complicidad había reavivado y el alba les sorprendió aún abrazados.


Marie se despertó sola. La camarera hizo acto de presencia y ella se dejó acicalar, sumida en sus ensoñaciones. No podía permitir que Catalina de Médicis saliese tan bien parada. Además, no estaba al abrigo de su odio, a pesar de sus gestiones y del apoyo de Montmorency. Tenía que confesar la verdad al rey, costase lo que le costase. Del mismo modo, le parecía urgente salvar al condestable de una desgracia. Porque estaba segura de que, a la primera ocasión, Catalina daría al rey los argumentos necesarios para perderles.
En el momento de descender la escalera que conducía a la vasta sala de recepción en donde se había dispuesto un suntuoso bufé, Marie había recuperado toda su combatividad y su vivacidad de espíritu. Por el camino, se detuvo a charlar sobre el buen tiempo con madame de la Richeliére, se extasió ante el tocado engastado de rubíes y diamantes de la condesa Du Plessis y se mezcló despreocupada con el centenar de invitados que departían alegremente. Dejó que le hiciesen cumplidos sobre su confección y la de las obreras de su taller, contestó con gracejo a algunas frases ingeniosas, sin perder de vista al rey, a quien cada paso se le acercaba más. Cuando se llevaba un vaso a los labios, su mirada encontró la de Montmorency. El le dedicó un cómplice gesto de cabeza y Marie le devolvió su saludo con entusiasmo. Al contrario de la víspera, cuando el despliegue de comida la hizo correr a las letrinas, aquella mañana se sentía hambrienta y vindicativa. Buscó los ojos de Catalina de Médicis y casi se sintió decepcionada al no verla. En aquel momento le habría gustado humillarla tan sólo con su aplomo. «Ya llegará», se dijo prosiguiendo con garbo su aproximación al rey. Sabía que no tendría una oportunidad mejor para conversar aparte con Francisco I. Ahora departía con el emperador y Marie evitó entrometerse en su cambio de impresiones, aprovechando para la espera el generoso abrazo de la hermana del rey.
–Os veo radiante –dijo Margarita de Angulema–. ¿En qué punto se halla nuestro asunto? –continuó más bajo.
–El desenlace está cerca, señora.
–¿Puedo ayudaros?
–Me sería útil decir algunas palabras a mi rey.
–Abríos paso hasta aquella ventana retirada, a vuestra diestra. Yo me ocupo del asunto –afirmó Margarita cogiéndola del brazo en connivencia.
Se separaron, divertidas por su hermoso entendimiento. En un momento, el carisma y la espontaneidad de Margarita reunieron a Carlos V y su hermana, la reina Leonor, en una charla jovial. Francisco I, haciendo muecas provocadas por un repentino dolor que acentuaba una ligera cojera, se apartó de ellos excusándose y fue hasta el hueco que ocultaba un tapiz. Marie pasó a su lado y le saludó siguiendo el protocolo, sin demorarse junto a él para no atraer demasiado la atención de los espías de Catalina de Médicis, que sabía eran numerosos. Lo suficiente, sin embargo, para susurrarle:
–Señor, no castiguéis a Montmorency de forma precipitada. Os digan lo que os digan u os enseñen, confiad en mí, en recuerdo del sincero amor que Isabelle de Saint-Chamond os profesó.
Si el rey se extrañó, no dejó que nada trasluciese y la dejó alejarse con un cumplido anodino. En apariencia al menos, porque Marie no se engañaba.
–¡Mi dolor se pierde en vuestro brillo, lencera de mi corazón!
La frase divirtió a algunos rostros libidinosos, pero la alcanzó en lo más secreto de su lucha.
Catalina de Médicis apareció unos instantes después, con su acento italiano haciendo sonar las erres en su boca reseca como escupitajos hipócritas. Marie cuidó de mantenerse a distancia. No quería provocarla antes de haber hablado con el rey.
Poco antes de que la corte se aprestase a acudir a la partida de caza, Marie se acercó a Montmorency. Al hilo de las conversaciones, de los datos recogidos aquí y allá, se le había ocurrido una idea que quería someter a su criterio. El le ofreció el brazo cuando, zalamera, ella le dijo:
–Acompañadme, Anne, ¿queréis? Catalina desea que todas llevemos nuestros calzones en lugar de una falda para montar a caballo. Puesto que vienen de mi tienda, no estoy en buena posición para esconderlos. ¿Qué pensáis?
–¡Que me parece de perlas, querida, y os conduzco ahora mismo junto a vuestra camarera!
Se alejaron así entre las risitas ahogadas de las damas que no se atrevían a adoptar aquella nueva moda lanzada por Catalina de Médicis para su comodidad, y las sonrisas tensas de las que Montmorency había apartado de su cama galantemente,
En la esquina de un corredor, Marie comprobó que estaban solos.
–El rey me escuchará en lo referente a vos, Anne. En vuestra casa. Allí estaremos al abrigo de los indiscretos. Carlos V debe hacer su entrada en París y pasará bajo vuestras ventanas. Ofrecedlas al rey como observatorio. Él comprenderá.
–Vuestros deseos son órdenes, amor mío –susurró él, cuando ya se les acercaba gente.
–¡Cuidado, querido –dijo entre risas el conde de Blois, con una joven colgada de cada brazo–, con semejantes argumentos no tardaréis mucho en encontraros casado!
–Vos ya lo estáis, querido –replicó Montmorency en el mismo tono–, y, a juzgar por cómo os va, no habéis de sufrir por mí.
–¡Pardíez que sí! –objetó el conde, que pasaba por un notable rijoso, muy atribulado por el escaso ardor de su mujer–. ¡Ved el peso de mis cadenas, amigo! Es tanto que necesito ayuda de la juventud para llevarlo.
Marie rió y participó en el juego:
–¿Venís a cazar, conde?
–¡Ni hablar! No sabría distinguir entre mi esposa y un pesado puerco. ¡Dejo a otros el cuidado de abatirlo! ¡No quiero que me condenen!
Las jovencitas dejaron escapar una risita mientras él les pellizcaba las nalgas.
–Escuchadlas cacarear, amigo mío –dijo a Montmorency con aire entendido–. ¡Auténticas codornices para poner en canapés! A ello me apresto.
Montmorency dejó a Marie en el umbral de su cámara, pensando que hacía bien poco habría pagado como el conde algunas pelanduscas para distraerse. Aquel granuja tenía razón. Pensaba demasiado en Marie.
El resto del día transcurrió en el acoso de un hermoso ciervo en una batida que entusiasmó al emperador y agotó al rey. Su «constipado de genitorios» le había dejado dolorido el perineo y, por mucho que se sometiera a las recomendaciones de los médicos, no podía montar a caballo. Seguir una partida de caza en litera era para él un suplicio aún mayor que el dolor físico. Su orgullo le dolía, tanto más cuanto que el emperador no perdía ocasión de preguntarle hipócritamente sí no prefería descansar a continuar. Francisco I encajaba la puya y, siguiendo el juego, respondía con idéntica cortesía:
–¡Mi placer viene del vuestro, hermano mío! No pretenderéis privarme de él, ¿verdad?


Sin embargo, al caer la tarde, aquel 30 de diciembre, el emperador se despedía de Fontainebleau y agradecía a Francisco, con lágrimas en los ojos, la hospitalidad de una mansión tan agradable como su rey. Rodeado por su esposa Leonor y sus hijos, Francisco le invitó a tomar asiento en una góndola que había hecho traer de Venecia. Acunada por el espejo del Sena, la embarcación alejó lentamente de Marie el aliento malsano del peligro.


Dos días más tarde, Carlos V hacía su entrada triunfal en París, precedido por una interminable procesión de notables y clérigos. El cañón tronó repetidamente y Francisco se felicitó de haber aceptado la oferta de Montmorency. Desde sus ventanas, la vista era tanto más agradable cuanto que no tenía que disimular el placer que le proporcionaba aquella farsa diplomática. Porque si había buscado aquella entrada para Carlos V, era sobre todo para que el emperador midiese cuánto le habría gustado entrar allí como vencedor.
–¡Ya está aquí! –anunció Anne de Pisseleu batiendo palmas.
El rey estiró el cuello, desafiando la fina llovizna que se abatía sobre la ciudad. Protegido por un dosel con sus colores, montando un caballo negro, el emperador saludaba a la muchedumbre con una mano enguantada.
–¡Tiene peor planta que vos! –dijo Marie al oído del rey, quien se lo agradeció con una sonrisa y cerró la ventana.
–Hace mucho frío. Nos ha visto. Con eso me basta. A juzgar por el paso de su escolta, va a tardar en llegar a Notre-Dame. En cuanto al legado pontificio encargado de recibirle, habla como una cotorra. Así que tenemos tiempo para tomar un vaso de leche caliente y charlar. Porque tenemos que hablar, Marie –declaró el rey.
–¿Deseáis que os deje solos, señor? –preguntó Anne de Pisseleu por cortesía, segura de que el rey le rogaría que se quedase.
Sin embargo, no fue así, bien al contrario insistió:
–Si sois tan amable, querida... Presidid en mi nombre el cortejo. Nuestro condestable os acompañará.
Montmorency habría deseado insistir para presenciar la conversación, pues deseaba justificarse en persona de los reproches que se le hiciesen. Pero la mirada fría del rey le disuadió de intentarlo.
–Con gran honor, Majestad –se contentó con responder ofreciendo galantemente su brazo a Arme de Pisseleu.
Atrapada, la favorita del rey aceptó y se retiró. Siempre rabiaba si otra que no fuese ella retenía la atención del rey, aunque sólo fuese por un instante.
Marie y Francisco I conversaron de banalidades hasta que un criado les hubo servido una colación consistente en pan de especias y leche caliente con canela, en un coqueto saloncito azul oscuro en donde se instalaron como dos viejos amigos. Sólo entonces, Marie habló de ella, de su tienda, de Constant, de Jean, de sus hijos, de Isabeau y de Chazeron. Sin olvidar nada, sin omitir nada. Por primera vez en su vida, descubrió el secreto de los suyos en su totalidad, sin miedo. En aquel lugar informal, sentía que no era a su rey a quien se confiaba, sino al único que podría comprender sus decisiones, sus dudas y sus crímenes. Terminó con los últimos acontecimientos incluyendo lo que sabía sobre Catalina y sobre el condestable, sin que Francisco la interrumpiera una sola vez, sinceramente contento con su confianza y dolorido, sin embargo, por lo que implicaba.
–Señor –concluyó Marie–, pongo mi vida en vuestras manos. Y aceptaré vuestro castigo ocurra lo que ocurra, pero os suplico que no se haga daño alguno a mis hijos ni a los míos.
–No habrá nada de eso, Marie –respondió el rey cogiéndole las manos–. Conozco vuestro afecto y nada, ni siquiera vuestros orígenes o esas falsas pruebas, me hará dudar de vuestra sinceridad. No tengo medio alguno para castigar a mi nuera, y repudiarla sería un error a los ojos de la cristiandad. Oiré los argumentos de Montmorency puesto que lo avaláis. No obstante, sigue siendo cierto que me ha prometido Milán y lo contrario a mi enemigo.
–Constreñido y forzado por el odioso chantaje al que lo someten.
–Sea. A pesar de mi estima por él, me voy a ver obligado a alejarlo por un tiempo. Con falsos pretextos, pero él los entenderá. Es importante dar alguna compensación a Catalina. Para preservaros a ambos –afirmó levantándose.
–Gracias, señor –murmuró Marie mirándole de frente.
El rey alargó el brazo y la atrajo hacia sí. Ella no se lo impidió. El la abrazó y depositó sobre sus labios un casto y suave beso.
–Isabelle me amaba, dices –musitó luego junto a su oreja.
–Con el único amor de su vida. Lo confiesa en una carta que me dejó.
–Me agrada eso –afirmó tras apartarla de sí–. Hazte olvidar, Marie. A partir de hoy mismo. La corte de un rey, por grande que éste sea, rebosa pestilencia bajo sus ropajes dorados. Tú no tienes sitio aquí, como no lo tenía Isabeau. La nobleza es mucho más que un título, Marie. Es un alma. Un alma pura que tú posees, como la poseía ella. Y esa diferencia es la que te condenará. Yo ya he olvidado lo que me has confiado. Y he absuelto los pecados que el destino te ha impuesto. Tú eres mucho más digna de los Chazeron de lo que lo era ese François. Así pues, no te arrepientas de nada. Adiós, lencera de mi corazón. Velaré por ti hasta mi muerte.
–Adiós, mi rey.
El dio media vuelta y salió sin volverse.
Marie permaneció un buen rato sola, contemplando la ciudad que se desplegaba incansablemente sometida al yugo de la codicia y de las apariencias. Estaba en paz. De la misma manera que el rey había venido a buscarla, ahora la despedía.
Los protestantes ya no la necesitaban desde que los mártires trabajaban por su causa, y aquel mundo sobrevalorado que no era el suyo la olvidaría en dos días.
Había prometido a Montmorency esperar su regreso. En cuanto el rey se presentó en el palacio de París para recibir allí a Carlos V, el condestable deshizo el camino para encontrarse con ella.
Entró en su casa para encontrar a Marie dormida en aquel mismo salón donde el rey la había dejado, frente a la ventana contra cuyos cristales chorreaba la fría lluvia de enero. Se instaló frente a ella sin atreverse a despertarla. Dormía con un sueño apacible y se mostró lánguida como un niño al abrir los ojos. Inmediatamente, él buscó sus labios en un delicado beso, enternecido por la voluptuosidad de su involuntario abandono.
–Os he salvado a mi vez –se limitó a decir Marie, rodeándole el cuello con los brazos–. Pero tendréis que apartaros de la corte por algún tiempo.
–¿Cuándo será eso? –preguntó Montmorency, satisfecho y turbado.
Su piel tenía el perfume de un iris aplastado.
–El rey os lo hará saber. Por el momento el viaje del emperador debe concluir. Yo no estaré. Voy a regresar a mis tierras. So–lene lleva bien la tienda y el rey mantiene su crédito en ella. Ha llegado la hora de las despedidas, me parece –dijo echándose atrás contra el respaldo del diván para estirarse, entumecida por el frío que se había adueñado de ella mientras dormía.
Montmorency le tendió su cuidada mano. Ella la tomó y se encontró en sus brazos. El la abrazó cariñosamente.
–Sed mía una vez más –gimió en su pelo desordenado–. Perderos me cuesta, pero no podría conservaros a mi lado contra vuestra voluntad.
–Una última vez, Anne. Con toda la ternura con la que me habéis protegido.
Sus bocas se unieron y Marie se entregó con todo su ser. Por un momento, el rostro de Constant perforó el azul de su placer. Ella sonrió sin arrepentimiento. Aquella entrega de su persona tenía sabor de libertad.


Soléne estalló en una risa cristalina cuando Marie acabó su historia en el comedor de la casa, sin omitir otra cosa que los escarceos sexuales que habían tenido lugar, para no herir a Constant, feliz de volverla a ver sana y salva.
Marie lanzó una mirada a Jean y a Constant, quienes, como ella, parecían perplejos.
–Perdóname –hipó la gitana–, pero estaba convencida de que entenderías enseguida lo que ocurría.
–¿Qué tenía que entender? –preguntó Marie exasperada.
–Tu collar –continuó Soléne conteniendo la risa–. Él es el que te ha salvado.
–¿Qué dices? –preguntó, desconcertada por aquellas absurdas palabras.
–No todos los filtros de amor son comestibles o bebestibles, Marie –respondió Soléne divertida–. Estoy segura de que en ninguna circunstancia ha querido que te quitases el collar –añadió volviendo a reventar de risa.
Marie se llevó la mano al cuello. Veía desfilar imágenes. En cada una de ellas, la mirada del condestable se fijaba en el collar antes de poseerla.
–Un hechizo –exclamó–. ¡Has hechizado los diamantes!
–¡Pues claro! ¡Oh! No dudo del auténtico afecto que te tiene –aseguró la gitana para no herirla–, pero no habría bastado para impedirle que te perdiese para salvarse. Me dije que había que poner remedio. Era fácil.
Quiso mantenerse seria pero, ante la confusión de Marie, no pudo resistir mucho rato. Se levantó del sillón riendo a carcajadas y la abrazó.
–¡Oh! Perdón, perdón; debí avisarte, pero estaba segura de que te darías cuenta. ¡Deseaba tanto verte a salvo!
Marie rodeó con un brazo a la gitana y le pellizcó las mejillas, alegre de nuevo.
–Y yo que creía que quería casarse conmigo de verdad –exclamó.
La hilaridad de Constant se apagó de golpe y Marie se detuvo al ver su inquietud. Apartó a Soléne y fue a arrodillarse ante él.
–Se ha acabado. He terminado con él.
–¿No lo sientes? –preguntó él recuperando su buen humor.
–En absoluto, Constant.
Éste guardó silencio por un momento, un silencio entrecortado por los hipos que su ataque de risa había provocado a Soléne.
–¿Le has dicho lo del niño?
Ella sacudió la cabeza.
–No es el padre que quiero darle, bien lo sabes.
–¿Estás segura de tu decisión, como yo lo estoy de la mía?
–Sí, Constant. Si aceptas tanto mi amor como mis pecados.
–No podré legitimarlo, Marie. Estoy casado. Y en cualquier caso, no tengo un apellido respetable que ofrecerle.
–Me da igual. Como él y mis otros hijos, tú tomarás el de Chazeron. No me da ninguna vergüenza llevarlo. Tú eres el único hombre que querré jamás.
Marie apoyó la cabeza sobre sus rodillas y dejó que los dedos de su amante le acariciasen la mejilla. Su mirada encontró la de Jean, a quien Soléne, por fin calmada, había pasado el brazo por la cintura. Aquella mirada estaba llena de un sincero cariño del que la pasión se había distanciado, aunque el deseo transitara por ella. Jean era así, pero había encontrado la paz y Marie sintió que una ola de felicidad la embargaba.
A finales de enero, Carlos V abandonaba el suelo francés tras haber atravesado Chantilly, donde Montmorency lo acogió con deferencia, y haber pernoctado en Villers-Cotteréts, aquel castillo cuya caza elogiaba el rey. En ningún momento los cuñados mentaron Italia ni otros asuntos. Se separaron como buenos amigos, pero el emperador quedó celoso del rey a causa de sus magnificencias y el rey rencoroso con el emperador por no haberle dado las gracias más que con un abrazo por los gastos que había asumido.
Tres días más tarde, el condestable de Francia seguía la recomendación del rey y se retiraba a sus tierras, sin que el nombre de la condesa de Cháteaubriant llegase siquiera a pronunciarse.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:52 pm

Capítulo 21


Gasparde miraba un cervatillo que temblaba sobre la espesa nieve, con las patas profundamente hundidas en ella, en el lindero superior del talud. Desde la ventana del cuarto de juegos, sentía que la lástima la embargaba poco a poco.
—Mira, Noirot —dijo al perro que dormía a sus pies—. ¡Mira! —ordenó estirándole del collar.
El animal se sentó, bostezó y apoyó el morro contra el cristal.
—Ha perdido a su mamá y está triste —susurró Gasparde con los ojos anegados en lágrimas—. Ella se ha ido y él se ha quedado solo. Como yo.
Dudó todavía un momento, lanzó una mirada irritada a los chicos que jugaban a la guerra con unos soldados de madera pintada, se convenció de que no podían entenderlo y se decidió:
—Ven —dijo a Noirot—. Vamos a buscarlo. Hace demasiado frío fuera.
La niña se puso las botas forradas de piel, se ajustó la toca a la cabeza y se abotonó la capa con esmero. Sabía que a Albérie no le gustaría que saliese sola, pero estaba segura de que si perdía el tiempo con explicaciones, convenciéndola de que dejase su labor y la acompañase, encontraría al animal transido de frío.
Los chicos se habían despreocupado de ella. Salió decidida, con Noirot pisándole los talones. El cervatillo se había desplazado algunos metros, visiblemente decepcionado por no haber encontrado alimento. El aire era gélido y no sintió la presencia de la chiquilla hasta que estuvo a su lado. Asustado, saltó de lado y se perdió en el sotobosque.
—Vuelve —gritó Gasparde hundiendo sus botines en la nieve y tropezando en ella; le llegaba hasta las rodillas.
La niña se encaminó al bosquecillo para seguirlo cuando Noirot comenzó a gruñir, con el pelo erizado.
—Basta, Noirot, vas a espantarlo —dijo.
Pero el animal no se calmó ni con un golpe en el morro. Cada vez más huraño, se puso a ladrar en dirección a un voluminoso árbol, a algunos metros de distancia.


Huc estaba partiendo leña bajo los cobertizos, a tres zancadas de allí. La rabia del animal que él creía encerrado con los niños le movió a acudir. Llegó junto a ellos en el momento en que Gasparde gritaba a su vez. Había surgido un hombre y el animal se había lanzado sobre la espada que traía desenvainada.
—¡Corre, Gasparde! —gritó Huc abalanzándose hacia el hombre.
La niña se esforzó por obedecer, sin dejar de chillar, mientras el preboste saltaba a grandes zancadas entre los montículos de nieve.
Se halló sobre el desconocido en el momento en que Noirot soltaba su presa, fulminado. Gasparde huía del peligro tropezando en la nieve.
Detrás de los cristales, la mirada desorbitada de los chicos le devolvía su propia imagen. Cuando la pequeña llegaba a la escalera, la puerta se abrió. Albérie, alertada, corrió a cogerla, la metió en casa y volvió a cerrar la puerta para ponerla a cubierto. Frente a ella, Huc había levantado el hacha y la blandía en dirección al hombre. Con el corazón desgarrado, Albérie oyó gritar:
—Pon los niños a buen recaudo.
No se movió. Al instante, vencido por la juventud del asaltante, Huc se desplomó.
—¡No! —aulló Albérie precipitándose sobre él.
El desconocido clavó una vez más su espada en el costado de Huc y luego giró ágilmente sobre sus talones y desapareció en el bosque.
Advertidos por los niños, acudieron los guardias e iniciaron la persecución, pero Albérie no los veía. Tan sólo aquella sangre escarlata que se extendía como una rosa abriéndose en un estuche de alabastro obnubilaba su mirada. Llegó junto a Huc cuando éste emitía un estertor, con la respiración entrecortada a causa de la herida del pecho.
—Huc —gimió—. No me dejes. Todavía no. Te lo ruego.
Huc abrió los ojos, velados por visiones del más allá.
—Ha llegado la hora de la separación —murmuró.
Un acceso de tos le hizo escupir un hilillo de sangre y Albérie prorrumpió en convulsivos sollozos.
—Lo has visto —dijo Huc—. Esta vez la he salvado.
Sus párpados se volvieron a cerrar con una sonrisa y Albérie aulló en el silencio del invierno, acunando contra su pecho al único hombre que había amado. Cuando le faltó el aliento, hundió el rostro en su cuello para alimentarse aún con su olor, con su sustancia.
Volvieron dos soldados con las manos vacías. El agresor se había evaporado como por arte de magia. Tampoco entendían cómo había podido penetrar en el recinto sin que ninguno de los dos lo viese. Pero Albérie no oía nada, no veía nada que no fuese aquella sangre que se confundía con el carmín de su vestido. Como una herida en su propia carne. Poco a poco, los hombres del preboste se fueron acercando uno tras otro, rodeando respetuosamente aquel último abrazo. Luego, el capitán de los guardias se agachó junto a Albérie y le puso las manos heladas sobre los hombros sacudidos por espasmos.
—Se ha acabado, señora —murmuró atrayéndola con suavidad hacia sí—. Debéis entrar. Nosotros nos ocuparemos de él.
Albérie no se movió.
—Venid —insistió el capitán—. Venid.
Albérie se dejó llevar. Lejos de aquel calor de vida que se alejaba, sintió con toda crudeza la mordedura del invierno en su ropa empapada. Comenzó a castañear los dientes, a temblar, y sólo la devolvieron a la realidad los gemidos de los niños, que se abalanzaron contra sus piernas anquilosadas.
Bénédicte la envolvió en una manta y ordenó:
—Es necesario quitaros la ropa y friccionaros con fuerza, porque de otra forma os pondréis gravemente enferma.
Albérie asintió con la cabeza y separó los bracitos de Gasparde, que temblaban contra su falda.
—Es por mi culpa. Por mi culpa —hipaba la niña deshecha en lágrimas.
Albérie se agachó hacia ella y le cogió la trémula barbilla.
—Nada es culpa tuya, Gasparde. Suénate.
Mientras Bénédicte se la llevaba hacia la escalera, la niña seguía gritando, refugiada en los brazos de una criada:
—No te vas a morir, ¿verdad? ¿No vas a dejarnos?
Pero Albérie no respondió. ¿Morir? ¿Por un poco de nieve en su cuerpo manchado? El animal que llevaba dentro no se lo había permitido nunca. Tontamente, se echó a reír, decepcionada.

Marie:
Me siento vieja. Siempre lo he sido, pero hoy eso ha cobrado un sentido que no podía imaginar. Mi esposo ha muerto. He necesitado enterrarlo para comprender aquellos versos que mi hermana repetía sin cesar después de que colgaran a Benoít: «He muerto a su sombra como cae una gota de rocío sobre una roca ardiente». Creo que siempre había pensado que nos iríamos al tiempo, cogidos de la mano, como se va hacia el altar para la boda. ¡Estúpida! Yo, a quien se tenía por fría y altiva, me encuentro ante su ausencia sin aquella máscara que construí durante tantos años.
No he encontrado a nadie con quien sincerarme, salvo ni. Sin duda porque eres la única descendencia que el destino nos ha dado.
El te quería como tal, y lo aceptó todo para protegerte. Incluida mi huida. Hoy sopeso el yugo de aquellos años que pasé alejada de él. ¡Lo llevaba tan presente en mi interior! No sufrí de verdad por nuestra separación, ni por un momento. Como si un lazo más fuerte que cualquier distancia nos mantuviera unidos el uno al otro. Me duele, hija mía, porque ahora lo siento roto. Ese lazo ya no existe. Ha bastado una palada de arena negra para deshacerlo.
Perdóname estas líneas. ¡La vida de todas nosotras ha sido tan ambigua! Yo he sido tan reservada, tan cercana y tan distante a la vez que debes de creer que un acceso de locura me lleva a abrirte así mi dolor. Pero ¿con qué otra persona podría hacerlo? Con los pequeños, me veo obligada a disimular. Echan de menos a Huc. Gasparde está aterrorizada. Se siente culpable, se figura que todo es culpa suya, que desobedeció al salir a la nieve para salvar aquel cervatillo perdido. Quiso que Noirot descansase junto a Huc en el ataúd. No he podido negarme. En realidad, todo me parece tan confuso y a la vez tan evidente que olvido que ignoras las circunstancias de este drama.
Había un hombre emboscado en los alrededores, no sé con qué objeto. ¿Espiaba? ¿Era un simple ladrón? Espantó a tu hija y atravesó con la espada al perro, que quería protegerla. Huc acudió, pero ya estaba viejo. El hombre era joven, rápido. Huc sólo tenía un hacha contra aquella espada mortífera. No bastó. Creo que murió liberado. Con frecuencia se reprochaba su pretendida cobardía cuando habría querido, creo, salvar a Isabeau, a Loraline y hasta a mi padre. Debí decirle que le había perdonado, que ya muy al principio comprendí que no era culpable. Creí que lo sabía. Nunca decimos lo bastante a nuestros allegados que les queremos. No encontré las palabras cuando eran necesarias. Tampoco hoy para anunciarte mi luto. El nuestro. Cuídate. Y no te preocupes por nada. He ordenado reforzar la guardia y los niños serán prudentes. Yo respondo de su seguridad. Ahora es función mía. Hasta que la muerte me borre a mi vez de una historia gris. ¡Ojalá quiera Dios llevarme entonces junto al hombre que nunca dejaré de amar! Albérie


Marie tuvo que apoyarse contra un trinchero que providencialmente había a su lado para no desmayarse. A pesar de todo el dolor que le causaba la muerte de Huc, no era eso lo que la asustaba, sino lo que la carta de Albérie suponía.
Sin su intervención, ¿aquel misterioso agresor habría matado a la niña? ¿Podría ser que hubiese sido enviado por Catalina para vengar su orgullo ofendido? Catalina de Médicis le había indicado con claridad que podía atacar a los niños si ella se le enfrentaba.
Al miedo pronto sucedió la rabia. Sin esperar más, salió e hizo preparar su litera.


Catalina de Médicis se encontraba en la biblioteca del castillo de Fontainebleau, en donde algunas horas más tarde Marie hacía su entrada. No se había molestado en acicalarse ni en maquillarse, pero su rabia era tal que tenía las mejillas más sonrosadas que nunca.
La duchessina estaba absorta en la lectura de un tratado de astronomía que iba acompañado por una carta de un tal Ruggieri. Ella le había escrito a Italia, donde vivía, para pedirle que entrara a su servicio. En respuesta, el hombre, cuya fama crecía, le había enviado aquel presente para que esperase su visita sin impacientarse.
Los pasos indignados resonaban sobre el entarimado de madera encerada y le hicieron levantar la cabeza, molesta. Marie apareció ante ella. Con gesto violento, le arrancó el tomo y lo estampó contra una mesa ya abarrotada de libros de consulta abiertos. Las pupilas de Catalina echaron fuego.
—¿Cómo os atrevéis? —exclamó mientras intentaba levantarse.
Marie le sujetó las muñecas sobre los brazos del sillón y se inclinó sobre ella, bloqueándola.
—¡Me atrevo por derecho de madre, y me vais a oír! —replicó.
Sintiendo la resistencia en los puños apretados de su víctima, Marie apretó aún más su presa sin apartar la mirada de la que Catalina le dedicaba.
—Lo pudisteis ver con este collar, Catalina —prosiguió con una voz tan fría como su cólera—, la brujería no puede nada contra mí, no más que vuestras insidias. Vos lo presentisteis, vengo a revelároslo, mis poderes son inmensos y ninguno de vuestros brujos podrá contra ellos. Olvidadme como yo quiero olvidaros, a vos, a los vuestros y hasta estos lugares por los que he paseado, y entonces viviréis en paz. Acercaos de nuevo a mis hijos, de cualquier manera que sea, y los forúnculos os estallarán en la garganta hasta ahogaros, hasta que os produzcan la muerte. Esta vez, lo juro ante Dios y ante el Diablo, nada os salvará. ¿Hablo lo bastante claro?
Catalina estaba lívida. Una sola cosa tenía el poder de asustarla: aquellas fuerzas ocultas que utilizaba a placer y que habían acompañado los secretos de su infancia y de su familia. Inclinó la cabeza, desmoronada.
—Yo... haré que se os detenga y se os queme —balbuceó a pesar de todo, en un arranque de dignidad.
—Atreveos a intentarlo y beberé vuestra alma en una jofaina dorada —rechinó Marie entre los dientes apretados.
La soltó con un gesto abrupto y retrocedió un paso. Erguida en su resolución, parecía más terrible aún. A su pesar, Catalina se hundió en el sillón. Marie disfrutó el momento y ese placer aumentó la perversa crueldad de sus facciones. Tendió un dedo hacia Catalina de Médicis, a quien los goterones de sudor hacían aún más patética.
—No me volveréis a ver —añadió—. Nunca. Y os predigo que tendréis hijos y reinaréis. Pero interponeos en mí camino una vez, una sola, y hasta vuestra sombra en las paredes os hará temblar.
Dejó que se hiciera un silencio cargado de amenazas, giró sobre sus talones y la dejó allí plantada. Sólo había mentido a propósito de sus poderes. Si Catalina intentaba hacer daño a los niños, la mataría.


—Ha llegado el momento de volver a casa, Marie —anunció tranquilamente Constant.
Un silencio cargado de dolor había seguido al anuncio de la muerte de Huc. Soléne, Jean y Constant lo recordaban con sincero cariño y su desaparición labraba una profunda herida en el entusiasmo de sus jóvenes vidas.
—¿A casa? —repitió Marie alzando hacia él su rostro iluminado por una salvaje esperanza.
—No quiero que nuestro hijo nazca aquí. París ya no es lo que hacía que me quedase en él. El tiempo ha dejado atrás nuestras penas, Marie, mi desatino y obstinación. Albérie y los niños nos esperan.
—Tiene razón, Marie. Vuestro sitio está en Auvergne —insistió Jean, que tenía a Soléne contra sí—. Los trillizos necesitan el padre que Huc reemplazó durante demasiado tiempo. Deben de sentirse perdidos sin él. Nosotros nos quedamos aquí.
—Si te parece bien, nos ocuparemos de la lencería; sería una lástima perderla —añadió Soléne.
—Así que aquí es donde nuestros caminos se separan —comprendió Marie con el corazón en un puño.
—No, Marie. Tan sólo se distancian, para luego reunirse tantas veces como nos plazca —rectificó Jean—. Iremos a veros. Vosotros vendréis. Ya es hora de que vuelvas con los tuyos.
—Los echo en falta, es verdad.
—Entonces, decidido. Vollore va a recuperar a su dama. ¿Cómo creéis que estaré en el papel del señor? —preguntó Constant guasón.
—¡Como un gallito en el corral! —aseguró Marie revolviéndole los remolinos del pelo para formar una cresta increíblemente desordenada.
Teñidas de tristeza, sus risas sonaron como el canto de un pájaro en primavera. Huc, lo sabían, no habría soñado con un homenaje mejor.


Sólo fueron precisos ocho días para disponerlo todo. Con la aquiescencia de Soléne y de Jean, Marie puso en venta la casa de Albérie y les dio la adyacente a la tienda. Ella seguía siendo la propietaria de los edificios y del negocio pero dejaba a Soléne buena parte de los beneficios a cambio de ocuparse de la gerencia. Así, Jean, ella y sus hijos podrían vivir sin apreturas. Como antaño y para siempre, su puerta seguiría abierta a la miseria. Aquella miseria en la que habían nacido y que no querían olvidar. Soléne se comprometía a enviar dinero a Philippus con regularidad y a rendir periódicamente cuentas a Marie.
Ella, por su parte, sólo esperaba una cosa: reunirse con sus hijos y traer al mundo al que llevaba en su vientre. Luego, como había prometido, iría junto a su padre y a Ma, mientras Constant se quedaría con Bertille y Albérie para cuidar de Vollore.


Gasparde se abalanzó literalmente sobre las piernas de su madre y no estuvo satisfecha hasta que la levantó en brazos para besarla.
—Has crecido mucho, princesa —se enterneció Marie—, y dudo que pueda seguir llevándote en brazos por mucho tiempo.
—¡Sí, siempre, siempre! —repitió la pequeña, exultante de felicidad por haber recuperado su afecto.
A pesar de todo, Marie logró dejarla en el suelo por prudencia, pues su vientre empezaba a abombarle notablemente la tela de las faldas. Abrazó a una Albérie enlutada. Tenía la cara hinchada, de repente envejecida. Tardó mucho en separarse de ella, como si con sólo aquel contacto hubiese podido consolarla. Luego besó a los niños que, por su parte, mostraban mucho más interés en Bertille que en ella. La enana estaba conmovida.
La casa les pareció triste y vacía. Se había ido un alma más.
—Yo seré la tercera —anunció Albérie por la noche, durante la velada.
—No permitiré que mueras antes de que hayamos conjurado la maldición —replicó Marie—. En cuanto el niño haya nacido, me iré.
Albérie no respondió. Ahora le daba igual no ser más que media mujer. Sólo había soñado con ser libre para dar un heredero a su esposo. Y las tierras de De la Faye las habían heredado Antoine y Gabriel en lugar de los hijos que ella no había traído al mundo.
Los días que siguieron transcurrieron con lentitud. A pesar de los esfuerzos de Constant por distraerlos, aquellos pilludos acababan siempre por llevar la conversación al preboste: Huc haría, Huc decía, Huc, Huc... Su muerte les había privado de un punto de referencia porque lo seguían a todas partes, a cazar, a pescar, a visitar los molinos, los cuchilleros, las granjas. Aquella muerte los dejaba más desamparados que la de Isabeau.
No obstante, poco a poco, Constant fue ganándose su confianza. Marie se enterneció el día en que, para contestar a una pregunta de Antoine, Constant replicó: «De ahora en adelante, soy vuestro padre. Nada ni nadie hará que os abandone, nunca». Llevaba años esperando aquella frase y eso modificó el curso de los acontecimientos.


—¡Tienes que mirar al frente y mantener la brida firme! —explicaba muy serio Antoine a Constant mientras, subido en una yegua mansa, desesperaba por mantenerse allí arriba.
Gabriel casi no podía contener la risa mientras escondía en la mano la aguja que había sustraído del costurero de Albérie. A pesar de que sabía que se ganaría una fuerte reprimenda, no podía evitarlo, había soñado toda la noche con ello, antes de caer en aquella tentación demasiado fuerte.
Sin poder aguantarse más, acabó por convencer a su hermano de que era la única solución.
Constant no sospechaba nada. Se tomaba muy en serio su papel de padre y sabía que montar a caballo sería, a partir de entonces, una de sus obligaciones. Le había costado ocho días vencer su fobia, pero no conseguía decidirse a recorrer más de unos pocos metros, aceptando que los gemelos le sirviesen de preceptores. De hecho, aquello los había acercado y eso resultaba mucho más importante a sus ojos y a los de Marie que aquel estúpido miedo a los «jamelgos», como le gustaba llamar a los caballos.
—¡Esta vez es la buena! —dijo enderezando el busto, por fin decidido a hacerse valer a pesar de las numerosas moraduras que aureolaban sus muslos y nalgas magulladas.
A Gabriel volvió a escapársele la risa y su hermano lo fulminó con la mirada para incitarlo a callar. Constant espoleó al animal, más dócil que un cordero, que dio unos pasos resignados por el cercado.
—¡Vamos, un poco de valentía, padre! —gritó Antoine.
Sorprendido y conmovido por aquel calificativo que sonaba por primera vez en su boca, Constant se sintió lleno de una orgullosa seguridad.
—Creo que es el jamelgo, que está cansado —fanfarroneó.
—¡No te fíes! —exclamó Gabriel, quien, sin poder aguantar más, acababa de rodear la grupa del animal con gesto inocente.
—¡Espoleadlo un poco, a ver! —sugirió Antoine mientras guiñaba un ojo a su hermano.
Constant obedeció en el momento en que la punta de la aguja llegaba al cuero de la yegua, que relinchó de sorpresa antes de lanzarse a la puerta abierta del cercado.
—¡Agarrad fuertemente la brida, padre! Os seguimos —gritaron los chicos, que, en un mismo impulso, habían cabalgado sus monturas que sostenían los palafreneros, muertos de risa.
Sacudido como una gavilla de paja mal atada, Constant intentaba controlar aquella delicada situación que le obligaba a pasar junto al castillo entre las risas de sus gentes e ir derecho al bosque. Habría querido gritar, pero su orgullo se lo impedía. Apretaba los muslos para no caer y tiraba y tiraba de las riendas como si de un momento a otro fuera a quedarse con ellas en las manos.
Cuando los dos granujas vieron que Constant había controlado su montura, espolearon sus caballos y se unieron a él, reprimiendo la risa para fingir inquietud.
—No ha estado mal, ¿verdad, padre? —preguntó inocentemente Gabriel cuando por fin se detuvo la yegua de Constant.
—No, no ha estado mal.
—¡La habéis llevado con mano maestra! —se entusiasmó Antoine.
Constant se sintió invadido por una sonrisa de felicidad.
—¡Y no me he caído! —añadió muy orgulloso de su hazaña.
—¡En resumen, sabéis montar a caballo!
—Y a fe mía que no es desagradable —reconoció Constant mientras se inclinaba para dar unas palmaditas en el cuello del animal.
—¡Ves, ya te lo había dicho yo! —dijo Gabriel a su hermano.
Esta vez, Constant sorprendió la mirada de connivencia entre ellos y se preocupó.
—¿Debo entender que he sido objeto de alguna broma? —preguntó.
Los muchachos lo calibraron un momento y luego Gabriel alargó la mano abierta hacia Constant, mostrando la aguja.
—Pero... Granujas, mereceríais...
El resto de la frase se perdió en la hilaridad de los dos hermanos, que espolearon sus monturas al unísono.
—¡Cógenos si puedes! —gritó Antoine.
—¡Oh! Sí, padre, cógenos —repitió Gabriel haciéndole eco.
—Como si pudiese... —se lamentó Constant. Y, de pronto, le pareció evidente—: ¡Claro que puedo!
Arrojó la aguja a la hierba y plantó los talones en los costados de la yegua, que, una vez recobrada la calma, pacía tranquilamente. Aguijoneada por la nueva seguridad de su dueño, se lanzó tras los niños, cuya risa, traída por la brisa, no dejaba de resonar en el sendero forestal.
Acabaron por dejarse alcanzar y, gracias a la espontánea promesa de Constant de que callaría aquel feo asunto de la aguja, el regreso fue alegre.
—¡Mañana tendremos que visitar la comarca! —decidió Gabriel.
—Sí, el tío Huc lo hacía cada jueves —solicitó Antoine.
—Entonces mañana. ¡Vamos!
¡Por nada del mundo habría confesado Constant que tenía las nalgas más doloridas que si le hubieran azotado con una vara de avellano! Y Dios sabe que la había probado en sus tiempos jóvenes cuando él y Marie acumulaban trastada tras trastada.


En septiembre de aquel año de 1540, Marie trajo al mundo un hijo, tan gordo que tuvo la impresión de que le desgarraban el vientre. Lo llamaron Philibert y mamaba de forma insaciable.
Constant lo encontraba magnífico y proclamaba a los cuatro vientos que no podía haberlo hecho mejor. Gasparde, por su parte, lo encontraba detestable, aunque se sintiese enternecida al verlo en la cuna. La verdad era que habría preferido quedarse para ella sola aquella madre que apenas acababa de recuperar. Marie intuía cuánto la habían perturbado la muerte de Huc, la de Noirot, su compañero preferido, y las circunstancias de aquella agresión. Se esforzaba cuanto podía por tranquilizarla y por proporcionarle todo el afecto y la ternura que ella esperaba, sin por eso dejar de pensar en el desgarro que le causaría su próxima partida.
No obstante, su decisión estaba tomada. Constant la había aprobado. Algo en su interior, una especie de intuición feroz, le hacía pensar que el momento había llegado. No quería que el sacrificio de Isabeau fuese en vano, que su vida entera hubiese podido no ser sino un paso más hacia la desdicha. Todo aquello tenía que tener algún sentido. Y sólo lo encontraría salvando a Ma y a Albérie.
Permaneció dos semanas en cama, hasta que su carne herida por el parto se restableció. Luego, a mediados de octubre, indiferente a los asuntos de Francia y del resto del mundo, confió sus hijos una vez más, besó a Constant con ternura, prometió a Gasparde que pronto volvería y se fue con la certeza, en su fuero interno, de que un ciclo terminaba.


Marie llegó al Sacro Imperio Romano Germánico a mediados de diciembre de 1540, con tres hombres de escolta. A pesar de la comodidad de su carruaje, que habían acondicionado con cojines y pieles, sus cicatrices la obligaban a hacer frecuentes paradas y le costaba permanecer sentada. Hubo que afrontar, además del dolor, el mal tiempo que persistía y retrasaba la progresión. Los caminos estaban ribeteados de nieve o hielo, había que extremar las precauciones al cruzarse con otro vehículo y a menudo las rodadas de los carros rompían un eje. Incluso, a mitad de camino, hubo que matar uno de los caballos porque se había fracturado una pata en un bache más hondo de lo normal, oculto por la abundante nieve, y Marie tuvo que esperar varias horas a que uno de los guardias trajese otro de la posta más cercana.
Llegó a Salzburgo agotada, esperando que Philippus siguiese allí desde su última carta. Le había asegurado que esperaba su visita con impaciencia. Cuando su carruaje con el escudo de los Chazeron se detuvo ante la casa de entramado visto, en la dirección que él le había dado, el corazón le latía con más fuerza que nunca.
Llamó. La puerta se abrió dejando ver a Paracelso, tan envejecido que resultaba difícilmente reconocible.
—¡Marie! —exclamó jubiloso, y la conminó a entrar.
Marie se encontró estrechada en un cariñoso abrazo. En el mismo instante, un poderoso choque le hizo doblar los hombros. Marie cogió en su mano la velluda pata de Ma, que, como antaño, se había precipitado sobre ella. Una lengua rasposa le barrió la oreja y Marie estalló en una risa alegre y dichosa. Después, se desplomó inerte, vencida por el cansancio y la emoción.
Se despertó con la impresión de salir de un mal sueño. Se encontraba en una habitación con las paredes cubiertas de tapices de colores y con el dosel de la cama salpicado por un enjambre de estrellas. El gesto de desperezarse le arrancó un gemido. La entrepierna le daba tirones.
Ma irguió una oreja y saltó sobre la cama para tumbarse a su lado. Marie volvió la cabeza hacia el morro de la loba y le sonrió.
—Ma —murmuró—. ¡Qué felicidad volverte a ver!
En aquel momento, se abrió la puerta y entró Philippus, con un vaso entre sus manos arrugadas. Al verla despierta, se sentó en la cama, junto a su cabeza.
—¡Qué susto nos has hecho pasar, hija! —reprochó.
—No lo entiendo —mintió Marie.
—Te has ido de Vollore sin completar la convalecencia. El niño te ha desgarrado. Las heridas eran profundas.
—Se habían cerrado —se defendió Marie.
—Habían hecho costra —rectificó Philippus.
—Sea —aceptó Marie—. Pero apenas me dolían. Pensé que acabarían de curarse por el camino.
—Se han infectado poco a poco.
—Es verdad que por momentos tenía la sensación de tener fiebre, pero duraba poco y ese viaje habría derrengado a cualquiera. Además, he tenido cuidado de aplicar decocción de adormidera en cada etapa.
—No ha bastado. En un viaje, es difícil permanecer limpia. He tenido que sajarte para liberar la postema. A partir de ese momento, ha descendido la fiebre que te agotaba y los humores que habían subido a la ingle se han reabsorbido. Todo irá bien. Toma —dijo tendiéndole el vaso—. Bebe esta poción, eso te repondrá, porque hace dos días que te mantengo dormida para que te cures mejor.
—¡Dos días! —repitió Marie—. Y yo que estaba tan impaciente.
Bebió el amargo brebaje sin preocuparse por su contenido. Su padre sabía lo que hacía.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Marie.
—Por tus orines. Siempre los examino, es lo primero que hago. Tenían pestilencia. Ahora descansa. Mañana podrás levantarte y comer. Ya era hora de que vinieras. Unos días más y seguramente la infección te habría gangrenado el vientre. No creo que vaya a ser el caso.
Marie sintió que el sueño la vencía. No le extrañó.
—¿Podré seguir procreando? —preguntó en medio de un bostezo.
La respuesta se redujo a un estallido de risa que el somnífero se llevó.


Al día siguiente, Marie estuvo encantada de comprobar que su padre había dado en el clavo. Pudo orinar sin ardor de ningún tipo, lo que no había sucedido en las últimas semanas. Y se serenó al leer en los ojos de Ma, que no se había apartado de ella, la misma ternura de otros tiempos.
Quiso vestirse, pero la loba dio inmediatamente la alerta ladrando. Aparecido Philippus, con las manos manchadas de un líquido violáceo. Las frotó contra un mandil ya maculado con manchas diversas.
—Bien, bien —dijo acercándose a ella—. ¿Y si empezásemos por hablar?
—¡Tengo hambre! —protestó ella como única defensa.
—¡Tiene hambre! ¿Lo oyes, Loraline? ¡Nuestra hija tiene hambre! ¡Muy bien, vamos a desayunar! —añadió estallando en una de aquellas risas que restallaban como un latigazo.
Marie se vio obligada a tomar un baño, condición previa para vestirse, lo que exigió una hora larga antes de que estuviese en condiciones de bajar los escalones haciendo muecas de dolor. Andar le resultó aún más doloroso.
—Pasará tiempo antes de que cicatricen las heridas —explicó Philippus.
La mesa estaba servida con pularda rellena, jamón, paté y legumbres variadas. Marie se instaló sin preocuparse de la decoración de la casa. Una chimenea expandía un acogedor calor mientras, tras la ventana que daba a la calle, los copos de nieve danzaban.
Al partir una rebanada de pan, recordó la escolta que la había acompañado. Philippus la tranquilizó divertido:
—Se han tomado un descanso bien merecido y están alojados en el lavadero, con colchones de paja recién renovados. Apuesto a que en este momento están en la casa de al lado. Ayer, Bigot perdió veinte sueldos a los dados. Estaba muy decidido a recuperarlos.
—Es un jugador inveterado —reconoció Marie—. Cada mes se le va en eso la soldada entera. Voy a mandarlos de vuelta a Francia.
—¡De eso nada! —dijo Philippus—. Se quedarán aquí alimentados y alojados, y son tan discretos como fieles a ti. ¡Tres hombres más no significan ninguna molestia para un viejo lobo como yo!
Para confirmar lo que decía, Ma ladró con fuerza.
—Muy bien —aceptó Marie—. Pero puede que el tiempo se les haga largo, porque no regresaré antes de que hayamos encontrado lo que he venido a buscar.
Philippus sintió que su alegría decaía. Ella no se arriesgó a romper aquel silencio y cortó un muslo de pularda con avidez. Él la acompañó en la mesa y la miró morder y despedazar la carne a dentelladas. Un surco de preocupación le recorría la frente, una arruga profunda trazada por la desilusión.
—Es posible que no lo encontremos nunca, Marie.
Ella alzó la cabeza. Ma había apoyado la suya sobre el terciopelo de su vestido.
—Me niego a aceptar esa idea —objetó.
—Hace ya nueve años que exploro todas las posibilidades —dejó caer Philippus, como una sentencia—. No he renunciado, Marie, pero creo que Isabeau tenía razón. Tal vez el alkahest no haya existido más que de manera fortuita y lo que está hecho no pueda deshacerse.
—Eso va en contra de cualquier lógica y de cualquier teoría —insistió Marie sirviéndose una abundante ración de legumbres—. ¿No te he oído decir que la materia es una y susceptible de evolucionar?
—Lo sigo creyendo. Sin poseer ninguna certidumbre.
—Puede ser que tus conocimientos te resulten tan evidentes que no veas con claridad cuál es el que te lleva al objetivo buscado. Padre, la gente se burla de tus teorías y sin embargo curan, prueba de que son verdad.
—Son la continuación de las de Isabeau y Loraline.
—Entonces, son la clave. Juntos la encontraremos. Yo también he aprendido mucho durante estos años. Vamos a volver a empezar desde el principio. Juntos. No me falta el dinero para terminar lo que se empezó.
—Mi padre murió en septiembre de 1534. No había venido a esta casa que me ha legado antes de que escribieras anunciando tu visita. Quería que te sintieses en ella como en tu casa —confesó Philippus—. Quería el hogar que no supe daros a tu madre y a ti.
—No es demasiado tarde, padre. Tú lo sabes y yo también.
Marie puso una mano entre las orejas de la loba.
—Pongo a Dios por testigo de que verás el rostro de mi madre como yo lo veré.
—¡Ojalá te escuche, Marie! ¡Ojalá te escuche!


La semana siguiente, Philippus mostraba a Marie la sala con los arcones del material alquímico que había instalado en el primer piso, junto a su habitación. Y ella mandó de regreso a Vollore a los hombres que la habían escoltado. Seguía temiendo la reacción de Catalina de Médicis y prefería saber que la guardia completa vigilaba a sus hijos.
Estaba persuadida de que su padre había escrito en alguna parte de sus tratados o notas una frase clave, algún indicio inconsciente que les permitiría encontrar la solución al problema. En consecuencia, se sumergió en su lectura y luego los recorrió de nuevo hasta aprenderlos de memoria, mientras él hacía el inventario de todas las enfermedades, de sus causas y medicaciones, que había descubierto.
Eso duró hasta la primavera de 1541. Había permanentemente frases que venían por la noche a llamar a las puertas de sus sueños, a veces se mezclaban, se hacían confusas, perdían su sentido, pero Marie las asimilaba, las destilaba, de manera más segura de lo que lo habría hecho el rugiente atanor.
«Todo es veneno, nada es veneno, sólo es un asunto de dosis. La enfermedad nace de la salud y la salud de la enfermedad. Por eso es necesario conocer no sólo los orígenes de la enfermedad, sino también las reparaciones de la salud», cantaban los escritos en su cabeza. «Las enfermedades provienen de la transmutación. Iodo lo que es transmutado, transmútalo tú también y cuida de que las anatomías concuerden recíprocamente. Luego, sí las anatomías sobrevienen, cuida de disponerlas en una y otra transmutación. Así es como deben establecerse y componerse las recetas, aportando la mayor atención a la preparación de las medicinas, a la potencia, al tiempo y a la hora, a la propiedad y a todo lo que se relaciona con ella.»
En junio de 1541, Marie tan sólo había retenido esas frases, tan vivamente ancladas en ella que no dudaba de su importancia. Philippus se sumó a ese parecer. Al cabo de los meses, se habían compenetrado tanto que les bastaba una mirada para comprenderse. Su común amor por la loba que no se separaba de ellos y los guiaba con su instinto, los confortaba en su loca esperanza. Ella sola representaba una victoria sobre el absurdo de un mundo egoísta y estrecho. Para darle aún mayor sentido, Philippus desplegó ante ellos el extraño tema astral que Michel de Nostre-Dame le había trazado. El que indicaba que uniendo cada estrella componía la imagen de una loba con un colgante de oro. Seguidamente, se enfrascaron en el cuadro de las diferentes enfermedades que él había redactado. Después estudiaron su concordancia, encontrando aquí y allá elementos comunes al tema astral y a las láminas anatómicas de Isabeau: aquí el Sol, que tenía una influencia sobre el corazón, allí la Luna sobre el cerebro, Marte sobre la bilis y Venus sobre los riñones. El mercurio, la sal y el azufre cuyo desacuerdo, en opinión de Paracelso, era causa de males, el antimonio y el azogue por su incidencia alquímica.
Elementos que Isabeau había utilizado en la preparación inicial del alkahest. Philippus explicó a Marie que también entraban en la composición de la numia, ese bálsamo creado por él que había curado sus llagas vaginales.
Le contó que con ayuda de la poción fabricada a partir del cerebro, de las vísceras y la sangre del monstruo engendrado por Isabeau, había logrado crear homúnculos, pequeños seres vivos de apariencia humana, sin sexo, sin auténtico peso, que le mostró, conservados en frascos. Habían vivido cuarenta días en una decocción de mandrágora y luego habían dejado de gesticular y de vivir.
Isabeau, por su lado, había llegado al mismo resultado. Tal vez hubiese allí algo más que mero azar. Ni el uno ni el otro habían sabido cómo utilizarlos para progresar en su búsqueda.


Septiembre avanzaba, ribeteado de frío en aquella montañosa región de Austria. Hacía casi un año que había dejado Auvergne, pero les llegaban con regularidad noticias tranquilizadoras. Todos la añoraban, pero Constant, en sus cartas, permanecía firme, insistiendo en que él se esforzaba con eficacia en cumplir su papel y que ella debía cumplir el suyo para poder por fin ofrecer a aquella tierra todo lo que le faltaba. Aquellas palabras reconfortaban a Marie, quien le respondía transmitiéndole toda la fuerza de su convicción, de su amor por él y por los niños. Gracias a esa constancia, sólo sentía una nostalgia serena y constructiva.
En la chimenea ardía un fuego decidido, ante el que descansaba Ma, con su hermosa cabeza sobre las patas delanteras, en un jergón de paja bien limpio. Mientras devoraba con excelente apetito una generosa rebanada de pan empapada en leche caliente, Marie no dejaba de mirarla, esforzándose en imaginar, bajo la máscara, la mujer en que se habría convertido.
—Se parecía enormemente a Isabeau —le confió Philippus como si hubiese podido leerle el pensamiento.
—¿Crees que habrá envejecido igual?
Philippus cogió en su mano regordeta la de su hija mientras dejaba el bol sobre la mesa, con una línea cremosa en torno a los labios.
—Pronto lo sabremos, Marie.
—A veces me pregunto si eso tiene todavía alguna importancia —respondió la joven—. Parece feliz y nosotros también lo somos.
Philippus suspiró y Marie insistió:
—¿No es así?
—Sí, seguro, hija. Sí, seguro. Pero esa felicidad se debe a nuestras investigaciones. Ellas nos han unido y nos mantienen unidos. Echas en falta a tus hijos, como yo te he echado en falta tanto tiempo. Quisiera devolverte a ellos. Quisiera devolverte a ella.
—Tuve la madre más maravillosa. No lamento lo que me ha dado.
—Lo sé, pero egoístamente, no puedo darme por satisfecho. Percibo su sufrimiento por no poderme ofrecer otra imagen que ésa. Yo podría conformarme. Ella no.
—Lo comprendo y no he renunciado, padre.
Acabaron el desayuno en silencio. Ma parecía dormir, indiferente a su cuchicheo, pero Marie sabía que no había perdido ripio de su conversación. Para distraerse, hizo una pregunta que más de una vez había deseado formular.
—¿De dónde viene ese sobrenombre de Paracelso? Isabeau decía que el primero en llamarte así había sido Michel de Nostre-Dame.
—Es cierto. Significa «cerca del cielo», es una mezcla de griego y latín. Me hizo gracia, sobre todo porque la traducción de mi apellido es «la casa alta». Tras dejar a Michel, la primera vez, quise ver en ese nombre una referencia a Aulus Cornelius Celsus, a quien el «para» en griego me equiparaba.
—¿Qué tenías en común con el médico de la época de Augusto? —preguntó Marie divertida.
—Puro orgullo —replicó Philippus encogiéndose de hombros—. Los halagos me gustaban por aquel entonces. Más tarde, asocié ese nombre al tema astral que Michel había trazado. Tal vez mi destino estaba en ese arcano. En realidad, no tengo explicación.
—Nada es por azar, padre. Tal vez te acercaste inconscientemente a una verdad escondida.
—Es posible. Tengo aquí la obra de Celsus: De arte medica, libris VIII, sobre la medicina y la cirugía. Lo consulté en numerosas ocasiones durante mis estudios. Luego, no lo he vuelto a abrir. No parecía de especial interés.
—¿Tal vez habría que releerlo?
—No sé si hay que dar crédito a los escritos de ese hombre. No se sabe nada de él mera de ese manuscrito descubierto en los archivos de la iglesia de San Ambrosio de Milán, hace menos de un siglo. Ni siquiera sabemos si realmente fue médico, algunos lo tienen por un simple polígrafo.
—¡Y eso qué importa! Tampoco fue la universidad la fuente de tus curaciones. ¿Tienes la edición original?
—Sí, la de Florencia de 1478.
—Bien, así estamos a salvo de torpes interpretaciones. Tal vez descubramos en él, más allá de las apariencias, una concordancia con Nostradamus y este arcano celeste.
Se levantaron de la mesa. Ma se alzó inmediatamente para seguirles y Marie comprendió que su instinto no le había engañado. Ma siempre dormía con un ojo cerrado y otro abierto y lo mismo hacía con las orejas. Philippus acabó por desenterrar la obra de un viejo baúl y se inclinaron sobre ella con aplicación. Las enfermedades estaban allí clasificadas en tres categorías, según sus medios curativos: la primera concernía a las enfermedades tratadas por la higiene y la dietética, la segunda a las adecuadas para la medicación y la tercera estaba consagrada a la cirugía, proponiendo incluso el uso del injerto en cirugía plástica.
En varías ocasiones, encontraron el recurso a las sales, tanto en los medicamentos como para la cicatrización. Asimismo, varios pasajes hablaban de la tintura de flor de adormidera.
Marie transcribió fielmente lo que suscitaba en ella curiosidad, una sospecha o un estremecimiento. Luego volvió a las abundantes notas de Philippus. Ocupaban cuadernos enteros, cosechados a lo largo de sus peregrinaciones. Los releyó, segura de haber encontrado antes aquella alusión al licor de adormidera.
La encontró en una nota sobre una bruja que su padre había conocido en Armenia. Hablaba de una receta a la que se atribuía la capacidad de prolongar la vida e impedir la necrosis de los tejidos. Philippus había añadido su propio comentario: ¿sería aquella tintura que utilizaban Adán y los patriarcas de la época anterior al diluvio para acercarse a la inmortalidad? En la preparación entraba un agua «que olía a huevo» y un licor de la flor del sueño. Se añadía la necesidad de una alineación de planetas con respecto a la Luna y diversas cifras que debían pronunciarse en el momento exacto en el que se alcanzase la triple unidad.
—En la época, eso me pareció demasiado enigmático, a pesar de que aquella mujer pretendiese haber vivido trescientos años.
—¿Qué es la triple unidad? —preguntó Marie.
—También se le llama «acharar». Simboliza el fuego, el vapor, la potencia. Los hebreos se refieren a ella con frecuencia. Algunos incluso han pensado en recrearla por medio de un atanor —dijo Philippus divertido.
—Háblame de esa tintura.
—Se sabe poca cosa. Según se decía, tenía el poder de prolongar la vida evitando la vejez, pero no impedía una muerte accidental. Numerosos filósofos la citan. Algunos cuentan que fue creada en la Atlántida, una isla volcánica a decir de la leyenda. De la lava que corría permanentemente en un río hacia el mar se extraían numerosos minerales y sus vapores sulfúricos permitían la curación de ciertas enfermedades de la piel.
—Como en Montguerlhe. ¿Isabeau utilizaba esa agua sulfurosa? —preguntó Marie pensativa.
—Sí, por necesidad —admitió Philippus—. La fuente era la única que alimentaba los subterráneos de Montguerlhe. Te aseguro que el olor que despedía no invitaba a meter la nariz en ella, pero acabé por tomarle gusto. Como a aquellos otros perfumes que me hicieron feliz —añadió con nostalgia acariciando la cabeza de la loba.
—¿Qué le pasa? —preguntó Marie al verla agitarse bajo aquella mano querida.
Philippus se arrodilló ante Ma.
—¿Qué hemos olvidado? —preguntó.
Ma se apartó de él y puso la pata sobre las notas que Marie había extraído.
—La tintura, padre —comprendió Marie—. La tintura de esa anciana es la clave.
—Tal vez. Pero hay otra cosa. Algo que se me escapa pero que está ahí mismo, muy cerca. Tan cerca... —masculló Philippus midiendo el suelo con sus pesados pasos y apretándose las sienes con los dedos, como si quisiera obligar a que brotase hasta la más pequeña parcela de sus recuerdos.
—Recapitulemos —propuso Marie para ayudarle—. Isabeau utilizaba el agua de Montguerlhe, que tiene una fuerte concentración de azufre. La bruja también. Las flores del sueño deben de ser la adormidera, que ya sabemos que es uno de los elementos. Figuran luego esos signos y esas cifras. ¿Qué pueden significar? ¿Una latitud, una longitud? ¿Elementos de cartografía celeste? La bruja habla de clavículas, pero ¿de qué son la clave?
—Espera, espera —repitió Philippus, con la frente húmeda—. ¿Has leído clavículas?
—«En 3 y 7 están las clavículas. En el acharat estarán mezcladas. Luego vendrá...»
—¡El hebreo! —cortó Philippus—. ¡Oh! ¡Señor Dios! ¿Cómo he podido olvidar al hebreo?
—¿De qué estás hablando, padre? —preguntó Marie, súbitamente inquieta por su aspecto.
Ma se puso a ladrar y Marie se preguntó por un momento si no se habrían vuelto locos los dos. Philippus acababa de coger las patas delanteras de la loba y bailaba en medio de la canción de sus aullidos. Marie se dejó caer sobre una silla. No comprendía nada de toda aquella locura, pero parecían felices. Aquel algo que se le escapaba tenía pues su importancia. ¿No era eso lo único que contaba? Philippus se detuvo ante ella, con una sonrisa beatífica en su rostro lunar, y soltó a la loba, que se tumbó a sus pies, mareada por el torbellino de aquella ronda incongruente.
—Salomón es el punto de contacto entre esa bruja armenia y el hebreo de mi infancia. Ven, Marie.
—¿Adonde? ¿A Montguerlhe? —preguntó ésta cada vez más confundida.
—No. Al sótano.
Dicho y hecho, cogió un farol y descendió la escalera. Marie dudó y, luego, atrapada por los ladridos de Ma, que la invitaba a seguirles, se encogió de hombros y murmuró:
—Al sótano. ¡Nada más lógico!
Al llegar bajo la escalera, encontró a su padre ocupado en un extraño ballet. Contó siete pasos, luego doce en un sentido, luego tres en el otro, en voz alta. Cuando se detuvo, inspiró profundamente y la miró.
—Traje de Montguerlhe todos los elementos necesarios para el alkahest, incluido un tonel de agua. No sabía cómo utilizarlos. De la misma manera, Isabeau repitió cien veces los mismos gestos, segura de que una relación se le escapaba. Lo teníamos todo, Marie. Todo salvo la consciencia de lo que buscábamos. Antes de encontrar la fórmula, había que saber quién la había redactado. La armenia lo conocía, como los hebreos. Era su guía.
—¿Salomón? —se asombró Marie—. No lo entiendo, padre. ¿Qué esperas desenterrar en este sótano?
Philippus no respondió. En cuclillas, retiraba el polvo de una losa polvorienta con la palma de la mano. Despejó lo mejor que pudo sus contornos e intentó levantarla.
—Busca algo para hacer palanca —dijo.
Marie desplazó el farol y barrió con la luz la pequeña estancia en la que había estanterías con algunos frascos aquí y allá. Contra una pared, descubrió un imponente calzador de hierro macizo y mango largo. Se lo dio a Philippus, quien, sin tardanza, introdujo la punta en la estrecha muesca de la juntura y se arqueó. Marie renunció a reclamar una explicación, pero su corazón latía tan fuerte que le parecía que iba a salírsele del pecho. Fuese lo que mere lo que su padre hubiese podido esconder, tenía que ser un gran secreto para que valiese la pena aquel esfuerzo.
—Ayúdame —reclamó Philippus, sudando por el esfuerzo.
Marie empujó a su vez y la losa se levantó, dejando al descubierto un sobre de cuero extrañamente atado.
—¿Qué es? —preguntó por fin.
Por toda respuesta, Philippus cogió cuidadosamente el contenido del escondite. Lo colocó sobre la losa removida y desató los lazos que aprisionaban las gruesas solapas.
—¿Cómo he podido olvidar su existencia? —murmuró casi para él solo.
Marie acercó el farol y descubrió unas tablillas de granito. Eran tres, de extrema finura y sutilmente grabadas con signos que no reconoció.
—No es ni latín ni griego —comentó, esperando que él la ilustrase.
—No, hija. Es hebreo. Las grabó el propio Salomón. Es una larga historia —dijo sonriendo de satisfacción—. Esta casa pertenecía a mi padre, como sabes. Él fue quien escondió esta maravilla, de eso hace muchos años. Yo aún era un niño. Se había presentado en su consulta un viejo, enfermo y derrengado. Decía que venía de Egipto tras haber visitado numerosos países y huido a menudo de lo que él llamaba la Akasba. Deliró largamente y luego se extinguió, sin que se pudiera hacer nada por salvarlo. Buscando su identidad, mi padre registró sus cosas y encontró esto. Me llamó y me lo enseñó, apenas inhumado el desconocido en la fosa común. «Esto es el tesoro más precioso del mundo. Se creía perdido para siempre y se le llama el Arte Notorio. Algunos incluso pretendían que no era más que una leyenda», me dijo. Le pregunté qué contenía. «Los secretos más oscuros o más nobles del origen de la vida. Todo es mutación, hijo mío», me respondió. Escondió las tablillas en este sótano e hizo muy bien. En varias ocasiones, durante nuestras ausencias, saquearon la casa, aparentemente para encontrarlas, luego le tocó al gabinete de auscultación. Mi padre tenía la sensación permanente de que lo espiaban. Luego eso cesó. Prefirió olvidar la existencia de ese tesoro, tanto más cuanto que le resultaba imposible descifrarlo, puesto que sólo había comprendido el contenido de aquellas tablillas deduciendo a partir de los delirios del extranjero. Yo también lo había olvidado, Marie, prisionero como estaba de mis propios demonios. Pero ahora lo recuerdo todo. Me veo llevándole de beber al hombre agonizante. Sus dedos estaban tostados, veteados de una tonalidad violeta al igual que el interior de sus labios, y se formuló la hipótesis de que podía haber sido envenenado. Como única respuesta a esa pregunta, el hombre mencionó de nuevo la existencia de la Akasba, el quinto elemento, y la máxima que he adoptado: todo es veneno, nada es veneno.
—¿Sabes lo que significa la Akasba, padre?
—Simboliza el poder espiritual omnipresente que impregna el universo. La energía fundamental de la que todos los elementos extraen su existencia.
—¿Dios?
—En cierto sentido.
—¿Crees que ese veneno puede ser el que de manera inconsciente o por azar creó Isabeau? ¿Esas tablillas revelan el secreto del alkahest?
—Tenemos que descubrirlo, Marie. Nunca tuve la sensación de estar tan cerca del objetivo. Mira a Ma —añadió.
La loba lamía obstinadamente los signos grabados sobre las tablillas. Las miradas de ambas se encontraron y Marie se sintió conmovida. Tras la risa del lobo, Loraline lloraba.
—Sé dónde encontrar alguien que hable hebreo —continuó Philippus—. En esas tabernas de mala muerte en las que no te gusta verme. El hombre me ha abordado en varias ocasiones. Quería comprar esta casa cuando supo que yo regresaba a ella tras cuarenta años de ausencia.
—Padre... —se inquietó Marie.
—Esas tablillas tal vez contengan la verdad, Marie. No creo en el azar, ya lo sabes.
—Sin embargo, si ese individuo puede descifrarlas, sabrá su valor y estará dispuesto a todo por recuperarlas, como otros antes que él. ¡Si no lo sabe ya! —añadió con un escalofrío.
—Ma nos protegerá —dijo Philippus sereno, rodeando con los brazos el cuello de la loba—. Vale la pena, Marie.
Ésta asintió con la cabeza. Pero no estaba tranquila.


El sol declinaba sobre el brumoso horizonte cuando Philippus empujó la mugrienta puerta de uno de aquellos siniestros tugurios. La luz allí era tamizada para disimular tanto la miseria de los ocupantes como la del lugar. El suelo rara vez recibía un repaso de escoba y la inmundicia se acumulaba en él, empujada o aplastada por los pies de las haraganas que, con el pecho desabrochado y los muslos acogedores, se afanaban en aligerar las faltriqueras de los despistados a cambio de encantos con frecuencia marchitos. Gentes de toda calaña, de todas las razas y todos los países engullían en mesas abarrotadas de copas volcadas o regularmente vaciadas, y de bandejas con manjares abundantes y poco fiables.
Philippus se abrió paso, respondió al saludo de algunos, pellizcó una nalga que se puso a tiro ofreciéndose desvergonzada. Se dirigió a una mesa, en el fondo de la sala, en medio de la algarabía y del humo que producía al gotear la grasa de un cochinillo que giraba en el espetón sobre las brasas.
No le agradaba que Marie supiese que estaba en uno de aquellos lugares. Le gustaba beber, eso era innegable, había cogido la mala costumbre durante los años en los que sólo esperaba borrar el recuerdo del amor perdido. Y la había conservado a pesar de su tripa hinchada. La verdad era que en aquellos lugares poco recomendables para la gente de bien siempre encontraba a alguien cuya historia o cuyas narraciones saciaban su sed de conocimientos, que era aún más exigente. Allí había encontrado alquimistas a la búsqueda de Satán para mejor acercarse a Dios, curanderos, especialistas en abortar tanto como buscones. Ante un vaso, se confiaban y le confesaban su saber. Philippus localizó al hombre enseguida, sentado a la mesa. Avanzó resueltamente hacia él.
Éste le reconoció y le saludó. Estaba solo. Philippus acercó una silla y se sentó frente a él, indicando con un gesto a la camarera que trajese otro pichel de vino.
—¡Estás generoso, Médicas! —señaló el hombre con un marcado acento.
Era de piel mate y Philippus sabía de él lo que se decía: era hebreo, respetado, se llamaba Levi y se interesaba por su herencia. Eso no le había chocado en el momento de su llegada, pero ese interés cobraba ahora todo su sentido.
—Tengo que pedirte un favor —dijo sin más preámbulos, poco inclinado a entablar una conversación que podía ser espiada—. Sabes leer hebreo antiguo, ¿verdad?
El hombre afirmó con la barbilla, con un brillo en su mirada parda y penetrante.
—Tengo un texto que necesito traducir —continuó Philippus, seguro de despertar su curiosidad.
—Lo podré hacer si me pagas bien —respondió Levi con un tono de superioridad que no gustó a Philippus.
—Quedarás satisfecho, pero debes garantizarme la más absoluta discreción.
—A fe mía, Médicus, que seré mudo como una tumba.
—Ven a mi casa mañana —decidió Philippus—. Solo. Estimarás el valor de lo que tienes que traducir in situ y serás pagado en consecuencia. Se dice también que entiendes y hablas el francés. ¿Es cierto?
—Tengo múltiples talentos, pero una sola palabra. Iré.
Philippus se levantó cuando la camarera traía el pichel encargado. No tenía ganas de beber. La condescendencia del hebreo le había hecho desconfiar. Decidió hacerle ver que no le engañaba. Tiró unas monedas sobre la mesa y se despidió con una advertencia:
—Sacia tu sed, amigo, pero contén tu lengua o la Akasba te la hará tragar.
Luego se abrió camino hasta la salida e inspiró largamente el olor de la noche.
Apoyado en un árbol, un muchacho de unos doce años intentaba adivinar, a través de la puerta, alguna falda remangada o un corpiño desabrochado. Philippus se divirtió mirándolo por un momento y luego, asaltado por una repentina idea, se acercó a él y le puso unas monedas en la mano para despertarle la codicia.
—Hace falta dinero para disfrutar de una barragana. ¿Conoces a uno al que llaman el hebreo?
—Seguro, señor.
—¿Sabes dónde vive?
—No, pero ya me gustaría —se lamentó el muchacho que había esperado otras monedas.
—Pues síguelo y tráeme su dirección. Además de lo necesario para pagarte tu desvirgue, te daré el nombre de la que se contentará con eso.
—¡Es como si ya estuviese hecho, señor!
—¿Conoces mi casa?
—Todo el mundo os conoce —afirmó el muchachito respetuosamente—. Vos sois el Médicus.
—Así pues, esperaré —dijo Philippus a modo de buenas noches.
Volvió a casa sin apresurarse. Sobre su cabeza, en la que reinaba una notable calvicie, una miríada de estrellas desplegaba un infinito majestuoso. Las contempló largamente, apoyado contra la pared de su casa. Eran misterio y revelación a un mismo tiempo. Michel de Nostre-Dame habría leído una señal en ellas, él sólo tenía una ciencia para entrever su destino.
Y sabía que acababa de jugarse el suyo.

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Vie Nov 19, 2010 1:55 pm

Capítulo 22


Tal y como Philippus sospechaba que ocurriría, el hebreo no pareció sorprendido cuando él deshizo cuidadosamente ante sus ojos las ataduras de cuero. Todo lo más, Marie pudo leer en su mirada un relámpago de codicia.
—¡Las tablillas de Salomón! —constató pasando un dedo sobre los caracteres—. Hace mucho que sabía que estaban en el seno de tu familia, Médicus —añadió en francés, tal y como Philippus le había exigido.
—¿Cómo lo sabías? —preguntó Philippus, que esperaba con ello verificar sus suposiciones.
—Aquel hombre a quien tu padre atendió hace muchísimo tiempo era un sacerdote, como yo hoy. A su muerte, nadie supo dónde las había escondido, y la Cofradía de los Hijos de Salomón no pudo encontrarlas. Somos los guardianes, de generación en generación, del saber de Salomón. Esas tablillas nunca debieron desaparecer. La codicia de nuestro hermano no tenía límites. Pretendía ser un adivino, dirigido por el propio Altísimo para que se cumpliese la profecía. En realidad, la idea del poder lo había enloquecido. Porque de profecía no hemos conocido sino sus obsesiones, y su muerte nos sumió en el desasosiego. Suponíamos que tu padre se había apropiado de este tesoro. Hace mucho que te vigilamos. Era evidente que acabarías por conducirnos a ellas. La codicia de los hombres siempre acaba imponiéndose —terminó con un rictus de desprecio en la comisura de los labios que hizo dar un respingo a Marie.
—Te equivocas, extranjero. Y para probártelo, esas mismas tablillas serán el precio de tu traducción.
El hombre alzó hacia ella una mirada desconfiada.
—No tienen precio. Hay reyes que darían toda su fortuna para poseerlas. ¿Qué esperas encontrar en ellas que valga más que la fortuna, mujer?
—La vida. Para los míos.
El hombre entrecerró los ojos con amargura.
—El secreto de la eterna juventud, la inmortalidad, ya veo. Tienes razón. Eso no tiene precio.
—No es lo que creéis... —intentó explicarse Marie.
—Déjale que crea lo que quiera, es igual —le interrumpió Philippus—. Traduce según tu conciencia, Levi, y te podrás llevar este tesoro y devolvérselo a sus propietarios, sean quienes sean.
Levi asintió con la cabeza, satisfecho.
—Eso tomará su tiempo. Dos horas, tal vez. Algunos signos están deteriorados. Sólo puedo traducirlos con ayuda de las clavículas, que son un código creado por el propio Salomón. He de hacerlo solo.
—Muy bien. La loba se quedará contigo. No tienes nada que temer de ella.
El sacerdote estuvo de acuerdo y se inclinó sobre su trabajo. Ma se acostó a sus pies y fingió dormir.
—¿Podemos fiarnos de él? —preguntó Marie inquieta, en cuanto la puerta estuvo cerrada.
—Seguro que no, pero no tenemos opción. Tú misma lo has dicho, Marie, una parte de mí está ligada a ese misterio.
—¿Por qué no me has dejado confesarle la verdad? No me gusta su condescendencia.
—No quiero poner en peligro a tu madre. Su secreto es tan precioso como esas tablillas. Mejor vayamos a reunir los elementos que poseemos. No debemos tardar en utilizar las revelaciones del Arte Notorio si resulta que corresponden a lo que estamos buscando.
—¿Por qué?
—Esta noche hay luna llena, Marie. Recuerda su influencia. ¡Tantas cosas cobran sentido ahora!
—Tienes razón.
Lo besó furtivamente en la mejilla y lo precedió en la escalera, sin inquietud. Levi no huiría, Ma se ocuparía de eso.


Tres horas más tarde habían releído y verificado sus notas. Estaban dispuestos.
En 1510, Isabeau había utilizado las sustancias extraídas de la trepanación de los gnomos mitad lobo, mitad hombre, las había mezclado con aquella agua rica en minerales, con el azufre, el azogue y el aurum, y había añadido sangre de lobo, la decocción de mandrágora, la verbena y la tintura de adormidera. Eso ya lo sabían. Quedaban por conocer las proporciones de cada ingrediente. Eso era lo que les faltaba, con el tiempo de calentamiento, destilación, agitación, estabilización y las influencias de los astros. Isabeau no había consignado esos datos. Tal vez porque en su antro el tiempo ya no contaba, no más que el día y la noche. El alkahest había nacido de una conjunción de elementos casuales tanto como de una composición. Por eso, igual que Philippus, no había logrado recrear más poción que un veneno. Si la tintura de Adán era el alkahest, el Arte Notorio lo revelaría. Pues ambos conducían a la Akasba, al quinto elemento. Tanto al comienzo como al final. A la vida como a la muerte. Ahora, los dos lo sabían.
Volvieron al comedor, se instalaron en silencio en sendos sillones y esperaron. Pasó aún mucho rato y luego la puerta se abrió y apareció Leyi estirándose, con los ojos chispeantes.
—Venid conmigo —dijo simplemente.
La mesa estaba cubierta de hojas de papel llenas de signos y dibujos, de raspaduras y notas, bajo la luz temblorosa de la vela. El tintero estaba casi vacío y la pluma mocha.
—Salomón explica varias cosas en estos textos —comenzó el hombre—. La primera de ellas está consagrada al Arca de la Alianza. Pero el templo está destruido y nadie sabe dónde se encuentran sus restos.
—Vuestros sacerdotes lo saben, seguramente —se burló Philippus—. Os dejo a vos su secreto. Seguid.
—La segunda conduce al tesoro del templo y da los medios para evitar o burlar las trampas con las que está protegido.
Viendo que no obtenía ningún comentario, prosiguió:
—La tercera, la que os interesa, concierne al secreto de la transmutación. Aplicado a los sólidos, los transforma en oro puro, utilizado en licor, conduce a la vida eterna, impidiendo la necrosis. Incompleto o mal utilizado, provoca la muerte entre horribles sufrimientos.
Marie y Philippus sintieron que el corazón les daba un vuelco en el pecho.
—¿Ese licor puede modificar la apariencia? ¿Transformar un hombre en animal, por ejemplo? ¿O lo contrario? —interrogó Marie febril, evitando mirar a Ma para no traicionarse.
Los ojos del hombre se entrecerraron y ella inclinó la cabeza, incómoda con la idea de que pudiese leerle el pensamiento, pero demasiado excitada para disimular su impaciencia.
—La naturaleza no lo ha querido —dijo el hebreo—. ¿Por qué lo deseas tú?
—Tampoco nos ha ofrecido Dios la vida eterna —intervino Philippus—; sin embargo, Salomón descubrió la manera de alcanzarla.
—Ese licor puede transmutar si se suministra junto a otro ingrediente —confesó.
—¿El azufre?
—Ése es un componente, en efecto, pero no basta, Médicus. También se necesita sangre. La sangre del ser cuya apariencia se quiere obtener.
—Danos la fórmula.
—Aquí está. En latín, puesto que la tienes que leer tú —dijo el hombre indicando dos vitelas sobre la mesa—. La he copiado para ti, mujer —espetó a Marie.
Ambos las cogieron febrilmente ante el rictus burlón del hebreo. Descifraron los ingredientes y afirmaron con la cabeza de consuno.
—Esta flor del sueño de la que hablas, es la adormidera, ¿verdad? —preguntó Philippus.
—En Asia extraen el opio de ella —confirmó el hombre—. Tiene numerosas propiedades.
—Has cumplido tu misión. El libro es tuyo.
El hombre volvió a cubrir las tablillas con las solapas de cuero y se levantó. Lo metió en su bolsa de piel y luego se inclinó ante Philippus y Marie, con un extraño brillo en la mirada.
—Adiós —dijo lacónicamente.
—¡Tal vez nuestros caminos vuelvan a cruzarse!
—Lo dudo, Médicus. Lo dudo.
Y tras pronunciar esas palabras, los dejó. Esperaron a que la puerta se hubiese cerrado tras él para abrazarse entusiasmados.
—¡De pronto me parece evidente! —exclamó Philippus.
—¿Crees que nos ha podido engañar en algún punto?
—No, me extrañaría mucho. No hay nada que me parezca sospechoso o inadecuado. Isabeau tenía todas esas sustancias, incluida la sangre de lobo. Además, coincide con mis intuiciones. Ven, no hay que esperar más. Ayer por la noche, hice una prueba. La idea me vino mientras admiraba el firmamento. Tracé una carta. No quería hablarte de ello antes de que el Arte Notorio nos fuese revelado, porque podía estar equivocado.
Llevó a Marie al piso superior y desenrolló el tema astral de Nostradamus. Puso encima un papel aceitado sobre el que había trasladado algunos puntos. Concordaban perfectamente con los planetas que Michel de Nostre-Dame había unido entre ellos para formar el perfil de la loba, con la excepción de uno, apenas desplazado.
—Isabeau trajo al mundo a Loraline una noche de plenilunio. ¡El 24 de septiembre de 1501, según me dijo.
—¡Hoy es 24 de septiembre! —exclamó Marie.
—Exactamente. Y esta noche, cuarenta años más tarde, la alineación será perfecta —exclamó Philippus dichoso, estrechando las manos de Marie con ternura.
Reunieron los ingredientes necesarios y aprendieron de memoria, cada uno por su lado, la fórmula del licor que debían fabricar, dando una y mil vueltas entre sus dedos a la vitela para asegurarse de no olvidar nada ni cometer un error.
Una hora antes de medianoche, Philippus se dejó caer en una silla. Pronto estaría alineado el último planeta. En ese preciso instante, tendrían que unir todas las sustancias y comenzar la destilación calentando las retortas. Se apretó las sienes. Una persistente jaqueca iba aumentando subrepticiamente a medida que pasaban las horas y el estómago le pesaba hasta el punto de que, cada vez con más frecuencia, le resultaba difícil contener algunas regurgitaciones. Achacó aquellos problemas a la angustia. Si fracasaba, no podría perdonárselo.
Marie no se había dado cuenta de nada y él fijó la atención en el cielo con ayuda del astrolabio. Cuando por fin llegó el momento, se esforzó por reunir su pensamiento disperso bajo el yugo del dolor.
—¡Ahora! —dijo a Marie, que estaba tan en ascuas que saltó de la silla.
Philippus sostenía entre los dedos la vitela y, cada vez que ella mencionaba en voz alta el elemento que añadía, él lo verificaba en la lista. Marie terminó cuando la vista de Philippus se nublaba.
—Aviva las brasas bajo las retortas —dijo, con la lengua pastosa.
Totalmente concentrada, Marie no notó que él se había apoyado en la pared y enjugaba su frente pálida y sudorosa con el revés de la mano.
—Ya está, padre. Sólo queda esperar —concluyó con satisfacción mientras se volvía hacia él.
Al ver su color macilento, Marie dejó escapar un grito y se precipitó hacia él, que intentaba dedicarle una tímida sonrisa.
—No me siento muy bien —dijo dejándose caer en un asiento que ella le acercó.
—Enséñame la lengua —ordenó Marie iluminada por una intuición.
La tenía de una tonalidad violácea, veteada de ocre, igual que su dedo índice, que ella examinó. Pero Philippus ya había entendido. Aquellos síntomas los había tratado él en François de Chazeron muchos años atrás. Para más prueba, un espasmo lo obligó a inclinarse hacia delante y le hizo vomitar una bilis acre.
—Ve a buscar a Levi —dijo—. Vive en la esquina de la tercera calle a la derecha. Lo hice seguir ayer —añadió con la cabeza entre brumas—. Temía que nos traicionase.
—No vas a morir, ¿verdad? —se preocupó Marie mientras Ma comenzaba a aullar.
—Hay que darse prisa. Vete. Llévate a Ma. Las calles... —Intentó proseguir, pero el dolor se hizo demasiado violento en su vientre y se calló con un gesto de dolor.
Sin esperar más, ella bajó las escaleras de tres en tres, con Ma pisándole los talones. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no les prestó atención. Su padre no podía morir. No ahora que estaba a punto de alcanzar el objetivo.
Llegó al umbral de la puerta cuando el hebreo la cerraba de golpe, con su carruaje esperando a unos pasos. El gruñido de Ma le hizo volverse y en su rostro se leyó un auténtico terror mientras Marie se abalanzaba sobre él. El cochero quiso intervenir, pero como la loba le infundía respeto, se contentó con calmar los caballos, que piafaban de inquietud ante la proximidad del animal.
—¿Qué le habéis hecho a mi padre? —estalló Marie—. ¡Vais a curarlo inmediatamente o juro ante Dios que Ma ni siquiera os dejará fuerzas para rezar!
—Calmaos —dijo el hombre—, os acompañaré.
No quería que el barrio se alborotase ni que le denunciasen en público. Antes debía poner en lugar seguro las tablillas que transportaba. Llevó a Marie cogida del hombro y dio la dirección al cochero con orden de ponerse en marcha. En un momento estuvieron frente a la casa de Philippus.
—Esperadme —ordenó Levi.
Llegaron a la habitación en el momento en que Philippus volvía a vomitar. Con la mirada, Levi valoró la situación. Era tal y como la había imaginado. Philippus le miró y murmuró con voz entrecortada:
—El contraveneno. Dadme el contraveneno.
—Por desgracia, no lo tengo.
—¡Mentís! —aulló Marie, mientras Ma erizaba el pelo y mostraba los colmillos.
El hebreo retrocedió. Estaba sudando.
—Escucha, mujer. La consigna de la Cofradía de los Hijos de Salomón es expresa. Cualquiera que descubra el secreto de las tablillas debe morir. El veneno está contenido en la tinta que ha servido para redactar la fórmula, y está concentrado. No tengo el antídoto. Se puede crear a partir del licor, pero será demasiado tarde para tu padre. A menos que lo que creo sea cierto —añadió con voz cortada.
—Salvadlo o moriréis —amenazó Marie rabiosa.
—Enséñame tus dedos y tu lengua.
—No entiendo...
—Haz lo que te dice, Marie —hipó Philippus.
Ella obedeció y los ojos de Levi se abrieron como platos a causa de la sorpresa y el asombro experimentado. Marie presentaba las mismas manchas veteadas que su padre. Levi juntó las manos en una oración.
—¡Por Adonay! Así que era cierto...
—¿Qué es lo que es cierto? —preguntó Marie impaciente, viendo que Philippus se retorcía en el suelo, donde se había tendido entre estertores.
—Tú eres la elegida, mujer. La de la profecía.
Marie se lanzó sobre él, cogiéndolo por el cuello, y, en la violencia de su cólera, casi lo levantó del suelo.
—¡Deja de ganar tiempo y sálvalo!
—¡Sólo tú puedes hacerlo, si aún no es demasiado tarde!
—¿Cómo? —insistió Marie sin soltar al hombre cuyo rostro reflejaba ahora una extraña devoción.
—Con tu sangre. Hay que hacerle tragar tu sangre. Te he envenenado a ti también, mujer, esas marcas lo demuestran. En este momento deberías estar sufriendo tanto como él. Pero no sientes ningún malestar. Eres la elegida, la que se menciona en el texto grabado. Contra ti, y por una razón que desconozco, el licor no puede nada.
A Marie le vino a la memoria la imagen de Triboulet asegurándole que ella era la elegida. Aunque aquello le pareciese absurdo, debía rendirse a la evidencia. El veneno no surtía efecto en ella. Cogió una correa de cuero y un escalpelo.
—Hazme un torniquete en el antebrazo —ordenó—. Así, más arriba. Aprieta ahora. Mantén ese recipiente bajo el corte. Cuando esté lleno se lo haces beber a mi padre. Luego, esperaremos juntos a que se cure. ¡Y ya puedes rezar para que sea así, porque de otra forma ningún dios te salvará! ¿Lo oyes?
El hombre asintió con la cabeza y admiró cómo clavaba la hoja sin pestañear para abrir la sangría. Brotó una sangre casi negra y Marie la vio manar, ávida, mientras en su interior se desgranaba una oración fuera del tiempo.
Cuando el hebreo retiró el recipiente, ella aplicó una tela sobre el corte. Philippus tragó la sangre con docilidad. Como regurgitaba un poco, Marie se apresuró a impedirle vomitar echándole la cabeza hacia atrás. Se sentía débil, pero eso ahora no tenía importancia.
—Las retortas —balbució Philippus—. Vigila las retortas. Hazlo por mí, Marie. Sálvala —gimió cuando ella se apartaba.
Ella asintió y ordenó al sacerdote:
—¡Tú no te muevas! ¡Ma, vigílalo!
Luego se ocupó del licor que iba tomando cuerpo. Poco a poco, absorbida por el trabajo, recuperó una fuerza y un aura nuevas. La mirada de Levi, que de vez en cuando se cruzaba con la suya, había perdido soberbia para dar paso a un creciente respeto. Despuntaba el alba cuando la destilación terminó. Su padre había dejado de gemir y sus mejillas habían recuperado algo de color, pero las ojeras de un azul negruzco seguían cerniendo sus ojos, a pesar de que la jaqueca se había esfumado. Había vomitado sangre digerida, pero no tanta como había bebido.
—Me siento mejor —dijo en el momento en que Marie se acercaba, dejando por unos instantes el alkahest que borboteaba.
—No he visto nada semejante en toda mi vida, mujer —dijo el hebreo asintiendo con la cabeza—. Los efectos del veneno se diluyen. ¡Tu sangre lo ha salvado!
Pero Marie no escuchaba. Estaba agotada y no del todo tranquila. De hecho, a pesar de la calma de Philippus relacionada con la regresión de los síntomas, tenía la sensación de que le escondía algo. Le ayudó a apoyarse en la pared y luego se volvió hacia Levi.
—En el fregadero encontrarás un cubo y con qué lavar el suelo. Ma te acompañará. Tráelo todo. El olor es pestilente y produce náuseas —ordenó, sin animosidad esta vez.
Cuando se alejaba, Marie llamó a Ma y dijo para cubrir las apariencias:
—Si intenta huir, mátalo.
El sacerdote dejó escapar una risita, como si aquella idea fuese tan inverosímil como la propia situación, y luego bajó la escalera.
—Padre, ¿qué sabes que yo ignoro? —preguntó Marie cuando estuvieron solos.
Él esbozó una sonrisa.
—Voy a morir, Marie —respondió él acariciando su mejilla manchada de sangre, polvo y surcos de sal.
Marie cubrió su mano con la suya, con la rabia apoderándose de su vientre, para luchar mejor contra su propio presentimiento.
—Tienes mejor aspecto —dijo intentando convencerse de que su pesimismo no era más que fatiga.
—Es cierto. El veneno ya no tiene efecto —reconoció Philippus. Sin demorarse más en ello, exclamó—: ¡Y decir que hemos estado tanto tiempo buscando lo que llevabas dentro de ti! ¿Por qué milagro? Ignoro qué profecía es esa de la que habla, pero tiene que revelarnos este secreto. Tenemos que saber por qué y en qué eres elegida.
—¿Y qué más da, si eso me ha permitido salvarte, si eso puede devolvernos a mamá? —dijo esperanzada.
—Hay que actuar aprisa. Mezclar el licor con tu sangre y hacérselo beber.
—Ahora mismo.
Pero Philippus la detuvo.
—Es necesario que poción y secreción estén a la misma temperatura, o la mezcla no será completa y todo se perderá.
Acababa de pronunciar esas palabras cuando Levi regresó. Además de lo que Marie había solicitado, el hebreo traía ropa limpia y agua jabonosa en otro cubo.
—He preguntado a la loba —explicó—. Es muy perspicaz.
Cuando Marie asentía con un movimiento de cabeza, él añadió seguro de la respuesta:
—El licor es para ella, ¿verdad? ¿Quién es?
—Mi madre —contestó Marie simplemente, pero con tanto amor que las últimas barreras de las conveniencias desaparecieron entre ellos.
El hebreo le sonrió respetuoso.
—En ese caso, no nos demoremos más. Va a amanecer.
Marie sintió que una soberana confianza la invadía.
—¿Me ayudarás?
—Sí, mujer —prometió el hebreo con bonhomía—. Luego, te explicaré —añadió con la mirada bañada en una devoción que hizo volver la mirada a Marie—. Voy a ocuparme de Médicus. Tienes que estabilizar el licor procurando que su temperatura descienda gradualmente hasta 37°C. Es la fase más difícil. Un error y todo puede fracasar.
—Me las arreglaré —aseguró Marie, que descubría a un nuevo hombre, muy alejado del sacerdote frío y altivo al que había abordado.
Se concentró en el alkahest mientras él limpiaba y cambiaba a su padre. Después, tras asegurarse de que Philippus estaba confortablemente instalado, Levi se acercó a su lado, dejando que Ma lo relevase. La loba apoyó sobre las rodillas de su amado la hermosa cabeza triste y se acunó en la ternura de una caricia entre sus orejas. Philippus se concentró en su gesto para no dormirse. No todavía. No antes de haber abrazado a aquella mujer por la que lo había dado todo a lo largo de su vida.
Pasó un largo rato. Marie dejó que Levi la guiase, paso por paso. Luego volvió a sangrarse en la proporción que él le indicó para que la mezcla fuese homogénea.
Cantaba el gallo cuando Marie puso ante Ma un vaso de plata con el brebaje. La loba lo lamió hasta no dejar ni rastro, y volvió a tumbarse junto a Philippus. Conteniendo la respiración, permanecieron expectantes, con la esperanza abierta como una herida en el vientre de aquellos años de espera.
Fueron precisos unos minutos interminables antes de que el cuerpo se estirase en un grito largo y doloroso. El sacerdote parecía fascinado. Philippus había cerrado los ojos en una oración muda, mientras Marie canturreaba aquella cancioncilla que le había enseñado Isabeau. «Yo la tarareaba, a veces, cuando Loraline era niña. Es mi herencia —había confesado su abuela tras un último fracaso—. Me habría gustado verla nacer por segunda vez. La habría mecido en mis brazos en el momento del tránsito, con ese estribillo en los labios. Entonces habría sabido cuánto la quería.» En aquel momento en que todas las fronteras de lo posible perdían su sentido, Marie pensaba en Isabeau, en su sacrificio, en su vida truncada, y su voz tranquilizando a Ma no era sino un homenaje, un himno al amor. El de una hija y el de una madre. La mutación duró un buen rato, en medio de un alba que no acababa de aureolarla de luz. Por fin, el cuerpo se estabilizó y se inmovilizó: un cuerpo de mujer con cabello gris se incorporó lentamente, asombrada y conmovida.
—He vuelto —murmuró una voz perdida.
—¡Oh! ¡Mamá! —exclamó Marie cuando Loraline le abría los brazos, con su mirada de musgo arrasada de lágrimas.
Se echó en ellos, mientras Philippus rodeaba a ambas con los suyos. Levi comenzó a aplaudir como un niño maravillado. Pero aquel instante robado a una eternidad de espera no duró. Marie se apartó al oír el gemido de su padre.
—Hay que llevarlo al hospital —reaccionó Loraline cubriendo de besos a Philippus.
—¿Por qué? ¿Por qué, madre? —preguntó Marie descompuesta.
—No, no —gimió Philippus cogiéndoles las manos—. No serviría de nada. Quiero alimentarme de ti, amor mío, hasta el final. Te has conservado tan hermosa... —se enterneció mientras recorría con un dedo enamorado las finas arrugas que cubrían el rostro de Loraline.
—No era desdichada, Philippus. Estaba con los míos, y era bueno quereros, protegeros. Me habría gustado tanto...
—A mí también —la interrumpió él—, pero tú lo sabes, todo exceso debe pagarse. Nuestro destino no era vivir de otro modo. Voy a morir en paz.
—Pero ¿quién habla de separarnos? —terció Marie, que se negaba a ver a su padre agonizando—. ¡Padre, te lo ruego! ¡No tienes ningún motivo para irte al otro mundo!
—Tengo uno, sí, Marie.
Le cogió las manos y las apretó entre las suyas.
—El antídoto ha actuado, pero no me ha salvado. Estoy enfermo. Tu madre lo sabía. La bebida y las mujeres, tanto por su exceso como por su mediocridad, son la causa. Mira mi abdomen, mis vísceras están hinchadas. Mi hígado y mi estómago están tocados. Sabía que estaba condenado y mi mayor temor era irme antes de haber realizado mi sueño y el tuyo. El veneno ha acelerado la degeneración. Tu sangre, además del antídoto que contiene, me ha devuelto un poco de vida, pero no es suficiente. Tengo una hemorragia. Mi cuerpo se llena con ella y la siento llevarme como una suave ola. No sufro. Mira hasta estoy feliz con lo que hemos llevado a cabo, feliz de veros reunidas a las dos, por primera y por última vez ante mis ojos.
—No te dejaré morir. Vamos a llevarte al hospital, ¿verdad, madre?
—Sí, Marie. Tal vez no sea demasiado tarde. Te lo suplico, Philippus —insistió Loraline—. Déjanos intentar salvarte. No puedo quedarme con los brazos cruzados cuando tú has dado tanto con los tuyos.
—Ve a buscar una sábana a una de las habitaciones para hacer una camilla —pidió Marie al sacerdote.
Al percatarse de pronto de la salvaje y perfecta desnudez de Loraline, Marie se dirigió a ella con pudor:
—Debes cubrirte, madre.
Loraline le sonrió y Marie pudo leer en sus ojos hasta qué punto las conveniencias le eran indiferentes en aquel momento. Se ruborizó y permaneció inmóvil.
—Tráeme la ropa que quieras —le concedió Loraline—. Yo me quedo aquí.
Marie se levantó, dudó un momento y luego salió de la habitación. Si su padre debía morir, aquélla sería la única ocasión para ellos de tener un poco de intimidad. Se encontró con Levi que volvía y lo detuvo:
—Necesito una tisana. ¿Me la puedes preparar?
—Hay que dejarles ese tiempo precioso que les queda —respondió simplemente—. Estoy desconsolado.
—Has actuado cumpliendo con tu deber. Es su destino, Levi. No podemos cambiar nada.
El sacerdote apoyó una mano afligida en su hombro, dejó las sábanas en el rellano y bajó la escalera sin añadir nada. Marie entró en la habitación. Escogió un vestido granate oscuro, casi negro, sobrio, al que tenía cariño, y luego volvió a sentarse en el suelo del rellano apretando la seda contra su corazón.


Cuando el hebreo volvió, ella seguía allí.
Philippus se extinguió al final de la tarde de aquel 24 de septiembre de 1541, con una sonrisa en los labios, sumido en un sueño que poco a poco lo había arrastrado fuera de la realidad. Madre e hija no se apartaron de su lado desde que los médicos confirmaron su diagnóstico, en el hospital de Salzburgo adonde el cochero de Levi los condujo en cuanto Loraline estuvo vestida. Lo velaron juntas la noche siguiente, como si por algún nuevo milagro pudiese despertarse, y lo lloraron abrazadas la una a la otra.
Levi no dejó de rezar, profundamente entristecido a causa de aquellas mujeres a las que apreciaba. Las acompañó de vuelta hasta la puerta de su casa y prometió visitarlas al día siguiente. Agotadas, Loraline y Marie se dejaron caer sobre la cama de Philippus, con los ojos secos de tanto llorar. Levi se presentó doce horas después y las encontró levantadas. Les preparó algo de comer, se enterneció al ver a Loraline llevarse un bol a los labios y, en un acto reflejo, lamer la leche antes de bebería tristemente. Después, habló para que ningún secreto les entristeciese más.
—Al descifrar las tablillas cuyo contenido desconocía, encontré esa profecía de Salomón, como el sacerdote al que creímos loco y codicioso por haberlas robado. Salomón predecía que nacería una bruja, con el espíritu mezcla de mujer y loba. Ella sola era el alkahest, pues en su sangre latía el secreto de la mutación de los cuerpos. Esa mujer era la elegida, la guardiana del precioso saber al que, en su bondad, el Altísimo le había permitido acceder.
»Sólo ella se haría digna de proteger aquel conocimiento. Salomón decía que la misión de sus hijos era buscarla, encontrarla e instruirla. Luego debería confiársele el libro sagrado, para evitar a la humanidad la codicia, el egoísmo y el sufrimiento de una inmortalidad que no estaba preparada para recibir.
»No quise creerlo, cuando todo habría debido abrirme los ojos. Vuestra búsqueda, esta loba... Actué de acuerdo con los principios que se me habían inculcado. No eran más que orgullo y vanidad que nos hacía considerarnos a nosotros, los hijos de Salomón, los únicos dignos de recibir y de preservar esta herencia, cuando tan sólo deberíamos haber sido los mensajeros.
»Vuestro padre habría muerto de todas formas, Marie, pero no puedo evitar sentirme responsable de haberle robado ese tiempo precioso, de haberlo sustraído a vuestro reencuentro y cariño. No tendré bastante vida para poder redimirme y, sin embargo, debo partir, llevar ante mis hermanos mi decisión y lograr que todos la compartan. Tomad estas tablillas —insistió tendiendo a Marie el bloque envuelto en cuero—, vos sabréis hacer uso de ellas con justicia y amor. Ojalá este gesto os dé la medida de mi arrepentimiento, pero más aún, Marie, del afecto que os profeso a partir de ahora y para siempre. Ojalá un día podáis perdonarme.
—No os guardo rencor, Levi. Sólo ocurre lo que debe ser, decía mi padre. Hoy sé que era cierto. Os lo prometo, nadie encontrará nunca el Arte Notorio.
—Id las dos en paz.
Se abrazaron fraternalmente. Unos instantes después, madre e hija se encontraban solas, con esa complicidad que va mucho más allá de las palabras jamás pronunciadas.


Los funerales de Paracelso, dos días más tarde, fueron sobrios, sin lágrimas. Sus asuntos se arreglaron como había sido su vida, sin preocuparse de rumores ni odios.
En cuanto terminaron, madre e hija contrataron una escolta y subieron al carruaje sin volverse a mirar atrás.


Una espesa nieve cubría Auvergne. Aquel año el invierno sería crudo, pero Marie llegó a Vollore con e] corazón Heno de un dulce calor.
El carruaje se detuvo ante el castillo del que salió Constant, movido por aquel instinto que les atraía el uno hacia el otro. Llevaba a Philibert en brazos, envuelto en pieles. Marie corrió a su vez hacia él mientras Gasparde daba gritos de alegría al verla.
En un momento, toda la casa estuvo en la puerta, inmóvil, con los ojos abiertos como platos ante aquella mujer que, detrás de Marie, tímidamente, sonreía.
—La abuela Isabeau —susurró Gasparde—. ¡La abuela Isabeau ha vuelto del cielo!
—Santo Dios, lo habéis conseguido —tembló la voz emocionada de Albérie.
—Hola, tía —replicó Loraline adelantándose hacia ella.
Mientras se abrazaban, Marie se acuclilló ante los trillizos y los estrechó contra su corazón, a pesar de la reticencia de los muchachos, que habían crecido tanto que encontraban inconveniente aquella familiaridad.
—No es la abuela Isabeau, Gasparde. Es la abuela Loraline. Pero para mí, para nosotros —añadió dirigiéndose a Constant—, siempre será Ma.


Aquella noche, la velada fue alegre en el castillo de Vollore, a pesar de la pena por la pérdida de Philippus.
—No volveré a irme, Constant, nunca más. Vas a darme hijos, muchos. Y los educaremos en estas tierras. Pero antes me queda algo por hacer —murmuró Marie al acostarse, mientras su amado la cubría de tiernos besos.
—Mañana —respondió él—. Por el momento, necesito tu piel, tu aliento, el perfume de vida que me has traído.
La noche les resultó corta pero, al despuntar el alba, tres mujeres se alejaban del castillo de Vollore hacia Montguerlhe, unidas por una misma voluntad. Albérie había rechazado que la poción la liberase. Su hábito de loba era el único lazo vivo con Huc. Ya no le daba miedo. Con ella moriría la raza, en cuanto se hubiesen asegurado, en la pubertad, de que Gasparde no sufriera tormento alguno.


El frasco de alkahest y las tablillas de Salomón fueron enterrados en la tumba que mucho tiempo atrás había servido de escapatoria a Isabeau, y la cámara mortuoria fue tapiada una vez más. Con aquella herencia, la Turleteuche volvía a la tierra que la había engendrado y la maldición a su madriguera.
Algunos días más tarde, Constant provocó un derrumbamiento en la entrada del subterráneo que llevaba desde la montaña hasta la cueva, y el secreto de Montguerlhe se olvidó entre las ruinas de su fortaleza, que el tiempo desmanteló sin piedad, bajo la mirada apacible y serena de aquellas tres mujeres lobo de enmarañados destinos.


Nadie habría debido oírle estremecerse.
Sin embargo, dos siglos más tarde, crímenes odiosos enlutaron las tierras del marqués de Apcher, uno de los últimos descendientes de Gabriel de Chazeron. Fueron atribuidos a un hombre surgido de la misma sangre, a quien se atribuía el poder de hablar a los lobos. Para probar su inocencia, hubo de capturar y matar al monstruo que los había perpetrado. Lo presentó al rey en tal estado de putrefacción que nadie supo nunca si el rumor era cierto... Las matanzas cesaron como habían comenzado y la leyenda las achacó a un extraño ser, mitad hombre, mitad lobo, al que se llamó la «bestia de Gévaudan». Pero ésa es otra historia...

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MensajeTema: Re: Mireille Calmel - El Baile de las Lobas (libro 1 y 2)   Dom Mar 24, 2013 6:18 am

GRACIAS ME GUSTARON MUCHO :mangalove:
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