Black and Blood


 
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 Saga: Cantos de Sucubo

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rossmary
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MensajeTema: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 09, 2010 7:58 pm

Titulo: Cantos de Sucubo
Autor/a: Richelle Mead


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Sinopsis: Nuestra protagosnista es Georgina Kincaid, un sucubo patetico... o sea:

Sucubo (n.): Demonio seductor, capaz de cambiar de forma, que tienta y proporciona placeres a los mortales del sexo masculino.
Patetico (adj.): Sucubo con unos zapatos estupendos y ninguna vida social.

Cuando se trata de trabajos infernales, ser un sucubo parece de lo mas glamuroso. Una chica sucubo puede ser todo lo que se le antoje, su armario daria envidia a cualquiera y los hombres mortales harian lo que fuese por un simple roce suyo, aunque el precio a pagar... a menudo sea su alma.
Pero la vida de Georgina Kincaid, residente en Seattle, dista de ser tan exotica. Su jefe es un demonio de nivel de mando intermedio enganchado a las peliculas de John Cusack. Sus mejores amigos inmortales no dejan de tomarle el pelo a proposito de aquella vez que asumio la forma de una Diosa de los Demonios, latigo y alas incluidas. Y lo peor: no puede tener una cita decente sin que el chico sufra graves consecuencias...
Al menos cuenta con su trabajo diario en una libreria de la localidad: libros gratis, todo el cafe con chocolate blanco que quiera y facil acceso al atractivo autor de best-sellers Seth Mortensen, alias Aquel Que Daria Cualquier Cosa por Tocar pero No Puede.
Pero soñar con Seth debera esperar. Algo turbio se trama en la escena demoniaca underground de Seattle. Y para variar, ni sus encantos ni sus frases lapidarias serviran de nada, pues Georgina esta a punto de descubrir que hay algunas criaturas ahi fuera que no encajan ni en el cielo ni en el infierno...

*** Opinion ***

Este primer libro de esta saga es simplemente perfecto.
Segun Cheyenne McCray, autora de Seducida por la magia: "Cantos de sucubo es emocionante, ingeniosa, sexy, esta repleta de intriga y me cautivo desde la primera pagina."
Pues bien, yo no podria estar mas de acuerdo, es emocionante y divertido, muuuy sexy y tiene cosas super inesperadas. Un muy buen libro.

Indice:

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Capítulo 8
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LIBRO COMPLETO

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Última edición por rossmary el Mar Oct 12, 2010 4:20 pm, editado 1 vez
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rossmary
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 09, 2010 8:03 pm

Capítulo 1


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Las estadísticas demuestran que la mayoría de los mortales venden su alma por cinco motivos: sexo, dinero, poder, venganza y amor. En ese orden.
Supongo que debería tranquilizarme, entonces, el hecho de estar aquí para ayudar con el «número uno», pero lo cierto era que toda esta situación me hacía sentir sencillamente... en fin, sucia. Y viniendo de mí, eso no era moco de pavo.
A lo mejor es tan sólo que ya no logro sentirme identificada, reflexioné. Ha pasado mucho tiempo. Cuando era virgen, la gente todavía creía que los cisnes podían dejar embarazadas a las chicas.
No muy lejos, Hugh esperaba pacientemente a que yo venciera mi reticencia. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones kakis, impecablemente planchados, con el cuerpo fornido apoyado en su Lexus.
—No entiendo por qué le das tantas vueltas. Si esto es el pan tuyo de cada día.
No era exactamente verdad, pero los dos sabíamos lo que quería decir. Hice oídos sordos a sus palabras y fingí estudiar los alrededores, sin que eso contribuyera a levantarme el ánimo. Los suburbios siempre me deprimían. Todas las casas idénticas. Los céspedes perfectos. Demasiados utilitarios deportivos. En alguna parte, un perro se negaba a dejar de ladrarle a la luna.
—«Esto» no es el pan mío de cada día —dije al final—. Hasta yo tengo valores.
Hugh resopló, expresando así la opinión que le merecían mis valores.
—De acuerdo, si así te sientes mejor, no pienses en esto en términos de condena. Considéralo una obra de caridad.
— ¿Una obra de caridad?
—Claro.
Sacó su Pocket PC y adoptó un aire de pulcro hombre de negocios, pese a lo poco apropiado del escenario. No sé de qué me extrañaba. Hugh era un diablillo profesional, especializado en conseguir que los mortales le vendieran sus almas, un experto en contratos y triquiñuelas legales con la capacidad de hacer que cualquier abogado se pusiera verde de envidia.
También era mi amigo. Le daba un nuevo significado al dicho de «con amigos como éstos...».
—Presta atención a los datos —continuó—. Martin Miller. Varón, por supuesto. Caucásico. Luterano no practicante. Trabaja en una tienda de juegos del centro comercial. Vive en el sótano aquí... en la casa de sus padres.
—Jesús.
—Te avisé.
—Con obra de caridad o sin ella, me sigue pareciendo algo... exagerado. ¿Cuántos años dices que tiene?
—Treinta y cuatro.
—Caray.
—Exacto. Si tú tuvieras esa edad y no lo hubieras hecho nunca, a lo mejor también tomarías medidas desesperadas —consultó su reloj de reojo—. Bueno, ¿lo vas a hacer o no? —sin duda por mi culpa Hugh llegaba tarde a su cita con alguna tía despampanante con la mitad de años que él; con lo que me refiero, naturalmente, a la edad que aparentaba. En realidad iba ya para el siglo.
Dejé mi bolso en el suelo y le lancé una mirada de advertencia.
—Me debes una.
—Hecho —reconoció. Esta clase de encargos no eran corrientes, gracias al cielo. El diablillo normalmente «subcontrataba» este tipo de cosas, pero esta noche había tropezado con algún problema de horarios. No lograba imaginarme quiénes se encargarían habitualmente de esto.
Empecé a caminar hacia la casa, pero me detuvo.
— ¿Georgina?
— ¿Sí?
—Hay... otra cosa...
Me di la vuelta, sin que me gustara el tono de su voz.
— ¿Sí?
—El caso es que, en fin, que ha pedido algo especial.
Enarqué una ceja y me quedé esperando.
—Verás, eh, está muy metido en todo este tema de, esto, del ocultismo. Ya sabes, opina que puesto que le ha vendido el alma al diablo... por así decirlo... debería perder la virginidad con, qué sé yo, con un demonio o algo.
Juro que hasta el perro dejó de ladrar después de aquello.
—Me tomas el pelo.
Hugh no respondió.
—Yo no soy ningún... no. De ninguna manera pienso...
—Venga, Georgina. Pero si no es nada. Florituras. Puro artificio. Por favor. ¿Querrías hacerlo por mí? —se puso tierno, engatusador. Irresistible. Como dije antes, era bueno en su trabajo—. Estoy en un auténtico atolladero... si pudieras echarme una mano... significaría tanto Solté un gemido, incapaz de permanecer impasible ante la patética expresión de su rostro redondeado.
—Como alguien se entere de esto...
—Mis labios están sellados —tuvo incluso la desfachatez de hacer como que se cerraba los labios con una cremallera.
Me agaché, resignada, y me desaté los cordones de los zapatos.
— ¿Qué haces? —preguntó.
—Estos son mis Bruno Maglis favoritos. No quiero que el cambio los absorba.
—Ya, pero... si luego puedes descambiarlos de forma.
—No serían iguales.
—Sí que lo serían. Puedes hacer cualquier cosa que te propongas. Qué tontería.
—Mira —le espeté—, ¿quieres quedarte aquí fuera discutiendo por unos zapatos, o prefieres que vaya y haga hombre a tu virgen?
Hugh cerró la boca de golpe y señaló con un gesto en dirección a la casa.
La hierba me hizo cosquillas en los pies descalzos cuando crucé el césped. El patio trasero que comunicaba con el sótano estaba abierto, tal y como había prometido Hugh. Me colé en la casa dormida, esperando que no tuvieran ningún perro, preguntándome distraídamente cómo era posible que mi existencia hubiera tocado fondo de esa manera. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y no tardaron en discernir los rasgos de una cómoda habitación familiar de clase media: sofá, televisor, estanterías cargadas de libros. A la izquierda subía una escalera, y un pasillo se curvaba a la derecha.
Seguí este último mientras dejaba que mi apariencia cambiara sobre la marcha. La sensación era tan conocida como una segunda naturaleza para mí, que ni siquiera me hacía falta ver mi exterior para saber lo que estaba ocurriendo. Mi porte menudo se hizo más alto, la constitución esbelta permaneció así, aunque adoptando un matiz más adusto y enjuto. Mi piel palideció hasta adquirir tintes cadavéricos, sin dejar ni rastro de su ligero bronceado. El cabello, que me llegaba ya a la mitad de la espalda, conservó su longitud pero se oscureció hasta volverse negro cobalto, alisándose y embasteciéndose el suave ondulado. Mi busto, impresionante ya de por sí, se agrandó más todavía, hasta convertirse en digno rival de los de las heroínas de tebeo con las que seguramente se había criado este tipo.
En cuanto a mi atuendo... bueno, adiós a los modositos pantalones y a la blusa de Banana Republic. Unas ceñidas botas de cuero negro hasta los muslos me enfundaban ahora las piernas, conjuntadas con un top a juego y una falda con la que no se me ocurriría agacharme ni loca. Las alas de murciélago, los cuernos y el látigo completaban el lote.
—Ay, cielos —musité al atisbar accidentalmente el conjunto en un pequeño espejo decorativo. Esperaba que ninguna de las diablesas de la zona se enterara nunca de esto. Con lo elegantes que eran ellas en realidad.
Le di la espalda al provocativo espejo y continué por el pasillo hacia mi destino: una puerta cerrada con un cartel amarillo que rezaba EN OBRAS. Me pareció oír los amortiguados pitidos de un videojuego al otro lado, ruiditos que se silenciaron inmediatamente cuando llamé con los nudillos.
Un momento después se abrió la puerta y me encontré de cara con un tipo de un metro setenta de altura y el pelo rubio, sucio y largo hasta los hombros, con pronunciadas entradas en la frente. Una enorme barriga peluda asomaba por debajo de su camiseta de Homer Simpson; sostenía una bolsa de patatas fritas con una mano.
La bolsa se le cayó al suelo cuando me vio.
— ¿Martin Miller?
—S-sí —tartamudeó, sin aliento.
Hice restallar el látigo.
— ¿Listo para jugar conmigo?
Abandoné la residencia de los Miller exactamente seis minutos más tarde. Al parecer, treinta y cuatro años de abstinencia no contribuyen a mejorar la resistencia de uno.
—Guau, qué rapidez —observó Hugh al verme cruzar el patio delantero. Volvía a estar apoyado en el coche, fumando un cigarro.
—No me fastidies. ¿Tienes otro de ésos?
Sonrió y me ofreció el suyo mientras me miraba de arriba abajo.
— ¿Te ofenderías si te digo que esas alas como que me ponen?
Cogí el cigarro y entorné los ojos hacia él mientras aspiraba el humo. Un rápido vistazo para comprobar que no había nadie en los alrededores y cambié a mi forma habitual.
—Me debes una bien gorda —le recordé mientras volvía a ponerme los zapatos.
—Ya lo sé. Claro que hay quien diría que eres tú la que está en deuda conmigo. Vas a sacar un buen pellizco con esto. Más de lo que acostumbras.
Eso era innegable, pero tampoco tenía por qué sentirme bien al respecto. Pobre Martin. Geek o no, entregar su alma a la condenación eterna era un precio terrible a cambio de seis minutos.
— ¿Te apetece un trago? —me ofreció Hugh.
—No, ya es muy tarde. Me voy a casa. Tengo un libro que leer.
—Ah, por supuesto. ¿Cuándo es el gran día?
—Mañana —proclamé.
El diablillo se rió de la adoración que le profesaba a mi héroe.
—Sólo escribe narrativa para las masas, ¿sabes? Tampoco es que sea Nietzsche ni Thoreau.
—Oye, que no hace falta ponerse surrealista ni trascendental para ser un gran escritor. Lo sé bien; he visto unos cuantos en el transcurso de los años.
Mi aire imperioso hizo gruñir a Hugh, que me dedicó una reverencia burlona.
—Nada más lejos de mi intención que discutir con una dama de su edad.
Le di un beso rápido en la mejilla y caminé las dos manzanas que me separaban del lugar donde había aparcado. Estaba abriendo la puerta del coche cuando lo sentí: el cálido hormigueo que indicaba la presencia de otro inmortal en las proximidades. Vampiro, pensé, tan sólo un milisegundo antes de que apareciera a mi lado. Maldición, qué rápidos eran.
—Georgina, bella mía, dulce súcubo, mi diosa del placer —entonó, con las manos dramáticamente plantadas sobre el corazón.
Estupendo. Justo lo que necesitaba. Duane era posiblemente el inmortal más odioso que había conocido nunca. Llevaba el pelo rubio rapado casi al cero y, como de costumbre, hacía gala de un gusto espantoso a la hora de elegir atuendo y desodorante.
—Lárgate, Duane. No tenemos nada que decirnos.
—Oh, venga ya —arrulló, alargando la mano para sostener la puerta cuando intenté abrirla—. Ni siquiera tú puedes hacerte la recatada esta vez. Mírate. Estás radiante. Buena caza, ¿eh?
La referencia a la energía vital de Martin me hizo fruncir el ceño, consciente de que debía de estar envolviéndome. Obstinadamente, intenté abrir la puerta pese a la oposición de Duane. No hubo suerte.
—Estará fuera de combate durante días, según parece—añadió el vampiro, escudriñándome atentamente—. Sin embargo, me imagino que quienquiera que sea habrá disfrutado del viaje... en tus brazos y al infierno —me dedicó una sonrisa lánguida, revelando apenas sus dientes puntiagudos—. Habrá estado muy bien para que tengas ahora este aspecto tan caliente. ¿Qué pasó? Pensaba que sólo jodías con la escoria del mundo. Con los auténticos capullos.
—Cambio de política. No quería darte falsas esperanzas.
Sacudió la cabeza con admiración.
—Ay, Georgina, nunca me decepcionas... tú y tus agudezas. Claro que todavía estoy por conocer a la puta que no sepa usar bien la lengua, tanto en horas de trabajo como fuera.
—Déjame —le espeté, tirando con más fuerza de la puerta.
— ¿A qué viene tanta prisa? Tengo derecho a saber qué estabais haciendo aquí el diablillo y tú. El Eastside es mi territorio.
—No tenemos por qué acatar vuestras normas territoriales, y tú lo sabes.
—Aun así, la simple cortesía dicta que si estás en el vecindario... literalmente, como en este caso... deberías saludar por lo menos. Además, ¿cómo es que nunca hacemos nada juntos? Me debes un buen rato. Bastante tiempo pasas con esos otros perdedores.
Los perdedores a los que se refería eran amigos míos y los únicos vampiros decentes que conocía. La mayoría de ellos, como Duane, eran arrogantes, carecían de aptitudes sociales y estaban obsesionados con la territorialidad. En eso se parecían a casi todos los mortales con los que me había relacionado.
—Como no dejes que me vaya, te voy a enseñar una nueva definición de «simple cortesía».
Vale, era una frasecita estúpida digna de cualquier película de acción de segunda categoría, pero no se me ocurrió nada mejor en aquel momento. Intenté que mi voz sonara lo más amenazadora posible, pero era pura bravuconería, y él lo sabía. Los súcubos gozaban del don del carisma y el cambio de forma; los vampiros tenían superfuerza y velocidad. Lo que esto significaba era que mientras que uno de nosotros podía integrarse mejor en las fiestas, el otro era capaz de romperle la muñeca a un hombre con un simple apretón de manos.
— ¿Estás amenazándome en serio? —me acarició la mejilla juguetonamente con una mano, consiguiendo erizarme el vello de la nuca... no de forma placentera. Me revolví—. Eso sí que es adorable. Y enardecedor. De hecho, creo que me gustaría verte a la ofensiva. Quizá si te comportaras como una niña buena... ¡ay! ¡Zorra!
Aproveché el resquicio de oportunidad que me brindaban sus manos ocupadas. Un rápido estallido de cambio de forma y aparecieron unas afiladas garras de siete centímetros en los dedos de mi mano derecha, con las que le crucé la mejilla. Sus reflejos superiores me impidieron llegar muy lejos con el gesto, pero conseguí hacerle sangre antes de que me apresara la muñeca y me la aplastara contra el coche.
— ¿Qué ocurre? ¿Te parece poca ofensiva? —conseguí preguntar pese al dolor. Más líneas de guión de película mala.
—Qué graciosa, Georgina. Muy graciosa. A ver si sigues teniendo ganas de bromear cuando te...
Unos faros destellaron en la noche cuando un coche dobló la esquina del bloque adyacente y se dirigió hacia nosotros. En esa fracción de segundo, pude ver la indecisión en el rostro de Duane. Nuestro téte á téte sin duda no pasaría desapercibido para el conductor. Mientras que Duane podía matar fácilmente a cualquier mortal entrometido (diablos, si eso era lo que hacía para ganarse la vida), sus superiores no verían con buenos ojos que la muerte estuviera conectada con su acoso hacia mi persona. Hasta un gilipollas como Duane se lo pensaría dos veces antes de buscarse esa clase de embrollo.
—No hemos terminado —siseó, soltándome la muñeca.
Yo creo que sí —podía sentirme más valiente ahora que la salvación estaba en camino—. La próxima vez que te acerques a mí será la última.
—Mira cómo tiemblo —sonrió con afectación. Sus ojos brillaron una vez en la oscuridad, y desapareció, perdiéndose de vista en la noche al mismo tiempo que el coche pasaba por nuestro lado. Gracias a Dios por cualquiera que fuese la aventura o la escapada a comprar helado que habían sacado al conductor de casa esta noche.
Sin más dilación monté en el coche y me alejé, ansiosa por regresar a la ciudad. Intenté ignorar el temblor de mis manos sobre el volante, pero lo cierto era que Duane me aterraba. Me lo había sacudido de encima un montón de veces en presencia de mis amigos inmortales, pero plantarle cara a solas en una calle oscura era harina de otro costal, sobre todo porque todas mis amenazas carecían de fundamento.
Lo cierto era que aborrecía la violencia en todas sus formas. Supongo que esto se debía al hecho de haber vivido periodos de la historia cuyos niveles de crueldad y brutalidad no podría comprender jamás ninguno de los habitantes del mundo moderno. La gente dice que corren tiempos violentos ahora, pero no tienen ni idea. Claro que, hace siglos, me producía cierta satisfacción ver a un violador castrado sin el menor reparo por sus crímenes, sin interminables dramas en los juzgados ni puestas en libertad anticipadas por «buena conducta». Lamentablemente, quienes se entregan a la venganza y se toman la justicia por su mano rara vez saben dónde está el límite, de modo que me quedo con la burocracia del sistema judicial actual sin dudarlo.
Al recordar cómo había presumido que el conductor fortuito podía haber salido a comprar helado, decidí que un poco de postre tampoco me vendría mal. Una vez sana y salva de regreso en Seattle, me detuve en una tienda de comestibles que abría las veinticuatro horas y descubrí que algún genio de la mercadotecnia había inventado el helado con sabor a tiramisú. Tiramisú y helado. La creatividad de los mortales siempre conseguía asombrarme.
Cuando me disponía a pagar, pasé por delante de un expositor de flores. Eran baratas y estaban un poco mustias, pero vi cómo un joven entraba y las examinaba con gesto nervioso. Al final seleccionó unos crisantemos de matices otoñales y se los llevó. Lo seguí soñadoramente con la mirada, algo celosa de cualquiera que fuese la chica a quien estaban destinados.
Tal y como había observado Duane, generalmente me alimentaba de perdedores, de tipos a los que hacerles daño o dejarlos inconscientes durante días no me provocaba ningún reparo. Los de su calaña no enviaban flores y solían evitar directamente casi cualquier gesto romántico. En cuanto a los tipos que sí enviaban flores, en fin, a ésos los evitaba yo. Por su propio bien. Era impropio de un súcubo, pero tenía demasiadas tablas como para seguir dejando que los convencionalismos me quitaran el sueño.
Sintiéndome triste y sola, escogí un ramo de claveles rojos para mí y lo pagué junto con el helado.
Cuando llegué a casa estaba sonando el teléfono. Solté las compras y comprobé la identidad de la llamada. Desconocida.
—Mi amo y señor —respondí—. Qué final tan apropiado para una noche perfecta.
—Ahórrate los sarcasmos, Georgie. ¿Qué hacías jodiendo con Duane?
—Jerome, yo... ¿qué?
—Acaba de llamar. Dice que estabas haciéndole propuestas indecentes.
— ¿Propuestas...? ¿A él? —Sentí crecer la indignación en mi interior—. ¡Pero si empezó él! Se me acercó y...
— ¿Lo golpeaste?
—Yo...
— ¿Lo hiciste?
Suspiré. Jerome era el archidemonio de la principal jerarquía del mal de Seattle, además de mi supervisor. Su labor consistía en controlarnos a todos, asegurarse de que cumplíamos con nuestro deber y mantenernos a raya. Como cualquier otro demonio holgazán, sin embargo, prefería que le diéramos el menor trabajo posible. Su enfado era casi palpable al otro lado de la línea.
—Técnicamente sí. En realidad, fue más bien un sopapo.
—Entiendo. Un sopapo. ¿Y lo amenazaste también?
—Bueno, sí, supongo, si quieres llamarlo así. ¡Pero Jerome, venga ya! Es un vampiro. No puedo tocarlo. Y tú lo sabes.
El archidemonio vaciló, considerando aparentemente el resultado de un enfrentamiento entre Duane y yo. Debí de perder la hipotética batalla, porque oí cómo Jerome exhalaba un momento después.
—Sí. Supongo. Pero no vuelvas a provocarlo. Bastante trabajo tengo ya sin vuestras riñas de críos.
— ¿Tú desde cuándo trabajas?
—«críos», lo que faltaba.
—Buenas noches, Georgie. No te metas con Duane otra vez.
Se cortó la llamada. Los demonios no eran grandes conversadores.
Colgué, sintiéndome ligeramente ofendida. No me podía creer que Duane se hubiera chivado de mí y me hubiera hecho quedar de mala. Lo peor era que Jerome parecía habérselo tragado. Por lo menos al principio. Probablemente eso era lo que más me dolía de todo porque, vicios de súcubo haragán aparte, siempre había disfrutado de cierta indulgencia con el archidemonio, como la alumna predilecta del profesor. Necesitada de consuelo, me llevé el helado al dormitorio y cambié mi atuendo por una holgada camisa de dormir. Aubrey, mi gata, se levantó de donde estaba durmiendo al pie de la cama y se estiró. Completamente blanca salvo por unas manchitas negras en la frente, me guiñó los ojos verdes a modo de saludo.
—No puedo acostarme —le dije, sofocando un bostezo—. Antes tengo que leer.
Me acurruqué con la tarrina y el libro, recordando otra vez cómo iba a conocer por fin a mi autor favorito en la firma de mañana. La obra de Seth Mortensen siempre me emocionaba, despertaba dentro de mí algo que ni siquiera sabía que estuviera latente. Su última novela, El pacto de Glasgow, no podía mitigar la culpa que me producía lo ocurrido con Martin, pero aun así consiguió llenar un doloroso vacío en mi interior. Me asombraba que los mortales, con tan poco tiempo como vivían, fueran capaces de crear cosas tan maravillosas.
—Yo nunca creé nada cuando era mortal —le dije a Aubrey después de terminar las cinco páginas que me faltaban.
Se restregó contra mí, ronroneando comprensivamente, y tuve la suficiente presencia de ánimo como para apartar el helado antes de desplomarme en la cama y quedarme dormida.

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Última edición por rossmary el Mar Oct 12, 2010 4:39 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Lun Oct 11, 2010 5:19 pm

jejejeje mira que bien, este hacía tiempo que quería leerlo, así es más cómodo.

a ver qué pasa en el siguiente

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 12, 2010 3:58 pm

Te digo que es una novela muy fresca con sus cosas por su puesto y tiene sus partes como todo libro que una se las salta..pero de todas formas te atrapa.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 12, 2010 4:46 pm

Capítulo 2



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El teléfono me despertó de golpe a la mañana siguiente. Una luz tenue y turbia se filtraba por las cortinas transparentes, indicando una hora indecentemente temprana. Donde yo vivo, sin embargo, esa cantidad de luz podía significar cualquier cosa entre el amanecer y la medianoche. Después de cuatro timbrazos, por fin me digné contestar, tirando sin querer a Aubrey de la cama. Aterrizó con un miau indignado y se alejó altanera para acicalarse. ¿Diga?
—Hey, ¿Kincaid?
—No. —Mi respuesta fue rápida y segura—. No voy a ir.
—Ni siquiera sabes si es eso lo que quiero preguntarte.
—Por supuesto que lo sé. No me llamarías a estas horas por ningún otro motivo, y no pienso hacerlo. Es mi día libre, Doug.
Doug, el otro auxiliar de ventas de mi empleo diurno, era un tipo bastante majo, pero no sabría poner cara (o voz) de póquer ni aunque le fuese la vida en ello. Su actitud relajada pronto dio paso a la desesperación.
—Todo el mundo está de baja por enfermedad hoy, y ya no nos queda nadie más. Tienes que hacerlo.
—Bueno, yo también estoy enferma. Créeme, será mejor que no aparezca por ahí.
Vale, no estaba exactamente enferma, pero seguía luciendo un resplandor residual por haber estado con Martin. Los mortales no podían «verlo» "como Duane por sí solo, pero lo presentían y se sentían atraídos hacia él, hombres y mujeres por igual, sin saber ni siquiera por qué. Mi confinamiento de hoy prevendría cualquier posible temeridad romántica. En realidad les estaba haciendo un favor a todos.
—Embustera. Tú nunca te pones mala.
—Doug, ya tenía planeado volver esta noche para la firma. Si encima trabajo un turno, me habré pasado el día entero ahí encerrada. Eso es retorcido y perverso.
—Bienvenida a mi mundo, guapa. No tenemos alternativa, no si verdaderamente te importa el destino de la tienda, no si verdaderamente te importan nuestros clientes y su felicidad...
—Me estás perdiendo, vaquero.
—Bueno —continuó—, la cuestión es, ¿vas a venir voluntariamente o tendré que ir hasta ahí y sacarte a rastras de la cama con mis propias manos? La verdad, esto último tampoco me importaría.
Puse los ojos en blanco mentalmente, regañándome por enésima vez por vivir a dos manzanas del trabajo. Su perorata sobre el sufrimiento de la librería había sido eficaz, como él sabía que ocurriría. Operaba bajo la errónea creencia de que el sitio no podía sobrevivir sin mí.
—Bueno, si no quiero arriesgarme a padecer más intentos de ingeniosas insinuaciones sexuales por tu parte, supongo que tendré que acercarme. Pero Doug... —Mi voz se endureció.
— ¿Sí?
—No me pongas detrás de la caja ni nada de eso. Percibí vacilación al otro lado de la línea.
— ¿Doug? Hablo en serio. Detrás de la caja principal no. No quiero estar rodeada de un montón de clientes.
—Vale —dijo al final—. La caja principal no.
— ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Media hora más tarde, salí por la puerta para caminar las dos manzanas hasta la tienda. Unas nubes alargadas colgaban bajas, oscureciendo el cielo, y un tenue helor teñía el aire, obligando a algunos de mis colegas peatones a ponerse el abrigo. Yo había optado por prescindir de él, encontrando más que suficientes mis pantalones caquis holgados y mi jersey marrón de felpilla. La ropa, igual que el brillo de labios y el lápiz de ojos que cuidadosamente me había aplicado esta mañana, era real; no la había producido mediante ningún cambio de forma. Disfrutaba de la naturaleza rutinaria de aplicarse el maquillaje y elegir prendas de vestir a juego, aunque Hugh habría dicho que tan sólo volvía a estar comportándome como una rara.
La Librería y Cafetería de Emerald City era un establecimiento enorme que ocupaba un bloque casi entero del barrio de Queen Anne en Seattle. Tenía dos plantas de altura, con la porción destinada a la cafetería dominando una esquina del segundo piso con vistas a la Space Needle. Un alegre toldo de color verde colgaba sobre la entrada principal, resguardando a aquellos clientes que esperaban a que se abrieran las puertas. Los rodeé y entré por una puerta lateral, usando mi llave de empleada.
Doug me asaltó antes de que hubiera dado dos pasos.
—Ya era hora. Estamos... —se interrumpió y me miró de arriba abajo, reexaminándome—. Guau. Estás... radiante de verdad hoy. ¿Te has hecho algo?
Nada más que tirarme a un virgen de treinta y cuatro años, pensé.
—Te imaginas cosas por lo mucho que te alegras de que haya venido para resolver tus problemas de personal. ¿Qué quieres que haga? ¿Inventario?
—Eh... no. —Doug se esforzaba por salir de su estupor, sin dejar de mirarme de la cabeza a los pies de un modo que me resultaba desconcertante. Su interés por salir conmigo no era ningún secreto, como tampoco lo eran mis continuas negativas—. Ven, te lo enseño.
—Ya te he dicho...
—No es la caja principal —me aseguró.
Lo que resultó ser fue el mostrador de la cafetería del piso de arriba. El personal de la librería rara vez se pluriempleaba allí, pero tampoco era algo inaudito.
Bruce, el gerente de la cafetería, se levantó como un resorte de donde estaba arrodillado tras la barra. A menudo pensaba que Doug y Bruce podrían ser gemelos de razas distintas si existieran las realidades alternativas. Los dos llevaban el pelo recogido en largas coletas finuchas, y ambos vestían de franela en honor a la era grunge de la que ninguno de los dos se había recuperado totalmente. Doug era americano-japonés, tenía el cabello negro y la piel inmaculada; Bruce era el Míster Nación Aria arquetípico, todo rubio con los ojos azules.
—Hola, Doug, Georgina —nos saludó Bruce. Abrió los ojos como platos al fijarse mejor en mí—. Hala, hoy estás estupenda.
— ¡Doug! Esto es todavía peor. Te dije que no quería ningún cliente.
—Me dijiste que no querías trabajar en la caja registradora principal. No dijiste nada de ésta.
Abrí la boca para protestar, pero Bruce me interrumpió.
—Venga, Georgina, Alex ha llamado para decir que no venía por motivos de salud, y Cindy hasta se ha despedido. —Al ver mi expresión pétrea, se apresuró a añadir—: Nuestras registradoras son casi idénticas a las vuestras. Será fácil.
—Además —Doug levantó la voz para imitar bastante decentemente la de nuestro jefe—, «los ayudantes de dirección deben ser capaces de suplir a cualquiera en nuestro establecimiento».
—Ya, pero es que la cafetería...
—...sigue formando parte del establecimiento. Mira, tengo que ir a abrir. Bruce te enseñará lo que necesites saber. No te preocupes, que no va a pasar nada. —Se alejó corriendo antes de que pudiera ponerle más objeciones.
— ¡Cobarde! —le grité a la espalda.
—Ya verás cómo no es tan complicado —reiteró Bruce, sin comprender mi dilema—. Tú limítate a cobrar, que yo haré los cafés. Practiquemos un poco contigo. ¿Te apetece un moca con chocolate blanco?
—Claro —claudiqué. Todos mis compañeros de trabajo estaban al corriente de ese vicio en particular. Por lo general me ventilaba dos o tres al día. Mocas, quiero decir, no compañeros de trabajo.
Bruce me guió por los pasos necesarios, enseñándome a identificar las tazas y a encontrar lo que hacía falta pulsar en la interfaz de la pantalla táctil de la registradora. Tenía razón. No era tan complicado.
—Naciste para esto —me aseguró un rato después, mientras me servía mi moca.
Gruñí a modo de respuesta y consumí mi cafeína, pensando que podría apañármelas mientras no se cortara el suministro de mocas. Además, en realidad esto no podía ser peor que la caja principal. La cafetería seguramente estaría desierta a esta hora del día.
Qué equivocada estaba. Minutos después de que se abrieran las puertas ya teníamos una cola de cinco personas.
—Grande con leche —le repetí a mi primera dienta, introduciendo la información con cuidado.
—Listo —me dijo Bruce, empezando a prepararlo antes incluso de que me diera tiempo a etiquetar la taza. Acepté encantada el dinero de la mujer y pasé al siguiente pedido.
—Un moca grande sin.
—«Sin» es otra forma de decir «sin crema», Georgina.
Garabateé SC en la taza. No pasaba nada. Podíamos apañárnoslas.
La siguiente dienta se acercó y se me quedó mirando fijamente, embobada por un momento. Volvió en sí, sacudió la cabeza y disparó una ráfaga de pedidos.
—Quería uno pequeño, uno grande con leche y vainilla sin crema, un capuchino doble pequeño y un descafeinado grande.
Ahora era yo la que se sentía embobada. ¿Cómo podía acordarse de tantas cosas? Y, francamente, ¿quién seguía pidiendo «pequeños»?
Así transcurrió la mañana, y pese a mis malos presentimientos, pronto me descubrí animándome y disfrutando de la experiencia. No podía evitarlo. Ésa era mi forma de trabajar, mi forma de ir por la vida. Me gustaba probar cosas nuevas... aunque fuera algo tan trivial como etiquetar expresos. La gente podía ponerse tonta, sin duda, pero la mayor parte del tiempo era un placer trabajar de cara al público. Por eso había terminado en atención al cliente.
Y una vez se me pasó el sopor, mi carisma innato de súcubo entró en acción. Me convertí en la estrella de mi propio espectáculo, conversando y coqueteando con fluidez. Eso, combinado con el glamour inducido por Martin, me volvía literalmente irresistible. Si bien esto propiciaba numerosas propuestas de citas e intentos de ligoteo, también me libraba de las repercusiones de cualquier posible error. Los clientes no podían enfadarse conmigo.
—Está bien así, guapa —me aseguró una señora mayor al descubrir que le había pedido por accidente un moca grande con canela en vez de su descafeinado sin crema—. La verdad es que me hacía falta variar un poco en cuestión de bebidas.
Respondí con una sonrisa radiante, esperando que no fuera diabética.
Más tarde, apareció un tipo con una copia de El pacto de Glasgow, la novela de Seth Mortensen. Era el primer indicio que veía del gran momento de la noche.
— ¿Vas a ir a la firma? —le pregunté mientras encargaba su té. Puaj. Sin cafeína.
Me estudió prolongadamente, y me preparé para que me tirara los tejos.
En vez de eso el tipo se limitó a decir:
—Sí, allí estaré.
—Pues asegúrate de planear bien tus preguntas. No querrás hacerle las mismas que todos los demás.
— ¿A qué te refieres?
—Bueno, ya sabes, lo típico: « ¿De dónde sacas las ideas?», y « ¿Terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill?»
El tipo pensó en ello mientras preparaba su cambio. Era mono, a su desaliñada manera. Tenía el pelo castaño con destellos entre rojizos y dorados, más perceptibles en la sombra de vello facial que le cubría la parte inferior del rostro. No logré decidir si se estaba dejando barba intencionadamente o si se le había olvidado afeitarse. En cualquier caso, le crecía más o menos igualada y, combinada con la camiseta de Pink Floyd que llevaba puesta, presentaba la imagen de una especie de hippie leñador.
—No que las preguntas de siempre tengan menos sentido para quien las hace —decidió al final, contradiciéndome con aparente timidez—. Para el aficionado, cada pregunta es nueva y exclusiva.
Se hizo a un lado para que yo pudiera atender al siguiente cliente. Continué la conversación mientras preparaba el próximo pedido, resistiéndome a dejar escapar la oportunidad de tener una discusión inteligente sobre Seth Mortensen.
—Olvídate de los aficionados. ¿Qué hay del pobre Seth Mortensen? Seguro que le dan ganas de empalarse cada vez que escucha una de ésas.
—«Empalarse» es una palabra un poco fuerte, ¿no te parece?
—En absoluto. Ese tío es un genio. Oír preguntas idiotas debe de matarlo de aburrimiento.
Una sonrisa divertida aleteó en los labios del hombre, y sus firmes ojos castaños me sopesaron calculadoramente. Cuando se dio cuenta de que estaba mirándome con tanta fijeza, apartó la vista, azorado.
—No. Si está de gira es porque le importan los fans. No le importan las preguntas repetitivas.
—No está de gira por altruismo. Está de gira porque eso es lo que quieren los publicistas de su casa editorial —repliqué—. Lo cual no deja de ser una pérdida de tiempo, por cierto.
Se atrevió a volver a mirarme.
— ¿Salir de gira? ¿Es que no quieres conocerlo en persona?
—Yo... bueno, sí, por supuesto. Es sólo que... vale. Mira, no me malinterpretes. Yo beso el suelo que pisa este tío. Me emociona saber que voy a verlo esta noche. Me muero por verlo esta noche. Si quisiera secuestrarme y convertirme en su esclava sexual, se lo consentiría, siempre y cuando así pudiera conseguir copias de avance de sus libros. Pero esto de las giras... lleva su tiempo. Tiempo que podría estar empleando en escribir la siguiente novela. Quiero decir, ¿no has visto cuánto tardan en salir sus obras?
—Sí. Me he fijado.
Justo entonces regresó un cliente anterior, quejándose de que le habíamos echado sirope de caramelo en vez de salsa de caramelo. Significara lo que significase eso. Le ofrecí unas cuantas sonrisas y disculpas solícitas, y pronto dejó de importarle la salsa de caramelo y cualquier otra cosa. Cuando se apartó de la caja, el tipo que era fan de Mortensen también se había largado.
Doug vino a verme al término de mi turno, sobre las cinco.
—He oído cosas interesantes sobre tu actuación aquí arriba.
—Yo también oigo cosas interesantes sobre tu «actuación» todo el rato, Doug, pero no me verás hacer chistes al respecto.
Me dio un poco más de coba antes de dejarme libre por fin para asistir a la firma, pero no antes de que le hiciera reconocer humildemente cuánto me debía por mi amabilidad de hoy. Entre Hugh y él estaba acumulando favores para dar y tomar.
Corrí prácticamente las dos manzanas hasta casa, ansiosa por cenar algo y planificar lo que quería ponerme. Tenía los nervios a flor de piel. Dentro de una hora aproximadamente iba a conocer a mi escritor preferido de todos los tiempos. ¿Qué más se le podía pedir a la vida? Tarareando, subí las escaleras de dos en dos y saqué las llaves con una floritura que sólo yo vi o aprecié.
Al abrir la puerta, una mano me agarró de repente y tiró de mí sin miramientos hacia la oscuridad del apartamento. Se me escapó un gritito de sorpresa y temor cuando me estrellaron contra la puerta, cerrándola de golpe. Las luces se encendieron de pronto y sin previo aviso, y un ligero olor a azufre impregnó el aire. Aunque el resplandor me hizo guiñar los ojos, podía ver lo bastante bien como para reconocer qué estaba pasando.
No hay furia más temible en el infierno que la de un demonio cabreado.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Vie Oct 15, 2010 4:15 pm

Esta es una de las sagas que tenía pendiente de leer. Una pregunta ¿es juvenil o hot como la daga negra?

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Vie Oct 15, 2010 4:55 pm

Bueno es mas suave que la daga negra y tiene cosas frescas, pero no llega nunca ha ser juvenil. Son demonio, vampiros, succubus. Hya mucha pasión en los encuentros de está chica. Hya algo de acción y misterio. Pero se lee muy rico. Espero que te guste.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Vie Oct 15, 2010 7:30 pm

Capítulo 3

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Por supuesto, llegados a este punto debería aclarar que Jerome no tiene pinta de demonio, por lo menos no en el tradicional sentido de piel roja y cuernos. Quizá sea así en otro plano de la existencia, pero al igual que Hugh, yo, y los demás inmortales que caminan sobre la faz de la tierra, Jerome lucía ahora un aspecto humano.
El de John Cusack.
En serio. No es broma. El archidemonio afirmaba siempre que ni siquiera sabía quién era el actor, pero eso no se lo tragaba nadie.
—Ay —dije, irritada—. Suéltame.
Jerome aflojó su presa, pero sus ojos oscuros rutilaban aún peligrosamente.
—Tienes buen aspecto —dijo después de un momento; parecía sorprendido.
Tiré de mi jersey, alisándolo allí donde su mano lo había arrugado.
—Qué forma más extraña de demostrar tu admiración.
—Realmente bueno —continuó, pensativo—. Si no te conociera, diría que...
—...brillas —murmuró una voz detrás del demonio—. Brillas, hija de Lilith, como una estrella en el firmamento nocturno, como un diamante que resplandece en las tinieblas de la eternidad.
Di un respingo, sorprendida. Jerome lanzó una dura mirada al orador; no le gustaba que interrumpieran sus monólogos. Yo también lo miré furibunda; no me gustaba que los ángeles visitaran mi apartamento sin invitación previa. Cárter se limitó a sonreímos a ambos.
—Como estaba diciendo —saltó Jerome—, parece que has estado con un mortal de los buenos.
—Le hice un favor a Hugh.
— ¿Entonces esto no es el comienzo de una nueva y mejorada costumbre?
—No con el sueldo que me pagas.
Jerome gruñó, pero todo aquello formaba parte de nuestra rutina. Él me regañaba por no tomarme el trabajo en serio, yo le lanzaba unas cuantas pullas a cambio, y el statu quo se restauraba. Como dije antes, yo era algo así como la niña mimada del profe.
Al mirarlo ahora, sin embargo, me di cuenta de que se habían terminado las bromas. El encanto que tanto había seducido hoy a mis clientes no surtía el menor efecto sobre estos dos. El rostro de Jerome se veía tenso y serio, al igual que el de Cárter, pese a la habitual sonrisilla sardónica del ángel.
Jerome y Cárter salían juntos con regularidad, sobre todo si había alcohol de por medio. Esto me desconcertaba, dado que supuestamente estaban enzarzados en algún tipo de gran guerra cósmica. Una vez le había preguntado a Jerome si Cárter era un ángel caído, a lo que el demonio había respondido con una carcajada. Tras recuperarse del ataque de hilaridad me dijo que no, que Cárter no era uno de los caídos. Si lo fuera, técnicamente ya no podría calificarse de ángel. La contestación no me había parecido satisfactoria del todo, la verdad, y finalmente decidí que los dos debían de estar juntos porque no había nadie más en la zona capaz de comprender a alguien cuya existencia se remontaba a los albores del tiempo y la creación. Todos los demás, inmortales menores, habíamos sido humanos en algún momento de nuestras vidas; los inmortales mayores como Jerome y Cárter, no. Mis siglos eran una mera anécdota en su cronología.
Fueran cuales fuesen los motivos de su presencia ahora, Cárter no me gustaba. No era tan aborrecible como Duane, pero siempre se mostraba engreído y altanero. Quizá todos los ángeles eran iguales. Además, tenía el sentido del humor más raro que he visto nunca. Nunca sabía si se estaba burlando de mí o no.
—En fin, ¿y qué puedo hacer por vosotros, chicos? —Pregunté, tirando mi bolso encima del mueble—. Tengo planes para esta noche.
Jerome clavó en mí una mirada entornada.
—Quiero que me hables de Duane.
— ¿Qué? Ya te lo he dicho. Es un capullo.
— ¿Por eso has hecho que lo maten?
— ¿Que... qué?
Me quedé petrificada en el sitio donde estaba revolviendo el contenido de una alacena y me di la vuelta despacio para contemplar nuevamente al dúo, medio esperándome algún chiste. Los dos semblantes me observaban con igual intensidad.
— ¿Muerto? ¿Cómo... cómo se come eso?
—Dímelo tú, Georgie.
Parpadeé, comprendiendo de repente adonde apuntaba todo aquello.
— ¿Me estás acusando de asesinar a Duane? Y espera... esto es una estupidez. Duane no está muerto. No puede ser.
Jerome empezó a deambular de un lado para otro y habló con voz exageradamente civilizada.
—Te lo aseguro, está muerto y bien muerto. Lo encontramos esta mañana, justo antes de que amaneciera.
— ¿Y qué? ¿Lo mató la exposición al sol? —Había oído que ésa era la única manera de morir posible para un vampiro.
—No. Lo mató la estaca que tenía clavada en el corazón.
—Puaj.
—A ver, ¿nos vas a contar a quién contrataste para hacerlo, Georgina?
— ¡Que yo no he contratado a nadie! Ni siquiera... ni siquiera entiendo de qué va todo esto. Duane no puede estar muerto.
—Anoche mismo reconociste que os habíais peleado.
—Sí...
—Y que lo habías amenazado.
—Sí, pero no iba en serio...
— ¿Creo recordar que me contó que le habías dicho algo sobre no volver a acercarse a ti?
— ¡Estaba enfadada y nerviosa! Me estaba asustando. Esto es una locura. Además, Duane no puede estar muerto.
Ésa era la única porción de cordura a la que podía aferrarme en todo esto, de modo que no dejaba de repetirlo tanto para ellos como para mí misma. Los inmortales eran, por definición, inmortales. Fin de la historia.
— ¿Es que no sabes nada sobre los vampiros? —preguntó con curiosidad el archidemonio.
— ¿Como que no pueden morir?
Un destello de humor iluminó los ojos grises de Cárter; Jerome no me encontraba tan graciosa.
—Te lo voy a preguntar por última vez, Georgina. ¿Ordenaste matar a Duane o no? Responde a esa pregunta. Sí o no.
—No —dije firmemente.
Jerome fulminó a Cárter con la mirada. El ángel me estudió; su lacio cabello rubio le cubría parcialmente la cara. Comprendí entonces por qué se había apuntado Cárter a la fiesta esta noche. Los ángeles pueden distinguir la verdad de la mentira. Al cabo, asintió bruscamente para Jerome.
—Me alegra haber superado la prueba —mascullé.
Pero ya habían dejado de prestarme atención.
—En fin —observó con voz lúgubre Jerome—, supongo que ya sabemos lo que significa esto.
—Bueno, no podemos estar seguros...
—Yo sí.
Cárter le dirigió una mirada cargada de intención que se prolongó durante varios segundos de silencio. Siempre había sospechado que los dos se comunicaban mentalmente en momentos así, algo que los inmortales menores no podíamos conseguir sin ayuda.
—Entonces, ¿Duane está muerto de verdad? —pregunté.
—Sí —respondió Jerome, acordándose de mi presencia—. De verdad de la buena.
— ¿Quién ha sido? Ahora que hemos decidido que no fui yo.
Los dos cruzaron la mirada y se encogieron de hombros por toda respuesta. Menuda pareja de padres negligentes. Cárter sacó una cajetilla de tabaco y encendió un cigarro. Señor, qué rabia me daba cuando se ponían en este plan.
—Un caza vampiros —dijo finalmente Jerome.
Me lo quedé mirando.
— ¿En serio? ¿Como la chica ésa de la tele?
—No exactamente.
—Bueno, ¿y adónde vas esta noche? —preguntó despreocupadamente Cárter.
—A la sesión de firmas de Seth Mortensen. Y no me cambies de tema. Quiero saberlo todo sobre este caza vampiros.
— ¿Vas a acostarte con él?
—Me... ¿qué? —Tardé un momento en darme cuenta de que el ángel no se refería al cazador de vampiros—. ¿Te refieres a Seth Mortensen?
Cárter exhaló una bocanada de humo.
—Claro. Quiero decir, si yo fuera un súcubo obsesionado con un escritor mortal, eso es lo que haría. Además, ¿los de vuestro bando no van siempre detrás de más celebridades?
—Ya tenemos celebridades de sobra —dijo Jerome con voz ronca.
¿Acostarme con Seth Mortensen? Santo cielo. Era la cosa más ridícula que había escuchado en mi vida. Era inimaginable. Si absorbía su fuerza vital, nadie sabía cuánto tardaría en publicar su próximo libro.
— ¡No! Claro que no.
— ¿Entonces qué vas a hacer para llamar la atención?
— ¿Para llamar la atención?
—Claro. Quiero decir, ese tipo probablemente ve montones de aficionados a todas horas. ¿No quieres destacar de alguna manera?
La sorpresa me dejó sin habla. Ni siquiera lo había pensado. ¿Debería? Mi naturaleza hastiada hacía que fuera difícil encontrar placer en muchas cosas últimamente. Los libros de Seth Mortensen eran una de mis pocas salidas. ¿Debería reconocer ese hecho e intentar conectar con el creador de las novelas? Esa mañana me había burlado de los aficionados de a pie. ¿Iba a convertirme ahora en uno de ellos?
—Bueno... quiero decir, Paige seguramente le presentará al personal en privado. Es una forma de destacar.
—Sí, desde luego. —Cárter apagó el cigarro en el fregadero de la cocina—. Seguro que nunca tiene ocasión de conocer a los empleados de ninguna librería.
Abrí la boca para protestar, pero Jerome me interrumpió.
—Basta —le lanzó a Cárter otra miradita cargada de significado—. Tenemos que irnos.
— ¡Eh... espera un momento! —Cárter había conseguido distraerme del tema, después de todo. No me lo podía creer—. Quiero saber algo más sobre este caza vampiros.
—Lo único que necesitas saber es que deberías tener cuidado, Georgie. Mucho cuidado. No hablo en broma.
Tragué saliva al percibir el hierro en la voz del demonio.
—Pero yo no soy un vampiro.
—Me da igual. Estos cazadores a veces siguen la pista de vampiros con la esperanza de encontrar más. Podrías verte envuelta por asociación. Sé discreta. Procura no quedarte sola. Quédate con otros... mortales o inmortales, no importa. A lo mejor puedes cobrarte el favor que te debe Hugh y conseguir más almas para nuestro bando, ya de paso.
Puse los ojos en blanco mientras los dos se dirigían a la puerta.
—Hablo en serio. Ten cuidado. No llames la atención. No te mezcles en esto.
—Y —añadió Cárter con un guiño— saluda a Seth Mortensen de mi parte.
Dicho lo cual, ambos se fueron, cerrando la puerta sin hacer ruido a su espalda. Mera formalidad, en realidad, puesto que cualquiera de ellos podría haber salido teletransportándose. O tirando la puerta abajo.
Me volví hacia Aubrey, que había asistido a los acontecimientos con cautela desde detrás del sofá, agitando la cola.
—Vaya —le dije, mareada—. ¿Cómo se supone que me tengo que tomar todo esto?
¿Duane estaba muerto de verdad? Quiero decir, vale, era un cabrón, y me había cabreado de lo lindo cuando le amenacé anoche, pero nunca había deseado verlo muerto realmente. ¿Y qué pasaba con este asunto del caza vampiros? ¿Por qué se suponía que debía andarme con cuidado si...?
— ¡Mierda!
Acababa de ver el reloj del microondas de refilón. Me informaba fríamente de que debía regresar a la tienda lo antes posible. Apartando a Duane de mis pensamientos, corrí al dormitorio y me contemplé con fijeza en el espejo. Aubrey me siguió menos precipitadamente.
¿Qué ponerme? Podía quedarme como estaba. La combinación de jersey y caquis parecía respetable y apagada al mismo tiempo, aunque el esquema de colores casaba, quizá, demasiado bien con mi cabello castaño claro. Era la clase de atuendo propio de una bibliotecaria. ¿Quería parecer apagada? Tal vez. Como le había dicho a Cárter, realmente no quería hacer nada que pudiera suscitar el interés romántico de mi autor favorito del mundo entero.
Aunque...
Aunque, no se me olvidaba lo que había dicho el ángel acerca de llamar la atención. No quería ser tan sólo otra cara entre la multitud para Seth Mortensen. Ésta era la última escala de su última gira. Sin duda habría visto miles de fans en los últimos meses, fans que se confundían en un mar de rostros anodinos, haciendo sus intrascendentales comentarios. Le había recomendado al tipo del mostrador que fuera innovador con sus preguntas, y me propuse hacer lo mismo con mi apariencia.
Cinco minutos más tarde me planté una vez más delante del espejo, vestida ahora con un top de seda, de color violeta oscuro y corte bajo, a juego con una falda de gasa con motivos florales. La falda casi me cubría los muslos y se levantaba si giraba. Habría sido un modelo de baile estupendo. Me puse unos zapatos de correas con tacones y miré de reojo a Aubrey para preguntarle su opinión.
— ¿Qué te parece? ¿Demasiado sexy?
Empezó a limpiarse la cola.
—Es sexy —reconocí—, pero sexy con clase. El pelo ayuda, creo.
Me había recogido la melena en lo alto en una especie de moño romántico, dejando rizos ondulados que me enmarcaban el rostro y realzaban mis ojos. Un momentáneo cambio de forma los volvieron más verdes de lo habitual, pero me lo pensé mejor y decidí devolverles su color castaño con motas verdes y doradas.
Cuando Aubrey siguió negándose a admitir lo espectacular que estaba, agarré mi abrigo de piel de serpiente y le dirigí una mirada fulminante.
—Me da igual lo que opines. Este conjunto es ideal. Salí del apartamento con mi ejemplar de El pacto de Glasgow y regresé al trabajo, inmune a la llovizna. Otra de las ventajas del cambio de forma. Los fans se amontonaban en la zona de ventas principal, ansiosos por ver al hombre cuyo último libro dominaba todavía las listas de los más vendidos, después de cinco semanas. Me abrí paso entre el grupo hacia la escalera que conducía a la segunda planta.
—La sección juvenil está por ahí junto a la pared —llegó hasta mí flotando la amigable voz de Doug, no muy lejos—. Avíseme si necesita algo más.
Le dio la espalda al cliente al que estaba atendiendo, reparó en mí y soltó de golpe el montón de libros que tenía en las manos.
Los clientes se apartaron, viendo educadamente cómo se arrodillaba para recoger los libros. Reconocí las cubiertas de inmediato. Eran ejemplares de bolsillo de anteriores títulos de Seth Mortensen.
—Sacrilegio —comenté—. Dejar que ésos toquen el suelo. Ahora tendrás que quemarlos, como una bandera.
Sin hacerme caso, Doug recolocó los libros y me llevó lejos de oídos indiscretos.
—Has hecho bien en ir a casa y ponerte algo más cómodo. Dios, ¿pero te puedes agachar con eso?
— ¿Por qué, crees que tendré que hacerlo esta noche?
—Bueno, eso depende. Quiero decir, Warren está aquí después de todo.
—Mal, Doug. Muy mal.
—Te lo buscas tú sólita, Kincaid. —Me admiró a regañadientes con la mirada antes de empezar a subir las escaleras—. Tienes un aspecto estupendo, lo reconozco.
—Gracias. Quería que Seth Mortensen se fijara en mí.
—Créeme, si no es gay, se fijará. Y si lo es, seguramente también.
—No parezco demasiado fresca, ¿verdad?
—No.
— ¿Ni cutre? —No.
—La idea era sexy con clase. ¿Qué opinas? —Opino que ya está bien de alimentar tu vanidad. Ya sabes tú la pinta que tienes.
Coronamos las escaleras. Una masa de sillas cubría la mayoría de la zona reservada —normalmente para sentarse— de la cafetería y se extendía hasta una parte de las secciones de libros sobre jardinería y mapas. Paige, directora de la tienda y superiora nuestra, estaba atareada intentando practicar algún tipo de acrobacia con el micrófono y el sistema de sonido. Desconocía para qué se había usado el edificio antes de la llegada de la Librería de Emerald City, pero no era un lugar que destacara por su acústica ni por su gran aforo.
—Voy a echarle una mano —me dijo Doug, caballeroso. Paige estaba embarazada de tres meses—. Te aconsejo que no hagas nada que implique inclinarse más de veinte grados en ninguna dirección. Ah, y si alguien intenta convencerte para que juntes los codos detrás de la espalda, no le sigas el juego.
Le propiné un codazo en las costillas que estuvo a punto de hacerle soltar los libros de nuevo.
Bruce, todavía a los mandos de la cafetera, me preparó el cuarto moca con chocolate blanco del día, y me acerqué a la sección de libros sobre geografía para tomármelo mientras las cosas se ponían interesantes. De reojo, a mi lado, reconocí al tipo con el que había discutido antes sobre Seth Mortensen. Todavía llevaba encima su copia de El pacto de Glasgow.
—Hola —dije.
Dio un respingo al oír mi voz, absorto como estaba en una guía de viajes de Tejas.
—Perdona. No pretendía asustarte.
—N-no, no m-me has asustado —tartamudeó. Sus ojos me recorrieron de la cabeza a los pies de un solo vistazo fugaz, deteniéndose apenas en mis caderas y mis pechos, pero sobre todo en mi cara—. Te has cambiado de ropa. —Comprendiendo aparentemente la miríada de connotaciones que acarreaba semejante admisión, se apresuró a añadir—: No es que eso sea malo. O sea, está bien. Esto, en fin, quiero decir...
Cada vez más azorado, me dio la espalda e intentó reemplazar torpemente el libro sobre Tejas en la estantería, boca abajo. Disimulé una sonrisa. Este tipo era demasiado adorable. Ya no me topaba con tantos tímidos como antes. Las citas de hoy en día parecían exigir que los hombres se exhibieran todo lo posible, y por desgracia, a las mujeres eso parecía gustarles realmente. Vale, incluso yo picaba a veces. Pero los chicos tímidos también se merecían una oportunidad, y decidí que un poco de coqueteo inofensivo con él le levantaría la moral mientras esperaba a que comenzara la sesión de firmas. Seguro que tenía una suerte atroz con las mujeres.
—Déjame a mí —me ofrecí, inclinándome frente a él. Mis manos rozaron las suyas cuando le arrebaté el libro y lo reemplacé con cuidado en la balda, con la cubierta hacia fuera—. Ahí está.
Di un paso atrás como si quisiera admirar mi pericia, asegurándome de quedarme muy cerca de él, tocándose casi nuestros hombros.
—Con los libros es importante mantener las apariencias —le expliqué—. La imagen lo es todo en este negocio.
Se atrevió a dirigirme la mirada, nervioso aún pero empezando ya a recuperar la compostura.
—A mí me interesa más el contenido.
— ¿De veras? —Cambié ligeramente de postura para volver a tocarnos de nuevo; la suave franela de su camisa me acarició la piel desnuda—. Porque juraría que hace un rato estabas de lo más interesado en cierta apariencia externa.
Agachó la cabeza de nuevo, pero pude ver que una sonrisa le curvaba los labios.
—Bueno. Algunas cosas son tan espectaculares que no pueden evitar llamar la atención.
— ¿Y no te pica la curiosidad por saber cómo son por dentro?
—Más bien me pica por saber adónde debo mandarte tus ejemplares de avance.
¿Ejemplares de avance? ¿A qué se...?
— ¿Seth? ¿Seth, dónde...? Ah, ahí estás.
Paige entró en nuestro pasillo, Con Doug pisándole los talones. Sonrió al verme, mienta» yo sentía cómo el estómago se descolgaba de mi cuerpo y se estrellaba contra el suelo con un estampido al encajar todas las piezas en su sitio. No. No. Era imposible Ah, Georgina. Veo que ya conoces a Seth Mortensen.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 19, 2010 4:07 pm

jajajajaja que bueno!!! resultó ser el escritor jajajajaja

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 19, 2010 4:12 pm

Si, esa parte que do muy bien y muy graciosa. Me llamo mucho la atención lo de que se leia 5 paginas por dia jajajaj yo no puedo hacer eso, a veces caigo rendida pero no quiero soltar el libro.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 19, 2010 4:19 pm

Capítulo 4

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Capítulo 4

Mátame, Doug. Mátame ahora mismo. Acaba con mi sufrimiento.
Inmortalidades aparte, el sentimiento era sincero.
—Dios, Kincaid, ¿pero qué le has dicho? —murmuró Doug.
Nos encontrábamos a un lado del público de Seth Mortensen, entre muchas otras personas. Todos los asientos estaban ocupados, lo que reducía el espacio y la visibilidad al mínimo. Tenía suerte de estar con el personal en nuestra sección reservada, desde la cual gozábamos de una vista perfecta de Seth mientras éste leía unas páginas de El pacto de Glasgow. Aunque yo no quería estar en su línea de visión. De hecho, preferiría no tener que volver a encontrarme cara a cara con él en la vida.
—Bueno —le dije a Doug, vigilando a Paige de reojo por si le llamábamos la atención con nuestros susurros—, me metí con sus fans y con lo mucho que tardan en salir sus libros.
Doug se me quedó mirando, superadas con creces todas sus expectativas.
—Después le dije... sin saber quién era... que estaría dispuesta a convertirme en la esclava sexual de Seth Mortensen a cambio de ejemplares de avance de sus novelas.
No abundé en mi improvisado coqueteo. ¡Y pensar que me imaginaba estar halagando la vanidad de un pobre tímido! Santo cielo. Seth Mortensen probablemente podría acostarse con una grupi distinta cada noche si se lo propusiera.
Aunque no parecía de ésos. Frente a la multitud había hecho gala del mismo nerviosismo inicial que conmigo. Se le notaba más cómodo cuando empezó a leer, sin embargo, entrando en faena y dejando que su voz subiera y bajara con intensidad e ironía.
— ¿Qué clase de seguidora estás hecha? —Preguntó Doug—. ¿Es que no sabías qué pinta tenía?
— ¡No sale ninguna foto suya en los libros! Además, me lo imaginaba mayor. —Ahora suponía que Seth tendría unos treinta, un poco mayor de lo que parecía yo en este cuerpo, pero más joven que el escritor cuarentón que siempre me había imaginado.
—Bueno, piensa que no hay bien que por bien no venga, Kincaid. Conseguiste tu objetivo: se fijó en ti.
Contuve un gemido, dejando caer la cabeza patéticamente en el hombro de Doug.
Paige se giró y nos miró como si quisiera estrangularnos. Como de costumbre, nuestra directora estaba estupenda, vestida con un traje rojo que realzaba su piel de chocolate. Una ligerísima curva del embarazo asomaba por debajo de la chaqueta, y no pude evitar sentir una punzada de celos y anhelo.
Cuando anunció su embarazo no planeado, lo hizo riéndose, diciendo: «En fin, ya sabéis que estas cosas pasan sin más.»
Pero yo nunca había podido entender cómo era posible que esas cosas pasaran «sin más». Había intentando desesperadamente quedarme en estado cuando era mortal, sin éxito, convirtiéndome en objeto de conmiseración y cuidadosamente disimuladas (si bien no lo suficiente) burlas. Transformarme en súcubo había aniquilado cualquier resquicio de posibilidad de ser madre que me quedara, aunque no me diera cuenta enseguida. Había sacrificado la capacidad creadora de mi cuerpo a cambio de juventud y belleza eternas. Un tipo de inmortalidad a cambio de otro. Los siglos te dan mucho tiempo para aceptar lo que puedes tener y lo que no, pero aun así dolía que te lo recordaran.
Tras dedicarle a Paige una sonrisa que prometía buena conducta, volví a concentrarme en Seth. Estaba terminando de leer y pasó a las preguntas. Tal y como esperaba, las primeras fueron: « ¿De dónde sacas las ideas?», y « ¿Terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill?»
Miró fugazmente en mi dirección antes de contestar, y yo hice una mueca, recordando mis comentarios sobre él empalándose cuando le hicieran esas preguntas. Girándose de nuevo hacia sus fans, respondió seriamente a la primera pregunta y eludió la segunda.
A todo lo demás contestó de forma sucinta, a menudo en tono seco y sutilmente humorístico. Nunca hablaba más de la cuenta, siempre decía lo justo para satisfacer las exigencias del interesado. Era evidente que la muchedumbre lo enervaba, lo que me pareció un poco decepcionante.
Teniendo en cuenta lo ingeniosos y sarcásticos que eran sus libros, supongo que me esperaba que hablara igual que escribía. Quería escuchar un confiado torrente de palabras e ingenio, un carisma capaz de rivalizar con el mío. Había pronunciado unas pocas líneas decentes antes mientras conversábamos, supongo, pero también era cierto que había tenido tiempo de acostumbrarse a mí y pensárselas bien.
Por supuesto, era injusto establecer comparaciones entre nosotros. Él no poseía ningún talento sobrenatural para seducir a los otros, ni siglos de práctica a sus espaldas. Aun así. No me había imaginado nunca que un introvertido ligeramente disperso fuera capaz de crear mis libros favoritos. Injusto por mi parte, pero así estaban las cosas.
— ¿Va todo bien? —preguntó una voz detrás de nosotros. Me giré y vi a Warren, el dueño de la tienda y mi compañero de cama ocasional.
—Perfectamente —anunció Paige a su escueta y eficiente manera—. Empezaremos la firma dentro de otros quince minutos o así.
—Bien.
Sus ojos se pasearon relajadamente por el resto de la plantilla antes de regresar a mí. No dijo nada, pero mientras me penetraba con la mirada, casi podía sentir cómo me desnudaban sus manos. Se había acostumbrado a esperar sexo con regularidad, y por lo general yo no me oponía puesto que constituía un chute de energía y vitalidad rápido y fiable (aunque pequeño). Su personalidad amoral me libraba de la culpa que eso podría hacerme sentir.
Terminadas las preguntas, tuvimos algunos problemas de control de masas cuando todo el mundo se agolpó en la cola para que les firmaran sus libros. Me ofrecí a ayudar, pero Doug me dijo que tenían la situación controlada. Así que, en vez de eso, me mantuve al margen, intentando evitar cualquier contacto visual con Seth.
—Ven a verme al despacho cuando todo esto haya acabado —murmuró Warren, pegándose a mi lado.
Esta noche llevaba puesto un traje gris hulla a medida, la viva imagen de un magnate literario sofisticado. Pese a la baja estima que me inspiraba un hombre que engañaba a su esposa tras treinta años de matrimonio con una empleada mucho más joven, debía reconocer que no carecía de apostura y atractivo físico. Después de todo lo que había pasado hoy, sin embargo, no estaba de humor para abrirme de piernas encima de su mesa cuando cerrara la tienda.
—No puedo —respondí en voz baja, sin dejar de observar la firma—. Tengo cosas que hacer luego.
—Seguro que no. No es noche de baile.
—No —le di la razón—. Pero voy a hacer otra cosa.
— ¿Como cuál?
—Tengo una cita. —La mentira afloró sin dificultad a mis labios.
—A que no.
—A que sí.
—Tú nunca tienes ninguna cita, así que no intentes ahora ese truco. La única cita que tienes es conmigo, en mi despacho, preferiblemente de rodillas. —Se acercó un paso más, hablándome al oído para que pudiera sentir la calidez de su voz en la piel—. Dios, Georgina. Tienes un aspecto tan follable esta noche que te podría montar ahora mismo. ¿Tienes la menor idea de cómo me provoca verte con este vestido?
— ¿Que «te provoca»? Yo no estoy provocando a nadie. Por culpa de actitudes como la tuya hay mujeres obligadas a llevar velo en el mundo, ¿sabes? Es echarle la culpa a la víctima.
Soltó una risita.
—Me troncho contigo, ¿lo sabías? ¿Llevas bragas debajo de eso?
— ¿Kincaid? ¿Nos puedes echar una mano aquí?
Me di la vuelta y vi a Doug mirándonos con el ceño fruncido. Lógico. Quería mi ayuda, ahora que veía a Warren tirándome los tejos. ¿Quién dijo que no quedaban caballeros en este mundo? Doug era una de las pocas personas que sabían lo que había entre Warren y yo, y no le gustaba. En cualquier caso, necesitaba escapar, aunque fuera tarde, de modo que eludí temporalmente la lujuria de Warren y me acerqué a ayudar con las ventas del libro.
La cola de clientes en busca de una firma tardó casi dos horas en desgranarse, y para entonces la tienda estaba a quince minutos del cierre. Seth Mortensen parecía un poco cansado pero de buen humor. El estómago me dio un vuelco cuando Paige nos hizo señas a los que no estábamos encargados de cerrar para que nos acercáramos a charlar con él.
Nos presentó sin rodeos.
—Warren Lloyd, propietario de la tienda. Doug Sato, auxiliar de ventas. Bruce Newton, encargado de cafetería. Andy Kraus, ventas. Y ya conoces a Georgina Kincaid, nuestra otra auxiliar.
Seth asintió educadamente con la cabeza, estrechándoles la mano a todos. Cuando llegó a mí, aparté la mirada, esperando que pasara de largo. Al ver que no lo hacía, me encogí mentalmente, preparándome para algún comentario sobre nuestros anteriores encuentros. En vez de eso, lo único que dijo fue:
—G.K.
Parpadeé.
¿Eh?
—G.K. —repitió, como si esas letras tuvieran todo el sentido del mundo. Al ver que mi expresión de estupefacción persistía, hizo un brusco movimiento de cabeza hacia uno de los folletos promocionales para la ocasión de esta noche. Ponía:
Si no has oído hablar de Seth Mortensen es que llevas los últimos ocho años viviendo en otro planeta. Es lo más espectacular que le ha pasado al mercado de la novela negra; en comparación con él, las obras de la competencia parecen garabatos en un cuaderno de colorear. Con varios éxitos de ventas en su haber, el ilustre señor Mortensen escribe tanto libros autoconclusivos como continuaciones de la asombrosa y popular serie de Cady y O'Neill. El pacto de Glasgow continúa las aventuras de estos intrépidos investigadores, que viajarán al extranjero esta vez para seguir desentrañando misterios arqueológicos mientras se enzarzan en las inevitables discusiones, cargadas de ingenio y sensualidad, a las que nos tienen acostumbrados. Chicos, si no podéis encontrar a vuestras novias esta noche es porque están leyendo El pacto de Glasgow, deseando que fuerais tan refinados como O'Neill.
G.K.
—Tú eres G.K. Tú escribiste la bio.
Me miró esperando confirmación, pero yo me había quedado muda, no podía ni pronunciar la aguda respuesta que temblaba en mis labios. Tenía demasiado miedo. Después de las meteduras de pata previas, temía decir algo equivocado.
Al final, desconcertado por el silencio, me preguntó con vacilación:
— ¿También eres escritora? Es realmente bueno.
—No.
—Ah —transcurrieron unos instantes de silencio glacial—. En fin. Supongo que algunos escriben las historias, y otros las viven.
Eso sonaba a coqueteo, pero me mordí el labio para sofocar mi réplica, aferrada aún a mi nuevo papel de zorra de hielo, deseosa de borrar cualquier posible resto de mis anteriores flirteos.
Paige, que no entendía la tensión que había entre Seth y yo, la presentía de todos modos e intentó suavizarla.
—Georgina es una de tus mayores fans. Estaba absolutamente extasiada cuando se enteró de que ibas a venir.
—Sí —añadió Doug con malicia—. Tus libros la tienen prácticamente «esclavizada». Pregúntale cuántas veces se ha leído El pacto de Glasgow.
Le lancé una mirada asesina, pero la atención de Seth se concentró en mí de nuevo, genuinamente curiosa. Está intentando restaurar nuestra relación anterior, comprendí con tristeza. No podía permitir que eso ocurriera.
— ¿Cuántas?
Tragué saliva, resistiéndome a responder, pero el peso de todas aquellas miradas terminó por abrumarme.
—Ninguna. Todavía no lo he terminado. —La práctica me permitió pronunciar aquellas palabras con serenidad y confianza, disimulando así mi incomodidad.
Seth parecía asombrado. Igual que todos los demás; todos se me quedaron mirando con fijeza, comprensiblemente perplejos. Sólo Doug entendió el chiste.
— ¿Ninguna? —Preguntó Warren con el ceño fruncido—. ¿No hace ya más de un mes que salió?
Doug, el muy cabrito, sonrió.
—Cuéntales el resto. Diles cuántas páginas lees al día.
Deseé entonces que se abriera la tierra y me tragara entera, para poder escapar de esta pesadilla. Por si presentarse como una ramera arrogante frente a Seth Mortensen no fuera suficiente, ahora Doug estaba avergonzándome para que confesara mi ridícula costumbre.
—Cinco —dije al final—. Sólo leo cinco páginas al día.
— ¿Por qué? —preguntó Paige. Al parecer nunca había oído esta historia.
Podía sentir cómo se me encendían las mejillas. Paige y Warren me miraban como si fuera de otro planeta mientras Seth sencillamente permanecía callado y parecía pensativo y distraído. Respiré hondo y escupí las palabras como una ametralladora:
—Porque... porque es tan bueno, y porque sólo se tiene una oportunidad de leer un libro por primera vez, y quiero que dure. La experiencia. De lo contrario me lo terminaría en un solo día, y eso sería como... como zamparse una caja de helado de una sentada. Demasiado placer que se esfumaría demasiado rápido. De esta manera puedo prolongarlo. Hacer que el libro dure más. Saborearlo. No me queda otro remedio, porque no se publican tan a menudo.
Cerré la boca de golpe, comprendiendo que acababa de insultar el ritmo de escritura de Seth... otra vez. No respondió a mi comentario, y no supe descifrar la expresión de su rostro. Reflexiva, quizá. Nuevamente recé en silencio para que el suelo me consumiera y me librara de esta humillación. Obstinadamente se negó.
Doug me dirigió una sonrisa tranquilizadora. Le parecía graciosa mi costumbre. Paige, quien al parecer no compartía su opinión, tenía pinta de compartir mi deseo de estar en otra parte. Carraspeó educadamente y empezó un tema de conversación totalmente distinto. Después de eso, casi no presté atención a lo que decían. Lo único que sabía era que Seth Mortensen probablemente pensaba que yo estaba loca de atar, y no veía el momento de que terminara esta noche.
—...Kincaid lo haría.
El sonido de mi nombre me trajo de vuelta varios minutos más tarde.
— ¿Qué? —me giré hacia Doug, el que estaba hablando.
— ¿No lo harías?
— ¿Hacer qué?
—Enseñarle la ciudad a Seth mañana —Doug hablaba pacientemente, como si se dirigiera a una niña—. Familiarizarlo con la zona.
—Mi hermano está demasiado ocupado —explicó Seth.
¿Qué tenía que ver su hermano en todo aquello? ¿Y por qué necesitaba familiarizarse con la zona?
Vacilé, sin querer admitir que me había quedado abstraída mientras me compadecía de mí misma.
—Pues...
—Si no quieres... —empezó Seth, dubitativo.
—Por supuesto que quiere —Doug me pegó un codazo—. Venga. Sal de tu agujero.
Nos enzarzamos en un duelo de miradas digno de Jerome y Cárter.
—Ya, bueno. Está bien.
Organizamos los pormenores de mi reunión con Seth, y me pregunté en qué me había metido. Ya no quería llamar la atención. De hecho, preferiría que pudiera borrarme de su mente para siempre. Pasear juntos por Seattle no parecía la mejor manera de conseguirlo. A lo sumo, resultaría en más comportamientos estúpidos por mi parte.
La conversación declinó finalmente. Cuando estábamos a punto de desbandarnos, de repente me acordé de una cosa.
—Ah. Hey. Señor Mortensen. Seth.
Se giró hacia mí.
— ¿Sí?
Me esforcé desesperadamente por decir algo que desenredara la maraña de insinuaciones veladas y bochornos en la que los dos nos habíamos visto atrapados. Desgraciadamente, las únicas preguntas que me venían a la cabeza eran: ¿De dónde sacas las ideas?, y ¿terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill? Descartando tales idioteces, me limité a enseñarle mi ejemplar.
— ¿Me lo puedes firmar?
Lo cogió.
—Eh, claro. —Una pausa—. Te lo devolveré mañana. ¿Privarme de mi libro esa noche? ¿Acaso no había sufrido bastante ya?
— ¿No puedes firmarlo ahora?
Se encogió de hombros en un ademán de impotencia, como si el asunto escapara a su control.
—No se me ocurre nada que escribir.
—Pon tu nombre nada más.
—Te lo devolveré mañana —repitió, alejándose con mi copia de El pacto de Glasgow como si yo no hubiera dicho nada. Atónita, consideré seriamente la posibilidad de correr hasta él y arrebatárselo a golpes, pero Warren me tiró de repente del brazo.
—Georgina —dijo amablemente mientras yo veía, desesperada, cómo se alejaba mi libro—, todavía tenemos que discutir ese tema en mi despacho.
No. De ninguna manera. Definitivamente no iba a pegarme un revolcón después de la debacle de esta noche. Girándome despacio hacia él, sacudí la cabeza.
—Ya te lo he dicho, no puedo.
—Sí, ya lo sé. Tú cita imaginaria.
—No es imaginaria. Es...
Mis ojos buscaban desesperadamente una salida mientras hablaba. Aunque no apareció ningún portal mágico en la sección de libros de cocina, crucé la mirada de repente con un tipo que ojeaba nuestras novelas en otros idiomas. Sonrió con curiosidad en mi dirección, y en un abrir y cerrar de ojos, decidí jugármelo todo a una carta.
—...él. Tengo una cita con él.
Saludé con la mano al desconocido y le hice señas para que se acercara. Parecía comprensiblemente sorprendido, dejando el libro en su sitio y acercándose a nosotros. Cuando llegó, lo rodeé con un brazo familiarmente mientras le dedicaba una mirada que sabía capaz de poner a reyes de rodillas.
— ¿Listo para salir?
Un ligero asombro destelló en sus ojos... que eran preciosos, por cierto. De un intenso verde azulado. Para mi alivio, me siguió la corriente y respondió magistralmente a mi estratagema.
—Puedes apostar a que sí. —Deslizó su brazo a mí alrededor, apoyando la mano en mi cadera con sorprendente presunción—. Habría venido antes, pero me retuvo el tráfico. Qué ricura. Miré a Warren de reojo.
— ¿Seguimos con la conversación en otro momento? Warren me miró, después al tipo, y de nuevo a mí.
—Claro. Sí. Por supuesto. —Warren creía que era mi amo, pero sus sentimientos no eran lo bastante fuertes como para desafiar a un competidor más joven.
Algunos de mis compañeros de trabajo nos observaban también con interés. Al igual que Warren, ninguno me había visto nunca salir con nadie realmente. Seth Mortensen estaba ocupado llenando un maletín, sin cruzar la mirada conmigo, a todas luces ajeno a mi existencia. Ni siquiera respondió cuando dije adiós. Probablemente era mejor así.
Mi «cita» y yo salimos de la tienda a la fría noche. Habían cesado las precipitaciones, pero las nubes y las luces de la ciudad ocultaban las estrellas. Al estudiarlo, deseé que estuviéramos saliendo juntos después de todo.
Era alto... realmente alto. Seguramente al menos veinticinco centímetros más alto que mi diminuto uno sesenta y dos. Tenía el pelo negro y ondulado, peinado hacia atrás de un rostro fuertemente bronceado que conseguía que sus ojos de aguamarina resplandecieran casi. Llevaba puesto un largo abrigo de lana negro y una bufanda a cuadros negros, borgoñas y verdes.
—Gracias —le dije cuando nos detuvimos en la esquina de la calle—. Me has salvado de una... situación desagradable.
—Ha sido un placer —me tendió la mano—. Me llamo Román.
—Bonito nombre.
—Supongo. Me hace pensar en novelas rosa. ¿Sí?
—Sí. Nadie se llama así de verdad en la vida real. Pero en las novelas románticas hay millones de ellos. «Román el V Duque de Wellington.» «Román el Terrible y sin embargo Intrépido y Sobrenaturalmente Atractivo Pirata de los Siete Mares.»
—Hey, me parece que esa última la he leído. Yo soy Georgina.
—Ya veo —indicó con la cabeza la tarjeta de identificación que llevaba colgada del cuello. Probablemente una excusa para asomarse a mi escote—. ¿Ese vestido es el uniforme reglamentario de los asistentes de ventas?
—Este vestido se ha convertido en un verdadero grano en el culo, la verdad —recalqué, pensando en las distintas reacciones que había suscitado.
—Puedes ponerte mi abrigo. ¿A dónde te apetece ir esta noche?
— ¿Que adonde...? No vamos a salir juntos. Ya te lo he dicho: me has salvado de un pequeño embrollo, eso es todo.
—Hey, eso todavía debe de valer algo —repuso—. ¿Un pañuelo? ¿Un beso en la mejilla? ¿Tu número de teléfono?
— ¡No!
—Oh, venga ya. ¿Has visto lo bueno que soy? Ni siquiera pestañeé cuando me liaste con esa miradita tuya tan provocativa. Eso no podía negarlo.
—Está bien. Es el 555-1200.
—Ése es el número de la tienda.
— ¿Cómo lo sabes?
Señaló el cartel de Emerald City que tenía a mi espalda. Contenía toda la información de contacto de la librería.
—Porque sé leer.
—Guau. Eso te coloca, no sé, como diez puestos por encima de la mayoría de los tipos que intentan ligar conmigo.
— ¿Significa eso que podemos salir juntos algún día? —preguntó esperanzado.
—No. Te agradezco la ayuda prestada esta noche, pero no me gustan las citas.
—Entonces no te lo tomes como una cita. Tómatelo como... una toma de contacto entre dos mentes.
La forma en que me miraba sugería que no era sólo mi mente con lo que quería tomar contacto. Me estremecí involuntariamente, aunque no hacía frío. De hecho, comenzaba a sentir una calidez enervante.
Se desabrochó el abrigo.
—Ten. Estás aterida. Póntelo mientras te acompaño a casa. Tengo el coche al doblar la esquina.
—Vivo a dos pasos. —Su abrigo conservaba el calor de su cuerpo y olía bien. Una combinación de cK One y, en fin, hombre. Ñam.
—Pues deja que camine contigo.
Su insistencia era encantadora, otra razón por la que debía poner punto y final ahora. Ésta era precisamente la clase de tipo decente que necesitaba evitar.
—Venga —imploró Román al ver que yo no respondía—. No es tanto pedir. Que no soy un acosador ni nada. Sólo quiero pasear contigo hasta tu casa. Luego no hace falta que volvamos a vernos.
—Mira, apenas me conoces... —me interrumpí, reconsiderando sus palabras—. Está bien.
— ¿Qué está bien?
—Está bien, puedes caminar conmigo hasta mi casa.
— ¿En serio? —su expresión se iluminó.
—Sip.
Tres minutos más tarde, cuando llegamos a mi edificio de apartamentos, levantó las manos en un gesto de desesperación. —Eso no es justo. Vives prácticamente al lado. —«Pasear conmigo hasta mi casa.» Eso era todo cuanto pedías. Román sacudió la cabeza.
—No es justo. En absoluto. Pero —levantó la mirada hacia mi edificio, con ilusión renovada— por lo menos ahora sé dónde vives.
—¡Hey! Dijiste que no eras un acosador.
Sonrió, espectaculares dientes blancos brillando contra su piel morena.
—Nunca es demasiado tarde para empezar. —Se agachó, me dio un beso en la mano y me guió un ojo—. Hasta que nos volvamos a ver, bella Georgina.
Se dio la vuelta y se adentró en la noche de Queen Anne. Lo vi marchar, sintiendo aún sus labios en mi piel. Qué inesperado... y desconcertante... final para esta noche.
Cuando se hubo perdido de vista, giré sobre los talones y entré en mi edificio. Había subido la mitad de las escaleras cuando me di cuenta de que todavía llevaba puesto su abrigo. ¿Cómo iba a devolvérselo? Lo ha hecho a propósito, comprendí. Había dejado que me lo quedara.
De repente supe que volvería a ver al ingenioso duque Román tarde o temprano. Probablemente temprano, antes que tarde.
Riéndome por lo bajo, continué camino de mi apartamento; me detuve tras unos pocos pasos más.
—Otra vez no —murmuré, exasperada.
Tras la puerta de mi apartamento se arremolinaban sensaciones familiares. Como una tempestad reluciente. Como un zumbido de abejas en el aire.
Había un grupo de inmortales en mi casa.
¿Qué coño? ¿Tendría que empezar a cobrar entrada en mi apartamento? ¿Por qué pensaba todo el mundo de repente que podían colarse dentro sin mi permiso?
Se me ocurrió entonces, brevemente, que antes no había percibido la presencia de Jerome y Cárter. Me habían pillado totalmente desprevenida. Eso era extraño, pero su noticia me había distraído demasiado como para fijarme en nada más.
Del mismo modo, mi rabia actual no me permitía recapacitar más sobre ese detalle singular. Estaba demasiado enfadada. Colgándome el bolso del hombro, irrumpí en mi casa como un vendaval.

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Última edición por rossmary el Miér Oct 27, 2010 9:39 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 19, 2010 5:02 pm

:234: me gustó el capi jajajajaja, ahora a esperar un poco para el siguiente ^^
voy a ver el trocito que queda de kissing sin

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 19, 2010 11:43 pm

Oh! mi dios esta saga :manga108: es hermosa!!!! creo q tendre q leerme los libros de nuevo
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Vie Oct 22, 2010 4:04 pm

:please: Ross, me tienes abandonada!!! :232:

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Mar Oct 26, 2010 4:16 pm

Lo siento chicas, pero no habia trabajado más.
Gemma el jueves se me fue la corriente y ya no pude conectarme más, y luego tu sabes que tenia todo lo de los preparativos del cumple del nene y mi mamá que llego de la habana con el marido, asi que hasta hoy no me he conectado, enseguida atiendo sus peticiones.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:28 pm

Capítulo 5

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— Para ser alguien que acaba de orquestar un asesinato, me parece que exageras.
¿Exagerar? En las últimas veinticuatro horas había tenido que soportar vírgenes, vampiros aterradores, asesinatos, acusaciones, y humillaciones enfrente de mi escritor favorito. La verdad, no creía que llegar a casa y encontrarse con un apartamento en calma fuera pedir demasiado. En vez de eso, había encontrado tres intrusos. Tres intrusos que también eran mis amigos, de acuerdo, pero eso no cambiaba el quid de la cuestión.
Naturalmente, ninguno de ellos comprendía mi irritación.
—¡Estáis invadiendo mi intimidad! Y yo no he asesinado a nadie. ¿Por qué todo el mundo piensa lo mismo?
—Porque tú misma dijiste que ibas a hacerlo —me explicó Hugh. El diablillo estaba repantigado en mi diván, su porte relajado indicando que podría ser yo la extraña en su hogar—. Se lo oí decir a Jerome.
Frente a él, nuestro amigo Cody me ofreció una sonrisa cordial. Era excepcionalmente joven para tratarse de un vampiro y me recordaba al hermanito que nunca había tenido.
—No te preocupes. Se lo merecía. Estamos contigo hasta el final.
—Pero si yo no...
—¿Es nuestra ilustre anfitriona eso que oigo? —llamó Peter desde el cuarto de baño. Un momento después, apareció en el pasillo—. Qué vestido más vistoso para un genio del crimen.
—Que yo no... —Las palabras murieron en mis labios cuando lo vi. Por un momento, todos los pensamientos sobre asesinatos y allanamientos de morada se borraron de mi mente—. Por el amor de Dios, Peter. ¿Qué te has hecho en el pelo?
Se pasó tímidamente una mano por las afiladas púas de un centímetro que le cubrían la cabeza. Ni siquiera alcanzaba a imaginarme la cantidad de productos de peluquería que habría hecho falta para desafiar las leyes de la física de esa manera. Peor aún, las puntas de las púas eran de color rubio platino, lo que contrastaba chillonamente con el habitual tono oscuro de su cabello.
—Me ayudó alguien con quien trabajo.
—¿Alguien que te odia?
Peter frunció el ceño.
—Eres la súcubo menos encantadora que he visto en mi vida.
—Creo que las puntas realmente, esto, realzan la forma de tus cejas —ofreció diplomáticamente Cody—. Es sólo que... lleva algún tiempo acostumbrarse.
Sacudí la cabeza. Me caían bien Peter y Cody. Eran los únicos vampiros con los que había trabado amistad, pero eso no quería decir que no me sacaran de quicio. Entre las numerosas neuras de Peter y el impenitente optimismo de Cody, a veces me sentía como el tipo... er, tipa... con cara de palo en una comedia de situación.
—Llevará mucho tiempo acostumbrarse a eso —mascullé, cogiendo un taburete de la cocina.
—Mira quién habla —respondió Peter—. La de las alitas y el látigo.
Me quedé boquiabierta, y lancé una mirada de incredulidad a Hugh. Éste se apresuró a cerrar el catálogo de Victoria's Secret que estaba hojeando.
—Georgina...
—¡Prometiste no contárselo a nadie! ¡Dijiste que tus labios estaban sellados y todo!
—Yo, eh... se me escapó.
—¿De verdad tenías cuernos? —preguntó Peter.
—Vale, se acabó. Os quiero ver a todos fuera de aquí, ya. —Señalé a la puerta—. Bastante he tenido que soportar hoy como para encima tener que aguantaros a vosotros tres ahora.
—No nos has dicho nada de cómo pusiste precio a la cabeza de Duane. —Los ojitos de cachorro de Cody me miraron implorantes—. Nos morimos por saberlo.
—Bueno, técnicamente fue Duane el que se murió de verdad —observó en voz baja Peter.
—No te pases de listo —le advirtió Hugh—. Podrías ser el siguiente.
No me extrañaría que empezara a salirme humo por las orejas.
—¡Por última vez, que yo no maté a Duane! Jerome me cree, ¿vale? Cody parecía pensativo.
—Pero sí que le amenazaste...
—Sí. Y que yo recuerde, lo mismo hicisteis todos en algún u otro momento. Esto es pura coincidencia. No contraté a nadie para que lo hiciera, y... —De repente se me ocurrió una cosa—. ¿Por qué la gente no deja de decir cosas como «orquestaste su muerte» o «pusiste precio a su cabeza»? ¿Por qué no dice nadie que lo hice yo misma?
—Espera... pero si acabas de decir que no fuiste tú.
Peter puso los ojos en blanco para Cody antes de volverse hacia mí; el mayor de los vampiros adoptó una expresión seria. Claro que, «seria» significa cualquier cosa si se combina con semejante peinado.
—Nadie dice que lo hiciste tú misma porque no podrías haberlo hecho.
—Y menos con esos zapatos. —Hugh indicó mis tacones con la cabeza.
—Os agradezco vuestra absoluta falta de fe en mis posibilidades, ¿pero no podría ser, no sé, que lo hubiera pillado por sorpresa? Hipotéticamente, quiero decir.
Peter sonrió.
—Eso daría igual. Los inmortales menores no pueden matarse entre sí. —Al ver mi expresión atónita, añadió—: ¿Cómo es posible que no lo sepas? ¿Después de tanto tiempo?
Sus palabras encerraban segundas intenciones. Siempre había existido un misterio privado entre Peter y yo, relacionado con cuál de los dos era el más antiguo de los mortales convertidos en inmortales de nuestro círculo. Ninguno quería reconocer su edad abiertamente, por lo que nunca habíamos determinado realmente quién tenía más siglos. Una noche, tras bebemos una botella de tequila, habíamos empezado a jugar a una especie de «¿Te acuerdas de...?». Sólo habíamos llegado hasta la Revolución Industrial antes de perder el sentido.
—Porque nadie ha intentado matarme nunca. ¿Entonces qué, intentas decirme que todas esas guerras territoriales que enfrentan a los vampiros no sirven de nada?
—Bueno, de nada no. Infligimos daños realmente terribles, créeme. Pero no, nadie muere nunca. Con tantas disputas territoriales, quedaríamos muy pocos si nos pudiéramos matar unos a otros.
Me quedé callada, dándole vueltas a esta revelación en mi cabeza.
—¿Entonces cómo...? —Recordé de pronto lo que me había dicho Jerome—. Los matan los caza vampiros. Peter asintió con la cabeza.
—¿Qué son? —pregunté—. Jerome no quiso explayarse. Hugh estaba igualmente interesado.
—¿Quieres decir como esa chica de la tele? ¿La rubia buenorra?
—Va a ser una noche muy larga. —Peter nos fulminó a ambos con la mirada—. A todos os hacen falta unas clases de apoyo sobre vampiros. ¿No vas a ofrecernos nada de beber, Georgina?
Indiqué la cocina con un ademán de impaciencia.
—Sírvete lo que te apetezca. Quiero saber más sobre los cazadores de vampiros.
Peter salió pavoneándose de mi sala de estar, soltando un gritito cuando estuvo a punto de tropezar con una de las muchas pilas de libros que había desperdigadas por todas partes. Tomé nota mental de comprar una estantería nueva. Frunciendo el entrecejo, examinó mi frigorífico casi vacío con desaprobación.
—En serio, tienes que mejorar tus dotes de anfitriona.
—Peter...
—A ver, no dejo de oír historias sobre esa otra súcubo... la de Missoula. ¿Cómo se llamaba?
—Donna —le recordó Hugh.
—Eso, Donna. Organiza unas fiestas geniales, por lo que cuentan. Con catering. Invita a todo el mundo.
—Si lo que queréis es iros de juerga con los diez habitantes de Montana, podéis mudaros allí. Deja ya de perder el tiempo.
Ignorándome, Peter echó un vistazo a los claveles rojos que había comprado la otra noche. Los había puesto en un jarrón junto al fregadero de la cocina.
—¿Quién te ha enviado flores?
—Nadie.
—¿Te envías flores a ti misma? —preguntó Cody, con un timbre de comprensión en la voz.
—No, sencillamente las compré. No es lo mismo. No... Mirad. ¿Qué hacemos hablando de esto cuando supuestamente hay un cazador de vampiros suelto por ahí? ¿No estáis en peligro?
Peter optó finalmente por agua, pero lanzó sendas cervezas a Hugh y Cody.
—Nop.
—¿No? —Cody parecía sorprendido de oírlo. Sus escasos años como vampiro hacían de él prácticamente un bebé en comparación con el resto de nosotros. Peter estaba enseñándole «el oficio», por así decirlo.
—Los cazadores de vampiros no son más que mortales especiales, nacidos con la habilidad de infligir daño real a los vampiros. Los mortales en general no pueden tocarnos, naturalmente. No me preguntéis cómo ni por qué funciona todo esto; no hay ninguna regla, que yo sepa. La mayoría de los denominados caza vampiros van por la vida sin saber siquiera que tienen este talento. Los que sí lo saben a veces deciden ganarse la vida con ello. Surgen sin más de vez en cuando, cargándose algún vampiro que otro, convirtiéndose en una molestia hasta que algún vampiro o demonio emprendedor los elimina.
—¿«Una molestia»? —Preguntó Cody, incrédulo—. ¿Después de lo de Duane? ¿No te preocupa ni un poco que esta persona vaya detrás de ti? ¿De nosotros?
—No —dijo Peter—. Ni un poco. Yo compartía la confusión de Cody.
—¿Por qué no?
—Porque esta persona, quienquiera que sea, es un completo aficionado. —Peter nos miró a Hugh y a mí de soslayo—. ¿Qué dijo Jerome sobre la muerte de Duane?
Tras decidir que yo también necesitaba un trago, saqueé el mueble bar de la cocina y me preparé un vodka con lima.
—Quería saber si fui yo.
Peter descartó esa idea con un ademán.
—No, sobre cómo murió.
Hugh arrugó la frente, aparentemente intentando adivinar por dónde iban los tiros.
—Dijo que habían encontrado a Duane muerto... con una estaca clavada en el corazón.
—Ahí. ¿Ves?
Peter nos dirigió una mirada de expectación, a la que todos respondimos con idéntico desconcierto.
—No lo pillo —reconocí finalmente.
Peter exhaló un suspiro, al parecer molesto de nuevo.
—Si eres un mortal con la capacidad semidivina de matar a un vampiro, importa tres cojones cómo lo hagas. Puedes usar una pistola, un cuchillo, una vela, o lo que sea. Lo de la estaca en el corazón son cuentos de viejas. Si un mortal normal se lo hace a un vampiro, sólo conseguirá cabrearlo de verdad. Únicamente lo oímos cuando lo hace un caza vampiros, por eso entraña cierto atractivo especial, supersticioso, cuando en realidad es igual que lo de los huevos y el equinoccio.
—¿Qué? —preguntó Hugh, completamente fuera de juego. Me froté los ojos.
—Lo cierto es que sé a qué se refiere, aunque me avergüence admitirlo. Se trata de una leyenda urbana según la cual los huevos pueden mantenerse erguidos sobre un extremo durante los equinoccios. A veces funciona, a veces no, pero lo cierto es que el mismo resultado se puede conseguir en cualquier fecha del año. La gente sólo lo intenta en los equinoccios, sin embargo, y eso es en lo único que se fijan. —Miré a Peter de reojo—. Lo que quieres decir es que un caza vampiros podría matar a un vampiro de muchas maneras, pero como es la estaca lo que más llama la atención, se ha convertido en el método aceptado de... «Revocación de la inmortalidad».
—En la imaginación de la gente —me corrigió—. En realidad, traspasarle el corazón a alguien con una estaca es un grano en el culo. Es mucho más fácil pegarles un tiro.
—Así que piensas que este cazador es un aficionado porque... —Cody dejó la frase inacabada, evidentemente poco convencido por la analogía con los huevos.
—Porque cualquier cazador de vampiros que se precie lo sabe y nunca usaría una estaca. Esta persona es un novato acabado.
—Para empezar —le aconsejó Peter—, no digas «que se precie». Esa expresión está pasada de moda y te hace parecer anticuado. Segundo, a lo mejor este caza vampiros sólo intenta parecer de la vieja escuela o algo así. Y aunque sea un «novato», ¿importa eso realmente después de que consiguiera liquidar a Duane? Peter se encogió de hombros.
—Era un capullo arrogante. Los vampiros pueden sentir la proximidad de los caza vampiros. Eso, combinado con la inexperiencia de éste, debería haber impedido que Duane sucumbiera. Era un estúpido.
Abrí la boca para rebatir su observación. Yo sería la primera en reconocer que Duane había sido sin duda un capullo arrogante, pero no tenía un pelo de estúpido. Los inmortales no podían vivir tanto tiempo ni ver tantas cosas sin adquirir algunos conocimientos y aprender a desenvolverse en las calles. Aprendíamos rápido, por así decirlo.
Otra pregunta pasó a ocupar el primer puesto en mi razonamiento.
—¿Estos cazadores pueden hacer daño a otros inmortales? ¿O sólo a los vampiros?
—Sólo a los vampiros, que yo sepa.
Aquí había algo que no encajaba entre los comentarios de Peter y los de Jerome. Puesto que no lograba identificar qué era exactamente lo que me preocupaba, me guardé mis dudas mientras los demás seguían charlando. El tema de los caza vampiros pronto quedó desfasado, una vez decidieron (algo decepcionados) que yo no había contratado a nadie. Cody y Hugh también parecían conformarse con tragarse la teoría de Peter, según la cual un cazador aficionado no suponía ninguna amenaza real.
—Andaos con cuidado, vosotros dos —les advertí a los vampiros cuando se disponían a irse—. Novato o no, Duane sigue estando muerto.
—Sí, mamá —respondió desinteresadamente Peter mientras se ponía el abrigo.
Miré fijamente a Cody, que se encogió un poco. Era más fácil de manipular que su mentor.
—Tendré cuidado, Georgina. —Avisadme si pasa algo raro.
Asintió con la cabeza, ganándose un gesto de exasperación por parte de Peter.
—Vamos —dijo el más veterano de los vampiros—. Busquemos algo para cenar.
Eso me hizo sonreír. Si bien unos vampiros saliendo a cenar podrían haber asustado a la mayoría de la gente, no era mi caso. Tanto Peter como Cody detestaban cazar víctimas humanas. Lo hacían en ocasiones, pero rara vez mataban en el proceso. La mayor parte de su sustento provenía de carnicerías especializadas en pedidos poco corrientes. Al igual que yo, se tomaban sus trabajos infernales muy poco en serio.
—Hugh —dije bruscamente cuando estaba a punto de salir detrás de los vampiros—. Espera un momento, por favor.
Los vampiros dirigieron miradas de conmiseración a Hugh antes de irse. El diablillo hizo una mueca, cerró la puerta y se giró hacia mí.
—Hugh, te di esa llave en caso de emergencia...
—¿El asesinato de un vampiro no constituye una emergencia?
—¡Hablo en serio! Bastante malo es ya que Jerome y Cárter puedan entrar aquí teletransportándose sin que tú decidas abrirles mi casa a Dios y al mundo entero.
—Creo que Dios no estaba invitado esta noche.
—Y luego vas y les cuentas lo del traje de diablesa...
—Venga ya —protestó—. Ésa era demasiado buena para callársela. Además, son nuestros amigos. ¿Qué importancia tiene?
—Tiene importancia porque dijiste que no se lo ibas a contar a nadie —gruñí—. ¿Qué clase de amigo eres tú? Y más después de que te echara una mano anoche.
—Dios, Georgina. Lo siento. No sabía que te lo ibas a tomar tan a pecho.
Me pasé una mano por el cabello.
—No es sólo eso. Es... no lo sé. Es todo este asunto de Duane. Estaba dándole vueltas a lo que me dijo Jerome...
Hugh esperó, dándome tiempo a poner en orden mis ideas, presintiendo que estaba a punto de desenterrar algo. Mi mente analizó el transcurso de la noche mientras estudiaba la fornida figura del diablillo a mi lado. A veces podía ser tan insufrible como los vampiros; no sabía si podía hablar en serio con él.
—Hugh... ¿cómo se sabe cuándo miente un demonio?
Se produjo una pausa, antes de que emitiera una suave risita, reconociendo el antiguo chiste.
—Cuando mueve los labios. —Nos apoyamos en la encimera, y me observó desde la ventaja que le proporcionaba su altura—. ¿Por qué? ¿Crees que Jerome nos engaña?
—Sí, eso es lo que creo. —Se produjo otra pausa.
—Está bien, dime.
—Jerome me pidió que tuviera cuidado, dijo que podrían confundirme con un vampiro.
—A mí me ha dicho lo mismo.
—Pero Peter dice que los caza vampiros no pueden matarnos.
—¿Te han clavado una estaca en el corazón alguna vez? Quizá no acabe contigo, pero seguro que tampoco te haría ninguna gracia.
—Vale. Pero Jerome dijo que los caza vampiros encontraban a otros vampiros rastreando a sus presas. Eso es una chorrada. Cody y Peter son la excepción. Ya sabes cómo son casi todos los vampiros... no les gusta mezclarse entre ellos. Seguir a uno generalmente no te conducirá a otro.
—Ya, pero también dijo que éste era novato.
—Jerome no dijo eso. Ésa era la teoría de Peter, basada en la estaca.
Hugh profirió un gruñido conciliador.
—Está bien. Entonces, ¿qué crees tú que está pasando?
—No lo sé. Sólo sé que estas teorías se contradicen mutuamente. Y Cárter parecía tremendamente implicado, como si compartiera un secreto con Jerome. ¿Por qué debería importarle siquiera a Cárter? Técnicamente su bando debería alegrarse de que haya alguien cargándose a los nuestros.
—Es un ángel. ¿No se supone que debe amar a todo el mundo, incluso a los condenados? Sobre todo si dichos condenados son sus compañeros de copas.
—No sé. Aquí hay algo que no nos están contando... y Jerome parecía tan empeñado en que me anduviera con cuidado. Tú también, aparentemente.
Guardó silencio unos instantes antes de responder:
—Eres muy guapa, Georgina.
Me lo quedé mirando fijamente. Vivan las conversaciones serias.
—¿Has bebido algo más que cerveza?
—Sin embargo, a veces se me olvida —continuó, ignorando mi pregunta— que también eres lista. Me paso tanto tiempo rodeado de mujeres superficiales... amas de casa de clase acomodada que sólo sueñan con tener la piel tersa y las tetas más grandes... que sólo se preocupaban de su aspecto. Es fácil dejarse llevar por los estereotipos y olvidar que también hay un cerebro ahí dentro, detrás de tu cara bonita. Ves las cosas de forma distinta al resto de nosotros... más claras, supongo. Como si pensaras siempre en términos generales. Tal vez sea tu edad... no te ofendas.
—Has bebido demasiado. Además, no soy lo bastante lista como para adivinar qué nos oculta Jerome a menos que... ¿no habrá cazadores de súcubos o diablillos sueltos por ahí, verdad?
—¿Has oído hablar de alguno?
—No.
—Yo tampoco. Pero sí que he oído hablar de los cazadores de vampiros... al margen de la cultura popular. —Hugh buscó su tabaco pero cambió de opinión al recordar que no me gustaba que se fumara en mi apartamento—. No creo que nadie vaya a atravesarnos el corazón con una estaca en un futuro cercano, si es eso lo que te preocupa.
—¿Pero estás de acuerdo en que no nos están contando toda la verdad?
—¿Qué podría esperarse de Jerome?
—Me parece... me parece que voy a ir a ver a Erik.
—¿Todavía está vivo?
—Que yo sepa.
—Buena idea. Sabe más cosas sobre nosotros que nosotros mismos.
—Te haré saber lo que averigüe.
—Nah. Creo que prefiero seguir en la ignorancia.
—Como quieras. ¿A dónde vas ahora?
—Tengo que echar algunas horas extra con una de las nuevas secretarias, si sabes lo que quiero decir. —Esbozó una sonrisa, por así decirlo, de auténtico diablillo—. Veinte años y unos pechos que desafían la gravedad. Hazme caso. Ayudé a instalarlos.
No pude contener la risa, pese a lo sombrío de la situación. Hugh, como el resto de nosotros, tenía un trabajo de día cuando no estaba perpetuando la causa del mal y el caos. En su caso, la línea divisoria entre ambas ocupaciones era muy delgada: era cirujano plástico.
—No puedo competir con eso.
—Falso. La ciencia no puede duplicar tus pechos.
—Bonito piropo viniendo de un auténtico experto. Que te diviertas.
—Lo haré. Guárdate las espaldas, encanto.
—Tú también.
Me dio un beso rápido en la frente y se fue. Yo me quedé allí de pie, sola por fin, contemplando distraídamente la puerta y preguntándome qué significaba todo aquello. El aviso de Jerome probablemente había sido una exageración, decidí. Tal y como había dicho Hugh, nadie había oído hablar nunca de cazadores de súcubos o diablillos.
Así y todo, corrí el cerrojo y eché la cadena a la puerta antes de acostarme. Podía ser inmortal, pero no imprudente. Bueno, por lo menos no siempre.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:31 pm

Capítulo 6

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Al día siguiente me desperté decidida a ir a ver a Erik y descubrir la verdad sobre los cazadores de vampiros. Entonces, mientras me cepillaba los dientes, recordé la otra crisis del día anterior.
Seth Mortensen.
Terminé en el cuarto de baño con una sarta de blasfemias, ganándome una mirada de reproche de Aubrey por mi vulgaridad. No había manera de saber cuánto tiempo duraría esta visita turística con él. Quizá debiera esperar hasta mañana para ver a Erik, y para entonces, este caza vampiros o lo que fuera podría haber actuado de nuevo.
Me dirigí a Emerald City vestida con el conjunto menos atractivo que pude encontrar: vaqueros y jersey de cuello alto, con el pelo severamente recogido en la nuca. Paige, toda sonrisas, se acercó a mí mientras esperaba a Seth en la cafetería.
—Deberías enseñarle Audiolibros de Foster y Puget cuando salgáis —me dijo en tono conspirador.
Despertándome todavía, probé un sorbo del moca que acababa de prepararme Bruce e intenté encontrarle sentido a su lógica. Audiolibros de Foster y Puget pertenecía a la competencia, aunque no era de las más importantes.
—Ese sitio es un antro.
—Precisamente —su sonrisa dejaba al descubierto sus dientes, blancos e iguales—. Enséñaselo, y se convencerá de que nuestra librería es la más adecuada para escribir.
La estudié, sintiéndome seriamente descolocada. O puede que siguiera distraída por el asunto de Duane. A uno no le revocaban la inmortalidad todos los días.
—¿Por qué... querría escribir aquí?
—Porque le gusta coger el portátil y escribir en cafeterías.
—Ya, pero vive en Chicago.
Paige sacudió la cabeza.
—Ya no. ¿Dónde estabas anoche? Piensa trasladarse aquí para estar más cerca de su familia.
Recordé que Seth había mencionado a su hermano, pero yo estaba demasiado absorta en mi mortificación como para prestarle mucha atención.
—¿Cuándo?
—Ahora, que yo sepa. Porque ésta era la última parada de su gira. Va a quedarse con su hermano pero planea instalarse pronto por su cuenta. —Se agachó sobre mí con un brillo depredador en la mirada—. Georgina, un escritor famoso que se deje caer por aquí con regularidad nos dará buena prensa.
Sinceramente, mi preocupación más inmediata no era dónde iba a escribir Seth. Lo que me sacaba de quicio era que no pensara largarse a otra franja horaria a corto plazo, una franja horaria donde podría olvidarse de mí y dejar que los dos siguiéramos con nuestras vidas. Ahora podría tropezarme con él cualquier día. Literalmente, si se cumplían los deseos de Paige.
—¿No será una distracción para él si todo el mundo sabe dónde escribe? ¿Fans entrometidos y tal?
—No permitiremos que eso sea un problema. Le sacaremos el máximo partido sin dejar de respetar su intimidad. Cuidado, que viene.
Bebí un poco más de moca, maravillándome por el modo en que funcionaba la mente de Paige. Se le ocurrían ideas promocionales que a mí jamás me habrían pasado por la cabeza. Puede que Warren fuera el que invertía su capital en este sitio, pero su éxito se debía al genio mercadotécnico de Paige.
—Buenos días —nos saludó Seth. Llevaba puestos unos vaqueros, una camiseta de Def Leppard y una chaqueta de pana marrón. La pinta de su pelo no me convenció de que se hubiera peinado esa mañana.
Paige me lanzó una miradita cargada de intención, y yo suspiré.
—En marcha.
Seth me siguió en silencio afuera, con esa sensación de torpeza creciendo entre nosotros como una barrera palpable. Él no me miraba; yo no lo miraba a él. Sólo cuando nos encontramos en Queen Anne Avenue y comprendí que no tenía ningún plan para hoy surgió la conversación.
—¿Por dónde empezar? Seattle, al contrario que la Galia, no se divide sólo en tres partes.
Hice la broma más bien para mí misma, pero Seth se rió de repente.
—Seattle península est —observó, ampliando mi comentario.
—No exactamente. Además, eso es Beda, no César.
—Lo sé. Pero el latín no es mi fuerte. —Esbozó aquella sonrisita tan peculiar que parecía ser su expresión característica—. ¿Y tú?
—Regular. —Me pregunté cómo reaccionaría si mencionara mi dominio de los dialectos latinos de distintas etapas del imperio romano. Debió de interpretar mi vaga respuesta como falta de interés porque apartó la mirada y volvió a hacerse el silencio—. ¿Quieres ver algo en concreto?
—No especialmente.
No especialmente. Vale. Bien. Cuanto antes empezáramos con esto, antes terminaríamos y podría ir a ver a Erik.
—Sígueme.
Mientras conducía, esperaba que entabláramos algún tipo de conversación interesante de forma natural, a pesar de nuestro comienzo con mal pie del día anterior. Sin embargo, conforme se sucedían los kilómetros, quedó claro que Seth no tenía la menor intención de enfrascarse en ningún tipo de discurso. Recordé su nerviosismo enfrente de la multitud ayer e incluso con algunos de los empleados de la tienda. Este tipo tenía serias fobias sociales, comprendí, aunque había hecho un valiente esfuerzo por desembarazarse de ellas durante nuestros coqueteos iníciales. Luego yo había ido y activado las malas vibraciones, sin duda asustándolo de por vida y desbaratando cualquier posible progreso que hubiera hecho él. Bien por ti, Georgina.
Quizá si abordara algún tema sugerente, recuperaría su anterior confianza y podríamos reanudar nuestra relación... a su platónica manera, naturalmente. Intenté rememorar mis preguntas profundas de la noche previa. Y una vez más, me eludieron, así que recurrí a las triviales.
—¿De modo que tu hermano vive por aquí?
—Sip.
—¿En qué parte?
—Lake Foresta Park.
—Bonita zona. ¿Vas a buscar un sitio por allí?
—Probablemente no.
—¿Tienes otro sitio en mente?
—No especialmente.
Vale, esto no iba a ninguna parte. Enojada por cómo este maestro de la palabra escrita podía ser tan parco a la hora de hablar, decidí finalmente cortar toda conversación. Conseguir que se implicara costaba demasiado trabajo. En vez de eso, seguí charlando amigablemente sin él, señalando los lugares más conocidos: Pioneer Square, Pike Place Market, el Trol de Fremont. Le enseñé incluso los ejemplos más cochambrosos de nuestra competencia, siguiendo las instrucciones de Paige. Sin embargo, no le dediqué más que un mero ademán con la cabeza a la Space Needle. Sin duda ya la había visto desde las ventanas de Emerald City y podría pagar el exorbitante precio que costaba visitarla de cerca si realmente necesitaba esa experiencia turística.
Almorzamos en el Distrito U. Me siguió sin rechistar ni hacer comentario alguno a mi restaurante vietnamita favorito. La comida transcurrió en silencio cuando dejé de hablar, con los dos degustando fideos y contemplando el bullicio de estudiantes y coches por la ventana más cercana.
—Se está bien aquí.
Era la frase más larga que había dicho Seth en un buen rato, y el sonido de su voz estuvo a punto de hacerme dar un respingo.
—Sí. El sitio no parece gran cosa, pero preparan un pho para chuparse los dedos.
—No, me refería a ahí fuera. Esta zona.
Seguí su gesto hacia University Way, sin ver nada al principio más que estudiantes malhumorados cargados con mochilas. Luego, al expandir mi búsqueda, reparé en los otros pequeños restaurantes especializados, las cafeterías y las librerías de segunda mano. Era una mezcla ecléctica, algo deshilachada en los bordes, pero tenía mucho que ofrecer a los tipos estrafalarios e intelectuales... escritores famosos introvertidos incluidos.
Miré a Seth, que me devolvió la mirada con expectación. Era la primera vez que nos mirábamos a los ojos en todo el día.
—¿Se puede vivir por aquí?
—Claro. Si te apetece compartir piso con un puñado de universitarios. —Hice una pausa, pensando que esa opción quizá no estuviera tan exenta de atractivo para un chico—. Si quieres algo más sustancial en esta zona, te costará dinero. Supongo que Cady y O'Neill se encargan de que eso no sea un problema, ¿eh? Podemos dar una vuelta y mirar, si quieres.
—A lo mejor. Sinceramente, antes me gustaría ir ahí. —Señaló al otro lado de la calle, a una de las librerías de segunda mano. Sus ojos se posaron en mí de nuevo, inseguros—. Si a ti no te importa.
—Vamos.
Me encantaban las librerías de segunda mano, pero siempre que entraba en una me sentía un poco culpable. Era como ser infiel. Después de todo, trabajaba rodeada de libros impolutos y relucientes todo el tiempo. Podía conseguir una reimpresión de casi cualquier título que quisiera, nuevecito. Me sentía mal disfrutando tanto al estar rodeada de libros antiguos, del olor a papel viejo, a polvo y moho. Aquellas colecciones de conocimientos, algunas muy antiguas, siempre me recordaban épocas pretéritas y lugares que ya había visto, desencadenando una oleada de nostalgia. Estas emociones me hacían sentir vieja y joven al mismo tiempo. Los libros envejecían, pero yo no.
Una gata gris se estiró y parpadeó en nuestra dirección desde el mostrador cuando entramos. Le acaricié el lomo y saludé al anciano que había a su lado. El hombre levantó fugazmente la mirada de los libros que estaba ordenando, nos sonrió y regresó a su tarea. Seth miró alrededor de las grandes estanterías que nos rodeaban, con una expresión de felicidad en el rostro, y pronto desapareció entre ellas.
Yo me acerqué a la sección de literatura no novelesca, con la intención de ojear los libros de cocina. Me había criado preparando la comida sin microondas ni procesadores de alimentos y decidí que ya iba siendo hora de dejar que mis conocimientos culinarios se expandieran a este siglo.
Tras decantarme por un libro de recetas griegas con montones de fotos a color, salí de mi ensimismamiento media hora más tarde y busqué a Seth. Lo encontré en la sección infantil, de rodillas junto a una pila de libros, completamente ensimismado.
Me acuclillé a su lado.
—¿Qué miras?
Se encogió ligeramente, sobresaltado por mi proximidad, y apartó la vista de su hallazgo para mirarme. De cerca, podía ver que sus ojos realmente tenían un tono castaño más dorado ambarino; sus largas pestañas serían la envidia de cualquier muchacha.
—Los cuentos de hadas de Andrew Lang. —Me enseñó un ejemplar de bolsillo titulado El libro azul de las hadas. En lo alto del montón junto a él había otro llamado El libro naranja de las hadas, y no pude sino asumir que el resto seguiría el mismo código de colores. Seth, radiante y embriagado de literatura, se olvidó de la reticencia que le inspiraba mi compañía—. Las reimpresiones de los años sesenta. No tan valiosas como, digamos, las ediciones del siglo XIX, pero éstos son los que tenía mi padre, los que solía leernos. Sólo poseía un par, sin embargo; ésta es la colección entera. Los voy a comprar para leérselos a mis sobrinas.
Mientras pasaba las páginas del Libro rojo de las hadas, reconocí los títulos de muchas historias familiares, algunas de las cuales desconocía que existieran aún. Le di la vuelta al libro y miré al dorso de la cubierta, pero no encontré ningún precio.
—¿Cuánto cuestan?
Seth señaló un cartelito que había junto a la estantería de donde los había sacado.
—¿Es un precio razonable? —pregunté.
—Un poco alto, pero me parece justo por poder llevármelos todos a la vez.
—Ni hablar. —Recogí parte de los libros y me levanté—. Regatearemos con él.
—¿Regatear cómo?
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Con palabras.
Seth no parecía muy convencido, pero el librero resultó ser presa fácil. La mayoría de los hombres terminaban rindiéndose ante una mujer atractiva con carisma... por no hablar de un súcubo que aún lucía un fulgor de fuerza vital residual. Además, había aprendido a regatear a la vera de mi madre. El tipo detrás del mostrador no tenía la menor oportunidad. Cuando acabé con él, estaba encantado de haber reducido el precio un 25% e incluir mi libro de recetas sin coste añadido.
Mientras regresábamos al coche, cargados de libros, Seth no dejaba de lanzarme suspicaces miraditas de reojo.
—¿Cómo lo has conseguido? No he visto nada igual en mi vida.
—Con mucha práctica. —Respuesta vaga digna de cualquiera de las suyas.
—Gracias. Ojalá pudiera devolverte el favor.
—No te preocupes... Hey, en realidad sí que puedes. ¿Te importaría hacer un recado conmigo? Es en una librería, pero una librería espeluznante.
—¿Espeluznante cómo?
Cinco minutos después íbamos camino de ver a mi viejo amigo Erik Lancaster. Erik llevaba enclaustrado en la zona de Seattle más tiempo que yo, y era una figura bien conocida para casi todas las entidades inmortales de los alrededores. Versado en mitología y saber sobrenatural, demostraba con regularidad ser una excelente fuente de recursos para todo lo que tuviera que ver con lo paranormal. Si se había dado cuenta de que algunos de sus clientes nunca envejecían, sabiamente se abstenía de hacer comentarios al respecto.
Lo único que tenía de molesto visitar a Erik era que para ello había que visitar Krystal Starz, un ejemplo perfecto de espiritualidad de la nueva era echada a perder. No dudaba que el lugar pudiera tener buenas intenciones cuando abrió allá por los años ochenta, pero la librería exhibía ahora una colección de coloridas fruslerías comerciales más cargadas de precio que de valor místico. Erik, según mis estimaciones, era el único empleado genuinamente preocupado y entendido en asuntos esotéricos. Los mejores de sus compañeros de trabajo eran sencillamente apáticos; los peores, fanáticos y timadores profesionales.
Al entrar en el aparcamiento de la tienda, me sorprendió de inmediato la cantidad de coches que había. Tanta gente en Emerald City significaría que había alguna sesión de firmas, pero esa clase de acontecimiento parecía poco probable en mitad de la jornada laboral.
Una pesada oleada de incienso nos bañó cuando entramos, y Seth pareció sorprenderse tanto como yo al ver a toda aquella gente y actividad.
—Podría tardar un rato —le dije—. Echa un vistazo por ahí. Tampoco hay mucho que ver.
Se esfumó, y yo volví mi atención hacia un joven de ojos brillantes que estaba de pie junto a la puerta, dirigiendo a la multitud.
—¿Vienes a la reunión?
—Hm, no —respondí—. Venía a ver a Erik.
—¿Qué Erik?
—¿Lancaster? ¿Mayor? ¿Afroamericano? Trabaja aquí. El joven lacayo sacudió la cabeza.
—Aquí no hay ningún Erik. No en el tiempo que llevo trabajando. —Hablaba como si hubiera fundado el local.
—¿Cuánto hace de eso?
—Dos meses.
Puse los ojos en blanco. Un auténtico veterano.
—¿Podría hablar con algún encargado?
—Bueno, Helena está por ahí, pero va a... ah, ahí está. —Indicó al fondo de la tienda, donde la mujer en cuestión había aparecido como si la hubieran invocado.
Ah, sí, Helena. Ella y yo ya nos habíamos cruzado antes. Pelo rubio pajizo, el cuello cargado de cristales y otros símbolos arcanos; estaba delante de una puerta designada SALA DE REUNIONES. Un chal de cerceta le cubría los hombros enjutos, y como siempre, me pregunté cuántos años tendría. Aparentaba treinta y pocos, pero había algo en su porte que siempre me hacía pensar que era mayor. Quizá se hubiera hecho un montón de cirugía plástica. Le pegaría, la verdad, considerando el resto de su rimbombante y artificial personalidad.
—¿Todos? ¿Estamos ya todos? —hablaba con voz atiplada, evidentemente impostada, que pretendía sonar como un susurro, si bien un susurro capaz de alcanzar timbres atronadores. Por lo que básicamente sonaba cascada, como si estuviera resfriada—. Es hora de empezar.
La muchedumbre (unas treinta personas, diría) se dirigió a la sala de reuniones, y yo la seguí, fundiéndome con el gentío. Algunos de los que me rodeaban se parecían a Helena: vestidos de forma temática, todo de negro o en tonos vibrantes, con una plétora de pentagramas, cristales y oms a la vista. Otros parecían gente normal, vestidos de forma muy parecida a mí con mi ropa de faena, dejándose arrastrar por curiosidad morbosa.
Con una sonrisa falsa congelada en el rostro, Helena nos animaba a entrar en la sala, murmurando:
—Bienvenido, bienvenido. Siente la energía. —La sonrisa flaqueó cuando pasé por delante de ella—. A ti te conozco.
—Sí.
Su sonrisa menguó todavía más.
—Tú eres ésa que trabaja en esa librería tan grande... tan grande y comercial. —Unas pocas personas se pararon a escuchar nuestro intercambio, sin duda el motivo por el cual se abstuvo de señalar que la última vez que estuvo allí, la había tildado de hipócrita vendedora de chorradas inservibles.
En comparación con algunas cadenas nacionales, no consideraba que Emerald City fuera tan comercial. Sin embargo, le di la razón con un encogimiento de hombros.
—Sí, qué puedo decir, somos parte del problema de la América corporativa. Sin embargo, vendemos los mismos libros y barajas del tarot que vosotros, y a menudo ofrecemos descuentos si eres miembro del Programa de Lectores Frecuentes de Emerald City. —Esta última parte la mencioné en voz alta. Un poco de publicidad extra nunca hace daño.
La tambaleante sonrisa de Helena desapareció por completo, al igual que un poco de su voz ronca.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—Estoy buscando a Erik.
—Erik ya no trabaja aquí.
—¿Adonde ha ido?
—No estoy autorizada a divulgar esa información.
—¿Por qué? ¿Temes que me lleve mi negocio a otra parte? Créeme, nunca has corrido peligro de tenerlo.
Se llevó los delicados dedos a la frente y me estudió seriamente, bizqueando casi.
—Siento mucha oscuridad en tu aura. Negro y rojo. —Levantó la voz, atrayendo la atención de sus acólitos—. Te vendría bien un poco de purificación. Un cuarzo ahumado o rutilado también te ayudaría. Tenemos excelentes ejemplos de los dos a la venta. Cualquiera de ellos aclararía tu aura.
No pude evitar una sonrisita. Creía en las auras, sabía que eran perfectamente reales. También sabía, sin embargo, que la mía no se parecía en nada a las de los mortales, y que alguien como Helena sería incapaz de verla. En realidad, un verdadero adepto humano, capaz de percibir cosas así, se daría cuenta de que en medio de un grupo de humanos, yo sería la única persona sin un aura discernible. Sería invisible para todos, salvo para alguien como Jerome o Cárter, aunque un mortal particularmente dotado podría ser capaz de presentir su fuerza y se mostraría comprensiblemente cauto. Erik era uno de esos mortales, motivo por el cual siempre me trataba con tanto respeto. No como Helena.
—Guau —silbé—. Es increíble que hayas podido deducir todo eso sin tu cámara áurea. —Krystal Starz alardeaba orgullosamente de tener una cámara que podía fotografiar tu aura por 9,95$—. ¿Te debo algo ahora?
Resopló.
—No necesito ninguna cámara para ver las auras de los demás. Soy una maestra. Además, los espíritus que se han reunido para esta reunión me dicen muchas cosas sobre ti.
Mi sonrisa se ensanchó.
—¿Y qué es lo que te dicen? —Había tenido pocas experiencias con espíritus u otros seres etéreos en mi larga vida, pero si había alguno presente lo percibiría.
Cerró los ojos, manos en la frente de nuevo, arrugas de concentración en el rostro. Los curiosos la observaban maravillados.
—Me dicen que tienes muchas preocupaciones. Que la indecisión y la monotonía de tu vida te obligan a rebelarte, y que mientras elijas la senda de la oscuridad y la desconfianza, nunca encontrarás la paz ni la luz. —Sus ojos azules se abrieron, absortos en su sobrenatural éxtasis particular—. Quieren que te unas a nosotros. Siéntate en nuestro círculo, siente su energía curativa. Los espíritus te ayudarán a tener una vida mejor.
—¿Igual que te ayudaron a ti a salir de la industria del porno? Se quedó petrificada, pálida, y casi me sentí mal por un momento. Los adeptos como Erik no eran los únicos con renombre en la comunidad inmortal. Las chifladas como Helena también eran conocidas de sobra. Alguien que aparentemente había sido fan suyo en su día la había reconocido en una película antigua y compartido sus trapos sucios con el resto de nosotros.
—No sé a qué te refieres —dijo por fin, esforzándose por controlar la expresión delante de sus esbirros.
—Fallo mío. Me recuerdas a alguien llamada Moana Licka. Frotas esos cristales igual que ella frotaba... bueno, ya captas la idea.
—Te equivocas —dijo Helena, a punto de perder el control de su voz—. Erik ya no trabaja aquí. Haz el favor de marcharte.
Afloró a mis labios otra respuesta, pero entonces, detrás de ella, vi a Seth. Se había acercado al filo de la multitud, observando el espectáculo con los otros. Al verlo, me sentí ridícula de repente, superficial y vulgar el placer de humillar a Helena. Avergonzada, conseguí mantener la cabeza alta mientras ponía rienda a mis comentarios y me alejaba de ella. Seth se situó a mi lado.
—Déjame adivinar —dije secamente—. Algunos escriben las historias, y otros las viven.
—Creo que no puedes evitar causar revuelo dondequiera que estés.
Supuse que estaba siendo sarcástico. Luego, miré de reojo y vi su franca expresión, sin censura ni sarcasmo. Su sinceridad era tan inesperada que di un ligero traspié, prestándole más atención a él que adónde iba. Haciendo gala de mi merecida reputación de grácil, me recuperé casi inmediatamente. Seth, sin embargo, alargó una mano instintivamente para sujetarme.
Al hacerlo, experimenté un repentino destello de... algo. Como aquel momento de conexión en el pasillo de los mapas. O la oleada de satisfacción que me producían sus libros. Fue breve, efímero, como si tal vez no hubiera sucedido nada en absoluto. Él parecía tan sorprendido como yo y me soltó el brazo tentativamente, casi con vacilación. Un momento después, una voz a mi espalda rompió por completo el hechizo.
—¿Disculpa? —Al girarme, vi a una adolescente delgada con el pelo rojo rapado y las orejas cargadas de anillos—. Estabas buscando a Erik, ¿verdad?
—Sí...
—Te puedo decir dónde está. Se fue hará unos cinco meses para abrir su propia tienda. Está en Lake City... no recuerdo el nombre. Es un sitio animado, con una tienda de comestibles y un gran restaurante mexicano. Asentí con la cabeza.
—Conozco esa zona. La encontraré. Gracias. —La observé con curiosidad—. ¿Trabajas aquí?
—Sí. Erik siempre se portó bien conmigo, así que me alegraré si el negocio le va mejor que aquí. Me habría ido con él, pero en realidad no necesita más ayuda, así que estoy aquí atrapada con esa loca. —Apuntó con el pulgar en dirección a Helena.
La chica tenía un aspecto serio y práctico que la distinguía de la mayoría de los empleados de la tienda. Recordé entonces que la había visto ayudando a los clientes cuando entré.
—¿Por qué trabajas aquí si no te gusta?
—No lo sé. Me gustan los libros, y me hace falta el dinero.
Escarbé en mi bolso, buscando una de las tarjetas de visita que rara vez utilizaba.
—Ten. Si quieres otro empleo, ven a verme algún día. Cogió la tarjeta y la leyó, con expresión sorprendida.
—Gracias... creo.
—Gracias por la información sobre Erik.
Hice una pausa, me lo pensé un poco más, y saqué otra tarjeta.
—Si tienes más amigos... otras personas que trabajen aquí y sean como tú... dales esto también.
—¿Eso es legal? —me preguntó Seth más tarde.
—No sé. Pero estamos faltos de personal en Emerald City.
Me imaginé que una tienda especializada como la de Erik debía de estar cerrada a esas horas, de modo que puse rumbo a Lake Forest Park para llevar a Seth al hogar de su hermano. Confieso que me sentía inundada de alivio. Estar con el héroe de una era agotador, por no mencionar que cualquier interacción entre nosotros oscilaba entre polos diametralmente opuestos. Probablemente lo más seguro sería limitar nuestra relación a la lectura de sus libros por mi parte.
Lo dejé delante de una bonita casa suburbana, con el patio atestado de juguetes. No vi ni rastro de los niños, para mi decepción. Seth recogió su cargamento de libros, me dedicó otra sonrisa evanescente mientras me daba las gracias, y desapareció dentro del edificio. Ya casi había regresado a Queen Anne cuando me di cuenta de que se me había olvidado pedirle mi ejemplar de El pacto de Glasgow.
Enfadada, entré en mi edificio e inmediatamente oí al conserje que me llamaba.
—¿Señorita Kincaid?
Me acerqué a él, y me entregó un jarrón con flores que bullían en tonos de púrpura y rosa oscuro.
—Han llegado éstas para usted hoy.
Acepté el jarrón entusiasmada, aspirando las fragancias entremezcladas de las rosas, los iris y las azucenas. No había ninguna tarjeta. Típico.
—¿Quién las ha traído? Hizo un gesto a mi espalda.
—Ese hombre de ahí.

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Última edición por rossmary el Miér Oct 27, 2010 9:41 pm, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:32 pm

Wow! q rapida, definitivamente tendre q volver a leerme este libro!
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:39 pm

wiiii, que bien, para mañana tengo lectura :238:

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:42 pm

Capítulo 7

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Me di la vuelta y vi a Román sentado en una esquina del pequeño vestíbulo. Tenía un aspecto fabuloso con un jersey de cuello vuelto de color verde oscuro, apartado de la cara el pelo negro. Me sonrió al cruzar la mirada conmigo, y me acerqué para sentarme a su lado.
—Dios, eres un acosador de verdad.
—Bueno, bueno. Qué presuntuosa. Sólo he venido a recoger mi abrigo.
—Ah. —Me sonrojé, sintiéndome como una idiota—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
—No mucho. En realidad probé primero en la tienda, pensando que resultaría menos «acosador».
—Es mi día libre. —Bajé la mirada al estallido de color que tenía en los brazos—. Gracias por las flores. No hacía falta que me regalaras nada para recuperar tu abrigo.
Román se encogió de hombros; aquellos ojos verde azulados me estaban volviendo loca.
—Cierto, pero supuse que podrían animarte a salir a tomar algo esta noche.
Así que tenía otros motivos.
—Otra vez esto no...
—Hey, si querías evitar «esto», no deberías haberme embaucado anoche. Ahora es demasiado tarde. Lo mejor sería evitar la larga agonía y terminar de una vez. Es como arrancarse un esparadrapo. O amputar una pierna.
—Guau. ¿Quién dice que ya no queda romance en el mundo? —A pesar de mi sarcasmo, la agudeza de Román me parecía un cambio refrescante tras el tenso ambiente con Seth.
—¿Entonces, qué? ¿Significa eso que claudica por fin, general? Cierto es que habéis librado una digna batalla eludiéndome hasta ahora.
—No sé yo. Te has presentado en mi casa. Aparentemente no se me da muy bien eludirte. —Cuando se limitó a quedarse esperando, mi sonrisa se apagó. Suspiré, estudiándolo e intentando adivinar sus intenciones—. Román, pareces buen tipo y todo eso...
Soltó un gemido.
—No. No empieces por ahí conmigo. Nunca es buena señal cuando una mujer dice «eres un buen tipo». Eso significa que está dispuesta a darte calabazas a las primeras de cambio.
Sacudí la cabeza.
—Es sólo que en estos momentos no me interesa empezar algo serio con nadie, nada más.
—Guau, ¿«empezar algo serio»? Frena el carro, bonita. Que no te estoy pidiendo que te cases conmigo ni nada por el estilo. Sólo quiero salir contigo alguna vez, a lo mejor ir al cine, cenar y tomar algo, eso es todo. Un beso al final de la velada si tengo suerte. Qué leches, si hasta eso te parece demasiado fuerte, nos damos la mano y tan amigos.
Eché la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en la pared, y permanecimos así un momento, tomándonos la medida mutuamente. Sabía que era perfectamente posible que un hombre y una mujer salieran juntos sin que la cita desembocara en sexo de forma automática, pero en mi caso no funcionaba así. Mi instinto me llevaba a buscar el sexo, y al mirarlo, comprendí que ese impulso sería irresistible con independencia de mi necesidad de alimentarme como súcubo. Me gustaba su físico, su atuendo y su olor. Me gustaban especialmente sus bufonescos intentos de cortejarme. Por desgracia, no podía desactivar la destructiva absorción de mi naturaleza, aunque quisiera. Ocurriría por sí sola, probablemente de manera intensa con él. Incluso el beso con el que bromeaba le robaría una parte de su vitalidad.
—No sé nada de ti —dije al final, sabedora de que llevaba demasiado tiempo callada. Sonrió lánguidamente.
—¿Qué quieres saber?
—Bueno... no sé. ¿Qué cosas te gustan? ¿Tienes trabajo? Tu horario debe de ser muy flexible para permitirte merodear a mí alrededor todo el tiempo.
—Todo el tiempo, ¿eh? Pecas de presuntuosa otra vez, pero sí, tengo trabajo. Doy un par de clases de lingüística en la universidad. Cuando no estoy ahí, puedo disponer de mi tiempo como quiera para corregir exámenes y cosas así.
—Vale. ¿Cómo te apellidas?
—Smith.
—No me lo creo.
—Pues créetelo.
—No le pega nada al duque Román. —Intenté pensar en la manera más apropiada de continuar con el interrogatorio—. ¿Cuánto hace que vives en Seattle?
—Algunos años.
—¿Aficiones?
—Algunas. —Hizo una pausa y ladeó la cabeza hacia mí cuando se agotaron las preguntas—. ¿No quieres saber nada más? ¿No vas a pedirme mis apuntes de clase? ¿Mi curriculum vitae detallado con referencias sobre mi pasado?
Descarté la idea con un ademán.
—La información inconsecuente de ese tipo no me interesa. Sólo necesito saber las cosas realmente importantes.
—¿Como por ejemplo?
—Por ejemplo... ¿cuál es tu canción favorita?
La pregunta evidentemente lo pilló por sorpresa, pero se recuperó al instante, igual que la noche anterior. Me encantaba eso.
—La última mitad del Abbey road de los Beatles.
—¿La última mitad de Abbey road?
—Sí, son un puñado de canciones, pero es como si se fundieran en un solo tema...
Lo atajé con un rápido gesto.
—Ya, ya, conozco el álbum.
—¿Y?
—Y, es una respuesta excelente. —Me tiré de la coleta, preguntándome cuál sería la mejor manera de salir de ésta. Casi me tenía—. Yo... no. Lo siento. No puedo. Es demasiado complicado. Ni siquiera una cita. Daría paso a una segunda, y después a otra, y después...
—Cómo te gusta adelantar acontecimientos. ¿Y si te hiciera la supe secreta promesa de boy-scout de no volver a molestarte nunca más después de una cita?
—¿Estarías dispuesto a hacer eso? —pregunté con escepticismo.
—Claro, si eso es lo que quieres. Aunque no creo que quieras después de haber pasado una velada conmigo.
La sugerente entonación de su voz hizo con mi estómago algo que no sentía en mucho tiempo. Antes de que pudiera procesarlo, sonó mi móvil.
—Disculpa —dije, escarbando en mi bolso. Al mirar de reojo la identidad de la llamada, reconocí el número de Cody—. ¿Diga?
—Hey, Georgina. Ha pasado algo extraño esta noche...
Dios. Eso podía significar cualquier cosa, desde otra muerte a que Peter se había afeitado la cabeza.
—Espera un momento.
Me incorporé y miré a Román, haciendo equilibrios con el jarrón de flores. Se levantó conmigo, preocupado.
—¿Va todo bien?
—Sí, quiero decir, no. O sea, no lo sé. Mira Román, tengo que ir arriba y atender esta llamada. Te agradezco las flores, pero no puedo implicarme ahora mismo. Lo siento. No es culpa tuya, sino mía. En serio.
Avanzó unos pasos hacia mí cuando me disponía a marcharme.
—Espera. —Rebuscó en sus bolsillos y sacó un bolígrafo y una hoja de papel. Se apresuró a garabatear algo y me la entregó. Al bajar la mirada vi su número de teléfono.
—Para cuando cambies de opinión.
—No cambiaré.
Se limitó a sonreír, inclinó la cabeza ligeramente y salió del vestíbulo. Me quedé observándolo sólo un momento antes de correr escaleras arriba, ansiosa por escuchar las noticias de Cody. Una vez dentro, dejé las flores encima del mueble y volví a acercarme el teléfono a la oreja.
—¿Sigues ahí?
—Sí. ¿Quién es Román, y por qué has usado la vieja frase de «no es culpa tuya, sino mía» con él?
—Da igual. ¿Qué ocurre? ¿Ha muerto alguien más?
—No... No. Es sólo que, ha pasado algo, y Peter no cree que sea para tanto. Hugh dijo que tú pensarías que se trata de algo más de lo que nosotros creemos.
—Dime qué ha sucedido.
—Creo que nos siguieron anoche.
Cody relató cómo, no mucho después de salir de mi casa, no había dejado de oír pasos tras Peter y él en la calle. Cuando se daba la vuelta, no había nadie. Peter no le había dado importancia al asunto, puesto que no habían presentido la proximidad de ningún otro ser.
—A lo mejor es que no sabéis qué impresión da un caza vampiros.
—Aun así habría sentido algo. Y Peter, seguro. Puede que tenga razón y estuviera imaginándome cosas. O puede que fuese un mortal normal, acechándonos para atracarnos o algo.
Lo dudaba. No podíamos sentir a los mortales como ocurría con los inmortales, pero uno lo tendría difícil para acercarse a un vampiro sin ser detectado.
—Gracias por avisarme. Has hecho bien.
—¿Qué debería hacer ahora?
Una extraña sensación de ansiedad se apoderó de mí mientras pensaba en algún chiflado acosando a Peter y a Cody. Por disfuncionales que fueran, los quería. Eran lo más parecido a una familia que tenía. No podía permitir que les sucediera nada.
—Lo que dijo Jerome. Andaos con cuidado. Quedaos con más gente. Avisadme inmediatamente si ocurre algo más.
—¿Qué hay de ti?
Pensé en Erik.
—Voy a aclarar las cosas, de una vez por todas.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Miér Oct 27, 2010 9:44 pm

Capítulo 8

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Paige era toda sonrisas cuando llegué para cubrir el turno de la mañana al día siguiente.
—Buen trabajo con Seth Mortensen —me felicitó, levantando la mirada del montón de papeles cuidadosamente ordenados que había encima de su mesa. El escritorio que compartíamos Doug y yo en la trastienda de la librería acostumbraba a parecer el escenario de un apocalipsis bélico.
—¿Por qué lo dices?
—Por convencerlo para que trabaje aquí.
Parpadeé. En el transcurso de nuestras peripecias en el Distrito U y Krystal Starz no le había dicho ni una palabra de convertirse en nuestro escritor residente.
—¿Oh?
—Acabo de verlo arriba, en la cafetería. Dice que ayer se lo pasó bomba.
Salí de su despacho, perpleja, preguntándome si se me habría escapado algo el día antes. La excursión no me había parecido tan espectacular, pero supuse que Seth debía de estar contento y agradecido por los libros rebajados. ¿Había ocurrido algo digno de mención?
Sin previo aviso, me asaltó el recuerdo del contacto de la mano de Seth, la curiosa oleada de familiaridad que me había recorrido. No, decidí, aquello no había sido nada. Imaginaciones mías.
Subí a la cafetería en busca de un moca, desconcertada aún. Cómo no, Seth estaba sentado en una esquina, con el portátil abierto encima de la mesa ante él. Su aspecto era casi idéntico al del día anterior, sólo que hoy su camiseta lucía la efigie del teleñeco Beaker. Con la mirada fija en la pantalla, sus dedos volaban furiosamente sobre las teclas.
—Hola —le dije.
—Hola.
Eso fue todo. Ni siquiera levantó la cabeza.
—¿Estás trabajando?
—Sí.
Me quedé esperando a que añadiera algo más, sin éxito. De modo que continué.
—Pues, esto, Paige me ha dicho que piensas mudarte aquí.
No respondió. Ni siquiera sabía si me habría oído. De pronto me miró con un brillo en los ojos.
—¿Has estado alguna vez en Tejas?
Eso me pilló por sorpresa.
—Claro. ¿En qué parte?
—Austin. Necesito saber cómo es el tiempo por allí.
—¿Cuándo? ¿En esta época del año?
—No... Más bien en primavera, o a principios de verano. Escarbé en mi memoria.
—Calor. Lluvia y tormentas. Algo de humedad. Está al filo de la senda de los tornados, ¿sabes?
—Ah. —Seth se quedó pensativo, antes de asentir ligeramente y volver a agachar la cabeza—. A Cady le encantará. Gracias.
Tardé un momento en darme cuenta de que se refería a uno de sus personajes. La aversión al mal tiempo de Nina Cady era famosa. El estómago me dio un vuelco y se me cayó el alma a los pies. Me extrañó que no oyera el golpe.
—¿Estás... estás... escribiendo algo con Cady y O'Neill? ¿Ahora mismo?
—Sí. —Lo dijo como si nada, como si todavía estuviéramos hablando del tiempo—. Es el próximo libro. Bueno, el siguiente. El próximo ya está listo para su publicación. Llevo alrededor de una cuarta parte de éste.
Contemplé el portátil con admiración, como si fuera una dorada reliquia divina de antaño, capaz de realizar milagros. Acabar con las sequías. Con el hambre en el mundo. Me había quedado sin habla. Que la siguiente obra maestra se estuviera forjando delante de mis narices, que pudiera haber dicho algo que podría repercutir en ella era sobrecogedor. Tragué saliva con dificultad y me obligué a apartar la mirada del ordenador, a serenarme. Después de todo, no podía emocionarme con otro capítulo cuando todavía me faltaba por leer el anterior.
—Un libro de Cady y O'Neill. Guau. Eso es...
—Hm, esto, estoy ocupado. Tengo que aprovechar este momento. Perdona.
Sus palabras me cortaron en seco.
—¿Qué? —¿Estaba echándome?
—¿Podemos hablar más tarde?
Estaba echándome. Estaba echándome sin mirarme siquiera. Se me encendieron las mejillas.
—¿Qué pasa con mi libro? —farfullé de cualquier manera.
—¿Eh?
—El pacto de Glasgow. ¿Lo has firmado ya?
—Ah. Eso.
—¿Y bien?
—Te mandaré un e-mail.
—Que me mandarás... entonces, ¿no tienes mi libro?
Seth sacudió la cabeza y siguió trabajando.
—Oh. Vale. —No entendía lo del email, pero tampoco iba a perder el tiempo implorando que me prestara atención—. Bueno. Pues luego te veo. Avísanos si necesitas cualquier cosa. —Lo dije en tono frío y cortante, pero dudo que se percatara.
Intenté no bajar las escaleras al galope. ¿De qué iba tratándome así? Sobre todo después de que le hubiera hecho de guía el día antes. Por muy famoso que fuera, no tenía derecho a portarse como un capullo conmigo. Me sentía humillada.
«¿Humillada por qué, porque no te ha hecho caso?», me recriminó la voz de la razón. Tampoco es que haya montado una escena. Tan sólo estaba ocupado. Además, eras tú la que se quejaba de que no escribía lo suficientemente deprisa.
Hice oídos sordos a la voz y regresé al trabajo, sintiéndome todavía un poco ofendida. El negocio no me dejó recrearme en mi ego herido por mucho tiempo, sin embargo; la actividad vespertina y la falta de personal se aseguraron de mantenerme ocupada en la planta. Cuando conseguí volver a mi oficina, fue sólo para agarrar el bolso al final del turno.
Cuando me disponía a salir, vi un mensaje de Seth en la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Me acerqué al ordenador y leí.
Georgina,
¿Te has fijado alguna vez en los agentes inmobiliarios... cómo se visten, los coches que conducen? La realidad supera a la ficción, como suele decirse. Anoche le comenté a mi hermano que podría interesarme vivir en el distrito universitario, así que llamó a una amiga suya, agente inmobiliaria. Se plantó allí en dos minutos exactos, toda una proeza si tenemos en cuenta que su oficina está en West Seattle. Llegó en un Jaguar blanco cuyo resplandor palidecía únicamente ante la luminosidad de su sonrisa de Miss América. Mientras parloteaba sin cesar sobre lo emocionante que era tenerme aquí iba aporreando su ordenador, buscando residencias apropiadas, tecleando con unas uñas lo bastante largas como para empalar niños pequeños en ellas. (¿Lo ves? Recuerdo lo mucho que te gustaba la palabra «empalar».)
Cada vez que encontraba un sitio prometedor, se ponía como una moto: «Sí... si. ¡Sí! ¡Éste! ¡Éste! ¡Sí! ¡Sí!» Confieso que, cuando acabamos, me sentía sucio y extenuado, como si me tocara dejar un puñado de billetes encima de la almohada o algo. Dejando sus aspavientos al margen, lo cierto es que encontramos un bonito apartamento no demasiado lejos del campus, nuevecito. Era tan caro como me previniste, pero creo que es exactamente lo que quiero. Mistee... sí, ése es su nombre... y yo vamos a echarle un vistazo esta noche. Me atemoriza un poco ver su reacción como puje por el sitio. Sin duda pensar en la comisión le provocará un orgasmo múltiple. (Y pensar que siempre había creído que era la postura del misionero lo que impedía que las mujeres gozaran al máximo.)
En cualquier caso, sólo quería informarte de la novedad porque fuiste tú la primera en enseñarme el Distrito U. Lamento no haber tenido ocasión de charlar contigo antes; no me hubiera importado preguntarte tu opinión sobre los restaurantes de la zona. Todavía no conozco bien el lugar, y mi hermano y mi cuñada están demasiado ocupados con su vida suburbana como para recomendarme algún sitio donde no sirvan menús infantiles.
En fin, supongo que tendré que volver a escribir, si quiero permitirme mi nuevo alojamiento. Cady y O'Neill son unos... en fin, unos negreros, como habrás observado antes. Hablando de lo cual, no me he olvidado de tu copia de El pacto de Glasgow. Pensaba ponerte una dedicatoria medio original anoche, después del día tan agradable que pasamos juntos, pero me vi atrapado en la vorágine inmobiliaria. Me disculpo por ello. Te lo daré pronto. Nos vemos,
Seth.

Releí el mensaje dos veces. Estaba casi segura de que en el breve espacio de tiempo que hacía que conocía a Seth, jamás le había oído pronunciar en voz alta tantas palabras como las que acababa de escribir. No sólo eso, sino que eran palabras divertidas. Entretenidas. Como una mini novela de Cady y O'Neill, dirigida a mí en exclusiva. El polo opuesto de su actitud engreída de esta mañana. Si hubiera dicho algo siquiera remotamente parecido en persona, lo más probable es que me hubiese desmayado.
—Increíble —musité para el monitor.
Una parte de mí se sentía hipnotizada por la carta, pero otra opinaba que podría haber mostrado un poco más de tacto primero, ocupado o no. El resto de mi ser observó que todas estas «partes de mí» probablemente deberían recibir terapia y, además, realmente necesitaba ir a ver a Erik por lo del asunto del cazador de vampiros. Me apresuré a enviar una respuesta:
Gracias por el mensaje. Supongo que sobreviviré a otro día sin libro. Buena suerte con la agente inmobiliaria, y asegúrate de ponerte un condón cuando le hagas tu oferta. Otros sitios buenos para comer por esa zona son Han & Hijos, la cafetería El Tomate Pera, y el chino Loto.
—Georgina
Salí de la tienda y enseguida me olvidé de Seth, alegrándome del escaso tráfico que había a esa hora tan temprana del día. Conduje hasta Lake City y encontré sin problemas la intersección que me había indicado la chica de Krystal Starz. Localizar la tienda resultó ser más complicado. La zona estaba atestada de centros comerciales y negocios varios, y leí miríadas de anuncios y letreros con la esperanza de hallar algo prometedor. Por fin divisé un cartelito oscuro encajonado en la esquina de un grupo de tiendas poco frecuentadas. ARCANA, S. A. Tenía que ser ahí.
Aparqué enfrente, esperando que estuviera abierto. En la puerta no había ningún horario ni nada, pero cedió sin ofrecer resistencia cuando la empujé. Al entrar me envolvió el aire perfumado con incienso de sándalo; un pequeño reproductor de CD emitía suaves notas de arpa desde el mostrador. Puesto que no se veía a nadie en la sala, deambulé de un lado para otro, regalándome la vista. Las paredes estaban cubiertas de auténticos libros sobre mitología y religión (no como las supercherías que se vendían en Krystal Starz), y en los expositores de cristal minuciosamente ordenados vi joyas en las que reconocí la mano de algunos artistas de la zona. Diversos artículos rituales (velas, incienso y estatuillas) se acumulaban ordenadamente en los rincones, confiriéndole al lugar un acogedor aire de revoltijo y habitabilidad.
—Señorita Kincaid. Es un honor volver a verla.
Giré sobre los talones, olvidándome de la estatua de Tara la Blanca que estaba admirando. Erik entró en la estancia, y reprimí la sorpresa que me había causado su aparición. ¿Cuándo había envejecido tanto? Ya era anciano cuando lo vi por última vez (la piel morena arrugada, el pelo canoso), pero no recordaba que caminara ligeramente encorvado, ni aquellas profundas ojeras. Intenté precisar cuándo fue la última vez que hablamos; no pensaba que hubiera pasado tanto tiempo. ¿Cinco años? ¿Diez? Con los mortales, era fácil perder la cuenta.
—Yo también me alegro de verte. Te has vuelto caro de encontrar. Tuve que ir a husmear a Krystal Starz para averiguar qué te había pasado.
—Ah. Espero que la experiencia no fuera demasiado... incómoda.
—Nada que no pudiera manejar. Además, me alegro de que te largaras de allí. —Miré alrededor del atestado establecimiento, tenuemente iluminado—. Me gusta este sitio.
—No es gran cosa... tampoco me reporta grandes beneficios... pero me pertenece. Es para lo que he estado ahorrando, un lugar donde poder pasar mis últimos años.
Hice una mueca.
—No te pongas dramático conmigo, que no eres tan mayor.
Su sonrisa se ensanchó, al tiempo que su expresión se volvía ligeramente sarcástica.
—Usted tampoco, señorita Kincaid. De hecho, es usted tan hermosa como la primera vez que la vi. —Me dedicó una pequeña reverencia, agachándose probablemente más de lo debido para alguien con su espalda—. ¿En qué puedo servirle?
—Necesito información.
—Por supuesto. —Señaló una mesita que había cerca del mostrador, enterrado bajo una montaña de libros y un elaborado candelabro—. Siéntese, tome el té conmigo y hablaremos. A menos que tenga usted prisa.
—No, tengo tiempo.
Mientras Erik traía el té, yo despejé la mesa y puse los libros en el suelo, ordenados en pulcros montoncitos. Cuando volvió con la tetera, pasamos un rato hablando de trivialidades y sorbiendo nuestras bebidas, aunque en realidad mi cabeza estaba en otra parte. Mi preocupación debió de manifestarse alta y clara mientras mis dedos bailaban por el borde de la taza y la punta de mi pie tamborileaba con impaciencia en el suelo.
Por fin, abordé el tema.
—Necesito saberlo todo sobre los cazadores de vampiros. Para la mayoría de la gente, esto habría sido una solicitud extraña, pero Erik se limitó a asentir con la cabeza, expectante.
—¿Algo en particular?
—Cualquier cosa. Sus costumbres, cómo reconocerlos. Todo lo que sepas.
Se reclinó en la silla, sosteniendo la taza con delicadeza.
—Tengo entendido que los caza vampiros nacen, no se hacen. Tienen el «don», por así decirlo, de matar vampiros. —Pasó a referir varios detalles más, la mayoría de los cuales encajaban con lo que yo ya sabía gracias a Peter.
Reflexionando sobre lo que había dicho Cody, sobre la sensación de que te seguía alguien a quien no podías ver, pregunté:
—¿Poseen alguna otra habilidad especial? ¿Pueden volverse invisibles?
—No, que yo sepa. Algunos seres inmortales sí, naturalmente, pero no los caza vampiros. Siguen siendo simples mortales, después de todo, pese a sus peculiares talentos.
Asentí con la cabeza, siendo como era una de aquellas criaturas que podían volverse invisibles, aunque rara vez utilizaba ese poder. Jugueteé con la idea de que la sombra de Cody podría haber sido un inmortal invisible, intentando gastarle una broma, pero aun así debería haber percibido el aura característica que nos delata a todos. De hecho, debería haber podido presentir también a un cazador de vampiros humano. El hecho de que no hubiera visto ni sentido nada reforzaba la teoría de Peter, según la cual el acoso eran simples imaginaciones de Cody.
—¿Los cazadores de vampiros pueden hacer daño a otras criaturas? ¿Demonios... u otros seres inmortales?
—Es complicado hacerle algo tangible a un inmortal —musitó—. Algunas personas de bien... sacerdotes poderosos, por ejemplo... pueden expulsar demonios, pero no lastimarlos de forma permanente. Del mismo modo, he oído hablar de algunos mortales que han capturado criaturas sobrenaturales, aunque ir más allá... No digo que sea imposible, tan sólo que no he oído nunca algo así. Según mi información de segunda mano, los caza vampiros sólo pueden hacer daño a los vampiros. Nada más.
—Tu información de segunda mano es para mí más valiosa que los hechos más contrastados.
Me observó con curiosidad.
—Pero ésta no es la respuesta que usted esperaba.
—No lo sé. Es más o menos lo mismo que ya me habían dicho. Creía que podría haber algo más.
Cabía enteramente dentro de lo posible que Jerome me hubiera dicho la verdad, que esto fuera un simple caso de caza vampiro suelto y los consejos que nos había dado a Hugh y a mí, meras cortesías para evitarnos disgustos. Sin embargo, no lograba sacudirme de encima la sensación de que Jerome se había callado algo, como tampoco creía realmente que Cody fuera la clase de persona que se imagina cosas.
Debía de haberme quedado perpleja porque Erik sugirió, aparentemente con algo de vacilación:
—Podría ahondar en esto por usted, si quiere. Que nunca haya oído hablar de nada capaz de hacer daño a otros inmortales no significa que esté fuera de lo posible.
Asentí con la cabeza.
—Te lo agradecería. Muy amable.
—Es un honor ser de ayuda a alguien como usted. Y si lo desea, también podría hacer más averiguaciones sobre los cazadores de vampiros en general. —Se interrumpió de nuevo, eligiendo con cuidado sus palabras—. Si una persona como ésa anduviera suelta, en la comunidad ocultista de la zona se manifestarían ciertos indicios. Se comprarían víveres, se harían preguntas. Los seres así no pasan desapercibidos.
Ahora fui yo la que vaciló. Jerome nos había pedido que tuviéramos cuidado. Tenía la impresión de que no le haría gracia que nos tomáramos la justicia por nuestra mano, aunque estar hablando ahora con Erik tal vez fuera precisamente eso. No creo que tantear el terreno tuviera importancia. Recabar información no era lo mismo que ir personalmente en busca de esa persona.
—También te lo agradecería. Cualquier cosa que pudieras averiguar sería útil. —Apuré el té y dejé la taza vacía—. Tendría que irme ya.
Se levantó conmigo.
—Gracias por tomar el té conmigo. Estar en compañía de una mujer como usted ocurre generalmente sólo en los sueños de uno.
Me reí en voz baja de la broma velada, que hacía referencia a la antigua leyenda según la cual los súcubos sólo visitan a la gente mientras duerme.
—Tus sueños están a salvo, Erik.
Me devolvió la sonrisa.
—Vuelva dentro de unos días y compartiré con usted lo que sepa. Prepararé té de nuevo.
Al mirar alrededor de la tienda vacía, pensando que no había aparecido ningún cliente durante mi visita, de repente sentí la necesidad de hacer algo por su negocio.
—Deja que compre un poco de ese té antes de irme.
Me dirigió una mirada indulgente, con un brillo de diversión en los ojos castaños, como si conociera mis verdaderas intenciones.
—Siempre la he tenido por alguien más aficionada al té negro... o admiradora de la cafeína, al menos.
—Oye, incluso a mí me gusta jugar con fuego de vez en cuando. Además, estaba bueno... a su herbácea y descafeinada manera.
—Le daré tus cumplidos a mi amiga. Es ella la que prepara las mezclas, yo sólo las vendo.
—Conque amiga, ¿eh?
—Amiga y nada más, señorita Kincaid.
Se acercó a una estantería detrás del mostrador, donde se alineaban distintas variedades de té. Me acerqué para pagar y admiré algunas de las joyas que había bajo el cristal. Me llamó la atención una pieza en particular, una gargantilla de tres hileras de perlas de agua dulce, de color melocotón, intercaladas con cuentas de cobre o trocitos de cristal verdemar. Un colgante de cobre con forma de ankh era la atracción principal.
—¿Esto también es de alguno de los artesanos de la zona? —Lo hizo un viejo amigo que tengo en Tacoma. —Erik metió la mano en el expositor, sacó la gargantilla y la dejó encima del mostrador para enseñármela. Pasé las manos por las delicadas perlas lustrosas, todas ellas de forma ligeramente irregular.
—Creo que mezcló algo de influencia egipcia, pero su intención era invocar el espíritu de Afrodita y el mar, crear algo que se podrían haber puesto las sacerdotisas de la antigüedad.
—Nunca lucían nada así de elegante —murmuré mientras le daba la vuelta a la gargantilla y comprobaba el elevado precio que marcaba la etiqueta. Me descubrí hablando sin ser consciente de ello—. La influencia egipcia estaba presente en muchas de las antiguas ciudades griegas. En las monedas de Chipre se acuñaban ankhs, además de efigies de Afrodita.
El tacto del cobre del ankh me trajo a la memoria otro collar, uno perdido hacía mucho bajo el polvo del tiempo. Aquel era más sencillo: una simple ristra de cuentas grabadas con ankhs diminutos. Pero mi marido me lo había regalado la mañana de nuestra boda, colándose en nuestra casa a hurtadillas justo después del amanecer en un gesto inusitadamente impulsivo para él.
Le había regañado por la indiscreción.
—¿Qué haces? Me vas a ver esta tarde... ¡y después todos los días!
—Tenía que darte esto antes de la boda. —Me enseñó la hilera de cuentas—. Era de mi madre. Quiero que te lo quedes, y que te lo pongas hoy.
Se inclinó hacia delante y me ciñó el cuello con ellas. Cuando sus dedos me rozaron la piel, una oleada cálida y hormigueante recorrió todo mi cuerpo. A la tierna edad de quince años no entendía exactamente esas sensaciones, aunque estaba decidida a explorarlas. Hoy en día, más sabia, las reconocía como los primeros coletazos de la pasión que eran, y... en fin, también había algo más. Algo que aún no alcanzaba a comprender por completo. Una conexión eléctrica, la sensación de que estábamos ligados a algo superior a nosotros. Sabía que estar juntos era inevitable.
—Ea —había dicho cuando las cuentas estuvieron seguras y mi cabello de nuevo en su sitio—. Perfecto.
No añadió nada más. No hacía falta. Sus ojos me decían todo lo que necesitaba saber, y me estremecí. Antes de Kyriakos, ningún hombre me había dirigido un segundo vistazo. Después de todo yo era la desgarbada hija de Marthanes, la lenguaraz que hablaba sin pensar. (El cambio de forma resolvería uno de esos problemas, a la larga, pero no el otro.) Sin embargo Kyriakos siempre me había escuchado y me observaba como si yo fuera algo más, alguien tentador y deseable, como las hermosas sacerdotisas de Afrodita que realizaban aún sus rituales a escondidas de los religiosos cristianos.
Quería tocarlo, sin comprender cuánto hasta que tomé su mano de repente, inesperadamente. La coloqué en mi cintura y lo atraje hacia mí. La sorpresa ensanchó sus ojos, pero no se resistió. Éramos casi igual de altos, lo que facilitó que su boca se aplastara contra la mía en un beso demoledor. Me apoyé en la cálida pared de piedra que había a mi espalda hasta quedar aprisionada entre ella y él. Podía sentir todas las partes de su cuerpo contra el mío, pero todavía no estábamos lo bastante cerca. Ni por asomo.
Nuestros besos ganaron en ardor, como si sólo nuestros labios pudieran tender un puente sobre el angustioso abismo que nos separaba. Moví su mano de nuevo, esta vez para subir mi falda sobre un muslo. Sus dedos acariciaron la piel tersa que quedó al descubierto y, sin necesidad de más apremio, se deslizó hasta la cara interior. Arqueé la espalda hacia su cuerpo, contoneándome casi contra él, desesperada por sentir su tacto en todas partes.
—¿Letha? ¿Dónde te has metido?
La voz de mi hermana llegó en alas del viento; no estaba cerca, pero no tardaría en llegar. Kyriakos y yo nos separamos, jadeantes, con el pulso acelerado. Me miraba como si estuviera viéndome por primera vez, con un brillo abrasador en los ojos.
—¿Alguna vez has estado con alguien? —preguntó, extrañado.
Sacudí la cabeza.
—Cómo... nunca te imaginé capaz...
—Aprendo rápido.
Sonrió y apretó mi mano contra sus labios.
—Esta noche —exhaló—. Esta noche...
—Esta noche —convine.
Entonces retrocedió, con la mirada aún encendida.
—Te quiero. Eres mi vida.
—Yo también te quiero. —Sonreí y lo vi partir. Un minuto después, oí otra vez a mi hermana.
—¿Letha?
—¿Señorita Kincaid?
La voz de Erik me despertó del recuerdo, y de improviso volví a encontrarme en su tienda, lejos del hogar de mi familia, reducido a ruinas hacía tanto tiempo. Sostuve su mirada interrogante y levanté el collar.
—Me llevo esto también.
—Señorita Kincaid —dijo con nerviosismo, manoseando la etiqueta del precio. La ayuda que le ofrezco... no hay necesidad... es
Lo sé le aseguré Ya lo sé. Pon esto en mi cuenta, de todos modos. Y pregúntale a tu amigo si podría hacer unos pendientes a juego.
Salí del establecimiento con la gargantilla puesta, pensando aún en aquella mañana, la sensación de ser tocada por vez primera, tocada únicamente por alguien a quien amaba. Expulse el aire despacio y lo aparté de mi mente. Como tantas otras veces.

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Hoja de personaje
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 4:45 pm

Capítulo 9

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A mi regreso a Queen Avenue descubrí que tenía aún toda la noche por delante. Por desgracia, no tenía nada que hacer. Un súcubo sin vida social. Qué triste. Más triste aún era el hecho de que podría haber tenido un montón de cosas que hacer, pero les había dado la espalda a todas. No sería porque Doug no me había pedido salir más de una vez; seguro que ahora estaba disfrutando de su tiempo con una mujer más complaciente. A Román también le había dado calabazas, por bonitos que fueran sus ojos. Sonreí ensimismada, recordando su agradable conversación y su encantadora agudeza. Podría haber sido el O'Neill de las novelas de Seth hecho realidad.
Pensar en Seth me recordó que todavía tenía mi libro y que iba ya para tres días. Suspiré, deseando saber qué ocurriría a continuación, perderme en las páginas de Cady y O'Neill. Ésa sí que sería una buena manera de pasar la velada. Cabrón. No me lo devolvería nunca. Jamás averiguaría qué...
Con un gemido, me dieron ganas de pegarme una palmada en la frente por estúpida. ¿Trabajaba en una librería importante o no? Después de aparcar el coche, caminé hasta Emerald City y encontré la espectacular colección de ejemplares de El pacto de Glasgow expuestos aún desde la sesión de firmas. Cogí una copia y me dirigí con ella al mostrador principal. Beth, una de las cajeras, estaba libre en ese momento.
—¿Me lo desmagnetizas? —le dije, deslizándolo sobre el mostrador.
—Claro —respondió, pasándolo por el escáner—. ¿Quieres usar tu descuento?
Negué con la cabeza.
—No voy a comprarlo. Sólo es un préstamo.
—¿Se puede hacer eso? —Me devolvió el libro.
—Claro —mentí—. Los gerentes sí.
Minutos más tarde, le mostré mi trofeo a una desinteresada Aubrey y abrí el grifo de la bañera. Mientras se llenaba, comprobé mis mensajes (ninguno) y revisé el correo que había recogido por el camino. Tampoco había nada interesante. Una vez comprobado que ninguna otra cosa requería mi atención, me quité la ropa y me sumergí en las acuosas profundidades de la bañera, con cuidado para que no se mojara el libro. Aubrey, agazapada en una balda cercana, me observaba con los ojos entrecerrados, preguntándose aparentemente por qué querría nadie sumergirse en el agua voluntariamente, y menos durante prolongados periodos de tiempo.
Me imaginaba que podría leer más de cinco páginas esta noche puesto que acumulaba ya un par de días de abstinencia. Cuando terminé la decimoquinta, descubrí que me faltaban tres para el siguiente capítulo. Ya que estaba podía terminar ahí. Una vez conseguido mi objetivo, suspiré y me recliné, sintiéndome decadente y rendida. Qué bendición. Los libros eran mucho menos complicados que los orgasmos.
A la mañana siguiente fui al trabajo feliz y vigorizada. Paige me encontró hacia la hora del almuerzo, sentada en el filo de mi mesa mientras observaba cómo Doug jugaba al Buscaminas. Al verla, me levanté de un salto mientras él se apresuraba a cerrar el juego.
Paige lo ignoró y clavó los ojos en mí.
—Quiero que hagas algo con Seth Mortensen.
Nerviosa, recordé el comentario sobre ser su esclava sexual.
—¿Como qué?
—No sé. —Se encogió ligeramente de hombros, despreocupada—. Lo que sea. Es nuevo en la ciudad. Todavía no conoce a nadie, así que su vida social debe de ser desoladora.
Acordándome de su glacial recibimiento de ayer y sus dificultades para entablar conversación, la noticia no me sorprendió precisamente.
—Ya lo he llevado de excursión.
—No es lo mismo.
—¿Qué pasa con su hermano?
—¿Qué pasa con él?
—Seguro que están viendo gente todo el tiempo.
—¿Por qué te resistes? Pensaba que eras seguidora suya.
Y lo era, la mayor, pero leer su obra e interactuar con él estaban resultando ser dos cosas muy distintas. El pacto de Glasgow era asombroso, al igual que el e-mail que me había enviado. Su conversación, en cambio... dejaba mucho que desear. Esto no podía decírselo a Paige, naturalmente, de modo que ella y yo nos enfrascamos en un tira y afloja sobre el tema con Doug como espectador fascinado. Al final accedí contra mi voluntad, temerosa de la idea de proponerle siquiera la aventura a Seth, por no hablar de embarcarme en ella.
Cuando me obligué por fin a abordarlo más tarde, estaba completamente preparada para recibir otro corte. En vez de eso, levantó la cabeza de su trabajo y me sonrió.
—Hola —dijo. Su humor parecía haber mejorado tanto que decidí que lo de ayer debía de haber sido una excepción.
—Hola. ¿Cómo va todo?
—No muy bien. —Dio unos ligeros golpecitos con la uña en la pantalla del portátil, entornando los ojos mientras la miraba—. Se están poniendo difíciles. No consigo dar con el tono justo que necesito para esta escena.
El interés se apoderó de mí. Malos días con Cady y O'Neill. Siempre me había imaginado que interactuar con unos personajes así debía de ser un subidón interminable. El trabajo perfecto.
—Me parece que necesitas un descanso. A Paige le preocupa tu vida social.
Sus ojos castaños me observaron de refilón.
—¿Sí? ¿Y eso?
—Cree que no sales lo suficiente. Que todavía no conoces a nadie en la ciudad.
—Conozco a mi hermano y a su familia. Y a Mistee. —Hizo una pausa—. Y también a ti.
—Lo que está bien, porque me dispongo a ser tu guía turística. Los labios de Seth temblaron ligeramente; a continuación meneó la cabeza y volvió a mirar la pantalla.
—Es un detalle... tanto por tu parte como por la de Paige... pero no hace falta.
No estaba despreciándome como el día anterior, pero aun así me irritó que no aceptara mi generosa oferta, sobre todo teniendo en cuenta que lo hacía obligada.
—Venga —dije—. ¿Qué otra cosa tienes que hacer?
—Escribir.
Eso no podía rebatírselo. Escribir esas novelas era una obra divina. ¿Quién era yo para interferir con su creador? Y sin embargo... Paige me había dado una orden. Lo cual era casi un mandamiento divino en sí mismo. Se me ocurrió una solución intermedia.
—Podrías hacer algo, no sé, en plan investigación. Para el libro. Dos pájaros de un tiro.
—Ya tengo toda la información necesaria para ésta.
—¿Y qué tal, esto, algo para desarrollar los personajes? Como... ir al planetario. —A Cady le fascinaba la astronomía. A menudo señalaba constelaciones y las relacionaba con alguna historia simbólica análoga al argumento de la novela—. ¿O... o... un partido de hockey? Te hacen falta ideas nuevas para los juegos de O'Neill. Se te van a agotar.
Sacudió la cabeza.
—No. Además, nunca he visto un partido de hockey.
—¿Que no... Qué? Eso es... no. ¿En serio? Se encogió de hombros.
—Entonces... ¿de dónde sacas la información sobre el juego? ¿Los partidos?
—Conozco las reglas básicas. Saco cosas de Internet y les doy forma luego.
Me quedé mirándolo fijamente, sintiéndome traicionada. O'Neill estaba absolutamente obsesionado con los Red Wings de Detroit. Esa pasión moldeaba su personalidad y se reflejaba en sus acciones: rápidas, hábiles y, en ocasiones, brutales. Creyendo como creía que Seth era meticuloso en cada detalle, había asumido de forma natural que debía de saberlo todo sobre el hockey para lograr un rasgo tan definitorio en su protagonista.
Seth me observaba, desconcertado por cualquiera que fuese la expresión de perplejidad cincelada en mis rasgos.
—Vamos a ver un partido de hockey —sentencié.
—No, vamos...
—Vamos a ver un partido de hockey. Espera un momento.
Bajé las escaleras corriendo, aparté a Doug del ordenador de una patada y conseguí la información que buscaba. Tal y como sospechaba. La temporada de los Thunderbirds acababa de empezar.
—Seis y media —le dije a Seth minutos después—. Reúnete conmigo en el Key Arena, frente a la taquilla principal. Ya compro yo las entradas.
Parecía dubitativo.
—Seis y media —repetí—. Verás qué bien te viene. Podrás tomarte un respiro y sabrás cómo es un partido de verdad. Además, tú mismo has reconocido que hoy estás bloqueado.
No sólo eso, sino que cumpliría con las órdenes de Paige sin necesidad de tener que hablar mucho. El estadio sería demasiado bullicioso, y estaríamos demasiado ocupados viendo el partido como para necesitar ninguna conversación.
—No sé dónde está el Key Arena.
—Puedes llegar caminando desde aquí. Tú ve en dirección a la Space Needle. Los dos están en el centro de Seattle.
—Me...
—A ver, ¿a qué hora hemos quedado? —había una nota de advertencia en mi voz, desafiándolo a contradecirme. Hizo una mueca.
—A las seis y media.
Después del trabajo, me dispuse a ocuparme de mis propios quehaceres. No tendría nada nuevo con lo que investigar el enigma del caza vampiros hasta que Erik se pusiera en contacto conmigo. Lamentablemente, la vida real me imponía aún una serie de requisitos, de modo que pasé casi toda la tarde lidiando con diversos asuntos.
Como reponer mis existencias de alimentos para gatos, café y Grey Goose. Y echar un vistazo a la nueva línea de lápiz de labios en el expositor de MAC. Me acordé incluso de comprar una estantería barata y fácil de montar para el peligro de incendio que eran los libros amontonados en mi salón.
Mi productividad no conocía límites.
Para cenar, me hice de algo de comida india y conseguí llegar al Key Arena a las seis y media clavadas. No vi a Seth por ninguna parte, pero me resistí a sucumbir al pánico todavía. No era fácil orientarse en el centro de Seattle; seguro que aún estaba dando vueltas alrededor de la Needle, intentando encontrar el camino.
Compré las entradas y me senté en uno de los grandes escalones de cemento. El aire había enfriado, y me arrebujé en mi grueso jersey de lana, cambiándolo de forma para que fuera un poco más cálido. Mientras esperaba, observé a la gente. Parejas, grupos de jóvenes y niños entusiasmados confluían para animar al modesto pero valiente equipo de Seattle. El espectáculo era interesante.
Cuando dieron las siete menos diez empecé a ponerme nerviosa. Faltaban diez minutos, y me preocupaba que Seth pudiera haberse perdido de veras. Saqué el teléfono y marqué el número de la tienda, preguntándome si estaría allí. No, me dijeron, pero Paige tenía su móvil. Cuando lo probé, me respondió el buzón de voz.
Enfadada, cerré el teléfono de golpe y me abracé con más fuerza, aterida. Aún teníamos tiempo. Además, el que Seth no estuviera en la librería era buena señal. Significaba que estaba en camino.
Sin embargo, cuando dieron las siete y empezó el partido, seguía sin dar señales de vida. Probé su móvil de nuevo, con la mirada anhelante fija en las puertas. Quería ver el principio del encuentro. A lo mejor Seth nunca había estado en un partido, pero yo sí y me gustaba. El movimiento y la energía constantes retenían mi atención más que ningún otro deporte, aunque las peleas me dieran repelús a veces. No quería perderme esto, pero tampoco quería que Seth apareciera sin saber qué hacer si yo no estaba donde le había prometido.
Esperé quince minutos más, escuchando los ecos del partido a mi espalda, antes de afrontar por fin la verdad.
Me habían dado plantón.
Era algo sin precedentes. Algo que no ocurría... desde hacía más de un siglo. La revelación me hizo sentir más atónita que azorada o furiosa. Todo aquello era sencillamente demasiado raro como para asimilarlo.
No, decidí un momento después, me equivocaba. Seth se había mostrado remiso, sí, pero no se negaría a venir sin más, no sin avisar antes. A lo mejor... a lo mejor le había pasado algo malo. Podría haberlo atropellado un coche, que yo supiera. Tras la muerte de Duane, resultaba imposible predecir cuándo golpearía la tragedia.
No obstante, mientras no tuviera más información, la única tragedia a la que me enfrentaba ahora era perderme el partido. Llamé otra vez a su móvil y le dejé un mensaje con mi número y mi paradero. Saldría a buscarlo si era preciso. Entré en el estadio.
Estar sentada a solas me hacía sentir extraña; acentuaba lo lamentable de mi situación. Había otras parejas cerca, y un grupo de chicos no dejaba de mirarme, dándole codazos de vez en cuando a uno de ellos que quería venir a hablar conmigo. No me asustaba que me tiraran los tejos, pero sí que pareciera que lo necesitaba. A lo mejor había elegido no salir con nadie, pero eso no quería decir que no pudiera hacerlo cuando quisiera. No me gustaba que la gente me percibiera como una persona sola y desesperada. Ya me sentía así suficientes veces sin que tuviera que confirmármelo nadie.
En el primer descanso, me compré una mazorca a modo de consolación. Mientras rebuscaba en mi cartera para pagar, encontré la hoja con el número de teléfono de Román. La contemplé fijamente mientras comía, recordando su insistencia y lo mal que me había sentido dándole largas. Mi inesperado y doloroso abandono había detonado la necesidad de estar con alguien, de recordarme que realmente podía tener vida social si lo deseaba.
El sentido común me dejó paralizada temporalmente cuando me disponía a marcar, advirtiéndome de que estaba a punto de romper las décadas de juramento de no salir con hombres buenos. Había formas más prudentes de despachar una entrada sin usar para el hockey, me recordó esa sensata voz interior. Como Hugh, o los vampiros. Llamar a cualquiera de ellos supondría una solución más segura.
Pero... pero me trataban como si fuera su hermana, y aunque yo también los consideraba mi familia, no me apetecía ser una hermana precisamente ahora. Además, tampoco es que esto fuera una cita de verdad. Sería una simple cuestión de compañerismo. Y las mismas precauciones que se habrían aplicado en el caso de Seth, la falta de interacción, valdrían también para Román. Sería perfectamente seguro. Marqué el número.
—¿Diga?
—Ya me he aburrido de guardarte el abrigo. Pude oír su sonrisa al otro lado de la línea.
—Pensaba que lo habrías tirado a la basura a estas alturas.
—¿Estás loco? Es un Kenneth Colé. Además, en realidad no te llamaba por eso.
—Ya, me lo figuraba.
—¿Te apetece ver un partido de hockey esta noche?
—¿Cuándo empieza?
—Pues... hace cuarenta minutos. Se produjo una pausa digna de Seth.
—¿Y hasta ahora no se te había ocurrido invitarme?
—Bueno... es que la persona con la que iba a venir no ha hecho precisamente acto de presencia.
—¿Así que recurres a mí?
—Hombre, como estabas tan empeñado en salir conmigo.
—Sí, pero... espera un momento. ¿Soy tu segunda elección?
—No te lo tomes así. Tómatelo más bien como, no sé, como si tuvieras la oportunidad de satisfacer las expectativas que otro no pudo.
—¿Como la sub-campeona de Miss América?
—Mira, ¿Vienes o no?
—Me tienta mucho, pero estoy liado ahora mismo. Y no lo digo por decir. —Otra pausa—. Me puedo pasar por tu casa después del partido.
No, esto no entraba en los planes.
—Estoy ocupada después del partido.
—¿Cómo, tú y tu amigo invisible tenéis otros planes?
—Yo... no. Tengo que... montar una estantería. Me llevará tiempo. Trabajo duro, ¿sabes?
—Soy un manitas de primera. Te veo dentro de un par de horas.
—Espera, no puedes... —La conexión se cortó.
Cerré los ojos en un momento de exasperación, los abrí y volví a concentrarme en la acción sobre el hielo. ¿Qué acababa de hacer?
Después del partido, regresé a casa echando chispas. La alegría de la victoria no lograba eclipsar la ansiedad que me producía tener a Román en mi apartamento.
—Aubrey —dije al entrar—, ¿qué voy a hacer?
La gata bostezó, revelando sus diminutos colmillos domesticados. Sacudí la cabeza.
—No puedo esconderme debajo de la cama igual que tú. No se lo tragaría.
Las dos dimos un respingo cuando sonaron unos golpes en la puerta. Durante medio segundo, consideré seriamente la cama antes de dignarme franquearle el paso a Román. Aubrey lo estudió un momento, antes (aparentemente abrumada a la vista de un dios del sexo en nuestro seno) de salir disparada en dirección a mi dormitorio.
Román, vestido de modo informal, sostenía un pack de Mountain Dew y dos bolsas de Doritos. Y una caja de cereales.
—¿Amuletos de la suerte? —pregunté.
—Mágicamente deliciosos —me explicó—. Requisito indispensable para cualquier proyecto de ingeniería.
Zangoloteé la cabeza, maravillada aún por la manera en que había conseguido colarse en mi casa.
—Esto no es una cita.
Me lanzó una mirada escandalizada.
—Evidentemente. En ese caso traería Count Chocula.
—Lo digo en serio. No es una cita —insistí.
—Vale, vale. Ya lo pillo. —Dejó sus cosas en la encimera y se volvió hacia mí—. Bueno, ¿dónde está? Manos a la obra.
Expulsé el aliento contenido, nerviosa y aliviada a un tiempo por su actitud despreocupada. Ni flirteos ni insinuaciones descaradas. Únicamente un amigo sincero con ganas de ayudar. Montaría la estantería, y se iría.
Rasgamos la enorme caja, sacando baldas sueltas y paneles, además de toda una colección de tuercas y tornillos. Las instrucciones, parcas en palabras, consistían básicamente en crípticos diagramas repletos de flechas que apuntaban adónde iban ciertas partes. Tras minutos de escrutinio, al final decidimos que el tablero más grande era el punto de partida idóneo, de modo que lo pusimos en el suelo con las baldas y los laterales encima. Cuando todo estuvo correctamente alineado, Román cogió los tornillos y estudió los nexos de unión de los distintos componentes.
Examinó los tornillos, miró a la caja, y nuevamente a la estantería.
—Qué raro.
—¿Qué pasa?
—Me parece... estos chismes suelen tener agujeros en la madera, e incluyen una llavecita para colocar los tornillos.
Me incliné sobre el panel. Nada de agujeros prefabricados. Ni herramientas.
—Tendremos que hacer los agujeros nosotros. Asintió con la cabeza.
—Tengo un destornillador... en alguna parte. Ojeó la madera.
—No creo que sirva. Me parece que necesitamos un taladro. Estaba impresionada por sus conocimientos de bricolaje.
—De eso sí que no tengo.
Nos dirigimos pitando a una gran tienda de artículos para el hogar, a la que llegamos diez minutos antes de que cerraran. Un agobiado vendedor nos indicó la sección de taladros antes de alejarse a la carrera, gritándonos por encima del hombro que no nos quedaba mucho tiempo.
Las herramientas nos devolvían la mirada; le pedí consejo a Román.
—Ni idea —reconoció finalmente tras un momento de silencio.
—Pensaba que eras «un manitas de primera».
—Ya... bueno... —Adoptó una expresión de timidez inédita en él—. Puede decirse que exageraba.
—¿Me engañaste?
—No. Exageraba.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Lo dejé correr.
—¿Entonces por qué lo dijiste? Sacudió la cabeza, apesadumbrado.
—En parte porque quería volver a verte. Y en parte... no lo sé. Supongo que la respuesta más breve es que dijiste que tenías algo difícil que hacer. Y quería ayudarte.
—¿Qué soy ahora, una damisela en apuros? —bromeé.
Me estudió con gesto serio.
—Lo dudo. Más bien creo que eres alguien a quien me gustaría conocer mejor, y quería que vieras que pienso en algo más que en llevarte a la cama.
—Entonces, si te ofreciera sexo aquí mismo, en el pasillo, ¿rechazarías la oferta? —El comentario con toda su picardía se me escapó antes de que pudiera morderme la lengua. Era un mecanismo de defensa, un chiste para disimular la confusión que me había provocado su vehemente explicación. La mayoría de los hombres sólo querían llevarme a la cama. No sabía muy bien qué hacer con uno que no.
Mi descaro consiguió aniquilar lo trascendental del momento. Román recuperó su acostumbrada actitud confiada y encantadora, y yo lamenté casi el cambio que había provocado, preguntándome qué habría ocurrido a continuación.
—Tendría que rechazarla. Ya sólo nos quedan seis minutos. Nos echarían a patadas antes de terminar. —Volvió a concentrarse en los taladros con vigor renovado—. Y en cuanto a mis habilidades de manitas —añadió—, aprendo asombrosamente rápido, de modo que tampoco estaba exagerando tanto. Cuando acabe esta noche seré un maestro.
Falso.
Tras elegir un taladro al azar y volver a casa, Román se dispuso a alinear y colocar las piezas de la estantería. Encajó una de las baldas en el tablero, colocó el tornillo, y apretó el gatillo.
El taladro descendió en diagonal, errando el blanco por completo.
—Me cago en la puta —maldijo.
Me acerqué y solté un gritito al ver el tornillo que sobresalía por el dorso de mi estantería. Lo sacamos y nos quedamos mirando fijamente el manifiesto agujero resultante.
—Seguro que lo tapan los libros —sugerí.
Román apretó los labios hasta formar una línea desprovista de humor e intentó la misma operación. El tornillo hizo contacto esta vez, pero aún visiblemente inclinado. Lo volvió a sacar y consiguió insertarlo por fin a la tercera.
Por desgracia, el proceso no hizo sino repetirse mientras continuaba. Tras ver cómo aparecía un agujero tras otro, al final le pregunté si me dejaba intentarlo. Hizo un ademán derrotista y me pasó el taladro. Encajé un tornillo, me agaché, y lo encajé perfectamente a la primera.
—Jesús —dijo—. Aquí estoy completamente de más. Yo soy la damisela en apuros.
—De eso nada. Has traído cereales.
Terminé de colocar las baldas. A continuación, las paredes. El tablero presentaba unas discretas muescas que facilitaban la alineación. Tras un meticuloso escrutinio, intenté igualar limpiamente los bordes.
Resultó ser tarea imposible, y pronto supe por qué. Pese a mis perfectas labores de perforación, todas las baldas estaban torcidas, demasiado a la derecha o a la izquierda. Los laterales no podían encajar así con los cantos del tablero.
Román se repantigó contra mi diván, pasándome una mano por los ojos.
—Ay, Dios.
Reflexioné mientras masticaba un puñado de amuletos de la suerte.
—En fin. Alineémoslas lo mejor que podamos.
—Este chisme jamás sostendrá ningún libro.
—Que sí. Haremos lo que podamos.
Lo intentamos con la primera pared, y aunque tardamos un rato y tenía un aspecto horrible, cumplía con su función. Pasamos a la siguiente.
—Creo que al final tendré que admitir que esto no se me da tan bien —observó Román—. Pero tú parece que tienes un don. Manitas profesional.
—No sé de qué me hablas. Si tengo un don para hacer a duras penas la cantidad de cosas que se me acumulan.
—Cualquiera diría que estás cansada de la vida. ¿Por qué? ¿Tantas cosas tienes acumuladas?
Casi me atraganto de la risa al pensar en mi peligrosa segunda vida como súcubo.
—Se podría decir así. O sea, como todo el mundo, ¿no?
—Sí, claro, pero hay que encontrar el equilibrio con las cosas que te gusta hacer. No te agobies con los «tengo que». De lo contrario, la vida no merece la pena. Se convierte en una cuestión de supervivencia.
Terminé de ajustar un tornillo.
—Esta noche te ha dado por ponerte profundo conmigo, Descartes.
—No seas lista. En serio. ¿Qué quieres realmente? De la vida. De tu futuro. Por ejemplo, ¿piensas trabajar siempre en esa librería?
—Por ahora. ¿Por qué? ¿Insinúas que tiene algo de malo?
—No. Es sólo que me parece algo mundano. Como una manera de ocupar el tiempo.
Sonreí.
—No, definitivamente no. Y aunque lo fuera, se puede disfrutar de las cosas mundanas.
—Sí, pero sé que la gente alberga sueños de índole más emocionante. Demasiado incluso para hacerlos realidad. Demasiado difíciles, demasiado trabajo, o sencillamente demasiado lejos. El empleado de gasolinera que sueña con ser una estrella del rock. El contable que desearía haber estudiado historia del arte en vez de estadística. La gente pospone sus sueños, ya sea porque les parecen imposibles, o porque ya lo harán «algún día».
Había hecho un alto en el trabajo, nuevamente serio.
—Así que, ¿qué es lo que quieres, Georgina Kincaid? ¿Cuál es tu sueño más descabellado? El que te parece que sólo puedes hacer realidad en tus fantasías.
Sinceramente, mi anhelo más profundo era tener una relación normal, amar y ser amada sin complicaciones sobrenaturales. Qué ridiculez, pensé con tristeza, en comparación con sus grandiosos ejemplos. No era descabellado, sino sencillamente imposible. No sabía si quería conocer el amor ahora para compensar el matrimonio mortal que había destruido, o simplemente porque los años me habían enseñado que el amor puede ser más satisfactorio que ser una esclava continua de la carne. No es que eso no tuviera sus momentos, desde luego. Ser querida y adorada era tentador, algo que ambicionaban mortales e inmortales por igual. Pero el amor y el anhelo no son la misma cosa.
Relacionarse con otros inmortales parecía la elección más lógica, pero los empleados del infierno eran candidatos poco ideales para la estabilidad y el compromiso. Había mantenido unas pocas relaciones medianamente satisfactorias con hombres así en el transcurso de los años, y todas habían terminado en nada.
Explicar todo esto, sin embargo, no era una conversación que Román y yo fuéramos a tener a corto plazo. De modo que en vez de eso le confesé mi fantasía secundaria, medio sorprendida por lo mucho que me apetecía. La gente no suele preguntarme qué espero de la vida. La mayoría sólo me pregunta en qué postura quiero hacerlo.
—Bueno, si no estuviera en la tienda... y créeme, estoy muy contenta allí... creo que me gustaría coreografiar espectáculos de danza en Las Vegas.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Román.
—Ea, ¿lo ves? Ésa es la clase de sueño disparatado y original a la que me refería. —Se inclinó hacia delante—. ¿Y qué te mantiene lejos de las lentejuelas y los senos al aire? ¿El riesgo? ¿El sensacionalismo? ¿El qué dirán?
—No —fue mi lacónica respuesta—. Sencillamente el hecho de que no puedo hacerlo. —«No puedo» es...
—Me refiero a que no puedo coreografiar porque no sé escribir rutinas. Lo he intentado. No puedo... Soy incapaz de crear nada, ya puestos. Nada original. No tengo imaginación.
Se rió.
—No me lo creo.
—No, en serio.
Alguien me había dicho una vez que los inmortales no estaban diseñados para crear, que ése era el privilegio de los humanos que ansiaban dejar atrás un legado al término de su breve existencia. Pero yo conocía inmortales que sí podían. Peter siempre estaba ideando nuevas sorpresas culinarias. Hugh usaba el cuerpo humano como lienzo. ¿Pero yo? Como mortal tampoco había podido hacerlo nunca. El fallo estaba en mí.
—No sabes cuánto me he esforzado por hacer algo creativo. Clases de pintura. Lecciones de música. En el peor de los casos soy un fracaso irremediable; en el mejor, la copia del genio de otro.
—Este proyecto de ingeniería no se te ha dado nada mal.
—El diseño de otra persona, las instrucciones de otra persona. Eso se me da fenomenal. Soy lista. Puedo razonar. Puedo entender a las personas, interactuar con ellas a la perfección. Puedo copiar cosas, aprender los movimientos y pasos correctos. Mis ojos, por ejemplo. —Me los señalé—. Puedo aplicarme el maquillaje igual de bien o mejor que las empleadas de cualquier tienda de cosméticos. Pero todas mis ideas y paletas son ajenas, sacadas de las fotos de las revistas. No hago nada por mí misma. ¿Lo de Las Vegas? Podría bailar en un espectáculo y hacerlo perfectamente. En serio. Podría ser la estrella de cualquier local... siguiendo la coreografía de otro. Pero no podría escribir los movimientos por mis propios medios, no de forma importante o significativa.
La pared estaba terminada.
—No me lo creo —repuso. Su apasionada defensa me sorprendía y halagaba al mismo tiempo—. Eres brillante y vivaz. Eres inteligente... extremadamente inteligente. Tienes que darte una oportunidad. Empieza desde abajo, y continúa a partir de ahí.
—¿Ésta es la parte en que me dices que crea en mí misma? ¿Que el cielo es el límite?
—No. Ésta es la parte en que te digo que se está haciendo tarde, y tengo que irme. Tu estantería está terminada, y he pasado una velada estupenda.
Nos pusimos de pie. Levanté la estantería y la apoyé en la pared del salón. Retrocedimos unos pasos y la contemplamos en silencio. Incluso Aubrey hizo acto de presencia para la inspección.
Todas las baldas estaban torcidas. Uno de los laterales se alineaba casi con el canto del tablero, mientras que al otro le faltaba casi medio centímetro. Había seis agujeros visibles en la tabla del fondo. Y, lo más inexplicable de todo, parecía que el conjunto entero se escoraba ligeramente a la izquierda.
Me empecé a reír y no pude parar. Tras recuperarse del susto, Román se unió a mí.
—Dios santo —dije por fin, secándome las lágrimas—. Es el armatoste más horrible que he visto en mi vida.
Román abrió la boca para disentir, pero se lo pensó mejor.
—Posiblemente. —Se puso firme—. Pero creo que aguantará, capitana.
Intercambiamos unos cuantos comentarios jocosos más antes de que lo acompañara hasta la puerta, donde me acordé de devolverle el abrigo. Pese a sus bromas, parecía más sinceramente decepcionado que yo por nuestro fiasco de estantería, como si me hubiera fallado. De alguna manera, esto me pareció más seductor que sus agudezas perfectamente medidas o su adorable bravuconería. Y no es que esos rasgos me desagradaran. Lo estudié mientras nos despedíamos, pensando en su «caballerosidad» y su apasionada convicción de que debería seguir los dictados de mi corazón. El nudo de miedo que me atenazaba siempre en presencia de extraños se aflojó un poquito.
—Oye, no me has contado tu sueño descabellado.
Sus ojos de aguamarina se rodearon de arrugas.
—No tan descabellado. Sigo intentando conseguir esa cita contigo.
No tan descabellado. Como el mío. Compañía por encima de la fama y el glamour. Me armé de valor.
—Bueno, entonces... ¿qué haces mañana?
Se animó.
—Todavía nada.
—Entonces pásate por la tienda a la hora del cierre. Voy a dar una clase de baile. —Clase de baile a la que asistiría un montón de gente. Sería una solución intermedia segura para los dos.
Su sonrisa se tambaleó ligeramente.
—¿Una clase de baile?
—¿Algún problema? ¿Vas a cambiar de opinión sobre lo de salir conmigo?
—Bueno, no, pero... ¿será estilo Las Vegas? ¿Contigo cubierta de diamantes de pega? Porque eso seguramente me interesaría.
—No exactamente.
Se encogió de hombros, con el carisma a plena potencia.
—Vale. Lo dejaremos para la segunda cita.
—No. No hay segunda cita, ¿recuerdas? Sólo una, y se acabó. No volveremos a vernos nunca jamás. Tú mismo lo dijiste. Palabra secreta de superboy-scout... o algo así.
—A lo mejor estaba exagerando.
—No. Sería una mentira.
—Ah. —Me guiñó un ojo—. Al final sí que van a ser la misma cosa esas dos, ¿eh?
—Me... —No sabía cómo responder a su lógica.
Me dedicó una de sus picaras reverencias antes de alejarse.
—Adiós, Georgina.
Regresé adentro, esperando no haber cometido un error, y encontré a Aubrey sentada en uno de mis estantes.
—Oye, cuidado —le advertí—. Esa estructura no tiene pinta de sólida.
Aunque era tarde, no estaba cansada. No después de la disparatada velada que había pasado con Román. Me sentía con las pilas cargadas, su presencia me afectaba en cuerpo y mente. Inspirada, espanté a Aubrey de la estantería y empecé a colocar libros. Esperaba que se produjera un derrumbamiento con cada montoncito añadido, pero el chisme aguantó.
Cuando llegué a mi colección de Seth Mortensen, recordé de pronto el cataclismo que había desencadenado todo lo ocurrido esta noche. Mi enfado se reavivó. No había tenido la menor noticia del escritor en todo este tiempo. El asunto del atropello seguía siendo una posibilidad, pero mis instintos lo dudaban. Me había plantado.
Una mitad de mí consideró el emprenderla a patadas con sus libros para vengarme, pero sabía que jamás podría hacer algo así. Los quería demasiado. No hacía falta castigarlos por los pecados de su creador. Anhelante, cogí El pacto de Glasgow, ansiosa de repente por leer mi siguiente cuota de cinco páginas. Dejé el resto de los libros sin ordenar y me acomodé en el diván, con Aubrey a mis pies.
Cuando llegué a mi meta, descubrí algo increíble. Cady estaba desarrollando un interés amoroso. Era algo inédito. O'Neill, siempre tan mujeriego, se escaqueaba todas las veces. Cady permanecía virtuosamente impura, sin importar la cantidad de insinuaciones y chistes verdes que cruzara por encima de la mesa con O'Neill. Hasta la fecha no había sucedido nada tangible en la novela, pero podía interpretar los inevitables indicios de lo que iba a pasar entre ella y este investigador que se habían conocido en Glasgow.
Seguí leyendo, incapaz de dejar la trama a medias. Y cuanto más leía, más me costaba parar. Pronto se apoderó de mí una satisfacción secreta e irracional por haber infringido la regla de las cinco páginas. Como si de alguna manera estuviera vengándome de Seth.
Transcurría la noche. Cady se acostó con el tipo, y O'Neill se puso inusitadamente celoso y puso el grito en el cielo, pese a su habitual fachada de serenidad. La leche. Me aparté del diván, me puse el pijama y me acurruqué en la cama. Aubrey me siguió. Continué leyendo.
Terminé la novela a las cuatro de la mañana, legañosa y agotada. Cady se vio con el tipo unas pocas veces más mientras O'Neill y ella resolvían su misterio (tan apasionante como siempre, aunque menos interesante que los inesperados desarrollos interpersonales), tras lo que su camino y el del escocés se separaron. Regresó a Washington D.C. con O'Neill, y el estatus quo se restauró.
Resoplé y dejé el libro en el suelo, sin saber qué pensar, básicamente por lo cansada que estaba. Así y todo, haciendo de tripas corazón, salí de la cama, busqué el portátil y entré en mi cuenta de correo de Emerald City. Le envié un mensaje sucinto a Seth: Cady ha mojado. Quién lo hubiera dicho. A continuación, se me ocurrió añadir: Por cierto, el partido de hockey estuvo muy bien.
Satisfecha por haber dejado patente mi opinión, no tardé en quedarme dormida... tan sólo para que la alarma me despertara poco después.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 4:47 pm

Capítulo 10

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Jesús. ¿En qué estaría pensando? Hoy tenía que trabajar. No sólo eso, debía presentarme dentro de diez minutos. No había tiempo para vestirme ni maquillarme «de verdad». Con un suspiro, cambié de forma; mi bata dio paso a unos pantalones grises y una camisa marfil, y mi pelo y maquillaje adoptaron repentinamente su inmaculada perfección de costumbre. Cepillarse los dientes y ponerse perfume eran dos acciones imposibles de falsificar, por lo que tras realizar esas tareas, agarré el bolso y salí pitando.
Cuando llegué al vestíbulo, el portero me llamó:
—Tengo algo para usted —y me entregó un paquete plano. Preocupada aún por la hora, me apresuré a rasgar el envoltorio. Lo que vi me hizo contener un jadeo. Kit de terciopelo negro para colorear, ponía en la caja. El subtítulo rezaba: ¡Crea tu propia obra maestra! ¡Contiene todo lo necesario para pintar como un verdadero artista! La «obra maestra» que se podía crear era un paisaje desértico con un cactus gigante a un lado y un coyote aullando en el otro. Un águila flotaba en el cielo, cerca de la cual flotaba la espectral cabeza incorpórea de un nativo americano. Terriblemente cutre y estereotipado.
Había una nota pegada. Empieza poco a poco, decía. Con cariño, Román. La caligrafía era tan perfecta que no parecía real.
Seguía riéndome por lo bajo cuando llegué a la librería. Una vez en mi despacho, me instalé delante del ordenador y descubrí la segunda sorpresa de la mañana: otro e-mail de Seth. Lo había mandado a las cinco de la mañana.
Georgina,
Hace unos años, mientras escribía Dioses de oro, conocí a una mujer en las clases de arqueología sudamericana que estaba tomando. No sé cómo es para las mujeres; probablemente ni siquiera es siempre igual para los hombres. Pero para mí, cuando conozco a alguien que me atrae, el tiempo se detiene. Los planetas se alinean, y dejo de respirar. Los mismos ángeles bajan a posarse en mis hombros, susurrando promesas de amor y devoción mientras otras criaturas menos celestiales me susurran promesas de carácter más básico y terrenal. Supongo que eso forma parte de ser hombre.
En cualquier caso, eso fue lo que ocurrió con esta mujer. Nos encaprichamos perdidamente el uno del otro y estuvimos mucho tiempo saliendo de forma esporádica. Había días en que no éramos capaces de pasar ni un minuto separados, y luego, meses durante los cuales no establecíamos el menor contacto. Debo confesar que esto último era más culpa mía que suya. Ya he mencionado antes que Cady y O'Neill son muy exigentes. Durante las fases en que estaba absorto en mi escritura, no era capaz de pensar ni hacer nada que no estuviera relacionado con la novela. Sabía que eso le dolía... sabía que era la clase de persona que quería sentar la cabeza y empezar una familia, llevar una vida tranquila y entregada. Yo no era esa clase de persona... ni siquiera estoy seguro de serlo ahora... pero me gustaba la idea de tener a alguien cerca, alguien de confianza a quien poder recurrir cuando por fin estuviera dispuesto a dedicarle tiempo. La verdad, no era justo hacerle eso, dejarla siempre colgada de esa manera. Debería haberle puesto fin antes, pero era demasiado egoísta y me sentía demasiado cómodo.
Un día, cuando hacía meses que no hablaba con ella, la llamé y me sorprendió que fuera un hombre quien respondió al teléfono. Cuando ella se puso, me contó que había conocido a alguien y que no íbamos a poder seguir viéndonos. Decir que aquello me pilló por sorpresa sería quedarse corto. Empecé a despotricar, insistiendo en lo mucho que me importaba, diciéndole que no podía tirar por la borda lo que teníamos. Lo encajó todo bastante bien, habida cuenta de que yo debía de sonar como un psicópata, pero al final zanjó el asunto diciendo que no debería haber esperado que ella fuera a esperarme eternamente. Tenía que vivir su propia vida.
El motivo de que comparta esta bochornosa lacra en el historial de Seth Mortensen es doble. Primero, necesito disculparme contigo por lo ocurrido esta noche. Aunque refunfuñara, lo cierto es que pretendía acudir a la cita. Un par de horas antes del partido, fui a casa corriendo para recoger algo y de pronto se me ocurrió una solución para el atolladero en el que llevaba metido todo el día. Me puse a escribir, planeando dedicarle sólo una hora o así. Como ya habrás deducido, me llevó bastante más. Estaba tan absorto que me olvidé por completo del partido... y de ti. No oí el teléfono. No era consciente de nada más que de la historia que estaba plasmando sobre el papel (o sobre la pantalla, mejor dicho).
Me temo que este problema no es nuevo. Me pasaba con mi ex, me pasa con mi familia y, lamentablemente, me ha pasado contigo. No le preguntes a mi hermano cómo estuve a punto de perderme su boda. Los mundos y las personas que hay en mi cabeza están tan vivos que a veces pierdo de vista la vida real. A veces ni siquiera estoy seguro que el mundo de Cady y O'Neill no sea el real. Nunca he querido hacerle daño a nadie, y me siento espantosamente después, pero es un defecto que no me veo capaz de superar.
Nada de todo esto justifica que te abandonara anoche, pero espero al menos que esto te dé una pista sobre mi desequilibrada relación con el mundo. Por favor, entiende lo mucho que lo siento.
La segunda razón de ser de esta memoria es responder a tu «Cady ha mojado». Pensando en ella y O'Neill, decidí que Cady no era el tipo de persona que se quedaría esperando eternamente. No me malinterpretes: No creo que Cady y mi antigua novia tengan mucho en común. Cady no aspira a instalarse en los suburbios y elegir cortinas con O'Neill. Pero sí que es una mujer brillante y apasionada que ama la vida y quiere vivirla. A mucha gente le molestó ver cómo rompía con su papel de casta y pura comparsa devota de O'Neill, pero creo que tenía que hacerlo. Afrontémoslo: O'Neill no la valora como se merece, y le hacía falta un toque de atención. Ahora bien, ¿significa esto que se están dando los pasos necesarios para que terminen juntos por fin, como me han preguntado tantos lectores? Naturalmente, como creador suyo que soy, mis labios están sellados al respecto, pero sí puedo decir una cosa: Tengo pensados muchos más libros con ellos, y los lectores suelen perder interés cuando los protagonistas se lían.
—Seth
PD: Por cierto, he comprado el apartamento. Mistee se emocionó tanto que me poseyó en el acto, e hicimos el amor en todas las encimeras de granito.
PPD: Vale, eso último me lo he inventado. Como dije antes, soy un hombre. Y un escritor.

Ojerosa aún por la falta de sueño, reflexioné perezosamente sobre el mensaje de la carta. Así que Seth había tenido una novia en serio. Guau. Aunque no sé de qué me extrañaba, sobre todo teniendo en cuenta las escenas de sexo que escribía. Quiero decir, no podía ser simplemente fruto de su imaginación. Aun así, me costaba imaginarme al introvertido de Seth envuelto en todas las ocasiones sociales que requiere normalmente una relación a largo plazo.
Y luego la otra parte, sus motivos para no haber hecho acto de presencia. ¿Qué pensar de eso? Tenía razón al decir que su ataque de inspiración no era excusa para lo que había hecho. Sin embargo, su explicación mitigaba en parte la falta, transformándola de grosera a simplemente irreflexiva. No, a lo mejor irreflexiva era demasiado duro. Distraída, eso era. Tal vez distraída no fuera tan grave, musité, puesto que ignorar el mundo real le permitía trabajar en el ficticio. La verdad, no sabía qué pensar.
Estuve dándole vueltas a esto toda la mañana. Mi enfado de la noche anterior fue enfriándose conforme pasaba el tiempo y especulaba sobre la mente de un escritor tan brillante. Cuando llegó la hora de almorzar, comprendí que había superado el incidente del partido. Seth no pretendía ofenderme, y tampoco era que mi noche hubiera terminado tan mal después de todo. Entrada la tarde, apareció Warren.
—No —dije inmediatamente, reconociendo el brillo en sus ojos. Detestaba su presuntuosidad, pero siempre terminaba preocupantemente atraída por ella—. Estoy de un humor de perros.
—Yo haré que te sientas mejor.
—Ya te lo he dicho, estoy que muerdo.
—Me gusta que me muerdas. —El instinto de alimentación de súcubo comenzó a agitarse en mi interior. Tragué saliva, irritada por mi debilidad.
—Y estoy muy ocupada. Tengo... cosas... qué hacer... —Mi excusa sonó endeble, no obstante, y Warren pareció darse cuenta.
Se acercó a mí y se arrodilló junto a la silla, pasándome una mano por el muslo. Llevaba puestos unos finos pantalones sedosos, y el roce de sus dedos acariciándome a través del suave material era casi más sensual que sobre la piel desnuda.
—¿Qué tal tu cita de anoche? —murmuró, acercándome la boca al oído, primero, y al cuello después.
Arqueé la cabeza sumisamente, pese a resistirme con todas mis fuerzas, complacida con la forma en que sus labios tanteaban mi piel, en que me provocaban sus dientes. Distaba de ser mi novio, pero así y todo era lo más parecido a una relación consistente que tenía. Algo es algo.
—Bien.
—¿Follasteis?
—No. Dormí sola, por desgracia.
—Bien.
—Aunque va a volver esta noche. Para la clase de baile.
—¿En serio? —Warren soltó los dos botones superiores de mi blusa, desvelando el sujetador de encaje rosa. Las puntas de sus dedos trazaron el contorno de uno de mis senos, siguiendo la curva interior hasta donde se encontraba con el otro. A continuación trasladó la mano a ese pecho, jugando con el pezón a través del encaje. Cerré los ojos, sorprendida por mi creciente deseo. Tras ayudar a Hugh a cerrar el contrato con Martin, no creí que necesitaría un chute tan pronto. Sin embargo, el ansia aleteaba en mi interior, mezclada con deseo. Instinto puro—. Se lo presentaremos a María.
María era la esposa de Warren. La idea de pasarle a Román era ridícula.
—Pareces celoso —bromeé. Atraje a Warren hacia mí, y respondió aupándome encima de la mesa. Empecé a desabrocharle los pantalones.
—Lo estoy —gruñó. Se agachó y tiró del sujetador hacia abajo para descubrirme los senos. Cuando acercaba ya la boca a uno de mis pezones, vaciló—. ¿Seguro que no follasteis?
—Creo que recordaría algo así.
Sonó un golpe en la puerta, y Warren se apartó de mí apresuradamente, subiéndose los pantalones.
—Mierda.
También yo me incorporé y regresé a mi silla. Con los ojos de Warren en la puerta, me apresuré a utilizar un ligero cambio de forma para adecentarme y abrocharme la blusa. Una vez presentables los dos, dije:
—Adelante.
Seth abrió la puerta.
Cerré la boca de golpe antes de que el asombro me bajara la barbilla hasta el suelo.
—Hola —saludó Seth, alternando la mirada entre Warren y yo—.
—No quería interrumpir.
—No, no, nada de eso —le aseguró Warren, metiéndose en su papel de relaciones públicas—. Sólo estábamos teniendo una charla.
—Nada importante —añadí. Warren me lanzó una mirada divertida.
—Oh —dijo Seth, aún con pinta de querer salir por piernas de allí—. Venía sólo para ver si a lo mejor... te apetecía comer. Yo... te he mandado un correo con lo ocurrido.
—Sí, ya lo he leído. Gracias.
Le sonreí, esperando comunicarle mudamente que todo estaba olvidado. Su expresión de preocupación era tan arrebatadora que tuve la seguridad de que su conciencia había sufrido más que mi ego la noche pasada.
—Excelente idea —celebró Warren—. ¿Por qué no vamos todos a comer algo? Georgina y yo podemos aplazar la reunión para más tarde.
—No puedo.
Le recordé lo escasos de personal que andábamos y cómo yo tenía que cubrir las ausencias. Cuando terminé, frunció el ceño.
—¿Por qué no hemos contratado a nadie?
—Estoy en ello.
Warren terminó por llevarse a Seth, algo que al escritor parecía ponerle sumamente nervioso, y yo me quedé sola, sintiéndome abandonada. No me hubiera importado escuchar qué más tenía que contar Seth sobre la preferencia que tenía la escritura sobre su vida. No me hubiera importado incluso echar un polvo. Nada de eso iba a ocurrir. Ah, qué injusto es el universo.
Aparentemente el karma aún me debía un favor, no obstante. Alrededor de las cuatro, Tammi (la chica pelirroja de Krystal Starz) apareció para resolver mi problema de personal. Como le había sugerido, se trajo una amiga. Una breve entrevista bastó para convencerme de su competencia. Las contraté en el acto, satisfecha de haber tachado una tarea de mi lista.
Cuando la librería cerró al fin, la falta de sueño empezó a pesarme más que nunca. No me sentía de humor para dar ninguna clase de baile.
Al percatarme de que necesitaba cambiarme, cerré la puerta del despacho y alteré mi atuendo por segunda vez ese día. Me sentí como si estuviera haciendo trampas, como siempre. Para bailar elegí un vestido sin mangas, ceñido en el talle y de vuelo vaporoso, perfecto para hacer volantes. Esperaba que el modelo, en tonos de melocotón y naranja, me levantara el ánimo. También esperaba que nadie se hubiera dado cuenta de que había llegado sin ropa de repuesto esa mañana.
Por los altavoces del techo, oí cómo una de las cajeras anunciaba que la tienda cerraba sus puertas, al tiempo que alguien llamaba con los nudillos a la mía. Lo invité a entrar, preguntándome si sería Seth de nuevo, pero fue Cody el que apareció esta vez.
—Hey —dije, obligándome a sonreír—. ¿Preparado para esto? Hacía un año aproximadamente le había enseñado a Cody a bailar el swing, y le había cogido el tranquillo asombrosamente bien, debido en parte a sus reflejos vampíricos, lo más probable. De resultas, pese a su oposición, lo había reclutado como co-profesor en estas improvisadas lecciones para el personal. Él seguía insistiendo en que no se le daba bien, pero en las dos clases hasta la fecha, había demostrado ser increíblemente eficiente.
—¿Qué? ¿Para bailar? Claro. Ningún problema.
Miré alrededor para cerciorarme de que estuviéramos a solas.
—¿Alguna extraña ocurrencia más?
Cody sacudió la cabeza, enmarcada por su cabellera rubia como la melena de un león.
—No. Todo está bastante tranquilo. A lo mejor exageré.
—Más vale prevenir que curar —le aconsejé, sintiéndome como una mamá estereotipada—. ¿Qué haces después de esto?
—He quedado en un bar del centro con Peter. ¿Te apuntas?
—Claro. —Estaríamos más seguros en grupo.
La puerta se abrió, y Seth asomó la cabeza.
—Oye, que... oh, lo siento —tartamudeó cuando vio a Cody—. No pretendía interrumpir.
—No, no —repuse, invitándolo a pasar—. Sólo estábamos hablando. —Miré a Seth con curiosidad—. ¿Qué haces aquí todavía? ¿Vas a quedarte para la clase?
—Er, bueno, es decir, Warren me ha invitado... pero no creo que baile. Si se puede.
—¿Que no vas a bailar? ¿Qué harás entonces, mirar? —pregunté—. ¿Como un voyeur o algo así?
Seth me lanzó una mirada ingeniosa, adoptando por primera vez en mucho tiempo el aspecto del tipo que había escrito las cómicas observaciones sobre agentes inmobiliarias y antiguas novias. El tipo con el que tan torpemente había coqueteado una vez.
—No estoy tan desesperado. Todavía no, por lo menos. Pero será mejor que no baile, créeme. Para quienes me rodean.
—Eso decía yo hasta que me obligó a intentarlo —observó Cody, poniéndome una mano en el hombro—. Tú espera a haber estado en las hábiles manos de Georgina. No volverás a ser el mismo.
Antes de que ninguno de nosotros pudiera responder a su sugerente comentario, Doug apareció detrás de Seth, abandonado su uniforme de director general en favor de su uniforme de músico grunge.
—A ver, ¿empieza la fiesta o qué? He vuelto sólo para esta clase, Kincaid. Más te vale que el viaje haya merecido la pena. Hola, Cody.
—Hola, Doug.
—Hola, Seth.
—Hola, Doug. Solté un gemido.
—De acuerdo. Acabemos con esto.
Nos dirigimos en tropel a la cafetería, donde se estaban recolocando las mesas para hacernos sitio. Presenté a Cody y Seth por el camino. Se estrecharon la mano brevemente, y el joven vampiro me lanzó una miradita cuando comprendió qué Seth debía de ser éste.
—¿Seguro que no quieres bailar? —le pregunté al escritor, desconcertada aún por su testarudez.
—No. No me da buena espina.
—Ya, bueno, después del día de mierda que he tenido, dirigir esta clase tampoco me da buena espina a mí, pero lo soportaremos. Al mal tiempo buena cara, ya sabes.
Seth puso cara de no saberlo y me dedicó únicamente una sonrisita divertida. Instantes después, esa sonrisa se tambaleó ligeramente.
—Dijiste que habías leído el e-mail... ¿Lo... te...?
—Está bien. Olvídalo. —A lo mejor sus estrafalarias costumbres sociales chocaban con las mías, pero no podía soportar seguir viéndolo preocupado por lo de anoche—. En serio. —Le di unas palmaditas en el brazo, esbocé mi sonrisa de Helena de Troya y fijé mi atención en la escena de la planta de arriba.
La mayoría de los empleados que habían trabajado conmigo ese día remoloneaban por los alrededores, junto a unos pocos otros que, como Doug, habían vuelto. Warren y su mujer esperaban con ellos, al igual que Román.
Éste se acercó a mí con una sonrisa cuando me vio, y me inundó una suave oleada de lujuria, independiente de cualquier instinto de súcubo. Tan apuesto como siempre, llevaba puestos unos pantalones negros y una camisa de cerceta que resplandecía como sus ojos.
—Cita en grupo, ¿eh?
—Por mi seguridad. Siempre he pensado que lo mejor es tener unas pocas decenas de carabinas a mano.
—Te harán falta unas pocas decenas más con ese vestido —me advirtió en voz baja, violándome con la mirada de la cabeza a los pies.
Me sonrojé y retrocedí unos pasos para alejarme de él.
—Tendrás que esperar tu turno, como todo el mundo.
Al darle la espalda, crucé la mirada con Seth por casualidad. Era evidente que había escuchado nuestras palabras. Mi rubor se acentuó, y huí de los dos en dirección al centro de la pista, con Cody detrás.
Puse la llamada «buena cara», aparté el largo día de mi pensamiento y sonreí ante los vítores y silbidos de mis compañeros de trabajo.
—Bueno, tropa, empecemos. Doug tiene un poco de prisa y quiere terminar con esto lo antes posible. Tengo entendido que eso es algo normal en él en más de un sentido... sobre todo románticamente hablando. —Esto provocó comentarios tanto positivos como negativos de la multitud, además de un gesto obsceno por parte de Doug.
Volví a presentar a Cody, quien se sentía menos cómodo que yo siendo el centro de atención, y empecé a evaluar el grupo. Había más mujeres que hombres, como de costumbre, y una amplia variedad de niveles de habilidad. Separé las parejas correspondientemente, poniendo a las féminas más dotadas con otras mujeres, pues estaba segura de que podrían ejecutar la parte masculina de esta práctica y cambiar de tercio sin problemas más tarde. No tenía la misma fe en todo el mundo; algunos de ellos todavía se esforzaban por mantener el compás.
Por consiguiente, comencé la lección repasando los consejos de la última vez, poniendo la música y haciendo que todo el mundo ensayara los pasos básicos. Cody y yo hacíamos de monitores, realizando pequeños ajustes y sugerencias. La tensión que me atenazaba tras la larga jornada se aflojó mientras trabajaba con el grupo. Me encantaba el swing, me había encantado cuando surgió a principios del siglo XX, y me había entusiasmado con su reciente regreso. Sabía que volvería a pasar de moda, motivo en parte por el cual quería trasmitir el conocimiento a otros.
Puesto que no sabía cuál era el nivel de Román, lo emparejé con Paige, una bailarina consumada. Tras observarlos un momento, sacudí la cabeza y me acerqué a ellos.
—Qué chulo eres —le regañé—. Fingías estar todo nervioso por tener que bailar, pero en realidad eres un profesional.
—Lo he hecho un par de veces —reconoció modestamente, mientras ensayaba con Paige un giro que yo aún no les había enseñado.
—Déjalo. Os voy a separar. Hay otros que necesitan vuestros talentos.
—Oh, venga —imploró Paige—. Deja que me quede con él. Ya iba siendo hora de tener aquí un hombre que sabe lo que se hace. Román me miró de reojo. —Lo ha dicho ella, no yo.
Elevé la mirada al cielo y les asigné sus nuevas parejas.
Tras supervisar un rato más, me satisfizo el progreso del grupo en general, convencida de que vería pocos cambios. Decidí subir el nivel, y a continuación Cody y yo les enseñamos a dar patadas de charlestón. Como cabía esperar, pronto se desató el caos. Los más dotados del grupo pillaron el movimiento enseguida, los que habían sufrido antes seguían sufriendo, y quienes se las apañaban con los pasos y giros básicos se vinieron ahora completamente abajo.
Cody y yo caminamos entre los bailarines, intentando paliar el daño, ofreciéndoles nuestras perlas de sabiduría.
—Mantén la muñeca tensa, Beth... pero no demasiado. No te hagas daño.
—¡Cuenta, maldita sea! ¡Cuenta! El compás sigue siendo el mismo de antes.
—Mira a tu pareja... no la pierdas de vista.
Mi papel de maestra me consumía, y a mí me encantaba. ¿A quién le importaban los cazadores de vampiros y la eterna lucha entre el bien y el mal?
Vi a Seth sentado al margen, tal y como había prometido.
—Oye, voyeur, ¿todavía quieres mirar nada más? —bromeé, sin aliento y animada de tanto correr por la improvisada pista de baile.
Sacudió la cabeza, con una sonrisita aleteando en sus rasgos mientras me estudiaba.
—Hay mucho que ver desde aquí.
Se levantó de la silla, se inclinó hacia delante con familiaridad y me sobresaltó alargando la mano y levantándome la tira del vestido que se había deslizado de mi hombro.
—Ea —pronunció—. Perfecto.
Se me puso la piel de gallina con su roce, cálidos y delicados sus dedos. Por un momento, le cruzó el rostro una expresión que no había visto antes. Le hacía parecer menos el escritor distraído que yo conocía y más... en fin, viril. Calculador. Atento. Quizá un poco depredador incluso. La expresión desapareció tan deprisa como había llegado, dejándome aún un poco desconcertada.
—Échale un ojo a esa tira —me advirtió en voz baja Seth—. Tienes que hacer que se lo curre. —Inclinó ligeramente la cabeza hacia algunos de los bailarines, y seguí la dirección del movimiento para ver a Román ejecutando un paso complicado con una de las camareras.
Me quedé un momento admirando los gráciles movimientos de Román, antes de volverme hacia Seth.
—No es tan difícil. Te puedo enseñar. —Le tendí una mano a modo de invitación.
Parecía estar a punto de acceder, pero sacudió la cabeza en el último segundo.
—Haría el ridículo.
—Ah, ya, y quedándote ahí sentado mientras todos los demás bailan y estamos faltos de hombres... sí, seguro que así no haces para nada el ridículo.
Se rió con delicadeza.
—Puede ser.
Cuando no añadió nada más, me encogí de hombros y volví a la pista para seguir con mis clases. Cody y yo añadimos un par de trucos nuevos, ayudamos con algunas prácticas más y, por fin, nos hicimos a un lado para admirar a nuestros pupilos.
—¿Crees que estarán listos para el Moondance? —me preguntó.
El Moondance Lounge era un club de bailes de salón donde se celebraban noches de swing todos los meses. Considerábamos que la aparición allí de este grupo sería el triunfo de graduación definitivo.
—Una clase más, diría yo. Entonces podremos sacarlos en público.
Un brazo me rodeó la cintura, sacándome a la pista de baile. Recuperé el equilibrio enseguida, igualando el paso de Román mientras me imprimía un intrincado giro. Un puñado de personas se pararon a mirar.
—Me toca hacerle la pelota a la maestra —dijo—. Apenas te he visto en toda la noche; me parece que esto no cuenta como cita.
Dejé que me guiara sin ofrecer resistencia, curiosa por comprobar cuan bueno era realmente.
—Siempre estás cambiando lo que quieres —protesté—. Primero sólo querías salir, ahora dices que en realidad te gustaría estar a solas conmigo. Tienes que elegir una versión y atenerte a ella. Ser más específico.
—Ah, ya veo. Nadie me había avisado. —Ensayó un trompo inverso, y lo ejecuté impecablemente, ganándome una mirada de aprobación a regañadientes por su parte—. Supongo que no habrá un Manual de Instrucciones de Georgina Kincaid por alguna parte para ayudarme a evitar estas embarazosas meteduras de pata en el futuro.
—Los vendemos abajo.
—¿Ah, sí? —Empezó a improvisar pasos; me gustaba el desafío de adivinar adonde iría—. ¿Hay alguna página sobre cómo adorar a la bella Georgina?
—¿Página? Diablos, hay un capítulo entero.
—Lectura obligatoria, supongo.
—Definitivamente. Oye, gracias por el juego de colorear.
—Espero verlo colgado en tu pared la próxima vez que vaya.
—¿Con ese estereotipo de nativo americano tan horrible? La próxima vez que lo veas será en la lista negra de la ACLU (American Civil Liberties Union).
Me hizo dar vueltas en un remate lleno de florituras, para regocijo de todos los presentes. Hacía rato que habían dejado de bailar para verme dando el espectáculo. Sentí unas punzadas de timidez, pero me sobrepuse, disfrutando del momento, tomando a Román de la mano para responder con una reverencia exagerada a los aplausos de mis colegas.
—Preparaos —anuncié—, porque éste va a ser el examen de la semana que viene.
Las risas y los vítores continuaron, pero mientras se apagaban y el grupo se dispersaba dando la noche por terminada, Román siguió agarrándome la mano, entrelazados sus dedos con los míos. Me daba igual. Dimos una vuelta, charlando y despidiéndonos de la gente.
—¿Te apetece ir a tomar algo? —me preguntó cuando nos quedamos momentáneamente a solas.
Me volví hacia él, pegada a su cuerpo, para estudiar aquellos rasgos arrebatadores. En la sala, tan caldeada ahora, podía oler claramente su sudor mezclado con colonia; me daban ganas de enterrar el rostro en su cuello.
—Me apetece... —empecé lentamente, preguntándome si el alcohol y la pasión animal desatada serían una combinación prudente con alguien con quien estaba evitando acostarme.
Crucé la mirada con Cody por encima de su hombro. Estaba hablando animadamente con Seth, lo que me chocó. De pronto recordé mi promesa de reunirme con los vampiros en el bar.
—Maldición —mascullé—. No creo que pueda. —Sin soltar la mano de Román, lo conduje hacia Cody y Seth. Éstos dejaron de hablar.
—Me siento excluido —bromeó Cody un momento después—. Hoy te he visto hacer cosas que no me habías enseñado nunca.
—Se suponía que ésos eran tus deberes. —Ladeé la cabeza, pensativa—. Cody, ¿conoces a Román? ¿Y tú, Seth? —Hice los honores rápidamente, y todos se dieron la mano con educación, muy a lo chico.
Una vez zanjado ese asunto, Román apoyó la mano cómodamente en mi cintura.
—Estaba intentando convencer a Georgina para que viniera a tomar algo conmigo. Pero me parece que le gusta hacerse de rogar.
Cody sonrió y dijo:
—No lo creo.
Le pedí disculpas a Román con la mirada.
—Le dije a Cody que lo vería a él y otro amigo esta noche.
El joven vampiro descartó la idea con un ademán.
—Olvídalo. Sal y diviértete.
—Sí, pero... —Me mordí la lengua y le lancé una miradita cargada de intención, estilo Jerome y Cárter. No quería que Cody se fuera solo, por miedo a que el caza vampiros lo pusiera en su punto de mira, pero no podía decírselo delante de los demás—. Coge un taxi —le recomendé al final—. No vayas andando.
—De acuerdo —dijo automáticamente. Demasiado automáticamente.
—Te lo digo en serio —le advertí.
—Que sí, que sí —musitó—. ¿Quieres llamarlo por mí?
Puse los ojos en blanco, y recordé de repente que Seth también estaba presente. Sintiéndome algo azorada con él allí plantado mientras todos hacíamos planes, me pregunté si debería invitarle a venir con nosotros o mandarlo con Cody.
Como si me leyera el pensamiento, Seth declaró de improviso:
—Bueno, chicos, nos vemos. —Dio media vuelta y se marchó antes de que ninguno de nosotros pudiera responder nada.
—¿Está enfadado o algo? —preguntó Cody, al cabo.
—Me parece que ésa es sencillamente su forma de ser —expliqué, dudando de ser capaz de entender alguna vez a ese escritor.
—Qué raro. —Román se volvió hacia mí—. ¿Lista para salir?
Seth no tardó en borrarse de mi pensamiento. Román y yo caminamos hasta un pequeño restaurante que había enfrente de Emerald City, y nos sentamos juntos en el mismo lado de la mesa. Encargué mi combinado de vodka, y él pidió brandy.
Cuando llegaron las bebidas, preguntó:
—¿Debería sentir celos de alguien?
Solté una risita.
—No me conoces lo suficiente ni tienes ningún derecho a sentir celos de nadie, todavía. Para el carro.
—Supongo que tienes razón —convino—. Aun así, los escritores famosos y los elegantes y jóvenes compañeros de baile constituyen sin duda una compañía de alto postín.
—Cody no es tan joven.
—Lo suficiente. ¿Es amigo íntimo?
—Lo suficiente. No románticamente íntimo, si es ahí donde quieres ir a parar. —Román y yo nos habíamos arrimado hasta quedar pegados en el banco, y aproveché para clavarle juguetonamente el codo en las costillas—. Deja de preocuparte por mis amigos. Hablemos de otra cosa. Cuéntame algo sobre el mundo de la lingüística.
Lo decía medio en broma, pero me hizo caso y pasó a explicarme su especialidad: lenguas clásicas, irónicamente. Román conocía bien la materia, y hablaba de ella con la misma agudeza e inteligencia que empleaba en sus coqueteos. Atendí a sus explicaciones con avidez, disfrutando de la oportunidad de tratar un campo desconocido para muchas personas. Lamentablemente debía contener mi participación, so pena de desvelarle hasta qué punto estaba versada en el tema. Resultaría un poco sospechoso que la empleada de una librería supiera más sobre un área de estudio que alguien que se ganaba la vida con ello.
A lo largo de todo el apasionante discurso, Román y yo mantuvimos el contacto, tocándonos con las manos, los brazos y las piernas. En ningún momento intentó besarme, por lo que di gracias, puesto que eso hubiera sido meterse en campo minado. La cita era verdaderamente ideal para mí: conversación estimulante y todo el contacto físico que un súcubo podía controlar sin peligro. Cruzábamos insinuaciones sin esfuerzo, como si estuviéramos leyendo un guión.
Nuestras bebidas desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y antes de darme cuenta estábamos nuevamente en la calle, despidiéndonos y concertando otra cita. Intenté protestar como de costumbre, pero los dos sabíamos que no sonaba convencida. Román insistía incesantemente en que le debía una escapada de verdad, sin carabinas. Allí de pie junto a él, abrigada por su presencia, me sorprendió lo mucho que deseaba esa cita. La pega de dar largas a los tipos buenos es que siempre termino sola. Sin dejar de mirar a Román, decidí que quería dejar de estar sola... al menos durante algún tiempo.
De modo que accedí a volver a verlo, desoyendo las alarmas mentales que disparaba esta decisión. Su rostro se iluminó, y pensé que ahora definitivamente intentaría besarme en la boca. La perspectiva hizo que mi corazón latiera desbocado, temeroso y dispuesto.
Sin embargo, al parecer, mis anteriores desvaríos neuróticos sobre guardar las distancias habían calado hondo. Se limitó a sostenerme la mano, para finalmente rozarme la mejilla con los labios en un beso que apenas si era merecedor de tal nombre. Se alejó por las calles de Queen Anne; un momento después, cubrí andando la media manzana de distancia hasta mi apartamento.
Cuando llegué a la puerta descubrí que había una nota pegada en ella, con mi nombre escrito en letras elegantes y recargadas. Me recorrió un escalofrío de aprensión. La nota decía:
Eres una mujer hermosa, Georgina. Lo suficientemente hermosa, creo, como para tentar incluso a los ángeles, algo que ya no ocurre con tanta frecuencia como debería. Una belleza como la tuya no requiere ningún esfuerzo, sin embargo, cuando puedes darle la forma que desees. Tu corpulento amigo, por desgracia, no puede permitirse ese lujo, lo cual es una auténtica lástima después de lo ocurrido hoy. Afortunadamente, trabaja en el negocio adecuado para corregir cualquier daño sufrido por su aspecto.

Me quedé mirando la nota como si pudiera morderme. No estaba firmada, por supuesto. La arranqué de la puerta, entré corriendo en mi apartamento y descolgué el teléfono. Marqué el número de Hugh sin perder tiempo. Con las pistas «corpulento» y «negocio adecuado», era la única persona a la que podía referirse la nota.
Su teléfono sonó una y otra vez antes de dar paso al contestador automático. Irritada, marqué el número de su móvil.
Después de tres tonos, respondió una desconocida voz de mujer.
—¿Está Hugh Mitchell ahí?
Se produjo una larga pausa.
—Él... no puede hablar en estos momentos. ¿Quién llama, por favor?
—Georgina Kincaid al habla. Soy amiga suya.
—He oído hablar de ti, Georgina. Soy Samantha. Ni su nombre me decía nada, ni tenía paciencia para andarme con rodeos.
—Bueno, entonces, ¿puedo hablar con él, por favor?
—No... —Su voz sonaba tensa, preocupada—. Georgina, ha ocurrido una desgracia...


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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 5:39 pm

Capítulo 11

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Los hospitales son espeluznantes, fríos y estériles. Un auténtico recordatorio de la tenue naturaleza de la mortalidad. Pensar que Hugh estuviera aquí me ponía enferma, pero reprimí mis sentimientos lo mejor que pude mientras corría por los pasillos hasta la habitación indicada por Samantha.
Al llegar encontré a Hugh plácidamente tendido en la cama, ceñido su corpachón por una bata, magullada y vendada la piel. Una figura rubia estaba sentada junto a la cama, a su lado, sosteniéndole la mano. Se giró sorprendida cuando irrumpí en el cuarto.
—Georgina —dijo Hugh, dedicándome una débil sonrisa—. Eres muy amable dejándote caer.
La rubia, presumiblemente Samantha, me estudió con nerviosismo. Esbelta y con ojos de gacela, afianzó su presa sobre la mano de Hugh; supuse que ésta debía de ser la veinteañera del trabajo. Así lo atestiguaban sus pechos artificiales.
—Está bien —la tranquilizó Hugh—. Ésta es mi amiga Georgina. Georgina, Samantha.
—Hola —le dije, tendiéndole la mano. Me la estrechó. La suya estaba helada, y comprendí entonces que su nerviosismo no obedecía tanto al hecho de conocerme como a la preocupación generalizada por lo que le había sucedido a Hugh. Conmovedor.
—Cariño, ¿nos disculpas un momento a Georgina y a mí? ¿Por qué no bajas a la cafetería y te tomas algo? —Hugh se dirigía a ella con delicadeza y amabilidad, en un tono que rara vez empleaba con el resto de nosotros en nuestras noches de pubs.
Samantha se volvió hacia él, indecisa.
—No quiero dejarte solo.
—No estaré solo. Georgina y yo tenemos que hablar. Además, es... esto... cinturón negro; no me pasará nada.
Hice un mohín en dirección a Hugh a espaldas de Samantha, mientras ésta se lo pensaba.
—Supongo que está bien... llámame al móvil si me necesitas, ¿vale? Enseguida vuelvo.
—Claro —prometió Hugh, besándole la mano.
—Te echaré de menos.
—Yo a ti más.
Samantha se levantó, me echó otro vistazo dubitativo, y se retiró.
La vi salir un momento antes de ocupar la silla junto a Hugh.
—Qué dulzura. Creo que me van a salir caries.
—No hace falta ponerse sarcástico. Sólo porque tú seas incapaz de establecer lazos serios con los mortales.
Su puya me hizo más daño del que seguramente debería, claro que, todavía estaba pensando en Román.
—Además —continuó—, está un poco preocupada por lo de hoy.
—Ya, me lo imagino. Jesús. Mírate.
Examiné sus heridas con detenimiento. Bajo algunas de las vendas se atisbaban series de puntos, y aquí y allá florecían hinchazones moradas.
—Podría ser peor.
—¿Sí? —repuse bruscamente. Nunca había visto un inmortal tan lastimado.
—Claro. Para empezar, podría estar muerto, y no es así. Además, me curo igual que tú. Deberías haberme visto esta tarde, cuando me trajeron. Lo peliagudo será largarme de aquí antes de que alguien se fije en lo deprisa que me estoy recuperando.
—¿Lo sabe Jerome?
—Por supuesto. Lo llamé antes, pero ya lo había presentido. Supongo que aparecerá de un momento a otro. ¿Te ha avisado él?
—No exactamente —reconocí, remisa a mencionar la nota todavía—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde te atacaron?
—No recuerdo gran cosa. —Hugh se encogió ligeramente de hombros, maniobra complicada para quien está tumbado de espaldas. Sospechaba que ya les había contado esta historia a varias personas—. Salí a tomar un café. Estaba solo en el aparcamiento, y cuando regresaba al coche, este... tipo, supongo, se me echó encima y me agredió. Sin previo aviso.
—¿Supones?
Frunció el ceño.
—Lo cierto es que no pude verlo bien. Era grande, eso sí, hasta ahí pude fijarme. Y fuerte... realmente fuerte. Mucho más de lo que hubiera creído posible.
El propio Hugh no era ningún alfeñique. Cierto, no levantaba pesas ni se cuidaba mucho el cuerpo, pero tenía buena percha y carne de sobra colgando de ella.
—¿Por qué paró? —pregunté—. ¿Os vio alguien?
—No, no sé por qué se detuvo. El tipo dejó de aporrearme y cortarme sin previo aviso. Pasaron quince minutos antes de que apareciera alguien y me echara una mano.
—Sigues refiriéndote a él como «el tipo». ¿Seguro que era un hombre?
Intentó encogerse de hombros de nuevo.
—La verdad, no lo sé. Es sólo la impresión que me dio. Lo mismo podría haber sido una rubia maciza.
—¿Sí? ¿Quieres que interrogue a Samantha?
—No deberías interrogar a nadie, según Jerome. ¿Llegaste a hablar con Erik?
—Sí... me está mirando unas cosas. También corroboró que los cazadores de vampiros no pueden matarnos ni a ti ni a mí, ni ha oído hablar nunca de alguien que pueda.
Hugh adoptó una expresión pensativa.
—Esta persona no me ha matado.
—¿Crees que estaba intentándolo?
—Sin duda intentaba hacer algo. Creo que si pudiera haberme matado, lo habría hecho.
—Pero no podía —señaló una voz a mi espalda—, porque, como ya he dicho antes, los caza vampiros sólo pueden molestarnos, no matarnos.
Me giré, sobresaltada por la voz de Jerome. Más aún me sobresaltó ver a Cárter con él.
—Qué bien se le da a Jerome hacer de abogado del diablo —bromeó el ángel.
—¿Qué haces aquí, Georgina? —preguntó con voz glacial el demonio.
Me quedé boquiabierta, y tardé un momento en responder:
—¿Cómo... cómo has hecho eso?
Cárter se había presentado tan desaliñado como siempre. Si Doug y Bruce parecían los integrantes de una banda de grunge, el ángel tenía pinta de que lo hubieran echado del grupo. Me dedicó una sonrisa torcida.
—¿Hacer qué? ¿Aparecer con un comentario ingenioso relacionado con el estatus demoniaco de Jerome? La verdad es que suelo tener un puñado de ellos a mano...
—No. Eso no. No puedo sentirte... no puedo percibirte... —Podía ver a Cárter, pero no sentía esa firma de poder, o aura, o lo que fuera, que irradian normalmente los inmortales. Me volví hacia Jerome de repente; lo mismo—. Ni a ti. No puedo sentiros a ninguno de los dos. La otra noche tampoco pude.
El ángel y el demonio cruzaron la mirada por encima de mi cabeza.
—Podemos enmascararlo —dijo por fin Cárter.
—¿Qué, como apretar un botón o algo? ¿Podéis encenderlo y apagarlo?
—Es un poco más complicado.
—Vaya, esto es nuevo para mí. ¿Podemos hacerlo nosotros? ¿Hugh y yo?
—No —respondieron al unísono Cárter y Jerome. Este último añadió:
—Sólo los inmortales superiores pueden hacerlo. Hugh intentó sentarse, sin fuerzas.
—¿Por qué... lo hacéis?
—No has respondido a mi pregunta, Georgina —señaló Jerome, cambiando de tema sin disimulo. Miró de reojo al diablillo—. Te dije que no contactaras con los otros.
—Y no lo hice. Se ha presentado sola.
Jerome volvió a fijarse en mí, y saqué la misteriosa nota del bolso. Se la entregué, y el demonio la leyó inexpresivamente antes de pasársela a Cárter. Cuando el ángel hubo terminado, Jerome y él volvieron a cruzar la mirada a su irritante manera. Jerome depositó la nota en un bolsillo interior de su chaqueta.
—Hey, que es mía.
—Ya no.
—No me digas que vas a seguir insistiendo en tu teoría sobre el caza vampiros —repuse.
Jerome entornó los ojos oscuros.
—¿Por qué no? Esta persona confundió a Hugh con un vampiro, pero como ya has observado, Nancy Drew, no pudo matarlo.
—Creo que esta persona sabía que Hugh no era un vampiro.
—¿Sí? ¿Y qué te hace creer eso?
—La nota. La persona que la escribió menciona mi cambio de forma. Sabe que soy un súcubo. Seguramente sabe también que Hugh es un diablillo.
—Que sepa que eres un súcubo explica por qué no te ha atacado. Sabía que no podría matarte. Con Hugh no estaba tan seguro, sin embargo, y corrió el riesgo.
—Con un cuchillo. —Recordé de nuevo: ¿Cómo se sabe cuándo miente un demonio? Cuando mueve los labios—. Creía que la versión oficial era que se trata de un cazador de vampiros aficionado que va corriendo detrás de cualquiera con una estaca porque no tiene ni idea. En vez de eso, resulta que esta persona me conoce y ha agredido a Hugh con un cuchillo.
Cárter reprimió un bostezo y se puso de parte de Jerome.
—A lo mejor esta persona está aprendiendo. Ya sabes, aumentando su colección de armas. Al fin y al cabo, nadie es un aficionado eternamente. Hasta los caza vampiros novatos terminan por aprender algún día.
Abordé el detalle que nadie había comentado aún.
—E incluso los niños saben que los vampiros no salen de día. ¿A qué hora te atacó, Hugh?
Una expresión extraña cruzó los rasgos del diablillo.
—Por la tarde. Cuando el sol estaba en lo alto.
Me encaré con Jerome, exultante.
—Esta persona sabía que Hugh no era un vampiro.
Jerome se apoyó en la pared, sin inmutarse, mientras se pellizcaba unas inexistentes motas de polvo de los pantalones. Hoy se parecía más que nunca a John Cusack.
—¿Y? Los inmortales sufren delirios de grandeza. Mata un vampiro y decide hacer lo propio con el resto de las fuerzas del mal que viven en la ciudad. Eso no cambia nada.
—No creo que fuera un mortal.
Jerome y Cárter, con la mirada perdida en la habitación, giraron la cabeza hacia mí de golpe. ¿Oh?
Tragué saliva, ligeramente aturullada por el escrutinio.
—Quiero decir... vosotros sois la prueba de que los inmortales superiores pueden pasearse por ahí sin ser detectados, y nadie ha sido capaz de sentir nada en este tipo. Además, fijaos en los daños de Hugh. Erik dice que los mortales no pueden herir sustancialmente... —Me mordí la lengua, comprendiendo mi error.
Cárter se rió en voz baja.
—Maldita sea, Georgie. —Jerome se enderezó como un látigo—. Te pedí que dejaras esto en nuestras manos. ¿Con quién más has hablado?
Cualquiera que fuese la pantalla de Jerome se desvaneció, y fui súbitamente consciente del poder que crepitaba a su alrededor. Me recordó una de esas películas de ciencia-ficción en que se abre una puerta al espacio, y todos los objetos se ven absorbidos a causa del vacío. Todas las cosas de la habitación parecían ser atraídas hacia Jerome, hacia su asombrosa fuerza y majestuosidad. Ante mis sentidos inmortales, se transformó en una cegadora hoguera de terror y energía.
Me encogí contra la cama de Hugh, resistiendo el impulso de cubrirme los ojos. El diablillo me puso una mano en el brazo, no sé si para mi tranquilidad o para la suya.
—Con nadie. Lo juro, con nadie más. Sólo le hice una pregunta a Erik...
Cárter avanzó un paso hacia el enfurecido demonio, angelicalmente sereno su rostro.
—Calma. Eres como un faro para cualquier inmortal en un radio de quince kilómetros.
Los ojos de Jerome permanecían fijos en mí, y sentí verdadero pavor por primera vez en siglos al ser el foco de toda aquella intensidad. Entonces, como si alguien hubiera pulsado el botón sobre el que había bromeado antes, todo desapareció. Así de fácil, Jerome estaba ante mí completamente de incógnito a efectos e intenciones arcanas. Como un mortal. Exhaló pesadamente y se frotó un punto entre los ojos.
—Georgina —dijo por fin—. Aunque pienses lo contrario, todo esto no forma parte de ningún enrevesado intento por humillarte. Por favor, deja de oponerte a mí. Hacemos lo que hacemos por un motivo. Créeme, es por tu propio bien.
Mi naturaleza respondona me urgió a preguntarle qué sabría él lo que me convenía, pero se me ocurrió otra idea más apremiante.
—¿A qué viene el plural? Supongo que te refieres a él. —Asentí en dirección a Cárter—. ¿Qué podría implicar a un demonio y un ángel, y hacer que vayan a hurtadillas por ahí, ocultando su presencia? ¿Tenéis miedo de algo?
—¿A hurtadillas? —Cárter sonó jovialmente indignado.
—Por favor, Georgie —entonó Jerome, con su paciencia visiblemente puesta a prueba—, déjalo correr. Si de verdad quieres hacer algo útil, evita cualquier situación peligrosa como ya te había aconsejado. No puedo obligarte a estar protegida en compañía, pero si insistes en ser una molestia, puedo buscar un sitio conveniente donde encerrarte hasta que pase la tormenta. No es un asunto de «bandos», y te arriesgas a empeorar una situación que no entiendes.
Apreté inconscientemente la mano de Hugh en busca de apoyo. No quería pensar en la clase de «sitio conveniente» que se le habría pasado a Jerome por la cabeza.
—¿Entendido? —preguntó suavemente el demonio. Asentí.
—Bien. Lo mejor que puedes hacer para ser de utilidad es mantenerte a salvo. Ya tengo suficientes problemas sin necesidad de tener que añadirte a la lista.
Asentí otra vez, sin atreverme a decir lo que pensaba. Su pequeña exhibición había conseguido acobardarme temporalmente, pero una insistente parte de mí sabía que sería incapaz de «dejarlo correr» en cuanto saliera de allí. Sería mejor reservarme esa información.
—Eso es todo, Georgie —añadió Jerome. Capté la indirecta.
—Te acompaño —se ofreció Cárter.
—No, gracias —pero el ángel salió tras mis pasos de todos modos.
—¿Qué tal te fue con Seth Mortensen?
—Bien.
—¿Sólo bien?
—Sólo bien.
—Tengo entendido que ahora vive aquí. Y que pasa mucho tiempo en Emerald City. Lo miré de soslayo.
—¿Dónde has oído eso? Se limitó a sonreír.
—¿Y bien? Cuenta.
—No hay nada que contar —le espeté, sin saber muy bien por qué estábamos discutiendo este tema—. He hablado con él un par de veces, le he dado una vuelta por la ciudad. No sintonizamos. No podemos comunicarnos.
—¿Por qué no? —quiso saber Cárter.
—Es un introvertido sin remisión. No habla. Sólo observa. Además, no quiero darle esperanzas.
—Así que contribuyes a su silencio.
Me encogí de hombros y pulsé el botón del ascensor.
—Creo que conozco un libro que podría ayudarte. Si lo encuentro te lo presto.
—No, gracias.
—No lo desprecies. Mejorará tus facultades comunicativas con Seth. Lo vi en un programa de debate en la tele.
—¿Me estás escuchando? No quiero mejorar nada.
—Ah —dijo Cárter, caviloso—. No te van los introvertidos.
—Que... no, no es eso. No tengo ningún problema con los introvertidos.
—¿Entonces por qué no te gusta Seth?
—¡Que sí me gusta! Maldita sea, déjalo. El ángel esbozó una sonrisita maliciosa.
—No tiene nada de malo sentirse así. O sea, existen precedentes que demuestran que te van los tipos ostentosos y coquetos.
—¿Qué quieres decir con eso? —pensé de inmediato en la atracción que sentía por Román.
Un brillo perverso centelleó en los ojos de Cárter. Habíamos llegado ya a la salida del hospital.
—No sé. Dímelo tú, Letha.
Ya casi había cruzado la puerta, pero su comentario me hizo dar la vuelta. Giré tan deprisa que mi pelo restalló y me pegó en la cara.
—¡¿Dónde has oído ese nombre?!
—Tengo mis fuentes.
Una inmensa sensación nebulosa creció en mi pecho, algo que no podía identificar por completo. Estaba a medio camino entre el odio y la desesperación, sin pertenecer realmente a ninguno de los dos. Su calor me abrasaba, dándome ganas de gritarle a Cárter y su irritante expresión de sabiondo. De golpearlo con los puños o transformarme en algo horrendo. No sabía de dónde había sacado ese nombre, pero había despertado una especie de monstruo dormido en mi interior, algo fuertemente enroscado sobre sí mismo.
Seguía observándome fríamente, leyéndome sin duda el pensamiento.
Poco a poco, recuperé el sentido de mi entorno. Los pasillos inhóspitos. Las visitas nerviosas. El personal pragmático. Respiré hondo y fulminé al ángel con la mirada.
—No vuelvas a llamarme así. Nunca.
Se encogió de hombros, sin perder la sonrisa.
—Fallo mío.
Giré sobre los talones como un torbellino y lo dejé allí plantado. Subí al coche hecha una furia y ni siquiera me di cuenta de que estaba conduciendo hasta haber llegado a la mitad del puente, con las comisuras de los ojos anegadas de lágrimas.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 5:40 pm

Capítulo 12

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—Tía, si Jerome me hubiera amenazado a mí con encerrarme en alguna parte, no andaría husmeando por ahí.
—No estoy husmeando. Sólo especulo. Peter zangoloteó la cabeza y destapó una cerveza. Estaba sentada con él y con Cody en la cocina, un día después del asalto sufrido por Hugh. Acababa de llegar una pizza de jamón y piña, que Cody y yo atacamos mientras el otro vampiro se limitaba a observar.
—¿Por qué no puedes aceptarlo por lo que es? Jerome dice la verdad. Es un caza vampiros.
—No. Ni hablar. Nada de todo esto tiene sentido. Ni la indiferencia de Jerome y Cárter. Ni el asalto a Hugh. Ni esa puta nota que recibí.
—Pensaba que recibirías extravagantes notas de amor todo el tiempo. «Mi corazón sangra por ti, Georgina.» Escrito con sangre de verdad. Cosas así.
—Ya, nada como automutilarse para poner cachonda a una chica —refunfuñé. Pegué un trago de Mountain Dew y volví a concentrarme en la pizza. La verdad, por lo que a la cafeína y el azúcar respecta, el Mountain Dew era casi tan bueno como cualquiera de mis mocas—. Oye, ¿por qué no comes?
Peter levantó su botella de cerveza a modo de explicación.
—Estoy a régimen.
Me fijé en la etiqueta. Golden Village, cerveza baja en calorías.
Me quedé paralizada, con la boca llena. ¿Baja en calorías?
—Peter... eres un vampiro. ¿Tu dieta no es siempre baja en calorías, por definición?
—Es inútil —se rió Cody, rompiendo el silencio en que había estado sumido hasta ahora—. Ya lo he discutido con él. No quiere escuchar.
—No lo entenderías. —Peter le echó una mirada voraz a nuestra pizza—. Puedes transformar tu cuerpo como te apetezca.
—Ya, pero... —Miré a Cody—. ¿De verdad que puede ganar peso? ¿Los cuerpos inmortales no son, no sé, inmutables? ¿O imperecederos? ¿O algo?
—Sé lo mismo que tú —respondió.
—Comemos otras cosas. —Peter se frotó tímidamente el estómago—. No sólo sangre. Todo se acumula.
Esto tenía que ser la cosa más rara que había oído desde la muerte de Duane.
—Basta ya, Peter. Es ridículo. Luego querrás pedirle a Hugh que te practique una liposucción. Animó la cara.
—¿Crees que me vendría bien?
—¡No! Estás estupendo. Tu aspecto es el mismo de siempre.
—No sé yo. Últimamente Cody acapara toda la atención cuando salimos. A lo mejor debería ponerme las puntas más rubias.
Me abstuve de señalar que Peter tenía casi cuarenta años cuando lo convirtieron en vampiro, y que lucía una flagrante alopecia. Cody era muy joven, apenas veinte, y exhibía un aspecto bronceado y leonino. Los inmortales que previamente habían sido humanos se mantenían fijos en la edad y la apariencia con que los había encontrado la inmortalidad. Si los dos vampiros frecuentaban todavía clubes y bares de universitarios, no me extrañaba que Cody tuviera más suerte.
—Estamos perdiendo el tiempo —exclamé, deseosa de apartar a Peter del asunto de su imagen—. Quiero averiguar quién agredió a Hugh.
—Dios, mira que eres monotemática —saltó Peter—. ¿Por qué no esperas y ya?
Buena pregunta. No sabía por qué. Algo en mi interior lampaba por conocer la verdad, por hacer todo lo posible por proteger a mis amigos y a mí misma. No podía quedarme sentada de brazos cruzados.
—Es imposible que fuera un mortal. No a juzgar por la descripción del ataque que me dio Hugh.
—Ya, pero ningún inmortal podría haber matado a Duane. Ya te lo he dicho.
—Ningún inmortal menor —acoté—. Pero uno superior... Peter se rió.
—Oh-ho, ahora sí que te estás pasando de la raya. ¿Crees que hay algún demonio vengativo suelto por ahí?
—Sin duda serían capaces.
—Ya, pero no tienen ningún motivo.
—No hace.
De repente se apoderó de mí un presentimiento extraño, hormigueante y argénteo, delicado. Me trajo a la mente el perfume de las lilas, el tintineo de cascabeles. Miré a los otros de golpe.
—¿Qué dé...? —empezó Cody, pero Peter ya estaba dirigiéndose a la puerta. La firma que sentíamos todos era parecida a la de Cárter en cierto modo, aunque más dulce y ligera. Menos poderosa.
Un ángel de la guarda.
Peter abrió la puerta y allí apareció Lucinda, primorosa, con los brazos firmemente cruzados alrededor de un libro.
Estuve a punto de atragantarme. Menuda sorpresa. Por norma general, no interactuaba con muchos ángeles de la zona; Cárter constituía una excepción debido a su relación con Jerome. Aun así, sabía quiénes eran los habituales, y conocía a Lucinda. No era un ángel de verdad como Cárter. Los de la guarda eran más bien el equivalente celestial de Hugh: antiguos mortales que servían y hacían recados toda la eternidad.
No me cabía la menor duda de que Lucinda hacía todo tipo de buenas acciones a diario. Seguramente trabajaba en cocinas económicas y leía para los huérfanos en su tiempo libre. Cuando estaba cerca de nosotros, en cambio, se convertía en una zorra engreída. Peter compartía mi opinión.
—¿Sí? —preguntó con voz glacial.
—Hola, Peter. Tu pelo es muy... interesante hoy —observó ella diplomáticamente, sin moverse del umbral—. ¿Puedo pasar?
Peter frunció el ceño ante el comentario sobre su peinado, pero le habían inculcado demasiados instintos de anfitrión como para no invitarla a entrar. Aunque me tomara el pelo con mis aficiones mortales, el vampiro poseía un meticuloso sentido de la propiedad y la etiqueta que rayaba en el trastorno obsesivo-compulsivo.
El ángel entró, modosita con su falda de espiguilla hasta los tobillos y su jersey de cuello alto. Su cabello rubio y corto se curvaba abajo a lo garçon.
Yo era otra historia. Entre mi vertiginoso escote, mis vaqueros ultra ceñidos y mis tacones de aguja, me sentía como si nadie pudiera extrañarse si me tumbaba de espaldas en el suelo y me abría de piernas. El recatado vistazo que me dedicó implicaba a todas luces que ella opinaba lo mismo.
—Qué encantador volver a verte. —Su tono era seco, formal—. Vengo a entregarte algo de parte del señor Cárter.
—¿El «señor» Cárter? —Dijo Cody—. ¿Ése es su apellido? Siempre pensé que sería su nombre.
—Me parece que sólo tiene un nombre —especulé—. Como Cher o Madonna.
Lucinda no respondió a nuestra cháchara. En vez de eso, me entregó un libro. Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus: Guía clásica para entender al sexo opuesto.
—¿Qué diablos es esto? —Exclamó Peter—. Me parece que lo he visto en algún programa de la tele.
Recordé de pronto haber salido del hospital con Cárter, y cómo había afirmado poseer un libro que podría ayudarme con Seth. Lo tiré desinteresadamente encima de la barra.
—El puto sentido del humor de Cárter en acción. Lucinda se puso roja como un tomate.
—¿Cómo puedes ser tan malhablada? Como si estuvieras... ¡en un vestuario!
Me alisé el top.
—Ni hablar. Nunca llevaría esto puesto en un vestuario.
—Eso, si ni siquiera tiene colores universitarios —dijo Peter. No pude resistirme a jugar con el ángel de la guarda.
—Si estuviera en un vestuario, lo más probable es que llevara puesta una minifalda de animadora. Sin ropa interior. Peter me siguió la corriente.
—Seguro que animabas los ánimos con tu movimiento especial, ¿a que sí? Las manos contra la pared de la ducha y el culo hacia fuera.
—Ésa soy yo —asentí—. Siempre dispuesta a darlo todo por el equipo.
Hasta Cody se ruborizó ante nuestra impudicia. Lucinda estaba prácticamente granate.
—¡Vosotros... vosotros dos no tenéis ningún sentido de la decencia! ¡Ninguno!
—Lo que tú digas —repuse—. En el club de campo, o dondequiera que os lo montéis tú y el resto de tu pandilla, seguro que os ponéis una versión más corta de esa falda todo el tiempo. Con calcetines hasta la rodilla. Apuesto a que a los demás ángeles les va el rollo colegiala.
Si Lucinda fuese cualquiera de mis amigos, un comentario como ése sólo habría conseguido degenerar en más sarcasmos y comentarios jocosos. El ángel guardián, sin embargo, se limitó a enderezar la espalda y eligió responder esgrimiendo la espada de la moralidad.
—Nosotros —declaró— no nos comportamos de manera tan inapropiada unos con otros. Actuamos con decoro. Nos tratamos con respeto. No nos echamos encima unos de otros.
Esto último vino acompañado de una fugaz mirada de reojo hacia mí.
—¿A qué viene eso?
Se sacudió la melena, la poca que tenía.
—Creo que ya lo sabes. Todos hemos oído hablar de tus logros como justiciera. Primero ese vampiro, ahora el diablillo. Nada de lo que hagáis me sorprende ya.
Ahora me tocó a mí sonrojarme.
—¡Chorradas! Hace tiempo que quedé libre de toda sospecha por lo de Duane. Y Hugh... qué estupidez. Es mi amigo.
—¿Qué significa la amistad para los de tu clase? Él tampoco se salva. Según tengo entendido, se lo pasó bomba contándole a quien quisiera escuchar lo de tu disfraz con el látigo y las alas. Ah, y por cierto, si no te importa que te lo diga, creo que eso debe de ser lo más degradante que he oído en mi vida. Hasta para un súcubo. —Lanzó una mirada de soslayo al libro que yo había dejado en la encimera—. Le diré al señor Cárter que has, eh, recibido el paquete.
Tras lo cual, giró rápidamente sobre los talones y se fue, cerrando la puerta tras ella.
—Zorra santurrona —mascullé—. A ver, ¿pero cuánta gente sabe lo del disfraz de demonio?
—Olvídalo —dijo Peter—. Es una cualquiera. Y un ángel. Son capaces de cualquier cosa.
Fruncí el ceño. Y entonces, se me ocurrió. Era increíble que no lo hubiera pensado antes. A lo mejor Lucinda no era tan mala.
—¡Ya está!
—¿Qué está? —farfulló Cody, con la boca llena de pizza ya fría.
—¡Un ángel mató a Duane y agredió a Hugh! Es perfecto. Teníais razón al decir que un demonio no tendría ningún motivo para eliminar a los de nuestro bando. ¿Pero un ángel? ¿Por qué no? Me refiero a uno de verdad, no uno de la guarda como Lucinda.
Peter sacudió la cabeza.
—Un ángel podría hacer algo así, pero sería demasiado insignificante. La batalla cósmica entre el bien y el mal no se resuelve en combates de uno contra uno. Y tú lo sabes. Eliminar a los agentes del mal de uno en uno sería un desperdicio de recursos.
Cody reflexionó.
—¿Y si se tratara de un ángel renegado? Alguien que no sigue las reglas del juego.
Peter y yo nos volvimos hacia el más joven de los vampiros, sorprendidos. Se había pasado toda la velada rehuyendo más o menos nuestras especulaciones.
—No existe tal cosa —contrarrestó su mentor—. ¿Verdad, Georgina?
Sentía los ojos de ambos vampiros clavados en mí, aguardando mi opinión.
—Jerome dice que no hay ángeles malos. Una vez se vuelven malos, son demonios, dejan de ser ángeles.
—Bueno, en tal caso eso anula tu teoría. Un ángel que hiciera algo malo caería en desgracia y dejaría de ser un ángel. En tal caso Jerome lo conocería.
Fruncí el ceño, intrigada aún por el uso de la palabra «renegado» en vez de «caído» por parte de Cody.
—A lo mejor los pecados de los ángeles son como los de los humanos... no siempre son «malos» si quien los comete cree estar haciendo algo «bueno». Esto no ha terminado todavía.
Todos nos quedamos pensativos por un momento. Los seres humanos continuamente actúan bajo la falsa premisa de que existe un juego exacto de reglas sobre qué es pecado y qué no, reglas que uno podría romper sin darse cuenta siquiera. En realidad, la mayoría de la gente sabe cuándo hace algo malo. Lo siente. La naturaleza del pecado es más subjetiva que objetiva. En tiempos de los puritanos, corromper almas no suponía ningún problema para un súcubo porque casi todo lo sexual y deseable era inadecuado para aquellas personas. Hoy en día, el sexo antes del matrimonio no tiene nada de malo para muchas personas, por lo que no se considera pecado. Los súcubos nos hemos visto obligados a volvernos más creativos con el tiempo para obtener nuestros chutes de energía y corromper las almas.
Empero, siguiendo esa misma lógica, era posible que un ángel renegado que creyera estar haciendo el bien no entrara en el reino de lo pecaminoso. Si no había pecado, no podía haber caída en desgracia. ¿O sí? Tanta teoría ponía a prueba la mente, y aparentemente Peter pensaba lo mismo.
—¿Entonces qué diferencia hay? ¿Qué hace que un ángel caiga en desgracia? Nos lo estamos jugando todo con formalismos.
Le habría dado la razón si no se me hubiera ocurrido otra cosa.
—La nota.
—¿Qué nota? —preguntó Cody.
—La nota que había en mi puerta. Decía que mi belleza podría tentar a caer a los mismos ángeles.
—Bueno, lo cierto es que eres muy mona. —Al verme enarcar una ceja, Peter añadió a regañadientes—: Vale, algo sospechoso sí que es... demasiado sospechoso, casi. ¿Por qué querría nadie dejar una tarjeta de visita?
Cody saltó casi de su asiento.
—Será algún tipo de ángel psicópata al que le van los juegos. Como en esas películas donde los asesinos tatúan pistas en sus víctimas, para ver cómo la policía se vuelve loca.
La imagen me hizo estremecer mientras repasaba lo que sabía sobre los ángeles en general, lo cual en realidad no era nada. Al contrario que nuestro bando, las fuerzas del bien no tienen la misma jerarquía críptica de supervisores y redes geográficas, da igual cuántas historias haya sobre querubines y serafines. Después de todo, éramos nosotros los que habíamos inventado los mandos medios, no ellos. Siempre había tenido la impresión de que la mayoría de los ángeles y pobladores del bien operan como investigadores privados o agentes de campo, completando distintas misiones angelicales de forma muy poco organizada. Semejante modus operandi le daría a cualquiera un amplio margen de maniobra para llevar a cabo sus propios planes.
La implicación angelical explicaría asimismo el subterfugio, reflexionó. Su bando era vergonzoso. Típico de ellos, en realidad. Pocas cosas turbaban a los de nuestro bando a estas alturas. Ellos, sin embargo, sufrirían lo indecible si tuvieran que admitir que uno de ellos se había vuelto loco, y Cárter, con lo embobado que estaba con Jerome, habría convencido al demonio para que guardara silencio sobre todo el asunto. Su sarcasmo y sus intentos de burla eran una mera estrategia para guardar las apariencias.
Cuanto más consideraba esta disparatada teoría, más me gustaba. Algún ángel frustrado, deseoso de heroicidades, había decidido tomarse la justicia por su mano y vengarse de las fuerzas del mal. La teoría del ángel renegado explicaría por qué cualquiera de nosotros podía ser el siguiente objetivo, además de arrojar luz sobre por qué nadie podía presentir a este ser, ya que ahora sabíamos que los inmortales superiores pueden disimular su presencia.
Lo que hizo que me preguntara exactamente por qué estaban enmascarando su presencia también Cárter y Jerome. ¿Esperaban pillar por sorpresa a este ángel? Eso, y...
—Entonces, ¿por qué dejó con vida a Hugh esta persona? —miré de un vampiro a otro—. Un ángel podría eliminarnos a cualquiera de nosotros. Hugh dijo que no llevaba las de ganar, y nadie los interrumpió. El agresor se aburrió y se largó. ¿Por qué? ¿Por qué matar a Duane pero no a Hugh? O a mí, ya puestos, dado que esta persona sabe dónde vivo.
—¿Porque Duane era un gilipollas? —sugirió Peter.
—Cuestiones de personalidad al margen, todos pesamos lo mismo en la balanza del mal. Quizá Hugh más incluso.
Lo cierto era que Hugh estaba en la flor de la vida, inmortalmente hablando. Ya había dejado atrás la inexperiencia de un novicio como Cody, pero el diablillo aún no se había encallecido y aburrido del mundo como Peter y yo. Hugh sabía lo suficiente como para hacer bien su trabajo, y además le gustaba. Debería haber sido un blanco suculento para cualquier justiciero angelical deseoso de hacer del mundo un sitio mejor.
Cody le dio la razón a Peter.
—Eso. Malvados o no, algunos de nosotros caemos mejor que otros. Quizá un ángel supiera respetar eso.
—Dudo que le caigamos bien a ningún ángel...
Me interrumpí. Había un ángel al que le caíamos bien. Había un ángel que salía mucho con nosotros. Había un ángel que últimamente parecía estar donde estuviera Jerome siempre que se producía un ataque. Había un ángel que nos conocía personalmente, que conocía todas nuestras costumbres y debilidades. ¿Qué mejor manera de seguirnos la pista y estudiarnos que infiltrarse en nuestro grupo de copas y hacerse pasar por un amigo?
La idea era tan peligrosa, tan explosiva, que el mero hecho de dar forma al pensamiento me ponía enferma. Sin duda no podía expresar nada de todo aquello en voz alta. Todavía no. Cody y Peter creían en la teoría del ángel a duras penas. Me extrañaría que se subieran al carro si empezaba a lanzar acusaciones contra Cárter.
—¿Estás bien, Georgina? —preguntó Cody cuando me quedé callada.
—Sí... sí... bien. —Vi la hora de reojo encima de la estufa y salté de mi silla, con la cabeza aún dándome vueltas—. Mierda. Tengo que volver a Queen Anne.
—¿Para qué? —preguntó Peter.
—Tengo una cita.
—¿Con quién? —Cody me dirigió una sonrisa maliciosa que me sacó los colores.
—Con Román.
Peter se volvió hacia su aprendiz.
—¿Ése quién es?
—El macizo bailarín. Georgina por poco se lo come.
—Mentira. Me gusta demasiado para eso.
Se rieron. Mientras recogía el abrigo, Peter preguntó:
—Oye, ¿podrías hacerme un favor cuando tengas tiempo?
—¿Qué? —Mi mente seguía enredada en el misterio que nos envolvía. Eso, y Román. Habíamos hablado por teléfono unas cuantas veces desde la última cita, y no dejaba de asombrarme lo bien que nos entendíamos.
—Bueno, ¿conoces esos programas de ordenador que tienen en los salones de belleza, donde te enseñan qué pinta tendrías con distintos colores y peinados? Estaba pensando que podrías ser uno viviente. Podrías transformarte en mí y mostrarme cuál sería mi aspecto con distintos cortes de pelo.
El silencio flotó en la habitación durante un minuto completo mientras Cody y yo lo mirábamos fijamente.
—Peter —le dije, al cabo—, ésa es la idea más estúpida que he oído en mi vida.
—No sé yo. —Cody se rascó la barbilla—. Tratándose de él, no está tan mal.
—En estos momentos tenemos otros asuntos de los que ocuparnos —advertí, sin paciencia ni humor para seguirle la corriente a Peter—. No pienso malgastar energías en tu vanidad.
—Venga —imploró Peter—. Todavía estás pletórica por lo del virgen aquel. Puedes permitirte el lujo.
Sacudí la cabeza y me colgué el bolso del hombro.
—Súcubo 101. Cuanto más se aleje una transformación de mi forma natural, más energía necesitará. Los cambios de género son un grano en el culo; los cambios de especie, peor todavía. Jugar a las muñecas contigo agotaría casi todas mis reservas, y tengo cosas mejores en que emplearlas. —Le lancé una mirada amenazadora—. Amigo, necesitas ayuda profesional con tu imagen física y tus problemas de inseguridad.
Cody me observaba con interés renovado.
—¿Cambios de especie? ¿Podrías, no sé, transformarte en un monstruo de Gila o... o... un erizo de mar o algo?
—Buenas noches, chicos. Me piro.
Mientras salía, pude oír apenas cómo Peter y Cody debatían qué me costaría más energía, si transformarme en un mamífero realmente pequeño o en un reptil del tamaño de una persona.
Vampiros. En serio, a veces son como niños.
Conduje a casa en un tiempo récord. Me acordé de convertir mis zapatos de tacón en sandalias y llegué a la puerta de mi edificio a la vez que Román.
Al verlo se esfumaron todos mis pensamientos sobre ángeles y conspiraciones.
Me había pedido que me vistiera informalmente para esta velada, y aunque él había hecho lo propio, conseguía que llevar vaqueros y una camiseta de manga larga pareciera el último grito en moda. Aparentemente yo debí de surtir el mismo efecto en él, porque me envolvió en un gigantesco brazo de oso y me dio un beso en la mejilla.
—Hola, preciosa —me murmuró al oído, manteniendo el abrazo un poco más de lo necesario.
—Hola. —Desenredé mi cuerpo del suyo y le sonreí.
—Qué bajita eres —comentó, apoyando una mano en mi mejilla—. Me gusta.
Aquellos ojos amenazaban con engullirme; me apresuré a apartar la mirada de ellos antes de cometer una estupidez.
—Vamos. —Me detuve—. Esto, ¿a dónde vamos?
Me guió hasta su coche, aparcado al final de la calle.
—Como por lo visto te defiendes tan bien con los pies, había pensado que podíamos poner a prueba el resto de tu coordinación corporal.
—¿En alguna habitación de hotel?
—Maldita sea. ¿Tan transparente soy?
Varios minutos más tarde, aparcó junto a un local destartalado cuyo parpadeante cartel de neón rezaba LA BOLERA DE BURT. Me quedé mirándolo con visible aprensión, incapaz de disimular mis sentimientos.
—¿Esto es lo que tú entiendes por una cita? ¿Una bolera? Y encima fea.
Román no parecía preocupado por mi falta de entusiasmo.
—¿Cuándo fue la última vez que jugaste a los bolos? Debía de haber sido allá por los años setenta.
—Hace mucho tiempo.
—Exacto. Verás —empezó tranquilamente mientras entrábamos y nos dirigíamos al mostrador—, te tengo calada. Dices que no quieres nada serio con nadie, pero aun así tengo la impresión de que sales un montón. Cuarenta y cuatro, por favor.
—Treinta y nueve.
La encargada nos entregó sendos pares de zapatos de aspecto repelente, y di gracias por que los gérmenes no supusieran ningún peligro para mí. Román pagó en efectivo, y la mujer nos indicó la pista que se nos había asignado.
—En cualquier caso, como iba diciendo, con independencia de tus intenciones, debes de terminar teniendo bastantes citas. No sé cómo podría ser al contrario, llamando como llamas tanto la atención.
—¿Eso qué significa? —Me senté junto a nuestra pista y me quité las Birckenstock, observando los zapatos alquilados de reojo.
Román dejó de atarse los cordones y me dedicó una mirada firme e intensa.
—Venga ya, no puedes ser tan ingenua. Los hombres no paran de mirarte. Me doy cuenta siempre que estoy contigo. En los pasillos de la librería, la otra noche en el bar. Incluso aquí, en este sitio. Cuando dejamos la caja, vi por lo menos a tres tipos que dejaban lo que estaban haciendo para mirarte.
—¿Esto va a parar a alguna parte?
—Enseguida. —Se levantó, y nos acercamos a una estantería de bolas comunes—. Con toda esa atención, deben de pedirte salir todo el tiempo, y tú a veces debes de ceder, como hiciste conmigo. ¿Cierto?
—Supongo.
Dejó de estudiar las bolas y me dedicó otra de sus arrebatadoras y penetrantes miradas.
—Pues háblame de tu última cita.
—¿Mi última cita? —Pensé que Martin Miller no debía de contar.
—Tú última cita. Me refiero a una cita de verdad, no a salir a tomar cualquier cosa. Una cita en la que el chico hiciera todo lo posible por planear un itinerario que terminaría contigo en su cama.
Comprobé el peso de una bola con espirales fluorescentes naranjas y verdes, escarbando en mi memoria.
—La ópera —dije por fin—. Y cena en Santa Lucía.
—Buena combinación. ¿Y antes de eso?
—Dios, qué curioso. Hm... A ver. Me parece que fue la inauguración de una galería de arte.
—Aderezada sin duda con una cena en algún restaurante donde los camareros dicen sobriamente «gracias» cada vez que eliges algo del menú, ¿verdad?
—Supongo.
—Lo que me imaginaba. —Acunó una bola azul marino en el doblez del codo—. Por eso te resistes tanto a salir, por eso no quieres nada serio con nadie. Estás tan solicitada que las citas de cinco estrellas a todo lujo son tu pan de cada día. Son rutina. Los hombres intentan tirar la casa por la ventana contigo, pero después de un tiempo, te aburres. —Sus ojos brillaron con picardía—. Por consiguiente, voy a distinguirme de ese hatajo de perdedores llevándote a sitios que tus elitistas piecitos no soñaron que tocarían jamás. La sal de la vida. Lo fundamental. Como debería ser una cita: dos personas más preocupadas la una por la otra que por lo deslumbrante de su entorno.
Regresamos a nuestra pista.
—Tanto rollo para decir que crees que lo que me hace falta es un poco de cutrerío.
—¿Y no es así?
—No.
—¿Entonces por qué estás conmigo?
Ojeé su fabulosa apariencia y pensé en la conversación sobre lenguas clásicas de la otra noche. Belleza e intelecto. Difícil de superar.
—Yo no diría que eres tan cutre. Me sonrió y cambió de tema.
—¿Has elegido ya?
Bajé la mirada a la bola de psicodélico estampado.
—Sí. Esta noche se está poniendo ya lo bastante surrealista. Será mejor que aproveche la experiencia al máximo. A lo mejor luego podemos tomarnos un ácido.
Los ojos de Román se rodearon de arruguitas de diversión; ladeó la cabeza hacia la pista.
—A ver qué sabes hacer.
Me adelanté con inseguridad, intentando recordar cómo acostumbraba a hacer esto. A uno y otro lado de la bolera se veían otros jugadores que daban los pasos y tiraban con facilidad. Me encogí de hombros, me puse en la marca, eché el brazo hacia atrás y tiré. La bola salió volando erráticamente, planeó algo más de un metro, golpeó la pista con un sonoro crac, y rodó hasta el canalón. Román se acercó a mi espalda, y nos quedamos contemplando en silencio cómo la bola completaba su recorrido.
—¿Siempre eres tan dura con las bolas? —preguntó, al cabo.
—Los hombres no suelen quejarse.
—Me lo imagino. Procura tocar el suelo antes de soltarla esta vez. Lo miré con irritación.
—No serás uno de esos tipos a los que les pone enseñarles a las mujeres lo bien que se les dan las cosas, ¿verdad?
—No. Es sólo un consejo de amigo.
La bola regresó, y seguí sus instrucciones. El impacto fue más suave esta vez, pero aun así terminó en el canalón.
—Bueno. A ver qué sabes hacer tú —refunfuñé, sentándome de mala gana en una silla.
Román se acercó a la pista, moviéndose con la gracia y la agilidad de un gato. La bola escapó de su mano fluidamente, como un chorro de agua de su jarra, rodó con precisión y derribó nueve bolos. Cuando regresó, volvió a lanzarla sin esfuerzo y remató el décimo superviviente.
—Va a ser una noche muy larga.
—Alegra esa cara —me levantó la barbilla—. Saldrás de ésta. Inténtalo otra vez, y apunta más a la izquierda. Voy a buscarnos unas cervezas.
Tiré hacia la izquierda según lo indicado, pero sólo conseguí caer en el canalón de ese lado. En mi segundo lanzamiento, intenté moderarme un poco más y logré derribar el bolo del extremo izquierdo. Contra mi voluntad, me descubrí dando saltos de alegría.
—Bien hecho —me felicitó Román, mientras dejaba dos jarras de cerveza barata encima de la mesa. Hacía más de una década que no bebía nada que no hubiera salido de una micro cervecería—. Se trata de ir pasito a pasito.
Lo que se fue confirmando a medida que se desarrollaba la noche. Mi cómputo de bolos aumentó lentamente, aunque pronto caí en la mala costumbre de provocar splits con el primer lanzamiento. Pese a todas las explicaciones de Román, no demostré la menor aptitud a la hora de cazarlos. La verdad sea dicha, sus consejos eran buenos e inofensivos, y también me hizo alguna demostración práctica.
—El brazo va así, y el resto del cuerpo se inclina de esta manera —me explicó, de pie a mi espalda con una mano en mi cadera y otra en mi muñeca. Su contacto me caldeaba la piel, y me pregunté hasta qué punto lo impulsaba realmente el altruismo, y hasta qué punto estaba aprovechando la excusa para ponerme las manos encima. En mi trabajo como súcubo ejercía esas técnicas con frecuencia. Los hombres se volvían locos, y ahora entendía por qué. Estratagema o no, no le pedí que parara. Alcancé mi mejor momento en la segunda partida, donde conseguí incluso un strike, aunque mi actuación declinó en la tercera ronda, cuando la cerveza y el cansancio hicieron mella en mí. Román se percató y dio por concluida nuestra aventura bolística, elogiando mi evolución como sumamente impresionante.
—¿Ahora tenemos que ir a cenar a algún tugurio para continuar con esta fantasía de cita cutre que has planeado?
Me rodeó con un brazo mientras nos dirigíamos al coche.
—Supongo que eso depende de si has sucumbido a mi maquiavélico encanto o no.
—Si digo que sí, ¿me llevarás a algún sitio decente? A veces los restaurantes elegantes funcionan, ¿sabes?
Terminamos en un japonés refinado, para mi satisfacción. Nos tomamos nuestro tiempo disfrutando de la comida y la conversación, y de nuevo el ingenio y los conocimientos de Román me dejaron impresionada. Esta vez hablamos de temas de actualidad, compartiendo opiniones sobre noticias recientes y cultura, cosas que nos gustaban, cosas que nos volvían locos, etc. Descubrí que Román había viajado bastante, y que tenía las ideas muy claras en cuestión de política y asuntos internacionales.
—Este país está tan pagado de sí mismo —se lamentó mientras pegaba un sorbo de sake—. Es como un espejo gigante. Se pasa el día sentado, mirándose el ombligo. Cuando se molesta en levantar la cabeza, sólo es para decirles a los demás «haced esto» o «sed iguales que yo». Nuestra política militar y económica hostiga a los ciudadanos de fuera de nuestras fronteras, y en el interior, los grupos conservadores se encargan de hostigarnos a nosotros. Lo odio.
Lo escuchaba con interés, intrigada por esta faceta de un tipo por lo general informal y tranquilo.
—Pues haz algo al respecto. O vete.
Sacudió la cabeza.
—Palabras típicas de una ciudadana acomodaticia. La vieja política de «si no te gusta, te puedes largar». Por desgracia, separarse de las raíces de uno es un poco más complicado. —Se reclinó y le quitó hierro a sus palabras con una sonrisita—. Además, de vez en cuando sí que hago algo. Cosas pequeñas. Libro mi propia batalla contra el estatus quo, ¿sabes? Asisto a manifestaciones. Me niego a comprar productos elaborados con mano de obra del tercer mundo.
—¿No compras pieles? ¿Comes alimentos orgánicos?
—Eso también —se rió.
—Tiene gracia —dije tras un momento de silencio. Se me acababa de ocurrir una idea.
—¿El qué?
—Todo este tiempo hemos hablado de temas actuales. Sin compartir traumas de la infancia, experiencias universitarias, antiguas parejas, o lo que sea.
—¿Y qué tiene eso de gracioso?
—Nada, en realidad. Es sólo que el proceso de apareamiento humano parece dictar generalmente que todo el mundo comparta sus historias.
—¿Quieres hacerlo?
—La verdad, no. —De hecho, detestaba esa parte de las citas. Siempre tenía que manipular mi pasado. Aborrecía mentir, tener que llevar la cuenta de mis historias.
—Creo que el pasado ya nos acosa lo suficiente sin necesidad de enredarlo en nuestro presente. Prefiero mirar adelante, no atrás.
Lo estudié con curiosidad.
—¿Tu pasado te acosa?
—Mucho. Todos los días lucho para que no me alcance. Unas veces gano yo, otras él.
Sólo Dios sabía que el mío hacía lo mismo. Era curioso hablar con alguien de esto, alguien que opinaba lo mismo. Me pregunté cuánta gente viajaría por el mundo con su equipaje invisible, ocultándoselo a los demás. Aunque acarreara dicho equipaje, lo mantenía escondido en todo momento. Sentía la necesidad imperiosa de mantener las apariencias... de ahí la llamada «buena cara». Sonreía y asentía mientras atravesaba las peores rachas de mi vida, y cuando esa reacción superficial no bastaba, huía... aunque me costara el alma.
Esbocé una ligera sonrisa.
—Bueno, en tal caso me alegra que tú y yo nos atengamos al presente.
Manipuló mis palabras.
—Yo también me alegro. De hecho, mi presente tiene una pinta estupenda ahora mismo. A lo mejor mi futuro también, si sigo minando tu determinación.
—No te pases.
—Oh, venga. Reconócelo. Mi rebelión frente a la autoridad te resulta intrigante. Tal vez erótica, incluso.
—Creo que «divertida» sería una palabra más adecuada. Si quieres saber lo que es rebelión deberías pasar algún tiempo con Doug, mi compañero de trabajo. Tenéis mucho en común. De día se arregla y finge ser un asistente de ventas respetable, pero por la noche canta en una banda atroz para dar rienda suelta a su descontento con la sociedad a través de la música.
Un brillo de interés iluminó los ojos de Román.
—¿Toca por aquí cerca?
—Sí. Este sábado actúa en la Old Greenlake Brewery. Iré a verlo con otros empleados.
—¿Sí? ¿A qué hora quieres que te recoja?
—No recuerdo haberte invitado.
—¿No? Porque juraría que acabas de decirme un día y un sitio. A mí me suena a invitación pasiva. Ya sabes, del tipo donde me tocaría preguntar «¿te importa que vaya?», y tú respondes «claro, sin problemas», y así. Sólo me he saltado unos pocos pasos.
—Qué práctico —observé.
—Entonces... ¿te importa que vaya?
Solté un gemido.
—Román, no podemos seguir viéndonos. Al principio tenía gracia, pero se suponía que iba a ser sólo una cita. Ya hemos superado ese límite. En el trabajo se piensan que eres mi novio. —Casey y Beth me habían felicitado recientemente por el «buen ejemplar» que había pescado.
—¿Sí? —Parecía encantado con la idea.
—No bromeo. Hablo en serio cuando digo que no quiero empezar nada serio con nadie en estos momentos.
Y sin embargo, no hablaba realmente en serio. No con el corazón. Me había pasado siglos privándome de cualquier clase de relación seria con otra persona, y me dolía. Incluso cuando había cultivado relaciones con tipos decentes en mis días de gloria como súcubo, inmediatamente después del sexo los abandonaba y desaparecía. En cierto modo, mi vida era ahora más dura. Evitaba la culpa que sentía al robar la energía vital de un hombre agradable, pero tampoco conocía nunca el verdadero compañerismo. Nadie se preocupaba exclusivamente por mí. Cierto, tenía amigos, pero ellos vivían su vida, y debía apartar por su propio bien a quienes se acercaban demasiado, como Doug.
—¿No crees en las citas informales? ¿O en la amistad entre hombres y mujeres?
—No —respondí tajantemente—. No creo en eso.
—¿Qué hay de los otros hombres en tu vida? ¿Ese Doug? ¿El instructor de baile? ¿Incluso ese escritor? Eres amiga de ellos, ¿no?
—Bueno, sí, pero es distinto. No me siento atraída...
Me mordí la lengua, pero ya era demasiado tarde. La esperanza y el placer florecieron en el gesto de Román. Se inclinó hacia mí, acariciándome la mejilla con la mano.
Tragué saliva, aterrada y electrizada por su proximidad. La cerveza y el sake me habían dejado el cuerpo y la mente temblorosos, y me hice la promesa de no beber la próxima vez que saliéramos. Aunque no íbamos a volver a salir... ¿verdad? El alcohol me nublaba los sentidos, dificultaba el distinguir entre el instinto de alimentación de súcubo y la pura pasión animal. Cualquiera de los dos era peligroso cerca de él.
Y sin embargo... en aquel momento, la lujuria no era realmente el problema. Lo era él. Estar con él. Hablar con él. Volver a tener a alguien en mi vida. Alguien que se preocupaba por mí. Alguien que me comprendía. Alguien a quien acudir. Y con quien estar.
—¿A qué hora quieres que te recoja? —murmuró.
Agaché la cabeza, acalorada de repente.
—El concierto empieza tarde...
Su mano se deslizó desde mi mejilla a mi nuca, enlazándose en mi cabello e inclinando mi rostro hacia el suyo.
—¿Te apetece hacer algo antes?
—No deberíamos. —Todas mis palabras sonaban débiles e interminables, como si tuviera la boca pastosa.
Román se agachó y me dio un beso en la oreja.
—Estaré en tu casa a las siete.
—A las siete —repetí.
Sus labios pasaron a besar la parte de mi mejilla pegada a mi oreja, luego el centro de la mejilla, después justo debajo de la boca. Sus labios flotaban rozando los míos; todo mi cuerpo estaba concentrado en esa proximidad. Podía sentir el calor de su boca, como si fuera su propia aura privada. Todo se movía a cámara lenta. Quería que me besara, quería que me consumiera con sus labios y su lengua. Lo quería y lo temía, pero me sentía impotente para actuar en uno u otro sentido.
—¿Les puedo ofrecer algo más?
La voz ligeramente azorada del camarero hizo añicos mi ensimismamiento, devolviéndome de golpe a la realidad, recordándome qué le ocurriría a Román siquiera con un beso. No demasiado, cierto, pero suficiente. Me zafé de su abrazo y sacudí la cabeza.
—Nada más. La cuenta.
Román y yo hablamos poco después de aquello. Me llevó a casa y no intentó nada cuando me acompañó hasta la puerta; se limitó a sonreír con dulzura mientras volvía a besarme bajo la barbilla y me recordaba que se pasaría a las siete el sábado.
Me fui a la cama nerviosa y ávida de sexo. El alcohol me ayudó a conciliar el sueño con facilidad, pero cuando me desperté por la mañana, aturdida, todavía podía recordar la sensación de sus labios tan cerca de los míos. El abrasador anhelo regresó con más fuerza que nunca.
—Esto no está bien —me quejé para Aubrey mientras rodaba fuera de la cama.
Disponía de tres horas antes de empezar a trabajar y sabía que necesitaba hacer algo aparte de soñar despierta con Román. Al acordarme de que no había vuelto a llamar a Erik, decidí hacerle una visita. La teoría del cazador de vampiros había quedado más o menos obsoleta por lo que a mí respectaba, pero quizá hubiera averiguado algo útil. También podía preguntarle acerca de los ángeles caídos.
Teniendo en cuenta la amenaza del «encierro», probablemente debería sentir más reparos por regresar a Arcana, S.A. Sin embargo, me sentía relativamente a salvo. Una cosa que había aprendido sobre el archidemonio era que no le gustaba madrugar. No necesitaba descansar realmente, claro, pero era un lujo mortal al que se había aficionado. Esperaba que estuviera dormido, dondequiera que estuviese, sin ninguna forma de saber qué me proponía hacer.
Me vestí, desayuné, y pronto tomé la carretera a Lake City. Esta vez encontré la tienda sin problemas, desolada nuevamente por su destartalada fachada y su aparcamiento vacío. Sin embargo, cuando entré, vi una figura inclinada sobre una esquina de libros, demasiado alta para tratarse de Erik. Me recorrió una oleada de placer ante la idea de que Erik tuviera más clientes, hasta que la figura se enderezó y me taladró con sus sarcásticos ojos grises.
—Hola, Georgina.
Tragué saliva.
—Hola, Cárter.

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