Black and Blood


 
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 Saga: Cantos de Sucubo

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rossmary
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 5:41 pm

Capítulo 13

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Cárter cogió un libro y lo hojeó distraídamente. Llevaba el lacio pelo rubio recogido bajo una gorra de béisbol puesta del revés, y su camisa de franela parecía haber visto días mejores.
—¿Buscas repuestos para el altar? —Me preguntó sin levantar la cabeza—. ¿O venías a desempolvar tus conocimientos de astrología?
—Lo que haga aquí no es de tu incumbencia —le espeté, demasiado conmocionada por su aparición como para pensar en algo gracioso o incluso plausible.
Aquellos ojos grises volvieron a posarse en mí.
—¿Sabe Jerome que estás aquí?
—Tampoco es de su incumbencia. ¿Por qué? ¿Te vas a chivar?
Las palabras sonaron desafiantes, aunque una parte de mí no dejaba de pensar que si realmente era Cárter quien estaba detrás de los ataques, el enfado de Jerome sería la menor de mis preocupaciones.
—A lo mejor. —Cerró el libro y lo sostuvo entre las palmas—. Aunque sospecho que, a largo plazo, me reiré más si espero y dejo que tus planes prosigan sin interrupciones.
—No sé de qué «planes» me hablas. ¿Es que no puede una ir de compras sin que le apliquen el tercer grado? Mira cómo yo no te pregunto qué haces tú aquí.
Lo cierto era que me moría por saber qué estaba haciendo allí.
No me sorprendía que conociera a Erik, todos lo conocíamos, pero encontrarlo aquí después de todo lo que había pasado últimamente no hacía sino aumentar mis sospechas.
—¿Yo? —Levantó el libro que había estado hojeando. Aprende brujería en 30 días o menos—. Tengo que recuperar el tiempo perdido.
—Qué mono.
—Cumplidos de una maestra. Me siento halagado. ¿Has tenido ya tiempo suficiente para inventarte una coartada igualmente «mona»? —Posó el libro.
—Señorita Kincaid. —Erik entró en la estancia antes de que yo pudiera responder nada—. Cuánto me alegro de verla. Mi amigo acaba de dejar los pendientes que me pidió.
Me quedé mirándolo fijamente, aturdida por un momento, hasta que recordé la gargantilla de perlas, además de los pendientes que tan impulsivamente le había pedido.
—Me alegra que haya podido hacerlos tan deprisa.
—Buena finta —reconoció Cárter en voz baja.
No le hice caso.
Erik abrió una cajita para mí, y me asomé a su interior. Tres diminutas ristras de perlas de agua dulce, idénticas a las del collar, colgaban de los delicados alambres de cobre de cada pendiente.
—Son preciosos —le dije. Hablaba en serio—. Dale las gracias a tu amigo. Tengo un vestido al que le sentarán de maravilla.
—Debe de ser un alivio —comentó Cárter, viendo cómo Erik llevaba los pendientes al mostrador—. Disponer de los accesorios adecuados, digo. Cody dice que estás teniendo muchas citas últimamente. Supongo que no habrás tenido tiempo de leer el libro que te mandé.
Le di mi tarjeta de crédito a Erik. Cody había visto mi séquito masculino en la clase de baile, pero hasta ayer no le había dicho nada de mi consiguiente cita con Román.
—¿Cuándo has hablado con Cody?
—Anoche.
—Tiene gracia, también yo. Y aquí estás hoy. ¿Me estás siguiendo? Un brillo de diversión iluminó los ojos de Cárter.
—Yo he llegado primero. A lo mejor eres tú la que me sigue. A lo mejor estás cogiéndole gusto a esto de las citas e intentas encontrar la manera de pedirme una.
Firmé el recibo de la tarjeta de crédito y se lo devolví a un callado y atento Erik.
—Lo siento. Me gustan los hombres con un poco más de vida.
Cárter soltó una risita ante mi chiste. El sexo con otros inmortales no me reportaba ninguna energía.
—Georgina, a veces pienso que merecería la pena seguirte, tan sólo para ver qué dices a continuación.
Erik levantó la cabeza. Si se sentía incómodo en medio del fuego cruzado de dos inmortales, no daba muestras de ello.
—¿Le apetece tomar el té con nosotros, señor Cárter? Iba usted a quedarse, ¿verdad, señorita Kincaid?
Le dediqué a Erik una de mis mejores sonrisas.
—Sí, por supuesto.
—¿Señor Cárter?
—Gracias, pero no. Tengo cosas que hacer, y según tengo entendido, Georgina opera mejor con los hombres de uno en uno. Ha sido un placer volver a verte, Erik, como siempre. Gracias por la conversación. En cuanto a ti, Georgina... bueno, seguro que nos volvemos a encontrar pronto.
Había algo en aquellas palabras que me provocó un escalofrío. Me hizo falta hasta el último ápice de resolución para aparentar calma cuando lo llamé:
—¿Cárter?
Sus manos tocaron la puerta. Hizo una pausa, me miró por encima del hombro y enarcó una ceja a modo de interrogación.
—¿Sabe Jerome que estás aquí?
Una sonrisa taimada se extendió lentamente por el rostro del ángel.
—¿Ahora te pones a darme coba, Georgina? Y yo que pensaba que estábamos haciendo progresos. Tendríamos que haber estirado la charla un poco más. Podrías haberme preguntado si el tiempo va a cambiar pronto, yo podría haber comentado lo guapa que estás hoy, etcétera, etcétera. Ya sabes cómo funciona.
Parpadeé. Esta vez sus palabras invocaron la nota de mi puerta.
Eres una mujer hermosa, Georgina. Lo suficientemente hermosa, creo, como para tentar incluso a los ángeles...
¿Estaría dándome más pistas? ¿Jugando conmigo tal y como había sugerido Cody? ¿O estaría yo dándole demasiadas vueltas a todo esto? ¿Seguiría siendo sencillamente el insoportable Cárter, azote de mi existencia, atormentándome como siempre? Sinceramente, no lo sabía, pero aún creía que de todos los ángeles que pudieran estar eliminando inmortales en la ciudad, Cárter era el que más papeletas tenía.
—Así que estoy guapa. —Dije, con un nudo en la garganta—. ¿Tanto como para tentar a los ángeles?
Sus labios temblaron.
—Sabía que estabas tirándome los tejos. Hasta luego, Georgina, Erik. —Abrió la puerta y se fue.
Me quedé allí plantada, viendo cómo se alejaba su figura.
—¿Qué estaba haciendo aquí?
Erik dejó una bandeja con dos tazas encima de la mesita.
—Vamos, señorita Kincaid. Yo guardo sus secretos. No esperará que haga menos por él.
—No, supongo que no.
Mientras el anciano iba en busca de la tetera, pensé que tampoco quería arriesgarme a ponerlo en peligro envolviéndolo en asuntos inmortales. Bueno, al menos envolviéndolo más de lo que ya estaba.
Regresó enseguida y llenó las tazas.
—Acababa de poner esto al fuego cuando llegó usted. Me alegra que esté aquí para compartirlo.
Lo probé. Otra mezcla de hierbas.
—¿Cómo se llama?
—Deseo.
—Qué apropiado —observé. Ángeles y conspiraciones al margen, ardía aún de deseo por Román—. ¿Has descubierto algo?
—Me temo que no. He preguntado por ahí, pero no he averiguado nada más sobre los cazadores de vampiros, ni he descubierto nada que indique la presencia de uno en la zona.
—Eso no me sorprende. —Bebí un poco de té—. Creo que se trata de otra cosa.
Erik no dijo nada, tan prudente como siempre.
—Sé que no vas a decirme qué hacía aquí, lo entiendo... —Dejé la frase sin terminar, intentando decidir la mejor manera de formular mi pregunta—. Pero, ¿qué... qué opinas de él? Me refiero a Cárter. ¿Ha hecho algo raro o parecía, no sé, sospechoso? ¿Misterioso?
Erik me dedicó una mirada impávida.
—Con el debido respeto, tengo muchos clientes... incluida usted... que encajan con esa descripción. Sin duda eso era quedarse cortos.
—Bueno, entonces, no sé. ¿Confías en él?
—¿En el señor Cárter? —La sorpresa se reflejó en sus rasgos—. Lo conozco desde hace más tiempo que a usted. Si se puede confiar en alguno de esos clientes «sospechosos y misteriosos», sin duda él es el primero. Pondría mi vida en sus manos.
No era de extrañar. Si Cárter podía engañar a Jerome, le costaría menos sin duda engañar a un mortal.
Cambié de táctica y pregunté:
—¿Sabes algo acerca de los ángeles caídos?
—Diría que usted ya debería estar familiarizada con ese tema, señorita Kincaid.
Me pregunté si se refería a las compañías de que me rodeaba o al antiguo mito de que los súcubos eran demonios. Para que conste en acta, no lo somos.
—No le preguntes nunca a un practicante si quieres averiguar algo sobre la historia de la religión. Reserva esas preguntas para los estudiosos ateos.
—Muy cierto. —Sonrió, pensativo mientras se acercaba la taza a los labios—. Bueno. Sin duda sabe usted ya que los demonios son ángeles que le volvieron la espalda a la voluntad divina. Se rebelaron o, como suele decirse comúnmente, «cayeron» en desgracia. Por lo general se acredita a Lucifer como el primero de todos, y otros se fueron con él.
—Pero eso fue al principio, ¿verdad? La migración en masa al otro bando. —Fruncí el ceño, preguntándome aún cuáles eran los requisitos exactos que debía cumplir un ángel para caer—. ¿Y luego? ¿Fue ésa la única vez que ocurrió? ¿Sólo ese caso?
Erik sacudió la cabeza.
—Opino que todavía puede ocurrir, y que así ha sido en el pasado. Existen documentos incluso que sugieren...
Se abrió la puerta, y entró una pareja de jóvenes. Erik se levantó con una sonrisa.
—¿Tiene libros sobre el tarot? —Preguntó la chica—. ¿Para principiantes?
Que si tenía. Había una pared cubierta de ellos. La interrupción era frustrante, pero no quería privarle de la oportunidad de hacer alguna venta. Le indiqué que fuera con la pareja, mientras apuraba el resto del té. Los guió a la sección apropiada, explicando animadamente ciertos títulos e interesándose por sus necesidades con más detalle.
Cogí el abrigo y el bolso, más una caja de Deseo. Erik me vio dejar un billete de diez dólares encima del mostrador.
—Quédate el cambio —le dije.
Hizo un alto en la conversación con la pareja para decirme:
—Compruebe... veamos, creo que está al principio del Génesis 6... Versículo 2, ¿o quizá 4? Ahí podría haber algo que le interese.
—¿El Génesis? ¿En la Biblia? —Asintió con la cabeza, y miré alrededor de las estanterías llenas de libros—. ¿Dónde está?
—No la tengo, señorita Kincaid. Sospecho que sus propios recursos serán más que adecuados.
Regresó con sus clientes, y me fui maravillada por aquel hombre, capaz de citar versículos bíblicos de memoria pero no de tener una copia a mano. En cualquier caso, no se equivocaba al decir que yo disponía de amplios recursos, y además mi turno empezaría enseguida.
Conduje de regreso a Queen Anne para descubrir que todos los aparcamientos estaban ocupados en la calle. Saqué mi permiso de la guantera, lo colgué del retrovisor y entré en el diminuto aparcamiento privado que lindaba con un callejón detrás de la librería. Eran tantos los empleados que querían usarlo, que generalmente intentaba evitarlo cuando podía.
Mientras caminaba hacia la tienda, divisé dos coches estacionados frente a frente, y una figura pelirroja inclinada sobre ellos. Tammi. Me caía bien la adolescente, pero también tenía la costumbre de parlotear. Puesto que no quería posponer mi búsqueda bíblica, me guarecí en las sombras y me transformé en un hombre anodino que no reconocería. A continuación pasé junto a ella, recibiendo apenas un vistazo mientras Tammi montaba en el coche.
Recuperé mi cuerpo normal cuando volví a perderla de vista. Me asaltó una momentánea sensación de fatiga, que desapareció tan deprisa como había llegado. El cambio de forma entre géneros siempre me pasaba factura, motivo por el cual me había resistido a la ridícula sugerencia de hacer de maniquí para Peter. Seguramente acababa de perder unos cuantos días de la energía acumulada gracias a Martin. Eso me dejaba con un par de semanas al menos, pero noté cómo el hambre de súcubo se revolvía ligeramente en mi interior, agitada sin duda por el perpetuo deseo que sentía por Román.
La librería vibraba con la actividad de entresemana habitual cuando llegué. Busqué inmediatamente la sección de religión. Le había indicado el camino a la gente en numerosas ocasiones; yo misma había sacado algunos títulos selectos de allí. Lo que no había hecho era fijarme en la cantidad de Biblias que había.
—Jesús —musité, contemplando fijamente las distintas traducciones. Había Biblias para hombres y mujeres respectivamente, Biblias para adolescentes, Biblias ilustradas, Biblias impresas en grandes caracteres, Biblias con grabados de oro. Encontré por fin la versión del Rey James. Sabía poco sobre ella, pero al menos reconocía el título.
La saqué de la balda, busqué el Génesis 6 y leí el pasaje de Erik:

Cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la Tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas las que más les gustaron.
El Señor dijo: «Mi espíritu no permanecerá por siempre en el hombre, porque es de carne. Sus días serán ciento veinte años.»
En aquel entonces había gigantes en la Tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas les daban hijos. Éstos son los héroes de antaño, hombres famosos.

En fin. Eso lo explicaba todo.
Releí el pasaje varias veces, con la esperanza de sacar algo más de él. Al final decidí que Erik debía de haberme dado el número de capítulo equivocado. Después de todo, estaba distraído. Este pasaje, en mi opinión, no tenía nada que ver con ángeles, ni con caídas, ni siquiera con la batalla cósmica entre el bien y el mal. En cambio, parecía tratar el tema de la procreación humana. No hacía falta ser un erudito bíblico para deducir qué significaba lo de que «los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres», sobre todo cuando se mencionaba su descendencia en la frase siguiente. El sexo había vendido libros en el pasado, igual que los vendía ahora. Me pregunté si Erik habría querido bromear dándome el número de aquel pasaje.
—¿Has encontrado la fe?
Vi primero la camiseta de PacMan, el rostro inquisitivo de Seth después.
—La encontré y la perdí hace mucho tiempo, me temo. —Cerré el libro cuando se arrodilló junto a mí—. Sólo estaba mirando una cosa. ¿Cómo les va hoy a Cady y O'Neill?
—Están avanzando en su último caso. —Esbozó una sonrisa sincera, y me descubrí estudiando el castaño ambarino de sus ojos. Había cruzado unos cuantos correos electrónicos más con él en los últimos días y disfrutaba con nuestras mini novelas, aunque la conversación en persona había mejorado poco—. Acabo de terminar un capítulo y necesitaba un respiro. Pasear, tomar algo.
—Nada de cafeína, supongo. —Había descubierto que Seth no consumía bebidas con cafeína, lo que me parecía aterrador y antinatural.
—No. Nada de cafeína.
—No deberías despreciarla. A lo mejor aumenta tu volumen de palabras.
—Ah, sí, cierto. Crees que mis libros no salen a la venta lo bastante rápido.
Solté un gemido, acordándome del día en que nos conocimos.
—Creo que mis propias palabras salieron demasiado rápido aquella vez.
—De eso nada. Estuviste brillante. Nunca lo olvidaré.
Su máscara de socarronería se cayó fugazmente, igual que había ocurrido durante la clase de baile, y una vez más vi una sombra de interés y estima masculinos en sus rasgos. En cuclillas junto a él, experimenté una pasajera sensación de naturalidad, como ocurría normalmente cuando estaba con Doug o alguno de los inmortales. Algo amigable y tranquilizador. Como si Seth y yo nos conociéramos desde siempre. Puede que fuera ése el caso, por así decirlo, a través de sus libros.
Y sin embargo, al mismo tiempo, estar tan cerca de él resultaba ser desconcertante también. Turbador. Empecé a fijarme en cosas como los músculos fibrosos de sus brazos y la revuelta mata de pelo que le enmarcaba el rostro. Incluso la pátina dorada de luz reflejada en su vello facial y la forma de sus labios capturaron mi atención. Al darme la vuelta, sentí revolverse en mi interior la sed animal de energía vital, y reprimí el impulso de estirar el brazo y tocarle la cara. El cambio de forma realizado en la calle me había hecho más daño de lo que pensaba. Seguía sin necesitar una verdadera recarga completa, pero el instinto de súcubo comenzaba a volverse irritante. Tendría que aplacarlo pronto, pero sin duda no con Seth.
Me levanté apresuradamente, con la Biblia aún en las manos, deseosa de alejarme de él. Se incorporó conmigo.
—Bueno —empecé con torpeza cuando transcurrió un momento sin que ninguno de los dos dijera nada—, habrá que ponerse a trabajar por aquí.
Asintió con la cabeza; el interés de su gesto dio paso a la aprensión.
—Me...
—¿Hmmm?
Tragó saliva, apartó la mirada fugazmente y la volvió de nuevo hacia mí, con un brillo de determinación en los ojos.
—Pues, voy a ir a una fiesta el domingo, y me preguntaba si a lo mejor... si a lo mejor no estás ocupada ni tienes que trabajar, podrías, quiero decir, a lo mejor te gustaría venir conmigo.
Me quedé mirándolo, sin habla. ¿Seth Mortensen acababa de pedirme una cita? ¿Y... y no acabábamos de mantener una conversación coherente, para variar? Eso, combinado con el hecho de que me había fijado de repente en lo atractivo que era, hizo que el mundo pareciera volverse del revés. Peor aún, quería aceptar. Había algo en Seth que de improviso parecía natural y adecuado, aunque no se pareciera a la vertiginosa emoción que me invadía cuando estaba con Román. En algún momento de esta relación tan torpe y extraña, había llegado a apreciar realmente al escritor con independencia de sus novelas.
Pero no podía aceptar. Sabía que no podía hacerlo. Me maldije por haber sido la primera en coquetear; aparentemente le había afectado, pese a todos mis intentos por desdecirme y dejarlo en el ámbito de lo platónico. Una parte de mí se sentía desolada, otra complacida. Todo mi ser sabía lo que tenía que hacer.
—No —respondí de sopetón, aturdida todavía.
—Oh.
No tenía elección. De ninguna manera podía permitir que Seth se sintiera atraído por mí. De ninguna manera podía arriesgarme a tener algo más que una amistad distante con el creador de mis libros favoritos.
Al darme cuenta de lo grosera que había sonado, me apresuré a arreglarlo. Debería haber dicho simplemente que tenía trabajo pendiente, pero en vez de eso me descubrí balbuciendo una variante de lo que llevaba años empleando con Doug.
—Verás... en estos momentos no me interesa salir ni implicarme con nadie. Así que, no es nada personal, quiero decir, lo de la fiesta suena estupendo y eso, pero es que no puedo aceptar. Nunca acepto cosas así, de hecho. Como te decía, no es nada personal. Sólo que es más fácil no implicarse. No tener citas. Esto, nunca.
Seth me estudió largo rato, pensativo, y de repente recordé aquella primera noche, cuando puso una cara muy parecida mientras le explicaba mis cinco páginas de reglas con sus libros.
Al final dijo:
—Oh. Bueno. Pero... ¿no estás saliendo con ese tipo? ¿El alto de pelo negro?
—No. No estamos saliendo. En realidad no. Sólo somos, esto, amigos. Más o menos.
—Oh —repitió Seth—. Entonces, ¿los amigos no van juntos a las fiestas?
—No. —Vacilé, deseando de repente haber respondido algo distinto—. A lo mejor a veces pueden tomar café juntos. Aquí, en la librería.
—Yo no bebo café.
Había aspereza en su voz. Me sentí como si acabaran de abofetearme. Nos quedamos allí plantados durante lo que era posiblemente uno de los cinco momentos más incómodos de mi vida. El silencio se agrandó entre nosotros. Al cabo, repetí mi última excusa:
—Tengo que volver al trabajo.
—Está bien. Nos vemos.
Amigos, nada más que amigos. ¿Cuántas veces había empleado esa línea? ¿Cuántas veces había sido más fácil mentir que afrontar la verdad? La había empleado incluso con mi marido hacía tanto tiempo, ocultándome de nuevo de la realidad de un asunto que no quería admitir cuando las cosas entre nosotros se habían agriado.
—¿Nada más que amigos? —había repetido Kyriakos, fijos en mí sus ojos oscuros.
—Claro. También es amigo tuyo, ¿sabes? Sólo me hace compañía cuando tú no estás, eso es todo. Me siento muy sola sin ti.
Lo que nunca le había contado a mi marido era cuan a menudo venía a visitarme su amigo Aristón, ni cómo parecía que siempre estuviéramos buscando alguna excusa para tocarnos. Un roce accidental de vez en cuando. Su mano para ayudarme a levantarme. O aquel día que ardía aún en mi recuerdo, cuando había estirado el brazo para coger una botella y me rozó un pecho con la mano. Me arrancó un jadeo involuntario mientras se demoraba por espacio de un latido antes de continuar la acción.
Tampoco le había dicho a Kyriakos que Aristón me hacía sentir como en los primeros días de mi matrimonio, inteligente, hermosa y deseable. Aristón me dispensaba todas las atenciones que antes me había dedicado Kyriakos; Aristón amaba el ingenio que en tantos problemas me había metido cuando era una doncella soltera.
En cuanto a Kyriakos... en fin, seguramente él también amaba esas cosas, pero ya no lo manifestaba tanto como antes. Su padre le obligaba a trabajar cada vez más horas, y cuando por fin llegaba a casa era para desplomarse en la cama o para buscar el solaz de su flauta. Cómo odiaba aquella flauta... la odiaba y me encantaba. Detestaba que pareciera atraer su atención más que yo. Sin embargo, algunas noches, cuando estaba sentada en la calle y le oía tocar, me impresionaban su talento y su habilidad para crear tanta dulzura.
Aquello, sin embargo, no cambiaba el hecho de que la mayoría de las noches me durmiera intacta. Cuando le decía que así jamás iba a quedarme embarazada, se reía y respondía que teníamos todo el tiempo del mundo para engendrar descendencia. Esto me preocupaba porque creía, sincera e irracionalmente, que tener un hijo lo arreglaría todo entre nosotros, de alguna manera. Anhelaba uno, añoraba la sensación de sostener a mis hermanas en brazos. Adoraba la honestidad y la inocencia de los niños, y me gustaba pensar que podría ayudar a alguno a convertirse en una persona de provecho. Por aquel entonces nada me parecía más dulce que limpiar rasguños, sostener manitas, y contar cuentos. Más aún, había llegado a un punto en el que necesitaba saber que podía engendrar. Tres años de matrimonio sin descendencia era mucho tiempo por aquel entonces, y había visto la forma en que los demás comenzaban a susurrar que la pobre Letha podría ser yerma. Aborrecía sus lamentaciones y su enfermiza conmiseración edulcorada.
Debería haberle contado a Kyriakos todo lo que me ocupaba la cabeza, hasta el último detalle. Pero era tan dulce y trabajaba tanto para que no nos faltara de nada, que no podía soportarlo. No quería revolver la satisfacción que ostensiblemente llenaba nuestro hogar tan sólo por mi gratificación personal y mi necesidad de atención. Además, tampoco es que Kyriakos descuidara siempre mi cuerpo. Con un poco de incentivo por mi parte, a veces lograba que respondiera a mi deseo. En ocasiones así nos fundíamos en plena noche, moviéndose su cuerpo dentro del mío con la misma pasión que volcaba en su música.
No obstante, al mirar a Aristón algunos días, me daba la impresión de que él no necesitaría ningún incentivo. Y conforme se sucedían los días vacíos sin Kyriakos, aquello empezó a significar algo.
Amigos, nada más que amigos. Allí de pie en la librería, viendo cómo se alejaba Seth, medio me pregunté cómo podía seguir utilizando nadie esa excusa. Pero ya conocía la respuesta, naturalmente. Se utilizaba porque la gente aún creía en ella. O al menos quería hacerlo.
Cuando volví abajo, sintiéndome triste, enfadada e idiota todo a la vez, me topé con una escena que prometía volver el día aún más extraño: Helena de Krystal Starz estaba enfrente del mostrador principal, haciéndoles gestos salvajes a las cajeras.
Helena, aquí. En mi terreno.
Tragándome mi confusión sobre Seth, me acerqué dando zancadas con mi mejor porte profesional, portando aún la Biblia.
—¿Te puedo ayudar en algo?
Helena giró sobre sus talones, haciendo que los cristales que le rodeaban el cuello tintinearan al chocar unos con otros.
—Es ella... ésta es. La que me ha robado el personal.
Miré de soslayo detrás del mostrador. Allí estaban Casey y Beth, con cara de alivio al verme. Tammi y su amiga Janice debían de encontrarse en otra parte de la tienda, por lo que di gracias. Mejor que no se mezclaran en esto. Mantuve la voz fría, plenamente consciente de los clientes que estaban observándonos.
—Te aseguro que no sé a qué te refieres.
—¡No me vengas con ésas! Sabes perfectamente a qué me refiero. Entraste en mi tienda, montaste una escena y engatusaste a mis trabajadoras. ¡Se fueron sin decir nada!
—Algunas personas han presentado su currículo aquí recientemente —respondí sin inmutarme—. La verdad, no puedo seguir la pista de sus anteriores lugares de trabajo. Como subdirectora, sin embargo, entiendo el inconveniente que puede suponer el que los empleados se vayan sin avisar.
—¡No sigas! —Exclamó Helena, que no guardaba la menor similitud con la diva fría y distante de la semana pasada—. ¿Te crees que no sé qué mientes? ¡Caminas en las tinieblas, tu aura está envuelta en llamas!
—¿Qué está en llamas?
Aparecieron Doug y Warren, evidentemente atraídos por el creciente espectáculo.
—Ella —proclamó Helena, señalándome, usando su voz new age más ronca.
Warren me miró con curiosidad, como si realmente estuviera buscando indicios de fuego.
—¿Georgina?
—Me ha robado las empleadas. Se presentó sin más y se las llevó como si tal cosa. Podría presentar una demanda, ¿sabes? Cuando se lo diga a mis abogados...
—¿Qué empleadas?
—Tammi y Janice.
Me encogí y esperé a ver qué desencadenaba este nuevo giro. Pese a sus muchos defectos, Warren poseía un fuerte sentido del servicio al cliente y la profesionalidad. Me preocupaba lo que pudiera ocurrir si se investigaba detenidamente mi caza furtiva.
Warren frunció el ceño, aparentemente intentando ponerles caras a los nombres.
—Espera... ¿una de ellas no me ha arreglado hoy el coche?
—Ésa fue Tammi.
Soltó un bufido de desdén.
—No vamos a devolverlas.
Helena se puso como un tomate.
—No puedes...
—Señora, lamento las molestias, pero no puedo devolver unas empleadas que han firmado un contrato con nosotros y no están dispuestas a seguir trabajando para usted. Siempre hay gente esperando una oportunidad. Seguro que encuentra a alguien enseguida.
Helena se giró hacia mí, esgrimiendo aún el dedo.
—No me olvidaré de esto. Aunque no pueda hacerte pagar por esto, el universo castigará tu naturaleza cruel y retorcida. Morirás miserable y sola. Sin amor. Sin amigos. Sin hijos. Tu vida no habrá servido de nada.
Vaya con el amor y la bondad de la nueva era. Sus comentarios sobre mi muerte no me afectaban, pero el resto de adjetivos escocían un poco. Sin amor. Sin amigos. Sin hijos.
Warren, sin embargo, no compartía la misma opinión sobre mí.
—Señora, Georgina es la última persona a la que yo acusaría de poseer una naturaleza «cruel» o llevar una vida sin sentido. Mantiene este sitio de una pieza, y confío en su buen juicio sin reservas... incluida la contratación de sus antiguas empleadas. Ahora, a menos que desee comprar algo, debo pedirle que se marche antes de que me vea obligado a llamar a las autoridades.
Helena nos lanzó otro puñado de maldiciones y malos augurios, para indudable disfrute de los clientes que hacían cola frente a la caja. Para mi sorpresa, Warren se mantuvo en sus trece. Generalmente se desvivía por limar asperezas con los clientes y daba siempre el brazo a torcer, incluso a expensas de sus empleados. Hoy no parecía tener ganas de complacer a nadie. Era una novedad agradable.
Cuando Helena se fue, Warren se retiró a su despacho sin añadir nada más, y Doug y yo nos quedamos allí plantados, con el asombro dando paso rápidamente a la diversión.
—En qué líos te metes, Kincaid.
—¿Qué? No me cargues este muerto.
—¿Me tomas el pelo? La bruja ésa rara no había puesto el pie en la tienda hasta que empezaste a trabajar aquí.
—¿Qué sabrás tú? Llevo más tiempo que tú. —Consulté el reloj, pensativa—. Todavía te queda un rato hoy, ¿verdad?
—Sí. Suerte que tienes. ¿Por qué?
—Por nada. —Lo dejé en el sitio y me dirigí a las oficinas de la trastienda. En vez de girar a la izquierda camino de mi despacho, sin embargo, torcí a la derecha en dirección al de Warren.
Estaba sentado a su mesa, llenando su maletín, preparándose a salir ahora que su coche estaba listo.
—No me digas que ha vuelto.
—No. —Cerré la puerta detrás de mí. Esto le hizo levantar la cabeza—. Sólo quería darte las gracias. Warren me miró con desconfianza.
—Echar a los clientes irracionales forma parte de mi trabajo.
—Ya, pero la última vez no recibí ningún cumplido. Tuve que disculparme.
Se encogió de hombros, pensando en un incidente ocurrido hacía un año.
—Bueno, eso era distinto. Llamaste hipócrita neófita nazi patológica a una anciana.
—Lo era.
—Si tú lo dices. —Sus ojos estaban pendientes del menor de mis movimientos.
Me acerqué a él y dejé la Biblia encima de su escritorio. Encaramándome a su silla, me senté a horcajadas en su regazo, provocando que mi ceñida falda roja se subiera considerablemente y revelara las gomas cubiertas de encaje de mis medias negras hasta los muslos. Me incliné sobre él para besarlo, al principio pasando tan sólo los dientes tentadoramente sobre sus labios, y después apretando la boca de repente con fuerza. Me devolvió el beso con el mismo fervor, deslizándose automáticamente sus manos por mis muslos hasta las nalgas.
—Dios —exhaló cuando nos separamos ligeramente. Una de sus manos subió hasta mi rostro mientras la otra jugaba con el tanga bajo mi falda. Sus dedos trazaron el borde de encaje antes de introducirse en mi interior, tanteando con delicadeza al principio, para luego penetrar hasta el fondo. Una repentina oleada de deseo ya me había puesto húmeda; jadeé profundamente mientras saboreaba sus caricias, suaves y prolongadas. Warren me observaba con aprobación—. ¿A qué viene esto?
—¿A qué viene qué? Lo hacemos todo el tiempo.
—Nunca empiezas tú.
—Ya te lo he dicho, me siento agradecida.
Era cierto, de hecho. Su defensa me había parecido realmente atractiva. Además, ardiendo aún de deseo por Román y ahora puede que también por Seth, Warren resultaba oportuno para paliar mi desabrida hambre de súcubo.
La mano en mi rostro enrolló un mechón de cabello, y se volvió pensativo, aunque no dejó de hacer lo que estaba haciendo entre mis piernas.
—Georgina... espero... espero que sepas que lo que hacemos aquí no afecta de ninguna manera a tu puesto. No tienes ninguna obligación... no corres ningún peligro de perder tu trabajo aquí si...
Me reí de sopetón, sorprendida por este ataque de consideración.
—Eso ya lo sé.
—Hablo en serio...
—Lo sé —repetí, mordiéndole el labio inferior—. No te pongas blando conmigo de repente —gruñí—. No he venido por eso.
No volvió a interrumpirme, y me dejé sumergir en el placer del contacto. La sensación de su lengua en mi boca, sus manos explorando descaradamente mi cuerpo. Tras una larga mañana de frustración sexual, necesitaba estar con alguien... con cualquiera. Me desabrochó la blusa y la tiró al suelo, donde cayó hecha una sedosa maraña negra. La siguieron mi falda y el tanga, dejándome sólo con las medias hasta los muslos, el sujetador y los zapatos de tacón. Todo negro.
Cambió de postura, aún en la silla, para que pudiera quitarle los pantalones. Verlo allí... grande, recto y duro... me hizo apartarle la mano de mi interior. Los dedos no podían seguir satisfaciéndome. Enlacé las piernas con más intensidad alrededor de sus caderas, lo máximo que me permitió la silla. A continuación, sin más preámbulos, impulsé el cuerpo hacia abajo, ensartándome en él. Arqueé el cuerpo para acogerlo hasta el fondo y me moví en una serie de embestidas firmes y repetidas. Al bajar la mirada podía verlo entrando y saliendo de mí. En la habitación sólo se oía el sonido de la carne contra la carne y nuestra pesada respiración.
La penetración trajo consigo un torrente de sentimientos y sensaciones procedentes de él, distintos de los físicos. Como alma menos noble, su energía y su presencia no me arrojaron al otro lado del cuarto como habían hecho las de Martin. La absorción de súcubo dependía del carácter de la víctima. Las almas fuertes y morales le reportaban más al súcubo y le pasaban una factura mayor al sujeto. Los hombres corruptos perdían menos y, por consiguiente, rendían menos. Con independencia de su energía o catadura moral, percibí destellos de los pensamientos y emociones de Warren mientras lo montaba. Era normal. Viajaban con su fuerza vital.
El deseo sin duda ocupaba un lugar privilegiado en su mente. Orgullo por estar con una mujer atractiva, más joven. Excitación. Sorpresa. Sentía pocos remordimientos por engañar a su esposa, lo que contribuía a reducir la cesión de energía, y aun el breve afecto que había exhibido por mí antes sucumbía a la pasión animal. Qué cachonda, joder. Está chorreando. Es genial cómo me folla. Espero que se corra, y que lo haga encima de mí...
Lo hice, así las cosas. Mis movimientos se volvieron más duros y feroces mientras nuestros cuerpos entrechocaban. Los músculos de mis piernas se contrajeron. Arqueé nuevamente la nuca. Sentía los pechos calientes y sudorosos allí donde me los había apretado. El orgasmo reverberaba en mi interior. Los espasmos del placer fueron volviéndose cada vez más débiles conforme mi respiración recuperaba lentamente la normalidad.
Y el chute de energía tampoco estaba nada mal. Se había filtrado dentro de mí ser poco a poco en el transcurso de nuestra creciente pasión, comenzando como finos hilos brillantes. Al final, sin embargo, se había vuelto potente y cegador, inundándome, revigorizando mi vida, alimentando mi inmortalidad en un clímax glorioso que rivalizaba con el físico.
Cuando los dos nos hubimos vestido de nuevo, me preparé para salir. Por pequeña que fuera la pérdida de energía, Warren siempre se sentía agotado y rendido después de estar juntos. Creía que era el resultado de su edad frente a una mujer más joven y activa. Yo no hacía nada por corregirlo, pero generalmente intentaba marcharme con discreción, para que no se sintiera avergonzado por su fatiga en mi presencia. Sabía que le preocupaba pensar que no podía seguir mi ritmo.
—¿Georgina? —Me llamó cuando me dirigía a la puerta—. ¿Por qué llevas una Biblia encima? No estarás intentando convertir a los clientes, ¿verdad?
—Ah. Eso. Sólo estaba buscando algo para un amigo. Está relacionado, de hecho. Va todo de sexo.
Se enjugó el sudor de la frente.
—Tras años y más años de iglesia, creo que lo recordaría si hubiera alguna escena de sexo decente.
—Bueno, más que una escena se trata de una descripción clínica de la procreación.
—Ah. De ésas hay muchas.
Llevada por el impulso, me acerqué a él y abrí el libro por el Génesis 6.
—¿Lo ves? —Señalé los versículos apropiados—. Todas estas menciones de hombres llevándose a las mujeres. Lo dicen, no sé, como tres veces.
Warren estudió el libro con el ceño fruncido, y recordé que no había abierto este sitio sin un considerable historial de estudios literarios.
—Bueno... se repite porque aquí, cuando dice que «los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la Tierra», se refiere a los hombres humanos.
Lo miré de repente.
—¿A qué te refieres con «humanos»?
—Aquí. Los «hijos de Dios» no son seres humanos. Son ángeles.
—¿Qué? —Si el libro hubiera estado en mis manos, se me habría caído—. ¿Estás seguro?
—Segurísimo. Lo dicho, años de servicios religiosos. Usan este término a lo largo de toda la Biblia. —Pasó las hojas hasta Job—. ¿Lo ves? Aquí está de nuevo. «Otro día en que los hijos de Dios fueron a presentarse ante el Señor, se presentó también entre ellos Satán.» Se refiere a los ángeles... ángeles caídos, en este caso.
Tragué saliva.
—¿Qué... qué estaban haciendo en el Génesis, entonces? ¿Con las «hijas de los hombres»? ¿Los ángeles tenían... tenían sexo con mujeres humanas?
—Bueno, dice que las mujeres eran «hermosas». Es difícil culparlos, ¿no? —Me devoró con los ojos mientras hablaba—. No sé. Este punto no se comenta mucho en la iglesia, como te puedes imaginar. Más que nada se hacía hincapié en el pecado y la culpa, pero yo no hacía mucho caso.
Seguí mirando el libro fijamente, desconcertada, pero invadida de repente de teorías e ideas. Warren me ojeó con curiosidad al ver que no respondía a su broma.
—¿Te sirve de algo?
—Sí —dije, recuperándome—. Me ayuda un montón. Le sorprendí con un suave beso en los labios, cogí la Biblia y me fui.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Oct 30, 2010 5:42 pm

Capítulo 14

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—¿Nos has reunido para una sesión de porno bíblico?
Hugh apartó la mirada con desinterés de donde los vampiros y yo nos arracimábamos alrededor de la mesa de mi cocina. Ya casi no se apreciaba ninguna magulladura. El diablo se puso un cigarro en los labios y sacó un mechero del bolsillo de su abrigo.
—No fumes aquí —le advertí.
—¿Qué más te da? ¿Me vas a decir que no te pasaste casi todo el siglo XX fumando?
—En absoluto. Pero ya no lo hago. Además, es malo para Aubrey.
La gata, que estaba sentada en una de mis encimeras, dejó de atusarse al oír su nombre y lo miró de soslayo. Hugh, devolviéndole la mirada, dio una larga calada al cigarro antes de apagarlo contra la superficie junto a ella. Aubrey siguió acicalándose, y Hugh empezó a deambular por el apartamento.
A mi lado, Cody estaba apoyado en la mesa, estudiando mi Biblia.
—No entiendo cómo pueden ser ángeles estos tipos. «Hijos de Dios» parece un término genérico para los humanos. Quiero decir, ¿no se supone que todos somos hijos de Dios?
—Mejorando lo presente, claro —llamó Hugh desde el salón, antes de añadir—: ¡Jesús bendito! ¿De dónde has sacado esta estantería? ¿De Hiroshima?
—En teoría lo somos —convine, haciendo oídos sordos al diablillo y respondiendo a la pregunta de Cody. Había hecho varias pesquisas bíblicas desde mi descubrimiento de hoy y empezaba a cansarme del libro—. Pero Warren tiene razón... ese término se emplea para referirse a los ángeles. Además, aquí las mujeres no se llaman «hijas de Dios». Se denominan «hijas de los hombres». Ellas son humanas, sus maridos no.
—Podría ser sexismo puro y duro. —Peter por fin se había atrevido a afeitarse la cabeza. Dada la forma de su cabeza, el look no me parecía nada favorecedor—. No sería un concepto nuevo para la Biblia.
—Nah, creo que Georgina tiene razón —dijo Hugh, volviendo con nosotros—. O sea, sabemos que los ángeles cayeron en desgracia por algo. La lujuria es un motivo tan bueno como cualquier otro, y les da sopas con honda a la gula o la pereza.
—Bueno, entonces, ¿qué tenemos? —Quiso saber Peter—. ¿Qué relación hay entre todo esto y el caza vampiros?
—Aquí —señalé el versículo 6:4—. Donde dice: «En aquel entonces había gigantes en la Tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas les daban hijos. Éstos son los héroes de antaño, hombres famosos.» Las palabras clave son «en aquel entonces» y «también después». Sugiere que los ángeles han caído en desgracia por culpa de las mujeres humanas más de una vez. Esto responde a la pregunta de si los ángeles siguen cayendo en desgracia. Lo hacen.
Cody asentía al son de mis palabras.
—Lo que respalda tu teoría de que hay uno intentando caer en estos momentos.
—Sin embargo, no parece que su catalizador vaya a ser la lujuria —apuntó Hugh—. Creo que la nocturnidad y la alevosía encabezan su lista de preferencias.
—A menos que se trate de pasión por Georgina —sugirió secamente Peter—. Al parecer te considera muy guapa.
La observación de Hugh había suscitado mi interés.
—¿Pero bastaría con la nocturnidad y la alevosía? Sobre todo tratándose de vampiros y diablillos... Quizá en el otro bando no lo aprueben, pero no estoy segura de que eliminar agentes del mal cualifique automáticamente a un ángel para convertirse en demonio.
—Hay precedentes que indican que el otro bando no es precisamente... flexible con los transgresores —observó el diablillo.
—¿Y el nuestro sí? —preguntó Peter.
Cody me miró de repente.
—¿Vas a darle la espalda a tu propia teoría?
—No, no. Estoy reconsiderando la parte de la caída en desgracia, eso es todo. Creo que hablar de un «rebelde» o «renegado» podría ser más preciso.
—Pero fuiste tú la que mencionó la caída de los ángeles —señaló Hugh—. Seguro que eso significa algo. ¿Pista relevante o simple broma de mal gusto?
Pensé en la nota. Sí, Hugh tenía razón. Estaba segura de que el contenido de la nota desempeñaba algún papel en todo esto; sencillamente no lograba entender su significado por completo todavía.
—El pésimo humor es inherente a los ángeles —nos recordó Peter—. Por lo menos si tomamos a Cárter como ejemplo.
Vacilé un momento, reticente a compartir mi segunda teoría. Todos parecían interesados en la idea del ángel, no obstante, por lo que supuse que era ahora o nunca.
—Chicos, ¿creéis... creéis que es posible que sea Cárter quien esté detrás de todo esto?
Tres pares de ojos se clavaron en mí, asombrados.
Hugh fue el primero en hablar.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? Sé que los dos siempre estáis a la greña, pero Dios, si piensas...
—Cárter es uno de los nuestros —le dio la razón vehementemente Cody.
—Ya lo sé, ya lo sé. —Procedí a explicar el razonamiento que respaldaba mi acusación, citando su sospechosa forma de seguirme y la consiguiente conversación en la tienda de Erik.
Se hizo el silencio.
—Todo eso es muy raro —dijo Peter, al cabo—. Pero sigo sin tragármelo. Cárter no.
—Cárter no —convino Hugh.
—Ah, ya veo. ¿Todo el mundo se apresura a inculparme por lo de Duane, pero Cárter es perfecto? —Se despertó mi ira ante su solidaridad automática, ante la idea de que Cárter pudiera estar por encima de todo reproche—. ¿Entonces por qué se junta con nosotros? ¿Habéis oído hablar alguna vez de un ángel que haga algo parecido?
—Somos sus amigos —dijo Cody.
—Y sabemos pasárnoslo mejor —añadió Hugh.
—Podéis creer lo que os dé la gana, pero yo no. Ir de pub en pub con un demonio y sus colegas es la estrategia de sabotaje perfecta. Nos ha estado espiando. Es sólo que estáis condicionados por lo buen compañero de copas que es.
—¿Y no te parece, Georgina —me advirtió Peter—, que cabe la ligerísima posibilidad de que seas tú la que esté condicionada? Reconozco que esta descabellada teoría sobre los ángeles tiene cada vez más sentido, ¿pero de dónde ha salido Cárter?
—Eso —dijo Hugh—. Es como si hubieras decidido implicarlo sin ningún motivo. Todo el mundo sabe que no os lleváis bien.
Miré con incredulidad a los tres pares de ojos enfadados.
—Tengo motivos de sobra. ¿Cómo explicáis que estuviera en el local de Erik?
El diablillo sacudió la cabeza.
—Todos conocemos a Erik. Cárter podría haber ido por la misma razón que tú.
—¿Y las cosas que dijo?
—¿Pero qué dijo realmente? —Preguntó Peter—. ¿Fue en plan, «Oye, Georgina, espero que recibieras mi nota»? Todo esto está traído por los pelos.
—Mirad, no digo que tenga pruebas sólidas, sólo que circunstancialmente...
—Me tengo que ir —me interrumpió Cody, levantándose. Lo miré con frialdad. ¿Tanto me había pasado de la raya? —Lo entenderé si no estás de acuerdo conmigo, pero no hace falta que te marches.
—No, tengo que hacer una cosa. Peter puso los ojos en blanco.
—No eres la única que sale con alguien ahora, Georgina. Cody no quiere admitirlo, pero creo que tiene una mujer escondida en alguna parte.
—¿Viva? —preguntó Hugh, impresionado.
Cody se puso el abrigo.
—Tíos, no tenéis ni idea.
—Bueno, ve con cuidado —le advertí de forma automática.
La tensión se disipó de repente, ya nadie parecía enfadado conmigo por haber sospechado de Cárter. Estaba claro, sin embargo, que nadie me creía al respecto. Estaban descartando mis ideas como haría alguien con los miedos irracionales o los amigos imaginarios de una niña pequeña.
Los vampiros salieron juntos, y Hugh los siguió poco después. Me dirigí a la cama, intentando todavía reconstruir las piezas de este rompecabezas. El autor de la nota había hecho una referencia a la caída en desgracia de los ángeles por culpa de las mujeres hermosas; eso debía de significar algo. Sin embargo, sencillamente no podía conectarlo con este extraño par de ataques contra Duane y Hugh, los cuales tenían que ver más con la violencia y la brutalidad que con la belleza o la pasión.
Cuando llegué al trabajo a la mañana siguiente, mi bandeja de entrada reveló un nuevo mensaje de Seth, y me temí algún tipo de continuación de su petición de salir del día anterior. En vez de eso, se limitaba a responder a mi último correo, parte de una conversación sobre sus observaciones del Noroeste. El estilo y la voz del email eran tan entretenidos como siempre, y parecía a todas luces que no le importara, que ni siquiera se hubiera fijado en mi torpe rechazo de ayer.
Verifiqué este hecho más tarde, cuando subí en busca de café. Seth estaba sentado en su rincón de costumbre, tecleando, ajeno al hecho de que fuera sábado. Me detuve y le dije hola, obteniendo una respuesta típicamente distraída a cambio. No mencionó haberme pedido que fuera a la fiesta con él, ni pareciera molesto; de hecho, daba la impresión de no importarle en absoluto. Supongo que debería haberme sentido agradecida por su pronta recuperación, porque no estuviera suspirando con el corazón roto por mí, pero mi egoísmo no pudo por menos que sentirse un poco decepcionado. No me hubiera importado dejar una huella ligeramente más profunda en él, algo que lo impulsara a lamentar ni negativa. Doug y Román, por ejemplo, no se habían dejado amilanar por un no. Qué vanidosa era.
Pensar en los dos me recordó que iba a reunirme con Román más tarde para acudir al concierto de Doug. La perspectiva de volver a ver a Román era embriagadora, aunque la sensación estaba teñida de aprensión. No me gustaba que surtiera este efecto sobre mí, y hasta la fecha no había demostrado la menor aptitud para rechazar sus insinuaciones. Vamos a alcanzar el punto crítico uno de estos días, y temía cuál pudiera ser el resultado. Sospechaba que cuando ocurriera, desearía que Román hubiera desistido de su empeño con la misma facilidad que Seth.
Todas las preocupaciones se evaporaron de mi mente esa noche, cuando dejé entrar a Román en mi apartamento. El atuendo que había elegido era todo en elegantes tonos de azul y gris plateado, hasta el último cabello y pliegue perfectamente en su sitio. Me dedicó una de aquellas sonrisas devastadoras, y hube de cerciorarme de que no empezaran a temblarme las rodillas como si fuera una colegiala.
—Espero que sepas que éste es un concierto de ska con mezcla de punk postgrunge. La mayoría de la gente irá en vaqueros y camisetas. A lo mejor algo de cuero aquí y allá.
—La mayoría de las citas decentes terminan con cuero. —Su mirada recorrió el apartamento, deteniéndose brevemente en la estantería—. ¿Pero no habías dicho que el espectáculo empezaba tarde?
—Sí. A las once.
—Eso nos deja cuatro horas que matar, encanto. Te vas a tener que cambiar.
Miré mis téjanos negros y mi top rojo. —¿No vale así?
—Realza admirablemente tus piernas, lo reconozco, pero creo que te hará falta una falda o un vestido. Algo como lo que llevabas puesto el día de las clases de swing, sólo que tal vez... más sugerente.
—Me parece que es la primera vez que escucho la palabra «sugerente» aplicada a mi guardarropa.
—Y yo me lo creo. —Señaló al pasillo—. Venga. El tiempo es oro.
Diez minutos más tarde regresé con un ceñido vestido de tela georgette azul marino. Tenía los tirantes muy finos y un dobladillo asimétrico, aserrado y fruncido, que subía a lo largo de mi pierna izquierda. Me había soltado la coleta y la melena caía ahora sobre mis hombros.
Román levantó la cabeza de donde estaba enfrascado en trascendental comunicación cara a cara con Aubrey.
—Sugerente. —Indicó la Biblia del Rey James que descansaba en mi mesita. Estaba abierta, como si hubiera estado hojeándola—. No te tenía por feligresa.
Tanto Seth como Warren habían hecho chistes parecidos. Ese mamotreto estaba echando a perder mi reputación.
—Estoy investigando una cosa, nada más. Hasta ahora está resultando sólo moderadamente útil.
Román se puso de pie y se estiró.
—Probablemente debido a que es una de las peores traducciones que existen.
Recordé la plétora de biblias que había visto.
—¿Me recomendarías alguna mejor? Se encogió de hombros.
—No soy ningún experto, pero lo mejor para documentarse, no por devoción, sería tener más de una. Anotadas. Como las que se usan en la universidad.
Archivé la información, preguntándome si los misteriosos versículos aún podrían desvelar algo más. Por el momento, tenía una cita con la que lidiar.
Terminamos en un pequeño restaurante mejicano escondido en el que no había estado nunca. Los camareros hablaban español (al igual que Román, así las cosas), y la comida no estaba rebajada al gusto estadounidense. Cuando aparecieron dos margaritas en la mesa, comprendí que Román había pedido por mí.
—No quiero beber esta noche. —Recordaba lo aturdida que había acabado la última vez que salimos.
Se me quedó mirando como si acabara de declarar que pensaba dejar de respirar un rato, para variar.
—No lo dirás en serio. En este sitio preparan los mejores margaritas al norte del Río Grande.
—Quiero estar sobria esta noche.
—Uno no te va a matar. Tómatelo con la comida y no te darás ni cuenta. —Me quedé callada—. Por el amor de Dios, Georgina, por lo menos prueba la sal. Un sorbito y estarás enganchada.
A regañadientes, pasé la lengua por el borde. Desencadenó un deseo de beber tequila que rivalizaba con mi instinto sexual de súcubo. Cedí contra mi voluntad y probé un sorbo. Era fantástico.
El menú también, lo que no tenía nada de sorprendente, y terminé tomando dos margaritas en vez de sólo uno. Román resultó tener razón en lo de beber mientras comía, por suerte; sólo me sentía ligeramente achispada, no fuera de control, y sabía que podría manejar la situación hasta que se me pasara el mareo.
—Dos horas más —le dije mientras salíamos del restaurante—. ¿Tienes alguna cosa más en mente?
—Claro. —Inclinó la cabeza en dirección al final de la calle, y seguí el movimiento con la mirada. Miguel`s.
Escarbé en mi memoria.
—He oído hablar de este sitio... espera, ahí se baila salsa, ¿verdad?
—En efecto. ¿Lo has probado alguna vez?
—No.
—¿Cómo? Creía que eras la reina de las pistas.
—Todavía no he terminado con el swing.
La verdad sea dicha, me moría de ganas por probar la salsa. Como los libros de Seth Mortensen, sin embargo, no me gustaba apurar lo bueno hasta el final de una sentada. Seguía disfrutando del swing y quería agotar todas sus posibilidades antes de cambiar de baile. Vivir tanto tiempo hacía que uno saboreara más las cosas.
—Bueno, tendrás que ponerte en modo multitarea. —Me cogió de la mano y empezó a caminar.
Intenté protestar, pero no podía explicarle realmente mi razonamiento; y así, como con los margaritas, claudiqué sin ofrecer mucha resistencia.
El club era un lugar caluroso y repleto de cuerpos, y la música era para morirse. Mis pies empezaron inmediatamente a marcar el compás mientras Román pagaba la entrada y me conducía a la pista de baile. Igual que con el swing, resultó ser un experto en salsa, y me descubrí siguiendo su ritmo con facilidad tras unos cuantos pases de práctica. Tal vez no hubiera demostrado mucho talento a la hora de defender mi postura contra los margaritas, pero llevaba siglos bailando. Llevaba el don en la sangre.
La salsa resultó ser mucho más sensual que el swing. No es que el swing no lo fuera, por descontado, pero la sala poseía un dejo oscuro y sinuoso. No se podía por menos que concentrarse en la proximidad del cuerpo de la otra persona, el modo en que se movían juntas las caderas. Ahora entendía lo que había querido decir Román con «sugerente».
Nos tomamos un descanso después de aproximadamente media hora, y me llevó a la barra.
—Ahora mojitos —me dijo, levantando dos dedos para el camarero—. Para seguir con la temática latina de esta noche.
—No puedo...
Pero los mojitos aparecieron sin mi beneplácito y resultaron estar tremendamente buenos. Los terminamos antes de lo debido, para regresar cuanto antes a la pista.
Cuando llegó la hora de partir en pos al concierto de ska con mezcla de punk postgrunge de Doug, el plan había perdido parte de su atractivo. Me sentía exultante de tanto bailar, acalorada y sudorosa, y me había tomado otro mojito seguido de un chupito de tequila. Sabía que acababa de encontrar una nueva pasión en la sala y maldije para mis adentros a Román por lo que sin duda iba a convertirse en una adicción, aunque en la práctica hubiera caído gustosamente en ella. Su cuerpo se había movido con seductora elegancia, rozándose con el mío de una forma que me había dejado temblando de anhelo.
Salimos a la calle dando tumbos, cogidos de la mano, sin aliento y riéndonos. El mundo daba vueltas ligeramente a mí alrededor, y decidí que seguramente era lo mejor habernos ido cuando lo hicimos. Mis controles motrices habían dejado de funcionar a niveles normales.
—Bueno, ¿dónde aparcamos?
—Estarás de guasa —le dije, tirando de él para doblar una esquina tras la que se atisbaba el suave brillo de un taxi amarillo—. Tenemos que coger un taxi.
—Venga ya, no estoy tan mal.
Pero tuvo el buen tino de no insistir en sus protestas, de modo que llegamos en taxi a la cervecería de Greenlake. La gente entraba y salía en tropel del edificio; había habido otras dos actuaciones antes de la de Doug. Tal y como me temía, nuestras elegantes ropas de baile desentonaban irremediablemente con el desarrapado atuendo de los universitarios, pero ya no parecía un detalle tan importante como cuando Román me recogió.
—No te enredes en juegos de moda —me aconsejó mientras nos abríamos paso hacia el interior de la atestada cervecería—. Estos chavales seguro que nos toman por anticuados conformistas acomodaticios o algo así, pero lo cierto es que ellos también siguen las reglas a su manera. Sencillamente está de moda no ir a la moda.
Oteé la multitud en busca de los chicos de la librería, esperando que nos hubieran reservado una mesa.
—Oh, no. No te pondrás político cuando te emborrachas, ¿verdad?
—No, no. Es sólo que estoy harto de la gente que siempre intenta encajar en un molde, intentando marcar tendencias, ya sea a un lado o a otro. Me enorgullece ser el tipo mejor vestido de todo el local. Crea tus propias normas, eso es lo que digo.
Divisé a Beth y arrastré a Román hasta una mesa en la otra punta del local. Había más colegas sentados con ella: Casey, Andy, Bruce... y Seth. Me dio un vuelco el estómago.
—Bonito vestido —dijo Bruce.
—Te habíamos reservado un asiento. —Casey indicó una silla—. No sabía que fueras a venir con un... amigo.
El tema de las sillas me preocupaba poco. Sólo podía sentir los ojos de Seth sobre mí, su expresión pensativa pero neutra. Me sonrojé, sintiéndome como una completa idiota, y deseé poder dar media vuelta y desaparecer. Tras darle largas con mi estúpida perorata sobre no aceptar citas, aquí estaba yo, bebida y cogida de la mano de Román. No lograba imaginarme qué estaría pensando Seth de mí ahora.
—Ningún problema —declaró Román, ajeno a mis emociones encontradas e impertérrito ante la divertida atención de mis colegas. Se sentó en la silla y me plantó en su regazo—. La compartiremos.
Andy hizo una incursión a la barra y regresó con cervezas para todos salvo Seth, quien, al igual que con la cafeína, prefería abstenerse. Román y yo explicamos dónde habíamos estado, ensalzando la salsa como el nuevo pasatiempo supremo del mundo, consiguiendo que los demás me exigieran que iniciara una segunda ronda de clases de baile.
El grupo de Doug salió enseguida al escenario, y todos vitoreamos apropiadamente a la vista de nuestro subdirector convertido en vocalista de Nocturnal Admission. La cerveza no dejaba de fluir, y aunque seguir bebiendo probablemente era la mayor estupidez que podía cometer, había rebasado el punto en que podía atender a razones. Además, tenía muchas más preocupaciones. Como evitar el contacto visual con un Seth muy callado. Y paladear la sensación de estar encima de Román, con su pecho contra mi espalda y sus brazos ciñéndome la cintura. Su barbilla descansaba en mi hombro, facilitándole el susurrarme al oído y acariciarme ocasionalmente el cuello con los labios. El bulto que sentía bajo los muslos sugería que no era la única que le encontraba ventajas a esta distribución de los asientos.
Doug se acercó a charlar con nosotros durante el descanso, cubierto de sudor pero extasiado. Reparó en mí pegada a Román.
—Vas muy vestida, ¿no, Kincaid? —Se lo pensó mejor—. O muy poco. No sabría decir.
—Mira quién habla —repuse, terminando mi... segunda... ¿o era la tercera?... cerveza.
Doug llevaba puestos unos ajustados pantalones de vinilo rojo; botas militares; y una chaqueta larga de terciopelo púrpura abierta para dejar su torso al descubierto. Un sombrero de copa raído se ladeaba sobre su cabeza.
—Formo parte del espectáculo, nena.
—Igual que yo, «nene».
Hubo algunas risitas. La expresión de Doug se tornó desaprobadora, pero no me dijo nada; en vez de eso le hizo un comentario a Beth sobre la cantidad de gente que había acudido al concierto.
Me introduje en esa especie de túnel visual que se produce a veces por efecto del alcohol, donde me quedé tan atrapada por mi arremolinada y vertiginosa percepción que la conversación y el ruido a mi alrededor se difuminaron en un zumbido ininteligible, y los rostros y los colores quedaron relegados a un telón de fondo irrelevante aislado de mi existencia. En realidad, lo único que sentía era a Román. Hasta el último de mis nervios chillaba, y deseé que las manos que descansaban en mi estómago se deslizaran hacia arriba hasta copar mis senos. Podía sentir los pezones endureciéndose a través de la fina tela, y me pregunté cómo sería girarse y montarlo como había hecho con Warren...
—Servicio —exclamé de pronto, apeándome atropelladamente de Román. Tenía gracia cómo la vejiga de una podía pasar de soportable a intolerable tan deprisa—. ¿Dónde están los servicios aquí?
Los demás me miraron de forma rara, o eso me pareció a mí.
—Allí atrás —apuntó Casey; su voz sonaba muy lejos pese a tenerla tan cerca—. ¿Estás bien?
—Sí. —Me levanté un tirante—. Sólo tengo que usar el baño. —Y alejarme de Román, añadí para mis adentros, para poder pensar con claridad. Como si tal proeza fuera posible en mi estado.
Román empezó a levantarse, tan borracho y bamboleante como yo.
—Te acompaño...
—Ya voy yo —se ofreció apresuradamente Doug—. Tengo que volver a subir para el próximo set de todas formas.
Me cogió del brazo y se abrió camino entre la gente hacia un pasillo menos poblado al fondo. Trastabillé ligeramente sobre la marcha, y aminoró el paso para ayudarme.
—¿Cuánto has bebido?
—¿Antes o después de llegar aquí?
—Joder. Estás ida.
—¿Algún problema?
—En absoluto. ¿Cómo te crees que me paso yo la mayoría de mis noches libres?
Nos detuvimos frente al aseo de señoras. —Seguro que Seth piensa que soy una golfa.
—¿Por qué iba a pensar algo así?
—A él no lo verás bebiendo. Purista de los cojones. Él y sus estúpidas gilipolleces sobre la cafeína y el alcohol.
Mis palabrotas encendieron una chispa de sorpresa en los ojos de Doug.
—No todos los abstemios desprecian a los bebedores, ¿sabes? Además, Seth no me preocupa. El que me molesta es el Don Manos Largas de ahí fuera.
Pestañeé, desconcertada.
—¿Te refieres a Román?
—Menudo cambio has pegado, prácticamente de no aceptar citas a darte el lote en público.
—¿Y? —repuse, ofuscada—. ¿Es que no puedo estar con nadie? ¿No tengo derecho a hacer algo que quiero realmente, para variar, en vez de por deber? —Mis palabras resonaron con más verdad amarga, y volumen, de lo pretendido.
—Por supuesto —me aplacó—, pero esta noche no eres tú. Como no tengas cuidado vas a hacer algo estúpido. Algo de lo que te arrepentirás luego. Deberías pedirles a Casey o a Beth que te lleven a casa...
—¡Ja, menudo elemento estás hecho! —exclamé. Sabía que estaba siendo irracional, que jamás hubiera atacado así a Doug estando sobria, pero no podía parar—. Sólo porque no quiero salir contigo, sólo porque prefiero follar con Warren o con cualquier otro, tienes que entrometerte e intentar mantenerme pura e inmaculada. O tuya o de nadie, ¿no es eso?
Doug palideció; unos pocos curiosos se nos quedaron mirando.
—Dios, Georgina, no...
—¡Eres un hipócrita de mierda! —le grité—. ¡No tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer! Ningún derecho, joder.
—No es eso, me...
No escuché el resto de lo que tuviera que decir. Me di la vuelta e irrumpí en el aseo de señoras, el único lugar donde podía refugiarme de estos hombres. Cuando hube terminado y fui a lavarme las manos, me miré en el espejo. ¿Tenía pinta de borracha? Mis mejillas se veían rosadas, algunas de las ondas de mi cabello un poco más lacias que al comenzar la velada. Y estaba sudando. No muy borracha, decidí. Podría ser mucho peor.
Me imponía respeto salir del aseo, temía que Doug estuviera esperándome. No quería hablar con él. Entró una mujer con un cigarro encendido, y le robé uno, que me fumé en su totalidad acuclillada en un rincón para matar el tiempo. Cuando oí que la banda atacaba de nuevo, supe que estaba a salvo.
Salí del lavabo, y choqué de bruces con Román.
—¿Estás bien? —preguntó, apoyando las manos en mi cintura para estabilizarme—. Me preocupé al ver que no volvías.
—Sí... estoy bien... esto, no, no lo sé —reconocí, apoyándome en él, envolviéndolo con mis brazos—. No sé qué me pasa. Me siento muy rara.
—Está bien —me dijo, dándome unas palmaditas en la espalda—. No pasa nada. ¿Tienes que irte? ¿Puedo hacer algo?
—No... No lo sé... —Me aparté ligeramente y me asomé a sus ojos. Aquellos estanques verdeazulados amenazaban con ahogarme, y de repente no me importaba.
No sé quién empezó (podría haber sido cualquiera de los dos) pero de improviso estábamos besándonos, allí en medio del pasillo, apretando nuestro abrazo, trabajando furiosamente nuestros labios y nuestras lenguas. El alcohol aumentaba mi respuesta física básica, pero atenuaba mi consciencia de la absorción de energía de súcubo. Debía de estar funcionando pese a mi incapacidad para sentirla, sin embargo, porque Román se apartó de mí de repente, desconcertado.
—Qué extraño... —Se llevó una mano a la frente—. Me siento... mareado de golpe. —Vaciló un momento antes de recuperarse y volver a atraerme. Igual que todos los demás. Nunca se percataban de que era yo la responsable, yo la que les hacía daño, así que seguían volviendo a por más.
Su pausa era lo que necesitaba para recuperar un resquicio de sensatez en medio de mi aturdimiento etílico. ¿Qué había hecho? ¿Qué había permitido que me ocurriera esa noche? Cada una de mis interacciones con Román me había hecho traspasar un nuevo límite. Primero había dicho que no aceptaba citas. Luego había accedido sólo a un número limitado de ellas. Esta noche me había jurado que no iba a beber, y ahora apenas si podía mantenerme en pie por culpa del alcohol. Besarnos era otro tabú que acababa de romper. Y no haría sino desembocar en lo inevitable...
En mi imaginación, podía vernos después del sexo. Román despatarrado, pálido y extenuado, drenado de vitalidad. Esa energía crepitaría en mi interior como una corriente eléctrica, y él me miraría fijamente, débil y confuso, incapaz de comprender lo que acababa de perder. Dependiendo de cuánto le robara, podría perder años de su vida. Algunos súcubos poco rigurosos habían llegado incluso a matar a sus víctimas bebiéndoles la vida demasiado rápido.
—No... No... No lo hagas.
Lo aparté de mí, negándome a ver aquel futuro hecho realidad, pero su brazo siguió reteniéndome. Al mirar detrás de él, vi de pronto a Seth, que venía por el pasillo. Se quedó helado al descubrirnos, pero estaba demasiado preocupada como para fijarme en el escritor.
Me faltaba el canto de una moneda para volver a besar a Román, para llevarlo a algún lugar... cualquier lugar... donde pudiéramos estar desnudos y a solas, donde poder hacer todas las cosas con las que fantaseaba. Otro beso... otro beso, y no podría detenerme. Lo deseaba demasiado. Quería estar con alguien de mi elección. Siquiera una vez después de tantos años.
Y por eso precisamente no podía hacerlo.
—Georgina... —empezó Román, desconcertado, sin quitarme aún las manos de encima.
—Por favor —imploré, susurrando—, suéltame. Por favor. Tienes que soltarme.
—¿Qué sucede? No lo entiendo.
—Por favor, suéltame —repetí—. ¡Que me sueltes! —El inesperado volumen de mi voz me sobresaltó incluso a mí, proporcionándome así la pequeña inyección de energía que necesitaba para liberarme de su presa. Extendió los brazos hacia mí, pronunciando mi nombre, pero retrocedí. Sonaba histérica, desquiciada, y así era como me miraba Román—. No me toques. ¡No! ¡Me! ¡Toques!
Estaba más furiosa conmigo misma, con mi vida, que con él. Me invadían la rabia y la frustración, amplificadas por el alcohol, dirigidas contra el universo. El mundo no era justo. No era justo que algunas personas pudieran tener vidas perfectas. Que civilizaciones hermosas tuvieran que convertirse en polvo. Que nacieran bebés con los alientos contados. Que yo estuviera atrapada en este cruel remedo de existencia. Una eternidad para hacer el amor sin amor.
—Georgina...
—No me toques. Nunca jamás. Por favor —susurré con voz ronca, y entonces, hice lo único que me quedaba por hacer. Escapar. Correr. Le di la espalda y corrí por el pasillo, alejándome de Román, de Seth, de la zona de mesas. No sabía adónde iba, pero estaría a salvo. Román estaría a salvo. Quizá fuera incapaz de restañar mis heridas, pero podía evitar que él sufriera ninguna.
La coordinación y la desesperación se combinaron para arrojarme contra la gente, que respondía con distintos grados de educación a mi manía. ¿Me seguía Román? No lo sabía. Había bebido por lo menos tanto como yo; su coordinación no sería mucho mejor. Si pudiera quedarme a solas, cambiaría de forma o me volvería invisible para salir de aquí...
Empujé una puerta, y una oleada de frío aire nocturno me engulló de pronto. Jadeante, miré a mí alrededor. Estaba en el aparcamiento de la parte de atrás. Estaba repleto de coches, y había unos cuantos fumadores de hachís que no me prestaron atención. La puerta que acababa de trasponer se abrió, y me giré, esperándome a Román. En vez de eso vi a Seth, con cara de preocupación.
—No te acerques a mí —le advertí.
Levantó las manos, adelantando las palmas en un gesto conciliador mientras se acercaba despacio.
—¿Estás bien?
Retrocedí dos pasos, revolviendo el interior de mi bolso.
—Estoy bien. Es sólo que tengo que... tengo que salir de aquí... alejarme de él. —Saqué el móvil con la intención de llamar a alguno de los vampiros. Se me escurrió entre los dedos, esquivó mis intentos por capturarlo, y golpeó el asfalto con un chasquido enfermizo—. Joder.
Me arrodillé, recogí el teléfono y contemplé desesperada los garabatos de la pantalla.
—Joder —repetí.
Seth se arrodilló junto a mí.
—¿Qué puedo hacer?
Lo miré. Su cara oscilaba, borrosa.
—Tengo que salir de aquí. Tengo que alejarme de él.
—Vale. Vamos. Te llevaré a casa.
Seth me tomó del brazo, y tuve la vaga impresión de que me conducía unas pocas manzanas hasta un coche de color oscuro. Me ayudó a subir y arrancó. Me recliné en el asiento y me sumergí en la sensación del paseo, dejándome llevar por el balanceo de la inercia, adelante y atrás, adelante y atrás...
—Para.
—¿Qué?
—¡Que pares!
Así lo hizo, y yo abrí la puerta para verter el contenido de mi estómago en la calle. Cuando hube terminado, Seth aguardó un momento antes de preguntar:
—¿Te encuentras en condiciones de seguir?
—Sí.
Pero pocos minutos después, le obligué a hacerse a un lado y repetí la operación.
—Este... viaje me está matando —jadeé cuando volvimos a la carretera—. No puedo quedarme en el coche. El movimiento...
Seth frunció el ceño; de improviso, giró bruscamente a la derecha, a punto de provocar que vomitara dentro del vehículo.
—Lo siento —dijo.
Condujimos unos minutos más, y ya me disponía a pedirle que parara de nuevo cuando el coche se detuvo. Me ayudó a salir, y miré en rededor, sin reconocer el edificio que se alzaba ante nosotros.
—¿Dónde estamos?
—Mi casa.
Me guió adentro, directamente a un cuarto de baño donde no tardé en arrodillarme y rendirle tributo al retrete, liberando nuevamente más líquido del que creía posible que cupiera en mi interior. Era distantemente consciente de Seth a mi espalda, apartándome el pelo. Tenuemente, recordé que los inmortales superiores como Jerome y Cárter podían dejarse afectar por el alcohol hasta donde ellos quisieran, eligiendo despejarse a voluntad. Cabrones.
No sé cuánto tiempo pasé de rodillas antes de que Seth me ayudara a incorporarme con delicadeza.
—¿Te tienes en pie?
—Creo que sí.
—Tienes... eh... en el pelo y en el vestido. Me parece que deberías cambiarte.
Bajé la mirada a la tela georgette azul marino y suspiré.
—Sugerente.
—¿Cómo?
—No importa. —Empecé a bajarme los tirantes para poder desenfundarme el vestido. Seth enarcó las cejas y se dio media vuelta corriendo.
—¿Qué haces? —preguntó con voz fingidamente normal.
—Necesito una ducha.
Desnuda, me metí en la bañera a trompicones y abrí el grifo. Seth, aún sin mirarme, se retiró hasta la puerta.
—No irás a caerte ni nada.
—Espero que no.
Me coloqué debajo del agua, cuyo calor me arrancó un gemido. Me apoyé en la pared de baldosas y dejé que el pesado chorro me purificara. El shock me despejó las ideas de repente. Levanté la cabeza y vi que Seth se había ido; la puerta del cuarto de baño estaba cerrada. Suspiré y cerré los ojos con fuerza, deseando caer de rodillas y desmayarme. Allí de pie, pensé otra vez en Román, en lo agradable que había sido besarlo. No sabía qué iba a pensar de mí ahora, no después de mi comportamiento.
Cuando cerré el grifo y salí de la bañera, la puerta se abrió una rendija.
—¿Georgina? Usa esto.
Una toalla y una camiseta gigante volaron por los aires antes de que la puerta volviera a cerrarse. Me sequé y me puse la camiseta. Era roja y lucía una imagen de Black Sabbath. Qué bien.
La actividad me pasó factura, sin embargo, y volvió a invadirme una oleada de náusea.
—No —gemí, camino del retrete.
La puerta se abrió.
—¿Estás bien? —Seth entró y de nuevo me sujetó el pelo. Esperé, pero no pasó nada. Finalmente me puse de pie, temblorosa. —Estoy bien. Necesito tumbarme.
Me sacó del cuarto de baño y me llevó a un dormitorio presidido por una cama enorme sin hacer. Me desplomé encima de ella, agradecida porque fuera llana y estable, aunque la habitación continuaba dando vueltas. Seth se sentó con cuidado al borde de la cama, observándome con expresión dubitativa.
—Lo siento mucho —le dije—. Siento que hayas tenido que... hacer todo esto.
—No pasa nada.
Cerré los ojos.
—Las relaciones son una mierda. Por eso no acepto citas de nadie. Al final siempre sale alguien perjudicado.
—La mayoría de las cosas buenas conllevan el riesgo de algo malo —observó en tono filosófico.
Me acordé de la carta que me había enviado, en la que hablaba de la relación duradera que había descuidado en favor de su escritura.
—¿Volverías a hacerlo? —pregunté—. ¿Saldrías con esa chica? ¿Aunque supieras que el resultado sería exactamente el mismo?
Se produjo una pausa.
—Sí.
—Yo no.
—¿Tú no qué?
Abrí los ojos y lo miré.
—Estuve casada una vez. —Era la clase de confesión motivada por el alcohol que una no pronunciaría jamás de estar sobria—. ¿Lo sabías?
—No.
—Nadie lo sabe.
—Entonces, ¿no funcionó? —preguntó Seth al ver qué pasaba el tiempo sin que yo añadiera nada más.
No pude evitar soltar una risita de amargura. ¿Que si no funcionó? Eso era quedarse corto. Había sido débil y estúpida, rendida a los mismos impulsos físicos que habían estado a punto de llevarme al desastre con Román. Sólo que en el caso de Aristón, no podía justificar mi desliz con el alcohol. Estaba sobria por completo, y sinceramente, creo que llevaba mucho tiempo planeándolo de todos modos. Igual que él.
Había venido un día para hacerme otra visita, sólo que esta vez no hablamos demasiado. Creo que para entonces los dos estábamos ya por encima de conversaciones. Ambos nos mostrábamos nerviosos, deambulando sin rumbo y quedándonos parados, conversando sobre trivialidades que no nos interesaban realmente. Mi atención estaba volcada sobre su presencia física, sobre su cuerpo y los poderosos músculos de sus brazos y piernas. El aire estaba tan cargado de tensión sexual que me extrañaba incluso que pudiéramos movernos.
Me acerqué a la ventana, con la mirada perdida mientras escuchaba sus pasos por el resto de la casa. Regresó un momento después, situándose a mi espalda esta vez. Sus manos se posaron de repente en mis hombros, el primer contacto intencionado que establecía. Sus dedos me abrasaban como un hierro de marcar, y me estremecí; su presa se afianzó al arrimarse más contra mí.
—Letha —me dijo al oído—, sabes... sabes que pienso en ti a todas horas. Pienso en cómo sería... estar contigo.
—Ya estás conmigo.
—Sabes que no es eso lo que quiero decir.
Me giró para mirarme a la cara; sus ojos eran como aceite hirviendo bañándome el cuerpo, untuosos y abrasadores. Sus manos ascendieron por mi cuello hasta enmarcarme el rostro un momento. Se agachó y dejó la boca flotando a un suspiro de la mía. A continuación, su lengua salió disparada y me rozó los labios, la más leve de las caricias. Mis labios se entreabrieron, y me incliné hacia delante en busca de más, pero retrocedió con una sonrisita. Una de sus manos bajó hasta mi hombro, hasta el broche que sujetaba mi vestido, y lo soltó. El tejido se precipitó por mi cuerpo hasta formar un charco en el suelo, a mis pies, dejándome desnuda frente a él.
Sus ojos ardían, absorbiendo cada detalle. Debería haberme sentido azorada o tímida, pero no fue así. Me sentía maravillosamente. Deseada. Adorada. Querida. Poderosa.
—Haría lo que fuera, cualquier cosa con tal de poseerte ahora mismo —susurró. Sus manos viajaron de mis hombros a mis pechos, mi cintura y mis caderas. Mi madre había dicho siempre que mis caderas eran demasiado estrechas, pero bajo sus dedos, las sentía plenas y sensuales—. Mataría por ti. Viajaría a los confines de la tierra por ti. Haría todo lo que me pidieras. Todo, con tal de sentir tu cuerpo contra el mío y tus piernas enroscadas a mí alrededor.
—Nadie me había dicho nunca nada parecido. —Me sorprendió la tranquilidad impresa en mi voz. Por dentro, estaba derretida. A lo largo de los próximos mil años aproximadamente oiría distintas versiones de sus promesas, propiedad de cien hombres distintos, pero en aquel momento sus palabras sonaban nuevas y refrescantes.
Una sonrisa maliciosa curvó los labios de Aristón.
—Kyriakos debe de decirte cosas así todo el tiempo. —El tono acre en su voz me recordó que, si bien los dos eran amigos desde hacía tiempo, siempre había yacido una rivalidad soterrada bajo dicha amistad.
—No. Me hace el amor con los ojos.
—Yo usaría mucho más que los ojos.
En aquel momento comprendí el poder que ejercen las mujeres sobre los hombres. Era sorprendente y embriagador. Al diablo con los problemas de economía y política; era en el dormitorio donde gobernaban las mujeres. La carne, las sábanas y el sudor eran nuestros instrumentos. Aquella certeza me inundó, atravesándome con un enardecimiento más poderoso del que podría producir jamás afrodisíaco alguno. Me regodeé en aquella sensación, solazándome en esta recién descubierta influencia. Creo que fue esta revelación lo que más tarde haría que los poderes del infierno me convirtieran en súcubo.
Extendí los brazos y, con manos temblorosas, comencé a despojarlo de su túnica. Se quedó quieto mientras lo desvestía, pero hasta la última fibra de su ser vibraba de calor y anhelo. Su respiración se tornó rápida y pesada mientras yo estudiaba ahora su cuerpo, fijándome en todos los parecidos que guardaba con el de Kyriakos, y en todas las diferencias. Pasé las yemas de los dedos sobre él, acariciando levemente la piel bronceada, los músculos bien definidos, los pezones. A continuación mis manos descendieron bajo su estómago para cerrarse en torno a la dura y prolongada turgencia que encontraron allí. Aristón emitió un débil gemido, pero no avanzó hacia mí aún. Seguía aguardando mi consentimiento.
Levanté la mirada de mis manos acariciadoras y estudié su rostro. Era cierto que haría cualquier cosa por mí. Al tomar conciencia de ello, mi necesidad de él no hizo sino acrecentarse.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras —le dije por fin.
Hice que sonara como una concesión, pero en verdad deseaba que hiciera conmigo lo que quisiese. Mis palabras rompieron el hechizo que nos separaba. Fue como el derrumbamiento de un dique. Como expulsar el aliento después de llevar mucho tiempo aguantándolo. Un raudal. Una liberación. Mi cuerpo se desplomó casi sobre el suyo, como si hubiera estado rebelándose contra unas ligaduras ahora cortadas. Su contacto me hizo comprender que deberíamos habernos tocado mucho antes.
Me apresó en un beso implacable, enterrando la lengua en mi boca mientras sus manos se movían debajo de mí para adherirse al dorso de mis muslos. Con un solo movimiento, me levantó en volandas y pegó mi espalda contra la pared. Mis piernas se anillaron en sus caderas, necesitaba tenerlo más cerca; y entonces, de una brusca estocada, me penetró. No sé si es que yo era demasiado estrecha o él demasiado grande, quizá las dos cosas, pero el dolor se produjo en un estallido placentero. Solté un gritito de sorpresa, pero no se detuvo para ver si me encontraba bien. Lo había poseído la pasión, ese impulso animal encerrado en lo más hondo de nuestra sangre que garantiza la perpetuación de la especie. Se concentró ahora exclusivamente en su propio placer mientras empujaba contra mí, una y otra vez, cada vez con más fuerza, como si se creciera con cada gemido y chillido que escapaba de mis labios. Jamás hubiera pensado que podría encontrar liberación en un sexo tan basto, pero lo hice... más de una vez. Cada consumación me bañaba como una abrasadora oleada de sensaciones, naciendo en el fondo de mí ser y propagándose por todo mi cuerpo, restregándose contra cada uno de mis nervios, cubriendo hasta la última de mis partes para saturarme por completo. A continuación la oleada explotaba en fragmentos rutilantes, dejándome encendida, dolorida y sin aliento. Era como hacerse pedazos y regenerarse. Era exquisito. Cada uno de estos orgasmos parecía espolearlo hasta que llegó al clímax. Esta vez fui yo la que se creció con su liberación, clavándole las uñas en la espalda con todas mis fuerzas, asiéndome a él, poniendo un tembloroso y jadeante punto final al episodio.
Y sin embargo, aquello no fue realmente el final; tardó apenas unos instantes en estar listo de nuevo. Me llevó a la cama y esta vez me colocó de rodillas, inclinándose sobre mí por la espalda.
—He oído que las viejas dicen que ésta es la mejor postura para concebir un hijo —susurró.
Dispuse apenas de un momento para ponderar sus palabras antes de tenerlo nuevamente dentro de mí, aún brusco y exigente. Pensé en lo que había dicho mientras me embestía, que quizá fuera él quien me diera descendencia después de todo, no Kyriakos. Aquella idea me hizo sentir extraña, ávida y pesarosa a un tiempo.
Aristón no tenía tantas preocupaciones cuando yacíamos tendidos encima de las mantas ya entrada la tarde, ambos agotados y rendidos mientras el sol que entraba por la ventana nos bañaba con su calor.
—El problema podría ser de Kyriakos —me explicó—. No tuyo. Con todas las veces que te he cubierto hoy, es imposible que no te quedes preñada. —Me chupó el lóbulo de la oreja y me rodeó con los brazos por detrás, dejando que sus manos descansaran en mis pechos—. Te he llenado a rebosar, Letha.
Su voz era baja y dominante, como si acabara de conseguir algo más tangible que el simple sexo. De pronto me pregunté quién sería el que ostentaba el poder en el dormitorio después de todo.
Me apoyé en él, pensando en lo que había hecho y en lo que quería hacer ahora. ¿Cómo podía volver a ser una esposa tras haber sido una diosa? No tuve que decidir nada, sin embargo, porque lo siguiente que supe fue que Kyriakos había llegado antes de tiempo y me llamaba desde el frente de la casa. Aristón y yo nos sentamos de golpe, sobresaltados. Mis dedos se enmarañaron mientras intentaba zafarme de las mantas, enredándose en ellas. Mi vestido. Tenía que encontrar mi vestido. Pero no estaba allí, comprendí. Lo había dejado en la otra habitación. A lo mejor, pensé desesperadamente, podía recuperarlo antes de que Kyriakos nos encontrara. A lo mejor podía ser lo bastante rápida. Pero no lo fui.
En el presente, lo único que le dije a Seth fue:
—Eso. No funcionó. En absoluto. Lo engañé.
—Ah. —Una pausa—. ¿Por qué?
—Porque sí. Fue una estupidez.
—¿Por eso no sales con nadie?
—Todo aquello fue demasiado doloroso. No salió nada bueno que compensara lo malo.
—No puedes estar segura de que la próxima vez también saldrá mal. Las cosas cambian.
—Para mí no. —Cerré los ojos para ocultar las lágrimas que los anegaban—. Ahora voy a desmayarme.
—Está bien.
Tal vez se fue o tal vez se quedó; no lo sé. Sólo sé que me quedé inconsciente, sumida en un sueño negro y entumecedor.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:22 pm


Capítulo 15

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A veces una despierta de un sueño. Y a veces, de vez en cuando, una despierta dentro de un sueño. Eso fue lo que me pasó. Abrí los ojos, con las sienes palpitando, vagamente consciente de algo cálido y peludo en los brazos. La brillante luz del sol me hizo entrecerrar los párpados al principio, pero cuando enfoqué la vista por fin, comprendí que estaba mirando a Cady y O'Neill directamente a la cara.
Me enderecé de golpe, gesto que mi cabeza no aprobó en absoluto. Seguro que estaba equivocada. Seguro que... no, seguían allí. Ante mí, junto a la cama en la que estaba sentada, había una gran mesa de roble rodeada de corcheras y pizarras blancas. Clavados en las corcheras había recortes de revistas, rostros y más rostros de personas que reflejaban hasta el último detalle de los personajes descritos en los libros de Seth. Una sección, titulada NINA CADY, mostraba al menos veinte recortes distintos de rubias esbeltas con el pelo corto y rizado; otra, titulada BRYANT O'NEILL, exhibía treintañeros de aspecto serio y cabello moreno. Algunos de los recortes estaban sacados de anuncios famosos que reconocí, aunque nunca había establecido la conexión entre su parecido con los personajes de Seth. Otros personajes secundarios de las novelas también tenían cabida en la exhibición, aunque de forma menos prominente que los dos protagonistas.
Inundaban las pizarras blancas montones de notas y palabras garabateadas, la mayoría organizadas en una suerte de extraño diagrama compuesto de abreviaturas que no tenían el menor sentido. Título provisional: Esperanzas azures arreglar más tarde; Añadir a Jonah en el cap. 7; pulir 57; ¿C&O en Tampa o en Nápoles? Comprobar descripciones; Don Markos en 8... Los garabatos no se acababan. Los miré fijamente, comprendiendo que estaba contemplando los cimientos de la próxima novela de Seth. Una parte de mí me susurró que debería apartar la mirada, que estaba echando algo a perder, pero el resto de mi ser se sentía demasiado fascinado por este atisbo de la forma en que nacían a la vida una novela y su mundo.
Por fin, el olor a beicon frito hizo que me apartara de la mesa de Seth, obligándome a resolver el rompecabezas de cómo había llegado hasta allí. Hice una mueca al recordar lo idiota que había sido delante de Doug, Román, e incluso Seth, pero el hambre consiguió aplacar temporalmente mis remordimientos. Aunque parezca extraño que pudiera tener hambre después de lo que me había metido en el estómago anoche, mi cuerpo se regeneraba deprisa, como Hugh de sus heridas.
Tras liberarme de las sábanas y soltar el osito de peluche que estaba abrazando sin darme cuenta, me dirigí al cuarto de baño para enjuagarme la boca y evaluar mi aspecto: desgreñado y totalmente adolescente con la camiseta. No quería malgastar energías cambiando de forma, sin embargo, de modo que salí trotando del cuarto de baño, siguiendo el sonido del aceite hirviendo mientras de fondo sonaba el «Radar Love» de los Golden Earring.
Encontré a Seth en una cocina moderna y bien iluminada, atareado con una sartén en el fuego. La combinación de colores era brillante y alegre, acentuados los armarios y las vigas de madera de arce por la pintura azul aciano de las paredes. Al verme, bajó el volumen de la música y me dedicó una mirada solícita. Su camiseta exhibía hoy a Tom y Jerry.
—Buenos días. ¿Cómo te encuentras?
—Sorprendentemente bien. —Me dirigí a una mesa pequeña para dos personas y me senté, tirando de la camiseta para taparme los muslos—. Por ahora parece que la única perjudicada es mi cabeza.
—¿Quieres algo para eso?
—No. Ya se despejará sola. —Vacilé, detectando algo a través del olor a carne salada y grasienta—. ¿Eso es... café?
—Sí. ¿Quieres?
—¿Normal?
—Sí. —Se acercó a un cazo, llenó una taza de café humeante y me la trajo, junto con un bonito juego para el azúcar y la leche. —Pensaba que tú no bebías de esto.
—Y no lo bebo. Sólo lo tengo a mano para cuando se despierte en mi cama alguna fanática de la cafeína.
—¿Eso ocurre a menudo?
Seth sonrió misteriosamente y regresó a los fogones.
—¿Tienes hambre?
—Muchísima.
—¿Cómo te gustan los huevos?
—Más que duros.
—Buena elección. ¿Quieres beicon también? No serás vegetariana ni nada.
—Carnívora hasta la médula. Quiero el lote completo... si no es pedir demasiado. —Me sentía algo cohibida dejando que me sirviera, teniendo en cuenta todo lo que ya había hecho por mí. A él no parecía importarle.
El lote completo resultó ser más de lo que me imaginaba: huevos, beicon, tostadas, dos tipos de mermelada, café, tarta y zumo de naranja. Lo devoré todo, pensando en lo celoso que se pondría Peter, confinado todavía a su dieta baja en calorías.
—Estoy muerta de tanto zampar —le dije a Seth al final, mientras le ayudaba a recoger los platos—. Tengo que volver a la cama y dormir. ¿Comes así todos los días?
—Nah. Sólo cuando se dejan caer las mujeres ya mencionadas. Así me aseguro de que no se vayan demasiado pronto.
—No hay peligro, considerando que ésta es toda mi ropa.
—Falso —repuso, indicando el salón. Al levantar la cabeza vi mi vestido, limpio, en una percha. Del gancho colgaban mis braguitas transparentes—. En la etiqueta pone que hay que limpiarlo en seco, pero me arriesgué a poner el programa más delicado de la lavadora. Salió bien. También lo otro.
—Gracias —respondí, sin saber muy bien cómo reaccionar ante el hecho de que hubiera lavado mi ropa interior—. Gracias por todo. Aprecio de veras lo que hiciste por mí anoche... pensarás que soy un bicho raro...
Se encogió de hombros.
—No tiene importancia. Pero —miró de reojo a un reloj que había cerca— es posible que tenga que abandonarte dentro de poco. ¿Te acuerdas de esa fiesta? Empieza a mediodía. Puedes quedarte aquí todo lo que quieras.
Volví la cabeza hacia el mismo reloj. Las once cuarenta y siete.
—¡Mediodía! ¿Por qué no me despertaste antes? ¡Llegarás tarde!
Se encogió de hombros otra vez, infinitamente despreocupado.
—Pensé que te vendría bien dormir.
Dejé la toalla que estaba sujetando, corrí al salón y agarré mi vestido.
—Llamaré a un taxi. Vete. No te preocupes por mí.
—En serio, no hay ningún problema —repuso—. Puedo llevarte a casa en coche, o... bueno, si te apetece, podrías acompañarme.
Los dos nos quedamos violentamente helados. La verdad, no me apetecía ir a ninguna fiesta extraña. Lo que necesitaba era irme a casa y arreglar las cosas con Román y Doug. Sin embargo... Seth se había portado extraordinariamente bien conmigo, y ya me había pedido antes que lo acompañara a ese sitio. ¿No le debía una? Lo menos que podía hacer era esto por él. Una fiesta vespertina seguramente ni siquiera duraría tanto.
—¿Tendríamos que llevar algo? —Pregunté al final—. ¿Vino? ¿Brie?
Sacudió la cabeza.
—No creo. Es en honor de mi sobrina de ocho años.
—Ah. Entonces, ¿nada de vino?
—No. Y creo que su queso preferido es el gouda. Miré el vestido.
—Daré la nota. ¿Tienes algo que me pueda echar encima de esto?
Siete minutos más tarde estaba sentada en el coche de Seth, camino de Lake Forest Park. Me había vuelto a poner el vestido de georgette, más una camisa de franela de hombre a cuadros blancos, grises y azul marino. Llevaba la camisa abierta salvo por un par de botones. Me habría trenzado el pelo en vez de cambiarlo de forma, y estaba aplicándome a toda prisa el maquillaje que llevaba en el bolso sobre la marcha. Tenía la sospecha de que mi aspecto era una mezcla de Ginger Rogers y Nirvana.
Llegamos a la casa en los suburbios donde había dejado a Seth hacía unas semanas. Un racimo de globos rosas ondeaba en el buzón, y una madre vestida con vaqueros y una sudadera le decía adiós con la mano a una niña pequeña mientras ésta entraba en el edificio. Dicha madre regresó a continuación al gigantesco vehículo, capaz de transportar a un equipo de fútbol entero, que aguardaba con el motor encendido en el camino de entrada.
—Guau —dije, contemplándolo todo—. Nunca había estado en un sitio así.
—Seguro que sí, cuando eras pequeña —repuso Seth mientras aparcaba al otro lado de la calle.
—Bueno, ya —mentí—. Pero a esta edad es una experiencia distinta.
Nos acercamos a la puerta principal y pasamos sin llamar. Cuatro figuritas rubias se abalanzaron sobre él de inmediato, abrazándose a sus piernas y amenazando con derribarlo.
—¡Tío Seth! ¡Tío Seth!
—¡Ha llegado el tío Seth!
—¿Eso es para mí? ¿Eso es para mí?
—Desistid, antes de que saque el gas lacrimógeno —las regañó Seth, sonriendo; aflojó la presa de una que amenazaba con arrancarle el brazo izquierdo de cuajo.
Otra de ellas, toda rizos amarillos y gigantescos ojos azules como las demás, se fijó en mí.
—Hola —dijo sin rodeos—, ¿y tú quién eres? —Sin darme tiempo a responder, salió disparada del recibidor, gritando—: ¡El tío Seth ha traído una chica!
Seth hizo una mueca.
—Ésa es Morgan. Tiene seis años. —Apuntó con el dedo a un clon suyo—. Ésta es McKenna, su hermana gemela. Ahí está Kayla, cuatro. Ésta de aquí —levantó del suelo a la más alta de todas, arrancándole una carcajada— es Kendall, la cumpleañera. Y supongo que Brandy andará por alguna parte, pero es demasiado civilizada como para asaltarme igual que el resto.
Al otro lado del recibidor se extendía un salón, donde otra niña rubia, algunos años mayor que Kendall, nos observaba tras el respaldo de un diván. Detrás de ella correteaban y gritaban una hueste de críos; los invitados a la fiesta, supuse.
—Estoy aquí, tío Seth.
Seth dejó a Kendall en el suelo y le alborotó el pelo a Brandy, para fastidio de ésta, que puso la cara de orgullo herido que sólo pueden poner quienes se encuentran al filo de la adolescencia. Morgan regresó poco después, seguida de una mujer alta y rubia.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? —Exclamó la pequeña—. Te lo dije.
—¿Siempre causas tanto alboroto? —preguntó la mujer, dándole un rápido abrazo a Seth. Parecía feliz pero extenuada. Entendía por qué.
—Ojalá. Mis fans no son ni la mitad de entusiastas. Andrea, ésta es Georgina. Georgina, Andrea. —Le di la mano mientras una versión ligeramente más baja y joven de Seth entraba en la sala—. Y ése es mi hermano, Terry.
—Bienvenida al caos, Georgina —me dijo Terry tras las presentaciones. Miró de reojo a todos los niños, propios y ajenos, que corrían por toda la casa—. No sé si Seth habrá obrado bien trayéndote aquí. No saldrás nunca.
—Oye —exclamó Kendall—, ¿ésa no es la camisa que le regalamos al tío Seth por Navidad?
Un silencio embarazoso se abatió sobre los adultos mientras todos intentábamos mirar a otro lado. Al cabo, Andrea carraspeó y dijo:
—Vale, chicos, todos a sus puestos y que comiencen los juegos.
Me esperaba que una fiesta de cumpleaños infantil fuera salvaje, pero lo que aconteció aquella tarde superó todas mis expectativas. Igualmente impresionante era el modo en que el hermano y la cuñada de Seth conseguían controlar al rebaño de vociferantes y saltarinas criaturas que de alguna manera parecían estar en todos los rincones de la casa a la vez. Terry y Andrea los trataban a todos con paciente eficiencia, mientras Seth y yo hacíamos poco más que mirar y eludir las ocasionales preguntas al azar lanzadas contra nosotros. Como observadora, toda aquella experiencia me aturdía; no lograba imaginarme lo que sería enfrentarse a algo así todos los días. Era fascinante.
En cierta ocasión, mientras recuperaba el aliento, Terry me vio sola y entabló conversación.
—Me alegra que hayas venido —dijo—. No sabía que Seth estuviera saliendo con alguien.
—Sólo somos amigos —rectifiqué.
—Aun así. Es agradable verlo con alguien de carne y hueso. No imaginario.
—¿Es cierto que estuvo a punto de perderse tu boda?
Terry hizo una mueca a modo de confirmación.
—Mi padrino, si te lo puedes creer. Se presentó dos minutos antes de que empezara la ceremonia. Ya nos disponíamos a comenzar sin él.
Sólo pude reírme.
Sacudió la cabeza.
—Si sigues saliendo con él, asegúrate de meterlo en vereda. Mi hermano será un genio, pero Dios, a veces necesita que lo lleven de la mano.
Tras las partidas de cartas vino la tarta, y después de la tarta llegaron los regalos. Kendall levantó el paquete de Seth con gesto experto y lo agitó.
—Libros —declaró.
Brandy, la más adulta y por consiguiente más callada del grupo, me miró de reojo y explicó:
—El tío Seth siempre nos regala libros.
Esto no pareció desmoralizar a Kendall. Rasgó el envoltorio y chilló de júbilo ante las tres recopilaciones de historias de piratas que contenía.
—Piratas, ¿eh? —le dije a Seth—. ¿Eso es políticamente correcto?
Le brillaban los ojos.
—Es lo que quiere ser de mayor.
Mientras la fiesta se prolongaba y los invitados eran finalmente recogidos por sus padres, Kendall acosó a Seth para que le leyera algún cuento, y lo seguí, junto con las sobrinas y otros rezagados, al salón mientras los padres de las niñas intentaban fregarlo todo en la cocina. Seth leyó con la misma pasión de la que hiciera gala durante su sesión de firmas, y yo me acurruqué en un sillón, conformándome con escuchar y observar. Me llevé un susto cuando la figurita de Kayla se encaramó y se sentó en mi regazo.
Era la más pequeña de todas, capaz de chillar como la que más pero poco dispuesta a hablar. Me estudió con los soles que tenía por ojos, me tocó la trenza con interés, y se ovilló contra mí para escuchar a Seth. Me pregunté si comprendería algo de lo que él decía. En cualquier caso, era suave, cálida y olía como huelen las niñas pequeñas. Inconscientemente, pasé los dedos por las finas y sedosas hebras de cabello dorado y pronto empecé a tejerlas en una trenza parecida a la mía.
Cuando Seth terminó la historia, McKenna vio lo que yo estaba haciendo.
—Luego yo.
—No, yo —ordenó con vehemencia Kendall—. Es mi cumpleaños.
Terminé haciéndoles trenzas a las cuatro chiquillas más jóvenes. Brandy se hizo tímidamente la remolona. Puesto que no quería cuatro copias mías, elegí otros estilos para las niñas, espiguillas y trenzas agrupadas que hicieron las delicias de mis modelos. Seth siguió leyendo, levantando ocasionalmente la cabeza hacia mí y mi trabajo.
Cuando llegó la hora de irse, me sentía física y emocionalmente agotada. Los niños siempre me inspiraban un sentimiento de añoranza; estar tan cerca de ellos me entristecía directamente de una forma que no podía explicar.
Seth se despidió de su hermano mientras yo esperaba junto a la puerta. Mientras lo hacía, reparé en una pequeña estantería que había a mi lado. Tras estudiar los títulos, seleccioné la Nueva Biblia anotada de Burberry: Viejo y Nuevo Testamento. Recordando lo que había dicho Román sobre lo mala que era la traducción en la versión del Rey James, abrí el libro y busqué el Génesis 6.
El enunciado era prácticamente idéntico, un poco más depurado y moderno en algunas partes, pero inalterado en su mayor parte. Con una excepción. En el versículo 4, la versión del Rey James decía: «En aquel entonces había gigantes en la Tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres...» En esta versión, sin embargo, ponía: «En aquellos días los nefilim caminaban sobre la Tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres...»
¿Nefilim? Junto a la palabra había un subíndice, que seguí hasta la nota a pie de página adecuada.
El término «nefilim» se traduce a veces como «gigantes» o «caídos». Las distintas fuentes discrepan en el origen de estos descendientes angelicales, citándolos en ocasiones como vecinos de los cananeos y otras como criaturas parecidas a los titanes que nos recordarían a los héroes griegos (Harrington, 2001).
Frustrada, busqué la referencia de Harrington en la bibliografía del libro, donde encontré que estaba extraída de Misterios y leyendas de la Biblia, de Robert Harrington. Memoricé el título y el autor, y dejé la Biblia en su sitio justo cuando Seth se giraba ya para marcharse.
Condujimos en silencio, con el cielo agrisándose ya ante la proximidad del invierno de Seattle. Normalmente habría interpretado el silencio en el coche como extraño o violento, pero lo encontré reconfortante mientras mi mente giraba en torno a la referencia sobre los nefilim. Decidí que tenía que echarle el guante al libro de Harrington.
—No tenían helado —comentó Seth de repente, interrumpiendo mis cavilaciones. ¿Eh?
—Terry y Andrea. La tarta no era de helado. ¿Te apetece uno?
—¿No has tenido ya suficiente azúcar?
—Es que pegan, eso es todo.
—Ahí fuera estamos a diez grados —le advertí mientras aparcaba junto a una heladería. Tomar helado cuando el tiempo era tan inclemente se me antojaba raro—. Y hace viento.
—¿Me tomas el pelo? En Chicago, este sitio ni siquiera estaría abierto en esta época del año. La temperatura es agradable.
Entramos. Seth encargó un cucurucho doble de menta y chocolate con trocitos de galleta. Yo fui más atrevida y pedí uno de tarta de queso con arándanos y sorbete de moca con almendras. Nos sentamos a una mesa junto a las ventanas y degustamos nuestros azucarados manjares de nuevo en silencio.
Al final, dijo:
—Hoy estás muy callada.
Lo miré extrañada, haciendo una pausa en mi disección mental de los nefilim.
—Esto es nuevo.
—¿El qué?
—Por lo general soy yo la que piensa que estás muy callado. Tengo que hablar sin parar para que la conversación no decaiga.
—Ya lo había notado. Esto, no era eso lo que quería decir. Ha sonado mal. Me gusta que hables. Siempre sabes qué decir. La palabra justa en el momento adecuado.
—Menos anoche. Anoche dije cosas horribles. A Doug y a Román. Nunca me lo perdonarán —me lamenté.
—Seguro que sí. Doug es buen tipo. No conozco bien a Román, pero...
—¿Pero qué?
Seth parecía incómodo de repente.
—Me imagino que eres fácil de perdonar.
Nos quedamos mirándonos un momento, y sentí calor en las mejillas. No era el calor de desnudarse y abalanzarse sobre alguien con la sangre hirviendo, sino una calidez placenteramente familiar. Como arroparse con una manta.
—Eso tiene una pinta horrible, ¿sabes?
—¿El qué?
Señaló mi cucurucho.
—Esa mezcla.
—Oye, no lo critiques antes de probarlo. En realidad combinan muy bien.
Puso cara de dudar de mis palabras. Acerqué la silla y le ofrecí un mordisco. —Asegúrate de probar los dos sabores.
Se agachó para morder y consiguió pescar sendos pedazos de tarta de queso con arándanos y sorbete de moca con almendras. Lamentablemente, un pedazo de tarta de queso con arándanos se le pegó a la barbilla en el proceso. Alargué la mano instintivamente para detener la gota y deslizaría de nuevo a sus labios. Del mismo modo, Seth enjugó el helado con la lengua, lamiéndome los dedos.
Una descarga de erotismo me recorrió de la cabeza a los pies, y al mirarlo a los ojos supe que él también la había sentido.
—Toma —dije atropelladamente, buscando una servilleta, ignorando el deseo de devolver mis dedos a su boca.
Seth se limpió la barbilla con ella, pero por una vez no se dejó vencer por la timidez. Se quedó donde estaba, inclinado sobre mí.
—Tu fragancia es asombrosa. Como... gardenias.
—Nardos —lo corregí automáticamente, aturdida por su proximidad.
—Nardos —repitió—. E incienso, creo. No había olido nunca nada igual. —Se acercó un poquito más.
—Es Michael, de Michael Kors. Lo venden en todas las perfumerías de renombre. —Solté casi un gemido cuando las palabras abandonaron mis aturullados labios. Menuda idiotez acababa de soltar. Los nervios me volvían frívola—. A lo mejor Cady podría empezar a ponérselo.
Seth estaba completamente serio.
—No. Ésta eres tú. Sólo tú. No olería exactamente igual en nadie más.
Me estremecí. Usaba este perfume porque era una reminiscencia de lo que los demás inmortales presentían en mi firma única, mi aura. Ésta eres tú. Con esas simples palabras, me sentí como si Seth acabara de descubrir una parte secreta de mí, como si hubiera visto mi alma.
Nos quedamos allí sentados, con la química ardiendo abrasadora entre nosotros, sin que ninguno de los dos actuara. Sabía que él no intentaría besarme como había hecho Román. Seth se conformaba simplemente con mirarme, con hacerme el amor con los ojos.
El viento apresó de improviso la puerta del diminuto establecimiento, abriéndola de golpe al entrar una fuerte ráfaga. Me azotaron el rostro mechones de cabello, y aplasté con las manos las servilletas que amenazaban con escapar volando de nuestra mesa. Otros artículos de la heladería no tuvieron tanta suerte: se formó un remolino de servilletas y papeles, y una taza llena de cucharillas de plástico se cayó del mostrador, esparciendo su contenido por el suelo. El dependiente salió corriendo de detrás del mostrador para cerrar la puerta, peleándose con el viento hasta lograr encajar el pestillo. Una vez hecho esto, lanzó una mirada de enfado a la puerta.
Roto el hechizo, cualquiera que fuese, Seth y yo recogimos nuestras cosas y salimos poco después. Le pedí que me dejara en la librería. Esperaba que Doug estuviera allí para disculparme con él, y quería echarle el guante al libro de Harrington.
—¿Quieres entrar un rato? ¿Saludar a la gente? —Me sentía remisa a separarme de Seth ahora, a pesar de todas mis tareas pendientes.
Sacudió la cabeza.
—Lo siento. Tengo que irme. Voy a ver a alguien.
—Ah. —Me sentí un poco tonta. Que yo supiera, lo mismo podría tener una cita. ¿Y por qué no? Tampoco es que yo fuera su único contacto social, sobre todo después de mi discursito sobre no aceptar citas. Era una estupidez darle tanta importancia a lo ocurrido en la heladería, sobre todo si se suponía que estaba loca por Román—. Bueno. Gracias por todo. Te debo una.
Descartó mi oferta con un ademán.
—No ha sido nada. Además, me devolviste el favor yendo a la fiesta.
Era mi turno de negar con la cabeza.
—No hice nada realmente. Seth se limitó a sonreír.
—Nos vemos.
Me apeé del coche y de repente volví a asomar la cabeza al interior. —Oye, debería habértelo preguntado antes. ¿Me has firmado ya el libro? ¿El pacto de Glasgow?
—Ay... Dios. No. Es increíble que se me haya olvidado. Todavía está en mi casa. Enseguida lo firmo y te lo traigo. Lo siento. —Parecía apesadumbrado de veras.
—Vale. No pasa nada. —Debería haber peinado su apartamento de arriba abajo hasta encontrarlo.
Nos dijimos adiós de nuevo, y entré en la librería. Si recordaba correctamente mi horario, Paige debería haber abierto y Doug realizaría ahora las funciones de encargado. Efectivamente, estaba en el mostrador de información, observando mientras Tammi ayudaba a un cliente.
—Hola —dije mientras me acercaba a él, hecha un manojo de nervios al recordar mis duras palabras—. ¿Puedo hablar un momento contigo?
—No.
Guau. Me esperaba que estuviera enfadado... ¿pero esto?
—Antes tienes que llamar a tu amigo.
—Mi... ¿Qué?
—El tipo ése —me explicó Doug—. El cirujano plástico que sale con Cody y contigo. ¿Hugh?
—Sí, ése. Ha llamado, no sé, como cien veces, dejando mensajes. Estaba preocupado por ti. —Su expresión se volvió blanda y recelosa al mismo tiempo mientras reparaba en mi conjunto de vestido y camisa de franela—. Igual que yo.
Fruncí el ceño, extrañada por el apremio de Hugh.
—Bueno. Le llamaré ahora. ¿Hablamos más tarde?
Doug asintió con la cabeza, y yo empecé a sacar mi móvil hasta que recordé que lo había roto la noche anterior. Me retiré a la oficina de la parte de atrás, me senté en la mesa y llamé a Hugh.
—¿Diga?
—¿Hugh?
—Dios santo, Georgina. ¿Dónde diablos te habías metido?
—Esto, er, en ninguna parte...
—Llevamos toda la noche y toda la mañana intentando localizarte.
—No estaba en casa —expliqué—. Y se me ha estropeado el móvil. ¿Por qué? ¿Qué sucede? No me digas que ha habido otro.
—Eso me temo. Otro asesinato esta vez, nada de palizas amistosas. Al no dar contigo, los vampiros y yo pensamos que te habría encontrado también, aunque Jerome dijo que podía sentir que estabas bien.
Tragué saliva.
—¿Quién... quién ha sido?
—¿Estás sentada?
—Más o menos.
Me preparé para escuchar cualquier cosa. Demonio. Diablillo. Vampiro. Súcubo.
—Lucinda.
Parpadeé.
—¿Cómo? —Todas mis teorías sobre justicieros contra el mal saltaron por los aires—. No es posible. Pero si es... es... Hugh terminó la frase por mí:
—Un ángel.


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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:23 pm

Capítulo 16

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—¿Georgina?
—Sigo aquí.
—Menudo embrollo, ¿verdad? Supongo que esto anula tu teoría sobre ángeles vengadores.
—No estoy tan segura.
Mi desolación inicial se había sustituido por una idea nueva, una idea que llevaba filtrándose en mi subconsciente desde que leí el pasaje bíblico en casa de Terry y Andrea. Me preguntaba... me preguntaba exactamente a qué estábamos enfrentándonos, si sería un ángel después de todo. Recordé las palabras del Génesis: En aquel entonces había gigantes en la Tierra... Éstos son los héroes de antaño, hombres famosos...
—¿Qué opina Jerome de todo esto?
—Nada. ¿Qué esperabas?
—¿Pero todo el mundo está bien?
—Bien, que yo sepa. ¿Qué vas a hacer? Ninguna estupidez, espero.
—Tengo que comprobar una cosa.
—Georgina... —me advirtió Hugh.
—¿Sí?
—Ten cuidado. Jerome está de un humor de perros por culpa de todo esto.
Me reí secamente.
—Me lo imagino.
Un silencio azorado se apoderó de la línea.
—¿Qué me estás ocultando?
Vaciló un momento más.
—Esto... esto te pilla por sorpresa, ¿verdad? ¿Lo de Lucinda?
—Desde luego. ¿Por qué no iba a hacerlo? Otra pausa.
—Es sólo que... en fin, tienes que reconocer que es un poco raro, primero Duane...
—¡Hugh!
—Y luego, quiero decir, como nadie podía localizarte...
—Ya te lo he dicho, se me ha estropeado el móvil. No hablarás en serio.
—No, no. Es sólo... no sé. Luego hablamos. Colgué.
¿Lucinda muerta? ¿Lucinda, con su falda de espiguilla y su pelo a lo garçon. Era imposible. Me sentía fatal; acababa de verla el otro día. Vale, la había llamado zorra santurrona, pero no le deseaba esto. Como tampoco deseaba la muerte de Duane.
Sin embargo, las conexiones que había trazado Hugh eran extrañas, demasiado para mi gusto. Había discutido tanto con Duane como con Lucinda, y los dos habían fallecido poco después. Pero Hugh... ¿dónde encajaba él? Recordé la pulla de Lucinda: ¿Qué significa la amistad para los de tu clase?... Según tengo entendido, se lo pasó bomba contándole a quien quisiera escuchar lo de tu disfraz con el látigo y las alas. Era cierto que había tenido un pequeño encontronazo con el diablillo justo antes de su agresión. Agresión tan ligera como nuestra discusión, habida cuenta de que había sobrevivido.
Me estremecí, preguntándome qué significaría todo aquello. En ese momento entró Doug.
—¿Todo aclarado?
—Sí. Gracias. —Nos quedamos callados unos instantes incómodos, hasta que me decidí a abrir las compuertas de mi culpa—. Doug, me...
—Olvídalo, Kincaid. No tiene importancia.
—No debería haberte dicho lo que te dije. Estaba...
—Borracha. Mamada. Hasta las patas. Suele ocurrir.
—Aun así, no tenía derecho. Sólo intentabas ser amable, y me puse como una perra psicópata contigo.
—Tampoco te pusiste tan psicópata.
—¿Pero perra sí?
—Bueno... —Disimuló la sonrisa, sin mirarme a los ojos.
—Lo siento, Doug. Lo siento de veras.
—Para. Tanto sentimentalismo me va a matar.
Me incliné hacia él y le di un apretón en el brazo, apoyando la cabeza ligeramente en su hombro.
—Eres buena persona, Doug. Realmente buena. Y buen amigo. Siento... siento todas las cosas que han pasado... o que no han pasado... entre nosotros.
—Oye, olvídalo. Para eso están los amigos, Kincaid. —Se hizo un silencio violento entre nosotros; era evidente que esta conversación le hacía sentir incómodo—. ¿Te... te fue todo bien? Te perdí la pista después del concierto. El conjunto que llevas puesto no me tranquiliza ni un pelo.
—No te creerías de quién es esta camisa —bromeé con él, antes de contarle toda la historia de mis vómitos en casa de Seth y la consiguiente fiesta de cumpleaños.
Doug estaba tronchándose de risa cuando terminé, aunque aliviado.
—Mortensen es buen tipo —dijo al final, riéndose todavía.
—Él piensa lo mismo de ti. Doug sonrió.
—Ya sabes cómo es... ay, la leche. Se me olvidaba, con tantas llamadas. —Se dirigió a la mesa, revolvió entre los papeles y libros, y sacó por fin un sobrecito blanco—. Tienes una nota. Paige dice que la encontró anoche. Espero que sean buenas noticias.
—Sí, yo también.
Pero me asaltó la duda en cuanto la vi. La cogí con cuidado, como si pudiera quemarme. El papel y la caligrafía eran idénticos a los de la anterior. Una vez abierto el sobre, leí:
Así que te interesan los ángeles caídos, ¿eh? Bueno, pues esta noche vas a tener una demostración práctica. Seguro que resulta más informativa que tus actuales pesquisas, y no requerirá que te tires al jefe para obtener ayuda con las extrapolaciones... aunque reconozco que ver cómo te prostituyes tiene sus momentos.
Levanté la cabeza y miré a los curiosos ojos de Doug.
—Nada grave —le dije como si tal cosa, doblando la nota y guardándola en mi bolso—. Agua pasada.
El informe de Hugh implicaba que habían asesinado a Lucinda la noche anterior, y según Doug esta nota me la habían pasado antes. El aviso había caído en oídos sordos. Aparentemente esta persona no conocía mis movimientos a la perfección, o no había querido que actuara a tiempo. Se trataba más bien de un truco para asustarme.
Cualquiera que fuesen sus intenciones para advertirme sobre lo de Lucinda, no eran nada en comparación con la otra referencia que había en la nota. La idea de que alguien me hubiera visto practicando el sexo con Warren me ponía los pelos de punta.
—¿Adonde vas ahora? —preguntó Doug.
—Aunque no te lo creas, tengo que encontrar un libro.
—Estás en el lugar adecuado.
Regresamos al mostrador de información, donde estaba Tammi. Me complacía ver que Doug estuviera entrenándola para este puesto; necesitábamos gente disponible para todas las tareas cuando llegaran las vacaciones.
—Hora de prácticas —le dije—. Dime dónde tenemos este libro.
Le di el nombre, lo buscó en el ordenador, y observó los resultados con el ceño fruncido.
—No lo tenemos. Te lo puedo pedir.
Imité su gesto, comprendiendo de repente por qué la gente parecía tan cabreada cuando le decía eso.
—Genial —mascullé—. ¿Dónde voy a conseguirlo esta noche?
—Erik probablemente lo tendría en stock, pero ya habría cerrado.
—Detesto recomendarte esto —bromeó Doug—, pero puede que lo tengan en la biblioteca.
—Puede... —Consulté uno de los relojes de pared, preocupada por el horario de las bibliotecas de la zona.
—Esto, ¿Georgina? —empezó Tammi, dubitativa—. Conozco un sitio donde lo tienen. Y todavía está abierto.
Me volví hacia ella, sorprendida.
—¿En serio? ¿Dónde...? No. Ahí no.
—Lo siento. —Sus ojos azules me imploraban que la perdonara por lo que iba a decirme—. Pero tenían tres copias en stock la última vez que estuve allí. No creo que las hayan vendido todas.
Solté un gemido, masajeándome las sienes.
—No puedo ir allí. Doug, ¿quieres hacerme un recado?
—Tengo que cerrar —me advirtió—. ¿Qué sitio es ése que estás evitando?
—Krystal Starz, el hogar de la bruja rara.
—No iría allí aunque me pagaras.
—Yo sí —apuntó Tammi—, pero también tengo que cerrar. Si te sirve de consuelo, no siempre está allí.
—Eso —añadió Doug, esperanzado—. Ningún encargado está de servicio todo el tiempo. Habrá algún empleado que la sustituya.
—A menos que anden escasos de mano de obra —rezongué. Qué ironía.
Salí de la librería y monté en el coche dispuesta a ir a Krystal Starz. Mientras conducía, reflexioné sobre la información que había recibido hoy.
Para empezar, la referencia a los nefilim. La traducción del Rey Jorge mencionaba la descendencia angelical, llegaba a calificarla incluso de anormal, pero no me había parado a considerar las posibilidades que podrían ofrecer unos ángeles mestizos. La anotación en la traducción de Terry y Andrea se extendía tan sólo un poco más sobre estas criaturas, pero había bastado para encenderme una lucecita en la cabeza. ¿Quién mejor, pensé, para eliminar tanto a ángeles como demonios que una especie de semidiós bastardo?
Claro que, todo el hallazgo de los nefilim se había producido como consecuencia del versículo sobre los ángeles caídos que me había enseñado Erik. Podría estar corriendo con los ojos vendados cuando en realidad el culpable era un inmortal corriente y moliente, aunque inestable, exterminando a miembros de ambos bandos. Después de todo, todavía no había sacado a Cárter de mi lista de sospechosos, ni había averiguado por qué dicho asesino querría rematar la faena con Duane y Lucinda pero había dejado a Hugh con vida.
La otra novedad del día, la segunda nota, desvelaba pocas cosas que no supiera ya. Sencillamente la había encontrado demasiado tarde como para que me sirviera de advertencia. Y si había algún voyeur siguiéndome a todos lados, poco podía hacer yo al respecto.
Sin embargo, la pregunta que eso planteaba era obvia: ¿Por qué me seguía esta persona? Todos los indicios sugerían que yo era la única que recibía tal atención, la única a la que le enviaba notas. Y de nuevo, la incómoda verdad: Todo el mundo con el que me peleaba se convertía en víctima...
Aparqué en una calle desierta justo antes de llegar a Krystal Starz. Sin que Tammi y Doug lo supieran, había encontrado una solución fácil para enfrentarme a Helena. Tras quitarme el vestido y la camisa de Seth, para no consumirlos, cambié de forma y adopté la apariencia de una mujer tailandesa alta y delgada con un vestido de lino. A veces empleaba este cuerpo para cazar.
La librería new age estaba tranquila cuando entré, con tan sólo un par de clientes curioseando. Vi al mismo acólito joven de la última vez detrás de la registradora, y para colmo de la buena suerte, no había ni rastro de Helena. Aun disfrazada, seguía sin apetecerme encontrarme con esa chiflada.
Sonreí al joven del mostrador, me acerqué y le pregunté dónde podía encontrar el libro. Devolviéndome la sonrisa como un idiota (ésta era una forma muy atractiva, después de todo), me condujo a una sección determinada de su críptico sistema de catalogación, donde halló el libro de inmediato. Tal y como había dicho Tammi, tenían tres copias en stock.
Regresamos a la caja, pagué y suspiré aliviada, pensando que iba a salir de allí incólume. No hubo suerte. La puerta trasera que daba a la sala de conferencias se abrió, y Helena se materializó como una aparición, envuelta en un vaporoso vestido fucsia, cargada con sus habituales diez kilos de collares. Maldición. Era como si aquella mujer realmente poseyera un sexto sentido o algo.
—¿Va todo bien, Roger? —le preguntó al dependiente, usando su ostentosa voz ronca.
—Sí, sí. —El muchacho asintió vigorosamente con la cabeza, al parecer encantado por que hubiera usado su nombre de pila.
Helena se giró hacia mí y me dedicó una de sus sonrisas de diva.
—Hola, querida. ¿Cómo estás esta tarde?
Recordando que este alias no tenía ninguna enemistad con ella, me obligué a sonreír y respondí educadamente:
—Bien, gracias.
—Me lo imaginaba —dijo solemnemente mientras yo le daba el dinero al chico—, porque siento maravillas en tu aura.
Abrí los ojos como platos en lo que esperaba que fuese una buena imitación de la admiración propia de una lega.
—¿De veras?
Asintió con la cabeza, complacida por haber encontrado un público complaciente.
—Muy brillante. Muy fuerte. Con muchos colores. Te aguardan cosas buenas. —Este mensaje estaba a años luz del que me había dado en Emerald City, pensé. Al ver mi libro, me observó intensamente, probablemente porque era denso y estaba cargado de información, al contrario que la mayoría de las supercherías que vendía—. Estoy sorprendida. Me esperaba que leyeras sobre cómo canalizar mejor tus dones. Cómo maximizar todo tu potencial. Te puedo recomendar varios títulos si te interesa.
¿Es que esta mujer no paraba nunca de intentar vender algo?
—Oh, me encantaría —respondí, zalamera—, pero sólo traigo efectivo suficiente para esto. —Indiqué la bolsa que tenía ahora en la mano.
—Lo entiendo —repuso con gesto serio—. Deja que te los enseñe de todas formas. Para que sepas qué buscar la próxima vez.
Indecisa, consideré qué sería más perjudicial: si seguirle el juego o iniciar otra guerra con otro cuerpo. Vi un reloj y comprobé que la tienda cerraba dentro de quince minutos. No podía hacerme perder mucho tiempo.
—De acuerdo. Encantada.
Radiante, Helena me condujo a la otra punta de la tienda, con otra víctima en su haber. Tal y como había prometido, miramos libros sobre cómo utilizar las partes más fuertes del aura, un puñado de libros sobre la canalización a través de los cristales, e incluso uno sobre cómo la visualización podía ayudar a materializar nuestros mayores deseos. Este último era tan ridículo que me entraron ganas de aporrearme la cabeza con él para poner fin a mi sufrimiento.
—No subestimes el poder de la visualización —susurró—. Puedes controlar tu destino, marcar tus propios caminos, reglas y aspiraciones. Presiento un gran potencial en ti, pero seguir estos principios puede ayudarte a conseguir más... todas las cosas que desearías para tener una vida feliz y satisfactoria. Carrera, hogar, marido, hijos.
Una imagen de la sobrina de Seth ovillada en mi regazo me asaltó de improviso, y le volví rápidamente la espalda a Helena. Los súcubos no pueden tener hijos. No era ése el futuro que me aguardaba, con libro o sin él.
—Tengo que irme. Gracias por la ayuda.
—De nada —respondió recatadamente, entregándome una lista donde oportunamente había anotado los títulos... y los precios—. Deja que te dé unas octavillas con nuestros próximos programas y actividades.
Aquello no tenía fin. Al final me liberó cuando estuve suficientemente cargada de papeles, todos los cuales fueron a parar al cubo de la basura que había en el aparcamiento. Dios, cómo odiaba a esa mujer. Supuse que Helena la lisonjera embaucadora profesional era mejor que Helena la loca de atar que había visto en Emerald City, aunque la verdad, por muy poco. Por lo menos había conseguido el libro, que era lo único que me importaba.
Aparqué en uno de mis restaurantes chinos favoritos de camino a casa, ya con mi forma normal. Cargada con el libro de Harrington, pedí pollo estilo General Tso mientras leía la entrada sobre los nefilim:
Los nefilim se mencionan por primera vez en el Génesis 6:4, donde se denominan a veces «gigantes» o «caídos». Con independencia de la traducción del término, el origen de los nefilim queda claro a partir de este pasaje: son la descendencia semidivina de los ángeles y las mujeres humanas. El Génesis 6:4 se refiere a ellos como «poderosos» y «hombres famosos». El resto de la Biblia hace poca mención a la ascendencia angelical de los nefilim, pero encuentros con gigantes y hombres de «gran estatura» se registran frecuentemente en otros libros, como los Números, el Deuteronomio y Josué. Hay quienes especulan que el «gran pecado» que provocó la inundación en el Génesis 6 fue en realidad el resultado de la influencia corruptora de los nefilim sobre la humanidad. Posteriores lecturas apócrifas, como Enoch 1, profundizan en la plaga de los ángeles caídos y sus familias, describiendo cómo los ángeles corruptos enseñaban «encantos y encantamientos» a sus mujeres mientras su descendencia vagaba salvaje por toda la Tierra, masacrando y sembrando la desgracia entre los humanos. Los nefilim, dotados con grandes habilidades muy parecidas a las de los antiguos héroes griegos, estaban sin embargo maldecidos por Dios y repudiados por sus padres, consignados a vagar por la Tierra hasta el fin de sus días sin encontrar la paz hasta ser destruidos finalmente por el bien de la humanidad.

Levanté la cabeza, sintiéndome sin aliento. No había oído nunca nada parecido. Tenía razón cuando le dije a Erik que los practicantes eran los menos indicados para hacer preguntas sobre sus propias historias; sin duda esto era algo que alguien debería haberme mencionado antes. Descendencia angelical. ¿Eran reales los nefilim? ¿Existían aún? ¿O me había adentrado en un callejón sin salida, siguiendo una pista falsa cuando debería haber restringido mi búsqueda a los inmortales de mi calibre o superiores, como Cárter? Al fin y al cabo, estos nefilim eran semihumanos; no podían ser tan poderosos.
Tras pagar la cuenta, salí a la calle camino de mi coche, abriendo una galleta de la fortuna sobre la marcha. Estaba vacía. Qué encanto. Una fina llovizna levantaba neblina a mi alrededor, y el cansancio comenzaba a apoderarse de mí; nada sorprendente, teniendo en cuenta mis últimas veinticuatro horas.
No pude encontrar aparcamiento cuando llegué a Queen Anne, lo que indicaba que había algún tipo de evento deportivo o espectáculo en marcha no muy lejos de allí. Refunfuñando, aparqué a siete manzanas de distancia de mi casa, jurando no volver a alquilar un apartamento que sólo tuviera tres plazas. La brisa que habíamos sentido antes Seth y yo empezaba a amainar, normal puesto que Seattle no era una ciudad propensa a sufrir grandes vendavales. La lluvia arreció, sin embargo, contribuyendo a empeorar mi estado de ánimo.
Había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de mi hogar cuando oí pasos detrás de mí. Me detuve y me giré para mirar atrás, pero no vi nada salvo el pavimento mojado que reflejaba apagadamente la luz de las farolas. Allí no había nadie. Volví a darme la vuelta, empezando a acelerar el paso hasta que me di una palmada mental en la frente y sencillamente me volví invisible. Jerome tenía razón; pensando demasiado como una humana.
Aun así, no me gustaba la calle que había elegido; estaba demasiado desierta. Tenía que atajar y cubrir el resto de la distancia siguiendo Queen Anne Avenue.
Acababa de doblar una esquina cuando algo chocó contra mi espalda con fuerza, impulsándome dos metros hacia delante, sobresaltándome tanto que volví a hacerme visible.
Intenté darme la vuelta, defendiéndome de mi agresor, pero otro golpe me alcanzó en la cabeza y me puso de rodillas. Tenía la impresión de que estaban pegándome con algo con forma de brazo y mano, pero sólido, más parecido a un bate de béisbol. Otra vez, mi atacante me golpeó, esta vez en un omoplato, y grité con la esperanza de que alguien me oyera. Otro impacto me dio en la sien, con tanta fuerza que me tiró de espaldas. Guiñé los ojos, intentando ver quién estaba haciéndome esto, pero sólo pude discernir tenuemente una forma oscura y amorfa, apabullándome sin compasión. Un nuevo golpe impactó en mi mentón. El asalto no me dejaba levantarme, no podía defenderme del dolor que se abatía sobre mí con más fuerza e intensidad que la lluvia que me rodeaba.
De pronto, una luz ocupó todo mi campo de visión, una luz tan cegadora que dolía. No era la única que pensaba lo mismo. Mi agresor retrocedió, soltándome, y oí un extraño chillido atiplado que se emitía sobre mi cabeza. Atraída por un impulso irresistible, miré hacia la luz. Al hacerlo un dolor abrasador me traspasó el cerebro, y mis ojos repararon en la figura que se acercaba a nosotros: hermosa y sobrecogedora, de todos los colores y de ninguno, luz blanca y oscuridad, alada y armada con una espada, cambiantes e indiscernibles sus rasgos. El siguiente grito que oí fue el mío, la agonía y el éxtasis de lo que había visto abrasaba mis sentidos, aunque ya no podía verla. Mi vista había ido volviéndose cada vez más blanca hasta que todo se puso negro, y dejé de ver. Entonces, se hizo el silencio.
Me quedé allí sentada, sollozando, dolorida física y espiritualmente. Oí pasos, y sentí que alguien se arrodillaba a mi lado. De alguna manera, pese a mi ceguera, sabía que no era mi agresor. Esa persona había huido hacía mucho.
—¿Georgina? —preguntó una voz familiar.
—Cárter —jadeé, rodeándolo con los brazos.


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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:24 pm

Capítulo 17

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Me despertó el sonido de Aubrey ronroneando en mi oído. Al presentir mi consciencia, se acercó y lamió la parte de mi mejilla junto al lóbulo de mi oreja, haciéndome delicadas cosquillas con los bigotes. Revolviéndome ligeramente, abrí los ojos. Para mi asombro, la luz, el color y las formas acudieron a mí... si bien de forma algo borrosa y distorsionada.
—Puedo ver —musité para Aubrey, intentando sentarme. Inmediatamente me alanceó el cuerpo una miríada de punzadas y dolores, dificultándome el movimiento. Estaba tendida en mi diván, cubierta con una vieja manta afgana.
—Por supuesto que puedes ver —me informó la fría voz de Jerome. Aubrey salió disparada—. Aunque te estaría bien empleado que no pudieras. ¿En qué estabas pensando para mirar a un ángel en todo su esplendor?
—No —dije, entornando los ojos a la figura vestida de negro que deambulaba de un lado para otro ante mí—. No estaba pensando, quiero decir.
—Evidentemente.
—Déjala —sonó la voz lacónica de Cárter en algún lugar a mi espalda.
Al enderezarme y mirar a mi alrededor, distinguí su contorno difuso apoyado contra la pared. Peter, Cody y Hugh también se encontraban cerca en la estancia. Era una reunión familiar corriente y disfuncional como otra cualquiera. No pude evitar reírme.
—Y tú estabas allí, tú estabas allí...
Cody se sentó a mi lado, materializándose sus rasgos en algo más definido cuando se agachó para estudiar mí rostro más de cerca. Cariñosamente, me acarició un pómulo con un dedo, frunciendo el ceño.
—¿Qué ocurrió?
Me puse seria.
—¿Tan grave es?
—No —mintió—. Hugh salió peor parado. —El diablillo emitió un ruidito ininteligible al otro lado de la sala.
—Yo ya sé lo que ocurrió —espetó Jerome. No me hacía falta ver la cara del demonio con todo lujo de detalles para saber que estaba fulminándome con la mirada—. Lo que no entiendo es por qué ocurrió. ¿Es que intentabas ponerte voluntariamente en la situación más peligrosa posible? «Hmm, a ver... un callejón oscuro, nadie en los alrededores...» ¿Algo por el estilo?
—No —repuse—. Mi intención no era ésa. Sólo pensaba en llegar a casa. —Relaté los hechos de la noche lo mejor que pude, empezando por los pasos y terminando con Cárter.
Cuando acabé, Hugh se sentó en un sofá frente a mí, pensativo.
—Pausas, ¿eh?
—¿Cómo?
—Lo que dices que ocurrió... te golpearon, pausa, después otra vez, pausa, y así. ¿Cierto?
—Sí, ¿y? No sé. ¿No es así como funcionan las peleas? ¿Pegas, te retiras, te preparas para otro asalto? Además, estamos hablando de pausas de, no sé, como un segundo o así. No es que me diera ninguna tregua.
—Conmigo no fue así en absoluto. También recibí cortes. Fue un asalto en toda regla. Una lluvia de golpes, continúa. Desafiaba mi entendimiento o mi habilidad. Definitivamente sobrenatural.
—Bueno, igual que esta vez —repuse—. Créeme, no podía defenderme. No era ningún ratero mortal, si es eso lo que sugieres. —Hugh se limitó a encogerse de hombros.
Se hizo el silencio; miré al diablillo de reojo, forzando al máximo mi limitada capacidad de visión.
—Están cruzando miraditas misteriosas, ¿verdad?
—¿Quiénes?
—Cárter y Jerome. Lo noto. —Me volví hacia Cárter, preguntándome de repente si mi viaje de anoche habría sido en vano—. ¿No rescatarías la bolsa que llevaba conmigo?
El ángel se acercó a la encimera de la cocina, cogió una bolsa y me la lanzó. Con mi sentido de la perspectiva todavía dañado, fallé; la bolsa rebotó en el diván y cayó al suelo. El libro se escurrió fuera. Jerome lo agarró de inmediato y leyó el título.
—Joder, Georgie. ¿Por esto andabas recorriendo callejones a oscuras? ¿Por esto has estado a punto de conseguir que te maten? Te dije que dejaras de investigar sobre los cazadores de vampiros...
—Venga ya —exclamó Cody, saliendo en mi defensa—. Eso ya no se lo cree nadie. Sabemos que hay un ángel detrás de esto...
—¿Un ángel? —Las palabras del demonio sonaron impregnadas de diversión, incluso mofa.
—Esto no me lo ha hecho ningún mortal —convine acaloradamente—. Ni a Hugh. Ni a Lucinda. Ni a Duane. Fue un nefilim.
—¿Un nefi-qué? —preguntó Hugh, sorprendido.
—¿Ése no era un personaje de Barrio Sésamo? —abrió la boca por primera vez Peter.
Jerome se quedó mirándome fijamente, en silencio, antes de preguntar:
—¿Quién te ha hablado de eso? —Sin aguardar respuesta, se volvió hacia el ángel—. Sabes que no deberías...
—No fui yo —lo atajó tranquilamente Cárter—. Supongo que lo habrá deducido por sus propios medios. Subestimas a tu gente.
—Es cierto que lo descubrí por mis propios medios, aunque tuve ayuda.
Detallé sucintamente mi ristra de pistas, cómo una había conducido a otra, desde Erik hasta el libro en Krystal Starz.
—Mierda —masculló Jerome tras escuchar mi relato—. Puta Nancy Drew.
—Vale —dijo Peter—, la historia es muy interesante y todo eso, pero todavía no nos has explicado que es un nefilópogo.
—Nefilim —le corregí. Dubitativa, miré a Jerome—. ¿Puedo?
—¿Me estás pidiendo permiso? Qué novedad.
Me lo tomé como un sí y empecé, vacilante:
—Los nefilim son descendientes de los ángeles y los humanos. Como en ese pasaje del Génesis. ¿Donde los ángeles cayeron y tomaron mujeres mortales por esposas? Los nefilim son el resultado. Poseen ciertas habilidades... no las conozco todas... fuerza y poder... como los héroes griegos...
—O como auténticos tocapelotas —añadió con acritud Jerome—. No te olvides de eso.
—¿En qué sentido? —preguntó Hugh. Continué ante el silencio de Jerome.
—Bueno... por lo que he leído solían causar problemas y disputas entre los humanos.
—Vale, pero éste no se la tiene jurada a los humanos —señaló Peter.
Cárter se encogió de hombros.
—Son impredecibles. No juegan según las reglas de nadie y, sinceramente, ni siquiera estamos seguros de cuáles son las intenciones de éste. Está jugando, eso sin duda, con sus ataques contra inmortales al azar y esa nota que le mandó a Georgina.
—Dos notas —le corregí—. Recibí otra justo antes de que muriera Lucinda, pero pasé toda la noche con Seth y no la leí hasta el día siguiente.
Hugh y los vampiros se giraron para clavar las miradas en mí.
—¿Pasaste toda la noche con Seth? —preguntó Cody, perplejo.
—¿Quién era ése? —quiso saber Hugh.
—El escritor —respondió Peter.
El diablillo me observó con interés renovado.
—¿Y qué estuvisteis haciendo «toda la noche»?
—¿Podemos dejar de discutir la vida amorosa de Georgina por ahora, por fascinante que parezca? —Jerome me dirigió una mirada especulativa—. A menos, claro está, que este tal Seth sea alguien de fuertes valores y principios morales cuya energía vital planees robar en un futuro próximo para contribuir a la causa del mal y sus fines.
—Bien la primera parte, mal la segunda. —Maldición. Necesito un trago.
—Sírvete.
Jerome se acercó a mi mueble bar y examinó el contenido.
—Entonces, ¿cómo podemos reconocer a este nefilim? —preguntó Cody, devolviéndonos a todos a la realidad.
Miré dubitativa a Cárter y Jerome. Desconocía los pormenores.
—No podemos —anunció jovialmente el ángel.
—De modo que también pueden ocultar su firma. Como los inmortales superiores.
Asintió con la cabeza ante mis palabras.
—Sí, reúnen las peores características de ambos progenitores. Poder y habilidades pseudoangelicales, mezcladas con rebeldía, afición al mundo físico y un defectuoso control sobre los impulsos.
—¿Cuánto poder? —Quise saber—. Son medio humanos, ¿verdad? ¿Medio poderosos, entonces?
—Ésa es la pega. —Jerome parecía mucho más animado con un vaso de ginebra en la mano—. Varía enormemente, igual que cada ángel tiene un nivel de poder diferente. Una cosa está clara: los nefilim heredan mucho más de la mitad del poder de su progenitor, aunque en ningún caso pueden excederlo. Sigue siendo mucho... motivo por el cual he estado intentando meteros en la cabeza que os mantengáis al margen. Un nefilim podría borraros del mapa a cualquiera de vosotros sin ningún problema.
—Pero no a uno de vosotros. —Pese a la nota de incertidumbre que teñía sus palabras, éstas sonaron más como una afirmación que como una pregunta.
Ni el ángel ni el demonio respondieron, y otra pieza encajó en mi rompecabezas.
—Por eso vais por ahí enmascarando vuestras firmas. Vosotros también os estáis escondiendo de él.
—Tan sólo tomamos las debidas precauciones —protestó Jerome.
—Huyó de ti —le recordó Cárter—. Debes de ser más fuerte que él.
—Probablemente. Mi principal preocupación eras tú, así que no me fijé bien. Un ángel en todo su esplendor pondrá en fuga a casi cualquier criatura... mataría a un mortal... de modo que podría ser más fuerte que él o no. Es difícil saberlo.
Esa respuesta no me gustó ni un pelo.
—¿Qué hacías allí?
El ángel esbozó su característica sonrisa sarcástica.
— ¿Tú qué crees? Te estaba siguiendo. Di un respingo.
—¿Qué? Entonces tenía razón... ese día en la tienda de Erik...
—Eso me temo.
—Dios santo —dijo Peter, asombrado—. Realmente llevabas razón en algo, Georgina. Por lo menos en lo de que te seguía.
Me sentí reivindicada, aunque Cárter evidentemente ya no pareciera el principal sospechoso. Hugh había acertado al acusarme de prejuiciosa. Realmente quería que Cárter fuera el responsable de todos estos ataques, como venganza por todas las veces que se había burlado de mí. Su oportuna intervención en el callejón únicamente enturbiaba la opinión que tenía de él ahora.
—Tras comprender que aquella primera nota probablemente era obra de este nefilim —explicó Cárter—, consideré prudente dejarme caer de vez en cuando, ya que nuestro amigo parece tener un interés especial en ti. Mi intención era pillarlo desprevenido, no ayudarte, aunque me alegra haber podido hacerlo. Además, aquel día en la tienda de Erik...
Miró a Jerome. El demonio levantó los brazos.
—¿En serio? ¿Por qué no? Díselo. Cuéntaselo todo. Ya saben demasiado.
—¿Erik? —pregunté.
—Este ser, este nefilim... —Cárter hizo una pausa, pensativo—. Este ser sabe muchas cosas sobre nosotros y sobre la comunidad inmortal.
—Bueno... tú mismo lo has dicho, ¿no? —Preguntó Peter—. Este nefilim se fija en alguien y lo sigue a todas partes.
—No. Quiero decir, sí, es posible, pero las pruebas indican que éste sabe mucho más de lo que podría reportarle un simple seguimiento...
—Por el amor de Dios —saltó Jerome—, si se lo vas a decir, hazlo de una vez. Déjate de acertijos. —El demonio se volvió hacia nosotros—. Lo que quiere decir es que este nefilim trabaja con un chivato. Alguien está proporcionándole información sobre nuestra comunidad inmortal.
Cody entendió la insinuación tan bien como yo.
—Creéis que se trata de Erik.
—Es el principal sospechoso —reconoció Cárter, contrito—. Lleva décadas aquí, y tiene el don de presentir a los inmortales.
—Y pensar que me habló tan bien de ti —murmuré, sobrecogida—. Pues bien, te equivocas. No es él. No es Erik.
—No te enfurruñes ahora, Georgie. No es nuestro único sospechoso, sólo el más probable.
—Y no me hace más gracia que a ti —añadió el ángel—. Pero no podemos descartar ninguna posibilidad. Necesitamos neutralizar esta amenaza lo antes posible. Este nefilim está descontrolado; no dentro de mucho intervendrán desde el exterior, y eso siempre es un incordio.
—¿Entonces por qué no dejas que te ayudemos? —exclamé—. ¿A qué viene tanto secreto?
—¿Estás sorda? Es por vuestro propio bien. ¡Este ser podría aniquilaros por completo! —Jerome apuró el resto de la ginebra de un solo trago.
No me lo tragaba. Aquí había algo más que nuestra seguridad en juego. Jerome seguía sin poner todas las cartas sobre la mesa.
—Sí, pero...
—La reunión del comité ha terminado —me interrumpió con voz glacial—. ¿Nos disculpáis un momento a Georgina y a mí?
Oh, mierda. Miré desesperadamente a mis amigos, con la esperanza de que se quedaran a defenderme, pero todos pusieron pies en polvorosa. Cobardes, pensé. Ninguno de ellos le hacía frente a Jerome cuando se ponía así. Vale, puede que yo en su lugar tampoco lo hubiera hecho.
Cárter, me fijé, no se había ido. Al parecer la orden no se aplicaba a él.
—Georgie —comenzó Jerome lentamente, cuando los demás hubieron salido—, últimamente parece que tú y yo discutimos por todo. Y no me gusta.
—No es que discutamos —repuse, revolviéndome nerviosa, recordando su despliegue de poder en el hospital y la amenaza de encerrarme en alguna parte—. Tenemos opiniones distintas, eso es todo.
—Tus opiniones pueden conseguir que te maten.
—Jerome, no me digas que todo esto es por...
—Basta.
Una muralla de poder se estrelló contra mí, lanzándome de espaldas contra el diván. Era como una de esas atracciones de feria en las que la gente se coloca de pie a los lados de una plataforma circular que gira cada vez más deprisa hasta que todo el mundo termina pegado a las paredes. Moverse era una agonía. Incluso respirar era difícil. Me sentía como Atlas, soportando todo el peso del mundo.
La voz de Jerome atronó en mi cabeza; una parte de mí maldijo valientemente sus trucos baratos, aunque el resto de mi ser estuviera encogido de miedo.
—Necesito que me escuches por una vez sin interrumpirme constantemente. No puedes seguir husmeando. Así sólo consigues llamar la atención, y ya has capturado la de este nefilim más de lo que me gustaría. Ni me hace falta ni quiero otro súcubo. Me he acostumbrado a ti, Georgina. No quiero perderte. Soy más permisivo contigo de lo que debería, no obstante. Te sales con la tuya más veces de lo que consentiría cualquier otro archidemonio. Hasta ahora no me ha importado ser benévolo contigo, pero las cosas pueden cambiar... sobre todo si insistes en tu insubordinación. Puedo hacer que te transfieran a otro lugar, lejos de este cómodo espejismo de vida humana que has creado. O puedo llamar a Lilith e informarle directamente de tu conducta. Seguro que estará encantada de someterte a un ligero proceso de reeducación.
El corazón me dio un vuelco ante la mención de la reina súcubo. Sólo la había visto una vez, al unirme a sus filas. Aquel encuentro, igual que ver a Cárter en todo su esplendor angelical, no era una experiencia que me apeteciera repetir enseguida.
—¿Entendido?
—S-sí.
—¿Seguro?
La presión aumentó, y hube de recurrir a todas mis fuerzas para conseguir asentir débilmente. La jaula psíquica desapareció de pronto, y me desplomé hacia delante, jadeando. Todavía podía sentir dónde me había tocado su poder, como una versión táctil de la imagen residual que ve uno tras mirar directamente el flash de una cámara de fotos.
—Me alegra que lo entiendas, y estoy seguro de que sabrás entender también que no me fíe plenamente de ti. Es un rasgo propio de los de nuestro bando.
—¿Ésta... ésta es la parte donde me encierras en alguna parte?
Soltó una risita delicada. Amenazadora.
—No. Todavía no, al menos. Francamente, creo que sólo necesitas un poco de supervisión para no meterte en líos. Tampoco me convence del todo que el nefilim y tú sólo tengáis una relación de pasada.
Afloró a mis labios una réplica, pero me mordí la lengua. Todavía sentía la piel encendida.
—Le encargaría la tarea a alguno de tus amigos, pero sin duda les harías bailar al son que quisieras. No, necesitas una niñera inflexible, inmune a tus encantos.
—¿Encantos? ¿Entonces quién? —Por un momento pensé que se refería a sí mismo, hasta que reparé en la sonrisita maliciosa de Cárter. Ay, Dios—. No lo dirás en serio.
—Es la única manera de mantenerte controlada, Georgie. Más aún, es la única manera de mantenerte con vida.
—En estos momentos prácticamente eres nuestra mejor pista —explicó Cárter—. Este nefilim siente algún interés por ti, aunque dicho interés parezca haber cambiado un poquito, del intercambio de notas a la agresión física.
—Cárter estará preparado si intenta terminar lo que empezó. También puede proteger tu apartamento de miradas indiscretas.
—Pero lo detectará cuando salgamos... —protesté débilmente.
—No más que tú ahora —me recordó Cárter—. Y seré invisible. Un fantasma a tu lado. Un ángel sentado en tu hombro, si lo prefieres. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy aquí.
—Jerome, por favor, no puedes hacer esto...
—Puedo hacerlo, y lo haré. ¿A no ser que, como decía, quieres que tenga una charla con Lilith?
Maldito. La amenaza de Lilith era más poderosa que cualquier encierro en potencia, y él lo sabía.
—Bien. En tal caso, si no hay nada más que discutir, me iré y dejaré que os vayáis aclimatando. —Jerome alternó la mirada entre nosotros, descansando en mí por un momento sus ojos oscuros—. Ah, por cierto. Échate un vistazo en el espejo cuando puedas.
Fruncí el ceño, pensando en el examen de mis heridas realizado por Cody.
—Gracias por recordármelo.
—Lo que te recuerdo es que eres un súcubo. Esas magulladuras son la manifestación de creer que eres humana. No lo eres. Tienes que sentirlas, pero no tienes por qué lucirlas.
Dicho lo cual, el demonio se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, dejando a su paso un leve rastro de azufre que, supuse, era puro teatro.
—Entonces, ¿para mí el sofá? —preguntó Cárter, risueño.
—Vete al infierno. —Salí del cuarto para mirarme en el espejo.
—Bonita manera de tratar a tu nuevo compañero de habitación.
—No te he pedido tu...
Me detuve en mitad del pasillo. Me había pasado las últimas dos semanas sospechando que Cárter era un asesino y otras cosas horribles; me había pasado el último medio siglo odiándolo como persona. Sin embargo, acababa de salvarme la vida, y yo aún no le había dado las gracias.
Me giré hacia él, temerosa de lo que tenía que decir ahora.
—Lo siento.
Puso una cara parecida a la de Jerome antes, cuando le pedí permiso.
—¿En serio? ¿Por qué exactamente?
—Por no haberte dado las gracias antes. Por salvarme ahí fuera. Quiero decir, no me alegra que te vayas a instalar aquí, pero estoy agradecida por lo que hiciste antes. Y lo siento, también, si no he sido exactamente... agradable contigo.
La expresión del ángel era inescrutable.
—Me alegra haber sido de ayuda.
Sin saber qué más decir, giré sobre los talones y seguí caminando.
—¿Qué harás ahora? —preguntó. Me detuve de nuevo.
—Me lameré las heridas y me iré a la cama. Estoy cansada. Y molida.
—Oh, ¿nada de fiestas en pijama ni palomitas? ¿Ni un lavado de cara?
—No te lo tomes como algo personal, pero un lavado de cara no te vendría mal. Pareces un refugiado. Caray... —Tragué saliva y reconsideré mis palabras mientras lo estudiaba—. Cuando te vi allí fuera, en la calle, eras... eras tan hermoso. El ser más hermoso que he visto nunca. —Mi voz salió en forma de susurro.
El gesto de Cárter se tornó serio.
—Jerome es igual, ¿sabes? En su forma verdadera. Igual de hermoso. Los ángeles y los demonios provienen de la misma familia. Si se parece a un imitador de John Cusack es por voluntad propia.
—¿Por qué? ¿Por qué hace eso? ¿Y por qué prefieres tú parecer un drogadicto o un pordiosero?
Las comisuras de los labios del ángel se curvaron ligeramente hacia arriba.
—¿Por qué una mujer que afirma querer evitar la atención de los hombres buenos elige una forma que hace que todos cuantos la rodean dejen lo que estén haciendo para quedarse mirándola?
Tragué saliva de nuevo, perdida en las profundidades de sus ojos, pero no del mismo modo que me había perdido en los ojos de Román o los de Seth. Era más bien como si el ángel pudiera ver a través de mí, a través de todas mis fachadas, hasta mi alma o lo que quedara de ella.
Con inmenso esfuerzo, rompí aquel escrutinio y me encaminé a mi dormitorio.
—Ningún castigo dura eternamente —dijo con delicadeza.
—¿En serio? No era eso lo que tenía entendido. Buenas noches.
Entré en la habitación y cerré la puerta a mi espalda. Justo antes de que el pestillo encajara en su sitio, oí que Cárter preguntaba:
—Bueno, ¿quién va a preparar el desayuno?

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Última edición por rossmary el Sáb Nov 06, 2010 7:26 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:25 pm

Capítulo 18

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Alrededor de las diez de la mañana, el teléfono me arrancó de un sueño poblado de medusas y helados de menta y chocolate con trocitos de galleta. Rodé sobre un costado y descolgué, descubriendo en el proceso que me sentía mucho menos dolorida que antes de acostarme. El factor curativo inmortal en acción. ¿Diga?
—Hola, soy Seth.
¡Seth! Los acontecimientos del día anterior regresaron en tromba a mi memoria. La fiesta de cumpleaños. El helado. El perfume. Me pregunté de nuevo con quién se habría visto después de dejarme en la librería.
—Hola —respondí, zalamera, mientras me sentaba—. ¿Qué tal?
—No muy mal. Me, esto, he venido a Emerald City, y no te vi... dicen que es tu día libre.
—Sí, volveré mañana.
—Vale. Entonces, hum, a lo mejor te apetece hacer algo hoy. ¿Comer? ¿Tal vez una película? A menos que tengas otros planes...
—No... No exactamente... —Me mordí el labio, silenciando la aceptación inmediata que quería escapar de ellos.
Todavía sentía esa atracción extraña e inexplicable, una suerte de confortable familiaridad con Seth. Me hubiera gustado pasar más tiempo con él, pero ya había intentado caminar por la cuerda floja de la amistad y las citas con Román, tan sólo para precipitarme al vacío. Sería mucho mejor no empezar nada con Seth, por mucho que lo anhelara. Además, no me había olvidado de mi angelical guardaespaldas; no me apetecía tenerlo de carabina. Lo mejor sería mantener a Cárter bajo techo todo el tiempo posible.
—Pero estoy enferma.
—¿En serio? Lo siento.
—Sí, ya sabes... esa sensación de estar hecha polvo. —No era mentira del todo—. La verdad es que no me apetece salir hoy.
—Ah. Bueno. ¿Necesitas alguna cosa? ¿Quieres que te lleve algo de comer, a lo mejor?
—No... No —me apresuré a tranquilizarlo, desterrando de mi imaginación las imágenes de Seth dándome caldo de pollo mientras yo haraganeaba en mi pijama más mono. Dios. Esto iba a ser más difícil de lo que esperaba—. No quiero que estés siempre cuidando de mí. Pero gracias.
—Da igual. Quiero decir, no pasa nada.
—Debería entrar a trabajar mañana, si esto no empeora... así que te veré entonces. A lo mejor podemos tomar un café. O mejor dicho, yo me tomaré el café y tú puedes... tomar algo que no sea café.
—Vale. Me gustaría. No tomar café, quiero decir. ¿Te importaría... quiero decir, puedo llamarte más tarde? ¿Para ver qué tal vas?
—Claro. —El teléfono era seguro.
—De acuerdo. Si necesitas cualquier cosa antes...
—Sé dónde encontrarte.
Nos dijimos adiós y colgamos, y me levanté de la cama para ver qué tramaba Cárter esta mañana. Descubrí al ángel sentado en un taburete junto a la encimera de la cocina, dándole pedazos de salchicha a Aubrey con una mano mientras sostenía algún tipo de bocadillo de desayuno con la otra. Una enorme bolsa de McDonald's descansaba en el mostrador a su lado.
—El desayuno está listo —me dijo, sin dejar de mirar a Aubrey.
—No le des eso —le regañé—. No le sienta bien.
—Los gatos no comen bolitas de pienso en libertad.
—Aubrey no podría sobrevivir en libertad.
Le rasqué la cabeza, pero la gata parecía más interesada en lamerse la grasa de los bigotes. Al abrir la bolsa, descubrí toda una gama de bocadillos y pasteles de chocolate.
—No sabía qué te apetecería —me explicó Cárter mientras sacaba un emparedado de beicon con huevo y queso.
Le pegué un bocado, derritiéndome de placer ante aquella delicia, agradecida por que el aumento de peso y el colesterol fueran irrelevantes para mí.
—Oye, espera. ¿En serio has ido a McDonald's?
—Sí.
Tragué el bocado.
—¿Has salido? ¿Hace poco?
—Sí.
—¿Qué clase de guardaespaldas estás hecho? ¿Y si llega a venir el nefilim para atacarme?
Me miró y se encogió de hombros.
—Tienes pinta de estar ilesa.
—Esto no se te da muy bien.
—¿Quién ha llamado?
—Seth.
—¿El escritor?
—Sí. Quería salir hoy. Le he dicho que estoy enferma.
—Pobre. Le romperás el corazón.
—Mejor eso que otra cosa. —Terminé el bocadillo y cogí un segundo. Aubrey me miró esperanzada.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—Nada. No voy a salir, al menos, si te refieres a eso.
—Así no vas a llamar la atención de ningún nefilim. —Miró alrededor de mi apartamento e hizo una mueca ante mi silencio—. Pues va a ser un día muy largo. Por lo menos espero que tengas cable.
Nos pasamos el resto de la mañana procurando no cruzarnos el uno en el camino del otro. Le dejé usar mi portátil, y se quedó enganchado navegando por eBay. Qué podía estar buscando, ni idea. En cuanto a mí, me quedé en pijama después de todo, echándome una bata por encima y considerando que así estaba bien. Intenté llamar a Román una vez, a sabiendas de que tendría que enfrentarme a él tarde o temprano, pero sólo conseguí dejarle un mensaje en el contestador. Colgué con un suspiro y decidí acurrucarme en el diván con un libro que me había recomendado Seth en uno de sus correos.
Justo cuando empezaba a pensar que me había recuperado del pesado desayuno y necesitaba almorzar, Cárter asomó la cabeza por encima del monitor del portátil de repente, como un perro venteando su presa.
—Tengo que salir —dijo de improviso, poniéndose de pie.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
—Firma de nefilim.
Abandoné mi relajada postura inmediatamente.
—¿Qué? ¿Dónde?
—No aquí.
Dicho lo cual, se esfumó.
Me quedé allí sentada, mirando nerviosamente a mí alrededor. Si bien antes me enervaba su presencia, su repentina desaparición había dejado un vacío en mi entorno. Me sentía expuesta. Vulnerable. Al ver que no regresaba al cabo de unos minutos, intenté sin éxito concentrarme en el libro, para rendirme por fin tras releer la misma frase cinco veces.
Hambrienta todavía, llamé y encargué una pizza, asegurándome de incluir cantidad suficiente para Cárter. Ésta no fue la mejor de las ideas por mi parte, puesto que significaba que tarde o temprano debería abrir la puerta. Cuando lo hice, esperaba encontrarme por lo menos un ejército entero de nefilim en el rellano. En vez de eso, sólo encontré un repartidor de pizzas con cara de aburrimiento que quería sus 15,07$.
Mordisqueé la pizza e intenté ver la tele, con escaso éxito. Me dirigí al portátil, miré el correo y descubrí que Seth me había enviado una carta muy graciosa, mucho más elocuente que nuestra conversación anterior, como de costumbre. Sólo me distrajo temporalmente, sin embargo, y ya estaba al borde de abrir el kit de colorear cuando Cárter se materializó en mi sala de estar.
—¿A qué diablos venía eso? ¿Dónde te habías metido?
El ángel me observó sin inmutarse, sonriendo tranquilamente.
—Tranquila, ¿no has oído hablar de respetar los límites en una relación? Lo dice ese libro que tanta prisa te diste por ignorar.
—Al grano. No puedes decir «firma de nefilim» y desaparecer de buenas a primeras.
—En realidad sí que puedo. Y debo. —Descubrió la pizza fría en mi encimera y le dio un mordisco. Tragó y continuó—: Este nefilim tiene un sentido del humor muy retorcido. De vez en cuando le gusta desenmascararse... provocarnos, por así decirlo. Esta vez fue en West Seattle.
—¿Puedes detectarlo a tanta distancia?
—Jerome y yo podemos. Nunca hemos conseguido pillar al muy desgraciado, pero tenemos que intentarlo de todos modos. Nos hace jugar al gato y al ratón.
Lo que esto implicaba me parecía obvio.
—¿Así que me dejas? ¿Y si es una trampa? ¿Y si os hace ir hasta allí y viene a por mí mientras todo el mundo tiene la atención puesta en otra parte?
—No puede teletransportarse de un sitio a otro. Los nefilim no se desplazan como los inmortales superiores; sufren las mismas limitaciones que tú, por suerte. Éste tendría que montar en un coche y conducir hasta aquí, como cualquier otro, proceso que no se puede calificar de rápido. Te protegen kilómetros de retenciones de tráfico.
—Qué raro.
—Como dije antes, son impredecibles. Les gusta romper las reglas, subvertir el estatus quo tan sólo para ver cómo reaccionamos.
—Qué raro —repetí—. ¿Sabe que estás aquí? ¿Qué te está haciendo dejarlo todo corriendo para ir a por él?
—Si el nefilim está lo bastante cerca, podría presentir el teletransporte, pero nada más aparte de eso. Mientras estemos enmascarados, nuestra identidad, fuerza y demás permanecerán ocultas. De modo que, si está al acecho, sabrá que dos inmortales superiores han ido a investigar, pero poco más.
—Así que se limita a observar y esperar —concluí—. Qué retorcido. Dios, estos bichos son un grano en el culo.
—Dímelo a mí. No son de los que «se dejan llevar suavemente a la buena noche».
La referencia poética me hizo parpadear.
—Espera... ¿eso es lo que va a ocurrir? ¿Vais a matar... esto, destruirlo o algo?
Cárter ladeó la cabeza y me observó con curiosidad.
—¿Qué creías que iba a pasarle? ¿Diez años y libertad bajo fianza?
—Yo... no lo sé. Pensaba... guau. No lo sé. ¿Te parece bien eso? ¿La aniquilación? Quiero decir, me imagino que os pasáis todos los días erradicando el mal, ¿no?
—Aniquilamos, como tú lo llamas, cuando tenemos que hacerlo. Los demonios suelen estar más a favor de eso que nosotros. De hecho, Nanette se ofreció incluso a venir y encargarse de este nefilim —dijo, refiriéndose al archidemonio de Portland—. Pero le dije que ya me estaba ayudando Jerome.
—¿No querría encargarse Jerome personalmente?
—¿Rechazarías la ayuda que te ofrecieran? —repuso, respondiendo a mi pregunta con otra que, en realidad, no era ninguna respuesta. Pensó en lo que acababa de decir y se rió por lo bajo—. Naturalmente, se me olvidaba, Georgina se adentra en terrenos que los ángeles no se atreven a pisar.
—Bueno, bueno, ya conozco esa cita. —Me levanté y me desperecé—. En fin, si la emoción se ha terminado, creo que voy a darme un baño.
—Guau. La dura vida del súcubo. Ojalá tuviera tu trabajo.
—Oye, nuestro bando siempre está reclutando. Tendrías que ser un poco más guapo para optar a súcubo, sin embargo. Y un poco más encantador.
—Falso. A las mujeres mortales les gustan los capullos. Lo veo todos los días.
—Touché.
Lo dejé solo y me bañé, tras lo que por fin cambié el pijama por unos vaqueros y una camiseta. Regresé al salón, encendí el televisor y descubrí que acababa de empezar La reina de África. Cárter cerró el portátil y vio la película conmigo. Siempre me había gustado Katherine Hepburn, pero no podía dejar de pensar en el día tan aburrido que estaba teniendo. Evitar salir a la calle no me serviría de nada, a la larga, puesto que de todas maneras tendría que cargar con Cárter mañana cuando fuera al trabajo. Mi encierro auto impuesto de hoy sólo prolongaba lo inevitable. A tenor de esto, consideré la posibilidad de poner punto final a nuestro ostracismo preguntándole si le apetecía ir a cenar después de la película. Se levantó de golpe antes de que yo pudiera abrir la boca, presintiendo nuevamente una firma de nefilim.
—¿Dos veces en el mismo día?
—A veces pasa.
—¿Ahora dónde?
—Lynnwood.
—Qué vueltas da este tío.
Pero estaba hablándole a la pared; Cárter se había esfumado. Suspiré y volví a concentrarme en la película, sintiéndome un poco más tranquila tras las explicaciones del ángel. El nefilim estaba en Lynnwood, intentando incordiar a Jerome y a Cárter. Faltaba poco para la hora punta, y Lynnwood no estaba precisamente al doblar la esquina. Ningún nefilim llegaría aquí antes que el ángel. Tal y como Cárter había observado, estaba a salvo por ahora. No tenía nada que temer.
Sin embargo, estuve a punto de sufrir un infarto cuando sonó el teléfono, escasos minutos más tarde. Nerviosa, descolgué el auricular, esperando que brotara un nefilim de él.
—¿Diga?
—Hola. Soy yo otra vez.
—Seth. Hola.
—Espero no molestarte. Sólo quería ver cómo estabas...
—Mejor —respondí con franqueza—. Me ha gustado mucho tu correo.
—¿Sí? Guay.
Se hizo el silencio habitual entre nosotros.
—Esto... ¿has escrito mucho hoy?
—De hecho, sí. Como diez páginas. Nunca parece gran cosa, pero unos nudillos golpearon la puerta, y un escalofrío se deslizó por mi espalda.
—¿P-puedes esperar un momento?
—Claro.
Vacilante, me dirigí a la puerta caminando de puntillas como una ladrona de guante blanco, como si moverse despacio y sin hacer ruido pudiera servir de algo contra un ser sobrenatural demencialmente poderoso. Al llegar a la puerta, me asomé con cuidado a la mirilla.
Román.
Exhalé aliviada y abrí la puerta, resistiendo el impulso de colgarme de su cuello.
—Hola.
—¿Hablas conmigo? —preguntó Seth al otro lado de la línea.
—Hola —dijo Román, con aspecto de sentirse igual de inseguro que yo—. ¿Puedo... pasar?
—Er, no, quiero decir, sí que puedes, y sí que estoy hablando contigo ahora. —Me hice a un lado para franquearle el paso a Román—. Mira, Seth, esto, ¿puedo llamarte luego? O si no... Nos vemos mañana, ¿de acuerdo?
—Eh, claro. Supongo. ¿Va todo bien?
—Sí. Gracias por llamar.
Colgamos, y dirigí toda mi atención sobre Román.
—¿Seth Mortensen, el famoso escritor?
—He estado mala hoy —le expliqué, empleando la misma excusa que le había dado a Seth—. Sólo quería saber cómo estaba.
—Tremendamente considerado. —Román metió las manos en los bolsillos y deambuló de un lado a otro.
—Sólo somos amigos.
—Claro. Porque no aceptas citas con nadie, ¿verdad?
—Román... —Reprimí la réplica que quería escapar de mis labios y opté por llevar la conversación por cauces más seguros—. ¿Quieres tomar algo? ¿Soda? ¿Café?
—No puedo quedarme. Pasaba por aquí y recibí tu mensaje. Pensé que... no sé en qué estaba pensando. Ha sido una estupidez.
Se dio la vuelta como si se dispusiera a marcharse. Desesperada, alargué la mano y le agarré el brazo.
—Espera. No. Por favor.
Se giró para mirarme desde arriba, serio hoy su rostro generalmente risueño. Combatiendo la reacción natural que me inspiraba su proximidad, me sorprendí cuando su expresión se suavizó y dijo, ligeramente sorprendido:
—Es verdad que no te encuentras bien.
—¿Q-qué te hace decir eso? —Había cambiado de forma mis magulladuras, tal y como sugirió Jerome, y cualquier posible dolor residual que sintiese no era visible.
Dubitativo, estiró el brazo y me acarició la mejilla, cada vez menos tímidos sus dedos.
—No lo sé... es sólo que... estás un poco pálida, supongo.
Quise replicar que no me había puesto maquillaje, pero recordé que me interesaba aparentar malestar.
—Será un resfriado.
Bajó la mano.
—¿Puedo hacer algo por ti? No me gusta... verte así... Dios, ¿tan mal aspecto tenía?
—No debería haberte empujado...
Me lo quedé mirando, asombrada.
—Tú no hiciste nada. Fui yo. Yo me puse como una loca. Yo fui la que no supo controlar las cosas.
—No, fue culpa mía. Sabía lo que pensabas sobre ir en serio, y aun así te besé.
—También yo te besé. No fue ése el problema. El problema fue mi salida de tono. Estaba borracha y atontada. No debería haberte hecho eso.
—No fue nada. En serio. Me alegra ver que estás bien. —Una ligera sonrisa rutiló en sus rasgos apuestos, y recordé lo que había dicho Seth sobre que era fácil perdonarme—. Mira, puesto que los dos nos consideramos culpables, a lo mejor podemos compensarnos mutuamente. Ir a algún sitio este fin de semana y...
—No. —La calma y certidumbre de mi voz nos sobresaltó a los dos.
—Georgina...
—No. Román, no vamos a seguir saliendo... y tampoco creo que podamos ser simplemente amigos. —Tragué saliva—. Lo mejor sería cortar de raíz...
—Georgina —exclamó, con los ojos como platos—. No lo dirás en serio. Tú y yo...
—Lo sé. Ya lo sé. Pero no puedo hacer esto. Ahora no.
—Estás rompiendo conmigo.
—Bueno, nunca salimos realmente...
—¿Qué te ha pasado? —preguntó—. ¿Qué fue lo que te pasó en algún momento de tu vida para que te aterre tanto estar cerca de otra persona? ¿Qué te hace huir así? ¿Quién te hizo daño?
—Mira, es complicado. Y no tiene importancia. Lo pasado, pasado está, ¿recuerdas? Es sólo que no puedo salir contigo ahora, ¿vale? —¿Hay otra persona? ¿Doug? ¿O Seth?
—¡No! No hay nadie. Sencillamente no puedo estar contigo. Seguimos dándole vueltas y más vueltas, reformulando las mismas frases de distinta manera, cada vez más inflamadas nuestras emociones. Me pareció una eternidad, aunque en realidad sólo transcurrieron unos minutos de tira y afloja. En ningún momento se enfadó ni se volvió agresivo, pero su desolación era evidente, y estaba segura de que rompería a llorar en cuanto se fuera.
Al final, tras consultar la hora de reojo, se pasó una mano con gesto pesaroso por el cabello moreno, brillantes de contrariedad sus ojos turquesa.
—Me tengo que ir. Quiero hablar contigo más...
—No. Creo que no deberíamos. Así es mejor. Me ha gustado de veras estar contigo...
Se rió roncamente mientras caminaba hacia la puerta.
—No lo digas. No me dores la pastilla.
—Román... —me sentía fatal. Todo su rostro era un poema de rabia y dolor—. Por favor, entiéndelo...
—Nos vemos, Georgina. O a lo mejor no. No había terminado de salir dando un portazo cuando las primeras lágrimas rodaron por mis mejillas. Fui al dormitorio y me eché en la cama, lista para el llanto reparador que no llegaba. No caían más lágrimas, pese al torbellino mezcla de desolación y alivio que me azotaba. Una parte de mí quería llamar a Román ahora mismo, pedirle que volviera conmigo; la otra parte me advertía fríamente de que ahora tenía buenos motivos para cortar de raíz con Seth lo antes posible, antes de que las aguas se salieran de su cauce.
Dios santo, ¿por qué parecía que siempre tuviera que hacer daño a las personas que me importaban? ¿Qué era lo que me hacía repetir este ciclo una y otra vez? El semblante devastado de Román flotaba aún en mi mente, pero me consolaba el hecho de que no se hubiera traumatizado tanto como Kyriakos. Ni de lejos.
El descubrimiento de mi aventura con Aristón había desembocado en el repudio de nuestras familias y en un inminente divorcio al que se sumaba la pérdida de mi dote. Creo que habría sido capaz de soportar el desprecio, incluso las miradas de odio. Lo que no podía soportar era la forma en que Kyriakos había quedado privado de toda vida e interés. Casi deseaba que se enfadara y la emprendiera conmigo, pero no queda nada parecido dentro de él. Nada en absoluto. Lo había destruido.
Tras varios días de separación, lo descubrí sentado en uno de los salientes rocosos con vistas al agua. Intenté entablar conversación con él varias veces, pero no respondía. Se limitaba a dejar vagar la mirada por aquella extensión azul, muerto e inexpresivo el semblante.
De pie junto a él, mis emociones se arremolinaban en mi interior. Había disfrutado siendo un objeto de deseo prohibido para Aristón, pero también quería serlo de amor para Kyriakos. Aparentemente no podía tener las dos cosas.
Estiré el brazo para secarle las lágrimas de las mejillas, y me apartó la mano. Era lo más cerca de golpearme que había estado nunca.
—No —me advirtió, poniéndose en pie de un salto—. No se te ocurra volver a tocarme. Me das asco.
Sentí ahora mis propias lágrimas, aunque su rabia significaba que todavía estaba vivo.
—Por favor... ha sido un error. No sé cómo pudo pasar.
Se rió con voz rota; un sonido espantoso, desprovisto de humor.
—¿No? Parecías saberlo perfectamente en todo momento. Igual que él.
—Fue un error.
Me dio la espalda y se acercó al filo del precipicio, con la mirada perdida en el mar. Extendió los brazos en cruz y echó la cabeza hacia atrás, dejando que el viento lo azotara. Las gaviotas gritaban no muy lejos.
—¿Q-qué haces?
—Estoy volando —me dijo—. Si sigo volando... más allá de este borde, volveré a ser feliz. O mejor aún, no sentiré absolutamente nada. No volveré a pensar en ti. No pensaré en tu cara, ni en tus ojos, ni en tu sonrisa, ni en tu olor. No volveré a amarte. No volveré a sufrir.
Me acerqué a él, temerosa de que mi presencia lo impulsara a saltar.
—Para. Me estás asustando. No hablas en serio. ¿No?
Me miró, desaparecida la rabia o el cinismo. Sólo quedaba la pena. La tristeza. La desesperación. Una depresión más negra que la noche sin luna. Era terrible y aterrador. Quería que volviera a arremeter contra mí, que me gritara. Le hubiera permitido incluso que me golpeara, siquiera para sentir algo de calor proveniente de él. No había nada de eso, sin embargo. Sólo oscuridad.
Me dirigió una sonrisa triste y apagada. La sonrisa de quien ya está muerto.
—Nunca te olvidaré.
—Por favor...
—Eras mi vida, Letha... pero se acabó. Se acabó. Ya no tengo vida.
Se alejó, y aunque me rompía el corazón, suspiré aliviada al ver que se apartaba del acantilado. Quise salir corriendo detrás de él, pero en vez de eso me aparté a un lado. Me senté en su rincón, recogí las rodillas y enterré el rostro en ellas, deseando casi estar muerta.
—Volverá aquí, ¿sabes? —dijo de improviso una voz a mi espalda—. La atracción es demasiado poderosa. Y la próxima, es posible que salte.
Levanté la cabeza de golpe, sobresaltada. No había oído acercarse a nadie. No reconocí al hombre que vi ahora de pie allí, cosa extraña en una ciudad donde todo el mundo se conocía. Era delgado y atildado, cubierto con ropas más elegantes de las que solía ver en los alrededores.
—¿Quién eres?
—Me llaman Nifón —se anunció con una ligera reverencia—. Y tú eres Letha, hija de Marthanes, antigua esposa de Kyriakos.
—Sigo siendo su esposa. —Pero no por mucho tiempo. Aparté la mirada.
—¿Qué quieres?
—Quiero ayudarte, Letha. Me gustaría arreglar el enredo en el que te has metido.
—Nadie puede ayudarme. A menos que puedas deshacer el pasado.
—No. Nadie puede deshacer el pasado. Puedo hacer que la gente lo olvide, no obstante.
Giré la cabeza de nuevo hacia él, lentamente, estudiando sus ojos brillantes y su porte atildado.
—No bromees. No estoy de humor.
—Te aseguro que hablo completamente en serio.
Mientras lo miraba fijamente, supe de alguna manera que estaba diciéndome la verdad, por imposible de creer que fuera. Más tarde descubriría que Nifón era un diablillo, pero entonces sólo presentía que lo rodeaba un aura extraña, un susurro de poder que prometía que era capaz de hacer lo que decía.
—¿Cómo?
Sus ojos resplandecieron, igual que los de Hugh cuando estaba a punto de cerrar un trato ventajoso.
—Borrar el recuerdo de lo que has hecho no es ninguna minucia. Conlleva un precio.
—¿Puedes hacerme olvidar también a mí?
—No. Pero puedo conseguir que todos los demás lo olviden. Tu familia, tus amigos, la ciudad. Él.
—No sé... no creo que pudiera regresar con ellos entonces. Aunque ellos no se acordaran, yo sí lo haría. No podría mirar a Kyriakos a la cara. A menos... —Vacilé, preguntándome si no sería mejor no volver a tener contacto con ellos—. ¿Puedes hacer que me olviden por completo? ¿Como si jamás hubiera nacido? Nifón inspiró hondo, agitado.
—Sí, oh sí. Pero semejante favor... un favor como ese comportaría un precio aún mayor...
Fue entonces cuando me explicó qué era a lo que tendría que renunciar si quería borrarme completamente del pensamiento de todas las personas que me conocían. Dejaría mi alma en prenda. La conservaría mientras caminase sobre la Tierra, pero sería de prestado, por así decirlo. Ése era el precio estándar de cualquier pacto infernal. Pero el infierno quería algo más de mí: mi servicio eterno en la corrupción de almas. Pasaría el resto de mis días seduciendo a los hombres, haciendo realidad sus fantasías en beneficio propio y de aquellos a quienes servía. Era un destino irónico, habida cuenta de lo que me había llevado a esta situación.
Para ayudarme, obtendría la habilidad de asumir cualquier forma que deseara, así como el poder de aumentar mi atractivo. Y, naturalmente, gozaría de vida eterna. Inmortalidad e invulnerabilidad. Para algunos, esto de por sí habría sido beneficio suficiente.
—Serías buena. Una de las mejores. Lo presiento. —Los diablillos tenían el don de percibir el alma y la naturaleza de una persona—. La mayoría de la gente cree que el deseo está sólo en el alma, pero también se encuentra aquí. —Me tocó la frente—. Y no morirías jamás. Serías joven y bella para siempre, hasta que perezca la Tierra.
—¿Y después de eso?
Sonrió.
—Falta mucho aún, Letha, mientras que la vida de tu marido está en juego ahora.
Fue eso lo que me convenció. Saber que podía salvar a Kyriakos y concederle nueva vida, una vida sin mí en la que tendría la oportunidad de volver a ser feliz. Una vida donde poder ocultarme de mi vergüenza y quizá incluso cumplir la pena que me merecía. Mi alma, la cual apenas entendía de todos modos, me parecía un precio pequeño. Acepté el trato, primero con un apretón de manos, y luego dejando mi impronta en un documento que no pude leer. Nifón me dejó, y yo regresé a la ciudad. Era asombrosamente sencillo.
A mi vuelta, fue exactamente tal y como se me había prometido. El deseo se había cumplido. Nadie me conocía. Al cruzarme con ellas, personas que había conocido toda mi vida me dirigían las miradas reservadas para los forasteros. Mis propias hermanas pasaron de largo sin reconocerme. Quería buscar a Kyriakos, ver si ocurría lo mismo con él, pero fui incapaz de reunir el valor necesario. No quería que viera mi rostro, nunca jamás, aunque no pudiera reconocerlo. De modo que pasé el día deambulando sin rumbo, intentando aceptar el hecho de que había dejado de existir para aquellas personas. Era más difícil de lo que había pensado. Y más triste.
Al caer la noche, volví a retirarme a las afueras de la ciudad. No tenía dónde quedarme, después de todo. Ni familia ni amigos. En vez de eso me senté en la oscuridad, contemplando la luna y las estrellas, preguntándome qué se suponía que debía hacer ahora. La respuesta no tardó en llegar.
Surgió del suelo, al principio nada más que una sombra, adoptando gradualmente la forma de una mujer. El aire vibraba de poder alrededor de ella, y sentí que me faltaba el aliento de repente. Retrocedí, atenazado por el terror todo mí ser, incapaces de llenarse de aire mis pulmones. Empezó a soplar un viento proveniente de ninguna parte, alborotándome el pelo y aplastando la hierba a mí alrededor.
Finalmente se irguió ante mí, y la noche recuperó la calma. Lilith. Reina de los súcubos. Señora de la noche. La primera mujer.
Me bañó una oleada de temor como no había experimentado jamás... y de deseo. Jamás me había sentido atraída por una mujer, pero Lilith tiene ese efecto sobre todo el mundo. Es inherente a su ser. Nadie puede resistirse a ella.
Aquella noche lucía una figura alta y esbelta, cimbreña e irresistible. Su piel mostraba la palidez propia de la aristocracia de la época, una blancura inalcanzable para quienes trabajábamos al aire libre con regularidad. Su cabello, negro como ala de cuervo, le caía en lustrosas ondas hasta los tobillos. Y sus ojos... en fin, digamos que hay un motivo por el que las leyendas describen a los súcubos como «seres de ojos de fuego». Sus ojos, hermosos y letales, contenían la promesa de todo cuanto se pudiera querer o desear con tan sólo permitir que ella te ayudara a conseguirlo. Sigo sin poder recordar de qué color eran, pero aquella noche no podía dejar de mirarlos.
—Letha —arrulló, acercándose a mí. El aire tremolaba a su alrededor, y yo temblaba ya de deseo. Quería salir corriendo pero en vez de eso caí de rodillas, empujada tanto por el respeto como por mi incapacidad para tenerme en pie. Se acercó a mí y me levantó la barbilla para obligarme a mirarla a los ojos de nuevo. Sus uñas, afiladas y negras, se hundieron dolorosamente en mi piel; la sensación era maravillosa—. A partir de ahora serás mi hija, sembrarás la discordia y la pasión hasta el fin de tus días. Serás al mismo tiempo juez y verdugo, una criatura de ensueño y pesadilla. Los mortales harán cualquier cosa por ti, con tal de conseguir siquiera un roce tuyo. Serás amada y deseada hasta que sólo quede polvo de este planeta.
Su proximidad me arrancó un gemido; se acercó más aún, levantándome hasta dejarme en pie ante ella. Aquellos labios gloriosos se pegaron a los míos, y su beso desató una oleada de placer orgásmico que me bañó de pies a cabeza. Cerré los ojos, incapaz de mirarla e incapaz de apartarme de ella. Estaba saturada de aquel éxtasis que hacía que todo mi ser palpitara. Y sin embargo, mientras permitía que aquel goce me consumiera, ocurrió también algo más. Estaba despojándome de mi mortalidad. Era como desintegrarse, como convertirse en ceniza al viento. Me pregunté si sería eso lo que sentía al morir. Como si una no fuera nada. Como si no existiera. Entonces, igual de inesperadamente, mis partes se recompusieron, volvía a ser yo. Pero ahora podía sentir el poder que ardía en mis venas, tan distinto de la vitalidad que animaba a los humanos. Mi inmortalidad resplandecía como una estrella en la noche, fría y pura. Atrás quedaba la amenaza de la vejez, el acecho de la enfermedad. Nunca más impulsaría mi carne el saber que el tiempo era oro, que debía dejar mi huella en el mundo. Que debía perpetuar mi linaje.
Abrí los ojos, y el asalto de placer desapareció. Igual que Lilith. Estaba a solas en la oscuridad, estremecida por mi nuevo poder. Y con ese poder, podía sentir algo más: un hormigueo en la piel. Un cosquilleo que me decía que esa piel podía transformarse en todo lo que quisiera con sólo pensarlo. Había vuelto a nacer. Estaba vigorizada. Y tenía hambre.
—¿Qué ocurre?
Pestañeé para ahuyentar las lágrimas y miré a Cárter. Estaba en la puerta de mi dormitorio, apartándose un mechón de los ojos, con expresión preocupada.
—Nada —murmuré, enterrando el rostro en la almohada—. ¿Ningún nefilim?
—Ningún nefilim. —Se hizo un silencio incómodo—. Mira... ¿seguro que no te pasa nada? Porque no tienes buen aspecto.
—Estoy bien. ¿No me has oído? Pero no se rindió.
—Sé que no estamos tan unidos, pero si necesitas hablar...
—Como si pudieras entenderlo —lo interrumpí, destilando veneno—. Nunca has tenido corazón. No sabes lo que se siente, así que deja de fingir.
—Georgina.
—Vete. Márchate. Por favor.
Volví a hundir el rostro en la almohada, aguardando otra protesta, pero ésta no llegó. Cuando me atreví a mirar, el ángel se había ido.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:29 pm

Capítulo 19

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Carter me trajo narcisos a la mañana siguiente. No sabía dónde los habría conseguido en esta época del año. Seguramente se habría teletransportado a otro continente.
—¿Qué significa esto? —pregunté—. No irás a tirarme los tejos ahora, ¿no?
—Para eso te traería rosas. —Por primera vez desde que lo conocía, el ángel parecía azorado—. No sé. Anoche parecías triste. Pensé... pensé que esto te animaría.
—Gracias... es un detalle, supongo. Sobre lo de anoche... cuando te grité...
Se encogió de hombros.
—No te preocupes. Todos tenemos momentos de debilidad. Lo que cuenta realmente es cómo nos recuperamos de ellos.
Puse los narcisos en un jarrón, y pensé en ponerlos en la encimera. El ramo de Román, ahora marchito, estaba allí ya, y los claveles rojos que compré la noche que murió Duane habían ido a parar a la basura hacía tiempo. Me parecía injusto hacerles la competencia a las flores de Román, así que puse las de Cárter en el alféizar de la ventana del dormitorio.
Después de aquello, los días se sucedieron en cómoda rutina. Cárter y yo no nos convertimos en amigos del alma, pero conseguimos alcanzar una suerte de agradable equilibrio. Salíamos juntos, veíamos películas juntos, e incluso de vez en cuando cocinábamos juntos. El ángel resultó ser muy apañado en la cocina; yo seguía siendo una inepta.
En el trabajo, me seguía a todas partes, tan invisible y discreto como había prometido. No sabía qué era lo que hacía durante mis turnos. Tenía la impresión de que deambulaba por la tienda, observando a la gente. Tal vez hojeando los libros, incluso. También sabía que pasaba mucho tiempo esperando en mi despacho, aunque yo no estuviera allí, esperando la aparición de otra nota del nefilim. No hubo ninguna. Sí que había ocasionales destellos de nefilim, sin embargo, y Cárter desaparecía durante un rato sin avisarme siquiera, bien rozándome la mejilla suavemente para indicarme que había vuelto o susurrando brevemente dentro de mi cabeza.
Empecé a tomar el café con Seth entre turno y turno. Estaba esperándome el primer día que volví con un moca de chocolate blanco y, para mi sorpresa, con otro también para él.
—Bruce me lo ha puesto descafeinado —explicó.
Su gesto era demasiado dulce como para resistirse, de modo que aquel día me había sentado a charlar con él, y el siguiente... No puede decirse que estuviera guardando las distancias como me había propuesto, pero sí me mantuve firme en mi negativa a confraternizar fuera del trabajo. Parecía conformarse con los encuentros en la cafetería, sin embargo, y pronto se generó una interesante dinámica.
Puesto que seguía deprimida por lo de Román, me movía y actuaba con apatía, hablando muy poco, demasiado absorta en mi desgracia personal. Seth debió de presentir algo de esto, y en vez de dejar que nuestras charlas de café se estancaran, asumía la iniciativa de la conversación, un cambio notable en él. Al principio parecía algo forzado, pero cuando ganó confianza, descubrí que realmente podía hablar tan bien como escribía. Me sorprendió el cambio y disfrutaba del tiempo que pasábamos juntos, descubriendo que mi anhelo por Román se aliviaba un poquito.
«Es verdaderamente agradable —observó Cárter una mañana después de dejar a Seth para encargarme del mostrador de información—. No entiendo por qué pasas tanto tiempo lamentándote por el otro tipo cuando tienes uno como éste.»
«No es tan sencillo como el que Seth sea agradable o no —repuse, sintiéndome aún un poco extraña por la comunicación mente a mente que tan tranquilamente empleaban los inmortales superiores—. Y tampoco es que esté buscando otro hombre. Además, ni siquiera conoces a Román. ¿Qué sabrás tú?»
«Sé que no hacía tanto tiempo que os conocíais. ¿Hasta qué punto podíais haber desarrollado vuestra relación?»
«Mucho. Era muy divertido. E inteligente. Y apuesto.»
«Supongo que hay relaciones cimentadas sobre mucho menos. Aun así, sigo apostando por Seth.»
«Largo. Tengo que trabajar.»
Ángeles. ¿Qué sabrían ellos?
Mientras caminaba de regreso a casa tras mi cuarto día en la librería con Cárter, me preguntó: ¿Quieres ir a ver a Erik?
Fruncí el ceño, pensativa. Ese día había trabajado en el turno de mañana y debía volver por la noche para la última clase de baile del personal. Disponía de dos horas antes de eso, y había supuesto que el ángel y yo continuaríamos con nuestra recién adquirida costumbre de ver alguna película antigua juntos.
—¿Qué tienes en mente? —pregunté en voz alta, una vez a salvo en mi apartamento.
Se materializó a mi lado.
—Quiero tantear el terreno. Hace tiempo que no detectamos actividad nefilim. Ni nota, ni agresiones. Sin embargo, sabemos que todavía anda cerca porque no dejo de percibir esos destellos. ¿Por qué? ¿A qué está jugando?
Saqué una lata de Mountain Dew del frigorífico y me senté en un taburete.
—Y todavía no has descartado que Erik sea el chivato.
—No, no lo he descartado. Como dije antes, no quiero que sea él, pero probablemente es la mayor fuente mortal de información inmortal de los alrededores.
—Y —concluí preocupada— si se comunica con el nefilim, quizá conozca sus planes. ¿Qué vas a hacer, sacarle la información a golpes? Porque no quiero estar presente.
—Ése no es mi estilo. Puedo notar si la gente miente, pero no se me da particularmente bien... eh, ¿cómo expresarlo?, sonsacarles información. Como observaste hace poco, no soy precisamente un encanto. A ti, en cambio, encanto es lo que te sobra.
No me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada extraordinario, te lo aseguro. Tan sólo habla con él como harías normalmente. Como si quisieras continuar con vuestra última conversación. Alude al nefilim si puedes, a ver qué ocurre. Le caes bien.
—¿Qué harás tú?
—Estaré allí, invisible.
—Terminaremos a tiempo de conducir de regreso puntuales para la clase de baile.
—Falso. Te teletransportaré.
—Ugh. —A lo largo de los años me había dejado teletransportar por más de un inmortal superior. No era una experiencia agradable.
—Vamos —insistió al presentir mi renuencia—. ¿No quieres poner punto final a este asunto del nefilim?
—Vale, vale, deja que me cambie de ropa. Sigo sin estar segura de que no vayamos a llevarnos mal al final.
Hizo algunos comentarios propios de Jerome sobre mi tendencia a vestirme a la antigua, pero no le hice caso. Cuando estuve lista, nos volvimos invisibles, y me cogió las muñecas. Sentí algo, sólo un milisegundo, como una ráfaga de viento, y aparecimos en una esquina de la tienda de Erik. Un pequeño ataque de náusea, parecido al que había sufrido después de beber tanto, se apelotonó en mi interior antes de remitir.
Al no ver a nadie en los alrededores, ni siquiera a Erik, me hice visible.
—¿Hola?
Momentos después, el anciano librero asomó la cabeza desde la trastienda.
—Señorita Kincaid, santo cielo. No la he oído entrar. Es un placer volver a verla.
—Lo mismo digo. —Le dediqué una sonrisa de súcubo de cinco estrellas.
—Qué arreglada va usted esta noche —observó, fijándose en mi vestido—. ¿Alguna ocasión especial?
—Voy a bailar después de esto. De hecho, no puedo quedarme mucho rato.
—Sí, por supuesto. ¿Le da tiempo a tomar el té?
Dudé un instante, que Cárter aprovechó para decirme mentalmente: Sí.
—Sí.
Erik fue a poner el agua al fuego, y yo despejé nuestra mesa, asumiendo ambos nuestros papeles habituales. Cuando volvió con el té, descubrí que era otra de sus variedades de hierbas, esta vez llamada Claridad.
Le felicité por la mezcla, sin dejar de sonreír, esforzándome al máximo por resultar encantadora. Hablamos incluso de trivialidades antes de lanzarme de cabeza al objetivo de mi misión.
—Quería darte las gracias por la ayuda prestada la última vez con la referencia de las escrituras —le expliqué—. Me sirvió para comprender toda la parte relacionada con los ángeles caídos, aunque confieso... que me condujo en una dirección extraña.
—¿Sí? —Sus pobladas cejas grises se arquearon mientras se acercaba la taza a los labios.
Asentí con la cabeza.
—Además de mencionar la caída de los ángeles... hablaba también de los que se casaron y tuvieron descendencia. Los que tuvieron nefilim.
«Chica, no te andas por las ramas, observó secamente Cárter.»
El anciano asintió nuevamente, como si acabara de hacer un comentario perfectamente normal.
—Sí, sí. Un tema fascinante, los nefilim. Bastante polémico entre los estudiosos de la Biblia.
—¿Y eso?
—Bueno, algunos fieles se resisten a aceptar que los ángeles, las más santas de las criaturas, pudieran rebajarse a practicar unas actividades tan ordinarias, caídos en desgracia o no. Que sus bastardos semidivinos pudieran caminar por el mundo es más impactante aún. Es algo que irrita a muchos religiosos.
—¿Pero entonces es cierto? ¿Existen los nefilim? Erik me dedicó una de sus enigmáticas sonrisas.
—Nuevamente, me hace usted preguntas cuya respuesta me sorprende que no conozca.
«¿Lo ves? Conmigo hace lo mismo. Evita la pregunta.» «Jerome y tú nos lo hacéis todo el tiempo», le repliqué al ángel. A Erik le contesté:
—Bueno, como dije antes, mis conocimientos son muy limitados. —Se limitó a reírse por lo bajo, e insistí—: ¿Entonces? ¿Existen o no?
—Habla usted como si estuviera persiguiendo extraterrestres, señorita Kincaid. Irónico, puesto que algunos conspiranoicos afirman que los avistamientos de alienígenas son en realidad manifestaciones de los nefilim, y viceversa. Pero para tranquilizarla... o no, depende... sí, es cierto que existen.
—¿Los alienígenas o los nefilim? —bromeé, intentando mantener el tono informal de la conversación, aunque sabía que se refería a estos últimos. Yo ya conocía su existencia, pero me alegró escuchar su vehemente confirmación. Si quisiera disimular el hecho de estar colaborando con un nefilim, sin duda se mostraría más elusivo.
—Si hubiera pasado usted tanto tiempo como yo en mi antiguo lugar de empleo, de hecho, sabría que ambos son reales.
Me reí, recordando que Krystal Starz tenía a la venta libros sobre cómo comunicarse con los seres del espacio exterior.
—Se me había olvidado. ¿Sabes?, últimamente he tenido un par de encontronazos con tu antigua jefa.
Erik entornó los ojos.
—¿Sí? ¿Qué ha pasado?
—Nada grave. Diferencias profesionales, supongo. Le robé un par de antiguas colegas de trabajo tuyas... ¿Tammi y Janice? A Helena no le hizo mucha gracia.
—No. Me lo imagino. ¿Hizo algo?
—Se presentó en mi librería y armó un revuelo enorme, me vaticinó toda clase de desgracias. Nada serio.
—Es una mujer interesante —dijo.
—Eso es quedarse cortos. —Vi que nos habíamos desviado del tema y esperé que Cárter me amonestara por ello. No lo hizo—. Entonces, ¿sabes de alguna manera para detectar a los nefilim? ¿De anticipar dónde aparecerán?
Erik me dedicó una mirada extraña y no respondió de inmediato. Sentí cómo se me encogía ligeramente el estómago. Tal vez supiera algo más sobre nuestro nefilim. Esperaba que no.
—En realidad no —dijo, al cabo—. Identificar a los inmortales no es tan sencillo.
—Pero se puede hacer.
—Sí, por supuesto, aunque algunos se camuflan mejor que otros. Los nefilim especialmente tienen motivos para ocultarse, puesto que los persiguen constantemente.
—¿Aunque no causen problemas? —pregunté, sorprendida. Ni Cárter ni Jerome habían mencionado eso.
—Aun así.
—Qué triste.
Recordé el extracto del libro de Harrington que hablaba de cómo tanto el cielo como el infierno habían repudiado a los nefilim. Puede que yo también me cabreara en ese caso, y quisiera causar problemas y hacerles saber a ambos bandos que no aprobaba su política.
Erik tenía poco más que ofrecer sobre los nefilim, y nuestra conversación fue tomando otros derroteros. Transcurrió una hora, para mi sorpresa, puesto que esperaba que Cárter me parara los pies antes. Me excusé y me disculpé con Erik, alegando tener que irme. Compré té, como de costumbre, y me invitó a volver cuando quisiera, también como de costumbre.
Cuando llegué a la puerta, me llamó con voz vacilante:
—¿Señorita Kincaid? Sobre los nefilim...
Sentí cómo se me ponía la piel de gallina. Al final sí que sabía algo de todo esto. Maldición.
—Recuerde que son inmortales. Llevan aquí mucho tiempo, pero al contrario que otros inmortales, no tienen planes propios ni divinos que seguir. Muchos intentan llevar vidas honradas, incluso ordinarias.
Reflexioné acerca de esta curiosa información mientras salía, imaginándome a un nefilim cogiendo el tren para ir a trabajar todos los días. Costaba reconciliar esa imagen con otras, más horrendas, que llevaban tiempo rondándome la cabeza.
Hacía tiempo que había oscurecido, y el aparcamiento estaba vacío. Me hice invisible y esperé a que Cárter nos sacara de allí. Esperé. Y esperé.
—¿Y bien? ¿Te vas a hacer de rogar? —murmuré. No hubo respuesta.
—¿Cárter?
Nada.
Entonces se me ocurrió: Cárter había emprendido otra persecución del nefilim. Estaba sola. Estupendo. ¿Qué iba a hacer ahora? No tenía coche, y con independencia de lo que dijera el ángel sobre que seguía estando a salvo cuando él se iba de cacería, estar allí sola en la oscuridad me ponía nerviosa. Volví a entrar en la librería, visible. Erik me miró con sorpresa.
—¿Te importa que espere aquí a que vengan a buscarme?
—En absoluto.
Claro que antes tenía que llamar a alguien para que viniera a buscarme. Saqué mi móvil nuevo, debatiéndome sobre qué número marcar. Cody sería la opción ideal, pero vivía lejos al sur de la tienda y yo estaba más al norte. Habría salido ya camino de la clase de baile, y haciéndole subir hasta aquí sólo conseguiría que los dos llegáramos tarde. Necesitaba alguien que viviera cerca, pero no conocía a nadie salvo... en fin, Seth vivía en el distrito universitario. No estaba muy lejos de Lake City. La cuestión era si estaría en casa o si seguiría en Queen Anne.
Decidí correr el riesgo y le llamé al móvil.
—¿Diga?
—Soy Georgina. ¿Dónde estás?
—Hum, en casa...
—Genial. ¿Te importaría venir a buscarme?
Seth llegó al establecimiento de Erik quince minutos más tarde. Casi me esperaba que Cárter reapareciera entremedias, pero no había dado señales de vida. Le di las gracias a Seth y monté en su coche.
—Te lo agradezco de veras. El que tenía que recogerme me ha dejado plantada.
—No tiene importancia. —Vaciló y me miró de reojo—. Estás preciosa.
—Gracias. —Llevaba puesto un vestido rojo sin mangas con un top estilo corsé.
—Aunque te quedaría mejor con una camisa de franela.
Tardé un momento en recordar el conjunto que había llevado a la casa de su hermano, y otro más en recordar que no le había devuelto la camisa.
—Lo siento —me disculpé después de decirle eso mismo—. Te la devolveré enseguida.
—Tranquila. Después de todo, sigo teniendo tu libro como rehén. Es un trato justo. No dudes en ponértela alguna vez más, para que huela a ti y tu perfume.
Cerró la boca de golpe, seguramente temiendo haber hablado más de la cuenta, lo cual probablemente era cierto. Quise reírme del comentario, aliviar un poco su turbación, pero en vez de eso sólo podía imaginarme a Seth con la camisa de franela en la cara, inspirando hondo, aspirando mi fragancia. La imagen era tan sensual, tan tremendamente provocadora, que me aparté ligeramente de él y miré por la ventanilla para disimular mis sentimientos y mi respiración de pronto agitada.
Qué coqueta sin remedio estaba hecha, decidí mientras el resto del paseo en coche transcurría en silencio. Tan pronto estaba llorando por Román como me entraban ganas de revolearme con Seth en la cama. Era una frívola. Generaba sensaciones encontradas en los hombres, revoloteando de uno a otro, atrayéndolos con una mano y apartándolos de mí con la otra. Lo cierto era que el subidón de energía de Martin estaba tocando a su fin, por lo que casi todos los varones empezaban a parecerme atractivos de nuevo, pero aun así... no tenía vergüenza. Ya no sabía qué ni a quién quería.
Cuando Seth aparcó pero se negó a entrar conmigo en Emerald City, me sentí culpable, sabedora de que él pensaba que yo pensaba que él era un pervertido o algo por culpa del comentario sobre el perfume. No podía dejarlo correr, no podía soportar la idea de que se sintiera mal por mi culpa. Y menos cuando sus palabras habían sido un cumplido tan erotizante. Tenía que arreglar las cosas.
Me incliné hacia él, esperando que el top me ayudara a zanjar el asunto.
—¿Recuerdas esa escena en La casa de cristal? ¿Cuándo O'Neill acompaña a casa a la camarera? Enarcó una ceja.
—Hum, si la escribí yo.
—Si no me falla la memoria, ¿no dijo algo acerca de que es una lástima abandonar a una mujer con un vestido con escote?
Seth me miró fijamente, inescrutable su expresión. Por fin, una sonrisa menos aturdida de lo normal aleteó en sus labios.
—Dice: «Un hombre que deja sola a una mujer con un vestido como ése no merece llamarse hombre. Una mujer con un vestido como ése no quiere estar sola.»
Le dirigí una mirada cargada de intención.
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué?
—No me obligues a deletreártelo. Con este vestido, no quiero estar sola. Entra conmigo. Me debes un baile, ¿sabes?
—Y tú sabes que yo no bailo.
—¿Crees que eso detendría a O'Neill?
—Creo que O'Neill exagera a veces. No conoce sus límites.
Sacudí la cabeza, exasperada, y me di la vuelta.
—Espera —me llamó Seth—. Voy contigo.
—Al límite, ¿no? —dijo Cody más tarde cuando llegamos a la cafetería de la librería, ya cerrada, prácticamente corriendo.
Le di un abrazo rápido, y Seth y él se saludaron cordialmente con la cabeza antes de que el autor se fundiera con el resto de los empleados.
—Es una larga historia.
—¿Es cierto? —Me susurró Cody al oído—. ¿Cárter está aquí ahora?
—En realidad no. Estaba conmigo, pero me dio plantón. Por eso he llegado tarde. Tuve que pedirle a Seth que me recogiera. El semblante serio del joven vampiro se relajó.
—Seguro que ha sido un sacrificio enorme para los dos.
Hice oídos sordos a la pulla y reuní a la tropa para comenzar la clase. Como habíamos observado la última vez, la mayoría estaban tan listos como podrían llegar a estarlo jamás. No practicamos nada nuevo, sino que optamos por repasar las técnicas ya conocidas para cerciorarnos de que tuvieran bien aprendida la base. Seth, tal y como había prometido, no bailó. Le costó más resistirse, sin embargo, ahora que la mayoría de las empleadas ya lo conocían. No pocas mujeres intentaron sacarlo a la pista, pero él se mantuvo en sus trece.
—Saldría a bailar si se lo pidieras tú —me dijo Cody en un momento determinado.
—Lo dudo. Lleva toda la noche negándose.
—Ya, pero tú eres muy persuasiva.
—Algo parecido me dio a entender Cárter. No sé de dónde os sacáis esta reputación de Doña Simpática que me echáis.
—Tú ve y pídeselo.
Puse los ojos en blanco y me acerqué a Seth; noté que ya me estaba observando.
—Bueno, Mortensen, tu última oportunidad. ¿Estás preparado para dar el salto de voyeur a exhibicionista?
Inclinó la cabeza hacia mí, con curiosidad.
—¿Todavía estamos hablando del baile?
—Bueno, eso depende, supongo. Una vez le oí decir a alguien que los hombres bailan igual que practican el sexo. Así que, si quieres que todos los presentes piensen que eres la clase de tipo que se limita a quedarse sentado y...
Se levantó.
—A bailar.
Salimos a la pista y, pese a su valiente declaración, saltaba a la vista que estaba nervioso. Le sudaba la palma cuando me dio la mano, y vacilaba demasiado a la hora de apoyar la otra por completo en mi cadera.
—Tu mano se traga la mía —bromeé en voz baja, deslizando mis dedos entre los suyos—. Relájate. Escucha la música, y cuenta los pasos. Fíjate en mis pies.
Mientras nos movíamos, me dio la impresión de que ya había practicado antes los pasos elementales. No le costaba recordar el ritmo. Su problema era coordinar los pies con la música, algo que para mí era instintivo. Podía escuchar prácticamente cómo contaba los sones mentalmente, alineándolos artificialmente con sus pies. De resultas de ello, se pasaba más tiempo mirando al suelo que a mí.
—¿Nos acompañarás cuando salgamos? —le pregunté como si tal cosa.
—Lo siento. No puedo hablar y contar al mismo tiempo.
—Ah. Está bien. —Hice todo lo posible por disimular mi sonrisa.
Seguimos así, en silencio, hasta que terminó la clase. En ningún momento llegó a convertirse en un proceso natural para Seth, pero no se saltó ningún paso, prestándoles atención con inquebrantable determinación y diligencia, sudando profusamente durante todo el proceso. Tan cerca de él como estaba, podía sentir algo parecido a la estática en el aire que nos separaba, embriagador y electrizante.
Hice la ronda con Cody cuando terminamos, despidiéndome de todo el mundo. Seth, uno de los últimos en salir, se acercó a nosotros mientras nos dirigíamos a la puerta de atrás.
—Buen trabajo esta noche —le dijo Cody.
—Gracias. Estaba en juego mi reputación. —Seth se volvió hacia mí—. Espero haber disipado las dudas sobre esa relación entre el baile y el sexo.
—Supongo que había un par de parecidos notables —observé, con cara de póquer.
—¿Un par? ¿Qué hay de la atención al detalle, el esfuerzo físico, los ríos de sudor y el empeño exclusivo en hacer bien mi trabajo?
—Más bien estaba pensando que no te gusta hablar durante el sexo. —Mala, lo sé, pero no pude evitarlo.
—Bueno, tengo cosas mejores que hacer con la boca.
Tragué saliva, seca mi propia boca.
—¿Todavía estamos hablando del baile?
Seth nos dijo buenas noches y se fue.
Lo vi alejarse, pensativa.
—¿Alguien más está a punto de desmayarse?
—Yo seguro que sí —sonó risueña la voz de Cárter detrás de nosotros.
Cody y yo dimos un respingo.
—Dios —exclamé—. ¿Cuánto hace que has regresado?
—No hay tiempo para formalidades. Esperad, muchachos.
Tras un rápido vistazo en rededor para cerciorarse de que estábamos solos, el ángel nos tomó repentinamente de las muñecas. Experimenté nuevamente esa sensación de vértigo y náusea, y cuando me quise dar cuenta, nos encontramos en una sala de estar elegantemente decorada. No había visto nunca este sitio, pero era precioso. Adornaban la estancia muebles de cuero bien conjuntados, y en las paredes colgaban obras de arte de aspecto caro. Opulencia. Estilo. Majestuosidad.
El único problema era que el lugar estaba arrasado. El lujoso mobiliario se encontraba cubierto de cortes, las mesas se habían volcado, y los cuadros estaban torcidos, desfigurados, o las dos cosas. En una pared habían pintado con spray un símbolo enorme que no reconocí: un círculo con una raya que lo cruzaba verticalmente y otra atravesada en diagonal, de izquierda a derecha. La mezcla de glamour y vandalismo me dejó completamente desconcertada.
—Bienvenidos a Cháteau Jerome —anunció Cárter.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 06, 2010 7:30 pm

Capítulo 20

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Siento la brusquedad del transporte —continuó Cárter—. Jerome empezó a ponerse histérico por haberte dejado sola tanto tiempo.
—No me he puesto «histérico» en mi vida... esto, existencia... da igual —murmuró Jerome mientras deambulaba por la sala. Al observarlo, me creí sus palabras. Tan inmaculadamente vestido como siempre, sostenía un Martini en una mano y parecía completamente sereno en medio del desorden.
—Bonito lugar —le dije, consternada aún por el daño practicado a tanta belleza—. ¿Estás redecorando?
Una sonrisa centelleó en los ojos del demonio ante mi chiste.
—Cómo me gusta tenerte cerca, Georgie. —Probó su bebida—. Sí, ahora mismo está un poco manga por hombro, pero no te preocupes. Ya lo limpiaré. Además, tengo más domicilios.
Jerome siempre había sido muy reservado sobre dónde vivía, y sospeché que sólo la intervención de Cárter nos permitía estar aquí ahora. El demonio no nos hubiera invitado jamás. Me acerqué a una enorme ventana salediza y admiré la espectacular vista del Lago Washington, con la silueta de Seattle resplandeciendo al otro lado. A juzgar por la perspectiva, apostaría a que nos encontrábamos en Medina, uno de los suburbios más exclusivos del Eastside. Sólo lo mejor para Jerome.
—¿Qué ha ocurrido? —Pregunté al final, cuando hubo quedado claro que nadie pensaba abordar el tema—. ¿Ha sido un asalto del nefilim, o es que has celebrado una fiesta que se te fue de las manos? Porque, sinceramente, si se trata de lo último, me sentiré muy ofendida por qué no nos hubieras invitado.
—No temas —dijo Cárter con una sonrisa—. A nuestro amigo el nefilim le dio por redecorar, y tuvo la gentileza de indicarnos su presencia cuando acabó. Por eso te abandoné en la tienda de Erik. Te habría dicho algo, pero cuando lo presentí aquí... —Dirigió una miradita elocuente a Jerome. El demonio resopló por toda respuesta.
—¿Qué? ¿Pensaste que corría peligro? Sabes que es imposible.
Cárter mostró su disconformidad con un ruidito seco.
—¿Sí? ¿Cómo llamas a eso? —Inclinó la cabeza hacia el símbolo rociado.
—Graffiti —repuso desinteresadamente Jerome—. No significa nada.
Me aparté de la espectacular ventana y su vista tan exclusiva, y miré el símbolo de arriba abajo. No había visto nunca nada parecido, y eso que estaba familiarizada con un montón de caracteres y marcas de todo tipo de lugares y épocas.
—Tiene que significar algo —repuse—. Me parece tomarse demasiadas molestias para nada. De lo contrario podría haber escrito un sencillo «gilipollas» o algo por el estilo.
—A lo mejor está en otra habitación —sugirió Cody.
—Un comentario digno de Georgie. Veo que no estás aprendiendo sólo a bailar.
Hice oídos sordos a los intentos del demonio por cambiar de tema y me volví hacia Cárter, exigiendo respuestas.
—¿Qué es? Debes de saber lo que significa.
El ángel me observó atentamente un momento, y caí en la cuenta de que era la primera vez que le pedía ayuda en serio. Antes de nuestra reciente convivencia en el piso, la mayor parte de nuestra relación era lisa y llanamente antagónica.
—Es una advertencia —dijo despacio, sin mirar a su demoníaca contrapartida—. Una advertencia de desastre inminente. La verdadera fase de una batalla a punto de comenzar.
El autocontrol delicadamente contenido de Jerome saltó al fin por los aires. Descargó el vaso sobre una mesa ladeada, sonrojándose.
—¡Dios, Cárter! ¿Te has vuelto loco?
—Da igual, y tú lo sabes. Saldrá a la luz de todas formas.
—No —siseó glacialmente el demonio—, no todo.
—Pues díselo tú. —Cárter indicó el símbolo con un gesto grandilocuente—. Explícaselo tú mismo para asegurarte de que yo no hable más de la cuenta.
Jerome lo fulminó con la mirada, que cruzaron como tenían por costumbre. Se lo había visto hacer innumerables veces, pero en retrospectiva, estaba casi segura de que ésta era la primera vez que estaban tan enfrentados.
—Quizá en su día fuera eso lo que significaba —reconoció Jerome finalmente, resoplando en un intento por tranquilizarse—. Pero ya no. Como decía antes, ahora no tiene sentido. Es un garabato arcaico. Una superchería que, sin nadie que crea en ella, ya ha perdido todo su poder.
—¿Por qué usarlo entonces? —Me pregunté en voz alta—. ¿Otra muestra del retorcido sentido del humor de los nefilim?
—Algo por el estilo. Es para recordarme con quién estamos tratando... como si se me pudiera olvidar. —Jerome recogió su Martini derramado y lo apuró de un solo trago. Suspiró, cansado de repente, y miró a Cárter de reojo—. Puedes hablarles sobre los otros si quieres.
El rostro del ángel reflejó una ligera sorpresa ante aquella concesión. Volvió a contemplar la pared pintarrajeada.
—Este símbolo es el segundo en una serie de tres. El primero es la declaración de la batalla... una forma de amedrentar al enemigo con lo que se avecina. Se parece a éste, pero sin la diagonal. El último dibujo simboliza la victoria. Muestra dos diagonales y se exhibe tras la derrota del adversario.
Seguí la dirección de su mirada.
—Entonces, espera... si éste es el segundo, ¿significa eso que ya habéis visto el primero?
Jerome salió de la habitación para regresar un momento después con una hoja de papel, que me entregó.
—No eres la única que recibe notitas de amor, Georgie.
La abrí. El papel era del mismo tipo empleado en mis anónimos. En ella, dibujada con trazo grueso, había una copia en tinta del símbolo de la pared de Jerome, sin la diagonal. El primer símbolo, la declaración de guerra, según Cárter.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Justo antes de la muerte de Duane.
Rememoré lo ocurrido semanas atrás.
—Por eso no me hostigaste demasiado cuando murió. Ya intuías quién era el responsable.
El demonio se encogió de hombros por toda respuesta.
—Espera un momento —exclamó Cody, observando la nota por encima de mi hombro—. Si ésta es la primera advertencia... ¿insinúas que todo lo ocurrido... Duane, Hugh, Lucinda, Georgina... forma parte de un intento por desmoralizarnos? —La incredulidad del vampiro aumentó ante el silencio de los dos inmortales superiores—. ¿Qué más puede pasar? ¿Cuál es la «fase seria»? Quiero decir, ya ha agredido o matado a, ¿cuántos, cuatro inmortales?
—Cuatro inmortales inferiores —precisé, empezando a coger el hilo. Alterné la mirada entre Jerome y Cárter—. ¿Cierto?
El ángel sonrió con los labios apretados.
—Cierto. Habéis sido la ronda de entrenamiento antes del gran golpe. —Le echó otra miradita elocuente a Jerome.
—Déjalo —le espetó el demonio—. Yo no soy el objetivo.
—¿No? A mí nadie me ha pintarrajeado las paredes.
—Nadie sabe dónde vives.
—Tampoco es que tú aparezcas precisamente en las páginas amarillas. Eres el objetivo.
—Da igual. No puede tocarme.
—No puedes saberlo a ciencia cierta...
—Lo sé, y tú también. Es absolutamente imposible que sea más fuerte que yo.
—Necesitamos refuerzos, en cualquier caso. Llama a Nanette...
—Claro —se rió con voz ronca Jerome—. Nadie se dará cuenta si la saco de Portland. ¿Tienes idea de las alarmas que dispararía eso? La gente empezaría a sospechar, a hacer preguntas...
—¿Y qué? No pasa nada...
—Para ti es fácil decirlo. ¿Qué sabrás tú de...?
—Por favor. Sé lo suficiente como para darme cuenta de que estás paranoico...
Los dos siguieron intercambiando pullas, con Jerome obstinado en negar que hubiera el menor problema y Cárter insistiendo en que debían tomar las precauciones oportunas. Como dije antes, era la primera vez que veía discutir tan abiertamente a estos dos. No me gustaba, y menos cuando empezaron a levantar la voz. No quería estar cerca si llegaban a los puños o a las demostraciones de poder; ya había visto demasiadas exhibiciones de fuerza en las últimas semanas. Lentamente, retrocedí hasta salir de la sala de estar y me metí en un pasillo cercano. Cody se percató y me siguió.
—Lo odio cuando mamá y papá se pelean —comenté mientras nos alejábamos del altercado divino en busca de un lugar más seguro. Al asomarme a las puertas vi un cuarto de baño, un dormitorio, y una habitación de invitados. De alguna manera me costaba imaginar que el domino tuviera muchos huéspedes pasando la noche en su casa.
—Esto parece prometedor —observó Cody cuando llegamos a una sala de ocio.
Otros asientos de cuero rodeaban una pantalla de plasma gigante, absurdamente fina, que colgaba de la pared. Había altavoces, elegantes y estilizados, situados en puntos estratégicos a nuestro alrededor, y una gran vitrina de cristal que contenía cientos de DVD. También esta habitación había sido saqueada. Suspirando, me dejé caer encima de una silla desvencijada mientras Cody le echaba un vistazo al equipo de música.
—¿Qué te parece todo esto? —le pregunté—. Los nuevos acontecimientos, quiero decir, no el cine en casa.
—¿Qué quieres que piense? Para mí está muy claro. Este nefilim ha entrado en calor con unos cuantos inmortales inferiores y ahora decide pasar a mayores. Enfermo y retorcido, pero en fin, así son las cosas. Mirándolo por el lado bueno, es posible que ya estemos fuera de peligro... aunque sea a costa de Jerome o Cárter.
—No sé. —Eché la cabeza hacia atrás, pensativa—. Hay algo que no encaja. Se nos está pasando algo por alto. Escúchalos ahí dentro. ¿Por qué está siendo Jerome tan cabezota con todo este asunto? ¿Por qué no escucha a Cárter?
El joven vampiro dejó de mirar las películas y esbozó una sonrisa socarrona.
—Nunca pensé que vería el día en que defendieras a Cárter. Debéis de haber hecho muy buenas migas esta semana.
—No te imagines romances inexistentes —le advertí—. Sabe Dios que ya he tenido más de la cuenta. Es sólo que, no sé. Cárter no es tan malo como pensaba.
—Es un ángel. No es malo en absoluto.
—Ya sabes a qué me refiero, y tienes que reconocer que no le falta razón. Jerome debería estar adoptando medidas. Esta criatura arrasa su hogar y le deja amenazas... aunque sea en forma de símbolos obsoletos o lo que sea. ¿Por qué está tan convencido Jerome de que no corre peligro?
—Porque se cree más fuerte de lo que es.
—¿Pero cómo podría saberlo? Ninguno de los dos lo ha visto... ni siquiera Cárter, la noche que me salvó.
—Jerome no me parece de los que ignoran las cosas sin un buen motivo. Si él dice que es más poderoso, yo... me cago en la leche. Mira esto. —Su expresión seria dio paso a una carcajada.
Me levanté y me arrodillé junto a él.
—¿Qué?
Señaló la hilera de DVD de abajo del todo. Leí los títulos. Alta fidelidad. Más vale muerto. Un gran amor. Un asesino algo especial. Todas películas de John Cusack.
—Lo sabía —susurré, pensando en el sospechoso parecido del demonio con el actor—. Sabía que era fan suyo. Siempre lo ha negado.
—Espera a que se lo cuente a Peter y a Hugh —se rió Cody. Sacó Más vale muerto de la estantería—. Ésta es la mejor.
Cogí Cómo ser John Malkovich, olvidadas por un momento mis preocupaciones.
—De eso nada. La mejor es ésta.
—Ésa es demasiado rara.
Levanté la mirada a la pantalla de plasma, cruzada de lado a lado por un enorme tajo.
—Normalmente sugeriría que las comparáramos para zanjar el asunto, pero me da que pasará algún tiempo antes de que se pueda volver a ver nada aquí.
Cody siguió la dirección de mi gesto e hizo una mueca ante el destrozo.
—Qué desperdicio. Este nefilim es un verdadero hijo de puta.
—Sin la menor duda —convine, poniéndome de pie—. No me extraña...
Me quedé paralizada. El tiempo se detuvo. Un verdadero hijo de puta...
—¿Georgina? —preguntó Cody, extrañado—. ¿Estás bien?
Cerré los ojos, mareada.
—Ay, Dios. —Un verdadero hijo de puta.
Pensé en la serie de sucesos relacionados con el nefilim, en cómo Jerome nos había advertido que nos mantuviéramos al margen desde el primer momento. Supuestamente, su intención era protegernos, pero no había ningún motivo por el que no debiera explicarnos qué era el nefilim, ningún peligro en conocer la naturaleza de nuestro adversario. Sin embargo Jerome había mantenido la boca cerrada al respecto, enfadándose irracionalmente cuando cualquiera de nosotros se acercaba demasiado. Cuando Cody propuso la teoría del «ángel caído», achaqué tanto secretismo a la vergüenza que pudieran sentir los del otro bando. Sin embargo, no era su bando el que tenía algo que ocultar, sino el nuestro.
Clic, clic. Una vez en marcha, las fichas de dominó en mi cabeza empezaron a caer precipitadamente. Pensé en el libro de Harrington: los ángeles corruptos enseñaban «encantos y encantamientos» a sus mujeres mientras su descendencia vagaba salvaje... Símbolos. Como el obsoleto pintado en la pared de Jerome. Es para recordarme con quién estamos tratando... como si se me pudiera olvidar, había explicado despreocupadamente.
Cárter me había dicho que los demonios generalmente ayudaban a dar caza a los nefilim. Nanette había querido venir a ayudar con éste, pero Jerome se lo impidió, minimizando así el número de implicados. Sin embargo, había mantenido a Cárter a mano para la cacería. ¿No querría encargarse Jerome personalmente?, me había preguntado, pero el ángel evitó responder.
Las fichas de dominó seguían cayendo. Los nefilim heredan mucho más de la mitad del poder de su progenitor, aunque en ningún caso pueden excederlo. Eso era lo que nos había dicho Jerome la semana pasada, de nuevo sin darle importancia, justo después de mi agresión. Hacía tan sólo unos minutos, me había extrañado que estuviera tan seguro de ser más fuerte que el nefilim, me había preguntado cómo podía estar tan convencido. Pero claro que podía. La genética divina se había encargado de dictar esos parámetros.
—¿Georgina? ¿Adonde vas? —exclamó Cody cuando salí de la habitación a zancadas, de regreso a la discusión que atronaba aún al final del pasillo.
—Mira —estaba diciendo Cárter—, no tiene nada de malo que...
—Es tuyo —le grité a Jerome, intentando amilanarlo con la mirada... difícil, puesto que era más alto que yo—. El nefilim es tuyo.
—¿Mi problema?
—¡No! Ya sabes lo que quiero decir. Tu vástago. Tu hijo... o hija... o lo que sea.
Se hizo el silencio, y Jerome me taladró hasta el alma con aquellos penetrantes ojos negros. Esperaba salir disparada al otro lado de la estancia de un momento a otro. En vez de eso, preguntó simplemente:
—¿Y?
Sorprendida por su comedida respuesta, tragué saliva.
—Y... y... ¿por qué no nos dijiste nada? ¿Desde el principio? ¿Por qué tanto secreto?
—Como seguramente te imaginarás, no es un tema que me gusta sacar a colación. Y en contra de la opinión popular, siento que tengo derecho a algo de intimidad.
—Sí, pero... —Ahora que lo había soltado, no sabía qué decir, ni hacer, ni pensar—. ¿Qué va a ocurrir? ¿Qué vas a hacer?
—Seguir con el plan. Encontraremos a esta criatura y la destruiremos.
—Pero si es... si es... tu hijo...
Yo, que tan celosa y envidiosamente veía el embarazo en curso de Paige y la caterva de sobrinas de Seth, no podía ni siquiera empezar a imaginarme anunciando tranquilamente el asesinato de mi progenie.
—Eso da igual —dijo sencillamente el demonio—. Es un problema, una amenaza para el resto de nosotros. Su relación conmigo es irrelevante.
—Sigues hablando de él como si fuera una cosa. ¿Tan indiferente eres que ni siquiera puedes... no sé, llamarlo por su nombre? Además, ¿qué es? ¿Varón o mujer?
Vaciló un momento, y detecté una leve traza de nerviosismo en su fachada de desinterés.
—No lo sé.
Me lo quedé mirando fijamente.
—¿Qué?
—No estaba presente cuando nació. Cuando descubrí que ella... mi esposa... estaba embarazada, me fui. Sabía lo que iba a pasar. No era el primero... ni el último... en tomar por mujer a una mortal. Multitud de nefilim han nacido y han sido destruidos a causa de ello. Todos sabíamos de qué eran capaces. Lo más acertado sería haberlo destruido en cuanto nació. —Se interrumpió, de nuevo perfectamente inexpresivo—. No fui capaz. Me fui para no tener que afrontarlo, para no tener que tomar esa decisión. Me porté como un cobarde.
—¿La... volviste a ver alguna vez? ¿A tu esposa?
—No.
Sin palabras, me pregunté cómo habría sido. Apenas entendía a Jerome ahora como demonio, por no hablar de antes de su caída. Rara vez mostraba algún tipo de emoción o afecto por nadie; no lograba imaginarme qué clase de mujer lo habría conquistado hasta el punto de hacerle dar la espalda a todo cuanto consideraba sagrado. Y sin embargo, a pesar de ese amor, había desaparecido, para no volver a verla. Llevaría milenios muerta. Jerome se había ido para salvar a su hijo, tan sólo para encontrarse ahora nuevamente con su vida en sus manos. Todo aquello era tan trágico que me daban ganas de hacer algo... abrazar al demonio, quizá... pero sabía que no me daría las gracias por mi conmiseración. Bastante vergüenza le daba ya que hubiéramos descubierto todo esto.
—Entonces, ¿no lo has visto nunca? ¿Cómo estás tan seguro de que es tu vástago?
—La firma. Cuando la percibo, siento la mitad de mi aura y la mitad de... la de ella. Ninguna otra criatura podría poseer esa combinación.
—¿Y la has sentido todas las veces?
—Sí.
—Guau. Pero no sabes nada más de él.
—Correcto. Como ya he dicho, me fui mucho antes de que naciera.
—Entonces... entonces tiene sentido que seas realmente un objetivo —le dije, indicando la pared—. Aun con independencia de todo esto. El nefilim tiene motivos especiales para estar cabreado contigo.
—Gracias por tu apoyo incondicional.
—No quería que sonara así. Es decir... los nefilim ya tienen razones de sobra para estar enfadados. Todo el mundo los odia e intenta matarlos. Y éste... bueno, la gente se gasta miles de dólares en terapias para superar las malas experiencias con sus padres. Imagínate la cantidad de neurosis que habrá desarrollado éste tras varios miles de años.
—¿Acaso sugieres que organice una sesión de orientación familiar, Georgie?
—No... No, claro que no. Aunque... no sé. ¿Has intentado hablar con él? ¿Razonar con él? —Recordé el comentario de Erik sobre los nefilim, que sólo querían que los dejaran en paz—. A lo mejor podríais llegar a algún acuerdo.
—Vale, está conversación se está volviendo cada vez más absurda, si eso es posible. —Jerome se giró hacia Cárter—. ¿Quieres llevarlos a casa?
—Me quedo contigo —declaró solemnemente el ángel.
—Por el amor de Dios, creía que ya habíamos dejado claro...
—Tiene razón —intervine—. La fase de advertencia ha terminado. Ahora estoy a salvo.
—No sabemos...
—Además, no se trataba tanto de mi seguridad como de que Cárter me impidiera descubrir la verdad sobre tus problemas familiares. Ya es demasiado tarde para eso, y estoy harta de carabinas. Quédate tú con él, y todos dormiremos mucho más tranquilos, aunque corramos peligro de excedernos.
—Bien dicho —se rió Cárter.
Jerome volvió a protestar, y todos discutimos un poco más, pero al final, la decisión estaba en manos de Cárter. Jerome no tenía autoridad para darle órdenes; de hecho, si Cárter se proponía seguir al demonio indefinidamente, no había nada que Jerome pudiera hacer al respecto, no realmente. No iban a enzarzarse en ningún combate épico, por enfadados que parecieran.
Cárter accedió a teletransportarnos de vuelta, aunque sospechaba que no era más que un gesto de amabilidad para asegurarse de que Cody y yo no pudiéramos encontrar nunca el hogar de Jerome. Tras dejar al vampiro en su casa, Cárter me teletransportó a mi sala de estar, donde vaciló antes de desaparecer otra vez.
—Es mejor así, creo —me dijo—. Que me quede yo con Jerome. Sé que el nefilim no puede ser más poderoso que él... pero sigue habiendo algo raro. Tampoco estoy convencido de que ya no estés en peligro, pero lo que quiera que pase contigo es otra cuestión completamente distinta. —Se encogió de hombros—. No sé. Hay muchas cosas en juego aquí; ojalá Jerome nos dejara pedir ayuda de fuera. Nada excepcional, claro. Pero algo. Cualquier cosa.
—No te preocupes —le tranquilicé—. Me las apañaré. No puedes estar en todas partes a la vez.
—Qué gran verdad. Cuando todo esto termine, tengo que preguntarle al nefilim cómo se las apaña él.
—No se puede interrogar a los muertos.
—No —convino con gesto adusto—. No se puede. —Se dio la vuelta para marcharse.
—Es curioso... —comencé lentamente—. Toda esta idea de que Jerome pudiera amar a alguien. Y cayera en desgracia a causa de ello.
Me dedicó una de sus inquietantes sonrisitas.
—El amor no hace que los ángeles caigan en desgracia, Georgina. Si acaso, puede surtir el efecto contrario.
—¿Entonces qué? ¿Si Jerome se enamorara de nuevo, podría volver a ser un ángel?
—No, no. No es tan sencillo. —Al notar mi desconcierto, soltó una risita y me dio un rápido apretón en el hombro—. Cuídate, hija de Lilith. Llama si necesitas ayuda.
—Lo haré —le aseguré mientras se desvanecía, aunque contactar con un inmortal superior nunca era fácil. Jerome podría presentir si me hacían daño, pero invitarlo para charlar de trivialidades sería mucho más complicado.
Me fui a la cama poco después, fatigada después de todo lo que había ocurrido, demasiado cansada para preocuparme por que el nefilim pudiera atacarme mientras dormía. Mañana me tocaba el turno de cierre, y era mi última jornada antes de otros dos días libres. Necesitaba el descanso.
A la mañana siguiente me desperté tarde, aún con vida. Al entrar en la librería me tropecé con Seth, armado con su portátil, listo para afrontar otro día al teclado. El recuerdo de la clase de baile con él apartó el asunto del nefilim temporalmente de mi pensamiento.
—¿Tienes mi libro? —le pregunté mientras me abría la puerta.
—Pues no. ¿Tienes mi camisa?
—Pues no. Me gusta la que llevas puesta, eso sí. —Su camiseta temática del día lucía el logo del musical Los miserables—. Mi canción preferida de todos los tiempos sale de ahí.
—¿En serio? —preguntó—. ¿Cuál es?
—«Soñé con ser otra mujer.»
—Qué tema más deprimente. No me extraña que no quieras tener citas con nadie.
—¿Y cuál es tu favorita? —Le había planteado mi pregunta estándar a Román, pero no a Seth.
—«Ultraviolet», de U2. ¿La conoces?
Nos dirigimos al mostrador de la cafetería. Allí estaba Bruce, que empezó a preparar mi moca incluso antes de que se lo pidiera.
—Conozco algunos de sus temas, pero ése no. ¿De qué trata?
—Del amor, naturalmente. Como todas las buenas canciones. El dolor del amor mezclado con su poder redentor. Un poco más optimista que la tuya.
Recordé el comentario de Cárter de la noche anterior. El amor no hace que los ángeles caigan en desgracia.
Seth y yo nos sentamos y empezamos a conversar; la conversación fluía ahora como la seda entre nosotros. Pensé que era difícil creer que alguna vez hubiera existido alguna incomodidad. Era tan confortable.
Al final, sabiendo que debía trabajar un poco, me obligué a ir a ver cómo estaba el resto del personal antes de retirarme a mi despacho. Sólo pretendía comprobar el correo, sin embargo; hoy me sentía sociable y quería estar en la tienda. Dejé el bolso encima del escritorio y empecé a sentarme en la silla cuando vi un sobre blanco de aspecto familiar que llevaba mi nombre.
Se me cortó la respiración. Vaya con haber dejado de ser el principal objetivo del nefilim. Cogí el sobre y lo abrí con dedos torpes y temblorosos.

¿Me echabas de menos? Supongo que habrás estado ocupada con tus amiguitos inmortales, cerciorándote de que todo el mundo esté sano y salvo. Supongo también que habrás estado igual de ocupada con tu fascinante vida social, sin tiempo casi para pensar en mí. Qué cruel, habida cuenta de todo lo que he hecho por ti.
Me pregunto si te preocupas tanto por los mortales de tu vida como por los inmortales. Reconozco que las muertes de los mortales son mucho menos trascendentales. Después de todo, ¿qué son cincuenta años menos comparados con los siglos de un inmortal? Los mortales parecen indignos de tanta molestia, y sin embargo tú haces como si te importaran. ¿Pero te importan realmente? ¿O no son más que un entretenimiento para sobrellevar el paso de los siglos? ¿Qué hay de tu novio? ¿Es otro juguete, otro pasatiempo? ¿Significa algo realmente para ti?
Averigüémoslo. Convénceme. Tienes hasta el final del turno para garantizar su integridad. Ya conoces las reglas: llévalo a un lugar seguro, rodéalo de gente, etcétera, etcétera. Yo estaré contigo, observando. Convénceme de que te importa realmente, y le perdonaré la vida. Demuéstramelo. Fracasa... o implica a alguno de tus contactos inmortales... y no habrá «salvaguardia» que valga.

La nota se cayó de mis manos heladas. ¿Qué clase de juego perverso era éste? No tenía sentido. El nefilim me pedía en una línea que protegiera a alguien, para implicar en la siguiente que daba igual, que no había protección posible. Era una estupidez, otra disección, sacudir el estatus quo tan sólo para observar mi reacción Miré a mi alrededor, nerviosa, y me pregunté si el nefilim no estaba conmigo ahora. ¿Acechaba invisible a mi espalda la rencorosa progenie de Jerome, riéndose de mi turbación? ¿Qué debería hacer?
Por último, y quizá lo más importante, ¿quién diablos era mi novio?

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:17 am

Capítulo 21

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No tenía ningún «novio». Pese a todas las incertidumbres que poblaban mi mundo, eso al menos era algo de lo que podía estar segura. Por desgracia, aparentemente este nefilim tenía una idea más optimista de mi vida sentimental.
—No sé a quién te refieres —le grité al despacho vacío—. ¿Me oyes, hijo de perra? ¡No sé de quién cojones me hablas! No respondió nadie.
Paige, que pasó por delante de mi puerta un momento después, asomó la cabeza.
—¿Me llamabas?
—No —refunfuñé. Llevaba puesto un vestido que se ceñía visiblemente a su abultada barriga. No ayudó a mejorar mi humor—. Estaba hablando sola. —Cerré la puerta cuando se fue.
Mi primer impulso fue correr en busca de ayuda. Cárter. Jerome. Alguien. Cualquiera. No podía enfrentarme a esto sola.
Fracasa... o implica a alguno de tus contactos inmortales... y no habrá «salvaguardia» que valga.
Maldición. Ni siquiera sabía a quién se estaba refiriendo. Desesperada, intenté dilucidar a quién de entre mis amistades mortales podría haber confundido el nefilim por algo más. Como si no fuera ya lo bastante difícil ser amigo mío.
Sorprendentemente —o tal vez no tanto— mis cavilaciones pronto derivaron hacia Seth. Pensé en nuestra reciente conversación. Censurada y comedida, sin duda, pero cálida a pesar de todo. Agradable y natural. Aún se me cortaba el aliento a veces cuando nos tocábamos.
No, qué estupidez. Mi fascinación por él era superficial. Sus libros me hacían sufrir de adoración por sus héroes, y nuestra amistad se había reforzado de rebote por lo ocurrido con Román. Cualquier posible sentimiento o atracción que hubiera ejercido sobre él debía de estar reduciéndose aprisa. No había vuelto a dar muestras de sentir algo más que una tierna amistad, y mi distanciamiento debía de estar surtiendo efecto. Además, no dejaba de desaparecer para asistir a misteriosas reuniones, probablemente con alguna chica sobre la que su timidez le impedía hablarme. Pecaría de presuntuosa si considerase siquiera encajarlo en la categoría de novio.
Sin embargo... ¿sabría el nefilim todo eso? ¿Quién sabía lo que pensaba el muy bastardo? Si nos había visto a Seth y a mí tomando café, podría asumir cualquier cosa. Atenazada de temor, quise levantarme y subir corriendo a ver cómo estaba Seth. Pero no. Sería una pérdida de tiempo, por ahora al menos. Estaba escribiendo, en público, rodeado de gente. El nefilim no lo asaltaría en semejante escenario.
¿Entonces quién? ¿Tal vez Warren? Ese voyeur de nefilim nos había visto practicando el sexo. Si eso no contaba como algún tipo de relación, no sé qué lo haría. Por supuesto, el nefilim también habría observado que Warren y yo casi nunca nos relacionábamos de ninguna otra manera. Pobre Warren. El sexo conmigo ya lo había dejado agotado; sería una crueldad innecesaria que se convierta en una víctima del retorcido y equivocado sentido del humor del nefilim. Por suerte, había visto a Warren entrar a trabajar hoy. Estaba atareado en su despacho, aunque quizá eso contara como lugar seguro. Puede que estuviera a solas, pero los gritos de un ataque del nefilim llamarían la atención inmediatamente.
¿Doug? Él y yo siempre habíamos coqueteado. Sin duda alguien podría pensar que sus esporádicos intentos por conquistarme indicaban algo más que una simple amistad. Sin embargo, en las últimas semanas, él y yo no habíamos hablado mucho. Estaba demasiado distraída por los ataques del nefilim. Y por Román.
Ah, Román. Ahí estaba, la posibilidad que llevaba tiempo al acecho en el fondo de mi mente. La realidad que había eludido porque implicaba hablar con él, romper el silencio que tanto había insistido en mantener. No sabía qué existía entre nosotros, aparte de una atracción abrasadora y alguna que otra muestra de solidaridad. No sabía si era amor, o un conato de amor, o cualquier otra cosa. Pero sabía que me importaba. Mucho. Lo extrañaba. Aislarme de él por completo había sido la forma más segura de recuperarme, de superar el anhelo y seguir mi camino. Me asustaba lo que pudiera significar restablecer el contacto.
Y sin embargo... puesto que me importaba, no podía permitir que este nefilim se ensañara con él. No podía arriesgar la vida de Román porque, la verdad, era el candidato más probable. La mitad de los empleados de la librería consideraban que éramos pareja; ¿por qué no el nefilim? Sobre todo a tenor de las carantoñas que nos habíamos prodigado tantas veces en público. Cualquier nefilim al acecho estaría en su derecho si interpretara esta relación como sentimental.
Cogí el teléfono y lo llamé con el pulso acelerado. No hubo respuesta.
—Mierda —maldije, escuchando su buzón de voz—. Hola Román, soy yo. Sé que, esto, no iba a volver a llamarte, pero ha surgido algo... y necesito hablar contigo urgentemente. Lo antes posible. Es realmente extraño, pero también muy importante. Por favor, llámame. —Le dejé el número de mi móvil y el de la tienda.
Colgué, me senté y reflexioné. ¿Qué hacer ahora? Por impulso, miré de reojo el directorio del personal y marqué el número de la casa de Doug. Tenía el día libre.
Como en el caso de Román, no hubo respuesta. ¿Dónde se habían metido todos?
Pensando de nuevo en Román, intenté adivinar dónde podría estar. Trabajando, lo más seguro. Por desgracia, no sabía dónde. Menuda pseudonovia más negligente estaba hecha. Me había dicho que daba clases en una facultad. Se refería a ello constantemente, pero siempre decía «en clase» o «en la facultad». Nunca había mencionado ningún nombre.
Me volví hacia el ordenador e hice una búsqueda de las facultades de la zona. Cuando dicha búsqueda arrojó varios resultados sólo en Seattle, maldije de nuevo. También había más fuera de la ciudad, en los suburbios de las poblaciones vecinas. Podía ser cualquiera de ellas. Imprimí una lista con todas ellas, con números de teléfono, y guardé la hoja en el bolso. Tenía que salir de aquí, necesitaba realizar esta búsqueda sobre el terreno.
Abrí la puerta de la oficina y di un respingo. Había otra nota idéntica pegada en la puerta. Miré alrededor del pasillo de los despachos, esperando ver algo. Nada. Cogí la nota y la abrí.
«Estás quedándote sin tiempo y sin hombres. Ya has perdido al escritor. Será mejor que te des prisa con esta gymkana.»
—Gymkana, no te fastidia —mascullé, arrugando la nota—. Menudo capullo.
Pero... ¿qué quería decir con que había perdido al escritor? ¿Seth? Se me aceleró el pulso y subí corriendo a la cafetería, provocando unos cuantos sustos por el camino.
Seth no estaba. Su rincón estaba vacío.
—¿Dónde está Seth? —le pregunté a Bruce—. Estaba aquí hace un momento.
—Estaba —concurrió el camarero—. Recogió los bártulos de pronto y se fue.
—Gracias.
Definitivamente necesitaba salir de aquí. Encontré a Paige en la sección de novedades.
—Creo que tengo que irme a casa —le dije—. Me está entrando migraña.
Pareció sorprenderse. Mi historial de asistencia era el mejor de todos los empleados. Nunca pedía la baja por enfermedad. Sin embargo, por ese mismo motivo, no podía negarse. No era una trabajadora que abusara del sistema.
Tras asegurarme que debería irme, añadí:
—A lo mejor podrías pedirle a Doug que venga.
—Así mataría dos pájaros de un tiro.
—A lo mejor —respondió—. Aunque seguro que nos las apañamos. Warren y yo estaremos aquí todo el día.
—¿Él va a estar aquí todo el día?
Cuando repitió que, en efecto, así era, me sentí algo aliviada. Vale. Podía tacharlo de mi lista.
Mientras me dirigía a mi apartamento, llamé al móvil de Seth.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En casa. Se me olvidaron unos apuntes que me hacen falta. ¿En casa? ¿Solo?
—¿Te apetece desayunar conmigo? —pregunté de repente; necesitaba hacerle salir.
—Ya casi es la una.
—¿Almuerzo? ¿Comida?
—¿No estás trabajando?
—Me he ido a casa porque me encontraba mal.
—¿Te encuentras mal?
—No. Ven a verme. —Le di una dirección y colgué.
Mientras conducía al lugar de la cita, probé a llamar a Román de nuevo. Buzón de voz. Saqué la lista de números de teléfono de las facultades y empecé por el primero.
Qué engorro. Primero, tenía que llamar a información del campus e intentar encontrar el departamento adecuado. La mayoría de las facultades ni siquiera contaban con un departamento de lingüística, aunque casi todas ofrecían al menos una clase de introducción impartida mediante otra área relacionada, como antropología o humanidades.
Había hablado con tres facultades cuando llegué a Capítol Hill. Suspiré aliviada al ver a Seth esperándome frente al lugar que le había indicado. Tras aparcar y sacar el tíquet, me dirigí a él, intentando sonreír y aparentar naturalidad.
Por lo visto no funcionó.
—¿Qué sucede?
—Nada, nada —proclamé risueña. Demasiado risueña.
Su expresión daba a entender que no me creía, pero lo dejó correr.
—¿Vamos a comer aquí?
—Sí. Pero antes tenemos que ir a ver a Doug.
—¿Doug? —La confusión de Seth se acrecentó.
Lo conduje a un edificio de apartamentos cercano y subí las escaleras hasta la puerta de Doug. Del interior del piso escapaba un torrente de música ensordecedor, lo que tomé por buena señal. Hube de aporrear la puerta tres veces antes de que se abriera.
No era Doug, sino su compañero de habitación. Parecía colocado.
—¿Está Doug?
Parpadeó y se rascó el pelo largo y desaliñado.
—¿Doug? —repitió.
—Sí, Doug Sato.
—Ah, Doug. Sí.
—¿Sí está?
—No, hombre. Está... —El tipo guiñó los ojos. Dios, ¿quién se colocaba a estas horas? Ni siquiera yo lo había hecho en los sesenta—. Está ensayando.
—¿Dónde? ¿Dónde ensayan?
El tipo se me quedó mirando fijamente.
—¿Dónde ensayan? —repetí.
—Tía, ¿sabes que tienes las tetas, no sé, más perfectas que he visto? Son como... un poema. ¿Son de verdad? Apreté los dientes.
—¿Dónde? ¿Ensaya? ¿Doug? Apartó los ojos de mi busto, no sin esfuerzo.
—West Seattle. Por Alki.
—¿Tienes la dirección?
—Está entre... California y Alaska. —Pestañeó otra vez—. Guau. California y Alaska. ¿Lo pillas?
—¿La dirección?
—Es verde. No tiene pérdida.
Cuando no pude sonsacarle más información, Seth y yo nos fuimos. Entramos en el restaurante que le había indicado.
—Un poema —reflexionó por el camino, divertido—. Un poema de E.E. Cummings, añadiría.
Estaba demasiado preocupada como para procesar lo que decía, mi mente trabajaba a toda velocidad. Ni siquiera los gofres con fresas consiguieron que dejara de preocuparme por esta estúpida gymkana. Seth intentó entablar conversación, pero mis respuestas eran imprecisas y distraídas, era evidente que mis pensamientos estaban en otra parte. Cuando acabamos, volví a intentar llamar a Román, sin éxito. Me volví hacia Seth.
—¿Vas a volver a la librería?
Sacudió la cabeza.
—No. Estaré en casa. He visto que dependo demasiado de mis apuntes para escribir esta escena. Será más fácil si me quedo en mi propia oficina.
El pánico se apoderó de mí.
—¿En casa? Pero... —¿Qué podía decirle? ¿Que si se quedaba en casa corría el riesgo de que lo asaltara un sociópata sobrenatural?—. Quédate conmigo —le propuse atropelladamente—. Acompáñame a hacer unos recados.
Su educada complacencia se resquebrajó al fin.
—Georgina, ¿qué diablos ocurre? Coges la baja por enfermedad cuando estás perfectamente sana. Salta a la vista que estás nerviosa por algo, desesperada incluso. Dime de qué va todo esto. ¿Le pasa algo a Doug?
Cerré los ojos por un segundo, deseando que todo esto hubiera acabado. Deseando estar en otra parte. O ser otra persona. Seth debía de pensar que me había vuelto loca.
—No puedo decirte de qué se trata, pero sí hay algo. Tendrás que conformarte con eso. —A continuación, vacilante, estiré el brazo y le apreté la mano, volviendo una mirada implorante hacia él—. Por favor. Quédate conmigo.
Afianzó la presa sobre mi mano y avanzó un paso, con gesto preocupado y compasivo. Por un momento, me olvidé del nefilim. ¿Qué importaban los demás hombres cuando Seth era capaz de mirarme así? Sentí deseos de abrazarlo y sentir sus brazos a mí alrededor.
Casi me eché a reír. ¿A quién quería engañar? No me hacía falta preocuparme por alentarlo. Era yo la que estaba quedándose prendada aquí. Yo la que corría peligro de intensificar esta relación. Era yo la que necesitaba dejar de buscar pretextos para «cortar de raíz» con él.
Me separé atropelladamente y agaché la cabeza.
—Gracias.
Se ofreció a conducir a West Seattle, dejándome así libre para llamar a más facultades. Casi había terminado cuando llegamos a la intersección de Alaska con California. Aminoró ligeramente, y los dos escudriñamos en rededor, buscando una casa verde.
No tiene pérdida. Qué estupidez. ¿Qué podía calificarse de «verde»? Vi una casa de color salvia, otra aceitunada, y una que lo mismo podía ser verde que azul. Algunos edificios tenían las esquinas verdes, o las puertas, o...
—Guau —dijo Seth.
Una casita destartalada, pintada de un verde chillón mezcla de menta y lima, se levantaba a la sombra de otros dos edificios mucho más agradables a la vista.
—No tiene pérdida —musité.
Aparcamos y nos dirigimos a ella. Por el camino, el sonido de la banda de Doug llegó claramente hasta nosotros procedente del garaje. Cuando llegamos a la puerta abierta, vi a los Nocturnal Admission en pleno apogeo, con Doug entonando las letras con esa voz tan maravillosa que tiene. Se interrumpió de golpe al verme.
—¿Kincaid?
Sus compañeros lo observaron desconcertados mientras bajaba de un salto y corría hacia mí. Seth retrocedió discretamente unos pasos y se dedicó a estudiar unos arbustos de hortensias cercanos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Doug, más asombrado que ofendido.
—Estoy de baja —fue mi boba respuesta. ¿Qué iba a hacer ahora?
—¿Te encuentras mal?
—No. Yo... tenía algo que hacer. Todavía tengo que hacerlo. Pero me... me preocupa haber dejado la tienda sola. ¿Hasta cuándo estarás aquí? ¿Podrías cubrirme cuando termines?
—¿Has venido hasta aquí para pedirme que te sustituya? ¿Por qué te has cogido el día de baja? ¿Por fin vas a fugarte con Mortensen?
—Yo... no. No puedo explicarlo. Pero prométeme que después de esto te dejarás caer por la tienda a ver si necesitan una mano.
Estaba mirándome fijamente con la misma expresión que había tenido Seth toda la tarde. Una expresión que venía a sugerir que necesitaba un calmante.
—Kincaid... me estás asustando...
Lo miré con la misma expresión implorante que había empleado con Seth. Carisma de súcubo en acción.
—¿Por favor? Todavía me debes una, ¿recuerdas?
Entornó los ojos oscuros en un gesto de consternación comprensible.
—Está bien —dijo, al cabo—. Pero no podré ir hasta dentro de un par de horas.
—De acuerdo. Ve directamente, eso es todo. Nada de paradas. Y no... No le digas a nadie que me has visto. Se supone que estoy de baja. Invéntate algún motivo para estar allí.
Sacudió la cabeza, exasperado, y le di las gracias con un breve abrazo. Mientras nos íbamos, vi que Doug interrogaba a Seth con la mirada. El escritor se encogió de hombros, respondiendo a la muda pregunta del músico con la misma confusión.
Hice más llamadas mientras conducíamos, terminé con mi lista de facultades y le dejé otro mensaje exasperado a Román.
—¿Ahora qué? —preguntó Seth, que se había quedado callado. Era difícil saber qué pensaba de mi acoso a Román y Doug.
—Yo... no lo sé.
Había llegado al final de mis opciones. Todo el mundo estaba avisado excepto Román, y no tenía manera de llegar hasta él. Pasaba el tiempo. No sabía dónde vivía. Pensé que había mencionado Madrona una vez, pero era una zona muy grande. No podía empezar a llamar a todas las puertas. El nefilim había dicho que tenía hasta el fin de mi turno. Pese a haber escapado del trabajo, supuse que eso significaba aún hasta las nueve. Me quedaban casi tres horas.
—Me parece que voy a recoger mi coche y volveré a casa.
Seth me dejó en el restaurante y me siguió de regreso a Queen Anne. Lo detuvo un semáforo, por lo que llegué a casa a mi apartamento casi un minuto antes que él. En la puerta había otra nota.
Buen trabajo. Seguramente terminarás por espantar a todos estos hombres con tu errática conducta, pero admiro tu iniciativa. Falta uno. Me pregunto hasta qué punto es realmente hábil con los pies tu bailarín.
Estaba arrugando la nota cuando Seth me dio alcance. Saqué la llave del bolso e hice un débil intento por introducirla en la cerradura. Me temblaban tanto las manos que fui incapaz. Seth cogió la llave y abrió la puerta por mí.
Cuando entramos, me dejé caer encima del diván. Aubrey salió a hurtadillas de detrás y saltó a mi regazo. Seth se sentó a mi lado, contemplando el apartamento (incluida mi colección de sus libros, que ocupaba un puesto de honor en la estantería nueva), antes de dirigir su expresión preocupada hacia mí.
—Georgina... ¿qué puedo hacer?
Sacudí la cabeza, sintiéndome impotente y derrotada.
—Nada. Me alegra que estés aquí.
—Yo... —Vaciló—. Detesto tener que decírtelo, pero debo irme enseguida. He quedado con alguien.
Levanté la cabeza de golpe. Otra de sus misteriosas citas. La curiosidad reemplazó temporalmente al miedo, pero no podía interrogarlo. No podía preguntarle si iba a ver a una mujer. Por lo menos había dicho que había quedado con alguien. No estaría solo.
—¿Estarás con... alguien... mucho rato?
Asintió con la cabeza.
—Podría volver esta noche, si quieres. O... podría cancelarlo.
—No, no, no te preocupes.
Para entonces, todo habría acabado.
Se quedó un rato más, de nuevo intentando entablar una conversación en la que yo era incapaz de participar. Cuando por fin se levantó para marcharse, podía ver la ansiedad que lo embargaba y me sentí fatal por haberlo implicado en esto.
—Mañana todo estará arreglado —le dije—. Así que no te preocupes. Estaré bien de nuevo. Te lo prometo.
—Vale. Si necesitas cualquier cosa, me avisas. Llámame, pase lo que pase. Si no... En fin, te veré en el trabajo.
—No. Mañana tengo el día libre.
—Ah. Bueno. ¿Te importa si me paso?
—Claro. Hazlo. —Le habría dicho que sí a todo. Estaba demasiado agotada como para seguir guardando las distancias. Ya me preocuparía de eso más tarde. En serio. Todo a su debido tiempo.
Se fue a regañadientes, perplejo sin duda cuando le pedí que no se separara de quienquiera que fuese a ver. En cuanto a mí, me paseé por todo el apartamento, sin saber qué hacer. A lo mejor no podía localizar a Román porque el nefilim había sido más rápido. Eso sería injusto, puesto que no había tenido ocasión de prevenirlo realmente, pero este nefilim no parecía preocupado por jugar limpio.
En un arrebato de inspiración, llamé a información, comprendiendo que se me había pasado por alto la manera más fácil de encontrarlo. Daba igual. No estaba en la guía.
Dos horas antes del término de mi turno, le dejé otro mensaje a Román.
—Por favor, por favor, por favor llámame —le supliqué—. Aunque estés enfadado conmigo por lo ocurrido. Hazme saber que estás bien.
No hubo respuesta. Dieron las ocho. A falta de una hora, le dejé otro mensaje. Podía sentir cómo empezaba a sucumbir a la histeria. Dios, ¿qué iba a hacer? Sólo podía seguir deambulando de un lado para otro, preguntándome cuan pronto sería demasiado pronto para llamar a Román otra vez.
Cinco minutos antes de las nueve, completamente desquiciada, agarré el bolso, desesperada por salir del apartamento y hacer algo. Lo que fuera. El tiempo ya casi se había agotado.
¿Qué ocurriría? ¿Cómo sabría si había conseguido superar la prueba del nefilim? ¿Cuándo viera el asesinato de Román impreso en primera plana mañana? ¿Habría otra nota? ¿O puede que algún trofeo cruel? ¿Y si el nefilim no se refería a ninguna de las personas en las que yo había pensado? ¿Y si se trataba de alguien completamente ajeno al ámbito de...?
Abrí la puerta dispuesta a salir y me quedé sin aliento.
—¡Román!
Allí estaba, a punto de llamar con los nudillos, tan sorprendido de verme como yo a él.
Solté el bolso y eché a correr, abalanzándome sobre él en un abrazo feroz que estuvo a punto de derribarlo.
—Dios —susurré contra su hombro—. Cuánto me alegro de verte.
—Se nota —respondió, apartándose ligeramente para observarme, preocupados sus ojos turquesa—. Santo cielo, Georgina, ¿qué ocurre? Me has dejado como ochenta mensajes...
—Lo sé, ya lo sé —le dije, sin soltarlo todavía. Verlo despertaba todos los antiguos sentimientos que creía enterrados. Era tan apuesto. Olía tan bien—. Lo siento... es sólo que pensé que te había pasado algo...
Volví a abrazarme a él y miré el reloj mientras lo hacía. Las nueve en punto. Mi turno había terminado, al igual que el ridículo juego del nefilim.
—Vale, está bien. —Me dio unas torpes palmaditas en la espalda—. ¿Qué sucede?
—No te lo puedo decir. —Me temblaba la voz.
Abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor.
—Está bien. Vayamos paso a paso. Estás pálida. Vamos a comer algo. Entonces podrás explicármelo todo.
Ya, ésa sí que sería una conversación agradable.
—No. No podemos hacer eso...
—Venga ya. No puedes dejarme todos esos mensajes desesperados y después empezar otra vez con el juego de «necesitamos espacio». En serio, Georgina. Tienes un aspecto horrible. Estás temblando. No querría dejarte sola de ninguna manera si te encontrara así, mucho menos después de esas llamadas.
—No. No. Nada de salir. —Me senté en el diván; necesitaba que se fuera, pero me resistía a separarme de él—. Quedémonos aquí.
Aún preocupado, Román me dio un vaso de agua y se sentó a mi lado, sosteniéndome la mano. Conforme transcurría el tiempo, me tranquilicé, escuchando mientras Román hablaba de trivialidades en un intento por hacerme sentir mejor.
Por su parte, había encajado bastante bien mis psicóticas llamadas. Continuó intentando sonsacarme una explicación, pero cuando persistí en mi actitud evasiva, diciéndole únicamente que tenía motivos para preocuparme por él, cejó en su empeño... por el momento. Siguió animándome, contándome anécdotas graciosas mezcladas con sus habituales soliloquios políticos, lamentándose de las reglas irracionales y la hipocresía de los políticos.
Al anochecer, volvía a sentirme más relajada; sólo perduraba el bochorno por la forma en que me había comportado. Maldición, cómo odiaba a ese nefilim.
—Se está haciendo tarde. ¿Estarás bien si me voy? —preguntó, de pie conmigo ante la ventana del salón, contemplando Queen Anne Avenue.
—Probablemente mejor que si te quedas.
—Bueno, eso es cuestión de gustos —se rió, acariciándome el pelo.
—Gracias por venir. Sé... sé... que parece una locura, pero tendrás que confiar en mí. Se encogió de hombros.
—En realidad no tengo elección. Además... es agradable saber que te preocupas por mí.
—Por supuesto que sí. ¿Cómo puedes dudarlo?
—No lo sé. No resulta fácil entenderte. No sabía si realmente te gustaba... o si sólo era algo para pasar el tiempo. Una distracción.
Sus palabras encendieron una luz en mi cabeza, algo en lo que debería haberme fijado. Pero estaba más concentrada en su proximidad, en el roce de su mano en mi mejilla, mi cuello y mi hombro. Sus dedos eran largos y sensuales. Eran unos dedos que podrían hacer maravillas en muchos sitios.
—Me gustas, Román. Aunque no te creas nada más de lo que te diga, créete eso.
Sonrió entonces, una sonrisa tan radiante y hermosa, que se me derritió el corazón. Dios, cómo había echado de menos esa sonrisa, tanto como su jovialidad y su encanto. Colocó la mano en mi nuca y me atrajo hacia sí; comprendía que se disponía a besarme de nuevo.
—No... No... No lo hagas —murmuré, zafándome de su presa.
Renunció al beso pero siguió sujetándome mientras expulsaba el aliento, decepcionado.
—¿Todavía te preocupa eso?
—No lo entiendes. Lo siento. Es sólo que no puedo...
—Georgina, cuando nos besamos la última vez no ocurrió nada traumático. Aparte de tu reacción, quiero decir.
—Lo sé, pero no es tan sencillo.
—No pasó nada —repitió, con una extraña nota de dureza en la voz.
—Lo sé, pero...
Mis labios dejaron la frase inconclusa mientras repetía sus palabras. No pasó nada. No, algo había pasado la noche del concierto, tras el beso en aquel pasillo. Había visto cómo Román se tambaleaba. Pero yo... ¿qué me había ocurrido a mí? ¿Qué había sentido? Nada. Un beso tan intenso, un beso de alguien fuerte, un beso de alguien a quien deseaba tanto debería haber desencadenado algo. Aun con alguien con un rendimiento de energía bajo como Warren, un beso profundo despertaría mi instinto de súcubo, empezaría a conectarnos, aunque no se produjera ninguna transferencia significativa. Besar a Román de esa manera... sobre todo en vista de su reacción... debería haber provocado algún tipo de sensación por mi parte. Alguna emoción. Sin embargo, no había habido nada. Nada en absoluto.
En aquel momento lo había achacado al exceso de alcohol. Pero eso era ridículo. No era la primera vez que bebía algo antes de una dosis. El alcohol podía embotar mis sentidos (evidentemente lo había hecho aquella noche), pero no había intoxicación capaz de anular por completo la sensación de transferencia vital. Nada podía hacerlo. Estaba demasiado borracha para comprender la verdad. Con alcohol o sin él, siempre sentiría algo a través de un contacto sexual o íntimo, a menos...
A menos que estuviera con otro inmortal.
Me aparté de repente de Román, liberándome de su presa. En su rostro se reflejó primero la sorpresa, reemplazada inmediatamente por la comprensión. Sus ojos, tan bellos, resplandecieron peligrosamente. Se rió.
—Cuánto has tardado.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:18 am

Capítulo 22

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Lo fingiste... fingiste sentirte afectado por mí —comprendí. El asombro hizo que mis palabras sonaran roncas y temblorosas.
Sin dejar de sonreír, dio un paso hacia mí. Me aparté, intentando desesperadamente encontrar una forma de escapar, de huir de mi propio apartamento. Lo que hacía unos instantes me parecía seguro y acogedor se había vuelto ahora cerrado y sofocante. Mi apartamento era demasiado pequeño, la puerta estaba demasiado lejos. No podía respirar. La diversión que reflejaba el semblante de Román dio paso al asombro.
—¿Qué sucede? ¿De qué tienes miedo?
—¿Tú qué crees? Parpadeó.
—¿De mí?
—Sí, de ti. Matas inmortales.
—Bueno, sí —reconoció—, pero a ti jamás te haría daño. Nunca. Eso lo sabes, ¿verdad? —No respondí—. ¿Verdad?
Retrocedí aún más, aunque no tenía adonde ir. Estaba encarada de tal manera que sólo podía seguir avanzando hacia mi dormitorio, no hacia la puerta principal. No era probable que eso fuera a servirme de mucho.
Román seguía pareciendo desconcertado por mi reacción.
—Venga, no me lo puedo creer. Jamás te haría nada. Estoy medio enamorado de ti. Diablos, ¿sabes hasta qué punto has saboteado mi operación?
—¿Yo? ¿Qué he hecho yo?
—¿Que qué has hecho? Me has robado el corazón, eso has hecho. Aquel día... ¿cuando me abordaste en la librería? No me podía creer mi suerte. Llevaba observándote toda la semana, ¿sabes?, intentando conocer tus costumbres. Dios, jamás olvidaré la primera vez que te vi. Tu alegría. Tu belleza. Hubiera llegado hasta el fin del mundo por ti en aquel mismo instante. Y luego... ¿cuándo te resististe a salir conmigo después de la sesión de firmas? No me lo podía creer. Al principio ibas a ser mi primer objetivo, ¿sabes? Pero no podía hacerlo. No después de haber hablado contigo. No después de comprender lo que eras.
Tragué saliva, curiosa a mi pesar.
—¿Qué... qué soy?
Dio un paso hacia mí; una sonrisita maliciosa aleteaba en su rostro apolíneo.
—Un súcubo que no quiere ser un súcubo. Un súcubo que quiere ser humano.
—No, eso no es cierto...
—Por supuesto que lo es. Eres igual que yo. No sigues las reglas del juego. Estás harta del sistema. No dejas que te encasillen en el papel que te ha sido asignado. Dios, cuanto más te observaba, menos podía creérmelo. Cuanto más parecías interesarte por mí, más intentabas alejarte. ¿Crees que eso es normal en un súcubo? Era la cosa más asombrosa que había visto en mi vida... por no decir la más frustrante. Por eso decidí retarte hoy finalmente. No lograba decidir si me habías alejado por mi propio bien o si sencillamente estabas interesada en otra persona... como Mortensen.
—Espera... ¿por eso has organizado este estúpido juego hoy? ¿Para complacer a tu puto ego?
Román se encogió de hombros tímidamente, sin perder su aire de petulancia.
—Qué pueril suena cuando lo pones así. Quiero decir, vale, fue una estupidez. Y puede que un poco infantil, además. Pero tenía que saber sobre quién recaían tus sentimientos. No te imaginas lo conmovedor que ha sido verte tan preocupada por mí... por no mencionar el hecho de que me llamaste a mí antes que a nadie. Eso fue lo mejor, que me dieras prioridad sobre los demás.
Estuve a punto de protestar que en realidad me había preocupado primero por Seth, y si había llamado a Román antes era sólo porque pensé que el escritor ya estaba a salvo. Afortunadamente, tuve la sensatez de cerrar la boca al respecto. Lo mejor sería dejar que Román creyera haber acertado en sus suposiciones.
—Estás chiflado —dije en vez de eso, imprudentemente tal vez—. Ponerme a prueba de esa manera. A mí y a los demás inmortales.
—Es posible. Siento cualquier problema que te haya podido causar, ¿pero en cuanto a los demás? —Sacudió la cabeza—. Les está bien empleado. Se lo merecen, Georgina. Quiero decir, ¿no te cabrea? ¿Lo que han hecho contigo? Es evidente que no estás contenta con tu situación, ¿pero crees que los de las altas esferas van a dejarte cambiar las cosas? No. Como tampoco van a dejarnos en paz a mí y a los míos. El sistema tiene fallos. Están encerrados en su puta mentalidad de «esto está bien» y «esto está mal». Sin grises. Sin mutabilidad. Por eso me dedico a hacer las cosas que hago. Necesitan que alguien les abra los ojos. Tienen que darse cuenta de que hay mucho más entremedias de los extremos del pecado y la salvación. Algunos de nosotros seguimos luchando.
—Te dedicas... ¿Lo haces a menudo? ¿Salir a matar?
—No, tampoco tan a menudo. Cada veinte o cincuenta años, más o menos. A veces dejo pasar un siglo entero. Hacerlo me purifica durante algún tiempo, y luego, con el paso de los años, empiezo a cabrearme de nuevo con todo el sistema y asoló un sitio nuevo, un nuevo grupo de inmortales.
—¿Sigues siempre la misma pauta? —Recordé los símbolos de Jerome—. ¿La fase de advertencia... después la fase de agresión? Román se animó.
—Vaya, vaya, has hecho los deberes. Sí, generalmente funciona así. Primero elimino unos cuantos inmortales inferiores. Son objetivos sencillos, aunque siempre me siento un poco culpable al respecto. En realidad, son tan víctimas del sistema como tú y yo. Sin embargo, meterme con ellos pone nerviosos a los inmortales superiores, y así se prepara el escenario para pasar a la atracción principal.
—Jerome —declaré con gesto serio.
—¿Quién?
—Jerome... el archidemonio de la zona. —Vacilé—. Tu padre.
—Ah. Él.
—¿Qué significa eso? Es como si no fuera importante.
—En el gran orden de las cosas, no lo es.
—Bueno... pero es tu padre...
—¿Y qué? Nuestra relación... o ausencia de la misma... en realidad no cambia nada.
Jerome había dicho exactamente lo mismo acerca de Román. Desconcertada, me senté en el brazo de una silla cercana; parecía que mi inminente destrucción no era tan inminente, después de todo.
—¿Pero él no es... no es el «verdadero objetivo»... el inmortal superior que has venido a matar?
Román sacudió la cabeza, serio de repente.
—No. No es así como funcionan las cosas. Después de terminar con los inmortales inferiores, me concentro en los peces gordos de la zona. La verdadera cúpula del poder. Eso suele poner nerviosa a mucha más gente. Más impacto psicológico, ¿sabes? Si consigo eliminar a la figura principal, les preocupará que nadie esté a salvo.
—Entonces, ése sería Jerome.
—No, no —repuso pacientemente—. Archidemonio o no, mi ilustre padre no es la fuente de poder definitiva de los alrededores. No me malinterpretes; es gratificante mearme en su territorio, por así decirlo, pero hay alguien que lo supera. Probablemente no lo conozcas. No es que tengas motivos para codearte con él ni nada.
¿Alguien más poderoso que Jerome? Sólo podía ser...
—Cárter. Vas detrás de Cárter.
—¿Así se llama? ¿El ángel de la zona?
—¿Es más fuerte que Jerome?
—Considerablemente. —Román me observó con curiosidad—. ¿Lo conoces?
—He... Oído hablar de él —mentí—. Como tú has dicho, no me codeo con él.
En realidad, mi mente trabajaba desbocada. ¿Cárter era el verdadero objetivo? ¿Cárter, tan moderado y sardónico? Me costaba creer que fuera más poderoso que Jerome, aunque lo cierto era que apenas si sabía nada de él. Ni siquiera sabía a qué se dedicaba, cuál era su trabajo o misión en Seattle. Sin embargo, si algo era evidente para mí —y sólo para mí, al parecer— era que si el ángel realmente superaba a Jerome, entonces Román no podría hacer nada contra él, no si era cierto que los nefilim no podían ser más poderosos que sus padres. En teoría, Román debería ser incapaz de hacer daño tanto al ángel como al demonio.
Opté por no mencionar este hecho, no obstante... ni el hecho de que conocía a Cárter mejor de lo que Román se imaginaba. Cuanto más equivocado estuviera, más posibilidades tendríamos de hacer algo contra él.
—Bien. En realidad no pensaba que un súcubo hiciera demasiadas buenas migas con un ángel, pero tratándose de ti, es difícil saberlo. Aunque tengas la lengua afilada, todavía te las apañas para conseguir un montón de admiradores. —Román se relajó ligeramente y se apoyó en una pared, cruzándose de brazos—. Sabe Dios que me las he visto y deseado para evitar a tus amigos.
La rabia me ayudó a combatir el miedo.
—¿En serio? ¿Y qué hay de Hugh?
—¿Ése quién es?
—El diablillo.
—Ah, sí. Bueno, tenía que seguir dando ejemplo, ¿no? Así que, en fin, le di un ligero repaso. Había sido impertinente contigo. Pero no lo maté. —Me miró con lo que supuse que era una expresión de aliento—. Lo hice por tu bien.
Me quedé callada. Recordé el aspecto de Hugh en el hospital. ¿Impertinente?
—¿Y qué hay de los otros? —continuó—. ¿Ese ángel tan irritante? ¿El vampiro que te amenazó? Me dieron ganas de partirle el cuello allí mismo. Me libré de ellos por ti. No tenía necesidad.
Me sentí mareada. No quería sus muertes sobre mi conciencia.
—Qué considerado.
—Venga, no te pongas así. Tenía que hacer algo, y además, cuando conocí a tu amigo el vampiro en la clase de baile, al final no pude obligarme a hacerle nada. Me pusiste en una situación comprometida. Estaba quedándome sin víctimas.
—Perdón por las molestias —salté, furiosa con su patética muestra de compasión—. ¿Por eso fuiste clemente conmigo esa noche?
Frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—¡Sabes perfectamente a qué me refiero! —En retrospectiva, mi ataque tenía sentido. Había ocurrido después de estar en Krystal Starz, el día que dejé a Román plantado en el concierto. La excusa perfecta para que se enfadara y buscara venganza—. ¿Te acuerdas? ¿Después del concierto de Doug? ¿Después de que Seth me dejara?
La comprensión se reflejó en sus rasgos.
—Ah. Eso.
—¿No tienes nada más que añadir?
—Fue una chiquillada, lo reconozco, pero tienes que entenderlo. No fue fácil ver cómo te ponías tierna con Mortensen después de montarme aquella escena. Te había visto ir a casa con él la noche anterior. Debía hacer algo.
Salté de mi asiento, presa de mi antigua aprensión.
—¿Debías hacer algo? ¿Cómo pegarme una paliza en un callejón?
Román enarcó una ceja.
—¿De qué me hablas? Ya te he dicho que jamás te haría daño.
—¿Entonces de qué me hablas tú?
—De la heladería. Llevaba siguiéndoos a los dos todo el día, y cuando vi las carantoñas que le hacías a los postres, me pudieron los celos y abrí la puerta de golpe. Una chiquillada, como decía.
—Lo recuerdo... —Me tambaleé, aturdida, recordando cómo la puerta de la heladería se había abierto de golpe, dejando que el viento del exterior sembrara el caos en el pequeño establecimiento. Semejante ventolera era sin duda poco habitual por estos lares, pero en ningún momento sospeché que pudiera deberse a una influencia sobrenatural. Román tenía razón; había sido una chiquillada.
—¿Qué es todo eso del callejón? —preguntó. Salí de mi ensimismamiento.
—Más tarde... aquella noche. Había hecho algunos recados, y tú... o alguien... me asaltó cuando me dirigía a casa.
El semblante de Román se tornó glacial, se aceraron sus ojos de aguamarina.
—Cuéntamelo. Cuéntamelo todo. ¿Qué ocurrió exactamente? Así lo hice, explicándole mi hallazgo del libro de Harrington, la consiguiente visita a Krystal Starz, y el regreso a casa en la oscuridad. Omití la parte sobre mi rescatador, sin embargo. No quería que Román supiera que mi relación con Cárter era algo más que superficial, no fuera que el nefilim me considerara un obstáculo para sus planes. Cuanto más creyera que yo no tenía nada que ver con el ángel, más posibilidades tendría de enviarle algún tipo de aviso.
Román cerró los ojos cuando terminé, apoyó la cabeza en la pared y suspiró. De repente, parecía menos un peligroso asesino y más una versión cansada del hombre que había llegado a conocer y amar casi.
—Lo sabía. Sabía que era demasiado pedir que no interfirieran.
—¿Qué... qué quieres decir? —Una sensación peculiar reptó por mi espalda.
—Nada. Olvídalo. Mira, lo siento. Debería haber tomado medidas de antemano para protegerte. Yo también me di cuenta... al día siguiente. Cuando vine y rompiste conmigo. Podía notar que te habían hecho daño, incluso a través de tu cambio de forma. Sabía que tus heridas eran de origen sobrenatural, pero no sospeché... Pensé que te habrías peleado con otro inmortal... alguien de tu círculo. Tenías una especie de efecto residual... ligeras trazas de otro poder... como el de un demonio...
—Pero eso no es... ah. Te refieres a Jerome.
—¿Papito querido de nuevo? No me digas... no me digas que él también te ha hecho algo. —La máscara de preocupación de Román se esfumó, reemplazada por algo mucho más siniestro.
—No, no —me apresuré a decir, recordando la bofetada psíquica de Jerome que me había aplastado contra el diván—. No fue así. Fue más bien una demostración de fuerza que me pegó de refilón. No fue él el que me atacó. Él nunca me haría daño.
—Bien. Sigue sin hacerme gracia lo ocurrido en el callejón, te lo aseguro, pero hablaré con el culpable y me aseguraré de que no vuelva a suceder. Cuando te vi ese día, se me pasó por la cabeza la idea de exterminar a todos los inmortales de la zona. Pensar que alguien te había hecho daño... —Se acercó a mí. Vacilante, me dio un apretón en el brazo. No sabía si apartarme o devolverle el gesto. No sabía cómo reconciliar mi antigua atracción con este nuevo terror—. No sabes cuánto me importas, Georgina.
—¿Entonces cómo... en el callejón...?
Antes de que pudiera completar el pensamiento, otro asomó la cabeza de repente ante las palabras de Román. «Cuando te vi ese día.» Me había visitado el día después del ataque, se había presentado mientras Cárter investigaba una firma de nefilim. Pero eso era imposible. No recordaba dónde había ocurrido aquella firma en particular, pero no había sido en los alrededores. Román no podía haber provocado a Cárter para después llegar a mi apartamento tan deprisa.
«Sabía que era demasiado pedir que no interfirieran... Hablaré con el culpable.»
Comprendí entonces por qué Román creía que podía derrotar a Cárter, por qué no le preocupaba ser menos poderoso que el ángel. La idea se hundió en mí como una bala de plomo, fría y pesada. No sé qué expresión se reflejaba en mi rostro, pero el de Román se suavizó de improviso, compasivo.
—¿Qué ocurre?
—¿Cuántos? —susurré.
—¿Cuántos qué?
—¿Cuántos nefilim hay en la ciudad?

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Hoja de personaje
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:20 am

Capítulo 23

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Dos —dijo tras un momento de vacilación—. Sólo dos.
—Sólo dos —repetí con voz ronca, pensando «mierda»—. ¿Incluido tú?
—Sí.
Me masajeé las sienes, preguntándome cómo podía advertir a Jerome y a Cárter de que ahora teníamos dos nefilim de los que preocuparnos. Nadie había mencionado esa posibilidad.
—Alguien debería haberse dado cuenta —musité, más para mí que para Román—. Alguien debería haberlo presentido... habría dos firmas de nefilim distintas. Por eso Jerome sabía que eras tú. Tu firma es única... nadie más la comparte.
—Nadie más —convino Román con una mueca—, excepto mi hermana.
«Mierda.»
—Jerome no mencionó más de un... ah. —Parpadeé, entendiéndolo de repente. Jerome, según él mismo había confesado, no estaba presente cuando se produjo el parto—. ¿Gemelos? ¿O... más? —El archidemonio podría haber engendrado quintillizos, que yo supiera.
Román sacudió la cabeza, enormemente divertido por mis deducciones.
—Sólo gemelos. Sólo nosotros dos.
—¿Entonces esto es una actividad familiar? Los dos os echáis juntos a la carretera, yendo de una ciudad a otra, sembrando el caos...
—Algo con menos encanto, cariño. Por lo general soy yo solo. Mi hermana intenta pasar desapercibida... pasa más tiempo trabajando, haciendo su vida. No le gusta enredarse en grandes maquinaciones.
—¿Entonces cómo la involucraste en esto? —De nuevo, pensé en las palabras de Erik, en cómo la mayoría de los nefilim sólo querían que los dejaran en paz.
—Vive aquí. En Seattle. Estamos en su terreno, así que la convencí para que se uniera a mí en el golpe de gracia. Los inmortales inferiores no le interesan.
—Pero bien que me vapuleó —señalé.
—Lo siento. Creo que la sacaste de sus casillas.
—Si ni siquiera la conozco —exclamé, preguntándome qué era peor: si un nefilim enamorado de mí, o uno furioso conmigo.
Sonrió.
—Yo no estaría tan seguro. —Alargó la mano para tocarme, como si nada, y retrocedí. Su sonrisa se tambaleó—. ¿Qué pasa ahora?
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que puedes soltarme todo esto y esperar que las cosas sigan como si nada hubiera ocurrido entre nosotros?
—Bueno, ¿por qué no? Confiésalo, ¿qué otras preocupaciones te quedan? —Abrí la boca para protestar, pero prosiguió antes de que yo pudiera decir nada—: Ya te lo he dicho, no quiero hacerte daño ni a ti ni a tus amigos. La única persona que queda en mi lista es alguien que ni siquiera conoces ni te importa. Eso es todo. Fin de la historia.
—¿Ah, sí? ¿Y luego qué? Cuando mates a Cárter. Se encogió de hombros.
—Me iré. Buscaré un sitio donde pasar una temporada. Probablemente volveré a dar clase. —Se inclinó sobre mí, sosteniéndome la mirada—. Podrías acompañarme, ¿sabes?
—¿Cómo?
—Piénsalo. —Hablaba animadamente, cada vez más emocionado a cada palabra—. Tú y yo. Podrías sentar la cabeza y hacer todas las cosas que te gustan... los libros, bailar... sin politiqueos inmortales que te compliquen la vida.
Solté un bufido.
—Lo dudo. Como si pudiera dejar de ser un súcubo. Todavía necesito el sexo para sobrevivir.
—Sí, sí, sé que seguirías teniendo que buscar víctimas de vez en cuando, pero piensa en el resto del tiempo. Tú y yo. Juntos. Estar con alguien sólo por placer, no por necesidad. Sin superiores que te presionen para cumplir el cupo.
Pensé en Seth en ese momento, y una parte de mí se preguntó cómo sería estar con él «sólo por placer».
Cuando volví a la dura realidad, le dije a Román:
—No puedo largarme sin más. Seattle es mi puesto. Tengo que responder ante mis superiores; no me dejarían marchar.
Me enmarcó el rostro en las manos y susurró:
—Georgina, Georgina. Yo puedo protegerte de ellos. Tengo el poder para esconderte. Puedes hacer tu propia vida. Se acabó el responder ante la burocracia. Podemos ser libres.
Aquellos ojos hipnóticos me tenían atrapada como un pez que ha picado el anzuelo. Durante siglos, había soportado la inmortalidad dolorosamente sola, saltando de una relación efímera a otra, cortando cualquier conexión que se volviera demasiado profunda. Ahora, Román estaba aquí. Me sentía atraída por él, y no hacía falta que lo alejara de mí. No podía hacerle daño mediante el contacto físico. Podíamos estar juntos. Podíamos despertarnos juntos. Podíamos pasar la eternidad juntos. No tenía por qué volver a estar sola nunca más.
Una oleada de anhelo creció en mi interior. Lo deseaba. Dios, cómo lo deseaba. No quería seguir escuchando las broncas de Jerome por mi política de seducción de miserables únicamente. Quería llegar a casa y poder contarle a alguien cómo me había ido el día. Quería salir a bailar los fines de semana. Quería ir de vacaciones con alguien. Quería que alguien me abrazara cuando estuviera triste, cuando los vaivenes del mundo me llevaran al límite.
Quería alguien a quien amar.
Sus palabras me abrasaban el alma, me traspasaban el corazón. Sabía, sin embargo, que sólo eran eso: palabras. La eternidad es mucho tiempo; no podríamos escondernos para siempre. Tarde o temprano nos encontrarían, o cuando Román fuera destruido finalmente en una de sus misiones «de protesta», me quedaría expuesta y debería responder ante muchos demonios furiosos. Lo que me ofrecía era un sueño infantil, una fantasía impracticable condenada de antemano al fracaso.
Más aún, huir con Román significaría validar el resultado de su demencial plan. Lógicamente, entendía su angustia y su deseo de contraatacar. Lo sentía por su hermana —aunque ella, inexplicablemente, me odiara—, que sólo deseaba tener una vida normal. Había visto matanzas y derramamientos de sangre a lo largo de los años, la extinción de poblaciones enteras cuyos nombres y culturas ya no recuerda nadie. Vivir con eso una y otra vez a lo largo de los milenios, estar huyendo continuamente, tener que ocultarse únicamente por un accidente de nacimiento... sí, puede que yo también estuviera cabreada.
Sin embargo, seguía sin ver que ésa fuera razón suficiente para el asesinato aleatorio de inmortales, tan sólo para «darles una lección». El hecho de que conociera personalmente a estos inmortales empeoraba las cosas. La actitud de Cárter aún me enervaba, cierto, pero me había salvado la vida, y los días que había pasado con él tampoco habían sido tan insoportables. En todo caso, Román debería elogiar al ángel. La principal queja del nefilim era que los inmortales estaban encasillados en unos juegos arcaicos de roles y reglas, pero Cárter había roto el molde: un ángel que decía confraternizar con sus enemigos potenciales. Jerome y él ejemplificaban la clase de estilo de vida rebelde e inconformista que Román defendía.
Lástima que eso no pareciera suficiente para disuadir al nefilim. Me pregunté si yo sería capaz.
—No —le dije—. No puedo hacerlo. Y tú tampoco tienes por qué.
—¿Hacer qué?
—Este complot. Matar a Cárter. Sencillamente olvídalo. Olvídate de todo. La violencia sólo engendra más violencia, nunca la paz.
—Lo siento, cariño. No puedo. No hay paz para los de mi clase. Estiré el brazo y le acaricié el rostro.

—Me llamas cariño, ¿pero lo dices en serio? ¿Me quieres?
Jadeó, y comprendí de repente que mis ojos podían hipnotizarlo tanto como los suyos a mí.
—Sí. Te quiero.
—Entonces haz esto por mí. Vete. Márchate de Seattle. Yo... me iré contigo si lo haces.
No sabía que hablaba en serio hasta que las palabras escaparon de mis labios. Huir era una fantasía infantil, cierto, pero merecería la pena si así evitaba lo que se avecinaba.
—¿De veras?
—Sí. Siempre y cuando puedas mantenerme a salvo.
—Puedo hacerlo, pero...
Se apartó de mí y deambuló de un lado para otro, pasándose una mano por el pelo con gesto de consternación.
—No puedo irme —dijo por fin—. Haría cualquier cosa por ti, menos esto. No te imaginas cómo es. ¿Crees que la inmortalidad ha sido cruel contigo? Piensa lo que es estar siempre huyendo, mirar siempre por encima del hombro. Me cuesta tanto sentar la cabeza como a ti. Gracias a Dios por mi hermana. Es lo único que tengo, la única constante en mi vida. La única a la que quería... hasta que te conocí a ti, al menos.
—Puede venir con nosotros...
Cerró los ojos.
—Georgina, cuando mi madre aún estaba con vida... hace milenios... vivíamos en un campamento con algunos de los otros nefilim y sus madres. Siempre estábamos corriendo, intentando mantener las distancias con nuestros perseguidores. Una noche... no se me olvidará jamás. Nos encontraron, y juro que ni el mismo Armagedón podría ser tan terrible. Ni siquiera sé quién lo hizo... ángeles, demonios, no lo sé. Quiero decir, en el fondo, todos son iguales. Bellos y monstruosos.
—Sí —susurré—. Los he visto.
—Entonces ya sabes de lo que son capaces. Irrumpieron y los aniquilaron a todos. Indiscriminadamente. Niños nefilim. Humanos. Todo el mundo era un objetivo.
—¿Pero vosotros escapasteis?
—Sí. Tuvimos suerte. Al contrario que la mayoría. —Se giró para mirarme. Su dolor me daba ganas de llorar—. ¿Lo entiendes ahora? ¿Ves por qué tengo que hacer esto?
—Así sólo prolongas el baño de sangre.
—Lo sé, Georgina. Por el amor de Dios, ya lo sé. Pero no tengo elección.
Vi en su rostro entonces que odiaba formar parte de ese derramamiento de sangre, parte de la misma conducta destructiva que había asolado su niñez. Pero también veía que estaba ligado inextricablemente a ello. No podía evitarlo. Había vivido demasiado tiempo, mucho más que yo. Los años de miedo, rabia y sangre lo habían retorcido. No le quedaba más remedio que desempeñar su papel.
«Todos los días lucho para que no me alcance el pasado. Unas veces gano yo, otras él.»
—No tengo elección —repitió, con gesto desesperado—. Pero tú sí. Todavía quiero que vengas conmigo cuando termine.
Elección. Sí, podía elegir. Elegir entre él y Cárter. ¿O no? ¿Había algo que pudiera hacer para salvar a Cárter llegados a este punto? ¿Quería salvar a Cárter? Que yo supiera, Cárter había exterminado a incontables niños nefilim en el transcurso de los años en el nombre del bien. A lo mejor se merecía el castigo que Román quería infligirle. ¿Qué eran el bien y el mal, en realidad, salvo estúpidas categorías? Estúpidas categorías que restringían a las personas o las recompensaban según cómo respondieran a sus propias naturalezas, naturalezas sobre las que en realidad no poseían ningún control.
Román tenía razón. El sistema era defectuoso. Sencillamente no sabía qué hacer al respecto.
Lo que necesitaba era tiempo. Tiempo para pensar en todo esto, tiempo para dilucidar la manera de salvar al ángel y al nefilim, si es que semejante proeza era posible. No sabía cómo conseguir ese tiempo, sin embargo, con Román ahí plantado mirándome fijamente, entusiasmado con su romántica idea de fugarnos juntos.
Tiempo. Necesitaba tiempo y no tenía ni idea de cómo conseguirlo. No poseía ningún poder que resultara útil en una situación como ésta. Si Román decidía que yo era una amenaza, no podría hacerle frente. Un nefilim podría borraros del mapa a cualquiera de vosotros sin ningún problema. No podía mover hilos ni tirar de contactos divinos como Hugh, no tenía los reflejos ni la fuerza sobrehumana de Cody y Pete, Era un súcubo. Cambiaba de forma y practicaba el sexo con los hombres. Eso era todo.
Eso era todo.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:21 am

Capítulo 24

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¿Y bien? —Preguntó suavemente Román—. ¿Qué opinas? ¿Vendrás conmigo?
—No lo sé —respondí, agachando la cabeza—. Tengo miedo. — Una fina nota trémula impregnaba mi voz.
Volvió mi rostro hacia el suyo, visiblemente preocupado.
—¿Miedo de qué?
Lo miré con los ojos entrecerrados, en un gesto tímido. Vulnerable, incluso. Difícil de resistir. O eso esperaba.
—De... de ellos. Quiero hacerlo... pero no creo... no creo que podamos ser libres nunca. No puedes esconderte de ellos, Román. No eternamente.
—Podemos —susurró, rodeándome con los brazos, emocionado por mi temor. No me resistí en absoluto, sino que permití que aplastara el cuerpo contra mí—. Ya te lo he dicho. Puedo protegerte. Mañana encontraré al ángel, y pasado mañana nos iremos. Así de fácil.
—Román... —Lo miré fijamente, con los ojos muy abiertos, la expresión de alguien abrumado por alguna emoción. Esperanza, tal vez. Pasión. Asombro. Vi mi gesto reflejado en el suyo, y cuando se agachó para besarme, esta vez no se lo impedí. Le devolví el beso, incluso. Hacía mucho tiempo que no besaba a nadie simplemente por el placer de besar, por sentir su lengua introduciéndose delicadamente en mi boca, sus labios acariciando los míos mientras sus manos me aferraban con fuerza contra él.
Podría haber besado así eternamente, gozando de la sensación física, ajena al instinto de supervivencia de súcubo. Era magnífico. Embriagador, incluso. No había temor. Román quería hacer algo más que besarme, sin embargo, y cuando me empujó al suelo, directamente encima de la alfombra de mi salón, tampoco hice nada por impedírselo.
Su cuerpo ardía visiblemente de anhelo. Sin embargo, se movía cuidadosa y lentamente sobre mí, haciendo gala de un autocontrol que me sorprendió e impresionó. Me había acostado con tantos tipos que se rendían inmediatamente a sus necesidades que era verdaderamente asombroso estar con alguien aparentemente preocupado por mi satisfacción.
De ninguna manera pensaba quejarme.
Mantuvo su cuerpo contra el mío, por lo que no había espacio entre nosotros mientras seguía besándome. Después de un momento pasó de mi boca a mi oreja, trazando su contorno con la lengua y los labios antes de pasar al cuello. El cuello siempre había sido una de mis zonas más erógenas, y exhalé un suspiro tembloroso cuando aquella lengua tan diestra acarició delicadamente la piel sensible, erizándome el vello. Arqueé mi cuerpo contra el suyo, indicándole que podía acelerar las cosas si quería, pero no parecía tener ninguna prisa.
Bajó, siguió bajando, besándome los pechos a través de la delicada seda de mi camisa hasta dejar la tela húmeda, ceñida a mis pezones. Al mismo tiempo, deslizó también mi falda hacia abajo, hasta dejarme únicamente con las bragas. Concentrado aún en mis senos, sin embargo, siguió besándolos y acariciándolos, alternando besos suaves como plumas con bruscos mordiscos que amenazaban con dejarme marcas moradas. Descendió al fin, pasando la lengua por la piel tersa de mi estómago, deteniéndose cuando llegó por último a mis muslos.
Entretanto, yo enloquecía, febril y desesperada por tocar su cuerpo a cambio. Pero cuando lo busqué, apresó delicadamente mis muñecas contra el suelo.
—Todavía no —me regañó.
Supongo que era lo mejor, dado que supuestamente mi intención era hacer algo con el tiempo. Ganarlo, ¿no era eso? Sí, eso era. Estaba ganando tiempo para poder pensar en algún plan. Un plan en el que pensaría... más tarde.
—Magenta —observó, acariciándome las bragas con los dedos. Eran diminutas, una colección apenas de tiras de encaje y tela transparente—. ¿Quién lo hubiera adivinado?
—Casi nunca me pongo nada de color rosa ni magenta —reconocí—, pero por algún motivo me encanta la lencería en esos tonos. Y negra, naturalmente.
—Te queda bien. Puedes crearlas con el cambio de forma cuando quieras, ¿verdad?
—Sí, ¿por qué?
Alargó una mano y, de un solo gesto diestro, me las arrancó.
—Porque están en mi camino.
Se agachó, me separó los muslos y enterró el rostro entre ellos. Su lengua trazó lentamente el perfil de mis labios antes de estirarse para acariciarme el clítoris, encendido e hinchado. Gimiendo, levanté las caderas y las aplasté contra él, intentando satisfacer más de mi abrasadora necesidad. Una vez más, me empujó contra el suelo, tomándose su tiempo, dibujando círculos con la lengua y provocándome, conduciéndome a cotas de placer aparentemente infinitas. Cada vez que parecía estar a punto de alcanzar el clímax, se contenía y bajaba la lengua, sondeando mi interior, cada vez más húmedo.
Cuando por fin permitió que me corriera, lo hice gritando ferozmente, sacudido prácticamente mi cuerpo por descargas eléctricas mientras él me sujetaba y continuaba lamiendo y chupando, impasible ante mis espasmos. A esas alturas estaba tan sensibilizada y mareada que su contacto era casi insoportable. Oí mi voz rogándole que se detuviera, mientras me provocaba otro orgasmo.
Satisfecho, me soltó y se apartó, contemplándome mientras aminoraban los dichosos espasmos de mi cuerpo. Entre nosotros, se quitó la ropa en apenas dos segundos y aplastó su cuerpo contra el mío, fusionando las pieles desnudas. Cuando mis manos se deslizaron hacia bajo para agarrar y acariciar su erección, suspiró con un goce palpable.
—Dios, Georgina —exhaló, clavados sus ojos en los míos—. Dios. No te imaginas cuánto te deseo.
¿No?
Lo guié hasta mi interior, deslizándolo dentro. Mi cuerpo se abrió para él, dándole la bienvenida como si fuera una parte de mí que hubiera echado en falta, y comenzó a entrar y salir de mí con movimientos largos y controlados, observando mi rostro y estudiando el efecto de cada cambio de ángulo y ritmo.
Estoy haciendo tiempo, pensé calculadoramente, pero cuando me aplastó las muñecas contra el suelo, reclamando el control de mi cuerpo con cada embestida, supe que me mentía a mí misma. Esto era algo más que una simple distracción para avisar a Jerome y a Cárter. Esto era por mí. Era egoísta. Deseaba continuamente a Román desde hacía semanas, y ahora por fin lo tenía. No sólo eso, sino que era tal y como él había dicho: no se trataba de la supervivencia, sólo del placer. Había tenido sexo antes con otros inmortales, pero no desde hacía algún tiempo. Se me había olvidado lo que era no tener los pensamientos de otra persona en mi cabeza, regodearme únicamente en mis propias sensaciones.
Nos movíamos con una cadencia ensayada, como si nuestros cuerpos hicieran esto todos los días. Los vaivenes controlados se volvieron más salvajes, menos precisos. Me penetraba cada vez con más brío y ferocidad, como si pretendiera traspasarme hasta el suelo. Alguien estaba armando un alboroto considerable, y comprendí que era yo. Estaba perdiendo el sentido de lo que me rodeaba, dejando de pensar coherentemente. Sólo existía la respuesta de mi cuerpo, la fuerza creciente que me consumía y me abrasaba, haciéndome exigir más. Ansiaba culminar y le urgí a ello, levantando el cuerpo contra el suyo y apretando los músculos a su alrededor.
Jadeó al sentir mi presión. Sus ojos ardían con una pasión casi primitiva.
—Quiero ver cómo te corres otra vez —jadeó—. Córrete para mí.
Por el motivo que fuera, sólo hizo falta esa orden para rematarme, para arrojarme por el precipicio de aquel éxtasis vertiginoso. Grité con más fuerza, con la voz ronca. No sé cuál era mi expresión, pero bastó para empujarlo a su propio final. No emitió ningún sonido cuando sus labios se entreabrieron, pero cerró los ojos y se mantuvo dentro de mí tras una última embestida bestial, estremeciéndose de placer.
Cuando terminó, trémulo aún el cuerpo con la intensidad del orgasmo, rodó fuera de mí hasta quedarse de espaldas, sudoroso y satisfecho. Me volví hacia él, extendiendo mis dedos sobre su torso, admirando los músculos fibrosos y la piel bronceada de su cuerpo.
—Qué hermoso eres —le dije, metiéndome un pezón en la boca.
—Tú tampoco estás mal —murmuró, acariciándome el cabello. También mi cuerpo estaba perlado de sudor, lo que hacía que algunos mechones se rizaran más de lo habitual a causa de la humedad—. ¿Ésta eres tú? ¿Tú verdadera forma?
Sacudí la cabeza, sorprendida por su pregunta. Subí los labios a su cuello.
—Sólo he lucido ese cuerpo una vez desde que me convertí en súcubo. Hace mucho tiempo. —Entre beso y beso, le pregunté—: ¿Quieres algo distinto? Puedo ser todo lo que desees, ¿sabes?
Sonrió, exhibiendo aquellos dientes tan blancos.
—Una de las ventajas de ser súcubo, sin duda. —Se sentó, me cogió en brazos y se puso de pie, tambaleándose ligeramente con el peso añadido—. Pero no. Pregúntamelo dentro de un siglo, tal vez, y quizá mi respuesta sea distinta. Por ahora, me queda mucho que aprender de este cuerpo.
Me llevó al dormitorio, donde hicimos el amor de forma ligeramente más pausada y civilizada, entrelazándose nuestros cuerpos como lenguas de fuego líquido. Una vez satisfecho el animalismo inicial, nos demoramos ahora, explorando las distintas maneras en que respondía el cuerpo del otro. Pasamos la mayor parte de la noche repitiendo el mismo patrón: despacio y con cariño, deprisa y con furia, descanso, y a repetir. El cansancio me venció en algún momento alrededor de las tres y por fin me rendí al sueño, apoyando la cabeza en su pecho, ignorando las preocupaciones que bullían en el fondo de mi pensamiento.
Me desperté pocas horas después, sentándome de golpe cuando los hechos de la noche anterior cayeron sobre mí con todo su peso. Me había dormido en los brazos de un nefilim. Para que luego hablen de vulnerabilidades. Sin embargo... aquí estaba, aún con vida. Román yacía a mi lado, cálido y acogedor, con Aubrey a sus pies. Los dos me miraron con ojos guiñados y adormilados, extrañados por la brusquedad de mi movimiento.
—¿Qué ocurre? —preguntó, conteniendo un bostezo.
—N-nada —le aseguré. Al margen de la pasión, me descubrí capaz de pensar con más claridad. ¿Qué había hecho? Puede que acostarme con Román me hubiera ganado algo de tiempo, pero no estaba más cerca de encontrar una salida a esta situación demencia!
Allí tendida, al ver los narcisos de Cárter, tomé una decisión. Las flores en sí sólo habían sido parte de un pequeño gesto, pero había algo en ellas que me hacía comprender que no podía quedarme sentada y dejar que Román asesinara a Cárter. Debía actuar, sin pensar en el riesgo, sin pensar en la posibilidad del fracaso. Todos tenemos momentos de debilidad. Lo que cuenta realmente es cómo nos recuperamos de ellos.
Daba igual que amara al nefilim y odiara al ángel, nada de lo cual era enteramente cierto. Se trataba de mí, de la clase de persona que era realmente. Me había pasado siglos cazando hombres para sobrevivir, a menudo con efectos devastadores, pero no podía ser cómplice de un crimen premeditado, por noble que fuera la causa. No había llegado a esa etapa de mi vida. Todavía no.
Parpadeé para contener las lágrimas, abrumada por lo que debía hacer. Lo que debía hacerle a Román.
—Pues vuelve a dormirte —murmuró, pasando una mano por mi cuerpo, desde la cintura hasta el muslo.
Sí, sabía lo que tenía que hacer. Era un plan desesperado, en absoluto infalible, pero no se me ocurría otra cosa para aprovechar que Román había bajado la guardia.
—No puedo —le expliqué, empezando a levantarme de la cama—. Tengo que trabajar.
Abrió un poco más los ojos.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Me toca abrir. Tengo que estar allí dentro de media hora.
Se sentó, apenado.
—¿Trabajarás todo el día?
—Sí.
—Aún hay un par de cosas que quería hacer contigo —murmuró, rodeándome la cintura con un brazo para atraerme hacia él, cubriéndome un seno con la mano.
Me apoyé en él, fingiéndome arrebatada por la pasión. Vale, no estaba fingiendo exactamente.
—Mmm... —Acerqué mi cara a la suya, rozándonos los labios—. Podría llamar y decir que estoy enferma... aunque no se lo creerán. Nunca me pongo mala, y lo saben.
—Que se jodan —murmuró, empujándome contra la cama, cada vez más atrevidas sus manos—. Que se jodan ellos para que podamos joder nosotros.
—Pues deja que me levante —me reí—. No puedo ponerme al teléfono así.
Me soltó a regañadientes, y me levanté de la cama, dirigiéndole una sonrisa por encima del hombro. Me observó con avidez, como un gato que evalúa a su presa. Sinceramente, me gustaba.
El deseo pronto dio paso a la aprensión cuando entré en la sala de estar y cogí el teléfono inalámbrico. Había dejado todas las puertas abiertas, actuando con toda la calma y tranquilidad posibles, para no darle motivos de alarma a Román. A sabiendas de que probablemente podría oírme en la sala, ensayé mentalmente mis palabras mientras marcaba el número del móvil de Jerome.
Como de costumbre, sin embargo, el demonio no respondió. Maldito fuera. ¿De qué servía nuestro enlace si no podía usarlo a voluntad? En previsión, había pensado en otra posibilidad: Hugh. Si saltaba el buzón de voz de su móvil, se me habría agotado la suerte. No podría salir adelante con mi plan si tenía que llamar a su oficina y sortear su arsenal de secretarias.
—Al habla Hugh Mitchell.
—Hola, Doug, soy Georgina.
Pausa.
—¿Acabas de llamarme Doug?
—Mira, no puedo entrar hoy. Creo que he pillado ese virus que anda suelto por ahí.
Román salió del dormitorio, y le sonreí mientras se dirigía a mi frigorífico. Mientras tanto, Hugh intentaba encontrarle algún sentido a mi sinsentido.
—Esto, Georgina... me parece que te has equivocado de número.
—No, hablo en serio, Doug, así que no te hagas el listo conmigo. No puedo entrar a trabajar, ¿vale?
Silencio sepulcral. Al cabo, Hugh preguntó:
—Georgina, ¿estás bien?
—No. Ya te lo he dicho. Mira, ¿te importaría correr la voz?
—Georgina, ¿qué oc...?
—Vale, seguro que se te ocurre algo —continué—, pero tendrá que ser sin mí. Intentaré estar ahí mañana.
Colgué y miré a Román, sacudiendo la cabeza.
—Tenía que ponerse Doug. Definitivamente no me ha creído.
—Te conoce demasiado bien, ¿eh? —preguntó, bebiendo un vaso de zumo de naranja.
—Sí, pero me cubrirá, aunque se queje. Es un cacho de pan.
Tiré el teléfono encima del diván y me acerqué a Román. Hora de más distracciones. Dudaba que Hugh comprendiera la gravedad de la situación, pero por lo menos sabría que algo no andaba bien. Como había notado ya en el pasado, uno no sobrevivía mucho tiempo como inmortal si era un estúpido. Sospecharía algo y, con suerte, buscaría a Jerome. Mi trabajo ahora consistía en mantener ocupado al nefilim hasta que llegara la caballería.
—¿Qué era exactamente lo que querías hacer conmigo? —ronroneé.
Varias cosas, según descubrí. Volvimos al dormitorio, y descubrí que matar el tiempo hasta que Hugh entrara en acción no era tan difícil como me temía. Sentía ligeras punzadas de culpa por disfrutar tanto con Román, sobre todo ahora que había tomado la decisión de pedir ayuda. Había asesinado a incontables inmortales y tenía planes para hacer lo mismo con alguien cercano a mí. Sin embargo, no podía evitarlo. Me sentía atraída por él —me había sentido atraída por él desde hacía mucho—, y era realmente bueno en la cama.
—La eternidad no parece tan mala contigo en mis brazos —murmuró más tarde, acariciándome el pelo mientras me acurrucaba contra él. Al girar mi rostro hacia el suyo, vi una expresión sombría en sus ojos.
—¿Qué ocurre?
—Georgina... ¿quieres... realmente quieres que deje en paz a este ángel?
—Sí —respondí atropelladamente tras un momento de sorpresa—. No quiero que hagas daño a nadie más.
Me estudió largo rato antes de volver a hablar.
—Anoche, cuando me lo pediste, no pensé que pudiera. No me creía capaz de dejarlo correr. Pero ahora... después de estar contigo... de estar así. Me parece insignificante. Bueno, tal vez insignificante no sea la palabra adecuada. Quiero decir, lo que nos hicieron fue terrible... pero puede que si sigo yendo detrás de ellos, les esté dejando ganar. Me convierto en lo que dicen que soy. Permito que continúen dictando los parámetros de mi vida. Estaría conformándome con la disconformidad, supongo, perdiéndome lo verdaderamente importante. Como amar y ser amado.
—¿Q-qué quieres decir?
Tomó mi mejilla en su mano.
—Quiero decir que lo haré, cariño. El pasado no va a seguir dictando mi presente. Por ti, estoy dispuesto a irme. Tú y yo. Saldremos hoy y dejaremos atrás todo esto. Encontraremos un hogar en alguna parte y empezaremos una vida juntos. Podríamos ir a Las Vegas.
Me quedé petrificada en sus brazos, con los ojos como platos. Ay, Dios.
Unos nudillos golpearon mi puerta, y salté casi tres metros por los aires. Sólo habían transcurrido cuarenta minutos. No, no, pensé. Era demasiado pronto. Sobre todo después de este repentino cambio de parecer. Hugh no podría haber reaccionado tan rápido. No sabía qué hacer.
Román enarcó una ceja, más curioso que otra cosa.
—¿Esperas a alguien?
Sacudí la cabeza, intentando disimular el galope desbocado de mi corazón.
—Doug siempre amenaza con venir a buscarme —bromeé—. Espero que no se haya decidido a hacerlo por fin.
Me levanté de la cama, fui al armario, esforzándome por obligar hasta al último de mis nervios a aparentar despreocupación, me puse un quimono granate, me atusé coquetamente la melena enmarañada y salí a la sala de estar, intentando no hiperventilar una vez lejos de la vista de Román. Señor, pensé, acercándome a la puerta. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a...?
—¿Seth?
El escritor estaba fuera, con una caja de repostería en la mano, reflejando su rostro tanta sorpresa como se reflejaba sin duda en el mío. Vi cómo sus ojos me recorrían rápidamente de arriba abajo, y comprendí de pronto cuan corta era mi bata y cuánto revelaba la seda ceñida. Sus ojos volaron a mi cara, y tragó saliva.
—Hola. Me... esto...
Uno de mis vecinos, que pasaba por allí, se detuvo y se me quedó mirando fijamente al verme con el quimono.
—Pasa —urgí a Seth con una mueca, cerrando la puerta a su espalda. Me esperaba un ejército de inmortales, pero ahora estaba más desconcertada que nunca.
—Lo siento —logró decir al final, intentando evitar que su mirada se desviara a mi cuerpo—. Espero no haberte despertado...
—No... No... No hay problema...
Naturalmente, Román eligió ese momento para aparecer, cruzando el pasillo desde mi dormitorio con sólo los boxers puestos.
—¿Pero qué...? Ah, hola, ¿qué tal? Seth, ¿verdad?
—Sí —respondió Seth, sucinto, alternando la mirada entre Román y yo. En vista de esa mirada, dejé de preocuparme por los nefilim, los inmortales, o por salvar a Cárter. Lo único en lo que podía pensar ahora era qué debía de pensar Seth de todo esto. El pobre Seth, que no había hecho nada más que ser amable conmigo desde que lo conocí, pero que sin embargo conseguía resultar herido una y otra vez por mi desconsideración... por no mencionar un desafortunado cúmulo de circunstancias. No sabía qué decir; me sentía tan mortificada como aparentemente se sentía él. No quería que me viera así, con todas mis mentiras y señales inconsistentes sacadas a la luz.
—¿Eso es el desayuno? —preguntó risueñamente el nefilim. Era el único de nosotros que no se sentía incómodo.
—¿Eh? —Seth aún parecía mudo de asombro—. Ah, sí. —Dejó la caja encima de la mesita del salón—. Quedaos con esto. Es tarta de moca. Con arce y pacana. Yo... voy a... ya me iba. Lo siento si os he molestado. Lo siento mucho. Sabía que tenías el día libre y pensé que podríamos... no sé. Como ayer dijiste... en fin. Era una tontería. Debería haber llamado. Lo siento.
Empezó a darse la vuelta, pero el daño ya estaba hecho. De todos los escenarios posibles, tenía que ser éste el que Seth eligiera para ponerse a farfullar «sabía que tenías el día libre». Joder. Román se volvió hacia mí, transformándose en furia ante mis ojos la incredulidad de su gesto.
—¿A quién —jadeó, casi sin poder hablar de rabia— has llamado? ¿A quién cojones has llamado? Retrocedí un paso.
—Seth, vete de...
Demasiado tarde. Una oleada de poder, parecida a la que había empleado Jerome contra mí, nos golpeó y nos arrojó contra la pared de la sala de estar.
Román se abalanzó sobre nosotros a zancadas, fulminándome con la mirada, como llamas azules sus ojos.
—¿A quién has llamado? —rugió. No respondí—. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
Nos volvió la espalda, agarró mi teléfono y marcó.
—Necesito que vengas ahora mismo... sí, sí, me importa tres cojones. Déjalo. —Recitó mi dirección y colgó. No me hacía falta preguntarle a quién había llamado. Ya lo sabía. Al otro nefilim. A su hermana.
Román se pasó una mano por el pelo, y empezó a deambular frenéticamente de un lado para otro.
—Mierda. ¡Mierda! ¡Podrías haberlo estropeado todo! —me gritó—. ¿Te das cuenta? ¿Lo entiendes, puta mentirosa? ¿Cómo has podido hacerme esto?
No respondí. No podía. Moverme, hablar incluso, costaba demasiado esfuerzo en esa red psíquica. Ni siquiera podía mirar a Seth. Sólo Dios sabía qué estaría pensando de todo esto.
Diez minutos más tarde sonó otro golpe en la puerta. Si me quedaba algún tipo de favor divino, serían Jerome y Cárter, que venían a rescatarme. Hasta un súcubo se merecía un descanso de vez en cuando, pensé mientras veía cómo Román abría la puerta. Entró Helena. Ay, Dios.
—Ya era hora —le espetó Román, cerrando la puerta de golpe tras ella.
—¿Qué está pas...? —Dejó la pregunta a medias, abriendo los ojos como platos al vernos a Seth y a mí. Se giró hacia Román y se fijó mejor en él. Y en sus boxers—. Por todos los santos, ¿qué has hecho ahora?
—Viene alguien —siseó él, desoyendo la pregunta—. Ahora mismo.
—¿Quién? —preguntó Helena, con las manos en las caderas. No había ni rastro de ronquera en su voz ahora, y parecía asombrosamente competente. De no haber estado ya sin habla, me habría quedado muda al verla.
—No lo sé —reconoció—. Seguramente nuestro exaltado progenitor. Ella ha llamado a alguien.
Helena se giró y se acercó a mí, consiguiendo que el terror me helara los huesos al comprender el peligro que corría. Helena era el otro nefilim. Helena la loca, la chiflada. Helena, a la que yo había insultado un sinfín de veces, de la que me había burlado a sus espaldas, a la que le había robado dos empleadas. Su expresión me informaba de que también ella estaba repasando esa lista mientras me contemplaba.
—Baja el campo —le ordenó a Román, y un momento después Seth y yo nos desplomamos de bruces, respirando entrecortadamente, cuando el poder nos liberó—. ¿Tiene razón? ¿Has llamado a nuestro padre?
—No... No he llamado... a nadie.
—Miente —observó tranquilamente Román—. ¿A quién has llamado, Georgina?
Cuando no respondí, Helena dio un paso adelante y me abofeteó con fuerza, restallando como un latigazo el impacto. La sensación me resultó familiar, aunque eso no era de extrañar. Era Helena la que me había vapuleado aquella noche en la calle. Comprendí entonces que debía de haber sabido que era yo cuando entré en Krystal Starz, a pesar de mi disfraz. Pese a reconocer mi firma, había decidido jugar conmigo, vendiéndome la historia del gran futuro que me esperaba mientras me hablaba de títulos y talleres.
—Siempre tienes que hacerte la difícil, ¿verdad? —resopló—. Durante años os he soportado a ti y a otros como tú, quienes se burlan de mi estilo de vida y mis enseñanzas. Debería haberme ocupado de ti hace tiempo.
—¿Por qué? —Me pregunté en voz alta, recuperado una vez más el control de mi voz—. ¿Por qué lo haces? Tú, más que nadie, que conoces la existencia de los ángeles y los demonios... ¿por qué promulgas todas esas chorradas sobre la nueva era?
Me lanzó una mirada fulminante.
—¿Chorradas? ¿Es una chorrada animar a la gente a asumir el control de su propia vida, a verse como fuentes de poder en lugar de perderse en el laberinto de culpas del bien y el mal? —Ante mi silencio, continuó—. Enseño a la gente a ser dueña de sí misma. Le enseño a olvidarse del pecado y la salvación, a aprender a encontrar la felicidad ahora... en este mundo. Cierto, en parte está... algo maquillado a fin de maravillar y atraer, ¿pero qué más da eso, si se consigue el objetivo? La gente sale de mis clases sintiéndose como dioses. Descubre su divinidad interior, en vez de tener que buscarla en cualquier institución fría e hipócrita.
No podía ni siquiera empezar a formular una respuesta. Se me ocurrió que Helena y Román pensaban exactamente igual, ambos desilusionados con el sistema que los había engendrado, ambos rebelándose contra él a su manera.
—Sé lo que piensas de mí. He oído lo que dices de mí. Te vi tirar a la basura los materiales que te di aquella noche, pensando sin duda que sólo era otra charlatana desquiciada de la nueva era. Y sin embargo... para ser tan engreída y confiada, tan sumamente condescendiente, eres una de las personas más desgraciadas que he conocido nunca. Odias el juego, pero lo juegas. Lo juegas, y lo defiendes porque te falta el valor para hacer otra cosa. —Sacudió la cabeza, riéndose secamente—. No me hacían falta poderes psíquicos para vaticinar lo que te dije. Tienes un don, pero lo malgastas. Estás desperdiciando tu vida, y morirás desdichada y sola.
—No puedo cambiar lo que soy —repuse acaloradamente, zaherida por sus palabras.
—Típicas palabras de una esclava del sistema.
—Que te den —le espeté. Que desmenucen el orgullo y la identidad de uno suele conseguir que esa persona se enfade irracionalmente, por grande que sea la verdad dicha—. Mejor ser una esclava complaciente que una rareza bastarda divina. No me extraña que cacen a los de vuestra especie hasta la extinción.
Volvió a pegarme, imprimiendo fuerza de nefilim al golpe esta vez, como aquella noche en el callejón. Me dolió... mucho.
—Zorra asquerosa. No sabes lo que dices.
Hizo ademán de ir a agredirme de nuevo, pero se detuvo cuando Seth se interpuso de repente ante mí.
—Basta —exclamó—. Dejadlo ya, todos...
Una ráfaga de poder —de Román o Helena, no lo sé— lanzó a Seth por los aires, contra la pared del fondo. Hice una mueca.
—¿Cómo te atreves...? —Empezó Helena, con un destello de rabia en sus ojos azules—. Tú, un mortal, sin la menor idea de lo que eres...
Había empezado a moverme antes de que las palabras pudieran salir siquiera de su boca. Ver cómo castigaban a Seth desencadenó algo en mi interior, una respuesta airada la cual sabía que no serviría de nada, pero irreprimible igualmente. Me abalancé sobre Helena, adoptando la primera forma que se me pasó por la cabeza, sin duda gracias a haber visto antes a Aubrey: una tigresa.
La transformación duró sólo un segundo pero fue tremendamente dolorosa: mi cuerpo humano se expandió, mis pies y manos mutaron en zarpas pesadas. El factor sorpresa jugaba a mi favor, pero sólo por un momento; cargué sobre ella y derribé su cuerpo ligero al suelo.
Mi victoria fue efímera. Antes de poder hundirle los dientes en el cuello, una fuerza huracanada me arrancó de encima de ella para arrojarme contra la vitrina donde guardaba la porcelana. El impacto fue diez veces más intenso que el que nos había inmovilizado antes a Seth y a mí, y el dolor me hizo recuperar mi forma normal mientras los cristales se hacían añicos a mi espalda, provocando una lluvia de esquirlas a mí alrededor, cortándome la piel.
Me moví de nuevo, sabiendo que era inútil pero necesitando hacer algo, obsesionada con el afán de pelea. Me abalancé sobre Román esta vez, ordenándole a mi cuerpo que adoptara la forma de... en fin, ni siquiera sabía de qué. No tenía ninguna forma específica en mente, tan sólo rasgos: garras, colmillos, escamas, músculos. Veloz. Grande. Peligroso. Una criatura de pesadilla, un verdadero demonio escapado del infierno.
Ni siquiera llegué a acercarme al nefilim, sin embargo. Alguno de ellos se me anticipó, en pleno vuelo, y me repelió. Esta vez aterricé junto a Seth, que me observaba con los ojos desorbitados por el asombro y el terror. Me golpearon unos rayos de poder, haciéndome gritar de dolor, destrozándome todos los nervios. La piel de mi nueva forma me protegió tan sólo brevemente, antes de que el daño y el agotamiento me arrebataran el control de la transformación. Regresé a mi delgado cuerpo humano justo cuando otra red de poder me inmovilizaba en el sitio, asegurándose de que no pudiera volver a hacer nada.
Mi ataque con el cambio de forma había durado un minuto, y ahora me sentía completamente rendida y drenada de energía, agotadas por fin las reservas de Martin Miller. Bien por hacerse la valiente. Un nefilim podría borraros del mapa a cualquiera de vosotros sin ningún problema.
—Muy valiente, Georgina —se rió Román, enjugándose el sudor de la frente. También él había empleado una gran cantidad de poder, pero podía gastar mucho más que yo—. Valiente, pero estúpida. —Se acercó a mí, me miró de arriba abajo y sacudió la cabeza con amargura—. No sabes racionar tu energía. Te has agotado.
—Román... lo siento...
No hacía falta que me dijera cuan bajas eran mis reservas. Podía sentirlo. Mi energía no sólo estaba baja, sino agotada. Tenía el depósito vacío, por así decirlo. Me miré las manos y vi cómo mi apariencia parpadeaba ligeramente, temblando casi como un espejismo producido por el calor. Mala señal. Llevar el mismo cuerpo durante el tiempo suficiente, aunque no sea el original, se vuelve algo innato al cabo de unos pocos años, y ya hacía quince que usaba éste. Era mi segunda naturaleza. Lo consideraba mío propio; era al que regresaba siempre inconscientemente. Sin embargo, ahora debía esforzarme para conservarlo, para no regresar al cuerpo con el que había nacido. Mala señal... muy mala.
—¿Que lo sientes? —dijo Román, y vi en su expresión hasta qué punto le había hecho daño—. No puedes ni imaginarte...
Todos lo sentimos al mismo tiempo. Román y Helena giraron sobre los talones para cruzar la mirada, alarmados, un segundo antes de que mi puerta volara por los aires. Las ligaduras que me retenían desaparecieron cuando los nefilim redirigieron su poder hacia el apocalipsis que acababa de irrumpir en mi piso.
Entró un raudal de luz cegadora, tan brillante que hacía daño. Una luz familiar. La misma forma terrible que había visto en el callejón se materializó de nuevo, sólo que esta vez había dos de ellas. Imágenes especulares. Indistinguibles entre sí. No sabía quién era quién, pero recordé el comentario que había hecho Cárter de pasada hacía una semana: un ángel en todo su esplendor pondrá en fuga a casi cualquier criatura... mataría a un mortal...
—Seth —susurré, dándole la espalda al glorioso espectáculo para mirar al escritor. Seth lo contemplaba fijamente, desorbitados de asombro y temor sus ojos castaños, cautivados por tanta gloria—. Seth, no los mires. —Con las escasas fuerzas que me quedaban, levanté una mano temblorosa y volví su rostro hacia el mío—. Seth, no los mires. Mírame a mí. Sólo a mí.
Alguien profirió un alarido en algún lugar a nuestras espaldas. El mundo estaba haciéndose pedazos.
—Georgina... —exhaló Seth, rozándome tímidamente la cara—. ¿Qué te ocurre?
Concentrando toda mi fuerza de voluntad, le ordené a mi cuerpo que luchara y retuviera la forma con la que nos habíamos conocido. Era una batalla perdida de antemano. Cuestión de vida o muerte. No podría sobrevivir mucho tiempo así. Seth se acercó más a mí, y apagué el sonido del caos y la destrucción desatados a nuestro alrededor, volcando toda mi atención, toda mi percepción, en su semblante.
He dicho que Román era hermoso, pero su belleza no era nada... absolutamente nada... comparada con la de Seth en esos momentos. Seth, con sus largas pestañas, sus inquisitivos ojos castaños, su bondad manifiesta en todas sus acciones. Seth, con su pelo alborotado y su barba hirsuta, enmarcando un rostro que no podía ocultar su naturaleza, la fuerza radiante de su carácter, su alma como un faro en una noche de niebla.
—Seth —susurré—. Seth.
Se inclinó sobre mí, dejando que lo atrajera más y más cerca, y entonces, mientras el cielo y el infierno batallaban a nuestro alrededor, lo besé.

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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:22 am

Capítulo 25

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A veces una despierta de un sueño. A veces una despierta dentro de un sueño. Y a veces, de vez en cuando, una despierta dentro del sueño de otra persona. Si quisiera secuestrarme y convertirme en su esclava sexual, se lo consentiría, siempre y cuando así pudiera conseguir copias de avance de sus libros.
Las primeras palabras que le había dirigido a Seth mientras hablaba apasionadamente de su obra. La primera impresión de mí que se había llevado. La cabeza alta, el pelo echado hacia atrás sobre el hombro. Un comentario frívolo siempre listo. Gracia envuelta en llamas. Una fría competencia social que el introvertido Seth jamás podría reunir pero que envidiaba. ¿Cómo lo consigue? ¿Sin perder comba nunca? Después, mi atropellada explicación de la regla de las cinco páginas, una costumbre extravagante que le había parecido increíblemente tierna. Alguien que apreciaba la literatura, que la consideraba a la altura del mejor vino. Inteligente y profunda. Y hermosa. Sí, hermosa. Me vi ahora como me había visto Seth esa noche: la minifalda, el provocativo top púrpura, brillante como el plumaje de un ave. Como una criatura exótica, irremediablemente fuera de lugar en el insulso panorama de la librería.
Todo esto estaba dentro de Seth, el pasado de su creciente cariño por mí mezclándose con el presente, empapándome.
No sólo hermosa. Sexy. Sensual. Una diosa de carne y hueso cuyo más nimio movimiento prometía una pasión inminente. El tirante del vestido, deslizándose sobre mi hombro. Gotitas de sudor en mi escote. De pie en su cocina, vestida únicamente con aquella ridícula camiseta de Black Sabbath. Sin ropa interior debajo. Me pregunto cómo sería despertar con ella a mi lado, desaliñada e indómita.
Todo esto se vertía en mi interior. Todo esto y más.
Me observaba en la librería. Le encantaba ver cómo me relacionaba con los clientes. Le encantaba el hecho de que pareciera saber un poco de todo. Los ingeniosos diálogos que fabricaba para sus personajes afloraban a mis labios sin vacilación. Asombroso. No había conocido nunca a nadie que hable así en la vida real. Mi regateo con el dependiente de la tienda de libros de segunda mano. Un carisma que atraía al tímido y retraído Seth, que me hacía brillar a sus ojos. Que le inspiraba confianza.
Sus pensamientos seguían fluyendo en tromba dentro de mí. No había experimentado nunca nada igual. Había sentido atracción y afecto en mis víctimas, pero jamás tanto amor, no dirigido hacia mí.
Seth me consideraba sexy, sí. Me deseaba. Pero esa pasión descarnada se fusionaba también con algo más suave. Algo más dulce. Kayla sentada en mis rodillas, su cabecita rubia contra mi pecho mientras le trenzaba el cabello. La imagen se alteró brevemente mientras se imaginaba por un momento a su propia hija en mi regazo. Feroz y lenguaraz por una parte, por otra gentil y vulnerable. Mi borrachera en su apartamento. Su afán de protección mientras me metía en la cama, observándome durante horas después de que me quedara dormida. No me despreciaba por mi debilidad, por mi pérdida de control y sensatez. Para él era una bajada de mis defensas, una señal de imperfección que le hacía quererme más todavía.
Seguí absorbiéndolo todo, incapaz de detenerme en mi estado, débil y desesperada.
¿Por qué no sale con nadie?, le había preguntado Seth a Cody. ¿Cody? Sí, allí estaba, en el fondo de su mente. Un recuerdo. Cody impartiéndole clases de swing a Seth en secreto, sin que ninguno de los dos me dijera nada, inventándose en cambio vagas excusas por las que siempre tenían que ir «a algún sitio». Seth, esforzándose por conseguir que sus pies le obedecieran para poder bailar conmigo y estar más cerca de mí. Tiene miedo, había respondido el vampiro. Cree que el amor hace daño.
El amor hace daño.
Sí, Seth me amaba. No era un capricho, como había pensado. No era una atracción superficial que creía haber desalentado. Era algo más, mucho más. Yo encarnaba todas las características que él podría desear en una mujer: humor, belleza, inteligencia, bondad, fuerza, carisma, sexualidad, compasión... Su alma parecía haber encontrado a la mía, incontroladamente atraída por mí. Me amaba con una intensidad que yo ni siquiera podía empezar a sondear, aunque creedme, lo intenté. Lo quería. Quería sentirlo todo, absorber aquella llama que ardía en su interior. Consumirla. Arder en ella.
¡Georgina!
En algún lugar, a lo lejos, alguien me llamaba, pero estaba demasiado perdida en Seth. Demasiado absorta en la absorción de aquella fuerza interior, aquella fuerza teñida de sus sentimientos por mí. Sentimientos desatados, amplificados incluso, por nuestro beso. Labios suaves y ávidos. Hambrientos. Incontenibles.
¡Georgina!
Quería volverme una con Seth. Lo necesitaba. Necesitaba sentir cómo me llenaba... física, mental, espiritualmente. Había algo allí... algo oculto dentro de él que yo no lograba alcanzar, algo que acechaba en lo más hondo. Una información tentadora que debería haber descubierto hacía mucho. Eres mi vida. Necesitaba llegar más lejos, encontrar más. Averiguar qué se ocultaba de mí. Aquel beso era mi salvavidas, mi conexión con algo más grande que yo, algo que llevaba buscando toda mi vida sin saberlo. No podía parar. No podía parar de besar a Seth. No podía parar. No podía...
—¡Georgina! ¡Déjalo ya!
Unas manos me apartaron bruscamente de Seth, como si me desgarraran la carne. Grité de agonía al interrumpirse la conexión, rebelándome contra las manos que me separaban y retenían. Arañé a mi captor, necesitando resolver el enigma escondido detrás de ese beso, ansiando la culminación de mi unión con Seth... Seth.
Dejé caer las manos y parpadeé, devolviendo el mundo a su lugar. La realidad. Ya no estaba dentro de la cabeza de Seth; seguía en mi apartamento. Se apoderó de mí una sensación de estabilidad, y no me hizo falta mirar para saber que mi cuerpo había dejado de fluctuar, que mi forma volvía a ser la de una mujer bajita, delgada, con el pelo castaño ambarino. La niña que había sido hacía tiempo estaba enterrada en mi interior de nuevo, para no volver a salir jamás si yo podía evitarlo. La fuerza vital de Seth me llenaba ahora a rebosar.
—Georgina —murmuró Hugh a mi espalda, aflojando su presa sobre mis brazos—. Jesús, me habías asustado.
Al otro lado de la estancia vi a Cárter, tan desaliñado como siempre, inclinado sobre el cuerpo de Seth.
—Ay, Dios... —Me levanté de un salto y corrí hacia ellos, arrodillándome junto al ángel. Seth yacía en el suelo, pálida y empapada de sudor su piel—. Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios. ¿Está...?
—Está vivo —me dijo Cárter—. Por los pelos.
Mientras acariciaba la mejilla de Seth, mientras sentía la fina pelusa dorada y rojiza de su barba, los ojos se me anegaron de lágrimas. Su respiración era débil y entrecortada.
—No pretendía hacerlo. No pretendía robarle tanto...
—Hiciste lo que tenías que hacer. Estabas en mal estado, podrías haber muerto.
—Igual que Seth ahora...
Cárter sacudió la cabeza.
—No. No va a morir. Necesitará algún tiempo para recuperarse, pero saldrá de ésta.
Retiré la mano, temerosa de que mi contacto pudiera hacerle más daño. Al mirar en rededor, reparé en el caótico estado de mi apartamento. Tenía peor aspecto que el de Jerome. Añicos de cristal y porcelana. Mesas rotas. Las sillas y el diván volcados. La destartalada estantería hecha pedazos por fin. Aubrey, agazapada bajo la mesa de la cocina, parecía estar preguntándose qué diablos había ocurrido. Yo me preguntaba lo mismo. No había ni rastro del nefilim. ¿Qué había pasado? ¿Realmente me lo había perdido todo? ¿La batalla divina más épica del siglo, y yo me la había perdido por un beso? Cierto, un beso realmente bueno, pero aun así...
—¿Dónde está... todo el mundo?
—Jerome ha salido a... esto... aplacar a tus vecinos.
—Eso suena muy mal.
—Práctica común. Las batallas sobrenaturales no son precisamente discretas, ¿sabes? Tendrá que borrar unas cuantas memorias, asegurarse de que nadie llame a las autoridades.
Tragué saliva, reticente a formular mi siguiente pregunta.
—¿Qué hay... qué hay del nefilim?
Cárter me estudió largo rato, fríos y duros sus ojos grises.
—Ya lo sé, ya lo sé —dije por fin, agachando la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada—. Nada de diez años y libertad bajo fianza, ¿verdad? Los habéis destruido.
—Hemos destruido... a uno de ellos.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué? ¿Y el otro?
—Él ha escapado.
Él. Mis lágrimas acumuladas se derramaron ahora; no podía controlarlas. Por ti, estoy dispuesto a irme.
—¿Cómo?
Cárter apoyó una mano en la frente de Seth, como si quisiera comprobar sus constantes vitales, antes de volverse hacia mí.
—En realidad todo ocurrió muy deprisa. Se enmascaró y se volvió invisible aprovechando la confusión, mientras nos enfrentábamos a la otra. Y sinceramente... —El ángel miró a la puerta cerrada de mi piso, primero, y luego a Hugh y a mí.
—¿Qué? —susurré.
—No estoy... no estoy enteramente convencido de que Jerome no lo dejara escapar. No se esperaba dos. Yo tampoco, aunque debería haberlo hecho, en retrospectiva. Después de matar a la primera... —Cárter se encogió de hombros—. No lo sé. Es difícil decir qué ocurrió.
—Entonces volverá —comprendí, con una mezcla de temor y alivio al pensar en la fuga de Román—. Volverá... y no estará contento conmigo.
—No creo que eso suponga ningún problema —observó el ángel. Con delicadeza, levantó a Seth y se dirigió a mi diván patas arriba. Un momento después, el mueble se enderezó solo, sin que nadie lo tocara. Cárter depositó a Seth en él y continuó—: Se llevó una buena paliza... el otro nefilim. Lo vapuleamos de lo lindo. Me cuesta creer que le quedaran fuerzas para esconderse de nosotros; sigo esperando sentirlo de un momento a otro. Si es listo, huirá de nosotros tan deprisa y tan lejos como le sea posible ahora mismo, hasta salir de nuestro radio... del radio de cualquier inmortal... para poder bajar las defensas y descansar.
—¿Y después qué? —preguntó Hugh.
—Está maltrecho. Tardará mucho tiempo en reponer fuerzas. Cuando lo haga, sabrá que no tiene a nadie que lo apoye para volver aquí.
—A pesar de todo podría atentar contra mí —comenté, estremeciéndome al recordar la ira de Román dirigida contra mí al final. Costaba creer que hubiéramos estado envueltos el uno en los brazos del otro, presos en las redes de la pasión, hacía menos de veinticuatro horas.
—Podría atentar contra ti —convino Cárter—. Pero no contra mí. Ni contra Jerome. No puede enfrentarse a los dos a la vez, eso seguro. Al final, fue eso lo que zanjó la cuestión. No se esperaban que cooperásemos juntos. Eso le dará que pensar antes de volver a la carga aquí, aunque tú sola no seas rival para él.
Esa idea no me inspiraba la menor tranquilidad. Pensé en Román, tan apasionado y rebelde, siempre dispuesto a manifestarse contra el sistema. Esa clase de personalidad se prestaba a la venganza. Le había engañado, había hecho el amor con él, y después lo había traicionado, provocando la aniquilación de sus planes... y de su hermana. «Gracias a Dios por mi hermana. Es lo único que tengo, la única constante en mi vida.»
Quizá esperara algún tiempo, como sugería Cárter, pero no mucho. De eso estaba segura.
—Volverá —susurré, para mí más que nada—. Algún día volverá.
Cárter me miró fijamente.
—En ese caso nos ocuparemos de él entonces.
La puerta de mi apartamento se abrió, y entró Jerome. Su aspecto era pulcro y elegante, no daba la menor impresión de haber estado enzarzado en apocalíptica lid con su propia progenie hacía unos instantes.
—¿Todo en orden? —preguntó Cárter.
—Sí. —Los ojos del demonio se clavaron en Seth—. ¿Está vivo?
—Sí.
El ángel y el demonio cruzaron la mirada entonces, y se hizo un tenso momento de silencio palpable entre ellos.
—Qué suerte tan inesperada —murmuró finalmente Jerome—. Juraría que estaba muerto. En fin. Todos los días ocurren milagros. Supongo que ahora tendremos que borrarlo.
Me puse de pie.
—¿De qué estáis hablando?
—Me alegra que vuelvas a estar con nosotros, Georgie. Tienes un aspecto encantador, por cierto.
Lo fulminé con la mirada, enfadada por su broma, sabiendo que era la energía de Seth lo que me prestaba ahora el glamour de súcubo.
—¿Qué quieres decir con «borrarlo»?
—¿Tú qué crees? No podemos permitir que salga de aquí después de todo lo que ha visto. Reduciré un poco el afecto que siente por ti, ya que estoy; es un peligro.
—¿Qué? No. No puedes hacer eso.
Jerome suspiró, adoptando la expresión de quien lleva mucho tiempo sufriendo.
—Georgina, ¿te imaginas por lo que acaba de pasar? Hay que borrarlo. No podemos permitir que sepa de nuestra existencia.
—¿Qué cantidad de mí piensas quitarle? —En mi mente rutilaban como piedras preciosas fragmentos de los recuerdos de Seth... mis recuerdos, ahora.
—Lo suficiente para que olvide que te conoce algo más que de pasada. Estas últimas semanas has sido más descuidada de lo habitual en tu trabajo. —No pensaba que eso fuera por culpa de Seth;
Román también había contribuido—. Los dos os llevaréis mucho mejor si encuentra una mujer mortal con la que obsesionarse.
«¿No quieres destacar de alguna manera?», resonó en mi cabeza la provocadora pregunta de Cárter, formulada hacía aparentemente una eternidad.
—No tienes por qué hacer esto. No hace falta que me elimines con el resto.
—Ya que me pongo a ello, lo mejor será que te elimine también a ti. De ninguna manera puede seguir como si nada tras exponerse a los moradores de los reinos divinos. Incluso tienes que darme la razón.
—Algunos mortales saben de nuestra existencia —repuse—. Como Erik. Erik conoce nuestro secreto, y no se lo ha revelado a nadie.
De hecho, comprendí de repente, Erik tampoco le había revelado a nadie el secreto de Helena. Lo había descubierto tras años de trabajar con ella, pero nunca había aireado toda la verdad, tan sólo me había proporcionado algunas pistas.
—Erik es un caso especial. Posee un don. Un mortal ordinario como éste no podría soportarlo. —Jerome se acercó a mi diván y miró desapasionadamente a Seth—. Es mejor así.
—No. Por favor —imploré, corriendo hasta Jerome y colgándome de su manga—. Por favor, no lo hagas.
El archidemonio se volvió hacia mí, fríos sus ojos negros, sorprendido porque me atreviera a agarrarlo de esa manera. Supe entonces, acobardada bajo su mirada, que nuestra relación afectuosa e indulgente había cambiado para siempre... un cambio pequeño, pero no por ello menos importante. No sabía cuál era la causa. Puede que Seth. Puede que Román. Puede que se tratara de algo completamente distinto. Sólo sabía que el cambio existía.
—Por favor —le rogué, ignorando cuan desesperada debía de sonar—. Por favor, no lo hagas. No me apartes de él de esa manera de su pensamiento. Haré lo que me pidas. Cualquier cosa. —Me restregué los ojos con una mano, intentando aparentar serenidad y control, sabiendo que era en vano.
Una ceja se enarcó minúsculamente en el rostro de Jerome, el único indicio de que había suscitado su interés. El término «pacto con el diablo» no existe por casualidad; pocos demonios pueden resistirse a un acuerdo.
—¿Qué podrías ofrecerme? El tema del sexo sólo funcionó con mi hijo, de modo que ni se te ocurra intentarlo ahora.
—Sí —respondí, más firme mi voz conforme persistía en mi empeño—. Funcionó con él. Funciona con toda clase de hombres. Soy buena, Jerome. Mejor de lo que te imaginas. ¿Por qué crees que soy el único súcubo de la ciudad? Porque soy uno de los mejores. Antes de caer en este bache... no sé, antes de que se apoderara de mí el estado de ánimo en el que llevaba sumida algún tiempo, podía tener a cualquier hombre que quisiera. Y no sólo por su fuerza y su energía vital. Podía manipularlos. Obligarles a hacer cualquier cosa que les pidiera, convencerlos para que cometieran pecados con los que jamás habrían soñado antes de conocerme. Y me obedecían. Me obedecían, y les gustaba.
—Continúa.
Respiré hondo.
—Estás harto de la regla de sólo miserables, ¿verdad? De mi negligencia. Pues bien, puedo cambiar eso. Puedo elevar tu stock hasta límites que nunca has soñado. Lo he hecho antes. Sólo te pido que dejes que Seth se vaya. Déjale mantener sus recuerdos intactos. Todos ellos.
Jerome se quedó estudiándome un momento, maquinando.
—Ni todo el stock del mundo me servirá de nada si va por ahí desembuchando lo que ha visto.
—Entonces veamos primero si puede soportarlo. Cuando se recupere y despierte, hablaremos con él. Si no parece que pueda resistirlo todo... bueno, entonces podrás borrarle la memoria.
—¿Y quién decide si puede resistirlo o no?
Vacilé, reticente a dejar la decisión en manos del demonio.
—Cárter. Cárter puede saber si alguien dice la verdad. —Miré al ángel—. Lo sabrás si está bien, ¿verdad? ¿Si está bien que sepa... de nosotros?
Cárter me miró con una expresión extraña que no pude interpretar.
—Sí —reconoció finalmente.
—¿Qué hay de tu parte? —Preguntó Jerome—. ¿Cumplirás con ella... aunque Cárter decida que Seth no es de fiar?
Eso era muy riguroso. Tenía la impresión de que Jerome no pensaba negociar a este respecto, pero estaba dispuesta a correr el riesgo, tanta era mi confianza en la capacidad de Seth para aceptar la actividad inmortal. Abrí la boca para decir que sí, cuando vi a Hugh sacudiendo la cabeza en mi dirección por el rabillo del ojo. Frunciendo el ceño, se dio unos golpecitos en el reloj, silabeando algo que no pude comprender al principio.
Entonces caí en la cuenta. Tiempo. Había oído al diablillo hablar de su trabajo lo suficiente como para conocer las reglas de la negociación: nunca hagas un trato abierto con el demonio.
—Si Seth conserva sus recuerdos, cumpliré con mis deberes de súcubo al pie de la letra durante un siglo. Si hay que borrárselos a pesar de todo, lo haré durante... una tercera parte de ese tiempo.
—La mitad —contraatacó Jerome—. No somos mortales. Incluso un siglo no es nada comparado con la eternidad.
—La mitad —accedí sucintamente—, pero nada más de lo que dicte la supervivencia. No pienso hacer esto todos los días, si estás pensando en eso. Buscaré dosis sólo cuando las necesite, aunque serán fuertes. Muy fuertes... cargadas de pecado. Con hombres de buen calibre, eso será... no sé, cada cuatro o seis semanas.
—Quiero algo más. Crédito extra. Cada par de semanas, tanto si lo necesitas como si no.
Cerré los ojos, incapaz de seguir luchando.
—Cada par de semanas.
—De acuerdo —dijo Jerome, con una nota de advertencia en la voz—. Pero estarás obligada por este pacto a menos que yo decida cancelarlo por algún motivo. No tú. Para ti no habrá salida.
—Lo sé. Lo sé, y acepto.
—Sellémoslo entonces.
Me tendió la mano. La acepté sin vacilar, y el poder crepitó brevemente a nuestro alrededor.
El demonio esbozó una fina sonrisa. —Tenemos un trato.

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Hoja de personaje
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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:22 am

Capítulo 26

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—¿A qué viene esa cara, Kincaid?
Levanté la mirada del ordenador del mostrador de información para ver a Doug apoyado indolentemente en el filo de la barra.
—¿Qué cara?
—Ésa. Es la expresión más triste que te he visto nunca. Me está partiendo el corazón.
—Ah. Lo siento. Cansancio, supongo.
—Bueno, en tal caso, largo de aquí. Tu turno ha terminado. Agaché la cabeza y consulté la hora en la pantalla. Las cinco y siete minutos.
—Supongo que sí.
Me observó de soslayo mientras me levantaba distraídamente de la silla y salía de detrás del mostrador.
—¿Seguro que no te pasa nada?
—Sí. Lo dicho, sólo estoy cansada. Nos vemos. Empecé a alejarme.
—Ah, oye, ¿Kincaid? ¿Sí?
—Tú eres amiga de Mortensen, ¿no?
—Algo así —respondí, precavida.
—¿Sabes qué es de él? Antes venía por aquí casi todos los días, pero ya lleva una semana sin dar señales de vida. Paige está que se sube por las paredes. Cree que le ha ofendido o algo.
—No sé. No somos tan amigos. Lo siento. —Me encogí de hombros—. A lo mejor está enfermo. O fuera de la ciudad.
—A lo mejor.
Abandoné la tienda y salí a la oscura tarde otoñal. Los viernes en Queen Anne atraían a la gente a raudales, gracias a la variedad de actividades y vida nocturna de la zona. Sin mirar a nadie, absorta en mis pensamientos, me dirigí a mi coche, aparcado a una manzana de distancia. Inmediatamente, un buitre montado en un Honda rojo aminoró y puso el intermitente, comprendiendo que mi plaza estaba a punto de quedar libre.
—¿Estás lista? —me preguntó Cárter, materializándose en el asiento del copiloto.
Me abroché el cinturón de seguridad.
—Más lista que nunca.
Condujimos hasta el distrito universitario en silencio, con un millar de preguntas bullendo en mi cabeza. Desde que se llevaran a Seth de mi apartamento la semana pasada, el ángel me había dicho que no me preocupara, que él se ocuparía de que el escritor se recuperase. Me preocupaba de todos modos, naturalmente, tanto por Seth como por el pacto que había hecho con Jerome. Estaba a punto de convertirme en la mayor fuente de caos y tentación de Seattle; ni siquiera el historial estelar de Hugh seguiría teniendo tan buen... er, mal aspecto. Sería algo más que la simple esclava que Helena me había llamado. Sólo de pensar en ello me ponía enferma.
—Estaré contigo —me tranquilizó Cárter cuando nos acercamos a la puerta de Seth, minutos más tarde. El ángel parpadeó brevemente en mi campo de visión, y supe que se había vuelto invisible a ojos de los mortales, aunque no a los míos.
—¿Qué está haciendo?
—Poca cosa. Hace un par de días que pasa cada vez más tiempo despierto, y le he contado algunas cosas, pero la verdad... creo que está esperándote a ti.
Suspiré, asentí con la cabeza y me quedé mirando la puerta. De repente me sentía petrificada.
—Puedes hacerlo —dijo en voz baja Cárter.
Asentí de nuevo, giré la manilla y entré. El apartamento de Seth ofrecía casi el mismo aspecto que la última vez que estuve aquí, la cocina aún brillante y alegre, la sala de estar atestada de cajas y libros sin desembalar. Una suave música escapaba del dormitorio. Pensé que era U2, pero no reconocí la canción. Me dirigí hacia el sonido, llegué al dormitorio de Seth y me detuve en el umbral, temerosa de cruzarlo.
Estaba en la cama, medio incorporado, apoyado en las almohadas. En sus manos sostenía El libro verde de las hadas, del cual parecía haber leído ya una tercera parte. Levantó la cabeza cuando me aproximé, y a punto estuvieron de doblárseme las rodillas de alivio al ver cuánto había mejorado su aspecto. Había recuperado el color, tenía los ojos brillantes y atentos. Sólo su vello facial parecía irregular y desaliñado, de resultas de no haberse afeitado en una semana, supuse. Eso respondía a mi pregunta sobre si Seth mantenía la barba hirsuta a propósito.
Cogió un control remoto que había encima de la mesita junto a la cama y apagó la música.
—Hola.
—Hola.
Di unos pocos pasos más dentro de la habitación, temerosa de seguir acercándome.
—¿Quieres sentarte? —me preguntó.
—Claro. —Los rostros de Cady y O'Neill me escudriñaron desde la corchera mientras arrastraba una silla hasta la cama. Me senté, lo miré, y giré la cabeza, incapaz de soportar la profundidad de aquellos ojos castaños ambarinos tras haberme asomado a su mente.
Cayó entre nosotros el silencio de siempre, esfumados los avances que habíamos hecho en nuestra conversación. Esta vez Seth no tomaría la iniciativa. Tal y como Cárter había observado, el escritor me estaba esperando. Volví a levantar la cabeza, obligándome a mirarle a los ojos. Tenía que hacerlo. Tenía que ser yo quien diera las explicaciones, pero me resistía. Era irónico, pensé. Yo, que la mitad de las veces no sabía cuándo cerrar la boca. Yo, famosa por tener siempre algún comentario ingenioso guardado en la manga.
A sabiendas de que no iba a volverse más fácil, respiré hondo y lo solté todo, consciente del peso del cielo a mi espalda y del infierno que había consentido en tender a mis pies.
—La verdad es... la verdad es, que no trabajo realmente en una librería. Quiero decir, sí, pero ése no es el verdadero motivo por el que estoy aquí, mi propósito. Lo cierto es que soy un súcubo, seguro que has oído hablar de nosotros... o crees haber oído hablar de nosotros, porque dudo que los rumores sean ciertos...
Continué. Se lo conté. Se lo conté todo. Las reglas del estilo de vida súcubo, mi desilusión con el mismo, por qué me negaba a salir con las personas que me gustaban. Le hablé de los demás inmortales, de los ángeles y los demonios que caminan entre nosotros. Le expliqué incluso qué eran los nefilim, apuntando que la presencia de Román en mi apartamento había formado parte de una estratagema mía, pero soslayando en su mayoría las embarazosas circunstancias en que nos había encontrado Seth. Seguí hablando, sin parar, sin saber qué decía la mitad de las veces. Sólo sabía que tenía que seguir hablando, tratando de explicarle a Seth algo que desafiaba cualquier explicación.
Por fin terminé, agotado mi raudal de palabras.
—Ya está. Creo que eso es todo. Te lo puedes creer o no, pero las fuerzas del bien y del mal... tal y como los perciben los humanos, al menos... existen y campan por el mundo, y yo soy una de ellas. Esta ciudad está infestada de agentes y entidades sobrenaturales; los humanos sencillamente no se dan cuenta. Tal vez sea lo mejor, la verdad. De lo contrario, si supieran demasiadas cosas sobre nosotros, descubrirían lo patéticas y jodidas que son en realidad nuestras vidas.
Me callé, pensando que si Seth no hubiera visto lo que había visto, probablemente pensaría que estaba chiflada. Diablos, incluso después de todo, lo más seguro era que me tomara por loca. Estaría en su derecho. Sus ojos castaños me sopesaban a mí y a mis palabras en silencio, y una irritante humedad se agolpó en los míos. Giré la cabeza para ocultar las lágrimas, pestañeando rápidamente, porque si bien los súcubos son culpables de hacer un montón de cosas extrañas delante de los hombres mortales, estaba segura de que llorar no es una de ellas.
—Has dicho... has dicho que una vez fuiste humana. —Pronunció las palabras dubitativamente, sin duda intentando asimilar todo el concepto de la mortalidad y la inmortalidad—. ¿Entonces cómo... cómo te convertiste en súcubo?
Volví a mirarlo. No podía negarle nada en ese momento, por doloroso que fuera.
—Hice un pacto. Ya te he dicho que estuve casada... que engañé a mi marido. Las consecuencias de mi infidelidad no fueron... agradables. Ofrecí mi vida... convertirme en súcubo... a cambio de reparar el daño que había causado.
—¿Elegiste la eternidad para enmendar un error? —Seth frunció el ceño—. No parece un trato equitativo.
Me encogí de hombros, ligeramente incómoda con el tema. No había hablado nunca de ello con nadie.
—No lo sé. Ya está hecho.
—Vale. —Se movió ligeramente en la cama; el suave susurrar de las sábanas era el único sonido entre nosotros—. De acuerdo. Gracias por contármelo.
Sabía reconocer una despedida cuando la oía, y ésta se clavó en mí como un puñal. Eso era todo. Listo. Seth había terminado conmigo. Se acabó. Después de todo lo que le había contado, era imposible que las cosas volvieran a ser como antes, pero en realidad, ¿no sería eso lo mejor?
Me levanté apresuradamente; de pronto no quería seguir estando allí.
—Ya. Vale. —Me dirigí a la puerta, pero me detuve de improviso para volver a mirarlo—.
—¿Seth?
—¿Sí?
—¿Lo entiendes? ¿Por qué hago las cosas que hago? ¿Por qué no podemos... por qué tenemos que...? —No logré terminar la frase—. Es imposible. Ojalá fuera de otra manera...
—Ya —dijo, con un hilo de voz.
Giré sobre los talones y huí de su piso en busca de mi coche. Cuando monté en él, enterré el rostro en el volante, sollozando incontrolablemente. Transcurridos unos minutos me envolvieron con delicadeza unos brazos, y me volví hacia Cárter para llorar en su pecho. Había oído hablar de personas que tienen encuentros angelicales, los testigos hablan de la paz y la belleza que se experimentan en tales ocasiones. Nunca me había parado a pensar en ello, pero conforme se desgajaban los minutos, el espantoso dolor que me oprimía el pecho remitió, y fui tranquilizándome, hasta poder levantar por fin la cabeza para mirar al ángel.
—Me odia —hipé—. Ahora Seth me odia.
—¿Por qué dices eso?
—Después de todo lo que acabo de revelarle...
—Sospecho que está preocupado y confuso, sí, pero no creo que te odie. Un amor como ése no se convierte en odio tan fácilmente, aunque reconozco que a veces los dos van entremezclados.
Sorbí por la nariz.
—¿Lo sentiste? ¿Su amor?
—No igual que tú. Pero sí, lo sentí.
—No había sentido nunca nada parecido. No puedo igualarlo. Me gusta... me gusta mucho. Puede que incluso lo ame también, pero no igual que él a mí. No soy digna de ese amor.
Cárter chasqueó suavemente la lengua, en tono de amonestación.
—Nadie es indigno de ser amado.
—¿Ni siquiera alguien que acaba de acceder a pasarse el próximo siglo haciendo daño a los humanos, corrompiendo almas y conduciéndolas a la tentación y la desesperación? Debes de odiarme por eso. Hasta yo me odio por eso.
El ángel me observó con expresión firme y serena.
—¿Entonces por qué accediste?
Apoyé la cabeza en el asiento.
—Porque no podía soportar la idea de ser... de que ese amor fuera borrado de su cabeza... olvidado.
—Irónico, ¿eh?
Me volví hacia él, incapaz de sorprenderme ya nada.
—¿Cuánto sabes sobre mí?
—Lo suficiente. Sé lo que recibiste por convertirte en súcubo.
—Entonces pensé que era lo correcto... —murmuré, con la mente en otro tiempo y lugar muy lejanos, en otro hombre—. Estaba tan triste y enfadada conmigo... no podía seguir viviendo, sabiendo lo que yo había hecho. Sólo quería desaparecer de su recuerdo para siempre. Pensé que lo mejor sería que él... que todos... se olvidaran de mí. Que olvidaran que alguna vez había existido.
—¿Y ahora no piensas lo mismo?
Sacudí la cabeza.
—Volví a verlo... años después, cuando era un anciano. Cambié para adoptar la forma con la que me había conocido... ésa es la última vez que he llevado ese rostro, de hecho... y me acerqué a él. Pero me miró como si no me reconociera. No sabía quién era. El tiempo que habíamos pasado juntos. El amor que había sentido por mí. Todo había desaparecido. Para siempre. Aquello me mató. Me sentí como una muerta ambulante después de aquello.
No podía permitir que ocurriera. Otra vez no. No con Seth, después de experimentar lo que sentía por mí. Aunque ese amor haya terminado... empañado por lo que piense ahora de mí. Aunque no vuelva a dirigirme la palabra. Seguirá siendo mejor que como si ese amor jamás hubiera existido.
—El amor rara vez es perfecto —señaló Cárter—. Los humanos se engañan pensando que tiene que serlo. Es la imperfección lo que hace perfecto al amor.
—Déjate de acertijos, por favor —le dije, exhausta de repente—. Acabo de perder a la única persona que podría haber amado después de todos estos años. Amado de verdad, sinceramente. No sólo por la emoción, como con Román. Seth... Seth lo tenía todo. Pasión. Entrega. Amistad.
»No sólo eso, sino que he accedido a volver a ser un súcubo "en activo". —Cerré los ojos y me tragué la bilis que amargueaba en mi garganta. Pensé en todos los hombres buenos del mundo, hombres como Doug y Bruce. No quería ser su ruina—. Cómo odio a Cárter. No te imaginas cómo lo odio, qué poco me apetece seguir haciendo esto. Pero vale la pena. Vale la pena si Seth puede conservar sus recuerdos.
Dirigí una mirada de preocupación al ángel.
—Puede conservarlos, ¿verdad?
Cárter asintió con la cabeza, y exhalé un suspiro de alivio.
—Bien. Al menos queda una mota de esperanza en todo esto.
—Por supuesto. Siempre hay esperanza.
—Para mí no.
—Siempre hay esperanza —repitió con firmeza; la nota imperiosa de su voz me sobresaltó—. Nadie está por encima de la esperanza.
Sentí cómo las lágrimas afloraban de nuevo a mis ojos. Señor. Últimamente parecía que no podía parar de llorar.
—¿Ni siquiera un súcubo?
—Un súcubo menos que nadie.
Me abrazó otra vez, y volví a entregarme a mis sollozos, un alma condenada encontrando momentáneo consuelo en los brazos de una criatura celestial. Me pregunté si lo que decía era cierto, si era posible que aún hubiera esperanza para mí, pero entonces recordé algo que me hizo medio reír y medio atragantarme al mismo tiempo.
Los ángeles nunca mienten.


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MensajeTema: Re: Saga: Cantos de Sucubo   Sáb Nov 20, 2010 12:23 am

Epílogo

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Ha llamado Casey para decir que está enferma —me informó bruscamente Paige, mientras se ponía el abrigo—. Así que tendrás que sustituirla en la caja.
—No pasa nada. —Me apoyé en la pared de su despacho—. Así las cosas no se vuelven tan aburridas, ¿sabes?
Se detuvo y me dedicó una ligera sonrisa.
—Te agradezco de veras que hayas podido acudir... con tan poca antelación. —Se acarició la barriga distraídamente—. Seguro que no es nada, pero llevo todo el día con este dolor...
—No, tranquila. Vete. Tienes que cuidarte. Por los dos.
Me sonrió de nuevo, recogió el bolso y cruzó la puerta.
—Doug anda refunfuñando por ahí si necesitas ayuda, así que pídesela. Hmm... Quería decirte otra cosa... Ah, sí... ha llegado algo para ti. Lo he dejado en la silla de tu oficina.
Sus palabras me llenaron el estómago de mariposas.
—¿Q-qué es?
—Tendrás que verlo. Debo irme.
Seguí a Paige fuera de su despacho y me dirigí al mío, nerviosa. Lo último que me habían dejado en la silla era un sobre de Román, un elemento más de su retorcido juego de amor y odio. Dios, pensé. Sabía que no podía ser tan fácil como decía Cárter. Román ha vuelto, lo ha empezado todo de nuevo, me quiere...



Me quedé mirando fijamente, sin aliento. El pacto de Glasgow ocupaba mi silla.
Tentativamente, cogí el libro como si fuera de porcelana. Era mi copia, la que le había dado a Seth para que me la firmara hacía más de un mes. Lo había olvidado por completo. Al abrir la cubierta, se cayeron unos pétalos de rosa de color lavanda. Sólo había un puñado de ellos, pero para mí significaban más que todos los ramos de flores que había recibido este mes. Mientras intentaba recogerlos, leí:

Para Tetis,
Con mucho retraso, lo sé, pero a menudo las cosas que más deseamos sólo se consiguen con paciencia y esfuerzo. Creo que ésa es una verdad humana. Incluso Peleo lo sabía.
Seth
—Ha vuelto, ¿sabes?
—¿Eh? —Levanté la mirada de la desconcertante dedicatoria para ver a Doug apoyado en el quicio de la puerta. Señaló mi libro con la cabeza.
—Mortensen. Está en la cafetería otra vez, tecleando como de costumbre.
Cerré el libro y lo sostuve fuertemente con ambas manos.
—Doug... ¿qué tal andas de mitología griega? Resopló.
—No me insultes, Kincaid.
—Tetis y Peleo... eran los padres de Aquiles, ¿verdad?
—En efecto —respondió, con la petulancia de quien habla de su especialidad.
Por mi parte, no salía de mi perplejidad. No entendía la dedicatoria ni comprendía por qué podría referirse Seth al mayor héroe de la guerra de Troya.
—¿Conoces el resto? —me preguntó Doug, expectante.
—¿Qué? ¿Qué Aquiles era un psicópata delirante? Sí, eso ya lo sé.
—Bueno, ya, todo el mundo lo sabe. Me refiero a la parte más jugosa. Sobre Tetis y Peleo. —Negué con la cabeza, y continuó, dándose aires de profesor—. Tetis era una ninfa marina, y Peleo era un mortal enamorado de ella. Sólo que, cuando fue a cortejarla, ella se lo tomó fatal.
—¿En qué sentido?
—Era una cambiaformas.
A punto estuvo de caérseme el libro.
—¿Cómo?
Doug asintió con la cabeza.
—Él se acercó a ella, y Tetis se convirtió en todo tipo de cosas para espantarlo... bestias feroces, fuerzas de la naturaleza, monstruos, de todo.
—¿Qué... qué hizo él?
—Persistió. Se agarró a ella y no la soltó por terribles que fueran sus transformaciones. Se convirtiera en lo que se convirtiese, él insistió.
—¿Qué ocurrió luego? —Apenas si podía oír mi propia voz.
—Al final ella se convirtió de nuevo en mujer y así se quedó. Entonces se casaron.
Había dejado de respirar en algún momento después de escuchar la palabra «cambiaformas». Aferrada aún al libro, con la mirada perdida en el vacío, sentí una emoción poderosa que crecía en mi pecho.
—¿Estás bien, Kincaid? Jesús, qué rara estás últimamente.
Parpadeé, regresando a la realidad. La emoción en mi pecho estalló, emprendiendo gloriosamente el vuelo. Empecé a respirar otra vez.
—Sí. Perdona. Es que tengo muchas cosas en la cabeza. —Obligándome a quitarle hierro al asunto, añadí—: Haré todo lo posible por no ser tan rara de ahora en adelante.
Doug parecía aliviado.
—Tratándose de ti, eso sería toda una proeza, pero siempre nos quedará la esperanza.
—Sí —sonreí—. Siempre hay esperanza.

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