Black and Blood


 
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 La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):

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MensajeTema: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Oct 18, 2010 9:23 pm

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En la sociedad actual existe una raza distinta a la de los humanos… los Vampiros. Aunque interactúan con nosotros, nos consideran una especie inferior… para ellos no somos más que comida.

Este mundo vampírico se rige por una remarcada jerarquía y, entre sus miembros, sobresalen por su fuerza y brutalidad los componentes de la Hermandad de la Daga Negra. Un reducido grupo guerreros vampiros que se encarga de proteger a los de su especie de sus odiados enemigos, humanos que entregan su alma y corazón para aumentar su fuerza y longevidad y así luchar en igualdad de condiciones contra los vampiros.


Indice de link de capítulos del primer libro:

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Oct 18, 2010 10:39 pm

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¿Qué es la Hermandad de la Daga Negra?


Guerreros vampiros altamente entrenados que protegen a los de su especie contra la Lessening Society. Como consecuencia de la selección genética de su raza, los Hermanos poseen una inmensa fuerza física y mental, así como una extraordinaria capacidad regenerativa —pudiendo recuperarse de sus heridas de una manera asombrosamente rápida. Normalmente no están unidos por vínculos de parentesco, y son introducidos en la Hermandad mediante la propuesta de otros Hermanos. Agresivos, autosuficientes y reservados, viven separados del resto de los civiles, manteniendo apenas contacto con los miembros de otras clases, excepto cuando necesitan alimentarse. Son objeto de leyenda y reverencia dentro del mundo de los vampiros.



LOS 10 MANDAMIENTOS DE LA HERMANDAD


1. Amarás a los Hermanos sobre todas las cosas.
2. No nombrarás a la Ward en vano.
3. Santificarás los días de la publicación de sus libros.
4. Honrarás al Rey y a su Reina.
5. Intentarás matar al Omega y a todos sus Lessers.
6. Codiciarás a los Hermanos de las cazadoras vecinas.
7. No robarás a ningún Hermano del mini harén de otra cazadora.
8. No levantarás falsos testimonios ni mentirás para coaccionar a otra cazadora y apropiarte de su/s Hermano/s.
9. Te consentirás deseos y actos impuros con los Hermanos siempre que puedas.
10. Codiciarás los borradores de los futuros libros de la Ward.

Estos 10 mandamientos se reducen en 2:
Amarás a los Hermanos sobre todas las cosas y a la Ward como a ti misma
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Última edición por rossmary el Mar Oct 19, 2010 3:52 pm, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Oct 18, 2010 11:21 pm

Glosario de términos y nombres propios


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Doggen: Miembro de la clase servil en el mundo de los vampiros. Los doggens mantienen las antiguas tradiciones de forma muy ¬rigurosa, y son muy, conservadores en cuestiones relaciona das con el servicio prestado a sus superiores. Sus vestimentas y comportamiento son muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de quinientos años aproximadamente.

Las Elegidas: Vampiresas destinadas a servir a la Virgen Escri¬ba. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque de una manera más espiritual que temporal. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con guerreros con objeto de reproducir su especie si así lo dic¬tamina la Virgen Escriba. Tienen la capacidad de prede¬cir el futuro. En el pasado, eran utilizadas para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Herman¬dad, pero dicha práctica ha sido abandonada por los her¬manos.

Esclavo de sangre: Vampiro hembra o macho que ha sido so¬metido para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha caí¬do, en gran medida, en desuso, pero no es ilegal.

Hellren: Vampiro que elige a una hembra como compañera. Los machos pueden tener más de una hembra como compañera.

Hermandad de la Daga Negra: Guerreros vampiros entrena¬dos para proteger a su especie contra la Sociedad Restric¬tiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los miembros de la Hermandad poseen una inmen¬sa fuerza física y mental, así como una enorme capacidad para curarse de sus heridas con rapidez. La mayoría no son propiamente hermanos de sangre. Se inician en la Herman¬dad a través de la nominación de uno de sus miembros. Agre¬sivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos y tienen poco contacto con miem¬bros de otras clases, excepto cuando necesitan alimentar¬se. Son objeto de leyendas y muy respetados dentro del mun¬do de los vampiros. Sólo se puede acabar con ellos si se les hiere gravemente con un disparo o una puñalada en el co¬razón.

Leelan: Término cariñoso, que se puede traducir de manera aproximada como «lo que más quiero».

El Ocaso: Reino intemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos durante toda la eternidad.

El Omega: Malévola figura mística que pretende la extinción de los vampiros a causa de un resentimiento hacia la Virgen Es¬criba. Existe en un reino intemporal y posee grandes po¬deres, aunque no tiene capacidad de creación.

Periodo de Necesidad:
Época fértil de las vampiresas. General¬mente dura dos días y va acompañado de unos intensos de¬seos sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la transición de una hembra, a partir de ahí, una vez cada década. Todos los machos responden de algún mo¬do si se encuentran cerca de una hembra en periodo de necesidad. Puede ser una época peligrosa, con conflictos y luchas entre machos, especialmente si la hembra no tiene compañero.

Primera Familia: El rey y la reina de los vampiros, y los hijos na¬cidos de su unión.

Princeps: Grado superior de la aristocracia de los vampiros, só¬lo superado por los miembros de la Primera Familia o la Ele¬gida de la Virgen Escriba. El título es hereditario, no puede ser otorgado.

Pyrocant: Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.
Restrictor: Miembro de la Sociedad Restrictiva. Se trata de hu¬manos sin alma que persiguen vampiros para exterminarlos. A los restrictores se les debe apuñalar en el pecho para matarlos; de lo contrario, son eternos. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, su cabello, su piel y el iris de sus ojos pierden pigmentación hasta convertirse en seres ru¬bios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebés. Tras ser iniciados en la Sociedad por el Omega, conservan un frasco de cerámica dentro del cual ha sido colocado su co¬razón después de ser extirpado.

Rythe: Forma ritual de salvar al honor. Lo ofrece alguien que haya ofendido a otro. Si es aceptado, el ofendido elige un ar¬ma y ataca al ofensor, que se presenta ante él sin protección.

Sellan: Vampiresa que se ha unido a un macho tomándolo como compañero. En general, las hembras eligen a un solo compa¬ñero debido a la naturaleza fuertemente territorial de los ma¬chos apareados.

Sociedad Restrictiva: Orden de cazavampiros convocados por el Omega con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.

Transición: Momento crítico en la vida de los vampiros, cuando él o ella se convierten en adultos. A partir de ese momento, deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no pueden soportar la luz solar. Generalmente, sucede a los vein¬ticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transi¬ción, sobre todo los machos. Antes del cambio, los vampiros son físicamente débiles, sexualmente ignorantes e indiferen¬tes, e incapaces de desmaterializarse.

La Tumba: Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Usada como sede ceremonial y como almacén de los fras¬cos de los restrictores. Entre las ceremonias allí realizadas se encuentran las iniciaciones, funerales y acciones discipli¬narias contra los hermanos. Nadie puede acceder a ella, excepto los miembros de la Hermandad, la Virgen Escriba o los candidatos a una iniciación.

Vampiro: Miembro de una especie separada del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero su fuerza no dura mucho tiempo. Después de su transición, que generalmente sucede a los veinticinco años, son incapaces de salir a la luz del día y deben alimentarse de la vena regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos con un mordisco ni con una transfusión sanguínea, aunque, en algunos casos, son capaces de procrear con la otra especie. Pueden desmaterializarse a voluntad, pero tienen que buscar tranquilidad y concentración para conseguirlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Son capaces de borrar los re¬cuerdos de las personas, siempre que sean a corto plazo. Al¬gunos vampiros son capaces de leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años, y en algunos casos incluso más.

La Virgen Escriba: Fuerza mística consejera del rey, guardiana de los archivos vampíricos y encargada de otorgar privilegios. Existe en un reino intemporal y posee grandes poderes. Capaz de un único acto de creación, que empleó para dar exis¬tencia a los vampiros.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Oct 18, 2010 11:42 pm

Los Hermanos

Hay seis vampiros guerreros en la hermandad en la actualidad

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Wrath [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

El último vampiro de raza pura en el planeta y el rey de la raza vampiro. Esencialmente ciego, él es el líder que no está dispuesto a llevar hasta que se ve obligado a cuidar de una mestiza de la cual luego se enamora.


Rhage[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
El más fuerte de los hermanos y el mejor luchador. La maldición de la Virgen Escriba, es poseído por un lado oscuro que es un peligro para todos. En última instancia, sin embargo, que se suavizó por una mujer humana muy especial.

Zsadist[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
El más letal de los hermanos. Un esclavo de sangre antigua que fue torturado sin piedad durante los primeros cien años de su vida, Z es el que más lejos ha caído de la gracia. Pero es totalmente digno de la redención.

Vishous [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
El más inteligente y el que está especialmente dotado. Su maldición es su capacidad de pronosticar: él ve el futuro, aunque no el "cuándo" de los acontecimientos por lo que es torturado por su incapacidad para salvar a los que ama de peligro. Su amor lo pone en contradicción con un secreto sobre sí mismo que no conocía y que nunca podría haber imaginado.

Phury [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
El fiel, el que se sacrifica por los demás. Phury es hermano gemelo de Zsadist y un célibe que no puede realmente vivir por todo lo que su hermano biológico ha perdido. Se utiliza para dar más que recibir, que necesita encanta volver a él para que él viva.

Tohrment[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

El equilibrio, la calma. Él es el que la traición por el destino se corte más profundo.


Butch [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Un humano que cambio su destino.

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Última edición por rossmary el Mar Oct 19, 2010 12:05 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Oct 18, 2010 11:53 pm

La autora:

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J.R. Ward


Jessica Bird, escribe novela romántica contemporánea. J.R. Ward , es un seudonimo de Jessica Bird, que escribe novela romántica contemporánea.
J.R. Ward nos sumerge en un mundo de vampiros y fuerzas sobrenaturales.
Jessica Bird vive actualmente en Kentucky con su marido, su mayor apoyo, y su golden retriever. Tras licenciarse en Derecho, comenzó a trabajar en el departamento de asistencia sanitaria de Boston y ejerció, durante muchos años, como jefa de personal de uno de los principales centros médicos de la nación.
Tenía ocho años cuando escribió su primer relato, diez cuando terminó su primer libro y trece cuando se quedó prendada por las historias sobre gente que se enamoraba perdidamente. Escribir ha sido siempre su gran pasión y lo que más le gusta es estar todo el día con su ordenador, su perro, una buena taza de café y escribir.
Aunque es una autora relativamente nueva en el mercado de la novela romántica, sus libros han supuesto una auténtica revolución ya que han cosechado espléndidas críticas por las lectoras y han sido nominados a varios de los más prestigiosos premios del género.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Mar Oct 19, 2010 9:58 am

:manga05: te dio fuerte la hermandad, eh? :jiji:

gracias por toda la info, jejejeje y pensar que eras reacia a leerte estos libros :212:

upss y se me había olvidado que te tengo que escanear las portadas de los libros que tengo..... hoy cuando suba a casa a comer lo hago (aunque primero tengo que buscarlos jajajajajajaja)

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Mar Oct 19, 2010 3:20 pm

jajaja...viste que lind ome está quedando. Primero voy aponer toda la información referente a ellos a los libros y luego enpienzo con los mismo....sigo buscando, pero creo que ya no me queda casi nada.
:manga08:

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Mar Oct 19, 2010 3:46 pm

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Hermandad De La Daga Negra 1 - Amante Oscuro



Poco antes de su muerte Darius, el séptimo vampiro de la Hermandad le pide a Warth cuide de su hija Beth, medio humana medio vampira que está a punto de pasar por la transición, convertirse en vampira, pero es un proceso peligroso puede significar su muerte o bien la conversión lo que implica un cambio de vida, estilo y raza, abandonar su vida humana y pasar a vivir entre las sombras de la noche. Warth se niega, pero tras la muerte de su "hermano" y amigo busca a Beth para instruirla y advertirle.... Beth desconoce sus orígenes y procedencia. Se ha criado en casas de acogida tras la muerte de su madre tras darle a ella a luz, nunca conoció a su padre. Es en la actualidad una periodista que vive como una más entre la multitud de Caldwell, en Nueva York. Pero tras la irrupción de Warth en su vida ésta sufre un vuelco de 180 grados: la entrada en una vida en la oscuridad, la conversión en vampira y... una intensa y sensual relación con el líder de la Hermandad, pese a la inicial reticencia por parte de ambos. Beth teme a ese enorme desconocido, Warth no quiere vínculos ni lazos de ningún tipo, tan solo la ayudará a pasar la transición se dice, pues su sangre es poderosa, antigua y la más fuerte... pero los planes están hechos para romperse y el peligro les une en una ardiente y sensual relación que los vincula irremediablemente.



Argumento

En las sombras de la noche, en Caldwell (Nueva York), se desarrolla una sorda y cruel guerra entre los vampiros y sus verdugos. Y existe una hermandad secreta de seis vampiros guerreros, los defensores de toda su raza. Ninguno de ellos desea aniquilar a sus enemigos con tanta ansia como Wrath, el campeón de la Hermandad de la Daga Negra...

Wrath, el vampiro de raza más pura de los que aún pueblan la tierra, tiene una deuda pendiente con los que, hace siglos, mataron a sus padres. Cuando cae muerto uno de sus más fieles guerreros, dejando huérfana a una muchacha mestiza, ignorante de su herencia y su destino, no le queda más remedio que arrastrar a la bella joven al mundo de los no-muertos.

Traicionada por la debilidad de su cuerpo, Beth Randall se ve impotente para resistir los avances de ese desconocido, increíblemente atractivo, que la visita cada noche, envuelto en las sombras. Sus historias sobre la Hermandad la aterran y la fascinan... y su simple roce hace que salte la chispa de un fuego que puede acabar consumiéndoles a los dos.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 10:14 pm

ÍNDICE

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Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Epílogo
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 11:06 pm

Capítulo 1

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Darius miró a su alrededor en el club, y se dio cuenta, por primera vez, de la multitud de personas semidesnudas que se contorsionaban en la pista de baile. Aquella noche, Screamer's estaba a rebosar, repleto de mujeres vestidas de cuero y hombres con aspecto de haber cometido varios crímenes violentos.
Darius y su acompañante encajaban a la perfección. Con la salvedad de que ellos eran asesinos de verdad. -¿Realmente piensas hacer eso? -le preguntó Tohrment. Darius dirigió su mirada hacia él. Los ojos del otro vampiro se encontraron con los suyos.
-Sí. Así es.
Tohrment bebió un sorbo de su whisky escocés. Una son¬risa lúgubre asomó a su rostro, dejando entrever, fugazmente, las puntas de sus colmillos.
-Estás loco, D.
-Tú deberías comprenderlo. Tohrment inclinó su vaso con elegancia.
-Pero estás yendo demasiado lejos. Quieres arrastrar con¬tigo a una chica inocente, que no tiene ni idea de lo que está su¬cediendo, para someterla a su transición en manos de alguien como Wrath. Es una locura.
-Él no es malo..., a pesar de las apariencias. --Darius ter¬minó su cerveza-. Y deberías mostrarle un poco de respeto.
-Lo respeto profundamente, pero no me parece buena idea.
-Lo necesito. -¿Estás seguro de eso?
Una mujer con una minifalda diminuta, botas hasta los muslos y un top confeccionado con cadenas pasó junto a su me¬sa. Bajo las pestañas cargadas de rímel, sus ojos brillaron con un incitante destello, mientras se contoneaba como si sus caderas tu¬vieran una doble articulación.
Darius no prestó atención. No era sexo lo que tenía en mente esa noche.
-Es mi hija, Tohr.
-Es una mestiza, D. Ya sabes lo que él piensa de los hu¬manos. -Tohrment movió la cabeza-. Mi tatarabuela lo era, no me ves precisamente alardeando de eso ante él.
Darius levantó la mano para llamar a la camarera y seña¬ló su botella vacía y el vaso de Tohrment.
-No dejaré que muera otro de mis fijos, Y menos si hay una posibilidad de salvarla. De cualquier modo, ni siquiera es¬tamos seguros de que vaya a cambiar. Podría acabar viviendo una vida feliz, sin enterarse jamás de mi condición, No sería la primera vez que sucede.
Tenía la esperanza de que su hija se librara de aquella ex¬periencia. Porque si pasaba por la transición y sobrevivía conver¬tida en vampiresa, la perseguirían para cazarla, como a todos ellos.
-Darius, si él se compromete a hacerlo, será porque está en deuda contigo. No porque lo desee.
-Lo convenceré.
-¿Y cómo piensas enfocar el problema? Puedes acercar¬te por las buenas a tu hija y decirle: «Oye, va sé que nunca me has visto, pero soy tu padre. Ah, ¿y sabes algo más? Has ganado el premio gordo en la lotería de la evolución: eres una vampiresa. ¡Vámonos a Disneylandia!
-En este momento te odio.
Tohrment se inclinó hacia delante; sus gruesos hombros se movieron bajo la chaqueta de cuero negro.
-Sabes que te apoyo, pero pienso que deberías reconsi¬derarlo. -Hubo una incómoda pausa-. Tal vez yo pueda en¬cargarme de ello.
Darius le lanzó una fría mirada.
-¿Y crees que podrás regresar tranquilamente a tu casa después? Wellsie te clavaría una estaca en el corazón. , y te dejaría secar al sol, amigo mío.
Tohrment hizo una mueca de desagrado. -Buen argumento.
-Y luego vendría a por mí. -Ambos machos se estre¬mecieron-. Además... -Darius se echó hacia atrás cuando la ca¬marera les sirvió las bebidas. Esperó a que se marchara, aunque el rap sonaba estruendosamente a su alrededor, amortiguando cualquier conversación-. Además, son tiempos difíciles. Si algo me sucediera...
-Yo cuidaré de ella.
Darius dio una palmada en el hombro a su amigo. -Sé que lo harás.
-Pero Wrath es mejor. -No había ni un atisbo de celos en su comentario. Sencillamente, era verdad.
-No hay otro como él.
--Gracias -a Dios -dijo Tohrment, esbozando una media sonrisa.
Los miembros de su Hermandad, un cerrado círculo de guerreros fuertemente unidos que intercambiaban información y luchaban juntos, eran de la misma opinión. Wrath era un torrente de furia en asuntos de venganza, y cazaba a sus enemigos con una obsesión que rayaba en la demencia. Era el último de su estirpe, el único vampiro de sangre pura que quedaba sobre el planeta, y aunque su raza lo veneraba como a un rey, él despre¬ciaba su condición.
Era casi trágico que él fuera la mejor opción de supervi¬vencia que tenía la hija mestiza de Darius. La sangre de Wrath, tan fuerte, tan pura, aumentaría sus probabilidades de superar la transición si ésta le causaba algún daño. Pero Tohrment no se equivocaba. Era como entregarle una virgen a una bestia.
De repente, la multitud se desplazó, amontonándose unos contra otros, dejando paso a alguien. O a algo.
-Maldición. Ahí viene -farfulló Tohrment. Agarró su vaso y bebió de un trago hasta la última gota de su escocés- No te ofendas, pero me largo. No quiero participar en esta conver¬sación.
Darius observó cómo aquella marea humana se dividía pa¬ra apartarse del camino de una imponente sombra oscura que so¬bresalía por encima de todos ellos. El instinto de huir era un buen reflejo de supervivencia.
Wrath medía un metro noventa y cinco de puro terror ves¬tido de cuero. Su cabello, largo y negro, caía directamente des¬de un mechón en forma de M sobre la frente. Unas grandes gafas de sol ocultaban sus ojos, que nadie había visto jamás. Sus hombros tenían el doble del tamaño que los de la mayoría de los machos. Con un rostro tan aristocrático como brutal, parecía el rey que en realidad era por derecho propio y el guerrero en que el destino lo había convertido.
Y la oleada de peligro que le precedía era su mejor carta de presentación.
Cuando el gélido odio llegó hasta Darius, éste agarró su cerveza y bebió un largo sorbo.
Realmente esperaba estar haciendo lo correcto.
Beth Randall miró hacia arriba cuando su editor apoyó la cadera sobre el escritorio. Sus ojos estaban clavados en el escote de Beth. -¿Trabajando hasta tarde otra vez? -murmuró. -Hola, Dick.
¿No deberías estar ya en casa con tu mujer y tus dos hijos?, agregó mentalmente.
-¿Qué estás haciendo? -Redactando un artículo para Tom-. -¿Sabes? Hay otras formas de impresionarme. Sí, ya se lo imaginaba.
-¿Has leído mi e-mail, Dick? Fui a la comisaría de poli¬cía esta tarde y hablé con José y Ricky. Me han asegurado que un traficante de armas se ha trasladado a esta ciudad. Han encontrado dos Mágnum manipuladas en manos de unos traficantes de drogas.
Dick estiró el brazo para darle una palmadita en el hom¬bro, acariciándolo antes de retirar la mano.
-Tú sigue trabajando en las pequeñeces. Deja que los chi¬cos grandes se preocupen de los crímenes violentos. No quisiéramos que le sucediera algo a esa cara tan bonita.
Sonrió, entrecerrando los ojos mientras su mirada se de¬tenía en los labios de la chica.
Esa rutina de mirarla fijamente duraba ya tres años, pen¬só ella, desde que había empezado a trabajar para él.
Una bolsa de papel. Lo que necesitaba era una bolsa de papel para ponérsela sobre la cabeza cada vez que hablaba con él. Tal vez con la fotografía de la señora Dick pegada a ella. -¿Quieres que te lleve a tu casa? -preguntó.
Sólo si cayera una lluvia de agujas y clavos, pedazo de simio.
-No, gracias. -Beth se giró hacia la pantalla de su orde¬nador con la esperanza de que él entendiera la indirecta.
Al fin, se alejó, probablemente en dirección al bar del otro lado de la calle, en donde se reunían la mayoría de los reporteros antes de irse a su casa. Caldwell, Nueva York, no era precisamente un semillero de oportunidades para un periodista, pero a los «chi¬cos grandes» de Dick les gustaba aparentar que llevaban una vida social muy agitada. Disfrutaban reuniéndose en el bar de Charlie a soñar con los días en que trabajaran en periódicos más grandes e importantes. La mayor parte de ellos eran como Dick: hombres de mediana edad, del montón, competentes, pero lo que hacían estaba lejos de ser extraordinario. Caldwell era lo suficientemente gran¬de y estaba muy próxima a la ciudad de Nueva York para contar con suficientes crímenes violentos, redadas por drogas y prostitu¬ción que los mantuvieran ocupados. Pero el Caldwell Courier Jour¬nal no era el Times, y ninguno de ellos ganaría jamás un Pulitzer. Era algo deprimente.
Sí, bueno, mírate al espejo, pensó Beth. Ella era sólo una reportera de base. Ni siquiera había trabajado nunca en un pe¬riódico de tirada nacional. Así que, cuando tuviera cincuenta y tantos, o las cosas cambiaban mucho o tendría que trabajar para un periódico independiente redactando anuncios por palabras y vanagloriándose de sus días en el Caldwell Courier Journal.
Estiró la mano para alcanzar la bolsa de M&M que había estado guardando. Aquella maldita estaba vacía. De nuevo.
Tal vez debiera irse a casa y comprar algo de comida chi¬na para llevar.
Mientras se dirigía a la salida de la redacción, que era un espacio abierto dividido en cubículos por endebles tabiques gri¬ses, se encontró con el alijo de chocolatinas de su amigo Tony. Tony comía todo el tiempo. Para él no existía desayuno, comida y cena. Consumir era una proposición binaria. Si estaba despier-to, tenía que llevarse algo a la boca, y para mantenerse aprovi¬sionado, su mesa era un cofre del tesoro de perversiones con alto contenido en calorías.
Sacó el papel y saboreó con fricción la chocolatina mien¬tras apagaba las luces y bajaba la escalera que conducía a la calle Trade. En el exterior, el calor de julio parecía comportarse como una barrera física entre ella y su apartamento. Doce manzanas completas de calor y humedad. Por fortuna, el restaurante chino estaba a medio camino de su casa y contaba con un excelente ai¬re acondicionado. Con algo de suerte, estarían muy ocupados esa noche, y ella tendría oportunidad de esperar un rato en aquel am¬biente fresco.
Cuando terminó el chocolate, abrió la tapa de su teléfono, pulsó la marcación rápida e hizo un pedido de carne con brécol. A medida que avanzaba, los lúgubres y conocidos lugares iban apareciendo ante ella. A lo largo de ese tramo de la calle Trade, sólo había bares, clubs de strip-tease y negocios de tatuajes. Los dos únicos restaurantes eran el chino y uno mexicano. El resto de los edificios, que habían sido utilizados como oficinas en los años veinte cuando el centro de la ciudad era una zona próspera, estaban vacíos. Conocía cada grieta de la acera; sabía de memo¬ria la duración de los semáforos. Y los sonidos entremezclados que se oían a través de las puertas y ventanas abiertas tampoco le resultaban sorprendentes.
En el bar de McGrider sonaba música de blues; de la puer¬ta de cristal del Zero Sum salían gemidos de techo; y las máqui¬nas de karaoke estaban a todo volumen en Ruben's. La mayoría eran sitios dignos de confianza, pero había un par de ellos de los que prefería mantenerse alejada, sobre todo Screamer's, que tenía una clientela verdaderamente tenebrosa. Aquella era una puerta que nunca cruzaría a menos que tuviera una escolta po¬licial.
Mientras calculaba la distancia hasta el restaurante chino, sintió una oleada de agotamiento. Dios, qué humedad. El aire es¬taba tan denso que le dio la impresión de que estaba respirando a través de agua.
Tuvo la sensación de que aquel cansancio no era debido únicamente al tiempo. Durante las últimas semanas no había dor¬mido muy bien, y sospechaba que se hallaba al borde de una de presión. Su empleo no la llevaba a ninguna parte, vivía en un lu¬gar que le importaba un comino, tenía pocos amigos, no tenía amante y ninguna perspectiva romántica. Si pensaba en su futu¬ro, se imaginaba diez años más tarde estancada en Caldwell con Dick y los chicos grandes, siempre inmersa en la misma rutina: levantarse, ir al trabajo, intentar hacer algo novedoso, fracasar y regresar a casa sola.
Tal vez necesitase un cambio. Irse de Caldwell y del Cald¬well Courier Journal. Alejarse de aquella especie de familia elec¬trónica conformada por su despertador, el teléfono de su escritorio y el televisor que mantenía alejados sus sueños mientras dormía.
No había nada que la retuviese en la ciudad salvo la cos¬tumbre. No había hablado con ninguno de sus padres adopti¬vos durante varios años, así que no la echarían de menos. Y los nuevos amigos que tenía estaban ocupados con sus propias fa¬milias.
Al escuchar un silbido lascivo detrás de ella, entornó los ojos. Ése era el problema de trabajar cerca de una zona como aquélla. A veces, se encontraba con algún que otro acosador.
Luego llegaron los requiebros, y a continuación, como era de esperar, dos sujetos cruzaron la calle para colocarse detrás de ella. Miró a su alrededor. Estaba alejándose de los bares en dirección al largo tramo de edificios vacíos que había antes de los restaurantes. La noche era nublada y oscura, pero por lo menos había farolas y, de vez en cuando, pasaba algún coche.
-Me gusta tu cabello negro -dijo el más grande mien¬tras adaptaba su paso al de ella-. ¿Te importa si lo toco?
Beth sabía que no podía detenerse. Parecían chicos de al¬guna fraternidad universitaria en vacaciones de verano, pero no quería correr ningún riesgo. Además, el restaurante chino estaba a sólo cinco manzanas.
De todos modos, buscó en su bolso su spray de pimienta. -¿Quieres que te lleve a alguna parte? -preguntó de nue¬vo el mismo muchacho-. Mi coche no está lejos. En serio, ¿por qué no vienes con nosotros? Podemos montar todos.
Sonrió abiertamente e hizo un guiño a su amigo, como si con aquella charla melosa fuera a llevarla a la cama instantánea¬mente. El compinche se rió y la rodeó, su ralo cabello rubio sal¬taba a cada paso que daba.
-¡Sí, montémosla! -dijo el rubio. Maldición, ¿dónde estaba el spray?
El grande estiró la mano, tocándole el cabello, y ella lo mi¬ró detenidamente. Con su polo y sus pantalones cortos de color caqui, era realmente bien parecido. Un verdadero producto ame¬ricano.
Cuando él le sonrió, ella aceleró el paso, concentrándose en el tenue brillo de neón del cartel del restaurante chino. Rezó para que pasara algún transeúnte, pero el calor había ahuyenta do a los peatones hacia los locales con aire acondicionado. No había nadie alrededor.
-¿Quieres decirme tu nombre? -preguntó el producto americano.
Su corazón empezó a latir con tuerza. Había olvidado el spray en el otro bolso.
-Voy a escoger un nombre para ti. Déjame pensar... ¿Qué te parece «gatita»?
El rubio soltó una risita.
Ella tragó saliva y sacó su móvil, por si necesitaba llamar al 911.
Conserva la calma. Mantén el control.
Imaginó lo bien que se sentiría cuando entrara en el res¬taurante chino y se viera rodeada por la ráfaga de aire acondicio¬nado. Quizá debía esperar y llamar un taxi, sólo para estar se¬gura de llegar a casa sin que la molestaran.
-Vamos, gatita -susurró el producto americano-. Sé que te va a gustar.
Sólo tres manzanas más...
En el instante en que bajó el bordillo de la acera para cru¬zar la calle Diez, él hombre la sujetó por la cintura. Sus pies que¬daron colgando en el aire, y mientras la arrastraba hacia atrás, le cubrió la boca con la palma de la mano. Beth luchó como una po¬sesa, pateando y lanzando puñetazos, y cuando acertó a propi¬narle un buen golpe en un ojo, logró zafarse. Intentó alejarse lo más rápidamente posible, taconeando con fuerza sobre el pavimento, mientras el aliento se agolpaba en su garganta. Un coche pasó por la calle Diez, y ella gritó en cuanto vio el destello de los faros.
Pero entonces el hombre la sujetó de nuevo.
-Vas a rogarme, perra- dijo a su oído, tapándole la bo¬ca con una mano. Le sacudió el cuello de un lado a otro, y la arras¬tró hacia una zona más oscura. Podía oler su sudor y la colonia de universitario que usaba, a medida que escuchaba las estri¬dentes risotadas de su amigo.
Un callejón. La estaban llevando a un callejón.
Sintió arcadas, la bilis le cosquilleaba en la garganta. Sacu¬dió el cuerpo furiosamente, tratando de liberarse. El pánico le da¬ba fuerzas, pero él era más fuerte.
La empujó detrás de un contenedor de basura y presionó su cuerpo contra el de ella. Ésta le asestó otros cuantos codazos y puntapiés.
-¡Maldita sea, sujétale los brazos!
Consiguió darle al rubio una buena patada en el mentón antes de que le agarrara las muñecas y las levantara por encima de su cabeza.
-Vamos, perra, esto te va a gustar -gruñó el producto americano, tratando de introducir una rodilla entre las piernas de la chica.
Le colocó la espalda contra la pared de ladrillo del edifi¬cio, manteniéndola inmóvil por la garganta. Tuvo que usar la otra mano para desgarrarle la blusa, y tan pronto le dejó la boca libre, empezó a gritar. La abofeteó con fuerza, rompiéndole el labio. Sintió el sabor de la sangre en la lengua y, un dolor punzante. -Si haces eso de nuevo, te cortaré la lengua. -Los ojos del hombre hervían de odio y lujuria mientras levantaba el enca¬je blanco del sujetador para dejar expuestos sus senos-. Diablos, creo que lo haré de todos modos.
-Oye, ¿son de verdad? -preguntó el rubio, como si ella fuera a responderle.
Su compañero le cogió uno de los pezones y dio un tirón. Beth hizo una mueca de dolor, las lágrimas nublaron sus ojos. O quizás estaba perdiendo la vista porque estaba a punto de des¬mayarse.
El producto americano rió.
-Creo que son naturales. Pero podrás averiguarlo tú mis¬mo cuando termine yo.
Al escuchar al rubio reír tontamente, algo en el interior de su cerebro entró en acción y se negó a dejar que aquello sucediera. Se obligó a sí misma a dejar de forcejear y recurrir a su entrenamiento de defensa personal. Excepto por la agitada respiración, su cuerpo quedó inmóvil, y el producto americano tardó un minu¬to en notarlo.
-¿Quieres jugar por las buenas? -dijo, mirándola con suspicacia. -Ella asintió lentamente-. Bien. -Se inclinó, acer¬cando la nariz a la suya. Beth luchó para no apartarse, asqueada por el fétido olor a cigarrillo rancio y cerveza-. Pero si gri¬tas otra vez, te coso a puñaladas. ¿Entiendes? -Ella asintió de nuevo-. Suéltala.
El rubio le soltó las muñecas y se rió, moviéndose alre¬dedor de ambos como si buscara el mejor ángulo para observar. Su compañero le acarició ásperamente la piel, y ella tuvo que hacer un enorme esfuerzo para conservar la chocolatina de Tony en el estómago cuando sintió las náuseas subiendo por su garganta. Aunque le repugnaban aquellas manos oprimiendo sus senos, estiró la mano buscando su bragueta. Aún la sujetaba por el cuello, y ella tenía problemas para respirar, pero en el momento en que tocó sus genitales, él gimió, aflojando la presa.
Con un enérgico apretón, Beth le aferró los testículos, re¬torciéndolos tan fuerte como pudo, y le propinó un rodillazo en la nariz mientras él se derrumbaba. Un torrente de adrenalina atravesó su cuerpo, y durante una décima de segundo deseó que el amigo la atacara en lugar de quedarse mirándola estúpidamente. -¡Bastardos! -les gritó.
Beth salió corriendo del callejón, sujetándose la blusa, sin detenerse hasta llegar a la puerta de su edificio de apartamen¬tos. Sus manos temblaban con tanta fuerza que le costó trabajo introducir la llave en la cerradura. Y sólo cuando se encontró an¬te el espejo del baño se percató de que rodaban lágrimas por sus mejillas.
Butch O’Neal levantó la vista cuando sonó la radio bajo el salpicadero de su coche patrulla sin distintivos. En un callejón no lejos de allí, un hombre se encontraba tirado en el suelo, pe¬ro vivo.
Butch miró su reloj. Eran poco más de las diez, lo que sig¬nificaba que la diversión acababa de comenzar. Era un viernes por la noche de comienzos de julio, y los universitarios acababan de comenzar sus vacaciones y estaban ansiosos por competir en las Olimpiadas de la Estupidez. Imaginó que el sujeto había sido asaltado o que le habían dado una lección.
Esperaba que fuera lo segundo.
Butch tomó el auricular y dijo al operador que acudiría a la llamada, aunque era detective de homicidios, no patrullero. Es¬taba trabajando en dos casos en ese momento, un ahogado en el Río Hudson y una persona arrollada por un conductor que se ha¬bía dado a la fuga, pero siempre había sitio para alguna cosa más. Cuanto más tiempo pasara fuera de su casa, mejor. Los platos su¬cios en el fregadero y las sábanas arrugadas sobre la cama no iban a echarlo de menos.
Encendió la sirena y pisó el acelerador mientras pensaba: Veamos qué les ha pasado a los chicos del verano.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 11:06 pm

Capítulo 2




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A medida que atravesaba Scramer's, Wrath esbozó una despectiva sonrisa mientras la multitud tropezaba en¬tre sí para apartarse de su camino. De sus poros emanaba miedo y una curiosidad morbosa y lujuriosa. El vampiro inhaló el féti¬do olor.
Ganado. Todos ellos.
A pesar de llevar las gafas oscuras, sus ojos no pudieron soportar las tenues luces, y tuvo que cerrar los párpados. Su vis¬ta era tan mala que se encontraba mucho más cómodo en total oscuridad. Concentrándose en su oído, esquivó los cuerpos en-tre los compases de la música, aislando el arrastrar de pies, el susurro de palabras, el sonido de algún vaso estrellándose contra el suelo. Si tropezaba con algo, no le importaba. Daba igual de lo que se tratase: una silla, una mesa, un humano..., simplemente pa¬saba por encima de lo que fuese.
Notó la presencia de Darius claramente porque el suyo era el único cuerpo de aquel maldito sitio que no apestaba a pánico. Aunque el guerrero estuviese al límite esa noche.
Wrath abrió los ojos cuando estuvo frente al otro vampi¬ro. Darius era un bulto informe, su color oscuro y su ropa ne¬gra eran lo único que la vista de Wrath conseguía apreciar.
-¿Adónde ha ido Tohrment? -preguntó al sentir un eflu¬vio de whisky escocés.
Wrath se sentó en una silla. Miró fijamente al frente y ob¬servó a la multitud ocupando de nuevo el espacio que él había abierto entre ellos.
Esperó.
Darius se distinguía por no andarse por las ramas y sabía que Wrath no soportaba que le hicieran perder el tiempo. Si guar¬daba silencio, era porque algo ocurría.
Darius bebió un sorbo de su cerveza, luego respiró con fuerza.
-Gracias por venir, mi señor...
-Si quieres algo de mí, no empieces con eso -dijo Wrath con voz cansina, advirtiendo que una camarera se les aproxima¬ba. Pudo percibir unos pechos grandes y una franja de piel en¬tre la ajustada blusa y la corta falda.
-¿Quieren algo de beber? -preguntó ella lentamente. Estuvo tentado de sugerir que se acostara sobre la mesa y le dejara beber de su yugular. La sangre humana no lo manten¬dría vivo mucho tiempo, pero con toda seguridad tendría mejor sabor que el alcohol aguado.
-Ahora no -dijo.
Su hermética sonrisa espoleó la ansiedad de ella causán¬dole, al mismo tiempo, una ráfaga de deseo. Él pudo notar ese aroma en los pulmones.
No estoy interesado, pensó.
La camarera asintió, pero no se movió. Se quedó allí, mi¬rándolo fijamente, con su corto cabello rubio formando un ha¬lo en la oscuridad alrededor de su rostro. Embelesada, parecía haber olvidado su propio nombre y su trabajo.
Y qué molesto le resultaba aquello. Darius se revolvió impaciente.
-Eso es todo -murmuró-. Estamos bien.
Cuando la muchacha se alejó, perdiéndose entre la mul¬titud, Wrath escuchó a Darius aclararse la garganta.
-Gracias por venir. -Eso va lo has dicho. -Sí. Claro. Eh... nos conocemos hace tiempo. -Así es.
-Hemos luchado juntos muchas veces. Hemos elimina¬do a montones de restrictores.
Wrath asintió. La Hermandad de la Daga Negra había pro¬tegido la raza contra la Sociedad Restrictiva durante generacio¬nes. Estaban Darius, Tohrment y los otros cuatro. Los hermanos eran superados en número por los restrictores, humanos sin al¬ma que servían a un malvado amo, el Omega. Pero Wrath, sus guerreros se las arreglaban para proteger a los suyos.
Darius carraspeó de nuevo. -Después de todos estos años...
-D, ve al grano. Marissa me necesita para un pequeño asunto esta noche.
-¿Quieres utilizar mi casa otra vez? Sabes que no permi¬to que nadie más se quede en ella. -Darius dejó escapar una ri¬sa incómoda-. Estoy seguro de que su hermano preferiría que no aparecieras por su casa.
Wrath cruzó los brazos sobre el pecho, empujando la me¬sa con una bota para tener un poco más de espacio.
Le importaba un comino que el hermano de Marissa fuera demasiado sensible y se sintiera ofendido por la vida que Wrath lle¬vaba. Havers era un esnob y un diletante cuya insensatez sobrepasaba todos los límites. Era totalmente incapaz de entender la clase de enemigos que tenía la raza y lo que costaba defender a sus miembros. Y sólo porque el muchacho se sentía ofendido, Wrath no iba a jugar al caballero mientras asesinaban a civiles. Él tenía que estar en el campo de batalla con sus guerreros, no ocupando un trono. Havers podía irse a paseo.
Aunque Marissa no tenía por qué soportar la actitud de su hermano.
-Quizás acepte tu oferta. -Bien.
-Ahora habla. -Tengo una hija. Wrath giró lentamente la cabeza. -¿Desde cuándo?
-Desde hace algún tiempo. -¿Quién es la madre?
-No la conoces. Y ella..., ella murió.
La pena de Darius se esparció a su alrededor con un acre olor a dolor antiguo que se superpuso al hedor a sudor huma¬no, alcohol y sexo del club.
-¿Qué edad tiene? -exigió saber Wrath. Empezaba a presentir hacia donde se encaminaba aquel asunto. -Veinticinco.
Wrath susurró una maldición.
-No me lo pidas a mí, Darius. No me pidas que lo haga. -Tengo que pedírtelo. Mi señor, tu sangre es... -Llámame así otra vez y tendré que cerrarte la boca. Pa¬ra siempre.
-No lo entiendes. Ella es...
Wrath empezó a levantarse. La mano de Darius sujetó su antebrazo y lo soltó rápidamente.
-Es medio humana. -Por Dios...
-Es posible que no sobreviva a la transición. Escucha, si tú la ayudas, por lo menos tendrá una oportunidad. Tu sangre es muy fuerte, aumentaría sus probabilidades de sobrevivir al cambio siendo una mestiza. No te estoy pidiendo que la tomes como shellan, ni que la protejas, porque, yo puedo hacerlo. Sólo estoy tratando de... Por favor. Mis otros hijos han muerto. Ella es lo único que quedará de mí. Y yo... amé mucho a su madre.
Si hubiera sido cualquier otro, Wrath habría usado su fra¬se favorita: Vete a la mierda. Por lo que a él concernía, sólo ha¬bía dos buenas posturas para un humano. Una hembra, sobre su espalda. Y un macho, boca abajo y sin respirar.
Pero Darius era casi un amigo. O lo habría sido, si Wrath le hubiera permitido acercársele.
Cuando se levantó, cerró los ojos con fuerza. El odio lo embargaba concentrándose en el centro de su pecho. Se despre¬ció a sí mismo por marcharse de allí, pero simplemente no era la clase de macho que ayudara a cualquier pobre mestizo a sopor¬tar un momento tan doloroso y peligroso. La cortesía y la piedad no eran palabras que formasen parte de su vocabulario.
-No puedo hacerlo. Ni siquiera por ti.
La angustia de Darius lo golpeó como una gran oleada, y Wrath se tambaleó ante la fuerza de semejante emoción. Enton¬ces, apretó el hombro del vampiro.
-Si en verdad la amas, hazle un favor: pídeselo a otro. Wrath se dio la vuelta y salió del local. De camino a la puerta borró la imagen de sí mismo de la corteza cerebral de todos los humanos que había en el lugar. Los más fuertes pensarían que lo habían soñado. Los débiles ni siquiera lo recordarían.
Al salir a la calle, se dirigió a un rincón oscuro detrás de Scramer's para poder des materializarse. Pasó junto a una mujer que le hacía una mamada a un sujeto entre las sombras. A escasos metros, un vagabundo borracho dormitaba en el suelo y, un traficante de drogas discutía por el móvil el precio del crack. Wrath supo de inmediato que lo seguían y quién era. El dulce olor a talco para bebés lo delataba sin remedio.
Sonrió ampliamente, abrió su chaqueta de cuero y sacó uno de sus hira shuriken. La estrella arrojadiza de acero inoxi¬dable se acomodaba perfectamente a la palma de su mano. Casi cien gramos de muerte preparados para salir volando.
Con el arma en la mano, Wrath no alteró el paso, aunque su deseo era ocultarse rápidamente en la oscuridad. Estaba an¬sioso por pelear después de dejar plantado a Darius, y aquel miembro de la Sociedad Restrictiva había llegado en el momen¬to justo.
Matar a un humano sin alma era precisamente lo que ne¬cesitaba para mitigar su malestar.
A medida que atraía al restrictor a la densa oscuridad, el cuerpo de Wrath se iba preparando para la lucha, su corazón la¬tía pausadamente, los músculos de sus brazos y muslos se contrajeron. Percibió el ruido de un arma siendo amartillada y cal¬culó la dirección del proyectil. Apuntaba a la parte trasera de su cabeza.
Con un rápido movimiento, giró sobre sí mismo en el mo¬mento en que la bala salía del cañón. Se agachó y lanzó la estre¬lla, que con un destello plateado comenzó a trazar un arco mortífero. Acertó al restrictor exactamente en el cuello, cercenándole la garganta antes de continuar su camino hacia la oscuridad. La pistola cayó al suelo, chocando ruidosamente contra el pavimento.
El restrictor se sujetó el cuello con ambas manos y cayó de rodillas.
Wrath se aproximó a él, le revisó los bolsillos y se guar¬dó la cartera y el teléfono que llevaba.
Luego sacó un largo cuchillo negro de una funda que lle¬vaba en el pecho. Sentía que la lucha no hubiera durado más, pero a juzgar por el cabello oscuro y rizado y el ataque relativamente torpe, se trataba de un novato. Con un rápido empujón, puso al restrictor boca arriba, arrojó el cuchillo al aire, y aferró la empu-ñadura con un rápido giro de muñeca. La hoja se hundió en la carne, atravesó el hueso y llegó hasta el negro vacío donde ha¬bía estado el corazón.
Con un sonido apagado, el restrictor se desintegró en un destello de luz.
Wrath limpió la hoja en sus pantalones de cuero, la desli¬zó dentro de la funda y se puso de pie, mirando a su alrededor. Acto seguido, se desmaterializó.
Darius bebió una tercera cerveza. Una pareja de fanáticos del es¬tilo gótico se aproximó a él, buscando una oportunidad de ayu¬darlo a olvidar sus problemas. Él rechazó la invitación.
Salió del bar y se encaminó hacia su BMW 6501 aparcado en el callejón de detrás del club. Como cualquier vampiro que se precie, él podía des materializarse a voluntad y atravesar grandes distancias, pero era un truco difícil de ejecutar si se cargaba con algo pesado. Y no era algo que uno quisiera hacer en público. Además, un coche elegante siempre era digno de admira¬ción.
Subió al automóvil y cerró la puerta. Del cielo empeza¬ron a caer gotas de lluvia, manchando el parabrisas como gruesas lágrimas.
No había agotado sus opciones. La charla sobre el her¬mano de Marissa lo había dejado pensativo. Havers era un mé¬dico totalmente entregado a la raza. Quizás él pudiera ayudarle. Ciertamente, valía la pena intentarlo.
Ensimismado en sus pensamientos, Darius introdujo la llave en el contacto y la hizo girar. El encendido hizo un sonido ronco. Giró la llave de nuevo, y en el instante en que escuchó un rítmico tictac, tuvo una terrible premonición.
La bomba, que había sido acoplada al chasis del coche y conectada al sistema eléctrico, explotó.
Mientras su cuerpo ardía con un estallido de calor blanco, su último pensamiento fue para la hija que aún no lo conocía. Y que ya nunca lo haría.

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Última edición por rossmary el Miér Oct 27, 2010 11:25 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 11:20 pm

Capítulo 3

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Beth estuvo bajo la ducha cuarenta y cinco minutos, uti¬lizo medio bote de gel, y casi derritió el barato papel pin¬tado de las paredes del baño debido al intenso calor del agua. Se secó, se puso una bata e intentó no mirarse otra vez al espejo. Su labio tenía un feo aspecto.
Salió a la única habitación que poseía su pequeño apartamento. El aire acondicionado se había estropeado hacía un par de semanas, y el ambiente de la estancia era tan sofocante como el del baño. Miró hacia las dos ventanas y la puerta corredera que conducía a un desangelado patio trasero. Tuvo el impulso de abrir¬las todas; sin embargo, se limitó a revisar los cierres.
Aunque sus nervios estaban destrozados, al menos su cuerpo estaba recuperándose rápidamente. Su apetito había vuelto en busca de venganza, como si estuviera molesto por no haber cenado, así que se dirigió directamente a la cocina. In¬cluso las sobras de pollo de hacía cuatro noches parecían ape¬titosas, pero cuando rompió el papel de aluminio, percibió un efluvio de calcetines húmedos. Arrojó a la basura todo el pa¬quete y colocó un recipiente de comida congelada en el mi-croondas. Comió los macarrones con queso de pie, sostenien¬do la pequeña bandeja de plástico en la mano con un guante de cocina. No fue suficiente, así que tuvo que prepararse otra ra¬ción.
La idea de engordar diez kilos en una sola noche era tre¬mendamente atrayente; vaya si lo era. No podía hacer nada con el aspecto de su rostro, pero estaba dispuesta a apostar que su misógino atacante neandertal prefería a sus víctimas delgadas y atléticas.
Parpadeó, tratando de sacarse de la cabeza la imagen de su propio rostro. Dios, aún podía sentir sus manos, ásperas y de¬sagradables, manoseándole los pechos.
Tenía que denunciarlo. Se acercaría a la comisaría. Aunque no quería salir del apartamento. Por lo menos has¬ta que amaneciera.
Se dirigió hasta el futón que usaba como sofá y cama y se colocó en posición fetal. Su estómago tenía dificultades para digerir los macarrones con queso y una oleada de náusea seguida por una sucesión de escalofríos recorrió su cuerpo.
Un suave maullido le hizo levantar la cabeza.
-Hola, Boo -dijo, chasqueando los dedos con desga¬na. El pobre animal había huido despavorido cuando ella había entrado como una tromba por la puerta rasgándose la ropa y arro¬jándola por toda la habitación.
Maullando nuevamente, el gato negro se aproximó. Sus grandes ojos verdes parecían preocupados mientras saltaba con elegancia hacia su regazo.
-Lamento todo este drama -murmuró ella, haciéndole sitio.
El animal frotó la cabeza contra su hombro, ronronean¬do. Su cuerpo estaba tibio, apenas pesaba. No supo el tiempo que permaneció allí sentada acariciando su suave pelaje, pero cuando el teléfono sonó, tuvo un sobresalto.
Mientras trataba de alcanzar el auricular, se las arregló pa¬ra seguir acariciando a su mascota. Los años de convivencia habían conseguido que su coordinación gato/teléfono rozara niveles de perfección.
-¿Hola? -dijo, pensando en que era más de mediano¬che, lo que descartaba a los vendedores telefónicos y sugería al¬gún asunto de trabajo o algún psicópata ansioso.
-Hola, señorita B. Ponte tus zapatillas de baile. El coche de un individuo ha saltado por los aires al lado de Screamer's. Él estaba dentro.
Beth cerró los ojos y quiso sollozar. José de la Cruz era uno de los detectives de la policía de la ciudad, pero también un gran amigo.
Aunque tenía que decir que le sucedía lo mismo con la mayoría de los hombres y mujeres que llevaban uniforme azul. Co¬mo pasaba tanto tiempo en la comisaría, había llegado a conocerlos bastante bien, pero José era uno de sus favoritos.
-Hola, ¿estás ahí?
Cuéntale lo que ha sucedido. Abre la boca.
La vergüenza y el horror de lo ocurrido le oprimían las cuerdas vocales.
-Aquí estoy, José. -Se apartó el oscuro cabello de la ca¬ra y carraspeó-. No podré ir esta noche.
-Sí, claro. ¿Cuándo has dejado pasar una buena información? --Rió alegremente-. Ah, pero tómatelo con calma. El Duro lleva el caso.
El Duro era el detective de homicidios Brian O'Neal, más conocido como Butch. O simplemente señor.
-En serio, no puedo... ir ahí esta noche.
-¿Estás ocupada con alguien? -La curiosidad hizo que la voz fuera apremiante. José estaba felizmente casado, pero ella sabía que en la comisaría todos especulaban a su costa. ¿Una mujer con un cuerpazo como el suyo sin un hombre? Algo tenía que ocurrir-. ¿Y bien? ¿Lo estás?
-Por Dios, no. No.
Hubo un silencio antes de que el sexto sentido de policía de su amigo se pusiera alerta.
-¿Qué sucede?
-Estoy- bien. Un poco cansada. Iré a la comisaría ma¬ñana.
Presentaría la denuncia entonces. Al día siguiente se sentiría lo suficientemente fuerte para recordar lo que había pasado sin derrumbarse.
-¿Necesitas que vaya a verte?
-No, pero te lo agradezco. Estoy bien, de verdad. Colgó el auricular.
Quince minutos después se había puesto un par de vaqueros recién lavados y una amplia camisa que ocultaba sus espléndidas curvas. Llamó a un taxi, pero antes de salir hurgó en el armario hasta encontrar su otro bolso. Cogió el spray de pimienta y lo apretó con fuerza en la mano mientras se dirigía a la calle. En el trayecto entre su casa y el lugar donde había estalla¬do la bomba, recuperaría la voz y se lo contaría todo a José. Por mucho que detestara la idea de recordar la agresión, no iba a permitir que aquel imbécil siguiera libre haciéndole lo mismo a otra persona. Y aunque nunca lo atrapasen, al menos habría hecho todo lo posible para tratar de capturarlo.
Wrath se materializó en el salón de la casa de Darius. Maldición, ya había olvidado lo bien que vivía el vampiro. Aunque D era un guerrero, se comportaba como un aristócrata, y a decir verdad, tenía una cierta lógica. Su vida había em-pezado como un princeps de alta alcurnia, y todavía conservaba el gusto por el buen vivir. Su mansión del siglo XIX estaba bien cuidada, llena de antigüedades y obras de arte. También era tan segura como la cámara acorazada de un banco.
Pero las paredes amarillo claro del salón hirieron sus ojos.
-Qué agradable sorpresa, mi señor.
Fritz, el mayordomo, apareció desde el vestíbulo e hizo una profunda reverencia mientras apagaba las luces para aliviar los ojos de Wrath. Como siempre, el viejo macho iba vestido con librea negra. Había estado con Darius alrededor de cien años, y era un doggen, lo que significaba que podía salir a la luz del día pero envejecía más rápido que los vampiros. Su subespecie había servido a los aristócratas y guerreros durante muchos milenios. -¿Se quedará con nosotros mucho tiempo, mi señor? Wrath negó con la cabeza. No si podía evitarlo. -Unas horas.
-Su habitación está preparada. Si me necesita, señor, aquí estaré.
Fritz se inclinó de nuevo y caminó hacia atrás para salir de la habitación, cerrando las puertas dobles tras él.
Wrath se dirigió hacia un retrato de más de dos metros de altura del que le habían dicho que había sido un rey francés. Colocó sus manos sobre el lado derecho del pesado marco dorado. El lienzo giró sobre su eje para revelar un oscuro pasillo de pie¬dra iluminado con lámparas de gas.
Al entrar, bajó por unas escaleras hasta las profundida¬des de la tierra. Al final de los escalones había dos puertas. Una iba a los suntuosos aposentos de Darius, la otra se abrió a lo que Wrath consideraba un sustituto de su hogar. La mayoría de los días dormía en un almacén de Nueva York, en una habitación in¬terior hecha de acero con un sistema de seguridad muy similar al de Fort Knox.
Pero él nunca invitaría allí a Marissa. Ni a ninguno de los hermanos. Su privacidad era demasiado valiosa.
Cuando entró, las lámparas sujetas a las paredes se encen¬dieron por toda la habitación a voluntad suya. Su resplandor do¬rado alumbraba sólo tenuemente el camino en la oscuridad. Como deferencia a la escasa visión de Wrath, Darius había pintado de negro los muros y el techo de seis metros de altura. En una es¬quina, destacaba una enorme cama con sábanas de satén negro y un montón de almohadas. Al otro lado, había un sillón de cue¬ro, un televisor de pantalla grande y una puerta que daba a un ba¬ño de mármol negro. También había un armario lleno de armas ropa.
Por alguna razón, Darius siempre insistía en que se que¬dara en la mansión. Era un maldito misterio. No se trataba de que lo defendiera, porque Darius podía protegerse a sí mismo. Y la idea de que un vampiro como D sufriera de soledad era absurda. Wrath percibió a Marissa antes de que entrara en la habi¬tación. El aroma del océano, una limpia brisa, la precedía. Terminemos con esto de una vez, pensó. Estaba ansio¬so por regresar a las calles. Sólo había saboreado un bocado de batalla, y esa noche quería atiborrarse.
Se dio la vuelta.
Mientras Marissa inclinaba su menudo cuerpo hacia él, sin¬tió devoción e inquietud flotando en el aire alrededor de la hembra. -Mi señor-dijo ella.
Por lo poco que podía ver, llevaba puesta una prenda li¬gera de gasa blanca, y su largo cabello rubio le caía en cascada sobre los hombros y la espalda. Sabía que se había vestido para complacerlo, y deseó en lo más íntimo de su ser que no se hubiera esforzado tanto.
Se quitó la chaqueta de cuero y la funda donde llevaba sus dagas.
Malditos fuesen sus padres. ¿Por qué le habían dado una hembra como ella? Tan... frágil.
Aunque, pensándolo bien, considerando el estado en que se encontraba antes de su transición, quizás temieron que otra más fuerte pudiera causarle daño.
Wrath flexionó los brazos, sus bíceps mostraron su gro¬sor, uno de sus hombros crujió debido al esfuerzo.
Si pudieran verlo ahora. Su escuálido cuerpo se había trans¬formado en el de un frío asesino.
Tal vez sea mejor que estén muertos, pensó. No habrían aprobado en lo que se había convertido ahora.
Pero no pudo evitar pensar que si ellos hubieran vivido hasta una edad avanzada, él habría sido diferente.
Marissa cambió de sitio nerviosamente.
-Lamento molestarte. Pero no puedo esperar más. Wrath se dirigió al baño.
-Me necesitas, y yo acudo.
Abrió el grifo y se subió las mangas de su camisa negra. Con el vapor elevándose, se lavó la suciedad, el sudor y- la muer¬te de sus manos. Luego frotó la pastilla de jabón por los brazos, cubriendo de espuma los tatuajes rituales que adornaban sus antebrazos. Se enjuagó, se secó y caminó hasta el sillón. Se sen¬tó y esperó, rechinando los dientes.
¿Durante cuánto tiempo habían hecho aquello? Siglos. Pe¬ro Marissa siempre necesitaba algún tiempo para poder aproximársele. Si hubiera sido otra, su paciencia se habría agotado de inmediato, pero con ella era un poco más tolerante.
La verdad era que sentía pena por ella porque la habían forzado a ser su shellan. Él le había dicho una y otra vez que la liberaba de su compromiso para que encontrara un verdadero compañero, uno que no solamente matara todo lo que le amenazara, sino que también la amara.
Lo extraño era que Marissa no quería dejarlo, por muy frágil que fuera. Él imaginaba que ella probablemente temía que nin¬guna otra hembra querría estar con él, que ninguna alimentaría a la bestia cuando lo necesitara y su raza perdería su estirpe más poderosa. Su rey. Su líder, que carecía de la voluntad de liderar. Sí, era un maldito inconveniente. Permanecía alejado de ella a menos que necesitara alimentarse, lo cual no sucedía con frecuencia debido a su linaje. La hembra nunca sabía dónde es¬taba él, o qué estaba haciendo. Pasaba los largos días sola en la casa de su hermano, sacrificando su vida para mantener vivo al último vampiro de sangre pura, el único que no tenía ni una so¬la gota de sangre humana en su cuerpo.
Francamente, no entendía cómo soportaba eso... ni có¬mo lo soportaba a él.
De repente, sintió ganas de maldecir. Aquella noche pare¬cía ser muy apropiada para alimentar su ego. Primero Darius y ahora ella.
Los ojos de Wrath la siguieron mientras ella se movía por la habitación, describiendo círculos a su alrededor, acercándose¬le. Se obligó a relajarse, a estabilizar su respiración, a inmovilizar su cuerpo. Aquella era la peor parte del proceso. Le daba páni¬co no tener libertad de movimientos, y sabía que cuando ella em¬pezara a alimentarse, la sofocante sensación empeoraría.
-¿Has estado ocupado, mi señor? -dijo suavemente. Él asintió, pensando que si tenía suerte, iba a estar más ocu¬pado antes del amanecer.
Marissa finalmente se irguió frente a él, y el vampiro pudo sentir su hambre prevaleciendo sobre su inquietud. También sintió su deseo. Ella lo quería, pero él bloqueó ese sentimiento de la hembra.
Bajo ningún concepto tendría relaciones sexuales con ella. No podía imaginar someter a Marissa a las cosas que había hecho con otros cuerpos femeninos. Y él nunca la había querido de esa manera. Ni siquiera al principio.
-Ven aquí-dijo, haciendo un gesto con la mano. Y Dejo caer el antebrazo sobre el muslo, con la muñeca hacia arriba-. Estás hambrienta. No deberías esperar tanto para llamarme.
Marissa descendió hasta el suelo cerca de sus rodillas, su vestido se arremolinó alrededor de su cuerpo y sus pies. Él sin¬tió la tibieza de los dedos sobre su piel mientras ella recorría sus tatuajes con las manos, acariciando los negros caracteres que detallaban su linaje en el antiguo idioma. Estaba lo suficientemente cerca para captar los movimientos de su boca abriéndose, sus colmillos destellaron antes de hundirlos en la vena.
Wrath cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras ella bebía. El pánico lo inundó rápida y fuertemente.
Dobló el brazo libre alrededor del borde del sillón, tensionan¬do los músculos al tiempo que aferraba la esquina para mantener el cuerpo en su lugar. Calma, necesitaba conservar la calma. Pron¬to terminaría, y entonces sería libre.
Cuando Marissa levantó la cabeza diez minutos después, él se irguió de un salto y aplacó la ansiedad caminando, sintien¬do un alivio enfermizo porque no podía moverse. En cuanto se sosegó, se acercó a la hembra. Estaba saciada, absorbiendo la fuer¬za que la embargaba a medida que su sangre se mezclaba. A él no le agradó verla en el suelo, de modo que la levantó, y estaba pen¬sando en llamar a Fritz para que la llevara a la casa de su herma¬no, cuando unos rítmicos golpes sonaron en la puerta.
Wrath se volvió a mirar al otro lado de la habitación, la trasladó a la cama y allí la recostó.
-Gracias, mi señor -murmuró ella-. Volveré, a casa por mis propios medios. Él hizo una pausa, y luego colocó una sábana sobre las piernas de la vampiresa antes de abrir la puerta de golpe.
Fritz estaba muy agitado por algo.
Wrath salió, cerrando la puerta tras de sí. Estaba a punto de preguntar qué demonios podía justificar tal interrupción, cuan¬do el olor del mayordomo impregnó su irritación.
Supo, sin preguntar, que la muerte había hecho otra visita. Y Darius había desaparecido.
-Señor...
-¿Cómo ha sido? -gruñó. Ya se ocuparía del dolor más tarde. Primero necesitaba detalles.
-Ah, el coche... -Estaba claro que el mayordomo tenía problemas para conservar la calma, y su voz era tan débil y que¬bradiza como su viejo cuerpo-. Una bomba, no señor. El coche... Al salir del club. Tohrment ha llamado. Lo vio todo. Wrath pensó en el restrictor que había eliminado. Deseó saber si había sido él quien había perpetrado el atentado. Aquellos bastardos ya no tenían honor. Por lo menos sus precursores, desde hacía siglos, habían luchado como guerre¬ros. Esta nueva raza estaba compuesta por cobardes que se es¬condían detrás de la tecnología.
-Llama a la Hermandad-vociferó--. Diles que ven¬gan de inmediato.
-Sí, por supuesto. Señor... Darius me pidió que le diera esto -el mayordomo extendió algo-, si usted no estaba con él cuando muriera.
Wrath cogió el sobre y regresó al aposento, sin poder ofre¬cer compasión alguna ni a Fritz ni a nadie. Marissa se había mar¬chado, lo cual era bueno para ella.
Metió la última carta de Darius en el bolsillo de su pan¬talón de cuero.
Y dio rienda suelta a su ira.
Las lámparas explotaron y cayeron hechas añicos mientras un torbellino de ferocidad giraba a su alrededor, cada vez más fuerte, más rápido, más oscuro, hasta que el mobiliario se elevó del suelo trazando círculos alrededor del vampiro. Echó hacia atrás la cabeza y rugió.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 11:30 pm

Capítulo 4

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Cuando el taxi dejó a Beth frente a Scramer's, la escena del crimen se encontraba en plena actividad. Destellos de lu¬ces azules y blancas salían de los coches patrulla que bloqueaban el acceso al callejón. El cuadrado vehículo blindado de los artificieros va había llegado. El lugar estaba atestado de agentes tanto de unifor¬me como vestidos de civil. Y la habitual multitud de curiosos ebrios, se había adueñado de la periferia del escenario fumando y charlando. En todos los años que llevaba como reportera, había des¬cubierto que un homicidio era un acontecimiento social en Cald¬well. Evidentemente Para todos menos para el hombre o mujer que había muerto. Para la víctima, imaginaba, la muerte era un asunto bastante solitario, aunque hubiese visto frente a frente la cara de su asesino. Algunos puentes hay que cruzarlos solos, sin importar quién nos empuje por el borde.
Beth se cubrió la boca con la manga. El olor a metal que¬mado, un punzante hedor químico, invadió su nariz.
-¡Oye, Beth! -Uno de los agentes le hizo senas-. Si quieres acercarte más, entra a Screamer's y sal por la puerta tra¬sera. Hay un corredor...
-De hecho, he venido a ver a José. ¿Está por aquí? El agente estiró el cuello, buscando entre la multitud. -Estaba aquí hace un minuto. Tal vez haya vuelto a la co¬misaría. ¡Ricky! ¿Has visto a José?
Butch O'Neal se paró frente a ella, silenciando al otro po¬licía con una sombría mirada.
-Vaya sorpresa.
Beth dio un paso atrás. El Duro era un buen espécimen de hombre. Cuerpo grande, voz grave, presencia arrolladora. Supo¬nía que muchas mujeres se sentirían atraídas por él, porque no podía negar que era bien parecido, de una manera tosca, ruda. Pero Beth nunca había sentido saltar una chispa.
No es que los hombres no le hicieran sentir nada, pero aquel hombre, en concreto, no le interesaba.
-Y bien, Randall, ¿qué te trae por aquí? -Se llevó un tro¬zo de chicle a la boca y arrugó el papel formando una bolita. Su mandíbula se puso a trabajar como si estuviera frustrado; no mas¬ticaba, machacaba.
-Estoy aquí por José. No por el crimen.
-Claro que sí. -Entrecerró los ojos. Con sus cejas de co¬lor castaño y sus ojos profundos, parecía siempre un poco enfa¬dado, pero, bruscamente, su expresión empeoró-. ¿Puedes venir conmigo un segundo?
-En realidad necesito ver a José...
EI le sujeto el brazo con un fuerte apretón.
-Sólo ven aquí. -Butch la llevó a un rincón aislado del callejón, lejos del bullicio-. ¿Qué diablos te ha pasado en la cara?
Ella alzó la mano y se cubrió el labio herido. Todavía de¬bía de estar conmocionada, porque se había olvidado de todo. -Repetiré la pregunta -dijo-. ¿Qué diablos te ha pa¬sado?
-Yo, eh... -La garganta se le cerró-. Estaba... -No iba a llorar. No delante del Duro-. Necesito ver a, José.
-No está aquí, así que no podrás contar con él. Ahora habla.
Butch le inmovilizó los brazos a los lados, como si pre¬sintiera que podía salir corriendo. Él medía sólo unos pocos cen¬tímetros más que ella, pero la retenía con 30 kilos de músculo por lo menos.
El miedo se instaló en su pecho corno si quisiera perfo¬rarla, pero ya estaba harta de ser maltratada físicamente esa noche.
-Retírate, O'Neal - Colocó la palma de la mano en el pecho del hombre y empujó. El se movió un poco.
-Beth, dime...
-Si no me sueltas... -su mirada sostuvo la de él-, voy a publicar un artículo sobre tus técnicas de interrogatorio. Ya sa¬bes, las que necesitan rayos X y escayola cuando has terminado.
Los ojos de O'Neal se entrecerraron de nuevo. Apartó los brazos de su cuerpo y levantó las manos como si se estuviera rin¬diendo.
-Está bien. -La dejó y regresó a la escena del crimen. Beth apoyó la espalda contra el edificio, y sintió que sus piernas flaqueaban. Miró hacia abajo, tratando de reunir fuerzas, y vio algo metálico. Dobló las rodillas y se inclinó. Era una es¬trella arrojadiza de artes marciales.
-¡Oye, Ricky! -llamó. El policía se acercó, y ella seña¬ló al suelo-. Pruebas.
Le dejó hacer su trabajo y se dirigió a toda prisa a la calle Trade para coger un taxi. Simplemente, ya no podía soportarlo más.
Al día siguiente presentaría una denuncia oficial con José. A primera hora de la mañana.
Cuando Wrath reapareció en el salón, había recuperado el con¬trol. Sus armas estaban en sus respectivas fundas y su chaqueta pesaba en la mano, llena de las estrellas arrojadizas y cuchillos que le gustaba utilizar.
Tohrment fue el primero de la Hermandad en llegar. Te¬nía los ojos encendidos, el dolor y la venganza hacían que el azul oscuro brillara de manera tan vívida que incluso Wrath pudo cap¬tar el destello de color.
Mientras Tohr se recostaba contra una de las paredes ama¬rillas de Darius, Vishous entró en la habitación. La perilla que se había dejado crecer hacía poco y daba un aspecto más siniestro de lo habitual, aunque era el tatuaje alrededor de su ojo izquierdo lo que realmente lo situaba en el campo de lo te¬rrorífico. Esa noche tenía bien calada la gorra de los Red Sox y las complejas marcas de las sienes casi no se veían. Como siem¬pre, su guante negro de conductor, que usaba para que su mano izquierda no entrara en contacto con nadie inadvertidamen¬te, estaba en su lugar.
Lo cual era algo bueno. Un maldito servicio público.
Le siguió Rhage. Había suavizado su actitud arrogante co¬mo deferencia al motivo de la convocatoria de aquella reunión. Rhage era un macho muy alto, enorme, poderoso, más fuerte que el resto de los guerreros. También era una leyenda sexual en el mundo de los vampiros, apuesto como un galán de cine y con un vigor capaz de rivalizar con un rebaño de sementales. Las hem¬bras, tanto vampiresas como humanas, pisotearían a sus propias crías para llegar a él.
Por lo menos hasta que vislumbraran su lado oscuro. Cuan¬do la bestia de Rhage salía a la superficie, todos, hermanos in¬cluidos, buscaban refugio y empezaban a rezar.
Phury era el último. Su cojera resultaba casi impercepti¬ble. Su pierna ortopédica había sido reemplazada hacía poco, y ahora estaba compuesta por una aleación de titanio y carbono de última tecnología. La combinación de barras, articulaciones y per¬nos estaba atornillada a la base del muslo derecho.
Con su fantástica melena de cabellos multicolores, Phury hubiera debido estar acompañado de actrices y modelos, pero se había mantenido fiel a su voto de castidad. Sólo había sitio para un único amor en su vida, Y éste lo había estado matando lenta¬mente durante años.
-¿Dónde está tu gemelo? -preguntó Wrath. -Z está de camino.
El que Zsadist llegara el último no era ninguna sorpresa. Z era un gigantesco y violento peligro para el mundo. Un maldito bastardo que blasfemaba a todas horas y que llevaba el odio, especialmente hacia las hembras, a nuevos niveles. Por fortuna, entre su cara cubierta de cicatrices y, su cabello cortado al rape, tenía un aspecto tan aterrador como realmente era, de modo que la gente solía apartarse de su camino.
Raptado de su familia cuando era un niño, había acaba¬do como esclavo de sangre, y el maltrato a manos de su ama ha¬bía sido brutal en todos los sentidos. A Phury le había lleva do casi un siglo encontrar a su gemelo, y Z había sido torturado hasta el punto de que fue dado por muerto antes de ser resca¬tado.
Una caída en el salado océano había grabado las heridas en la piel de Zsadist, y además del laberinto de cicatrices, aún exhibía los tatuajes de esclavo, así como varios piercings que él mismo había añadido, sólo porque le gustaba la sensación de dolor.
Con toda certeza, Z era el más peligroso de los miembros de la Hermandad. Después de lo que había soportado, no le im¬portaba nada ni nadie. Ni siquiera su hermano.
Incluso Wrath protegía su espalda en presencia de aquel guerrero.
Sí, la Hermandad de la Daga Negra era un grupo diabó¬lico. Lo único que se interponía entre la población de vampiros civiles y los restrictores.
Cruzando los brazos, Wrath paseó la mirada por la habi¬tación, observando a cada uno de los guerreros, pensando en sus fuerzas, pero también en sus maldiciones.
Con la muerte de Darius, recordó que, aunque sus gue¬rreros estaban propinando duros golpes a las legiones de asesi¬nos de la Sociedad, había muy pocos hermanos luchando con¬tra una inagotable y autogeneradora reserva de restrictores.
Porque Dios era testigo de que había muchos humanos con interés y aptitudes para el asesinato.
La balanza simplemente no se inclinaba a favor de la ra¬za. Él no podía eludir el hecho de que los vampiros no vivían eternamente, que los hermanos podían ser asesinados y que el equilibrio podía romperse en un instante a favor de sus ene-migos.
Demonios, el cambio va había comenzado. Desde que el Omega había creado la Sociedad Restrictiva hacía una eternidad, el número de vampiros había disminuido de tal manera que sólo quedaban unos cuantos enclaves de población. Su especie ro¬zaba la extinción. Aunque los hermanos fueran mortalmente buenos en lo que hacían.
Si Wrath hubiera sido otra clase de rey, como su padre, que deseaba ser el adorado y reverenciado por parte de las familias de la especie, quizás el futuro hubiera sido más prometedor. Pero él no era como su padre. Wrath era un luchador, no un líder, 'v se desenvolvía mejor con una daga en la mano que sentado, siendo objeto de adoración.
Se concentró de nuevo en los hermanos. Cuando los gue¬rreros le devolvieron la mirada, se notaba que esperaban sus ins¬trucciones. Y aquella consideración lo puso nervioso.
-Me he tomado la muerte de Darius como un ataque per¬sonal -dijo.
Hubo un sordo gruñido de aprobación entre sus compa¬ñeros.
Wrath sacó la cartera y el móvil del miembro de la Socie¬dad Restrictiva que había matado.
-Esto lo llevaba un restrictor que ha tropezado conmigo esta misma noche detrás de Screamer's. ¿Quién quiere hacer los honores?
Los lanzó al aire. Phury atrapó ambos objetos y pasó el te¬léfono a Vishous.
Wrath empezó a caminar de un lado a otro. -Tenemos que salir de cacería de nuevo.
-Tienes toda la razón -gruñó Rhage. Hubo un movi¬miento metálico y luego el sonido de un cuchillo al clavarse en una mesa-. Tenemos que atraparlos donde entrenan, donde viven.
Lo cual significaba que los hermanos tendrían que hacer un reconocimiento del terreno. Los miembros de la Sociedad Res¬trictiva no eran estúpidos. Cambiaban su centro de operaciones con regularidad, trasladando constantemente sus instalaciones de reclutamiento y entrenamiento de un lugar a otro. Por este mo¬tivo, los guerreros vampiros consideraban que era más eficaz ac¬tuar como señuelos y luchar contra todo aquel que acudiera a ata¬carlos.
Ocasionalmente, la Hermandad había realizado algunas incursiones, matando a docenas de restrictores en una sola no¬che. Pero esa clase de táctica ofensiva era rara. Los ataques a gran escala eran eficaces, pero también llevaban aparejadas algunas di¬ficultades. Los grandes combates atraían a la policía, y tratar de pasar inadvertidos era vital para todos.
-Aquí hay un permiso de conducir -murmuró Phury-. Investigaré la dirección. Es local.
-¿Qué nombre figura? -preguntó Wrath. -Robert Strauss.
Vishous soltó una maldición mientras examinaba el telé¬fono.
-Aquí no hay mucho. Sólo alguna cosa en la memoria de llamadas, unas marcaciones automáticas. Averiguaré en el orde¬nador quién ha llamado y qué números se marcaron.
Wrath rechinó los dientes. La impaciencia y la ira eran un cóctel difícil de digerir.
-No necesito decirte que trabajes lo más rápido posible. No hay manera de saber si el restrictor que he eliminado esta no¬che ha sido el autor de la muerte de Darius, así que pienso que tenemos que limpiar completamente toda la zona. Hay que ma¬tarlos a todos, sin importarnos los problemas que pueda plan¬tearnos.
La puerta principal se abrió de golpe, y Zsadist entró en la casa.
Wrath lo miró sardónico.
-Gracias por venir, Z. ¿Has estado muy ocupado con las hembras?
-¿Qué tal si me dejaras en paz?
Zsadist se dirigió a un rincón y permaneció alejado del resto.
-¿Dónde vas a estar tú, mi señor?-preguntó Tohrment suavemente.
El bueno de Tohr. Siempre tratando de mantener la paz, ya fuera cambiando de tema, interviniendo directamente o, sim¬plemente, por la fuerza.
-Aquí. Permaneceré aquí. Si el restrictor que mató a Da¬rius está vivo e interesado en jugar un poco más, quiero estar disponible y fácil de encontrar.
Cuando los guerreros se fueron, Wrath se puso la chaqueta. Se dio cuenta entonces de que todavía no había abierto el sobre de Darius, y lo sacó del bolsillo. Había una franja de tinta escrita en él. Wrath imaginó que se trataba de su nombre. Abrió la solapa. Mientras sacaba una hoja de papel color crema, una fo¬tografía cayó revoloteando al suelo. La recogió y tuvo la vaga im¬presión de que la imagen poseía un cabello largo y negro. Una hembra.
Wrath miró fijamente el papel. Era una caligrafía continua, un garabateo ininteligible y borroso que no tenía esperanza de descifrar, por mucho que entornara los ojos.
-¡Fritz! -llamó.
El mayordomo llegó corriendo. -Lee esto.
Fritz tomó la hoja y dobló la cabeza. Leyó en silencio. -¡En voz alta! -rugió Wrath.
-Oh. Mil perdones, amo. -Fritz se aclaró la garganta¬. Si no he tenido tiempo de hablar contigo, Tohrment te propor¬cionará todos los detalles. Avenida Redd, número 11 88, apartamento 1-B. Su nombre es Elizabeth Randall. Posdata: La casa y Fritz son tuyos si ella no sobrevive a la edad adulta. Lamento que el final haya llegado tan pronto D. -Hijo de perra-murmuró Wrath.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Miér Oct 27, 2010 11:37 pm

Capítulo 5

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Beth se había puesto su atuendo nocturno, consistente en unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas, y estaba abriendo el futón cuando Boo empezó a maullar en la puer¬ta corredera de cristal. El gato daba vueltas en un estrecho círcu¬lo, con los ojos fijos en algo que había en el exterior.
-¿Quieres pelear otra vez con el minino de la señora Gio? Ya lo hemos hecho una vez y el resultado no fue muy bueno, ¿re¬cuerdas?
Unos golpes en la puerta principal le hicieron girar la ca¬beza con un sobresalto.
Se dirigió allí y acercó un ojo a la mirilla. Cuando vio quién estaba al otro lado, se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la madera.
Los golpes volvieron a oírse.
-Sé que estás ahí -dijo el Duro-. Y no pienso mar¬charme.
Beth descorrió el cerrojo N, abrió la puerta de golpe. An¬tes de que pudiera decirle que se fuera al diablo, pasó a su lado y entró.
Boo arqueó el lomo y siseó.
-Yo también estoy encantado de conocerte, pantera ne¬gra. -El vozarrón atronador de Butch parecía totalmente fuera de lugar en su apartamento.
-¿Cómo has entrado en el edificio? -preguntó ella mien¬tras cerraba la puerta.
-Forcé la cerradura.
-¿Hay alguna razón en particular para que hayas decidi¬do irrumpir en este edificio, detective?
Él se encogió de hombros y se sentó en un andrajoso sillón. -Pensé que podía visitara una amiga.
-¿Entonces por qué me molestas a mí?
-Tienes un bonito apartamento -dijo él, mirando sus cosas.
-Vaya mentiroso.
-Oye, por lo menos está limpio. Que es más de lo que puedo decir de mi propio cuchitril. -Sus oscuros ojos castaños la miraron directamente a la cara-. Ahora, hablemos de lo que sucedió cuando saliste del trabajo esta noche, ¿quieres?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho. Él se rió entre dientes.
-Dios, ¿qué tiene José que no tenga yo? -¿Quieres lápiz y papel? La lista es larga.
-Auch. Eres fría, ¿lo sabías? -Su tono era divertido--. Dime, ¿sólo te gustan los que no están disponibles? -Escucha, estoy agotada...
-Sí, saliste tarde del trabajo. A las nueve y cuarenta y cinco, más o menos. Hablé con tu jefe. Dick me dijo que toda¬vía estabas en tu mesa cuando él se marchó a Charlie's. Viniste a tu casa caminando, ¿no? Por la calle Trade seguramente, pre¬sumo, como haces todas las noches. Y durante un buen rato, ibas sola.
Beth tragó saliva cuando un leve ruido hizo que desviara la mirada hacia la puerta corredera de cristal. Boo había empeza¬do de nuevo a ir de un lado a otro y a maullar, escudriñando al¬go en la oscuridad.
-Ahora, ¿me contarás qué ocurrió cuando llegaste al cru¬ce de Trade y la Diez? -Su mirada se suavizó.
-¿Cómo sabes...?
-Dime lo que pasó, y te prometo que me cercioraré de que ese hijo de perra tenga lo que se merece.
Wrath permaneció inmóvil, sumergido en las sombras de la se¬rena noche, mirando fijamente la silueta de la hija de Darius. Era alta para una hembra humana, y su cabello era negro, pero eso era todo lo que podía percibir con sus pobres ojos. Respiró el ai¬re de la noche, pero no pudo captar su olor. Sus puertas y ven¬tanas estaban cerradas, y el viento que soplaba del oeste traía el olor afrutado de la basura putrefacta.
Pero podía escuchar el murmullo de su voz a través de la puerta cerrada. Estaba hablando con alguien. Un hombre en quien ella, aparentemente, no confiaba, o no le agradaba, porque sólo pronunciaba monosílabos.
-Procuraré que esto te resulte lo más fácil posible -de¬cía el hombre.
Wrath vio cómo la muchacha se acercaba y miraba hacia fuera a través de la puerta de cristal. Sus ojos estaban fijos en él, pero sabía que no podía verlo. La oscuridad lo envolvía por com¬pleto.
Beth abrió la puerta y asomó la cabeza, impidiendo con el pie que el gato saliera al exterior.
Wrath sintió que su respiración se hacía más lenta al per¬cibir el aroma de la mujer. Olía verdaderamente bien. Corno una flor exquisita. Quizás corno esas rosas que florecen por la noche. Introdujo más aire en sus pulmones y cerró los ojos al tiempo que su cuerpo reaccionaba y su sangre se agitaba. Darius estaba en lo cierto; se acercaba a su transición. Podía olfatearlo en ella. Mestiza o no, iba a producirse su transformación.
Beth deslizó la puerta mientras se giraba hacia el Hom¬bre. Su voz era mucho más clara con la puerta abierta, y a Wrath le gustó su ronco sonido.
-Se me acercaron desde el otro lado de la calle. Eran dos. El más alto me arrastró hacia el callejón y... -El vampiro prestó atención de inmediato-. Traté de defenderme con todas mis fuerzas, pero él era más corpulento que yo, y además su amigo me sujetó los brazos. -Empezó a sollozar-. Me dijo que me cor¬taría la lengua si gritaba. Pensé que iba a matarme, en serio. Lue¬go me rasgó la blusa y tiró del sujetador hacia arriba. Estuve muy cerca de que me... Pero conseguí liberarme y corrí. Tenía los ojos azules, cabello castaño y un pendiente en la oreja izquierda. Lle-vaba un polo azul oscuro y pantalones cortos de color caqui. No pude ver bien sus zapatos. Su amigo era rubio, cabello corto, sin pendientes, vestido con una camiseta blanca con el nombre de esa banda local, los Comedores de Tomates.
El hombre se levantó y se le acercó. La rodeó con un bra¬zo, tratando de atraerla contra su pecho, pero ella retrocedió apartándose de él.
-¿De verdad piensas que podrás atraparlo? -preguntó. El hombre asintió.
-Sí, por supuesto que sí.
Butch salió del apartamento de Beth Randall de mal humor. Ver a una mujer que había sido golpeada en la cara no era una parte de su trabajo que le gustara. Y en el caso de Beth lo encontra¬ba particularmente perturbador, porque la conocía desde hacía bas¬tante tiempo y se sentía algo atraído por ella. El hecho de que fuera una mujer extraordinariamente hermosa no hacía las cosas más fá¬ciles. Pero el labio inflamado y los cardenales alrededor de la gar¬ganta eran daños evidentes frente a la perfección de sus facciones. Beth Randall era absolutamente preciosa. Tenía el negro cabello largo y abundante, unos ojos azules con un brillo impo¬sible, una piel color crema y una boca hecha exactamente para el beso de un hombre. Y vaya cuerpo: piernas largas, cintura es¬trecha y senos perfectamente proporcionados.
Todos los hombres de 1a comisaría estaban enamorados de ella, y Butch tuvo que reconocer que tenía un enorme mérito: nunca usaba su atractivo para obtener información confidencial de los muchachos. Lo manejaba todo a un nivel muy profesional. Nunca había tenido una cita con ninguno de ellos, aunque la ma¬yoría habría renunciado a su testículo izquierdo por sólo cogerla de la mano.
De una cosa sí estaba seguro: su atacante había cometido un tremendo error al elegirla. Toda la fuerza policial saldría en persecución de aquel imbécil en cuanto averiguaran su identidad. Y Butch tenía una boca muy grande.
Subió a su coche y condujo hasta las instalaciones del Hos¬pital Saint Francis, al otro lado de la ciudad. Aparcó sobre el bor¬dillo de la acera frente a la sala de urgencias y entró.
El guardia de la puerta giratoria le sonrió.
-¿Se dirige al depósito, detective? -No. Vengo a visitar a un amigo. El hombre asintió y se apartó.
Butch atravesó la sala de espera de urgencias con sus plantas de plástico, revistas con las páginas arrancadas y personas con ca¬ra de preocupación. Empujó unas puertas dobles y se dirigió al estéril y blanco entorno clínico. Saludó con una ligera inclinación de cabe¬za a las enfermeras y médicos que conocía y se acercó al control. -Hola, Doug, ¿recuerdas al tipo que trajimos con la nariz rota?
El empleado levantó la vista de un gráfico que estaba mi¬rando.
-Sí, están a punto de darle el alta. Se encuentra atrás, ha¬bitación veintiocho. -El internista soltó una risita-. Lo de la nariz era el menor de sus problemas. No cantará notas bajas du¬rante algún tiempo.
-Gracias, amigo. A propósito, ¿cómo va tu esposa? -Bien. Dará a luz en una semana.
-Avísame cuando nazca el niño.
Butch se dirigió a la parte de atrás. Antes de entrar en la habitación veintiocho, revisó el pasillo con la mirada en ambas direcciones. Todo tranquilo. No había personal médico a la vis¬ta, ni visitantes, ni pacientes.
Abrió la puerta y asomó la cabeza.
Billy Riddle levantó la mirada desde la cama. Un vendaje blanco le subía por la nariz, como si estuviera evitando que se le saliera el cerebro.
-¿Qué pasa, oficial? ¿Ya ha encontrado al individuo que me golpeó? Van a darme de alta y me sentiría mejor sabiendo que lo tiene bajo custodia.
Butch cerró la puerta y corrió el cerrojo silenciosamente. Sonrió mientras cruzaba la habitación fijándose en el pen¬diente de diamantes cuadrado que el sujeto lucía en el lóbulo izquierdo.
-¿Cómo va esa nariz, Billy?
-Bien. Pero la enfermera se ha portado como una bruja... Butch cogió su polo y lo arrojó a sus pies. Luego lanzó al atacante de Beth contra la pared, con tanta fuerza que la ma¬quinaria ubicada detrás de la cama se bamboleó.
Butch acercó tanto su cara a la del joven que podían ha¬berse besado.
-¿Te divertiste anoche?
Los grandes ojos azules se encontraron con los suyos. -¿De qué está hablan...?
Butch lo estrelló de nuevo contra la pared.
-Alguien te ha identificado. La mujer a la que trataste de violar.
-¡No fui yo!
-Claro que fuiste tú. Y si tengo en cuenta tu pequeña amenaza sobre su lengua con tu cuchillo, podría ser suficiente para enviarte a Dannemora. ¿Alguna vez has tenido novio, Billy? Apuesto a que serás muy popular. Un bonito chico blanco co¬mo tú.
El sujeto se puso tan pálido como las paredes. -¡No la toqué!
-Te diré una cosa, Billy. Si eres sincero contraigo y me dices dónde está tu amigo, es posible que salgas caminando de aquí. De lo contrario, te llevaré a la comisaría en una camilla.
Billy pareció considerar el trato unos instantes, y luego las palabras salieron de su boca con extraordinaria rapidez: -¡Ella lo deseaba! Me rogó...
Butch levantó la rodilla y la presionó contra la entrepier¬na de Billy. Un chillido salió de su garganta.
-¿Por eso tendrás que orinar sentado toda esta semana? Cuando el matón empezó a farfullar, Butch lo soltó y ob¬servó cómo se deslizaba lentamente hasta el suelo. Al ver relucir las esposas, su gimoteo cobró intensidad.
Butch le dio vuelta bruscamente y sin mayores considera¬ciones le colocó las esposas.
-Estás arrestado. Cualquier cosa que digas puede, y se¬rá, usada en tu contra en un tribunal. Tienes derecho a un abo¬gado...
-¿Sabe quién es mi padre? -gritó Billy como si hubiera conseguido tomar aire durante un segundo-. ¡Él hará que le des¬pidan!
-Si no puedes pagarlo, se te proporcionará uno. ¿En¬tiendes estos derechos que te he indicado?
-¡A la mierda!
Billy gimió y asintió con la cabeza, dejando una mancha de sangre fresca sobre el suelo.
-Bien. Ahora vamos a arreglar el papeleo. Detestaría no seguir el procedimiento apropiado.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Oct 30, 2010 5:55 pm

Capítulo 6

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Boo! ¿Puedes dejar de hacer eso? -Beth le dio un golpe a la almohada y giró sobre sí misma para poder ver al gato.
El animal la miró y maulló. Con el resplandor de la luz de la cocina, que había dejado encendida, lo vio dando zarpazos en dirección a la puerta de cristal.
-Ni lo sueñes, Boo. Eres un gato doméstico. Confía en mí, el aire libre no es tan bueno como parece.
Cerró los ojos, y cuando ovó el siguiente maullido lasti¬mero, soltó una maldición y arrojó las sábanas a un lado. Se di¬rigió hasta la puerta y escudriñó el exterior.
Fue entonces cuando vio al hombre. Estaba de pie junto al muro trasero del patio, una silueta oscura mucho más grande que las otras sombras, ya familiares, que proyectaban los cubos de ba¬sura y la mesa de picnic cubierta de musgo.
Con manos temblorosas revisó el cerrojo de la puerta y luego pasó a las ventanas. Ambas estaban aseguradas también. Bajó las persianas, cogió el teléfono inalámbrico y regresó al lado de Boo.
El hombre se había movido. ! Mierda!
Venía hacia ella. Revisó de nuevo el cerrojo y, retrocedió, tropezando con el borde del futón. Al caer, el teléfono se soltó de su mano, saltando lejos. Se golpeó fuertemente contra el col¬chón, lo que hizo que su cabeza rebotara debido al impacto. Increíblemente, la puerta corredera se abrió como si nun¬ca hubiera tenido el cerrojo puesto, como si ella nunca hubiera cerrado el pasador.
Aún yaciendo sobre su espalda, agitó las piernas violenta¬mente, enredando las sábanas al tratar de empujar su cuerpo pa¬ra alejarse de él. Era enorme, sus hombros anchos como vigas, sus piernas tan gruesas como el torso de la muchacha. No podía ver su cara, pero el peligro que emanaba de él era como una pis¬tola apuntando hacia su pecho.
Rodó al suelo entre gemidos y gateó para alejarse, arañán¬dose las rodillas y las manos contra el duro suelo de madera. Las pisadas del hombre detrás de ella resonaban como truenos, cada vez más cerca. Encogida como un animal, cegada por el miedo, chocó contra la mesa del pasillo y no sintió dolor alguno.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mien¬tras imploraba piedad, tratando de llegar a la puerta principal... Beth despertó. Tenía la boca abierta y un alarido terrible rompía el silencio del amanecer.
Era ella. Estaba gritando con toda la tuerza de sus pulmones. Cerró firmemente los labios, y de inmediato los oídos de¬jaron de dolerle. Saltó de la cama, fue hasta la puerta del patio y, saludó los primeros rayos del sol con un alivio tan dulce que casi se marea. Mientras los latidos de su corazón disminuían, res¬piró profundamente y revisó la puerta.
El cerrojo estaba en su lugar. El patio vacío. Todo estaba en orden.
Se rió por lo bajo. No era extraño que tuviera pesadillas después de lo que había sucedido la noche anterior. Seguramen¬te iba a sentir escalofríos durante algún tiempo.
Se dio la vuelta y se dirigió a la ducha. Estaba agotada, pe¬ro no quería quedarse sola en su apartamento. Anhelaba el bullicio del periódico, quería estar junto a todos sus compañeros, telé¬fonos y papeles. Allí se sentiría más segura.
Estaba a punto de entrar en el baño cuando sintió una pun¬zada de dolor en el pie. Levantó la pierna y extrajo un pedazo de cerámica de la áspera piel del talón. Al inclinarse, encontró el jarrón que tenía sobre la mesa hecho añicos en el suelo.
Frunciendo el ceño, recogió los trozos.
Lo más probable era que lo hubiera tirado cuando entró la primera vez, después de haber sido atacada.
Cuando Wrath descendió a las profundidades de la tierra bajo la mansión de Darius, se sentía agotado. Cerró la puerta con lla¬ve tras él, se desarmó, y sacó un ajado baúl del armario. Abrió la tapa, gruñendo mientras levantaba una losa de mármol negro. Medía casi un metro cuadrado y tenía diez centímetros de gro¬sor. La colocó en medio de la habitación, volvió al baúl y reco¬gió una bolsa de terciopelo, que arrojó sobre la cama.
Se desnudó, se duchó y se afeitó y luego volvió desnudo a la habitación. Cogió la bolsa, desató la cinta de satén que la ce¬rraba, y sacó unos diamantes sin tallar, del tamaño de guijarros, sobre la losa. La bolsa vacía resbaló de su mano al suelo.
Inclinó la cabeza y pronunció las palabras en su lengua materna, haciendo subir y bajar las sílabas con la respiración, rin¬diendo tributo a sus muertos. Cuando terminó de hablar, se arrodilló sobre la losa, sintiendo las piedras cortándole la carne. Des¬plazó el peso de su cuerpo a los talones, colocó las palmas de las manos sobre los muslos y cerró los ojos.
El ritual de muerte requería que pasara el día sin moverse, soportando el dolor, sangrando en memoria de su amigo. Mentalmente, vio a la hija de Darius.
No debía haber entrado en su casa de esa forma. Le ha¬bía dado un susto de muerte, cuando lo único que quería era pre¬sentarse y explicarle por qué iba a necesitarlo pronto. También había planeado decirle que iba a perseguir a ese macho humano que se había propasado con ella.
Sí, había manejado la situación maravillosamente. Con la delicadeza de un elefante en una cacharrería.
En el instante en que entró, ella enloqueció de terror. Ha¬bía tenido que despojarla de sus recuerdos y sumergirla en un li¬gero trance para calmarla. Cuando la hubo depositado sobre la cama, su intención había sido marcharse de inmediato, pero no pudo hacerlo. Permaneció cerca de ella, evaluando el difuso con¬traste entre su cabello negro y la blanca funda de la almohada, in¬halando su aroma.
Sintiendo un cosquilleo sexual en las entrañas.
Antes de irse, se había cerciorado de que las puertas y ven¬tanas quedaran aseguradas. Y luego se había vuelto a mirarla una vez más, pensando en su padre.
Wrath se concentró en el dolor que va se estaba adueñan¬do de sus muslos.
Mientras su sangre teñía de rojo el mármol, vio el rostro de su guerrero muerto y sintió el vínculo que habían comparti¬do en vida.
Tenía que hacer honor a la última voluntad de su herma¬no. Era lo menos que le debía a aquel macho por todos los años que habían servido juntos a la raza.
Mestiza o no, la hija de Darius nunca más volvería a ca¬minar por la noche desprotegida. Y no pasaría sola por su tran¬sición.
Que Dios la ayudara.
Butch terminó de fichar a Billy Riddle alrededor de las seis de la mañana. El individuo se había mostrado muy ofendido porque lo había puesto en la celda con traficantes de drogas y, delincuentes, así que Butch puso mucho cuidado en cometer tantos errores tipográficos como le fue posible en sus informes. Y para su sor¬presa, la central de procesamiento de datos se confundía conti¬nuamente sobre la clase de formularios que debían ser cubiertos con exactitud.
Y después, todas las impresoras se estropearon. Las veintitrés que había.
A pesar de todo, Riddle no pasaría mucho tiempo en la comisaría. Su padre era en verdad un hombre poderoso, un se¬nador. Así que un elegante abogado le sacaría de allí en un abrir y cerrar de ojos. No creía que pudiera retenerle más de una hora. Porque así actuaba el sistema judicial para algunos. El di¬nero manda, permitiendo a los canallas salir en libertad.
A Butch no le quedó más remedio que reconocer con amar¬gura que ésa era la realidad.
Al salir al vestíbulo, se encontró con una de las habituales visitantes nocturnas de la comisaría. Cherry Pie acababa de ser liberada de los calabozos femeninos. Su verdadero nombre era Mary Mulcahy, y por lo que Butch había oído, trabajaba en las calles desde hacía dos años.
-Hola, detective-ronroneó. La barra de labios roja se había concentrado en las comisuras de su boca, y el rimel negro formaba un manchón alrededor de sus ojos. Seguramente su aspecto mejoraría y sería bonita, pensó él, si dejaba la pipa de crack y dormía durante todo un mes-. ¿Se va a su casa solo? -Como siempre. -Sostuvo la puerta abierta para ella al salir.
-¿No se le cansa la mano izquierda después de un tiempo? Butch se rió mientras ambos se detenían y levantó la vista hacia las estrellas.
- ¿Cómo te va, Cherry? -Siempre bien.
Se puso un cigarrillo entre los labios y lo encendió mien¬tras lo miraba.
-Si le salen demasiados pelos en la palma de la mano, pue¬de llamarme. Se lo haré gratis, porque usted es un hijo de perra muy bien parecido. Pero no le diga a mi chulo que le he dicho eso.
Soltó una nube de humo y, con expresión ausente, se to¬có con el dedo su oreja izquierda desgarrada. Le faltaba la mi¬tad superior.
Dios, ese proxeneta era todo un perro rabioso. Empezaron a bajar los escalones.
-¿Ya has consultado ese programa del que te hablé? -pre¬guntó Butch cuando llegaron a la acera. Estaba ayudando a un amigo a poner en marcha un grupo de apoyo para prostitutas que quisieran liberarse de sus proxenetas y llevar otra vida.
-Ah, sí, claro. Buena cosa. -Le lanzó una sonrisa-. Lo veré después.
-Cuídate.
Ella le dio la espalda, dándose una palmada en la nalga de¬recha.
-Piénselo, esto puede ser suyo.
Butch la observó contonearse calle abajo durante un rato. Luego se dirigió a su coche, y siguiendo un impulso, condujo hasta el otro lado de la ciudad, volviendo al barrio de Screamer's. Aparcó frente a McGrider's. Unos quince minutos después una mujer enfundada en unos ajustados vaqueros y un top negro sa¬lió del cuchitril. Parpadeó como si fuera miope ante la brillante luz. Cuando vio el coche, se sacudió su cabellera castaña y fue caminando hacia él. Butch abrió la ventanilla y ella se inclinó, be¬sándolo en los labios.
-Cuánto tiempo sin verte. ¿Te sientes solitario, Butch? -dijo ella apretada contra su boca.
Olía a cerveza rancia y a licor de cerezas, el perfume de to¬do cantinero al final de una larga noche.
-Entra -dijo él.
La mujer rodeó el coche por el frente y se deslizó junto a él. Habló de cómo le había ido durante la noche mientras él con¬ducía hasta la orilla del río, contándole lo decepcionada que es taba porque las propinas otra vez habían sido escasas y que los pies la estaban matando de tanto ir de un lado a otro de la barra. Estacionó bajo uno de los arcos del puente que cruzaba el río Hudson y unía las dos mitades de Caldwell, cerciorándose de quedar a suficiente distancia de los indigentes acostados sobre sus improvisadas camas de cartones. No había necesidad de tener pú¬blico.
Y había que reconocer que Abby era rápida. Ya le había desabrochado los pantalones y manipulaba su miembro erecto con embates firmes antes de que él hubiera apagado el motor. Mientras empujaba hacia atrás el asiento, ella se subió a horca¬jadas y le acarició el cuello con la boca. Él miró el agua, más allá de su sensual cabello rizado.
La luz del amanecer era hermosa, pensó cuando ésta inun¬dó la superficie del río.
-¿Me amas, cariño?-susurró ella a su oído. -Sí, claro.
Le alisó el cabello hacia atrás y la miró a los ojos. Esta¬ban vacíos. Podía haber sido cualquier hombre, por eso su rela¬ción funcionaba.
Su corazón estaba tan vacío como aquella mirada.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Oct 30, 2010 5:56 pm

Capítulo 7

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Mientras el señor X cruzaba el aparcamiento y se di¬rigía a la Academia de Artes Marciales de Caldwell, captó el aroma del Dunkin Donuts al otro lado de la calle. Ese olor, ese sublime y denso aroma a harina, azúcar y aceite ca¬liente, impregnaba el aire matutino. Miró hacia atrás y vio a un hombre salir con dos cajas de color blanco y rosa bajo el bra¬zo y un enorme vaso de plástico con café en la otra mano.
Ésa sería una manera muy agradable de iniciar la maña¬na, pensó el señor X.
Subió a la acera que se extendía bajo la marquesina roja y dorada de la academia. Se detuvo un momento, se inclinó y re¬cogió un vaso de plástico desechado. Su anterior dueño había tenido cuidado de dejar un poco de soda en el fondo para apagar en él sus cigarrillos. Arrojó la desagradable mezcla al contenedor de basura y abrió el seguro de las puertas de la academia.
La noche anterior, la Sociedad Restrictiva se había marca¬do un tanto en la guerra, y él había sido el artífice de semejante hazaña. Darius había sido un líder vampiro, miembro de la Her¬mandad de la Daga Negra. Todo un endiablado trofeo.
Era una maldita pena que no hubiera quedado nada del ca¬dáver para colocarlo sobre una pared, pero la bomba del señor X había hecho el trabajo a la perfección. Él se encontraba en su casa escuchando la frecuencia de la policía cuando llegó el informe. La operación había salido tal como había planeado, per¬fectamente ejecutada, perfectamente anónima.
Perfectamente mortífera.
Trató de recordar la última vez que un miembro de la Her¬mandad había sido eliminado. Con seguridad, mucho antes de que él pasara a formar parte de la Sociedad, hacía algunas décadas. Y había esperado unas palmaditas en la espalda, no seme¬jantes elogios. Se había figurado incluso que le darían más com¬petencias, quizás una ampliación de su área de influencia, tal vez un radio geográfico de actuación más extenso.
Pero la recompensa..., la recompensa había sido mayor de lo esperado.
El Omega lo había visitado una hora antes del amanecer y le había conferido todos los derechos y privilegios como restric¬tor jefe.
Líder de la Sociedad Restrictiva.
Era una responsabilidad extraordinaria. Y exactamente lo que el señor X siempre había deseado.
El poder que le habían concedido era la única alabanza que le interesaba.
Se dirigió a su oficina a grandes zancadas. Las primeras cla¬ses comenzarían a las nueve. Tenía todavía suficiente tiempo para perfilar algunas de las nuevas reglas que debían acatar sus subor¬dinados en la Sociedad.
Su primer impulso, una vez que el Omega se hubo mar¬chado, fue enviar un mensaje, pero eso no habría sido sensato. Un líder organizaba sus pensamientos antes de actuar; no se apresuraría a subir al pedestal para ser adorado. El ego, después de to¬do, era la raíz de todo mal.
Por eso, en lugar de alardear como un imbécil, había sali¬do al jardín para sentarse a observar el césped que había detrás de su casa. Ante el incipiente resplandor del amanecer, había repasado los puntos fuertes y las debilidades de su organización, per¬mitiendo que su instinto le mostrara el camino para encontrar un equilibrio entre ambos. Del laberinto de imágenes y pensamientos habían surgido varias normas a seguir, N- el futuro se fue clarifi¬cando.
Ahora, sentado detrás de su escritorio, escribió la con¬traseña de la página web protegida de la Sociedad y allí dejó claro que se había producido un cambio de liderazgo. Ordenó a to¬dos los restrictores acudir a la academia a las cuatro, esa misma tarde, sabiendo que algunos tendrían que viajar, pero ninguno estaba a una distancia de más de ocho horas en coche. El que no asistiera sería expulsado de la Sociedad y perseguido como un perro.
Reunir a los restrictores en un solo lugar era raro. En aquel momento su número oscilaba entre cincuenta y sesenta miem¬bros, dependiendo de la cantidad de bajas que la Hermandad lo graba en una noche y el número de los nuevos reclutas que po¬dían ser enrolados en el servicio. Los miembros de la Sociedad se encontraban todos en Nueva Inglaterra y sus alrededores. Es¬ta concentración en el noreste de Estados Unidos se debía al predominio de vampiros en la zona. Si la población se traslada¬ba, también lo hacía la Sociedad.
Como había sucedido durante generaciones.
El señor X era consciente de que convocar a los restric¬tores en Caldwell para una reunión resultaba de vital importan¬cia. Aunque conocía a la mayoría de ellos, y a algunos bastante bien, necesitaba que ellos lo vieran, lo escucharan y lo calibraran, en especial si iba a cambiar sus objetivos.
Convocar la reunión a la luz del día también era impor¬tante, ya que eso garantizaba que no serían sorprendidos por la Hermandad. Y ante sus empleados humanos, fácilmente podía hacerla pasar por un seminario de técnicas de artes marciales. Se congregarían en la gran sala de conferencias del sótano y cerra¬rían las puertas con llave para no ser interrumpidos.
Antes de desconectarse, redactó un informe sobre la eli¬minación de Darius, porque quería que sus cazavampiros lo tuvieran por escrito. Detalló la clase de bomba que había utiliza do, la manera de fabricar una con muy pocos elementos y el mé¬todo para conectar el detonador al sistema de encendido de un coche. Era muy fácil, una vez que el artefacto estaba instalado. Lo único que había que hacer era armarla, y al accionar el con¬tacto, cualquiera que estuviera dentro del vehículo quedaría convertido en cenizas.
Para obtener ese instante de satisfacción, él había seguido al guerrero Darius durante un año, vigilándolo, estudiando todas sus costumbres diarias. Hacía dos días, el señor X había entrado furtivamente en el concesionario de BMW de los hermanos Gree¬ne, cuando el vampiro les había dejado su vehículo para una re-visión. Instaló la bomba, y la noche anterior había activado el de¬tonador con un transmisor de radio simplemente pasando al lado del coche, sin detenerse ni un segundo.
El largo y concentrado esfuerzo que había supuesto la or¬ganización de aquella eliminación no era algo que quisiera com¬partir. Quería que los restrictores creyeran que había podido ejecutar una jugada tan perfecta en un instante. La imagen de¬sempeñaba un importante papel en la creación de una base de po¬der, y él quería empezar a construir su credibilidad de mando de inmediato.
Después de desconectarse, se recostó en la silla, tambori¬leando con los dedos. Desde que se había unido a la Sociedad, el objetivo había sido reducir la población de vampiros por medio de la eliminación de civiles. Ésa seguiría siendo la meta general, por supuesto, pero su primer dictamen seria un cambio de tác¬tica. La clave para ganar la guerra era eliminar a la Hermandad. Sin esos seis guerreros, los civiles quedarían desnudos ante los restrictores, indefensos.
La táctica no era nueva. Había sido intentada durante ge¬neraciones pasadas Y descartada numerosas veces cuando los her¬manos habían demostrado ser demasiado agresivos o demasiado escurridizos para ser exterminados. Pero con la muerte de Darius, la Sociedad cobraba un nuevo impulso.
Y tenían que actuar de una manera diferente. Tal y como estaban las cosas, la Hermandad estaba aniquilando a cientos de restrictores cada año, lo que hacía necesario que las filas fueran engrosadas con cazavampiros nuevos e inexpertos. Los reclutas representaban un problema. Eran difíciles de encontrar, difíci¬les de introducir en la Sociedad y menos efectivos que los miem¬bros veteranos.
Esta constante necesidad de captación de nuevos miem¬bros condujo a un grave debilitamiento de la Sociedad. Los centros de entrenamiento como la Academia de Artes Marciales de Caldwell tenían como objetivo primordial seleccionar y reclutar hu¬manos para engrosar sus filas, pero también atraían mucho la aten¬ción. Evitar la injerencia de la policía humana y protegerse contra un ataque por parte de la Hermandad requería una continua vigilancia y una frecuente reubicación. Trasladarse de un lugar a otro era un trastorno constante, ¿pero cómo podía estar la So¬ciedad bien provista si los centros de operaciones eran atacados por sorpresa?
El señor X movió la cabeza con un gesto de fastidio. En algún momento iba a necesitar un lugarteniente, aunque por ahora prefería actuar en solitario.
Por fortuna, nada de lo que tenía pensado hacer era ex¬cesivamente complicado. Todo se reducía a una estrategia mi¬litar básica. Organizar las fuerzas, coordinarlas, obtener in formación sobre el enemigo y avanzar de una forma lógica y disciplinada.
Esa tarde organizaría sus efectivos, y en cuanto a la cues¬tión relativa a la coordinación, iba a distribuirlos en escuadrones, e insistiría en que los cazavampiros empezaran a reunirse con él habitualmente en pequeños grupos.
¿Y la información? Si querían exterminar a la Herman¬dad, necesitaban saber dónde encontrar a sus miembros. Eso se¬ría un poco más difícil, aunque no imposible. Aquellos guerreros formaban un grupo cauteloso y suspicaz, no demasiado sociable, pero la población civil de vampiros tenía algún con¬tacto con ellos. Después de todo, los hermanos tenían que ali¬mentarse, y no podían hacerlo entre ellos. Necesitaban sangre femenina.
Y las hembras, aunque la mayoría de ellas vivían protegi¬das como si fueran obras de arte, tenían hermanos y padres que podían ser persuadidos para que hablaran. Con el incentivo apropiado, los machos revelarían adónde iban sus mujeres y a quié¬nes veían. Así descubrirían a la Hermandad.
Ésa era la clave de su estrategia general. Un programa coor¬dinado de seguimiento y captura, concentrado en machos civiles y las escasas hembras que salían sin protección, le conduciría, finalmente, a los hermanos. Su plan tenía que tener éxito, ya fuese porque los miembros de la Hermandad salieran de su escondri-jo con sus dagas desenfundadas, furiosos porque los civiles hu¬bieran sido capturados brutalmente, o bien porque alguien podía irse de la lengua y descubrir dónde se ocultaban.
Lo mejor sería averiguar dónde se encontraban los gue¬rreros durante el día. Eliminarlos mientras brillaba el sol, cuando eran más vulnerables, sería la operación con mayores proba¬bilidades de éxito y en la que, posiblemente, las bajas de la So-ciedad resultarían mínimas.
En general, matar vampiros civiles era sólo un poco más difícil que aniquilar a un humano normal. Sangraban si se les cor¬taba, sus corazones dejaban de latir si se les disparaba y se quemaban si eran expuestos a la luz solar.
Sin embargo, matar a un miembro de la Hermandad era un asunto muy diferente. Eran tremendamente fuertes, estaban muy bien entrenados y sus heridas se curaban con una celeridad asombrosa. Formaban una subespecie particular. Sólo tenías una oportunidad frente a un guerrero. Si no la aprovechabas, no re¬gresabas a casa.
E señor X se levantó del escritorio, deteniéndose un mo¬mento para observar su reflejo en la ventana de la oficina. Ca¬bello claro, piel clara, ojos claros. Antes de unirse a la Sociedad había sido pelirrojo. Ahora ya casi no podía recordar su apariencia física anterior.
Pero sí tenía muy claro su futuro. Y el de la Sociedad. Cerró la puerta con llave y se encaminó hacia el pasillo de azulejos que conducía a la sala de entrenamiento principal. Es¬peró en la entrada, inclinando levemente la cabeza ante los estu¬diantes a medida que entraban a sus clases de jiujitsu. Éste era su grupo favorito: un conjunto de jóvenes, entre los dieciocho y los veinticuatro años, que mostraban ser muy prometedores. A me¬dida que los muchachos, vestidos con sus trajes blancos, entraban haciendo una ligera reverencia con la cabeza y dirigiéndose a él como sensei, el señor X los iba evaluando uno por uno, obser¬vando la forma en que movían sus ojos, cómo desplazaban el cuer¬po, cuál podía ser su temperamento.
Una vez que los estudiantes estuvieron en fila, preparados para comenzar la lucha, continuó examinándolos, siempre inte¬resado en la búsqueda de potenciales reclutas para la Sociedad. Necesitaba una combinación justa entre fuerza física, agudeza mental y odio no canalizado.
Cuando se habían aproximado a él para unirse a la Socie¬dad Restrictiva en la década de los años cincuenta, era un rockero de diecisiete años incluido en un programa para delincuentes juveniles. El año anterior había apuñalado a su padre en el pecho tras una pelea en la que aquel bastardo le había golpeado repetidas veces en la cabeza con una botella de cerveza. Creía haberle matado, pero por desgracia no lo hizo y vivió el tiempo suficiente para matar a su pobre madre.
Pero, por lo menos, después de hacerlo, su querido pa¬dre había tenido la sensatez de volarse los sesos con una esco¬peta y dejarlos diseminados por toda la pared. El señor X encontró los cuerpos durante una visita que hizo a casa, poco antes de ser atrapado e internado en un centro público.
Aquel día, delante del cadáver de su padre, el señor X aprendió que gritar a los muertos no le provocaba ni la más mí¬nima satisfacción. Después de todo, no había nada que hacer con alguien que va se había ido.
Considerando quién lo había engendrado, no resultó sor¬prendente que la violencia y el odio corrieran por la sangre del señor X. Y matar vampiros era uno de las pocas satisfacciones socialmente aceptables que había encontrado para un instinto ase¬sino como el suyo. El ejército era aburrido. Había que acatar de¬masiadas normas y esperar hasta que se declarara una guerra para poder trabajar como él quería. Y el asesinato en serie era a muy pequeña escala.
La Sociedad era diferente. Tenía todo lo que siempre ha¬bía querido: fondos ilimitados, la ocasión de matar cada vez que el sol se ponía y, por supuesto, la oportunidad, tan extraordina¬ria, de instruir a la próxima generación.
Así que tuvo que vender su alma para entrar, aunque no le supuso ningún problema. Después de lo que su padre le ha¬bía hecho, va casi no le quedaba alma.
Además, en su mente, había salido ganando con el trato. Le habían garantizado que permanecería joven y con una salud perfecta hasta el día de su muerte, y ésta no sería resultado de un fallo biológico, como el cáncer o una enfermedad cardiaca. Por el contrario, tendría que confiar en su propia capacidad para con¬servarse de una sola pieza.
Gracias al Omega, era físicamente superior a los humanos, su vista era perfecta y podía hacer lo que más le gustaba. La im¬potencia le había molestado un poco al principio, pero se había acostumbrado. Y el no comer ni beber..., al fin y al cabo nunca había sido un gourmet.
Y hacer correr la sangre era mejor que la comida o el sexo. Cuando la puerta que conducía a la sala de entrenamien¬to se abrió bruscamente, giró la cabeza de inmediato. Era Billy Riddle, y traía los dos ojos morados y la nariz vendada.
El señor X enarcó una ceja. -¿No es tu día libre, Riddle?
-Sí, sensei. -Billy inclinó la cabeza-. Pero quería venir de todos modos.
-Buen chico. -El señor X pasó un brazo alrededor de los hombros del muchacho-. Me gusta tu sentido de la respon¬sabilidad. Harás algo por mí... ¿Quieres indicarles lo que tienen que hacer durante el calentamiento?
Billy hizo una profunda reverencia; su amplia espalda quedó casi paralela al suelo.
-Sensei.
-Ve a por ellos. -Le dio una palmada en el hombro-. Y no se lo pongas fácil.
Billy levantó la mirada, sus ojos brillaban. El señor X asintió.
-Me alegro de que hayas captado la idea, hijo.
Cuando Beth salió de su edificio, frunció el ceño al ver el coche de policía aparcado al otro lado de la calle. José salió de él y se di¬rigió hacia ella a grandes zancadas.
-Ya me han contado lo que te sucedió. -Sus ojos se que¬daron fijos en la boca de la mujer-. ¿Cómo te encuentras? -Mejor.
-Vamos, te llevaré al trabajo.
-Gracias, pero prefiero caminar. -José hizo un movi¬miento con su mandíbula como si quisiera oponerse, así que ella extendió la mano y le tocó el antebrazo-. No quiero que esto me aterrorice tanto que no pueda continuar con mi vida. En al¬gún momento tendré que pasar junto a ese callejón, y prefiero ha¬cerlo por la mañana, cuando hay, suficiente luz.
Él asintió.
-Está bien. Pero llamarás un taxi por la noche o nos pe¬dirás a cualquiera de nosotros que vaya a recogerte.
-José...
-Me alegra saber que estás de acuerdo. -Cruzó la calle de vuelta a su coche-. Ah, no creo que hayas oído lo que Butch O'Neal hizo anoche.
Dudó antes de preguntar: -¿Qué?
-Fue a hacerle una visita a ese canalla. Creo que al indi¬viduo tuvieron que reconstruirle la nariz cuando nuestro buen detective acabó con él. -José abrió la puerta del vehículo y se de¬jó caer sobre el asiento-. ¿Vendrás hoy por allí?
-Sí, quiero saber algo más sobre la bomba de anoche. -Ya me lo imaginaba. Nos vemos.
Saludó con la mano y arrancó, alejándose del bordillo de la acera.
Ya habían dado las tres de la tarde y aún no había podido ir a la comisaría. Todos en la oficina querían oír lo que le había sucedi¬do la noche anterior. Después, Tony había insistido en que sa¬lieran a almorzar. Tras sentarse de nuevo en su escritorio, se ha¬bía pasado la tarde masticando chicle y perdiendo el tiempo con su e-mail.
Sabía que tenía trabajo que hacer, pero simplemente no se encontraba con fuerzas para finalizar el artículo que estaba es¬cribiendo sobre el alijo de armas que había encontrado la policía. No tenía que entregarlo en un plazo concreto y, desde luego, Dick no iba a darle la primera página de la sección local.
Y además ni siquiera lo había hecho ella. Lo único que le daba Dick era trabajo editorial. Los dos últimos artículos que ha¬bía dejado caer sobre su escritorio habían sido esbozados por los chicos grandes, Dick quería que ella comprobara la veracidad de los hechos. Seguir los mismos criterios con los que él se había familiarizado en el New York Times, como su obsesión por la ve¬racidad, era, de hecho, una de sus virtudes. Pero era una pena que no tuviera en cuenta la equidad en un trabajo realizado. No im¬portaba que el artículo fuera transformado por ella de arriba aba¬jo, sólo obtenía una mención secundaria compartida en el artículo de un chico grande.
Eran casi las seis cuando terminó de corregir los artículos, y al introducirlos en el casillero de Dick, pensó que no tenía ganas de pasar por la comisaría. Butch le había tomado declaración la noche anterior, y no había nada más que ella tuviera que hacer con respecto a su caso. Y, evidentemente, no se sentía cómoda con la idea de estar bajo el mismo techo que su asaltante, aunque él se encontrara en una celda.
Además, estaba agotada. -¡Beth!
Dio un respingo al oír la voz de Dick.
-Ahora no puedo, voy a la comisaría -dijo en voz alta por encima del hombro, pensando que la estrategia para evitar¬lo no lo mantendría a raya durante mucho tiempo, pero al menos no tendría que lidiar con él esa noche.
Y en realidad sí quería saber algo más sobre la bomba. Salió corriendo de la oficina y caminó seis manzanas en di¬rección este. El edificio de la comisaría pertenecía a la típica ar¬quitectura de los años sesenta. Dos pisos, laberíntica, moderna en su época, con abundancia de cemento gris claro y muchas ven¬tanas estrechas. Envejecía sin elegancia alguna. Gruesas líneas ne¬gras corrían por su fachada como si sangrara por alguna herida en el tejado. Y el interior también parecía moribundo: el suelo cubierto con un sucio linóleo verde grisáceo, los muros con pa¬neles de madera falsa y los zócalos astillados de color marrón. Después de cuarenta años, y a pesar de la limpieza periódica, la suciedad más persistente se había incrustado en todas las grietas y fisuras, y va jamás saldría de allí, ni siquiera con un pulveriza¬dor o un cepillo.
Ni siquiera con una orden judicial de desalojo.
Los agentes se mostraron muy amables con ella cuando la vieron aparecer. Tan pronto como puso el pie en el edificio, em¬pezaron a reunirse a su alrededor. Después de hablar con ellos en el exterior mientras trataba de contener las lágrimas, se dirigió a la recepción y charló un rato con dos de los muchachos que es¬taban detrás del mostrador. Habían detenido a unos cuantos por prostitución y tráfico de estupefacientes, pero, por lo demás, el día había sido tranquilo. Estaba a punto de marcharse cuando Butch entró por la puerta de atrás.
Llevaba unos pantalones vaqueros, una camisa abrochada hasta el cuello y una cazadora roja en la mano. Ella se quedó mi¬rando cómo la cartuchera se enarcaba sobre sus anchos hombros, dejando entrever la culata negra de la pistola cuando sus brazos oscilaban al andar. Su oscuro cabello estaba húmedo, como si aca¬bara de empezar el día.
Lo que, considerando lo ocupado que había estado la no¬che anterior, probablemente era cierto.
Se dirigió directamente hacia ella. -¿Tienes tiempo para hablar? Ella asintió.
-Sí, claro.
Entraron en una de las salas de interrogatorio.
-Para tu información, las cámaras y micrófonos están apa¬gados -dijo.
-¿No es así como casi siempre trabajas?
Él sonrió y se sentó a la mesa. Entrelazó las manos. -Pensé que deberías saber que Billy Riddle ha salido bajo fianza. Lo soltaron esta mañana temprano.
Ella tomó asiento.
-¿De verdad se llama Billy Riddle? No me tomes el pelo. Butch negó con la cabeza.
-Tiene dieciocho años. Sin antecedentes de adulto, pero he estado echando un vistazo a su ficha juvenil y ha estado muy ocupado: abuso sexual, acoso, robos menores. Su padre es un tipo importante, y el chico tiene un abogado excelente, pero he hablado con la fiscal del distrito. Tratará de presionarlo para que no tengas que testificar.
-Subiré al estrado si tengo que hacerlo.
-Buena chica. -Butch se aclaró la garganta-. ¿Y cómo te encuentras?
-Bien. -No iba a permitir que el Duro jugara a psicoa¬nalizarla. Había algo en la evidente rudeza de Butch O'Neal que hacía que ella quisiera parecer más fuerte-. Sobre esa bomba, he oído que posiblemente se trate de un explosivo plástico, con un detonador a control remoto. Parece un trabajo de profesionales. -¿Ya has cenado?
Ella frunció el ceño. -No.
Riddle significa «acertijo, adivinanza». (N. del L)
Y considerando lo que había engullido por la mañana, tam¬bién se saltaría el desayuno del día siguiente.
Butch se puso de pie.
-Bueno. Ahora mismo me dirigía a Tullah's. Ella se mantuvo firme.
-No cenaré contigo.
-Como quieras. Entonces, me imagino que tampoco que¬rrás saber qué encontramos en el callejón junto al coche.
La puerta se cerró lentamente a sus espaldas. No caería en semejante trampa. No lo haría... Beth saltó de la silla y corrió tras él.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Oct 30, 2010 5:57 pm

Capítulo 8

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En su amplia habitación color crema y blanco, Marissa no se sentía segura de sí misma.
Siendo la shellan de Wrath, podía sentir su dolor, ti por su fuerza sabía que seguramente había perdido a otro de sus her¬manos guerreros.
Si tuvieran una relación normal, no lo dudaría: correría hacia él y trataría de aliviar su sufrimiento. Hablaría con él, lo abrazaría, lloraría a su lado. Le ofrecería la calidez de su cuerpo.
Porque eso era lo que las shellans pacían por sus compa¬ñeros. Y lo que recibían a cambio también. Echó un vistazo al reloj Tiffany de su mesilla de noche. Pronto se perdería en la noche. Si quería alcanzarlo tendría que hacerlo ahora.
Marissa dudó, no quería engañarse. No sería bienvenida. Deseó que fuera más fácil apoyarlo, deseó saber lo que él necesitaba de ella. Una vez, hacía mucho tiempo, había habla¬do con Wellsie, la shellan del hermano Tohrment, con la espe-ranza de que pudiera ofrecerle algún consejo sobre cómo actuar y comportarse, cómo conseguir que Wrath la considerara digna de él.
Después de todo, Wellsie tenía lo que Marissa quería: un verdadero compañero. Un macho que regresaba a casa con ella, que reía, lloraba y compartía su vida, que la abrazaba. Un macho que permanecía a su lado durante las tortuosas, y afortunada¬mente escasas, ocasiones en que era fértil, que aliviaba con su cuer¬po sus terribles deseos durante el tiempo que duraba el periodo de necesidad.
Wrath no hacía nada de eso por ella, o con ella. Y en ese estado de cosas, Marissa tenía que acudir a su hermano en busca de alivio a sus necesidades. Havers apaciguaba sus ansias, tranquilizándola hasta que pasaban aquellos deseos. Semejante prác¬tica los avergonzaba a ambos.
Había esperado que Wellsie pudiera ayudarla, pero la con¬versación había sido un desastre. Las miradas de compasión de la otra hembra Y sus réplicas cuidadosamente meditadas las habían desgastado a ambas, acentuando todo lo que Marissa no poseía. Dios, qué sola estaba.
Cerró los ojos, y sintió nuevamente el dolor de Wrath. Tenía que intentar llegar a él, porque estaba herido. Y ade¬más, ¿qué le quedaba en la vida aparte de él?
Percibió que Wrath se encontraba en la mansión de Da¬rius. Inspirando profundamente, se desmaterializó.
Wrath aflojó lentamente las rodillas y se irguió, escuchando có¬mo volvían las vértebras a su posición con un crujido. Se quitó los diamantes de sus rodillas.
Tocaron a la puerta y él permitió que ésta se abriera, pen¬sando que era Fritz.
Cuando olió a océano, apretó los labios.
-¿Qué te trae aquí, Marissa? -dijo sin girarse a mirar¬la. Fue hasta el baño y se cubrió con una toalla.
-Déjame lavarte, mi señor-murmuró ella-. Yo cuidaré tus heridas. Puedo...
-Así estoy, bien.
Sanaba rápido. Cuando finalizara la noche sus cortes ape¬nas se notarían.
Wrath se dirigió al armario y examinó su ropa. Sacó una camisa negra de manga larga, unos pantalones de cuero y..., por Dios, ¿qué era eso? Ah, no, ni de broma. No iba a luchar con aquellos calzoncillos. Por nada del mundo lo sorprenderían muer¬to con una prenda como aquélla.
Lo primero que tenía que hacer era establecer contacto con la hija de Darius. Sabía que se les estaba agotando el tiempo, por¬que su transición estaba próxima. Y luego tenía que comunicarse con Vishous y Phury para saber qué habían averiguado de los restos del restrictor muerto.
Estaba a punto de dejar caer la toalla para vestirse, cuan¬do cayó en la cuenta de que Marissa aún estaba en la habitación. La miró.
-Vete a casa, Marissa-dijo. Ella bajó la cabeza.
-Mi señor, puedo sentir tu dol...
-Estoy perfectamente bien.
Ella dudó un momento. Luego desapareció en silencio. Diez minutos después, Wrath subió al salón.
-¿Fritz? -llamó en voz alta.
-¿Sí, amo? -El mayordomo parecía complacido de que lo llamara.
-¿Tienes a mano cigarrillos rojos? -Por supuesto.
Fritz atravesó la habitación trayendo una antigua caja de caoba. Le presentó el contenido inclinándola con la tapa abierta. Wrath cogió un par de aquellos cigarrillos liados a mano. -Si le gustan, conseguiré más.
-No te molestes. Serán suficientes. -A Wrath no le gus¬taba drogarse, pero aquella noche quería dar buena cuenta de esos dos cigarros.
-¿Desea comer algo antes de salir? Wrath negó con la cabeza.
-¿Quizás cuando vuelva? -La voz de Fritz se fue apa¬gando a medida que cerraba la caja.
Wrath estaba a punto de hacer callar al viejo macho cuan¬do pensó en Darius. D habría tratado mejor a Fritz.
-Está bien. Sí. Gracias.
El mayordomo irguió los hombros con satisfacción. Por Dios, parece estar sonriendo, pensó Wrath.
-Le prepararé cordero, amo. ¿Cómo prefiere la carne? -Casi cruda.
-Y lavaré su ropa. ¿Debo encargarle también ropa nueva de cuero?
-No me... -Wrath cerró la boca-. Claro. Sería magní¬fico. Y, ah, ¿puedes conseguirme unos calzoncillos bóxer? Ne¬gros, XXL.
-Será un placer.
Wrath se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
¿Cómo diablos había acabado de pronto teniendo un sir¬viente?
-¿Amo? -¿Sí?, -gruñó. -Tenga mucho cuidado ahí fuera.
Wrath se detuvo y miró por encima de su hombro. Fritz parecía acunar la caja contra su pecho.
Le resultaba tremendamente extraño tener a alguien espe¬rándolo al volver a casa.
Salió de la mansión y caminó por el largo camino de entra¬da hasta la calle. Un relámpago centelleó en el cielo, anticipando la tormenta que podía oler formándose al sur.
¿Dónde diablos estaría la hija de Darius en ese momento? Lo intentaría primero en el apartamento.
Wrath se materializó en el patio trasero de la casa, miró por la ventana y le devolvió el ronroneo de bienvenida al gato con uno propio. Ella no estaba en el interior, de modo que Wrath se sentó frente la mesa de picnic. Esperaría una hora más o menos. Lue¬go tendría que ir al encuentro de los hermanos. Podía volver al fi-nal de la noche, aunque si tenía en cuenta cómo habían salido las cosas la primera vez que la había visitado, se imaginaba que des¬pertarla a las cuatro de la mañana no sería lo más inteligente.
Se quitó las gafas de sol y se frotó el puente de la nariz. ¿Cómo iba a explicarle lo que iba a sucederle y lo que ella tendría que hacer para sobrevivir al cambio?
Tuvo el presentimiento de que no se mostraría muy feliz escuchando el boletín de noticias.
Wrath hizo memoria de su propia transición. Vaya caos que se había formado entonces. A él tampoco lo habían pre¬parado, porque sus padres siempre quisieron protegerlo, pero murieron antes de decirle qué iba a sucederle.
Los recuerdos volvieron a su mente con terrible claridad. A finales del siglo XVII, Londres era un lugar brutal, es¬pecialmente para alguien que estaba solo en el mundo. Sus padres habían sido asesinados ante sus ojos dos años antes, y él había huido de los de su especie, pensando que su cobardía en aquella espantosa noche era una vergüenza que debía soportar en soledad.
Mientras que en la sociedad de los vampiros había sido ali¬mentado y protegido como el futuro rey, había descubierto que en el mundo de los humanos lo que más se tenía en cuenta era, principalmente, la fuerza física. Para alguien de la complexión que él tenía antes de pasar por su cambio, eso significaba permanecer en el último escalafón de la escala social. Era tremendamente del¬gado, esquelético, débil y presa fácil para los chicos humanos en busca de diversión. Durante su estancia en los tugurios de Lon¬dres, lo habían golpeado tantas veces que ya se había acostum¬brado a que algunas partes de su cuerpo no funcionaran bien. Pa¬ra él era habitual no poder doblar una pierna porque le habían apedreado la rodilla, o tener un brazo inutilizado porque le ha¬bían dislocado el hombro al arrastrarlo atado a un caballo.
Se había alimentado de la basura, sobreviviendo al borde de la inanición, hasta que, finalmente, encontró trabajo como sir¬viente en el establo de un comerciante. Wrath limpió herraduras, sillas de montar y bridas hasta que se le agrietó la piel de las ma¬nos, pero por lo menos podía comer. Su lecho se encontraba entre la paja de la parte superior del granero. Aquello era más mulli¬do que el duro suelo al que estaba acostumbrado, aunque nunca sabía cuándo lo despertaría una patada en las costillas porque al¬gún mozo de cuadras quisiera acostarse con una o dos doncellas.
En aquel entonces, aún podía estar bajo la luz solar, y el amanecer era la única cosa de su miserable existencia que ansia¬ba. Sentir el calor en el rostro, inhalar la dulce bruma, deleitarse con la luz; aquellos placeres eran los únicos que había poseído, y los tenía en gran estima. Su vista, debilitada desde su nacimiento, ya era mala en aquella época, pero bastante mejor que ahora. Aún recordaba con penosa claridad cómo era el sol.
Había estado al servicio del comerciante durante casi un año, hasta que todo su mundo cambió de repente.
La noche en que sufrió la transformación, se había echa¬do en su lecho de paja, completamente agotado. En los días an¬teriores, se había sentido mal y le había costado mucho hacer su trabajo, aunque aquello no era una novedad.
El dolor, cuando llegó, atormentó su débil cuerpo, empe¬zando por el abdomen y extendiéndose hacia los extremos, lle¬gando a la punta de los dedos de las manos, de los pies, y al final de cada uno de sus cabellos. El dolor no era ni remotamente similar a cualquiera de las fracturas, contusiones, heridas o pali¬zas que había recibido hasta aquel momento. Se dobló hecho un ovillo, con los ojos casi saliéndose de las órbitas en medio de la agonía y la respiración entrecortada. Estaba convencido de que iba a morir y rezó por sumergirse cuanto antes en la oscuridad. Sólo quería un poco de paz y que finalizara aquel horrible su¬frimiento.
Entonces una hermosa y esbelta rubia apareció ante él. Era un ángel enviado para llevarlo al otro mundo. Nunca lo dudó.
Como el patético miserable que era, le suplicó clemencia. Extendió la mano hacia la aparición, y cuando la tocó supo que el fin estaba cerca. Al oír que pronunciaba su nombre, él trató de sonreír como muestra de gratitud, pero no pudo articular pala¬bra. Ella le contó que era la persona que le había sido prometida, la que había bebido un sorbo de su sangre cuando era un niño para así saber dónde encontrarlo cuando se presentara su tran¬sición. Dijo que estaba allí para salvarlo.
Y luego Marissa se abrió la muñeca con sus propios col¬millos y le llevó la herida a la boca.
Bebió desesperadamente, pero el dolor no cesó. Sólo se hi¬zo diferente. Sintió que sus articulaciones se deformaban y sus huesos se desplazaban con una horrible sucesión de chasquidos. Sus músculos se tensaron y luego se desgarraron, y le dio la sen¬sación de que su cráneo iba a explotar. A medida que sus ojos se agrandaban, su vista se iba debilitando, hasta que sólo le que¬dó el sentido del oído.
Su respiración áspera y gutural le hirió la garganta mien¬tras trataba de aguantar. En algún momento se desmayó, final¬mente, sólo para despertar a una nueva agonía. La luz solar que tanto amaba se filtraba a través de las ranuras de las tablas del gra¬nero en pálidos rayos dorados. Uno de aquellos rayos le tocó en un hombro, y el olor a carne quemada lo aterrorizó. Se reti¬ró de allí, mirando a su alrededor presa del pánico. No podía ver nada salvo sombras borrosas. Cegado por la luz, trató de levantarse, pero cavó boca abajo sobre la paja. Su cuerpo no le res-pondía. Tuvo que intentarlo dos veces antes de poder conseguir afirmarse sobre sus pies, tambaleándose como un potrillo.
Sabía que necesitaba protegerse de la luz del día, y se arras¬tró hasta donde pensó que debía de estar la escalera. Pero calcu¬ló mal y se cayó desde el pajar. En medio de su aturdimiento, creyó poder llegar al silo para el grano. Si lograba descender hasta allí, se encontraría rodeado por la oscuridad.
Fue tanteando con los brazos por todo el granero, cho¬cando contra las cuadras y tropezando con los aperos, tratando de permanecer lejos de la luz y controlar al mismo tiempo sus in gobernables extremidades. Cuando se acercaba a la parte trasera del granero, se golpeó la cabeza contra una viga bajo la cual siem¬pre había pasado fácilmente. La sangre le cubrió los ojos.
Instantes después, uno de los palafreneros entró, y al no reconocerle, exigió saber quién era. Wrath giró la cabeza en di¬rección a la voz familiar, buscando ayuda. Extendió las manos y comenzó a hablar, pero su voz no sonó como siempre.
Luego escuchó el sonido de una horquilla aproximándosele por el aire en feroz acometida. Su intención era desviar el gol¬pe, pero cuando sujetó el mango y dio un empujón, envió al mozo de cuadra contra la puerta de uno de los establos. El hombre soltó un alarido de espanto y escapó corriendo, seguramente en busca de refuerzos.
Wrath encontró finalmente el sótano. Sacó de allí dos enor¬mes sacos de avena y los colocó junto a la puerta para que nadie pudiera entrar durante el día. Exhausto, dolorido, con la sangre manándole por el rostro, se arrastró dentro y apoyó la espalda desnuda contra el muro. Dobló las rodillas hasta el pecho, cons¬ciente de que sus muslos eran cuatro veces mayores que el día an¬terior. Cerrando los ojos, reclinó la mejilla sobre los antebrazos y tembló, luchando por no deshonrarse llorando. Estuvo des¬pierto todo el día, escuchando los pasos sobre su cabeza, el piafar de los caballos, el monótono zumbido de las charlas. Le aterro¬rizaba pensar que alguien abriera la puerta y lo descubriera. Le alegró que Marissa se hubiera marchado y no estuviera expues¬ta a la amenaza procedente de los humanos.
Regresando al presente, Wrath escuchó a la hija de Darius entrar en el apartamento. Se encendió una luz.
***
Beth arrojó las llaves sobre la mesa del pasillo. La rápida cena con el Duro había resultado sorprendentemente fácil. Y él le había su¬ministrado algunos detalles sobre la bomba. Habían hallado una Mágnum manipulada en el callejón. Butch había mencionado tam¬bién la estrella arrojadiza de artes marciales que ella había des¬cubierto en el suelo. El equipo del CSI estaba trabajando en las armas, tratando de obtener huellas, fibras o cualquier otra prue¬ba. La pistola no parecía ofrecer demasiado, pero la estrella tenía sangre, que estaban sometiendo aun análisis de ADN. En cuan¬to a la bomba, la policía pensaba que se trataba de un atentado relacionado con drogas. El BMW había sido visto antes, aparca¬do en el mismo lugar detrás del club. Y Screamer's era un sitio ideal para los traficantes, muy exclusivos con respecto a sus te¬rritorios.
Se estiró y se puso unos pantalones cortos. Era otra de esas noches calurosas, y mientras abría el futón, deseó que el aire acon¬dicionado aún funcionara. Encendió el ventilador y le dio de comer a Boo, que, tan pronto como dejó vacío su tazón, reanudó su ir y venir ante la puerta corredera.
-No vamos a empezar de nuevo, ¿o sí?
Un relámpago resplandeció en el cielo. Se acercó a la puer¬ta de cristal y la deslizó un poco hacia atrás, bloqueándola. La de¬jaría abierta sólo un rato. Por una vez, el aire nocturno olía bien. Ni un tufillo a basura.
Pero, por Dios, hacía un calor insoportable.
Se inclinó sobre el lavabo del baño. Después de quitarse las lentillas, cepillarse los dientes y lavarse la cara, remojó una toalla en agua fría y se frotó la nuca. Unos hilillos de agua descendieron por su piel, y ella recibió con placer los escalofríos al volver a salir.
Frunció el ceño. Un aroma muy extraño flotaba en el am¬biente. Algo exuberante y picante...
Se encaminó hacia la puerta del patio y olfateó un par de veces. Al inhalar, sintió que se aliviaba la tensión de sus hombros. Y luego vio que Boo se había sentado agazapado y ron¬roneaba como si estuviera dándole la bienvenida a alguien co¬nocido.
-¿Qué diab...?
El hombre que había visto en sus sueños estaba al otro la¬do del patio.
Beth dio un salto atrás y dejó caer la toalla húmeda; es¬cuchó débilmente el sonido sordo cuando llegó al suelo.
La puerta se deslizó hacia atrás, quedando abierta por com¬pleto, a pesar de que ella la había bloqueado.
Y aquel maravilloso olor se hizo más evidente cuando él entró en su casa.
Sintió pánico, pero descubrió que no podía moverse.
Por todos los santos, aquel desconocido era colosal. Si su apartamento era pequeño, con su presencia pareció reducirlo al tamaño de una caja de zapatos. Y el traje de cuero negro contribuía a hacerlo más grande. Debía medir por lo menos dos metros. Un minuto...
¿Qué estaba haciendo? ¿Tomándole las medidas para ha¬cerle un traje?
Tendría que estar saliendo a toda prisa. Debería estar tra¬tando de llegar a la otra puerta, corriendo como alma que lleva el diablo.
Pero estaba como hipnotizada, mirándolo.
Llevaba puesta una cazadora a pesar del calor, y sus largas piernas también estaban cubiertas de cuero. Usaba pesadas botas con puntera de acero, y se movía como un depredador.
Beth estiró el cuello para verle la cara.
Tenía la mandíbula prominente y fuerte, labios gruesos, pó¬mulos marcados. El cabello, lacio y negro, le caía hasta los hombros desde un mechón en forma de u ve en la frente, y en su rostro se apreciaba la sombra de una incipiente barba oscura. Las gafas de sol negras que usaba, curvadas en los extremos, se ajustaban perfecta-mente a su rostro y le conferían un aspecto de asesino a sueldo.
Como si la apariencia amenazadora no fuera suficiente para hacerle parecer un asesino.
Fumaba un cigarro fino y rojizo, al que dio una larga ca¬lada haciendo brillar el extremo con un resplandor anaranjado. Exhaló una nube de ese humo fragante, y cuando éste llegó a la nariz de Beth, su cuerpo se relajó todavía más.
Pensó que seguramente venía a matarla. No sabía qué ha¬bía hecho para merecer aquel ataque, pero cuando él exhaló otra bocanada de aquel extraño cigarro, apenas pudo recordar dón¬de estaba. Su cuerpo se sacudía mientras él acortaba la distancia en¬tre ambos. Le aterrorizaba lo que sucedería cuando estuviera junto a ella, pero notó, absurdamente, que Boo ronroneaba y se frotaba contra los tobillos del extraño.
Aquel gato era un traidor. Si por algún milagro sobrevivía a aquella noche, lo degradaría a comer vísceras.
Beth echó el cuello hacia atrás cuando sus ojos se encon¬traron con la feroz mirada del hombre. No podía ver el color de sus ojos a través de las gafas, pero su mirada fija quemaba.
Luego, sucedió algo extraordinario. Al detenerse frente a ella, la joven sintió una ráfaga de pura y auténtica lujuria. Por primera vez en su vida, su cuerpo se puso lascivamente caliente. Caliente y húmedo.
Su clítoris ardía por él.
Química, pensó aturdida. Química pura, cruda, animal. Cualquier cosa que él tuviera, ella lo quería.
-Pensé que podíamos intentarlo de nuevo -dijo él.
Su voz era grave, un profundo retumbar en su sólido pe¬cho. Tenía un ligero acento, pero no pudo identificarlo. -¿Quién es usted? -dijo en un susurro.
-He venido a buscarte.
El vértigo la obligó a apoyarse en la pared.
-¿A mí? ¿Adónde..., -La confusión la obligó a callar. -¬¿Adónde me lleva?
¿Al puente? ¿Para arrojar su cuerpo al río?
La mano de Wrath se aproximó a la cara de ella, y le tomó el mentón entre el índice y el pulgar, haciéndole girarla cabeza hacia un lado.
-¿Me matará rápido? -masculló ella- ¿O lentamente?
-Matar no. Proteger.
Cuando él bajó la cabeza, ella trató de concienciarse de que debía reaccionar y luchar contra aquel hombre a pesar de sus pa¬labras. Necesitaba poner en funcionamiento sus brazos y sus piernas. El problema era que, en realidad, no deseaba empujarlo lejos de sí. Inspiró profundamente.
Santo Dios, olía estupendamente. A sudor fresco y limpio. Un almizcle oscuro y masculino. Aquel humo...
Los labios de él tocaron su cuello. Le dio la sensación de que la olisqueaba. El cuero de su cazadora crujió al llenarse de ai¬re sus pulmones y expandirse su pecho.
-Estás casi lista-dijo quedamente-. No tenemos mu¬cho tiempo.
Si se refería a que tenían que desnudarse, ella estaba com¬pletamente de acuerdo con el plan. Por Dios, aquello debía de ser a lo que la gente se refería cuando se ponía poética con el sexo. No cuestionaba la necesidad de tenerlo dentro de ella, únicamente sabía que moriría si él no se quitaba los pantalones. Ya.
Beth extendió las manos, ansiosa por tocarlo, pero cuan¬do se separó de la pared empezó a caerse. Con un único movi¬miento, él se colocó el cigarrillo entre sus crueles labios y al mismo tiempo la sujetó con gran facilidad. Mientras la levantaba entre sus brazos, ella se apoyó en él, sin molestarse ni siquiera en fin¬gir una cierta resistencia. La llevó como si no pesara, cruzando la habitación en dos zancadas.
Cuando la recostó sobre el sofá, su cabello cavó hacia de¬lante, y ella levantó la mano para tocar las negras ondas. Eran gruesas y suaves. Le pasó la mano por la cara, y aunque él pare¬ció sorprenderse, no se la retiró.
Por Dios, todo en él irradiaba sexo, desde la fortaleza de su cuerpo hasta la forma como se movía y el olor de su piel. Nun¬ca había visto a un hombre semejante. Y su cuerpo lo sabía tan bien como su mente.
-Bésame -dijo ella.
Él se inclinó sobre ella, como una silenciosa amenaza. Siguiendo un impulso, las manos de Beth aferraron las so¬lapas de la cazadora del vampiro, tirando de él para acercarlo a su boca.
Él le sujetó ambas muñecas con una sola mano. -Calma.
¿Calma? No quería calma. La calma no formaba parte del plan.
Forcejeó para soltarse, y al no conseguirlo arqueó la es¬palda. Sus senos tensaron la camiseta, y se frotó un muslo contra el otro, previendo lo que sentiría si lo tuviera entre ellos.
Si pusiera sus manos sobre ella... -Por todos los santos -murmuró él.
Ella le sonrió, deleitándose con el súbito deseo de su rostro.
-Tócame.
El extraño empezó a sacudir la cabeza, como si quisiera despertar de un sueño.
Ella abrió los labios, gimiendo de frustración.
-Súbeme la camiseta. -Se arqueó de nuevo, ofreciéndo¬le su cuerpo, anhelando saber si había algo más caliente en su in¬terior, algo que él pudiera extraerle con las manos-. Hazlo.
Él se sacó el cigarrillo de la boca. Sus cejas se juntaron, y ella tuvo la vaga impresión de que debería estar aterrorizada. En lugar de ello, elevó las rodillas y levantó las caderas del futón. Imaginó que él le besaba el interior de los muslos y buscaba su sexo con la boca. Lamiéndola.
Otro gemido salió de su boca. Wrath estaba mudo de asombro.
Y no era del tipo de vampiros que se quedan estupefac¬tos a menudo.
Cielos.
Aquella mestiza humana era la cosa más sensual que había tenido cerca en su vida. Y había apagado una o dos hogueras en algún tiempo.
Era el humo rojo. Tenía que ser eso. Y debía de estar afec¬tándolo a él también, porque estaba más que dispuesto a tomar a la hembra.
Miró el cigarrillo.
Bien, un razonamiento muy profundo, pensó. Lo malo era que aquella maldita sustancia era relajante, no afrodisíaca.
Ella gimió otra vez, ondulando su cuerpo en una sensual oleada, con las piernas completamente abiertas. El aroma de su excitación le llegó tan fuerte como un disparo. Por Dios, lo ha¬bría hecho caer de rodillas si no estuviera va sentado.
-Tócame -suspiró.
La sangre de Wrath latía como si estuviera corriendo des¬bocada y su erección palpitaba como si tuviera un corazón propio. -No estoy aquí para eso -dijo.
-Tócame de todos modos.
Él sabía que debía negarse. Era injusto para ella. Y tenían que hablar.
Quizás debiera regresar más tarde.
Ella se arqueó, presionando su cuerpo contra la mano con que él le sujetaba las muñecas. Cuando sus senos tensaron la ca¬miseta, él tuvo que cerrar los ojos.
Era hora de irse. En verdad era hora de...
Excepto que no podía irse sin saborear al menos algo.
Sí, pero sería un bastardo egoísta si le ponía un dedo en¬cima. Un maldito bastardo egoísta si tomaba algo de lo que ella le estaba ofreciendo bajo los efectos del humo.
Con una maldición, Wrath abrió los ojos.
Por Dios, estaba muy frío. Frío hasta la médula. Y ella ca¬liente. Lo suficiente para derretir ese hielo, al menos durante un momento.
Y había pasado tanto tiempo...
El vampiro bajó las luces de la habitación. Luego usó la mente para cerrar la puerta del patio, meter al gato en el baño y correr todos los cerrojos del apartamento.
Apoyó cuidadosamente el cigarrillo sobre el borde de la mesa junto a ellos y le soltó las muñecas. Las manos de ella afe¬rraron su cazadora, tratando de sacársela por los hombros. Él se arrancó la prenda de un tirón, y cuando cavó al suelo con un sonido sordo, ella se rió con satisfacción. Le siguió la funda de las dagas, pero la mantuvo al alcance de la mano.
Wrath se inclinó sobre ella. Sintió su aliento dulce y men¬tolado cuando posó la boca sobre sus labios. Al sentir que ella se estremecía de dolor, se retiró de inmediato. Frunciendo el ceño, le tocó el borde de la boca.
-Olvídalo -le dijo ella, aferrando sus hombros.
Por supuesto que no lo olvidaría. Que Dios ayudara a aquel humano que la había herido. Wrath iba a arrancarle cada uno de sus miembros y lo dejaría en la calle desangrándose.
Besó suavemente la magulladura en proceso de curación, y luego descendió con la lengua hasta el cuello. Esta vez, cuando ella empujó los senos hacia arriba, él deslizó una mano bajo la fina camiseta y recorrió la suave y cálida piel. Su vientre era plano, y deslizó sobre él la palma de la mano, sintiendo el espacio entre los huesos de las caderas.
Ansioso por conocer el resto, le quitó la prenda y la arrojó a un lado. Su sujetador era de color claro, y él recorrió los bordes con la punta de los dedos antes de acariciar con las palmas sus pechos, que cubrió con las manos, sintiendo los duros capullos de sus pezones bajo el suave satén.
Wrath perdió el control.
Dejó los colmillos al descubierto, emitió un siseo y mordió el cierre frontal del sujetador. El mecanismo se abrió de golpe. Be¬só uno de sus pezones, introduciéndoselo en la boca. Mientras succionaba, desplazó el cuerpo y lo extendió sobre ella, cayendo entre sus piernas. Ella acogió su peso con un suspiro gutural. Las manos de Beth se interpusieron entre ambos cuando ella quiso desabrocharle la camisa, pero él no tuvo paciencia su¬ficiente para que le desnudara. Se irguió ti- rompió la ropa para quitársela, haciendo saltar los botones y enviándolos por los ai-res. Cuando se inclinó de nuevo, sus senos rozaron el pecho de roca y su cuerpo se estremeció bajo él.
Quería besarla otra vez en la boca, pero va estaba más allá de la delicadeza y la sutileza, así que rindió culto a los senos con la lengua y luego se trasladó a su vientre. Cuando llegó a los pantalones cortos de la chica, los deslizó por las largas y suaves piernas.
Wrath sintió que algo le explotaba en la cabeza cuando su aroma le llegó en una fresca oleada. Ya se encontraba peligrosa¬mente cerca del orgasmo, con su miembro preparado para explotar y el cuerpo temblando por la urgencia de poseerla. Llevó la mano a sus muslos. Estaba tan húmeda que rugió.
Aunque estuviera tremendamente ansioso, tenía que sa¬borearla antes de penetrarla.
Se quitó las gafas y las puso junto al cigarrillo antes de inun¬dar de besos sus caderas y muslos. Beth le acarició el cabello con las manos mientras lo apremiaba para que llegara a su destino.
Le besó la piel más delicada, atrayendo el clítoris hacia su boca, y ella alcanzó el éxtasis una y otra vez hasta que Wrath va no pudo contener sus propias necesidades. Retrocedió, se apresuró a quitarse los pantalones y a cubrirla con su cuerpo una vez más.
Ella colocó las piernas alrededor de sus caderas, y él si¬seó cuando sintió corno su calor le quemaba el miembro. Utilizó las pocas fuerzas que le quedaban para detenerse y mirarla a la cara.
-No pares -susurró ella-. Quiero sentirte dentro de mí. Wrath dejó caer la cabeza dentro de la depre¬sión de su cuello. Lentamente, echó hacia atrás la cadera. La pun¬ta de su pene se deslizó hasta la posición correcta ajustándose a ella a la perfección, penetrándola con una poderosa arremetida. Soltó un bramido de éxtasis.
El paraíso. Ahora sabía cómo era el paraíso.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Oct 30, 2010 5:58 pm

Capítulo 9

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En su habitación, el señor X se puso unos pantalones de tra¬bajo y una camisa negra de nailon. Se sentía satisfecho por la forma en que había transcurrido la reunión con la Sociedad esa tarde. Todos los restrictores habían asistido. La mayoría de ellos se encon¬traron dispuestos a someterse a sus dictados, sólo unos pocos habían planteado problemas, mientras que otros habían tratado de adularlo. Todo eso no los había conducido a ninguna parte.
Al final de la sesión, había escogido a veintiocho más para que permanecieran en el área de Caldwell, basándose en su re¬putación y la impresión que le habían causado al conocerlos personalmente. A los doce más capacitados los había dividido en dos escuadrones principales. A los otros dieciséis los distribuiría en cuatro grupos secundarios.
Ninguno de ellos estuvo muy dispuesto a aceptar la nue¬va distribución. Estaban acostumbrados a trabajar por su propia cuenta, y sobre todo a los más selectos no les hacía mucha gracia permanecer atados. Todo parecía muy complicado. La ventaja de la división en escuadrones consistía en que podía asignarles dife¬rentes partes de la ciudad, dividirlos en pequeños contingentes y supervisar su rendimiento más de cerca.
El resto había sido enviado de vuelta a sus puestos. Ahora que tenía a sus tropas en formación y con sus res¬pectivas misiones asignadas, se concentraría en el procedimiento de reunir información. Ya tenía una idea de cómo hacer que fun-cionara, y la probaría aquella noche.
Antes de salir a la calle, arrojó a cada uno de sus pitbulls un kilo de carne cruda picada. Le gustaba mantenerlos ham¬brientos, así que los alimentaba en días alternos. Tenía aquellos perros, ambos machos, desde hacía dos años, y los encadenaba en extremos opuestos de su casa, uno al frente y el otro en la par¬te trasera, Era una disposición lógica desde el punto de vista de¬fensivo, pero también lo hacía por otra cuestión: la única vez que los había atado juntos, se habían atacado ferozmente.
Recogió su bolsa, cerró la casa y cruzó el césped. El ran¬cho era una pesadilla arquitectónica de falso ladrillo construido a principios de los años setenta, y, él mantenía el exterior feo a propósito. Necesitaba encajar en el entorno, y el precio de aque¬lla zona rural no superaría los cien mil a corto plazo.
Además, la casa le daba igual. Lo importante era la tierra. Con una extensión de cuatro hectáreas, le permitía tener pri¬vacidad. En la parte de atrás, también había un viejo granero rodeado de árboles. Lo había convertido en su taller, y- los robles y arces amortiguaban los ruidos, lo cual era de vital importancia. Después de todo, los gritos podían oírse.
Palpó el aro del llavero hasta que encontró la llave correcta. Corno esa noche tendría que trabajar, dejaría en el garaje el único capricho que se había permitido, el hummer negro. Su camioneta Chrysler, que ya tenía cuatro años, resultaría más adecua¬da y le encubriría mejor.
Le llevó diez minutos llegar hasta el centro de la ciudad y luego se dirigió hacia el Valle de las Prostitutas de Caldwell, un tramo de tres manzanas escasamente iluminadas y llenas de basura cerca del puente. El tráfico era intenso esa noche por aquel corredor de depravación. Se detuvo bajo una farola rota a obser-var la actividad de la zona. Los coches recorrían la oscura calle, parándose a cada poco para que los conductores examinaran lo que había en las aceras. Bajo el infernal calor veraniego, las chi¬cas campaban a sus anchas, contoneándose sobre sus zapatos de tacones imposibles, cubriendo apenas sus pechos y traseros con prendas ligerísimas que pudieran quitarse fácilmente.
El señor X abrió la bolsa y sacó una jeringuilla hipodér¬mica llena de heroína y un cuchillo de caza. Ocultó ambas cosas en la puerta y bajó la ventanilla del lado contrario antes de mez¬clarse con la marea de vehículos.
Él era sólo uno de tantos, pensó. Otro idiota, tratando de conseguir algo.
-¿Buscas compañía? -escuchó gritar a una de las pros¬titutas.
-¿Quieres montar? -dijo otra, moviendo el trasero.
A la segunda vuelta, encontró lo que estaba buscando, una rubia de piernas largas y grandes curvas.
Exactamente el tipo de prostituta que habría comprado si su pene todavía funcionara.
Iba a disfrutar con aquello, pensó el señor X pisando el freno. Matar lo que ya no podía tener le proporcionaba una sa¬tisfacción especial.
-Hola, querido -dijo ella aproximándose. Colocó los antebrazos sobre la puerta del coche y se inclinó a través de la ventana. Olía a chicle de canela y a perfume mezclado con su¬dor-. ¿Cómo estás?
-Podría estar mejor. ¿Cuánto me costará comprar una sonrisa?
Ella observó el interior del coche y su ropa.
-Con cincuenta te haré llegar al cielo, o a donde tú quieras. -Es demasiado. -Pero sólo lo dijo por decir. Era ella a quien quería.
-¿Cuarenta? -Déjame ver tus tetas. Ella se las mostró.
Él sonrió, quitando el seguro de las puertas para que pu¬diera entrar.
-¿Cómo te llamas?
-Cherry Pie. Pero puedes llamarme como quieras.
El señor X dio la vuelta a la esquina con el coche hasta lle¬gar un lugar retirado debajo del puente.
Arrojó el dinero al suelo a los pies de la mujer, y cuando ella se inclinó a recogerlo, le introdujo la jeringuilla en la nuca y oprimió el émbolo hasta el fondo. Instantes después se desplo¬mó como una muñeca de trapo.
El señor X sonrió y la echó hacia atrás en el asiento pa¬ra que quedara sentada. Luego arrojó la jeringuilla por la ventanilla, que cayó junto a otras muchas, y puso el vehículo en marcha.
En su clínica clandestina, Havers alzó la vista del microscopio, desconcentrado por el sobresalto. El reloj del abuelo estaba re¬picando en un rincón del laboratorio, indicándole que era la hora de la cena, pero no quería dejar de trabajar. Volvió a fijar la vista en el microscopio, preguntándose si había imaginado lo que acababa de ver. Después de todo, la desesperación podía es¬ta afectando a su objetividad.
Pero no, las células sanguíneas estaban vivas. Exhaló un suspiro y se estremeció.
Su raza estaba casi libre. Él estaba casi libre.
Finalmente, había conseguido que la sangre almacenada aún fuera aceptable.
Como médico, siempre había tenido dificultades a la hora de tratar pacientes que podían tener ciertas complicaciones en el parto. Las transfusiones en tiempo real de un vampiro a otro eran posibles, pero como su raza estaba dispersa y su número era pe¬queño, podía resultar muy difícil encontrar donantes a tiempo. Durante siglos había querido instaurar un banco de san¬gre. El problema era que la sangre de los vampiros era muy variable, y su almacenamiento fuera del cuerpo siempre había si-do imposible. El aire, esa cortina invisible sustentadora de vida, era una de las causas del problema, NI no eran necesarias muchas de esas moléculas para contaminar una muestra. Con sólo una o dos, el plasma se desintegraba, dejando a los glóbulos rojos y blan¬cos sin protección, y evidentemente inservibles.
Al principio, no comprendía muy bien cómo se producía este proceso. En la sangre había oxígeno. Por esa razón era roja al salir de los pulmones. Aquella discrepancia lo había conducido a algunos fascinantes descubrimientos sobre el funcionamiento pul¬monar de los vampiros, pero no lo había aproximado a su objetivo. Había tratado de extraer sangre y canalizarla inmediata¬mente en un recipiente hermético. Esta solución, aunque fuese la más obvia, no funcionó. La desintegración era inevitable igualmente, pero a un ritmo menos acelerado. Eso le había sugerido la existencia de otro factor, algo inherente al entorno corporal que faltaba cuando la sangre era extraída del cuerpo. Trató de aislar muestras en calor y en frío, en suspensiones salinas o de plasma humano.
Un sentimiento de frustración le había ido carcomiendo a medida que hacía cambios en sus experimentos. Realizó más prue¬bas e intentó diferentes enfoques. A veces abandonaba el pro¬yecto, pero siempre regresaba a él.
Pasaron varias décadas.
Y después, una tragedia personal le proporcionó una ra¬zón para resolver el problema. Tras la muerte de su shellan y de su hijo durante el parto hacía unos dos años, se había obsesionado y empezado desde el principio.
Su propia necesidad de alimentarse lo había estimulado. Por regla general, sólo necesitaba beber cada seis meses, porque su linaje era muy fuerte. Al morir su hermosa Evangeline, esperó todo lo que pudo, hasta que quedó postrado en la cama a causa del dolor del hambre. Cuando pidió ayuda, se obsesionó con el hecho de sentir tantas ansias de vivir como para beber de otra hembra. E incluso llegó a pensar que tenía que alimentarse sólo para experimentar y cerciorarse de que no sería lo mismo que con Evangeline. Estaba convencido de que no obtendría ningún placer en la sangre de otra y así no traicionaría su memoria.
Había ayudado a tantas hembras, que no le resultó difícil encontrar a una dispuesta a ofrecerse. Escogió a una amiga que no tenía compañero, y mantuvo la esperanza de poder conservar su propia tristeza y humillación.
Fue una auténtica pesadilla. Había aguantado tanto tiem¬po que en cuanto olió la sangre, el depredador que había en él reapareció. Atacó a su amiga y bebió con tanta fuerza que, pos¬teriormente, tuvo que coserle la herida de la muñeca.
Casi le arranca la mano del mordisco.
Aquella reacción le hizo recapacitar sobre el concepto que tenía de sí mismo. Siempre había sido un caballero, un erudito, alguien dedicado a curar, un macho no sujeto a los deseos más primarios de su raza.
Pero, claro, siempre había estado bien alimentado.
Y la terrible verdad era que le había deleitado el sabor de esa sangre. El suave y cálido flujo que pasó por su garganta, y la descomunal fuerza que vino después.
Había sentido placer, y quiso más.
La vergüenza le hizo sentir arcadas, y juró que nunca más bebería de otra vena.
Había cumplido aquella promesa, aunque como resultado se había vuelto débil, tan débil que concentrarse era como tratar de encerrar un banco de niebla. Su inanición era la causa de un constante dolor en el estómago. Y su cuerpo, ansioso por un sus¬tento que el alimento no podía darle, se había canibalizado a sí mismo para mantenerse vivo. Había perdido tanto peso que sus ropas le colgaban por todos lados y tenía la cara demacrada y gris.
Pero el estado en el que se encontraba le había mostrado el camino.
La solución era obvia.
Había que alimentar aquello que tenía hambre.
Un proceso hermético unido a una cantidad suficiente de sangre humana, y ya tenía sus células sanguíneas vivas.
Bajo el microscopio, observó como los glóbulos de los vampiros, más grandes y de forma más irregular comparados con los humanos, consumían lentamente lo que se les había dado. El recuento humano disminuyó en esa muestra, y cuando éste se ex¬tinguió, casi estaba dispuesto a apostar que la viabilidad del com¬ponente vampiro se reduciría hasta llegar a cero.
Sólo tenía que realizar una prueba clínica. Extraería un li¬tro de una hembra, lo mezclaría con una proporción adecuada de sangre humana, y luego se haría él mismo una transfusión.
Si todo salía bien, establecería un programa de donación y almacenamiento. Se salvarían muchos pacientes. Y aquellos que habían decidido renunciar a la intimidad de beber podrían vivir su vida en paz.
Havers alzó la vista del microscopio, percatándose de que había estado observando los glóbulos durante veinte minutos. El plato de ensalada de la cena estaría esperándolo sobre la mesa.
Se quitó la bata blanca y atravesó la clínica, haciendo una pausa para hablar con algunos miembros de su personal de en¬fermería y un par de pacientes. Las instalaciones eran bastante amplias y estaban ocultas en las profundidades de la tierra bajo su mansión. Había tres quirófanos, varias salas de examen y re¬animación, el laboratorio, su oficina y una sala de espera con acceso independiente que daba a la calle. Veía cerca de mil pacientes al año y hacía visitas a domicilio para partos y otras emer¬gencias según las necesidades.
Aunque su actividad había disminuido últimamente a cau¬sa de un descenso de la población.
Comparados con los humanos, los vampiros contaban con tremendas ventajas en lo referente a la salud. Su cuerpo sanaba in as rápido. No sufrían enfermedades como el cáncer, la diabetes o el sida. Pero que Dios los ayudara si tenían un accidente a plena luz del día. Nadie podía prestarles ayuda. Los vampiros también mo¬rían durante su transición o momentos después. Y la fertilidad cons¬tituía otro tremendo problema. A pesar de que la concepción fue¬se exitosa, con frecuencia las hembras no sobrevivían al parto, ya fuera por las hemorragias o por alguna infección. Los abortos eran habituales, y la mortalidad infantil excedía cualquier límite.
Para los enfermos, heridos o moribundos, los médicos hu¬manos no constituían una buena opción, aunque las dos especies compartían en gran medida la misma anatomía. Si un médico humano llegaba a solicitar un análisis de sangre a un vampiro, en¬contraría toda clase de anomalías y creería tener algo digno de publicarse en el Diario Médico de Nueva Inglaterra. Lo mejor era evitar esa clase de tentaciones.
En ocasiones, sin embargo, algún paciente terminaba en algún hospital humano, un problema que iba en aumento desde que había empezado a funcionar el 911 y las ambulancias llegaban de inmediato. Si un vampiro quedaba tan malherido que per¬día el conocimiento lejos de su casa, corría el peligro de ser re¬cogido y llevado a una sala de urgencias humana. Sacarlo de allí sin permiso médico siempre había sido muy difícil.
Havers no era arrogante, pero sabía que era el mejor mé¬dico con que contaba su especie. Había asistido a la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard dos veces, una a finales de 1800 y luego en la década de 1980. En ambos casos declaró en su formulario de matrícula que era inválido, y la universidad le permitió concesiones especiales. No había podido asistir a las con¬ferencias porque éstas se realizaban durante el día, pero le habían permitido a su doggen tomar notas y entregar sus exámenes. Havers había leído todos los textos, mantenido correspondencia con los profesores, e incluso asistido a seminarios y charlas progra-madas en horas nocturnas.
Siempre le había fascinado la Academia.
Cuando llegó al primer piso, no le sorprendió ver que Ma¬rissa no había bajado al comedor, aunque la cena se sirviera a la una de la madrugada todas las noches.
Se dirigió a las habitaciones de la hembra.
-¿Marissa? -dijo en la puerta, tocando suavemente una vez-. Marissa, es la hora de cenar.
Havers asomó la cabeza. La luz del candelabro del vestí¬bulo se filtró, creando un rayo dorado que atravesó las tinie¬blas. Las cortinas aún cubrían las ventanas, y ella no había en¬cendido ninguna de las lámparas.
-¿Marissa, querida? -No tengo hambre.
Havers cruzó el umbral. Distinguió la cama con dosel y el pequeño bulto que formaba su cuerpo bajo las mantas.
-Pero tampoco comiste nada anoche. Ni cenaste. -Bajaré más tarde.
É1 cerró los ojos, llegó a la conclusión de que le habían suministrado alimento la noche anterior. Cada vez que veía a Wrath, se encerraba en sí misma durante varios días.
Pensó en los glóbulos vivos de su laboratorio.
Wrath podía ser el rey de su raza por nacimiento y tener la sangre más pura de todos, pero aquel guerrero era un com¬pleto bastardo. No parecía preocuparle lo que le estaba haciendo a Marissa. O quizá ni siquiera sabía cuánto le afectaba su crueldad.
Era difícil decidir cuál de los dos crímenes era peor. -He hecho un progreso importante -dijo Havers, acer¬cándose a la cama para sentarse en el borde-. Voy a liberarte. -¿De qué?
-De ese... asesino. -No hables así de él. Havers rechinó los dientes. -Marissa...
-No quiero liberarme de él.
-¿Cómo puedes decir eso? Te trata sin ningún respeto. Detesto pensar en ese bruto alimentándose de ti en cualquier ca¬llejón...
-Vamos a casa de Darius. Tiene una habitación allí.
La idea de que ella estuviera expuesta a otro de los gue¬rreros no lo tranquilizaba precisamente. Todos eran aterradores, y algunos francamente pavorosos.
Sabía que la Hermandad de la Daga Negra era un mal ne¬cesario para defender la raza, y tenía que estar agradecido por su protección, pero sólo podía sentir temor ante ellos. El hecho de que el mundo fuera tan peligroso y los enemigos de la raza tan poderosos como para hacer imprescindible la existencia de tales guerreros, era trágico.
-No debes hacerte esto a ti misma.
Marissa dio media vuelta, dándole la espalda. -Vete.
Havers se llevó las manos a las rodillas y se levantó. Sus recuerdos de Marissa antes de que empezara a prestar servicio a su terrible rey eran muy difusos. Sólo podía recordar algunas una 7enes y breves momentos de su existencia anterior, y temía que no quedara va nada de la alegre y sonriente joven.
¿Y en qué se había convertido? En una sombra sumisa que flotaba por la casa, languideciendo por un macho que la trataba sin ninguna consideración.
-Espero que recapacites Y vengas a comer -dijo Havers suavemente-. Me encantaría contar con tu compañía.
Cerró la puerta en silencio y se dirigió a la tallarla escalera curva. La mesa del comedor estaba dispuesta como a él le gusta¬ba, con el servicio completo de porcelana, cristal y plata. Se sentó a la cabecera de la reluciente mesa, y uno de sus doggens apa¬reció para servirle vino.
Al bajar la vista para mirar el plato de lechuga, forzó una sonrisa.
-Karolyn, esta ensalada tiene un aspecto estupendo.
La mujer inclinó la cabeza y los ojos le brillaron ante aque¬lla alabanza.
-Hoy he ido a una granja sólo para buscar la lechuga que a usted le gusta.
-Bien, aprecio tu esfuerzo. -Havers se dedicó a cortar las delicadas verduras en cuanto se quedó solo en la hermosa estancia. Pensó en su hermana, encogida en la cama.
Havers era médico por naturaleza y profesión, un ma¬cho que había dedicado su vida entera al servicio a los demás.
Pero si alguna vez Wrath resultaba tan malherido como para necesitar su ayuda, se sentiría tentado de dejar desangrarse a ese monstruo. O de matarlo en el quirófano con un tajo de bisturí.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Oct 30, 2010 5:59 pm

Capítulo 10

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Beth recobró la conciencia lentamente. Fue como salir a la superficie después de un salto de trampolín per¬fectamente realizado. Había un resplandor en su cuerpo, una cierta satisfacción mientras resurgía del nebuloso mundo del sueño.
Sintió algo en la frente.
Sus párpados se abrieron. Unos largos dedos masculinos se movían bajo el puente de su nariz, pasaron por su mejilla y des¬cendieron a su barbilla.
Había suficiente luz natural procedente de la cocina, de modo que podía distinguir en la penumbra al hombre que esta¬ba tendido a su lado.
Estaba totalmente concentrado en explorar su rostro. Te¬nía los ojos cerrados, el entrecejo fruncido, las gruesas pestañas contra sus pómulos altos y firmes. Estaba a su lado, sus hombros gigantescos le tapaban la vista de la puerta de vidrio.
Dios Santo, era enorme. Y macizo.
Sus antebrazos eran del tamaño de los muslos de ella. En su abdomen estaban resaltados los músculos de una forma es¬pectacular. Sus piernas, gruesas y musculosas. Y su sexo era tan grande y magnífico como el resto de su cuerpo.
La primera vez que se había acercado a ella desnudo y tuvo oportunidad de tocarlo, quedó impresionada. No tenía ni rastro de vello en el torso ni en los brazos o piernas. Sólo piel lisa encima de músculos de acero.
Se preguntó por qué se afeitaría completamente, incluso allí abajo. A lo mejor se trataba de un culturista.
Aunque la razón de hacer el Full Mona, con una navaja de afeitar era un misterio.
Las imágenes de lo que había pasado entre ellos le resul¬taban un tanto imprecisas. No podía recordar exactamente cómo había entrado en su apartamento, o lo que le había dicho. Pero todo lo que habían hecho en posición horizontal era endiablada¬mente vívido.
Lo cual tenía sentido, ya que él le había hecho experimentar los primeros orgasmos de su vida.
Las yemas de los dedos giraron sobre su barbilla y subie¬ron a sus labios. Le acarició el labio inferior con el dedo pulgar. -Eres hermosa -le susurró. Su ligero acento le hacía arrastrar las erres, casi como si estuviera ronroneando.
Bien, eso es razonable, pensó ella. Cuando él la tocaba, ella se sentía hermosa.
La boca de él se posó sobre la suya, pero no estaba bus¬cando nada. El beso no era una petición, sino un gesto de agra¬decimiento.
En alguna parte de la habitación, sonó un móvil. El tim¬bre no correspondía al suyo.
Él se movió tan rápidamente que ella dio un respingo. En un instante estaba a su lado, y al siguiente junto a su chaqueta, abriendo la tapa del teléfono.
-¿Sí? -La voz que antes le había dicho que era hermosa había desaparecido. Ahora gruñía.
Beth se cubrió el pecho con la sábana.
-Nos reuniremos en casa de D dentro de diez minutos. Colgó el teléfono, volvió a dejarlo en la chaqueta y reco¬gió sus pantalones. Aquel intento de vestirse la hizo volver un poco a la realidad.
Dios, ¿realmente había tenido relaciones sexuales, verda¬deramente alucinantes, con un completo extraño?
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
Cuando se estaba subiendo el pantalón de cuero negro, tu¬vo una magnífica visión de su trasero.
-Wrath. -Se dirigió a la mesa para recoger sus gafas. Cuando se sentó junto a ella, va las tenía puestas-. Tengo que irme. Tal vez no pueda volver esta noche, pero lo intentaré.
Ella no quería que se fuera. Le gustaba la sensación de su cuerpo ocupando la mayor parte de su cama.
Extendió las manos hacia él, pero las retiró. No quería pa¬recer necesitada.
-No, tócame -dijo él, doblándose hacia abajo, expo¬niendo con placer su cuerpo hacia ella.
Beth colocó la palma de la mano en su pecho. Su piel era cálida, su corazón latía de forma regular y acompasada. Notó que tenía una cicatriz redonda en el pectoral izquierdo.
-Necesito saber algo, Wrath. -Su nombre sonaba bien, aunque le resultaba ligeramente extraño-. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Él sonrió un poco, como si le gustara su recelo. -Estoy aquí para cuidar de ti, Elizabeth. Bueno, se podía decir que lo había hecho. -Beth. Me llaman Beth.
Él inclinó la cabeza. -Beth.
Se puso de pie y alcanzó su camisa. Recorrió con las ma¬nos la parte delantera, como si buscara los botones.
Ella pensó que no iba a encontrar muchos. La mayor par¬te se encontraban desperdigados por el suelo.
-¿Tienes una papelera? -preguntó él, como si se perca¬tara de lo mismo.
-Allí. En el rincón. -¿Dónde?
Ella se levantó, sosteniendo la sábana a su alrededor, y cogió la camisa. Arrojarla a la basura le pareció un desperdicio. Cuando lo miró de nuevo, él se había colocado una funda negra sobre la piel desnuda, en la que se veían dos dagas entre¬cruzadas en medio del pecho, con la empuñadura hacia abajo.
Curiosamente, al mirar sus armas se tranquilizó. La idea de que hubiera una explicación lógica para su aparición era un alivio.
-¿Ha sido Butch?
-¿Butch?
-El que te ha enviado a vigilarme.
Él se puso la chaqueta, cuyo volumen le ensanchó los hom¬bros aún más. El cuero era tan oscuro como su cabello y una de las solapas tenía repujado un intrincado dibujo en hilo negro. -El hombre que te atacó anoche -dijo-. ¿Era un ex¬traño?
-Sí. -Se rodeó con sus propios brazos. -¿La policía se ha portado bien contigo? -Siempre lo hacen.
-¿Te dijeron su nombre? Ella asintió.
-Yo tampoco podía creerlo. Cuando Butch me lo di¬jo pensé que era una broma. Billy Riddle parece más un perso¬naje de Barrio Sésamo que un violador-, pero estaba claro que tenía un modus operandi y algo de práctica.
Se detuvo. El rostro de Wrath tenía un aspecto tan feroz, que retrocedió un paso.
Jesús, si Butch era duro con los delincuentes, este tipo era mucho más que mortífero, pensó.
Pero entonces su expresión cambió, como si ocultara sus emociones porque sabía que podían asustarla. Se dirigió al baño y abrió la puerta. Boo saltó a sus brazos, y un ronroneo bajo y rítmico resonó en el denso aire.
Con toda seguridad no procedía de su gato.
El sonido gutural provenía del hombre mientras sostenía a su mascota en brazos. Boo aceptó gustoso aquella atención, frotando su cabeza contra la ancha palma que lo estaba acari¬ciando.
-Te daré el número de mi móvil, Beth. Tienes que lla¬marme si te sientes amenazada de alguna forma. -Soltó al gato y recitó unos cuantos dígitos. Le hizo repetirlos hasta que los hubo memorizado-. Si no te veo esta noche, quiero que vayas por la mañana al 816 de la avenida Wallace. Te lo explicaré todo. -Y luego simplemente la miró-. Ven aquí -dijo.
Su cuerpo obedeció antes de que su mente registrara la or¬den de moverse.
Cuando se le acercó, él le pasó un brazo alrededor de la cintura y la atrajo contra su duro cuerpo. Posó sus labios ca¬lientes y hambrientos sobre los de ella mientras hundía la otra mano en su cabello. A través de sus pantalones de cuero, ella pu¬do sentir que estaba nuevamente listo para el sexo.
Y ella estaba preparada para él.
Cuando él alzó la cabeza, deslizó la mano lentamente por su clavícula.
-Esto no formaba parte del plan.
-¿Wrath es tu primer nombre o tu apellido?
-Ambos. -Le dio un beso a un lado del cuello, chupán¬dole la piel. Ella dejó caer un poco la cabeza, mientras su lengua la recorría-. ¿Beth?
-¿Hmm?
-No te preocupes por Billy Riddle. Tendrá lo que se merece.
La besó rápidamente y luego salió por la puerta de cristal. Ella se pasó la mano por el lugar donde él la había lamido. Sintió escozor.
Corrió a la ventana y levantó la cortina. Él ya se había ido.
Wrath se materializó en el salón de Darius.
No había esperado que la noche transcurriera de esa for¬ma, y aquella circunstancia adicional podía complicar la si¬tuación.
Ella era la hija de Darius. Estaba a punto de ver cómo todo su mundo se transformaba y se volvía del revés. Y peor aún, había sido víctima de un asalto sexual la noche anterior, por el amor de Dios.
Si hubiera sido un caballero, la habría dejado en paz.
Sí, ¿y cuándo fue la última vez que se había comportado de acuerdo con su linaje?
Rhage apareció frente a él. El vampiro llevaba una larga gabardina negra de corte militar encima de su ropa de cuero y, sin duda, el contraste con su belleza rubia era impresionante. Sabía perfectamente que el hermano usaba su físico de una for¬ma implacable con el sexo opuesto y que, después de una noche de combate, su manera favorita de tranquilizarse era con una hembra. O con dos.
Si el sexo fuera comida, Rhage habría sido enfermizamen¬te obeso.
Pero no era sólo una cara bonita. El guerrero era el me¬jor combatiente que la Hermandad tenía, el más fuerte, el más rápido, el más seguro. Nacido con un exceso de poder físico, pretería enfrentarse a los restrictores con las manos desnudas, guardando las dagas sólo para el final. Sostenía que era la única manera de conseguir alguna satisfacción con el trabajo. De lo con¬trario, los combates no duraban lo suficiente.
De todos los hermanos, Hollywood era el único del que hablaban los varones jóvenes de la especie, el venerado, al que to¬dos querían emular. Pero eso era debido a que su club de ad miradores únicamente veía la brillante superficie y los suaves movimientos.
Rhage estaba maldito. Literalmente. Se había metido en al¬gún problema grave justo después de su transición. Y la Virgen Escriba, esa fuerza mística de la naturaleza que supervisaba a la especie desde el Fade, le había dado un castigo infernal. Dos¬cientos años de terapia de aversión que aparecía siempre que él no conservaba la calma.
Había que sentir compasión por el pobre bastardo. -¿Cómo te sientes esta noche? -preguntó Rhage. Wrath cerró los ojos brevemente. Una borrosa imagen del cuerpo arqueado de Beth, captada mientras miraba hacia arriba des¬de el interior de sus piernas, lo invadió. Mientras fantaseaba saboreándola de nuevo, cerró los puños, haciendo crujir sus nudillos. Tengo hambre, pensó.
-Estoy listo -dijo.
-Un momento. ¿Qué es eso? -preguntó Rhage. -¿Qué es qué?
-Esa expresión en tu cara. Y por Cristo, ¿dónde está tu camisa?
-Cállate.
-¿Qué...? Por todos los diablos. -Rhage soltó una risi¬ta-. Anoche tuviste algo de acción, ¿no es así?
Beth no era acción. De ninguna manera, y no sólo porque era la hija de Darius.
-Olvídalo, Rhage. No estoy de humor.
-Oye, soy el último en criticar. Pero tengo que pregun¬tar: ¿era buena? Porque no pareces especialmente relajado, her¬mano. Quizá pueda enseñarle algunas cosas y después hacer que la pruebes otra vez.
Wrath arrinconó con lentitud a Rhage contra la pared, ha¬ciendo tambalear un espejo con los hombros del macho. -Cierra el pico, o te lo cerraré yo de un puñetazo. Tú eliges, Hollywood.
Su hermano sólo estaba bromeando, pero había algo irres¬petuoso en comparar su experiencia con Beth, aunque fuera re¬motamente, con la vida sexual de Rhage.
Y quizás Wrath empezaba a sentirse un poco posesivo. -¿Me has entendido? -dijo, arrastrando las palabras. -Perfectamente. -El otro vampiro sonrió de oreja a oreja, sus dientes mostraron un destello blanco en su impresionante rostro-. Pero tranquilízate. Normalmente no pierdes el tiempo con las hembras, y yo me alegro de saber que has echado una ca¬na al aire, eso es todo. -Wrath lo soltó-. Aunque, por Dios, no es posible que te haya...
Wrath desenfundó una daga y la hundió en la pared a es¬casos milímetros del cráneo de Rhage. Pensó que el ruido del ace¬ro al atravesar el yeso sonaba bien.
-No insistas con el tema. ¿Has entendido?
El hermano a sintió despacio mientras el mango de la daga vibraba al lado de su oreja.
-Ah, sí. Creo que todo ha quedado muy claro. La voz de Tohrment diluyó la tensión:
-¡Hey! Rhage, ¿la has cagado otra vez?
Wrath se quedó quieto un instante más, sólo para cercio¬rarse de que el mensaje había sido recibido. Luego arrancó el cu¬chillo de la pared y dio un paso atrás, rondando por la habitación mientras llegaban los otros hermanos.
Cuando entró Vishous, Wrath llevó al guerrero a un lado. -Quiero que me hagas un favor.
-Dime.
-Un macho humano. Billy Riddle. Quiero que apliques tu magia computerizada. Necesito saber dónde vive.
V se acarició la perilla.
-¿Está en la ciudad? -Creo que sí. -Considéralo hecho, mi señor.
Cuando todos estuvieron presentes, incluido Zsadist, que les había hecho el honor de llegar a tiempo, Wrath dio comienzo a la reunión.
-¿Qué sabemos del teléfono de Strauss, V?
Vishous se quitó su gorra de los Red Sox y se pasó una ma¬no por el oscuro cabello. Habló mientras se volvía a colocarse la gorra.
-A nuestro muchacho le gustaba codearse con tipos musculosos, de tipo militar, y fanáticos de Jackie Chan. Tenemos llamadas al Gold's Gyni, a un campo de paint-ball y a dos centros de artes marciales. Ah, y le gustaban los automóviles. Tam-bién había un taller mecánico en el registro.
-¿Y llamadas personales?
-Un par. Una a una línea fija desconectada hace dos días. Las otras a móviles, imposibles de rastrear, no locales. Llamé a todos los números repetidamente, pero nadie respondió. Esos identificadores de llamadas son una mierda.
-¿Has revisado sus antecedentes en Internet?
-Sí. Típico delincuente juvenil con gusto por lo violen¬to. Encaja perfectamente en el perfil del restrictor.
-¿Qué sabemos de su casa? -Wrath miró por encima del hombro a los gemelos.
Phury miró de reojo a su hermano y luego empezó a hablar:
-Apartamento de tres habitaciones sobre el río. Vivía so¬lo. Sin demasiadas pertenencias. Un par de armas bajo la carea, algunas municiones de plata y chalecos antibalas. Y una colección de porno que obviamente va no usaba.
-¿Has cogido su frasco?
-Sí. Lo guardé en mi casa. Lo llevaré a la Tumba esta noche.
-Bien- Wrath miró al grupo. -Nos dividiremos. Pre¬parad todo lo necesario. Quiero entrar en esos edificios. Busca¬remos su centro de operaciones en esa zona.
Dispuso a los guerreros en parejas, y él se quedó con Vi¬shous. Les dijo a los gemelos que fueran al Gold's Gym y al campo de paint-ball. Tohr y Rhage se encargarían de las academias de artes marciales. Él y Vishous irían a echar un vistazo al taller mecánico, y esperaba tener suerte.
Porque si alguien quisiera conectar una bomba a un auto¬móvil, ¿no habría que tener a mano un elevador hidráulico? Antes de que todos salieran, Hollywood se acercó, con una seriedad que no era habitual en él.
-Hombre, Wrath, ya sabes que hago muchas idioteces -dijo Rhage-. No quise ofenderte. No lo mencionaré nunca más. Wrath sonrió. Rhage era demasiado impulsivo, lo que ex¬plicaba tanto su fama de bocazas como su afición al sexo.
Y el problema ya era bastante grave cuando era normal, por no mencionar el momento en que la maldición le trastornó el interruptor de la psique y la bestia cobró vida rugiendo. -Hablo en serio, hombre -dijo el vampiro.
Wrath palmoteó a su hermano en el hombro. En términos generales, aquel hijo de perra era todo un camarada. -Perdonado y olvidado.
-Siéntete libre de golpearme cuando quieras. -Lo haré, créeme.
El señor X condujo hasta un callejón del centro de la ciudad os¬curo y con una entrada en ambos extremos. Después de aparcar la camioneta frente a un montón de contenedores de basura, car¬gó a Cherry Pie sobre su hombro y se alejó casi veinte metros. Ella gimió un poco al rozar contra su espalda, como si no qui¬siera que el movimiento perturbara el éxtasis causado por las drogas.
La tendió en el suelo, y no ofreció ninguna resistencia cuan¬do le dio un tajo en la garganta. La observó un momento mien¬tras de su cuello manaba la sangre brillante. En la oscuridad parecía aceite de motor. Humedeció la punta de uno de sus dedos en el líquido vital que salía a borbotones. Su olfato detectó la pre¬sencia de una enfermedad. Se preguntó si ella estaría enterada de que su hepatitis C estaba en un estadio muy avanzado. Al fin y al cabo, le estaba haciendo un favor ahorrándole un desagra¬dable viaje hacia la muerte.
Aunque tampoco le hubiera importado matarla si gozara de buena salud.
Se limpió el dedo con el borde de la falda de la mujer y lue¬go se dirigió hacia un montón de escombros. Un colchón viejo le serviría a la perfección. Apoyándolo contra los ladrillos, se parapeto detrás de él, sin notar el olor fétido que desprendía. Sacó su arma de dardos y esperó.
La sangre fresca atraía a los vampiros civiles como cuervos a un maizal.
Y tal como había supuesto, al poco rato apareció una fi¬gura al final del callejón. Miró a izquierda y derecha, y luego avan¬zó. El señor X sabía que el que se acercaba tenía que ser un vampiro. Cherry estaba bien disimulada en la oscuridad. No podía atraer la atención de nadie, salvo por el olor sutil de su sangre, al¬go que el olfato humano nunca podría captar.
El macho joven se apresuró a calmar su sed con avidez, ca¬yendo sobre Cherry como si alguien hubiera preparado un ban¬quete para él. Ocupado en beber, fue cogido por sorpresa cuando el primer dardo salió del arma e impactó en su hombro. Su instinto inmediato fue proteger su comida, de modo que arrastró el cuer¬po de Cherry detrás de unos cubos de basura aplastados.
Cuando sintió el segundo dardo, giró y dio un salto, con los ojos puestos en el colchón.
El cuerpo del señor X se puso tenso, pero el macho avan¬zó de una forma más agresiva que eficaz. Los movimientos de su cuerpo estaban ligeramente descoordinados, lo que sugería que todavía estaba aprendiendo a controlar sus miembros después de su transición.
Dos dardos más no lograron reducirlo. Resultaba eviden¬te que el Demosedan, un tranquilizante para caballos, no era suficientemente efectivo. Obligado a luchar contra el macho, el señor X lo aturdió fácilmente dándole puntapiés en la cabeza, ha-ciéndolo caer al sucio asfalto con un aullido de dolor.
El alboroto no pasó inadvertido.
Afortunadamente, se trataba de dos restrictores, y de algún humano curioso o de la policía, lo que sería todavía más fasti¬dioso. Los restrictores se detuvieron al final del callejón y, después de intercambiar impresiones entre ellos un instante, avan¬zaron para investigar.
El señor X soltó una maldición. No estaba preparado para darse a conocer o descubrir lo que estaba haciendo. Necesitaba todavía engrasar la maquinaria de su estrategia de recopilación de información antes de implantarla y asignar misiones a los res¬trictores. Después de todo, un líder no debe ordenar nunca algo que no haya hecho antes, v- con éxito.
También se trataba de una cuestión de interés propio. Al¬guien podía intentar saltarse la cadena de mando y dirigirse di¬rectamente al Omega, ya fuese presentando la idea como propia, o argumentando fracasos preliminares. El Omega siempre recibía con satisfacción las iniciativas y las orientaciones novedosas. Y tra-tándose de lealtad, no la tenía con nadie.
Además, la impresión que el Omega podía tener ante un pequeño fracaso era apresurada y terrible. El anterior jefe del se¬ñor X lo había experimentado perfectamente hacía tres noches.
Extrajo los dardos del cuerpo. Habría preferido matar al vampiro, pero no tenía suficiente tiempo. Con el macho todavía gimiendo en el suelo, el señor X corrió a toda velocidad hacia la otra salida del callejón, sin despegarse de la pared. Después man¬tuvo apagadas las luces de la camioneta hasta que se perdió entre el tráfico.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Nov 06, 2010 7:36 pm

Capítulo 11

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El despertador de Beth interrumpió sus pensamientos, y ella se apresuró a silenciarlo. No lo necesitaba. Llevaba despierta al menos una hora, con la mente zumbando como una cortadora de césped. Con la llegada del alba toda la magia y el misterio de la ardiente noche se habían desvanecido, y se veía obli¬gada a enfrentarse a lo que había hecho.
El sexo sin protección con un extraño resultaba ser un des¬pertar infernal.
¿En qué demonios estaría pensando? Jamás había hecho nada semejante. Siempre había sido muy sana, y gracias a Dios tomaba la píldora anticonceptiva para regular sus esporádicos períodos, pero en cuanto a las otras implicaciones, el estómago le dio un vuelco sólo de pensarlo.
Cuando se encontrara con él de nuevo le preguntaría si es¬taba sano, y rezaría para oír la respuesta que esperaba. Y también para que fuera sincera.
Tal vez si hubiera sido más experta en aquellas cuestiones, habría tenido preparada alguna protección. ¿Pero cuándo había sido la última vez que había dormido con alguien? Hacía mucho tiempo. Mucho más que la fecha de caducidad de una caja de pre¬servativos.
La ausencia de vida sexual se debía más a su desinterés que a cualquier tipo de barrera moral. Los hombres, simplemente, no ocupaban un lugar destacado en su escala de prioridades. Se en¬contraban en algún sitio entre limpiarse los dientes y mantener su coche en buen estado. Y va no tenía coche.
A menudo se preguntaba si le ocurría algo malo, sobre to¬do cuando veía a las parejas de la mano por la calle. La mayoría de las personas de su edad salían con muchísima frecuencia, in tentando buscar a alguien para casarse. Pero ella no. Hasta aho¬ra no había sentido el deseo ardiente de estar con un hombre, e incluso había barajado la posibilidad de que fuese lesbiana. El problema era que no le atraían las mujeres.
De modo que la noche anterior había sido un auténtico descubrimiento.
Se desperezó, sintiendo una deliciosa tirantez en los mus¬los. Cerrando los ojos, lo sintió dentro de ella, su grueso miembro entrando y saliendo hasta ese momento final cuando su cuerpo se había convulsionado dentro del de ella en un poderoso arre¬bato, con sus brazos aplastándola contra él.
Su cuerpo se arqueó involuntariamente; la fantasía era lo suficientemente fuerte para sentir palpitaciones entre las piernas. Los ecos de esos orgasmos le hicieron morderse los labios.
Con un gemido se puso en pie y se dirigió hacia el baño. Cuando vio la camisa que él había rasgado y arrancado para arro¬jarla al cesto, la recogió y se la acercó a la nariz. La tela negra estaba impregnada con su olor.
Sus palpitaciones se hicieron más intensas. ¿Cómo se habían conocido él y Butch?
¿También pertenecía a la policía? Nunca lo había visto, pe¬ro no conocía a todos los miembros de la comisaría.
Drogas, pensó. Debía de ser un policía de la brigada de es¬tupefacientes. O quizás un jefe del equipo SWAT.
Porque definitivamente parecía un tipo duro que buscaba problemas.
Sintiéndose corno si tuviera dieciséis años, deslizó la ca¬misa bajo la almohada, y entonces vio en el suelo el sujetador que él le había quitado. Santo Dios, la parte delantera había sido cor¬tada con algún objeto afilado.
Extraño.
Después de una ducha rápida y un desayuno todavía más rápido compuesto por dos galletas de avena, un puñado de cereales y un vaso de zumo, fue caminando hasta la oficina. Lle¬vaba media hora en su mesa mirando fijamente el protector de pantalla como una idiota cuando sonó el teléfono. Era José. -Hemos tenido otra noche ajetreada -dijo él, bostezando. -¿Otra bomba?
-No. Un cadáver. Una prostituta fue hallada con el cue¬llo cortado entre la Tercera y Trade. Si vienes a la comisaría podrás ver las fotografías y leer los informes. Extraoficialmente, claro está.
Tardó dos minutos en llegar a la calle después de haber col¬gado el teléfono. Decidió ir primero a la comisaría y luego a la dirección de la avenida Wallace.
No podía negar que ardía en deseos de ver de nuevo a su visitante nocturno.
Mientras caminaba hacia la comisaría, el sol matutino le resultó despiadadamente brillante. Buscó en su bolso las gafas de sol, aunque no fueron suficientes para mitigar la luz, así que tuvo que colocar su mano sobre los ojos a modo de visera. Se sin¬tió aliviada al entrar en la fresca y oscura comisaría de policía. José no estaba en su oficina, pero encontró a Butch, que salía de la suya.
Él le sonrió secamente, haciendo que se formaran arru¬gas en torno a sus ojos.
-Tenemos que dejar de encontrarnos así. -He oído que tienes un nuevo caso. -Estoy seguro de que va estás enterada de los detalles. -¿Algún comentario, detective?
-Ya hemos hecho una declaración esta mañana.
-En la que, sin duda, no habéis aclarado absolutamente nada. Vamos, ¿no puedes añadir algunas palabras para mí? -No si es oficial.
-¿Y si es extraoficial?
Él sacó un chicle del bolsillo, le quitó la envoltura maqui¬nalmente v, doblándolo en la boca, empezó a masticar. Ella sabía que antes era un fumador empedernido, pero hacía algún tiempo que no lo veía con un cigarrillo. Probablemente, eso explica¬ría que estuviera continuamente mascando chicle. -Extraoficialmente, O'Neal -lo urgió-. Lo juro.
Él asintió con la cabeza.
-Entonces necesitamos un lugar tranquilo en donde no puedan oírnos.
Su oficina era aproximadamente del tamaño del cubículo en donde ella trabajaba en el periódico, pero al menos tenía puer¬ta y una ventana. Sin embargo, su mobiliario no era tan bueno como el de ella. Su escritorio de madera estaba tan deteriorado que parecía haber sido utilizado como banco de trabajo de un car-pintero. Había trozos desprendidos en la superficie, y la pintura estaba tan rayada que absorbía la luz fluorescente como si estu¬viera sedienta.
Él le arrojó un archivo antes de sentarse.
-Fue encontrada detrás de un montón de cubos de basu¬ra. La mayor parte de su sangre terminó en la cloaca, pero el fo¬rense ha encontrado restos de heroína en su organismo. Tuvo relaciones sexuales esa noche, pero eso no es precisamente una novedad.
-Oh, Dios mío, es Mary -dijo Beth mientras miraba una horrenda fotografía y se hundía en una silla.
-Veintiún años. -Butch soltó una maldición por lo ha¬lo-. Qué maldito desperdicio.
-Yo la conozco. -¿De la comisaría?
-Cuando éramos niñas. Estuvimos en la misma casa de acogida durante algún tiempo. Después, me he encontrado con ella algunas veces, casi siempre aquí.
Mary Mulcahy había sido una niña hermosa. Sólo había estado en la casa de acogida con Beth durante un año antes de que la enviaran de nuevo con su madre biológica. Dos años después regresó a la custodia estatal tras haber permanecido sola duran¬te una semana cuando tenía siete años. Dijo que se había mante¬nido con harina cuando el resto de la comida se le acabó.
-Ya había oído que viviste en hogares adoptivos -dijo Butch pensativo mientras la miraba-. ¿Te molesta si te pregunto por qué?
-¿A ti que te parece? No tenía padres. -Cerró el archi¬vo y lo deslizó por- el escritorio-. ¿Se ha encontrado algún arma? Los ojos del detective se entrecerraron, pero no con du¬reza. Parecía estar calibrando si seguirle la corriente o cambiar de tema.
-¿El arma? -apuró ella.
-Otra estrella arrojadiza. Tenía rastros de sangre, pero no suya. También encontramos residuos pulverizados en dos lugares diferentes, como si alguien hubiera encendido señales luminosas y las hubiera puesto en el suelo. Aunque es difícil ima¬ginar que el asesino quisiera atraer la atención hacia el cuerpo. -¿Crees que lo que le ha pasado a Mary está relacionado con la bomba de ayer por la noche?
Él se encogió de hombros, un leve movimiento involun¬tario en la ancha espalda.
-Tal vez. Pero si hubiera sido una venganza contra su proxeneta, habrían golpeado en el escalafón superior, persiguiendo al propio chulo.
Beth cerró los ojos, recordando a Mary cuando tenía cinco años, con una andrajosa muñeca Barbie decapitada bajo el brazo. -Pero también -dijo Butch- puede ser que esto sea só¬lo el comienzo de algo más serio.
Ella oyó cómo la silla del policía se deslizaba hacia atrás y alzó la mirada mientras él rodeaba el escritorio y se le acercaba. -¿Tienes planes para cenar esta noche? -preguntó él. -¿Cenar?
-Sí. Tú y yo.
¿El Duro estaba invitándola a salir? ¿De nuevo? Beth se levantó, quería estar al mismo nivel que él. -Ah, sí... no, quiero decir, gracias, pero no.
Aunque no tuvieran una relación estrictamente profesio¬nal, ella tenía otras cosas en mente. Deseaba mantener libre su agenda en caso de que el hombre de cuero quisiera verla por la noche, y también por la mañana.
Diablos, ¿un buen revolcón y ya pensaba que había algo entre ellos? Tenía que ser realista.
Butch sonrió cínicamente.
-Un día de éstos descubriré por qué no te gusto.
-Sí me gustas. Tratas a todo el mundo igual, y aunque no apruebo tus métodos, no puedo negar que me gustó el hecho de que le hayas roto la nariz a Billy Riddle.
Las duras facciones del rostro de Butch se suavizaron. Cuando sus ojos la miraron fijamente, ella pensó que era un des¬perdicio no sentirse atraída por él.
-Y gracias por enviar anoche a tu amigo -dijo, colgán¬dose el bolso del hombro-. Aunque tengo que admitir que al principio me dio un susto de muerte.
Justo antes de que aquel hombre le mostrara exactamen¬te cómo hacer buen uso del cuerpo humano.
Butch frunció el ceño. -¿Mi amigo?
-Ya sabes. El que parece una pesadilla gótica. Dime: es de antidrogas, ¿no es cierto?
-¿De qué diablos estás hablando? Yo no envié a nadie a verte.
La sangre se heló en su cuerpo.
Y la sospecha y alarma que habían aparecido en el rostro de Butch le impidieron tratar de agilizar la memoria.
Se dirigió hacia la puerta. -Me he equivocado. Butch la sujetó del brazo. -¿Quién diablos estuvo anoche en tu apartamento? Ojala lo supiera.
-Nadie. Como acabo de decirte, me he equivocado. Ya nos veremos.
Se apresuró a cruzar el vestíbulo, con su corazón latiendo a triple velocidad. Cuando alcanzó al fin la calle, hizo una mue¬ca de dolor al sentir el sol en su rostro.
Una cosa estaba clara: por nada del mundo se encon¬traría con aquel hombre, aunque el 816 de la avenida Wallace estaba en la mejor parte de la ciudad y estuvieran a plena luz del día.
Hacia las cuatro de la tarde, Wrath se sentía a punto de explotar. No había podido regresar junto a Beth la noche anterior-. Y ella no había venido por la mañana.
El hecho de que no hubiera venido a reunirse con él podía significar dos cosas: o bien algo le había ocurrido, o lo estaba evi¬tando.
Consultó el reloj braille con las yemas de los dedos. La puesta del sol.
Aún faltaban unas horas.
Malditos días de verano. Demasiado largos. Verdadera¬mente largos.
Fue al baño, se salpicó la cara con agua, y apoyó los bra¬zos sobre el lavabo de mármol. A la luz de la lámpara, se miró fijamente, sin ver nada más que una mancha borrosa de cabello negro, dos rayas por cejas y el contorno de su cara.
Estaba exhausto. No había dormido en todo el día, y la noche anterior había sido como un choque de trenes.
Salvo la parte con Beth. Eso había sido... Soltó una maldición y se dio por vencido.
Dios, ¿qué diablos le estaba pasando? Estar dentro de esa hembra había sido lo peor de toda la mierda que había soporta¬do la noche anterior. Gracias a ese pequeño y estupendo interludio, su mente divagaba, su cuerpo estaba en un estado perpetuo de excitación y su estado anímico era un asco.
Al menos, a lo último ya estaba acostumbrado. La noche anterior había sido un desastre total.
Después de dejar a los hermanos, él y Vishous habían ido al otro lado de la ciudad a echar un vistazo al taller mecánico. Esta¬ba cerrado a cal y canto, y después de examinar el exterior y forzar la entrada, habían llegado a la conclusión de que ya no se usa¬ba como centro de operaciones. Por una parte, el decrépito edificio era demasiado pequeño, y no pudieron encontrar ningún sótano oculto. Además, el barrio no era el más apropiado. Cerca de allí había un par de locales de comida abiertos toda la noche, y uno de ellos era frecuentado por policías. Estarían demasiado expuestos.
Él y Vishous se dirigían ya de vuelta a casa de Darius, ha¬ciendo un breve alto en Screamer's para satisfacer el antojo de y por tomarse un whisky Grey Goose, cuando se metieron en un problema.
Y las cosas fueron de mal en peor sin remedio.
En un callejón, un vampiro civil se encontraba gravemen¬te herido, con dos restrictores junto a él dispuestos a terminar el trabajo. Matar a los restrictores les había llevado algún tiempo, porque ambos eran experimentados. Cuando la lucha ter¬minó el otro vampiro ya estaba muerto.
Habían jugado con el macho joven cruelmente, su cuerpo parecía una almohadilla llena de puñaladas poco profundas. A juz¬gar por los arañazos de las rodillas y la gravilla en las palmas de las manos, había intentado varias veces alejarse arrastrándose. Ha¬bía sangre humana fresca alrededor de su boca y el olor de esa sangre también flotaba en el aire, pero no pudieron quedarse pa¬ra examinar a la hembra a la que había mordido.
Tenían compañía.
Inmediatamente después de que los restrictores desapare¬cieran a manos de los vampiros, sonaron las sirenas de la policía, un sonido estridente que significaba que alguien había llamado al 911 al escuchar la pelea o ver los destellos de luz. Tuvieron el tiem¬po justo de meter el cadáver en el coche de Vishous y marchar¬se a toda velocidad.
En casa de Darius, y había registrado el cuerpo. En la car¬tera del macho había una tira de papel con caracteres en el antiguo idioma. Nombre, dirección, edad. Sólo habían pasado seis meses desde su transición. Demasiado joven.
Una hora antes del alba, habían llevado el cuerpo a las afue¬ras de la ciudad, a una hermosa casa situada cerca de los bosques. Una pareja de ancianos vampiros había abierto la puerta, y su terror al encontrar al otro lado a los dos guerreros le olió a Wrath a basura quemada. Cuando confirmaron que tenían un hijo, Vishous regresó al automóvil y recogió los restos. El padre había salido corriendo y había cogido a su hijo de los brazos de Vishous, mien¬tras Wrath sujetaba a la madre, que se desmayó.
El hecho de que aquella muerte hubiera sido vengada ha¬bía tranquilizado un poco al padre. Pero no parecía ser suficien¬te. No para Wrath.
Quería ver muertos a todos los restrictores antes de poder descansar.
Wrath cerró los ojos, escuchando el ritmo de The Black Álbum de Jay e intentando apartar su mente de lo ocurrido la noche anterior.
Un golpeteo rítmico se escuchó por encima de la música, y dejó que se abriera la puerta.
-¿Qué ocurre, Fritz?
El mayordomo entró con una bandeja de plata.
-Me he tomado la libertad de prepararle algo de comer, amo. Fritz puso la bandeja en la mesa que había delante del so¬fá. Cuando levantó la tapa de uno de los platos, a Wrath le llegó el aroma de pollo a las finas hierbas.
Entonces se dio cuenta de que tenía hambre.
Se sentó, agarró un pesado tenedor de plata y observó la vajilla.
-Vaya, a Darius le gustaba la mierda cara, ¿no es así? -Oh, sí, amo. Sólo lo mejor para mi princeps.
El mayordomo esperó mientras Wrath se concentraba en arrancar del hueso algo de carne con los cubiertos. Carecía de fi¬nos modales, así que acabó agarrando con los dedos la pata de pollo.
-¿Le gusta el pollo, amo?
Wrath asintió mientras masticaba. -Eres un condenado experto en cocina.
-Me alegro mucho de que haya decidido quedarse aquí. -No por mucho tiempo. Pero no te preocupes, ya me en¬cargaré de que tengas a alguien a quien cuidar. -Wrath hundió el tenedor en algo que parecía puré de patata. Era arroz, que se desparramó de su cubierto. Soltó una maldición mientras inten¬taba reunir una parte con el índice-. Y será mucho más fácil vivir con ella que conmigo.
-Prefiero cuidar de usted. Y amo, no prepararé más ese arroz. También me aseguraré de cortar su carne. No lo pensé. Wrath se limpió la boca con una servilleta de lino. -Fritz, no pierdas tu tiempo tratando de agradarme.
El anciano esbozó una breve sonrisa.
-Darius tenía mucha razón en cuanto a usted, amo. -¿En que soy un miserable hijo de perra? Sí, él era intui¬tivo, eso es cierto. -Wrath pescó un pedazo de brécol con el tenedor. Diablos, odiaba comer, en especial si alguien lo obser¬vaba-. Nunca sabré por qué deseaba tanto que viniera a que¬darme aquí. Nadie puede estar tan necesitado de compañía. -Era por usted.
Wrath entrecerró los ojos detrás de sus gafas. -¿De verdad?
-Le preocupaba que usted fuera tan solitario. Viviendo solo, sin una verdadera shellan, sin un doggen. Solía decir que su aislamiento era un castigo que usted mismo se había impuesto.
-Bien, no lo es. -La voz de Wrath cortó el suave tono del mayordomo-. Y si quieres quedarte aquí, deberás guardar¬te tus teorías psicoanalíticas, ¿entendido?
Fritz se sacudió como si lo hubieran golpeado. Se dobló por la cintura y empezó a retirarse del cuarto.
-Mis disculpas, amo. Ha sido groseramente impropio por mi parte dirigirme a usted como lo he hecho.
La puerta se cerró silenciosamente.
Wrath se recostó en el sofá, sujetando el tenedor de Da¬rius en la mano.
Ah, Cristo. Ese maldito doggen podía volver loco a un santo.
Y él no era un solitario. Nunca lo había sido. La venganza era un endiablado compañero.

El señor X miró a los dos estudiantes que combatían entre sí. Te¬nían una estatura similar, -ambos tenían dieciocho años y- una bue¬na constitución física; pero él sabía cuál iba a ganar.
De repente, uno de ellos propinó un puntapié lateral rá¬pido y fuerte, derribando al oponente en la lona.
El señor X ordenó finalizar el combate v. no dijo nada más mientas el vencedor extendía la mano y ayudaba al perdedor a ponerse de pie con esfuerzo. Las muestras de cortesía le resulta¬ban irritantes, y sintió deseos de castigarlos a ambos.
El primer código de la Sociedad era claro: aquel a quien derribes al suelo, deberás patearlo hasta que deje de moverse. Así de simple.
Aunque ésta era una clase, no el mundo real. Y los pa¬dres que permitían a sus hijos empaparse de violencia seguramen¬te tendrían algo que decir si sus preciosos niños llegaran a casa listos para ser enterrados.
Cuando los dos estudiantes se inclinaron ante él, el rostro del Perdedor tenía un color rojo brillante, y no sólo a causa del ejercicio. El señor X dejó que la clase lo mirara, sabiendo que la vergüenza y la turbación eran partes importantes del proceso co¬rrectivo.
Inclinó la cabeza en dirección al vencedor.
-Buen trabajo. Sin embargo, la próxima vez derríbalo más rápidamente, ¿de acuerdo? -Luego se dirigió al Perdedor. Lo re¬corrió con la mirada de la cabeza a los pies, notando la respiración entrecortada y el temblor en las piernas-. Ya sabes adónde ir.
El Perdedor parpadeó rápidamente mientras caminaba ha¬cia el muro de cristal que daba al vestíbulo. Como se le había or¬denado, se detuvo ante los paneles transparentes, con la cabeza en alto para que todos los que entraban en el edificio pudieran ver su cara. Si dejaba que le rodaran lágrimas por las mejillas, ten¬dría que repetir el castigo en la próxima sesión.
El señor X separó la clase y empezó a indicarles sus ejer¬cicios rutinarios. Los observó, corrigiendo posturas y posiciones de los brazos, pero su mente estaba en otro lado.
La noche anterior no había salido como estaba planeada. Había distado mucho de ser perfecta.
En su casa, la frecuencia de la policía le había informado del hallazgo del cuerpo de la prostituta poco después de las tres de la madrugada. No había mención alguna al vampiro. Quizá los restrictores se habían llevado al civil para divertirse con él.
Era una pena que las cosas no hubieran salido como espe¬raba, y quería emprender otra cacería. Usar a una hembra humana asesinada recientemente como cebo iba a funcionar. Pero tenía que calibrar mejor los dardos tranquilizantes. Había empezado con una dosis relativamente baja. No quería matar al civil antes de sacarle información. Pero estaba claro que tenía que aumen¬tar el efecto de la droga.
Esa noche estaría ocupado.
El señor X dirigió la mirada al Perdedor.
Tendría que dedicarse al reclutamiento. Las filas debían ser reforzadas un poco debido a la pérdida de aquel recluta nue¬vo hacía dos noches.
Varios siglos atrás, cuando había muchos más vampiros, la Sociedad contaba con centenares de miembros, diseminados a lo largo y ancho del continente europeo así como en los nuevos asentamientos de Norteamérica. Sin embargo, ahora que la población de vampiros había disminuido, también se había re¬ducido la Sociedad. Se trataba de una cuestión práctica. Un restrictor aburrido e inactivo no resultaba conveniente. Escogidos específicamente por su capacidad para la violencia, sus impulsos asesinos no podían congelarse únicamente porque no hubiera su¬ficientes objetivos que perseguir. Algunos de ellos habían tenido que ser exterminados por matar a otros restrictores compitiendo por la superioridad en el rango, algo que tendía a ocurrir si había poco trabajo. También podía suceder algo peor que eso: habrían empezado a matar seres humanos por deporte.
Lo primero era una desgracia y- una molestia. Lo último era inaceptable. Al Omega no le preocupaban las bajas humanas. Al contrario. Pero la discreción, moverse entre las sombras, matar rápidamente y volver a la oscuridad eran los principios de los cazavampiros. Llamar la atención de los humanos era malo, y nada conmocionaba más al Homo Sapiens que un puñado de per¬sonas muertas.
Ésa era también una de las razones por las cuales el re¬clutamiento de nuevos miembros podía resultar complicado. So¬lían tener más odio que objetivos. Un periodo de adaptación era de vital importancia, para que la naturaleza secreta de la gue¬rra entablada desde tiempo inmemorial entre los vampiros y la Sociedad pudiera mantenerse.
A pesar de todo, tenía que engrosar sus filas.
Miró de nuevo al Perdedor y sonrió, esperando la caída de la noche.
Poco antes de las siete, el señor X se dirigió a los suburbios, donde localizó fácilmente el 3461 de la calle Pillar. Aparcó el hummer y esperó, matando el tiempo memorizando los detalles de la casa. Era típica de la zona central de Estados Unidos. Un amplio edificio asentado en el centro de una diminuta parcela con un ár¬bol grande. Los vecinos estaban lo bastante cerca para poder leer los letreros de las cajas de cereal de los niños por la mañana y las etiquetas de las latas de cerveza de los adultos por la noche.
Una vida pulcra y feliz. Al menos desde el exterior.
La puerta se abrió, y el perdedor de la clase de la tarde saltó fuera como si estuviera abandonando un barco en pleno hun¬dimiento. Le siguió su madre, que se detuvo un poco en el primer escalón y miró al vehículo frente a la casa como si fuera una bomba a punto de estallar.
El señor X bajó la ventanilla y saludó agitando la mano. Ella le devolvió el saludo pasados unos momentos.
El Perdedor saltó al hummer, sus ojos brillaron codicio¬sos al examinar los asientos de cuero y los indicadores del salpi¬cadero.
-Buenas noches -dijo el señor X mientras apretaba el acelerador.
El muchacho levantó las manos torpemente e inclinó la cabeza.
-Sensei.
El señor X sonrió.
-Me alegro de que estuvieras disponible.
-Sí, bueno, mi madre es como una patada en el culo. -El Perdedor estaba intentando ser frío, lanzando con vehe¬mencia las maldiciones.
-No deberías hablar de ella de ese modo.
El muchacho se sintió confuso momentáneamente, obli¬gado a reconsiderar su actitud pendenciera.
-Ah, quiere que vuelva a casa a las once. Es una noche entre semana, y tengo que trabajar por la mañana.
-Nos aseguraremos de que hayas regresado para en¬tonces.
-¿Adónde vamos?
-Al otro lado de la ciudad. Hay alguien que quiero que conozcas.
Un poco más tarde, el señor X detuvo el coche en un am¬plio camino que serpenteaba entre árboles y esculturas de mármol de aspecto antiguo. Había también arbustos ornamentales, que se alzaban como figuras sobre un pastel de mazapán verde: un ca¬mello, un elefante, un oso. El diseño había sido hecho por un experto, por lo que cada uno de ellos se distinguía perfectamente. Hablando de mantenimiento, pensó el señor X.
-Estupendo. -El Perdedor movió el cuello de izquier¬da a derecha--. ¿Qué es esto? ¿Un parque? ¡Mire eso! Es un león. ¿Sabe?, creo que quiero ser veterinario. Eso sería estupen¬do. Ya sabe, curar animales.
El muchacho sólo llevaba en el vehículo veinte minutos escasos, y el señor X ya estaba deseando deshacerse de él. Aquel tipo era como un dolor de muelas: una irritación permanente.
Y no sólo porque dijera constantemente «¿sabe?».
Al salir de una curva, apareció una gran mansión de la¬drillo.
Billy Riddle estaba en el exterior, apoyado contra una co¬lumna blanca. Sus pantalones vaqueros estaban ligeramente más abajo de su cintura, mostrando el borde de su ropa interior, y jugaba con un llavero en la mano, dándole vueltas. Se enderezó cuando vio el hummer, y mostró una sonrisa que tensó la ven¬da de su nariz.
El Perdedor volvió a su posición inicial en el asiento. Billy se dirigió hacia la puerta delantera del pasajero, mo¬viendo con facilidad su musculoso cuerpo. Cuando vio al mu¬chacho allí sentado, frunció el ceño, clavando en el otro tipo una mirada feroz. El Perdedor desabrochó el cinturón de seguridad y buscó la manilla.
-No -dijo el señor X-. Billy se sentará detrás de ti.
El joven volvió a recostarse en el asiento, mordiéndose los labios.
Al ver que el otro no le dejaba el sitio, Billy abrió de un ti¬rón la puerta de atrás y entró. Buscó los ojos del señor X en el es¬pejo, y la hostilidad se transformó en respeto.
-Sensei.
-Hola, Billy, ¿cómo estás? -Bien.
-Muy bien, muy bien. Haz el favor de subirte los pan¬talones.
Billy tiró de la cintura de los vaqueros mientras sus ojos se movían hacia la parte posterior de la cabeza del Perdedor. Pa¬recía como si quisiera taladrar un agujero en ella, Y a juzgar por los dedos nerviosos del muchacho, éste lo sabía.
El señor X sonrió.
La química lo es todo, pensó.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Nov 06, 2010 7:36 pm

Capítulo 12

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Beth se recostó en la silla, estirando los brazos. La pantalla de su ordenador brilló.
Vaya, Internet estaba siendo muy útil.
De acuerdo con el resultado de la búsqueda que había efectuado, el 816 de la avenida Wallace pertenecía a un hombre llamado Fritz Perlmutter. Había comprado la propiedad en 1978 por algo más de 200.000 dólares. Cuando buscó en Google el nombre Perlmutter, se encontró con varias personas con la inicial F en su nombre, pero ninguno de ellos vivía en Caldwell. Después de comprobar algunas de las bases de datos gubernamentales y no encontrar nada que mereciera la pena, le pidió a Tony que entrara furtivamente en algunas páginas web.
Resultó que Fritz era una persona de vida intachable, respetuosa con la ley. Sus cuentas bancarias eran impecables. Nunca había tenido ningún problema con el fisco ni con la policía. Tampoco había estado casado. Y era miembro del grupo de clientes privados del banco local, lo cual significaba que tenía dinero en abundancia. Tony no pudo averiguar nada más.
Haciendo, cálculos, concluyó que el señor Perlmutter debía de tener alrededor de setenta años.
¿Por qué diablos alguien como él se codearía con su merodeador nocturno?
Tal vez la dirección era falsa.
Eso sí que la habría sorprendido. ¿Un tipo vestido de cuero negro armado hasta los dientes dando información falsa? ¿Quién lo hubiera pensado?
Aun así, el 816 de Wallace y Fritz Perlmutter eran lo único que tenía.
Repasando los archivos del Caldwell Courier journal's, había encontrado un par de artículos sobre la casa. La mansión estaba en el registro nacional de lugares históricos, como un extraordinario ejemplo del estilo federal, y había algunas historias y artículos de opinión sobre los trabajos que se habían realizado en ella inmediatamente después de que el señor Perlmutter la hubiese comprado. Evidentemente, la asociación histórica local había estado tratando de acceder a la casa durante años para ver las transformaciones que podía haber hecho, pero el señor Perlmutter había rechazado todas las solicitudes. En las cartas al director, la airada frustración que mostraban los entusiastas de la historia se mezclaba con una aprobación a regañadientes hacia las restauraciones, efectuadas con bastante exactitud, en el exterior.
Mientras releía uno de los artículos, Beth se metió un antiácido en la boca, masticándolo hasta formar un polvo que le llenó los intersticios de los molares. El estómago volvía a molestarle, y a la vez tenía hambre. Estupenda combinación.
Tal vez era la frustración. En resumen, no sabía mucho más que cuando empezó.
¿Y el número de móvil que el hombre le había dado? Imposible de rastrear.
Ante aquel vacío de información, se encontraba todavía más decidida que antes a mantenerse alejada de la avenida Wallace. Y en su interior había surgido una necesidad de ir a confesarse.
Consultó la hora. Eran casi las siete.
Como tenía hambre, decidió ir a comer. Era mejor no detenerse en la iglesia de Nuestra Señora e ir a alimentarse con algo más material y palpable.
Ladeando la cabeza, miró por encima del panel que separaba su cubículo de los demás. Tony va se había ido.
La verdad es que no quería estar sola.
Siguiendo un absurdo impulso, agarró el teléfono y marcó el número de la comisaría.
-¿Ricky? Soy Beth. ¿Está por ahí el detective O'Neal? Bien, gracias. No, ningún mensaje. No, yo... Por favor no lo llames. No es nada importante.
Era igual. El Duro no era realmente la compañía sin complicaciones que estaba buscando.
Se quedó mirando su reloj de pulsera, ensimismada en el movimiento del segundero alrededor de la esfera. La noche se extendía ante ella como una carrera de obstáculos, y tenía que ser capaz de soportar y vencer aquellas horas.
Ojala transcurriesen rápidamente.
Quizá comiera algo y después fuera a ver una película. Cualquier cosa para retrasar la vuelta a su apartamento. Pensándolo bien, probablemente sería más sensato pasar la noche en un motel. Por si el hombre volvía a buscarla.
Acababa de apagar el ordenador cuando sonó su teléfono. Respondió al segundo tono.
-He oído que estabas buscándome.
Pensó que la voz de Butch O'Neal era áspera como un montón de gravilla. En el buen sentido.
-Hmm. Sí. -Se echó el cabello hacia atrás por encima de los hombros-. ¿Todavía estás libre para cenar?
Su risa fue un retumbar profundo.
-Estaré frente al periódico en quince minutos.
Colgó antes de que ella pudiera deslizar algún comentario indiferente, quitando importancia a aquella especie de cita. Después de la puesta del sol, Wrath entró en la cocina, llevando la bandeja de plata con los restos de su comida. Allí, como en el resto de la casa, también todo era de la mejor calidad. Electrodomésticos de acero inoxidable, grandes despensas y encimeras de granito. Y muchas ventanas.
Demasiada luz.
Fritz estaba en el fregadero, restregando algo. Miró por encima de su hombro.
-Amo, no era necesario que trajera eso. -Sí, era necesario.
Wrath puso la bandeja sobre una encimera y se apoyó en los brazos.
Fritz cerró el grifo. -¿Desea alguna cosa? Bueno, para empezar, le gustaría no ser tan testarudo. -Fritz, tu trabajo aquí es estable. Quería que lo supieras. -Gracias, amo. -La voz del mayordomo era muy tranquila-. No sé qué haría si no tuviera alguien a quien cuidar. Y considero este lugar como mi hogar.
-Lo es. Durante el tiempo que quieras permanecer en él. Wrath se volvió y se dirigió a la puerta. Estaba _va casi fuera de la cocina cuando oyó decir a Fritz:
-Éste también es su hogar, amo. Él movió la cabeza.
-Ya tengo un lugar donde dormir. No necesito otro. Wrath entró en el vestíbulo, sintiéndose particularmente feroz. Esperaba que Beth estuviera viva y se encontrara bien. O que Dios se apiadara del que le hubiera hecho daño.
¿Y si había decidido evitarlo? Eso no le importaba, pero el cuerpo de ella estaba a punto de necesitar algo que sólo él podía proporcionarle. De modo que tarde o temprano reaccionaría. O moriría.
Pensó en la suave piel de su cuello. Recordó la sensación de su lengua acariciándole la vena que le salía del corazón.
Sus colmillos se alargaron como si estuviera ante él. Como si pudiera hundir sus dientes en ella y beber.
Cerró los ojos cuando su cuerpo empezó a agitarse. Su estómago, saciado por la comida, se convirtió en un doloroso pozo sin fondo.
Trató de recordar la última vez que se había alimentado. Había pasado algún tiempo, pero seguramente no tanto.
Se obligó a tranquilizarse, a controlarse. Era como tratar de reducir la velocidad de un tren con un freno de mano, pero, finalmente, una refrescante corriente de sensatez reemplazó los violentos impulsos de sus ansias de sangre.
Cuando volvió a la realidad se sintió intranquilo, sus instintos necesitaban un tiempo para meditar.
Aquella hembra era peligrosa para él. Si le afectaba de esa forma sin encontrarse ni siquiera en la misma habitación, podía ser perfectamente su pyrocant, su detonador, por así decirlo. Su carril de alta velocidad, su vía directa hacia la autodestrucción.
Wrath se pasó una mano por el cabello. Qué maldita ironía que la deseara como a ninguna otra hembra.
Aunque quizá no era ninguna ironía. Tal vez fuera precisamente así como funcionaba el sistema del pyrocant. El impulso de ser atraído por lo que podía aniquilarlo le hacía sentir un cierto vértigo que no le resultaba del todo desagradable.
Después de todo, ¿qué tipo de diversión habría si uno puede controlar fácilmente la bomba de relojería que lleva en su interior?
Diablos. Necesitaba sacar a Beth de su lista de responsabilidades. Rápidamente. Tan pronto sufriera su transición, la pondría en manos de un macho apropiado. Un civil.
Involuntariamente, a su mente acudió la imagen del cuerpo ensangrentado del macho joven abatido la noche anterior. ¿Cómo diablos podía un civil asegurar su protección? No tenía respuesta para eso. ¿Pero qué otra opción había? Él no iba a cuidarla.
Quizá podría entregarla a uno de los miembros de la Hermandad.
Sí, ¿y a quién escogería entre esa manada? ¿A Rhage? El sólo la añadiría a su harén, o peor aún, ¿la devoraría por equivocación? ¿A y con todos sus problemas?
¿A Zsadist?
¿Realmente creía que podía soportar que uno de sus guerreros se acostara con ella?
Ni pensarlo.
Dios, estaba cansado.
Vishous se materializó delante de él. El vampiro iba esa noche sin su gorra de béisbol, y Wrath pudo distinguir tenuemente las complejas marcas alrededor de su ojo izquierdo.
-He encontrado a Billy Riddle. -V encendió uno de sus cigarros liados a mano, sosteniéndolo con sus dedos enguantados. Al exhalar el humo, la fragancia de tabaco turco perfumó el aire-. Fue arrestado hace cuarenta y ocho horas por agresión sexual. Vive con su padre, que ha resultado ser un senador. -Antecedentes destacados.
-Es difícil llegar más alto. Me he tomado la libertad de hacer algunas investigaciones. El muchacho se metió en algunos problemas cuando era menor de edad. Asuntos violentos. Mierdas sexuales. Imagino que el jefe de las campañas electorales de su querido papi estará encantado con el hecho de que el muchacho ha va alcanzado la mayoría de edad. Ahora todo lo que haga Bil1v es del dominio público.
-¿Tienes su dirección?
-Sí. -Vishous sonrió abiertamente-. ¿Vas a darle una buena tunda al muchacho?
-Me has leído el pensamiento. -Entonces vamos.
Wrath sacudió la cabeza.
-Me reuniré contigo y con el resto de los hermanos aquí un poco más tarde. Pero antes tengo que resolver un asunto. Pudo sentir que los ojos de y se agudizaban, el perspicaz intelecto del vampiro examinaba la situación. Entre los hermanos, Vishous era el que más tuerza intelectual tenía, pero había pagado por semejante privilegio.
Wrath tenía sus propios demonios, que no eran precisamente una maravilla, pero no hubiera querido llevar a sus espaldas la cruz de Vishous. Saber lo que les deparaba el futuro era una carga terrible.
V dio una calada al cigarrillo y echó el humo lentamente. -Anoche soñé contigo.
Wrath se puso rígido. Estaba esperando algo así.
-No lo cuentes, hermano. No quiero saberlo. En serio. El vampiro asintió.
-Sólo quiero que recuerdes una cosa, ¿de acuerdo? -Dispara.
-Dos guardianes torturados combatirán entre sí.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Nov 06, 2010 7:37 pm

Capítulo 13

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La cena ha sido magnífica -dijo Beth cuando Butch se detuvo ante su edificio.
Él se mostró plenamente de acuerdo. Ella era inteligente, divertida y francamente hermosa. Y si él se extralimitaba, ella siempre lo ponía en el lugar que le correspondía con delicadeza.
También era increíblemente sensual.
Aparcó el coche junto a la acera, pero no apagó el motor. Se imaginó que si giraba la llave del contacto parecería que intentaba que lo invitara a entrar.
Que era exactamente lo que quería, por supuesto, aunque no pretendía que ella se sintiera incómoda si no deseaba lo mismo que él.
Vaya, se estaba convirtiendo en un buen chico. -Pareces sorprendida de haberte divertido -dijo. -He de reconocer que un poco sí lo estoy.
Butch la recorrió con la mirada, empezando por las rodillas, que asomaban ligeramente por el borde de la falda. Bajo el tenue resplandor del salpicadero, podía distinguir la adorable silueta de su cuerpo, su largo y exquisito cuello, sus labios absolutamente perfectos. Quería besarla allí mismo, bajo aquella suave luz, en el asiento delantero de su coche patrulla camuflado, como si fueran dos adolescentes.
Y también quería acompañarla al interior de su apartamento. Y no salir hasta la mañana siguiente.
-Gracias -dijo ella, lanzándole una sonrisa y extendiendo la mano para abrir la puerta.
-Espera.
Se movió rápido para que ella no tuviera tiempo de pensar y él tampoco. Le cogió la cara con las manos y la besó. Wrath se materializó en el patio trasero del apartamento de Beth y sintió picazón en toda la piel.
Ella estaba cerca, pero en su casa todo permanecía a oscuras. Asaltado por un presentimiento, rodeó el edificio por un extremo. Había un sedán corriente aparcado enfrente. Ella estaba dentro.
Wrath se dirigió hasta la acera y, como si estuviera dando un paseo entre las sombras, pasó junto al vehículo.
Se detuvo en seco.
Sus inútiles ojos fueron lo suficientemente efectivos para indicarle que un sujeto la tenía entre sus brazos, como si el potente deseo sexual del macho humano no lo hubiera delatado.
Por el amor de Dios, podía oler la lujuria de aquel bastardo a través del vidrio y el acero del sedán.
Wrath se abalanzó hacia delante. Su primer instinto fue arrancar la puerta del coche y matar al canalla que le estuviera poniendo las manos encima, sacarlo de allí y desgarrarle la garganta.
Pero en el último segundo se contuvo y se obligó a regresar a la oscuridad.
Hijo de puta. Lo veía todo rojo, a causa de lo alterado que estaba.
Que otro macho estuviera besando esos labios, sintiendo su cuerpo bajo sus manos...
Un gruñido gutural vibró a través de su pecho y salió por su boca.
Ella es mía.
Soltó una maldición. ¿En qué universo paralelo estaba viviendo? Ella era su responsabilidad temporal, no su shellan. Podía estar con quien quisiera, donde quisiera y cuando quisiera.
Pero, Dios, la idea de que a ella pudiera gustarle lo que el sujeto le estaba haciendo, que pudiera preferir el sabor de aquel beso humano, era suficiente para hacerle palpitar las sienes.
Bienvenido al maravilloso mundo de los celos -pensó-. Por el precio de su entrada, obtiene un maldito dolor de cabeza, un deseo casi irresistible de cometer un homicidio. Y un complejo de inferioridad.
¡Viva!
Por Dios, estaba ansioso por recuperar su vida. Un segundo después de que ella concluyera su transición, él se marcharía de la ciudad. Y fingiría que nunca había conocido a la hija de Darius.
Butch O'Neal besaba como los dioses.
Sus labios eran firmes pero deliciosamente suaves. Sin presionar demasiado, le dejaron muy claro que estaba dispuesto a llevarla a la cama y demostrarle que no se andaba por las ramas.
Y olía muy bien de cerca, una mezcla de loción de afeitar y ropa recién lavada. Lo rodeó con las manos. Sintió sus hombros anchos y fuertes y su cuerpo arqueado hacia ella. Era pura energía reprimida, y en ese momento quiso sentirse atraída por él. Sinceramente deseó que fuera así.
Pero no sintió el dulce arrebato de la desesperación, el hambre salvaje. No como lo había sentido la noche anterior con... Era el peor momento para estar pensando en otro hombre. Cuando Butch se apartó de ella, había un destello melan-cólico en sus ojos.
-No es lo que esperabas, ¿no es así?
Ella se rió interiormente. Así era el Duro. Franco y directo, como siempre.
-Sabes besar, O'Neal, no me cabe ninguna duda. No se trata de falta de técnica.
Él regresó a su sitió y movió la cabeza. -Muchas gracias por eso.
Pero no parecía terriblemente herido.
Y ahora que pensaba las cosas con mayor claridad, se alegraba de no haber sentido chispa alguna. Si le hubiera gustado, si hubiera querido estar con él, le habría roto el corazón. Estaba segura. En diez años, si es que duraba tanto, él explotaría por dentro debido al estrés, el horror y el dolor que su trabajo compor-taba. Ya lo estaba devorando vivo. Cada año se hundía más, y nadie podría sacarlo de esa caída hacia el abismo.
-Ten mucho cuidado, Randall -dijo él-. Ya es bastante malo saber que no enciendo tu pasión. Pero ese aire de compasión en tu cara me saca de quicio.
-Lo siento. -Le sonrió. -¿Puedo hacerte una pregunta? -Adelante.
-¿Qué te pasa con los hombres? ¿Te..., te gustan? Es decir, ¿te gustamos?
Ella se rió, pensando en lo que había hecho la noche anterior con el extraño. El interrogante sobre su inclinación sexual tenía ya una respuesta clara y contundente.
-Sí, me gustan los hombres.
-¿Alguien te jugó una mala pasada? Ya sabes, ¿te hirió? Beth negó con la cabeza.
-Es algo que prefiero mantener en secreto.
Él bajó la vista hacia el volante, recorriendo la circunferencia con una mano.
-Es una maldita pena. Porque eres maravillosa. Lo digo en serio. -Se aclaró la garganta como si se sintiera incómodo. Un sentimental. Por Dios, en el fondo, el Duro no era más que un sentimental.
Siguiendo un impulso, se inclinó y lo besó en la mejilla. -Tú también eres fantástico.
-Sí. Lo sé. -Le lanzó su característica mueca de burla-. Ahora mete el trasero en ese edificio tuvo. Es tarde.
Butch observó a Beth cruzar frente a los faros de su coche, con su cabello ondeando sobre los hombros.
Era una persona maravillosa, pensó. Una mujer genuinamente buena.
Y Dios, ella también sabía exactamente la suerte que él correría. Esa mirada triste en sus ojos hacía un momento significaba que había vislumbrado la muerte lenta que le esperaba.
Así que era igual que no hubiera química entre ellos. De otro modo, tal vez hubiera tratado de convencerla de enamorarse de él sólo para no irse al infierno con su soledad.
Movió la palanca de cambios, pero mantuvo el pie en el freno mientras ella subía la escalera hasta el vestíbulo. Cuando alcanzó el pomo de la puerta y le decía adiós con la mano, algo se movió entre las sombras junto al edificio.
Apagó el vehículo rápidamente.
Había un hombre vestido de negro dirigiéndose a la parte trasera.
Butch salió del coche y se deslizó silenciosamente hacia el patio posterior.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Nov 06, 2010 7:38 pm

Capítulo 14

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Wrath estaba concentrado únicamente en llegar hasta Beth. Por eso no oyó los pasos del hombre que le seguía hasta que hubo cruzado la mitad del patio.
-¡Policía! ¡Alto!
Luego percibió claramente el sonido familiar del arma siendo amartillada y dirigiéndose hacia él.
-¡Las manos donde yo las vea!
Wrath advirtió el olor del hombre y sonrió. La agresividad había reemplazado a la lujuria, y, el ansia de lucha era tan intensa como lo había sido el ansia sexual. Aquel sujeto estaba lleno de fluidos esa noche.
-¡He dicho alto y manos arriba!
El vampiro se detuvo y buscó entre su chaqueta una de sus estrellas. Policía o no, eliminaría a ese humano con un buen corte en la arteria.
Pero entonces Beth abrió la puerta corredera.
El vampiro la olió de inmediato, y tuvo una erección instantánea.
-¡Las manos!
-¿Qué está pasando? -exigió saber Beth.
-Vuelve adentro -vociferó el humano-. ¡Las manos, cabrón! O te abriré un agujero en la parte posterior del cráneo!
En aquel momento, el policía se encontraba a unos pocos metros de distancia y se aproximaba rápidamente. Wrath levantó las palmas de las manos. No iba a matar delante de Beth. Además, esa pistola estaría pegada a su cuerpo en cuestión de tres segundos. Y ni siquiera él podría sobrevivir a un disparo a quemarropa.
-O'Neal...
-¡Beth, vete de aquí va!
Una pesada mano sujetó con fuerza el hombro de Wrath. Dejó que el policía lo empujara contra el edificio.
-¿Vas a decirme qué estás haciendo por aquí? -ordenó el humano.
-He salido a pasear-dijo Wrath-. ¿Y usted?
El policía aferró primero un brazo de Wrath y luego el otro, y tiró hacia atrás. Las esposas se cerraron rápidamente en sus muñecas. El sujeto era un auténtico profesional con aquellos instrumentos metálicos.
Wrath miró de soslayo a Beth. Por lo que podía ver, tenía los brazos cruzados con fuerza delante del pecho. El miedo espesaba el aire a su alrededor, convirtiéndolo en un velo que la cubría de la cabeza a los pies.
Qué bien está saliendo esto, pensó. De nuevo, le había dado un susto de muerte.
-No la mires -dijo el policía, empujando la cara de Wrath hacia la pared-. ¿Cómo te llamas?
-Wrath -respondió Beth-. Me dijo que se llamaba Wrath.
El humano le lanzó un verdadero rugido.
-¿Tienes algún problema de oído, dulzura? ¡Fuera de aquí!
-Yo también quiero saber quién es.
-Te daré un informe por teléfono mañana por la mañana, ¿vale?
Wrath gruñó. No podía negar que hacerla entrar era una idea excelente, pero no le gustaba la forma en que el policía le estaba hablando.
El humano registró los bolsillos de la chaqueta de Wrath y empezó a sacar armas. Tres estrellas arrojadizas, una navaja automática, una pistola, un trozo de cadena.
-Válgame el cielo -murmuró el policía mientras dejaba caer los eslabones de acero al suelo con el resto del cargamento-. ¿Tienes alguna identificación? ¿O no has dejado suficiente espacio para meter una cartera, considerando que llevas encima quince kilos de armas ilegales? -Cuando el policía encontró un grueso fajo de billetes, soltó otra maldición-. ¿También voy, a encontrar drogas, o ya has vendido todo tu cargamento?
Wrath se dejó zarandear de un lado a otro. Mientras sacaba sus dos dagas de las fundas, miró fijamente al policía, pensando en lo mucho que iba a disfrutar desgarrando su garganta con los dientes. Se inclinó hacia delante, la cabeza primero. No pudo evitarlo.
-¡O'Neal, ten cuidado! -dijo Beth, como si le hubiera leído la mente.
El policía presionó el cañón de la pistola contra el cuello de Wrath.
-¿Cuál es tu nombre? -¿Está arrestándome? -Sí. Así es.
-¿Por qué?
-Déjame pensar. Allanamiento, posesión de armas. ¿Tienes licencia para llevar este tipo de artillería? Apostaría a que no. Ah, y gracias a esas estrellas arrojadizas, también estoy pensando en homicidio. Sí, creo que eso es todo.
-¿Homicidio? -susurró Beth.
-¿Tu nombre? -exigió saber el policía, mirándolo fijamente.
Wrath sonrió por lo bajo. -Debe de ser clarividente. -¿A qué te refieres?
-Al cargo de homicidio. -Wrath rió sordamente mientras bajaba el tono de voz-: ¿Alguna vez ha estado dentro de una bolsa para cadáveres, oficial?
La rabia, pura y vibrante, salió por todos los poros del policía.
-No me amenaces. -No es una amenaza.
El gancho de izquierda llegó por el aire tan rápido como una pelota de béisbol, y Wrath no hizo nada para evitarlo. El grueso puño del policía le golpeó a un lado de la mandíbula y le echó la cabeza hacia atrás. Una punzada de dolor le explotó en la cara. -¡Butch! ¡Detente!
Beth corrió hacia ellos, como si quisiera interponerse entre ambos, pero el policía la mantuvo a distancia sujetándola por un brazo.
-¡Por Dios, sí que eres molesta! ¿Quieres salir herida? -dijo el humano, empujándola.
Wrath escupió sangre.
-Tiene razón. Vuelve adentro.
Porque la cosa estaba tomando mal cariz.
Gracias a la visión fugaz de aquella sesión de caricias, no le agradaba el policía, para empezar. Pero si el sujeto se dirigía otra vez a Beth con ese tono, Wrath le saltaría todos sus dientes. Y luego mataría a aquel hijo de perra.
-Anda, Beth -dijo. -¡Cállate! -le gritó el policía. -¿Vas a pegarme otra vez si no lo hago? El policía se encaró con él, furioso. -No, voy a pegarte un tiro.
-Por mí está bien. Me gustan las heridas de bala. -La voz de Wrath se convirtió en un susurro-. Sólo que no delante de ella.
-Vete a la mierda.
Pero el policía cubrió las armas y el dinero arrojándoles encima su chaqueta. Luego sujetó el brazo del vampiro y empezó a caminar.
Beth sintió un ligero mareo cuando vio a Butch arrastrando a Wrath.
La furia entre ambos parecía materializarse a cada paso. Aunque Wrath estaba esposado y encañonado con una pistola, ella no estaba muy segura de que Butch estuviera a salvo. Tenía la sensación de que aquel desconocido, un auténtico enigma para ella, estaba permitiendo que se lo llevara detenido.
Pero Butch también debe de saberlo, pensó. Si no, habría guardado su arma en lugar de ir presionando el cañón contra la sien del otro.
Sabía que Butch era duro con los criminales, ¿pero estaría tan loco como para matar a uno?
A juzgar por la peligrosa expresión de su cara, no tuvo ninguna duda de que la respuesta era afirmativa, y tal vez incluso quedara impune. Quien a hierro mata, a hierro muere, y era evidente que Wrath no era un ciudadano respetuoso con la ley. Si aparecía con un balazo en la cabeza en cualquier callejón de mala muerte o flotando boca abajo en el río, ¿a quién le sorprendería?
Obedeciendo a un instinto, corrió rodeando el lateral del edificio.
Butch se dirigía a su vehículo como si llevara una carga inestable, y ella se apresuró a alcanzarlos.
-Espera. Tengo que hacerle- una pregunta.
-¿Quieres saber qué número calza o algo así? -espetó el policía.
-El cuarenta y, seis -dijo Wrath con voz cansina. -Lo recordaré para Navidad, cabrón.
Beth se colocó ante ellos de tal manera que debían detenerse o arrollarla. Miró fijamente el rostro de Wrath.
-¿Por qué viniste a verme?
Podría haber jurado que su mirada se había suavizado detrás de las gafas de sol.
-No quiero hablar de eso en este momento. Butch la alejó empujándola con mano firme. -Tengo una idea. ¿Por qué no me dejas hacer mi trabajo?
-No la toques -gruñó Wrath.
-Sí, claro, tus deseos son órdenes. --Butch lo hizo avanzar de un empujón.
Cuando llegaron al coche, el detective abrió la puerta de atrás y empujó hacia abajo el imponente cuerpo de Wrath. -¿Quién eres? -gritó ella.
El vampiro la miró, con su cuerpo perfectamente erguido a pesar de que Butch lo empujaba desde todos los ángulos.
-Tu padre me ha enviado -dijo claramente. Y luego se sentó en el asiento trasero.
Beth se quedó sin respiración.
Vio entre brumas a Butch cerrando de golpe la puerta y corriendo hacia el lado del conductor.
-¡Espera! -exclamó.
Pero el coche va se había puesto en marcha. Los neumáticos dejaron marcas de goma en el asfalto.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Sáb Nov 06, 2010 7:39 pm

Capítulo 15

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Butch descolgó el auricular y pidió a la central que enviasen a alguien de inmediato al patio trasero de Beth a recoger las armas y el dinero que había dejado ocultos bajo su chaqueta. Mientras conducía, llevaba un ojo puesto en la carretera y otro en el espejo retrovisor. El sospechoso también lo miraba fijamente, con una sonrisa socarrona en su perverso rostro. Jesús, aquel tipo era enorme. Ocupaba la mayor parte del asiento trasero y tenía la cabeza doblada en ángulo para no golpearse contra el techo cuando pasaban por encima de algún bache.
Butch estaba ansioso por sacarlo del maldito coche. Menos de cinco minutos después, salió de la calle Trade para entrar en el aparcamiento de la comisaría y dejó el vehículo tan cerca de la entrada posterior como le fue posible. Salió y abrió la puerta trasera.
-No me causes problemas, ¿vale? -dijo, aferrando el brazo del sujeto.
El hombre se puso de pie. Butch tiró de él.
Pero el sospechoso empezó a caminar hacia atrás, alejándose de la comisaría.
-Camino equivocado.
El policía se detuvo con firmeza, hundiendo los talones en el pavimento, y tiró otra vez de él con fuerza.

Pero el sospechoso continuó avanzando, arrastrando a Butch con él.
-¿Crees que no voy a dispararte? -preguntó el detective, desenfundando su arma.
De repente, todo se transformó.
Butch nunca había visto a nadie moverse tan rápido. En un segundo, el sujeto, que tenía los brazos detrás de la espalda, tiró las esposas al suelo y, con sólo un par de movimientos, el detective fue desarmado, inmovilizado con un brazo al cuello y arrastrado a un sitio oscuro.
La oscuridad se los tragó. Mientras Butch luchaba por defenderse, se percató de que estaban en el angosto callejón situado entre la comisaría y el edificio de oficinas vecino. Era muy estrecho, no estaba iluminado y tampoco había ventanas.
Cuando Butch saltó por los aires y fue empujado contra la pared de ladrillo, el poco aire que quedaba en sus pulmones salió de inmediato. De manera inconcebible, el hombre lo levantó del suelo sosteniéndolo por el cuello con una sola mano.
-No ha debido inmiscuirse, oficial -dijo el hombre con un gruñido profundo y acentuado-. Debió seguir su camino y dejar que ella viniera conmigo.
Butch aferró la garra de hierro. La enorme mano cerrada alrededor de su garganta estaba bloqueando el último aliento de vida. Intentó respirar, buscando aire desesperadamente. Su visión se hizo borrosa. Estaba a punto de perder el conocimiento.
Supo, sin lugar a dudas, que no tenía escapatoria. Saldría del callejón en el interior de una bolsa, como el hombre le había prometido.
Un minuto más tarde abandonó toda resistencia; sus brazos cayeron inertes y quedaron colgando. Él quería luchar. Poseía voluntad para hacerlo, pero sus fuerzas se habían agotado.
¿Y la muerte? La aceptaba. Iba a morir cumpliendo con su deber, aunque como un idiota, por no haber pedido refuerzos. Aun así, era mejor y más rápido que acabar en una cama de hospital con alguna enfermedad lenta y desagradable. Y más honroso que suicidarse de un disparo. Lo cual era algo que Butch había barajado más de una vez.
Con su último aliento, intentó dirigir la mirada hacia el rostro del hombre. Su expresión era de absoluto control.

Este tipo ha hecho esto antes. Y está acostumbrado a matar. Por Dios, Beth.
Se le revolvieron las entrañas al pensar en lo que podría hacerle un hombre como aquel a Beth.
Wrath sintió que el cuerpo del policía se relajaba. Aún estaba vivo, pero no le quedaba mucho tiempo.
La ausencia total de miedo en aquel humano era algo notable. Al policía le había molestado ser sorprendido, y se había defendido de una manera admirable, pero en ningún momento había sentido miedo. Y ahora que se acercaba su Fade, estaba resignado a la muerte. Y casi podría jurar que suponía para él un alivio.
Maldición. Wrath imaginó que él se hubiera sentido igual. Le resultaba penoso matar a alguien capaz de morir como lo haría un guerrero. Sin temor ni vacilación. Había muy pocos machos como éste, tanto vampiros como humanos.
La boca del policía empezó a moverse. Estaba tratando de hablar. Wrath se inclinó.
-No... le... hagas daño.
El vampiro se sorprendió a sí mismo respondiendo: -Estoy aquí para salvarla.
-¡No! -Una voz sonó en la entrada del callejón. Wrath volvió la cabeza. Beth corría hacia ellos. -¡Suéltalo!
Aflojó el apretón en la garganta del policía. No iba a matar a aquel tipo delante de ella. Necesitaba que confiara en él. Y desde luego no lo conseguiría si enviaba ante sus ojos al policía a encontrarse con el Creador.
Mientras Beth se detenía con un patinazo, Wrath abrió la mano, dejando caer al humano al suelo. Una respiración entrecortada y jadeante mezclada con una tos ronca se escuchó entre las sombras.
Beth cayó de rodillas -ante el policía y miró hacia arriba. -¡Casi lo matas!
Wrath soltó una maldición, sabiendo que tenía que largarse de allí. Pronto aparecerían otros policías.
Miró hacia el otro lado del callejón.

— ¿Adónde crees que vas? -Su voz sonaba cortante a causa de la ira.
-¿Quieres que me quede aquí para que me arresten de nuevo?
--¡Mereces pudrirte en la cárcel!
Con una sacudida, el policía trató de levantarse, pero las piernas se le doblaron. Aun así, apartó las manos de Beth cuando ésta las tendió hacia él.
Wrath necesitaba encontrar un rincón oscuro para poder des materializarse. Si Beth se había impresionado tanto por el hecho de que casi había matado a alguien, ejecutar el acto de desaparición frente a ella acabaría por horrorizarla por completo.
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse. No le gustaba la idea de separarse de ella, ¿pero qué más podía hacer? Si le disparaban tilo mataban, ¿quién cuidaría de ella? Y no podía permitir que lo metieran en prisión. Las celdas tenían barras de acero, lo que significaba que cuando amaneciera no podría desmaterializarse para ponerse a salvo. Ante semejantes opciones, si un grupo de policías trataba de arrestarlo en ese momento, tendría que matarlos a todos. ¿Y entonces qué pensaría ella de él?
-¡Detente! -le gritó.
Él siguió adelante, pero las pisadas de Beth resonaron cuando se acercó corriendo.
La miró, frustrado por la forma en que habían salido las cosas. Gracias al pequeño altercado con su amigo, le temía, y eso lo complicaría todo cuando tuviera que cuidar de ella. No tenía tiempo suficiente para convencerla de que le acompañara voluntariamente. Lo que significaba que tendría que recurrir a la fuerza cuando se presentara su transición. Y no creía que fuera a gustarle a ninguno de los dos.
Cuando percibió su olor, supo que se acercaba peligrosamente la hora del cambio.
Quizás debiera llevársela con él en ese preciso momento. Wrath miró a su alrededor. No podía echársela al hombro allí mismo, a sólo unos metros de la comisaría de policía, y sobre todo mientras aquel maldito policía los observaba.
No, tendría que volver poco antes del amanecer y raptarla. Luego la encadenaría en la alcoba de Darius si era preciso. Tendría que elegir entre eso o que ella muriera.

-¿Por qué has mentido? -gritó Beth-. No conociste a mi padre.
-Sí que lo conocí.
-Mentiroso -escupió ella-, Eres un asesino y un mentiroso.
-Por lo menos tienes razón en lo primero.
Los ojos de ella se abrieron desmesuradamente, y el terror apareció reflejado en su rostro.
-Esas estrellas arrojadizas... en tus bolsillos. Tú mataste a Mary. ¿No es cierto?
Él frunció el ceño.
-Nunca he matado a una mujer.
-Entonces también tengo razón en lo segundo.
Wrath miró al policía, que aún no se había recuperado por completo, pero pronto lo haría.
Maldita sea, pensó. ¿Y si Beth no tenia tiempo hasta el amanecer? ¿Qué pasaría si escapaba y no podía encontrarla? Bajó el tono de la voz:
-Has sentido mucha hambre últimamente, ¿no es cierto? Ella se echó hacia atrás sobresaltada.
-¿Qué?
-Hambre, pero no has ganado peso. Y estás cansada. Muy cansada. También has sentido ardor en los ojos, especialmente durante el día, ¿no? -Se inclinó hacia delante-. Miras la carne cruda y te preguntas qué sabor tendrá. Tus dientes, los superiores delanteros, te duelen, y también las articulaciones, y, sientes la piel tirante.
Beth parpadeó, con la boca abierta.
Detrás de ella, el policía trató de ponerse en pie, se tambaleó, y otra vez cavó sentado al suelo. Wrath habló más rápido: -Sientes que no encajas, ¿no es así? Como si todos los demás se movieran a una velocidad diferente, más despacio. Crees que eres anormal, distinta, que estás aislada, intranquila. Sientes que algo va a suceder, algo monumental. Cuando estás despierta, sientes temor de tus sueños, perdida en ambientes familiares. -Hizo una pausa-. No has sentido impulsos sexuales en absoluto, pero los hombres te encuentran increíblemente atractiva. Los orgasmos que tuviste anoche fueron los primeros que has experimentado.
Era todo lo que podía recordar sobre su existencia en el mundo humano antes de su transición.
Ella lo miró fijamente, estupefacta.
-Si quieres saber qué diablos te está sucediendo, tienes que acompañarme. Estás a punto de caer enferma, Beth. Y _yo soy el único que puede ayudarte.
Ella dio un paso atrás. Miró al detective, que parecía estar reflexionando sobre las ventajas de permanecer tumbado. El vampiro le cogió las manos.
-No te haré daño. Lo prometo. Si hubiera querido matarte, podía haberlo hecho anoche de diez maneras diferentes, ¿no estás de acuerdo?
Ella volvió la cabeza hacia él, y cerró los ojos mientras Wrath sentía cómo recordaba exactamente lo que él le había hecho. El olor de su deseo saturó dulcemente el olfato del vampiro. -Hace un momento ibas a matar a Butch.
A decir verdad, no estaba muy seguro de eso. Un buen contrincante era difícil de encontrar. .
-No lo he hecho. -Pudiste hacerlo. -¿De verdad importa? Aún respira. -Sólo porque yo lo he evitado.
Wrath gruñó, y jugó la mejor baza que tenía: -Te llevaré a casa de tu padre.
Ella abrió los ojos incrédula, y luego los entrecerró con suspicacia.
Volvió a mirar al policía. Ya se había levantado y se apoyaba en el muro con una mano, con la cabeza colgando, como si fuera demasiado pesada para su cuello.
-Mi padre, ¿eh? -Su voz rezumaba desconfianza, pero también había en ella suficiente curiosidad, de modo que Wrath supo que había ganado la partida.
-Se nos agota el tiempo, Beth. Hubo un largo silencio.
Butch levantó la cabeza y observó el callejón.
En un par de minutos iba a intentar efectuar otro arresto. Su determinación era palpable.
-Tengo que irme -dijo Wrath-. Ven conmigo. Ella cerró el puño con fuerza sobre el bolso.
-Que quede muy claro: no confío en ti. Él asintió.
-¿Por qué deberías hacerlo?
-Y esos orgasmos no fueron los primeros.
-¿Entonces por qué te sorprendió tanto sentirlos? -dijo él suavemente.
-Apresúrate -murmuró ella, dándole la espalda al oficial-. Podemos conseguir un taxi en Trade. No le pedí que esperara al que me trajo aquí.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:32 pm

Capítulo 16
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Mientras aceleraba el paso por el callejón, Beth sabía -que estaba jugándose la vida. Era enorme la probabilidad de que la estuvieran engañando. Y nada menos que un asesino.
¿Pero cómo había sido capaz de saber todo lo que ella estaba sintiendo?
Antes de doblar la esquina, se volvió a mirar a Butch. Tenía una mano extendida como si quisiera alcanzarla. No pudo verle la cara debido a la oscuridad, pero su desesperado deseo atravesó la distancia que los separaba. Vaciló, perdiendo el ritmo de sus pasos.
Wrath la agarró por el brazo. -Beth, vamos.
Que Dios la ayudara, empezó a correr de nuevo.
En el instante en que salieron a Trade, hizo señas a un taxi que pasaba. Gracias a Dios, se detuvo en seco. Se subieron a toda prisa, y Wrath dio una dirección que se encontraba a un par de calles de distancia de la avenida Wallace. Obviamente era una maniobra de despiste.
Debe de hacerlo con mucha frecuencia, pensó.
Cuando el taxi arrancó, sintió la mirada de Wrath desde el otro extremo del asiento.
-¿Ese policía -preguntó él- significa algo para ti?
Ella sacó del bolso su teléfono y marcó el número de la centralita de la comisaría.
-Te he hecho una pregunta. -Wrath utilizó un tono cortante.
-Vete al infierno. -Cuando escuchó la voz de Ricky, respiró profundamente-. ¿Está José?
No le llevó más de un minuto encontrar al otro detective, y cuando finalizó la llamada ya había traspasado el umbral de la puerta para ir a buscar a Butch. José no había hecho muchas preguntas, pero ella sabía que vendrían después. ¿Y cómo iba a explicarle por qué había huido con un sospechoso?
Eso la convertía en cómplice, ¿o no?
Beth guardó el teléfono en el bolso. Le temblaban las manos, y se sentía un poco mareada. También notaba que le faltaba oxígeno, aunque el taxi tenía aire acondicionado y la temperatura era agradablemente fresca. Abrió la ventanilla. Una brisa cálida y húmeda le alborotó el cabello.
¿Qué había hecho con su cuerpo la noche anterior, y con su vida en ese momento?
¿Qué era lo siguiente? ¿Incendiar su apartamento? Detestaba el hecho de que Wrath hubiera puesto frente a ella el único reclamo al que no podía resistirse. A todas luces, era un criminal. La aterrorizaba, pero aun así su cuerpo se enardecía sólo con pensar en uno de sus besos.
Y odiaba que él supiera que había conseguido hacerle experimentar los primeros orgasmos de su vida.
-Déjenos por aquí -dijo Wrath al conductor diez minutos más tarde.
Beth pagó con un billete de veinte dólares, pensando que tenían suerte de que ella llevara dinero en efectivo. El dinero de Wrath, aquel enorme fajo de billetes, se encontraba en el suelo de su patio trasero. No estaba precisamente en condiciones de pagar el trayecto.
Todavía no podía creer que fuera a una casa extraña con aquel hombre.
El taxi se alejó, y ellos siguieron caminando por la acera de un barrio tranquilo y lujoso. El cambio de escenario era absurdo. De la violencia de aquel callejón a los ondulados jardines y macizos de flores.

Estaba dispuesta a apostar que la gente que vivía en aquella casas nunca había huido de la policía.
Volvió la cabeza para mirar a Wrath, que iba unos pasos detrás de ella. Examinaba los alrededores como si temiera algún ataque sorpresa, aunque Beth no sabía cómo era capaz de distinguir algo con sus gafas negras. No entendía por qué las llevaba siempre puestas. Además de impedirle ver correctamente, eran tan llamativas que atraían la atención sobre él. Si alguien tenía que describirlo, lo haría con enorme precisión en segundos.
Aunque su largo cabello negro y su enorme envergadura producían exactamente el mismo efecto.
Dejó de mirarlo. Las botas del macho, con su golpeteo acompasado tras ella, sonaban como los nudillos de una mano golpeando una sólida puerta.
-Entonces..., ¿el policía -la voz de Wrath era íntima, profunda- es tu amante?
Beth no pudo evitar una sonrisa. Por Dios, parecía celoso. -No voy a responder a eso.
-¿Por qué?
-Porque no tengo que hacerlo. No te conozco, no te debo nada.
-Llegaste a conocerme bastante bien anoche -dijo él con un gruñido apagado-. Y yo llegué a conocerte muy bien.
No hablemos de eso ahora, pensó ella, sintiéndose instantáneamente húmeda entre las piernas. Por Dios, las cosas que ese hombre podía hacer con la lengua.
Cruzó los brazos delante del pecho y se quedó mirando una casa colonial bien conservada. Las luces se filtraban a través de las ventanas, dándole un hermoso aspecto. Resultaba, en cierto modo, acogedora. Tal vez porque las casas acogedoras son universales. Y especialmente atrayentes.
Le entraron ganas de pasar una semana entera en una de ellas. -Lo de anoche fue un error -dijo.
-A mí no me pareció que fuese así. -Pues te pareció mal. Te pareció todo mal.
Llegó hasta ella antes de que lo hubiera sentido moverse. Estaba caminando y, de repente, se encontró entre sus brazos. Una de sus manos la sostuvo por la base de la nuca. La otra empujó sus caderas contra él. Notó la erección sobre su vientre.

Cerró los ojos. Cada centímetro de su piel volvió a la vida, su temperatura se elevó. Odiaba reaccionar así ante él, pero al igual que le sucedía al hombre, no pudo controlarse.
Esperó a que su boca descendiera hasta la de ella, pero no la besó. Sus labios siguieron hasta su oreja.
-No confíes en uní. No me quieras. Me importa un comino. Pero nunca me mientas. -Inspiró con fuerza como si fuera a succionarla-. Puedo oler que emanas sexo en este momento. Podría acostarte en esta acera y meterme bajo tu falda en una milésima de segundo. Y tú no me rechazarías, ¿no es cierto? No, probablemente no lo haría.
Porque era una idiota. Y evidentemente deseaba morir. Los labios del vampiro frotaron un lado de su cuello. Y luego le lamió ligeramente la piel.
-Ahora bien, podemos ser civilizados y esperar a llegar a casa. O podemos hacerlo en este mismo lugar. De cualquier forma, me muero por estar dentro de ti otra vez, y tú no podrás rechazarme.
Beth sujetó los hombros de Wrath. Se suponía que debía empujarlo lejos de sí, pero no lo hizo. Lo atrajo hacia ella, acercando los senos a su pecho.
El hombre emitió un sonido de macho desesperado, una mezcla entre un gemido de satisfacción y una profunda súplica. Ja -pensó ella-, estoy ganando terreno.
Rompió el contacto con lúgubre satisfacción.
-Lo único que hace esta terrible situación remotamente tolerable es el hecho de que tú me deseas más.
Levantó el mentón con un movimiento brusco y empezó a caminar. Podía sentir los ojos de él sobre su cuerpo al seguirla, como si la estuviera tocando con las manos.
-Tienes razón -dijo él-. Mataría por tenerte. Beth dio media vuelta y le apuntó con un dedo.
-Así que se trata de eso. Nos viste a Butch y a mí besándonos en el coche. ¿No es así?
Wrath enarcó una ceja, sonrió tenso, pero guardó silencio. -¿Por eso lo atacaste?
-Sólo me resistí al arresto.
-Sí, eso era lo que parecía -murmuró ella-. ¿Entonces, es cierto? ¿Viste cómo me besaba?

El vampiro acortó el espacio entre sus cuerpos, irradiaba ira.
-Sí, lo vi. Y no me gustó que te tocara. ¿Te excita saber eso? ¿Quieres darme una buena estocada diciéndome que es mejor amante que yo? Sería una mentira, pero me dolería como el diablo.
-¿Por qué te importa tanto? -preguntó ella-. Tú y yo pasamos una noche juntos. ¡Ni siquiera eso! Sólo un par de horas.
El hombre apretó la mandíbula. Ella supo que estaba rechinando los dientes a juzgar por el movimiento de sus pómulos. Se alegró de que llevara puestas las gafas de sol. Tenía el presentimiento de que sus ojos la habrían aterrorizado de muerte.
Cuando vio a un coche pasar por la calle, recordó que era un fugitivo de la policía y, técnicamente, ella también. ¿Qué diablos estaban haciendo, discutiendo en la acera... como amantes?
-Mira, Wrath, no quiero que me arresten esta noche. -Nunca pensó que tales palabras salieran de su boca-. Sigamos adelante, antes de que alguien nos encuentre.
Se dio la vuelta, pero él la sujetó firmemente por el brazo. -Todavía no lo sabes -dijo lúgubremente-. Pero eres mía. Durante una milésima de segundo, ella se balanceó hacia él. Pero luego sacudió la cabeza, llevándose las manos a la cara, tratando de no escucharle.
Se sentía marcada, y la mayor locura era que en realidad no le importaba. Porque ella también lo deseaba.
Lo cual no ayudaría nada a mejorar el estado de su salud mental.
Por Dios, necesitaba repasar nuevamente los últimos dos días. Ojala pudiera volver atrás sólo cuarenta y ocho horas, hasta encontrarse de nuevo ante su escritorio cuando Dick representaba su papel habitual de jefe lascivo.
Habría hecho dos cosas de manera diferente: llamar a un taxi en lugar de ir andando hasta su casa, y así nunca se habría encontrado a Billy Riddle. Y en el instante en que había entrado en su apartamento, habría metido algo de ropa en una maleta, para marcharse a pasar la noche en un motel. De esa forma, cuando aquel musculoso extraño, disfrazado de traficante con su traje de cuero, hubiera ido a buscarla, no la habría encontrado.

Sólo quería volver a su patética y aburrida vida. Y eso sonaba tremendamente ridículo, si tenía en cuenta que hacía tan sólo un momento había pensado que salir de ella era la única manera de salvarse.
-Beth. -Su voz había perdido gran parte de su mordacidad-. Mírame.
Ella movió la cabeza, sólo para sentir que le retiraba las manos de los ojos.
-Todo va a ir bien.
-Sí, claro. Es probable que, en este momento, estén cursando mi orden de arresto. Ando por ahí en la oscuridad con un tipo como tú. Todo esto está sucediendo porque estoy desesperada por conocer a mis padres muertos, y soy capaz de poner mi vida en peligro ante la remota posibilidad de saber algo sobre ellos. Déjame decirte algo: hay un camino muy largo entre la situación en que me encuentro ahora y lo que tú llamas «bien>. Él le acarició la mejilla con la yema del dedo.
-No voy a hacerte daño. Y no dejaré que nadie te lo haga. Ella se frotó la frente, preguntándose si alguna vez volvería a adquirir una cierta apariencia de normalidad.
-Dios, ojala nunca hubieras aparecido en mi casa. Desearía no haber visto nunca tu cara.
Él dejó caer la mano.
-Casi hemos llegado -dijo lacónicamente.
Butch renunció a tratar de levantarse y permaneció en el suelo. Estuvo sentado un rato, tratando simplemente de respirar. No era capaz de moverse.
No era sólo por el dolor de cabeza que le taladraba las sienes, ni tampoco porque sintiera las piernas débiles, aunque parecieran incapaces de sostenerle.
Estaba avergonzado.
Que un hombre más corpulento lo hubiera vapuleado no suponía un problema, pero su ego ciertamente había sufrido un duro revés.
Era consciente de que había cometido un error y puesto en peligro la vida de una joven. Cuando llamó para que recogieran las armas, debió ordenar que dos policías lo esperaran en la puerta de la comisaría. Sabía que el sospechoso era especialmente peligroso, pero estaba seguro de poder controlarlo él solo. Sí, claro, no había controlado una mierda. Casi lo machacan, y encima Beth se encontraba ahora en compañía de un asesino.
Sólo Dios sabía lo que podía ocurrirle.
Butch cerró los ojos y puso la barbilla sobre las rodillas. La garganta le dolía infernalmente, pero era su cabeza lo que verdaderamente le preocupaba. No funcionaba bien. Sus pensamientos eran incoherentes, sus procesos cognitivos se habían ido al diablo. A lo mejor había estado sin oxígeno el tiempo suficiente para que se le frieran los sesos.
Trató de hacer acopio de todas sus fuerzas, pero sólo logró hundirse más en la niebla.
Y además, debido a su lado masoquista tan terriblemente oportuno, el pasado fustigó su dolorido cráneo.
Del desordenado revoltijo de imágenes que se agolpaban en su mente, surgió una que hizo que las lágrimas asomaran a sus ojos. Una joven, de poco más de quince años, entrando en un coche desconocido, diciéndole adiós con la mano desde la ventanilla mientras desaparecía calle abajo.
Su hermana mayor Fanie.
A la mañana siguiente, habían encontrado su cadáver en el bosque, detrás del campo de béisbol. La habían violado, golpeado y estrangulado. No en ese orden.
Después del secuestro, Butch dejó de dormir la noche completa. Dos décadas más tarde, aún no conseguía hacerlo.
Pensó en Beth, mirando hacia atrás mientras corría junto al asesino. Su desaparición en compañía de aquel sujeto fue lo único que hizo que el policía se pusiera de pie y arrastrara su cuerpo hacia la comisaría.
-¡O'Neal! -José llegó jadeante por el callejón-. ¿Qué te ha pasado?
-Tenemos que emitir una orden de busca y captura. -¿Era ésa su voz? Sonaba ronca, como si hubiera ido a un partido de fútbol y hubiera gritado durante dos horas-. Hombre blanco, un metro noventa y ocho. Vestido de cuero negro, gafas de sol, cabello negro hasta los hombros. -Butch extendió una mano, buscando apoyo contra el edificio-. El sospechoso no va armado.

-Yo lo desarmé. Pero seguramente conseguirá nuevas armas antes de una hora.
Al dar un paso adelante, se tambaleó.
Jesús. -José le sujetó el brazo, sosteniéndolo.
Butch trató de no apoyarse en él, pero necesitaba ayuda. No podía mover las piernas correctamente.
-Y una mujer blanca. -Su voz se quebró-. Un metro setenta y cinco, cabello negro largo. Lleva una blusa azul y una falda blanca. -Hizo una pausa-. Beth.
-Lo sé. Fue ella la que llamó. -La cara de José se puso tensa-. No le pedí detalles. Por el sonido de su voz, supe que no me daría ninguno. -Las rodillas de Butch temblaron-. Ea, detective. -José lo alzó-. Vamos a tomarnos esto con calma.
En el instante en que atravesaron la puerta posterior de la comisaría, Butch empezó a zigzaguear.
-Tengo que ir a buscarla. -Descansemos en este banco. -No...
José aflojó la mano, y su compañero cayó como un peso muerto. La mitad de los hombres de la comisaría acudió en su ayuda. La marea de sujetos vestidos de azul oscuro con insignias le hizo sentirse patético.
-Estoy bien -dijo bruscamente, pero tuvo que colocar la cabeza entre las rodillas.
¿Cómo había podido permitir que esto pasara? Si Beth aparecía muerta por la mañana...
-¿Detective? José se puso en cuclillas y colocó la cara en la línea de visión de Butch-. Ya hemos llamado a una ambulancia.
-No la necesito. ¿Ya ha salido la orden?
-Sí, Ricky la está emitiendo en este momento. Butch levantó la cabeza. Lentamente.
-Cielos, ¿qué te ha pasado en el cuello? -susurró José. -Lo usaron para levantarme del suelo. -Tragó saliva un par de veces-. ¿Habéis recogido las armas de la dirección que os di?
-Sí. Las tenemos, y el dinero. ¿Quién demonios es ese tipo?
-No tengo ni la más remota idea.

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