Black and Blood


 
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 La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:33 pm

Capítulo 17
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WWrath subió por la escalera delantera de la casa de Darius. La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera tocar el pomo de bronce.
Fritz estaba al otro lado. -Amo, no sabía que estaba... El doggen se quedó petrificado cuando vio a Beth.
Sí, sabes quién es -pensó Wrath-. Pero tomémoslo con calma.
Ella va estaba bastante asustada.
-Fritz, quiero que conozcas a Beth Randall. -El mayordomo se quedó mirándolo-. ¿Vas a dejarnos entrar?
Fritz hizo una profunda reverencia e inclinó la cabeza. -Por supuesto, amo. Señorita Randall, es un honor conocerla personalmente.
Beth pareció desconcertada, pero se las arregló para sonreír cuando el doggen se irguió y se apartó del umbral.
Cuando ella tendió la mano para saludarlo, Fritz dejó escapar un sonido ahogado y miró a Wrath solicitando permiso. -Adelante -murmuró Wrath mientras cerraba la puerta principal. Nunca había podido entender las estrictas normas de los doggens.
El mayordomo extendió las manos con reverencia, cerrándolas sobre la mano de ella y bajando la frente hasta tocarlas. Pronunció unas palabras en el antiguo idioma en un sosegado arrebato.
Beth estaba asombrada. Pero no tenía manera de saber que al ofrecerle la mano le había concedido el máximo honor de su especie. Como hija de un princeps, era una aristócrata de alta cuna en su mundo.
Fritz estaría resplandeciente durante días.
-Estaremos en mi alcoba -dijo Wrath cuando el contacto se rompió.
El doggen vaciló.
-Amo, Rhage está aquí. Ha tenido un... pequeño accidente.
Wrath soltó una maldición. -¿Dónde está?
-En el baño del piso de abajo. -¿Aguja e hilo?
-Dentro, con él.
-¿Quién es Rhage? -preguntó Beth mientras cruzaban el vestíbulo.
Wrath se detuvo cerca del salón. -Espera aquí.
Pero ella lo siguió cuando empezó a caminar.
Él volvió la cabeza, señalando hacia la puerta del salón. -No ha sido una petición.
-No voy a esperar en ninguna parte. -Maldición, haz lo que te digo.
-No. -La palabra fue pronunciada sin acaloramiento. Lo desafiaba intencionadamente y con pasmosa tranquilidad, como si él no fuera más que un obstáculo en su camino, igual que una vieja alfombra.
-Jesucristo. Está bien, pero luego no tendrás ganas de cenar.
Mientras se encaminaba irritado hasta el baño, pudo oler la sangre desde el vestíbulo. Era grave, y deseó con fuerza que Beth no estuviera tan ansiosa por verlo todo.
Abrió la puerta, y Rhage alzó la vista. El brazo del vampiro colgaba sobre el lavabo. Había sangre por todas partes, un charco oscuro en el suelo y uno más pequeño sobre el mármol. -Rhage, ¿qué ha sucedido?
-Me han rebanado como a un pepino. Un restrictor me ha dado una buena, cercenó la vena y llegó hasta el hueso. Estoy goteando como un colador.
En una borrosa imagen, Wrath captó el movimiento de la mano de Rhage bajando hasta su hombro y subiendo en el aire.
-¿Te libraste de él? --Diablos, claro.
-Oh... por... Dios -dijo Beth, palideciendo-. Santo cielo. Está cosiendo...
-Hola. ¿Quién es esta belleza? -dijo Rhage, haciendo una pausa en su tarea.
Hubo un sonido sordo, y Wrath se movió, tapando la visión de Beth con su cuerpo.
-¿Necesitas ayuda? -preguntó, aunque tanto él como su hermano sabían que no podía hacer nada. No podía ver bien para coser sus propias heridas, y mucho menos las de otro. El hecho de tener que depender de sus hermanos o de Fritz para curarse era una debilidad que despreciaba.
-No, gracias -rió Rhage-. Coso bastante bien, como sabes por experiencia. ¿Y quién es tu amiga?
-Beth Randall, éste es Rhage. Socio mío. Rhage, ella es Beth, y no sale con estrellas de cine, ¿entendido?
-Alto y claro. -Rhage se inclinó hacia un lado, tratando de ver por detrás de Wrath-. Encantado de conocerte, Beth. -¿Estás seguro de que no quieres ir a un hospital? -dijo ella débilmente.
-No. Parece peor de lo que es. Cuando uno puede usar el intestino grueso como cinturón, entonces sí debe acudir a un profesional.
Un sonido ronco salió de la boca de Beth. -La llevaré abajo -dijo Wrath.
-Oh, sí, por favor --murmuró ella-. Me encantaría ir... abajo.
La rodeó con el brazo, y supo que estaba muy afectada por la forma en que se pegó a su cuerpo. Le hacía sentir, muy bien que ella se refugiara en él cuando le faltaban las fuerzas.
Demasiado bien, de hecho.
-¿Estarás bien? -dijo Wrath a su hermano.
-Perfectamente. Me iré en cuanto termine con esto. Tengo que recoger tres frascos.
-Buena suerte.
-Habrían sido más si este pequeño obsequio no hubiera llegado por correo aéreo. Con razón te gustan tanto esas estrellas. -Rhage dio una vuelta con la mano, como si estuviera atan do un nudo-. Debes saber que Tohr y los gemelos están... -co-gió unas tijeras del mostrador y cortó el hilo- continuando nuestro trabajo de anoche. Tendrán que regresar en un par de horas para informar, tal como pediste.
-Diles que llamen a la puerta primero.
Rhage asintió con la cabeza, y tuvo el buen juicio de no hacer ningún comentario.
Mientras Wrath conducía a Beth por el vestíbulo, se encontró de pronto acariciándole el hombro, la espalda, y luego la agarró por la cintura, hundiendo sus dedos en la suave piel. Ella se acercó a él tanto como pudo, con la cabeza a la altura de su pecho, descansando sobre su pectoral mientras caminaban juntos. Demasiado placentero. Demasiado acogedor, pensó él. Demasiado bueno. En todo caso, la apretó contra sí.
Y mientras lo hacía, deseó poder retirar lo que había dicho en la acera. Que ella era suya.
Porque no era cierto. No quería tomarla como su shellan. Se había acalorado, celoso, imaginando las manos del policía tocándola. Molesto por no haber acabado con aquel humano. Aquellas palabras se le habían escapado.
Ah, diablos. La hembra había manipulado su cerebro. De alguna manera, se las había arreglado para hacerle perder su bien establecido autocontrol y hacer surgir en él el maldito psicópata que llevaba dentro.
Y aquella era una conexión que quería evitar.
Después de todo, los ataques de locura eran la especialidad de Rhage.
Y los hermanos no necesitaban a otro chiflado de gatillo fácil en el grupo.
Beth cerró los ojos y se recostó contra Wrath, tratando de borrar la imagen de la herida abierta que acababa de ver. El esfuerzo era como tapar la luz, del sol con las manos. Algunos fragmentos de aquella horrible visión continuaban apareciendo. La sangre roja brillante, el oscuro músculo al descubierto, el impresionante blanco del hueso... Y la aguja. Perforar la piel y atravesar la carne para hacer pasar el hilo negro...
Abrió los ojos.
Estaba mejor con ellos abiertos.
No importaba lo que el hombre hubiera dicho. No se trataba de un rasguño. Necesitaba ir a un hospital. Y ella habría intentado convencerle con mayor énfasis, si no hubiera estado ocupada tratando de mantener su última comida tailandesa den-tro del estómago.
Además, aquel sujeto parecía muy competente en remendarse a sí mismo.
También era tremendamente apuesto. Aunque la enorme herida atrajo toda su atención, no pudo evitar fijarse en su deslumbrante cara y su cuerpo escultural. Cabello rubio corto, brillantes ojos azules, un rostro que pertenecía a la gran pantalla. Se notaba que llevaba un traje del mismo estilo que Wrath, con pantalones de cuero negro y pesadas botas, pero se había quitado la camisa. Los marcados músculos del torso quedaban resaltados bajo la luz cenital, en un impresionante despliegue de fuerza. Y el tatuaje multicolor de un dragón que le cubría toda la espalda era realmente espectacular.
Pero, claro, Wrath no iba a tener como socio a un enclenque de aspecto afeminado.
Traficantes de drogas. Resultaba evidente que eran traficantes de drogas. Pistolas, armas blancas, enormes cantidades de dinero en efectivo. ¿Y quién más se involucraría en una lucha a cuchillo y después se pondría a hacer de médico?
Recordó que el hombre mostraba en el pecho la misma cicatriz de forma circular que Wrath.
Pensó que debían de pertenecer a una banda. 0 a la mafia. De repente necesitó algo de espacio, y. Wrath la soltó en el momento de entrar en una habitación de color limón. Su paso se hizo más lento. El lugar parecía un museo o algo similar a lo que podría aparecer en la Revista de Arquitectura Colonial. Gruesas cortinas de color claro enmarcaban anchas ventanas, ricas pinturas al óleo relucían en las paredes, los objetos decorativos estaban dispuestos con refinado gusto. Bajó la vista a la alfombra. Debía de costar más que su apartamento.
Pensó que tal vez no sólo traficaran con cocaína, crack o heroína. Podían dedicarse también al mercado negro de antigüedades.
Sería una combinación que no se veía muy a menudo. -Es bonito -murmuró, tocando con el dedo una caja antigua-. Muy bonito.
Al no obtener respuesta, miró a Wrath. Estaba parado en la habitación con los brazos cruzados sobre el pecho, alerta, a pesar de que se encontraba en su propia casa.
Pero entonces, ¿cuándo se relajaba?
-¿Siempre has sido coleccionista? -le preguntó, tratando de ganar un poco de tiempo para controlar sus nervios. Se aproximó a una pintura de la Escuela del Río Hudson. Santo cielo, era un Thomas Cole. Probablemente valía cientos de miles-. Esto es muy hermoso.
Miró de soslayo sobre el hombro. É1 estaba concentrado en ella, sin prestar atención a la pintura. Y en su rostro no se veía reflejada ninguna expresión de posesión u orgullo. No parecía la forma de comportarse de alguien cuando otra persona admiraba sus pertenencias.
-Ésta no es tu casa -afirmó. -Tu padre vivía aquí.
Sí, claro.
Pero, qué diablos. Ya había llegado muy lejos. Ya no le importaba continuar con aquel juego.
-Por lo que parece, tenía mucho dinero. ¿Cómo se ganaba la vida?
Wrath cruzó la habitación en dirección a un exquisito retrato de cuerpo entero de un personaje que parecía un rey. -Ven conmigo.
-¿Qué? ¿Quieres que atraviese esa pared...?
Él oprimió un resorte en un extremo del cuadro, y éste giró hacia fuera sobre un eje, dejando al descubierto un oscuro corredor.
-Oh -exclamó ella.
Él hizo un gesto con la mano. -Después de ti.

Beth se aproximó con cuidado. La luz de las lámparas de gas parpadeaba sobre la piedra negra. Se inclinó hacia delante y vio unas escaleras que desaparecían en un recodo mucho más abajo.
-¿Qué hay ahí abajo?
-Un lugar tranquilo donde podremos hablar. -¿Por qué no nos quedamos aquí arriba?
-Porque vas a querer hacer esto en privado. Y es muy probable que mis hermanos aparezcan muy pronto.
-¿Tus hermanos? -Sí.
-¿Cuántos son?
-Cinco, ahora. Pero no tengas miedo. Adelante. No te pasará nada malo ahí abajo, lo prometo.
Ajá. Claro.
Pero puso el pie sobre el borde dorado del marco. Y avanzó hacia la oscuridad.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:34 pm

Capítulo 18
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Beth respiró profundamente, y vacilante extendió las manos hacia las paredes de piedra. El aire no era mohoso, ni había una asquerosa capa de humedad o algo similar; simplemente estaba muy oscuro. Descendió por los escalones lentamente, tanteando el camino. Las lámparas parecían luciérnagas, iluminándose a sí mismas más que a la escalera.
Y entonces llegó al final. A la derecha había una puerta abierta, y allí percibió el cálido resplandor de un candelabro. La habitación era igual al corredor; de paredes negras, tenuemente iluminada, pero limpia. Las velas temblaban ligera-mente. Al colocar el bolso sobre la mesa de té, se preguntó si aquel sería el dormitorio de Wrath.
Al menos el tamaño de la cama era apropiado para él. ¿Y las sábanas eran de satén?
Supuso que había traído a muchas mujeres a aquella guarida. Y no necesitaba ser un lince para imaginar qué sucedía una vez que cerraba la puerta.
Oyó correr el cerrojo, y el corazón le dio un vuelco. -Respecto a mi padre-dijo vivamente.
Wrath pasó junto a ella y se quitó la chaqueta. Debajo llevaba una camiseta sin mangas, y ella no pudo ignorar el rudo poderío de sus brazos mientras sus músculos se tensaban al dejar a un lado la prenda de cuero. Pudo apreciar los tatuajes de sus antebrazos cuando se sacó de los hombros la funda vacía de las dagas.
Fue al baño y ella escuchó correr el agua. Cuando regresó, se secaba la cara con una toalla. Se puso las gafas antes de mirarla. -Tu padre, Darius, era un macho muy valioso. -Wrath arrojó la toalla de manera despreocupada y se dirigió a una silla. Se sentó con el respaldo hacia delante, poniendo las manos sobre sus rodillas-. Era un aristócrata en el antiguo país antes de convertirse en guerrero. Es..., era mi amigo. Mi hermano en el trabajo que hago.
«Hermano». Seguía utilizando esa palabra.
Wrath sonrió un poco, como si recordara algo agradable para sus adentros.
-D tenía muchas habilidades. Era rápido con los pies, inteligente como pocos, bueno con un cuchillo. Pero además era culto. Todo un caballero. Hablaba ocho idiomas. Estudió de todo, desde religiones del inundo hasta historia del arte y filosofía. Podía hablarte durante horas sobre Wall Street y, luego explicarte por qué el techo de la Capilla Sixtina es en realidad una obra manierista y no del Renacimiento.
Wrath se echó hacia atrás, recorriendo con su fornido brazo la parte superior de la silla. Tenía los muslos abiertos. Parecía muy cómodo mientras se sacudía hacia atrás el largo cabello negro.
Endiabladamente sensual.
-Darius nunca perdía la calma, por muy feas que se pusieran las cosas. Siempre se concentraba en el trabajo que estaba haciendo hasta terminarlo. Murió contando con el más profundo respeto de sus hermanos.
Wrath parecía de verdad echar de menos a su padre. O a quien fuese el hombre que estuviera usando con el propósito de... ¿Cuál era exactamente su propósito?, se preguntó. ¿Qué ganaba contándole toda esa basura?
Bueno, ella estaba en su habitación, ¿no?
-Y Fritz me ha dicho que te amaba profundamente. Beth frunció los labios.
-Suponiendo que te creyera, la pregunta es obvia. Si mi padre me amaba tanto, ¿por qué nunca se molestó en venir a conocerme?
-Es algo complicado.
-Sí, es difícil llegar hasta donde vive tu hija, tender la mano y decirle tu nombre. Es realmente penoso. -Cruzó la habitación, sólo para encontrarse de pronto junto a la cama. Se colocó de inmediato en otra parte-. ¿Y a qué viene toda esa retórica de los guerreros? ¿Él también pertenecía a la mafia?
-¿Mafia? No somos de la mafia, Beth.
-¿Entonces sólo sois asesinos independientes y traficantes de drogas? Hmm..., pensándolo bien, tal vez la diversificación es una buena estrategia de negocios. Y necesitáis muchísimo dinero para mantener una casa como ésta y llenarla de obras de arte que deberían estar en el Museo Metropolitano.
-Darius heredó su dinero y era muy bueno administrándolo. -Wrath echó la cabeza hacia atrás, mirando hacia arriba-. Como hija suya, ahora todo te pertenece.
Ella entrecerró los ojos. -¿Ah, sí?
Él asintió.
Vaya mentiroso, pensó Beth.
-¿Y dónde está el testamento? ¿Dónde está el albacea que me diga qué papeles debo firmar? Espera, déjame adivinar, no se han pagado los derechos de sucesión, durante los últimos treinta años. -Se frotó los doloridos ojos-. ¿Sabes qué, Wrath? No tienes que mentirme para llevarme a la cama. Por mucho que me avergüence admitirlo, lo único que tienes que hacer es pedírmelo.
Respiró profundamente con un aire de tristeza. Hasta ahora no se había dado cuenta de que una pequeña parte de ella había creído que obtendría algunas respuestas. Finalmente.
Pero, claro, la desesperación puede hacer caer a cualquiera en el más espantoso ridículo.
-Escucha, me voy de aquí. Esto sólo ha sido...
Wrath se situó frente a ella en un abrir y cerrar de ojos. -No puedo dejarte marchar.
El miedo le aceleró el corazón, pero trató de fingir que no lo sentía.
-No puedes obligarme a quedarme.
El hombre le sujetó la cara con sus manos. Beth retrocedió bruscamente, pero él no la soltó.
Le acarició la mejilla con la yema del pulgar. Cada vez que se acercaba demasiado, ella se quedaba sin palabras, y había sucedido de nuevo. Sintió que su cuerpo se balanceaba hacia él.
-No voy a mentirte -dijo Wrath-. Tu padre me envió a buscarte porque vas a necesitar mi ayuda. Confía en mí. Ella se retiró de un tirón.
-No quiero escuchar esa palabra de tus labios.
Allí estaba él, un criminal que casi había matado a un policía delante de sus ojos, esperando que creyera una palabrería que ella sabía que era falsa.
Mientras acariciaba sus mejillas como un amante. Debía de pensar que era estúpida.
-Escucha, he visto mis documentos. -La voz no le tembló-. Mi partida de nacimiento dice «padre desconocido», pero había una nota en el registro. Mi madre dijo a una enfermera en la sala de partos que él había fallecido. No pudo dar su nombre porque en ese instante entró en shock a causa de una hemorragia i, murió.
-Lo lamento, pero eso no es cierto. -Lo lamentas. Ya. Apuesto a que sí. -No estoy jugando contigo...
-¡Por supuesto que sí! Dios, no sé cómo he podido pensar que podía conocer a mis padres, aunque fuera por boca de otro... -Lo miró fijamente con disgusto-. Eres muy cruel.
Él soltó una maldición con un sonido frustrado y desagradable.
-No sé cómo hacer que me creas.
-No te molestes en intentarlo. No tienes ninguna credibilidad. -Agarró su bolso-. Demonios, tal vez sea mejor así. Casi prefiero que haya muerto a saber que era un criminal. O que vivíamos en la misma ciudad y nunca vino a verme, que ni siquiera sintió curiosidad por saber cómo era yo.
-Él lo sabía. -La voz de Wrath sonaba muy cerca otra vez_-. Él te conocía.
Ella se volvió. Él estaba tan próximo que la perturbó con su tamaño.
Beth dio un salto hacia atrás. -Ya basta con eso.
-Él te conocía.
-¡Deja de decir eso!
-Tu padre te conocía -gritó Wrath.
-¿Entonces por qué no me quería? -gritó ella a su vez. Wrath dio un respingo.
-Te quería. Te cuidaba. Durante toda tu vida estuvo cerca de ti.
Ella cerró los ojos, abrazando su propio cuerpo. No podía creer que sintiera la tentación de caer bajo su hechizo de nuevo. -Beth, mírame, por favor.
Ella abrió los párpados.
-Dame tu mano-dijo Wrath-. Dámela.
Al no obtener respuesta, él se puso la mano en el pecho, sobre el corazón.
-Por mi honor. No te he mentido.
Se quedó completamente quieto, como si quisiera darle la oportunidad de leer cada matiz de su cara y de su cuerpo. -¿Es posible que sea verdad?-se preguntó.
-Él te amaba, Beth.
No creo nada. No creo nada. No...
-¿Entonces por qué no vino a verme nunca? -susurró. -Esperaba que no tuvieras que conocerlo. Que no tuvieras que vivir la clase de vida que él vivía. -Wrath la miró fijamente-. Pero se acabó su tiempo.
Hubo un largo silencio.
-¿Quién era mi padre? -preguntó en voz baja. -Era lo mismo que yo.
Y entonces, Wrath abrió la boca. Colmillos. Tenía colmillos.
El horror le encogió la piel. Lo empujó con fuerza. -¡Maldito loco!
-Beth, escúchame...
-¿Para que me digas que eres un maldito vampiro? -Se rió de él, empujando su pecho con las manos-. ¡Maldito loco! ¡Maldito... loco! Si quieres representar tus fantasías, hazlo con cualquier otro.
-Tu padre...
Ella le dio una bofetada, con fuerza. Justo en la mejilla. -No te atrevas. Ni siquiera lo intentes. -Le dolía la mano, la frotó contra su vientre. Quería llorar, porque se sentía herida. Porque había tratado de herirlo a él, y no parecía afectado por el golpe que le había propinado-. Por Dios, casi llegué a creerte, casi -gimió-. Pero tuviste que pasarte de listo y mostrar esos dientes falsos.
-Son reales. Míralos más de cerca.
La habitación se vio inundada con la luz de muchas velas... sin que nadie las encendiera.
De repente, se quedó sin respiración, sintiendo que nada era lo que parecía ser. Ya no había reglas. La realidad se difuminaba hacia una dimensión diferente.
Cruzó la habitación a toda prisa.
Él la alcanzó en la puerta, pero ella se agachó, cubriendo su cara con las manos, como si estuviera rezando una oración para mantenerlo alejado.
-No te me acerques. -Aferró el pomo y empujó con todo el peso de su cuerpo. La puerta no se movió.
Sintió que el pánico corría por sus venas como si fuese gasolina espesa.
-B eth...
-¡Déjame salir! -El pomo de la puerta le arañó la piel cuando tiró de él.
Cuando la mano de él se posó sobre su hombro, gritó: -¡No me toques!
Se apartó de un salto. Dio bandazos alrededor de la habitación. Wrath la siguió, aproximándose lenta e inexorablemente. -Yo te ayudaré.
-¡Déjame en paz!
Lo esquivó con un rápido movimiento y volvió a correr hacia la puerta. Esta vez se abrió antes incluso duque pudiera agarrar el pomo.
Como si él lo hubiera deseado. Se volvió a mirarlo con horror. -Esto no es real.
Subió la escalera a toda velocidad, pero sólo tropezó una vez. Cuando trató de manipular el resorte del cuadro, se rompió una uña, pero finalmente lo abrió. Atravesó corriendo el salón, salió precipitadamente de la casa y...
Wrath estaba allí, parado en el césped de la parte delantera. Beth patinó al detenerse en seco.
El terror se deslizó por su cuerpo, el miedo y la incredulidad le oprimieron el corazón. Sintió que su mente se hundía en la locura. -¡No! -Trató de huir de nuevo, corriendo en cualquier dirección siempre que se alejara de él.
Lo oyó tras ella y trató de alcanzar mayor velocidad. Corrió hasta quedar sin aliento, hasta que el agotamiento la cegó \, sus piernas no le respondieron. No pudo continuar, y él aún continuaba allí.
Cayó sobre el césped, sollozando.
Hecha un ovillo, como si se estuviera defendiendo de una paliza, comenzó a llorar.
Cuando él la levantó, no se resistió.
¿Para qué? Si aquello era un sueño, acabaría por despertar. Y si era verdad...
Necesitaría muchas más explicaciones que las que acababa de darle.
Mientras Wrath llevaba en brazos a Beth de regreso al aposento, pudo percibir el miedo B, la confusión que emanaban de ella como oleadas de angustia. La depositó sobre la cama, cubriéndola con una sábana. Luego se sentó en la silla, pensando que ella apreciaría un poco de espacio.
Al poco rato, la mujer se dio la vuelta, y el guerrero sintió sus ojos fijos en él.
-Estoy esperando a que termine va esta pesadilla. A que suene la alarma del despertador-dijo con voz ronca-. Pero eso no va a pasar, ¿verdad?
El negó con la cabeza.
-¿Cómo es posible? ¿Cómo...? -Se aclaró la garganta-. ¿Vampiros?
-Sólo somos una especie diferente. -Chupasangres. Asesinos.
-Mejor habla de minoría perseguida. Era la razón por la que tu padre esperaba que no sufrieras el cambio.
-¿Cambio?
Él asintió lúgubremente.
-Dios mío. -Se llevó la mano a la boca como si fuera a vomitar-. No me digas que voy a...
Una oleada de pánico la asaltó, invadiendo la habitación como una brisa que llegó a él en una fría ráfaga. No podía soportar su angustia y quería hacer algo para aliviarla, aunque la compasión no se encontraba entre sus virtudes.
Si hubiera algo contra lo que pudiera luchar para ayudarla... Pero, de momento, no había nada. Absolutamente nada. La verdad no era un objetivo que pudiera eliminar. Y no era su enemigo, a pesar de que le hiciese daño. Sólo... era.
Se puso de pie y se acercó a la cama. Al ver que no le rehuía, se sentó. Las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas olían a lluvia de primavera.
-¿Qué va a sucederme? -murmuró.
La desesperación en su voz sugería que hablaba con Dios y no con él. Pero en cualquier caso respondió:
-Tu transformación está muy próxima. A todos nos llega en algún momento alrededor de nuestro vigésimo quinto cumpleaños. Te enseñaré a cuidarte y qué debes hacer.
-Dios santo...
-Cuando termines, necesitarás beber. Ella se atragantó y se levantó de un salto. -¡No voy a matar a nadie!
-Las cosas no son así. Necesitas la sangre de un vampiro macho. Eso es todo.
-Eso es todo -repitió ella en tono apagado.
-Los humanos no son nuestras víctimas. Eso son cuentos de viejas.
-¿Nunca has matado a un... humano?
-No para beber de él -contestó, evitando dar una respuesta directa-. Hay algunos vampiros que sí lo hacen, pero la fuerza no dura mucho. Para no languidecer, tenernos que alimentarnos de nuestra propia raza.
-Haces que suene muy normal. -Lo es.
Ella guardó silencio. Y entonces, pareció darse cuenta de la situación.
-Tú dejarás que yo...
-Beberás de mí. Cuando llegue el momento.
La mujer emitió un sonido ahogado, como si quisiera gritar pero una arcada nauseabunda se lo hubiera impedido.
-Beth, sé que es difícil... -No lo sabes.
-Porque yo también lo sufrí. Ella se quedó mirándolo. -¿También lo supiste así, de golpe?
No lo estaba retando. En realidad, sólo esperaba tener algo en común con alguien. Le daba igual quién fuese.
-Sabía quiénes eran mis padres -dijo él-, pero habían fallecido cuando me llegó la transición. Yo estaba solo y no sabía qué esperar. Por eso comprendo tu confusión.
El cuerpo de Beth cayó sobre las almohadas. -¿Mi madre también lo era?
-Ella era humana, por lo que Darius me contó. Se sabe de vampiros que procrean con ellos, aunque es muy raro que el niño sobreviva.
-¿Puedo detener el cambio? ¿Puedo evitar que esto ocurra?
Él movió la cabeza negativamente. -¿Duele?
-Vas a sentir...
-No a mí. ¿Te haré daño?
Wrath disimuló la sorpresa. Nadie se preocupaba por él. Vampiros y humanos le temían por igual. Su raza lo veneraba, pero nadie se había preocupado nunca por él. No sabía qué hacer con ese sentimiento.
-No. No me harás daño. -¿Podría matarte? -No te dejaré hacerlo.
-¿Me lo prometes? -dijo ella con apremio, sentándose de nuevo y aferrando el brazo del vampiro.
No podía creer que estuviera jurando protegerse a sí mismo porque ella se lo pidiera.
-Te lo prometo. -Extendió una mano para cubrir las de ella, pero se detuvo antes de tocarla.
-¿Cuándo ocurrirá?
-No puedo decírtelo con seguridad, pero pronto.
Ella lo soltó, recostándose sobre las almohadas. Luego asumió una posición fetal, dándole la espalda.
-Tal vez despierte -murmuró-. Tal vez aún despierte.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:36 pm

Capítulo 19
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Butch bebió su primer escocés de un trago. Gran error. Tenía la garganta inflamada y sintió como si hubiera besado una antorcha. Tan pronto como dejó de toser, le pidió otro a Abby.
-La encontraremos -dijo José, dejando su cerveza sobre la mesa.
José estaba bebiendo con moderación, ya que tenía que volver a casa con su familia. Pero Butch era libre de hacer lo que le diese la gana.
José jugaba con su vaso, haciéndolo girar en círculos sobre la barra.
-No debes culparte, detective. Butch rió y tragó el segundo escocés.
-Ya. Es enorme la lista de personas que estaban en el coche con el sospechoso. -Alzó un dedo para llamar la atención de Abby-. Vuelve a llenarlo.
-Al momento. -Se contoneó, acercándose de inmediato con el whisky, sonriéndole mientras llenaba su vaso.
José se revolvió en su taburete, como si no aprobara la velocidad a la que Butch apuraba sus copas y el esfuerzo por no decir nada le hiciera retorcerse.
Cuando Abby se marchó para atender a otro cliente, Butch se giró para mirar a José.
-Esta noche voy a ponerme bastante desagradable. No deberías quedarte por aquí.
Su compañero se metió unos cacahuetes a la boca. -No voy a dejarte aquí.
-Ya tomaré un taxi para volver a casa.
-No. Me quedaré hasta que pierdas el sentido. Luego te arrastraré de vuelta a tu apartamento. Te veré vomitar durante una hora y te meteré en la cama. Antes de irme dejaré la cafetera lista y una aspirina junto al azucarero.
-No tengo azucarero. -Entonces junto a la bolsa. Butch sonrió.
-Habrías sido una excelente esposa, José. -Eso es lo que dice la mía.
Guardaron silencio hasta que Abby llenó el cuarto vaso. -Las estrellas arrojadizas que le quité a ese sospechoso -dijo Butch-, ¿has averiguado algo sobre ellas?
-Son iguales a las que encontramos en el coche bomba y junto al cuerpo de Cherry. Las llaman tifones. Casi cien gramos de acero inoxidable de buena calidad. Diez centímetros de diámetro. Peso central desmontable. Se pueden comprar por In-ternet por unos doce dólares cada una o en las academias de artes marciales. Y no, no tenían huellas.
-¿Las otras armas?
-Un extraordinario juego de cuchillos. Los chicos del laboratorio se quedaron fascinados con ellos. Aleación metálica, dureza de diamante, hermosa factura. Fabricante inidentificable. La pistola era una Beretta estándar de nueve milímetros, modelo 92G-SD. Muy bien cuidada y, evidentemente, con el número de serie borrado. Las balas sí que son extrañas. Nunca había visto algo así. Huecas, llenas de un líquido que están analizando. Los chicos piensan que es sólo agua. ¿Pero por qué haría alguien algo así? -Tiene que ser una broma.
-Ajá.
-Y no hay huellas. -No. ,
-En ningún objeto.
-No. -José se acabó los cacahuetes e hizo una seña con la mano para pedir más a Abby-. Ese sospechoso es hábil. Trabaja limpiamente. Un verdadero profesional. ¿Quieres apostar a que ya está muy lejos de aquí? No parece ser oriundo de Caldwell. -Dime que mientras y o perdía el tiempo haciéndome examinar por los médicos contrastaste los datos con la policía de Nueva York.
Abby llegó con más frutos secos y whisky.
-Balística está analizando el arma, para ver si tiene algún rasgo poco común -dijo José sin alterar la voz-. Estamos investigando el dinero por si está caliente. A primera hora de la mañana daremos a los chicos de Nueva York lo que tenemos, pero no será mucho.
Butch soltó una maldición mientras veía llenar el vaso. -Si algo le sucede a Beth... -No terminó la frase. -Los encontraremos. -José hizo una pausa-. Y que Dios tenga piedad de él si le hace daño.
Sí, Butch personalmente iría detrás de aquel individuo. -Que Dios lo ayude-juró, aferrando su vaso para dar otro trago.
Wrath se sentía agotado cuando se sentó en el sillón, esperando a que Beth hablara de nuevo. Sentía el cuerpo como si se hundiera en sí mismo, los huesos débiles bajo la carga de piel y músculos.
Al hacer memoria de la escena en el callejón de la comisaría, se percató de que no había borrado la memoria del policía. Lo cual significaba que aquel hombre andaría buscándolo con una descripción exacta.
Maldita sea. Había estado tan absorto en todo aquel maldito drama que había olvidado protegerse.
Se estaba volviendo descuidado. Y eso resultaba extremadamente peligroso.
-¿Cómo supiste lo de los orgasmos? -preguntó Beth con brusquedad.
Él se puso rígido, igual que su pene, sólo con escuchar esa palabra de sus labios.
Se revolvió en su asiento inquieto, preguntándose si podía evitar responderle. En aquel momento, no quería hablar sobre su encuentro sexual de la noche anterior, al menos mientras ella estuviera en esa cama, a tan escasa distancia.
Pensó en su piel. Suave. Delicada. Cálida. -¿Cómo lo sabías? -preguntó.
-Es verdad, ¿no?
-Sí -susurró ella-. ¿Fue diferente contigo porque no eres..., eres un...? Diablos, ni siquiera puedo pronunciar esa palabra.
-Tal vez- Juntó las palmas de sus manos con las de ella, entrelazando los dedos con fuerza-. No lo sé.
Porque para él también había sido diferente, a pesar de que, técnicamente, ella todavía era humana.
-Él no es mi amante. Butch. El policía. No lo es. Wrath respiró lentamente.
-Me alegro.
-Así que si lo vuelves a ver, no lo mates. -De acuerdo.
Hubo un largo silencio. La ovó revolverse en la cama. Las sábanas de satén emitían un susurro peculiar.
Imaginó sus muslos frotándose uno contra otro, y luego se vio a sí mismo abriéndolos con las manos, apartándolos con la cabeza, abriéndose camino a besos hasta donde tan desesperadamente quería llegar.
Tragó saliva, sintiendo que su piel se estremecía. -¿Wrath?
-¿Sí?
-En realidad no tenías previsto acostarte conmigo anoche, ¿no es cierto?
Las difusas imágenes de aquel tórrido encuentro le obligaron a cerrar los ojos.
-Así es.
-¿Entonces por qué lo hiciste?
¿Cómo hubiera podido no hacerlo?, pensó él, apretando las mandíbulas. No había podido dominarse.
-¿Wrath?
-Porque tuve que hacerlo -replicó él, extendiendo los brazos, tratando de tranquilizarse. El corazón se le salía del pecho, sus instintos volvían a la vida, como preparándose para la batalla. Podía escuchar la respiración de la mujer, el latido de su corazón, el fluir de su sangre.
-¿Por qué? -susurró ella.

Tenía que marcharse. Debía dejarla sola. -Dime por qué.
--Hiciste que me diera cuenta de la frialdad que llevo en mi interior.
El sonido de otro movimiento en la cama llegó a su oído. -Me gustó mucho darte calor-dijo ella con voz ronca.-Y sentirte.
Un oscuro deseo hizo estremecer las entrañas del vampiro, dando un vuelco a su estómago.
Wrath contuvo la respiración. Esperó a ver si pasaba, pero la mordiente sensación se hizo más fuerte.
Mierda, esa pecaminosa necesidad no era sólo de sexo. Era de sangre.
-La de ella.
Se puso de pie rápidamente y trató de establecer una distancia mayor entre ambos. Necesitaba salir de allí. Recorrer las calles. Luchar.
Y necesitaba alimentarse.
-Escucha, tengo que irme. Pero quiero que te quedes aquí. -No te vayas.
-Tengo que hacerlo. -¿Por qué?
Abrió la boca, sus colmillos palpitaban a medida que se alargaban.
Y sus dientes no eran lo único que pedía ser utilizado. Su erección era un mástil rígido Y doloroso presionando contra su bragueta. Se sintió oprimido entre las dos necesidades. Sexo. Sangre. Ambas con ella.
-¿Estás huyendo? -susurró Beth. Era una pregunta, pero había en ella un tono de burla.
-Ten cuidado, Beth. -¿Por qué?
-Estoy a punto de estallar.
Ella saltó de la cama y se acercó a él, poniéndole una mano sobre su pecho, justo encima del corazón, y enlazándolo con la otra por la cintura.
Siseó cuando ella se oprimió contra su cuerpo.
Pero al menos el deseo sexual se sobrepuso al ansia de sangre.
-¿Vas a decirme que no? -preguntó ella.
-No quiero aprovecharme de ti -dijo él con los dientes apretados-. Ya tuviste suficiente por una noche.
Ella apretó los hombros.
-Estoy enfadada, asustada, confusa. Quiero hacer el amor hasta que no sienta nada, hasta quedar entumecida. Como mucho, estaría utilizándote. -Miró hacia abajo-. Dios, eso ha sonado horrible.
A él le pareció música celestial. Estaba preparado para que ella le utilizara.
Le levantó la barbilla con la rema del dedo. Aunque su fragante aroma le decía exactamente lo que su cuerpo necesitaba de él, deseó poder ver su rostro con toda claridad.
-No te vayas -susurró.
Él no quería hacerlo, pero su ansia de sangre la ponía en peligro. Necesitaba estar fuerte para el cambio. Y él tenía suficiente sed como para dejarla seca.
La mano de Beth se deslizó hacia abajo hasta encontrar su erección.
É1 sacudió el cuerpo bruscamente, respirando con violencia. Su jadeó quebró el silencio en la habitación.
-Tú me deseas -dijo ella-. Y quiero que me tomes. Frotó la palma de la mano sobre su pene; el calor de la fricción le llegó con dolorosa claridad a través del cuero de sus pantalones.
Sólo sexo. Podía hacerlo. Podía aguantar el deseo de sangre. ¿Pero estaba dispuesto a dejar la vida de la mujer en manos de su autocontrol?
-No digas que no, Wrath.
Luego se puso de puntillas y presionó los labios contra los suyos.
Juego finalizado, pensó él, oprimiéndola contra sí. Empujó la lengua dentro de su boca mientras la sujetaba por las caderas y colocaba el miembro en su mano. El gemido de satisfacción de la mujer aumentó su erección, y cuando las uñas de ella se clavaron en su espalda, le fascinaron las pequeñas punzadas de dolor porque significaban que estaba tan ansiosa como él. La tendió sobre la cama en un abrir y cerrar de ojos, y le subió 1-a falda y rasgó las bragas con feroz impaciencia. La blusa y el sujetador no corrieron mejor suerte. Ya habría tiempo para delicadezas. Ahora se trataba de puro sexo.
Mientras besaba furiosamente sus pechos, se arrancó la camisa con las manos. La soltó el tiempo imprescindible para desabrocharse los pantalones y dejar libre su miembro. Luego en lazó con el antebrazo una de sus rodillas, le levantó la pierna, y se introdujo en su cuerpo.
La escuchó dar un grito ahogado ante la enérgica entrada, ti, su húmeda intimidad lo acogió, vibrando en un orgasmo. Él se quedó inmóvil, absorbiendo la sensación de su éxtasis, sintiendo sus palpitaciones íntimas.
Un abrumador instinto de posesión fluyó por su cuerpo. Con aprensión, se dio cuenta de que quería marcarla. Marcarla como suya. Quería ese olor especial sobre la totalidad de su cuerpo para que ningún otro macho se le acercara, para que supieran a quién pertenecía, y que temieran las repercusiones de querer poseerla.
Pero sabía que no tenía derecho a hacer eso. Ella no era suya.
Sintió su cuerpo inmovilizarse debajo de él, y miró hacia abajo.
-¿Wrath? -susurró ella-. Wrath, ¿qué ocurre?
El vampiro intentó apartarse, pero ella le tomó la cara con las manos.
-¿Estás bien?
La preocupación por él en su voz fue lo que desencadenó su fuerza desatada.
En una asombrosa oleada, su cuerpo saltó fuera del alcance de su mente. Antes de poder pensar en sus acciones, antes de poder detenerse, se apoyó con los brazos y arremetió contra ella, con fuerza, penetrándola. El cabezal de la cama golpeó contra la pared al ritmo de sus empujones, y ella se aferró a sus muñecas, tratando de mantenerse en su sitio.
Un sonido profundo inundó la habitación, haciéndose cada vez más fuerte, hasta que advirtió que el gruñido procedía de su propio interior. Cuando un calor febril se apoderó de toda su piel, pudo percibir esa oscura fragancia de la posesión.
Ya no fue capaz de detenerse.


Sus labios dejaron los dientes al descubierto mientras sus músculos se retorcían y sus caderas chocaban contra ella. Empapado en sudor, la cabeza dándole vueltas, frenético, sin respiración, tomó todo lo que ella le ofrecía. Lo tomó y exigió más, convirtiéndose en un animal, al igual que ella, hasta llegar al más puro salvajismo.
Su orgasmo llegó violentamente, llenándola, bombeando en su interior, en un éxtasis interminable, hasta que se dio cuenta de que ella experimentaba su propio clímax al mismo tiempo que él, mientras se aferraban el uno al otro por su vida contra desgarradoras oleadas de pasión.
Fue la unión más perfecta que nunca había experimentado.
Y luego todo se convirtió en una pesadilla.
Cuando el último estremecimiento abandonó su cuerpo ~~ pasó al de ella, en ese momento de agotamiento final, el equilibrio que había logrado mantener entre sus deseos se desniveló. Sus ansias de sangre salieron a la luz en un arrebato ruin y acuciante, tan poderoso como había sido la lujuria.
Sacó los dientes y buscó su cuello, esa vena deliciosamente próxima a la superficie de su blanca piel. Sus colmillos estaban dispuestos a clavarse profundamente, tenía la garganta seca con la sed de ella, y el intestino sufría espasmos de una inanición que le llegaba al alma, cuando se apartó de golpe, horrorizado por lo que estaba a punto de hacer.
Se alejó de ella, arrastrándose por la cama hasta caer al suelo sentado.
-¿Wrath? -lo llamó Beth alarmada. -¡No!
Su sed de sangre era demasiado fuerte, no podía negar el instinto. Si se acercaba demasiado...
Gimió, tratando de tragar saliva. Sentía la garganta como el papel de lija. El sudor invadió todo su cuerpo de nuevo, pero esta vez le produjo escalofríos.
-¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?
Wrath se arrastró hacia atrás, el cuerpo le dolía y la piel le ardía. El olor de su sexo sobre él era como un látigo contra su autocontrol.
-Beth, déjame solo. Tengo que...
Pero ella seguía aproximándose. El cuerpo del vampiro chocó contra el sillón.
-¡Aléjate de mí! -Mostró los colmillos y siseó con fuerza-. Si te me acercas tendré que morderte, ¿entiendes?
Ella se detuvo de inmediato. El terror enturbiaba el aire a su alrededor, pero luego movió la cabeza.
-Tú no me harías daño -dijo con una convicción que le impresionó por peligrosamente ingenua.
Luchó por hablar.
-Vístete. Vete arriba. Pídele a Fritz que te lleve a casa. Enviaré a alguien que te proteja.
Ahora estaba jadeando, el dolor le desgarraba el estómago, de una forma casi tan brutal como aquella primera noche de su transición. Nunca había necesitado a Marissa de esa manera. Jesús. ¿Qué le estaba sucediendo?
-No quiero irme.
-Tienes que hacerlo. Enviaré a alguien que cuide de ti hasta que pueda reunirme contigo.
Los muslos le temblaban, los músculos tensos luchaban contra el ansia que se había apoderado de su cuerpo. Su mente y sus necesidades físicas peleaban entre ellas, entablando una lucha sin cuartel. Y él sabía cuál saldría victoriosa si ella no se alejaba. -Beth, por favor. Me duele. Y no sé durante cuánto tiempo podré dominarme.
Ella vaciló, y- luego comenzó a vestirse a toda prisa.
Se dirigió a la puerta, pero antes de cruzarla se giró para mirarlo.
-Vete.
Abandonó en silencio la habitación.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:37 pm

Capítulo 20
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Eran poco más de las nueve cuando el señor X llegó al McDonald's.
-Me alegro de que os haya gustado la película. He pensado aún otra cosa para esta noche, aunque tendremos que hacerlo rápido. Uno de vosotros tiene que volver a casa a las once.
Billy maldijo por lo bajo cuando se detuvieron frente al menú iluminado. Pidió el doble de lo que había solicitado el Perdedor, que quiso pagar su parte.
-No te preocupes. Yo invito -dijo el señor X-. Pero procurad que no se os caiga nada.
Mientras Billy comía y el Perdedor jugaba con su comida, el señor X los llevó en el coche a la Zona de Guerra. El campo de juegos de rayos láser era el lugar de reunión preferido de los menores de dieciocho años, pues su oscuro interior era perfecto para ocultar tanto el acné como la patética lujuria adolescente. El amplio edificio de dos pisos estaba a rebosar esa noche, lleno de nerviosos muchachos que trataban de impresionar a aburridas chicas vestidas a la última moda.
El señor X consiguió tres pistolas y unos arneses adaptados como objetivos de tiro, y entregó uno a cada chico. Billy estuvo preparado para empezar en menos de un minuto, su arma descansaba en su mano cómodamente, como si fuera una extensión de su brazo.
El señor X observó al Perdedor, que aún estaba tratando de colocarse las tiras del arnés sobre los hombros. El muchacho parecía afligido, su labio inferior le colgaba mientras los dedos manipulaban los cierres de plástico. Billy también lo miró. Parecía un cazador examinando a su presa.
-Pensé que podíamos hacer una pequeña competición amistosa -dijo el señor X cuando finalmente cruzaron la entrada giratoria-. Veremos cuál de vosotros puede acertar más veces al otro.
Al entrar en el campo de juego, los ojos del señor X rápidamente se adaptaron a la aterciopelada oscuridad y a los destellos de neón de los demás jugadores. El espacio era lo suficientemente grande para la treintena de muchachos que danzaban alrededor de los obstáculos, riendo y gritando mientras disparaban rayos de luz. -Separémonos -dijo el señor X.
Mientras el Perdedor parpadeaba como un miope, Bi1y se alejó, moviéndose con la agilidad de un animal. Al poco rato, el sensor en el pecho del Perdedor se encendió. El chico miró hacia abajo como si no supiera lo que le había sucedido.
Billy se retiró a la oscuridad.
-Será mejor que te pongas a cubierto, hijo -murmuró el señor X.
El señor X se mantuvo apartado mientras observaba todo lo que hacían. Billy acertó al Perdedor una y otra vez desde cualquier ángulo, pasando de un obstáculo a otro, aproximándose rápido, luego lentamente, o disparando desde larga distancia. La confusión y ansiedad del otro muchacho aumentaban cada vez que destellaba la luz en su pecho, y la desesperación le hacía moverse con des coordinación infantil. Dejó caer el arma. Tropezó con sus propios pies. Se golpeó un hombro contra una barrera.
Billy estaba resplandeciente. Aunque su blanco estaba fallando y, debilitándose, no mostró clemencia. Incluso le dirigió un último disparo cuando el Perdedor dejó caer su arma y se recostó contra una pared, agotado.
Y acto seguido desapareció entre las sombras.
Esta vez el señor X siguió a Billy, rastreando sus movimientos con un propósito diferente al de comprobar sus resultados. Riddle era rápido, pasaba de un obstáculo a otro, volviendo sobre sus pasos a donde estaba el perdedor para poder atraparlo por detrás.

El señor X adivinó el punto de destino de Billy. Con un rápido giro a la derecha, se interpuso en su camino.
Y le disparó a quemarropa.
Sorprendido, el muchacho bajó la vista hacia su pecho. Era la primera vez que su receptor se encendía.
-Buen trabajo -dijo el señor X-. Has jugado muy bien, hijo. Hasta ahora.
Billy levantó los ojos mientras su mano se posaba sobre el objetivo parpadeante. Su corazón.
-Sensei. -Pronunció la palabra como un amante, lleno de respeto y adoración.
Beth no tenía intención de pedir al mayordomo que la acompañase, porque estaba demasiado agitada para entablar una conversación decente con nadie. Mientras se dirigía hacia la calle, sacó su móvil para llamar un taxi. Estaba marcando cuando el ronroneo del motor de un coche hizo que levantara la vista.
El mayordomo salió del Mercedes e inclinó la cabeza. -El amo me ha llamado. Quiere que la lleve a su casa, ama. Y... a mí me gustaría ser su chofer.
Se mostraba expectante, casi esperanzado, como si ella le hiciera un gran favor dejándole que la acompañara. Pero necesitaba un poco de aire. Después de todo lo que había sucedido, su cabeza parecía dar vueltas sin control.
-Gracias, pero no. -Forzó una sonrisa-. Sólo voy a... En el rostro del hombre apareció una sombra de abatimiento, y adquirió la expresión de un perro apaleado.
Por un momento, se maldijo por haber olvidado sus buenos modales, mientras la invadía un sentimiento de culpa. -Bueno, está bien.
Antes de que Fritz pudiera rodear el coche, ella abrió la puerta y se sentó. El mayordomo pareció ponerse nervioso por su iniciativa, pero se recuperó rápidamente, mostrando, de inmediato, una sonrisa radiante en su arrugado rostro.
Cuando se puso al volante y encendió el motor, ella dijo: -Vivo en...
-Oh, ya sé dónde vive. Siempre supimos dónde se encontraba. Primero en el Hospital St. Francis, en la unidad de cuidados intensivos neonatal. Luego una enfermera se la llevó a su casa. Teníamos la esperanza de que la enfermera se quedara con usted, pero el hospital la obligó a devolverla. Luego la enviaron al orfanato. Eso no nos gustó nada. Y después a una casa de acogida, con los McWilliams en la avenida Elmwood, pero usted se puso enferma y tuvo que ingresar en el hospital por culpa de una neumonía.
Puso el intermitente y giró a la izquierda en un stop.
Ella apenas podía respirar, escuchaba con toda su atención. -Después la enviaron con los Ryan, pero había demasiados niños. Más tarde, estuvo con los Goldrich, que vivían en una casa de dos pisos en la calle Raleigh. Pensamos que los Goldrich iban a quedarse con usted, pero entonces ella se quedó embarazada. Finalmente, volvió al orfanato. Detestamos que fuera allí, porque no la dejaban salir a jugar lo suficiente.
-Siempre habla de <nosotros» -susurró ella, temerosa de preguntar, pero incapaz de no hacerlo.
-Sí. Su padre y yo.
Beth se cubrió la boca con el dorso de la mano, observando el perfil del mayordomo como si fuera algo que pudiera retener. -¿E1 me conocía?
-A1i, claro, ama. Desde el principio. El parvulario, la escuela elemental y el instituto. -Sus ojos se encontraron-. Nos sentimos muy orgullosos de usted cuando fue a la universidad con esa beca de estudios. Yo estaba allí cuando se graduó. Le saqué fotografías para que su padre pudiera verla.
-Él me conocía. -Pronunció las palabras como si hablara del padre de otra persona.
El mayordomo la miró y sonrió.
-Tenemos todos los artículos que ha publicado, incluso los que escribió en el instituto y en la universidad. Cuando empezó en el Caldwell Courier journal, su padre se negaba a ir a acostarse por la mañana hasta que le traía el periódico. Poco le importaba si había pasado una noche complicada o estaba cansado, nunca se iba a la cama hasta que no leyera lo que usted escribía. Estaba muy orgulloso de usted.
Ella rebuscó en su bolso, tratando de encontrar un pañuelo de papel.
-Tenga -dijo el mayordomo, entregándole un paquete pequeño.

Beth se sonó la nariz tan delicadamente come, pudo. -Ama, debe comprender que a él le resultó muy difícil estar alejado de usted, pero sabía que sería peligroso acercarse demasiado. Las familias de los guerreros deben ser vigiladas cui-dadosamente, y usted estaba desprotegida porque creció como humana. También esperaba que no tuviera que pasar por la transición.
-¿Usted conoció a mi madre?
-No muy, bien. No estuvieron juntos mucho tiempo. Ella desapareció poco después de que empezaran a verse porque descubrió que él no era humano. No le dijo que se había quedado embarazada, y sólo volvió a buscarle cuando estaba a punto de dar a luz. Creo que tenía miedo por la criatura que iba a traer al mundo. Por desgracia se puso de parto y fue llevada a un hospital humano antes de que pudiéramos llegar hasta ella. Pero debe saber que él la amaba. Profundamente.
Beth absorbió la información, empapando su mente, llenando todos los vacíos.
-¿Mi padre y, Wrath estaban muy unidos?- El mayordomo vaciló.
-Su padre quería a Wrath. Todos le queremos. Él es nuestro señor. Nuestro rey. Por eso su padre lo envió a él a buscarla. No debe temerle. Nunca le hará daño.
-De eso estoy segura.
Cuando vio el edificio en el que vivía, deseó tener algo más de tiempo para poder hablar con el mayordomo.
-Ya hemos llegado -dijo él-. El 1188 de la avenida Redd, apartamento 1-B. Aunque debo decir que ni su padre ni yo aprobamos nunca que usted viviera en un bajo.
El vehículo se detuvo. Ella no quería salir.
-¿Podría hacerle más preguntas? ¿Quizá más tarde? -dijo.
-Oh, ama, sí. Por favor. Hay muchas cosas que quisiera contarle.
Salió del coche, pero ella ya estaba cerrando la puerta cuando él llegó a su lado.
Beth pensó en tenderle la mano para mostrarle su agradecimiento formalmente, pero, en lugar de eso, colocó los brazos alrededor del pequeño anciano y lo abrazó.
Una vez que Beth hubo abandonado el aposento, la sed de Wrath gritó llamándola, torturándole duramente, como si supiera que había sido él quien la había enviado lejos.
Se arrastró hasta el teléfono para llamar primero a Fritz y luego a Tohrment. La voz se le quebraba, y tuvo que repetir las palabras para que le entendieran.
Después de hablar con Tohr, empezaron las arcadas secas. Entró en el baño tambaleándose, mientras llamaba a Marissa con la mente. Se inclinó dando tumbos sobre el inodoro, pero su estómago estaba casi vacío.
Había esperado demasiado, pensó. Ignoró las señales que su cuerpo le había estado enviando desde hacía algún tiempo. Y luego había llegado Beth, y su química interna había tomado el control. No le extrañaba que hubiera enloquecido.
El perfume de Marissa le llegó desde el aposento. -¿Mi señor? -llamó ella.
-Necesito...
Beth, pensó, alucinando. La vio ante él, escuchó su voz en su cabeza. Extendió la mano. No tocó nada.
-¿Mi señor? ¿Debo ir hasta ti? --preguntó Marissa desde la alcoba.
Wrath se secó el sudor de la cara y salió, tambaleándose corno un borracho. Agitó los brazos ciegamente en el aire, desplomándose hacia delante.
-¡Wrath! -Marissa corrió hacia él.
Se dejó caer sobre la cama, arrastrándola consigo. Su cuerpo se oprimió contra el de ella.
É1 sintió a Beth.
Y su rostro fue a parar entre las sábanas que todavía conservaban la fragancia de Beth. Respiró profundamente, tratando de estabilizarse, pero se sintió embargado de nuevo por el aroma de aquella humana.
-Mi señor, necesitas alimentarte. -La voz de Marissa llegaba desde muy lejos, como si se encontrara fuera, en la escalera. Trató de mirar hacia el lugar de donde salía la voz, pero no pudo distinguir nada. Ahora estaba totalmente ciego.
La voz de Marissa se hizo extrañamente fuerte.
-Mi señor, ten. Toma mi muñeca. Ahora.
Sintió la cálida piel en su mano. Abrió la boca, pero no pudo hacer que sus brazos le obedecieran correctamente. Extendió la mano, tocó un hombro, una clavícula, la curva de un cuello. Beth.
El hambre lo dominó, y se apoderó del cuerpo femenino. Con un rugido hundió los dientes en la suave carne hasta llegar a la arteria. Bebió profundamente y con fuerza, viendo imágenes de la mujer morena que ahora era suya, soñando que se entregaba a él, imaginándola entre sus brazos.
Marissa soltó un grito ahogado.
Los brazos de Wrath casi la estaban partiendo en dos, su enorme cuerpo era como una jaula en torno a ella mientras bebía. Por primera vez, sintió cada una de las curvas de su cuerpo, incluyendo lo que pensó que debía de ser una erección, algo que nunca antes había percibido.
Las posibilidades eran excitantes. Y terroríficas.
Se quedó sin fuerzas y trató de respirar. Esto era lo que siempre había querido de él. Aunque su pasión era indecente. ¿Pero qué más podía esperar? Era un hombre con toda la sangre. Un guerrero.
Y finalmente se había dado cuenta de que la necesitaba. La satisfacción ocupó el lugar del malestar, y la mujer recorrió lentamente con las manos sus amplios hombros desnudos, una libertad que nunca se había tomado. La garganta del hombre emitió un sonido ronco, como si quisiera que continuara. Con delicioso placer, ella hundió las manos en su cabello. Era muy suave. ¿Quién lo hubiera imaginado? Un macho tan rudo, pero, ah, qué suaves eran esas ondas oscuras, tan suaves como sus vestidos de satén.
Marissa quiso ver el interior de su mente, una invasión a la que nunca se había arriesgado por temor a ofenderlo. Pero ahora todo era diferente. Tal vez quisiera besarla cuando terminara. Hacerle el amor. Quizás ahora pudiera quedarse con él. Le gustaría vivir en casa de Darius junto a él. O donde fuera. No importaba.
Cerró los ojos y exploró sus pensamientos.
Pero sólo pudo ver a la hembra en la que él realmente estaba pensando. La hembra humana.
Era una belleza de cabello oscuro con los ojos entrecerrados. Estaba tendida sobre su espalda con los senos descubiertos. Le acariciaba los duros pezones rosados con los dedos mientras le besaba el estómago y seguía descendiendo.
Marissa trató de deshacerse de aquella imagen como si fuera un cristal roto.
Wrath no estaba allí con ella. No bebía de su cuello. No era el cuerpo de ella el que oprimía contra el suyo.
Y esa erección no era por su causa. No era por ella.
Mientras le succionaba el cuello y sus gruesos brazos la aplastaban contra él, Marissa protestó a gritos por aquella traición. Por sus esperanzas. Por su amor. Por él.
¡Qué apropiado resultaba que la estuviera desangrando! Deseaba que concluyera pronto, que bebiera toda su sangre hasta dejarla seca, que la dejara morir.
Había tardado años en darse cuenta de la verdad. Toda una eternidad.
Él nunca había sido suyo. Nunca lo sería.
Dios, ahora que la fantasía había desaparecido, no le quedaba nada.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:38 pm

Capítulo 22
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Butch despertó porque alguien le estaba taladrando el cráneo.
Abrió un ojo.
Se trataba del timbre del teléfono.
Descolgó el auricular y se lo puso junto a la oreja. -¿Sí?
-Buenos días, rayito de sol. -Con la voz de José el dolor de cabeza se hizo insoportable.
-¿Qué hora es? -graznó.
-Las once. Pensé que querrías saber que Beth acaba de llamar, buscándote. Parecía encontrarse bien.
El cuerpo de Butch se relajó aliviado. -¿Y el tipejo?
-Ni siquiera lo ha mencionado. Pero ha dicho que quería hablar hoy contigo. He cancelado la orden de búsqueda mientras hablaba con ella porque estaba llamando desde su casa.
El detective se sentó.
Y luego volvió a recostarse.
Por el momento, no iría a ninguna parte. -No me encuentro muy bien -murmuró.
-Ya me lo imaginaba. Por eso le he dicho que estarías ocupado hasta la tarde. Sólo para que lo sepas, he salido de tu casa a las siete esta mañana.
Ah, Cristo.
Butch intentó otra vez colocarse en posición vertical, obligándose a mantenerse derecho. La habitación daba vueltas. Todavía estaba borracho. Y tenía resaca.
Estaba realmente ocupado. -Voy para allá.
-Yo no haría eso. El capitán te tiene en el punto de mira. Los de Asuntos Internos se han presentado por aquí preguntando por ti y por Billy Riddle.
-¿Riddle? ¿Por qué? -Vamos, detective. Sí, él sabía por qué.
-Escucha, no estás en condiciones de entrevistarte con el capitán. -La voz de José era uniforme, pragmática-. Necesitas serenarte. Recuperarte. Ven un poco más tarde. Yo te cubro. -Gracias.
-Te he dejado aspirinas junto al teléfono con un buen vaso de agua. Pensé que no ibas a poder llegar hasta la cafetera. Toma tres, desconecta el teléfono, y duerme. Si sucede algo emocionante, iré a buscarte.
-Te amo, dulzura.
-Entonces cómprame un abrigo de visón y unos bonitos pendientes para nuestro aniversario.
-Te los has ganado.
Colgó el teléfono después de dos intentos, y cerró los ojos. Dormiría un poco más, y, podría sentirse como una persona de nuevo.
Beth garabateó su última corrección en un texto sobre una serie de robos de pasaportes y carnés de identidad. Parecía como si el artículo estuviera sangrando, a juzgar por la cantidad de modificaciones que había hecho con su implacable rotulador rojo, dandose cuenta de que, últimamente, los chicos grandes de Dick se estaban volviendo cada vez más descuidados, descargando en ella la mayor parte del trabajo. Y no se trataba sólo de errores de fondo; ahora también cometían errores gramaticales y estilísticos. Como si no tuvieran la más mínima consideración por el correcto uso de la lengua.
No le importaba hacer labores de edición en un artículo en el que colaboraba, siempre y cuando la persona que preparaba el primer borrador se preocupara por realizar una pequeña cantidad de correcciones.
Beth colocó el artículo en su bandeja de trabajos finalizados y se concentró en la pantalla de su ordenador. Abrió de nuevo un archivo en el que había estado escribiendo con intermitencias durante todo el día.
De acuerdo, ¿qué más quería saber? Repasó su lista de preguntas.
¿Podré salir durante el día? ¿Con qué, frecuencia tendré que alimentarme? ¿Cuánto tiempo voy a vivir?
Sus dedos volaban por encima del teclado. ¿Contra quién estás luchando?
Y luego: ¿Tienes una...?
¿Cuál era la palabra? ¿Shellan? En cambio tecleó esposa.
Dios, se estremeció ante la posible respuesta de Wrath. Y aunque no la tuviera, ¿de quién se alimentaba?
¿Y qué sentiría en el momento en que saciara su hambre en ella?
Sabía instintivamente que sería algo similar al sexo, algo en parte salvaje, que lo consumía todo. Y probablemente la dejaría maltrecha y débil.
Así como en un estado de éxtasis total.
-¿Trabajando duro, Randall? -Dick arrastró las palabras. Ella cerró el archivo de inmediato para que su jefe no pudiera verlo.
-Como siempre.
-¿Sabes? Circula por ahí un rumor sobre ti. -¿De verdad?
-Sí. He oído que saliste con ese detective de homicidios, O'Neal. Dos veces.
-¿Y?
Dick se apoyó en su escritorio. Ella llevaba una camiseta floja de cuello barco, de modo que había poco que pudiera ver. Él se enderezó.
-Buen trabajo. Haz un poco de magia con él. Averigua todo lo que puedas. Podríamos hacer un artículo de portada sobre la brutalidad policial con él como portada. Continúa así, Randall, y quizás me convenza de que eres idónea para un as-censo.
Dick se marchó, disfrutando de aquel papel de encargado de otorgar favores.
Qué imbécil.
Su teléfono sonó, Y ella vio pudo evitar vociferar en el auricular.
Hubo una pausa.
--¿Ama? ¿Está usted bien? Era el mayordomo.
-Lo siento. Sí, estoy bien. -Apoyó la cabeza sobre su mano libre. Después de tratar con personajes como Wrath y Tohr, la versión simplona de arrogancia masculina de Dick parecía absurda.
-Si hay algo que yo pueda hacer...
-No, no, estoy bien. -Se rió-. Nada con lo que no me haya enfrentado antes.
-Bien, probablemente no debería haber llamado. -La voz de 1Fritz se convirtió en un cuchicheo-. Pero no quería que estuviera desprevenida. El armo ha encargado una cena especial para esta noche. Para usted y él, exclusivamente. Pensé que quizá podría ir a recogerla para ayudarle a elegir un vestido. -¿Un vestido?
¿Para una especie de cita con Wrath?
La idea le pareció absolutamente maravillosa, pero entonces recordó que tenía que evitar ver idilios en donde podía no haberlos. En realidad, no sabía en qué estadio se encontraba su relación.
Ni si él se estaba acostando con alguien más.
-Ama, sé que es presuntuoso por mi parte. El mismo la llamará. -En ese momento, la segunda línea de su teléfono empezó a sonar-. Sólo quería que estuviera lista para esta noche.
El identificador de llamadas iluminó el número que Wrath le había hecho memorizar. Se sorprendió a sí misma sonriendo como una idiota.
-Me encantaría que me ayudara a elegir un vestido. En serio.
-Bien. Iremos a la Galería. Allí hay también un Brooks Brothers. El amo ha encargado ropa. Creo que también quiere estar lo más elegante posible para usted.
Cuando colgó, aquella estúpida sonrisa continuaba pegada a su cara como si le hubiera puesto pegamento.
Wrath dejó un mensaje en el buzón de voz de Beth y rodó sobre la carpa, extendiendo la mano en busca de su reloj. La tres de la tarde. Había dormido casi seis horas, algo más de lo habitual, pero era lo que su cuerpo generalmente necesitaba después de comer.
Dios, deseó que ella estuviera con él.
Tohr había llamado para informarle. Ambos se habían quedado despiertos toda la noche viendo películas de Godzilla, y por el sonido de la voz del macho, estaba medio enamorado de ella.
Lo cual Wrath comprendió perfectamente, aunque, al mismo tiempo, le disgustó.
Pero había hecho lo correcto al enviar a Tohr. Rhage se habría lanzado sobre ella de inmediato, y entonces Wrath habría tenido que romperle algo. Un brazo, quizás una pierna. Tal vez ambas cosas. Y Vishous, aunque no tenía la extravagante y hermosa apariencia de Hollywood, poseía una vena de chulo bastante acusada. El voto de castidad de Phury era firme, ¿pero por qué colocarlo ante la tentación?
¿Zsadist?
Ni siquiera había considerado esa opción. La cicatriz en su rostro le habría dado un susto de muerte. Diablos, hasta Wrath podía apreciarlo. Y el terror mortal de una hembra era el afrodisíaco favorito de Z. Lo excitaba más que a muchos machos ver a sus hembras con ropa interior de Victoria's Secret.
No tenía elección. Tohr volvería a hacer de centinela si lo necesitaba otra vez.
Se desperezó. Sentir las sábanas de satén contra su piel desnuda le hizo desear a Beth. Ahora que se había alimentado, su cuerpo se sentía más fuerte que nunca, como si sus huesos fueran columnas de carbono y sus músculos cables de acero. Volvía a ser él mismo, y todo su ser ansiaba toda la acción que le pudiera dar. Pero había algo que lo tenía inquieto. Lamentaba amargamente lo que había pasado con Marissa.
Recordó aquella noche. Tan pronto como levantó la cabeza de su cuello, supo que casi la había matado. Y no por beber demasiado.
Ella se había apartado impetuosamente, su cuerpo irradiaba una enorme angustia al alejarse tropezando de la cama. -Marissa.
-Mi señor, te libero de nuestro pacto. Eres libre de mí. Él había soltado una maldición, sintiéndose terriblemente mal por lo que le había hecho.
-No entiendo tu enfado -musitó ella débilmente-. Esto es lo que siempre has querido, y, ahora te lo concedo. -Nunca quise...
-A mí -susurró ella-. Lo sé. -Marissa.
-Por favor, no pronuncies las palabras. No soportaría escuchar la verdad de tus labios, aunque la conozco bien. Siempre te has avergonzado de estar ligado a mí.
-¿De qué diablos estás hablando? -No te gusto. Te resulto desagradable. -¿Qué?
-¿Piensas que no lo he notado? Ardes en deseos de librarte de mí. Cuando termino de beber, te levantas de un salto, como si te hubieras sentido obligado a soportar mi presencia. -Entonces empezó a sollozar-. Siempre he tratado de estar limpia cuando vengo a verte. Paso horas en la bañera, lavándome. Pero no puedo encontrar la suciedad que tú ves.
-Marissa, detente. No sigas. No se trata de ti.
-Sí, lo sé. He visto a la hembra. En tu mente. -Se estremeció.
-Lo siento --dijo él-. Y nunca me has desagradado. Eres hermosa.
-No digas eso. No ahora. -La voz de Marissa se había endurecido-. Lo único que puedes lamentar es que me ha llevado mucho tiempo aceptar la verdad.
-Aún te protegeré -juró él.
-No, no lo harás. Yo ya no te importo. Nunca te he importado.
Y entonces se había marchado, mientras el olor fresco del océano permanecía un momento antes de disiparse.
Wrath se frotó los ojos. Estaba decidido a compensárselo de algún modo. No sabía cómo hacerlo exactamente, teniendo en cuenta el infierno que había soportado. Pero no estaba prepara do para dejarla flotando en el éter, pensando que nunca había significado absolutamente nada para él. O que, de alguna manera, la había considerado impura.
Nunca la había amado, era verdad. Pero no había querido herirla, y ésa era la razón por la que le había dicho tan a menudo que lo dejara. Si ella se marchaba, si dejaba claro que no lo quería, podría mantener la cabeza alta en el malicioso círculo aristocrático al que pertenecía. En su clase, una shellan rechazada por su compañero era tratada como mercancía estropeada.
Ahora que ella lo había dejado, se había ahorrado la ignominia. Y tenía el presentimiento de que cuando se divulgara la noticia no le sorprendería a nadie.
Era extraño, nunca se había imaginado realmente cómo se separarían él y Marissa. Posiblemente, después de todos los siglos transcurridos había asumido que nunca lo harían. Pero, para ser sinceros, nunca había esperado que ocurriera por la aparición de otra hembra.
Eso era lo que estaba pasando. Con Beth. Después de marcarla la noche anterior como lo había hecho, no podía pretender que no estaba ligado emocionalmente a ella.
Maldijo en voz alta, pues conocía lo suficiente de la conducta y psicología del vampiro macho para comprender que tenía problemas. Diablos, ahora ambos tenían problemas.
Un macho enamorado era una cosa peligrosa, sobre todo porque tendría que dejar a su hembra y entregarla al cuidado de otro. Intentando apartar de su mente las implicaciones que podía tener todo aquello, Wrath agarró el teléfono y marcó un número a medida que subía las escaleras, pensando que necesitaba comer algo. Al no obtener respuesta, imaginó que Fritz habría salido a comprar comida.
Había pedido a los hermanos que acudieran aquella noche, y les gustaba comer bien. Había llegado el momento de hacer una puesta en común, de enterarse de todas sus investigaciones.
La necesidad de vengar a Darius le quemaba.
Y cuanto más se aproximaba Wrath a Beth, más caliente era el fuego.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:39 pm

Capítulo 23
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Butch salió de la oficina del capitán. Sentía la tunda de su pistola muy liviana sin el arma dentro y su cartera demasiada plana sin su placa. Era como estar desnudo.
-¿Qué ha pasado? -preguntó José. -Me voy de vacaciones.
-¿(qué diablos significa eso?
Butch empezó a bajar hacia el vestíbulo.
-¿El Departamento de Policía de Nueva York tenía algo sobre ese sospechoso?
José lo agarró por el brazo, empujándole a una de las salas de interrogatorio.
-¿Qué ha pasado?
-Me han suspendido sin paga, hasta que concluya una investigación interna que los dos sabemos que tendrá como resultado que actué con fuerza desmedida.
José se pasó una mano por el cabello.
-Te dije que te apartaras de esos sospechosos. -Ese tipo, Riddle, se merecía algo peor. -Ésa no es la cuestión.
--Es extraño, eso mismo dijo el capitán.
Butch se dirigió hacia el espejo y se miró. Dios, estaba envejeciendo. O quizás simplemente estaba cansado del único trabajo que le había gustado siempre.
Brutalidad policial. A la mierda con eso. Él protegía a los inocentes, no a cualquier matón que se excitaba haciéndose pasar por un tipo duro. El problema era que había demasiadas normas que favorecían a los criminales. Sus víctimas, cuyas vidas quedaban destruidas a causa de la violencia, deberían tener la mitad de la suerte que ellos.
-En todo caso va no pertenezco a este lugar-dijo suavemente.
-¿Qué?
Ya no había un lugar en el mundo para los hombres como él, pensó.
Butch se dio la vuelta.
-Entonces, el Departamento de Policía de Nueva York. ¿Has logrado averiguar algo?
José lo miró fijamente durante bastante tiempo. -Suspendido del cuerpo, ¿eh?
-Por lo menos hasta que puedan despedirme oficialmente. José se llevó las manos a las caderas y miró hacia abajo, moviendo la cabeza como si estuviera protestando a sus zapatos, pero contestó:
-Nada. Es como si hubiera salido de la nada. Butch maldijo.
-Esas estrellas. Sé que puedes conseguirlas en Internet, pero también pueden comprarse en la ciudad, ¿no es así?
-Sí, a través de las academias de artes marciales. Cenemos un par de ellas en la ciudad.
José asintió despacio.
Butch sacó las llaves de su bolsillo. -Te veré después.
-Espera, va hemos enviado a alguien a investigar. En ambas academias dijeron que no recuerdan a nadie que encajara con la descripción del sospechoso.
-Gracias por el dato. -Butch empezó a acercarse a la puerta.
-Detective. José sujetó a su compañero por el brazo-. Maldición, ¿puedes detenerte un minuto?
Butch miró por encima del hombro.
-¿Es ahora cuando me adviertes que me mantenga lejos de los asuntos de la policía? Porque bien puedes ahorrarte el discurso.
-Por Cristo, Butch, yo no soy tu enemigo. -Los oscuros ojos castaños de José eran penetrantes-. Los muchachos y yo estamos contigo. En lo que a nosotros concierne, tú haces lo que tienes que hacer, y nunca te has equivocado. Sea quien sea al que has golpeado, seguramente se lo merecía. Pero a lo mejor sólo has tenido suerte, ¿sabes? Qué tal si hubieras herido a alguien que no era...
-Corta el sermón de predicador. No estoy interesado. --Agarró el pomo de la puerta.
José apretó más fuerte.
-Estás fuera del cuerpo, O’Neal. Y meterte en una investigación de la que has sido relevado no va a hacer volver a Janie.
José retiró la mano, como si estuviera tirando la toalla. -Lo siento. Pero deberías saber que seguir profundizando en el asunto sólo puede perjudicarte. Eso no va a ayudar a tu hermana. Nunca la ha ayudado.
Butch movió la cabeza lentamente. -Mierda. Ya lo sé.
-¿Estás seguro?
Sí, lo estaba. Había disfrutado golpeando a Billy Riddle, y había sido para vengarse por lo que le había hecho a Beth. No tenía riada que ver con su hermana. No iba a devolverle la vida, 1o sabía perfectamente. Janie se había ido. Hacía mucho tiempo.
Aun así, los ojos tristes de José le hicieron sentirse como si tuviera una enfermedad terminal.
-Todo va a ir bien -se encontró diciendo, aunque realmente no lo creyera.
-No... No te arriesgues demasiado ahí fuera, detective. Butch abrió la puerta.
-Arriesgarme es lo único que sé hacer, José.
El señor X se recostó en la silla de su oficina, pensando en la noche que se aproximaba. Estaba listo para intentarlo de nuevo, aunque la zona del centro de la ciudad estaba al rojo vivo en ese momento con la bomba y el descubrimiento del cadáver de la prostituta. Patrullar en busca de vampiros en el barrio del Screamer's iba a ser peligroso, pero el riesgo de ser apresado era un aliciente añadido al desafío.
Si uno quería atrapar un tiburón, no pescaba en agua dulce. Tenía que ir a donde estaban los vampiros.
Sintió una oleada de nerviosismo ante semejante expectativa.
Había estado perfilando sus técnicas de tortura. Y esa mañana, antes de salir para la academia, había visitado el centro de operaciones que prepararía en su granero. Sus herramientas estaban ordenadas y relucientes: un torno de dentista, cuchillos de varios tamaños, un mazo y un cincel, una sierra.
Varios punzones. Para los ojos.
Desde luego, el truco consistía en recorrer esa delgada línea entre el dolor y la muerte. El dolor se podía prolongar durante horas o días. La muerte era el interruptor principal que debía ser apagado.
Alguien llamó a la puerta. -Entre -dijo él.
Era la recepcionista, una mujer con los brazos grandes como los de un hombre y carente de pechos. Sus contradicciones nunca dejaban de asombrarlo. A pesar de que una especie de envidia delirante por el sexo masculino la había impulsado a to-mar esteroides y levantar pesas como un gorila, insistía en usar maquillaje y arreglarse el cabello. Con su camiseta corta y bermudas, parecía una drag queen perversa.
Ella le resultaba desagradable.
Siempre deberías saber quién eres-pensó él-. Y quién no eres.
-Hay aquí un tipo que quiere hablar contigo. -Su voz era demasiado grave-. O'Neal, creo que ése es su nombre. Actúa como un policía, pero no ha mostrado la placa.
-Dile que va salgo. -Maldito fenómeno de la naturaleza, agregó para sí.
El señor X tuvo que reírse mientras la puerta se cerraba detrás de ella. De él. O lo que fuera.
Allí estaba él, un hombre sin alma que mataba vampiros, y la estaba llamando monstruo.
Al menos él tenía un objetivo. Y un plan.
Ella iría de nuevo esa noche al Gold's Gym. Justo después de librarse de su sombra de las cinco en punto.
Faltaba poco para las seis cuando Butch aparcó el coche frente al edificio de Beth. Tarde o temprano tendría que devolver el vehículo, pero estar suspendido no significaba estar despedido. El capitán tendría que pedirle que entregara el maldito automóvil.
Había ido a las academias de artes marciales, y hablado con los directores. Uno de aquellos individuos había resultado bastante molesto. El típico arrogante, un fanático de la defensa personal, convencido de que era realmente asiático, a pesar de ser tan blanco como Butch.
Al otro lo había encontrado sumamente extraño. Presentaba un aspecto similar al de un lechero de la década de los años cincuenta, con el cabello rubio, alisado con gomina, y una molesta sonrisa luminosa que parecía sacada de un anuncio de dentífrico de hacía medio siglo. El sujeto se había esforzado al máximo por colaborar, pero había en él algo muy raro. El detector de mentiras de Butch había dado la alarma en el momento en que el señor Mayberry había abierto la boca.
Y además el tipo olía como un marica.
Butch subió de dos en dos los escalones del edificio de Beth y apretó el timbre.
Le había dejado un mensaje en su contestador del trabajo y en casa, en el que le decía que iría a verla. Estaba a punto de apretar de nuevo el interfono cuando la vio a través de la puerta de cristal, entrando en el vestíbulo.
Maldición.
Llevaba un ajustado vestido negro que le sentaba a la perfección, y que casi le hizo palpitar de nuevo las sienes. El escote de pico, bastante pronunciado, dejaba adivinar sus pechos. La cintura ceñida hacía resaltar sus delgadas caderas. Y la abertura en uno de los laterales mostraba ligeramente el muslo a cada paso que daba. Se había puesto tacones altos, haciendo que sus tobillos parecieran frágiles y encantadores.
Ella levantó la cabeza del bolso en el que había estado buscando algo, y pareció sorprendida de verlo.
Llevaba el cabello recogido. Él no pudo evitar imaginar la deliciosa sensación que le invadiría al soltárselo.
Ella abrió la puerta. -Butch.
-Hola. -Sentía la lengua paralizada, como un niño. -Recibí tus mensajes-dijo ella suavemente.
Él dio un paso atrás para que ella pudiera salir. -¿Tienes tiempo para hablar?
Aunque sabía cuál iba a ser su respuesta. -Ah, ahora no.
-¿Adónde vas? -Tengo una cita. -¿Con quién?
Ella lo miró a los ojos con una tranquilidad tan deliberada, que él supo de inmediato que le iba a contar una mentira. -Nadie en especial.
Sí, claro.
-¿Qué ha pasado con el hombre de anoche, Beth? ¿Dónde está?
--No lo sé. -Estás mintiendo. Sus ojos no se apartaron de los de él. -Si me permites...
Él la agarró del brazo. -No vayas a verle.
El sonido ronco de un motor rompió el silencio entre ambos. Un Mercedes grande, de color negro, con ventanas oscuras, se detuvo. Algo digno de un narcotraficante.
-Ah, maldición, Beth. -Le apretó el brazo, desesperado por atraer su atención-. No hagas esto. Estás prestando ayuda a un sospechoso.
-Déjame, Butch. -Él es peligroso. --¿Y tú no lo eres? La soltó.
-Mañana -dijo ella, mirando hacia atrás-. Hablaremos mañana. Espérame aquí después del trabajo.
Frenético, se interpuso en su camino. -Beth, no puedo dejar que tú...
-¿Vas a arrestarme?
Como policía, no podía. A menos que le devolvieran la placa. -No. No lo haré.
-Gracias.
-No te estos, haciendo un favor -dijo él amargamente mientras caminaba a su alrededor-. Beth, por favor.
Ella se detuvo.
-Nada es lo que parece.
-No lo sé. Yo veo las cosas bastante claras. Estás protegiendo a un asesino, y tienes muchas posibilidades de ir a parar a una caja de pino. ¿No te das cuenta de cómo es ese tipo? He visto su rostro de cerca cuando su mano estaba alrededor de mi cuello, y me estaba apretando para arrancarme la vida. Un hombre como ése lleva el asesinato en la sangre. Forma parte de su naturaleza. ¿Cómo puedes ir a reunirte con él ¿Diablos, cómo puedes permitir que circule por las calles?
-Él no es así.
Pero esas palabras fueron formuladas casi como una pregunta. La puerta del vehículo se abrió, y salió un pequeño anciano vestido con esmoquin.
-Ama, ¿hay, algún problema?-le preguntó el hombre solícitamente, al tiempo que lanzaba a Butch una mirada maligna. -No, Fritz. No pasa nacía. -Sonrió, pero un poco insegura-. Mañana, Butch.
-Si vives hasta entonces.
Ella palideció, pero bajó apresuradamente los escalones, deslizándose al interior del coche. Al poco rato, Butch entró en el suyo. Y los siguió.
Cuando Havers oyó pasos que venían hacia el comedor, levantó la vista de su plato frunciendo el ceño. Esperaba que su cena transcurriera sin interrupciones.
Pero no era uno de los doggens con noticias de que había llegado un paciente para ser atendido.
-¡Marissa! -Se levantó de la silla. Ella le dirigió una sonrisa.
-He pensado bajar. Estoy cansada de pasar tanto tiempo en mi habitación.
-Me complace mucho tu compañía.
Cuando ella llegó a la mesa, él apartó su silla. Estaba contento de haber insistido en que el sitio de ella estuviera siempre preparado, incluso después de haber perdido la esperanza de que le acompañara alguna vez. Y esa noche parecía como si ella estuviera haciendo un esfuerzo mayor que el simple hecho de bajar a cenar. Llevaba puesto un bonito vestido de seda negra con una chaquetilla de cuello rígido y levantado. El cabello le caía alrededor de los hombros, dándole un resplandor dorado a la luz de las velas. Estaba encantadora, y percibió un brillo de entusiasmo. Era un insulto que Wrath no pudiera apreciar todo lo que ella podía ofrecerle, que aquella hembra exquisita de sangre noble no fuera lo suficientemente buena para él.
Y que sólo la utilizara para alimentarse.
--¿Cómo va tu trabajo? -preguntó ella mientras un doggen le servía vino y otro le servía la carne--. Gracias, Phillip. Carolyn, esto parece exquisito.
Cogió un tenedor y pinchó suavemente el rosbif.
Por todos los cielos, pensó Havers. Esto era casi normal. -¿Mi trabajo? Bien. En realidad, estupendamente. Como te mencioné, he hecho un pequeño avance. Dentro de poco podremos solucionar nuestros problemas alimenticios. -Levantó su vaso y, bebió. El vino de Borgoña debía haber sido un acompañamiento perfecto para la carne, pero a él no le sabía bien. Todo lo que había en su plato también le resultaba amargo-. Esta tarde me he hecho una transfusión con sangre almacenada, y me siento de maravilla.
Estaba exagerando un poco. No se sentía enfermo, pero algo no iba bien. Aún no había experimentado la habitual descarga de energía.
-Oh, Havers -exclamó ella suavemente-. Todavía echas de menos a Evangeline, ¿no es así?
-Dolorosamente. Y beber no me resulta... agradable. No, va no se mantendría vivo a la manera antigua. De ahora en adelante, lo haría clínicamente, con una aguja esterilizada en el brazo que lo conectara a una bolsa.
-Lo siento mucho -dijo Marissa.
Havers extendió la mano, poniendo la palma hacia arriba sobre la mesa.
-Gracias.
Ella puso su mano en la de él.
-Y siento haber estado tan... preocupada. Pero ahora todo mejorará.
-Sí -dijo él de modo apremiante. Wrath era la clase de bárbaro que querría continuar bebiendo de la vena, pero por lo menos Marissa podía ahorrarse la indignidad-. Podrías probar la transfusión. También te liberará.
Ella apartó la mano y cogió su vaso de vino. Cuando se llevó el Borgoña a la boca, derramó un poco sobre su chaqueta. -Oh, caramba -murmuró, limpiando con la mano el líquido de la seda-. Soy terriblemente torpe, ¿no es así?
Se quitó la chaqueta y la puso en la silla vacía a su lado. -¿Sabes, Havers? Me gustaría probarlo. Beber ya no es algo que me parezca apetecible a mí tampoco.
Un delicioso alivio, una prometedora sensación lo dominó. Se trataba de una sensación totalmente ajena, ya que no la había sentido durante mucho tiempo. La idea de que algo podría cambiar para mejorar se había convertido en un concepto extraño para él.
-¿De verdad? -susurró él.
Ella ladeó la cabeza, haciendo que su cabello se deslizara hacia atrás sobre los hombros, y agarró el tenedor.
-Sí, de verdad.
Y entonces vio las marcas en su cuello.
Dos perforaciones inflamadas. Una herida roja en el sitio donde le había chupado. Contusiones de color púrpura en la piel de la clavícula donde una fuerte mano la había aferrado.
El horror lo dejó sin apetito, y volvió borrosa su visión. -¿Cómo ha podido tratarte tan groseramente? -preguntó Havers en voz, baja.
Marissa se llevó la mano al cuello antes cíe colocar rápidamente un mechón de su cabello hacia delante.
-No es nada. De verdad, no es... nada.
Su hermano no pudo apartar los ojos de aquella zona, y continuó viendo claramente lo que ella había escondido. --Havers, por favor. Disfrutemos de la comida. -Tomó su tenedor de nuevo, como si estuviera preparada para demostrar exactamente cómo se hacía-. Vamos. Come conmigo.
-¿Cómo puedo hacerlo? -Arrojó sus cubiertos de plata. -Porque se acabó.
-¿Qué se acabó?
-He roto el pacto con Wrath. Ya no soy su shellan. Y no lo veré más.
Havers sólo pudo mirar al vacío durante un instante. -¿Por qué? ¿Qué ha cambiado?
-Él ha encontrado una hembra a la que quiere. La ira se coaguló en las venas de Havers.
-¿Y a quién prefiere por encima de ti? -No la conoces.
-Conozco a todas las hembras de nuestra clase. ¿Quién es? -exigió saber.
-Ella no es de nuestra clase.
-¿Entonces es una de las elegidas por la Virgen Escriba? -En la jerarquía social de los vampiros, ellas eran las únicas que estaban por encima de una hembra de la aristocracia.
-No. Es humana. O por lo menos medio humana, por lo que he podido deducir a partir de sus pensamientos sobre ella. Havers se quedó paralizado en su silla. Humana. ¿Una humana?
Marissa había sido abandonada por una... ¿Homo Sapiens? -¿Ya se lo han notificado a la Virgen Escriba?-preguntó con voz quebrada.
-Eso tiene que hacerlo él, no yo. Pero no te equivoques, acudirá a ella. Se... acabó.
Marissa tomó un pedazo pequeño de carne y lo puso entre sus labios. Masticó cuidadosamente, como si hubiera olvidado la manera de hacerlo. O quizá la humillación que estaba sintiendo no le permitía tragar con facilidad.
Havers aferró los brazos de su silla. Su hermana, su hermosa y pura hermana, había sido ignorada. Utilizada. Y también tratada con brutalidad.
Y lo único que quedaba de su unión con su rey era la vergüenza de haber sido dejada de lado por una humana.
Su amor nunca había significado nada para Wrath. Tampoco su cuerpo ni su impecable linaje.
Y ahora el guerrero había mancillado su honor. El infierno estaba a punto de abrirse.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:45 pm

Capítulo 24
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Wrath se puso la chaqueta de Brooks Brothers. Le apretaba un poco en los hombros, pero su talla era difícil de encontrar, y no se la había dado a Fritz.
De todas formas, aquella prenda podría haber sido hecha a la medida, y aun así se habría sentido aprisionado. Estaba mucho más cómodo con los trajes de cuero y las armas que con aquella porquería de tela.
Entró en el baño y se guiñó un ojo. El traje era negro, al igual que la camisa. Eso era lo único que realmente podía ver. Santo Dios, probablemente parecía un abogado.
Se despojó de la chaqueta y la colocó sobre la repisa de mármol del lavabo. Echándose el cabello hacia atrás con manos impacientes, lo ató con una tira de cuero.
¿Dónde estaba Fritz? El doggen había salido a buscar a Beth hacía casi una hora. Ya deberían haber regresado, pero la casa todavía estaba vacía.
Ah, diablos. Aunque el mayordomo hubiera tardado sólo un minuto y medio, Wrath se habría sentido inquieto igualmente. Estaba ansioso por ver a Beth, nervioso y distraído. Sólo podía pensar en hundir la cara en su cabello mientras introducía su parte más dura en lo más profundo del cuerpo de ella.
Dios, esos sonidos que hacía cuando alcanzaba el orgasmo. Miró su propio reflejo. Volvió a ponerse la chaqueta.
Pero el sexo no lo era todo. Quería tratarla con respeto, no sólo tirarla de espaldas. Deseaba ir un poco más despacio. Comer con ella, hablar. Diablos, quería darle lo que a las hembras les gustaba: un poco de ATC (Amor, Ternura y Cuidado).
Ensayó una sonrisa. La hizo más grande, sintiendo como si las mejillas se le fueran a agrietar. De repente, le pareció totalmente falsa, de plástico. Demonios, tenía que aparentar un poco de naturalidad y conseguir una velada romántica. ¿No se trataba de eso? Se frotó la mandíbula. ¿Qué demonios sabía él de romanticismo?
Se sintió como un estúpido.
No, era algo peor que eso. Aquel nuevo traje elegante lo dejaba al descubierto, y lo que vio fue una auténtica sorpresa. Estaba cambiando voluntariamente por una hembra, y sólo para tratar de complacerla.
Eso era mezclar el trabajo y el placer, pensó. Por esa razón, nunca debió haberla marcado, jamás debió permitirse acercarse tanto.
Se recordó a sí mismo, una vez más, que cuando ella concluyera su transición, él terminaría la relación. Regresaría a su vida. Y ella habría...
¿Dios, por qué se sentía como si le hubieran atravesado el pecho de un disparo?
-¿Wrath? -La voz de Tohrment retumbó por toda la estancia.
El tono de barítono de su hermano fue un alivio, y lo devolvió a la realidad.
Salió a la habitación y frunció el ceño cuando escuchó el silbido apagado de su hermano.
--Mírate -dijo Tohr, moviéndose a su alrededor. -Muérdeme.
-No, gracias. Prefiero las hembras. --El hermano se rió-. Aunque tengo que decir que no estás nada mal.
Wrath cruzó los brazos sobre el pecho, pero la chaqueta le apretó tanto que temió desgarrar la costura de la espalda. Dejó caer las manos.
-¿A qué has venido?
-Llamé a tu móvil y no me contestaste. Dijiste que querías que todos nos reuniéramos aquí esta noche. ¿A qué hora?

-Estaré ocupado hasta la una.
-¿La una? -pronunció Tohr con lentitud.
Wrath colocó las manos en las caderas. Una sensación de profunda inquietud, como si alguien hubiera irrumpido en su casa, le asaltó.
Ahora le parecía que la cita con Beth no estaba bien. Pero era demasiado tarde para cancelarla. -Digamos que a media noche -dijo.
-Les diré a los hermanos que estén preparados.
Tuvo la sensación de que Tohr sonreía disimuladamente, pero la voz del vampiro era firme.
-Oye, Wrath.
-¿Qué?
-Ella es tan hermosa como tú piensas que es. Sólo te lo digo por si querías saberlo.
Si cualquier otro macho hubiera dicho eso, Wrath le habría propinado un puñetazo en la nariz. Y aunque se trataba de Tohr, su ira amenazó con salir a la superficie. No le gustaba que le recordaran lo irresistible que era ella. Eso le hizo pensar en el macho a quien ella sería destinada para el resto de su vida.
-¿Quieres decirme algo o simplemente estás ejercitando los labios?
No era una invitación a opinar, pero de todas formas, Tohr aprovechó la oportunidad.
-Estás enamorado.
Debería recibir un Vete a la mierda como respuesta, pensó Wrath.
-Y creo que ella siente lo mismo -remató Tohr.
Oh, grandioso. Eso le hacía sentirse mejor. Encima le rompería el corazón.
La cita era realmente una idea pésima. ¿Adónde pensaba que les conduciría toda esa mierda romántica?
Wrath desnudó los colmillos.
-Sólo estoy haciendo tiempo hasta que ella pase por su transición. Eso es todo.
-Sí, seguro. -Cuando Wrath gruñó desde las profundidades de la garganta, el otro vampiro se encogió de hombros-. Nunca antes te había visto acicalarte para una hembra.
-Es la hija de Darius. ¿Quieres que me comporte como Zsadist con una de sus prostitutas?
-Santo Dios, claro que no. Y, demonios, desearía que dejara eso. Pero me gusta lo que está pasando entre tú y Beth. Has estado solo demasiado tiempo.
-Ésa es tu opinión. -Y la de otros.
La frente de Wrath se cubrió de sudor.
La sinceridad de Tohr le hizo sentirse atrapado. Y también el hecho de que se suponía que solamente estaba protegiendo a Beth, pero se preocupaba por hacer que ella se sintiera más especial para él de lo que en realidad era.
-¿No tienes nada que hacer? -preguntó. -No.
-Mala suerte la mía.
Desesperado por ocuparse en algo, se dirigió al sofá y recogió su chaqueta de cuero. Necesitaba reemplazar las armas que le habían quitado, y puesto que Tohr no parecía tener mucha prisa por marcharse, aquella distracción era mejor que ponerse a gritar.
-La noche que Darius murió -dijo Tohr-, me dijo que tú te habías negado a cuidar de ella.
Wrath abrió el armario y metió la mano en una caja llena de estrellas arrojadizas, dagas y, cadenas. Seleccionó unas cuantas con ademanes bruscos.
-¿Y?
-¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Wrath apretó los dientes, haciéndolos rechinar, a punto de perder los estribos.
-Está muerto. Estoy en deuda con él.
-También estabas en deuda con él cuando estaba vivo. Wrath empezó a dar vueltas.
-¿Tienes que tratar algún otro asunto conmigo? Si no, lárgate ya de aquí.
Tohr levantó las manos. -Tranquilo, hermano.
-Tranquilo, una mierda. No hablaré de ella ni contigo ni con nadie más. ¿Entendido? Y mantén tu boca cerrada con los hermanos.
-De acuerdo, de acuerdo. --Tohr retrocedió hacia la puerta-. Pero hazte un favor. Acepta lo que está pasando con esa hembra. Una debilidad no reconocida puede resultar mortífera.
Wrath gruñó y se puso en posición de ataque, adelantando la parte superior del cuerpo.
-¿Debilidad? ¿Y me lo dice un macho que es lo bastante estúpido para amar a su shellan? Debes de estar bromeando. Hubo un largo silencio hasta que Tohr habló de nuevo, suavemente, como si estuviera meditando cada palabra: -Tengo suerte de haber encontrado el amor. Todos los días agradezco a la Virgen Escriba que Wellsie forme parte de mi vida.
Wrath sintió una oleada de ira, provocada por algo que no podía solucionar a golpes.
-Eres patético. Tohr siseó:
-Y tú has estado muerto centenares de años, pero eres demasiado egoísta para buscar una tumba y quedarte en ella. Wrath tiró al suelo la chaqueta de cuero.
-Por lo menos no recibo órdenes de una hembra. -Precioso traje.
Wrath acortó la distancia que los separaba con dos zancadas, mientras su compañero se preparaba para un choque frontal. Tohrment era un macho grande, con hombros anchos y brazos largos, poderosos. La pelea parecía inminente.
Wrath sonrió fríamente, alargando los colmillos.
--Si pasaras tanto tiempo defendiendo a nuestra raza como el que pasas persiguiendo a esa hembra tuya, tal vez no habríamos perdido a Darius. ¿Has pensado en eso?
La angustia afloró al rostro de Tohr como sangre de una herida en el pecho, N el candente dolor del vampiro espesó el aire. Wrath percibió el olor, llevando el ardor de la aflicción a lo más profundo de sus pulmones y al alma. Haber mancillado el honor y el valor de un macho con un golpe tan bajo le hizo sentirse francamente despreciable. Y mientras esperaba el ataque de Tohr, dio la bienvenida al odio interno corno a un viejo amigo.
-No puedo creer que hayas dicho eso. -La voz de Tohr temblaba -. Necesitas...
-No quiero ninguno de tus inútiles consejos.
-Vete a la mierda. -Tohr le dio un buen golpe en el hombro-. De todos modos lo vas a recibir. Ya va siendo hora de que aprendas quiénes son realmente tus enemigos, cabrón arrogante, antes de que te quedes solo.
Wrath apenas escuchó la puerta cerrarse de golpe. La voz que oía en su cabeza, gritándole que era un despreciable pedazo de mierda, anulaba casi todo lo demás.
Inhaló una larga bocanada de aire y vació sus pulmones con un fuerte grito. El sonido hizo vibrar toda la habitación, sacudiendo las puertas, las armas sin sujeción, el espejo del baño. Las velas soltaron una furiosa llamarada como respuesta, acariciando con sus llamas las paredes, deseosas de liberarse de sus mechas y destruir lo que encontraran a su paso. Rugió hasta que sintió un tremendo escozor en la garganta y su pecho se inflamó.
Cuando al fin recobró la calma, no sintió alivio. Sólo remordimiento.
Se dirigió al armario y sacó una Beretta de nueve milímetros. Después de cargarla, insertó el arma en la parte de atrás de su cinturón. Luego fue hacia la puerta y subió los escalones de dos en dos, tratando de llegar lo más rápidamente posible al primer piso.
Al entrar en el salón, aguzó el oído. El silencio era uno de los mejores tranquilizantes. Necesitaba calmarse.
Se entretuvo rondando por la casa, deteniéndose en la mesa del comedor. Había sido preparada tal como él había pedido. Dos cubiertos en cada extremo. Cristal, plata y velas.
¿Y había llamado patético a su hermano?
Si no hubiera sido porque se trataba de las valiosas pertenencias de Darius, habría barrido la mesa entera de un manotazo. Movió su mano, como si estuviera preparado para seguir aquel impulso, pero la chaqueta lo aprisionó. Aferró las solapas del traje, dispuesto a arrancarse aquella prenda de la espalda y quemarla, pero, en aquel momento, la puerta principal se abrió. Se dio la vuelta.
Allí estaba ella, traspasando el umbral ~- entrando en el vestíbulo.
Wrath bajó las manos, olvidando por un instante su ira. Beth vestía de negro. Tenía el cabello recogido. Olía... a rosas nocturnas en flor. Respiró profundamente, su cuerpo se puso rígido, mientras su instinto más salvaje le pedía poseerla allí mismo.
Pero entonces percibió las emociones de la mujer. Estaba recelosa, nerviosa. Pudo darse cuenta claramente de su desconfianza, y sintió una perversa satisfacción cuando ella vaciló en mirarlo.
Su mal humor volvió, agudo y cortante.
Fritz estaba ocupado cerrando la puerta, pero la felicidad del doggen era evidente en el aire que le rodeaba, reluciente como la luz del sol.
-He dejado una botella de vino en el salón. Serviré el primer plato en treinta minutos, ¿está bien?
-No -ordenó Wrath-. Nos sentaremos ahora.
Fritz pareció desconcertado, pero luego captó claramente el cambio en las emociones de Wrath.
-Como desee, amo. Enseguida.
El mayordomo desapareció como si algo se hubiera incendiado en la cocina.
Wrath miró fijamente a Beth.
Ella dio un paso hacia atrás. Probablemente porque él estaba deslumbrante.
-Pareces... diferente -dijo ella-. Con esa ropa.
-Si piensas que la ropa me ha civilizado, no te engañes. -No me engaño.
-Está bien. Entonces terminemos con esto.
Wrath entró en el comedor, pensando que ella le seguiría. Y si no quería hacerlo, probablemente sería mejor. De todas formas, tampoco él tenía muchas ganas de sentarse a la mesa.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:46 pm

Capítulo 25
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Beth observó con estupor cómo Wrath se alejaba con una indiferencia absoluta. Le dio la sensación de que le importaba un rábano si ella cenaba con él o no.
Si no estuviese reflexionando todavía sobre la conveniencia de aquella cita, se habría sentido totalmente insultada. Él la había invitado a cenar. ¿Entonces por qué se había mostrado tan contrariado cuándo ella había aparecido? Estuvo tentada de volver sobre sus pasos y salir a todo correr de aquella casa.
Pero lo siguió hasta el comedor porque le pareció que no tenía elección. Había tantas cosas que quería saber, cosas que sólo él podría explicarle. Aunque si tuviera otra forma de obtener la información que necesitaba preguntando a cualquier otra persona, no estaría allí.
A medida que avanzaba delante de ella, se concentró en su nuca, intentando ignorar su enérgica zancada. Pero no pudo sustraerse a sus poderosos movimientos. Él caminaba con una desenvoltura que hacía que sus hombros se agitaran a cada paso bajo su elegante chaqueta. Mientras sus brazos se balanceaban, ella sabía que sus muslos se contraían y relajaban. Lo imaginó desnudo, con los músculos endureciéndose bajo su piel.
La voz de Butch resonó en su cabeza: Un hombre como ése lleva el asesinato en la sanare. Forma parte de su naturaleza.
Sin embargo, la noche anterior Wrath le había pedido que se marchara cuando consideró que era un peligro para ella.
Se dijo a sí misma que tenía que olvidarse de tratar de conciliar todas aquellas contradicciones. Todas sus cavilaciones eran tan inútiles como intentar adivinar el futuro en las hojas de té. Necesitaba seguir su instinto, y éste le decía que Wrath era la única ayuda que tenía.
Al entrar en el comedor, la hermosa mesa puesta para ellos fue una agradable sorpresa. Había un centro de narcisos y orquídeas, candelabros de marfil, y la porcelana y la plata relucían con todo su esplendor.
Wrath se dio la vuelta y retiró una silla, esperando que ella se sentara.
Dios, estaba fantástico con aquel traje. Por la abertura de la camisa asomaba su cuello, y la seda negra hacía que su piel pareciera bronceada. Era una pena que estuviera de tan mal humor. Su rostro parecía tan poco amistoso como su temperamento, y con el cabello peinado hacia atrás, su mandíbula resaltaba todavía más su agresividad.
Algo lo había puesto así. Algo muy grave.
Justo el hombre para la cita perfecta -pensó ella-. Un vampiro iracundo con modales de gañán.
Se acercó con cautela. Cuando deslizó el asiento para que ella se sentara, hubiera podido jurar que él se había inclinado e inhalado profundamente el perfume de su cabello.
-¿Por qué has tardado tanto? -preguntó él, sentándose a la cabecera de la mesa. Ante su silencio, él enarcó una ceja, que sobresalió de la montura de sus gafas de sol-. ¿Ha tardado Fritz en convencerte de que vinieras?
Para entretenerse en algo, ella cogió la servilleta y la desplegó en su regazo.
-No ha sido nada de eso. -Entonces qué ha sucedido.
-Butch nos siguió. Tuvimos que esperar hasta que logramos despistarlo.
Ella se percató de que el aire alrededor de Wrath se oscurecía, como si su enfado absorbiera la luz directamente.
Fritz entró con dos pequeños platos de ensalada. Los puso sobre la mesa.
-¿Vino? -preguntó. Wrath asintió con la cabeza.
Una vez que el mayordomo terminó de servir el vino y salió, ella agarró un pesado tenedor de plata, obligándose a comer. -¿Y ahora por qué te doy miedo? -La voz de Wrath era sardónica, como si se burlara de sus temores.
Ella pinchó la ensalada.
-Hmm. ¿Podría ser porque parece como si quisieras estrangular a alguien?
-De nuevo has entrado en esta casa asustada. Antes de que me vieras, ya estabas muerta de miedo. Quiero saber por qué. Ella no apartó la vista del plato.
-Tal vez alguien me recordó que anoche casi matas a un amigo mío.
-Cristo, va basta con eso.
-Has sido tú quien ha preguntado -respondió ella-. No te enfades si no te gusta mi respuesta.
Wrath se limpió la boca con impaciencia. -Pero al final no lo maté, ¿no es así? -Sólo porque yo te detuve.
-¿Y eso te molesta? A la mayoría de las personas les encanta ser héroes.
Ella soltó su tenedor.
-¿Sabes una cosa? No quiero estar aquí contigo. Él siguió comiendo.
-¿Entonces por qué has venido? -¡Porque tú me pediste que viniera!
-Créeme, puedo aceptar una negativa -afirmó, como si ella no le preocupara en absoluto.
-Ha sido un tremendo error. -Ella colocó su servilleta al lado del plato mientras se levantaba.
Él soltó una maldición. -Siéntate.
-No me des órdenes.
-Permíteme que enmiende eso. Siéntate y cállate. Ella lo miró sorprendida.
-Tú, arrogante cabrón...
-No eres la primera que me llama así esta noche, muchas gracias.
El mayordomo escogió ese momento para entrar con unos pastelillos calientes.
Ella miró con fiereza a Wrath y tendió una mano, fingiendo que sólo intentaba alcanzar la botella de vino. No iba a marcharse delante de Fritz. Además, de repente, sintió ganas de quedarse. Así podría gritarle a Wrath un poco más.
Cuándo estuvieron solos de nuevo, ella siseó: -¿Qué pretendes conseguir hablándome así?
Él tomó un último bocado de ensalada, puso el tenedor en el borde del plato y se limpió con la servilleta, dándose ligeros toquecillos en las comisuras de los labios. Como si lo hubiera aprendido en el manual de etiqueta de la mismísima Emily Post.
-Vamos a aclarar una cosa -dijo- Tú me necesitas. Así que olvídate ya de lo que pude haberle hecho a ese policía. Tu buen compañero Butch todavía camina sobre la tierra, ¿no es así? Entonces, ¿cuál es el problema?
Beth lo miró fijamente, intentando leer en su mirada a través de sus gafas, buscando un poco de suavidad, algo a lo que ella pudiera conectarse. Pero aquellas gafas oscuras eran una barrera infranqueable, y los duros rasgos de su cara no le revelaron ningún indicio.
-¿Cómo puede significar la vida tan poco para ti? -le preguntó ella en voz alta. Él le dirigió una fría sonrisa-. ¿Cómo puede significar la muerte tanto para ti?
Beth se apoyó en el respaldo de la silla, sobrecogida por su presencia. No podía creer que hubiera hecho el amor con él -no, se corrigió, que hubiera tenido sexo con él-. Aquel hombre era absolutamente insensible.
De repente, sintió que un dolor sordo se instalaba en su corazón, Y no era a causa de la dureza que estaba mostrando con ella, sino porque se sentía defraudada. Realmente, había deseado que fuera diferente a lo que, en aquel momento, aparentaba. Había querido creer que aquellos arrebatos de calidez que le había mostrado formaban parte de él en la misma medida que su lado violento. Puso su mano sobre el pecho, intentando alejar aquel dolor. -Quisiera marcharme, si no te importa.
Un largo silencio se abrió paso entre ellos.
-Ah, diablos... -murmuró él, respirando lentamente-. Esto no está bien.
-No, no lo está.
-Pensé que te merecías... No sé. Una cita. O algo..., algo normal. -Se rió con rudeza mientras ella lo miraba con sorpresa-. Una idea estúpida. Ya lo sé. Debería dedicarme a aquello en lo que soy experto. Estaría más cómodo enseñándote a matar.
Bajo su feroz orgullo, ella vislumbró que, en el fondo, había algo más. ¿Inseguridad? No, no era eso. Con él se trataría, naturalmente, de algo más intenso.
Autodesprecio.
Fritz volvió para recoger los platos de la ensalada, reapareciendo de inmediato con la sopa. Era una vichvssoise fría. Curioso, pensó ella distraídamente. Generalmente, la sopa se servía primero, y luego la ensalada, ¿o no? Seguramente los vampiros tenían muchas costumbres diferentes. Como poseer más de una mujer. Sintió que su estómago daba un vuelco. No quería pensar en eso. Se negaba a hacerlo.
-Mira, quiero que sepas-dijo Wrath mientras levantaba su cuchara- que yo lucho para protegerme, no porque sienta placer asesinando. Pero he matado a miles de personas. A miles, Beth. ¿Entiendes? Así que, si pretendes que no me sienta cómodo ante la muerte, estás equivocada. No puedo hacer eso por ti. Simplemente, no puedo.
-¿Miles? -masculló ella agobiada. Él asintió.
-Y en nombre de Dios, ¿contra quién luchas? -Bastardos que te matarían tan pronto como pases por la transición.
-¿Cazadores de vampiros?
-Restrictores. Humanos que han vendido sus almas al Omega a cambio de un reino de terror libre.
-¿Quién, o qué, es el Omega? -Cuando ella pronunció la palabra, las velas parpadearon furiosamente, como atormentadas por manos invisibles.
Wrath dudó. Realmente parecía incómodo hablando de aquel asunto. Él, que no le tenía miedo a nada.
-¿Quieres decir el demonio? --insistió ella.
-Peor aún. No puedes compararlos. Uno es simplemente una metáfora. El otro es real, muy real. Afortunadamente, el Omega tiene una oponente, la Virgen Escriba. -Sonrió irónicamente--. Bien, quizás afortunadamente sea una palabra demasiado fuerte. Pero existe un equilibrio.
-Dios y Lucifer.
-Podría ser, si utilizamos tu vocabulario. Nuestra leyenda dice que los vampiros fueron creados por la Virgen Escriba como su único legado, como sus nidos escogidos. El Omega se resintió por la capacidad de ella de generar vida y despreció los poderes especiales que le había otorgado a la raza vampírica. La Sociedad Restrictora fue su respuesta. Utiliza a los humanos porque es incapaz de procrear y además son una fuente de agresividad disponible de inmediato.
Esto es simplemente demasiado extraño, pensó ella. Intercambio de almas. Inmortalidad. Esas cosas no existían en el mundo real.
Aunque, pensándolo bien, ella estaba cenando con un vampiro. ¿Cómo podía pensar que todo lo que estaba oyendo era imposible?
Pensó en el hermosísimo hombre rubio que había visto cosiéndose a sí mismo.
-Tienes compañeros que luchan contigo, ¿verdad? -Mis hermanos. --Bebió un sorbo de su copa de vino. Tan pronto como los vampiros reconocieron que estaban amenazados, escogieron a los machos más tuertes N., poderosos. Los entrenaron para luchar y enfrentarse a los restrictores. Después, esos guerreros procrearon con las hembras más fuertes durante varias generaciones, hasta que surgió una subespecie de vampiros. Los más poderosos de esta clase fueron instruidos para formar parte de la Hermandad de la Daga Negra.
-¿Sois hermanos de sangre? Él sonrió forzadamente. -Podría decirse que sí.
Su rostro se puso serio, como si fuera un asunto privado. Ella notó que no le diría nada más sobre la Hermandad, pero todavía sentía curiosidad sobre la guerra que estaban librando, sobre todo porque ella estaba a punto de convertirse en uno de aquellos que necesitaban de su protección.
-Entonces, tú matas humanos.
-Sí, aunque va están técnicamente muertos. Para darles a sus luchadores la longevidad y la fuerza necesaria para combatirnos, el Omega tiene que despojarlos de sus almas. -Sus severas facciones dejaron entrever un atisbo de repugnancia-. Aunque tener alma no ha evitado que los humanos nos persigan.
-A ti no te gustan..., no te gustamos nosotros, ¿verdad? -En primer lugar, la mitad de la sangre que corre por tus venas procede de tu padre. Y en segundo, ¿por qué habrían de gustarme los humanos? Me maltrataron y repudiaron antes de mi transición, y la única razón por la que no me fastidian ahora es porque se mueren de miedo al verme. ; Y si se llegara a saber que existen los vampiros, Nos perseguirían aunque no pertenecieran a la Sociedad. Cuando los humanos se sienten amenazados por algo que no controlan, su respuesta es luchar. Pero son unos bravucones, se aprovechan del débil y se inclinan ante el fuerte. -Wrath sacudió la cabeza-. Además, me irritan. ¿Has listo cómo aparece retratada nuestra especie en su folklore? Mira a Drácula, por el amor de Dios, un maligno chupasangre que acecha a los indefensos. También hay- películas de serie B y porno. Por no mencionar esa mascarada de Halloween. Colmillos de plástico y capas negras. Las únicas cosas que han reflejado correctamente esos idiotas son que bebemos sangre \, que no podemos salir a la luz del día. El resto es pura mierda, inventada para alienarnos e infundir miedo a las masas. O algo peor y ofensivo: la ficción se utiliza para idear una especie de mística para humanos aburridos que piensan que el lado oscuro es un lugar divertido para visitar. -Pero tú realmente no nos cazas, ¿verdad?
-No uses esa palabra. Son ellos, Beth. No nosotros. Tú no eres completamente humana ahora mismo, y muy pronto carecerás de toda parte humana. -Hizo una pausa-. Y no, yo no los cazo. Pero si se interponen en mi camino, se verán en un serio problema. Ella reflexionó durante unos instantes sobre lo que él acababa de decir, tratando de ignorar el pánico que la invadía cada vez que pensaba en la transición que, supuestamente, estaba a punto de atravesar.
-Cuando atacaste a Butch así... Seguramente él no es un..., cómo se dice..., un restrictor.
-Él trató de alejarme de ti. -Wrath apretó la mandíbula-. Aplastaré a todo el que lo haga, sea o no tu .amante. Si lo hace de nuevo...
-Me prometiste que no lo matarías.
-No lo mataré. Pero no voy a ser suave con él.
Ella pensó que era mejor poner al Duro sobre aviso. -¿Por qué no comes? -preguntó Wrath-. Necesitas alimentarte.
Ella miró hacia abajo. ¿Comida? ¿Su vida se había convertido, de la noche a la mañana, en una novela de Stephen King, y él se preocupaba por su dieta?
-Come. -Inclinó la cabeza hacia su plato-. Debes estar lo más fuerte posible para el cambio.
Beth levantó su cuchara, sólo para que él no continuara con la monserga. La sopa le supo a pegamento, aunque imaginó que estaba bien preparada y perfectamente sazonada.
-Tú vas armado ahora mismo, ¿no es así? -preguntó ella. -Sí.
-¿Alguna vez abandonas tus armas? -N o.
-Pero cuando estábamos... -Cerró la boca antes de que las palabras haciendo el amor salieran de ella.
Él se inclinó.
-Siempre tengo algo a mi alcance, incluso cuando te poseo. Beth tragó otra cucharada de sopa. Ardientes pensamientos entraron en conflicto con la horrible sensación de que o bien era un paranoico, o el mal verdaderamente siempre acechaba.
Y demonios, Wrath era muchas cosas. Pero no le parecía precisamente un tipo histérico.
Hubo un largo silencio entre ellos, hasta que Fritz se llevó los platos de sopa y trajo el cordero. Ella notó que la carne de Wrath había sido cortada en pedazos del tamaño de un bocado. Qué extraño, pensó.
-Después de la cena quiero mostrarte algo. -Él cogió su tenedor e hizo un par de intentos para pinchar la carne.
Y fue entonces cuando ella comprendió que ni siquiera se molestaba en mirar hacia su plato. Tenía la mirada fija en un punto debajo de la mesa.
Un escalofrío la atravesó. Había algo muy raro. Miró cuidadosamente las gafas de sol que él llevaba. Recordó las yemas de sus dedos buscando su rostro aquella primera noche que estuvieron juntos, como si hubiera intentando ver sus rasgos a través del tacto. Y empezó a pensar que tal vez él no llevaba aquellas gafas para protegerse de la luz, sino para tapar sus ojos.
-¿Wrath? -dijo ella suavemente.
Él extendió el brazo para alcanzar su copa de vino, sin errar su mano alrededor de ésta hasta que notó el tacto del cristal. -¿Qué? -Se llevó la copa a los labios, pero volvió a ponerla en la mesa-. ¿Fritz? Necesitarnos el tinto.
-Aquí está, amo. -El mayordomo entró con otra botella-. ¿Ama?
-Ah, sí, gracias.
Cuando la puerta de la cocina se cerró, Wrath dijo: -¿Quieres preguntarme algo más?
Ella se aclaró la garganta. Hacía un instante estaba desesperada por encontrar una debilidad en él, y ahora la invadía la absoluta certeza de que era ciego.
Si fuera inteligente, cosa que era seriamente discutible, le habría hecho la lista de preguntas que había confeccionado y luego se habría ido a casa.
-¿Beth?
-Sí..., eh, ¿entonces es verdad que tú no puedes salir durante el día?
-Los vampiros no soportan la luz del sol. -¿Qué les sucede?
-Inmediatamente su cuerpo se cubre con quemaduras de segundo y tercer grado por la exposición al sol. Poco después ocurre la incineración. El sol no es algo con lo que se pueda jugar. -Pero yo puedo salir.
--Tú no has sufrido todavía el cambio. Aunque, ¿quién sabe? A lo mejor, incluso después podrías ser capaz de tolerar la luz. Las personas que tienen un padre humano pueden responder de forma diferente. Las peculiaridades propias de los vampiros pueden diluirse. -Tomó un trago de su copa, lamiéndose los labios-. Pero tú no, tú vas a pasar por la transición, la sangre de Darius corre fuertemente por tus venas.
-¿Con qué frecuencia tendré que... alimentarme?
-Al principio, bastante a menudo. Quizás dos o tres veces al mes. Aunque, como te he dicho, no hay manera de saberlo. -Después de que me ayudes la primera vez, ¿cómo podré encontrar un hombre del que pueda beber...?
El gruñido de Wrath la interrumpió. Cuando levantó la vista, se sobrecogió. Estaba molesto de nuevo.
-Yo me encargaré de encontrarte a alguien -dijo él con un acento más marcado de lo usual-.Hasta entonces, me utilizarás a uní. -Espero que eso sea pronto -murmuró, pensando que él no parecía muy feliz de estar junto a ella.
Él frunció los labios mientras la miraba.
-¿Tan impaciente estás por encontrar a alguien más? -No, sólo pensé que...
-¿Qué? ¿Pensaste qué? -Su tono era duro, tan duro como la mirada fija que podía adivinar tras las gafas.
Quería decirle que le parecía, con toda claridad, que él no tenía ni el más mínimo deseo de permanecer a su lado, pero le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas. El rechazo la hería, aunque trataba de convencerse de que, sin duda, estaría mejor sin él. -Yo..., ah, Tohr dijo que tú eras el rey de los vampiros. Supongo que eso te mantendrá ocupado.
-Mi compañero tendrá que aprender a cerrar la boca. -¿Es verdad? ¿Tú eres el rey?
-No -dijo él bruscamente.
Bueno, si eso no era un portazo en su cara...
-¿Estás casado? Quiero decir, ¿tienes una compañera? ¿O dos? -añadió rápidamente, imaginando que bien podía soltar todas sus dudas. El mal humor volvía a planear sobre él. No creía que pudiera empeorarlo.
-Por Cristo. No.
Hasta cierto punto, aquella respuesta fue un alivio, aunque estaba claro lo que él pensaba de las relaciones.
Ella tomó un sorbo de vino.
-¿No hay ninguna mujer en tu vida? -No.
-Entonces, ¿de quién te alimentas? Largo silencio nada prometedor. -Hubo alguien.
-¿Hubo? -Hubo. -¿Hasta cuándo?
-Recientemente. -Se encogió de hombros-. Nunca estuvimos juntos. Éramos una mala pareja.
-¿A quién acudes ahora?
-Dios, eres periodista hasta cuando no trabajas, ¿no es así? -¿A quién? -insistió ella.
Él la miró durante un largo instante. Y luego su semblante se transformó, relajando un poco la agresividad que había mostrado hasta entonces. Apoyó suavemente el tenedor en su plato Y colocó la otra mano en la mesa con la palma hacia arriba.
-Ah, diablos.
A pesar de su maldición, de repente, el aire pareció menos denso.
Al principio, ella no confió en aquel cambio de humor, pero entonces él se quitó las gafas y se frotó los ojos. Cuando se volvió a poner las gafas, ella notó que su pecho se ensanchaba, como si estuviera reuniendo fuerzas.
-Dios, Beth, creo que quería que fueras tú, a pesar de que no voy a estar cerca mucho tiempo después de tu transición. -Sacudió la cabeza-. Soy un estúpido hijo de perra.
Beth parpadeó, sintiendo una especie de calor sexual pensando que él bebería su sangre para sobrevivir.
-Pero no te preocupes -dijo él-. Eso no va a pasar. Y pronto te encontraré otro macho.
Alejó su plato, sin apenas probar el cordero.
-¿Cuándo fue la última vez que te alimentaste? -preguntó ella, pensando en el poderoso deseo contra el que le había visto luchar.
-Anoche.
Una opresión en el pecho le hizo sentirse como si sus pulmones estuvieran bloqueados.
-Pero no me mordiste.
-Fue después de que te fueras.
Ella lo imaginó con otra mujer en sus brazos. Cuando intentó alcanzar la copa de vino, la mano le temblaba.
Estupendo. Sus emociones se sucedían unas a otras de una forma vertiginosa esa noche. Había estado aterrada, enfadada, locamente celosa.
Se preguntó cuál sería la siguiente.
Y tuvo el pleno convencimiento de que no se trataría, precisamente, de la felicidad.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:46 pm

Capítulo 26
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Beth colocó de nuevo la copa de vino sobre la mesa, deseando tener más control sobre sí misma.
-No te gusta, ¿verdad? --dijo Wrath en voz baja. -¿El qué?
-Que yo beba de otra Hembra.
Ella se rió lúgubremente, despreciándose a sí misma, a él y toda aquella maldita situación.
--¿Disfrutas restregándomelo por las narices?
-Por un momento, él guardo silencio-. La idea de que algún día tú marques la piel de otro macho con tus dientes y metas su sangre dentro de ti me vuelve loco.
Beth lo miró fijamente.
¿Entonces porqué no te quedas conmigo?, pensó ella. Wrath sacudió la cabeza.
-Pero no puedo permitirme eso. -¿Por qué no?
--Porque tú no puedes ser mía. No importa lo que haya dicho antes.
Fritz entró, recogió los platos Y sirvió el postre: fresas colocadas delicadamente sobre un plato con bordes dorados y un poco de salsa de chocolate al lado para bañarlas, junto a una galleta pequeña.
Normalmente, Beth habría despachado aquella exquisita combinación; en cuestión de segundos, pero se encontraba demasiado agitada para comer.
-¿No te gustan las fresas? -preguntó Wrath mientras se llevaba una a la boca. Sus brillantes dientes blancos mordieron la roja carne.
Ella se encogió de hombros, obligándose a mirar hacia otro lado.
-Sí me gustan.
-Toma. -Cogió una fresa de su plato y se inclinó hacia ella-. Permíteme que y o te la dé.
Sus largos dedos sostuvieron el pedúnculo con firmeza, mientras su brazo se balanceaba en el aire.
Ella deseaba tomar lo que él le ofrecía. -Puedo comer por mí misma.
-Ya lo sé -dijo él sinceramente-. Pero ésa no es la cuestión.
-¿Tuviste sexo con ella? --preguntó. Enarcó las cejas con sorpresa. -¿Anoche?
Ella asintió con la cabeza.
-Cuando te alimentas, ¿le haces el amor?
Y déjame contestar a tu siguiente Pregunta. Ahora mismo, no me acuesto con nadie más que contigo.
Ahora mismo, repitió ella mentalmente.
Beth bajó la mirada hacia sus manos, colocadas en su regazo, sintiéndose herida de una forma estúpida.
-Déjame alimentarte -murmuró él--. Por favor.
Oh, madura, se dijo ella. Eran adultos. Eran maravillosos en la cama, y eso nunca le había sucedido jamás con ningún hombre. ¿Realmente iba a alejarse sólo porque iba a perderlo?
Además, aunque le prometiera un futuro de rosas, un hombre como él no permanecería en casa mucho tiempo. Ira un luchador que andaba con urea pandilla de tipos como él. Los asuntos domésticos y el hogar le resultarían tremendamente aburridos. Lo tenía ahora. Lo quería ahora.
Beth se inclinó hacia delante en su silla, abrió la boca, poniendo los labios alrededor de la fresa, tomándola entera. Los labios de Wrath temblaron al verla morder, y cuando un poco del dulce jugo escapó y goteó hacia su barbilla, soltó un silbido ahogado.
-Quiero lamer eso -murmuró por lo bajo. Se estiró hacia delante, pero consiguió dominarse. Levantó su servilleta. Ella puso su mano en la de él.
-Usa tu boca.
Un sonido grave, surgido de lo más profundo de su pecho, retumbó en la habitación.
Wrath se inclinó hacia ella, ladeando la cabeza. Ella captó un destello de sus colmillos mientras sus labios se abrían y su lengua salía. Lamió el jugo y luego se apartó.
La miró fijamente. Ella le devolvió la mirada. Las velas parpadearon.
-Ven conmigo -dijo él, ofreciendo su mano.
Beth no vaciló. Puso su palma contra la de él y dejó que la guiara. La llevó al salón, accionó el resorte del cuadro y atravesaron la pared, descendiendo por la escalera de piedra. El parecía inmenso en medio de la oscuridad.
Cuando llegaron al rellano inferior, la llevó a su alcoba. Ella miró hacia la enorme cama. Había sido arreglada, con las almohadas pulcramente alineadas contra el cabezal y las sábanas de satén suaves como agua inmóvil. Una oleada de calor invadió su cuerpo al recordar lo que había sentido al tenerlo encima, mo-viéndose dentro de ella.
De nuevo estaban allí, pensó. Y no podía esperar.
Un profundo gruñido le hizo mirar por encima de su hombro. La mirada de Wrath estaba fija en ella como en un blanco de tiro.
Le había leído el pensamiento. Sabía lo que ella quería. Y estaba listo para entregárselo.
Caminó hacia ella, y Beth ovó que la puerta se cerraba con el cerrojo. Miró a su alrededor, preguntándose si había alguien más en la estancia. Pero no vio a nadie.
La mano de él se dirigió hacia su cuello, doblándole la cabeza hacia atrás con el dedo pulgar.
-Toda la noche he querido besarte.
Ella se preparó para algo fuerte, dispuesta para cualquier cosa que él pudiera darle, sólo que cuando sus labios se posaron sobre los de ella lo hicieron con una extraordinaria dulzura. Pudo sentir la pasión en las tensas líneas de su cuerpo, pero claramente se negaba a apresurarse. Cuando alzó la cabeza, le sonrió. Pensó que ya estaba totalmente acostumbrada a los colmillos.
-Esta noche vamos a hacerlo lentamente -dijo él. Pero ella lo detuvo antes de que él la besara de nuevo. -Espera. Hay algo que debo... ¿Tienes condones? Él frunció el entrecejo.
-No. ¿Por qué?
-¿Por qué? ¿Has oído hablar de sexo seguro?
-Yo no soy portador de ese tipo de enfermedades, y tú no puedes contagiarme nada.
-¿Cómo lo sabes?
-Los vampiros están inmunizados contra los virus humanos.
-¿Entonces puedes tener todo el sexo que quieras? ¿Sin preocuparte por nada?
Cuando él asintió con la cabeza, ella se sintió un poco mareada. Dios, cuántas mujeres debe haber...
-Y tú no eres fértil -dijo él. -¿Cómo lo sabes?
-Confía en mí. Los dos lo sabríamos si lo fueras. Además, no tendrás tu primera necesidad hasta pasados cinco años más o menos después de la transición. E incluso cuando estés en esa época, la concepción no está garantizada porque... -Aguarda. ¿Qué es eso de la necesidad?
-Las hembras sólo son fecundas cada diez años. Lo cual es una bendición.
-¿Por qué?
Él se aclaró la garganta. De hecho parecía un poco apenado. -Es un periodo peligroso. Todos los varones responden en alguna medida si están próximos a una hembra que esté atravesando su necesidad. No lo pueden evitar. Puede haber luchas. Y la hembra, ella, eh..., los deseos son intensos. O eso es lo que he oído.
-¿Tú no tienes hijos?
Él negó con la cabeza. Luego frunció el ceño. -Dios.
-¿Qué?
-Pensar en ti cuando tengas tu necesidad. -Su cuerpo se balanceó, como si hubiera cerrado los ojos-. Ser el único que tú utilices.
Emanó calor sexual. Ella pudo sentir una ráfaga caliente desplazándose en el aire.
-¿Cuánto tiempo dura? -preguntó ella con voz ronca. -Dos días. Si la hembra está... bien servida y alimentada adecuadamente, el periodo cesa rápidamente.
-¿Y el hombre?
-El macho queda totalmente agotado cuando termina. Seco de semen y de sangre. Le lleva mucho más tiempo a él recuperarse, pero nunca he oído una queja. Jamás. -Hubo una pausa-. Me encantaría ser el que te alivie.
De repente, él dio un paso hacia atrás. Ella sintió una corriente de aire frío cuando el humor de él cambió y el calor se disipó.
-Pero ésa será la obligación de algún otro macho. Y su privilegio.
Su móvil empezó a sonar. Lo sacó de su bolsillo interior con un gruñido.
-¿Qué? -Hubo una pausa.
Ella se dirigió al baño para darle un poco de privacidad. Y porque necesitaba estar sola un momento. Las imágenes que aparecían en su mente eran suficientes para aturdirla. Dos días. ¿Sólo con él?
Cuando salió, Wrath estaba sentado en la cama, con los codos en las rodillas, acurrucado. Se había quitado la chaqueta, Y sus hombros parecían más anchos, resaltados por la camisa negra. Al acercarse, captó una imagen fugaz de un arma de fuego bajo la chaqueta y se estremeció un poco.
Él la miró mientras ella se sentaba a su lado. Beth deseó poder comprenderlo mejor y culpó a las gafas oscuras. Tendió la mano hacia el rostro de él, acariciando la antigua herida de su mejilla, deslizándola hacia su fuerte mentón. Su boca se abrió ligeramente, como si su tacto lo dejara sin respiración.
-Quiero ver tus ojos -dijo ella. Él se apartó un poco hacia atrás. -¿Por qué no?
-¿Por qué te interesa saber cómo son? Ella frunció el ceño.
-Es difícil entenderte si te ocultas tras las gafas. Y en este instante, no me molestaría saber qué estás pensando.
O sintiendo, que es todavía más importante. Finalmente, él se encogió de hombros. --Haz lo que quieras.
Como no hizo ningún movimiento para quitarse las gafas, ella tomó la iniciativa, deslizándolas hacia delante. Sus párpados estaban cerrados, sus pestañas oscuras contra la piel. Permaneció así. -¿No vas a enseñarme tus ojos?
Él apretó la mandíbula.
Ella miró las gafas. Cuando las levantó hacia la luz de una vela, apenas pudo ver algo a través de los cristales, pues eran tremendamente opacos.
-Eres ciego, ¿verdad? -dijo ella suavemente.
Sus labios volvieron a fruncirse, pero no en una sonrisa. --¿Te preocupa que no pueda cuidar de ti?
A ella no le sorprendió la hostilidad. Imaginaba que un hombre como él odiaría cualquier debilidad que poseyera. -No, eso no le preocupa en absoluto. Pero me gustaría ver tus ojos.
Con un movimiento relámpago, Wrath la arrastró al otro lado de su regazo, sosteniéndola en equilibrio de modo que sólo la fuerza de sus brazos impedía que se golpeara contra el suelo. Su boca tenía un rictus amargo.
Despacio, levantó los párpados. Beth abrió la boca.
Sus ojos eran del color más extraordinario que había visto nunca. Un verde pálido resplandeciente, tan claro que era casi blanco. Enmarcados por unas gruesas y oscuras pestañas, brillaban como si alguien hubiera encendido una luz en el interior de su cráneo.
Entonces se fijó en sus pupilas y se dio cuenta de que no estaban bien. Eran como diminutos alfileres negros, descentrados. Acarició su rostro.
-Tus ojos son hermosos. -Inútiles.
-Hermosos.

Ella le miró fijamente mientras él trataba de adivinar sus rasgos, forzando la vista.
-¿Siempre han sido así? -susurró ella.
-Nací casi ciego, pero mi visión empeoró después de mi transición y, probablemente, se deteriorará aún más a medida que envejezca.
-¿Entonces todavía puedes ver algo?
-Sí. -Dirigió la mano hacia su cabello. Cuando sintió que caía sobre sus hombros, se dio cuenta de que él le estaba quitando las horquillas que sujetaban su peinado-. Sé que me gusta tu cabello suelto, por ejemplo. Y también sé que eres muy, hermosa. Sus dedos perfilaron los contornos de su cara, descendiendo suavemente hacia su cuello y su clavícula, hasta abrirse camino entre sus pechos.
Su corazón latió aceleradamente, sus pensamientos se volvieron confusos, y el mundo desapareció a su alrededor, quedando únicamente ellos dos.
-La vista es un sentido sobrevalorado -murmuró él, extendiendo la palma de la mano sobre su pecho. Era fuerte y cálida, un anticipo de lo que su cuerpo sentiría cuando se encontrara sobre ella-. Tacto, gusto, olfato, oído. Los otros cuatro sentidos son igualmente importantes.
Él se inclinó hacia delante, le acarició el cuello con los labios, y ella sintió un suave arañazo. Sus colmillos, pensó. Subió por su garganta.
Deseó que la mordiera.
Wrath respiró profundamente.
-Tu piel posee un aroma que me provoca una erección instantánea. Todo lo que tengo que hacer es olerte.
Ella se arqueó en los brazos de el, frotándose contra sus muslos, empujando sus pechos hacia arriba. Su cabeza se abandonó, y dejó escapar un pequeño gemido.
-Dios, adoro ese sonido -dijo él, subiendo la mano hasta la base de su garganta-. Hazlo de nuevo para mí, Beth. Lamió delicadamente su cuello. Ella lo satisfizo.
-Eso es -gimió él-. Santo cielo, eso es.
Sus dedos empezaron a desplazarse nuevamente, esta vez hasta el lazo de su vestido, que soltó con destreza.
-No debería dejar que Fritz cambie las sábanas.
-¿Qué? -masculló ella.
-En la cama. Cuando tú te vas. Quisiera aspirar tu perfume cuando me tienda en ellas.
La parte delantera de su vestido se abrió, y el aire frío recorrió su piel mientras la mano de él avanzaba hacia arriba. Cuando llegó al sujetador, trazó un círculo alrededor de los bordes de encaje, avanzando gradualmente hacia el interior hasta rozar su pezón.
El cuerpo de ella se estremeció, y se aferró a los hombros de él. Sus músculos estaban rígidos por el esfuerzo de sostenerla. Ella miró su temible cara, magnífica.
Sus ojos brillaban, despidiendo una luz_ que moldeaba sus pechos en las sombras. La promesa de sexo salvaje y su feroz deseo por ella resultaban evidentes por el rechinar de su mandíbula, por el calor que salía de su imponente cuerpo y por la tensión de sus piernas N, su pecho.
Pero él tenía un absoluto control de sí mismo. Y de ella. -Te he deseado con tanta pasión... -dijo él, hundiendo la cabeza en su cuello, mordiéndola ligeramente, sin apenas arañar la piel. Luego pasó su lengua sobre la pequeña herida como una húmeda caricia, y se desplazó hacia abajo, a su pecho-. En realidad no te he poseído propiamente todavía.
-No estoy tan segura de eso -dijo ella.
Su risa sonó como un trueno profundo, su respiración era calida y húmeda sobre la piel de ella. Le besó la parte superior del pecho, luego tomó el pezón en su boca, a través del encale. Ella se arqueó de nuevo, sintiendo como si un dique se hubiera roto entre sus piernas.
El guerrero levantó la cabeza, con una sonrisa de deseo despuntando en sus labios.
Deslizó suavemente hacia abajo el sujetador. Su pezón se puso aún más erecto para él, a medida que veía la oscura cabeza del macho descendiendo hasta su pálida piel. Su lengua, lustrosa y rosada, salió de su boca y empezó a lamerla.
Cuando sus muslos se abrieron sin que él se lo hubiera pedido, se rió de nuevo, con un profundo y masculino sonido de satisfacción.
Su mano se abrió paso entre los pliegues del vestido, rozando su cadera, moviéndose lentamente sobre su bajo vientre.
Encontró el borde de sus bragas y deslizó el dedo índice debajo de ellas. Sólo un poco.
Movió la yema del dedo adelante y atrás, provocándole sensuales cosquillas cerca de donde ella deseaba y necesitaba. -Más -exigió ella-. Quiero más.
-Y lo tendrás. -Su enano entera desapareció bajo sus bragas. Ella soltó un grito cuando entró en contacto con su centro caliente y húmedo-. ¿Beth?
Ella casi había perdido la consciencia, embriagada por su tacto.
-¿Hmm?
-¿Quieres saber a qué sabes? -dijo él contra su pecho. Un largo dedo se adentró en su cuerpo, como si él quisiera que supiera que no se estaba refiriendo a su boca.
Ella se agarró a su espalda a través de la camisa de seda, arañándolo con las uñas.
-Melocotones -dijo él, desplazando su cuerpo, moviéndose hacia abajo con su boca, besando la piel de su estómago-. Es como comer melocotones. Carne suave en mis labios y en mi lengua cuando chupo. Delicada y dulce en el fondo de mi garganta cuando trago.
Ella gimió, próxima al orgasmo y muy lejos de toda cordura.
Con un movimiento rápido, él la levantó, llevándola a la cama. Cuando la tendió, le apartó las piernas con la cabeza, posando la boca entre sus muslos.
Ella dio un grito sofocado, colocando las manos en el cabello del vampiro, enredando sus dedos en él. Él dio un tirón al lazo de cuero que lo sujetaba. Los bucles oscuros cayeron sobre su vientre, como el revoloteo de las alas de un halcón.
-Como los melocotones -dijo él, despojándola de sus bragas-. Y me encantan los melocotones.
La claridad sobrecogedora y hermosa que irradiaban sus ojos inundó todo su cuerpo. Y entonces él bajó nuevamente la cabeza.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:48 pm

Capítulo 28
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Esto está mejor, pensó el señor X mientras cargaba a un inconsciente vampiro civil sobre el hombro. Arrastró rápidamente al macho a través del callejón, abrió la parte de atrás de la camioneta y se deshizo de su presa corno si fuera un saco de patatas. Tuvo la precaución de colocar una manta negra de lana cubriendo su carga.
Sabía que esta vez su plan tendría éxito, y aumentar la dosis del tranquilizante Demosedan y añadirle Acepromazina había marcado la diferencia. Su intuición de usar tranquilizantes para caballos en lugar de sedantes destinados a humanos había sido correcta. A pesar de todo, el vampiro había necesitado dos dardos de Acepromazina antes de caer.
El señor X miró por encima del hombro antes de situarse detrás del volante. La prostituta que había matado estaba tendida sobre un desagüe; su sangre saturada de heroína se colaba por la alcantarilla. La amable muchacha incluso lo había ayudado con la aguja. Desde luego, ella no esperaba que la droga tuviese una pureza del 100%.
Ni que corriera por sus venas en una cantidad suficiente como para hacer alucinar a un elefante.
La policía la encontraría por la mañana, pero él había sido muy cuidadoso: guantes de látex, una gorra sobre el cabello y ropa de nailon de un tejido muy tupido que no soltaba fibras.
Y además, ella no había luchado.
El señor X encendió el motor pausadamente y se deslizó a través de la calle Trade.
Un fino brillo de sudor causado por la excitación apareció sobre su labio superior. Aquella sensación de la adrenalina bombeada por su cuerpo le hizo echar de menos los días en que todavía podía disfrutar del sexo. Aunque el vampiro no tuviera ni una información que proporcionarle, iba a divertirse el resto de la noche.
Pensó que podía empezar con el mazo.
No, sería mejor el torno de dentista bajo las uñas.
Eso debilitaría inmediatamente al macho. Después de todo, no tenía mucho sentido torturar a alguien que ha perdido el conocimiento. Sería como dar patadas a un cadáver. Él tenía que ser consciente de su dolor.
Escuchó un leve ruido procedente de la parte trasera. Miró por encima de su hombro. El vampiro se movía bajo la manta. Bien. Estaba vivo.
El señor X dirigió de nuevo la vista a la carretera v, frunciendo el ceño, se inclinó hacia delante, aferrando con fuerza el volante.
Delante de él vio el destello de unas luces de frenado. [.os coches estaban parados en una larga fila. Un puñado de conos de color naranja obligaban a detenerse, Y las luces intermitentes azules y blancas anunciaban la presencia de la policía. ¿Un accidente?
No. Un control. Dos policías con linternas examinaban el interior de los vehículos, y a un lado de la calzada habían colocado un cartel en el que se leía: «Control de alcoholemia».
El señor X pisó el freno. Buscó en su bolsa negra, sacó su pistola de dardos Y disparó otros dos tiros al vampiro para acallar el ruido. Con las ventanillas oscuras y la manta negra tapan do a su víctima, tal vez pasara sin mayores problemas, siempre que el macho no se moviera.
Cuando le tocó el turno, bajó la ventanilla mientras el policía se acercaba. La luz de la linterna del hombre se reflejó en el salpicadero, produciendo un resplandor.
-Buenas noches, oficial. -El señor X adoptó una expresión afable.
-¿Ha estado usted bebiendo esta noche, señor?
El policía, de mediana edad, tenía un aspecto anodino y vulgar. Su bigote necesitaba un buen arreglo y su cabello gris sobresalía de su gorra descuidadamente. Parecía un perro pastor, pero sin el collar antipulgas y la cola.
-No, oficial. No he bebido. -Oiga, yo le conozco.
-¿De verdad? -El señor X sonrió todavía más mientras miraba hacia el cuello del hombre. La rabia le llevó a pensar en el cuchillo que tenía en la puerta del coche. Estiró un dedo y rozó el mango, tratando de tranquilizarse.
-Sí, usted le enseña jiujitsu a mi hijo. -Cuando el policía se inclinó hacia atrás, su linterna se balanceó un poco, alumbrando la bolsa negra que había en el asiento de al lado-. Darry1, ven a conocer al sensei de Billy.
Mientras el otro policía caminaba hacia ellos, el señor X aprovechó para comprobar si la bolsa tenía la cremallera cerrada. Sería una desgracia que vieran la pistola de dardos o la Glock de nueve milímetros que llevaba oculta allí.
Durante cinco minutos, tuvo una agradable charla con los dos policías mientras fantaseaba sobre la manera de acabar con ellos. Cuando puso en marcha la camioneta, se sorprendió de tener el cuchillo en la mano, casi en su regazo.
Tendría que desahogarse sacando fuera toda aquella agresividad.
Wrath miró con atención los borrosos contornos del edificio comercial de un solo piso. Durante las dos últimas horas, él y Rhage habían estado vigilando la Academia de Artes Marciales Caldwell, intentando descubrir si allí se desarrollaba alguna actividad nocturna. Las instalaciones estaban situadas en un extremo del centro comercial, al borde de una fila de árboles. Rhage, que la noche anterior había visitado el lugar, calculaba que ocupaba una superficie de unos seis mil metros cuadrados.
Suficientemente grande para ser el centro de operaciones de los restrictores. - El aparcamiento se extendía hasta el frente de la academia, con quince plazas a cada lado. Tenía dos entradas: la principal, con puertas de doble cristalera, y una lateral sin ventanales. Desde su posición estratégica en el bosque, podían ver tanto el aparcamiento vacío como las entradas y salidas del edificio.
El resto de los accesos sólo eran callejones sin salida. Por el Gold's Gym no habían desfilado más que tipejos. Cerraba a medianoche y abría a las cinco de la madrugada, y había estado silencioso las dos últimas noches. En el campo de paint-ball sucedía lo mismo, se quedaba vacío desde el momento en que cerraba sus puertas. Las mejores opciones eran las dos academias, y- Vishous y los gemelos estaban al otro lado de la ciudad vigilando la otra.
Aunque los restrictores no tenían problemas con la luz diurna, salían a cazar de noche porque era entonces cuando sus presas se ponían en movimiento. Cerca del amanecer, los centros de reclutamiento y entrenamiento de la Sociedad solían utilizarse como sitios de reunión, aunque no siempre. Además, debido a que los restrictores cambiaban de local con frecuencia, uno de esos centros podía estar activo durante algunos meses, o quizás un año, y después ser abandonado.
Como Darius había sido atacado hacía sólo unos cuantos días, Wrath esperaba que la Sociedad aún no se hubiera trasladado.
Tocó su reloj.
-Demonios, son casi las tres.
Rhage se apoyó contra el árbol que tenía a su espalda. -Entonces supongo que Tohr ya no vendrá esta noche. Wrath se encogió de hombros, esperando ansiosamente que su compañero apareciera.
No lo hizo.
-Es extraño en él. -Rhage hizo una pausa-. Pero no pareces sorprendido.
-No.
-¿Por qué?
Wrath volvió a encogerse de hombros. -Me enfrenté con él, y no debí hacerlo. -No voy a preguntar.
-Muy sensato por tu parte. -Y luego, por alguna razón absurda, añadió-: Necesito disculparme con él.
-Eso será una novedad.
-¿Soy tan detestable?
-No -respondió Rhage sin su habitual fanfarronería-. Sólo que no te equivocas con tanta frecuencia.
Viniendo de Hollywood, la franqueza le resultó sorprendente.
-Bueno, lo que le dije a Tohr fue algo realmente repugnante.
Rhage le palmoteó la espalda.
-Con la amplia experiencia que tengo ofendiendo a la gente, déjame decirte que no hay nada que no pueda arreglarse. -Mezclé a Wellsie en esto.
-Ésa no fue una buena idea. -Y lo que él siente por ella. -Mierda.
-Sí. Más o menos. -¿Por qué? -Porque yo...
Porque había sido un idota al rechazar los consejos de Tohr sobre un asunto que manejaba con enorme éxito desde hacía dos siglos. A pesar de que Tohr era todo un guerrero, mantenía una relación con una hembra de gran valía. Y era una buena unión, fuerte, amorosa. Él era el único de los hermanos que había podido hacer eso.
Wrath pensó en Beth. La imaginaba viniendo hacia él, pidiéndole que se quedara.
Estaba deseoso de encontrarla en su cama cuando volviera a casa. Y no porque quisiera poseerla. Quería dormir a su lado, descansar un poco, sabiendo que ella estaba segura yunto a él.
Ah, diablos. Tenía el terrible presentimento de que tendría que permanecer cerca de esa hembra durante algún tiempo. ¿Por qué? -repitió Rhage.
Wrath sintió un picor en la nariz. Un olor dulzón, como de talco para bebés, flotaba en la brisa.
-Extiende la alfombra roja de bienvenida -dijo mientras se desabrochaba la chaqueta.
--¿Cuántos?-preguntó Rhage, dándose media vuelta. Chasquidos de ramas y crujidos de hojas resonaron en la noche, y se hicieron cada vez más fuertes.
-Por lo menos tres.
-Caray.
Los restrictores venían directamente hacia ellos, a través de un claro en la arboleda. Hacían ruido, hablando y. caminando despreocupadamente, hasta que uno de ellos se detuvo. Los otros dos hicieron lo mismo, guardando silencio.
--Buenas noches, muchachos -dijo Rhage, saliendo al descampado.
Wrath se acercó con sigilo. Cuando los restrictores rodearon a su hermano agachándose y sacando los cuchillos, él avanzó por entre los árboles. -
Entonces salió de las sombras y levantó del suelo a uno de los restrictores, con lo que empezó la lucha. Le cortó la garganta, pero no tuvo tiempo de rematarlo. Rhage se había ocupado de dos de ellos, pero el tercero estaba a punto de golpear al hermano en la cabeza con un bate de béisbol.
Wrath se precipitó sobre aquel bateador sin alma, derribándolo y apuñalándolo en la garganta. Un grito ahogado burbujeó en el aire. Wrath echó un vistazo a su alrededor, por si había más o su hermano necesitaba ayuda.
Rhage estaba perfectamente bien.
A pesar de su escasa visión, Wrath pudo percibir la extraordinaria belleza del guerrero cuando luchaba. Lanzaba sus puños y patadas con movimientos rápidos y ágiles. Estaba dotado de unos reflejos animales, con una enorme potencia y resistencia. Era un maestro del combate cuerpo a cuerpo, y los restrictores mordían el polvo una y otra vez, y con cada golpe les resultaba más difícil levantarse.
Wrath regresó junto al primer restrictor y se arrodilló sobre el cuerpo. Éste se retorció mientras le registraba los bolsillos y cogía todos los documentos de identificación que pudo encontrar.
Estaba a punto de apuñalarlo en el pecho cuando ovó un disparo.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:52 pm

Capítulo 29
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Entonces, Butch, ¿vas a esperar hasta que yo salga esta noche? –Abby sonrió, sirviéndole otro whisky, -Quizás.
No quería, pero después de otro par de tragos podría cambiar de opinión. Suponiendo que todavía pudiera levantarse si estaba borracho.
Con un giro hacia la izquierda, ella vio detrás de él a otro cliente, y le dirigió un guiño mientras le mostraba un poco el escote. Siempre hay que tener un plan B. Probablemente era una buena idea.
El teléfono de Butch vibró en su cinturón. -¿Sí?
-Tenemos otra prostituta muerta -dijo José-. Pensé que querrías saberlo.
-¿Dónde? -Saltó del asiento de la barra como si tuviera que ir a alguna parte. Luego se sentó otra vez, despacio. -Trade y Quinta. Pero no vengas. ¿Dónde estás?
-En McGrider's. -¿Me das diez minutos? -Aquí estaré.
Butch alejó el vaso mientras la frustración lo desgarraba. ¿Iba a terminar así? ¿Emborrachándose todas las noches? ¿O tal vez trabajando como investigador privado o como guardia de seguridad hasta que fuera despedido por indolente? ¿Viviendo solo en ese apartamento de dos habitaciones hasta que su hígado dejara de funcionar?
Nunca había sido bueno para hacer planes, pero quizás había llegado el momento de trazar algunos.
-¿No te ha gustado el whisky? -preguntó Abby, enmarcando el vaso con sus pechos.
En un acto reflejo, él alcanzó el maldito vaso, lo acercó a sus labios y bebió.
-Ése es mi hombre.
Pero cuando fue a servirle otro, él cubrió la boca del vaso con la mano.
-Creo que va es suficiente por esta noche.
-Sí, está bien. -Ella sonrió cuando él sacudió la cabeza-. Bien, va sabes dónde encontrarme.
Sí, desgraciadamente.
José tardó mucho más de diez minutos. Pasó casi media hora antes de que Butch viera la figura austera de su compañero atravesando la multitud de bebedores que a aquellas horas se amontonaban en el bar.
-¿La conocemos? -preguntó Butch antes de que el hombre pudiera sentarse.
-Otra del chulo Big Daddy. Carla Rizzoli, alias Candy. --¿El mismo modus operandi?
José pidió un vodka solo.
-Sí. Tajo en la garganta, sangre por todas partes. Tenía una sustancia en los labios, como si le hubiera salido espuma por la boca. -¿Heroína?
-Probablemente. El forense hará la autopsia mañana a primera hora.
-¿Se ha encontrado algo en el escenario?
-Un dardo. Como el que se dispara a un animal. Estamos analizándolo. -José apuró el vodka con una rápida inclinación de su cabeza-. Y he oído que Big Daddy's está furioso. Anda buscando venganza.
-Sí, bien, espero que la tome contra el novio de Beth. Quizás una guerra saque de su escondite a ese bastardo. -Butch apoyó los codos sobre la barra y se frotó los ojos irritados-. Maldición, no puedo creer que ella lo esté protegiendo.

-La verdad es que nunca lo habría imaginado. Finalmente ha elegido a alguien.
-Y es un completo delincuente. José lo miró.
-Vamos a tener que detenerla.
-Lo supuse. -Butch parpadeó, entornando los ojos. Escucha, se supone que mañana la veré. Déjame hablar con ella primero, ¿lo harás?
-No puedo hacer eso, O'Neal. Tú no...
-Sí, puedes hacerlo. Sólo programa la detención para el día siguiente.
-La investigación está avanzando hacia...
-Por favor. -Butch no podía creer que estuviera rogando-. Vamos, José. Yo puedo mejor que nadie conseguir que razone.
-¿Y eso por qué?
-Porque ella vio cómo casi me mata.
José bajó la mirada a la mugrienta superficie de la barra. -Te doy un día. Y es mejor que nadie se entere, porque el capitán me cortaría la cabeza. Luego, pase lo que pase, la interrogaré en la comisaría.
Butch asintió con la cabeza mientras Abby regresaba contoneándose con una botella de escocés en una mano y una de vodka en la otra.
-Parecéis secos, muchachos -dijo con una risita. El mensaje en su fresca sonrisa y sus ojos limpios se hacía cada vez más fuerte, más desesperado a medida que la noche se acercaba a su fin.
Butch pensó en su cartera vacía. Su pistolera vacía. Su apartamento vacío.
-Tengo que salir de ella -murmuró, deslizándose fuera del asiento-. Quiero decir, de aquí.
El brazo de Wrath absorbió la descarga de la escopeta de caza, y el impacto retorció su torso como si fuera una soga. Con la fuerza del disparo, cayó girando al suelo, pero no se quedó ahí. Moviéndose rápidamente y a ras de suelo, logró apartarse del camino, sin dar al tirador la oportunidad de acertarle de nuevo.
El quinto de los restrictores había salido de alguna parte y estaba armado hasta los dientes con una escopeta de cañones recortados.
Detrás de un pino, Wrath examinó rápidamente la herida. Era poco profunda. Había afectado a una parte del músculo de su brazo, pero el hueso estaba intacto. Todavía podía luchar.
Sacó una estrella arrojadiza y salió al descampado.
Y fue entonces cuando una tremenda llamarada iluminó el claro.
Saltó de nuevo hacia las sombras. -¡Por Cristo!
Ahora sí les había llegado la hora. La bestia estaba saliendo de Rhage. Y la cosa se iba a poner muy fea.
Los ojos de Rhage brillaron como las blancas luces de un coche a medida que su cuerpo se desgarraba y transformaba. Un ser horrible ocupó su lugar, con sus escamas relucientes a la luz de la luna y sus garras acuchillando el aire. Los restrictores no supieron qué los golpeó cuando aquella criatura los atacó con los colmillos desnudos, persiguiéndolos hasta que la sangre corrió por su enorme pecho como un verdadero torrente.
Wrath se quedó atrás. Ya había visto aquello antes, y la bestia no necesitaba ayuda. Diablos, si se acercaba demasiado, corría el peligro de recibir un golpe de su furia.
Cuando todo hubo terminado, la criatura soltó un aullido tan fuerte que los árboles se doblaron y sus ramas se partieron en dos.
La matanza fue absoluta. No había esperanza de identificar a ninguno de los restrictores porque no quedaba ningún cuerpo. Incluso sus ropas habían sido consumidas.
Wrath salió al claro.
La criatura giró alrededor, jadeando.
Wrath mantuvo la voz tranquila y las manos bajadas. Rhage estaba allí en alguna parte, pero hasta que volviera a salir, no había forma de saber si la bestia recordaba quiénes eran los hermanos.
-Ya ha terminado -dijo Wrath-. Tú y yo ya hemos hecho esto antes.
El pecho de la bestia subía y bajaba, y, sus orificios nasales temblaban como si olfatearan el aire. Los ojos resplandecientes se fijaron en la sangre que corría por el brazo de Wrath. Emitió un resoplido. Las garras se alzaron.
-Olvídalo. Ya has hecho tu parte. Ya te has alimentado. Ahora, recuperemos a Rhage.
La gran cabeza se agitó de un lado a otro, pero sus escamas empezaron a vibrar. Un grito de protesta abrió una brecha en la garganta de la criatura, y entonces hubo otra llamarada.
Rhage cavó desnudo al suelo, aterrizando con la cara hacia abajo.
Wrath corrió hacia él y se dejó caer de rodillas, extendiendo la mano. La piel del guerrero brillaba a causa del sudor, y se agitaba como un recién nacido en medio del trío.
Rhage reaccionó cuando su compañero le tocó. Intentó alzar la cabeza, pero no pudo.
Wrath cogió la mano del hermano e la apretó. La quemazón cuando volvía a recuperarse siempre era una mierda. -Relájate, Hollywood, estás bien. Estás perfectamente bien. -Se quitó la chaqueta y, cubrió suavemente a su hermano. -Aguanta y deja que te cuide, ¿de acuerdo?
Rhage masculló algo y se encogió hecho un ovillo. Wrath abrió su teléfono móvil y marcó.
-¿Vishous? Necesitamos un coche. Ahora. No bromees. No, tengo que trasladar a nuestro muchacho. Hemos tenido una visita de su otro lado. Pero no le digas nada a Zsadist.
Colgó y miró a Rhage.
-Odio esto -dijo el hermano.
-Ya lo sé. -Wrath retiró el cabello pegajoso, empapado en sangre, del rostro del vampiro-. Te llevaremos a tu casa. -Me puse furioso al ver que te disparaban.
Wrath sonrió suavemente. -Está claro.
Beth se revolvió, hundiéndose más profundamente en la almohada.
Algo no iba bien.
Abrió los ojos en el momento en que una profunda voz masculina rompía el silencio:
-¿Qué demonios tenemos aquí?
Ella se irguió, mirando frenéticamente hacia el lugar de donde habla salido el sonido.
El hombre impresionante que estaba ante ella tenía los ojos negros, inanimados, y un rostro de duras facciones surcado por una cicatriz dentada. Su cabello era tan corto que prácticamente parecía rasurado. Y sus colmillos, largos Y blancos, estaban al descubierto.
Ella gritó. Él sonrió. —MI sonido favorito.
Beth se puso una mano sobre la boca.
Dios, esa cicatriz. Le atravesaba la frente, pasaba sobre la nariz y la mejilla, y giraba alrededor de la boca. Un extremo de aquella espeluznante herida serpenteante torcía su labio superior, arrastrándolo hacia un lado en una permanente sonrisa de desprecio. -¿Admirando mi obra de arte?, -pronunció él con lentitud-. Deberías ver el resto de mi cuerpo.
Los ojos de ella se fijaron en su amplio pecho. Llevaba una camisa negra, de manga larga, pegada a la piel. En ambos pectorales eran evidentes unos anillos pequeños bajo la tela, como si tuviera piercings en las tetillas. Cuando volvió a mirarlo a la cara, vio que tenía una banda negra tatuada alrededor del cuello y un pendiente en el lóbulo izquierdo.
-Hermoso, ¿no crees? -Su fría mirada era una pesadilla de lugares oscuros sin esperanza, del mismo infierno.
Sus ojos eran lo más aterrador de él.
Y estaban fijos en ella como si estuviera tomándole las medidas para una mortaja. O seleccionándola para el sexo.
Ella movió el cuerpo lejos de él, y empezó a mirar a su alrededor buscando algo que pudiera usar como arma.
-¿Qué pasa, no te gusto?
Beth miró hacia la puerta, y él se rió.
--¿Piensas que puedes correr con suficiente rapidez? -dijo él, sacándose los faldones de la camisa de los pantalones de cuero que llevaba puestos. Sus manos se posaron sobre la bragueta-. Estoy seguro de que no puedes.
-Aléjate de ella, Zsadist.
La voz de Wrath fue un dulce alivio. Hasta que vio que no llevaba camisa y que su brazo estaba en cabestrillo.
Él apenas la miró.
-Es hora de que te vayas, Z. -Zsadist sonrió fríamente. -¿No quieres compartir la hembra? -Sólo te gusta si pagas por ella.
-Entonces le arrojaré uno de veinte. Suponiendo que sobreviva cuando termine con ella.
Wrath siguió acercándose al otro vampiro, hasta que se encontraron cara a cara. El aire crujió a su alrededor, sobrecargado de violencia.
-No vas a tocarla, Z. Ni siquiera la mirarás. Vas a darle las buenas noches y a largarte de aquí. -Wrath se quitó el cabestrillo, dejando ver una venda en el bíceps. Había una mancha roja en el centro, como si estuviera sangrando; pero parecía dispuesto a encargarse de Zsadist.
-Apuesto a que te molesta haber necesitado que te trajeran a casa esta noche -dijo Zsadist-. Y que yo fuera el más cercano con un coche disponible.
-No me hagas lamentarlo más.
Zsadist dio un paso a la izquierda, y Wrath avanzó con él, usando su cuerpo para interponerse en su camino.
Zsadist se rió entre dientes con un retumbar profundo y maligno.
-¿Realmente estás dispuesto a luchar por un humano? -Ella es la hija de Darius.
Zsadist ladeó la cabeza. Sus profundos ojos negros examinaron sus facciones. Tras un instante, su rostro brutal pareció suavizarse, dulcificando su sonrisa despreciativa. Y de inmediato comenzó a arreglarse la camisa mientras la miraba de reojo, como si estuviera disculpándose.
Sin embargo, Wrath no se apartó del medio. -¿Cómo te llamas? -le preguntó Zsadist.
-Se llama Beth. -Wrath ocultó con su cabeza el campo visual de Zsadist-. Y tú te vas.
Hubo una larga pausa. -Sí. Claro.
Zsadist se dirigió a la puerta, balanceándose con el mismo movimiento letal con que lo hacía Wrath. Antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás.
Debía de haber sido verdaderamente guapo alguna vez, pensó Beth. Aunque no era la cicatriz lo que lo hacía poco atractivo. Era el fuego maligno que emanaba de su interior. -Encantado de conocerte, Beth.
Ella soltó el aire que había estado reteniendo cuando l a puerta se cerró y los cerrojos estuvieron en su lugar.
-¿Estás bien? -preguntó Wrath. Ella pudo sentir sus ojos recorriéndole el cuerpo, y luego tomó sus manos suavemente - No te..., no te ha tocado, ¿verdad? Oí que gritabas.
-No. No, sólo me ha dado un susto de muerte. Desperté y él estaba en la habitación.
El vampiro se sentó en la cama, acariciándola coro creyera que estaba bien. Cuando pareció satisfecho, le al s cabello hacia atrás. Las manos le temblaban.
--Estás herido -dijo ella-. ¿Qué ha pasado?
Él la rodeó con el brazo sano y la apretó contra suyo. -No es nada.
-¿Entonces por qué necesitas un cabestrillo? ¿Y una aguja? ¿Y por qué todavía estás sangrando?
-Shhh. -Él colocó la barbilla sobre su cabeza. Pudo sentir que el cuerpo le temblaba.
-¿Estás enfermo? -preguntó ella.
-Sólo tengo que abrazarte un minuto. ¿De acuerdo? -Absolutamente.
Tan pronto como su cuerpo se relajó, ella se apartó. -¿Qué ocurre?
Él le agarró la cara con las manos y la besó con delicadeza. -No hubiera soportado que él te hubiera... apartado de mí.
-¿Ese tipo? No te preocupes, no iría con él a ninguna parte. -Y entonces comprendió que Wrath no estaba hablando de una cita-. ¿Piensas que podría haberme matado?
Ésa era una posibilidad que, desde luego, no resultaba des-cabellada, sobre todo después de haber visto la frialdad de aquellos ojos.
En vez de contestar, la boca de Wrath se posó de nuevo sobre la suya.
Ella lo detuvo.
-¿Quién es? ¿Y qué le ha pasado?
-No te quiero cerca de Z otra vez. Nunca. -Le pasó un mechón de cabello por detrás de la oreja. Su tacto era tierno. Su voz, no-. ¿Me estás escuchando?
Ella asintió. -¿Pero qué...?
-Si él entra en una habitación y yo no estoy en casa, ven a buscarme. Si no estoy, enciérrate con llave en una de estas estancias de abajo. Las paredes están hechas de acero, así que no puede materializarse dentro. Y nunca lo toques. Ni siquiera por descuido.
-¿Es un guerrero?
-¿Entiendes lo que te estoy diciendo? -Sí, pero ayudaría si supiese un poco más.
-Es uno de los hermanos, pero le falta poco para carecer de alma. Desgraciadamente, lo necesitamos.
-¿Por qué, si es tan peligroso? ¿O lo es sólo con las mujeres?
-Odia a todo el mundo. Excepto a su gemelo, quizás. -Oh, estupendo. ¿Hay dos como él?
-Gracias a Dios también está Phury. El es el único que puede apaciguar a Z, y aun así, no es seguro totalmente. -Wrath la besó en la frente-. No quiero asustarte, pero necesito que tomes esto en serio. Zsadist es un animal, pero creo que respetaba a tu padre, así que quizá te deje en paz. No puedo correr riesgos con él. O contigo. Prométeme que te mantendrás alejada de él.
-De acuerdo. -Ella cerró los ojos, apoyándose en Wrath. Él la rodeó con el brazo, pero luego se apartó. -Vamos. -La puso de pie-. Ven a mi habitación. Cuando entraron en la alcoba de Wrath, Beth oyó cómo la ducha se cerraba. Un momento después, la puerta del baño se abrió.
El otro guerrero que había conocido antes, el guapo que parecía una estrella de cine que estaba cosiéndose una herida, salió lentamente. Tenía una toalla envuelta alrededor de la cintura y el cabello le goteaba. Se movía como si tuviera ochenta años, como si le doliera cada músculo del cuerpo.
Santo Dios, pensó ella, No tenía muy buen aspecto, Y parecía pasarle algo en el estómago. Estaba abultado, como si se hubiera tragado una pelota de baloncesto. Se preguntó si la herida que le había visto coser se le habría infectado. Parecía febril. Echó un vistazo a su hombro y frunció el ceño sorprendida al ver que apenas quedaba un rasguño. Daba la sensación de que aquella lesión era va antigua.
-Rhage, ¿cómo te sientes? -preguntó Wrath, apartándose de ella.
-Me duele el vientre. -Sí. Puedo imaginarlo.
Rhage se tambaleó un poco mientras echaba una mirada alrededor del cuarto, con los ojos apenas abiertos.
-Me voy a casa. ¿Dónde está mi ropa?
-La perdiste. -Wrath puso su brazo sano alrededor de la cintura de su hermano-. Y no te irás, te quedarás en la habitación de D.
-No lo haré.
-No empieces. Y no estamos jugando. ¿Quieres apoyarte en mí, por el amor de Dios?
El otro hombre flaqueó, y los músculos de la espalda de Wrath se tensaron al cargar con el peso. Salieron lentamente al rellano y se dirigieron a la alcoba del padre de Beth. Ella permaneció a una distancia discreta, observando mientras Wrath ayudaba al hermano a meterse en la cama.
Cuando el guerrero se recostó sobre las almohadas, cerró los ojos con fuerza. Su mano se movió hacia el estómago, pero hizo una mueca de dolor y la dejó caer a un lado, como si la más leve presión fuera una tortura.
-Estás enfermo.
-Sí, una maldita indigestión.
-¿Quieres un antiácido? -dijo bruscamente Beth-. ¿O un Alka-Seltzer?
Los dos vampiros la miraron, ella se sintió como una intrusa.
De todas las cosas estúpidas que podía haber dicho... -Sí -murmuró Rhage mientras Wrath cabeceaba.
Beth fue a buscar su bolso y se decidió por el Alka-Seltzer porque contenía un analgésico que le podía aliviar los dolores. En el baño de Wrath, echó agua en un vaso y puso dentro la pastilla efervescente.
Cuando volvió a la habitación de Darius, ofreció el vaso a Wrath. Pero él movió la cabeza.
-Tú lo harás mejor que Yo.
Ella se ruborizó. Era fácil olvidar que él no podía ver.
Se inclinó hacia Rhage, pero estaba demasiado lejos. Se subió la bata, trepó al colchón y se arrodilló junto a él. Se sintió incómoda por estar tan cerca de un hombre desnudo y viril delante de Wrath.
Sobre todo, si tenía en cuenta lo que le había pasado a
Butch.
Pero Wrath no tenía nada de qué preocuparse allí. El otro vampiro podía ser tremendamente sexy, pero ella no sentía absolutamente nada cuando estaba a sudado. Y, a juzgar por su estado, estaba segura de que él no iba a propasarse con ella.
Levantó la cabeza de Rhage suavemente y apoyó el borde del vaso en sus Hermosos labios. Le llevó cinco minutos beber el líquido a pequeños sorbos. Cuando terminó, ella quiso bajar de l; cama, pero no pudo. El hombre, con una gran sacudida, se giró de costado y puso la cabeza en su regazo, colocando un musculoso brazo alrededor de la espalda de ella.
Estaba buscando consuelo.
Beth no sabía qué podía hacer por él, pero dejó el vaso a un lado y le acarició la espalda, recorriendo con la mano su espantoso tatuaje. Le susurró algunas palabras que hubiera desea do que alguien le dijera a ella sise sentía enferma. Y tarareó una cancioncilla.
Al poco rato, la tensión en la piel Y en los músculos se relajó, y empezó a respirar profundamente.
Cuando estuvo segura de que se Había tranquilizado, se liberó cuidadosamente del abrazo. Al mirar a Wrath, se preparó para enfrentarse a su irá, aunque estaba segura de que él comprendería que había actuado de una forma totalmente inocente.
La impresión la dejo inmóvil.
Wrath no estaba enfadado. Todo lo contrario
-Gracias -dijo roncamente, inclinando la cabeza en un gesto casi humilde-. Gracias por cuidar de mi hermano.
Se quitó las gafas de sol.
Y la miró con total adoración.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:54 pm

Capítulo 30
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El señor X arrojó la sierra sobre el banco de trabajo t- se limpió las manos con una toalla.
Bien, diablos, pensó. El maldito vampiro había muerto. Había intentado por todos los medios despertar al macho, incluso con el cincel, y había revuelto completamente el granero durante el proceso. Había sangre de vampiro por todas partes. Al menos la limpieza le resultaría fácil.
El señor X se dirigió hacia las puertas dobles y las abrió. Justo en ese momento, el sol despuntaba sobre una colina lejana y una encantadora luz dorada se iba extendiendo suavemente por todo del paisaje. Retrocedió cuando el interior del granero se iluminó.
El cuerpo del vampiro explotó con una llamarada, y el resto de la sangre que empapaba el suelo bajo la mesa se evaporo en una nube de humo. Una suave brisa matutina se llevó lejos el Hedor de la carne quemada.
El señor X se dirigió hacia la luz de la mañana, mirando la neblina que empezaba a disiparse sobre el césped de la parte trasera. No estaba dispuesto a asumir que había fracasado. El plan habría funcionado si no se hubiera encontrado con esos policías y no hubiera tenido que utilizar dos dardos suplementarios con su prisionero. Sólo necesitaba volver a intentarlo.
Su obsesión por la tortura hacia que se sintiera ansioso
Sin embargo, de momento tenía que detener los asesinatos de prostitutas. Aquellos estúpidos policías sirvieron también para recordarle que no podía actuar cuando le viniera en gana y que podían atraparlo.
La idea de encontrarse con la ley-, no le resultaba especialmente molesta. Pero se enorgullecía de la perfección de sus operaciones.
Por eso había escogido a las prostitutas como cebo. Suponía que si una o dos aparecían muertas, no sería motivo de escándalo. Era menos probable que tuvieran una familia que las llorara, por lo que la policía no estaría tan presionada para dete-ner al asesino. En cuanto a la inevitable investigación, tendrían un amplio surtido de sospechosos entre los proxenetas y delincuentes que trabajaban en los callejones, donde la policía podría elegir.
Pero eso no significaba que pudiera volverse descuidado. Ni que abusara del Valle de las Prostitutas.
Regresó al granero, guardó sus herramientas y se dirigió a la casa. Revisó sus mensajes antes de meterse a la ducha.
Había varios.
El más importante era de Billy Riddle. Evidentemente, el muchacho había tenido un encuentro perturbador la noche anterior y había llamado poco después de la una de la madrugada.
Era bueno que estuviera buscando consuelo, pensó el señor X. Y probablemente había llegado el momento de tener una conversación sobre su futuro.
Una hora después, el señor X se dirigió a la academia, abrió las puertas y las dejó sin echar el cerrojo.
Los restrictores a los que había ordenado reunirse con él para informarle empezaron a llegar poco después. Pudo oírles hablar en voz baja en el vestíbulo al lado de su oficina. En el momento en que se acercó a ellos, se callaron y se quedaron mirándolo. Vestían trajes de faena negros, sus rostros estaban sombríos. Sólo había uno que no se había decolorado. El corte a cepillo del cabello negro del señor O destacaba entre los demás, al igual que sus oscuros ojos castaños.
Según pasaba el tiempo que permanecía un restrictor en la Sociedad, sus características físicas individuales se iban diluyendo progresivamente. Los cabellos castaños, negros y rojizos se volvían color ceniza pálida, los matices amarillentos, carmesí o bronceados de la piel se transformaban en un blanco descolorido. El proceso generalmente tardaba una década, aunque todavía se veían algunos mechones oscuros alrededor del rostro de O.
Hizo un rápido recuento. Todos los miembros de sus dos primeros escuadrones estaban allí, así que cerró con llave la puerta exterior de la academia y escoltó al grupo al sótano. Sus botas resonaron fuerte y nítidamente en el hueco de la escalera metálica.
El señor X había preparado el centro de operaciones sin nada especial o fuera de lo común. Simplemente, se trataba de una antigua aula con doce sillas, una pizarra, un televisor y una tarima al frente.
La escasa decoración no era sólo una tapadera. No quería ninguna distracción de alta tecnología. El único propósito de aquellas reuniones era la eficacia y el dinamismo.
-Contadme qué ha sucedido anoche -dijo él, mirando a los asesinos-. ¿Cómo os ha ido?
Escuchó los informes, haciendo caso omiso a toda clase de excusas. Sólo habían matado a dos vampiros la noche anterior. Y él les había exigido diez.
Y era una desgracia que O, que era novato. Hubiera sido el responsable de ambas muertes.
El señor X cruzó los brazos sobre el pecho. -¿Cuál fue el problema?
-No pudimos encontrar ninguno -dijo el señor M. -Anoche yo encontré uno -dijo el señor X. con brusquedad-. Con bastante facilidad, podría añadir. Y el señor O, dos. -Bueno, el resto de nosotros no pudo. -M miró a los demás-. El número en esta zona ha disminuido.
-No se trata de un problema geográfico --murmuró una voz desde la parte de atrás.
La mirada del señor X se deslizó entre los restrictores, deteniéndose en la oscura cabeza de O, en la parte trasera de la habitación. No le sorprendió en absoluto que el asesino hubiera hablado.
Estaba demostrando ser uno de los mejores, aunque fuera un recluta nuevo. Con magníficos reflejos y vitalidad, era un gran luchador, pero como sucedía con todas las cosas poseedoras de una tuerza excesiva, era difícil de controlar. Por ello, el señor X lo había puesto en un grupo en donde había otros con siglos de experiencia. Pero era consciente de que O era capaz de dominar cualquier grupo compuesto por individuos interiores a él.
-Te importaría explicarte un poco más detalladamente, señor 0? -Al señor X no le interesaba en absoluto su opinión, pero quería mostrar al nuevo recluta ante los demás.
El señor O se encogió de hombros despreocupadamente, y su lentitud hablando rayaba en el insulto.
--El problema es, la motivación. Si uno fracasa no pasa nada. No hay, consecuencias.
-Y qué sugerirías exactamente -preguntó el señor X. O se estiró hacia delante, agarró a M por el pelo y le cortó la garganta con un cuchillo.
Los otros restrictores retrocedieron de un salto, agachándose para tomar posiciones de ataque, a pesar de que 0 se volvió sentar, limpiando con los dedos la hoja del cuchillo con una calma pasmosa.
El señor X hizo una mueca de desagrado, pero logró controlarse de inmediato.
Atravesó la habitación hasta donde se encontraba M. El restrictor todavía estaba vivo, tratando de respirar e intentando contener con las manos la pérdida de sangre.
El señor X se arrodilló.
-Fuera todo el mundo de aquí. Ahora. Nos reuniremos mañana por la mañana, y espero escuchar mejores noticias. Señor 0, tú te quedas.
O desafió la orden e hizo un movimiento para levantarse, pero el señor X lo aprisionó en la silla, quitándole el control de los músculos de su cuerpo. El hombre pareció momentáneamente impresionado, e intentó luchar contra la tenaza que aferraba sus brazos y, piernas.
Era una batalla que no ganaría. El Omega siempre otorgaba una serie de ventajas adicionales a los restrictores jefes. Y este tipo de dominio mental sobre los compañeros asesinos era una de ellas.
Cuando la estancia quedó vacía, el señor X sacó un cuchillo y apuñaló a M en el pecho. Hubo un destello de luz N- luego un estallido mientras el restrictor se desintegraba.
El señor X miró con ferocidad a 0 desde el suelo.
-Si alguna vez vuelves a hacer algo así, te entregaré al Omega.
-No, no lo harás. -A pesar de estar a merced del señor X, la arrogancia de 0 era desenfrenada-. No creo que tengas mucho interés en presentarte ante el Omega como si no pudieras controlar a tus propios hombres.
El señor X se puso de pie.
-Ten cuidado, O. Subestimas el afecto del Omega por los sacrificios. Si te ofreciera como regalo, lo agradecería mucho. -El señor X recorrió la mejilla de O con un dedo--. Si te maniatara y lo llamara, le complacería desatarte. Y a mí me gustaría verlo.
O echó la cabeza hacia atrás bruscamente, más enfadado que asustado.
-No me toques.
-Soy tu jefe. Puedo hacer contigo lo que quiera. -El señor X aferró con una mano la mandíbula de 0, e introdujo el dedo pulgar entre los labios y los dientes del hombre, tirando de la cara del restrictor-. Así que cuida tus modales; no vuelvas a matar nunca a otro miembro de la Sociedad sin mi permiso expreso, y nos llevaremos muy bien.
Los ojos castaños de O ardieron.
-¿Qué me dices ahora? -murmuró el señor X, extendiendo la mano y alisando el cabello del hombre hacia atrás. Se había puesto de un color chocolate oscuro. El restrictor masculló en voz baja-. No te he oído. -El señor X apretó el dedo pulgar contra la parte suave y carnosa bajo la lengua de O, hundiéndosela hasta que aparecieron lágrimas en los ojos de su subordinado. Cuando dejó de apretar, le dio una caricia rápida y húmeda sobre el labio inferior-. Te repito que no te he oído. -Sí, sensei.
-Buen muchacho.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:55 pm

Capítulo 31
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Marissa no se sentía cómoda en la cama. No hacía más que dar vueltas, ahuecando las almohadas, sin conseguir conciliar el sueño ni hacer que disminuyera la irritación que sentía. Parecía como si su colchón estuviera lleno de piedras y sus sábanas se hubieran convertido en papel de lija.
Apartó las mantas y se dirigió hacia las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas de satén. Necesitaba un poco de aire fresco, pero no podía abrirlas. Ya era de día.
Se sentó en un sillón, cubriéndose los pies descalzos con el borde de su camisón.
Wrath.
No podía dejar de pensar en él. Y cada vez que una imagen de ellos juntos acudía a su memoria, deseaba soltar una maldición, lo cual no podía dejar de sorprenderla.
Ella era dócil, dulce y amorosa. Toda perfección y suavidad femenina. La ira iba totalmente en contra de su naturaleza. Aunque cuanto más pensaba en Wrath, más ganas tenía de emprenderla a golpes contra algo.
Suponiendo que pudiera cerrar los puños.
Se miró las manos. Claro que podía, aunque eran patéticamente pequeñas.
Sobre todo si las comparaba con las de Wrath.
Dios, había soportado demasiado. Y él ni siquiera se había dado cuenta de lo extraordinariamente difícil que había sido su vida.
Ser la shellan virginal e intocable del vampiro más poderoso de todos era un infierno en vida. Su fracaso como hembra había dejado su autoestima por los suelos. El aislamiento había estado a punto de afectar a su cordura. La abrumaba la vergüenza de vivir con su hermano por no tener un hogar propio.
Y siempre se había sentido horrorizada ante la mirada de aquellos que hablaban a sus espaldas. Sabía que era un tema constante de conversación, envidiada, compadecida, espiada. A las hembras jóvenes se les contaba su historia, pero no quería saber si era como advertencia o estímulo.
Wrath no era consciente de cuánto había sufrido.
Pero parte de la culpa era suya. Había creído que desempeñar el papel de hembra buena era lo correcto, la única manera de ser digna, la única posibilidad de compartir, finalmente, una vida con él.
¿Pero cuál había sido el resultado?
Que él había encontrado una humana morena que le interesaba más.
Dios, la recompensa a todos sus esfuerzos era injusta y claramente cruel.
Y no era la única que había sufrido. Havers había sentido una enorme preocupación por ella durante siglos.
Wrath, por otra parte, siempre había estado bien. Y no le cabía ninguna duda de que, en ese momento, estaba estupendamente. Seguramente, ahora se encontraría en la cama con aquella hembra humana, haciendo buen uso de ese mástil rígido que tenía entre sus muslos.
Marissa cerró los ojos.
Pensó en la sensación de ser oprimida contra su cuerpo, sostenida por sus fuertes brazos, consumida por él. Se había quedado demasiado impresionada para sentir mucho calor. Lo había sentido con gran ferocidad, con todo su cuerpo, sus manos enredándole el cabello, su boca succionándole fuertemente la garganta. Y ese grueso pene suyo la había asustado un poco.
No podía dejar de resultarle irónico.
Había soñado durante largo tiempo con aquella situación. Ser poseída por él. Dejar atrás su estado virginal y saber lo que era tener un macho en su interior.
Siempre que se había imaginado un encuentro sexual entre ellos, su cuerpo se encendía, sintiendo un cosquilleo en la piel. Pero la realidad había sido abrumadora. No estaba preparada en absoluto, y deseaba que hubiera durado más tiempo, pero que hubiera sido un poco menos intenso. Tenía el presentimiento de que le habría gustado si él hubiera actuada con algo más de suavidad.
Pero tenía que reconocer que él no estaba pensando en ella. Marissa cerró la mano, hasta clavar sus uñas en la palma. No quería volver a su lado. Lo único que deseaba era que experimentara el dolor que ella había soportado.
Wrath abrazó a Beth y la atrajo hacia sí, mirando a Rhage por encima de su cabeza. Observar su delicadeza al calmar el sufrimiento del macho había roto cualquier tipo de barreras.
Cuidar de sus hermanos, cuidarse a sí mismo, pensó. Era el código más antiguo de la clase de los guerreros.
-Ven a mi cama -le susurró al oído.
Ella dejó que la tomara de la mano y la condujera a la habitación. Una vez dentro, él cerró la puerta, corrió el cerrojo y apagó todas las velas excepto una. Luego tiró del cinturón de la bata que ella llevaba puesta y la deslizó por sus hombros. Su piel desnuda brilló a la escasa luz.
Él se quitó los pantalones de cuero. Pronto estuvieron acostados.
Wrath no quería tener relaciones sexuales. No ahora. Sólo quería un poco de consuelo. Quería sentir la tibia piel contra la suya, el aliento sobre su pecho, el latido del corazón a pocos centímetros del suyo. Y quería devolverle un poco de aquella tranquilidad que ella le proporcionaba.
Acarició su largo cabello sedoso y respiró profundamente.
-¿Wrath? -Su voz sonaba adorable en la sombría calma, y le gustó la vibración de su garganta contra el pecho.
-Sí. -Le besó la parte superior de la cabeza.
--¿A quién perdiste tú? -Cambió de posición, colocando la barbilla sobre su pecho.
-¿Perder?
-¿A quién te quitaron los restrictores?
La pregunta 1e pareció, en principio, fuera de lugar. Pero después no. Ella había visto las consecuencias de un combate y, de alguna manera, había vislumbrado que no sólo luchaba por su raza, sino por él mismo.
Transcurrieron unos instantes antes de que pudiera responder.
-A mis padres.
Sintió que la curiosidad de Beth se transformaba en pena. -Lo lamento. -}-tubo un largo silencio-. ¿Qué sucedió? Él pensó que aquélla era una pregunta interesante. Porque había dos versiones. Según la tradición popular de los vampiros, esa sangrienta noche había asumido toda suerte de implicaciones heroicas, y fue anunciada como el nacimiento de un gran guerrero. La ficción no era obra suya. Su pueblo necesitaba creer en él, así que había ideado una fábula en la cual sostener su distorsionada fe.
Sólo él sabía la verdad. -¿Wrath?
Sus ojos se fijaron en la nebulosa belleza de su rostro. Era difícil negar el tono afable de su voz. Quería ofrecerle su comprensión y, por alguna razón desconocida, él quería recibirla.
-Fue antes de mi transición -murmuró- Hace mucho tiempo.
Dejó de acariciarle el cabello a medida que los recuerdos volvían a su mente horribles y vívidos.
-Pensábamos que siendo la Primera Familia estábamos a salvo de restrictores. Nuestros hogares estaban bien defendidos, ocultos en los bosques, y nos trasladábamos continuamente. -Volvió a acariciar el cabello de Beth y continuó hablando-: Era invierno. Una fría noche de febrero. Uno de nuestros sirvientes nos traicionó y reveló nuestro emplazamiento. Aparecieron un grupo de quince o veinte restrictores matando a todo aquel que se cruzaba en su camino hacia nuestra propiedad antes de hacer una brecha en nuestras murallas de piedra. Nunca olvidaré los golpes cuando llegaron a las puertas de nuestros aposentos privados. Mi padre gritó pidiendo sus armas mientras me introducía en una recámara oculta. Me encerró allí un segundo antes de que destrozaran la puerta con un ariete. Él era bueno con la espada, pero eran demasiados.
Las manos de Beth acariciaron su rostro. Su voz se había convertido casi en un susurro.
Wrath cerró los ojos, rememorando las horrorosas imágenes que todavía eran capaces de provocarle pesadillas. -Masacraron a los sirvientes antes de matar a mis padres. Lo vi todo a través de un agujero en la madera. Ya te he dicho que veía algo mejor entonces.
-Wrath...
-Hacían tanto ruido que nadie me ovó gritar. -Se estremeció-. Luché por liberarme. Empujé el pestillo, pero era sólido, y yo débil. Traté de arrancar la madera, arañé hasta que se me rompieron las uñas y mis dedos se cubrieron de sangre, di patadas... -Su cuerpo respondió ante el recuerdo del horror de estar confinado, su respiración se hizo desigual y, un sudor frío se deslizó por su espalda-. Cuando se fueron, mi padre trató de arrastrarse hasta donde yo estaba. Le habían atravesado el corazón, Y - estaba... Se desplomó a escasa distancia de la recámara, con les brazos extendidos hacia mí. Lo llamé una y- otra vez hasta quedarme afónico. Rogué para que viviera, aunque había visto cómo la luz de sus ojos se apagaba por completo. Estuve allí atrapado durante horas junto a sus cadáveres, mirando crecer los charcos de sangre. Algunos vampiros civiles acudieron a la noche siguiente t. me rescataron. -Sintió una caricia tranquilizadora en el hombro, k, se llevó la piano de Beth a la boca para besársela-. Antes de que los restrictores se marcharan, arrancaron todas las cortinas de las ventanas. Cuando el sol salió e inundó la habitación, to-dos los cuerpos se desvanecieron. No me quedó nacía que enterrar. Sintió que algo se deslizaba por su cara. Una lágrima. De Beth.
Le acarició la mejilla. -No llores.
Aunque apreciaba su compasión. -¿Por qué no?
-No cambia nada. Yo lloré mientras miraba, y aun así murieron todos. -Giró sobre su costado y la abrazó-. Si hubiera podido... Todavía sueño con esa noche. Fui un cobarde. Tenía que haber estado fuera con mi familia, luchando.
-Pero te habrían asesinado.
-Como un macho, protegiendo a los suyos. Eso es honorable. En cambio me encontraba lloriqueando en un escondrijo -siseó disgustado.
-¿Qué edad tenías? -Veintidós.
Ella enarcó las cejas con cierta sorpresa, como si hubiera pensado que tenía que ser mucho más joven.
-¿Has dicho que fue antes de tu transición? -Si.
-¿Cómo eras entonces? -Le alisó el cabello-. Resulta difícil imaginarte en una diminuta recámara, con el tamaño que tienes.
-Era diferente.
Has dicho que eras débil. -Lo era.
-Entonces quizá necesitabas que te protegieran.
-Wrath -Se encolerizó-. Un macho protege. Nunca al contrario.
Repentinamente, ella retrocedió.
Cuando el silencio entre ambos se hizo demasiado largo, él supo que ella estaba pensando en su forma de actuar. La vergüenza le hizo retirar las manos de su cuerpo. Rodó alejándose hasta quedar acostado sobre la espalda.
No debía haberle contado nada.
Imaginaba lo que Beth estaría pensando de él. Después de todo, ¿cómo podía no sentirse asqueada ante su fracaso y su debilidad en el momento en que su familia más lo había necesitado?
Con una sensación de abatimiento, se preguntó si ella todavía lo querría, si aún lo recibiría en su húmeda intimidad. ¿O todo habría terminado ahora que conocía su secreto?
Esperaba que ella se vistiera y se marchara. Pero no lo hizo. Ah, claro. Comprendía que su transición se aproximaba inexorablemente, y necesitaba su sangre. Era una cuestión de simple necesidad.
La escuchó suspirar en la oscuridad, como si estuviera renunciando a algo.
Perdió la noción del tiempo. Permanecieron uno junto al otro, sin tocarse durante mucho rato, tal vez horas. Se durmió fugazmente, despertándose cuando Beth se abrazó a él y deslizó una pierna desnuda sobre la suya.
Una sacudida de deseo le recorrió el cuerpo, pero la rechazó salvajemente.
La mano de ella rozó su pecho, bajó hasta su estómago y llegó a la cadera. El contuvo la respiración y tuvo una erección inmediata, su miembro dolorosamente cerca de donde lo estaba tocando.
Su cuerpo se acercó más al de él, sus senos le acariciaban las costillas y frotaba su clítoris contra uno de los muslos.
A lo mejor estaba dormida.
Entonces ella tomó su miembro en la mano. Wrath gimió, arqueando la espalda.
Sus dedos lo masturbaron con firmeza.
Y instintivamente quiso abrazarla, ansioso por lo que parecía estar ofreciéndole, pero ella lo detuvo. Alzándose hasta quedar de rodillas, lo presionó contra el colchón con las manos sobre sus hombros.
-Esta vez es para ti -susurró, besándolo suavemente. Él apenas podía hablar.
-¿Aún me... quieres? Confundida, enarcó las cejas. -¿Por qué no habría de quererte?
Con un patético gemido de alivio y gratitud, Wrath se abalanzó sobre ella nuevamente, pero no 1e dejó acercarse a su cuerpo. Lo empujó de nuevo hacia abajo Y, lo sujetó por las muñecas, colocándole los brazos encima de la cabeza.
Lo besó en el cuello.
-La última vez que estuvimos juntos, fuiste muy... generoso. Mereces el mismo tratamiento.
--Pero tu placer es el mío. -Su voz sonó brusca-. No tienes idea de cuánto me gusta que llegues al orgasmo.
-No estoy tan segura de eso. -Sintió que ella se movía, y luego su mano rozó la erección. Quedó sentado sobre la cama mientras un sonido grave salía de su pecho-. Quizá tenga una idea.
-No tienes que hacer esto -dijo él con voz ronca, luchando otra vez por tocarla.
Ella se inclinó sujetando con fuerza las muñecas del hombre y manteniéndolo quieto.
-Relájate. Déjame tomar el control.
Wrath sólo pudo mirar hacia arriba incrédulo y con jadeante expectación mientras ella presionaba sus labios contra los de él.
-Quiero poseerte -susurró ella.
En un dulce arrebato, introdujo la lengua en su boca. Lo penetró, deslizándose dentro y fuera como en un coito.
Su cuerpo entero se puso rígido.
Con cada uno de sus empujones, se introducía más profundamente, en su piel y su cerebro. En su corazón. Lo estaba poseyendo, tomándolo. Dejando su marca sobre él.
Cuando dejó su boca, bajó por su cuerpo. Le lamió el cuello. Le chupó los pezones. Restregó las uñas suavemente sobre su vientre. Le acarició las caderas con los dientes.
Él aferró el cabezal de la cama y tiró, haciendo crujir la madera.
Oleadas de un punzante calor hicieron que se sintiera como si se fuera a morir. El sudor ardía sobre su piel. Su corazón palpitaba con fuerza acelerada.
Sus labios comenzaron a pronunciar palabras en el antiguo idioma, tratando de expresar sentimientos profundos que invadían su interior.
En el instante en que ella introdujo el miembro entre sus labios, le faltó poco para alcanzar el éxtasis. Gritó, mientras su cuerpo se convulsionaba. Ella se retiró, dándole tiempo para tranquilizarse.
Y luego le hizo padecer una verdadera tortura.
Sabía exactamente cuándo acelerar el ritmo y cuándo hacer una pausa. La combinación de su boca húmeda en el grueso glande y sus manos moviéndose arriba y abajo en el pene constituían un doble embate que apenas podía' soportar. Lo llevó al borde una y otra vez hasta que se vio obligado a suplicar. Finalmente, ella montó a horcajadas sobre él. Wrath miró al espacio entre sus cuerpos. Los muslos de ella estaban completamente abiertos sobre su miembro palpitante, y por poco pierde la cordura.
-Tómame -gimió-. Dios, por favor.
Ella se introdujo en él, i, su cuerpo entero fue recorrido por aquella sensación. Apretada, húmeda, caliente, lo envolvió por completo. Ella empezó a moverse a un ritmo lento y constante, y él no aguantó mucho. Cuando llegó al clímax, sintió como si lo hubieran desgarrado en dos; las descargas de energía crearon una onda de choque que llenó toda la habitación, estremeciendo el mobiliario y apagando la vela.
Cuando recuperó lentamente el sentido, se percató de que era la primera vez que alguien se había esmerado tanto en complacerlo.
Quería rogarle que lo poseyera una y otra vez.
Beth sonrió en la oscuridad al escuchar el sonido que hizo Wrath mientras su cuerpo se estremecía bajo el de ella. La fuerza de su orgasmo la alcanzó también, y cavó sobre el jadeante pecho del macho mientras sus propias deliciosas oleadas la dejaban sin respiración.
Temiendo pesar demasiado, hizo un movimiento para bajarse, pero él la detuvo, sujetándola por las caderas, hablándole dulcemente en una lengua extraña que ella no entendió. -¿Qué?
-Quédate donde estás -dijo él.
Ella se apoyó sobre su cuerpo, relajándose completamente. Se preguntó por el significado de las palabras que él había pronunciado mientras hacían el amor, aunque por el tono de su voz, delicado y adulador, podía imaginarlo. A pesar de no entenderlas, supo que se trataba de las palabras de un amante. -Tu idioma es hermoso -dijo. --No hay palabras dignas de ti.
Su voz sonaba diferente, como si hubiera cambiado su opinión sobre ella.
No hay barreras, pensó ella. No había barreras entre ellos en ese momento. Ese muro defensivo que hacía que él estuviese siempre en guardia había desaparecido.
Inesperadamente, ella sintió que necesitaba protegerle. Le resultaba extraño albergar un sentimiento semejante hacia alguien que era físicamente mucho más poderoso que ella. Pero él necesitaba protección.
Podía sentir su vulnerabilidad en ese momento de paz, en esa densa oscuridad. El corazón del hombre estaba casi a su alcance.
Pensó en la horrible historia sobre la muerte de su familia. -¿Wrath?
-¿Hmm?
Quería agradecerle la confianza que había depositado en ella al habérselo contado. Pero no quiso arruinar la frágil conexión entre ambos.
-¿Alguien te ha dicho lo hermoso que eres? -preguntó. Él rió entre dientes.
-Los guerreros no somos hermosos.
-Tú lo eres para mí. Extraordinariamente hermoso.
Él contuvo la respiración. Y luego la apartó de su lado. Con un rápido movimiento, se levantó de la cama, y unos momentos después brilló una tenue luz en el baño. Escuchó correr el agua.
Tenía que haber imaginado que aquella felicidad no duraría mucho, y contuvo las lágrimas.
Beth buscó a tientas su ropa y se vistió.
Cuando él salió del baño, ella se dirigía hacia la puerta. -¿Adónde vas? -preguntó.
-A trabajar. No sé qué hora es, pero generalmente entro a las nueve, así que estoy segura de que voy con retraso.
No podía ver muy bien, pero finalmente encontró la puerta.
-No quiero que te vayas. -Wrath estaba junto a ella, su voz la sobresaltó.
-Tengo una vida. Necesito volver a ella. -Tu vida está aquí.
-No, no es cierto.
Sus manos buscaron a tientas los cerrojos, pero no pudo moverlos, ni siquiera haciendo grandes esfuerzos.
-¿Vas a dejarme salir de aquí? -murmuró.
-Beth. -Le cogió las manos entre las suyas, obligándola a detenerse. Las velas se iluminaron, como si él quisiera que ella lo viera-. Lamento no poder ser más... complaciente.
Ella se apartó.
-No he querido avergonzarte. Sólo quería que supieras lo que siento. Eso es todo.
-Y yo encuentro difícil de creer que no te desagrado. Beth lo miró fijamente, incrédula.
-Santo cielo, ¿por qué piensas eso? -Porque sabes lo que sucedió.
-¿Con tus padres? -Se quedó boquiabierta-.Vamos a ver, déjame recapitular. ¿Piensas que estaría disgustada contigo porque fuiste obligado a presenciar el asesinato de tus padres? -No hice nada por salvarlos.
-Estabas encerrado. -Fui un cobarde.
-No lo fuiste. -Enfadarse con él tal vez no era justo, ¿pero por qué no podía ver el pasado con mayor claridad?--. ¿Cómo puedes decir...?
-¡Dejé de gritar! -Su voz rebotó por toda la habitación, sobresaltándola.
-¿Qué? -susurró.
-Dejé de gritar. Cuando acabaron con mis padres y el doggen, dejé de gritar. Los restrictores buscaban por todos los rincones de la estancia. Me estaban buscando a mí. Y yo me que dé quieto. Me tapé la boca con la mano. Rogué que no me encontraran.
-Por supuesto que lo hiciste -dijo ella dulcemente-. Querías vivir. -Quería abrazarlo, pero tenía la certeza de que él la rechazaría-. ¿No te das cuenta? Fuiste una víctima, igual que ellos. La única razón por la que estás aquí hoy es que tu padre te amaba tanto que quiso ponerte a salvo. Tú guardaste silencio porque querías sobrevivir. No hay nada de qué avergonzarse. -Fui un cobarde.
-¡No seas ridículo! ¡Acababas de ver cómo masacraban a tus padres! -Sacudió la cabeza, la frustración agudizó el tono de su voz-: Te aseguro que necesitas reflexionar de nuevo sobre lo sucedido. Has permitido que esas terribles horas te marcaran, y nadie puede culparte por ello, pero estás completamente equivocado. Muy equivocado. Deja ya toda esa mierda de honor guerrero y piensa positivamente.
Silencio.
Ah, diablos. Ahora sí lo había arruinado. Aquel hombre le había abierto su corazón, y ella había despreciado su vergüenza. Qué manera de lograr intimidad.
-Wrath, lo lamento, no he debido...
El la interrumpió. Su voz 'v su rostro parecían de piedra. -Nadie me había hablado como acabas de hacerlo. Mierda.
-Lo lamento mucho. Es sólo que no puedo entender por qué...
Wrath la atrajo hacia sus brazos \ la abrazó fuertemente, hablando en su idioma otra vez. Cuando aflojó el abrazo, terminó su monólogo con la palabra leelan.
-¿Eso quiere decir «perra» en vampiro? -preguntó. -No. Todo lo contrario. -La besó-. Digamos que eres digna de todo mi respeto. Aunque no puedo estar de acuerdo con tu modo de ver mi pasado.
Ella le rodeó el cuello con las manos, sacudiendo un poco su cabeza.
-Pero sí aceptarás el hecho de que lo sucedido no cambia en absoluto mi opinión sobre ti. Aunque siento una tremenda pena por ti y tu familia, y por todo lo que tuviste que soportar.
El vampiro guardo silencio.
-¿Wrath? Repite conmigo: «Sí, Beth, entiendo, y confío en la honestidad de tus sentimientos hacia mí». -Le sacudió el cuello de nuevo-. Digámoslo juntos. -Otra pausa-. Ahora, no después.
-Sí -dijo, rechinando los dientes.
Dios, si apretara un poco más los labios, le romperían los dientes delanteros.
-¿Sí qué? -Sí, Beth. -«Confío en la honestidad de tus sentimientos». Vamos.
Dilo.
Él gruñó las palabras. -Bien Hecho.
-Eres dura, ¿lo sabías?
-Más me vale si voy a quedarme contigo. Repentinamente, él le cogió la cara entre las manos. --Eso deseo --dijo con fiereza.
-¿Que?
-Que te quedes conmigo.
Ella se quedó sin respiración. Una tenue esperanza se encendió en su pecho.
-¿De verdad?
Él cerró sus brillantes ojos y movió la cabeza.
-Sí. Es una estupidez, una locura. Y. resultará peligroso. -Perfectamente adecuado para tu estilo de vida.
Él se rió y bajó la mirada hacia ella. -Sí, más o menos.
Por Dios, la miraba con unos ojos tan tiernos que estaba rompiéndole el corazón.
-Beth, quiero que te quedes conmigo, pero tienes que entender que te convertirás en un objetivo. No sé corno mantenerte verdaderamente a salvo. No sé cómo diablos...
-Ya pensaremos algo -le interrumpió ella-. Podemos hacerlo juntos.
Él la besó, larga y lentamente. Con un enorme cariño. -¿Entonces te quedarás ahora? -preguntó.
-No. La verdad es que tengo que ir a trabajar.
-No quiero que te vayas. -Le acarició la barbilla-. Odio no poder estar contigo fuera durante el día.
Pero los cerrojos se descorrieron y la puerta se abrió. -¿Cómo haces eso? -preguntó ella.
-Regresarás antes del ocaso. -No se trataba de una petición, sino de una orden.
-Volveré poco después de que haya oscurecido. -Él gruñó-. Y prometo llamar si algo raro sucede. -Puso los ojos en blanco. Por Dios, iba a tener que revisar el significado de aquella palabra-. Quiero decir, más raro.
-No me gusta esto.
-Tendré cuidado. -Lo besó y acto seguido se encaminó a la escalera. Aún podía sentir sus ojos sobre ella cuando empujó el resorte del cuadro y pasó al salón.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:56 pm

Capítulo 32
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Beth fue a su apartamento, alimentó a Boo, y se dirigió a la oficina justo después de mediodía. No tenía hambre, y trabajó durante la hora de la comida. O al menos intentó hacerlo, porque, en realidad, no pudo concentrarse demasiado y ocupó la mayor parte de su tiempo trasladando papeles de un sitio a otro en su escritorio.
Butch le dejó dos mensajes durante el día, confirmando que se reunirían en su apartamento alrededor de las ocho.
A las cuatro, decidió cancelar su cita con él.
No podía salir nada bueno de aquella reunión. No tenía intención de entregar a Wrath a la policía, y si pensara que el Duro iba a tener alguna consideración con ella porque le gustaba y porque estarían en su apartamento, se mentiría a sí misma.
A pesar de todo no enterraría su cabeza en la arena. Sabía que la llamarían para interrogarla. ¿Cómo no iban a hacerlo? Mientras Wrath fuera un sospechoso, ella estaría en el punto de mira. Necesitaba conseguir un buen abogado y esperar a que la citaran en la comisaría.
Al volver de la fotocopiadora, miró por una ventana. El cielo del ocaso era plomizo, auguraba una tormenta en el denso aire. Tuvo que apartar la vista. Le dolían los ojos, Y aquella molestia no desapareció parpadeando varias veces.
De vuelta en su escritorio, tomó dos aspirinas y llamó a la comisaría buscando a Butch. Cuando Ricky le dijo que lo habían suspendido temporalmente, pidió hablar con José, que se puso al teléfono de inmediato.
-La suspensión de Butch. ¿Cuándo ha sucedido? -preguntó ella.
-Ayer por la tarde. -¿Van a despedirlo? -¿Extraoficialmente? Es probable. Entonces el detective no aparecería por su casa después de todo.
-¿Dónde estás, señorita B? -preguntó José. -En el trabajo.
-¿Me estás mintiendo? -Su voz sonaba triste, más que polémica.
-Revisa tu identificador de llamadas. José lanzó un largo suspiro. -Tienes que venir a la comisaría.
-Lo sé. ¿Puedes darme algo de tiempo para conseguir un abogado?
-¿Crees que vas a necesitarlo? -Sí.
José soltó una maldición.
-Tienes que alejarte de ese hombre. -Te llamaré luego.
-Anoche asesinaron a otra prostituta. Con el mismo modus operandi.
La noticia le causó una cierta inquietud. No sabía qué había hecho Wrath mientras estuvo fuera. ¿Pero qué podría significar para el una prostituta muerta?
O dos.
La ansiedad la dominó haciendo palpitar sus sienes.
Pero no podía imaginar a Wrath degollando a una pobre mujer indefensa para luego dejarla morir en un callejón. El era letal, no perverso. Y aunque actuaba fuera de la ley, no lo creía capaz de matar a alguien que no lo hubiera amenazado. Sobre todo, después de lo que les había sucedido a sus padres.
-Escucha, Beth -dijo José-. No necesito decirte lo seria que es esta situación. Ese hombre es nuestro principal sospechoso de tres homicidios, y la obstrucción a la justicia es un cargo muy grave. Me resultará muy difícil, pero tendré que ponerte entre rejas.
-Él no mató a nadie anoche. -Su estómago le dio un vuelco.
-Entonces admites que sabes dónde está. -Tengo que colgar, José.
-Beth, por favor, no lo protejas. Es peligroso... -Él no mató a esas mujeres.
-Ésa es tu opinión.
-Has sido un buen amigo, José.
-Maldita sea. -Agregó un par de palabras más en español-. Consigue ese abogado rápido, Beth.
Colgó el teléfono, cogió su bolso y apagó el ordenador. Lo último que quería era que José fuera a buscarla a su oficina y se la llevara esposada. Necesitaba ir a su casa, recoger algo de ropa y reunirse con Wrath lo antes posible.
Tal vez pudieran marcharse juntos. Podría ser su única oportunidad, porque en Caldwell, tarde o temprano, la policía los encontraría.
En cuanto pisó la calle Trade, sintió un nudo en el estomago, y el calor le robó toda su energía. Nada más llegar a su apartamento, echó agua helada en un vaso, pero cuando intentó beberla, su intestino se retorció. Quizá tenía algún virus intestinal. Tomó dos antiácidos y pensó en Rhage. Podría haberle contagiado algo. Dios, los ojos la estaban matando.
Y aunque sabía que tenía que recoger sus cosas, se quitó la ropa de trabajo, se puso una camiseta y unos pantalones cortos, se sentó en el sofá. Sólo quería descansar un rato, pero una vez que se acomodó, sintió que no podría volver a mover el cuerpo. Perezosamente, como si los conductos de su cerebro estuvieran obstruyéndose, pensó en la herida de Wrath. No le había dicho cómo se la había hecho. Y si había atacado a la prostituta y la mujer se había defendido,
Beth se presionó las sienes con los dedos cuando una oleada de náuseas hizo fluir bilis en su garganta. Veía luces titilando ante sus ojos.
No, aquello no era una gripe. La estaba matando una migraña monstruosa.
Wrath marcó de nuevo el número de teléfono.
Era obvio que Tohrment estaba usando el identificador de llamadas y no quería responder.
Diablos. Detestaba pedir perdón, pero quería poner este asunto sobre la mesa, porque iba a resultar muy, espinoso.
Se llevó consigo el móvil a la cama y se recostó contra el cabezal. Quería llamar a Beth sólo para escuchar su voz. ¿Había pensado que podría alejarse tranquilamente después de su transición? A duras penas podía permanecer lejos de ella durante un par de horas.
Dios, estaba loco por esa hembra. Aún no podía creer lo que había salido de su boca cuando ella le hacía el amor. Y luego había finalizado aquella letanía de elogios llamándola su leelan antes de que se marchara.
Era hora de que lo admitiera. Probablemente se estaba enamorando.
Y por si eso no fuera suficiente, ella era medio humana. Pero también era la hija de Darius.
¿Pero cómo podía no adorarla? Era tan fuerte, con un carácter que competía con el suyo. Pensó en ella enfrentándose a él, haciéndole reflexionar sobre su pasado. Pocos se hubieran atrevido, y él sabía de dónde había sacado su valor. Casi podía jurar que su padre hubiera hecho lo mismo.
Cuando sonó su teléfono, abrió la tapa. -¿Sí?
-Tenemos problemas. -Era Vishous-. Acabo de leer el periódico. Otra prostituta muerta en un callejón. Desangrada. -¿Y?
-Me he metido en la base de datos del forense. En ambos casos, a las hembras les mordieron el cuello.
-Mierda. Zsadist.
-Eso es lo que estoy pensando. Le he repetido mil veces que tiene que dejar eso. Tienes que hablar con él.
-Esta noche. Diles a los hermanos que se reúnan conmigo aquí un poco antes. Voy a decirle unas cuantas cosas delante de todos. -Buen plan. Así el resto de nosotros tendremos que liberar su cuello de tus manos cuando proteste.
-Oye, ¿sabes dónde está Tohr? No consigo encontrarlo. -Ni idea, pero pasaré por su casa antes de la reunión, si quieres.
-Hazlo. Tendrá que venir esta noche. -Wrath colgó. Maldita sea. Alguien iba a tener que ponerle un bozal a Zsadist.
O una daga en el pecho.
Butch aparcó el coche. En realidad, no creía que Beth estuviera en su apartamento, pero de todos modos fue hasta la puerta del vestíbulo y apretó el interfono. No obtuvo respuesta.
Sorpresa, sorpresa.
Dio la vuelta por un lateral del edificio y se metió en el patio trasero. Ya había oscurecido, así que ver las luces apagadas resultó desalentador. Ahuecó las manos y se inclinó contra la puerta corredera de cristal.
-¡Beth! ¡Oh, por Dios! ¡Santo cielo!
Su cuerpo estaba boca abajo en el suelo. Había intentado alcanzar el teléfono sin conseguirlo. Sus piernas estaban colocadas torpemente, como si hubiera estado retorciéndose de dolor. -¡No! -Golpeó el cristal.
Ella se movió ligeramente, como si lo hubiera escuchado. Butch se dirigió a una ventana, se quitó un zapato y golpeó fuertemente el cristal hasta que se agrietó y se hizo añicos. Cuando se estiró para alcanzar el pestillo, se cortó, pero no le importaba si perdía un brazo para llegar a ella. Se introdujo en el interior, volcando una mesa al abalanzarse hacia delante.
-¡Beth! ¿Me oyes?
Ella abrió la boca, moviéndola lentamente, pero sin emitir sonido alguno.
E1 buscó sangre y no halló nada, así que la colocó cuidadosamente boca arriba. Estaba tan pálida corno una lápida, fría y húmeda, apenas consciente. Cuando abrió los ojos, pudo ver sus pupilas totalmente dilatadas.
Él le extendió los brazos, buscando marcas. No había ninguna, pero no iba a perder tiempo quitándole los zapatos y mirando entre los dedos de los pies.
Abrió la tapa de su móvil y marcó el 911.
Al oír a la operadora, no esperó el saludo protocolar. -Tengo una probable sobredosis de droga.
La mano de Beth se movió vacilante, empezó a mover la cabeza. Estaba tratando de apartarle el teléfono.
-Niña, quédate quieta. Yo te cuidaré... La voz de la operadora lo interrumpió: -¿Señor? ¿Hola?
-Llévame a casa de Wrath –gimió Beth. -A la mierda con él.
-¿Perdón? -dijo la operadora-. Señor, ¿me puede decir qué sucede?
-Sobredosis de droga. Creo que es heroína. Sus pupilas están fijas y dilatadas. Aún no ha vomitado...
-Wrath, tengo que ir junto a Wrath.
-Pero recobra el conocimiento intermitentemente... En ese momento, Beth se levantó bruscamente del suelo y le quitó el teléfono de las manos.
-Voy a morir...
-¡Claro que no! -gritó él.
Ella lo sujetó por la camisa. Le temblaba el cuerpo, el sudor manchaba la parte delantera de su camiseta.
-Lo necesito.
Butch la miró fijamente a los ojos.
Se había equivocado. Esto no era una sobredosis. Era una renuncia.
Negó con la cabeza. -Niña, no.
-Por favor. Lo necesito. Voy a morir. --De repente, ella se dobló en posición fetal, como si una oleada de dolor la hubiera partido en dos. El móvil cayó de su mano, fuera de su alcance-. Butch..., por favor.
Mierda. Tenía mal aspecto. Parecía moribunda.
Si la llevaba a una sala de urgencias, podía morir por el camino o mientras esperaba tratamiento. Y la metadona servía para superar el mono, no para sacar a un adicto de una sobredosis. Mierda.
-Ayúdame.
-Maldito sea -dijo Butch-. ¿Dónde está? Wallace.
-¿Avenida? Ella asintió.
Butch no tenía tiempo para pensar. La cargó en sus brazos y atravesó el patio trasero.
Por supuesto que iba a atrapar a ese bastardo.
Wrath cruzó los brazos y se apoyó contra la pared del salón. Los hermanos se agruparon a su alrededor, esperando a que él hablara.
Tohr había venido, aunque desde que había atravesado el umbral con Vishous había evitado mirar a Wrath a los ojos.
Bien -pensó Wrath--. Haremos esto en público. -Hermanos, tenemos dos asuntos que atender. -Miró fijamente a Tohr a la cara-. He ofendido gravemente a uno de vosotros. De acuerdo con eso, ofrezco a Tohrment un rythe. Tohr dio un respingo y prestó atención. El resto de los hermanos estaban igual de sorprendidos.
Se trataba de un acto sin precedentes, y él lo sabía. Un rythe era esencialmente un duelo, y la persona a quien se le ofrecía escogía el arma. Puños, daga, pistola, cadenas. Era una forma ritual de salvar el honor, tanto para el ofendido como para el ofensor. Ambos podían quedar purificados.
La conmoción en la habitación no había sido provocada por el acto en sí. Los miembros de la Hermandad estaban bastante familiarizados con el ritual. Dada su naturaleza agresiva, cada uno de ellos, en un momento u otro, había ofendido de muerte a alguien.
Pero Wrath, a pesar de todos sus pecados, nunca había ofrecido un rythe. Porque de acuerdo con la ley de los vampiros, cualquiera que levantara un brazo o un arma contra él podía ser condenado a muerte.
-Delante de estos testigos, quiero que me escuches -dijo en voz alta y clara-. Te absuelvo de las consecuencias. ¿Aceptas?- Tohr bajó la cabeza. Se llevó las manos a los bolsillos de sus pantalones de cuero y movió lentamente la cabeza.
-No puedo atacarte, mi señor.
-Y no puedes perdonarme, ¿no es así?
-No lo sé.
-No puedo culparte por eso. -Pero deseó que Tohr hubiera aceptado. Necesitaban un desagravio-. Te lo ofreceré de nuevo en otra ocasión.
-Y siempre me negaré.
-Así sea. -Wrath lanzó a Zsadist una mirada oscura. Ahora, acerca de tu maldita vida amorosa.
Z, que había permanecido detrás de su gemelo, dio un paso al frente.
-Si alguien se ha dado un revolcón con la hija de Darius, has sido tú, no yo. ¿Cuál es el problema ahora?
Un par de hermanos murmuraron maldiciones por debajo.
Wrath dejó los colmillos al descubierto.
-Voy a pasar eso por alto, Z. Pero sólo porque sé cuánto te gusta que te golpeen, y no estoy de humor para hacerte feliz. -Se irguió, por si acaso el hermano se abalanzaba contra él-. Quiero que acabes con ese asunto de las prostitutas. O por lo menos, haz limpieza cuando termines.
-¿De qué estás hablando?
-No necesitamos ese tipo de publicidad. Zsadist se giró a mirar a Phury, que dijo: -Los cadáveres. La policía los ha encontrado. -¿Qué cadáveres?
Wrath sacudió la cabeza.
-Por Dios, Z. ¿Crees que los policías van a pasar por alto dos mujeres desangradas en un callejón?
Zsadist avanzó, acercándose tanto que sus pectorales se tocaron.
-No sé una mierda de todo eso. Huéleme. Estoy diciendo la verdad.
Wrath respiró profundamente. Captó el aroma de la indignación, un tufillo picante en la nariz como si alguien le hubiera rociado ambientador de limón. Pero no había ansiedad, ni ningún subterfugio emocional.
El problema era que Z no sólo era un asesino de alma negra, sino también un mentiroso muy hábil.
-Te conozco demasiado bien -dijo Wrath suavemente- para creer una palabra de lo que dices.
Z empezó a gruñir, y Phury se movió rápido, envolviendo un grueso brazo alrededor del cuello de su gemelo y arrastrándolo hacia atrás.
-Tranquilo, Z -dijo Phury.
Zsadist aferró la muñeca de su hermano y se soltó de un tirón. Estaba púrpura de odio.
-Uno de estos días, mi señor, voy a...
Un ruido parecido muna bala de cañón contra un muro lo interrumpió.
Alguien estaba propinando furiosos golpes a la puerta principal.
Los hermanos salieron del salón y fueron en grupo al vestíbulo. Sus pesados pasos se vieron acompañados por el sonido de las armas siendo desenfundadas y amartilladas.
Wrath miró el monitor de vídeo instalado en la pared. Cuando vio a Beth en brazos del policía., se le cortó la respiración. Abrió de golpe la puerta y aferró su cuerpo cuando el hombre entró apresuradamente.
Ha sucedido, pensó. Su transición había comenzado. Notó cómo el policía temblaba de ira cuando el cuerpo de Beth cambió de brazos.
-Maldito hijo de perra. ¿Cómo pudiste hacerle esto? Wrath no se molestó en responder. Acunando a Beth entre sus brazos, pasó a grandes zancadas a través del grupo de hermanos. Pudo sentir su estupefacción, pero no podía detenerse a dar explicaciones.
-Nadie excepto yo matará al humano -ladró-. Y él no saldrá de esta casa hasta que yo vuelva.
Wrath se apresuró a entrar en el salón. Empujó el cuadro hacia un lado, y corrió escaleras abajo tan rápido como pudo. El tiempo era esencial.
Butch observó al traficante de drogas desaparecer con Beth; su cabeza oscilaba a medida que se alejaba y su cabello parecía tan sedoso estandarte arrastrándose tras ellos.
Durante un momento, se quedó completamente inmóvil, atrapado entre la necesidad de gritar o llorar.
Que desperdicio. Que horrible desperdicio.
Luego escuchó cómo la puerta se cerraba detrás de él. Y se dio cuenta de que estaba rodeado de cinco de los bastardos más perversos y enormes que había visto jamás.
Una mano aterrizó en su hombro como un yunque. -¿Te gustaría quedarte a cenar?
Butch alzó la vista. El sujeto llevaba puesta una gorra de béisbol y tenía la cara surcada por un tatuaje.
-¿Te gustaría ser la cena? -dijo otro que parecía una especie de modelo.
La ira invadió de nuevo al detective, tensando sus músculos, dilatando sus huesos.
¿Estos chicos quieren jugar? -pensó-. Bien. Vamos a bailar.
Para demostrar que no tenía miedo, miró a cada uno directamente a los ojos. Primero a los dos que habían hablado, después a uno relativamente normal colocado detrás de ellos y a otro sujeto con una estrafalaria melena, la clase de cabello por el que las mujeres pagarían cientos de dólares en cualquier salón de belleza.
Y luego estaba el último hombre.
Butch observó atentamente su cara llena de cicatrices. Unos ojos negros le devolvieron la mirada.
Con este tipo -pensó- hay que tener cuidado.
Con un movimiento intencionado, se liberó de la sujeción en el hombro.
-Decidme algo, chicos -pronunció lentamente las palabras-. ¿Usáis todo ese cuero para excitares mutuamente? Quiero decir, ¿a todos os gustan los penes?
Butch fue lanzado contra la puerta con tanta fuerza que sus muelas crujieron.
El modelo acercó su cara perfecta a la del detective. -Si fuera tú, yo tendría cuidado con mi boca.
-¿Para qué molestarme si tú ya te preocupas por ella? ¿Ahora vas a besarme?
Un gruñido extraño salió de la garganta de aquel sujeto. -Está bien, está bien. -El que parecía más normal avanzó unos pasos-. Retrocede, Rhage. Vamos a relajarnos un poco. --Pasó un minuto antes de que el figurín lo soltara-. Eso es. Tranquilicémonos -murmuró el señor Normal, dándole unas palmaditas en la espalda a su amigo antes de mirar a Butch- Hazte un favor y cierra la boca.
Butch se encogió de hombros.
-El Rubito se muere por ponerme las manos encima. No puedo evitarlo.
Rhage se dirigió a Butch de nuevo, mientras el señor normal ponía los ojos en blanco, dejando librea su amigo para actuar.
El puñetazo que le llegó a la altura de la mandíbula lanzó la cabeza de Butch hacia un lado. Al sentir el dolor, el detective dejó volar su propia ira. El temor por Beth, el odio reprimido por aquellos malvados, la frustración por su trabajo, todo encontró salida. Se abalanzó sobre al hombre, más grande que él y lo derribó.
El sujeto se sorprendió momentáneamente, como si no hubiera esperado la velocidad y fuerza de Butch, y éste aprovechó la vacilación. Golpeó al Rubito en la boca, y luego lo sujetó por el cuello.
Un segundo después, Butch se encontró acostado sobre su espalda con aquel hombre sentado sobre su pecho.
El tipo agarró la cara de Butch entre sus manos y apretó. Era casi imposible respirar, y Butch resollaba buscando aire -Tal vez encuentre a tu esposa -dijo el tipo- y la folle un par de veces. ¿Qué te parece?
-No tengo esposa.
-Entonces voy a follarme a tu novia. Butch trató de tomar un poco de aire. -Tampoco tengo novia.
-Así que si las hembras no quieren saber nada de ti, ¿qué te hace pensar que yo sí?
-Esperaba que te enfadaras.
Los enormes ojos azul eléctrico se entrecerraron.
Tienen que ser lentes de contacto -pensó Butch-.
Nadie tiene los ojos de ese color.
--¿Y por qué querías que me enfadara? -preguntó el Rubito.
-Si yo atacaba primero -Butch trató de meter más aire en sus pulmones-... tus muchachos no nos habrían dejado pelear. Me habrían matado primero, antes de poder tener una oportunidad contigo.
Rhage aflojó un poco la opresión y se rió mientras despojaba a Butch de su cartera, las llaves y el teléfono.
-¿Sabéis? Me agrada un poco este grandullón -dijo el tipo.
Alguien se aclaró la garganta.
El Rubito se puso de pie, y Butch rodó sobre sí mismo, jadeando. Cuando levantó la vista, le pareció que sufría alucinaciones.
De pie en el vestíbulo había un pequeño anciano vestido de librea, sosteniendo una bandeja de plata.
-Disculpen, caballeros. La cena estará lista en unos quince minutos.
-Oye, ¿son ésas las crepes de espinaca que me gustan tanto? -preguntó el Rubito, señalando a la bandeja.
-Sí, señor. -Una delicia.
Los demás hombres se agruparon alrededor del mayordomo, cogiendo lo que les ofrecía, junto a unas servilletas, como si no quisiera que cayera nada al suelo.
¿Qué diablos era eso?
-¿Puedo pedirles un favor? -preguntó el mayordomo. El señor Normal asintió vigorosamente.
--Trae otra bandeja de estas delicias y mataremos a quien tú quieras.
Si, imagino que el tipo en realidad no era normal. Sólo relativamente.
El mayordomo sonrió como si se sintiera conmovido. -Si van a desangrar al humano, ¿tendrían la amabilidad de hacerlo en el patio trasero?
-No hay problema. -El señor Normal se introdujo otra crepe en la boca-. Maldición, Rhage, tienes razón: son deliciosas.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:57 pm

Capítulo 33
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Wrath estaba empezando a desesperarse porque no conseguía que Beth volviera en sí.
Y su piel se estaba enfriando a cada instante. La sacudió de nuevo.
-¡Beth! ¡Beth! ¿Me oyes?
Sus manos se movieron nerviosamente, pero tuvo el presentimiento de que los espasmos eran involuntarios. Acercó el oído a su boca. Todavía respiraba, pero con mucha dificultad y muy débilmente.
-¡Maldita sea! -Se descubrió las muñecas y estaba a punto de perforarlas con sus propios colmillos cuando se dio cuenta de que quería sostenerla si podía beber.
Cuando pudiera beber.
Se despojó de la funda, sacó una daga y se quitó la camisa. Tanteó su propio cuello hasta que encontró la yugular. Colocando la punta del cuchillo contra la piel, se hizo un corte. La sangre manó profusamente.
Se humedeció la yema de un dedo y lo llevó a los labios de la mujer. Cuando se lo introdujo en la boca, su lengua no respondió. -Beth -susurró-. Vuelve a mí.
Le suministró más sangre.
-¡Maldición, no te mueras! -Las velas llamearon en la habitación-. ¡Te amo, maldición! ¡Maldita sea, no te rindas!
Su piel estaba empezando a ponerse azul; incluso él podía ver el cambio de color.
Una oración frenética que creía haber olvidado hacía tiempo salió de sus labios, pronunciada en su antigua lengua.
Beth permaneció inmóvil. Estaba demasiado quieta. El Fade se cernía sobre ella.
Wrath gritó de furia y agarró su cuerpo, sacudiéndola hasta que el cabello se le enredó.
-¡Beth! ¡No dejaré que mueras! Te seguiré antes de permitir...
Se interrumpió con un lastimoso gemido, apretándola contra su pecho. Mientras acunaba su cuerpo, sus ciegos ojos se quedaron fijos en la pared negra que tenía ante él.
Marissa se vistió con especial cuidado, decidida a bajar a la primera comida de la noche con el mejor aspecto posible. Después de revisar su armario, eligió un vestido largo de gasa color crema. Lo había comprado la temporada anterior en Givenchy, pero todavía no lo había estrenado. El corpiño era ceñido y un poco más atrevido de lo que normalmente usaba, aunque el resto del vestido era vaporoso, sin enarcar su figura, lo que producía en ella un efecto general relativamente modesto.
Se cepilló el largo cabello, que le llegaba casi Basta las caderas, dejándolo caer suelto sobre los hombros. Con su tacto, la imagen de Wrath acudió a su mente. Él había alabado alguna vez su suavidad, así que ella lo había dejado crecer suponiendo que le agradaría.
Ahora, tal vez debiera cortarse sus rubios rizos, arrancárselos de la cabeza.
Su ira, que había amainado, se encendió de nuevo. Repentinamente, Marissa tornó una decisión. Ya no se guardaría nada. Era hora de compartir.
Pero luego pensó en la imponente envergadura de Wrath, en sus facciones frías y duras y en su sobrecogedora presencia. ¿Pensaba realmente que podía enfrentarse a él?
Nunca lo sabría si no lo intentaba. Y no iba a dejarlo avanzar alegremente hacia el incierto futuro que le esperaba sin decirle lo que pensaba.
Miró su reloj Tiffany. Si no bajaba a cenar .v luego ayudaba en la clínica como había prometido, Havers sospecharía. Era mejor esperar hasta más tarde para ir en busca de Wrath. Sabía que se encontraba en casa de Darius.
Se dirigiría allí y aguardaría hasta que él regresara a casa. Por algunas cosas valía la pena esperar.
-Gracias por recibirme, sensei.
-Billy, ¿cómo estás? -El señor X colocó a un lado el menú que había estado mirando distraídamente-. Tu llamada me ha preocupado. Y además no has asistido a clase.
Cuando Riddle se sentó, no parecía tan acalorado. Sus ojos aún eran negros y azules, y el agotamiento se reflejaba en su rostro.
-Alguien me persigue, sensei. -Billy cruzó los brazos sobre el pecho. Hizo una pausa como si no estuviera seguro de si debía contar toda su historia.
-¿Esto tiene algo que ver con tu nariz? -Tal vez. No lo se.
-Bien. Me alegra que hayas acudido a mí, hijo. -Otra pausa-. Puedes confiar en mí, Billy.
Riddle respiró profundamente, como si estuviera a punto de zambullirse en una piscina.
-Mi padre está en la capital, como siempre. Así que anoche invité a unos amigos. Fumarnos un poco de hierba...
-No deberías hacer eso. Las drogas ilegales no traen nada bueno.
Billy se movió incómodo, jugueteando con la cadena de platino alrededor de su cuello.
-Lo sé. -Continúa.
-Mis amigos y Yo estábamos en la piscina, y uno de ellos quiso ir a hacerlo con su novia. Les dije que podían usar la cabaña, pero cuando fueron allí la puerta estaba cerrada. Fui a la casa a buscar la llave, y al volver un tipo se detuvo frente a mi, como si hubiera salido de la nada. Era un hijo de ..., eh ..., era enorme. Cabello negro largo, traje de cuero...
En ese momento llegó la camarera.
-¿Qué les sirvo?
-Más tarde. -dijo el señor X con brusquedad.
Cuando desapareció dando un resoplido, él inclinó la cabeza en dirección a Billy.
Riddle cogió el vaso de agua del señor X y bebió. -Bien, me dio un susto de muerte. Me miraba como si quisiera comerme. Pero entonces oí a mi amigo llamarme impaciente porque no aparecía con la llave. El hombre pronunció mi nombre y luego desapareció, justo cuando mi amigo llegaba al jardín. -Billy movió la cabeza-. El caso es que no sé cómo pudo entrar. Mi padre construyó un muro enorme alrededor del perímetro de la casa el año pasado porque había recibido amenazas terroristas o algo así. Tiene casi cuatro metros de altura. Y la parte delantera de la casa está totalmente protegida con el sistema de seguridad. -El señor X bajó la vista a las manos de Billy. Las tenía apretadas la una contra la otra-. Yo... estos, algo asustado, sensei.
-Deberías estarlo.
Riddle pareció vagamente asqueado de confirmar sus temores.
-Así que, Billy, quiero saber algo. ¿Has matado alguna vez? Riddle frunció el ceño ante el brusco cambio de tema. -¿De qué está hablando?
-Ya sabes. Un pájaro. Una ardilla. Quizás un perro o un gato.
-No, sensei.
-¡No! -El señor X miró a Billy a los ojos-. No tengo tiempo para mentirosos, hijo.
Billy carraspeó nervioso.
-Sí. Tal vez. Cuando era más joven. -¿Qué sentiste?
El rubor asomó a la nuca de Billy. Dejó de retorcerse las manos.
-Nada. No sentí nada.
-Vamos, Billy. Tienes que confiar en mí. Los ojos de Billy destellaron.
-Está bien. Quizás me gustó. -¿Sí?
-Sí. -Riddle alargó la palabra.
-Bien. -El señor X levantó la mano para llamar la atención de la camarera, que tardó algunos minutos en acudir-. Hablaremos sobre ese hombre más tarde. Primero, quiero que me hables de tu padre.
-¿De papá?
-¿Ya están listos para pedir? -preguntó la camarera en tono malhumorado.
-¿Qué quieres, Billy? Yo invito. Riddle enumeró la mitad del menú. Cuando la camarera se marchó, el señor X lo apremió: -¿Tu padre?
Billy se encogió de hombros.
-No lo veo mucho. Pero él es..., va sabe..., lo que sea. Un padre..., es decir, ¿a quién le importa cómo es?
-Escucha, Billy. -El señor X se inclinó hacia delante-. Sé que huiste de tu casa tres veces antes de cumplir los doce. Sé que tu padre te envió a un colegio privado tan pronto enterraron a tu madre. Y también sé que cuando te expulsaron de Northfield Mount Hermon te envió a Groton, y cuando te echaron de allí, te metió en una academia militar. Si quieres que sea franco, me da la sensación de que ha estado tratando de deshacerte de ti durante la última década.
-Es un hombre ocupado.
-Y tú has sido un poco difícil de manejar, ¿no es cierto? -Tal vez.
-¿Entonces sería correcto suponer que tú y tu queridísimo padre no os entendéis, y no os lleváis bien? -El señor X esperó-. Dime la verdad.
-Lo odio -dejó escapar Riddle.
-¿Por qué? -Billy, cruzó los brazos sobre el pecho de nuevo. Sus ojos eran fríos-. ¿Por qué lo odias, hijo?
-Porque respira.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:58 pm

Capítulo 34
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Beth trató de ver algo a través de la espesa neblina que la rodeaba. Se encontraba sumergida en una especie de ensoñación, con bordes difusos que sugerían que lo que había era infinito.
Una figura solitaria, iluminada desde atrás, se aproximó en medio de aquella bruma blanquecina. Supo que era un macho, y fuese quien fuese, no sintió temor alguno. Le dio la sensación de que lo conocía.
-¿Padre? -susurró, no muy segura de si se refería al suyo o al propio Dios.
El hombre estaba inmóvil a escasa distancia, pero alzó la mano en señal de saludo, como si la hubiera oído.
Ella dio un paso adelante, pero de repente sintió un sabor en la boca totalmente desconocido. Se llevó las remas de los dedos a los labios. Cuando bajó la vista, todo era de color rojo.
La figura dejó caer la mano. Como si supiera qué significaba aquella mancha.
Beth regresó de golpe a su cuerpo. Parecía como si la hubiesen catapultado Y hubiese aterrizado sobre grava. Le dolía todo. Gritó. Cuando abrió la boca, volvió a sentir aquel sabor. Tragó saliva con dificultad.
Y entonces, algo milagroso sucedió. Su piel se llenó de vida, como si fuese un globo inflándose de aire. Sus sentidos despertaron. Ciegamente, trató de sujetarse a algo sólido, dando con la fuente del sabor.
Wrath sintió que Beth se sacudía como si la hubieran electrocutado. Y luego empezó a beber de su cuello con una avidez y un ansia inusitadas. Los brazos de ella se apretaron alrededor de sus hombros, las uñas se clavaron en su carne.
Lanzó un rugido de triunfo mientras la depositaba sobre la cama, acostada para que la sangre fluyera mejor. Mantuvo la cabeza hacia un lado, dejando al descubierto el cuello ante ella, que subió hasta su pecho cubriéndolo con el cabello. El húmedo sonido de su succión y saber que le estaba dando vida le provocaron una monstruosa erección.
La sostuvo suavemente, acariciándole los brazos. Animándola a beber más de él. A tomar todo lo que necesitara.
Un poco más tarde, Beth alzó la cabeza. Se lamió los labios y abrió los ojos.
Wrath la estaba mirando fijamente. Tenía una herida enorme en el cuello.
-Oh, Dios... ¿Qué te he hecho? -Extendió las manos para restañar la sangre que manaba de su vena.
Él le cogió las manos y se las llevó a los labios. -¿Me aceptas como tu hellren?
-¿Qué? -Su mente tenía dificultades para comprender. -Cásate conmigo.
Ella miró el agujero en su garganta y se le revolvió el estómago.
-Yo..., yo...
El dolor llegó rápido y fuerte. La embistió, llevándola a una oscura agonía. Se dobló, y rodó sobre el colchón.
Wrath se calló y la acunó en su regazo. -¿Me estoy muriendo? -gimió.
-Oh, no, leelan. Claro que no. Esto pasará-susurró él-. Pero no será divertido.
Sintió cómo la invadía una oleada nauseabunda, que le provocó convulsiones, hasta que quedó tendida de espaldas. Apenas podía distinguir la cara de Wrath debido al dolor, pero pudo ver en sus ojos una gran preocupación. La agarró de la mano y ella dio un fuerte apretón cuando la siguiente explosión tortu-radora la dominó.
Su visión se enturbió, volvió y se enturbió de nuevo.
El sudor goteaba por su cuerpo, empapando las sábanas. Apretó los dientes y se arqueó. Se giró hacia un lado y luego al otro, tratando de escapar.
No sabía cuánto había durado. Horas. Días. Wrath permaneció con ella todo el tiempo.
Wrath respiró aliviado poco después de las tres de la madrugada. Finalmente, se había quedado quieta, y no estaba muerta, sino tranquila.
Había sido muy valiente. Había soportado el dolor sin quejarse, sin llorar. Sin embargo, él había pasado todo el tiempo rogando que su transición terminara cuanto antes.
Ella emitió un sonido ronco.
-¿Qué, mi leelan? -Bajó la cabeza a la altura de su boca. -Necesito una ducha.
-Bien.
Se levantó de la cama, abrió la ducha y volvió a buscarla, levantándola suavemente en sus brazos. La sentó en la repisa de mármol, le quitó la ropa con delicadeza, y luego la alzó de nuevo.
La hizo entrar lentamente en el agua, atento a cualquier cambio en su expresión ante la temperatura. Al no protestar, fue introduciendo su cuerpo gradualmente, rozando primero sus pies, para que aquella impresión no fuera demasiado brusca para ella.
Parecía gustarle el agua, alzaba el cuello y abría la boca. Vio sus colmillos, y le parecieron hermosos.
Blancos, brillantes, puntiagudos. Recordó la sensación cuando ella había be-bido de él.
Wrath la oprimió contra sí durante un instante, abrazándola. Luego dejó que sus pies tocaran el suelo y sostuvo su cuerpo con un brazo. Con la mano libre, agarró un bote de champú y echó un poco sobre su cabeza. Le frotó el cabello hasta formar espuma y luego lo enjuagó. Con una pastilla de jabón, dio un suave masaje a su piel lo mejor que pudo sin dejarla caer y luego se cercioró de aclarar hasta el último residuo de jabón.
Acunándola nuevamente entre los brazos, cerró el grifo, salió y cogió una toalla. La envolvió y la colocó otra vez sobre la repisa, sosteniéndola entre la pared y el espejo. Cuidadosamente, le secó el agua del cabello, la cara, el cuello, los brazos. Luego los pies y las piernas.
Su piel quedaría hipersensible durante algún tiempo, al igual que la vista y el oído.
Buscó señales de que su cuerpo estuviera cambiando y no vio ninguna. Tenía la misma estatura que antes. Sus Cormas tampoco parecían haber sufrido transformación alguna. Se preguntó si podría salir durante el día.
-Gracias -murmuró ella.
Él la besó y la llevó hasta el sillón. Luego quitó de la cama las sábanas húmedas y la funda del colchón. Tuvo dificultades para encontrar otro juego de sábanas y ponerlas correctamente le resultó endemoniadamente arduo. Cuando terminó, la recogió y acomodó entre el fresco satén.
Su profundo suspiro fue el mejor cumplido que jamás hubiera recibido.
Wrath se arrodilló a un lado de la cama, repentinamente consciente de que sus pantalones de cuero y, sus botas estaban empapados.
-Sí -susurró ella. Él la besó en la frente. -¿Sí qué, mi leelan? -Me casaré contigo.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 5:58 pm

Capítulo 35
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Butch se paseó por el salón una vez más, y se detuvo junto a la chimenea. Bajó la vista hacia los troncos amontonados, imaginando lo agradable que sería el fuego allí durante el invierno, y sentarse en uno de aquellos sillones de seda a mirar las llamas parpadeantes, mientras el mayordomo le servía un ponche caliente o algo así.
¿Qué diablos hacía esa pandilla de delincuentes en un lugar como aquél?
Escuchó el ruido que hacían aquellos hombres al otro lado del pasillo. Habían estado en lo que suponía que era el comedor durante horas. Por lo menos su elección de música para la cena había sido apropiada. Un rap pesado sonaba por toda la casa, 2Pac, Jay-Z, D-12. De vez en cuando, alguna risotada se superponía a la música. Bromas de macho.
Miró hacia la puerta principal por enésima vez.
Cuando lo habían metido en el salón y lo habían dejado solo, su primer pensamiento había sido escapar rompiendo una ventana con una silla. Llamaría a José. Traería a toda la comisaría de policía a su puerta.
Pero antes de poder ejecutar su impulsivo plan, una voz le había susurrado al oído:
-Espero que decidas huir.
Butch había girado la cabeza, agachándose. El de la cicatriz enorme y cabeza rapada estaba junto a él, aunque no le había oído acercarse.
-Adelante. -Aquellos ojos negros de maníaco habían escrutado a Butch con la fría intensidad de un tiburón-. Abre esa puerta a golpes y corre como una liebre, rápido, en busca de ayuda. Pero recuerda que yo te perseguiré. Como un coche fúnebre. -Zsadist, déjalo en paz. -El sujeto del bonito cabello había asomado la cabeza en la habitación-. Wrath quiere al humano vivo. De momento.
El de la cicatriz dirigió a Butch una última mirada. -Inténtalo. Sólo inténtalo. Prefiero cazarte que cenar con ellos.
Y luego había salido lentamente.
A pesar de la amenaza, Butch había estado examinando cuidadosamente lo que había podido ver de la casa. No había podido encontrar un teléfono y, a juzgar por el sistema de seguridad que había vislumbrado en el vestíbulo, todas las puertas y ventanas debían de tener sensores de sonido. Salir de allí discretamente no resultaba muy, factible.
Y no quería dejar a Beth. Dios, si ella muriera... Butch respiró profundamente, frunciendo el ceño. ¿Qué diablos era eso?
Los trópicos. Olía a océano. Se dio la vuelta.
Una impresionante mujer se encontraba en el umbral de la puerta. Esbelta, elegante, ataviada con un vaporoso vestido y su hermoso cabello rubio suelto hasta las caderas. Todo su rostro era delicada perfección y sus ojos del color azul claro del cristal.
Ella dio un paso atrás, atemorizada.
-No -dijo él, abalanzándose hacia delante, pensando en los hombres que se encontraban al lado del pasillo-. No te vayas. Ella miró a su alrededor, como si quisiera pedir ayuda. -No voy a hacerte daño -dijo él rápidamente. -¿Cómo puedo estar segura?
Tenía un sutil acento. Como todos ellos. ¿Tal vez ruso? Él extendió las manos con las palmas hacia arriba para mostrar que no llevaba armas.
-Soy policía.
Aquello no era exactamente cierto, pero quería que se sintiera segura.
Ella se recogió la falda, dispuesta a marcharse.
Diablos, no debía haber mencionado esa palabra. Si era la mujer de alguno de ellos, lo más probable era que huyera si pensaba que la ley venía a detenerlos.
-No estoy aquí en misión oficial -dijo-. No llevo pistola, ni placa.
Repentinamente, ella soltó el vestido y enderezó los hombros como si hubiera recobrado el valor. Avanzó un poco, con movimientos ligeros Y gráciles. Butch mantuvo la boca cerrada y trató de parecer más pequeño de lo que era, menos ame-nazador.
-Normalmente él no permite que los de tu especie vengan aquí -dijo ella.
Sí, podía imaginar que los policías no visitaban aquella casa con mucha frecuencia.
-Estoy esperando a... una amiga.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado. Al aproximarse, su belleza lo deslumbró. Sus rasgos parecían sacados de una revista de moda, su cuerpo tenía ese grácil movimiento estilizado y adorable que utilizaban las modelos de pasarela. Y el perfume que usaba... se coló por su nariz, extendiéndose hasta su cerebro. Olía tan bien que los ojos se le llenaron de lágrimas.
Era irreal. Tan pura. Tan limpia.
Se sintió sucio, y lamentó no poder darse una buena ducha y afeitarse antes de volver a dirigirle la palabra.
¿Qué demonios estaba haciendo con esos delincuentes? El corazón de Butch dio un vuelco ante la idea de la utilidad que podían darle. Santo cielo. En el mercado sexual, podían pagar una buena suma por pasar una sola hora con una mujer como aquélla.
Con razón la casa estaba tan bien custodiada.
Marissa desconfiaba del humano, sobre todo considerando su tamaño. Había escuchado muchas historias sobre ellos y conocía su odio hacia la raza de los vampiros.
Pero éste parecía tener cuidado en no asustarla. No se movía; apenas respiraba. Lo único que hacía era mirarla con gran atención, como si estuviera estupefacto.
Todo eso la ponía nerviosa, y no sólo porque no estaba acostumbrada a que la miraran así. Los ojos color avellana del hombre destellaban en su duro rostro sin perder detalle, examinándola cuidadosamente.
Aquel humano era inteligente. Inteligente y... triste. -¿Cómo te llamas? -preguntó él suavemente.
A ella le gustó su voz. Profunda, grave y un poco ronca, corno si estuviera permanentemente afónico.
Ya estaba muy cerca de el, a unos cuantos pasos, así que se detuvo.
-Marissa. Me llamo Marissa.
-Butch. -Se tocó el amplio pechar-. Eh... Brian O'Neal. Pero todo el mundo me llama Butch.
Tendió la mano, pero, de inmediato, la retiró para frotarla vigorosamente sobre la pernera del pantalón y ofrecérsela de nuevo.
Ella perdió la serenidad. Tocarlo era demasiado. Dio un paso atrás.
Él dejó caer la mano lentamente, sin sorprenderse de haber sido rechazado.
Y aun así, siguió mirándola.
-¿Por qué me miras tan fijamente? -Se llevó las manos al corpiño del vestido, cubriéndose.
El rubor le cubrió primero el cuello y luego las mejillas. -Lo siento. Probablemente estás harta de que los hombres se queden embobados mirándote.
Marissa negó con la cabeza. -Ningún macho me mira. -Encuentro eso muy difícil de creer. Era verdad. Todos temían lo que pudiera hacer Wrath, Dios, si supieran lo poco que la había querido. -Porque... -La voz del humano se desvaneció-. Por Dios, eres tan... absolutamente... hermosa.
Carraspeó, como si deseara retractarse de sus palabras. Ella ladeó la cabeza, examinándolo. Había algo que no podía descifrar en su tono de voz, quizás una cierta amargura.
Él se pasó la mano por el espeso cabello oscuro. -Cerraré la boca, antes de conseguir que te sientas aún más incómoda.
Sus ojos permanecieron clavados en el rostro de la mujer. Ella pensó que eran unos ojos muy agradables, cálidos, con una sombra fugaz de melancolía al mirarla, un anhelo oculto por aquello que no podía conseguir.
Ella era experta en eso.
El humano se rió con un estruendo explosivo surgido de las profundidades de su pecho.
-También debería dejar de mirarte así. Eso estaría bien. -Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se concentró en el suelo-. ¿Ves? Ya no te miro. No te estoy mirando. Oye, qué alfombra más bonita. ¿Lo habías notado?
Marissa sonrió sutilmente y avanzó hacia él.
-Creo que me gusta la forma en que me miras. -Los ojos color avellana volvieron de nuevo a concentrarse en su rostro. Es que no estoy acostumbrada -explicó, llevándose la mano al cuello, pero sin llegar a rozarlo.
-Dios, no puedes ser real -dijo el humano en un susurro. -¿Por qué no?
-Es imposible. Ella se rió un poco. -Pues lo soy.
Él carraspeó de nuevo, ofreciéndole una sonrisa torada. -¿Te importaría dejarme probar?
-¿Cómo?
-¿Puedo tocarte el cabello?
Su primer impulso fue retroceder de nuevo. Pero ¿por qué hacerlo? No estaba atada a ningún macho. Si aquel humano quería tocarla, ¿por qué no?
Además, a ella también le agradaba.
Ladeó la cabeza de tal manera que unos mechones de su cabello se deslizaron hacia delante. Permitiría que se le acercara. Y Butch lo hizo.
Cuando extendió la mano, ella pudo ver que era grande, y sintió que se le cortaba la respiración, pero él no rozó el rubio rizo que colgaba ante ella. Las yemas de sus dedos acariciaron un mechón que descansaba sobre su hombro.
Sintió una oleada de calor en la piel, como si la hubiera tocado con una cerilla encendida. Instantáneamente, aquella sensación se extendió por todo su cuerpo, subiendo su temperatura.
¿Qué era eso?
El dedo de Butch deslizó el cabello hacia un lado, y luego toda la mano le rozó el hombro. La palma de su mano era cálida, sólida, fuerte.
Ella alzó los ojos hacia él.
-No puedo respirar --susurró. Butch casi se cae de espaldas.
Santo Dios, pensó. Ella lo deseaba.
Y su inocente desconcierto ante su roce era mejor que cualquier encuentro sexual que hubiera experimentado.
Su cuerpo reaccionó al instante, y su erección presionó sus pantalones, exigiendo salir.
Pero esto no puede ser real, pensó. Tenía que estar jugando con él. Nadie podía tener aquel maravilloso aspecto, y andar con esos tipos, sin conocer todos los trucos del negocio.
La observó mientras ella respiraba con dificultad. Luego se lamió los labios. La punta de su lengua era color rosa.
Santo Cristo.
Tal vez era, simplemente, una actriz fantástica, o la mejor prostituta que se hubiera visto jamás. Pero cuando levantó los ojos hacia él, supo que lo tenía a su merced, y que le haría comer de su mano si ella quería.
Dejó que su dedo recorriera el cuello de la mujer. Su piel era tan suave, tan blanca, que temió dejarle marcas con aquel simple roce.
-¿Vives aquí? -preguntó. Ella negó con la cabeza. -Vivo con mi hermano. Se sintió aliviado.
-Eso está bien.
Le acarició la mejilla dulcemente, mirando fijamente su boca.
¿Qué sabor tendría?
Bajó los ojos. Parecían haber crecido, presionando contra el corpiño de su elegante vestido.
Ella dijo trémula:
-Me miras como si estuvieras sediento.
Oh, Dios. En eso tenía razón. Estaba reseco.
-Pero yo creía que los humanos no se alimentaban -dijo. Butch frunció el ceño. Utilizaba las palabras de una manera extraña, pero era obvio que el inglés era su segundo idioma. Movió los dedos hacia su boca. Hizo una pausa, preguntándose si ella retrocedería en el momento en que tocara sus labios. Probablemente, pensó. Sólo para seguir el juego.
-Tu nombre-dijo ella-. ¿Es Butch? -Él asintió-. ¿De qué tienes sed, Butch? -susurró.
Los ojos del hombre se cerraron de golpe mientras su cuerpo se balanceaba.
-Butch -dijo ella-, ¿te he hecho daño?
Sí, si consideras que el deseo ardiente es un dolor, pensó él.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:00 pm

Capítulo 36
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Wrath se levantó de la cama y se puso unos pantalones de cuero limpios y una camiseta negra. Beth dormía profundamente a su lado. Cuando la besó, ella se revolvió.
-Voy al primer piso -dijo él, acariciándole la mejilla-. Pero no saldré de casa.
Ella asintió, le rozó la palma de la mano con los labios, y se hundió de nuevo en el descanso reparador que tanto necesitaba. Wrath se colocó las gafas de sol, descorrió el cerrojo de la puerta y se dirigió a las escaleras. Sabía que mostraba una estúpida sonrisa de satisfacción en el rostro y que sus hermanos se burlarían de él.
¿Pero qué demonios le importaba?
Iba a tener una verdadera shellan, una compañera. Y ellos podían besarle el culo.
Empujó el cuadro y pasó al salón. No pudo creer lo que vio.
Marissa, con un vaporoso vestido color crema, y el policía ante ella, acariciando su cara, evidentemente embelesado. Por toda la estancia flotaba el delicioso aroma del sexo.
En aquel momento, Rhage irrumpió en la habitación con la daga desenvainada. Evidentemente, el hermano estaba listo para destripar al humano por tocar a la que él suponía que era la shellan de Wrath.
-Quita las manos...
Wrath dio un salto hacia delante. -¡Rhage! ¡Espera!
El hermano se detuvo en seco mientras Butch y Marissa miraban alrededor con aspecto desconcertado.
Rhage sonrió y arrojó la daga al otro lado de la habitación, hacia Wrath.
-Adelante, mi señor. Merece la muerte por ponerle las manos encima, ¿pero no podemos jugar con él un poco? Wrath atrapó el cuchillo.
-Regresa a la mesa, Hollywood.
-Ah, vamos. Sabes que es mejor con público. Wrath sonrió con afectación.
-Otra vez será, hermano. Ahora déjanos.
Le devolvió la daga y Rhage se apresuró a enfundarla antes de marcharse.
-Eres un verdadero aguafiestas, ¿lo sabías? Un maldito aguafiestas de mierda.
Wrath dirigió la mirada a Marissa y el detective. Para ser justos, tenía que aprobar la forma en que el humano había utilizado su cuerpo para protegerla.
A lo mejor, aquel tipo era algo más que un buen contrincante.
Butch miró ferozmente al sospechoso y extendió los brazos, tratando de rodear a Marissa. Ella se negó a permanecer detrás de él y se hizo a un lado, pasando hacia delante.
¿Estaba protegiéndolo a él?
El detective la sujetó por uno de sus delicados brazos, pero ella se resistió.
Cuando el asesino de cabello negro estuvo a su altura, ella se dirigió a él resueltamente en un idioma que Butch no reconoció. Ella se acaloraba a medida que avanzaba la discusión, y el hombre gesticulaba mucho. Pero gradualmente Marissa se fue tranquilizando.
Luego, el hombre apoyó una mano sobre el hombro de la mujer y se volvió a mirar a Butch.
Santo Dios, el cuello de aquel hombre mostraba una herida abierta en un lado, como si algo lo hubiera mordido.
Le preguntó algo a Marissa, que respondió vacilante, pero él le hizo repetir las palabras en un tono más fuerte.
-Que así sea-dijo aquel bastardo, sonriendo ligeramente. Marissa se movió hasta colocarse junto a Butch. Lo miró y se sonrojó.
Algo había sido decidido. Algo...
Con un rápido movimiento, el vampiro aferró la garganta de Butch.
Marissa gritó: -Wrath! mierda, otra vez no, pensó Butch mientras forcejeaba.
--Ella parece interesada en ti -dijo el asesino al oído de Butch-. Así que te permitiré seguir respirando. Pero hazle daño y te desollaré vivo.
Marissa le hablaba con rapidez en aquella lengua desconocida, y no le cabía duda de que lo estaba maldiciendo. -¿Me has comprendidos? -preguntó Wrath.
Butch entrecerró los ojos, dirigiéndolos hacia el rostro del vampiro.
-Ella no tiene nada que temer de mí. -Que así sea.
-En cambio tú, ésa es otra historia.
El hombre lo soltó. Alisó la camisa de Butch, y le mostró una amplia sonrisa.
Butch frunció el ceño.
Dios, había algo sumamente extraño en los dientes de aquel individuo.
--¿Dónde está Beth? -exigió saber Butch. -Está a salvo. Y en perfecto estado. -No será gracias a ti.
-Únicamente gracias a mí.
-Entonces, me temo que no compartimos la misma opinión. Quiero verla por mí mismo.
-Más tarde. Y sólo si ella quiere verte.
Butch se encolerizó, Y aquel bastardo pareció sentir una oleada en su cuerpo.
--Ten cuidado, detective. Ahora estás en mi mundo. Sí, a la mierda contigo, amigo.
El policía estaba a punto de abrir la boca cuando sintió que algo le sujetaba el brazo. Bajó la vista. El miedo brillaba en los ojos de Marissa.
-Butch, por favor -susurró-. No lo hagas. El sospechoso asintió.
-Debes ser más amable, y quédate con ella -dijo el hombre. Su voz se suavizó al mirar a Marissa -Es feliz en tu compañía, y se merece esa felicidad. Ya hablaremos de Beth más tarde.
El señor X llevó a Billy de vuelta a su casa, después de haber pa-sado varias horas recorriendo la ciudad en el coche, hablando. El pasado de Billy era perfecto, y no sólo a causa de su carácter violento. Su padre era exactamente la clase de modelo masculino preferido del señor X. Un lunático con complejo de Dios. Había sido jugador de fútbol americano. Era corpulento, agresivo y competitivo, y había ridiculizado a Billy desde su nacimiento.
Cualquier cosa que su hijo hacía era un desastre. Pero lo que más le gustaba al señor X era la historia de la muerte de la madre de Billy. La mujer se había caído en la piscina después de haber bebido demasiado, y Billy la había encontrado flotando boca abajo. La sacó del agua e intentó reanimarla antes de llamar al 911. Tan pronto como se llevaron el cuerpo al depósito con una etiqueta en un dedo del pie, el distinguido senador del gran estado de Nueva York sugirió que su hijo la había asesinado. Evidentemente, Billy tendría que haber llamado primero a la ambulancia en lugar de ponerse a hacer de médico.
El señor X no cuestionaba los méritos del matricidio. Pero, en el caso de Billy, el muchacho había recibido entrenamiento como socorrista, realmente había intentado salvar a la mujer.
-Odio esta casa -murmuró Riddle, mirando las paredes, las columnas y los ventanales hermosamente iluminados.
-Es una pena que estés en lista de espera. La universidad te habría sacado de aquí.
-Sí, bueno, pude haber entrado en una o dos. Si él no me hubiera obligado a presentarme solamente a la de Ivies.
-¿Y qué piensas hacer?
Billy se encogió de hombros.
-Él quiere que me vaya de aquí, que consiga un empleo. Es sólo que... no sé adónde ir.
-Dime una cosa, Billy, ¿tienes novia? El esbozó una ligera sonrisa.
-Un par.
Seguramente era cierto, porque era bastante agraciado. -¿Alguien en especial?
Los ojos de Billy parpadearon.
-Están bien como diversión, pero no me dejan en paz. Me llaman a todas horas, queriendo saber dónde estoy, qué hago. Exigen demasiado, salvo, eh...
-¿Tú qué? -Billy entrecerró los ojos-. Vamos, hijo. No hay, nada que no puedas contarme.
-Yo, eh, me gustan más cuando son difíciles de conseguir... -Se aclaró la garganta-. De hecho, me gusta cuando tratan de escapar.
-¿Te gusta atraparlas?
-Me gusta forzarlas. ¿Entiende?
El señor X asintió, pensando que había otro voto a favor de Riddle. Sin ataduras a una familia, sin ataduras a una novia, y con una disfunción sexual que sería curada durante la ceremonia de iniciación.
Riddle empuñó el picaporte de la puerta.
-En todo caso, gracias, sensei. Esto ha sido fabuloso. -Billy.
Riddle hizo una pausa, mirando hacia atrás con curiosidad. -¿Sí, sensei?
-¿Quieres venir a trabajar conmigo? Los ojos de Riddle chispearon. -¿Quiere decir en la academia?
-Algo así. Déjame hablarte un poco de lo que tendrías que hacer, y luego puedes pensarlo con calma.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:01 pm

Capítulo 37
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Beth rodó sobre la cama, buscando a Wrath, entonces recordó que había ido al piso superior.
Se sentó, indecisa, como si esperara que el dolor regresara. Al ver que nada le dolía, se puso de pie. Estaba desnuda, bajo la mirada y se miró el cuerpo. Nada parecía haber cambiado. Ejecutó una pequeña danza. Todo parecía funcionar bien.
Excepto que no podía ver muy bien.
Entró en el baño. Se quitó las lentillas y vio perfectamente. Bueno, he ahí una ventaja.
Vaya. Colmillos. Tenía colmillos.
Se inclinó, los apretó un poco. Le iba a costar acostumbrarse a comer con esos dientes.
Siguiendo un impulso, levantó las manos a puso los dedos en forma de garras, soltando un gruñido.
Fantástico.
Halloween iba a ser tremendamente divertido a partir de ahora.
Se cepilló el cabello, se puso una bata de Wrath y se dirigió a la escalera. Cuando llegó al final, no se había quedado sin aliento. Una ventaja más. Ahora disfrutaría de su ejercicio diario. Al salir del cuadro, vio a Butch sentado en el sofá junto a una despampanante rubia. A lo lejos, se oían voces masculinas y una fuerte música.
Butch levantó la mirada.
-¡Beth! -Corrió hacia ella, envolviéndola en un abrazo de oso-. ¿Estas bien?
-Muy- bien. De verdad, estoy perfectamente. -Lo cual era asombroso, considerando cómo se había sentido hacía poco. Butch se echó hacia atrás, y le cogió la cara con las manos. Observó atentamente sus ojos. Frunció el ceño.
-No pareces drogada. -¿Por qué habría de estarlo? Él movió la cabeza tristemente. -No me lo ocultes. Yo te traje aquí, ¿recuerdas? -Debo marcharme -dijo la rubia, levantándose. Butch se volvió hacia ella de inmediato.
-No. No te vayas. Regresó al sofá. Al mirar a la mujer, su expresión se trans-formó por completo. Beth nunca lo había visto así. Resultaba evidente que estaba cautivado.
-Marissa, quiero que conozcas a una amiga... -enfatizó la palabra-, Beth Randall. Beth, ella es Marissa.
Beth levantó la mano. -Hola.
La rubia miró fijamente al otro lado de la habitación, examinando a Beth de pies a cabeza.
-Eres la hembra de Wrath -dijo Marissa con una especie de admiración. Como si Beth hubiera llevado a cabo una gran hazaña-. La que él quiere.
Beth sintió calor en las mejillas. -Ah, sí. Imagino que lo soy.
Hubo un incómodo silencio. Butch, miró alternativamente a ambas mujeres frunciendo el ceño, queriendo formar parte del secreto.
También Beth quería saber cuál era. -¿Sabes dónde está Wrath?-preguntó.
Butch adquirió una expresión ceñuda, como si no quisiera escuchar el nombre de aquel individuo.
-Está en el comedor. -Gracias.
-Escucha, Beth. Tenemos que... -No iré a ninguna parte.
Él respiró profundamente, soltando el aire con un lento siseo.
-De algún modo, pensaba que dirías eso. -Miró a la rubia-. Pero si me necesitas... estaré aquí.
Ella sonrió para sus adentros mientras Butch volvía a sentarse con la mujer.
Cuando salió al pasillo, el sonido de las voces masculinas y el profundo retumbar de la música rap aumentaron.
-`Qué le hiciste al restrictor? -preguntó una de las voces. -Encendí su cigarrillo con una escopeta recortada -respondió otro-. No bajó a desayunar, ¿me entendéis?
Hubo un coro de carcajadas y un par de golpes, como si unos puños hubieran impactado contra la mesa.
Ella apretó las solapas de la bata. Tenía la sensación de que sería más prudente vestirse primero, pero no quería esperar para ver a Wrath.
Dio la vuelta a la esquina.
En el instante en que apareció en el umbral de la puerta, cesó toda conversación. Todos giraron la cabeza, con los ojos fijos en ella. El rap se expandió llenando el silencio, los bajos retumbaban violentamente, la letra parecía una letanía de ritmo demoníaco.
Dios mío. Nunca antes había visto a tantos hombres corpulentos con ropa de cuero.
Dio un paso atrás justo en el momento en que Wrath se levantó de la cabecera de la mesa. Se dirigió hacia ella, mirándola con intensidad. Sin duda, había interrumpido alguna clase de rito masculino.
Trató de pensar en algo que decirle. Era probable que tratara de parecer un macho despreocupado delante de sus hermanos y quisiera hacerse el duro...
Pero Wrath la abrazó con delicadeza, hundiendo el rostro entre su cabello.
-Mi leelan -le susurró al oído. Recorrió su espalda arriba y abajo con las manos-. Mi hermosa leelan.
La apartó un poco y la besó en los labios, luego sonrió con ternura mientras le alisaba el cabello.
En el rostro de Beth apareció una enorme sonrisa. Al parecer, aquel hombre no tenía problemas en mostrar públicamente su afecto. Era bueno saberlo.
Ladeó la cabeza, y se asomó por un lado de su hombro. Tenían bastante público. Y aquellos hombres se habían quedado boquiabiertos.
Casi se le escapa una carcajada. Ver a un grupo de sujetos con aspecto de violentos delincuentes sentados alrededor de una mesa con cubiertos de plata y porcelana va resultaba bastante in congruente, pero verlos con aquellas caras de asombro parecía simplemente absurdo.
-¿No vas a presentarme? -dijo, asintiendo levemente hacia el grupo.
Wrath le colocó su brazo sobre los hombros, atrayéndola hacia su pecho.
-Ésta es la Hermandad de la Daga Negra. Mis compañeros guerreros. Mis hermanos. -Inclinó levemente la cabeza hacia el más guapo-. A Rhage ya lo conoces. También a Tohr. El de la perilla y la gorra de los Red Sox es Vishous. El Rapunzel de este lado es Phury. -La voz de Wrath bajó hasta convertirse en un gruñido--: Y Zsadist va se ha presentado a sí mismo.
Los dos a los que conocía un poco más le sonrieron. Los otros inclinaron la cabeza, excepto el de la cicatriz, que se limitó a mirarla.
Ese sujeto tenía un gemelo, recordó. Pero le resultó tremendamente difícil distinguir a su verdadero hermano. Aunque el tipo del hermoso cabello y los fantásticos ojos color miel se le parecía un poco.
-Caballeros -dijo Wrath-, quiero que conozcáis a Beth. Y luego volvió a hablar en aquel idioma que ella no en tendía.
Cuando terminó, hubo una audible exhalación. Él bajó la mirada, sonriendo.
-¿Necesitas algo? ¿Tienes hambre, leelan? Ella se llevó una mano al estómago.
-¿Sabes? Ahora que lo pienso, sí. Tengo unas extrañas ganas de tocino con chocolate. Vete tú a saber.
-Yo te serviré. Siéntate. -Le señaló su silla y luego salió por una puerta giratoria.
Ella echó un vistazo a los hombres.
Grandioso. Allí estaba, desnuda bajo una bata, sola con más de quinientos kilos de vampiro. Intentar hacerse la indiferente era imposible, así que se dirigió con cierta inquietud a la silla de Wrath. No llegó lejos.
Las sillas fueron arrastradas hacia atrás, los cinco hombres se levantaron al unísono y empezaron a acercársele.
Ella miró hacia los dos que conocía, pero las severas expresiones de sus caras no la tranquilizaron.
Y de repente, aparecieron los cuchillos.
Con un silbido metálico, cinco dagas negras fueron desenfundadas.
Ella retrocedió frenéticamente tratando de protegerse con las manos. Se golpeó contra la pared, y estaba a punto de gritar llamando a Wrath, cuando los hombres se dejaron caer de rodillas formando un círculo a su alrededor. Con un solo movimiento, como si hubieran ensayado aquella coreografía, hundieron las dagas en el suelo a sus pies e inclinaron la cabeza. El fuerte sonido del acero al chocar contra la madera parecía tanto una promesa como un grito de guerra.
Los mangos de los cuchillos vibraron. La música rap continuó sonando. Parecían esperar de ella alguna respuesta. -Hmm. Gracias-dijo.
Los hombres alzaron la cabeza. Grabada en las duras facciones de sus rostros había una total reverencia, e incluso el de la cicatriz mostraba una expresión respetuosa.
Y entonces entró Wrath con una botella de chocolate Hershey.
-Ya viene el tocino. -Sonrió-. Ove, les gustas. -Gracias a Dios -murmuró ella, mirando las dagas.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:02 pm

Capítulo 38
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Marissa sonrió, pensando que, cuanto más tiempo pasaba con él, aquel humano le iba pareciendo cada vez más apuesto.
-Entonces te ganas la vida protegiendo a tu especie. Eso está bien.
El se acercó más a ella en el sofá.
-Bueno, de hecho no sé qué voy a hacer ahora. Tengo el presentimiento de que tendré que conseguir otro empleo.
El repique de un reloj la llevó a preguntarse cuánto tiempo habían pasado juntos. Y cuándo saldría el sol.
-¿Qué hora es? -Más de las cuatro. -Debo irme. -¿Cuándo puedo verte otra vez? Ella se levantó.
-No lo sé.
-¿Podemos ir a cenar?-Se levantó de un salto-. ¿A comer? ¿Qué vas a hacer mañana?
Ella tuvo que reírse. -No lo sé.
Nunca antes la habían cortejado. Era agradable.
-Ah, diablos-murmuró él-. Estoy arruinándolo todo mostrándome tan ansioso, ¿no es así? -Se llevó las manos a las caderas y bajó la mirada hacia la alfombra, disgustado consigo mismo.
Ella dio un paso adelante. La cabeza de Butch se alzó de golpe.
-Voy a tocarte ahora -dijo ella suavemente-. Antes de marcharme. -Los ojos del hombre brillaron-. -Puedo, Butch -Donde quieras -susurró él.
Ella alzó la mano, pensando en que sólo la posaría sobre su hombro. Pero sus labios le fascinaban. Los había visto moverse mientras hablaba, y se preguntaba cómo sería su textura y su sabor.
-Tu boca -dijo ella-. Pienso que es... -¿Qué? -preguntó él con voz ronca. -Adorable.
Colocó la rema del dedo sobre su labio inferior. Él jadeó con tal fuerza que inhaló el perfume de la piel de Marissa, y cuando lo exhaló con un estremecimiento, regresó a ella cálido y húmedo.
-Eres suave -dijo ella, rozándolo con el índice. El cerró los ojos.
Su cuerpo emanaba un aroma embriagador. Ella había percibido la seductora fragancia desde el momento en que él la había visto por primera vez. Ahora, saturaba el aire.
Curiosa, deslizó el dedo dentro de su boca. Los ojos de Butch se abrieron como platos.
Tanteó sus dientes delanteros, encontrando extraña la ausencia de colmillos. Al adentrarse más, sintió el interior resbaladizo, húmedo, cálido.
Lentamente, los labios de él se cerraron alrededor del dedo, lamiéndole la rema con movimientos circulares.
Una oleada de placer le recorrió el cuerpo.
Los pezones le hormigueaban y algo le sucedía entre las piernas. Se sintió dolorida. Hambrienta.
-Quiero... -No supo qué decir.
Él agarró su mano y echó la cabeza hacia atrás, succionando a lo largo del dedo hasta que salió de su boca. Con los ojos clavados en los suyos, giró la palma de la mano hacia arriba, le lamió en el centro y presionó los labios contra su piel.
Ella se reclinó contra él.
-¿Qué es lo que quieres? -preguntó él en voz baja--. Dímelo, dulzura. Dime qué quieres.
-Yo... no sé. Nunca me he sentido así.
Su respuesta pareció romper el hechizo. La cara de Butch se ensombreció, y le soltó la mano. Una maldición, suave y vil, se desprendió de él mientras se distanciaba.
Los ojos de Marissa chispearon ante su rechazo. -¿Te he disgustado?
Santo Dios, aquello era algo que parecía dársele muy bien, tratándose de machos.
-¿Disgustarme? No, lo estás haciendo muy, bien. Eres una verdadera profesional. -Extendió la mano. Parecía estar luchando consigo mismo, intentando regresar ala normalidad des de algún lugar muy lejano-. Es sólo que la actuación de niña inocente me está perturbando un poco.
-¿Actuación?
-Ya sabes, poner esa cara de virgen con ojos de ternera degollada.
Ella dio unos pasos hacia delante mientras trataba de pensar en una respuesta, pero él extendió las manos.
-Hasta ahí está bien. -¿Por qué?
-Por favor, dulzura. Deja ya de actuar. Marissa puso mala cara.
--Eres incoherente.
-Ah. ¿de verdad?-dijo él-. Escucha, tú me excitas con sólo quedarte ahí parada. No tienes que fingir ser algo que no eres. Y yo..., eh, no tengo problema con lo que haces. Tampoco voy a arrestarte por eso.
-¿Arrestarme por qué?
Mientras él ponía los ojos en blanco, ella trataba de comprender a qué se estaba refiriendo.
-Ya me voy -dijo ella bruscamente. Su irritación crecía a cada momento que pasaba.
-Espera. -El extendió la mano, sujetándola por un brazo-. Me gustarla volver a verte.
Ella frunció el ceño, con la mirada tija en la mano que la agarraba. El hombre la soltó y se la frotó como queriendo deshacerse de aquella sensación.
-¿Por qué? -preguntó-. Es obvio que ahora te disgusta el simple hecho de tocarme.
-Ajá. Sí, claro. -Le lanzó una mirada cínica-. Escucha, ¿cuánto va costarme que actúes con normalidad?
Ella le devolvió una mirada feroz. Antes de terminar con Wrath, quizás habría huido. Pero ya no quería hacerlo.
-No te entiendo -dijo.
-Como quieras, dulzura. Dime, ¿hay tipos tan necesitados de acción que se tragan esa comedia?
Marissa no entendió aquella jerga con exactitud, pero finalmente captó la esencia de lo que él estaba pensando. Horrorizada, enderezó completamente la espalda.
-¿Cómo te atreves?
El se quedó mirándola fijamente, semiparalizado. Luego respiró con fuerza.
-Ah, diablos. -Se frotó la cara con la mano-. Escucha, olvídalo, ¿vale? Vamos a olvidar que nos hemos conocido... -Nunca he sido poseída. A mi hellren no le agradaba mi compañía. Así que nunca he sido besada o tocada, ni siquiera abrazada por un macho que sintiera pasión por mí. Pero yo no soy….no soy indigna. -La voz le tembló al final-. Es sólo que nadie me ha querido.
Los ojos del hombre se abrieron como si ella lo hubiera abofeteado o algo parecido.
Ella desvió la mirada.
-Y nunca he tocado a un macho -susurró-. Simplemente no sé qué hacer.
El humano dejó escapar un largo suspiro, como si estuviera exhalando todo el oxígeno del cuerpo.
-Santa María, madre de Dios -murmuró-. Lo siento. De verdad que lo siento. Soy..., soy un completo imbécil, y te he juzgado rematadamente mal.
Su horror ante lo que le había dicho era tan palpable, que ella sonrió un poco.
-¿Lo dices en serio?
--Diablos, sí. Es decir, sí, claro. Espero no haberte ofendido tanto como para que no puedas perdonarme. ¿Pero cómo podrías hacerlo? Jesucristo... Lo lamento mucho. -Su palidez parecía real.
Ella puso una mano sobre su hombro. -Te perdono.
El sonrió, incrédulo.
-No deberías. Tendrías que enfadarte conmigo durante algún tiempo. Por lo menos una semana, tal vez un mes. Quizá más tiempo. Me he pasado de la raya.
-Pero no quiero enfadarme contigo. Hubo una larga pausa.
-¿Aún quieres verme mañana? -Sí.
Él pareció asombrado de su buena suerte.
-¿De verdad? Eres una santa, ¿lo sabías? Extendió la mano y le acarició la mejilla con la yema de los dedos. -¿Entonces dulzura? ¿Dónde quieres que nos encontremos?
Ella pensó unos segundos. A Havers le daría un ataque si supiera que estaba viendo a un humano.
-Aquí. Te veré aquí. Mañana por la noche. Él sonrió.
-Bien. ¿Y cómo volverás a casa? ¿Necesitas que te lleve O un taxi?
-No, usaré mis propios medios.
-Espera... antes de que te vayas. -Avanzó hacia ella. El adorable aroma del hombre llegó hasta ella, perturbándola de nuevo-. ¿Puedo darte un beso de buenas noches? Aunque no lo merezca.
Por costumbre, ella le ofreció el dorso de la mano.
Él la cogió y la atrajo hacia sí. Las palpitaciones en la sangre y- entre las piernas regresaron.
-Cierra los ojos -susurró él. Así lo hizo.
Los labios del hombre le rozaron la frente y luego las sienes.
Ella abrió la boca al sentir de nuevo ese dulce sofoco. -Jamás podrías disgustarme -dijo él con su voz profunda.
Y luego le tocó las mejillas con los labios.
Ella esperó algo más. Pero al no recibirlo, abrió los ojos. Él la miraba fijamente.
-Vete -dijo-. Te veré mañana.
Ella asintió. Y se desmaterializó directamente entre sus manos.
Butch lanzó un grito, dando un tremendo salto hacia atrás. -¡Mierda!
Se miró la mano. Todavía podía sentir el contacto de la palma de su mano y oler su perfume.
Pero se había desvanecido en el aire. En un momento estaba frente a él, y al siguiente...
Beth llegó corriendo a la habitación. -¿Estás bien?
-No, bien una mierda -dijo bruscamente. Wrath entró detrás de Beth a grandes zancadas. -¿Dónde está Marissa?
-¿Cómo voy a saberlo? ¡Desapareció en un instante! Delante de mis... Estaba..., yo le sostenía la mano y ella... -Estaba empezando a parecer un idiota frenético, así que cerró la boca.
¿Pero cómo no iba a estar histérico? Le gustaban las leves de la física tal como las conocía. Con la gravedad manteniéndolo todo sobre el maldito planeta en su sitio. Con la fórmula E=mc2 diciéndole lo rápido que podía llegar a un bar.
La gente no se desvanecía en el aire de una maldita habitación.
-¿Puedo contárselo? -preguntó Beth al vampiro. El sospechoso se encogió de hombros.
-Normalmente, te diría que no, porque es mejor que no lo sepan. Pero considerando lo que acaba de ver... -¿Contarme qué? ¿Que sois un hatajo de...? -Vampiros -murmuró Beth.
Butch la miró, con fastidio.
-Sí, claro. Inténtalo con otra cosa, dulzura.
Pero entonces ella empezó a hablar, diciéndole cosas que él no podía creer.
Cuando Beth terminó, lo único que pudo hacer Butch fue mirarla fijamente. Su instinto le decía que no estaba mintiendo, pero le resultaba demasiado difícil de aceptar.
-No creo nada de esto -le dijo.
-Para mí también fue difícil de comprender.
-Apuesto a que sí.
Se paseó por la habitación, deseando poder beber algo, mientras ellos lo miraban en silencio.
Finalmente, se detuvo ante Beth. -Abre la boca.
Escuchó un ruido sordo y desagradable detrás de él, al mismo tiempo que una corriente de aire frío le azotaba la espalda. -Wrath, déjalo -dijo Beth-Cálmate.
Separó los labios, revelando dos largos caninos que ciertamente antes no estaban ahí. Butch sintió que las rodillas le temblaban mientras extendía la mano para tocar los dientes.
Una gruesa mano lo sujetó por el brazo, con tuerza suficiente para fracturarle los huesos de la muñeca.
-Ni lo sueñes -gruñó Wrath.
-Suéltalo -ordenó ella suavemente, aunque no abrió la boca de nuevo cuando la mano del detective fue liberada-. Son reales, Butch. Todo este asunto... es real.
El policía alzó la vista para mirar al sospechoso. -Entonces eres realmente un vampiro, ¿no es así? -Será mejor que lo creas, detective. -El enorme bastar do moreno sonrió, mostrando un monstruoso juego de colmillos. Ésas si que son herramientas serias, pensó Butch.
-¿La mordiste para convertirla en vampiresa?
-No funciona así. O naces de nuestra especie o no lo eres. Los fanáticos de Drácula iban a ponerse muy contentos. Al fin unos colmillos de verdad.
Butch se dejó caer sobre el sofá. -¿Mataste a esas mujeres? Para beber su...
-¿Sangre? No. Lo que hay en las venas humanas no me mantendría vivo durante mucho tiempo.
-¿Entonces me estás diciendo que no tuviste nada que ver con esas muertes? Es decir, en las escenas de los crímenes encontramos estrellas arrojadizas iguales a las que tú llevabas la noche que te arresté.
-Yo no las maté, detective. -¿Y al hombre del coche?
El vampiro negó con la cabeza.
-Mis presas no son humanas. Mi lucha nada tiene que ver con tu mundo. Y sobre la bomba..., acabó con uno de los nuestros.
Beth emitió un sonido fuerte y claro. -Mi padre -susurró.
El hombre la atrajo a sus brazos.
-Sí. Y estamos buscando al bastardo que lo hizo. -¿Tienes alguna idea de quién apretó el botón? -preguntó Butch, dejando salir al policía que llevaba dentro. Wrath se encogió de hombros.
-Tenemos una pista. Pero es asunto nuestro, no tuvo. De todas formas, Butch va no podía preguntar, puesto que va no pertenecía al cuerpo.
El vampiro acarició la espalda de Beth y sacudió la cabeza. -No te mentiré, detective. Ocasionalmente, algún humano se interpone en nuestro camino. Y si alguien amenaza a nuestra raza, lo mataré, no importa quién o qué sea. Pero va no toleraré bajas humanas como solía hacerlo, y no sólo por el riesgo a quedar expuestos. -Besó a Beth en la boca, mirándola a los ojos.
En ese momento, el resto de los miembros de la Hermandad entró en la habitación. Sus miradas frías hicieron sentirse a Butch como un insecto en una vitrina. O un chuletón a punto de ser trinchado.
El señor Normal avanzó y le ofreció una botella de whisky escocés.
-Parece como si necesitaras un poco. Sí, ¿eso crees?
Butch tornó un trago. -Gracias.
-¿Ya podernos matarlo?, -dijo el de la perilla Y la gorra de béisbol.
Wrath habló con voz severa: -Retrocede, V.
-¿Por qué? Es sólo un humano.
-Y mi shellan es medio humana. Ese hombre no morirá solamente por no ser uno de nosotros.
-Santo Dios, has cambiado.
-Y tú tendrás que modernizarte, hermano.
Butch se puso de pie. Si iban a tener un debate sobre su muerte, quería participar de la discusión.
-Aprecio tu apoyo -le dijo a Wrath-. Pero no lo necesito.
Se dirigió hasta donde estaba el individuo de la gorra, aferrando con fuerza el cuello de la botella por si tuviera que romperla en la cabeza de alguno. Se acercó tanto al tipo que sus narices casi se tocaron. Podía sentir que el vampiro se enardecía, preparado para el combate.
-Me encantará vérmelas contigo, imbécil -elijo Butch-. Es muy probable que termine perdiendo, pero peleo sucio, así que haré que sufras mientras me matas. -Luego levantó la vista hacia la gorra del tipo-. Aunque detesto moler a golpes a otro fanático de los Red Sox.
Una risotada sonó detrás ele él. Alguien dijo: -Esto será divertido.
El sujeto entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos líneas. -¿Dices la verdad sobre los Sox?
-Nacido y criado en el sur. He sido aficionado desde que tengo uso de razón.
Hubo un largo silencio. El vampiro resopló. -No me gustan los humanos.
-Sí, bueno, yo tampoco me vuelvo loco por vosotros, chupasangres.
El sujeto se acarició la barba.
-¿Cómo llamas a veinte tipos viendo la Serie Mundial? -Los Yankees de Nueva York -replicó Butch.
El vampiro se rió a grandes carcajadas, se quitó la gorra de la cabeza y se golpeó el muslo con ella, rompiendo la tensión. Butch dejó escapar un largo suspiro, sintiendo como si acabara de salvarse de que lo aplastara un camión de dieciocho ruedas. Mientras tomaba otro trago de la botella, decidió que estaba siendo una noche de lo más extraña.
-Dime que Curt Schilling no era un dios -dijo el vampiro.
Hubo un refunfuño colectivo por parte de los otros hombres. Uno de ellos murmuró:
-Si empieza a hablar de Varitek, me largo de aquí. -Schillirig era un verdadero guerrero -dijo Butch, echándose otro trago de licor. Cuando ofreció el whisky al vampiro, el tipo cogió la botella y bebió un largo sorbo.
-Amén a eso -dijo.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:07 pm

Capítulo 39
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Cando Marissa entró a su habitación, dio un pequeño giro, como un paso de baile, sintiéndose tan vaporosa como su vestido.
-¿Dónde has estado?
Se detuvo en mitad de la vuelta, y la tela hizo un rápido remolino en el aire.
Havers estaba sentado en el diván, con la cara sombría. -Te he preguntado dónde has estado.
-Por favor, no uses ese tono... -Viste a la bestia.
-É1 no es una...
-¡No lo defiendas ante mí!
Ella no iba a hacerlo. Iba a contarle a su hermano que Wrath había escuchado sus recriminaciones y aceptado toda su culpa. Que se había disculpado y su arrepentimiento había sido palpable, y aunque sus palabras no podían compensar lo que había sucedido, ella se sentía liberada, y, al fin, había sido escuchada. Y a pesar de que su antiguo hellren había sido la razón por la que había ido a casa de Darius, no había permanecido allí por su causa.
-Havers, por favor. Las cosas son muy diferentes. -Después de todo, Wrath le había dicho que tomaría compañera. Y ella había... conocido a alguien-. Tienes que escucharme.
-No, no quiero hacerlo. Sé que todavía vas a verle. Eso es suficiente.
Havers se levantó del diván, moviéndose sin su elegancia habitual. Cuando la luz lo iluminó, ella se quedó horrorizada. Tenía la piel cenicienta y las mejillas hundidas. Últimamente había adelgazado mucho, pero ahora parecía un esqueleto.
-Estás enfermo -susurró ella. -Estoy perfectamente bien. -La transfusión no ha funcionado, ¿verdad?
-¡No trates de cambiar de tema! -La miró furioso. Dios, nunca pensé que llegaríamos a esto. Nunca pensé que harías las cosas a escondidas de mí.
-¡No me he escondido!
-Me dijiste que habías roto el pacto. -Lo hice.
-Mientes.
-Havers, escúchame...
-¡Ya no! -No la miró a la cara cuando abrió la puerta--. Eres lo único que me queda, Marissa. No me pidas que me haga a un lado amablemente y sea testigo de tu destrucción. -¡Havers!
La puerta se cerró de golpe.
Con implacable decisión, ella salió corriendo al pasillo. -¡Havers!
É1 y a estaba en el primer escalón, y se negó a volverse a mirarla. Dio un manotazo en el aire detrás de él, rechazándola. Ella regresó a su habitación y se sentó ante el tocador. Transcurrieron unos minutos antes de que pudiera recuperar el ritmo de la respiración.
La ira de Havers era comprensible, pero temible por lo intensa e inusitada. Nunca había visto a su hermano en semejante estado. Estaba claro que no podría razonar con él hasta que se calmara.
Al día siguiente hablaría con él. Se lo explicaría todo, incluso lo del nuevo macho que había conocido.
Se miró al espejo y pensó cómo la había tocado el humano. Alzó la mano, sintiendo de nuevo la sensación de aquellos labios succionando su dedo. Quería más de él.
Sus colmillos se alargaron sutilmente. ¿Qué sabor tendría su sangre?
Después de acomodar a Beth en la cama de su padre, Wrath se dirigió a su alcoba y se vistió con una camisa blanca y unos pantalones blancos holgados. Sacó una sarta de enormes perlas negras de una caja de ébano y se arrodilló en el suelo junto a su cama, sentándose sobre los talones. Se puso el collar, apoyó las manos sobre los muslos con las palmas hacia arriba y cerró los ojos.
Tan pronto como controló su respiración, sus sentidos volvieron a la vida. Pudo escuchar a Beth cambiando de posición en la cama al otro lado del pasillo, suspirando mientras ahuecaba las almohadas. El resto de la casa estaba bastante tranquilo, sólo llegaban hasta él sutiles vibraciones. Algunos de los hermanos iban a pasar la noche en las habitaciones del piso superior, y podía percibir sus pasos.
Estaba dispuesto a apostara que Butch y V todavía estaban hablando de béisbol.
Wrath tuvo que sonreír. Ese humano era todo un personaje. Uno de los hombres más agresivos que había conocido. ¿Y qué pensar de que a Marissa le gustara el policía? Bueno, habría que ver adónde les conduciría aquello. Tener cualquier tipo de relación con alguien de la otra especie era peligroso. Evidentemente, los hermanos se acostaban con muchas mujeres humanas, pero sólo una noche, así los recuerdos eran fáciles de borrar. Si entraban en juego lazos emocionales, N el tiempo pasaba, resultaba más difícil hacer un buen trabajo de limpieza en el cerebro humano. Los recuerdos permanecían y luego afloraban, complicando las cosas y causando problemas.
Diablos, quizás Marissa sólo estaba jugando con el detective para después succionarlo hasta dejarlo seco. Eso estaría bien. Pero hasta que ella lo matara o se quedara con él, Wrath los vigilaría con mucha atención.
Dominó sus pensamientos y empezó a entonar cánticos en su antigua lengua, usando los sonidos para anular sus procesos cognitivos. Al principio, debido a la falta de práctica, se hizo un lío con las palabras. La última vez que había recitado aquellas oraciones tenía diecinueve o veinte años. Los recuerdos de su padre sentado junto a él, indicándole el camino a seguir, casi lo distraen de su objetivo, pero se obligó a poner la mente en blanco.
Las perlas comenzaron a calentarse contra su pecho. Entonces, se vio a sí mismo en un patio. La blanca arquitectura tenía un estilo clásico: la fuente, las columnas y el pavimento eran de un mármol pálido que resplandecía. La única nota de color la ponían una bandada de aves posadas sobre un árbol blanco.
Dejó de rezar, y se puso en pie.
-Ha pasado mucho tiempo, guerrero. -Oyó la majestuosa voz femenina a su espalda.
Se dio la vuelta.
La diminuta figura que se le aproximaba estaba completamente cubierta de seda negra. La cabeza, el rostro, las manos y los pies, todo. Flotó hacia él, no caminó, simplemente se desplazó en el aire. Su presencia lo inquietó.
Wrath hizo una reverencia con la cabeza. -Virgen Escriba, ¿cómo estás?
--Vayamos al grano, ¿cómo estás tú, guerrero? Has venido buscando un cambio, ¿no es cierto?
Él asintió. -Yo...
-Deseas que el pacto con Marissa se deshaga. Has encontrado a otra y quieres que sea tu shellan.
-Sí.
-Esta hembra es la hija de tu hermano Darius, que está en el Fade.
-¿Lo has visto?
Ella se rió entre dientes.
-No trates de interrogarme. He dejado pasar tu primera pregunta porque estabas siendo cortés, pero recuerda tus modales, guerrero.
Mierda.
-Mil perdones, Virgen Escriba.
-Os libero a ti y a Marissa de vuestro acuerdo. -Gracias.
Hubo una larga pausa.
Esperó a que ella decidiera sobre la segunda parte de su petición.
-Dime algo, guerrero. ¿Piensas que tu especie es indigna?
Él frunció el ceño, pero cambió rápidamente a una expresión neutra. La Virgen Escriba no iba a aguantar una mirada torva.
-¿Y bien, guerrero?
Él no tenía ni idea de adónde quería llegar ella con aquella pregunta.
-Mi especie es una raza indómita y orgullosa.
-No te he pedido una definición. Quiero saber lo que prensas de ellos.
-Los protejo con mi vida.
-Y sin embargo no lideras a tu pueblo. Así que sólo puedo conjeturar que no los valoras, y por lo tanto luchas porque te gusta hacerlo o porque deseas morir. ¿Cuál de las dos opciones es la correcta?
Esta vez, él no suavizó su expresión y un rictus amargo torció sus labios.
-Mi raza sobrevive gracias a lo que los hermanos y yo hacemos.
-Con dificultad. De hecho, su número disminuye. No prospera. La única colonia localizada es la establecida en la Costa Este de Estados Unidos, e incluso allí viven aislados los unos de los otros. No hay comunidades. Ya no se celebran festivales. Los rituales, cuando se realizan, se hacen privadamente. No hay nadie que medie en las disputas, nadie que les dé esperanzas. Y la Hermandad de la Daga Negra está maldita. No queda nadie en ella que no sufra.
-Los hermanos tienen sus... problemas. Pero son fuertes. -Y deberían ser más fuertes. -Ella ladeó la cabeza-. Le has fallado a tu linaje, guerrero, como si ya no tuvieras razón de ser. Así que dime, ¿por qué debería concederte el deseo de tomar a una mestiza como reina? -La túnica de la Virgen Escriba se movió como si estuviera moviendo la cabeza-. Es preferible que continúes trabajando con los miembros que posees que imponer a tu pueblo otra figura decorativa sin propósito alguno. Vete ahora, guerrero. Hemos terminado.
-Quisiera decir algo en mi defensa -dijo él, apretando los dientes.
-Y yo no quiero escucharlo. -Le dio la espalda y se alejó.
-Te ruego que tengas clemencia. -Detestaba pronunciar esas palabras, y por el sonido de su risa adivinó que ella también lo sabía...
La Virgen Escriba regresó junto a él.
Cuando habló, su tono era severo, tan remarcado como las líneas negras de su túnica contra el mármol blanco.
-Si vas a rogar, guerrero, hazlo apropiadamente. De rodillas.
Wrath forzó a su cuerpo a descender al suelo, odiándola. -Prefiero verte así -murmuró ella, adoptando de nuevo un tono amable-. Ahora, ¿qué querías decirme?
Él se tragó las palabras hostiles, obligándose a adoptar un semblante sereno, totalmente hipócrita.
-La amo. Quiero honrarla, s, no tenerla simplemente para calentar mi cama.
-Entonces trátala bien. Pero no hay necesidad de realizar una ceremonia.
-No estoy de acuerdo. -Y añadió-: Con todo el respeto.
Hubo un largo silencio.
-No has buscado mi consejo en todos estos siglos. Él levantó la cabeza.
-¿Es eso lo que te molesta?
-¡No me cuestiones! -dijo ella con brusquedad-. O te quitaré a esa mestiza más rápido de lo que tardes en respirar. Wrath bajó la cabeza y apoyó los puños sobre el mármol. Esperó.
Esperó durante tanto tiempo, que estuvo tentado de mirar si ella se había marchado.
-Tendrás que hacerme un favor -dijo ella. -Te escucho.
-Liderarás a tu pueblo.
Wrath miró hacia arriba, sintiendo una sensación de opresión en la garganta. No había podido salvar a sus padres, a duras penas podía proteger a Beth, ¿y la Virgen Escriba quería que se hiciera responsable de toda su maldita raza?
-¿Qué dices, guerrero? Como si tuviera elección. -Como desees, Virgen Escriba.
-Es una orden, guerrero. No es mi deseo, ni tampoco un favor que te pido. -Dejó salir una especie de bufido exasperado-. Levántate. Tus nudillos están sangrando sobre mi mármol.
Él se incorporó hasta quedar a su altura. Permaneció en silencio, pensando que probablemente ella le iba a imponer más condiciones.
Se dirigió a él en tono áspero:
-Tú no deseas ser rey. Eso es obvio. Pero es tu obligación por nacimiento, y ya es hora de que vivas de acuerdo con tu legado.
Wrath se pasó una mano por el cabello; una desagradable ansiedad hizo que sus músculos se tensaran.
La voz de la Virgen Escriba se suavizó un poco:
-No te preocupes, guerrero. No te abandonaré a tu suerte. Acudirás a mí y yo te ayudaré. Ser tu consejera es parte de mi propósito.
Al menos, aquello le daba una cierta tranquilidad, porque iba a necesitar mucha ayuda. No tenía ni la menor idea de cómo gobernar. Podía matar de cien maneras diferentes, desenvolver se en cualquier tipo de batalla, mantener la cabeza fría cuando el maldito mundo estaba en llamas. ¿Pero pedirle que se dirigiera a una muchedumbre de miembros de su pueblo? Sintió que el estómago se le revolvía.
-¿Guerrero?
-Sí, vendré a verte a menudo.
-Pero ése no es el favor que me debes.
-¿Cuál es ...? -Se pasó la mano por el cabello-. Perdón, retiro la pregunta.
Ella se rió por lo bajo. -Siempre has aprendido rápido. -Me conviene. -Si iba a ser rey.
La Virgen Escriba flotó más cerca, y él se sintió embriagado por un perfume de lilas.
-Extiende tu mano. Así lo hizo.
Los negros pliegues se movieron cuando su brazo se alzó, dejando caer algo en su mano. Era un anillo, un pesado anillo de oro con un rubí engastado del tamaño de una nuez. Estaba tan caliente que no pudo retenerlo y lo dejó caer.
El Rubí Saturnino.
-Le darás esto de mi parte. Y yo presidiré la ceremonia. Wrath recogió el regalo y lo apretó con fuerza, hasta que le pinchó en la palma de la mano.
-Nos honrarás con tu presencia. -Sí, pero tengo otra intención. -El favor.
Ella se rió.
-Eso ha estado bien. Una pregunta hecha en forma de afirmación. No te sorprenderá, por supuesto, que no te responda. Vete ahora, guerrero. Vete con tu hembra. Y esperemos que hayas hecho una buena elección.
La figura se dio la vuelta y se alejó. -¿Virgen Escriba?
-Hemos terminado. -Gracias.
Ella se detuvo cerca de la fuente.
Los negros pliegues se agitaron cuando extendió las manos hacia la pequeña cascada de agua. Cuando la seda se deslizó hacia atrás, apareció una luz cegadora, como si sus huesos brillaran y su piel fuera translúcida. En el momento en que tocó el agua, un arco iris salió de sus manos, inundando el blanco patio.
Wrath siseó por la impresión cuando repentinamente su visión se hizo clara. El patio, las columnas, los colores, ella..., pudo distinguir todo a la perfección. Fijó la mirada en el arco iris. Amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, verde. Los refulgentes colores eran tan brillantes que cortaban el aire. Sin embargo, su vívida belleza no hirió sus ojos. Absorbió aquella imagen, envolviéndola con su mente, reteniéndola en su memoria.
La Virgen Escriba lo miró de frente, y dejó caer la mano. Instantáneamente, los colores se desvanecieron ti, su visión se debilitó nuevamente.
Se dio cuenta de que le había dado un pequeño regalo, igual que cuando había puesto el anillo para Beth en sus manos. -Estás en lo cierto -dijo ella suavemente-. Esperaba estar más cerca de ti. Tu padre y yo teníamos un vínculo, y estos solitarios siglos han sido largos y difíciles. Ya nadie celebra los antiguos ritos ni entona cánticos, no hay historia que preservar. Soy inútil, he sido olvidada. Pero lo peor -continuó- es que puedo ver el futuro, y es lúgubre. La supervivencia de la raza no está asegurada. No podrás hacer esto solo, guerrero. -Aprenderé a pedir ayuda.
Ella asintió.
-Empezaremos de nuevo, tú y yo. Y trabajaremos juntos, como debe ser.
-Como debe ser -murmuró él, arrastrando las palabras. -Volveré contigo y tus hermanos esta noche -dijo ella-. Y la ceremonia se realizará conforme al ritual. Estableceremos un pacto adecuado, guerrero, y lo haremos de la forma apropiada. Suponiendo que la hembra te acepte.
Le dio la sensación de que la Virgen Escriba estaba sonriendo.
-Mi padre me dijo tu nombre -dijo-. Lo usaré, si asilo deseas.
-Hazlo.
-Te veremos entonces, Analisse. Haré los preparativos.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:08 pm

Capítulo 40
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El señor X observó a Billy Riddle entrar en la oficina. Iba vestido con un polo azul oscuro y un par de pantalones cortos caqui; estaba bronceado, saludable, fuerte.
-Sensei. -Billy inclinó la cabeza. -¿Cómo estás, hijo?
-Lo he meditado.
El .señor X aguardó la respuesta, sorprendiéndose de lo importante que podía llegar a ser para él.
-Quiero trabajar para usted. El señor X sonrió.
-Eso está bien, hijo. Muy bien.
-¿Qué tengo que hacer? ¿Tendré que rellenar los formularios de la academia?
-Es algo más complicado que eso. En realidad, no trabajarás para la academia.
-Pero pensaba que había dicho...
-Billy, hay unas cuantas cosas más que tendrás que entender. Y está el pequeño detalle de la iniciación.
-¿Quiere decir un rito? Porque eso no será problema. Ya he pasado por alguno para entrar en el equipo de fútbol. -Me temo que será un poco más delicado. Pero no te preocupes, yo pasé por eso y sé que te irá muy bien. Te diré lo que tienes que traer, y yo estaré a tu lado. Todo el tiempo.
Después de todo, ver al Omega en plena acción era algo que uno no podía perderse.
-Sensei, yo, eh... -Riddle carraspeó-. Sólo quiero que sepa que no lo defraudaré.
El señor X sonrió lentamente, pensando que ésa era la mejor parte de su trabajo.
Se puso de pie y se aproximó a Billy. Apoyó una mano sobre el hombro del muchacho, dándole un pequeño apretón, y lo miró fijamente a los grandes ojos azules.
Billy entró suavemente en un trance.
El señor X se inclinó hacia delante y le quitó cuidadosamente el pendiente de diamante. Luego le cogió el lóbulo entre el pulgar y el índice, y lo masajeó.
Su voz era fuerte y tranquila:
-Quiero que llames a tu padre y que le digas que te vas de casa, y que lo harás de inmediato. Dile que has encontrado un empleo y que tienes que hacer un cursillo de preparación intensivo.
El señor X le quitó a Riddle el Rolex de acero inoxidable y luego le abrió el cuello de la camisa. Introdujo la mano, y tocó la cadena de platino que Billy llevaba al cuello. Abrió el cierre, dejándola caer en la palma de la mano. El metal estaba tibio por el contacto con la piel.
-Cuando hables con tu padre, conservarás la calma sin importar lo que te diga. Lo tranquilizarás diciéndole que tu futuro es prometedor y que has sido elegido entre muchos aspirantes para un trabajo muy importante. Le dirás que siempre podrá encontrarte en tu móvil, pero que le será imposible verte porque estarás viajando.
El señor X recorrió el pecho de Billy con la mano, sintiendo las protuberancias de los músculos, la calidez de la vida, el murmullo de la juventud. Cuánto poder en ese cuerpo, pensó. Cuánta tuerza maravillosa.
-No mencionarás la academia. No revelarás mi identidad. Y no le dirás que vendrás a vivir conmigo.-El señor X habló directamente al oído de Billy-: Le dirás a tu padre que lamentas todas las cosas malas que hiciste. Le dirás que lo quieres. Y luego yo te recogeré para llevarte conmigo.
Mientras Billy respiraba profundamente en pacífica sumisión, el señor X recordó su propia ceremonia de iniciación. Durante un instante fugaz, deseó haber meditado un poco más aquella oferta que había aceptado décadas atrás.
Ahora sería un anciano. Quizás tuviera nietos, si hubiera encontrado a una mujer que hubiera soportado permanecer a su lado durante algún tiempo. Y habría tenido una vida normal, tal vez trabajando en una de las fábricas de papel o en una gasolinera. Habría sido uno más entre cientos de millones de hombres anónimos con esposas quejumbrosas, bebiendo con sus amigos al caer la noche y pasando sus valiosos días sumergido en una bruma de insatisfacción por su insignificancia.
Pero habría estado vivo.
Al mirarse en los brillantes ojos azules de Billy, el .señor X se preguntó si realmente había salido ganando con el cambio. Porque ya no era dueño de sí mismo. Era un sirviente que actuaba a capricho del Omega. El sirviente principal, era cierto, pero sirviente al fin y al cabo.
Y nunca llevarían luto por él.
Porque nunca dejaría de respirar... o porque nadie lo echaría de menos cuando exhalara su último suspiro.
Frunció el ceño.
De todas formas, va no le importaba mucho, porque no había vuelta atrás. Y eso era lo primero que aprendería Riddle esa noche.
El señor X liberó la mente y el cuerpo de Riddle. -¿Está todo claro?
Billy asintió, mareado. Bajó la vista y se miró, como si se preguntara qué había sucedido.
-Bien, ahora dame tu móvil. -Cuando Billy le entregó el teléfono, el señor X sonrió-. ¿Qué es lo que se dice, hijo?
-Sí, sensei.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:08 pm

Capítulo 41
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Beth despertó en la cama de Wrath. En algún momento, debía de haberla trasladado a su alcoba.
Notó el pecho del macho contra su espalda, el brazo alrededor de su cuerpo, la mano entre sus piernas.
Su erección, dura y cálida, contra su cadera.
Ella se dio la vuelta. Él tenía los ojos cerrados y respiraba profunda y lentamente. Beth sonrió, pensando que, incluso en sueños, él la deseaba.
-Te amo -susurró.
Sus párpados se abrieron de repente. Era como ser iluminada por dos enormes faros.
-¿Qué, leelan? ¿Te sientes bien? -Y luego retiró la mano bruscamente, como si se acabara de dar cuenta de dónde se encontraba-. Lo siento. Yo, eh... Probablemente no estás lista para... Así que en cuanto...
Ella le cogió la mano y la guió entre sus muslos, presionando los dedos contra su cuerpo.
Los colmillos del macho descendieron hasta su labio inferior mientras respiraba profundamente.
-Estoy más que preparada para ti -murmuró ella, agarrando su grueso pene con la mano.
Cuando él gimió y se acercó, ella pudo sentir los latidos de su corazón, el flujo de su sangre, sus pulmones llenándose. Le resultaba de lo más extraño. Podía percibir exactamente cuánto la deseaba, y no sólo porque le estaba masturbando.
Y cuando él introdujo los dedos en su vagina, su propio cuerpo respondió, y pudo sentirlo aún más excitado. Cada beso, cada caricia, cada estremecimiento, se magnificaron.
Wrath se obligó y la obligó a ir más despacio. Cuando ella se sentó a horcajadas sobre él, la recostó sobre la cama y le dio placer, aunque su propio cuerpo ansiaba desahogarse. Fue muy dulce con ella, muy amoroso.
Finalmente, se colocó sobre sus muslos abiertos, apoyando su peso en los gruesos brazos. Su largo cabello oscuro caía alrededor de la mujer, mezclándose ambos.
-Desearía poder ver tu cara con nitidez -dijo él, frunciendo el ceño como si estuviera tratando de apreciar sus rasgos-. Sólo por una vez, desearía...
Ella colocó las manos en sus mejillas, sintiendo la aspereza de su incipiente barba.
-Te diré qué verías -murmuró ella-: que te amo. Y eso ya lo estás haciendo.
Él cerró los ojos y sonrió. La expresión le transformó la cara. Resplandecía.
-Ah, leelan, me complaces sin fin.
La besó. Y lentamente introdujo su cuerpo en el de ella. Cuando estuvieron completamente unidos, se quedó inmóvil, susurrándole unas palabras en su idioma que tradujo de inmediato.
Aquel « te amo, esposa mía» iluminó el rostro de Beth con una sonrisa radiante.
Butch se dio la vuelta, medio dormido. Aquella cama no era la suya. Ésta era pequeña, no de gran tamaño. Y las almohadas eran diferentes, extraordinariamente suaves, como reposar la cabeza sobre pan recién horneado. Y lo mismo sucedía con las sábanas, de una delicadeza a la que no estaba habituado.
Pero el ronquido que sonó a su lado lo confirmó. Definitivamente, no estaba en su casa.
Abrió los ojos. Las ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas, pero el resplandor de una luz en el baño fue suficiente para ver algunas cosas. Todo en la habitación era de gusto refinado. Antigüedades, cuadros, muebles...
Echó un vistazo hacia el lugar de donde procedía aquel ronquido. En la otra cama, había un hombre profundamente dormido con la oscura cabeza enterrada en una almohada y las sábanas y mantas tapándolo hasta la barbilla.
Lo recordó todo. Vishous. Su nuevo amigo. Fanático de los Red Sox como él. Un malvado asesino muy listo.
Un maldito vampiro.
Butch se llevó la mano a la frente. Durante aquella noche, se había dado la vuelta muchas veces atemorizado porque estaba a su lado.
Pero aquello era el colmo.
¿Cómo habían...? Ah, va recordaba. Se habían ido a dormir después de vaciar la botella de whisky de Tohr.
Tohr. Diminutivo de Tohrment.
Dios, incluso sabía sus nombres. Rhage, Phury. Y ese sujeto espeluznante, Zsadist.
Nada de nombres convencionales como Tom, Dick o Harry para esos vampiros.
¿Podría uno imaginar a un chupasangre letal llamado Howard? ¿O Eugene?
Oh, no, Wallie, por favor, no me muerdas el... Por todos los santos, se estaba volviendo loco. ¿Qué hora era?
-Ove, detective, ¿qué hora es?
Butch extendió la mano hacia la mesita de noche. Junto a su reloj de pulsera había una gorra de los Red Sox, un mechero de oro y un guante de conductor negro.
-Las cinco y media.
-Qué bien. -El vampiro se dio la vuelta-. No abras las cortinas durante otras dos horas. O yo quedaré hecho cenizas y mis hermanos te convertirán en picadillo para perros.
Butch sonrió. Vampiros o no, comprendía a estos tipos. Hablaban su mismo idioma. Veían el mundo de la misma manera. Se sentía cómodo a su alrededor.
Era pavoroso.
-Estás sonriendo -dijo Vishous. -¿Cómo lo sabes?
-Soy muy sensible a las emociones. ¿Eres uno de esos tipos fastidiosos que siempre están alegres por las mañanas? -Diablos, no. Y aun no es por la mañana.
-Lo es para mí, detective. -Vishous se acomodó sobre un costado y miró a Butch-. ¿Sabes? Supiste comportarte anoche. No conozco a muchos humanos que se hubieran enfrentado a Rhage o a mí, y mucho menos delante de los demás hermanos.
-Ah, no, no me vengas con melodramas. No somos novios. -Pero la verdad era que Butch se sentía conmovido por el respeto que le estaba manifestando.
Pero entonces Vishous entrecerró los ojos. Su intelecto era implacable, ser evaluado por él era como ser desnudado por completo.
-Parece que tienes ganas de morir. -No fue una pregunta.
-Sí, tal vez -respondió Butch. Le sorprendió que no le preguntara por qué.
-A todos nos pasa -murmuró Vishous-. Por eso no te pido detalles.
Guardaron silencio durante un momento.
Los ojos de Vishous se entrecerraron de nuevo.
-No volverás a tu antigua vida, detective. Eres consciente, ¿verdad? Sabes demasiado sobre nosotros. Jamás podríamos borrarte completamente la memoria.
-¿Me estás diciendo que vaya eligiendo mi féretro? -Espero que no. Pero no depende de mí únicamente, sino de ti, en gran medida. -Hizo una pausa-. Pero no creo que dejes atrás muchas cosas, ¿o sí?
Butch miró al techo.
Cuando los hermanos le habían permitido revisar sus mensajes esa mañana, sólo encontró uno. Era del capitán, ordenándole que se presentara para los resultados de la investigación de Asuntos Internos.
No era precisamente una cita a la que necesitara acudir. Sabia perfectamente cuál sería el resultado. Lo despedirían y .serviría corno chivo expiatorio para combatir la imagen de la brutalidad policial. O lo jubilarían antes de tiempo para darle un trabajo administrativo.
Y en cuanto a su familia... Sus padres, que Dios los bendiga, vivían todavía en su casa de un barrio al sur de Nueva York, rodeados de los hijos e hijas que tanto amaban. Aunque todavía llevaban luto por Janie, pasaban sus últimos años con una cierta tranquilidad. Y los hermanos de Butch estaban tan ocupados teniendo niños, criándolos y pensando en tener más, que se encontraban totalmente sumergidos en sus obligaciones familiares. En el clan O'Neal, Butch era sólo una nota al margen. La oveja negra que había fracasado en procrear.
¿Amigos? José era el único al que podía considerar su amigo. Abby ni siquiera era eso. Se trataba, simplemente, de un buen polvo de vez en cuando.
Y después de conocer a Marissa la noche anterior, había perdido interés por el sexo esporádico.
Se volvió a mirar al vampiro. -No, no tengo nada.
-Sé lo que se siente. -Vishous se revolvió en la cama, intentando acomodarse. Se tendió finalmente de espaldas, colocando uno de los pesados brazos sobre los ojos.
Butch frunció el ceño cuando vio la mano izquierda del vampiro. Estaba cubierta de tatuajes de confusos e intrincados dibujos que, desde el dorso, descendían a la palma y terminaban alrededor de cada uno de los dedos. Debió de dolerle mucho cuando se los hicieron.
-¿V? -¿Sí? -¿Qué sucede con los tatuajes?
-Yo no te he preguntado por tu desgraciada vida, detective. -Vishous retiró el brazo-. Si no estoy despierto a las ocho, avísame, ¿vale?
-Sí. De acuerdo. -Butch cerró los ojos.


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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:09 pm

Capítulo 42
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En la alcoba del piso interior, Beth cerró el grifo de la ducha, ~, mientras buscaba una toalla, su nuevo anillo de compromiso resbaló sobre la repisa de mármol,
-Oh, eso no está bien. Nada bien... -Cerró la mano, pensando que había tenido suerte de que Wrath estuviera en el piso de arriba supervisando los preparativos para la ceremonia. Aunque quizá aquel sonido se había escuchado en el primer piso.
Se preparó antes de mirar hacia abajo, convencida de haber roto el rubí o de haberle quitado un trozo. Pero estaba en perfecto estado.
Tendría que acostumbrarse a usar aquel anillo, para no andar dándole golpes a cada instante.
Ojala todas las cosas de la vida a las que iba a tener que acostumbrarse fueran igual de difíciles, pensó irónicamente. El novio te desliza un pedrusco de incalculable valor en el dedo. Qué cosa tan molesta.
Tuvo que reírse mientras se secaba. Wrath le había puesto aquella sortija con mucho orgullo. Le había dicho que era un obsequio de alguien a quien conocería esa noche.
En su boda.
Dejó de secarse durante un segundo. Dios, esa palabra. Boda. ¿Quién hubiera pensado que ella...?

Alguien golpeó suavemente la puerta de la habitación. -Hola, Beth. ¿Estás ahí? -La desconocida voz femenina sonó amortiguada.
Beth se puso la bata de Wrath y se dirigió hacia allí, pero no abrió la puerta.
-¿Sí?
-Soy Wellsie. La shellan de Tohr. He pensado que te gustaría que alguien te ayudara a prepararte para esta noche, y te he traído un vestido de ceremonia, por si no tienes ninguno. Está bien, la verdad es que soy la típica hembra chismosa, Y estaba muerta de curiosidad por conocerte.
Beth abrió la puerta. Guau.
Wellsie no tenía nada de típica. Cabello rojo incandescente, rostro de diosa grecorromana y un aura de total autodominio. Su vestido azul intenso resaltaba su colorido como un cielo otoñal cubierto de hojas secas.
-Ah, hola-dijo Beth.
-Hola. -Los ojos color jerez de Wellsie eran astutos sin ser fríos, especialmente cuando comenzó a sonreír-. Eres preciosa. Con razón Wrath ha caído con semejante fuerza. -¿Quieres pasar?
Wellsie entró en la habitación, arrastrando consigo una caja larga y plana y una bolsa grande. Tenía un aire de superioridad, pero, por alguna razón, no parecía autoritaria.
-Tohr casi no me cuenta lo que estaba sucediendo. Él y Wrath no están en su mejor momento.
-¿Por qué?
Wellsie puso los ojos en blanco, cerró la puerta desde el otro lado de la habitación y descargó la caja sobre la mesa. -Los machos como ellos siempre están llenos de resentimiento, y cada poco tiempo sienten deseos de matarse. Es ine-vitable. Tohr no quiso decirme la causa de su desacuerdo, pero puedo imaginarlo. Honor, valor en el campo de batalla o nosotras, sus hembras. -Wellsie abrió la caja, dejando al descubierto unos pliegues de satén rojo-. Nuestros muchachos tienen buena intención, pero de vez en cuando pueden explotar de furia y decir algo estúpido. -Se volvió e sonrió-. Ya es suficiente de hablar de ellos. ¿Estás lista para esto?
Normalmente, Beth era reticente con los extraños. Pero sintió que merecía la pena confiar en aquella mujer de conversación franca y ojos sagaces.
-Quizá no-rió Beth-. Es decir, conozco a Wrath desde hace muy poco, pero siento que es adecuado para mí. Lo siento con las entrañas. No con la mente.
-Yo sentí lo mismo por Tohr. -El rostro de Wellsie se suavizó-. En cuanto lo vi supe que no tenía escapatoria, Distraídamente se llevó la mano al estómago.
Está embarazada, pensó Beth. -¿Cuándo nacerá?
Wellsie se ruborizó, pero pareció ser más de ansiedad que de alegría.
-Falta mucho. Un año. Si es que puedo conservarlo. -Se inclinó y sacó el traje-. ¿Te gustaría probártelo? Somos casi de la misma talla.
El vestido era una auténtica antigüedad, con pedrería negra sobre encaje en el corpiño y los pliegues de la falda cayendo en una verdadera cascada. El satén rojo llameaba a la luz de las velas, conservando el brillo en la profundidad de sus pliegues, -Es... espectacular. -Beth extendió las manos y acarició la tela.
-Mi madre lo mandó a hacer para mí. Me desposé con él hace casi doscientos años. Podemos eliminar el corsé si quieres, pero he traído las enaguas. Son tan divertidas... Y si no te gusta o tienes planeado ponerte algo diferente, no me sentiré ofendida en lo más mínimo.
-¿Estás loca? ¿Crees que voy a rechazar semejante maravilla para casarme en pantalones cortos?
Beth recogió el vestido y se metió en el baño casi corriendo. Ponerse el traje de noche fue como remontarse al pasado, y cuando volvió a la alcoba no podía parar de alisar la falda. El corpiño le quedaba un poco justo, pero no le importaba siempre que no llenara completamente de aire los pulmones.
-Estás magnífica-dijo Wellsie.
-Sí, porque esto es lo más hermoso que jamás me he puesto. ¿Puedes ayudarme con los últimos botones de la espalda? Los dedos de Wellsie actuaron hábil y rápidamente. Cuando terminó, inclinó la cabeza hacia un lado y juntó las manos.
-Le haces justicia. El conjunto de rojo y, negro hacen un juego perfecto con tu cabello. Wrath va a desmayarse cuando te vea. -¿Estás segura de querer prestármelo? -No quería mancharlo.
-Los vestidos deben ser usados. Y ese traje no lo ha llevado nadie desde 1814. -Wellsie consultó su reloj de diamantes-. Voy al piso de arriba para ver cómo van los preparativos. Es muy probable que Fritz necesite ayuda. Los hermanos saben muy- bien cómo comer, pero su habilidad en la cocina, a veces, resulta deplorable. Se podría pensar que serían mejores con el cuchillo, considerando la forma como se ganan la vida.
Beth se dio la vuelta.
-Échame una mano para desabrochar todo esto y te acompañaré.
Después de ayudarla a quitarse el vestido, Wellsie vaciló. -Escucha, Beth..., me alegro por ti. De verdad que me alegro. Pero pienso que debo ser sincera. Tener a uno de estos machos como compañero no es fácil. Espero que me llames si ne-cesitas alguien con quien desahogarte.
-Gracias -dijo Beth, pensando que seguramente lo haría. Sin duda, Wellsie le podía dar buenos consejos. Aquella mujer daba la sensación de tenerlo todo bajo control en su propia vida, y parecía muy... competente.
Wellsie sonrió.
-Y quizá yo también pueda llamarte de vez en cuando. Dios, he esperado mucho para tener alguien con quien hablar y que pueda comprenderme.
-Ninguno de los otros hermanos tiene esposa, ¿no es cierto?
-Tú y yo somos las únicas, querida. Beth sonrió.
-Entonces será mejor que nos mantengamos unidas.
Wrath se dirigió al piso superior, preguntándose en dónde se encontrarían sus compañeros. Tocó en la puerta de una de las habitaciones de huéspedes, y Butch respondió. El humano estaba secándose el cabello con una toalla. Tenía otra anudada alrededor de la cintura.
-¿Sabes dónde está V? -preguntó Wrath.
--Si, se está afeitando. -El policía asintió por encima del hombro y se apartó hacia un lado. -¿Me necesitas, jefe? -preguntó y en voz alta desde el baño.
Wrath, se rió entre dientes. -Vaya, que escena tan tierna.
El «vete a la mierda» le llegó por ambas partes, al tiempo que Vishous entraba a la habitación, en calzoncillos. Sus mejillas estaban cubiertas de espuma de afeitar y deslizaba una cuchilla pasada de moda a través de su mandíbula. Tenía ambas manos descubiertas.
Por Dios. La mano izquierda de y estaba al aire libre, con sus tatuajes sagrados presagiando graves consecuencias a cualquiera que entrara en contacto con ella. Wrath se preguntó si el humano tenía alguna idea de a qué se estaba exponiendo.
-Escucha, y -dijo Wrath-, hay un pequeño problema que necesito resolver antes de desposarme.
Generalmente trabajaba solo, pero si iba a encargarse de Bi11v Riddle, quería que Vishous lo ayudara. Los humanos no se desintegraban necesariamente cuando uno los apuñalaba, pero su hermano podía ocuparse del cuerpo con su mano izquierda. Un momento de trabajo y, ese cadáver sería éter.
V sonrió abiertamente.
-Dame cinco minutos y estoy listo.
-Trato hecho. -Wrath pudo sentir los ojos de Butch sobre él. Era evidente que el policía quería saber de qué se trataba-. No querrás enredarte en esto, detective. En especial teniendo en cuenta tu vocación.
-Estoy fuera del cuerpo. Sólo para que lo sepáis. Interesante; pensó Wrath.
-¿Te importaría decirme por qué? -Le fracturé la nariz a un sospechoso. -¿En una pelea?
-Durante el interrogatorio. Aquello no era ninguna sorpresa. -¿Y por qué hiciste algo así?
-Trató de violar a tu futura esposa, vampiro. No sentí ningún deseo de ser amable cuando dijo que ella le rogó que lo hiciera.
Wrath sintió un rugido asomar a su garganta. El sonido fue como un ser vivo brotando de sus entrañas.
-Billy Riddle.
-¿Beth te habló de esa sabandija? Wrath se precipitó hacia la puerta. -Muévete V -dijo bruscamente.
Cuando llegó al piso inferior, sintió la presencia de Beth y la encontró atravesando el cuadro. Se dirigió hacia ella y la rodeó con sus brazos, apretándola con fuerza. La vengaría antes de la ceremonia. No se merecía menos de su 1lellren.
-¿Estás bien? -le susurró ella.
Él asintió contra su cabello y luego vio a la shellan de Tohr. -Hola, Wellsie. Te agradezco que hayas venido.
La hembra sonrió.
-Pensaba que ella necesitaría algo de apoyo.
-Y me alegra que estés aquí. -Se alejó de Beth el tiempo suficiente para besar la mano de Wellsie.
Vishous entró dando grandes zancadas, armado hasta los dientes.
-Wrath, ¿ya nos vamos? -¿Adónde vas? -preguntó Beth.
-Necesito encargarme de algo. -Le recorrió el brazo con las manos-. Los otros hermanos se quedarán aquí para ayudar con los preparativos. La ceremonia empezará a medianoche, y yo estaré de vuelta antes.
Pareció como si ella quisiera discutir, pero luego miró a Wellsie. Algo pareció suceder entre las dos hembras. -Cuídate -dijo Beth finalmente-. Por favor.
-No te preocupes. -La besó larga y lentamente-. Te amo, leelan.
-¿Qué significa esa palabra?
-Algo muy parecido a lo que más quiero.
Recogió su chaqueta de una silla y le dio otro beso en los labios antes de salir.

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MensajeTema: Re: La Hermandad de la Daga Negra (Black Dagger Brotherhood):    Lun Nov 29, 2010 6:09 pm

Capítulo 43
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Butch se peinó, se echó un poco de colonia y se puso un traje que no era suyo. Al igual que el mueble del baño estaba atiborrado de diferentes lociones y espumas de afeitar, en los armarios se -amontonaban los trajes masculinos completamente nuevos de diferentes tallas. Todo de lo más selecto, ropa de diseño.
Jamás se había puesto nada de Gucci.
A pesar de que no le gustaba ser un gorrón, no podía ver a Marissa con la misma ropa que llevaba la noche anterior. Aunque hubiera sido elegante -que no lo era-, estaba seguro de que olía terriblemente a una mezcla de whisky y el tabaco turco de V. Quería estar fresco como una rosa para ella. Y lo estaba consiguiendo.
Butch se miró en un espejo de cuerpo entero, sintiéndose como un afeminado, pero incapaz de hacer nada por evitarlo. 1,1 traje negro a rayas le sentaba a la perfección. La impecable camisa blanca de cuello abierto resaltaba su bronceado. Y el bonito par de zapatos de Ferragamo que había encontrado en una caja añadían el toque justo.
Pensó que estaba casi guapo. Siempre y cuando ella no mirara muy de cerca sus ojos inyectados de sangre.
Las cuatro horas de sueño y la gran cantidad de whisky escocés se notaban.
Unos golpes secos sonaron en la puerta. Esperaba que no fuera uno de los hermanos. Al abrir, el mayordomo alzó la vista con una sonrisa. -Señor, está usted muy elegante. Buena elección.
Butch se encogió de hombros, jugando con el cuello de la camisa.
-Sí, bueno...
-Pero necesita un pañuelo en el bolsillo del pecho. ¿Puedo? -Ah, claro.
El diminuto anciano se dirigió a una cómoda, abrió uno de los cajones y revolvió un poco.
-Éste será perfecto.
Sus manos nudosas doblaron la tela blanca como si se tratara de una obra maestra de origami, y la colocó en el bolsillo de la chaqueta.
-Ya está listo para su invitada. Ella está aquí. ¿La recibirá? ¿Recibirla?
-Diablos, claro.
Mientras iban hacia el vestíbulo, el mayordomo se rió suavemente.
-Parezco estúpido, ¿no es cierto? -dijo Butch. La cara de Fritz se puso seria.
-Por supuesto que no, señor. Estaba pensando cuánto hubiera disfrutado Darius. Le gustaba tener la casa llena de gente. -¿Quién es Dar...?
-¿Butch?
La voz de Marissa los detuvo en seco. Se encontraba junto a la escalera, y dejó a Butch sin aliento. Tenía el cabello recogido, y su traje era un vestido de cóctel color rosa pálido. Su tímido placer al verlo hizo que su pecho se hinchara de satisfacción.
-Hola, dulzura. -Avanzó hacia ella, consciente de que el mayordomo sonreía de oreja a oreja.
Jugueteó un poco con su vestido, como si estuviera un poco nerviosa.
-Probablemente debía haber esperado abajo. Pero todos están tan ocupados, que me pareció que estorbaba.
-¿Quieres quedarte aquí arriba un rato? Ella asintió.
-Si no te importa. Es más tranquilo.
El mayordomo intervino:
-Hay una terraza en el segundo piso. La encontrarán al final de este corredor.
Butch le ofreció el brazo. -Te parece bien.
Ella deslizó la mano por su codo. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, su sonrojo fue encantador.
-Si. Me parece muy bien.
De modo que quería estar a solas con él. Butch pensó que era una buena señal.
Mientras Beth llevaba una fuente de aperitivos al salón, estaba con-vencida de que Fritz y Wellsie podían gobernar juntos un país pequeño. Tenían a los hermanos corriendo por todos lados prestando ayuda, poniendo la mesa del comedor, colocando velas nuevas, colaborando con la comida. Y sólo Dios sabía lo que estaba pasando en la alcoba de Wrath. La ceremonia se llevaría a cabo allí, y Rhage había permanecido una hora en esa habitación.
Beth dejó la fuente sobre el aparador y regresó a la cocina. Encontró a Fritz luchando por alcanzar un gran recipiente de cristal en lo alto de una alacena.
-Espere, Yo le ayudo. -Oh, gracias, ama.
Una vez en su poder, Frita lo llenó de sal.
Vaya, eso no puede ser muy bueno para la tensión, pensó
Beth.
-¿Beth? -la llamó Wellsie-. ¿Puedes ir a la despensa traer tres frascos de melocotones en conserva para la salsa del jamón?
Beth entró a la pequeña habitación cuadrada y accionó el interruptor de luz. Había latas y frascos desde el suelo hasta el techo de todas las formas y tamaños. Estaba buscando los melocotones cuando escuchó que la puerta se abría.
-Fritz, ¿sabes dónde...?
Se dio media vuelta y se estrelló directamente contra el duro cuerpo de Zsadist.
El siseó, y ambos dieron un salto atrás mientras la puerta se cerraba, dejándolos encerrados.
Zsadist cerró los ojos, al tiempo que abría sus labios mostrando colmillos y dientes.
-Lo siento-susurró ella, tratando de alejarse. No había mucho espacio, ni tampoco escapatoria. Él bloqueaba la salida--. No te había visto. Lo lamento mucho.
Llevaba puesta otra camisa ajustada de manga larga, de tal manera que cuando cerró los puños la tensión de sus brazos y de sus hombros fue evidente. Era muy corpulento, pero la fuerza de su cuerpo lo hacía parecer enorme.
Abrió los párpados. Cuando aquellos ojos negros la miraron, ella se estremeció.
Frío. Muy frío.
-Por Cristo, ya sé que soy feo -dijo bruscamente-, pero no me tengas miedo. No soy un completo salvaje.
Luego cogió algo y salió.
Beth se recostó contra frascos y latas, y miró hacia arriba al espacio vacío que él había dejado en el estante. Pepinillos. Se había llevado una lata de pepinillos.
-¿Beth, has encontrado...? -Wellsie se detuvo en seco en el umbral de la puerta-. ¿Qué ha pasado?
-Nada. No ha sido... nada.
Wellsie le lanzó una mirada suspicaz mientras se ajustaba el delantal sobre su vestido azul.
-Estás mintiéndome, pero es el día de tu boda, así que dejaré que te salgas con la tuya. -Localizó el jamón y bajó unos frascos-. Oye, ¿por qué no vas a la habitación de tu padre y des cansas un poco? Rhage y a ha terminado, así que puedes estar allí un rato tranquila. Necesitas relajarte un poco antes de la ceremonia.
-¿Sabes? Creo que es una idea estupenda.
Butch se recostó en la mecedora de mimbre, cruzó las piernas y se impulsó con el pie. La silla crujió.
En la lejanía, brilló un relámpago. El jardín perfumaba la noche, y también Marissa con su aroma a océano.
Al otro lado de la angosta terraza, la mujer inclinó la cabeza hacia atrás para mirar al cielo. Una leve brisa veraniega alborotó suavemente el cabello alrededor de su rostro.
El detective sólo podía pensar que no le importaría quedarse allí, contemplándola, durante el resto de su vida. -¿Butch?
-Lo siento. ¿Qué has dicho?
-He dicho que estás muy guapo con ese traje. -¿Este trapo viejo? Me lo he puesto sin pensar.
Ella se rió, exactamente como él había querido que hija, pero en cuanto sintió su risa burbujeante, se puso serio. -Tú sí que eres hermosa.
Ella se llevó la mano al cuello. No parecía saber cómo hacer con los cumplidos, como si nunca hubiera recibido muchos.
Aunque a él le resultaba difícil de creer que eso fuera cierto.
-Me he hecho este peinado para ti -dijo ella- Pensé que tal vez te gustaría de esta manera.
-Me gusta de todas las maneras. Todas. Ella sonrió.
-También he elegido este vestido para ti.
-Es precioso. ¿Pero sabes una cosa, Marissa? No time,= que esforzarte conmigo.
Marissa bajó los ojos.
-Estoy acostumbrada a esforzarme.
-Pues, ya no tienes que hacerlo. Eres perfecta.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro, y él se quedó mirándola fascinado.
La brisa aumentó un poco, azotando su falda de muselina alrededor de la grácil curva de sus caderas. Y de repente, dejó de pensar en lo adorable que era.
Butch casi suelta una carcajada. Nunca había considerado que el deseo podía arruinar un momento como aquél, pero no le importaría en absoluto posponer sus necesidades corporales durante esa noche, o incluso más. En realidad, quería tratarla bien. Ella era una mujer digna de ser adorada, querida, y merecía ser feliz.
El detective se puso serio. Adorarla y amarla no parecía presentar problema alguno, pero ¿cómo demonios iba a conseguir hacerla feliz?
Una virgen vampiresa era una categoría de hembra sobre la cual no sabía absolutamente nada.
-Marissa, sabes que no soy de tu especie, ¿verdad?
Ella asintió.
-Desde el momento en que te vi por primera vez. --¿Y eso no te... decepciona? ¿No te molesta?
-No. Me gusta la forma en que me siento cuando estoy junto a ti.
-¿Y cómo es eso? -preguntó él.
-Me siento segura. Me siento hermosa. -Hizo una pausa, mirando los labios del hombre-. Y en ocasiones siento otras cosas.
-¿Como qué? -A pesar de sus buenas intenciones, estaba deseando escuchar qué otras emociones provocaba en aquella fantástica mujer.
-Siento que me invade una especie de calor. Sobre todo aquí -se tocó los pechos- N, aquí -sus manos rozaron la unión de sus muslos.
Butch empezó a ver doble, su corazón latía demasiado deprisa. Mientras exhalaba una bocanada de aire caliente, tenía la certeza de que su cabeza iba a explotar.
-¿Sientes algo? -preguntó ella. -De eso puedes estar segura.
Su voz sonaba pastosa. Es lo que la desesperación hace en un hombre.
Marissa atravesó la terraza, acercándose a él. -Me gustaría besarte, si no tienes objeción.
¿Objeción? Estaba dispuesto a suplicar sólo por seguir mirándola.
Descruzó las piernas y se enderezó en la silla, pensando que lo único que podría mantenerlo a raya era que apareciera alguien en aquel momento. Estaba a punto de ponerse de pie cuando ella se arrodilló frente a él.
Y colocó el cuerpo directamente entre sus piernas. -Oye, tranquila. -La detuvo antes de que hiciera contacto con su erección. No estaba seguro de que ella estuviera preparada para eso. Diablos, no estaba seguro de que él estuviera preparado-. Si vamos a... Tenemos que tomar esto con calma. Quiero que sea lo mejor para ti.
Ella sonrió y él captó fugazmente la punta de sus colmillos. Su miembro palpitó.
¿Quién hubiera pensado que eso lo excitaría?
-Anoche soñé con esto -murmuró ella. Butch se aclaró la garganta.
-¿De verdad?
-Imaginé que venías a mi cama y te inclinabas sobre mí. Oh, Dios, él también se lo imaginaba. Excepto que en su fantasía ambos estaban desnudos.
-Tú estabas desnudo -susurró ella, apoyándose en él, como si leyera su pensamiento-. Y yo también. Tu boca buscaba la mía. Tenías un sabor penetrante, como a whisky. Me gustó. -Sus labios se encontraban a escasos centímetros de los de él-. Me gustaste.
Santo cielo. Él estaba a punto de explotar, y ni siquiera se habían besado todavía.
Ella se movió, tratando de aproximarse, pero él la detuvo en el último momento. Era demasiado para él. Demasiado adorable. Demasiado sensual... Demasiado inocente.
Dios, había defraudado a mucha gente a lo largo de su vida. No quería que Marissa pasara a formar parte de la lista. Ella se merecía un príncipe, no un ex policía fracasado vestido con ropa prestada. No tenía ni idea de cómo se desarrollaba la vida privada los vampiros. Pero estaba completamente seguro de que ella se merecía alguien muy, superior a él.
-¿Marissa?
-¿Hmm? -Sus ojos no se apartaron de los labios de Butch. A pesar de su inexperiencia, parecía dispuesta a devorarlo.
Y él quería ser devorado.
-¿No me deseas? -susurró ella, apartándose. Parecía preocupada-. ¿Butch?
-Oh, no, dulzura. No es eso.
Trasladó las manos de sus hombros a su nuca, sosteniendo firmemente su cabeza. Luego ladeó su propia cabeza y posó los labios directamente sobre su boca.
Ella jadeó, llevando el aliento del hombre a sus pulmones, como si quisiera trasladar una parte de él a su interior. El dio un gruñido de satisfacción, pero mantuvo acariciándola suavemente. Cuando ella balanceó su cuerpo hacia él, Butch trazó el contorno de sus labios con la lengua.
Tendrá un sabor dulce, pensó él, preparándose para profundizar mientras aún podía controlarse.
Pero Marissa se le adelantó, capturando su lengua con la boca y succionando.
Butch gimió, sus caderas se sacudieron en la silla. Ella interrumpió el beso.
-¿No te ha gustado eso? A mí me encantó cuando lo hiciste con mi dedo anoche.
Él dio un tirón al cuello de la camisa. ¿Adónde diablos se había ido todo el aire en esta parte de Norteamérica? -¿Butch?
--Claro que me ha gustado -dijo él con una voz gutural-. Confía en mí. Me ha gustado, de verdad.
-Entonces lo haré de nuevo.
Se abalanzó hacia delante y tomó la boca del hombre en un ardiente beso, oprimiéndolo contra el respaldo de mimbre, impactándolo como una tonelada de ladrillos. Él se encontraba en tal estado de shock, que lo único que pudo hacer fue aferrarse a los brazos de la mecedora. Su embate fue poderoso. Erótico. Más ardiente que el infierno. Prácticamente se subió a su pecho mientras exploraba su boca, N- él preparó el cuerpo, desplazando su peso a las palmas de sus manos.
De repente, sonó como si algo se rompiera.
Y luego ambos cayeron rodando por el suelo.
--¿Qué miel...? -Butch alzó la mano izquierda, y allí apareció el brazo de mimbre al que se había sujetado.
Había roto la silla por la mitad.
-¿Estás bien? -dijo él sin aliento, arrojando lejos aquel pedazo.
-Oh, sí. -Ella le sonrió. Su vestido había quedado atrapado entre las piernas de Butch. Y su cuerpo estaba pegado al de él. Casi en el lugar exacto en dónde él necesitaba que estuviera.
Al mirarla, él estaba dispuesto a todo, preparado para meterse debajo de su vestido, apartar sus muslos con las caderas, sepultarse en su calor hasta perderse ambos totalmente.
Pero en su actual estado, lo más probable era que la poseyera sin miramientos y no que le hiciera el amor como es debido. Y estaba lo bastante enloquecido para hacerlo allí, en la terraza, al aire libre.
Así que necesitaba urgentemente una tregua. -Te ayudaré a levantarte -dijo él bruscamente.
Marisca se movió más rápido que él, dando un salto hasta quedar en pie. Cuando extendió la mano para ayudarlo, él la aterró con poco convencimiento, ante su aparente fragilidad. Pero se encontró levantado del suelo como si no pesara más que un periódico.
E1 sonrió mientras se limpiaba la chaqueta. -Eres más fuerte de lo que pareces.
Ella pareció avergonzada y se concentró en arreglarse el vestido.
-No es así.
-Eso no es malo, Marissa.
Los ojos de ella volvieron a fijarse en los de Butch y luego, lentamente, se desviaron hacia su cuerpo.
Con una sensación de vergüenza, él se percató de que su salvaje erección sobresalía notoriamente de sus pantalones. Se dio media vuelta para poder componerse.
-¿Qué estás haciendo?
-Nada. -Se volvió hacia ella, preguntándose si su pulso se normalizaría algún día.
Por Dios, si su corazón podía soportar un beso de ella, probablemente podría correr una maratón.
Arrastrando un automóvil con una cuerda. De un lado a otro de la carretera.
-Eso me ha gustado-dijo ella. Él tuvo que reírse.
-A mí también. Pero es difícil creer que seas vir...
Butch cerró la boca de golpe. Se frotó las cejas con el pulgar. Con razón no salía con chicas. Tenía los modales de un chimpancé.
-Quiero que sepas -murmuró- que a veces mero la pata. Pero haré un esfuerzo por ti.
-¿Meter la pata?
-Lo fastidio todo. Lo convierto en, un caos. Es decir... Diablos. -Miró hacia la puerta--. Escucha, ¿qué opinas si balamos o vemos qué está pasando con la fiesta?
Porque si permanecían allí arriba un minuto, más, se le echaría encima como un salvaje.
-¿Butch?
Él se volvió a mirarla. -¿Sí, dulzura?
Los ojos de ella brillaban. Se relamió los labios. -Quiero más de ti.
Butch dejó de respirar, preguntándose si estaba pensando en su sangre.
Al mirar su hermoso rostro, revivió lo que había sentido cuando ella lo empujó contra la silla, e imaginó que en lugar de besarlo estaba hundiendo aquellos colmillos blancos en su cuello.
No podía pensar en una forma más dulce de morir que en sus brazos.
-Todo lo que quieras de mí -murmuró- puedes tomarlo.

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