Black and Blood


 
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 La gárgola de Andrew Davidson

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laura

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 12, 2010 4:38 pm

Me encanta!!Qué ganas de saber si se casan!! :mangalove:
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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 12, 2010 4:43 pm

:manga10: que rápida eres jajajajaja

hola Teta!! XDD a que está intrigante a estas alturas? :manga34:

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:39 pm

Capítulo XXIII


Nunca pensé que me fueras a pedir que me casara contigo y, sin embargo, me dijiste que un día lo harías. Admito que de vez en cuando fantaseaba con ello, pero ya había roto unos votos para toda la vida y no estaba segura de querer pronunciar otros. Parte de mí temía traicionarte igual que había traicionado a la madre Christina, así que como no volviste a mencionar el matrimonio, supuse que lo habías dicho por decir, como suelen hacer los hombres cuando se ponen románticos. Lo cierto es que no me importaba, pues mi vida ya era mucho más de lo que jamás había soñado que pudiera ser. Trabajaba para las beguinas, mejorando todos los aspectos de su producción de libros, y al poco tiempo el hecho de que me había formado en el scriptorium de Engelthal se filtró a ciertos ciudadanos prósperos.
Hay cosas que nunca cambian. Los ricos siempre quieren presumir de que tienen cosas que otros no tienen. En aquellos días, ¿qué mejor símbolo de riqueza que los libros? No sólo uno podía exhibir su riqueza a través de ellos sino que también demostraban inteligencia y gusto. Aun así, me pilló completamente por sorpresa que una mujer noble se me acercara un día y me ofreciera hacer un manuscrito de Der gute Gerhard, de Rudolf, para el cumpleaños de su marido. Lo rechacé, pensando que te sentirías insultado si parecía que me sentía obligada a contribuir a mantener nuestro hogar. Pero hay otra cosa que nunca cambia: los ricos creen que para los pobres todo tiene un precio. Y resulta que llevan razón. La mujer noble me ofreció una cifra que era más de lo que tú ganabas en un año. Empecé a rechazarlo pero... bueno, necesitábamos el dinero, así que le pedí un poco de tiempo para pensarlo.
No sabía cómo explicártelo. Los dos estábamos de acuerdo en que el hecho de hacerte aprendiz era lo mejor para tu futuro a largo plazo, pero te pagaban tan poco que no traías a casa lo bastante para cubrir nuestras necesidades más básicas. La pareja judía que nos alquilaba la casa sabía de nuestra situación y, aunque ellos tampoco eran ricos, tuvieron el gesto de ofrecerme retrasar parte del pago del alquiler. Sólo gracias a eso pudimos salir adelante, pero te hacía sentir como si estuvieras fallándoles a ellos además de a mí.
Durante días deambulé por casa, empezando frases que nunca terminaba. Me preguntabas una y otra vez qué me pasaba y siempre te contestaba que nada. Al final, cuando no pudiste soportarlo más, me obligaste a decírtelo. En realidad, fue un truco que utilicé, pues al hacer que fueras tú quien me obligara a hablar mi responsabilidad en todo el asunto quedaba mucho más diluida. Te dije que quería volver a trabajar con libros y te conté la oferta que me había hecho aquella mujer. Lo formulé como si al permitirme aceptar el encargo me hicieras un favor.
Te lo tomaste mejor de lo que esperaba y me dijiste que si me hacía feliz, tenía que hacerlo. Aunque nunca lo pronunciamos en voz alta, tácitamente los dos sabíamos que podía aceptar el trabajo mientras ambos fingiéramos que era sólo un pasatiempo. Pero cuando te dije la cantidad que me habían ofrecido ni tú pudiste evitar abrir mucho los ojos por la sorpresa ni yo evitar darme cuenta de que lo hacías.
La mujer noble me dio inmediatamente un pequeño adelanto. Pequeño para ella pero enorme para nosotros. Me llevó unos cuantos días reunir el valor necesario para gastarlo, pues sabía que hacerlo me obligaría de verdad y definitivamente a hacer el trabajo. Cuando entregué la primera moneda al pergaminero me sentí casi aliviada y me puse a trabajar.
Terminé ese primer libro y la noble quedó satisfecha. No estoy segura de si me recomendó a sus amigos o si me buscaron por sus propios medios, pero en realidad no importa. Fuera como fuese, me encontraron.
En Mainz había muy pocas personas capaces de hacer un libro de calidad y el hecho de venir de Engelthal me daba un caché mas alto. La gente no cree que su propia ciudad pueda producir auténticos artistas, pero está dispuesta a creer que en otros lugares los artistas caen de los árboles como fruta madura. Y más importante todavía era que todo el mundo reconocía que los mejores manuscritos los hacían en los scriptoria de los monasterios, así que si una mujer noble no podía conseguir que le hicieran su libro en un monasterio, yo era lo más parecido que podía conseguir. Podía recrearse afirmando ante sus amigos que tenía un manuscrito hecho por una monja de Engelthal, sin acabar de explicar nunca, por supuesto, que la monja ya no pertenecía a la orden.
Al poco tenía más encargos que tiempo para hacerlos y entonces empezaron los sobornos. Una vez mencioné de pasada lo mucho que me gustaba cocinar y una mujer noble me dijo inmediatamente que me enviaría una selección de las mejores carnes si ponía su encargo el primero de la lista. Acepté y pronto descubrí lo rápido que circulan los rumores entre la clase alta. Inmediatamente empezaron a ofrecerme todo tipo de delicias y, antes de que me diera cuenta, la avena y la cebada habían reemplazado al mijo en nuestra dieta. Nos regalaban todas las frutas de temporada —cerezas, ciruelas, manzanas, peras y endrinas— y productos de lujo como clavo y jengibre, mostaza e hinojo, azúcar y almendras. No tienes ni idea de lo que significó todo aquello. Cuando no estaba traduciendo o copiando, estaba en la cocina probando nuevas recetas; me sentía como si estuviéramos resarciéndonos de toda la comida que no habíamos tenido. Nuestra casera me ayudaba porque para ella también era un placer poco habitual cocinar con especias y me daba la risa cada vez que pensaba que me estaba convirtiendo en una pecadora culinaria. Después de todo, ¿no había puesto Dante a un noble sienés en el Infierno porque «el uso dispendioso del clavo descubrió antes que ninguno»?
Vivíamos como Dios en Francia. Nuestra puerta siempre estaba abierta y en la cocina no faltaba nunca un puchero, así que pronto nos convertimos en la pareja más popular del barrio. Hasta mis amigas beguinas se pasaban de vez en cuando, siempre fingiendo desprecio por lo elaborado de los platos. Les recordaba entonces que habían hecho voto de caridad y que no era nada caritativo herir mis sentimientos. Así que fingían estar haciéndome un favor al comerse mis guisos y así descubrí que hasta a las beguinas les gusta chismorrear durante una buena comida.
También venían mujeres judías y me sorprendió cuántas de ellas llevaban negocios, muchas veces porque su marido había muerto y la mujer se había hecho cargo del negocio familiar. Para ser sincera, las admiraba. Cuando tuve tanto trabajo que ya no podía aceptar más encargos, fue una de esas mujeres la primera en sugerirme que contratara empleados y abriera un negocio.
Llegados a este punto el dinero había apaciguado tu orgullo herido. Me dijiste que hiciera lo que quisiese, así que expandí mis actividades. ¿Por qué no? En el scriptorium había aprendido cómo varias personas podían trabajar juntas para crear un libro y además tenía experiencia en tratar con comerciantes y conocía a fondo todos los aspectos de la producción del manuscrito. Cuanto más pensaba en ello, más me convencía de que debía hacerlo.
En primer lugar encontré a un pergaminero que me gustaba. Me gané su respeto al mostrarle cómo podía mejorar la solución de cal en la que ponía en remojo las pieles de los animales. Cuando se sobrepuso a la impresión de que una mujer pudiera enseñarle algo sobre su negocio, desarrollamos una relación magnífica. Firmamos un contrato por el que él me suministraría pergaminos cada mes con un descuento por compra al por mayor. Cada día de entrega nos sentábamos frente a una cazuela de estofado y hablábamos sobre cuánto pergamino necesitaría yo el mes siguiente. Lo cierto es que nos hicimos buenos amigos y llegó a apreciar mis platos casi tanto como el dinero que le daban nuestros negocios.
A continuación descubrí a un ilustrador cuyo estilo me gustaba. La negociación con él fue muy fácil, pues era joven y no había tenido mucha suerte. Cada mes le entregaba varias páginas para que las iluminara con miniaturas. También hacía de rubricador, lo que me ahorraba otro empleado. La cosa nos fue muy bien a los dos; por primera vez en su vida podía ganarse el pan con su arte. Se sentía tan agradecido que me siguió cobrando una tarifa razonable cuando su reputación hizo que otros fabricantes de manuscritos se pelearan por sus servicios.
Tenía más trabajadores, sobre todo amanuenses a los que encargaba trabajo, pero no te aburriré con los detalles. Lo mejor del negocio fue algo en lo que no había pensado. De repente, podía tener otra vez libros entre manos. Cuando me contrataron para producir ediciones de la Eneida de Virgilio y el Sueño de Escipión de Cicerón, el cliente me entregó unos ejemplares que consiguió que le prestaran para que yo los pudiera copiar. Más adelante me llegaron novelas —Parsifal de Wolfram, Iwein de Hartmann y Tristán de Gottfried—. Por la noche los llevaba a la cama y te los leía en voz alta. Aquéllos fueron algunos de los momentos más felices de nuestras vidas, porque a mí nada me gustaba más que tener un buen libro en mi regazo y tu cabeza reposando en mi hombro. Intenté enseñarte a leer, pero no tenías paciencia. Además, decías que te gustaba más que yo te leyera los textos en voz alta.
Con el tiempo, pasé más tiempo dirigiendo a los demás amanuenses y menos tiempo copiando, hasta que llegó un momento en que por las tardes me quedaba bastante energía para concentrarme en mi traducción de Dante. Había abandonado la traducción cuando llegué a Mainz porque no tenía útiles de escritura, y cuando al fin los conseguí, lo que me faltaba era tiempo para utilizarlos. Ahora tenía ambas cosas y finalmente comprendí cómo se sentía Gertrud con su Biblia. Me devanaba los sesos con cada palabra para asegurarme de que aquella traducción sería una obra maestra. ¿Por qué iba a apresurarme? Tú y yo teníamos toda la vida por delante.
Al final terminó tu aprendizaje y recibiste tus documentos de oficial. Lo normal era que entonces emprendieras el Wanderjahre, un año viajando de ciudad en ciudad para estudiar con diferentes maestros, pero no tenías intención de ir a ninguna parte. Encontrarías trabajo en Mainz, donde la mayoría de los constructores ya te conocían y sabían perfectamente que no querías viajar. Nadie se lo iba a echar en cara al hombre que había sido el aprendiz más viejo que jamás había habido en la ciudad.
Nos iba tan bien que apenas pensábamos en lo único que no acababa de funcionar. Quizá sentíamos que no teníamos derecho a quejarnos o puede que no quisiéramos llamar a la mala suerte, pero habíamos tratado de concebir un niño y yo no me quedaba preñada. En el fondo me preocupaba que decidieras que después de todo yo no era una pareja adecuada, así que no tienes ni idea del alivio que supuso cuando, tan pronto como tuviste tus documentos en la mano, me anunciaste que querías casarte conmigo.
Decidimos que la ceremonia sería pequeña, pero tan pronto como corrió la voz, todo el mundo quiso una invitación. Me gusta pensar que éramos muy populares, pero lo más probable es que todo el mundo esperase un banquete espectacular. Yo aporté la comida, gracias a la generosidad de los muchos sobornos que me ofrecían, y una legión de ayudantes invadió nuestra cocina. Cuando se demostró que nuestra casa era demasiado pequeña, los preparativos de la boda se extendieron a las casas de nuestros vecinos. Nuestra casera lo supervisó todo y hasta las beguinas se ofrecieron a ayudar, a pesar de que cocinaban fatal.
Lo único que me pesaba era no poder invitar a la madre Christina, el padre Sunder y el hermano Heinrich. Pensé en mandar recado a Engelthal, pero sabía que se sentirían obligados a declinar la invitación y no quería ponerles en esa situación tan difícil. Me consolé pensando que, si hubiera habido la menor posibilidad, hubieran venido. Tu único pesar era no poder invitar a Brandeis.
Ni siquiera sabías si tu amigo seguía vivo. Peor aún, no podías buscarlo sin traicionar el hecho de que habías sobrevivido a tus quemaduras y abandonado la condotta, cuya única regla era que nadie podía abandonarla. Nunca pudiste perdonarte que gracias a Brandeis tú hubieras podido escapar mientras que él hubo de volver con los mercenarios. Todavía había noches en las que te despertaban pesadillas de las antiguas batallas.
Tuvimos suerte el día de la boda y el tiempo fue perfecto. Los albañiles se mezclaron con los libreros, los judíos con los cristianos y todo el mundo, hasta las beguinas, comió hasta reventar. La bebida hizo que casi todos los invitados regresaran a sus casas dando tumbos y nos quedamos tú y yo solos para pasar nuestra primera noche como marido y mujer.
Cuando nos despertamos a la mañana siguiente, me regalaste un pequeño ángel de piedra que habías esculpido tú mismo. Ese presente se conoce en alemán como Morgengabe, el regalo de la mañana, una señal de la legitimidad de nuestro matrimonio. De nuestra legitimidad. Estaba convencida de que aquel día no sería especial para mí, sólo una especie de reconocimiento ritual del amor que ya sabía que sentía por ti, pero no pude evitar llorar de felicidad.
Pronto encontraste trabajo fijo y tu físico respondió muy bien. Tenías muy buena salud y te encantaba trabajar la piedra. Yo hacía libros, controlaba a mis empleados y continuaba mi traducción del Inferno. Seguimos hablando de mudarnos a una casa más grande, pero por algún motivo nunca acabábamos de decidirnos. Nos gustaba vivir allí, nos gustaban nuestros amigos, y quizá el estar en el barrio judío de la ciudad era lo mejor para nosotros, pues también éramos forasteros. Quizá la casa más grande era sólo un sueño que nos inventamos para salir adelante. Sólo había una cosa que de verdad podía hacernos más felices de lo que ya éramos y, al final, hasta eso lo conseguimos.
Tras años de intentarlo sin éxito, por fin me quedé embarazada. El instante más feliz que jamás he vivido fue cuando te lo dije y contemplé tu expresión. No hubo ni un segundo de miedo o duda, sólo felicidad. Corriste a decírselo a todos tus amigos del trabajo y cuando volviste me abrazaste muy fuerte y me hablaste de las ventajas que tendría que fuera niño o niña.
Fue poco después, un día en que habíamos ido los dos al mercado a comprar verduras, cuando un grupo de hombres jóvenes empezaron a discutir con un vendedor sobre algo que les había desairado. Llevaban ropas sucias y se comportaban con la arrogancia que da la juventud. A un lado, un hombre de más edad miraba la escena como si la hubiera visto repetirse cientos de veces y estuviera harto de ella, pero no supiera qué hacer excepto dejar que se repitiera de nuevo.
Me pareció que había visto antes a aquel hombre, pero no podía poner un nombre a aquel rostro. Te cogí del brazo y te lo señalé, preguntándote si lo reconocías. Dejaste caer la bolsa de verduras y la sangre abandonó tu cara. Cuando por fin hablaste, apenas pudiste pronunciar su nombre. No esperabas que apareciera en nuestro hábitat.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:40 pm

Capítulo XXIV


Inmediatamente después de despertarse, a pesar de la resaca que le había dejado la fiesta de Halloween, el 1 de noviembre Marianne Engel se fue directamente al sótano. Durante los siguientes dos días le dio piernas sobre las que sostenerse a la última estatua que le quedaba por terminar —el león/mono aterrorizado—. Cuando la finalizó, se echó sobre un bloque de piedra, durmió una docena de horas y nada más despertar se lanzó de cabeza a un nuevo grotesco. Mientras tanto, yo estuve arriba, solo con mis recuerdos de los fantasmas a los que era imposible que hubiera visto.
Su nuevo monstruo (un rostro humano en el cuerpo de un pájaro retorcido) le llevó setenta y dos horas. Después subió a limpiarse la grima que se le había pegado al cuerpo y a engullir lo primero que encontró en la nevera. Pensé que, como siempre, se iría a la cama a dormir la fatiga, pero no, volvió directamente abajo a echarse sobre otro bloque de piedra. Tras absorber los sueños de la roca, se pasó otras setenta y pico horas trabajando como una esclava para aquel nuevo pretendiente. Cuando terminó, de la piedra había emergido un verrugoso sapo que parecía gritar con su pico de águila.
Se fue a la cama a dormir, pero diez horas después estaba otra vez en la cocina, bebiendo café y comiendo medio kilo de bacon. (En las pausas entre estatuas sí se permitía comer carne.) Tan pronto como limpió el plato, echó a andar hacia las escaleras del sótano.
—Me está llamando otro.
Cuando le pregunté cómo iba a dormirse sobre la roca después de beber tanto café, me contestó que no le haría falta.
—Éste ya me hablaba mientras trabajaba en el sapo.
Aunque era sólo la segunda semana de noviembre, Marianne Engel estaba ya empezando su tercer grotesco del mes. Me inquietaba ese aumento de su producción, pero todavía más el cambio que percibí en la intensidad con la que se volcaba en la escultura: se estaba abandonando a un frenesí de trabajo que hacía palidecer las sesiones más intensas que había presenciado hasta entonces. Sudaba a raudales, dejando regueros de gotas sobre el polvo del suelo, y abrió las enormes puertas de roble para dejar pasar el fresco aire otoñal. Nunca apagaba los cientos de velas que la rodeaban, cuyas coronas de llama respondieron al viento como si fueran un trigal meciéndose ante sus rachas. Al ver cómo utilizaba sus herramientas, no pude evitar pensar en un granjero que blande su guadaña para intentar ganar la carrera al invierno que se acerca.
* * *
Cuando terminó esta tercera estatua, Marianne Engel se embarcó inmediatamente en la siguiente.
El martilleo era tan insistente que el aire de la casa parecía vacío cuando soltaba sus herramientas. A veces incluso me echaba de la casa —el ruido, no el silencio—. Nunca iba muy lejos, muchas veces no más allá de la esquina de la fortaleza para ver entrar a los parroquianos en St. Romanus. Cuando salían, el padre Shanahan les esperaba en pie en la escalera de entrada, les daba la mano y les imploraba que volvieran la próxima semana. Todos prometían hacerlo y la mayoría incluso cumplía su promesa.
Shanahan parecía un tipo bastante sincero, para ser sacerdote, aunque debo admitir que no soy un observador objetivo. Siempre he sentido una fascinación/repulsión extraña hacia los miembros del clero: dado que desprecio a la institución que representan, me gustaría despreciarlos a ellos también. Pero demasiadas veces me he encontrado con que no odio al hombre, sino sólo a su hábito.
Me imagino que el impulso natural del lector es asumir que mi ateísmo ha crecido en el caldo de cultivo de mis duras experiencias: la pérdida de mis parientes cuando era niño, una carrera en la pornografía, mi drogadicción, un accidente en que me quemé como una tostada. Es una asunción incorrecta.
No hay ningún motivo lógico para creer en Dios. Existen razones emocionales para hacerlo, por supuesto, pero no puedo tener fe en que nada es algo simplemente porque me resulta reconfortante. No puedo creer en Dios más de lo que puedo creer que un mono invisible vive en mi culo. Sin embargo, creería en cualquiera de las dos cosas si me demostrasen científicamente que están ahí. Ésa es la clave del problema de los ateos: es imposible demostrar que algo no existe, y sin embargo los deístas tienden a poner sobre nosotros la carga de la prueba. «Una ausencia de pruebas no demuestra que no exista», dicen, satisfechos de sí mismos. Bien, es cierto. Pero bastaría con un enorme crucifijo en llamas en el cielo ¿NO TIENES UN MONO EN EL CULO? que todo el mundo pudiera ver al mismo tiempo ¿QUÉ ME DICES DE UNA SERPIENTE VIVIENDO EN TU COLUMNA? para convencerme de que Dios sí existe.
* * *
Marianne Engel emergió de su taller para pedirme que saliera a buscarle un poco de café instantáneo. Me pareció raro, pues en el sótano tenía una cafetera que utilizaba habitualmente, pero puesto que era su dinero el que mantenía la casa, no podía negarme.
Tan pronto como regresé, me arrebató el pote de las manos, cogió una cuchara y bajó de nuevo a su taller. Pensé en ello unos instantes. No podía ser que... Y entonces bajé y espié desde el último escalón y vi que, en efecto, sí podía ser.
Entre calada y calada a su cigarrillo, se echaba el café instantáneo directamente a la boca, masticándolo como si fuera una jugadora de béisbol mascando tabaco, y haciéndolo bajar con el café de cafetera que se había servido en su enorme taza.
* * *
Sonó el timbre de la puerta.
La mayoría de la gente oye el timbre y va a abrir. Para mí es más complicado. Para mí es una prueba de fuerza de voluntad. ¿Qué pasa si es una niña vendiendo galletas? ¿Qué pasa si me ve, se mea en las bragas y se desmaya? ¿Cómo explicas que tienes una niña inconsciente y bañada en su propia orina en el porche? En el caso de alguien con mi aspecto, esa situación sería poco menos que una invitación para que los buenos ciudadanos del barrio encendieran las antorchas y me persiguieran hasta el viejo molino.
Decidí arriesgarme y enfrentarme al desafío, aunque fuera una niña. Cuando abrí la puerta vi a un hombre de mediana edad y una mujer, probablemente marido y mujer, bien vestidos. La mujer saltó hacia atrás como si ella fuera Nosferatu y yo el sol. (A veces disfruto atribuyéndoles el papel de monstruo a otros.) El hombre se puso instintivamente delante de su vampírica mujer y la escudó con sus brazos. Ella pegó los labios a los dientes.
—¿Sí?
—Yo, ah... nosotros. —El heroico hombre tartamudeó, no sabiendo exactamente qué pensar de mí, mientras que la mujer se encogió y alejó todavía más. El hombre, recuperando el temple, soltó—: ¡Queríamos visitar la iglesia, eso es todo! —Por si yo era idiota además de estar quemado, señaló hacia St. Romanus con el pulgar—. Hemos visto que está... ah, ah... cerrada y luego vimos este lugar con, ya sabe, todas las gárgolas y esas cosas que suelen tener las iglesias y, ya sabe, pensamos que quizá este lugar estaba... ah, ah, ah... relacionado con la iglesia de algún modo. —Hizo una pausa—. ¿Lo está?
—No.
* * *
Marianne Engel estaba haciendo algo nuevo con sus esculturas: añadía a cada estatua un número. La primera fue la 27, la siguiente la 26, la tercera la 25; ahora estaba trabajando en la número 24.
Cuando le pregunté por ello, me dijo:
—Mi Tres Maestros me han dicho que sólo me quedan veintisiete corazones. Es la cuenta atrás.
* * *
Esperé a que todos los participantes en la sesión de estudio de la Biblia de los jueves por la noche se hubieran marchado para salir. Había llegado el momento de acercarme a St. Romanus y quejarme de los feligreses que confundían la fortaleza con algún tipo de dependencia parroquial.
Subí las escaleras de entrada de la iglesia, miré a derecha e izquierda, no vi a nadie, y entré. Mis pasos hacían eco, pero Shanahan —de pie entre los bancos, mirando hacia una de las vidrieras— no pareció darse cuenta. Estaba concentrado contemplando una vidriera que representaba a Cristo en la cruz. Era extraño ver a alguien mirándola de noche, pues no había luz que viniera de fuera e hiciera a Jesús brillar y parecer superior.
No percibió mi presencia hasta que hablé, ofreciéndole el proverbial penique por sus pensamientos. Mi espantosa voz le sobresaltó, igual que mi máscara en cuanto se giró para mirarme, pero recuperó rápido la compostura. Se rió y dijo que, por una vez, quizá incluso sus pensamientos valieran tanto como un penique.
—Es extraño cómo uno puede ver esto cada día —dijo, señalando el Cristo— y aun así encontrar cosas nuevas. Los cuatro brazos de la cruz representan los cuatro elementos de la tierra, por supuesto, pero vea cómo Cristo está clavado a ella, con Sus brazos extendidos y Sus pies juntos. Forma un triángulo, y el tres es el número de Dios. La Santísima Trinidad. Los tres días de la resurrección. El Cielo, el Infierno y el Purgatorio. Así que es perfecto, claro, pues ¿no es Jesús el Hijo tanto de Dios como del hombre?
Se ajustó las gafas y se rió un poco.
—Me temo que me ha encontrado particularmente meditabundo. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Vivo al lado.
—Lo sé, le he visto.
—Soy ateo.
—Bueno, Dios cree en usted de todos modos —dijo—. ¿Le apetece una taza de té?
Me indicó su cuarto, escondido detrás del altar y, por algún motivo, decidí seguirle. Frente a su escritorio tenía dos sillas, obviamente para parejas que creían que un poco de la buena nueva podría ayudarles con sus problemas matrimoniales. En el escritorio, además de una Biblia, había una foto de él con un brazo sobre el hombro de otro hombre. Junto a ellos había una mujer, bastante guapa, y el que parecía su hijo adolescente. La cabeza de la mujer estaba inclinada hacia su marido, pero su mirada estaba clavada en el padre Shanahan, que parecía algo incómodo con su alzacuellos. Cuando le pregunté si eran su hermano y su cuñada. Shanahan pareció sorprendido de que los identificara tan rápidamente.
—¿Tanto nos parecemos mi hermano y yo?
—Su esposa es una mujer muy guapa —dije.
El padre Shanahan se aclaró la garganta mientras echaba algo de agua en su tetera eléctrica.
—Sí, pero también lo es Marianne.
—La conoce.
—Conoce la Biblia, quizá mejor que yo, pero siempre declina mi invitación a venir a misa. Dice que el problema con la mayoría de cristianos es que se presentan en la iglesia una vez a la semana y rezan para que se haga la voluntad de Dios y luego, cuando Dios hace su voluntad, se quejan. —Colocó dos tazas en el escritorio y una pequeña jarra de leche—. No puedo decir que esté totalmente en desacuerdo con ella.
Se sentó frente a mí y se ajustó las gafas una vez más, a pesar de que ya estaban bien colocadas. Me imaginé que íbamos a hablar de cosas triviales, así que me sorprendió al decirme:
—¿Sería posible que se quitara la máscara mientras hablamos?
La forma de preguntarlo dejó claro que no le intimidaba la máscara, sino que simplemente tenía curiosidad por saber qué aspecto tenía. Le expliqué que mi rehabilitación hacía necesario que la llevara puesta siempre. Asintió comprensivamente, pero pude ver un asomo de decepción en su gesto. Le ofrecí quitármela un momento, si realmente quería ver lo que había debajo. Asintió para indicarme que, en efecto, quería.
Cuando me quité la máscara se acercó para mirarme más de cerca. Se rascó tras las orejas y se movió de lado a lado para inspeccionarme desde todos los ángulos.
—¿Tengo el aspecto que esperaba? —le pregunté cuando hubo terminado.
—No esperaba nada en concreto. Pensé en estudiar medicina antes de entrar en el seminario. Todavía estoy suscrito a algunas revistas médicas.
Mientras me servía el té me explicó que tomó la decisión de no ser médico cuando leyó que en urgencias se les enseñaba a los doctores a considerar que las víctimas de infarto que llegaban estaban ya muertas. Era un método para soportar la tensión: si el paciente vive, el doctor puede creer que ha salvado a alguien, pero si el paciente «sigue» muerto, el doctor sabe que no es porque haya hecho algo malo.
—Pero sólo Dios tiene poder sobre la vida y la muerte —dijo el padre Shanahan—. Aunque un médico puede alargar la vida física de un hombre, un sacerdote puede ayudarle a alcanzar la vida eterna.
—¿De verdad lo cree?
—Creerlo es un requisito del puesto.
—Permítame que le pregunte algo. ¿Es posible creer en el alma sin creer en Dios?
—Para algunos, quizá. —El padre Shanahan tomó un sorbo de su taza—. Para mí, no.
* * *
El número 24 estaba terminado. El número 23 estaba terminado. El número 22 estaba terminado. Era la última semana de noviembre y Marianne Engel por fin regresó arriba. Parecía haber alcanzado el límite de lo que un cuerpo puede aguantar sin una comida decente o la comodidad de una cama de verdad.
No sé mucho de cocina, pero la obligué a comer algo y me aseguré de que fueran platos condenadamente calóricos. A pesar de que obviamente estaba deshecha, toda la cafeína y la nicotina que había tomado la había dejado en un estado de agotamiento maniaco. Saltaba en la silla, con la mirada desenfocada, y se le caían los cubiertos. Cuando terminó de comer trató de ponerse en pie y descubrió que era físicamente incapaz de hacerlo.
—¿Puedes echarme una mano?
Puse en práctica mi experiencia sobre subir escaleras e intenté lo mejor que pude mantenerla equilibrada desde atrás, medio empujándola para que subiera los escalones. Cuando alcanzamos el baño, abrí los grifos y se sentó pesadamente en la bañera. No tenía sentido poner el tapón antes de haber limpiado la capa de polvo que la cubría, así que la ayudé a aclararse. Cuando finalmente estuvo lo bastante limpia para tomar un baño, llenamos la bañera.
Me senté tras la bañera, trabajando su piel. Bajo sus ojos se habían instalado unas grandes bolsas oscuras. Limpié los trozos de piedra que se le habían enredado en el cabello, que ahora le colgaba como sarmientos de unas vides que alguien se hubiera olvidado de regar. Lo peor había sido simplemente el peso que había perdido: cinco kilos seguro, quizá incluso diez. No le sentaba bien porque lo había perdido demasiado rápido, exactamente como no debe hacerse. Me prometí que en adelante la haría comer mejor. A diario.
El baño le devolvió suficientes fuerzas para caminar sin ayuda hasta su dormitorio. Tan pronto como se metió entre las sábanas me di la vuelta para irme, pensando que se dormiría inmediatamente. Me sorprendió que me llamara.
—Mainz. ¿No quieres saber a quién vimos en el mercado?

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:44 pm

Capítulo XXV


Casi habías perdido la esperanza de que siguiera con vida. Pronunciaste su nombre como tratando de convencerte a ti mismo que de verdad lo estabas viendo, después de tantos años.
—Brandeis.
Tenía algunas cicatrices nuevas, el cabello mucho más gris y una cojera que no padecía cuando lo vi por primera vez en Engelthal. Pero en general parecía simplemente cansado. Los jóvenes mercenarios continuaron acosando al vendedor y el gesto de Brandeis traicionaba su repulsa y su hastío.
Me llevaste a las sombras tras una de las paradas. La mayoría de los soldados eran nuevos y no te reconocerían, pero nunca se podía ser demasiado precavido, no con hombres como aquéllos. Habías concluido años atrás que el único motivo por el que no habían investigado tu desaparición era que todo el mundo, Brandeis incluido, pensaba que las quemaduras te habían matado.
No hace falta decir que te morías de ganas de hablar con él. No podías ni tenías intención de dejar pasar esta oportunidad, pero el problema era cómo acercarse a él. Cuando los jóvenes empezaron a dar empujones al tendero, pensaste que con todo el jaleo podrías colarte entre ellos sin que se dieran cuenta. Yo me opuse frontalmente a ello, aunque sabía que eso no iba a detenerte. Pero justo cuando diste un paso adelante, otro hombre apareció en escena y todo cambió. Los jóvenes soldados se apartaron inmediatamente del vendedor, como si temieran hacer algo más sin permiso expreso.
Lo primero que vi de aquel hombre fue la cruel inteligencia de sus ojos. Parecían brillar con una pasión por la violencia, como si pensara que el caos existía sólo para aprovecharse de él.
—¿Quién es ése? —pregunté.
—Kuonrat el Ambicioso —me respondiste con una voz gélida.
La deferencia que le mostraban los demás dejó claro que Kuonrat era ahora el jefe del ejército. Tras unas pocas palabras y la punta de su espada rozando el cuello del tendero, se llegó rápidamente a un acuerdo: los mercenarios se llevaron cuanto quisieron y el tendero conservó la vida.
Kuonrat era la última persona a la que querías revelar tu presencia, pero a mí no me conocía. Antes de que pudieras detenerme, salí de entre las sombras y me acerqué al grupo. Sabía que no podías seguirme porque si te mostrabas me pondrías en una situación más arriesgada que si me dejabas continuar. Me abrí el escote y me dirigí directamente a Brandeis.
Fue un riesgo calculado. Kuonrat no me había visto nunca y era poco probable que Brandeis me reconociera después de tantos años y sin mi hábito de monja. Imité lo mejor que pude a una prostituta. Fue una actuación espectacular teniendo en cuenta que, aunque todavía no se me notaba, llevaba a tu hijo en mis entrañas. Unos pocos de los soldados silbaron cuando me vieron inclinarme sobre Brandeis para susurrarle al oído. Supusieron que le estaba diciendo mi precio, pero en realidad solamente dije dos cosas: tu nombre y que yo era la monja que te había cuidado en Engelthal.
Brandeis se separó y me miró fijamente, rebuscando en sus recuerdos del monasterio. Después recuperó la compostura e informó a los demás que se reuniría con ellos luego, dando a entender que le esperaba una tarde de fornicación. Hasta Kuonrat asintió con aprobación y dijo:
—Quizá cuando hayas acabado con él, puedas venir a por el resto de nosotros.
La idea me revolvió el estómago, pero me reí y le dije que quizá, mientras me llevaba a Brandeis de allí. Hubiera sido demasiado arriesgado que te reunieras con nosotros en público, así que me lo llevé a nuestra casa, donde sabía que estarías esperando. Brandeis no daba crédito a verte con vida.
—Creí... estaba tan seguro... Volví una vez a Engelthal, pero no me dijeron nada.
Serví nuestra mejor cerveza y me puse a cocinar. Quería causar buena impresión, quería que viera lo bien que te cuidaba. Le contaste todo lo que había pasado en estos años y le sorprendió cómo te habías abierto camino por ti mismo.
Cuando llegó su turno, Brandeis te contó cómo habían cambiado las cosas en la condotta. Cómo habían ido a peor. Habían herido de muerte a Herwald en una batalla y había sido Kuonrat quien había asestado el golpe de gracia al anciano. No fue un gesto de piedad, fue la afirmación pública de su ambición. Cuando desafió a cualquiera que osara oponerse a que él fuera el nuevo líder, nadie dio un paso adelante.
Kuonrat sólo incorporó a la condotta a los reclutas más sedientos de sangre. El instinto de lucha de aquellos nuevos soldados era bueno, pero eran estúpidos y desconocían el honor. Era cierto que mataban más que antes, pero también morían más que antes. Atacaban con pasión, no con inteligencia, y Kuonrat les azuzaba como un amo a su jauría de perros salvajes. Si morían, el campo estaba lleno de chavales que querían demostrar su hombría. Para Kuonrat era una pérdida de tiempo molestarse en proteger un recurso tan fácilmente renovable. Y, además, sabía por experiencia propia que aquellos que permanecen en la milicia durante años suelen desarrollar ambición de poder.
A pesar de sus métodos, no se podía discutir que Kuonrat conseguía resultados. La condotta se había hecho célebre por su carácter despiadado y por su capacidad para derrotar a fuerzas mucho mayores peleando de forma brutal. El éxito le hizo más atrevido y empezó a cuestionar hasta el hecho de ser una tropa de mercenarios. ¿Por qué, se preguntó, tenía que ser la nobleza la que poseyera las tierras si quienes las defendían eran ellos? El dinero ya no le parecía bastante. Kuonrat quería más poder. Se estaba preparando para conquistar territorios para sí mismo.
Los años bajo Kuonrat habían reforzado el deseo de Brandeis de abandonar la condotta, pero escapar se había vuelto todavía más inconcebible. Seguía en pie la regla de que una vez te alistabas, eras un soldado de por vida, pero ahora había algo más. Kuonrat jamás había olvidado cómo Brandeis se enfrentó a él cuando caíste herido y, por eso, andaba siempre buscando excusas para cobrarse venganza. Por eso, si alguna vez Brandeis escapaba, Kuonrat enviaría tras él a los mejores rastreadores, hombres cuya determinación sólo era menor que su crueldad.
A pesar de todos sus rasgos despreciables, Kuonrat no era idiota. Sabía que no podía atacar a Brandeis sin provocación previa, pues todavía quedaba un grupo de veteranos que respetaba a Brandeis como arquero y como persona. Y por eso, generalmente, le dejaba en paz. Pero la amenaza tácita estaba siempre ahí.
Era tan extraño verte en compañía de un viejo amigo, un hombre junto al que te habías enfrentado a la muerte en el campo de batalla en numerosas ocasiones. Brandeis había compartido una parte de tu vida que yo jamás podría entender. Había una intimidad extraña en la forma en que los dos tratabais de parecer duros pero no podíais evitar hablar con ternura. Vi que echabas de menos los viejos tiempos, no las batallas, sino la camaradería. Es curioso lo que una recuerda, pero hay un momento de esa noche que se me quedó grabado. Durante la comida, Brandeis levantó la mano de manera casi imperceptible, pero tú sabías que quería el agua y se la pasaste. Fue un gesto que debíais de haber repetido durante miles de comidas en el campamento y no lo habíais olvidado a pesar de los años que habían pasado. Ninguno de los dos pareció darse cuenta.
Un silencio espeso se impuso al final de la velada. Os mirasteis fijamente el uno al otro, quizá durante un minuto entero, hasta que Brandeis lo dijo en voz alta:
—No puedo seguir con esta vida.
—Te ayudaré en todo lo que pueda —dijiste tú.
Pero esa noche no podía escaparse. Si desaparecía, lo primero que harían los mercenarios sería buscar a la «prostituta» con la que lo habían visto por última vez. Se acordó que regresaría a la condotta y fingiría haberse satisfecho conmigo. La tropa pasaría unos pocos días más en la ciudad y luego partiría hacia la siguiente misión. Esperaría un mes y escaparía cuando los días en Mainz fueran sólo un recuerdo lejano.
Si todo iba bien, nadie sospecharía nada. Brandeis no tenía familia en Mainz y no tenía ningún vínculo con la ciudad. ¿Quién se iba a acordar de una noche de sexo un mes atrás? Ése era el plan.
En la puerta, los dos os erguisteis virilmente y sacasteis pecho. Él te dio una palmada en el hombro y tu un puñetazo amistoso en el brazo. Le abracé y le prometí que rezaría por su seguridad. Brandeis dijo que era una buena idea y me felicitó una vez más por el embarazo. Cuando tomó mi mano entre las suyas, pude notar las cicatrices de sus palmas y sólo entonces recordé que se había quemado tratando de quitarte la flecha encendida del pecho. Mientras se perdía en la noche, sentí intensamente lo mucho que le debíamos.
El mes pasó despacio. Hablamos sobre Brandeis, pero nunca más de unas pocas palabras cada vez. Era casi igual a como antes hablábamos de nuestro deseo de tener un niño, como si tuviéramos miedo de atraer a la mala suerte. Cinco semanas. «¿Tú crees...?», pregunté. «Llegará cuando llegue», contestaste tú.
Seis semanas, ni rastro de Brandeis. No podía evitar preocuparme y cada mañana vomitaba por el embarazo. «Llegará cuando llegue», seguías diciendo tú. A mí me daban ataques de preocupación por su seguridad y por la nuestra una vez llegase. Tú seguías asegurándome que todo iría bien, y yo me esforzaba por creerte.
Siete semanas. Estaba en casa trabajando en un manuscrito, sentada junto a la ventana. Vi acercarse por la calle a una figura envuelta en una capa que se movía arrastrando los pies y miraba hacia atrás a menudo. Reconocí la cojera y supe inmediatamente que era Brandeis a pesar de que su rostro estaba oculto. Su ropa estaba cubierta por la nieve que venía cayendo toda la mañana, así que era un buen día para ir totalmente tapado. Nadie se fijaría en un hombre que simplemente trataba de mantenerse caliente. Le abrí la puerta cuando no pasaba nadie por la calle.
Devoró la sopa caliente que le serví y me explicó que llevaba ocho días viajando, volviendo sobre sus pasos y moviéndose en círculos, evitando las ciudades. Había cazado pequeños animales en lugar de comprar comida para que no pudiera reconocerle ningún comerciante. Estaba seguro de que no le habían seguido. Aun así, no enviamos recado a tu trabajo sino que esperamos a que llegases a la hora habitual. Era fundamental que todo pareciera lo más normal posible.
Los primeros días serían los más peligrosos. Kuonrat habría enviado a un grupo de sus mejores rastreadores tan pronto como se hubiera enterado de que Brandeis había desaparecido. Los dos vigilabais constantemente la ventana y siempre teníais una ballesta cerca. Brandeis había traído dos, la suya y otra que había robado para ti.
Hacíais guardias por turnos. Brandeis no se atrevió ni siquiera a deshacer su bolsa. Tú preparaste la tuya y me dijiste que hiciera lo mismo. Todo aquello era muy inquietante, por supuesto, mucho más de lo que había imaginado. Si algo iba mal —que no tenía por qué pasar, por supuesto—, yo era responsable no sólo de mí misma sino de nuestro hijo nonato. Dije que no comprendía cómo podrían rastrear a Brandeis en un país tan grande. Cuando me oísteis, los dos os mirasteis y no dijisteis nada. Eso lo dijo todo.
Pero no sucedió nada. Pasaron semanas y nadie vino en búsqueda de Brandeis. Empezasteis a dormir por las noches, pero sólo después de haber colgado unas campanillas sobre la puerta. Al final decidisteis que era seguro que Brandeis se aventurara fuera de la casa. Con la capucha cubriéndole el rostro, claro.
Ninguna figura se precipitó sobre él desde las sombras, así que tras otra semana Brandeis empezó a acompañarte a las obras. Tu recomendación bastó para que le contrataran. Trabajaba duro y comía contigo pero por lo demás era muy discreto.
Nadie le hizo muchas preguntas; para tus amigos era sólo otro trabajador no cualificado. No mucho después decidimos que debía buscar una habitación propia porque yo me despertaba por las noches con calambres en las piernas. Un poco de privacidad nos iría bien a todos.
Teníamos tantos amigos que fue sencillo encontrar alojamiento a sólo unas pocas calles del barrio judío. Insistí en pagar el depósito con dinero de mi negocio y, hecho esto, decidimos finalmente permitirnos una auténtica celebración. No es que ninguno de los dos estuvierais totalmente convencidos de que era seguro que la huida había sido un éxito, pero estabais dispuestos a reconocer que parecía haber sido un éxito. Fue una fiesta fantástica y tú estabas muy contento porque sentías que por fin habías podido pagar la deuda que tenías con él.
Yo me sentía bien y empezaba a no caber en mis ropas, pues el embarazo progresaba según el calendario previsto. Incluso hubo un punto durante la comida en que el bebé dio pataditas e insististe en que Brandeis pusiera la mano en mi barriga. Él dudó pero cuando le aseguré que me gustaría que lo hiciera, puso su palma suavemente sobre ella. Cuando sintió el movimiento, apartó la mano y me miró con los ojos muy abiertos de asombro.
—Esto es por ti —le dijiste a tu amigo—. Esta vida existe porque tú salvaste la mía.
Con eso, levantamos nuestras copas para brindar por haber escapado de nuestras antiguas vidas a otras mejores.
Pero uno no debe vender la piel del oso antes de cazarlo. Al día siguiente, una de las beguinas vino corriendo a nuestra casa. Sabía que aquello no podía traer nada bueno, pues nunca había visto a ninguna de ellas correr antes. Descansó con las manos en las rodillas y, al cabo de unos momentos, en cuanto recuperó el aliento, fue capaz de decirnos, entre sofocos, que un pequeño grupo de hombres —«con pinta de salvajes»— había estado preguntando en el mercado por un hombre cuya descripción correspondía a Brandeis.
Al parecer, Mainz no era tan grande como yo creía. A pesar del cuidado que habíamos puesto en mantener a nuestro huésped oculto, hasta las beguinas sabían que se había alojado con nosotros. Hay que reconocerles el mérito de comprender que darle aquella información a unos extraños era poco aconsejable, pero era sólo cuestión de tiempo que alguien hablase sin pensar en las consecuencias. Brandeis hizo unas cuantas preguntas sobre los «salvajes» y las respuestas de la beguina disiparon cualquier duda: aquellos hombres eran los rastreadores que había enviado la condotta. Hasta hoy sigo sin saber cómo pudieron encontrarlo, pero el cómo no importaba. Lo único que importaba era que Mainz ya no era un lugar seguro.
Brandeis se ofreció a huir solo, dejando un rastro obvio que apartase a sus perseguidores de nosotros.
—Sólo me buscan a mí. Vosotros tenéis una buena vida aquí, no...
No le dejaste ni acabar la frase. Tu honor no lo permitía. Le dijiste que los rastreadores encontrarían nuestra casa hiciéramos lo que hiciésemos, y que cuando —no si, sino cuando— la encontrasen, era muy probable que alguno de ellos te reconociera. Qué gran golpe de efecto sería para ellos que les hubieran enviado a capturar a un desertor y volvieran con dos. Eso les granjearía el favor de Kuonrat y el mensaje al resto sería muy claro: incluso un soldado que había conseguido escapar durante años y que se suponía muerto había sido capturado al final.
Tú y Brandeis afirmasteis que yo debería quedarme porque mi embarazo estaba demasiado avanzado, porque os retrasaría, porque al venir pondría en peligro al niño. Yo repuse que lo más peligroso para mí era permanecer en Mainz, donde los rastreadores me encontrarían y harían lo que fuera para sacarme información. Al final, dije, no importaba cuáles fueran los pros y los contras. No iba a dejar que os marcharais sin mí, y si lo hacíais, os seguiría de todas formas. Sí, estaba embarazada, pero todavía podía viajar y le debía mi buena suerte a Brandeis tanto como tú. Por último, si nos separábamos, ¿cómo íbamos a volver a encontrarnos? Habían descubierto nuestra vida en Mainz y no podríamos regresar. Afirmé que era precisamente porque estaba preñada por lo que debía permanecer a tu lado y no arriesgarme a una separación que podría ser permanente.
Con eso te dejé sin opciones y con la ventaja añadida para mí de que no había tiempo para discutir. Así que empaquetamos lo que pudimos, sólo lo más valioso, y nos preparamos para partir tan pronto como fuera posible.
Me llevé el Inferno y el libro de plegarias de Paolo, y cuando no mirabas puse también mi ángel Morgengabe en la bolsa. Tú no hubieras permitido que cargáramos con ese peso innecesario, pero me era demasiado querido como para dejarlo atrás. También me llevé mi hábito de monja, pues ya había visto que podía ser un disfraz muy útil. Tomamos todo el dinero que habíamos ahorrado para la casa que nunca compramos y tú y Brandeis salisteis a comprar tres caballos. Yo vendí mis especias y libros a cualquiera que quisiera comprarlos, aunque con tan poco tiempo no saqué casi nada. A las pocas horas del aviso de la beguina, salíamos de Mainz. Yo llevaba mi bolsa, mientras que vosotros dos sólo vuestras ballestas y la ropa que acarreabais en vuestros fardos. La vida que habíamos pasado años construyendo desapareció, tan fácil como eso.
Cabalgamos hasta que los caballos estuvieron demasiado cansados para seguir. Me dolía la espalda y un espasmo me recorría la columna con cada golpe de las pezuñas, y también sufría una agonía en mi bajo vientre. Pero estaba contigo y no quería quejarme.
Encontramos una pequeña posada y me enviasteis a negociar con el posadero, porque cuanto menos se os viera a vosotros, mejor. Antes de irnos a dormir esa primera noche pregunté hacia dónde nos dirigíamos.
—Es mejor no tener un destino concreto —respondió Brandeis—. Si supiéramos adónde vamos, los rastreadores lo sabrían también.
Me pareció que aquello no tenía sentido, pero estaba demasiado cansada para discutir.
Durante los días siguientes cabalgábamos tanto como yo aguantaba y luego tomábamos una habitación de la que ninguno de nosotros salía excepto cuando yo iba a buscar comida. No pasó mucho tiempo hasta que el viaje empezó a cobrarse su precio en mí. Me dolían los pechos, los calambres en las piernas eran cada vez peores y sentía los músculos de mi costillar distendidos y exhaustos. Sabía que nos estaba retrasando, todos lo sabíamos, y eso atizaba tus constantes peticiones de que os dejara huir solos. Me señalaste que mis constantes pausas para orinar no sólo nos ralentizaban, sino que hacían que nuestro rastro fuera mucho más fácil de seguir. Hasta amenazaste con dejarme atrás pero, por supuesto, no llegaste a hacerlo.
En las ciudades tomamos atajos por callejones y en los campos obligamos a los caballos a pasar por riachuelos con agua casi helada. Lo odiaban tanto como yo. Los caballos no podían mantener el ritmo que necesitábamos, demasiado galope y poco descanso. Cuando les fallaron las fuerzas, los cambiamos por otros frescos. Los rastreadores se verían obligados a hacer lo mismo o a rezagarse.
A pesar de que miraba constantemente hacia atrás, nunca vi a nuestros perseguidores. Quise creer que los habíamos despistado. Honestamente, no podía entender cómo habrían podido seguir nuestra pista con todos los trucos que habíamos empleado. Pero habían encontrado a Brandeis en Mainz. No tenía ni idea de sus habilidades, pero vosotros dos habíais vivido con ese tipo de hombres, de modo que tenía que confiar en vuestro miedo. Tú seguías haciéndonos avanzar a un ritmo implacable.
Cada día me preocupaba más lo que tanto cabalgar podría estar haciéndole a nuestro hijo. ¿Podría causar un nacimiento prematuro? Tenía que convencerme a mí misma, cada hora de nuestro viaje, que para escapar a los rastreadores merecía la pena correr cualquier riesgo. En los pocos momentos en que no pensaba en el bebé, fortalecía mi voluntad recordando nuestra partida de Engelthal y cómo compraste un pasaje en un carro de cerdos. Traté de convencerme de que nuestra situación era sólo otra prueba que teníamos que superar y que al menos no teníamos que lidiar con el olor de los cerdos.
Pero tras una semana llegué a un punto en que simplemente no pude dar un paso más. Brandeis y tú todavía aguantabais, pero yo supliqué descansar. Habíamos viajado tantos kilómetros que estaba convencida de que no pasaría nada por parar tan sólo un día. Accedisteis, no porque fuera seguro, sino porque había llegado la hora de pensar en un plan. No me importaba el porqué, necesitaba descansar como fuera.
Habíamos viajado en círculos para confundir a nuestros perseguidores y, como consecuencia, no nos habíamos alejado mucho de nuestro punto de partida. Estábamos cerca de Núremberg, lo que era una ventaja porque incluso si los rastreadores seguían en nuestra estela, la propia ciudad era lo bastante grande para escondernos al menos durante unas horas más.
Encontramos una posada y los dos os sentasteis en una mesa para hablar de cuál sería el siguiente paso. Quizá iríamos al norte, a Hamburgo, o quizá sería más seguro viajar al este, hacia Bohemia o Carintia. Incluso se habló de ir a Italia. Tú hablabas un poco del idioma que habías aprendido de los ballesteros italianos, y yo podía actuar como traductora. Tras uno o dos años podríamos volver a Alemania. Era improbable que nuestros perseguidores adivinaran nuestro destino e, incluso si lo hacían, Kuonrat tendría que dedicar muchos recursos durante mucho tiempo para continuar la caza en otro país.
Se suponía que sólo debíamos estar en Núremberg un día, pero mi cuerpo no lo permitió. Durante tres días el dolor me mantuvo postrada. Mi pulso estaba disparado y me faltaba el aire. Me moría de hambre, pero no podía digerir nada de lo que comía. Ansiaba dormir, pero mis pensamientos no me permitían cerrar los ojos. Mi embarazo se había rebelado y, finalmente, a regañadientes, acepté que tenías razón: estaba demasiado débil para seguir. Se decidió que se me dejaría al cuidado de la Iglesia. Me dejarías un puñado de monedas, bastantes para pagar mis cuidados durante el embarazo, y cuando estuvieras seguro de que habíais escapado, regresarías a por mí. Se aceptó el plan, que me dejaba una noche más de descanso antes de vuestra partida. Os pregunté adónde iríais, pero ni siquiera eso me podías decir.
—Es mejor no tener un destino concreto...
Lloré en la cama hasta que me venció el sueño, mientras me acariciabas el cabello y me asegurabas que todo saldría bien.
El destino, sin embargo, tenía otros planes. En mitad de la noche alguien golpeó nuestra puerta con tanta fuerza que hizo temblar los muebles que habíais apilado contra ella, y al instante supimos que nos habían descubierto. La única vía de escape era a través de la ventana, a pesar de que estábamos en un segundo piso, a unos cuatro metros y medio de altura.
Intenté levantarme de la cama pero no lo logré, así que tuviste que incorporarme tirándome de los brazos. Mientras recuperaba el aliento, Brandeis recogió las bolsas. Tú mirabas con precaución por la ventana para ver si había alguien fuera y levantaste la mano para avisarnos que no nos acercáramos.
—La ballesta —ordenaste.
Brandeis tomó una de las dos ballestas y colocó una flecha en el soporte. Tensó la cuerda y te pasó el arma. Tú apuntaste con ella a algo afuera. Sonó el silbido de un disparo y un golpe cuando el proyectil impactó en algo sólido. Hiciste otra seña que indicaba que el paso estaba despejado y saliste el primero por la ventana. No fue por falta de modales, sino porque alguien tenía que recogerme cuando saltase. Tras de mí oí cómo alguien hacía astillas a hachazos la madera de la puerta.
A pesar de la amenaza inmediata del ataque, me quedé quieta en la ventana incapaz de saltar. Estábamos demasiado altos, era demasiado arriesgado para el bebé. Brandeis estaba en pie entre la puerta y yo, gritándome que saltara. Pero yo me quedé paralizada, mirándote abajo con los brazos abiertos, hasta que oí a Brandeis detrás de mí diciéndome «Perdóneme, Marianne» justo antes de empujarme por la ventana.
Yo caí protegiéndome el vientre con los brazos y tú amortiguaste el impacto de mi caída rodando hacia atrás sobre la nieve al recibirme. Oí gritos en el piso de arriba y unos segundos después Brandeis saltó por la ventana.
Cayó de forma extraña, pero en aquellos instantes mi atención estaba en el rastreador muerto al otro lado de la calle. Yacía boca abajo, con la cara metida en un charco de aguanieve sucia y el cuello doblado en un ángulo extraño por causa de la flecha que lo había atravesado. Entonces me di cuenta de que la nieve no estaba sucia, sino teñida de rojo por el pequeño geiser de sangre que todavía manaba de su cuello.
Tiraste de mí hacia los caballos y antes de darme cuenta galopábamos por las calles de Núremberg. Tú y Brandeis cabalgabais cada uno a un lado, dirigiendo mi caballo y decidiendo mi destino. Debido a mi cansancio y a la conmoción del ataque, yo era prácticamente un peso muerto.
Mi caballo resoplaba vapor con su aliento mientras corría, y yo pensaba en el hombre en la calle cuyo aliento ya no existía. Me impresionó la forma en que murió, cómo le habías matado sin pensarlo, sin dudar un instante. Miré tu rostro cuando disparaste la flecha y ni siquiera se me ocurrió que tu objetivo pudiera ser una persona. Tenías la boca cerrada, los ojos entrecerrados y tu dedo se movió con decisión. Aspiraste antes de apretar el gatillo, pero no para tranquilizar tu alma, sino tus manos. Todo había sucedido en... ¿qué?, ¿un segundo?, ¿menos? ¿Era posible que ése fuera el tiempo que llevaba matar a un hombre?
Acabábamos de salir de la ciudad cuando vi que el caballo de Brandeis se quedaba atrás. El caballo no lo tiró al suelo, sino que él simplemente resbaló por un costado del animal. El caballo relinchó confuso y se dio la vuelta, como si no supiera adónde ir sin su jinete. Había sangre por todas partes, en la nieve, en el costado del caballo y a lo largo de la pierna de Brandeis. La tela de sus pantalones estaba abierta y tenía una gran brecha en la parte superior del muslo, donde la piel de su pernera mostraba un corte como la sonrisa de un demonio del que manaban borbotones de sangre. Su rostro estaba pálido y le temblaban los labios.
—Uno tenía un hacha. Me alcanzó mientras saltaba por la ventana. Lo siento.
Le puse la mano en la frente y la encontré fría y empapada de sudor. No comprendí cómo había conseguido mantenerse sobre el caballo tanto tiempo. Tú limpiaste la herida con un puñado de nieve, que dejó un charco rosa alrededor de la brecha abierta en la carne. Me pediste tela, así que saqué lo primero que encontré en las alforjas: mi hábito de monja. Debí haber buscado otra cosa, pero creo que todavía no me había recuperado de la conmoción y tomé lo que estaba encima. Lo cortaste e improvisaste con él unos vendajes con los que cubriste la herida.
Con una palmada en el anca enviaste el caballo de Brandeis en dirección contraria, con la esperanza de que sirviera de señuelo, y luego levantaste a Brandeis de la nieve. Me recordaste que los rastreadores seguían persiguiéndonos pero que además ahora estarían enfadados. Subiste a Brandeis a tu caballo y te sentaste frente a él, de modo que reposase sobre tu espalda. Él echó los brazos sobre ti, abrazándote, y tú le ataste las manos juntas frente a tu cadera.
—No estamos lejos de Engelthal —dijiste—. Hasta los mercenarios respetarán la casa del Señor.
Se me hizo un nudo en el estómago porque, de todos los lugares del mundo, Engelthal era el último al que quería ir. Pero comprendí que nuestra situación era desesperada y me tragué mis protestas. Brandeis necesitaba atención inmediata, así que huimos en dirección al monasterio.
Él colgaba de tu espalda como un espantapájaros con exceso de relleno que estuvieras llevando al campo. Tu caballo sufría por el sobreesfuerzo y no pudimos viajar muy rápido, pero tú nos forzaste a apretar tanto como pudimos. Abandonamos los caminos secundarios y tomamos la ruta más directa, porque había pasado el tiempo de la discreción. No pudimos parar a comprobar cómo estaban las heridas de Brandeis y yo tuve que luchar contra mi propio pulso desbocado. Conforme cabalgamos, te hice la pregunta que ya no podía retener más tiempo en mi interior.
—¿Cómo pudiste disparar a ese hombre? ¿Cómo pudiste atravesarle la garganta?
—Apunté al pecho —dijiste.
Tu tono fue tan frío que dejó claro que la conversación había terminado.
En cuanto empecé a reconocer el paisaje, señalé cuáles eran los mejores caminos. Al llegar a la entrada de Engelthal, desmonté como pude y llamé a la puerta. Lo más lógico era que fuera yo la que planteara la súplica y, además, hubiera sido demasiado complicado desatar a Brandeis de tu cuerpo.
Fue la hermana Constantia la que abrió la puerta y un gesto de confusión se apoderó de su rostro.
—¿Hermana Marianne?
Le expliqué nuestra situación y pude ver que seguía mirándote, haciéndose a la idea que eras el soldado quemado que había ayudado a cuidar años atrás. Cuando finalmente recuperó la voz, la hermana Constantia dijo:
—Si fuera una situación normal, te dejaría entrar... pero ésta no es una situación normal. —Bajó los ojos, casi avergonzada, hacia mi vientre hinchado.
No podía entender por qué dudada. No importa cuáles hubieran sido los rumores sobre mi desaparición, necesitábamos protección o Brandeis moriría. Señalé hacia él con énfasis. Vi que la hermana Constancia se daba cuenta de que los harapos sangrientos que envolvían la pierna del herido eran los restos cortados de mi hábito de monja.
—Si no puedes abrirnos —le supliqué— llama a la madre Christina. Ella no permitirá que este hombre muera.
—La priora está en Núremberg y tardará en regresar. La hermana Agletrudis la substituye en su ausencia. Iré a buscarla. —Antes de ir hacia el monasterio, la hermana Constantia añadió sólo una cosa—: Pero nunca te ha perdonado que profanases el scriptorium.
No tenía la menor idea de lo que la hermana Constantia quería decir, pero estaba segura de que tan pronto llegara Agletrudis podría aclarar la verdad.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:45 pm

Capítulo XXVI


Obsesivamente, Marianne Engel despidió noviembre con la finalización de la estatua 21, la séptima del mes.
Las estatuas 20 y 19 se terminaron en la primera semana de diciembre. La estatua 18 llegó en la segunda semana. Los períodos de preparación en la piedra estaban haciéndose más largos, pero siguió sin deshacer la cama desde la noche en que me habló de Brandeis. Nuestras vidas consistían ahora en sólo tres acciones. Ella esculpía y olvidaba y yo la miraba.
Vi cómo ignoraba a Bougatsa; se olvidó de ayudarme a bañarme. Rechazó hasta el último plato de comida que preparé; se olvidó de poner un regalo en mis zapatos de San Nicolás en el alféizar de la ventana. Vi cómo se fumaba cien cigarrillos al día; se olvidaba de cambiar el álbum que había en la cadena de música. Vi cómo se comía potes enteros de café instantáneo. Se olvidaba de limpiarse la sangre de los dedos. Vi cómo se consumía la carne de su cuerpo, cómo sus mejillas se hundían y sus ojos se volvían cada vez más oscuros. Olvidó cómo unir palabras en frases completas.
ERES INÚTIL No lo soy.
Le supliqué que se tomase un descanso, pero insistió en que se le acababa el tiempo. Ahora no eran sólo las estatuas las que la apremiaban a trabajar más deprisa, sino también sus Tres Maestros.
Llamé a Gregor y a Sayuri porque no sabía qué hacer. Trataron de hacerla entrar en razón pero fue como si hablaran a una pared. Ni siquiera estoy seguro de que Marianne Engel se diera cuenta de que estaban allí. Cuando traté de conseguir que Jack me ayudara, cambió el tema a cómo le estaba afectando la situación a ella.
—No tengo más sitio en la galería y me sigue enviando todas esas estatuas. No es que se vendan como rosquillas en Navidad, ¿sabes?
Le colgué el teléfono con un golpe y me fui directo a mi neceser de morfina en busca de consuelo.
Tuve que contratar operarios para que sacaran las estatuas de su taller y las dejaran en el patio de atrás. Quise evitarlo, pues esperaba que la falta de espacio en el taller la obligara a detenerse, pero ella insistió. Cuando protesté empezó a gritarme en una lengua que no reconocí y me desmoroné. Era obvio que iba a suceder algo horrible.
—No puedes seguir trabajando así.
—Los monstruos son portentos divinos.
—Estás cubierta de sangre, deja al menos que te dé un baño.
—Es sangre de vida.
—¿Por qué no comes algo? —Traté de convencerla—. Te estás quedando en los huesos.
—Estoy convirtiéndome en pura nada. Es glorioso.
—Si enfermas no podrás ayudar a los grotescos.
—Si enfermo, me alegraré porque querrá decir que Dios se ha acordado de mí.
Se negó a subir para bañarse o dormir, así que cuando estaba tendida sobre la roca como preparación, yo bajaba un cubo con agua caliente y jabón. Si no iba a bañarse, yo le llevaría el baño al taller.
La esponja pasaba por sus costillas como un coche sobre badenes. El líquido salía gris tras resbalar por su cuerpo y caía al suelo del taller creando dibujos sobre el polvo. Bougatsa ladraba en un rincón. Cuando la giré para poder limpiarle la espalda, me pareció que la piel sobre la que llevaba tatuadas sus alas de ángel se le había despegado de la carne.
* * *
Jack no me estaba ayudando nada, a pesar de que no podía ignorar el ritmo frenético al que Marianne esculpía y enviaba estatuas a su ya rebosante galería. Cuanto más tiempo pasaba sin que Jack me ofreciese la ayuda que yo me negaba a pedirle, más crecía mi resentimiento hacia ella. Cuando ya no pude contener mi enfado, me presenté en su tienda y le exigí, sin decirle ni siquiera hola, que hiciera algo.
—¿Y qué quieres que haga yo? —me espetó—. Tú le importas mucho más de lo que yo le he importado nunca y ni siquiera tú has podido pararla. Trata de que coma algo y beba agua y espera a que se derrumbe.
—¿Esto es todo? —dije—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir después de las suculentas comisiones que te llevas?
—Dios, qué capullo eres. —Jack me dio golpecitos con el bolígrafo que tenía en la mano—. ¿Está tomando sus medicinas?
Le expliqué que había intentado mezclárselas con el café en polvo pero lo había descubierto. Había subido hasta el campanario y me había tirado el tarro, que pasó por encima de mi cabeza y se estrelló contra la pared.
—¿Sabes lo difícil que es limpiar café en polvo de una estantería de libros?
Jack asintió.
—La única vez en que intenté mezclarle la medicina con algo no me habló durante tres meses. Pensó que yo formaba parte de la conspiración contra ella.
Me calmó un poco saber que Jack había intentado el mismo truco que yo. Acabamos la conversación con un tono moderadamente civilizado y me prometió que se pasaría por la fortaleza esa misma noche.
Jack trajo comida que Marianne Engel podría comprobar que no estaba trufada de medicinas —pan, fruta, queso, etc.— y trató de hablar con ella. No funcionó. Se enfadó porque la interrumpiéramos y rompió el pan en migajas que dejó caer entre los pedazos de roca que cubrían el suelo, luego subió la cadena de música hasta que el volumen hizo que nos marcháramos de allí. Mientras subíamos las escaleras pudimos oír cómo hablaba sola en latín muy excitada.
Aunque no habíamos conseguido nada, el intento nos había dejado agotados. Nos sentamos en silencio en el salón durante un cuarto de hora, casi sin levantar la vista del suelo. Al final comprendí que no era que Jack no se preocupase por Marianne, sino simplemente que ella —que ya había pasado por todo esto antes— sabía que no había nada que ninguno de los dos pudiéramos hacer. Aun así, antes de marcharse, dijo:
—Volveré mañana.
Por la mañana me encontré a Marianne Engel tendida sobre la recién completada estatua número 17. La abracé y no tuvo fuerzas para soltarse a pesar de sus esfuerzos.
—No, tengo que prepararme para la siguiente.
Lo decía en serio, pero estaba demasiado débil para resistirse, así que la subí arriba.
Una vez más le limpié la sangre, sudor y polvo de su cuerpo. La cabeza le colgaba en el borde de la bañera de porcelana como si fuera una marioneta cuyo titiritero se hubiera tomado un descanso. Siguió diciéndome, mientras la lavaba y mientras la arropaba en la cama, que tenía que volver al taller. Pero a los pocos segundos se sumió en un profundo sueño.
* * *
Marianne Engel seguía dormida cuando Jack llegó por la noche. Al estar a solas con la señorita Meredith de nuevo, abrí una botella de bourbon.
Me habló de los clientes que compraban las gárgolas. Los nombres de la lista eran impresionantes: destacados hombres de negocios, jefes de Estado, célebres mecenas, además de un completo quién es quién del mundo del espectáculo. Reconocí un buen número de cantantes de éxito y de actores de Hollywood de primera fila, además de un escritor universalmente reconocido como el rey de las novelas de terror. Un director, conocido por sus películas poéticas sobre perdedores, había comprado al menos media docena de estatuas. (Con su fregona de pelo negro y su cara enjuta podría haber pasado fácilmente por el hermanastro anémico de Marianne Engel.) Aunque no me sorprendió ver que también varias iglesias compraban sus gárgolas, sí me pilló por sorpresa las muchas universidades que había entre sus principales clientes.
Jack se comió la mayor parte de la comida china que pedimos, empujándola a fuerza de tragos de bourbon. Se limpió la salsa de la boca con la manga y me preguntó si de verdad no tenía pene. Cuando le confirmé que no, se disculpó por haberse burlado por ello antes. Acepté sus disculpas con tanta elegancia como pude y se puso un poco tierna; estaba descubriendo que el alcohol —como sucede a menudo hasta con el más viril de los bebedores— la ponía sentimental. Cuando le pregunté si tenía algo planeado para Navidad, me contestó contándome la historia de su vida.
Se había quedado embarazada siendo adolescente y dado a luz a un niño, Ted, que ahora estaba en la treintena. Jack se había casado con el padre de Ted, que resultó ser un hombre violento que se pasaba el día borracho, y permaneció con él porque no parecía tener otra opción. Consiguió acabar el instituto, pero la universidad fue otra cuestión. Cuando se quedó embarazada por segunda vez, su marido la culpó de arruinarle la vida:
—¡Te quedas preñada otra vez aunque no tenemos dinero, zorra!
Ted, que tenía entonces seis años, presenció cómo su padre pegaba a su madre embarazada al menos una vez a la semana.
Una noche del séptimo mes, su marido le dio una paliza particularmente fuerte. Cuando el alcohol le hizo perder el conocimiento, Jack metió un poco de ropa en unas maletas y vistió al pequeño Ted. Llevó al niño a la puerta de la casa y luego regresó al dormitorio con una sartén, con la que machacó a golpes la cabeza de su marido. Dijo que lo hizo para asegurarse de que no les siguiera cuando despertase, pero sospecho que lo hizo porque le apetecía. Durante días leyó el periódico local para ver si lo había matado. Cuando vio que no aparecía ninguna necrológica, se sintió muy aliviada pero también un poco decepcionada.
—Tras dejar a mi marido a veces me preocupaba que me estuviera esperando en el hospital de mi madre. Mi madre tenía esquizofrenia —dijo Jack—, pero el bastardo no apareció por allí y nunca volví a verle. Supongo que le faltaba voluntad hasta para acosarme.
Fue una revelación que la madre de Jack hubiera sufrido esquizofrenia. ¿Habría alguna conexión, entonces, con Marianne Engel? En efecto, la había.
—Yo quería mucho a mi madre y tenía que ir a visitarla, especialmente porque nadie más iba. Mi padre había muerto hacía tiempo. Supongo que no pudo aguantar ver cómo la mujer que amaba se volvía loca.
Comenté que su vida no parecía haber sido fácil.
—Y que lo digas. Todos los hombres en mi vida han sido unos mierdas, hasta el punto de que mientras Ted crecía —me confió Jack— deseaba en secreto que saliera gay.
—¿Y?
—No hubo suerte —gruñó, sirviéndose otro vaso de bourbon.
—Bueno, no pierdas la esperanza —dije, tratando de ayudar.
—Sí, ya. —Tomó otro trago—. De todas formas, aunque las cosas no fueron fáciles, salimos adelante. Di a luz a Tammie, la niña de la que estaba embarazada cuando dejé a mi marido. Conseguí trabajo de camarera. Ascendí a cocinera, luego a subdirectora. Era un tugurio de mierda, pero ¿qué le iba a hacer? Un abogado me localizó después de que muriera mi padre y resulta que me había dejado un poco de dinero. Así que supongo que el bastardo hizo algo bien al final. —Levantó su copa al cielo—. Sabía que no podía criar a dos niños con lo que ganaba en el restaurante, así que utilicé algo de ese dinero para apuntarme a un curso nocturno de contabilidad. Saqué buenas notas y pude conseguir un trabajo malo en una buena empresa.
—De eso a propietaria de una galería de arte —apunté— y a ser la agente de Marianne todavía hay un trecho.
—No tanto como crees. Yo seguía visitando a mi madre en el hospital y un día vi que había una nueva paciente, una chica joven. Atractiva, ya sabes, sentada sola en una mesa. Dibujando. Era distinta a los demás. Quizá fuera por su cabello y sus ojos.
—Marianne —dije.
—Bingo. Pero entonces no se llamaba así. La policía la había encontrado en la calle y no habían podido identificarla.
Marianne Engel no era su nombre real. Mi sorpresa hizo que asomara a la cara de Jack una mirada de superioridad. Le complacía saber cosas de nuestra amiga común que yo ignoraba.
—La enfermera me dijo que cuando la habían encontrado no llevaba ningún documento encima y sus huellas dactilares tampoco revelaron nada. No quería, o no podía, decirles nada de su pasado. Quizá sus padres habían muerto o quizá la habían abandonado, ¿quién sabe? Un día le pidió a los doctores que empezaran a llamarla Marianne Engel. Tras unas pocas visitas, decidí acercarme a saludarla. Entonces era muy tímida. Cuando le pedí que me enseñara sus dibujos, no quiso. Pero seguí pidiéndoselo y después de unas cuantas visitas más conseguí que me los dejara ver. Me quedé de piedra. Me esperaba garabatos incoherentes y cosas así, pero lo que dibujaba eran bestias fantásticas, monstruos, y todos eran horribles pero de algún modo también frágiles. Había algo en sus miradas que les daba vida.
Jack hizo una pausa. Le miré a través de los agujeros de mi máscara de plexiglás y por un instante temí que fuera a decir que también había algo de eso en mis ojos. Pero se limitó a atizarse otro trago de bourbon y siguió hablando.
—Me dijo que en realidad no era dibujante. Me dijo que era escultora y que aquellas criaturas aguardaban a que las liberara de la piedra.
—Así que —dije yo— ya desde adolescente...
—Sí, ya desde adolescente —confirmó Jack—. Supongo que me fascinó aquella idea pero yo no sabía una mierda de arte. La mayor parte del tiempo pienso que incluso ahora no tengo ni puta idea. Pero sí sé que hay algo único en su visión. Me gustó, y resulta que también le gusta a mucha otra gente. Pero en aquellos tiempos me limité a asentir porque ¿qué diablos iba a hacer yo? Pasaron los meses y seguí visitando a mi madre y Marianne siguió enseñándome sus dibujos y, no sé... simplemente le cogí cariño. Supongo que me daba lástima. Era muy joven y quizá yo entendía lo que sentía al estar atrapada en un lugar que no era bueno para ella. El asilo era el lugar adecuado para mi madre, sin duda, pero no lo era para Marianne.
—¿Y qué pasó?
—Los médicos jugaron con diversos cócteles de fármacos hasta que al final encontraron una combinación que la estabilizó. Marianne puede vivir de forma independiente, ya lo sabes, mientras se tome sus medicinas. Pero siempre pensó que aquellas medicinas eran veneno para sus corazones. —Jack hizo otra pausa—. Sí, esa fantasía tampoco es nueva. Una vez incluso la llevé a que le hicieran unas radiografías para que viera que sólo tiene un corazón y aun así no me creyó.
—Pero ¿cómo...
—Ahora te lo explico, si haces el favor de callarte. —Jack me apuntó con los palillos, entre los cuales tenía atrapado un pedazo de pollo kung pao—. Cuando los doctores la arreglaron, la pusieron en un albergue y acabó consiguiendo trabajo en una cafetería. De lavaplatos, ¿te imaginas? Cuando me enteré fui a visitarla y me la encontré con los brazos metidos hasta los codos en agua sucia. Yo sólo podía pensar en aquellos dibujos asombrosos. Mientras tanto, se había hecho el primer tatuaje, una de esas frases en latín que tiene en el brazo. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo que puesto que no podía permitirse comprar piedra, al menos podía usar su propio cuerpo como lienzo. Todos esos tatuajes que se ha hecho, se los hizo porque no podía esculpir por algún motivo. Fuera como fuese, me dije, a la mierda. Si tantas ganas tiene de ser escultora, voy a ayudarla. Así que le pagué un curso de escultura por las noches, aunque todo lo que yo tenía era un poco del dinero que me había dejado mi padre, y todo eso mientras mantenía a mis dos hijos en casa. Fue una solemne estupidez, ¿no crees?
Fue estúpido pero también (aunque ciertamente no lo dije en voz alta) maravilloso. Jack cogió otro de los cigarrillos de Marianne Engel —porque Jack no fumaba, como me ha dicho más de una vez— y continuó con su historia. Cada vez que llegaba a una parte muy dramática, movía el cigarrillo en el aire como si tratara de pinchar unos globos invisibles.
—El profesor me dijo que Marianne era la alumna con más talento que jamás había tenido, que el cincel parecía hecho para ella. Cuando se me acabó el dinero para pagarle las clases, me dijo que Marianne siguiera yendo de todas formas. Que algún día podría jactarse de haber sido su profesor. Así que tomé otra decisión estúpida y le comenté a Marianne que yo podría ser su agente. Aceptó, a pesar de que le dije que no tenía ni idea de vender arte. Pero sí sabía lo bastante para conseguirle unas herramientas medianamente decentes, que encontré en la subasta de una herencia, por pura suerte, y luego un poco de piedra. El primer bloque fue de una piedra horrible y barata que prácticamente se desmoronaba cuando la tocaba el cincel, es verdad, pero aun así ella saca la gárgola y le queda muy bien. Así que ahora tengo esa estatua y tengo que venderla porque si no, no nos podemos permitirnos otro bloque de piedra, así que alquilo un camión viejo que estaba para el arrastre para llevar la estatua a todas las galerías de arte que conozco. Al final encuentro a alguien dispuesto a exhibirla pero sólo si se les paga una comisión de escándalo, pero en ese punto no tenemos ninguna otra opción así que acepto. Cuando al fin se vende, puedes creerte qué mierda, hasta pierdo dinero con la operación. El proceso lleva meses y Marianne Engel no para de hacerse tatuajes, se vuelve loca sin piedra que tallar. Pero al final vendemos otra y otra, y de repente nos encontramos con dinero entre manos y todo empieza a funcionar.
Me fascinó oír una historia sobre Marianne Engel que no incluyera monasterios medievales. Hizo que me diera cuenta de hasta qué punto me habían absorbido sus cuentos de hadas.
—Cuando se puso de verdad, hacía una estatua detrás de otra. Ésa fue la primera vez que vi que podía ponerse como ahora, ¿sabes? La primera vez trabajó hasta perder el conocimiento. —Jack levantó la vista hacia la habitación de Marianne Engel—. Entonces era más joven y más fuerte, y pensé que era sólo un fogonazo juvenil. La pasión de crear por primera vez. No me imaginé que iba a seguir igual. ¿Cuánto ha pasado?, veintipico años.
—Le debe ir bien —dije—, quiero decir, tiene la casa y...
—Sí, tiene dinero, claro. En lo suyo, Marianne es la mejor del mundo. A los cinco años montamos la galería. A los diez años le compramos la casa. En efectivo, ni siquiera necesitamos una hipoteca.
—¿Cómo te convertiste en su curadora?
—Bueno, simplemente pasó —respondió Jack—. No, joder, la verdad es que llevó una montaña de papeleo y un montón de visitas al juzgado. Pero recuerda que no tiene familia, a menos que yo sepa. No me ha dicho nunca nada de su vida antes de que la conociéramos y, honestamente, no sé si ni siquiera lo sabe.
—Jacqueline —dije—, no me has contestado a la pregunta que te hice al principio.
—No me llames así, cabrón, y ni siquiera me acuerdo de lo que me habías preguntado.
—Si haces algo en Navidad.
—No. Mi madre murió hace diez años y mis hijos ya no me hablan. —Recogió su abrigo y dijo que tenía que marcharse. En la puerta, añadió—: No te creas que ahora somos amigotes. Si fuera por mí, seguirías sin tarjeta de crédito.
—Entendido —confirmé—. Espero que esto no suene mal, pero de hecho estoy contento de que Marianne se haya derrumbado. Al menos así tendrá que descansar un poco.
Jack emitió un bufido.
—Todavía no ha acabado.
* * *
Marianne Engel se despertó y demostró que Jack estaba en lo cierto. Engulló un gran desayuno y volvió al sótano, donde se pasó los siguientes cuatro días. Sus movimientos eran indolentes, como si alguien la hubiera filmado trabajando y estuviera pasando la película a cámara lenta. Simplemente no tenía fuerzas para trabajar más rápido.
SI LE DIERAS UN POCO DE MORFINA ¿Qué? SE DORMIRÍA.
El 20 de diciembre Sayuri vino para la última sesión de rehabilitación antes de las fiestas. Nos esforzamos por ignorar el lento toc-toc-toc de las letárgicas herramientas de Marianne.
—Gregor me dice que te va a presentar a sus padres —dije—. Es un gran paso.
—Es la primera vez que lo hace —dijo Sayuri—, que lleva a una chica a conocerlos.
—¿Cómo te sientes tú?
—Yo estoy bien, pero sufro un poco por él. Creo que siente que nunca lo hace lo bastante bien para sus padres.
—¿Cree que vas a decepcionarles? —pregunté incrédulo.
—Está más preocupado porque piensen que él no es lo bastante bueno para mí. —Sayuri subió la resistencia de mi bicicleta estática y me animó: ¡lucha, lucha, lucha!—. Es ridículo.
—Así que, ¿crees que va a...? —Le di unos golpecitos en su dedo anular, en el que no llevaba ningún anillo.
—No —respondió Sayuri rápidamente. Retiró la mano, pero vi en su cara que la idea no le molestaría en absoluto—. Sólo quiere que vea su ciudad.
Hubo un cambio en el sonido que subía del sótano. El lento metrónomo de martillo se había silenciado. Habiendo vivido ya un tiempo con Marianne Engel, conocía su forma de trabajar lo bastante bien como para saber que era imposible que hubiera acabado la estatua en la que estaba trabajando.
—Debería bajar a ver qué pasa.
LA MORFINA ES BUENA. No para ella.
Cuando bajé por las escaleras del sótano no la vi. La llamé, pero no hubo respuesta. Medio cigarrillo quemaba todavía en el cenicero. Entonces la vi tras una gárgola casi terminada, con los brazos abiertos en un ángulo muy extraño. Todavía tenía los dedos aferrados al martillo, pero el cincel había rebotado a unos pasos de distancia.
Cuando llegué a la piedra vi que estaba inconsciente y que tenía un gran corte en la frente. Supuse que se había golpeado contra la estatua al desmayarse sobre ella.
* * *
El hospital retuvo a Marianne Engel durante tres días. Le cosieron la herida de la cabeza y le pusieron una vía en el brazo con una solución contra la deshidratación. Por suerte, estaba demasiado agotada como para enfadarse porque la hubiera entregado a los médicos que consideraba sus enemigos. Sólo me aparté de su cama para ir a casa a dormir un poco. Dejé que Bougatsa durmiera conmigo, aunque Nan hubiera montado en cólera porque el pelo de perro puede irritar muchísimo la piel de un quemado. NI SIQUIERA PUEDES CUIDAR DE TÍ MISMO. Por las mañanas, regresaba inmediatamente al hospital. ¿CÓMO VAS A CUIDAR DE ELLA?
Marianne Engel fue dada de alta la víspera de Navidad. Para ser honestos, a los doctores les hubiera gustado tenerla más tiempo, pero le dieron el alta para que pudiera pasar la Navidad en casa. Cuando llegó a la fortaleza, se le antojó comer mazapán y nada más que mazapán, pero la convencí de que tomara también algunas mandarinas. Bajé la televisión y el vídeo del campanario a su habitación y vimos Qué bello es vivir, porque eso es lo que hace la gente normal en Nochebuena. Cuando acabó insistió en que me quedase en su cama, porque quería despertarse en Navidad conmigo a su lado.
Me tendí en su cama con mis gruesas ropas de compresión apretadas contra su delgada desnudez. Sabía que debería disfrutar aquella proximidad, pero no fue así. Me pregunté por qué su cuerpo me afectaba tanto. Me había pasado la mayor parte de mi vida adulta en compañía de mujeres desnudas —era mi trabajo durante el día y mi pasatiempo por la noche— pero con Marianne Engel siempre había sido distinto. Era distinto.
Hay muchas explicaciones posibles para mi incomodidad. Quizá su cuerpo tenía un efecto mayor en mí que el de las otras mujeres por el cariño que le tenía. Quizá era porque por primera vez en mi vida, como resultado de mi penectomía, no podía olvidar el cuerpo de una mujer conquistándolo. Quizá era simplemente una cuestión de feromonas. Todas estas teorías eran plausibles, algunas quizá acertadas hasta cierto punto, pero aquella Nochebuena, tendido junto a ella sin poder dormir, llegué a una conclusión. La principal razón, creo, por la que su cuerpo me causaba tal efecto era la siguiente: que su cuerpo me afectaba como si no fuera sólo humano, sino como algo que se acercaba al recuerdo y al fantasma.
La primera vez que vi su cuerpo por completo fue en el pabellón de quemados, cuando se desnudó para mostrarme sus tatuajes. Me excitó y me dio vergüenza, y cuando pasé los dedos por las plumas tatuadas de sus alas angelicales su cuerpo se estremeció y mi corazón también. En aquel momento no entendí por qué me sentí así, pero en los muchos meses que habían transcurrido comprendí que fue porque mis dedos no se sintieron como si tocaran su cuerpo por primera vez, sino como si regresaran a un lugar que les era familiar. No estuve seguro hasta que Marianne Engel me bañó por primera vez en la fortaleza. Se acercó a mi cuerpo como si tuviera derecho a tocarlo. El movimiento de su brazo fue idéntico al del mío cuando toqué su espalda alada por primera vez. Era como si la piel del otro fuera nuestra, como si la mano que se acercaba perteneciera al amo que llevaba mucho tiempo fuera pero que ahora había regresado. ¿Cómo podía no desarmarme sentir mi carne sobre su piel como un recuerdo cuando era la primera vez que la tocaba?
Ahora, junto a ella en la cama en esta Nochebuena, su cuerpo seguía produciéndome ese mismo efecto. Estaba a su lado y sentía que así debía ser, como si mi cuerpo hubiera estado junto al suyo miles de veces. Así que sentí que no estaba junto a una persona, sino junto al recuerdo de una persona, pero al mismo tiempo ese recuerdo estaba transformándose en algo todavía menos material. Su cuerpo demacrado era profundamente humano, pero me pareció que se trataba de una entidad que se convertía en un fantasma, como si en su delgadez se estuviera deslizando hacia algo que ya no era sólido. Pasé los dedos por los bultos de sus costillas y recorrí la colina enjuta de su pelvis hasta su estómago. Sentía que su cuerpo, cuya carne y recuerdo siempre me habían confundido y excitado, seguía perteneciéndome pero estaba desapareciendo. No era sólo que estuviera perdiendo substancia conforme trabajaba, era como si estuviera trabajando para perder substancia; como si no fueran sólo las gárgolas sino también la propia artista la que progresaba hacia un estado en que sería a la vez menos y más que el material con que había empezado.
Así es como su cuerpo —carne, recuerdo y fantasma— me desarmaba.
Me desperté, después de un sueño corto y reparador, antes que ella. Le traje huevos en una bandeja y reuní valor para entregarle su regalo. De nuevo eran escritos, pues al parecer no había aprendido la lección tras los poemas del año pasado. Había puesto por escrito las historias que me había contado sobre sus cuatro amigos fantasmales —«El buen herrero», «La mujer del acantilado», «La monja vidriera» y «El regalo de Sigurðr»— y las había encuadernado en un solo volumen. En la cubierta el título decía Historias de amantes, contadas por Marianne Engel.
—Es un regalo perfecto. No sólo para mí, sino también para Sigurðr. Para un vikingo, el peor infierno es que lo olviden.
Tomó su mano entre las mías y me pidió perdón. La escultura se había apoderado de ella las últimas semanas y había hecho que se olvidase de darme un regalo.
—Pero —sugirió— ¿qué tal si te explico por qué la hermana Constantia dijo que yo había profanado el scriptorium?

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:47 pm

Capítulo XXVII


Venía el alba cuando Agletrudis apareció en la entrada de Engelthal, luciendo una sonrisa tan cargada de schadenfreude que parecía imposible que encajara en la cara de una monja. Miró en tu dirección —tú seguías subido al caballo aguantando el cuerpo ensangrentado de Brandeis— y dijo:
—Veo que has traído a tu amante.
No podía dejar entrever mi ira si no quería arruinar cualquier posibilidad de que nos aceptasen. Necesitaba apelar a sus mejores instintos pues, después de todo, era una mujer que había dedicado su vida a Dios.
—Necesitamos santuario. Sin vuestra ayuda, moriremos.
—Ah —dijo Agletrudis, asintiendo y entrelazando las manos a su espalda—. Así que tu espíritu aventurero ha encontrado lo que andaba buscando. Quizá todavía más de lo que querías. —Igual que antes la hermana Constantia, Agletrudis echó una ojeada a mi vientre hinchado.
—Puedes imaginarte —dije templando la voz— que no ha sido fácil para nosotros, para mí, venir aquí. —Yo también tenía las manos a la espalda, pero sólo para evitar que Agletrudis viera que las había cerrado en puños—. No tenemos otro sitio al que ir.
Agletrudis trató de mirarme con simpatía, pero sólo consiguió afear todavía más su sonrisa.
—Eso nos pone en una situación muy interesante. Nuestra misión es la caridad y se nos enseña a perdonar a todo pecador. Y, sin embargo, el problema es que la mayoría de las hermanas te consideran algo peor que una mera pecadora.
Aquello me pareció excesivo sólo por el hecho de haber huido de Engelthal.
—Cuando me marché mi intención no fue faltar al respeto al monasterio ni al Señor.
—Ni a la madre Christina, estoy segura. —Agletrudis conservaba su capacidad de golpear donde más dolía—. Si te hubieras limitado a desaparecer nadie tendría ningún problema en ayudarte ahora. Pero debido a lo que hiciste aquella noche, la pobre hermana Gertrud murió con el corazón destrozado.
A Gertrud no le debió importar lo más mínimo que me marchara, excepto por el hecho de que mi ausencia debió ralentizar un poco el trabajo en la Biblia.
—¿De qué estás hablando?
—Es inútil que lo niegues, her... oh, perdón. Marianne. ¿Recuerdas que esa noche te vi salir del scriptorium? Yo lo recuerdo, y también recuerdo cómo a la mañana siguiente la pobre hermana Gertrud encontró todo su trabajo hecho cenizas. Hasta el último capítulo, hasta el último versículo. —Agletrudis dejó escapar un suspiro teatral—. ¿Cómo pudiste quemar su Biblia?
Fue el suspiro lo que me hizo comprenderlo todo. Ella había quemado Die Gertrud Bibel la noche en que me marché y me había culpado a mí. Así, me había convertido en la hermana que había destruido la obra a la que Gertrud había dedicado toda su vida. Yo era la monja que había reducido a cenizas la Palabra de Dios y escapado para ser la amante de un asesino.
Los ojos de Agletrudis brillaban de felicidad.
—La madre Christina ordenó que se borrara tu nombre de todas las crónicas y ahora que el padre Sunder ha fallecido... supongo que sabrás que ha muerto... estamos eliminando tu nombre también de sus escritos.
Siempre había pensado que Agletrudis era poco más que la lacaya de Gertrud, inferior en astucia y perfidia. Qué pronto puede cambiar la percepción que se tiene de alguien. Fue una revelación comprender, en un instante, la maldad de la que era capaz Agletrudis. Con mi desaparición habría recuperado su puesto como heredera del scriptorium. Pero eso no le bastó. Tenía que destruir mi nombre para siempre y para conseguirlo estaba dispuesta a sacrificar el sueño al que su mentora había dedicado su vida.
No me siento orgullosa de ello, pero no pude detener mis puños. Mi mano derecha impactó en el brazo de Agletrudis, en el primer puñetazo que daba en mi vida. Apunté a la cabeza, pero supongo que la ira me hizo perder precisión. El segundo y tercer puñetazo fueron mejores, a pesar de que el embarazo me restaba agilidad, y le dieron en la mandíbula y el pecho. Cayó hacia atrás, aunque no sé cuánto fue efecto de los golpes y cuánto de la sorpresa. Cuando se levantó, me sonrió enseñándome sus dientes ensangrentados.
—No me rebajaré a golpear a una puta embarazada —dijo Agletrudis—, pero da por seguro que le daré recuerdos de tu parte a la madre Christina.
No tenía sentido quedarse allí, pues jamás nos permitirían entrar en el monasterio ahora, y todavía teníamos a los rastreadores pegados a nuestros talones. Me obligué a montar de nuevo en mi caballo y me dejaste galopar en silencio un rato para que despejase mi ira antes de preguntarme adónde íbamos. Te dije que no lo sabía. Sugeriste acercarnos a la casa del padre Sunder. Te dije que había muerto. Me preguntaste si el hermano Heinrich también estaba muerto. No lo sabía. Dijiste que no teníamos alternativa y debíamos ir su casa.
El hermano Heinrich se quedó conmocionado al vernos en su puerta después de tantos años, pero no dudó ni un instante. Abrió la puerta de par en par y siempre le recordaré por ello. Tú llevaste a Brandeis directamente a la pequeña cama en la que habías dormido durante tu recuperación.
El hermano Heinrich tenía aspecto de que la vida le había quitado casi todo el aire de los pulmones. Ya no caminaba con firmeza y cojeó al ir a buscar agua y un juego nuevo de ropa de cama. Nos ayudó a tratar las heridas de Brandeis e hizo lo que pudo para mantenerlo inmóvil mientras tú le limpiabas el corte. Cuando Brandeis dejó de revolverse, agotado, fue el hermano Heinrich —no tú o yo— quien le acarició el cabello. Fue un gesto de amor, a pesar de que no lo había visto nunca antes. Cuando Brandeis finalmente se hundió en un sueño inquieto, el hermano Heinrich se ofreció a preparar un poco de comida.
—Tengo tan pocas visitas, dejadme que os invite...
Insistí en ayudarle y le divirtió mucho que hubiera aprendido a cocinar. Cuando me felicitó por mi nueva habilidad, encontré por fin el valor de expresarle mis condolencias por el padre Sunder. El hermano Heinrich asintió mientras cortaba las verduras.
—Tuvo una buena vida y murió mientras dormía, así que no hay nada que lamentar. El funeral fue precioso y todas las monjas dijeron que el Diablo se alegraba de su muerte. No porque el Enemigo se hubiera cobrado otra alma, sino porque Friedrich ya no podría dañarle con sus oraciones.
La voz le tembló delatoramente. Friedrich, había dicho. No el hermano Sunder, como siempre se había referido a él en vida. Delante de mí, al menos. Trató de sonreír pero no lo logró y comprendí por qué parecía tan envejecido. El hermano Heinrich estaba esperando su turno.
—¿Sabías que la hermana Gertrud también murió? Su corazón parece que simplemente se rindió después de... —La voz de Heinrich se apagó. Se refería, por supuesto, a la quema de su Biblia—. Marianne, cuando encontraron las cenizas, la hermana Gertrud comprendió que nunca podría acabar su Biblia en vida. Vuestra enemistad no era ningún secreto, pero debes saber que nunca, ni por un momento, creí que la hubieses quemado tú. Ni tampoco lo creyó Friedrich. Murió convencido de tu inocencia.
En ese momento me dio un calambre en la tripa y mis manos fueron instintivamente hacia el niño. No pude levantar la mirada hacia el rostro del hermano Heinrich, me preguntaba si creería que el pecado que cometí al abandonar Engelthal era la causa de mis presentes desgracias. Pero esto fue lo que dijo:
—Friedrich se hubiera alegrado tanto de saber que estás en cinta. Siempre supo que vuestro amor era verdadero.
Justo allí, en la cocina, todo lo sucedido en las últimas semanas se me vino encima de golpe. La pérdida de la vida que habíamos construido juntos en Mainz, el descubrir que me habían acusado de un crimen horrible y la muerte del padre Sunder. La sonrisa de Agletrudis, actuando como substituta de la priora, en las puertas del monasterio. Mi embarazo, que me preocupaba cada minuto de cada día. Desde que salimos de Núremberg había seguido adelante por pura fuerza de voluntad y nervios, pero en ese instante me abandonaron todas las fuerzas que me quedaban. Rompí a llorar todas las lágrimas que había reprimido hasta entonces. Me derrumbé en los brazos del anciano.
Necesitaba tanto que me sostuvieran de nuevo, simplemente que me sostuvieran y me hablaran con ternura. Habías estado tan ocupado luchando por nuestras vidas, haciendo avanzar a los caballos y planeando nuestro siguiente paso que no habías tenido tiempo para calmar mis emociones. No te culpaba, pero echaba de menos tu cariño. El hermano Heinrich me acarició el cabello, igual que le había hecho a Brandeis, y me tendió en su propia cama. Me arropó y me dijo exactamente lo que necesitaba oír. Que todo iba a salir bien.
Pasaron unos pocos días y tuvimos que permanecer donde estábamos. Esperaba que de alguna manera nos hubiéramos deshecho de los rastreadores, pero tú me aseguraste que no. Dijiste con absoluta certeza que, con uno de ellos muerto, los demás debían haberse reagrupado y tratado de averiguar hacia dónde podríamos haber ido.
Habíamos limpiado la herida de Brandeis diligentemente con la esperanza de que se curase, pero era mucho pedir. Se infectó y le provocó unas fiebres terribles que le llevaron al delirio. Lo habías visto antes, en el campo de batalla, y sabías lo que había que hacer. El hermano Heinrich sujetó a Brandeis por los hombros y yo por las piernas, mientras tú utilizabas un cuchillo de cazador para cortarle parte del muslo. Cuando terminamos teníamos la ropa cubierta de sangre y había un pedazo de carne en un cubo. Cuando vi los destrozos en la pierna de Brandeis sentí dos cosas: vergüenza por temer que su herida de alguna manera me infectara a mí y dañara al bebé, y culpa por el hecho de que aquella herida existiera. Si yo no hubiera dudado en la ventana de la posada, Brandeis podría haber escapado antes de que le alcanzase el hacha.
Fue el hermano Heinrich el primero que vio a los dos jinetes. Estaban a una distancia segura de la casa, más allá de la colina en la que yo jugaba de niña, pero no había duda de que nos vigilaban. Eran los rastreadores, por supuesto. Cuando pregunté por qué no venían a por nosotros, me dijiste:
—Saben que tenemos ballestas y que sabemos utilizarlas, así que han enviado a alguien a por refuerzos.
Era improbable que hubieran descubierto nuestra identidad, pues no habían podido verte bien. Y aunque lo hubieran hecho, puede que no te hubieran reconocido debido a tus quemaduras o a que hubieran entrado en la condotta después de que tú te marcharas. No podían saber quién era yo, por mucho que llevaran alistados, pero debían imaginarse que nos habíamos detenido por alguna razón. ¿Sabrían que Brandeis estaba herido? Probablemente, pues debieron ver la sangre en la cuneta de la carretera de Núremberg. ¿Habrían podido ver que estaba embarazada a pesar de mi grueso abrigo? Probablemente no. Pero por muchas preguntas que se hicieran sobre nosotros, yo me hacía una pregunta más importante sobre ellos: ¿qué sucedería cuando llegaran los refuerzos que aguardaban?
Discutimos mucho. El hermano Heinrich pensaba que él, como hombre de Dios, debería salir a razonar con aquellos hombres. Tú te reíste de la idea. Brandeis, en un momento de lucidez, dijo que debía enfrentarse a su destino como un hombre, pues era la única posibilidad de que el resto sobreviviéramos. Debíamos huir y recuperar nuestras vidas, dijo, mientras él distraía a los perseguidores cabalgando en dirección contraria. Pero, por supuesto, no podíamos permitir que se suicidara. Tú querías quedarte y luchar, pero ¿quién lucharía a tu lado? No la ex monja preñada. No Brandeis, que todavía sufría fiebres. No el anciano Heinrich. Así que lo que de verdad querías decir es que tú deberías enfrentarte solo a ellos. Razonabas que si eras capaz de matar a aquellos dos soldados, al menos Heinrich y yo podríamos escapar antes de que llegara el resto de la condotta. Tú te llevarías a Brandeis en una dirección, estuviera listo o no. Yo partiría en la contraria. Aquélla, dijiste, era con mucho la mejor opción. No podíamos quedarnos allí esperando una muerte segura.
Al final, nada importaron los razonamientos. Mientras los demás dormíamos y se suponía que montabas guardia, tomaste tu ballesta y te adentraste en la oscuridad de la noche. Ni siquiera nos dimos cuenta de que te habías marchado hasta que regresaste y nos despertaste.
—Están muertos —dijiste—. Amanece y los otros llegarán pronto, debemos movernos rápido.
Igual que cuando huimos de Núremberg, me dejó helada que hubieras matado. Esta vez, sin embargo, mi ingenuidad te hizo darme explicaciones enfadado.
—¿No entiendes lo que pasará si nos atrapan? A Brandeis y a mí nos matarán, pero a ti te utilizarán como un juguete hasta que desees estar muerta. No les importará un bledo que estés embarazada. Te violarán y, si tienes suerte, morirás desangrada antes de volverte loca. Así que no creas que puedes juzgarme, que no aprecio la vida. Estoy haciendo cuanto puedo para salvar las nuestras.
Finalmente acepté que no podía quedarme con vosotros si quería proteger al niño. Era inevitable que nos separáramos. Yo regresaría a Mainz y me escondería con las beguinas hasta que volvieras. Tú te llevarías a Brandeis en dirección contraria y, muertos los mejores rastreadores, quizá pudierais escapar.
El hermano Heinrich iría a Engelthal, pues estaba seguro de que el monasterio le aceptaría si iba sin mí. Se lo agradecí con todo mi corazón, le besé en la frente y le dije que rezaría para que los mercenarios no destruyeran su casa cuando llegasen.
—No malgastes tus oraciones en algo tan tonto, hermana Marianne —dijo—. Es sólo un edificio. Mi hogar es la Casa del Señor.
—Si nuestro hijo es un niño —le dije— te deberá la vida. Le llamaremos Heinrich.
—Me honrarías más —dijo el anciano sacerdote— si le llamaras Friedrich.
Le prometí que lo haría. El tiempo estaba cambiando, así que quizá por fin íbamos a tener un poco de suerte. Desde que salimos de Mainz rezábamos por una tormenta que borrase nuestras huellas. El hermano Heinrich se enfundó su abrigo de invierno y se puso el pluviale del padre Sunder sobre él, como una capa adicional de protección contra la tormenta. Avanzó entre la nieve con pasos inseguros y a los pocos minutos desapareció. Lo último que vi de él fue la espalda del pluviale del padre Sunder, la imagen de Miguel y los ángeles luchando contra el dragón en el Apocalipsis, hundiéndose entre el blanco.
Brandeis no podía usar su ballesta, así que la pusiste en mis manos a pesar de mis protestas de que no la quería. Me dijiste que no tenía por qué dispararla, pero que tenía que tomarla, sólo por si acaso, y que no me ibas a permitir irme sin ella. Acepté porque te mostraste inflexible.
Me diste una clase rápida sobre cómo cargar el mecanismo y fijar el seguro.
—Apoyas la culata en el hombro, así, y así es como apuntas. Afianzas la ballesta respirando cada vez más despacio. Inspiras, expiras, inspiras, expiras. Afianzas. Apuntas. Confía en la flecha. Respiras. Disparas.
Colocaste la ballesta en la cartuchera de las alforjas de mi caballo y me abriste el abrigo de invierno para ponerme la mano sobre mi abultado vientre. Con la otra mano me colgaste tu collar de punta de flecha.
—Sirve para proteger y tú lo necesitas más que yo. Ya me lo devolverás cuando volvamos a vernos, porque te prometo que nuestro amor no acabará así.
Entonces le diste una palmada al caballo para que echara a galopar. Miré atrás una vez y te vi mirando cómo me alejaba antes de concentrarme en el camino que nos alejaría del peligro a mí y a mi hijo no nacido.
Me rodeaban remolinos de nieve. Pensé en qué sería de ti. ¿Cuántos mercenarios vendrían? ¿Una docena? ¿Dos docenas? Supongo que dependería de si estaban ocupados en alguna guerra en alguna parte. ¿O traería Kuonrat a todos sus soldados, para que vieran lo que les pasaba a los desertores? Por lo poco que sabía de aquel hombre, esto último me parecía muy probable. Me pregunté cuántas posibilidades tenías de escapar con vida. Había visto que eras letal con la ballesta, pero contra tantos hombres... ¿Cómo podías escapar a un pasado que estaba decidido a vengarse de ti? El viento soplaba cada vez más fuerte y la ventisca era cegadora. El frío traspasaba la ropa y se clavaba en mis huesos.
No podía hacerlo. No podía seguir adelante sin ti. Había sido una idiota al pensar que podía dejarte precisamente cuando más me necesitabas. Llevaba media hora cabalgando cuando di media vuelta y espoleé al caballo para que deshiciera al galope el camino que había recorrido. Rezaba para que no fuera demasiado tarde.
Ya resultaba difícil volver tras mis huellas, pero yo conocía todos los senderos que llevaban a la casa de Heinrich. Aun así, cuando apenas estaba a treinta metros de ella, seguía sin poder verla entre los remolinos de nieve. Pero entonces el viento me trajo el sonido de muchas voces de hombres y supe que en la hora en que yo había estado ausente, la condotta había llegado. La única cuestión era saber si tú y Brandeis habíais conseguido escapar antes.
Conduje el caballo hasta la colina que se elevaba junto a la casa, a los mismos matorrales en los que me escondía de niña. Ni siquiera se me ocurrió que pudiera haber soldados allí arriba; fue sólo la suerte la que hizo que estuviera sola. Maniobré hasta un matorral en el que pude atar el caballo a una rama baja y busqué una posición que me permitiera ver lo que sucedía abajo. Sabía que con la tormenta no había la menor posibilidad de que me vieran.
Casi inmediatamente vi lo que más había temido: no habíais podido escapar a tiempo. Los soldados te estaban sacando de la casa. Una voz clara se escuchó a través del bullicio. Era Kuonrat el Ambicioso, celebrando su buena suerte.
—¡No un desertor, sino dos! ¡Dos!
Los soldados te forzaban a mantener las manos a la espalda y te empujaron para ponerte de rodillas. Kuonrat dio un paso adelante y te puso la mano bajo la barbilla, levantándote la cabeza para mirarte a los ojos. Todavía riéndose, parecía como si estuviera convenciéndose a sí mismo que de verdad había tenido tanta buena suerte. Un fantasma rescatado del pozo de sus recuerdos. Un fantasma que le podía servir para dar una lección a los vivos.
¿Qué podía hacer yo? Pensé en tomar la ballesta y empezar a disparar. En la ventisca los soldados no verían las flechas hasta que fuera demasiado tarde y puede que no fueran capaces de ver desde dónde venían. Pero ¿qué iba a conseguir con eso? Había al menos dos docenas de hombres, asesinos profesionales, y yo no había disparado una ballesta en mi vida. Tendría suerte si conseguía acabar con uno. Pero, pensé, si conseguía disparar un buen tiro, ¿qué pasaría si le daba a Kuonrat? ¿Se dispersaría la tropa si veían caer a su líder?
Por supuesto que no. Eran soldados profesionales y yo sabía que no era capaz de matar a nadie, ni siquiera a Kuonrat. Hicieron falta varios soldados para contenerte, pero Brandeis estaba tan débil que necesitaba que lo sostuvieran dos hombres. Cuando le soltaron, cayó de rodillas ante Kuonrat.
—¿Qué puedes decir en tu defensa? —le conminó el líder de los mercenarios.
Las ráfagas de la ventisca soplaban directamente hacia mí después de pasar por ellos, y llevaban sus palabras a mi atalaya. Aún no sé si el que pudiera oír hasta la última palabra fue una bendición o una maldición, pero en aquel momento agradecí no tener que acercarme más.
Brandeis adoptó la pose de un pecador arrepentido suplicando piedad y el viento me trajo sus palabras.
—Merezco la muerte que escojas. Sea tan horrible como deseas, tan horrible como pueda ser. Haz de mí el ejemplo que debo ser para los demás. Abjuro de mi decisión de escapar de la condotta. Me comporté como un niño asustado y te pido solamente que me castigues a mí y sólo a mí.
—Siempre me resulta interesante escuchar los tratos que proponen los que ya no tienen nada que ofrecer —dijo Kuonrat, levantando carcajadas entre muchos soldados.
Brandeis se negó a permitir que aquellas risas interfirieran con sus últimas acciones en esta tierra. Su verdugo estaba ya frente a él, pero ni una vez suplicó por su propia vida. No, usó sus últimos instantes para pedir, apasionadamente, que se le perdonara la vida a su amigo.
Brandeis señaló que él había dejado la condotta por una decisión equivocada que él mismo había tomado, pero que cuando tú te marchaste, no fue en absoluto decisión tuya. Fue voluntad de Dios que te alcanzaran en el combate y no te mataran. Fue la voluntad de Dios que la batalla tuviera lugar tan cerca de Engelthal que se te llevara allí. Fue la voluntad de Dios que te curases de unas heridas que debían haberte costado la vida. No había mejor prueba de que Dios te quería vivo, defendió Brandeis, que el hecho de que todavía estuvieras vivo.
Brandeis señaló hacia ti.
—Esta vida es voluntad de Dios, así que líbrale de castigo y dobla el mío. Sé que eres un líder sabio y justo, Kuonrat, y sé que no querrás contradecir a Dios.
Repetir que tu supervivencia era «la voluntad de Dios» fue una táctica hábil. Si algo podía impedir tu ejecución, sería sólo que Kuonrat creyera que matarte violaría los designios del Señor. Estaba claro que no se sentía obligado por ningún hombre, pero quizá con Dios era otra historia.
La tormenta lanzó una gran ráfaga de nieve sobre la escena. Brandeis volvió la cabeza instintivamente para protegerse los ojos y vi un breve relámpago plateado surgir del brazo de Kuonrat. El suelo se tiñó de rojo y la cabeza de Brandeis voló unos momentos antes de que la gravedad la hiciera caer.
Kuonrat limpió su espada, el acero todavía humeando por el calor de la sangre.
—La voluntad del Señor no importa. Sólo importa la mía.
Se volvió y dijo, riéndose de la expresión de horror en tu cara, que para ti tenía guardado algo mucho mejor. Algo que no sería tan indoloro ni misericordiosamente rápido. Después de todo, tu desaparición había durado mucho más tiempo que la de Brandeis.
Kuonrat reunió a sus mercenarios y les encomendó diversas tareas. Un tercio de los hombres registraron el bosque en busca de leños y ramas secas. Otro tercio fue a la casa de Heinrich a llevarse cualquier objeto de valor —comida, dinero, ropas— que la tropa pudiera usar o intercambiar. El resto se dedicó a prepararte.
Los soldados te empujaron más allá del cuerpo de Brandeis. Todavía manaba sangre su cuello, que se acumulaba en un gran charco rojo entre la nieve. Los mercenarios te empujaron contra la casa de Heinrich y te pusieron de espaldas contra la pared. Te golpearon los tobillos hasta que abriste las piernas y te estiraron de los brazos hasta que quedaron extendidos contra el tabique. Cuando te resistías, te golpeaban y te escupían en la cara y se reían como si aquello fuera una gran broma.
Un soldado, mayor que los demás, se acercó a ti blandiendo un hacha. Se me encogió el corazón porque estaba segura de que iba a desmembrarte. Pero no fue así. Los otros soldados, los que te sujetaban los brazos, te hicieron estirar los dedos de las manos hasta que la palma quedó abierta y expuesta. Uno de ellos te colocó algo en la mano derecha. El soldado más grande le dio la vuelta a su hacha y me di cuenta de que lo que tenías en la mano era un clavo. Usó el lado romo del hacha como un martillo para que el clavo te atravesara la carne de la palma. A pesar de que estaba lejos, pude oír cómo los huesos de la mano crujían como el cuello de una gallina al romperlo. Aullaste y sacudiste la mano, tratando de separarla de la pared, pero estaba clavada. A continuación se encargaron de tu mano izquierda, otro clavo a través de la palma y otra salpicadura de sangre sobre la pared. Tus hombros tiraban en vano y todas las venas de tu cuello parecían a punto de explotar.
A continuación los soldados trataron de sujetarte las piernas, pero tú pataleabas salvajemente debido al dolor. Así que el soldado con el hacha la giró, volvió el filo hacia ti y la lanzó con fuerza hacia ti. Te dio encima de la rodilla, donde los ligamentos conectan con el hueso. Tu muslo se contrajo, pero tu pantorrilla colgaba inútil, balanceándose como si estuviera conectada a tu cuerpo sólo por una cuerda deshilachada. Los soldados se rieron todavía más al verlo, otra gran broma, mientras tus manos seguían alumbrando regueros de sangre en la pared.
Te agarraron por los tobillos y les resultó ridículamente fácil clavarte los pies de forma que quedaras pinchado en la pared unos treinta centímetros por encima de la nieve del suelo. El ruido de los huesos de tus pies rompiéndose, de aquellos huesos tan pequeños, fue tan horrible, y la sangre, había sangre por todas partes. Tú parecías levitar, colgado de las manos, ya parecías un fantasma flotando contra el fondo que era la casa. Querían que todo tu peso colgase para que fuera más doloroso. Les encantó que los clavos de las manos no pudieran aguantarte y les encantó clavarte clavos en los antebrazos para que no te cayeras de la pared. Te estabas desangrando y Brandeis yacía decapitado sobre nieve roja, la mancha ahora más grande, más roja, e hirviente, humeante de vapor. Tomé la ballesta de mi caballo y di un paso hacia el horror. Quería correr colina abajo hacia ti y luego me di cuenta de que no podía hacer nada, contenida por el cordón umbilical de nuestro hijo nonato. La ballesta me pesaba en las manos, tan inútil, y el corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que los mercenarios lo oirían por encima de la tormenta. También grité sin poder controlarme, pero a una parte de mí no le importaba y la otra parte quería que me capturaran, que me mataran, porque ¿por qué iba a querer seguir viviendo? Pero no me oyeron, demasiado ocupados riéndose al compás de las gotas de tu sangre, y yo no podía hacer nada sin acabar con la vida de nuestro hijo.
Los mercenarios que habían ido en busca de leña fueron retornando y Kuonrat señaló al espacio bajo tus pies. Apilaron allí la madera, entre tus piernas, y supe qué iba a pasar a continuación. El viento y las ráfagas de nieve hicieron que encender el fuego les resultara muy complicado, pero eran hombres acostumbrados a vivir al raso y sabían cómo juntar sus cuerpos para proteger la llama. Pronto una chispa prendió y las ramas empezaron a arder y subió una columna de humo y pude oír el chisporroteo cuando el fuego se avivó, y me recordó el sonido de los huesos de tus manos y pies. Pequeñas llamas se acercaban a los dedos de tus pies pero no podías levantarlos, pues estabas clavado a la pared. Y entonces Kuonrat ordenó a sus arqueros que prendieran sus flechas en las llamas y lo hicieron, y formaron un semicírculo a tu alrededor apuntándote. Kuonrat les dijo que no debían matarte, sino disparar las flechas tan cerca de tu cuerpo como fuera posible, ése era el juego. El objetivo era incendiar la pared y quemarte lentamente desde todos los costados en lugar de sólo de abaja arriba. Pero entonces Kuonrat tuvo una idea mejor y cambió sus órdenes y les dijo a los arqueros que podían darte, pero en sitios que no fueran letales —atravesarte los brazos y piernas valía, pero darte en la cabeza o en el pecho no—, y había tal satisfacción en su voz, tanto orgullo por lo listo que era, y los arqueros levantaron las ballestas y empezaron a pedirse partes de tu cuerpo —«¡Mano izquierda!», «¡Pie derecho!», «¡Muslo!»— y eran buenos y habitualmente acertaban las partes que decían. Cada vez que una flecha acertaba el blanco, todo el mundo daba vítores, y si una flecha fallaba, había abucheos, como si fuera un juego en una barraca de feria, y las llamas debajo de ti crecían y nuevas llamas salían de todo tu cuerpo, donde las flechas se te habían clavado.
Por encima de las risas y los gritos de alegría de los mercenarios, Kuonrat te gritó su despedida: «Todo arde si la llama es lo bastante fuerte. El mundo es sólo un crisol.»
Y entonces supe lo que tenía que hacer.
Rebusqué en mi abrigo y encontré mi collar. Apreté en la mano la punta de flecha que el padre Sunder había bendecido y recé para que Dios me diera fuerzas.
Levanté la ballesta. Traté de recordar lo que me habías enseñado. La respiración es la clave, me habías dicho, afianzas el arma ralentizando tu respiración. Inspiras, expiras. Afianzas. Apuntas. Confía en la flecha. Respiras. Inspiras, expiras. Afianzas. Inspiras, expiras, apuntas. Comprobé que la flecha estuviera cargada correctamente. Sabía que sólo podría disparar una vez, el primer y último tiro de mi vida. La clave está en la respiración. Confía en la flecha. Respiras. Calma.
Le pedí al Señor que llevara la flecha recta y firme, directa hacia tu corazón, a través de la nieve y la condotta.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Lun Nov 15, 2010 6:48 pm

:manga11:

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 11:36 am

Capítulo XXVIII


Otra sorpresa: entre Navidad y San Valentín, Marianne Engel dejó de esculpir. Sólo bajó al sótano una tarde de enero a completar la gárgola que había dejado a medias cuando perdió el conocimiento e ingresó en el hospital. Concluida aquella tarea pendiente, volvió rápidamente y sin aspavientos a concentrarse en su recuperación... y volvió a cocinar.
Sólo una vez desde que me habían dado el alta del hospital había traído un festín exótico: comida japonesa la noche en que me contó la historia de Sei. Pero cada tres o cuatro días durante este período se iba a comprar y luego se metía en la cocina durante horas. Cuando salía, traía un surtido de delicias de alguna región del mundo.
Entre los ágapes más memorables estuvo el senegalés, una de las raras aventuras culinarias que emprendió fuera de Asia o Europa. De aperitivo tomamos buñuelos de judías y plátanos fritos, seguidos de una sopa dulce de arroz llamada sombi. Los platos principales fueron yassa poulet, pollo marinado durante la noche anterior y luego hervido a fuego lento con cebolla en una salsa alimonada de perejil y mostaza; ceebu jen, un pescado con salsa de tomate con verduras y arroz que es el plato nacional de Senegal; mafjé, un plato de carne con salsa de cacahuete que se puede cocinar con pollo, cordero o ternera —así que, por supuesto, hizo las tres versiones—, y un estofado de marisco con gambas, percas y bananas verdes. De postre, sirvió Cinq Centimes, las galletas de cacahuete de cinco céntimos tan populares en los mercados, y ngalax, unas gachas dulces hechas de couscous de mijo. Durante toda la comida sorbimos zumos de mango y de bissap, antes de terminar con té. A mí me encantaban los banquetes que preparaba Marianne, pero las más beneficiadas fueron sus alas de ángel tatuadas, que empezaron a cobrar volumen de nuevo gracias a las calorías.
Parecía que a todos nos iban bien las cosas, al menos en este siglo: Marianne Engel recupera la salud; Sayuri me explicó que su viaje a conocer a los padres de Gregor había sido un gran éxito; y Gregor me confió tomando café que estaba más o menos seguro de que le gustaba a Sayuri. Hasta Bougatsa era feliz, pues su dueña volvía a sacarlo a pasear a diario.
A menudo, a medianoche, Marianne Engel y yo íbamos al océano. A pesar de la hora y del frío solía haber algunos adolescentes en la playa, bebiendo cerveza y montándoselo. Ella encendía una hoguera, cuidaba el fuego que enviaba cenizas al cielo y me daba de comer de las cestas de picnic que siempre preparaba, muchas veces con las sobras del bufé internacional del día anterior. Encendía aquellos fuegos para que yo les perdiera el miedo; decía que yo necesitaba llegar a algún tipo de acuerdo con las fuerzas elementales del universo. Después de todo, no iban a desaparecer.
Yo no podía mirar el fuego sin sentir nada, pero sorprendentemente pensaba menos en mi propio accidente de tráfico que en mi homólogo del siglo XIV envuelto en llamas y clavado en la pared. Le supliqué a Marianne Engel que me contase qué sucedió, pero me conminó a tener paciencia, diciéndome algo sobre qué eran unos pocos días en la inmensidad de la eternidad. En vez de continuar con su relato, me contó otras historias que sabía que no eran ciertas, mitos de creación y armagedón, pero no me importó. Si ella se los creía, eso me bastaba.
Entonces ella miraba el horizonte, estiraba las piernas en dirección al océano y se lamentaba de que todavía hiciera demasiado frío para nadar.
—Oh, bueno —decía—, supongo que pronto vendrá la primavera.
* * *
Me quitaron las ropas de compresión a principios de febrero y fue como emerger de un cenagal en el que me hubiera estado revolcando durante casi un año. También me quitaron la máscara y el retractor dental, con lo que por fin me devolvieron mi cara, aunque una cara irreconocible comparada con la que tenía antes.
Experimenté la alegría y el miedo que conlleva empezar de nuevo. No es fácil tener mi aspecto: la gente común sólo ve un rostro como el mío en El Fantasma de la Ópera, en Freddie Krueger de Elm Street o en Leatherface en lo más profundo de Texas. Vale, puede que una víctima de quemaduras «se lleve a la chica», pero habitualmente se la lleva con un hacha.
No sabía si tomar posesión de mi cara pero ése era también el motivo por el que debía hacerlo: si no, parecía inevitable que fuera mi rostro quien se apoderase de mí. El cliché dice que a los veinte años una persona tiene la cara que Dios le dio pero a los cuarenta tiene la que se ha ganado. Pero si la cara y el rostro están entrelazados de modo que el rostro es el reflejo del alma, sin duda se sigue que el alma también es un reflejo del rostro. Como escribió Nietzsche: «Los criminalistas nos dicen que el criminal típico es feo: monstrum in fronte, monstrum in animo (un monstruo en la cara, un monstruo en el alma).»
Pero los criminalistas se equivocaron. Yo nací bello y viví bello durante más de treinta años, y durante ese tiempo ni una vez permití que mi alma conociera el amor. Mi piel perfecta era una armadura insensible cuyo brillo atraía a las mujeres y protegía a su portador de cualquier emoción verdadera. Las acciones más eróticas eran meramente técnicas: el sexo era mecánico y la conquista un pasatiempo; usaba mi cuerpo constantemente, pero rara vez disfrutaba. Había visto muchas mujeres sin ropa, pero nunca al desnudo. Resumiendo, nací con todas las ventajas que un monstruo no tiene y elegí desperdiciarlas.
Ahora mi armadura se había fundido y en su lugar había una herida abierta. La línea de belleza que utilizaba para separarme de los demás había desaparecido, reemplazada por una nueva barrera —la fealdad— que mantenía a la gente alejada de mí, me gustase o no. Quizá parezca que el resultado final es el mismo, pero no es así. Aunque ahora tenía a mi alrededor muchas menos personas que antes, eran personas mucho mejores. Cuando mis antiguas amistades se largaron tras echarme un vistazo rápido en el pabellón de quemados, dejaron la puerta abierta a Marianne Engel, Nan Edwards, Gregor Hnatiuk y Sayuri Mizumoto.
Qué giro más inesperado había dado el destino: sólo después de que ardiera mi piel pude empezar a sentir. Sólo después de convertirme en un ser físicamente repulsivo empecé a entrever las posibilidades del corazón: acepté mi atroz destino y mi rostro y cuerpo abominables porque me obligaban a superar los límites de mi identidad, mientras que mi antiguo cuerpo los ocultaba.
No tengo alma de héroe ni jamás la tendré, pero soy mejor de lo que era. O al menos eso me digo a mí mismo y, por ahora, me basta.
* * *
Marianne Engel entró en mi habitación el 13 de febrero, a medianoche, y me tomó de la mano. Me condujo escaleras abajo hasta la puerta que daba al jardín tras la casa. Nevaba, y la nieve se había acumulado sobre las estatuas que abarrotaban el patio como si todas llevaran capuchas blancas.
Abrió una puerta que daba directamente al cementerio detrás de St. Romanus. Las lápidas emergían de los montones de nieve como lenguas grises y caminamos suavemente entre ellas hasta llegar al centro del cementerio, donde ella ya había colocado una manta de piel de caballo. Sobre nosotros, la luna era una ampolla magnificente entre estrellas de piel de gallina. Intentó encender unas velas, pero el viento le apagaba las cerillas y se rió. Marianne Engel se arrebujó en su abrigo. Yo odiaba el frío, pero me gustaba estar a su lado.
—Te he traído aquí para contarte algo —dijo.
—¿Qué?
—Voy a morir pronto.
No vas a morir.
—¿Por qué dices algo así?
—Sólo me quedan dieciséis corazones.
—Vas a vivir hasta que seas muy, muy vieja —le aseguré.
Conmigo.
—Ya soy vieja —sonrió cansadamente—. Espero que esta vez la muerte prenda.
—No hables así. No te vas a morir.
No te vas a morir.
Me acarició la mejilla.
—Mi último corazón siempre ha sido para ti, así que necesito que te prepares.
Iba a decirle que todo eso no eran más que tonterías, pero puso su índice sobre mis labios. Cuando aun así intenté hablar, me besó en mis delgados labios y empujó hacia atrás todas mis palabras.
—No quiero morir —susurró—, pero necesito librarme de las cadenas de esta multitud de corazones.
—Sólo... Tienes un problema médico. —Me pregunté cuánta ternura sentía hacia ella por su esquizofrenia y cuánta a pesar de la esquizofrenia—. Sé que no quieres creerlo, pero es verdad...
—Qué poco crees y cuánto cuesta hacerte creer —dijo—. Pero creerás. Ahora, volvamos dentro.
La forma en que lo dijo, tan tajante, tan definitiva, me hizo temer lo peor.
—¿Por qué?
—Porque me estoy congelando aquí fuera —dijo, y mi alivio debió ser aparente—. No te preocupes, no estoy preparada para morir esta noche. Todavía tenemos cosas que hacer.
—¿Como qué?
—Como desengancharte de la droga — POCO PROBABLE dijo—. ¿De verdad pensabas que no sabía que has estado comprando morfina extra?
* * *
Cuando me desperté esa mañana de San Valentín, busqué la pequeña caja de madera en la que guardaba mi morfina y me la encontré vacía. Me arrastré hacia el dormitorio de Marianne Engel, donde su cuerpo yacía inmóvil. Le agarré los hombros y la sacudí y cuando abrió los ojos un poco le pregunté dónde estaba mi neceser.
—Métete en la cama conmigo. Todo irá bien.
—No lo entiendes. Tengo una serpiente en la columna...
—Tonto —dijo—. No deberías hacer caso de lo que te dicen las serpientes. Siempre mienten.
—No me estás dando tiempo para hacerme a la idea —supliqué—. Lo dejo mañana, pero dame un día...
YA CASI ESTOY AQUÍ...
—El sufrimiento es bueno para el alma.
—¡No lo es!
—Si no puedes amar el dolor —dijo, tratando de hacerme ver el lado positivo de la situación—, al menos puedes amar las cosas que aprendes a través de él.
... Y NO PUEDES...
Prefería seguir en la ignorancia.
—Puedo hacer que me vendan más morfina con mi receta...
—La he tirado por el retrete —contestó— y la doctora Edwards no te hará otra. Y he congelado tu tarjeta de crédito, así que a menos que quieras robarme para comprar drogas en la calle, métete en la cama.
... HACER NADA PARA EVITARLO.
—Duérmete —dijo Marianne Engel—. Simplemente duerme.
* * *
La morfina procede de la cabeza de la adormidera, Papaver somniferum, y fue aislada por primera vez en 1803 por el farmacéutico alemán F. W. A. Sertürner. El nombre procede de Morfeo, el dios griego del sueño, y puedo dar fe de que es un nombre adecuado. La morfina tiene algo nocturno, ilusorio, que tiñó hasta el último aspecto de mi vida desde la primera vez que remontó la corriente de mis venas.
A pesar de que el uso principal de la morfina es aliviar el dolor, también puede aliviar el miedo y la ansiedad, reducir el apetito y producir euforia. Siempre que me la inyectaba, inundaba mi cuerpo con una dulzura divina que hacía la vida soportable. La morfina también redujo mi deseo sexual, lo que quizá no sea un efecto secundario muy popular pero que en el caso de un hombre que carece de pene pero sigue produciendo testosterona fue un auténtico regalo del cielo. Mucho más molesto fue el estreñimiento que me provocó.
Pero, para mí, lo mejor de la morfina —su función más absolutamente vital— era que hacía callar a la serpiente, al menos por un rato.
Cuando me fui a vivir con Marianne Engel estaba inyectándome unos mil miligramos diarios. Con el tiempo desarrollé tolerancia y fui subiendo la dosis hasta que al final me metía cuatro veces esa cantidad sin pestañear.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 11:42 am

Capítulo XXIX PARTE 1


LO SABES. SABES DÓNDE ESTÁS. ¿VERDAD?
La oscuridad y mi consciencia llegaron a la vez. Me desperté instantáneamente, abrí los ojos, pero no pude ver nada. Sentía por la textura del aire (húmedo, espeso) que estaba en un lugar pequeño. La atmósfera era casi demasiado pesada para respirar por el hedor a madera podrida y yo estaba tendido de espaldas. Me invadió una sensación de pánico asfixiante.
YA ESTOY AQUÍ.
Pude oír —no, sentir— el regocijo en la voz de la serpiente, estaba más contenta que nunca en mi columna. La morfina la había mantenido a raya, pero ahora, en este lugar, esa protección había desaparecido. La serpiente se regodeaba celebrándolo.
NO PUEDES HACER NADA PARA EVITARLO.
Traté de extender los brazos, pero mis manos se encontraron con una barrera por todos lados, a sólo unos centímetros de mí. Madera plana y pulida me rodeaba, a lo largo y ancho de mi cuerpo. Sólo existe una caja de ese tamaño para un humano.
ESTÁS EN UN ATAÚD.
Esto no era real. Traté de recordar lo que sabía sobre el síndrome de abstinencia de la morfina, porque eso era la realidad, no esa tumba imaginaria. Había estudiado, como el estudiante que reza para que al final no se celebre el examen, sobre desengancharse de la adicción. Dejar a la brava la morfina no suponía riesgo de muerte, a diferencia de algunas otras drogas, pero podía producir alucinaciones extrañas. Claramente, ésta era una de ellas.
Había tantas razones por lo que esto no podía ser real. ¿Cómo me iban a haber sacado del dormitorio y enterrado sin que me despertase? La madera del ataúd estaba medio podrida, ¿cómo podía llevar yo tanto tiempo bajo tierra? ¿Cómo podía quedar todavía oxígeno? Todo esto era imposible, luego se trataba de una alucinación.
Pero ¿la gente que sufre alucinaciones conserva la claridad mental necesaria para analizarlas racionalmente? ¿No se supone que las alucinaciones son, por definición, irracionales? No sentía que hubiera perdido contacto con la realidad; de hecho, sentía que aquello era realidad. ¿Se percibe en las alucinaciones la textura del aire? ¿Se piensa en cuánto tarda en ceder la madera de un ataúd o cuánto tardan los gusanos en entrar? Si se trataba realmente del mono de la droga, ¿por qué no sentía ganas de otra dosis? Así que, aunque sabía que esto no podía ser real, me pregunté por qué me hacía unas preguntas tan lógicas.
No tardé mucho en descubrir que los drogadictos con síndrome de abstinencia pierden la compostura exactamente de la misma forma en que los millonarios descuidados pierden su fortuna: primero gradualmente y al final de golpe. Después de pensarlo detenidamente, perdí el control en un proceso cuya definición más exacta sería el opuesto de una epifanía: mis pensamientos, en lugar de formar un todo coherente en un instante de claridad, se dispersaron desde el núcleo de mi mente como víctimas que tratan de huir del epicentro de un desastre.
Aunque claramente no tenía espacio para tomar impulso, golpeé frenéticamente con los puños la madera reforzada por dos metros de tierra. La arañé hasta que se me cayeron las uñas y grité hasta que la garganta se me quedó vacía de esperanzas. En el hospital, mientras esperaba las sesiones de desbridamiento, había creído conocer el miedo. Y una mierda, no tenía ni idea. ¿Despertar en un ataúd y saber que te aguarda una muerte lenta? Eso es miedo.
Mi pequeño ataque de histeria no sirvió de nada, por supuesto, así que paré. Incluso si conseguía de alguna manera romper la madera, eso no cambiaría el hecho de que iba a morir, sólo la forma en que lo haría. En lugar de morir asfixiado, moriría ahogado por la tierra que inundaría el ataúd. Por mucho que ansiara aire, la tierra sería mucho menos benevolente. Y así, un silencio como la sábana que cubre un cadáver se apoderó de mi caja. Sin nada que hacer excepto esperar el fin, decidí que al menos fuera un final digno.
Oía el eco de mi respiración, como si el ataúd fuera una pequeña sala de conciertos. Decidí escuchar ese sonido hasta que no pudiera percibir ya nada y la última y suave nota de mi aliento se extinguiera en la oscuridad. Lo haría suavemente, me prometí, porque de todas formas —dada la gravedad de mi accidente— ya había vivido más de lo que me correspondía.
Entonces comprendí lo absurdo que era todo esto, el pensar en morir en una alucinación. Todo estaba bien. Debía resistir. ¿Qué le había enseñado a Marianne Engel en Alemania? Todo estaba en la respiración. Afianzas el arma reduciendo el ritmo de la respiración. Inspirar, expirar, inspirar, expirar. Afianzar. Calma. Yo soy el arma, me dije a mí mismo: un arma de vida, forjada en el fuego, e imparable.
Y entonces. Sentí algo. Y ese «algo» sólo se puede describir utilizando una palabra que no quiero usar: una palabra estúpida de la new age que debo traer a colación porque, desgraciadamente, es la única correcta. Sentí una presencia. Estaba a mi lado. Una mujer. No sé cómo supe que era una mujer pero era una mujer. No era Marianne Engel, porque no respiraba como ella. No me había dado cuenta hasta entonces que podía identificarla por la cadencia de su respiración, pero podía, y aquella mujer no era ella. Se me ocurrió que quizá esa respiración era la de la serpiente. Quizá la zorra había salido por fin de mi columna para enfrentarse directamente a mí. Después de todo, no puedes hablar indefinidamente a espaldas de alguien.
Pero no, era un cuerpo humano lo que había junto a mí. Lo que era ridículo, porque no había sitio en el ataúd —el ataúd imaginario— para nadie más. Aun así, sólo por si acaso, me aparté un poco apretándome contra la pared de mi lado. Su respiración era relajada y, no sé por qué, eso la hacía más aterradora.
Una mano tocó la mía. Yo la retiré asustado. Me sorprendió que pudiera sentir su carne; había asumido que aquélla era una entidad inmaterial. Sus dedos eran menudos pero aun así pudo obligarme a coger su mano con la mía.
Traté de sonar valiente cuando le pregunté quién era, pero se me quebró la voz. No hubo respuesta. Sólo continuó respirando. De nuevo.
—¿Quién eres?
Sus dedos se apretaron un poco más, entrelazándose con los míos. Le hice otra pregunta.
—¿Qué haces aquí?
Seguía sin haber otra respuesta que el sonido de su respiración suave y constante. Con cada pregunta que no me contestaba mi miedo disminuía un poco. La forma en que agarraba mi mano ya no era amenazadora, sino reconfortante, y pronto pude sentir cómo me elevaba, casi —no, no casi, decididamente— como si flotara. Mi espalda empezó a despegarse de la madera en la que yacía.
Me sentía como el ayudante de un mago que levita mientras aquél le da la mano. Sentí cómo nos movíamos a través de la tapa del ataúd y viajábamos a través del suelo. Un resplandor anaranjado se esparció por el interior de mis párpados conforme nos acercábamos a la superficie y ni siquiera estaba seguro de si seguía respirando.
Sentí el tirón de la tierra tan pronto como salimos a la luz del sol y los colores explotaron a nuestro alrededor. Estaba levitando, unos pocos centímetros sobre la superficie. De mi pecho caía tierra, que sentía resbalando por mis costados. Flotaba en el aire sin ningún apoyo; la mujer no salió de la tumba conmigo. Sólo su mano emergió del suelo, conectándome a la tierra como una cuerda sujeta un globo. Su mano permaneció en la mía durante quizá unos segundos antes de soltarse y volverse a sumergir en la tumba. Fue entonces cuando comprendí que ella no podía marcharse: la mujer no había aparecido en mi ataúd, yo había aparecido en el suyo.
Mi cuerpo se aposentó en el montón de tierra. Mis ojos se adaptaron a la luz. Estaba en una montaña, cerca de un río. Fue pacífico, durante un momento, hasta que el suelo debajo de mí empezó a moverse una vez más. En un instante de pánico temí que la mujer silenciosa hubiera decidido llevarme abajo otra vez, pero no era eso. Por todos lados se produjeron cientos de pequeñas erupciones, como si unos animales subterráneos se estuvieran abriendo paso a la superficie.
Al principio no eran más que destellos de luz. Pero entonces empezaron a tomar forma: flores, con pétalos incoloros. Cuando las miré más de cerca, pude ver que estaban hechas de cristal. Azucenas. Por todas partes florecían mil azucenas de cristal, brillando con una luz pulsátil que parecía proceder de su interior.
Arranqué una. Tan pronto como la toqué, se congeló en mis dedos. Los miles de flores, como si estuvieran conectadas en una sola alma, se hicieron de hielo y empezaron a quebrarse con pequeñas explosiones. Con cada una de ellas se liberaba una sola palabra, un susurro femenino, y juntas formaron una sinfonía que sonaba a puro amor. Aishiteru, aishiteru, aishiteru.
Las azucenas estallaron por toda la ladera de la montaña como un dominó, llevando su onda expansiva hasta el horizonte. Bajo el alegre manto de aishiteru elevados al cielo, la propia montaña se estremeció, tembló y se vino abajo, allanándose hasta convertirse en una tundra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Momentos después de haber empezado, por todas partes los pedazos rotos de las flores se habían convertido en un campo de hielo que cubría todo hasta donde alcanzaba la vista.
Miré aquel vasto páramo helado y me devolvió la mirada directa y despiadadamente. El viento ártico azotaba mi cuerpo tembloroso. Ahora era completamente consciente de que estaba desnudo, excepto por el collar con la moneda ángel que nunca me quitaba del cuello.
La tumba había desaparecido —naturalmente, pues la montaña entera se había desvanecido— pero había un sencillo vestido donde había estado la tumba. Cuando lo recogí para ver si era de mi talla, cayeron de él restos de tierra que arrastró el viento en un polvoriento ballet. El vestido me iba estrecho pero era todo lo que poseía, así que me lo puse. Tenía el aspecto ridículo que era de esperar en un quemado que se pone un vestido de mujer que le va pequeño, pero cuando estás congelándote pensar en la moda está fuera de lugar.
El vestido era el mismo que le había visto a la mujer japonesa en la fiesta de Halloween. Sin duda tanto la ropa como la tumba de la que había salido pertenecían a Sei.
* * *
La desolación blanca de este nuevo mundo me rodeaba. Qué absoluto había sido mi cambio de escenario. Del espacio más pequeño y oscuro que podía imaginar al mayor y más blanco. Yo era el objeto más alto en kilómetros a la redonda por el solo hecho de tener piernas sobre las que erguirme, y aun así me sentía empequeñecido por la inmensidad del cielo. Estar en pie en la tundra es sentirse a la vez grande e insignificante.
El pequeño vestido apenas me protegía del frío y el viento me helaba los huesos. Vi algo moverse por el rabillo del ojo. La nieve había empezado a cegarme pero agucé la vista para confirmarlo: un bulto se movía con dificultad a través del despiadado vacío. Parecía venir hacia mí, pero era difícil asegurarlo en un paisaje tan llano. Avancé hacia allí. Fuera lo que fuese aquello, no podía ser peor que quedarse quieto y esperar la hipotermia.
Pronto vi que el objeto que se acercaba a mí era un hombre. Tiene que ayudarme, pensé, pues no ayudarme sería matarme. El primer detalle que pude apreciar fueron sus espesos rizos rojos, que destacaban contra la nieve como manchas de sangre en una sábana blanca. A continuación alcancé a ver que estaba envuelto en gruesas pieles y calzaba unas grandes botas. Vestía unos gruesos pantalones de cuero y un abrigo hecho con el pellejo de algún animal. Sobre el hombro parecía cargar un paquete de pieles. Exhalaba nubes de vapor al respirar. La barba se le había helado. Estaba ya muy cerca. En el borde del ojo lucía profundas patas de gallo que le hacían parecer más viejo de lo que debía de ser.
Cuando llegó ante mí, me ofreció el fardo envuelto en pieles que llevaba al hombro y dijo «Farðu í Petta». Comprendí que significaba Ponte esto.
Abrí el paquete y vi que contenía un juego completo de ropa, gruesas pieles peludas que me protegerían del frío. Me vestí con ellas tan rápido como pude y sentí casi al instante que el aire entre mi cuerpo y mis prendas empezaba a calentarse. «Hvao heitir Pú?», «¿Cómo te llamas?». Me sobresaltó ver que también yo podía hablar islandés.
—Soy Sigurðr Sigurðsson y vendrás conmigo.
Su respuesta me confirmó lo que yo ya había adivinado; pero sólo en parte pues aquí —fuera el que fuese este lugar— Sigurðr, a pesar de como había muerto, no estaba quemado. Lo que me llevó a preguntarme por qué mi cuerpo seguía dañado.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Cuándo llegaremos?
—No lo sé. —Aguzó la mirada para rastrear el horizonte—. Llevo mucho tiempo viajando. Ya debo de estar cerca.
En la cadera de Sigurðr colgaba una vaina, la misma que chocaba con la cadera de Sei cuando los vi bailando. Sacó a Sigurðrsnautr tirando de su empuñadura de serpiente y me entregó el cinturón y la vaina.
—Ponte esto. Te hará falta.
Le pregunté que para qué y me contestó que no lo sabía.
Tiré la toga de Sei, pensando que con las pieles ya no la necesitaba. Sigurðr la recogió y me la devolvió.
—En el Hel debes utilizar todo lo que tengas.
Me até la toga alrededor de la cadera, como un segundo cinturón por encima del que Sigurðr acababa de darme. Le pregunté cómo sabía en qué dirección debíamos avanzar.
—No lo sé —contestó.
Sigurðr estaba hecho todo un conversador. Utilizaba su espada como bastón, clavando la hoja en la nieve a cada paso. Para un hombre que no sabía adónde iba, avanzaba con paso rápido y decidido.
—¿Esto es una alucinación?
Me pareció de lo más extraño estar en una alucinación preguntando si era una alucinación y además en un idioma que no comprendía. (De hecho, ¿cuántas personas hay en el mundo que sepan que la palabra islandesa para alucinación es ofskynjun?) Sigurðr respondió que no creía que fuera una ofskynjun, pero que no podía asegurarlo.
Caminamos y caminamos y caminamos. Durante días enteros en los que no se puso el sol. Quizá crea que es una alucinación, que lo que quiero decir es que caminamos durante horas que nos parecieron días. Pero no, quiero decir días. El cansancio fue nuestro compañero de camino, pero nunca hasta el punto de que necesitásemos dormir y, a pesar de mi rodilla mala, sentía que podía continuar indefinidamente. Pensé en los parajes más al norte de la Tierra en los que el sol permanece en el cielo durante seis meses seguidos. ¿Tendríamos que viajar durante tanto tiempo?
Sigurðr demostró ser un hombre de pocas y confusas palabras; durante la mayor parte del tiempo el único sonido que emitía era un tintineo musical que emergía de entre sus pieles, cerca del cuello. Tras un rato desistí de hablar con él y sólo seguí tratando hacerle reír de vez en cuando. Nunca lo logré. En ocasiones me detenía sólo para romper la monotonía del caminar. Le imploraba a Sigurðr que me esperara sólo durante un minuto, pero siempre me replicaba que no había tiempo para descansar. Cuando le preguntaba que por qué, me decía:
—Porque tenemos que llegar allí.
Cuando le preguntaba que dónde era «allí», no lo sabía. Así que le dije que, puesto que no lo sabía, no había motivo para que continuara siguiéndole. Entonces resoplaba, decía que podía hacer esa estupidez si lo deseaba, y continuaba caminando sin mí. Justo cuando estaba a punto de perderse de vista, yo salía tras él corriendo a trancas y barrancas. Porque, por supuesto, le necesitaba: ¿qué iba a hacer yo solo en un lugar como aquél? Así que seguimos marchando hacia un lugar que él no sabía definir y yo no podía imaginar.
Las alucinaciones, pensé yo, deberían estar un poco mejor que aquello. Caminar por la tundra durante días es aburrido y me sorprendió poder alucinar algo tan mundano durante tanto tiempo. El frío era demasiado terrible; la nieve se arremolinaba de una forma demasiado perfectamente aleatoria, y mi cansancio me dolía de una forma demasiado sincera como para ser producto de mi imaginación. Lo único que no parecía realista era mi capacidad de seguir adelante sin descanso ni comida.
Por supuesto, no era más que un delirio. Una condenada, detallista, fría y prolongada alucinación. El síndrome de abstinencia no debería ser así, a menos que...
—Sigurðr, ¿estoy muerto?
Por fin se rió de algo de lo que yo decía.
—Tú sólo estás de visita.
Si este lugar era el de Sigurðr, igual que el ataúd había sido el lugar de Sei, quería saber más sobre él. Quería saber más de todo. Decidí abandonar cualquier atisbo de sutileza.
—Ese ruido que sale del cuello ¿es del collar del tesoro que perteneció a Svanhildr?
Se detuvo, quizá pensando si quería o no contestar. Lo hizo.
—Sí.
—¿Por qué no el collar con la punta de flecha?
—Se lo dieron a Friðleifr.
—Le cambiaron el nombre para llamarle Sigurðr, ¿lo sabías?
Se quedó callado unos momentos y cuando al fin habló lo hizo con el tono de voz más suave que le había oído.
—Sí, lo sé. Es un gran honor.
—¿Me hablarás de Einarr?
Esta pregunta hizo que echara a andar de nuevo.
—Esa historia no es para ti.
—Pero ya la conozco.
Sigurðr se volvió y me miró directamente a los ojos.
—No, no la conoces. Tú has oído la versión de Marianne Engel de mi historia, lo que no es lo mismo. ¿Cómo puedes atreverte a pensar que conoces lo que esconde mi corazón cuando ni siquiera comprendes lo que hay en el tuyo?
Tenía que ser un vikingo quien me desarmase con su elocuencia cuando menos lo esperaba. Me callé y seguí caminando.
Todo el tiempo pensaba que estábamos a punto de llegar a alguna parte, pero nunca llegábamos. No dejaba de pensar que nos encontraríamos una pequeña cordillera tras la cual se abriría un valle o veríamos musgo en la cima de una loma, pero la única «loma» era el horizonte, que era reemplazado por un nuevo horizonte conforme avanzábamos. Recé porque apareciera algo que rompiera la monotonía. Una roca. Huellas de un alce. Un perro de trineo congelado. El nombre de alguien meado en la nieve con temblorosas letras amarillas. Pero sólo encontramos más hielo y más nieve. Al tercer día (creo que fue el tercero) simplemente me detuve. Me rendí.
—No hay nada ahí fuera. Sea lo que sea lo que crees que encontrarás... —Se me apagó la voz—. Sigurðr, llevas viajando hacia «allí» durante más de mil años y ni siquiera sabes dónde está el lugar al que te diriges.
—Viajas hasta que llegas —dijo— y ahora tú has llegado.
El lugar en el que estábamos no era distinto a cualquier otra parte de la tundra que habíamos atravesado. Abrí los brazos y giré en todas direcciones para hacer obvio lo que quería decir.
—Pero ¿qué dices?
—Mira al cielo.
Levanté la mirada. A pesar de que no había nadie más que nosotros en quilómetros a la redonda, una flecha encendida dibujaba una parábola en el cielo directamente hacia mí.
Quise moverme pero me quedé congelado donde estaba, así que sólo pude cubrirme la cabeza con las manos. (Aunque, después de todas las historias que me había contado Marianne Engel, quizá lo más lógico es que me hubiera protegido el corazón y no la cabeza.) La flecha pasó a apenas unos centímetros de mí. Se clavó en el suelo, que se partió como si fuera un monstruo albino abriendo unas enormes fauces. Fragmentos de hielo enormes se elevaron y movieron por todas partes, tirándonos de un lado a otro. Un témpano me golpeó el hombro derecho y me envió rebotado contra otro témpano irregular. Hubo un momento de claridad, parecido al que sentí cuando me despeñé con el coche, en el que todo pareció desarrollarse a cámara lenta. Lánguidamente emergió agua de la grieta del suelo y al fin comprendí por qué no había absolutamente nada distintivo en el paisaje por el que habíamos caminado. No estábamos en tierra, sino sobre una vastísima placa de hielo. Témpanos de hielo hacían piruetas a mi alrededor y pronto la gravedad me precipitó hacia el recién descubierto océano.
El frío me invadió por completo. La ropa de piel era inútil, más que inútil, perjudicial, porque absorbió el agua y se convirtió en un lastre que me arrastraba al fondo. Al principio pude aferrarme al hielo de la superficie, clavando los hierros en alguna grieta. Sentí cómo el calor de mi cuerpo se refugiaba en el centro de mi estómago, pero pronto el frío penetró también hasta allí. Sentí que mis miembros se entumecían y mis movimientos se volvían lentos. Mis dientes castañeteaban tan violentamente que ahogaban el ruido del hielo al romperse a mi alrededor; me pregunté incluso si mis cicatrices queloides estarían volviéndose azules.
No vi a Sigurðr por ninguna parte. Supuse que el hielo se lo había tragado. Un témpano me golpeó por la izquierda y otro por la espalda. Un científico sabe que el hielo se distribuye de forma uniforme sobre cualquier superficie de agua, y eso era exactamente lo que estaba pasando: el hielo trataba de cubrir de nuevo el agujero que había abierto la flecha. Así que incluso en aquel océano producto de mis alucinaciones regían las leyes básicas de la física; eso, sin duda, hubiera hecho sonreír al bueno de Galileo.
Ya no podía mantener la cabeza fuera del agua, el tap-tap-tap del hielo contra mis orejas de coliflor, y cerré los ojos porque eso es lo que se hace cuando uno se va al fondo. Sentí cómo mi cuerpo se cerraba. Así que acaba de este modo. En el agua. Me hundí y, de hecho, sentí cierto alivio. Sería más fácil de esa manera.
No me costó aguantar la respiración durante muchos minutos, descendiendo todo el tiempo, hasta que me cansé de esperar a que mis pulmones se rindieran. Abrí los ojos, sin confiar en ver más allá de unos pocos palmos. Bajo el agua era igual de difícil calcular distancias de lo que lo había sido sobre el hielo; de nuevo no había ningún elemento que ayudara a crear perspectiva. Ni un pez ni ninguna otra criatura ni algas: sólo agua clara. De los pliegues de mis ropas escapaban burbujas que se enganchaban en el borde de mis párpados. Qué gracioso. En el mundo real no podía producir lágrimas líquidas, pero en aquel mundo submarino podía llorar lágrimas hechas de aire.
En la distancia, sobre mí, apareció un resplandor. Se refractó en mis lágrimas de burbuja y me pregunté: ¿Es éste el túnel de luz que lleva a un hombre muerto al Cielo? No tenía pinta de serlo. Tal y como iban las cosas, lo más probable era que la luz viniera de uno de esos peces de dientes de sable que utiliza pliegues de piel fosforescente para atraer a otros animales y luego comérselos. Resultó, sin embargo, que el resplandor no era ni el camino hacia el Cielo ni un pez maquiavélico. Era el fuego de la flecha encendida que había impactado contra el hielo y que ahora Sigurðr asía mientras buceaba a través del océano hacia mí.
La luz (un fuego que no se extinguía en el agua: ahí se acababa aquello de que las leyes de la física se aplicaban hasta en un lugar sobrenatural) jugueteaba con la barba de Sigurðr y con las arrugas alrededor de sus ojos. Su largo cabello pelirrojo se extendía alrededor de su cabeza como un halo de algas, y sonreía con serenidad, como si estuviera pasando algo maravilloso. Sostenía frente a él la flecha como un relevo olímpico llevaba la antorcha y, mientras tanto, continuamos nuestro lento descenso en el agua. Mis dedos se aferraron al astil y sentí cómo una calidez gloriosa se extendía por mi cuerpo y Sigurðr sonrió como un hombre que ha cumplido su objetivo. Como un hombre que continuará siendo recordado. Asintió con aprobación y se precipitó hacia el fondo, dejándome a mí hundiéndome lentamente.
Atravesé el fondo del océano.
Sólo descendí unos pocos metros antes de encontrarme con el suelo. Cuando miré hacia arriba, el lecho del océano —el agua que debería haber sido un techo sobre mí— había desaparecido. Mis pies reposaban sobre una superficie sólida y la luz había cambiado del azul cristal del océano a un gris muerto.
Estaba ahora en un oscuro bosque de árboles retorcidos.
* * *
Escuché un huidizo sonido de pisadas en el bosque que me llegaba al menos de tres lados. Ramitas quebrándose, matorrales moviéndose. Levanté la flecha como si fuera una antorcha. Vi brevemente a un cuadrúpedo escurrirse entre los troncos de los árboles y luego un atisbo de otra criatura. ¿Cuántas había? Dos —no, ¡ahí iba otra! ¡Tres al menos!—. ¿Qué eran? Mi mente se colmó de imágenes bestiales: un león, un leopardo, quizás un lobo. Si venían a por mí, ¿cómo iba a defenderme? Tenía una vaina vikinga, pero no la espada; tenía una túnica budista, pero no su fe.
Frente a mí había un camino que llevaba a través del bosque y ascendía por una colina. Pude oír que por él se acercaba otro animal más atrevido. Allí pude entreverlo entre los árboles. Parecía un bípedo, ¿quizá algún tipo de fabuloso simio del bosque? Al parecer, no. Cuando dobló el último recodo, pude ver que se trataba de un hombre vestido de forma sencilla, con una enorme barriga y una sombra de barba en las mejillas. Cuando me vio, sonrió de oreja a oreja y levantó los brazos como si se dispusiera a abrazar a un viejo amigo después de muchos años sin verle.
—Ciao!
—Tu devi essere Francesco. —Debes ser Francesco (con Sigurðr había hablado islandés; ahora hablaba también italiano).
—Sí —confirmó, tomando mi mano—. Il piacere è mio.
—No, el placer es mío. Una amiga común me ha enseñado algo de tu trabajo. Es bueno.
—¡Ah, Marianna! —dijo Francesco iluminándose de satisfacción—. Pero sólo soy un simple artesano. Veo que has traído la flecha. Muy bien. Puede que la necesites.
—¿Qué hacemos ahora? Por favor, no me digas que no lo sabes.
Francesco se rió a carcajadas que sacudieron su barriga de oso.
—Sigurðr siempre ha estado un poco confundido, pero yo sé exactamente adónde vamos. —Hizo una pausa para conseguir un mayor efecto dramático—. Directamente al Infierno.
Un hombre capaz de decir algo así en serio tiene que caerte bien, así que no pude evitar reírme.
—Vale, creo que ya estoy acostumbrándome a esto.
—Este Infierno será más complejo, así que lo mejor será que no te rías demasiado alto. —Pero, para tranquilizarme después de su advertencia, añadió—: Marianna ha pedido que me envíen para guiarte. Vino y rezó por ti.
—Supongo que es un comienzo.
Y así partimos hacia nuestra aventura infernal. Yo, armado con una flecha encendida, una túnica budista enrollada alrededor de mi cadera, ropas de nieve vikingas, una vaina vacía y con un herrero del siglo XIV como guía. No podía ir mejor preparado.
* * *
Pasamos por una serie de puertas y pronto nos encontramos frente a un río que reconocí gracias a las lecturas que Marianne Engel me hizo junto a mi cama. Era el Aqueronte.
El río era horrible. En su corriente flotaban témpanos de hielo mezclados con basura y bestias nauseabundas. Había pedazos de carne podrida, como si los ataúdes acumulados durante mil años se hubieran vaciado en sangre congelada. El fétido perfume de la decadencia lo impregnaba todo. Había casi-hombres, cuya forma era sólo vagamente humana, flotando en el terrorífico líquido. De sus bocas suplicantes emergían súplicas de piedad; sabía que aquellas criaturas continuarían ahogándose, sin que nadie las ayudase, por toda la eternidad. Una niebla se elevó desde el río. A través de ella flotó, tan suavemente como si levitara sobre las aguas, una barca en la que iba Caronte, el barquero. Eso (o él) era una tenebrosa criatura-hombre, de casi metro y medio de altura, que vestía una túnica rota y mohosa. Su barba era como un enredo de algas y le faltaba media nariz, pues tenía unas marcas de mordiscos donde debió perder en alguna lucha el trozo que faltaba. De su boca marchita sobresalían dientes podridos, afilados y rotos. Su piel era gris, húmeda y con aspecto de cuero, como si fuera la de una tortuga marina enferma, y sus manos eran garras artríticas que sostenían una nudosa pértiga. Las cuencas de sus ojos estaban vacías excepto por la luz intensa que surgía de ellas: cada uno de los ojos era una rueda de fuego. Conforme gobernaba el timón hacia la orilla, pronunció unas palabras que eran más truenos que habla.
—ÉSTE NO ESTÁ MUERTO.
Aunque no era un hombre pequeño, Francesco parecía diminuto comparado con Caronte. Sin embargo, no quiso ser menos y se irguió tanto como pudo para contestar:
—Se trata de un caso muy especial.
Caronte, que ya había alcanzado la orilla, movió sus garras de forma despectiva.
—NO PUEDE PASAR.
—Ya ha llegado muy lejos, así que por favor escúchanos. Haznos ese favor a nosotros, que somos mucho menos que tú. ¿Cuánto hace que no te visitaba uno de los vivos?
—NO TE ESFUERCES EN ENGAÑARME. NO VA A CRUZAR. DEBERÁ LLEVARLO OTRA BARCA QUE NO SEA LA MIA.
—Caronte, no te apresures a negarte —dijo mi guía—. Fuerzas mayores que nosotros han dispuesto este viaje.
Los ojos de Caronte cayeron sobre mí como una condena, como si estuviera mirando los rincones más viles de mi alma. Sostuve la flecha encendida tan pegada a mi cuerpo que temí incendiarme la ropa, pero necesitaba sentir calor para protegerme de aquellos ojos.
Caronte se volvió de nuevo hacia Francesco.
—SIGUE HABLANDO.
—Te rogamos que nos permitas cruzar. Te pagaremos. —Francesco se inclinó ligeramente y ofreció al barquero una moneda de oro.
—ESTO PAGA SÓLO EL VIAJE DE UNO.
—Tienes razón, por supuesto.
Cuando Francesco me indicó que pagara, negué con la cabeza. ¿Es que alguien se trae dinero a una alucinación? Entonces Francesco se tocó el pecho para recordarme lo que colgaba en el mío.
Me quité la moneda ángel de mi collar y se la puse a Caronte en su garra. Prestó especial atención al lado que mostraba al arcángel Miguel matando al dragón. Una expresión extraña cruzó el rostro del barquero; tuve la sensación de que fue lo más parecido a una sonrisa que podía formarse en su fea boca. Se hizo a un lado y con el brazo nos indicó que subiésemos a bordo. Francesco asintió.
—Apreciamos mucho tu gran generosidad.
El barquero hundió su pértiga en las turbias aguas y nos impulsó hacia el centro del Aqueronte. La barca, adornada con calaveras y cabos trenzados con cabello humano, estaba hecha de madera podrida y, sin embargo, el agua no entraba por los agujeros del casco. Por todas partes se abrían remolinos que arrastraban hacia abajo aquellos cuerpos que se ahogaban durante toda la eternidad. En ocasiones Caronte utilizaba su remo para golpear a alguno de los pecadores.
Dos figuras distantes que se abrían paso a golpes hacia la barca me parecieron extrañamente familiares. Un hombre y una mujer. Pero un hombre que gritó a pocos metros de la barca me distrajo. Otros pecadores le empujaban hacia el fondo y había tragado agua del hediondo río. Desesperado, se agarraba a todo cuanto alcanzaban sus manos y se llevó con él al fondo una pierna que arrancó a otro.
Viendo la expresión de asco en mi rostro, Francesco dijo:
—Nadie está aquí por accidente. El Infierno es una elección, porque la salvación está disponible para todo el que la busca. Los condenados eligen su destino al endurecer deliberadamente sus corazones.
Yo no podía estar de acuerdo con eso.
—Nadie escoge ser condenado.
Francesco meneó la cabeza.
—Pero es tan fácil no serlo.
La pareja de pecadores que antes me había llamado la atención estaba ya lo bastante cerca para estar seguro (al menos tanto como era posible dado el estado de descomposición de sus cuerpos) de que eran Debi y Dwayne Michael Grace. Suplicaban que les ayudase, estirando sus manos —con los dedos rotos— hacia mí. Pero la horda de pecadores se aferraba a ellos implacablemente. Puede que Debi hubiera podido alcanzar la barca si Dwayne no se hubiera aferrado a ella frenéticamente para intentar evitar que le empujaran al fondo. Ella se comportó del mismo modo y cada uno trató de utilizar al otro para conseguir librarse de la multitud. La batalla entre ambos sólo sirvió para garantizar que se hundieran juntos.
No pasó mucho antes de que Caronte nos dejara al otro lado y se alejara con su barca de nuevo entre aquel marasmo de almas en lucha.
—Creo que se me ha dado bastante bien —dije, tratando de forzar una sonrisa sin conseguirlo—. ¿No se desmayó Dante cuando conoció a Caronte?
* * *

CONTINÚA....

_________________

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 11:44 am

Capítulo 29 parte 2

Frente a nosotros se elevaba una montaña desde la orilla misma del Aqueronte. Francesco abrió el camino.
Al principio la pendiente era suave pero pronto empezó a empinarse. Tuvimos que asirnos a grietas de la ladera para seguir ascendiendo. No resultaba nada fácil con los dedos que me faltaban en las manos, y cada vez que ladeaba el cuerpo tenía que pasarme la flecha en llamas de una mano a otra. Cuanto más alto ascendíamos, más fuerte era el viento húmedo que nos azotaba.
Francesco me aconsejó guardar la flecha en la vaina que me había dado Sigurðr. No me pareció muy buena idea; estaba seguro de que la piel de mi ropa no era ignífuga. Sin embargo, lo hice. Sentí un ligero cosquilleo en la cadera, donde bailaban las llamas, pero el fuego no prendió mis ropas.
La ventisca a nuestro alrededor arrastraba formas humanas, sacudiéndolas como si fueran peces que se debatían en el anzuelo de una caña. Sabía quiénes eran: las armas del Carnal, que en la Tierra se vieron arrastradas por las pasiones y en el Infierno eran castigadas. Pensé en mi carrera en la pornografía, que no me dejaba muy bien. Le pregunté a Francesco si aquél era el lugar en el que acabaría yo algún día.
—Tú nunca sentiste pasión —me gritó Francesco por encima del rugido del viento— hasta que la conociste a ella.
No hizo falta que dijera su nombre; ambos sabíamos de quién hablaba.
Intenté ignorar los aullidos, tanto del viento como de los condenados, y al final superamos la peor parte. Cuando por fin pude despegarme de la pared del acantilado, mis dedos se quedaron agarrotados como las pinzas de una langosta asustada.
* * *
El camino se separó de la montaña y entramos en un lugar más cálido. Envolví con las manos la llama de la flecha y mis dedos empezaron a desagarrotarse; tan pronto como pude, me quité capa a capa las pieles de mi atuendo vikingo. Recordando el consejo que me había dado Sigurðr, no me deshice de ellas.
Mientras hacía un hatillo con las pieles para poder transportarlas, me di cuenta de que los muñones de mis dedos amputados eran ligeramente más largos y que me había crecido un poco de vello en los antebrazos, donde el fuego había destruido los folículos capilares. Me toqué la cabeza y me di cuenta de que allí también estaba creciendo pelo. Mis cicatrices parecían haber encogido ligeramente y perdido un poco de su color rojo. Había pasado los dedos por mi cuerpo un millón de veces, como un ciego que memoriza una historia en braille, pero ahora lo que leía era distinto.
Intente imaginar, si puede, la emoción que siente un quemado al descubrir que su cuerpo está regenerándose, o la de un hombre al que le crece el cabello después de haberse resignado a toda una vida de calvicie. Eufórico, le conté a Francesco mi descubrimiento.
—Recuerda dónde estás —me advirtió— y recuerda quién eres.
Llegamos al borde de un bosque en el que árboles que gritaban emergían de un arenal en llamas. El lugar emanaba un calor vibrante que lo distorsionaba todo y hacía que las ramas de los árboles parecieran moverse. Entre los árboles volaban pájaros picoteando las ramas.
—El bosque de los suicidas —dijo Francesco.
Pronto vi que los árboles no eran realmente árboles. Sus ramas eran miembros humanos, que gesticulaban salvajemente y de los que manaba sangre en lugar de savia. De los agujeros que habían abierto los pájaros emergían voces humanas atormentadas y los pájaros, podía ver ahora, no eran pájaros, sino harpías que parecían buitres con pálidos rostros de mujer y garras afiladas como cuchillas. Cuando una pasaba volando cerca de nosotros, el hedor se hacía insoportable.
—Las voces de los árboles —dijo Francesco— sólo pueden oírse cuando las harpías han arrancado la carne y mana la sangre. Los suicidas sólo pueden hacerse oír a través de aquello que les destruye.
—Quod me nutrit me destruit —murmuré en voz baja para que Francesco no pudiera oírme.
Recordé que él se había contagiado voluntariamente de la peste de su mujer y que después le había dicho a su hermano que le disparara con una ballesta.
—¿El Infierno para ti es así?
—Yo decidí poner fin a mi vida sólo horas antes de una muerte inevitable y fue una decisión que tomé por amor, no por cobardía. Es una distinción importante que no hay que olvidar. —Se calló unos instantes y luego añadió—: Aunque mi vida en el más allá no es ésta, hay un motivo por el cual soy el guía que te ha traído hasta aquí.
Creí que iba a continuar, pero sólo añadió que todavía nos quedaba mucho camino por delante.
Ahora estaba desnudo hasta la cadera. Mi piel estaba mejorando decididamente. Continuamos a través de los bosques y escuché lo que me pareció, al principio, el zumbido de una gran colmena. Conforme nos acercamos, me di cuenta de que se trataba de una cascada en los lindes del bosque. El viento nos removía el cabello, que me seguía creciendo.
En esta cascada el agua no caía desde el borde de un precipicio, sino que simplemente caía directamente del cielo y atravesaba el suelo del desierto que se abría frente a nosotros. Francesco me dijo que tenía que arrojar la vaina de Sigurðr a la cascada, pues era un regalo apropiado. ¿Por qué? ¿Para quién?
Después de sacar la flecha en llamas, hice lo que me pedía. Vi que el bucle del cinturón de cuero descendía, rebotando en la espuma, antes de desaparecer en la hambrienta boca en el fondo de la cascada.
Casi inmediatamente emergió una figura oscura que empezó a escalar hacia nosotros.
* * *
Esta criatura tenía tres cuerpos humanos que surgían de un único torso. Tenía seis brazos huesudos con cuyas seis manos peludas se agarraba a la cascada en busca de asideros, escalando como una araña que asciende por su tela. Al principio pensé que debía haber una pared de roca tras la cascada pero cuando se acercó pude comprobar que sus manos se aferraban al propio líquido, entrelazando los chorros de la corriente hasta convertirlos en algo parecido a cuerdas. La bestia tenía una cola puntiaguda que penetraba en la cascada y, aunque todavía estaba bastante lejos, su olor me recordó a los montones de cachipollas muertas en la orilla de una playa.
—Gerión —dijo Francesco—, que fue rey de España pero ahora es el monstruo del fraude. Es el guardián de esta cascada y es él quien nos debe transportar hasta el fondo.
Cuando Gerión alcanzó nuestro nivel se impulsó con sus seis piernas contra la cascada y se catapultó hacia nosotros, aterrizando perfectamente sobre sus seis pies.
Era enorme (al parecer casi todo en el Infierno lo era) y su torso estaba cubierto de brillantes escamas. Sus tres cabezas quedaban casi dos metros por encima de la mía. Las tres caras se parecían: las tres estaban hinchadas con grandes hematomas, unos labios enormes servían de puerta a unos dientes podridos y tenían unos ojos como perlas negras en unas ostras a medio abrir. Aun así, a pesar de su fealdad, las caras parecían sinceras. Las tres cabezas empezaron a hablar a la vez.
—¿Qué es lo que...
—¿Por qué estáis...
—¿Cómo os atrevéis a...
—... queréis?
—... aquí?
—... molestarme?
—Deseamos entrar en el siguiente círculo —contestó Francesco.
—¡No, no puede...
—¡No os...
—¡Este no está...
—... ser!
—... ayudaremos!
—... muerto!
—Es verdad que pedimos mucho y es también verdad que éste no está muerto —admitió Francesco—. Pero es amigo de Marianna Engel.
El nombre pareció decirle algo a Gerión y las tres cabezas murmuraron entre ellas. Al final, votaron —Sí. No. Sí— antes de decidirse a llevarnos. (¿Quién iba a decir que el monstruo del fraude era una democracia?) Nos montamos sobre sus anchas espaldas. Primero Francesco me ayudó a subir y luego subió él.
—Yo me montaré entre tú y la cola —me susurró mientras subía—. Es venenosa.
Cuando estuvimos listos, la bestia dio un gran salto desde el borde de la tierra hacia la cascada. Cuando golpeamos contra el agua, vi cómo las manos de Gerión se hundían en el líquido y agarraban el que fluía entre sus puños como una serpiente translúcida. Aunque me resultó difícil no soltarme, vi que mis brazos estaban más fuertes de lo que nunca habían estado desde el accidente. En un momento dado, las tres cabezas de Gerión dijeron:
—No...
—Tan...
—fuerte.
Al acercarnos al fondo, Francesco me gritó por encima del rugido del agua que me preparase para el siguiente nivel. Sería, me dijo con un tono que me obligó a tomármelo en serio, particularmente desagradable.
* * *
Desmontamos y Gerión desapareció ascendiendo la cascada. Me detuve a contemplar exactamente cuánto había progresado mi curación. Había recuperado la mayoría de mi suave piel y la cicatriz de la pancreatitis que decoraba mi estómago había desaparecido. Me había vuelto a crecer casi todo el pelo. Mis labios eran de nuevo carnosos. Salté sobre mi rodilla mala y descubrí que estaba fuerte. Mis dedos perdidos se habían recuperado y los utilicé para tocar, en la entrepierna, el pequeño bulto de mi emergente pene.
—Estamos en Maleboge, el lugar de los seductores. En este Círculo —me advirtió Francesco— ya no puedo protegerte.
Oí acercarse un sonido como de disparos y gritos. Pronto estuvieron sobre nosotros: hombres y mujeres en una fila sin fin que custodiaban demonios cornudos. Lo que había creído disparos eran en realidad los restallidos de los látigos ígneos de los demonios, que utilizaban para azotar a los condenados con despiadada precisión. Los seductores avanzaban encorvados por el miedo, agachando el cuerpo para retrasar el golpe medio segundo más. Los brazos les colgaban inertes, balanceándose cada vez que el impacto del látigo azotaba sus hombros. Quizá los seductores fueron en tiempos bellos, pero ya no lo eran; ahora eran poco más que sacos de carne apaleada.
Un latigazo alcanzó a la mujer que estaba más cerca de mí y empezó a sangrar por la boca. Cuando sofoqué un grito, percibió nuestra presencia. Levantó la vista y vi que los gusanos le habían comido la mitad de la cara. Su ojo derecho parecía un huevo saltón y el izquierdo colgaba fuera de su hueco, sostenido por el nervio óptico. Me guiñó lascivamente su ojo saltón y se lamió los labios. Por eso una legión de demonios le descargaron una tormenta de latigazos que no cesó ni cuando quedó tendida agonizante. La piel se le abrió en cuadrados, donde los cortes se entrelazaban hasta que prácticamente las entrañas le caían por las heridas. De agujeros del suelo salieron docenas de serpientes, que se enroscaron en ella como las cadenas de un escapista.
Cuando ya estaba inmovilizada por los reptiles, más serpientes —distintas, con enormes colmillos que goteaban veneno— aparecieron de los agujeros y empezaron a deslizarse felizmente sobre ella. Al final una cobra se encaró a la seductora y se detuvo sólo un instante antes de atacar la mangosta de su cuello. Salpicaduras de sangre floraron en el aire antes de caer de nuevo sobre su cuerpo, cada gota prendiendo un pequeño fuego. Las llamas la envolvieron y su ojo bulboso se hinchó y luego reventó como un globo demasiado hinchado. Gritó hasta que se le quemaron las cuerdas vocales; mientras tanto, las serpientes siguieron enroscadas en su cuerpo. Su carne se desprendió de los huesos como si fuera un plato de estofado hasta que su esqueleto quedó al descubierto. Sus huesos brillaron con un intenso amarillo, luego rojo y luego se volvieron negros y se desintegraron en la tierra. Así desapareció, sin que quedase nada, excepto lo que fue su columna.
Ésta no era una columna; era una serpiente que me miró directamente desde su nido de cenizas. Con una sonrisa ruin de reptil, siseó: Y NO PUEDES HACER NADA PARA EVITARLO.
La serpiente siguió regodeándose en su mirada maliciosa incluso cuando empezó a temblar y de sus costados emergieron nuevas costillas como dedos cortando un plástico muy tenso. Luego salieron los huesos de los brazos y las piernas. Las cenizas de la pecadora incinerada empezaron a reconstruirse formando tejido humano, primero materializando los intestinos y luego tejiendo un nuevo sistema circulatorio. Del suelo ascendió un líquido rojo que comenzó a navegar por los recién creados vasos sanguíneos. Los músculos se enroscaron a los huesos como la hiedra a una valla y la piel se elevó desde el suelo como una sábana que se tendiera sobre aquella nueva forma a medio hacer. Creció el cabello y en las fosas oculares se generaron nuevos ojos. La seductora fue reconstruida, no en la forma apaleada en que yo la había visto, sino tal y como debía haber sido en la Tierra. No recuerdo haber visto nunca una mujer físicamente más bella.
Se levantó del suelo y dio un paso hacia mí, con los brazos abiertos para que la abrazara. Cómo me atraía su piel suave, sus caderas perfectas. Sólo entonces los demonios, que se habían estado encargando de los demás condenados, se dieron cuenta de que se había completado el renacimiento de la mujer y la azotaron de nuevo con sus látigos antes de que pudiera alcanzarme. La pastorearon de nuevo hasta la procesión de pecadores y comprendí que se trataba de un ciclo: la azotarían otra vez hasta destrozarla, volverían a salir las serpientes del suelo y se quemaría. Una y otra vez, durante toda la eternidad, igual que los demás miembros de aquel desfile de seductores.
Comprendí por qué Francesco me había prevenido contra este Círculo, porque fue durante el renacimiento de la seductora cuando se completó la curación de mi propio cuerpo. La lava solidificada que era mi piel había desaparecido y ya no quedaba ningún rastro de mis quemaduras. Mi cuerpo era tan perfecto como lo había sido en su mejor momento antes del accidente; la única marca que permanecía era mi cicatriz de nacimiento en el pecho. Yo, como la seductora, había recobrado toda mi belleza.
Aunque intenté evitarlo, caí de rodillas y me eché a llorar. Una vez empecé no pude parar.
Todavía hoy no estoy seguro del porqué de mis lágrimas. ¿Lloré porque el destino de la seductora se parecía mucho al mío? ¿Fue el efecto acumulado de los horrores que había presenciado en los tres Infiernos que había atravesado? ¿Fue porque había recuperado mi aspecto humano, que había creído perdido para siempre? ¿O fue porque en el mundo real mi cuerpo estaba en pleno mono de morfina?
No conozco la respuesta. Pero al final continué llorando simplemente de la alegría que me producía que mis lacrimales volvieran a funcionar.
* * *
Francesco me puso con ternura la mano en el hombro.
—Tenemos que seguir hasta la Estigia.
Aunque estaba desorientado, supe que algo no encajaba. Después de todo, había leído el Inferno en dos vidas distintas; sabía que se suponía que debíamos haber encontrado la Estigia mucho antes. Secándome las lágrimas, se lo comenté a Francesco.
—Pero éste es tu viaje —dijo—, no el de Dante.
Avanzamos hasta la orilla a la que, como si supiera que íbamos a llegar, se acercaba rápidamente una barca.
—El barquero es Flegias, hijo de Ares. Cuando su hija Coronis fue raptada por Apolo, Flegias incendió el templo del dios. Apolo le mató con sus flechas y le impuso esta condena.
Lo más sorprendente de Flegias era la enorme piedra afilada que flotaba sobre su frágil cráneo, una piedra que parecía a punto de caer en cualquier momento. En consecuencia, no cesaba de levantar la vista para cerciorarse de que la piedra no se precipitaba sobre él. Con cada golpe de la pértiga en el agua, la barca acercaba a nosotros al barquero y la piedra le seguía, sin abandonar nunca su inquietante posición. La tez de Flegias, después de tanto tiempo lejos del sol, era cetrina y las venas de su rostro se marcaban como una telaraña púrpura sobre la que caían los desordenados mechones de su cabello. De su ropa, teñida desde hace mucho del color del sudor, emergían unos brazos escuálidos.
—¿Quién osa traer una flecha a mi orilla?
Las amenazas de Flegias sonaban un tanto huecas por su preocupación por la piedra que flotaba sobre su cabeza. Incluso mientras intentaba lanzarnos su mirada más aterradora, no podía evitar echar miraditas hacia arriba cada vez que la piedra se movía un poco.
—Debes perdonar a nuestro imprudente amigo —dijo Francesco—, pues es joven y todavía está vivo.
—Eso explica muchas cosas. —Flegias movió nervioso la cabeza hacia la izquierda antes de volverla a dejar quieta entre sus hombros.
—¿Nos llevarás a la otra orilla, para que pueda terminar su viaje?
—¿Por qué iba a hacerlo? Ése no está muerto.
—Es amigo de... —empezó a decir Francesco.
—... Marianne Engel —le cortó Flegias—. Lo sé. No me importa.
El barquero empujó la pértiga para dar la vuelta al barco, pero Francesco le apremió:
—Es mucho lo que depende de tu ayuda, Flegias.
Quizá intrigado, Flegias volvió el rostro hacia nosotros.
—¿Por qué?
—Si conoces a Marianna, entonces sabrás que éste es un viaje de amor.
—¿Y a mí que me importa el amor?
—¿No fue el amor por tu hija lo que te hizo acabar aquí? ¿Condenarías a otro a estar atrapado para siempre en el Infierno, aunque no sea el lugar en el que debe estar?
Por primera vez, Flegias pareció prestarme más atención a mí que a su piedra.
—Háblame de tu amor por esa mujer.
Contesté tan sinceramente como pude:
—No puedo.
Flegias frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué debería hacer lo que me pides?
—Cualquiera que crea que puede describir el amor —respondí— no entiende lo que el amor es.
Parece que esta respuesta satisfizo a Flegias, que nos indicó que subiéramos a bordo sin pedir que pagáramos el pasaje. Mientras cruzábamos la Estigia no pude dejar de mirar las tres torres rojas en llamas que se veían en la distancia.
—Es Dis —dijo Francesco—, la capital del Infierno.
Desembarcamos frente a unas enormes puertas de hierro. Las guardaban ángeles rebeldes, cuyos ojos oscuros y severos parecían juzgarlo todo. No tenían ni ropa ni sexo y su piel era de un blanco brillante en el que se destacaban grandes pústulas; de sus espaldas surgían alas y sobre su cabeza no había ningún halo, sino que su pelo era de fuego.
El líder de los ángeles rebeldes dio un paso adelante.
—NO PODÉIS PASAR. ÉSE NO ESTÁ MUERTO.
—Me lo dicen mucho —repuse yo.
Francesco me lanzó una mirada recriminatoria antes de volver a centrar su atención en el líder.
—Que esté vivo no es asunto vuestro. Esas reglas no se aplican en esta puerta, pues su destino es cruzarla.
—¿QUIÉN ES?
—Él es quien entra en vida —contestó Francesco— en el Reino de la Muerte.
Sin embargo, no importó que fuera eso que decía Francesco. Con grandes aullidos y mucho alboroto, los ángeles se negaron a todo cuanto Francesco pedía. Quedó claro que mi guía había encontrado al fin un obstáculo que no podía salvar con buenas palabras.
Nos apartamos de los ángeles para conferenciar entre nosotros. Le pregunté qué íbamos a hacer ahora y Francesco me miró como si hubiera dicho una estupidez.
—Rezaremos —dijo.
Cuando le dije que yo no rezaba, me reprendió con severidad.
—Estás en el Infierno. Más te vale empezar.
Francesco tomó la flecha en llamas de mi mano y clavó la punta en el suelo, luego extendió las pieles vikingas para que nos arrodilláramos sobre ellas. A continuación, me quitó la túnica de Sei de la cadera y empezó a rasgarla en tiras. Me vendó los ojos con el tejido hasta que no vi nada. Cuando le escuché rasgar más tela, supuse que se estaba vendando también los suyos.
—Pronto habrá cosas a las que no podemos mirar —dijo—. No te fíes de la venda, mantén los ojos bien cerrados.
Era la primera vez que rezaba en mi vida y me sentí raro, pero después de todo lo que Francesco había hecho por mí, lo menos que podía hacer era concederle lo que me pedía. Oí las palabras de Francesco, en italiano, pidiendo a Dios ayuda. Por mi parte, recé para que acabara mi síndrome de abstinencia. Y por la seguridad de Marianne Engel, estuviera donde estuviese.
Oí pasos acercándose y algo restallando en el aire. Cada vez estaba más cerca...
—No mires —ordenó Francesco—. Han llamado a Medusa.
Y entonces comprendí qué hacía aquel ruido: las lenguas de las serpientes de su cabeza. Las lanzaban para olerme, a mí, la primera carne viva que llegaba al Infierno en muchos siglos. Una de las serpientes me lamió la mejilla. Luego otra y otra y otra. Mi piel, ahora curada, podía de nuevo sentir y qué broma cruel era que gracias a ello sintiera los besos de cien serpientes. Los reptiles trataron de meter las cabezas triangulares bajo mi venda para quitármela, para hacerme mirar a la Gorgona, pero yo la sostuve con las manos.
Medusa, su rostro a pocos centímetros del mío, empezó a sisear. Me golpeó su fétido aliento e imaginé su lengua bífida.
—Mira. Mírame. Ssabess que quieress hacerlo. Essto no ess máss que una fantassía. ¿Te iráss ssin ver todo lo que tu ssueño puede ofrecerte? Ssólo quiero ssatissfacer tu curiossidad...
No iba a hacerlo. Si alguna vez me convertía en una estatua, sería a manos de Marianne Engel y no por la mirada de una Gorgona.
Sentí una vibración bajo mis pies, como un suave terremoto. Sentí que las serpientes del pelo de Medusa se retiraban de mi rostro. El temblor de la tierra aumentó y el aire empezó a vibrar, como si se abriera para dar paso a algo nuevo. Las puertas de hierro de Dis hacían un ruido estrepitoso, como si bestias salvajes las embistieran intentando salir. Los ángeles rebeldes emitieron una especie de balidos nerviosos. Sentí que Medusa se retiraba y oí sus pasos conforme se alejaba rápidamente. Pensé que quizá fuera un truco y le pregunté a Francesco si de verdad se había ido.
—Creo que sí, pero mantente alerta. Será mejor que no te quites la venda.
Oí cómo se quebraban las ramas de los árboles muertos cercanos y el polvo que se levantaba del suelo me hizo toser.
—¿Qué está pasando?
—Recé para que viniera un Mensajero Divino —contestó Francesco—, pero dudo que la súplica de alguien tan indigno como yo sea respondida.
A pesar de que Medusa podría estar todavía cerca, no pude evitar quitarme la venda. Después de todo, ¿cuántas veces puede uno ver a un Mensajero Divino? El cielo, que había sido siempre oscuro desde que entramos, aparecía ahora como si Dios hubiera derramado sin querer su paleta de colores sobre la bóveda celeste y la hubiera inundado con todos los tonos de la Existencia. Desde la cúspide de los colores, dejando una estela dorada tras de sí, estaba el Ser más bello que jamás he visto.
El propio Francesco, desoyendo sus propios consejos, tampoco pudo dejar pasar la oportunidad de verlo. Se había quitado su venda y trataba de no mirar directamente al Mensajero, como si quisiera mostrarle respeto, pero no podía quitarle la vista de encima. En una voz llena de asombro, dijo:
—Está claro que estás bendecido.
Yo estaba tan pasmado que no hice más que repetir su última palabra.
—Bendecido.
—Miguel —susurró Francesco—. El Arcángel.
Miguel medía más de dos metros y su pelo flotaba a sus espaldas como los rápidos de un río rubio. Desde su espalda se abrían dos alas inmaculadas con una envergadura de al menos cuatro metros, y planeaba como si el único propósito de las alas fuera sostener su cuerpo perfecto. Su piel era tan radiante como el sol y sus ojos eran enormes orbes de fuego. Aunque compartía este rasgo con Caronte, el efecto era exactamente el contrario: mientras que los ojos del barquero le conferían un aspecto siniestro, los de Miguel hacían que su rostro fuera demasiado brillante para mirarlo directamente.
El Arcángel aterrizó suavemente frente a las puertas de Dis. Los ángeles rebeldes, sabedores de que no era inteligente interponerse en su camino, se apartaron a los lados. El aire danzaba de puro esplendor alrededor de Miguel, temblando como si estuviera demasiado sobrecogido como para tocarlo. Querría describir los colores, pero no existe nombre para ellos; no existen dentro del espectro de la visión humana. Por primera vez comprendí cómo deben ver el mundo los daltónicos, porque aquellos colores me hicieron sentir que, hasta aquel momento, mi vista sólo había explotado un porcentaje mísero de todo su potencial.
La parte del suelo sobre la que estaba Miguel ya no era el barro ceniciento del Infierno, sino que era más verde que el verde. Los árboles quemados que habían cernido sus ramas desnudas sobre nosotros florecían con hojas nuevas. Miguel levantó el brazo con una elegancia imposible y el óxido desapareció de las puertas. Cuando las rozó levemente con un dedo, se abrieron de par en par.
El Arcángel se volvió hacia nosotros. Francesco bajó la cabeza y se santiguó. Yo no me incliné ni bajé la mirada. A diferencia de Francesco, yo nunca había deseado ver la divinidad, así que no me atenazaba el miedo de lo que pudiera suceder si lo hacía.
Miguel sonrió.
Me di cuenta entonces, por primera vez, de que no estaba en una alucinación. Estaba de verdad en el Infierno y de verdad en presencia de la divinidad. No me quedó la menor duda: yo era demasiado humano para imaginar algo como aquella sonrisa. Era como si besara mis peores secretos, absolviéndolos inmediatamente.
Con un solo golpe de sus alas, Miguel levantó el vuelo, elevándose como un tornado que naciera del suelo. Tras él se fueron los colores que había traído, aspirados hacia el cielo hasta desaparecer en su estela. El verde sobrenatural de la hierba se tornó de nuevo en barro gris oscuro. La vida se drenó de los árboles. El óxido reapareció en las puertas, pero permanecieron abiertas. Los colores desaparecieron como el agua por el sumidero de una pica, excepto que en este caso la pica era el cielo. Cuando Miguel se perdió de vista, el último color le siguió por un pequeño agujero en la cúpula del Infierno.
Tras unos pocos minutos sobrecogido, Francesco recuperó la voz.
—Debes atravesar las puertas solo.
Estreché la mano de Francesco. El gesto me pareció insuficiente y le dije que no sabía cómo agradecerle todo lo que había hecho.
—Soy yo —respondió Francesco— quien debe darte las gracias. No lo he hecho sólo por Marianna: he saldado una deuda.
—¿Qué deuda?
—Mi padre era un arquero llamado Niccolò, que murió mientras servía en una condotta alemana. Pero su amigo Benedetto escapó con la ayuda de dos ballesteros alemanes y trajo la ballesta de mi padre a Florencia. —Francesco tomó entonces mis manos en las suyas—. Esa ballesta fue lo único que me llegó de mi padre.
—¿Mi ejemplar del Inferno era de tu padre?
—Sí. Le hubiera gustado que lo tuvieras tú. —Francesco me hizo una profunda reverencia—. Grazie.
* * *
Los ángeles rebeldes no osaron detenerme cuando atravesé las puertas. Sabía lo que se suponía que tenía que encontrar al otro lado: el Sexto Círculo, el hogar de los herejes, sembrado de tumbas y lápidas rodeadas de fuego. Pero en cuanto atravesé la entrada de Dis el Infierno de Francesco desapareció. Salí junto a un acantilado en la orilla del océano. Cuando me volví para mirar atrás, las puertas de Dis habían desaparecido.
Las gaviotas sobrevolaban el agua graznando felizmente. El rocío humedecía la hierba y sentí cómo cada hoja acariciaba la planta de mis pies. Estaba totalmente desnudo y mi piel estaba completamente sana: las ropas que vestía habían desaparecido y también el collar en el que había llevado la moneda. Amanecía, la brisa fresca me acariciaba el cuerpo y me sentí maravillosamente vivo.
A quizá cincuenta metros de mí, en el borde del acantilado, una figura solitaria miraba el océano inmóvil. Por supuesto, supe inmediatamente quién era. Al acercarme observé que parecía estar en la cuarentena pero que su expresión, con los ojos clavados en el mar, parecía mucho más vieja. Tenía recogido el pelo y un chal sobre los hombros que se cerraba sobre su pecho. El ruedo de su vestido estaba gastado y llevaba las botas sucias.
—Vicky —dije como saludo.
—Sí. —No apartó su disciplinada mirada de las olas.
—¿Puedes verle?
—Le veo en todas partes.
Miré hacia el horizonte. No había ningún barco en el mar. Sólo aquella extensión enorme y solitaria de agua.
—¿Crees que Tom va a volver? —le pregunté con delicadeza.
—¿Crees que por eso estoy aquí?
—No lo sé.
Un mechón de pelo se soltó de su peinado y ella lo volvió a poner en su sitio.
—Por supuesto que es por eso.
La brisa agitaba la falda del vestido. Las olas rompían contra las rocas en la base del acantilado. Permanecimos callados un buen rato. Yo pensaba que debía estar acercándome al final de mi viaje por el Infierno. Éste es el último fantasma. Nos quedamos allí, erguidos en aquel puesto en el borde del mundo, ambos esperando algo sobre lo que no teníamos ningún poder.
—No tienes la flecha de fuego —dijo Vicky al fin. Tenía razón. La había dejado a las puertas de Dis, clavada en el suelo como un altar improvisado. Quizá seguía ardiendo, como recuerdo eterno de mi visita—. No importa, aquí no la necesitarás.
—¿Qué es lo que tengo que hacer?
—Quizá ha llegado el momento de que tú también esperes. —Afirmó los tacones de sus botas en el suelo e irguió los hombros contra la brisa—. El amor es un acto que debe repetirse incesantemente.
Por un momento pude entonces contemplar el enorme vacío que era la existencia de aquella mujer: estaría allí, esperando el regreso de Tom, por siempre jamás. Por lo que parecía, ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba desnudo. Me pareció que no se daba cuenta de nada que no fuera la promesa del agua que se abría ante ella.
—Éste no es mi sitio —dije.
—¿Estás seguro?
—Creo que probaré a ir tierra adentro.
No apartó los ojos del mar.
—Buena suerte.
Hubo algo en la forma en que me deseó buena suerte que no comprendí... hasta que di unos pocos pasos. Sentí que el suelo temblaba como si algo sucediera a mis espaldas, bajo mí, a mi alrededor. Por un momento creí que Miguel regresaba, pero vi que lo que sucedía era que el borde del acantilado estaba cambiando. Temí que fuera a hundirse bajo mis pies, así que salté hacia delante. Entonces escuché el tremendo crujido de la roca rompiéndose y eché a correr tan rápido como pude. Eché la mirada atrás, esperando haber dejado el acantilado lo bastante lejos.
Pero no me había alejado del acantilado. El borde del precipicio me seguía, manteniendo siempre la misma distancia respecto a mí a pesar de que yo estaba corriendo. Sentí un latigazo familiar en la columna. ESTOY AQUÍ.
Al principio creí que había corrido sin moverme, como sobre algún tipo de cinta de ejercicio, pero no era así. Cuando digo que el borde del acantilado me seguía, quiero decir literalmente eso. La piedra cambiaba de forma constantemente para acosarme, manteniendo mi ritmo para que nunca pudiera alejarme del precipicio. Cuando giraba a un lado, el acantilado giraba conmigo como un perro pastor bien adiestrado. NO PUEDES HACER NADA POR EVITARLO.
Corrí tanto como pude, haciendo zigzag vertiginosamente, pero el acantilado era implacable. Comprendí que no importa lo rápido que te muevas si no vas a ninguna parte. NO PUEDES IRTE. Al poco tiempo vi que no estaba en peligro. Si el acantilado hubiera querido engullirme, ya lo habría hecho. Regresé donde estaba Vicky.
—Una vez yo también intenté irme —dijo—. Y el acantilado también me siguió.
—¿Por eso te quedas aquí?
—No.
Miré por el borde del acantilado y vi que al fondo había rocas que podían destrozar a una persona.
—Si saltas —susurró Vicky, como si creyera que la roca podía oírnos— perderás la piel que has recuperado y tu cuerpo volverá a ser el de un quemado.
—Pero esto es sólo una alucinación. Nada de esto es real.
Ella se encogió de hombros.
—¿Es eso lo que has aprendido de la sonrisa del arcángel?
DEBERÍAS SALTAR.
¿Por qué quería la serpiente que saltara? Para causarme dolor. Eso es lo que quería la serpiente, porque la muy puta prosperaba con mi dolor. Me toqué la piel donde las terminales nerviosas antes incineradas ahora funcionaban a pleno rendimiento.
Si salto, pensé, pierdo esto. Pierdo los nervios y el pelo y mi salud y mi belleza. Mis dedos y mi pene desaparecerán también. Mi rostro volverá a convertirse en granito gastado. Mis labios se marchitarán y mi voz quedará molida otra vez en pedazos pequeños y afilazos. Volveré a ser una gárgola, pero esta vez porque yo lo habré querido.
SIEMPRE HAS SIDO UNA GÁRGOLA. MARCADO EN EL INFIERNO ANTES DE NACER.
Le pregunté a Vicky qué sucedería si me quedaba en el acantilado.
NO ME PUSIERON EN TU COLUMNA DESPUÉS DEL ACCIDENTE. SIEMPRE HE ESTADO AQUÍ.
—Creo —contestó Vicky— que Marianne Engel vendrá a buscarte.
NO VENDRÉ A BUSCARTE.
—¿Por qué lo crees?
—A veces el amor perdura más allá de la muerte —respondió ella.
¿CÓMO PUEDE AMAR A ALGUIEN COMO TÚ?
Miré la fuerte corriente del mar bajo nosotros, que empujaba las olas contra las rocas. DEBERÍAS SALTAR. Quizá Vicky tenga razón. Quizá no sea más que una prueba de mi paciencia. DEBERÍAS TERMINAR. Marianne Engel vino al hospital cuando más la necesitaba y ahora vendrá a por mí. ¿No?
PERO ÉSTE NI SIQUIERA ES TU INFIERNO. EL TUYO ESTÁ TODAVÍA POR LLEGAR.
El infierno es una elección.
CREÍA QUE NO CREÍAS EN EL INFIERNO.
—Vicky, ¿estoy muerto?
—No lo sé.
—¿Estás muerta tú?
—No mientras espere a Tom.
YO SOY LA ÚNICA QUE TE CONOCE DE VERDAD.
El sol centelleaba sobre las olas. El océano entero se extendía frente a mí.
SIEMPRE HAS QUERIDO CREER QUE ÉRAMOS DISTINTOS...
Miré hacia abajo y, aunque no puedo explicar por qué, estuve seguro de lo que tenía que hacer.
... PERO NO PUEDES EXISTIR SIN MÍ.
Me invadió una profunda calma. El miedo que me abandonó se trasladó a la serpiente. Porque la serpiente sabía que había tomado una decisión que era buena para mí, pero mala para ella.
TÚ ERES YO.
Me volví hacia Vicky.
—¿Quieres que le dé recuerdos tuyos a Marianne Engel?
—Hazlo, por favor.
TE ESTÁS EQUIVOCANDO.
Mis piernas me impulsaron en el aire. Al saltar hacia el sol sentí cómo la serpiente se desenroscaba de mi cuerpo. Yo avanzaba en el aire, pero ella no pudo. Salió de mí por el ano, lo que resultó particularmente adecuado, arrancada como el ancla de un barco que se lanza al mar.
Hubo un momento de ingravidez, un punto de equilibrio entre el aire y el agua que me esperaba abajo. Qué extraño, pensé, qué parecido al momento de la duermevela en que todo es maravillosamente surrealista e incorpóreo. Qué parecido a flotar hacia la plenitud. Hubo un momento de ingravidez perfecta en la cúspide del arco. En ese precioso instante me imaginé avanzando hacia el cielo para siempre.
Pero, como sucede siempre, al final la gravedad ganó la batalla. Fui arrastrado hacia abajo y caí cortando el aire como un cuchillo hacia el agua que ascendía a recibirme. Incluso mientras caía sabía que había hecho lo correcto. Cerré los ojos y pensé en Marianne Engel.
Sentí el impacto y me envolvió el agua calmada y brillante. Al atravesar su superficie me invadió la sensación de haber regresado a mi hogar, a mi...

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 11:54 am

Capítulo XXX


Un segundo de oscuridad y abrí los ojos para encontrarme con la mirada de Marianne Engel. Mi cuerpo estaba envuelto en capas de telas húmedas para bajarme la fiebre. Estaba otra vez en su cama, en nuestra casa, y ella me acariciaba la mejilla. Me dijo que ya había pasado todo y yo le dije que había estado en el Infierno. Me dijo que, desde luego, eso le había parecido a ella y me dio una taza de té. Me sentía como si no hubiera bebido nada en años.
—¿Cuánto tiempo he estado...?
—Tres días, pero no hay nada mejor que el sufrimiento. Es una breve incomodidad que lleva a la alegría. —La misma Marianne Engel de siempre.
—Acordemos que no estamos de acuerdo.
Me ayudó a sujetar bien la taza, pues me temblaban mucho las manos.
—¿Cómo te encuentras?
—Como un tizón sacado del fuego.
Ella sonrió.
—Zacarías 3:2.
Comprobé el estado de mi cuerpo: mi piel volvía a estar quemada, mi rostro se había endurecido, mis labios se habían contraído; me faltaban dedos, mi rodilla estaba maltrecha, había desaparecido el vello de mis antebrazos y en la cabeza sólo me quedaban unos pocos pelos sueltos.
Mi mano, como siempre, se me fue hacia el pecho. Donde esperaba encontrar mi collar con la moneda ángel, no hallé nada, a pesar de que no me lo había quitado nunca desde que Marianne me lo había regalado catorce meses antes.
—Tu moneda ha cumplido su propósito —dijo.
Miré entre las sábanas, debajo de la cama, por todas partes, pero el collar no apareció. Marianne Engel me lo debió quitar durante el delirio que me provocó la abstinencia. Me dije a mí mismo que sólo era una coincidencia que lo hiciera mientras yo, en mi alucinación, se lo entregaba a Caronte.
—No te preocupes —dijo—. Te daré un collar mejor.
* * *
Me sentía mejor de lo que me había sentido en años, incluso antes del accidente, por el simple hecho de que mi mente estaba libre de drogas y mis venas no saturadas de jarabe narcótico. No quiero decir que nunca sintiera el deseo de meterme otra dosis de la vieja droga —lo sentí, por supuesto, había sido un adicto durante demasiado tiempo— pero era diferente. Podía pasar sin la morfina; quería pasar sin la morfina. Esperaba con ganas mis sesiones con Sayuri y progresé más rápidamente en mis ejercicios.
Pero lo mejor de todo es que la puta serpiente había desaparecido.
Era más capaz de valerme por mí mismo que nunca después del accidente, de modo que Marianne Engel volvió a ponerse a esculpir. Reemprendió la tarea exactamente donde la había dejado, volcándose otra vez con una intensidad insalubre en su trabajo. Lo único que yo podía hacer era limpiarle los ceniceros y tratar de que no comiera demasiadas cucharadas de café soluble. Le llevaba boles de fruta que acababan convirtiéndose en naturalezas muertas en lugar de en comida, y cuando terminaba una estatua y se tendía sobre el siguiente bloque de piedra, aprovechaba para lavarle el cuerpo. Me prometí que si volvía a acercarse al colapso físico, haría lo que fuera necesario para detenerla. Me lo prometí a mí mismo.
Del 19 al 21 de febrero esculpió la estatua número 16. El 22 durmió y absorbió sus instrucciones de la roca; del 23 al 25 esculpió la número 15. Se tomó un día de descanso y luego trabajó ininterrumpidamente hasta el 1 de marzo, en que terminó la número 14. No hacía falta ser matemático para ver que con ésa ya había gastado más de la mitad de sus últimos veintisiete corazones: trece corazones más y llegaría al final. Trece corazones más hasta el momento en que ella creía que iba a morir.
Parece que su vuelta al taller afectó hasta a Bougatsa, que estaba más mustio de lo habitual. Cuando regresábamos de nuestro paseo diario, devoraba un bol enorme lleno de comida antes de tenderse a babear letárgicamente sobre mis zapatos ortopédicos.
* * *
A principios de marzo fui al hospital para un chequeo rutinario con la doctora Edwards. Revisamos mi historial y hablamos sobre las operaciones de cirugía menor que tenía programadas a finales de mes. Parecía auténticamente satisfecha.
—Llevas un año fuera del hospital y las cosas están yendo a pedir de boca.
No dije ni una palabra sobre el hecho de que Marianne Engel estaba, en esos mismos momentos, tendida sobre un bloque de piedra, preparándose para esculpir. El Afortunado 13 la llamaba.
—¿Sabes? —añadió Nan—. Esto demuestra lo mucho que se puede equivocar un doctor. Hubo un momento en que creí que te habías rendido y luego te convertiste en uno de los pacientes que más se esfuerzan. Y cuando te marchaste, estaba segura de que Marianne Engel no sería capaz de cuidarte.
* * *
Marianne Engel esculpió las estatuas 13, 12 y 11 (una anciana con orejas de burro, un demonio cornudo que sacaba una larga lengua colgante y una cabeza de león con colmillos de elefante) sin tomarse más que unas pocas horas de descanso en todo el proceso. Ya había perdido otra vez el peso que había recuperado tras Navidad y de nuevo costaba entenderla al hablar. Alrededor del 20 de mayo terminó la estatua número 10.
Yo tenía que ingresar en el hospital el día 26 para mi operación. Antes de irme tenía que decidir qué hacer con Bougatsa. No sólo dudaba de la capacidad de Marianne Engel para cuidarlo, ya que no era capaz ni de cuidar de sí misma, sino que el animal, quizá por empatía con su dueña, también estaba perdiendo peso. Pensé que quizá aquello la haría sentir culpable y la induciría a parar de esculpir durante unos días, así que bajé a decírselo.
Conseguí que dejase de trabajar lo bastante como para explicarle que si decidía que sus esculturas eran más importantes que cuidar a Bougatsa, tendría que llevarlo a una perrera. (No era sólo una táctica de presión: era la verdad.) Marianne Engel me miró unos instantes, miró a continuación a Bougatsa y se encogió de hombros. Acto seguido, reemprendió su trabajo en la gárgola número 9.
* * *
Encontré un charco de mierda en el suelo. No era mía.
En todo lo que llevaba viviendo en la fortaleza, Bougatsa no había defecado ni una sola vez dentro. Me da cierto asco describir con detalle la deposición, pero hay dos cosas que debo mencionar. En primer lugar, era más líquida que sólida. En segundo lugar, contenía restos de hojas verdes.
La única planta que había en la casa era la que Jack había traído (quizá hubiera otras antes de que yo llegase, pero habían sucumbido a la negligencia de Marianne durante sus períodos de trabajo). Cuando la inspeccioné se hizo evidente que Bougatsa había comido sus hojas. Quedaban pocas y las que quedaban tenían marcas de mordiscos.
Busqué al perro y me lo encontré estirado en el estudio, respirando agitadamente. Cuando le pasé la mano por el costado para tranquilizarlo, parte de su pelo se me quedó entre los dedos. Se le marcaban las costillas como si estuviera al borde de la inanición, lo que me sobrecogió, no tanto por su extrema delgadez, sino porque no entendía cómo era posible. Durante las últimas semanas Bougatsa había comido mucho más de lo habitual; de hecho, había comido sin parar.
Me fui al sótano a contarle a Marianne Engel que su perro estaba muy enfermo, pues quería que la vergüenza la hiciera acompañarme al veterinario. Pero no funcionó así. Estaba encorvada sobre una bestia cuyos ojos parecían decir que no me acercase. Aun así, fui hasta ella.
—Algo le sucede a Bougatsa. Está enfermo.
Levantó la mirada hacia mí, como si hubiera oído algún ruido misterioso desde un lugar de la sala que se suponía que debía estar vacío. Tenía sangre en una de las muñecas, donde se había herido con el cincel, y también en la frente, que se había manchado al pasarse la muñeca para secarse el sudor.
—¿Qué?
—Estás sangrando.
—Soy una espina clavada en el templo de Cristo.
—No —dije, señalando con el dedo—. Tu muñeca.
—Oh. —Se la miró y un hilo de sangre se derramó sobre su palma abierta—. Es como una rosa.
—¿Me has oído? Bougatsa está enfermo.
Trató de apartarse un mechón de pelo del pecho, donde se había quedado pegado con el sudor y el polvo de las piedras, pero no pudo calcular bien la distancia. Sus dedos fallaron una y otra vez.
—Entonces llévalo a la enfermería.
—Al veterinario, quieres decir.
—Sí. —Gotas de sangre cayeron sobre los trozos de piedra a sus pies—. El veterinario.
—Déjame ver eso. —Alargué la mano hacia su muñeca.
Marianne Engel, con una repentina expresión de horror, alzó el cincel amenazadoramente en mi dirección. Sólo una vez antes había reaccionado violentamente, cuando me tiró el pote de café en el campanario. Entonces no tenía intención de acertarme, pero ahora vi que, si me atacaba, no apuntaría a fallar. Tenía aspecto de no saber dónde estaba ni quién era yo; parecía dispuesta a hacer cualquier cosa para seguir trabajando.
Di un paso atrás, levantando las manos en el gesto que la gente hace automáticamente para mostrar que no tienen intenciones agresivas.
—Es tu perro, Marianne. ¿No quieres venir con nosotros? ¿Conmigo y con tu perro Bougatsa?
Oír el nombre pareció hacerle recordar algo. Relajó un poco sus hombros en tensión y dejó de contener la respiración. Más importante aún, bajó el cincel y el miedo desapareció de sus ojos.
—No.
Lo dijo sin ira, pero también sin remordimientos. Su voz sonó sorda y hueca, sin el menor rastro de compasión, como si las palabras que había pronunciado no fueran sonidos nuevos, sino ecos.
Para cuando alcancé el primer peldaño de la escalera ya había vuelto a concentrase por completo en la estatua en la que trabajaba.
* * *
La veterinaria era una mujer regordeta llamada Cheryl, con pelo rojo y ojos brillantes, probablemente de ascendencia irlandesa. Una de las primeras cosas que me preguntó fue por qué tenía ese aspecto, algo mucho mejor que fingir que mi apariencia era normal.
—Un accidente de coche.
—Ya veo. Así que cuando notaste que había un problema con, ah... —Miró el historial que había rellenado la enfermera—. ¿Bougatsa? ¿Por el postre griego, no?
—Sí, tiene el mismo color. Me encontré su diarrea en el suelo esta mañana y creo que ha estado comiéndose las hojas de una planta.
—Ya veo —Cheryl asintió—. ¿Siempre tiene así el pelo? Parece que le falta lustre.
—Exacto —dije yo— y parece que está más grasiento de lo habitual. Hace un tiempo que no está bien, pero esta mañana parece que la cosa se ha agravado. Y, desde luego, está perdiendo peso.
Me preguntó si le faltaba energía y le confirmé que así era. Entonces le hizo una pocas pruebas, iluminando con una pequeña linterna los ojos y boca de Bougatsa, que soportó todo el proceso sollozando pasivamente. Le pregunté qué creía que pasaba.
—¿Está sensible en esta región? —preguntó presionando sobre el estómago de Bougatsa y acto seguido respondió su propia pregunta—. De hecho, no parece importarle mucho. ¿Había rastros de grasas sin digerir en la deposición?
¿Quién, excepto un veterinario, sabe qué pinta tiene la grasa sin digerir en las deposiciones de un perro? Le contesté que me había olvidado de hacer un análisis químico antes de venir, así que no lo podía asegurar. Cheryl me censuró con la mirada antes de levantarle la cola a Boogie para inspeccionarle el ano.
—¿Se come sus excrementos?
—Dios mío. —Una vez más, Cheryl esperaba de mis dotes de observación mucho más de lo que yo consideraba razonable—. No lo sé. ¿Es eso posible?
—No puedo decir con seguridad qué le pasa —dijo Cheryl— sin hacerle unas pocas pruebas. ¿Consentiría en dejarlo aquí uno o dos días?
No era el momento de explicar que Bougatsa no era en realidad mi perro, así que simplemente firmé el consentimiento. Cuando le pregunté si las pruebas serían dolorosas, la buena veterinaria se ofendió.
—No, si puedo evitarlo.
Le dije al perro que se portase bien con la doctora Cheryl y como respuesta me lamió la mano. Algunas personas lo interpretan como un signo de afecto, pero soy perfectamente consciente de que los perros lo hacen sólo porque es un instinto innato de acicalarse.
* * *
Llamé unos pocos días después y Cheryl aún no había encontrado la causa de los problemas de Bougatsa, pero me aseguró que estaba avanzando. Se disculpó por estar tardando tanto, pero en realidad aquello era exactamente lo que yo esperaba que pasase.
La clínica sería un lugar perfecto para Bougatsa mientras me operaban, así que le expliqué a Cheryl la situación y le pregunté si podía quedarse con Bougatsa hasta que saliera del hospital. Le pareció perfecto, pues me dijo que así tendría tiempo de hacerle todas las pruebas que necesitaba para un diagnóstico preciso.
Ahora sólo me quedaba saber qué hacer con Marianne Engel. No quería dejarla sola en casa, pero era una adulta y yo iba a pasar en el hospital sólo una noche, máximo dos. Si continuaba con su horario habitual, se pasaría todo ese tiempo esculpiendo, lo que quería decir que, de estar yo en casa, me habría ignorado por completo.
Tan pronto como me instalé en la habitación del hospital, caras familiares llenaron el cuarto. Tanto Connie (que acababa su turno) como Beth (que lo empezaba) se pasaron a saludar. Nan estaba ya allí y a los pocos minutos llegaron Sayuri y Gregor, manteniendo entre ambos una distancia respetable y cogiéndose las manos sólo cuando nadie miraba. Cuando dije que la única que faltaba era Maddy, Beth me informó de que se había casado hacía poco y se había ido a otra ciudad. Lo primero que pensé es que su nuevo marido debía de ser algún tipo malo de los que tanto le gustaban —quizá un Ángel del Infierno o un abogado de una gran empresa— pero, para mi sorpresa, era un licenciado en arqueología y Maddy le había acompañado a una excavación en la costa de Sumatra.
Todo el mundo me preguntó por Marianne Engel y yo, básicamente, mentí. Dije que estaba muy ocupada porque tenía que entregar una estatua dentro de muy poco tiempo. No vi necesidad de añadir que eran los Tres Maestros los que le imponían el calendario. Todo el mundo asintió, pero pude ver que al menos Sayuri no se tragaba mi historia. No pude mirarla a la cara y eso hizo que Gregor se diera cuenta también de que estaba mintiendo.
Cuando Nan y yo nos quedamos solos en la habitación le pregunté —puesto que quedaban todavía unas pocas horas hasta la operación— si le apetecía dar una vuelta por el jardín del hospital. Consultó su horario, comprobó su busca y su móvil y llamó a la sala de enfermeras antes de acceder. A medio paseo, incluso me dio su brazo y señaló algunas nubes con formas curiosas que dijo que le recordaban a un banco de caballitos marinos. La invité a un perrito caliente y nos sentamos en un banco viendo pasar a la gente frente a nosotros. Nan se manchó de mostaza la camisa y pensé que hasta la mancha le sentaba bien.
* * *
Conté hacia atrás cuando me pusieron la mascarilla sobre la boca. A estas alturas ya era un experto en anestesia y sabía que me despertaría a las pocas horas. Sin duda me quedaría alguna irritación residual, pero estaba acostumbrado al dolor y había sufrido bastantes operaciones como para saber que todo iría bien. Al menos, tan bien como podía ir.
Pero no fue así. Mi operación se complicó con una sepsis. Ese tipo de infección es común en pacientes de la unidad de quemados, incluso en aquellos que han avanzado tanto en su proceso de recuperación como yo, pero por suerte la infección no fue demasiado grave y mi cuerpo —mucho más fuerte gracias a las sesiones de ejercicios— iba a poder con ella. Sin embargo, tenía que quedarme en el hospital hasta que la hubiera superado.
Sayuri llamó a Cheryl para extender la estancia de Bougatsa en la clínica veterinaria y Gregor se ofreció voluntario para ira informar a Marianne Engel de mi situación. Decidió conducir hasta la fortaleza para decírselo en persona, pues ella no respondía al teléfono. Le advertí que era muy posible que tampoco le abriera la puerta y resultó que así fue. Después de diez minutos llamando, Gregor desistió a pesar de que podía oír a Bessie Smith a todo volumen en el sótano.
Jack tenía un juego de llaves extra, así que la llamé y le pedí que fuera a ver cómo le iba a Marianne Engel y de paso se asegurase de que comía algo. Jack me garantizó que lo haría e incluso me preguntó si necesitaba que me llevara algo al hospital. No hacía falta, pues había ido tantas veces que me había acostumbrado a preparar una maleta completa (pijamas limpios, efectos de aseo personal, libros, etc.) incluso para las operaciones más leves.
Una vez puestos en orden estos asuntos, no me quedó nada más que hacer que quedarme en la cama (que, por cierto, ya no me parecía la caja torácica de un esqueleto) y curarme. Cada tarde Gregor me traía libros nuevos y en una ocasión, sin que nadie le viera, coló unas pocas cervezas. Porque, como me explicó mientras le brillaban los ojillos, estaba hecho todo un rebelde. Le confirmé que lo era de tomo y lomo.
Me dieron el alta una semana después y Gregor se tomó una hora libre para llevarme a casa. Cuando llegamos a la fortaleza todo estaba en silencio. Normalmente eso no quería decir nada —quizá Marianne Engel había salido a pasear o estaba preparándose sobre un bloque nuevo de piedra— pero tuve un mal presentimiento. Ni siquiera me molesté en comprobar su dormitorio: fui directamente al sótano y Gregor me siguió.
Aunque había vivido con ella durante más de un año, no estaba listo para lo que vi. En primer lugar había tres estatuas nuevas, las número 8, 7 y 6. Puesto que había estado fuera sólo una semana y habitualmente ella tardaba más de setenta y dos horas en completar una de las gárgolas, las matemáticas sugerían que había estado trabajando no sólo sin hacer ninguna pausa sino también con más intensidad de lo habitual. Esto último resultaba difícil de creer.
Marianne Engel no estaba trabajando ni durmiendo en una piedra nueva. Estaba sentada en medio de sus tres nuevos grotescos, cubierta por completo de polvo de piedra que resaltaba todavía más lo consumido que se había quedado su cuerpo. Cuando me marché al hospital estaba delgada, pero ahora estaba esquelética. No debía haber probado bocado desde que me fui. Cada vez que la respiración le hinchaba el pecho era una pequeña victoria y parecía que su piel, tan brillante cuando estaba sana, la hubieran frotado con parafina. Su rostro era un reflejo espectral de lo que había sido, con unas ojeras tan grandes que parecían agujeros.
Un satinado de sangre cubría la cruz medieval que tenía tatuada en el estómago, sangre que procedía de una serie de profundos cortes en el pecho. Su mano derecha estaba abierta en el suelo, acunando un cincel ensangrentado en unos dedos que parecían los de una anciana, prestos a partirse a la menor presión.
Marianne Engel se había grabado con el cincel mi nombre sobre el corazón en llamas que tenía tatuado en su pecho izquierdo.
No me cabe duda de que Gregor Hnatiuk es un buen médico, pero su labor suele consistir en hablar con gente, intentar averiguar sus problemas y quizá recetarles algunas pastillas. No estaba preparado para ver lo que Marianne Engel había hecho. No parecía capaz de aceptar que lo que veía era real, en parte porque ella hacía tiempo que había dejado de ser para él una paciente y se había convertido en una amiga a la que apreciaba. No pudo recuperar su distancia profesional y se quedó allí parpadeando como si intentase recolocar el descolocado giroscopio de su mente, sorprendiéndose cada vez que abría de nuevo los ojos y comprobaba que nada había cambiado.
Marianne Engel volvió su eufórico rostro hacia mí, sus ojos inundados de lágrimas, no de dolor sino de alegría. Su cara reflejaba un éxtasis ausente, como si hubiera visto algo tan maravilloso que las palabras no bastaban para describirlo.
—Dios envió una pasión inmensa a mi alma. —Su voz temblaba de alegría mientras mi nombre seguía sangrando sobre su pecho—. Mi corazón se desbordó de amor y apenas noté el dolor.
A pesar de la conmoción inicial, Gregor fue el primero en recuperarse y fue corriendo arriba a llamar a una ambulancia. Mientras tanto, intenté convencer a Marianne Engel de que no se moviese y descansase, pero no dejó de hablar.
—Lo que resiste el fuego sale purificado. —Me miró como una loca, esperando que le diera la razón—. El agua de la separación purifica.
Gregor regresó trayendo una manta para cubrir su cuerpo desnudo y tembloroso. Traté de reconfortarla mientras la tapaba.
—La ambulancia está de camino y todo va a ir bien. Sólo tienes que descansar.
Marianne Engel no prestó atención a lo que le decía.
—El Señor es un fuego poderoso... —Cuando diez minutos después llegó el equipo de emergencias y Gregor les condujo hasta el sótano, ella seguía hablando—. Lo que no puede soportar el fuego deberá soportar el agua.
La enfermera me preguntó si tomaba drogas y le aseguré que no; asintió, pero no estoy seguro de que me creyera.
—Los cielos enviaron un sonido —decía Marianne Engel mientras se arrodillaban a su alrededor y comprobaban sus constantes vitales, como si tratara de convencerles—. Se dispararon las flechas.
Los enfermeros la ataron a una camilla y se la llevaron. Me permitieron acompañarla en la ambulancia mientras Gregor nos seguía en su coche. Le sostuve la mano mientras le colocaban una vía en el brazo.
—Cuando se abrió la roca —dijo, arrastrando las palabras— las aguas manaron.
En pocos segundos los calmantes le hicieron dormirse. Entonces expliqué su historial médico a los enfermeros con más detalle, al menos hasta donde yo sabía, para que pudieran avisar por radio al hospital. Cuando llegamos a urgencias, nos recibieron dos doctores y el psiquiatra de guardia y Gregor se encargó del papeleo de admisión. Yo seguí sosteniéndole su mano inconsciente y hablándole con suavidad, diciéndole todo aquello que siempre había querido decirle pero que todavía no me atrevía a decir cuando estaba despierta.
* * *
Cuando finalmente regresé a la clínica veterinaria Cheryl me hizo sentarme.
—¿Sabes lo que es una insuficiencia pancreática?
Le dije que sí, si era algo parecido a la pancreatitis humana.
—Los perros también pueden sufrir pancreatitis, pero eso no es exactamente lo que tiene Bougatsa. La insuficiencia pancreática es común en razas de perros grandes como los pastores alemanes y los síntomas se manifiestan en poco tiempo, que es lo que parece que ha pasado aquí. Por decirlo simplemente, no puede descomponer lo que ingiere en moléculas más pequeñas porque carece de las encimas adecuadas. En consecuencia, no absorbe nutrientes, por lo que siempre tiene hambre. Ha estado comiendo todo lo que ha podido, incluso plantas, para intentar compensar esa deficiencia, pero por mucho que comiera, nada le nutría. Es como si hubiera estado muriéndose de hambre.
»Pero eso son las malas noticias —continuó—. Las buenas es que lo viste a tiempo y existe un tratamiento que lo cura y una dieta que lo controla. Volverá a ser el de siempre en poco tiempo.
Me llevó a la jaula y casi podría jurar que vi una chispa en los ojos de Bougatsa cuando me vio acercarme. Pero probablemente fue sólo porque Cheryl le había dado por fin un poco de comida que había podido digerir.
* * *
Los médicos le dijeron a Marianne Engel que sólo estaban tratando su agotamiento, pero lo cierto es que vigilaban también muy de cerca su estado mental. Gregor se pasaba a menudo por su habitación en el hospital, pero lo hacía como amigo, no como profesional. Como él tenía una relación personal con la paciente, otro psiquiatra se ocupaba del caso.
Yo iba a verla todos los días y los médicos me permitieron incluso llevar una vez a Bougatsa. Terapia canina, lo llamaron. Marianne Engel salió a sentarse en un banco al sol y le hizo carantoñas. Le sobrecogió lo delgado que estaba, como si no recordarse que había adelgazado ante sus ojos. El perro, por su parte, le perdonó completamente el haberlo abandonado cuando más la necesitaba. Los perros son así de idiotas.
Cuando, al final de la semana, le dieron el alta, fue contra la enfática recomendación de su médico. Yo también tenía mis dudas: de todo el daño que se había infligido a sí misma, la mayoría había procedido del desprecio que sentía por su propio cuerpo. Grabarse mi nombre en el pecho fue un acto voluntario y horrible, que me hizo sentir que ya no se trataba simplemente de que no la cuidara lo bastante, sino que quizá yo era la causa de su dolor. Puesto que se había recuperado físicamente, el hospital ya no podía retenerla sin una orden judicial, y por mucho que lo intenté no pude convencerla de que se quedara unos días más. Cuando volvimos a casa, Bougatsa corrió por todas las habitaciones, tirando al suelo la planta que hacía pocas semanas se había estado comiendo.
* * *
Sólo dos días después de volver a casa, Marianne Engel empezó a desnudarse para prepararse para el siguiente bloque de piedra. Llegó a los vendajes que le cubrían el pecho y se los quitó también.
—No me puedo comunicar con esto puesto.
No le iba a permitir que volviera a hacerlo. Ya había visto cómo se colapsaba dos veces. No iba a fallarle una tercera vez; no iba a permitir que se infectara mi nombre en su carne.
Lo que vino a continuación no puede describirse propiamente como una discusión, porque una discusión implica un intercambio de ideas opuestas. El único que habló fui yo. Hablé suavemente; grité; intenté convencerla; la amenacé; supliqué; exigí; apelé a la lógica; apelé a las emociones; hablé y hablé y hablé y ella ignoró todo cuanto dije. Me dio la misma respuesta una y otra vez:
—Sólo me quedan cinco estatuas. Descansaré cuando haya terminado.
Como no podía quitarle esa idea de la cabeza —la lógica no sirve de nada ante una obsesión—, tenía que encontrar algún otro modo de protegerla. Decidí visitar a Jack, a pesar de que había roto su promesa de cuidar a Marianne Engel mientras yo estaba en el hospital.
Cuando entré en la galería reconocí un trío de grotescos y, en la pared tras ellos, una foto de Marianne Engel cuando gozaba de plena salud. Cincel en mano, su pelo mutante cuidadosamente despeinado, se inclinaba sobre una de sus primeras creaciones. La breve nota junto a la foto no decía nada de su enfermedad mental: «A diferencia de la mayoría de los escultores modernos, esta artista local de fama internacional se niega a usar herramientas neumáticas y prefiere esculpir siguiendo la tradición medieval...»
Una pareja joven examinaba una de las estatuas más grandes pasando los dedos sobre ella. Discutían su «maravilloso sentido táctil» pero ¿dónde iban a ponerla? Nada hace que se revuelva el estómago más que treintañeros adinerados hablando de arte. Jack, viendo una posible venta, intentó pasar de largo ante mí haciéndome un gesto con la mano y diciendo:
—Estaré contigo en un minuto.
—¿Por qué la abandonaste? —le pregunté.
Por una vez me satisfizo mi voz raspada. Hizo que mi anuncio de su fracaso sonase mucho más ominoso.
Jack abandonó inmediatamente su intención de acercarse a los clientes y me llevó a un rincón donde se defendió vigorosamente de mi acusación. La forma en que me habló me recordó a un tren descarrilando: sus palabras eran los coches, avanzando frenéticamente y amenazando con salirse de la vía y empotrarse contra la frase anterior creando un caos devastador. Me dijo que había ido a la fortaleza todas la noches que yo había pasado en el hospital, abriéndose paso a pesar de los muebles apilados contra la puerta de entrada. Una vez dentro, se había interpuesto entre Marianne Engel y las estatuas, negándose a apartarse hasta que ella comía al menos un poco de fruta.
—La encontraste a media tarde, ¿verdad? —Jack se refería a cuando llegamos Gregor y yo a la fortaleza—. Yo tengo un trabajo, ¿sabes? A diferencia de ti, pago mis propias facturas. No puedo cerrar la galería y pasarme el día con ella. Y si te hubieras molestado en llamarme, hubiera ido corriendo al hospital. Pero no...
Discutimos sobre quién tenía la culpa de qué hasta que la pareja de jóvenes no pudo evitar mirar en nuestra dirección. Les lancé mi mirada más monstruosa, una mirada que les dejaría bien claro que se metieran en sus jodidos asuntos.
Jack no desaprovechó aquella excelente oportunidad de recordarme que eran sus clientes los que me financiaban la vida. Le dije que también la financiaban a ella, que era un parásito del talento de Marianne Engel.
—Probablemente estás encantada de que esté esculpiendo otra vez.
En ese momento toda la ira del rostro de Jack se tornó en auténtica sorpresa.
—¿Que está haciendo qué?
Se me hizo imposible continuar mi ataque: era imposible no darse cuenta de que la preocupación de Jack era sincera.
—Nunca ha tenido dos sesiones maniacas tan cerca en el tiempo. Una al año era lo normal. Dos, en un mal año.
En ese momento odié a Jack por el hecho de que había compartido veinte años de su vida con Marianne Engel. Era un odio de la peor clase, nacido de la envidia, un odio que tenía que dejar de lado. La experiencia de Jack era muy valiosa, así que templé mi voz todo lo que pude.
—¿Qué puedo hacer?
—No lo sé. —Cambió el cartel de la puerta de «Abierto» a «Cerrado», espantando a los clientes que seguían dentro. Le acompañé fuera de la tienda—. Pero tenemos que hacer algo.
* * *
Jack conocía un abogado especializado en hospitalizaciones forzosas. Supongo que era normal, después de tantos años tratando con pacientes psiquiátricos, primero su madre y luego Marianne Engel.
Clancy McRand era un anciano que se sentaba tras un gran escritorio de madera en el que había un ordenador cubierto con pequeños post-it. Se tiraba de las solapas de su chaqueta, como si hacerlo le fuera a permitir cerrarla sobre un estómago, cuyo tamaño se negaba a admitir. McRand se aclaraba mucho la garganta, a pesar de que quien estaba hablando era yo. Anotó los hechos en su gran cuaderno amarillo y Jack aportó unos pocos comentarios cuando preguntó cosas que yo ignoraba. Por el grueso dossier que había sacado del archivo cuando llegamos, parecía saber ya mucho de Marianne Engel. Me quedó claro que Jack había contratado los servicios de McRand en el pasado, quizá para establecer su curadoría.
Cuando le hubimos contado todo lo relevante dijo que podríamos ir a juicio, pero que no sería fácil ganar. Nunca es fácil, pensé yo, si haciéndolo difícil el abogado cobra más. Sin embargo, al irnos explicando el proceso, comprendí que no sería su avaricia lo que retrasase las cosas. Realmente era culpa del sistema.
Habitualmente era un pariente del paciente quien firmaba una solicitud de ingreso de emergencia. Aunque era legalmente posible que cualquiera presentase esa solicitud, explicó McRand, el proceso era mucho más lento si el solicitante no era un familiar cercano. Puesto que Marianne Engel no tenía familia sería necesario que la examinaran dos doctores antes siquiera de que la petición fuera aceptada a trámite. Si se negaba a someterse a ese examen —como sabía que haría— yo tendría que presentar una declaración jurada de que estaba «gravemente incapacitada». McRand me miró inquisitivamente para asegurarse de que estaría dispuesto a hacerlo y le dije que lo haría, pero estoy seguro de que percibió la duda en mi voz.
—Hum, hum —carraspeó McRand antes de continuar.
Una vez mi petición estuviera presentada de forma adecuada, se le requeriría a Marianne Engel que se presentase en un hospital para un examen médico. Si se negase —como, de nuevo, sabía que haría—, agentes de la ley la obligarían a ir. Me imaginé dos policías fornidos poniéndole una camisa de fuerza y arrastrándola por los codos hasta el tribunal.
Si el médico que la examinase se mostrase de acuerdo con mi declaración de que estaba gravemente incapacitada, se le impondría un ingreso de emergencia de setenta y dos horas. Al final de este período, el director del hospital podría solicitar un ingreso a largo plazo. Esto era esencial porque —una vez más, porque no éramos parientes suyos— ni Jack ni yo podíamos hacerlo. Sin la cooperación del director, no tendríamos ningún derecho legal a continuar con la solicitud.
Suponiendo que el director del hospital estuviese de acuerdo, se celebraría una audiencia. Testificaría Marianne Engel y también yo y Jack como su curadora. Era posible que se llamase a declarar a otras personas, gente que hubiera sido testigo de la conducta reciente de Marianne Engel. Quizá Gregor Hnatiuk y Sayuri Mizumoto, por ejemplo. La comisión de salud mental presidiría la audiencia, aunque Marianne Engel conservaría su derecho a un juicio con jurado. Y, si llegábamos a eso, podría contratar su propio abogado.
En el juicio, me advirtió McRand, no cabía duda de que se hablaría de mi carácter. Dada mi carrera en la pornografía, mi declarada drogadicción y dado el hecho de que Marianne Engel pagaba todas mis facturas médicas, el juez sería reticente a suspender sus derechos legales sólo porque yo creía que era buena idea. Visto de forma objetiva, ella era la ciudadana de bien, no yo. El tribunal podría incluso encontrar divertido que yo tratase de hacer que la incapacitasen cuando ella parecía llevar su vida mucho mejor que yo la mía. Y —McRand pareció dudar antes de seguir, pero hubiera sido negligente por su parte callárselo— Marianne Engel podía presentar ante el jurado un rostro atractivo.
—Usted, por otra parte... —No hizo falta que terminase la frase.
Le señalé que se había hecho voluntariamente graves heridas en el pecho con un cincel. ¿Qué más prueba hacía falta de que era un peligro para sí misma? McRand suspiró y concedió que el incidente podría ser un «buen principio para el caso» pero que no había ninguna prueba de que supusiera un peligro para nadie más.
—Si hacerse daño a uno mismo fuera suficiente motivo para internar a la gente, los hospitales psiquiátricos estarían llenos de fumadores y adictos a la comida rápida.
¿Cómo podía pedir a todos nuestros conocidos que testificasen contra Marianne Engel en un caso que era casi seguro que íbamos a perder? Más importante todavía, ¿cómo iba yo a testificar contra ella? Dadas sus teorías conspiranoicas, lo último que necesitaba creer era que sus amigos más íntimos eran en realidad agentes del enemigo que trataban de impedirle entregar sus corazones.
—Así pues... —El señor McRand concluyó con un suspiro, tirándose de las solapas una vez más para luego dejar ambas manos reposando sobre su redonda panza.
Le di las gracias por el tiempo que nos había dedicado y Jack le dijo que enviara la factura a la galería. Al salir de la oficina, Jack se me acercó y me puso el brazo sobre los hombros. Me dijo que lo sentía, y la creí.
Nuestro único consuelo era que a Marianne Engel, según su propia cuenta atrás, sólo le quedaban cinco estatuas. Aunque sería doloroso ver cómo las acababa, al menos no llevaría mucho tiempo. Lo único que podía hacer era tratar de cuidarla lo mejor que pudiera. Cuando diera el último golpe de cincel a la última estatua, descubriría que, después de todo, el esfuerzo no la había matado.
* * *
La nueva dieta de Bougatsa incluía la ingestión habitual de páncreas de vaca crudo, lo que le permitía digerir otros alimentos al aportarle las encimas pancreáticas de las que él carecía. Aunque existían suplementos dietéticos que incluían las encimas, Cheryl y yo decidimos darle carne de verdad. Acabé familiarizándome con los carniceros locales, a los que intrigaban mis encargos hasta que les expliqué qué hacía con ellos. Entonces se alegraban de estar ayudando al perro que llevaba junto a mí, porque son contadas las ocasiones en que un carnicero puede sentirse como un médico. Cada día Bougatsa tenía mejor aspecto y Marianne Engel, peor.
La falta de sol había hecho que su tez se tornara pálida, aunque de vez en cuando salía del sótano para coger más cigarrillos u otro pote de café soluble. Se estaba convirtiendo en un saco de huesos cubiertos permanentemente de polvo y sus carnes se rendían ante la fuerza de su agotamiento físico. Estaba desapareciendo, gramo a gramo, como los trozos de roca que cincelaba de sus grotescos. Acabó la estatua 5 antes del 15 de abril y se empezó a preparar inmediatamente para la 4.
El aniversario de mi accidente —mi segundo «cumpleaños» de Viernes Santo— pasó sin que ella lo advirtiera. Visité el lugar del accidente solo, bajé el barranco y vi que el verde de la hierba había acabado definitivamente con el negro de la tierra quemada. El candelero que habíamos dejado en mi anterior cumpleaños seguía allí, sucio después de un año a la intemperie, prueba de que nadie había visitado el lugar desde que estuvimos nosotros.
Dejé un segundo candelero, supuestamente también obra de Francesco, y puse una vela en su expectante boca. Pronuncié unas pocas palabras después de encenderla: no una oración, porque sólo rezo cuando estoy en el Infierno, sino unas pocas frases recordando el pasado. El vivir con Marianne Engel, cuando menos, me había inculcado cierto placer por los rituales.
Siguió trabajando durante el resto del mes, pero cada vez más lentamente. Era inevitable. Cuando acabó el 4 se tuvo que tomar dos días de descanso antes de empezar el 3. Ya no podía ignorar las exigencias de su cuerpo. A pesar de que descansó antes de empezar, la estatua 3 le llevó casi cinco días.
La estatua 2 le tomó hasta el final del mes, durante el que continuó trabajando por pura fuerza de voluntad. Cuando terminó se arrastró hasta la bañera para lavarse antes de (por fin) derrumbarse en la cama, donde durmió dos días seguidos.
Cuando despertó sólo le quedaba la última estatua. No estaba seguro de si debía tener miedo o sentir alegría; pero, bien pensado, Marianne Engel me hacía sentir así a menudo.
* * *
Se levantó de la cama el 1 de mayo y me alivió enormemente comprobar que tenía mucho mejor aspecto. Me sentí doblemente feliz cuando en lugar de irse directamente al sótano a trabajar en la última estatua se vino a comer conmigo. Ya no hablaba con torpeza y después de comer dimos un paseo con Bougatsa, que no cabía en sí de gozo por haber recuperado por fin la atención de su dueña. Hicimos turnos tirándole una pelota de tenis para que la buscase y nos la devolviese llena de baba.
Fue Marianne Engel quien sacó el tema.
—Me queda sólo una estatua.
—Lo sé.
—¿Y sabes cuál es?
—Otro grotesco, supongo.
—No —dijo—. Es la tuya.
Durante los últimos meses mi estatua había quedado abandonada, cubierta con una sábana como si fuera la caricatura de un fantasma, en un rincón del taller. Al principio me decepcionó un poco que hubiera perdido el interés en ella, pero conforme fue perdiendo peso me alegré de no tener que posar y ver cómo se consumía.
No tuve que pensármelo para acceder a posar otra vez para ella. Aunque me hubiera gustado que abandonase toda esa idea de la última estatua, al menos así podía vigilarla mientras trabajaba. También estaba la ventaja de que, a juzgar por mis anteriores sesiones como modelo, esculpiría mi estatua a un ritmo mucho más relajado. Yo no era una bestia frenética que le gritaba que la rescatase de una avalancha de roca y tiempo; yo le permitiría que se tomase tanto tiempo como hiciera falta, sin apremiarla.
La curiosidad me llevó a preguntarle si, cuando empezamos la estatua meses atrás, sabía ya que sería su última obra. Sí, me respondió, lo sabía. Le pregunté entonces por qué se había molestado en empezarla si sabía que tendría que dejarla a medio terminar.
—Formaba parte de tu preparación —me contestó—. Si ya estaba empezada me pareció que te resultaría más difícil negarte ahora. Parece que tenía razón.
Empezamos aquel mismo día. Estar desnudo frente a ella siempre me hacía sentir raro, pero de algún modo ahora que ella ya no era físicamente perfecta me sentía un poco menos fuera de lugar. Aunque su insalubre delgadez no era comparable con mis heridas, al menos nos acercaba un poco en nuestra deformidad.
* * *
El trabajo en mi estatua continuó durante diez días y la mitad de ese tiempo se fue en los pequeños detalles. Muchas veces Marianne Engel se acercaba a mi silla y pasaba los dedos por mi cuerpo, como si tratase de memorizar mi topografía calcinada para poder reproducirla en el mapa de piedra tan fielmente como fuera posible. La atención que prestaba hasta a la menor nimiedad era tan intensa que tuve que comentárselo; me replicó que era de una importancia vital que la estatua fuera perfecta, que no le faltase nada.
Las cosas fueron más o menos como yo había esperado. Ni siquiera se acercó a la intensidad de sus otras sesiones de trabajo, pues habitualmente trabajamos menos de una hora a pesar de que yo podía posar durante tanto tiempo como fuera necesario ahora que no llevaba ya mi traje de compresión. Ella parecía disfrutar su última obra. Fumaba menos y no abrió los potes de café instantáneo. Se inclinaba sobre la piedra al trabajarla y le susurraba en voz demasiado baja como para que yo oyera lo que decía. Yo me inclinaba tratando de captar algunas palabras, pero nunca pude, quizá porque mi oído había quedado dañado tras el accidente. Intenté sacarle la verdad con un comentario informal:
—Creía que era la piedra la que te hablaba y no al revés.
Marianne Engel me miró.
—Eres muy gracioso.
Y continuó hasta que, tras el último golpe del cincel, dio un paso atrás ante la obra terminada. Durante lo que me pareció una eternidad inspeccionó mi Doppelganger pétreo antes de decidir que no había ninguna diferencia entre nosotros dos. Satisfecha, dijo:
—Quiero añadir la inscripción en privado.
Trabajó hasta tarde esa noche y, aunque la curiosidad casi pudo conmigo, respeté su petición de intimidad. Cuando terminó de gravar la inscripción, subió arriba. Naturalmente, le pregunté si podía leer lo que había puesto.
—Tendremos tiempo de sobra para verlo después —contestó—. Ahora, vamos a ir a la playa a celebrarlo.
Me gustó la idea. La costa siempre la relajaba y sería una buena forma de celebrar que había terminado. Así que me puso en el coche y pronto estuvimos sobre la arena marrón.
Las olas rompían rítmicamente contra la costa y su cuerpo se apretaba maravillosamente contra el mío. Bougatsa saltaba feliz a nuestro alrededor, levantando arena por todas partes. No muy lejos, unos adolescentes bebían sus cervezas y trataban de impresionar a las chicas comportándose como unos capullos.
—Bueno —dije—. ¿Y ahora qué?
—La última parte de nuestra historia que, por si te has olvidado, empieza contigo en la hoguera de la condotta.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 11:58 am

Capítulo XXXI


Me concentré en mi respiración. Expirar. Inspirar. Afianzar. Hacerlo fácil. Apuntar. Calma. Dije en voz alta mi objetivo:
—Corazón.
No sé cómo esperaba que fuera la flecha al alejarse de mí. Me sorprendió que mis ojos se fijaron en el objetivo en lugar de en la propia flecha.
A pesar de la tormenta mi flecha voló como si estuviera siguiendo un alambre, sin desviarse ni un centímetro. Todo el mundo conoce la historia del maestro arquero que podía partir una flecha que ya estaba clavada en el centro de la diana. Así es como mi flecha entró en tu corazón, en el mismo punto en que ya te habían herido. La primera vez que te dispararon, el libro de Dante paró la flecha lo bastante para salvarte la vida y te llevó hasta mí. Esta segunda flecha no encontró ningún obstáculo y se te llevó.
El impacto te hizo echar la cabeza hacia atrás y abriste la boca en una exhalación final de sorpresa. Te rebotó dos veces el mentón en el pecho antes de que la cabeza reposase finalmente sobre tu torso inerte. Colgado por las manos, tu cuerpo se hundió mientras la pared de la casa del hermano Heinrich seguía ardiendo a tu alrededor. Mi flecha te había salvado de más dolor y por ello, entre lágrimas, di gracias a Dios.
Los mercenarios rugieron confundidos y Kuonrat exigió saber quién había sido tan inútil o tan estúpido para hacer un disparo letal desobedeciendo sus órdenes. Le ponía furioso que alguno de sus soldados hubiera mostrado piedad.
Yo debería haber pasado menos tiempo dando gracias a Dios y haber huido antes. Una rápida inspección de la flecha confirmó que no había salido de ninguna de las ballestas de los soldados y el ángulo del astil mostró que procedía de la cima de la colina. Un brazo señaló en mi dirección y los soldados empezaron a avanzar hacia mí. Todavía no podían verme, pero sabían dónde estaba.
Tiré la ballesta al suelo, pues sabía que jamás volvería a dispararla. Mi caballo estaba cerca, la colina era resbaladiza y las ramas de árboles y arbustos eran lo bastante gruesas como para ralentizar a un hombre. Mientras los soldados ascendían la pendiente tuve tiempo de desatar mi caballo, montar y echar al galope justo cuando sus brazos se alargaban ya para agarrarme. No les llevaba mucha ventaja, pero les llevaría unos minutos volver abajo y montar sus caballos. Además, contaba con otra ventaja. Yo había crecido allí y conocía la zona, los mercenarios no. La tormenta de nieve arreciaba y creí que podría escapar.
Debí haber sido más realista. Los soldados eran mucho mejores jinetes que yo y sus monturas estaban más descansadas y mejor alimentadas. En poco tiempo me alcanzaron otra vez. Sabía que si no hacía algo me atraparían muy pronto. El camino llegaba a una bifurcación. Un lado llevaba a un camino seguro y el otro a un sendero infame en un precipicio sobre el río Pegnitz. De niña había ido alguna vez por el sendero, pero sólo cuando me sentía particularmente inquieta o cuando quería poner a prueba la idea de que Dios tenía un propósito para mí.
Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas, así que, aunque sabía que era demasiado estrecho para mi caballo, escogí el sendero. El animal percibió el peligro y tuve que clavarle los talones en el flanco para obligarle a seguir adelante. Recé las mismas oraciones que rezaba de niña. Cuando el caballo empezó a recular, recurrí a las palabras más duras que conocía para obligarle a dar unos pasos más. No pasó mucho hasta que pisó con la pezuña una raíz helada y nos despeñamos.
Mientras resbalábamos hacia la pendiente, el caballo trató de recuperar el equilibrio sacudiendo sus patas, pero no encontró nada en lo que apoyarse. Se ladeó, confuso y asustado, y me descabalgó. Al resignarme a la inevitabilidad de la caída hubo un breve instante en el que me sentí ingrávida. Fue irreal, como si flotase en un equilibrio perfecto entre la nieve y el cielo, y me encontré mirando directamente a los ojos de mi caballo. Los ojos de un caballo son habitualmente tan oscuros y calmos que cuando era niña las monjas decían que este animal podía ver todos los secretos de Dios, aunque la priora no pudiera, pero ahora sus ojos estaban abiertos como platos e inyectados de terror. El instante se fue tan rápido como había llegado, reemplazado por un remolino de nieve y matorrales mientras caíamos.
Cuando finalmente dejamos de dar vueltas pasaron unos momentos hasta que se me aclaró lo bastante la cabeza como para ver el rastro que nuestra caída había dejado en la nieve y me entró el pánico al pensar en lo que los golpes podían haberle hecho a nuestro hijo. Casi inmediatamente el bebé dio una patada, quizá enfadado por todo aquel alboroto, y eso me hizo pensar que estaba bien y nunca me sentí más feliz de que me doliese.
Los soldados no me habían seguido precipicio abajo, prefiriendo sabiamente quedarse donde el sendero todavía era seguro. Al menos uno de ellos había sacado su ballesta y apuntado, pero había decidido que la distancia y la tormenta hacían imposible el tiro. Obviamente carecía de la fe en Dios que tenía yo.
Los mercenarios acabarían por encontrar una forma de bajar, pero sabía que les llevaría al menos quince minutos. Quizá, pensé, la caída había sido el golpe de suerte que me ayudaría a escapar. Mi excitación se evaporó cuando me volví a mi caballo y vi que tenía una de las patas doblada en un ángulo imposible. Era obvio que no iba a llevarme a ningún lado. Ni siquiera tenía la opción de acabar con su sufrimiento, pues ya no tenía mi ballesta, pero aunque la hubiera conservado no hubiera sido capaz de matarlo. Ya había asesinado ese día y una muerte ya era demasiado.
¿Bastarían mis quince minutos de ventaja cuando los soldados tenían caballos y yo no? A un lado quedaba el precipicio por el que había caído, al otro el Pegnitz. Por lo general no se helaba por completo, pero incluso cuando lo hacía no era seguro cruzarlo. Así que atravesarlo no era una opción y escalar el precipicio tampoco. Lo único que podía hacer era escoger en qué dirección seguir la orilla del río y esperar tener suerte. Pero eso también era ridículo, porque entonces los mercenarios me perseguirían y atraparían. Que me capturasen era sólo cuestión de tiempo.
Kuonrat había decapitado a Brandeis sin pensárselo dos veces y había ordenado tu muerte entre carcajadas. Sabía que cuando me alcanzasen, como me habían explicado, tendría suerte si me mataban rápido. Mucho más probable era que me violasen.
La delgada capa de hielo sobre el río empezó a parecerme mucho más atractiva. Tenía muy pocas posibilidades de llegar al otro lado, pero debía intentarlo. Si lo conseguía, los soldados no podrían seguirme. Se verían obligados a dejarme escapar, porque aquel hielo no aguantaría ni al hombre más liviano de la tropa. ¿Por qué iban a arriesgarse? Los mercenarios no sabían quién era yo, más allá de la mujerzuela que había vivido con un ex soldado, y ¿qué les importaba si yo vivía o moría? Kuonrat ya había dejado claro quién mandaba y ya había capturado a dos desertores en lugar de sólo uno, que era lo que esperaba. Por fuerza eso debía haberlo hecho feliz.
La bolsa que contenía mi Morgengabe y los libros era un peso innecesario para cruzar el río, pero no podía sufrir el perder aquellos objetos tan queridos. Así que escondí la bolsa entre unas rocas cercanas, decidida a volver a buscarla si sobrevivía.
Di unos primeros pasos sobre el hielo y me pareció relativamente sólido, pero el hielo siempre es más espeso cerca de la orilla. Río abajo pude ver áreas de agua que parecían mantas negras dispuestas sobre la superficie blanca. Unos pocos pasos más y oí un breve crujido. La nieve seguía cayendo con fuerza frente a mí y ahora estaba a quizá cinco metros de la orilla. Si el hielo se rompía, ¿tocaría todavía fondo?
Continué dando pequeños pasos, deslizando un pie frente al otro. Me moví tan rápido como pude, pero no fue suficiente. Oí cómo se acercaban a caballo los mercenarios, así que me obligué a ir hacia el centro más deprisa. Me dije a mí misma que al alejarme de la orilla aumentaba mi seguridad, y que lo más importante era conseguir ponerme fuera del alcance de sus ballestas.
Sentí que el hielo cedía, sólo un poco, pero más que antes, y me rodeé instintivamente el vientre con los brazos. Miré hacia atrás y vi que los soldados se acercaban a la orilla, donde encontraron mi caballo herido. Cuando me vieron levantaron sus ballestas en mi dirección y supe que no me había alejado lo bastante. Dispararon unas pocas flechas, pero el viento era fuerte y pasaron de largo. Los soldados corregirían el error de la primera andanada y ajustarían mejor la puntería en la segunda. No tenía la menor duda de que esta vez acertarían.
Pero la segunda andanada no llegó nunca. Kuonrat hizo un gesto y los arqueros bajaron sus ballestas. Me pareció improbable que le preocupara desperdiciar munición, y aunque podría ser que hubiera decidido que merecía vivir si lograba cruzar el río, también eso me pareció poco probable. Seguramente le divertía ver a una mujer intentar cruzar una capa de hielo fino.
La forma en que los soldados me miraban me dejó claro que pensaban esperar cuanto fuera necesario. Sabiendo que no podía regresar por donde había venido, di otro paso hacia la otra orilla. El hielo bajo mis pies se inclinó y caí de rodillas, alargando los brazos hasta quedar a gatas. Me dije que si podía pasar el centro del río sobreviviría, porque donde estaba ahora debía ser el punto donde el hielo era más fino. También pensé que si podía ir más allá de esa línea imaginaria, mi hijo nonato viviría.
La cuestión era cómo proseguir. ¿Debía tumbarme sobre el estómago y reptar lentamente? Tenía sentido distribuir mi peso sobre tanta superficie como fuera posible. Pero no sabía si eso simplemente aumentaba la posibilidad de presionar un punto de ruptura en el hielo que desencadenase una reacción en cadena que se tragase todo mi cuerpo y, por supuesto, tenía reparos en tenderme sobre el estómago y exponer al bebé al hielo. ¿Debía echar a correr, con la esperanza de que la velocidad me llevase a través del hielo? Mi cuerpo decía que no, pero mi fe me decía que debía intentarlo. Después de todo, era el aliento de Dios el que había llevado mi flecha con perfecta precisión hasta tu corazón. ¿Acaso no era posible que ese mismo aliento me empujase ahora a mí, elevándome más allá del peligro? Si algún momento era bueno para abandonarse a la protección de Dios era precisamente éste.
Miré al otro lado del río, imaginándome como una flecha y el camino hasta allí como mi trayectoria. Me incorporé un poco y sentí cómo el hielo se tambaleaba. Tensé las piernas, apoyé un pie contra el hielo para conseguir el mayor agarre posible. Levanté una rodilla e incliné los hombros hacia delante. Recé una rápida oración y miré la libertad que prometía la orilla, concentrándome en ella como mi objetivo. Y entonces me lancé a correr, confiándome a la protección del Señor.
A los pocos pasos el hielo se quebró y me sentí como si cayera a través de una ventana. El frío del agua me llegó a los huesos y el peso de mis ropas mojadas me arrastró hacia el fondo. Mi primer pensamiento fue para el bebé y agité los brazos intentando agarrarme a algo, a cualquier cosa. Si podía aferrarme al borde del agujero, pensé, quizá pudiera izarme fuera del agua. Pero el hielo que alcanzaba se rompía y el agujero se hacía más grande cuanto más intentaba escapar de él. Sentía cómo el calor de mi cuerpo me abandonaba. Cómo abandonaba al bebé. Al cabo de unos pocos minutos mi mente seguía activa, pero mi cuerpo había dejado de responder.
La corriente del río me arrastró y me hundió hacia el fondo. Aunque sabía que era yo la que se movía, me pareció como si el agujero se alejase sobre mí hasta que ya no hubo ninguna obertura, sólo una continua capa de hielo. No podía ser muy gruesa, pero cuando empujé con las palmas sobre ella no pasó nada. No tocaba fondo y no podía coger impulso. Mi única esperanza era aguantar la respiración y rezar para que la corriente me arrastrara hacia otra abertura.
La sensación cuando el cuerpo se cierra por completo es muy extraña. Ese recipiente que te ha llevado y te ha servido fielmente durante toda tu vida deja de obedecer las órdenes de tu alma. Es casi como si alguien hubiera apretado un interruptor que cortara la corriente. Comprendí pronto que incluso si el río me llevaba hasta un agujero en el hielo, sería demasiado tarde. No sería capaz de aferrarme a su borde y, aunque lo hiciera, ya no tenía fuerzas para izarme fuera de la gélida agua.
Lo más horrible fue comprender que ya no podía esperar que el bebé no sufriera ningún mal. Eso hizo que mi espíritu se rindiese. Cerré los ojos, porque se supone que eso es lo que uno hace cuando se hunde para ahogarse. Mi cuerpo descendió a las profundidades del río y el miedo me abandonó. Hubo un instante de aceptación sorprendentemente bello. Será mejor así, pensé, aliviada, en los instantes finales antes de que todo se volviera negro.
Puedo contarte lo que pasó a continuación, pero no puedo explicarlo. Al menos no de forma adecuada, no de una forma que puedas entender. Al nacer se me concedió el don de lenguas y he perfeccionado ese don durante setecientos años, pero no existen palabras para describir lo que sucedió ese día. Ni en inglés ni en ninguna otra lengua que conozca.
Cuando desperté no fue realmente un despertar, porque no me había dormido. Fue como si hubiera permanecido en un estado desprovisto de consciencia y ahora la hubiera recuperado. Pero no una consciencia normal mediante la que percibimos el mundo que nos rodea, sino algo mayor, algo ilimitado y profundo. Seguía bajo el hielo, el Pegnitz continuaba arrastrándome, pero al mismo tiempo no estaba en el agua de un río concreto. Estaba en el agua del mundo entero, del universo entero, pero no era estar «en» el agua sino formar parte de ella. Yo era el agua, me había vuelto un fluido.
Cuando la gente muere y de algún modo vuelve, siempre hablan de un túnel de luz. Yo no vi ningún túnel. Había luz, pero no al final de un túnel, sino por todas partes. Me sostenía un aire luminoso, que me mantenía en alto a pesar de que no había un suelo del que elevarme. Estaba en mí y a través de mí. Yo era el agua y era la luz. Me sentía flotando en un resplandor líquido, un resplandor constante que no emitía ni frío ni calor. No sentía mi cuerpo.
Cuando deja de existir el cuerpo desaparece también el tiempo, porque el tiempo sólo existe mientras el cuerpo lo percibe. Casi nunca nos damos cuenta de nuestra percepción innata del tiempo hasta que desaparece. Por eso los amnésicos se sienten tan confundidos cuando se les explica por primera vez su condición. No es porque hayan perdido sus recuerdos —todos hemos perdido algún recuerdo— sino porque han perdido la sensación del tiempo.
Percibí presencias. No se las puede llamar fantasmas o espíritus, porque ni siquiera alcanzaban esas formas. Existían sólo porque yo podía percibirlas. Pero percibir es, de nuevo, una palabra inadecuada, porque ¿cómo podía percibir algo que carecía de substancia? Como la luz y el agua, estaban en mi interior. Las sentía tan completamente que comprendí que no sólo estaban dentro de mí, sino que siempre lo habían estado. Las había ignorado toda mi vida como mecanismo de defensa. Es como escuchar una conversación —no te puedes concentrar en las palabras si estás escuchando un reloj en el otro extremo de la habitación y los coches en la calle y los pasos que llegan del pasillo y la respiración del hombre sentado junto a la mujer que bebe un té—. No puedes procesarlo todo, de modo que te concentras solamente en las palabras de quien te está hablando. Lo mismo sucede con las infinitas voces del cuerpo humano. Escuchas sólo tus propios pensamientos y te cierras al resto.
Pero ahora podía abrazar todas las voces de mi interior. Podía oír todas esas presencias y sonaban como círculos dorados. Podía sentir su sabor, y sabían a consuelo. Me tocaron y su tacto era música.
¿Ves? Me gustaría poder explicarlo, pero soy incapaz. Es imposible. Cualquiera que crea que puede explicar la Divinidad nunca la ha experimentado de verdad.
Tres presencias se separaron de las demás y se destacaron. Aunque no asumieron formas físicas, las reconocí como los humanos que habían sido, aunque en mi vida física sólo conocí a uno de ellos, el padre Sunder. El segundo era el maestro Eckhart y la tercera era Mechthild von Magdeburg.
Sabía que no se trataba de una trampa, sino de un don que debía aceptar. Fue natural, incluso reconfortante, cuando el padre Sunder me indicó que se alegraba de estar conmigo otra vez. No utilizó palabras; fue más como si pudiera sentir sus pensamientos rozándose con los míos. Lo mismo sucedió con el maestro Eckhart y la hermana Mechthild cuando se comunicaron conmigo. Nuestra «conversación» fue un caleidoscopio de vibraciones brillantes.
No estaban allí para llevárseme, según me explicaron, porque todavía no estaba preparada. No había muerto como debía y mi labor estaba inacabada. Me ayudarían a alcanzar un estado en el que estuviera lista para morir y, para ese fin, les habían designado como mis Maestros.
¿Por qué no voy al Infierno?, comuniqué. He matado al hombre que amo.
No funciona así. El pecado de Eva fue comer la fruta y por eso fue castigada con la expulsión del Paraíso. Por las transgresiones de tu vida, ¿qué penitencia es necesaria?
No soy yo quien debe decidirlo.
Sí lo eres. Tu camino te ha alejado de la vida religiosa y te ha convertido en el instrumento de una muerte. ¿Te arrepientes?
No. Incluso en la Divinidad, podía recordar mi vida contigo. Puede que abandonase mis votos monásticos y que al hacerlo haya traicionado a mi priora y a Dios nuestro Señor, pero nunca me he traicionado a mí misma. Siempre he sido fiel a los dictados de mi corazón y nunca me arrepentiré de mi amor. Amar es lo único verdaderamente importante que he hecho en la vida.
Mis Tres Maestros comprendieron que me aferraría a mi amor por ti incluso en el final de mi vida. Sin duda lo habían visto muchas veces antes y lo verían muchas después.
Tu corazón siempre ha sido independiente, tu don supremo y más peligroso. Así pues, será a través del corazón como se producirá tu penitencia.
Así sea.
Has aprendido a entregar tu corazón por completo al elegido, pero no has aprendido todavía a compartir el corazón más allá de ti misma y del otro.
Confieso que así es.
Regresarás al mundo y tu pecho estará lleno de mil corazones. Debes entregar cada uno de ellos hasta que sólo te quede el último.
¿Cómo podré hacerlo?
Estos corazones deben salir de tu pecho y morir para ti dando vida a otros. Así es como superarás tu naturaleza terrenal y te prepararás para Cristo.
No entiendo de qué forma entregaré esos corazones.
Aprenderás a hacerlo.
¿Y cuando sólo me quede el último corazón?
Ese corazón no podrás entregarlo tú. Tu último corazón debe pasar a tu amante. Él debe aceptarlo, pero no podrá retenerlo. Deberá liberarlo para liberarte a ti. Sólo de esta forma serás entregada finalmente al Señor.
No entiendo el propósito de la implicación de mi amante.
Tu amante lo entenderá.
En ese punto me abandonaron. Fui apartada de la Divinidad, la luz y el agua dejaron de fluir a través de mí y me encontré de nuevo en la fría y oscura corriente del Pegnitz.
Cuando desperté estaba tendida de espaldas y no podía abrir los ojos. El hielo había sellado los párpados y me hube de esforzar durante cinco minutos antes de poder despegarlos. Había amanecido y la tormenta había cesado. Traté de hablar pero no pude emitir ningún sonido, porque todo mi cuerpo estaba paralizado. Nunca en mi vida había tenido tanto frío.
Empecé moviendo los dedos de las manos y los pies hasta que conseguí devolver un poco de vida a mis miembros. Me obligué a ponerme en pie, tambaleándome. Estaba tras una especie de cabaña y a unos treinta metros había una granja. Avancé a trompicones hacia ella, debido no sólo a mis miembros congelados sino también a que mis ropas estaban rígidas y heladas. De la chimenea salía humo y no sé si hubiera podido llegar de no ver aquella promesa de calor. Llamé a la puerta unas cuantas veces hasta que una granjera abrió y me miró horrorizada. Le debió parecer que el espíritu de una muerta llamaba a su puerta.
Cuando comprendió que todavía no estaba del todo muerta, llamó a su marido y empezó a quitarme la ropa helada. El anciano me dio de comer una sopa mientras la mujer me envolvía en mantas y me daba masajes en las piernas y brazos para que volviera a circular la sangre. Cuando me hube recuperado lo bastante, tratamos de reconstruir lo que me había pasado. Había emergido unos kilómetros río abajo y varado en un bajío que no estaba helado. Sólo por suerte el viejo granjero me había encontrado y sacado del agua. Tenía los ojos inmóviles y muertos, el cabello helado y mi cuerpo no mostraba el menor rastro de vida.
El granjero creía que todo el mundo merecía un entierro como Dios manda y por eso me había sacado del río. El suelo estaba demasiado helado para cavar una tumba, así que, puesto que no podía hacer nada por el momento, me arrastró hasta detrás de su cobertizo para enterrarme en primavera. No podía llevar un cadáver a su casa, por supuesto, pero por razones prácticas, no por superstición. El calor de la casa haría que se descongelara y empezara a descomponerse. Supusimos entre todos que el agua estaba tan fría que me hizo parecer muerta. Se sabía que cosas así pasaban; corrían muchas historias de gente sumergida en agua fría y revivida mucho después de que debieran haber muerto.
Me quedé con ellos unos pocos días, pero nunca les conté cómo me había caído al río. Sólo les dije que había salido a dar un paseo y el hielo había cedido bajo mis pies. No había ninguna necesidad de explicarles mi historia en Engelthal o con los mercenarios ni de hablarles de mis Tres Maestros. Ya les resultaba bastante difícil aceptar mi supervivencia como para complicar más las cosas.
Cuando me sentí lo bastante bien como para viajar regresé a la orilla del Pegnitz para recoger la bolsa que había escondido y luego partí hacia Mainz. ¿A qué otro lugar podía ir? Me mudé al beguinato y llevé una vida de contemplación y oración. Fue un retorno parcial a la vida que había llevado antes de conocerte, pero tu amor me había cambiado tan profundamente que no pude volver a ser lo que fui. No continué dedicándome a los libros, aunque con el tiempo sí terminé mi traducción del Inferno. La terminé por egoísmo, no porque creyera que se trataba de una obra maestra que me sobreviviría, sino porque trabajar en la traducción me hacía sentir más cerca de ti.
El resto de mi historia no tiene importancia. Pasé los años entregando mis corazones sin entrever nunca el final de mi penitencia hasta hace poco, porque siempre supe que hasta que volviéramos a encontrarnos no podría entregar a nadie mi último corazón.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 12:00 pm

Capítulo XXXII


El océano, vasto y oscuro, se extendía desde la playa hasta fundirse con la noche en el horizonte. Hablé con tanta ternura como pude.
—Sé que crees que tu historia es cierta, Marianne, pero no lo es.
Ella miró a la arena. Se le cortó la respiración y luego exhaló de golpe una confesión.
—Nuestro bebé no sobrevivió.
Levantó la vista hacia el océano y luego la volvió a bajar a la arena.
—Cuando desperté el niño había...
Se cubrió el rostro con las manos; estaba claro que no podía ni siquiera mirarme.
—Desaparecido —dijo—. Como si nunca hubiera estado embarazada, como si la mano de Dios hubiera llegado a mi útero y me hubiera arrebatado a mi hijo como castigo.
—No puedes creer eso de verdad.
—Trato de no creerlo. Trato... Quiero creer que fue por piedad. Que el bebé... —Hablaba tan bajo que casi no podía oírla—. Que el bebé murió por el agua helada y que Dios se llevó al niño para que no tuviera que enfrentarme a ello en vida.
—Si crees en Dios —dije, refrenando mi tendencia natural a añadir que yo no—, deberías confiar también en su bondad.
—Siempre he querido creer que fue por piedad —continuó, llorando—. Si hubiera sido un castigo, sería demasiado cruel.
—Marianne, no hubo ningún...
—Nuestro hijo no sobrevivió —insistió—. Es algo que no se olvida, no importa lo que una viva.
Sabía que era inútil intentar convencerla de que todo era producto de su imaginación. Ésa era otra de aquellas discusiones que simplemente no podía ganar.
No hablaba conmigo, sino consigo misma cuando añadió:
—Fue un acto de piedad. Tuvo que serlo.
Puesto que no podía convencerla de que nuestro hijo medieval nunca había existido, decidí concentrarme en nuestras vidas actuales.
—No vas a morir, Marianne. Los Tres Maestros no existen.
—He dado todos mis corazones.
—Siente esto. —Tomé su mano y se la puse contra el pecho—. Tu corazón sigue latiendo.
—Por ahora. Lo que pase a continuación depende de ti. —Miró el océano durante unos instantes y luego susurró, a pesar de que la gente que teníamos más cerca estaba a docenas de metros—: ¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando me iba de la casa del hermano Heinrich antes de que llegaran los mercenarios? Me prometiste que nuestro amor no acabaría nunca.
Yo continué en silencio, pues no quería animarla, mientras se quitó el collar con la punta de flecha.
—Esto siempre te ha pertenecido y algún día sabrás qué hacer con él.
—No lo quiero —dije.
Me lo puso en la mano de todas formas.
—Lo he guardado todo este tiempo para poder devolvértelo. Te protegerá.
Pude ver que no me iba a permitir rechazarlo, así que lo acepté. Pero para que no creyera que con ello daba credibilidad a su historia, le dije:
—Marianne, no creo que el padre Sunder bendijera jamás esto.
Apoyó la cabeza en mi hombro y me dijo:
—Qué bien mientes.
Y luego me hizo una pregunta que no me había hecho nunca:
—¿Me amas?
Nuestros cuerpos estaban apretados uno contra otro, nuestros pechos se tocaban. Estoy seguro de que sintió cómo se me aceleró el corazón. Mi cicatriz de nacimiento estaba exactamente tocando con el lugar donde, bajo su suéter, se había grabado mi nombre en el pecho.
¿Me amas?
Nunca había admitido en voz alta nada más que cariño. Razoné que ella sabía la verdad sin necesidad de que yo lo dijera en voz alta. Pero, en realidad, sabía que eso era sólo cobardía.
—Sí.
Llevaba tanto tiempo queriendo confesarlo.
—Sí, te amo.
Había llegado el momento de dejar de fallarle, así que aparté los mechones salvajes de su pelo y derramé las palabras que llevaba tiempo incubando en mi corazón, purificándolas, desde que la conocí.
—Me he pasado toda la vida esperándote, Marianne, y ni siquiera lo supe hasta que llegaste. Quemarme es lo mejor que me ha pasado porque me llevó hasta ti. Quería morir, pero tú me llenaste con tanto amor que me desbordaste y fue imposible no amarte. Pasó antes de que me diera cuenta y ahora no puedo ni siquiera imaginar no amarte. Dices que me cuesta mucho creer en algo pero sí creo. Creo en tu amor por mí. Creo en mi amor por ti. Creo que te pertenecen todos los latidos que quedan en mi corazón y creo que cuando al final abandone este mundo en mi último aliento pronunciaré tu nombre. Creo que mi última palabra —Marianne— será todo lo que necesite para saber que mi vida fue buena y plena y valió la pena y creo que nuestro amor durará para siempre.
Hubo un momento en el que simplemente permanecimos abrazados y luego ella se levantó y empezó a caminar hacia el océano. Se quitó la ropa mientras caminaba y la luz de la luna hizo que su tez pareciera todavía más blanca. Para cuando llegó al agua estaba completamente desnuda, reluciendo especialmente en su palidez. Desde allí se volvió y me miró durante unos segundos, bajo unas estrellas que brillaban como escarcha en la fría noche; permaneció allí en pie como si tratara de memorizar mi aspecto mientras la miraba.
—¿Ves? —dijo Marianne—. Sí crees en Dios.
Me dio la espalda y se metió lentamente en el océano. El agua le cubrió las piernas y la espalda y pronto ocultó las alas tatuadas en su piel de alabastro. Se inclinó y empezó a dar brazadas adentrándose en la inmensidad del océano, su pelo enredándose en su estela.
Me quedé quieto viéndola alejarse hasta que al final las olas ocultaron la blancura de sus hombros.
Tras un cuarto de hora Bougatsa empezó a aullar horriblemente y a correr frenéticamente en círculos, implorándome que hiciera algo. Pero yo me quedé sentado. Así que el perro se lanzó hacia la orilla, dispuesto a nadar, pero le llamé y le hice volver. Sabía que el agua estaba demasiado fría y que ya era demasiado tarde. El animal confiaba lo bastante en mí como para obedecerme, pero se quedó tendido a mis pies, sollozando. Aun así, seguía habiendo esperanza en sus ojos. Era como si creyera que, si esperaba lo bastante, al final saldrías del mar y volverías con nosotros. Como si la fe se negara a abandonar su corazón.

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 12:06 pm

como lloré!!!! pobre bougatsa :241:

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 19, 2010 12:11 pm

Capítulo XXXIII


No podía negarse que Sayuri estaba preciosa con su vestido de novia. Su madre, Ayako, lloró de felicidad en la primera fila y su padre, Toshiaki, se llevaba constantemente la mano a la boca para ocultar el temblor que la alegría le producía en el labio superior. La sonrisa de Sayuri nunca fue más radiante que cuando Gregor le colocó el anillo en el dedo.
La boda fue en agosto, en un jardín bajo un diáfano cielo azul. Por suerte soplaba una brisa ligera, pues el esmoquin no dejaba respirar a mi piel. Se había organizado todo para que los testigos del novio, de los que yo formaba parte, permanecieran toda la ceremonia bajo un gran olmo. Ésa fue una sola de las muchas amabilidades que la pareja de novios tuvo conmigo. Me sorprendió que me hubieran invitado, a pesar de la amistad que nos unía, pero al parecer ni a Gregor ni a Sayuri les importaba que hubiera un monstruo en sus fotos de boda.
Técnicamente mi pareja era la testigo de la novia que estaba frente a mí, pero en realidad mi acompañante era Jack Meredith. Prácticamente consiguió no avergonzarme, a pesar de la desmesurada cantidad de whisky que consumió durante el banquete. Claramente no había nada romántico en el hecho de que me acompañase, pero habíamos pasado mucho tiempo juntos durante los meses precedentes. En algún momento, ella había descubierto que podía soportarme. Nuestra relación era casi ya una amistad, aunque yo no iría tan lejos.
Como regalo de boda, le di a Sayuri y a Gregor el Morgengabe, la pequeña estatua de un ángel. Lo miraron extrañados, sin saber qué pensar de aquella pequeña estatua, y me preguntaron si la había tallado Marianne Engel. No intenté explicarles que al parecer la había esculpido yo ni tampoco que, a pesar de su antigüedad y de estar un poco gastado, era el mejor regalo que podía hacerles.
En el banquete Sayuri no bebió nada de champán, pues empezaba a notarse su embarazo. Había habido cierta discusión sobre si la boda debía ser antes o después del nacimiento, pero Gregor es un tipo chapado a la antigua. Quería que su hijo fuera «legítimo», así que él y Sayuri volaron a Japón, donde contrataron a un traductor para que transmitiera a Toshiaki que sus intenciones eran honorables. Lo podría haber hecho la propia Sayuri, pero Gregor no quiso que fuera ella la que tradujera a su padre su petición de mano. Cuando Toshiaki dio su bendición, Ayako se echó a llorar e hizo varias reverencias mientras se disculpaba, aunque Gregor no estaba seguro de exactamente por qué le pedía disculpas. Después de que Ayako se secara las lágrimas, tomaron todos té en el jardín tras la casa.
A los padres de Sayuri no parecía molestarles lo más mínimo que viviera en el extranjero ni que se casara con un extranjero ni tampoco que se le hubiera pasado la edad en que el arroz estaba fresco. (De hecho, Ayako señaló que ahora que cada vez más mujeres japonesas se casaban más tarde, la edad en que una se convertía en solterona ya no eran los veinticinco. Las mujeres de treinta y uno eran conocidas ahora como fideos de Año Nuevo.) Lo único del matrimonio que preocupaba a los padres de Sayuri era que ella hubiera decidido adoptar el apellido de su marido. En privado lamentaban que «Sayuri Hnatiuk» carecía de poesía y, a pesar de que se esforzaron, no lograron aprender a pronunciarlo correctamente.
Hacia el final del día tuve la oportunidad de charlar con la señora Mizumoto durante unos pocos minutos, con Sayuri ejerciendo de traductora. Sayuri le había contado a su madre que Marianne Engel había fallecido en primavera y Ayako me ofreció su más sincero pésame. Cuando le di las gracias pude ver que mi voz rasposa la sobresaltó, pero era demasiado educada para mencionarlo. En lugar de ello se limitó a sonreír más intensamente y comprendí al instante dónde había aprendido Sayuri sus gestos. Hablamos cordialmente durante unos pocos minutos y le aseguré a Ayako que creía que su hija iba a ser muy feliz en su matrimonio a pesar de que Gregor, incluso vestido de esmoquin, seguía pareciéndose muchísimo a una ardilla. Sayuri me dio un golpe en el brazo por decir eso, pero al parecer aun así lo tradujo fielmente. Su madre asintió con entusiasmo: «So, so, so, so, so, so, so!» Mientras tanto se tapaba la boca con la mano, como si quisiera evitar que se escaparan sus carcajadas.
Al final de nuestra conversación la señora Mizumoto me ofreció una última y profunda reverencia de pésame. Cuando se incorporó, me sonrió, puso la mano en el estómago de Sayuri y dijo: «Rinne tenshõ.»
A Sayuri no le resultó sencillo traducirlo. Al final sugirió que lo más aproximado era o bien «Todo vuelve» o «La vida se repite». Sayuri me explicó que era el tipo de cosas que las ancianas japonesas decían cuando se creen que son más budistas de lo que son en realidad. Me pareció, por la mirada de reproche que le lanzó a su hija, que Ayako entendía más inglés de lo que aparentaba.
Pero se alejaron abrazadas. Ayako pareció perdonar rápidamente el comentario de su hija sobre las ancianas japonesas y Sayuri perdonó igual de rápido a su madre por reírse de que yo comparase a Gregor con una ardilla.
* * *
Tras la desaparición de Marianne Engel las autoridades rastrearon la costa durante tres días, pero no encontraron su cuerpo. No hallaron nada más que grandes y solitarias extensiones de agua. El problema con el océano es que no puedes dragarlo entero y parecía que el agua se hubiera tragado todo rastro de su vida pero se negase a confirmar su mu-rte.
Marianne Engel no tenía seguro de vida, pero aun así se sospechó de mí. Y con motivo: menos de seis meses antes de su desaparición había cambiado su testamento para nombrarme su heredero. Aquello no le gustó a la policía, especialmente dado que era yo quien estaba con ella cuando desapareció. Me interrogaron durante mucho tiempo, pero la investigación demostró que yo no sabía nada del testamento y los adolescentes que bebían cerveza en la playa testificaron que «el tío quemado» y «la tía tatuada del pelo raro» iban a menudo allí de noche. Ella solía darse una zambullida, comentaron, aunque hiciera un frío tremendo. Esa noche en particular yo no había hecho nada más que estar sentado con el perro dando vueltas a mi alrededor.
Jack también habló en mi defensa. Sus palabras tenían un peso especial, pues no sólo era la curadora de Marianne Engel sino también la persona a la que yo había reemplazado en el testamento. A pesar de ello, Jack elogió mi carácter y le dijo a la policía que no tenía la menor duda de que yo amaba a Marianne Engel. Aunque confirmó que yo no sabía nada de los cambios en el testamento, añadió también que «Creí que tendría mucho tiempo para hacer cambiar de opinión a Marianne. No me esperaba que le llegase la mu-rte tan pronto».
Jack Meredith puede pronunciar palabras que yo soy incapaz de escribir. Palabras como mu-rte. Como suic-dio. Estas palabras me convierten en un cobarde. Escribirlas las haría mucho más reales.
La mayor parte del verano la pasé sumido en estas cuestiones legales, pero la verdad es que apenas presté atención al proceso. No me preocupaba lo más mínimo que la policía pensase que yo era el responsable de la desaparición de Marianne Engel y me importaba mucho menos lo que los abogados dijeran sobre el testamento. Al final Jack tuvo que contratar a un abogado independiente para mí porque, sin asesoramiento, yo simplemente habría firmado cualquier documento que me hubieran puesto delante, igual que había hecho en el hospital cuando declaré la bancarrota de mi productora.
Marianne Engel me lo había dejado casi todo, incluida la casa y todo su contenido. Hasta Bougatsa era mío. Jack, a pesar de los años de servicio que había pasado encargándose de los negocios de Marianne Engel, recibió sólo las estatuas que ya tenía en su galería.
En una serie de cajas de zapatos al fondo de un armario encontré una docena de libretas de banco que contenían cientos de miles de dólares, ahora míos. Marianne Engel no tenía ninguna deuda, quizá porque ninguna institución financiera la consideraba un riesgo aceptable. Descubrí una serie de recibos que revelaron la verdad sobre mi habitación privada en el hospital. No fue, como me había dicho Nan, cuestión de una «feliz coincidencia» que la habitación estuviera disponible para que así pudiera investigar cómo era la recuperación de un paciente en solitario en comparación con la de un paciente en una habitación compartida. Tampoco era, como había supuesto yo entonces, que Nan me hubiera puesto en una habitación individual para apartar a Marianne Engel de los demás pacientes. La verdad es que Marianne Engel había pagado la habitación privada para poder contarme sus historias sin que la interrumpieran. Nunca me lo había dicho.
Nada de lo que heredaba sería mío durante unos años, pues no había aparecido el cuerpo. Sólo después de que pasase un tiempo prudencial se emitiría un «certificado de presunta mu-rte» a nombre de Marianne Engel y hasta entonces sus activos quedarían bajo custodia. Por fortuna los tribunales decidieron que yo podía seguir viviendo en la fortaleza, puesto que ya era mi residencia antes de que ella desapareciese.
Los periódicos locales, e incluso unos cuantos extranjeros, publicaron pequeños artículos sobre la desaparición de una escultora con problemas mentales pero de enorme talento. «Presuntamente mu-rta», decían todos. Puesto que nada mejora más la reputación de un artista que un final trágico, Jack pudo vender todas las estatuas que tenía en la galería en tiempo récord. Aunque para hacerlo tuve que violar los términos del testamento, le di a Jack la mayoría de las que quedaban en la fortaleza. (Me quedé sólo mi propia estatua y unos pocos de mis grotescos favoritos.) Mi abogado me aconsejó que no lo hiciera, pero no era como si la policía vigilase todos mis movimientos. Era habitual que entraran y salieran camiones, así que nadie en el vecindario prestó la menor atención cuando se llevaron unas cuantas estatuas más. Cuando Jack me trajo un cheque por el valor de la venta, menos su comisión, le obligué a quedárselo.
Ella se lo merecía mucho más que yo. Y aunque las cuentas bancarias estaban congeladas, tenía dinero más que suficiente para vivir.
Marianne Engel, a pesar de su forma de pensar dispersa, había previsto la posibilidad de que no siempre estuviera por allí para pagar mis facturas. Tras su desaparición encontré un sobre con mi nombre escrito que contenía la llave de la caja de seguridad a la que me había dado acceso. Cuando abrí la caja encontré que contenía más que suficiente dinero para cubrir todas mis necesidades hasta que el testamento pudiera ejecutarse.
Y, en la caja, había dos cosas más.
* * *
Al final la policía determinó que yo no tenía culpa alguna en la desaparición de Marianne Engel. Pero se equivocaban.
Yo maté a Marianne Engel. La maté tan claramente como si le hubiera pegado un tiro o echado veneno en su comida.
Cuando echó a andar hacia el océano yo sabía que no iba a nadar. Sabía que no regresaría y no voy a fingir lo contrario. Y, sin embargo, no hice nada.
No hice nada, exactamente como una vez me había pedido, como forma de demostrar mi amor.
Unas pocas palabras mías hubieran bastado para salvarla. Si le hubiera dicho que no entrase en el agua, no hubiera llevado a efecto su plan. Lo sé. Hubiera regresado a mi lado, porque sus Tres Maestros le habían dicho que yo tenía que aceptar su último corazón y luego liberarlo para liberarla a ella. Cualquier esfuerzo mío por detenerla hubiera constituido un rechazo a liberarla, así que todo lo que tenía que hacer era decir: «Marianne, vuelve.»
No lo hice, y ahora estoy condenado a vivir sabiendo que no pronuncié dos simples palabras que le hubieran salvado la vida. Estoy condenado a saber que no la llevé a juicio para que la ingresaran, que no me esforcé lo bastante en ponerle sus medicinas en la comida, que no la esposé a la cama cuando sus sesiones de escultura escapaban a su control. Podía haber hecho literalmente docenas de cosas para impedir su mu-rte, y no hice nada.
Marianne Engel creía que me había matado setecientos años atrás, en un acto de caridad, pero aquello era una ficción. La realidad es que yo la había matado en esta vida: no por caridad, sino por inacción. Aunque ella creía que se estaba liberando de las cadenas de sus corazones penitentes, yo sabía que no era así. Yo no soy un esquizofrénico. Y aun así, no hice nada. Fui inútil. Criminalmente negligente.
Cada día me enfrento a ello durante unos minutos, pues eso es todo lo que puedo soportar. A veces incluso trato de escribirlo antes de que esos pensamientos se desvanezcan, pero mi mano se pone a temblar antes de que pueda escribir nada. Nunca tardo mucho en volver a mentirme, en intentar convencerme de que el pasado imaginario de Marianne Engel era real simplemente porque ella lo creía real. El pasado de cualquiera, intenté razonar, no era más que una serie de recuerdos que se habían decidido conservar. Pero en el fondo de mi corazón sabía que eso no era más que un mecanismo de defensa que había creado para seguir soportándome a mí mismo.
Lo único que habría tenido que decir era: «Marianne, vuelve.»
* * *
La palabra paleografía procede del griego palais (viejo) y graphia (escritura), así que no es sorprendente que los paleógrafos se dediquen a estudiar la escritura antigua. Clasifican los manuscritos examinando el tipo de letra (tamaño, inclinación, trazos de la pluma) así como los materiales de escritura (papiro o pergamino, rollo o códice, tipo de tinta). Los buenos paleógrafos pueden determinar el número de amanuenses que participaron en un manuscrito, evaluar su habilidad y muchas veces atribuir el manuscrito a una región determinada. En el caso de los escritos religiosos, muchas veces pueden identificar no sólo el scriptorium del que proceden sino también el amanuense concreto que los realizó.
No hace mucho contraté los servicios de dos de los mejores paleógrafos del mundo: un experto en documentos alemanes de la Edad Media y otro experto en documentos italianos del mismo período. Les contraté para que evaluasen los objetos que había encontrado, aparte del dinero, en la caja de seguridad del banco.
Dos ejemplares del Inferno, ambos manuscritos pero de diferente mano: el primero en italiano, el segundo en alemán. Ambos parecían, a mis ojos no expertos, tener varios siglos de antigüedad.
Antes de decirle a cada uno de los paleógrafos lo que quería que examinaran les hice firmar estrictos contratos de confidencialidad. A ambos les pareció muy extraña mi petición, casi ridícula, pero aceptaron. Por curiosidad profesional, supongo. Pero cuando les entregué los manuscritos ambos vieron al instante que se trataba de algo excepcional. El italiano soltó una palabrota de sorpresa y el alemán torció los labios. Fingí ignorar por completo el origen de los libros y no dije nada sobre cómo habían llegado a mi poder.
Puesto que el Inferno se hizo inmediatamente muy popular entre los lectores, es una de las obras de las que más ejemplares se han conservado desde el siglo XIV. El paleógrafo italiano no tenía la menor duda de que mi ejemplar estaba entre las primeras copias, quizá realizada en la década inmediatamente posterior a la publicación de la obra. Me suplicó que le permitiera cotejar sus conclusiones con las de otros expertos, pero le dije que no.
El alemán no le asignó tan rápido una fecha a la traducción, en parte porque el examen inicial del manuscrito le planteó una serie de asombrosas contradicciones. En primer lugar se preguntaba cómo un manuscrito tan bien conservado había pasado desapercibido durante tanto tiempo. En segundo lugar parecía que todo el manuscrito era obra de una sola persona, lo que era muy poco habitual en un documento tan largo. En tercer lugar, quien hubiera producido aquel manuscrito era un amanuense de excepcional talento. No sólo la caligrafía era extraordinaria, sino que la traducción era excelente, mejor que la mayoría, sino todas, de las traducciones modernas. Pero era la cuarta cuestión la que más le intrigaba: las características físicas del manuscrito —pergamino, tinta y tipo de letra— sugerían que había sido creado en la zona del Rin, en Alemania, quizá en una fecha tan temprana como la primera mitad del siglo XIV. Si era así —aunque difícilmente podía serlo—, entonces mi manuscrito era varios siglos anterior a cualquier traducción conocida del Inferno al alemán.
—Así que, como ve, debo estar equivocado. —Temblaba al hablar—. ¡Tengo que estar equivocado! A menos... a menos...
El alemán me pedió permiso para hacer una datación por carbono 14 al pergamino y la tinta. Cuando se lo concedí su cara adquirió tal expresión de orgásmica felicidad que temí que fuera a desmayarse.
—Danke, danke schön, ich danke Ihnen vielmals!
Cuando las pruebas determinaron que el pergamino era de 1335, con un margen de error de veinte años, el alemán se animó todavía más.
—Éste es un descubrimiento que va más allá de cualquier cosa que yo... que yo...
Ni siquiera pudo hallar palabras para describir su erudito placer; la traducción se había hecho a las pocas décadas de la publicación del original italiano de Dante. Decidí que no podía hacer daño un poco más de investigación e incluso le di una pista al alemán: le sugerí que centrara su investigación en el scriptorium de Engelthal. Volvió a torcer los labios y se puso a trabajar.
Cuando contactó conmigo unas pocas semanas después parecía haber aceptado por fin que estaba investigando un documento imposible. Sí, confirmó, la obra tenía visos de haber sido hecha en Engelthal. Y sí, la caligrafía era la de una amanuense en particular cuya labor era bien conocida y que trabajó entre 1310 y 1325. De hecho, esta amanuense en concreto planteaba un enigma para los estudiosos del misticismo alemán: se había detectado su huella en un gran número de documentos y su talento excedía el de cualquiera de sus colegas y, sin embargo, no se había podido hallar su nombre en ninguna parte. Un secreto así sólo se podía haber mantenido mediante un esfuerzo expreso y coordinado de la priora y la armarius de la época, pero como Engenthal estaba orgulloso de su reputación literaria, la gran pregunta era: ¿qué sucedía con esa monja en concreto para que fuera necesario tanto secretismo?
El bigote del alemán bailaba literalmente mientras me contaba todo esto pero, admitió, había algunos detalles que contradecían la hipótesis de Engelthal. El pergamino era de una calidad diferente al encontrado en otros documentos del monasterio y las tintas parecían tener una composición química distinta. Así que aunque la caligrafía y el estilo apuntaban a Engelthal, explicó el alemán, los materiales físicos indicaban otra procedencia. Y —¿necesitaba decirlo?— Engelthal difícilmente habría querido tener algo que ver con el gran poema de Dante.
—No era su terreno, si comprende lo que quiero decir. No sólo estaba escrito en italiano sino que en aquella época era un texto completamente blasfemo.
El alemán me preguntó, un tanto apocadamente, si tenía alguna otra «pista» que darle. Resultó que sí. Le sugerí que apartara su atención de Engelthal y se centrase en la ciudad de Mainz, prestando atención a los libros producidos para particulares a mediados de la década de 1320. La amanuense, dije, podría haber trabajado bajo el nombre de Marianne. El alemán frunció el ceño ante la avalancha de nueva información y me suplicó que le contase cómo podía saber cosas tan concretas. Le dije que era sólo una corazonada.
Se pasó la mayor parte del siguiente mes buscando manuscritos que encajaran con los parámetros que le había dado. Llamaba a menudo, a veces para ponerme al día de sus progresos pero casi siempre para quejarse de que el acuerdo de confidencialidad le dificultaba el trabajo.
—¿Se hace a la idea de lo difícil que es solicitar los documentos que necesito cuando no puedo explicar para qué los quiero? ¿Cree que puedo ir a una biblioteca y pedir que me dejen hojear unos manuscritos del siglo XIV sin un buen motivo?
Me pareció que estaba a punto de empezar a hablar con sus colegas, con o sin mi permiso, así que di por concluida su investigación. Pensé que iba a pegarme una bofetada, pero en vez de eso se lanzó a una serie de apasionadas súplicas.
—Éste es uno de los descubrimientos más importantes de la historia en esta materia... tiene implicaciones importantísimas... altera radicalmente lo que se pensaba sobre la traducción al alemán...
En vista de que seguía negándome a continuar, cambió de estrategia. Me suplicó que le dejase el manuscrito unos pocos días más para estudiarlo mejor y juro que hasta me hizo una caída de ojos. También me negué, pues estaba seguro de que utilizaría esos días para hacer una copia de alta calidad del original. Cuando le exigí que me devolviera mi manuscrito inmediatamente, me amenazó con hacer público lo que sabía.
—¡Un contrato legal no es nada comparado con un gran don al mundo de la literatura!
Le dije que sus sentimientos me parecían dignos de encomio, pero que, aun así, si decía una sola palabra le pondría una demanda que le llevaría a la bancarrota. Me sugirió entonces que Dante debió haber añadido otro Círculo al Infierno para los «matalibros» como yo.
Para ofrecerle algo de consuelo al maltrecho ego de aquel hombre le aseguré que si alguna vez decidía hacer pública la traducción alemana de Inferno reconocería públicamente todas las investigaciones que había hecho. De hecho, le invitaría a publicar sus descubrimientos simultáneamente para que pudiera llevarse todo el mérito académico. Y entonces el alemán me sorprendió totalmente.
—Me importa un bledo si incluye o no algo sobre mí. Este descubrimiento es simplemente demasiado importante para mantenerlo oculto.
A día de hoy todavía no he decidido qué hacer con los ejemplares del Inferno que me dejó Marianne Engel. Cuando me siento particularmente imaginativo me digo a mí mismo que me llevaré el italiano a la tumba por si me encuentro otra vez con Francesco Corsellini y puedo devolverle el libro de su padre.
* * *
Me he quedado con los dedos postizos de los pies pero he descartado los de las manos. Los de los pies me ayudan a mantener el equilibrio, mientras que los de las manos son sólo cuestión de vanidad. Además, con un cuerpo como el que me ha quedado, ponerme dedos postizos es como cambiarle los faros a un coche que se ha estrellado.
Aun así hay algunas cosas que podría hacer para mejorar mi aspecto, pequeñas operaciones estéticas o correctivos cosméticos que suavizarían mis rasgos más atroces. Un cirujano plástico se ofreció a reconstruirme las orejas usando cartílagos sacados de mis costillas o a ponerme unas prótesis que parecerían orejas reales. Pero, igual que los dedos falsos, esas seudoorejas carecerían de uso práctico: ni el cartílago ni el plástico me permitirían volver a oír bien. La teoría es que me harían sentir más humano al tener un aspecto más «normal», pero cuando me puse las prótesis me sentí como mister Potato. Por lo que se refiere a una faloplastia —la reconstrucción quirúrgica del pene— todavía no me he animado a hacerlo. Quizá algún día lo haga, pero por ahora ya he tenido bastantes operaciones. Estoy cansado. Así que hace poco le dije simplemente a la doctora Edwards:
—Basta.
—Lo entiendo —dijo ella. Y entonces adoptó una expresión que conocía bien, la expresión que se le ponía cuando sopesaba las ventajas de decir la verdad frente a mentir o callar. Como siempre, se decidió por la verdad—. Una vez me preguntaste por qué escogí trabajar en la unidad de quemados. Te voy a mostrar algo que no he mostrado a ningún otro paciente. Se quitó la bata blanca y se levantó la blusa, mostrando una gran cicatriz hipertrófica que cubría todo el costado derecho de su torso.
—Me pasó cuando tenía cuatro años. Me tiré encima una cacerola con agua hirviendo. Nuestras cicatrices nos hacen lo que somos.
Y entonces se marchó del despacho.
Así que me quedé con una cabeza como un páramo de la era de la Gran Depresión. La parte de arriba es como un campo yermo después de una tormenta, lleno de montones de tierra removida. Hay ligeros cambios en el color, varios tonos de rojo y marrón. Todo está seco y desierto, como si la piel llevara años esperando la lluvia. Unos pocos pelos rebeldes emergen aquí y allí, como hierbas supervivientes que se niegan a aceptar que deberían haber muerto.
Mi rostro es un campo después de la quema de rastrojos. Mis labios, que fueron carnosos, están delgados como gusanos deshidratados. Conocer el término médico, microstomia, no los hace más hermosos. Sin embargo, prefiero esta boca a la que tenía antes de decirle a Marianne Engel que la amaba.
Antes del fuego mi columna era fuerte; después del fuego la substituyó una serpiente. Ahora que la serpiente se ha ido estoy redescubriendo mi fuerza, lo que es un buen principio. Mi pierna derecha está llena de clavos que podrían ser grilletes forjados con los restos de mi siniestrado vehículo. Podría decidir arrastrar conmigo el accidente a todas partes. No quiero hacerlo.
Estoy dedicándome a mis ejercicios con más intensidad que nunca. Unas pocas veces cada semana Sayuri me lleva a la piscina local, donde me dirige durante una serie de trabajos musculares. El agua me sostiene y reduce la presión en mis articulaciones. Los días que no vamos a la piscina, Sayuri me enseña a saltar a la comba en el patio de atrás. Supongo que a cualquiera que nos vea desde St. Romanus le debemos parecer algo de lo más curioso. ¿Qué deben pensar del monstruo que va dando saltos por el patio obedeciendo las órdenes de una pequeña japonesa? De vez en cuando el padre Shanahan me ve y me saluda con la mano y siempre le devuelvo el saludo. He decidido que no me desagrada, a pesar de ser un sacerdote.
Después de los ejercicios, Gregor se pasa a recoger a Sayuri y los tres tomamos un té. En nuestro último encuentro les dije que este libro iba a publicarse. No tenían ni idea de que había estado escribiendo esta historia; lo había mantenido en secreto porque no sabía qué haría una vez lo terminase. Pero aunque me he quedado los Inferno, he decidido lanzar este libro al mundo. Todavía no estoy seguro de que sea lo correcto —cambio de opinión constantemente— pero el silencio se me hace demasiado doloroso.
A mis amigos les animó mucho saber de la publicación, aunque Sayuri me confesó que todavía no podía leer en inglés tan rápido como le gustaría. Luego le cogió el brazo a su marido como si se le acabara de ocurrir la mejor idea de toda la historia.
—¡Espera! ¿Me lo leerás cada noche antes de irnos a dormir? ¡De esa forma leeremos la historia a la vez!
Gregor se avergonzó un poco ante aquella muestra de afecto de Sayuri, pero yo comenté que me parecía una idea fantástica y añadí:
—Y puede que incluso aprendáis algo sobre la historia de vuestro regalo de boda.
Yo soy más que mis cicatrices.
* * *
Cuando regresé a la casa después de su desaparición, tras haber hecho la primera declaración ante la policía, bajé al taller a leer lo que Marianne Engel había tallado en el pedestal de mi estatua.
Dû bist min, ich bin dîn:
des solt dû gewis sîn;
dû bist beslozzen in mînem herzen,
verlorn ist daz slüzzelîn:
dû muost och immer darinne sîn.
«Tú eres mío, yo soy tuya; puedes estar seguro. Estás encerrado en mi corazón y han tirado la llave; debes quedarte dentro de él para siempre.»
* * *
Lebrecht Bachenschwanz creó la primera traducción alemana conocida de La divina comedia (Die göttliche Komödie) entre los años 1767 y 1769, y la traducción del Inferno que yo poseo es al menos cuatrocientos años anterior. Aunque sorprendente, eso no prueba que Marianne Engel tradujera el libro en la primera mitad del siglo XIV, sino sólo que alguien lo hizo. Pero si Marianne Engel no fue la traductora, ¿cómo llegó el libro a la caja de seguridad de su banco? ¿Cómo pudo existir durante casi siete siglos sin dejar ningún rastro? Como sucede con tantas otras cosas, no lo sé.
He escrito tanto sobre la traducción alemana que quizá usted asuma que no había nada de extraordinario en el original italiano salvo su antigüedad. Le aseguro que nada más lejos de la verdad. El libro tiene unos pocos defectos que, aunque reducen su valor monetario en el mercado, resultan considerablemente interesantes para mí.
Es obvio que en algún momento el libro estuvo en un fuego. Los bordes de las páginas están chamuscados, pero las llamas no penetraron lo bastante como para quemar las palabras. De alguna forma el libro consiguió salvarse de la quema; de hecho, es el otro defecto, el más obvio.
En la cubierta del libro hay un gran corte, producido por un instrumento afilado. Un cuchillo, quizá una flecha. El corte penetra en las páginas del libro de modo que cuando se abre la cubierta se observa un corte casi del mismo tamaño en la primera página. Ese corte, situado en el centro de cada página, se hace más pequeño conforme uno va pasando páginas. La contracubierta del libro muestra sólo una pequeña herida de salida; es obvio que el objeto afilado que lo atravesó quedó casi detenido, aunque no del todo, por el grosor del manuscrito.
Me llevó tiempo reunir el valor para sacarme el collar e insertar la punta de flecha en el corte del libro. Encajó perfectamente, como una llave en su cerradura. Empujé hasta que toda la flecha quedó dentro del libro y la punta asomó por la contracubierta.
Me gusta imaginar que si un hombre entrase por el agujero de la cubierta, como si fuera una puerta, podría caminar hasta el mismo centro del Inferno.
* * *
Existen una serie de motivos por los que Jack y yo decidimos no comprar una tumba para Marianne Engel, pero dos fueron los principales. Primero, parecía extraño al no tener un cuerpo que depositar en ella. Y, segundo, ¿quién iba a visitar esa tumba excepto nosotros dos?
Yo no quería visitar una tumba.
* * *
Cada día me despierto con Bougatsa dormido a mis pies. Le doy su ración de páncreas crudo y luego nos subimos al coche y vamos al mar.
Miro el océano mientras sale el sol. Es mi vigilia, una hora del día dedicada a recordar a Marianne Engel, y es también el único momento en que me expongo a la luz directa del sol. Demasiado sol no es bueno para mi piel, pero me gusta la sensación de calor en mi rostro.
Bougatsa suele correr por ahí, mordisqueando trozos de madera y luego dejándolos a mis pies. Me suplica que se los tire y lo hago y luego va corriendo al agua a buscarlos. Pero hay algunas mañanas en las que no tiene ganas de jugar y simplemente se queda junto a mí mirando el océano. Es como la noche en que ella se marchó al agua, como si todavía esperase que volviera a nosotros. Supongo que no puede hacer otra cosa. Es sólo un estúpido perro.
Mientras tanto, yo compongo mentalmente. La mayoría de estas páginas que ahora lee fueron escritas en mi solitario puesto de mando al borde del mundo donde la tierra se precipita en el mar. He pasado mucho tiempo allí, en ese enorme espacio entre el recuerdo y el deseo, creando este imperio imperfecto de frases en el que ahora vivo.
Quería escribir este libro para honrar su memoria, pero le he fallado, igual que le fallé en tantas otras ocasiones. Sé que mis palabras no son nada más que pálidos espíritus, pero necesito que Marianne Engel exista en algún lugar.
* * *
Cada Viernes Santo, ese aniversario fijo y a la vez cambiante de mi accidente, voy al barranco que me salvó la vida y enciendo otra vela. Doy gracias por dos cosas: que he tenido un año más de vida y que queda un año menos hasta mi muerte.
Cuando Marianne Engel me entregó la punta de flecha me dijo que sabría qué hacer con ella cuando llegara el momento. Pero ya lo sé. La llevaré siempre con orgullo, y cuando sea un anciano y haya vivido mi vida, la sacaré del collar, la pondré en un astil recto y perfecto y le pediré a un buen amigo que dispare la flecha directamente a mi corazón. Quizá ese amigo sea Gregor o Sayuri, quizá alguien a quien todavía no he conocido. La flecha volará hasta mi pecho y abrirá mi cicatriz de nacimiento como si fuera un sello que esperaba que lo rompieran.
Ésa será la tercera vez que una flecha entra en mi pecho. La primera me llevó a Marianne Engel. La segunda nos separó.
La tercera nos reunirá de nuevo.
* * *
Ah, pero no quiero sonar demasiado lóbrego. Todavía me queda toda una vida por delante.
Tras la desaparición de Marianne Engel me propuse aprender a esculpir. Supongo que mis motivos fueron egoístas, pues esculpir me hacía sentir más cerca de ella. Me encanta el movimiento del acero contra la piedra. Se suele creer que la piedra es inmóvil y no perdona, pero no es así: la piedra es como agua corriente, es como el baile del fuego. Mi cincel se mueve como si conociera los deseos secretos de la piedra, como si la estatua guiara la herramienta. Pero lo más extraño es que he descubierto que esculpir me parece algo natural, como si lo hubiera hecho toda la vida.
No soy ni mucho menos tan hábil como era Marianne Engel y cuando creo una estatua rara vez sale como la había imaginado. Pero no importa. De hecho pocas veces utilizo las herramientas para crear obras originales. La mayor parte de las veces las uso para cortar pequeños trozos de la estatua de mí que ella esculpió.
Estar frente a mi retrato me avergüenza un poco, pero me recuerdo que no es vanidad. No estoy viéndome a mí, sino a una parte de Marianne Engel que todavía permanece. Y entonces levanto el cincel a una pequeña zona —el borde de mi codo, un pliegue de mi carne quemada— y golpeo con el martillo. Con cada golpe cae al suelo una parte de mí. Sólo puedo soportar cortar un pequeño fragmento cada vez porque cada vez que un trozo llega al suelo me acerco un poco más a disolverme en la nada.
Los Tres Maestros dijeron que el amante de Marianne Engel sabría por qué debía liberar su último corazón para liberarla a ella. Y lo sé: el final de su penitencia fue el principio de la mía. Permitirle adentrarse en el océano fue sólo el principio de mi tarea, porque su liberación no ocurrió en un instante. Es un proceso que durará toda mi vida y no me permitiré morir hasta que haya tallado hasta el último trozo de mi estatua.
Con cada fragmento de roca que cae de mí puedo oír la voz de Marianne Engel. Te amo. Aishiteru. Ego amo te. Ti amo. Ég elska pig. Ich liebe dich. Atraviesa el tiempo, llegando hasta mí en todas las lenguas del mundo, y suena como puro amor. Te amo. Aishiteru. Ego amo te...

FIN DEL LIBRO

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laura

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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Dom Nov 21, 2010 3:06 pm

:manga11:
Qué bonito!!!No he podido evitar llorar.
M encantó el libro,Gemma.
Ay,que sensible estoy ahora....besos
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Nanis
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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Sáb Nov 27, 2010 5:28 am

Ahhhhh que bonita historia!!! :mangalove:


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MensajeTema: Re: La gárgola de Andrew Davidson   Vie Nov 04, 2011 4:23 pm

Les comento qwue me lei la novela completa y me parecio asombrosa es un libro denso y con muchos mensajes, comence pensando que era otra cosas y realmente me sorprendio la historia.
Gracias Genam no sabes como te extraño.

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