Black and Blood


 
ÍndiceCalendarioFAQBuscarMiembrosGrupos de UsuariosRegistrarseConectarse
Feliz Año 2015!!!
Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Conectarse
Nombre de Usuario:
Contraseña:
Entrar automáticamente en cada visita: 
:: Recuperar mi contraseña
Últimos temas
» LAS COTORRAS MÁS LOCAS DE LAS COTORRAS VIP.
Miér Feb 01, 2017 6:33 pm por rossmary

» saga Riley Jenson
Jue Ene 14, 2016 10:02 am por Vampi

» Kissing sin - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:31 pm por Vampi

» Lista de libros con links de capítulos
Mar Ene 12, 2016 1:25 pm por Vampi

» Tempting Evil - Saga Riley Jenson 3 - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:22 pm por Vampi

» Saga Tempting Evil, Riley Jenson Guardian, #3
Vie Ene 17, 2014 8:03 pm por rossmary

» Anuncia Tu Blog!
Jue Ene 16, 2014 10:10 pm por rossmary

Buscar
 
 

Resultados por:
 
Rechercher Búsqueda avanzada

Comparte | 
 

 Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
Ir a la página : 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9  Siguiente
AutorMensaje
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 02, 2010 1:46 pm

BESO DE VIDA

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

El fenómeno que ha azotado el país no cesa. Los adolescentes que salieron de sus tumbas siguen aquí y, además, se les unen nuevos muertos vivientes todos los días. Mientras los científicos buscan respuestas y los políticos toman posiciones, la población zombie de Oakville se ha unido en un grupo que se hace llamar los Hijos de Romero, con la esperanza de que la segregación les aporte algo de solidaridad. Mientras tanto, Phoebe, está dividida entre dos chicos zombies: el que le salvó la vida y el que necesita para seguir viviendo.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 02, 2010 5:26 pm

Capítulo 1

Trascrito por Rossmary


PHOEBE.
Guapa Phoebe.
Por cristal veo Phoebe salir autobús andar a casa Phoebe falda verde ojos verdes falda pelo suelto negro y brillante al sol. Botas de cuero marrones bufanda beis todo colores no negro Phoebe guapa Phoebe. Phoebe de Halloween disfrazada sin disfraz.
—Oye, Frankenstein, apárate de la ventana antes de que los aldeanos vayan a por las antorchas.
Jimmy. Gira. Gira. Quiero pegar a hermanastro malo Jimmy golpear a Jimmy gira no puedo girar. Girar izquierda mover derecha, Izquierda izquierda izquierda.
—No te canses. ¡Es tu día especial, Frankensteini ¡Feliz Halloween!
Girar no puedo girar Jimmy empuja caer caigo golpe fuerte cabeza contra mesita golpe fuerte cuerpo no siento no siento nada Jimmy sonríe codazo costillas no siento levanta no puedo levantarme Jimmy ríe. Mamá grita a Jimmy Jimmy grita quiero pegarle. Fuerte. Levanta. No puedo.
—¡Te he dicho que no te canses!
De pie sobre FrankenAdam riendo techo es el cielo levanta no puedo dos bombillas en tragaluz techo una fundida levanta Jimmy Jimmy escupe cuando ríe no puedo levantar.
Jimmy ríe. Mamá grita levanta no puedo me coge brazos tira no puedo levantar mamá llora no siento. Siento sentimientos Phoebe. Levanta levanta no puedo.
Levanta.
Levanta.
Ya.


_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 10:58 am

CAPÍTULO 2

Transcrito por Rossmary


Antes de ir a casa de Adam, Phoebe sólo podía pensar en la noche en que el chico había muerto en sus brazos. La flor de sangre en la camisa blanca que llevaba puesta para el baile, el grito ahogado al volver de donde quiera que fuesen los muertos.
A pesar de los pocos minutos que había pasado sin vida y a pesar del rápido regreso, Adam estaba tardando en recuperar el control de su cuerpo. Phoebe sopesó la idea de quitarse la ropa del instituto antes de salir, pero no quería perder el tiempo. Era muy consciente del valor del tiempo desde la muerte de su amigo.
Otros zombis (o «personas con diferente factor biótico», si se usaba el lenguaje políticamente correcto) parecían capaces de superar sus problemas físicos con el transcurso de los días. Tommy, con quien había salido, y la fabulosa Karen DeSonne caminaban y hablaban tan bien que casi podían pasar por personas con factor biótico tradicional. Incluso Colette Beauvoir había «regresado», a una velocidad mucho mayor que Adam, en parte gracias a su reconciliación con su amiga común, Margi Vachon. De algún modo, Margi había logrado convencer a sus padres para que permitiesen que Colette se mudara con ellos, y las dos se habían vuelto tan inseparables como Phoebe y Adam.
Sin embargo, Adam no parecía beneficiarse de la constante presencia de Phoebe, lo que hacía que ella se preguntara en qué estaba fallando.
Echó un centímetro y pico de azúcar en un vaso, sacó el resto del café de la mañana del frigorífico y lo sirvió sobre el azúcar. Después lo movió con una cucharita y se bebió la mitad de un solo trago, con la esperanza de que la ayudara a ver el mundo con algo más de alegría.
Había pasado justo un mes desde el asesinato de Adam. Los movimientos del chico seguían siendo aleatorios y apenas se le entendía cuando hablaba. Adam, su torre de fortaleza, se había derrumbado y quedado tan indefenso como un bebé. Su cuerpo, antes atlético, resultaba torpe y lento, y sus fuertes extremidades se sacudían como si tirasen de ellas mediante cuerdas invisibles. Los anchos hombros se le encorvaban al caminar, cosa que sólo lograba hacer con gran concentración.
Phoebe dio otro trago y cerró los ojos, saboreando el café con aroma de vainilla. Mientras se lo llevaban en la camilla, Adam la había mirado y agitado los brazos con impotencia, como si intentara agarrar algo que estaría para siempre fuera de su alcance.
La chica tiró el resto del café, garabateó una breve nota para sus padres y recogió la mochila, en la que llevaba unas cuantas bolsas de caramelos de Halloween, por si algún niño aparecía por casa de Adam.
Su salida de casa coincidió con la del hermano de Adam, Jimmy, que le echó una mirada desagradable y masculló algo entre dientes cuando ella lo saludó con la mano. Phoebe no sabía qué le pasaba a aquel chico; con Adam vivo era bastante antipático, pero con Adam muerto estaba insoportable.
—Bienvenida al depósito de cadáveres —dijo el tipo antes de meterse en su coche dando un portazo y salir de allí marcha atrás tan deprisa que las ruedas escupieron gravilla.
Phoebe entró en la casa de Adam. La cocina olía a los huevos fritos y el café quemado de la mañana. Los platos y las sartenes sucias se acumulaban en la encimera, junto al fregadero, y había manchas amarillas en el hule que cubría la mesa de la cocina.
—No hagas caso a Jimmy, Phoebe —le dijo alguien desde el vestíbulo. La madre de Adam entró en la cocina; su rostro, antes bonito, estaba demacrado, con las mejillas hundidas y los ojos enmarcados en gris—. Cada uno se enfrenta a la vida a su manera.
Phoebe asintió. La frase era un mantra para la antigua señora Lyman, ahora señora Garrity y no parecía haber ninguna respuesta apropiada para ella.
La mujer se acercó al fregadero y pasó una de las sartenes de la hornilla a la encimera. Después fue hasta la mesa con una esponja, volvió al fregadero y la mojó bajo el grifo; pasó la esponja mojada una sola vez por una de las manchas resecas, la soltó e intentó con pocos ánimos enderezar una pila de periódicos que había sobre la mesa.
—Phoebe, tengo que ir a comprar unas cosas al supermercado. ¿Te importa quedarte unos minutos con Adam? ¿Un par de horas?
Phoebe intentó mantener la sonrisa mientras miraba a la señora Garrity a la que le temblaban las manos como hojas.
—Encantada, señora Garrity
—Bien, estupendo. Adam está en su cuarto. Estupendo.
—Está usted bien, señora Garrity?
—Sí, es que Adam se ha vuelto a caer. Ahora estoy bien. Él está bien. Supongo que no le hace daño. Caerse, quiero decir.
Tardó veinte minutos en encontrar su cartera, tiempo que Phoebe aprovechó para fregar la pila de platos sucios y doblar los periódicos de modo que entrasen en el cubo de reciclaje. Estaba deseando ir a ver a Adam, pero quería que primero se fuera la señora Garrity. Estaba restregando la capa reseca de sedimento de la mesa cuando la mujer entró a toda prisa en La habitación.
—Maldito Jimmy—dijo, sin fijarse en el trabajo de Phoebe—. Se ha llevado mi tabaco.
Salió por la puerta sin despedirse ni de Phoebe, ni de su hijo.
Cuando la chica terminó y dejó los platos secándose en el escurridor, fue al dormitorio de Adam. Su amigo estaba sentado en la cama, con la espalda muy recta contra la pared y las largas piernas estiradas sobre la colcha. Tenía las manos apoyadas en los muslos y, aunque la miraba, no parecía verla.
—Hola, Adam —lo saludó, intentando parecer lo mas alegre posible, por muy consciente que fuera de que ni siquiera en sus mejores días solía estar demasiado chispeante... Y aquél no era
uno de sus mejores días. Le rompía el corazón verlo allí, con su cuerpo ágil y grande paralizado.
Habría sido jugador profesional de fútbol americano, estaba segura. Con un único verano de kárare había conseguido una fluidez de movimientos que, combinada con su increíble tamaño y su asombrosa potencia, lo convertían en una fuerza de la naturaleza sobre el campo de juego. Había sido el típico héroe local, todos creían que entraría en la universidad que quisiera con una beca deportiva. Pero todo se había fastidiado; todo perdido, como su vida.
Por ella.
Se mordió el interior de las mejillas y se prohibió llorar. Habíaa jurado dos cosas: traerlo de vuelta y no permitir nunca que la viera llorar.
—Te veo tan grande como siempre —le dijo, una vez que logró controlar sus emociones. Se acercó a la cama y se inclinó para darle un beso en la mejilla, alargando el contacto sobre su fría piel un poco más de lo necesario—. He traído bolsas de caramelos, por si viene algún criajo. Chocolatinas Hershcy en miniaturas barritas Reese de mantequilla de cacahuete, lo mejorcito. Sabes que es Halloween, ¿no? Aunque por aquí no vienen muchos niños, la mayoría prefiere ir por Heights u Oakvale Mano. Pero a lo mejor vemos algunos.
Él estaba en el centro de la cama y no había sitio para sentarse a su lado, así que Phoebe se subió a sus piernas y se sentó frente a él, con las rodillas dobladas en plan tienda de campaña sobre las pantorrillas. El chico inclinó la cabeza hacia ella lentamente, como una puerta mal encajada en su marco.
Ella intentó dedicarle su sonrisa más arrebatadora.
—¿Recuerdas el año que fuimos con Margi y Colette? Nosotras íbamos todas de Catwoman, y tú eras Barman. ¿Cuántos años teníamos? ¿Diez? ¿Once?
Lo miró buscando cualquier signo de que lo recordase, cualquier chispa de entendimiento en sus ojos, pero permanecieron vacíos y vidriosos.
—Creo que once. Le pedimos a mi padre que nos llevase a Heights y a Manor aquel año. ¡Menudo botín! Creo que Margi y Colette se comieron unos cien SwceTarts mientras íbamos de casa en casa. Yo no me comí ni un caramelo hasta el día siguiente. Mis padres no me dejaron probarlos hasta haberlos repasado bien: eran obsesivos con lo de la inspección, como si pudieran detectar a simple vista la miríada de venenos mortíferos, cuchillas de afeitar y cristales rotos escondidos en mis Charleston Chews.
Le pareció ver un ligero tic en el labio superior de Adam, aunque no estaba segura. La luz de aquel cuarto era malísima, y le picaban los ojos. Le dio una palmada en la pierna y estuvo a punto de hacer que una de las inmóviles manos de Adam se le resbalase del regazo.
—¿Te gusta lo bien que he usado miríada en una frase, eh?
—Antes solían jugar a eso, a meter palabras poco comunes en la conversación para intentar hacer reír al otro. Un tic en el labio no era una gran prueba de hilaridad, pero Phoebe decidió interpretarlo como algo positivo—. También recuerdo el año en que Margi montó su fiesta de casa encantada —comentó, dejando la frase en el aire al recordar la otra Casa Encantada, la casa en la que había muerto Adam.
Phoebe estaba en una fiesta con sus amigos, que cran los zombis que «vivían» allí. Karen había colgado serpentinas y una bola de discoteca. Los zombis habían estado bailando, riendo y divirtiéndose, disfrutando de la oportunidad de olvidarse durante un ratito de que estaban muertos.
Tommy le había sugerido a Phoebe salir a dar un paseo, y ella había salido muy contenta, no sólo porque sus amigos se divertían, sino porque estaba con Tommy. Una vez a solas en el bosque, él le había dicho que cuanto más amor recibía un zombi, más vivo parecía, pero, justo cuando estaba a punto de probar su teoría besándola, aparecieron Pete Marrinsburg y su secuaz, TC Scavis. No estaban tan a solas como creían.
Adam la miró como si notase en qué pensaba. Abrió la boca e intentó hablar, una vibración gutural que le surgía de la garganta.
Normalmente él notaba lo que ella estaba pensando, como si de verdad compartiesen el vínculo «telepático» con el que siempre bromeaban. Quizá por eso apareció de repente en el bosque aquella noche, en el instante en que Pete apuntaba con su arma al centro de la frente de Phoebe. Pete había jurado destruir a Tommy, pero, al levantar el fusil, apuntó a Phoebe. Adam llegó cuando apretaba el gatillo; estar allí por ella le había costado la vida.
—To. ..dos —dijo Adam, y su grave voz muerta llenó el dormitorio y la devolvió al presente. Phoebe podía contar con los dedos de la mano las palabras que su amigo había conseguido decir en las dos semanas transcurridas desde su regreso; podía contarlas literalmente, ya que cada noche las escribía en su diario. Lo observó intentar abrir y cerrar la boca durante dos minutos antes de decidirse a terminar la frase por él.
—Es verdad, Adam —dijo en voz baja—. Ahora todos los días son como Halloween.
Le cogió una mano entre las suyas y lo ayudó a levantarse de la cama y ponerse en pie.

Tommy no consiguió su beso. ¿Había estado a punto de dárselo? De las muchas cosas que no tenía caras en sus recuerdos, aquélla era la principal. Se sentía atraída por él, pero también le preocupaba que la usara, que no deseara besarla a ella, a Phoebe, sino a una chica viva; a cualquier chica viva.
Aun así..., ¿qué daño podría haber hecho un beso?
Nunca lo sabría, al menos no con Tommy, porque lo había estado evitando desde aquella terrible noche en la que el zombi se había quedado inmóvil como la estatua de un cementerio mientras Pete Martinsburg apuntaba a la cabeza de Phoebe con su arma. Quizás lo descubriese con Adam. Al abrazarlo y ver cómo la vida se le escapaba del cuerpo, se había dado cuenta de algo que siempre había sabido en el fondo de su corazón: que Adam Layman la amaba, la amaba tanto y de forma tan desinteresada que estaba dispuesto a dar la vida por ella, a pesar de que todo indicaba que ella había escogido a otro.
Y Phoebe se dio cuenta de que había amado a Adam desde el principio, aunque no había estado «enamorada» de él. Siempre lo había considerado un hermano mayor, alguien fuerte en el que poder confiar, alguien con el que compartir sus pensamientos y secretos más profundos. Margi le decía continuamente que era obvio para todo el mundo, salvo para Phoebe, que algún día Adam y ella estarían juntos. Ni siquiera Phoebe entendía cómo había pasado por alto durante tanto tiempo el vínculo que los unía.
¿Y ahora?
Adam la amaba. De verdad. Y ella se había prometido hacer todo lo posible por traerlo de vuelta a casa.
Lo condujo a una de las sillas de la cocina y empezó a preparar la cena. No sabía qué hacer para acelerar el «regreso» de Adam, pero hacía todo lo posible para que la casa de los Garrity siguiera adelante, mientras cada miembro de la familia se enfrentaba al problema como podía.
Cuando el padrastro de Adam, Joe, y su otro hermanastro, Johnny, volvieron a casa del trabajo en el taller apestando a tabaco, sudor y aceite para coches, Phoebe les preparó espaguetis. Por el contrario de Jimmy, el resto de los Garrity era más amable con el Adam muerto que con el Adam vivo.
El señor Garriry, el padrastro de Adam, al que antes llamaba PDT para abreviar, sorprendió a todos con su forma de reaccionar ante la muerte y el regreso de Adam. Antes de su muerte, Joe lo trataba con el afecto que se reservaba al típico hijastro intruso
— una casa en la que ya había otros dos machos adolescentes. En como si Joc no quisiera compartir otro porcentaje más del c de su mujer. El PDT cambió por completo de actitud desde la muerte de Adam, que pareció lanzarlo a un frenesí de actividad y responsabilidad paternales. Bebía menos; insultaba menos; echaba a los periodistas de su patio y los perseguía en uno de los muchos cascarones oxidados que se acumulaban delante de su casa, persiguiéndolos (literalmente) hasta que los echaba del barrio.
Empezó a llamar a Adam «mi hijo», en vez de «el imbécil del hijo de mi mujer». A Adam no parecía importarle su nuevo nombre, aunque Phoebe no sabía si porque era algo que había deseado desde hacía tiempo o porque le habría supuesto demasiado esfuerzo corregirlo. Aunque aquella epifanía la desconcertaba, la nueva actitud de Joe resultaba reconfortante en una época en la que muchos padres biológicos se negaban a dejar que sus hijos zombis volvieran a casa.
—¿Dónde está Mary? —preguntó Joe, mientras un chorrito de salsa le caía por la comisura de los labios, como si fuera sangre falsa. Se había acostumbrado tanto a la presencia de Phoebe que el paradero de su mujer ya no era su primera preocupación al llegar a casa.
—En el supermercado —respondió Phoebe, echándole más refresco en el vaso a Johnny de camino a por unos espaguetis para ella.
El rostro moreno y estropeado de Joe se arrugó en torno a los ojos, el tenedor quedó en el aire, y Phoebe se percató del escrutinio.
—Eres una buena chica, Phoebe —le dijo él—. No sé cómo decirte lo mucho que te agradecemos lo que haces por mi hijo. Él también te lo agradece.
Ahí estaba otra vez: Joe decía que era su hijo. Phoebe se volvió hacia la hornilla y se clavó las uñas pintadas de verde lima en palma de la mano hasta que el dolor le permitió tragarse sus
emociones. Era difícil creer que se tratase del mismo hombre que solía denigrar a Adam y mangonearlo.
Después de la cena, Johnny y Joe se fueron a ver la cele. Phoebe ayudó a Adam a llegar a la cocina y lo sentó en un sitio desde el que pudiera ver los disfraces de los niños que iban a pedir caramelos. Los críos disfrazados levantaban el ánimo de cualquiera, y si la atención de Phoebe no podía devolver a Adam al mundo de los vivos, quizá los devoradores de caramelos sí.
Aparecieron unos cuantos: una princesa Disney, un pirata y un león en un cochecito que se puso a reír sin parar cuando Phoebe metió un Krackle dentro de la sonriente esfera naranja que el bebé tenía en el regazo.
Adam estaba lo bastante lejos para que resultara difícil verlo bajo la tenue luz de la cocina, pero un vampiro diminuto lo distinguió cuando Phoebe se apartó de la puerta para coger la bolsa de dulces.
—¿Es un tipo muerto? —preguntó el niño a través de la puerta de rejilla metálica, a punto de tropezar con su capa mientras señalaba a Adam con un dedo lleno de chocolate.
Phoebe meditó su respuesta, preguntándose dónde estarían los padres del pequeño vampiro. Suponía que nadie dejaba salir a sus críos sin una falange de guardaespaldas adultos.
—Es Adam —le explicó ella, abriendo la puerta y dejando un par de chocolatinas en su saco de funda de almohada.
—Hola, Adam —le chilló el crío. El vampirito se volvió otra ve hacia ella—. Está muerto, ¡como yo!
Después bajó los escalones dando saltos, con la capa flotando detrás.
Phoebe miró a Adam y volvió a ver aquel tic en el labio, lo que le alegró el corazón. El timbrazo en la puerta le anunció la llegada de un nuevo grupo de niños.
Abrió la puerta y se sorprendió al ver a tres adolescentes con unos disfraces horrorosos; salvo que no eran disfraces.
—Truco... o... trato —dijo el que estaba más cerca con una extraña sonrisa en un lado de la cara.
—Takayuki —repuso ella, pasmada, aunque eso no le impidió ir automáticamente a por la bolsa de los caramelos. Takayuki siempre había hecho todo lo posible por hacerla sentir incómoda, y ella no lo había visto desde la muerte de Adam—. ¿Cómo estás? —preguntó, aunque se le notaban los nervios.
—Muerto —respondió él, lo que hizo que en los apagados ojos de sus compañeros surgiera una chispa maliciosa. Uno de ellos era Tayshawn, que había abandonado la clase de estudios zombis, pero Phoebe no reconoció a los otros dos. En la Casa Encantada no dejaban de aparecer zombis, atraídos, sobre todo, por el blog de Tommy. . Phoebe no había vuelto por allí desde el asesinato.
El chico que estaba al lado de Takayuki llevaba un largo pendiente de plata y gafas de sol con cristales oscuros. Su cabeza rapada brillaba como una segunda luna bajo la luz del porche; al sonreír dejaba al aire los dientes, que se había afilado. Tenía una cazadora de cuero similar a la de Tak, aunque con los puños manchados de rojo, al igual que las puntas de los dedos de su pálida mano. Un cuarto chico muy alto esperaba detrás de ellos; no le veía la cara.
Phoebe metió la mano en la bolsa y sacó algunas chucherías. Tak era la persona que había «vengado» a Adam, pero su presencia no la reconfortaba. Aunque no sabía qué lo había empujado aperseguir a Pete, seguro que sus motivos no tenían nada que ver ni con ella, ni con Adam, ni con ningún otro «corazón vivo», ya que Takayuki los despreciaba.
—¿Dónde están vuestras bolsas de Halloween? —le preguntó, sintiéndose muy tonta con los dulces en la mano. A los muertos el chocolate no les servía para nada; igual que ella.
Tak volvió la vista atrás.
—George —dijo—, ven a recoger… los caramelos de la simpática,.. y dulce.., chica viva.
Tak y los demás chicos se apartaron para que George subiera los escalones. El muchacho llevaba una cazadora marrón destrozada, vaqueros con los bajos hechos trizas y una camiseta
manchada con unos agujeros de tal tamaño que Phoebe pudo ver perfectamente los trozos de carne que le faltaban a la altura de las costillas. La miró mientras subía cojeando los escalones con una bolsa de plástico que tenía dibujada una chillona calabaza debajo de una bruja verde llena de verrugas. El aspecto de George no era lo que se dice agradable; le faltaba una oreja y media nariz, y parecía haberse lavado el pelo con agua de alcantarilla. De hecho, olía como si se hubiera lavado con agua de cantarilla.
Sin embargo, lo que daba más miedo eran sus ojos. No se parecían a los de ningún zombi que conociera. Por muy vacíos o vidriosos que estuviesen los ojos de los chicos con diferente factor biótico, siempre había una mínima chispa de inteligencia en ellos. En los de George no; en sus ojos no había nada, nada en absoluto.
Phoebe contuvo el aliento y se obligó a soportar su mirada hueca. «Algunos de mis mejores amigos están muertos», se dijo. Quizá aquel chico pareciese más muerto, pero no era menos persona que los demás.
Él la miró, o miró a través de ella, no estaba segura, y abrió su bolsa. Ella soltó dentro una golosina, pero el ruido que hizo al caer no fue el familiar sonido de papel sobre papel de los caramelos. Miró dentro del saco y vio una bola húmeda de piel roja y gris, junto con un rabo.
Gritó y dio un paso atrás.
Los muertos fingieron reír.
—¿Puede Adam... salir… a jugar? —preguntó Takayuki.
A ella le latía el corazón muy deprisa al mirar a Adam, que estaba sentado de espaldas a la pared. Intentaba decir algo.
—No —tartamudeó Phoebe—. Vamos a pasar la noche en casa, gracias.
Takayuki hizo crujir los nudillos, asegurándose de que viera los que ya no tenían piel encima.
—Algún día preferirá... estar... con los... suyos.
—Lo está —respondió ella, recuperando la compostura. Tak no era más que otro matón, y estaba harta de matones—. Yo soy de los suyos.
—Lo que tú digas —respondió Tak, mientras sus compañeros y él desaparecían en la noche—. Feliz... Halloween.


_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 11:14 am

CAPÍTULO 3

Transcrito por Rossmary

Hablar con los muertos siempre resultaba desconcertante, pero hablar con Karen DeSonne era una experiencia de otro mundo. Los ojos de Karen eran como diamantes; Phoebe juraba que veía arco iris refractados en ellos cuando salían de la iluminación fluorescente del instituto. Incluso en la oscuridad, titilaban como estrellas lejanas.
Phoebe empezó a comer y estaba a punto de preguntar a Margi si quería cambiar su melocotón por un yogur cuando vio a Karen al otro lado del comedor abarrotado, con su larga melena de cabello platino agitándose a cada pasito. Phoebe bajo la vista para observar su comida con repentino interés, sabía que clavar los ojos en su ensalada no evitaría la conversación.
—Ahí... viene Karen —dijo Colette después de mirar el yogur de Phoebe como si no entendiese cómo antes era capaz de comer cosas con aquella pinta—. Tiene... una... misión.
Aunque hubiese agachado la cabeza, Phoebe era consciente de que los chicos de las mesas de al lado se estiraban para poder ver mejor a Karen, su minifalda y sus botas altas. Antes se consideraba poco educado mirar a los muertos, en los días en los que se referían a ellos como «personas con discapacidad vital». Como ya no eran discapacitados, estaba tan permitido mirar con lascivia a las chicas con diferente factor biótico como a cualquier otra adolescente. No estaba segura de si a Karen le gustaba la atención o pensaba que era morbosa, pero le daba la impresión de que era lo primero.
En Oakvale High, Halloween no había tenido mucho seguimiento. Antes se bromeaba diciendo que los chicos con diferente factor biótico venían con el disfraz integrado; los chistes se acabaron, quizá porque Halloween era algo superfluo en una época en la que los muertos caminaban por la tierra. Sin embargo, se notaba un sutil cambio en la adaptación de los estudiantes a lo que algunos llamaban la «segunda oportunidad» y otros «la plaga zombi»: la aceptación. Todavía quedaban algunos como Pete Martinsburg que temían u odiaban a los chicos con DFB, pero la mayoría les dedicaba la misma atención que a cualquier otra persona.
Al menos, ésa era la reacción con la que se encontraban casi todos los zombis. La reacción ante Karen era especial, muy parecida a la que despertaban las demás chicas que estaban tan buenas como ella, Phoebe pensó en el espeluznante cuarteto que se había pasado por casa de Adam la noche anterior; era increíble lo distintos que podían ser los chicos con DFB entre ellos.
—Phoebe —la saludó Karen, algo ahogada. Como si le hubiese costado cruzar la habitación a tal velocidad—. Hola, Margi. Colette.
—Hola, K —contestó Margi, levantando su refresco light en un brindis silencioso. El tintineo habitual de la docena de pulseras plateadas quedaba amortiguado por su última obsesión: crear finas muñequeras retorciendo cinta aislante, Colette saludó con la mano.
—Phoebe —repitió Karen, y ella levantó la cabeza—. ¿Hasta cuando pretendes seguir pasando de Tommy?
—Estamos bien, K, gracias por preguntar —la cortó Margi ¿Y tú? ¿De verdad? No, no vi el partido de anoche, Colette y yo repartimos seis bolsas de caramelos. Las dos íbamos de Hannah Montana. Me temo que no sabía que fueras tan aficionada a la NBA. ¿A que es interesante, Pheebes?
Phoebe vio que Karen se volvía hacia Margi y se imaginó sus ojos de diamante cobrando vida como rayos láser gemelos.
—No estoy de humor, Margi —dijo Karen—. He tenido que soportar una hora de... interrogatorio sobre si tuve algo que ver con... los actos vandálicos de anoche en el instituto.
—¿Te hundiste? —preguntó Margi—. ¿Cantaste como un canario?
—Muy graciosa. Ni siquiera sé quién lo... hizo.
—Sí que... lo sabes —repuso Colette, frunciendo el ceño.
—¿Y qué ha hecho quien sea? —preguntó Phoebe.
Karen y Colette intercambiaron una mirada antes de que Karen respondiese:
—Pintaron con... spray uno de los laterales del instituto.
—¿Qué pintaron?
—« Adam Layman... Ni descanso ni paz »—respondió Karen sin que su mirada cristalina vacilase—. Sobre el dibujo de una... lápida... y una tumba abierta.
Phoebe frunció el ceño y pensó en el chico que tenía los puños de la camisa y las manos pintados.
—¿Con pintura roja?
Karen asintió. Después guardaron silencio unos minutos, tensas, hasta que Colette habló.
—Supongo que... después me... llamarán a mí.
—Quizá —respondió Karen—. Ya han hablado con Tommy y con Kevin. Qué curioso que ni siquiera... se planteen... la posibilidad de que haya sido un tradicional.
—No lo hizo... un tradicional..., y tú... lo sabes —le dijo Colette, y ella se encogió de hombros.
—¿Sabéis quién lo hizo? —preguntó Margi, pero ninguna de las demás chicas respondió.
Karen suspiró y se volvió hacia Phoebe. El suspiro sonaba realista, aunque ella no necesitara respirar.
—Phoebe, ¿no crees que deberías resolver... lo de Tommy?
—preguntó— ¿No crees que se merece... una conversación, como mínimo?
—Se merece... —repitió Phoebe. No le gustaba evitar a Tommy, pero eso no quería decir que pensara que se mereciese nada.
—No ha sido... el de siempre... desde que dejaste de hablarle.
La otra chica se puso a pinchar la ensalada. No le gustaba el tartamudeo de Karen, que normalmente podía conversar sin las pausas típicas de los zombis. Se daba cuenta de que los chicos con DFB más «funcionales», como Karen y Tommy, sólo hacían pausas cuando estaban más sensibles... o todo lo sensibles que podían ponerse los muertos.
—He estado muy ocupada, Karen —contestó: le sonaba tonto hasta a ella—. Voy a ver a Adam todas las noches y...
—Sé lo de Adam, Phoebe —la interrumpió su amiga—. Adam no está aquí y no hay nada que te impida conceder a Tommy cinco minutos de tu tiempo. Ya sabes, como hacíais todos los días antes de la clase de álgebra cuando los dos... salíais?
Phoebe se puso roja y dejó el tenedor. Oyó a Margi decir a Karen que se relajara, pero levantó la mano antes de que la chica muerta pudiera añadir algo más.
—Lo siento, Karen. Es que es muy duro.
—Es duro —repitió ella, con voz ronca. Era asombroso lo que Karen podía hacer con su voz, alterar de aquella forma el habla monótona de los zombis. Phoebe levantó la cabeza y se quedó mirando el brillo vacío de los ojos de Karen—. A ti te parece duro.
—Sé lo que me vas a decir, Karen. Lo sé.
Phoebe sabía que los chicos con DFB tenían que esforzarse para expresar emociones; desde la muerte de Adam había aprendido que podía haber emociones atrapadas en lo más profundo de su corazón que él ya no lograba transmitir. Se había pasado largas horas ayudándolo a caminar y a hacer ejercicio con la esperanza de devolver varios movimientos a sus rígidas extremidades, largas horas cogiéndole la mano o recostada sobre su brazo. Quizá el tiempo que pasaban juntos lo hiciera sentirse feliz, agradecido o triste, pero Phoebe no lo sabía. Adam no podía expresarlo; por el momento.
A ningún zombi se le daban tan bien como a Karen los matices, casi tan bien como a algunos chicos vivos. Sin embargo si la bella Karen sentía lástima por Phoebe, no daba muestras de ello.
—Ahora Adam me necesita, Karen. Su madre me ha dicho que se ha caído otra vez...
—¿Se ha caído? —preguntó Margi—. Creía que ni siquiera podía andar. Sin ayuda, vamos.
—No puede. Lo intenta, claro. Es cabezón.
—Eso no es ser cabezón, es ser listo. No va a... regresar... si se queda todo el día con el culo pegado al asiento.
Phoebe no sabía si Karen estaba siendo práctica o cruel.
—Me necesita, Karen. No... no creo que me quede nada para nadie más.
«Tommy nunca me ha necesitado como él», pensó.
Karen puso los brazos delante de ella, sobre la mesa, con las palmas hacia arriba. Phoebe no pudo evitar fijarse en lo suaves y blancas que eran, como si las hubieran tallado en una pieza de mármol.
—Sé que Adam te necesita, cielo. Siempre te ha necesitado.
Phoebe vaciló, pero después puso las manos encima de las de Karen, contenta de poder dejar el tema de Tommy por el momento. Las manos de Karen estaban más calientes que las suyas, cosa que Phoebe no lograba comprender por muchas veces que lo experimentase.
—Ayyy —dijo Margi—. ¿Veis? Todos podemos ser amigos.
—Sé que es duro, cariño —repuso Karen, sonriendo, al parecer algo avergonzada—. Supongo que debería preguntarte cómo ayudar, en vez de meterme contigo.
Phoebe notó que una lágrima le caía por la mejilla, pero Karen le sostenía las manos, así que la gota le llegó hasta la mandíbula antes de que Margi se acercara para limpiársela con el borde de su servilleta.
—No lo sé —respondió Phoebe, llorando abiertamente—. Adam... Adam no es como tú, Karen. ni como Tommy. Tommy me dijo que los dos regresasteis más porque... porque os querían, y yo lo intento con Adam, pero no funciona.
—Él es más... como yo —intervino Colette—. Llevará... tiempo.
Las chicas se callaron cuando la directora Kim se acercó a su mesa y pidió a Colette que la acompañara. Cuando Colette se levantó, la directora miró a Phoebe y se dio cuenta de que había estado llorando.
—¿Phoebe?
—¿Sí, directora Kim? —respondió ella, avergonzada.
—¿Estás bien, Phoebe?
—Sí, estoy bien, gracias.
La directora asintió lentamente. Phoebe rezó por que no volviera a sacar el tema del apoyo psicológico: apoyo para esto y apoyo para aquello. Porque sus amigos están muertos, porque sus amigos no están muertos, porque están muertos y no están muertos, y ¿cómo te sientes al respecto? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo se sienten? ¿Cómo pueden sentir?
EI silencio de la directora era aún peor que la asistencia psicológica obligatoria por la que Phoebe había tenido que pasar durante la semana siguiente al asesinato de Adam. Margi y Karen miraban la mesa, lo que contribuía a la sensación de culpabilidad que se respiraba en el ambiente.
—Mmm, ¿quiere algo más, directora? —preguntó por fin Phoebe.
La directora se lo pensó un momento antes de responder:
—No sabrás quién es el culpable de los desordenes de anoche, ¿verdad?
—No —respondió ella, mintiendo con una facilidad sorprendente.
—Sé que pasas mucho tiempo con los estudiantes con DFB—insistió ella, mirando a Karen como si se disculpara—. Con Adam y con otros chicos que no van a nuestro instituto.
—No puede estar segura de que lo hiciera un zombi.
—No, si no lo estoy, pero se me ha ocurrido que quizá supieras de alguien que esté... molesto por la situación.
—Todos deberían estarlo —respondió Phoebe, con los ojos ardiendo, aunque negándose a llorar.
—Claro que sí —respondió la señorita Kim—. Entiéndeme, estoy más interesada en que todos puedan conseguir la ayuda que necesiten que en castigar. Lo entiendes, ¿verdad? ¿Lo entendéis todas?
Karen respondió que sí, y Phoebe asintió, porque le daba miedo intentar hablar.
La señorita Kim la miró a los ojos.
—Bueno, estoy segura de que si puedo ayudar, me lo dirás. Vamos, Colette.
Las vieron marcharse, y Karen sacudió la cabeza.
—A ti te hacen un par de preguntas y a nosotros nos interrogan. Muy justo.
—Lo siento —respondió Phoebe, restregándose los rabillos de los ojos—. Menos mal que no me he puesto rímel.
—Sí, ¿y eso? —preguntó Margi, tan ansiosa por cambiar de tema como su amiga—. ¿Y qué pasa con tu nuevo vestuario?
—Pensé que había llegado el momento de cambiar —respondió Phoebe, encogiéndose de hombros mientras se miraba la blusa verde claro.
—¿Cambiar? —repuso Margi—. Apenas te reconozco últimamente. ¿Qué es eso? ¿Chinos? ¿Vaqueros azules? Y todos esos colores...
—No quiere parecer de luto —explicó Karen.
Phoebe, ya con las lágrimas controladas, frunció los labios. A veces era como si Karen se metiese dentro de su cabeza, porque entendía perfectamente sus motivaciones.
—¿Queeé? —Para alguien tan preocupado por la moda como su amiga de pelo rosa, Margi tenía tendencia a no fijarse en lo obvio.
—No quiere parecer de luto cuando está con Adam. Abajo los negros y los grises adiós a las faldas de gasa y las mangas con volantes. Adiós, Morticia Adams. Hola, vecinita de al lado.
—No sabía que fuera tan descarado —dijo Phoebe.
—No me malinterpretes, cielo, te sientan bien los tonos tierra. Pero tienes una piel tan suave y blanca, y un pelo negro tan maravilloso… que de negro estás impresionante. Y de blanco también. Y podrías darle una oportunidad al rojo.
Phoebe pensó en el vestido que se había puesto para el baile de bienvenida, un modelo recto y sencillo, pero tan blanco que brillaba. Se lo había destrozado al arrodillarse en el barro junto a Adam mientras él moría. Tommy se arrodilló con ella y quizá la sostuviera, o puede que incluso intentara ayudar a Adam. No recordaba mucho de aquella noche, salvo el vestido sucio y la sangre sobre el pecho de su amigo.
Adam le había dicho que su vestido era como la luz de la luna.
Se estremeció.
—Lo intentaré, Karen. Intentaré hablar con Tommy.
Sin embargo, más tarde, cuando lo vio remolonear junto a la puerta de su dase de álgebra, clase que antes compartían con el asesino de Adam, Pete Martinsburg, y con el lacayo de Pete, TC Stavis, descubrió que ni siquiera podía intentarlo. Estaba allí de pie, recto y alto, con aquellos hombros tan anchos y aquella cara tan fuerte y angulosa; era la idea que un escultor tendría de un joven dios. Como con Karen, era como si la perfección física sólo pudiese alcanzarse con la muerte.
Se quedó mirándolo un momento; observarlo sin que él lo supiera le provocaba una extraña sensación en el estómago.
«Tú eras el que tenía que haberme salvado, Tommy —pensó—. Tú. Pero no lo hiciste.»
Contuvo el aliento cuando Tommy se volvió de repente y la vio; la miraba a los ojos a pesar de la multitud que los separaba. A ella le dieron un vuelco las tripas, se volvió rápidamente y se dirigió a la enfermería.
Sin embargo, él la alcanzó; hasta Adam había comentado lo rápido que era Tommy para estar muerto.
—Phoebe…
—Ah, hola, Tommy —respondió ella, sin detenerse. «No estoy preparada para esto.»
—Phoebe, ¿podemos...?
—No me siento bien, Tommy. Voy a la enfermería.
—¿Estás... enferma? —preguntó él, poniendo cara de preocupación. Y, literalmente, la ponía, ya que no se le daba tan bien como a Karen ser expresivo.
—Estoy enferma —respondió ella. ¿Qué derecho tenía él a preocuparse?
—Te... acompañaré.
—Ahora quieres moverte, ¿no? —dijo Phoebe, enfadada, sin poder contenerse.
—¿Qué?
—Olvídalo.
—No, ¿qué... has querido… decir?
La rabia la engulló como una ola ardiente escupida por un océano en ebullición. Notó cómo caía sobre ella y la arrastraba al mar.
—¡Te he dicho que si ahora quieres moverte! ¡Ahora, de repente, puedes moverte!
Estaba gritando, y todos los que pasaban por el pasillo dejaron lo que estaban haciendo para mirarlos. No le importaba. Los miraban cuando salían juntos, cuando iban de la mano por el pasillo. La única diferencia era que en aquel momento los miraban sin disimular, en vez de esconderse detrás de libros y puertas de taquillas. Hipócritas todos y cada uno de ellos, un mundo lleno de hipócritas.
—Phoebe, ¿qué...?
—¡No te moviste, Tommy! ¡Me apuntó con la pistola y no hiciste nada!
—Pero...
—Sólo... tenías... que moverte —insistió ella—. A ti no te habría hecho daño la bala, pero te quedaste quieto... ¡y Adam está muerto! ¡Está muerto, Tommy! —Lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Él había dejado de intentar hablar y ya no se esforzaba en parecer preocupado. Se limitó a quedarse quieto. Quieto—. Seguiría vivo si no fuera por ti, Tommy —susurró, para que los mirones no lo oyeran.
«Estaría vivo, y nosotros seguiríamos juntos., pensó.
Tommy no intentó detenerla cuando salió corriendo por el pasillo.


_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 11:29 am

Capitulo 4


Transcrito por Bautiston



—Feliz Cumpleaños —le dijo Gus Guttridge, el abogado, más frío que una taza de café del día anterior.
—Vaya, gracias — contestó Pete.
—Anímate. De haber nacido unos meses antes, ahora te juzgarían como a un adulto en vez de como a un menor, y entonces el circo sería tremendo. Tenemos suerte.
Guttridge presidía la mesa, frente a la trabajadora social, Pete, su madre y su marido, el Calzonazos. Estaban en una de las salas de reuniones del reformatorio de Winford, donde Pete había estado viviendo las últimas dos semanas. Había dos carteles arrugados en la sala, uno que decía que las drogas no molaban y otro que afirmaba que la violencia pandillera no molaba. A Pete no le importaba estar en el reformatorio; la comida era mejor que en casa y se la llevaban a su cuarto, porque no le estaba permitido mezclarse con los demás chicos. Seguramente otros pensarían que aquello tampoco molaba, pero a él le parecía que molaba cantidad.
—El lado negativo es que no creo que volver al instituto sea una opción ahora mismo —siguió Guttridge—. Lo mejor que podemos esperar es que te envíen a casa, bajo custodia de tu madre, y que un instructor nombrado por el estado te dé clases particulares.
Pete pensó que el lado negativo tenía buena pinta. Se pasó las puntas de los dedos por la cicatriz de la mejilla izquierda, y trazó con el índice y el corazón las irregulares marcas de los puntos del corte. La herida todavía le daba pinchazos de repente o le hacía sentir un dolor palpitante, pero no le importaba. Era peor cuando tenía la mejilla dormida y babeaba todo el rato.
—Normalmente, si un menor comete un asesinato se le juzga como a un adulto —decía Guttridge—. Como el señor Layman todavía puede entrar por su propio pie al juzgado, el tribunal ya está pensando que, en realidad, no se trata de un asesinato. Podemos trabajar con eso.
El Calzonazos, sin duda por quedar bien ante su mujer y no porque sintiera algo por Pete, hizo una pregunta, pero él no lo escuchaba; estaba oyendo la voz del zombi asiático en su cabeza: «¿Creías que te iba a matar? —le había susurrado el zombi; su aliento era como una tumba abierta—. La muerte es un regalo».
En cierto modo, Pete se alegraba de que el muerto lo hubiera herido, porque la cicatriz era la prueba visible de que las hamburguesas de gusanos eran monstruos malvados que disfrutaban con el dolor y la mutilación de los vivos.
—Bueno, señor Clary —seguía Guttridge—, la idea es que Pete no debería ser juzgado por homicidio, ya que Layman no encaja en la definición oficial de «muerto». Tiene un factor biótico diferente, pero si sigue siendo «biótico> y, por tanto, Pete no cometió homicidio. Puede que asalto, pero creo que incluso eso sería demasiado, llegados a este punto.
Uno de los puntos sobresalía de la mejilla de Pete como una espinita o el aguijón de una avispa. Empezó a mover el punto, sin hacer caso del fuerte dolor agudo que acompañaba a cada tirón que le daba. Oyó que el abogado, Guttridge, decía su nombre.
—¿Señor Martinsburg? ¿Pete?
Pete levantó la cabeza, su madre y el Calzonazos estaban mirandolo con falsa preocupación, mientras que Gus Guttridge intentaba que se fijara en él. Pete se echó hacia delante en la silla.
—Lo siento —dijo—, ¿de qué estábamos hablando?
—Estábamos analizando lo que puede y no puede decirse en el estrado.
—Vale. Vale. Lo que ha dicho es que hay que ser sincero.
—Cierto —respondió Guttridge. Pete no confiaba en los tíos con barba, y Guttridge tenía una buena barba, una cosa lanuda tan gruesa como el pelo rizado que tenía en la cabeza. Sin embargo, a Guttridge lo había elegido su padre, y su padre siempre escogía lo mejor que el dinero podía comprar, así que se dejó llevar—. Bueno, repito —siguió Guttridge—, entiendes que cuando la señora Lainey te haga una pregunta, lo mejor es dar respuestas cortas y sucintas, ¿no?
—Sucintas, vale —repitió Pete; sus dedos volvieron al punto, como si fuera un imán. Se los quitarían en una semana, si todo iba bien, y el viejo papá Martinsburg se encargaría de la factura de cualquier cirugía estética que necesitara para librarse de la cicatriz, aunque él no estaba tan seguro de querer deshacerse de ella.
—Sí —dijo Guttridge, mirando a Pete con sus ojos azules cargados de bolsas—. Entonces, cuando la fiscal Lainey te pregunte por qué fuiste a la propiedad de Chesterton Road, ¿qué responderás?
—Que oí que había una fiesta.
—¿Te invitaron a esa fiesta?
—No.
—¿Te encontrabas bajo la influencia de las drogas o el alcohol?
—Bebí un poco de licor. De menta.
—¿Estabas borracho?
—No.
—Entonces, ¿fuiste a reventar la fiesta?
Pete suspiró y volvió a tocarse el corte.
—Había oído que los zombis montaban una fiesta y que alguna gente de verdad iba a estar por allí, y no me gustó lo que decían que los zombis iban a hacer.
Pete vio que Guttridge sacaba el labio inferior y bajaba la vista para mirarlo a través de sus gafas. Las gafas tenían ligeras monturas de metal dorado, las que solían llevar muchos tipos obesos de cara grande.
—No los llames zombis —le dijo el abogado—. Llámalos personas con diferente factor biótico.
—Entre ellos se llaman zombis —respondió Pete, por ver si podía cabrear a Cara de Lana. No tuvo suerte.
—Eso no significa que tú puedas hacerlo. Tampoco digas «gente de verdad». Ayudaría mucho que recordaras llamarlos personas con factor biótico tradicional. Puede que me oigas a mí emplear otros términos, pero eso no quiere decir que tú debas hacerlo. Tienes que proyectar una imagen de integridad y respetabilidad. Deja que yo me encargue de hacerme el indignado, en caso necesario.
—Vaya, toda la diversión para usted —contestó Pete, dando golpecitos con una uña en la pesada mesa.
—Tú ya has tenido la tuya —repuso Guttridge, sonriendo—. Ahora, volvamos al tema. ¿Fuiste a la fiesta solo?
—No.
—¿Con quién ibas?
—Con TC Stavis.
—Ya veo. ¿Qué hicisteis el señor Stavis y tú cuando llegasteis a la fiesta?
—Aparcamos en una carretera sin salida a menos de un kilómetro de allí y atravesamos el bosque a pie hasta llegar a la casa. Después esperamos.
—No des la información sobre el coche, a no ser que te lo pregunten directamente. ¿Por qué estabais esperando fuera?
—Porque no nos habían invitado.
—Muy gracioso. Por favor, responde a la pregunta.
—Estábamos esperando para ver si Phoebe estaba en la fiesta.
—Respecto a la señorita Kendall —dijo Guttridge, poniendo una carpeta sobre las demás.
—Morticia Pantisnegros —comentó Pete, sonriendo.
Pero la reserva de paciencia de Guttridge parecía no tener fondo, seguramente porque el viejo Darren le pagaba por horas.
—Por favor, olvídate de que te inventaste ese nombre, a no ser que quieras recibir un apodo parecido cuando te metan en la cárcel.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 11:31 am

Capitulo 5

Transcrito por Bautiston

Estamos listos ¿No Adam? — dijo Joe –Vamos, que no quieres esperar, ¿no?
Asiento, asiento abro boa no Joe no preguntes dos veces espera a responder la primera paciencia todos necesitan paciencia no listo pero todo lo listo que puedo esperar no puedo esperar a pierna derecha no puedo quedarme en dormitorio más me volveré mas loco todavía pierna izquierda estúpida pierna Frankenstein tiene que ir a fundación podría ayudar abre boca habla habla.
—Lis…— Habla pierna derecha Joe abre la puerta no te quedes ahí esperando para hablar no me acostumbro a tu atención mas fácil cuando no me hacías caso ir a ver Tommy ir a ver Karen aprender aprender como hacen lo que hacen como hacían lo que hacían pierna izquierdo objetivo andar normal una semana no tres habla habla habla habla —…to.
—¿Estás seguro? Pregunto Joe, abriendo la puerta del coche con el ceño fruncido.
Habla habla no pares habla asiente asiente brazo derecho sos­tén puerta pierna izquierda paso rodilla izquierda doble dobla empuja brazo izquierdo pierna derecha maldito cuerpo empuja maldito Frankenstein adolescente.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Joe.
Ayuda Phoebe ayuda ver Phoebe en estudios zombis ver An­gela Alish mover cuerpo mover pierna izquierda ver Kevin Sylvia Sylvia no ver Thornton ver Margi Colette ayuda aprender regre­sar ayuda empujar Joe sí FrankenAdam demasiado fuerte pesado empuja hombro sí empuja.
Motor encendido echo de menos conducir objetivo dos me­ses no dos años conducir acelerar parar girar echo de menos ami­gos echo de menos fútbol echo de menos huevos con beicon echo de menos kárate maestro Griffin echo de menos Frisbee Dios echo de menos Frisbee objetivo un mes no tres meses.
—¿Estás nervioso?
Nervioso no nervioso para echo de menos Frisbee disco dando vueltas sobre superficie de la luna giro arriba giro espal­da por encima por debajo césped artificial echo de menos correr Phoebe corriendo extender mano la mano obedece extender la mano coger el disco volador no dejar que se escape acercarlo al cuerpo.
—Phoebe dijo que se reuniría con nosotros en la puerta —dijo Joe—. Le dije a esa chica..., ¿Angel? ¿Angie? Bueno, le dije que yo no entraría. ¿Te parece bien?
Asiento. Asiento. Habla para habla echo de menos a Phoebe echo de menos a Phoebe triste Phoebe pierde tiempo con Fran­kenstein adolescente miríadas de problemas ja Phoebe triste dijo cambio necesita vivir no vivir con Frankenstein adolescente echo de menos a Phoebe ayudan los Hunter ayudan.
—Esa chica nos ha ayudado mucho —dijo Joe—. Y no cocina mal.
Echo de menos a Phoebe dije no dije lástima no dije demasia­do tarde esperé demasiado para vivir Karen tenía razón Phoebe sé mas como siempre has sido no lo que eres ahora disco volador Phoebe ¿por qué por qué nadie me ha sacado la bala del corazón?

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 11:35 am

Capitulo 6

Transcrito por Bautiston


—Bienvenido de nuevo Adam — lo saludó Angela cuando Phoebe lo condujo de la mano al aula. Phoebe se dio cuenta de que, a pesar de su resplandor, la potente sonrisa de Angela no podía devolver la vida a los muertos.
“Y yo tenía esperanzas…” pensó. Los Hunter, Angela y su padre, Alish, observaban con abierto interes. Phoebe no pudo evitar pensar que se preguntaban como usar su asesinato y regreso de entre los muertos para alcanzar los objetivos de la Fundación Hunter, que eran «integrar a las personas con dife­rente factor biótico en la sociedad y la cultura estadounidenses a través de la aplicación de las ciencias». Phoebe sabía que Angela se preocupaba de verdad por Adam, pero su escrutinio seguía resultándole espeluznante.
Llevó a Adam hasta el amplio sillón de vinilo que solía ocu­par en la clase de estudios zombis. Dejó que se apoyara en ella mientras doblaba las rodillas y se dejaba caer en el sillón con tal fuerza que el cojín dejó escapar todo su aire. Phoebe no le soltó el codo hasta que él estiró el cuello para mirarla.
Era consciente de que todos los observaban.
—Gra... —dijo Adam, y Phoebe notaba lo mucho que se concentraba en la palabra, cómo se concentraba en hacer que se movieran los pulmones, que se abriera la boca y que su lengua, que era como un trozo de goma frío, formara la palabra. Notaba lo consciente que era su amigo de los segundos que transcurrían y se convertían en minutos mientras él intentaba terminar la frase. Los chicos tradicionales de la clase estaban acostumbrados a ser pacientes con la forma de hablar de los chicos con DFB, y Adam había tenido una paciencia infinita, pero Phoebe sabía que no se aplicaba aquella misma paciencia a sí mismo.
«Está tan indefenso», pensó, y se odió por hacerlo. No enten­día por qué Adam no regresaba más deprisa. Hasta los zombis de lentitud terminal, como Kevin Zumbrowski (que estaba sentado al lado de Colette en el futón) habían regresado más que Adam. Colette estaba cambiando, sus extremidades eran más flexibles, su piel menos cenicienta. Su color de pelo se aproximaba más al castaño oscuro de cuando estaba viva. Phoebe sabía que Margi pasaba mucho tiempo con ella, y aquel tiempo le hacía bien a Colette. Se alegraba por ellas y hacía todo lo posible por convencerse de que no estaba un poquito celosa.
Tommy y Karen eran el extremo opuesto del lentor egreso de Adam; cuando ellos se quedaban quietos parecía un signo de madurez,más que de muerte.
—...cias —terminó por fin de decir Adam, completando así su respuesta.
Phoebe suspiró de alivio y vio que Angela sonreía, y que, por lo menos, en su sonrisa no se notaba la compasión que había visto en muchas otras caras.
Adam soportaba el asco y el odio, pero ella sabía que la idea de que alguien sintiera pena por él le provocaba una ira que no era capaz de liberar.
—De nada —respondió Angela.
Phoebe levantó la vista cuando oyó un arrastrar de pies en el pasillo de fuera, y se preguntó si se les uniría un nuevo estudiante, porque estaba claro que eran bastantes menos que la última vez que Adam había ido a clase; incluso con la vuelta de Margi, seguían faltándoles unos cuantos. Era como un episodio de un extraño reality show: Tayshawn Wadelo había dejado, Sylvia no había regresado todavía, y Evan Talbot no lo haría nunca, gracias a Pete Martinsburg y sus secuaces. Lo habían destruido y habían salido impunes.
Alish Hunter, cuya bata de laboratorio colgaba suelta sobre su figura esquelética, entró en el aula. Los zapatos de suela de goma del anciano se deslizaban por la fina moqueta beis con movimientos cortos y artríticos. Phoebe le observó los pies y se imaginó la carga estática que el hombre debía de estar acumu­lando; en su cabeza lo veía alzando las manos al cielo y gritando «¡vive!», mientras le dabaa Adam una descarga de electricidad estática con el puño metálico de su bastón.
—Amigo —dijo Alish, juntando las pobladas cejas para mi­rar a Adam—, me alegra comprobar que no nos has dejado. Podemos aprender mucho de ti, señor Layman. —Adam ni si­quiera intentó responder—. Bienvenidos—añadió Alish, tan contento como si hubiera reunido a algunos parientes perdidos en un gran banquete.
Después hizo entrar a dos nuevos estudiantes zombis, que se sentaron al lado de Thornton Harrowwood en el largo futón naranja. Thorny, que todavía jugaba en el equipo de fútbol ame­ricano aunque Tommy lo dejara y Adam ya no pudiera jugar, parecía más contento que nadie de ver a su amigo de vuelta en clase. Era el más pequeño del equipo, pero Phoebe había oído que estaba jugando mucho, no sólo por los chicos de estudios zombis que ya no estaban, sino también porque habían echado a Pete Martinsburg y TC Stavis. La verdad es que la sorprendía comprobar que todavía no habían lesionado a Thorny.
—Bienvenidos, estudiantes —decía Alish—. Por favor, servíos lo que queráis. Tenemos café y refrescos.
Phoebe observó a los zombis nuevos. El chico parecía un ejemplar bastante típico, un chaval pálido y delgado con pelo negro grisáceo, vestido con camisa de franela, vaqueros y botas gastadas. La chica que tenía al lado era otra cosa, empezando por la abundante melena que flotaba alrededor de su cabeza como una gran nuber rojo brillante. Le recordaba a Evan, el único zombi pelirrojo que había conocido. El pelo de Evan era rojo desvaí­do, pero el de la chica nueva parecía cobrizo y vivo. Sin embar­go, eso no era lo más llamativo.
Llevaba una máscara, una máscara blanco puro que le cubría toda la cara; era similar a las máscaras de comedia y tragedia que la profesora de teatro, la señorita Dubois, había colgado en su despacho, salvo que la de la nueva no tenía expresión alguna y sus labios formaban una línea recta.
—Me gustaría presentaros a Melissa Riley —dijo Alish.
Melissa llevaba una falda marrón larga que le llegaba muy por debajo de las rodillas y un jersey verde brezo con las mangas demasiado largas. Se había sentado con las manos cruzadas sobre el regazo, la cabeza inclinada y los ojos ocultos detrás de los orificios almendrados de la máscara. Phoebe veía pálidos puntos beis, los fantasmas de unas pecas, en el dorso desus manos. Juntio a ella, en el sofá, había una pizarra blanca del tamaño de un cuaderno grande y un rotulador negro.
Se oyó un alegre coro de bienvenidas, pero Melissa no levan­tó la cabeza, ni respondió de ninguna forma. Alish esperó un momento antes de continuar, sin que su sonrisa vacilara por la aparente timidez de Melissa.
—Y este joven de la izquierda es Cooper Wilson —dijo, y mientras señalaba al chico, Phoebe se dio cuenta de que el ancia­no también tenía manchas marrón pálido en las manos, pero por su edad.
—Hola... a todos—saludó Cooper—. Lla... madme... Coop.
—Hola, Coop —respondió casi toda la clase al unísono.
—Sí —dijo Alish—. Puede que recordéis que nuestro señor Williams leyó un artículo sobre el trágico incendio de un lugar llamado Dickinson House, en Massachusetts. Melissa y Cooper se quedaron sin hogar por culpa del fuego. Nos alegramos de que las distintas partes interesadas los ayudaran a traerlos aquí.—Vaciló. El artículo que había leído Tommy indicaba que el incendio había sido una masacre, no un accidente, en el que las llamas habían destruido a siete zombis y sólo los dos del sofá habían sobrevivido. Phoebe miró a la chica y se preguntó qué escondería la máscara—. Bueno —dijo por fin Alish—, por fa­vor,haced todo lo posible por que nuestros nuevos estudiantes se sientan bienvenidos. Seguramente os preguntaréis cómo le va a nuestra bella señorita Stelman —siguió Alish. Phoebe y los demás «veteranos» de estudios zombis le prestaron toda su aten­ción. Sylvia Stelman era una compañera zombi a la que se ha­bían llevado para realizarle «mejoras» especiales. Sólo sabían que elobjetivo de esas mejoras era que Sylvia volviese a un esta­do casi vital. No tenían ni idea de qué le hacían, ni de qué su­ponía, y los Hunter se negaban a explicarles nada. Sylvia llevaba bastantes semanas sin ir por clase y,obviamente, todos estaban preocupados por ella—. Me alegra informaros de que la prime­ra fase de las mejoras ha concluido y a Sylvia le va muy bien. Si sigue progresando a este ritmo, pronto la tendremos de vuelta en clase.
—Eso es genial —dijo Margi. Kevin movió la cabeza adelan­te y atrás, quizá porque estaba deseando ser el siguiente en pasar por el proceso de mejora—. ¿Podemos verla?
—Todavía no —respondió Alish, mirándolo fijamente.
—Bueno, ésas son nuestras noticias —dijo Angela——. Tengo un nuevo proyecto en el que vamos a poneros a trabajar, pero, primero, ¿hay algún tema que queráis tratar?
—Ha habido más asesinatos —respondió Tommy—. De zombis. En Texas... una muchedumbre... ató a dos de los nues­tros... al maletero... de una camioneta. Los asesinatos... se pro­dujeron poco después de... una charla del... reverendo Nathan Mathers y...
Phoebe no podía mirarlo mientras contaba el resto de su tru­culenta historia. Sabía que parte de lo que sentía era «culpa del superviviente», algo de lo que había oído a Angela hablar con Margi: la sensación de que, de algún modo, se era cómplice de actos violentos con los que uno no tenía nada que ver. Oía ha­blar a Tommy de cómo la muchedumbre había perseguido a los zombis para torturarlos y no podía evitar sentir que ella misma había ayudado a atar los nudos.
Sin duda, se los había atado a Tommy. Sin embargo, su sen­timiento de culpa iba más allá de eso; el informe de Tommy de aquel día resultaba particularmente desesperado, y ella sabía que era por la forma en que le había hablado antes.
Cuando terminó, después de un momento de silencio aturdi­do, Colette dijo:
—Tommy, ¿porqué... nunca... hablas de las buenas noticias? Tu página sería... mucho...mejor si tuvieras... algunas... noti­cias buenas.
Phoebe estuvo pendiente de la reacción de Tommy, pero él se limitó a parpadear.
—¿Qué... noticias buenas? —preguntó al fin.
—Nunca... hablas de las... cosas buenas. Como Z. Usas Z.
Phoebe sonrió, porque Tommy había comprado un frasco de Z, la colonia para «el hombre muerto activo» en su primera cita con ella. Sonrió, a pesar de los sentimientos contradictorios que le traía aquel recuerdo. Tommy empezó a contestar, pero Colette lo interrumpió.
—Y... Aftermath —dijo—, tampoco has... mencionado... nunca Aftermath.
—¿Quieres que hable de... colonia... y baile...mientras... matan a los nuestros? —repuso Tommy, consiguiendo esbozar una sonrisa burlona.
—¿Qué es Aftermath? —preguntó Alish, aun más desconcer­tado de lo normal.
—Es un pub —respondió Margi.
—¿Un pub? —repuso Alish, inclinándose hacia delante mien­tras se llevaba un esquelético dedo a los resecos labios.
—Un pub de zombis, en Nueva York —contestó Margi—.Música, baile. Está abierto veinticuatro horas al día.
—¿En Nueva York? —preguntó Karen—. No había oído ha­blar de él.
—Margi encontró un... artículo... en una revista de música —explicó Colette—. Lo abrió... Skip Slydell.
Sldp Slydell era el fundador de Slydellco, la empresa respon­sable de lanzar productos de higiene zombis como la colonia Z (para el hombre muerto activo) y una línea de camisetas con eslóganes como: «Algunos de mis mejores amigos están muertos» o «Tumbas abiertas, mentes abiertas». Phoebe había oído a Margi referirse a aquella línea de ropa, que Margi solía ponerse, como «ropa muerta».
—Qué raro que no supieran nada —comentó Margi, segura­mente porque había algún tipo de relación entre Skip y la Fun­dación Hunter, ya que había sido ponente invitado en su cla­se—. Lo abrió sin ánimo de lucro, así que está clasificado como obra benéfica o algo por el estilo.
—¿De verdad? —preguntó Alish, intrigado, mirando a An­gela,que se encogió de hombros—. No nos había comentado nada. No es fácil que el Gobierno reconozca a las personas con DFB como un grupo merecedor (o necesitado) de caridad. ¿Y qué hacen allí los chicos con DFB?
—Bailar —respondieron Colette y Margi al unísono.
—Bueno, y escuchar música —añadió Margi—. A veces, Skip lleva bandas que tocan en vivo.
—Bandas en vivo —repitió Colette, y Phoebe vio que se le curvaban un poco las comisuras de los labios. Margi se echó a reír, y sus escandalosas carcajadas se convirtieronen música gracias al tintineo de los brazaletes y al baile de las puntas de pelo rosa.
—Asombroso —dijo Alish.
—Skeleton...Crew... toca allí —siguió Colette—. Tienen a un... zombi... en la banda.
—DeCayce—añadió Margi en tono burlón, lo que hizo pensar a Phoebe que Colette debía de ser una fanática de Skeleton Crew.
—Asombroso —repitió Alish.
—¿Alguien tiene alguna otra cosa pertinente que comentar antes de empezar el trabajo de hoy? —preguntó Angela, después de aclararse la garganta.
A mí me gustaría hablar de algo —dijo Thornton «Thor­ny» Harrowwood III—. Algo que me ha mosqueado mucho.
—Señor Harrowwood —dijo Alish, haciendo un amplio gesto con su mano manchada y huesuda. A Phoebe le parecía adorable que disfrutara tanto de la clase; la hacía desear que asistiera a ella más a menudo, aunque probablemente estaba ocupado con las importantes tareas científicas de la fundación—. Tienes la palabra.
—Ayer me castigaron por decir la palabra «zombi».
A todos los presentes, Tommy incluido (a pesar de que Phoebe no lo había visto sonreír desde el baile), aquello les pareció muy divertido. Alish soltó una carcajada,sin importarle la mirada de advertencia de su hija.
—No tiene gracia —dijo Thorny, pero un minuto después él también se echó a reír—. De verdad, me mosqueó mucho. Entre vosotros os llamáis zombis. En esta clase usamos esa palabra todo el tiempo y nadie se ofende.
—Colette dijo que no le gustaba el término —le recordó Angela con amabilidad, haciendo referencia a una de las primeras charlas que habían tenido en el grupo. Phoebe vio que Melissa cogía la pizarra, pero se la puso sobre el regazo sin quitarle el capuchón al rotulador. Se preguntó si la chica sería incapaz de hablar o era que no quería hacerlo.
—Me he... ablandado —explicó Colette—. Estoy más blan­da... que una canción country.
Margi se partió otra vez de risa después de comentar lo bien que le irían los lamentos de Thorny a la canción de Colette, y Phoebe se preguntó si las dos habrían estado chupando aire de globos de helio antes de entrar en clase.
—Ja, ja—repuso Thorny—. Sí, reíos. Hemos perdido todos los partidos desde que Adam yTommy dejaron el equipo de fútbol; mi novia, Haley, rompió conmigo porque todos mis ami­gos zombis... oh, perdón, claro..., «con diferente factor biótico», le dan escalofríos; y ahora me castigan por decir una estúpida palabra. —Miró a sus compañeros sacudiendo la cabeza, como si lo abrumase la magnitud de los desastres que habían caído sobre sus huesudos hombros—. La vida es un asco—dijo, y los muertos siguieron riendo.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 4:52 pm

Capítulo 7

Transcrito por Tibari


—La furgoneta está esperando —dijo Phoebe, cogiendo el brazo—. Deja que te ayude.
No. Ayuda no. Pierna derecha pierna izquierda Phoebe no ayuda impotente no ayuda.
—Tengo tu brazo. Levanta la pierna, la izquierda. Eso es. Casi estás. Bien.
No ayuda. Phoebe toca sostiene brazo no siento nada. No siento a Phoebe con brazo no muevo impotente bebé inválido.
—Me meto por el otro lado, no te preocupes —dijo Phoebe.
Preocupa no te preocupes Phoebe Karen detrás Margi Colette. Chicas chicas no preocupa habla habla habla no te preocupes.
—No... te... preocupes.
Phoebe sonríe sonríe Phoebe Adam dos palabras juntas bonitas bien bien progreso Frisbee en tres semanas. Tres semanas, definitivo.
—No puedes acelerarlo. No es como la... terapia... Física. Ya llegará.
Gira. Gira no puedo. Karen no veo Karen Karen detrás. Gira Phoebe apoya apoya en hombro como antes Phoebe no puedo oler su pelo su brillante pelo olía como jardines recuerdo que olía como lilas.
—¿Cuánto tiempo tardaste en... desarrollarte? —le preguntó Phoebe a Karen.
Margi risitas Colette risitas en asiento delantero desarrollarse ja divertido. Phoebe sonroja ja más divertido. La voz de Karen atrás como música.
—No sé qué les pasa a esas dos —dijo Karen—. No te fijes en mi experiencia. Cada uno tiene su ritmo, para algunos es de un día para otro, mientras que otros tardan años.
—Pero ¿cuánto?
Respira respira respira no puedo intento no puedo Karen ríe y suspira sonríe camina y habla. Suspiro dos semanas. Sonrisa una semana. Caminar una semana no diez días.
—Estaba casi bien del todo cuando me desperté —contestó Karen.
Despertar. El gran despertar despertar los despiertos. ¿Por qué estamos aquí y por qué vinimos mano de Karen en el hombre puedo sentirlo?
—Pero no estoy diciendo que debas dejar de... intentarlo, Adam, cielo —siguió diciendo Karen—. Eso sí, no te... enfades... si no funciona deprisa.
Intentar. Intentar más juicio en pocos días. Todos en furgoneta listos para salir. Thorny y Kevin atrás con Karen Margi Colette delante Phoebe. Todos menos Thorny miran ver a Tommy caminando al bosque Tommy solo. Tommy solo. Furgoneta hace’ruido arranca Tommy se vuelve saluda levanta brazo levanta brazo ¡levanta brazo!
Saludo.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 4:53 pm

Capítulo 8

Transcrito por Tibari

Phoebe alisó la corbata de Adam sobre su pecho y vio que él la estaba observando. Se preguntó si era consciente de que había rozado el agujero de bala por el que se le había escapado la vida.
—Estás estupendo —dijo, poniéndose de puntillas para poder darle un beso en la mejilla. Una extraña ventaja de la muerte es que había dejado de crecerle la barba, aunque el pelo de la cabeza seguía haciéndolo; era raro.
Se preguntó si habría sentido su beso. Intentó imaginarse cómo sería el beso de seguir Adam vivo. ¿Le resultarían cálidos los labios de Phoebe? De no estar muerto, ¿notaría más textura en el beso, una sensación que fuera algo más que una vaga presión en la piel?
—Seguro que te alegrará que acabe todo esto —dijo, cogiéndolo del brazo—. Yo lo estoy deseando.
Él asintió. Su respuesta llegó unos segundos después.
—Sí —dijo con voz fantasmal.
Ella le había rodeado el brazo con ambas manos, agarrándose a él como si colgara de un precipicio y él fuese el último asidero disponible.
—Irá a la cárcel Adam, seguro.
Estaba apretándole el brazo con fuerza. Empezaba a pensar que daba igual lo mucho que se aferrase a él, porque no iba a cambiar nada.
A veces, el sentimiento de culpa la destrozaba. Allí de pie, abrazándolo, se preguntó si las cosas cambiarían entre ellos cuando empezara a «regresar», si es que lo hacía. ¿Serían más que amigos? ¿Todavía querría él? ¿Y ella?
Apoyó la cabeza en su brazo, como solía hacer cuando la llevaba en camioneta a clase y ella había tenido un mal día, o cuando quería contarle algo. Antes, Adam podía levantar veintitrés kilos con aquel brazo..., lo llamaba Trueno. Trueno era el izquierdo y Rayo el derecho; les había puesto nombre para fastidiar a su hermanastro Jimmy. Ahora tenía suerte si conseguía que Trueno se doblara por el codo.
Phoebe lo soltó cuando Joe los llamó desde la cocina, al otro lado del pasillo, para ver si estaban listos.
—Ya vamos, señor Garrity.
Condujo a Adam hasta la cocina, donde esperaban su madre y Joe, los dos con aspecto de estar incómodos con los abrigos y las corbatas. Phoebe no pudo evitar pensar que parecían vestidos para un funeral. El traje de Joe quizá le quedase bien durante la administración Clinton, pero ya no; las costuras le podían reventar en cualquier momento. Había intentado limpiarse la grasa de las manos, aunque todavía se veía incrustada bajo las uñas y en las arrugas de los dedos. No sonreía a menudo, pero sus ojos se ablandaron por sus arrugados rabillos al verla salir con Adam de la mano.
—Johnny está calentando el coche. Tienes buen aspecto, hijo —dijo Joe, cuya voz sonaba como el rugido inicial de El Dorado del 66 que estaba esperando en la entrada, arreglado para la ocasión. Le dio una palmada en el hombro al chico.
Phoebe esperó a la respuesta de Adam, que no llegó.
—El azul te sienta bien —comentó, tanto para distraerse de sus pensamientos como para aliviar la tensión. Le dio una palmadita en el brazo y, al hacerlo, recordó que llevaba el mismo traje que el día del baile de bienvenida, la noche que había muerto. Se ha quitado la chaqueta y la corbata en la Casa Encantada, lo que evitó que acabaran destrozadas cuando Pete Martinsburg lo mató.
La señora Garrity se acercó para abrazar a su hijo, y Phoebe se volvió porque había algo en la forma en que su madre lo abrazaba (cosa que hacía a menudo), que le daba ganas de llorar. Primero hacía unos movimientos furtivos y vacilantes sobre sus brazos y hombros, como el aleteo de unas mariposas que no saben dónde aterrizar, y después parecía derrumbarse sobre su ancho pecho. Adam era al menos treinta centímetros más alto que su madre y, aunque todavía no controlaba del todo su cuerpo, a Phoebe le daba la impresión de que echaba los brazos adelante siempre que la señora Garrity lo abrazaba, como si intentase obligar a sus brazos a rodearla.
Phoebe dejó de mirar porque Adam no necesitaba sus lágrimas, sino su fuerza. Ya tenía a demasiada gente llorando y abrumandólo de compasión, no necesitaba ninguna de las dos cosas de ella. Se secó los ojos mientras los sollozos de la mujer se hacían más audibles.
—Vamonos —dijo Joe, empujando la puerta.
Phoebe bajó los escalones detrás de él y se dio cuenta de que Joe también se secaba los ojos con un pulgar manchado de aceite, apartando una lágrima invisible. Johnny los vio llegar y bajó el volumen del CD de heavy metal que había estado escuchando.
Joe se volvió hacia Phoebe y se rió sin ganas.
—Todos los días son un puñetero funeral —dijo, sólo para sus oídos. Después gritó a su mujer y a su hijo que se movieran, y, mientras subía al asiento del copiloto, le gritó a su hijo vivo que no pusiera su puñetera música tan alta.
Había dos grupos de personas en los escalones de entrada al juzgado; tres, si se contaba la delgada fila de policías que separaba los dos grupos. A la derecha, una docena de personas arremolinadas en torno a un trajeado hombre de mediana edad que gritaba por un megáfono y sostenía una pancarta que decía: «Liberad a Pete Martinsburg». A su lado había una mujer vestida con ropa igual de conservadora y con un cartel que decía en grandes letras negras: «Pro vida». Había un par de citas bíblicas, aunque lo más extraño era que iban acompañadas de una foto del reverendo Nathan Mathers, que había escrito varios libros acusando a los zombis de ser los heraldos del mal, precursores del inminente Apocalipsis. Phoebe se preguntó si los manifestantes creían que las citas que portaban eran realmente de Mathers y no de los autores de la Biblia.
Frente a ellos había un grupo disperso de gente, casi toda joven, algunos muertos, la mayoría con las camisetas negras de Slydellco, las que tenían mensajes medio humorísticos, medio políticos como: «Algunos de mis mejores amigos están muertos» o «Poder zombi». Karen estaba entre ellos, al lado de Colette y Margi. Thorny y su supuesta ex novia, Haley, iban de la mano. Phoebe vio a Tayshawn en la parte de atrás, hablando con Kevin Zumbrowski. El contingente zombi no llevaba pancartas, salvo que contaran los eslóganes de las camisetas, y se pasaban casi todo el rato observando a los manifestantes más organizados y ruidoso del otro lado. Le sorprendió ver que algunos de los compañeros de equipo de Adam estaban allí, con sus cazadoras de los Badgers.
—Mira, Adam —dijo, señalándolos—, han venido todos tus amigos.
Adam miró por la ventanilla; uno de los miembros del equipo estaba haciendo fotos con el móvil a los manifestantes.
—Daño —repuso Adam. Johnny ya había encontrado aparcamiento cuando terminó la frase.
—No les hará daño —le aseguró Phoebe—. La policía calmará la cosa.
Intentaba creérselo ella misma, aunque entre la multitud a favor de Pete se veía gente realmente rabiosa. Que matar a un chico adolescente pudiera justificarse de algún modo era una locura, pero sabía que Pete tenía muchos partidarios porque había declarado que su intención era «proteger a una chica viva» de un zombi.
No sabía si la cárcel era la respuesta apropiada, aunque Pete Martinsburg necesitaba ayuda, eso estaba claro.
—Hay una puerta lateral por ahí —dijo Joe—. Vamos a intentar esquivar a la gente.
Phoebe miró atrás, rezando por que ninguno de los dos lados cometiese una estupidez. Estaba mirando a Tayshawn mientras susurraba una plegaria.
Entró con Adam en la sala vacía, donde un alguacil con cara de pocos amigos se encontraba de pie bajo la bandera de Estados Unidos, en la parte delantera de la habitación.
—Hay un escalón —avisó Phoebe, llevando a su amigo hacia la primera fila, justo detrás de las mesas en las que se sentaban la defensa y la acusación.
Un zumbido grave surgía de las rejillas de lo alto de la pared, por donde entraba el aire caliente a la habitación. En el exterior hacía mucho frío, incluso para tratarse de un noviembre de Nueva Inglaterra. Adam estaba todavía sentándose cuando Joe, la madre de Adam y su hermanastro, Johnny, entraron en la sala haciendo ruido. Los seguía la fiscal, Lainey, que respondía a las preguntas de Joe y su mujer; tenía cara de empezar a sufrir un dolor de cabeza.
Los muelles del asiento estilo estadio chirriaron al sentarse Adam. Phoebe le dio una palmadita en el brazo.
—¿Estás nervioso? —le preguntó.
Él sacudió la cabeza de manera casi imperceptible.
Tommy apareció en la puerta de la sala con su madre, Faith. Su presencia sorprendió tanto a Phoebe que lo saludó con la mano. No esperaba verlo, aunque tendría que habérselo imaginado, ya que, si algo impulsaba a Tommy, era su conciencia. Faith y él cruzaron la sala y se sentaron a unas cuantas filas de la familia Garrity, Faith se paró para saludar a Phoebe con una sonrisa teñida de tristeza. La chica se sonrojó.
TC Stavis fue el siguiente en llegar, sudoroso e incómodo con una chaqueta de sports y una corbata demasiado corta para su enorme cuerpo. Junto a él había un hombre que resollaba. Stavis se sentó sin mirar a nadie.
A Pete Martinsburg no le importaba mirar a todo el mundo. Entró en la habitación con sus padres y el resto del equipo de defensa, y clavó los ojos en Phoebe y Adam al hacerlo. En su expresión no había nada, ni maldad ni odio ni arrepentimiento.
Phoebe se aferró a la mano de Adam y rezó porque su amigo lograse hablar cuando llegara el momento.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 4:55 pm

Capítulo 9

Transcrito por Tibari

Pierna izquierda, pierna derecha. Joe ayuda no quiero ayuda, La luz está mal. Ámbar. Enfermiza. Luz caliente no siento calor Phoebe suda. Pete no suda. Como un lagarto.
Paso. Pierna derecha. Izquierda. Cara en espejo una pupila enorme una sonrisa. Mi cara no es mi cara pierna derecha. Todos miran. Todos miran a FrankenAdam pierna derecha pierna izquierda. Esperan caída. No caeré. Miro pierna derecha camina camina.
—Alguacil —dice el juez—. Por favor, ayude al señor Layman a subir al estrado.
Alguacil coge brazo no noto noto sólo asco. Dirige tira pierna derecha pierna izquierda. Siéntate, Siéntate. Siéntate.
—Por favor, siéntese, señor Layman.
Siéntate. Sentado.
Brazo derecho. Brazo derecho.
—Por favor, levante el brazo derecho. Jura solemnemente… ¿Señor Layman?
Brazo derecho. ¡Brazo derecho!
—Señor Layman, por favor, levante..., gracias. ¿Jura...?
Habla. Habla. Habla. Habla.
—¿...y nada más que la verdad?
Habla. Habla.
—Señorita Jensen —dijo el juez, por favor, que quede constancia de que el señor Layman ha asentido, lo que indica que tiene intención de decir la verdad. Gracias.
Luz mal. Luz ámbar. Enfermizo como papel matamoscas sobre los ojos. Ojos uno dilatado otro no. Gordo se acerca al estrado. Guttridge. Guttridge con traje.
—Señor Layman —dice Guttridge—, por favor, en sus propias palabras, cuéntenos lo que sucedió la noche del baile de bienvenida de Oakvale.
Habla. Habla. ¡Habla!
—¿Señor Layman?
Habla. Habla.
—¿Señor Layman?
Habla.
—Su señoría —dice Guttridge, volviéndose—, el señor Layman se comporta como un testigo hostil.
Habla.
—Está intentando cooperar, abogado. Dele un momento.
Guttridge alza manos al cielo. Habla. Habla. Guttridge se vuelve. Mira a los ojos.
—Retiro la pregunta —dice—. Deje que le pregunte algo más sencillo, señor Layman: estamos aquí para determinar si mi cliente, Pete Martinsburg, es culpable de asesinato, ¿no?
Habla. Habla. Hablo.
—Lo siento, no he entendido bien lo que acaba de decir. La pregunta es si es consciente de que estamos aquí para determinar si Pete Martinsburg es culpable de asesinato.
Asiento.
—¿Cree que Pete Martinsburg fue al bosque de Oxoboxo con la intención de matarlo?
—Protesto. ¿Cómo iba a saber el testigo lo que tenía en mente el acusado?
—Su señoría —dice Guttridge, con su cara de enfado—, si tenemos que pasar por la farsa de celebrar un juicio por asesinato en el que la supuesta víctima entra en la sala por su propio pie, ¿no puedo al menos preguntar si le pareció que lo estaban asesinando?
—Creo que «por su propio pie» es una exageración —respondió el juez—, pero permitiré la pregunta. ¿Señor Layman?
Habla. Habla habla habla habla.
Habla.
—No.
No sonó como «no» sonó como golpe crujido como explosión dentro de una montaña.
Alguien gritó.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 4:59 pm

Capítulo 10

Transcrito por Shuk hing

TAK MIRABA CÓMO GEORGE se arrastraba hacia un mausoleo bajo, siguiendo a Popeye por el cementerio como un perro amaestrado. George iba con los brazos extendidos delante de él, con los dedos sucios, y las uñas largas y negras. Llevaba una caja de hojas de papel con su retrato.
El viento se coló por la sonrisa de Tak mientras arrancaba un buen trozo de cinta aislante y pegaba otra hoja a una lápida. Dio un paso atrás para ver la creación de Popeye.
«TE QUEREMOS A TI», decía el cartel, encima de una imagen borrosa de George que habían tomado en la Casa Encantada. La cabeza de George estaba ladeada, con la destrozada chaqueta de pana abierta para dejar al descubierto una camiseta hecha jirones a través de la que se le veían las costillas. El flash de la cámara le daba un brillo maniaco a los ojos, y los labios parecían sonreír. Apuntaba a la cámara con el meñique, obviamente roto, en un ángulo imposible, y algunos de los huesos de los nudillos eran visibles bajo una piel lista para resbalársele de las manos. Las palabras «¡PARA EL EJÉRCITO DE ESTADOS UNIDOS!» estaban escritas en el mismo color rojo, blanco y azul, debajo de la foto.
Y al final de todo, en letras mayúsculas más pequeñas, se leía: «PATROCINADO POR EL EJÉRCITO DE LOS ESTADOS ZOMBIS DE AMÉRICA».
A Tak le parecía que el folleto era genial. Además de llenar el cementerio de carteles, Tayshawn y los otros zombis verdaderos (los que no tenían ningún interés en unirse a la sociedad de los corazones vivos) estaban colgando más copias en las funerarias y en Oakvale High.
Cuando terminaron, Popeye y Tak se reunieron debajo de un ángel de piedra para esperar a que George los alcanzara.
—¿Le... quedan... copias? —preguntó Tak.
—Tenemos un cuarto de caja, más o menos —respondió Popeye, asintiendo—. ¿Sabes que hay... un puesto de reclutamiento de verdad... a unos tres kilómetros?
—Vamos... a ello —respondió Tak. Popeye hacía menos pausas al hablar cuando estaba haciendo realidad alguna de sus obras de arte—. Nos quedan unas cuantas horas... antes de que se despierten los bebedores de aire.
Popeye llamó a George, que estaba hurgando en una pila de hojas que se habían acumulado en la entrada de un mausoleo. George levantó la cabeza al oír su nombre y se acercó a ellos arrastrando los pies.
—¿Qué lleva... ahí? —preguntó Tak. George tenía la caja de carteles bajo un brazo y sostenía algo en su otra mano.
Entonces tropezó con una lápida baja y, al caer de cara a la tierra cubierta de escarcha, la caja se abrió en el suelo y parte de los papeles volaron por el cementerio. Popeye sacudió la cabeza.
—No tenemos... toda la noche —dijo.
Tak y él fueron a recuperar todos los carteles que pudieron mientras George se ponía poco a poco en pie. Cuando se levantó, vieron que llevaba una ardilla muerta cogida del rabo.
—Precioso —comentó Popeye, sonriendo—. ¿La acabas de... atrapar, George? ¿O ya estaba muerta?
Vieron que George se llevaba la ardilla a su irregular boca y la mordía.
—¿Por qué... hace eso? —preguntó Popeye. George estaba masticando al animal, con huesos y pellejo incluidos, mientras ponía cara de avidez, como si temiera que Tak y Popeye se lo quitaran.
—Cree que... es lo que debe hacer —explicó Tak.
—La muerte tiene que haberle... frito el cerebro —repuso Popeye; George lo miraba con la ardilla bien agarrada entre los dientes—. Esa es la foto que tendríamos que... haber usado en los carteles.
—¿Quién... sabe? Quizá... George... está haciendo lo que se supone... que tiene que hacer.
El aludido lo miró fijamente, y a Tak le pareció ver una breve chispa de emoción en su cara gris y arcillosa mientras masticaba, aunque seguramente se lo imaginaba. George era el zombi menos expresivo que había conocido. Era casi como si no le interesara intentar parecerse más al chico de factor biótico tradicional que era antes de morir. Tak no sabía si caminaba con los brazos extendidos porque tenía que hacerlo o porque quería hacerlo. Nadie sabía de dónde había salido, ni cómo había encontrado la Casa Encantada. Simplemente apareció un día en el porche y empezó a aporrear la puerta. Tayshawn lo había llamado George, y con ese nombre se quedó.
Los sonidos que hacía George al masticar el roedor no eran nada agradables. Tak lo observó comer y se preguntó si su compañero sería capaz de hablar si lo intentase.
—Muy buenos... modales —dijo Popeye, hablando delante del chico como si fuera demasiado estúpido para entenderlo. Tak se guardó sus comentarios y esperó a que George terminase de comer. Sospechaba que no era tan estúpido como Popeye creía; podía obedecer casi todas las instrucciones y estaba muy dispuesto a permitir que cualquier otro zombi lo tratase como a un criado, sobre todo Tak.
George le dio otro bocado al animal y tiró su cuerpo roto hacia las lápidas. Llegó sorprendentemente lejos. Después se pasó la embarrada manga de la chaqueta por la boca y caminó encorvado hacia ellos.
—¿Ya has comido bastante, George? —preguntó Popeye—. ¿Lo hueles? —le dijo después a Tak—. Creo que lo... huelo. Creo que ha conseguido devolverme el sentido del olfato.
—Lo huelo.
—Huele a... muerto.
—Sea lo que sea, no es Z —repuso Tak, y a Popeye le pareció muy gracioso—. George, vuelve a la... casa. Está a punto de salir... el sol. Vuelve a la casa y... espéranos.
Lo vieron avanzar entre las viejas tumbas de camino al bosque.
—Puede que yo sea... un artista —dijo Popeye, admirado—, pero ese chico... es puro arte.
Phoebe se despertó de mal humor; notaba que emitía una nube oscura de negatividad que le salía por los poros como un vapor espeso e invisible.
Su terrier, Gargoyle, la miró desde los pies de la cama, se volvió, saltó al suelo y salió corriendo antes de que su niebla lo envolviera.
No le quedaba energía para discutir con la señora Garrity cuando la mujer le dijo que Adam estaba «demasiado enfermo» para ir al instituto. «Los muertos no se ponen enfermos, señora Garrity», tenía que haberle dicho, pero entonces tendría que haberle preguntado si podía hablar con Adam. En vez de hacerlo, suspiró y caminó hasta el final de su calle para coger el autobús, calándose el gorro hasta las orejas para protegerse del frío que parecía surgir de su interior.
El autobús llegó siete minutos tarde. Lo primero que oyó al entrar fue la risa aguda y felina de Colette. Como no estaba de humor, se sentó en la parte delantera, al lado de un novato con gafas. Obviamente, el chico estaba aterrado. Phoebe se conocía lo suficiente para saber que muchos de los chicos más jóvenes la miraban con miedo. Margi decía que la miraban mal por la ropa gótica y la piel perfecta, mientras que Phoebe tendía a pensar que tenía más que ver con su presencia en el asesinato de Adam; con eso o con ser la causa del asesinato. Miró al chico, que se aferró a su mochila y clavó la vista al frente.
La llamaban la novia de Frankenstein, estaba segura.
—¡Phoebe, Phoebe! —oyó llamar a Margi desde el fondo del autobús.
Phoebe no hizo caso. Se aseguró de ser la primera en bajar, saliendo al pasillo del autobús mientras el chico de al lado permanecía agazapado en su asiento.
—¿Dónde está Adam? —le preguntó la señora Rodríguez al empezar la clase de álgebra, y, de haber tenido Phoebe el poder de la petrificación, lo habría usado sin pensarlo. Masculló que no lo sabía.
—Tommy tampoco está —añadió la señora Rodríguez—. ¿Sabes dónde anda?
Phoebe tuvo que tragarse la primera respuesta que se le ocurrió, que era preguntar a la señora Rodríguez si la había tomado por la madre de todo el depósito de cadáveres.
—No es propio de Tommy perder un día de clase —siguió diciendo la profesora. La chica se encogió de hombros y fue a su asiento, desde donde miró a TC Stavis, muy concentrado en evitar mirarla.
«Soy la gorgona —pensó, mirándolo con los ojos entrecerrados—. Mi mirada es mortal.»
TC se inclinó sobre su libro de álgebra y pareció encogerse.
Más tarde, en el comedor, Phoebe sacó un mediocre almuerzo de leche, zanahorias, macarrones con queso tibios y una manzana con una zona podrida tan grande como el cráter Tycho. Margi entró y se dejó caer a su lado con tanta desgana que derramó parte de la leche de Phoebe y le manchó la blusa.
—Hola, hola —dijo Margi, mientras Colette y Karen se sentaban frente a ellas—. Nuestra chica vuelve a ir de negro.
—Iba de negro —repuso Phoebe, frunciendo el ceño—. Ahora voy de negro y blanco —añadió, restregándose la parte delantera de la camisa con una servilleta.
—Deja que te ayude —dijo Margi, cogiendo otra servilleta y apretándosela contra el pecho. Phoebe le apartó la mano, y el sonido hizo reír a las chicas muertas—. Jo, corta el rollo jiujitsu, que sólo quería ayudar —se quejó Margi, esbozando una sonrisa irónica.
—Sí, gracias por la «ayuda».
—Todavía estás dándole vueltas al juicio, ¿no?
—No.
—A Adam se le fue la olla, ¿eh?
—¡No! —exclamó Phoebe, elevando la voz por encima del bullicio del comedor—. No, no se le fue la olla. ¿Quién te ha dicho eso?
—Bueno... —respondió Margi, mirando a Karen y Colette, que no la ayudaron. Karen le quitó la tapa a un recipiente con fresas en rodajas—. Me lo dijo Norm, que se lo oyó a Gary, que creo que habló con Morgan Harris, que debe de haberlo sacado de TC.
—TC —repitió Phoebe—. Un eslabón necesario en la cadena de los idiotas.
Margi sabía que la había incluido en la cadena, así que pasó por alto el comentario.
—¿Cómo fue de verdad?
—A veces no sé ni por qué hablo contigo.
—¿Porque reboso sabiduría y sé escuchar? —repuso Margi, poniéndose bizca.
Phoebe se volvió para mirarla y vio que, para completar su magistral representación de la idiotez congénita, había sacado la lengua y la había dejado colgando. Las chicas muertas guardaron silencio, como si notaran la tormenta que se gestaba dentro de Phoebe.
Entonces ocurrió algo extraño: al mirar la payasada de Margi, Phoebe notó que la nube oscura se disipaba.
—Ay, Margi —dijo, riéndose.
—¿Ves? Por eso sales conmigo.
—Seguramente.
—Venga, Pheebes —insistió Margi, inclinándose hacia delante hasta que Phoebe notó el roce de su pelo de punta en la mejilla—. Habla con nosotras, déjalo salir. Somos tus colegas.
—Ya lo sé —respondió ella. Karen y Colette habrían suspirado de alivio de haber podido—. Sé que lo sois.
Las preguntas llegaron a toda velocidad, pisándose las unas a las otras como en un poema de verso libre.
—¿Qué dijo?
—¿Está bien?
—¿Qué dijo Pete?
—¿Fue muy mal?
Phoebe levantó la mano.
—¿De verdad han dicho que a Adam se le fue la olla?
—Algo así —respondió Margi.
—Yo no he oído nada —repuso Karen, levantando la taza de fresas para que Colette intentara olerlas—. Nadie habla conmigo. Supuse... que había ido mal porque tenías cara de querer... matar a todo el mundo.
Phoebe suspiró e hizo rodar la manzana pocha sobre la mesa.
—No se le fue la olla. El abogado de Martinsburg hizo un millón de preguntas y estaba siendo lo más condescendiente posible. Adam lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo hablar.
—Tía, pobre Adam —dijo Margi.
—Me sentía fatal por él —añadió Phoebe.
Karen parecía querer decir algo, pero decidió meterse una fresa en la boca.
—¿Y qué hizo? —preguntó Margi.
—Intentó responder a una pregunta. Y lo hizo, pero su respuesta no era... inteligible. Eso sí, lo dijo muy fuerte.
—Yo todavía... hago eso, algunas veces —dijo Colette.
—¿De verdad? Creía que intentabas cantar —se burló Margi.
—Cállate —repuso Colette, lanzándole una mirada asesina.
—Da igual —intervino Karen.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Phoebe, pasmada.
—Bueno, Phoebe, para Adam no da igual, claro, ni para ti. Lo que digo es que habría dado igual lo... elocuente... que fuera Adam en el estrado. A ese chico no lo iban a castigar de todos modos.
—Le han puesto servicios a la comunidad —dijo Phoebe—, y tiene que ir al psicólogo.
—Ya ves tú —repuso Karen, seleccionando otra rodaja de fresa—. Psicólogo, y ni siquiera dejaron hablar a Tommy. No le resultó... fácil ir, ya sabes.
—A mí también me habría gustado que le pusieran una condena más dura —respondió Phoebe, después de mirarla para averiguar si la estaba acusando de algo. Los extraños ojos de Karen parecían sinceros.
—Una paliza o algo peor —propuso Margi.
—Algunos estarían de acuerdo contigo —dijo Karen—, salvo que no lo dirían de... broma.
Sonrió y se lamió el jugo de fresa de los labios.
—¿Estás bien? —le preguntó Phoebe, mientras la observaba clavar las uñas en una naranja.
—Bueno, curiosa pregunta, ¿no? —respondió Karen, arrancando la cóscara a la fruta con un violento giro de muñeca—, teniendo en cuenta las circunstancias.
—Estás molesta por algo. ¿O es por algo que he dicho? ¿Es por el juicio?
Karen la miró y, durante un momento, habría jurado ver una luz cobriza en la reluciente retina de sus ojos. La chica muerta se llevó la naranja a la cara e inspiró con fuerza. Estaba siendo aún más rara de lo normal; había ido a clase con vaqueros y una gruesa sudadera con un logo universitario pintado, en vez de sus faldas y vestidos de siempre. Faldas cortas y vestidos cortos, ropa que dejaba al descubierto buena parte de su piel de hielo blanco, incluso con el tiempo más frío. La luz desapareció de sus ojos.
—Lo siento, Phoebe, hoy tengo un mal día, ¿no? ¿Por qué crees que será? ¿No hacen falta hormonas, azúcar en sangre y todas esas cosas químicas para estos cambios de humor?
—Será el... formaldehído —dijo Colette.
Las risotadas de Margi se oyeron en toda la cafetería.
Karen se volvió hacia Colette y partió la naranja por la mitad para compartirla con ella.
—Cómo me alegro de que... progreses —le comentó. Colette rechazó la naranja y, como ni Margi ni Phoebe querían un trozo, la dejó sobre la servilleta, delante de ella.
—Hablando de progresos, estaba pensando que podríamos hacer algo chulo para intentar animar a Adam —comentó Phoebe—. ¿Una fiesta? ¿En la Casa Encantada?
—¡Qué buena idea! —exclamó Karen—. De verdad, Phoebe, creo que montar una... fiesta para Adam es genial. Estar rodeado de gente que lo quiere... tiene que ser bueno.
—Yo también... creo que... es bueno —dijo Colette—. Ojalá... alguien... lo hubiese hecho... por mí.
—Tenías que sacar el temita otra vez —repuso Margi, poniendo los ojos en blanco mientras cogía los gajos de naranja—. ¿No me vas a dejar en paz?
—Yo... nunca... estaré... en... paz —respondió Colette, mirándola, mientras una sonrisa nerviosa le tiraba de las comisuras de los labios.
Margi se puso a reír otra vez. La risa de Colette era muy diferente a la de Karen, que resultaba más realista. La de la otra chica sonaba como un alegre hipido ahogado, como el sonido que haría alguien si empezara a reírse con la boca llena de leche.
—Oye, ¿habéis visto... el periódico... esta mañana? —preguntó Colette, sin dejar de sonreír. Margi se rió por lo bajo, pero ni Karen ni Phoebe lo habían visto—. Los... chicos... prepararon... otra broma. Su idea de la... venganza, supongo. ¿Lo has traído? —le preguntó a Margi, que estaba rebuscando en su bolso.
—¿De verdad? —preguntó Karen, con demasiada inocencia.
—Sí, es... superdivertido.
Margi sacó un recorte arrugado de periódico y lo dejó sobre la mesa. George las miraba, desde la foto.
—¡Es genial! Mejor que pintarrajear el instituto, vamos —dijo Phoebe, riéndose.
—Tak y Popeye pueden ser muy listos —comentó Karen.
Phoebe logró penetrar en la enigmática expresión de su amiga y estaba a punto de decírselo cuando Margi hizo una pregunta:
—¿Es Tak el chico de la sonrisa eterna? ¿Y quién es Popeye?
—Los conocerás en la fiesta... de Adam —respondió Karen.
—Aj —repuso Colette—, ¿tienen... que... venir? Me gustan sus... bromas, pero...
—¿No quieres conocer a los artistas? —preguntó Karen—. Además, tampoco puedo... prohibirles ir. Es su casa.
—Lo... sé, lo... sé. Es que son... desagradables... a veces. Sobre todo con los... tradicionales.
—Son bastante bordes —dijo Margi—. Desde mi tradicional punto de vista.
—Sólo espero que no vayan... demasiado lejos —añadió Colette.
—Al menos van... a alguna parte —repuso Karen, agitando la mano—. De todos modos, seguro que Tak no quiere ir a la fiesta.
«Y eso sería perfecto», pensó Phoebe, aunque en voz alta dijo:
—¿Y si decoramos la Casa Encantada? Más o menos como hiciste para después del baile.
—Vale, Phoebe, me parece bien —respondió Karen.
—Invitaré a Thorny —dijo Phoebe.
—¿Y al resto del equipo de fútbol americano? —preguntó Margi—. ¿A todos sus antiguos colegas?
Phoebe pensó en algunos de los «antiguos colegas» de Adam: el psicótico de Martinsburg y el violento estúpido de Stavis.
—No sé... No creo que les interese ir. Quizá Thorny tenga alguna idea.
—Podemos decir que es un... velatorio —dijo Colette—. Ojalá... hubiese... tenido yo... uno.
—Ya estamos otra vez. Pasad de ella.
—Yo también he decidido pasar de ti, Margi —dijo Phoebe—. ¿Qué te parece, Karen? ¿El sábado es demasiado pronto?
—El sábado va bien. Tenemos todo el tiempo del mundo.
—Hablando de tiempo —repuso Phoebe, mirando a Karen con cara de nervios—, tienes que hacerme un favor.
.,No quería alargar las disculpas mucho más de lo necesario; de no haberlo retrasado tanto, quizá el numerito del pasillo no se hubiese producido. Karen tenía razón: como mínimo, le debía una explicación a Tommy.
Aun así, casi se sorprendió cuando Karen le dijo que, efectivamente, Tommy se reuniría con ella después de las clases. Se había portado tan mal con él que habría comprendido que no quisiera volver a hablar con ella nunca más, y sabía que, al margen de cómo saliese todo, no quería que eso sucediera.
—Hola —la saludó Tommy.
Llevaba pantalones caqui y una camisa blanca y azul con las mangas subidas; parecía uno de los modelos del catálogo de ropa de L. L. Bean, aunque mucho más pálido. Ella llevaba un grueso abrigo negro acolchado con una capucha forrada por dentro de piel falsa. Tommy nunca tenía frío.
Sabía que la había estado observando desde que había salido del instituto, que la había seguido con sus transparentes ojos azul grisáceo, unos ojos que eran del color del cielo de la mañana justo antes de dar comienzo a un día perfecto.
—Hola, Tommy —respondió, y se sentó a su lado, aunque notaba el helado metal de las gradas a través de la falda—. Gracias por venir. Y gracias por ir al juicio.
—Me alegro... de haber ido..., aunque no me... dejaran... hablar. —Sonrió, aunque con tristeza, como si ya supiera lo que su amiga iba a decirle—. ¿Te... sientes mejor? —Ella lo miró entrecerrando los ojos, preguntándose si la conversación iría por esos derroteros—. El otro... día fuiste... a la enfermería. Me dijeron... que te enviaron... a casa.
—Oh. Oh, sí, me siento mucho mejor. Supongo que me pasé con los caramelos de Halloween.
Entonces supo que la conversación sólo iría por esos derroteros si ella lo deseaba. Él era demasiado paciente y controlado para dejarse llevar por las emociones que sintiera, fueran las que fuesen.
Sus ojos (unos ojos que tenían un extraño efecto hipnótico sobre ella) eran limpios. Phoebe apartó la mirada.
—Quería disculparme —le dijo, y era como si tuviese que tragar saliva cada tres palabras—. No tenía derecho a decir lo que dije, no era cierto, y lo siento.
—Pero... tenías razón. Si pudiera haberme... movido..., Adam seguiría... vivo. —Las lágrimas que Phoebe había estado intentando contener empezaron a escaparse. Adam seguiría vivo, pero quizá Tommy hubiera muerto definitivamente. O quizá ella..., no había forma de saberlo. Lo que pasó, pasó, y no podía deshacerse—. Habría dado... cualquier cosa... por haber podido moverme.
—No podías hacer nada. Siento mucho haberte echado la culpa. De verdad, Tommy.
—Así que los dos... lo sentimos —respondió Tommy, asintiendo y levantando la vista al oír que los autobuses se alejaban. Faltaba poco para que lo que quedaba del equipo de fútbol de Oakvale High saliese al campo a entrenar.
Phoebe se abrazó las rodillas y escondió la cara para que él no la viera. Quería levantarse y abrazarlo, y que supiera que lo hacía con sinceridad, pero temía darle una idea equivocada.
También le daba miedo tocarlo porque temía descubrir que esa «idea equivocada» fuera la correcta.
Fue Tommy el primero en hablar, con voz ronca.
—Me... obsesionas... Phoebe.
—Lo siento. Lo siento, lo siento, lo siento.
—No... lo sientas. Quédate conmigo. Dame... otra... oportunidad.
Ella sollozó y se apartó cuando él intentó tocarle el brazo.
—No puedo, Tommy. Estoy con... Adam me necesita.
Tommy guardó silencio, aunque a ella le pareció notar el peso de su mirada en la nuca. Se secó los ojos con la manga.
—Murió por mí, Tommy.
—¿Lo quieres? —le preguntó él, al cabo de un rato.
Phoebe miró hacia los árboles de más allá del campo. No estaba segura de cuál era la respuesta a la pregunta, todavía no. Sentía algo por Adam que no sentía por nadie más; ¿eran dichos sentimientos amor o una profunda lástima envuelta en la culpa que sentía por su sacrificio? Era difícil saberlo de verdad, sobre todo en el estado de Adam.
¿Estaba enamorada de Adam?
Su corazón le decía que sí, en los escasos momentos en que su cerebro se estaba calladito, aunque no podía decirlo en voz alta; a Tommy, no.
—Me... necesita, Tommy. Ahora mismo no tengo... no tengo tiempo para nadie más.
Se levantó y volvió la vista para mirarlo allí sentado, en mangas de camisa a pesar del frío, tan implacable como la muerte. Si supiera, si al menos supiera de corazón que Tommy la quería a ella, a Phoebe, y no a cualquier chica viva bien dispuesta, quizá las cosas habrían sido diferentes.
Pero no lo sabía.
—Se acabó, Tommy.
Se volvió y empezó a bajar los escalones de acero.
—Phoebe —dijo él, y ella se detuvo—. Esto... es... lo que sentí... cuando... te apuntó... con la pistola...
Parte de ella quería disculparse otra vez, mientras que otra parte deseaba gritar. Quería gritarle: «Bueno, ¿no es eso lo que querías? ¿Sentir? Esto es sentir».
Sin embargo, una tercera parte, la parte que mantenía escondida, la hizo querer rendirse a otros sentimientos, salir corriendo hacia él, abrazarlo y darle el beso que él creía que le devolvería la vida.
Pero no lo hizo.
Se alejó.



_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 5:03 pm

Capítulo 11

Transcrito por Shuk hing

—¿SABES POR QUÉ Estás aquí? —preguntó la mujer, sonriente. Pete parpadeó dos veces como una rana y esperó a recuperar el aliento.
Angela Hunter era una de las mujeres más bellas que había visto en su vida, una despampanante rubia con un vestido azul marino cuyo estilo conservador no hacía más que enfatizar su atractivo. La sonrisa lo llevó a California, a las playas y a las amigas de sus hermanas, lejos de Connecticut, la tierra de los grandes abrigos, el suelo frío y los muertos.
—¿Señor Martinsburg? ¿Pete?
—Lo siento —respondió. No podía creer que fuera la misma mujer que se pasaba el día con los cadavéricos en aquella clase escupida. Qué desperdicio de carne caliente—. ¿Cuál era la pregunta?
—¿Sabes por qué estás aquí? —repitió ella, sonriendo con paciencia.
Pete estuvo a punto de reírse. ¿Por qué estamos todos aquí? ¿Por qué están aquí las hamburguesas de gusanos en vez de seguir pudriéndose tranquilamente bajo tierra, apartadas de nuestra vista?
—Sí —prefirió responder—: me condenaron a terapia y a servicios a la comunidad por mi participación en un delito de negligencia.
Ella dio unos golpecitos con un bolígrafo en el cuaderno rayado que tenía sobre el regazo, y él utilizó el movimiento como excusa para mirarle las piernas. La falda azul le llegaba por debajo de las rodillas, pero lo que veía de ellas era impresionante.
—Por delito de negligencia, ¿te refieres a un accidente?
—Sí —respondió él, mirándola de nuevo a los ojos—. Un trágico accidente. No era lo que pretendía, de verdad.
—¿Y qué pretendías?
Pete empezó a responder, pero la respuesta se le atragantó. La belleza de aquella mujer lo mareaba; se obligó a escoger sus palabras con cuidado.
—No sé qué pretendía. Sólo sé que no era esto.
—Ya sabes que no estoy aquí para probar o desmentir el acto por el que te ha condenado el Estado —repuso ella, asintiendo—. No es mi objetivo.
—¿Cuál es su objetivo? —preguntó él; le sudaban las palmas de las manos.
—Sólo hablar contigo —respondió ella. Por su tono, Pete creyó que iba a añadir algo más, pero no lo hizo.
—Sólo para hablar conmigo. ¿Eso es la terapia?
—Puede serlo. ¿Crees que necesitas terapia?
—No.
—¿Por qué crees que el Estado piensa que sí?
—No lo sé. —Ella esperó, sonriendo, y él suspiró—. Seguramente creen que sigo siendo un peligro para los zombis.
—¿Por qué iban a creer eso? No has hecho daño a ningún zombi.
Durante un instante pensó en el zombi pelirrojo, el que Stavis y él habían metido bajo tierra. Su expresión al ver que se aproximaba su segunda muerte... Pete no estaba muy seguro de qué significaba, aunque le gustaba pensar que era alivio. Decidió que el chico se lo había agradecido.
—No —respondió al final—, pero saben que no intentaba hacer daño a una persona de verdad. Layman se puso en medio y el arma se disparó. No quería hacerle daño.
—Una persona de verdad.
—Eso.
—Entonces, ¿los zombis no son personas de verdad?
Pete se miró los zapatos, después le miró las piernas y levantó la vista hasta llegar de nuevo a los ojos de Hunter, tomándose su tiempo; para que ella se diera cuenta.
—No he dicho eso.
—Bueno —repuso ella, asintiendo—, ¿y tú qué crees? ¿Los zombis son gente de verdad?
—No —respondió Pete, aguantando su mirada.
—¿Eran gente de verdad?
—No lo sé. —¿A quién le importaba si habían sido gente de verdad? Ya no lo eran, eso estaba claro.
—No lo sabes.
—Nadie lo sabe, ¿no? —dijo él, moviendo las manos rápidamente para ver si ella se sobresaltaba, y volviendo a intentarlo al ver que no lo hacía—. Quiero decir, de eso va este sitio, ¿no? ¿De estudiar a los muertos? No sé si eran gente. Por lo que sé, son otra cosa completamente distinta.
—¿Has visto a Adam después de su muerte?
—Sí —respondió Pete; no pudo evitar apartar la vista.
—¿Es la misma persona que era antes de morir?
—No lo sé.
—¿No? Había oído que erais amigos.
—¿Y? —Quería sonar hostil, pero ella no reaccionó.
—Háblame de cuando erais amigos.
—¿Y qué pasaría si la mando a la mierda?
Ella no hizo más que parpadear, lo que a Pete le resultó realmente impresionante.
—No estoy segura —respondió—. Supongo que, si no participas en la terapia decidida por el tribunal, te declararían en desacato y te cambiarían la condena o algo así. Puedo averiguarlo, si quieres.
—¿Por qué tengo que hablar de Adam?
—Porque estás aquí por él —dijo ella—. Parece un buen sitio para empezar.
—Fue un accidente. Antes éramos muy amigos. —Ella asintió, y Pete suspiró—. Estábamos juntos en el equipo de fútbol americano; por eso nos conocimos. Era el chico de mi edad más grande que había visto en mi vida. Ya lo sabe, está en su clase.
—Sí.
—Empezamos a quedar los tres, Stavis, él y yo, para levantar pesas y eso. Antes era un torpe, un bobalicón grandote, pero se ha espabilado mucho desde entonces.
—¿Stavis era el chico que estaba contigo cuando murió Adam?
Estuvo a punto de soltarle una bordería, pero se guardó sus comentarios. Aunque a la tía no le había costado mucho meterse en su cabeza, sabía que tendría que seguirle el juego un poco para contentarla y pasar por el trago.
—Sí, TC. Fuimos como los tres mosqueteros durante un tiempo. Nos llamaban la Banda del Dolor porque, cuando jugábamos al fútbol, dominábamos el campo, sobre todo en defensa. El entrenador nos solía poner a ambos lados de la pelota, pero normalmente estábamos juntos en defensa.
—La Banda del Dolor. ¿Quién os llamaba así?
—Todo el mundo. Creo que me lo inventé yo. —Ella asintió—. Pasábamos el rato juntos, sobre todo en el instituto, pero nos apartamos un poco a principios de este curso. Volví después de pasar el verano en casa de mi padre y ya no nos llevábamos bien o algo.
—¿Por qué? ¿Sólo porque pasasteis el verano separados?
—No. No quedábamos para salir los fines de semana, ni nada..., sólo los días de partido. Comenté algo sobre una chica que le gustaba, y supongo que la cosa empezó por ahí.
—Has dicho que pasaste el verano en casa de tu padre, ¿no?
—Sí, mis padres están divorciados. Mi padre vive en California, así que fui a su casa.
Levantó la mirada y vio en sus ojos que Angela Hunter creía haber dado con algo, con alguna pista para abrirle la cabeza de par en par. ¿Por qué narices había dicho todo aquello, parloteando como una niñita? Tenía que ser más listo.
—La chica sobre la que hiciste el comentario... ¿Adam estaba interesado en ella?
—Sí, Holly Pelletier —respondió él, dándole el nombre de una tía con la que Adam (y la mitad del equipo de fútbol) había salido de vez en cuando; la mentira le salió con naturalidad—. Bueno, salieron juntos unas cuantas veces, pero ¿cómo iba a saber yo que sentía eso por ella? Tampoco dije nada tan malo, sólo que pensaba pedirle que fuera conmigo al baile de bienvenida. A él se le fue la olla.
—¿Se le fue la olla?
—Lanzó el casco y todo. Cuando un tipo tan grande se cabrea, te preparas para lo que venga. Me dijo que me arrancaría las piernas si me pillaba mirándola raro. Le respondí que se relajara, que no había problema.
—Ya veo.
—Y eso fue todo, la verdad. No hablamos mucho después de eso. Lo intenté, pero creo que estaba celoso, paranoico o algo.
—¿Fue eso antes de que Tommy Williams se uniera al equipo?
—Después. No, antes. No estoy seguro.
—¿Cómo influyó la llegada de Tommy al equipo en tu amistad con Adam?
—De ninguna forma, en realidad. De todos modos, ya no éramos muy amigos.
—¿Qué te pareció que Tommy se uniera al equipo?
—No puedo mentir, no me gustó. No creo que estuviese bien y sigo sin creerlo.
—¿Por qué?
—Porque —empezó Pete, escogiendo sus palabras con cuidado—... Porque no podía jugar. No me parecía justo. Los otros chicos se esfuerzan mucho por conseguir salir al campo y entrar en el equipo, ¿y a este chaval lo meten sólo porque está muerto? ¿Sólo porque el instituto quiere probar lo liberal y políticamente correcto que es? No estaba bien.
—Entonces, ¿estás diciendo que a Tommy sólo le dieron tiempo de juego porque tiene un factor biótico diferente?
—Claro que sí. No podía moverse, no podía correr —respondió Pete—. Llegaba el último en todas las carreras. No es por faltar el respeto, pero los chicos que no pueden jugar no deberían ponerse el uniforme. No está bien.
—¿Se quedan muchos aspirantes fuera del equipo?
Por la forma en que lo preguntaba, Pete sabía que ya conocía la respuesta.
—No, la verdad es que no.
—¿Salió mucho al campo en el único partido que jugó?
—Es por principios —insistió él—: si no puedes jugar, no deberías jugar.
—Así que te molestó.
—Claro que me molestó, pero sólo jugó ese partido, así que lo dejé correr.
—¿Por qué crees que te molestó tanto?
—Porque no estaba bien.
—¿Qué no estaba bien?
Pensó en ponerlo sobre la mesa: no estaba bien que los muertos fingieran estar vivos; no estaba bien que Julie estuviese muerta y Tommy no lo estuviese del todo; no estaba bien que la señorita Pantisnegros prefiriese a una hamburguesa de gusanos antes que a él. Nada de eso estaba bien.
Sin embargo, lo que hizo fue reiterar lo que había afirmado antes:
—Como he dicho, no estaba bien que lo dejaran jugar mientras otros chicos que se lo merecían más se quedaban en el banquillo. Los demás tuvieron que trabajar duro para conseguir ese tiempo de juego.
—Como tú.
—Sí, como yo. Me dejé el pellejo para estar seguro de que jugaría aquel partido.
—También has trabajado mucho hoy —repuso Angela—. Creo que ha sido un buen comienzo. Vamos al despacho y llamaré al señor Davidson para que te pongas con la parte de servicios a la comunidad de tu condena. Espera aquí un momento.
Pete la observó salir, preguntándose cómo iba a sobrevivir a otras veintitrés semanas de aquello. Oyó la voz de Angela por el intercomunicador llamando al señor Davidson. Mientras, examinó el despacho: estantes con libros, dos sillones, una mesita baja con una jarra de agua y dos tazas; un cuadro de la costa de Nueva Inglaterra en la pared, un barco a lo lejos.
Angela regresó con un hombre alto que tenía una cabeza calva y con forma de cápsula. El hombre miró a Pete con tanta expresividad y calidez como los muertos vivientes. Llevaba una cazadora azul con el logo de la Fundación Hunter y un cinturón con un teléfono Nextel enganchado a la cadera izquierda y una pistola a la derecha.
—Pete —dijo Angela—, éste es Duke Davidson, el director de operaciones de la fundación. Será el responsable de supervisar tus horas de servicios a la comunidad.
Pete no sabía si debía levantarse para darle la mano, pero Davidson entrecerró los ojos y lo mantuvo clavado en el asiento con la mirada; daba la impresión de que el hombre se relamía ante la perspectiva de ponerlo a trabajar.
El chico pensó en hacer alguna broma sobre la pistola, pero teniendo en cuenta la razón por la que esraba allí, no le pareció buena idea.
—Hola —dijo, esperando dar la imagen de alguien que no quiere crear problemas.
—Doscientas horas —repuso Davidson—. El reloj se pone en marcha ya.
—Te veré la semana que viene, Pete —le dijo Angela mientras él salía del despacho con Davidson.
—Gracias —masculló.
—El término operaciones tiene un significado muy amplio en la Fundación Hunter —explicó Davidson, dando grandes zancadas ruidosas con sus pesadas botas por los relucientes pasillos de baldosas y paredes de hormigón—. Se refiere a seguridad; se refiere a mantenimiento de la planta física; se refiere a suministros; te refiere a fontanería, a jardinería y a todo lo que haga falta para que el funcionamiento de esto sea lo más fluido posible.
Se detuvo delante de una puerta, sacó del bolsillo un llavero lleno de tarjetas de acceso y llaves, y metió una de las tarjetas en la ranura de al lado. La puerta se abrió, y Davidson la empujó y encendió la luz; dentro había un armario de suministros con varias estanterías de bronce de cañón gris llenas de productos de limpieza, bombillas y paquetes de toallas de papel.
—También se refiere al trabajo de conserje —siguió diciendo el hombre mientras sacaba un cubo de fregona amarillo con ruedas y escurridor—. Sobre todo en tu caso.
—Mucha seguridad para guardar unos utensilios de limpieza.
Davidson cogió algunos de los productos. Pete, que estaba detrás de él en el umbral de la puerta, miró la pesada arma que colgaba de la cadera del hombre, sujeta con una sola correa de cuero.
—Si alguna vez quieres destrozar un sitio, prende fuego en el armario del conserje —respondió Davidson sin volverse.
—Lo tendré en cuenta.
—Bien —dijo el otro mientras echaba líquido en el cubo—. Utiliza esto para fregar los baños. Si intentas coger mi pistola, te romperé la muñeca. Eso para empezar.
—No... no iba a hacerlo.
—Sólo para que quede claro —repuso Davidson, mirándolo.
Después cogió un pulverizador del fregadero que había al fondo del armario y lo usó para echar agua caliente en el cubo, lo que hizo que surgiera de él un vapor con olor a limón.
—Con un poquito de esta cosa vale. Me da igual la exactitud; no somos científicos.
—Vale.
—Hay cámaras por toda la instalación. La mayoría no las verás nunca, y algunas de las que ves en realidad no funcionan. Yo vigilo los monitores. Mi personal vigila los monitores. Algunos de tus colegas del instituto cobran por vigilar los monitores y ganan créditos por hacerlo. Te verán fregar el suelo para pagar tu deuda con la sociedad. Seguro que algunos estarán deseando cazarte haciendo algo que no tendrías que hacer; seguro que algunos estarían encantados de poder acusarte de algo que diera con tus huesos en la cárcel, en vez de estar aquí, cumpliendo tu pena fregando suelos y limpiando los baños que usan los vivos.
A Pete se le ocurrió que Davidson pasaba mucho tiempo rodeado de muertos: en sus palabras había sarcasmo, pero, por su inflexión, nadie lo diría. Además, había otra cosa en las palabras de aquel hombre, un mensaje oculto bajo su mirada vacía y su voz monótona, algo que Pete debía descifrar.
—Tendré cuidado —le aseguró.
—Cuidado —repitió Davidson, lanzándole un par de guantes verdes de látex al pecho—. Sí, ten cuidado. Coge esa fregona que hay junto a la pared y saca el cubo al vestíbulo. Vamos a pasarnos por la sala de monitores para buscarte una chaqueta.
Pete obedeció sin comentar nada. Davidson salió detrás de él y metió de nuevo la tarjeta en la ranura para bloquearla.
Los pasillos de la fundación le recordaban a los pasillos de su colegio de primaria: largos túneles grises sin ventanas, luces fluorescentes en el techo que emitían un brillo tenue. Uno de cada dos paneles estaba apagado; quizá la fundación intentaba ahorrar en la factura eléctrica, o quizá los muertos no necesitaban tanta luz.
Los muertos.
Sólo pasaron delante de un despacho en su largo paseo. Pete miró por la puerta abierta y vio a Angela hablando con su antigua colega, Rosita McMelones, la amiga regordeta y pechugona de Phoebe Pantisnegros. Había otra chica en el despacho, pero Pete sólo vio de ella una nube de llameante pelo rojo, ya que estaba sentada frente a una pantalla de ordenador en la pared opuesta a la puerta. El pelo de Rosita, un espeso nido de rígidas puntas rosas, hacía que pareciese tener un enorme erizo marino en la cabeza.
La chica levantó la mirada cuando pasaron, y Pete vio que ponía cara de reconocerlo bajo la gruesa capa de maquillaje que le rodeaba los ojos, así que le guiñó un ojo.
«Todavía estás en mi lista, guapa», pensó, recordando la expresión de la cara de Rosita cuando le enseñó la lista de estudiantes de la clase de estudios zombis con el nombre de Evan Talbot tachado. La chica apartó la mirada tan deprisa que el nuevo jefe de Pete se dio cuenta y lo miró. De repente, Pete se concentró en dirigir el cubo de la fregona hasta su destino.
—No me estás escuchando —dijo Davidson.
—¿Perdón?
—Hay cámaras por todas partes. ¿Crees que vas a hacer amigos con esas chiquilladas?
—¿A qué se refiere?
Davidson se paró y se volvió de manera tan brusca que Pete estuvo a punto de atropellado con el cubo. «Justo lo que necesito —pensó—, manchar las relucientes botas negras del jefe.»
—Creo que no lo pillas —le dijo Davidson—. ¿Quieres librarte de un asesinato o no? —Pete lo miró sin saber bien cómo responder—. Tienes una oportunidad. No la fastidies.
—Vale, vale.
Davidson lo observó durante un momento antes de volverse.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 5:04 pm

Capítulo 12

Transcrito por Shuk hing

«¿POR QUÉ SIEMPRE TIEne que estar en el comité de recepción?», pensó Phoebe al ver a Takayuki posado como un buitre sobre la barandilla del porche hundido. El chico levantó la cabeza lo justo para mirar con odio el coche en el que iban mientras se apartaba el pelo oscuro de la cara.
—Parece simpático —comentó el padre de Phoebe.
—Es Takayuki —dijo Margi desde el asiento de atrás—. Y no es simpático.
Estaba siendo sarcástico.
—Lo sé.
Paró el coche y salió para ayudar a Margi a sacar del asiento trasero a Adam. A Phoebe le pareció que Takayuki dejaba escapar un ruidito desdeñoso, pero, cuando se volvió, el chico saltó al suelo y se marchó hacia el bosque; de algún modo, conseguía que las cadenas oxidadas de su cazadora de motero no hiciesen ruido al caminar.
—¡Hola, Adam! —dijo una voz alegre desde la casa, y algunos de los zombis (Karen, Colette y Tommy, entre ellos, todos con unos absurdos sombreritos de fiesta puntiagudos) salieron a recibirlo. Tommy miró a Phoebe brevemente a los ojos, y ella recordó su conversación, todas las preguntas sobre qué sentía por Adam. Se volvió, saludó a Mal, un zombi que rivalizaba con Adam en tamaño, y él agitó los dedos en respuesta. Después se apoyó en Adam, preguntándose si Tommy la seguiría mirando, pero negándose a comprobarlo.
Thorny ya estaba en la casa, junto con Norm Lathrop (que había sido la pareja de Margi en la noche del baile de bienvenida), Denny Mackenzi y Gary Greene. Phoebe vio que Gary escondía una lata de cerveza detrás de la espalda al ver a su padre.
Phoebe cogió a Adam de la mano, a la espera de su reacción, y, durante largo rato, no percibió ninguna; pero entonces vio que la comisura de los labios se torcía hacia arriba y suspiró aliviada. «Gracias, Dios», pensó.
—No sabía que Norm iba a estar aquí —susurró Margi—. No hemos hablado mucho desde el baile.
—¡Hola, Margi! —exclamó Norm, saludándola con la mano.
—Qué mejor momento —dijo Phoebe, empujándola hacia delante.
—Phoebe —la llamó su padre—, tengo que hablar contigo un minuto.
Ella no quería soltar a Adam, ni siquiera un segundo, pero se unió a su padre junto al coche, y vio que Karen y Colette se colgaban de los brazos de Adam y lo guiaban por los desvencijados escalones del porche.
—Phoebe, ¿era cerveza lo que llevaba ese chico?
La chica contuvo el aliento cuando vio a Adam tambalearse en lo alto de las escaleras, cerca de donde estaba antes Takayuki, y respiró al ver que Karen tiraba cariñosamente de él para enderezarlo. Había estado a punto de responder: «¿Qué cerveza?»; pero decidió ser sincera.
—Creo que sí.
—Ya sabes lo que opino de que vayas a fiestas con alcohol.
—Sí. No sabía que habría bebida. La verdad es que pensaba que no vendría ningún chico con factor biótico tradicional, salvo Margi y Thorny.
Su padre la miró; casi se podía oír cómo giraban los engranajes de su mente.
—Los discapacitados vitales no beben, ¿verdad?
—Ahora los llaman chicos con diferente factor biótico, papá —repuso ella—. Y no, ni beben ni comen ni duermen. Excepto Karen. Ella come fruta de vez en cuando, aunque creo que es por hacerse la rara.
Su padre abrió la boca y volvió a cerrarla bruscamente.
—¿Conoces a ese chico?
—Gary Greene. Lo habrá invitado Thorny..., los dos son del equipo de fútbol. Habré hablado con él un par de veces.
Él asintió, volvió a mirar a la casa y después al bosque en el que se había metido Tak.
—Papá, no voy a beber nada. No bebo. Estoy aquí por Adam.
—Aquí es donde murió, ¿no? —repuso él, asintiendo—. ¿En el bosque de ahí?
Ella bajó la cabeza, asintiendo también. En el interior de la casa habían puesto una vieja canción de Van Halen en honor de Adam, a un volumen que amenazaba con tirar las pocas tablillas que quedaban en el tejado.
—Vale —dijo su padre, e hizo algo que no solía hacer cuando estaban sus amigos cerca: abrazarla—. Sabes que confío en ti. Y quiero que Adam se lo pase bien. Si alguien se pone tonto, me llamas, ¿vale?
—Vale —respondió ella, devolviéndole el abrazo.
—Eh, no te pases —le pidió él antes de darle un beso en la cabeza—. ¿No te preocupa que todos tus amigos zombis te vean abrazando al pringado de tu padre?
—Qué va. Y no eres un pringado..., casi nunca.
El hombre suspiró, y ella supo que conduciría en círculos por las calles que rodeaban la Casa Encantada durante un rato, por si había problemas y ella lo llamaba.
—Estaremos bien —le aseguró, despidiéndolo con la mano mientras él subía al coche.
«Al menos, la mayoría lo estará», pensó, corriendo a la casa. La música sonaba a tope y unos haces de luz salían por las ventanas rotas, lo que significaba que los zombis habían logrado volver a colgar la bola de discoteca y las luces, igual que la noche de la fiesta. Notó un escalofrío y se preguntó si Adam estaría experimentando el mismo déjá vu que ella. Corrió escaleras arriba, temiendo que la pista de baile que usaban los zombis fuese una macabra réplica de aquella noche: Adam bailando con Karen, sin la chaqueta y con la corbata de seda azul suelta.
Efectivamente, estaba bailando, o, mejor dicho, estaba de pie mientras los demás bailaban a su lado. Colette y Margi giraban a su alrededor como si fuera un poste, tirándole de los brazos y locándole los hombros mientras daban vueltas.
Phoebe lo vio mover la cabeza para intentar seguir a Colette en su recorrido en torno a su cuerpo. No conseguía descifrar su expresión y, durante un segundo, temió que pensara que se burlaban de él; entonces, Margi hizo una pirueta delante del chico, subiendo los brazos sobre la cabeza y dejando que el vaporoso vestido subiera. Adam levantó la mano, como si intentara coger la de su amiga, pero ella ya había cambiado de posición. Phoebe decidió que el gesto significaba que Adam se divertía, así que se unió a ellos e intentó no ruborizarse cuando Colette y Margi empezaron a silbarle.
Se apoyó en Adam y acercó la boca a su oído.
—Siento haber tardado —le dijo—, tenía que hablar con mi padre.
Él le echó una mirada extraña, y ella se prometió no volver a dejarlo solo en toda la noche.
Unos cuantos de los chicos con factor biótico tradicional estaban haciendo el saltito del zombi: una serie de movimientos espasmódicos, como si sufrieran un ataque. Kevin Zumbrowski, que acababa de aprender a sonreír, era un maestro del saltito del zombi y a veces se movía como si lo estuviesen electrocutando. A nadie le preocupaba que sus movimientos no tuvieran nada que ver con el ritmo de la canción, y menos que a nadie a la chica muerta que tenía al lado, cuyo repertorio de baile se limitaba a agitar el hombro derecho.
Tommy hablaba con Thorny, Denny y Gary Greene. Denny y Gary tenían latas de cerveza. Karen observaba a los chicos con los brazos cruzados y una expresión inquisitiva.
Margi le dio un golpe de cadera a Phoebe y, como ella no se lo esperaba, el impulso estuvo a punto de tirarla al suelo.
—Vas a hablar con él, ¿no? —le preguntó Margi, gritando para hacerse oír sobre el fuerte latido de la música.
—¿Con quién?
—Con Tommy, estúpida.
Phoebe miró rápidamente a Adam, que había conseguido mover uno de los pies, y después le lanzó a su amiga una mirada asesina.
—¿Qué? —preguntó la chica; el sudor empezaba a aplastarle las puntas—. ¿Vas a hacerlo?
—Ya he hablado con él —respondió Phoebe, acercándose más a ella para que, a ser posible, no se enterasen de la conversación todos los chicos muertos de Oakvale. Hablar de ello ya la hacía sentirse rara, porque eran el tipo de detalles que, antes de la muerte de Adam, Margi y ella compartían casi de forma intuitiva. Como ahora pasaba todo el tiempo con Adam, tenían que ponerse al día de vez en cuando.
—¿Ah, sí? ¿Qué le dijiste? —gritó Margi, despreocupada, parándose a chillar a Colette, que intentaba bailar.
—Que se ha terminado —respondió Phoebe, animando a Colette en silencio. Lo bueno de la ausencia de Phoebe era que la relación entre Colette y Margi se había fortalecido—. Y que ahora estoy con Adam.
—¿Con Adam? —preguntó Margi, mirándola con interés—. ¿Cómo en «con» Adam?
—Bueno, sí. Más o menos. —Así pensaba Phoebe en Adam y ella, al menos, como en una pareja. Era como un entendimiento entre ellos, aunque ninguno lo hubiese dicho tal cual en voz alta.
—¿Y él lo sabe?
Phoebe empezó a responder cuando una sombra cayó sobre ella; levantó la vista y vio que Adam estaba a su lado, como un árbol. Iba a preguntar a Margi qué había querido decir, pero la chica ya se había largado a bailar con Colette. Phoebe dio un paso adelante y rodeó a Adam con sus brazos mientras acababa la canción.
—¿Te diviertes? —le preguntó. Él asintió muy lentamente y abrió la boca para decir algo, aunque lo cortó otra canción que destrozaba los altavoces.
Phoebe apoyó la cabeza en su pecho y fingió que la percusión era el latido de su corazón.
—Ha salido bien, Phoebe —dijo Karen.
Estaban de pie en el patio de la Casa Encantada, a la sombra del granero medio derruido. Hacía unas cuantas canciones que Adam había señalado el bosque a través de la ventana del salón de los muertos; Phoebe supo lo que quería, así que lo cogió de la mano e inició el laborioso proceso de ayudarlo a recorrer la casa y salir por la puerta de atrás. Karen los alcanzó justo cuando se iban.
—Gracias, Karen —dijo la chica, mientras Adam daba otro vacilante paso hacia los árboles. Phoebe se mordió el labio inferior.
—Es una pena que los chicos nuevos no quisieran venir.
—Sí. Cooper me dijo que todavía los ponía nerviosos estar con muchos zombis juntos, por lo que pasó en Dickinson House. El incendio.
—La masacre, querrás decir. Bueno, esos chicos que trajo Thorny vinieron a preguntar a Tommy si quería volver al equipo de fútbol. Y lo decían en serio,
—¿De verdad? —preguntó Phoebe, tragando saliva—. ¿Va a hacerlo?
—No, pero creo que le ha sentado... bien oírlo.
Adam dio otro paso. Phoebe quería volver a la casa para decirle a Tommy que debería volver al equipo, que sería bueno para él y para todos los que lo tenían como modelo a seguir. Sin embargo, no lo hizo; debía estar con Adam, sobre todo en aquel momento, sobre todo por el lugar al que quería ir. Adam dio otro paso y a ella le resultó extraño que cuanto más cerca de su objetivo estaba, más deprisa se moviera. Phoebe estaba asustada; no sabía si soportaría volver allí, pero tenía que hacerlo.
—Siempre es bonito sentirse... querido —dijo Karen.
—¿Qué se supone que quieres decir? —¿Estaba haciendo algún críptico comentario sobre Tommy? ¿O era otra cosa?
—Oh, nada. Adam, cielo —siguió Karen—, ¿por qué quieres ver el sitio en el que moriste?
Phoebe contuvo la respiración, y Adam se volvió hacia Karen.
—No respondas —dijo la zombi—, ya sé... por qué. No podemos evitarlo, ¿verdad? Pero, en realidad, no es bueno. Nosotros nos... mudamos... de nuestra antigua casa porque allí era donde había... donde había muerto. —Phoebe apretó la fría mano de Adam con fuerza; se preguntaba si Karen le contaría a Adam lo que sólo Margi y ella sabían: que Karen se había suicidado—. Cuando regresé..., entraba allí... todos los días. En el baño... de arriba. Entraba y me quedaba de pie al lado de... la bañera. Durante horas. Ahí fue donde... morí. Mis padres llegaban a casa y yo seguía... allí de pie, mirando... la bañera. A veces me sentaba en ella. —Adam parpadeó lentamente y Karen suspiró—. No era sano. Me alegro de que nos mudáramos.
—Quiero... ver —dijo Adam.
—De verdad que no es buena idea —insistió Karen, sacudiendo la cabeza.
—Quizá deberíamos hacerle caso, Adam —dijo Phoebe, cogiéndolo del brazo y buscando alguna señal en su cara, alguna expresión que le dijera qué pretendía Adam volviendo al lugar en el que había expirado—. Quizá deberíamos volver a la casa, escuchar un rato más...
—No —respondió él sin mirarla. Ella se sintió dolida, pero consiguió disimularlo.
—Vale, Adam, podemos ir, si quieres.
—So... lo —repuso Adam, sacudiendo el brazo para librarse de ella.
Ella lo soltó, sorprendida; lo miró y se preguntó por qué no la miraba, por qué no quería ir con ella. Empezó a protestar, pero se calló cuando él por fin se volvió para mirarla.
—Solo —repitió, y, a pesar de la falta de inflexión en su voz, le pareció detectar un tono cariñoso.
Se quedó mirándola; su cara era una máscara indescifrable.
—De acuerdo, te espero aquí —contestó al fin Phoebe.
Adam no dijo nada antes de iniciar su lento avance hacia el bosque.
Phoebe notó el peso del brazo de Karen sobre los hombros mientras su amigo desaparecía entre las sombras.
—No te preocupes, cielo —le dijo la chica; notaba su voz como un frío susurro en la oreja—. Estará... bien. Ya nada puede... hacerle daño.
Phoebe sacudió la cabeza, rozando la mejilla de la chica muerta con la suya.
—No es cierto —respondió—. No lo es.
Sin embargo, incluso mientras lo decía, sabía que en realidad hablaba de sí misma.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 5:06 pm

bueno chicas jejejeje ya teneis para entreteneros mientras el foro de Dana hace los siguientes ^^

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
LILITH

avatar

Grupos : *Lectora *Transcriptora
Mensajes : 11
Rango : 3
Fecha de inscripción : 03/11/2010
Localización : COLOMBIA

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 03, 2010 7:18 pm

increible estan adelantadisimas gracias

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
laura

avatar

Grupos : *Lectora
Sagitario Mensajes : 93
Rango : 13
Edad : 43
Fecha de inscripción : 01/04/2010
Localización : Valencia

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Vie Nov 05, 2010 4:57 pm

:bravo:
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Sáb Nov 06, 2010 9:42 am

Al principio que empece a leer creí que habían googleado jajajajajaja pero ya sé que eso no lo hacen ustedes y seguí leyendo y ya me di cuenta de que es el zombie jajajJajaja y aparte es transcrito. Esta bueno el tema!!!

Gracias chicas :bravo:

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Sáb Nov 06, 2010 11:26 am

Nanis jajajaja si no te leiste el primero, está en descargas ^^ o en proyectos terminados XDD

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 8:27 am

Jejejejej sí Gemma, ya lo tengo en mi poder, por cierto, eso que dijo Shuk del diseño es muy cierto, esta bien locochon y en algunos pedazos se olvidaron de cambiar el color de letra y no se ve nada por mas que le busques, pero esta bueno, graciasssss!!!

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 5:04 pm

Capitulo 13
Transcrito por Dana_Alexia


PIERNA DERECHA. PIERNA IZQUIERDA. Derecha daño he visto daño Phoebe daño cabrón pierna izquierda. Pierna derecha daño Phoebe triste estoy triste también Phoebe es culpa o es más nunca hubo más así que será culpa. Para. Phoebe triste.
Para. Corrí por este sendero Aquella Noche. Aquella Noche corrí y corrí como el viento corrí Phoebe gritaba corrí salvé a Phoebe salvé a mi amor Phoebe disparo disparo muerto corre corre pierna izquierda pierna derecha corre corre.
Caigo. Levanta. Levanta.
– Cómo caen… los poderosos – dijo una voz –. Literalmente.
Levanta.
Sonrisas. Levanta. Brazo derecho brazo izquierdo empuja pierna derecha empuja. Brazo derecho e izquierdo pierna derecha empuja.
– Deja… que te ayude – dijo Tak. Tak Sonrisas.
Habla. Para habla habla.
– No… puedes.
– Claro que… puedo – respondió Sonrisas.
Sonrisas fuerte levanta ayuda no ayuda levantarme Sonrisas no sonríe. Aquella Noche Sonrisas encontró a Pete Sonrisas detuvo a Pete yo detuve a Pete detuve bala de Pete.
– Sucedió justo… ahí – dijo Sonrisas, Sonrisas señala – . Ahí… es donde… moriste.
Mira. Mira pierna derecha pierna izquierda. Mira no hay sangre hojas y tierra y sangre sangre no hay chupada por la tierra no hay vida.
– Todos… lo hacemos… alguna vez – dijo Sonrisas – . Como golondrinas…a… Capistrano, Revivimos… nuestra… muerte.
Mira. Mira no sangre sangre en la tierra se filtró en el suelo lágrimas de Phoebe se filtraron en la piel piel muerta. Phoebe me sostuvo me sostuvo y lloró y lloró y morí. Me fui me fui donde una puerta se cierra una puerta se abre. ¿Qué mano giró el pomo?
– Morí en la… carretera… de Garden State – dijo Sonrisas – . Un camión… golpeó de refilón mi moto. Cuello roto.
Sonrisas mira Sonrisas cruje cabeza de Sonrisas sobre hombro cabeza en ángulo sobre hombro Sonrisas levanta la cabeza cruje rechina cabeza en su sitio Sonrisas sonríe.
– Nos odian porque… les recordamos… el futuro.
Mira. Mira. Sonrisas baja camiseta Sonrisas levanta mano extiende huesos blancos Sonrisas muerto muerto como yo como yo muerto.
– Nos odian… e intentarán… destruirnos – dijo Sonrisas – . Pronto.
Odian no odian. Joe no odia PTD no odia ohnny no odio Jimmy odia odia Phoebe Thorny Margi no odian Phoebe ama Phoebe. Habla ama habla ama.
– Ama…
Sonrisas rió los muertos pueden reír no puedo reír Sonrisas no Sonrisas muerto.
– No, nada amor. Ella… no te ama. Ella… no lo amaba… a él, y no te ama… a ti.
Brazo derecho. Brazo derecho brazo derecho brazo derecho. Fallo. Sonrisas rápido Sonrisas veloz Sonrisas ríe.
– Sé… que duele. Duele… estar muerto. El dolor… empeorará.
Para. Habla para habla para.
– Empeorará. Empeorará porque… empezarás a sentir. Empezarás a… recordar cómo era… sentir. Sentir de verdad. Puedes… enfadarte. – Sonrisas sonrió –. Como acabas… de hacer. Sentirás… un poquito. Recordarás… sentir. Y odiarás… como ellos odian.
No odio amor no odio amo Phoebe amo.
– La odiarás… incluso a ella, porque te recordará… el pasado.
No odio Phoebe amo no odio odio.
– No hay pasado. No hay… futuro. Solo el… interminable presente.
Sonrisas camina camina hacia oscuridad hacia bosque sin sendero derecho a la oscuridad pierna derecha sonrisas perdido en la oscuridad.
– Cuando estés listo… para odiar… te estaré esperando… en el presente.
Se marcha. No odio.
No.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 5:06 pm

Capitulo 14
Transcrito por Dana_Alexia


– ¿HAS HABLADO ya con el cirujano plástico? – le preguntó su padre desde la otra costa.
Pete resopló por el teléfono, ya que habría preferido que su padre le preguntara si le dolía la cara y expresara su preocupación por él, en vez de tener que soportar otra pregunta más sobre el cirujano plástico.
– No.
– ¿Por qué no?
– Porque no he querido verlo.
Desde su herida, Darren había llamado prácticamente día si, día no para preguntar si Pete se había operado. Nunca le había prestado tanta atención a su hijo desde que los abandonara a su madre y a él. Ni siquiera durante los veranos que pasaba en su casa tenía tanto contacto con su padre como el que le procuraba la cicatriz.
– Tendrías que arreglártelo.
– Sí.
«Pero si me lo arreglo, dejarás de llamarme, ¿verdad?», pensó.
– Bueno, tengo una reunión telefónica dentro de cinco minutos y hay que prepararse. ¿Cómo van los servicios a la comunidad?
Darren nunca preguntaba por la terapia, sólo por los servicios.
– Bien. Hoy me toca hacer las horas de la treinta y uno a la treinta y cinco – contestó Pete. El sonido de la voz de la secretaria de su padre en el busca le dijo que Darren ya había desconectado mentalmente de la conversación.
– Genial – respondió, con el entusiasmo de un zombi –.
– Sí – dijo –. Adiós.
Pero su padre ya había colgado. Vio a un zombi por el parabrisas del coche, un monstruo de piel pastosa con una chaqueta vaquera azul.
– ¿Era tu padre? – le preguntó su madre desde el asiento del conductor. No le había permitido conducir desde la detención.
– Sí, era Darren.
– Ah. ¿Cómo está?
Pete no respondió. Duke Davidson abrió la puerta principal de las instalaciones en cuanto su madre apareció delante del edificio. Pete salió cuando ella paró el coche y se volvió para decirle adiós.
– ¿Listo para más trabajo tutelado? – preguntó Duke, sonriendo y despidiéndose de la madre de Pete con el brazo mientras ella se alejaba –. Hoy te van a tocar los baños.
– Genial – dijo Pete. Estaba mirando al zombi que tenía detrás, que parecía arrastrar los pies colina abajo hacia la valla de seguridad –. Primero tengo que ir a que me arreglen la cabeza.
– No te quedes mirando – le dijo Duke, después de reírse.
– ¿Qué?
Duke le entregó su tarjeta de seguridad, en la que veía una foto de Pete muy serio a la derecha.
– He dicho que no te quedes mirando. No querrás que Angela piense que intimidas a los residentes.
– ¿Intimidar…?
– Ese es Cooper Wilson. Ahora se queda aquí. Es uno de los supervivientes de una purga de zombis en Massachusetts, pasó hace unos meses. Quizá lo oyeras, lo llaman la masacre de Dickinson House.
Pete sacudió la cabeza. Se dio cuenta de que Duke, que normalmente caminaba a toda prisa por los relucientes pasillos, había frenado para hablar con él.
– También hay una chica que vino de allí. Melissa.
– ¿La de la máscara?
– ¿Ves? Sí que prestas atención. Lleva la máscara porque quedó completamente desfigurada en el incendio.
– Qué fuerte – respondió Pete, llevándose una mano a los puntos de la cara.
– ¿Cogiste al que te hizo eso?
– ¿Qué?
Duke se detuvo, y Pete lo miró y apartó al instante la mano de la cara.
– ¿Sabes quién te lo hizo?
– Sé quien me lo hizo.
– Hay muchos zombis en la ciudad – repuso Duke, asintiendo –. Les gusta gastar bromas, vandalismo bonito, cosas así. A algunos les da por los animales atropellados.
– ¿Animales?
– Los mastican. Asqueroso, ¿eh? Pero lo que les traerá problemas son las bromas.
– Oí hablar de una. Carteles de reclutamiento zombi o algo.
– Eso es – respondió Duke, apoyando las manos en las caderas –. ¿Qué te parece?
Pete pensó que se había cabreado mucho al enterarse. Stavis lo llamó para contárselo, como si fuera un gran chiste, pero a Pete no le parecía nada gracioso. Al pensar en Williams y sus enfermizos planes con Phoebe, sentía que los carteles se acercaban demasiado a la verdad: que, efectivamente, los muertos intentaban reclutar a los vivos para sus sucios asuntos.
Sin embargo, no sabía qué quería Duke de él, así que se encogió de hombros. Duke lo miró como si Pete no tuviera que decir nada, como si viera directamente lo que guardaba en el corazón.
– Vale – afirmó, satisfecho por lo que hubiese visto allí.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Nanis
Correctora de estilo
avatar

Mensajes : 1831
Rango : 1
Fecha de inscripción : 11/06/2010
Localización : México

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 6:39 pm

Gracias a las dos!!

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Angeles Rangel

avatar

Grupos : *Correctora de Estilo *Recopiladora *Transcriptora
Escorpio Mensajes : 219
Rango : 22
Edad : 35
Fecha de inscripción : 29/07/2010
Localización : Tepic, México

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 8:15 pm

Chicas recién me estoy poniendo al corriente, muy buen libro gracias
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
alena

avatar

Grupos : *Lectora *Transcriptora
León Mensajes : 41
Rango : 8
Edad : 29
Fecha de inscripción : 07/10/2010
Localización : Chile

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 9:15 pm

ahhhh!!!
ya tienen hasta el cap 14!!!
chicas, son geniales. Gracias!!!
:pompones:

tengo una pregunta, para darme una idea de la extensión del libro: Cuantos caps son???
:1002:
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
shuk hing
Moderadora
Moderadora
avatar

Grupos : *Moderadora *Correctora de Estilo *Transcriptora *Recopiladora
León Mensajes : 4494
Rango : 385
Edad : 23
Fecha de inscripción : 09/02/2010

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Lun Nov 08, 2010 10:12 pm

:)

y pos ando al dia con la recopilacion jijij

_________________
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   

Volver arriba Ir abajo
 
Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 9.Ir a la página : 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9  Siguiente
 Temas similares
-
» Sondeo de Fan clud de dead pool(el tipo que te golpea con tu propia barra de vida)
» Roger Waters - Amused to death
» beso leonetta??
» De una feliz vida a una vida de odio y venganza (Taka/Scar Fan-Fic)
» Sobre la vida de Juan Daniel Macías Villegas y algunos otros Cristeros

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Black and Blood :: Proyectos del Foro :: Proyectos Terminados-
Cambiar a: