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 Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters

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Nanis
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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 23, 2010 4:40 am

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 23, 2010 10:55 am

Capitulo 22
Transcrito por Lilith

BUENO — DIJO PETE—, tiene pensadas unas buenas vacaciones? Davidson no levanto la mirada de su revista. Se había llevado un buen montón y llevaba en silencio tres horas mientras Pete vigilaba lo monitores, en los que seguía sin verse nada.
—¿Vacaciones? —pregunto Davidson, pasando la pagina, Time, Newsweek, Psycology Today… Aquel hombre era un fanático de la prensa.
—Si, Acción de Gracias, dentro de un par de días.
Davidson levanto la vista sin expresar nada con sus ojos azul pálido.
—Oh, Trabajo.
—Que mal. Al menos su familia le traerá las sobras de la cena, ¿no?
Ni siquiera sabía por que se molestaba; hablar con Davidson era como hablar con la pared, pero el aburrimiento de mirar los monitores había adquirido proporciones alarmantes. El único movimiento de todo el día era el zombi empollón de la residencia al dar su paseo acostumbrado. Pete lo había observado dar veinte pasos hacia la valla, detenerse, caminar diez pasos a la izquierda, detenerse y después volver a su cuarto. Tardaba veinte minutos en hacerlo.
—No tengo familia —dijo Davidson, Pete se pregunto si estaría fingiendo leer, porque sus ojos no parecían moverse por las revistas que tenia delante.
—Que mal—repitió Pete—. Yo siento lo mismo.
El caso es que no sabía por que no dejaba de parlotear. A Davidson le importaban un pimiento sus problemas personales, y Pete no estaba acostumbrado a compartirlos. Acción de gracias en chez Calzonazos era una pesadilla para el; los padres del Calzonazos estaban de visita y agradecían los esfuerzos de su madre en la cocina criticando cualquier cosita, hasta la forma en que organizaba la bandeja de aperitivos.
—Tienes una familia difícil— comento Davidson. Pete no sabia si era una afirmación o una pregunta.
—No es difícil, pero la odio.
— ¿Tu madre? ¿Tu padrastro?
—El segundo marido de mi madre—repuso Pete, consciente de lo maleducado que sonaba.
— ¿Por qué no te gustan?
—Son débiles—respondió Pete en vez de decirle que lo dejase, que siguiera leyendo sus estúpidas revistas. Davidson pasó la página —. El es el tío más cobarde del mundo, un contable que no exigiría que le devolvieran el dinero si encontrase mierda de rata en su cena. Y ella es débil por estar con un perdedor como el.
—Y tú eres fuerte.
De nuevo, Pete no supo si era una afirmación o una pregunta, ni si Davidson se burlaba de el.
—Lo bastante fuerte.
—Lo bastante fuerte para ir a fregar el laboratorio— repuso Duke, levantando la mirada.

***

Pete empujo el cubo con ruedas por el pasillo y entro en el laboratorio con la tarjeta colgada mediante una pinza de la camisa de su uniforme. La tarjeta tenia su nombre y una foto que parecía sacada de unos antecedentes policiales.
En la habitación había sonidos extraños, pitidos aleatorios y toneladas de maquinas informáticas indescifrables que realizaban experimentos mientras los experimentadores en si estaban en su casa haciendo tarta de calabaza. Pete se pregunto brevemente como seria Acción de Gracias en casa de los Hunter.. ¿La bella Angela asaria un gran pájaro para el espantapájaros que tenia por padre? ¿Invitarían algunos amigos muertos para que mordisqueasen un muslo de pavo? ¿Se dedicarían a psicoanalizar a todos los comensales?
“Que fraude”, pensó mientras escurría la fregona y empezaba por la esquina mas alejada del laboratorio. Le dio un golpe de cadera a una mesa en la que zumbaba una maquina con pinto de cafetera; un vaso llenos de un liquido verdoso se cocía, electrolizaba o lo que fuera detrás de una puerta de cristal. Esperaba que la sacudida arruinase el experimento lunático que Alish intentaba realizar, igual que esperaba que triplicando la cantidad de lejía en el suelo se fastidiase algunos de los descubrimientos.
En realidad, si lo pensaba bien, nada tenia sentido; el laboratorio no estaba acondicionado, porque Pete sabia por experiencia que solía hacer mucho más calor dentro, mientras que, en aquel momento, habría tenido frio si no se moviera. De haberse tratado de un laboratorio científico de verdad, habría gente con mascarillas, redecillas de pelo, guantes de plástico y demás, en vez de las batas de laboratorio sucias demasiado grandes que el espantapájaros entregaba a todo el mundo. No tenia sentido.
Fregó una zona y se puso a trabajar en una de las mesas de acero inoxidable con un trapo blanco y un limpiador en spray que llevaba enganchado al borde del cubo. Mojo la mesa por tres partes y, al pulverizar por cuarta vez, apunto a un estante lleno de tubos de ensayo abiertos, antes de ponerse a trazar perezosos círculos sobre la mesa con su trapo medio limpio.
—Imagino que tu padre no te habrá llamado—dijo Davidson desde la puerta.
Pete dejo escapar un gruñido de sorpresa y se pregunto si Davidson sabría de sus pequeños actos de vandalismo; no vio nada en su expresión ceñuda.
— ¿A nadie le preocupa que los productos de limpieza afecten a los experimentos? —pregunto Pete sin hacer caso de la pregunta/afirmación de Davidson. Claro que Darren no le había llamado. A Darren solo le importaba saber si Pete se había arreglado la cicatriz, y Pete estaba bastante seguro que había perdido interés hasta por eso.
—Creo que no podrías cargarte ninguno de los experimentos por mucho que lo intentaras—respondió el hombre, esbozando la sombra de una sonrisa con sus pálidos labios—. Aquí no se hacen los experimentos de verdad.
— ¿De que me habla? —pregunto Pete, apoyando la fregona en el cubo—. He visto al… he visto a Alish sacar sangre o lo que sea de los zom… de los chicos con discapacidad vital.
— ¿Sabría la gente que eres un asesino con solo mirarte?
— ¿Qué?
— ¿O tendrían que hablar un poquito contigo? Observarte.
Ver la expresion de tu cara cuando localizas a un zombi, como cuando Cooper da sus paseos sin sentido. Ojala pudiera acercarte un espejo cada vez que observas en los monitores como nuestro zombi residente sale de su cuarto.
—No se de que me habla— repuso Pete. Notaba sudorosas las palmas de la mano y seca la boca. El corazón le iba a mil por hora y el equipo del laboratorio sonaba como un campo lleno de grillos en un día caluroso de finales de verano.
—A veces las apariencias no bastan—respondió Davidson, sonriendo de verdad—. A veces hay que mirar por debajo de la superficie. A veces hay que escarbar.
Pete abrio la boca y la cerro. La expresion de Davidson era como la del zombi con media cara justo antes de cortarle; era una expresion en la que no habia nada, ni odio ni rabia, nada.
—No se muy bien de que estamos hablando.
—Lo sabrás. No eches productos químicos en los experimentos. No queremos que descubras nada por accidente.
Se largo y dejo la puerta corredera del laboratorio abierta.
Pete oyó que los estudiantes de la clase de estudios zombis de acercaban por el pasillo; la voz de Rosita era lo bastante aguda para rallar el acero.
Pete no se dio cuenta que temblaba hasta que fue a coger otra vez la fregona.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 23, 2010 10:56 am

Capitulo 23
Transcrito por Lilith

SEÑORITA HUNTER? —dijo Margi—. Tengo un problema, un problema gordo con que Pete Mattinsburg cumpla aquí sus horas de servicio a la comunidad.
Phoebe se puso rígida al oír el nombre, pero Adam permanecía inmóvil en su asiento, a su lado. Margi había señalado a Pete acechando en las sombras de unos de los laboratorios, apoyado en la fregona, observándolos entrar en el edificio. Phoebe sintió el impulso de coger a Adam de la mano y llevárselo antes de que lo viera, pero le daba demasiada vergüenza después de su intento de seducción en la cocina de los Garrity; ya había hecho suficiente saludándolo al entrar en la furgoneta.
—Lo entiendo —respondió Angela—. Y seguro que no eres la única que opina igual. El tribunal pensó que seria buena idea enfrentarlo a las consecuencias de sus actos.
—Nos amenazo a todos —intervino Phoebe—. Dijo que haría daño a todos los alumnos de la lista de estudios zombis.
—Mato… a Evan Talbot —dijo Colette—. Y a… Adam.
—No sabemos con certeza lo de Evan, Colette —repuso Angela.
—Me dijo que lo había hecho —afirmo Phoebe—. Cuando me tomaron declaración después del asesinato de Adam, se lo conté a la policía, se lo conté al fiscal, se lo conté a todo el que quiso escucharlo, pero todos respondieron que no podían hacer nada. No hay ninguna ley para evitar que alguien mate a un muerto. El fiscal llego a decirme que podría ser perjudicial mencionarlo en su caso contra el por el asesinato de Adam.
—Me guiño un ojo cuando paso por la puerta del despacho —dijo Margi —. Es peligroso, señorita Hunter.
—Intentare asegurarme de que se mantenga alejado de los estudiantes — repuso Angela, que frunció el ceño mientras anotaba algo en su cuaderno.
— ¿Es verdad que recibe atención psicológica con usted? —pregunto Margi.
—Si.
— ¿De que habla con el?
—No te lo puedo contar, Margi.
—Claro —respondió ella, moviéndose en el asiento—. No seria correcto vulnerar los derechos del pobre Pete.
—Margi…
— ¡Mato a Adam! ¡No me siento segura estando en el mismo edificio que el! ¿Y nuestros derechos? ¿Por qué no pueden apartar a los chicos peligrosos del resto?
—Hare lo que pueda, Margi. Me asegurare de que solo trabaje y haga terapia cuando estéis todos fuera del edificio.
— ¿Cómo va a hacerlo? —pregunto Phoebe, deseando que Tommy estuviese allí para luchar contra ello —. Sylvia sigue en el edificio, ¿no? Y Cooper, tú también te quedas aquí, ¿verdad?
—No… conozco a ese chico —respondió Cooper. A su lado, Melissa, cuya mascara resultaba incongruente en aquella conversación tan seria, empezó a escribir en su pizarra.
—Tampoco conocías a los tipos de la furgoneta — dijo Thorny.
—Tenga cuidado con el. Creo que la consideraría… culpable por asociación — respondió Karen. Ángela, sabe que, en gran medida, por eso Tayshawn se niega a unirse a esta clase, ¿no?
— ¿Por qué le preocupa que Pete Venga?
—No estaba preocupado, estaba furioso. Según dijo, y cito:
“Es el mayor acto de hipocresía que he visto jamás, que una organización supuestamente… creada… para ayudar a los muertos proteja a alguien que ha jurado destruirlos…”.
—No lo estamos protegiendo, estamos…
—“Y ha actuado en consecuencia.”
—Entiendo por que están todos tan molestos —dijo Angela, levantando la mano—. De verdad. Aceptamos ayudar con la condena de Martinsburg porque, francamente, pensamos que no había nadie mejor cualificado. También pensamos que seria una oportunidad para llegar hasta el fondo de los prejuicios contra las personas con diferente factor biótico. Si conseguimos que exprese las razones por la que lleva dentro tanto odio, quizá logremos encontrar la forma de ayudar a todos, tanto tradicionales como diferentes, a encontrar un nexo de unión.
—Entonces, ¿cree que podrá… razonar con el? —pregunto Karen.
—Eso esperamos. Creo que podemos aprender de la gente como Pete. Creo que, al menos, podremos averiguar como evitar que otros sean como el.
—Buena… suerte —dijo Cooper —. Mi experiencia… me dice… lo contrario.
Phoebe pensó en Tommy; todos parecían perdidos sin su liderazgo.
—Miren —insistió Angela—, la mejor forma de tratar los prejuicios no es hacer caso omiso, ni tampoco esconderlos. Lo que hay que hacer es enfrentarse a ellos directamente.
—Tayshawn estaría de acuerdo —comento Karen —. Aunque el definiría… lo que es un enfrentamiento… de forma distinta.
—Karen, me encantaría hablar con Tayshawn. Te agradecería mucho que se lo hicieras saber.
—Lo hare —respondió Karen, después de una pausa deliberada.
—Gracias. Y ahora…, lo siento, Melissa, ¿tenias algo que añadir?
Melissa había levantado el brazo y su mascara de la comedia parecía casi siniestra debajo de la melena cobriza. Cuando asintió, la abullonada manga de terciopelo verde se movió dejando al descubierto unos pocos centímetros de muñeca; la piel tenia trozos agrietados, en carne viva, rugosos, como las paginas de un libro tirado al fuego. Le dio vuelta a su pizarra.
“Angela tiene razón —había escrito —. Todos necesitaos comprendernos”
—Venga… ya…, Melissa —dijo Cooper, inclinándose hacia ella —. ¿De verdad… crees que… funcionaria? ¿Crees que la gente que… quemo… Dickinson House… puede entendernos? ¿O nosotros… a ellos?
“M encantaría intentarlo.”
—Venga ya…
“M encantaría k m vieran.”
— ¡Se… alegrarían, Mel! —Respondió Cooper—. ¡Se… alegrarían! No se sentirían… nada culpables.
Phoebe vio que Melissa arrastraba el trapo blanco por la pizarra para borrar sus palabras. La habitacion quedo en silencio, todos esperaban a que escribiera la proxima linea.
“Tommy estaria de acuerdo conmigo.”
—Bien por… el. Fácil… estarlo… cuando te… largas.
— ¡Oye! —exclamo Thorny, que idolatraba a Tommy casi tanto como a Adam.
—Tiene razón —dijo Phoebe —. Tommy plantaría cara a la situación. Por eso hizo cosas como unirse al equipo de futbol o empezar su sitio web. Por eso se va de viaje. — Se pregunto si por eso había salido con ella—. Se expone para que le mundo tenga que hacer frente a su existencia.
—Creo que si, Gee.
—Tienes razón —repuso Karen—. De todos modos, el cree que la seguridad es una… ilusión.
—Bueno… ahí… acertó —dijo Cooper.
—Creo que hoy en día no puedes tomar precauciones contra todo —añadió Phoebe—. Se que habrá quien no acepte que yo quiera salir por ahí con zombis. A algunas personas se les va la cabeza del todo, es como si hubiera demasiada presión sobre la gente, tenga la edad que tenga. Y las personas estallan con tanta presión y, cuando estallan, o se rinden o atacan. Hasta que todo el mundo acepte a los chicos con DFB, y creo que tardaran bastantes años, puede que incluso una generación, vamos a encontrarnos con mucha violencia.
—Somos zombis, cielo —dijo Karen—. Deja lo de… DFB.
Phoebe le lanzo una mirada asesina; le habría lanzado un boli de tenerlo a mano.
—Genial, los locos nos odian y la seguridad es una ilusión —dijo Margi—. Pero por eso no quiere decir que tenga que ponerme a jugar con serpientes de cascabel.
—Hablare con el señor Davidson —respondió Angela—. El mantendrá apartado a Pete, al menos físicamente. Entenderé que alguno se sienta incomodo con la situación y quiera dejar la clase.
Veré que puedo hacer para conseguirles un crédito parcial.
Miraba a Margi mientras lo decía, y fue Margi le que se rajo.
—Nadie se va —afirmo Thorny.
—Si alguien se quiere ir, no lo culpo —insistió Angela, como si el chico no hubiese hablado—. Margi y Cooper tienen parte de razón: hemos elegido un camino con riesgos.
—Nadie se va— repitió Thorny.
Phoebe estaba a punto de añadir algo cuando Adam hablo.
—Quiero… matar… lo. — Su voz sin inflexión daba a la palabra “matar” un tono aun mas amenazante. Aquello detuvo la conversación.
De algún modo, durante todo el debate sobre Pete se habían olvidado de que su victima estaba sentada en la sala con ellos y de que quizá tuviera una opinión sobre lo que debían hacer o no sobre el asesino—. Pero…
—continuo, y, aunque tardo en terminar la frase, todos esperaron sin interrumpir. Phoebe lo observo luchar por formar las palabras; estaba lo bastante cerca para oír el resuello ronco que precedía a cada sonido cada vez que el chico obligaba a sus pulmones a sacar el aire por la laringe. Quería abrazarlo, pero sabia que hacerlo era una traición, un reconocimiento publico de la debilidad de Adam. Ya le estaba costando bastante perdonarla por sus pasados gestos de amabilidad—. No… serviría… de… nada. —Phoebe se permitió sonreír porque estaba muy orgullosa de Adam, tanto por el esfuerzo que le suponía hablar como por lo que decía. Además, sonreía porque Adam había decidido seguir a Tommy y no a Takayuki—. Tommy… tiene… razón.
Aunque era el gran momento de Adam, Phoebe empezó a pensar en Tommy y deseo que estuviera allí, con ellos.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 23, 2010 10:57 am

Capitulo 24
Transcrito por Lilith

ALISH MASCULLABA PARA si misma mientras miraba la pantalla del ordenador, por la que avanzaban unas largas ecuaciones químicas. Thorny parecía el bajista de un grupo electrónico de los ochenta con las mangas de la bata remangadas, sentado en el borde de su escritorio, mirando la hora en su reloj cada diez minutos. Colette estaba sentada en una silla, sin duda preguntándose si Alish necesitaría otro mechón de pelo, otro frasco de fluidos u otro trozo de piel. Phoebe se pregunto si ella seria tan obediente en la misma situación.
—Correlaciones —murmuro Alish.
— ¿Ha encontrado algo, señor? —pregunto Phoebe, intentando descifrar las cadenas de datos de la pantalla. Le habían permitido saltarse los dos últimos turnos de la parte “laboral” de las prácticas de estudio de la clase, así que estaba un poco perdida con el experimento de Alish.
— ¿Qué? ¿Qué? —pregunto el, su cara arrugada era mas cadavérica que la de Colette bajo el brillo azul blanquecino del monitor. Miro a Phoebe y se subió las bifocales sobre su aguileña nariz—. Bueno, si, pero en los campos del estudio científico encontrar “algo” puede significar que, de hecho, lo que tienes no es “nada”, es decir, que el algo que creías que era algo en realidad resulto ser nada.
— ¿Eh? —dijo Thorny, guardándose el móvil en el profundo bolsillo de la bata. Tenia un partido mas tarde; el lado positivo de que todas las estrellas del equipo estuviesen heridas (de manera permanente, en el caso de Adam) o en arresto domiciliario era que Thorny tenia mucho tiempo de juego.
—En ese caso —siguió diciendo Alish—, no parece haber una correlación entre la presencia de formaldehido en el cuerpo y el regreso a la existencia.
A Phoebe la parecio interesante la eleccion de palabras, por no hablar del objeto de su estudio. Adam no habia estado muerto el tiempo suficiente para pasar por el deposito, no le habian inoculado formaldehido, asi que descartar aquella sustancia como “agente causante” de todo el tema zombi era evidente.
Dallas Jones, el primer muerto vivient conocido, murio delante de las camaras mientras robaba una tienda y desperto pocas horas despues sin visitar la funeraria. A veces, la “ciencia” de Alish resultaba muy sospechosa.
— ¿El formaldehido es un compuesto?
— ¿Qué? Si. Si, señorita Kendall, claro.
— ¿Hay algo en ese compuesto que pueda causar el regreso?
—Mis estudios indican que no, que no es el caso —respondió el, frunciendo el ceño; la piel de la cara se le descolgaba al ponerse tirantes los músculos de la boca.
—Esto le va a sonar grosero, aunque no es lo que pretendo —dijo ella— pero ¿Qué indican sus estudios o los estudios de quien sea?
—No mucho, me temo—respondió el, sonriendo, mientras daba golpecitos con los dedos en el borde del escritorio.
— ¿Puedo irme, señor? —Pregunto Thorny—. Tengo que llegar al partido.
—Por supuesto, señor Harrowwood. Haz diecisiete Touch-downs por nosotros.
—Lo intentare, señor —respondió Thorny antes de salir corriendo del laboratorio.
Alish se volvio de nuevo hacia Phoeve.
—Lo que sabemos es que hay al menos mil quinientos sesenta y tres personas con diferente factor biótico en el país.
Mil quinientas sesenta y tres parecía una cifra muy pequeña, sobre todo teniendo en cuenta que ya conocía a veinte, como mínimo. Nunca había contado las fotografías de la “pared de los muertos” de la Casa Encantada, pero calculaba que habría unos doscientos.
Tommy le había dicho una vez que tenían más de seiscientos subscriptores, aunque no sabía cuantos eran zombis.
—Contamos con documentación fiable de la mitad de ellos.
Todos los documentados murieron teniendo entre trece y dieciocho años. El periodo verificable de “muerte verdadera” oscila entre los dos minutos y cincuenta y siete segundos. Y los ocho días y tres minutos.
— ¿Ocho días?
Alish asintió.
—Yo estuve fuera cinco… días —comento Colette desde su silla. Parecía aburrida, aunque casi todos los muertos parecían un poco aburridos si no intentaban proyectar alguna emoción.
—Si. No parece haber relación entre el tiempo que han pasado muertos y la capacidad de funcionar de la persona. Tampoco parece haber relación entre el tiempo de existencia con diferente factor biótico y la capacidad de funcionar.
—El tiempo no esta de su parte, en lo que a la capacidad se refiere —dijo Phoebe.
—Eso parece, si —respondió Alish; se quito las bifocales y cerro los ojos.
— ¿Y que ayuda? —pregunto ella, pensando en como Adam intentaba obligar a su cuerpo a hacer Karate.
—No hemos descubierto nada que ayude.
—La música —afirmo Colette. Alish abrió los ojos y la miro—. Los abrazos.
—Lo he interrumpido —dijo Phoebe a Alish—. ¿Qué más sabemos?
—Me temo que no mucho. Nada concluyente. Nuestros amigos, la señorita DeSonne y el señor Williams (sin animo de ofender, mi querida señorita Beauvoir), están en el punto mas alto de la escala. Hay una chica de California que solo puede parpadear. Algunos muertos recuperan más sentidos, no solo la vista y el oído. El sentido del tacto también difiere de unos a otros. Sabemos que, si se destruye el cerebro, dejan de funcionar. Sabemos que la biología tradicional no procede.
— ¿A que se refiere?
—El corazón no late, no hay circulación ni actividad respiratoria —respondió el; su sonrisa estaba llena de dientes algo amarillentos y torcidos—. Están muertos, señorita Kendall. No tiene ningún sentido.
—Puedo… oler… el perfume… que Margi lleva hoy —dijo Colette—. Antes… no podía.
—Interesante —repuso Alish, sonriendo. Daba la impresión de querer averiguar como meterla en una placa de petri.
—Entonces, ¿Qué intenta encontrar? — pregunto Phoebe.
—Bueno, muchas cosas —respondió; después se inclino hacia delante y le hizo un gesto con uno de los torcidos dedos para que se acercara—. Señorita Kendall —siguió diciendo con voz ronca—, intento encontrar el secreto de la vida.
Entonces se rio y se llevo el mismo dedo a los labios, como si fuese su pequeño secreto.

***

—Que tío… más raro —comento Colette desde el asiento delantero del coche de Margi—. Raro y… espeluznante.
Margi estaba dando palmadas para intentar calentarse las manos mientras la calefacción empezaba a funcionar; los mitones y el abrigo amortiguaban el ruido de las pulseras.
— ¿Quién? —pregunto—. ¿Alish?
—A la… primera —respondió Colette.
Encendió la radio para escuchar el CD de Restless Dead que solo habían escuchado otras cincuenta y tres veces aquella semana.
—Puaj… odio trabajar en el laboratorio —dijo Margi—.
Pero Angela también da escalofríos.
— ¿A que te refieres? —pregunto Phoebe, acercándose para poder oírla por encima del zumbido del bajo que salía de los altavoces que tenia detrás de la cabeza.
—Bueno, es perfecta. Mírala, nadie es tan perfecto.
—Salvo… yo —repuso Colette.
—Cierto es. Pero, de verdad, ¿Cómo puede ser hija de ese viejo acartonado? Tuvo que concebirla en los setenta.
—La concibió… en pleno… estudio científico —respondió Colette, y todas se partieron de risa.
Phoebe fue la primera en controlar la histeria.
—Es que no entiendo lo que intenta hacer. No parece seguir ningún orden.
—Una vez le dijo a Tommy que estaba buscando una cura —dijo Margi—. Tommy se mosqueo bastante; decía que el no tenia ninguna enfermedad.
—No lo… se —repuso Colette con aire melancólico—. No… me importaría… curarme.
Margi metió la marcha y bajo por la colina hacia la puerta.
—Vale, Duke —dijo, esperando a que abriera para poder salir del complejo; después susurro—: Hablando de gente espeluznante.
—Si —respondió Colette—, si hay alguien que debería… ser un zombi…
La puerta hizo clic y empezó a abrirse por el centro.
—Niiiiiiiiiiiic —dijo Margi—.Bueno, Phoebes, ¿te vienes hoy con nosotras? Hace un precioso sábado gris. Le pedí a mi madre que comprase café del caro, perfecto para un día como hoy. Podemos repasar mis últimas descargas en MP3.
—No puedo, Gee.
— ¿No puedes o no quieres? —pregunto su amiga. Phoebe sabia que Margi intentaba reprenderla sin pasarse, aunque noto que estaba molesta.
—Tengo que ir a ver a Adam —respondió.
El silencio del asiento delantero le dijo lo que pensaban las otras de su excusa.
—Se esta… moviendo… mejor —comento Colette al cabo de un rato.
—Si.
—Y hablando… mejor.
—Esta haciendo muchos progresos.
—Bueno —dijo Margi, pisado el acelerador con demasiada energía —. ¿Y si también lo recojo a el?
—No… no creo que sea buena idea ahora mismo —respondió Phoebe, deseando que su amiga lo dejara, pero sabiendo que no lo haría.
— ¿Por qué no?
—Todavía le da bastante vergüenza, ¿podemos dejarlo para otra vez?
Margi miro por el espejo retrovisor; obviamente, no se lo tragaba. Abrió la boca para contestar, pero Colette se le adelanto.
—Yo… también… estaba así… al principio. Dile que… cuando este… listo…, siempre será… bienvenido.
—Gracias —respondió Phoebes: decidió pasarse a ver a Adam cuando llegara a casa y, quizá, hablar con el sobre lo sucedido. Retrasar lo inevitable le había ido tan mal con Tommy que no quería repetir la misma escena.
Lamento su decisión en cuanto llego a la puerta de los Garrity y Jimmy le abrió.
—Esta en karate, fingiendo que es una persona de verdad —le dijo el chico, dejando claro su desprecio—. Vete a tu casa, bruja.
— ¿Puedes decirle que me he pasado, por favor?
—Si, claro —respondió Jimmy, soltando unas carcajadas muy acordes con su personalidad—. No hablo con cadáveres.
Cerro de un portazo y Phoebe oyó a la madre de Adam gritándole desde otra habitación. Suspiro y recorrió la poca distancia que la separaba de su casa. Su madre, todavía con un elegante traje azul, se movía por la cocina sacando cosas de armarios y cajones.
—Hola, cariño —la saludo mientras intentaba llegar al armario donde su padre (que era el que casi siempre cocinaba) guardaba las especias—. ¿Qué tal el día?
—Repleto de emociones —respondió Phoebe, dándole un beso en la mejilla—. ¿Y el tuyo?
—Creo que menos emocionante —dijo su madre, sonriendo mientras la abrazaba—, aunque podría se peor. Tu padre va a llegar un poco tarde, así que le he dicho que nosotras prepararíamos la cena.
—Vale —respondió Phoebe, observando lo que había sobre la encimera: pan rallado, nata, fideos de huevo—. ¿Pollo al estragón?
—Pollo al estragón.
—Eso es un ave —repuso Phoebe, siguiendo una de las tontas tradiciones familiares que parecían mantener unido su mundo interior mientras el exterior dejaba de tener sentido para ella.
Su madre sonrió.
—Lo se, y no vale decir que será Acción de Gracias dentro de un par de días. No te vas a morir por comer dos pájaros.
—A no ser que sean pájaros con gripe aviar.
—Que morbosa. ¿Te importaría empezar a prepararlo mientras me cambio? ¿O te quieres cambiar primero?
—Yo nunca cambio, mama —respondió Phoebe; pretendía que fuera una broma, pero, por la expresión de su madre, noto que no se lo había tomado así.
— ¿Pasa algo, Phoebe? —le pregunto, dejando de moverse; aparto unos cuantos mechones de pelo azabache de los ojos de Phoebe—. ¿Estas bien? ¿Es por el artículo?
“Oh, oh”, pensó Phoebe.
— ¿Qué articulo?
—Salió en el periódico. Algunos muertos vivientes estuvieron anoche en Winford matando mascotas.
— ¿Lo puedo ver? —pregunto Phoebes sin molestarse en corregir la terminología de su madre, que abrió el cubo de reciclaje y saco el periódico.
—Me voy a cambiar. Las pechugas de pollo están en el frigo.
Quizá tengas que descongelarlas un poquito más.
—Primero voy a leer esto, ¿vale? —repuso Phoebes, echándole un vistazo a la primera pagina del Winford Bulletin.
“Zombis matan mascotas”, decía el titular. Se alegro de no haber corregido a su madre. Se veía la foto de una mujer joven abrazando a dos niños muy alterados. El pie de foto decía que la familia Henderson lamentaba la perdida de Brady, su airedale, al que habían “atacado y matado unos zombis” aquella noche.
También habían añadido una foto de George sacada del folleto de reclutamiento de los Estado Zombis.
—Dios mío —dijo Phoebe.
El artículo sugería que el zombi del cartel era el principal sospechoso de la oleada de asesinatos de mascotas de las últimas semanas; al instante, pensó en el bulto peludo que había visto dentro de la bolsa de caramelos de George en Halloween.
—Es tremendo, ¿verdad? —comento su madre, asustándola.
Phoebes la miro; se había puesto unos vaqueros y una camiseta ancha.
—No me lo puedo creer.
— ¿Conoces a ese chico? Como conoces a muchos de los discapacitados vitales de Oakvale…
—Si.
— ¿De verdad? ¿No deberías hablar con la policía?
—No… no creo que lo haya hecho el, mama —respondió, aunque, en realidad, si lo creía.
Su madre saco el pollo del frigorífico, corto el envoltorio de platico y coloco los tres filetes en una tabla de cortar para hacerlos pedacitos con un cuchillo.
— ¿Es amigo tuyo? —pregunto la mujer, sin mirarla.
—La verdad es que no.
—Bueno, esperemos que no fuera el de verdad y que se trate de otra cosa —repuso su madre mientras ponía la pechuga en un plato y la tapaba para darle una pasada en el microondas—. Puede que coyotes. A tus amigos no les vendría nada bien que los culpables fuesen otros chicos discapacitados vitales.
Phoebe quiso discutírselo, decirle que si la sociedad culpaba a todo un grupo de personas por las acciones de una minoría, la sociedad era estúpida; sin embargo, al final se mordió la lengua porque sabía que su madre no estaba criticando y que tenía razón: los chicos con DFB de la ciudad iban a tener problemas. Se imagino un desfile de coches de policía camino de la Casa Encantada y las luces azules iluminando las caras muertas que miraban por las ventanas rotas para verlos llegar.
— ¿Qué pega mas con el pollo al estragón? —Pregunto su madre—. ¿Zanahorias o guisantes?
—A papa le gustan los guisantes.
—Pues guisantes.

***
Aquella noche le costaba dormir, así que, en vez de luchar contra el insomnio, encendió incienso y unas cuantas velas, y ordeno su cuarto. Su inquietud molestaba a Gargoyle, que levanto sus peludas cejas mientras ella iba de un lado a otro.
—Ay, Gar —le dijo, sentándose al borde de la cama para tranquilizarlo rascándole detrás de las orejas —, nunca permitiría que el viejo George te comiese.
Gar alzo la ceja una vez y volvió a dormirse. Phoebes se sentó frente al ordenador. El articulo y sus acusaciones la preocupaban.
Configuro el Media Player para que seleccionara aleatoriamente cualquier canción de las miles almacenadas en su disco duro. La primera que salió fue de los Restless Dead, un grupo que siempre la hacia pensar en Adam.
Tenia tres correos de verdad entre la publicidad y el spam: uno de Margi exhortándola a que se dejara de chorreces y fuera con ellas al Aftermath; otro de Margi, diciéndole que se dejara de chorreces y fuera con ellas al Aftermath; y otro de Margi, en el que le pedía que, por fi, se dejara de chorreces y fuera con ellas al Aftermath. Decidió responder al tercero.

“Hola, Margi:

Siento mis chorreces. Me encantaría ir al Aftermath con vosotras.
Ojala hubiera una parada de tren al lado de la casa, porque tu forma de conducir me da escalofríos. Escalofríos mortales de verdad. Nos vemos en clase el lunes y lo organizamos. Dile hola de mi parte a Colette.

Besos,
Phoebe.”

Estuvo dando vueltas por Internet un rato, entrando y saliendo de las páginas de MySpace de los grupos que iba seleccionando el Media Player. Los Restless Dead aparecieron otra vez al cabo de media hora, y Phoebe se pregunto como era posible que el aleatorizador, o como se llamara, seleccionase en tan poco tiempo dos canciones de un grupo del que tenia, en total, unas veinte canciones, entre miles almacenadas.
Entro en y volvió a leer la ultima entrada de Tommy, en la que hacia una especie de declaración de intenciones. Decía que salía a la carretera con el objetivo de “impulsar la causa de los derechos de los zombis”. Con aquel viaje pretendía dar con zombis sin acceso a la tecnología y compartir sus experiencias con los lectores “conectados” a .
No mencionaba el nombre de Phoebe, aunque si decía que una “amiga con factor biótico tradicional” iba a ayudarlo con la gestión del sitio web en su ausencia, y expresaba la esperanza de que los “subscriptores de se unieran a ella, Karen y el mismo en el intento de expandir su comunidad online y su presencia en el mundo en general”. Phoebe pensó en la palabra “presencia” y en lo que Tommy quería decir con ella. Escogía lo que decía con mucho cuidado; a menudo, Phoebe sospechaba que las pausas de Tommy no eran por la típica falta de control zombi, sino porque quería que todos entendieran muy bien lo que decía. Estaba pensando en ello cuando una mano cayo sobre su hombro y la sobresalto tanto que estuvo a punto de tirar una de sus velas de lavando.
—Tranquila —dijo su padre. Olía a vino que su madre y el habían compartido en el salón antes de acostarse—. No quería asustarte.
—Vale.
—Es muy tarde.
—Lo se.
— ¿Estas bien?
—Estoy bien, es que no puedo dormir. Nada preocupante.
—De acuerdo.
—De verdad.
—Te creo.
— ¿Papa?
— ¿Si, Phee?
— ¿Te parece bien que vaya a un pub de Nueva York con Margi y algunas chicas?
El suspiro de su padre sonó como uno de los suspiros fingidos que Karen dejaba escapar cuando intentaba demostrar lo tradicionalmente biótica que podía ser.
— ¿Nueva York? ¿Lo que viene siendo la ciudad de Nueva York?
—Si, papa.
—No se, deja que me lo piense. Es un pub para menores, ¿no?
—Claro. Confías en mi, ¿no?
—Claro —respondió el, acercándose para darle un beso en lo alto de la cabeza—. Oye, es ese pub de zombis, ¿verdad? ¿Aftenbirth o algo así?
—Aftermath, papa.
—Ah, si. Entonces, Adam y Colette van contigo, ¿no?
—Solo Colette. Y Karen. Noche de chicas.
— ¿Tommy tampoco?
—Tampoco. De todas maneras, ¿Cómo has oído lo de Aftermath?
—Yo también leo, ¿sabes? Igual que he leído lo de las desapariciones de mascotas.
—Oh.
—Da bastante miedo —dijo su padre; al otro lado del cuarto, Gar metió el hocico entre las patas, como si entendiera por donde iba la conversación.
—El mundo puede dar bastante miedo, pero eso no tiene nada que ver con que confíes en mi o no, ¿verdad?
—Tiene todo que ver — respondió el, dándole otro beso—.
Lo hablare con tu madre. Te pondría dar mil razones para explicarte por que es una idea malísima que un grupo de chicas de dieciséis años vayan solas a Nueva York.
—Pero la confianza que tienes en mi puede con todas ellas, ¿a que si? —Pensó en contarle que Karen ya tendría dieciocho o diecinueve años de seguir viva, pero decidió que no ayudaría.
—Te lo diré por la mañana —respondió el, dándoles una palmadita en el hombro—. ¿Por qué no duermes un poco?
—Lo hare, pero quiero terminar con una cosa antes.
—Vale, buenas noches.
Cuando se fue, Phoebes se concentro de nuevo en la pantalla. Alguien con un alias que no reconocía había intentado enviarle un mensaje instantáneo, así que le pidió al servicio que lo bloqueara. Leyó algunos de los comentarios del tablón de anuncios sobre la última entrada de Tommy; la mayoría de ellos le daban ánimos y apoyaban su “misión”.
Minimizo la ventana del explorador y abrió su programa de procesamiento de texto. Se quedo mirando la hoja en blanco durante un momento y después escribió un titulo: “Impresiones de un corazón vivo”.
Se lo pensó un poco más y empezó a escribir cada vez más deprisa. El sonido de las uñas sobre el teclado siempre era una música especial para ella, sobre todo cuando parecía ir al mismo ritmo que la música que escuchaba.

“Hola, mi nombre es Phoebe. Mis amigo me llaman Phoebe, Fee, Pheebes o, mi favorito, Pheeble. Así me llamaba mi amigo Adam. Bueno, he escrito “llamaba” en vez de “llama”. A veces todo se confunde en mi cabeza cuando pienso en el porque Adam esta muerto. Desde que murió, a veces uso verbos en pasado, cosa que me fastidia mucho, porque, aunque esta muerto, volvió. Ahora es un zombi. Seguimos pasando mucho tiempo juntos, pero el tiempo que pasamos ahora es distinto al que pasábamos antes. Ya no podemos hacer (al menos, todavía) muchas de las cosas que hacíamos, como hablar o ir en coche al Honeybee Dairy para tomarnos unos helados de caramelo después de lanzar el Frisbee (lo que mas me gusta hacer con Adam). Todo eso ocurrió en el pasado, así que, por muy equivocado que parezca, a veces pienso en el en pasado también. Eso hace que me sienta muy culpable. Además, me siento culpable porque Adam murió para salvarme la vida.
Tengo otro apodo, uno que me puso el chico que mato a Adam; me llamaba Morticia Pantisnegros. Suelo ir de negro, tengo el pelo negro y largo, y soy muy pálida, así que me llama Morticia Pantisnegros. Escucho música gótica, darkwave, trance y horror punk e incluso algo de heavy metal. Escribo poemas y, en aquel momento, salía con un chico muerto; con Tommy, de hecho. Creo que eso cabreo mucho al chico que me puso el mote. Creo que por eso intento matarme a mi o a Tommy, o si, en realidad, pretendía matar a Adam.
Ahora me llaman la novia de Frankenstein porque sigo pasando mucho tiempo con chicos muertos.
Tommy me pidió ayuda con cuando se fue porque le pareció buena idea que escribiese un blog que quizá ayudaría a conectar a los tradicionales como yo con los zombis que leen esta pagina todos los días, y viceversa. Se que lo que me pide es arriesgado, igual que ha sido arriesgado escribir la palabra “zombi” ahora mismo. Estoy segura de que algunos de vosotros pensareis; “¡Como se atreve a llamarnos zombis!”. En mi defensa, podría decir que mis amigos utilizan esa palabra todo el rato, aunque eso no lo justifica si a vosotros os parece que ninguna persona tradicional debería usarla.
La cuestión es que la mayoría de mis amigos están muertos, como dice la camiseta.
De nuevo, que tenga amigos muertos no me da permiso para hacer ni para decir nada. Solo lo comento porque es cierto, y porque mis amigos y yo todavía estamos intentando resolver los problemas que esa amistad nos supone.
Cuando empecé a salir con Tommy no tenia ni idea de que la gente me odiaría solo por hacerlo. No tenia ni idea de que los amigos y la familia reaccionarían de forma diferente a lo que esperaba.
Tampoco tenia ni idea de que algunos de los amigos muertos de Tommy pondrían pegas. Solo sabia que estaba interesada en Tommy y el parecía interesado en mi, así que me pareció buena idea pasar tiempo con el.
La primera vez que vi a Tommy me pareció muy seguro de si mismo, sabia que corría riesgos. Y, poco después de conocerlo, supe que no los corría por el, sino por los muertos vivientes del mundo. No he conocido a ningún chico tan desinteresado como Tommy y lo admiraba mucho por eso.
Otra vez estoy hablando de mis amigos en pasado.
Aunque no hace mucho que se ha ido, ya echo de menos a Tommy. Espero que tenga un viaje seguro y tranquilo. Si lo ves, dadle las gracias de mi parte por darme la oportunidad de “hablar” con vosotros. Decidle que espero que este bien y que espero que las palabras que escribo no ayuden a todos, vivos o muertos, a comprender mejor.”

***
Cuando termino, se echo hacia atrás y se estiro. Intento imaginarse como reaccionarían los zombis que conocía (Colette, Mal, Takayuki, incluso Tommy) ante lo que había escrito. ¿Qué pensaría Adam? ¿Y se lo diría a ella?
Le dio vueltas por un instante a la idea de borrarlo todo, como le pasaba siempre que escribía algo de naturaleza personal. Tommy esto, Tommy lo otro…, sonaba como una colegiala tonta. “Ah, espera —pensó —, es que soy una colegiala tonta”
“Si tanto echabas de menos a Tommy —siguió pensando—, ¿Por qué pasaste de el y, prácticamente, lo echaste de la ciudad?
Si de verdad te sentías tan culpable por la muerte de Adam, ¿Por qué no fuiste a verlos anoche cuando termino la clase de karate? ¿Solo porque intestaste besarlo y el te aparto?”
Los zombis que leyeran aquello pensarían que era una parasita de las peores, la típica cría que esta tan jodida, tan sola y tan marginada que intentaba pegarse a la pequeña comunidad que Tommy construía. Sin embargo, ¿no era eso lo que hacían todos los críos solitarios, en cierto modo?
Selecciono el texto e hizo clic en “Cortar” con el botón derecho del ratón. Se dijo que lo importante era haberlo dejado salir todo.
Su ordenador la aviso de que tenia correo. Maximizo la ventana y alli estaba, un mensaje de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]. El asunto decia: “En carretera”.
Tommy.
Abrio el mensaje; habia un adjunto llamado roadblog1, asi que empezo a bajarselo mientras leia.

“Hola, Phoebe:
Ya casi estoy en Nueva York y, por ahora, el viaje va bien. Estuve caminando por la 95 durante un rato y vi unas cuatro mil furgonetas blancas, aunque me alegra poder decir que ninguna de ellas se paro para atraparme con redes y atacarme con lanzallamas. Te mando mi primer blog para que Karen o tu lo subais a la web. Ten envio esto desde un iglesia, ¿ te lo puedes creer? Con la de gente religiosa de todo signo que esta deseando quemarnos como si fueramos libros de Harry Potter, no deja de sorprenderme la cantidad de sacerdotes que intentan ayudar. De hecho, hasta el momento, la amabilidad de las personas…
Bueno lo puedes leer en el blog. ¿Has empezado a escribir el tuyo?
Ya te echo de menos. Saluda de mi parte a Adam y al resto de la banda.
T.”

Phoebe le dio a responder y escribio a toda prisa.

“Hola, Tommy:
Me alegra saber que estas sano y salvo, aquí todos te echan de menos. Nosotras (Las Hermanas Raras) vamos a Nueva York a finales de semana, el dia despues de Accion de Gracias, para pasarnos por Aftermath. ¿Quieres que nos veamos alli?
Te quiere,
Phoebe.”

A pesar de la despedida, le parecio que su correo habia sido un poco impersonal. Estaba a punto de darle enviar cuando, en el ultimo segundo, añadio: “PD: ¿Qué te parece esto?”. Despues pego en el mensaje el texto de “Impresiones de un corazon vivo” que habia cortado. De repente, le dio tanta vergüenza que se desconecto, como si asi pudiese retirar el correo electronico que acababa de enviar.
Miro la hora y dio gracias por que al dia siguiente fuese domingo. Despues abrio el blog de Tommy y empezo a leer.

****
Era ya tan tarde que resultaba casi absurdo, pero Phoebe volvio a conectarse y vio que williamstommy se le habia adelantado.

“Phoebe:
Es precioso. Creo que la comunidad zombi va a responder de manera muy positiva a lo que has escrito.
Te quiere,
T”

“Te quiere” —pensó ella—. Ha escrito “te quiere” como yo. “Querer” era un verbo con muchos sentidos, seguramente era una de las palabras que tenia mas grados y matices en casi cualquier idioma. Sabia que el la quería y que ella lo quería, igual que quería a Adam y Adam la quería a ella. Pero con el querer, fuera de quien fuera, era siempre cuestión de grados y de lo que uno estaba dispuesto a hacer para expresarlo.
Se pregunto que estaría haciendo Adam y contuvo el aliento. Sin embargo, le pasaba lo mismo cuando pensaba en Tommy. Matices y grados.
Se desconecto sin contestar, gajo el volumen de los altavoces un poquito y apago las velas. Después se metió en la cama y se arrebujo bajo las mantas.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Mar Nov 23, 2010 7:42 pm

Gracias Gemma... Ainsss a veces esta historia me pone muy triste!

Algo muy malo está a punto de suceder!!! Espero que esta vez no muera Nadie "de verdad".

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Nov 24, 2010 3:46 am

Gracias :Manga30:

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:37 am

Capítulo 25
Transcrito por shuk hing


Intenté usar el mando pero el mando era resbaladizo como un pez se resbaló de las
manos una vez dos veces tres veces a la tercera Jimmy me gritó desde la cocina a ver si lo dejas estúpido y mamá grita y Joe grita y Johnny grita y todos gritan pero eso es un día de Acción de Gracias bastante típico.
Mi madre quería sentarme a la mesa pero Jimmy saltó que ya era malo tener que mirarme y que le quitaba el apetito intentas hacerme potar. Era un poco triste mirar toda la comida y no poder comer miré la mesa durante un minuto antes de que se sentaran puré de patatas relleno nabos. Nunca pensé que echaría de menos los nabos.
Johnny ha traído a una chica para la cena Susan y Susan parece simpática pero está asustada. Asustada de FrankenAdam. Debería. Intenté coger el mando lo cogí cambié el canal los Patriots ganan los Jets pierden y ojalá ojalá ojalá pudiera jugar.
El año que viene. El año que viene. Si Tommy pudo ¿por qué no FrankenAdam? Podría jugar otra vez.
Seguro.
Jimmy vuelve a gritar y sale furioso y mi madre empieza a llorar ni siquiera vi que se me había caído otra vez el estúpido mando. Creo que huelo a pavo un poco pero quizá sea sólo un deseo. Hablé con Karen y Colette de eso un rato y las dos dicen que volverá. Karen dice que puede oler ya casi todo e incluso más. No sé qué quiere decir pero Karen no juega en la misma liga que la mayoría de los zombis de todos modos. Después Karen empezó a hablar de que cree que nota el sabor de algunas cosas y Colette hace una broma estúpida sobre el sabor de Karen y después Phoebe se acercó y por algún motivo todos nos callamos.
Phoebe.
—¿Estás bien, hijo? —pregunta Joe, rubicundo por el vino de fiesta. Oye, Phoebe rubicundo ¿cuenta? Va a coger el mando pero FrankenAdam es más rápido. ¡Más rápido!
—Estoy... bien, Joe. —Pausa más corta quizá.
Él asiente, vuelve. Johnny le dice a mi madre que Jimmy es un gili y cree que eso hará que deje de llorar y Susan llora también. Pienso que ojalá pudiera jugar fútbol cuando llaman a la puerta y Joe deja entrar a Phoebe. Vi a Phoebe en el instituto fui con Phoebe a clase nos sentamos juntos en el autobús pero es distinto. No toca, no me coge la mano.
Phoebe se disculpa. FrankenAdam debería disculparse. Asusté avergoncé a Phoebe debería disculparme.
—¿Llego en mal momento? —pregunto.
Siempre es mal momento. Johnny intenta ser cortés y presenta a novia llorona mi madre corre al dormitorio y cierra de un portazo. El frigo se abre y abren otra cerveza.
—Hola, Adam —dice Phoebe, Phoebe tan guapa con blusa de seda verde claro, brillante, piel perfecta y reluciente y ojos dos tonos más oscuros y verdes, del color de la falda. Suaves botas de ante, color chocolate, justo debajo de la rodilla, con tacones. Phoebe.
—Hola, Fee... bull. —¿Nervioso o muerto? al menos siempre tengo esa excusa.
Se sienta en el sofá enfrente, ojos verdes hacia el pavo un segundo.
—Qué divertidas son las fiestas familiares, ¿verdad? Nosotros tenemos a la abu de visita, eso siempre funciona.
Abu es la abuela de Phoebe. Recuerdo que hacía buenas tartas, tartas de calabaza. Me tomaba un trozo de tarta de calabaza con Phoebe y su abuela en su cocina. Noche de Acción de Gracias.
—Divertidas. ¿Te... ha... atropellado... Jimmy?
—Lo ha intentado, pero soy demasiado rápida.
—¿Qué... tal... la... cena?
—Ah, muy bien. —Phoebe decía que come como un pajarillo. No como Margi esa chica puede zampárselo todo pero Phoebe siempre para antes de llenarse. Se come un helado de caramelo caliente entero pero nada más. Triste. Triste recordar pensar en todo el tiempo perdido con cabezas huecas como Holly cuando podría haber tomado helados con Phoebe.
Joe está en la puerta con su cerveza y es su forma de reclamar su asiento, así que se lo doy. Tardo un poco pero casi lo tengo cuando Phoebe va a ayudarme. Ojalá no lo hiciera y se lo dijera. No puedo moverme ni hablar lo bastante deprisa a no ser que sea para decir o hacer algo que le duela.
—¿Por qué no vais a dar un paseo? —dice Joe. Johnny y Susan ya se van y mi madre está en su cuarto con la puerta cerrada. Joe echa cerveza a un fuego que no quiere que se descontrole.
—Vamos... a... pasear.
—Sólo... sólo he venido para saludar —dijo Phoebe—. Tengo que volver.
Veo dolor en sus ojos, dolor culpa de FrankenAdam. Ya no hago nada bien.
—Te... acompa... ñaré.
—Todavía pensamos ir a Nueva York mañana —dijo Phoebe—. Por si quieres venir.
No me mira cuando lo dice. Phoebe cambia delante de mí, me doy cuenta.
Me doy cuenta de que quizá por fin la haya apartado.
—No..., gracias.
Lo sabía de todos modos. El viento le levanta el pelo y puedo imaginar el aroma a flores que se lleva la brisa. No tiene chaqueta y está temblando. Quiero decirle que se vaya a casa pero supongo que ya lo he hecho.
—Adiós, Adam. Nos vemos el lunes.
Lunes, faltan tres días. No he estado más de veinticuatro horas sin verla desde la muerte.
—Adiós..., Pheeble.
La vi alejarse pero me vuelvo antes de que llegue a la puerta porque no quiero que me vea mirando. Supongo que tendría que estar contento, porque he pasado semanas intentando que siguiera su vida, intentando y por fin lo conseguí pero no siento victoria. Al menos podría haberme disculpado.
Dentro de la casa Joe ve cómo algún equipo, Patriots, Jets o Giants, consigue algún objetivo: marcar touchdown o completar pase. No me siento bien por conseguir mi objetivo, la pérdida me embarga. El objetivo de haberla apartado de mí.
Embarga. No sabía que el cuerpo muerto poseyera impulsos motores pero me volví pensativo hacia su casa. Ya estaba dentro.
Dios, pensé. Dios, la quiero.
Me pasé el resto de Acción de Gracias haciendo kárate en el patio de atrás, sin apenas notar que empezaba una ligera nevada y que paraba unas horas después.
La nieve empezó a caer. No la sentía.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:38 am

Capítulo 26
Transcrito por shuk hing


—¿Puedes dejar... de disculparte y mirar... la carretera? —dijo Colette—. No quiero morir... otra vez.
—Vale, vale —repuso Margi—. Relájate. ¿Sigue ese camión detrás?
Phoebe era testigo de la conversación desde la «seguridad» del asiento trasero, intentando no distraerse con las grandes pompas rosas de chicle de Karen ni con los demás coches de la autopista a los que Margi siempre estaba a punto de pegarse demasiado.
Los padres de Margi le habían dado toque de queda a las ocho, así que las chicas decidieron ir a la ciudad de día, algo por lo que Margi se sentía obligada a disculparse hasta el fin de los días.
—No te preocupes, Margi —dijo Karen, haciendo estallar su pompa—. De todos modos, tengo trabajo mañana por la mañana y necesito mi sueño reparador.
Colette se volvió en su asiento; Margi había hecho una obra de arte con su maquillaje.
—¿De verdad... duermes..., Karen?
—No, cielo —respondió ella, dándole una palmadita en la mano—. Estaba de coña. Por cierto, tus ojos están muy bonitos.
—¿De verdad? Gracias. A veces... lo hago. Dormir..., quiero decir. No dormir de verdad..., más como.., hibernar.
—¿Sí? —preguntó Karen, chupando el aire de otra pompa—. Mal también lo hace. Yo a veces me desconecto, pero no es como... dormir.
—No sé... qué es... Es raro. Es como si estuviera... despierta..., pero soñando... a la vez.
—Raro. George hablaba de eso el otro día.
—¿George? ¿George el de la vieja... escuela? ¿Habla?
—Ajá —contestó Karen—. Habla conmigo.
—Puaj —repuso Margi.
—George no es tan... malo —explicó Karen—. Creo que los de la... vieja escuela... son unos... incomprendidos.
Phoebe estaba a punto de comentar que la policía local era la que no los estaba comprendiendo, pero Margi se adelantó.
—¿No es George el que se dedica a masticar mascotas? —preguntó—. Hace una semana que no dejo salir a Familiar de casa.
—¿A qué te refieres? —preguntó Karen.
Phoebe se dio cuenta de que Karen llevaba Lady Z; olía el perfume mezclado con el olor a chicle.
—¿No lo viste en el periódico? —le preguntó a su amiga. Le hizo un resumen del artículo cuando Karen la miró, desconcertada, y acabó con lo de la Foto de George.
—Estás de coña.
—Es lo que decía el periódico.
—Imposible. George no mataría ni a una mosca.
—Tak sí —respondieron Colette y Margi al unísono.
—Y George... también —añadió Colette—. Seguramente... cree... que tiene que... hacerlo.
—No me lo trago —respondió Karen—. Ni de coña. Imposible. A George le interesan demasiado los animales atropellados, sí, pero no haría eso ni loco. No es lo bastante rápido. Lo... pillarían... en cuanto lo intentara.
A Phoebe le dio la impresión de que Karen intentaba convencerse, lo que la hizo querer cambiar de tema. Las otras dos chicas del coche debían de tener en funcionamiento sus poderes telepatéticos, porque dejaron el asunto.
—Y Tak no... mataría —siguió Karen. La siguiente pompa que estalló sonó como un disparo—. Ni siquiera a un animal. Imposible.
—Ahí está la salida de la estación de tren —dijo Colette. Todas agradecieron la interrupción.
La primera parada era New Haven, pero mucha gente que iba a Nueva York para pasar el fin de semana de fiesta se quedó en el tren. Margi llevó a las chicas a un grupo de cuatro asientos enfrentados.
—Ay, no puedo estar sentada... al revés —dijo Colette—. Me... mareo.
Sus amigas no se dieron cuenta de que bromeaba hasta que soltó una carcajada.
Llevaba una sudadera de los Restless Dead que Phoebe le había regalado a Margi para su cumpleaños de hacía un año o así. La sudadera tenía capucha, y Colette se la puso para que nadie le viera la cara. Phoebe sabía que utilizaba sus constantes bromas para ocultar su falta de confianza.
Por otro lado, Karen, con el cabello platino sobre los hombros de una elegante chaqueta de cuero negro que se estrechaba en la cintura, a veces tenía demasiada confianza en sí misma. Miraba a los ojos de cualquiera que pasara y le taladraba el alma con su extraña mirada de diamante. Phoebe vio que una joven que empujaba un carrito se paraba en seco y se largaba a buscar un sitio en otro vagón. Karen parecía no darse cuenta de las reacciones de la gente, pero a Phoebe le parecía ver una chispa bailando en los diamantes cada vez que provocaba una respuesta, ya fuera buena o mala.
Había otras reacciones, aparte del miedo. Un par de chicos subieron al tren justo antes de que saliera de la estación. Uno de ellos tenía pelo largo negro y chaqueta de cuero, y, por un momento, a Phoebe le dio un vuelco el corazón porque pensaba que era Takayuki. Pero cuando el chico levantó la mirada, vio que tenía los ojos azules. Su compañero iba vestido de forma similar, con vaqueros destrozados y una camiseta desteñida de «¡Poder zombi!» bajo la chaqueta de motero.
El chico de ojos azules vio a Karen y sonrió.
—Hola —le dijo.
—Hola —respondió ella con voz fría, casi indiferente.
Las otras chicas, incluso Margi, que había estado parloteando como una cotorra, se callaron cuando empezó la conversación. Colette ni siquiera se atrevió a mirar, escondida bajo la capucha.
—Me gustan tus ojos.
—Gracias, los tuyos tampoco están mal.
Al amigo del chico le hizo mucha gracia, pero Phoebe notaba que también intentaba decidir con cuál de ellas quería hablar, ya que su amigo estaba con Karen. Miró a Colette y a Margi, que consiguió poner cara medio de desprecio, medio de provocación. Phoebe había visto aquella mirada en acción y sabía que espantaba a casi todos los chicos que conocía, aunque había cierto segmento (como el pobre Norm Lathrop) que caía embobado del todo con ella.
El tren arrancó y el chico se presentó como Dom; su amigo era Bee.
—¿Adónde van, señoritas? —preguntó, incluyéndolas a todas en la conversación. Cuando miró a Phoebe a los ojos, ella recuperó el aliento; sus rasgos faciales eran angulosos y atractivos, aunque su sonrisa era dulce.
—Vamos a Aftermath —respondió Karen, como si fuese evidente y la conversación la aburriera. A Phoebe le recordó a un gato jugando con un ovillo de lana.
—¿En serio? —preguntó Dom, esbozando una sonrisa que dejaba a la vista sus relucientes dientes blancos—. Nosotros también. ¿Tenéis ganas de bailar con los muertos? —Lo había dicho sonriendo, sin sarcasmo. ¿No se daba cuenta de que Karen era una zombi?
—Claro, nos gusta bailar. Hay unos cuantos chicos con DFB en nuestro instituto, así que se nos ocurrió salir a divertirnos.
—¿Sí? ¿A qué instituto vais?
—Oakvale High —respondió ella, e hizo una pausa—. Nos
graduamos... en primavera, así que queremos asegurarnos de pasárnoslo lo mejor posible... en el último año.
—De último curso, ¿eh? —preguntó uno de los chicos, después de intercambiar miradas con el otro.
Karen asintió.
—Sí —los retó Margi—. ¿Dónde estudiais vosotros?
—Universidad de Yale —respondió Dom, suspirando como si se avergonzase—. Pero somos de primero.
—Oh —dijo Karen—, ¿estáis en la... sociedad Skulls and Bones?
Dom y Bee se rieron con ellas.
—Algo así. Estamos en un grupo que se llama Skeleton Crew, así que casi, casi.
—¿Skeleton Crew? —preguntó Margi, sustituyendo de repente la acidez por interés—. ¿Así que cantáis Livingis like Dying.
En respuesta, Dom empezó a cantar:
—Living is like dying, all over again, all over again, like dying, all over again...
—Tú no eres el cantante —comentó Karen.
Dom se pasó la mano por el pelo, rapado casi a cero sobre una oreja.
—Qué dura eres. No, soy el guitarrista. Bee toca el bajo.
—Y vuestro cantante, DeCayce —dijo Margi—, es un...
—Zombi —confirmó Dom—. Sí, un tío muerto canta con nosotros. —Incluso Karen parecía intrigada—. Escuchad, ni siquiera sé cómo os llamáis. ¿Cómo voy a meteros en la lista de invitados si no sé cómo os llamáis?
—¿Tocáis hoy? —preguntó Margi.
—Claro que sí. Si DeCayce y Warren consiguen llegar con el equipo, allí estaremos.
—Yo soy Margi Vachon.
—¿Quién es tu tímida amiga?
—Colette Beauvoir.
Dom sacó un cuadernito de espiral y un boli negro del bolsillo interior de la chaqueta.
—Espera, ¿se deletrea be, e, a, u, uve, o, i, erre?
—Vaya, pues sí que vais a Yale —repuso Karen—. Yo soy Karen DeSonne. De mayúscula, e minúscula, ese mayúscula, o, dos enes, e.
—Chicas francesas —comentó Bee, sonriendo.
—Yo soy italiana —le dijo Karen, lanzándole una mirada fulminante.
—Yo me llamo Phoebe Kendall. —Dom la miró con interés por primera vez.
—Phoebe Kendall —respondió el chico, escribiendo el nombre en el cuaderno. Después lo cerró y sacó un móvil del otro bolsillo—. ¿Serena? —dijo por teléfono—. Oye, soy Dom. Tengo a unas personas para la lista de invitados de hoy. —Leyó los nombres, empezando por Margi y terminando por Phoebe. Serena tuvo que decir algo gracioso, porque Dom seguía riéndose cuando se despidió—. Bueno, Bee —dijo, una vez guardado el móvil—, vamos a buscar un asiento. Espero veros esta tarde. Encantado de haberos conocido.
Colette se asomó por debajo de la capucha y los vio tambalearse hacia un par de asientos vacíos del fondo; se retiró como una tortuga a su caparazón cuando Bee la saludó con la mano.
—Es la primera... vez que estoy en... una lista... de invitados.
—Ay, cielo —dijo Karen, dándole una palmadita en la rodilla—. Eso es porque todavía no has conocido a mucha gente.
—Eres asombrosa, Karen —comentó Phoebe—. Cuánta seguridad. Con razón estaban locos por ti.
—¿Por mí? —contestó ella; cuando se volvió hacia Phoebe, sus diamantes refulgían—. No has dicho ni palabra, pero a ti es a quien persiguen todos los chicos que conocemos.
Sabía que no lo decía para herirla, pero le dolió, porque, en aquellos momentos, ningún chico la perseguía. Había alejado al que quería que la persiguiera; bueno, en realidad, los había alejado a los dos.
Karen debió de notar que le daba vueltas a algo, porque le dio un empujoncito.
—Oye, no quería insinuar nada, sólo que estás buena, nada más.
El tren llegó a la siguiente estación.
Había tráfico en la calle y la acera frente al achaparrado edificio del Aftermath, aunque nadie se dirigía a su puerta, un enorme trozo de metal verde grisáceo que parecía capaz de soportar un ataque directo con misiles. Sólo había dos adornos en el edificio sin ventanas: un cartel colgado de un poste metálico empotrado en el hormigón, a unos cuatro metros del suelo, con el nombre del pub, y un segundo cartel con letras blancas sobre fondo negro en el que se leía: «entra libremente... y por voluntad propia». El cartel estaba fijado a la puerta con cuatro gordos pernos.
—Qué bonito —comentó Matgi al leer la «bienvenida».
—Parece... cerrado —dijo Colette.
No se había quitado la capucha en todo el paseo desde la Grand Central Station a la calle en la que, finalmente, Margi había conseguido que un taxi las recogiera. A Phoebe no le parecía muy distinta al resto de los jóvenes con los que se cruzaban.
—Oigo música —contestó Karen.
Phoebe prestó atención. Quizá le llegara la vibración de un bajo, pero también podría ser la respiración de la ciudad, los ruidos de miles de coches por las calles, el murmullo de los líquidos por los cientos de tuberías subterráneas, los sonidos de un millón de palabras pronunciadas a la vez.
—¿Entramos y ya está? —preguntó Margi, mirando a su alrededor, como si esperara que apareciese una lista de instrucciones, como los menús de los restaurantes cuando iba a recoger comida en el coche.
—Creo que sí —respondió Karen, abriendo la puerta blindada. Lo que vieron dentro de Aftermath no era en absoluto lo que se imaginaban.
La puerta daba a una especie de sala de estar cubierta del suelo al techo con vibrantes remolinos de colores: un lugar reluciente y caleidoscópico que no tenía nada que ver con el almacén húmedo y aburrido que Phoebe se esperaba. Siguió una curva de vivo color amarillo que empezaba en algún punto de la alfombra de pelo, subía por una pared y llegaba al techo, donde sus distintos grosores creaban la ilusión de ondas sobre sus cabezas, antes de volver a bajar por la pared opuesta. Había estallidos simétricos de múltiples colores encima de algunas de las cintas onduladas; parecían diseños tie-dye estampados en la pared. El desmadre de colores la distrajo por un momento de la docena de personas de la sala, algunas hundidas en sillones amorfos y cómodos que flotaban como amebas gigantes sobre el revuelto mar de color.
Phoebe miró a Colette, que era un oscuro punto negro contra la luz de las paredes. La vio apartar la capucha y contempló cómo el color se introducía rápidamente en sus ojos, que no dejaban de parpadear. Su expresión de asombro se convirtió en una amplia sonrisa.
—Bienvenidas a Aftermath —las saludó una chica muerta que salió de un mostrador junto a la puerta, como las camareras de la franquicia de cafeterías local siempre que un cliente silencioso las molesta en sus estudios: medio avergonzadas, medio corteses y haciendo todo lo posible por no parecer mosqueadas—. Tenemos una tarifa... fija... de diez dólares.
Phoebe ya estaba abriendo el bolso, pero Karen dio un paso adelante y dijo que seguramente estarían en la lista de invitados.
La chica muerta hizo lo que pudo por sonreír. Llevaba un corte de pelo a la moda, de un rubio pálido mejorado químicamente, quizá para esconder los mechones grises que a veces aparecían de forma natural con la muerte. El pelo de Colette tenía mechas grises desde hacía tiempo, pero empezaba a parecerse más al castaño oscuro de cuando estaba viva. La chica muerta llevaba una camiseta blanca sin mangas con el logo de Aftermath en negro, vaqueros negros y botas. Sus brazos eran pálidos y suaves.
—Deja que mire... la lista —respondió.
Mientras lo hacía, Phoebe echó un vistazo rápido a la gente que estaba por la sala. Había un par de zombis, dos chicos, enzarzados en uno de esos juegos de cartas de fantasía en una mesa de cristal con patas plateadas. Phoebe nunca había llegado a pillar cómo iban las partidas, salvo el concepto básico de que el que tenía más cartas solía ganar. Una chica sentada en un futón lleno de cojines, al lado de uno de los jugadores, daba un gritito de alegría cada vez que su compañero elegía una carta y la sacaba con gran vigor. Su contrincante zombi se retrepó en su asiento y miró al techo tecnicolor con la boca abierta y la lengua rosa grisáceo fuera: era una interpretación cómica de su propia muerte.
—¿Eres... Karen? —preguntó la anfitriona zombi.
Karen respondió que sí, y después presentó a las otras chicas, añadiendo:
—Me encanta tu cinturón.
La chica bajó la mirada, como si la sorprendiera encontrarse con aquel trozo de cuero con tachuelas en la cintura.
—Gracias..., Karen DeSonne —respondió, ofreciéndole una mano que acababa en largas uñas blancas—. Soy Emily.
«Es guapa», pensó Phoebe mientras ellas se daban la mano. Colette y Margi se fueron hacia el vestíbulo, donde la música estallaba cada vez que la gente abría la puerta de cristal.
—Hay... taquillas... en el guardarropa —explicó Emily—. Para los... abrigos y... eso. Cinco dólares... para usarlas. Para bailar, el salón principal. —Apuntaba con las dos manos para dar las instrucciones, como si intentara dirigir a un avión a su puerta—. Hay un... bar con aperitivos... y máquinas dispensadoras... arriba..., al lado de la tienda de regalos —añadió, señalando por último la estridente escalera de color lavanda—. Los baños... están al final del salón..., detrás del guardarropa. Que os... divirtáis.
—Tengo que ir al servicio. Gracias, Emily—respondió Phoebe.
—Voy contigo —dijo Karen. Phoebe no se dio cuenta, pero tuvo que poner una cara muy rara, porque su amiga añadió—: ¡Para retocarme el maquillaje, tonta!
—Oh —repuso Phoebe, sintiéndose muy imbécil—. Iré a preguntar a las chicas si quieren que les dejemos algo en el guardarropa.
Volvió con el abrigo y el bolso de cinco kilos de Margi, y con la sudadera negra de Colette.
—Vamos a necesitar dos taquillas —comentó Karen; después señaló con la cabeza algo que estaba detrás de Phoebe—. Mira lo contenta que está Colette.
Phoebe se volvió; Colette y Margi se habían acercado a una animada discusión que tenía lugar en la entrada del salón que daba a la pista de baile. Uno de los zombis agitaba las manos en el aire delante de la cara para ilustrar su opinión. La mano izquierda no le obedecía tanto como la derecha, pero, aun así, uno de sus compañeros, un chico tradicional con una botella de bebida energética, se reía tan alto que podían oírlo por encima del zumbido de la música y la conversación.
—Mira cómo... sonríe —dijo Karen—. ¿Te has enterado de qué hablaban?
—De libros.
—¿De libros? —repitió Karen, sacudiendo la cabeza—. Guay.
Se dirigieron al guardarropa; el remolino de colores terminaba abruptamente en la entrada de un largo pasillo gris lleno de carteles enmarcados.
—El chico que hablaba decía que lo mejor de estar muerto era que tenía un montón de tiempo libre para leer. Decía que lo peor era que los muertos no pueden sacarse el carné de la biblioteca.
—Tiene gracia. Igual que eso.
Apuntó al primero de los carteles, que era de La noche de los muertos vivientes. Al otro lado del pasillo estaba Amanecer de los muertos, al lado de la calavera sonriente de la primera película de Posesión infernal.
—Impresionante —dijo Phoebe. La siguiente de la fila era la promoción de un videojuego llamado Zombie Apocalypse; se veía a un hombre armado con una sierra mecánica metiéndose entre una turba de zombis. Un brazo cortado volaba por los aires entre salpicaduras de «sangre» ocre y oscura—. ¿No te parece ofensivo?
Karen sacudió la cabeza.
—Me gusta la ironía. Mira, El regreso de los muertos vivientes. Era mi favorita. —Empezó a cantar—: Do you wanna paaaaarty? It's party time! ¿Te acuerdas de esa escena?
Phoebe se ruborizó; sí que se acordaba.
—Es una canción de 45 Grave —respondió.
—¿Cómo me iba a ofender esto? —siguió diciendo Karen, a la que no le interesaban mucho los detalles musicales. Señalaba a un par de zombis verdosos, uno de ellos con cresta, esquelético y luciendo collar de perro, de pie sobre una lápida, con el título de la película pintado en rojo sobre la tumba por un tercer zombi que salía de la tierra—. Es como la música que escuchas tú, ¿no? ¿Zombis, monstruos y demás cazados por vosotros, los tradicionales?
—Los monstruos suelen ganar en las canciones que escucho —repuso Phoebe.
El último póster era la cubierta de Y la tierra abrirá sus tumbas y devolverá a los muertos, del reverendo Nathan Mathers. Las chicas se pararon un momento para contemplar el cartel y la foto del autor, que las miraba sin piedad con aquellos severos ojos azul hielo que tenía.
—Mientras no ganen en la vida real —dijo Karen—. Hablando de... monstruos.
El zombi que se encargaba del guardarropa las miró con aburrimiento cuando entraron.
—Vais a... necesitar... dos —comentó, mirando el montón de cosas que llevaba Phoebe. En vida había sufrido un problema de sobrepeso que se había llevado consigo a la muerte, y el taburete en el que estaba subido crujió cuando se inclinó para sacar dos llaves del tablero con sus dedos regordetes.
—Diez... pavos. O... sin llave... si os queréis... arriesgar.
—Gracias —respondió Karen, dándole el dinero y una deslumbrante sonrisa—. Soy Karen.
—B... Billy.
—Gracias, Billy —le dijo ella al aceptar las llaves. Después condujo a Phoebe por las filas de taquillas numeradas.
—Deja que te dé parte del dinero —le pidió Phoebe una vez guardado todo.
—No te preocupes. Tengo un segundo trabajo muy lucrativo en el centro comercial. Estoy forrada.
A la salida agasajó a Billy con otra potente sonrisa y exclamó:
—¡Adiós, Billy!
Siguieron 'por el pasillo hasta dar con los servicios. Había cuatro puertas, dos a la izquierda en las que ponía «chicos» y dos a la derecha en las que ponía «chicas». De cada pareja, una de ellas ponía «zombis» y otra «trads».
—¿Más ironía segregacionista? —preguntó Phoebe.
—AI menos no me han obligado a sentarme en la parte de atrás del tren.
Cada una abrió su puerta y las dos se encontraron en la misma habitación. Había una fila de compartimentos con váteres y otra fila de lavabos. Una chica muerta se estaba poniendo un brillo de labios que venía en un tubo negro con el característico logo Z que aparecía en casi todos los productos cosméticos para zombis de Slydellco.
—Hola —dijo la chica, mirándolas en el espejo. A Phoebe le dio la impresión de que a ella la miraba un poquito más, lo que la incomodó. Mientras iba hacia uno de los compartimentos, oyó que Karen le preguntaba a la desconocida por el brillo de labios.
—Se llama «Beso de vida» —contestó la chica—. A veces... Skip es... muy cursi.
Phoebe oyó el eco de la risa de las chicas muertas en los azulejos del cuarto de baño.
Cuando regresaron al salón, Margi y Colette no estaban por ninguna parte.
—Seguramente están quemando la pista de baile —dijo Karen—. Vamos.
El sonido las golpeó como una fuerza física cuando entraron en el pub propiamente dicho, al igual que la marea de color y luces que parpadeaban y se movían.
—Menos mal que no soy epiléptica —comentó Phoebe, entrecerrando los ojos al encontrarse con una luz roja estroboscópica que parecía ir derecha a su retina.
La zona de baile era más pequeña de lo que esperaba, pero porque sólo había ido a bailes en el gimnasio del instituto. La pista de baile era mucho más pequeña; consistía en una lámina de plástico blanco opaco bajo la que habían puesto luces verdes, amarillas, azules y rojas. Efectivamente, Margi y Colette estaban quemando la pista de baile, moviéndose a toda velocidad con el chico que no podía sacarse el carné de la biblioteca y sus amigos.
La pista estaba hasta arriba de gente, al menos treinta personas saltando y contoneándose al ritmo de la música. Karen se inclinó sobre el hombro de Phoebe, que notó su aliento frío en la oreja.
—Hemos venido a bailar, ¿no? —le preguntó, cogiéndola de la mano para que bajase los escalones enmoquetados que daban a la pista.
Colette dejó escapar un grito de alegría desacompasado cuando se unieron a ellas, y Phoebe se rió cuando todos los chicos, tanto muertos como tradicionales, clavaron la mirada en Karen, que agitaba su minifalda de cuero.
El aire olía a Z y los focos del techo iluminaban a la multitud. Phoebe se dejó llevar por la música, una canción heavy industrial de un grupo llamado Seraphim. Entonces, las luces se apagaron de repente y dejaron la sala a oscuras durante un segundo, para dar paso a unas luces estroboscópicas blancas que salían de todas partes. Era difícil saber quién estaba vivo y quién muerto con aquel resplandor; el rápido parpadeo hacía que todos parecieran rígidos y torpes. La sala volvió a quedar a oscuras, y de nuevo volvieron las luces del suelo y los focos del techo. Phoebe levantó los brazos por encima de la cabeza y se rió al ver que Margi ejecutaba unos cuantos movimientos estilo gitana; algunas de las luces que se proyectaban sobre las paredes y la piel tenían forma de mariposas, flores y estrellas.
Se dio cuenta de que un zombi le estaba hablando entre dientes.
—¿Qué? —respondió a gritos.
—¡He dicho que si la música está lo bastante alta para ti! —respondió él, también a voces. Al acercarse más, Phoebe se dio cuenta de que el chaval no estaba muerto, sino que tenía acné. Asintió y se alejó dando vueltas.
La canción metalera se convirtió en un rap enloquecido que Phoebe no reconocía, pero que entendía por instinto; el bajo y la percusión le inyectaban energía.
«¿Así es para ellos?», pensó, sintiendo el subidón y viendo a Colette reírse de algo que le decía el chico sin carné de biblioteca. Descubrió que podía usar la música como combustible, como si fuera una chocolatina o una manzana. Como no contaban con ninguna de aquellas dos opciones, ¿utilizaban los muertos el sonido para recuperar la energía? Pensó en Kevin y en su entrecortado baile del espantapájaros en la fiesta de bienvenida. En aquel pub hasta el más lento de los zombis de la sala parecía moverse a una velocidad normal.
Por encima de la pista de baile había una especie de pasarela que conducía a un perímetro de reservados con los mismos asientos azules llenos de cojines que había por todo el pub. Docenas de personas pasaban el rato por allí, algunos observando a los bailarines o las bonitas luces de colores que saltaban sobre ellos. El DJ estaba en una cabina cerrada al otro extremo de la pasarela y, debajo de él, una plataforma se elevaba por encima del resto de la pista; en ella habían colocado una batería y unos cuantos amplificadores. En la superficie del bombo se veía una calavera sonriente amarilla (un emoticono gigantesco) con las palabras «Skeleton Crew» escritas en letras hechas con huesos.
—Tía, no puedo respirar —dijo Margi, dejándose caer en un futón cuando acabó la tercera canción en versión extendida.
—Ni yo —repuso Colette. A la gente que la oyó por encima de la música le pareció muy divertido.
Margi dirigió un caótico desfile hasta un círculo de sofás en la pasarela. Colette y ella presentaron a Karen y Phoebe a sus nuevos amigos.
—No me puedo creer la de gente que hay aquí —comentó Phoebe.
—¿Quieres decir la de gente muerta que hay aquí? —preguntó el chico de su izquierda. Era Trent, el del carné de biblioteca.
—No, gente en general —respondió ella. No sabía si Trent intentaba pincharla o iniciar una conversación—. Cuando llegamos creímos que estaba cerrado.
—Ah.
Colette dijo que era un poco abrumador estar rodeada de tantos zombis.
—Creo que a lo máximo que hemos llegado en la Casa Encantada es a veintitrés.
Phoebe se volvió hacia la pista y vio que uno de los zombis parecía haberse pasado tres años bajo tierra; tenía la ropa hecha trizas y manchada, y la piel del lateral de la cabeza escamada. Era el único zombi de la vieja escuela que se había encontrado por allí, el único que no estaría fuera de lugar en uno de los carteles del pasillo de los servicios. Como George.
Cuando se volvió, todos estaban inclinados para acercarse más a Colette.
—¿La Casa Encantada? —preguntó Trent.
—Bueno..., sí. Sólo es... es... como llamamos a la casa... en la que... pasamos el rato.
—¿De dónde dices... que venís?
—¿Connecticut? —respondió ella, como si fuese un exa­men—. ¿Oakvale?
—¡No me fastidies! —exclamó Trent, emocionado—. ¿Tommy Williams? ¿«supuestamentedead.com»?
Colette, convertida de repente en celebridad, sonrió sin responder.
—Eso es... increíble —dijo Trent—. ¿Alguna... va... a la Fundación Hunter?
—Todas —respondió Margi. Intentaba hacer como si no le interesara el amigo vivo de Trent, pero sí que estaba interesada en el amigo vivo de Trent.
—Increíble —repitió Trent—. Skip... nos ha... contado muchas... cosas sobre lo que... hacéis allí. —Hizo una pausa, mirándolas una por una con mucho interés, lo que hizo que Phoebe se quisiera hundir en el cojín hasta desaparecer.
—¿De verdad... se ha ido... Tommy... como dicen en la página?
—Sí —respondió Margi.
—Vaya —dijo Trent—, no es... fácil... ser joven... y zombi... en Estados Unidos. Muchos de los... chicos de aquí... vienen... de muy lejos.
—Yo vine de... Iowa —comentó uno.
—Lo... siento —respondió Colette, haciéndolo sonreír.
—Oye —siguió Trent—, lo de... salir... con una chica... tradicional..., ¿era verdad?
Cabría pensar que alguien como Colette, que tenía que hacer un esfuerzo consciente para hablar y mover las extremidades, tardaría mucho en delatar a Phoebe, pero no fue así. La sonrisa abandonó a Phoebe en cuanto Colette la miró; y, encima, Margi y Karen la imitaron.
Phoebe chasqueó la lengua y apartó la mirada.
—Ups —dijo Trent, aunque le costaba pronunciar la u.
—Sí, bueno —repuso Margi, que se daba cuenta de la incomodidad de su amiga—. Mejor hablamos de otra cosa, ¿vale? ¿De dónde venís los demás?
La mayoría, como Trent y su colega, que procedían de Staten Island, era de Nueva York o alrededores.
—Pero... ¿a quién le importa eso? —preguntó, aunque a Phoebe sí que le importaba—. ¿Qué va a pasar con «supuestamentedead. com»... sin Tommy? ¿Lo sabéis? Aquí casi... todos... lo leen.
—¿Cómo? —preguntó Karen.
—Ordenadores, arriba. Skip imprime el blog y lo... reparte.
—Seguirá adelante —respondió Karen—. Tommy nos enviará sus blogs desde la carretera. Phoebe y yo...
La música se cortó y la sala quedó a oscuras. Phoebe chilló.
—Algunos lleváis esperando esto una eternidad, lo sé —dijo una voz muy segura de sí misma—. Y ahora comprobaréis que no habéis esperado en vano. Recibamos con un estruendoso aplauso la actuación número diecisiete en Aftermath de la banda que tanto muertos como vivos reclamabais... ¡Skeleton Crew!
Las luces se encendieron con el acorde de apertura, afilado como una cuchilla. Phoebe miró a su alrededor y vio que Dom estaba de pie delante del micrófono. A su lado había un chico bajo, sin camisa y delgado como un palillo, vestido con unas bermudas naranja de surfero. El chico delgado estaba echado sobre el micrófono como si lo necesitara para apoyarse. Bee se encontraba al otro lado del escenario, rasgueando las graves cuerdas de su bajo.
—¡Aftermath! ¡Haz ruido! —gritó Dom, mientras Warren, escondido en alguna parte detrás de un anillo de platillos, empezaba a tocar un redoble cada vez más fuerte en su percusión. A Phoebe el saludo le pareció poco inspirado, pero provocó una sana reacción en el público.
—Buenos... días... a todos —dijo el chico delgado en un tono de voz sombrío, entre Peter Murphy y Morrisey—. Me llamo... DeCayce... y somos... Skeleton Crew.
«Es el chico muerto», pensó Phoebe. Dom tocó otra estruendosa nota, y el chico muerto dio un salto de un metro sin doblar las piernas, mientras Bee y Warren empezaban una canción.
Phoebe estaba muerta de cansancio en el viaje a casa, aunque Margi seguía dando botes en el asiento del conductor reviviendo cada instante de su aventura en el pub. En el tren era un manojo de energía, aunque Karen y Colette parecían estar reservando fuerzas.
—Estaba ñipado contigo, Colette —dijo Margi. Aquella idea era lo que más energía le daba, y Phoebe no se cansaba de oírlo, a pesar de que lo hubiese dicho ya unas cien veces.
—No... sé —repuso Colette. Cuanto más repetía Margi su impresión, más débiles eran las negativas de Colette. Phoebe sonrió; era bueno verla tan soñadora.
—Sí lo sabes —insistió Margi—. Flipado del todo.
El que estaba «flipado» era DeCayce. Después de terminar el concierto, Dom había llevado a su grupo a hablar con las chicas. Aunque en el escenario era brutal, en persona DeCayce resultó ser muy tímido y apenas contribuyó a la conversación... que, básicamente, se redujo al tonteo de Dom con Karen. Trent y sus amigos se acercaron, y Phoebe notó que DeCayce se apagaba más cuanta más gente tenía alrededor. Trent no dejaba de insistir en lo fresco que era el sonido del grupo, y Colette se acercó a DeCayce para decirle algo que sólo él pudo oír. En cualquier caso, tuvo que ser gracioso, porque el chico se rió como si fuera la primera vez que lo hacía. Los dos se volvieron inseparables durante el resto de la noche; Phoebe los vio de vez en cuando hablando animadamente, solos en las esquinas ocultas de la sala.
«Animadamente», pensó Phoebe. No era la palabra adecuada, claro.
—Oye, Colette —le dijo a su amiga—, ¿qué le dijiste a DeCayce que le hizo tanta gracia?
—Ese chico... tan molesto... no paraba de decir... la palabra... «fresco». No es una palabra... muy acertada... para un zombi —explicó Colette, volviéndose hacia ella con una sonrisa.
—Ni siquiera te encontrábamos para largarnos —dijo Margi; lanzó una mirada pintada de rosa a Phoebe por el espejo retrovisor—, A ver, ¿qué estabas haciendo, nena?
—Déjalo ya —repuso Colette, que seguía sonriendo—. Estábamos... bailando.
—Nosotras estábamos... —repuso Margi, haciendo una pausa tres veces más larga que las de la nueva y mejorada Colette— bailando. ¿Así lo llamas ahora?
—¡Para ya! —exclamó Colette, dándole un codazo.
—Cuidado, Colette —dijo Karen—, Puede que nos mate... a todas. Además... —añadió Karen, echándose hacia delante—, lo que tiene son celos.
—Claro que tengo celos. ¿Quién no? ¿Has visto cómo la miraba? Me gustaría que alguien me mirase así por una vez. Sólo una vez.
—No sé —repuso Phoebe—, Bee parecía bastante interesado en nuestra chica de pelo rosa.
—Ya —dijo Margi—, sólo me entran los bajistas.
—Grandes rebajas de Navidad en Wild Thingz! mañana —dijo Karen cuando Margi llegó a la casa de los DeSonne—. Una estupenda oportunidad para reponer todos vuestros cosméticos Z. —Colette necesitará algunos, ahora que tiene novio —dijo Margi, fingiendo pensar en voz alta—. Pero no creo que Papá Noel le haga una visita, porque ha sido mala.
—A ver si te callas... ya —insistió Colette, aunque estaba claro que no lo decía en serio.
De camino a casa de Phoebe, Margi y Colette empezaron a hacer planes para ir al centro comercial, la lista de la gente a la que querían comprar regalos y los regalos que elegirían. Phoebe se quedó callada en el asiento de atrás y deseó hacerse invisible para poder escuchar la conversación y disfrutar de la sencilla amistad que representaba.
—¿Qué pasa con... Norm?
—¿Qué pasa con Norm?
—No... saltes. Y no seas... mala... con Norm.
—Sería mala si le diera esperanzas.
—Sabes que te va a comprar... un... regalo.
—Dile que se ahorre el dinero.
—No... funciona así.
Phoebe se alegraba por las dos, aunque también estaba un poco triste. Era como las conversaciones que ella solía tener con Margi.
—Bueno, tiene que funcionar de otra forma. Norm es muy buen chico, pero no siento eso por él. No siento lo que DeCayce, la sexy estrella muerta del rock, siente por ti.
—No cambies... de tema.
—¿Quién está cambiando de tema? Es lo mismo.
—Es que... creo... que deberías... comprarle algo. Algo... pequeño. Un CD.
—Entonces empezará a buscarles significado a los títulos de las canciones y será peor todavía.
—Nada de canciones... de amor.
—Todas las canciones son canciones de amor —repuso Margi. Un coche pasó en dirección contraria y la chica miró por el retrovisor para verlo alejarse—. ¿Tú qué dices, Phoebe?
—Colette tiene razón —respondió ella, sorprendida de que penetrasen tan fácilmente en su velo de invisibilidad—. Un CD. Nada de canciones de amor. ¿Un CD de Skeleton Crew?
—¡Buena idea! —exclamó su amiga—. ¡Seguro que Colette puede conseguirme una caja entera de copias gratis!
Adam estaba en el patio entrenando cuando llegaron. Phoebe lo vio brevemente bajo la potente luz de los faros del coche; estaba girando los talones de izquierda a derecha mientras rotaba los puños desde la cadera para golpear a unos atacantes invisibles.
Margi también lo había visto.
—¿Vas a practicar tus dotes ninja con Adam?
Phoebe dio un bote, pero no era más que una pregunta inocente. A veces se le olvidaba que no le había contado a Margi lo sucedido. Salió del coche y contempló cómo su aliento helado volaba por el aire. Adam no era más que una sombra desdibujada en la oscuridad, un fantasma parpadeante entrevisto gracias a los faros.
—No —dijo al cabo de un rato—. Debe de estar muy concentrado. Ya sabes lo mucho que se mete en el tema.
Margi bajó la ventanilla cuando Phoebe cerró la puerta.
—¿Estáis bien vosotros dos?
«Por favor —pensó Phoebe—, no fastidies la noche.»
—Estamos bien —respondió al final.
—Gracias por venir —dijo su amiga después de quedarse mirándola un momento.
Phoebe se metió un poco en el coche por la ventanilla y le dio un incómodo abrazo a medias en el que también consiguió meter el hombro de Colette.
—Gracias por dejarme ir con vosotras, a pesar de todo. Sois unas amigas geniales.
Margi esperó hasta que Phoebe llegó a los escalones de la entrada antes de irse. Phoebe se despidió de ellas y saludó con la mano a Adam, pero la oscuridad le impidió saber si él le devolvía el saludo.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:41 am

Capítulo 27

Transcrito por Rossmary


Algunos de los alumnos de de estudios zombis me dijeron que te habían visto trabajando en la fundación.
Angela tenía un truco que usaba durante sus sesiones, algo así como ladear la cabeza mientras se llevaba los dedos al largo cabello para ponérselo detrás de la oreja. Pete suponía que era para dar a entender lo interesada que estaba en lo que él decía.
—¿Se supone que tengo que hablar de eso? —Ella sonrió—. No sé qué decir. ¿Se supone que tengo que esconderme cuando los vea?
—No lo sé —respondió ella, moviéndose en su asiento—. ¿Crees que deberías hacerIo?
—No —repuso Pete, suspirando.
—¿Crees que tu presencia podría resultar... perturbadora para algunos de ellos?
—Puede. Así que piensa que debería esconderme.
—No estamos hablando de esconderse, sino de no ser tan... llamativo
Pete odiaba que hiciera pausas al hablar porque le recordaba a una hamburguesa de gusanos.
—Llamativo.
—Estabas mirándolos fijamente cuando llegaron a la fundación el otro día, Pete Yo diría que eso es... llamar la atención.
—Vale. Intentaré no prodigarme mucho cuando vengan.
—¿Por qué los mirabas, Pete? —preguntó ella, mirándolo a los ojos. Él se encogió de hombros—. ¿Es porque quieres decirle algo a alguien?
—¿Como a quién?
—¿A Adam o a Phoebe?
—¿Y qué les iba a decir?
—No lo sé, ¿qué les dirías?
—¿Por qué? —preguntó él, moviéndose—. ¿Cree que tendría que disculparme o algo?
Ella no respondió, pero siguió mirándolo a los ojos y sonriendo.
—Si me está preguntando si me siento mal por lo que le pasó a Adam, si, bueno, si tengo remordimientos, la respuesta es que sí. Sí, siento que muriera. —Ella asintió—. No intentaba hacerle daño. Ni a ella. Es que estaban en medio.
—¿En medio?
—Sí, en medio —insistió, mirándola a los ojos—. Delante del cadavérico.
—Tommy.
Él se encogió de hombros.
—¿Por qué crees que estás tan enfadado con Tommy, Pete?
—Ya hemos hablado de eso.
—Por favor, siéntate, Vamos a hablarlo otra vez., ¿vale?
—Vale. —Pete se sentó; ni siquiera era consciente de haberse levantado— Vale, bien. No me gustan los zombis. Odio a los zombis. Hablamos sobre una chica que conocía, Julie, y de que murió y no volvió, y probablemente sea eso lo que alimenta mi rabia. Hablamos de que mis padres están separados y mi padre no tiene tiempo para mí, y de que no apruebo al segundo marido de mi madre. Usted parece creer que todo eso contribuye a lo que considera mi odio irracional a los zombis.
Ella asintió y esbozó una amplia sonrisa, como si estuviesen llegando a alguna parre. Pete estaba deseando que acabaran los seis meses de condena. Suspiró.
—Bueno, ahora sabemos... más o menos.., por qué odio a los zombis. Pero no sé qué hacer. En cuanto los veo me empiezo a enfadar otra vez. Sé que no es racional, sé que no son (los zombis, me refiero) responsables de lo que le pasó a Julie, pero no sé qué hacer para evitarlo.
La miró, temiendo haberse pasado de listo. Sabía que para Angela era importante pensar que su ridícula terapia lo estaba rehabilitando. Duke estaba en lo cieno: era una estupidez intentar intimidar como antes a los necrófilos; seguro que Angela lo había visto en las cintas de seguridad. Qué estúpido.
La miró y fingió una expresión de arrepentimiento, de vergüenza, intentando no sobreactuar.
—Pete, creo que ha llegado el momento de empezar a analizar algunas estrategias que te ayuden a enfrentarte a tus sentimientos sobre los zombis.
Él hizo como si la tensión abandonase poco a poco sus hombros.
—Eso estaría bien, sí.
Esperaba que no se hubiese dado cuenta de cómo apretaba los dientes después de decirlo.
Pete soltó una palabrota para sí cuando parte de la lejía del cubo se derramó en el suelo. El escurridor no quería colocarse en su sitio; le dio una patada.
—¿Una sesión dura?
Pete se sobresaltó. Dukee estaba detrás de él, apoyado en la jamba de la puerta. Normalmente, el eco de sus tacones retumbaba en los pasillos cuando los recorría, pero, si quería aquel hombre tan grande era capaz de moverse en completo silencio.
—Qué va, ha sido genial.
Duke se rió. Cogió el escurridor y lo colocó sin esfuerzo en el lateral del cubo con ruedas.
—Ya se ve. ¿A que ir al loquero es muy divertido?
—Sólo me quedan unas cuantas semanas.
—Claro. —Duke empujó el cubo con la punta de la hora para acercárselo. El agua con lejía volvió a derramarse y salpicó los zapatos de Pete—. Vaya, será mejor que friegues cao. Bueno, ¿crees que cuando termines las sesiones ya no odiarás a los zombis?
—Me encantan los zombis —respondió Pete mientras mojaba la fregona y la escurría.
—Ya veo.
—¿Quiere llegar a alguna parte con tanta insinuación? —preguntó Pete, dejando caer la fregona sobre la pared de cemento—. Cada vez que salgo de las sesiones intento ponerme a trabajar sin molestar a nadie. Y todos los días me dice algo, pero nunca lo entiendo.
—¿No? —preguntó el pálido encargado, que parecía divertirse.
—No. Sólo sé que parece interesado en lo que pasa ahí dentro —contestó Pete, señalando el despacho de Angela con la cabeza.
—Cierto, muy cierto.
—Bueno, ¿y qué leches le importa? ¿Es que no tiene nada mejor que hacer que fastidiarme?
—Claro que sí: cazar.
—¿Cazar? ¿A qué se refiere con cazar? ¿A cazar animales?
—Domésticos, sobre todo.
—¿Domésticos...? —Pete se calló. Había oído hablar de las recientes desapariciones de mascotas en la dudad. Los periódicos culparon de inmediato a los zombis.
—Últimamente han muerto un montón por aquí —añadió Duke con una gran sonrisa.
—¿Qué dice? ¿Que los ha... que los ha matado usted? —Duke se encogió de hombros—. ¿Usted mató a los perros? ¿No los zombis?
—Perro. Un perro. Un par de gatos. En realidad se trata más bien de dar un uso creativo a los animales atropellados.
—¿En serio? ¿Los mató usted? —Pete se rió—. ¿Por qué?
Duke se encogió de hombros, un gesto de falsa modestia.
—Da igual quién lo mate, Lo que importa es a quién culpen.

Pete no podía creerse lo que oía; sabía que Duke estaba enfermo, pero no se imaginaba hasta qué punto.
—Los zombis, culpan a los zombis.
Duke puso una de sus manos sobre el hombro de Pete y se lo apretó.
—Claro que culpan a los zombis. Ya estaban dando problemas, haciéndose los hatillos con esas bromitas que gastan, los grafitis y los carteles estúpidos. Creen que son graciosos, que despiertan conciencias» o algo así, pero esa dase de actividades asusta a la gente viva honrada, ¿No cuesta imaginárselos matando a la mascota familiar, verdad?
—No me lo creo. Ni siquiera me creo que fuera usted.
—Créetelo. —Duke le soltó el hombro—. Es más, van a pillar in fraganti a tu viejo amigo.
—¿Mi viejo amigo?
Duke se llevó una mano a La mejilla y Pete imitó instintivamente el gesto; al hacerlo, notó los bastos hilos de los puntos.
—Sí, tu amigo. El es el jefe de los bromistas.
—Bien —dijo Pete, bajando la cabeza—. Me encantaría ver cómo le dan a ese cabrón muerto lo que se merece.
Duke arqueó tanto una de sus cejas que la expresión resultaba cómica.
—¿Ah, sí? —Se acercó tanto al chico que Pete comprobó que su aliento olía a menta—. ¿Hasta qué punto?

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:41 am

CAPÍTULO 28

Transcrito por Rossmary


De: Williams [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Para: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Hola, Phoebe:
Aquí tienes mi última ”aventura”. Te agradecería que le echases un vistazo antes de subirla, por si hay errores.
¿Cómo están todos? ¿Siguen muertos?
Te quiere.
Tommy
LA MUERTE ANDANTE: Aftermarth
Pasé por Aftermath durante mi estancia en la ciudad de Nueva York, en la que, según me cuentan, hay más zombis per cápita que en cualquier otra parte del país. Si esta afirmación tan poco científica es cierta, seguro que todos están en el pub, porque no vi ni a un zombi en las calles de Nueva York. O eso o los zombis que vi no se distinguían de la gente de factor biótico tradicional con la que me cruzaba.
Los lectores de este blog sabrán que he criticado más de una vez a Skip SIydell y su empresa, Slydellco, ya que me parece que sacan provecho de los muertos vivientes sin tener en cuenta las repercusiones de esas ganancias. Me preocupaba que sus cosméticos y su ropa trivializasen nuestra causa en vez de ayudarla a avanzar, pero, después de conocer a Skip en su pub, estoy convencido de que no es ésa su intención. No llegaré al extremo de afirmar que lo apoyo, aunque tampoco es el codicioso señor de los ladrones por el que lo tenía. Quizá sus métodos resulten sospechosos, pero creo que intenta velar por nuestros intereses.
Aftermath es un sencillo edificio de tres plantas al lado de Bowery. En gran parte de su material publicitario, Skip dice que el pub es una prueba de ¨revolución cultural¨. Muy típico de él pasarse con su propia hipérbola, aunque cuesta negar que, efectivamente, allí se está produciendo alguna forma de cambio cultural.
El pub se aleja de la habitual decoración tipo cueva o almacén de la mayoría de estos locales y apuesta por vivos colores primarios que cubren todas las superficies visibles (salvo el pasillo que da a los servicios, pero ya llegaremos a eso).
“Tienes que saber lo que estimula a las personas —me dijo Skip cuando nos sentamos en los sillones de cuero de su despachito sobre la cabina del DJ—. A los chicos muertos les gusta la luz, les gusta el color, les gusta sentir trescientas sacudidas por segundo. Hemos hecho fiestas temáticas en la que mantenemos encendidos los focos toda la noche. Lo chicos vivos bailan a oscuras. ¿Por qué? Porque la oscuridad les resulta emocionante. Algunos de los chicos muertos han pasado demasiado tiempo en la oscuridad, solos, y no quieren volver. Fui a una fiesta en un viejo almacén de ladrillo hace unas semanas para buscar ideas.
Miré a mi alrededor y me dije: ‘Estoy en una cripta’. Hay chicos que ya han estado en una cripta ¿quién va a querer bailar en una? Por ejemplo, mira nuestros muebles. Son todos mullidos, cómodos. Terciopelo, piel falsa de colores brillantes en la mayoría de los cojines. Cosas suaves, reconfortantes.
Le pregunté cómo sacaba dinero el pub para funcionar las veinticuatro horas del día. Antes había hablarlo con Simon, de White Plains, un zombi que me había contado que llevaba al menos seis días en el pub.
“Sí, tenemos unas veinticinco personas viviendo aquí dentro—respondió Skip , por un momento, me dio la impresión de que iba a esquivar la pregunta—. Tengo financiación externa. Te sorprendería la de gente, gente con dinero, que simpatiza con el sufrimiento de los zombis. Me llega dinero de Hollywood, de Washington. Meto parte del dinero de mi línea de productos; estamos montados como organización sin ánimo de lucro. Todos los trabajadores son voluntarios; tenemos pocos gastos. La electricidad y el alquiler son las principales preocupaciones”
“¿Qué haces si un chico muerto no puede pagarte la entrada?”, le pregunté.
“Lo dejo entrar —respondió Skip, sonriendo— Esté vivo o muerto. Aceptamos donaciones parciales si no pueden pagarlo todo. Sin embargo, los chicos vivos siempre, siempre tienen suficiente. Y todos compran camisetas y aperitivo, mientras están aquí. Funciona”
Asistimos a la actuación de un grupo llamado Skeleton Crew desde la ventana de su despacho. Los miembros son de Nueva Jersey, y su cantante, DeCayce está muerto.

“Tampoco pago a las bandas —me explicó Skip mientras veíamos cómo Skeleton Crew empezaba las primeras ocho canciones, que eran una interesante mezcla del hábil speed punk del grupo con la voz lenta y fúnebre de DeCayce, que flotaba en el aire como las alas de los murciélagos—Tocan para darte a conocer.”
Le pregunté a Skip si de verdad podían darte a conocer mucho desde Aftermath, un sitio del que mucha gente ni siquiera salía.
La pregunta le hizo gracia.
“Es una inversión, y creo que buena. El crédito cultural es distinto del económico: se construye intercambiándolo con otros grupos y productos con la esperanza de que puedan dar más valor al tuyo.”
Me suelen decir que sé poner cara de póquer, pero Skip notó mi desconcierto.
“Mira —me explicó—, ¿hizo Michael Jordan a Nike o fue Nike la que hizo a Michael Jordan? ¿Acaso importa?”
Me he dado cuenta de que Skip tiene verdadera fijación con Michael Jordan, aunque el hombre lleve años retirado. Me señaló a unos cuantos chicos del público que llevaban camisetas con el símbolo de Skeleton Crew, una sonriente calavera de emoticono amarillo.
“Es como cuando determinada ropa de diseño empezó a aparecer en las tiendas la robaban a puñados. Los diseñadores creían que era un problema, pero entonces se dieron cuenta de una cosa: la ropa la mangaban pandilleros que iban a la moda, y todos aquellos delincuentes modernos eran, en realidad, publicidad de sus productos. Así que decidieron dejarlos robar. De un modo muy sutil, relacionaron su marca con lo que sucedía con el chic urbano trabajaron con algunas de las estrellas del rap del momento y, en poco tiempo, la ropa tenía tanta demanda que daba igual cuánto perdieran en las riendas. Así será Aftermath. La cultura zombi será el próximo fenómeno omnipresente en los Estados Unidos y el mundo. Dentro de seis meses, este grupo podrá decir a todos los que quieran sus canciones para el cine, la televisión y los anuncios que, en su momento, fueron la banda de Aftermath. Y Aftermath podrá decir que puso a Skeleton Crew de moda. Es como esa camisera con la calavera que se ve por todas partes, ¿la de los Misfits? ¿Quiénes eran los Misfits antes de que Metallica empezara a ponerse su camiseta en los conciertos y a decir que ellos habían sido una ‘influencia esencial’? Eran un grupito con unos cuantos seguidores que los adoraban hasta que los de Metallica se volvieron locos y los convirtieron en una de las bandas más importantes de todos los tiempos. Así que los Misfits eran guays porque Metallica llevaba sus camisetas. Y Metallica era guay porque formaba parte del selecto culto de seguidores de los Misfits. Todo se basa en el crédito cultural”
Skeleton Crew era un buen grupo la entonación heavy pausada de DeCayce era lo bastante única para diferenciarlos de las docenas de bandas que tocaban lo mismo.
“No sabes la suerte que tienes —me dijo Skip y, a diferencia de las letras de DeCayce, lo decía sin ironía—. Tienes suerte de estar muerto en Estados Unidos en estos momentos. Es tu momento.”
No supe qué responder, así que me quedé donde estaba y seguí contemplando a la gente con suerte que intentaba pasárselo bien en la pista de baile.
Un poco más tarde hablé con DeCayce, mucho después de que el resto de su grupo se fuera, probablemente a dormir, a soñar con ser la vanguardia de una nueva revolución cultural.
Hablamos de muchas cosas, de cómo morimos, de cómo los de nuestro entorno habían reaccionado a nuestro regreso. Creo que es curioso que casi nunca hablemos de las circunstancias de nuestras muertes con los tradicionales a los que conocemos, mientras que, cuando conocemos a otro muerto viviente, suele ser la primera información que intercambiamos. Se lo comenté.
DeCayce se metió de inmediato en el tema.
“Es como el ‘¿cómo te ganas la vida?’ de los zombis —comentó—. Nosotros preguntamos: ‘Bueno, ¿cómo perdiste la vida?’.”
Me contó que los otros miembros de su grupo eran sus mejores amigos, que ya lo eran antes de su muerte.
“Todos me apoyaron cuando volví —me dijo—. A mi familia le costó mucho más. Todavía les cuesta. Pero mis amigos... estuvieron siempre a mi lado.”
Le pregunté cuánto tardó en recuperar el control de su voz y su cuerpo.
“Todavía estoy en ello —respondió—. Se me da mejor el escenario que las conversaciones, como verás. Tendrá que ver con el público, supongo.”
Mi última pregunta fue si pensaba que había un mensaje en su música.
“No —respondió al principio, pero después se lo pensó mejor—. Bueno, supongo que sí, pero no es un mensaje evidente.
Supongo que el mensaje de las canciones es que da igual que alguien se mueva de distinta manera, tenga un aspecto distinto o hable de forma distinta. Da igual que tenga un factor biótico distinto. Lo que importa es que todos somos seres pensantes y, si lo somos, deberíamos encontrar algo en común. Quizá si el país nos ve tocar juntos, tres vivos y un muerto, le inspiremos un poco más de tolerancia”
Tolerancia. Me pareció que sus sentimientos eran similares al espíritu de la Fundación Hunter, y me pregunté, igual que hice cuando oí hablar a los Hunter por primera vez, si la tolerancia bastaría.»
Phoebe leyó el blog otra vez antes de escribir una respuesta.
Tommy:
Todos están bien, salvo George, que quizá tenga problemas. Algo o alguien ha estado matando animales en Winford, y la policía le echa la culpa. Karen dice que él no haría eso, de ningún modo. ¿Qué crees tú?
¿Cuándo estuviste en Aftermath? ¿El 28? Ése fue el día que estuvimos todas, Margi, Colette, Karen y yo. Nos lo pasamos genial bailando y conociendo a un montón de gente. ¡No me podía creer la de tradicionales que había!
¿Nos viste?
Phoebe

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:42 am

Capitulo 29

Transcrito por Bautiston


Karen la llamo al dia siguiente y le pregunto si queria trabajar en la pagina web con ella el lunes después de clase. —Claro —respondió Phoebe.
—Genial. Puedes venir después de estudios zombis y comer aquí. Yo te observaré y viviré a través de ti todo el tiempo.
—Mañana tenemos la excursión, ¿no? —preguntó Phoebe, sonriendo.
—Lo sé, también tengo un montón de... trabajo que prepa¬rar para eso. Vamos a tener un día lleno de emociones.
—Vale —respondió Phoebe, preguntándose cómo sería una comida en la casa de los DeSonne—. Suena bien.
—Recibí el correo de Tommy anoche —dijo Karen—, el muy... asqueroso. A veces me pone histérica.
—Pero la entrada del blog era buena.
—No puedo creerme que no se acercara a hablar con noso¬tras. No me digas que no te mosquea.
—Un poco.
En realidad estaba más triste que enfadada. Tommy la estaba evitando a ella, no a todos los demás. Le había hecho más daño del que ella creía.
—Bueno, tengo que volver al trabajo —dijo Karen—. Te veré mañana.
—¿Estás en el trabajo? ¿Hasta qué hora abre el centro comer¬cial?
—Hasta las diez, domingos incluidos. Éste es mi segundo turno doble. Craig me pidió que me quedara porque dos perso¬nas avisaron de que estaban enfermas. Supuse que era lo menos que podía hacer después de irme a bailar el día de compras más importante del año.
—Debería buscarme un trabajo —comentó Phoebe, pensan¬do en voz alta. En realidad le bastaba con las prácticas de estu¬dio; podía esperar hasta el verano.
—Espera hasta que abra mi negocio, que yo te contrato.
—¿Tu negocio?
—Ya te contaré. Craig me está mirando... mal. Tengo que irme. Hasta mañana.
—Hasta mañana —le dijo Phoebe al aire.



—¡Excur... sión! —exclamó Cooper antes de sentarse en la parte de atrás del autobús. A Phoebe le pareció muy satisfecho de haberlo organizado todo.
Cooper afirmaba que él había sugerido la excursión para po¬der salir del aula, aunque ella sospechaba que lo había hecho porque sabía que Melissa quería ir a la Casa Encantada y le cos¬taba moverse sola. La chica llevaba puesta su máscara de la co¬media y parecía casi contenta al sentarse. Alish y Angela entraron los últimos y se sentaron justo detrás del conductor. Phoebe su¬puso que eran los primeros adultos invitados a la Casa. Sin con¬tar a la policía, claro, que fue la noche del asesinato de Adam.
Se sentó al lado de Karen después de echar un rápido vistazo a Adam, que estaba detrás, sentado con Thorny y Kevin.
—¿De verdad te parece buena idea? —le preguntó a su ami¬ga—. ¿Lo de invitar a Angela y Alish?
—La verdad es que no lo sé. No sé si confiar del todo en la fundación, pero le mandé un correo a Tommy y le pareció bien.
—¿A Tommy?
—Sí. No te importa, ¿no? Que me escriba con... Tommy.
—Claro que no —respondió Phoebe, volviéndose hacia ella—. ¿Por qué me iba a importar?
—No... sé —dijo Karen; a Phoebe le dio la impresión de que su amiga hacía más pausas de lo normal con la única intención de irritarla—. ¿Por qué... te iba... a importar?
—¿Quieres que me busque otro asiento?
—No —repuso Karen, dándole una palmada en el hombro—. Te quiero a pesar de todo. Esta noche va a ser la caña..., ¿verdad?
El autobús se alejó de la curva y la charla subió de volumen para competir con el sordo gruñido del motor. Thorny contaba a Adam y Kevin algo sobre una jugada fenomenal que había hecho en el campo de fútbol; gritaba a todo pulmón sobre su proeza deportiva aunque los muertos, a pesar de sus muchos problemas, no eran precisamente sordos. Margi se reía del correo que DeCayce le había enviado a Colette, en el que había adjun¬tado una canción de su repertorio en directo, una versión del So Alive de Love and Rockets, grupo que las tres conocían gracias a la extensa colección de discos del hermano de Colette.
—Canta sobre ti, tía —decía Margi.
—Que... no.
—¡Que sí!
—¡Que... no!
Melissa estaba sola, unos cuantos asientos detrás, mirando por la ventana. Karen la llamó. —Oye, Melissa, ¿estás nerviosa?
Melissa garabateó en su pizarra y la sostuvo en alto: había dibujado un enorme signo de exclamación.
—Allí hay muchos chicos. Espero que puedas conocer a Mal, es uno de mis mejores amigos. Antes estaba en St. Jude.
Melissa borró y escribió: «El padre Fitz habla de Mal».
—¿Ah, sí? El padre Fitzpatrick parece un tío simpático, para estar vivo —respondió Karen, dándole un codazo a Phoebe, que se lo devolvió.
«Adoro al padre Fitz.»
—Tayshawn pasó un tiempo en St. Jude —dijo Phoebe—. ¿Crees que Takayuki y los suyos estarán cuando lleguemos?
—Creo que sí. Viven allí, por así... decirlo. Creo que será más... interesante... si están.


Del hundido porche de la Casa Encantada colgaba un cartel que decía: «BIENVENIDOS, ALISH Y ANGELA». Era una idea de Karen que habían llevado a cabo algunos de los zombis, usando pintura negra sobre una sábana vieja. Alish cogió a Thorny del brazo para subir los desvencijados escalones de la entrada.
—Asombroso —dijo el anciano—. Simplemente asombroso.
Había unos veinte zombis esperándolos en el vestíbulo. Phoe¬be vio que Karen se adelantaba para pedir silencio, aunque nadie había dicho palabra. Después hizo un barrido visual en busca de Tak, pero no lo vio, ni tampoco a Popeye, aunque sí que había unos cuantos de la vieja escuela, entre ellos George. A Phoebe le sorprendió agradablemente ver que Tayshawn se había quedado para ver a sus antiguos compañeros.
—Hola a todos —empezó Karen—. Me gustaría presenta¬ros a Alish y Angela Hunter, los creadores de la Fundación Hunter para el Desarrollo y la Comprensión de las Personas con Diferente Factor Biótico. Es decir, para los muertos como nosotros.
Karen sonrió y a Phoebe le gustó ver que más de una cara de piedra se movía para intentar sonreír con ella. Aunque estaba bastante molesta con Karen, tenía que reconocer que había pla¬nificado al detalle el acontecimiento. Después de aceptar a la Fundación Hunter como fuente de financiación y apoyo para la Casa Encantada, a la chica le había parecido adecuado fortale¬cer su relación más allá de la típica interacción estudiante-profe¬sor. En otras palabras, querían charlar con ellos tranquilamente. Skip Slydell estaría orgulloso.
—Me gustaría presentaros a todos a... los Hunter —dijo Ka¬ren—. Uno a uno. También hemos traído a nuevos amigos de nuestra clase, Cooper Wilson y Melissa Riley.
Cooper saludó con la mano, pero Melissa intentaba escon¬derse detrás de Adam. Karen no forzó el asunto.
—Gracias por adelantado.., por vuestra paciencia para hacer que todos se sientan a gusto. Y, en cuanto a los... vivos, tenemos algunos aperitivos en el... salón; refrescos y patatas fritas.
—¿De verdad? —preguntó Thorny en un tono de voz clara¬mente suspicaz—. ¿De dónde lo habéis sacado?
Karen lo miró con sorna.
—Del cementerio, Thornton. ¿De dónde... crees?
La chica se quedó junto a los Hunter y les presentó uno a uno a todos los zombis. Phoebe se dio cuenta de que Alish estaba deseando ponerse a tomar notas para plasmar sus impresiones; la mano le temblaba con cada palma fría y muerta que le ofrecían. No dejaba de lanzar miradas a George, que arrastraba los pies alejado del resto, como un chico demasiado tímido para sacar a bailar a una chica en una fiesta. George no intentaba ocultar el aspecto físico de su muerte: las desgarraduras de la piel, la oreja que le faltaba, las costillas visibles bajo la ropa destrozada y sucia. Lo más curioso del chico era que, a diferencia de otros zombis como Tak y Popeye, que utilizaban sus cicatrices para provocar una reacción, él lo hacía porque ni siquiera se le ocurría taparlas.
—Ésta es Jacinta —dijo Karen; estaba presentando a una jo¬ven que todavía llevaba puesto el vestido rosa con el que habían estado a punto de enterrarla—. Acaba de morir.
Mientras Angela aceptaba la mano de la chica de mirada va¬cía, Phoebe examinó rápidamente la habitación. Kevin y Thor¬ny miraban la estantería de CD que había al lado del equipo de música, y Margi y Colette ya estaban armando escándalo con un grupito de chicas zombis en la esquina. George había dejado de dar vueltas y miraba sin disimulo a Melissa; arrastró un pie hacia ella y se quedó paralizado cuando la chica le devolvió la mirada.
«Oh, no», pensó Phoebe, esperando que la tímida recién lle¬gada no se asustase con el más zombi de los zombis conocidos. No podían ser más distintos: a George, un muerto de los de verdad, no le importaba revelar la evidencia de su estado; por otro lado, ella hacía todo lo posible por ocultar sus cicatrices, incluso ante sí misma. Phoebe se preguntó cuántas personas ha¬brían averiguado que llevaba peluca.
Melissa escribió algo en su pizarra y la puso delante de George.
—¿Y cuánto tiempo llevas muerta? —oyó que Alish le pre¬guntaba a Jacinta. Karen y Angela intercambiaron una mirada rápida, como si no pudieran creerse lo que acababan de oír.
—Tres... semanas..., señor —fue la lentísima respuesta.
George miraba la pizarra blanca; su alto cuerpo desgarbado parecía un gigantesco signo de interrogación muerto.
—¿Cómo fue? —preguntó Alish. Jacinta no respondió de in¬mediato, ya fuera por perplejidad ante la pregunta o ante la falta de educación del anciano.
Tak y el resto de su banda aparecieron justo cuando la fiesta se apagaba. Phoebe vio que Karen lanzaba una mirada asesina al chico.
—Vaya, muchas gracias por venir —le dijo.
—Hemos estado... ocupados —respondió él.
A pesar de su promesa de «ser bueno», se negó a estrechar la mano de Alish. Miró a los Hunter como si la carne viva le diera asco. Además, hizo su estúpido truquito de la mejilla: la mantuvo escondida hasta estar a medio metro de ellos y entonces se apartó el lacio pelo negro de la cara con su mano de nudillos al aire para que pudieran verle bien los dientes. Los dos Hunter dieron un respingo, y Karen le dijo que se estaba convirtieron en un cliché.
Sin embargo, Phoebe notó algo en la expresión de Angela: entendimiento. A diferencia de Alish, ella no le ofreció la mano.
—No hacéis... lo suficiente —dijo Tak.
Alish le preguntó qué quería decir, pero Tak ya se había aleja¬do. Karen estaba a punto de disculparse con él cuando Popeye se abrió paso y puso uno de sus carteles de reclutamiento en las temblorosas manos del anciano.
—Sed... todo lo que... podáis ser —dijo. Levantó la mano derecha, la que no tenía piel desde los nudillos a la muñeca, y se subió las gafas.
—¡Gracias, Popeye! —exclamó Karen, intentando colocarse entre él y los Hunter.
Alish no notó su preocupación.
—¡Maravilloso! —exclamó, mirando el cartel.
Popeye se detuvo.
—¿Qué? —preguntó.
—El cartel —siguió diciendo Alish—. Es fenomenal la for¬ma en que capta la lúgubre realidad de la experiencia zombi.
Popeye apartó la mano de las gafas y miró por encima del hombro de Alish.
—¿En serio?
—Oh, sí —afirmó Alish, pasando los dedos por la imagen de George—. Los colores, la forma en que muestra el evidente or¬gullo zombi del chico, incluso la fuente de la letra y la impre¬sión. Es una composición extraordinaria.
—¿De verdad... lo cree? —preguntó Popeye—. La... creé yo.
—¿En serio? Es una gran obra. Una gran obra. Un mensaje muy potente. ¿Puedo quedármelo?
—¡Sí! Quiero decir..., claro. Cuanta más gente vea... mi obra..., mejor.
—¿Me harías un favor? —preguntó el anciano, mirando fija¬mente a las lentes oscuras de Popeye—. ¿Me lo puedes firmar?
—¡Sí, claro! —respondió el chico mientras buscaba su rotu¬lador en los bolsillos de la chaqueta—. Creo que... tengo... un rotulador... arriba.
Phoebe vio que salía corriendo escaleras arriba en busca de él. Cuando se volvió hacia Alish y Karen, la expresión de su amiga estuvo a punto de hacerla estallar en carcajadas.
—Señor Hunter —dijo Karen—. Eso ha sido... ha sido...
—Señorita DeSonne, en mi posición tengo que tratar con matones de todo tipo —respondió él, sonriendo; le brillaban los ojos bajo las tupidas cejas—. Cada día me resulta más fácil.
Ella le devolvió la sonrisa, aunque Phoebe notó que estaba incómoda.
—Phoebe, ¿te importa venir conmigo un momento? —le dijo, dejando a los Hunter en plena socialización con Tayshawn, que, a regañadientes, había prometido hablar con ellos—. Quie¬ro que oigas una cosa.
Phoebe la siguió hasta Takayuki.
—¿Tienes un minuto, Tak? —-le preguntó Karen con falsa dulzura.
—Para ti, sí. Tengo... una eternidad.
Phoebe no sabía si intentaba ser encantador o sarcástico.
Una vez en la cocina, Karen le preguntó por George, si era o no responsable de las matanzas de animales de Winford.
—¿George? Imposible. George no es... lo bastante... rápido. Sólo llegar a... Winford... sería un verdadero... calvario.
—¿Y otro de tus... colegas?
—Los Hijos de Romero... no matarían... mascotas —respon¬dió él, sacudiendo la cabeza.
—¿Hijos de Romero? —preguntó Phoebe; se preguntaba si ser Hijos de Romero significaba que iban a actuar como zombis de película. Tak fingió que no la oía, que ni siquiera estaba en la habitación.
—Muy bonito —respondió Karen rápidamente, como si in¬tentara disipar la tensión entre ellos—. ¿Se te ha ocurrido... a ti solo?
—Somos inocentes... de ese crimen —respondió él, enco¬giéndose de un solo hombro.
Tak era muchas cosas desagradables, pero Phoebe no lo tenía por mentiroso.
—Karen, ¿por qué no vienes... con nosotros... la próxima vez?
—Por favor, tengo un... trabajo. Dos trabajos.
—Nos encantaría... tenerte... con... nosotros —repuso Tak, enseñando los dientes.
Phoebe vio que Karen alzaba su mirada de diamante al cielo, pero, de nuevo, le dio la impresión de que se divertía con Tak, de que incluso le gustaba.
A ella le gustó menos ver que Tak y su panda se llevaban a Adam y a algunos de sus invitados al piso de arriba.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 10:44 am

Capitulo 30

Transcrito por Bautiston


TENÍA PROBLEMAS CON LAS escaleras pierna derecha iz­quierda pero lo hice. Lo hice a tiempo de oír el discurso de Tak Sonrisas. Cooper susurra. —¿Es... Tak? ¿Es el... chico... del que habla Karen? —Sonrisas. —Último escalón.

—Ésta es... la pared —dijo Sonrisas, agita mano de nudillos al aire delante de las fotografías. Cooper, Melissa, Sonrisas, Po-peye, George, Thorny. Popeye está al lado de Thorny enseña nudillos enseña costillas se le ve muerto. Más muerto que muer­to. Thorny se va.

Sonrisas continúa.

—Ésta es... vuestra gente.

Cientos de fotos. Zombis, cabezas muertas, cadavéricos. Po-laroids, jpeg imprimidos. Chicos asustados. Paso. Cooper y Me­lissa miran.

—Nuestra... gente. Los muertos... regresados. Zombis. —Arras­trando la zeta como arrastro la pierna izquierda. Zzzombis.

—Aquí... estoy yo —dijo Cooper, señalando una hoja rizada de papel de ordenador. Sonriendo a Sonrisas.

—Ya decía que... me resultabas... familiar—dijo Popeye, Po-peye dando palmada a Cooper en la espalda, ahora es todo son­risas y luz.

—Los corazones vivos... quieren... que desaparezcamos —dijo Tak—. Los de... abajo... no son... distintos. Melissa, escribiendo.

—No todos los tradicionales... son malos —dijo Cooper, sa­cudiendo la cabeza—. Alish y Angela... son buenos con nosotros.

—Sí, como si fuerais... sus mascotas. —Tak dio un golpecito en la pared.

Melissa escribe y enseña: «¿Como tú?».

Tak sonríe.

—No tenemos nada... que ver... con... los incidentes... a los que te refieres. Forma parte de la... conspiración... biotista... para destruirnos.

Tak esperó, sin respuesta. Se volvió hacia la pared.

—La mitad... de estos... chicos... han vuelto a morir. Morir de verdad. ¿Y qué... habían hecho?

Melissa tachó sus palabras, empezó otra vez. Cooper no res­pondió.

—Han destruido... a zombis... que conocíais. Vivíais... con ellos. ¿Protesta... la fundación? ¿Exige... justicia? ¿Hacen algo más que... teneros prisioneros... y pincharos... con agujas?

—No soy... un prisionero, soy...

Melissa da la vuelta a la pizarra. George mira muy atento, es casi divertido.

«Padre Firzpatrick.»

Tak sacude la cabeza, el pelo largo lacio rebota en cuero, ten­dones crujen.

—No puedes... buscar refugio... en los corazones vivos. Al final... sólo hacen que sea más fácil... acorralarnos.

—¿Y el trabajo... que Tommy... está haciendo? —preguntó Cooper. Fuerza bajo ese exterior tontorrón.

Tak mira a Cooper.

—Le deseo... lo mejor... a Tommy. Espero que... llegue... a Washington. Pero temo que... no lo consiga.

—¿Qué... crees... que deberíamos hacer?

—Creo que... deberíais estar... con vuestra gente. Con... no­sotros.

Popeye puso un brazo sobre los hombros de Cooper, apretó. George toca la máscara de Melissa. Con cariño. Ella no se aparta.

—Nuestro país... por fin... nos hará caso. Seguiremos... ha­ciendo ruido hasta que... no puedan... volver a destruirnos... cuando quieran —dijo Tak, golpecito en la pared—. Por... ellos. Por nuestra... gente.

Quiero aplaudir. No lo hago. Miro la pared. No tengo ni idea de qué cree Tak que está logrando.

Sonrisas asiente, coge brazo. Pequeño gesto, gran impacto. Tayshawn al pie de escaleras como si montara guardia. Angela espera, dice que la furgoneta tiene que irse.

Veo a Phoebe en umbral. Phoebe vuelve la cabeza.




Llaman de abajo, hora de irse. Popeye y Tak dan gracias a Cooper y Melissa por su tiempo. George saluda. Los sigo fuera. Sonrisas se para en las escaleras, se vuelve.

—Tú, Adam..., deberías... estar... con nosotros.

Contacto. Contacto visual. Sonrisas no parece demente. Pa­rece preocupado. Serio.

—Me lo... pensaré.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Nov 25, 2010 7:05 pm

Gracias chicas, estoy intrigada con esta historia!!!

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Vie Nov 26, 2010 1:51 pm

gracias,chicas.
oye gemma,pero que gaito más mono te has puesto!! :mangalove:
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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Vie Nov 26, 2010 1:53 pm

XDDD a que sí jajajaja es pa comérselo :mangalove:

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Vie Nov 26, 2010 2:00 pm

uuuyyyy!!!es que leºdaría un achuchoncito....ja,ja,,ja
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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Vie Nov 26, 2010 6:23 pm

jajaja Sii Gemma!!! Lindo mininoooo xD

Gracias por los capis nena han estado muuuy buenos! Pero yo sigo preocupada con esta historia... Todo es tandesastrosos, conspiraciones y meteduras de pata por todos lados ¬¬ Ainnns No quiero que le pse nada a Adam, ni a Phoebe, ni a ninguno de mis zombies queridos... Aunque algo me dice que el daño a Phoebe se lo va a hacer mi zombie favorito!!!

Y no se a veces desconfio de todos!!! jajaja De Angela y la fundación, de Tommy, de Tak, de Karen y obvio que de Pete, el tal duke y el abogado de pete! Dioss :?:

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Dic 01, 2010 1:36 pm

Capitulo 31

Transcripto por Bautiston

Phoebe se acerco a casa de Karen cuando termino la clase de estudios zombies. Se sentia bastante cansada después de la visita a la Casa Encantada, pero Karen estaba todavía de subidón y no dejaba de hablar de todo lo que habían conseguido aquel día. Mientras veía hablar a la chica muerta sobre lo importante que era que la Fundación Hunter invirtiese en las cosas adecuadas, Phoebe sólo podía pen¬sar en lo equivocada que había estado Karen cuando le dijo a Tommy que no tenía dotes de liderazgo.

La cena en el hogar de los DeSonne fue muy extraña. El padre de Karen preparó casi toda la comida, aunque Karen lo ayudó a cortar verduras para una ensalada. El señor DeSonne insistió en que Phoebe no los ayudara y se relajase en el salón, donde la hermana pequeña de Karen, Katy, jugaba con un trío de osos de peluche.

—Mamá tiene que trabajar hasta tarde —le dijo Katy—. ¿Puedo tocarte el pelo?

—Claro —respondió ella, acercándose para que la niña pu¬diera pasarle sus deditos por el cabello. Su padre le había dicho que su madre cenaría en el despacho y no llegaría hasta más tarde.

Cuando empezó la cena, Karen se sentó en la mesa y los observó comer espaguetis y ensalada, sin comentar nada cuando su padre le preguntó a Phoebe algunas cosas sobre el instituto y las prácticas de estudio, a las que se refirió como la «clase especial». Karen se inclinaba sobre su hermana para limpiarle la cara con una servilleta cada vez que la salsa de tomate amenazaba con cu¬brírsela entera.

Después de comer, Karen ayudó a su padre a lavar los platos, otra actividad que le prohibió a Phoebe. Phoebe se dio cuenta de que Karen no hablaba mucho mientras trabajaban y que sus movimientos eran casi mecánicos cuando se movía por la cocina. Quizá estuviese viendo más de lo que había, pero le daba la impresión de que el padre de Karen hacía todo lo posible por no tocarla.

Katy aprovechó la ausencia de sus familiares para volver a tocar el pelo de Phoebe.

—Dicen que mi hermana está muerta —susurró—, pero creo que es la chica más guapa del mundo.

Una vez guardados los platos, el señor DeSonne pidió a Katy que diese las buenas noches, lo que para la niña significaba darles a las dos un abrazo y un beso en la mejilla.

—Me gustas —le dijo a Phoebe al oído—. ¿Vas a volver para jugar con Karen?

—Claro —le prometió ella, y Katy se fue por el pasillo con su padre.

—Qué mona es —le dijo a Karen cuando terminó sus tareas.

—Es la mejor —contestó Karen—. Nació nueve meses después de mi muerte. Raro, ¿eh?

Phoebe no supo qué decir. Siguió a Karen a su dormitorio del sótano. En la habitación hacía más frío que arriba y se notaba el duro suelo debajo de la fina moqueta. En el aire olía un poco a humedad, a pesar de que Karen había intentado ocultarlo con varias velas aromáticas y ambientadores.

—Antes el sótano se inundaba mucho —explicó, como si le hubiese leído la mente a su amiga—. Lo siento.

—No te preocupes. Pero está un poco oscuro para trabajar, a ver si nos vamos a quedar ciegas.

Karen encendió unas cuantas luces y se sentaron en el borde de su cama. Vio que Phoebe miraba una almohadita de seda colocada sobre un par de cojines normales.

—Sí, es la de mi ataúd —le dijo.

—Lo siento, Karen, no...

—No te preocupes..., de verdad. Mis padres me compraron uno muy bonito, madera lacada forrada de satén blanco por dentro y una almohada a juego. Regresé antes de acostumbrar¬me a ella. ¿Y sabes qué? ¡La funeraria no admitía devoluciones! Así que me quedé la almohada. A veces me tumbo en la cama, pongo la cabeza sobre la almohada e imagino que sueño.

—¿Qué hiciste con el ataúd?

—Quería quedármelo —respondió ella, encogiéndose de hombros—, pero a mi madre le pareció demasiado morboso. Ni siquiera quería que me quedase la almohada, pero... insistí. Creo que vendieron el ataúd en eBay.

Phoebe sacó de su mochila su copia impresa de «Impresiones de un corazón vivo».

—Karen, siento haberme puesto tan tonta contigo hoy.

—No lo dirás... porque estoy a punto de leer... tu historia, ¿no? —repuso ella, sonriendo. No.

—Oye, no te preocupes. Tienes muchas cosas en la cabeza. Pue¬des ponerte todo lo tonta que quieras —añadió, dándole un empu¬jón con el hombro—. Yo también recuerdo lo que era estar viva.

—Karen...

—Es broma, es broma. Bueno, ¿me vas a dejar leer eso o... qué?

Phoebe le pasó los papeles a regañadientes. Mientras Karen leía se dedicó a echar un vistazo al cuarto, intentando no espiar las reacciones de la chica ante sus palabras, aunque sin lograrlo, e intentando no sentirse decepcionada al no descubrir ninguna, cosa que tampoco logró.

—Me gusta mucho, Phoebe —dijo Karen al fin. Phoebe dejó de contener el aliento y se dio cuenta de lo mucho que significaba para ella la aprobación de Karen.

—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

—De verdad. Cuando Tommy... quiso que una persona... viva... escribiera en la página, no estaba segura... de que fuese buena idea. Después de leer esto no sólo entiendo por qué era una buena idea, sino que me pareces la persona perfecta para hacerlo.

Phoebe le dio las gracias y se calló un momento.

—Le escribí un poema a Tommy cuando... cuando nos hicimos amigos de verdad.

—Lo sé, lo tenía en la taquilla.

—¿Lo sabías?

—Todos lo sabían, cielo. La comunidad de los vivos no fue la única que se escandalizó al principio, si quieres que te diga la verdad. Tommy tuvo que aguantar que los muertos lo trataran de traidor.

—Tak.

—No sólo Tak. No todos son tan moderados como tú piensas. Hay muchos celos y amargura entre «mi gente», y Tak no es tan mal chico.

—¿No?

—No. A veces puede ser bastante... dulce.

Algo en el tono de Karen hizo que Phoebe no respondiera. Karen estaba releyendo la entrada del blog, y su piel blanca resultaba espectral a la luz del ordenador.

—¿Karen?

—¿Hmmm?

—¿Habló Tommy de eso contigo? ¿De mí? Karen se volvió hacia ella y sus ojos parecieron retener el brillo del monitor un segundo más de la cuenta. —Sí. —¿Y? —¿Y qué? —¿Y qué pensaste?

—¿De que saliera con un corazón vivo? —preguntó Karen, esbozando una leve sonrisa—. No me parecía mal, la verdad, y entonces ni siquiera te conocía. —Se encogió de hombros, subiéndolos y bajándolos en perfecta sincronía—. La gente debería ser feliz.

—¿Y cuando me conociste? ¿Qué te pareció entonces?

—Me pareció que Tommy tenía muy buen gusto.

Karen la miró, y Phoebe tuvo la misma sensación de caer que había experimentado cuando miró a los ojos de Tommy aquella primera noche en el bosque.

—¿Por qué me da la impresión de que, en realidad, no estoy respondiendo... a tu pregunta? —añadió Karen, alzando los brazos para dejar clara su frustración—. ¿Cuál es la pregunta, Phoebe?... ¿Hola? ¿Phoebe? —insistió antes de darse cuenta de la razón por la que su amiga vacilaba. Bajó el brazo, aunque con demasiada lentitud para que fuese un reflejo.

—Karen..., ¿te dijo Tommy lo que sentía por mí? —preguntó Phoebe, tartamudeando.

—Sí —respondió ella, cruzando los brazos mientras se tiraba del puño de la camisa—. Me dijo que estaba enamorado de ti —añadió, sin cambiar de expresión, lo que hizo que Phoebe se preguntara si aquel tema le provocaba una extraña necesidad de ocultar sus emociones. Entonces sonrió y sus ojos de diamante se iluminaron con una breve y repentina luz blanca—. Y creo que lo decía de verdad.

—A veces pienso... pensaba que no era de mí, ¿sabes? —repuso Phoebe, apartando la mirada—. Que no estaba enamorado de mí, sino de la idea que representaba. Como si yo no importase mucho, como si lo que importase fuera que estaba viva.

Se volvió sintiendo timidez y vergüenza, y los labios fruncidos de Karen no contribuyeron a tranquilizarla.

—Porque estabas viva —repitió la chica muerta—. Phoebe, quizá eso fuera... parte de ello. Es parte de ello. Pero los dos os acababais de conocer, ¿no? Tienes dieciséis años, ¿no te has hecho la misma pregunta? —¿A qué" te refieres?

—Bueno, ¿cómo sabes que no salías con él sólo porque era un zombi?

—No era por eso.

—¿Seguro? Salir con un zombi lleva todo ese rollo de tía gótica moderna a un nuevo nivel, ¿no? ¿Cuántas otras góticas pueden decir que han salido con un zombi?

—No fue así —insistió Phoebe, a la defensiva.
—Ya lo sé, cielo —dijo Karen—. Tommy es encantador; es valiente, guapo..., si siguiera vivo, todas soñarían con él. Y tú también eres bastante encantadora, ¿sabes? A veces me pregunto si tendrás alguna feromona química o mutante, o si te pones algo que vuelve loco a todo el mundo.

—¿Una feromona mutante? —repitió Phoebe, sonriendo.

—Oye, cosas más raras se han visto. Pero escucha: te interesaste en él como persona, Phoebe. A veces es lo único que hace falta para enamorarse. ¿No era eso lo que intentabas decir en tu blog?

—Supongo que sí.

—Creo que sí, Phoebe.

—¿Qué más te dijo? —preguntó la chica, esperando no sonar demasiado ansiosa.

—No mucho —respondió Karen, aunque Phoebe creyó detectar una chispa lejana en sus ojos cristalinos, como el fuego de un sol remoto—. Es una persona muy reservada, a pesar de ese... blog. Además, seguramente no quería herir mis sentimientos.

—¿Herir tus sentimientos? ¿Tú también estabas enamorada de él?

—Todas las chicas muertas estábamos un poco enamoradas de Tommy, pero ¿cómo sabes que no era por ti?

Las dos se rieron; al menos, a Phoebe le pareció que Karen se reía. Ella notaba las mejillas acaloradas.

—De todos modos —siguió diciendo Karen al cabo de un momento—, ojalá pudiera escribir como tú. Creo que por eso le gustabas a Tommy, en parte; le gustan las artistas. Música y poesía, pensamientos profundos.

—¿Tú no eres artista?

-Me temo... que no soy muy... creativa.

Phoebe captó un deje de tristeza en su voz, aunque era consciente de que Karen siempre decidía qué inflexiones y emociones darle a sus palabras. La miró, con su cabello platino sobre los hombros y sus ojos de diamante reluciendo sobre los pálidos pómulos, y quiso decirle que daba igual que entendiera o no de arte, porque ella misma era arte en movimiento. Pero no sabía cómo se tomaría el comentario, así que se lo guardó.

—Tommy quería que lo besara —fue lo que acabó diciendo.

—Eso es lo típico, sí.

—Creía que lo devolvería a la vida. Al menos en parte, o algo.

—Bueno, espero que lo hicieras. —Phoebe la miró, desconcertada—. ¿Besarlo? —Ah. No, no lo besé. —Me tomas el pelo. —No.

—¿Por qué no? —No lo sé.

—¿Por qué? ¿Porque es un zombi?

—Bueno, sí, en parte. Pero es que era raro. No he besado de verdad a ningún chico. —Me tomas el pelo.

Phoebe se mordió el labio y pensó en su frustrado intento con Adam.

—Phoebe, ¿ese chico creía que un beso tuyo le devolvería la vida y tú no lo besaste? Eso es llevar al extremo lo de hacerse la dura.

Phoebe empezó a reírse y, cuando lo hizo, Karen se inclinó sobre ella y la besó en la comisura de los labios: un beso frío y ligero que acabó antes de que Phoebe pudiera reaccionar.

—Ya está —dijo Karen, apartándose—: has besado a un zombi y sigues viva. La próxima vez que veas a Adam dale uno de esos, pero con más sentimiento. ¿Quién sabe? Quizá regrese de entre los muertos.

—No he besado a ningún zombi —respondió ella, resistiéndose al impulso de limpiarse, ya que Karen llevaba brillo de labios melocotón—. Un zombi me ha besado a mí.

—Lo que tú digas —contestó Karen, partida de risa—. Haré saber a Adam que tendrá que dar el primer paso.

Phoebe no pudo seguir mirándola a los ojos, así que se volvió.

—No creo que lo haga.

Lo dijo en voz baja porque no estaba segura de si quería que su amiga lo oyera.

—¿Qué quieres... decir? —preguntó Karen—. Adam está loco por ti..., seguro que ya lo sabes. —No —respondió Phoebe.

—Phoebe —insistió Karen, cogiéndola del brazo—, está coladito... por ti... desde siempre. Estás de coña, ¿no? Él me lo... dijo.

—¿Te lo dijo? ¿Cuándo?

—La noche que... murió. —No apartó la mirada al decirlo—. Iba a... contártelo.

A Phoebe se le formó un nudo en la garganta y sólo fue capaz de sacudir la cabeza.

—¿Qué? ¿Ha pasado... algo?

Cuando por fin pudo hablar, lo hizo rápidamente y entre sollozos:

—¡Intenté besarlo! ¡Pero él... me empujó! Tommy me dijo... me dijo que un beso le devolvería la vida, pero lo intenté y Adam... ¡Adam me apartó!

—Ay, cielo.

Karen la rodeó con sus fríos brazos y la acunó. Phoebe se sintió estúpida e indefensa.

—Supongo que prefería estar muerto a estar conmigo.

—No, guapa —le dijo Karen, poniéndola derecha—, no pienses eso, no es así. Te quiere, estoy segura.

—Entonces, ¿por qué lo hizo? —Miró a su alrededor en busca de pañuelos de papel, pero no es que Karen los necesitara mucho. Al final encontró un paquete en su mochila—. Si está tan loco por mí, ¿por qué me tiró al suelo cuando intenté besarlo?

Karen sonrió mientras le secaba las lágrimas de las mejillas con los dedos.

—Phoebe, tienes que pensar como un tío por un momento. Peor, como un tío zombi, uno de los seres más desconcertados... y desconcertantes... del planeta.

—¿Qué quieres decir? —Míralo desde el punto de vista de un tío. Tienes a... Adam, el excepcional... superdeportista..., convertido en alguien que apenas puede hablar, caminar... y demás. Ni siquiera cuando... dominaba por completo... su juego era capaz de expresar sus sentimientos, ¿no?

—Siempre ha tenido novias.

—Sí, y se tomaba muy en serio a esas... pavas, ¿no? —Creo que se expresó bastante bien cuando me tiró al suelo.

Karen puso tal cara de palo ante la queja de Phoebe que ésta no pudo evitar soltar una risita. Karen se rió con ella.

—Phoebe, ¿sabe Adam lo que te dijo Tommy? ¿Lo de que los besos devuelven la vida a los muertos?

—No lo sé, quizá.

—Puede que sea eso. Puede que crea que, en realidad, no lo... quieres. Puede que crea que haces todo lo posible por intentar resucitarlo. Puede que crea que lo que sientes es culpabilidad, no amor. Piénsalo: lleva un millón de años enamorado de ti, y tú no le has prestado atención hasta que ha... muerto.

—¿Cómo sabes que lleva enamorado de mí un millón de años? ¿Te lo dijo él?

—No con palabras.

Phoebe era escéptica; además, se dio cuenta de que estaba un poco celosa: ¿qué quería decir «no con palabras»? —¿Phoebe? -¿Qué? —¿Lo... quieres?

No tenía ninguna respuesta preparada para aquella pregunta; sabía que formaría parte de la conversación que estaban teniendo, pero, en cuanto surgió la pregunta, se le olvidó la respuesta.

Lo que recordó fue lo que sintió cuando Adam apareció de la nada para salvarle la vida. Recordó cómo era cuando estaban juntos, cuando eran más jóvenes y leían cómics o iban a nadar al Oxoboxo. Lo que recordó era su fuerza, su aspecto con traje y que siempre, siempre, podía contar con él cuando lo necesitaba.

Entonces recordó lo que sentía cuando estaba con Tommy y se lió todavía más.

—No... lo sé. Creo que sí..., de verdad que creo que sí, pero no estoy segura. —Creo que sí lo quieres.

—Pero no estoy segura. ¿Cómo voy a estar segura? —Ya se te presentará... la oportunidad. Adam... cederá. Sólo necesita recuperar... la confianza en sí mismo. —¿Tú crees?

—Estoy segura. Y olvídate de... besos y demás. Eso no es lo que va a traerlo de vuelta, sino el amor. El amor funciona. —Pareces saber mucho de chicos.

—Sé algunas cosas —respondió Karen, guiñándole un ojo, y fue un guiño perfecto, sin fallos, como si lo hubiera practicado. Sorprendió tanto a Phoebe que soltó una carcajada.

—Karen - dijo al fin para romper el incómodo silencio—, se supone que teníamos que trabajar en la página web, ¿no?

—Ah, sí —repuso la chica, dejando salir el aire como si suspirase—. Quizá deberíamos esperar al siguiente turno de prácticas en la fundación; así, al menos, nos pagarían.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Dic 01, 2010 1:37 pm

Capitulo 32



Transcripto por Bautiston



—Otra vez – dijo el maestro Griffin. Hice la misma formaciento siete veces, contado. Ciento ocho.
—Otra vez.

Ciento nueve. —¿Cuándo... estaré... listo?

Griffin entrecierra ojos, se acerca, ajusta brazo. Levantabrazo. —Cuando puedas coger el guijarro de mi mano. Otra vez. Ciento nueve.Miro.

—Es broma, Adam. ¿Te pasa algo? Pareces distraído.

Distraído, dijo. Distraído no, muerto. Soy zombi desde hacesemanas y apenas puedo moverme. Cuando vivía, dominé esta forma el primer día,dos o tres intentos. Ciento diez.

Griffin cruza brazos.

—Adam, vamos a tomarnos un descanso. Ciento once. Miro amaestro Griffin nunca descansé ni una vez en todo un año de práctica. Griffinse sienta en la colchone ta, me hace gesto para que me siente frente a él.Griffin cruza piernas, loto. Yo no puedo. Ni siquiera sentarme. Me dejo caer.

Griffin espera, mira.

—Adam, algo te preocupa.

Ya te digo, sensei. Muerto, ¿no te habías dado cuenta?Griffin sonríe. Últimamente todos son telépatas. —La chica que te llevó al dojo.Es ella, ¿no? Pasmado. Tan pasmado que digo la verdad. —Sí.

Griffin asiente.

—Sientes algo por ella desde hace tiempo.

No es pregunta, afirma. Griffin mira, se ríe.

—No pongas esa cara de sorpresa. Llevas meses estudiandoconmigo y he oído su nombre mil veces: «He jugado al Frisbee con Phoebe. APhoebe le gustan los batidos. A Phoebe le gusta una música muy extraña». Cuandoestás quieto oyes cosas que los demás no dicen en voz alta.

Cierro la boca. Maestro Griffin no es hablador. Dice «otravez», «otra vez», «otra vez». Más alto, más deprisa, utiliza el em¬peine.Silencio.

—Escuchas más. No he oído su nombre desde que te trajo laúltima vez, y hoy tenías problemas con las formas más básicas. Y no es porqueseas un zombi, sino porque tu cabeza está en otra parte. Con ella.

Con ella. Sí, con ella.

—También la escuché a ella cuando estuvo aquí, Adam. Osobservé a los dos.

Respirar. Intenté respirar.

—¿Qué... debo... hacer? Griffin sacude cabeza.

—No lo sé. Hiciste tu elección la noche de tu muerte, ¿no?La elegiste a ella. No puedes dejar que los resultados de esa única elección teabsuelvan de escoger durante el resto de tu vida.

Sonrisa.

Griffin devuelve sonrisa.

—Lo siento. Existencia, como quieras llamarlo. ¡Me alegraver que escuchas! —Necesita... vivir.

Griffin se sienta, paciente y con ceño fruncido, esperando aque yo termine.

—Necesita... olvidarme. Griffin toma aire.

—Tienes que tomar una decisión. Tu corazón, lata o no, tedirá lo que hacer. Sigue escuchando.

—¿Qué tal el kárate? —pregunta Joe de camino a casa. —Bien.

Elecciones. Aparté a Phoebe. Le hice daño. Decidí hacerledaño. Decidí morir por ella. Ella decidió... ¿Qué? Decidió per¬der tiempo conFrankenAdam.

—Hace tiempo que no viene Phoebe. —Sólo conduce, Joe.

Decidió, ¿por qué? Creía que por culpa. Creo que por culpa.¿Quién soy? ¿Qué soy? —Es raro, teniendo en cuenta que antes se pasaba en casatodo el día.

No lo deja.

—Herí... sus... sentimientos. —¿Heriste sus sentimientos?Asiento. Consigo mover bien la cabeza. —Bueno, pues será mejor que tedisculpes, y deprisa. Joe tiene razón, maestro Griffin tiene razón. FrankenAdamse equivoca.

La elección es Phoebe. La elección siempre fue Phoebe. —¿Meoyes? Tienes que disculparte ahora mismo. —¿Echas... de... menos... su...cocina? —¿Que si qué? ¿Que si echo de menos su cocina? Joe pega, pega deverdad, con nudillos, en brazo. No lo sien¬to. Gracioso.

—¡Pero si la quieres, pedazo de idiota! —Se dispara—. ¡Yella te quiere! Eres demasiado listo para esto. Listísimo. —Era... broma.


—Muy gracioso. Será mejor que te disculpes. Disculpar. Laelección siempre fue Phoebe. —Lo... haré. —Más te vale. —Lo... haré.

Phoebe se sorprendió de ver a Adam en su puerta. No habíavuelto a acercarse por allí desde la caída de la noche de los inocentes.

—Hola..., chica. ¿Puedo... entrar?

—Antes no tenías que preguntarlo —respondió ella, abrién¬dolela puerta de rejilla.

—No podemos... entrar... si no nos... invitan —dijo él, apar¬tandola rejilla.

Phoebe se volvió para que no la viera sonreír.

—Bueno, ¿qué... haces?

—Prepararme para ir a clase, lo mismo de siempre.

—¿Vas a... hacer... algo... después de clase?

—Se supone que tengo clases de conducir, pero estaré en casasobre las cinco, ¿por qué?

—Qué... gracia; siempre creí que... yo te enseñaría... a con¬ducir.

—Y yo —respondió ella, sentándose en la mesa de la cocina;cogió su tazón entre las manos—. El tuercas de al lado.

—Ése soy... yo —respondió Adam, señalando con el pulgar máso menos al agujero de su corazón—. ¿Quieres... que jugue¬mos... al disco... unrato?

Dejó de arrastrar los pies para mirarla.

—Me gustaría, aunque empieza a hacer frío.

—Bien, muy... bien. Me refiero al... Frisbee..., no al frío.

—¿Vas hoy en autobús? —le preguntó ella, y le dio un tragoal café.

—Sí.

—¿Puedo sentarme contigo? —Bueno..., supongo.

—No tiene que ser en el mismo asiento, si es que te da miedoque tus amigos muertos te vean conmigo.

—Ya sabes... como son —respondió él, sonriendo. A ella le parecióque su sonrisa empezaba a parecerse a la viva, que era menos mueca—. Semueren... de rabia. —Vale, intentaré ser discreta.

Phoebe pensó que podían decirse muchas cosas en aquellacocina tan tranquila, muchas cosas que no se habían dicho y muchas cosas sobrelo que sí se había dicho, pero, por primera vez, sentía que no hacía faltadecir nada. El vínculo o la unión (ya fuera amistad o telepatetismo) perdidavolvía a estar allí, im¬pregnando el aire entre ellos de manera tan palpablecomo el vapor aromático que surgía de su taza.

—Ya es... casi... la hora —dijo Adam—. ¿Quieres... que... telleve... la mochila?

Ella iba a negarse por reflejo, pero el vínculo le permitióblo¬quear las palabras antes de que salieran. Adam, que antes hacía siempre milcosas pequeñas por ella (desde abrirle la puerta a llevarla al trabajo, pasandopor cargar con su mochila, ponerle el abrigo y dejarla escoger la música),llevaba dos meses sin poder hacer nada por ella.

—Genial —respondió, dándole una patadita a la pesada mo¬chilaque estaba al lado de la silla—, porque pesa un montón.

—Menos... mal... que soy... la caña... de fuerte.

—Menos mal —dijo ella, y fue a por su abrigo, el gorro y losguantes.

—Phoebe.

Adam le tocó el brazo, ella se volvió y, cuando lo hizo, élse inclinó para besarla.

Besé a Phoebe suave suave no quería hacerle daño. No puedohacerle daño ya he hecho bastante. La besé. Largo pero no demasiado largo.

Da un paso atrás ¿está enfadada está horrorizada estácontenta?

Está pasmada.

—Adam —dice, y está triste. La he puesto triste llora y des¬pués«Adam» otra vez y me abraza, sus brazos me aprietan y me abraza como si noquisiera soltarme. Como si no quisiera soltar¬me nunca.

Le devuelvo el abrazo. Suave.

Me mira. Beso.

No hay magia. No hay resurrección instantánea, no vuelvo de entre los muertos. No hay relámpago que me reviva el cora¬zón y lo haga bombear sangre. No puedo moverme más deprisa, no puedo hablar más claro.

Pero

Dios, ese beso...

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sonatina

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Miér Dic 01, 2010 8:30 pm

Graciaaaas Gemma!!!

Ainss Diooooooos!!! Al fin la besó... Me encantó de verdad Adam es tan perfectamente hermoso


Citación :
No hay magia. No hay resurrección instantánea, no vuelvo de entre los muertos. No hay relámpago que me reviva el cora¬zón y lo haga bombear sangre. No puedo moverme más deprisa, no puedo hablar más claro.

Pero

Dios, ese beso...

Eso exactamente... "Dios, ese beso" fue tan hermoso!!! Se me salieron unas lagrimillas cuando lo leí!!! Y está bien porq el no esperaba revivir, pero si sentir... Y eso fue lo que hizo, sentir!!! xD

De verdad espero que Phoebe no lo lastime!!! ¬¬ O voy a descuartizarla!! SSin derecho a revivivr!!!


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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Dic 02, 2010 12:53 am

CAPÍTULO 33
rossmary

«Me ha Besado», Pensó Phoebe mientras se dirigían a su taquilla. Sólo podía pensar en eso.
Adam tuvo que agacharse para pasar por debajo de unas guirnaldas mal colgadas. Phoebe resistió de nuevo el impulso de protegerlo, de recuperar su mochila en la puerta para que él tuviera tiempo de arrastrar los pies («De caminar —se recordó—, de caminar») hasta su propia taquilla y llegar a clase a su hora. No lo hizo. Adam era mayorcito y la muerte lo hacía más lento de cuerpo, pero no de mente. Quería hacer aquello por ella, y ella necesitaba dejar que lo hiciera.
—Compañía —dijo Adam. Ella miró entre los chicos envueltos en grandes abrigos que abarrotaban el pasillo y vio que Margi la esperaba en su taquilla. La saludó con la mano y Margi les sopló besos.
—Gracias, Adam —dijo, aceptando la mochila. Él asintió y le sopló un beso a Margi consiguiendo poner una especie de mueca burlona.
Lo vieron volver por el pasillo, donde se unió a Thorny, que llevaba un gorro de elfo rojo y verde que, curiosamente, le quedaba bien encima de los rizos.
—Hola, Pheebes.
—Hola, Gee.
—Me alegra ver que Lelo Man y tú volvéis a ser coleguitas.
—Sí, coleguitas.
—¿Te ha preguntado ya si quieres ir con él al baile de invierno?
—No —respondió Phoebe; estuvo a punto de bromear diciendo que Adam seguramente habría desarrollado una sana aversión por los bailes del instituto, pero se calló—. ¿Y Colette?
—No terminó sus deberes de álgebra anoche, así que se vino a clase temprano para hacerlos —respondió Margi, suspirando.
—¿No tiene que dormir y no tuvo tiempo de terminar los deberes?
—Lo sé, una locura. Seguro que si tú no durmieras tendrías la continuación de Guerra y paz terminada para el jueves. Pero anoche nos pusimos a hablar, y ya sabes.
Phoebce dejó de colocar sus libros en orden y miró a Margi; la sombra oscura bajo sus ojos no era sólo por el maquillaje.
—Oh, oh.
—No, estuvo bien. Profundo, pero sin drama. Ya hemos tenido drama de sobra últimamente.
—Ya. Bueno, ¿y de qué cotorreasteis toda la noche, si puede saberse?
—Bueno, empezamos hablando de Adam y de ti, por si te interesa.
—Margi.
—No, espera, no fue así —la interrumpió Margi, dándole un codazo—. Fue en plan sonrisas, gatitos y lencería de encaje.
Phoebe cerró su taquilla de un portazo y esperó a que acabase.
—Entonces, Colette dijo: «,Sabes, Gee?, no estás pasando nada de tiempo con Phoebe. Las dos solas. Hemos salido las tres y ha sido guay, y nos hemos visto con la Reina Láctea...
—¿La Reina Láctea?
—Es como llamamos a Karen —respondió Margi, mordiéndose el labio inferior.
—¿La Reina Láctea? ¡Margi, cómo te pasas! —exclamó Phoebe, aunque se rió.
—Lo sé. Lo sé, lo sé. Está mal. No lo decimos por nada, es que es, bueno, un poco fría. Y muy, muy blanca.
—Qué fuerte.
—Lo sé. Somos malvadas. Bueno, C. B. es más malvada que yo, porque se le ocurrió a ella. En fin, que me decía que salimos todas juntas, pero que tú y yo ya no nos vemos a solas. Y que antes de que, bueno, ella muriera y Adam muriera, nosotras dos solíamos estar juntas todo el rato.
—Colette es una buena amiga.
—De verdad que lo es, Pheebes. Y es lista. Me dijo que tú y yo teníamos que salir juntas, ya sabes, sin ella.
—Sería genial —dijo Phoebe—. Bueno, también sería genial que viniera ella, pero estaría bien salir las dos solas.
—Sí —respondió Margi, cogiéndola del brazo; el colgante de una de sus pulseras se enganchó en el puño con volantes de la blusa de Phoehe—. Los corazones vivos tenemos que permanecer unidos.
Phoebe intentó soltar la figurita, un osito de estaño con aspecto lúgubre.
—Pero esta noche no. Adam y yo vamos a jugar un rato con el Frisbee.
—¡La leche! Entonces, volvéis a estar como siempre ¿no?
—Volvemos a estar... de alguna forma —respondió ella, sonriendo.
—Genial!
—Sí, la verdad es que sí. —Notaba el peso de la mirada de Margi—. ¿Qué?
—Dímelo tú. Tienes esa expresión bobalicona, como mirando al horizonte. Como si acabaras de aterrizar en la luna.
—Oh.
—¡Venga, Phoebe! —Insistió Margi, dando un pisotón en el suelo—. ¡Suéltalo!
—Me besó, Margi —respondió ella en voz baja—. Adam me besó
—¿Adam te besó? —repitió Margi, dando un chillido y cogiéndola del brazo.
—¡Chisss!
—¿Cómo fue? —Un poco emocionada, un poco escandalizada y muy curiosa—. ¡Venga, Phoebe, cuéntamelo!
Había muchas cosas que podía contarle, no como cuando ella intentó besar a Adam.
Estaba a punto de hacerlo, pero sonó el timbre y las dos corrieron por el vestíbulo hacia su clase.
Cuando se supo que Adam y Phoebe salían no se produjo el mismo escándalo moral que siguió a las noticias sobre la relación entre Tommy y ella, al menos en el instituto. Phoebe pensaba que era por unas cuantas razones, la primera que Adam y ella eran amigos de antes, y la gente estaba acostumbrada a verlos juntos.
A diferencia de Tommy, que era un forastero, un extraño, Adam ya era popular en la comunidad antes de morir y, por tanto, se libraba del odio que muchos reservaban a los zombis. Además, estaba libre de toda sospecha, ya que los biotistas solían culpar a los zombis por el «crimen» de seguir vivos, como si hubiesen elegido aquel destino. Sabían que Adam había sido víctima de un asesinato, y aunque muchos ignoraban a quién intentaba proteger, sí sabían que había muerto para salvar a alguien.
Incluso cuando Phoebe y Adam se arriesgaron a ir a Winford para ver una película, casi todo el mundo pasaba de ellos, la mejor reacción que una pareja mixta de viva y muerto podía esperar.
—Es increíble que nadie diga nada —dijo Phoebe—. El chico de las palomitas ni ha pestañeado cuando le has dado el dinero.
A Adam le estaba costando encajarse en l1 estrecho asiento del cine, y Phoebe se alegró de haber elegido una película con poco público.
—Jugaba... al fútbol... contra... él.
—¿De verdad? A lo mejor es por eso.
—A lo mejor... la gente... se está... acostumbrando.., a... nosotros.
La chica no sabía si aquel «nosotros» se refería a los zombis o a ellos como pareja. Se pasaron por la zona de restaurantes después de la película para reunirse con el señor Kendall, que estaba bebiendo un refresco y leyendo el periódico, dispuesto para entrar en acción si alguno de los visitantes con factor biótico tradicional decidía meterse con su hija y el chico. Phoebe intentó convencerlo para que no los acompañase; que su padre se creyera obligado a hacer de carabina la hacía sentir tonta y culpable, aunque no tanto como para rio pedirle más tiempo.
—Hola, papá. ¿Puedo llevar a Adam a Wild Thingz! antes de irnos?
—¿Habéis tenido algún problema?
—Ninguno..., señor.
—Serán unos minutos, papá. Acabamos mientras tú llegas al coche.
Su padre dobló la esquina del periódico, una costumbre que su hija odiaba.
—Vale, diez minutos, ¿eh?
—Gracias, papá.
La principal razón por la que quería llevar a Adam a Wild Thingz! era que viera la línea de productos de higiene para zombis de Slydellco: vaporizador corporal, brillo de labios, gomina... Siempre se partía con la exposición, aunque Tommy era el único zombi que conocía que usaba algunos de los productos. Seguro que los verdaderos compradores eran los chicos tradicionales que querían ser modernos.
Acababa de empezar a enseñarle la gama cuando se dio cuenta de que Karen estaba detrás de la caja, al parecer trabajando.
—Madre mía —exclamó, agarrándose a los bíceps de roca de
Adam—. ¡Es Karen! ¡Se me había olvidado del todo que trabajaba aquí!
Karen la vio y levantó un dedo, pidiéndole un momento. Después habló con un chico con acné y el ceño fruncido que llevaba un anillo en la ceja; Phoebe supuso que era el jefe. Un minuto después, Karen se acercó a ellos.
—Hola, chicos, qué guapos estáis. ¿Una... cita?
Phoebe se ruborizó sin saber por qué. El «sí» de Adam sonó como un neumático desinflándose lentamente.
—Escucha —dijo Karen, acercándose—. Que no se note... que estoy muerta. No lo saben.
Las noticias dejaron a Phoebe pasmada, pero Adam pareció seguirle la corriente sin problemas.
—Funciona... esta... cosa? —preguntó, sosteniendo un bote de desodorante para zombis en aerosol—. ¿No... huelo.., mal..., verdad?
—Claro que no —dijo Karen—. En realidad es un... aerosol... antibacteriano. Por si te has pasado mucho tiempo bajo tierra, creo. Prueba con Z si quieres una... colonia.
—¿No les has dicho que eres una zombi? —Phoebe se percató de que su amiga tenía los ojos azules, no parecían los mismos diamantes de siempre. ¿Se había puesto lentillas?
—Todos tenemos secretos. ¿No me... delatéis, vale?
—Ni se me ocurriría.
—Ya lo sé, cielo. —Después habló en voz más alta para que su malhumorado jefe la oyera desde la caja—: También tengo Z en botella de 150 ml si lo prefiere, señor.
Adam sonrió.
—¿Y una camiseta? —Siguió Karen; logró que se la oyera por encima de la fuerte música horror punk que salía del sistema de altavoces de la tienda—. Acabamos de recibir camisetas entalladas para chica con el logo de «Algunos de mis mejores amigos están muertos». Son muy... populares.
Phoebe no pudo evitar reírse y tuvo que apoyarse en Adam. Karen sonrió con dulzura al gruñón de su jefe mientras batía las largas pestañas.
Todo parecía muy natural, muy real, estar allí, divirtiéndose con sus amigos. Muy normal. Miró a Adam, que la observaba con una sonrisa, y le apretó el brazo; no quería soltarlo, no quería dejar escapar aquella sensación.

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Dic 02, 2010 4:31 am

Graciaaas Ross... Pero y los detalles??? Hay realmente corazón o no?? jejeje

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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Dic 02, 2010 9:32 am

Gracias por el capítulo Ross
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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Dic 02, 2010 11:06 am

Capítulo 34

por Shuk hing

Duke apareció justo a las dos de la mañana, como había prometido. Su enorme camioneta negra, tan reluciente que reflejaba la luz de la luna, llegó sin hacer ruido.
—Hola —le dijo a Pete cuando entró—. ¿Has tenido problemas para salir?
—¿Estás de coña?
Duke sonrió con satisfacción y le echó un vistazo. Llevaba justo lo que él le había dicho: zapatillas deportivas y vaqueros negros, y una sudadera oscura con capucha. Duke iba prácticamente igual.
—Bueno, ¿adónde vamos? Sabes que tienes que volver por donde has entrado, ¿no? Este camino se mete en la urbanización.
—Lo sé —respondió Duke, frenando unas cuantas calles más allá, a una casa cerca del final de un callejón sin salida—. ¿Ahí es donde se alojaba Evan Talbot?
Pete se dio cuenta de que no decía «vivía».
—Sí.
—Te libraste de ésa, ¿eh?
Pete no contestó. Duke sonrió y después arrancó; pronto estuvieron en las carreteras secundarias de Oakvale.
—¿Sabías que hay veintisiete cementerios en Winford? ¿Y otros siete en Oakvale?
—No, no lo sabía —respondió Pete.
—Pues sí. Los cementerios casi triplican a las licorerías. Estamos hablando de mucha gente muerta.
—¿Vamos a un cementerio?
—Efectivamente. Debajo de tu asiento hay una bolsa. Ábrela, por favor. Te he traído un regalo.
Pete encontró una bolsa de lona a sus pies, la abrió y sacó un par de máscaras de goma.
—Para ti la del pelo largo negro.
Pete se puso la máscara en el regazo.
—¿Zombis? ¿Vamos a fingir ser zombis? ¿En un cementerio?
Su máscara tenía una larga raja en la mejilla izquierda que dejaba al aire unos dientes amarillos agrietados a lo largo de unas encías grises. Los agujeros de los ojos estaban abiertos de modo que parecieran algo asiáticos. Era una caricatura del zombi que lo había herido.
—Divertido, ¿eh? —le dijo Duke, sonriendo—. Venga, pruébatela.
Pete observó la máscara un instante delante de él antes de ponérsela. El látex resultaba húmedo y frío.
—Qué buena pinta —dijo Duke; se acercó para alborotarle la melena negra—. Hijo, acabas de unirte al ELZ.
—¿Qué es el ELZ? —preguntó Pete, oyendo el eco dentro de la máscara; se la ajustó un poco. El calor atrapado en el interior empezaba a darle picores en los puntos.
—El Ejército de Liberación Zombi.
Duke cogió su máscara y se la puso con una mano. Pete miró al zombi calvo con piel picada de viruela, ojos de lunático y la boca abierta en un gruñido húmedo.
Pete pensó en la palabra «liberación», y notó emoción y náuseas a partes iguales.
—Vamos a desenterrar cadáveres, ¿verdad?
—Oh, sí —respondió el zombi loco y babeante.
En el cementerio había otros vehículos, dos furgonetas blancas y un turismo de fabricación nacional. Pete vio a una media docena de figuras reuniéndose delante de una de las furgonetas, cada una de ellas con una pala.
—Santo cielo —dijo. Se levantó el cuello de la máscara porque empezaba a hiperventilar con el látex—. Estamos muy cerca de la carretera principal, ¿y si vienen los polis?
—No vendrán —respondió Duke. Detuvo la camioneta en el arcén del sendero de gravilla.
—¿Cómo lo...?
—Lo sé. Los polis no vendrán. Tengo una pala para ti ahí atrás. Y vuelve a ponerte la máscara, no nos gusta vernos las caras.
Pete salió y se unió a Duke en el maletero del vehículo.
—¿Y los zombis? Aquí es donde cuelgan esos carteles, ¿no?
Duke abrió el maletero; la pala que había escogido raspó el fondo al sacarla, como una espada. Se la dio a Pete.
—Me gustas, chaval, eres observador.
—¿Y si aparecen?
Duke hizo una pausa, y Pete casi podía ver su expresión de guasa debajo de la chillona máscara de zombi.
—No te darán miedo un par de muertos vivientes, ¿verdad? ¿Al gran Pete, asesino de zombis?
Las palabras de Duke hicieron que le picasen aún más los puntos.
—No, no tengo miedo, pero tampoco quiero que nos cojan.
—Deja de comportarte como una nena —repuso el hombre mientras sacaba su pala—. Sabemos dónde están los zombis. Esta noche están ocupados con sus propias bromitas, así que no te preocupes por ellos.
Dejó caer la mano libre sobre el hombro de Pete y tiró de él, de modo que las dos máscaras estuvieron a punto de tocarse.
—No creas que somos un puñado de paletos estúpidos, Pete. No confundas nuestras acciones con las tuyas. Esto es una operación muy pensada; la clave para destruir a tus enemigos es el conocimiento y la planificación. Tenemos ambas cosas.
—¿Quiénes?
Duke lo soltó y se enderezó; era más grande que cualquier zombi que hubiese conocido.
—Tú cierra la boca y abre los ojos. Voy a darte una gran oportunidad, pero eres tú el que tiene que aprovecharla. Ahora no digas ni una palabra.
El hombre llamó a gritos a los de los otros vehículos, como si no estuviesen a punto de profanar un cementerio a las dos y media de la mañana.
—Caballeros —dijo mientras se formaba un círculo irregular a su alrededor. Pete contó a otras siete personas, todos hombres, por su aspecto, aunque era difícil estar seguro por culpa de las máscaras. Cada una de ellas estaba diseñada para asustar y tenía un detalle macabro o truculento: una oreja o una nariz cortada, u ojos saltones de lunático para que el que la llevara pareciese loco, peligroso o ambas cosas. Alguien comentó algo sobre el pelo largo de la máscara de Pete y otro silbó. Al chico le resultaba reconfortante el peso de la pala.
—Oye —dijo un «zombi», sin duda hombre, al que la barriga le rebosaba por la cintura de sus vaqueros negros—, ¿quién es tu chica?
Duke señaló al gordo.
—Cállate, no tenemos tiempo para bromitas. ¿Todos sabéis qué hacer?
Las cabezas con máscaras de zombis asintieron.
—Por estar seguros, voy a desglosarlo.
Era evidente el respeto que imponía Duke en aquellos hombres, a pesar de los disfraces. Cuando hablaba, las charlas y bromas cesaban, y todos se acercaron más para oírlo repetir el plan. Pete entendió que tendría que excavar tumbas con los demás hombres mientras Duke supervisaba y hacía fotos.
—Leed las lápidas antes de cavar —dijo Duke—. Lo ququeremos son personas con familias, a ser posible con otro nom­bre grabado pero todavía sin enterrar. Los niños valen, pero alejaos de los adolescentes.
—¿No quieres pillar a uno vivo? —preguntó el gordo—. Vamos, a un muerto vivo.
Nadie se rió, puede que porque Duke apuntó con su pala a la prominente tripa del gracioso.
—Es la última vez que te aviso. ¿Quieres comprobar si eres la primera persona de más de dieciocho años en volver de entre los muertos?
El gordo sacudió la cabeza, lo que hizo que su máscara se agitara adelante y atrás tan deprisa que habría resultado cómico de no haber quedado patente que no era momento para chistes.
Duke bajó la pala y señaló con la cabeza a otro hombre enmascarado.
—¿Qué tienes para nosotros?
El hombre se acercó con un gran bolso de viaje, lo abrió y sacó un fajo de papeles similares a los carteles de los «Estados Zombis» que los muertos de verdad habían usado para decorar el cementerio. Tenían la misma imagen de aquel tipo con aspecto de muerto muy muerto, pero habían cambiado las palabras por: «ELZ: ¡Levantaos y destruid a los vivos!».
Duke asintió.
—Muy bien.
El hombre de la bolsa sacó una sábana vieja grisácea y la desplegó sobre una tumba como si fuera una manta para picnic. Había usado chorreantes letras carmesís para pintar: «Ejército de Liberación Zombi: ¡Destruid a los vivos!».
Duke se rió.
—Poned eso en aquel mausoleo de ahí. Bien, gente, vamos a cavar.
Los hombres, incluso el humorista gordo, corrieron a obedecerlo. Unos cuantos ya habían escogido tumba; Pete oyó el inconfundible sonido del metal en el césped escarchado. De repente notó los ojos locos de la máscara de Duke clavados en él; estuvo a punto de dar un salto.
—¿Estás bien, hijo? —le preguntó el hombre en voz baja.
Pete asintió y levantó la pala.
—Buen chico. ¿Por qué no empiezas con aquélla de ahí?
Pete se acercó a la tumba que le había indicado Duke. Había dos nombres en la lápida: la mujer había muerto el año anterior a los cuarenta y tantos años; el hombre, unos cuantos años mayor, seguía vivo y coleando.
Miró a Duke, que estaba apoyado en su pala para poder estabilizar la cámara de fotos con la que lo apuntaba.
Pete empezó a cavar.


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MensajeTema: Re: Generation Dead 2 (Beso de vida) - Daniel Waters   Jue Dic 02, 2010 11:08 am

CAPÍTULO 35

por Angeles Rangel

Takayuki miró hacia el final del aparcamiento, donde Tayshawn permanecía bajo una alta farola. Su trabajo era vigilar la entrada del centro comercial por si aparecían coches patrullas y hacer una señal a los demás Hijos de Romero con una bocina que había «rescatado» de la ferretería. Llevaban en el aparcamiento del centro comercial una hora y no había pasado ni un coche de policía. Tak no podía creerse la suerte que estaban teniendo.
Observó la entrada del centro, donde Popeye le daba los toques finales a su última obra de arte. George y Karen habían colocado cuatro maniquíes en los escalones de la entrada, bajo el cartel de neón apagado, todos doblados en poses incómodas que pretendían ser parodias de las posturas lánguidas antinaturales de los modelos. Popeye había usado papel maché para darles un rudo aspecto de zombis de la vieja escuela; uno de ellos hasta tenía una tira de piel de látex colgándole en la mejilla, quizá a modo de tributo a Tak. En cualquier caso, a Tak le parecía como si alguien le hubiese pegado creales demenuzados a la cara de madera.
—Muevéla a la… izquirda…, George —dijo Popeye—. Sólo un... pelín. No, a mi… izquierda.
El maniquí tenía una de las camisetas nuevas de la línea Slydellco con las palabras «Recién muerto» en letras mayúsculas sobre fondo blanco. Los maniquíes de los zombis sonreían, y todos llevaban camisetas de Slydellco que Karen había adquirido en su tienda. Las dos chicas llevaban cosméticos de la línea Z¸Tak la había viso sacar su pintalabios «Beso de vida» y aplicárselo a una de ellas. En opinión del chico, los labios camesís y las demás pinturas usadas sin moderación (la sombra de los ojos y el colorete), junto con el papel maché grisáseo, hacían que las figuras parecieran chillones payasos zombis.
A Karen quedaba muy bien el «Beso de vida», eso sí. No estaba seguro, pero le daba la impresión de que también llevaba lápiz de ojos, y una vez le pareció oler a flores al ponerse a su lado; su sentido del olfato era engañoso y nunca sabía con certeza si se imaginaba aromas o realmente los experimentaba.
George movió la peluca del maniquí al moverlo.
A Tak le habría gustado que fuera más deprisa, pero también se alegraba de que Popeye se tomara las cosas tan en serio; su creatividad había sido un chute de energía para los Hijos de Romero, que respondían a los distintos proyectos con entusiasmo. Y no había muchas cosas que los entusiasmaran.
—Deja que te ayude, George —dijo Karen.
Tak la observó agacharse para recuperar la peluca; la minifalda de cuadros se le subió un poco. Karen se volvió para mirarlo y esbozó una sonrisa irónica.
—Ya está —dijo, enderezando la peluca del maniquí. George le ofreció su versión de lo que era una sonrisa, el resultado fue horripilante.
—Bien. Es… perfecto —dijo Popeye—. Deja que… saque… unas cuantas fotos.
Cogió la cámara que llevaba en la mochila, y pidió a George y Karen que se quedaran para las primeras.
—¿Por qué no… te unes a ellos…, Tak?
—No.
No fue capaz de descifrar la mirada que Popeye ocultaba detrás de sus gruesas gafas envolventes. Se giró y sacó algunas fotos de Karen y George de fondo.
Tak la vio posar y supo que la chica era consciente de su atención. Se inclinó e hizo como si besara al maniquí con la mejilla cortada. Popeye hizo unas cuantas fotos más sin ellos y sacó la tarjeta de memoria para dársela a Karen.
—¿Tienes… bolsillos… en esa falda? Es… pequeña… que te cagas.
Karen cogió la tarjeta y se la metió en el bolsillo de su blusa blanca.
—No seas malo.
Tak presenció el intercambio y se preguntó si Popeye podía permitirse sus indirectas por ser gay. Miró a Tayshawn, y seguía bajo la farola.
—¿Hemos… terminado?
Popeye alzó los brazos al cielo.
—¡Y me preguntas si hemos terminado! En vez de… felicitarme y decirme que… soy un genio, que lo he vuelto… a hacer.
—Popeye, eres un genio, lo has… vuelgo… a hacer. Y ahora, ¿podemos… irnos?
Popeye sacudió su calva cabeza y se echó al hombro la bolsa con los suministros mientras mascullaba algo sobre la falta de respeto. Tak vio que karen ayudaba George a bajar las escalera; aunque el chico no parecía temer a nada, unas simples escalera lo vencían. Su pierna izquierda no funcionaba como debiera.
Empezaron a alejarse del aparcamiento.
—Me alegro… mucho… de que hayas venido con nosotros, Karen —dijo Tak cuando se apartaron de las farolas y entraron en el bosque—. Gracias.
—Vaya, Tak, qué cosas… más tiernas… dices.
El chico volvió la vista atrás para asegurarse de que George no se quedaba rezagado. Notó que la mano de Karen rozaba la suya, y se preguntó si la chica habría sentido los duros huesos de sus nudillos, que le sobresalían de la piel en algunos puntos. Quizá hubiera perdido el sentido del olfato, pero su oído era excelente: oía cómo se agitaba el equipo de Popeye dentro de la bolsa, el pie de George arrastándose por el suelo del sendero y, por encima de todo, el susurro de la falda de Karen, que intentaba seguirle el ritmo.
—¿Vas a… llegar tarde… a clase? —preguntó Tak después de aclararse la garganta.
La chica sacudió la cabeza, y él estaba casi seguro de que detectaba notas florales en el aire que la rodeaba.
—Iré… andando… directamente… desde aquí. Está más… cerca… que mi casa.
—Karen…
No terminó la frase porque el delgaducho de Popeye se acercó a ellos al trote y se colocó enmedio.
—No puedo… creerme… que no aparecieran… polis… en toda la… noche. Una suerte… increíble.
—Só…, una suerte —respondió Tak, no muy convecido.
—Y, Karen, gracias por… conseguir… las camisetas. Creo que ha sido lo que ha… dado el toque perfecto… a la obra.
—Claro, Pops, ha sido un placer.
Tak quería hacerle zancadilla a Popeye, que se interponía entre él y el recuerdo de las flores.
—Has arriezgado… tu trabajo… por nosotros.
—¿Quieres decir que ya no estás… enfadado… porque cogiera… el trabajo? —preguntó ella, sonriendo.
Tak miró al suelo. Había discutido con Karen cuando ella le contó que se hacía pasar por viva; llegó a decirle que sus acciones hacían retroceder su causa a los tiempos de Dallas Jones, el zombi original. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que Karen tenía derecho a vivir su propia muerte viviente. Además, existía la posibilidad de emplear sus acciones para el bien común.
—Me… equivoqué. A veces… pasa.
Tayshawn, que se había quedado atrás con George, los llamó para que esperasen, y el trío se detuvo en un cruce de caminos.
—¿Te costó… robar las camisetas? —Preguntó Popeye.
—No las he… robado…, Popeye —respondió Karen, con cara ofendida—. Las he… comprado. Tengo dos… trabajos, ya sabes.
—¿De verdad? ¿Las… has… comprado?
—Claro, de verdad.
—¿A la… vez? —preguntó Tak, frunciendo el ceño—. Espero que… nadie relacione… tu… compra… con… la instalación.
Karen no parecía preocupada al sentarse en los restos de un muro de piedra que antes marcaba las tierras de algún propietario de Connecticut.
—Vendemos muchas… y he comprado… un montón más. Creo que estoy… a salvo.
—Bien —respondió Tak mientras la observaba alisar la falda sobre sus pálidas piernas—. Queremos que… estés a salvo.
Tal sabía que eso era lo que había alimentado su rabia inicial cuando le contó lo del trabajo en la tienda: trabajar en un negocio público no era lo mismo que trabajar en la fundación, donde, al menos, se fingía la existencia de una visión del mundo común para corazones vivos y zombis. Si descubrían su naturaleza zombi mientras trabajaba en el centro comercial, corría el riesgo de que la arrastraran al aparcamiento y la destruyeran. Lo habían hecho con zombis de todo el país por razones mucho más tontas.
—¿Quiere eso… decir que… ahora eres… una Hija… de Romero? —preguntó Popeye.
Tak percibía un deje de celos en la emoción de Popeye. Sabía que el chico sentía algo por él, pero también sabía que lo que impulsaba casi siempre a su amigo era su «arte», y si Karen estaba en el equipo podría hacer muchas más cosas usando su acceso a ordenadores, fotocopiadoras y suministros de las tiendas. Además, Tak le había dejado todo lo claro posible, sin ponerlo en palabras, que consideraba a Popeye un amigo de confianza, pero nada más.
Era consciente de que Popeye no se rendiría. Eso era una maldición que no te abandonaba con la muerte: la maldición de la esperanza.
—Creo que todavía… no estoy lista… para un… compromiso —respondió Karen; sus ojos, que brillaban en la oscuridad, permanecían clavados en los de Tak.
—Tu presencia… basta —respondió éste—, por… ahora.
Karen sonrió, y aquella sonrisa lo hizo darse cuenta de que él también estaba maldito.
Tayshawn y George los alcanzaron un minuto después, y todos siguieron caminando por el oscuro bosque.

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