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 Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie

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MensajeTema: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:06 pm

Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie
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Argumento:Minerva Dobbs es una treintañera con algunos kilos de más que piensa que la felicidad es un cuento de hadas.Cal Morrisey es un donjuán que detesta el compromiso y que la invita a cenar para ganar una apuesta.Cuando la cena termina, cada uno de ellos piensa que nunca volverá a ver al otro. Pero el destino tiene otros planes, y Minerva y Cal inician una relación casi involuntaria en la que median un ex novio celoso, unos padres impresentables, un gato demasiado inteligente y muchos donuts, y que concluye con la mayor de las apuestas: el amor verdadero.

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Última edición por Gemma el Vie Nov 19, 2010 2:29 pm, editado 4 veces
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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:08 pm

Capítulo 1


«Érase una vez un mundo lleno de hombres bue¬nos», pensó Minerva Dobbs un día en un ruidoso bar de yuppies, pero cuando miró la agraciada cara del hom¬bre que había planeado llevar a la boda de su hermana, llegó a la conclusión de que «ese cuento se ha acabado».
—Esta relación no me satisface —dijo David.
«Le voy a atravesar el corazón con el agitador», pensó Min, aunque, por supuesto, no lo hizo. Era de plástico y no acababa en punta. Además, la gente no suele hacer ese tipo de cosas en el sur de Ohio. Lo que necesitaba era una recortada.
—Y los dos sabemos por qué —continuó David.
Con toda seguridad ni siquiera se daba cuenta de que estaba enfadado, probablemente creía que estaba demos¬trando madurez y entereza. «Por lo menos, yo sé que es¬toy cabreada», pensó Min. Dejó que su enfado amainase y aquello le proporcionó una sensación de bienestar, algo que David jamás había conseguido.
Al otro lado del local, junto a la barra curvada con forma de ruleta, creyó reconocer a alguien. Otro punto en contra de David: estaba rompiendo con ella en un bar te¬mático, Al Azar. El nombre debía haberle dado una pista.
—Lo siento, Min —se excusó David sin sentirlo en absoluto.
Min cruzó los brazos sobre su chaqueta gris de cuadros para evitar darle una bofetada.
—¿Es porque no voy a tu casa esta noche? Es miércoles, tengo que trabajar mañana. Tú también. Y la co¬pa la he pagado yo.
—No, no es por eso —David adoptó la actitud magnánima y herida que sólo los altos, morenos y creídos pueden adoptar—. No haces ningún esfuerzo porque nuestra relación funcione. Lo que quiere decir que...
«Lo que quiere decir que hemos estado saliendo dos meses y todavía no me he acostado contigo —Min desconectó y miró a su alrededor, a la gente que no para¬ba de hablar—. Si tuviera un veneno que no dejara ras¬tro, se lo echaría en la bebida y no se enteraría ninguno de estos ejecutivos», pensó.
—... y creo que, si esto hubiera tenido algún futuro, deberías haber contribuido también —concluyó David.
«Así que no lo he hecho», pensó Min; David podía tener parte de razón. Con todo, la falta de sexo no era excusa por dejarla plantada tres semanas antes de poner¬se el vestido de dama de honor con el que parecía una campesina gorda y demenciada.
—Pues claro que tenemos futuro, David —replicó intentando enfriar su cólera—. Tenemos planes. Diana se casa dentro de tres semanas. Estás invitado a la boda. Al ensayo de la cena. A la despedida de soltero. Te vas a perder a la stripper.
—¿Eso es lo que soy para ti? —preguntó elevando la voz—. ¿Un acompañante para la boda de tu hermana?
—Claro que no. Lo mismo que estoy segura de que tú no crees que yo sea alguien con quien acostarse sim¬plemente.
David abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—Evidentemente. No quiero que pienses que esto es un reproche. Eres inteligente, madura, una triunfadora...
Min escuchaba, a sabiendas de que no iba a decir «Guapa y delgada». ¿Por qué no le daba un infarto? Só¬lo hay un cuatro por ciento de hombres que los tienen antes de los cuarenta, pero podía estar entre ellos. Y si moría, ni siquiera su madre podría reprocharle que no lo llevara a la boda.
—... y serías una madre estupenda —finalizó David.
—Gracias —dijo Min—. Eso no es nada romántico.
—Pensaba que llegaríamos muy lejos.
—Sí, hasta aquí —replicó Min estudiando aquel lo¬cal tan hortera.
David suspiró y le cogió la mano.
—Te deseo lo mejor, Min. Intentemos no perder el contacto.
—No sientes ningún dolor en el brazo izquierdo, ¿verdad? —preguntó apartando la mano.
—No —contestó David frunciendo el entrecejo.
—Es una pena —dijo Min antes de volver con sus amigas, que la observaban desde el fondo del bar.
—Parecía más nervioso que de costumbre —co¬mentó Liza, que, apoyada en la máquina de discos y con el pelo encendido por las luces, parecía incluso más alta y provocativa.
David no la habría tratado a ella con tanta crueldad. No se habría atrevido, Liza lo habría descuartizado.
«Tengo que parecerme más a ella», pensó Min, y empe¬zó a hojear la lista de canciones.
—¿Estás enfadada con él? —preguntó Bonnie, con la cabeza ladeada por la preocupación. David tampoco la habría plantado a ella. Nadie trataba mal a la dulce y pe¬queña Bonnie.
—Sí, me ha dejado —aseguró Min dejando de pasar páginas. Por extraño que pareciera, había canciones de Elvis. De repente, el bar le pareció mejor. Buscó unas monedas y apretó las teclas de Hound Dog. Qué pena que Elvis no hubiera grabado una que se llamara Gilipollas.
—No me caía nada bien —comentó Bonnie.
Min volvió a la barra en forma de ruleta y le dedi¬có una tensa sonrisa a la esbelta camarera vestida de crupier. Tenía un largo y hermoso pelo castaño, sedoso y ondulado. «Esta es otra de las razones por la que no podía acostarme con David», pensó Min. Su pelo siem¬pre se rizaba cuando lo dejaba suelto y él se habría da¬do cuenta.
—Un ron con Coca-Cola —pidió.
Puede que ésa fuera la razón por la que Liza y Bonnie no tenían nunca problemas con los hombres: tenían un pelo perfecto. Miró a Liza, delgada como un caballo de carreras embutido en cuero de color morado y cre¬malleras, moviendo la cabeza hacia David con evidente desprecio. Bueno, puede que no fuera simplemente por el pelo. Si ella se pusiera el vestido de Liza, parecería la prima buscona del dinosaurio Barney.
—Ligth, por favor —especificó.
—No era para ti —aseguró Bonnie con las manos en sus estrechas caderas.
—Que el ron sea también light —pidió Min, y la camarera sonrió y se fue a preparar la bebida.
—¿Por qué salías con él? —preguntó Liza.
—Porque creí que sí podría ser él —contestó Min exasperada—. Era inteligente, un triunfador, y muy agradable al principio. Parecía una elección sensata. Y de repente, va y se vuelve de lo más arrogante.
—Me alegro de que hayáis roto, ahora estás libre para que el hombre adecuado pueda encontrarte. Tu príncipe está de camino —aseguró Bonnie dándole una palmadita en el brazo.
—Sí. Estoy segura de que venía de camino, pero debe de haberlo atropellado un camión —replicó Min.
—Las cosas no son así —continuó Bonnie apoyada en la barra con aspecto de duendecillo de película para mayores de dieciocho años—. Si tiene que llegar, lo hará. No importa lo que se compliquen las cosas, aparecerá y estaréis juntos para siempre.
—¿Qué son eso? ¿Sueños de Barbie? —preguntó Liza, que la miraba con cara de incredulidad.
—Es muy bonito, Bonnie, pero creo que el último hombre bueno murió con Elvis.
—Quizá deberíamos replantearnos lo de seguir teniendo a Bon como corredora de bolsa —comentó Liza—. A estas alturas podríamos ser accionistas principa¬les en el Reino Mágico de Disney.
Min tamborileó con los dedos en la barra intentan¬do descargar la tensión.
—Cuando vi que no era capaz de acostarme con él tendría que haberme dado cuenta de que era un gran error. El tercer día que salimos, cuando vino el camarero con la carta de postres, David dijo: «No, gracias, estamos a dieta». Evidentemente no era por él, que no tiene ni un gramo de grasa. Entonces fue cuando decidí que no iba a quitarme la ropa en su presencia, pagué la mitad de la cuenta y me fui a casa pronto. Después, siempre que se in¬sinuaba, me acordaba del camarero y cruzaba las piernas.
—No era el que esperabas —aseguró Bonnie con convencimiento.
—¿Tú crees? —preguntó Min, y Bonnie se sintió atacada. Min cerró los ojos—. Perdona, perdona. Lo siento mucho. Creo que simplemente no es el momen¬to apropiado para esas cosas, Bon. Estoy loca. Quiero devorar a alguien, no otear el horizonte a la espera del próximo idiota que se cruce en mi camino.
—Ya —aceptó Bonnie.
—Mira, David no te importaba nada, así que lo úni¬co que has perdido es un acompañante para la boda de Di, y voto por que no vayamos. Además de que se casa con el novio de su mejor amiga, tiene todos los ingredientes para ser un fracaso —aseguró Liza.
—Con el ex novio de su mejor amiga. Y no puedo faltar, soy dama de honor —replicó Min apretando los dientes—. Va a ser una pesadilla. No sólo no tengo quien me acompañe, lo que confirma todas las predicciones de mi madre, sino que a ella le encantaba David.
—Lo sabemos —dijo Bonnie.
—No para de hablar de él —continuó Min, recordando la cara de avidez de su madre—. Que saliera con David es la única cosa que le ha gustado desde que tuve la gripe cuando acababa de entrar en la universidad y perdí cinco kilos. Y ahora ni siquiera estoy con él —cogió el ron light, dio las gracias a la camarera y dejó una esplén¬dida propina. No hay dinero en el mundo para pagar al que te trae las copas en un momento difícil—. La mayo¬ría de las veces me da igual lo que piense mi madre, por¬que puedo evitarla, pero en la boda no podré hacerlo.
—Así que te buscarás otro acompañante —propuso Bonnie.
—No, no lo hará —profetizó Liza.
—Ah, muchas gracias —dijo Min apartándose de aquella barra excesivamente recargada. El dibujo de la ruleta la estaba mareando. O puede que fuera la ira.
—La culpa es tuya —la acusó Liza—. Si dejaras de calcular las probabilidades estadísticas de tu relación con los hombres que conoces y simplemente salieras con al¬guien que te ponga, a lo mejor te lo pasabas bien de vez en cuando.
—Sólo conseguiría tener el ego continuamente herido. No pasa nada por ser prudente en las citas. Así es como conocí a David —replicó Min, y nada más hacerlo se dio cuenta de que aquello no era un argumen¬to a su favor y tomó un trago para protegerse de los co¬mentarios.
Liza no la estaba escuchando.
—Tendremos que encontrarte a alguien —dijo mientras estudiaba el bar, lo que no dejaba de ser lícito, ya que la mayoría de los clientes la estaban mirando a ella—. Ése no. Ni ése. No, no, no. Esta gente intentaría venderte fondos de inversiones. Mira, ahí hay uno —di¬jo enderezándose.
—¿Quién? ¿Dónde? —preguntó Bonnie siguiendo su mirada.
—El tipo de pelo oscuro y traje azul marino que es¬tá en el rellano junto a la puerta —le informó Liza.
—¿En medio? —preguntó Min mirando de reojo hacia la tarima elevada que había en la entrada del bar. Era lo suficientemente amplia como para que cupiera una fila de falsas mesas de póquer y en una de ellas ha¬bía cuatro hombres hablando con una morena. Uno era David, que oteaba sus dominios al otro lado de la barandilla de hierro forjado tachonada de dados. Aquella tarima sólo estaba a metro y medio por encima del res¬to del local, pero David intentaba que pareciera un bal¬cón. Sin duda estaba agotando su autocontrol para no saludar con la mano como la reina Isabel—. Ése es Da¬vid y está con una morena. Dios mío, ya está saliendo con otra.
«Desaparece», le ordenó mentalmente a la morena.
—Olvídate de ella. Es el tipo del medio, y en este momento se está volviendo hacia aquí. Parece que David no le interesa nada —dijo Liza.
Min estudió con detenimiento la entrada. El ejecutivo del traje azul marino era más alto que David y tenía el pelo más oscuro y poblado, aunque por detrás era casi una copia de David.
—Me conozco la película —dijo Min en el momen¬to en el que éste se volvía.
Tenía ojos oscuros, pómulos pronunciados, mentón clásico, espalda ancha y marcadas facciones, y miraba ha¬cia la barra relajado, sin hacer caso a David, que de re¬pente le pareció ligeramente endogámico.
Min inspiró con fuerza, pues todas sus terminacio¬nes nerviosas se habían despertado, y susurró: «Es él».
Después se dio la vuelta para que nadie pudiera verla embobada y con la boca abierta. No era el que esperaba, era simplemente su ADN, que buscaba un buen donante de se¬men. Seguramente todas las mujeres del local a las que les funcionara un ovario lo estarían mirando y pensando: «Es él». Bueno, la biología y el destino son cosas distintas. La cantidad de daño que alguien tan guapo podía hacerle a una mujer como ella era demasiado como para planteárselo. Tomó otro trago para amortiguar aquel pensamiento y dijo;
—Es majo.
—No. Ésa es la cuestión. No es majo. David sí lo es. Éste tío parece maduro —especificó Liza.
—Vale, está lleno de testosterona —replicó Min.
—No, ése es el que está a su derecha, el que tiene la cabeza rapada. Seguro que sólo sabe hablar de deporte y le da golpecitos en la espalda a la gente. El del traje azul marino parece civilizado y con estilo, díselo Bonnie.
—No sé. Lo conozco —confesó ésta poniendo una sombría expresión en su cara de duendecillo.
—¿En sentido bíblico?—preguntó Liza.
—No, salía con mi prima Wendy. Pero...
—Entonces es legal —aseguró Liza.
—...es de los que van de flor en flor —continuó Bonnie—. Por lo que me contó Wendy, deslumbra a la persona con la que está durante un par de meses, después la deja y se va. Nunca lo ven venir.
—¡Canalla! —exclamó Liza sin acalorarse—. Ya veis, a los hombres les está permitido plantar a las muje¬res con las que salen.
—Bueno, hace que se enamoren de él y luego las abandona. Eso es muy cruel —añadió Bonnie.
—Igual que David —dijo Min, que había visto confirmada su desconfianza hacia el tipo del traje azul marino.
—Ni que le hubieras querido nunca —bufó Liza.
—Lo intenté —replicó Min.
—Bueno, eso es lo de menos —la cortó Liza moviendo la cabeza—. Lo único que necesitas es un acom¬pañante para ir a la boda. Si ese bruto tarda dos meses en dejarte, tienes tiempo. Así que acércate a...
—No —dijo Min dándoles la espalda para mirar los carteles en blanco y negro del bar: Paul Newman jugando al billar en El buscavidas; Marlón Brando tirando unos da¬dos en Ellos y ellas, y W. C. Fields frunciendo el entrecejo con las cartas en la mano en Mi pequeño gorrión. ¿Dónde estaban las jugadoras? Parecía que el simple hecho de ser mujer no fuera un riesgo de por sí. El veintiocho por cien¬to de las víctimas femeninas de un homicidio muere a ma¬nos de sus maridos o amantes.
Lo que, si se piensa bien, era por lo que allí no ha¬bía ninguna mujer jugadora. Vivir entre los hombres ya entraña suficiente riesgo. Luchó contra el deseo de darse la vuelta y mirar al canalla que había en la tarima. En realidad, lo más inteligente era dejar de salir con ellos y buscarse un gato.
—Ya sabes que no irá a hablar con él —le dijo Bonnie a Liza—. En términos estadísticos, el resultado probable no le es propicio.
—¿A la mierda esas historias! —Liza le dio un codazo a Min y le echó la Coca—cola en el vaso—. Imagina a tu madre si lo llevas a la boda. Hasta te dejará comer hidratos de carbono. ¿Cómo se llama? —preguntó volviéndose hacia Bonnie.
—Calvin Morrisey. Cuando la dejó, Wendy estaba comprando revistas de bodas y practicando su nueva firma como Wendy Sue Morrisey.
—Seguramente la dejó por eso —concluyó Liza horrorizada.
—Calvin Morrisey.
Muy a su pesar, Min se había dado la vuelta para mirarlo.
—Acércate y dile a David que esperas que se le cure pronto el sarpullido. Después te presentas al canalla, sonríes y no hablas de estadísticas —la animó Liza pinchándole con una de sus largas uñas.
—Eso sería muy superficial. Tengo treinta y tres años. Soy una persona madura. Me da igual ir a la boda de mi hermana sin acompañante. Valgo mucho más que todo eso —Min se imaginó la cara de su madre cuando se enterara de que David era agua pasada y pensó: «No, no lo valgo».
—Lo que pasa es que no tienes valor para ir al otro lado del local —la desafió Liza.
—Puede salir bien —la animó Bonnie frunciendo el entrecejo—. Y después de la boda lo puedes dejar y pagarle con la misma moneda.
—¡Sí, eso es! ¡Hazlo por Wendy y todas las demás! —le pidió Liza poniendo cara de circunstancias.
En ese momento estaba de perfil hablando con David. «Ese tipo debería estar en las monedas», pensó Min. Por supuesto, siendo tan guapo, jamás saldría con ninguna mujer rellenita. Al menos que fuera para bur¬larse de ella. Y a ella ya la habían despreciado suficiente por una noche.
—No —dijo volviendo hacia la barra. La idea del gato le parecía cada vez mejor.
—Mira, Estadísticas —la reprendió Liza exaspera¬da—. Ya sé que eres conservadora, pero últimamente parece que estás en formol. Salir con David debe de ha¬ber sido como hacerlo con un bloque de cemento. Y lue¬go está tu apartamento, incluso los muebles se han an¬quilosado.
—Son de mi abuela —replicó Min fríamente.
—Exactamente. Llevas poniendo el culo en ellos desde que naciste. Tienes que cambiar. Y si no lo haces por ti misma, tendré que ayudarte.
—¡No! —exclamó Min, a la que se le había helado la sangre.
—No la amenaces —le pidió Bonnie—. Cambiará, ya crecerá. ¿Verdad, Min?
Min miró de nuevo hacia la tarima y, de repente, acercarse allí le pareció una buena idea. Podría ponerse debajo de la horrible barandilla de hierro forjado y ha¬cer oreja, y si Calvin Morrisey le parecía simpático —¡Ja! ¿Qué posibilidades había?—, podría subir y decirle al¬go agradable a David para que se lo presentara. De esa forma, Liza no iría a su casa con un camión de mudan¬zas para llevarse todos sus muebles mientras estaba trabajando.
—No me obligues a hacerlo —le previno Liza.
Estar enfurruñada en la barra con forma de ruleta no la ayudaba en nada. Y con todo lo que sabía de antemano no parecía que él pudiera hacerle mucho daño. Min sacó pecho e inspiró profundamente. Allá voy, entrenador.
—No digas la palabra porcentaje en lo que queda de noche —le ordenó Liza mientras Min se estiraba la chaqueta gris de cuadros y rogaba por que se le ocurrie-ra una estupenda frase para ligar antes de llegar allí y ha¬cer el ridículo. En cuyo caso le escupiría al canalla, tira¬ría a David por la barandilla y se compraría un gato.
«Al menos, tengo una alternativa», se dijo para sus adentros antes de cruzar el local.
Cal Morrisey estaba pensando seriamente en tirar a David Fisk por la barandilla. «Tendría que haber sido más rápido cuando los he visto venir», pensó. La culpa era de Tony.
—Esa pelirroja tiene unas piernas estupendas —ha¬bía comentado éste—. ¿La ves? Ahí, en la barra, la de morado con cremalleras. ¿Crees que le gustarán los ju-gadores de fútbol americano?
—Hace quince años que no juegas —dijo Cal toman¬do un trago y dejándose llevar hacia un estado de paz provocado por el alcohol que sólo turbaba la persona sin gus-to musical que había puesto Hound Dog. Para él, los dos únicos inconvenientes del bar eran la horrorosa decora¬ción y que Elvis Presley estuviera en la máquina de discos.
—Tienes razón, hace tiempo que no juego, pero ella no lo sabe —Tony miró a la pelirroja—. Te apuesto diez pavos a que se viene conmigo. Utilizaré el rollo de la teoría del caos.
—No voy. Aunque esa historia es tan mala que tie¬nes muy pocas probabilidades —dijo Cal mirando de reojo hacia la barra en forma de ruleta. La pelirroja era despampanante, o sea, del tipo de Tony. Había una rubia bajita también, de las simpáticas, la chica perfecta para su amigo Roger. Detrás de la barra, Shanna se fijó en que estaba mirando en esa dirección y lo saludó con la mano, pero no sonrió, lo que hizo que Cal se preguntara qué estaría pasando mientras hacía una seña con la cabeza.
—Échame una mano, que está acompañada. Tú te llevas a la gordita del traje gris a cuadros y Roger que ataque a la rubia bajita. Te daría a ti a la rubia, pero ya sa-bes lo que le van las enanas.
—¿Qué tipo de rubia? —preguntó Roger tirándole del codo a Cal y mirando hacia el otro extremo el lo¬cal—. ¡Ah!
—¿La del traje? —preguntó Cal volviendo a mirar hacia la barra.
—Sí, gris —le indicó Tony—. Entre la pelirroja y la rubia pequeña. Es difícil de ver porque la pelirroja des¬lumbra. Te apuesto a que...
—¡Ah! —Cal vio a la mujer de mediana estatura que había entre aquellas mujeres. Llevaba un soso y tos¬co traje gris de cuadros. Tenía el entrecejo de su rechon¬cha cara fruncido y pelo castaño retirado hacia atrás, su¬jeto en un nudo en la parte de arriba de la cabeza—. No —dijo antes de tomar un trago.
Tony le dio una palmada en la espalda y consiguió que se atragantara.
—Venga, tienes que vivir un poco. No me digas que todavía suspiras por Cynthie.
—Nunca he suspirado por ella —replicó Cal mi¬rando a su alrededor—. No la pierdas de vista. Se ha puesto esa cosa roja que lleva cuando anda buscando algo.
—Pues yo puedo dárselo —aseguró Tony.
—Estupendo —dijo Cal entusiasmado—. Si te ca¬sas con ella hasta ligaría con la del traje.
—¿Casarme? —preguntó Tony, que casi se atragan¬ta con la bebida.
—Sí, lo está deseando. Me dejó de piedra —recor¬dó un momento a Cynthie, una novia con mucho carác¬ter—. No sé de dónde se sacó la idea de que estábamos muy unidos.
—Ahí está —dijo Roger mirando por encima del hombro de Cal—. Está subiendo las escaleras.
Cal se levantó e intentó pasar al lado de Tony para ir hacia la puerta.
—Aparta.
—No puedes irte, la pelirroja es para mí —replicó Tony sin moverse de la silla.
—Pues ve a buscarla —dijo intentando rodearlo.
—Cynthie está con David —les informó Roger, con tono compasivo.
—¡Cal! —rechinó la voz de David a su espalda—. Eres la persona que estábamos buscando.
Parecía enfadado, pero cuando Cal se dio la vuelta vio que sonreía. «Peligro», pensó al tiempo que esboza¬ba una sonrisa igual de hipócrita.
—¡David, Cynthie! ¡Me alegro de veros!
—Hola, Cal —lo saludó Cynthie con una sonrisa dibujada en su letal cara en forma de corazón—. ¿Qué tal te va?
—Estupendamente, no podría estar mejor. Tú estás fantástica —miró a David y pensó, «Llévatela»—. Eres un hombre afortunado, David.
—¿Yo?
—Por salir con ella —dijo intentando animarlo to¬do cuanto podía.
—Acabamos de encontrarnos —explicó Cynthie cogiendo el brazo de David con cara radiante—. Pero me alegra verlo otra vez —volvió la vista hacia Cal y és¬te sonrió intentando con todas sus fuerzas no demostrar ningún tipo de celos.
David miró su hermoso rostro y parpadeó, y Cal sintió compasión por él. De cerca, Cynthie era encanta¬dora. Y desde lejos. En realidad desde cualquier sitio que se la mirara y por eso había acabado diciéndole que sí to¬do el tiempo. Observó su terso cuerpecito cubierto por un ceñido vestido rojo, dio un paso hacia atrás y apartó la vista acordándose de lo tranquila que era su vida sin ella. Distancia, ésa era la clave. Puede que también una cruz y algo de ajo.
—Por supuesto, a lo mejor podemos ir a cenar lue¬go —dijo David con mirada triunfal.
—Pues por nosotros no os entretengáis —dijo echan¬do otro paso atrás y tropezando con la barandilla.
—Voy a arreglarme un poco antes de ir —dijo Cynthie soltándose del brazo de David, mucho menos resplandeciente. Tony y David observaron cómo se alejaba su perfecto trasero mientras Roger hacía caso omiso y se de¬dicaba a mirar al otro lado del bar, a la duendecilla rubia, y Cal tomaba otro trago y deseaba poder estar en otro sitio. Donde fuera. Por ejemplo, cenando. Puede que parara en Emilio's para comer en la cocina. Allí no había mujeres.
—Esto... David —dijo Tony—. ¿Qué tal ha ido el seminario que dimos?
—Fantástico. Creía que sería imposible enseñarles el nuevo programa a esos imbéciles, pero todo el mundo en la empresa se ha puesto al día. Incluso...
Siguió hablando y Cal asintió pensando que una de las razones por las que no le gustaba David era porque llamaba imbéciles a sus empleados. Aun así, no se retrasaba en los pagos y reconocía los méritos de los demás; tenía clientes mucho peores. Y si se llevaba a Cynthie, estaba dispuesto a mostrarle cierta simpatía.
David acabó lo que estaba contando y miró hacia la escalera.
—Respecto a Cynthie. Creía que tú y ella...
—Me dejó hace un par de meses —le informó Cal meneando la cabeza.
—¿No suele ser al revés? —preguntó arqueando una ceja, con lo que consiguió una expresión ridicula. Aun así, las mujeres seguían saliendo con él. La vida era un misterio, al igual que las mujeres—. ¿No eres el tipo que se supone que nunca fracasa?
—No.
—Está perdiendo facultades. Le he encontrado un ligue fácil y ha dicho que no —comentó Tony.
—¿Cuál? —preguntó David.
—La del traje gris de cuadros que está en la barra —dijo indicando con el vaso. David miró en aquella dirección y después se volvió hacia Cal con toda tran¬quilidad.
—Puede que sí que las estés perdiendo —dijo Da¬vid sonriendo—. No debería resultarte difícil. No es co¬mo Cynthie.
—A ella no la metas —replicó con cautela.
—Después de todo, no se té resiste ninguna, ¿no?
—¿Qué?
—Te apuesto lo que quieras a que no la consigues. Cien pavos a que no te la ligas.
—¿Qué? —repitió.
—Sólo es una apuesta. A vosotros os gusta arries¬garos, os he visto apostar por cualquier cosa. Tampoco es para tanto. Debería subirla a doscientos —dijo David riéndose, aunque su voz dejaba traslucir cierto tonillo.
Cal meditó la posibilidad de provocarlo. Tony le dio la espalda a David, murmuró «Sigúele la corriente» y Cal suspiró. Quizá pudiera pedirle algo a David que consiguiera disuadirlo.
—La pelota de béisbol que tienes en la oficina. La que está en una cajita —le pidió.
—¿Mi pelota de Pete Rose? —preguntó alzando una octava la voz.
—Esa misma, ése es el precio —Cal terminó su whisky y miró a su alrededor en busca de una camarera.
—Ni hablar —contestó David meneando la cabe¬za—. Mi padre atrapó ese batazo alto para mí en el se¬tenta y cinco. Pero me gusta ese estilo tuyo de elevar las apuestas. Te diré una cosa. El último seminario de actua¬lización me costó diez de los grandes. Te apuesto diez mil dólares contra un curso gratis.
—Sólo estaba bromeando — se excusó Cal con son¬risa forzada.
—Pero por diez mil tendrás que llevártela a la ca¬ma. Juego limpio. Te doy un mes para que le quites ese traje gris de cuadros.
—Eso está chupao —dijo Tony.
—Mira, no es el tipo de apuestas que suelo hacer —se excusó lanzándole una mirada feroz a Tony.
—Pues la mía sí —replicó David juntando las cejas. Cal pensó: «No va a ceder y necesitamos seguir traba¬jando con él».
Era evidente que la bebida le había atrofiado el cere¬bro, pero en cuanto le volviera a funcionar, se echaría atrás en lo de los diez mil, aquello era una locura y David nunca hacía locuras con el dinero. Lo único que tenía que hacer era esperar a que volviera a estar sobrio y fin¬gir que no había pasado nada de todo aquello. Miró hacia la barra y se alegró de que la mujer del traje gris hubiera desaparecido durante la conversación.
—Bueno, lo haría, pero ya no la veo —dijo volvién¬dose hacia David. «Dios te bendiga por haberte ido», pensó levantando el vaso.
Al final las cosas le estaban saliendo bien.



Min había cruzado el local diciéndose que no sabía qué era peor, si hablar con ese tipo o ir a la boda de Di sin acompañante. Cuando llegó cerca de la tarima, se abrió paso hasta llegar bajo la barandilla y de camino oyó algún retazo de conversación, aunque no se detuvo hasta que David dijo: «Pero por diez mil tienes que lle¬vártela a la cama».
«¿Qué?», pensó. Cerca de la puerta había mucho ruido, a lo mejor no había oído bien.
«Juego limpio —continuó David—. Te doy un mes pura que le quites ese traje gris de cuadros.»
Min miró su traje.
«Eso está chupao», dijo alguien. Min pensó «Hijo de puta, el mundo está lleno de cabrones obsesionados con el sexo» y se obligó a seguir adelante en vez de subir y matarlos a los dos.
Volvió donde estaban Liza y Bonnie hecha una fu¬ria. Sabía perfectamente lo que estaba tramando David. Creía que como no se había acostado con él, no lo haría con nadie. Ya le había avisado sobre las precipitadas suposiciones que hacía y en vez de seguir su consejo había continuado pidiéndole que saliera con él.
«Porque pensó que era una presa fácil —cayó en la cuenta—. Porque la había visto y había pensado que era una mujer inteligente y gordita que nunca le engañaría y que estaría agradecida de que se acostara con ella». «Hijo de puta», dijo en voz alta. Se acostaría con Calvin Morrisey sólo por devolvérsela. Pero entonces no po¬dría ajustarle las cuentas a éste. Qué tonta era. Gorda y tonta, menuda combinación.
—¿Qué pasa? ¿Has hablado con él? —preguntó Li¬za cuando llegó a la barra.
—No. En cuanto acabéis las copas nos vamos —di¬jo volviéndose hacia la tarima para mirarlos, igual que ellos la miraban a ella.
David la observaba con arrogancia, pero Calvin Morrisey apretó su vaso como si hubiera visto a la muerte.
—Ahí está. Te dije que volvería. Ve a por ella, cam¬peón —le animó David.
—Esto... —empezó a decir enviando mentalmente a la mujer del traje gris de cuadros al último círculo del infierno.
—Una apuesta es una apuesta.
Cal dejó el vaso vacío en la barandilla y pensó con rapidez. La chica no parecía estar muy a gusto, así que no era descabellado pensar que aceptaría su propuesta de ir a cenar, para poder salir de allí.
—Mira, David, el sexo no entra en el juego. Soy fá¬cil, pero no un baboso. Si quieres apostar diez dólares en un ligue, bien, pero eso es todo. Nada con perspecti-vas de futuro.
—No, apostaré por el ligue también. Diez dólares si sales de aquí con ella. Pero los diez mil siguen en pie. Si pierdes... —empezó a decir sonriendo y alargando el «pierdes»—. Darás un seminario gratis.
—No puedo aceptar esa apuesta —rechazó inten¬tando utilizar otra táctica—. Tengo dos socios que...
—Por mí no hay problema. Cal no pierde nunca —intervino Tony.
—Bueno, pero para Roger sí lo hay —replicó Cal fulminándolo con la mirada.
—Eh, Roger, ¿entras?
—Sí, claro —contestó éste sin quitar la vista de la rubia de la barra.
—¡Roger! —exclamó Cal.
—Es la cosa más bonita que he visto en mi vida —aseguró.
—Acabas de apostar que puedo llevarme a la cama a una mujer —le explicó con paciencia—. Dile a David que no quieres apostar un seminario sobre actualización de los conocimientos sobre sexo de diez mil dólares.
—¿Qué? —preguntó apartando la vista de la rubia.
—He dicho que... —empezó a decir Cal.
—¿Por qué ibas a apostar por algo así?
—Ésa no es la cuestión. La cuestión es si puede ha¬cerlo o no —razonó Tony.
—Pues claro, pero...—dijo Roger.
—Entonces hay apuesta —sentenció David.
—No —replicó Cal.
—No te crees capaz de hacerlo. Estás perdiendo facultades —aseguró David.
—No se trata de mí —dijo en el momento en el que Cynthie volvió a incorporarse al grupo y le puso la mano en el brazo. Se inclinó hacia él y Cal sintió que se le aceleraba el pulso.
—Está esperándote —dijo David con retintín.
—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó Cynthie, cuyo brillo había desaparecido.
«¡Vaya!», pensó Cal.
—¿Cal? —dijo David.
—¿Cal?—repitió Cynthie.
—Me encanta—aseguró Tony.
—¿Qué? —preguntó Roger.
Cal suspiró. Era la del traje o Cynthie, estaba entre la espada y la morena que quería casarse con él.
—Sí, estoy saliendo con alguien —le informó apar¬tando el brazo.
Se abrió camino entre ella y David y fue hacia la ba¬rra deseándoles lo peor que se le ocurrió, que se liaran.



Min vio que se dirigía hacia las escaleras. ¡Canalla! Pensaba que podía conseguirla en un mes? que era tan digna de lástima que...
Cuando su cerebro consiguió seguir su línea de pensamientos, se enderezó.
—¿Nos vas a decir qué pasa? —preguntó Liza.
—Un mes —contestó Min.
Cal subió los escalones y se abrió paso entre la gen¬te sin hacer caso a las insinuantes miradas de las mujeres que iba dejando atrás.
Iba a ligar con ella.
Suponiendo que le dejara.
Suponiendo que durante las siguientes tres sema¬nas ella le hiciera pagar dándole falsas esperanzas y des¬pués lo llevara a la boda de Di. No la abandonaría, tenía que aguantar un mes para ganar la maldita apuesta. Lo único que tenía que hacer era no acostarse con él en tres semanas, llevarlo a la boda de su hermana y después dejarlo tirado.
Min se acomodó en la barra y estudió la idea desde todos los ángulos. Cal se merecía que lo torturaran durante tres semanas. Y en ese tiempo encontraría la forma de que David también sufriera. El día de la boda, su madre podría presentar a su guapo acompañante a la gente. Era un plan y, en su opinión, perfecto.
—Un ron con Coca—cola light, por favor. Que sea doble —pidió a la camarera cuando ésta se acercó.
—Es el tercero y el cuarto —la reprendió Liza—. El ácido aspártico te va a volver loca. ¿De qué vas?
—¿Se ha portado mal contigo? ¿Qué ha pasado? —preguntó Bonnie.
—No he hablado con él —dijo apartándolas con la mano—. Echaros hacia un lado. Estoy a punto de ligar y estáis interfiriendo en mi plan.
—¿Nos hemos perdido algo? —le preguntó Liza a Bonnie.
—Apártate —le pidió ésta empujándola.
Min se dio la vuelta para coger la copa que le había traído la camarera, así que cuando El canalla habló a su espalda, levantó la cabeza rápidamente y el impacto la pilló desprevenida: cálidos ojos oscuros, pómulos perfectos y una boca por la que una mujer traicionaría su moral por morderla. El corazón se le subió a la gargan¬ta y tragó con fuerza para obligarlo a volver a su sitio.
—Tengo un problema —dijo con voz baja y suave, lo suficientemente cálida como para ser encantadora y lo bastante intensa como para atascar una arteria.
«Está como un queso», pensó y lo miró desconcer¬tada, respirando lentamente.
—¿Un problema?
—Bueno, normalmente pregunto: ¿Te apetece una copa?, pero ya tienes una —dijo sonriendo y emanando testosterona a través de su traje caro.
—Pues sí, es un problema —contestó dándose la vuelta.
—Así que he pensado que podríamos irnos a otro sitio e invitarte a cenar —dijo bajando aún más la voz mientras se acercaba a ella, lo que hizo que su corazón palpitara con fuerza.
Cuanto más cerca estaba, más guapo le parecía. Era el vendedor de coches usados de los seductores, pensó intentando recuperar la distancia. Jamás se consi-gue un buen trato; ellos los venden a todas horas y tú sólo compras un par en toda tu vida, así que siempre sa¬len ganando. En términos estadísticos, en cuanto entras en su terreno estás a su merced. Se preguntó cuántas mujeres habría destrozado en toda su vida y alucinó.
Mientras esperaba una respuesta, la sonrisa desapareció de su rostro y le pareció vulnerable, como si co¬rriera un riesgo al pedirle que saliera con él. Fingía muy bien. «Acuérdate —se dijo—, que este hijo de puta lo es¬tá haciendo por diez pavos». De hecho, estaba intentan¬do hacérsela por diez dólares. Tacaño. De repente, no le costó ningún esfuerzo respirar con normalidad.
—¿A cenar?
—Sí —dijo acercándose más—. En algún sitio en el que podamos hablar. Pareces alguien que tiene cosas interesantes que contar. Y a mí me encanta escuchar.
—Es un cliché malísimo. ¿Funciona alguna vez? —preguntó sonriendo.
Cal se quedó cortado un momento y después pasó de la sinceridad a adoptar una actitud de crío otra vez.
—Bueno, hasta ahora sí.
—Será por la voz. Lo dices muy bien.
—Gracias. Vamos a empezar otra vez —propuso ofreciéndole la mano—. Me llamo Calvin Morrisey, pe¬ro mis amigos me llaman Cal.
—Min Dobbs —se presentó estrechándosela y soltándola antes de poder sentir su calidez—. Y mis amigas me llamarían imprudente si me fuera de este sitio con al-guien que no conozco.
—Espera —dijo buscando su cartera y sacando un billete de veinte—. Esto es lo que cuesta un taxi. Si me propaso, llamas a uno.
Liza cogería el billete y le daría calabazas. Era una idea, pero ella no necesitaba a nadie que la acompañara a una boda. ¿Qué más haría ella? Le quitó el billete de los dedos.
—Si te pasas, te romperé la nariz —dobló el bille¬te, desabrochó los dos botones de arriba de la blusa y metió el dinero en la uve que formaba su cómodo y prác¬tico sujetador de algodón, de forma que sólo se viera un trocito de verde. Era una de las cosas buenas de tener unos kilos de más, se tiene escote del que sacar partido.
Min levantó la vista, vio que estaba mirando hacia abajo y esperó a que hiciera algún comentario, pero él simplemente volvió a sonreír.
—Me parece justo. Vamos a comer algo —sugirió, y Min se propuso no hacer caso a su hermosa boca, ya que tenía una lengua bífida.
—Antes prométeme que no habrá más frases bara¬tas —le pidió, y vio cómo apretaba los dientes.
—Como quieras.
—Eso es otra frase hecha. Supongo que no puedes remediarlo. En fin, la comida gratis siempre sabe bien. Vamos —dijo cogiendo el bolso de la barra.
Echó a andar antes de que él pudiera decir nada más. La siguió y pasaron por delante de una confundida Liza y una encantada Bonnie para cruzar el local y subir a la tarima. Lo último que vio fue la indignada cara de David.
La noche se estaba poniendo mucho mejor de lo que había previsto.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:10 pm

Capítulo 2


Liza miró furiosa hacia la puerta. Aquello no le gus¬taba. Que Calvin Morrisey volviera a entrar para hablar con David no mejoró la situación.
—¿Crees que ha sido por el alcohol? —preguntó Bonnie.
—No sé lo que ha sido, pero no me gusta nada. ¿Por qué la ha escogido a ella?
—No es tu estilo estar celosa —contestó Bonnie frunciendo el entrecejo.
—No lo estoy —dijo Liza poniendo la misma cara que ella—. Piénsalo un momento. Min no se ha insinua¬do de ninguna forma y él no ha hablado con ella, con lo que no podía saber lo maja que es. Además va vestida co¬mo una monja con máster en administración de empresas. Y sin embargo va y cruza todo el bar para ligar con ella.
—No me parece tan raro —dijo Bonnie.
—...después de haber hablado con David —acabó de decir Liza haciendo un gesto con la cabeza hacia donde éste, con la cara roja, se acercaba a la morena.
—¡Oh, no! —exclamó Bonnie al caer en la cuenta.
—Sólo podemos hacer una cosa —aseguró Liza sa¬cando pecho—. Averiguar qué pretende Calvin El canalla.
—¿Cómo?
—Estaba con esos dos tipos. ¿Cuál quieres, el alto y rubio con cara de tonto o el pelao? —preguntó indican¬do hacia la tarima.
Bonnie miró hacia allí y suspiró.
—El rubio, parece inofensivo. El otro es del tipo pulpo y esta noche no estoy para esas historias.
—Pues yo sí —dijo Liza dejando el vaso en la barra. El pelao la estaba mirando—. La última vez que vi unas cejas tan bajas fue en las diapositivas de la clase de An-tropología —le mantuvo la mirada cinco segundos y se volvió hacia su amiga—. Dos minutos.
—Hay mucha gente. Dale tres —dijo Bonnie.



David vio cómo Cal le abría la puerta a Min y sintió celos. No es que quisiera pegar a Cal, siempre deseaba hacerlo. Aquel tipo no perdía la compostura, nunca ha¬cía un mal negocio, jamás perdía una apuesta y nunca intentaba ligarse a una mujer y fallaba. «Ya te lo advirtió el terapeuta», se recordó a sí mismo, pero no era solamente que necesitara ser el primero en todo. En esa oca¬sión sus celos tenían un doble motivo.
Cal se había llevado a Min, que era buen material como esposa, excepto por esa tozudez que él habría do¬blegado, y finalmente habría vuelto con él. Pero en ese momento...
Cuando Cal volvió a entrar y le hizo un gesto, se puso tenso.
—Nos vamos a cenar —dijo poniendo la mano—. Diez pavos.
Parecía furioso, lo que hizo que David se sintiera mejor al sacar la cartera y darle el billete.
—Muy inteligente lo de no decirme que odia a los hombres —dijo antes de desaparecer. David volvió a la barandilla.
—Creo que he cometido un error.
—¿Tú también? —preguntó Cynthie con voz triste detrás de su copa de Martini.
—Así que no fue idea tuya lo de dejar a Cal —co¬mentó mirando hacia la puerta.
—No —contestó mirando en la misma dirección—. Creí que había llegado el momento de casarnos y me di¬je «Ahora o nunca» —explicó con sonrisa tensa—. Y él contestó «Lo siento» —exhaló con fuerza y David in¬tentó no distraerse con el hecho de que no llevara sujeta¬dor debajo del vestido rojo de punto.
—Eso es asqueroso. Debe de ser idiota —dijo apoyándose en la barandilla para no demostrar mala educa¬ción y mirarle el escote, algo que Cal Morrisey habría hecho.
—Gracias —dijo dándose la vuelta para mirar hacia la barra en el momento en el que Tony se levantaba de la mesa de al lado y bajaba las escaleras con Roger detrás—. Me gustaría saber cómo ha conocido a esa mujer. Juraría que no estaba saliendo con nadie.
David pensó en confesarle que Cal había ligado con ella por una apuesta, pero después decidió no ha¬cerlo. No había apostado en su mejor momento. De he¬cho, por mucho que intentara, no entendía por qué lo había hecho, era como si una fuerza maligna le hubiera susurrado en el oído. No, era culpa de Cal, eso era, un desastre, porque si Min se enteraba de que había hecho la apuesta...
—¿La conoces?—preguntó Cynthie.
—Es mi ex—novia.
—¡Ah! —exclamó dejando la copa—. Bueno, es¬pero que se arrepienta de haber ligado con ella. Ojalá se dé cuenta de lo que ha perdido cuando la lleve a su casa.
—No van a ir. Ella no irá —como Cynthie espera¬ba algo más, añadió—: No le gusta el sexo —Cynthie sonrió—. Al menos no intentó nada en los dos meses que estuvimos juntos, así que la dejé.
—No das suficiente tiempo a las relaciones —ase¬guró meneando la cabeza sin dejar de sonreír—. ¿A qué se dedica?
—Es actuaría de seguros —contestó poniéndose tenso por la crítica—. Y me parece que dos meses...
—David, si querías follar al cabo de cinco minutos, deberías haber salido con una stripper. Si tiene esa profesión es porque es una persona prudente, se pasa el día averiguando cómo minimizar riesgos, y en tu caso, acertó.
—¿En qué? —preguntó. Cynthie empezaba a caer¬le mal.
—La dejaste por el sexo —le explicó inclinándose hacia él y David fingió que no le miraba las tetas—. Ésa es mi especialidad. Si la hubieses amado no le habrías da¬do el ultimátum por esa razón.
—¿En qué trabajas? —preguntó David fríamente.
—Soy psicóloga —contestó cogiendo su vaso y Da¬vid se acordó de un cotilleo que había oído.
—Eres la gurú de los contactos. Sales en televisión —dijo volviendo a sentir simpatía por ella, era práctica¬mente una famosa.
—Voy como invitada. Mi investigación sobre las relaciones ha tenido mucho éxito. Y, gracias a eso, sé que no se da un ultimátum por sexo.
—Tú se lo diste a Cal.
—No fue por sexo, nunca se lo negué. Y no fue un ultimátum, fue una estrategia. Llevábamos juntos nueve meses, habíamos pasado de la fase de encaprichamiento y a la de cariño, y sabía que lo único que necesitaba era una indicación fisiológica que le hiciera ser consciente de sus verdaderos sentimientos.
—Eso no tiene sentido.
—Mis estudios demuestran que el proceso del enamoramiento adulto sigue cuatro fases —dijo levantando un dedo y sonriéndole nada cordialmente—. Cuando conoces a una mujer, subconscientemente buscas las cla¬ves que indiquen que es el tipo de persona con la que de¬bes estar. Eso se llama asunción —Cynthie levantó un segundo dedo—. Si pasa esa fase, empiezas a conocerla mejor para saber si te conviene. Si es así, te sientes atraí¬do —pasó al tercer dedo—. Si mientras la estás cono¬ciendo, tu atracción se ve reforzada por alegría o dolor o ambas cosas, caes en el encaprichamiento y... —sacó el cuarto dedo—. Si consigues crear una conexión y esta¬blecer un compromiso el uno con el otro, entras en el amor adulto e incondicional.
—Eso suena un poco clínico —dijo David fingien¬do estar interesado. Después de todo, era casi una fa¬mosa.
—Lo que no quiere decir que esté equivocado. Por ejemplo, la asunción. Tu subconsciente estudia a una mujer y elige lo que se ajusta a lo que piensas sobre el tipo de mujer por la que te sientes atraído.
—Me gusta pensar que no soy estrecho de miras.
—Por eso me sorprende que Cal haya ligado con Min —dijo Cynthie tomando un trago—. Una de sus asunciones es que su mujer ha de ser guapa.
—Siempre he pensado que era un superficial —co¬mentó y para sus adentros se dijo: «Está con ella por una apuesta el muy cabrón».
—No lo es en absoluto —lo contradijo—. Y puesto que han pasado la fase de la asunción, ahora estarán mi¬diendo subconscientemente su atracción. Por ejemplo, si al salir han empezado a caminar a la par, eso podría ser una indicación psicológica de que son compatibles. ¡Có¬mo me gustaría verlos mientras cenan!
—¿Para ver qué? ¿Cómo comen en armonía? —pre¬guntó David cogiendo de nuevo su copa.
—No, para ver si se imitan, como cruzar las piernas de la misma forma. Si ella acepta que le roce. Si intercambian miradas copulatorias... —David casi se atraganta con la bebida—. Es una mirada que se mantiene varios segundos. Es una indicación sexual evidente. To¬das las especies lo hacen —David asintió y se recordó no mirar fijamente nunca más—. Si su conversación ad¬quiere un ritmo en el que no hay largos silencios, les re¬sultará muy atrayente. Si establecen una relación en la que utilizan motes...
—Min los odia —le indicó acordándose de un de¬sastroso incidente en el que dijo «cielito».
—Si tienen los mismos gustos en música o en cine. Si comparten secretos o bromas entre ellos. Si dan valor a las mismas cosas. ¿Es autónoma?
—No, trabaja para Alliance Insurance. Su padre es el vicepresidente.
—¡Estupendo! —exclamó Cynthie esbozando una gran sonrisa en su hermoso rostro—. A Cal le encanta apostar, así que le gusta la gente que corre riesgos. Por eso no quiso entrar en el negocio de su padre y montó su propia empresa. Una persona que ha salido adelante gra¬cias a su familia no le va a impresionar. Pensará que no tiene ningún mérito.
—¡Fantástico! —exclamó David y pensó: «cabrón superficial».
—Incluso su actitud puede marcar la diferencia —aseguró Cynthie asintiendo con la cabeza—. Una persona que te gusta y a la que le gusta estar contigo resulta atractiva —Cynthie dio la impresión de angustiarse un momento—. Y, por supuesto, tu Min estará encantada de estar con él.
—No, no lo está —la contradijo David más alivia¬do—.En este momento está mosqueada con todos los hombres porque he cortado con ella. Además tiene una lengua muy afilada.
La cara de Cynthie se iluminó.
—Así pues, Cal asociará su mal genio con el análisis que ha hecho sobre ella de que es una persona muy conservadora. Esto suena bien. ¿Le dejará pagar a él la cena?
—Siempre insistía en pagar por separado. Es una mujer muy ecuánime —aseguró David meneando la ca¬beza.
—Todas las especies mantienen una cita para cenar como parte del ritual del cortejo. Una mujer que no de¬ja pagar la cena está rechazando tu seducción. Puede que ella piense que está siendo justa o feminista, pero en un nivel profundo, sabe que te está tachando de su lista de posibilidades.
—No le dejará pagar —repitió David replanteán¬dose su postura en esa cuestión. Cuando Min volviera, pagaría él las cenas.
—Así que discutirán por la cuenta. ¡Estupendo! —exclamó echándose hacia atrás con la cara relajada por primera vez en la noche—. Por lo que me has con¬tado de ella, Cal ya se habrá arrepentido de haberle pedido que se fuera con él.
—Perfecto —dijo David alegrándose con la idea.
—Así pues, ¿querías ir a cenar o dijiste lo de irnos juntos para mosquear a Cal? —preguntó Cynthie, cuya sonrisa se había desvanecido.
Cenar. Si se iba con ella, Tony y Roger le dirían a Cal que había ligado con ella. Así aprendería. Podría sa¬lir del local con la morena que había plantado al legen¬dario Calvin Morrisey. Había ganado.
—Te lo dije porque quería cenar contigo.
La sonrisa de Cynthie deslumbró a David. Cal esta¬ba loco por haber dejado a una mujer como aquella.
—Así podrás contarme más cosas de Min.
—Por supuesto.
Le contaría todo lo que quisiera, excepto lo de la apuesta.



Min había esperado fuera mientras El canalla volvía a entrar para buscar algo que había olvidado —posible¬mente su moralidad— y el fresco aire de aquella noche de junio la despejó y disipó ligeramente su enfado. Aquel bar estaba en una de sus calles preferidas, llena de tiendecitas enrolladas, restaurantes y un estupendo cine de reestreno. Una suave brisa soplaba entre los desnudos árboles que luchaban por crecer dentro de unos armazones de hierro a ambos lados de la calle. Durante un momento, Min los miró y pensó: «Sé có¬mo os sentís». Bueno, por ser delgados, no, pero por estar atrapados, sí.
Porque ella estaba atrapada, no le cabía duda. Atra¬pada sin pareja en un estúpido traje de dama de honor para la boda de su hermana con un memo y su madre suspirando por ella. Porque la verdad era que no iba a ser capaz de fingir con alguien como Calvin Morrisey durante tres semanas. Había tenido una idea estúpida, espoleada por el ron y la cólera. Durante un instante deseó estar en su ático, acurrucada en el viejo sofá color calabaza de su abuela oyendo el disco Moody Blue de Elvis. Puede que ella no fuera de las que tienen citas, quizá debería rendirse a sus rellenitos genes y convertirse en una tía soltera para los inevitables retoños de Diana. Tampoco es que quisiese tener hijos. ¿Para qué otra cosa servían los hombres? Bueno, para el sexo, pero sólo había que ver cómo se portaban en ese sentido. La verdad...
A su espalda sonó un móvil y dio un respingo. Cuando se dio la vuelta, era Calvin Morrisey, que había vuelto. Este metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un aparato de los que tienen más parafernalia de la que necesita un ser humano. Aquello confirmó su de¬cisión. No iba a pasar tres semanas con un yuppie desal¬mado sólo para ir acompañada a la boda de Diana. Paga¬ría su parte de la cena y le diría adiós para siempre; ése era su plan.
Cruzó los brazos y esperó a que la impresionara con una llamada de negocios, pero colgó el teléfono.
—¿Y si era importante? —preguntó arqueando las cejas.
—La única persona con la que quiero hablar está aquí —dijo con sonrisa GQ.
—¡Por Dios! ¿Por qué no apagas eso también?
—¿Perdona? —preguntó mientras se le desvanecía la sonrisa.
—Las continuas frases hechas. Voy a cenar contigo, relájate —le pidió echando a andar.
—Yo estoy relajado siempre. ¿Dónde vamos? —preguntó poniéndose a su lado de una sola zancada.
Min se detuvo y él la adelantó un paso antes de parar.
—A ese nuevo restaurante del que habla todo el mundo. A Serafino's. Un amigo con el que solía salir me ha dicho que el cocinero pretende decir algo con su cocina —pensó en David y miró a Cal, tal para cual—. Me imagino que encaja en tu estilo. ¿Habías pensado en otro sitio?
—Sí —dijo poniéndole un dedo en la espalda y dán¬dole un suave empujoncito para que se diera la vuelta. Min se zafó de él mientras giraba—. A mi restaurante se va por ahí. Jamás vayas a un sitio en el que el cocinero intenta hablar con la comida. A menos que quieras...
—No —dijo Min empezando a avanzar otra vez—. Me apetece comprobar tu gusto en restaurantes. Me imagino que será como el que tienes en móviles, muy a la moda.
—Me gustan los artilugios —dijo volviendo a po¬nerse a su paso—. No creo que sea una demostración de mi verdadero yo.
—Siempre he querido hacer un estudio sobre la re¬lación entre los móviles y la personalidad —mintió mientras pasaban por delante del Gryphon Theater—. Con todos esos modernos estilos de fantasía y fundas di¬ferentes, y todavía hay gente que se niega a llevarlos. Uno pensaría que...
—El tuyo es negro. Muy práctico. Cuidado con el cristal —la previno cogiéndola del brazo y tirando de ella para esquivar una botella rota, pero Min se desvió por su lado y se alejó de él.
Cal se paró y le miró a los pies, seguramente fin¬giendo preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó Min.
—Bonitos zapatos —dijo, y Min miró sus sandalias de plástico translúcido, atadas con lazos negros de tela.
—Gracias —dijo, sorprendida de que se hubiera fi¬jado.
—De nada —contestó. Metió las manos en los bolsillos y empezó a andar otra vez, alargando el paso.
—Te equivocas —dijo Min dando un paso más lar¬go para alcanzarle—. Mi móvil no es negro. Es verde y tiene unas grandes margaritas blancas.
—No es verdad —Cal iba delante de ella sin siquiera molestarse en ir a su ritmo y Min tuvo que acelerar para alcanzarlo—. Es negro o plateado con funciones básicas, lo que es una pena porque nunca se sabe cuándo te vas a quedar atascado en algún sitio y necesitar un buen juego de póquer.
Cuando lo miró, estaba tan guapo que se paró para que tuviera que perder el ritmo. La clave estaba en desconcertarlo, no en mirarlo boquiabierta, sobre todo porque tenía razón en cuanto a su móvil negro.
—Perdona —dijo tensando la voz y cruzándose de brazos—. Sé perfectamente cómo es mi teléfono, y tie¬ne margaritas. Y ya sé que llevo un traje, pero eso no quiere decir que sea aburrida. Llevo ropa interior de co¬lor escarlata.
—No —seguía con las manos en los bolsillos y da¬ba la impresión de ser grande, ancho y tremendamente creído.
—Bueno, si muestras esa actitud nunca lo descubri¬rás —lo desafió y siguió caminando hasta que se dio cuenta de que no la seguía. Se volvió y vio que la estaba mirando—. ¿Cenamos?
Cal se acercó despacio y cuando volvió a estar a su lado, se acercó a ella y dijo:
—Te apuesto diez dólares a que tu móvil no tiene margaritas.
—No hago apuestas —replicó intentando no echar¬se atrás.
—Doble o nada a que llevas un sujetador blanco.
—Si crees que soy tan aburrida, ¿qué estás haciendo conmigo?
—Te lo he visto cuando te metías los veinte dólares y tienes un gusto muy conservador. Así que no creo que tengas un teléfono con margaritas. Lo más atrevido que llevas son los zapatos.
—¡Eh! —protestó Min frunciendo el entrecejo.
—Y lo que estoy haciendo contigo es intentar lle¬varte a un buen restaurante que queda un poco más adelante, así que si declaramos una tregua hasta que lle¬guemos allí... —propuso dando claras muestras de es¬tar al borde de su paciencia. Min echó a andar de nuevo— ¿Aceptas la apuesta? —preguntó Cal a su es¬palda.
—No —Min aceleró el paso, pero Cal se puso a su altura sin ningún esfuerzo. «Tiene las piernas lar¬gas», pensó y después se enfadó con ella misma por pensar en una parte de su cuerpo. O en que se hubiera fijado en lo estupendos que eran sus zapatos. Algo que le pegaba mucho a ese tipo de hombres. «Acuérdate de la apuesta —se ordenó—. Es un canalla y un ju¬gador».
El canalla y jugador se detuvo delante de un esca¬parate pobremente iluminado y tapado por unas corti¬nas de terciopelo rojo. Encima de ellas había escrito «EMILIO'S» en letras doradas.
—¿Este es el restaurante? —preguntó sorprendi¬da por que no hubiera elegido algo más ostentoso.
—Sí —dijo abriendo la puerta.
—Espera —le pidió leyendo el cartel que había i:n el cristal—. Aquí dice que entre semana cierra a las diez y ya debe de ser casi esa hora. Quizá debe¬ríamos...
—Soy su cliente favorito —dijo manteniendo la puerta abierta—. Al menos, hasta que te conozca a ti.
—¿Ya empezamos otra vez? —replicó exasperada.
—No —contestó con mucha paciencia—. Si sigues metiéndote toda la cena conmigo, Emilio te dará un postre gratis.
—Creía que eras su cliente favorito.
—Y lo soy. Eso no quita para que disfrute con el espectáculo. ¿Entras o no?
—Sí.



En el reloj de Liza había pasado un minuto y medio cuando el pelao le tocó en el hombro.
—Perdona, me ha dado la impresión de que me es¬tabas mirando.
—Lo hacía por incredulidad. No podía creerme que fueras tan lento —contestó parpadeando.
—¿Lento? —preguntó con cara de estar enfada¬do—. No creo que nadie pudiera atravesar toda esa gente más rápido que yo. Ni siquiera tenía tacos de sa¬lida.
—Hace una hora que me has visto. ¿Qué has estado haciendo? ¿Estar sentado y pensar en ello? —preguntó meneando la cabeza.
—Había oído decir que las pelirrojas son difíciles de tratar —comentó poniendo cara de circunstancias y apoyándose en la barra—. Me llamo Tony y estás en deuda conmigo.
«Ya estamos», pensó Liza apoyándose también en la barra para ponerse frente a él.
—¿Estoy en deuda contigo?
—Sí, según la teoría del caos.
—La teoría del qaos —repitió meneando la cabeza.
—Una teoría que dice que los sistemas dinámicos complejos se vuelven inestables debido a las perturbaciones en su entorno, tras lo cual un extraño atractor capta la trayectoria de la carga.
—¿Eso es lo que utilizas para ligar? —preguntó incrédula.
—Soy un sistema dinámico complejo —aseguró Tony.
—No tan complejo.
—Y estaba estable hasta que causaste una perturba¬ción en mi entorno.
—Tampoco estabas tan estable.
—Y como eres la atracción más extraña del local he seguido la trayectoria de mi carga hasta aquí.
—No es eso lo que has seguido —aseguró Liza dándose media vuelta para apoyar la espalda en la ba¬rra—. Cambia el rollo o me buscaré a otro con el que divertirme.
Con el rabillo del ojo se dio cuenta de que su amigo, el rubio con cara de alelado, se acercaba a Bonnie.
—¿Tu amiga es siempre así? —le preguntó y Liza se volvió para examinarlo: grande, fuerte y aburrido.
—Bueno, tu amigo no es un dechado de simpatía precisamente —contestó Bonnie ofreciéndole una sonri¬sa con pestañeo incluido.
—Tampoco yo lo soy. ¿Algún problema? —dijo sonriéndole también.
«¡Por favor!», pensó mirando a los ojos de Tony El pelao.
—Lo dice en serio —le aseguró—. Roger no sabe clichés.
—Pues al lado de la teoría del caos, es toda una ventaja.
—Pobre chico —se compadeció Bonnie poniéndo¬le la mano en la solapa—. Por supuesto que no pasa na¬da. Me llamo Bonnie.
—Yo me llamo Roger y eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —aseguró Roger mirándola con absoluta adoración.
La sonrisa de Bonnie se hizo más grande y se acer¬có más a él.
—Lo que no quiere decir que sea malo en cuestión de mujeres —dijo Tony, que parecía confundido.
—Ya empiezo a verle el atractivo. ¿Cuál es el tuyo?
—Soy muy bueno en la cama.
—Estupendo. Eres un inútil, pero puedes pagarme una copa y hablarme de ti, y de tus amigos.
—Lo que quieras —aseguró haciéndole una seña a la camarera de pelo rizado.
—Shanna, ¿sigues jugando en la acera de enfrente?
—Sí, y si algún día cambio serás el último en ente¬rarte —contestó meneando la cabeza.
—Bueno, al menos estoy en la lista. Esta es Liza. Necesitamos que nos llenes las copas.
—¿Lo conoces? —le preguntó Liza a Shanna.
—Se junta con mi vecino. Viene por defecto con Cal.
—¿Cal? —repitió Liza y pensó: «Mierda, podía ha¬berle preguntado a ella en vez de tener que ligar con es¬te patán. Bueno, lo haré más tarde».
—Mejor que no sepas nada de él. Es muy malo. Las mujeres deberían apartarse de él —le aconsejó Tony
Shanna puso cara de circunstancias y se alejó.
—Eso parece interesante. Hablame de ese Cal y de por qué es malo —le pidió Liza sonriendo.
—Te he mentido. Es genial. Nos conocimos en una escuela de verano.
—¿Fuisteis juntos al instituto? —preguntó Liza desconcertada.
—Hicimos tercero de primaria juntos. ¿Por qué te parece interesante?
—Porque quiero saberlo todo de ti, cielito. Me pa¬reces fascinante.
Tony asintió aceptando aquello como un hecho.
—Nací en...
—Tú y tus amigos. O sea, tú, Roger y Cal.
Tony empezó a hablar y a su espalda oyó que Bonnie decía:
—A mi madre le gustarías mucho.
—Me encantaría conocerla —contestó Roger.
—¿Le dice lo mismo a todas las mujeres? —pre¬guntó Liza haciendo un gesto con la cabeza en direc¬ción a Roger.
—¿Qué? —preguntó Tony, al que había interrumpi¬do en su relato de cuando era una estrella del equipo en tercero.
—No importa. Vamos a pasar a la pubertad. Tú, Roger y Cal...



Cal observó la cara de sorpresa de Min cuando descubrió cómo era Emilio's, con sus arañas de hierro forja¬do con bombillas de luz ámbar, las antiguas fotografías en blanco y negro de las paredes, los manteles de cua¬dros rojos y blancos, las velas en viejas botellas de Chianti, los menús escritos a mano y los cubiertos desparejados. Esperaba que torciera el gesto, pero se dio cuenta de que no podía hacerlo porque se había quedado con la boca abierta. Se lo merecía, por pelma.
—¡Es fantástico! —exclamó echándose a reír—. ¡Cie¬lo santo! ¿Cómo es posible que alguien como tú conozca un sitio así?
—¿A qué te refieres con alguien como yo?
Min se acercó para ver las fotos de los últimos ochenta años de la familia de Emilio.
—¿De dónde ha sacado todo esto? —preguntó sonriendo con sus suaves labios separados y los ojos resplandecientes. En ese momento apareció Emilio detrás de ella.
—¡Señor Morrisey! ¡Me alegro de volver a verle! —exclamó. Cal se volvió para saludar y vio la furiosa mi¬rada que le echaba su antiguo compañero de piso.
—Emilio, ésta es Min Dobbs —dijo antes de volver¬se hacia Min—. Emilio hace el mejor pan de la ciudad.
—Estoy segura de que todo lo hace bien —dijo Min ofreciéndole la mano. Lo miró y su sonrisa se curvó maliciosamente. La cara de Emilio se iluminó y Cal pensó: «¿Por qué no me trata a mí así».
—Para usted, mi pan es poesía. Se lo traeré como regalo por su belleza, un poema por su encantadora sonrisa —dijo cogiéndole la mano para besársela. Min sonrió y no la retiró.
—Emilio, Min es mi acompañante, ya vale de darle besos —intervino Cal.
Min meneó la cabeza sin sonreír.
—No soy la acompañante de nadie, ni siquiera nos caemos bien —aclaró antes de volverse hacia Emilio—. Cuentas separadas, por favor.
—Nada de eso, pero una mesa nos vendría bien —pi¬dió Cal exasperado.
—Para usted lo que quiera —aseguró Emilio vol¬viendo a besarle la mano.
«Esto es increíble», pensó Cal y le dio una patada en el tobillo cuando Min se dio la vuelta para volver a mirar el restaurante. ¡Su amigo estaba casado!
—Por aquí —les indicó Emilio. Los acompañó a la mejor mesa que tenía cerca de una ventana, le acercó una silla alabeada a Min y después se acercó lo suficiente a Cal como para decirle entre dientes: «He mandado a los camareros a casa hace media hora, cabrón».
—De nada —dijo Cal en voz alta asintiendo con la cabeza.
Emilio se dio por vencido y volvió a la cocina, mientras Cal miraba la forma en que Min estudiaba atentamente el local.
—Es como uno de los restaurantes italianos de las películas. Excepto que no lo es. Me encanta. Emilio también me gusta mucho.
—Ya me he dado cuenta. Eres la primera mujer que he traído aquí a la que ha besado antes de que se sentara.
—Bueno, me va a dar de comer —argüyó Min cogien¬do la servilleta—. Siempre es una buena señal en un hombre —se colocó la servilleta en el halda y después su sonrisa desapareció y volvió a ponerse tensa—. Excepto que...
Cal se preparó para la siguiente andanada.
—No puedo comer ni pan ni pasta, pero no quiero herir sus sentimientos. ¿Podrías pedirle otra cosa? —pre¬guntó inclinándose hacia él.
—Sí, claro —dijo sorprendido—. Ensalada, pollo al marsala, esas cosas no llevan pasta.
—Gracias. No me gustaría arruinar la velada.
—Creo que se la acabas de alegrar —Min tenía unos gruesos y suaves labios, y cuando sonrió, su cara pasó de ser la de una gris funcionaría de prisiones a la de una simpática muñequita, aunque el malicioso centelleo de sus ojos cuando flirteaba con Emilio había desaparecido, lo que era una pena.
Emilio les llevó el pan y Min se inclinó para verlo mejor.
—¡Qué bien huele! No he comido en todo el día, así que todo esto me parece maravilloso.
—Lo es —dijo Cal—. Emilio, tomaremos ensalada de primero y después pollo al marsala.
—Estupenda elección, señor Morrisey —le alabó y Cal supo que lo decía porque era fácil de preparar—. ¿Un buen vino para acompañarlo?
—Sí —aceptó Cal a sabiendas de que les iba a llevar lo que le hubiera sobrado y tuviera abierto en la cocina.
—Para mí agua —dijo Min en un susurro sin dejar de mirar el pan.
—Es buenísimo, lo hace él —le explicó cuando Emilio se retiró.
—Son hidratos de carbono —replicó Min con el entrecejo fruncido. Cal había oído hablar demasiado de ellos en los nueve meses que había pasado con Cynthie y decidió olvidar el asunto.
—Así pues —empezó a decir cogiendo una de las minúsculas hogazas—. ¿A qué te dedicas? —partió el pan y su olor a levadura inundó sus sentidos.
—Soy actuaría —contestó ligeramente crispada.
Actuaría. Estaba cenando son una mujer que se dedicaba a las estadísticas, malhumorada, hambrienta y contraria a correr riesgos. Había caído muy bajo.
—Qué... interesante —dijo, pero Min miraba el pan y no se dio cuenta. Cal le ofreció la mitad—. Toma.
—No puedo. Tengo que meterme en un vestido dentro de tres semanas.
—Un trozo de pan no cambiará mucho las cosas —la tentó moviéndolo, sabiendo que el olor del pan de Emilio había conseguido que los seguidores de la dieta Atkins más rigurosos se pusieran de rodillas.
—No —lo rechazó. Cerró los ojos y apretó los la¬bios, lo que era inútil, porque no era la visión del pan lo que la iba a vencer, sino su olor.
—Puede que sea tu única oportunidad para probar¬lo —dijo y Min inspiró con fuerza.
—¡Qué demonios! —exclamó abriendo los ojos y quitándole el pan—. ¡Eres un canalla!
—¿Quién, yo? —preguntó mientras veía cómo par¬tía un trozo y lo mordía.
—¡Mmm! —exclamó masticándolo con los ojos ce¬rrados y la cara inundada de placer.
«Mírame a mí con esa cara», pensó Cal en el mo¬mento en el que notaba que alguien le tocaba el hombro. Levantó la vista y vio a Emilio con media botella de vino observando a Min. Le hizo un gesto con la cabeza a Cal y dijo: «No la dejes ir».
—Emilio, eres un genio —lo elogió Min tras abrir los ojos.
—Es un placer —contestó éste.
—Gracias —dijo Cal con toda intención y le quitó la botella de las manos. Emilio meneó la cabeza y vol¬vió a la cocina a por las ensaladas.
—Así que eres actuaría —dijo Cal una vez que te¬nían delante los primeros platos.
—Por favor, te da igual lo que sea. Tómate la noche libre, encanto —replicó Min con desdén.
—Mira, no hago estas cosas todas las noches. Hace tiempo que no ligo con nadie —dijo cogiendo un trozo de pan.
Min miró su reloj mientras masticaba. Después tragó.
—Sí, unos veintiocho minutos.
—Aparte de ti. Mi última relación acabó hace un par de meses y he estado disfrutando un poco de paz y tranquilidad —Min puso cara de circunstancias y él continuó hablando—. Y, cómo no, cuando me decido a volver a salir, ligo con alguien que me odia. ¿A qué vie¬ne toda esa hostilidad?
—¿Hostilidad? ¿Qué hostilidad? —replicó. Pinchó el tenedor en la ensalada y la probó—. ¡Qué buena!
Masticó extasiada y Cal la observó intentando ave¬riguar qué estaba haciendo mal. Debería caerle bien. Era encantador, maldita sea.
—¿Y qué otras cosas te gustan además de los zapa¬tos fantásticos?
——¡Por favor! —protestó Min una vez hubo traga¬do, —Habla tú. Yo sé muy bien por qué te elegí a ti, ahora dime por qué me elegiste tú a mí.
—¿Tú has ligado conmigo? ——preguntó sin acabar de llevarse el vaso a los labios.
—No, yo te elegí —le explicó meneando la cabe¬za—. Te vi en la tarima. Bueno, en realidad te vio mi amiga Liza, pero hizo una cesión.
—Qué considerada. Así que cuando llegué me esta¬bas esperando.
—Pues sí. Esconde el pan, que me estoy volviendo loca —le pidió pasándole la cestilla.
—Entonces, ¿por qué te has pasado tanto conmigo? —preguntó poniendo el pan cerca de su plato.
—¿Crees que me he pasado? Parece que las mujeres no te dan nunca problemas —dijo Min con un bufido.
—Los cinco primeros minutos no. Se reservan para más adelante.
—Sí, pero para nosotros no hay más adelante, ten¬go que darme prisa —aseguró mirando el pan con ojos de deseo.
—¿Por qué no lo hay? —preguntó acercándole la cesta de nuevo, a pesar de que él también había llegado a la misma conclusión a los treinta segundos de saludar¬la en el bar.
—Porque no me interesa el sexo —aseguró cogien¬do un trozo de pan y dándole un mordisco. Cal observó cómo disfrutaba. «Estás mintiendo», pensó—. Y eso quiere decir que no te intereso —continuó Min cuando acabó de masticar.
—¡Eh! —replicó molesto—. ¿Qué te hace pensar que sólo me interesa el sexo?
—Que eres un hombre. La estadística demuestra que a vosotros sólo os interesan tres cosas: vuestra carrera profesional, el deporte y el sexo. Por eso os gustan las ani¬madoras profesionales.
—Eso es muy sexista —aseguró Cal dejando el te¬nedor en la mesa.
Min se pasó la lengua por una miga que tenía en los labios y a Cal se le pasó el enfado. Era muy divertido mirarla cuando no tenía fruncido el entrecejo: tenía una piel suave y blanquecina, ojos oscuros y separados, una nariz pequeña y una boca voluptuosa, delicada, carnosa y rosada.
—Ya lo sé, pero es verdad, ¿no?
—¿Qué? —preguntó Cal intentando saber por dónde iba la conversación—. ¡Ah!, lo del deporte y el sexo. En absoluto. Estamos en el siglo veintiuno, hemos aprendido a ser sensibles.
—¿Sí?
—Claro, si no, no nos comeríamos una rosca.
Min puso cara de circunstancias y Cal le sirvió un poco de vino.
—No puedo más. He bebido mucho en el bar.
—Ya me ocuparé yo de que llegues bien a casa —la tranquilizó acercándole más el vaso.
—Y quién me asegura que saldré indemne después de estar contigo.
—Eso ha sido un golpe bajo —le espetó con más brusquedad de la que pretendía.
Min lo miró a los ojos y pensó: «Ya empezamos».
—Tienes razón. No has hecho nada para merecerte todo esto. Te pido disculpas —frunció el entrecejo co¬mo si estuviera pensando en algo—. De hecho, te pido perdón por toda la noche. Mi novio me dejó media hora antes de que te acercaras a mí...
—... y estaba rabiosa. Entonces me di cuenta de que no me había gustado nunca y de que la persona con la que real¬mente estaba enfadada era conmigo por ser tan tonta.
—No lo eres. Cometer errores no es de tontos, es la norma de aprender.
—Gracias. En cualquier caso tú no tienes la culpa —lo excusó mirándolo con cara de estar confundida—. Es decir, tú tienes tus culpas, pero no deberías pagar por las de otro. Perdona.
—No pasa nada —dijo un tanto confuso también. ¿De qué culpas estaba hablando?—. Tómate el vino. Es muy bueno.
—Tienes razón, es excelente —aseguró tras haber dado un sorbo.
—Estupendo, entonces volveremos más veces —su¬girió y después se enfadó con él mismo pues no estaban llegando a ninguna parte.
—Otra frase hecha —le acusó Min sin malicia—. Así no avanzamos y lo sabes. ¿Qué te pasa? ¿Ves a una mujer y automáticamente te conviertes en un tenorio?
—Vale, ¿eso me lo dices también por culpa de tu novio? Porque normalmente no me pongo paranoico, pero parece que vayas a por mí.
—Ahora no te pongas melindre. Eres guapo, tienes un cuerpo que hace que a las mujeres les tiemblen las rodillas, ¿y te echas a llorar?
—¿Te tiemblan a ti?
—Lo hacían hasta que empezaste a lloriquear —di¬jo después de masticar un trozo de pan—. Ahora se ha roto la magia.
Cal observó cómo se pasaba la lengua por el labio inferior y se vio espoleado por dos meses de celibato y toda una vida acostumbrado a hacer lo mismo.
—Dame una oportunidad, apuesto a que consigo que vuelva.
Min detuvo la punta de la lengua en el labio y clavó sus ojos en los de Caí durante un largo, misterioso y abrasador momento y en esa ocasión, el centelleo reapareció, el soni¬do se desvaneció hasta convertirse en silencio y sintió todas y cada una de sus terminaciones nerviosas, «Es él», pensó.
Metió la lengua, meneó la cabeza para despejarla y pensó: «¡Ni hablar!».
—No apuesto nunca. Estadísticamente, el juego no es nada práctico para obtener ingresos.
—No es un método para generar ingresos. Es una forma de vida.
—¿Crees que podríamos ser más incompatibles?
—No —contestó. Los ojos de Min se desviaron hacia un punto detrás de él y notó que contenía el aliento.
Se volvió y vio a Emilio con un oloroso plato de po¬llo al marsala: filetes dorados y unos enormes champi¬ñones estofados en una luminosa salsa de vino.
—¡Dios mío! —exclamó Min.
—Servir a alguien que sabe apreciar la comida es un placer. Pruébalo —le pidió Emilio sonriendo.
Min cortó un trozo y se lo llevó a la boca. Pareció sorprendida, cerró los ojos y empezó a masticar con la cara arrebatada por el placer. Después de tragar, miró a Emilio con ojos brillantes.
—ancreíble! —exclamó y Cal deseó: «Mírame a mí así».
—Prueba los champiñones —la animó Emilio contentísimo.
—Desaparece —le pidió Cal, pero éste se quedó hasta que Min probó uno y dijo sinceramente emociona¬da que era un genio.
—¿Puedo colgarme alguna medalla por haberte traído aquí? —preguntó Cal cuando finalmente se fue Emilio.
—Sí, eres un genio para los restaurantes. Ahora ca¬lla para que pueda concentrarme en la comida.
Cal suspiró y renunció a continuar la conversación durante el resto de la cena. Cuando Min insistió en pa¬gar a medias se produjo cierta tensión.
—Invitaba yo, déjalo —durante un instante pareció que iban a discutir, pero después Min accedió.
—Gracias. Ha sido una cena estupenda en mi nue¬vo restaurante favorito —Cal se sintió halagado por pri¬mera vez en toda la noche.
Cuando se fueron, Min le dio un beso a Emilio en la mejilla.
—El pan estaba muy bueno, pero el pollo era una obra de arte —aseguró antes de besarle en la otra me¬jilla.
—¡Eh! Que estoy aquí y he pagado la cena —pro¬testó Cal.
—No supliques —le espetó saliendo por la puerta.
—Morrisey, creo que has encontrado la horma de tu zapato —dijo Emilio.
—Ni por asomo —lo contradijo Cal, contento de poder estar a solas con él—. Ésta ha sido nuestra prime¬ra, última y única cita.
—No creo. Me he fijado en la forma en que os mi¬rabais.
—Eso era miedo y aversión —aseguró Cal abriendo la puerta.
—¡Qué tonto eres! —dijo Emilio, pero Cal no le hizo caso y salió en busca de Min.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:11 pm

Capítulo 3


—El encaprichamiento es la parte más divertida de enamorarse —le dijo Cynthie a David cuando finalmente se acomodaron en Serafino's y el camarero les sirvió una carne especialmente cara.
David sonrió y pensó: «Apuesto a que Min no está hablando de psicología con Cal». Sabe Dios lo que esta¬rá haciendo. Fuera lo que fuese, encontraría la forma de ponerle fin.
—El encaprichamiento estimula una sustancia quí¬mica en el cerebro llamada feniletalimina. Se te acelera el corazón, se te corta la respiración y te mareas, tiem-blas y no puedes pensar. Eso es lo que le sucede a la gente cuando cree que se han enamorado y todo el mundo pasa por lo mismo —Cynthie esbozó una sonrisa encan-tadora y ausente—. Nuestro encaprichamiento fue ma¬ravilloso. No podíamos resistirnos el uno al otro.
—Mmm. Vuelve a decirme por qué lo suyo no va a salir bien —le pidió cogiendo su copa de margarita es¬carchada en azul.
—Bueno, a estas alturas estará dándose cuenta de que tiene que cortar por lo sano. La acompañará a su co¬che para asegurarse de que no le pasa nada, le estrechará la mano y le dirá: «Que seas feliz», y allí habrá acaba¬do todo.
—¿Y si se siente atraído por ella?
—Ya te lo he dicho, no lo hará —aseguró, su sonri¬sa había desparecido—. Y si lo hiciera, que no lo hará, volvería a salir con ella para buscar más indicadores, pruebas de que es la mujer a la que debería amar. Como si le cae bien a su familia y amigos. Pero ella no es co¬mo las que le gustan a Roger, rubias de risita tonta, y du¬do mucho de que Tony, que es más de tetas, culos y pier¬nas, se haya fijado en ella, así que no son sus amigos los que le han animado a que ligara con ella.
—Es difícil saber qué fue lo que lo impulsó a hacer¬lo —dijo David intentando parecer inocente.
—Y no se la va a presentar a su familia, pero en el caso de que lo hiciera, la madre de Cal la odiaría, le cae mal todo el mundo, así que eso no podría ser un indica¬dor, puesto que él necesita que su familia dé su apro¬bación.
—¿Así que me estás diciendo que se rechazarán el uno al otro simplemente por eso? ¿Porque su familia y amigos no darán el visto bueno?
—A menos que a Min no le guste su familia o in¬tente rebelarse contra ella. En ese caso, el rechazo la catapultaría directamente a los brazos de Cal, aunque no creo que sea el caso.
—No, están muy unidos —corroboró David acor¬dándose de las dos cenas con los padres de Min en las que había estado en los últimos meses.
—La familia y los amigos tienen mucho poder. Por eso he sido muy amable con Tony estos últimos nueve meses. No te preocupes David, no va a pasar nada. Cal está en la fase amor maduro y compromiso conmigo, no se sentirá atraído por ella.
—Amor maduro. Eso sería la cuarta fase, ¿no? —preguntó David para demostrarle que había estado escuchando.
—Sí. El encaprichamiento no dura porque es algo condicional y las condiciones cambian, pero cuando se trata de amor verdadero, es maduro e incondicional y se libera una nueva sustancia química en el cerebro, unas endorfinas que te hacen sentir cariño, paz y satisfacción siempre que estás con la persona amada —Cynthie ins¬piró profundamente—. Y triste cuando no estás con ella, porque cuando esa persona no está presente, el cerebro no genera esas sustancias.
—Ah, así que estás sufriendo una falta de endorfinas.
—Temporalmente —replicó levantando la barbi¬lla—. Volverá. Ahora no se acuesta con nadie y eso le causa dolor, un indicador fisiológico que intensificará su compromiso conmigo.
—Dolor —repitió David pensando en que cual¬quier cosa que le causara dolor a Cal era buena.
—Para poder pasar del encaprichamiento al compromiso, Cal tendrá que experimentar alegría o dolor cuando esté con Min. La alegría podría proporcionársela una bue¬na conversación o el sexo fantástico, el dolor le aportaría celos, frustración, miedo, cualquier cosa que le cause es¬trés. El indicador del dolor es la razón por la que hay tan¬tas relaciones en tiempo de guerra o en las oficinas.
—Ya —dijo David acordándose de una alumna en prácticas.
—Aunque no creo que eso vaya a producirse esta noche. Se va a aburrir. He de reconocer que saber que Min es sosa y frígida me reconforta.
—Yo no he dicho que lo sea. No habría salido con alguien así —protestó David.
—Pues entonces deberías haber aguantado más. El encaprichamiento dura de seis meses a tres años y no puede saberse si se ha encontrado a la persona adecuada hasta que se pasa por esa fase. Tú abandonaste a los dos meses así que no has podido llegar al encaprichamiento y ella tampoco. Un error.
—¿De seis meses a tres años? Pues tú te has librado de Cal a los nueve meses. Un error.
—No lo fue —le contradijo dejando el tenedor en la mesa—. Conozco bien a Cal. He escrito artículos so¬bre él y está en la fase de encaprichamiento, los dos lo estamos.
—¿Has escrito sobre tu amante? —preguntó David dejando de comer horrorizado.
—Bueno, no utilizaba su verdadero nombre. Ni tampoco decía que fuera mi amante.
—¿No te parece poco ético?
—No —aseguró Cynthie empujando su plato hacia delante sin haber probado prácticamente la comida—. Así fue como nos conocimos. Había oído hablar de él a un par de clientas. Tenía toda una reputación.
—Ya —dijo David pensando lo peor para Cal Morrisey, el Don Juan—. Totalmente inmerecida.
—¿Estás de broma? Lo estaba estudiando y me conquistó —dijo volviendo a curvar los labios—. La naturaleza le ha regalado esa cara y ese cuerpo, y sus padres le dieron un cariño con reservas cuando era niño. Le en¬señaron a agradar a la gente para que ésta lo aceptara y a quien más le gusta agradar es a las mujeres, que están más que encantadas de ello, por su aspecto físico. Así que su físico le garantiza la asunción y su encanto la atrac¬ción. Es una de las soluciones adaptativas más elegantes que he visto nunca. Los artículos que escribí sobre él tu¬vieron mucho éxito.
David intentó imaginárselo de niño, esforzándose por ganar el cariño de la gente y lo único que consiguió fue conjurar la imagen de un niño guapo de pelo oscuro vestido de esmoquin, apoyado en unos columpios, sonriendo muy seguro de sí mismo a las niñas.
—¿Sabía que escribías sobre él?
—No, sigue sin saberlo y nunca lo sabrá. Ese pro¬yecto ya ha finalizado. Ahora estoy escribiendo un libro, con contrato. Casi he acabado —dijo esbozando una son-risa felina muy satisfecha—. Lo que quiero decir es que no soy una chica tonta que se queja. Sé que me amaba, tengo pruebas clínicas de que todavía lo hace. Y pronto volverá conmigo, siempre que tu Min no lo distraiga.
—Así pues —comenzó a decir David acercándose n ella—, si queremos asegurarnos de que no llegan a... ¿Cómo se llama? ¿Atracción? ¿Qué hacemos?
—¿Hacer? —repitió con los ojos muy abiertos y dejando la copa en la mesa—. Supongo que podríamos hablar con sus amigos y familias, y sembrar cizaña, también podemos ofrecerles distintos tipos de satisfac¬ciones para contrarrestar lo que suceda entre ellos. Pero eso no sería... David, no es necesario que hagamos na-da. Cal me ama.
—Vale —aceptó David volviendo a recostarse. «La familia —pensó—. Les caigo bien».
—Ya estoy cansada de hablar de ellos —dijo sonriendo—. ¿A qué te dedicas?
«Ya era hora de que habláramos de mí», pensó David.
—Trabajo en desarrollo de software —confesó y observó que a Cynthie se le ponían los ojos vidriosos.



Una vez fuera de Emilio's, Min inspiró con fuerza la brisa veraniega y pensó «Soy feliz». No cabía duda de que comer bien era el mejor antídoto para la cólera y la humillación. Saberlo le vendría muy bien en el fu¬turo.
—¿Dónde tienes el coche? —preguntó Cal cuando salió y rompió el encanto.
—No lo he traído. Iré andando —dijo ofreciéndole la mano—. Gracias por esta encantadora velada. Bueno, casi. Adiós.
—No. ¿Por dónde se va a tu casa? —preguntó Cal sin hacer caso a la mano que tenía extendida.
—Mira, voy a ir andando —contestó exasperada.
—¿Sola y de noche? Ni hablar. Tuve una buena educación. Te voy a acompañar a casa y no vas a poder hacer nada para remediarlo. Así que, ¿hacia dónde vamos?
Min pensó en discutir con él, pero no tenía sentido. Incluso una sola noche con él le había demostrado que conseguía todo lo que se proponía.
—Vale. Muchas gracias. Por aquí.
Echaron a andar acompañados por el rumor de la brisa en los árboles y el apagado ruido de la calle, y Cal se acomodó fácilmente a su paso. El sonido de sus pisadas coincidía a la perfección con el ritmo que marcaban los tacones de Min.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Min.
—Dirijo un grupo de seminarios de formación empresarial con dos socios.
—¿Eres profesor? —preguntó sorprendida.
—Sí y tú eres actuaría. Respeto mucho tu profe¬sión. Tú lo haces por dinero y yo por divertirme.
—¿El qué?
—Calcular si algo es una buena apuesta o no. Tú eres una jugadora. Apuestas con millones de dólares de compañías aseguradoras y yo con billetes de diez.
—Sí, pero yo no pierdo mi dinero.
—Yo tampoco.
—¿Ganas todas tus apuestas? —preguntó con voz apagada por la incredulidad.
—Casi todas.
—Vaya tipo. ¿Por eso te dedicas a los negocios por tu cuenta? ¿Para poder controlar los riesgos?
—No, simplemente no quería trabajar para nadie. No me quedaba otra solución.
—Torceremos por ahí —le explicó aflojando el paso cuando llegaron a una esquina—. Mira, puedo...
—Sigue andando —le pidió Cal y Min le obedeció.
—¿Cómo se llama tu empresa?
—Morrisey, Packard y Capa.
—¿Packard y Capa son los otros dos que estaban contigo en el bar? ¿El alto y rubio, y el pela... esto, el que tenía pinta de deportista?
—Sí. ¿Pela? —preguntó sonriendo.
—Una de mis amigas dijo que le habían afeitado la cabeza. Lo dijo como cumplido.
—Seguro. La pelirroja, ¿verdad?
—¿Te fijaste en ella? —preguntó Min, que sentía remordimientos.
—No, el pelao se fijó en ella.
—No le digas nada. No pretendía herir sus sentimientos.
—Tony no se deprime tan fácilmente, pero no lo mencionaré.
—Gracias.
Cuanto más se alejaban de la calle principal, más oscuro era el camino, a pesar de las farolas. Min agrade¬ció que le acompañara.
—¿Y por qué te contrata la gente? Quiero decir, a ti específicamente.
—Hacemos programas a medida. En toda enseñan¬za siempre hay un tanto por ciento de alumnos que no consigue entender el material. Nosotros garantizamos un cien por cien y trabajamos hasta que lo conseguimos.
—Eso me suena a folleto propagandístico.
—También es la verdad.
—¿Y cómo lo consigues? ¿Con tus encantos?
—¿Qué tienes contra ellos?
—Que normalmente no van ligados con la honradez.
—La gente se cierra cuando tiene miedo. Lo pri¬mero que hacemos es analizar a los alumnos para saber cuáles están asustados y cómo se comportan. Algunos se quedan al margen y entonces los ponemos con Roger. Es un tipo muy amable, sabe cómo tranquilizar a cualquiera para que aprenda.
—Me parece un poco marciano —dijo Min inten¬tando imaginarse a Roger como uno de esos gurús de autoayuda con mucha labia.
—Eres muy desconfiada. Cuando hay gente que sabe esconder sus miedos y entorpece las clases, se los pasamos a Tony. Bromea hasta que todo el mundo está relajado.
—¿Y cuáles te tocan a ti?
—Los enfadados, los que están furiosos por estar asustados.
—Y tú utilizas tus encantos para tranquilizarlos.
—Bueno, yo no lo describiría de esa manera, pero sí, supongo que puede interpretarse así.
«Los enfadados». Siguieron andando en silencio y sus pasos resonaban con el mismo ritmo.
—Pues esta noche te habrás sentido muy cómodo conmigo.
—No. Tú no estás furiosa porque tengas miedo. Du¬do mucho de que haya algo que te asuste. Lo estás porque alguien se ha portado mal contigo y no hay suficiente encanto en el mundo como para que lo olvides hasta que ha¬yas resuelto una cuestión más profunda.
—Y sin embargo lo has intentado.
—No. En cuanto me dijiste que te habían dejado, eché marcha atrás.
—Sí, supongo —dijo Min tras pensarlo un mo¬mento.
—¿No te arrepientes de haber estado gruñendo toda la noche?
—No, porque habías puesto en práctica tus encantos antes, lo que significa que estabas intentando conseguir algo de mí. Sabe Dios qué —«¡Sexo para ganar una apues¬ta, canalla!»—, y no te merecías salirte con la tuya.
—Tienes razón —aceptó Cal unos pasos más ade¬lante.
Min sonrió en la oscuridad y pensó: «Bueno, al me¬nos tiene una pizca de honradez, lástima que sea míni¬ma». Continuaron caminando en silencio hasta las escale¬ras de su casa.
—Ya hemos llegado. Muchas gracias.
—¿Dónde? No veo ninguna casa.
—Allí arriba —le explicó indicando hacia la coli¬na—. Las escaleras llevan hasta ella. Así que...
—¡Santo cielo! Parece el Everest. ¿Cuántos esca¬lones hay?
—Treinta y dos, y otros veintiséis hasta mi apartamento, que está en el ático —le explicó extendiendo la mano—. Nos diremos buenas noches aquí. Gracias por acompañar¬me a casa. Que tengas mejor suerte la próxima vez.
—No voy a dejar que subas hasta allí sola.
—No pasa nada. El setenta y ocho por ciento de las agresiones a mujeres las comete gente conocida.
—¿Otro ataque a mi persona?
—No, simplemente no conozco a nadie que suba treinta y dos escalones para agredirme, así que no tengo nada que temer. Puedes irte a casa tranquilo.
—No —dijo con paciencia—. Empieza a subir, yo iré detrás de ti.
«Detrás de ella». ¿Treinta y dos escalones mirándo¬le el culo?
—¡Ni hablar!
—Mira es tarde y estoy cansado. ¿Por qué no...?
—No vas a seguirme por esas escaleras ni aunque se hiele el infierno. Si quieres subir, ve tú primero.
—¿Por qué? —preguntó desconcertado.
—No vas a ir mirándome el trasero hasta allí arriba.
—¿Sabes, Dobbs? —dijo meneando la cabeza—. Pareces una persona sensata, pero abres la boca y...
—Empieza a subir o vete a casa.
Cal suspiró y subió el primer escalón.
—Un momento. Ahora me lo vas a mirar tú a mí.
—Sí, pero seguramente el tuyo es estupendo. Es completamente diferente.
—Ni siquiera puedo vértelo. Está oscuro y llevas una chaqueta lo suficientemente larga.
—Sube o pírate —le amenazó Min y Cal empezó a ascender.
Cuando llegaron arriba, dudó y ella se quedó mirando la casa de piedra de mediados de siglo, de estuco, oscura, desvencijada y cubierta por rosales trepadores tan viejos que se habían convertido en espinos.
—Es bonita —dijo a la defensiva.
—Seguramente lo es más a la luz del día —aventu¬ró Cal educadamente.
—Sí —Min pasó a su lado para subir las escaleras de piedra del porche y abrir la puerta—. Bueno, ya puedes irte.
—Ésa no es tu casa, dijiste que vivías veintiséis escalones más arriba.
—Muy bien, si quieres subir hasta el ático... —dijo haciéndole una seña para que entrara en el cuadrado vestíbulo de la casa. Una vez dentro, el desteñido papel pintado de color azul y los deslucidos paneles de roble le parecieron sórdidos en vez de acogedores y aquello le molestó—. Arriba —dijo indicando hacia la estrecha escalera que había a un lado y que le pareció incluso angosta, pues tenía lo que parecían varios metros de espal¬da que le bloqueaban el paso. Cal subió dos escalones hasta el primer rellano y ella le siguió.
Tenía un culo estupendo.
«Es lo único bonito en él —se dijo— Sé sensata y mantén la calma. No vas a volver a verlo nunca.»
—Bueno, al menos esto te sirve para saber que cualquiera que te acompañe a casa dos veces tiene intencio¬nes serias —dijo Cal cuando llegaron arriba. Al darse la vuelta, le dio con el codo en el ojo. Min perdió el equili¬brio, se agarró de la barandilla y se sentó en un esca¬lón—. ¡Dios mío! Perdona —Cal se indinó hacia ella, pero Min lo rechazó.
—No te preocupes, ha sido por mi culpa, iba dema¬siado cerca.
«Ya ves lo que se consigue cuando se es superficial y objetiva con El canalla», pensó mientras se tocaba con cuidado la zona en la que había recibido el golpe.
—Déjame ver —le pidió intentando mirarla a los ojos y le puso la mano suavemente en un lado de la cara para levantarle la barbilla.
—Deja —le pidió apartándole la mano, pues empe¬zaba a sentir un hormigueo en la piel —Estoy bien, a pesar de pertenecer al setenta y ocho por ciento de las mujeres atacadas por...
—Venga, no te pases. ¿Estás bien?
—Sí —aseguró levantándose y pasando a su lado para abrir la puerta—. Ya puedes irte.
—Vale —dijo estrechándole la mano—. Encanta¬do de conocerte Dobbs. Siento lo del codazo. Que seas feliz.
—Es lo que pienso hacer. Voy a pasar de los hom¬bres y a comprarme un gato —dijo entrando y cerrando la puerta antes de que pudiese decir nada más. «Que seas feliz». ¿A quién pretende tomar el pelo?
Encendió la lámpara de porcelana de su abuela que había al lado de la puerta y el cuarto de estar despertó ante sus ojos, destartalado, pero reconfortante. La luz del contestador automático parpadeaba, apretó un botón y se masajeó las sienes mientras escuchaba.
«Min —decía la voz de su hermana—. Sólo quería asegurarme de que no te has olvidado de que mañana me pruebo el vestido. Tengo ganas de verte». Le pareció un poco angustiada, lo que no le pegaba nada, y rebobinó para volver a oír el mensaje. Algo no iba bien.
«Las'Dobbs siempre salen perdiendo», dijo acor¬dándose de Cal Morrisey. Se acercó a la maltrecha repi¬sa de la chimenea y miró por encima de su colección de bolas de nieve para ver su imagen en el espejo sin brillo que en su día colgaba en el recibidor de casa de su abue¬la. Una cara redonda y pelo castaño liso, eso era lo que Cal Morrisey había estado viendo toda la noche. Y aho¬ra tenía una buena moradura. Suspiró y cogió la bola de nieve que le había regalado Bonnie en Navidades, Ceni-cienta y el príncipe en las escaleras de su castillo, con pa¬lomas por encima de sus cabezas. Cal Morrisey no de¬sentonaría en esas escaleras. Sin embargo, a ella le pedirían que utilizase la puerta de servicio. «No soy de las que salen en los cuentos de hadas», pensó dejando la bola para ir a poner música. Apretó un botón y empezó a sonar The Devil in Disguise, de Elvis.
«Y no te olvides de que eso es lo que es Calvin Mo—rrisey, Dobbs, un diablo disfrazado», se dijo antes de aplicarse un poco de árnica y darse un baño para borrar el recuerdo de aquella velada. Al menos, la parte en la que aparecía David. Evocó algunos momentos, después de que éste desapareciera, que no habían estado tan mal, aunque seguía convencida de que no volvería a ver a Cal¬vin Morrisey.



Cuando Cal fue a trabajar al día siguiente, el sol brillaba a través de la alta ventana de la oficina que tenía en un loft y el olor a café inundaba la habitación. Roger le hizo una seña desde su escritorio al lado de la ventana mientras sonaba The Angels Wanna Wear My Red Shoes, de Elvis Costello. «Bien», pensó. Dejó una carpeta en el escritorio de cristal esmerilado, se sirvió una taza de café y acercó su mullida silla de despacho, listo para arreglar el mundo de las personas atrapadas en seminarios de formación empresarial.
Tony se acercó y le dio un golpecito en la espalda.
—¿Te fue bien anoche? Dime que has ganado la apuesta.
—¿De qué me estás hablando?
—De la apuesta con David. La de la chica del traje gris de cuadros. ¿La has ganado?
—Claro, me viste salir con ella —dijo sentándose.
—Tienes razón, no debería haber desconfiado. ¿Se lo dices tú a David o quieres que lo haga yo?
—¿El qué? —preguntó apretando una tecla de su Mac para recibir los mensajes de correo electrónico.
—Que te acostaste con ella.
—¿Qué? —exclamó mirando la pantalla mientras Elvis seguía poniendo música de fondo esa mañana—. Claro que no lo hice.
—Bueno, todavía tienes un mes.
—¡Tony! —exclamó una vez que aparecieron to¬dos los mensajes en la pantalla—. No sé de qué me es¬tás hablando, pero seguro que me vas a hacer perder el tiempo.
—David se apostó contigo que no conseguirías llevártela a la cama —le explicó con paciencia—. A mí no me vendría mal la pasta, así que si no...
—Yo no hice esa apuesta.
—Pues David piensa que sí.
—No, ahora ya estará sobrio y no se acordará de que se apostó diez mil dólares a que no conseguía acos¬tarme con una mujer que no conozco. ¿Puedo empezar a trabajar ya? Nos pagan para que lo hagamos.
Le entregó la carpeta y Tony hojeó el contenido.
—Está chupao —dijo mientras se alejaba—. Ah, por si no lo sabías, anoche Cynthie se fue con David.
—Me alegro —dijo volviendo a sus correos elec¬trónicos.
—¿No te molesta?
—¿Por qué me estás martirizando de buena mañana? —preguntó con tono crispado.
—Sólo quiero asegurarme de que no vuelves con ella. Mi futuro corre peligro.
—¿Por?
—Porque te casarás el primero —dijo sentándose en el borde del escritorio—. Siempre eres el primero en to¬do. Después lo hará Roger y los dos os iréis a vivir a una zona residencial. Seguro que Roger se casa con alguien tan nervioso como él, lo que significa que tendré que ir¬me a vivir contigo, y como a Cynthie no le caigo bien, se¬rá difícil convencerla.
—Igual que a mí. ¡Largo de aquí!
—No me refería a estar con vosotros en la casa. Ha¬bía pensado en un bonito apartamento encima del garaje. Te vendría muy bien. Podrías venir a ver los partidos y emborracharte sin tener que conducir. Y haría de cangu¬ro de los niños cuando tu mujer y tú quisierais salir.
—En primer lugar, no me voy a casar, así que olví¬date de la mujer. En segundo, si estuviera lo suficiente¬mente loco como para casarme, no tendría hijos. Y en tercero, si estuviera majara como para casarme y tener hijos, no te dejaría cuidar de ellos ni por todo el oro del mundo.
—Bueno, para entonces habremos madurado. Ahora yo tampoco me dejaría cuidar a niños a mí mismo.
—El primero que se casará seré yo —intervino Ro¬ger. Los dos se volvieron hacia él y les sonrió corpulen¬to, rubio y plácido bajo la luz del sol que se colaba por las ventanas—. Voy a casarme con Bonnie.
—¿Y quién es Bonnie? —inquirió Cal.
—La rubia pequeña que conoció anoche —le infor¬mó Tony con tono indignado.
—Se llama Bonnie —le corrigió Roger con voz gé¬lida y Cal y Tony se pusieron firmes.
—Habla en serio —comentó Cal—. ¿Qué pasó?
—La pelirroja me buscaba a mí. Así que me acer¬qué y Roger me siguió y se enrolló con la pequeña... con Bonnie. Y en algún momento entre entonces y ahora se le fue la olla —meneó la cabeza en dirección a Roger—. Hace menos de doce horas que la conoces. Te costó un año decidirte por un sofá y ahora estás pen¬sando seriamente...
—Sí, es ella —afirmó Roger.
—Es posible —dijo Cal pensando «Y un cuerno»—. De todas formas, tío se lo dijiste, ¿verdad?
—No, pensé que era demasiado pronto.
—¿Tú? ¿Pensaste? ¡Dios mío! —exclamó Tony.
—Voy a casarme con ella —repitió Roger—, así que dejad de reñirme y haceros a la idea. Es perfecta.
—Ninguna mujer lo es —intervino Tony—. Por eso tenemos que seguir buscando. ¿La vas a ver esta noche?
—No, un jueves cada quince días quedan para hacer no sé qué. Bonnie lo llamó la «Cena de los deseos».
—¿Quedan?—comentó Tony.
—Sí, Bonnie, Liza y Min.
—¿Quién es Min? —preguntó Tony, que se había perdido.
—La chica con la que no me voy a acostar —le ex¬plicó Cal. Si Bonnie se parecía remotamente a Min, Ro¬ger estaba metido en un buen lío.
—¿Vas a verla el viernes? —le preguntó Tony a Roger sin andarse con rodeos.
—Sí, me dijo que estarían en Al Azar. No es el bar en que suelen ir normalmente, pero dijo que nos veríamos allí. Y el sábado vendrá al partido y a lo mejor cenamos juntos.
—¿Va a ir a ver cómo entrenas a un equipo alevín de béisbol? Debe de quererte mucho —dijo Cal.
—Todavía no, pero lo hará —aseguró Roger.
—¿El viernes? —repitió Tony sin hacer caso de lo que decían—. Estupendo, puedo intentarlo con Liza y Cal puede continuar con la del traje.
—No.
—¿Qué pasó? —preguntó Roger.
—Es una actuaría conservadora que está en contra del juego y se pasó toda la cena metiéndose conmigo. Después la acompañé a casa, subí cincuenta y ocho escalones hasta su apartamento para asegurarme de que no la atracaban y le di un codazo en el ojo. Fue la peor cita de toda mi vida y estoy seguro de que para ella estaba entre las cinco peores.
—¿Le diste un golpe? —preguntó Tony.
—Fue un accidente. Le enviaría unas flores para disculparme, pero tampoco le gusta la galantería. Se acabó. Paso.
—¿Así que te vas a rendir con ella también? —co¬mentó Tony meneando la cabeza.
—Claro, como tus relaciones son tan profundas y duraderas... —replicó Cal mirándolo enfadado.
—Ya, pero yo soy un superficial.
—Bonnie vive en el primer piso de ese edificio —les explicó Roger como si no los hubiera escuchado—. Así que sólo tuve que subir los primeros treinta y dos escalo-nes. Entonces le di pena y me invitó a tomar un café. No me importaría acostumbrarme a esa escalera.
—¿Significa eso que Liza vive en el segundo? —pre¬guntó Tony.
—No, Liza vive en Pennington —le informó Roger—. Todos los años se muda de barrio, más o menos al mismo tiempo que de trabajo. Bonnie dice que le gusta cambiar.
—¿No la acompañaste a casa? —le preguntó Cal a Tony.
—Me dejó plantado cuando estaba en el váter. Creo que se está haciendo la interesante.
—Igual que Min, sólo que ella lo hace en serio —di¬jo Cal volviéndose hacia el ordenador.
—La acompañamos Bonnie y yo. Estuvo bien, así tuve más tiempo para estar con Bonnie —dijo Roger.
—¡Joder! ¡Cálmate, chico!
—¿Vas en serio? —le preguntó Cal.
—Sí.
—Felicidades —dijo Cal al ver la determinación que mostraba su rostro, decidido a averiguar lo que pen¬saba ella—. Espera un mes antes de declararte. No que¬rrás asustarla, ¿verdad?
—Es lo que había pensado.
—Estáis locos —comentó Tony.
—Lo que estaremos es en el paro si no nos pone¬mos a trabajar. Empezad con el curso de actualización de Batchelder.
—Bonnie me dijo que Min es estupenda. Parecía maja —continuó Roger.
—No lo es. Está enfadada con el mundo y se des¬quita con el primer tipo que tiene delante. Respecto al curso de actualización...
—¿Estás seguro de que David no se acuerda de la puesta? —preguntó Tony.
—Seguro. No volveré a ver a esa mujer en mi vida. Venga, lo de Batchelder...



A las cuatro y diez, Min entró en el probador con cortinas de muaré color marfil de la mejor tienda de novias de la ciudad, sabiendo que llegaba tarde, pero sin darle mucha importancia. Seguramente su madre estaría tan absorta atormentando a Diana y a la probadora que...
—Llegas tarde —le reprochó Nanette Dobbs—. Habíamos quedado a las cuatro.
—Tengo que trabajar —replicó Min mientras avan¬zaba por la gruesa alfombra dorada para esquivar el ma¬nojo de nervios de pelo oscuro que la había dado a luz y dejar su chaqueta en una silla tapizada en color marfil—. Lo que quiere decir que la compañía de seguros es la pri¬mera en mi lista de prioridades. Si quieres que llegue a tiempo, pon la cita después del trabajo.
—No digas tonterías. Tu vestido está en el segundo probador. La probadora está con Diana y el resto de las chicas. Dame tu blusa, seguro que la dejas en el suelo —le pidió estirando una apremiante mano con manicura francesa. Min suspiró y se la quitó—. ¡Por favor, Min! —exclamó su madre con voz, como era de esperar, desdeñosa—. ¿De dónde has sacado ese sujetador?
—Ni idea, ¿por qué? —preguntó Min mirando su sostén de algodón, perfectamente respetable.
—Es de algodón blanco. La verdad, Min, es como el color vainilla.
—A mí me gusta.
—No tiene nada de provocador.
—He estado trabajando. ¿Qué quieres que provo¬que allí?
—Me refiero a los hombres. Tienes treinta y tres años. Has dejado atrás los buenos tiempos y llevas algo¬dón blanco.
—Estaba trabajando —replicó Min empezando a perder la paciencia.
—Da igual —dijo su madre sacudiendo la blusa. Comprobó la etiqueta, vio que era seda y puso cara de estar más calmada—. Si llevas ropa interior de algodón blanco te sentirás y actuarás exactamente igual que lo que llevas puesto y esas cosas no atraen a los hombres, ni ayudan a conservarlos. Ponte siempre cosas de encaje.
—Serías una proxeneta perfecta —le espetó antes de dirigirse al probador.
—¡Minerva!
—Lo siento —se excusó—. Pero la verdad, madre, esta conversación huele. Ni siquiera estoy segura de querer casarme y tú te dedicas a criticar mi ropa inte¬rior porque no te parece un buen cebo. ¿No podrías...?
—Con esa actitud seguro que pierdes a David —profetizó Nanette con la barbilla levantada, con lo que su mandíbula parecía aún más tensa.
—Respecto a eso... —comenzó a decir Min.
—¿Qué? —preguntó su madre poniéndose en ten¬sión dentro de su vestido talla treinta y cuatro de Dana Buchman—. ¿Qué pasa con David?
—Ya no salimos —le informó sonriendo alegre¬mente.
—¡Oh, Min! —gimió Nanette apretando la blusa de su hija contra su pecho, haciendo una representación perfecta de la desesperación en medio de un profuso y suntuoso decorado dorado y marfil.
—No era el hombre adecuado para mí, madre.
—Ya, pero ¿no podrías haberlo conservado hasta después de la boda?
—Evidentemente, no. Mira, no mareemos más la perdiz. ¿Qué tengo que hacer para que no vuelvas a mencionar su nombre?
—Llevar encaje.
—¿Me dejarás en paz si lo hago?
—Durante un tiempo.
—Eres imposible —dijo sonriendo mientras se diri¬gía al probador.
—Igual que tú, querida —dijo Nanette observando a su hija mayor—. Estoy muy orgullosa de ti. Llevas un pegote de maquillaje en el ojo. ¿Por qué?
—¡Por todos los santos! —exclamó Min cerrando la puerta. Se desabrochó la falda, la dejó caer en la mo¬queta dorada y se miró en el espejo de marco dorado—. «No estás tan mal —se dijo a sí misma no muy conven¬cida—, sólo necesitas encontrar a un hombre que le gusten las mujeres sanas».
Sacó la larga falda color lavanda de la percha dorada, se la puso con cuidado de no rasgar la gasa plisada con vo¬lantes y metió el estómago para abrochar los botones. Des¬pués se puso la blusa de gasa color lavanda, abrochó los diminutos botones y estiró la tela en la parte del pecho pa¬ra que se viera el sujetador blanco en los extremos del bajo y cuadrado canesú. Estiró las mangas y la gasa cayó hasta sus manos en amplios volantes dobles que tendría reman¬gados durante toda la recepción. La blusa también estaba rematada en las caderas por más volantes. «Estupendo, más anchura, como si no tuviera bastante ya», pensó.
Después cogió el corsé, de muaré color azul y lavanda acuarela, atado con lazos color lavanda. La tela le había parecido tan preciosa cuando Diana la escogió seis meses antes que le pidió a la costurera que le hiciera un edredón. En ese momento, al ver el estrecho corsé pensó: «Tendré que ir con el edredón. No voy a ser capaz de ponerme esto». Inspiró profundamente y se lo puso alrededor. Hacía que sus pechos se pronunciaran a una altura vertiginosa dejando unos cinco centímetros en el centro, donde no podía abrocharse. «Hidratos de carbono», pensó dedi¬cándole sus peores pensamientos a Cal Morrisey y al pan de Emilio. Después intentó alisar la base de maqui¬llaje extra que se había puesto, cuidando de que siguiera ocultando la moradura, y salió para que la viera su madre.
En vez de a ella se encontró a Diana, de pie en la tari¬ma donde hacían las pruebas, frente a un enorme espejo con marco dorado, flanqueada por dos encantadoras damas de honor, a las que Liza llamaba Salida y Calentorra, mientras en el discman de Diana sonaban las Dixie Chicles.
—¿Lista para la fuga? No me parece muy adecuada —dijo Min.
—No, se titula Novia a la fuga —dijo Diana mirán¬dose en el espejo.
—Ya —dijo Min acordándose de que su hermana había decidido poner bandas sonoras de películas de Julia Roberts en su boda. Bueno, al menos aquello sugería una alternativa.
—A mí me encantó esa película —comentó Susie. Rubia, repugnante, deprimente y, bueno, salida, con un corsé de gasa verde. Era la perdedora en la lotería de las damas de honor.
—A mí me pareció ridicula —comentó la morena Karen, alias Calentorra, que parecía más sofisticada y al¬tanera con un corsé de gasa azul.
—Apártate un poco para que pueda ver a mi herma¬na —le pidió Min haciéndole una seña con la mano—. ¡Guau! —exclamó al verla.
Diana parecía un cuento de hadas hecho realidad, vestida de gasa satén color marfil. Su moreno y rizado cabello caía desde un ingenioso y complicado moño y formaba unos tirabuzones ensartados con perlas sobre su pálida y ovalada cara. Su cuello se elevaba graciosamente por encima de la perfecta extensión de piel que dejaba ver un canesú muy bajo de cuello a caja, idéntico al que mostraba una ligera insinuación del sujetador blanco de Min. El escote tenía volantes de gasa que caían en casca¬da sobre un corsé color marfil con pedrería que rodeaba su estrecha cadera; de sus muñecas caían más volantes y por debajo del corsé se desbordaban otros que se divi¬dían para dejar ver una falda recta con más volantes en los lados, como alforjas, acabada en un ribete plisado que tocaba los dedos de sus zapatos de salón con hebillas. Se dio la vuelta para mirarse en el espejo y Min vio el poli¬són de gasa fruncida en la base de la espalda, del que sa¬lían más y más volantes y pliegues que conseguían que la parte de atrás del vestido adoptara vida propia y se agitara cuando Diana se movía.
—¿Qué te parece? —preguntó Diana inexpresiva.
«Pareces una princesa obsesionada por el sexo, has¬ta arriba de heroína», pensó, pero dijo:
—Estás preciosa —porque también era verdad.
—Estás fantástica —dijo Salida estirándole la falda, aunque no hiciera falta.
—¡Sí! —exclamó Calentorra. A Min le hubiese gus¬tado sentir pena por ella, no debía ser fácil ver cómo tu mejor amiga se casa con tu ex novio, sobre todo si tienes un aspecto horrible vestida de verde, pero tenía tan poca gracia que era difícil tenerle compasión.
—No quedaría bien en una boda que se celebrara por la mañana —aseguró Diana tocando el lazo que te¬nía a la altura del pecho—. Ni en una por la tarde, pe¬ro la mía es al anochecer. La hora mágica que lo cam¬bia todo.
—Parece que tengas magia —dijo Min reconocien¬do la misma tensión en su voz que había oído la noche anterior en el contestador automático—. ¿Estás bien?
—Tú no te pondrías esto ni loca, ¿verdad? —le pre¬guntó volviéndose hacia el espejo.
—Si me quedara como a ti, a lo mejor.
Calentorra miró a Min de pies a cabeza y se fijó en el corsé a punto de reventar y en el sujetador blanco.
—No es su estilo —aseguró.
—¿Tú crees? Porque pensaba llevar el corsé en la oficina cuando acabara toda esta historia. ¿Me dejáis hablar un rato a solas con mi hermana?
Salida se fue muy contenta hacia los probadores y Calentorra arqueó las cejas, pero cuando Min cruzó los brazos y la miró, se dio por vencida y se fue también.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Diana cuando acabaron las Dixie Chicks y Martina McBride empezó a cantar la tremendamente alegre I Love You.
—Nada —contestó observándose en el espejo—. Bueno tenemos algún problemilla con la tarta, pero por lo demás, todo va de maravilla.
—¿Es por Greg? —preguntó Min pensando «Yo no me casaría con un moña por muy guapo y rico que fue¬ra». Si lo hacía, sería con alguien con chispa, alguien que fuera picaro, lanzado e interesante.
—Greg es perfecto —aseguró Diana ahuecando los volantes que conseguían que su cadera pareciera más estrecha.
—Muy bien. ¿Qué pasa con la tarta?
—La tarta... —Diana se aclaró la garganta—. No la hemos encargado a tiempo.
—Creía que Greg conocía a un excelente paste¬lero.
—Sí, pero... se olvidó y ahora es demasiado tarde, así que tengo que buscar otro.
—¿Quién va a hacer una tarta enorme para dentro de tres semanas?
—Él no tiene la culpa, ya sabes cómo son los hom¬bres. No se puede confiar en ellos para ese tipo de cosas. La culpa es mía por no asegurarme.
—No todos los hombres son poco fiables. Anoche conocí a un auténtico canalla, pero él no se habría olvi¬dado de la tarta.
—Bueno, al menos Greg no es un canalla. Prefiero estar con un buen hombre que se olvida de las tartas que con un canalla que se acuerda de ellas.
—Tienes razón. No te preocupes, yo te encontraré la tarta. Es lo menos que puedo hacer para enmendar mis meteduras de pata.
—¿Qué pasa? No has hecho nada —dijo Diana ol¬vidándose de los volantes y dándose la vuelta.
—He roto con David y estoy demasiado gorda para este corsé —confesó levantando los extremos de las cintas.
—No estás gorda —la tranquilizó Diana bajando de la tarima—. Seguramente se han equivocado con la talla. Déjame ver.
Min se desabrochó el corsé, se lo dio a su hermana y la observó mientras hurgaba diestramente en su interior.
—¿Qué ha pasado con David? —preguntó Diana frunciendo el entrecejo al ver la etiqueta.
—No me acostaba con él y decidió dejarme.
—¡Qué burro! —dijo levantando la vista descon¬certada—. Es una treinta y ocho, debería irte bien.
—¿En qué planeta? —protestó Min escandalizada—. No tenía esa talla ni cuando nací. ¿Quién la ha pedido?
—Yo —confesó Nanette a su espalda—. Creía que ibas a perder peso para la boda de tu hermana. Sigues a dieta, ¿verdad?
—Sí —dijo Min secamente mientras se daba la vuel¬ta para ponerse frente a su madre—. Seamos realistas. Compraste una blusa para que me quedara bien —dijo mirando hacia donde los botoncitos sobresalían en la parte del pecho—. Más o menos. ¿Por qué no...?
—Has tenido un año —replicó su madre cogiendo un montón de encajes del departamento de lencería—. Pensaba que el corsé cerraría aunque te sobraran unos kilos para alcanzar tu objetivo, pero has tenido tiempo más que suficiente para perder peso.
Min inspiró profundamente y reventó el botón de la falda.
—Mira madre, no seré delgada nunca. Soy no¬ruega. Si querías tener una hija flaca no deberías ha¬berte casado con un hombre cuyos antepasados feme¬ninos se dedicaban a llevar las vacas a casa desde los prados.
—Sólo eres medio noruega, lo que no es excusa, porque hay un montón de bellezas nórdicas muy del¬gadas. Sólo comes para llevarme la contraria.
—A veces no tiene que ver contigo —le espetó suje¬tando la falda—. Es cuestión genética.
—No me levantes la voz —le ordenó volviéndose hacia Diana, que tenía el corsé en la mano—. Tendre¬mos que estrecharlo más.
—Buena idea, así cuando me desmaye en el altar podrás presumir de lo delgada y nórdica que soy.
—¡Minerva! ¡Es la boda de tu hermana! Podrías sa¬crificarte un poco.
—No pasa nada, no pasa nada —intervino Diana levantando las manos—. Todavía hay tiempo para ha¬cer otro de la talla de Min. Todo irá bien, no te preo¬cupes.
—Estupendo —dijo Min subiendo a la tarima para mirarse en el espejo de tres lunas. Parecía la desaliñada camarera que trabajaba en el hostal de detrás del castillo y que recogía la ropa que ya no quería la princesa—. És¬ta no soy yo en absoluto.
—Ese color te favorece mucho —la animó Diana poniéndose detrás de ella y Min se inclinó para tocarla con el hombro.
—Vas a ser una novia espectacular. La gente se quedará con la boca abierta cuando te vea.
—Contigo también —dijo Diana apretándole el hombro.
«Sí, cuando explote el corsé y le dé con las tetas al
cura.»
—¿Qué te ha pasado en el ojo? —le preguntó al oído para que Nanette no pudiera oírla.
—El canalla me dio un golpe —contestó y cuando Diana puso cara de asombro añadió—: Me di contra su codo, no tuvo la culpa.
—Ese sujetador no pega con el vestido —dijo Na¬nette a sus espaldas.
—No serás mi madrastra, ¿verdad? —comentó Min hacia el reflejo de su madre—. Porque eso explicaría muchas cosas.
—Toma, cariño —dijo ésta dándole cinco sujetado¬res de encaje de diferentes colores—. Pruébatelos y da¬me esa cosa de algodón que voy a quemarla.
—¿Qué cosa de algodón? —preguntó Diana.
—Llevo un sujetador blanco —se justificó Min bajando de la tarima con un montón de encaje en la mano.
—Pues irás al infierno —dijo Diana con los ojos muy abiertos y mirada cursi.
—¡Diana! —la regañó su madre.
—Ya —dijo Min de camino a los probadores—. Allí en donde están los mejores hombres.
—¡Minerva! ¿Dónde vas? —le preguntó su madre.
—Es jueves, he quedado con Liza y Bonnie para cenar y no tengo ganas de hablar más de mi ropa interior dijo parándose en la puerta del probador—. Ah, encarga una talla más grande de corsé. Mucho más grande. Repetiremos todo esto cuando lo tenga.
—Nada de hidratos de carbono ni de mantequilla —gritó su madre cuando Min entró en el probador.
—Sé que me robaste a mis verdaderos padres. Ellos sí que me dejaban comer mantequilla —Min cerró la puerta antes de que le prohibiera también el azúcar.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:12 pm

Capítulo 4


Cuando Cal llegó a casa del trabajo, encendió la luz del techo, se quitó los zapatos y fue hacia la cocina que había detrás de la barra blanca para el desayuno, para ponerse un Glenlivet. Cuando se lo estaba sirviendo oyó She, de Elvis Costello, sonando a todo volumen en el departamento de al lado.
—¡Joder! —exclamó poniéndose el vaso en la frente. El turbulento ligue de Shanna debe de haber sido un fracaso. Se acabó la copa y fue a llamar a su puerta.
Cuando Shanna la abrió, vio una cara manchada por las lágrimas bajo un sedoso y ensortijado cabello.
—Hola, Cal. Pasa.
La siguió hasta la versión technicolor de su propio apartamento y suspiró cuando puso a Elvis a un volumen razonable.
—Cuéntame qué ha pasado —le pidió.
—Ha sido horrible —aseguró mientras se acercaba a una estantería roja brillante y apartaba un profusamente coloreado muñeco del dios Tiki para sacar la botella de Glenlivet que guardaba para él.
—Acabo de tomarme uno, gracias.
—Creía que esta vez iba a ser la definitiva —se que¬jó volviendo a poner al dios en sus sitio antes de dirigir¬se hacia el enorme y antiguo sofá que cubría con una colcha india de color morado.
—Siempre piensas que va a ser para siempre —dijo Cal sentándose a su lado y poniéndole un brazo sobre los hombros—. ¿Quién ha sido esta vez? Ya he perdido la pista,
—Megan —le aclaró, y se le descompuso la cara otra vez.
—Bueno —dijo Cal poniendo los pies en el antiguo baúl que utilizaba como mesita para el café—. Megan era una bruja. Quizá deberías salir sólo para divertirte o descansar un tiempo. Es lo que voy a...
—Megan era muy divertida.
—Megan era un coñazo sin nada de gracia. No en¬tiendo por qué siempre te enamoras de las mujeres que te hacen sufrir. Son de las que yo me echo a correr al verlas.
—Tú te escapas ante todas —dijo Shanna mirándo¬lo con lloroso desdén.
—No estamos hablando de mí —dijo cuando Elvis acabó la canción con un alto y largo Sheee, y volvió a em¬pezar otra vez; Shanna lo había programado para que se repitiera una y otra vez—. Tienes que buscarte otra canción para tus rupturas.
—Ésta me gusta mucho.
—A mí también me gustaba, pero hace meses, antes de que te dedicaras a romperme la cabeza con ella cada vez que te deja el último de tus ligues. Estás destrozando a Elvis Costello.
—Nadie puede hacerlo. Es un dios.
—¿No era Megan la que lo odiaba?
—No, ésa era Anne, aunque a Megan tampoco le apasionaba.
—Pues ya lo tienes. Pon a Elvis el primer día, y si no le gusta te deshaces de ella antes de cogerle cariño.
—¿Tú lo harías? —preguntó apoyando la cabeza en su hombro—. ¿Es así como consigues salir ileso de todas esas mujeres?
—No estamos hablando de mí, sino de ti. Deja de salir con gente que crees que te gusta y empieza a pasar más tiempo con alguien que sea divertido.
—¿Existen?
—Al principio todo el mundo lo es —aseguró, y después se acordó de Min—. Bueno, excepto la mujer con la que estuve cenando anoche. Fue una auténtica pe-sadilla desde el principio.
—Como era de esperar, ligaste —dijo Shanna vol¬viendo la cabeza para mirarlo—. Aunque te encerraran en un vestuario de hombres saldrías de él con una mujer. ¿Como lo haces?
—Encanto natural —contestó Cal sonriendo y se imaginó la cara de circunstancias que habría puesto la actuaría si le hubiera oído.
—Y lo más triste de todo es que es verdad. Yo no lo tengo —dijo Shanna apartando la cabeza.
—Sí que lo tienes, simplemente no lo utilizas.
—¿Tú crees?
—Cuando no estás preocupada por impresionar a alguien esnob e imbécil, eres estupenda. Eres inteligen¬te, divertida y alegre.
—¿Sí?
—Me junto contigo, ¿no?
—Sí, pero ahora sólo estás tratando de ser amable.
—No lo soy. Soy muy egoísta. Y puesto que me de¬jaste bien claro que no te acostarías conmigo, si paso tiempo en tu compañía será porque me pareces diverti-da, ¿no? Sin contar las noches lloronas de Elvis.
—Ya —dijo Shanna animándose un poco.
—Mi listón para la diversión está muy alto, así que debes de ser estupenda. Lo que pasa es que sales con las mayores brujas que he visto en mi vida.
—Ya claro, como si las mujeres con las que sales tú fueran todas adorables —dijo Shanna levantándose.
—No estamos hablando de mí. La razón por la que sigues teniendo fracasos es porque no tienes con¬fianza en ti misma y eliges a mujeres a las que eso es lo que les gusta de ti.
—Ya —aceptó Shanna sentándose en el taburete rojo que había al lado de la barra para desayunar, para apartar una cortina amarilla y sacar una caja de galletas con forma de Betty Boop.
—Deberías ligar con alguien que te haga sentir bien.
—Ya lo sé —dijo abriendo la lata para sacar una ga¬lleta Oreo.
—¿Cuántas veces hemos tenido esta misma conversación?
—Miles —dijo dando un salvaje mordisco a la galleta.
—Y siempre vuelves a maltratar a Elvis. Es una can¬ción bonita y la estás machacando. Tarde o temprano pa¬garás por ello.
—Ya.
—Pon algo que sea más peleón. Seguro que hay al¬guna canción de mosqueo por una ruptura.
—A mí siempre me ha gustado mucho I Will Survive —confesó un poco más animada.
—¡Joder! —exclamó poniéndose de pie pues empe¬zaba a sonar otra vez She—. Déjalo tranquilo un ratito, ¿quieres?
Shanna se acercó a la estantería y quitó la música.
—Cuando las conozco no parecen tan malas.
—¿Te acuerdas de tu primera cita con Megan? ¿Cuando nos presentaste en el vestíbulo? Se disculpó por cómo ibas vestida. Le hubiera dado de bofetadas por zorra, pero daba la impresión de ser más fuerte que yo.
—Es muy exigente.
—Es una esnob amargada y dominadora. Tendrías que haber cortado por lo sano el primer día.
—¿Es lo que hiciste tú anoche?
—¡Pues claro!
—Yo no puedo hacerlo —aseguró volviendo a la lata de galletas—. No soy como tú. Prefiero darles una oportunidad.
—Muy bien. ¿Por qué te dejó?
—Dijo que era como un felpudo —confesó con cara compungida.
—Bueno, se había limpiado los pies en ti las sufi¬cientes veces como para saberlo —Shanna se echó a llorar y Cal le puso los brazos alrededor—. Enfádate con ella, Shan, no era buena gente.
—La amaba —dijo gimiendo en su pecho y llenán¬dole la camisa de galleta.
—No —la contradijo abrazándola con más fuerza—. Querías amarla, que no es lo mismo. Sólo hacía dos semanas que la conocías.
—A veces las cosas son así. No se puede saber —di¬jo Shanna mirándolo a los ojos.
—No, no se mira a alguien teniendo She en la ca¬beza como banda sonora y te enamoras, cuesta tiempo.
—Qué sabrás tú —replicó zafándose de él y cogien¬do la lata de galletas—. ¿Has estado suficiente tiempo con alguien como para amarla?
—¡Eh! —exclamó Cal ofendido.
—Eso no es una respuesta —le espetó volviendo al sofá con las galletas—. ¿Por eso sigues desenten¬diéndote de ellas tan rápido? Por lo menos, yo lo in¬tento.
—No estamos hablando de mí.
—Ya lo sé —dijo sacando otra Oreo—. Estoy hecha un lío. ¿Quieres una galleta?
—No, gracias. Aclárate un poco, seguiremos maña¬na. Si te pasas por la oficina, te invitaré a comer antes de que vayas a trabajar.
—Eso sería estupendo. Eres buena gente. A veces me gustaría que fueras mujer...
—Gracias —dijo Cal un tanto confundido.
—...entonces me acuerdo de que le tienes fobia al compromiso y me alegro de que seas hombre. Ya tengo bastantes problemas.
—Eso es verdad. ¿Puedo irme a casa ya? —pregun¬tó con la mano en el pomo de la puerta.
—Sí, llévame a algún sitio caro mañana.
—Te llevaré a Emilio's. A él le irá bien hacer negocio y a ti te gusta el pesto.



Mientras Cal intentaba animar a Shanna, Min en¬tró en Emilio's para comprar una ensalada y pan.
—¡La encantadora Min! —exclamó Emilio cuando esta lo localizó en su cocina.
—Emilio, cariño, necesito ensalada y pan para tres ahora, y una tarta de boda que tire de espaldas para doscientas personas dentro de tres semanas.
—¡Ah! —exclamó Emilio apoyándose en el mostra¬dor—. Mi abuela hace tartas. Son —cerró los ojos—, deliciosas. Ligeras como una pluma —volvió a abrir¬los—. Son muy buenas, de las de toda la vida, pero no llevan mazapán ni glaseado de azúcar.
—¿Podría hacer una y decorarla con flores? Puedo buscar perlas de verdad. Si la cubrimos con cosas verdaderas en vez de con imitaciones de azúcar, impresionaremos más a los invitados.
—No sé. Lo importante es el sabor y será...
—Eso está muy bien, Emilio —dijo imaginándose la reacción de su madre—. Pero en este caso lo que im¬porta es el aspecto.
—¿Qué te parece si le pregunto si puede hacerlo? Si dice que sí, puede dejarla sin decorar para que tú le pongas las flores y las perlas.
—¿Yo? Bueno, ya lo hará Bonnie, que tiene muy buen gusto. Trato hecho, llama a tu abuela.
—¿Vas a llevar a Cal a la boda? —preguntó mientras descolgaba el teléfono.
—No voy a volver a verlo.
—¡Qué tontos que sois! —dijo mientras tecleaba los números. Al cabo de un momento se le iluminó la cara—. ¡Nonna! —exclamó, y empezó a hablar en italiano.
La única palabra que Min reconoció fue «Cal», algo que le preocupó, porque cuando Emilio colgó sonreía—. Arreglado. Le he dicho que eras la novia de Cal, le cae estupendamente.
—A todas las mujeres —aseguró dándole un beso en la mejilla—. Eres mi héroe.
—Toma la comida —dijo metiendo el pan y ensala¬da para tres en una caja.
Min fue a casa y subió treinta y dos escalones hasta el apartamento de Bonnie.
—Bueno, ¿nos vas a contar lo que pasó anoche? —preguntó Liza en cuanto abrió la puerta.
—¿Me dejas pasar antes? —sugirió mientras entraba en el luminoso y cálido apartamento de su amiga.
Bonnie había preparado su mesa estilo misiones de California con su vajilla Royal Doulton Tennyson y un jarrón de cristal con rosas de supermercado. Todo estaba tan bonito que Min pensó: «Vale, mi apartamento nunca estará igual, pero sé preparar mejor la mesa. Incluso sé cocinar. Podría sacar los cacharros de cocina de mi abue¬la del sótano». Sería estupendo cocinar como hacía su abuela. Quizá podría hornear galletas.
Que no podría comer.
Suspiró y dejó las cajas de plástico en la mesa.
—¿Qué es? —preguntó Bonnie.
—La mejor ensalada que hayáis comido en la vida y un pan incluso mejor —aseguró y Bonnie empezó a servir.
—¿Pan? —preguntó Liza—. ¿Vas a comer pan?
—No, lo comí anoche y ya he pagado por ello hoy. Es para vosotras, yo lo saborearé a través de vosotras.
—Como con los postres, Estadísticas, estás... —dijo Liza haciendo una mueca mientras empujaba una alta si¬lla de comedor.
—¿Qué has traído? —preguntó Min, que se temía la respuesta.
—Helados Dove Torbellino de frambuesa.
—Púdrete en el infierno —le deseó Min sacando su silla—. ¿Por qué no traes fruta alguna vez?
—Porque la fruta no es un postre. Ahora explícanos por qué te fuiste ayer del bar con Calvin Morrisey.
—David se apostó con él diez pavos a que no con¬seguía acostarse conmigo en un mes —les explicó em¬pujando la cajita con el pan hacia Liza y observando como se quedaban de piedra; Bonnie con una fuente de pollo y verduras en la mano y Liza intentando coger un trozo de pan.
—¿En serio? —preguntó Liza con cara peligrosamente enfadada.
—Le dejé que ligara conmigo porque había pensado llevarlo a la boda. Después me di cuenta de que no podría soportar a ese adulador tres semanas, así que tomé una cena excelente y después me fui.
—¡Cariño, eso es horrible! —exclamó Bonnie con cara descompuesta.
—No. Venga, vamos a olvidarnos de Calvin Morrisey y a cenar. Quiero contaros algo de Diana. No es feliz.
—Por culpa de Salida y Calentorra —empezó a decir Liza lanzándole una mirada a Min en la que le decía e volverían a hablar de Cal muy pronto—. Son capaces de deprimir a cualquiera.
—No las llames así. Casi he llamado Salida a Susie en el probador. Parecía que no iba a parar de llorar du¬rante toda la prueba.
—Bueno, eso es comprensible —dijo Bonnie compasivamente antes de dejar la fuente en la mesa y sentarse.
—Creo que Diana no debería haberle pedido que fuera dama de honor. Es muy cruel —aseguró Liza de¬jando el pan en un cuenco.
—Si no se lo hubiese pedido habría sido peor. ¿Está enfadada por eso? —preguntó Bonnie.
—Creo que es por Greg —explicó Min sirviéndose ensalada—, pero no lo admitirá. Se olvidó de encargar la tarta.
—Vaya, un hombre que se resiste a su propia bo¬da. Seamos sinceras, tu madre y Diana lo obligaron a hacerlo.
—Fue él el que se declaró —intervino Bonnie.
—Creo que hubiera preferido tener un noviazgo más largo —dijo Min—. Pero cuando fijaron la fecha, aceptó. Tiene lengua, podría haber dicho que no.
—¿A Nanette y a Diana? —preguntó Liza antes de empezar con su ensalada—. Ni loco. Antes me creo que Calentorra haga algo amable, a que Greg reúna el valor suficiente. Ahora cuéntanos lo de la maldita apuesta de Calvin Morrisey. Queremos saberlo todo.
Media hora más tarde, la ensalada había desapareci¬do, las sobras del pollo estaban en el frigorífico y Bonnie estaba quitándole el envoltorio a un helado mientras Min acababa su resumen de la noche anterior.
—Al menos te acompañó a casa. Todo un detalle —dijo Bonnie poco convencida.
—Sí y después me dio un golpe en la cabeza, dijo «Que seas feliz» y se fue. No me cayó bien, a vosotras tampoco y yo no le caí bien a él. Un resultado perfecto.
—Creo que toda la historia de la despedida es un truco —opinó Liza dando un mordisco al helado—. Quiere que bajes la guardia para volver en otra ocasión. Si no tienes cuidado te engatusará para que te acuestes con él y te romperá el corazón.
—¿Tan ingenua parezco? —preguntó mirándola con el entrecejo fruncido—. Sé lo de la apuesta. De to¬das formas, tengo un nuevo plan.
—Estupendo, nunca tienes bastantes.
Min no le hizo caso.
—Anoche estuve escuchando Love Me Tender y pensé que si Elvis se reencarnara, ahora tendría veinti¬siete años, y a mí me van los hombres jóvenes. Estadís¬ticamente, los matrimonios que mejor funcionan son los que la mujer es ocho años mayor que el hombre. Así que he decidido que esperaré a que me encuentre Elvis.
—Sólo serías seis años mayor —comentó Bonnie.
—Ya, pero sería Elvis y me esforzaría al máximo.
—¿Y por qué Elvis?
—Porque siempre dice la verdad cuando canta. Es el único hombre en el que puedo confiar.
—A ver si lo he entendido —dijo Liza indicando hacia ella con el helado a medio comer—. Bonnie está esperando a que el personaje de un cuento de hadas llene su vida y tú vas a depositar tus esperanzas en la encarnación de un tipo que comía sandwiches de plátano frito.
—Sí —confesó Min, y Liza meneó la cabeza.
—Puede que yo haya encontrado a mi príncipe. Roger no está nada mal —comentó Bonnie.
—¿Roger? —preguntó Min intentando no ver có¬mo se acababa el helado Liza.
—Anoche ligamos con los amigos del canalla. Estoy pensando en cancelar mi cita para el sábado e irme con Roger. Voy a esperar a ver qué tal nos va la noche del viernes —dijo Bonnie.
—¿Te ha propuesto que salgas con él? Cuéntanoslo todo —le pidió Min aliviada por que dejaran el tema Cal.
—Le ha pedido que salga con él todas las noches de su vida. Está loco por ella —aseguró Liza.
—Eso es muy bonito. ¿Tiene posibilidades, Bon? —preguntó Min cogiendo una última hoja de lechuga del cuenco para compensar la falta de azúcar.
—Es posible —dijo Bonnie tan cerca de fruncir el entrecejo como jamás lo había estado en su vida—. Creo que si sigo viéndolo un par de semanas y la cosa funciona, lo llevaré a casa y dejaré que mi madre lo evalúe.
—¿Crees que cruzará tres estados para conocer a tu madre? —preguntó Min arqueando las cejas.
—Cruzaría los Andes para llevarle un palillo. Es bochornoso —aseguró Liza.
—No lo es —replicó Bonnie frunciendo el entrece¬jo ante el palo del helado—. Es un cielo y piensa que Cal es estupendo, lo que me confunde un poco.
—Así que Bonnie ha conocido a alguien bueno —le dijo Min a Liza sin hacer caso al comentario sobre Cal—. ¿Qué te tocó a ti?
—El tonto del pueblo. Él también cree que Cal es el prototipo de hombre. Son igual que Los Tres Chifla¬dos, sólo que no son graciosos.
—Esos no eran divertidos —aseguró Bonnie.
—Es verdad —corroboró Min—. ¿Vas a volver a ver al tonto?
—Sí —dijo Liza chupando el resto de helado que quedaba en el palo—. Creo que tu canalla va a volver y mi idiota no deja de hablar cuando le pregunto algo. Además, hay una camarera que vive al lado del canalla de la que tengo que hacerme amiga.
—Bueno, pues no preguntes nada de mi parte. Calvin Morrisey no entra en mis planes de futuro —ase¬guró Min.
—Mañana estará en Al Azar con Roger y Tony.
—Entonces me quedaré en casa.
—No —dijo Bonnie dolida—. No tenemos por qué ir allí. Buscaremos otro sitio para que puedas venir con nosotras.
—¿Y que te quedes sin ver a Roger? —comentó Min pensándoselo mejor—. No, ni siquiera yo soy tan egoísta como para interponerme en el camino del amor verdadero. Iré. Me apetece ver a ese Roger de cerca.
—¿Estás segura de que Cal hizo esa apuesta? —le preguntó Bonnie.
—Estaba al lado. Lo oí. Dijo: «Está chupao». Eso fue lo que más me dolió.
—Lo digo porque Roger me habló de él y cree que su vida es muy triste —le explicó Bonnie—. Se conocie¬ron en una escuela de verano cuando estaban en tercero de primaria. Dijo que él iba un poco atrasado, a Tony no le interesaba el colegio y Cal era disléxico, así que todo el mundo pensaba que eran tontos.
—¿Disléxico? —repitió Min muy sorprendida.
—Tony sí que es tonto —dijo Liza inmediatamente.
—No —la contradijo mostrando una paciencia que quería decir: «Piérdete»—. No lo es, cuando quiere es muy listo. Y Roger tampoco, es muy metódico y no se le puede meter prisa. Es como mi tío Julián.
—¡Vaya! Es como de la familia. Te apuesto lo que quieras a que Roger es su deseo de esta semana.
—Si Roger es tan dulce como creo que es, me casa¬ré con él —aseguró levantando la barbilla.
—¡Por Dios! —exclamó Liza.
—¡Déjala en paz! —le pidió Min—. Siempre consi¬gue lo que quiere. ¿Y el tuyo?
—Si mi trabajo sigue igual de aburrido lo dejaré la semana que viene.
—Coge el calendario —le dijo Min a Bonnie.
—No me hace falta. Dejó su último trabajo en agosto porque según ella nadie debería trabajar durante una ola de calor.
—Diez meses. No es mucho. Su promedio de concentración es cada vez más corto.
—Es sólo un deseo. Sigo atenta a mis opciones. Si encuentro algún sitio divertido a lo mejor vuelvo a trabajar de camarera. ¿Y el tuyo? —le preguntó Liza a Min.
Ésta pensó en Cal Morrisey y empezó a sentir que le estallaba la cabeza.
—Si no encuentro a la reencarnación de Elvis, vol¬veré a salir con alguien. Hasta entonces voy a tomarme un descanso en mi socialización entre sexos.
—Soy la única mujer que está en sus cabales en esta habitación —afirmó Liza.
—La cordura está sobrevalorada —dijo Min antes de irse a casa a buscar una aspirina.



La noche siguiente, Cal volvió a Al Azar y se que¬dó tan lejos como pudo de la tarima para concederse una vía de escape. Roger estaba a unos tres metros, mi-rando a Bonnie como si fuera el centro del universo y ésta le miraba a él como si fuera un tipo agradable al que no conociera muy bien. Meneó la cabeza, ver a su amigo flirtear era como observar a un niño en medio del tráfico.
Tony se sentó a su lado y le pasó un whisky.
—Creo que deberías decidirte a ir —le sugirió indi¬cando hacia la barra.
—¿Qué? —preguntó. Miró más allá de Bonnie y vio a una alta y esbelta pelirroja, Liza. Min estaba detrás de ella, vestida con un holgado jersey rojo. Tenía una es-pecie de capucha a la espalda, Roger tiró de ella y dijo al¬go que la hizo sonreír—. Estupendo —iba a tener que aguantar otra noche de insultos.
—No te pega mucho lo de mirar y no hacer nada. Te estás haciendo viejo —comentó Tony.
—Estaba mirando a Roger y a Bonnie.
—Ah, está en las últimas, a todos nos llega algún día.
—Sí, y quiero que me cubras la espalda.
—¿Qué vas a hacer? —Tony miró por encima del hombro de Cal y exclamó—: ¡Qué demonios! ¿Dónde creen que van?
Cal se dio la vuelta y vio que los cuatro se sentaban a una mesa de póquer en el otro extremo del bar.
—Evidentemente no viene aquí —dijo Cal más ani¬mado. Daba la impresión de que Min lo había pasado tan mal como él. Lo que era por su culpa, pues no se la podía contentar. Bien sabía Dios que lo había intentado. Bueno, excepto por el golpe de última hora.
Min se sentó al lado de Liza y Cal la observó mientras se recostaba y estiraba sus piernas cubiertas por unos pantalones negros. Sus piernas no estaban mal, tenía unas pantorrillas fuertes, robustas, como to¬da ella en general.
—Dentro de cinco minutos la tienes aquí —asegu¬ró Tony.
—Diez pavos a que no —lo desafió volviéndose ha¬cia su Glenlivet.
—Vale, me busca a mí.
—¿A ti? ¡Ah! Te refieres a Liza —dijo mirando a la pelirroja que se estaba riendo con Min sin dar muestras de haberse percatado de la existencia de Tony—. No, ella tampoco vendrá.
—¿Estabas pensando en el retaco?
—No digas eso. Se llama Min y aparte de su mala leche, es maja —aseguró mientras la veía inclinarse hacia un lado para decirle algo a Bonnie—. No está tan gordita. Sólo tiene un cuerpo redondeado, por todas partes.
—Tiene una buena carrocería —dijo Tony intentan¬do ser justo—. Así que no hay nada que hacer, ¿eh?
—No —dijo Cal volviéndoles la espalda otra vez—. La invité a cenar y aceptó. Después la acompañé a casa y le dije adiós. No la cagué.
—Por fin hay una mujer que no puedes conseguir —dijo Tony con satisfacción en la voz—. Es un poco deprimente, porque es como si se acabara una época...
—No lo intenté.
—... pero me alegro de saber que eres igual que todos.
—Eso no lo he entendido nunca. ¿Por qué iba a ser diferente?
—Diez pavos a que no convences a Min para que cene contigo mañana.
—No quiero cenar con ella.
—Pues ir al cine, así no tendrás que hablar con ella.
—Tony...
—Diez pavos, figura. Seguro que no los ganas.
Cal miró a Min. Aparte de las risas no parecía más relajada que cuando la había visto el miércoles por la noche. Se comportaba como si él no estuviera allí.
—No vendrá, no hay apuesta —dijo meneando la cabeza.
—No me lo puedo creer. Te estás rajando.
—Odia a los hombres. Acaba de romper con al¬guien.
—Pues por eso, está despechada. Juegas con ventaja. Puedes llevártela a la cama.
—No quiero acostarme con ella. Seguramente le clavará un punzón para el hielo al próximo que se acueste con ella para vengarse del tipo que la dejó. Crée¬me, no es una mujer con la que se puedan cerrar los ojos.
—¡Cobarde! Te lo pondré fácil. A comer. Diez dólares a que no la invitas a comer.
Cal volvió a mirarla. ¿Aceptaría? Estaba recostada en la silla y sonreía a Roger, como si lo estuviera estu¬diando. Intentaba proteger a su amiga. Podía estar tran-quila respecto a él. Si Bonnie lo pillaba sería una mujer afortunada.
Por supuesto, Min no lo sabía.
—¿Aceptas? —preguntó Tony.
Si iba y le decía...
—Cynthie acaba de entrar —le informó Tony.
—¡Mierda! —exclamó Cal levantándose, pero sin mirar hacia la puerta—. Odia este bar, ¿porqué...?
—Te está acosando. Debe de tener muchas ganas de casarse y viene hacia aquí.
—Venga, vamos.
—¿Adonde?—preguntó Tony sin levantarse.
—Allí, para que puedas provocar un poco a tu peli¬rroja mientras consigo una cita para comer y esquivo a Cynthie. Acepto la apuesta.
—Acabas de perder diez dólares, colega —dijo Tony prácticamente riéndose—. He visto la cara que ha puesto Min cuando entrabas y no le ha hecho ninguna gracia verte. No acabo de creerme que hayas aceptado. Le diste en la cabeza, capullo. ¿Por qué iba a querer ir a ningún sitio contigo?
—Los diez pavos primero —le exigió estirando la mano.
—Antes consigue la cita. Algo que no vas a poder hacer.
—No, éstos son por la pelirroja, que no ha venido a buscarte a los cinco minutos—le aclaró Cal y Tony sus¬piró y sacó la cartera.
Min estaba mirando a Roger, haciendo caso omiso de Cal, cuando Liza cogió una silla para sentarse a su derecha.
—Así pues, ¿qué nos cuentas de Diana? —preguntó pasándole un ron con Coca—cola light.
—La he llamado hoy —contestó cogiendo su bebi¬da—. Le he preguntado si todo iba bien con Salida, quie¬ro decir, con Susie, y me ha dicho que sí, que está salien¬do con un chico muy majo y que no tiene ningún problema con la boda. Y Calentorra..., Karen ha hablado con Susie y le ha asegurado a Diana que no pasa nada.
—¿Se está engañando a sí misma? —preguntó Liza al tiempo que alguien ponía una silla a la izquierda de Min.
—¿Quién? ¿Salida, Calentorra o Diana? —pregun¬tó Min.
—Las tres —dijo Liza.
—Creo que Salida tiene mucho valor, Calentorra va de matona y Diana se engaña a sí misma —explicó Min volviéndose para mirar quién se había sentado a su la¬do—. ¡Ah! —exclamó al darse cuenta de que era Cal y que dejaba dos vasos frente a él. Estaba tan guapo como hacía dos noches y su ADN se volvió loco otra vez.
—Hola, jovencita —la saludó tirando de la capucha de su jersey.
Liza resopló y se volvió para hablar con Bonnie por el otro lado.
—Estupendo. Eres la primera persona que ha he¬cho un chiste sobre Caperucita Roja esta noche. No me volveré a poner este jersey en la vida.
—Hostilidad. Creo que ya la he sentido antes. ¿Qué tal la cabeza?
—El dolor va y viene. También oigo voces.
—Fantástico, así tendrás alguien con quien hablar. ¿Quiénes son Salida, Calentorra y Diana y por qué tienen unos nombres tan horribles?
—Nadie que te interese —le cortó Min cogiendo su vaso—. ¿A qué has venido?
—Deja que adivine —le pidió Cal con sorna—. Eso es ron con Coca—cola light. El desayuno de los que están a dieta.
—¿No tienes otro sitio donde ir?
—No, cazavampiros. El destino me ha enviado aquí para enseñarte a beber con dignidad —dijo apartando el vaso y poniéndole delante uno de los que había traído—. Glenlivet, bébelo despacito.
—¿Esto es lo que entiendes por seducción? —pre¬guntó frunciendo el entrecejo.
—No, no quiero caerte bien. Estoy intentando ayu¬darte a madurar. Las mujeres de verdad no estropean una buena bebida con soda light.
—Es por la presión de las colegas. Siempre pasa lo mismo.
—Toma un sorbo. Si no te gusta, te devolveré esta bazofia.
—Vale —aceptó Min encogiéndose de hombros. To¬mó un trago y tosió cuando sintió el whisky en la garganta.
—He dicho un sorbo, Dobbs. Se supone que lo tie¬nes que saborear, no tragarlo.
—Gracias, ya te puedes ir —dijo cuando hubo recuperado el habla.
—No puedo —dijo acercándose más a Min y ésta empezó a sentir mucho calor—. Voy a proponerte un trato —Min volvió a coger el whisky y tomó un sorbo, de esa for¬ma sabía bien—. Quiero saber más cosas de Bonnie —di¬jo tan cerca de ella que prácticamente le susurró al oído.
Sintió su cálido aliento en el cuello y pestañeó.
—¿Bonnie? Creía que el que la pretendía era Roger.
—Ya, por eso quiero saber más cosas de ella. Ro¬ger no es... —empezó a decir mirando hacia el otro lado de la mesa— muy hábil con las mujeres. Quiero que me hables de tu amiga.
—Bueno —aceptó, dispuesta a darle a Bonnie unas notas excelentes.
—Aquí no —le pidió Cal, que seguía muy cerca de ella—. Pueden oírnos. Nos vemos mañana para comer. ¿Sabes dónde está Cherry Hill Park?
—He oído hablar de ese sitio, pero no tengo dinero suficiente para alternar en él.
—Hay un área de picnic en la parte norte. Nos ve¬mos mañana a las doce en la primera mesa.
—¿Por qué tengo la sensación de que necesitamos una contraseña? Yo diré «pretencioso» y tú contestarás «esnob».
—¿Quieres saber cosas de Roger o no?
Min miró a Bonnie. Una persona que no la cono¬ciera pensaría que mostraba indiferencia, pero ella la co¬nocía bien y sabía que estaba entusiasmada.
—Sí.
—Estupendo. Déjame ver tus zapatos.
—¿Qué? —preguntó mientras Cal se agachaba pa¬ra mirárselos por debajo de la mesa. Estiró el pie y le mostró unas sandalias abiertas de tacón alto, atadas al empeine con tiras de cuero negro que contrastaban con su pálida piel y el color rojo de sus uñas—. Liza los lla¬ma dedos sometidos.
—¿Sí? —preguntó Cal sin moverse, estudiando los dedos un buen rato—. Bueno, me han alegrado la tarde. Te veo mañana a las doce —se despidió echando hacia atrás su silla y llevándose con él su whisky y el vaso de ron con Coca—cola light.
—No he oído lo último. ¿Qué te ha pedido? —pre¬guntó Liza.
—Que coma con él mañana —contestó no muy se¬gura de lo que sentía. Si le volvía a susurrar otra vez en la oreja le daría una bofetada, eso era todo.
—¿Dónde?
—En Cherry Hill Park.
—¡Jesús! Allí es donde juegan al béisbol los ricos y famosos. ¿A qué hora?
—A las doce.
—¡Tony! —llamó Liza elevando la voz.
Min levantó la vista y lo vio en la barra en forma de ruleta dándole a Cal un billete de diez dólares.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó muy enfada¬da. El hijo de puta había apostado que la llevaba a comer y ella había picado.
Tony miró en su dirección y Liza le hizo un gesto con el dedo.
—No soy del tipo de gente a la que se puede hacer ese gesto.
—Tú yo vamos a comer mañana en Cherry Hill Park—ordenó Liza.
—Vale, pero que sepas que acepto porque entreno un equipo allí.
—Muy bien. Ya puedes irte.
Tony meneó la cabeza y volvió hacia la barra.
—Bueno, al menos es obediente.
—No te hagas ilusiones por haber dicho que sí a ir a comer.
—Es sólo una comida. A plena luz del día. En un parque público.
—Dijiste que no ibas a volver a verle y te ha con¬vencido para que comáis juntos.
—Tengo una buena razón —dijo lanzando una implacable mirada hacia la barra. Cal seguía allí, pero tam¬bién la morena del miércoles, que se le acercaba con un top azul sin mangas ni espalda. No le extrañó nada. ¡Ca¬nalla!—. No me pasará nada, créeme, sé de qué va —ase¬guró sin dejar de mirar. Parecía que Cal se alejaba de la chica y se hacía el duro, ¡gilipollas!
—Bueno, iré a cubrirte las espaldas de todas formas. Y si las cosas se ponen feas, Calvin se verá privado de uno de sus miembros vitales.
—Vaya, parece que no te cae nada bien.
—Estoy segura de que se apostó con Tony que conseguía llevarte a comer.
—Yo también.
—Mira a ver si puedes hacerle algo horrible mañana.
—Ya lo estoy pensando.
Tras otra insoportable mañana de sábado intentando que catorce niños de ocho años jugaran al béisbol en contra de su voluntad, Cal no estaba de humor para en-frentarse a Min, pero cogió la nevera portátil del coche, paró en un puesto benéfico de perritos calientes y fue a buscarla a la mesa en la que habían quedado. Min no esta¬ba allí y extendió una vieja manta sobre la enorme mesa de madera de teca —Cherry Hill no escatimaba comodi¬dades—, puso la cesta encima y se sentó, contento de que le hubiera dado plantón. Hacía un día magnífico, el par¬que estaba lleno de árboles que daban sombra, los niños se habían ido y no había nadie que le echara la bronca.
Entonces, Min apareció entre los árboles, por el sinuoso sendero de gravilla. Llevaba el jersey largo de co¬lor rojo otra vez, pero se había puesto una falda de cua¬dros rojos y negros que flotaba con la brisa. Llevaba el pelo recogido, caminaba con pasos largos y relajados, y los rayos del sol hacían que su cabello despidiera reflejos dorados. Al llegar junto a él sonrió y de repente se alegró de que no le hubiese dejado plantado. Cuando Cal le ofre¬ció la mano para que subiese a la mesa, dudó, pero luego la aceptó y Min sintió los dedos agradablemente cálidos cuando se impulsó para sentarse a su lado.
—Hola —saludó sonriendo.
—Hola, gracias por venir.
—Gracias a ti por invitarme. Dame diez pavos —le pidió dejando el bolso en el banco que había al lado.
—¿Qué?
—Había pensado arruinarte la comida, pero hace un día tan bonito, que he decidido disfrutarlo. Te apos¬taste diez dólares a que conseguías invitarme a comer.
—No —la sonrisa de Min desapareció—. Fue Tony el que se los apostó.
—Me da igual. O me das la pasta o aquí te quedas, con lo que tendrás que devolverle los diez pavos a Tony, más otros diez por haber perdido.
—Gané en el momento en el que dijiste que sí —re¬plicó mucho más interesado en ella de repente.
—Eso se lo cuentas a Tony.
—Vale. ¿Qué te parece si vamos a medias?
Min estiró la mano y movió los dedos.
—Diez pavos, encanto.
Cal suspiró y buscó su cartera intentando no son¬reír. Min cogió su bolso, metió el billete en él y le dio uno de veinte.
—¿Y esto qué es?
—Son los veinte que me diste el miércoles para el taxi. Me olvidé de devolvértelos.
—Así que aun así he ganado diez dólares.
—No, ahora estamos en paz. Esos veinte eran tuyos y no tenía derecho a quedármelos porque no te pusiste impertinente.
—El día es joven —dijo Cal mirando el sol.
—No te veo intentando nada en una mesa de pic¬nic. De hecho, no te veo tirándome los tejos de ninguna manera, así que olvídalo y cuéntame todo lo que sepas de Roger.
—Me alegro de verte —dijo y la sonrisa de Min se hizo más amplia.
—Perdona, me había olvidado de que te gusta mucho hablar. ¿Qué tal lo has pasado estas catorce horas desde que nos vimos por última vez, de las que has pasado ocho durmiendo?
—Bien, ¿y tú?
—Estupendo. ¿Cuánto rato vamos a estar así hasta que me hables de Roger y Bonnie?
—Eres una mujer muy práctica —dijo Cal y Min retiró las piernas para sentarse sobre ellas y dejó ver unas ridiculas sandalias hechas en su mayor parte con cintas, con una flor roja brillante en el empeine—. Excepto en los zapatos.
—No te rías de ellos —le pidió moviendo los de¬dos con las uñas pintadas de rojo debajo de las flores—. Estos me encantan, me los regaló Liza en Navidades.
Desató las cintas, se los quitó, los dejó en la mesa detrás de ella y les dio una palmadita en las flores antes de volverse hacia él.
—Ya veo que te gustan mucho —dijo Cal distraído por sus uñas—. Son muy Elvis —continuó cuando Min se cubrió los pies con la falda.
—¿Te gusta Elvis? —preguntó levantando las cejas.
—Es el mejor. ¿A ti te gusta también?
—Por supuesto. Bueno, supongo que tiene sentido, tú eres el diablo disfrazado —dijo un tanto perpleja.
—¿Qué? —preguntó Cal y entontes cayó en la cuenta—. ¿Elvis Presley?
—Pues claro. ¿Quién va a...? Ah, ya sé. Los ángeles quieren llevar mis zapatos rojos. Elvis Costello. También es bueno.
—Sí que lo es —dijo Cal meneando la cabeza.
—Me alegro de que esto no sea una cita o ahora se produciría un incómodo silencio.
—¿Se ha producido alguno en tu vida, Dobbs? —pre¬guntó Cal sonriendo.
—No muchos. ¿Y en la tuya? .
—No —dijo dejando la bolsa con los perritos ca¬lientes sobre la manta—. Muy bien, Roger y Bonnie. Come algo mientras hablamos.
—¿Una salchicha? —preguntó Min con el mismo roño de voz que habría utilizado, para decir «¿Cocaí¬na?»—. No son buenas para la salud.
—Tienen proteínas —replicó Cal exasperado—. Puedes comerlas. Si quieres, deja el pan.
—Tienen grasa.
—Creía que es compatible en una dieta de hidratos de carbono —dijo acordándose de Cynthie comiendo gambas con mantequilla.
—Así es, pero yo hago la dieta Atkins sin grasas.
—¿Y qué puedes comer? —preguntó Cal con incredulidad.
—No mucho —contestó mirando el perrito calien¬te con evidente deseo.
—Son bratwurst.
—¡Las peores!
—Es sábado, disfruta un poco.
—Eso mismo dijiste el miércoles en Emilio's. Ya he pecado una vez esta semana.
—El sábado es el primer día de una nueva semana, peca otra vez.
Min se mordió el labio. Volvió a levantarse la brisa, los árboles susurraron y se le levantó la falda.
—Te he traído Coca—cola light para compensar —le Informó abriendo la nevera portátil—. Esta conversa¬ción es de lo más aburrida.
—Perdona. No hay nada más aburrido que hablar de comida —dijo cogiendo la lata que le ofrecía.
—No, hablar de comida está bien, lo que es abu¬rrido es hablar de no comer —cogió uno de los bo¬cadillos envueltos en papel de cera y se lo ofreció—. Come.
Min miró el perrito caliente, suspiró y lo desen¬volvió.
—Eres un canalla —le espetó.
—¿Porque te alimento? ¿Tan malo te parece? So¬mos norteamericanos. Se supone que tenemos que co¬mer bien. Es nuestro estilo de vida.
—¿Los perritos calientes son el modo de vida norteamericano? —preguntó y después se calló—. Sí, supongo que lo son, junto con el béisbol y la tarta de manzana.
—Por mí, el béisbol te lo puedes quedar—dijo Cal mordiendo su bocadillo.
—¿No es un poco beisbolera esa camiseta que lle¬vas? —preguntó Min entrecerrando los ojos.
—Expío mis pecados enseñando a unos niños a co¬rrer por las bases los sábados por la mañana. Algún día tu marido lo hará también mientras tú estás sentada en las gradas y animas a los pequeños como—se—llamen. Es el precio que se paga por la libertad.
—No voy a tener hijos —aseguró Min mordiendo su bocadillo.
—¿No? —preguntó Cal y luego se distrajo con la cara de felicidad que ponía Min mientras masticaba. Los perritos eran buenos, pero no tanto.
—Está buenísimo —dijo tragando y soltando un suspiro—. Mi padre solía llevarnos a comerlos siempre que había una feria cerca. Si mi madre se hubiera enterado, lo habría matado. ¿Sabes cuánto hace que no probaba uno de estos? Es delicioso.
—Al menos lo parece —dijo, y se inclinó hacia de¬lante para dar otro mordisco, manteniendo el bocadillo dentro del papel encerado para evitar mancharse. Miró el escote de su holgado jersey rojo con cuello de pico y vio un montón de lujuriosa carne curvada, dentro de unas ajustadas puntillas de color rojo. «A Tony le habría dado un infarto», pensó y entonces se dio cuenta de que esta¬ba un poco mareado. La brisa volvió a levantarse y llevó la falda hasta la mano que tenía apoyada en la mesa y le hizo cosquillas suave, levemente.
—Bueno —empezó a decir apartando la mano—. ¿Por qué no quieres formar parte del estilo de vida norteamericano?
Min masticó con los ojos cerrados y Cal volvió a mirar su escote y a tener pensamientos impuros.
—¿He de tener hijos para ser una buena norteamericana? No. En este país nacen más de cuatro millo¬nes de niños cada año. El estilo de vida norteamericano está asegurado. Si te preocupa, puedes tener alguno extra por mí.
—¿Yo? —preguntó echándose hacia atrás para no volver a distraerse—. No quiero tener hijos. Pero me sorprende que tú no los quieras. Serías una madre estupenda.
—¿Por qué?
Porque parecía delicada. Porque estaba seguro de que maduraría para convertirse en el tipo de madre por el que él mataría.
—Porque das la impresión de estar bien contigo misma.
—¡Dios mío! —exclamó con mirada feroz—. Es jus¬to el tipo de cumplido que toda mujer quiere oír.
Min se inclinó para dar un mordisco al bocadillo y Cal la observó transfigurado cuando sus pechos se apre¬taron contra el encaje.
—Es un bienestar muy sexy, si te sirve de consuelo.
—Ligeramente —dijo siguiendo su mirada—. ¿Me estás mirando el escote?
—Te has inclinado hacia delante. Y estás llena de encajes rojos.
—¿Te gustan, eh?
—Sí, claro.
—Mi madre ha vuelto a ganar —comentó Min dan¬do otro mordisco.
—¿Qué tiene que ver tu madre en todo esto?
—Es muy dominante. Entonces, si no te gustan los niños, ¿cómo es que has acabado entrenándolos?
—No he dicho que no me gusten —replicó Cal intentando pensar en algo que no fuera la ropa interior de Min—. He dicho que no quería tenerlos, que es diferente.
—Buena respuesta. Y, sin embargo, insisto, ¿por qué eres entrenador?
—Me obligaron. A los dos. Harry odia tanto el béisbol como yo entrenar.
—¿Quién es Harry?
—Mi sobrino.
—¿Por qué no hacéis novillos?
—Porque además de él hay otros niños en el equi¬po. ¿Quién iba a imaginárselo?
—Qué divertido. Así que vienes todos los sábados. Menudo chantaje.
—No me pude negar —dijo cogiendo un trozo de pepinillo y mordiéndolo—. No está tan mal. Roger y Tony hacen casi todo el trabajo. A ellos sí que les gusta.
—¿Roger? ¡Ah, sí!, Roger. Tengo que hacerte unas cuantas preguntas sobre él.
—¿Y sobre Tony no?
—Tony está saliendo con Liza. Si se comporta co¬mo una rata, Liza lo exterminará.
—No es tan fácil acabar con él, pero entiendo lo que quieres decir. ¿Bonnie no es así?
—No, no es una incauta. Es inteligente y dura, pe¬ro tiene un punto débil. Cree en los cuentos de hadas y en que en este mundo hay un hombre para ella. Está convencida de que Roger es su príncipe, aunque no tenga nada en qué basarse. Háblame de él.
—Es la mejor persona que conozco y está loco por Bonnie. Si ella le deja, se quedará hecho polvo. Ahora cuéntame algo de Bonnie.
Min cambió de postura para coger la lata de Coca—cola y Cal la observó, atento a todos sus movimientos, a la suave curva de su cuello cuando el jersey le caía hacia el hombro, a la desenvoltura de su rollizo cuerpo cuando se echaba hacia atrás y sonreía, a la redondez de sus pantorrillas bajo la falda cuando el viento la arrastraba hacia él.
—Bonnie pasó un año y medio buscando sofás. Son muy importantes, en la jerarquía de los muebles están a la altura de las camas, aunque hasta a mí me pareció demasiado tiempo.
—Sí —dijo Cal intentando pensar en Roger en vez de en sus curvas.
—Una noche que íbamos al cine, se paró delante del escaparte de una tienda de muebles y dijo: «Espera un momento». Entró y en menos de cinco minutos había comprado un sofá horrible y carísimo —Min se inclinó, Cal volvió a mirarle el escote y pensó: «No vuelvas a ha¬cerlo, me está entrando dolor de cabeza»—. Tuvo que cargarlo en dos tarjetas de crédito diferentes y tardó dos años en pagarlo, pero es un sofá estupendo y nunca se ha arrepentido de haberlo comprado. Cuando lo volvió a tapizar, el tapicero le dijo que le duraría toda la vida.
—Fantástico —dijo Cal sin dejar de mirarle el jer¬sey. Min respiraba suavemente, pero lo suficiente como para que su pecho subiera y bajara...
—¡Eh! —exclamó Min y Cal dio un respingo—. No es que no me sienta halagada, pero voy a tener que po¬nerme seria. Roger es el nuevo sofá de Bonnie. Estaba segura de que algún día aparecería su príncipe y ha sali¬do con mucha gente para buscarlo; ahora va, le echa un vistazo a Roger y está convencida de que es él. Lo com¬prará dentro de nada. Así que si no es un buen tipo, me gustaría saberlo para poder desengañarla. Dime que no es un indeseable.
—A él también le costó un año comprar un sofá.
—¿De qué tipo?
—Una especie de reclinable para vagos con proble¬mas de tiroides. Creo que es de color marrón.
—Bonnie compró una reproducción de un banco estilo misiones con cojines tapizados con un estampado William Morris de color gris verdoso.
—Creo que sé lo que significa «misión». El resto de lo que has dicho me ha sonado a chino.
—El sofá de Roger ha pasado a la historia. ¿Le importará?
—Si Bonnie lo hiciera astillas ni siquiera pestañearía.
—¿Cuidará de ella? Seguramente no hará falta, pe¬ro en una crisis...
—Si fuera necesario se pondría a sus pies. No tienes por qué preocuparte, es la mejor persona que conozco. Si tuviera una hermana, dejaría que se casara con él. La que me preocupa es Bonnie. Tiene aspecto de persona eficiente, lo que significa que no le gusta tener a su alrededor gente que mande. Y puesto que es bajita, a lo me¬jor tiene complejo de Napoleón...
—No, es muy legal. Roger tiene mucha suerte —Min acabó su perrito caliente, se chupó una mancha de Ketchup del dedo y Cal perdió el rumbo de sus pensamientos—. Así que estarán bien y no tendremos que preocupar¬nos por nada —dijo tras limpiarse las manos con una servilleta.
—Sí. ¿Te apetece un postre?
—No como postres. .......
—¿De verdad? Eso sí que es una sorpresa.
—¡Vete al cuerno! Ya te dije que tengo un vestido de dama de honor... —empezó a decir en el momento ni que Cal sacaba una bolsa de papel de la nevera.
—Donuts —dijo, pero antes de que pudiera conti¬nuar los interrumpió una voz aguda que le resultó muy familiar.
—¿Me das uno?
Cal suspiró y se dio la vuelta. En un extremo de la mesa estaba su delgaducho, sucio y moreno sobrino.
—¿No deberías de estar en casa?
—Se han vuelto a olvidar —explicó Harry poniendo voz lastimera. El que fuera pequeño y llevara gafas tam¬bién contribuía a su intento por dar pena —. Hola —sa-ludó cautelosamente a Min.
—Min —dijo Cal mirando a Harry—. Éste es mi sobrino Harry Morrisey. Ya se iba. Harry, ella es Min Dobbs.
—Hola, Harry —lo saludó alegremente—. Puedes comer todos los donuts que quieras.
La cara del niño se iluminó.
—No, no puede. Los vomitará —aseguró Cal sa¬cando el móvil.
—A lo mejor no —dijo Harry acercándose más a la bolsa.
—¿Ya no te acuerdas de lo que pasó con el pastel? —preguntó Cal mientras marcaba el número de su cu¬ñada.
—¿No puede comer ni uno? —preguntó Min son¬riendo con cara suave y amable, y Cal y Harry parpadea¬ron a la vez por lo hermosa que era.
Entonces, mientras Cal prestaba atención al teléfo¬no, Harry miró la falda de Min y la tocó con el dedo.
—¡Harry! —le reprendió su tío y Min cogió una sandalia.
—Toma —le dijo a Harry y éste empezó a toque¬tear la flor.
—¡Eso sí que son unos zapatos! —exclamó, como si estuviera viendo algo raro.
—Sí —dijo Min mirándolo con la cabeza ladeada,
—No es de verdad —comentó Harry volviendo a golpear la flor.
—No, es sólo decoración.
Harry asintió y lo aceptó como si fuera un nuevo concepto, que sin duda, para él lo era, pensó Cal. En su mundo no debía haber muchas amapolas o uñas pintadas de rojo.
Min buscó en la bolsa y le dio un donut.
—Gracias —dijo Harry, que seguía fingiendo ser el médium de los huérfanos maltratados.
—No te creas todo ese teatro —le dijo Cal.
—No lo hago. No pareces estar mal, chaval.
—He tenido que jugar al béisbol —adujo Harry con amargura—. ¿Eso son perritos calientes?
—No. No puedes comer productos industriales. Vete a ese banco y cómete el donut.
—También puede comérselo aquí —dijo Min po¬niéndole un brazo en el hombro de forma protectora.
Harry, que no era tonto, se apretó contra la cadera de Min.
«Qué tierno», pensó Cal y después se dio cuenta de que casi había sentido celos de su sobrino de ocho años.
—Harry —empezó a decirle con tono de advertencia, pero entonces sonó su móvil—. ¿Bink? Te has olvidado de recoger a tu hijo.
—Le tocaba a Reynolds —contestó ésta con tono perfectamente modulado.
—Pues no está aquí.
—Pobre Harry. Enseguida voy. Gracias Cal —aseguró Bink con un suspiro.
—Lo que haga falta —Cal colgó y miró a su sobrino —.Tu madre está de camino. Míralo por el lado bueno, tienes un donut y a tu madre, en vez de nada y a tu padre.
—Dos donuts—pidió Harry.
—Vomitarás. No puedes comer dos. Ahora vete. Esto es una cita. Dentro de siete años entenderás lo que significa.
—Esto no es una cita —lo contradijo Min—. Puede quedarse.
—No pasa nada —aceptó Harry mirando a Min con tristeza.
—Venga, Harrison —dijo Cal a sabiendas de que su sobrino estaba aprovechándose todo lo que podía de la situación—. Ya tienes el donut. Vete a ese banco y cómetelo.
—Bueno —aceptó, y echó a andar desconsolado ha¬cia un banco con el donut sujeto en su mugrienta mano.
—Es encantador —comentó Min—. ¿Quién es Bink?
—Mi cuñada —le informó Cal sin perder de vista a Harry, que seguía pareciéndole flaco, sucio y enfadado—. No le veo la parte encantadora, pero no es mal chaval.
—¿Bink? —repitió Min intentando descifrar de dónde venía ese nombre.
—Es un diminutivo de Elizabeth. Elizabeth Margaret Remington—Pastor Morrisey.
—Vale.
—Ahora te toca a ti —dijo Cal pasándole un donui.
—No, ni hablar.
—Venga, peca un poco —dijo Cal acercándoselo a la nariz.
—Te odio —aseguró sin quitar los ojos del donut—. Eres un canalla y un infame seductor.
—¿Por un donut? Venga, por uno no te vas a morir —dijo Cal levantando una ceja.
—No voy a comérmelo —aseguró Min apartando la vista—. Hay doce gramos de grasa en cada uno y ten¬go que perder diez kilos en tres semanas. Apártalo de mí.
—No es un donut cualquiera —le explicó partiéndo¬lo en dos; la capa de chocolate y el glaseado se dividió como si fuera escarcha y la delicada masa se separó en briznas—. Es un Krispy Kreme glaseado con chocolate. Es el caviar, el Dom Perignon, el Mercedes—Benz de los donuts.
Min se relamió.
—No sabía que te apasionaran los dulces —comentó intentando apartarse. El viento volvió a acercar su fal¬da a Cal y éste movió la rodilla para pararla.
—Pruébalo —le pidió cortando un trozo pequeño y acercándose a ella para ponérselo cerca de la nariz—. Venga.
—No —dijo Min cerrando con fuerza los labios y los ojos, con lo que arruinó su imagen.
—Eso es muy infantil —dijo apretándole la nariz. Cuando abrió la boca para protestar le metió el pedacito de donut.
—¡Dios mío! —exclamó relajando la cara en el momento en que la masa se deshizo en su boca y dibujó una sonrisa con los labios.
Cal estaba más relajado también y pensó: «Darle de comer a esta mujer es como embriagarla».
Min tragó, abrió los ojos y Cal le ofreció otro troci¬to para volver a ver la expresión que había puesto.
—Toma, Dobbs.
—No —rechazó echándose hacia atrás—. No y no.
—Por mucho que lo repitas, tus ojos me dicen que sí la quieres.
—Lo que quiero y lo que puedo comer son cosas diferentes —razonó Min echándose más atrás y estirándose la falda sin quitar la vista del donut—. Aparta eso de mí.
—Muy bien —aceptó Cal. Mordió el donut mien¬tras ella lo observaba y la sensación que le produjo el azúcar lo distrajo un momento. Min se mordió el labio hasta hacerse una marca y a Cal se le aceleró el corazón.
—Cabrón —le insultó y Cal dio otro mordisco—. Se acabó. Me voy —dijo, y se inclinó hacia delante pa¬ra tirar del trozo de falda que había debajo de Cal—. ¿Quieres hacer el favor de levantarte de...? —empezó a decir, y Cal volvió a meterle otro trozo de donut en la boca. Cal observó cómo la cerraba al notar el dulce. Min puso una cara hermosamente arrebatada y sus suaves la¬bios dibujaron un mohín, ligeramente manchados de gla¬seado. Cuando se limpió los últimos trocitos de chocola¬te del labio, Cal oyó una voz en sus oídos que se convirtió en un susurro que decía: «Es ella», e inspiró con fuerza. Se acercó a Min antes de que ésta abriera los ojos, la besó y saboreó el chocolate y el calor de su boca. Min se que¬dó inmóvil un segundo y después le devolvió el beso, sua¬ve e insistentemente, librándose de todo pensamiento coherente. Cal se dejó invadir por su sabor, fragancia y calor, y se inundó de ella. Cuando finalmente se apartó, estuvo a punto de desplomarse en su regazo.
Min estaba sentada frente a él, su jersey subía y ba¬jaba al mismo ritmo que su rápida respiración y sus ojos destellaban. Tenía los lujuriosos labios separados, abier¬tos para él. Finalmente habló:
—Más —pidió. Cal la miró y se inclinó sobre ella.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:13 pm

Capítulo 5


Los ojos de Cal eran oscuros como el chocolate y Min se asustó cuando se acercó a ella otra vez.
—Espera —le pidió poniéndole las manos en el pecho.
—Bueno —aceptó Cal bajando la vista y cogiendo otro trozo de donut. Cuando Min abrió los labios pa¬ra decir «no», notó el trozo dentro. El calor de su boca deshizo el glaseado, cerró los ojos y el sabor se dispersó en todas direcciones disolviéndose en puro placer. Cuando los abrió, Cal estaba frente a ella.
Cal se acercó y la besó suavemente, su boca encaja¬ba tan perfectamente en la suya que Min empezó a tem¬blar. Notó su calidez, le lamió el chocolate de los labios y sintió su lengua, caliente e irresistible. Cuando Cal dejó de besarla, se había quedado sin aliento, estaba ma¬reada y ansiaba más. Cal la miró a los ojos, parecía tan aturdido como ella, pero no la había engañado, sabía muy bien lo que era.
Pero no le importó.
—Más —le pidió y Cal cogió el donut—. No, de ti —dijo cogiéndolo de la camisa para atraerlo hacia ella. Cal la besó con más fuerza poniéndole la mano en la nuca y ella se perdió en él, mientras veía destellos por debajo de los párpados. Notó una mano en la cintura que se deslizaba lujuriosa por debajo del jersey, se le aceleró el pulso y la oleada que sintió le dijo: «Es él».
Entonces Cal dio una sacudida hacia delante y le golpeó en la cabeza.
—¡Ay! —se quejó Min.
—¡Qué demonios! —exclamó Cal dándose la vuelta y mirando a su espalda sin soltar a Min.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Liza con su bolso de cuero en la mano.
—A ti qué te parece.
—Me he cortado el labio —dijo Min tocándoselo.
Cal se volvió hacia ella con la cara roja y preocupa¬da. Estaba tan cerca que Min se inclinó hacia él con el corazón desbocado y él hizo lo mismo con los ojos me¬dio cerrados. «Sí», pensó Min. Liza tiró de su brazo y casi consiguió que se cayera de la mesa.
—¡Baja de ahí, Estadísticasl —le ordenó.



—¡Tony! —gritó Cal apretando los dientes.
—Lo siento, colega. Es incontrolable.
—Estábamos tomando el postre —explicó Min echándose hacia atrás tanto como pudo con Cal todavía en¬cima de su falda. «Sé que ha sido una tontería, pero quiero que lo vuelva a hacer», pensó intentando no mirarlo.
—¿Postre? —preguntó Liza mirando la mesa —¿Estás comiendo donuts?
—Esto... —empezó a decir Min notando que el sentimiento de culpa empezaba a despejar su aturdimiento.
—¿Eres de la policía de las calorías? ¡Déjanos en paz! —le pidió Cal lanzándole una mirada feroz.
—No, puede comer todos los donuts que le apetezcan. Lo que no quiero es que se los des tú.
—¿Por qué? —preguntó Cal furioso.
—Porque eres Voy de flor en flor Morrisey y ella es mi mejor amiga —le explicó tirando del brazo de Min—. Venga, Bonnie nos está esperando.
—¿Que soy qué?
Min intentó echarse un poco más atrás, pero Cal se¬guía sobre su falda. Lo que no le importaba en absoluto.
—Bonnie está hablando con Roger, le da igual lo que hagan —le dijo Tony a Liza.
—Sí que le importa. Hemos estado comentándolo. Sal del banco —le ordenó taladrándola con la mirada.
«Muy bien, pues no quiero», pensó Min.
Cal estaba incluso más guapo que de costumbre, enfurecido a la luz del sol, pero conforme se evaporaba su confusión, fue recordando por qué no debía estar allí.
—¿Puedes soltar la falda? —le pidió a Cal con voz apagada, y se alejó lo suficiente como para apartar la tela—. Muchas gracias por la comida, lo he pasado muy bien.
—Quédate —le pidió. Min lo miró a los ojos y pen¬só: «Sí, claro».
—No —dijo Liza y tiró de Min hasta que la sacó de la mesa y aterrizó tambaleándose en la hierba.
—Puede decidir ella sola —intervino Cal.
—¿Sí? —dijo Liza avanzando un paso hacia él—. Ahora dime que la conoces y que te preocupas por ella; que la querrás hasta el fin de los días.
—¡Liza! —exclamó Min tirándole del brazo.
—Sólo la conozco hace tres días.
—Entonces, ¿por qué la estás besando de esa mane¬ra? —preguntó al tiempo que le daba la espalda—. Va¬monos, Min.
—Gracias por la comida —se despidió Min cuando Liza le apretó el brazo con más fuerza. Cogió las sanda¬lias por las cintas y Liza tiró de ella en dirección a los árboles.
Cuando hubieron desaparecido, Cal se volvió hacia Tony.
—No sé si hacer que te maten o matarte yo mismo.
—A mí no, a Liza. Llamó a Min y te tocó en el hombro un par de veces antes de darte en la cabeza con el bolso —sus ojos se dirigieron hacia la mesa—. ¡Perri¬tos calientes! —exclamó mientras se sentaba a la mesa y cogía uno.
—Esa mujer no está bien de la cabeza —dijo Cal frotándose la nuca. Una vez que Min no estaba, el ardor comenzaba a disiparse, pero aquello no le hacía más feliz—. Ha sido una agresión.
—¿Que está loca? ¿Y tú? —le preguntó mientras desenvolvía una bratwurst.
—No ha sido para tanto —respondió aunque en su fuero interno pensó: «Diez minutos más y nos habría¬mos desnudado. Eso sí habría sido para tanto».
—Eso cuéntaselo a Harry. Seguramente le has dado mucho más de lo que necesitaba saber sobre lo que hace su tío en su tiempo libre.
—¿Harry? —preguntó Cal mirando hacia donde estaba sentado su sobrino. Seguía allí, pero acompañado de una rubia bajita, Bink. Cerró los ojos y el recuerdo de la pasión de Min se evaporó—. Dime que ella no nos estaba mirando también.
—No lo sé. Cuando hemos llegado no estaba ahí, así que a lo mejor sólo ha visto el gran final. ¿Qué es esto? —preguntó sacando una sandalia con flores de debajo de la manta.
—Es de Min —dijo Cal reviviendo un hermoso flashback de los dedos de sus pies—. Dásela a Liza cuan¬do la veas. Y, si es posible, se la metes por la boca.
—Sí, como que me voy a acordar —dijo echándola a la nevera.
Cal la sacó antes de que el hielo mojara la flor e intentó quitarse a Min de la cabeza.
—Bonnie es buena gente, así que no hay que preocuparse por Roger —comentó dándole vueltas a la san¬dalia entre las manos. Era ridícula, tenía un tacón que seguramente se hundiría en el suelo cuando paseara por la hierba y una flor hortera que seguramente se estropearía cuando lloviera, que a la vez era muy excitante.
—Sí que hay que preocuparse por Roger, se va a casar —dijo Tony masticando un bocado de salchicha.
—No se morirá —replicó Cal intentando imagi¬narse por qué alguien tan práctico como Min llevaba ese tipo de zapatos. Aunque, evidentemente, tenía un ramalazo falto de sentido práctico o no le habría besado en la boca en una mesa de picnic. La aceleración que sintió al recordarlo apagó todo sonido por un momento —. ¿Qué decías?
—Que sí, que por eso te escondes como un conejo cuando ves a Cynthie.
—A mí no me va el matrimonio, pero a lo mejor a él sí —aseguró dejando la sandalia en la mesa—. Nunca ha destacado por su inclinación hacia las grandes emociones.
—Eso es verdad. Además, si Bonnie es buena gente, a lo mejor acabo viviendo encima de su garaje.
—Por mí estupendo —dijo Cal imaginándose otra vez a Min entre sus brazos, plena y ardiente. No, él no necesitaba más hostilidad en su vida. Si hubiera deseado sexo desenfrenado, habría vuelto con Cynthie, que, al menos, no tenía mala leche. Intentó conjurar la imagen de Cynthie en su mente para borrar la de Min, pero le pareció gris en comparación con el Technicolor lujurio¬so, exasperante, inductor a la pasión y de sandalias abiertas de Min.
—¿Qué?
—¿Queda algún bocadillo en el que no te hayas sentado encima?
Tony encontró uno bajo un pliegue de la manta y se lo dio. Cal lo desenvolvió y le dio un mordisco, decidido a concentrarse en uno de sus sentidos en el que Min no estuviera presente. Entonces se acordó de la cara que puso cuando mordió el perrito e imaginó esa misma expresión mientras Min se agitaba bajo su cuerpo, ardiente y lujuriosa, con los labios húmedos... «¡Demonios!», pensó.
—¿Qué vas a decirle a Harry?
—¿De qué?
—De lo que le estabas haciendo a Min en la mesa de picnic. Seguramente estabais muy apasionados.
—Le diré que ya se lo explicaré cuando sea mayor —Cal pensó: «Estábamos muy excitados y ahora hemos roto»—. Mucho mayor —precisó mientras buscaba una cerveza en la nevera.



—Vale, ¿por qué hemos tenido que irnos? —pre¬guntó Bonnie cuando estaban en el descapotable de Liza, con Min desterrada en el asiento de atrás.
—Porque Min estaba moviendo la lengua con un traficante de donuts —le explicó antes de volverse hacia la pecadora Min y menear la cabeza.
—¿Has comido donuts? —preguntó Bonnie, que también había vuelto la cabeza para poder verla.
—Sí, vaya cosa —replicó intentando recuperarse del aturdimiento.
—¿Besaba bien? —preguntó Bonnie mientras Liza ponía en marcha el coche.
—Sí, muy bien. De primera. Fenomenal. Me puso a cien. Además trajo unos donuts que estaban de muerte —volvió a pensar en Cal, en el apasionamiento y la urgencia, y cuando Liza salió en dirección a la calle, se tumbó en el asiento antes de que el resquicio de mareo que le quedaba la desplomara. Tumbada estaba bien, pe-ro lamentó tener que hacerlo sola.
—¿Has perdido el juicio? —le espetó Liza.
—Sólo un instante —contestó Min viendo alejarse las copas de los árboles—. Y disfruté —«Muchísimo», pensó.
—Puede que sea legal —lo defendió Bonnie—. Pa¬recía muy contento de estar con ella. Y Roger opina lo mismo.
—Bueno, si lo dice Roger...
—No te burles de él —la reprendió con tono amenazador.
—Vale —dijo Min incorporándose mientras su mundo se estabilizaba—. Ya estoy bien. ¿Qué tal Tony? —preguntó cogiendo una sandalia para desabrochar las cintas.
—Medianamente gracioso. No cambies de tema. ¿Qué vas a hacer con Cal? —preguntó Liza.
—No volver a verlo —contestó buscando la otra sandalia—. ¡Vaya hombre! Me he dejado un zapato, tenemos que volver.
—No —dijo Liza sin detener el coche.
—Son mis sandalias preferidas —protestó Min intentando parecer sincera.
—Para ti todas lo son. No vamos a volver.
—¿Estás bien, cariño? —le preguntó Bonnie.
—Estupendamente —contestó asintiendo con la cabeza como una loca—. Cal me ha hablado de Roger. Tenéis todas mis bendiciones.
—¿Vas a creer a Calvin El canalla? —intervino Liza.
—Hay cosas que se notan. Sé cómo manejarlo.
—Sí, ya lo he visto. Eres débil —la acusó Liza.
—Venga —replicó Min, exasperada por el sentimiento de culpa—. Oí la apuesta. Sé lo que se cuece. No voy a volver a verlo nunca más. Sobre todo después de que le gritaras y le insultaras —pensó en Cal cerca de ella, en lo fuerte que le había parecido su pecho contra su mano, en lo ardiente que era su boca, en lo que le había gustado que le tocara el pecho—. Ahora ya sé cómo consigue a todas sus mujeres. Y no es por su encanto —añadió alegremente.
—A lo mejor deberías volver a verlo —dijo Bonnie pensativa—. A veces hay que confiar.
«Eso sería fantástico», pensó Min.
—¡Bonnie! ¿Quieres que la destroce el mismo tipo que le rompió el corazón a tu prima e hizo una apuesta con David?
«Eso sería horrible», pensó Min.
—No —contestó Bonnie con una sombra de duda en la voz.
—Entonces, nada de palabras de ánimo sobre confiar en sapos.
—¿No se convierten en príncipes cuando los besas?— preguntó Bonnie.
—Eso son las ranas, una especie completamente diferente —explicó Liza.
—Sí —dijo Min intentando borrar de su mente a Cal—. Es un sapo, no una rana. Un canalla. Totalmen¬te. Con todo, sus donuts eran buenísimos —añadió suspirando mientras volvía a tumbarse en el asiento para recuperar el sentido común.



David estaba sentado frente al televisor un domin¬go por la tarde cuando sonó el teléfono. Descolgó y oyó la voz de Cynthie.
—Cal y Min han estado hoy en el parque. La ha besado. Eso es alegría, una indicación fisiológica que po¬dría llevarles a...
—Espera —le pidió inspirando profundamente. Era por la maldita apuesta. Cal haría lo que fuera para ganarla.
—Le ha dado donuts. La ha llevado a una mesa de picnic y...
—¿Min ha comido donuts? —David se quedó hela¬do—. No prueba nunca esas cosas. No come hidratos de carbono, al menos conmigo no lo hizo nunca.
—Y cada vez que le daba un trocito, la besaba.
—Hijo de puta —lo insultó con rabia—. ¿Qué ha¬cemos?
—Tenemos que trabajar con sus desencadenantes de la atracción, mostrarles alegría, hacer que recuerden por qué nos querían a nosotros. Invítala a comer maña¬na. Consigue que sea algo perfecto; que se sienta espe¬cial y amada, alégrala y consigue que vuelva.
—No sé —dijo David recordando la cara de Min cuando la dejó. Había pensado que regresaría a él arras¬trándose, no que tuviera que volver él.
—Iré a comer con Cal —dijo Cynthie sin prestar atención a lo que había dicho David—. Me he manteni¬do al margen, esperándolo, pero ya no tengo tiempo pa¬ra esas cosas. Antes de que llegue el postre me lo habré llevado a la cama y eso pondrá fin a toda esta historia.
—Min está enfadada conmigo. Creo que todavía es muy pronto para ir a comer.
—Eso es muy agresivo —se produjo un largo silen¬cio y después dijo—: Su familia. ¿No comentaste que necesitaba su aprobación para tener amantes?
—Sí, su madre estaba loca por mí.
—Ahí lo tienes. Llámala y cuéntale la verdad de Cal y las mujeres.
—No —dijo David acordándose de la falta de in¬terés de Nanette por cualquier cosa que no fueran las calorías o la moda—. Creo que llamaré a Greg, el no¬vio de su hermana.
—¿Servirá de algo?
—Se lo contará a Diana enseguida. Se ven todos los días y ella vive con sus padres, con lo que su madre y su padre acabarán sabiéndolo. El padre es muy protector.
—Estupendo.
—¿Le dio donuts? —preguntó David sintiendo un escalofrío al pensarlo.
—Uno detrás de otro.
«Cabrón». Lo estaba haciendo por la maldita apuesta. Después de todo lo que dijo sobre ser fácil, pe¬ro no un baboso, iba a seducir a Min con donuts y luego le pediría sus diez mil dólares. El gran Calvin Morrisey iba a ganar otra vez.
«No si puedo hacer algo.»
—¿David?
—Confía en mí, Min ha comido su último donut —aseguró seriamente.



El lunes, Roger llegó tarde a trabajar. «Bonnie», pensó Cal, lo que le recordó a Min, algo que era ridículo.
—¿Qué pasa? Normalmente soy el último que llega a trabajar, es la tradición —dijo Tony.
—Bonnie —dijo Roger bostezando—. Ayer estu¬vimos hablando hasta muy tarde.
—¿Hablando? —preguntó Tony sentado en el borde de su mesa de trabajo—. Lo menos que podías haber hecho era echar un polvo.
Roger entrecerró los ojos.
—Bueno, ahora que estamos todos aquí... —empe¬zó a decir Cal.
—Voy a casarme con Bonnie —y Roger dijo a Tony—: Seguro que no hablarías así de tu futura mujer.
—Perdona. No pienso casarme, así que no tengo ni idea de lo que diría.
—... tendríamos que hacer un esbozo del seminario Winston...
—Lo sabrás cuando encuentres a la mujer adecuada —dijo Roger.
—No existe —añadió Tony.
—... y dejar preparados los programas —acabó de decir Cal elevando la voz.
—Sus besos son perfectos —dijo Roger mirando por la ventana en la dirección en la que pensaba que es¬taría Bonnie—. ¿Has besado alguna vez así? ¿Cuando todo es perfecto y te salta la tapa de los sesos?
—No —dijo Tony, al que parecía repugnarle la imagen.
—Sí —intervino Cal, al que había vuelto a aparecérsele Min en toda su lujuriosa y complaciente gloria. Los dos se volvieron para mirarlo—. ¿Podemos empezar a trabajar ya? Porque estamos a punto de sacar el helado y empezar a hablar de nuestros sentimientos, y para eso no hay vuelta atrás.
—Voy a por las facturas —dijo Roger volviendo a su escritorio.
Cal se recostó en la silla, abrió un fichero en el ordenador y pensó en Min. No tenía intención de besarla y sin embargo había saltado sobre ella, un impulso insensato le había arrojado a su regazo. Ella tampoco había colaborado. Debería haberle abofeteado y sin embargo le había pedido «más», incitándolo...
Sonó el teléfono y lo cogió Tony.
—Morrisey, Packard y Capa —dijo, y después puso cara de circunstancias mirando a Cal—. Hola, Cynthie —Cal meneó la cabeza—. No está. Creo que no volve¬rá en toda la mañana —le echó una mirada feroz a Cal, que se recostó en su silla mirando al cielo—. ¿Comer?
—Lo siento, tenía una cita. En Emilio's. Con su nueva novia.
Cal se puso de pie tan rápido que sus pies hicieron un ruido sordo al chocar contra el suelo. «No», le dijo a Tony en voz baja haciendo el gesto de que le iba a cortar el cuello.
—No tienes que preocuparte por que esté deprimi¬do por perderte. Se recuperó enseguida —Cal lo miró enfadadísimo—. Tengo que dejarte.
—¿Estás loco?
—Bueno, me he librado de ella, ¿no? Te he hecho un favor, creo. Me ha salido espontáneo. ¿Crees que he echo mal? —preguntó mirando a Roger.
—No lo sé, pero en el futuro olvídate de la espontaneidad.
—No quiero volver a ver a Min —aseguró Cal pen¬ando en verla otra vez.
—Ya, pero Cynthie no tiene por qué saberlo —dijo Ibny.
—Ahora tendré que llevar a Min a Emilio's, porque seguro que Cynthie lo comprueba.
—No veo por qué —intervino Roger—. Si pregun¬ta siempre puedes decirle que fuisteis a otro sitio.
—Intento no mentir si puedo —dijo volviéndose a sentar e intentando sentirse exasperado por todo aquel lío. Cogió el teléfono, marcó el número de la empresa de Min y la buscó a través de la telefonista, pero su línea estaba ocupada y no quiso dejar un mensaje. Nadie propo¬ne quedar a comer en un contestador.
—¿Qué? —preguntó cuando colgó y vio que Roger y Tony le estaban mirando.
—Nada —contestaron ambos.
—Estupendo —dijo Cal volviendo a la pantalla de su ordenador.



Cuando sonó el teléfono de su despacho, Min pensó que sería Cal y se enfadó consigo misma. Si estaba pen¬sando en él a las nueve un lunes por la mañana en medio de un informe preliminar, no cabía duda de que tenía la capacidad de nublar la mente de las mujeres.
—Minerva Dobbs —dijo dando golpecitos con un bolígrafo rojo sobre la mesa con tablero de cristal esmerilado.
—¿Quién es ese hombre con el que estás saliendo? —preguntó su madre.
—¡Por Dios! —exclamó Min recostándose en su si¬lla ergonómica de oficina.
—Según Greg tiene una reputación terrible entre las mujeres. Dice que las utiliza y después las deja y que...
—Madre, me importa un pito lo que diga Greg. Y no estoy saliendo con él. Fuimos a cenar un día y estu¬vimos de picnic en el parque, eso es todo —le aclaró mientras escribía Cal en mayúsculas en la tapa de su in¬forme y lo tachaba con una gruesa línea roja. Fuera, fuera, fuera.
—Greg dice que...
—¡Madre!
—... es un rompecorazones. Está muy preocupado por ti.
Min empezó a decir «¡Por favor!», pero se calló. Seguramente Greg sí estaba preocupado por ella. Se preocupaba por todo.
¿Por qué iba a estarlo por ella?
—¿Cómo se ha enterado que conozco a ese hom¬bre? —preguntó al tiempo que escribía el nombre de Greg en mayúsculas y lo tachaba con fuertes rayas rojas. Después escribió «Imbécil» debajo y «Chivato» más abajo.
—Me preocupas. Sé que intentas ser valiente des¬pués de perder a David, pero odio estas cosas. No sopor¬to que te hagan daño.
—¿Quién eres y qué le has hecho a mi madre? —preguntó sintiendo un nudo en la garganta.
—Lo único que deseo es que no te hagan daño —contestó Nanette y Min notó que le temblaba la voz—. Quiero que te cases con un buen hombre, que te quiera por lo maravillosa que eres y no te deje porque estás gorda.
—Me habías convencido hasta la última frase —di¬jo. Había escrito «Madre» en mayúsculas, lo había ro¬deado con un corazón y luego, mientras ésta seguía hablando, lo tachó con gruesas rayas.
—El matrimonio es muy duro. Los hombres tienen un millón de razones para engañarte e irse, así que hay que trabajarlos continuamente. Tienes que estar guapa siempre. Las cosas les entran por los ojos. Si ven algo mejor...
—Mamá, no creo que...
—Por mucho que te esfuerces siempre habrá al¬guien más joven, mejor —aseguró Nanette con voz que¬brada—. También le pasará a Diana, a todo el mundo. No puedes empezar con desventaja, no...
—¿Qué pasa? ¿Greg le está engañando a Diana?
—No —contestó su madre desconcertada—. Por supuesto que no.
Min intentó imaginarse a Greg engañando a su hermana, pero le pareció ridículo. Greg no tenía agallas para hacer algo así. Además, amaba a Diana.
—¿Por qué dices eso? Me parece horrible.
—Tú eres la que ha hablado de engañar —repuso Min. Si no era Greg, ¿quién entonces? ¿Papá? Rechazó esa idea. Su padre tenía tres intereses en su vida: los segu¬ros, la estadística y el golf—. Por lo único que te dejaría mi padre sería por un palo de golf del cuatro que fuera perfecto, así que eso tampoco es. ¿Qué pasa?
—Quiero que te cases y seas feliz y ese Cabot no...
—Calvin, madre.
—Tráelo a cenar el sábado y ponte algo negro para que parezcas más delgada.
—No voy a volver a verlo. Así que dudo mucho que quiera conocer a mis padres.
—Ten cuidado. No sé dónde encuentras esos hombres.
Me miró el escote y vio el sujetador rojo de encaje. La culpa la tienes tú.
Min pasó varios minutos más tranquilizando a su madre, después colgó y volvió a trabajar otros cinco minutos hasta que el teléfono sonó de nuevo.
—¡Estupendo! —exclamó antes de descolgar, dis¬puesta a discutir con su madre otra vez—. Minerva Dobbs.
—Min, soy Di.
—Hola, cariño. Si me vas a hablar de Greg por¬que se ha chivado de mi cita de picnic, no pasa nada, hemos roto. No voy a volver a verlo —dijo haciendo otra raya sobre el nombre de Greg. En lo que a ella respectaba no había límite para hacer rayas en ese nombre.
—Me ha dicho que según David ese hombre es ho¬rrible.
Min se incorporó y se puso recta.
—¿Eso le dijo? —el soplón ni siquiera era legal en sus apuestas. Escribió «David» en grandes letras ma¬yúsculas y le clavó el bolígrafo.
—Le pidió que no me dijera nada.
—Muy bien —aceptó Min sin preocuparse en ab¬soluto.
—Pero no parece formar parte de tus planes.
—¿Mis planes? ¿Qué planes? —preguntó dejando de clavar el bolígrafo.
—Tú siempre tienes alguno. Eres como yo. He pla¬neado mi boda y mi matrimonio cuidadosamente y Greg encaja a la perfección. Es perfecto para mí. Vamos a te¬ner una vida maravillosa.
—Estupendo —dijo haciendo otra raya en el nom¬bre de Greg.
—Así que estoy segura de que tienes un plan y que ese Casanova...
—Canalla —la interrumpió.
—... rana, lo que quieras, no encaja en tu plan.
—No es una rana. Le di un beso y no se convirtió en príncipe —«se convirtió en un dios. No, tampoco lo hizo»—. Mira, no voy a volver a verle nunca más. Así que podéis estar tranquilos.
—Muy bien. Le diré a tu madre que te estás comportando con sensatez como de costumbre y que no se preocupe más.
—Hombre, gracias. Así que sensata como de costumbre... Espero que no se lo haya dicho nadie a papá.
—Puede que mamá sí lo haya hecho.
—¡Por Dios, Di! ¿Por qué no lo has evitado? —pre¬guntó mientras tenía una visión repentina de su excesi¬vamente protector padre en la que aparecía como un enorme oso rubio—. Ya sabes cómo es.
—Ya, ni siquiera sé si le gusta Greg.
«¿Estás segura de que te gusta a ti?», estuvo a pun¬to de preguntarle, pero no tenía sentido, ya que su her¬mana insistía en que era amor verdadero.
—Buenas noticias, ya tienes tarta.
—¿Sí? Muchas gracias, Min.
—Pero no la van a decorar, así que Bonnie y yo le pondremos unas perlas de mamá y muchas flores frescas —dijo empezando a dibujar una tarta de bodas.
—¿Vas a decorar mi tarta? —preguntó Diana con voz de desánimo.
—A la gente le encantará cuando la pruebe —la tranquilizó mientras añadía unas palomas al dibujo.
—¿Probar? ¿Y qué pasará cuando la vean?
—¿Estás de broma? ¿Con perlas y flores de verdad? Será sensacional —aseguró dibujando unas perlas. Eran más fáciles que las palomas y ya había tenido una maña¬na suficientemente difícil.
—¿Qué opina mamá?
—¿Por qué no le preguntas en la boda?
—Vale —dijo Diana inspirando profundamente—. Te estoy muy agradecida. Y me alegro de que sea buena, por lo de las cajitas y todo eso.
—¿Cajitas?
—Sí, las que se llevan los invitados como recuerdo. Para hacerse ilusiones.
—Cajas para la tarta —repitió Min dibujando cuadritos—. ¿Unas doscientas?
—¿No las has pedido?
—Sí —contestó dibujando más rápido—. Claro que las he pedido. ¿Te quieres calmar? Te noto muy tensa. ¿Qué tal estás?
—Bien —contestó poco convencida.
—¿No has tenido ningún problema con Salida y Calentorra —preguntó, y luego soltó un gemido—. Es decir, con Susie y Karen.
—No me puedo creer que las llames así —dijo Dia¬na riéndose.
—Lo siento, es...
—Ya lo sabemos, Min. En el instituto Karen oyó que Liza las llamaba así. Ella las llama a Bonnie y a ella Melosa y Vendona —Min se echó a reír sin querer—. No se lo digas. Yo fingiré que no sé que les han puesto ese mote y tú que no sabes que las llaman así.
—Trato hecho. Somos malísimas.
—Nosotras no. Son nuestras amigas las que se han inventado esos nombres. Nosotras somos las encantadoras chicas Dobbs.
—Supongo que depende de a quién le preguntes —dijo Min acordándose de Cal. En adelante tendría que ser más amable con él. Sólo que no iba a volver a verlo, así que no importaba. Además cuando intentó serlo en el parque, la cosa salió mal—. Últimamente he sido muy mala... —se calló al ver aparecer a su pa¬dre en la puerta como un vikingo angustiado—. Hola papá.
—¡Oh, no! —exclamó Diana.
—Luego hablamos —dijo Min antes de colgar—. ¿Qué te trae por aquí abajo? ¿Estaba muy enrarecido el aire por el piso cuarenta?
—Es por el hombre con el que sales —confesó George Dobbs mirándola con el entrecejo fruncido.
—Ni lo intentes. Ya sé que para desayunar te co¬mes a directores de cuentas novatos, pero conmigo no te va a funcionar. No voy a volver a ver a Cal, pero si lo hiciera sería por elección propia. Venga, papá —dijo sonriendo, pero la cara de su padre seguía tensa—. En este país se casan dos millones y medio de personas to¬dos los años. ¿Por qué no lo voy a hacer yo?
—El matrimonio no es para todo el mundo, Min.
—¡Papá! —exclamó sorprendida.
—No es un buen hombre.
—Un momento. Ni siquiera lo conoces. Las dos veces que salimos se comportó como un auténtico caba¬llero —«bueno, en el parque me metió mano», pensó— y como hemos decidido no volver a vernos, no veo cuál es el problema.
—Estupendo. Me alegro por ti. Me parece muy inteligente. ¿Por qué aventurarse con un hombre que no sabes si constituye un riesgo aceptable?
—No le voy a vender un seguro.
—Ya, pero el principio es el mismo. No eres juga¬dora, eres demasiado sensata para serlo.
Sonrió, le dio una palmadita en la mano y se fue. Min siguió sentada en su escritorio y se sintió sosa, anticuada y aburrida. No era una jugadora, sino sensa¬ta, como siempre. Se permitió pensar en los besos de Cal en el parque, en su boca sobre la suya, en sus ma¬nos sujetándola con fuerza y sintió que aquel arrebato volvía a invadirla. Aquello no había sido sensato, aquello no estaba planeado y ahora ya no iba a volver a verlo.
Miró su informe y se dio cuenta de que estaba lle¬no de agujeros. Lo había acuchillado, era la Norman Bates de los análisis estadísticos.
—¡Estupendo! —exclamó intentando separar las hojas; la de arriba estaba rota. En ese momento sonó el teléfono, descolgó y gruñó—: ¡Minerva Dobbs! —dis¬puesta a llenar de agujeros al que llamaba.
—Buenos días, Minerva —oyó que decía Cal y a Min se le escapó todo el aire de los pulmones—. ¿Por qué te pusieron ese nombre tan feo?
«Respira, respira profundamente», pensó.
—Vaya, ésa sí que es buena. Ahora me va a dar la vara por mi nombre un tipo que se llama Calvin —dijo, y pensó: «No me importa que haya llamado. No me va a afectar en absoluto». El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que él lo estaba oyendo.
—Me pusieron ese nombre por mi tío Robert, que era muy rico y resultó ser un inútil que se lo dejó todo a las ballenas. ¿Cuál es tu excusa?
—Mi madre quería una diosa.
—Pues tuvo una. Lo retiro, es un nombre perfecto.
—La madre de mi padre se llamaba Minnie —expli¬có Min intentando no darle importancia—. Se vieron obligados. ¿Por qué no te pusieron Robert?
—Me tocó su apellido. Lo que no me parece mal, no me veo respondiendo cuando me llamaran Bob.
—Bob Morrisey —comentó Min recostándose en la silla y fingiendo indiferencia—. El tipo raro del depar¬tamento de envíos.
—El agente de seguros en el que se puede confiar.
—El vendedor de coches usados poco fiable.
—Mientras que Calvin Morrisey es el pedorro que fundó la empresa allá por 1864 o, en este caso, el tipo que tiene tu zapato.
—¿Mi zapato?
—Lazos rojos, tacón muy original y flor grande y cursi.
—¡Mi sandalia! —exclamó levantándose muy con¬tenta—. Creía que no la iba a volver a ver.
—Bueno, no lo harás a no ser que comas conmigo. La tengo como rehén. En este momento hay un arma apuntando a su tacón.
—Comeré en mi despacho —replicó Min y después pensó: «¡Por Dios! ¡Qué triste!».
—Emilio está probando un nuevo menú. Te necesi¬ta, y yo también.
—No puedo ir —dijo, a pesar de que todo su ser le decía: «Sí, sí, lo que sea». Gracias a Dios, su ser no podía hablar.
—No puedes fallarle. Le encantas. Comeremos pollo al marsala. Venga, disfruta un poco de la vida. Un poquito.
«Un poquito». Incluso Cal sabía que era una perde¬dora sensata, reacia a las apuestas y desprovista de planes.
—Vale, me encantará recuperar mi sandalia y comer pollo al marsala —accedió con el corazón latiéndole a toda velocidad.
—Acuérdate de que la cita es conmigo. No verás la sandalia hasta que hayas comido.
—Lo soportaré —dijo sintiéndose ingrávida. Colgó y miró el informe. Lo había llenado de corazones, pequeñitos, docenas de ellos—. ¡Dios mío!



—¿Busca a Cal? —le preguntó un joven moreno que había en la puerta de Emilio's—. Está en su mesa.
—¿Tengo mesa? —se extrañó, pero luego vio a Cal sentado al lado de la ventana, en el mismo sitio en el que se habían sentado el miércoles y se quedó sin respiración un segundo. «Siempre me olvido de lo guapo que es», pensó al verlo relajado en la silla, con sus oscuros ojos fijos en la calle y un perfil perfecto. Estaba tamborileando con los dedos y sus manos le parecieron fuertes. Recor¬dó lo que le había gustado sentirlas sobre ella y pensó: «Sal de aquí». Entonces Cal se dio cuenta de su presen-cia, se enderezó y sonrió con ojos brillantes por la alegría de verla. Min le devolvió la sonrisa y fue a sentarse con él. «Es encantador», pensó y aminoró el paso, pero él ya había apartado una silla para que se sentara.
—Gracias por venir —dijo, y Min se sentó en la silla pensando «Busca algo, ten cuidado».
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz quebrada por los nervios al darse cuenta de que estaba mirando el suelo.
—Tus zapatos. ¿Qué te has puesto?
—Pareces uno de esos tipos que hacen llamadas obscenas —respondió intentando mantener firme el tono de voz, que la estaba traicionando, y estiró el pie para que pudiera ver sus sandalias abiertas azules de piel de cocodrilo, que dejaban ver sus uñas pintadas del mismo color.
—No están mal, aunque los dedos son bonitos —comentó Cal meneando la cabeza.
—Son para trabajar —replicó dejando que el enfado disipase sus nervios—. Además, tienes mi sandalia roja y no me las he podido poner. ¿Me la devuelves?
—Cuándo hayamos acabado de comer. Es mi única garantía.
—¿Hace mucho que tienes ese fetichismo por los pies? —preguntó mientras Cal le pasaba la cesta del pan.
—Desde que te conocí. De repente he descubierto un mundo completamente desconocido para mí.
—Me alegro de haberte impresionado —dijo y se quedó muy sorprendida al caer en la cuenta de que lo es¬taba realmente. Aquello fue suficiente para volver a po-nerla nerviosa. «No estoy interesada en él», se dijo em¬pujando la cesta del pan hacia él, resuelta a ser íntegra en lo que comiera, ya que no lo era con su pensamiento—. ¿Quién es el encanto de la puerta? Creo que deberías darle alguna lección.
—Es el sobrino de Emilio —contestó cogiendo un trozo de pan y partiéndolo—. No le vendría nada mal mejorar un poco sus modales en la mesa.
—¿No tiene Emilio a nadie que pueda poner de porte¬ro? —preguntó cogiendo la servilleta para apartar sus manos del pan—. No creo que ayude en gran cosa al negocio.
—Brian es el experto en relaciones sociales de la familia. Sus hermanos están en la cocina donde no pue¬dan herir a nadie. Gracias a Dios saben cocinar. He pedi¬do ya: ensalada y pollo al marsala, nada de pasta.
—Me alegro, porque me muero de hambre. ¿Sabías que el cuarenta por ciento de la pasta que se vende son espaguetis? —«¡Qué tonta!», pensó, mientras sonreía para suprimir su tendencia a la estadística—. Creo que demuestra una gran falta de...
—El pollo estará en quince minutos —dijo Brian mientras dejaba un plato de ensalada delante de Cal y otro delante de Min—. ¿Desean vino?
—Sí, por favor. Creía que estabas mejorando tus modales.
—Contigo no —dijo Brian—. Ya sé que es pollo, pero para ti tinto, ¿no?
—Sí, por favor —respondió Cal—. Ahora pregunta qué tipo de tinto.
—El que Emilio ponga en el vaso —dijo antes de retirarse.
—Encantador —comentó Min—, pero dejemos de hablar de él. Dame los diez pavos.
—¿Diez pavos? —preguntó Cal desconcertado an¬tes de menear la cabeza—. No he hecho ninguna apues¬ta, deja de pedirme dinero.
—¿Has quedado conmigo sin apostarte nada?
—No habrá ningún intercambio de dinero, excepto cuando pague la cuenta.
—Podemos pagar a medias —sugirió Min.
—No, no podemos.
—¿Por qué? Puedo permitírmelo. Esto no es una cita. ¿Por qué...?
—Te he invitado yo y pagaré yo —dijo Cal ponien¬do esa cara de obstinación que tanto la exasperaba.
—Eso quiere decir que el día que invite yo, seré yo quien pague.
—No, también lo haré yo. Dime, ¿quiénes son Dia¬na, Salida y Calentorra?
—¿Para eso me has invitado a comer? —preguntó Min infundiendo en su voz tanto escepticismo como pudo.
—No —contestó Cal llevándose las manos a la cabe¬za—.¿Podríamos comportarnos alguna vez como gente normal? ¿Sonreír, conversar y fingir que no me odias?
—No te odio —aseguró Min sorprendida—. Me caes bien. Es decir, tienes tus defectos...
—Por supuesto que los tengo, pero contigo me he comportado lo mejor que he podido. Excepto cuando te di un golpe en el ojo y me abalancé sobre ti en la mesa de picnic. ¿Qué tal estás?
—Bien —respondió con el tono de voz más alegre que consiguió poner—. Estoy haciendo borrón y cuenta nueva. Corriendo riesgos. Como comer con un Donjuán.
—¿Crees que lo soy?
—¡Por favor! Ligaste conmigo el viernes diciéndome: «Hola, jovencita». ¿De quién creías que eras la reencarnación? ¿Del príncipe?
Emilio apareció antes de que Cal pudiera decir nada y Min le sonrió, agradecida de que viniera en su rescate.
—Emilio, querido. Se me olvidó mencionarte lo de las cajas para la tarta. Necesitaré doscientas.
—Ya estoy en ello. La abuela dijo que te harían fal¬ta. Ha pensado que deberían ser de diez centímetros cuadrados para trozos de tarta de ocho.
—Yo me encargo de ellas. Sí. Estupendo. Tu abuela en un ángel y tú mi héroe. Y, por supuesto, un genio con la comida.
—Y tú mi clienta favorita —dijo Emilio dándole un beso antes de desaparecer en la cocina.
—Me encanta —le dijo a Cal.
—Ya me he dado cuenta. ¿No lo habrás estado viendo a mis espaldas?
—Sí, hemos estado hablando de tartas.
—¡Caray! Para ti eso son como conversaciones obscenas.
—Muy gracioso —Min pinchó la ensalada y mor¬dió la crujiente lechuga. El aliño de Emilio era fuerte y picante, pero light, todo un milagro—. ¡Dios, cómo me gusta Emilio! Esta ensalada está de muerte, y no es una palabra que suela utilizar con la ensalada.
—Háblame de la tarta —le pidió Cal empezando a comer la suya.
—Mi hermana Diana se casa dentro de tres sema¬nas —contestó Min agradecida de que hubiera propues¬to un tema que no era peligroso—. Su novio le dijo que conocía a un estupendo pastelero y que encargaría la tarta para que fuera una sorpresa. Después resultó que la sorpresa era que no la había encargado.
—¿Y sigue en pie la boda?
—Sí, mi hermana dice que la culpa es suya por no habérselo recordado.
—No se parece mucho a ti.
—Es todo lo contrario, es encantadora.
—¿Y en qué te convierte a ti eso?
—¿Yo? —preguntó Min dejando de comer—. No estoy mal.
Cal meneó la cabeza cuando Emilio apareció con un humeante plato de pollo al marsala. Después de que él y Min le declararan su eterna devoción, se retiró y Cal empezó a servir el pollo y los champiñones.
—¿Y dónde encajan en la historia de la tarta Salida y Calentorra?
—En ningún sitio. Sólo son las damas de honor de mi hermana, pero no le digas a nadie que las llamo así —le pidió probando el primer bocado de pollo. Lo sabo¬reó y después se limpió con la lengua una gota de salsa que le había caído en el labio inferior—. ¿Crees que...?
—No hagas eso —le pidió Cal con voz apagada.
—¿Qué? ¿Hacer preguntas?
—Lamerte el labio. ¿Qué querías saber?
—¿Por qué? ¿Te parece que no es de buena educa¬ción?
—No, pero me distrae. Tienes una boca muy bo¬nita. Lo sé. Entré en ella una vez. ¿Qué ibas a pregun¬tarme?
Min lo miró a los ojos y él mantuvo la mirada. «¡Oh!», pensó, e intentó acordarse de lo que estaban hablando, pero le resultó muy difícil porque en lo úni¬co que podía pensar era en cómo había entrado en su boca una vez, lo que había disfrutado y lo lujuriosos que le parecían sus ojos cuando la miraba como en ese momento y...
—¿Estáis bien? —preguntó Brian.
—¿Qué? —contestó Cal dando un respingo.
—¿Que si pasa algo con el pollo? Tenéis un comportamiento muy raro —dijo Brian frunciendo el entrecejo.
—No, nada —le aseguró Min cogiendo de nuevo el tenedor—. Está buenísimo.
—Vale, ¿necesitáis algo más?
—¿Un camarero con clase?
—Sí, como que lo iba a desperdiciar contigo —dijo Brian antes de irse.
—Entonces —comenzó a decir Min pasando a un tema de conversación más seguro—, Diana me contó lo de la tarta. Recurrí a Emilio y éste llamó a su abuela. Es mi héroe.
—Espera a que la pruebes. Sólo las hace para las bodas, no hay otra igual.
—¿Cuándo la has probado tú?
—Cuando se casó Emilio o mi hermano. En la boda de toda la gente que conozco. Tony, Roger y yo so¬mos los últimos que faltamos, he asistido a un montón de bodas. Y ahora Roger cuenta los días que le quedan.
—Bueno, al menos Tony y tú os tenéis el uno al otro. Así que tienes un hermano. ¿Mayor o menor?
—Mayor. Se llama Reynolds.
—¿Reynolds? ¿Reynolds Morrisey? —preguntó Min dejando de comer.
—Sí. Marido de Bink y padre de Harry.
—¿No hay un lujoso bufete de abogados que se lla¬ma así?
—Sí, el de mi padre, su socio John Reynolds y mi hermano —contestó sin mostrar gran entusiasmo.
—Qué práctico. ¿Qué tal está Harry?
—Marcado para toda su vida después de vernos en la mesa de picnic.
—¿De verdad? —preguntó Min soltando un gemido.
—Es difícil de decir. No lo he vuelto a ver desde entonces. Seguramente Bink ya lo habrá llevado a una terapia. ¿Qué tienes que ver tú en lo de Bonnie y Roger?
—Estarán prometidos antes de otoño —profetizó Min y se dedicaron a hablar de ellos y de otros temas se¬guros durante el resto de la comida. Cuando acabaron, Cal firmó la larga cuenta.
—Así que comer conmigo es un riesgo... ¿Significa eso que quieres que me disculpe por la última vez?
—No —contestó Min sonriendo e intentando pa¬recer despreocupada—. He estado trabajando la teoría de que si no se habla de algo, no existe. Aunque parece que hay un montón de gente que se ha enterado, por ejemplo Greg. Nos ha delatado y ahora mi madre quiere que te lleve a cenar a casa —Cal pareció muy desconcer-tado—. Le dije que eras un total desconocido y que lo de la cena era altamente improbable —de repente le pre¬guntó—: ¿Qué fue lo del sábado?
—Bueno, fue pura química y me pareció fenomenal. Estaría encantadísimo de volver a hacerlo, en especial desnudo y en posición horizontal, pero... —a Min se le disparó el pulso, pero se dio un golpe en la frente para frenarlo a él y a su traicionera imaginación—. ¿Qué pasa?
—Estaba acordándome de por qué nunca se pide a los chicos que digan la verdad. Porque a veces la dicen.
—Lo que pretendo hacerte ver es que Liza tenía ra¬zón, no tenía por qué haberte besado de esa forma, porque no busco nada serio. Acabo de dejar una relación que era mucho más intensa de lo que creía y...
—¿Cómo podía ser más intensa de lo que creías?
—Yo pensaba que sólo lo estábamos pasando bien y ella que nos íbamos a casar. Acabamos bien, sin rencores.
—¿Quería casarse, tú no, y no hay rencores? —pre¬guntó Min perpleja.
—Digo que si no estaba dispuesto a comprometer¬me, ella tendría que seguir su camino. Lo clásico.
—Y se supone que tú eres el mago que entiende a las mujeres... No, no fue lo clásico. O te odia o piensa que vas a volver con ella.
—Cynthie es muy práctica. Sabe que ha acabado. Lo mismo que nosotros, porque a pesar de que estuvo bien, ninguno de los dos quiere ir más allá.
—Exactamente —corroboró Min, que lo había entendido perfectamente, aunque no estaba nada conten¬ta—. Sería muy distinto si fuéramos compatibles. No soy reacia al compromiso, si se trata de algo que pueda ser di¬vertido, pero lo último que necesito es enamorarme de al¬guien que sé que no es bueno para mí solamente porque besa divinamente. Además, estoy esperando a la reencar¬nación de Elvis y tú no la eres —Cal la miró con cara extra¬ña—. ¿Qué pasa? Lo de Elvis era una broma.
—¿No soy bueno para ti, pero beso divinamente?
—Bastante. ¿Por qué? ¿Tú lo ves de otra forma?
Cal abrió la boca, la cerró y se encogió de hombros.
—No, supongo que no. No creo que seas mala para mí, pero es demasiado complicado. No eres una mujer relajada.
—Eso es verdad, pero tú te lo has buscado, por mujeriego.
—Me he retirado. Ahora lo único que quiero es paz, y tranquilidad. Tengo que tomarme un descanso.
—Es lo mismo que pienso hacer yo. Voy a dejar de salir.
—Hasta que aparezca Elvis.
—Exactamente. Y que yo sepa, no hay nada malo en ello.
—No tendrás sexo.
—Eso lo puedo aguantar.
—Sí, eres una experta en negarte cosas.
—¡Eh! —protestó Min, que se había sentido ofendi¬da—. Estábamos estupendamente, ¿por qué me atacas?
—Perdona.
Se levantaron para irse. Min le dio un beso de despedida a Emilio y salieron a la calle.
—Estupendo, es de día y mi oficina sólo está a seis manzanas. No tienes que acompañarme —dijo Min.
—Muy bien —se despidió Cal ofreciéndole la ma¬no—. Seguramente nos volveremos a ver en la boda de Bonnie y Roger. En caso de que no lo hagamos, que seas feliz.
—Lo mismo digo. Que tengas más suerte en el fu¬turo —dijo Min estrechándosela.
—Un momento —dijo cuando ésta se alejaba y Min dio un respingo. Al darse la vuelta vio que simplemente tenía la sandalia en la mano y la brisa movía las cintas.
—Es verdad. Muchas gracias —dijo intentando co¬gerla.
Cal retuvo un momento la sandalia y la miró a los ojos.
—De nada —dijo meneando la cabeza finalmente. Soltó su presa y ella se alejó por la calle sin volver la vista atrás, satisfecha por la comida, pero no tan contenta como podría estarlo.
«Es encantador», pensó antes de borrarlo de sus pensamientos.



El martes, Min miró la ensalada que tenía encima de la mesa de su despacho para comer y pensó: «Tiene que haber algo más que esto». Era por culpa de Cal, ha¬bía probado la comida de verdad a mediodía y aquello la había envenenado. Hasta conocerlo a él jamás había pensado en la comida excepto como algo que ella no po-día permitirse. Antes de que empezara a hacer dieta por el vestido de dama de honor, la mantequilla no existía en su vida. «Debería tener mantequilla», pensó y después se dio cuenta de la locura que suponía.
Aunque sí podría tener pollo al marsala.
Apartó la ensalada a un lado, entró en Internet y buscó «Pollo al marsala», porque hacer una búsqueda de Cal Morrisey no hubiera servido en absoluto para su maldito plan.
«Un plato muy popular», se dijo al encontrar 48.300 resultados. Incluso a pesar de la extraña aleatoriedad que demostrarían la mayoría de ellos, eran un montón de recetas. Había una con alcachofas que le pareció una locura. En otra había que añadir zumo de limón, algo que no podía irle bien; otra era con pimientos, otra con cebolla. Resultaba sorprendente la cantidad de formas que había encontrado la gente para estropear una receta sencilla. Imprimió dos que le parecieron adecuadas e iba a desconectar cuando, por un impulso inesperado, buscó «dislexia». Una hora más tarde, apagó el ordena¬dor, impresionada por lo que había conseguido Calvin Morrisey.
Cuando acabó de trabajar, paró en una tienda de comestibles. Había algo en tener un plan para cenar, con receta en la mano, que la hacía sentirse mucho menos hostil hacia la comida. Por supuesto, tendría que adaptar la receta. Ésta requería rebozar el pollo con harina, lo que suponía unas calorías de más y también hidratos de carbono. Se saltaría el rebozado. Tenía sal y pimienta, y el perejil no tenía calorías, así que cogió un bote. No te¬nía ningún problema con las pechugas de pollo deshue¬sadas y sin piel, pero ¿y la mantequilla y el aceite de oli¬va? «Es para morirse de risa», pensó y cogió también un bote. Los champiñones eran esencialmente agua, así que podría comerlos. Después venía el marsala, que encon-tró en la sección de vinos. Pagó con sensación triunfal después de haber atravesado la sección del pan con paso decidido, fue a casa, se puso un chándal, puso a todo vo¬lumen el lector de CD y cantó a voz en grito el álbum Elvis 30 mientras cocinaba.
Una hora más tarde, el disco volvía a empezar y Min contemplaba el desastre que había en su única sar¬tén e intentaba averiguar qué había hecho mal. Había dorado el pollo en su sartén antiadherente y había seguido el resto de instrucciones, pero aquello tenía un aspecto terrible y sabía fatal. Dio unos golpecitos con la espátula en el borde de la cocina y pensó: «Vale, no sé cocinar, pero me merezco una buena comida», antes de descol¬gar el teléfono.
—¿Emilio? ¿Tenéis servicio a domicilio?



El seminario Parker se estaba convirtiendo en el ma¬yor desastre que había tenido Morrisey, Packard y Capa, sobre todo porque la idiota que estaba a cargo de las clases no dejaba de cambiar las especificaciones del seminario.
—Estoy enviando información por fax. Métanla en algún sitio —les pidió en una de sus llamadas.
—¿Por qué no se morirá esa bruja? —dijo Tony cuando llamó un martes a las cinco menos diez—. He quedado con Liza esta noche.
—Ya me quedo yo a recibir el fax. Bonnie lo enten¬derá —se ofreció Roger.
—No, vete. Ya me quedo yo. No tengo ninguna cita y estoy demasiado cansado para ir a ningún sitio —di¬jo Cal.
Tony y Roger se fueron, los dos con rumbo a una mu¬jer cariñosa y Cal se quedó a leer el fax y a comprimir el calendario del seminario una vez más, contento de no tener que estar en ningún sitio ni tener una mujer que reclamara su atención y su tiempo. A las siete apagó el ordenador ali¬viado y se dio cuenta de que tenía mucha hambre.
Emilio le pareció una idea excelente.
—No me digas —le pidió cuando entró a la cocina por las puertas batientes—. Pollo al marsala.
—Ya he comido bastante por una buena temporada —replicó en el mismo momento que sonaba el teléfo¬no—. Prefiero algo sencillo, espaguetis con tomate y albahaca. Espera, el cuarenta por ciento de la pasta que se vende son espaguetis. Eso demuestra falta de imagina¬ción, que sean fettuccini.
Cal se calló cuando Emilio levantó la mano y con¬testó el teléfono. Éste escuchó y luego miró por encima del hombro de Cal y dijo:
—Normalmente no lo hacemos, pero con un cliente especial siempre podemos hacer una excepción. Pollo al marsala, ¿verdad? No, no es ningún problema. Dale una buena propina al repartidor —colgó y sonrió a Cal—. Era Min. Quiere pollo al marsala. ¿Puedes lle¬várselo tú?
—¿Qué? —preguntó confundido.
—Sabes dónde es y seguramente te cae de camino a casa.
—No está de camino a mi casa ni a la de nadie, excepto a la de Dios, el maldito sitio está en una pen¬diente que es casi vertical. ¿Qué te hace pensar que me apetece ir?
—No sé —contestó encogiéndose de hombros—. Ha llamado, estabas aquí, hacéis buena pareja y me ha parecido buena idea. ¿Os habéis peleado?
—No, no lo hemos hecho, pero no vamos a volver a vernos porque soy una equivocación para ella y además está esperando a Elvis. Llámala y dile que el repartidor se ha muerto.
—Entonces no podrá cenar, y ya la conoces, es una mujer de las que comen.
Cal pensó en la cara de Min cuando comía pollo al marsala, igual de deliciosa que cuando comía donuts. Lo que no era ni remotamente tan encantador como la expresión de su cara cuando la besó...
—Bueno, ya la llevará Brian —concluyó Emilio.
—No, lo haré yo. Date prisa, ¿quieres? Me muero de hambre.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:14 pm

Capítulo 6


Cuarenta y cinco minutos más tarde, Cal estaba subiendo los escalones de casa de Min, cuando algo pequeño y de color naranja pasó a toda velocidad a su lado y casi lo tira colina abajo. Acabó su ascensión con más cuidado, pero cuando llegó a la cima y miró a su alrededor no vio nada. Llamó al portero automático y contestó Bonnie.
—Hola, Min ha pedido comida para llevar —dijo con la bolsa en la mano, sintiéndose estúpido, el senti¬miento que menos le gustaba en el mundo.
—¿Y tú eres el repartidor?
—Bueno, nunca se gana suficiente dinero —dijo antes de dirigirse hacia las escaleras. Cuando llegó arriba oyó Heartbreak Hotel, de Elvis Presley, al otro lado de la puerta de Min y suspiró.
Min se sorprendió al abrir la puerta y Cal también se quedó perplejo, pues lo único que llevaba puesto era una larga y vieja camiseta de chándal y unos calcetines desparejados. Llevaba el pelo suelto y encrespado, y se había limpiado el maquillaje, así que el único color que había en su cara era la magulladura amarilla, que empezaba a per¬der intensidad, en donde la había golpeado.
—¡Qué demonios! ¿Cómo has entrado?
—Así es como recibes a los repartidores —pregun¬tó mirando las hermosas y robustas piernas que había escondido el viernes en el bar.
—No, así es como le abro a Bonnie. Deja de co¬merme con los ojos, llevo unos pantalones cortos debajo —dijo mientras se levantaba la camiseta para dejar ver unos shorts a cuadros ligeramente menos feos que la ca¬miseta y los calcetines—. ¿Cómo has entrado por la puerta de la calle?
Entonces, algo de color naranja pasó a toda veloci¬dad a su lado y entró en el apartamento.
—¿Qué era eso? —preguntó Min y Cal entró, pero dejó la puerta abierta.
—No lo sé —dijo poniendo la bolsa de Emilio en una vieja mesa de máquina de coser que había al lado de un sofá que parecía una calabaza gigante comida por los polillas—. Cuando estaba subiendo ha pasado a mi lado.
—¡Oh no! —exclamó Min y Cal se volvió para mirar.
En el sofá, el animal de aspecto más sarnoso que había visto en su vida los observaba con mirada feroz y un ojo cerrado y siniestro. Era de color marrón y naran¬ja, así que combinaba perfectamente con el sofá.
—¿Qué es eso? —preguntó Min.
—Creo que es una especie de gato.
—¿De qué tipo? —inquirió Min con una terrible fascinación en la voz.
—De ninguno bueno. A pesar de que dijiste que querías uno.
—No es verdad.
—La última vez que te acompañé a casa dijiste que ibas a buscarte un gato.
—Era una broma —dijo Min sin apartar la vista del animal—. Es lo que dicen todas las mujeres con más de treinta años cuando las han jodido los hombres. «Voy a dejar a los cabrones y me voy a buscar un gato». Es un cliché.
—Mira, si vas a hablar en clave deberías avisarme —dijo Cal sin dejar de mirar el animal.
El gato no parecía moverse, así que Cal echó un vistazo al resto del apartamento. Daba la impresión de ocupar todo el ático, tenía unos ángulos desquiciados, salpicados por buhardillas y estaba lleno de muebles viejos, aunque ninguno era una antigüedad. Frunció el entrecejo y pensó: «Este no es su estilo».
—¿Por qué tiene un ojo cerrado? —preguntó Min inclinando la cabeza desconcertada.
—Creo que lo ha perdido.
—Has llevado una vida dura, ¿eh, gato? Tengo pollo de sobra. Lo he intentado hacer al marsala, pero me ha salido fatal. Puede que el gato esté lo suficientemente desesperado como para comérselo.
—Si le das de comer se quedará para siempre. ¡Ga¬to, la puerta está abierta, vete!
El gato se acurrucó y lo miró con altanería.
—Parece el de Alicia, como si pudiera desaparecer poco a poco.
—Ya ha empezado con el ojo. Seguramente tiene todas las enfermedades que hay en el Libro Gatuno de los Muertos.
—Le daré de comer —dijo Min antes de dirigirse a la cocina.
—Queda muy bien en el sofá —dijo Cal pasando la bolsa de Emilio de la máquina de coser a una maltratada mesa redonda de roble que había detrás del sofá. El gato estaba pendiente de todos sus movimientos aunque fin¬gía que no le preocupaban.
Min volvió con varios trozos de pollo en una servi¬lleta de papel. Los dejó a su lado y se echó hacia atrás. El gato los olisqueó y después la miró.
—Ya lo sé. Está malísimo. No hace falta que te lo comas —se excusó Min.
El gato levantó la nariz y mordisqueó el trozo que tenía más cerca.
—Es un gato valiente —le dijo a Cal y se dirigió ha¬cia la repisa de la chimenea para coger su bolso—. Deja que te pague a ti o a Emilio o al que sea.
—No —dijo Cal sin dejar de mirar a su alrededor. Los muebles parecían cómodos, pero ninguno era suficientemente interesante o atractivo, no le pegaban nada. Parecía el apartamento de otra persona—. ¿Estás subarrendada?
—No —contestó buscando en el bolso—. ¿Cuánto te debo?
—Nada —en la repisa de la chimenea había varias bolas de nieve, alineadas a ambos lados de un reloj anti¬guo, muy kitsch, hecho con libros viejos. Cal se acercó para verlas—. No elegiste tú los muebles, ¿verdad?
—Eran de mi abuela. Mira, no quiero que me pa¬gues la cena. Me has hecho un gran favor trayéndola así que...
—¿Coleccionas estas cosas? —preguntó cogiendo una de Rocky y Bullwinkle.
173
—Cal.
—Hay comida para un ejército. Si quieres que te haga compañía, me quedaré y me comeré la mitad. Si no, me iré y me la llevaré, aunque no me gustaría dejarte sola con ese animal ——Cal dejó la bola de Rocky y cogió otra de Chip y Dale—. ¿De dónde las sacas?
—De los amigos, la familia, mercadillos. Puedes quedarte —dijo mirando el gato que, una vez devorado el pollo, parecía estar estudiando la posibilidad de echar un sueñecito—. Tú no sé si podrás —declaró, y el animal la miró seriamente con el ojo derecho cerrado—. ¿No era el otro ojo el que tenía cerrado antes? ¿El izquierdo?
—No me acuerdo, pero tampoco me extrañaría. Es un gato muy sospechoso. ¿Sabes? Estos muebles no te pegan. Ese reloj no encaja y no me pareces una persona a la que le gusten las bolas de nieve.
—Ya, pero los muebles son buenos y no me pareció inteligente comprar otros nuevos. Además, me recuer¬dan a mi abuela y lo de las bolas empezó accidentalmen¬te —confesó mirando a su alrededor antes de volverse hacia él—. Al menos deja que pague la mitad de la cena.
—No —dijo Cal cogiendo una gran bola en la que estaban la Dama y el Vagabundo sentados en un restaurante italiano muy bien reproducido—. ¿Qué tipo de accidente?
—Mi abuela tenía una bola de Mickey y Minnie Mouse. Estaban bailando y Minnie llevaba un vestido largo de color rosa; Mickey la sujetaba por el talle y ella se dejaba caer hacia atrás —su voz se fue suavizando conforme hablaba—. Mi abuelo se la había dado como regalo de bodas, pero a mí me gustaba tanto que cuando tenía doce años me la dio a mí.
Cal estudió la repisa de la chimenea. Allí estaban Cristina y el Fantasma de la Ópera, Roger Rabbit y Jessica, Lorenzo y Pepita, la Bella Durmiente y el príncipe, Cenicienta y su príncipe en un castillo con palomas suspendidas en el aire, e incluso Donald y Daisy, pero no Mickey y Minnie.
—¿Dónde está?
—La perdí en uno de los traslados cuando estaba en la universidad. Ya sabes cómo es eso, cambias de habita¬ción todos los años y las cosas desaparecen. Me enfadé mucho y la gente empezó a regalarme otras en mi cum¬pleaños y Navidades para compensarme. Intenté decir¬les que no quería más, «Muchas gracias, es muy bonita, pero no deberías...», pero aquello era imparable —Miró la repisa y suspiró—. Tengo cajas llenas en el sótano. Estas son sólo mis favoritas. No colecciones nada, la gente te impedirá dejarlo.
Cal miró de nuevo la colección. En un extremo ha¬bía una grande y oscura que parecía llena de monstruos.
—¿Qué es esto? —preguntó cogiéndola.
—Villanos de Disney. Liza y Bonnie me regalaron una cada una en Navidades hace dos años.
—¿Liza te regaló esto?
—¿Cómo sabes que no fue Bonnie?
—Porque no encaja con su estilo —aseguró señalan¬do la bola de Cenicienta con las palomas—. Te regaló ésa.
—Sí, pero sigo sin...
—Bonnie cree en los cuentos de hadas. Liza es rea¬lista, ve a los tipos malos. Además, Bonnie no se hubiera olvidado de lo más importante. Te consiguió una pareja.
—¿Una pareja de qué?
—Una pareja, dos personas. Todo son parejas. Mi¬ra, la Dama y el Vagabundo, Cristina y el Fantasma de la Ópera, Jessica Rabbit y Roger... excepto la que te regaló Liza, el resto son parejas.
—No sé si Rocky y Bullwinkle son exactamente una pareja —dijo mirándolos llena de dudas—. Y Chip y Da¬le. Bueno, ya sé que ha habido rumores, pero...
—Venga, Minnie. Empezaste con una pareja.
—No me llames así —le rogó con ojos encendidos.
—A mí sí puedes llamarme Mickey —aseguró Cal sonriendo, deseoso de volver a ver aquel destello en su mirada.
—Lo que haré es llamar a un taxi si no dejas de meterte conmigo. ¿Cenamos?
Cal se dio por vencido y fue a la mesa para sacar la comida que había preparado Emilio, haciendo un desvío cuando pasó al lado del gato, por si éste le atacaba.
—Ese tipo sí que hizo una jugada.
—¿Qué tipo?
—El que te había dejado la noche que te conocí. Debías quererle mucho.
—¡Oh! ¿A él? No, nada en absoluto.
«Estupendo», pensó Cal, a pesar de que aquello no cambiaba nada.
—¿Tienes platos? —preguntó mientras Min se dirigía hacia un hueco que cualquier persona habría lla¬mado armario, pero que evidentemente, para su casero era una cocina—. Trae copas para el vino también.
—¿Qué? —preguntó asomándose.
—Vasos, para el vino.
Min salió de la cocina con dos copas y puso la me¬sa mientras él descorchaba una botella y servía el vino
Mentando no mirar su chándal. Le parecía bien que se hubiera vestido así. Si se hubiera puesto el jersey rojo seguramente habrían tenido problemas. Después, Min sacó la ensalada e intentó ponerla en un plato con una cuchara.
—¡Mierda! —exclamó cuando se derramó el aliño.
—No cocinas nunca, ¿verdad Minerva?
—¿Y tú?
—Sí —aseguró quitándole la cuchara—. Cuando estaba en la universidad trabajé en un restaurante. Necesitas un cucharón, Minnie, esto se utiliza para comer.
—También podría clavártela.
Cal meneó la cabeza y se dirigió a la cocinita para buscar un cucharón, pero se tropezó con una sartén que contenía algo horrible.
—¿Qué es esto? —preguntó cuando Min entró a buscar servilletas de papel.
—Nada que te incumba —replicó, y Cal arqueó las cejas—. Creí que podría hacerlo yo sola. Conseguí la receta, pero no...
—¿Esto es pollo al marsala? —preguntó cayendo en la cuenta de lo que era.
—No, es una asquerosidad. Por eso llamé a Emilio.
—¿Qué has hecho?
—¿Para qué quieres saberlo? ¿Para hacer comentarios jocosos?
—¿Quieres saber cómo se cocina o no? —preguntó exasperado. Min era insoportable.
—Sí —contestó lanzándole una mirada feroz. —¿Qué es lo primero que hiciste?
—Rociar aceite de oliva en la sartén.
—¿Rociar? No, hay que echarlo. Dos cucharadas soperas.
—Demasiada grasa.
—Es una grasa que no hace daño. El aceite de oliva es bueno para el cuerpo.
—No para mi cintura.
—Pues si quieres que tenga sabor tendrás que echarlo, Minnie.
—Vale —accedió, aunque con voz rebelde—. Des¬pués doré el pollo.
—Demasiado rápido. Primero hay que ablandar la carne. Si no tienes un mazo puedes utilizar una lata. Metes las pechugas en una bolsa y le das unos golpes. Después la espolvoreas con harina, pimienta molida y sal kosher.
—¿Estás de coña? La harina tiene calorías.
—Y evita que el pollo... —Cal cogió un tenedor y levantó uno de los trozos petrificados que había en la sartén—... se seque. ¿Qué más hiciste?
—Cuando estaba dorado, puse los champiñones, eché el vino y dejé que fuera reduciendo.
—¿Sin mantequilla?
—¿Estás loco?
—No —contestó volviendo a dejar la carne en la sartén—. Pero alguien que hace pollo al marsala sin aceite de oliva, harina y mantequilla puede que sí lo es¬té. Si querías pollo a la parrilla haberlo hecho así —me¬tió un dedo en la salsa para probarla y estaba tan as¬querosa que se atragantó y Min tuvo que darle un vaso de agua.
—No sé en qué paso me equivoqué.
—¿Qué tipo de marsala utilizaste? —preguntó Cal una vez que consiguió quitarse el gusto de la boca. Min le enseñó una botella de vino de guisar—. ¡No, no, no! —exclamó y después se calmó al ver que Min soltaba un gemido—. Mira, cariño, cuando se hace una salsa de vino hay que cocerlo, concentrarlo. Tienes que utilizar uno bueno o sabrá como eso —dijo miran¬do la sartén—. Es un milagro que el gato no se haya muerto.
—¡Vaya! ¿Puedes escribir todo lo que has dicho?
—No —contestó Cal y entonces se oyó un gran estruendo en la otra habitación—. El gato se ha ido. ¿Habías dejado una ventana abierta?
—Tengo una de esas mosquiteras corredizas baratas en el dormitorio —le explicó antes de dirigirse hacia una puerta que había cerca de la chimenea—. ¡Ésta sí que es buena! —exclamó y Cal fue hacia allí.
La mosquitera había desaparecido y la ventana esta¬ba abierta. Cal se inclinó y miró afuera. La mosquitera estaba en el tejado y el gato sentado en la rama de un ár¬bol que tocaba las tejas, limpiándose las uñas. Tenía el ojo izquierdo cerrado.
—Cambia los ojos —dijo Cal volviendo a meter la cabeza—. A lo mejor... —empezó a decir, pero se calló el ver el dormitorio de Min.
La mayor parte la ocupaba la cama de latón más recargada que había visto en su vida, era enorme y es¬taba cubierta con un edredón de satén de color lavanda suave y almohadas de satén del mismo color apila¬das contra un cabezal que se curvaba y entrelazaba formando rosetones y remates. Cal se mareó sólo con mirarla.
—¿Cómo haces para no caerte de la cama?
—Me agarro y procuro no mirar el cabezal. Me encanta. Lo compré el mes pasado, aunque no es nada práctico...
Siguió hablando, pero Cal había dejado de escu¬charla cuando dijo: «Me agarro» y se la imaginaba tum¬bada sobre el suave edredón de satén azul, con sus rizos acabados en puntas doradas sobre los almohadones y sus labios abiertos sonriéndole, las manos agarrando el cabezal, su suave cuerpo...
—¿Cal?
—Huele muy bien —dijo éste intentando pensar en algo que no contuviera la palabra «suave» o «duro».
—Mi abuela siempre ponía lavanda en las almoha¬das. O puede que sean las velas de canela.
—Es..., es muy bonito —dijo Cal aclarándose la garganta—. Es la única cosa en este apartamento que te pega —la idea de tumbarla sobre el edredón era facti¬ble, así que propuso—: Vamos a cenar.
—Muy bien —aceptó Min saliendo de la habitación.
—¿Quieres que cierre la ventana?
—¿Y cómo entrará el gato?
—Tienes razón —dijo Cal pensando «¡Dios mío! Le he traído un gato salvaje».
—Así que el pollo al marsala no es muy juicioso pa¬ra el corazón ni respeta el peso —dijo Min mientras co¬mían la ensalada de Emilio.
—¿Juicioso para el corazón? —preguntó Cal co¬giendo su vaso de vino—. ¿Quieres decir si es saludable? Porque la respuesta es sí. Ya te lo he dicho, el aceite de oliva es bueno para la salud. Y un poco de harina y man¬tequilla no te van a matar.
—Eso díselo a mi madre. ¡Qué buena! —exclamó comiendo un poco más de ensalada—. Creo que la lec¬ción de todo esto es que no debería cocinar.
—¿Por qué? Ha sido tu primer intento. Todo el mundo comete errores —dijo cogiendo la cajita del pollo y sirviéndolo en los platos sin que se cayera nada.
—Excepto tú, todo lo haces bien —lo alabó mien¬tras observaba lo que hacía.
—Bueno. Te dejaron, hasta ahí me he enterado, pero no te importaba el tipo. Entonces, ¿por qué sigues ; enfadada y la tomas conmigo?
—Fue un poco como la gota que colma el vaso —contestó cortando el pollo. Después se llevó un trozo a la bo¬ca y puso esa arrebatada expresión que siempre tenía cuando comía algo bueno.
—Deberías abandonar las dietas. ¿Qué te hizo que no pudieras olvidar?
—Bueno —empezó a decir pinchando un champi¬ñón con más animadversión de la que merecía—. Fue sobre todo por mi peso.
—¿Se metía con él? Ese tipo es un cabeza cuadrada —aseguró meneando la cabeza.
—No es que lo criticara exactamente, simplemente me sugería que me pusiera a dieta. Después me dejó por¬que no me acostaba con él.
—¿Te pidió que te pusieras a dieta y luego que te fueras a la cama con él? Retiro lo dicho, los cabezas cuadradas son más inteligentes que ese gilipollas.
—Ya, pero tenía algo de razón. Es decir, respecto a mi peso. ¿No? —preguntó desafiante.
—Si te contesto dirigirás toda tu rabia contra mí y prefiero que lo hagas contra el idiota que te dejó, yo soy el bueno de la película.
Min apuñaló otro champiñón y dejó el tenedor.
—Vale, ésta te la paso. No me importa lo que digas, no me enfadaré.
—¿Y cómo lo vas a hacer? —preguntó Cal fijándo¬se en su tempestuoso rostro.
—Bueno, me enfadaré, pero seré justa. Eres el úni¬co hombre en el que confío lo suficiente como para de¬cirle la verdad.
—¿Confías en mí? —preguntó Cal sorprendido y halagado—. Creía que era un canalla.
—Y lo eres, pero sueles decirme la verdad. En la mayoría de cosas.
—Jamás te he mentido en nada —aseguró Cal de¬jando de comer.
—Ya. ¿Y qué se supone que debo hacer con mi pe¬so? —preguntó Min desdeñosa.
—Muy bien. Ahí va la verdad. Jamás estarás delga¬da. Eres una mujer con curvas. Tienes las caderas anchas un buen estómago y unas grandes tetas. Eres...
—Sana —le cortó Min duramente.
—Lujuriosa —la contradijo Cal mirando el leve su¬bir y bajar de sus pechos debajo del chándal.
—Fondona —gruñó Min.
—Opulenta —dijo Cal recordando la suave curva que había tenido en su mano.
—Regordeta.
—Suave, con curvas y muy sexy, me estoy excitando —confesó Cal, que empezaba a marearse—. ¿Llevas algo debajo del chándal?
—Por supuesto —contestó Min.
—Perdona —se excusó deshaciéndose de su fanta¬sía—. Bien. Deberíamos seguir comiendo. ¿De qué está¬bamos hablando?
—De mi peso.
—Sí —dijo cogiendo el tenedor otra vez—. La razón por la que no puedes perder peso es porque no debes ha¬cerlo, tu constitución física es así y si hubieras conseguido seguir una estúpida dieta para perder peso habrías aca¬bado como el pollo que has intentado guisar. Hay cosas que deben hacerse con mantequilla. Tú eres una de ellas.
—Así que estoy condenada.
—Otro de los problemas contigo es que no escu¬chas. Si quieres tener un aspecto sexy, tenlo. Dispones de cosas que las mujeres delgadas no tendrán jamás y de-berías alegrarte por ellas y vestirte para disfrutarlas. O, al menos, dejar que las disfruten otros. El traje que lleva¬bas la noche que te conocí hacía que parecieras una funcionaria de prisiones. Sin embargo, tu ropa interior está muy bien —añadió acordándose del escote de su jersey rojo.
—No hay ropa que me quede bien.
—Por supuesto que la hay —la contradijo sin dejar de comer—. A pesar de que eres de las que están mejor sin ella —su traicionera mente intentó imaginársela y tuvo que bloquear ese pensamiento—.Supongo. Come, por favor. El hambre te pone de mal humor.
—¿Estoy mejor desnuda? No, mira...
—Me has preguntado y te he respondido, pero no quieres oír eso. La verdad es que la mayoría de los hombres preferirían irse a la cama contigo que con esas mu-jeres que parecen una percha, es mucho más agradable tocarte a ti, pero la mayoría de vosotras no os lo creéis. Intentáis perder peso para impresionaros a unas a otras.
—Así que he sido sexy todos estos años... ¿Por qué no se ha dado cuenta nadie? —preguntó poniendo cara de circunstancias.
—Porque te vistes como si odiaras tu cuerpo. El es¬tar sexy es una actitud, no crees que lo seas y no lo exteriorizas.
—Entonces, ¿cómo sabes que lo soy? —preguntó exasperada.
—Porque te miré por debajo del jersey —confesó Cal acordándose de aquel momento—. Y porque te he besado. Y he de confesarlo, tu boca es un milagro. Aho-ra, come algo.
Min miró su plato un momento y después lo atacó.
—Sí, esto está muy bueno —comentó al poco.
—No hay nada mejor que la buena comida. Bueno, excepto el...
—Tiene que haber una forma de conseguir que es¬to sea bueno para el corazón.
—He estado hablando a las paredes. ¿Has oído algo de lo que he dicho?
—¿Así que parecía una funcionaría de prisiones cuando ligaste conmigo?
—No, llevabas unos zapatos muy bonitos. Con ellos sí que te arriesgas —«los pies también eran boni¬tos», pensó.
—¿Así que, a pesar de que parecía una funcionaría de prisiones, la razón por la que cruzaste el bar para ligar conmigo fueron mis zapatos?
Aquella pregunta parecía mal intencionada, así que intentó acordarse de por qué había ligado con ella. La apuesta. Soltó un gemido. La estúpida apuesta de la cena con David.
—¡Venga!
—Hiciste una apuesta, ¿verdad? —preguntó Min enfadada.
Cal sacó la cartera y dejó un billete de diez dólares encima de la mesa.
—Toma, todos tuyos. ¿Puedo acabar de cenar antes de que me eches?
—Sí, claro. Te estás tomando muy bien lo de haber perdido esa apuesta.
—No la perdí —dijo pinchando un champiñón—. Nunca pierdo.
—¿La cobraste? —preguntó Min escandalizada.
—Saliste por la puerta conmigo, así que gané —di¬jo Cal frunciendo el entrecejo.
—Y todo el mundo asume que...
—¿Qué? —preguntó exasperado—. Alguien se apuesta diez pavos conmigo a que no sales del bar con¬migo. Lo haces y gano. Ahora te los he dado a ti. ¿Pode¬mos dejarlo ya?
—Así que la apuesta está acabada —dijo Min con tono incrédulo.
—Sí —contestó Cal empezando a irritarse—. Va¬le, no me parece la mejor forma de empezar una rela¬ción, pero tampoco es que la tengamos. Estás esperando a Elvis y los dos seguimos con nuestros planes de no sa¬lir con nadie. Además te estoy dando de comer. ¿Por¬qué estás enfadada?
—Por ninguna razón en particular —aseguró Min rotundamente antes de volver a la cocina.
—Hay algo que no sé, ¿verdad?
—Sí, sigue comiendo.



Cal se ofreció a ayudarla con los platos, pero Min lo despidió, enfadada con él por la apuesta y consigo misma porque aquello le preocupara. Puso las sobras de Emilio en la nevera y tiró lo que había intentado prepa¬rar a la basura. Después se fue al dormitorio y se metió bajo el edredón de satén. Cal había dicho que la cama era lo único que le pegaba. En aquel apartamento lleno de muebles sencillos y pesados había elegido el único bonito, lujoso y sexy y había dicho «Ése sí que te pega». ¡El muy canalla!
El gato saltó encima de la cama y se acercó a ella sin hacer ruido. «¡Eh!», exclamó cuando se acurrucó a su lado. Lo acarició, sintió su escuálido cuerpo bajo la piel, y el animal abrió los dos ojos. Eran de distinto color y uno de ellos tenía una nube que hacía juego con el color de su piel. «Un gato de retales», pensó mientras se acurru¬caba a su lado, extremadamente reconfortado. Encen¬dió el aparato de música que había al lado de la cama y escuchó a Elvis cantar sobre lo asquerosa que había sido su vida desde que lo había dejado su chica. El gato le¬vantó las orejas durante una estrofa y luego volvió a re¬lajarse sobre el edredón. «¿Te vas a venir al hotel de los corazones rotos?», le preguntó rascándole detrás de las orejas. El gato levantó la cabeza para hacer presión con¬tra sus uñas y Min observó su extraña cara, arrugada por el éxtasis con los dos ojos cerrados, y sintió cariño por él. Empezó a ronronear y aquel sonido le pareció más confortante de lo que había imaginado. «No me parece na¬da inteligente que te quedes», dijo y el gato abrió los ojos lentamente y después volvió a cerrarlos. Min siguió acariciándolo y él se acurrucó más contra ella, cálido, re¬lujado y confortante. No le extrañaba nada que hubiera tantas mujeres solteras que tuvieran gatos. Sin duda su¬peraban con creces a los encantadores, mentirosos y ju¬gadores compulsivos que besaban divinamente y tenían manos como... «Estoy tan sólo, cariño», cantaba Elvis y Min se acercó para subir el volumen. El gato levantó la cabeza, pero parecía que Don’t Be Cruel y Heartbreak Hotel le gustaban y se volvió a acurrucar junto a su estóma¬go. «Puedes vivir aquí», dijo, y se quedaron en un silen¬cio fraterno, escuchando a Elvis hasta que se quedaron dormidos los dos.



—Hay una auténtica ricura esperándote en tu ofici¬na —le comunicó su ayudante cuando David llegó al tra¬bajo el miércoles.
«Min», pensó y después cayó en la cuenta, desilusionado, de que no podía ser. Nadie la describía como ricura.
Cuando abrió la puerta, Cynthie estaba sentada al otro lado de su escritorio, con un precioso vestido rojo que le quedaba muy bien.
—Ya has llegado —dijo poniéndose de pie.
—Bonito vestido —comentó cerrando la puerta. Pasó a su lado, impresionado por la forma en que la fal¬da se curvaba bajo su firme culito sin apretarlo.
—Olvídate del vestido. ¿Por qué sigue saliendo Cal con la mujer que amas?
—¿Está saliendo con ella? —preguntó perdiendo de repente todo interés por el vestido y sentándose en su silla.
—El lunes la llevó a comer, lo que hizo que no pu¬diera estar conmigo. Ayer cenaron en su apartamento —le informó inclinándose hacia él con su encantadora carita tensa—. Creía que ibas a llamar a Greg. ¿Por qué siguen juntos?
—Sí que lo llamé —aseguró mientras movía unos papeles intentando pensar con rapidez—. No sé por qué no ha funcionado. Quizá Cal lo pasa bien cuando está con ella. —«Y quiere ganar los diez mil dólares», pensó.
—Pero no se acuestan.
—No —dijo David rezando porque Min siguiera siendo frígida—. No lo harán.
—Creo que tienes razón —comentó Cynthie em¬pezando a dar vueltas por la habitación—. No parece una mujer que se entregue tan pronto y él no insistirá. Tiene muy buenos sentimientos.
—Pues me alegro por él. ¿Algo más?
—Quiero que llames a Min, la invites a cenar, pa¬gues tú y la recuperes —dijo inclinándose encima del es¬critorio.
—Lo haces con un objetivo, ¿verdad? —preguntó mirándole el escote.
—Soy una experta en citas que está perdiendo al hombre que ama —confesó con la boca rígida tras ins¬pirar profundamente—. No se trata solamente de mi vi¬da privada, sino de la pública, de toda mi vida. Tengo un potencial éxito de ventas en las manos y mi editor quie¬re poner nuestra foto de bodas en la contracubierta. Están en juego todas esas cosas y no voy a dejar que todo se vaya al garete porque seas demasiado débil como pa¬ra conseguir que tu novia vuelva contigo. Me iré cuando me prometas que la llamarás para invitarla a comer y me digas quiénes son sus mejores amigas. El viernes la vi con dos mujeres en el bar. Una rubia bajita y otra alta y pelirroja. ¿Son amigas?
Una vaharada de tenue perfume llegó hasta David, era un aroma que mareaba.
—¿Qué perfume llevas? —preguntó intentando no pensar en el comentario sobre su debilidad de carácter.
—Es una mezcla que hacen especialmente para mí con fragancias que estimulan la libido de los hombres —contestó en voz baja—. Me lo he puesto por ti, Da¬vid, ¿quién es su mejor amiga?
—¿Qué lleva? —preguntó meneando la cabeza para aclarársela y echó la silla hacia atrás para alejarse un po¬co de ella.
—Lavanda y tarta de calabaza. Necesito conocer a su mejor amiga. Te estoy ayudando, David. Quieres recuperar a la actuaría, ¿verdad?
Se puso de pie frente a él, ágil y esbelta, embutida en lana roja, oliendo a lavanda y canela, y le costó un momento acordarse de quién era la actuaría.
—No me gustas. ¿Por qué estoy tan excitado?
—Porque eres un hombre. ¿Quién es su mejor amiga?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Ya te lo he dicho. Atracción. Si puedo hablar con su mejor amiga de la patología de Cal con las mujeres, me aseguraré de que descubra lo suficiente como para preocuparse y entonces le dirá a Min que Cal no le gus¬ta. Eso servirá para evitar la fase de encaprichamiento. Es una ciencia, David. No va a haber ningún asalto en un callejón.
—Vale —aceptó David con la vista fija en sus pe¬chos—. ¿Llevas algo debajo de la chaqueta?
—¿Me lo dirás si te lo enseño?
—Sí —dijo David sabiendo que era rastrero y débil, pero sin importarle en absoluto.
Cynthie desabrochó los dos botones de la chaqueta y la abrió. Su sujetador de seda de color rojo combinaba perfectamente con el forro del traje y sus tetas tenían una perfecta talla noventa y cinco, firmes y tersas, y por lo que veía, verdaderas.
—¡Dios mío! —exclamó quedándose de piedra.
—Muy bien, ahora dame ese nombre —le pidió abrochándose la chaqueta.
—La pelirroja. Liza Tyler. Cree que todos los hom¬bres son unos cabrones.
—Y tiene razón. Invita a Min a comer.
Después se fue y David la observó, la imagen de sus pechos perfectos seguía intacta en su retina, e intentó convencerse de que había hecho lo correcto porque alguien tenía que poner freno a Cal Morrisey. Y salvar a Min, eso también era importante.
—¡Qué bombón! —comentó su ayudante desde la puerta oliendo el aire—. ¡Guau! ¿Eso es su perfume?
—Sí —contestó David descolgando el teléfono—. Es azufre. No la vuelvas a dejar entrar.



A las ocho de esa misma noche, Liza estaba con Tony y Roger en Al Azar esperando a que Min y Bonnie salieran del baño, cuando Tony exclamó: —¡Oh oh!
—¿Qué pasa? —preguntó Roger siguiendo su mirada—. Vaya, está al otro lado del local.
—¿Quién? —dijo Liza entrecerrando los ojos por la tenue luz. En la barra había una morena. Parecía rica, esbelta y aburrida del rollo que le estaba soltando el tipo que tenía al lado—. ¿Una antigua novia?
—No —dijo Tony cuando Bonnie volvió del baño—. No salgo con locas. Bueno, al menos hasta cono¬certe a ti.
—¿Tú salías con locas? —le preguntó Bonnie a Roger con evidente interés.
—No, era Cal, no yo —contestó y casi se cae de la silla—. Yo no salía casi nunca.
—No te preocupes, cariño —dijo Bonnie dándole un golpecito en la rodilla—. Tienes permiso para salir.
—No quiero hacerlo —aseguró Roger y Tony puso cara de circunstancias.
—Así que ésa es la ex novia de Cal —dijo Liza levantándose—. Ahora vuelvo.
—Un momento —le pidió Tony cogiéndola del brazo—. ¿Por qué te interesa la vida amorosa de Cal?
—Porque está saliendo con mi mejor amiga —con¬testó intentando que pareciera un cometario inocente—. Tengo curiosidad.
—Lo que quería decir era que no quiero salir con nadie excepto contigo —aclaró Roger.
—Normalmente no espero que en una tercera cita se sea monógamo —le otorgó Bonnie.
—Vale, pero de todas formas lo seré.
—¿Voy a tener que encadenarte? —le preguntó Tony a Liza. Descartó esa posibilidad enseguida y me¬neó la cabeza—. Olvida las cadenas. Mantente alejada de Cynthie. Tiene mucha psicología en el cerebro, seguramente porque es psicóloga, pero aun así, siempre sale con alguna chifladura.
—¿Como analizarte a ti? —dijo Liza mirando hacia el otro lado de la barra.
—Lo de no salir con otras personas es sólo respecto a mí —le comentó Roger a Bonnie—. Tú no tienes que salir sólo conmigo, a menos que lo quieras así.
—No, tiene una descabellada teoría sobre los cua¬tro pasos del amor, que cree explica todo tipo de relacio¬nes —le aclaró Tony.
—¡Ah! —exclamó Liza sorprendida.
—Lo que no deja de ser una tontería, porque lo que realmente explica las relaciones es la teoría del caos —concluyó Tony.
—¿Qué? —preguntó Liza intentando zafarse de él.
—Que las relaciones humanas, al igual que el tiem¬po, no pueden predecirse —le explicó Tony sin soltar¬la, y Liza se sentó para aflojar la presión en su brazo—. Por ejemplo, Min y Cal. Cal es un sistema dinámico complejo que intenta mantener su estabilidad no tenien¬do citas.
—¿No sale?
—No. ¿A que es difícil de creer? Eso le hace ines¬table. El celibato no es bueno para el hombre. Entonces conoce a Min, una perturbación en su entorno. Co¬mienza a moverse de forma aleatoria debido a esa per¬turbación e intenta estabilizarse, pero cae dentro del campo de su atracción y comienza a rebotar al azar en las paredes de ese campo, cautivo de las pautas que le marca Min. Ella es el extraño atractor.
—¡Aja! ¿Y de qué sirve todo eso?
—Cynthie cree que las relaciones siguen una pauta y pueden predecirse. Pero, ¿cómo? La gente es comple¬ja, las perturbaciones en su vida son complejas y los atractores en sus vidas también. La gente enamorada es pura teoría del caos.
—Vale —aceptó Liza todavía confusa.
—Por eso está loca —aseguró Tony soltándola—. Porque cree que el amor puede analizarse y explicarse. Yo no lo veo así.
Liza se recostó y meditó un momento sobre lo que había dicho Tony. Ya no le parecía un tonto, y no por lo que fuera aquella teoría del caos, sino porque creía en lo que decía. Cuando se lo proponía podía ser inteli¬gente.
—¿Qué?—le preguntó Tony.
—¿Has estado enamorado alguna vez?
—No, y no creo que vaya a hacerlo. Provocaría demasiadas perturbaciones en mi entorno.
—Entonces, ¿por qué no te cae bien Cynthie?
—Porque intentó atrapar a Cal. Lo analizó y pensó que lo conocía. Él se merece algo mejor. Debería estar con alguien dispuesto a enfrentarse a la teoría del caos. Sin reglas, sin condiciones, sin teorías, sin redes de seguridad. De la forma en que Bonnie está con Roger.
—Tienes razón, es lo que nos merecemos todos —aseguró mirando a Bonnie, que se estaba riendo con Roger.
—Estupendo, ya no tienes por qué hablar con Cynthie.
Roger dijo algo, Tony se volvió para contestarle y Liza se fue a hablar con Cynthie.
—Hola, me llamo Liza —saludó sentándose a su lado. Cynthie no daba crédito a sus ojos.
—Hola —contestó sorprendida, casi como si la hubiera reconocido—. Yo soy Cynthie. ¿Nos conocemos?
—No, pero tu ex está saliendo con una amiga mía, Cuéntame todo lo que sepas de Calvin Morrisey.
Quince minutos más tarde, Liza se recostó y pensó; «Teoría del caos... ¡Y una mierda! Calvin Morrisey es el que establece las pautas».
—Lo sabía —le confesó a Cynthie—. Sabía que le iba a romper el corazón. ¿Cuántas veces lo ha hecho?
—Estuve en una fiesta la noche siguiente a nuestra ruptura y estuve hablando con una mujer que también había salido con él. En ese momento se nos unió alguien más. Al final de la noche éramos cuatro mujeres con la misma historia. Un par de meses, la vida es bella, crees que él es el que tanto has esperado y, de buenas u primeras te besa, te dice «Que seas feliz», y desaparece,
—No puede ser. ¿Y nadie le ha dado con una barra de hierro?
—No se puede. ¿Qué le vas a decir? Hemos estado saliendo dos meses, ¿cómo te atreves a dejarme? Parecería que estás loca. Lo hace a propósito —añadió Cynthie por milésima vez.
—Me da igual. Lo que no quiero es que le haga da¬ño a mi amiga.
—Puede que lo suyo no vaya en serio. ¿Tienen algo en común?
—No que yo sepa.
—¿Están relajados cuando están juntos?
—No, normalmente se pelean.
—¿Comparten secretos o chistes entre ellos?
—No se conocen tanto.
—¿Te gusta? —le preguntó pasando el dedo por el borde del vaso—. Es decir, ¿le has dicho a Min que no le cae bien?
—Pues claro. Bonnie y yo la hemos advertido.
—Mmm. ¿Le ha puesto ya un apodo?
—¿Un apodo? —repitió Liza intentando recordar—. A veces la llama por su apellido, pero nada como «cariño» o «nena».
—¿Y ella?
—Lo llama Canalla, pero no creo que sea cariñoso.
—¿Entonces por qué sale con él? —preguntó rién¬dose del mote.
—No estoy segura de que lo haga. Pero creo que lo hará. Me temo que se está enamorando de él sin querer —Cynthie dejó de reírse—. Y lo que más me preocupa es que es una persona maravillosa, no se merece que se rían de ella. ¿Puedes darme alguna pista de có¬mo trabaja Cal?
—Claro. ¿Le ha regalado algo?
—Hace sólo una semana que se conocen. No creo... —dejó de hablar cuando Cynthie meneó la cabeza.
—Si va en serio con ella le regalará algo. Se entera¬rá de qué es lo que más le gusta y se asegurará de que lo consigue. Ha de hacerlo, es la pauta que sigue por culpa de su madre.
—¿Su madre?
—Le da cariño con cuentagotas. Cal sólo conoce el amor con condiciones. Así que sigue la misma pauta con todas las mujeres que conoce para ganar su amor. Y cuan¬do lo consigue, la pauta se quiebra porque si ella le ama, no puede ser una sustituta de su madre, así que sigue su camino, hasta lograr que alguien le ame de nuevo.
—¿Tiene complejo de Edipo? —preguntó Liza horrorizada.
—No, su madre estableció la pauta, pero no está enamorado de ella.
—Lo que significa que cuanto más lo rechace Min...
—Más la perseguirá —sentenció Cynthie sin rastro de alegría en su tono de voz—. No puede evitarlo. Ni si quiera sabe que lo hace. ¿Colecciona algo?
—Bolas de nieve —dijo Liza, y cuando Cynthie in¬tentó disimular su desdén, añadió—: No lo hace exactamente. Fue una cosa familiar que se desmadró.
—Le comprará una. Y será la mejor, la que ha echa do en falta mucho tiempo o siempre ha querido tener o ni siquiera sabía que la quería hasta que él se la dé. Cuando lo haga, sácala rápidamente de ahí o no podrás hacer otra cosa que llorar.
—Bola de nieve —repitió Liza mirando la mesa en la que Cal se había unido al grupo después de trabajar hasta tarde.
—No es mala persona. Nunca le haría daño a nadie a propósito: Simplemente tiene esa...
—Patología que le lleva a destrozar a las mujeres por culpa de su madre. Creía que era la misma historia que la de Norman Bates.
—Nunca le hará daño físico —aseguró Cynthie sorprendida.
—Ni tampoco se lo va a hacer emocionalmente. Muchas gracias. Te estoy muy agradecida.
—Ha sido un placer —dijo Cynthie y Liza pensó: «¿Un placer?». Debió poner una cara extraña porque Cynthie añadió—: Ayudarte. Echarle una mano a tu amiga. No quiero que le haga daño.
—Yo tampoco —confesó Liza antes de dirigirse hacia sus amigos.
—No me lo puedo creer —le estaba diciendo Tony a Min cuando Liza se unió de nuevo a ellos.
—Créetelo. Hay formas de saberlo —dijo Min.
—¿El qué? —preguntó Liza sentándose al lado de Tony, pero sin quitarle ojo a Cal.
—Si merece la pena salir con un chico. Estábamos hablando de las viejas pruebas para ligar que hacíamos en la universidad—le explicó Min.
—Pruebas —repitió Cal echando hacia atrás la ca¬beza y cerrando los ojos—. Las odio.
—¿Como cuáles?—le preguntó Tony a Liza.
—Como invitarlo a ver un vídeo en casa.
—Eso está bien. Me encantan los vídeos —comentó Tony.
—Y le pones Un gran amor —intervino Bonnie.
—Esa película es de chicas —dijo Tony.
—Has suspendido la prueba antes de empezarla—dijo Liza.
—Entonces esperas hasta la escena en que John Cusack limpia los cristales al paso de Ione Skye.
Liza se fijó en cómo le sonreía Cal a Min y cómo ésta meneaba la cabeza. «Tienen secretos», pensó y se enderezó en la silla.
—¿Y entonces qué? —preguntó Tony.
—Y si dice —Bonnie puso voz profunda—, «¡Que demonios! Lleva zapatos, ¿no?», has perdido.
—Pues los llevaba —corroboró Tony exasperado
—Pero eran de puntera abierta —le recordó Roger,
—Puntos extra para ti por haberte fijado en ese detalle —le adjudicó Bonnie.
—Estupendo, un fetichista de los zapatos tiene puntos extra —concluyó Tony.
—Vale, Minnie, el tipo dice esto y aquello, ¿qué pa¬sa después? —le preguntó Cal a Min.
«Minnie», pensó Liza esperando que Min lo destrozara por llamarla así.
—Me pongo mala con algo contagioso —contestó Min intentando no sonreír.
—¿Cómo de mala? —inquirió Cal sonriéndole.
«Mierda», pensó Liza.
—Me entran arcadas —dijo Min sonriéndole su vez.
—Y en tu caso yo vomitaría en tus zapatos —le dijo Liza a Tony, que necesitaba gritarle a alguien.
—¿Y qué pasaría conmigo? —le preguntó Roger a Bonnie.
—Cosas maravillosas —contestó ésta rozándole en el brazo.
—Te odio —le dijo Tony a Roger—. Siempre jodes Estadística.
Min se rió y Cynthie miró cómo se reía. Liza pensó: «Oh, no!». Parecía un hombre con un objetivo y ella sabía cuál era. «Colega, si te pillo con una bola de nieve, te haré picadillo».
—¿Qué pasa? —le preguntó Cal.
—Nada, nada en absoluto —contestó sonriéndole con toda intención.



—¿Quién es la afortunada esta noche? —preguntó Shanna cuando Cal fue a por más copas.
—Nadie. Estoy de descanso. ¿Qué tal Elvis? ¿Sigue tintando She una y otra vez?
—No te pases con él. Si fuera mujer me casaría con él—dijo levantando la cabeza para mirar más allá de donde estaba Cal—. Veo a los hermanos tontos y a dos mujeres. Deja que adivine. La alta y pelirroja es la tuya.
—No. Lo mismo para ellos y un whisky para mí.
—¿Estás con la rubia bajita vestida de azul? Parece un poco alelada —dijo Shanna volviendo a mirar.
—Te equivocas. Pero no, tampoco estoy con ella, es de Roger.
—Entonces, ¿dónde...?
—Hola —saludó Min a su espalda y Cal se dio la vuelta sonriendo automáticamente—. Entiendo que ten¬gas necesidad de flirtear con la camarera, pero Tony me ha enviado para que te des prisa.
—Hola, soy Shanna, vecina de Cal —dijo ésta ofreciéndole la mano.
—Yo soy Min —dijo dubitativa, pero se la estrechó. Dudó un momento y después se apoyó en la barra—. ¿Puedo preguntarte algo personal?
—Sí, claro —contestó mirándola fijamente a los ojos.
—¿Perdona? —dijo Cal, que no estaba muy seguro de si estaba enfadado o excitado porque Shanna es tuviera intentando ligar con Min delante de sus narices,
—Tienes un pelo precioso. ¿Cómo haces para que no se te rice? —preguntó Min sin hacer caso al comentario de Cal.
—No lo lavo. Acláratelo, ponte acondicionador y no se te rizará nunca más.
—No fastidies. Lo intentaré. Estoy tan cansada llevar el pelo recogido que haría cualquier cosa.
—Vuelve cuando lo lleves suelto. Me gustará verlo—dijo Shanna.
«A mí también», pensó Cal.
—Lo haré, gracias —dijo antes de volverse hacia Cal—. ¿Te ayudo a llevar las bebidas?
—Sí —dijo antes de que Shanna dijera «no» y le diera una bandeja.
—Vale, ahora voy —dijo Min mientras se dirigía a la máquina de discos.
—Coge esas copas, nena —dijo Cal apoyado en la barra mientras la observaba cruzar el local.
—Dime que es bisexual —dijo Shanna mirándola también—. Las cosas que podría hacer con esa boca...
—Las cosas que puedo hacer yo con esa boca —la cortó Cal. «Las cosas que he hecho con esa boca», pensó y se sintió aturdido. En aquel bar hacía mucho calor.
—Yo llevaré esas bebidas —dijo Shanna dejando a Cal mirando a Min, que buscaba una canción. Se concentró en su preciosa nuca mientras leía los títulos. Le pareció jugosa, que podría morderla en esa parte de su cuerpo y aquello desencadenó una nueva serie de pensamientos que le decían que mientras no hiciera nada, no pasaría nada.
—¿Hace cuánto que la conoces? —preguntó Shanna cuando volvió con seis vasos y tazas en una bandeja.
—Hace una semana, pero no somos...
—Todavía es pronto. Todavía le queda otro mes, probablemente dos, antes de que la dejes. Dile cosas bonitas de mí para que pueda echar cimientos.
—¿Para qué?
—Necesitará que alguien la reconforte cuando le digas que le deseas que sea feliz y seré yo quien la con¬forte. ¿Te has acostado ya con ella?
—Ni siquiera estamos saliendo —replicó mientras Min echaba unas monedas en la máquina de discos y apretaba unos números—. Ponme un whisky. Creo que vamos a oír a Elvis Presley y lo voy a necesitar.
—Así que no estás saliendo con ella, ¿eh? Mejor pa¬ra mí —dijo Shanna pasándole el vaso.
—No juega en tu acera. Además todavía estás desconsolada, ¿no te acuerdas?
—Ya estoy mucho mejor —aseguró en el momento en el que The Devil in Disguise sonaba en la máquina dé discos—. ¿Cómo sabes que no juega en mi acera?
—La he besado y juega en la mía. Aunque no conmigo.
—Contigo no, ¿eh? —Shanna sacó dos billetes de cinco dólares y los plantó en la barra—. Te apuesto diez pavos a que no la vuelves a besar aquí.
—¿En serio? —preguntó calculando el daño que podía hacerle Min si lo intentaba—. No hay apuesta.
—Vale, te los apuesto a que sí la besas.
—Ya te lo he explicado. Tienes que calcular las probabilidades y apostar por la más posible. No se echa una moneda al aire sin más.
—Estos diez dicen que sí la besas —insistió tamborileando con los dedos encima de los billetes.
—¿Qué te pasa? ¿Desde cuando eres una persona a la que le gusta mirar?
—Solamente estaba...
—Hola —dijo Min a la espalda de Cal y los dos dieron un respingo—. Creía que ya no ibas a apostar por mí nunca más.
Cal miró su exasperada cara. Su lujurioso labio in¬ferior sobresalía ligeramente, no como si estuviera ha¬ciendo un mohín, pero lo suficiente como para recordar¬le por qué se mantenía alejado de ella.
—Nunca he dicho tal cosa. Además, ¿qué te hace pensar que...?
—Me estabais mirando los dos y hay dinero encima de la barra. Ya habíamos hablado antes de esto —dijo con ojos oscuros y mirada centelleante. Cal empezó a respirar con mayor rapidez al acordarse.
—El no hizo la apuesta —intervino Shanna—. De hecho...
Cal sacó un billete de diez del bolsillo y lo dejó en¬cima de los de Shanna.
—La veo —aceptó, y se inclinó sobre Min.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:15 pm

Capítulo 7


—Ya, que es inocente... —empezó a decir Min, pe¬ro se calló en el momento en el que Cal se le acercaba, dándole tiempo más que suficiente para que retirara la cara.
Abrió más los ojos, sus labios se separaron y exclamó «¡Oh!» antes de que él la besara suavemente, deseando recordar cada segundo en esta ocasión la forma en que sentía y sabía, dulce y suave. Sintió que aspiraba su aliento, le devolvía el beso y se lo daba todo otra vez. La voz en el interior de su cabeza dijo: «ES ELLA» y Cal se olvidó de sus buenas intenciones y le acunó la cara entre las ma¬nos, y se perdió en ella.
Cuando dejó de besarla Min tenía los ojos medio cerrados y las mejillas ardientes.
—¿Has ganado? —preguntó sin aliento.
—Sí —contestó antes de volver a besarla con más fuerza en aquella ocasión y notando que su mano se aferraba a su camisa. Entonces, algo le golpeó en la nuca e hizo que chocaran sus cabezas. Min se echó hacia atrás y exclamó: «¡Ay! ».
—¡Mierda! —gritó Cal dándose la vuelta para enca¬rarse con Liza—. ¡Deja de pegarme!
—Lo haré cuando pares tú.
—No pasa nada —intervino Min un poco aturdida todavía—. Era solamente una apuesta.
—¡Y unas narices! —exclamó Liza.
—Mira, Min sabe cuidarse ella sólita.
—Ya, ahora dime que la conoces, que te preocupas por ella y que la vas a amar hasta el fin de tus días.
—¿Qué te pasa? La he besado. Son cosas que pasan.
—Y por una vez en la vida me alegro mucho de que lo hayas hecho —dijo Shanna cogiendo los veinte dóla¬res de la barra.
—Creía que habías ganado tú —le dijo Min a Cal con mirada ardiente y respiración agitada.
—Y lo he hecho. Lo que he perdido es la apuesta —dijo separándose de ella.
—Vamos, Estadísticas —le apremió Liza tirándole del brazo.
—Veamos —dijo Min meneando la cabeza como para despejarla—. ¿Lo ha visto alguien?
—Todo el bar ha levantado los carteles con las puntuaciones. Ha sido como en los juegos olímpicos.
—¿Y qué tal hemos quedado? —preguntó Cal con retintín al tiempo que se serenaba.
—El juez ruso cree que tenéis que mejorar. Os ha abucheado —dijo Liza.
—Bueno, los rusos siempre son muy duros. ¿Quie¬res soltarla, por favor?
—No —dijo Liza tirando otra vez del brazo de Min.
—Tengo que volver —le dijo Min—. Hay que se¬guir con el plan.
—¿Qué plan?
—El de no salir. Darnos un respiro. Los dos. ¿No te acuerdas?
—Es verdad —reconoció mientras pensaba: «¿Por qué creí que sería una buena idea?»—. El plan, esperar a Elvis. Estupendo —dijo levantando el vaso de whisky—. Por el plan.
—Sí, que seas feliz —se despidió Min cogiendo la bandeja con las copas para seguir a Liza.
—Así que la alta y pelirroja te odia —comentó Shanna.
—Se llama Liza y no le he hecho nada.
—Creo que es por lo que pretendes hacerle a su amiga. De todas formas, ha reaccionado de forma exage¬rada. ¿Hay algo que no me hayas contado?
—¿Como qué? Esta vez soy inocente —declaró aunque en su fuero interno pensó: «No, no lo soy».
—No me lo creo. He visto cómo la besabas y tienes razón. Juega en tu acera.
—Ya no —dijo Cal tocándose la nuca—. Tenemos un plan, no salir. Voy a acabarme esto y me iré a casa a tomar una aspirina.
—No te servirá de nada. Prueba con una ducha fría.
—Me alegro de comprobar que has recuperado tu sentido del humor —dijo Cal antes de dirigirse a su apartamento en busca de paz y analgésicos.



Esa semana Min empezó a filtrar sus llamadas para evitar a David, que mostraba una imperiosa necesidad de hablar con ella, aunque con Cal no necesitó filtrar nada pues se mantenía irritantemente silencioso. Evitar las llamadas de alguien que no mostraba la decencia de descolgar el teléfono resultaba muy frustrante. Incluso la cena de los deseos acabó siendo muy molesta porque Liza les contó que había conocido a la ex novia de Cal.
—Cynthie dice que es buen tipo. Simplemente está bloqueado por una especie de patología que le obliga a conseguir que las mujeres le amen para luego abandonarlas. De niño le dieron un cariño con reservas y ahora busca el amor desesperadamente.
—A mí no me parece desesperado —comentó Min.
—A mí tampoco. Me parece que su ex está exagerando—intervino Bonnie meneando la cabeza.
—Es psicóloga. Ya sabéis cómo son. Pero eso explica por qué ha ido dejando semejante colección de corazones rotos y seguir siendo el tipo que conocemos. Tengo mis sospechas acerca de él, aunque no creo que sea cruel. No creo que disfrute abandonándolas —dijo mirando a Min—. Me contó que una de las cosas que hará será enterarse de qué necesitas y dártelo. Le hablé de tus bolas de nieve y aseguró que ya puedes prepararte para las que te envíe.
—Pues trajo un gato —confesó Min, y Liza dejó el tenedor en la mesa.
—¿Un gato? Debe de estar perdiendo su encanto. Tendría que haber sido una bola de nieve. ¿Dónde está el gato?
—En el dormitorio.
Liza se levantó para ir a verlo.
—Ese gato parece venir del mismo infierno. ¿En qué estaría pensando?
—Me trajo comida para llevar de Emilio's y debió seguirle. Entonces fue cuando vio las bolas de nieve—dijo Min encogiéndose de hombros pues no quería discutir.
—¿Y?
—Y me dijo que colecciono parejas. Algo en lo que no me había fijado, pero tiene razón.
Liza abrió la boca para protestar, pero se levantó y fue a mirar la repisa de la chimenea.
—¡La virgen! ¡Son todo parejas excepto la mía! A no ser que el Capitán Hook esté saliendo con la Bruja Ma¬léfica a escondidas. ¿Cómo no me había dado cuenta?
—Mejor aún, ¿cómo se ha dado cuenta él? —dijo Bonnie.
—Yo creo que simplemente entiende muy, muy bien a la gente. Tiene empatia —dudó un momento y después se volvió hacia Bonnie—. Cuando me dijiste que había tenido dislexia estuve haciendo unas búsquedas en Internet. Hay todo tipo de barreras...
—No le tengas pena —le aconsejó Liza.
—No lo hago. ¿Lo dices en serio? Míralo, lo tiene todo, pero ha tenido que trabajar duro para conseguir¬lo. De todas formas, una de las características de los dis¬léxicos es que a menudo tienen mucha empatia. Como él. Se pasa la vida mirando hacia afuera, asegurándose de que entiende al resto de la gente. No creo que sepa tanto de él mismo, pero se asegura de conocer a la gen¬te que le rodea. A mí me conoce.
—No lo hace —dijo Liza dejando de golpe la bola de los villanos en la repisa—. Está intentando...
—No —la contradijo Min, que empezaba a perder la paciencia—. Habló de mi peso. Me dijo que me visto como si odiara mi cuerpo.
—Me alegro por él. Es un canalla, pero en eso tiene razón. ¿Qué te dijo exactamente?
—Muchas cosas, pero lo esencial fue que tenía un cuerpo sexy y que debería vestirme como si estuviera orgullosa de él.
—¿Y después te pidió que os fuerais a la cama?
—No, me animó a que siguiera comiendo. Ah, y me explicó lo que había hecho mal en el pollo al marsala, así que lo intentaré hacer otro día.
—¿Te trajo comida, descifró lo de las bolas de nie¬ve, te enseñó a cocinar, dijo que tenías un cuerpo sexy y se fue sin intentar nada? —preguntó Bonnie.
Min asintió con la cabeza.
—De eso es de lo que estuvo hablando Cynthie —intervino Liza—. Satisfará todas sus necesidades hasta que te enamores de él y entonces te abandonará.
—Mira, no me voy a enamorar de él, aunque te ju¬ro que cada vez que me besa oigo voces y veo lucecitas. Aunque no fuera por otra cosa, está lo de la apuesta. Le pregunté por ella y lo negó, así que todo ha acabado. En serio.
—¡Aja! —exclamó Liza no del todo convencida.
Tampoco lo estaba Min, así que el viernes por la tarde, mientras estaba en su oficina, decidió con mucha sensatez no ir a Al Azar y llamar a su hermana.
—Me apetece ir de compras —le dijo.
—¿De compras? —se extrañó Diana.
—Me han dicho que me visto como si odiase mi cuerpo.
—Pues sí. ¿Quieres cambiar?
—Un poco —contestó rápidamente.
—Sé dónde podemos ir. Vamos a transformarte.
—No, suavizarme un poco sí, pero no...
—Te espero en la puerta a las cinco. Nos vamos a divertir mucho.
—Bueno —dijo Min, pero Diana ya había colga¬do—. Vale.
Colgó a su vez y decidió no preocuparse por su transformación hasta que estuviera en las garras de su hermana. Acabó el trabajo de aquella semana y cuando se estaba poniendo la chaqueta para reunirse con ella sonó el teléfono.
—Me llamo Elizabeth Morrisey —dijo una voz fe¬menina cuando descolgó—, y estoy buscando a Min Dobbs, que conoció a mi hijo Harrison en Cherry Hill Park la semana pasada.
—¿Bink? —preguntó Min confundida.
—Sí. Perdona que te moleste en el trabajo, pero no encontraba el listín. Espera un momento —Min oyó un golpe en el teléfono y después que se ponía Harry.
—¿Min? —preguntó respirando con fuerza en el auricular.
—Sí, soy yo. ¿Qué tal estás? —preguntó sonriendo.
—Bien. ¿Vas a venir mañana al parque?
—Bueno, no tenía...
—Podrías venir a ver el partido —le pidió Harry demostrando una gran habilidad para desviar las conversaciones muy similar a la de su tío—. A las diez. Por la mañana. Y comeremos un donut.
—Bueno... —dijo Min confundida. Harry volvió a respirar en el auricular, parecía Darth Vader en peque¬ño—. Vale, ¿por qué no? Yo llevaré los donuts.
—Los llevará mi madre. Ya le he dicho de cuáles.
—Estupendo. Gracias por...
Harry soltó el teléfono y oyó que Bink le decía: «Despídete educadamente, Harry».
—Adiós —dijo éste antes de volver a soltar el te¬léfono.
—¿Hola? —dijo Bink poniéndose al aparato.
—Hola —contestó Min intentando no echarse a reír.
—Todavía estamos trabajando sus modales telefónicos.
—Lo hace muy bien, excepto lo de respirar.
—Muchas gracias. Harry ha hablado mucho de ti es¬ta semana.
—¿Sí?—preguntó Min sorprendida.
—Y de tus zapatos.
—Se parece mucho a su tío.
—Esperemos. ¿Te parece bien mañana a las diez?
—Sí —contestó y cuando Bink colgó se quedó sen¬tada un momento.
Eso no había sido idea de Cal. Si hubiera querido ha¬bría llamado él. Puede que ni supiera que iría al partido. Acabó de ponerse la chaqueta y pensó en darle una sor-presa al día siguiente. Estaría muy bien lo de cogerle por sorpresa, para variar, pillarlo con las manos en la masa.
Cogió el bolso y salió para reunirse con Diana, muy interesada de repente en su transformación.



A la mañana siguiente, Cal estaba observando cómo lanzaba la bola un jugador de extremo del campo particularmente malo que se llamaba Bentley, cuando unas frías manos le taparon los ojos. Olió a lavanda y canela y sintió una oleada de placer tan intensa que casi lanza un suspiro.
—Esto no te pega nada, Minnie —dijo dándose la vuelta. Vio a Cynthie retirando las manos y sintió un ja¬rro de agua fría—. ¿Cyn?
—Hola.
—Perdona —se excusó Cal dando un paso hacia atrás—. Llevas el mismo perfume que una amiga mía. Excepto que ahora que lo pienso, no se pone nunca perfu¬me —«ni me hace estos malditos juegos», pensó enfadado con él mismo por haber cometido semejante error.
—¿Perfume? —preguntó Cynthie, que se había que¬dado de piedra.
—¿Qué tal estás? —preguntó Cal dando otro paso hacia atrás —una pelota pasó rodando por sus pies y se agachó para recogerla—. Deberías ponerte al otro lado de la valla. Estos crios no controlan.
—Ya, sólo quería saludarte —dijo Cynthie tragando saliva.
—Hola —dijo Cal. Algo en las gradas hizo que mirara detrás de ella y vio que Harry se había subido a la parte de arriba—. ¿Dónde demonios está...? —em¬pezó a decir, pero entonces vio a Min sentada detrás de su sobrino, con el pelo corto y unos rizos sueltos que brillaban al sol. Llevaba una vaporosa camisa blanca que flotaba al viento y al ver a Harry se le iluminó la cara de tal manera que le recordó un ángel y se le cortó la respiración—. Se ha cortado el pelo —dijo en voz alta.
—¿Qué? —preguntó Cynthie siguiendo su mirada.
—Ve allí y dile a Harry que baje, ¿quieres? Se supo¬ne que debería estar jugando al béisbol y no flirteando con mujeres mayores —le pidió indicando con la cabeza hacia las gradas.
—Vale —contestó con ese tono crispado que él sa¬bía que quería decir: «Estoy enfadada, pero me voy a comportar como un adulto».
—¿Estás bien? —preguntó Cal.
—Estupendamente —contestó en tono aún más crispado mientras pasaba al otro lado de la valla para subir a las gradas.
«¿Qué le pasa?», pensó y después se olvidó de ella para volver a mirar a Min, que brillaba al sol mientras Harry se limpiaba la nariz con la manga y la observaba extasiado. «No me interesa Minerva Dobbs —se dijo—. Necesita mucha atención. Nunca está relajada. Y, ah sí, me odia». En ese momento Harry le sonrió a Min y Cal pensó: «Joder, qué guapa es», y siguió mirando.



Cuando Min llegó al parque, los niños estaban calentando y divisó a Harry entre ellos, más pequeño y sucio que el resto, como siempre, y sintió pena por él. Después, cuando él la descubrió y le regaló una de las sonrisas Morrisey pensó que aquel niño no tendría problemas en su vida. Subió a lo alto de las gradas y al sen-tarse sintió que el viento agitaba los rizos de su nuevo corte de pelo y las mangas cortas de su blusa de organdí. Intentó mirar a Harry, pero le resultó difícil, pues Cal estaba allí y sus ojos tenían tendencia a desviarse hacia él. «Es algo puramente físico», se dijo a sí misma, pero no era verdad, le encantaba la forma en que se compor¬taba con los niños. Odiaba entrenar, pero lo hacía muy bien. Así era Cal.
«Vale ya —se ordenó—, ni siquiera lo conoces.»
Una esbelta morena se situó detrás de Cal y le puso las manos en los ojos. Min pensó: «¡Cómo no!» y sintió que su ridícula alegría se desvanecía. Poco importaba que fuera bueno con los niños, pues ella no quería tenerlos, pero sí le molestaba que fuera un canalla con las mujeres.
—Hola —dijo con voz perfectamente modulada al¬guien que se había sentado a su lado. Min se volvió y vio a una delgadísima mujer de pelo claro que le sonreía. Te¬nía la cara en forma de corazón y unos enormes ojos gri¬ses, llevaba el pelo color platino cortado a navaja muy corto, un cráneo delicadamente formado y no pesaría más de cuarenta kilos—. Soy Bink.
—Hola, yo soy Min.
—Me parece todo un detalle que hayas venido a ver a Harry. Te lo agradezco mucho.
—Es un niño encantador —dijo intentando locali¬zarlo con la vista. Había abandonado el terreno de juego, subía hacia ellas y parecía estar aún más sucio.
—Hay mucha gente que no lo ve así —aseguró Bink mirándolo con cariño.
—Hola Min —la saludó Harry cuando estaba a una fila de distancia. Sonreía, y Min le devolvió la sonrisa, como habría hecho cualquiera.
—Hola, Harry, ¿qué tal?
—Tengo que jugar al béisbol. Aparte de eso, muy bien.
—Bueno, si sobrevives, luego lo celebraremos con donuts.
—¡Yupi! —exclamó Harry moviendo la cabeza.
—Se te ve muy bien en el terreno de juego —min¬tió Min.
—Gracias —dijo Harry sin dejar de mover la cabeza.
—Sabes lanzar la pelota —supuso Min.
—No del todo —replicó Harry sin el menor atisbo de que aquello le afectara.
—Creo que el tío Cal te está buscando —dijo Bink y su hijo se fijó en que éste y la morena le estaban mirando.
—Sí —dijo con un suspiro.
—Acuérdate de los donuts —dijo Min,
—Sí —aseguró Harry sonriendo.
Min le devolvió la sonrisa.
—Tengo que irme —dijo Harry sin moverse.
—Buena suerte.
—Sí —dijo Harry, que continuó con su movimien¬to de cabeza un par de minutos más. Después se le borró la sonrisa y empezó a bajar las gradas evitando la mirada de su tío.
—Eres muy amable —le agradeció Bink, y Min la miró sorprendida.
—Harry me cae muy bien.
Sintió una ráfaga de aire antes de que Bink pudiera decir nada más y Min pensó que se la iba a llevar. «Me alegro de que esté a mi lado —pensó amargamente—. No me siento lo suficientemente fuerte como para estar aquí sola». Después se regañó a sí misma. Bink podía ser maja, educada lo era, y Cal le había prohibido odiar su cuerpo. «Vale —pensó—. Yo soy una de esas gruesas invitaciones de boda de color crema que has de tocar porque son muy bonitas y ella es el fino papel de seda que me envuelve».
—¿Te encuentras bien? —preguntó Bink.
—Sí, ¿por qué?
—Tenías el entrecejo fruncido.
—Tengo que mejorar mis metáforas. Así que Harry juega al béisbol.
—Por desgracia —dijo Bink y Min pensó: «Ella no es la que obliga a Harry y a Cal a que hagan esto».
—Hola —saludó alegremente alguien y cuando Min se volvió vio a la morena que había estado flirtean¬do con Cal. Tenía la cara en forma de corazón y grandes ojos grises. Su pelo era grueso y sedoso.
«Me gustaría morirme ahora mismo —pensó cuan¬do aquel dechado de virtudes se sentó a su lado—. Estoy acorralada entre la flaca y la rica».
—¿Qué tal, Bink? —preguntó aquella mujer.
—Hola, Cynthie —contestó sonriendo débilmente (parecía que Bink lo hacía todo débilmente).
Cynthie. Min se volvió hacia la morena con renova¬do horror. Era la ex de Cal, que llevaba, se había fijado en ese momento, un top sin mangas ni espalda que no pegaba nada en un partido de béisbol de niños. Excepto que ella lo llevaba sin demostrar ningún tipo de inseguridad, seguramente porque tenía esos pechos perfecta¬mente erguidos de los que tanto hablan los hombres. «¡Que le den!», pensó y al mirar hacia abajo se fijó en que Cal las estaba mirando a las tres con una expresión muy extraña en la cara. Seguramente se habría dado cuenta horrorizado de que había estado besando a una mujer que jamás podría llevar una talla treinta y seis. Aquello le dolió más de lo que debería.
—Ahí está Cal —dijo Bink.
—¿Qué le pasa? Aparte de que no le guste esto —preguntó Min.
—Sí que le gusta. Está de acuerdo conmigo en que es muy bueno para Harry —comentó Cynthie.
—¿Fue idea tuya? —replicó Min.
—Sí —contestó Cynthie sonriendo.
—¿Fue ella la que metió a Harry en lo del béisbol? —le preguntó a Bink.
—Sí, lo estuvo hablando con la abuela de Harry y las dos pensaron que sería buena idea. La abuela de Harry puede ser muy convincente.
—¡Ah! —exclamó Min mirando a un bateador golpear una pelota lanzada con poca fuerza hacia la par¬te izquierda del campo, donde un niño del equipo de Harry no consiguió atraparla. Cal, que las estaba mirando a ellas, no se dio cuenta de nada.
Entonces Cal empezó a alejarse y el niño que estaba en la parte exterior del campo atrapó la pelota y la lanzó con desesperación y una fuerza difícil de creer en un ni¬ño de ocho años. La pelota golpeó en la nuca de Cal, lo desequilibró y cayó de rodillas en el suelo.
—¡No! —gritó Min y empezó a bajar corriendo las escaleras para pasar al otro lado de la valla—. ¿Cal? —lo llamó mientras se arrodillaba y éste intentaba sentarse.
Parecía aturdido y Min miró sus pupilas para ver si tenían diferente tamaño. No era así, tenían la misma profundidad oscura y cálida de siempre y Min se sumer¬gió en ellas con respiración entrecortada, mientras una música sonaba a su espalda, Elvis Costello cantando She, y una vocecita en su interior le decía: «ES ÉL».
—Apaga eso —oyó que le decía Tony a dos chicas que había con una radio cerca de la valla, mientras Cynthie se arrodillaba también al otro lado de Cal.
—Perdón—dijo una de las chicas.
—¿Está muerto? —preguntó la otra.
—Iros —les pidió Min y se alejaron con la música.
—¿Estás bien, Cal? —preguntó Cynthie y Min se fijó en cómo la miraba.
—¿Cal? —lo llamó ella.
—¿Ha visto eso señor Capa? La he lanzado bien —dijo el niño asesino, que venía corriendo desde el otro lado del campo.
—Sí, muy bien, Bentley. ¿Estás bien, colega? —le preguntó Tony a Cal.
—Sabía que podía hacerlo. He visto que Wyman es¬taba cerca de la tercera base y algo me ha dicho que podía hacerlo. He lanzado que te cagas, tío —comentó Bentley.
—Cal, di algo —le pidió Cynthie con voz asustada.
—He lanzado que te cagas, tío —repitió Bentley.
—Sí —dijo Tony—. Es una pena que fallaras la ter¬cera base por un kilómetro y eliminaras al señor Morrisey. Cal, di algo o Min te llevará a Urgencias ahora mismo.
—¿Oyes la música? —preguntó Cal mirando a los ojos de Min.
—He tirado que te cagas, tío —repitió Bentley.
—Toma —dijo Tony dándole las llaves de su coche a Min—. El servicio de Urgencias de Cherry Hill está a un kilómetro de aquí subiendo por ese camino.
—Yo sé ir y tengo coche —intervino Cynthie po¬niéndose de pie.
Min ayudó a Cal a levantarse e intentó mantenerlo firme cuando se tambaleó. Tony se puso al otro lado.
—Yo lo llevaré —se ofreció Cynthie—. Tengo el coche...
—No —dijo Cal enderezándose—. Si vomito, pre¬fiero hacerlo en el cacharro de Tony.
—Date prisa —le dijo éste a Min ayudándolos a subir.



Cal estaba tumbado en una camilla del hospital intentando acordarse de qué había pasado. Estaba mirando a Min, viendo cómo la brisa ondeaba el borde de su blu¬sa y despeinaba sus rizos, y diciéndose que era una pesa¬da y que no quería saber nada de ella cuando le golpeó esa pelota salida de la nada.
—¿Cal? —preguntó Min acercándose a él. El fluorescente de la sala le iluminaba el pelo por detrás y hacía que pareciera un ángel.
—Hola.
—El médico dice que te pondrás bien —lo tranqui¬lizó intentando parecer animada—. Acabo de cumplimentar la receta —comentó enseñándole un bote de plástico de color ámbar—. Son analgésicos, por si te duele la cabeza. ¿Te duele?
—Sí —contestó Cal, que sentía como si se la hubie¬ran aplastado con un torno de banco.
—Toma —dijo ofreciéndole dos pildoras en la pal¬ma de la mano—. Voy a por un poco de agua.
Cal pensó en decirle que ya se había tomado una, pero concluyó que como no le había hecho efecto, otras dos le sentarían de maravilla.
—Me has asustado —dijo Min cuando volvió con un vaso—. Te ha dado en la cabeza. Hay gente que se muere por esas cosas. No sé cuántas al año, no he tenido tiempo de mirar.
—Bentley—dijo con amargura enderezándose para tomarse las pastillas.
—Estoy segura de que cuando se le pase lo de lo fuerte que la ha lanzado, se arrepentirá mucho.
—Idiota de crío. ¿Había música? Podría jurar que...
—Era Elvis Costello cantando She. Sí, había unas chicas con una radio. Lo que es muy raro porque no sue¬len ponerla mucho. Mi hermana va a poner esa canción en su boda —balbuceaba, algo tan impropio en ella que Cal lo atribuyó a su aturdimiento general—. He llamado a Bink al móvil y le he dicho que estabas bien y que te llevaba a casa.
—¿A tu hermana le gusta Elvis Costello?
—No, a ella lo que le gusta son las canciones de las películas de Julia Roberts.
—¡Ah! —exclamó y entonces se fijó en ella con más detenimiento—. Te has cortado el pelo.
—Sí, Diana me llevó a su estilista, para combinar con mi nueva ropa. He seguido tu consejo.
—No te dije que te cortaras el pelo —dijo mirando a través de la fina tela de su blusa la igualmente fina camisola que llevaba debajo y casi se cayó de la impresión.
—Tranquilo —dijo Min. Cuando intentó endere¬zarlo, Cal miró por el cuello abierto de su blusa y vio unas puntillas de color rosa bajo la camisola.
—Rosa.
—Ya veo que estás mejor. Venga, te llevaré a casa —propuso más aliviada.
—Vale. Me gusta tu pelo.
Media hora más tarde, Min aparcaba frente al apartamento de Cal, tras seguir sus cada vez más inconexas indicaciones.
—Vamos —le pidió abriéndole la puerta.
—Puedo subir solo —aseguró haciendo eses ligeramente cuando hubo salido—. Llévale el coche a...
—No voy a dejar que subas solo —dijo Min pasán¬dole un brazo por detrás de la espalda. Se sentía bien así, aunque fuera un poco pesado—. Mi madre me dio una buena educación.
—Vale, entonces tendrás que ir tu primero para que no me mires el culo.
—Hay ascensor, encanto. Muévete —le pidió mientras cerraba la puerta.
—Un momento —pidió, se paró para orientarse y le puso una mano en los rizos—. Son muy esponjosos.
—Sí —dijo Min empujándolo hasta un apartamen¬to blanco, ligeramente descuidado, que parecía una habitación como las que había habitado ella cuando iba a la universidad. Lo condujo a través del cuarto de estar, que estaba amueblado con unos modernos muebles daneses que habrían conseguido que toda Dinamarca se muriera de vergüenza, hasta un dormitorio aún más lúgubre y feo—. ¿Qué tal te encuentras? —le preguntó mientras lo llevaba a una cama sin cabezal.
—Mejor —contestó con voz ligeramente toma¬da—. Las pastillas me han hecho efecto y he decidido no volver a entrenar a béisbol.
—Qué le vamos a hacer. No hay mal que por bien no venga —lo dejó caer en la cama y rebotó al quedarse sentado.
—Tienes mucha más fuerza de lo que pensaba —di¬jo tumbándose sobre los cojines, aunque puso los pies fuera de la cama.
—Pesas mucho más de lo que creía —Min se dio cuenta de que seguramente se debía a que cuando estaba consciente se movía de maravilla. Medio inconsciente, parecía un tentetieso mareado. Le quitó las Nike y le dio un vuelco el corazón—. ¿Calzas un cuarenta y cuatro?
—Sí. Dime que eso prueba que soy un canalla, hoy no me has dicho nada desagradable en todo el día —pi¬dió medio dormido.
—Elvis calzaba el mismo número.
—Me alegro por él.
Min le levantó los pies y los metió en la cama. En¬tonces se dio cuenta de que estaba demasiado cerca del borde y que si daba alguna vuelta mientras dormía se daría de cabeza contra la mesilla de noche e intentó po¬nerlo en el centro.
—¿Qué haces? —preguntó al notar que intentaba moverlo.
—Ponerte de forma que estés más seguro —dijo entre dientes mientras ponía una rodilla en la cama y empujaba otra vez—. ¡Muévete!
Cal se movió justo cuando ella empujaba y Min per¬dió el equilibrio, se agarró a su cuerpo y Cal tiró de ella.
—Tengo que estar despierto dentro de ocho horas —comentó bostezando entre su pelo—. Quédate.
—Muy bien. Cáete al suelo. Hazte una herida. No me importa.
Cal no dijo nada, así que volvió a empujarlo, pero era como intentar mover una pared. Paró un momento para estudiar la situación. Había algo muy protector en la forma en que la sujetaba. Amable.
Empezó a roncar.
Inmediatamente.
—Vale —dijo Min, y se escurrió hasta poner un pie en el suelo para empujar a Cal y dejarlo sobre la espal¬da en el centro de la cama, con lo que consiguió que deja¬ra de roncar. Después se puso de pie y lo miró, estaba tum¬bado sobre una horrible colcha, en un dormitorio sencillo y barato, con una luz pésima e incómoda. Parecía un dios—. No es justo. Al menos podrías babear o algo así.
Cal volvió a roncar.
—Gracias —abrió la puerta del armario y encontró una manta doblada en el cajón superior, encima de una colección de trajes caros—. Eres muy raro —le espetó mien¬tras le ponía la manta encima—. Este sitio no te pega nada.
Cal respiró con fuerza y Min observó los hermosos y pronunciados huesos de su cara y sus pestañas, y pensó: «Podría amarte».
Después volvió a la realidad. Todas las mujeres en la ciudad pensaban que cuando le miraba de esa manera no era porque... «¡A la porra!» pensó. Puso los zapatos donde no pudiera tropezar con ellos, dejó un vaso de agua en la mesilla, se aseguró de que tenía las pastillas a mano y le su¬bió la manta para que no se enfriara. Luego, sin saber muy bien qué hacer, le dio una palmadita en la espalda y se fue.



El lunes, David descolgó el teléfono, era Cynthie.
—He hablado con Cal. Cree que huele a lavanda. Se ha dado cuenta de que se ha cortado el pelo y su sobrino la adora. Además, en el parque descubrí una mirada copulatoria.
—Eso es ilegal, ¿verdad?
—No te rías, no es nada divertido. Podemos perder¬los —David oyó que espiraba profundamente—. Lo me¬jor que puedes hacer ahora es invitarla a comer. Recordar los momentos alegres. ¿La has llamado?
—No contesta —dijo David intentando no parecer mosqueado.
—¿Y cómo te sientes? ¿Un poco enfadado?
—Un poco, pero...
—Y también te molestó que no te dejara pagar nunca las cenas. Rechazaba tus insinuaciones sexuales al igual que ahora rechaza tus llamadas, así que...
—¡Esto es ridículo! —exclamó David algo más que contrariado.
—Tu problema es que estás enfadado con ella y lo nota, así que vas a tener que dominarte. Ya.
—No estoy enfadado, maldita sea.
—Invítala a cenar e insiste en pagar. Te sentirás mu¬cho mejor, desaparecerá tu cólera, te verá como un posi¬ble compañero y podrás insinuarte.
—Eso es una tontería.
—Me da igual. Hazlo o acabará con Cal.
Cal iba a ganar la maldita apuesta. El muy cabrón siempre ganaba.
—La llamaré. Comeremos juntos. Me lo sé de me¬moria.
—No la jodas esta vez, David. Mi vida depende de ello y mi carrera también. Necesito esa foto de boda en la contracubierta del libro.
—¿Sabes...? —empezó a decir David, pero Cynthie ya había colgado—. Estupendo —murmuró antes de marcar el número de Min.



Cuando sonó el teléfono, Min estaba en su mesa de trabajo intentando actuar con sensatez. «Cal», pensó y se reprendió a sí misma. Tenían un plan muy sensato que les evitaría hacerse daño, eran gente lógica y racional, así que no podía ser él. El teléfono volvió a sonar y contestó.
—Minerva Dobbs —dijo esperando que la voz de Cal dijera: «Hola, Minnie. ¿Qué tal el gato?».
—Min, ven a comer conmigo. Tenemos que hablar —dijo la voz de David.
—No, no tenemos que hacerlo —replicó intentan¬do no parecer enfadada—, pero sí que iré a comer. Cada uno pagará lo suyo.
—No, pagaré yo. Es decir, me gustaría pagar a mí.
—Bueno, bien —aceptó confundida.
—¿Nos vemos a las doce en Serafino's?
—¿Ese sitio en el que el cocinero pretende decir al¬go con su comida?
—Es el sitio más de moda de la ciudad.
—Estará bien —dijo Min antes de colgar y añadir la historia a la colección de rarezas que le ocurrían últimamente.
Cuando llegó al restaurante, David la esperaba. Se levantó, sonrió y la estudió detenidamente. Min bajó la vista y se dio cuenta de que le estaba mirando el top de ga¬sa azul que llevaba debajo de la chaqueta a cuadros grises.
—Estás guapísima.
—Estoy evolucionando —dijo Min sentándose a la mesa de taracea—. También estoy hambrienta. ¿Qué hay bueno aquí? Además de la decoración —preguntó miran¬do a su alrededor.
—Ya he pedido. No quería que tuvieras que es¬perar.
—Muy atento —Min llamó al camarero y cambió la orden por ensalada y pollo al marsala, para comprobar qué hacía la competencia de Emilio's.
—Creo que he cometido un error —dijo David cuando el camarero le dejó un cuenco con sopa fría de castañas y berros.
—Yo también —comentó Min mirando la basura cuidadosamente decorada que le habían servido a ella—. No te va a gustar nada. Ahí fuera hay un puesto de perritos calientes. Si quieres...
—No me refiero a la comida. Min, quiero que vuelvas.
—¿Qué? —preguntó, y dejó de apartar en su plato una decoración excesivamente artística a base de ver¬duras.
—Me precipité —aseguró David, que siguió ha¬blando mientras Min pensaba: «La apuesta. La maldita apuesta. Tienes miedo a perderla».
Se recostó y consideró la situación mientras David seguía con su discurso. No sabía por qué a David se le había metido en la cabeza que ella se iba a acostar con Cal. ¿De dónde lo habría sacado? La imagen de Cal relamiéndose delante de David le revolvió el estómago, pero después volvió a pensar son sentido común. Cal no era así. Y tampoco era tonto, y se necesitaría a alguien realmente tonto para avisar a un oponente que estaba a punto de perder. Cal no lo haría.
—¿Me estás oyendo?
—No. ¿Por qué haces esto?
—Era lo que intentaba explicarte.
—No, solamente hablabas de ti. Que te habías precipitado, que eres un desconsiderado, que eres tonto...
—No he dicho que fuera tonto —aseguró David con tono irritado.
—¿Dónde encajo yo en todo esto?
—En mi vida, espero —dijo David con tanta sinceri¬dad, que Min se quedó desconcertada—. Al principio te pe¬dí que salieras conmigo porque pensé que serías una buena esposa, y sigo pensándolo, pero de lo que no me di cuenta fue de... —se calló y le cogió la mano. Min le dejó hacer porque quería ver qué pasaba después—... lo dulce que eres.
—No, no lo soy —dijo Min intentando soltarse.
—Y de lo... —le miró la blusa—... sexy que eres. Has cambiado.
—David, eso son remordimientos de comprador primerizo o todo lo contrario. Si volviera contigo me dejarías otra vez. ¿Por qué no ligas con las chicas delgadas que tanto te gusta mirar?
David estaba a punto de contestar, pero llegó el camarero con su lo que fuera de ternera y el pollo al marsala. Min cortó un pedacito y lo probó
—Beicon. Y tomate. ¿A qué idiota se le habrá ocu¬rrido ponerlos en el pollo al marsala?
—Min...
—Incluso se ven los trozos de beicon en la salsa. Emilio vomitaría.
—No me tomas en serio.
—Ya —dijo Min dejando el tenedor—. ¡Por Dios! ¿En qué estarían pensando?
—Lo que intento decirte es que creo que debería¬mos volver a salir.
—No, lo que te pasa es que estás asustado porque salgo con otra persona. Prueba tu sopa.
—No...
—Que la pruebes.
—¿Qué cojones? —exclamó David haciendo una mueca después de tomar una cucharada.
—Ya te lo había dicho. No vayas nunca a un sitio en el que el cocinero intenta hablar con la comida. Se acaba pagando su ego. Es un poco como salir con alguien. Lo siento, David, no tenemos nada que hacer juntos. Ni siquiera vamos a acabar esta comida, aunque estoy encan¬tada de que pagues por ella. Gracias.
—¿Dónde vas? —preguntó David escandalizado cuando Min se levantó.
—A buscar un perrito caliente. Creo que tienen bratwurst.



—Min ha vuelto a pedir que le envíe comida a ca¬sa. ¿Quieres llevársela tú? —le preguntó Emilio a Cal el martes a las seis.
—Sí —contestó Cal automáticamente, antes de acordarse de que habían quedado en no verse—. No —lo que no significaba que no pudieran ser amigos—. Sí —lo que no dejaba de ser una excesiva racionaliza¬ción—. No.
—¡Aja! ¿Eso es un no?
Por otro lado, tenía que comer y darle las gracias por cuidar de él el sábado. Quería verla. —No, es un sí. Yo se la llevaré.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:16 pm

Capítulo 8


Min abrió la puerta vestida con su horrible chándal, sin pintar y con el pelo de cualquier manera. Estaba guapísima.
—Hola —saludó sorprendida—. Emilio te ha vuel¬to a engañar, ¿eh?
—Me ha dicho que te morías de hambre —se justi¬ficó sonriendo en contra de su voluntad—. Me llevaste a Urgencias y me dejaste un vaso de agua en la mesilla. Te debo una.
—Una excusa muy pobre —dijo apartándose a un lado para que pasara. Cal se alegró al ver al horrible gato mirándole con un solo ojo desde el respaldo de su horroroso sofá.
—No me puedo creer que todavía lo tengas —dijo Cal dejando la bolsa en la mesa—. ¿Qué nombre le has puesto?
—Y yo no puedo creer que me lo trajeras —dijo Min dirigiéndose a la cocina—. Y todavía no le he puesto nombre. Estamos decidiendo si queremos comprometernos. Aunque viene todas las noches y duerme conmigo.
—Un gato inteligente.
—Estaba pensando en domesticarlo, ya que los gatos viven más cuando tienen un hogar, pero es un macho, así que supongo que odia que lo tengan ence¬rrado.
—Depende de dónde lo encierres —comentó Cal pensando en la cama de latón.
—Si me hubieses traído una bola de nieve lo habría entendido, pero un gato...
—Dijiste que no querías más bolas.
—No. Lo que quiero es recuperar la de Mickey y Minnie que me regaló mi abuela. Si me la traes te querré el resto de mis días. Si me traes otro gato tendré que replantearme toda la historia del pollo al marsala.
—Por cierto, ¿qué ha pasado esta vez? —Min gru¬ñó y se dirigió a la cocina. Cal la siguió como si estuvie¬ra en casa—. No tiene muy mala pinta. Lo que pasa es que no parece pollo al marsala —comentó al ver su últi¬ma prueba.
—He intentado evitar el aceite y la mantequilla —se justificó, y levantó una mano antes de que Cal pudiera decir nada—. Ya sé, ya sé. Estoy aprendiendo. Utilicé caldo de pollo, huele bien, pero no tiene muy buena pinta.
—Supongo que será porque el caldo de pollo y el aceite son cosas distintas. Tienes razón. Haz una bechamel para espesar el caldo y sírvelo con fettuccini.
—¿Una bechamel?
—Mantequilla derretida con harina. Supongo que no tendrás mantequilla.
—Puede que tenga Bonnie, pero tampoco tengo ni harina ni fettuccini. Voy a ver si tiene ella.
—¿Tienes una olla grande para la pasta y algo para colarla? —preguntó observando la pequeña cocina. «Necesita un sitio mejor», pensó.
—En el sótano.
—Muy práctico.
—¿Y la tapa?
—¿Qué tapa?
—Esa cosa que impide que el gato vaya directo a la sartén mientras estás en el sótano.
—¿Vamos a bajar ahí?
—¿Quieres aprender a cocinar, Minnie? —pregun¬tó con más cariño del que pretendía.
—Sí, claro.
—Entonces necesitas cacharros de cocina.
Bajaron y Cal eligió al azar una de la media docena de cajas sin etiquetar que había y la abrió con su navaja. Min desenvolvió el primer paquete, en el que estaba el colador verde de su abuela.
—Es ésta —aseguró volviéndolo a dejar en su inte¬rior—. Has acertado a la primera. Eres muy bueno.
—Sí —dijo Cal sonriendo mientras Min la levanta¬ba—. Súbela y no te olvides de pedir mantequilla, harina y pasta.
Enseñarle a hacer una bechamel habría sido inofensivo si la cocina no hubiese sido diminuta. Estaba muy cerca de él y sus rizos olían a lavanda. No había en ella nada que no tuviese curvas y la cama de latón con el edredón de satén es¬taba en la habitación de al lado. Después de enseñarle los ru¬dimentos de una bechamel, Cal fue a desempaquetar la caja.
—¡Fuera! —le ordenó al gato, que se había sentado en ella y éste lo miró cambiando de ojo, recostado sobre los paquetes. Lo recogió, lo dejó en el suelo y se frotó contra su pierna ronroneando—. Un gato muy cariñoso —le comentó a Min.
—Sí, me encanta. Se acurruca a mi lado todas las noches y ronronea al ritmo de Elvis. Es un gato muy inteligente. Ha aprendido a pulsar el botón de encendido del aparato de música para poder ponerse a Elvis cuando no estoy yo.
—¿Qué es esto? —preguntó Cal cuando desenvol¬vió un cuenco de cristal grueso con forma angulosa que parecía tener una función específica.
—Es para batir huevos. Por ahí debe de haber una tapa de metal con un batidor.
Cal buscó en la caja hasta que lo encontró. La tapa encajaba en el cuenco, en la parte de arriba la manivela del batidor y en la de abajo el aparato que daba vueltas.
—Muy limpio —dijo mientras desenvolvía el si¬guiente paquete, uno muy pesado que contenía unos cuencos mezcladores de gruesa porcelana con una raya azul, que encajaban unos en otros.
—¡Ah! Ya me acuerdo de ellos, mi abuela solía hacer galletas en el más grande. Cuando podía comerlas.
—Los buenos tiempos —Cal cogió el siguiente pa¬quete. Era pesado y redondo. Cuando empezó a desen¬volverlo se dio cuenta de lo que era. Al apartar el último trozo de papel no se sorprendió al ver una bola de nieve con Mickey cogiendo a Minnie por el talle, sino que se quedó desconcertado.
—¿Cuánto tiempo tarda en hacerse? Quiero decir, antes de que la harina pierda el sabor a crudo. ¿Qué pasa?
Cal levantó la bola de nieve y Min se quedó inmóvil.
Pesaba mucho, más de lo que debería. La inclinó y vio una llave en el fondo.
—¿Es una caja de música? —preguntó Cal y Min asintió—. ¿Qué suena?
—It had to be you —contestó débilmente.
—Pues claro —Cal miró a Mickey y a Minnie atra¬pados para siempre en la bola. «Si me traes la bola de mi abuela te querré el resto de mis días».
—Llevo buscándola quince años —aseguró Min con voz apagada—. Y tú la encuentras a la primera. ¿Có¬mo lo haces?
—No tiene que ver conmigo —dijo Cal dejándola en la repisa de la chimenea.
—No habrás hecho un pacto con el diablo, ¿verdad?
—¿Qué?
—Ya sabes, algún tipo de trato por el que cualquier cosa que hagas sea perfecta, para que todas las mujeres se sientan irremisiblemente atraídas por ti, sólo que se te olvidó mencionar que fuera solamente con las muje¬res que te gustan y ahora estamos los dos atrapados en este bucle sin fin.
—Bueno, dejando aparte que creas que el diablo existe y que va por ahí haciendo tratos, me molesta que pienses que me relacionaría con él.
—Pero, Cal, si eres prácticamente su primo herma¬no. Eres alto, moreno, guapo, encantador, llevas trajes, no sudas y siempre apareces con cualquier cosa que necesite. Esa bola llevaba perdida quince años. No puedo dejar de pensar que si te digo que sí, iré directamente al infierno.
Cal meneó la cabeza. «¿Por qué habré vuelto?», pensó.
—Ya no tengo hambre. Creo que me voy.
—Puede que sea lo mejor —dijo Min mirando la bola.
Cal cogió la chaqueta y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo un momento para decir:
—Que seas...
—¿Feliz? —acabó Min sin dejar de mirar la bola.
—Ya no suena igual —aseguró antes de bajar las escaleras.



Cuando se fue, Min se acercó a la bola y le dio cuer¬da. Sonaron los primeros acordes de It had to be you, la miró e intentó recuperar el aliento. La cúpula era pesada y perfecta, y debajo tenía una peana art déco negra. En su interior, la purpurina brillante y las estrellitas plateadas se arremolinaban mientras Minnie sonreía, feliz de estar en los brazos de Mickey y éste le devolvía la sonrisa.
«Puede que esto fuera lo que tanto me gustaba —pensó—. Que ella sea tan feliz y él piense que es maravillo¬sa». También estaba el remolineo de la falda y los fantásticos zapatos de color rosa a juego. Bueno, eran bastante sencillos. Le dio un golpecito y contempló cómo caía la purpurina y las estrellitas mientras acababa la canción.
«No tiene que ver conmigo», había dicho Cal, pero sí que tenía que ver con él. Ella llevaba una vida feliz has¬ta que él había entrado en ella y la había agitado, y ahora había purpurina y estrellitas por todas partes. Y cuando todo se calmaba, cuando todo volvía a la normalidad, aparecía de nuevo y volvía a agitar...
Algo peludo le tocó la pierna y dio un respingo. El gato maulló, lo recogió e intentó pensar con lógica sobre la situación. Por supuesto, no tenía que ver con él. Las coincidencias ocurren a todas horas. La vida es así. Mientras no pasara algo más...
«Nos mantendremos alejados de él —le dijo al ga¬to—. No iremos a Al Azar a menos que sepamos que no está allí y todo esto pasará y volveremos a la normalidad. Se acabó la maldita purpurina.»
El gato cambió de ojo abierto y Min pensó que ha¬blar con animales utilizando el plural no debía ser muy normal. «¿Un poco de pollo?», le preguntó renunciando a pensar con lógica para ir a cenar.



El miércoles, Liza estaba en la barra del bar inten¬tando hacerle una señal a Shanna cuando Cynthie se sentó a su lado y le sonrió.
—Ha dicho que tenía que quedarse en casa con el gato, pero yo creo que está evitando a Cal —dijo Liza.
—Me parece buena idea. Es la mejor forma de re¬sistirse a él, mantenerse lejos. ¿Lo has visto? —preguntó Cynthie mirando a su alrededor.
—No. Tony ha dicho que se había quedado traba¬jando. ¿Por qué?
—Porque si ella no está aquí, él debería de estar trabajándote a ti.
—¿A mí? —dijo Liza. ¿Quieres decir que si ella no está, va a intentar ligar conmigo?
—No. Para la salud de una relación es muy importante que los amigos y la familia de ella den su aprobación. Me extraña que no haya utilizado sus encantos contigo.
—No es tonto, y no somos colegas.
—Bueno, tu amiga hace muy bien evitándolo. No creo que tenga nada que hacer con ella.
—Sin embargo a ti sí que te caló hondo, ¿no?
—Yo... —comenzó a decir Cynthie levantando la barbilla—. Sí, sí que lo hizo.
—Cabrón.
—No, no lo es. Simplemente...
—Necesita la aprobación de las mujeres por culpa de su querida madre. Con todo lo que sabes de él po¬drías escribir un libro —Cynthie casi se atraganta—. Ah, ya lo estás escribiendo.
—Sí, pero no sobre... Bueno no enteramente so¬bre...
—¡Caramba! Así que cuando te dejó, te quedaste sin amante y sin tema de investigación. No lo entiendo. ¿Eres una experta en relaciones y aun así te cameló?
—La lógica no ayuda cuando sientes algo emocionalmente —confesó Cynthie mordiéndose el labio.
—Lo siento —se disculpó Liza al notar que el dolor que reflejaba su cara era sincero.
—No pasa nada. Hay gente con problemas mucho peores que el mío —dijo levantando el mentón. —¿No hace que los tuyos sean más llevaderos?
—No, pero ayuda con lo de la autocompasión. Qui¬zá he conseguido dar una mala imagen de Cal.
—No, no lo has hecho. Creo que tu imagen de él es muy halagüeña.
—No, es un buen...
—Me da igual. Sólo quiero que se mantenga alejado de Min.
—Yo también.
Cynthie acabó su copa y se fue, y Shanna se acercó.
—¿Otra? —le ofreció a Liza.
—Háblame de Cal Morrisey.
—¿Por qué? —preguntó Shanna con recelo.
—Porque ha besado a mi amiga y me he enterado de que tiene problemas con los compromisos.
—Él y la mitad de la población masculina —dijo Shanna encogiéndose de hombros.
—La mitad de la población masculina no se besa con Min. No va en serio con ella, ¿verdad?
—Es el mejor tipo que conozco. Si alguna vez tu¬viera problemas lo llamaría a él y vendría a ayudarme, estoy segura.
—Sí, pero eso no contesta mi pregunta.
—Dile a tu amiga que no se comprometa, no dura —dijo Shanna tras quedarse callada un momento.
—Gracias.
—Pero es un tipo estupendo.
—Todo el mundo lo dice, pero me cuesta creerlo.



A las siete, Cal decidió que si miraba un minuto más el programa del seminario empezaría a darse cabe¬zazos contra la mesa y ya había tenido suficientes heridas craneales aquel mes. Por otro lado, si iba a buscar a Min a Al Azar sólo conseguiría que le llamase demonio otra vez. O, si estaba de buen humor, canalla. Se levantó, se estiró y después se dirigió a casa, aminorando el paso de¬lante del Gryphon Theater. Era la última semana del ci¬clo dedicado a John Carpenter y había poca cola para ver Golpe en la pequeña China.
«Kurt Russell les da una buena tunda a los malos —pensó—. No he vuelto a verla desde que era niño». La última persona de la cola abandonó la taquilla, fue allí y compró una entrada. Aquello era mejor que pasar la noche solo, concentrado en no pensar en... nadie.
Al entrar había un trailer que anunciaba un ciclo de Elvis Presley y se acordó de Min. «Olvídala», se dijo antes de acomodarse varias filas hacia el interior y unos asientos hacia el centro, rodeado de butacas vacías. Sin embargo, a los pocos minutos de película, cuando Kurt empezó a decir tonterías en su camión, aparecieron cin¬co miembros de una misma familia y le pidieron que se moviera. La persona que tenía a la derecha en su nuevo emplazamiento guardaba silencio, así que se recostó y se perdió en la película, relajado por primera vez desde la noche anterior.
Cuando se encendieron las luces, se levantó al mis¬mo tiempo que la mujer que tenía al lado —mediana altu¬ra, pelo castaño rizado con puntas rubias— y que se había agachado para recoger su chaqueta gris de cuadros.
Se miraron un largo y atónito momento. Después, la mujer salió del cine y él la siguió. Cuando estaban fuera, ella se volvió.
—¿Qué probabilidades había? —preguntó Cal.
—No sé ni cómo calcularlas —contestó Min echan¬do a andar. Cal se puso a su lado porque no eran horas para que caminara sola.
«Una coincidencia —pensó Cal—, sucede a todas horas. No pasa nada. No significa nada.»
Cuando llegaron a su apartamento, Min subió la primera sin discutir quién iba el primero y, por primera vez, estaba demasiado desconcertada como para pensar en su trasero.
—Gracias por acompañarme —dijo en la puerta.
—De nada.
Se miraron un largo momento, Cal notó que le fal¬taba el aliento, que se perdía en sus ojos y pensó: «No, tú no». Min meneó la cabeza y cerró la puerta, y Cal bajó los cincuenta y ocho escalones sin saber a ciencia cierta si alegrase o no.
Cuando llegó a la calle se detuvo y miró hacia la buhardilla en la que estaba la ventana de su dormitorio. El gato se recortaba a la luz de una lámpara y lo obser-vaba, seguramente con un ojo cerrado. Se imaginó a Min sentada en el edredón de satén, tumbada sobre almohadas bordadas que olían a lavanda, con sus rizos con puntas rubias contra el satén azul y se colocó mentalmente a su lado, atrayéndola, envuelto en sus brazos y notando sus curvas contra su cuerpo. Imaginó que se apoderaba de su lujuriosa boca, la turgencia de sus pe¬chos en sus manos, su cadera alzándose sobre él, apre¬tándose contra su suavidad, temblando en su cálida humedad, oyéndola gemir y gozar mientras se movía, y se dio cuenta de que la deseaba más de lo que jamás había deseado a nada ni a nadie.
La luz se apagó en el dormitorio, el hechizo se deshi¬zo y Cal cerró los ojos ante el oscuro y frío sobresalto que le proporcionó volver a la realidad. Después se dio la vuelta y volvió a la calle principal, a las luces y el rui¬do, a un sitio seguro.



El jueves, cuando Liza fue al apartamento de Min para la cena de los deseos, Bonnie abrió la puerta con cara recelosa. Cuando Liza levantó una ceja como para decir «¿Qué pasa?», Bonnie meneó la cabeza y se echó hacia atrás para dejarla pasar.
—Hola —la saludó Min demasiado suavemente y Liza pensó: «El cabrón de Cal».
—¿Qué te ha hecho?
—Nada. Siéntate. He preparado una ensalada Cobb enorme y me muero de hambre. Vamos a cenar.
—¿Todavía tienes el gato? —preguntó al verlo so¬bre el sofá.
—Me encanta. Siempre está cuando lo necesito, me toca con su patita cuando estoy deprimida, me da calor por la noche y tiene una hermosa voz. Creo que es la reencarnación de Elvis.
—Se acabó la larga espera —dijo Liza mientras pensaba: «El muy cabrón le ha dado algo que ni siquiera sabía que necesitaba». Tras diez minutos de pan, ensala¬da y conversación forzada sobre el animal, Liza ya no podía más—. Ayer hablé con Cynthie y me dijo que Cal intentaría...
—A mí me cae bien —la interrumpió Bonnie.
—¿Qué?
—Que me cae bien.
—Eso no quiere decir que la animes a...
—No importa —dijo Min y las dos se volvieron para mirarla—. Estoy intentando alejarme de él, pero no funciona. ¿Os acordáis de la bola de nieve que había perdido? Pues la ha encontrado. Vino el martes, fue directamente al sótano y cogió la caja en la que estaba.
—Pura suerte—opinó Liza.
—Y anoche decidí ir al cine. ¿A que no sabéis quién tenía al lado cuando se encendieron las luces?
—Eso sí que pone los pelos de punta. Te está aco¬sando —dijo Liza.
—No. Cogí el periódico y se cayó la hoja con la pro¬gramación de los cines. Vi que reponían Golpe en la pe¬queña China y pensé: «Bien, Kurt Russell se carga a los malos». Fue un impulso. No se lo dije a nadie, ni siquie¬ra al gato. Y allí estaba. Es como mágico.
—Es como si fuera el diablo —comentó Liza.
—Es como si fuera el príncipe —añadió Bonnie. Liza y Min la miraron—. En el cuento. Tiene que ir en pos de algo para conseguirte. Y la bola de nieve era una de esas cosas.
—Bonnie, cariño —protestó Min enervada por su estupidez—. Juguemos a los deseos. Si fuera una persona sensata no me fliparía nada de esto. Así que voy a ser sen¬sata y no flipar. ¿Cuál es tu deseo, Liza?
—Si me entero de que Cal Morrisey te está aco¬sando le arrancaré las extremidades una a una. ¿Bonnie?
—Si os ponéis tontas tendré que buscarme otras amigas —dijo ésta mirando con el entrecejo fruncido a Min—. Te está ganando. Como en el cuento de hadas. Dijiste que su beso te despertó.
—Dije que su beso me excitó, que no es lo mismo. No me parece mal utilizar el cuento como metáfora, pe¬ro esto es la vida real. No hay príncipe ni madrastra ni manzana envenenada.
—Y si sigues pensando así, no habrá final feliz. El verdadero amor te está haciendo señas para que le prestes atención y tú lo rechazas porque no quieres creer en él. Tienes el cuento de hadas delante de las narices —dijo Bonnie.
—Un momento —les pidió Liza intentando evitar el desastre.
—Y tú eres la peor—la acusó Bonnie volviéndose hacia ella—. Min no cree en el amor para ella, pero tú no crees en él para nadie. Eres una nihilista del amor.
—Una nihilista del amor, me gusta —comentó Liza.
—Bueno, pues yo sí creo en el amor. Eso pienso. En lo que no creo es en los cuentos de hadas —intervino Min.
—Toda mi vida he sabido que tarde o temprano aparecería mi príncipe —le espetó Bonnie—. ¿Cuántas veces me has dicho que todo el mundo tiene rachas de suerte en los negocios, pero que no todos están preparados para ellas? Bueno, pues eso puede aplicarse también al amor. He estado planeando mi boda toda mi vida porque soy lo suficientemente inteligente como para sa¬ber que es la decisión más importante que tendré que tomar y ahora ha aparecido Roger y estoy dispuesta. Y vosotras dos os lo vais a perder cuando llegue porque no queréis creer en él, porque si no fuera verdad os senti¬ríais defraudadas.
—Venga... —exclamó Liza poniendo cara de circunstancias.
—Habéis decidido sentiros defraudadas, os moles¬taría que sucediera lo contrario, vuestra interpretación del mundo depende de lo que os defraudan los hom¬bres. Eso es cobardía. Sobre todo tú —dijo mirando a Min—. Tienes a Cal delante, que te quiere tanto que no puede pensar con claridad, el destino te envía mensajes que hasta yo soy capaz de ver y te aferras a esa apuesta como si fuera una coraza. Ni siquiera le has preguntado por ella, ¿verdad?
—¿Qué quieres que diga? Sí, la hice, pero soy tu príncipe y te quiero de verdad. ¿Nos vamos a la cama?
—Normalmente no eres tan torpe, así que imagino que se debe al miedo. ¿Y si fuera real? ¿Y si fuera tu final feliz y te quisiera tanto que fuera para siempre? ¿Qué harías? —Min meneó la cabeza—. No lo sabes. No te lo has planteado nunca. Has pensado en todo, menos en eso. Eres un caso perdido —Bonnie fue a la cocina a de-jar su plato y volvió para meter la silla debajo de la me¬sa—. Nos vemos mañana en Al Azar. Veré a Roger y me acordaré de por qué creo.
—Espera, Bon —le pidió Min, pero ésta ya estaba en la puerta.
Cuando la cerró de un portazo, Min se sentó frente a Liza.
—Bueno, al menos nosotras somos sensatas.
—Sí —dijo Liza—. ¿A ti te funciona?
—No muy bien. ¿Has traído postre?
—Helados de frambuesa Dove.
—Pásame uno. Ya seré sensata mañana.



El viernes, Cal estaba considerando la idea de que¬darse en casa para variar, basándose en la teoría de que si no salía de su apartamento no podría pasarle nada extra¬ño, cuando oyó She en el apartamento de al lado.
—¡Por todos los santos! —exclamó y después se detuvo en seco porque eso era lo que decía Min a todas horas. «No», se dijo antes de ir a distraerse un rato con Shanna—. ¿Han vuelto a dejarte?
—No —contestó, seria, pero no llena de lágri¬mas—. Estoy intentando entender mi vida. Pasa.
—¿Entender tu vida?
—No dejo de pensar que si sigo escuchando esta canción encontraré la clave —le explicó mientras sacaba la botella de Glenlivet.
—Si tu vida depende de lo que diga una canción pop necesitas más el whisky que yo.
—No es eso —replicó sirviéndole un vaso—. Siem¬pre he sido partidaria de la teoría de que un día aparece¬rá la mujer adecuada y lo sentiré.
—Pues la has refutado en más de una ocasión —di¬jo cogiendo el vaso que le ofrecía.
—Así que como Elvis Costello ya ha hecho una lis¬ta de lo que debería tener la mujer perfecta, empezaré por ahí e imaginaré con qué tipo de persona quiero pasar el resto de mi vida. Y si encuentro a alguien que no se ajuste ala lista...
—Me parece muy organizado —dijo Cal sentán¬dose en el sofá a la vez que pensaba: «Eso es muy de Min».
—Lo que pasa es que Elvis no dice que ella es per¬fecta. Así que a lo mejor sólo necesito algunos datos clave. Como que sea amable.
—Sí —aceptó Cal acordándose de Min con Harry.
—E inteligente. Alguien a quien no tenga que explicárselo todo.
—Es posible —dijo Cal pensando en cómo le deta¬lló la receta del pollo al marsala—. No saberlo todo no es un crimen. Yo diría más bien que ha de ser alguien abierto a nuevas ideas y que tenga cosas que enseñar.
—Ves, eso está muy bien —dijo Shanna sentándose en el baúl mesita de café—. Y el sentido del humor es muy importante.
—Así es. Que al menos puedas reírte de las meteduras de pata —dijo Cal acordándose de Min cuando dijo: «Me alegro de que esto no sea una cita» cuando confun¬dieron los Elvis.
—Y como soy superficial, añadiría: que sea física¬mente atractiva.
—Yo también —dijo Cal intentando no pensar en Min en todo su lujurioso esplendor—. Y que lleve zapa¬tos bonitos.
—¿Qué?
—Nada. ¿Qué más?
—Eso es todo. No quería que fuera una lista muy larga. Amable, lista, divertida y atractiva. ¿Qué te parece?
—Estupenda, si la encuentras.
—¿No lo has hecho tú? ¿Min? Parecía...
—No salgo con ella. Casi no la conozco.
—¿Y por qué? Es guapa, amable, inteligente, te hace sonreír y te deja en las nubes cuando la besas. ¿Qué le falta?
—Bueno, se mete mucho conmigo.
—Cobarde. Has podido huir de las demás porque no eran adecuadas, pero ésta es la verdadera y por eso sa¬les corriendo.
—Que tenga que oír esas cosas de una mujer que ha hecho una lista de la compra para el amor —dijo levantándose y devolviéndole el vaso—. Me voy. Bue¬na suerte con la lista.
Shanna empezó a cloquear mientras él salía por la puerta sin hacerle caso. Una vez en casa se dio cuenta de que no había cenado y no quería salir porque si lo hacía se encontraría con Min.
«No pasa nada», pensó mientras iba a la cocina. Te¬nía pan, mantequilla de cacahuete y no mucho más, así que enchufó el tostador, metió unas rebanadas y se apo¬yó en el frigorífico a esperar a que saltaran.
Mientras tanto se fijó en que tenía una cocina ho¬rrible. Y el cuarto de estar era aún peor. Puede que si lo arreglara un poco le apeteciera más quedarse en casa. Se estaba haciendo demasiado viejo para estar a todas horas en los bares. Sonó el teléfono y lo descolgó, contentó de que algo lo distrajera.
—¿Calvin? —oyó que decía su madre, incluso ella era mejor que el silencio.
—¡Madre! ¿Qué tal estás? —saltaron las tostadas y se colocó el auricular entre el hombro y la oreja mientras abría el bote de mantequilla de cacahuete.
—Te llamo por lo de la cena del domingo.
—Allí estaré —dijo mientras pensaba: «Voy todos los terceros domingos de cada mes, madre». Era casi una tradición.
—Quiero que pases a recoger a nuestra invitada.
—¿Invitada? —preguntó mientras sacaba un cuchi¬llo de mesa para extender la mantequilla.
—Minerva Dobbs.
—¿Qué? —exclamó soltando el cuchillo.
—La he invitado porque últimamente Harrison habla mucho de ella y he pensado que le gustaría que estuviese.
—¿Qué dijo cuando la llamaste?
—Pareció sorprendida, pero cuando le expliqué que Harrison se alegraría mucho...
—Dijo que sí. Sin embargo no puedo llevarla por¬que no voy a volver a verla ja... —tocó el metal ardiente de la tostadora, se quemó y soltó el teléfono—. ¡Mierda! —exclamó llevándose los dedos a la boca.
—¿Calvin?
—Perdona, me he quemado haciendo una tostada —se excusó abriendo el grifo del agua fría y poniendo los dedos debajo—. Es igual, no voy a volver a ver a Minerva Dobbs nunca más —se apartó del fregadero, pisó algo y al resbalarse se dio con el pie contra el armario—. ¡Ay!
—¿Calvin?
—He pisado un cuchillo —se agachó para cogerlo y al levantarse se dio contra la encimera—. ¡Coño!
—¿Te has cortado?
—No. Te llamo mañana —dijo mientras dejaba el cuchillo en el fregadero.
—¿Calvin? —dijo su madre antes de que Cal colga¬ra para meditar la situación.
Se estaba haciendo daño él solo, eso era. Estaba distraído, cansado y hambriento y no prestaba aten¬ción. Descolgó el teléfono otra vez y llamó al móvil de Tony.
—¿Hola? —gritó éste por encima del ruido del bar.
—¿Está Min contigo?
—Un momento —le pidió y después ya no oyó el ruido de fondo—. Perdona, ¿qué decías?
—Que si está Min contigo. Estoy intentando ase¬gurarme de que no está en ninguno de los sitios a los que voy. Me está volviendo loco.
—¿Te está acosando? —preguntó con tono escéptico.
—No, ella no quiere verme tampoco, pero es como si estuviésemos dentro de una caja. Intentamos ir por caminos diferentes y siempre acabamos encontrándonos. No vais a ir a Emilio's, ¿verdad?
—Pura teoría del caos. Min es un extraño atractor.
—Eso es verdad. ¿Puedo cenar tranquilo en la coci¬na de Emilio's?
—Sí. En serio, la caja de la que hablas es el campo de atracción. Intentáis escapar y os golpeáis con las pa¬redes accidentalmente porque sois inestables, no reinci¬dís, pero seguís una pauta.
—Pues me alegro. Ocúpate de que Min no se acer¬que a Emilio's, me muero de hambre.
—Creo que se ha ido con Liza a no sé donde. Han estado hablando toda la noche de un trabajo que Min quiere que Liza acepte y creo que la ha llevado para que lo vea. A menos que Emilio's necesite ayuda, no estará allí.
—No la necesita, tiene un montón de sobrinos. —Gracias, Tony. Hasta mañana.
Colgó, se cambió de ropa y se dirigió hacia el restaurante intentando no pensar en Min. No funcionó, así que lo cambió por la teoría del caos, de la que tenía un vago recuerdo. El efecto mariposa, de eso se acorda¬ba, el batir de alas de una mariposa en Hong Kong puede causar un huracán en Florida o prevenir un tor¬nado en Tejas diez años después, elige lo que quieras porque es impredecible. Así era Min, la primera noche le pareció inofensiva, dos semanas después había batido las alas y ahora estaba hecho un lío. Era una maldita i mariposa fantasma.
Miró hacia el Gryphon Theater medio esperando ver a Min allí, pues era la primera noche del ciclo de Elvis. Pero no estaba. Lo que tenía sentido, pues los sucesos no se repiten en la teoría del caos. La idea de que se trataba de una ciencia hizo que todo aquello le preocupara mucho menos. No estaba loco, el destino no le acosaba, solamente estaba al borde del caos. Aquello era mucho mejor.
Torció al final de la calle para ir hacia Emilio's intentando recordar qué significaba el «borde del caos». Era algo sobre lanzar una moneda, el momento en el que estaba en el aire tenía relación con lo del borde. El punto en el que el sistema era absolutamente imprevisi¬ble, en el que estaba a punto de elegir un camino. O tam-bién un montón de arena al que se le iba añadiendo arena grano a grano. El borde del caos era el momento en el que caía el último y el montón se desplazaba o provocaba una avalancha. Cal aminoró el paso al acor¬darse de un ayudante de investigación que llevaba un holgado jersey azul y ponía los pelos de punta por la absoluta sinceridad con que trataba el tema. Según él, el borde del caos era un momento de turbulencia, de caos mental si el sistema era un ser humano, pero tam¬bién un momento de gran potencial, posiblemente el lu¬gar en el que empezaba la vida. «El lugar en el que el sis¬tema cae en cascada hacia un nuevo orden y deja de ser y empieza a devenir».
Cal apartó de su mente esos pensamientos y abrió la puerta de Emilio's.
—¡Cal! —oyó que lo llamaba Roger, y se quedo inmóvil, sabedor antes de darse la vuelta de que Min estaría allí, extraña atractora, mariposa real, locus del destino. Se dio la vuelta y la vio, sentada en una mesa con el resto del grupo, con aspecto de querubín asom¬brado, con sus hermosos labios abiertos por la sorpresa y sus oscuros ojos muy abiertos, y sintió que le faltaba el aliento otra vez, se le encendía la sangre y todo su sistema iba de acá para allá, rebotando bajo su piel, un futuro impredecible en el que todo dependía de su próximo bandazo en el caos.
Min se mordió el labio y le sonrió con tristeza, sin pensar en nada más. Cal cruzó el salón para ir hacia ella, casi aliviado de que se produjera la avalancha.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:17 pm

Capítulo 9


Cal cogió una silla de la mesa de al lado y Min se apartó un poco para hacerle sitio. Llevaba otra camisa vaporosa, esa vez de piezas con estampados transparen-tes de diferentes colores. Estaba guapa, ardiente y más deseable de lo que podía haber imaginado.
A su lado, Tony se encogió de hombros y le lanzó una mirada de disculpa.
—Tony dijo que ibas a trabajar hasta tarde —co¬mentó Min cuando Cal se sentó.
—Mentí.
Min se movió un poco más y Cal notó un ligero perfume a lavanda y se sintió mareado.
—Bueno, al menos eres sincero con tu insince¬ridad.
—Me educaron para ser encantador, no sincero —di¬jo y se relajó al ver que ella sonreía.
—¿Has visto En el bosque? Es mi musical favorito de Sondheim.
—El mío también —dijo Cal mirándola a la cara—. A Tony le gusta Sweeney Todd y a Roger Un domingo en el parque con George, pero...
—¿Lo dices en serio? —preguntó Min moviendo las pestañas de sus oscuros ojos— ¿Sois todos fans de Sondheim?
—En la universidad compartimos habitación con un tipo al que le gustaba el teatro —«qué guapa estás», pensó.
—¿Había un cuarto compañero? —preguntó y des¬pués cerró los ojos—. Claro, era Emilio, trabajabais en su restaurante.
—No, era de su abuelo. El suyo lo abrió hace un par de años.
—Y no se come el mundo. Por eso he traído a Liza. Me costó toda la noche convencerla, pero creo que le gusta.
—Estupendo —dijo Cal que no sabía de qué hablaba ni le importaba. Estaba demasiado bien a su lado como para encima pedirle que le explicara nada.
—Liza resuelve problemas. Busca negocios que necesitan ayuda y... les echa una mano.
—Y se anuncia así —dijo Cal sin darle importancia.
—No. Los elige. Hay un montón de sitios que ne¬cesitan un empujoncito para seguir funcionando, Liza consigue un trabajo y se lo da. No es a largo plazo, en cuanto las cosas van bien se va, pero durante el año que permanece es mágica. Algo así como tú con las mujeres.
—¡Eh! —protestó Cal, pero vio que Emilio le hacía señas desde la cocina y se calló—. Ahora vuelvo.
—Ahí fuera hay una mujer, la pelirroja que está con Tony —dijo Emilio tirando de él para que entrara—. Acaba de decirme que está pensando en trabajar aquí. ¿Sufre alucinaciones?
—En absoluto. Tony la conoce mejor que yo, pero si quieres que te dé mi opinión, yo la contrataría. No te va a hacer ningún mal y Min asegura que es un genio en todo lo que hace.
—¿Y qué hace?
—No estoy seguro —titubeó Cal mirando a través de la ventana redonda para ver a Min—. Me baso en lo que dice Min.
—Bueno, de ella me fío.
—Yo también —aseguró Cal siguiendo a Emilio hasta la mesa justo a tiempo para oír que Min decía:
—Acabo de enterarme de que estos chicos son fans de Sondheim.
—¿Qué? —dijo Liza volviéndose hacia Tony.
—¿No puedo tener distintas facetas? —inquirió éste.
—Gracias a Emilio —continuó Min—. Al que menciono porque quiero oír su voz.
—¿Eh? —protestó éste.
—No te resistas —le pidió Cal sentándose de nuevo al lado de Min—. Siempre consigue lo que quiere.
—Me gusta la canción Momentos —dijo Min miran¬do a Emilio—. O En el bosque, que es muy alegre.
—No, Sweeny Todd —pidió Tony. Cantó la primera estrofa con un tono increíblemente bajo, Roger se le unió en la siguiente y cantaron hasta que Emilio se dio por vencido y les ayudó a acabar «the demon barber o I Fleet... Street», mientras Cal observaba cómo sonreía Min y pensaba: «Bésame».
—Seguramente no es lo mejor que se puede cantar en un restaurante —comentó Cal cuando Min acabó de aplaudir y Emilio hizo una mueca.
—¿Tú no cantas?
—Sólo en la ducha —contestó imaginándosela en la ducha.
—Miedica —dijo Tony rompiendo el encanto—. Claro que sabe cantar, lo que pasa es que es un cobarde.
—Pero tú no —intervino Liza volviéndose hacia Tony—. Tienes múltiples talentos. ¿Cómo no me había dado cuenta?
—¿Qué más sabe hacer? —preguntó Bonnie y Tony sonrió.
—Tiene talentos de los que hablaremos más tarde. Emilio, la pasta es excelente. Este sitio debería estar lle¬no todas las noches.
—De lo que te tienes que encargar tú. Sálvalo, lo quiero mucho —le pidió Min.
—Deja que vea primero la cocina.
Se levantó, pasó al lado de Emilio y empujó las puertas batientes.
—¿Va a...?
—Es la mejor camarera que tendrás jamás y te trae¬rá clientes. Está estudiando la cocina. Si le parece acep¬table, se quedará contigo.
Emilio se fue a proteger su cocina y Cal le sirvió más vino a Min.
—Tómate esto. Quiero hablarte de algo y necesito que estés un poco bebida.
—Suelo perder el encanto —dijo cogiendo el va¬so—. Mira, he estado pensando en la bola de nieve, en el cine y en todo lo demás y quiero pedirte perdón por llamarte demonio. Han sido coincidencias.
—Ya, Tony cree que se debe a la teoría del caos.
—Y Bonnie que es un cuento de hadas —dijo to¬mando un sorbo.
—¿Cuento de hadas? —preguntó Cal, que se había vuelto a perder.
—Ya sabes, eres un príncipe, está predestinado, seremos felices siempre. No te preocupes, para todo lo de¬más es muy sensata —aseguró sonriendo—. La cuestión es que si nos atenemos al plan, todo irá bien.
—Muy bien. El plan —miró sus suaves y gruesos la¬bios curvados en aquella reconfortante sonrisa y empezó a sentir vértigo una vez más. «Bésame», pensó—. Creo que deberíamos empezar a salir. ¿Quieres ir al cine?
—¿Has oído algo de lo que he dicho? —preguntó Min parpadeando y dejando el vaso en la mesa.
—Todo han sido coincidencias, debemos atenernos al plan. No va a funcionar conmigo.
—¿Por qué no?
—Porque si no salimos, el universo me va a destrozar.
—¿Qué?
—El universo, el destino, la teoría del caos, el cuento de hadas, el espíritu de Elvis. No sé lo que es, pero no voy a resistirme más —se acercó un poco más a ella y sintió un débil perfume a lavanda otra vez mientras Min lo miraba como si estuviese loco—. Me odias, tienes gustos caros, eres patológica con la comida y tu mejor amiga me matará cualquier día, pero no me importa. Voy a darle una opor-tunidad. ¿Todavía quiere tu madre que vaya a la cena? Iré.
—¿Por qué, si soy tan horrible?
Cal sonrió a su hermosa cara.
—Porque eres inteligente, amable y divertida y mi sobrino está loco por ti y llevas unos zapatos muy bonitos y pareces un ángel depravado —«porque me voy a vol¬ver loco si no te toco», pensó.
—¡Aja! Y por eso vas a cenar en casa de mis padres mañana por la noche, ¿para que mi madre se dé cuenta de que eres inofensivo?
—¿Mañana? —preguntó intentando no parecer sorprendido—. Estupendo, nos lo quitaremos de en medio enseguida. Mañana por la noche. ¿Y esta noche...?
—¿Lo de salir? No, te has librado de lo de mi ma¬dre, no hace falta que vayas a la cena. Pero si quieres salir como amigos podemos ir al cine. A las diez echan Amor en Hawai.
—Imagino que no es obscena.
—Es de Elvis. No tienes por qué venir.
—Sí que iré, y a casa de tus padres también.
—No lo entiendo —se extrañó Min y Cal le cogió la mano, feliz de poder sentirla otra vez.
—Ven conmigo Minnie, yo te lo explicaré.
La sacó de la silla y la llevó hasta la puerta. Una vez fuera se inclinó hacia ella con el corazón desbocado y la besó sin ningún tipo de reservas. El acostumbrado arrebato fue inmediato y cálido como siempre, aún más, ya que Min no se resistía y también se sintió cómodo porque ella era feliz en sus brazos, contra su boca. Cuando Min le puso las manos en la nuca, él la besó con más fuerza, perdiéndose en ella sin poder evitarlo y sin intentar sal¬varse. Cal notó que se apretaba contra él y su boca per¬fecta se abría mientras su lujurioso cuerpo se pegaba más y pasaron los años y vio el paraíso y una vocecita en su interior le dijo: «ES ELLA, IDIOTA». Entonces algo le golpeó con fuerza en el brazo y los separó del beso.
—¡ Qué demonios...! —empezó a decir todavía aga¬rrado a ella, hasta que vio a Liza en la acera con el bolso en la mano—. Si Bonnie tiene razón, un duende te pega¬rá un tiro en la rodilla en cualquier momento.
—¡Liza! —exclamó Min apartándose ligeramente de él y Cal sintió frío por su ausencia y la retuvo.
—No le he dado en la cabeza —replicó ésta.
—Olvídala. ¿Quieres saber por qué? Yo te lo diré. Porque esto es mucho más grande que nosotros y yo, por una vez en la vida, no voy a luchar contra ello —Min abrió la boca para decir algo, pero Cal continuó—: Y tú también lo quieres así.
—Sí, ahora dime que la conoces —le espetó Liza mirando a Min con el entrecejo fruncido.
—Sí que la conozco, aunque no tanto como preten¬do conocerla. Y sí, me preocupo por ella. Mucho. Y no sé nada más, pero lo averiguaré. ¿Te parece bien?
—Sí, pero recuerda que te estaré vigilando —le ad¬virtió Liza.
—Muy bien —dijo Cal más aliviado. La parte «co¬mo amigos» no le satisfacía, pero la aceptaba, cortejar mujeres no se le daba mal. «Ahora vamos a jugar mi juego», pensó mirando a Min con cariño.
—No me mires así —le pidió ésta antes de volverse hacia Liza—. íbamos a ver la película de las diez, como amigos. ¿Quieres venir?
—Sí. ¿Tony? Nos vamos al cine a las diez —le in¬formó cuando éste salió del restaurante para buscarla.
—Es Amor en Hawai —añadió Cal.
—Supongo que no es obscena.
—Es de Elvis.
—¿Por qué?
—Porque ahora me toca a mí insinuarme—asegu¬ró Cal mirando a Min.
—¡Eh!—protestó ésta.
—Bueno, ¡qué narices!, vamos—dijo Tony.



Min estrenó su sábado llamando a su madre para decirle que Cal cenaría con ellos esa noche.
—Así comprobaremos qué tipo de persona es —di¬jo Nanette con un tono de voz que no auguraba nada bueno para él.
—Te va a encantar. Es muy guapo y todo un triun¬fador.
—Seguramente de los que piensa que él es un ocho y tú un cuatro. Los hombres son superficiales y traicio¬neros. Ponte algo que te haga delgada.
—Es un diez, madre y no estoy delgada.



Después de aquello, ir a ver el béisbol le pareció un gran progreso, al menos hasta que llegó al parque.
—No te separes de mí —le pidió a Liza—. Bonnie siempre se va con Roger, pero tú te quedas a mi lado para poder soltarme puyas si empiezo a hacer el tonto con Cal.
—No hay suficientes en todo el mundo —replicó Liza, pero la siguió a las gradas de todas formas.
—¡Min! —gritó Harry cuando la vio llegar y ésta se detuvo y sonrió mientras él se acercaba corriendo.
—Hola. ¿Qué tal? —le preguntó cuando se detuvo derrapando.
—Bien. Gracias por venir —contestó moviendo la cabeza. Después miró al suelo y exclamó—: ¡Ostras! ¡Qué zapatos más chulis!
—Gracias —dijo Min mientras Harry se inclinaba para ver mejor el pez azul de plástico que había en la puntera de sus sandalias—. Te pareces mucho a tu tío.
—Harrison, tu instinto te lleva por buen camino —dijo Cal detrás de él y Min dio un respingo—. Las mujeres son más importantes que el béisbol, pero mue¬ve el culo y vuelve al terreno de juego —Min se volvió, Cal le sonrió con el rostro relajado y su corazón volvió a desbocarse —Minnie, te están saliendo pecas en la nariz.
—Ya —dijo ésta tocándosela e intentando no fijarse en el cariño que había en su voz—. Es por culpa de estos sábados por la mañana. Nunca me pongo al sol y por eso siempre me olvido de la crema protectora.
—A mí me gustan —aseguró Cal y a Min se le ace¬leró el pulso.
—A mí también —dijo Harry.
—Pues a mí no —replicó Min intentando contro¬larse—. Pero me salen porque me olvido de...
—Problema resuelto —aseguró Cal poniéndole la gorra que llevaba y esbozando una sonrisa aún más gran¬de—. Te queda muy bien. Cuando quieras puedes jugar ¬en mi equipo.
—¡Calla ya! —exclamó ajustándosela para que no le aplastara los rizos. Estaba caliente y mantuvo la mano un momento en ella para sentirlo. «Eres despreciable», se dijo a sí misma.
—¡Harry! —gritó alguien, y cuando Min se volvió vio a Cynthie, que se acercaba a ellos vestida con un ondulante vestido rosa sonriendo al niño—. ¿Qué tal, colega?
—Hola —saludo éste frunciendo el entrecejo.
—Hola Cynthie —dijo Min haciendo un esfuerzo por no odiarla—. Nos vamos a buscar un buen asiento. Dales una buena —le pidió a Harry—. Gracias por la gorra, seguro que me queda de muerte —dijo evitando mirar a Cal a los ojos.
—No —la contradijo Cal dándole un golpecito en la visera—. Pareces un marimacho angelical. Ojalá estuviera aquí Shanna.
Min sonrió muy a su pesar, sintiéndose elogiada.
—¡Eh! Aquí se viene a jugar al béisbol —gritó Tony, y Cal se llevó a Harry hacia el campo.
—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó Min a Liza.
—Tan bien como podría esperarse, dadas las circunstancias.
—¿Hacer qué? —quiso saber Cynthie.
—Estoy practicando cómo mostrarme relajada.
—¡Ah! Bien hecho, pues.
Min siguió a Liza y a Cynthie hasta donde estaba sentada Bonnie y vio cómo machacaban al equipo de Harry en las tres primeras entradas, al mismo tiempo que intentaba no mirar a Cal. Cuando éste levantó la vista y sus miradas se cruzaron, sonrió y Min pensó: «¡Por Dios, Minerva!» y se volvió hacia Liza para di¬simular.
—Tony debe de estar a punto de que le dé una apoplejía.
—No, sólo lo hace por divertirse —contestó Liza—. Les grita para que lo hagan mejor, pero no le importa per¬der. Dice que juegan para practicar.
—¿Sí? No sabía que tuviera tantas facetas.
—Unas tres. Me equivoqué al pensar que era tonto, la verdad es que es bastante listo. Es muy majo.
—¿Nada más?
—Sí, nada más. No es ÉL. Por cierto, bonita gorra, Estadísticas. A lo mejor te compra un refresco después del partido.
—Estábamos simplemente... —quiso excusarse Min meneando la cabeza.
—Es el cuento de hadas. Te está conquistando —in¬tervino Bonnie.
—¿Qué? ¿Un cuento de hadas? —preguntó Cynthie.
—Sí, Min y Cal son como un cuento de hadas. Ella es la chica que no lleva la vida que merece y su hada ma¬drina le ha enviado un príncipe para que la rescate.
—¿Un hada madrina? —se extrañó Min.
—Liza, te eligió a Cal.
—¡Un momento! —exclamó Liza—. No tengo na¬da que ver con Calvin Morrisey.
—Esto sí que tiene gracia. Lo elegiste y me enviaste a él para que lo conociera —dijo Min echándose a reír.
—Un cuento de hadas —repitió Cynthie, que no estaba segura de si hablaban en serio.
—Cal te ha dado la gorra porque eso forma parte de su cometido.
—No, se la ha dado porque la está cortejando —la contradijo Cynthie con cierta brusquedad—. Es parte de ¬la fase de atracción.
—La fase de atracción —repitió Liza.
—No se siente atraído... —empezó a decir Min.
—En el amor adulto hay cuatro fases: asunción, atracción, encaprichamiento y compromiso.
—Yo diría que la forma en que la mira es encaprichamiento —comentó Liza.
—¿Perdona? —inquirió Min mirando a su mejor amiga, la traidora.
—Es el cuento de hadas—insistió Bonnie.
—Es atracción —dijo Cynthie con voz apagada.
—Es amor, una reacción caprichosa. Teoría del caos —pontificó Liza.
—¡Eh! Ha sido un detalle de un amigo porque no quiero tener pecas. No todo responde a una teoría —la cortó Min.
—El cuento de hadas no lo es. Aunque no creas en ellos, te está sucediendo a ti, y a mí —dijo Bonnie sonriéndoles a todas, demasiado feliz como para ser petulante.
—¿Qué tal está Roger? —preguntó Min, con ganas de que fuera otra persona el tema de conversación.
—Para mí es ÉL. Dentro de un par de semanas me pedirá en matrimonio y le diré que sí. Le he dicho a mi madre que prepare la boda para agosto.
—¿Te ha dicho que se va a declarar? —preguntó Cynthie, y cuando Bonnie la miró sorprendida, añadió—: Estoy escribiendo un libro sobre el tema. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero me interesa mucho.
—Bueno, no me lo ha dicho, pero lo sé.
Min intentó dar la impresión de que la apoyaba, pero el silencio que siguió a continuación debió insinuar cierto escepticismo, porque Bonnie se volvió hacia el te-rreno de juego y llamó a Roger.
—Cariño, ¿vas a pedirme que me case contigo? —le preguntó cuando llegó corriendo.
—Sí, no quería meterte prisa, así que pensaba espe¬rar hasta que lleváramos un mes saliendo. Sólo faltan on¬ce días.
—Me parece muy sensato. Y para que lo sepas, te diré que sí.
—Eso me tranquiliza mucho —dijo soltando un suspiro. Se inclinó hacia ella, la besó y volvió al terreno de juego.
—Eso ha sido o muy dulce o muy molesto —co¬mentó Liza.
—Ha sido muy dulce —aseguró Min intentando imaginarse a Cal diciéndolo. «Deja de pensar en él», se ordenó—. Y molesto.
—Ya te lo he dicho. Es el cuento de hadas. Has de creer.
—Pensamiento positivo —dijo Cynthie asintiendo con la cabeza—. Hay pruebas. ¿Puedo hacerte una entre¬vista para mi libro? Tu historia me parece fascinante. Ha-béis pasado a la fase encaprichamiento muy rápido.
—Sí, pero no es encaprichamiento. Es amor verda¬dero, como el de Cal y Min.
—¿Queréis dejarlo ya? —les pidió Min.
—Sí, claro —le dijo Cynthie a Bonnie sin ningún convencimiento y siguieron hablando.
Min inspiró profundamente y se volvió hacia Liza.
—Cynthie parece maja —comentó con la esperanza de mantener una conversación en la que no apareciera Cal.
—Lo es, pero creo que quiere volver con Cal.
Min se dio por vencida y miró hacia el terreno de jue¬go. Cal hablaba con alguien en la tercera base. Estaba serio y el niño asentía con la cabeza, pendiente de todas sus palabras. «¡Qué encantador! —pensó y después rectificó—. No, es un canalla». Aunque esa forma de pensar ya no sur¬tía efecto, la verdad era que no había funcionado nunca.
—¿Salís esta noche? —le preguntó Liza.
—Sí, pero sólo como amigos. Me va a hacer un favor. Vamos a ir a casa de mi madre para que deje de pensar que es un vil seductor.
—No creo que eso la tranquilice nada.
—¿Por qué no? A Elvis le cae bien y tiene muy buen ojo.
—¿Elvis? —preguntó Liza un tanto preocupada.
—El gato. Le he puesto ese nombre.
—Menos mal. Creía que te habías vuelto majara del todo.
—Eh, que no soy yo la que cree en cuentos de ha¬das, ni en la teoría del caos.
—O en el programa de cuatro pasos para alcanzar el amor —dijo Liza indicando con la cabeza hacia Cynthie, que esperaba a que Bonnie acabara de contarle la teoría del amor de cuento de hadas.
—Todo eso es basura. No hace falta una teoría, solo hay que ser práctico, saber lo que quieres que tenga un hombre y después encontrar uno que posea todas esas cosas. Trazar un plan y ajustarte a él. Y no desviarte —dijo mirando hacia donde estaba Cal.
—O podrías enamorarte perdidamente —finalizó Liza poniendo cara de circunstancias.
—Ya. Eso es como decir que puedes caerte de un edificio. No te dolerá hasta que aterrices.
—Sólo quería decir...
—No —dijo Min al tiempo que varias personas se volvían para mirarla—. Hay que ser sensato. No se trata de canciones de amor bobaliconas y besos sentimentaloides, es peligroso. Hay gente que muere por ello. Que muere de amor. Se desencadenan guerras. Se derrumban imperios.
—Esto... Min...
—Puede arruinarte la vida —dijo cerrando los ojos para no mirar a Cal—. Por eso sólo quiero ser amiga de Cal y nada más. Tendría que estar loca para pensar que podría haber algo permanente con él. Ser masoquista, suicida y autoengañarme.
—Vaya...
—Ése es mi plan. Y voy a atenerme a él.



—El tío Cal dice que si vienes a comer —le comu¬nicó Harry cuando acabó el partido.
—Bueno... —contestó, y pensó: «Calvin, cabrón explotador de sobrinos». Con todo, comer con él no po¬día ser muy malo. No pasaba nada por comer con un amigo, con su sobrino de carabina.
—¡Aja! —exclamó Liza a pesar de que Min no había dicho nada.
Min le pidió a Cal que los llevara a un restaurante retro, en el que ella y Harry imitaron a Elvis durante to¬da la comida. Una nueva experiencia para éste, al que ha-bían educado con Chopin. A Cal no pareció importarle.
—Hasta mañana, Min —se despidió Harry cuando la dejaron en casa.
—Sí, en la cena de la abuelita —dijo Min.
—Harrison, si mañana llamas a la abuela así te daré cincuenta pavos —le propuso Cal al ver la cara de extrañeza que había puesto.
—No creo que lo haga —contestó éste y Min salió del coche pensando que al día siguiente iba a entender muchas cosas de Calvin Morrisey, siempre que sobreviviera a la cena con sus padres.
—Quédate la gorra, Minnie —le dijo Cal cuando ésta intentó devolvérsela por la ventana—. Te queda muy bien. Te recogeré a las ocho.
Después desapareció y Min se sintió ridiculamente feliz, lo que no podía ser bueno.
«Estás hecha un lío», se dijo y fue a prepararse para la cena con su madre.



Aquella noche, Cal pasó a buscarla en su viejo Mercedes. Cuando llegó, estaba sentada en el último escalón, vestida con un sencillo vestido negro, que se había subido hasta las rodillas. Parecía una monja excéntrica.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al salir del coche.
—Vas a tener que aguantar a mis padres y no me parecía justo hacerte subir todas las escaleras.
—No me importa hacerlo si arriba estás tú —miró sus pies. Llevaba unos sencillos zapatos negros sin tacón, que no dejaban ver los dedos—. ¿Por qué te has puesto anos zapatos tan feos?
—No lo son. Son clásicos, como tu coche, que es muy bonito, pero no imaginaba que tuvieras uno.
—Un regalo de licenciatura. A coche regalado no le mires el capó. Entra Minnie, que vamos a llegar tarde —le pidió abriendo la puerta.
—¿Por el máster en administración de empresas? —preguntó una vez sentada en el asiento del acompa¬ñante.
—¿Qué?
—El coche. Que si fue un regalo por licenciarte. A mí me regalaron un maletín, sólo estaba intentando ver las cosas en su justa medida.
—No, fue al acabar el bachillerato.
—¿Sí? ¿Y qué te dieron al licenciarte? ¿Un yate?
—Un puesto en la empresa de mi padre.
—Pero...
—Rechacé el regalo. ¿Qué tal Elvis?
—Muy sano —contestó con tono de estar desconcertada—. Lo he llevado al veterinario y me ha dicho que está bien. Lo que no deja de ser raro.
—Como muchas cosas en mi vida últimamente. Por cierto, ¿hay algo de tu familia que deba saber antes de ir a esta cena?
—No tienes por qué venir.
—Minerva, voy a ir. Prepárame antes de conocer¬los, ¿quieres?
—La verdad es que no hay nada que saber. Mi ma¬dre siempre es muy educada y mi padre no habla nada, a menos que metas el dedo en la llaga. Procura no ha¬cerlo.
—Vale. ¿Me haces un listado de llagas?
—Fraude en seguros, jóvenes que quieren quitarle su puesto de trabajo, música posterior a mil novecientos setenta y sexo con sus hijas.
—Sexo con sus hijas —repitió.
—Sí, mi padre supondrá que intentas seducirme.
—Tu padre tiene buen ojo para la gente. ¿Qué me dices de tu madre?
—Bueno, en otras circunstancias te estudiaría como potencial hijo político. En los postres te haría un test.
—¿Escrito u oral?
—Oral.
—Estupendo, en oral soy muy bueno —se queda¬ron en silencio hasta que añadió—: No me refería a eso.
—No pasa nada. No habrá test. Mi madre tiene otras cosas en mente ahora.
—¿Alguna otra cuestión que deba saber de ella?
—Sí, pero todas tienen relación conmigo.
—No me importa. Hazme el listado también.
—Comer hidratos de carbono, llevar ropa interior blanca de algodón, no perder peso, no seguir con mi ex, al que ella adoraba. Pero no creo que nada de eso salga en la conversación.
—Mi madre también adora a mi ex. Creo que por pereza, para no tener que aprenderse otro nombre. ¿Quién más habrá?
—Mi hermana Diana. Con ella no tienes que preocuparte. Ahora está desquiciada porque se casa la semana que viene, pero es maja. Si las cosas se ponen feas siem¬pre puede sentarte a mirarla, es muy guapa.
—Me alegro de saberlo. Tu madre, tu padre, Diana, tú y yo. Un grupito muy íntimo.
—Y Greg —añadió Min intentando que su voz no sonara apagada—. El novio de mi hermana.
—Ya. ¿El que tenía mala memoria? ¿Qué tal va?
—Algo no va bien. No sé lo que es, pero no colabo¬ra. No es mal tipo, excepto por haber dejado a Salida, con todo el derecho del mundo. Además adora a Diana, así que no sé lo que puede ser. A ver qué te parece a ti.
—¿A mí?
—Tienes buen ojo para la gente. Eres intuitivo. Es¬tudia a Greg.
—Hay pocas posibilidades de que durante la cena me entere de lo que pasa —dijo en el momento en el que sonaba el móvil de Min.
—Tienes un teléfono negro. Me mentiste la prime¬ra noche, Minnie.
—Algo que ya sabías —replicó antes de contes¬tar—. ¿Hola? ¿Qué? —escuchó un momento—. ¡Por Dios, Di! ¡Es sábado por la noche! No sé dónde... Es¬pera un momento —se volvió hacia Cal—. Greg había prometido llevar el vino.
—Déjame adivinar.
—No tendrás una botella o dos en tu apartamento, ¿verdad?
—Emilio's —dijo haciendo un giro con el coche.
—Cal lo arreglará —dijo Min al teléfono con un deje de orgullo en la voz que hizo que Cal sonriera—. Eres un ángel.
—Gracias. Ahora dime algo desagradable. Me estás confundiendo.
Pararon a recoger el vino y cuando Cal volvió a entrar en el coche, Min se fijó en las etiquetas de las bo¬tellas.
—Son muy caras, ¿verdad?
—No, no mucho. Unos cuarenta pavos cada una.
—Así aprenderá el idiota de Greg.
Diez minutos más tarde, tras seguir las indicaciones de Min, Cal aparcó delante de una casa grande y nueva.
—Si quieres, aún estás a tiempo de no entrar. Déja¬me aquí y ya les diré...
—No. Espera un momento —le pidió mientras sa¬lía para ir hacia la otra puerta del vehículo.
—¿Dónde? —preguntó accionando el tirador.
—No puedes bajar de un coche sin ayuda —dijo ofreciéndole la mano y tirando de ella hasta que estu¬vo de pie. Acabaron más cerca el uno del otro de lo que había planeado, algo que no le molestó en absolu¬to—. Que salgas sin mi ayuda me hace parecer débil e incapaz —dijo observando sus rizos agitados por la brisa.
—Sí, seguro... —al retirarse para que Cal cerrara la puerta vio una figura que se apartaba de una venta¬na—. Bueno, al menos has ganado puntos con mi ma¬dre. Te ha estado observando.
—Estupendo, ahora lo único que nos hace falta es sobrevivir a la cena.



El padre de Min los recibió en el vestíbulo. Era un hombre torpe y lento con una buena mata de pelo rubio y espesas cejas canas, que debería haberse mostrado cordial y hospitalario, pero en vez de eso dio la impre¬sión de ser un perro pastor paranoico convencido de que sus ovejas conspiraban contra él.
—Papá, éste es Calvin Morrisey. Cal, mi padre, George Dobbs.
—Encantado de conocerte, Calvin —lo saludó Geor¬ge con voz ronca y firme, como para desmentir cualquier señal de que no se alegraba de verlo, aunque sus ojos le preguntaron: «¿Qué intenciones tienes?».
—Encantado de estar aquí, señor —mintió Cal y Min le dio un golpe en la espalda, más reconfortante de lo que podría haber imaginado.
—Llegas tarde —le reprochó George a su hija—. Ya hemos tomado el cóctel.
—Disculpe —dijo Cal.
—No tienes por que disculparte. Ha sido por mi culpa. Hemos tenido que volver para ir a buscar algo.
—Bueno, entrad ya —les invitó. Min suspiró y se dirigió hacia el cuarto de estar y Cal la siguió para cono¬cer al dragón que tenía por madre.
La casa era monumental, obra sin lugar a dudas de un decorador, y la madre de Min, de pie en su perfecto cuarto de estar, no desentonaba: ambas eran un produc-to de diseñador y no tenían ninguna calidez. La casa, al menos, tenía algún color, pero la madre era pequeña, delgada, morena, vestía de negro e iba acicalada a más no poder, justo lo contrario que Min.
—Ésta es mi madre, Nanette —la presentó practicamente gorjeando—. Madre, él es Calvin Morrisey,
—Bienvenido, Calvin —dijo ésta con voz que po¬dría haberlo ultracongelado al instante.
—¿Qué he hecho? —le preguntó a Min cuando su madre se volvió para hablar con George.
—Me besaste en el parque encima de una mesa de picnic —le susurró ésta.
—¿Y cómo lo saben?
—Greg nos delató. También les habló de tu pasado de conquistas abandonadas.
—Y voy y le traigo el vino.
—Ahí está. Greg, te presento a Calvin Morrisey.
Greg era joven y afable, pulido en colegios privados y ejercitado en el gimnasio hasta que su exterior relucie¬se. Sonrió hasta que se dio cuenta de a quién le estaba estrechando la mano.
—¡Ah! —exclamó.
Cal esperó a que dijera algo, pero aquello fue todo.
—El vino está en el asiento delantero del coche —le informó.
—Gracias, tío —dijo Greg suspirando aliviado y dándole una palmadita en el brazo—. Ahora mismo vuelvo —avisó con voz ligeramente elevada—. Me he dejado el vino en el coche.
—Y ésta es mi hermana —le presentó Min con tono cariñoso. Cal vio una versión más joven y dulce del dragón. Era esbelta, morena y encantadora, sin duda la princesita de la familia. Sonrió al ver a Min, le dio la bienve¬nida con más calidez que el resto de los presentes juntos y le preguntó por su equipo de béisbol.
—Maja chica —le comentó a Min cuando su her¬mana fue a buscar al amnésico con el que se iba a casar.
—¿Chica?
—Guapa, pero no es como tú.
—No eres el primero que se da cuenta. Mira, no dejes que te depriman mis padres. Son... —su voz se fue apagan¬do mientras pensaba en una palabra que los definiera.
—¿Majos? —apuntó Cal antes de que Nanette re¬clamara a Min cuando Greg apareció con las botellas.
Cuando volvió al cabo de unos minutos, llevaba los rizos sujetos con peinetas. Pasaron al comedor.
—¿Qué te has hecho en el pelo? —le preguntó Cal al oído cuando se sentaron.
—No realza mi cara redonda si lo llevo suelto. No soy tan tonta.
—A mí me gustaba.
—A mí también —dijo Min y entonces comenzó la cena.
—¿A qué te dedicas, Calvin? —le preguntó George una vez acabaron la sopa, animada con una conversación trivial, y les sirvieron el lomo.
—Doy seminarios de formación empresarial —con¬testó mirando con recelo a Nanette, que lo había estado observando durante el primer plato. No podía asegura que tuviera fruncido el entrecejo, porque no tenía la fren¬te arrugada, pero no tenía una expresión cálida.
—Así que eres profesor. ¿Se gana dinero con eso?
—¡Papá! —exclamó Min.
—Lo suficiente —contestó Cal distraído, porque Min había comenzado a darle discretos golpecitos en la espalda. Estaba agradecido por su apoyo, pero era algo demasiado bueno como para disfrutarlo delante de su padre.
—¿Con qué empresa trabajas?
—Morrisey, Packard y Capa —le informó, y despues sonrió a la madre de Min—. Esta carne es exquisita.
—Gracias —dijo Nanette Dobbs, nada apaciguada.
—Morrisey. Así que trabajas para tu padre. No te ha costado mucho encontrar trabajo, ¿verdad? —dijo George.
—No, el jefe soy yo. La empresa es mía.
—Me gustaría saber el tanto por ciento de hijas que vuelven a casa de sus padres después de que éstos hayan aco¬sado a sus invitados —comentó Min mirando a su padre.
—¿La heredaste?
—La fundé yo.
—Supongo que el porcentaje será muy bajo —con¬tinuó Min.
—Pero te financió tu padre.
—No, quería que trabajara con él, así que tuve que recurrir a alguien que no fuera de la familia para conse¬guir el capital.
—¡Por Dios, papá! ¡Ya basta! —exclamó Min qui¬tando la mano de la espalda de Cal—. Vamos a hablar de otra cosa. Tengo un gato.
—Así que es una empresa nueva. El treinta y tres por ciento fracasa en los cuatro primeros años.
—Es una especie de gato mutante —añadió Min.
—Hace diez años sí que era nueva. Ahora funciona.
—Molesta a mis amigos. Estoy pensando en llamar¬lo George —amenazó Min.
—Minerva —la reprendió su madre—. ¡Compórtate!
—¿Un poco de pan? —ofreció Min poniendo la cestilla debajo de la nariz de Cal.
—Sí, gracias —cogió un panecillo y le devolvió la cestilla. Min cogió uno también.
—¡Min! —exclamó su madre.
—Vale —accedió ésta y volvió a dejarlo.
—Así que tienes negocio propio —comentó George con escepticismo.
—Sí. ¿Por qué no puedes comer pan? —le pregun¬tó a Min.
—Ya te lo dije, tengo que meterme en un vestido. No pasa nada, ya comeré pan en julio.
—Min será dama de honor de Diana la semana que viene y no queremos que esté demasiado gorda —expli¬có Nanette.
—Ya lo estoy —admitió Min.
—Deberías venir, Cal —le invitó Diana, que no había probado el pan, la mantequilla ni la carne, aunque le había dado un buen tute al vaso de agua—. A la boda, y al ensayo de la cena. Min necesita un acompañante.
—¿Qué clientes tienes? —le preguntó George an¬tes de que pudiera aceptar la invitación.
—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? —quiso saber Nanette.
—¿Tienes familia? —le preguntó Min tirándole de la manga.
—Sí —contestó con cierta reserva.
—¿Son igual de horrorosos?
—¡Minerva! —exclamó Nanette con tono amena¬zador.
—Bueno, al menos me dejan comer pan —dijo Cal sin quitarle la vista a Nanette—. Aparte de eso, sí.
—¿Perdona? —intervino George.
—No me importa que me interroguen sobre cómo me gano la vida. Su hija me ha traído a esta casa y le concedo la importancia que merece. Tampoco me im¬porta que su mujer me pregunte por mi vida privada. Pero Min es una mujer fabulosa y durante toda la cena o no le han hecho ningún caso o la han importunado con un estúpido vestido. Y que conste que no estoy de acuerdo con que esté demasiado gorda para el vestido. Es el vestido el que es demasiado pequeño. Ella es per¬fecta —puso mantequilla en un trozo de pan y se lo pa¬só—. Come.
Min parpadeó y lo cogió.
—No he estado casado ni comprometido y mi últi¬ma relación acabó hace dos meses. Conocí a su hija hace tres semanas —le informó a Nanette. Después se volvió hacia George—. La empresa tiene saldo positivo desde hace tiempo. Si quiere comprobarlo puedo darle refe¬rencias. Si la relación con su hija llega a ser seria podré mantenerla.
—¡Eh! Puedo mantenerme yo sólita —protestó con el trozo de pan todavía en la mano.
—Ya lo sé, pero tu padre quiere saber si yo puedo hacerlo. Come —Min mordió el pan y Cal miró al resto de los comensales—. ¿Hay alguien que quiera saber algo más?
Diana levantó la mano.
—¿Sí?
—¿Vas a acompañar a Min a la boda?
Min intentó tragar.
—No me lo ha pedido. ¿Quieres ir a la boda de tu hermana conmigo?
Min se atragantó y Cal le dio una palmadita en la espalda.
—Por supuesto que quiere —aseguró Nanette son¬riendo por primera vez en la velada—. Estaremos encan¬tados de que vengas. Al ensayo de la cena también.
—Estupendo —dijo Cal, notando que había he¬cho algún progreso, mientras Min respiraba con difi¬cultad.
—El vino es excelente —le comentó George.
—Gracias, esto... gracias a Greg. Sabe de vinos.
—Ya —dijo George mirando a Greg, que le sonrió débilmente.
—¿Tienes un gato? —preguntó Nanette a su hija, y la velada transcurrió mientras le soltaba una arenga so¬bre gatos, George hacía preguntas sobre el negocio de los seminarios, Greg miraba con el entrecejo fruncido, Diana sonreía y a Cal le dolía la cabeza. Había pasado noches peores, pero no muchas.
—Lo siento —le dijo Min en voz tan baja que casi no la oyó.
—¿Por qué? Lo estoy pasando de maravilla.



Tras los postres, que sólo comieron los hombres, Min se llevó a Diana al vestíbulo.
—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué le has pedido a ese hombre que venga a la boda?
—¿Por qué no? Necesitas un acompañante y es encantador. No veo el problema.
—Eso es porque no conoces su pasado.
—Bueno, al menos ahora tienes pareja. Creo que ha sido buena idea.
—No vuelvas a hacer una cosa así nunca más. Jamás —le amenazó pinchándole con un dedo.
—Muy bien. A pesar de todo tienes un acompañan¬te muy sexy.
Su sexy acompañante apareció en el vestíbulo, dijo adiós amablemente a los padres, bajó con ella las escaleras, le abrió la puerta del coche, se sentó en el asiento del conductor y le quitó las peinetas del pelo.
—Son horribles, Minnie —dijo tirándolas por la ventanilla.
—Ya, gracias —dijo intentando no sentirse rescatada.



Al día siguiente, Min se vistió con mucho cuidado para la cena con los Morrisey. Volvió a sacar el vestido negro, limpió los zapatos negros planos e intentó ali¬sarse el pelo. La llamada de Nanette no la ayudó nada.
—Cariño, Cal es encantador.
—Gracias, madre —dijo Min preparándose para lo que viniera a continuación.
—Papá ha comprobado su situación financiera y es solvente.
—¿Un sábado por la noche? ¿Y cómo lo ha hecho?
—Ya conoces a tu padre —contestó en un tono que Min desearía que no tuviera—. Y parece que le gustas mucho. Lo del pan y la mantequilla ha sido muy dulce. No volverás a comerlo, por supuesto, pero...
—Un hombre que te alimenta es bueno.
—Pues no lo pierdas. Me enfadé mucho cuando cortaste con David. No dejes escapar a Calvin también.
—Madre, no lo quiero —mintió.
—Pues claro que lo quieres. Tendréis unos hijos preciosos.
—Tampoco los quiero. Cambiando de tema: estoy pensando en dejar mi trabajo y hacerme cocinera.
279
—No seas ridicula, cariño. ¿Tú rodeada de comida? Explotarías como un globo.
—Muchas gracias, madre. Tengo que dejarte.
—¿Dónde vas?
—A cenar con los padres de Cal.
—Qué encantador. ¿Quiénes son?
—Jefferson y Lynne Morrisey. No creo que...
—¿Vas a cenar con Lynne Morrisey?
—Sí, pero porque parió a mi acompañante, sino no lo haría.
—Min, Lynne Morrisey es muy importante en la Liga Urbana —aseguró con voz cargada de respeto.
—Pues lo siento mucho —dijo Min, que era la pri¬mera vez que oía decir a su madre la palabra «importan¬te» con aprobación.
—Nada de hidratos de carbono, querida. Y cuéntamelo todo cuando vuelvas a casa.
—¡Dios mío! —exclamó antes de colgar y volver a sus problemas con el pelo.
Cuando Cal llamó a la puerta, ella y Elvis estaban contemplando una cinta para el pelo con cierto recelo.
—¿Qué te parece? —le preguntó a Cal al abrir la puerta.
—No, por Dios —dijo agachándose para acariciar al gato, que ronroneaba a sus pies—. Mírate, parece que vayas a un duelo.
—No intentes convencerme para que me cambie do vestido.
—Al menos, déjame los pies. ¿Por qué no te pones los de los lazos negros, los que llevabas la primera noche?
—¡Cal!
—No es mucho pedir —dijo sonriendo apoyado en el quicio—. Ve a cambiarte de zapatos Minnie y después nos enfrentaremos juntos a los dragones.
—La táctica del encanto no funciona conmigo —di¬jo sonriéndole muy a su pesar, antes de ir a cambiarse de zapatos.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:18 pm

Capítulo 10


—Bueno, ¿he de saber algo sobre tus padres? —preguntó una vez entraron en el coche.
—No. Serán educados, pero no afables. En casa no hace falta enfriar el vino, el ambiente se encarga de hacerlo.
—Estupendo, has elegido el mejor momento para hacer chistes.
Cuando llegaron, se dio cuenta de que hablaba en serio. La casa era inmensa, una de esas mansiones Prairie que a Min siempre le habían parecido ranchos hinchados de esteroides. La criada que había en la puerta de paneles era amable, el vestíbulo forrado en madera frío, y cuando entraron en lo que Min dudó si en llamarlo cuarto de estar, los padres le parecieron absolutamente gélidos.
—Estamos encantados de que hayas venido —la saludó Lynne Morrisey cogiéndole la mano. No pare¬cía encantada; no parecía otra cosa que oscura, sor¬prendente y dispendiosamente guapa, al igual que su marido, Jefferson, y su hijo Reynolds, seguramente el único hombre en todo el planeta que hacía que Cal pa¬reciera sencillo.
—¡Min! —exclamó Harry a su espalda y al volverse vio que iba hacia ella tirando de Bink.
—Hola. Gracias por invitarme a cenar, me moría de hambre —dijo agachándose.
—Me gustan tus zapatos. Los lazos son muy chulis —le susurró sonriendo como un maniaco.
—Gracias —dijo Min mirando de reojo a Cal. Ha¬bía puesto un rostro inexpresivo y se dio cuenta de que no había abierto la boca desde que habían llegado. «Bueno —pensó—, bienvenida al infierno».
Hizo todo lo posible por mantener una conversa¬ción fríamente educada hasta que se sentaron y les sirvie¬ron unos platos hermosamente presentados con volutas dibujadas con sirope. Después se dio por vencida y simplemente comió.
—¿A qué te dedicas, Minerva? —le preguntó Jefferson cuando les sirvieron los filetes de carne con patatas.
—Soy actuaría —contestó rezando por que no se le hubiera quedado una hebra entre los dientes.
—Ya. ¿Y para quién trabajas? —continuó, nada impresionado, aunque tampoco desdeñoso.
—Para Alliance —le informó antes de volver su atención a aquella carne. La comida estaba bien presentada y era muy buena, eso tenía que reconocerlo, pero no era como la de Emilio's. Para que aquel salón se animase hacía falta alguna foto exótica y cómica en las paredes. Y no iban a admitir que eran exóticos. Mi¬ró a los comensales. Irlandeses, presumió, y no sólo por el apellido. Eran morenos y guapos todos ellos, en esa forma austera y trágica que les es propia. Contempló su espléndidamente presentado plato. La hambruna de la patata había quedado muy atrás.
—Dobbs —dijo el padre de Cal y Min se dio cuen¬ta de que llevaba callado un buen rato—. El vicepresi¬dente es George Dobbs, ¿verdad?
—Es mi padre.
—Así que trabajas para la empresa de tu padre —concluyó Jefferson sonriendo.
—Bueno, no es el dueño exactamente —le aclaró Min, que sabía que en algún momento de la conversa¬ción tropezaría con una mina—. Pero me ayudó a conse¬guir el puesto.
—No necesitabas ayuda. Eres actuaría. Seguro que te hicieron cuarenta ofertas —intervino Cal.
—Sí que hubo muchas —dijo Min, que no sabía muy bien qué estaba pasando—. Pero no eran nada interesantes. Así que mi padre me ayudó.
—Muy inteligente por tu parte —la alabó Lynne Morrisey. Min miró sus oscuros ojos y pensó: «No quie¬ro que me dé su aprobación, señora»—. Aceptar ayuda de un padre me parece muy inteligente.
—Bueno, no implicaba ningún compromiso, así que no había lado malo.
En un extremo de la mesa, Jefferson sonrió y su aspecto mejoró considerablemente. «Tú tampoco me gustas», pensó Min. Bink estaba inmóvil, no tanto asustada, como alerta, y entre ellos, Harry hacía lo que podía con las patatas, mirándolos a todos.
—Y sí muchas ventajas. Estoy seguro de que tu padre te ha ayudado todo el tiempo —intervino Je¬fferson.
—Ella lo consiguió sola —la defendió Cal con voz apagada—. Las empresas de seguros no dependen de cuestiones sentimentales. Es la persona que más veces han ascendido en la empresa y nadie cree que se lo de¬ba a su padre. Es inteligente, trabajadora y muy buena en lo que hace.
Había algo sombrío y espantoso en su voz, desproporcionado para el tono de la conversación y Min le puso la mano en la espalda con mucha discreción. In¬cluso a través del traje notó que tenía los músculos tan rígidos que le pareció estar tocando cemento. Al sentir¬la, Cal se tensó aún más, aunque después relajó ligera¬mente los hombros.
—Claro que lo es —dijo Jefferson mirando a su mujer y esbozando una sonrisa—. Nos parece admirable que haya seguido los pasos de su padre.
—Mi padre no es actuario.
—No, claro —dijo Lynne con cierto tono de ironía en la voz—. Te admiramos por haber hecho la elección adecuada y haberte quedado en el negocio de tu padre. ¿No crees, Cal? —preguntó sin dejar de sonreír.
—No creo que ella cometa errores. Este fílete es excelente —dijo Cal.
—Cal no quiso entrar en la empresa familiar —le informó Reynolds sonriendo con fingida confraterni¬dad y Min pensó: «Y tú eres tonto perdido por decirlo en voz alta».
—¿Y por qué debería haberlo hecho? —preguntó Min alegremente tras retirar la mano de la espalda de Cal. «No voy a volver a ver a esta gente en mi vida, que les den», pensó.
—¿Que por qué no iba a entrar en la empresa de la familia? —repitió Lynne enarcando una ceja, lo que molestó a Min porque ella no podía hacerlo—. Porque es la tradición.
—No —dijo Min y a Bink se le abrieron aún más los ojos—. Sería una equivocación. Hace lo que tiene que hacer —se volvió hacia Cal y lo encontró mirando al va¬cío, al espacio que había entre Bink y Harry. «Vale, está ido», pensó y miró a Harry, que seguía mirándolos a to¬dos con el tenedor en la mano. No era de extrañar que vomitara a todas horas.
—¿Te parece una equivocación entrar en un bufete de abogados respetado y prestigioso? Tonterías, es la tradición de los Morrisey —aseguró Jefferson aclarándose la voz.
—¿Usted entró en el negocio de su padre? Creía que lo habían fundado usted y su socio.
Al otro lado de la mesa, Bink hizo lo imposible y consiguió que su imperturbable cara lo fuera aún más.
—Así fue —intervino Reynolds indignado—. Ellos comenzaron la tradición.
—No creo que dos generaciones constituyan una tradición —aseguro Min intentando dar un tono especulativo a su voz, como si lo estuviera meditando—. ¿Tu quieres ser abogado, Harry?
—No, quiero ser ictiólogo.
—¿Peces?—le preguntó Min.
—Sí —dijo Harry levantando la barbilla y sonriendo.
—Me alegro.
—Harrison es un niño. La semana que viene querrá ser bombero —comentó Lynne sonriendo a su nieto casi con simpatía.
—No, la semana que viene querré ser ictiólogo —aseguró éste antes de acabar las patatas.
«Te quiero, chaval», pensó Min.
—Harrison. ¿Por qué no te vas a comer el postre a la cocina con Sarah? —le propuso Lynne.
—Vale. ¿Me excusáis?
—Sí, cariño —dijo su abuela y Min pensó: «Suer¬tudo»—. Perdona que te haya interrumpido, Minerva. ¿Qué estabas diciendo? —preguntó volviéndose hacia la mesa con su reptilesca sonrisa como si quisiera decirle: «Es tu oportunidad para retractarte».
Min le devolvió la sonrisa. «Que te den».
—Decía que si analiza la situación se dará cuenta de que es imposible que Cal entrara en la empresa —Jefferson dejó el tenedor en la mesa y Min cogió su copa—. Para empezar es el menor. Los mayores suelen seguir los pasos de la familia porque lo que buscan es complacer —afirmó mirando a Reynolds—. Por eso suelen triunfar —tomo un trago del excelente vino mientras todos la miraban con di¬ferentes grados de frialdad—. También suelen llevarse la mejor parte en cuestión de atención y respeto, con lo que su éxito se convierte en una especie de predicción que por su propia naturaleza contribuye a cumplirse. Pero los menores saben que tienen que ser más exigentes para que les presten atención y por eso infringen las normas.
—Supongo que tu psicología no es profesional —di¬jo Jefferson sonriéndole sin ninguna calidez.
—No, es más bien un hecho. Incluso hay pruebas anecdóticas. Se remonta al mito y la leyenda. En los cuentos de hadas siempre es el hijo más joven el que se va para buscar fortuna.
—¿Cuentos de hadas? —comentó Reynolds soltan¬do una risita tonta mientras Bink seguía imitando a una lechuza congelada.
—Piense en la personalidad de Cal. Sus amigos me han dicho que jamás pierde una apuesta. La reacción ins¬tintiva ante eso es pensar que es un jugador, pero no lo es. Si lo fuera habría perdido la mitad de las veces. En vez de eso, calcula las probabilidades y sólo se arriesga cuando sabe que puede sacar provecho —miró a Reynolds—. Co¬mo hijo menor en la empresa de la familia nunca llegaría al puesto más alto. Es un riesgo que no le conviene, no creo que se haya planteado entrar en la empresa.
—Habría sido socio —dijo Jefferson dejando de fingir que aquello era una conversación trivial.
—Puede que tercer socio, después de usted y Rey¬nolds. Además tendría que competir con su socio y sus hijos. Dentro de la familia siempre será el pequeño. Tenía que salir fuera y, por supuesto, está el tema de la dislexia.
El silencio en la mesa fue tan glacial que Min se sorprendió de que no se hubieran llenado de escarcha. Volvió a coger el cuchillo y el tenedor y cortó un trozo de filete pensando que ojalá pudiera pedir una cajita de plástico para la comida e irse a casa.
—Preferimos no hablar de la discapacidad de Cal —le comunicó Lynne de forma tajante.
Min se tomó su tiempo con la carne y después tragó.
—¿Por qué? Es parte de su ser, le ayudó a formarse. No tiene por qué avergonzarse. Más del diez por ciento de la población es disléxica, no es nada raro. Y en buena parte es la razón por la que abrió su negocio. El noventa y nueve por ciento de los disléxicos son autónomos. Necesitan controlar el entorno en el que trabajan por¬que los ambientes normales de trabajo no se preocupan por sus necesidades. Y suelen ser muy buenos porque normalmente son inteligentes y empáticos. Tiene un hi¬jo que es inteligente, trabajador, triunfador, popular, sa¬no, encantador y extremadamente agradable a la vista. Me extraña que no enseñen su fotografía a los amigos para presumir de él —se volvió hacia Cal y vio que la miraba con cara inexpresiva—. Si fuera mi hijo, yo sí presumiría de él.
—Por supuesto que estamos muy orgullosos de Cal —replicó Lynne con voz lúgubre.
—Estupendo —dijo Min—. También tiene razón en lo de la carne, está muy buena.
—Gracias —dijo Lynne antes de volverse hacia Reynolds y preguntarle por su trabajo. Quince minu¬tos más tarde sirvieron los postres. Reynolds, Lynne y Jefferson hablaron de la empresa, Cal siguió callado, Bink se comió tres rodajas de zanahoria y se bebió to¬do su vino y Min estaba harta.
—La verdad es que había quedado con Harry, así que si me excusan, iré a verlo —dijo dejando la servilleta al la¬do del plato antes de levantarse para dirigirse a la cocina.
Harry estaba acabándose el helado bajo la atenta mirada de la mujer que les había servido la cena.
—Eh, chico de los peces. ¿Queda algo de eso?
—Es ésta, Sarah —dijo Harry mirando a la mujer.
—Ya. ¿Qué quiere con el helado? —preguntó estudiándola de pies a cabeza.
—Chocolate. El chocolate siempre es bueno—dijo sentándose frente a Harry.
Este rebañó el fondo del cuenco con una cuchara y después se quedó mirándola, con la misma cara de buho que su madre, hasta que Sarah le sirvió el helado. Había muchísimo.
—Gracias. Por cierto, me llamo Min —se presentó ofreciéndole la mano.
—Sarah —dijo estrechándosela—. Cómaselo antes de que se derrita.
Min asintió con la cabeza y hundió la cuchara. Estaba divino, suave y excesivamente graso, y el chocolate exquisitamente ligero y amargo. Tenía que reconocerlo,
Lynne Morrisey ofrecía una comida excelente,
—¿Se ha atrevido a contestarle a la Reina del hielo?—preguntó Sarah apoyándose en el fregadero.
Min pensó en hacer como si no entendiera, pero, luego contestó.
—No estaba de acuerdo con ella.
—No volverá a esta casa —sentenció Sarah.
—¡Pues claro que no!
—¿Pero vendrás al parque? —preguntó Harry asustado.
—Sí, aunque no sé si tu tío Cal querrá volverme a hablar.
—Parece buena persona. Es reservado. No lo ve mos mucho por aquí —le informó Sarah.
—Ya imagino. Hola —saludó a Cal, que acababa de entrar—. Tu madre tiene un gusto exquisito para el helado. Lo que, ahora que lo pienso, tiene sentido.
Cal asintió con cara inexpresiva.
—¿Estás lista?
Min miró su bol de azúcar y grasa de primera clase y suspiró.
—Sí —dijo, y dejó obedientemente la cuchara. De¬bía de tener muchas ganas de salir de allí.
—¿Puedo comerme tu helado? —preguntó Harry cuando Cal ya estaba en el vestíbulo.
—¿Vomitarás?
—El helado no.
—Come hasta hartarte. Encantada de haberte co¬nocido, Sarah.
—Igualmente. Buena suerte.
Se reunió con Cal en el vestíbulo y éste le abrió la puerta sin decir nada. Casi estaban en las escaleras cuan¬o Bink apareció en la entrada.
—¿Todo bien? —Cal meneó la cabeza y Bink son¬rió a Min—. Me alegro de haberte vuelto a ver —dijo como si realmente lo sintiera. Cal siguió bajando los es¬calones, Bink desapareció y Min lo siguió, segura de que iban a discutir.
Min no se arrepentía de nada. Entró en el coche y se recostó en el asiento de cuero. Bueno, echaría de me¬nos aquel automóvil y la comida, aunque siempre podía ir a Emilio's sin Cal.
Cal subió, dio un portazo y se quedo quieto un momento. Min miró su tenso perfil y pensó: «A ti también te voy a echar de menos».
—¿Qué quería Bink? —preguntó Min intentando posponer lo que viniera a continuación.
—Lo siento mucho —dijo con voz tan tirante que casi se le quiebra.
—¿Qué?
—Mi familia —cerró los ojos y después añadió con rabia—: Normalmente se comportan bien delante de los desconocidos.
—Creo que no soy su tipo. Yo también he sido un poco descortés. Pero lo bueno es que he comido muy bien y no voy a tener que verlos en toda mi vida. ¿Sabes qué helado era? Porque estaba buenísimo, aunque ima¬gino que no sería light.
—¿No te ha importado?
—¿Qué? ¿Que tu madre sea una bruja, tu padre un cabrón y tu hermano un imbécil arrogante? No. ¿Por qué me iba a importar? No es mi familia. Que por cierto ahora me parece mucho mejor, eso te lo debo a ti. Res¬pecto al helado...
Cal la besó con fuerza y ella le puso la mano en la mejilla y le devolvió el beso, dejándose llevar por ese frenesí cálido y brillante que sentía siempre, contenta de poder tocarlo, de tener su mano entre sus rizos, de estar con él. Cuando el beso se deshizo, permaneció a su lado, nada dispuesta a dejarlo ir.
—¿Lo has hecho porque he insultado a tu madre? —preguntó un tanto aturdida—. ¿Porque puedo decir cosas mucho más horribles de ella?
—No, simplemente me gusta besarte —explicó sonriendo y relajándose hasta volver a ser el Cal de siempre.
—Me parece estupendo. Pero deja de hacerlo. Me he alegrado porque pensaba que no querrías volver a verme. Estoy absolutamente segura de que tu familia no te quiere.
—Bueno, parte de ella sí lo hace —aseguró metien¬do la llave para encender el motor.
—Harry —dijo Min recostándose en el asiento e intentando pensar en algo que no fuera besarlo—. Pero sólo porque le di mi helado.
—¿Se ha comido el tuyo y el suyo?
—Sí, ha dicho que el helado no lo vomitaba.
—Te ha mentido. Normalmente lo que le sienta mal es el azúcar —dijo deteniendo el coche.
—¿Volvemos?
—No, por Dios —sacó el móvil y después de avisar a Bink del inminente vómito puso en marcha el coche otra vez.
—Estupendo, he envenenado a su hijo. Ahora tam¬bién me odiará.
—No, conoce muy bien a Harry y las mentiras que dice para comer cosas dulces. Le caes bien.
—Pues no lo parecía.
—No, le caes bien de verdad. Me ha ofrecido cien mil dólares si me caso contigo.
—¿Qué? Creía que no tenía sentido del humor —comentó riéndose.
—Pues lo tiene, pero no estaba bromeando. Puede permitírselo —dijo acelerando para salir de la calle de sus padres—. Gracias a Dios que salimos por fin de aquí.
—Un momento. ¿Realmente te ha ofrecido...?
—Lleva diez años cenando todos los domingos con ellos y es la primera vez que se lo ha pasado bien. Si se tiene en cuenta que mis padres están a mediados de los cincuenta y que posiblemente duren otros treinta años más, le esperan unos mil seiscientos deprimentes domingos. Eso ha calculado. Si añades las cenas de los días de fiesta, cien mil dólares le saldrían a unos sesen¬ta dólares por cena, lo que, a su modo de ver, es una ganga. Por cierto, para mí también lo es, aunque no iría a cenar con ellos los domingos ni por todo el oro del mundo.
—¡Dios bendito!
—Además, Harry ha estado cantando «Hunka, hunka amor ardiente» desde la comida de ayer. Me ha dicho que sólo las caras que han puesto mis padres se merecen los mil pavos.
—Menudo alucine —dijo Min, que había notado cierta alegría en la voz de Cal.
—No ha sido el único esta tarde —siguieron un rato en silencio hasta que Cal le preguntó—: ¿Cómo sa¬bías lo de mi dislexia?
—Roger se lo contó a Bonnie y estuve mirando en Internet. Además, no escribiste la receta del pollo al marsala cuando te lo pedí. Nunca me niegas nada de lo que te pido, así que asumí que era algo que no podías hacer. ¿Estás enfadado?
—No. ¿Es verdad eso de que los disléxicos montan sus propios negocios?
—Sí, todo lo que he dicho era verdad. ¿Cómo sabías lo de las promociones?
—Bonnie se lo dijo a Roger —confesó Cal estacio¬nando el coche. Min miró la tienda que tenían delante, parecía cara y pija—. Ahora vuelvo —dijo Cal. Quince minutos más tarde apareció con una bolsa brillante es¬tampada en oro, que dejó en las rodillas de Min antes de entrar en el coche.
—¿Qué es? —preguntó. Pesaba y decidió mirar su interior. Había unas cajitas blancas selladas con etiquetas doradas.
—El helado que sirve mi madre. Ocho sabores. Te enviaría flores, pero creo que esto es mejor.
—¡Ah! —exclamó Min apretando con fuerza la bol¬sa. No estaba loco. Se sintió aliviada y se dio cuenta de lo poco que le apetecía que desapareciera de su vida. No era un descubrimiento muy agradable.
—¿Va todo bien? —preguntó Cal, y Min forzó una sonrisa.
—No —contestó fingiendo estar exasperada—. ¿Dónde está la cuchara?
Sin quitar la vista de la calle, Cal sacó una cuchari¬lla de plástico del bolsillo de su traje y se la dio.
—Me vuelves loca —dijo Min sin darse cuenta.
—Estupendo, porque yo también estoy loco por ti;
—Como amigos —añadió rápidamente.
—Vale —aceptó Cal meneando la cabeza.
—Que lo sepas —añadió Min abriendo la primera cajita.



—La llama Minnie —dijo Cynthie cuando David des¬colgó el teléfono—. Y le ha regalado su gorra de béisbol.
—Bueno, cuando le dé su anillo de la facultad, me avisas. ¿Puedo pasar un domingo en paz?
—No sé David. ¿Quieres pasar alguno con Min? —preguntó con voz amenazadora.
—Sí, pero no le gustó nada la comida y no contesta a mis llamadas. Mira, Cal siempre deja a sus novias al cabo de dos meses. Creo que lo más inteligente es esperar a que la abandone y luego consolarla.
—¿Y no te importa que se la folle a saco durante esos dos meses?
—¡Eh!Eso...
—No tienes ni idea de lo que un hombre puede ha¬cerle a una mujer en la cama. ¿Qué te hace pensar que podrás complacerla una vez que se haya acostado con él?
—Me porto bien en la cama —replicó David escandalizado.
—Cal lo hace mejor que bien. Yo en tu lugar no esperaría a que ella descubriera más cosas.
—Eso es asqueroso, Cynthie.
—Muy bien. Deja que gane —dijo con un tono de voz similar al de una uña arañando una pizarra.
—No se trata de eso —protestó David y pensó: «El muy cabrón va a ganar».
Iba a perder a Min. En realidad era por culpa de ella. Era el tipo de mujer que pedía que se la valorara y ahora que Calvin Morrisey la colmaba de atención para ganar una apuesta, se sentía halagada. Pensó en lo agra¬decida que le estaría si volvía con ella y le prestaba atención. Era una mujer sencilla. Por eso la impresio-naba Cal. Lo que significaba que su deber era detener¬lo y salvarla.
—¿David? ¿Quieres que vuelva contigo?
—Sí.
—Entonces ve a su apartamento y deslúmhrala. Dile lo importante que es para ti. Llévale un regalo. Le gustan las bolas de nieve, regálale una. Dale una alegría, maldita sea.
—Bola de nieve —repitió David acordándose de haberlas visto en la repisa de la chimenea de Min.
—Y si se niega, olvídate algo allí para poder volver a intentarlo al día siguiente. La corbata o algo así.
—¿Para qué iba a quitármela?
Se produjo un momentáneo silencio.
—¡Tú hazlo! No tengo tiempo para darte lecciones de seducción.
—Vale, iré después de trabajar. La sorprenderé. Le hablaré de matrimonio.
—¿Hablar? ¿Podrías hacer algo más por una vez en tu vida?
—Bueno, no querrás que me porte con rudeza, ¿no?
—¿Lo has intentado alguna vez?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿cómo sabes que no funciona?
—Bueno... Venga, vale. La besaré. Besa muy bien.
—Me alegro. No la cagues, David.
—No lo haré —contestó, pero Cynthie ya había colgado—. Eres una bruja —dijo al auricular.



El lunes por la mañana, Nanette llamó a Min para saber qué tal había ido la cena en casa de los Morrisey.
—Estoy trabajando —dijo Min.
—Sí, pero tu padre no te va a despedir. Jamás se chivaría.
—¡Mamá!
—¿Cómo era la casa? ¿Le caíste bien a su madre?
—Era muy bonita y su madre me odia.
—Min, si va a ser tu suegra...
—No va a serlo.
—...la necesitarás cuando lleguen los malos tiem¬pos. No es que tu abuela me ayudara lo más mínimo...
—¿Cuándo has necesitado ayuda con mi padre?
—Ahora —dijo Nanette, que se sintió provocada.
—Pues ya está muerta. Ya no puede hacer nada por ti. ¿Qué pasa?
—Tiene un lío —aseguró con gran dramatismo tras una larga pausa.
—Imposible! La verdad, mamá, ¿cuándo iba a ha¬cer nada? Sabes dónde está a todas horas del día.
—Son esas comidas —dijo con tono enigmático.
—Come con Beverly, que adora a su marido, y a la que no le gustaría tener que trabajar durante la comida. No tiene ningún lío con ella.
—Qué ingenua eres.
—Y tú estás paranoica. ¿Qué te hace pensar que te está engañando?
—Ya no es el mismo. Casi no hablamos.
—De lo único que hablas tú es de ropa, de la boda y de mi peso. No creo que eso le interese. Inténtalo con el golf y enseguida empezaréis a hablar sin parar.
—Debería haber imaginado que no me compren¬derías. Al fin y al cabo, tú tienes a Calvin.
—Yo no tengo a Calvin —replicó buscando un clip en el cajón—. ¡Ay! —exclamó al pincharse con una grapa.
—No tienes tiempo para pensar en tu madre.
—¡Por todos los santos! Vuelve a pensar en la boda y no hagas ninguna tontería como dejar a papá, porque no está haciendo nada. Pongo a Dios por testigo de que ese hombre es inocente.
—Las hijas siempre son las últimas en enterarse.
—Estás loca —dijo Min antes de colgar y manchar una hoja de papel usado con su huella dactilar.
El teléfono volvió a sonar casi inmediatamente.
—Hola —dijo Diana con voz vacilante.
—¿Qué te pasa? —preguntó manchando más el pa¬pel con la sangre.
—Estoy un poco depre. ¿Te apetece que hagamos algo juntas?
—Claro. ¿Esta noche?
—No puedo. Tengo que ir a cenar con los padres de Greg. ¿Qué tal te fue en casa de Cal?
—Muy mal. ¿Mañana por la noche?
—Tampoco. Susie y Karen me han preparado una fiesta con juguetes sexuales de regalo.
—Siento perdérmela —mintió Min intentando no imaginarse a Calentorra con un vibrador en la mano.
—¿Qué te parece el miércoles? Sé que esa noche sueles salir con Melosa y Pendona, ¿puedo ir yo también?
—Sí —dijo Min intentando no reírse—. Pero si prometes no llamarlas así.
—Liza me mataría —comentó Diana con voz más alegre.
—Pasa antes por aquí. Saldremos y después puedes quedarte a dormir en casa. Será como en los viejos tiempos, excepto que tendremos que armar las cajas de la tar¬ta, acabo de enterarme.
—Vale. Ya me siento mejor. Creo que son los ner¬vios anteriores a la boda.
—Estupendo. ¿No habrás hablado con mamá hace poco?
—Pues sí, vivo con ella.
—Me refiero a hablar. Acaba de llamarme para de¬cirme que papá la está engañando.
—¡Ah! No, no me ha comentado nada —aseguró desconcertada.
—Me alegro —dijo Min antes de convencer a su hermana de que su padre no se acostaba con la secretaria—. No le daría tiempo a comer, ¿te imaginas? —comentó antes de colgar tras prometerse que el miércoles lo pasarían bien.
Después se quedó mirando el teléfono, esperando a que volviese a sonar. Le había dicho a Cal que no la llamase, que quería tener el lunes para ella, pero Cal no era muy bueno en lo de aceptar órdenes, así que a lo mejor... A las cinco le había quedado claro que el muy cabrón sí que había aprendido a aceptarlas. Volvió a casa y antes de abrir la puerta oyó a Elvis. Cuando entró, vio al gato tumbado en el respaldo del sofá con las orejas pegadas a un altavoz.
—Ya lo has vuelto a encender, ¿verdad? —le preguntó al tiempo que se acercaba para acariciarlo y compensarle por haberlo dejado solo todo el día, algo que no parecía molestarle mucho. Después se preparó unos espagueti y dio comienzo a la tranquila velada que había planeado pasar con su gato, atenta por si llamaban a la puerta. Cuando alguien llamó se sintió enfadada y ale¬gre al mismo tiempo. Vale, Cal no era muy bueno en lo de hacer caso, eso no le parecía bien, pero se alegraba de que hubiera ido a verla.
Pero cuando abrió no fue a Cal al que vio, sino a David, y sus sentimientos se redujeron a uno sólo, enfado.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo —entró y se quedó para¬do al ver lo que había en un extremo del sofá—. ¡Dios mío! ¿Qué es eso?
—Es Elvis —dijo cerrando la puerta—. Es mi gato. Me encanta. Si dices algo malo de él, eres hombre muerto.
—He estado pensando en nosotros —dijo sentán¬dose en el sofá tan lejos de Elvis como pudo y aflojándo¬se la corbata.
—No existe un nosotros ni nunca lo ha habido. Lo mejor que hiciste conmigo fue dejarme. Te estaría muy agradecida, si no fuera porque todavía estoy enfadada.
—Lo sé, lo sé y lo merezco —David se soltó el nu¬do de la corbata y se quedó más desabrochado de lo que recordaba haberlo visto jamás. Dio una palmadita en el sofá—. Ven aquí y deja que te cuente.
—Que sea rápido —le pidió sentándose a su la¬do—. Elvis y yo tenemos una larga velada por delante —el gato se levantó al oír su nombre, fue a sentarse junto a ella bufando suavemente y Min le acarició de¬trás de las orejas—. Tranquilo, tigre, ya se va.
—Quiero casarme contigo —declaró David acer¬cándose a ella sin quitarle el ojo al gato.
Elvis le clavó una uña en la manga.
—¡Mierda! ¿Por qué lo ha hecho? —preguntó recu¬lando.
—Elvis no quiere casarse. Creo que Priscila le rom¬pió el corazón. Siempre la quiso, ya sabes.
—No tiene ninguna gracia.
—¿Y quién se está riendo?
—Mira, hablo en serio —Buscó en el bolsillo y sacó un paquete—. Para que veas lo serio que hablo.
—No será un anillo, ¿verdad?
—No —dijo quitándole el papel. Dentro había una cara bola de nieve de unos siete centímetros con la torre Eiffel dentro.
—¿La torre Eiffel? —«este tío no me conoce nada».
—Es donde pasaremos la luna de miel —aseguró acercándose—. En París. Tendremos una vida maravi¬llosa. Y no me refiero a tener familia enseguida, pode-mos...
—No quiero tener hijos —dijo Min mirando la bo¬la—. David, no es el tipo de...
—Por supuesto que quieres tener hijos. Has nacido para ser madre.
Min dejó la bola en la mesa y miró al gato.
—Elvis, hay dos tipos de hombre. Uno te dice que eres un ángel depravado y el otro que has nacido para ser madre. ¿A cuál elegirías?
—Bueno, eres mucho más que eso —empezó a de¬cir, pero se calló cuando el gato saltó sobre él para fro¬tarse contra su manga y dejarle un rastro de pelos—. Me está ensuciando.
—Me parece justo. Ese traje tan caro sólo tiene pe¬lusas de lujo.
—Sé que estás viendo a Cal Morrisey.
—¿Sí? —preguntó pensando: «Miserable hijo de puta, todavía sigues queriendo ganar la apuesta». Para ajustarle las cuentas sólo tendría que acostarse con Cal. Aquel pensamiento la excitó mucho más de lo que es¬peraba.
—No deberías volver a verlo nunca más —dijo muy serio.
El gato saltó encima de la mesa y empujó con la na¬riz la bola con la suficiente fuerza como para que cayera al suelo de piedra de la chimenea y se rompiera.
—¡Elvis! —exclamó Min levantándose del sofá pa¬ra espantarlo—. No te acerques ahí que está lleno de cristales.
—Lo ha hecho a propósito.
—Si, David, el gato está conspirando contra ti —di¬jo Min apartando la base de los cristales rotos para de¬jarla encima de la mesa. Después fue a buscar la basura.
—Ese gato...
—¿Sí? —inquirió Min.
—Nada. No sabes lo que busca Cal Morrisey.
—Sí. Está intentando llevarme a la cama.
—Sí, pero hay algo más.
—Lo sé —dijo recogiendo el trozo de cristal más grande y mirando el resto—. Pásame esa revista que hay en la mesa.
—No lo conoces. Es capaz de cualquier cosa —le advirtió mientras Min arrancaba la portada.
—Esa es la impresión que me ha dado —dijo Min poniéndola en el suelo y utilizando el resto de la revista como escoba. Echó los cristales a la basura y después vio que todavía quedaba un trozo—. Mira, David, no tienes por qué preocuparte por mí. No estoy enamorada de Cal Mor... ¡Ay! —exclamó levantando una mano que empezaba a gotear sangre—. ¡Maldita sea! —cogió el último cristal, lo tiró al cubo y fue a la cocina a limpiarse.
—¿Me estás escuchando?
—No —contestó mientras abría el grifo—. Me he cortado. Lárgate. No quiero casarme contigo —cerró el grifo, se puso una servilleta de papel alrededor y volvió para librarse de él.
—Min, no me tomas en serio.
—Claro que no —dijo abriendo la puerta de la ca¬lle—. Eres majo. Bueno, la verdad es que no. ¡Largo!
—No, me quedo —replicó con voz seria y profunda.
Entonces la agarró y la besó con furia.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:19 pm

Capítulo 11


David sujetaba la cabeza de Min con demasiada fuerza como para que ésta pudiera zafarse, así que echó la mano hacia atrás como para darle una bofetada y él se apartó gritando antes de que pudiera dársela,
Elvis bufaba con las uñas clavadas en la pantorrilla de David.
Min se limpió la boca al tiempo que David le daba una patada al gato.
—Eso ha sido una ordinariez. Vete a buscar una mu¬jer que encaje en tu idea de lo que es una buena hembra y cásate con ella. Tengo un gato que ataca y voy a sacar a la bruja que llevo dentro, así que aquí no sobrevivirías.
—Lo siento. Te quiero mucho.
—Ya. Vuélvelo a hacer y te rocío con el spray de defensa personal. Ahora, ¡lárgate!
—Prométeme que no volverás a ver a Cal Morrisey —le pidió y Elvis empezó a bufar.
—No te prometo nada. Vete o pediré una orden de alejamiento —le amenazó indicando hacia la puerta.
—Al menos piénsalo.
—No —dijo empujándolo fuera. Cuando cerró la puerta miró a Elvis, que estaba estirado en el respaldo del sofá con la cabeza cerca del aparato de música que tanto amaba. Dio con la pata en el botón hasta que con¬siguió que sonara Heaitbreak Hotel.
—Baja eso —le pidió y después se dio cuenta de que estaba hablando con un gato. Se acercó y bajó el volumen—. Elvis, qué cosas más raras haces —Elvis le dio al botón hasta que se oyó Love Me Tender—. Bueno, podía haber sido peor. Al menos no te gusta la música de las películas de Julia Roberts.
El gato empezó a mover el rabo al ritmo de la música, Min se dio por vencida y fue a buscar una tirita.



Cal tampoco llamó el martes y Min se estaba felici¬tando a sí misma por haberse librado de él, al mismo tiempo que se sentía fatal, cuando llamaron a la puerta. Le dio una vuelta al pollo al marsala y fue a abrir con el spray de defensa personal en la mano. Tras cuarenta y ocho horas sin llamadas esperaba que fuera un atracador para poder descargar la tensión. Sin embargo, en la puerta estaba Cal, con la habitual bolsa de Emilio's y otra mas pequeña. Tenía aspecto de estar muy cansado. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado, la corbata colgando y las mangas subidas. Aun despeinado y desali¬ñado, era la cosa más sexy que había visto en su vida. El corazón le dio un vuelco por lo malditamente contenta que estaba de verlo.
—Hola —saludó, y se fijó en el spray—. Sólo tie¬nes que decir que no —Min abrió la puerta, Cal entró y le dio un beso en la frente. Min se acercó a él porque le pareció corpulento y estaba muy contenta de verlo.
Después, guiada por un impulso le dio un suave beso ti¬po «Hola, ¿qué tal estás?», que le pareció lo más normal en ese momento.
Cuando se apartó, Cal pareció sorprendido.
—¿Qué pasa? Ha sido un beso de amiga.
Cal meneó la cabeza y cerró la puerta con el hombro.
—Ha sido... muy bonito. Toma —dijo dándole la bolsa pequeña—. Te estoy cortejando. Te traigo regalos.
—¿Tan mal beso?
—No, no podrías besar mal. Sólo que es la prime¬ra vez.
—Venga ya. Llevamos días besándonos.
—Yo llevo días besándote —aclaró Cal metiendo la chaqueta en el armario antes de dejar la bolsa de Emilio's en la mesa—. Ha sido la primera vez que me has besado tú. ¿Qué huele tan bien?
—Pollo al marsala. Creo que ya le he pillado el punto. ¿A qué te refieres con que es la primera vez? —preguntó antes de callarse y meditarlo. Tenía razón, siempre era él el que la besaba.
—No te preocupes.
Min dejó la bolsa y lo besó dándole todo lo que te¬nía en su interior. La sacudida que sintió la dejó aturdida y se agarró a su camisa para no perder el equilibrio. Cal la sujetó y le devolvió el beso hasta dejarla excitada y temblorosa.
—Con ése ya van dos. Y no es que los esté contando.
—Debería haber habido más —dijo Min intentan¬do respirar con normalidad—. Es decir, no vamos a volver a hacerlo, pero no debería haberte dejado hacer todo el trabajo.
—No me ha importado —confesó acercándola más a él. Min sabía que debía apartarse, pero no quiso hacer¬lo porque se sentía maravillosamente unida a él—. Aun¬que esto me gusta.
—No quiero que te hagas una idea equivocada —di¬jo Min apoyando la frente en su pecho.
—¿Y qué idea es ésa?
—Que me gustas más —contestó al notar que había vuelto a besarla en la cabeza.
—Vale. Sólo como amigos. Bésame otra vez.
—Si me lo pides no vale.
—Siempre vale —dijo Cal antes de besarla. Min sintió que se dejaba llevar hasta perder la noción del tiempo y olvidarse de todo lo que la rodeaba, excepto de lo que sentía abrazada a él—. ¿Me estoy haciendo la idea equivocada?
—No —dijo Min apartándose—. No lo hagas. Ol¬vida todo lo que ha pasado. Tengo mi spray —comentó enseñándoselo.
—Vale —aceptó Cal dejándola ir para sentarse en el sofá—. Elvis, viejo amigo, ¿qué tal estás? —le preguntó acariciándole detrás de las orejas. Min estuvo a punto de gritarle «¡No lo hagas!» al acordarse de lo que le había pasado a David, pero el gato bajó la cabeza para que Cal pudiera continuar y ronroneó agradecido—. Es un gato muy majo.
—Ya —dijo Min intentando calmar la velocidad de su corazón—. No sé cómo he podido vivir sin él —cogió la bolsa y se sentó a su lado—. Ya me han hablado de esto. Me vas a dar algo que ni siquiera sabía que necesitaba —aseguró abriendo la bolsa.
—¿Qué quieres decir con que te han hablado? —preguntó, pero Min había sacado una caja de zapatos y no le prestó atención.
—Tengo un gusto muy personal para los zapatos. Las posibilidades de que te equivoques son muy grandes.
—Siempre camino sobre el filo.
Min abrió la caja. En su interior había unas sanda¬lias con tacón francés, pero de piel blanca.
—¿Qué demonios? —exclamó, pero cuando las sa¬có se fijó en las caras de conejo que había en su peludo empeine—. ¿Me has regalado unas zapatillas con cone—jitos? —preguntó sujetándolas en la mano mientras los conejitos la miraban con cara bobalicona y dulce—. ¿Unas zapatillas abiertas con conejitos? Son increíbles.
—Ya. También hay música —dijo mientras acariciaba el estómago del gato.
—Deja que adivine, Elvis Costello —aventuró sa¬cando un CD—. ¡Elvis Presley! Sus mejores cincuenta canciones de amor. ¿Me has comprado música de Elvis Presley?
—Es lo que te gusta, ¿no? ¿Para qué iba a regalarte lo que me gusta a mí?
—Chico, tú sí que sabes hacer las cosas. Me encan¬tan estas zapatillas.
—Todas las mujeres necesitan unas con conejitos. Sobre todo las que tienen los pies como tú —aseguró cogiéndole uno y quitándole el calcetín. Min movió los dedos con las uñas pintadas de rosa—. Unos pies muy sexys, Minnie —confesó pasándole un dedo por la planta.
—Me haces cosquillas —protestó intentando retirar¬lo, pero Cal le calzó la zapatilla antes de que lo lograra.
Min cerró los ojos y suspiró al sentir la piel—. Qué agradable —dijo mirándose el pie y moviendo los dedos en la boca del conejo—. Son perfectas.
—Ya —dijo Cal soltándole el pie.
—Eres un genio. Esperaré a que te vayas para po¬ner el CD y así no sufrirás —dijo mientras se quitaba el otro calcetín.
—Me gusta Elvis —dijo Cal, pero el gato había ba¬jado por el brazo del sofá y empujaba algo que había en la máquina de coser.
—¡Eh! —exclamó Cal alargando la mano para co¬gerlo—. Cuidado, gato. ¿Por qué tienes una torre Eiffel?
—Anoche me regalaron una bola de nieve, pero El¬vis la rompió —le explicó mientras miraba cómo movía los dedos de los pies en las bocas de los conejitos.
—Hizo bien —Cal le pasó la torre y Min la tiró a la basura—. ¿Y quién fue el zoquete que te regaló una bola en la que no había gente dentro? ¿Greg?
—No —contestó alegremente al vislumbrar que podía haber algún problema—. ¿Sabes qué? Creo que el pollo me ha salido bien —dijo poniéndose de pie. Las zapatillas encajaban perfectamente—. Me quedan de maravilla.
—Minerva, me estás ocultando algo.
—Muchas cosas —dijo antes de dirigirse hacia la cocina, fijándose en el ruido que hacían las zapatillas en el suelo de madera—. Puede que no me las quite nunca.
—¿El gato sabe encender el aparato de música? —preguntó Cal cuando comenzó a sonar Love Me Tender.
—Sabe cuál es el botón de encendido y el de replay, por desgracia. Anoche oí esa canción cuatro veces hasta que saqué el CD —dio vueltas al pollo otra vez, lo pro¬bó y pensó: «Creo que me ha salido bien». Sonrió y vol¬vió a probarlo para asegurarse—. Cal, creo que deberías catar el pollo.
—Ahora voy, pero antes dime de quién es esto.
Min se dio la vuelta y vio que sujetaba la corbata de David.
—¿Dónde lo has encontrado?
—Elvis estaba jugando con ella.
—No te importa de quién era —dijo tirándola a la basura.
—Ya.
—¿No estarás celoso?
—Pues muy a mí pesar sí que lo estoy —confesó cruzándose de brazos—. De acuerdo, no es de mi incumbencia.
—Eso es.
—¿De quién era? —Min se apoyó en la cocina y se dio cuenta de que se alegraba de que estuviera celoso. «Eres un desastre», se dijo—. Minnie.
—De mi ex novio. Pasó por aquí y me pidió que nos casáramos.
—¿Sí? —inquirió Cal con calma, pero con la man¬díbula tensa.
—Sí —contestó Min, que se estaba divirtiendo—. Trajo esa bola porque quería ir de viaje de novios a París.
—Qué detalle —dijo Cal conteniendo la indigacón.
—No tanto. No quiero ir a París de viaje de novios.
—Se lo dijiste.
—No, le dije que no quiero casarme y lo eché —le aclaró Min, a la que se le estaba agotando la paciencia.
—¡Aja!
—Ya está. Se ha ido.
—No.
—Te aseguro que...
—Dejó la corbata.
—¿Y?
—Lo hizo para poder volver.
—Eso es... muy posible.
—Dame la corbata.
—¿Para qué?—preguntó exasperada.
—Para mandársela mañana por mensajero a ese hijo de puta. ¿Quién es?
—¿Te has vuelto loco?
—Sí —aseguró cerrando los ojos.
—Muy bien. El primer paso para solucionar un problema es admitir que lo tienes.
—No vuelvas a verlo —dijo Cal haciendo que sonara como una petición y no como una orden.
—No lo haré. Ni siquiera me gustaba mucho.
—¿Me dejas que le devuelva la corbata, por favor? —le pidió estirando la mano.
—Toma, se llama David Fisk. Tiene una empresa de soft... —se calló al ver la expresión de Cal—. ¿Qué pasa?
—¿David Fisk es tu ex novio? —preguntó, y Min se acordó de la apuesta.
—Sí. ¿Lo conoces?
—Sí. Es... —Cal hizo una pausa y ella esperó su respuesta—. Es un cliente.
—¡Ah! —dijo Min y pensó: «No me va a decir nada de la apuesta, maldita sea».
—Ya se la haré llegar —dijo arrugando la corbata—. ¿Qué tal está el pollo?
—Creo que me ha salido muy bien —dijo cogiendo una cuchara del escurridor para ofrecerle un poco de sal¬sa. Cal la probó y Min esperó, preocupada por su opinión.
—Está muy buena —dijo mirándola sorprendido—. Creo que es mejor que la de Emilio's. ¿Has hecho algo diferente?
—Sí, pero ése es mi secreto. Tú tienes los tuyos y yo los míos.
—No los tengo.
—Vamos a cenar —le invitó mientras volvía a sonar Love Me Tender.
Hablaron durante la cena y mientras fregaban los platos, y aunque Min procuró no disfrutar y acordarse de la apuesta, estaba tan a gusto con él que no lo consi-guió. Había logrado introducirse en su vida, debajo de su piel y era feliz a pesar de que sabía que él lo tenía todo planeado. «Yo no tengo ningún plan», pensó y se alegró tanto que se dio por vencida, sonrió y cuando se fue le dio un beso de despedida sin reservas.
—Minnie, respecto a esa historia de ser amigos... —empezó a decir, pero ella lo empujó fuera y cerró la puerta para no decirle: «Olvídalo y hazme el amor».
Porque aquello, pensó mientras volvía con Elvis, no estaría bien.



El miércoles por la tarde, a las siete, David estaba en mangas de camisa intentando encontrar dos envíos que se habían perdido y pensando en cómo podría volver a ver a Min, cuando la puerta de su despacho se abrió y apareció Cynthie con un traje a medida, rosa en esta ocasión.
—Ah, eres tú, qué bien —la saludó con voz inexpre¬siva.
—Siguen saliendo. Se suponía que ibas a hacer algo.
—Y lo hice, pero me dijo que no. Y dejé la corbata, pero Cal me la ha devuelto por mensajero, así que eso tampoco ha funcionado. A pesar de todo, me dijo que no pensaba acostarse con él, así que si esperamos...
—Bueno, pues a ver si te esperabas ésta. Cal la llevó a casa de sus padres para que conociera a su madre.
—¿Qué? —exclamó David incorporándose en la si¬lla sintiendo un escalofrío en la espalda.
—A mí me costó siete meses y ella lo ha conseguido en tres semanas. Lo estoy perdiendo.
—Su madre —repitió David al tiempo que pensaba: «El muy cabrón está dispuesto a hacer lo que sea por ga¬nar la apuesta»—. ¡Joder! —David la miró, sorprendido de haberlo exclamado en voz alta—. Lo siento.
—No, no lo sientes, estás furioso.
—Sí, lo estoy —pensó en Cal Morrisey y se enfure¬ció aún más. Alguien debería pararle los pies a los tipos como él—. ¿Y qué se supone que debo hacer?
—Luchar por ella. Es tu novia, consigue que vuelva contigo.
—Ya lo he intentado, pero le gusta Cal —aseguró dando rienda suelta a su indignación.
—Eres el hijo de puta más pasivo que he visto en mi vida. No me extraña que no se acostase contigo. Seguramente ni se lo pedirías.
—Muchas gracias. Me parece fantástico viniendo de alguien a quien dejaron después de tener que insistir para acostarse con él durante nueve meses. No creo que lo de ser agresiva te funcionase, cariño. Puede que seas tú la que tiene problemas de atracción.
—Mira, tengo un cuerpo perfecto y soy muy buena en la cama.
—Lo dudo. No te molestes en abrirte la chaqueta otra vez. Ya me sé el cuento.
—¡Cabrón!
—¡Que te den, Cynthie! ¿Qué esperabas? Entras aquí gritándome e insultándome porque tu ex ha llevado a la mujer que quiero a conocer a su madre. Si quieres poner fin a esa historia, haz que vuelva contigo. Desabró¬chate la chaqueta delante de él —se calló y cerró los ojos—. Mira, estoy cansado, deprimido y hace tres meses que no me acuesto con nadie. Devuélvele tu cuerpo per¬fecto al tipo que tenía unas perfectas relaciones sexuales contigo. Tengo cosas que hacer.
Como Cynthie no decía nada, David abrió los ojos. Cynthie lo miraba con el entrecejo fruncido.
—No se acuestan.
—Ya lo sé. Así que nadie está consiguiendo nada. Estupendo. Lárgate.
—Lo sé por la forma en que se comportan cuando están juntos. Acabo de estar en Al Azar y Min estaba con Cal. Los he estado observando. No se han acostado. Se sabe porque la gente se toca de otra forma cuando han follado, se relajan, se... No lo han hecho. Todavía podemos conseguir que vuelvan. Conozco un buen afro-disíaco.
—Sí, desabrocharte la chaqueta.
—No —dijo Cynthie, que estaba tan cerca de él que casi le tocaba—. El dolor. Si la alegría no funciona, inténtalo con el dolor. Los celos. Es un impulso fisioló¬gico muy poderoso. Van a ir a Emilio's, se lo he oído de¬cir. Nosotros vamos a ir también.
—Cynthie no... —empezó a decir mientras retro¬cedía y tropezaba con la mesa.
—Pero antes vamos a follar.
David se quedó de piedra.
—Yo también llevo tres meses sin acostarme con nadie. Así que vamos a echar un polvo increíble, potente y sudoroso aquí mismo. Después iremos a cenar y Cal lo notará. La gente tiene otro aspecto después de practicar el sexo.
—Gracias, pero no creo que... —empezó a decir tragando saliva. Cynthie se desabrochó la chaqueta y dejó ver un brillante sujetador de color rosa tan transpa-rente que seguro que estaba prohibido en varios esta¬dos—... consigamos nada aparte de sentirnos como unos idiotas... —Cynthie dejó caer la chaqueta y abrió la cre¬mallera de la falda—... después de la excitación física...
La falda se deslizó por sus extraordinarias piernas y David contempló el cuerpo más perfecto que había visto en su vida.
—No me vas a rechazar —dijo Cynthie acercándo¬se a él.
—Creo que no —contestó David dejándose arras¬trar hasta el suelo.



Cuando entraron en Al Azar, Min notó que se sen¬tía extraña en compañía de Diana. Como dos mundos que colisionan. A Diana le pareció nuevo todo lo que vio a su alrededor, sonrió encantada a Shanna, rió con lo que contaba Tony, miró a Cal con aprobación y preguntó dónde estaba Liza, como si deseara que todos los protagonistas de la vida de su hermana estuvieran presentes.
—Está trabajando —le explicó Tony—. Está re¬suelta a modernizar el turno de cenas de Emilio's y dejar las comidas para más adelante. No la he visto desde que empezó.
—Deberíamos ir allí, así podríamos verla —propu¬so Roger.
—No me gustaría... —empezó a decir Tony, pero Min le interrumpió.
—Me parece una buena idea. Tengo hambre y Dia¬na no conoce el restaurante.
—Esta gente es muy maja. No sabía que tuvieras unos amigos tan geniales —le comentó Diana a Min mientras caminaban las dos manzanas para ir a cenar.
—Bueno, no es un grupo en realidad —dijo Min, pero se dio cuenta de que su hermana tenía razón, que se sentía igual de relajada con Tony que con Cal y que ha-bía aceptado a Roger como el hermano político hono¬rífico que Bonnie iba a hacer de él.
Liza los recibió en la puerta con un vestido negro cortito que parecía haberle costado un millón de dólares, pero por el que seguramente habría pagado diez en algu¬na tienda de segunda mano.
—Bienvenidos a Emilio's —los saludó guiñándole un ojo a Diana—. Te va a encantar —le dijo a ésta.
—No sé —comentó Cal en voz baja detrás de Min y Diana—. Me han comentado que sirve una pendona.
—Se suponía que no se lo ibas a decir a nadie —protestó Diana dándole un codazo a Min, Cal sonrió y Dia¬na se echó a reír.
—Qué encanto —dijo Min.
Después de que Liza les acompañara a una mesa al lado de la ventana, apareció Brian, impecablemente vestido.
—Hola, me llamo Brian y esta noche seré su ca¬marero.
—¿Brian? —preguntó Cal.
—Señor Morrisey —saludó Brian con mirada feroz.
—No dejes que los clientes te intimiden —le acon¬sejó Liza poniéndole una mano en el brazo—. Recuerda que eres mejor que ellos.
—Sí, Liza —dijo Brian exudando adoración por to¬dos los poros de su cuerpo.
—¡Por Dios! —exclamó Cal.
—Aunque con el señor Morrisey tienes permiso pa¬ra ser maleducado —le autorizó.
—Estupendo —aceptó dándole un golpecito en la nuca a Cal con el menú, lo que provocó la risa de Diana.
—¿Qué sitio es éste? —preguntó ésta mirando a su alrededor.
—Nuestra casa —dijo Cal, y Min asintió viendo su vi¬da a través de los ojos de Diana. Una buena vida que se ha¬bía complicado al aparecer Cal. «¿Qué haré cuando se vaya?», se preguntó. El pensamiento de que había dejado ir demasiado lejos las cosas y que estaba en peligro la depri¬mió. Permaneció callada la mayor parte de la cena y se dedicó a escuchar la conversación de Diana con todo el mundo y a observar a Cal, que se había subido las mangas y se había aflojado la corbata, como si estuviera en su casa, sin dejar de sonreírle. Allí sentado emanaba fortaleza, no tenía la moderna delgadez de David ni la evidente tonificación de músculos en el gimnasio de Greg, sino que era cor¬pulento, fuerte, auténtico e infinitamente deseable. «No me costaría nada decirle que sí antes de que se vaya», pen¬só notando que la invadía una cálida sensación y, a pesar de que sabía que nunca lo haría, se permitió tener una fantasía en la que se dejaba caer de espaldas con él encima, sus ma¬nos sujetándola con firmeza y ella abrazando su corpulen¬to cuerpo. Aquel momento visceral hizo que cerrara los ojos y se mordiera el labio. Cuando se sacó de la cabeza aquel pensamiento, Cal la estaba mirando, pero no sonreía.
—Dime en qué estás pensando, Minerva —la animó.
—Ni hablar, Calvin —contestó recobrando la compostura.
—¡Hola, hola! —exclamó Tony y todos se volvieron hacia donde dirigía la mirada.
David y Cynthie habían entrado muy eufóricos. Brian señaló hacia una mesa con gesto de profesional y David le puso la mano en la cintura a Cynthie para guiarla allí sin que a ésta pareciera importarle.
—¿Por qué no se ponen unas camisetas con la frase «Lo hemos hecho»? —comentó Tony.
—Calla, no estropees este maravilloso momento —le pidió Cal.
—¿No te importa? —le preguntó Min.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Bueno, ella...—comenzó a decir Min sin acabar la frase.
—Es agua pasada.
—Vale —aceptó Min intentando con todas sus fuerzas que aquello no la alegrara.
—¿Qué me dices de David?
—No llega ni a eso. ¡Ese tipo me regaló una bola de nieve con la torre Eiffel, por Dios!
—¿Les enviamos una buena botella de vino?
—¿Por qué? —preguntó Tony.
—Para que se emborrachen y vuelvan a la cama —Cal notó que Liza le ponía mala cara y le pregun¬tó—: ¿Y ahora qué pasa?
—Nada, solamente estaba pensando.
—Pues piensa en otra persona, en Tony por ejemplo.
—A Tony lo entiendo muy bien, pero tú eres un misterio —dijo Liza.
—Yo también soy un misterio —replicó Tony ofen¬dido.
—¿Quieres follar esta noche? —dijo Liza.
—Sí —respondió Tony.
—No tienes ningún misterio —dijo Liza, y se vol¬vió hacia Cal—. ¿Tienes alguna debilidad?
—Min—contestó éste mirándola.
—Estaba intentando recordar si alguna vez te he visto con la guardia baja —dijo Liza cerrando los ojos enfadada.
—Bueno, Bentley me dio con una pelota en la cabeza.
—Ya. Cantar. No eres tímido, pero no cantas nun¬ca. ¿Por qué?
—Tengo una voz pésima.
—¿Es verdad? —le preguntó Liza a Tony.
—No, deja de acosarlo.
—Tú preocúpate de tus amigos que yo me preocu¬paré de los míos —replicó antes de volverse otra vez ha¬cia Cal—. ¿Por qué no cantas?
—Miedo escénico. No puedo actuar en público. Demasiada inhibición.
—¿Tú? Jamás lo habría imaginado. ¿Cómo conseguiría que cantases? —preguntó cruzando los brazos.
—Con una pistola en la cabeza.
—¡Liza! ¿A qué viene todo esto? —preguntó Min al darse cuenta de que el brillo en los ojos de su amiga no presagiaba nada bueno para ninguno de ellos.
—Te propongo un trato —dijo Liza inclinándose hacia Cal por la espalda para decirle algo al oído—. Si cantas ahora, aquí, delante de todo el mundo...
—No.
—...no volveré a decir ni hacer nada que te separe de Min.
—¿Mantiene su palabra? —le preguntó a Min des¬pués de meditar un momento.
—Pues claro. Lo que no significa que...
—¿Qué te gustaría oír? —le preguntó Cal a Liza.
—Elige tú. Sólo eso ya será interesante de por sí.
—¿Por qué lo haces? —le reprochó Min a su amiga.
—Porque hasta ahora lo ha tenido todo muy fácil. Quiero saber si es capaz de perder la compostura por ti.
—No todo ha sido fácil, Liza —declaró Cal.
—No tienes por qué hacerlo. Lo digo en serio —ase¬guró Min.
—¿Por qué? Los hombres llevan siglos cantándoles a las mujeres. Es como regalarles joyas —dijo Cal.
—Pues cómprame un llavero.
—Presta atención, Minnie, porque no volverás a verme hacer esto.
—¡Cal! —exclamó, pero ya había empezado a cantar Love Me Tender con sonrisa sarcástica mientras exageraba la canción con voz profunda en una buena imitación de Elvis.
—¡Elvis no! —protestó Tony y Roger meneó la cabeza, pero Min se quedó muda de asombro porque tenía una voz hermosa y porque tras la primera estrofa se le borró la sonrisa y empezó a cantar en serio. El resto de ruidos deja ron de oírse y sólo quedaron ellos dos mientras Cal la miraba a los ojos y le pedía que lo amara. Min se sintió desconcertada porque lo decía de verdad, a pesar de lo que estuviera pasando entre ellos, aquello era auténtico. Inclu¬so aunque sólo fuera en aquel momento, y lo era, era ver¬dad, la amaba, y aquello era mejor de lo que jamás habría soñado. Sintió que se le partía el corazón, que le oprimía dentro del pecho porque lo amaba tanto que no podía so¬portarlo. «No me hagas esto —pensó mientras cantaba—. No me partas el corazón, no lo merezco». Cuando acabó, perfectamente afinado con un «Te quiero y siempre lo haré» el silencio a su alrededor era total. «¡Dios mío!»—, pensó, lo miró a los ojos y vio la misma sorpresa, pesar y confusión que sentía ella y pensó: «No era él, es esta situación lo que nos atormenta, pero no lo decía en serio».
—¡Guau! —exclamó Diana.
—Me has impresionado —confesó Liza mientras Min cogía su bolso y salía del restaurante.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:20 pm

Capítulo 12


Min dejó que la puerta se cerrara de golpe y salió a la acera, cegada por la necesidad de salvarse. Bajó a la calzada, sonó un claxon y alguien le gritó. Se volvió y chocó con Cal.
—Lo siento—se excusó reteniéndola—. Sea lo que sea lo que he hecho...
—Vas a hacerme daño —protestó Min con voz entrecortada.
—¿Qué? —preguntó extrañado—. No, jamás...
—Vas a romperme el corazón —aseguró Min, cuya respiración era más bien un gemido—. Te amo, pero me abandonarás como haces siempre y no creo que logre recuperarme. Si me dejo llevar y te amo será pa¬ra siempre, porque es un sentimiento muy profundo. Lo poco que me he permitido amarte ya me está ha-ciendo daño.
—Min, jamás te haré daño.
—A propósito no. Pero tienes derecho a irte. Nun¬ca has prometido quedarte. Siempre es igual. Eres ma¬ravilloso, nos conoces, te amamos y nos dejas. Yo no puedo hacerlo. Puedo decirme que David era un idiota que no me conocía, pero tú sí que me conoces.
—Espera, Min —le pidió intentando rodearla con un brazo.
—No —replicó ésta zafándose—. En toda mi vida nadie me había conocido como tú. Nadie me había he¬cho sentir tan bien como tú. Me conoces, lo sabes todo de mí y cuando me dejes, abandonarás a la auténtica Min, la que nadie ha visto jamás, la que tú rechazarás.
—¿Qué te hace pensar que te dejaré? —preguntó con voz cortante.
—Es lo que sueles hacer. Siempre te vas. ¿Me vas a prometer aquí y ahora que te quedarás conmigo para siempre?
—Sólo te conozco hace tres semanas. Sería un poco impulsivo, ¿no crees?
—Sí. Pero entonces, ¿a qué ha venido esa presión? ¿Por qué los zapatos perfectos y la canción perfecta y...? —meneó la cabeza con impotencia—. Te dije que deberíamos ser sólo amigos. Te lo dije.
—Tú quieres algo más. Es la cosa más tonta que me has dicho nunca.
—Mira, no estoy lista para alguien como tú. No es¬toy preparada. Cuando estás cerca me quedo sin defen¬sas. Hago planes en serio y después te beso porque estoy loca por ti. Y no pasaría nada si no me fuera a enamorar de ti, pero esa posibilidad siempre está presente y lo sa¬bes, sabes que me has conquistado —se calló porque empezaba a parecer una histérica.
—Muy bien —dijo Cal apretando los dientes. —Pue¬de que...
—Tengo que irme a casa.
—Muy bien —repitió Cal—. Podemos...
—No. Diana saldrá enseguida y me acompañará. Nos acompañaremos la una a la otra.
—Min.
—No me esperaba esa canción ni la forma en que la has cantado.
—Ni yo —aseguró Cal muy serio.
—Ya. Te lo he notado en los ojos. No lo sentías.
—Pues claro que sí —replicó Cal en el momento en el que Diana apareció en la calle—. No sabía que era eso lo que sentía hasta que la he cantado. Maldito Elvis y sus canciones de amor.
—Eso es lo que tiene Elvis —aseguró Min, que empezaba a perder la paciencia—. Ríete todo lo que quieras de los plátanos fritos y los trajes con lentejuelas, pero ja-más mentía cuando cantaba, siempre sentía lo que decía. No tenía secretos.
—¿Qué secretos?
—Ni tampoco decía mentiras. Así que la próxima vez que quieras engañar a alguien no lo hagas utilizando a Elvis.
Se dio la vuelta y echó a andar por la calle con el sonido de sus tacones sobre la acera como música de fondo.
—Lo único que quería era un poco de paz y tranquilidad. Pero no, tenía que conquistarte —gritó a su espalda.
Diana corrió para ponerse a su lado.
—¿Por qué estás enfadada? —le preguntó cuando la alcanzó—. Ha sido la cosa más bonita que he oído en mi vida.
—Ya —dijo Min acelerando el paso.
—¿Qué pasa?
—Te lo contaré si me dices qué pasa entre Greg y tú.
—Tú primero —pidió Diana mordiéndose el labio.
—La noche que ligó conmigo lo hizo porque David se apostó diez dólares a que no conseguía llevarme a la cama antes de un mes.
—No, él no haría algo así.
—Lo oí, Diana. Lo hizo. Y sé que ahora las cosas han cambiado, pero sólo lo conozco hace tres semanas y me desoriento cuando está a mi lado, y es una apuesta demasiado fuerte. Abandona a todas las mujeres, Greg tenía razón en eso. No quiero ponerme en una situación en la que pueda morir si me deja, porque lo hará —Min notó que se le saltaban las lágrimas y parpadeó—. Y va el hijo de puta y me empieza a cantar así y yo... Es...
—Peligroso. Por eso elegí a Greg. Porque sabía que jamás sería peligroso.
—¿Qué os ha pasado?
—Creo que ya no quiere casarse —confesó, y Min notó que estaba a punto de echarse a llorar—. He habla¬do con él y le he dicho que si no está preparado podemos posponerlo, pero sigue diciendo que sí lo está. Yo creo que lo hace porque no soportaría decepcionar a todo el mundo, pero que...
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Tony, que ha¬bía aparecido en la oscuridad y les había dado un susto de muerte—. ¿Esperar a que os atraquen?
—¿Ya no tenemos que esperar más? —preguntó Min tras recuperar el habla.
—Me envía Cal. No le parece bien que vayáis solas a casa. Así que aquí estoy.
—No tienes por qué.
—¿Estás de guasa? Es de noche y estoy con dos mujeres muy sexys. Cuando lo recuerde me parecerá fantástico.
—¿Bromea? —preguntó Diana.
—No creo. ¿Podrías imaginarme con diez kilos menos en tu fantasía?
—No. Te imaginaré tal y como estás, cariño. No se lo digas a Cal o me romperá los dientes.
—Tienes la dentadura asegurada —dijo Min antes de comenzar a andar de nuevo.
—¿Y qué haremos en tu fantasía? —le preguntó Diana a Tony cuando empezaron a seguir a Min.
—En primer lugar leer un buen libro, porque sé que a las mujeres con clase como tú les gustan los hom¬bres que leen.
—Gracias por acompañarnos —dijo Min cogiéndole el brazo.
—Haría cualquier cosa por ti —aseguró Tony dán¬dole una palmadita en la mano antes de continuar con su fantasía. Min se agarró con fuerza e intentó no pensar en lo que dejaba atrás.



En el restaurante, David lanzó una mirada triunfal a Cynthie.
—Lo hemos hecho.
—No —dijo ésta con la cara pálida—. No éramos nosotros.
—Min estaba celosa —dijo David, que se sentía mucho mejor de lo que había estado en varias sema¬nas—. Y después Cal se ha puesto en ridículo con esa estúpida canción y ha conseguido que pasara vergüenza. Tenías razón —movió la mano y añadió en voz baja—: en lo de echar el mejor polvo de la historia.
—Ojalá fuera verdad —deseó Cynthie mirando ha¬cia la puerta.
—Están ahí fuera discutiendo. ¿Por qué no te alegras?
—Existe un tipo de riña que en realidad es un rea¬juste de la relación —le explicó con voz apagada—. Te peleas y después te reconcilias y te unes más. Y después se vuelve a discutir y a reconciliarse. Todas las veces se llega a un compromiso y se está más cerca el uno del otro.
—Decir que las peleas son buenas no tiene sentido.
—¿Cuál es el mejor sexo que existe, David? El de la reconciliación. Porque se está más unido. Si se trata del tipo adecuado de pelea y está realmente enfadada con él vas a tener que actuar con rapidez.
—La llamaré mañana. Ahora mismo está demasia¬do afectada. Es mejor que se calme.
—Muy bien, pero ten cuidado.
—Déjalo ya —le pidió poniendo una mano encima de la suya—. Hemos ganado.
—Esta noche no ha ganado nadie.



Avanzada la noche, después de que Min y Diana hubieran doblado doscientas cajitas para tarta y hablado de la boda sin mencionar a Greg o a Cal, Diana se fue a dor¬mir y Min se quedó en el sofá con Elvis en su regazo e in¬tentó averiguar en qué momento se había equivocado. Puede que si no hubiese aceptado ir a aquel picnic en el parque, si no lo hubiese besado, si él no la hubiese besado.
Si no hubiera conocido a Harry... No cabía duda de que había sido antes de conocer a Harry. Puede que si no hubiese creído que era lo suficientemente lista como para engañar a David y a Cal... Si hubiese sido lo bastante sensata como para no haber cruzado el bar aquel día, haberlo mirado a la cara, saber que no podía esperar nada bueno de él y no haber oído la maldita apuesta... Le resultaba di¬fícil precisar en qué momento había ido más allá de la im¬prudencia para entrar en el terreno de la locura, pero si¬guió creyendo que si era capaz de averiguar cuándo se había equivocado, entendería lo que había sucedido y po¬dría acabar con todo aquello de una vez.
Alguien llamó a la puerta y cuando la abrió se en¬contró a Bonnie con su bata de felpilla y una tetera en la mano.
—He preparado cacao —dijo, y a Min se le saltaron las lágrimas—. Cariño —dijo Bonnie poniéndole un bra¬zo alrededor—. Venga, tenemos que hablar de todo esto.
—Me creía muy lista —dijo Min intentando man¬tener firme la voz—. Pensaba que lo tenía todo bajo control.
—Yo creo que lo has hecho muy bien —dijo Bon¬nie dejando la tetera en la máquina de coser. Sacó una taza de cada bolsillo y Min se echó a reír a pesar de las lágrimas.
—¿Dónde está Roger? No me gustaría...
—Está abajo, durmiendo. Está preocupado por ti, pero en cuanto llega la medianoche se queda dormido durante ocho largas horas.
—Si hubiera sido más inteligente habría elegido a Roger —dijo Min riéndose otra vez.
—Te habrías aburrido muchísimo —la consoló Bonnie pasándole una taza—. Y a estas alturas yo me ha¬bría deshecho de Cal.
—¿Lo habrías hecho?
—¡Por favor! ¿Al amo del universo? Sólo es un hom¬bre asustado. No tengo tiempo para esas cosas. Quiero te¬ner hijos, no casarme con uno.
—Es buena gente —lo defendió Min tomando un sorbo de cacao y sintiéndose mejor.
—Ya, y algún día crecerá y será un buen hombre. Mientras tanto, te ha roto el corazón y estoy enfadada con él.
—No lo ha hecho y ha intentado no estar conmigo.
—Ni hablar —replicó Bonnie sentándose en el sofá con su taza—. Ha tenido todas las oportunidades del mundo para alejarse de ti y las ha aprovechado para estar contigo.
—Eso es porque no podía utilizar su encanto.
—Deja de comportarte como una niña —la repren¬dió Bonnie y Min sacudió la cabeza y sobresaltó a Elvis—. Mírate, estás hecha polvo, pero no es ni por su culpa ni por la tuya. ¡A la porra!
—¡Bonnie! —exclamó Min escandalizada.
—¿Qué quieres, Min? Si la vida fuera un cuento de hadas, si hubiese un final feliz, ¿qué pedirías?
—A Cal —aseguró Min, que sintió vergüenza de confesarlo—. Sé que...
—Calla —le pidió Bonnie levantando una mano—. ¿Por qué lo pedirías?
—Porque es divertido —contestó sonriendo por ser tan superficial, al tiempo que parpadeaba para librarse de las lágrimas—. Es muy divertido y me hace sentir de maravilla. Cuando estoy con él no me siento gorda.
—Tampoco lo eres cuando estás con Liza o conmigo.
—Ya, es un poco como vosotras, excepto en que no puedo fiarme de él y me excita mucho.
—Puede que te excite por eso, porque es alguien que no puedes controlar.
—Sí —aceptó apoyando la cabeza en el respaldo—. Me excitaba mucho. Nunca sabía lo que iba a pasar, y el tampoco. Nos hemos alimentado mutuamente. Qué ton¬tos hemos sido.
—Yo no me apresuraría a hablar en tiempo pasado. Y volviendo al tema de los cuentos de hadas. Cuéntame vuestro final feliz.
—No lo hay. Por eso no lo tendré nunca.
—El mío es que me caso con Roger y tenemos cua¬tro hijos. Vivimos en una casa grande en una zona residencial, en la que hay buenos colegios, pero no todo el mundo viste tela escocesa.
—Tiene sentido —dijo tomando otro sorbo de cacao.
—Soy una madre que no trabaja fuera, pero tengo algunos clientes, mis favoritos y cuido de su cartera de acciones para no perder práctica. Y se corre la voz, los niños se hacen mayores y amplío mi clientela porque todo el mundo quiere trabajar conmigo.
—Eso no es un cuento de hadas. Puede suceder.
—Y nuestra casa —continuó Bonnie como si no la hubiera oído— se convierte en un sitio al que va mucha gente durante las vacaciones y los cumpleaños. Y organizamos grandes cenas y hay muchos comensales a la mesa y tenemos una familia que hemos elegido. Y tú, Liza, Cal y Tony sois padrinos de nuestros hijos y cada vez que hay algo en su colegio venís para animarlos...
—Allí estaré —aseguró Min esforzándose por no llorar.
—Y ninguno de nosotros volverá a sentirse solo porque nos tendremos los unos a los otros. Os encan¬tarán mis nietos. Los llevaremos a comprar zapatos...
—Bonnie —exclamó Min apoyando la cabeza en el cojín mientras ésta le acariciaba el pelo—.
—Ahora tú —le pidió cuando los sollozos de Min fueron disminuyendo.
—No puedo.
—Pues vas a poder. Todo empieza con Cal, ¿verdad?
—¿Por qué? —preguntó Min incorporándose y limpiándose las lágrimas con la manga—. ¿Por qué tiene que empezar siempre todo con un chico?
—Porque estamos hablando de un cuento de ha¬das. Siempre empiezan con el príncipe. O, si fueras Shanna, con la princesa. Comienzan con el gran riesgo. Estás sola, sentada en la hierba, o en tu caso en una silla ergonómica de oficina, aparece un hombre a caballo y tu futuro se planta delante de ti.
—¿Y si es el hombre equivocado? Aun aceptando, cosa que no hago, que toda esta historia comienza con un príncipe, ¿cómo lo diferencias de...?
—Los canallas. Cariño, todos lo son.
—Roger no lo es.
—¡Por favor! Está abajo roncando como un oso —Min se rió a pesar de las lágrimas—. ¿De verdad crees que Cal es una equivocación?
—Bueno, pensando con lógica...
—No me obligues a tirarte el cacao por encima.
—No tengo otra cosa en la que basarme. ¿Cómo voy a saberlo?
—Cuéntame tu cuento de hadas. No saldrá de no¬sotras, nadie lo sabrá. Si pudieras tener lo que quisieras, sin dar explicaciones, sin lógica, sólo lo que...
—Cal. Sé que es estúpi...
—Calla. ¡Dios mío! Ni siquiera puedes soñar sin poner calificativos. Cuéntame tu cuento de hadas.
Min notó que volvían a saltársele las lágrimas y co¬gió a Elvis para acariciarlo y distraerse.
—Es Cal y me quiere tanto que no puede soportarlo, casi tanto como yo le quiero a él. Y, esto... —ahogó las lágrimas—, encontramos una casa aquí en la ciudad, puede que en esta calle, uno de los viejos bungalows como el de mi abuela. Con jardín para que Elvis pueda cazar. Y puede que un perro, me encantan los perros.
Bonnie asintió con la cabeza y Min sollozó.
—Y yo sigo trabajando porque me gusta mi trabajo, al igual que Cal. Y me llama y me dice: «Minnie, estoy pensando en ti, nos vemos en casa dentro de veinte minutos» y hacemos el amor durante el día y es maravilloso...
Min dejó de hablar para seguir sollozando.
—Y a veces vamos a Emilio's y estáis todos allí, los miércoles o algo así, y nos reímos y nos ponemos al día de las cosas que han pasado, y cuando Roger y tú venís con los niños, Emilio pone más mesas y él y su mujer y sus hijos cenan con nosotros también y nos sirve Brian y a veces vamos a vuestra casa.
Bonnie sonrió y asintió con la cabeza.
—...y los hombres ven el partido y abuchean y se quejan y tú, Liza, la mujer de Emilio y yo estamos en la cocina y comemos bombones y hablamos de lo que hemos hecho nosotras y lo que han hecho ellos y nos reímos...
Min inspiró con fuerza y se dio cuenta de que no había dejado de llorar en todo el tiempo.
—Después Cal y yo nos vamos a casa —continuó con voz quebrada—, los dos solos y nos reímos más y nos abrazamos y hacemos el amor y vemos películas tontas y simplemente... estamos el uno con el otro. Nos sentimos bien porque estamos juntos. Eso es lo único que necesito. Los dos, hablando y cocinando y riéndonos. Es muy sencillo. Puedo conseguirlo, ¿no? —preguntó con una inspiración de aire que le hizo temblar.
—Si.
—Pero sólo si Cal es quien necesito que sea —Bonnie asintió—. Así que he de confiar en que sea quien creo que es y no quien él cree que es.
—Una lotería.
—¿Quieres saber lo que sucede después del final feliz? —dijo Min—. Cuando la boda termina, los cam¬pesinos se van a casa y los novios acaban de abrir todos los regalos que están en cajas que llevan grabada una corona dorada. Entonces acaba el cuento. Y la búsque¬da, el cortejo y el trauma. A partir de entonces todo se reduce a estar en el castillo sacándole brillo a las tosta¬doras que les han regalado en la boda.
—Bueno, eso depende del príncipe. No me imagi¬no a Roger sacando brillo a una tostadora —Min se echó a reír—. Aunque Tony las conectaría todas y las regularía para que fueran soltando tostadas progresiva¬mente —continuó Bonnie y Min se rió con más fuerza.
—Y Cal podría hacer apuestas —intervino Min riéndose y llorando a la vez—. Pero sólo después de haberlas probado mil veces para saber las probabili¬dades.
—Y Roger pondría unas estacas unidas con cinta amarilla para que nadie resultara herido con las tostadas voladoras —dijo con cariño.
—Y Liza calcularía cómo sacar provecho. Y tú te asegurarías de que Tony compraba el pan a buen precio e invertirías el dinero sabiamente.
—Y tú lo observarías todo, calcularías el riesgo y nos dirías lo que nos faltaba.
—¿Sabes? Puede que esto de las tostadoras merezca la pena estudiarlo. Tony está majara, pero siempre tiene buenas ideas.
Bonnie asintió.
—Quiero el cuento de hadas —dijo Min mordién¬dose el labio y ahogando las lágrimas.
—Vale. Sólo tienes que determinar cómo conse¬guirlo.
—Sí. Eso sé hacerlo. Sólo tengo que pensarlo a fon¬do. ¿Vas a tirarme encima el cacao?
—No, lo único ilógico que tienes que hacer es creer en ello. Después sólo has de ser inteligente.
—Estupendo. Soy inteligente. Acto de fe, asumido. Plan, en marcha.
—¿Podrás dormir?
—Sí —contestó con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué no puedo dejar de llorar?
—¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?
—No me acuerdo.
—¿Cuando fue la última vez que algo te preocupo lo suficiente como para hacerte llorar?
—Tampoco lo recuerdo.
—Pues tienes que ponerte al día. Yo tengo que ir abajo a dormir con un oso —dijo Bonnie poniéndose de pie.
—No esperes que te compadezca, al menos tienes a Roger —se despidió con una débil sonrisa.
—No, lo que espero es que me tengas mucha envidia.
—Y lo hago —aseguró pensando en el hombre que había dejado enfadado a la luz de la luna—. Pero yo quie¬ro a Cal.



Cal no llamó, pero no pasaba nada, se dijo Min, porque lo vería en el ensayo de la cena, ya que no había avisado de que no iría. Además no tenía tiempo para pensar en él a cuatro días de la boda, sobre todo des¬pués de empezar a recibir una docena de llamadas dia¬rias de su cada vez más frenética hermana. Estaba me¬jor sin que él la distrajera.
Lo echaba de menos.
«El domingo —no paraba de decirse—. El domingo habrá acabado todo, Diana estará casada y podré arreglar mi vida». Lo único de lo que no estaba del todo segura era la parte «Diana estará casada», pero como seguía insistiendo en que su historia de amor era como la de un cuento de hadas, no podía hacer mucho más, aparte de cogerla de la mano, soltar exclamaciones aprobatorias y escucharla. Así que apoyó a su hermana, fue a la cena de los deseos y llevó los helados que habían sobrado de los que le había regalado Cal. Le dijo a Liza que no hacía falta que se excusara por obligar a cantar a Cal ya que la pelea era inevitable, e intentó pensar en cómo arreglar las cosas sin hablar con él ni verlo.
Pero el sábado por la mañana tuvo que ir a ver jugar al béisbol a Harry y se puso sus sandalias nuevas, unas de plástico transparente con tacón francés y cerezas en la parte delantera, y llegó al parque pocos minutos antes de que empezara el partido. Encontró un asiento en uno de los laterales e intentó pasar inadvertida y saludar a Harry al mismo tiempo, pero Bink la vio y le hizo una seña para que se acercara. Min sonrió y se dio cuenta de que el hombre que había a su lado no era un padre cual¬quiera, sino Reynolds. Cynthie estaba al otro lado de Bink, junto a otro padre, lo que significaba que tendría que sentarse al lado de Reynolds. «Esto tiene que ser un castigo por algo», pensó antes de subir.
—¿Qué tal estás? —le preguntó Min a Reynolds.
—Estos crios no saben jugar. No tienen disciplina.
—Bueno, sólo tienen ocho años —adujo Min.
—La disciplina se aprende a edad temprana —repli¬có Reynolds con mirada desdeñosa y Min pensó: «Acaba de tirar por la borda la oportunidad de llevarnos bien».
En el terreno de juego, Bentley no consiguió atra¬par un lanzamiento y la pelota le llegó a Harry, que la envió hacia una base, que en su opinión era la acertada.
—¡Por Dios, Harry! —exclamó Reynolds.
Min vio a Cal en un extremo del campo y sintió que le daba un vuelco el estómago. «Esto es ridículo», se dijo y tragó saliva. Cal abrió los brazos como para decir «¿Qué haces?» y Harry se encogió de hombros y volvió a agacharse. Cal meneó la cabeza, pero Min supo, por la caída de sus hombros, que no estaba enfadado. Cuando se dio la vuelta estaba sonriendo, pero al verla a ella su sonrisa se desvaneció y Min sintió aquella forma de rechazo como un golpe en la boca del estómago.
«Vaya», pensó y desvió su mirada hacia Tony, que estaba comiéndose un perrito caliente junto a Liza, quien tenía la cabeza apoyada en la mano. En la parte de abajo de las gradas, Bonnie hacía una especie de registro que más tarde Roger utilizaría para explicarle a los niños la importancia de unas cosas o de otras. «Qué suerte tienen estos niños», pensó y deseó poder estar junto a ella o con Liza o, mejor todavía, comprándose unos zapatos en alguna tienda. En cualquier sitio menos en el que estaba, mirando algo que no podía tener o no tenía el valor de intentar conseguirlo. Lo que en realidad era lo mismo.
Durante el resto del partido, Reynolds continuó expresando su indignación por la ineptitud general del equi¬po, con lo que no consiguió hacer amigos entre los padres que habían acudido y sí que a Min, bastante nerviosa ya, le entraran ganas de atizarle con algo. Bink estaba cada vez más lechuza y Min se sorprendió de que siguiera aguan¬tándolo. «Yo lo habría mandado a paseo hace tiempo».
Llego el momento en el que Harry tenía que ba¬tear. Los miró y Min lo saludó con la mano. Golpeó el suelo con el bate un par de veces y se lo llevó al hom¬bro, muy serio. Cuando le lanzaron la bola, falló estre¬pitosamente.
—¡Venga, Harry! —le gritó Reynolds—. Sabes ha¬cerlo mejor. Ni siquiera lo intentas.
«¡Calla la boca!», pensó Min.
La espalda de Harry se encorvó ligeramente y Bink se quedó aún más quieta.
Harry falló también la siguiente bola.
—¡Concéntrate Harrison! ¡No puedes batear al va¬cío como si fueras un payaso! ¡Piensa un poco! —le gritó Reynolds y Min se fijó en que Cal miraba a su hermano con cara tensa.
«Tranquilízate, Reynolds», pensó Min. Después Harry se puso rígido y bateó una bola tan mal que ni si¬quiera cruzó el pentágono que formaban las bases.
—¡Eso ha sido una tontería, maldita sea! ¿No sabes hacer nada bien? —gritó Reynolds poniéndose de pie. Harry se quedó inmóvil con los hombros rígidos y Cal abandonó el terreno de juego en dirección a su hermano con los ojos inyectados en ira.
——¡No! —exclamó Min asustada cuando Cal llegó a las gradas. Se levantó, se puso frente a Reynolds y le dio un puñetazo en el brazo.
—¡Ay! —se quejó éste agarrándoselo.
—¡Tú, imitación de padre! No humilles a tu hijo así —le ordenó Min en voz baja—. Harry es muy inteligen¬te, siempre lo ha sido —dijo en voz alta y después añadió en un susurro—: Pero tú eres el hijo de puta más tonto que he visto en mi vida.
—¿Perdona?
—No necesitas que te perdone yo, cara culo, sino tu hijo, al que has humillado delante de todos sus ami¬gos. Y si crees que con eso quedas bien delante de al¬guien, realmente piensas con el culo.
—Te estás pasando —protestó Reynolds, pero pa¬recía tener algún recelo ya que no se atrevió a mirar al resto de padres, a los que evidentemente no habían he¬cho gracia sus comentarios. Meneó la cabeza y se puso gallito—. ¿Quién te has creído que eres?
—Para empezar la mujer que te ha salvado el pelle¬jo —dijo Cal a su espalda—. Porque si no se hubiera puesto enmedio te habría tirado de las gradas.
—¡Hombre! Como si tú pudieras hacer algo. No sabes ni enseñarles a jugar.
—¡Déjalo ya! —intervino Min—. La has cagado, ¿y lo único que se te ocurre es echarle la culpa a tu hermano?
—Mira —la amenazó levantando un dedo—. No eres...
—Reynolds —dijo Cal—, cuando llegues a casa te darás cuenta de que has hecho delante de tu hijo la mis¬ma escena que tú yo hemos visto toda nuestra vida. Y co¬mo eres un idiota, pero no un idiota de primera, supon¬go que eso bastará para que tengas pesadillas sobre tu capacidad para ser padre. Ahora te estás peleando con una persona que no se anda con tontadas. Yo que tú me retiraría con cuidado.
—Nos vamos a casa —dijo Bink.
—No sé por qué... —empezó a decir Reynolds, pe¬ro Bink le lanzó una mirada glacial.
—Hablaremos de todo esto en casa. Min, ¿podéis ocuparos Cal y tú de llevar a Harry?
—Sí —dijo Cal, y Min asintió temblando una vez desaparecida la primera descarga de adrenalina. Se diri¬gió a su asiento y pensó que había actuado con precipi¬tación, tal vez con mala educación. Cuando se sentó, Cal bajaba las gradas seguido por Bink y Reynolds.
Harry les daba la espalda y Tony hablaba con él. Seguramente le estaba diciendo que su padre era un gilipollas, pero en opinión de Min, aquello no era pasarse.
—Hola —saludó a Cynthie, que parecía pensati¬va—.
—¿Disfrutando del espectáculo?
—Yo no lo hubiera hecho, pero me alegro de que lo hicieras tú. Eres más valiente que yo.
—No ha sido cuestión de valentía. Creo que he reaccionado de forma exagerada.
—No, el que no ha reaccionado bien ha sido Cal, pero no lo puede evitar. Reynolds actúa siguiendo el guión de su familia y eso a Cal le saca de sus casillas. No soporta que le digan que es tonto.
—¿Se lo decían mucho cuando era pequeño?
—Creo que los dos tuvieron una infancia más dura de lo que podemos imaginar. Lo que no te autoriza a pe¬garle a tu hermano delante de tu sobrino.
—No creo que lo hubiera hecho.
—No lo sé, pero ahora la mala de la familia eres tú. Le has hecho un favor.
—Ya lo era. Sus padres me odian.
—No creo que quieran mucho a nadie. Son gente que vive en su mundo. No son crueles, simplemente no prestan atención.
—Bueno, tú eres la psicóloga. ¿Qué hacemos con Harry?
—Cal se ocupará de él —dijo Cynthie haciendo un gesto con la cabeza hacia el terreno de juego, donde Harry y Cal estaban sentados en la caseta—. Ha sido algo doblemente malo, porque tú estabas aquí. A Harry le caes muy bien y que lo avergonzaran de esa forma... —meneó la cabeza y suspiró—. Tienes razón, Reynolds es un cara culo.
—¿Es el término clínico?
—En el caso de Reynolds sí.



Abajo, en la caseta, Tony estaba sentado al lado de Liza y le dijo:
—Siempre he pensado que si alguna vez estaba presente en una pelea de bar me gustaría que me defendieses, pero creo que Min se te ha adelantado.
—No la culpo. Ese tipo es un inútil.
—Sí —dijo Tony sin quitar la vista del terreno de juego—. Pero a Harry no le pasará nada. Tiene a Cal, Bink y Min de su parte. Y con ese equipo yo iría a cual-quier parte. ¡Joder, mira eso! ¡Eh, Soames! pon atención cuando lances la bola! —meneó la cabeza, pero siguió observando al niño, listo para ayudarle.
«Así es él», pensó Liza. Actúa como si fuera tonto, pero si alguien lo necesita, corre en su ayuda.
Lo iba a echar mucho de menos.
—Tony—dijo mientras éste le daba un mordisco al perrito caliente con la esperanza de que la comida amortiguara el golpe—. Lo nuestro no va a funcionar.
—¿Y en qué lo has notado? —preguntó con la vista puesta en el juego.
—No es que seas mal tipo... —empezó a decir respirando aliviada.
—Ya —dijo Tony tragando y dando otro mordisco. Un chico falló una recepción y cerró los ojos—. ¡Joder!
—Nos hemos visto envueltos en esta historia de tres personas —Tony dejó de masticar y la miró—. Es decir, nosotras tres y vosotros tres.
—Sí.
—Bonnie y Roger, dan un poco de miedo, pero Bonnie no comete errores.
—Tampoco Roger, no les pasará nada.
—Y Min y Cal, bueno, no sé, pero no la está enga¬ñando, así que no voy a entrometerme.
—Muy bien —dijo Tony dando otro mordisco y mirando fijamente el campo.
—Pero tú y yo somos una ruina.
—Sí —aceptó meneando la cabeza—. Ese chico no sabe lanzar.
—Me alegro de que te lo tomes tan bien —dijo Li¬za un tanto molesta.
—Me gustas, pero siempre estás atacando a al¬guien y creando perturbaciones, y a mí me gusta mi es¬tabilidad.
—La teoría del caos.
—Sí. Los sistemas afectados por las perturbaciones ascienden un peldaño o se desintegran. Nosotros nos desintegramos. Además no te gusta el deporte. Eso es importante. Nadie está enfadado.
—Entonces, ¿por qué no hemos cortado? —pre¬guntó enfadada.
—Me gustaba el sexo. ¡Maldita sea! —exclamó mi¬rando el juego. Un niño acababa de perder una pelota que había rebotado en el suelo.
—¿Sabes?, a mí también me gustaba el sexo —ase¬guró Liza pensando en ello.
—Cuando quieras. ¡Eso sí que es un brazo! —excla¬mó levantando la barbilla—. ¡Bien hecho, Jessica!
Ésta le saludó y después se olvidó de Tony para agacharse, a la espera de lo que sucediera en el juego.
«Jessica no es una payasa», pensó Liza.
—Me gustas, Tony —dijo, y él se volvió y sonrió.
—A mí también me gustas, cariño. Si algún día necesitas zurrarle a alguien, llámame.
—Gracias y si tú necesitas abofetear a una mujer, tienes mi número de teléfono.
—¿De verdad? ¿Podré mirar?
—Por eso no vamos a volver a acostarnos. ¿Estás bien?
—Sí —después gritó hacia el campo—: ¡No, no, no!
—No te enfades con esos crios —dijo antes de darle un beso en la cabeza para irse—. Crecerán y serán dueños de las empresas para las que trabajarás.



Pocos minutos antes de que acabase el partido Min bajo a la valla en la que estaba apoyado Cal, cerca de la caseta. Permaneció allí un momento sin saber muy bien qué hacer y después se aclaró la garganta.
—Me ha parecido muy bien lo que le has dicho a Reynolds —dijo Min agarrándose con los dedos en la valla—. Muy bien.
Cal siguió mirando el partido.
«¡Mírame, maldita sea!», pensó Min intentando pensar en algo que llamase su atención.
—Y muy sexy... —mintió—. Me he excitado mu¬cho y si no hubiese habido tanta gente alrededor, lo hu¬biera hecho contigo en la caseta.
Cal permaneció inmóvil y después se volvió con rostro inexpresivo.
«¡Oh, no!», pensó Min.
—Dame cinco minutos y los echaré a todos.
—Me tenías preocupada —confesó Min suspirando aliviada.
—Perdona —dijo Cal acercándose a la valla para ha¬blar con ella y meter los dedos en la malla de forma que tocaran los de Min—. Ha sido un mal recuerdo.
—De tu padre —adivinó Min cerrando sus dedos alrededor de los de Cal, porque tocarle le hacía sentir bien—. Me he enterado. ¿Está bien Harry?
—No, pero sobrevivirá.
—El que no sé si lo hará es Reynolds. Bink parecía el ángel de la muerte.
—Está acabado, pero eso no ayudará mucho a Harry.
—¿Por qué se casó con él? Lo siento...
—La cegó con su encanto. La conoció en la univer¬sidad, echó un ojo a la pasta que tenía y se empleó a fon¬do. No tuvo ninguna oportunidad.
Min pensó en Bink, que seguramente sería una asustada lechuza cayendo en brazos del glamouroso y guapo Reynolds.
—¿Y por qué sigue con él?
—Porque ahora lo quiere. Cuando tuvieron a Harry cambió. Ahora es mucho mejor que antes.
—Pues cómo sería.
—Un cabrón encantador, como todos los Morrisey —dijo con cara seria.
—Tú no.
—Cariño, a veces lo soy. Más de lo que te imaginas.
—No te he visto así nunca.
—Eso es porque no me he portado como tal conti¬go. De eso me libraste tú.
—Lo estabas pidiendo, encanto.
—Gracias por bajar aquí —dijo con dulzura antes de que Tony lo llamara y tuviera que irse.
Min fue a sentarse al lado de Bonnie y hasta que és¬ta no le puso las manos encima de las suyas no se dio cuenta de que estaba temblando.
—¿Qué ha pasado?
—Este cuento de hadas no es para niños.



Al acabar el partido Min fue al aparcamiento y en¬contró a Harry en el asiento de atrás del coche de Cal y a éste apoyado en la puerta del acompañante, esperán¬dola.
«No te eches encima de él, Harry se daría cuenta», se dijo.
—¿Qué tal estáis?
—Nos vamos a comer —dijo Cal estirándose—, y a oír a Elvis un montón de veces porque gracias a ti ahora es la música favorita de Harry —explicó abrién¬dole la puerta.
—Eso es porque tiene buen gusto —dijo Min levan¬tando la barbilla mientras entraba—. Eh, chico de los peces, me han dicho que vamos a comer y a oír a Elvis durante todo el camino —Harry asintió—. Yo que tú pe¬diría carne preparada. De hecho, elegiría una bratwurst. Aprovéchate de este pavo todo lo que puedas.
Harry pareció sorprendido, pero después asintió.
—¿Listo? —preguntó Cal al entrar.
—¿Podré comer una bratwurst? —le preguntó muy serio.
—¿Qué? —preguntó volviéndose para mirarle. Harry le devolvió la mirada con cara afligida. —Minerva, estás corrompiendo a mi sobrino.
—¿Yo? No, los norteamericanos comen veinte mil millones de perritos calientes al año y creo que a Harry puede tocarle uno.
—¡Sííí!—exclamó Harry.
—Veinte mil millones —repitió Cal antes de echar¬se a reír y Min se relajó.
—¿Qué hay de nuevo en el mundo de los peces? —le preguntó Min a Harry una vez que estaban en marcha.
—¿Llevas los zapatos de los peces?
—No, he encontrado una tienda de rebajas y me he comprado unas sandalias transparentes con cerezas.
—No están mal —comento Cal mirándolas—. Pe¬ro no son como las de los peces. Harry asintió.
—Cuéntame algo de ictiología —le pidió Min a Harry y éste lo hizo durante las dos horas siguientes mientras Min se esforzaba por escucharle, aunque la ma¬yor parte del tiempo estaba pensando en las formas en las que Cal la podría tocar. En cualquier sitio. Aceptaría hasta una palmadita en la cabeza. Para empezar. Pero a pesar de lo que le distraía pensar en Cal, al final de la co¬mida sabía más de peces de lo que habría podido imaginar.
—No volveré a comer marisco en la vida —aseguró Cal mientras le abría la puerta del coche.
—Sí, pero si Hany gana dinero con lo de los peces a lo mejor te ayuda cuando seas mayor —dijo Min inten¬tando no pensar en lo cerca de él que estaba.
—¿Qué tal vas ahí detrás? —le preguntó a Harry cuando entró éste.
—¿Puedo comer un donut? —preguntó con cara alicaída otra vez.
—Harrison, te estás pasando.
—Llévanos a Krispy Kreme —le pidió Min a Cal, que puso cara de circunstancias y la obedeció.
Cuando llegaron, el cartel de «Recién hechos» estaba encendido y Harry miró a Min con ojos de le¬chuza.
—¿Puedo comer dos?
—¡Harry! —exclamó Cal.
—Sí, hoy puedes comerlos.
—Es una equivocación —protestó Cal, pero entró con ellos para tomar leche y comer donuts calientes con chocolate glaseado. Harry habló de peces y Min se acor-dó de la mesa de picnic y trató de que no se le acelerara la respiración. Cuando Harry acabó su segundo donut, ya no tenía cara alicaída.
—Min, ponte en el asiento trasero —le pidió Cal cuando fueron hacia el coche.
—Vale —aceptó ésta sin saber muy bien por qué la había desterrado. Puede que hubiera notado la lujuria que despedían sus ojos y quisiera protegerse.
Harry estaba más contento que unas pascuas en el asiento del acompañante, hasta que a los cinco minutos empezó a ponerse verde.
—¡Vaya! —exclamó Cal parando en la acera.
Harry abrió la puerta y dejó dos donuts y un vaso de leche en la alcantarilla.
—Lo siento, cariño —dijo Min con sentimiento de culpa.
—Ha merecido la pena y todavía tengo una bratwurst —dijo Harry mientras se limpiaba la boca.
—Enjuágate y escupe. Dos veces —le ordenó su tío pasándole una botella de Evian.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Min.
—La he comprado cuando he ido a pagar los do¬nuts. Me conozco la historia.
—¿Puedo tirar el resto del agua encima de lo que he vomitado? —preguntó Harry.
—Claro —dijo Cal mirando a Min por el espejo retrovisor—. Los Morrisey siempre limpiamos nuestras alcantarillas con Evian.
—¡Qué categoría! —exclamó Min.
—Muchas gracias —se despidió Harry cuando lle¬garon a la entrada de su casa, que era un clon de la de los padres de Cal.
—De nada —contestó su tío.
—Gracias por los donuts —susurró Harry por la abertura entre los asientos delanteros.
—Ha sido un placer —contestó Min y después le susurró al oído—: Te quiero mucho.
Harry sonrió y miró con cara de superioridad a su tío.
—Harrison, si estás ganándote los favores de mi chica te vas a meter en un buen lío.
—Adiós —dijo cerrando la puerta con una sonrisa aún más grande.
—Es un poco joven para ti, ¿no te parece? —co¬mentó Cal mirando a Min por el espejo retrovisor.
—Sí, pero es un Morrisey y no se puede resistir su encanto.
—Sí, a mí también me ha parecido encantadora la forma en que ha vomitado en la alcantarilla. ¿Pasas aquí delante?
—Me está empezando a gustar lo de ir detrás —di¬jo fingiendo indiferencia—. A casa, Morrisey.
—Pon el culo aquí delante, Dobbs —le ordenó y Min se echó a reír.
—¿Está bien? —preguntó una vez sentada en el asiento del acompañante.
—Sí. Está acostumbrado a vomitar.
—Me refiero a lo del partido.
—Sí, se acordará de vez en cuando, pero sabrá controlarlo. Lo salvamos. La gente que había cerca le dijo que no pasaba nada y Bink arreglará las cosas en casa. Que tu padre te diga que eres tonto es muy duro.
—Sí —confirmó Min odiando a Jefferson Morrisey con todas sus fuerzas—. ¿Qué tal estás tú?
—¿Yo? Bien.
—Estupendo —dijo Min inspirando con fuerza. Lle¬vaba mucho rato a punto de estallar. Estaba a solas con él, había llegado el momento de poner en práctica su plan. Lo más inteligente sería confesárselo todo, empezando por decirle lo que sabía de la apuesta, hablarlo como adultos y puede que después pudiera abalanzarse sobre él.
—¿Qué? —preguntó Cal en medio del silencio.
—¿Qué? —repitió Min con un estremecimiento de culpa.
—Te has quedado callada. Suéltalo.
—Esto... —puede que una exposición directa y completa tampoco fuera la mejor idea—. Bueno, estaba pensando en...
—Aja.
—...que tenemos que discutir algunas cuestiones. Me gustaría resolverlas.
—¿Sí? —dijo Cal con tono de no tener ni idea de lo que le iba a decir, pero con ganas de seguirle el juego.
—Porque creo que... quizá... podríamos... ya sa¬bes... darnos una oportunidad. Si hablamos.
Cal aferró el volante con fuerza, pero no quitó la vista del asfalto.
—Muy bien.
«No me estás ayudando», pensó.
—¿Sabías que el sesenta y ocho por ciento de las parejas tienen secretos entre ellas? —dijo Min.
—No me extrañaría nada —respondió Cal y Min asintió—. Te lo has inventado, ¿verdad?
—Sí, aunque seguro que no me equivoco por mu¬cho. ¿Hay algo que no me hayas contado? ¿Algo de... no sé... de antes de conocerme?
Cal no contestó y cuando Min lo miró había puesto su cara de «¡Mierda!».
—Ya lo sabes, si no, no habrías dicho nada.
—Pues sí —dijo Min notando que se le tensaban todos los músculos «¿Por qué habré preguntado? La gen¬te que dice que hay que hablar las cosas es gilipollas».
—Fue hace mucho tiempo. Estaba atravesando un mal momento, ella era fabulosa y Reynolds la estaba tra¬tando como si fuera basura.
«¿Qué?», pensó Min sintiendo un puñetazo en el estómago.
—Es buena gente y yo me enamoré del todo.
—¡Ah! —exclamó pensando: «La próxima vez in¬tenta ser más específica sobre las confesiones que quie¬res que te haga, idiota».
—No pasó nada, Min —dijo Cal mirándola mien¬tras conducía—. Bink no le engaña y a pesar de que me entran ganas de darle un puñetazo a mi hermano cada vez que lo veo, no le haría una cosa así. Hablamos. Mucho.
—¡Aja! —exclamó Min intentando sonar alegre y animarlo.
—Fue hace muchos años. Me dijo que era la única persona que conocía a la que no le importaba el dinero. Ya la conoces y sabes cómo es. Es maravillosa.
—Ya —comentó Min pensando: «Me gustaría mo¬rirme ahora mismo».
—¿Estás bien?
—¿La amabas? —soltó de repente Min.
Cal aminoró la velocidad y Min pensó: «Joder, ¿cuándo voy a aprender a no preguntar lo que no quiero saber?». Aparcaron y Cal apagó el motor.
—Si
—¡Ah! Vale, de ahora en adelante, cuando te pre¬gunte algo niégate a contestar, ¿quieres?
—Bueno.
—¿Todavía la amas?
—Sí.
—No me escuchas.
—No es eso, Min. Llevo mucho tiempo enamorado de ella. Creo que los dos sabíamos hacia dónde iban las cosas y ninguno quiso esa pesadilla. Además Reynolds volvió a prestarle atención y yo salí con otras mujeres. Con el tiempo se me pasó.
—No del todo. Creo que entre vosotros hay una re¬lación muy bonita. Diferente de la que se tiene con los cuñados.
—Sí, ella es muy especial. Pero no es nada románti¬co. Fue hace mucho tiempo. Años.
—Ya.
—Cynthie —empezó a decir y Min pensó: «Quiero morirme»— no lo captó. Es psicóloga y estuvimos jun¬tos nueve meses, pero jamás notó lo que siento por Bink. ¿Cómo lo has notado tú?
—Soy muy perspicaz —mintió.
Cal se recostó en el asiento y miró por el parabrisas. Min contempló el alivio que reflejaba su corpulento cuerpo y lo deseó más de lo que creía posible.
—Cyn se pasó meses intentando descubrir por qué salgo con una chica detrás de otra.
—¿El qué? —preguntó intentando regresar de la lujuria y el sufrimiento.
—Así lo definió ella. Lo de ir de flor en flor, con lo que me das la lata. Llegó a la conclusión de que se debía a que intentaba compensar la falta de una madre, que quería conseguir el amor de todas esas mujeres y cuando me lo daban, las dejaba para lograrlo con otras.
—Esa Cynthie tiene una teoría para cada ocasión —dijo Min sintiendo amargura y deseando desquitarse con alguien. Cynthie le pareció una buena elección.
—No buscaba una madre, buscaba a Bink —Cal la miró y Min sonrió para que no se diese cuenta de que quería abrir la puerta y vomitar—. Quería alguien con quien poder hablar, alguien a quien no tuviera que sedu¬cir y agradar, alguien con quien me sintiera bien. No me había dado cuenta hasta ahora.
—Bueno, pues buena suerte —dijo Min alegremente.
—Presta atención, Minnie. Cuando te sentaste a la mesa de picnic no tenía ninguna oportunidad.
De repente, Min sintió que le faltaba el aire y que por eso estaba mareada.
—Me costó tiempo darme cuenta. No estaba acostumbrado a gente como tú. Porque no hay nadie como tú.
«Sigue respirando», se dijo Min.
—Y entonces me hiciste pedazos en la puerta de Emilio's y pensé: «Que te den», unos cinco minutos. Después quise que volvieras. Eres la única mujer que he querido que volviera. Y desde entonces he estado pensando en la forma de conseguir que volvieras.
Min inspiró antes de desmayarse.
—Te quiero, sé que es una locura, que sólo nos conocemos desde hace unas semanas, que necesitamos más tiempo. Lo sé, pero te quiero y eso no va a cambiar.
Min inspiró con fuerza. Para hablar es necesario el aire.
—¡Por Dios, Min! ¡Di algo!
—Te quiero. Te he querido siempre.
—Con eso basta —dijo Cal acercándose a ella.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:21 pm

Capítulo 13


Min le puso las manos alrededor del cuello, tan agradecida de volver a sentir su calidez que le atrajo ha¬cia ella y Cal se dio con la palanca de cambio.
—¡Ay!
—Perdona —se excusó intentando despegarse de él.
—No pasa nada —aseguró Cal sin soltarla—. Te he echado de menos —la besó, y el habitual arrebato luminoso explotó como una llamarada, excepto que en aquella ocasión ella no se resistió y dejó que recorriera todo su cuerpo. Se apretó contra él, sorprendida de que volviera a besarla, y deshizo el beso para besarlo ella, una y otra vez, hasta que Cal tuvo que parar para respirar.
—Mira, en cuanto a mi corazón, no me lo rompas —le pidió Min.
—Vale, tú a mí tampoco —tiró de ella y Min cayó encima de él y se perdió, ebria por saber que podría tenerlo, que lo tendría, que todo iba a ser maravilloso. Notó que deslizaba la mano por debajo de la camisa y le tocaba los pechos y ella se estremeció y le mordió el la¬bio y su mano la aferró con más fuerza, y entonces sonó el móvil.
Cal se apartó jadeante y con los ojos llenos de deseo, y Min se agarró a él.
—No hagas caso —le pidió Min con un grito ahoga¬do—. Será Diana, llama doce veces al día. Ven y ámame.
—Contesta. Tenemos que controlarnos, estamos en la calle.
—Me da igual —dijo tirando de él.
—En tu casa o en la mía, Minnie, pero en el coche no —sentenció encendiendo el motor.
—La que esté más cerca —le indicó al tiempo que contestaba el teléfono para que dejara de sonar.
—¿Min? —preguntó Diana con voz angustiada—. Tengo un problema.
—¿Qué pasa? —contestó intentando que no se no¬tara la lujuria que había en su voz.
—El ensayo de la cena. Greg se iba a encargar de que trajeran y sirvieran la comida.
—¡Ah! —exclamó Min mirando a Cal, que parecía estar en otro mundo—. Greg se iba a encargar de que nos sirvieran la cena, dentro de cuatro horas.
—Odio a ese tipo —confesó Cal.
—Mamá lo va a crucificar y él ha tenido una crisis nerviosa. Una boda perfecta —dijo Diana con voz entrecortada.
—Vale, deja que piense —«Cal desnudo, en la ca¬ma, dentro de mí», no, ese pensamiento no.
—¿Qué vamos a hacer? No tenemos nada.
—Estoy intentando pensar —dijo Min, y miró a Cal a los ojos durante un buen rato, hasta que el coche chocó contra el bordillo de la acera y Cal tuvo que ende-rezar la dirección.
—¿Dónde es la cena? —preguntó Cal sin quitar la vista del asfalto.
—En un hostal cerca de la capilla. En el río. ¿Por qué?
—¿Para cuánta gente es?
—Catorce, creo —contestó y después habló por el teléfono—. Es para catorce, ¿verdad?
—Sí —confirmó Diana.
—Podemos hacerlo —dijo Cal—. Dile que no pasa nada.
—¿Podemos? ¿Quién?
—Tony, Roger y yo trabajamos en un restaurante. Cogeremos todo lo necesario en Emilio's, tú harás el po¬llo al marsala y ellos lo servirán. Tus padres no los cono-cen así que creerán que son camareros. Funcionará.
—¿Voy a hacer la comida yo? —preguntó y des¬pués pensó: «¿Por qué no?»—. Vale, la haré —aceptó. Después volvió a hablar por el teléfono—. Lo tenemos todo controlado. Tranquila. Sólo tienes que contarle al¬guna historia a mamá si Cal y yo llegamos tarde y ase¬gurarte de que la puerta de la cocina está abierta. Noso¬tros haremos el resto.
—¡Gracias a Dios! No os he interrumpido en nada, ¿verdad?
—Sí, pero es igual. Tenemos un par de horas antes de empezar a cocinar y en ese tiempo se pueden hacer muchas cosas.
—No. ¿Estás loca? Tienes que hacer la última prueba del vestido ahora mismo. Creíamos que veníais de camino. Te estamos esperando. No puedes faltar. Ma¬má te matará y yo te necesito.
—Es verdad, me había olvidado.
—No me lo cuentes —le pidió Cal aminorando la velocidad.
—Tengo que ir a hacer la última prueba del vestido ahora mismo.
—No pasa nada —aseguró Cal inspirando profundamente—. Te dejaré allí. Conseguiré la comida, la coci¬naremos, iremos a la cena y después...
—Tengo que pasar la noche con mi hermana —con¬fesó Min cerrando los ojos—. No tengo ninguna gana, pero es la noche anterior a la boda y se lo prometí.
—Muy bien. No pasa nada.
—Puede que a ti no —dijo Min, y luego pensó: «Dilo en voz alta». Inspiró con fuerza—. Quiero acos¬tarme contigo ahora.
—¡Por Dios! ¡Estoy intentando...!
—¿Min? —sonó la voz de Diana en el teléfono.
—Ahora voy —dijo antes de colgar.
—¿Dónde es la prueba? —preguntó Cal con voz resignada.
—En el departamento de novias de Finocharo's —contestó Min con amargura—. ¿Por qué no se habrá encargado Greg de los vestidos?
Cal condujo hasta la tienda, la besó varias veces y después se fue a buscar los ingredientes para la cena. En el momento en el que desapareció, Min se dio cuenta de que no había mencionado la apuesta.
«No ha habido ocasión —pensó—. Esa es la razón, no le he dado la oportunidad de hacerlo e incluso si no hubiese una buena razón, me da igual, no voy a dejar que nada me joda esta historia.»
Después fue a enfrentarse a su madre y al maldito corsé.



—Llegas tarde otra vez —la saludó en cuanto aso¬mó por la puerta.
—Hola, mamá —saludó Min dispuesta a ensañarse con ella si decía algo desagradable.
—Cómete esto —le pidió ofreciéndole una manzana. —¿Por qué?
—Porque sabe Dios lo que nos dará de cenar la gente que ha contratado Greg. No se puede confiar en él. Y seguro que no les ha dicho que no cocinen con mantequilla. Yo que tú me la comería.
—¿Esto? —meneó la cabeza, la dejó y se fue a embutirse en el corsé. Media hora más tarde, la modista, salió del probador y Min se miró en el espejo. «Me mataría, pero esto no es lo último que quiero ver antes de morir».
Volvía a llevar la falda azul que sólo podía cerrar si metía el estómago, la blusa de gasa color lavanda que seguía tirándole del pecho y el nuevo corsé azul que só¬lo podía abrochar si dejaba de respirar y la modista uti¬lizaba la fuerza de diez personas. Y no iba a inspirar con fuerza ahora que lo llevaba puesto, un buen suspiro y lo reventaría.
«¿Por qué iba Cal a querer acostarse con alguien con esta pinta?»
—Sigue sin quedarte bien —opinó Nanette con voz que no presagiaba nada bueno para su gorda hija, en el momento en que Min salía del probador.
—Pongo a Dios por testigo de que he hecho dieta —aseguró Min con tono afligido—. La mayor parte del tiempo.
—Has tenido un año —replicó Nanette amarga¬mente—. Y ahora vas a arruinar la preciosa boda de Diana.
—¿Qué te parece si me hago un esguince en el tobi¬llo y Karen hace de dama de honor? Así todos los invita¬dos a la boda serán guapos y delgados y...
—No —dijo Diana desde la puerta y las dos se volvieron hacia ella.
—No alces la voz, querida —le pidió Nanette.
—Eres mi hermana y serás mi dama de honor. Esta¬rás preciosa porque el color lavanda te sienta muy bien y todo va a salir a la perfección —aseguró indicando con el dedo hacia Min con la misma mirada maníaca de Nanette.
—Bueno, ahora ya no podemos hacer nada —pro¬testó Nanette levantándose—. Has llegado tarde y hay un millón de cosas por hacer. ¡Por todos los santos!, la ce¬na es dentro de tres horas. Tendrás que probarte el vesti¬do para el ensayo de la cena sin nosotras.
—¿Vestido para el ensayo? ¿Por qué...?
—Te he encontrado algo que te hará parecer más delgada —dijo Nanette meneando la cabeza muy decepcionada ante su hija mayor—. Asegúrate de que llevas el vuelo a la altura adecuada. Si te queda en las rodillas, pa¬recerá que tienes postes en vez de piernas.
—Gracias, madre —dijo Min, pues era una pelea en la que no quería entrar. Estaba cansada.
—Sé que piensas que soy horrible, pero sé cómo funciona este mundo. Y no es agradable con la gente gorda, en especial con las mujeres. Quiero que tengas una vida feliz y segura, casada con un buen hombre. Y si no pierdes peso, nada de eso ocurrirá.
—No está gorda —la defendió Diana—. ¡No está gorda!
—No levantes la voz —la reprendió Nanette y Dia¬na le lanzó una furibunda mirada.
—¡A la porra la voz alta! ¡Deja de decirle que está gorda! —exclamó Diana y después se calló al ver la cara de sorpresa que habían puesto las dos—. ¡Déjala en paz!
Nanette meneó la cabeza y palpó los brazos a Min.
—Sólo quiero que seas feliz. ¿Has estado levan¬tando pesas como te dije? Porque si los brazos no están firmes, las mangas de gasa...
—Tenemos que irnos —anunció Diana empujando a su madre hacia la puerta—. Vamos a llegar tarde. Estás estupenda —le dijo a su hermana antes de desaparecer.
—Ya —dijo Min mirándose en el espejo. La blusa de gasa no estaba mal, pero el pecho le quedaba fatal—. ¡Dios mío! —exclamó intentando sentarse, pero la falda era demasiado estrecha.
—Un momento, un momento —le pidió la modis¬ta, que corría hacia ella para descorrerle la cremallera antes de que reventara.
—Odio estas cosas —exclamó Min quitándose la falda.
—El color te favorece —aseguró la modista y Min volvió a mirar su imagen y pensó: «Tiene razón. Diana tiene mucho gusto para este tipo de cosas»—. Has teni-do suerte de que no te tocara el verde —continuó la mo¬dista mientras aflojaba el corsé y Min volvía a respirar—. Los colores lucirán mucho en el pasillo, verde, azul y el tuyo, violeta azulado, pero la rubia que tiene que poner¬se el vestido verde no está nada contenta.
«Salida», pensó Min. Bueno, es lo que suele pasar si sales con el novio.
—Ahora te traeré el vestido para el ensayo y te arreglaremos.
—Sí —se quitó la blusa y se miró en el espejo. Pe¬chos grandes, caderas anchas, muslos rellenitos... Inten¬tó pensar en lo que le había dicho Cal, pero la voz de su madre seguía resonando en su cabeza.
—Aquí está. Lo metemos por la cabeza y...
Min se miró mientras la modista acababa de subir¬le la cremallera. Su madre había elegido el color negro, por supuesto, un vestido de tubo con una franja blanca vertical en la parte delantera que la hacía parecer un pingüino. Se suponía que la misión de los otros dos parches blancos en forma de V en la cintura era dar la impresión de que el vestido estaba entallado, pero en vez de eso sólo conseguían que pareciera un pingüino con una pajarita muy baja.
—Hace muy delgada —aseguró la modista.
—Sí, mucho —dijo Min cogiendo la manzana que le había ofrecido su madre.
—¡Vaya vestido más feo! —dijo una voz a su espal¬da. Cuando Min se volvió vio a Cal con una botella de vino y dos vasos.
—¡Eres tú! ¡Cómo me alegro de verte! —exclamó Min, a la que le había dado un vuelco el corazón.
—¿En qué estabas pensando, Minnie? Quítate eso cosa, es un insulto a tu cuerpo.
—Sólo uno de los muchos que me han dicho hoy. Lo ha escogido mi madre. Ya sabes el buen gusto que tiene.
—No creo —dijo dejando lo que había llevado en una mesita al lado de un sofá—. Yo te elegiré uno más bonito.
—Vale. Te doy cinco minutos mientras me como esta manzana. Después tendremos que arreglar el vuelo de esta cosa para que mis piernas no parezcan postes. ¿Has traído un sacacorchos? No me vendría nada mal un poco de vino.
—¿Manzana con vino? —preguntó quitándosela de la mano para tirarla en una papelera dorada que había al lado de la mesa y sacando un sacacorchos del bolsi¬llo—. A tus piernas no les pasa nada. Quítate ese vestido. Seguro que hay otro más bonito en algún sitio.
—Abajo —les indicó la modista entusiasmada y mirando a Cal como si fuera lo mejor que había visto en su vida.
Min también lo miró y se acordó de lo guapo que era.
—Hola —se presentó a la modista sonriendo—. Me llamo Cal.
—Hola, yo soy Janet —saludó ésta esbozando una sonrisa aún más grande.
«¡Por Dios!», pensó Min.
—Me da la impresión de que tienes muy buen gus¬to, Janet. Estoy seguro de que no has sido tú la que ha elegido ese vestido.
—No, no —dijo negando cualquier implicación.
—Me apuesto lo que quieras a que eres capaz de encontrarle el vestido perfecto —continuó Cal mirándola a los ojos con sinceridad—. Puede que algo rojo intenso.
—Azul —lo contradijo Janet—. El azul y el violeta le quedan muy bien.
—Es verdad. Ve a buscarle un vestido bonito en azul y lo celebraremos con una copa.
—La señora Dobbs fue muy específica... —comen¬tó Janet dubitativa.
—Ya me encargaré yo de ella. Tú busca el vestido.
Cuando se fue, Cal descorchó la botella sin que és¬ta se resistiera y le sirvió un vaso.
—Toma, estás muy tensa.
—He visto a mi madre —le explicó cogiendo el va¬so y deseando que la tocara. Pero estaba gorda.
—Eso explica por qué Janet parecía un cervatillo sorprendido por los faros de un coche. Ahora no está y hace más de una hora que no me besas. Ven aquí.
Min bajó de la tarima y fue hacia él encantada de la forma en que la rodeaban sus brazos e intentando no pensar en lo gorda que debían sentirla sus manos. Lo besó con fuerza y suspiró contra su pecho, agradecida por tenerlo, aunque no entendiera por qué la quería él.
«Por la apuesta.»
No, imposible, no era por eso, confiaba en él.
—¿Qué te pasa?
—Lo prueba del vestido ha sido muy dura.
—Deja que adivine. Tú madre. No le hagas caso. Piensa en mí.
Min sonrió muy a su pesar y Cal la volvió a besar, sintió sus suaves labios y notó que disminuía la tensión de su cuerpo.
—Ya está —la animó dándole una palmadita en la espalda—. Ahora bébete el vino. Te voy a emborrachar y después me propasaré contigo por debajo de la mesa durante toda la cena.
—Ojalá —deseó Min tomando un sorbo.
Medio vaso de vino y varios besos más tarde, Min se sentía mucho mejor y Janet volvió con un colgador con algo morado y ajustado.
—¿Estás de broma? Es para mí, ¿te acuerdas?
—No, es para mí —aseguró Cal—. Soy yo el que te lleva a esa historia y no voy a pasar toda la noche miran¬do un vestido que te afea el culo.
—Vete. No pienso desnudarme delante de ti ——«to¬davía», pensó y después se acordó de su madre tocándole los brazos. «Puede que nunca».
—Bueno, al menos lo he intentado —dijo llevándo¬se la botella fuera.
—¿Es tu novio? —preguntó Janet.
—Sí —contestó Min sorprendida al darse cuenta de que realmente lo era.
—¡Dios mío! ¡Qué guapo que es!
—También es muy buena gente. Creo que este vestido...
—Te quedará muy bien —dijo Janet sacudiéndolo en la mano—. A tu novio le gusta. ¿Sabe algo de ropa femenina?
—Creo que ha debido quitar un montón —contes¬tó mientras se deshacía del vestido de pingüino.
—Pues no me importaría que me quitara la mía —soltó Janet—. Perdona, no quería...
—No pasa nada, estoy acostumbrada. ¿Cómo se pone esto?
—Métetelo por la cabeza. Es un vestido drapeado, cruzado sobre el pecho.
—No sé —dudó Min sosteniéndolo en la mano.
—Pruébatelo. A él le gusta.
—Y ha traído vino. ¿Dónde está mi vaso? —se lo acabó de un trago y después, suspirando, se metió el ves¬tido por la cabeza y se miró en el espejo.
Había cosas muy buenas en aquel vestido. El cuello cruzado le hacía parecer más delgada y la forma en que estaba drapeado a la altura de los pechos era muy sexy, siempre que no dejara caer los hombros. También hacía voluptuosas sus caderas en vez de parecer que tenía pistoleras. Aun así, era el tipo de vestido que llevaban las mujeres delgadas.
—El vuelo haciendo picos es genial. Tiene razón, tienes unas piernas muy bonitas. Son... curvilíneas.
—Gracias, el resto de mi cuerpo también lo es.
—Estás muy sexy. Voy a buscarlo para que te vea.
—Creo que me tomaré otro vaso de vino —dijo Min, pero la modista ya había salido. Se sirvió y tomo un sorbo mientras se miraba en el espejo. Era una gran me-jora respecto al vestido pingüino. Además, su madre se enfadaría, lo que estaría muy bien. Era incluso mejor, no podría protestar porque le diría que a Cal le gustaba—. De acuerdo —dijo haciendo un brindis ante su imagen y tomándose el vaso de un trago. La calidez del vino se extendió por todo su cuerpo, se mezcló con el calor que conservaba de los besos de Cal y dejó escapar un suspiro.
Cuando Cal volvió, se estaba sirviendo el tercer vaso.
—Me han dicho que estás... —empezó a decir, pe¬ro se calló.
—¿Qué?
—¡Ah! —exclamó, y Min siguió su mirada hacia su escote, muy abierto porque el vestido no cerraba bien—. Estás preciosa —dijo Cal con la suficiente tensión en la voz como para dejar claro que se estaba quedando corto.
—No es un vestido para gordas. No esconde nada —replicó Min volviéndose hacia el espejo.
—¿No hemos hablado ya de eso?
—Sí, pero desde entonces mi madre ha tenido tiempo de intervenir. Y además, este espejo me dice que no tengo cintura.
—Sí que la tienes —aseguró poniéndole una mano en la cadera—. Está aquí —le pasó la mano por el estó¬mago y ella se estremeció al ver en el espejo cómo la toca-ba. Aquella mano en ella la hacía sentirse diferente, mejor, y cuando la atrajo hacia su pecho, se relajó y dejó que la cabeza se apoyara en su hombro—. Es un vestido muy sexy —dijo susurrando antes de besarla en el cuello. Min contuvo el aliento—. Eres una mujer muy sexy —aseguró pasando un dedo por el borde el sedoso vestido en dirección al cuello, lo que le provocó un escalofrío y notó que se acaloraba al tiempo que empezaba a derretirse.
—Voy a tener que dejar de beber vino cuando esté contigo. Empiezo a creerme todas las mentiras que me dices.
Cal sonrió y su imagen le dio tanto calor como su cuerpo.
—Me gusta mucho estar a solas contigo. Y no pue¬do hacerlo porque tengo que ir a ese ensayo de la cena. Mañana tengo que estar en la boda con un vestido ri¬dículo y vuelvo a verme gorda.
—Eso es porque no prestas atención —le dijo Cal al oído—. Mírate.
—Lo hago. No de la forma en que te miro a ti —Cal le pasó la mano por el costado.
—Mira tus hermosas curvas, lo llenita que estás.
En el momento en que su voz la turbaba su mano le rodeó un pecho.
—¡Eh! —protestó levantando el brazo para apartar¬la, pero él le cortó la respiración con la boca y la besó con fuerza cogiendo su mano para que sintiera con la palma la cálida robustez de su pecho. Min pensó: «Có¬mo me gusta» y dejó que el fuego la invadiera.
—Mira lo guapa que eres —le dijo mientras entrela¬zaba los dedos de la otra mano—. No hay hombre que te vea así y no sienta deseos de tocarte —le empujó la otra mano para ponerle la palma contra el vientre y después la subió hacia los pechos—. Eres una fantasía, mi fantasía.
Apretó las dos palmas de Min contra sus pechos y ella sintió su plenitud, se estremeció y lo creyó. Se dio la vuelta y lo besó con todo su ser, apretándose contra él sin pen¬sar en otra cosa que acercarse más, deseando la firmeza de su cuerpo, la forma en que se rendía a ese cuerpo, la cali¬dez de sus manos mientras la recorrían y la atraían hacia él. Arqueó las caderas, le mordió el labio, le pasó la lengua por la boca y sintió que temblaba. «Te deseo», susurró y notó su respiración entrecortada mientras la besaba en la nuca para morder después el trozo que había besado.
—¡Huy! —exclamó Janet detrás de ellos y Min se soltó turbada y sin aliento.
—Nos quedamos el vestido —dijo Cal con voz ron¬ca y sin darse la vuelta.
—Es un vestido muy peligroso —aseguró Min intentando respirar con normalidad.
—Por eso nos lo llevamos —dijo Cal besándola an¬tes de dejarla ir.



Cuando llegaron al hostal, Diana había dejado la puerta de atrás sin cerrar, tal como había prometido.
—La cocina está bien, podremos trabajar en ella —dijo Cal cuando descargaron el coche.
—Es excelente —dijo Min con envidia—. Creo que... —empezó a decir, pero Cal la besó y ella sonrió contra su boca acercándose a él—. ¿A qué ha venido eso?
—A que puedo hacerlo —dijo acercándose más a ella. Entonces sonó el móvil—. ¿Qué se le ha olvidado a Greg esta vez?
—¿Hola? —dijo Min al teléfono.
—¿Dónde estás? Nosotras ya hemos llegado al hos¬tal y mamá no deja de meterse con mi vestido —explicó Diana con un frenético suspiro—. Quiere saber dónde te has metido.
—Estamos en la cocina dispuestos a preparar la ce¬na —dijo mientras Cal le besaba el cuello. Ahogó una ri¬sita y le suplicó—: Entretenla.
—Se va a enfadar contigo.
—Como si eso fuera una novedad. De todas formas se iba a enfadar al ver mi nuevo vestido. Lo ha elegido Cal y parezco una prosti —dijo notando que Cal se reía entre su pelo.
—¿En serio? ¿De qué color es?
—¿Diana?
—Voy a entretener a mamá. Gracias.
—No pareces una prostituta —aseguró Cal cuando Min colgó el móvil—. Si acaso una acompañante de alto standing —dijo bajándole la mano hasta el final de la espalda—. Y yo tengo dinero.
—Pues imagínate que cocinar van a ser nuestros juegos preliminares —sugirió Min y Cal suspiró y empe¬zó a desempaquetar la comida.
Quince minutos después, Min tenía cuatro sarte¬nes con aceite de oliva caliente, Cal había ablandado con un mazo dieciséis pechugas de pollo hasta dejarlas planas como un rodaballo y estaba lavando champi¬ñones.
—Nada de mantequilla y muchas, muchas gracias —dijo Diana asomando la cabeza.
—Por cierto, ¿dónde estoy? —le preguntó Min mientras rebozaba las pechugas.
—El coche de Cal se ha estropeado en algún sitio de la 275 —contestó Diana.
—Mi coche no se ha estropeado —replicó éste—. Lo he dejado en...
—Gracias, se lo creerá. ¿Te importaría olvidarte de tu orgullo masculino esta noche? —le pidió Min.
—¿Y qué gano con eso?
—Mi eterna gratitud —dijo ésta besándolo en los labios, encantada de la forma en que encajaban sus bocas.
—¿Cuánta gratitud? —preguntó Cal inclinándose para seguirla mientras ella se apartaba.
—Más de la que pueda expresarte en una sola no¬che. ¿Puedes cortarme unos cuantos champiñones? Los necesitaremos para la ensalada —dijo y se quedó parada con el primer trozo de pollo encima de la sartén.
—¿Algún problema?
—No —contestó dejándolo en la mesa. Buscó en una de las bolsas y sacó una barra de mantequilla. ¿Sa¬bes?, creo que no se puede cocinar sin un poco de man-tequilla.
—Sí —admitió Cal sonriendo.
Min echó una generosa porción en cada una de las sartenes y olió su suave aroma. Después sonrió y echó las pechugas.
—De todas formas, no se darán cuenta —aseguró Cal.
—Mi madre puede olerla tres días después de que la haya comido. Sí que se enterará, pero me da igual. ¿Puedes cortar lechuga? Yo tengo que cocer unas judías.
Media hora más tarde, Tony y Roger aparecieron vestidos con camisa blanca y pajaritas negras, con Bonnie.
—Vaya, vaya —comentó Min sofocando la risa.
—Sí, ahora te burlas, pero luego alucinarás —dijo Tony, que sirvió agua en unos vasos más rápido de lo que habría podido imaginar. Roger puso catorce platos en fi-la, hizo un dibujo en ellos con salsa de frambuesa y pre¬paró las ensaladas como si estuvieran en el Ritz.
—Me has dejado de piedra.
—A mí también —dijo Bonnie desde el taburete en el que estaba sentada al fondo de la mesa, mientras cor¬taba cebolletas en tiras, Roger le sonreía y Tony sacaba los vasos de agua.
—Ya están todos en el salón, se comportan con mu¬cha educación. Diana parecía un poco aburrida, hasta que me ha visto con la pajarita —comentó Tony cuando volvió.
—Aquello debe de ser un infierno. Prefiero estar aquí con vosotros. A partir de ahora creo que prepararé todas las cenas que dé mi madre —comentó Min al otro lado del vapor que desprendían las judías.
—En cuanto note la mantequilla no te volverá a de¬jar hacerlo —dijo Cal ayudando a Tony a preparar los primeros platos.
Diez minutos más tarde, los platos estaban prepa¬rados para el pollo, éste tenía un aspecto delicioso coci¬nándose a fuego lento en su oscura salsa, las judías ver¬des con las almendras metidas en unos rollitos hechos con las tiras de cebolleta y Min hablaba sola.
—Ensalada, hecha. Carne y judías, preparados. Salsa de maíz de Emilio's, lista. Panecillos, sacados del horno y en cestas. Me olvido de algo, seguro. ¡Mierda! ¡El postre!
—Lo he traído yo —dijo Cal sacando una bolsa que contenía dos cajas de Krispy Kreme.
—¿Donuts? —preguntó Min desconcertada.
—Pásame una fuente de postre —Min buscó en un armario y le dio una. Cal dispuso siete glaseados con chocolate haciendo un círculo, con uno en medio, la siguiente capa con cinco rellenos de chocolate, otra con tres glaseados con vainilla y una última con un especta¬cular donut de chocolate. La pirámide se sujetaba con el glaseado que Bonnie había ido goteando entre las capas.
A Min se le hizo la boca agua.
—Lo vi en un artículo de People. La gente lo prepa¬ra muy a menudo —comentó Bonnie.
Cal cogió una de las cajas, la abrió y sacó una figu¬rita con unos novios de plástico bajo una arcada. Eran horribles hasta que los puso encima de los donuts, después le parecieron muy divertidos.
—Es la tarta que quiero en mi boda. Aunque a mi madre le dará un infarto —comentó Min. Cal sonrió y Min se quitó el delantal—. Eres un genio, Calvin. Dame un momento para que me ponga el vestido y estaremos listos para el show.
Se cambió tan rápido como pudo y cuando volvió oyó que Tony le decía a Cal:
—Está todo listo, ya podéis iros —se calló cuando la vio, Roger se quedó parado y Bonnie la miró desde detrás de éste.
—¡Min! ¡Estás preciosa! —la alabó Bonnie.
—Muy sexy —comentó Tony, y Cal le dio un golpecito en la cabeza—. Sólo ha sido un comentario —pro¬testó éste.
—¿Podéis ocuparos de todo? —preguntó Cal pa¬sándole la tarta a Roger.
—Está chupao —dijo Tony, y Min se quedó quieta, desconcertada—. ¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada —contestó, y fue a comprobar en un espe¬jo que había al lado de la puerta si se había manchado de harina. El calor de la cocina había hecho que se le subieran los colores y le había rizado el pelo, estaba...
—Estás guapísima —dijo Cal, y Min se volvió y vio a Tony y a Roger a su lado. Entonces cayó en la cuenta de que un mes antes no conocía a ninguno de ellos y sin embargo se habían unido para sacar a su hermana de un apuro.
—Es todo un detalle por vuestra parte. Esto es algo que va más allá de la amistad —les dijo.
—Por ti lo que quieras —dijo Tony dándole un be¬so en la mejilla y Min se puso colorada.
—Deja ya de flirtrear con otros hombres, Minerva —le pidió Cal cogiéndola de la mano y Roger le dio una palmadita en la espalda mientras salían.
—Son una gente excelente —los alabó mientras iban por el camino de grava hacia la puerta principal.
—Sí, y ahora vamos a cenar con tu familia.
—¡Menuda!



Más tarde, cuando recordó el ensayo de la cena, a Min se le hizo difícil pensar en algún momento en el que aquella celebración no hubiera estado animada.
Cuando Nanette los vio entrar se quedó tan sor¬prendida por el vestido de Min que sólo consiguió decir: «Llegas tarde» y lanzarle una mirada furiosa mientras ella se preparaba para lo peor.
Pero entonces Cal le dio una palmadita en la espal¬da y el padrino de Greg exclamó: «¡Guau!» asintiendo con la cabeza.
—Gracias —dijo Min.
—Te lo dije, aléjate de él —le advirtió Cal al oído.
También estaba el momento en el que Min vio que Greg había decidido hacerse un corte de pelo tipo César el día anterior a su boda y parecía más tonto si era posible.
—No hagas jamás una cosa así —le suplicó a Cal.
—No creo que lo haga —contestó éste.
Recordó el momento en el que Roger y Tony estaban sirviendo las ensaladas y Diana sonrió y dijo: «Qué camare¬ros más guapos» y Roger casi le tira una encima de Greg.
—¡Ten cuidado! —le reprendió y a Diana se le bo¬rró la sonrisa.
—Muy guapos —corroboró Min y frunció el en¬trecejo en dirección a Greg sin que éste se enterara de nada.
O cuando la madre de Greg dijo:
—Este pollo está muy bueno. ¿Quién habéis dicho que lo había preparado? —preguntó, y todos los ojos se volvieron hacia Greg.
Min dejó que se quedara mudo un momento antes de decir:
—Emilio's, ¿no?
Greg se aferró al cable que le había echado con tan¬ta gratitud que casi le dio pena.
A aquello le siguió la intervención de Nanette.
—Esto lleva mantequilla.
—Sí —confirmó Min sin dejar de comer y Cal le dio una palmadita en la espalda.
Aunque seguramente el peor momento de todos fue hacia el final de la cena, cuando sonó el móvil de Min. Miró a Diana y se estremeció, pues era la única que le podía estar llamando y después se acordó del trío que había en la cocina.
—Ahora vuelvo —dijo alejándose para contestar—. ¿Sí?
—Min —oyó que decía la voz de David—. Llevo todo el día buscándote.
—¿Por qué? Es igual, no me importa. Estoy en el ensayo del banquete de mi hermana. Déjame en paz.
—Se trata de Cal —dijo David, y Min se quedó pa¬rada—. Todavía me preocupas y debes saber algo de Cal¬vin Morrisey.
—Dilo.
—¿Te acuerdas de la noche que ligó contigo? Lo hi¬zo porque apostó a que podía llevarte a la cama en menos de un mes.
—¿Sí? —inquirió pensando: «¡Qué miserable eres!».
—Bueno el plazo acaba el miércoles que viene. Y Cal Morrisey no pierde nunca. Hará todo lo que pueda por ganar la apuesta. He pensado que debías saberlo. No quiero que te haga daño.
—¡Caramba! Gracias.
—No pareces enfadada.
—Ya se sabe, son como niños.
—Creía que te escandalizarías —dijo, pareciendo escandalizado él mismo.
—Ya lo sabía. Os oí. Por eso sé que Cal no hizo esa apuesta, sino tú. Fue idea tuya, lo que te convierte en el canalla de esta historia.
—No, estaba enfadado porque habíamos roto.
—Me dejaste tú. ¿Por qué estabas enfadado?
—Me he arrepentido mil veces de esa apuesta, pero Cal no ha querido cancelarla.
—¿Le has preguntado? —preguntó Min, que no le creía.
—Una y otra vez.
—David.
—¿Sí?
—¡Púdrete en el infierno! —le deseó antes de colgar.
Se quedó en el porche y miró hacia el río que había cerca. Todo aquello era una mierda. Creía en Cal, sin reservas, pero aquella apuesta...
«Hablaré con él después de la boda», se dijo. Cuan¬do se quitara aquel horrible corsé y estuvieran solos, cuando pudieran hablar sin que Diana le estuviera pi¬diendo ayuda, hablaría con él.
«Mañana por la noche», se recordó y volvió a en¬trar a tiempo para presenciar el mejor momento de to¬da la velada, la cara de Nanette cuando vio la tarta Krispy Kreme.



—¡Eh! —dijo David cuando Cynthie contestó el te¬léfono el domingo por la tarde—. Hace tiempo que no sé de ti. ¿Qué...?
—Se acabó —dijo ésta con voz como de haber es¬tado llorando—. Están en la fase encaprichamiento. Pueden pasar años hasta que entre en razón. Hemos perdido, David.
—No, yo no pierdo.
—Cal la quiere. Es sincero con ella. No podemos hacer nada.
—No es verdad —replicó David, enfadado por oír mencionar a Cal—. Va detrás de ella solamente para ga¬nar la maldita apuesta.
—¿Qué?
—Esto... —comenzó a decir intentando pensar en una explicación que no le hiciera quedar como un canalla.
—Dime —le exigió Cynthie con voz que no admi¬tía tonterías.
—Aquella noche estaba enfadado, dolido y...
—David, tú me importas un comino. Cuéntame lo de la apuesta.
—Me aposté con Cal que no sería capaz de llevarla a la cama en un mes.
—Cal no habría hecho una apuesta así —replicó Cynthie muy segura.
—¿Porque es muy noble...?
—Te dijo alguna otra cosa.
—Apostó a que la invitaba a cenar.
—¿Se fue con él porque hiciste una apuesta? —preguntó furiosa.
—Yo no tengo la culpa.
—Eso ya no tiene importancia —aseguró Cynthie con tono lastimero otra vez—. Aunque se lo contaras a ella, lo comprobaría preguntándole a Cal.
—Ya lo sabía —repuso David resentido—. La lla¬mé ayer para contárselo y me dijo que nos había oído.
Cynthie no dijo nada.
—Creo que se fue a cenar con él para provocarme. Cal comentó que había sido muy insolente, así que ima¬gino que le hizo pagar.
—¿Lo sabe él? —preguntó Cynthie con voz ten¬sa—. ¿Sabe que salió con él para hacerle pagar?
—No creo. No me ha llamado para decirme que cancela la apuesta y ahora que sabe que ella está al co¬rriente, la apuesta ya no sigue en pie.
Silencio.
—¿Cynthie?
—¿Sabes dónde está Cal en este momento?
—No, pero esta noche estará en la boda de Diana. ¿Qué diferencia...?
—Sé cómo separarlos —dijo Cynthie con voz contundente.
—¿Cómo?
—Llévame a la boda. Si todavía no se ha acostado con ella, estará muy frustrado. Los observaré y si algo lo pone tenso, si lo vuelve a rechazar, si algo sale mal... —Cynthie hizo una pausa e inspiró con fuerza—. Te avisaré para que vayas a decirle que Min le ha estado tomando el pelo todo el tiempo y que todo el mundo piensa que es tonto.
—¿Bastará eso para que rompan?
—Eso será suficiente para que Cal tenga pesadillas durante muchos años —aseguró con voz abatida—. No tiene ninguna lógica, pero ha sido el desencadenante desde que era niño. Si le aprietas ese botón explota. Si lo hace delante de la familia y amigos de Min...
—¡Guau! —exclamó David impresionado por su voz.
—¿A qué hora es la boda?
—A las siete. Diana quería que fuese al atardecer por no sé qué basura de cuentos de hadas.
—Recógeme a las seis —le pidió antes de colgar.



Min pasó la noche con Diana, que estaba tan frenética que se quedó poniendo lazos en las cajas para la tarta, hasta que Min se dio por vencida y se fue a dor¬mir sin siquiera echar de menos a Cal. Sin embargo, al día siguiente, Diana estaba muy tranquila, tensa pero no frenética y llena de energía.
—No he dormido mucho —le confesó a Min.
Cuando fueron al vestuario de la capilla, Salida, Calentorra y Nanette estaban esperando y Min esquivó a su madre y sus peinetas («¡Min estás horrible con el pelo así!»), llevó las cajas de la tarta al salón del ban¬quete y se fue al baño de la capilla para ponerse el ves¬tido. No iba a estar peleándose con aquella maldita co¬sa mientras su madre hacía comentarios y Calentorra sonreía satisfecha.
Algo no iba bien, pensó mientras intentaba atarse el corsé. Era algo aparte de la loca de su madre y la idiota y sosa de la dama de honor vestida de verde, algo que iba más allá de la tarta que Bonnie intentaba deco¬rar con orquídeas y perlas, algo, estaba segura, que te¬nía que ver con el novio. «Tengo que hablar con Dia¬na», pensó, pero ¿qué le iba a decir? ¿Estás tiste, tu novio es un idiota y creo que deberíamos comernos la tarta e irnos a casa?
—¡A la porra! —exclamó saliendo del baño para ir a buscar a su hermana.
—Llegas tarde —dijo Calentorra, arreglándose el elaborado moño cuando Min entró en la habitación.
—¡Que te den! —replicó y fue donde estaba su hermana—. ¿Qué te pasa, cariño?
—Nada. Me... alegro de que estés aquí.
—Sí, en todo mi esplendor —dijo estirando los brazos para que viera cómo se le abría el escote del corsé.
—No lo llevas lo suficientemente apretado —co¬mentó Nanette dándole la vuelta—. La verdad, Min —pro¬firió mientras desataba el lazo del cuello y empezaba a apretar las cuerdas desde la parte de abajo.
—¡Ay! —exclamó al notar que le comprimía los pulmones—. ¡Madre! —se sujetó en el respaldo de la silla de Diana para no perder el equilibrio mientras Nanette tiraba de las cintas—. Tengo que poder... ha¬blar... durante... la ceremonia.
Nanette dio un último y atroz tirón, ató las cintas con un nudo que habría dejado con la boca abierta a un boy scout y se apartó para contemplar su obra.
—Bueno, es todo lo que puedo hacer —reconoció y Min pensó: «Eso resume a la perfección nuestra rela¬ción» y se alejó de ella, con la mano en el costado inten¬tando respirar y ver a Diana a la vez.
—¿Diana? —preguntó al ver que ésta no decía na¬da. Se inclinó para mirarla a la cara y sintió que se le comprimían aún más los pulmones.
Diana se estaba mirando en el espejo, con los ojos como platos y apretando los dientes, y se olvidó de que no podía respirar.
—¿Estás bien?
—Sí —contestó con voz apagada sin apartar la vista del espejo.
—Estás muy guapa —a ella, hasta el corsé le queda¬ba bien—. Como un cisne —añadió esperando conse¬guir un parpadeo.
—Son los nervios anteriores a la boda —comentó Salida mientras se arreglaba la corona de hiedra y orquí¬deas blancas en su liso y rubio pelo. Tenía un aspecto deprimente.
—Ve a ponerte la tuya —le indicó Calentorra dán¬dole un codazo, con su corona de aciano y orquídeas perfectamente centrada y colocada sobre el moño.
—¡Min, tu corona! —exclamó Nanette.
Cogió su corona de lavanda y orquídeas y se la co¬locó en la cabeza. Al menos olía bien. Puso un par de horquillas para sujetarla sin dejar de mirar a Diana en el espejo.
—Iros —pidió ésta al darse cuenta de que la estaba mirando.
—Vale.
—No, tú no. Todos menos tú.
—¿Qué? —preguntó Salida con las manos en el aire intentando arreglar la corona de Diana.
—¡Diana! —protestó su madre.
—Es el momento de las hermanas. Ahora mismo vamos.
—¡Eh, que soy una dama de honor! —exclamó Calentorra, pero se calló al ver la expresión de Diana.
—¡Fuera! —le ordenó indicando con el dedo hacia la puerta.
—Yo no me voy. Es la boda de mi hija —soltó Nanette.
—Pues ve a ver si todo está bien. ¿No tenían que estar los bancos decorados con flores?
—De verdad, Min. Pues claro.
—Será mejor que lo compruebes —le sugirió y Na¬nette se fue hacia la capilla.
Salida cogió su ramo de orquídeas y le dio un beso a Diana en la mejilla.
—Estás preciosa. Parece que tengas la talla treinta.
Le dio el ramo de Calentorra, la empujó hasta la puerta y ésta ya no se puso tan gallita.
Después, Min y Diana se quedaron solas.
Min se apoyó en la encimera e intentó meterse los dedos por debajo del corsé para conseguir algo de aire y hablar con ella.
—Mira, ya está. O me dices lo que te pasa o cance¬lo la boda.
—Quiero un donut de Krispy Kreme —pidió a punto de echarse a llorar.
—Yo te lo traeré. Iré y...
—No puedo comerlos. Cada uno tiene doce gra¬mos de grasa.
—Sí, pero como es el día de tu boda...
—No pasa nada.
—Sí que pasa. Mira, si no quieres seguir adelante con lo de la boda cogeré las llaves del coche de Cal, nos iremos a casa, beberemos champán y nos comeremos muchos Krispy Kreme.
—¿Que si quiero irme? No, no.
—Vale, pero si cambias de idea, lo de los donuts y el champán no iba en broma.
—No cambiaré de idea. Esta es mi boda de cuento de hadas.
—Entonces es hora de ir —sugirió esperando que algo de acción estimulara el cerebro de su hermana.
Diana se puso de pie y Min estiró los brazos para enseñarle el corsé.
—¿Qué te parece?
—Que ha sido una idea estúpida —dijo con voz temblorosa—. ¿Por qué te habré metido en un corsé?
—Para que tenga cintura.
—Ya la tienes. No es fina, pero no le pasa nada —aseguró antes de quedarse parada mirándola a los ojos, impre¬sionantemente guapa, fría como el hielo.
—Tienes que decirme qué te pasa.
—Nada. Todo va de maravilla.
Calentorra llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—¿Estáis listas? —preguntó con voz más vacilante de lo que Min le había oído nunca—. Porque se supone que deberíamos ponernos en fila.
—Ahora mismo salimos —dijo Min al ver que Dia¬na no le hacía caso.
—Estás muy guapa —dijo Calentorra abriendo más la puerta.
Diana cogió su ramo.
—La corona —le indicó Min. Diana cogió su coro¬na de orquídeas blancas y rosas y se la puso en la cabeza, con el velo torcido—. Ya te lo...
Pero Diana había empezado a cruzar la habitación.
—Yo lo arreglaré —se ofreció Calentorra lanzándo¬le a Min su típica mirada de «Eres una inútil».
—No creo que puedas —dijo Min cogiendo su ra¬mo y siguiendo a su hermana.


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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:22 pm

Capítulo 14


La luz de la puesta de sol inundaba el vestíbulo, pero Diana tenía la cara pálida y fría bajo su arreglada corona y velo. George estaba a su lado, incómodo en su frac y le lanzaba miradas angustiadas. Le lanzó una mi¬rada inquisitiva a Min, pero ésta se encogió de hom¬bros. Lo sentía por él, pero no se encontraba en los pri¬meros puestos de la lista de personas que necesitaban ayuda.
Salida estaba delante de ellos al lado de la puerta. Entonces empezó el cortejo, le dio un último tirón a su polisón, sollozó, esbozó una tensa sonrisa, dio un paso hacia delante y entró en la capilla.
Calentorra avanzó, se quedó parada hasta que le to¬có el turno, le lanzó un beso con la mano a Diana, dio un paso, sonrió como una animadora y entró en la capilla.
—Soy tu hermana y puedes contar conmigo para lo que sea. Si quieres irte, te sacaré —dijo Min.
—¡Min! —exclamó su padre estupefacto y Diana negó con la cabeza.
—Vale —Min ajustó el paso a la música, se planti¬ficó una sonrisa en la cara, dio un paso y entró en la ca¬pilla.
Algo le atrapó el polisón y se quedó parada. Se dio la vuelta y vio que Diana sujetaba los volantes de gasa de color lavanda.
—¡Diana! —exclamó su padre perplejo.
—Papá, ve a sonreír a la arcada para que sepan que todo va bien —le pidió Min volviendo hacia atrás. Quitó la mano de su hermana de los volantes y la arrastró hasta las escaleras de la iglesia en la luz que languidecía—. ¡Habla!
—Greg se ha acostado con mi dama de honor —con¬fesó Diana con el ramo temblándole en las manos.
—¿Susie? —preguntó nada sorprendida, pero as¬queada al mismo tiempo—. Sabía que...
—Peor.
—¿Cómo puede ser...? —y entonces cayó en la cuenta—. ¿Karen?
Diana asintió.
—¡Oh! —exclamó Min intentando pensar en algo que decir mientras aumentaba su cólera—. Cariño... Dime que fue antes de declararse y no...
—Anoche —susurró Diana y Min inspiró con fuer¬za a pesar del corsé.
—¡Hijo de puta!
—Gracias —dijo Diana sollozando.
—Esa puta. Te juro que le voy a arrancar todo el pelo de su maldita cabeza —dijo Min agarrando con fuerza a Diana—. Voy a clavar su maldito moño en la puerta de la iglesia, zorra. Y papá se encargará de Greg. Hace meses que le tiene ganas.
Diana sollozó.
—Cuidaremos de ti. No estás sola. Liza y Bonnie... —se calló al darse cuenta de que presumir de amigas no era lo mejor que podía hacer en ese momento e intentó imaginarse cómo se sentiría si alguna de ellas la traicio¬naba, si Liza se acostaba con Cal..., no, eso era inimaginable, no podía ser, nunca...
—Anoche os observé a Cal y a ti —dijo Diana con lágrimas en los ojos—. Y me parecisteis perfectos el uno para el otro, no tenéis que ser otra persona, ni estar delgados ni nada. Te quiere como eres y yo quería hablar con Greg. Quería estar así con él, así que cuando te acostaste, fui a su apartamento y los encontré en el dormitorio. Ni siquiera estaban en la cama.
—Y Karen te ha estado mandando besos, la asquero¬sa zorra —dijo Min abrazando a su hermana con fuerza.
—No saben que los vi. Ellos no me vieron a mí.
—Te comportaste con mucha madurez —dijo Min apretando los dientes—. Yo habría llenado las paredes de sangre. Vale, voy a cancelar la boda.
—No —le pidió con el corsé con pedrería subién¬dole y bajándole debido a su agitada respiración—. No lo hagas.
—¿Qué?
—Vamos.
—Me admira la forma en que lo estás llevando, pe¬ro creo que casarse con ese hijo de puta es llevar la ma¬durez demasiado lejos.
—Tengo que hacerlo. Está todo organizado. Hay regalos, Bonnie ha puesto perlas en la tarta...
—Ya me comeré yo la tarta, devolveré los regalos e incluso lisiaré al novio por ti.
—No. No era... Fueron los nervios de antes de la boda. Todo saldrá bien.
—Diana —dijo Min inspirando todo lo profunda¬mente que pudo e intentando sonar calmada—. Cuan¬do se tienen esos nervios a uno le entra el pánico en la despedida de soltero, no se acuesta con tu mejor amiga.
—No todo el mundo encuentra un Cal. Greg es un buen tipo. Simplemente le entró miedo. Voy a casarme —aseguró meneando la cabeza y después tragó saliva—. Tenía que contárselo a alguien, ya me he desahogado.
—Vale. Pero si cambias de opinión en cualquier momento, en medio de la ceremonia o del viaje de no¬vios o cuando esté naciendo tu tercer hijo, allí estaré pa-ra ayudarte. Llámame y te sacaré de donde sea. No estás sola —intentó volver a inspirar, pero el corsé se re¬sistió—. ¿Estás segura de lo que vas a hacer? Porque...
—Sólo tenía que contárselo a alguien. Estoy bien.
—Estupendo, yo no —esperó un momento antes de volver adentro, pero su hermana ya se dirigía hacia el vestíbulo sin dejarle otra opción que seguirla.
Min sonrió a su padre, que parecía enloquecido, ocupó su sitio en la puerta y empezó a recorrer el pasi¬llo, sin casi fijarse en que David y Cynthie estaban en un banco y parecían nerviosos, que Bonnie y Liza esta¬ban en el tercer banco lanzándole una mirada tipo «¿Qué demonios está pasando?», que Cal estaba en la segunda fila mirándole fascinado el escote y que el ca¬brón de Greg estaba cerca del altar con cara de estar enfadado. «Muérete, cerdo traidor soplapollas», aque¬llo le pareció poco y empezó a pensar en otros insultos sin darse cuenta de que estaba frunciendo el entrecejo, hasta que Cal la miró con los ojos muy abiertos y Greg se echó un paso atrás.
Suavizó la expresión de su cara. Vale, todavía que¬daba el momento de «hable ahora o calle para siempre», la cláusula de escape. Podría decir algo. Aunque si lo ha¬cía arruinaría la boda de Diana y tenía la sensación de que la boda era más importante para su hermana que el propio matrimonio. E incluso aunque no lo fuera, era la elección que había hecho su hermana. No iba a ser como su madre y gobernar su vida.
Ocupó su sitio al lado de Calentorra en el fondo de la iglesia y pensó en darle en la cara con el ramo. Quizá podría excusarse diciendo que se había resbalado, dos veces.
Calentorra suspiró y meneó la cabeza, señalando ha¬cia la corona.
«Puta», pensó, y se la puso bien.
Sonó la marcha nupcial y se volvió para ver a su hermana recorrer el pasillo. Era como una imagen hollywoodiense con el sol brillando a su espalda, como una bendición.
Parecía ida y a Min se le rompió el corazón.
Se volvió hacia Cal, éste la observaba frunciendo el ceño y movió los labios como para decir: «¿Qué pasa?». Min meneó la cabeza al borde de las lágrimas. Ni siquie¬ra él podía arreglar aquello.
Diana llegó al fondo de la iglesia, comenzó la cere¬monia y al poco rato la gente empezó a revolverse en los asientos. «Saben que pasa algo», pensó Min. No notan esa sensación de felicidad que suele haber en las bodas. Incluso el polisón de Diana presagiaba la tragedia.
Cuando el sacerdote dijo: «Si alguien tiene algún motivo para que esta boda no se celebre, que hable aho¬ra o calle para siempre», Min se acercó a su hermana.
Diana se volvió hacia ella y sus miradas se cruzaron.
—Hazlo—dijo Min.
Al cabo de un momento el sacerdote asintió y co¬menzó los votos.
—Sí —dijo Diana apretando el brazo de Min, y és¬ta suspiró aliviada.
—Todavía no —le indicó el cura.
—No —le aclaró Min—. No es eso a lo que se re¬fiere. Hazlo —le pidió a su hermana.
—Me opongo —dijo, pero con voz tan baja que el sacerdote tuvo que inclinarse hacia delante para oírla.
—Se opone —dijo Min en voz alta.
—¿A qué? —preguntó Greg.
—A ti, traidor hijo de puta —le insultó Min. En los primeros bancos se oyó un grito ahogado. «No levantes la voz —se dijo—. No levantes la voz». Después miró a Greg y pensó: «A la porra lo de alzar la voz».
—Me opongo —dijo Diana con voz a temperatura ambiente. Se volvió para mirar hacia los bancos—. Me opongo a un novio que se acostó ayer con mi dama de honor. Me opongo a un novio que es... —empezó a decir, pero se le quebró la voz.
—Un cerdo mentiroso soplapollas —Min acabó la frase mirando a Greg, alzando la voz, por supuesto.
—Sí—dijo Diana bajando las escaleras sujetando el ramo con manos temblorosas.
—Hasta llevas un pelo de idiota —le acusó Min a Greg siguiendo a su hermana. Este la cogió por el brazo.
—Espera un momento —dijo, y Min se volvió para atizarle, pero Cal se interpuso y lo apartó de un empu¬jón. Detrás de ellos Salida le preguntó a Calentorra:
«¿Te has acostado con él?» y alguien le dio un golpecito a Greg en el hombro en el momento en que Salida arremetía contra Calentorra, Greg recibía un puñetazo de George y Salida le tiraba con fuerza del moño a Ca¬lentorra y ésta caía de culo en el primer banco.
Cal cogió a Greg por los hombros antes de que ca¬yera al suelo y los dos se volvieron para ver a Nanette, que se acercaba a ellos con un exquisito vestido gris.
—Eres horrible —le acusó y le dio en las costillas con el tacón de aguja de sus Manolo Blahniks.
—¡Madre! —exclamó Min.
—¡Treinta y siete malditos años! —dijo Nanette dándole una patada con cada palabra hasta que Min la apartó. Fue tambaleándose hacia un lado y acabó frente a George, que intentaba librarse de Cal para poder darle otro puñetazo a Greg—. Y tú también —dijo dándole un golpe en la cabeza con el bolso.
—¿Y qué he hecho yo? —preguntó George protegiéndose con las manos mientras Nanette se iba por el pasillo con la cabeza muy alta.
—¡Cabrón! —dijo Salida a Greg y empezó a darle golpes en la cara con el ramo mientras Calentorra inten¬taba levantarse del banco.
—Tengo que ir a ver a Diana —le dijo Min a Cal—. Patéale la cabeza.
—Ve —dijo Cal y lo último que vio Min fue que dejaba caer a Greg en la alfombra para evitar que Geor¬ge le pegara otra vez y Salida le zurraba con sus orquí¬deas.



Cal encontró a Min en el banquete, ya que Diana había insistido en ir a recibir a quien apareciera por allí. Estaban sentadas en el desierto salón de baile con Liza y Bonnie, y una demasiado alegre Salida, mientras Roger llevaba champán de un lado a otro y Nanette intentaba consolar a Diana diciéndole que todos los hombres son unos asquerosos mentirosos.
—¡Madre! —dijo Min, y Cal la cogió de la mano y la sacó al vestíbulo—. Mi madre está loca.
—¿Ahora te das cuenta? —preguntó Cal intentan¬do no mirarle el escote a punto de reventar—. Eso debe de doler.
—Sí, llevo todo el día como si estuviera en una se¬sión de sado. Mira a Salida, ahí está riéndose. Y pensar que llegué a tener pena de esa zorra. ¿Me necesitabas para algo?
—Sí —dijo éste ligeramente aturdido al ver cómo se elevaba y bajaba el escote—. ¿Cuándo podrás quitarte eso?
—Ahora mismo, pero los nudos están tan apretados que no puedo soltarlos —dijo pasándose la mano por la parte superior del corsé y Cal pensó: «Déjame hacerlo a mí»—. Me está matando.
—Espera —dijo Cal sacando su navajita.
La pasó por debajo del lazo y lo cortó. Min respiró profundamente mientras el resto del corsé empezaba a desatarse por la presión.
—¡Qué maravilla!
—Así está muy bien —dijo Cal observando cómo subía y bajaba el aflojado corsé. Le pasó el dedo por los pechos y sintió que se desataba la necesidad de poseerla que llevaba semanas madurando.
Si no la poseía pronto iba a volverse loco.
—¡Qué haces! —protestó apartándole la mano.
—No puedo remediarlo, los estás exhibiendo —di¬jo acercándole los labios.
Su boca se deshizo al contacto con la familiaridad de su calidez, se le aceleró la respiración y su mano se ahuecó en sus tersos senos.
—¡Ah! —exclamó al sentir sus besos en la suave curva de su nuca y Cal notó cómo suspiraba al contacto de su mano—. Me encanta, pero tengo que...
—Ya. No debería de... —comenzó a decir besándo¬la otra vez, deseándola tanto que no podía dejarla ir.
—Sí, sí que deberías, pero Diana...
—Es verdad —se excusó al acordarse de por qué había vuelto—. Uno de los porteros ha metido a Greg en el coche. ¿Quiere verlo Diana antes de que se vaya? Le gustaría disculparse.
—¡No! —exclamó apartándose de él—. ¿Qué le va a decir?
—Soy el cliché más manido de las historias de bo¬das desastrosas —sugirió Cal, que ya echaba de menos su proximidad—. Por si te sirve de consuelo, los porteros también están enfadados con él.
—Lo odio —dijo Min mirando hacia el salón de baile.
—¿Qué tal está Diana? —preguntó mirando a su hermana y sintiéndose culpable por tener deseos carna¬les mientas Di estaba sufriendo.
—Creo que se siente aliviada. No está contenta y seguro que llora, pero creo que se había dado cuenta de que lo que quería era la boda y no a Greg.
—Muy sensato. ¿Quién iba a querer a Greg?
—Esta noche me quedaré con ella —dijo antes de besarlo.
—Ya imaginaba—dijo Cal, a pesar de que no le gustaba la idea. La rodeó con sus brazos y la atrajo con¬tra él—. Te quiero, Minerva.
—Mañana por la noche estaré libre. Ve a deshacer¬te de ese imbécil y ven a tomar una copa de champán.
—Ahora vuelvo —prometió besándola otra vez, sorprendido de que fuera tan fácil, que todo entre ellos fuera así de sencillo. «No puede ser verdad», pensó, pe¬ro sonrió de todas formas mientras iba a decirle a los porteros que podían despachar a Greg.
A la vuelta se tropezó con David.
—Creo que la fiesta se ha acabado, ya te puedes ir a casa—dijo Cal intentando no gruñir.
—No puedo, tengo que decirte algo.
—¿Qué?
—La apuesta que hicimos, la de que podías llevarte a Min a la cama antes de un mes.
—¿Qué? ¿Qué apuesta? No la hicimos. Fuiste tú, que estabas borracho y te comportaste como un idiota.
—Min lo sabe —le informó, y Cal sintió un escalo¬frío—. Nos oyó, por eso se fue contigo, para desquitarse de los dos y conseguir un acompañante para este fiasco. Todos lo saben, Liza, Bonnie, su hermana, se lo ha con¬tado a todo el mundo. Se han estado riendo de nosotros.
De repente, aquel vestíbulo le pareció demasiado estrecho, le faltó el aire y hacía mucho frío para ser junio.
—Tenía que decírtelo porque si ella está al corrien¬te, la apuesta no vale. Ha estado jugando contigo todo el tiempo.
—No —dijo Cal con un nudo en la garganta—. No haría algo así —aseguró sintiendo una vergüenza y un odio a sí mismo que le eran muy familiares. «Qué tonto has sido», pensó, a pesar de que el sentido común le de¬cía que David sólo quería meter cizaña y que Min jamás haría una cosa así.
—Reconócelo. Nos ha estado tomando el pelo. Bue¬no, a ti más que a mí, porque yo no intentaba acostarme con ella, aunque también me siento como un tonto.
—Al menos empiezas a conocerte —replicó mirán¬dolo con asco. «Min lo sabía y piensa que soy tonto».
—No lo pagues conmigo. No soy yo el que ha he¬cho que quedes como un idiota todo un mes.
Cal se estremeció, se dio la vuelta y volvió a la cele¬bración. No era vedad, Min no era así, no lo haría, aun¬que en ese momento, muchas cosas que le habían pareci¬do inexplicables empezaban a cobrar sentido.
Cruzó el casi desierto salón hasta llegar al lado de Min, que intentaba proteger a Diana de Nanette.
—¿Podemos hablar un momento?
—No es el mejor...
—Ahora —exigió, y los ojos de Min se agrandaron al tiempo que asentía.
—Ahora mismo vuelvo —le comunicó a su herma¬na y dejó que Cal la llevara al vestíbulo sin dejar de mirar angustiada a su hermana.
—¿Se trata de Greg? —le preguntó desde un lu¬gar del vestíbulo en el que podía seguir vigilando a Diana.
—¿Por qué aceptaste cenar conmigo la primera noche?
—¿Qué? —preguntó tan sorprendida que dejó de mirar a su hermana.
—Dime la verdad.
—Fui... —apartó la mirada y meneó la cabeza—. Fui porque te apostate con David que podías llevarme a la cama en menos de un mes y necesitaba un acompa¬ñante para esta boda. Después salimos juntos y me pareciste tan vanidoso que pensé que no te aguantaría tres semanas, te di las gracias por la cena y me fui a ca¬sa. No entiendo por qué tenemos que hablar ahora de todo esto.
—¿Por qué demonios seguiste saliendo conmigo si pensabas que era capaz de hacer algo así? —preguntó Cal, cuyo mes de frustración empezaba a transformarse en cólera—. ¿Para burlarte de mí? ¿Te parecía gracioso?
—No, te estuve rechazando todo el tiempo —repli¬có enfadada—. Mira, ¿no podemos hablar de esto más tarde?
—Así que me rechazabas para tomarme el pelo y Liza, Bonnie y tú os juntabais para reíros de ello.
—No, pensábamos que eras un baboso. No fue na¬da divertido.
—Ya, por eso Liza no dejaba de pegarme.
—Sí, pero me da igual —Min dijo estas últimas pa¬labras entre dientes—. No importa.
—Sí que te importa —replicó muy serio—. Estás como una cabra. Por eso has estado jugando conmigo, volviéndome loco, haciéndome quedar como un...
—He sido absolutamente sincera contigo —asegu¬ró señalándole con el dedo.
—Jamás me preguntaste por la apuesta.
—Sí que lo hice —dijo cruzando los brazos—. Y siempre escurrías el bulto.
—No me lo preguntaste nunca —le espetó Cal cruzando también los brazos—. ¿Y sabes por qué lo sé? Porque te hubiera contestado que nunca hice esa apuesta.
—Estaba presente.
—Entonces no escuchaste bien, no la acepté.
—Dijiste que estaba chupao.
—No he dicho esa frase en toda mi vida. Me pare¬ce de lo más estúpida —inspiró con fuerza y pensó: «¡A la mierda!»—. ¿Crees que soy tonto? —preguntó con to¬no severo y a Min se le heló la sangre—. ¿Cómo de tonto cree todo el mundo que soy?
—Nadie piensa que lo seas. ¿Qué te pasa?
—Todos creen que hice esa apuesta con el asquero¬so de David —dijo Cal meneando la cabeza mientras consideraba la magnitud de la traición de Min—. Y todo porque tú les dijiste que yo había hecho esa apuesta. Y se dedicaron a ver cómo jugabas conmigo y yo, como un tonto, me lo tragué.
—Tú te lo buscaste —le espetó, pero con voz inse¬gura—. No pensé que fueras tonto, sino... horrible. Pe¬ro luego me di cuenta de que no lo eras y... ¿A qué vie¬ne todo esto? Sabes muy bien lo que siento por ti. Te quiero. La apuesta no importa.
—¿Que no? ¿Eres tonta?
—¡Eh! —protestó, y su cara empezó a ensombre¬cerse—. Mira, sé que todo esto te está alterando, pero cálmate. Te quiero, sabes que lo hago, pero ahora no tengo tiempo para hacer de canguro.
—¿De canguro? —exclamó apretando los dientes para no gritar, porque le había traicionado, pero toda¬vía la deseaba, desesperadamente. «Líbrate de todo es¬to», pensó—. Bueno, pues no vas a tener que hacerlo nunca más.
—¿Qué? —preguntó, y después asintió con el rostro crispado por la cólera—. Ya entiendo. Por supuesto. Huyes, cabrón. Ya has conseguido lo que buscabas, te he di-cho que te quiero y el juego ha terminado y te vas. Sabía que lo harías, lo sabía.
—No tiene que ver conmigo —se defendió sin mi¬rarla a los ojos.
—¡Por favor! Pues claro que tiene que ver. Todas tus relaciones acaban así. Te agarras a cualquier excusa para...
—¡Eh! —los llamó Tony y los dos se volvieron ha¬cia él. Estaba más enfadado de lo que Cal lo había visto nunca—. No sé qué cojones estáis haciendo, pero sea lo que sea no es tan importante como lo que está pasando ella. Tenéis el resto de vuestras vidas para pelearos, pero Diana os necesita ahora.
—Dile a Min que no hice esa maldita apuesta con David.
—No la hizo —corroboró mirando a Min exaspe¬rado.
—Lo oí. David dijo que tenía que llevarse a la cama a la chica de traje gris de cuadros en un mes y el contes¬tó: «Está... chupao» —repitió mirando primero a Tony y luego a Cal.
—Fui yo el que lo dijo. Me equivoqué. Me da igual. Ya os pelearéis luego. Ahora vuelve a llevar tu culo allí y ayuda a tu hermana. Tu madre le ha quitado el champán porque dice que tiene demasiadas calorías y la maldita dama de honor de verde no deja de reírse.
—Tienes razón —aceptó Min dirigiéndose hacia la puerta—, pero no discutiremos luego porque Calvin la decidido que ha llegado el momento de dejarlo.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Tony mirándolos a los dos con desdén—. Sois como crios.
—¿Qué? —exclamó Min.
—Te lo diré en pocas palabras. Eres una bruja que odia a los hombres y él un cobarde que teme a las muje¬res. ¡Dejadlo ya!
—¡Que os den a los dos! —exclamó Min y se fue con su hermana.



—Todos son iguales —le estaba diciendo Nanette a Diana cuando llegó Min hecha una furia—. No se puede confiar en ninguno —continuó haciendo un gesto con la copa de champán que llevaba en la mano—. Te dicen que te quieren y luego...
—¡Trae! —exclamó quitándole la copa y dándosela a Di—. Nos vamos a beber doce botellas esta noche así que ya puedes ir empezando.
—¿Sabes cuántas calorías...? —empezó a decir Nanette.
—Mira, te vas a ir a casa y vas a tirar a la basura to¬das las malditas revistas de moda que tengas. Vas a cortar por lo sano, es lo único que puede salvarte.
—El que tú no puedas perder peso no significa que Diana tenga que estar gorda.
—No lo estoy, madre —repuso Min—. Pero ya que hablamos del tema, no veo que el haberte privado de comida durante cincuenta y cinco años te haya hecho muy feliz a ti. ¡Por Dios!, vete a casa y come algo. ¿Dónde es tan las malditas cajas para la tarta? —preguntó mirando a su alrededor.
—Ya las traigo yo —se ofreció Roger.
—Creo que lo que has dicho es muy sensato —le dijo Salida.
—Y en cuanto a ti, vete a otra parte a regodearte. Vete con Greg, os merecéis el uno al otro. Él es un ca¬brón egoísta y a ti te gusta que te metan.
—Eso no es justo —replicó con su habitual llori¬queo.
—¡Que te pires ya! —dijo Liza—. No has parado de reírte desde que dejaste de pegarle a Calentorra. Si no vas a ayudar ten la decencia de largarte.
—Bueno, al menos no soy una Pendona —dijo antes de irse haciendo aspavientos.
—¿Qué me ha llamado? —preguntó Liza a Bonnie.
Min se sentó junto a Diana, en la silla que había de¬jado libre Salida.
—Esto es lo que vamos a hacer —dijo apretándole la mano—. Vamos a coger esas cajas para la tarta y una caja de botellas de champán y nos vamos a ir a mi casa.
—Vale —aceptó con voz temblorosa.
—Y nos comeremos la tarta y nos emborracharemos.
—¡Min! ¡Te costará semanas librarte de esas calo¬rías —intervino Nanette.
Min miró a su madre un momento y pensó «Esto es con lo que se enfrenta Diana todos los días».
—Y después, como tienes una semana de vacacio¬nes por lo del viaje de novios, me pediré unos días libres e iremos a buscar una casa.
—¿Una casa? —preguntó dejando de llorar.
—Sí, voy a comprar un moderno bungalow con dos habitaciones y te vas a venir a vivir conmigo.
—¿Sí? —inquirió Diana incorporándose un poco.
—Sí, llevas mucho tiempo viviendo con la policía de las calorías.
—Eso es ridículo, no va a ir —protestó Nanette.
—Pero tendremos unas normas —advirtió, y su hermana tragó saliva y asintió—. Siempre habrá mantequilla en el frigorífico. No tendremos bandas sonoras de películas de Julia Roberts y, de ahora en adelante —dijo mirando a la puerta, en la que Cal le ponía mala cara a Tony—, sólo ligaremos con tíos feos.
—Y saldré todos los jueves —añadió Diana asin¬tiendo con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó Min perpleja.
—Para que podáis tener vuestras cenas de los de¬seos —dijo, y Min se dio cuenta de que lo peor que le había pasado no era haber perdido a Greg, sino a sus mejores amigas. Pensó en lo que pasaría si Bonnie y Li¬za la traicionaran y se quedó sin aliento al imaginar lo horrible que sería.
Tan malo como perder a Cal.
—Tú vendrás también —dijo Bonnie poniéndole el brazo alrededor.
—Pues claro —intervino Liza cuando Roger volvió con una bandeja llena de cajas para la tarta y la capa que la coronaba. Arrancó la figurita de los novios, la dejó frente a Diana y dijo—: Presta atención pequeña Estadís¬ticas, porque vamos a disfrutar —Diana levantó la vista y Liza le dio un pisotón al novio y lo hizo polvo—. Ahora sí que ha pasado oficialmente a la historia. Y si existe Dios, seguro que tiene un terrible dolor de cabeza.
—De eso puedes estar segura —dijo Roger—. Se ha llevado unos cuantos golpes.
—Me alegro. Vamonos a casa de Min a emborra¬charnos —propuso Liza.
—¿Podré ponerme tus zapatillas de conejitos? —pre¬guntó Diana con lágrimas en los ojos.
—Te las regalo —dijo Min acordándose de Cal con mucha pena.
Miró hacia la puerta y lo vio allí, observándola. Después, Tony se puso en medio.
—Buen trabajo con la figurita. Supongo que tenías que matar al novio —dijo éste.
—Si lo defiendes eres hombre muerto —replicó Liza.
—No, era un gilipollas incluso antes de cortarse el pelo —aclaró Tony y Diana se echó a reír y después a llorar.
En el vestíbulo, Cal se dio la vuelta y Min vio a Cynthie a su lado. Cuando Cal se fue, ella lo siguió.
«Estupendo, no te quedas a ayudar porque la cosa no va contigo, ¿verdad, colega?», pensó Min antes de sa¬carlo de sus pensamientos para ocuparse de su hermana.



—¿Que soy un cobarde? —le preguntó Cal a Tony cuando Min se había ido, contento de discutir con al¬guien con quien podía pegarse.
—No me puedo creer que huyas. Tienes treinta y cinco años, ¿no estás cansado ya de toda esa mierda?
—Tú tienes la misma edad.
—Y jamás en mi vida he mirado a una mujer de la forma en que tú mirabas a Min. Yo me mosquearía con ella por la historia de «todos los hombres son unos cerdos», pero se lo diría, no huiría de ella. ¿Qué te pasa?
—Esta historia no tiene que ver conmigo.
—¡Joder! —exclamó Tony antes de volver al salón.
—¿Dónde vas?
—Donde está el verdadero problema. Donde esta¬mos todos. ¿Por qué no estás tú?
Cuando se alejó, Cal miró a Min, que estaba abra¬zando a Diana. Bonnie estaba junto a ellas y Roger tenía una capa de la tarta en una mano y le daba palmaditas en la espalda a Diana con la otra. Liza estaba pisoteando algo y cuando Tony se acercó, éste abrió los brazos, Diana lo miró con ojos llorosos y Cal supo que estaba haciendo el payaso otra vez, representando su papel. «Joder —pensó—, debería estar allí». Después, Min lo miró con expresión ceñuda y tempestuosa, se estreme-ció y pensó: «¡Que te den!», antes de dar media vuelta, furioso y abatido, para mirar a Cynthie, que estaba más encantadora que nunca.
—¿Estás bien?—le preguntó ésta.
—No.
—Sé un sitio donde podemos tomar una copa.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—Vamos —aceptó, sabiendo que Min le estaba mi¬rando.
Cal pasó la mayor parte del lunes furioso por lo bruja que había sido Min y el martes su estado de ánimo no había mejorado. Tampoco ayudó que esos dos días Cynthie le hu¬biese llamado para hablar de la copa que había rechazado cuando la dejó en su casa. Sus clientes parecían haberse vuelto extremadamente tontos y sus socios seguían mirán¬dolo como si hubiera estado ahogando cachorros. Lo peor de todo era que echaba mucho de menos a Min, que la de¬seaba y que aquello le hacía sentirse fatal. La gota que había colmado el vaso aquella semana era su madre, que lo había llamado al trabajo para saber si volvía a salir con Cynthie.
—No, no voy a volver a salir con ella, así que déjame en paz con esa historia.
—¡Calvin! —exclamó su madre con un tono de voz que en cualquier otro momento le habría dejado helado.
—De hecho, como estoy enfadado contigo, tampo¬co voy a volver a verte a ti.
—Calvin —protestó su madre con un tono diferente.
—Olvídalo —dijo antes de colgar.
Tony se acercó y dejó descolgado el teléfono.
—Cuando la llames, te disculpas. Hasta entonces es mejor que no hables con nadie.
—No voy a volver a llamarla. Se ha portado fatal conmigo toda su vida y hemos acabado.
—No la pagues con tu madre, idiota. Min...
—Ésa también me ha estado jodiendo todo un mes y también he acabado con ella. Que se vayan las dos al carajo.
—Muy maduro —comentó con la misma voz que habría puesto Min.
Roger meneó la cabeza y volvió a su trabajo y Cal no les hizo caso a ninguno de los dos para preparar el programa de un seminario.
Cuando llegó a casa, tiró la chaqueta del traje encima del sofá, cogió la botella de Glenlivet y se quedó parado al oír que Elvis cantaba She en el apartamento de al lado.
—¡Por el amor de Dios! —dijo tomándose el vaso de whisky de un trago.
Cuando aporreó la puerta de su vecina abrió una mujer que no conocía, morena y de estatura algo menos que mediana.
—¡Ah! Pensaba que... Shanna...
—Está dentro —dijo con una dulce sonrisa que le recordó a Min. Tenía la cara redonda y ojos grandes—. ¿Shanna?
Cal fue hacia su vecina, que salía de la cocina con dos copas de color rubí.
—¡Cal! —exclamó sonriendo—. Ésta es Linda. Linda, éste es Cal, mi vecino —su sonrisa se volvió aún más grande cuando hizo un gesto con la cabeza hacia el equipo de música—. Primera cita, con canciones.
—¡Ah! —dijo Cal dando un paso atrás—. Lo siento.
—¿No te gusta Elvis? —preguntó Linda.
—Sí. Me alegro por ti, Shan. Hasta luego.
—Tómate una copa —le invitó ésta con mirada que decía: «Piérdete».
—No puedo, tengo que... —se excusó indicando con la cabeza hacia su apartamento, sin saber qué iba a hacer aparte de estar furioso.
—¿No está Min? —preguntó dejando los vasos en la barra en la que desayunaba—. Luego podríamos...
—No —dijo Cal rabioso—. Min no está.
—¡Oh, no! ¿Qué has hecho? —le preguntó al leerle la cara.
—Por extraño que te parezca, nada. ¿Por qué crees que...?
—Me da igual. Consigue que vuelva.
—Hemos acabado.
—No. Esta vez has perdido algo de verdad.
—No tiene que ver conmigo.
—Sí. Esta vez sí. ¿Qué ha pasado?
—Nada. Nada interesante —dijo haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Linda—. Encantado de co¬nocerte —se dio la vuelta para irse, pero Shanna le suje¬tó por la camisa.
—Siéntate y cuéntamelo todo o te perseguiré hasta tu apartamento y te daré la barrila hasta que desembu¬ches —quince minutos más tarde dijo—: Bueno, es difí¬cil saber quién de los dos es más tonto.
—¡Eh! —protestó Cal.
—Estabais perdidamente enamorados y de buen rollito. ¿Sabes lo difícil que es?
—Eso espero. No me gustaría pensar que hay una epidemia de toda esta mierda.
—¡Corta el rollo! Quieres que vuelva.
—¿Por qué iba a...?
—¡Que te calles! Quieres que vuelva.
Se sentó en el sofá y el recuerdo de Min con el que llevaba dos días peleándose volvió a él.
—¡Quiero que vuelva! Lo que demuestra lo idiota que soy —dijo con la cabeza entre las manos.
—¡Por todos los santos! ¡Llámala! Dile que lo sientes.
—Esta vez soy yo el ofendido.
—Ya, y eso te ha dado calor por las noches, ¿verdad? Llámala. Dile que quieres hablar con ella mañana. Lleva una buena botella de vino, dile que la quieres, soluciona este problema inexistente y sed felices el resto de vuestras vidas.
—¿Por qué mañana? Si voy a disculparme por algo que no he hecho, podría ir ahora...
—Porque para entonces habrás perdido la apuesta.
—No la hice.
Linda se apartó un poco de él en el sofá.
—Deja de gritar. Eso no importa. Le diste donde duele.
—¿Qué...?
—No es guapa. No es delgada. Sabe que todo el mundo que os ve juntos piensa en cómo te ha conseguido.
—Eso no es verdad. Es maravillosa.
—Muy bien. Nosotros lo sabemos, pero hay mucha gente que no lo sabe. Incluido, me imagino, el ex novio que la dejó y que después intentó hacer la apuesta contigo.
—¡Vaya! —exclamó Linda.
—Y después apareces, guapo y perfecto, y la con¬vences de que la quieres...
—La quiero, maldita sea.
—... pero resulta que te apostaste...
—No hice esa apuesta —protestó Cal levantándose.
—... que podías llevarla a cenar... —continuó Shanna.
Cal volvió a sentarse.
—Pensó que querías llevártela a la cama por una apuesta y al final, cuando las cosas se complicaron, en vez de quedarte a su lado, te fuiste con tu guapa ex novia.
—Eso no está bien —intervino Linda.
—¡Dios mío! —exclamó Cal apoyando de nuevo la cabeza en las manos—. No puedo creer que me haya dejado engañar de este modo. No puedo creer que haya dejado que el gilipollas de David Fisk me haga una cosa así, soy idiota.
—Sólo que esta vez va a salirte bien. Lo único que tienes que hacer es perder apuesta. No pasa nada, pierdes un poco de orgullo y diez pavos.
—Diez mil dólares.
—¡Guau! ¡Esto es como la televisión por cable! —ex¬clamó Linda.
—¿Te apostaste diez de los grandes que podías llevar¬te a Min a la cama? —preguntó Shanna con incredulidad.
—¿Pero es que no me escucha nadie o qué? —dijo Cal mirando al techo.
—No hizo la apuesta —la corrigió Linda.
—Gracias.
—Todo el mundo sabe lo de la apuesta. Y si te acuestas con ella antes de... ¿Cuándo finaliza el plazo?
—Mañana a las nueve, nueve y media —le informó Cal intentando acordarse de cuándo había hecho la mal¬dita apuesta. Mejor, «no había» hecho la maldita apues¬ta. Incluso él empezaba a decirlo.
—¿Vale la chica los diez mil dólares?
—Pues claro —aseguró Cal.
—Pues ahí lo tienes. Llámala y dile que quieres verla cuando hayas perdido la apuesta —sugirió Shanna implacable, con los brazos cruzados—. No me obligues a llamarla yo.
—Hazlo —insistió Linda—. Es perversamente ro¬mántico.
—Muchas gracias. Dicho esto, me voy a casa —dijo saliendo de allí sin hacer caso a la llamada de su vecina.
«Shanna se equivoca», se dijo mientras se servía otro vaso de whisky, pero aquel pensamiento no acaba¬ba de convencerle. Cerró los ojos y pensó en Min al tiempo que intentaba acordarse que todo aquello había sido una traición, pero no conseguía dejar de oírla diciéndole «Te quiero» y supo que era verdad.
—¡Joder! —exclamó cuando sonó el timbre. La abrió dispuesto a darle a Shanna un bofetón si volvía a de¬cir algo de Min.
Pero era Cynthie, increíblemente sexy con un top sin mangas ni espalda de color azul y una falda corta ne¬gra. Inclinó la cabeza al verlo y su sedoso pelo moreno le cayó hacia atrás.
—Sé que estás enfadado, pero no quiero que estés solo —dijo con suavidad.
—Estoy bien —aseguró Cal mientras Cynthie se acercaba a él.
—No, no lo estás. Te ha hecho mucho daño —con¬tinuó y le enseñó una botella de Glenlivet—. Venga, cuéntamelo. Te sentirás mejor.
«Haría cualquier cosa que le pidiera —pensó Cal—. Y el mundo está lleno de mujeres como ella. ¿Pa¬ra qué necesito a Min?»
—¿Puedo pasar? —preguntó con sonrisa cálida y encantadora.
—No, tengo que hacer una llamada.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:23 pm

Capítulo 15


—Puedo esperar —aseguró Cynthie y Cal se acordó de una frase que había dicho Min: «Nos conoces, te ama¬mos y después nos dejas». Cynthie sonrió ofreciéndole el corazón en los ojos y Cal pensó: «¡Mierda!».
—Lo siento, alguien me explicó lo que te había he¬cho —se excusó meneando la cabeza—. No tenía inten¬ción de hacerte daño, no deseo hacérselo a nadie, pero tampoco he querido casarme contigo nunca.
—No pasa nada, puedo esperar —repitió Cynthie tras inspirar profundamente y asentir con la cabeza.
—Hay otra persona —le informó con tanta sua¬vidad como pudo—. Lo siento pero estoy enamorado de ella.
—No, tú me amas a mí —replicó estremeciéndose.
—Eso no lo he dicho nunca, y lo sabes.
—Sí, pero lo haces —insistió apretando la botella con fuerza—. No te das cuenta, pero lo haces. Somos perfectos el uno para el otro —Cal cerró los ojos para no ver lo desesperada que estaba—. Es Min. Lo sé. Es maja, pero no es como yo.
—Lo sé, ése es el problema. Lo siento Cyn —repi¬tió al ver que se le crispaba la cara.
Le cerró la puerta en las narices y se apoyó contra ella un momento, intentando no pensar en el daño que le había hecho a ella y sin querer pensar en nadie más.
Excepto en Min.
«Arréglalo», se dijo antes de sentarse para intentar averiguar la forma de hacerlo.



Más o menos al mismo tiempo que Shanna le esta¬ba leyendo la cartilla a Cal, Min escuchó:
—Está buenísimo —dijo Liza tras comerse el últi¬mo champiñón empapado en marsala, sentada a la mesa en casa de Min—. Dime otra vez por qué lo hacemos.
—Porque siempre comíamos pollo al marsala los jueves —le repitió Min mientras pinchaba un trozo sin mucho entusiasmo y Elvis merodeaba por allí esperan¬do las sobras—. Estoy intentando enturbiar la asocia¬ción de ideas.
—Me parece muy práctico, pero estás triste, así que no lo conseguirás, cariño.
—¿Me pasas la mantequilla, por favor? —pidió Diana cogiendo otro trozo de pan de Emilio's.
—¿Sabes algo de él? —preguntó Bonnie mientras le acercaba el plato de la mantequilla a Diana.
—Claro que no —dijo Min reactivando su cólera pa¬ra no pensar en cuánto había deseado recibir una llamada aquellos dos días—. Está enfadado conmigo, ¿os lo podéis creer? Enfadado. ¿Acaso fui yo la que hizo la apuesta? No, así que...
—Por favor, otra vez no —le pidió Liza—. Llevas dos días quejándote. Reconócelo, tiene razón.
Min soltó el tenedor y Diana dejó de extender mantequilla.
—No la tiene —replicó Min. —Todo este lío se debe a que no la tiene, ¿y ahora te pones en mi contra? No basta con que Bonnie me engañara con la basura de los cuentos de hadas, sino que ahora tú...
—No es basura —protestó Bonnie—. Viviste un cuento de hadas. Encontraste un príncipe guapo que te quería. Funcionó.
—No funcionó —aseguró Min dando un golpe en la mesa—. Tuvo un arranque de furia y se fue. Qué suerte la mía, conseguir un príncipe furioso. Que, por lo tanto, no era príncipe y, por eso, no me creo esa his¬toria. No creo en cuentos de hadas, ¿vale?
—Eso no importa —dijo Bonnie, moderada como siempre—. El cuento de hadas cree en ti.
—¡Dile algo! —le pidió Min a Liza.
—Tiene razón —dijo ésta apoyando el codo en la mesa.
—¡Por el amor de Dios! Si no fuera mi casa, me iría —dijo Min dejándose caer en la silla.
—Míralo desde este punto de vista —dijo Liza—. No hizo la apuesta. Intentó no salir contigo, pero tuvo que seguir viniendo porque estaba loco por ti y tú seguis¬te dándole besos para después rechazarlo. Tuvo pacien¬cia, encantó a tus padres, fue amable con tus amigos, te encontró la bola de nieve, te enseñó a cocinar, te consi-guió un gato, ¡por Dios! Y después resulta que mientras él se deslomaba por ti, tú le estabas tomando el pelo.
—Eso no es verdad —protestó Min, aunque su có¬lera había amainado considerablemente.
—Es muy dulce —aseguró Diana quitándose un poco de mantequilla de los labios con la lengua.
—Liza tiene razón —intervino Bonnie—. Ya sabes lo mal que lo pasaron los tres en el colegio. Todos eran muy susceptibles a que la gente pensara que eran tontos. Metiste el dedo en la llaga delante de sus amigos, de Cynthie y de David.
—¡Uf! —exclamó Min débilmente. Intentó evo¬car la indignación que había sentido por la apuesta, pero tras dos días de desahogo, se había quedado sin fuerzas.
—Sé que necesitabas estar enfadada para superar el dolor. Yo lo hago también, pero si quieres que vuelva, tendrás que sobreponerte. Porque si no hubiera habido apuesta...
—No la había. Le creo —confesó apenada.
—Entonces te lo ha dado todo y tú no le has dado nada a cambio.
—Eso es muy duro —dijo Bonnie a Liza.
—¿Por qué no le preguntaste por la apuesta? —co¬mentó Liza.
—Lo hice.
—¿Le dijiste «Has hecho una apuesta con David a que te acostabas conmigo en menos de un mes»?
—No —contestó sin mirarla a los ojos—. Le pre¬gunté si me estaba ocultando algo.
—¿Y qué contestó? —preguntó Bonnie.
—Me habló de cosas que no tenían que ver con la apuesta.
—Pues vaya gracia —dijo Liza—. ¿Por qué no le preguntaste abiertamente?
—Tenía miedo, ¿vale? Ya sabéis todo eso que dice la gente de que los problemas desaparecen cuando ha¬blas de ellos. Bueno, pues estoy segura de que nadie de esa gente habla de sus problemas. Es algo que sue¬na muy bien, pero se corre un gran riesgo. Sabía que había hecho la apuesta, lo oí. Y... —tragó saliva— sabía que sólo tenía un mes y quería pasarlo con él. No todo el mundo se enfrenta a la vida de frente como vosotras.
—Pues deberían hacerlo. La has cagado y ahora ten¬drás que arrastrarte.
—¿Qué? —preguntó Bonnie mientras Min lanza¬ba un gritito ahogado y Diana las observaba fascinada a las tres.
Liza se levantó, cogió el móvil de Min y se lo dio.
—Llámalo. Dile que estabas equivocada, que tenía razón y que harás cualquier cosa por congraciarte con él.
—¿Quieres que me arrastre?
—Sí. No voy a quedarme a ver cómo lo pierdes por culpa de tu estúpido orgullo. Llámalo y ofrécele todo lo que quiera si vuelve contigo.
Min miró a Bonnie y ésta asintió.
Observó el teléfono, si lo llamaba, al menos oiría su voz. Qué triste.
—Qué pena.
—Sólo si dejas escapar la oportunidad. Por una vez en tu vida, haz algo irracional e insensato. Llámalo.
Min permanecía sentada, paralizada por el miedo. Después inspiró con fuerza y descolgó el auricular.



Cuando sonó el teléfono, Cal estaba ensayando el discurso «¿Que te parece si cenamos mañana?», pero al oír el vacilante «Hola» de Min se olvidó de todo.
—Hola —saludó dejándose caer en el sofá.
—No digas nada —le pidió atropelladamente—. Deja que te cuente esto. Me equivoqué al no decirte que sabía lo de la apuesta. No confiar en ti fue un error. To-do lo que dijiste en la boda era verdad. La culpa es mía y quiero que vuelvas conmigo. Quiero que volvamos a es¬tar juntos. Te quiero y te necesito.
El alivio hizo que Cal se mareara.
—Quiero verte ahora —continuó Min, y Cal pensó: «¡Sí!». Entonces cayó en la cuenta.
—¿Ahora? —preguntó mirando el reloj. Faltaban veintiséis horas para que finalizara la apuesta. «Dile que sí —pensó—, la apuesta ya no le importa», pero después se acordó de lo que había dicho en la boda.
—Decirte que no todas estas semanas me estaba volviendo loca —balbuceó Min—. Si no estás prepara¬do, lo entenderé, sólo quiero verte. Llevo sin estar con¬tigo dos días y te echo mucho de menos. ¿Puedo ir a tu casa ahora mismo? Sólo para hablar. O, ya sabes, si quieres podemos hacer otras cosas. Se me ocurren unas cuantas si te apetece hacer algo más que hablar. A mí lo de «más» me suena bien. O no. Lo que quieras.
«A mí lo de "más" me suena bien», se repitió mentalmente Cal y meneó la cabeza para borrar ese pensamiento.
—Te estoy suplicando —dijo Min y su voz parecía más alegre—. Y no estoy muy bien. ¿Puedo ir ahora mismo?
—No, iré yo, más tarde ——propuso tragando sali¬va—. Mañana, a las nueve y media.
—¿Ahora no? —preguntó Min con voz quebrada.
—No, mañana a las nueve y media. Llevaré la cena.
—Si quieres puedo preparar algo de comer ahora.
—Lo llevaré yo, mañana —repitió Cal al tiempo que pensaba: «Soy un idiota».
—Vale, como quieras —esperó un momento y des¬pués añadió—: Tengo hambre, ahora.
—Mañana, a las nueve, en tu casa —dijo Cal apre¬tando los dientes.
—Muy bien. Como quieras —cuando estaba a pun¬to de colgar preguntó—: ¿Estás saliendo con Cynthie?
—¡No, por Dios! —exclamó mirando hacia la puer¬ta con sentimiento de culpa.
—Te fuiste con ella y David me dijo que sí lo ha¬cíais. Si no, no te habría preguntado. No es asunto mío.
—Sí que lo es y David es un imbécil. No vuelvas a hablar con él.
—Lo intentaré.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó sintien¬do que su tensión se convertía en cólera.
—Sigue llamándome. Por alguna razón, todo este lío le ha convencido de que deberíamos casarnos.
—Pues se equivoca.
—Lo sé —dijo Min con voz que ya no era conci¬liadora.
—Tienes un identifícador de llamadas, no contestes las suyas.
—Mira, no soy tonta del todo.
—No eres tonta en absoluto, a pesar de cómo te has comportado este último mes —dijo y se estremeció. «Idiota, idiota», pensó.
—Tú hiciste la apuesta.
—No la hice.
—La segunda. La de llevarme a cenar. La he caga¬do, pero no voy a pagar por ello el resto de mi vida. Tú también tienes tu parte de culpa. Sí que hiciste la apuesta de la cena.
«Ya estamos otra vez», pensó. Shanna tenía razón, maldita sea.
—Aunque tampoco creo que vayas a estar a mi lado el resto de tu vida —explicó con voz vacilante otra vez.
—Mañana por la noche —repitió antes de colgar y de que alguno de los dos dijera algo todavía más estúpi¬do, con la seguridad de que había hecho lo que debía. «¡Joder!, esto parece una película de Doris Day», pensó antes de ir a contarle a Shanna que había hecho lo que le había pedido.



—Te quiero —dijo Min con tristeza, a pesar de que Cal había colgado.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Liza—. ¿Qué era toda esa historía de David y Cynthie? Te dije que te arrastraras, no que pelearas.
—No quiere verme hasta mañana —dijo dejando el teléfono y cogiendo a Elvis para consolarse.
—Qué extraño. Si le hubiera prometido sexo a Tony de esa manera, habría llegado antes de que colgase el teléfono.
—No se lo he prometido exactamente.
—¡Por favor! —exclamaron Liza y Bonnie a la vez y hasta Diana asintió—. Claro que lo has hecho.
—¿Me dejáis que mantenga algo de dignidad? Me ha rechazado, el muy cabrón.
—No, no lo ha hecho —le explicó Bonnie dándole una palmadita en la mano—. Ha dicho que no hasta ma¬ñana. No lo entiendo.
—Cuéntanos qué te ha dicho —le pidió Liza.
—Ha dicho que vendrá mañana a las nueve y media y que traerá cena. Como si quisiera cenar... Odio estas cosas, es ridículo.
—¿Qué tiene de especial mañana a esa hora? Sólo es miércoles —comentó Liza.
—Es nuestro aniversario —dijo Bonnie—. Roger ha encargado champán y pasará a recogerme por el bar, tal y como hizo hace cuatro semanas, y después se de-clarará.
—Muy bonito —dijo Min.
—¡Eso es! —exclamó Liza—. Mañana hace un mes que David hizo la apuesta.
—Pero Cal no la hizo —intervino Min—. Mira, es¬toy harta de esta conversación. No...
—Todo el mundo lo sabe. Así que si cedes ante él antes de que se acabe el plazo, habrá ganado. Y le gusta ganar, siempre lo hace. Vive para ganar.
—No sé por dónde vas.
—Está intentando perder la apuesta.
—¿Por qué? —preguntó Min levantándose y dejan¬do que Elvis bajara al suelo—. ¿Por qué narices iba a...?
—Es una especie de galantería —dijo Bonnie.
—Y también una forma de control —añadió Liza con tono desdeñoso—. Así es él el que lleva la voz can¬tante. ¿Qué pasó a las nueve y media?
—Llegamos al restaurante poco antes de las diez, así que a esa hora seguramente estaríamos saliendo del bar.
—Se está concediendo cierto margen. Aunque más del que necesita si trae la cena. Después vendrán los jue¬gos preliminares. Le va a costar un rato llevarte a la...
—Puede tenerme en el momento en el que abra la puerta.
—Mañana me iré al cine. Vais a necesitar la casa, así que no volveré. Mamá sigue enfadada porque haya venido aquí y está segura de que como hidratos de car¬bono —dijo antes de meterse un trozo de pan en la bo¬ca. Min se echó a reír muy a su pesar y empezó a medi¬tar la situación.
¿Qué pasaba si Cal perdía la apuesta? Diez dólares, puede permitírselo.
—No, no voy a ser la apuesta que perdió, no quie¬ro que lo nuestro empiece de esa forma. Ganará la apuesta mañana por la noche y será muy feliz al hacerlo.
—¿Por qué mañana? —preguntó Liza.
—Porque voy a necesitar un camisón muy sexy y mucho más valor del que tengo ahora. Y un plan.
—Cuéntanoslo —le pidió Liza y Min empezó a hablar.



—¿Qué cojones está pasando? —preguntó David al día siguiente cuando llamó a Cynthie—. Creía que la pe¬lea en la boda pondría fin a la historia.
—Hemos perdido —dijo Cynthie con voz cansi¬na—. La quiere tanto que la ha perdonado.
—Acabo de hablar con Min —dijo David revivien¬do aquella experiencia con todo lujo de detalles—. Me ha dicho que va a asegurarse de que gana la apuesta y que vaya preparando el talonario de cheques. Parecía muy enfadada conmigo.
—Es el fin, David. Lo único que podemos hacer es esperar a que el encaprichamiento desaparezca por sí solo y recuperen la cordura.
—¿De seis meses a tres años? No voy a esperar a Calvin Morrisey —dijo David pensando en Cal con as¬co. Había camelado a Min de tal forma que pensaba que iba a dejarse ganar la apuesta. Seguramente lo ha¬bía arreglado así para que ella insistiera. ¿Qué pasaría si Min descubría que la estaba engañando? ¿Y si se ente¬raba de que sólo era un truco para acostarse con ella?
—No va a hacerlo. Es el fin —repitió Cynthie.
—No si la apuesta es hasta la medianoche. ¿Qué pasará si su familia y amigos se enteran de que hizo esa apuesta?
—Todo ha acabado.
—Para mí no. Voy a ganar.



A las ocho, Cal tenía una botella de vino y una caja de Krispy Kreme lista para llevar a casa de Min, y hora y media de rabiosa frustración sexual que entretener, cuando sonó el teléfono.
—Cal —dijo la voz de Diana—. Tienes que venir, Min tiene un problema.
—¿Qué? —preguntó, pero lo único que oyó fue el tono de marcado—. Vale —dijo antes de dirigirse hacia allí con gran recelo.
Llamó y Diana le abrió la puerta.
—Gracias a Dios que has venido —dijo haciéndolo pasar. Después se escabulló al otro lado de la puerta y la cerró.
—¿Qué pasa? —preguntó y al mirar a su alrededor vio a Min con una gabardina negra cortita, con la es¬palda apoyada en la puerta de su habitación y los ojos brillantes—. Muy divertido —dijo intentando sonar enfadado—. ¿Conoces el cuento de la actuaría y el lobo?
—Sí, se la comió el lobo —dijo sonriendo y a Cal se le aceleró el pulso—. Tengo noticias para ti, encanto. No vas a perder esa apuesta.
—Sí que voy a hacerlo —aseguró retrocediendo hacia el sofá mientras Elvis los contemplaba con desdén—. Si nos acostamos ahora, llegará un día en el que estaremos discu¬tiendo por la factura de la electricidad y me dirás: «Saliste conmigo por una apuesta». No voy a pagar por ello el resto de mi vida cuando lo único que tengo que hacer es esperar hora y media. Ochenta minutos —especificó mirando el reloj que había encima de la repisa de la chimenea.
—El resto de tu vida, ¿eh?
—Sí, Minerva. ¿Crees que he pasado un infierno este último mes solamente por el sexo?
—Sí —dijo Min parpadeando.
—Bueno, tienes parte de razón —aceptó Cal des¬pués de pensarlo.
—¿Te he dicho que no llevo ropa interior? —pre¬guntó acercándose al sofá y Cal se puso al otro lado.
—Lo haces para torturarme, ¿verdad?
—No, lo hago para llevarte a la cama. La tortura es un extra.
—Min.
—No, no quiero ser la apuesta que perdiste el res¬to de mi vida. Además, estoy cansada de oír que no co¬rro riesgos. Así que voy a arriesgarme contigo —dijo sacando diez dólares del bolsillo—. Me apuesto diez dólares a que antes de las nueve y media estás desnudo y dentro de mí.
Cal tuvo un vértigo repentino y cuando meneó la cabeza para aclarársela, Minnie había puesto el billete en la mesa que había al lado del sofá.
—Ahí está, colega. ¿Vas a ser un cobarde o vas a apostar?
Min le sonreía con ojos cálidos y amorosos, y Cal se echó a reír.
—Sólo faltan ochenta minutos, no un mes. ¿De verdad crees que no puedo esperar?
—Sí —dijo con las manos en las caderas.
Cal sacó un billete de diez de la cartera, fue hasta la mesa y lo plantó encima del otro.
—Acepto. A ver lo que consigues, Minnie —la de¬safió dejando la mesa entre ellos.
Min se desabrochó la gabardina, dejó el cinturón en el sofá y se la quitó. Debajo llevaba un camisón negro de encaje sin tirantes y, que Cal pudiera ver, nada que lo sujetase.
—Sé que habría estado mejor desnuda —aseguró girando sobre sus talones de forma que se le moviera todo—. Pero todavía no tengo tanta confianza.
—De hecho, durante los próximos ochenta minutos voy a pensar en arrancártelo, así que parece que vamos por el buen camino —confesó mirando la parte de arriba del camisón, donde el encaje se ceñía a la carne—. No parece muy difícil de quitar.
Min puso un dedo debajo y tiró de él.
—Es elástico, un buen estirón y...
—No hasta dentro de ochenta minutos. Setenta y siete. Pero que te quede claro que en cuanto pasen vas a ser mía.
—Sí.
—Muy bien. ¿Has leído algo que esté bien última¬mente?
—No —contestó empezando a rodear la mesa—. No puedo leer porque en lo único que consigo pensar es en ti.
—Pues qué aburrimiento —comentó alejándose de ella y yendo hacia el otro extremo del sofá.
—No, siempre me haces cosas extraordinarias —aseguró acercándose a él.
—¿Sabes?, no soy muy bueno en la cama —dijo pasando a la parte frontal del sofá.
Min cambió de dirección, lo sorprendió y le agarró por la camisa.
—No pasa nada, yo soy fantástica.
Lo empujó encima del sofá y se puso a horcajadas encima de él hundiéndolo ligeramente con su peso. «Tengo que hacer algo», pensó Cal, aunque en ese momento la estaba tocando y sentía su calor a través del encaje.
—Me han dicho que mis labios son fabulosos —su¬surró inclinándose hacia él y Cal cerró los ojos al tiempo que sus senos se apoyaban suavemente sobre su pecho.
Lo besó con unos labios cálidos y dulces, y él atena¬zó las manos en su cuerpo y la acercó más.
—¡Cómo te he echado de menos! —exclamó junto a su boca.
—Yo también —dijo Min dejando de jugar—. No quiero volver a estar sin ti.
—No volverás a estarlo. No voy a dejarte, jamás.
—Gracias —dijo apartándose de él. Tomó aire y Cal la observó cada vez más excitado—. Tengo algo que contarte.
—Hazlo despacio —le pidió poniéndole las manos en el culo y acercándola a él con fuerza. Era verdad, no llevaba ropa interior. Inclinó la cabeza para besarle el cuello, pero en vez de eso le mordió suavemente y Min se estremeció.
—¿Te acuerdas que te pedí que no me rompieras el corazón? Bueno, pues he cambiado de opinión, puedes hacerlo.
—No voy a... —empezó a decir haciendo cada vez más presión con las manos.
—No me importa, te quiero de todas formas. Te quería cuando creía que habías hecho la apuesta y cuando pensaba que me estabas utilizando, cuando te gritaba en la calle y cuando te fuiste de la boda con Cynthie, canalla.
—La llevé a su casa y me fui —le explicó preocupa¬do—. Te juro que...
—No me importa. Eso era lo que quería decirte, no me importa lo que hagas o digas. Voy a quererte siempre —Cal la miró, atónito—. Ya sé que es algo que no está socialmente aceptado, pero he pensado que debías saber que esta vez no la vas a joder.
—¿No? —preguntó queriendo creerla.
—No, lo que no significa que no vaya a gritarte si me vuelves a enfadar. Soltaré unos gritos y daré porta¬zos. Sólo que no estaré al otro lado de la puerta cuando lo haga. Soy tuya para toda la vida.
Cal se quedó sin aliento y apoyó la frente contra el hombro de Min.
—Cuánto te quiero.
—Pues me alegro, porque tengo algo más que con¬tarte.
Cal asintió, todavía aturdido.
—Me voy a ensanchar: caderas, muslos...
—No hasta las nueve y media —replicó Cal inten¬tando no imaginarla.
—...cintura—continuó Min—. ¿Qué dices? ¿Nue¬ve y media? Seguramente a los cuarenta, creo que podré retrasarlo hasta entonces, pero luego...
—¿Qué?
—Que engordaré —repitió, y Cal parpadeó—. Que me pondré gorda. ¿De qué creías que estaba hablando?
—Para que lo sepas —empezó a decir riéndose—, si estás sentada en mis rodillas medio desnuda y me dices que te vas a ensanchar...
—¡No! —exclamó intentando zafarse de él, pero Cal la retuvo y aterrizó, lujuriosa y sexy, a su lado—. Ja¬más diría algo así. Es una ordinariez —dijo mientras le pasaba los brazos por detrás de la cabeza.
—A mí me ha encantado —aseguró besándola.
—Lo que intento explicarte es que envejeceré hasta convertirme en una de esas mujeres rellenitas. Lo llevo en los genes. Como la harina con levadura. Voy a inflarme.
—Pues me parece estupendo, porque yo seré uno de esos viejos verdes que persigue a las maduras gorditas.
—Hablo en serio —replicó Min, aunque sonriendo y con sus suaves labios abiertos para él.
—Yo también. ¿Crees que me importa tu peso? Me has llamado canalla, donjuán, demonio y seductor. Ade¬más, tu mejor amiga me pegó tres veces.
—Tú también me diste en el ojo.
—Y tú me gritaste en público, y aquí estoy. Si crees que ablandándote te vas a librar de mí...
—A los hombres les entran las cosas por la vista.
—Sí —aceptó Cal poniendo el dedo debajo del elás¬tico del camisón—. Por eso me gusta esta cosa que no lle¬vas, aunque también me gustaría tener la oportunidad de romperte los pantalones de chándal —Cal dejó de son¬reír e intentó darle lo que ella le había dado a él—. Tú, Minnie. Es lo único que quiero. Sólo quiero pasar el res¬to de mi vida contigo.
—¡Oh! —exclamó acercándose a él, pero Cal recor¬dó la apuesta y se levantó sin ninguna gana de dejarla ir.
—Empezará a las nueve y media. Lo que será den¬tro de setenta minutos —dijo mirando el reloj—. ¿Qué te apetece hacer mientras tanto, Minnie? ¿Tienes un Scrabble?
—Diré obscenidades.
—Sí, como «ensancharte» —comentó riéndose.
—Ves, ésa es una de las cosas que no me importa, te quiero igual.
—Me encanta esa última parte. ¿Qué me cuentas?
—Que te diré «sí, tómame como quieras» —dijo levantándose y tirando de él. Cal se apartó un poco en el sofá para hacerle sitio y notó algo en la cadera. Min le besó en el cuello y Cal sintió un escalofrío, al tiempo que sacaba el cinturón de la gabardina. Min le dio un golpecito, Cal se quejó y Min se tumbó sonriendo—. Vas a ganar la apuesta con David y perder la mía, figura. Así estaremos iguales.
Cal la miró y pensó: «Tiene razón», antes de mirar el cinturón que tenía en las manos.
—A propósito, ¿me querrás haga lo que haga?
—Sí.
—Fantástico —hizo que su espalda tocara el sofá y le pasó las manos por encima de la cabeza—. Me gusta dominar, Minnie.
—Ya, eso puedo soportarlo.
Volvió a besarla, y cuando estaba distraída le ató las muñecas con el cinturón.
—¡Eh! —exclamó dejando de besarlo, pero Cal ya había atado el extremo del cinturón en el brazo del so¬fá—. Esto es un poco pervertido —dijo estirándose para ver cómo apretaba el nudo.
—No tanto. Iba a traer una docena de donuts, des¬pués dijiste que venía el lobo y ya no los tenemos, pero te perdono porque nuestra relación es así. ¿De qué quie¬res que hablemos durante estos —miró el reloj— sesen¬ta y siete minutos?
—¡Cal!
En la encimera de la cocina había una bolsa verde y blanca que le era muy familiar.
—¡Krispy Kreme! Hemos tenido la misma idea. ¿Sabes, Minnie? —dijo llevando la bolsa al cuarto de es¬tar—. Me has torturado durante un mes estando tan guapa, que conseguías que perdiera la cabeza cada vez que te veía. Te deseaba tanto que me estaba volviendo loco. Evidentemente, todavía lo estoy.
—Vale, lo siento —dijo Min tirando del cinturón.
—Así que ahora te toca a ti —dijo sentándose frente a ella—. Ahora te voy a torturar yo.
—Esto empieza a gustarme. ¿Qué vas a hacerme?
Cal sacó un Krispy Kreme de la bolsa.
—Voy a comer delante de ti —la amenazó dando un mordisco al donut.



David bajó a la calle para llamar desde la cabina de la esquina porque todo el mundo tenía ya un identificador de llamadas. Marcó el número de los padres de Min y cuando dejó de sonar el tono de marcado dijo: «Deberían saber que...», antes de oír el contestador automático. Bueno, no pasaba nada, nunca volvían más tarde de las nueve. Tenía tiempo de sobra. Cuando oyó la señal repitió: «Creo que deberían saber que Calvin Morrisey está seduciendo a su hija para ganar una apuesta. Están en el apartamento de Min». Después colgó y pensó en lo que acababa de hacer. Para él, había estado impecable.
Muy contento consigo mismo empezó a buscar en el listín el número de los Morrisey.



Min le lanzó una mirada furiosa, pero lo único que hizo el muy canalla fue sonreír, absolutamente desea¬ble mientras se acababa el segundo donut, lentamente.
—¿Y te extraña que no me acostara contigo? Era porque sabía que eras un sádico —se movió para poner¬se cómoda y vio que apretaba los dientes. «¡Vaya!», pensó y volvió a moverse.
—Hace rato que no veo a Elvis. Ha debido de salir por la ventana. ¿Qué estadísticas hay de gatos que vivan fuera de los hogares?
—¿Sabes? —comentó Min intentando una nueva estrategia—. Esto empieza a darme miedo. Hay un extraño en mi apartamento y estoy atada al sofá. Tengo mucho miedo —intentó poner un tono asustado en su voz, pero era difícil porque lo impregnaba la lujuria.
—Qué gracia, a mí me pareces enfadada. ¿Un poco de tele? —propuso cogiendo el mando a distancia.
—Podrían arrestarte por esto —le amenazó.
—Sólo si nos cogen. Normalmente a esta hora siempre veo la CNN. Por supuesto, normalmente no ten¬go nada mejor que mirar. Tienes un cuerpo fantástico.
—¡Por favor! Ya sé que quieres echar un polvo, pero...
—Hay tíos que se compran revistas para ver tetas como las tuyas. Y aquí estoy yo con un par de ellas ata¬das a un sofá —dijo dejando el mando a distancia en la mesa—. Creo que la CNN ha perdido todo su atractivo.
—Si algún día salgo de este sofá, no volverás a ver¬las. Desátame.
—Eso no lo has dicho demasiado rápido. Inténtalo otra vez.
—Calvin...
—¿Sabes lo que me cuesta mantener las manos lejos de ti?
—Pues desátame y tócame —propuso más animada.
—Dentro de cuarenta y cinco minutos. ¿De qué quieres hablar?
«Vale —pensó Min—. No te estás dando cuenta. Aquí la que manda eres tú, aparte de estar atada. Te desea y puede tenerte. Sólo necesita que le inciten.»
—Yo también te deseaba —dijo relajándose sobre los cojines.
—Muy bien. ¿Por eso te alejabas a todas horas? —preguntó cogiendo otro donut.
—Eso era por la apuesta. ¿Te acuerdas del picnic en el parque? Me entraron ganas de tumbarte, romper¬te la camisa y devorarte —Cal se quedó con el donut en la mano—. Cerraba los ojos y te imaginaba desnudo contra mi cuerpo y todas las cosas que me harías. Sobre todo en mis pechos. Son muy sensibles, ¿te lo había co-mentado? Imaginaba tu boca en mi...
—No juegas limpio —protestó Cal.
—¿No? ¡Estoy atada al sofá! ¿Eso te parece justo?
—No, es una de las razones por las que estoy disfrutando.
Espiró frustrada y Cal la miró. Después se levantó, fue a sentarse a su lado y cogió un poco del glaseado del donut con el dedo.
—¿Sabes cuántas fantasías he tenido con tu cuer¬po? —preguntó pasándole el dedo por un pecho por de¬bajo del encaje. Min contuvo el aliento—. Ésta no era una de ellas —dijo mientras le manchaba el otro pe¬cho—. Pero debería haber sido...
—Pegajoso —dijo Min, incapaz de completar una frase.
—No te preocupes, ahora mismo te lo quito. —Pervertido —dijo cerrando los ojos al sentir su lengua.
—Sí, pero bien que te gusta.
—¡Ja!
—¿Quieres que pare? —preguntó y Min sintió su mano en el pecho y el pulgar que iba del pezón hacia el borde del encaje.
—Quiero que me des todo lo que tienes —le pidió viendo cómo se le oscurecían los ojos al tiempo que su mano apretaba con fuerza—. Desátame.
—No.
Min se arqueó y Cal la empujó hacia abajo. Su respiración se aceleró y se inclinó sobre ella, pero esa vez bajó el camisón y cuando Min notó su boca, se arqueó otra vez pues todas sus terminaciones nerviosas estallaron aliviadas.
Cal se apartó mientras ella se estremecía y la miró. Respiraba con dificultad y en el momento en que Min se dio cuenta de que estaba mirando su pecho desnudo, Cal le bajó el camisón hasta la cintura.
—¡Eh! —protestó, e intentó cubrirse instintiva¬mente, pero estaba atada.
—¡Qué hermosa eres! —exclamó sin dejar de mirar sus pechos.
Min tiró del cinturón, debatiéndose entre la ver¬güenza y la lujuria, hasta que le cubrió los pechos con las manos y venció la lujuria. Cerró los ojos y sintió el calor de su boca sobre ella, notó que se tensaba y se estreme¬cía, y se apretó contra él, rezando porque no parara.



Los Morrisey no estaban en el listín, así que David llamó a Cynthie.
—Necesito el número de los padres de Cal.
—¿Por qué? —preguntó ésta con voz cansina.
—El porqué no importa. Lo que importa es que Cal se enfadará si se entera de que fuiste tú la que me di¬jiste cómo empezar la pelea del domingo. Dímelo o se lo contaré.
Se produjo un largo silencio y Cynthie dejó un momento el auricular. Cuando volvió, le dio lo que pedía.
—Gracias —dijo David antes de colgar. Marcó el número y cuando dejó de sonar el tono dijo—: Creo que deberían saber... —pero el contestador automático no le hizo ningún caso. Cuando sonó la señal, repitió—: Creo que deben saber que su hijo está seduciendo en es¬te momento a una mujer para ganar una apuesta. Se lla¬ma Min Dobbs y es pleiteadora y rencorosa —después les dio la dirección del apartamento y colgó.
—No está mal —pensó, y descolgó el teléfono sintiéndose muy satisfecho consigo mismo en general.
Porque iba a ganar.



Quince minutos más tarde, Cal cogió lo que que¬daba del tercer donut y Min intentaba acordarse de có¬mo se llamaba.
—¿Qué haces?
—Controlarme —contestó con voz agitada. Mordió un donut y tragó—. Me imagino que mientras tenga esto en la boca no te tendré a ti en ella. Queda media hora. No sé si has comprado suficientes donuts.
—Al menos podrías subirme el camisón —pidió sintiendo cierta vergüenza pues la lujuria empezaba a desaparecer.
—No, creo que deberías ir siempre en topless.
—Eso estimularía mucho las cosas en el trabajo —di¬jo Min y después se acordó de que ella no era nada estimulante—. Quiero decir...
—En público no, tonta. En casa. Lo pondremos en los votos nupciales. Prometerás que me amarás, honra¬rás, cuidarás de mí e irás desnuda de la cintura para arri¬ba todas las noches.
—¿Matrimonio? —preguntó intentando incorpo¬rarse.
—Pues claro —dijo observándola con gran inte¬rés—. ¿Crees que ataría a alguien con quien no tuviera intenciones serias?
—No me lo has preguntado —replicó tirando del cinturón.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó sin dejar de mirarle los pechos.
—No —contestó Min, que se debatía entre el amor y el asesinato.
—Muy bien, así dentro de unos años, cuando Harry te pregunte cómo me declaré, no tendrás que decirle: «Me ató a un sofá, me desgarró el camisón, se comió unos donuts sobre mis pechos y entonces me pidió en matrimonio».
—Lo único que quiero es hacerte el amor para po¬der olvidarnos de la estúpida apuesta y empezar una relación de verdad, aunque después de esto ya no se como podría alejarnos.
—No. Hemos quedado en que nada podría afectar a nuestra relación. Es un poco retorcido, pero es lo que me gusta de nosotros.
—Tú sí que eres retorcido. Yo soy absolutamente normal. Ahora desátame y follame hasta que pierda el sentido.
Cal contuvo la respiración un momento y Min pen¬só: «Tómame». Después Cal dio otro mordisco al donut y Min suspiró por la frustración.
—Puede que me esté equivocando de boca —co¬mentó cortando un trozo de donut—. Ábrela.
—Mira, no... —Cal le introdujo el trozo y el azú¬car inundó su boca—. ¡Oh! —exclamó antes de dejar que el chocolate se deshiciera en intensas oleadas de sabor.
—La meta de mi vida es conseguir que pongas esa cara sin chocolate.
—Y lo haces, lo que pasa es que nunca me miras cuando la pongo.
—¿Sí? —preguntó volviendo a ponerle la mano en el pecho y a acariciarlo con el pulgar. Min sintió que se tensaba de nuevo, pero en aquella ocasión, cuando abrió los ojos, él la estaba observando y se ruborizó por la vergüenza, la excitación y el deseo—. Tienes razón —dijo antes de volver a besarla y Min se olvidó de la vergüenza y se alzó para saborearlo mientras la acariciaba sin dejar de gemir en su boca.
—Desátame —susurró.
—No, todavía queda media hora —dijo bajando la mano hasta la pantorrilla—. Creo que esta vez empezaré con los dedos de los pies. No lo he hecho nunca, así que será una novedad.
—¿Me vas a chupar los dedos durante media hora?
—Empezaré por ahí e iré subiendo.
—¿Hacia arriba?
—Y en unos quince minutos te quedarás sin camisón.
—¿Con la luz encendida? —preguntó escandaliza¬da, pero Cal se echó a reír y bajó la cabeza hacia sus pies.



David llamó al móvil de Diana pensando que des¬pués de lo que había pasado el domingo estaría dispuesta a destrozar a cualquier hombre con el que se cruzara, especialmente a los que le hicieran daño a su hermana. Cuando dejó de sonar el tono de llamada dijo:
—Creo que deberías de saber... —el buzón de voz no le hizo ningún caso—. ¿Es que no estáis nunca en ca¬sa los miércoles o qué? —exclamó. Cuando sonó la señal para dejar un mensaje repitió—: Creo que deberías saber esto. Calvin Morrisey está seduciendo a tu hermana en este momento para ganar una apuesta.
Colgó y pensó un momento en la llamada que le quedaba por hacer, la que más le asustaba.
«Es anónima —se dijo—. Jamás te descubrirá.»
De todas formas, fue a su apartamento a tomarse una copa antes.



A las nueve y cuarto, después de que la hubiera toca¬do en todos los sitios imaginables y en un par que no se le habían ocurrido, Min notó que Cal la desataba.
—¡No vuelvas a hacerlo! —le amenazó dándole un puñetazo en el brazo.
—¡Ay! —se quejó Cal, pero Min lo echó hacia atrás, se sentó en sus rodillas y empezó a besarlo apasionada¬mente abrazándose a él tanto como pudo.
Cuando se separó un poco para poder respirar vol¬vió a darle un golpe en el hombro.
—Y me refiero a nunca jamás —especificó antes de volver a buscar su boca, hambrienta de ella. Un minuto después se separó respirando agitadamente y le dio otro puñetazo—. Nunca, nunca.
—¿De verdad? —preguntó con respiración tan entrecortada como ella. Min miró el brazo del sofá, que seguía con el cinturón atado a él y sintió un escalofrío.
—Bueno, al menos en el cuarto de estar no. Y tanto rato tampoco, ni con esas luces...
Cal la tumbó y la apretó contra los cojines.
—Cuando volvamos a hacerlo —empezó a decir con las manos encima de ella—, será cuando quiera, donde quiera y, si me apetece, con focos.
—No creo —replicó antes de besarlo. Después pensó: «A la porra, lo que tú quieras» y volvió a besarlo.
——Lo que yo quiera —le susurró al oído.
—Vale, pero ¿puedo tenerte ya?
—Casi. Faltan quince minutos.
—¿Sabes cuál es mi fantasía preferida? —susurró y Cal soltó un gemido—. Es que te introduces en mí con fuerza —la mano de Cal se aferró en ella—. Me encan¬ta esa parte del sexo, la primera, la forma en que se nota, y será mejor contigo porque todo lo demás que me has hecho ha sido lo mejor que he sentido en toda mi vida, la forma en que he sentido cuando me tocabas, la forma en que me has besado... Por eso sé que...
Cal la besó apasionadamente y la aplastó contra los cojines para quitarle la voz y el aliento.
—Calla, todavía faltan quince minutos —dijo antes de empezar a lamer su cuerpo hacia abajo.
—¡Oh! —exclamó al notar que volvían a incendiar¬se todos los poros de su piel—. ¿Qué vas a hacer todo ese tiempo? —preguntó mientras Cal le mordía en la cadera y le abría las piernas con la mano—. ¡Dios mío! —excla¬mó cuando empezó a lamerle el interior—. Creo que voy a perder diez dólares.



El teléfono de Liza sonó cuando ésta estaba en la cocina de Emilio's y Tony lo sacó de su bolso para dár¬selo sin soltar el tenedor en el que había enrollado unos espagueti.
—¿Estás seguro de que no estamos saliendo? —le preguntó Liza cogiendo el móvil—. Porque no paras de venir aquí.
—Es donde como normalmente —se justificó co¬giendo más pasta con el tenedor—. Soy tu depredador.
—Ya. ¿Sí? —preguntó al teléfono.
—¿Liza? —preguntó una voz masculina—. Creo que deberías saber esto. Cal Morrisey está engañando a Min para ganar la apuesta.
—¿Qué? ¿Quién habla?
—La apuesta finaliza a medianoche y quiere ganarla —continuó la voz, que le resultaba vagamente familiar.
—¿David?
La comunicación se cortó y Liza oyó el lono de marcado.
—¿Era David? —preguntó Tony.
—Emilio, voy a tomarme un descanso —gritó por encima del ruido de la cocina.
—¡Oh, no! —exclamó Tony.
—Acábate la pasta —le aconsejó antes de ir hacia la puerta.
—¡Y un cuerno! —exclamó antes de dejar el tene¬dor para seguirla.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:24 pm

Capítulo 16


Cuando Min estaba tan excitada que comenzó a temblar, Cal enredó sus dedos entre sus rizos y le volvió la cabeza para enseñarle el reloj que había en la repisa de la chimenea.
—Son las nueve y treinta y cinco —dijo con voz ronca—. He perdido la apuesta con David. Se acabó.
—Hemos perdido cinco minutos —dijo Min arre¬batada.
—No te has quejado —repuso Cal poniéndole la cabeza sobre sus rodillas.
—Tómame en el sofá o llévame a la cama —le pi¬dió con respiración entrecortada—. Quiero tenerte ya.
—Decididamente, me voy a casar contigo —asegu¬ró sacándola del sofá para llevarla a la habitación.
Min lo siguió y soltó un gritito ahogado cuando cayó encima de su edredón de satén con el cuerpo ar¬diente. Cal se desnudó, se puso un condón y se colocó a su lado, apretándose contra ella y cerró los ojos para saborearlo, hueso y músculo presionando salvajemente.
—No esperes más —le pidió y enseguida notó que la recorrían sus manos, haciendo que se excitaran todos sus sentidos y cuando le introdujo los dedos, se abrió para él y se estremeció, y cuando notó su cuerpo entre los muslos, se arqueó para recibirlo, desesperada por sentir su palpitante virilidad. Cal la miraba con ojos encendi¬dos y ella mantuvo su mirada, embelesada, fuera de sí y entonces él la besó y le metió la lengua en la boca al tiempo que penetraba en ella, resbaladizo y encendido y ella soltó un gritito y se aferró a él mientras su sacudida le recorría todo el cuerpo.
Se retiró ligeramente y después se deslizó más adentro. Min se mordió el labio y, debilitada por el pla¬cer al tiempo que el deseo aumentaba, comenzó a mo¬verse al ritmo que le marcaba, turbada por la armonía que descubrió en él, en los dos juntos. Cal le susurraba al oído sin dejar de moverse y le decía que la quería, que era hermosa, que era suya, una y otra vez, hasta que lo sintió en todas partes, su voz, su respiración, sus manos y su cuerpo amándola, emborrachándola de amor y deseo. Min le pasó la lengua por los labios y le dijo que le que¬ría, para siempre, sin fin y lo sintió en lo más profundo de su ser, en todas partes, en las yemas de los dedos, de¬trás de los ojos, profundo y hundido en el lugar en el que estaban entrelazados para siempre, donde la excitación, la presión y la tensión giraban y crecían, fulgor y estre¬llas, para fundirse en una luminosidad más nítida que nada que hubiese visto hasta entonces. Cal se movió con más fuerza y brusquedad y Min le clavó las uñas en la es¬palda y gritó su nombre mientras él se movía una y otra vez hasta que Min se dejó ir, arqueada bajo sus brazos mientras él la sujetaba con un espasmo incontrolable y su cuerpo se enfurecía contra el de ella. Entonces, mien-tras ella seguía agarrándolo y jadeando por un éxtasis demoledor, Cal se estremeció también y se desmoronó entre sus brazos.
—¡Dios mío! —exclamó Min cuando recuperó el habla.
—¿Te ha gustado? —preguntó Cal sin aliento y Min meneó la cabeza.
—Ha sido más que bueno, inmenso, fenomenal —inspiró con fuerza para ahogar los jadeos y Cal des¬lizó la mano hasta sus senos, su sitio. Min le puso la mano encima y apretó con fuerza contra ella antes de volver a inspirar con fuerza—. ¡Cómo te quiero!
—Me alegro —dijo Cal, exhausto—. Yo también te quiero. Siento que no hayamos tenido tiempo de hablar de lo que querías que te hiciera.
—Era eso.
—Pues lo has tenido —dijo y giró la cabeza para mirar el reloj—. Joder!
Min miró el entrelazado cabezal de latón y soltó un profundo suspiro.
—Creo que algún día me apetecerá que me ates a esta cama.
—Por cierto, normalmente duro más de siete mi¬nutos —aseguró dejando caer la cabeza en la almoha¬da—. Aunque, por supuesto, los preliminares no se alargan tanto. Venga, dime la estadística de cuánto du¬ra normalmente la estimulación previa.
—No mucho. Tú eres una excepción. Puede que te ate al cabezal y haga lo del glaseado de chocolate.
—Gracias, me encantaría. Haz una lista y la segui¬remos al pie de la letra. Puede que esta noche no, sino más adelante.
Min se acurrucó contra él mientras su pulso co¬menzaba a desacelerarse.
—Soy muy feliz. Estoy loca por ti y soy muy feliz.
Cal se acercó más y la besó, y ella se acomodó a su cuerpo, protegida, abrigada y satisfecha.
—Te quiero —susurró y Min abrió la boca para de¬cirle que también la quería cuando alguien empezó a aporrear la puerta—. ¿Qué demonios es eso?
—La puerta.
—¿Se habrá olvidado la llave Diana? —preguntó sentándose—. ¡Ay! Eres una mujer muy atlética, Minerva.
—Pues la verdad es que no. Solamente sacaba aprobados en Gimnasia —confesó en el momento en el que empezó a sonar el teléfono.
—Pues se equivocaban con la nota —aseguró dán¬dole una palmadita en la cadera y buscando sus pantalo¬nes—. Contesta el teléfono y yo abriré la puerta. Ahora vuelvo, no te vistas.



Cal se abrochó la camisa mientras cruzaba el cuarto de estar y se decía que gritarle a su futura cuñada no es¬taba bien. Así que cuando abrió la puerta y se encontró a David casi se alegró. Con ese gilipollas podía pasarse cuanto quisiera.
—¿Está Min? —preguntó casi con altanería.
—Sí, lárgate —le soltó empezando a cerrar la puer¬ta, pero luego se acordó—. Has ganado, mañana te en¬viaré el cheque. Ahora pírate.
—No creo —replicó bloqueando la puerta—. Ten¬go que verla.
—¿David? —preguntó Min detrás de Cal y cuando éste se volvió, se quedó sin aliento.
Se había envuelto con el edredón violeta azulado y Elvis se enroscaba en sus tobillos. Llevaba los hombros desnudos y parecía alborotada, tenía los rizos con puntas doradas despeinados, las mejillas de muñequita encendidas, los labios magullados y sonrosados y Cal pensó: «Yo soy el responsable de todo eso» y la deseó tanto que dio un paso hacia ella.
—¡Dios santo! —exclamó David con la mandíbula desencajada.
—¡Vete, Min! —le ordenó Cal.
—Has ganado —dijo David ofreciéndole un cheque. —¿Qué? No.
—La apuesta finalizaba a medianoche —le comuni¬có sin dejar de mirar a Min—. Te han sobrado más de dos horas. Supongo que el gran Calvin es también Cal¬vin el rápido.
—¡Pero bueno! —exclamó Cal al tiempo que Elvis bufaba y David dio un paso atrás.
—¿A medianoche? —preguntó Min en voz demasia¬do alta acercándose a ellos y tropezando con el edredón. «¿Qué estás tramando, Minerva?», pensó Cal, y la observó con interés y renovada lujuria.
—Pues claro —dijo David sonriendo triunfal a Cal—. Todas las apuestas acaban a medianoche.
—¿Me estás diciendo que Cal ha ganado la apuesta?—preguntó con voz quebrada subiéndose el edredón.
—Sí —contestó con desprecio.
—Pues gracias —dijo Min con voz normal mientras aceptaba el cheque—. Diez dólares siempre vienen bien.
—¿Qué? —exclamó David perdiendo toda su so¬berbia.
—Sé que ha ganado Cal, pero tenemos una regla no escrita por la que soy yo la que se queda todo el dinero que apueste por mí. Me estoy forrando, así que... —dijo sonriendo alegremente. Miró el cheque y casi suelta el edredón—. ¡Santo cielo!
—No son diez pavos —la corrigió cogiéndole el edredón antes de que se le cayera.
—¿Te apostaste diez mil dólares a que te acostarías, conmigo? —le preguntó desconcertada.
—No. Voy a hacerme una camiseta que ponga «No hice la apuesta».
—Diez mil dólares —repitió Min mirando el che¬que otra vez—. Si me lo hubieras dicho la primera noche y hubieras aceptado ir a medias me habría acostado con¬tigo directamente.
—¿Sí?
—No.
—Eso pensaba —dijo Cal quitándole el cheque pa¬ra dárselo a David—. Ya puedes irte.
—¿Qué es eso? —preguntó David indicando hacia el sofá.
Cal miró hacia allí y vio el cinturón todavía atado al brazo del sofá.
—Me ha atado. Después me ha arrancado el camisón, me ha cubierto con chocolate glaseado y lo ha lamido. Ha sido una pesadilla. Si te vas, lo haremos otra vez. Toda¬vía quedan donuts, ¿verdad? —preguntó mirando a Cal.
—Si no hay, bajaré corriendo a buscarlos. La pala¬bra clave será «correr».
—Eso es... —empezó a decir David, pero se quedó helado. Min esperó—... tan poco habitual en ti.
—No lo era, pero ahora lo es.
—Pero... —comenzó David en el momento en el que Nanette y George lo apartaban para entrar.
—Estupendo —dijo Cal desprovisto ya de toda lu¬juria por la mirada que le había echado George.
—Es lo que he venido a decirte —dijo Min sujetan¬do con fuerza el edredón—. David ha llamado a Diana y ésta me ha avisado de que posiblemente se había entera¬do más gente.
—¡Tú! —exclamó George dirigiéndose hacia Cal, pero Min se interpuso.
—Estás reaccionando de forma exagerada —le dijo a su padre.
—Nunca me ha gustado tu apartamento, cariño —comentó Nanette mirando a su alrededor. Entonces vio la bolsa verde y blanca en la mesa—. ¿Donuts?
—Deberías haber traído cocaína. Me han dicho que adelgaza.
—Min, David dice que este hombre hizo una apuesta a que podía... —dijo George, que se mantenía en sus trece.
—No, David intentó convencerle para que la hicie¬ra, pero Cal le dijo que no. Grítale a él.
—Entonces, ¿qué es esto? —dijo quitándole el che¬que de las manos de Cal—. Es... —leyó el importe— por valor de diez mil dólares. No sólo eres inmoral, sino además un imprudente con el dinero.
—No hice la apuesta. Nadie me cree.
—Yo sí —dijo Min sonriendo.
—Entonces, a la porra el resto de la gente —dijo Cal acercándose a ella.
—Minerva, coge tus cosas que te vienes a casa —le ordenó George enderezándose.
—Papá, tengo treinta y tres años. No voy a ir —repli¬có quitándole el cheque—. Vete a casa y llévate a mamá.
—¡Calvin! —exclamó una voz gélida desde la puerta.
—Estupendo —dijo Cal, que se había vuelto y había descubierto a su madre. Después miró a Min—. Ésta es mi fantasía: consigo hacerle el amor a la mujer de mis sueños y mi madre aparece a los postres.
—Bueno —dijo Min sujetando el edredón—. La fiesta no está completa hasta que alguien trae el hielo.
—¿Perdone? —dijo Nanette intentando apartar a George—. Usted es Lynne Morrisey, ¿verdad?
Lynne la miró como si formara parte del personal de servicio.
—Soy Nanette, la madre de Min. Encantada de conocerla —se presentó ofreciéndole la mano.
—¿Cómo está usted? —contestó Lynne sin acep¬tarla, antes de volverse hacia Cal—. Calvin...
—Hola, madre. Ésta es la mujer con la que voy a pasar el resto de mi vida. Si no das tu aprobación pasaré los terceros domingos de mes oyendo a Elvis durante la cena. Tu dirás.
Lynne lo miró durante un gélido momento y en¬tonces éste vio que Cynthie aparecía por la puerta, blan¬ca como la nieve.
—¿Cynthie?
—La he llamado yo —explicó Lynne—. Pensaba que...
—No —dijo Cal mirándolas a las dos.
—No lo dirás en serio —dijo Lynne.
—No le presione —le aconsejó Cynthie—. Es lo que he estado intentando decir todo el tiempo. Es encaprichamiento. Se le pasará. Dele tiempo.
Cal meneó la cabeza y empujó a Min hacia el sofá, lejos de los lunáticos.
—Yo le daré tiempo —aseguró George con mirada furiosa—. Le daré al cabrón...
—¡Le darás tiempo! —le cortó Nanette—. Como si tú no fueras peor que él.
—¿Qué? —exclamó éste.
—Te debo diez dólares, puesto que me has hecho esperar hasta las nueve y media —dijo Min acurrucán¬dose contra Cal y entrelazando sus dedos con los de él. —Sí —aceptó Cal apretando la mano—. Pero los gané haciendo una apuesta, así que serán para ti otra vez.
—¡Sé lo que estás haciendo! —le espetó Nanette a George con voz llena de cólera.
—Le estoy gritando al cabrón que ha seducido a mi hija —replicó éste, que había perdido el hilo.
—Sé lo que haces en tu hora libre para comer —le explicó con mirada asesina.
—Comer —aseguró perplejo.
—Sí, pero ¿a quién?
—¡Por Dios, madre! —exclamó Min. Lynne miró a Nanette con desden y Cynthie cerró los ojos. David parecía frustrado, confuso y muy enfadado. Entonces entró Liza con Tony y los miró a todos con el entrecejo fruncido.
—¿Qué demonios pasa aquí?
—¡Tony!—lo llamó Cal con tono crispado.
—Que conste que he intentado detenerla.
—¿Por qué no has cerrado la puerta con llave para que no pudiera entrar nadie? —le preguntó Liza a Min.
—Lo hice. Ha sido Cal el que la ha abierto. Grítale a él.
—Atízame y así ahorrarás tiempo —dijo Cal.
—¿Qué intentas decir con eso? —preguntó George, que se había ruborizado.
—Tus comidas. Te llevas a la secretaria todos los días a comer —aseguró Nanette alzando la voz.
—No grites —le pidió Min pensando en los vecinos.
—Son comidas de trabajo. Necesito una secretaria para trabajar —se justificó George.
—A mí no me llevas nunca a comer —gritó Nanette.
—Tú no comes —aulló George.
—Sabes, la apuesta era de diez mil dólares —le comentó Min a Liza.
—No fastidies —dijo ésta y se volvió hacia Cal—. ¿Te apostaste diez mil dólares a que...?
—No, maldita sea —dijo cogiendo el cheque de las manos de Min y rompiéndolo en dos pedazos—. ¿Lo ves? No hay apuesta.
—Nos habría venido muy bien —dijo Min nada enfadada.
Todo el mundo empezó a hablar y Cal miró a Min pensando: «Lo único que quería era estar solo con ella el resto de mi vida».
—¡Basta! —exclamó y todos se volvieron para mi¬rarlo con diferentes grados de desprecio, desesperación y cólera. Cogió un donut y se volvió hacia Min—. Minerva Dobbs, te quiero y lo haré siempre. ¿Te quieres casar conmigo?
—Es tan repentino —dijo Min sonriendo.
—Tenemos público, Minnie. ¿Vas o no vas?
—Sí —dijo estirando la mano izquierda y apartan¬do los dedos. Cal le puso el donut en el anular sabiendo, con una seguridad que jamás había sentido antes, que era exactamente lo que tenía que hacer.
—Ya te compraré un anillo en otro momento —ase¬guró mirando sus oscuros ojos—. Y lo haré mejor. Esto era solamente para que esta gente nos deje en paz.
—Bueno, cuando lo vuelvas a hacer, volveré a decir que sí.
—Gracias —dijo Cal, la besó y volvió a sentir la mis¬ma pasión por ella en todo su cuerpo—. Cuánto te quiero —le susurró al oído—. No puedo creerme cuánto te quiero.
—Bueno, se acabó el espectáculo —dijo Liza mi¬rando a Lynne—. Usted debe de ser la madre. No la to¬me con Min. Si la decisión depende de Cal...
—Elvis —replicó con voz apagada antes de darse la vuelta para salir de allí.
—Una mujer encantadora —comentó Liza antes de volverse hacia Nanette—. Su marido no la está engañando. Ya conoce a los hombres y él no es del tipo que haría una cosa así—después se dirigió a George—. Deje de tra¬bajar a la hora de la comida y vaya a comer con su mujer —volvió a encararse con Nanette—. Y usted, coma.
A Nanette se le descompuso el rostro y George le puso un brazo en los hombros.
—No te engaño, no tengo tiempo.
—Papá —intervino Min, pero Nanette se puso tensa.
—¿De verdad?
—No creía que fuera a encontrarte aquí —dijo Liza mirando a Cynthie—. Es por el libro, ¿verdad?
—No —contestó absorta en el donuts que Min te¬nía aplastado entre los dedos.
—Mira, a nadie le interesa que una mujer increíblemente hermosa le cuente que ha pescado a un hombre guapísimo. Eso es presumir. Escribe un libro y cuenta cómo perdiste al amor de tu vida y te recuperaste. A la gente le puede servir de ayuda.
—Yo...
—Se acabó, Cynthie. Se ha ido, para siempre.
Cynthie puso cara larga y Liza se volvió hacia David.
—Y tú eres un inútil de mierda. Haz algo decente y llévala a casa.
—Estás cometiendo un error —dijo éste mirando a Min—. ¿Sabes qué tipo de hombre es?
—Sí —contestó quitando un trozo de glaseado de su anillo de compromiso—. Vamos a madurar juntos.
—¡Fuera! —le ordenó Liza y Cynthie se fue. Después lo miró con furia y le dijo—: Ve tras ella, baboso. Haz algo por una vez en tu vida en vez de llamadas anónimas.
—No he... —empezó a decir, pero Liza cruzó los bra¬zos y decidió intentarlo con Min—. Es un sinvergüenza.
—No lo es. Es un príncipe y tú un sapo que hace llamadas anónimas.
—Nunca me has entendido —sentenció antes de salir por la puerta.
—Menudo gilipollas —comentó Liza.
—¿Vas a casarte con este hombre? —le preguntó George con incredulidad.
—No te metas con él o te cambiaremos por Elvis.
George le lanzó una mirada a Cal que decía: «Te voy a vigilar, chaval», antes de irse.
—Bueno, al menos tendréis unos hijos muy guapos —aseguró Nanette más animada.
—No vamos a tenerlos —dijo Min y cuando su ma¬dre entrecerró los ojos añadió—: No podría recuperar mi peso después.
—Es verdad —aceptó antes de que George volviera para llevársela.
—Muy bien, aquí ya he acabado —dijo Liza miran¬do el vacío apartamento.
—¿Me puedes decir quién eres? —le preguntó Cal—. Porque te pareces a una mujer que no dejaba de pegarme y ahora estás de mi lado. ¿Tienes una gemela malvada?
—Soy el hada madrina de Min, encanto. Y si no vivís felices volveré para darte una paliza con la bola de nieve.
—¿Qué ha sido de las calabazas? —le preguntó Cal a Min.
—Eso era de Disney, cariño, no un documental.
Liza fue hacia la puerta y se detuvo al ver a Tony con los brazos cruzados.
—Vamos, ya tendrás tiempo de gritarme durante el camino de vuelta al restaurante.
—No —contestó éste—, lo que has hecho me pare¬ce muy bien, muy sexy.
—No voy a acostarme contigo —aseguró cuando salieron.
—Tenía que intentarlo, ¿no? —dijo Tony cerrando la puerta.
El silencio reinó en el apartamento.
—Nunca olvidaré esta primera vez —comentó Min quitándose el donut del dedo—. La tierra tembló y después va mi madre y le pregunta a mi padre que a quién se lo estaba comiendo a la hora del almuerzo.
—Sí, ha habido momentos muy buenos.
—Jamás nos libraremos de ellos —dijo Min menean¬do la cabeza.
—Ya.
—Menos mal que nos tenemos el uno al otro. Te quiero.
—Gracias —contestó Cal besándola.
—Voy a comprar una casa. ¿Qué te parece un bungalow como el que tenía mi abuela?
—¿Vas a hacerlo? —preguntó Cal y Min asintió—. Me apunto, ¿volvemos a la cama?
—Sí, trae los donuts.



Hora y media más tarde, Min estaba acurrucada al lado de Cal y Elvis dormido a los pies de la cama, como un trozo de terciopelo sobre el satén azul lavanda. Cal respiraba lo suficientemente fuerte como para conside¬rarlo roncar y le dio una palmadita en el hombro. «Ha¬ce un mes no lo conocía —pensó medio dormida— y ahora voy a pasar el resto de mi vida con él».
Entonces se apartó un poco. Aquello era ridículo. Totalmente irracional. «A la porra la racionalidad», se dijo, pero aquel pensamiento no la abandonaba. Hay que estar loco para pasar el resto de tu vida con alguien a quien sólo conoces desde hace un mes, sobre todo si tie¬ne semejante pasado.
Se zafó de su abrazo y cogió su camisa del suelo. Cuando se la puso no consiguió abrochársela. «Pues en las películas siempre lo hacen», pensó ligeramente disgus-tada y volvió a dejarla en el suelo. Tiró del edredón, con el consiguiente enfado de Elvis y dejó a Cal bajo la sábana. Era junio, no se iba a helar.
Después se sentó en el viejo sofá de su abuela e intentó poner sus pensamientos en orden. Elvis se acercó y se acurrucó en un extremo y Min acercó la cabeza para acariciarlo y que ronroneara.
«Así pues, lo que tengo es al mayor jugador de la ciudad y creo que es el verdadero amor que durará para siempre. ¿Qué probabilidades tengo?», pensó. Al otro lado de la habitación, el reloj de la repisa de la chimenea marcó la medianoche.
—¿Qué haces? —le preguntó Cal desde la puerta.
—Son las doce y me voy a convertir en una calabaza —le explicó intentando sonar alegre.
—Eso explica por qué tienes este sofá —dijo sen¬tándose a su lado. La rodeó con un brazo, la acercó y le dio un beso en la frente. Min cerró los ojos y se inclinó hacia él con tanto amor que se sintió agotada. «Estoy metida en un buen lío», pensó.
—¿Pasa algo? Creía que todo iba de maravilla una vez que se habían ido los lunáticos.
—Y así es. Estoy intentando imaginar lo que vendrá a continuación.
—Después. Bueno, vale —le cogió la mano y boste¬zó—. Mañana llamaré a mi madre para que no nos eche una maldición e iremos a casa de tus padres para asegu¬rarnos de que no se han vuelto locos.
—Siempre queda la esperanza —dijo Min. El edredón le dejó al descubierto un hombro y Cal empe¬zó a hacer círculos en la piel con el dedo mientras ha¬blaba.
—Después buscaremos esa casa de la que hablabas, una que tenga una escalera de seis peldaños solamente y compraremos un sofá nuevo —Min sintió que empezaba a sonreír y que la alegría brotaba en ella en contra de to¬dos los pronósticos—. Después nos casaremos y vivire¬mos felices para siempre.
—Ya, ésa es la parte en la que estaba pensando —di¬jo mientras Cal se llevaba su mano a la boca y le besaba los nudillos.
—¿Crees que tendremos problemas? —preguntó Cal.
—No lo sé. Creo que nos querremos hasta el día de nuestra muerte, pero no sé si eso será suficiente. La vida no es un cuento de hadas.
—Bueno, es medianoche, hemos tenido una tarde completita y no me entero muy bien. ¿Qué te preocupa?
—El vivir felices para siempre —dijo a pesar de que sabía que podía sonar a tontería—. Todo lo que acabamos de hacer, la parte del idilio, las historias de los cuentos de hadas. Sé cómo van esas cosas, he leído los cuentos.
—¿Historias de cuentos de hadas?
—No te hablan de lo que pasa después del final fe¬liz. Que yo sepa ahí es donde todo se estropea. El cin¬cuenta por ciento de los matrimonios acaban en divorcio y sí, sé que esas estadísticas están desvirtuadas por la gente que se divorcia varias veces.
—Son las doce de la noche y me están hablando de estadísticas—dijo Cal al gato.
—Y estoy preocupada. No hay ningún cuento que hable de lo que es vivir felices para siempre. Ahí es donde acaban todos, donde empieza la parte difícil.
—Y?
—Y ¿qué vamos a hacer? —preguntó mirándolo a los ojos.
—¿Quieres que me ponga a filosofar sobre el fu¬turo ahora? No tengo ni idea ni de dónde he dejado los pantalones.
Min lo miró con cariño a pesar de que iba despei¬nado, hacía chistes y no la estaba ayudando. «A pesar de todo», pensó sonriéndole.
—No, no sé en lo que estaba pensando. Vamos a la cama.
—Lo iremos solucionando día a día. Yo tampo¬co sé nada de estas cosas, no lo tenía planeado, pero creo que seguiremos juntos. Nos preocuparemos el uno del otro y nos daremos palmaditas en la espalda cuando las cosas vayan mal —Min no parecía con¬vencida y Cal le sonrió con tanto amor en los ojos que se sintió mareada—. Te apuesto diez pavos a que lo conseguimos.
«¿Qué probabilidades tengo?», pensó, y se dio cuenta con repentina nitidez de que jamás aceptaría esa apuesta, que sólo un perdedor apostaría contra ellos. «Esto es en serio —pensó llena de estupor—. Es para siempre y tengo fe».
—¿Min? —dijo antes de besarla con todo su co¬razón.
—No acepto la apuesta. Hay muchas probabilida¬des de que lo consigamos.
—Hay muchas probabilidades —repitió Cal antes de llevarla a la cama.

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 2:27 pm

Capítulo 17


En caso de que queráis saber el final...
David se sobrepuso rápidamente, a pesar de que el hecho de que Cal le ganara le mortificó durante años. Cuatro meses más tarde conoció a una mujer que estaba de acuerdo con todo lo que decía y se acostó con él al tercer día de conocerlo. Ella nunca cocina con mantequilla.
A Cynthie le costó más recuperarse, porque quería mucho a Cal. Se encerró en su apartamento y sobrevivió a base de zanahorias y aliño bajo en calorías hasta que Li¬za la sacó para que tomara el sol, la obligó a que escribie¬ra acerca de su ruptura y le pidió a uno de sus antiguos je¬fes que le hiciera el favor de proponerle el libro a otro editor. Este, un hombre con gafas, unos centímetros más bajo que Cynthie y ligeramente gordito, la obligó a co¬rregirlo cuatro veces y después puso todo el poder de promoción de la editorial al servicio del libro. Se casó con ella el día anterior a que el libro se colocara en el puesto número uno de la lista de libros más vendidos del New York Times. Viven en un ático en Nueva York y sólo comen en los mejores restaurantes.
Emilio dejó que Liza le aconsejara durante un año y su restaurante se convirtió en uno de los más populares de la ciudad. Le ofreció la posibilidad de convertirse en socia, pero las cosas iban bien y ella se aburría, así que le presentó a una amiga con un máster en administración de empresas y se fue a salvar a más gente.
George dejó de ir a comer con su agotada secreta¬ria, algo que la alegró a pesar de perderse esas comidas tan lujosas. Ahora va a comer tres veces por semana con Nanette y ella come.
Reynolds pasa mucho tiempo con Min, Cal y Bink y gracias a la predisposición de los tres para decirle: «Eres un ceporro», ha dejado de serlo cuando está con ellos. El resto del tiempo sigue siéndolo, aunque Bink lo quiere de todas formas.
Shanna y Linda dejaron de estar juntas al cabo de un año, pero sin rencores. Al poco tiempo, Shanna empezó a trabajar en el restaurante de Emilio, donde encontró a una licenciada en administración de empre¬sas al que le gustaba Elvis Costello. Cuatro meses más tarde se mudaron a un lujoso loft en el centro y un año después viajaron a China para adoptar una niña. Shanna se dedica a sus labores como madre, excepto cuando Emilio está desbordado de trabajo y la llama para que le eche una mano. Su bote de Betty Boop siempre está lleno de Oreos.
Harry dio el estirón a los catorce años, creció y engordó, y se convirtió en una copia exacta de su padre y tío, excepto en que le sigue cayendo el pelo en la frente y lleva gafas. Se hizo ictiólogo, conoció a una chica regordeta y rellenita mientras buceaba en las Bahamas, se enamoró y se casó con ella al cabo de un mes. La chica es morena con reflejos rubios, tiene una mente muy práctica y predilección por los zapatos. Harry sigue sin poder comer más de un donut.
Roger y Bonnie se casaron, se fueron a vivir a una zona residencial y tuvieron cuatro hijos. Todo el mundo va a su casa los días de fiesta.
Diana se comprometió otras dos veces, rompió am¬bos compromisos y acabó llorando en el pecho de Tony. Este le dijo que tenía un pésimo gusto para los hombres y que intentara encontrar alguno decente la próxima vez. Le declaró su amor y Tony la rechazó desconcertado. Seis semanas más tarde se fugaron para casarse en Kentucky porque él tenía entradas para el derby. Tienen tres hijas, todas muy altas, que dominan todos los terrenos de juego o pistas en las que juegan, seguramente porque co¬men hidratos de carbono.
Liza sigue llevando una vida interesante, variada y en constante cambio, demasiado complicada de resumir aquí.
Cal le compró a Min un anillo de compromiso con seis diamantes en círculo. No se parece en nada a un Krispy Kreme, pero Min sabe que lo es. Se casaron y se compraron un bungalow de diseño a una manzana del antiguo apartamento de Min. Tiene una escalera con treinta y siete escalones. También compraron un sofá estilo mi¬siones como el de Bonnie y en ocasiones alguien acaba atado a él. Van a las cenas de los deseos en Emilio's todos los jueves con Roger y Bonnie, Tony y Diana, y Liza y la persona con la que esté saliendo esa semana. La madre de Cal la tolera y la de Min lo adora. No tienen hijos, pero sacaron a un cachorro de labrador de la perrera y lo lla¬maron Canalla. Elvis se lleva bien con él.
Y todos vivieron felices para siempre.



FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 11:01 pm

Wauuu gemma como has trabajado linda

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MensajeTema: Re: Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie   

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Una apuesta peligrosa - Jennifer Crusie
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