Black and Blood


 
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 Miénteme - Jennifer Crusie

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MensajeTema: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:40 pm

Miénteme - Jennifer Crusie

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Argumento:

La vida de Maddie Faraday sería perfecta de no ser por sus vecinos fisgones, su inquisitiva madre, su infeliz mejor amiga, su marido infiel, y ese tipo a quien entregó su virginidad hace veinte años y que acaba de aparecer en la puerta de su casa. Pero las cosas aún pueden ir a peor ­ni se imagina cómo­, porque en breve estará metida de lleno en todo tipo de chismorreos, chantajes y hasta en un asesinato, por no mencionar algunos recuerdos del pasado tanto o más calientes que el presente.


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Última edición por Gemma el Vie Nov 19, 2010 5:17 pm, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:43 pm

Capítulo 1


Era agosto, una calurosa tarde de jueves, cuando Maddie Faraday metió la mano debajo del asiento delantero del Cadillac de su marido y sacó unas bragas negras, de encaje. No eran suyas.
Hasta aquel momento el día había sido bastante decente. El horno microondas se había estropeado definitivamente cuando intentaba calentar un bollo para el desayuno de Em, pero el sol brillaba sobre su casa de madera pintada de azul, la temperatura alcanzó los treinta y dos grados antes del mediodía, Em estaba absorta planeando las compras para la escuela y reinaba el contento. Hasta Brent, que había mascullado algo sobre lo sucio que estaba su coche, se animó cuando Maddie se ofreció a limpiarlo, algo que la culpa más que el deber la había impulsado a hacer. Le parecía justo que fuera ella la que limpiara el coche, dado que tenía vacaciones en verano y él no, y últimamente estaba haciendo lo imposible por ser justa, porque era muy tentador no serlo. Tenía ganas de decir: «Ni siquiera me gustas. ¿Por qué tendría que limpiarte el coche?». Pero Brent era un buen marido por defecto: no chillaba, no se gastaba el sueldo en alcohol, no la pegaba ni hacía la mayoría de las cosas que eran quejas habituales en las canciones country que tanto le gustaban.
—Em y yo te limpiaremos el coche esta tarde —le dijo, mientras él daba un abrazo de despedida a Em y se dirigía a la puerta. Él hacía su parte; lo menos que ella podía hacer era cumplir con la suya—. Llama a Howie y pídele que te recoja de camino a la empresa —añadió, y Brent se quedó tan sorprendido que le dio un beso en la mejilla.
Al oír las buenas noticias, Em hizo su habitual numerito de poner los ojos en blanco detrás de las gafas, propio de alguien con ocho años. Pero luego en sus ojos se encendió una mirada calculadora y se convirtió en un ángel de hija. Después de almorzar, la acompañó, sin protestar, al brillante Caddy de Brent. Allí pasaba algo, y Maddie esperó a ver de qué iba aquello, mientras iba sacando toda la basura del asiento delantero de su marido y cantaba con la cinta de Roseanne Cash.
Em sacó suficientes cosas del asiento trasero para llenar una caja de cartón.
—Me llevo esto adentro para guardarlo ahora mismo —anunció, abrazando la caja con sus delgados brazos; luego huyó a la cocina pintada de amarillo brillante y con aire acondicionado, mientras Maddie, todavía agachada en la parte delantera del coche, le hacía un gesto de ánimo.
Alargó el brazo por debajo del asiento y sacó un envoltorio de Egg McMuffin mientras Roseanne cantaba «Blue Moon with Heartache». Una buena canción y un bonito día. Una puerta mosquitera chirrió a su derecha, y Maddie estiró el cuello para ver a su vecina de la casa de al lado, la señora Crosby, que salía a su inmaculado porche blanco y se asomaba a su inmaculado jardín bordeado de caléndulas para mirar, con los ojos entrecerrados, hacia el Caddy de Brent, que no debería estar en el camino de entrada porque era día de trabajo.
La señora Crosby iba vestida de fiesta, combinando los leotardos rojos que colgaban de sus huesudos muslos con una camiseta de color naranja encendido que decía: «La abuela más estupenda del mundo», la prueba del algodón de que la hipocresía empezaba a una edad temprana en Frog Point, Ohio. Maddie la saludó.
—Hola, señora Crosby, estamos limpiando el coche —dijo.
La señora Crosby no tenía el oído ni la vista de veinte años atrás, pero todavía conservaba la boca de entonces y podía montar una buena si no le hacían caso. «Ahí está el coche —debía de estar pensando—, como si él no tuviera un trabajo al que ir.» Era más fácil saludarla ahora que dar explicaciones más tarde.
La señora Crosby hizo un gesto de aleteo con una mano dirigido a Maddie y volvió a entrar en su casa, una vez segura de que no pasaba nada interesante en el camino de entrada a la casa de al lado. Maddie tiró el envoltorio de Egg McMuffin en la bolsa de la basura, volvió a meterse debajo del asiento en busca de las últimas porquerías y encontró las bragas.
La señora Crosby se había equivocado.
Maddie se quedó sentada, con las piernas desnudas estiradas fuera del coche, mirando estúpidamente el encaje y el elástico que le colgaban de la mano. Tardó un minuto en saber qué era, porque faltaba la parte de en medio; solo había cuatro triángulos de encaje negro, unidos por cintas de elástico negro, y entonces se dio cuenta de que eran bragas, bragas sin entrepierna. Otra vez no, pensó Beth... Gracias a Dios que Em se había ido dentro y ahora podía dejarlo. En ese momento oyó que se cerraba la puerta de un coche en la casa de la izquierda, se sobresaltó y arrugó el encaje formando una bola que le arañó la palma de la mano.
Gloria acababa de llegar a casa. No sería nada bueno que Gloria se asomara por encima de la gran cerca, como siempre hacía, y pillara a Maddie tirada en el suelo del coche de Brent, con la ropa interior de otra mujer en la mano. Roseanne empezó a cantar «My Baby Thinks He's a Train» y Maddie paró la cinta de golpe y trató de recuperar la cordura.
Seguramente, era pura paranoia creer que Gloria Meyer era capaz de identificar la ropa interior de otra mujer a una distancia de cuarenta pasos, pero aquello era Frog Point y no se podían correr riesgos. Si Gloria la veía, le temblaría la nariz, la saludaría con el brazo y se apresuraría a entrar en su casa y, al cabo de una hora, la madre de Maddie la llamaría para saber si era verdad lo que le había dicho Esther, junto a las tostadoras de Kmart, eso de lo que ahora hablaba todo el mundo en Frog Point, sobre lo estúpida que era Maddie y la vergüenza que era para Emily, y que todo era culpa de la madre de Maddie, porque no la había educado como es debido.
Le pareció que el paisaje residencial, requemado por el sol, empezaba a subir y bajar como una montaña rusa, y el estómago le ascendió a la boca para acomodarse a las curvas. Se dio cuenta de que había dejado de respirar y se llenó los pulmones de aire caliente y polvoriento, mientras la sangre se le acumulaba en los oídos.
En la casa de al lado, la puerta mosquitera de Gloria se cerró de golpe al entrar ella.
Piensa. Olvídate del mareo, se dijo Maddie. Las habladurías anteriores habían sido horribles. Y ahora Em era lo bastante mayor como para comprender. Em lo sabría.
Y luego estaba su madre. Dios santo, su madre.
Piensa. No te dejes dominar por el pánico, se repitió. Bueno había una cosa que podía hacer: asegurarse de no quedar como una idiota otra vez. Podía divorciarse. Asintió y luego se sintió como una estúpida por asentir, allí sola, sentada en el suelo del coche.
Apoyó la mano en la ardiente piel beige para impulsarse y salir del coche y se quedó allí, mirando fijamente el jardín. Era curioso lo normal que parecía todo. La cerca de pino seguía donde se suponía que debía estar, igual qué la mesa de picnic astillada y la destartalada bicicleta azul de Em y, sin embargo, acababa de encontrar la ropa interior de alguien, allí mismo, en la calle Linden, entre Gloria Meyer y Leona Crosby, justo en mitad de su vida.
Maddie respiró hondo, subió los escalones hasta el porche y entró en el frescor de la cocina, asegurándose de dar un portazo para cerrar bien la puerta, que había empezado a atascarse por el calor. Lo que importaban eran los detalles, como impedir que el aire acondicionado saliese porque estaba angustiada y había dejado la puerta entreabierta. Se quedó junto al fregadero, con las bragas en la mano, esforzándose durante un momento por hacer que encajaran en su realidad cotidiana, igual que Em cantaba con Barrio Sésamo: una de estas cosas no pertenece aquí, una de estas cosas no es igual. Encimera de formica amarilla. Microondas difunto. Trapo de cocina a cuadros azules. Vaso de los Picapiedra con restos de leche. Fuente de macarrones con queso remojándose en el fregadero. Agarrador de algodón marrón con «Te quiero mamá» bordado.
Ropa interior de encaje negro sin entrepierna.
—Mamá.
Maddie dejó resbalar, de entre sus dedos sin fuerza, las bragas en la mezcla de macarrones y queso y las empujó al fondo, salpicándose la camiseta con agua sucia espumosa. Se volvió y vio a Em en la puerta, perdida dentro de su enorme camiseta negra de Marvin el Marciano, con el pelo, fino como el de un bebé, rizándosele alrededor de la cara, vulnerable como solo puede serlo una niña de ocho años.
Maddie se apoyó en el fregadero para no caerse.
—¿Qué hay, cariño?
—¿Qué era eso? —Em la miraba fijamente, y sus ojos castaños parecían enormes detrás de las gafas.
Maddie la miró a su vez, embobada, durante un momento.
—¿El qué?
—Eso. —Em se acercó, deslizando la cadera por los armarios amarillos mientras avanzaba, rebotando al contacto con los agarradores—. Esa cosa negra.
—Ah... —Maddie parpadeó, miró las bragas que flotaban dentro de la fuente y las empujó al fondo—. Es un estropajo.
Empezó a frotar la fuente de macarrones con queso con las bragas hechas un burujo, encontrando una enorme satisfacción por la manera en que el queso blanquecino se metía entre el encaje.
—¿Un estropajo?
—No es un estropajo muy bueno. —Maddie dejó que el encaje empapado se hundiera hasta el fondo de la fuente—. Lo voy a tirar. ¿Y tú? ¿Ya lo has recogido todo?
—Sí —afirmó Em, imbuida de virtuosa eficacia—. Y he puesto la caja en el sótano para que nadie tropiece con ella.
El miedo se hizo un nudo en la garganta de Maddie. Aquella actitud de Em era parte de algún plan para algo que estaba maquinando en ese momento, algún plan que podía fraguar, porque su mundo era seguro y normal. Y todo estaba a punto de saltar por los aires. Le flaquearon las rodillas y, cogiendo una silla, se sentó para no desplomarse al suelo y hacer el ridículo delante de su hija.
—Mamá —dijo Em, y Maddie le tendió los brazos y la atrajo hacia ella.
—Te quiero, pequeña —susurró Maddie con la cara hundida entre su pelo, meciéndola adelante y atrás—. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero, mamá. —Em se apartó un poco—. ¿Estás bien?
—Sí. —Maddie se obligó a soltar a su hija—. Estoy bien.
—Vale. —Em dio un paso atrás y empezó a desplazarse lentamente para salir de la cocina—. Bueno, si me necesitas para algo, grita. Voy a trabajar un poco más en la lista de la escuela. Este año es bastante larga. El tercer curso es más difícil.
—Bien —dijo Maddie.
Fuera lo que fuese lo que Em quería pedirle, lo había pospuesto hasta que su madre volviera a estar normal. Pero eso no iba a ser nunca, a menos que Maddie pudiera arreglar aquel desastre de alguna manera. La clave era no exagerar en su reacción. Esa era la clave. Pensar en la vida de cada día. Si no hubiera encontrado las bragas, ¿qué estaría haciendo? Acabando de limpiar la fuente de los macarrones. Sacando la basura. Aquel era el día de la basura. Definitivamente, estaría sacando la basura.
Se levantó y tiró del cubo de basura de plástico azul que había debajo del fregadero. Pero estaba atascado, así que estiró una y otra vez, apretando los dientes y, finalmente, le dio un tirón salvaje hasta que cedió y se soltó. Muy bien, maldita sea, se dijo, sin respiración. Escurrió el agua de la fuente de macarrones y los tiró a la basura junto con las ofensivas bragas manchadas de queso. Llena de repugnancia, cogió la lata de Lyson de debajo del fregadero y roció la basura y se roció las manos hasta que chorrearon y empezó a picarle la nariz por el fuerte olor a producto químico. Acto seguido arrastró la basura afuera y volcó el cubo en el contenedor, a un lado del patio, evitando cuidadosamente mirar hacia el coche de Brent. Se suponía que todo lo que metiera en el contenedor tenía que ir en bolsas, pero no tenía un día para embolsar nada. Cerró el contenedor y se enderezó justo cuando la puerta de la casa de al lado chirrió y rebotó. Gloria otra vez.
—Hola, Maddie.
Gloria la miraba por encima de la cerca, al tiempo que se colocaba un mechón de pelo de color claro detrás de la oreja.
Maddie la miró entrecerrando los ojos para protegerse de la luz. Gloria era bonita, de una manera desvaída, pálida y decadente. Puede que Brent la estuviera engañando con Gloria. Estaba justo en la casa de al lado, así que no tendría que esforzarse mucho. Era propio de Brent.
—Maddie, quería preguntarte qué piensas del césped.
Maddie apretó los dientes.
—La verdad es que no pienso mucho en el césped, Gloria.
Empezó a dirigirse a la casa, sabía que estaba siendo grosera y no le importaba. Bueno, sí que le importaba un poco; no tenía sentido hacer que Gloria se sintiera rechazada. Y no debía darle motivos para hablar, de hecho. Se volvió para sonreírle al pasar junto a ella, pero fue una sonrisa débil. Puedes hacerlo mejor, maldita sea, se dijo, pero Gloria no se había fijado.
—No sé... —La frente de Gloria se arrugó al fruncir el ceño—. ¿No crees que el vuestro está un poco largo? ¿Podrías pedirle a Brent que pase por aquí esta noche para hablar de ello?
Maddie se contuvo para no partirle la cara a su vecina. Gloria Meyer era un auténtico coñazo, pero de ninguna manera se podía acostar con Brent. Para empezar, Gloria nunca se pondría unas bragas sin entrepierna. Además, el sexo significaría que tendría que dejar de hablar de su condenado césped.
—El césped irá bien, Gloria.
—¿Tú crees? La verdad es que me parece que tendría que hablar con Brent.
Gloria siguió a Maddie oblicuamente, deslizándose por su lado de la cerca de una manera muy parecida a como Em se había deslizado a lo largo de la encimera.
Maddie llegó a los escalones y no se detuvo.
—Tengo que irme —dijo y huyó a la cocina.
Probablemente, estaba exagerando. Sin ninguna duda, estaba exagerando. Estaba dispuesta a asesinar a Brent, ¿y con qué base? Unas bragas para las que podía haber una buena explicación. Actuaba como si estuviera en uno de esos programas de televisión tan malos, esos que empiezan con un malentendido que cualquier idiota puede ver a kilómetros de distancia y luego continúa mientras los dos protagonistas traman y pelean durante la media hora que dura el espacio, sin llegar a discutir el problema, como hace la gente razonable, hasta los últimos cinco minutos, cuando sí que hablan y todo se arregla a tiempo para el anuncio de Infiniti. Qué ridículo. Esperaría y le mencionaría las bragas a Brent, cuando llegara a casa. Como la adulta racional que era.
«Hola, cariño. ¿Qué demonios hacían unas bragas de encaje negro debajo del asiento de tu coche?», le diría.
Cálmate. Sé racional, pensó.
Come chocolate.
Esa era una buena idea. El chocolate estimulaba la producción de endorfinas, que la calmarían, y estaba lleno de cafeína, que le daría la energía que necesitaba para matar a su marido. Beneficios por partida doble.
Los armarios estaban repletos de verduras enlatadas y cereales, pero en el congelador, detrás de los guisantes congelados y de la sopa de pollo de la semana anterior, encontró una galleta escarchada. Gracias a Dios. Le quitó el envoltorio de plástico a tiras y luego la dejó caer en la encimera donde resbaló y giró como un cubito de hielo.
Estupendo. Y el microondas estaba estropeado. Una mujer más profunda quizá habría visto en esto el desmoronamiento de su vida. Por suerte, ella no era profunda. Se comería la maldita galleta congelada.
Intentó darle un mordisco, pero era como una roca de chocolate. Abrió un cajón y sacó su enorme cuchillo de trinchar. La galleta seguía en la encimera, hosca, fría e indiferente. Colocó el cuchillo encima y luego lo bajó de golpe contra el corazón de la galleta, pero el cuchillo resbaló sobre la superficie e hizo una muesca en la formica amarilla. Brent se pondría furioso. Bueno, mala suerte. Últimamente, estaba furioso por todo; durante toda la semana anterior, ella no había hecho nada bien. Esa era una de las razones de que Maddie hubiera estado fuera, en medio del calor, limpiando su maldito coche. Pensó en el coche y notó cómo se le agolpaba la sangre en las sienes. Lo estaba haciendo otra vez. ¿Con Beth? Tuvo visiones de la descarada pelirroja. Maddie odiaba el descaro. Al infierno con los dos.
Maddie fijó la punta del cuchillo en el centro de la galleta. Un trabajo de precisión. Apretando los dientes, empujó el cuchillo, introduciéndolo en el centro, donde se atascó, mientras que la galleta seguía negándose a partirse en trozos comestibles. Maddie soltó aire a través de los dientes. Nunca se había tropezado con un pedazo más irritante de mantequilla y azúcar. Era su mala suerte: una única galleta en la casa y tenía que ser macho.
Levantó el cuchillo y la galleta siguió pegada a la punta, ensartada. Era una bonita imagen, que la llenaba de vengativa satisfacción. Llevó el cuchillo a los fogones, abrió el gas y empezó a tostar la galleta a la llama, como si fuera un malvavisco. El olor del chocolate al quemarse inundó la habitación.
¿Quién era esa vez? ¿Beth? ¿Otra mujer distinta? Su cabeza recorrió las habituales sospechosas de adulterio.
¿Era Gloria?
¿Su secretaria, Kristie?
¿Una joven de la bolera?
¿Una mujer para quien Howie y él habían construido una casa?
¿Importaba realmente?
Maddie dio más fuerza a la llama. Cuando ya ha pasado en una ocasión, ¿importa quién sea la próxima vez? Era culpa de Brent, era él quien le estaba haciendo aquello. A ella y a Em. Oh, Dios, Em. Esperaba que...
Sonó el teléfono y Maddie soltó un bufido de irritación, antes de apagar el gas para ir a descolgar el auricular, con la galleta clavada en el cuchillo todavía en la mano.
—¿Sí?
—Maddie, cariño, soy mamá.
Maddie cerró los ojos y esperó a que su madre dijera: «Maddie, nunca adivinarás qué me han dicho hoy de Brent».
—¿Maddie? ¿Estás bien, cariño? Te he llamado hace un cuarto de hora, pero no ha contestado nadie.
Maddie tragó saliva.
—Estábamos fuera, limpiando el coche de Brent.
Y adivina qué he encontrado, pensó. Fue a la sala y se desplomó en el demasiado mullido sofá con su tapicería de flores azules, estirando al máximo el cordón del teléfono a través de la estancia, al dejarse caer. A lo mejor, si sujetaba el cuchillo, en la sala, con la punta hacia arriba, Brent tropezaría con el cordón del teléfono al llegar a casa y se caería encima. Se imaginó su cuerpo tambaleándose, enorme y sólido, y el crujido que haría el cuchillo al clavársele.
—Vaya, hace demasiado calor para limpiar coches —decía su madre—. Es mejor que os quedéis dentro de casa.
—Ya estamos dentro —dijo Maddie—. Ahora.
Aferró el cuchillo hasta que se le pusieron los nudillos blancos y trató de roer un pedacito de la galleta. Era duro y estaba helado, pero era chocolate. Lo chupó, haciendo que se fundiera con el calor de su furiosa boca y luego se lo tragó, atragantándose un poco al hacerlo. Despacio, se dijo, e inspiró aire por la nariz.
—¿Te molesta la alergia? —preguntó su madre.
—No.
—Bueno, tómate un Benadryl, por si acaso. Suenas como si estuvieras resfriada. No te entretendré, solo quería decirte que vas a tener compañía en cualquier momento.
—Estás de broma.
Maddie mordió otra esquina de la galleta.
—Es el sobrino del sheriff Henley, aquel que estaba en el instituto contigo.
—¿Sobrino? —Tardó un momento en asimilar la noticia y luego dejó caer el cuchillo al suelo, galleta incluida. C.L. Sturgis. Había sido su primer error. Si hubiera seguido siendo virgen, nada de aquello estaría pasando. Se esforzó por parecer indiferente mientras palpaba por encima de la alfombra de color azul, tratando de dar con el cuchillo—. No me acuerdo.
Su madre sí, pero eso no era raro. La memoria de su madre era como una base de datos natural, donde estaban todas las veces que alguien de la ciudad la había cagado, así que, sin ninguna duda, tenía un archivo de C.L. Y ahora su archivo de Maddie, que nunca había sido pequeño, estaba a punto de aumentar de volumen.
—Me tropecé con él delante de la comisaría —decía su madre—. Buscaba a Brent, pero le dije que tú estabas en casa esta tarde, así que dijo que probaría contigo.
Gracias, Madre, pensó. ¿Dónde estaba la condenada galleta?
—Y, ¿sabes, Maddie?, me sentía tan violenta. —Bajó la voz—. No conseguía acordarme de su nombre. Sabía que no era un Henley, porque era el hijo de la hermana de Anna, pero aun esforzándome pude acordarme de quién era. Estaba un año después de ti, en el instituto. Siempre andaba metido en líos por pelearse y por conducir imprudentemente, ¿te acuerdas?
—Más o menos.
Maddie metió la cabeza entre las rodillas para poder pensar y encontró el cuchillo y la galleta en el suelo, allí debajo, solo que ahora estaba un poco peluda debido a la alfombra. Así que C.L. había vuelto, ¿eh?
Maddie cogió el cuchillo y se levantó para poder caminar. Vaya, si ayer mismo pensaba que su vida era aburrida y vacía... Qué le devolvieran ayer. Le hormigueaba la piel y respiraba con dificultad otra vez. Trató de concentrarse en quitar la suciedad de la galleta, pero era difícil con una sola mano y moviéndose de un lado para otro.
Su madre seguía hablando.
—Se casó con Sheila Bankhead y se trasladaron a otro sitio, pero luego ella lo dejó y se quedó con todo lo que él tenía. ¿No te acuerdas? Puede que haya regresado porque ella se va a volver a casar. ¿Cómo se llamaba? Algo extraño.
Maddie sujetó el teléfono con el hombro mientras quitaba las últimas pelusas de la galleta y su madre recitaba una larga lista de nombres equivocados. Cuando se quedó sin aliento, Maddie le dio el nombre correcto.
—C.L. Sturgis.
—¡Eso es! El chico de los Sturgis. Debería llegar ahí en cualquier momento. —Ahora, la voz de su madre cambió—. Oye, ¿cómo es que te has acordado de su nombre?
—He acertado por pura casualidad.
Como si pudiera olvidarlo... Bueno, al diablo con C.L. Sturgis. Al diablo con todos los hombres. En especial, al diablo con Brent. Volvió a ir arriba y abajo, comiendo trozos de la galleta, que se iba descongelando, mientras andaba.
—En fin, como sea, Sheila se casa con Stan Sawyer. —La madre suspiró—. Es más tonto que hecho a posta, pero seguramente ella va detrás de su dinero, no de su mente. Acaba de heredar todo el dinero de los Becknell, de su tía. Cáncer. Horrible. Por lo menos, Sheila es mejor que aquella Beth con la que salía antes.
Maddie se detuvo, mientras el estómago le subía por el esófago otra vez, ahora lleno de galleta. Beth. Se examinó, buscando la ira que había sentido hacia Beth cinco años atrás, pero no estaba. Debería estar furiosa con Beth. Definitivamente, no le gustaba. Pero odiar a Beth no solucionaba nada. Por lo menos, no había solucionado nada cinco años antes. Beth no era su problema, incluso aunque fuera ella la que había perdido las bragas. Su problema era Brent. Tenía que dejar a ese hijo de perra. Y así él podría casarse con Beth. Sería la única manera de ajustarle las cuentas a Beth.
Su madre seguía hablando. Su madre hablaría durante la Segunda Venida de Cristo, de principio a fin, retransmitiéndola en directo, con todo detalle. «Y ahora los pecadores están en el lago de fuego. Veo a Beth, la puta, desde aquí. Me parece que... sí, está nadando de espaldas.» Maddie podía compadecerla; se sentía como si también estuviera en el lago de fuego, hundiéndose por tercera vez con Beth atada al cuello. Apoyó la frente en la pared mientras su madre pasaba a otro tema.
—Hablé con Candace Lowery en el banco. Llevaba una chaqueta beige preciosa. Mirándola, nadie diría que es una Lowery.
—Mamá.
Maddie podía oír los chismorreos de todo Frog Point: «Se quedó con él después de la primera vez, así que ¿qué esperaba? Tal como actúa, nunca dirías que es una Martindale». Frotó los hombros contra la pared, apretó con fuerza el cuchillo delante de ella y mordió otro trozo de galleta.
—Me tropecé con Treva en Revco. Me dijo que Tres ha venido de la universidad para pasar un mes en casa. ¿No te parece mucho tiempo?
—Me parece estupendo —dijo Maddie.
Pensó que tal vez debería ir a ver a Treva. Tal vez podría decir todo lo que pensaba en voz alta, y Treva haría comentarios sarcásticos sobre lo paranoica que estaba y se reirían con ganas. Ya les tocaba. No había hablado con Treva desde hacía una semana.
—¿No lo sabías? ¿Es tu mejor amiga y no sabías que su hijo estaba en casa?
La voz de su madre estaba empezando a subir de volumen.
—Hemos estado muy ocupadas —replicó Maddie.
No sabía por qué no había visto a Treva, y en ese momento no le importaba. Los problemas de uno en uno. Eliminó todo pensamiento y se comió lo que quedaba de la galleta. Estaba muy buena, teniendo en cuenta las circunstancias.
—¿Ocupadas en qué? —preguntó su madre, y entonces sonó el timbre de la puerta y Maddie dejó caer la cabeza contra la pared.
C.L.
—Estamos en verano —decía su madre—. Las maestras no hacen nada en verano.
El timbre sonó de nuevo y Maddie se enderezó, separándose de la pared.
—Mamá, llaman a la puerta. Tengo que dejarte.
—Debe de ser ese chico Sturgis. Puede que sea mejor que hables con él en el porche. Ya sabes cómo es la gente. Esperaré hasta qué veas si es él.
—No, mamá. Te dejo. Te quiero.
Su madre seguía hablando cuando colgó. Con su mala suerte, abriría y sería un asesino en serie y la mataría en su misma puerta, y luego en su funeral su madre diría a todos: «Le dije que no colgara, pero nunca me hacía caso». Algunas cagadas duran hasta más allá de la muerte, y abrir la puerta en ese momento probablemente era una de ellas.
No tenía ninguna necesidad de C.L. Sturgis. En especial, no tenía ninguna necesidad de C.L. Sturgis en ese momento, porque cada vez que las cosas iban mal con Brent, C.L. Sturgis era lo que le venía a la cabeza. Las cosas podían ser peores, se dijo. Podía haberse casado con C.L. Sturgis. Excepto que las cosas no podían ponerse mucho peor. Además, C.L. no era un mal recuerdo y, que ella supiera, en los veinte años transcurridos desde que la había convencido para pasar al asiento trasero de su coche, era posible que hubiera mejorado. Brent no lo había hecho, pero eso no significaba que C.L. tampoco lo hubiera hecho.
El timbre sonó de nuevo y Maddie fue hasta el recibidor, blanco sobre blanco, y abrió la puerta de un tirón.
Evidentemente, allí, en su porche, iluminado por el sol, estaba C.L. Sturgis, enviado de vuelta a su vida por su madre y por un hado maligno, con un aspecto mejor que el que tenía derecho de exhibir después de veinte años.
—Hola, Maddie —dijo, y ella ajustó su recuerdo de C.L. a los diecisiete años al C.L. real a los treinta y siete.
Tenía más arrugas en la cara y era más alto y ancho de hombros debajo de su camisa a rayas azules, pero el pelo oscuro seguía siendo espeso y alborotado, y las cejas todavía dibujaban aquella V que le daba el aire de chico de los recados de Satanás, y seguía teniendo aquellos ojos oscuros y ardientes y aquella sonrisa amplia, irracional y tímida. Sí, era C.L., sin ninguna duda. Un rebelde sin causa.
—Maddie. Tu madre dijo que podía pasar a verte.
La voz de C.L. era alegre y la sonrisa seguía en su sitio, pero los oscuros ojos se habían enfriado y ahora eran precavidos. ¿Qué había hecho ella para que la mirara así? Bueno, aparte de dejarlo colgado después de aquella noche en el asiento trasero. No podía seguir guardándole rencor después de veinte años. C.L. dio un paso atrás en el porche y el ceño de Maddie se acentuó. Claro que podía. Tal como iba todo en la actualidad, era muy probable que alguien a quien había dado un empujón durante el recreo en segundo curso se estuviera acercando hacia ella con una granada en la mano.
Él bajó la cabeza y la miró y, por un minuto, pareció tener diecisiete años de nuevo, sentirse inseguro y ser, en consecuencia, doblemente peligroso. Recordó que no había nada peor que C.L. con aspecto vulnerable, porque pocas veces lo tenía.
—¿Un mal día? —preguntó.
Vaya, estupendo. Así que también estaba enterado de lo de Brent. Maddie lo miró con mala cara.
—¿Qué te hace pensarlo?
Él le señaló la mano izquierda.
—El cuchillo. Y vaya herramienta.
Ella bajó la vista. Todavía llevaba el cuchillo en la mano, como si fuera a clavarlo.
—Estaba comiendo una galleta.
C.L. asintió, pero no parecía nada aliviado.
—Claro. Eso lo explica todo. Mira, no quiero entretenerte. —Su mirada volvió al cuchillo—. ¿Brent está aquí?
Era surrealista. Una hora antes, su vida iba bien y ahora estaba charlando con C.L. Sturgis, que quería hablar con el capullo tramposo de su marido.
—¿Sabes?, mi madre me dijo que ibas a venir, pero, no sé por qué, no me lo creí.
Él no apartaba los ojos del cuchillo.
—Pues créelo. En cuanto a Brent...
Al infierno con Brent. Movió el cuchillo para captar su atención.
—Mira, C.L., en este momento estoy muy ocupada...
Él alargó el brazo y le quitó el cuchillo con tanta delicadeza que la dejó mirándose la mano vacía.
—No te ofendas, Mad, pero hace bastante tiempo y, que yo sepa, igual puedes tener deseos homicidas en mi contra.
Retrocedió, bajó del porche y clavó el cuchillo hasta el mango en el parterre junto a la escalera. Maddie observó que seguía teniendo el mismo trasero de fábula que en el instituto y, a juzgar por el estado de sus vaqueros, también podían ser los mismos que llevaba en el instituto. Luego C.L. se volvió hacia ella y le sonrió, y Maddie podría haber jurado que su sonrisa era la misma del instituto, en parte felicidad, en parte una invitación a los problemas. Era imposible mantenerse fría cuando le lanzaba esa sonrisa. Había algo en C.L. que la impulsaba a devolverle la sonrisa, aunque supiera que era un error.
Se relajó, soltando aire aliviada, cuando parte de la tensión le abandonó la nuca.
—Perdona. Tengo un mal día.
Él asintió, cálido y comprensivo, y ella recordó por qué había estado con él en el asiento trasero veinte años atrás.
—Es porque sigues viviendo en Frog Point —dijo C.L.—. Aquí, cada día es un mal día. Por cierto, tienes un aspecto estupendo.
Maddie se miró la camiseta rosa manchada de detergente, todavía con rodales del agua del fregadero.
—¿Sabes, C.L.?, se puede llevar la cortesía demasiado lejos.
—No —replicó él—. De verdad que tienes un aspecto estupendo. Igual que en el instituto.
Quería algo. Seguro. Nadie podía mirarla y decir: «Igual que en el instituto», no después de veinte años de vivir con Brent. Notó un nuevo escalofrío.
—Gracias. Dime, ¿qué quieres?
C.L. pareció desconcertado, pero no por mucho tiempo.
—Bueno, ahora que ya hemos liquidado los preliminares de rigor y que estamos desarmados, ¿Brent está en casa?
Brent. El hijo de perra. No importaba donde se fuera, allí estaba él. Miró furiosa a C.L.
—No. Tengo cosas que hacer. Prueba en el despacho.
Trató de cerrar la puerta, pero él metió el pie y se lo impidió.
—Espera un momento. Ya lo he probado.
Ahora estaba más cerca y Maddie vio que había aumentado en más cosas que los hombros y la estatura. Ahora tenía peso; era sólido y sus ojos oscuros bajo la espesa cortina de las pestañas eran seguros. Se había hecho adulto.
Lástima que no fuera el caso con Brent.
Maddie respiró hondo.
—Mira, hoy no me toca vigilarlo, ¿vale? No sé dónde está. Ha sido un placer verte, pero tengo que irme.
—No me lo puedo creer —dijo C.L. frunciendo el ceño. Por un momento, toda su calidez desapareció y Maddie retrocedió un paso—. No hay modo alguno de que alguien desaparezca en esta ciudad. Eres su mujer. Debes de saber dónde está.
Maddie no tenía ninguna necesidad de aquello; su primer desastre romántico haciendo comentarios sobre su actual desastre.
—Mira, no sé dónde está. Y ahora, vete.
—Vale, vale. —C.L. levantó las manos para protegerse de ella—. Lo único que quiero es hablar con él. ¿Te importa que entre?
—Sí —respondió Maddie—. Me importa mucho.
Le empujó el pie con el suyo y cerró la puerta de golpe, sorprendiéndose de lo rápida que era y lo furiosa que estaba. Dos hombres en toda su vida y los dos se habían aprovechado de ella. Bueno, pues que se los llevara el diablo.
—Maddie —dijo C.L., desde el otro lado de la puerta.
—Ahora no, C.L. Ni ahora ni nunca. Vete.
Maddie se quedó escuchando un momento para ver si se iba y luego pegó un salto cuando Em, detrás de ella, dijo:
—Mamá...
Em estaba allí, con la lista de la escuela.
—Te he oído hablar. ¿Quién era? Tienes una cara muy rara.
Em. Cada vez que llegaba a un sitio donde podía tomárselo a broma y fingir que aquello no estaba sucediendo, allí estaba Em pregonando el desastre. No podía seguir con eso ella sola.
—No era nadie —le dijo a Em—. Vamos a casa de Mel y tía Treva.
—Vale —asintió Em, pero con una mirada suspicaz.
Diez minutos después, Maddie estaba en la puerta de atrás de su mejor amiga, esforzándose por parecer cuerda, mientras Treva la miraba parpadeando, asustada.
—Mel está en la sala —dijo Treva a Em, sin apartar la vista de la cara de Maddie—. Ve con ella. —Una vez Em se hubo ido, Treva cogió a Maddie por el brazo—. ¿Qué te pasa? Estás horrible. ¿Es culpa mía? Ya sé que no te he llamado. ¿Qué ocurre?
—Brent me engaña. —Maddie tragó saliva—. Tengo que dejarlo. Divorciarme de él.
Era mucho peor de lo que había pensado, esto de decirlo en voz alta. Retrocedió, tambaleándose, y vomitó la galleta entre los arbustos de Treva.
—Oh, mierda —exclamó Treva.


Como el adulto racional semimaduro que era, C.L. Sturgis sabía que un enamoramiento que lo había dejado ciego a todo lo demás en quinto curso y que había vuelto para dejarlo hecho polvo en el instituto no podía, de ninguna manera, tener ningún efecto en su vida presente. Entonces se dio cuenta de que había conducido a lo largo de cuatro manzanas por la calle Linden sin tener ni idea de adónde iba ni dónde había estado después de ver a Maddie con su camiseta mojada. Ahí quedaba la semimadurez. Recordó que su reputación en la ciudad ya era bastante mala, así que frenó y aparcó su descapotable antes de atropellar a algún ciudadano de Frog Point mientras tenía pensamientos carnales sobre una mujer casada y añadir un par de pecados más a la lista de «Cosas que C.L. ha hecho para avergonzar a Henry y partirle el corazón a la pobre Anna».
Tamborileó en el volante con los dedos, tratando de devolver sus ideas al sitio donde debían estar. Por muy deseable que estuviera, allí de pie en el umbral, con aquellos rizos morenos, aquellas curvas cálidas y aquellos ojos fuera de serie que lo volvían estúpido, Maddie Martindale era historia. Lo único que había hecho era hablar con ella en el porche, así que no había nada de que sentirse culpable, en especial ahora que no había dejado de conducir dominado por un estupor lleno de deseo. Era un adulto en un coche que ya había pagado, y tenía todo el derecho a estar donde estaba y a hablar con quien quisiera.
C.L. echó una ojeada alrededor, a las casas altas y viejas, todas mirando hacia la calle con sus oscuras ventanas y se hundió un poco más en el asiento, encogiéndose bajo los recuerdos culpables de árboles cubiertos de papel higiénico, ventanas llenas de jabón, patatas incrustadas en tubos de escape y petardos en los buzones. Luego se controló. No había hecho nada malo por allí en los últimos veinte años. Era inocente. Incluso podía bajar del coche. Al infierno con Frog Point. Puso el freno de mano, salió y cerró el coche dando un portazo.
El ruido pareció resonar por toda la calle. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la puerta, preguntándose por qué seguía teniendo la sensación de que se la iba a cargar por fumar. Tenía treinta y siete años. Le estaba permitido fumar en público.
Al otro lado de la calle, una mujer abrió la puerta y salió al porche, estirando el cuello hacia él con aire suspicaz, sin duda atraída fuera de su mohosa sala de estar para ver quién era aquel tipo y por qué había aparcado en la calle, en mitad del día, cuando un hombre decente debería estar en el trabajo. Su aspecto le resultaba familiar, y al cabo de un momento la reconoció y comprendió que había aparcado allí por la fuerza de la costumbre. La señora Banister. Se había pasado la mayor parte de su último año en el instituto aparcado justo en aquel sitio, delante de su casa, tratando de seducir a su hija Linda y consiguiéndolo un número asombroso de veces. Y ahora allí estaba, de vuelta una última vez, de nuevo traicionado por sus instintos.
C.L. se irguió y la saludó con la mano para que supiera que no era un pervertido o, peor todavía, algún desconocido que estaba reconociendo el terreno para arrebatarle sus figuritas Hummel de porcelana. Ella se quedó mirándolo, entrecerrando los ojos, y luego se metió en su casa a toda prisa, cerrando la puerta de golpe. No sabía si era porque lo había reconocido o porque había aumentado sus sospechas, y no le importaba.
Lo que le importaba era Maddie.
Parecía desdichada, furiosa y perdida cuando abrió la puerta, y estaba crispada y cortante; no era la chica sonriente que recordaba del instituto. Durante todos aquellos años, siempre que había pensado en Maddie había recordado su calidez, pero ahora ya no era cálida. Alguien la había herido; tenía idea de quién había sido y se sentía lleno de ira. Alguien tendría que pagar por aquella infelicidad y estaba bastante seguro de que ese alguien sería Brent Faraday.
Y también estaba bastante seguro de que sabía cómo hacerlo. Su ex esposa, nada menos, le había dado el arma que necesitaba.
—Te necesito para esto, C.L. —había dicho Sheila por teléfono, cuando lo llamó la semana anterior—. Necesito un contable en quien pueda confiar. Puedes tomarte un fin de semana largo; en esa empresa donde trabajas te adoran y te dejarán tomarte todo el tiempo libre que quieras. Fuiste un desastre de marido pero eres un contable de primera.
C.L. no había tenido ningún problema en decirle que no, después de esa diatriba, cuando ella le explicó que era posible que estuvieran estafando a su prometido, ningún problema en decir que no cuando ella se puso a llorar, ningún problema en decir que no cuando ella le ofreció firmar la renuncia a sus derechos de pensión, dado que igual tendría que renunciar a ellos cuando se casara con Stan. Pero cuando ella dijo: «Por favor, C. L, lo único que tienes que hacer es venir hasta aquí, echar una mirada a los libros y decirme si Brent Faraday está estafando a Stan al pedirle doscientos ochenta mil dólares por una cuarta parte de la compañía. Solo quiero que me digas, sí, es una estafa, o no, no lo es. Eso es todo», él respondió que lo haría.
Dio una larga calada al cigarrillo, absorbiendo nicotina para adormecer los recuerdos. Sheila le había dicho:
—Seguramente, todo estará bien. Después de todo, hablamos de Brent Faraday.
Entonces C.L. supo que algo debía de estar muy mal. Más de lo que odiaba Frog Point, odiaba a Brent Faraday, que salía bien librado de lo que fuera; Frog Point lo adoraba y Maddie se casaba con él, mientras que a C.L. lo atrapaban una y otra vez.
Gracias a Dios, todo aquello quedaba muy atrás. Era un ciudadano respetable, con un trabajo respetable y un futuro respetable. A lo mejor conseguía, por fin, atrapar a Brent en algo malo; sinceramente esperaba hacerlo, pero sus propios días de preocuparse por que lo trincaran se habían terminado.
C.L. estaba acabándose el cigarrillo, preparándose para marcharse, cuando un coche patrulla paró detrás de su Mustang y un policía salió y se dirigió hacia él.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:49 pm

Capítulo 2


C.L. se dejó caer contra el coche.
—Tienes que estar de broma.
—Para nada. —El policía se echó hacia atrás la gorra, dejando al descubierto un montón de pelo rojo y pecas y sonrió—. La señora Banister ha llamado para denunciar que un hombre sospechoso estaba mirando hacia su casa y Henry me ha enviado para averiguar si eras tú. Es igual que en los viejos tiempos, compañero.
—Vince, no me jodas con los viejos tiempos —contestó C.L.—. Puede que te hayas olvidado, pero por entonces tú corrías para huir de los polis, no con ellos. Le dije a Henry que estaba loco cuando te contrató.
—Eh —protestó Vince—. Fue una medida inteligente. Henry era consciente de que yo lo sabía todo de la delincuencia juvenil, dado que había cometido la mayoría de los delitos contigo. Estaba consiguiendo un experto. Bien, de cara al coche y abre las piernas, C.L. Tengo que cachearte.
—Que te den —dijo C.L.—. Joder, dale un poco de poder a un delincuente y ya tiene delirios de grandeza. ¿De verdad Henry sabía que era yo?
Vince se apoyó en el coche, junto a C.L.
—Henry tiene rayos X en los ojos y los oídos, ya lo sabes. Además, eres el único forastero que tenemos en este momento. Esto reduce considerablemente el campo. Dame un pito, colega.
—Ya, y entonces me trincarás por sobornar a un oficial de policía —dijo C.L.—. Fúmate los tuyos.
—No puedo. —Vince mostró las primeras señales de melancolía desde que aparcó—. Donna me está haciendo dejarlo.
—Estás jodido, chaval.
—Tengo dos hijos. No quiero vérmelas con un cáncer de pulmón —dijo Vince, recuperando su natural alegría—. Pero como ahora están en el parque, haciendo trampas en el soft-ball, supongo que uno de los tuyos no les hará daño.
C.L. se rindió y le pasó el paquete.
—¿Trampas, eh? Es bueno saber que los estás educando como es debido.
—Solo les enseño todo lo que tú me enseñaste a mí, C.L. —Vince encendió el cigarrillo y dio una larga calada—. Maldita sea, qué bueno es esto. ¿Por qué todo lo que es malo para uno tiene que ser tan jodidamente bueno?
C.L. pensó en Maddie.
—Porque Dios tiene un asqueroso sentido del humor.
—Me alegro de que hayas vuelto, C.L. —Vince le devolvió el paquete—. No hay muchos por aquí que hagan chistes sobre Dios. Claro que cuando te alcance un rayo, será justo lo que mereces.
—Si eso llega a pasarme alguna vez, me pasará aquí —dijo C.L.—. En cuanto cruzo los límites de la ciudad, Dios me pinta una diana en la frente.
—Con lo inocente que tú eres... —Vince se apartó del coche—. Bueno, tengo que volver al trabajo, porque soy lo único que hay entre Frog Point y el crimen. Si todavía sigues por aquí esta noche a eso de las ocho, pásate por Bowl-A-Rama y te invitaré a una cerveza.
C.L. abrió la boca para decirle a Vince lo que opinaba de Bowl-A-Rama, pero se abstuvo. Independientemente de lo que pensara del plástico naranja y los zapatos de la bolera, Vince le caía bien. Quizá fuera divertido pasar un rato con él una vez más.
Además, Vince sabía casi tanto como Henry sobre Frog Point.
—Hecho —dijo C.L.
—Bien. Trae los cigarrillos. —Vince se dio media vuelta para volver a su coche—. Procura no meterte en líos mientras estés aquí. No me gustaría tener que arrestarte.
—Prueba —replicó C.L.
Vince se rió y se alejó en el coche.
Vaya, guau, era estupendo volver a casa. Todos los demás acababan creciendo, se casaban y tenían hijos y se convertían en ciudadanos respetables, pero él estaba marcado de por vida. El delincuente juvenil vivo más viejo de Ohio. Todo un honor. Le daban ganas de llenar la casa de la señora Banister de papel higiénico, solo por puro rencor.
Y luego iría a ver a Maddie, por los viejos tiempos.
Olvida a Brent, le diría ¿Te acuerdas del asiento trasero, Maddie? Aunque no era un gran recuerdo para ella. Ni para él. Al día siguiente, había ido a su taquilla para hablar con ella y ella le había vuelto la espalda.
C.L. se encogió al recordar aquella humillación, que todavía le dolía, después de tantos años. Qué estupidez. ¿Qué hacía que un dolor sufrido en el instituto durara toda una vida? ¿Y cómo era que podía llamar a un timbre y encontrarse con Maddie Martindale mirándolo furiosa, veinte años más vieja y con varios kilos más, y al instante notar aquel dolor de nuevo y sentirse condenadamente estúpido de nuevo y, sin embargo, desearla de nuevo? Es orgullo, se dijo. Era el orgullo diciéndole: «Mira, entonces era inepto porque era un crío; dame otra oportunidad, Maddie ahora soy mejor, mucho mejor. De verdad». Solo que estaba bastante seguro de que si se producía un milagro y volvía a tenerla, lo fastidiaría de nuevo, porque era Maddie. Además, no iba a haber ningún milagro y tampoco quería que lo hubiera. El pasado era el pasado y no importaba en ningún sitio, salvo en Frog Point, donde lo sucedido veinte años atrás todavía era noticia hoy y Brent Faraday seguía siendo el que «tenía más probabilidades de triunfar» y Maddie Martindale seguía siendo «esa chica tan agradable» y él también seguía siendo «ese chico de los Sturgis que es una carga tan grande para sus tíos». Al diablo con todo.
C.L. se enderezó y le dio una última calada al cigarrillo. Empezó a inclinarse dentro del coche para apagar la colilla y luego se detuvo. ¿Por qué iban a trincarlo si la tiraba en la calle? ¿Por ensuciar la vía pública?
Lanzó la colilla y luego se quedó paralizado al ver que aterrizaba encima de una hoja; en su mente vio que la hoja se encendía, prendía en otras hojas, el fuego se extendía a través de la calle, atacando coches y casas, las ennegrecidas estructuras se cuarteaban y se desplomaban mientras los depósitos de gas estallaban y ardían con furia y entonces, al final de la calle, el humo se aclaraba y allí estaba Henry, con su uniforme de sheriff y cara de disgusto, otra vez.
La colilla se apagó y C.L. volvió al coche, decidido a marcharse de Frog Point antes de que la ciudad lo volviera loco de atar, en lugar de solo temporalmente demente.


—Nunca volveré a sentir lo mismo hacia tus plantas —dijo Maddie, mientras tomaba té con limón calentado en el microondas en la cocina de Treva.
Era una cocina un tanto desordenada y encantadora, llena de cacharros de cobre y dibujos de los niños en el frigorífico y cajas relucientes donde ponía «¡Nuevo!» y «Extra-crujiente». Howie la había reformado de arriba abajo, así que ahora todo era ladrillo, madera y bronce brillantes, pero también era la cocina de Treva, así que todo estaba mezclado en desorden y Treva estaba allí en medio, inclinada sobre un cuenco lleno de queso blanco, en su isla con el tajo de carnicero. Sus cabellos rubios y rizados hacían que pareciera parte del caos, un diente de león llevado hasta allí por pura casualidad.
—Estoy segura de que los sentimientos de mis plantas hacia ti también han cambiado.
La voz de Treva era tensa mientras cogía una cucharada de masa blanca del cuenco que tenía delante y un manicotti del plato de al lado y trataba de integrarlos. Le temblaban las manos, empujaba con demasiada fuerza y la pasta se resquebrajaba y el queso caía, plop, de vuelta al cuenco, salpicándole el ajustado top a rayas rojas.
—Mierda. —Trató de limpiarse la mancha de la camiseta con un trapo de cocina—. Mierda y mierda.
—¿Qué estás haciendo con esos manicotti? —preguntó Maddie, para evitar hablar de lo que quería—. ¿Cocinar? No es propio de ti.
—Necesitaba hacerlo. —Treva dejó de lado el trapo y cogió otro trozo de pasta—. Ya sabes que a veces es necesario cocinar.
—No —dijo Maddie—. Y tú tampoco. ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? —Treva blandió la pasta en su dirección—. ¿Te vas a divorciar y me preguntas a mí qué pasa?
—Creo que me voy a divorciar —dijo Maddie—. Tengo que pensarlo bien.
—No lo pienses. —Treva cogió la cuchara y volvió a su tarea, con las manos más firmes según hablaba—. Divórciate de ese hijo de puta. De todos modos, siempre me ha caído mal.
Maddie levantó la cara, sorprendida.
—¿Cómo? Fuiste madrina de honor en la boda. ¿Has esperado dieciséis años para decirme esto?
—Estabas enamorada. No parecía un buen momento. —Treva abandonó la pasta un minuto para sacar un trozo de queso de color blanquecino del frigorífico y dárselo a Maddie—. Si has acabado de echar la primera papilla, puedes ayudarme. El rallador está en el segundo cajón, detrás de ti.
Maddie la miró con el ceño fruncido.
—Aquí está pasando algo.
Treva dejó caer la cuchara en el cuenco y se apoyó en el tajo de carnicero.
—En este momento estoy furiosa. Tengo muchas cosas en la cabeza. Y eso es algo que odio. —Se centró en Maddie—. Vale, basta de dar rodeos. ¿Qué ha hecho esta vez?
Maddie se levantó, sacó el rallador y un cuenco del armario de Treva. Luego empezó a rallar el queso para no tener que mirar a Treva a los ojos.
—He encontrado unas bragas de encaje negro, sin entrepierna, debajo del asiento delantero de su coche. Me ha puesto un poco nerviosa.
—Ah. —Treva parpadeó—. Sí, claro. A mí también me habría puesto nerviosa. Bragas sin entrepierna, ¿eh? —Se mordió el labio—. ¿Beth?
—No lo sé. —Maddie ralló con más fuerza—. No llevaban una etiqueta con el nombre. No creo que me importe. Quiero decir, Beth no me prometió nada, Brent sí. Si yo fuera una buena persona, sentiría lástima de Beth.
—Venga ya, no me digas. —Treva volvió a sus manicotti—. Ya sé que eres la auténtica buena chica, pero esto es exagerar.
—Vale, de acuerdo. No me cae bien —dijo Maddie—. Se acostó con mi marido y todavía tengo ganas de escupirle cada vez que la veo. Pero fue horrible para ella. Pensó que estaba haciendo lo correcto al venir a decírmelo y le salió el tiro por la culata. —Dejó de rallar para recordar la cara de Beth, perpleja, sin entender nada, cuando Brent le dijo que se había acabado—. Creo que estaba enamorada de él.
Treva soltó un bufido y Maddie volvió a rallar. Eso de rallar era una buena anestesia. Había que tener cuidado con los nudillos y acordarse de darle la vuelta al queso, pero cuando acababas, tenías queso rallado. No todas las formas de distracción iban acompañadas de un producto derivado. A partir de ahora, rallaría su propio queso.
—Necesitas una de esas cajas de plástico con el rallador en la tapa —le dijo a Treva—. Me parece que Rubbermaid las hace. O Tupperware.
—Tengo tantas cosas de Rubbermaid y Tupperware que necesito comprar más cosas de Rubbermaid para organizarlas —le dijo Treva—. Probablemente, moriré de envenenamiento por fluorocarburo. Olvida el plástico y dime si esta vez te vas a divorciar de verdad de ese cabrón.
Maddie se estremeció.
—A lo mejor solo lo mato. Excepto que también la jodería. A lo mejor, contrato a alguien para que lo mate. El chico del periódico también lo detesta. A lo mejor podríamos hacer un trato.
—¿Lo odias? —preguntó Treva, rápidamente.
¿Lo odiaba? Estaba furiosa con él por haberlos metido en aquel lío, pero eso no quería decir que lo odiara. No estaba segura de que le importara lo bastante para odiarlo. Que no le gustaba estaba claro.
—Solo si tiene una aventura —le dijo a Treva—. Si no la tiene, simplemente le tengo aversión. Es eso de que me engañe lo que me hace desear que esté muerto, en la autopista, entre un montón de hierros retorcidos.
—Eso también estaría bien —dijo Treva—. Si supiéramos diferenciar el cable del freno de una manguera de jardín, podríamos cortárselo.
—Podríamos cortarlos los dos, para estar seguras —dijo Maddie, agradecida por el cambio de tema—. Salvo que eso destrozaría la vida de Gloria, porque su vida es el césped del barrio.
—He oído que Gloria se divorcia —dijo Treva—. Llama a tu madre y averigua por qué. Si yo me he enterado, tu madre debe de tener fotocopias de la solicitud de divorcio.
Maddie hizo una mueca.
—Eso es lo que pasará conmigo, ¿no? Los cables del teléfono zumbarán, todos se mostrarán muy comprensivos y le darán palmaditas a Em en la espalda, y sus maestros llamarán y dirán que ahora comprenden por qué su rendimiento escolar es menor y, en el patio, los otros chicos le preguntarán qué pasa.
—Em sobrevivirá.
Treva rellenó otro manicotti.
—Quiero más para ella, además de la supervivencia —dijo Maddie—. Deseo calor, cariño y seguridad. Quiere mucho a Brent.
Treva la miró con un desdén visible.
—¿Así que vas a seguir con una basura mentirosa e infiel por el bien de tu hija?
Maddie la miró furiosa.
—Dime, ¿tú apartarías a Mel de Howie?
Treva se detuvo con la cuchara en el aire y se le pusieron los nudillos blancos de tanto apretarla.
—Haría lo que fuera para proteger a mis hijos. Pero no me quedaría con un hombre como Brent.
—Además, está mi madre —dijo Maddie—. Algo sin importancia, lo reconozco.
—¿Estás de broma? —Treva negó con la cabeza—. Yo no querría explicarle nada así a tu madre. Pero si crees que vas a poder escondérselo, olvídate. Esa mujer es como Velcro para los chismes.
—Y mi suegra. De todos modos, nunca le he caído bien a Helena. Ensuciará mi nombre de todas las maneras posibles.
—Eres más joven que ella —dijo Treva—. Eso le molesta. Un error por tu parte.
—Y luego está el resto de la ciudad. —Maddie siguió rallando, ya que cualquier cosa era mejor que pensar en su futuro—. Todo Frog Point va a disfrutar de lo lindo despellejándome.
—¿A ti? Ni lo sueñes —El desdén encajaba mal en la carita de dibujo animado de Treva—. Nadie diría nada malo de Maddie Martindale, la virgen perpetua de Frog Point. Ni siquiera una bruja como Helena Faraday.
Maddie levantó la cabeza, sorprendida por el veneno que había en la voz de Treva.
—¿Cómo?
Treva se disculpó.
—Perdona. Pero si no fueras mi mejor amiga, sería muy difícil soportarte. A decir verdad, esto supone cierto alivio.
Maddie se quedó con la boca abierta, tratando de pensar en algo que decir. Aquello no era propio de Treva. Esta se reía y hacía chistes y ofrecía su apoyo incondicional; no golpeaba sin advertirlo.
—Bueno —dijo Maddie, tratando de ganar tiempo—. Me alegro de que sea bueno para alguien.
Treva dejó caer la cuchara y rodeó el mueble para desplomarse en la silla delante de Maddie.
—Lo siento. Lo siento mucho. Olvida lo que he dicho. Todo irá bien. —Maddie la miró, con aire sombrío, y Treva se lanzó a fondo—. No has hecho nada malo. Demonios, si eres la esposa y madre perfecta. Además, ¿a quién le importa? Jesús, Maddie, no puedes organizar tu vida para que la gente de esta maldita ciudad esté contenta. —Treva se recostó en la silla—. Aunque, ahora que lo pienso, eso es lo que has hecho siempre, ¿no es verdad? ¿Limpia de pensamiento, palabra y hecho?
—De pensamiento, no sé —dijo Maddie, tratando de recuperarse del salvaje ataque de Treva—. A veces, tengo fantasías en que me veo en el centro de la ciudad, delante del banco, chillando: ¡Joder, joder, joder! Solo para ver qué hace la gente. O corriendo desnuda por la calle principal. De verdad que pienso en ello, aunque sé que nunca lo haré.
—Pagaría por verlo —dijo Treva—. En realidad, aunque pagaría por verte a ti, pagaría el doble por ver la cara de la gente.
—Pero no puedo hacerlo. —Maddie dejó el rallador y se inclinó hacia Treva para decir lo que quería decir—. Sería estúpido, no tendría sentido, sería vergonzoso y terrible para mi familia. Es más fácil hacer lo correcto, ¿sabes?
—No para todos. —Treva empujó su silla hacia atrás tan bruscamente que las patas gimieron—. A algunas nos resulta más fácil hacer lo equivocado y seguir pagándolo.
Maddie parpadeó mirándola, abriéndose camino desde el dolor presente hasta el dolor pasado.
—¿Hablas de Tres? Porque a nadie la importa un comino que tuvieras que casarte a la fuerza hace veinte años.
—¿Antes de la graduación? —Treva volvió a su tajo de carnicero—. Nadie lo olvidará nunca. Podría encontrar la cura para el cáncer y dirían: «Treva Hanes, ya sabes, la que se tuvo que casar deprisa y corriendo antes de graduarse, ha descubierto la cura para el cáncer». Nadie olvida en esta ciudad. —Empujó la fuente con los manicotti a un lado y empezó a limpiar la encimera—. Pero a ti no te tocarán. Tú lo haces todo bien. Te casaste con tu amor del instituto y nunca has mirado a nadie más. Demonios, si te van a poner en un altar.
—Treva, ¿tienes algún problema con esto? —dijo Maddie—. Porque no es propio de ti y, aunque me gustaría ser comprensiva, mi vida se está deshaciendo en pedazos en estos momentos. Te necesito a mi lado.
—Sí. —Treva se mordió el labio—. Sí. Lo siento. Es que he tenido una semana horrible. Y ahora esto. Es espantoso. Me siento fatal por todo.
—Bueno, por lo menos has sacado una cena de todo esto.
Maddie alargó el brazo para darle el cuenco de queso rallado y el resto del trozo de parmesano.
—No, rállalo todo —dijo Treva.
—¿Para una fuente de manicotti?
Treva abrió el frigorífico y lo señaló. Maddie volvió la cabeza para verlo. Ya había cinco fuentes de manicotti guardadas en los estantes.
Maddie se inclinó hacia atrás, apabullada.
—Treva, tenemos que hablar. Esto no es bueno. ¿Qué te pasa?
—Mira quién fue a hablar. Lo único que yo tengo es un montón de pasta. Tu tienes una bragas sin entrepierna. —Treva cerró la puerta del frigorífico de golpe—. ¿Qué vas a hacer? Sea lo que sea, quiero ayudarte.
Maddie abrió la boca para preguntarle otra vez qué le pasaba y volvió a cerrarla, bloqueada por la mirada de Treva, inexpresiva como un muro; aquella mirada que había hecho que Treva evitara toda una serie de enfrentamientos en su vida. No iban a hablar de lo que fuera que preocupara a Treva. Punto. Maddie abandonó el intento y volvió a sus propios problemas.
—Supongo que me enfrentaré a él cuando vuelva a casa. No sé qué hacer. No tengo ninguna prueba. He tirado las bragas a la basura.
Treva puso los ojos en blanco.
—No necesitas pruebas. Es un divorcio, no un asesinato.
«Asesinato». La palabra tenía un sonido limpio y agradable, comparado con «divorcio».
—Espera un poco —dijo Maddie—. El día todavía no se ha acabado.


—¿Ya has preguntado lo del perro? —dijo Mel a Em.
—No. No es un buen momento.
—Bueno, pues yo tengo unas noticias estupendas de Jason Norris.
Se habían subido a la casa del árbol de Mel, que había heredado de su hermano mayor, y ahora Em estaba recostada en los viejos cojines azules del sofá que habían eximido de sus obligaciones en la sala de estar y trataba de decidir si le contaba todas sus preocupaciones a su mejor amiga. Mel se parecía a su madre —delgada, rubia, una monada con pecas—, pero tenía una mente entrenada en Nintendo y en todos los videojuegos para adultos de la ciudad. Sería la mejor persona del mundo para hablar sobre los problemas de casa. Lo que pasaba era que Em no estaba segura de querer hablar de ello. Hablar podía hacer que se volviera real.
—Dierdre White me dijo que Richelle Tandy está loca por él —siguió diciendo Mel—, pero Jason no está nada interesado.
Tampoco lo estaba Em en ese momento.
—Jason me dijo que todas la niñas tienen piojos.
Mel se incorporó.
—Vaya, qué bien, esto es estupendo. Habla contigo. Según mi madre, los chicos no son comunicativos, así que si hacen algo más que gruñir, es buena señal.
Em negó con la cabeza.
—También intentó perseguirme alrededor de la piscina con una rana. Como si yo fuera a asustarme de una rana. Es una calamidad.
—Pues a mí me parece muy mono. —Mel frunció el ceño—. ¿Estás bien? La semana pasada tú también pensabas que era mono.
Em se rindió.
—Algo no va bien en casa.
—¿Tus padres se pelean? —Mel se encogió de hombros—. Pues vaya cosa. Los míos riñen todo el tiempo.
—¿De verdad?
Em se distrajo por un momento, tratando de imaginarse al tío Howie gritando. Era difícil imaginar al tío Howie atreviéndose siquiera a replicar a tía Treva, pero también era verdad que resultaba difícil imaginar a nadie replicándole a tía Treva.
Mel rebuscó en la vieja maleta que habían confiscado para usarla como cofre del tesoro y sacó un aplastado paquete de Oreos.
—Pues claro. La semana pasada era por el césped. —Cogió una galleta y le pasó el paquete a Em—. Pero no sabían que yo estaba escuchando.
—¿El césped?
Em se subió las gafas hasta el puente de la nariz para ver mejor el paquete. No había bichos. Cogió una galleta y le dio un mordisco. Estaba rancia y reblandecida, pero era una Oreo sin bichos, en la casa del árbol, así que seguía siendo bastante buena. Se levantó la brisa y entró por la ventana y más todavía por las grietas entre las tablas que Tres había clavado en sus primeros días de carpintero. Las grietas mejoraban la casa. Cualquiera podía clavar tablas muy juntas; solo Tres podía incorporar el aire acondicionado.
Mel se tragó la Oreo.
—Sí, el césped. —Mel sacó la siguiente galleta, casi desmenuzada y lamió la cobertura—. Papá vino y dijo... —Puso una voz profunda para imitarlo y balanceó la cabeza de un lado a otro—. «Jesús, Treva, ni siquiera das clase en verano y esperas que sea yo quien corte la maldita hierba después de trabajar todo el día. —Mel puso un toque chillón en su rica voz de contralto para imitar a su madre—: «No me vengas con Jesuses. No voy a buscarme un ataque al corazón por cortar la condenada hierba. Si la quieres cortada, córtala tú», dijo mi madre.
—¿Estaban furiosos? —preguntó Em, fascinada.
—Para nada. —Mel se dejó caer junto a ella en los cojines y se metió media Oreo en la boca, hablando con la boca llena de pedazos negros—. Están cansados y la pagan con el otro, y luego dicen una tontería y entonces lo hacen.
Em parpadeó.
—¡Oh!
Mel asintió.
—Por ejemplo, mi madre dice: «Vale, de acuerdo, cortaré el césped, pero si me pongo acalorada y sudorosa, se acabó, porque solo me voy a acalorar y sudar una vez esta noche». Y mi padre dice: «Bueno, a lo mejor puedo cortar el césped más tarde; ¿por qué no hablamos de ello?». Y mi madre dice: «Bueno, no sé, esa hierba está realmente alta». Y mi padre la coge de la mano y dice: «Entra en mi despacho y lo discutiremos». Y mi madre se ríe y vuelven a su habitación y lo hacen. —Mordió la otra mitad de la Oreo—. Una vez, intenté escuchar detrás de la puerta después de la pelea por la hierba, pero Tres me pilló.
Em sonrió y se relajó.
—¿Y qué te dijo?
—Dijo que escuchar cosas así haría que dejara de crecer y sería culpa mía si me quedaba enana. Luego me llevó a tomar un helado.
Em suspiró.
—Adoro a Tres.
—Puede ser también tu hermano —ofreció Mel—. Bueno, ¿por qué se pelean tus padres?
Em dejó la Oreo a medio comer.
—No se pelean. Nunca se pelean. Ni siquiera hablan. —Pensó intensamente durante un minuto—. Creo que ni siquiera lo hacen.
Mel negó con la cabeza.
—Eso no lo sabes. Puede que disimulen y esperen a que estés dormida. Tus padres son adultos. Los míos son inmaduros. —Levantó la barbilla al decir la última frase y se parecía tanto a su madre que Em sonrió, a pesar de sus preocupaciones. Luego Mel, siendo Mel, volvió a la cuestión que tenía entre manos—. Entonces, si no pelean, ¿cuál es el problema?
—Que no hacen nada. —Em reflexionó, tratando de encontrar una razón para que Mel lo entendiera—. Mi padre va mucho a la bolera y hace cosas en el jardín y se va a trabajar. Mi madre trabaja en casa y hace las cosas de la escuela para estar preparada para cuando empiecen las clases, habla con la abuelita y con tu madre y va a visitar a mi bisabuela, la loca, en el hogar de ancianos. No hacen nada juntos. —Se subió las gafas y miró a Mel con el ceño fruncido—. Ya sé que no parece nada malo, pero lo es. Algo no va bien. Y mi madre se ha disgustado mucho hoy. No sé por qué, pero está muy triste.
Mel se incorporó.
—Entonces ¿no se abrazan, digamos, y hacen bromas y fingen que se pelean y luego se echan a reír... cosas así?
Em trató de imaginarse a sus padres haciendo cualquiera de aquellas cosas. Sonaba maravilloso tener padres que rieran, pero no conseguía imaginarlo. Su madre reía con ella y con la tía Treva, pero no podía recordar haberla oído reír con su padre. No podía recordar que su padre riera en absoluto.
—No —dijo—. No lo hacen nunca.
Mel puso una cara muy seria.
—Puede que se vayan a divorciar.
—¡No! —Em apartó el paquete de Oreo de un manotazo, con un nudo en el estómago—. No, no lo van a hacer. No se pelean. Nunca. Nunca riñen. No se van a divorciar.
—Podrías vivir aquí —ofreció Mel—. Mi madre te quiere y mi padre también. Podrías ser mi hermana.
—No se van a divorciar —insistió Em.
Mel se dejó caer de nuevo en los almohadones y se quedó con la mirada fija en el vacío, pensando. Em la observaba, con todas sus esperanzas puestas en ella, diciéndose que, en su amistad, Mel era la que tenía las ideas, que todo se arreglaría cuando a Mel se le ocurriera algo.
—Podríamos espiarlos —propuso Mel, finalmente.
—No —dijo Em.
Mel era la de las ideas, pero a veces sus ideas eran malas de verdad; por eso siempre era Em quien tenía la última palabra. Mel abandonó la idea del espionaje y se puso a pensar de nuevo.
—Ya lo tengo —dijo, incorporándose—. Quédate a pasar la noche conmigo, Em, y así tendrán un poco de tiempo para estar solos. Mi madre dice que eso es lo que, a veces, salva a los matrimonios. Ella me deja en casa de mi abuelita, y una vez que no sabía que yo estaba escuchando le dijo: «Gracias, Irma, esto va a salvar el matrimonio de tu hijo».
—Ya he pasado la noche contigo antes —señaló Em—. Lo hago todo el tiempo.
—¿Desde que empezó a parecerte que algo iba mal entre ellos? —preguntó Mel.
Em hizo memoria. El mal rollo había empezado la semana anterior. Nunca hablaban ni reían, pero eso no la había preocupado hasta la semana anterior, cuando todo pareció ponerse más frío y tenso. Y en realidad, no la había preocupado de verdad hasta ese mismo día. Hasta que había visto la cara de su madre cuando volvió del coche.
—No —le dijo a Mel—. Desde entonces no.
Mel se puso de pie y fue hacia la escalera.
—Venga. Vamos a preguntárselo.


Maddie se dijo que, tal vez, venir a ver a Treva no había sido una buena idea. Ahora que su amiga había cubierto la sexta fuente de manicotti con queso parmesano recién rallado suficiente para tapar todo Frog Point, estaba obsesionada con la idea de registrar las cosas de Brent en busca de pruebas.
—No —le dijo Maddie—. No vamos a registrar sus cosas. Ni lo sueñes.
—Claro que sí. —Treva se sentó frente a ella, feliz con su plan—. Encontraremos cosas que nos dirán qué está pasando. Cartas y cosas.
—¿Cartas? —Maddie la miró sin poder creérselo—. Brent no es capaz de tomar un recado por teléfono, ¿y tú quieres buscar cartas de amor?
—Bueno, lo que sea. ¿Estará en casa esta noche?
Maddie se esforzó en recordar qué día de la semana era. Jueves.
—No. Va a la bolera con su padre.
A Treva se le iluminó la cara y Maddie empezó a desconfiar. Treva mostraba demasiado entusiasmo por aquella catástrofe.
—Estupendo. Podemos ir a buscar hoy. Y tengo otra idea. —Treva se inclinó hacia delante—. Me parece que deberías engañarlo para ajustar cuentas. Hasta sé con quién puedes hacerlo. ¿Te acuerdas de aquel tipo con aire de matón que te seguía a todas partes en último curso? Siempre se estaba peleando. Te seguía a todas partes. Y era guapo de una manera inquietante. ¿Te acuerdas?
—No.
Maddie le lanzó una mirada fulminante, una acción que no tuvo el más mínimo efecto en ella.
—Seguro que sí. Tenía unos ojos de fábula y un viejo coche con un asiento trasero tan grande como tu sala de estar. —Treva se detuvo para dar efecto a sus palabras—. C.L. Sturgis.
Maddie apoyó la barbilla en la mano y trató de parecer indiferente.
—Vagamente. Lo recuerdo vagamente.
—Bueno, pues esta mañana lo he visto con Sheila Bankhead delante de la comisaría. Y ha mejorado muchísimo. Ya no tiene aspecto de matón. Por supuesto, todavía le queda un aire inquietante, pero a los treinta y ocho eso resulta excitante.
—Siete.
—¿Qué?
—Treinta y siete. Es un año más joven que nosotras. ¿Qué tiene que ver C.L. Sturgis con que yo me divorcie de Brent?
Ya estaba. Esa vez le resultó más fácil decirlo.
—Ya te lo he dicho. Pagarle con la misma moneda teniendo una aventura tú también. Con C.L. Sturgis.
—¿Hacerlo con C.L. Sturgis?
Maddie se echó a reír y siguió riendo; no podía parar.
Treva tenía paciencia, pero al final la interrumpió.
—¿Porqué no?
Maddie dejó de reír y la miró a los ojos.
—Porque nunca cometo el mismo error dos veces, por eso.
—¿Lo hiciste con C.L. Sturgis?
La puerta de atrás se cerró de golpe. Mel entró como un torbellino, chillando:
—Mamá, ¿podemos...?
—¡Fuera! —dijo Treva sin volverse y esperó hasta oír el portazo de la puerta al cerrarse de nuevo antes de inclinarse hacia Maddie y decir—: ¿Lo hiciste con C.L. Sturgis? ¿Y no me lo dijiste?
—Nunca se presentó la ocasión.
Maddie se frotó la frente y trató de no pensar demasiado en aquella noche, con risas y calor en el asiento de atrás con C.L. Fue un error entonces y lo sería también ahora.
Treva seguía alucinando.
—Es asombroso. No creía que pudieras ocultarme un secreto más de veinte minutos, y mucho menos veinte años. ¿Y tu madre nunca lo descubrió?
—No, gracias a Dios. —Maddie se sentó más erguida, impulsada ante semejante idea—. Nunca se lo conté a nadie. ¿Puedes imaginarte lo que sucedería si se supiera? Nunca se lo conté a nadie.
—Ya, pero él tampoco —dijo Treva—. Debió de necesitar bastante autocontrol.
—Nunca lo había pensado —reconoció Maddie, sorprendida—. Fue muy considerado por su parte. —Intentó recordar en qué había pensado—. Estuve enferma de preocupación un par de semanas, pero nadie dijo nada y me vino el período y estaban pasando muchas cosas. Era casi al final del último año y, justo después de que pasara, Howie y tú os casasteis y hubo todo aquel revuelo; luego llegó la graduación y todo pasaba al mismo tiempo. Después me fui a la universidad, y al año siguiente él se graduó y se marchó de la ciudad para siempre, y yo me olvidé del tema hasta que hoy C.L. se ha presentado en casa. Ha dicho que quería hablar con Brent.
—¿Con Brent? ¿De qué?
Maddie la miró entrecerrando los ojos.
—¿Sabes?, no se lo pregunté. No me importaba. —Respiró hondo e hizo la pregunta que le preocupaba—: Treva, tienes que decírmelo. ¿Es que todo el mundo está enterado? ¿Soy la última en saberlo? Porque no creo que pueda...
Em asomó la cabeza por la puerta trasera y Maddie hizo aparecer una sonrisa en su cara.
—Hola, cariño.
—Hola. —Em entró y se apoyó en la mesa, y Maddie vio la tensión que había en su cara—. Tía Treva, ¿puedo venir y quedarme en tu casa esta noche? Mel y yo queremos comparar las listas de la escuela para ver si podemos compartir algunas cosas y gastar menos dinero.
—¡Qué ahorradoras! —dijo Treva sin apartar los ojos de Maddie—. Pues claro que puedes quedarte.
—Genial. —Desapareció de nuevo por la puerta y la oyeron gritar—: ¡Eh, Mel!
—¿Te va bien? —preguntó Maddie—. ¿No ibais a salir esta noche? No quiero cargarla sobre tus espaldas.
—Olvídalo —dijo Treva—. Necesitáis tiempo a solas para que puedas pegarle cuatro gritos a Brent. Tres puede cuidar de ellas, si yo no estoy. Son el menor de nuestros problemas.
Maddie se hundió en la silla.
—Em es el mayor de los míos. Tengo pesadillas en las que veo lo que pasa cuando ella averigua lo que todo el mundo sabe.
—No sé qué sabe todo el mundo. Solo sé lo que yo sé y, para contestar a tu pregunta, yo no sabía nada de esto. —Treva puso la mano encima de la de Maddie—. Olvídate de Em por un minuto. ¿Qué quieres tú? Si Em no estuviera aquí, ¿qué querrías hacer?
—Creo que lo dejaría —contestó Maddie—. Excepto que está mi madre, y tendría que enfrentarse a la ciudad con el primer divorcio de una Martindale. Y los padres de Brent irían a por mí. Y Brent no va a aceptar el divorcio de brazos cruzados, la última vez peleó como todos los diablos juntos. Y...
Treva la apretó la mano.
—¿Quieres olvidarte de todos por un momento? ¿Tú qué quieres?
Maddie parpadeó.
—No lo sé. —Intentó apartar la culpabilidad que sentía por dejar de pensar en todos los demás primero—. Creo que me gustaría estar sola. De hecho, me parece que eso me encantaría. Hacer lo que quisiera, sin preocuparme de lo que piensen los vecinos... sería estupendo. —Se recostó en la silla y la mano de Treva resbaló—. ¿Te acuerdas de mi fantasía de estar desnuda delante del banco? Pues tengo otra, la de estar sola, en una isla desierta con un montón de chocolate y libros. Solo yo y las nueces y los dulces de Esther Price, recubiertos de chocolate casero y las obras completas de todo el mundo. Sin vecinos.
—Yo también tengo esa fantasía —dijo Treva—. Antes era un montón de chocolate y Harrison Ford. Y luego un día pensé: «¿Qué hace Harrison aquí? Si no estuviera, no tendría que hacer estos malditos abdominales».
—Lo que me gustaría a mí sería la soledad —afirmó Maddie—. Nadie a quien tener contento. Nadie hacia quien sentirse culpable. Solo yo para siempre.
—¿Para siempre? —Treva enarcó una ceja—. Dos semanas, quizá, pero luego querría tener a mi familia otra vez. Incluso a Howie, aunque sea un hombre.
—Yo querría que fuera para siempre —dijo Maddie y luego se irguió en la silla—. Solo que no lo haría porque me moriría sin Em. Y es una fantasía. Tengo que vivir en esta ciudad y mi madre merece que cuide de ella, y Em, sin ninguna duda, merece que la cuide y fui yo quien le prometió a Brent que estaría a su lado en lo bueno y en lo malo, así que olvidemos lo de la isla desierta. —Negó con la cabeza—. No sé lo que quiero. Me parece que será mejor que me concentre en lo que puedo conseguir.
—Puedes conseguir un divorcio —dijo Treva—. Déjalo.
—¿Y si no me engaña? —dijo Maddie—. ¿Y si hay una explicación? Puede que la haya. Es posible.
Treva puso los ojos en blanco.
—Bien. Pues habla con él. Pero hazlo.
Hablar con él. Decir: «Brent, voy a dejarte». Decir: «Me llevo a Em y te dejo». Los últimos cinco años pasaron a la velocidad del rayo. Ya había pasado por eso antes y había sido horrible. Maddie notó que le ardían los ojos e hizo acopio de fuerzas. No iba a llorar. No iba a quedarse sentada en la cocina de su mejor amiga, con una actitud patética. Se levantó; necesitaba escapar antes de que empezaran a desbordarse las lágrimas.
—De acuerdo. Sé que tienes razón. De verdad. Pero ahora tengo que irme.
—Sí, vale. —Treva se echó hacia atrás en la silla—. Claro. Más tarde. Como tú quieras. ¿Estás segura de que estás bien?
—De perlas —afirmó Maddie, y se fue a buscar a su hija.


El calor era tan denso que el aire aplastaba a Maddie mientras iba a casa con Em, por la calle Linden. Debía de haber recorrido esa calle un millón de veces en su vida. De niña, vivía con su madre en la vieja casa amarilla, a dos manzanas de casa de Treva, y Treva vivía donde ahora vivían Howie y ella; se habían instalado allí cuando los padres de Treva se trasladaron a los pisos junto al río. Durante toda la vida de Maddie, Linden significaba correr una manzana arriba para ver a Treva, y contarle, sin aliento, planes o noticias, igual que ahora significaba caminar tres manzanas, calle abajo, para verla.
Y también significaba Brent, que venía a recogerla y devolverla a casa cuando salían y en los días de escuela; Brent, que le había comprado una casa en Linden porque ella adoraba la calle y quería estar cerca de Treva; Brent, que podía ser tan cariñoso y que, seguramente, ahora la estaba engañando.
«¿Lo odias?», le había preguntado Treva. Era posible querer a alguien y odiarlo al mismo tiempo; eso había sentido en una ocasión, después de lo de Beth. Pero, en ese momento, lo único que sentía era rabia y una exasperación mortal; ya no quedaba nada de amor para contrarrestar lo demás. Y así era su matrimonio. Horrorizada, vio que no podía contener las lágrimas. Em las vería.
—Te desafío a una carrera hasta el coche —dijo y se lanzó a toda velocidad por la última manzana, hasta dejarse caer en el asiento del conductor de su viejísimo Civic, sin aliento, pero sin lágrimas.
Em entró y cerró su puerta de golpe un minuto después.
—No es justo. Tenías ventaja. ¿Adónde vamos? ¿Por qué no cogemos el coche de papá? Es mejor.
Porque nunca volveré a subir a ese coche, pensó Maddie, y puso el coche en marcha.
—Este está bien. Vamos a ver a papá.
Em se quedó inmóvil.
—Vale.
Maddie la miró a los ojos y sonrió, obligando a todos los músculos de la cara a hacer lo que no querían hacer.
—Le preguntaremos qué quiere para cenar. Será divertido.
—Vale —repitió Em, pero su mirada seguía mostrando desconfianza.
Maddie salió del camino, marcha atrás, mientras Em se acurrucaba para que nadie la viera en aquel montón de chatarra. Al menos, el Civic era la única batalla que Maddie había ganado en su matrimonio. Agarró el volante con más fuerza al pensarlo. Brent había insistido en que lo cambiara por el coche nuevo que quería comprarle; incluso había enviado una grúa para que se lo llevara, pero ella se había tirado encima del capó en el último minuto y el hombre de la grúa se había ido sin él.
—Quiero este coche —le dijo a Brent—. Lo pagué yo sola, nunca me falla y lo entiendo. Lleva años saber cómo es un coche igual que yo sé como es este. Querría que me enterraran en este coche.
Brent dejó de acuciarla entonces, pero se quedó mirándola como si estuviera loca. Tal vez era por eso por lo que la engañaba; la vergüenza de su coche, agravada por su demencia, lo impulsaba a hacerlo.
La engañaba. Dejando de lado lo que le había dicho a Treva, no había otra explicación. Treva tenía razón al poner los ojos en blanco. La engañaba.
Maddie giró en una gasolinera y atravesó el centro de la ciudad dirigiéndose hacia su esposo y el final de su matrimonio, escuchando a los Mavericks mientras trataba de no pensar en su destrozada vida. La gente le sonreía y la saludaba, y ella devolvía los saludos y se sentía aprobada. Le gustaba a la gente de Frog Point. Era una buena chica. Eso es lo que era: una buena chica. Era una mierda eso de ser una buena chica, pero eso es lo que era, quizá era lo único que era. Se le ocurrió la terrible idea de que quizá la razón de que luchara contra la idea del divorcio era que el divorcio no era propio de buenas chicas. Sería algo estúpido. Solo que si no era una buena chica, no estaba segura de seguir existiendo.
Se distrajo con pensamientos más agradables. La parte vieja de Frog Point estaba preciosa al final del verano, con las calles enmarcadas por enormes olmos y robles en pleno follaje, con las ramas uniéndose por encima de la calle. Maddie se sentía protegida mientras conducía a través de la sombra moteada. Las raíces empujaban hacia arriba las losas grises de la acera, convirtiéndola en unas olas resquebrajadas y ondulantes, recubiertas de musgo en las zonas umbrías. Cuando Treva y ella eran niñas, en Linden, hacían como que las losas eran montañas y se inventaban historias sobre ellas y pasaban por encima patinando y jugaban al tejo. Em y Mel hacían lo mismo, a salvo de las cosas feas que les sucedían a las niñas en las ciudades más grandes. A pesar de todas sus desventajas, y eran legión, Frog Point era su casa. La había arropado durante treinta y ocho años y la había mantenido caliente, mientras vigilaba cada paso que daba. De no ser por Brent, podría haber vivido con eso. Incluso con Brent, iba a tener que vivir con ello. Pertenecía a Frog Point.
Acabaron los Mavericks y Patsy Cline empezó con «Walking After Midnight». Patsy había tenido sus problemas con los hombres, lo cual era un consuelo; si una mujer como Patsy podía ser una necia con los hombres, puede que Maddie no fuera un desastre total. Un viejísimo Datsun marrón apareció a toda velocidad detrás de ellas, frenando en el último minuto, antes de empezar a seguirlas pegado al parachoques. El Datsun era todavía más viejo que el Civic, tan viejo que parecía algo que C.L. Sturgis hubiera hecho pedazos en sus días de gloria. Maddie pensó en C.L., tantos años atrás, arrogante y estallando de energía nerviosa y, solo por un minuto, deseó volver a aquel tiempo, un tiempo en que había cometido todos sus errores, y poder elegir a C.L., en lugar de a Brent. Pero eso significaría que Em no existiría y Em lo valía todo, incluso aquello, así que dejó ir a C.L. y sus recuerdos y siguió conduciendo hacia su marido.
El chirrido de los frenos le hizo recordar el Datsun. De nuevo, se le había acercado demasiado y muy rápido, y se había detenido en el último momento, casi a punto de chocar con ella.
—¿Qué estás haciendo? —le dijo Maddie al Datsun por el retrovisor y el conductor se fue por una calle lateral, evidentemente asqueado por lo lerda que era. Bueno, nadie se lanza de cabeza a su propio desastre, en especial cuando llevan a sus hijos en el asiento del pasajero.
Maddie respiró hondo. Aquello le iba a hacer mucho daño a Em; esa era la peor parte, la peor de todas. Era algo que nunca le perdonaría a Brent, que le hiciera daño a Em cuando la niña lo quería tanto.
Pero tampoco podía perdonarle lo que le había hecho a ella, y mientras conducía lentamente por la sombra verde y fresca, dejó que la rabia le llegara a los huesos. La había hecho quedar como una estúpida de nuevo. Si lo dejaba, volvería a rastras a los brazos compasivos y despreciativos de la ciudad, sin medio alguno de devolver la afrenta. Treva tenía razón: de alguna manera tendría que poder desquitarse. Volvió a pensar en C.L., esta vez un recuerdo reciente, de pie en su puerta, con sus hombros anchos, sonriendo, sólido, accesible y muy atractivo ahora, de adulto.
No. Absolutamente no. Ya tenía suficientes problemas sin cometer adulterio. Aparte del hecho de que estaba mal, el adulterio en Frog Point te conseguía tu propia miniserie en radio macuto.
Sin embargo, la idea de vengarse era muy atractiva. Y se dio cuenta sorprendida de que la idea de confundir a la ciudad dejando de ser una buena chica también resultaba muy atractiva, mientras se limitara a pensar en ello, sin hacerlo.
Reba McEntire sustituyó a Patsy en la radio, y Maddie dobló una esquina solo para tener que frenar a escasos tres metros de la siguiente señal de stop por culpa de un chucho multicolor. Estaba sentado en medio del carril, rascándose la oreja, en nada impresionado por el coche.
—Tranquilo, no hay prisa —le dijo, y Em se relajó y se rió.
Luego Em se quedó muy callada y se volvió hacia su madre, con unos ojos muy grandes e inocentes detrás de las gafas.
—Apuesto a que ese perro no tiene casa. A lo mejor tendríamos que adoptarlo.
Maddie miró atentamente al perro por encima del volante. Llevaba un collar rojo y las placas tintineaban mientras se rascaba.
—Pertenece a alguien, Em. Seguramente va de camino a casa.
—Bueno —dijo Em—, pues a lo mejor podríamos comprar un perro y darle un hogar. Como una buena obra.
Maddie se recostó en el respaldo. El Ángel Negro se cobra la factura, pensó. Finalmente.
—Vale, suéltalo. ¿Qué pasa?
Em se rindió y se hundió en el asiento.
—Quiero un perro. De verdad que lo quiero, mucho, mucho. Y he sido buena. Y pronto será mi cumpleaños.
—Tu cumpleaños es en enero —dijo Maddie.
Em gimió.
—Sabía que dirías eso. Mira, de verdad que necesitamos un perro. Lo necesitamos.
—Esto es por Frasier, ¿verdad? —preguntó Maddie—. Em, no es tan fácil como parece en la tele. Un perro necesita que cuiden de él...
—Lo sé —dijo Em, con tanta satisfacción que Maddie supo que estaba derrotada. Em se revolvió en el asiento y sacó un montón de libros de la biblioteca—. He estado estudiando.
Maddie miró los libros. Cómo cuidar de tu cachorro. El libro completo del cuidado de un perro. El saber popular sobre los perros. No hay perros malos. Y había más en las rodillas de Em.
—Los he leído todos, incluso los difíciles —afirmó Em—. Puedo hacerlo. Por favor.
El primer impulso de Maddie fue decir que no, que ya tenía mucho de que ocuparse, pero Em estaba muy entusiasmada. Además, Brent detestaría tener un perro, lo cual era un argumento de primera. Por otro lado, un perro podía distraer a Em si había un divorcio, era algo a lo que podía aferrarse mientras el resto de su mundo se hacía añicos.
Em miraba a Maddie como si toda su vida dependiera de lo que su madre dijera a continuación.
—De acuerdo —dijo Maddie—. Iremos a la perrera cuando volvamos de ver a papá.
—¡Sí! —exclamó Em, saltando en el asiento.
—Pero cuidarás de él...
—Sí, lo haré. Sé cómo hacerlo. Lo haré. Lo haré. ¡Te quiero mamá!
Em saltaba y saltaba, con una sonrisa que le llenaba toda la cara.
El chucho dejó de rascarse y bostezó. Em se rió de nuevo y el mundo pareció un buen lugar por un momento. Puede que no vaya a la empresa a ver a Brent, pensó Maddie. Puede que vayamos a buscar un perro. También puede que me quede aquí, aparcada en mitad de la calle, se dijo. Puede que si no llegaba nunca a la esquina, las cosas no cambiaran.
Entonces miró por el retrovisor y vio el viejo Datsun doblando a toda velocidad la esquina y dirigiéndose hacia ellas.
Se volvió, presa del pánico, para avisar a Em, pero su voz se perdió entre el chillido de los neumáticos y los frenos pisados a fondo y el angustioso crujido del metal al hundirse. Sintió el impacto del golpe en la espalda y su cabeza salió disparada hacia delante cuando el asiento cedió debajo de ella y se deslizó y la radio se quedó silenciosa de golpe. Luego la cabeza volvió hacia atrás de golpe y dio, con un ruido espeluznante, contra el apoyacabezas del asiento.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:51 pm

Capítulo 3


—Em —musitó Maddie, cuando todo dejó de moverse.
La pequeña, relajada y protegida por el cinturón, estaba sentada sin daño alguno, con unos ojos como platos detrás de las gafas.
—Estoy bien, mamá. Uf.
—¿Estás segura? ¿Te duele el cuello?
A Maddie le dolía la nuca.
—Estoy bien. Vaya, nos dio de verdad.
Maddie empujó la puerta y la liberó del marco doblado; pequeños trozos de metal cayeron tintineando al suelo. Salió del coche y el mundo se le vino encima. Despacio, pensó. Todo parecía a la vez más brillante y menos claro. Con un cuidado meticuloso, fue hasta el otro coche. Trozos de cristal crujieron bajo sus pies al caminar. Por la radio se oía a todo trapo algo que sonaba soez, y Maddie deseó poder hacer lo mismo, pero no era posible porque le dolería demasiado.
El conductor estaba allí, sentado, cogiéndose la cabeza y gimiendo, y ella se inclinó para ver si estaba bien. Era un chico del instituto, uno rubio, pálido y flaco que reconoció sin poder ponerle nombre, no uno de los que ella había tenido en clase.
—¿Estás bien? —preguntó—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza? ¿Llevabas puesto el cinturón?
—Mi coche. Le he dado muy fuerte. Mi coche.
—Tu radio funciona.
Pedazo de imbécil, habría añadido. Toda la rabia que había estado reprimiendo volvió en una oleada y estuvo a punto de chillarle, antes de recordar que también él había sufrido el accidente y que no tenía sentido hacer que se sintiera peor, aunque fuera un degenerado temerario. Por lo menos, los accidentes de C.L. siempre tenían que ver con barreras de protección y cunetas, no con otras personas. El chico volvió a gemir y se negó a mirarla a la cara. Maddie se enderezó y volvió atrás para inspeccionar su coche.
Estaba muerto. La puerta de atrás estaba incrustada en el asiento trasero y las dos luces traseras convertidas en polvo. Aunque no sabía nada de coches, supo que aquel no lo arreglaría nadie. Era demasiado viejo.
Debería haberle pegado cuatro gritos a aquel crío. Había ido contra ella tres veces.
Em salió.
—Oh, vaya.
Mi coche, pensó Maddie.
—¿Esto significa que compraremos un coche nuevo? —preguntó Em.
El chico se unió a ellas.
—¿Cree que su seguro lo cubrirá?
Maddie se volvió y lo miró. Podría matarte aquí mismo, le habría gritado. Empezó a volver a su coche, con pasos medidos y cuidadosos.
El chico la siguió y entonces llegó la policía.
Ella se dejó caer en el asiento y apoyó la cabeza en el volante. El policía, un chico que había suspendido en su clase de último curso cinco años atrás, le pidió el permiso de conducir y Em lo buscó en el bolso y se lo dio. Fue educado, pero hizo demasiadas preguntas y ella se sentía confusa y él le preguntó si estaba bien.
—Iban a enterrarme en este coche —dijo, y él pidió una ambulancia por radio para alguien con una posible conmoción.


Brent se reunió con ellas en urgencias, alto, moreno, tosco y al mando. Te estaba buscando, quería decirle, pero él habló primero.
—Yo me encargo de todo.
Luego se apartó de ella para hablar con tono serio y profundo con el joven médico y la aún más joven enfermera. Te odio, pensó Maddie, pero no parecía el momento adecuado para decirlo, con Em allí, a su lado. La sala apestaba a desinfectante y alcohol y tenía un sabor metálico en la boca, por los medicamentos que le habían dado. Tenía frío y la camilla de reconocimiento estaba demasiado alta y ella quería irse a casa, pero Brent seguía hablando con el médico.
Observó a su marido. ¿Lo querría otra mujer? Se estaba poniendo un poco rechoncho, pero todavía era atractivo a su manera, grande, con un aire juvenil y metido en carnes. El mechón de pelo oscuro que siempre le caía sobre los ojos. El encantador remolino en la coronilla. Los hoyuelos. La sonrisa petulante. El cabrón. Vino hacia ella con los hombros echados atrás y la enfermera lo miró, apreciativa. Maddie se apartó al acercarse él.
Le decía algo y enfocó la atención en él desde muy, muy lejos.
—No te preocupes —le decía, rodeando con el brazo a Em, que se apoyaba en él cariñosamente.
—Lo sé.
—El chico no estaba asegurado, pero nuestro seguro lo cubrirá.
—Lo sé.
Abrazó a Em más estrechamente.
—Y Emily está bien, gracias a Dios.
—Lo sé.
—Ni siquiera tienes una conmoción. Solo un tirón en los músculos del cuello. Lo único que necesitas es Tylenol Tres.
—Lo sé.
Brent suspiró y su solicitud se transformó en exasperación delante de sus ojos.
—Ya podemos irnos.
—Lo sé.
La enfermera le ofreció una sonrisa luminosa y los calmantes para Maddie, y él las llevó hasta el Cadillac y acomodó a Em en el asiento trasero, antes de volverse hacia Maddie, que estaba mirando el coche, intentando decidir cómo había llegado desde el camino de entrada a su casa, donde la había traicionado, hasta el hospital.
—Estuve limpiando este coche —le dijo a Brent—. Estaba en la entrada a casa.
—Howie me llevó hasta allí para que pudiera recogeros. Tu coche está en el taller de Leo. Llamé mientras el médico estaba contigo. Leo dice que es un siniestro total. Ahora tendrás que comprarte un coche nuevo.
Su coche estaba muerto entre los yerbajos en la parte de atrás de una estación de servicio. Normalmente, aquello la habría deprimido, pero estaba demasiado atontada para que le importara.
—Lo sé.
Se subió al coche y trató de recordar cómo era la vida normal. Ayer.
Él se sentó a su lado y le palmeó la rodilla. Ella apartó la mano.
—Solo relájate, Mad —le dijo—. Te pondrás bien.
Ella asintió una vez, pero un cuchillo le perforó la nuca, así que dejó de hacerlo.
—Lo sé.
Brent suspiró entre dientes.
—¿Podrías, por favor, decir algo que no fuera «Lo sé»?
¿Qué tal si digo que tus expresiones de comprensión me conmueven? ¿Qué tal si guardáramos un minuto de silencio por mi coche, que acaba de ser brutalmente asesinado por un adolescente tarado? ¿Qué tal si te pregunto si estás teniendo una aventura y, si es así, con quién, hijo de perra corrompido y mentiroso?
—Maddie.
Em estaba en el coche.
—Gracias por venir a buscarnos.
Brent suspiró y puso el coche en marcha y, mil años después, entraban en el camino de acceso a la casa. Maddie siguió sentada, mirando fijamente por la ventana, sabiendo que tenía que decir algo. Pronto.
—Maddie, ya hemos llegado. —Brent alargó el brazo y le soltó el cinturón—. ¿Mad? —Le puso la mano en el hombro. Parecía pesada como el plomo.
Sí. Ya estaban allí. Casi sentía lástima de Brent. No podía resultarle fácil hablarle de esa manera; se daba cuenta. Lo comprendía. Lo miró mientras él daba la vuelta por delante del coche para abrirle la puerta. Qué amable por su parte.
—Maddie, sal del coche. No tienes nada tan grave. Lo ha dicho el médico.
Verdad de nuevo. Bajó del coche. Se le engancharon los zapatos en el asfalto medio derretido de la entrada y se concentró, con un gran esfuerzo, en liberarlos. Estaban tan lejos... Brent estaba demasiado cerca.
—Mamá.
La voz de Em le llegaba como un eco. Maddie enfocó la mirada en su cara y sonrió.
—Estoy bien, cariño. Entremos.
La creosota olía agradablemente a limpio y se concentró en el olor por un momento, para no ponerse a chillarle a su marido.
—Emily, ¿estás segura de que te encuentras bien?
Brent se arrodilló en la acera, junto a ella, y la miró a los ojos. Tenía un aspecto tan dulce, allí de rodillas, abrazando a su hija, limpio y preocupado con aquel remolino en la coronilla... El muy cabrón.
Em asintió, sin quitarle ojo a Maddie.
—Estoy bien, papá. De verdad.
—Vale. —La abrazó y la besó en la mejilla, y luego se levantó y la observó mientras se dirigía al porche, antes de mirar a Maddie—. Tú también, Mad. Esta noche llegaré tarde. Pide una pizza y tómatelo con calma. No me esperes.
Maddie pasó a su lado y él intentó darle unas palmadas en el hombro, unas palmadas grandes y torpes que le resbalaron por el brazo. No me toques, pensó ella, y el estallido de ira era nuevo y claro después de todas las vacilaciones que había sentido. Se detuvo y esperó a que Em estuviera a un par de metros de distancia, subiendo los escalones del porche y entonces lo miró a los ojos.
—Venga, Maddie, vamos.
Le puso la mano en el brazo para guiarla hacia el porche y ella se la sacudió de encima con tanta rabia que él dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando, Brent? —le susurró, apretando los dientes para no gritar. Las manos se le cerraron en puños y se levantaron delante de ella—. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué demonios estás haciendo?
—¿Qué? —Brent la miraba, impresionado—. ¿De qué hablas?
Maddie se le acercó más, hasta que sus pies tocaron los de él, y habló en voz muy baja.
—Encontré las bragas de otra mujer debajo del asiento de tu coche, maldito seas. ¿Con quién estás saliendo? ¿Beth de nuevo? —Hizo un gesto negativo con la cabeza aunque al hacerlo el cráneo gritó de dolor. Apretó los puños contra el pecho para no golpearlo, necesitaba dejárselo claro, necesitaba dejárselo claro a ella misma—. No voy a pasar por esto de nuevo, Brent. No lo haré otra vez. No. Si me estás engañando, te dejaré, lo juro. Esta vez te dejaré.
Brent miró hacia Em, que se había parado en el porche y los estaba mirando.
—No pasa nada —dijo en dirección a su hija, y su voz era demasiado alta—. Estás confusa. Acabas de darte un golpe en la cabeza —Bajó la voz—. Estás haciendo que Emily se disguste. Déjalo ya.
—Encontré unas bragas —le dijo entre dientes—. De encaje negro, sin entrepierna. Dímelo ahora, explícamelo.
—Mamá... —dijo Em.
—Solo un momento, cariño —le respondió Brent. Bajó la voz de nuevo—. Tú sabes que no te engañaría. Te lo prometí. ¿Cuánto tiempo me vas a hacer pagar lo de Beth?
Maddie dio un paso atrás, confusa. Era tan racional...
—¿Y qué hay de las bragas?
—No lo sé. —La exasperación le hizo levantar la voz—. Una estúpida broma de alguien.
—No tiene ninguna gracia —dijo Maddie.
—Pues claro que no la tiene. —Se apartó de ella y fue hasta el porche, junto a Em—. Mamá se encuentra mal —le explicó.
Maddie lo siguió hasta allí y dijo:
—Espera un momento.
Él le contestó:
—Ahora no. —Y se volvió para coger de la mano a Em—. Vamos, Em, te llevaré a casa de tía Treva para que mamá pueda descansar.
Em estaba a punto de echarse a llorar.
—¿Mamá?
Maddie respiró hondo. Nunca había deseado tanto chillarle a alguien, pero no delante de Em. Nunca delante de Em.
—Papá tiene razón. Ve a casa de Mel. Quédate a pasar la noche con ella. Estaré bien.
Em tragó saliva.
—¿Estás segura? Yo podría cuidarte.
Maddie luchó por contener las lágrimas.
—Gracias, tesoro, pero me tomaré las pastillas y me iré a dormir. De verdad. Ve con papá.
Em asintió, con la cabeza temblorosa.
—Bueno, pero no me quedaré toda la noche. Volveré luego para ayudarte cuando te despiertes.
Maddie la abrazó y la estrechó contra ella, notando lo rígido que estaba el cuerpo de Em.
—Estoy bien, Em. Puedes quedarte con Mel.
—¡No!
La voz de Em se quebró y Maddie la abrazó más fuerte.
—Está bien. —Maddie le dio unas palmaditas en la espalda y la meció un poco, como cuando era un bebé—. Está bien. Papá puede traerte a casa más tarde, después de la bolera. Todo irá bien.
Maddie observó cómo Em recorría el camino hasta el coche, con la cara vuelta hacia ella y la manita en la mano de Brent. Brent, el hijo de puta que usaba a su hija como excusa para huir. Quería chillarle: «Vuelve aquí y habla conmigo», pero lo que hizo fue decirles adiós con la mano, mientras el coche retrocedía hasta la calle. Luego respiró hondo y entró en casa.
Se tomó un analgésico y puso el frasco de las pastillas en la repisa de la ventana de la cocina, para que la luz le diera un brillante color de ámbar. Bonito. Luego se sentó un momento para que se le aclarara la cabeza, esforzándose por no pensar en Em ni en las bragas de encaje negro ni en el divorcio ni en su coche ni en nada de todo lo que la confundía.
Se alegraba de no tener una conmoción. ¿Qué diablos tenía? Miró alrededor. Bueno, tenía una cocina fea. Pusieron un linóleo gris porque Brent lo había conseguido a muy buen precio, pero fue ella quien pintó las paredes de amarillo. Sí, señor, fue ella quien lo decidió. Sin ninguna duda, eran amarillas. Se sentía como si estuviera atrapada en un bizcocho con pasas.
Por lo menos, el encaje negro se había abierto camino entre todo aquel amarillo.
Se levantó con cuidado y fue a la entrada. La entrada era blanca. Aburrida, pero no desagradable. Un poco como Brent. Hasta ese día. Ese día era ofensivo y desagradable. Se obligó a subir la escalera agarrándose a la barandilla, y el esfuerzo hizo que se mareara y tuviera que avanzar apoyándose en la pared hasta llegar a la habitación. Melocotón. ¿Por qué pensó que el melocotón sería una buena idea? La cabecera acolchada de la cama era especialmente fea. Bien mirado, detestaba toda la habitación. La maldita casa entera. Era hora de mudarse. Tal vez eso era lo que haría, se mudaría y no se lo diría a Brent. Pero alguien lo haría. Aquello era Frog Point. En Frog Point, uno no podía hacer nada sin pagar las consecuencias.
Maddie se tumbó en la cama lentamente. Era una maravilla cerrar los ojos. Significaba que no se le iban a salir de sus órbitas. Pero el resto del dolor, el dolor que sentía en todas partes, la aplastaba; se hundió en el colchón para huir de él. La verdad, se dijo, es que lo odio. Así que no importa si me engaña o no. Pero me duele todo y odio la idea de enfrentarme a esta maldita ciudad con todo este desastre entre manos y no puedo soportar lo que esto le va a hacer a Em. Así que me parece que pensaré en ello más tarde. Tendré que pensar en esto más tarde.


A las siete de la tarde, C.L., apoyado en la puerta trasera de la granja de su tío, escuchaba el canto de los grillos. Faltaba una hora para que oscureciera, pero unos cuantos empezaban temprano y su chirrido se mezclaba con el tenue rumor del agua del río que pasaba junto a la granja, a unos doscientos metros, y con los pájaros que sacaban el máximo partido del caluroso día de agosto. Era la clase de noche que hace que un hombre quiera arrastrarse hasta una hamaca, con una cerveza fría y una mujer cálida, pero la mujer en la que trataba de no pensar estaba casada y le había cerrado la puerta en las narices. Ahí quedaban las fantasías con hamaca. De todos modos, probablemente era imposible hacer el amor en una hamaca, aunque si Maddie fuera la que estaba en la hamaca, seguro que él estaría más que dispuesto a probarlo. Esa idea llevó a otras, en ninguna de las cuales habría pensado, y todas ellas le hicieron dar un bote en el aire, lleno de culpa, cuando su tía habló detrás de él.
—¿Te has lavado las manos, C.L.?
C.L. dio media vuelta y vio que Anna estaba cargando de comida la mesa de la cocina, cubriendo el hule a cuadros rojos y blancos con platos de porcelana y cuencos llenos de jamón y patatas humeantes y Dios sabía qué más. El olor llegó hasta él y se le hizo la boca agua al pensar en la sal y el jugo del jamón curado en casa y la nata y el queso en que nadaban las patatas.
—Me he muerto y estoy en el cielo —le dijo.
—No hasta que te hayas lavado las manos —respondió ella.
La voz era cortante, pero Anna tenía el mismo aspecto cálido y seguro que veintisiete años atrás, cuando Henry se lo había llevado a casa, con ella. Su madre le acababa de decir por última vez lo despreciable que era y que esa vez lo iba a enviar a un reformatorio para delincuentes porque eso es lo que él era, y él se había escapado a dormir al parque, actuando como si eso es lo que hicieran todos los chicos de diez años. Entonces Henry paró el coche a su lado, justo cuando se dirigía al cobertizo para picnics.
—Sube, muchacho.
C.L. quería negarse, decir que podía cuidar de sí mismo, pero, incluso entonces, uno no discutía con Henry. Así que subió al coche, y Henry se lo llevó a Anna.
—Te quedarás con nosotros, C.L. —dijo ella, y entonces sí que respondió:
—No. Puedo cuidarme solo —dijo, porque sabía lo que pasaba cuando la gente te hacía favores: te obligaban a que se los devolvieras toda la vida. Su madre todavía le hacía pagar haberlo parido. No quería más de lo mismo.
Pero entonces Anna dijo:
—Claro, eso ya lo sabemos, C.L., pero ¿quién va a cuidar de nosotros? Nos estamos haciendo mayores, ¿sabes? Nos iría bien tener en casa a alguien joven y fuerte.
C.L. sonrió al recordarlo. Henry debía de tener poco más de cuarenta años por aquel entonces y era lo bastante fuerte para levantar una vaca en el aire, tumbado en el suelo. Y Anna no había tenido un día de debilidad en toda su vida. Pero tenía sentido para un crío de diez años que quería que lo necesitaran. Además, y cuidar de ellos no parecía entrañar ningún compromiso, en realidad serían ellos los que estarían en deuda con él, así que contestó:
—Bueno, de acuerdo, siempre que sepáis que lo hago solo por vosotros.
Y Anna lo llevó arriba, a una cama enorme con sábanas blancas y suaves, y le dijo que habría tortitas para desayunar.
Le había costado veinte años darse cuenta de que las obligaciones que tienes con las personas que te cuidaron no son nada comparadas con las que tienes con las personas a las que tú querías cuidar. Era posible compensar a los que te cuidaron, pero a los que tenías que mantener a salvo, bueno, esos estaban contigo para siempre. Y eso significaba que, aunque lo que más deseaba en el mundo era no volver a ver Frog Point en su vida, tenía que regresar para ver a Anna. La miró ahora, con un cariño que le llegaba a la médula, y pensó en lo mucho que todavía se parecía a la enérgica mujer rubia que le había salvado la vida tanto tiempo atrás. El delantal era nuevo, algo moderno, a rayas, en lugar de las flores habituales, pero sus cabellos, ahora blancos, seguían peinados con raya en medio y recogidos en un moño en la nuca, tan suaves y pulcros como siempre, y sus ojos azules no habían cambiado nada. Nada importante en Anna cambiaba nunca.
Le sonrió.
—Sí, señora, por supuesto que me he lavado las manos. Me enseñaste muy bien.
Le estrechó la cintura al pasar junto a ella hasta su sitio, a un lado de la mesa.
Anna aspiró por la nariz.
—Ya sé que has crecido, C.L., pero sigues siendo mi niño.
—De eso puedes estar segura. —C.L. se dejó caer en la silla y extendió las manos, con las palmas hacia arriba, para su inspección—. ¿Lo ves? Limpias.
Anna le puso otro cuenco humeante delante, judías verdes esta vez.
—Esta noche, rebañas el plato. Sin discusiones.
C.L. miró el festín: jamón curado con azúcar, panecillos, mantequilla y la confitura de frambuesa de Anna, judías verdes con beicon, patatas en salsa de queso, encurtidos hechos en casa, ensalada de repollo, zanahoria y cebolla con pimientos rojos. La comida de Anna, uno de los milagros de la vida.
—Sí, señora.
La puerta mosquitera se cerró de golpe y Henry entró desde el porche, no tan gigantesco como le había parecido cuando C.L. era niño, pero todavía muy grande y ancho, con el pelo blanco ahora, en lugar de oscuro, pero todavía espeso y suave. Se lavó las manos en el fregadero.
—Qué bien huele, Anna —exclamó.
—Gracias, Henry.
Y C.L. pensó que les había oído decir las mismas palabras antes de cada comida que había tomado allí. Y no por primera vez, envió unas gracias silenciosas a su madre por haberlo echado a la calle. Era lo mejor que nunca había hecho por él.
Henry se sentó a la cabecera de la mesa y C.L. unió las manos mientras Anna se sentaba en su silla e inclinaba la cabeza.
—Señor, gracias por esta comida. Amén —dijo Henry.
Anna y C.L. repitieron:
—Amén.
Entonces Henry cogió el jamón, Anna le pasó los panecillos y C.L. se sirvió una gran cucharada de patatas.
—No te las comas todas, muchacho —dijo Henry, y C.L. miró el enorme cuenco.
—Bueno, no sé, Henry. Esta noche tengo hambre.
—¿Ir haciendo preguntas por toda la ciudad te ha despertado el apetito?
Henry le clavó la mirada por debajo de sus espesas cejas blancas.
—Henry —dijo Anna—, deja comer al muchacho.
C.L. sonrió a su tío y empujó las patatas hacia él a través de la mesa.
—Solo buscaba a Brent Faraday. ¿No te lo ha dicho nadie?
—Unas veinte personas —gruñó Henry—. ¿Estás tramando algo?
—No. —C.L. cogió un pedazo de jamón del tamaño de Florida con el tenedor y lo puso en su plato—. Solo le hago un último favor a Sheila.
Anna vaciló, con el tenedor inmóvil por encima del plato.
—¿Sheila?
C.L. recordó demasiado tarde que Sheila no era una de las personas favoritas de su tía.
—No pasa nada. Me llamó y me pidió que comprobara algunas cosas. Se va a casar con Stan Sawyer. No te preocupes.
—No me preocupo —dijo Anna, pero dejó el tenedor en el plato.
—De verdad que no pasa nada —insistió C.L.—. Es solo un favor, nada más. Me dijo que si hacía esto por ella, firmaría para renunciar a la pensión alimenticia. Solo se trata de dinero. —Alargó el brazo y le dio unas palmaditas en la mano—. No pasa nada. Come.
Anna dijo algo que sonó a «Hum» y volvió a coger el tenedor.
Henry reanudó el ataque.
—Dime, ¿qué tiene que ver Sheila con Brent Faraday?
C.L. contuvo un suspiro y se volvió hacia su tío. No servía de nada luchar contra él. De todos modos, Henry iba a sacarle todo lo que sabía antes o después.
—Stan está haciendo algún tipo de negocio con Brent. Sheila pensó que, dado que tenía un contable por ex marido, yo podía ser útil y echarle un vistazo a los libros. Solo me llevará una hora o algo así y estaré de vuelta en Columbus el lunes por la mañana. No es nada importante. —C. L, miró de reojo a Henry y a Anna y vio que ninguno de los dos se lo creía. Era hora de crear una distracción o se pasaría toda la cena hablando de Sheila y Brent—. La señora Banister llamó a la policía porque yo estaba mirando hacia su casa. ¿En qué mundo estamos para que me arreste Vince Baker?
Anna resopló.
—Thelma Banister no tiene nada de cerebro en la cabeza. —Luego miró a C.L. enarcando una ceja—. No me extraña que Sheila te pidiera que vieras a Brent Faraday. Sheila nunca fue estúpida cuando se trata de dinero.
C.L. parpadeó ante la acritud con la que su tía había dicho «Brent Faraday».
—Brent Faraday... —Henry se sirvió más patatas—. Interesante.
C.L. dejó el tenedor y los miró atentamente a los dos.
—Estáis de broma. No me digáis que, por fin, esta ciudad se ha enterado de quién es Faraday.
—Puede que no toda la ciudad —dijo Henry.
—Siempre ha sido un fanfarrón —masculló Anna.
Animado, C.L. se recostó en la silla.
—Bueno, que me jodan... No, perdón, Anna, quiero decir que me condene. ¿Qué ha hecho?
Henry siguió comiendo, disparando sus frases entre bocado y bocado.
—¿Por qué no me lo dices tú? Tú eres el que va tras él. Me han dicho que has hablado con su mujer.
—Pasé por su casa buscando a Brent. No estaba. —C.L. no tenía nada de que sentirse culpable, dejando de lado sus fantasías de la hamaca, pero algo en la mirada que Henry le dedicó hizo que se sintiera incómodo—. Ni siquiera entré en la casa, Henry. Solo pregunté por Brent.
—Estabas muy enamorado de ella —dijo Anna—. Recuerdo el día que viniste de la escuela y me hablaste de ella. No podías tener mucho más de diez años entonces porque llevabas poco con nosotros. Puede que once. Era una chica muy agradable.
—Os juro que solo pasé cinco minutos en el porche. Eso es todo, —C.L. se esforzó por parecer tan inocente como era, pero Henry seguía mirándolo furioso—. Te lo juro, Henry.
—Está casada —dijo Henry.
C.L. levantó las manos.
—Henry, soy inocente. Me dio con la puerta en las narices. Buscaba a Brent, no a Maddie.
—¿Por qué? —preguntó Henry y descolocó a C.L. de nuevo.
—Bueno, parece que Brent le ha vendido a Stan una cuarta parte de la propiedad de la empresa de construcción. Eso sería la mitad de su mitad, de forma que cada uno tendría un cuarto y Howie tendría la participación principal. Sheila no está muy contenta con eso.
—Howie Basset es un buen chico —afirmó Anna—. No haría nada deshonesto.
C.L. suspiró. Maddie era una buena chica. Howie era un buen chico y el hecho de que los dos se acercaran a la cuarentena y quizá hubieran dejado de ser buenos chicos con los años era irrelevante para Anna. Debería ser más sensata. Después de todo, él había cambiado. Ahora era responsable. No había destrozado un coche desde 1983. Y no le había pegado a nadie desde el instituto. Claro que Howie era realmente un buen chico, así que Anna no andaba lejos de la verdad, pero, así y todo...
Henry cogió los panecillos.
—Bueno, ¿y para qué persigues a Brent Faraday?
—Quiero ver los libros. Y necesito su permiso para hacerlo. Prácticamente está obligado a dármelo, porque actúo como contable de Sheila, pero...
Henry pinchó unas judías.
—¿Y a Stan qué le parece eso de que Sheila se preocupe de su dinero antes de que sea de ella?
—No será solo el dinero —dijo Anna—. C.L. no comes. Henry, cállate hasta que haya comido.
Obedientemente, C.L. volvió a coger el tenedor.
—¿A qué te refieres con que no es solo el dinero?
Anna le señaló el plato y él cogió un pedazo de jamón antes de que ella le contestara.
—Bueno, no querrá que él quede como un tonto delante de toda la ciudad.
Henry soltó un bufido.
C.L. le sonrió.
—No eres un fan de Stan, ¿eh?
Anna le hizo un gesto de nuevo y él comió un poco de jamón.
Henry cabeceó con desaprobación.
—Esa mujer tendría que ser una condenada estúpida para pensar que él es una presa mejor que tú.
C.L. dejó de masticar y se tragó el jamón de golpe, sorprendido.
—¿Yo?
Henry le lanzó una mirada fulminante.
—Lo has hecho muy bien, C.L. Estamos orgullosos de ti.
C.L. sintió un nudo en el pecho y, por un momento, pensó que se le iban a saltar las lágrimas. Claro que, si eso pasaba, Henry renegaría de él, así que se controló, pero fue de poco.
—Oh —masculló—, gracias.
Anna cogió el cestillo del pan.
—Necesitas un panecillo, C.L. —dijo, y le puso dos en el plato.
C.L. asintió, cabeceando por la sorpresa de la aprobación expresa de Henry.
—En la ciudad no comes lo suficiente —insistió Anna, y le pasó la mantequilla—. Estás delgado y no hay más que hablar.
C.L. untó un panecillo con mantequilla y le dio un mordisco para tenerla contenta.
—Si vinieras más a menudo, te haría engordar —siguió diciendo Anna—. ¿Sabes?, Frog Point solo tiene un contable.
C.L. se atragantó con el panecillo.
—Deja al chico en paz —intervino Henry.
—Solo se me ocurrió mencionarlo. —Anna cogió el cuenco con las judías verdes—. Sería muy agradable tenerlo otra vez en casa. ¿Judías, C.L.?
C.L. se tragó los restos del panecillo, cogió el cuenco y cambió de tema.
—¿Sabes?, al final no encontré a Brent. ¿Se ha marchado de la ciudad sin que me enterase?
Henry se sirvió otra lonja de jamón.
—No. Ha pasado la tarde en el hospital.
C.L. se esforzó por no sonreír.
—¿Alguien ha acabado tan harto de él como yo?
—No. —Henry recuperó la postura y se puso a cortar el jamón—. Su mujer ha tenido un accidente.
C.L. perdió la sonrisa mientras Anna emitía un sonido de preocupación.
—Esa chica tan agradable, Maddie —dijo—. ¿Está bien?
—Se dio un buen golpe en la cabeza. —Henry clavó el tenedor en el jamón—. La pequeña está perfectamente. Ese tarado del chico de los Webster dio la vuelta a la esquina y chocó con ellas por detrás. Ella estaba parada en medio de la calle. Dijo que se había parado porque había un perro.
—Esa es Maddie, no hay duda —afirmó Anna—. No haría daño ni a una mosca. Le haré unas galletas.
—Me parece que le gustan las brownies —se oyó decir C.L.—. Yo se las llevaré.
Henry le lanzó una mirada penetrante.
—Pensaba que buscabas a Brent.
—Solo quería ser un buen vecino —dijo C.L. dándose de patadas—. Alguien tiene que asegurarse de que está bien. ¿Piensas comerte las patatas que quedan, Henry, o solo las vigilas por si acaso?
—Oh, cielos. —Anna se levantó para pasarle las patatas—. Henry, el chico está hambriento.
—Eso me temo —afirmó Henry.
C.L. no le hizo caso y comió. Iba a volver a la ciudad más tarde para buscar a Brent, pero no tenía ninguna intención de decírselo a Henry, porque Henry tenía una mente sucia.
—Conduce con cuidado cuando vuelvas a la ciudad esta noche —dijo Henry.
—Sí, señor —contestó C.L.


—Vamos a tener un perro —le dijo Em a Mel una vez que las dos estuvieron aposentadas en el sofá de Mel con galletas saladas y perritos calientes, la idea que Tres tenía de una comida equilibrada.
Mel abrió unos ojos como platos, con aprobación.
—¿Lo pediste? Genial.
Em asintió.
—Me olvidé de pedírselo a papá, pero mamá dijo que sí. —Recordó la cara de su madre cuando su padre y ella se fueron y notó que le costaba respirar—. Antes del accidente —añadió, con una voz que, incluso a ella, le sonó rara.
—Se pondrá bien —dijo Mel—. Tu papá lo ha dicho. Piensa en el perro.
—Iremos a la perrera —siguió Em, pensando «perrito, perrito, perrito» para alejar los malos pensamientos—. De esa manera salvaremos a un cachorro. Será mejor.
Mel asintió.
—Es una buena idea. ¿Puedo ir con vosotras?
Em asintió.
—Claro. —Podían ir todas, ella y Mel y tía Treva y mamá. Pensó en ella, en la expresión aturdida de sus ojos y en cómo estaba allí, tan cerca de su padre, temblando, en cómo se miraban los dos, como si se odiaran. «Perrito, perrito, perrito». Tragó con fuerza—. Cuando mi madre esté mejor, iremos. —Su madre iba a ponerse bien; todos lo decían—. Se pondrá bien. Las pastillas la han dejado atontada, pero se pondrá bien.
—Sería estupendo de verdad —dijo Mel, pasando a su humor optimista. Cuando Mel estaba de humor optimista podía ser agotadora, pero Em agradeció el esfuerzo—. Porque, ya verás, ahora que está herida, tu padre se acordará de lo mucho que la quiere y la cuidará y todo se arreglará.
—Se ha ido a la bolera —dijo Em, y se comió una galleta salada para no tener que mirar a Mel.
—Oh —murmuró Mel.
«Perrito, perrito, perrito, perrito, perrito...»

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:52 pm

Capítulo 4


Cuando Maddie se despertó a las nueve, el dolor había mejorado mucho. Ahora estaba localizado en la cabeza, lo cual le daba una parte de cuerpo a la que aferrarse. Bajó la escalera, a tientas, pero el teléfono sonó cuando estaba tratando de leer la etiqueta de sus medicinas y se lanzó a cogerlo antes de que sonara de nuevo y le hiciera papilla el cerebro.
—Maddie, soy mamá. ¿Estás bien?
—Sí, mamá.
No grites así, le habría gustado añadir.
—Ha venido Anna Henley para ver si estabas bien y así es como me he enterado del accidente. —El tono de voz indicaba a las claras que no estaba muy contenta—. ¿Estás bien?
—Sí, mamá.
Le estallaba la cabeza y tenía el cuello agarrotado.
—Ha dicho que te has dado un golpe en la cabeza y que no fue culpa tuya, sino de ese chico de los Webster, pero ya sabemos cómo son esos Webster, todos ellos. Gracias a Dios que no fue culpa tuya. No puedo creerme que no me llamaras. ¿Estás bien de verdad? ¿Quieres que vaya?
Maddie se encogió bajo aquel ataque.
—No. Estoy bien. No te preocupes. Estoy bien.
—¿Estarás bien para ir a ver a la abuela el domingo? Ya sabes cómo es. Lo entenderé si no puedes ir.
—Iré —dijo Maddie. Suponiendo que no siguiera al teléfono para entonces.
—No me parece que estés bien. Puedo ir ahora...
—No. Aunque quizá necesite tu coche esta semana.
—No hay problema. ¿Quieres que te lo lleve ahora? Todavía no es de noche. Puedo acercártelo...
—No. —Maddie se apretó la frente con la mano. Si su madre se presentaba allí, tendría que matarla. Era hora de crear una distracción—. ¿Qué es todo eso de que Gloria Meyer se va a divorciar?
—Es verdad.
Su madre había bajado la voz al decir «verdad», y Maddie supo entonces que la historia iba a valer la pena. Claro que también la historia de Maddie sería estupenda, cuando se supiera. Puede que Brent no me esté engañando, se dijo. Puede que esté diciendo la verdad y se trate solo de una broma pesada.
—Su marido anda diciendo que ella no quiere acostarse con él —siguió diciendo la madre de Maddie—. ¿Te lo imaginas?
Maddie pensó en Barry Meyer. En una ocasión, Treva lo había llamado pedazo de jabalí verrugoso y enclenque.
—Sí que puedo. Es fácil. Además, nunca corta el césped.
—Bueno, eso es lo que ella dijo. Que nunca hace nada en casa. Supongo que es un inútil. Pero... —Su madre bajó todavía más la voz cuando añadió—: También me han dicho que él cree que ella se ve con otro.
—¿Gloria? —Maddie trató de imaginar a Gloria y a Brent juntos. ¿Gloria con bragas sin entrepierna?—. Debe de ser el hombre de esa empresa de jardinería... ChemLawn.
—No sé quién es, pero me ha sorprendido mucho.
—A mí también —dijo Maddie—. No me cuesta nada creerme que Gloria no lo haga con su marido, porque me resulta difícil creer que lo haga con alguien.
Se sentó en el taburete al lado del teléfono, mirando el minutero del reloj. Si podía escuchar otros dos minutos, sería evidente que estaba bien y entonces podría colgar sin preocupar a su madre. Podía aguantar otros dos minutos antes de que se le cayera la cabeza.
—La gente es sorprendente —prosiguió su madre—. Justo cuando crees que de verdad conoces a alguien, van y hacen algo así.
—¿Así cómo? ¿Hablas del divorcio?
Voy a vomitar, pensó.
—No, como que Gloria tenga una aventura.
—Bueno, cuelga y ve a averiguar quién es él —dijo Maddie, rezando por que no fuera Brent—. No me puedo creer que estés malgastando el tiempo conmigo.
—Maddie, ¿cómo diablos quieres que lo averigüe?
—¿Cómo te has enterado de que no se acostaba con Barry?
—Él se lo dijo a su hermano, quien se lo dijo a su mujer, y ella se lo dijo a la hija de Esther.
Maddie cerró los ojos.
—Vale. ¿Cómo está Esther?
—Está bien. ¿Estás segura de que tienes bien la cabeza?
Ahí quedaba lo de distraer a su madre.
—Por favor, hablemos de Gloria y no de mi cabeza.
—No queda nada que decir de Gloria, aunque si quieres saber mi opinión, ella siempre ha sido igual. ¿Te acuerdas del instituto, cuando se puso histérica porque no la admitieron en la National Honor Society en tercer curso? Se puso a hiperventilar allí mismo, en el gimnasio.
—Eso me lo perdí. —Maddie se esforzó por recordar a Gloria en el instituto. Todavía más pálida que ahora, recorriendo los pasillos, pegada a las taquillas. El único momento en que Maddie había visto algo de color en sus mejillas era cuando pasaba Brent, el gran jugador de fútbol, el héroe del instituto. Debería haber dejado que Gloria se lo quedara—. Era tres años más joven que yo. Yo ya estaba en la universidad cuando ella hacía tercero.
—Bueno, fue todo un espectáculo, te lo aseguro. Aguantó la respiración y se puso azul, no es que fuera fácil darse cuenta, porque siempre ha sido un poco azul. Esa mujer no come como es debido. Pero es del tipo que siempre consigue lo que quiere. Esas criaturas pálidas y menudas que parece que vayan a salir volando como las pelusas de los dientes de león; a esas es a las que hay que vigilar.
—Cierto —dijo Maddie, guardándose la información para un uso futuro.
—Solo tienes que ver a Candace, la del banco.
Maddie pensó en Candace, la del banco, una rubia sana, inteligente, sensata, con los pies en el suelo, tonificada en el gimnasio que, probablemente, podría derrotar a la mitad de sus clientes en un pulso.
—Nunca había pensado en Candace como menuda.
—Bueno, no, es toda esa sangre alemana que tiene, pero ya sabes, sonríe y sonríe y ahí la tienes, directora de banco.
—Vale —dijo Maddie, sin entender nada—. No sé de qué me hablas.
—Bien, ¿de dónde viene? No del dinero. —La madre de Maddie bufó—. Por favor, era una Lowery. Y sin embargo, ahí está, a cargo de todo el banco, porque ya sabes que Harold Whitehead es un inútil. Solo lo llevan y lo sientan en aquel sillón por guardar las apariencias. Es ella la que lo dirige todo.
Maddie pensó en Candace, en el instituto, vestida con ropa que no era del todo adecuada, rompiéndose el culo a estudiar para conseguir una beca, avanzando sin hacer ruido a través de la confusión. Candace no había dejado que la ciudad la definiera ni la derrotara. A lo mejor tendría que usar a Candace como modelo.
—Mamá, Candace ha trabajado como una loca para llegar donde está.
—Lo sé. Pero nunca lo dirías por su aspecto, ¿verdad? Se hace la mosquita muerta.
—Pensaba que te gustaba Candace.
—Y me gusta —afirmó su madre—. Es una persona encantadora. Solo me asombra que una Lowery dirija el banco.
—Todo esto es demasiado confuso —dijo Maddie—. Tengo que colgar. Llámame si te enteras de algo bueno sobre Gloria.
—Ha contratado a Wilbur Carter para que le lleve lo del divorcio —añadió su madre—. ¿Te lo puedes creer? Esa mujer es más tonta que las piedras. Todo el mundo sabe que si quieres un abogado de divorcios decente, vas a buscarlo a Lima.
Maddie tomó nota mentalmente de hacerse con un listín telefónico de Lima. Ya iba a ser bastante malo que se divorciara; no quería ser más tonta que las piedras, además. Su madre tenía una reputación que defender.
—Voy a volver a la cama, mamá —dijo Maddie—. Cuídate y no te preocupes.
—Me preocuparé de todos modos —dijo su madre—. Me voy a quedar al lado del teléfono; si necesitas algo, llámame.
—Gracias, mamá. Te quiero.
—Yo también te quiero. Descansa un poco.
Debería ser más amable con esta mujer, pensaba Maddie mientras colgaba. Volvió a la cocina, llenó un vaso de agua y se tomó dos pastillas más contra el dolor. Luego salió al porche y se dejó caer en uno de los grandes sillones de mimbre para aspirar el sol del verano, pero lo único que consiguió oler fue el alquitrán del asfalto. El porche necesitaba una madreselva. Muchas madreselvas. En su cabeza, adornó las barandillas con enredaderas con flores de color amarillo pálido y forma de campanilla, mientras intentaba recordar cómo olían. Y trataba de olvidarse de su madre, de Em y de Brent, el único hombre con el que había estado desde el instituto.
El instituto. Días gloriosos. Como el día en que Howie cargó con la culpa de inundar los lavabos para que Brent pudiera jugar su primer gran partido. Aquel donde marcó un tanto y luego besó a Margaret Erlenmeyer. Debía haberlo tomado como pista, pero lo que hizo fue vengarse y acabó en el asiento de atrás del Chevy de C.L. en el Point, buscando pagarle con la misma moneda y encontrando... ¿qué? Bueno, no un sexo fabuloso, pero tampoco lo pasó mal. Lo que más recordaba era reír con C.L. El bueno de C.L. A lo mejor, Treva tenía razón. Podía acostarse con C.L. y desquitarse de Brent otra vez.
Conjuró la cara de C.L., del auténtico C.L., el que había visto por la tarde, no el borroso recuerdo del instituto. Parecía centrado y seguro de sí mismo y... de fiar. C.L. Sturgis era un ciudadano de fiar. Esa era buena. Aunque, por muy sólido que fuera, no iba a acostarse con él otra vez. Seguramente, C.L. no estaba tan desesperado en ese momento como cuando tenía diecisiete años, y luego estaba el hecho de que el adulterio no era su estilo. Su estilo era ser buena. Una buena chica. El adulterio era mala idea. Esperaba que C.L. se fuera de la ciudad pronto; ya tenía suficientes problemas.
El analgésico había hecho efecto y estaba atontada, pero el atontamiento era un cambio agradable respecto a la primera parte del día. Quizá ahora pudiera mirar el lado bueno. ¿Dónde diablos estaba el lado bueno?
En fin, por lo menos a Brent lo respetaban en la empresa de construcción. Era un buen vendedor. Y un buen padre. También era muy posible que fuera un hijo de perra embustero e infiel, pero ¿cómo podía dejarlo? ¿Cómo podía apartarlo de Em, excepto una noche a la semana y cada dos fines de semana? En especial, dado que iba tanto a la bolera. Tuvo una súbita visión de Em, calzada con unos zapatos muy pequeños, especiales para la bolera, buscando a su padre entre una multitud de hombres barrigones, con publicidad en las camisetas. No era una buena visión.
Pero quizá no jugara tanto a los bolos. Puede que Treva estuviera en lo cierto y esa noche no estuviera jugando a los bolos. Después de que sus pensamientos divagaran de un lado para otro, sin orden ni concierto, entró en casa y llamó a Treva por teléfono para que le prestara el coche, ya que no quería volver a vérselas con su madre tan pronto. Se puso Tres.
—Estoy haciendo de canguro de las pequeñajas —le dijo—. Mamá ha salido.
—No te preocupes, no tiene importancia —dijo y marcó el número de su madre después de todo—. Tengo que coger tu coche un rato —le dijo—. No será mucho tiempo.
Contestó con evasivas hasta que su madre se rindió y luego se fue, saludando a la señora Crosby al entrar en el camino.
Diez minutos después, Maddie aparcó el Accord gris de su madre junto a la bolera y cruzó el aparcamiento. Hizo la ronda dos veces, porque estaba un poco mareada debido a las pastillas, pero el Caddy de Brent no estaba allí. El pequeño Sunbird amarillo de Treva sí que estaba, delante de todo, lo cual la desconcertó un poco, y el viejo Saturn de Howie estaba aparcado en un rincón de la parte de atrás, cerca de un reluciente descapotable rojo que se parecía mucho al que llevaba C.L., pero el coche de Brent no se veía por ninguna parte. Bien. Así que había mentido. Vaya, pues qué sorpresa.
—Maddie.
Se dio media vuelta y escudriñó el oscuro aparcamiento. El señor Scott, el dueño de la bolera, estaba junto a la puerta delantera.
—He visto el coche de tu madre —le dijo—. ¿Necesitas algo? ¿Estás bien? Me han contado lo del accidente. ¿Te puedo ayudar?
—Estoy bien, señor Scott —mintió—. Gracias por preguntar, pero estoy bien.
Volvió a meterse en el Accord, antes de que él o cualquier otra persona pudiera preguntarle qué hacía. Era imposible hacer algo en secreto en Frog Point. No había nada secreto y la noche tenía miles de ojos.


Dentro de la bolera, C.L. estaba sentado con Vince a un extremo de la barra curva, acolchada con plástico naranja, observando la final de una escena que habría encontrado interesante si no hiciera desdichadas a dos personas que le caían bien. Al otro extremo de la curva de la barra estaba Howie Basset, un estupendo shortstop que C.L. recordaba con mucho respeto, sentado, separado por un asiento de su mujer, Treva Hanes, una fantástica animadora que C.L. recordaba como la mejor amiga de Maddie, y era tan evidente que los dos se sentían muy infelices que la ciudad entera hablaría de divorcio a la mañana siguiente.
—Siento mucho todo esto —dijo Vince, con la mirada fija en su cerveza—. Howie es muy buen tipo.
—Anota otra para Brent Faraday —dijo C.L. y Vince asintió.
—Capullo —dijo.
Después de pasarse todo el día probando metódicamente en todos los sitios donde Brent debería haber estado, C.L. lo había encontrado por pura chamba, jugando a los bolos en la pista de al lado de la de Vince, con su padre, Norman Faraday, el antiguo y honorable alcalde de Frog Point. Brent pareció sobresaltarse al verlo. C.L. le hizo un gesto de saludo y se sentó para ver cómo Vince conseguía una serie de semiplenos, ya que no tenía sentido tratar de preguntar nada a Brent con Norman por allí, para meter cuchara, y el cabrón no se iba a marchar hasta acabar la partida. Tres mujeres diferentes que C.L. conocía del instituto lo invitaron a una cerveza para darle la bienvenida a casa, y cuando la tercera se fue, Vince dijo:
—Estás empezando a darme envidia, tío.
—No es mi tipo —afirmó C.L., sin dejar de mirar a Brent con el rabillo del ojo.
—Todos sabemos cuál es tu tipo —replicó Vince—. Está casada.
C.L. no le hizo ningún caso y siguió observando a Brent y a su padre. Durante la siguiente media hora, Norman llamó a varias personas y comentó en voz muy alta el regalo que su hijo sería como próximo alcalde de Frog Point. Brent estrechaba manos, pero también rechazaba con la cabeza todas las propuestas.
—No —lo oyó decir C.L. más de una vez—, no estoy interesado en presentarme, gracias de todos modos.
Imperturbable, Norman despedía a quien fuera y llamaba a otro tipo para hablar de su hijo, el próximo alcalde. Si a C.L. no le hubiera caído mal Brent, habría sentido lástima por él.
Cuando Brent y su padre se retiraron al bar al final del juego, C.L. los siguió con Vince. Mientras bebían sus cervezas, observaron la discusión que tenían los Faraday, con Brent más acalorado cada vez, mientras seguía haciendo gestos negativos con la cabeza y Norman seguía haciendo caso omiso de él, dejando que todas las negativas de Brent le resbalaran por encima.
—Justo lo que necesitamos, otro Faraday como alcalde —masculló Vince—. Dos capullos, padre e hijo.
—No parece que Brent quiera hacerlo —comentó C.L.
—Norman opina que el cargo tendría que ser suyo, y puedes apostar a que Helena también. Si los dos quieren, Brent lo hará. Será alcalde. El capullo.
Entonces Norman se marchó y C.L. se levantó para hacer su jugada, solo para sentarse de nuevo y ver cómo Howie Basset se levantaba de un asiento en el rincón y se sentaba junto a Brent.
—Esto podría ser bueno —dijo Vince—. He oído rumores.
—Tú y toda la ciudad. Este sitio vive de rumores. —C.L. intentó estar por encima de todo aquello, pero la curiosidad pudo más que él. Después de todo, se suponía que estaba investigando. Investigar no era cotillear—. ¿Qué rumores?
—Problemas en la empresa de construcción —informó Vince—. Algo raro con el dinero. O eso me han dicho. Y si es verdad, no es Howie el que está metido en algo sucio.
—No, él no haría nada sucio,
C.L. había jugado a béisbol con Howie, sin llegar a conocerlo bien, pero Howie jugaba duro y limpio. Y ahora estaba furioso de verdad, acribillando a Brent a preguntas. C.L. vio cómo las emociones aparecían y desaparecían de la cara de Brent mientras trataba de hacerse el bravucón, luego razonar y después apartarse de Howie. Este hablaba en voz baja, pero su apasionamiento bastaba para atraer unas cuantas miradas.
Entonces entró la esposa de Howie y tocó a Brent en la espalda.
—Te estaba buscando —le dijo con malicia.
Más cabezas se volvieron para ver cómo se ponía blanca como el papel cuando Brent se movió y ella vio a su marido sentado detrás de él.
—Bueno, pues ahora que me has encontrado, puedes hablar con tu marido, en lugar de conmigo —dijo Brent, y tiró unos cuantos billetes encima de la barra antes de marcharse—. Que os divirtáis.
Treva se dejó caer en el asiento más cercano, dejando un espacio vacío entre Howie y ella.
—Mierda —exclamó Vince, y C.L. se quedó observándolos, compasivo y horrorizado, unos segundos, antes de abandonarlos para ir tras Brent.
No lo encontró. El aparcamiento rodeaba la bolera por los cuatro lados, y aunque C.L. hizo todo el circuito alrededor del edificio, era evidente que había empezado en la dirección equivocada. Brent debía de haberse largado a toda prisa y con Norman, Howie y Treva pegados a sus talones, C.L. entendía por qué.
Lo que C.L. no podía entender era cómo podía haberse pasado todo un día buscando a Brent en Frog Point sin encontrarlo. Era como si aquel hombre supiera que él lo andaba buscando y estuviera eludiendo el enfrentamiento. Y eso no auguraba nada bueno para la inversión del prometido de Sheila.
C.L. volvió a entrar y se sentó al lado de Vince.
—¿Lo has encontrado? —preguntó Vince.
—¿A quién?
—A Brent —dijo Vince haciendo acopio de paciencia—. Al tío que has estado persiguiendo por toda la ciudad, C.L. ¿Lo has encontrado?
—No —contestó C.L.—. Cuéntame qué está pasando en la empresa de construcción.
—Henry sabe que estás preguntando esto, ¿eh? —La cara pecosa de Vince parecía desconfiada—. No es algo que estés haciendo solo para molestar a ese capullo, ¿verdad? Porque si es así, igual te ayudaré, pero tendré que ir con cuidado porque a Henry no le gustaría.
—Henry lo sabe. —C.L. observó que Treva se inclinaba hacia Howie, suplicándole. Su cara era suficiente para romper el corazón de cualquier hombre, a menos que estuviera engañando a Howie, tirándose a Brent, en cuyo caso podía arder en el infierno, por lo que a él le importaba—. ¿En qué anda metido Brent? —preguntó a Vince.
—Dottie Wylie dice que la compañía la estafó con la casa que le construyeron el año pasado.
C.L. transfirió toda su atención a Vince.
—¿Cómo? ¿La casa no estaba bien hecha?
—No era eso —dijo Vince, frunciendo el ceño—. Howie construye buenas casas. Construyó la mía. Dottie dice que pagó demasiado. Y en la compañía es Brent quien se encarga del dinero. Hace el presupuesto, vende las casas y se ocupa del papeleo. Howie es constructor, pero Brent... —Vince entrecerró los ojos, buscando la palabra acertada—. Brent es un intermediario; no me gustaría comprarle un coche de segunda mano. Una casa construida por Howie, seguro, pero un coche usado a Brent, ni hablar.
C.L. trató de hacer que la información encajara en el problema de Sheila. La empresa no era deshonesta porque Howie estaba allí y el producto era bueno porque era Howie quien lo construía. Pero todo lo relativo al dinero era competencia de Brent, y el Stan de Sheila estaba a punto de darle doscientos ochenta de los grandes a alguien en quien Vince no confiaba. Si Vince no confiaba en él, es que había algo malo. Considerando los comentarios de Henry y Anna durante la cena, C.L. sabía que había averiguado lo suficiente. Lo único que tenía que hacer era llamar a Sheila y decirle que impidiera que Stan siguiera adelante.
Pero todavía no. Sería justo hablar primero con Howie. Sheila estaba en contra, porque, según ella, el acuerdo era entre Stan y Brent, pero Howie tenía derecho a saber qué estaba pasando, ya que también era su empresa. Howie era un hombre razonable que miraría cómo estaban las cosas y pararía a Brent, quizá incluso pusiera en evidencia lo cabrón que era.
Salvo que en aquel momento, Howie no parecía nada razonable. Parecía una mula enfurecida.
—Tengo que hablar con Howie Basset—dijo C.L.
—Yo esperaría a mañana —le aconsejó Vince.
Al otro lado, Treva se inclinaba hacia Howie, con la cara tensa, y C.L. se sintió lleno de compasión hacia ellos. Cuando Treva se rindió y se marchó, C.L. se sintió todavía peor. Eran muy buenas personas. No deberían estar como estaban. Algo más por lo que tendría que pagar Brent Faraday. Algo más añadido a lo que hubiera hecho para que Maddie tuviera un aire tan triste.
Sobre todo, C.L. pensaba que Brent iba a tener que pagar por Maddie.


Maddie dio vueltas por la ciudad durante otra hora, recorriendo los aparcamientos de los bares locales y del único motel de Frog Point, buscando el Caddy de Brent y sintiéndose como el estereotipo de la esposa engañada. Finalmente, aparcó a un lado de la carretera y se obligó a pensar. ¿Adónde iría si quisiera estar sola con alguien que no fuera Brent? Tendría que ser un sitio donde no la viera nadie de Frog Point. Había sido una tontería recorrer los bares; serían el último sitio al que iría Brent. Debía de haber sido cuidadoso en extremo, ya que nadie se había enterado de que la estuviera engañando. Tendría que ser un lugar donde nadie más pudiera llegar.
Lo cual solo dejaba el Point. Casi había olvidado que en un tiempo todos iban al Point a pegarse un lote, porque ya no lo hacían. Brent y Howie habían bloqueado la carretera cuando levantaron la empresa de construcción al pie de la colina, y solo hacía un mes, habían puesto un vigilante de noche. Esto significaba que, para todo el mundo, el Point como lugar de orgías al aire libre era historia.
Para todo el mundo menos para Brent. Bailey, el guardia de noche, echaría a cualquiera que fuera allí a besuquearse, pero reconocería el coche de Brent y lo dejaría pasar. Sin embargo, no reconocería el Accord de la madre de Maddie. La detendría e intentaría convencerla de que no fuera hasta allí y al día siguiente toda la ciudad sabría que Maddie había tratado de perseguir a Brent hasta el mismo Point.
Tendría que encontrar otra manera de llegar.
Se alejó de la ciudad, hasta que estuvo a unos cien metros más allá del camino de entrada a la empresa y aparcó fuera de la carretera, debajo de las pesadas y crujientes ramas de los olmos que bordeaban la cuneta. El bosque entre la carretera y el Point era espeso y enmarañado, pero no impenetrable. De pequeña, iba allí a buscar setas con sus abuelos. Cuando era adolescente, de allí era de donde había sacado la mayoría de su colección de hojas para la clase de biología del instituto. Ahora podría pillar a su marido cometiendo adulterio allí. Sintió frío al pensarlo, aunque el calor seguía apretando. Tengo que saberlo, pensó. Tengo que estar segura antes de joderle la vida a Em.
Lo malo de aquel bosque tan espeso era que tenía que abrirse paso entre un montón de arbustos y las ramas tendían a volver atrás y golpearla, arañándole las manos y enredándosele en el pelo. Lo bueno es que siempre había algo en que apoyarse. El suelo era esponjoso, cubierto con un mantillo de hojas que olía a turba cuando lo levantaba con los pies, y el relieve de sus deportivas pronto se llenó de tierra, haciendo que resbalara de vez en cuando. Los grillos chirriaban frenéticos, excitados por el calor, y producían ritmos sin fin. Conforme se acercaba al Point, la brisa agitaba las flores silvestres y el dulce olor de las madreselvas hizo retroceder a Maddie veinte años. Recordaba la madreselva, los grillos, el calor y también que había luna. Y sobre todo que estaba C.L. en el asiento de atrás del Chevy, abrazándola y haciéndola reír mientras intentaba desabrocharle el sujetador.
Llegó al final del bosque y se detuvo, oculta detrás de un árbol, para mirar al espacio abierto y con el suelo de grava de Frog Point.
El coche de Brent estaba allí.
Maddie se apoyó en un árbol; toda su energía había desaparecido junto con su incertidumbre. Ahí quedaba la teoría de Brent de que las bragas eran una broma pesada. La luna, en creciente, iluminaba débilmente el asiento delantero y podía ver cómo Brent asentía con la cabeza mirando a quienquiera que estuviera en el asiento del pasajero. Por la manera en que se movía, sabía que estaba hablando, discutiendo, y se inclinó hacia delante para ver mejor. La cabeza que había frente a Brent dejó de moverse, como si la persona hubiera visto algo por detrás de Brent, fuera del coche, y Maddie retrocedió por si acaso ese algo era ella.
Brent abrió la puerta y su pasajera hizo lo mismo con la suya. Entonces Maddie vislumbró unos cabellos pálidos por encima del coche, antes de que los dos subieran a la parte de atrás. No era Beth, la pelirroja, así que se trataba de una mujer nueva. Quienquiera que fuera no debía de haberla visto o se lo habría dicho a Brent. Ahora Maddie apenas veía el contorno de sus dos cabezas, y luego ya no pudo verlas en absoluto y comprendió que estaban echados en el asiento.
El muy hijo de perra.
¿Qué pasaría si fuera hasta allí y abriera la puerta? Solo ir hasta allí, abrir la puerta y decir algo grosero como: «¿Quieres explicarme otra vez esa broma de las bragas?». Eso era lo que haría Treva. Pero Treva nunca tendría que hacerlo. Treva estaba casada con Howie, el marido perfecto. Era Maddie la que cargaba con Brent. Maldito Brent... Pensó en la cara que pondría si abriera la puerta de golpe, en la cara de la mujer, quienquiera que fuera. Por lo menos si cruzaba el claro y abría la puerta, sabría quién era la dueña de aquellas asquerosas bragas. Maldita sea, la situación no requería buenos modales.
Hazlo, se dijo, y dio un paso hacia el coche. Entonces algo se movió entre los árboles al otro lado, y Maddie volvió a retroceder y entrecerró los ojos, tratando de ver en la oscuridad. Tal vez era un ciervo. Lo que fuera era alto. Se inclinó un poco hacia delante, esperando hasta ver que algo se movía de nuevo. Sin duda, alto. Un bigfoot, tal vez, o el asesino en serie en el que había pensado cuando le abrió la puerta a C.L. Dos cosas imposibles en Frog Point, pero también lo era todo el día que había tenido, en especial el preciso momento que estaba viviendo.
Esperó todo un minuto, hasta estar casi segura de que se lo había imaginado y entonces, justo cuando estaba a punto de avanzar de nuevo, un hombre apareció en el claro y avanzó en dirección al coche, mirando hacia dentro mientras guardaba sus distancias. Bailey, el guardia nocturno. Maddie se dejó caer de nuevo contra el árbol, demasiado cansada para ponerse a reír o llorar. Pues claro que Bailey iría a mirar. ¿Qué otra cosa se podía hacer allí por la noche? Y si se hubiera quedado entre los árboles un par de minutos más, podría haber visto cómo ella abría de golpe la puerta del coche de Brent y montaba un jaleo como no se había conocido nunca en Frog Point. Y se conocería en todo Frog Point para cuando Bailey hubiera acabado con ello.
Bueno, pues esperaría hasta que volvieran a salir del coche.
Las sombras del asiento trasero empezaron a moverse y Maddie cerró los ojos. Estaban haciéndoselo, mientras Bailey miraba y ella esperaba. Era demasiado. Se volvió de espaldas y se dejó caer hasta quedar sentada en la base del árbol en el que había estado apoyada. Solo quería echar una buena mirada, solo quería que Bailey se fuera, solo quería irse a casa. Allí estaba, sentada en un mantillo de hojas mientras su marido follaba con otra mujer. La idea la puso enferma. De todos modos, ¿qué importancia tenía quién fuera aquella mujer? No tardaría en saberlo, cuando dejara a Brent. Y lo iba a dejar. Eso era lo único que importaba. Iba a dejarlo.
Al diablo con todo. Maddie se levantó. Ya había tenido suficiente por un día, sin servirle de entretenimiento a Bailey, encima. Brent tendría que volver a casa, antes o después, y entonces podría montarle un escándalo en privado. Lo importante era que ahora lo sabía. Ahora ya no importaba lo estúpida que él la hiciera sentir con sus estúpidas explicaciones. Ahora lo sabía.
Empezó a regresar hacia el coche. El camino de vuelta era mucho más rápido, aunque resbalaba en el mantillo. Cuando estuvo de nuevo en el coche, se quitó los zapatos embarrados y los dejó en el suelo, en la parte de atrás, encima del periódico que su madre tenía allí para poner los paraguas y cualquier otra cosa que pudiera dejarlo todo hecho un asco. Lo menos que podía hacer era no dejar la vida de su madre hecha un asco. Luego se sentó en el asiento del conductor y se recostó en el respaldo, con la cabeza martilleándole de dolor al pasársele el efecto del analgésico.
Oh, mierda, pensó, mierda y mierda. Luego puso el coche en marcha y se dirigió a su casa.


C.L. estaba medio dormido dentro de su coche, aparcado delante de casa de Maddie, cuando ella entró en el camino de acceso a las once y media. No le gustaba la casa —era de un bonito color azul, con postigos blancos y un amplio porche, pero Brent vivía allí— y el barrio era tan de Frog Point que ya había visto a varios vecinos que lo miraban desde detrás de las ventanas. Cuando llegó el coche, estaba a punto de gruñir como un perro. Entonces vio salir a Maddie del coche y su rabia se evaporó. La luz de las farolas hacía que el jardín de delante estuviera ligeramente iluminado, en lugar de totalmente a oscuras, pero no podía verle la cara cuando ella vaciló y tuvo que apoyarse en el coche.
Estuvo a punto de ir hasta ella. Si había alguien en el mundo que no debía estar herida y sola era Maddie. Sin avisar, el recuerdo de la escuela que Anna había sacado a relucir antes volvió con fuerza y con absoluta claridad.
Fue en la última semana de escuela, al final de quinto curso, en el polvoriento patio de la Escuela Elemental Harold G.Troop. Al recordarlo, C.L. volvió a notar el polvo en el aire y la sangre en la boca. Acababa de zurrar a Pete Murphy por llamarlo asqueroso y estaba huyendo, seguro de que la señora Widdington iba a trincarlo, pero escapando de todos modos, esperando contra toda esperanza que se olvidaría antes de que sonara la campana de mediodía. Dobló la esquina para esconderse en la escalera de incendios de hierro negro y se encontró cara a cara con Maddie Martindale, una de las tontas chicas de sexto que se creían tan importantes. Empezó a marcharse, sin que ella lo viera, pero luego se quedó, atrapado a su pesar.
Maddie estaba sentaba unos seis peldaños por encima del suelo en una de las escaleras de incendios y parecía algo salido directamente de un catálogo de Sears. Tenía el pelo castaño recogido hacia atrás, en una brillante cola de caballo con un gran lazo rojo, y llevaba un vestido rojo, de cuadros escoceses, con un ancho cuello blanco, tan blanco que relucía al sol. C.L. recordaba que se había limpiado la sangre de la boca con el dorso de la mano, mientras con la otra trataba de limpiarse algo de polvo de la camisa desgarrada. Tenía las manos tan sucias por la pelea que lo que hizo fue ensuciarla más todavía, y su mirada había ido de sus manos a las de ella, con las uñas pintadas del mismo color rojo intenso que el vestido. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo iba mal, porque ella estaba haciendo saltar el esmalte del pulgar de la mano derecha, dejándolo con manchas de color rosa.
—¿Qué te pasa? —preguntó, frotándose de nuevo las manos, esta vez en los pantalones, avergonzado de su propia suciedad y furioso por sentirse avergonzado.
Ella lo miró, con unos ojos secos e hinchados.
—Mi padre ha muerto.
Incluso para C.L., rey del «Y a mí qué», esto tenía importancia. Claro que también su padre había muerto, ya hacía mucho tiempo, mucho antes de que él pudiera recordar.
—¿Cuándo? —preguntó.
—El martes.
El contó hacia atrás. Era lunes. Seis días.
—Qué mal —dijo. Luego, sintiendo que quizá fuera necesario decir algo más, añadió—: Lo siento.
Ella asintió y siguió haciendo saltar el barniz de las uñas y a él le acometió el deseo de hacer algo más. Maddie era tan luminosa y brillante que alguien tenía que hacer algo para que se sintiera mejor. Hundió las manos en los bolsillos, pero lo único que encontró fue un pedazo de chicle Juicy Fruit. Hasta el envoltorio amarillo estaba sucio.
Levantó la vista y vio que ella lo miraba.
—Toma —dijo, y le dio el chicle.
Ella lo cogió con cuidado y parecía tan sucio entre sus dedos que le dieron ganar de quitárselo de nuevo y echar a correr. Pero antes de que pudiera moverse, ella le quitó el envoltorio, primero el papel amarillo y luego el papel de plata, separándolo lentamente del pegajoso chicle. Luego partió el chicle en dos y le tendió la mitad.
Él se tragó el nudo que se le había formado en la garganta y lo cogió, y cuando ella le hizo sitio en la escalera, se sentó a su lado, con cuidado de que su camisa sucia no tocara la manga de Maddie. Empezaron a mascar chicle juntos, allí al sol.
Posiblemente, fue el mejor momento de sus diez años de vida.
Fue entonces cuando apareció la señora Widdington.
—C.L. Sturgis... —le gritó, pero se interrumpió al ver con quién estaba—. Hola Madeline —dijo, con voz suave y agradable—. ¿Cómo estás?
—Bien —dijo Maddie.
—Vaya... Eso está bien. —Durante unos momentos, la vieja Widdy pareció ridícula y luego se volvió hacia él—. Ven conmigo, jovencito —dijo con voz asesina de nuevo.
C.L. Pensó en echar a correr y descartó la idea. Maddie estaba mirando. Se levantó, todavía con cuidado de no rozarla, y bajó la escalera para enfrentarse a su destino.
Widdy lo agarró por el cuello de la camisa y empezó a llevárselo de allí, pero se detuvo después de unos pasos y se volvió hacia Maddie, con el puño incrustado debajo de la oreja de C.L., mientras hablaba.
—¿Necesitas algo, Madeline? ¿Quieres algo?
Él miró hacia atrás por encima del hombro, atrapado en la presa de Widdy y Maddie asintió.
—Sí —dijo—, quiero que ese chico se quede conmigo.
Después de un momento de sorpresa, Widdy dijo que lo sentía pero que no, que era malo, y lo arrastró hasta el despacho del director, donde lo habían zurrado para enseñarle a no pegar a los demás, pero no le había importado nada de nada porque Maddie había dicho: «Quiero que ese chico se quede conmigo».
Pero ahora no lo decía. Vio que andaba, lentamente, con cuidado, desde el coche hasta el porche y quería acudir a su lado. No debía estar sola. Pero tampoco debía estar sola con él. La gente hablaría; probablemente ya estaban acechando. Y Henry lo despellejaría vivo. Estaba pensando en ir a la granja a buscar a Anna cuando Maddie se apoyó en la barandilla del porche, como si no pudiera seguir moviéndose. Entonces, salió del coche.
—Maddie —llamó, y ella se volvió, mientras él subía por el camino—. Estaba esperando a Brent. ¿Estás bien?
—Oh. —Su voz sonó apagada y débil—. Pensaba que podías estar acechándome. Ha sido un día de esos.
—Bueno, ya casi se ha acabado —dijo, intentando sonar alegre—. Solo falta media hora para medianoche. —Ella se tambaleó por un momento, y C.L. alargó el brazo para cogerla por el codo y sujetarla, y entonces se dio cuenta de que iba descalza y su vulnerabilidad lo dejó fuera de combate—. ¿Estás bien? —preguntó, acercándose para ayudarla a llegar hasta el porche, pero ella se dejó caer contra él, así que le rodeó los hombros con el brazo para sostenerla y notó que el corazón empezaba a latirle todavía más deprisa. Aquello iba mal—. Maddie, ¿quieres que llame al médico?
Ella negó con la cabeza una vez, con la frente apoyada en su pecho y, al hacerlo, sus rizos le rozaron la barbilla. Eran tan suaves que se rindió y la rodeó con ambos brazos y la abrazó, deseando mantenerla a salvo y también, traicioneramente, deseándola, simplemente.
—Lo siento, Mad. No sé qué te está pasando, pero no me gusta nada. ¿Qué puedo hacer?
Ella soltó un largo y tembloroso suspiro.
—Bueno, para empezar no seas amable conmigo o te inundaré de lágrimas.
—No te preocupes —dijo, aunque odiaba que las mujeres lloraran. Estaba bien. Ella podía llenarle la camisa de mocos si quería, siempre que pudiera seguir abrazándola—. Adelante. Berrea.
Ella se apretó más contra él por un momento y él reaccionó estrechándola con más fuerza.
—¿Te das cuenta de que estamos en medio de mi jardín? —dijo Maddie con una voz casi normal—. Toda la calle nos puede ver. —Ella levantó la cabeza, él vio una sonrisa llorosa y el corazón le dio un vuelco—. Esto va a arruinar tu buen nombre.
—Maldita sea —respondió C.L., tratando de hacerlo con un tono ligero—. Con lo que me apreciaban hasta ahora.
—Yo te aprecio —dijo ella, y a él se le olvidó respirar por un segundo. Maddie aprovechó ese segundo para apartarse de él y C.L. se sintió más vacío de lo que podría haber imaginado—. Gracias, C.L. —dijo—. Necesitaba no sentirme sola durante un minuto.
—No estás sola. —Pensó en raptarla, llevársela a Anna y asegurarse de que nunca más fuera tan infeliz. Pero estaba el impedimento de Brent, y se recordó que Maddie tenía una hija y que era demasiado tarde para ellos—. Cuídate, Mad —dijo mientras daba media vuelta para marcharse—. Chilla si necesitas algo.
—Gracias —dijo ella suavemente, y aquella palabra lo siguió por el camino.
Cuando llegó al coche, ella ya había entrado en casa.
Se quedó sentado y vio cómo se apagaban las luces de la casa, y se esforzó por pensar en cosas no excitantes mientras todo su ser suspiraba por ella. Tenía que irse de allí.
C.L. puso el coche en marcha. Al día siguiente encontraría a Brent. Aquel hijo de perra no podía esconderse de él para siempre. Y luego se marcharía, por mucho que Frog Point necesitara un contable.


El viernes por la mañana llegó demasiado pronto. Maddie se dio media vuelta en la cama y lo lamentó. Parecía que la cabeza le iba a estallar y la idea de abrir los ojos le resultaba insoportable, pero los entreabrió de todos modos. El sol jugó a los dados con su cabeza, así que le costó un minuto antes de poder mirar al lado de Brent en la cama. No había dormido allí o sea, que había ido a casa y se había marchado mientras ella dormía hasta eliminar el efecto de la doble dosis de analgésicos que se había tomado antes de acostarse. Oía la radio de Em en el piso de abajo, así que él la había llevado a casa la pasada noche, probablemente dormida como un tronco, tal como había prometido. Pero Brent se había ido. El rey del escaqueo...
Bueno, por lo menos podía depender de que él nunca iba a estar por allí. Había mucho que decir a favor de la fiabilidad. Había leído en algún sitio que las mujeres y los niños maltratados podían soportar casi cualquier cosa siempre que los abusos fueran regulares. Si no seguían un patrón, se hacían insoportables. Bien, pues Brent era regular. Si se quedaba con él, sabía que la engañaría, pero también sabía que no la abandonaría. Muchas mujeres vivían con eso.
El futuro se extendió ante ella, lleno de rabia contenida, rígido de dolor silencioso, solitario para siempre, sin ninguna oportunidad de volver a sentir calidez. Cerró los ojos y pensó en C.L. rodeándola con sus brazos la noche anterior, diciéndole que no le gustaba verla triste. Era casi un desconocido y, sin embargo, había sido más reconfortante que Brent en los cinco últimos años. Y así sería el resto de su vida si se quedaba.
A la mierda, se dijo, y se levantó decidida a luchar.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:53 pm

Capítulo 5


Maddie, quieta frente a los rayos de sol que entraban en la cocina, se tragó los analgésicos de la mañana. Le dolía todo el cuerpo y no solo por el accidente. Llevaba en tensión —miró el reloj e hizo unos cálculos rápidos— veintidós horas, desde que había encontrado aquellas malditas bragas. Veintidós horas reuniendo fuerzas para lo inevitable. Bueno, lo inevitable ya había llegado y no tenía sentido quedarse allí reuniendo fuerzas.
Necesitaba un abogado de divorcios.
Pero nadie de Frog Point. Nadie iba a decir que era más tonta que las piedras. El problema era conseguir un nombre en Lima. Conocía personas que se habían divorciado, pero no sabía cómo lo habían hecho. Y además, no quería cualquier abogado, quería un tiburón, alguien que le asegurara la custodia de Em, que se asegurara de que no quedaba como una estúpida. ¿A quién conocía que hubiera conseguido un buen divorcio? A nadie. A nadie le iba bien con un divorcio. Pensó en Em y cerró los ojos. Piensa, se ordenó.
Su madre había dicho que Sheila Bankhead le había sacado a C.L. todo lo que tenía. No le había parecido que estuviera en la miseria cuando apareció en su puerta; de hecho parecía desbordar éxito, pero llevaban muchos años divorciados y puede que hubiera tenido tiempo de recuperarse.
Sacó el listín de Frog Point del cajón de debajo del teléfono y pasó las hojas de la B, observando cómo las páginas temblaban al volverlas. Ya basta, les dijo a sus agitadas manos, y entonces encontró el número de Sheila y lo marcó, respirando hondo varias veces hasta que esta contestó.
—¿Sheila? Soy Maddie Faraday —No hubo respuesta, así que insistió—. ¿Sheila?
—Oh, perdón —La voz de Sheila llegó por el hilo, desconfiada—. ¿Maddie Faraday?
—Fuimos juntas al instituto. —Maddie se sentía como una tonta—. Soy...
—Sé quién eres —la interrumpió Sheila—. Es solo que estoy... sorprendida.
Maddie apartó una silla de la mesa de cocina y se sentó, porque seguir de pie le exigía demasiada energía y la necesitaba para aquella llamada telefónica.
—Ya sé que no éramos muy íntimas y no querría molestarte, pero necesito que me aconsejes.
—¿Que yo te aconseje? —La voz de Sheila subió de tono—. ¿Tú necesitas que yo te aconseje?
Maddie dejó de lado el tacto, porque parecía que solo confundía las cosas.
—Necesito el nombre de un buen abogado especializado en divorcios, Sheila. ¿Conoces alguno bueno?
—Pero ¿te vas a divorciar? —La voz de Sheila alcanzó casi un do mayor.
—Oh, no —dijo Maddie—. Es para mi vecina de la casa de al lado.
—Ah, sí. Gloria Meyer. Pensaba que tenía a Wilbur Carter.
—Mi madre dijo que no era buena idea —aclaró Maddie, contenta por decir la verdad, finalmente.
—Tu madre tiene razón —afirmó Sheila—. Dile a Gloria que lo que necesita es a Jane Henries. Fue fantástica con mi divorcio. C.L. ni se enteró de lo que le había caído encima. Está en Lima. Espera. Me parece que todavía tengo su número.
Veinte minutos después, Maddie tenía abogada.
—¿Maddie Faraday? —dijo Jane—. Su marido tiene una empresa de construcción de Frog Point.
—Una parte —aclaró Maddie.
—Tengo familia ahí. Mi sobrino ha estado en su clase de arte. ¿Y quiere divorciarse?
—Sí, gracias. —Maddie no estaba segura de qué relación había entre arte y divorcio, pero ya estaba demasiado metida en el asunto para dar marcha atrás—. ¿Me puede ayudar, señora Henries?
—Por todos los demonios, claro... —Maddie oyó que se reía—. Llámame Jane. Hoy tengo el día completo, pero puedes venir el lunes...
—El lunes me va bien...
—... y entretanto hazte con todos los informes económicos que puedas encontrar para que yo sepa detrás de qué vamos...
—Solo quiero la custodia...
—... y no pasemos nada por alto. Hablamos de diferencias irreconciliables, ¿verdad?
—Sí —respondió Maddie—. Irreconciliables. Lo quiero muerto.
Jane Henries se rió de nuevo.
—En eso no puedo ayudarte, pero tráeme los informes y puedo arruinarlo por ti. A veces, eso es incluso mejor.
—No quiero arruinarlo... —empezó Maddie.
—Pues claro que sí. Tienes una hija que querrá ir a la universidad. Él se casa y forma otra familia, y entonces ¿dónde dejará eso a tu hija?
—Él no...
—Claro que sí. Tráeme esos informes.
Brent no dejaría de cuidar de Em. No lo haría. ¿O sí?
—De acuerdo —dijo Maddie—. Lo que tú digas.
—Bien —aprobó Jane—. Sigue pensando así.
Cuando Em bajó la escalera quince minutos después, Maddie estaba sirviendo leche en los vasos de los Picapiedra, midiéndola a ojo para que quedara a casi cuatro centímetros del borde, lo suficiente para darle a Em una adecuada cantidad de calcio, sin darle una ocasión demasiado buena de verterla por toda la mesa. Era algo en que concentrarse que no fueran informes económicos, abogadas y divorcios ni preguntarse cómo se las iba a arreglar para enviar a Em a la universidad si Brent tenía otros hijos con alguna mujer que llevaba bragas de encaje negro, así que le dedicaba toda su atención a la tarea.
Em se deslizó en la silla y miró a Maddie por encima de la montura de las gafas, con ojos vigilantes.
—¿Cómo te encuentras?
—Muy bien —dijo Maddie con el tono más alegre que pudo encontrar. El desayuno no era el momento para decirle a una niña que estaba a punto de convertirse en la hija de unos divorciados—. Estupenda.
—¿Todavía te duele la cabeza?
—No —mintió Maddie—. Las pastillas se encargan de todo.
Em soltó el aliento, aliviada y dejó caer los hombros.
—Qué bien. Tengo hambre.
Maddie le puso la leche delante.
—¿Qué tal anoche?
—Vimos películas. —Em arrastró la silla hasta la mesa—. Creemos que la señora Meyer es un vampiro.
Maddie enarcó una ceja, mirándola. ¿Gloria, un vampiro?
—Ni soñarlo. ¿Cómo quieres los huevos?
—Escalfados, con queso, por favor.
Maddie se volvió hacia el microondas y se detuvo.
—Lo había olvidado. Está estropeado. Luego iremos a comprar otro. ¿Segunda opción?
—Revueltos. —Em entrecerró los ojos—. No son solo los dientes. Son las uñas. Y los ojos. Parecen uvas. Y está muy pálida porque nunca sale mucho durante el día. Solo por la noche.
Maddie cogió un cuenco azul del armario y dos huevos del frigorífico, admirando lo bonita que quedaba la redondez azul y blanca contra el amarillo de la encimera. Mucho mejor que el negro. Cascó los huevos dentro del cuenco y los batió con un tenedor mientras pensaba en Gloria. De todas las personas del mundo entre las que Em y Mel podían escoger para jugar a los vampiros, Gloria era la menos probable, pero también era cierto que Gloria estaba resultando ser el iceberg de Frog Point, nueve décimas partes bajo la superficie.
Con todo, chupar sangre estaba fuera de cuestión. Por lo que le habían contado el día anterior, las posibilidades de que Gloria chupara algo eran de cero.
—No la veo en el papel, Em.
Cogió la leche y puso un poco en el cuenco antes de empezar a batir de nuevo.
Em cogió su vaso.
—Apuesto a que en su casa no hay espejos. Siempre sale de noche y sé a quién busca. A papá.
Maddie dejó de batir.
—¿Qué?
Em asintió, sin quitarle ojo a Maddie.
—A papá. Sale por la noche y espera a que él salga al jardín. Entonces lo llama. A veces, él se para, pero no parece contento. Sabe que es un vampiro. —Em metió el dedo en la leche y la removió, formando remolinos azules y blancos; a pesar de todo, no apartó los ojos de Maddie—. Pero no te preocupes, sé cómo ocuparme de esto. Ajos, agua bendita y una estaca clavada en el corazón.
Maddie puso una sartén al fuego, vertió los huevos dentro y esperó hasta que la masa transparente se convirtiese en amarillo crema antes de hablar.
—Me parece que lo único que tenemos es ajo en polvo.
Em lo pensó un poco.
—Podría disolverlo en agua bendita.
—No tenemos agua bendita. —Cuando los huevos estuvieron hechos, los puso en un plato y se quedó admirando el delicado color amarillo junto a la porcelana azul. Bonito. Si la Otra Mujer era Gloria, le envenenaría el césped—. ¿Qué vídeo visteis anoche?
—Jóvenes ocultos. A lo mejor, la señora Meyer estallará cuando la rocíe con agua bendita.
Maddie puso el plato delante de Em.
—Tirarle agua bendita a los vecinos no es buena idea. Me he olvidado de ponerte una tostada. Esto es lo que pasa por distraerme.
—Ya me la hago yo.
Em se levantó, sacó dos rebanadas de pan de la bolsa y las puso en la tostadora.
No podía ser Gloria. La mera idea de Gloria con unas bragas sin entrepierna era absurda. Las tostadas de Em saltaron y el olor a levadura y frutos secos hizo que Maddie sintiera hambre, así que puso a tostar otras dos rebanadas de pan para ella.
Em se sentó y extendió montones de mantequilla y mermelada en la tostada caliente. Por lo menos, debía de haber tres mil calorías en aquel pan, y Em las quemaría todas al subir corriendo la escalera una sola vez. Cuando la tostada de Maddie estuvo lista, le puso una fina capa de mermelada. Si iba a quedarse sola, no quería estar gorda, para colmo. Era el momento de empezar a hacer régimen. La dieta de la mujer divorciada. Nada de grasas, nada de sal, nada de dinero, nada de sexo. Mierda.
Entretanto, los pensamientos de Em habían dado un salto adelante.
—¿De verdad te encuentras bien?
—Perfectamente —contestó Maddie—. Deja de preocuparte.
—Entonces ¿me puedo quedar a pasar la noche en casa de Mel? —Em mordió una punta de la tostada—. Se suponía que me iba a quedar anoche, ¿te acuerdas? Volví a casa para que no estuvieras sola, pero ahora pareces estar bien. Si estás bien, ¿me puedo quedar allí esta noche? —Se detuvo, inquieta—. Si no lo estás, me quedaré contigo. No me importa en absoluto.
—Oh... —Maddie tragó saliva—. ¿Te he dicho alguna vez que eres una hija perfecta?
—Gracias. ¿Me puedo quedar con Mel?
—¿Se lo has preguntado a tía Treva?
Maddie mordió cautelosamente la tostada y masticó. La cabeza no le estalló de dolor. Hasta ahora, todo iba bien.
Em negó con la cabeza.
—No, Mel se lo pedirá. ¿Puedo?
—Llama y averígualo.
Em arrastró la silla hacia atrás.
—Después de desayunar.
Em se inclinó sobre la mesa y puso los huevos encima de la tostada untada con mantequilla y mermelada, preparando así un sándwich de desayuno de lo más repugnante.
—Me lo comeré mientras hablo por teléfono —dijo, y salió a toda prisa hacia la sala, goteando mantequilla—. Gracias, mamá.
Maddie recogió la mantequilla del suelo con papel de cocina y se irguió de nuevo, animada por que su tostada se hubiera quedado en el estómago, aunque había sido lo bastante imprudente para doblarse. Bien, se dijo, viviré. Las cosas se veían mejor.
Em chilló desde la sala.
—¡Tía Treva quiere hablar contigo!
Maddie cogió el supletorio.
La voz de Treva era cauta.
—¿Cómo estás?
—Em, ¿estás al teléfono? —preguntó Maddie.
—La he oído colgar —dijo Treva—. ¿Cómo estás? ¿Has hablado con él?
—No.
—Oh, mierda, Maddie...
Maddie la interrumpió.
—Espera un segundo; no volvió a casa hasta que yo estaba dormida y se fue antes de que me levantara, pero he llamado a un abogado. Voy a verla el lunes. Lo voy a hacer, Treva. Voy a hacerlo tan discretamente como pueda, pero la he llamado. Está hecho.
—Sí. —Oyó respirar a Treva por el teléfono—. Sí, sí, sí. Bien hecho.
Maddie se apoyó en la pared.
—No lo sé. Todo esto será horrible. Ella dice que tengo que llevarle los informes económicos.
—¿Quiénes ella?
—La abogada. Jane Henries, de Lima.
—Oooh, es muy buena. —La voz de Treva sonaba casi histérica de entusiasmo—. He oído que solo los deja con los calcetines. ¿De dónde vas a sacar los informes?
—Ya los tengo. Cada año, me encargo yo de los impuestos, así que tengo todos los informes en el armario. No es gran cosa.
—¿Y qué hay del despacho? Creo que tendríamos que registrar su despacho.
Maddie estuvo a punto de dejar caer el teléfono.
—¿Has perdido la cabeza? Quiero un divorcio, no un escándalo. Ya te he dicho que quiero hacerlo muy discretamente y si busco en el despacho de Brent, la gente no callará.
—Es basura, Maddie. —La voz de Treva era tan apasionada que parecía gruñir—. Se merece que lo dejen limpio. ¿No quieres ver lo que ha puesto a buen recaudo en la oficina? Como que hay infierno, yo sí que quiero. Y seguro que Jane Henries también. Iremos al despacho. Vamos a menudo, así que a nadie le extrañará. Te recojo dentro de un cuarto de hora. Tres puede cuidar de las niñas.
—Treva, no creo que tenga nada escondido en el despacho. ¿Por qué tendría...?
—¿En qué otro sitio lo escondería? —preguntó Treva—. Si no lo quieres hacer por ti, hazlo por mí. He tenido una mala semana. Me gustaría pasársela a alguien, a Brent si es posible. Además, ¿qué otra cosa tienes que hacer hoy?
Treva, como de costumbre, tenía razón. Si Maddie no iba a registrar el despacho, se quedaría metida en casa, esperando a que Brent volviera para poder divorciarse de él. De verdad no creía que hubiera nada en el despacho, pero tampoco había creído que hubiera otra mujer.
—Bueno, pasa a buscarme —dijo Maddie.
El teléfono volvió a sonar en cuanto Maddie colgó y tuvo que apoyar la cabeza en la fría pared, intentando encontrar su lugar en el mundo. Lo que quería era tener una preciosa crisis nerviosa, pero no iba a encontrar el momento, porque tenía que ponerse al teléfono. Cuando sonó de nuevo, lo cogió.
—Dígame.
—Maddie, cariño, soy mamá.
Maddie se estremeció. Su madre se había enterado del divorcio.
—No pasa nada, mamá.
—Sí que pasa. Echa la llave a todas las puertas.
Maddie frunció el ceño, mirando el teléfono. No era el divorcio. Tal vez tuviera que ver con C.L. abrazándola en medio del césped la noche anterior. Había tratado de no volver a pensar en eso, pero si su madre lo sabía...
—¿Porqué?
—Hay un merodeador suelto.
Maddie se dejó caer contra la pared, aliviada.
—¿A las diez de la mañana?
—Bueno, no. Candace lo vio anoche. Me lo ha contado esta mañana.
—¿Y qué estabas haciendo tú en el banco?
—Cobrando un cheque. De verdad, Maddie, no es seguro. En especial, con Brent fuera hasta tan tarde, como anoche.
¿Cómo se enteraba de esas cosas?
—Mamá solo fue una noche.
—Bueno, un merodeador solo necesita una única noche y ahí estarás tú, asesinada en tu cama y, además, ya tienes una herida en la cabeza. ¿Cómo tienes la cabeza?
—Bien, gracias, madre.
Su madre, la redactora jefe de las peores situaciones posibles. Si supiera...
—¿Cerrarás con llave, por favor?
Maddie se rindió.
—Sí. Te lo prometo. Ahora tengo que colgar. Treva y yo vamos a salir.
—Espera. ¿Qué está pasando con Treva y Howie?
—Lo habitual en una pareja felizmente casada —dijo Maddie.
—No lo creo —replicó su madre—. Anoche se pelearon en la bolera.
—¿En la bolera? —Los coches de los dos estaban en el aparcamiento—. ¿Qué estaban haciendo en la bolera?
—Esther dice que Lori Winslow dice que Mike Winslow estaba allí y asegura que Howie estaba hablando con Brent y luego llegó Treva y hubo un buen jaleo. —Detectó nerviosismo en la voz de su madre—. ¿No te ha dicho nada?
—No —contestó Maddie—. Y no se lo voy a preguntar, así que no vuelvas a sacar el tema. Las parejas casadas se pelean.
Su madre probó otra vía.
—¿Por qué estaba Howie tan furioso con Brent? ¿Hay problemas en la empresa?
En todas partes menos en la empresa, quería decirle Maddie, pero lo que dijo fue:
—No. Ya sabes cómo le gusta hablar a la gente. Lo exageran todo.
—Esther dice que Lori dice que Mike dice que Treva parecía más que muerta.
—Esther necesita hacerse con una vida propia. Y ahora tengo que colgar.
—¿Vais a salir con Treva? ¿Deberías salir? ¿Cómo tienes la cabeza? ¿Estás bien del todo?
—Estoy perfectamente —repitió Maddie—. Ah, todavía tengo tu coche. Pasaremos a devolvértelo.
—Si lo necesitas, quédatelo, Maddie. Me conviene caminar.
—No lo necesito. —Maddie se sentía dividida entre la culpa y la exasperación. Su madre era muy buena, cuando no se dedicaba a chismorrear; no se merecía una hija que era una predivorciada mentirosa que tenía pensamientos sarcásticos—. Treva me llevará a todas partes.
—Bien, eso está bien, cariño. Que os divirtáis. Ya me contarás lo que te diga. Ten cuidado con la cabeza.
¿Cómo?, quería preguntarle Maddie, pero no lo hizo, sabiendo que si desafiaba a su suerte, acabaría recorriendo la ciudad con un casco de motorista.
—Lo haré —concluyó, y fue a decirle a Em que se preparara.


C.L. conducía por la calle principal, ojo avizor para descubrir a Brent, decidido a pillarlo y a olvidar a su esposa. Maddie le había provocado una noche muy desagradable, llena de preocupaciones y sueños calientes, y ahora estaba grogui, malhumorado y un poco desesperado por marcharse de la ciudad.
Y Brent no ayudaba en nada. Eran más de las nueve y no estaba en la empresa de construcción. ¿Qué clase de hombre de negocios era? Como le dijo la secretaria rubia, sí que había pasado por allí.
—No lo ha encontrado por los pelos, señor Sturgis —había gorjeado, monísima—. Se ha marchado al banco hace diez minutos. El First Nacional, en Main. En el centro.
Como si Frog Point fuera lo bastante grande para tener un centro. Una calle y tres semáforos no son un centro, le habría gustado decirle a la secretaria, pero no le pareció justo pagarlas con ella, así que se calló y se dirigió al banco.
Allí su suerte cambió. Pasaba por delante justo cuando salía Brent, vestido con traje y cargado con una bolsa gris del gimnasio. C.L. frenó para aparcar, pero los espacios de ambos lados de la calle estaban ocupados y el coche de detrás le tocó la bocina.
—¡Eh, Brent! —chilló.
Brent se volvió y pareció desconcertado por un momento. Luego lo saludó con el brazo en alto y siguió caminando.
C.L. abrió la boca y el coche de detrás volvió a tocarle la bocina, más fuerte. No tenía ninguna duda de que luego Henry le diría algo. Al diablo con todo; solo tenía que dar la vuelta y seguir a Brent. C.L. fue hasta la calle siguiente, giró a la derecha, entró en el círculo del drive-through del Burger King y luego volvió a salir a la calle principal, con el semáforo en ámbar, ganándose más bocinazos y miradas furiosas de otros conductores. Igual que en los viejos tiempos. Se moría de ganas de que llegara la cena y Henry le pegara una buena bronca con su conducción desconsiderada.
Siguió por la calle principal, pero Brent había desaparecido. C.L. dio dos vueltas por el centro, incluso rodeó el perímetro del barrio comercial y pasó por las calles laterales, pero Brent se había evaporado. En el pasado, C.L. se había tropezado con gente que lo evitaba, pero nunca con el entusiasmo que mostraba Brent Faraday. Aquel hijo de perra debía de estar tramando algo realmente feo.
Y antes o después, C.L. averiguaría qué era. En Frog Point nadie guardaba un secreto demasiado tiempo.


Una hora después de registrar el despacho de Brent, Maddie estaba sentada a la mesa de la cocina, con Treva, mirando las dos cosas que habían encontrado y que eran interesantes.
Una era una caja de condones.
—Pensaba que tomabas la píldora —dijo Treva, cuando sacaron la caja del cajón inferior del escritorio de Brent.
—La tomo —contestó Maddie—. Vaya, fíjate, puede que me esté engañando.
—Ojalá se muera —afirmó Treva y siguió buscando, pero fue Maddie quien hizo el siguiente hallazgo: una caja de metal, cerrada con llave, de unos treinta y cinco por veinticinco centímetros, con «Personal» escrito en la tapa, con la letra de Brent—. Quiero ver qué hay dentro —dijo Treva, pero entonces Kristie, la secretaria de Brent, se asomó a la puerta y les pidió que se fueran.
—No deberían registrar el escritorio del señor Faraday —dijo, con su chillona vocecita temblorosa.
—Bueno, mira, en realidad solo es suyo en una cuarta parte —le espetó Treva—. Porque da la casualidad de que tanto la señora Faraday como yo somos las propietarias de una cuarta parte del negocio, así que la mesa es medio nuestra, lo cual hace que seamos medio jefe tuyo; así que puedes marcharte.
—¡Treva! —exclamó Maddie.
Kristie había retrocedido, herida y confusa, y ellas habían acabado de registrarlo todo y se habían llevado la caja a casa con ellas, para abrirla, y los condones para frenar a Brent, como dijo Treva.
Pero ahora, la caja cerrada seguía en medio de la mesa de la cocina de Maddie, burlándose de ellas. Había sido imposible abrir la cerradura y la tapa se había resistido a los intentos de levantarla haciendo palanca. Maddie pensó en pasarle por encima con el coche, pero decidió que sería un acto inmaduro. Además, tampoco tenía coche. La vida se ponía cada vez mejor.
Treva estaba furiosa.
—Dios, ¿qué guarda ahí? ¿La moral?
—Volverá dentro de un rato —dijo Maddie—. Miraré en su llavero.
—Pues claro... Solo tienes que decir: «Cariño, he encontrado esta caja secreta mientras robaba en tu despacho, ¿me puedes dejar la llave?». Ya verás qué contento se pone.
Maddie miró la caja con aire de duda.
—Ni siquiera estoy segura de que ahora la llave funcione. Metiste un destornillador en la cerradura, ¿te acuerdas?
—Estaba rabiosa —confesó Treva—. Me desafiaba.
—La rabia siempre es una mala consejera.
Treva miró la hora.
—Oh, demonios, prometí a Tres que estaría en casa hace ya media hora. —Se levantó y señaló la caja—. ¿Quieres que me la lleve y te la quite de en medio?
—No —dijo Maddie—. Déjame que lo intente un poco más. —Se puso de pie—. ¿Estás segura de que te va bien que Em se quede a pasar la noche?
Treva asintió.
—Brent y tú necesitáis hablar de esto en privado. Pero no te vayas a dormir hasta que le pongas las manos encima. —Miró la caja de nuevo—. Olvídate de la caja hasta que yo pueda ayudarte. Lo que tienes que hacer es sacárselo todo a Brent.
—Sí. —Maddie soltó un profundo suspiro—. Ayer utilizó a Em, Treve. Intenté hablar con él y entonces se puso detrás de ella y dijo: «No disgustes a Em». Y la pobre Em estaba allí, inmóvil, muerta de miedo.
—De verdad que lo querría ver muerto. De verdad. —Treva rodeó la mesa para abrazar a Maddie con fuerza—. Te mereces algo mejor. Lo que estás haciendo está bien. Vas a empezar de nuevo, del todo. Esta vez será mejor.
—Sí —dijo Maddie.
Sin embargo, cuando Treva se fue, se sentó junto a la mesa y se preguntó: ¿Mejor cómo? ¿Cómo iba a ser mejor estar sola? ¿Cómo iba a ser mejor para Em no tener un padre en casa? Tenía ganas de ponerse a llorar, gritar y portarse mal, y pensó en lo bueno que sería lanzarse contra alguien, sentir el golpe y librarse de toda su rabia y su frustración. Esto le hizo pensar en C.L., ancho y fuerte, abrazándola la noche anterior. Había sido una sensación muy buena, tener a alguien en quien apoyarse, y él había dicho las palabras justas, bendito sea. Su pecho se notaba firme contra su mejilla, y sí hubiera estado con ella en ese momento, lo habría tirado al suelo y habría descargado toda su frustración en él con un sexo vengativamente apasionado.
Pero eso sería lo último que necesitaba. Maddie empezó a toquetear la caja para distraerse. Debía de haber un medio de abrirla. Tal vez un abrelatas. O un hacha. No creía, realmente, que hubiera nada importante dentro, pero era mejor que pensar en Brent. O en C.L. y el sexo.
No debería ser tan difícil. La placa redonda de la cerradura sobresalía un poco más de medio centímetro. Tendría que poder hacerla saltar.
Se levantó y revolvió en el cajón de las herramientas hasta encontrar un formón y un martillo.
—Prepárate —le dijo a la caja e incrustó el formón detrás de la placa.
Le costó media docena de golpes con el martillo, pero luego la placa saltó.
La caja seguía cerrada.
—Bueno, qué te jodan —dijo Maddie, y le pegó un martillazo encima.
La tapa se abrió de repente y golpeó contra la mesa.
—Muy bien —Maddie se sentó—. Así está mejor.
Acercó la caja hacia ella y sacó el montón de papeles que había dentro. Al principio, pensó que eran solo papeles de la empresa, copias de contratos y facturas, pero cerca del fondo había cartas. Cartas de amor.
Había veintinueve. Veintisiete eran de Beth, todas planeando un futuro con Brent, pero sin fechas, así que no estaba claro cuándo las había escrito. Maddie las leyó todas, sorprendida por lo mucho que Beth lo quería y creía en él. Quizá Brent debería haber seguido con ella.
Puede que fuera con ella con quien estaba ahora.
Maddie puso las cartas de Beth a un lado y cogió las dos últimas. Ninguna estaba firmada. Una, de papel blanco, con margaritas rojas en una esquina, estaba escrita con una letra puntiaguda y le proponía que se encontraran en el garaje; seguro que no era de Gloria porque lo que pedía no tenía nada que ver con la hierba. La otra era un papel blanco doblado, con rayas azules, la clase de papel que usan las escolares. Ponía «Brent» en la parte de fuera y la letra parecía de alguien como Kristie, muy florida e inmadura. Ahora lo único que tenía que hacer era conseguir algo escrito por Kristie y podría ser grosera con ella sin sentirse culpable. «Encontré tus bragas —podría decirle—. Dios, ¡qué vulgares eran!» Era una idea tan lógica que Maddie parpadeó, sorprendida de sí misma. ¿Dónde estaba el dolor? Debería estar furiosa por todas las cosas que le estaban pasando, en lugar de sentirse sarcástica. Es buena señal —se dijo—. Debo de haber acabado con él. Ese cabrón de mierda, pensó.
Sintiéndose vagamente animada, abrió la carta y se quedó sin aliento. «Tienes que reunirte conmigo en nuestro sitio —decía—. Sé que quieres a Maddie, pero estoy embarazada y no sé qué hacer.»
Maddie dejó caer la carta.
—Hijo de la gran puta —dijo en voz alta.
Había dejado embarazada a Kristie. Aquello iba a ser peor de lo que imaginaba. Ahí quedaba la caja de condones. Kristie o alguien iba a tener un medio hermano o media hermana de Em. Qué bonito. ¿En qué diablos estaba pensando Brent?
Tenía que hacer algo. Aquello iba a ser peor de lo que había llegado a imaginar. Y sería ella la que tendría que explicárselo todo a Em. «¿Verdad que te gusta mucho Kristie? —podía decirle—. Bueno, pues a papá también le gustaba mucho y...»
Metió todas las cartas, menos la del embarazo, dentro de la caja y cerró la abollada tapa de golpe. Luego volvió a mirar la nota. La letra no le resultaba familiar en absoluto y el papel no servía de ayuda. ¿Kristie escribiría en una hoja de cuaderno? Todo resultaba demasiado confuso.
Guardó la nota en el bolso para compararla más tarde con algo escrito por Kristie en el despacho. Luego apoyó la cabeza en la mesa, porque había empezado a martillearle. Era una mujer enferma. No debería estar leyendo cosas como esa. No debería tener esa vida. Era demasiado. Tenía que hacer algo, pero justo en ese momento la cabeza la estaba matando.
Se tomó tres pastillas, esperando borrar todo pensamiento consciente y se fue arriba, llevándose la caja y los condones y escondiéndolo todo debajo de la cama, para que Em no se tropezara con aquellas cosas. Luego se metió debajo del cobertor y perdió el sentido.


—Oye, ¿cómo está tu madre? —preguntó Mel cuando ella y Em estaban delante de la tele con unos platos enormes de manicotti y un cuenco de pan con ajo.
Hacían Ace Ventura por quincuagésima vez, pero daba igual, porque lo único que hacían las dos era fingir que lo miraban.
—Dice que está mejor. —Em hurgó en sus manicotti y tomó un prudente bocado. Estaban buenos—. No tiene aquella horrible cara que tenía ayer, como si fuera a ponerse a llorar en cualquier momento. —Clavó el tenedor en los manicotti otra vez, cogió otro bocado y lo masticó mientras pensaba en cómo seguir con lo que venía a continuación—. Mis padres se pelearon ayer —dijo finalmente—. Una pelea de verdad.
Mel abrió unos ojos como platos.
—No me digas.
—Sí. Hablaban en voz baja, pero estaban delante mismo de mí. Parecían muy furiosos, Mel —Em se volvió hacia ella, esforzándose por no llorar—. Parecía que se odiaban. Y luego papá me trajo aquí y la dejó sola en casa. Es horrible.
—¿Por qué no me lo habías dicho? Lo de la pelea, quiero decir.
Mel sonaba rara, muy tensa, en lugar de estar exuberante como siempre.
—Es solo que no podía hablar de ello —dijo Em—. Es horrible cuando tus padres se pelean. Ya sé que me has dicho que los tuyos lo hacen todo el tiempo, pero parecen peleas de broma. Esta fue de verdad. Luego mi madre ha estado muy callada todo el día y no he visto a mi padre para nada. Algo va mal, Mel.
Esta parecía no estar segura de qué era lo que debía decir a continuación. Em tuvo una extraña sensación, porque a su amiga nunca le importaba lo que le decía a nadie.
—Hay algo más —dijo Mel.
—¿Qué? —preguntó Em, con un nudo en la garganta.
Mel tragó saliva y se revolvió en el sofá.
—Mi madre está muy enfadada con tu padre. La oí hablar por teléfono esta mañana y le estaba chillando.
Em se echó hacia atrás.
—¿Cómo sabes que era él?
—Porque decía su nombre a gritos. —Mel parecía muy triste—. Fue horrible, Em. Le dijo que lo mataría si se lo decía a alguien.
Em tragó de nuevo.
—¿Decir qué?
—No lo sé.
Mel se dedicó de nuevo a los manicotti, esforzándose por tener aspecto de que no le importaba, pero Em sabía que sí que le importaba.
—Luego fue todavía peor. Después de que colgara, entró mi padre y le preguntó con quién hablaba y ella dijo que con mi abuela. —Mel cerró los labios con fuerza por un momento—. Dijo una mentira. Y entonces tuvieron una pelea de verdad. Hablaban con esa especie de susurros agudos y mi madre golpeaba en la mesa con la mano y luego mi padre se fue, dando un portazo. —Se detuvo y tragó—. Cuando mi padre se fue, mi madre se puso a llorar. Nunca llora. Fue terrible. Ni siquiera quiero hablar de ello. Quiero que desaparezca.
—No creo que esto vaya a desaparecer —dijo Em, recordando a sus padres delante de la puerta, el día anterior, y el aspecto que tenía su madre, con los puños apretados contra el pecho de aquella manera—. Está pasando algo malo, malo de verdad.
Mel se quedó mirando fijamente la tele.
—¿Y si la señora Meyer mordió a tu padre y lo ha convertido en un vampiro y entonces él mordió a mi madre y ella no quiere que nadie lo sepa?
—Mel, déjalo —pidió Em—. Esto es real.
Mel siguió con la mirada clavada en la tele.
—No quiero que sea real. Quiero que desaparezca.
—Yo también —admitió Em—, pero no creo que lo haga.
La imagen de la pantalla se disolvió en una especie de nieve borrosa y Mel se incorporó.
—No me lo puedo creer. —Su voz se hizo aguda por la tensión—. ¡Mamá! Esto es una porquería. ¡Mamá! ¡El cable se ha ido a la mierda!
—Esa lengua —dijo tía Treva al entrar.
—No me lo puedo creer —insistió Mel, mientras su madre toqueteaba la caja del cable—. Todo se va a la mierda. ¿Qué le ha pasado?
—Parece que se ha estropeado. —Tía Treva se enderezó—. Mañana los llamaré y les diré que te han destrozado la vida. Entretanto, lee algo.
—Es una broma, ¿no? —replicó Mel.
—Será una buena práctica. Empezáis la escuela el martes, dentro de una semana.
—No me lo recuerdes —pidió Mel—. ¿Podemos ver vídeos?
Treva se encogió de hombros.
—Claro. Que se te pudra la cabeza. Como quieras.
Mel esperó hasta que su madre se fue y luego se volvió hacia Em.
—¿Te lo puedes creer? ¿El vídeo que queramos? Lo que sea que esté mal está mal de verdad. Mi madre lleva más de una semana mal de la cabeza. Anoche no me podía creer que nos dejara ver Jóvenes ocultos. Es para mayores. Esto va mal.
Em lo pensó.
—Tienes razón. Fue hace una semana cuando mi padre empezó a estar de mal humor. Algo pasó entonces. ¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a tener que empezar a fisgonear —afirmó Mel—. Ellos nunca nos lo dirán. Tendremos que averiguarlo nosotras.
Em reflexionó. Espiar le había parecido tonto el día anterior, pero las cosas no estaban tan mal entonces.
—Tienes razón. Tenemos que hacer algo para salvarlos. Pero no sé qué. Nunca he fisgoneado antes. ¿Qué hacemos?
—Bueno, para empezar, cada vez que suene el teléfono, escuchamos —decidió Mel—. Eso está claro.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:56 pm

Capítulo 6


El timbre de la puerta despertó a Maddie poco después de las siete de la tarde, dejándola grogui y confusa. ¿Por qué llamaba Brent al timbre? Tenía su propia llave. Bajó la escalera rezongando y abrió la puerta.
—Te he despertado —dijo C.L. y sus ojos estaban más oscuros con lo que parecía admiración, pero no podía ser, porque estaba desgreñada de dormir y llevaba unos vaqueros cortados y una camisa rosa, a cuadros, que era más vieja que el propio Dios. C.L. inclinó la cabeza ante ella—. Siento haberte hecho levantar.
Maddie cerró los ojos ante el hecho del C.L. real, opuesto a la idea de C.L. Había estado pensando en arrancarlo a rastras de la puerta y hacer lo que quisiera con él, y ahí estaba él ahora, en carne y hueso, demasiado sólido; además y por desgracia tenía un aspecto demasiado bueno, vestido como iba con una camisa fina y vaqueros. Era embarazoso. Abrió los ojos y trató de ser educada.
—No pasa nada. ¿Qué quieres?
—Anna se enteró de tu accidente. Te envía unas brownies.
Le tendió la bandeja, envuelta en plástico, y ella la cogió, teniendo buen cuidado de no mirarlo a los ojos. El contacto visual sería una mala idea.
Mirar directamente al frente le proporcionaba una vista fantástica de lo ancho que era su pecho dentro de aquella camisa de batista. La tela tenía un aspecto suave de tanto lavarla, y Maddie se contuvo para no tocarla. Era la clase de cosa que los hombres solían malinterpretar. Estaba segura de que C.L. lo malinterpretaría. Líbrate de él, le decía la conciencia.
—Gracias, C.L. Dile a Anna que se lo agradezco.
—Lo haré —respondió él—. ¿Has visto a Brent últimamente?
—No.
Maddie sonrió a un punto más allá de la oreja izquierda de C.L. e intentó cerrar la puerta, pero él estaba en el umbral, apoyado en el marco; había mucho de él y no se movía.
—Bien, ha sido un placer verte, C.L., pero ahora tengo que ir a comerme las galletas.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Gracias, también ha sido un placer para mí.
El corazón de Maddie empezó a palpitar con más fuerza. Él tenía que irse. De nuevo, trató de cerrar la puerta, pero él seguía sin moverse, así que abandonó toda sutileza.
—Siento ser grosera, pero es un mal momento. ¿Podrías volver más tarde?
—Claro. ¿Cuándo?
Había olvidado que él podía ser muy persistente. Su persistencia era lo que había logrado que ella acabara en el asiento trasero del Chevy, veinte años atrás, pero había olvidado lo implacable que podía llegar a ser.
—¿Qué tal en septiembre? Seguramente las cosas se habrán calmado para entonces.
Él negó con la cabeza.
—No puedo esperar tanto. Tengo que volver al trabajo el lunes.
Maddie le dedicó una brillante sonrisa.
—Pues, entonces, quizá la próxima vez que estés en la ciudad.
C.L. se enderezó.
—Maddie, hace calor. Estoy cansado. Solo quiero hablar un par de minutos.
Como aquel era el argumento que había usado para atraerla dentro del coche tantos años atrás, Maddie hizo una mueca y negó con la cabeza.
—C.L., mi marido no tardará en volver y...
—Estupendo. Es a Brent a quien he venido a ver. ¿Puedo entrar?
Maddie vio en sus ojos que no se iría hasta que hubiera hablado con Brent. Suspiró, dio un paso atrás y C.L. Sturgis pasó a su lado y entró en la casa.


Se suponía que a un invitado uno debe ofrecerle algo de beber, así que Maddie cogió dos vasos, un zumo de naranja y una botella de vodka de Brent y acompañó a C.L. al jardín de atrás para que los vecinos vieran que no estaban entregados al sexo ilícito, aunque el llamativo descapotable de C.L. estuviera aparcado delante de su casa, como si fuera una luz roja.
—Dale un buen golpe a la puerta —le dijo, mientras se encaminaba hacia el patio—. Es vieja y no cierra bien.
Se volvió y lo vio mirando el borde de la puerta.
—¿Sabes?, podrías cepillarla un poco, aquí, y ya no se atascaría —le dijo, pasando la mano por el borde—. Solo se necesitan cinco minutos.
Maddie había pedido a Brent que hiciera algo, pero estaba demasiado ocupado. Construía casas, maldita sea, pero tenía demasiado que hacer para arreglar su propia puerta trasera. A Maddie le dolía la cabeza y el enfado empeoraba el dolor. Si se hubiera quedado con C.L. veinte años atrás, su puerta trasera cerraría bien.
—Gracias —dijo—. Lo haremos.
Se sentaron a la mesa de picnic astillada, con la botella oculta entre los dos, bebieron el zumo dulce acompañado de vodka y charlaron torpemente. C.L. tenía un aspecto fantástico en la penumbra, ancho, bronceado, fuerte y sano, y Maddie sorbió el zumo para que no se le ocurrieran más adjetivos. Estaba casada, aunque fuera infelizmente. Los adjetivos no tenían lugar en su vida.
—Bien, ¿qué tal ha ido todo? —preguntó C.L. y Maddie estuvo a punto de echarse a reír—. ¿Treva y tú todavía sois tan amigas?
—Sí —contestó Maddie—. Hermanas de sangre para siempre.
—Y la dos tenéis hijos. —C.L. cabeceó con aire crítico—. Es difícil de creer. Dejo la ciudad veinte años y las dos perdéis la cabeza.
—Lo hicimos para llenar el tiempo de inactividad, hasta que tú volvieras.
—Háblame de tu vida —dijo C.L.
No es realmente mi vida. Solo la vivo para comodidad de los demás, pensó.
—Vivo en Frog Point —contestó—. Mi madre me llama cada día. Visito a mi abuela en la residencia de ancianos cada domingo para que pueda gritarme. Doy clases de arte con mi mejor amiga, y ella da clases de economía doméstica. Tengo una hija perfecta que quiere un perro. Mi microondas está estropeado y mi coche muerto. —Maddie tomó otro trago de destornillador—. Y eso es todo. No es muy interesante.
—Oye —dijo C.L.—, que yo estoy aquí. Eso es interesante.
—Sí que lo es —aceptó Maddie—. Gracias por dejarte caer por aquí. Sin ti, ahora estaría al teléfono, tratando de averiguar precios de microondas. —Y ensayando mi discurso de divorcio, pensó—. Te debo una.
—Bien. No lo olvides. Háblame de Treva.
—¿Treva? —Treva tiene un problema del que no quiere hablar, quiso decir; sin embargo, respondió—: Bueno, tiene dos hijos, Melanie, que tiene ocho años, y Tres, que tiene veinte.
C.L. la miró, frunciendo el ceño.
—¿Lo llamaron Tres?
—No, lo llamaron Howie Junior. —Maddie se sirvió otro vaso de zumo de naranja y, a escondidas, le añadió más vodka. El alcohol le estaba aflojando los músculos de una manera agradable. Al diablo con el Tylenol 3—. A Howie no le gustaba mucho, pero Treva insistió y no cedió. Entonces la madre de Howie... ¿Te acuerdas de Irma Basset?
—¿La secretaria de la escuela? —C.L. sonrió—. Diablos, sí. Me vio en mis peores momentos, en todos. No era una mujer con la que se pudiera jugar.
—Bueno, Irma señaló que el niño no podía ser Junior, porque Howie era Junior, así que tendría que ser Howie Tercero. Treva iba a enfrentarse a ella hasta que descubrió que la única manera de que el niño fuera Howie Junior era que Howie Senior muriera, lo cual haría que Howie fuera Howie Senior y el niño, Howie Junior.
—Solo podía pasar en Frog Point —comentó C.L.—. Apuesto a que costó semanas decidir todo esto y que la ciudad entera hablaba de ello.
—Es fácil adivinarlo —replicó Maddie—. Así que empezaron a llamarlo Howie Tres y, finalmente, lo redujeron a Tres y así quedó. Y ahora tiene veinte años y yo estoy en la mediana edad.
—Para morirse —dijo C.L.
A Maddie el alcohol le relajaba los músculos y sentía cómo se evaporaba la tensión, pero C.L. se sobresaltaba cada vez que oía cerrarse la puerta de un coche y, de vez en cuando, miraba la hora antes de hacerle otra pregunta tonta. ¿Qué quiere?, se preguntaba Maddie: ¿Y qué quiero yo? Brent llegaría en cualquier momento, ella lo iba a dejar, su vida tal como la conocía se había acabado y tenía que dedicar toda su concentración a no destrozarles la vida a su madre y a Em. C.L. era solo un argumento secundario muy atractivo de El crepúsculo de los dioses.
Una hora y tres destornilladores después, C.L. dejó de consultar el reloj y los dos se relajaron. Frog Point estaba medio a oscuras, con el anochecer espeso y aterciopelado de las noches calurosas de agosto. Los grillos se hacían oír, pero cada vez menos, probablemente agotados. Maddie los imaginó frotándose las patas frenéticamente, al unísono. Debían de tener los muslos más delgados del mundo de los insectos. Los vasos estaban vacíos.
—Metamos el vodka en el envase de zumo y bebamos directamente de ahí.
Metió la lengua entre los dientes e hizo lo que decía.
C.L. la miró.
—¿Has desarrollado un problema con la bebida desde que te vi la última vez?
—No. —Maddie levantó el envase, brindando por él—. De hecho, acabo de empezar a beber, esta noche.
C.L. enarcó una ceja.
—¿Hay algo que quieras contarme? ¿Problemas de dinero? —Ella le dirigió una mirada penetrante y él añadió—: Solo preguntaba.
—No. No hay nada que quiera contarte. De hecho, todo esto se habrá acabado en septiembre, pero no, estarás fuera de la ciudad para entonces. —Maddie agitó el envase y tomó un trago—. Si no te gusta, vete a casa.
—No. Demonios, me encanta. Dame el envase.
Ella se lo pasó y él le dio un buen trago y se atragantó.
—Lo sé —dijo Maddie—. Nos falta un poco de zumo de naranja. Em se lo bebe.
—Pequeña diablesa llena de salud.
Volcó el resto del líquido en la hierba.
—Eh.
—Se me ha caído. ¿Qué pasa en septiembre?
—Has tirado mi vodka.
C.L. miró la hierba empapada en destornillador.
—Pensaba que tendríamos que aflojar el ritmo.
—Ven, anda. —Maddie se apoyó en la mesa para levantarse—. Hay vino dentro.
C.L. la siguió.
—¿Por qué no nos tomamos una Coca-Cola? Y entonces me puedes contar qué va a pasar en septiembre. Si vale la pena, volveré y miraré.
Maddie se dirigió lentamente hacia la casa. Estoy un poco bebida, pensó, pero no soy estúpida. C.L. iba detrás de algo. Se apoyó en la puerta mosquitera y él se detuvo en el peldaño del porche, detrás de ella.
—¿Maddie?
—Estaba pensando —dijo, y entró en la casa.
—Mala señal. —La siguió dando un portazo—. Que pensaras fue lo que acabó con nuestra relación.
Maddie se dirigió al aparador donde guardaban el vino que los padres de Brent les regalaban cada fiesta, aunque no bebían vino.
—Dos horas en la parte de atrás de un Chevrolet del sesenta y siete no es una relación.
C.L. se apoyó en el frigorífico.
—Error. Dos horas en la parte de atrás de un Chevy del noventa y siete no es una relación. En un Chevy del sesenta y siete, podías criar una familia. Dios, era un gran coche. Me pregunto que pasaría con él.
Maddie sacó una botella de vino del aparador.
—Atravesaste la barrera de protección con él en la carretera treinta y tres.
—Quiero decir, me pregunto qué pasaría después de eso —dijo C.L. con dignidad—. Alguien debió de arreglarlo.
Maddie soltó un bufido y le tendió la botella de vino.
—Sí, lo convirtieron en ceniceros. Siguieron encontrando pedacitos durante años. —Empezó a revolver en el cajón, en busca de un sacacorchos—. En realidad, te convertiste en una especie de héroe popular. Cada vez que alguien encontraba un trozo de chatarra, decía: «Debe de ser del viejo Chevy de C.L. El bueno de C.L.».
Encontró el sacacorchos y se lo dio.
C.L. lo cogió y empezó a descorchar la botella.
—Vaya, eso es bueno. Bueno de verdad.
—Y luego se reían burlones.
C.L. dejó de darle vueltas el tapón y le sonrió.
—Eres una mujer dura, Maddie Martindale. Es buena cosa que me gusten las mujeres duras.
Ella se apoyó en la encimera y lo miró entrecerrando los ojos. No era posible que todavía mantuviera la antorcha encendida por ella, después de tantos años. No era posible que pensara que se acostaría con él. Estaba fuera de toda cuestión.
Probablemente.
C.L. tenía un aspecto de fábula, alto y ancho, y ella se moría por los tipos así. Claro que no era tan alto ni tan ancho como Brent. Bueno, estaba bien. Brent parecía un motorista pretencioso. C.L. tenía aspecto de, bueno, de adulto. En realidad, de lo que C.L. tenía aspecto era de poder ofrecer un buen rato del copón. Y a ella ya le tocaba pasar un buen rato. Solo por una vez, merecía hacer algo solo para ella. Que le dieran a Brent.
—De acuerdo —dijo—. Vamos.
C.L. sacó el tapón de la botella y se quedó allí con la botella en una mano y el tapón en la otra.
—¿Ir adónde?
—Al Point. Como hacíamos en el instituto.
Sonrió, entusiasmada con la idea. Era un plan. Eso la haría sentir mejor. Era acción. Venganza; esa era la respuesta. Iría al Point con C.L., Bailey se lo contaría a todo el mundo y entonces ya no sería nunca más la buena esposa engañada. Sería como chillar «Qué os jodan» en la calle principal, solo que mejor.
Miró a C.L. con una amplia sonrisa.
Él no parecía nada entusiasmado. Parecía horrorizado. Dejó el vino en la mesa y dijo:
—Maddie, cariño, has bebido demasiado.
—¿Es un rechazo? —preguntó ella, y su sonrisa desapareció.
—No, no. —C.L. se pasó la mano por el espeso cabello negro, con el aire más angustiado que le había visto nunca—. Bueno, puede que sí. Estás casada. Es un pequeño detalle, lo sé, pero...
Maddie lo miró con mala cara.
—¿Vienes conmigo o no?
—Al Point.
Parecía costarle mucho asimilar el concepto. A Maddie se le antojaba claro.
Maddie cogió la botella de vino.
—Sí. A recrear nuestra juventud.
Intentó sonreírle tentadora, pero no le salió muy bien y C.L. negó con la cabeza y le quitó la botella.
—No es una buena idea, cariño. Yo era mucho más joven, los coches eran más grandes y tú no estabas casada. En realidad, no quieres hacer esto.
Maddie lo miró furiosa.
—Muy bien, olvídalo. Vete.
—Espera... —C.L. volvió a dejar el vino en la encimera y levantó la mano—. Discutámoslo.
Maddie cruzó los brazos sobre el pecho y lo fulminó con la mirada.
—El adulterio no se discute; solo se hace.
—Bueno esto sí que me excita. —Se apoyó en la pared y cruzó también los brazos—. No creía que fuera la pasión lo que te empujaba a mis brazos. ¿Sabes?, voy dos pasos por detrás en esto y me está confundiendo. ¿Qué está pasando?
Maddie lo miró, lo miró de verdad esta vez, allí apoyado, sonriéndole, con su cara angulosa y los oscuros ojos brillando. Por vez primera en cuarenta y ocho horas, se olvidó de Brent y de la rabia.
—Has cambiado —dijo—. Eres...
—Más viejo. —Se enderezó y cogió el vino—. Veinte años, cariño. Es toda una diferencia. ¿Tienes vasos?
Maddie los sacó del aparador, mientras iba hablando.
—Supongo. Pero no es la edad. Estás muy bien. De verdad. Tienes un aire... centrado. Seguro de ti mismo.
—Sí, bueno... ya no estoy en el último curso del instituto. Gracias a Dios. —Miró los vasos—. ¿Prefieres el de Pebbles o el de BamBam?
—Oh, lo siento. —Tendió la mano para cogerlos—. Son de Em.
Él los alejó de su alcance.
—Si no tienes preferencias, me quedaré con BamBam. Nosotros los tíos tenemos que mantenernos unidos. —Llenó los vasos hasta la mitad y le acercó el suyo a Maddie—. Por Em —dijo, levantando el vaso y ella chocó el suyo con el de él.
Maddie se bebió casi la mitad de golpe; luego dio media vuelta y salió de la cocina, llevándose el vaso con ella, para ponerse delante del espejo del recibidor.
—No puedo recordar qué aspecto tenía —dijo cuando él llegó y se quedó detrás de ella.
Era solo diez o doce centímetros más alto que ella, así que inclinó la cabeza a un lado para verla. Brent siempre se elevaba por encima de ella; solía apoyar la barbilla en su cabeza cuando les hacían fotos. Lo detestaba, en especial cuando le incrustaba la barbilla.
—Eras igual que ahora —dijo—. Solo que más plácida, como sin vida.
Ella hizo una mueca al espejo.
—La definición que buscas es «sin arrugas».
—No —dijo, negando con la cabeza—. Era como si nadie hubiera vivido en ti. No había nadie en casa. Eras encantadora, animosa y sexy a la manera del jabón Ivory Snow, pero todavía no estabas del todo allí. Eras como una persona en una vaina. Ahora estás ahí.
Maddie tomó otro trago y lo pensó. ¿Qué ideas tenía en el instituto? ¿Qué pasiones sufría? Se quedó atónita al comprender que ninguna; sus recuerdos estaban llenos de lo que otras personas habían hecho, de lo que los demás querían. Lo que Brent quería. Y no era solo en el instituto. Era en toda su vida. Si ahora alguien le preguntara quién era, diría: «La hija de Martha Martindale» o «La esposa de Brent Faraday» o «La madre de Emily Faraday», pero no sería capaz de decir nada que fuera solo Maddie. Incluso su profesión dependía de que era la maestra de alguien. Toda su vida estaba definida por sus relaciones.
—Es horrible —afirmó.
—Excepto por una noche —le dijo C.L., muy cerca de la oreja—. Estuviste allí para mí una noche.
Maddie suspiró.
—Me parece que lo único que viste aquella noche fue tu reflejo. Me parece que tienes razón. No creo haber estado ahí hasta ahora.
—¿Ahora?
—Estoy teniendo una semana muy maduradora —dijo, y se acabó el vino. Él estaba muy cerca de ella y a ella le gustaba. Le sonrió por encima del hombro—. ¿Quieres más?
Pareció pensativo.
—No lo sé. ¿El alcohol sigue haciéndote el mismo efecto?
—¿Qué efecto?
—Si lo recuerdo bien, en la primera etapa estás achispada y en la segunda vomitas.
—Oh, eso es horrible. —Cerró los ojos—. Me acuerdo. Fuiste un encanto.
—Gracias. Luego viene la tercera etapa.
—¿Y qué pasa en la tercera etapa?
Él trató de parecer inocente, lo cual lo delataba.
—Me follan.
—Ah, no —dijo Maddie, volviendo al espejo y observando cómo él la observaba—. Me has rechazado una vez esta noche; no me va lo de la humillación múltiple.
—No te he rechazado —dijo C.L.—. He dicho que era demasiado viejo para bailar el twist en la parte de atrás de un descapotable en el Point.
—Si me hubieras deseado lo suficiente, habrías dicho que sí.
C.L. la miró en el espejo y sonrió, y ella notó que algo se encendía en su interior. Él le alargó el vaso.
—Cuando la oferta vaya en serio, diré que sí; mientras tanto, gracias, tomaré otro vaso de vino.
El teléfono sonó quince minutos después, mientras se estaban riendo recordando un desastre del instituto. Maldición, pensó Maddie. No quiero hablar con nadie. Se sentía bien. Era el primer buen rato que pasaba en años.
—¿Maddie?
La voz de Brent restalló en la línea y ella saltó, culpable, mirando a C.L. Luego se controló. Al diablo con Brent; no tenía nada de que sentirse culpable. La idea era deprimente. Debería poder sentirse culpable por algo. ¿Por qué el único crápula de la familia tenía que ser él?
La voz se volvió más exasperada, si era posible.
—Maddie, ¿estás ahí?
Detrás de su voz, Maddie oía el ruido de las bolas que rodaban por las pistas y daban contra los bolos. Por una vez, estaba donde se suponía que estaba, el muy canalla.
—¿Qué quieres?
—Mira, voy a llegar tarde. Ha surgido algo.
Apuesto a que sí. Bueno también aquí ha surgido algo, pensó.
—¿Maddie? Howie quiere que hablemos en cuanto acabemos aquí, pero quiero que estés en casa cuando llegue.
—Vale. No hay problema. —Miró de nuevo a C.L. y tomó una decisión. Esa era su noche. Era una vergüenza victimizar al pobre C.L., pero él lo soportaría—. No tengas prisa —le dijo a Brent—. Me iré a la cama.
Apretó los labios con fuerza para no soltar una carcajada.
—Maddie, ¿te estás riendo?
—¿De qué tendría que reírme?
—Maddie, pasé por el despacho antes de venir aquí.
—Oh...
Tomó un trago de vino.
—Quiero que me devuelvas la caja.
Apuesto a que sí, se dijo.
—Ya hablaremos —respondió.
Él empezó a discutir, pero ella ya no estaba interesada.
—Tengo que colgar —dijo, y lo dejó a media frase. Se volvió y le hizo un gesto a C.L.—. Enseguida vuelvo.
Corrió escalera arriba hasta la habitación, donde se miró en el espejo. Vale, había llegado el momento de ir en serio. El hombre se irá a la cama contigo, se dijo, pero no aquí. Todo tenía un límite. Y el único motel de la ciudad era como si publicara el registro de huéspedes en la primera página del Frog Point Inquirer, lo cual sería de muy mal gusto. Esto dejaba el Point, el sitio donde había estado yendo Brent. Pero C.L. no quería ir al Point. Así que su tarea, si decidía acometerla, era atraerlo hasta el Point y allí inflamarlo de deseo. O quizá inflamarlo en casa y luego llevarlo al Point.
Fue al llegar a este punto cuando se dio cuenta de que estaba bebida, pero lo aceptó y siguió adelante. No tenía importancia, excepto por el hecho de que si no estuviera bebida jamás haría aquello. Así que estaba bien estar bebida. Además, la mañana siguiente podía consolarse diciéndose que estaba borracha. No fue culpa mía, se diría. Estaba bebida... Visto desde ese ángulo, estar bebida era toda una ventaja. Se sonrió en el espejo.
Ahora la ropa. Se quitó la camisa y los vaqueros y se puso un vestido de punto, sin mangas, de color verde pálido, con diez mil botones diminutos en la parte delantera que saltaban de los ojales con mucha facilidad. Estaba bien; fácil de poner, fácil de quitar. Podía ver la línea del sujetador a través del fino algodón, así que metió la mano por debajo de la falda, retorciendo las manos para llegar al cierre. Mientras se peleaba con el sujetador, se miró las piernas.
Tengo unas piernas estupendas, pensó, pero la ropa interior de algodón blanco tenía que desaparecer. Bajó los tirantes del sujetador por los brazos y lo sacó por una de las mangas del vestido. Los pechos bajaron un poco, pero no mucho, y el contacto del suave vestido de algodón con la carne era maravilloso. No es un mal cuerpo, pensó. No es de fábula, pero no es nada despreciable, C.L., viejo amigo.
—¿Maddie?
La voz le llegó desde el pie de la escalera. Se había entretenido demasiado. Se quitó las bragas de algodón blanco y las dejó caer al suelo. Nadie cometía adulterio con bragas blancas de algodón. Ahuecó un poco la falda, molesta por la brisa que notaba entre las piernas. ¿Cómo era posible que la fulana de Brent no se hubiera dado cuenta de que había perdido las bragas? Claro que sin entrepierna corre el aire de todos modos. ¿Te quitas unas bragas sin entrepierna?
—¿Maddie? ¿Estás bien?
—Ya bajo.
Lo último que cogió y se metió en el bolsillo del vestido fue uno de los condones de Brent, de la caja del despacho. Le pareció adecuado.
C.L. la esperaba al pie de la escalera. Maddie trató de bajar flotando, pero tropezó en el último peldaño y cayó contra C.L., él la cogió, y ya no fue broma. Él era muy real y muy sólido y ella no llevaba ropa interior, así que los pechos se aplastaron contra él, que pareció nervioso; o sea, que se había dado cuenta y ella ya no estaba nada segura de querer hacer aquello.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Ella respiró hondo.
—Sí. Vamos.
—¿Adónde?
—Al Point —respondió tajante, porque no estaba segura.
—Ay, Maddie... —C.L. la soltó y dio un paso atrás—. Déjalo ya.
Maddie apretó los dientes, exasperada.
—Hablo en serio. Quiero ir.
C.L. pareció atrapado un momento, y luego dijo:
—Maldita sea. —Pegó una palmada en el poste de la escalera—. No puedo hacerlo. No llevo condones. Lo siento, pero...
Ella sacó el de la caja de Brent del bolsillo y se lo dio.
Él se quedó de una pieza.
—Vas en serio.
—Muy en serio. —Maddie lo observó con los ojos muy abiertos, tratando de parecer segura e inocente—. Podemos limitarnos a hablar, si eso es lo que quieres. Pero creo que deberíamos ir, por los viejos tiempos.
—De acuerdo. Los viejos tiempos. —Suspiró y se metió el condón en el bolsillo—. Vale, vayamos a hablar al Point. Pero primero tenemos que hacernos con otro coche. No quiero que Henry me llene de mierda porque mi coche estaba en el Point.
—Tienes treinta y siete años —dijo Maddie—. ¿Qué te importa?
—Hablamos de Henry —replicó C.L.—. Me importa mucho.
Cogieron el descapotable para ir a buscar el coche de Treva y acabaron en el Caddy de Brent, porque él había ido a la bolera con Howie. Maddie estaba encantada; ahora Bailey pensaría que era Brent quien estaba en el Point y a lo mejor se salía de rositas, con su reputación intacta y la experiencia de haber hecho algo malo.
—Va a ser estupendo —le dijo a C.L. y, aunque él no parecía nada entusiasmado, a ella no le importó.
Sus días de víctima se habían acabado.


Quince minutos después, haciendo caso omiso de lo que le decía su instinto, C.L. aparcó el Cadillac en el Point y lo paró, tirando del freno de mano mientras apagaba el motor.
—Estupendo. —Maddie abrió la puerta.
—¿Adónde vas?
—Al asiento de atrás.
Se metió en la parte trasera y cerró la puerta.
De fábula.
C.L. sabía desde el principio que no tenía que haberse acercado a Frog Point, pero había ido de todos modos, diciéndose que no podían pasar muchas cosas en cuarenta y ocho horas. Comprobaría el pequeño problema de Sheila, destruiría a Brent Faraday, le estrecharía la mano a Henry, le daría un beso de despedida a Anna y se iría. ¿Qué podía ir mal? Y ahora estaba en un coche oscuro con la única mujer que lo volvía loco por completo cada vez que se acercaba a ella y que en ese momento deseaba sexo. Bueno, también él lo deseaba, pero no iban a hacerlo. Tenía su orgullo, y cualquier cosa que hubiera empujado a Maddie a ir hasta allí no era el deseo. Estaba furiosa con Brent y era su hora de la venganza. Bueno, pues podía olvidarse; ya había vivido esa historia antes y estaba muy seguro de que no iba a vivirla otra vez. Le había seguido la corriente hasta entonces porque ella estaba bebida y él estaba bastante seguro de que podía ganarla por cansancio y acabar sonsacándole qué estaba pasando, pero de ninguna manera haría nada más. De ninguna manera.
—¿Sabes?, no eras tan lento hace veinte años —dijo Maddie—. Vamos, ven.
—Vaya —exclamó C.L. Se puso cómodo en el asiento del conductor—. No oigo las ranas.
—C.L., no ha habido ninguna rana en Frog Point desde hace cuarenta años. Ven aquí atrás.
C.L. apoyó la frente en el volante un momento y luego se volvió a mirarla. Ella tenía los ojos, enormes en la oscuridad, clavados en él, con absoluta determinación, los brazos cruzados sobre el pecho, atrayéndolo con su voluntad al asiento de atrás. Tenía los pechos redondos y sueltos debajo de la tela elástica. Recordó la noche anterior, delante de su casa, y lo cálida y suave que era entre sus brazos. Luego la recordó media hora antes, al pie de la escalera, y el deseo que sintió y que casi lo había noqueado, cuando ella le cayó encima. Y le había dado un condón. Y él lo había cogido.
Estaba bastante seguro de que no pasaría al asiento de atrás.
—No llevas sujetador —dijo.
—Es un símbolo de mi sinceridad. Tampoco llevo bragas. —Palmeó el asiento, a su lado—. Ven.
De verdad, no debería pasar al asiento de atrás, en especial sabiendo que ella tenía un motivo oculto. Un motivo que cada vez le importaba menos, mientras el corazón le latía cada vez con más fuerza y toda la sangre le abandonaba el cerebro, pero ahí estaba y necesitaba saber cuál era ese motivo, antes de hacer algo estúpido.
—Maddie, ¿por qué estás haciendo esto?
—¡No me lo puedo creer! —explotó ella—. ¿Te estoy ofreciendo mi cuerpo y tú quieres saber por qué? —Lo miraba furiosa.
Esto no le podía estar pasando. Era todo lo que quería y todo lo que no quería, a la vez. C.L. gimió y se golpeó la cabeza contra el volante. Luego se echó a reír.


Maddie no tenía ni idea de por qué se reía C.L., pero tenía paciencia. Al final, pasaría al asiento de atrás. No podía, de ninguna manera, haber cambiado tanto en veinte años.
—De acuerdo —dijo él, finalmente—. Pero recuerda, esta vez ha sido idea tuya. Tú me has seducido.
Comprobó el freno de mano, cerró la puerta del pasajero y luego bajó del coche y cerró la puerta. Cuando subió atrás, ella perdió el control y soltó una carcajada.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó él, con voz gruñona, mientras se ponía a su lado.
—Tú. —Maddie señaló con el pulgar el asiento delantero—. El freno de mano. Cerrar las puertas. Eres tan prudente...
—Sí, bueno, caer por un precipicio en mitad de un polvo no es mi idea de un gran clímax.
Maddie arrugó la nariz.
—Hace veinte años no habrías pensado en ello.
—Hace veinte años no tenía freno de mano. —Miró por la ventana—. Cristo, qué oscuro está.
Maddie empezaba a perder la paciencia con él.
—Sí. Por eso estamos aquí y no en la calle principal. ¿Vas a hacer algo pronto?
—Vale. De acuerdo.
La cogió, sobresaltándola, y luego la besó con fuerza, aplastándole los labios contra los dientes mientras la obligaba a tumbarse en el asiento. Rozó con el hombro la tapicería; el cuerpo de él era un peso importante encima de ella y Maddie se retorció.
—¡Espera un momento! —Lo empujó, tratando de levantarlo con el codo, pero pesaba demasiado y sus hombros la sujetaban contra el asiento y no podía apartarse—. ¡Espera un momento!
—¿No es esto lo que querías? ¿Sexo ardiente en la parte de atrás de un coche grande?
Algo en su voz hizo que dejase de pelear, y él se apartó y quedó en equilibrio por encima de ella, apoyado en las manos. No le veía la cara, pero si algo estaba no era dominado por la pasión.
—Te estás riendo de mí —dijo ella, con la voz llena de rabia.
—Exacto. Me estoy riendo. —No parecía contento—. Y te lo mereces. ¿A qué diablos estás jugando?
Ella le empujó en el pecho de nuevo.
—Deja que me levante.
Él la ayudó a sentarse y se recostó en su rincón del coche, mientras ella se arreglaba el vestido, humillada por su propia estupidez. ¿Por qué había supuesto que él la deseaba? Dios, qué idiota era.
—Nos hemos peleado con el bueno de Brent, ¿verdad? —preguntó C.L. Maddie no podía verle la cara en la oscuridad, pero oía la repugnancia en su voz.
Se tiró de la falda otra vez.
—No, no nos hemos peleado.
—Lo preguntaba porque, si recuerdo bien, por eso tuve suerte la última vez. —La voz de C.L. se relajó un poco—. El bueno de Brent estaba tonteando con...
—Deja de llamarlo «el bueno de Brent».
—... Margaret, me parece, y te cabreó tanto que viniste aquí conmigo.
Maddie se dejó caer contra el respaldo. Lo peor era que estaba en lo cierto. No lo había arrastrado al Point porque estuviera loca de pasión por él; lo había llevado allí para vengarse. Veinte años y seguía con el mismo juego. Qué estúpida.
—De acuerdo. —Suspiró—. Me has pillado. Poco brillante, esa soy yo.
No era extraño que su marido tonteara por ahí.
—¿Quieres contármelo?
Pues claro, no faltaba más, eso era precisamente lo que quería hacer.
—No, ya me he puesto bastante en ridículo por una noche.
—Eh, no creas que no estoy agradecido. —C.L. le dio unas palmaditas en la rodilla—. Me trae recuerdos, eso de forcejear contigo. —Se rió—. Dios, lo sorprendido que me quedé aquella noche, cuando llegaste hasta el final.
—Sí. —Maddie apoyó la cabeza en el respaldo, demasiado deprimida para seguir sosteniéndola—. Yo también estaba sorprendida. No era lo que planeaba, en absoluto.
Pero también es verdad que nada sale según mis planes, se dijo.
—No podía imaginar por qué me elegiste a mí —siguió C.L.—. Seguro que no era mi técnica. Deseo y miedo a partes iguales. No podía ser bonito.
Ella volvió la cabeza en el asiento para mirarlo.
—Eras divertido.
C.L. soltó un gruñido.
—Vaya, pues gracias.
—No... —Maddie negó con la cabeza—. Quiero decir divertido a propósito. Me hacías reír. Lo pasé bien.
—¿De verdad?
Todavía sonaba un poco vulnerable, aunque todo había pasado veinte años atrás.
—Sí. Eras atractivo y agradable. —Lo pensó un momento—. No tratabas de ser el gran semental, ¿sabes? Solo eras amable de verdad y estabas contento de verdad de que yo estuviera allí.
—Contento es decir poco. Estaba en éxtasis.
Maddie se rió, a pesar de su tristeza.
Él alargó el brazo y le tocó el hombro.
—Ven aquí y cuéntame qué pasa.
Ella se puso rígida.
—¿Cómo?
C.L. negó con la cabeza.
—Sé que no me vas a follar, pero eso no significa que no pueda conseguir un abrazo. Ven y déjame que te abrace.
Maddie vaciló y luego se deslizó hasta él. Él la rodeó con el brazo y le palmeó la espalda, cálido y reconfortante. Ella respiró hondo, olió las madreselvas y empezó a sentirse mejor.
—Este sitio hace que me sienta bien —dijo—. Puede que también fuera bueno, en los viejos tiempos, cuando veníamos por aquí.
C.L. negó de nuevo con la cabeza.
—No como yo lo recuerdo. La vida era solo un desastre tras otro.
Maddie estiró el cuello.
—¿Incluida yo?
Él le dio unos golpecitos en la cabeza.
—Especialmente tú. Me dejaste tirado y me partiste el corazón.
Ella se le acercó más, rozando con la mejilla la suave tela de la camisa.
—¿De verdad pensaste que iba a dejar a Brent por ti?
Él se quedó callado un momento.
—No —dijo, finalmente—. Pero de todos modos me quedé hecho polvo cuando no lo hiciste.
Maddie se enderezó.
—Lo siento. Lo siento de verdad. Pensaba, bueno, ya sabes que solo ibas detrás de una cosa y que como ya la habías conseguido, pues ya era suficiente. Nunca imaginé...
—Olvídalo. —La volvió a atraer hacia él—. Fue hace veinte años. Ha corrido mucho sexo bajo el puente, para los dos.
Maddie se acurrucó más contra él y apoyó la mejilla contra la firmeza de su pecho. Se sentía mucho mejor. El bueno de C.L.
—Sí, pero fue mi primera vez. Es toda una diferencia.
—La mía también —dijo él, y ella se irguió, golpeándole la barbilla con la cabeza.
—¡Ay! —exclamó C.L. y se tocó el mentón.
Maddie lo miraba boquiabierta.
—¿También era tu primera vez?
—Sí. —Apartó la mano del mentón—. Joder, ten cuidado, mujer. Tienes una cabeza dura como una roca.
Maddie se recostó en el asiento.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Cómo cuáles?
Se volvió hacia él.
—Como decir, cuando todo había acabado: «¿Ha sido tan malo para ti como para mí?».
C.L. la miró con mala cara.
—Yo nunca dije eso.
—Sí que lo dijiste. —Maddie se echó a reír—. Pensé que estabas bromeando. Pero fue malo.
C.L. negó con la cabeza.
—No hay sexo malo. Solo que a veces es menos bueno.
—Aquella vez fue malo. Fue incómodo, torpe y desagradable, y yo me sentí estúpida.
C.L. suspiró.
—Gracias.
—La segunda vez fue mejor —dijo ella.
—Debió de ser con Brent. No lo hicimos una segunda vez. Nunca me volviste a hablar después de aquella noche. —C.L. se desparramó en el asiento—. Fui a tu taquilla al día siguiente y me volviste la espalda. Dios, fue todo un comentario sobre mi actuación.
—No fue Brent —insistió Maddie—. Lo hicimos dos veces aquella noche.
—Oh... —C.L. se detuvo, asombrado por el recuerdo—. Es verdad.
Maddie se apartó, indignada.
—¿No te acordabas?
—Cariño, toda aquella noche es un único y borroso recuerdo de deseo para mí. Lo que tomaste por humor probablemente era mi idea de los juegos previos. Ya sabes. —Puso una voz aguda y chillona—. «Ha ido bastante mal, probemos otra vez hasta que nos salga bien, ¿vale?»
Maddie se echó a reír y él la rodeó de nuevo con el brazo.
—Nunca sonaste así.
Él la estrechó más.
—Pues así era como me sentía por dentro. Dios, qué asustado estaba.
—¿De mí?
—De ti, del asiento de atrás, de no poder hacerlo y luego de no poder volver a hacerlo. Incluso después de aquella noche, y durante muchos años, cada vez que lo hacía, pensaba: «Se acabó. Nunca tendré esto de nuevo. Nunca conseguiré que otra mujer quiera hacerlo. Mi vida se ha acabado...».
—Calla ya —dijo ella riendo—. Me harás llorar.
—De hecho, incluso ahora...
—¿Sí? ¿Qué pasa ahora? —Se irguió para mirarlo a los ojos, pero estaba tan oscuro que las narices casi se tocaban antes de que pudiera verlos—. ¿Estás casado?
C.L. la miró parpadeando.
—No. Divorciado. Desde hace diez años.
Su tono era tajante, pero ella quería más.
—¿Por qué te divorciaste?
—A ella le gustaba el dinero y no parecía que yo fuera a tener mucho nunca. Nos peleábamos por eso y, después de un tiempo, acabamos odiándonos. Ya era suficiente.
Maddie se incorporó escandalizada.
—¿Se casó contigo por el dinero?
—No. —C.L. negó con la cabeza—. No, no he sido justo. Fue más que eso. Estábamos jodidos desde el principio.
—¿Qué pasó al principio?
—¿Qué es esto? —preguntó C.L. mirándola con el ceño fruncido.
—Desapareciste de mi vida —dijo Maddie—. Quiero saber qué pasó. Conozco la vida de todo el mundo en Frog Point. Es muy interesante tropezarte con un misterio para cambiar.
C.L. se encogió de hombros.
—Misterio poco. Conocí a Sheila hace doce años, cuando vine a ver a mis tíos. Llevaba un par de años trabajando como secretaria, después del instituto nos miramos y vimos lo que queríamos, y luego resultó que ninguno de los dos había mirado bien.
—Ella quería dinero —afirmó Maddie—. ¿Vio eso en ti?
—Vio a un hombre mayor que había conseguido salir de Frog Point, vivía en la ciudad y llevaba traje para ir a trabajar. Nos casamos y resultó que solo era yo, ella echaba de menos Frog Point y yo no quería trasladarme, y no teníamos el dinero necesario para vivir como ella quería, así que no había nada que nos mantuviera unidos. —Suspiró—. Fue una equivocación sin mala intención. No éramos malas personas, solo unos capullos.
Maddie no quería hacer la siguiente pregunta, pero tenía que hacerla.
—¿Qué viste tú?
—¿Cómo?
—¿Qué viste tú en Sheila?
C.L. se quedó muy quieto un momento.
—Vi a una chica cariñosa y bonita que quería estar conmigo.
—¿Eso es lo único necesario?
—Es mucho.
—Debiste de echarla de menos cuando se fue. —Maddie se mordió el labio—. ¿El divorcio es... difícil?
—Es un infierno —dijo C.L., pero no parecía haber mucho dolor en su voz—. Es un alivio cuando se acaba. Necesitas un año para superarlo, si no te importa mucho. Si os queréis, creo que se necesita toda la vida.
Ella se quedó en silencio tanto tiempo que él se inclinó para ver si se había quedado dormida.
—Hola.
—Solo estaba pensando.
—Ah. —Su tono de voz era ligero—. ¿Pensando en divorciarte del bueno de Brent?
Maddie respiró hondo.
—Bueno, hasta ahora pensaba en matar al bueno de Brent, pero ahora ya no estoy tan furiosa.
—¿Por qué lo estabas antes?
—Me engaña.
La risa de C.L. sonó como un bufido burlón.
—Vaya, qué sorpresa. Y para mí, un misterio solucionado.
—¿Qué?
—El de por qué estás aquí, haciendo una segunda versión de «La noche que perdimos nuestra virginidad. Venganza. Segunda parte». Y dicen que la historia no se repite.
—Puede que no —respondió ella.
C.L. se inclinó, apartándose de ella.
—No intentes darme jabón ahora. La fea verdad ha salido a la luz.
—Es una broma, ¿no?
—A medias.
—Porque creo que te equivocas. —Maddie se detuvo un minuto, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Quiero decir, vine aquí aquella noche para vengarme de él, pero no es por eso por lo que me quedé. Lo pasé bien. Salvo por el sexo.
C.L. gimió.
—Dios, esto hace que me sienta mucho mejor.
Maddie se le acercó más para poder verle la cara.
—Mira, ¿quieres sinceridad? El sexo no fue bueno. Pero los abrazos y las risas sí que lo fueron. Fuiste un encanto. Me hiciste sentir bien. Me gustabas mucho.
—Entonces ¿por qué te casaste con Brent?
Había sarcasmo en su voz, pero ella le contestó seriamente.
—No lo sé. Llevo mucho tiempo pensándolo. Todos sabían que me casaría con él y si todo el mundo lo sabía, debía de ser verdad, así que nunca consideré ninguna otra posibilidad. Para cuando vinimos aquí, contigo, ya habíamos elegido el grabado de la plata. Tenía las cucharas. Eso hacía que todo pareciera irrevocable. Tenía una identidad. Iba a ser la esposa de Brent Faraday. Sé que suena estúpido, pero nunca pensé en nada que no fuera casarme con Brent.
—Lo sé —dijo C.L.—. Así es como todos pensábamos por entonces.
—Yo seguía haciéndolo hasta ayer —dijo Maddie—. Por eso estaba tan furiosa con él.
—¿Estabas?
Ella estiró un poco el cuello para mirarlo.
—De alguna manera, tú me has hecho cambiar de opinión.
—No me dejes hacerlo —pidió C.L.—. Vuelve a sentirte furiosa con él.
—No, lo digo de verdad. Esto es agradable. Hace mucho tiempo que no sentía tanta calidez. Si Brent se va por ahí para sudar con alguna jovencita tonta y mona, es un canalla, pero si lo que busca es esto, este bienestar con alguien, me parece que lo puedo entender. —Se acurrucó más contra C.L. y este le apretó el hombro de nuevo. Maddie sintió que la recorría una oleada de paz tan intensa que era física—. Me siento muy bien. Eres maravilloso.
Él le palmeó el hombro.
—Despacio. No perdamos la cabeza.
Ella frotó la cara contra la camisa solo para notarla en la piel. Olía a sol y jabón y, por debajo, ligeramente a su sudor. Nada de una fea colonia, solo él y el sol. Levantó la cara para mirarlo.
—¿Tu tía te ha lavado esta camisa? Huele como si se hubiera secado tendida al sol. Huele maravillosamente.
Él se echó a reír y ella lo miró a los ojos, oscuros como la noche y bordeados con aquellas pestañas increíbles, y sus labios le sonrieron, lo bastante carnosos para morderlos; él era sólido, cálido, dulce y seguro y lo deseaba tanto que se quedó sin aliento. Él dejó de reír, mirándola y, después de un momento, se inclinó y la besó acariciándole los labios con los suyos y haciendo que se le tensara todo el cuerpo.
—¿Maddie?
Le puso la mano en la nuca y lo atrajo hacia ella, acariciándole la espalda cuando él se inclinó. Su boca sabía a vino y calor y a algo más, igual que él. Su brazo era sólido debajo de la camisa, sólido rodeándola. Se estremeció cuando él le puso la mano bajo el pecho, haciendo que se hinchara y endureciera. El ardor fue súbito y se extendió por todas partes; se retorció para acercarse más a él, notando el roce de sus mangas contra la piel y los músculos de sus brazos que la atraían mientras el anhelo se extendía. Sus labios le recorrieron el cuello y ella suspiró en la oscuridad, absorbiéndolo a bocanadas. Cada respiración la hacía desearlo más y cuando, finalmente, le cogió con fuerza el pecho, tierno ya de deseo, gimió, lo mordió en el hombro y lo abrazó tan estrechamente como pudo.
—Si vas a decir que no —le susurró él al oído unos minutos después—, dilo rápido.
Ella apretó los dientes para no reclamarlo a gritos.
—Te quiero ahora. Hazme el amor ya.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:57 pm

Capítulo 7


Los ojos de C.L. la miraban apasionados a la luz de la luna y el peso de su mano la hizo perder el aliento cuando empezó a desabrocharle los botones del vestido, uno por uno, mientras sus dedos le recorrían el vientre. Tenía la cara muy cerca de la suya, los ojos negros de deseo; luego bajó la cabeza y le acarició el hueco del cuello con los labios, mientras sus cabellos le rozaban la mejilla. El cosquilleo la hizo estremecerse y luego se convirtió en una picazón en los pechos, el hueco de los codos, la parte de atrás de las rodillas y luego en un ardor entre las piernas, mientras, todo el tiempo, él se movía sobre ella, camisa, piel y calor, oliendo a sol, sudor y a C.L. Maddie se retorció y le clavó las uñas con fuerza deslizándolas por la espalda y dentro de los vaqueros.
—Espera —susurró él, junto a su cuello—. Deja que me quite el cinturón.
Ella se arqueó hacia atrás, mientras él trataba de desabrocharse el cinturón; estaba tan viva y lo necesitaba tanto que no podía quedarse quieta debajo de él; no dejó de estremecerse hasta que notó su peso encima de nuevo. Entonces él deslizó las manos por debajo del vestido y a lo largo de la espalda y ella apretó los dientes cuando él se la puso encima y le bajó el vestido por los hombros desde dentro. Se dejó caer contra él y sintió la aspereza de la camisa en los pechos. Era un contacto maravilloso, pero no era suficiente, lo quería también desnudo y desabrocharle la camisa era demasiado lento. Le golpeó con la cabeza en la clavícula y cuando él la hizo levantarla y la besó con fuerza, le desgarró la camisa, lanzando botones por todas partes y se apretó contra él, el suave calor de sus senos contra el áspero pelo de su pecho. El cosquilleo y el ardor que ahora estaban por todas partes eliminaban cualquier otro pensamiento de su mente. Gimió de deseo y necesidad, mordiéndole el labio hasta hacerle sangre y saboreándola.
—Dios, Maddie, espera —dijo C.L. y, sin soltarla, deslizó la mano entre sus piernas.
Sus dedos eran tan imposiblemente buenos en sus muslos húmedos y luego dentro de ella que Maddie gritó. Él la apretó contra el asiento y ella lo rodeó cuando sus labios buscaron su pecho para chuparlo con fuerza, al mismo tiempo que la acariciaba. Entonces ella perdió la cabeza, aferrándose a C.L., mientras él buscaba el condón en el bolsillo. Le abrió los muslos con los suyos y ella se arqueó ante la descarga —el ansia y el ardor fundidos en uno— cuando él la penetró con fuerza. Apretó la cara contra la de él mientras su cuerpo se balanceaba contra el suyo, apenas consciente de que él la besaba, y se entregó al ritmo y la fricción, que la hipnotizaba y la saciaba increíblemente. Las manos y los labios de C.L. estaban por todas partes y sentía cómo le martilleaba la sangre en las sienes, en los pechos y en las yemas de los dedos y, finalmente, ardiente, muy dentro de ella, más dentro, más fuerte hasta que se deshizo y se tornó impetuosa, dando golpes con la cabeza en el asiento, gritando al sentir que los espasmos la dominaban y su clímax fue casi un anticlímax, porque antes todo había sido insoportablemente magnífico.
Maddie se quedó allí, sin moverse, un momento, inclinando la cabeza hacia atrás y cogiendo aire, con un profundo sollozo, antes de mirar a C.L. Las nubes habían dejado la luna al descubierto, y él la miraba con ojos ardientes a la tenue luz. Sintió que brillaba bajo su mirada, transformada. Había hecho algo malo, algo egoísta, algo solo para ella. Nunca volvería a ser la misma y era maravilloso.
—Ven aquí —dijo él.
Tiró de ella hacia arriba hasta que estuvo sentada a horcajadas sobre él, que tenía la espalda apoyada en el asiento. Deslizó las caderas debajo de ella y la presionó hacia abajo, encima de él, todo lo cerca que pudo. Ella notó que se ponía duro dentro de ella y se aferró a sus hombros, clavándole las uñas en el músculo.
—¿Cómo? —susurró, mientras dejaba caer la cabeza en su hombro, con un placer entregado.
—No ha sido fácil. —Su voz era ronca y gruesa—. Llegaste muy rápido. —Levantó una mano, la metió entre sus cabellos y le echó la cabeza hacia atrás, para verle la cara—. Pero esta vez es diferente. Mírame. Esta vez quiero que sepas con quién estás.
—Lo sé. —Le acarició los labios con los dedos y se balanceó hacia delante, cerrando los ojos al notarlo más dentro de ella—. Lo he sabido todo el tiempo. Nunca había tenido algo así.
—Cariño, nadie ha tenido algo así.
La besó, acariciándole ligeramente la lengua con la suya, pasándosela por los labios y el cuello, con las manos en sus pechos, excitándola y haciéndole cosquillas, como contrapunto al balanceo muy dentro de ella. Maddie sintió que se acumulaba la presión de nuevo. Notó que algo grande y maravilloso salía de su escondite, recorriéndole las venas. Gritó y él apretó con más fuerza.
—Mírame —dijo, y enredó los dedos en el pelo para levantarle la cabeza otra vez.
Ella lo vio a la luz de la luna, con los ojos brillantes y los dientes apretados cuando el espasmo lo sacudió también a él.
Soy la razón de que sienta esto, pensó Maddie; me desea, estoy haciéndole perder el control, se está viniendo dentro de mí, por mí, oh Dios. Y entonces ella también se perdió, ahogándose cuando el clímax la apresó de nuevo, flexionando los hinchados dedos y retorciéndose para estar más cerca de él, acunándose entre sus brazos, como él en los suyos.
Y cuando él recuperó la cabeza, Maddie se dejó caer sobre su ancho y húmedo pecho. Esto no es algo que Maddie Faraday haría nunca, se dijo ella. Es nuevo de trinca, solo yo, para mí.
Quiero esto otra vez.
C.L. salió lentamente de ella y se quedaron sentados, desplomados juntos, entrelazados y estremeciéndose; luego quietos y finalmente él le susurró al oído:
—Tenemos que acordarnos de cómo lo hemos hecho.
Maddie se rió apoyada en su cuello.
—Lo digo en serio —insistió la voz de C.L. mientras la estrechaba con más fuerza—. He tenido sexo bueno antes, pero esto ha sido nirvana. ¿Ha sido el coche? Compraré uno. Lo juro.
—No —susurró ella—. Has sido tú.
—He sido yo...
Los brazos la apretaron de nuevo y le murmuró junto al pelo:
—¿Te negarás a hablar conmigo mañana? Si voy a tu taquilla, ¿me volverás la espalda?
—No. —Respiró junto a él, inhalando su olor, soleado y penetrante, mareada porque él estaba allí y porque se sentía realmente libre—. No creo que pueda decirte que no nunca más. No después de esto.
Lo besó y él se apoderó de su boca con tanta ansia que ella se sintió cargada de energía porque él la deseaba tanto y porque el sexo había sido tan bueno. Puedo hacer cualquier cosa, se dijo.
Se relajó, apoyándose en él, y él la tumbó con cuidado en el asiento, a su lado. Trató de cubrirse con su ropa, mientras ella hacía lo mismo con la suya hasta que los dos abandonaron toda modestia y permanecieron enlazados en una maraña de tela y satisfacción. Maddie pensó que no se movería nunca más. Olía a madreselva por todas partes, y a sudor, sexo y sol en su camisa. Lamió la sal que él le había dejado en los labios, un sabor penetrante. Lo sintió cálido, fuerte y sólido a su lado, abrazándola, y se estremeció por el placer que le producía todo aquello, un placer que le penetraba hasta la médula. Lo veía bajo la luz plateada, el brillo de su piel, la oscura sombra de las pestañas en las mejillas, la ligera sonrisa de sus labios. Le resiguió los labios con los dedos y él se los besó, sin abrir los ojos.
—Tienes una sonrisa muy extraña —dijo ella, soñadora—. Es como una V.
—¿Debería cambiarla? —preguntó él, medio dormido.
—No. —Deslizó los dedos por sus labios de nuevo—. Es muy sexy.
Él sonrió bajo sus dedos, con los ojos todavía cerrados.
—Pues ahí se queda.
—De hecho, todo en ti es sexy.
—Gracias.
Ella se acurrucó más contra él.
—¿Crees que yo soy sexy?
Él abrió un ojo.
—Creo que tendrían que declararte recurso nacional y protegerte con una ley. ¿Siempre charlas tanto después del sexo?
—No. —Maddie le sonrió con toda la cara—. Nunca antes. Es porque soy muy feliz.
C.L. cerró los ojos y la estrechó más contra él.
—Bien. Pues habla todo lo que quieras. Te escucharé, lo juro. —La besó en el cuello y el suave contacto la hizo estremecer—. Tienes un cuello perfecto.
Ella se quedó, echada a su lado, escuchando los grillos, los latidos del corazón de C.L. y absorbiendo su olor y el de las madreselvas. Dejó resbalar los dedos por su hombro y por el brazo, siguiendo el contorno de los músculos. Tenía un cuerpo estupendo. Todo en él era estupendo.
De repente, una rampa en la pierna le recordó que también pesaba. Intentó adoptar una postura mejor, pero no la había. Si no enderezaba la pierna, se iba a quedar coja para toda la vida.
—C.L. —susurró y él la abrazó más estrechamente, provocándole un agudo dolor hasta el muslo—. C.L.
—¿Qué? —preguntó, levantando la cabeza.
—Me estás aplastando. Y tengo la pierna torcida...
—Perdona. —Se movió para incorporarse—. Ya está...
—¡Ay!
—Lo siento.
Tiró de ella hasta sentarla, pero ella resbaló de sus rodillas. La sangre afluyó a la pierna y despertó un incendio en ella, con agudas punzadas de dolor, y la rodilla le crujió al enderezarla.
—Dios, me crujen los huesos.
Él le dio unas palmadas en la rodilla.
—Por suerte, me gustan las mujeres mayores.
Por su voz, Maddie supo lo agotado que estaba.
—Llévame a casa. Necesitas dormir.
Él la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí.
—¿Puedo dormir contigo?
Maddie negó con la cabeza, pero no se apartó. No podía. El contacto con él era una sensación demasiado maravillosa.
—Me parece que Brent se daría cuenta de lo que pasa si te pillase allí, en la cama.
—Ah, sí, el bueno de Brent. —C.L. vaciló—. ¿Tienes algún plan que yo debería conocer?
—Sí. Me voy a divorciar. El lunes presento la petición. Todavía no se lo he dicho a Brent.
Él suspiró y estrechó más el abrazo, mientras su mano se deslizaba hacia abajo para acariciarle el pecho.
—Bueno eso me quita un problema de la cabeza. Díselo esta noche para que me pueda quedar a dormir.
Maddie se apartó bruscamente.
—No.
—Eh, que era broma.
—Seguirás siendo un secreto hasta que el divorcio sea definitivo.
C.L. la miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
Maddie se estremeció.
—Tengo una hija. No quiero que le den la custodia a él.
C.L. negó con la cabeza.
—Maddie, ninguna mujer pierde la custodia por tener una aventura, en especial si el marido se lo está haciendo con otra mujer.
—No me importa. No voy a correr ningún riesgo. No con mi hija.
—Vale. Supongo que puedo entenderlo. —Bostezó, agotado—. Dios, estoy cansado. ¿Cuándo puedo volver a verte?
Maddie pensó en Brent y su felicidad desapareció.
—El martes por la noche. Se va por ahí, los martes y los jueves se va por ahí, después de jugar a los bolos.
C.L. dejó de estirarse.
—Es dentro de cuatro días.
—Piensa que es como un juego erótico previo.
—Muy graciosa. —Se inclinó y la besó con fuerza, mientras le acariciaba el pecho. Maddie sintió que el fuego se encendía de nuevo al notar su sabor. Con la cara muy cerca de la suya, C.L. dijo—: Me siento muy posesivo contigo. Esto es malo.
Maddie le rozó los labios con los suyos y notó que su mano la apretaba con más fuerza mientras él cerraba los ojos. Era embriagador que la deseara tanto. Sintió que el deseo aumentaba en ella.
—¿Por qué es malo? A mí me parece fabuloso.
C.L. abrió los ojos.
—Estás casada, por eso es malo. Puede que mate a Brent.
Los golpes en la ventanilla les hicieron dar un salto. Maddie se cerró el vestido y se hundió en la oscuridad del rincón, mientras C.L. impedía con el cuerpo que pudieran verla desde fuera. Bajó la ventanilla y una voz preguntó:
—¿Es que no tenéis cama vosotros dos?
Maddie se apartó más cuando la luz de la linterna la cegó. Bailey. Claro, Bailey. Había visto el coche, se había acercado a ver y se había ganado el premio gordo: la mujer del jefe y el peor granuja de Frog Point. Maddie cerró los ojos e intentó no pensar en el lío en que se iba a ver metida. Después de todo, eso es lo que quería. Venganza. Ahí quedaba la Virgen Perpetua de Frog Point.
Su madre la mataría.
Entretanto C.L. se había movido para bloquear la luz.
—¿Quién diablos eres?
—Vaya, qué me aspen. C.L. Sturgis. ¿Cómo va todo, C.L.?
—¿Qué?
—Soy yo. Bailey. —El vigilante volvió la linterna para que iluminara su propia cara de luna, sonriendo por encima de su uniforme de guardia de seguridad—. ¿Te acuerdas de mí?
—¿Bailey? ¿Ahora eres poli? —La voz de C.L. se suavizó—. Jesús, ¿adónde iremos a parar?
La sonrisa de Bailey se ensanchó.
—El mismo C.L. de siempre, por lo que parece. Me lleva veinte años atrás, esto de pillarte follando en el asiento trasero de un coche. Buenas noches, señora.
Maddie se hundió todavía más en la oscuridad.
La voz de C.L. se puso tensa de nuevo.
—Baily, compañero...
—¿Sí, C.L.?
—Apaga esa maldita linterna.
—Vale. —La luz se apagó—. Pero tienes que largarte de aquí, C.L. Ahora son terrenos privados.
—Ya me voy. —Maddie oyó como C.L. trataba de arreglarse la camisa, mientras salía del asiento trasero y cerraba la puerta de golpe detrás de él, sin dejar de escudar a Maddie—. Me alegro de verte, Bailey —dijo, y Maddie vio cómo cogía al guardia por el brazo y lo alejaba del coche—. Ahora vete de aquí.
—Bajaré primero, compañero, pero te esperaré al pie de la colina.
—Muy bien, Bailey, hazlo. Ahora vuelve al coche.
C.L. hizo que el pequeño guardia andará casi de puntillas mientras lo llevaba hacia su coche.
—Venga ya, C.L., ¿estás con quien creo que estás? Hace ya meses que la ciudad no tiene ningún chisme que valga la pena.
Bailey volvió la cabeza tratando de mirar hacia atrás.
—Los polis no andan con chismes, Bailey, ni aunque sean guardias contratados. Y estoy solo. —C.L. le abrió la puerta del coche y lo empujó adentro—. No hablarás de esto con nadie, ¿me oyes?
—¿Estás solo en el asiento de atrás del coche de Brent Faraday en el Point? Me estás tomando el pelo. Además, he visto a alguien allí.
Maddie vio cómo C.L. se apoyaba en la puerta del coche.
—Bailey —dijo—, vete y ten la boca cerrada o te romperé el culo a patadas.
El guardia se rió pero puso en marcha el coche.
—Tú no me pegarías, C.L. Además, deberías saber que, en esta ciudad, no se pueden guardar secretos. Tú deberías saberlo.
—No, pero puedo intentarlo —lo oyó decir Maddie entre dientes, mientras se sentaba en el asiento del conductor—. No te levantes —le dijo y dio vuelta a la llave de arranque.
Maddie vio cómo desaparecían las luces traseras de Bailey carretera abajo. El día siguiente todo el mundo lo sabría.
—Me siento como una puta.
C.L. soltó el aliento de golpe.
—Maddie, cálmate, por favor.
Puso el coche en marcha.
—Lo ha estropeado.
—Solo si tú le dejas.
Maddie lo pensó mientras el coche empezaba a moverse. Acababa de tener la mejor noche de toda su vida. El día siguiente iba a lamentarlo; el día siguiente tendría mil cosas que lamentar, pero esa noche estaba gloriosamente a oscuras, con C.L.
—De acuerdo —dijo, y pasó por encima del asiento para ponerse a su lado.
—Parece que no tengo ni un botón en la camisa —dijo C.L., frunciendo el ceño y mirándola a la luz del salpicadero, mientras daba la vuelta para salir del Point—. ¿Qué has hecho? ¿Los has arrancado a mordiscos cuando yo no miraba?
—La próxima vez, presta atención —dijo ella, y le metió la lengua en la oreja.
Él dio un volantazo, pero volvió a hacerse con el control del coche antes de que se salieran de la carretera.
—No hagas eso. Por lo menos, no mientras voy conduciendo. Por supuesto, en mi coche, no será un problema. La palanca del cambio te mantendrá en tu sitio.
Maddie volvió al asiento del pasajero.
—Me gustaba más tu viejo coche. Podía sentarme junto a ti.
—Todavía puedes hacerlo. Solo tienes que poner una pierna a cada lado de la palanca. Le dará un sentido totalmente nuevo a la cuarta marcha.
Maddie se echó a reír.
—Haces que me sienta como si volviera a tener dieciocho años.
Él apartó la mano de la palanca para darle unas palmaditas en la rodilla.
—Ya he visto lo ágil que estabas al pasar por encima del asiento. Ni un solo crujido.
—Tendrías que verme yendo en la otra dirección.
C.L. se volvió hacia ella y Maddie lo vio a la luz del salpicadero, sonriéndole con una tranquila posesividad.
—Pienso hacerlo —le dijo y ella se acomodó en el asiento, envuelta en su calor, olvidando el mañana.


C.L. condujo el Cadillac de su peor enemigo en medio de la oscuridad, aturdido de asombro y deseo saciado. No podía decidir si la suerte le sonreía o si era el universo que le jugaba su última mala pasada, porque lo último que necesitaba era liarse con una mujer casada en Frog Point. Pero la mujer era Maddie, iba a divorciarse y, aunque su cerebro era un revoltijo absoluto, estaba seguro de que no había sido tan feliz en mucho tiempo. Quizá nunca.
Había recuperado a Maddie.
Ella saltó del coche cuando C.L. lo aparcó en la parte de atrás de casa de Treva.
—¡Eh! —exclamó él, y ella dio la vuelta y lo besó por la ventanilla, una y otra vez, riéndose bajito.
Realmente era Maddie, por fin, con su cara redonda, sus labios carnosos y sus ojos ardientes, y se reía y lo besaba a él.
Qué demonios, pensó C.L., esto es lo único que me importa. Se bajó del coche y trató de abrazarla, pero ella se escabulló.
—Tengo que volver a casa —dijo, retrocediendo—. Iré caminando. Si me llevas tú, podría vernos alguien.
Allá a lo lejos, empezó a tronar y se levantó viento, mientras miraba cómo ella se alejaba.
—Mañana —dijo—. Te llamaré mañana. Quiero verte mañana.
Ella se iba desvaneciendo, caminando hacia atrás en dirección a su casa.
—Lo intentaré. No sabes con cuánta fuerza lo intentaré.
En ese momento se dio media vuelta y echó a correr por el callejón. Él puso las llaves del Cadillac en el salpicadero y fue a su propio coche. Dos horas en un asiento trasero y su vida era nueva de trinca.
La tormenta llegó mientras ponía en marcha el Mustang, así que condujo hasta casa de Henry bajo la lluvia. Su mente era un caleidoscopio: Maddie mudándose a Columbus con él (¿podría abandonar Frog Point?), la hija de Maddie (¿qué sabía él de niños?), la cara de Anna cuando se lo dijera (sería feliz, en especial por la niña), la cara de Henry cuando se lo dijera (inescrutable), la cara de Maddie cuando le propusiera trasladarse a Columbus (ni lo sueñes), la cara de Anna cuando se acordara de que Maddie estaba casada (mierda), y las caras de Frog Point cuando todos se dieran cuenta de que iba a ser su marido (atónitas), todo lo cual le llevó a pensar en la tierra extra que había junto a la granja de Henry («un bonito trozo de tierra para construir», le había dicho a C.L. cuando se casó con Sheila) y la posibilidad de ver a Anna cada día y, debajo de todo, nublando cualquier proceso racional de pensamiento, el calor y la suavidad de Maddie frotándose contra él en la oscuridad, sus suaves gemidos, sus ojos cuando se miraron en los suyos y se entregó a él, y la manera en que se acurrucó y se aferró a él cuando todo acabó.
Esta vez, había acertado.
Una pequeña parte, todavía cuerda, le decía que dos horas de sexo en un coche no hacían un futuro, pero el resto de él brillaba con el conocimiento de que esa vez los dos acertaban.
Delante de las narices de todo Frog Point.


Maggie entró sin hacer ruido por la puerta trasera, mojada por la lluvia, tratando de conservar el calor de la noche, pero su felicidad se desvaneció al contacto con la casa. Aunque maravilloso, el sexo no iba a eliminar sus problemas. El maravilloso sexo...
—¿Dónde diablos has estado?
La voz de Brent surgió de la oscuridad, sobresaltándola, y entonces él dio la luz de la cocina, cegándola.
—¿Brent?
Le temblaba la voz, mientras trataba de ganar tiempo. ¿Tenía el vestido bien abrochado? No llevaba sujetador.
—Te he preguntado dónde demonios has estado.
Dijo las palabras juntas, como si fueran una maldición. Sudaba, temblaba y respiraba con dificultad, con una mano apoyada en la encimera; sus cejas dibujaban un guión negro a través de la frente mientras la miraba furioso, con la cabeza gacha como si fuera un toro herido.
—Brent, estoy bien. —Fue hacia él, con intención de tranquilizarlo—. He ido a dar una vuelta con el Cadillac. No te preocupes por mí.
Él la cogió por el brazo.
—No estoy preocupado por ti. —Se interrumpió y le zarandeó un poco el brazo—. Cuando te digo que estés en casa, espero encontrarte en casa. ¿Lo entiendes?
—No —dijo Maddie, con la culpa y la rabia confundiendo sus ideas—. ¿Por qué actúas así? —Soltó el brazo de un tirón—. No es propio de ti. ¿Por qué estás tan furioso? ¿Qué diferencia hay?
—Hay diferencia porque yo lo digo. —Se inclinó para acorralarla contra el fregadero. Apestaba a sudor y cerveza, y estaba tan cerca que los poros de su piel parecían cráteres—. Soy tu marido.
Ella hizo un gesto negativo con la cabeza. Ya no. Ya no te necesito. Me he librado de ti, pensó.
—Eso es basura.
Se apartó de él.
Él volvió a bajar la cabeza, moviéndose hacia ella, fulminándola con la mirada por debajo de las cejas.
—Quiero saber dónde has estado.
—¿Por qué? —preguntó ella, retrocediendo—. Yo no te pregunto dónde has estado tú. No lo pregunto... —respiró hondo antes de añadir—: Porque lo sé.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—Lo sé todo sobre tus sucios secretos. He abierto la maldita caja. —Maddie se volvió de cara a la ventana salpicada de lluvia, porque no soportaba verlo, pero lo veía reflejado en el cristal. Estaba de pie, estupefacto, con los brazos colgando a los lados. Un idiota grande y estúpido. Le dolía el cuello y cogió las pastillas. Las tomaría sin agua. No quería perder el sabor de C.L. en la boca—. ¿Quién diablos te crees que eres? —siguió diciendo mientras hacía caer las pastillas en la mano—. ¿De verdad pensabas que ibas a salir bien parado de todo esto, solo porque eres Brent Faraday? Bueno, pues no va a ser así. Si crees que voy a aceptar esa basura, eres todavía más estúpido que...
Se estaba volviendo para encararse a él cuando Brent le pegó, dándole un revés con el puño en el ojo. Maddie se tambaleó y luego cayó hacia atrás, dando contra la pared y derramando las pastillas por el suelo. Gracias a Dios que Em no está aquí, pensó, mientras resbalaba por la pared hasta el suelo. Pobrecita...
Luego se impuso su sentido de autoconservación y se puso en pie, mientras él iba a por ella. Salió corriendo al pasillo, gritando:
—¡No me toques!
Él no la siguió, y Maddie entró a trompicones en la sala y se apoyó en el sofá, temblando y sin aliento, aferrando todavía el frasco de pastillas en la mano.
Le dolía la cabeza, tanto que casi no sentía el dolor. Así era cómo se sentía una cuando le daban una paliza. Maltratada. Iba a ser otra buena para los vecinos. Se palpó el lado de la cabeza, y cuando apartó la mano estaba manchada de sangre. Debía de haberla cortado con el anillo. Mañana tendría que explicárselo a Em. A su madre. A la ciudad. Le flaquearon las rodillas y se dejó caer en el sofá.
Y se enterarían de lo de C.L., porque Bailey lo contaría. ¿En qué diablos había estado pensando? Había tirado su vida por la alcantarilla a cambio de dos horas de felicidad absoluta. Quizá no fuera un mal precio si se tratara solo de ella, pero también estaba Em y su madre. Era una zorra egoísta y ya no había medio de arreglar las cosas. Esta vez la había hecho buena.
No podía seguir haciéndolo. No podía seguir arreglando las cosas. No podía seguir siendo una buena chica. Sencillamente, no podía. Intentó enfocar la mirada y vio la botella de vino que había compartido con C.L., casi vacía, solo quedaban un par de dedos. Estaba muy cansada y la cabeza le dolía y nunca volvería a ser feliz.
Por la tarde, tres Tylenoles la habían hecho caer en la inconsciencia. La mayoría de las pastillas estaban desparramadas por toda la cocina, pero todavía quedaban siete cuando volcó el frasco en la palma de la mano. La inconsciencia estaba a su alcance. Dejó caer las pastillas, una tras otra, dentro de la botella de vino y luego la agitó para que se disolvieran.
—Maddie.
Brent estaba encorvado en el umbral, todavía con su camiseta de la bolera. Dios, qué aspecto tan estúpido tenía. No era la camiseta. C.L. estaría de fábula con aquella camiseta. Era Brent.
Miró la botella y la dejó de golpe encima de la mesa. Brent era el problema, no ella. Tenía que dejar de beber. Había estado a punto de suicidarse o, por lo menos, de causarse una enfermedad grave. Y también tenía que eliminar la autocompasión. Definitivamente, tenía que dejar de beber.
—¿Qué? —dijo, tocándose de nuevo la cabeza—. ¿Un mal día?
Brent cerró los ojos.
—Lo siento. Siento haberte pegado. Te quiero. Lo sabes. Lo siento.
—Sé que lo sientes —dijo Maddie—. Lo sé.
Nunca le había pegado antes y en ese momento casi no importaba. Solo hacía que le resultara más fácil dejarlo. Casi se alegraría de que le hubiera pegado si no le doliera tanto y si no hubiera que dar tantas explicaciones después. Toda la gente a la que tendría que explicárselo, todos los que iban a creer que le había pegado a causa de C.L. y, mientras ella daba explicaciones, Brent seguiría con lo suyo, despreocupadamente. El muy cabrón.
—Has registrado mis cosas —dijo Brent con voz recia—. Fuiste a mi despacho.
—Sí. —Maddie estaba sorprendida. De alguna manera, aquello parecía pertenecer a otro día. Otro siglo—. Tenía una razón.
—Quiero que me devuelvas la caja.
—Luego.
—La quiero ahora. Y quiero saber dónde has estado. ¿Con quién has hablado?
Maddie estaba cansada. Maltratada, hecha polvo, después del sexo. No quiero tener esta conversación ahora, pensó.
—Mañana hablaremos.
—Ahora.
—De fábula. —Lo miró furiosa, mientras se ponía en pie—. Tú primero. ¿Dónde diablos has estado tú? Y no me digas que en la bolera, cabrón. No me puedo creer lo mentiroso que eres. Nunca volveré a creerme nada que me digas.
Brent pareció hincharse ante sus ojos.
—Cierra la boca —gritó—. No hablamos de mí. ¿Dónde...?
—Y una mierda no hablamos de ti —replicó Maddie enérgicamente—. Todo esto tiene que ver con que tú eres el gran hombre, ¿no?
—Cállate.
—El gran Brent Faraday puede conseguir a la mujer que quiera, es el que tiene más probabilidades de triunfar, ¿no?—Rodeó la mesa baja y se dirigió al pasillo, harta de la conversación—. Pues mira, ya no te voy a seguir más el juego. Me largo.
—No, no te largas —dijo Brent, temblando—. No vas a ningún sitio.
—Sé lo que eres... —dijo Maddie.
—¡Cállate!
—... y no es mucho, así que no...
Pasó junto a él mientras seguía hablando.
—¡Cállate!
Brent le pegó de nuevo, unos centímetros por debajo de donde le había dado la primera vez.
El puño la golpeó en un lado de la cara con un golpe sordo que hizo que el interior de la cabeza sonara a hueco.
Ella se tambaleó hacia atrás y se enderezó, parpadeando para controlar las lágrimas.
—¡Se acabó! —exclamó Maddie,
Lo empujó, tirándolo hacia atrás y luego al suelo mientras se dirigía, vacilando, hacia la escalera. Él se puso en pie a trompicones y ella echó a correr, haciendo caer sillas a su paso para detener su avance. Oyó cómo caía la mesa de la entrada y la madera se astillaba cuando él tropezó con ella, pero no se volvió. Consiguió llegar a la habitación, cerrarla y echar la llave justo antes de que el cuerpo de Brent diera contra la puerta. Empujó el pesado tocador contra la puerta y luego le habló, en un estallido, esforzándose por recuperar el aliento, tragándose las lágrimas.
—Vete. Fuera de esta casa. Voy a llamar a la policía. Estás borracho. O loco. No sé cuál de las dos cosas. Pero sé en qué has estado metido y sé la clase de hombre que eres y se ha acabado. Vete.
Oyó cómo Brent se dejaba caer junto a la puerta.
—Maddie —dijo, y a ella le pareció como si estuviera llorando, solo que Brent no lloraba nunca—. Perdóname. No quería pegarte. No sé cómo ha pasado. ¿Dónde has estado esta noche? Dímelo. Necesito saber qué sabes. Necesito saber a quién se lo has dicho.
—He estado con C.L. Sturgis. Toda la noche. Presentaré una demanda de divorcio el lunes. Lo sé todo, todo lo de tu rubia, todo, pero pegarme ha sido lo peor. Pegarme dos veces. Vete. Ya no eres mi marido.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Brent. Maddie vio cómo se movía la puerta bajo la presión de su cuerpo, pero se apoyó contra el tocador y la cerradura aguantó—. Jesús, Maddie, ¿qué le has dicho?
—Vete —repitió Maddie—. Solo vete.
Después de un largo silencio, lo oyó bajar la escalera, golpeando cada peldaño como si fuera un saco de arena. Ya está, pensó. Es el final de esta vida. Se ha ido. Me alegro de que me pegara. Hemos tocado fondo. Nunca lo aceptaré de nuevo. Ni por Em ni por mi madre ni por nadie, se dijo.
En el silencio, entre trueno y trueno, oyó cómo se movía de un lado para otro en el piso de abajo. Luego, al cabo de un rato, lo oyó hablar. Se sentó en la cama y, sin hacer ruido, descolgó el supletorio del dormitorio, pero lo único qué oyó fue a Brent, diciendo con voz de borracho:
—Sigo sin creer que haya ningún jodido merodeando; sin embargo, te lo llevaré. Pero eso es todo. Luego se acabó.
—Bien —respondió una voz de mujer.
Luego Brent colgó de golpe y Maddie oyó cómo el teléfono del pasillo se estrellaba contra el suelo. Él dio vueltas durante sus buenos quince minutos mientras ella seguía sentada en el borde de la cama, con la cabeza martilleándole de dolor. Luego oyó el tintinear de las llaves cuando él salió de la casa y se dejó caer en la cama.
Rompió a llorar de dolor y agotamiento, miedo y confusión y por su perdido matrimonio, todo unido a un par de buenos puñetazos en la cabeza. Aunque estaba muy cansada, no podía dormir. Todas las cosas de las que tenía que ocuparse —Em, el bebé de Kristie, su madre, el cachorro, el divorcio, Treva, el coche y el microondas—, todas se enredaban en su cabeza, uniéndose al dolor y a las lágrimas mientras la tormenta empeoraba en el exterior y ella pensaba que todo junto iba a volverla loca. Y deseaba que C.L. estuviera allí, para abrazarla, para que Brent no se le acercara, para que todo estuviera bien de nuevo.
No fue hasta las cuatro cuando la tormenta cesó y ella se quedó dormida. Entonces, justo cuando estaba al borde de la inconsciencia, fue cuando comprendió que no habían sido los golpes lo que había hecho que todo se acabara para ella, aunque habría sido suficiente. Era la razón que había detrás. A él no le preocupaba que ella lo hubiera engañado; le preocupaba que lo hubiera espiado, que lo hubiera atrapado en sus sucios jueguecitos y que toda la ciudad se enterara de lo cabrón que era. «Solo necesito saber qué sabes», había dicho Brent, y ella podía notar el acre olor del miedo que sentía, miedo a no ser el gran Brent Faraday nunca más.
Por lo menos, no tengo miedo, se dijo. Por lo menos, estoy dispuesta a ser quien soy en realidad. Pensó en su madre, en la ciudad y en Bailey contándoselo a todos, y era algo malo. Luego se sintió demasiado cansada para seguir pensando y se sumergió en el sueño.


Alguien pronunciaba su nombre y Maddie se incorporó demasiado rápidamente. Un lado de la cabeza le martilleaba hasta cegarla de dolor. Tenía que dejar de despertarse así. ¿Qué hice anoche?, se preguntó. Entonces lo recordó todo.
Oyó de nuevo su nombre. Treva. Treva estaba abajo con las niñas. Apartó el tocador de la puerta y bajó, tambaleándose, la escalera. Treva, Mel y Em estaban en la entrada, mirándola en silencio, conmocionadas.
—¿Qué pasa? —preguntó Maddie.
—Hemos intentado llamar—dijo Em educadamente, con aire de estar más que un poco asustada—, pero daba señal de comunicar. —Miró al suelo—. Supongo que es por esto.
Maddie se volvió. Había dos sillas y la mesa del recibidor caídas de lado; una de las sillas tenía una pata rota, Brent debía de haberse caído encima, mientras la perseguía. El teléfono de la mesa estaba en el suelo y el auricular se quejaba con un tono monocorde. Em pasó junto a su madre y lo colocó en la horquilla. Empezó a sonar de inmediato y ella contestó.
—Un momento, por favor —dijo, y se volvió hacia su madre—. Es para ti.
—Em, cariño —empezó Maddie, desesperada por poder darle una explicación que borrara aquella expresión de la cara de su hija—. Mira, ayer bebí demasiado y me caí encima de algunos muebles cuando me iba a la cama. Fue entonces cuando me golpeé la cara. —La cabeza le palpitaba con más fuerza; debía de tener un aspecto de todos los demonios—. Lo siento. Ya sabes que no bebo, pero había una buena película por cable y me tomé un poco de vino y...
Se encogió de hombros.
—¿Qué tal si desayunamos, niñas? —dijo Treva alegremente—. Pop-Tarts. Algo que os pudra los dientes.
Em le tendió el teléfono a su madre y se fue a la cocina. Mel miró a Maddie con miedo y asombro y la siguió.
—No es una buena mentira —le dijo Treva a Maddie—. El cable se estropeó anoche. Tuvimos que ver vídeos.
—Oh, Dios... —Maddie se volvió hacia el espejo—. ¡Oh, Dios mío! —El morado del ojo empezaba en el pómulo y subía hasta la ceja, rota en dos sitios donde el anillo de Brent la había cortado—. Emily —susurró—. Em ha visto esto.
—Mierda. —Treva miró por encima de su hombro para ver los daños en el espejo—. Yo lo he visto y querría vomitar. ¿Qué pasó?
—Brent me pegó —murmuró Maddie y, luego, mientras Treva se desplomaba contra la pared, con la boca abierta, escandalizada, contestó finalmente el teléfono.
—¿Sí?
—¿Qué está pasando ahí? ¿Ya se ha ido Brent? —La voz de C.L. era alegre, llena de sol y sexo—. Llevo desde las diez intentando llamarte. Has estado al teléfono hablando con Treva, ¿verdad?
—No —dijo, mirándose la cara en el espejo. Y luego, para horror suyo, se puso a llorar.
—Ahora mismo voy —dijo C.L.—. Espérame. No llores. Enseguida estoy ahí.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 4:59 pm

Capítulo 8


—No —dijo Maddie. Era lo único que le faltaba, un amante en la casa, algo más que explicar a Em, a su madre y a los vecinos y...—. No pasa nada —le dijo—. Treva está aquí. Y las niñas.
—Mira, estoy en casa de mi tío. Puedo ir en cualquier momento. Estaré al lado del teléfono. Llámame cuando pueda ir. ¿Qué ha pasado? Voy ahora mismo.
—No —contestó ella—. Te llamaré más tarde. —Y colgó, mientras él seguía discutiendo. C.L. era importante, pero no sabía cuánto. La importancia de Em, de esa sí que estaba segura. Se volvió hacia Treva—. ¿Qué voy a hacer con Em?
Treva seguía mirándola fijamente.
—¿Cuántas veces te pegó?
—Dos. Me encerré en el dormitorio.
Maddie volvió a mirarse en el espejo y se estremeció. Estaba horrible.
—Dios santo —dijo Treva—. Ve arriba y arréglate. Yo distraeré a las niñas. Ponte un montón de maquillaje. Y tendrás que llevar gafas de sol.
El maquillaje y las gafas de sol no iban a servir de nada. Em ya la había visto.
—¿Qué le digo a Em?
Treva suspiró.
—No lo sé. ¿Qué tal la verdad? «Hola, tesoro. Papá me pegó anoche». Maddie negó con la cabeza.
—No puedo. Es su padre.
—Sí, y le pegó a su madre.
—¿Se lo dirías a Mel si fuera Howie?
—No lo sé. Howie nunca me pegaría. —Treva sonaba tan cerca de las lágrimas como nunca había estado en público—. Anda, ve y límpiate. Qué desastre.
Media hora más tarde, vestida con una vieja camisa de trabajo y vaqueros, con la cara cubierta de maquillaje, Maddie se enfrentó a su hija en la cocina.
—Bebiste un montón de vino anoche —dijo Em.
—Sí, tonta de mí.
Maddie se sentó.
—¿Por qué usaste dos vasos? —preguntó Mel, sin molestarse en ocultar su interés.
—El padre de Em usó uno —mintió Maddie—. Volvió a casa tarde y se bebió un vaso.
—Mel, tenemos que irnos —dijo Treva, y luego a Maddie—: Llámame más tarde.
Hizo salir rápidamente a su hija a la calle y meterse en el coche, antes de que pudiera hacer cualquier otra observación brillante.
Maddie abrió los brazos.
—Ven aquí, cariño.
Em rodeó la mesa y dejó que su madre se la sentara en las rodillas. Luego se echó a llorar.
Maddie la acunó y la meció.
—Cuéntamelo, tesoro.
—Estaba muy asustada —sollozó Em—. Ha sido horrible y todo el mundo se pelea y después te vi la cara y me asusté.
—Lo sé. —Maddie la abrazó con más fuerza—. Tiene un aspecto horrible. Yo también me asusté cuando me vi, pero ya me ha pasado antes. ¿Te acuerdas cuando me apunté a aquel gimnasio e intenté levantar demasiado peso y se me rompieron los vasos sanguíneos del ojo?
Em dejó de llorar.
—Sí —dijo, sorbiendo—. Lo había olvidado. Pero no tenías toda la cara magullada.
—Es que entonces no se me cayó el peso encima de la cara —explicó Maddie, inspirada.
Em la miró, frunciendo el ceño.
—¿Se te ha caído el peso en la cara?
—Sí. Uno de papá, en el sótano. Había tomado un par de copas y se me resbaló. No muy brillante, ¿eh?
Em no parecía tragarse la historia, pero por lo menos había dejado de llorar.
—Me sentía estúpida —siguió diciendo Maddie, adornando el cuento—. Ni siquiera sabía que era tan horrible hasta que me he mirado en el espejo, después de llegar vosotras.
Em se apartó y se puso en pie, de repente muy lejana.
—Tendrías que ver al médico. —Se secó las últimas lágrimas con la mano—. Podrías haberte partido la cabeza o tener una conmoción.
—Más tarde, quizá —dijo Maddie, aliviada porque la crisis inmediata hubiera pasado.
Em acabaría recordando los muebles del recibidor y la falta de cable, pero dentro de poco iba a caerle encima algo mucho peor: el divorcio de sus padres. Después de eso, unos muebles destrozados serían el menor de sus problemas.
El teléfono sonó antes de que pudiera limpiar o llamar a Treva.
—Maddie, cariño, soy yo.
Maddie se sentó a la mesa de la cocina y trató de sonar ilesa.
—Hola, mamá.
—He llamado antes, pero comunicabas.
—Descolgué el teléfono para dormir un rato.
—Muy bien, buena idea. ¿Cómo está ese chico de los Sturgis tan agradable?
—¿Qué?
Su madre no podía haberse enterado de nada, a menos que Bailey...
—Me he encontrado a Gloria Meyer, en Revco. Dice que anoche estuvisteis sentados en el jardín de atrás horas y horas. Bebiendo zumo de naranja con vodka.
Maddie cerró los ojos. Gloria, con sus ojos de halcón, había visto incluso el vodka. Debía de haber usado prismáticos.
—Está bien, mamá.
—¿Qué hace para ganarse la vida?
—No lo sé. ¿Por qué?
—Solo por curiosidad. ¿Por qué fue a verte?
—Vino a ver a Brent.
Eso era algo más de lo que no se había enterado con toda la excitación: ¿Para qué quería C.L. ver a Brent? Puede que solo fuera un cuento para llegar hasta ella. Si era así, bien por C.L.
—¿Se está construyendo una casa aquí?
Maddie suspiró.
—No lo sé, madre. No lo creo. Me parece que solo está de visita. Dijo que estaría una semana. Está en casa de su tío Henry. Está divorciado. Sin hijos. Vive en Columbus. Conduce un Mustang descapotable. Ya está. Es lo único que sé.
—Bueno, no te pongas así, Maddie. Solo te he preguntado cómo se ganaba la vida.
—Lo averiguaré.
—No es importante, cariño. Todavía no han atrapado al merodeador.
—Bueno, estoy segura de que Henry se está ocupando de eso. No te preocupes.
—¿Sabes?, se me acaba de ocurrir. Gloria Meyer se va a divorciar. Si ese chico de los Sturgis se queda en la ciudad, podrías presentarlos.
No funcionaría. A él le gusta el sexo, pensó Maddie.
—Claro —respondió.
—Gloria está muy disgustada.
—¿Por qué? —preguntó Maddie, amablemente.
—Porque alguien le ha dicho a Wilbur Carter que había contratado a un abogado de divorcios de Lima, lo cual, realmente, Maddie, es lo único sensato que podía hacer, y Wilbur se ha disgustado mucho porque es primo de su madre y familia y demás.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Porque Wilbur se tropezó con Gloria en la calle principal, delante mismo del banco, justo en el momento en que Margaret Erlenmeyer salía de Revco y él le preguntó si era verdad, así que Margaret se detuvo y fingió que miraba los escaparates y Gloria lo negó, así que es él quien sigue encargándose del divorcio.
—Qué interesante —dijo Maddie, procurando no parecer interesada—. Me pregunto de dónde habrá salido ese rumor.
—No tengo ni idea, pero me han dicho que ella había contratado a Jane Henries. Es muy buena, ¿sabes?
—Eso dicen.
—Y luego va Gloria y se queda con Wilbur. —La voz de su madre daba a entender que Gloria era más tonta que las piedras—. Claro que se trata de Gloria. Es muy gansa. ¿Has hablado con Treva?
—Treva está bien —dijo Maddie.
—De acuerdo, cariño. Es solo que aquella historia de la bolera parece que es verdad. ¿Cómo está Emily?
—Bien. Oye, mamá, tengo que dejarte.
—Claro, cariño. Pasaré mañana por la mañana para recoger a Emily. Si sigues pensando ir.
Maddie se dejó caer contra la pared. Todo aquello y encima mañana tenía que ir a ver a su abuela.
—Pues claro que voy a ir, mamá. ¿He dejado de ir algún domingo?
La voz de su madre era triste.
—No, pero siempre tengo miedo de que un día decidas no hacerlo.
Y este domingo sería el momento oportuno, pensó Maddie.
—No decidiré no hacerlo.
—Eres una buena hija, Maddie. Hasta mañana. Cuídate y cierra las puertas con llave.
—Seguro. Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero, cariño. Descansa un poco.
Maddie comprobó el maquillaje —horrible, pero mejor que el desastre que tapaba— y fue al piso de arriba para ver qué hacía Em. Estaba acurrucada en la cama de Maddie con un libro en las manos, pero el teléfono de al lado de la cama estaba torcido, como si acabara de colgarlo a toda prisa.
—Ha llamado la abuelita —dijo Maddie.
—Qué bien —dijo Em, educadamente.
¿Había estado escuchando por el supletorio? Maddie trató de recordar si había dicho algo que Em no pudiera oír, pero no le parecía probable. Después de todo, había hablado con su madre. Si hubiera sido Treva... Vio que Em miraba de reojo el teléfono y luego la volvía a mirar a ella.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Preguntarle si había estado escuchando?
Em se hundió más en la cama y levantó el libro un poco. Bien, no quería hablar. Maddie tomó el camino del cobarde.
—Voy a recoger las cosas abajo y a llamar a tía Treva y luego podemos almorzar, ¿de acuerdo?
—Vale —dijo Em, sin mostrar interés.
Bajó y recogió parte del desorden hasta que la cabeza empezó a dolerle con fuerza. Entonces, marcó el número de Treva y escuchó atentamente para ver si alguien más cogía un teléfono. Cuando Treva contestó, Maddie dijo:
—¿Es un mal momento?
La voz de Treva explotó por la línea.
—¿Has perdido la maldita cabeza? He estado aquí, sentada, esperando...
Al fondo, Maddie oyó un clic.
—¿Oyes a alguien más en la línea?
—No. —Treva parecía un poco sorprendida—. ¿Por qué?
—Me parece que Em puede estar escuchando.
—¿Tratando de averiguar qué demonios está pasando en su casa? —bufó Treva—. No la culpo. ¿Está escuchando ahora?
Maddie estiró el cordón del teléfono hasta el pie de la escalera.
—¡Em!
Unos segundos después, Em se asomaba a la puerta de la habitación de Maddie.
—¿Qué?
—Ve afuera a leer —ordenó Maddie—. A tomar el aire y el sol.
Em no parecía muy contenta, pero asintió, volvió a entrar en la habitación y luego bajó la escalera con su libro, Maddie corrió escalera arriba y cogió el supletorio de la habitación para poder vigilar a Em en el jardín mientras hablaba.
—Vale, está fuera y puedo verla. ¿Se asustó mucho Em por mi ojo?
—No tanto como yo —dijo Treva—. ¿Qué pasó?
—No estoy segura. Anoche estuve bebiendo.
—¿Con Brent?
Recordó la cara de C.L. y deseó que estuviera allí, con ella, para apoyarse en él, reírse con él y solo para descargar la tensión.
—Eh, no, no con Brent.
—¿Fue por eso por lo que te pegó? ¿Novia de la infancia resulta ser alcohólica en secreto? ¿Descubierta en nido de amor?
—Me pilló entrando por la puerta de atrás. Le dije que sabía lo de la otra mujer y me pegó.
Largo silencio.
—Bueno, no es mi manera de pedir disculpas.
Maddie arrugó la cara mientras intentaba pensar y la piel magullada protestó violentamente. De eso servía pensar.
—Treva, me parece que me pegó por haberlo descubierto. Quiero decir, me parece que estaba asustado, no furioso. Fue muy extraño. No estaba bien.
—Bueno, en eso estoy de acuerdo. No debería haberte pegado. Dime, ¿lo de pegarte es algo nuevo o me lo has estado ocultando?
—No, nunca me había pegado. Jamás. Chilla, se pone sarcástico, se marcha y no llama, pero nunca me ha pegado. Ni a Em. Ni siquiera le ha dado una zurra. No... —Sonó el timbre de la puerta y se interrumpió. Oyó que Em atravesaba la casa para ir a abrir—. Ha venido alguien. Tengo que colgar.
—Espera un momento. ¿Adónde fuiste con el Caddy anoche?
Em llamó desde abajo.
—Mamá, aquí hay un hombre que quiere verte.
—No cuelgues, Treva. —Maddie dejó el teléfono y fue hasta el final de la escalera—. ¿Qué?
—Que hay alguien aquí.
Em se apartó para que C.L. pudiera dar un paso adelante y mirarla. Estaba sonriendo y, al momento, ya no lo estaba; la rabia y el horror corrían parejas en su cara.
—Me cago en la hostia —exclamó C.L.—. ¿Qué te ha pasado?
Su preocupación y su cólera envolvieron a Maddie y se alegró, peligrosamente, de que él estuviera allí.
—Enseguida vuelvo. —Corrió de vuelta al teléfono—. Te llamaré más tarde —le dijo a Treva—. Tengo compañía.
Colgó, mientras Treva decía:
—¡Espera un momento!
Oyó que, abajo, C.L. hablaba.
—Oye, siento la blasfemia, pequeña. No estaba preparado para la cara de tu madre.
—Yo tampoco —contesto Em—. Lo has hecho mejor que yo. Yo me puse a llorar.


A Maddie le costó un rato librarse de Em sin que pareciera que se libraba de ella, en especial porque Em y C.L. habían establecido un vínculo derivado de lo que los dos desaprobaban el aspecto de su cara. Al final, Em volvió a la habitación de Maddie con su libro y Maddie y C.L. dejaron de sonreír.
—Es una buena chica —dijo C.L.
Maddie mantuvo un tono ligero.
—A mí me cae bien.
—Ha dicho que se te cayó un peso en la cara.
Maddie se sentó en la escalera, demasiado cansada para seguir mostrándose animosa.
—Es una historia que suena mejor si solo tienes ocho años.
La mandíbula de C.L. se puso más rígida.
—¿Cómo pasó?
Maddie se encogió de hombros.
—Un accidente.
—Y una mierda. —C.L. se sentó junto a ella—. Te pegó.
Ella se permitió apoyarse un poco en él y C.L. la rodeó con el brazo.
—Una vez —mintió. Le quitó el brazo de alrededor de los hombros, pero no le soltó la mano—. Adoro el contacto de tus brazos —susurró—, pero Em está arriba y yo estoy bien. De verdad, solo me pegó una vez.
—Está claro que una vez bastó. —La voz de C.L. era sombría, pero su otra mano era suave cuando la cogió por la barbilla—. Mírame.
—Estoy bien.
Él se inclinó un poco más, lo bastante cerca para besarla.
—Mírame, maldita sea. Quiero verte los ojos.
—No me pasa nada. —Maddie se apartó un poco—. Treva los examinó. No hay conmoción.
—¿Dolor de cabeza?
—Sí, mucho.
—¿Mareo?
—No.
—¿Náuseas?
—No. Ni siquiera tengo resaca. —Intentó sonreír, para calmarlo—. Estoy perfectamente.
C.L. respiró hondo y le apretó la mano con más fuerza.
—Puede que tú lo estés, pero yo no. Te dejé que te metieras en esto.
Maddie echó una mirada hacia la escalera para asegurarse de que el pasillo seguía vacío.
—No fue por ti —susurró—. Estaba furioso porque yo lo había estado espiando.
—¿Por eso te pegó?
Maddie se retiró un poco.
—¿Podemos hablar de otra cosa? Es la segunda repetición que hago. Me pone enferma.
—¿Segunda? Ah, Treva. —Hizo una pausa—. ¿Qué averiguaste sobre Brent?
—Que tenía una aventura. Lo sé, lo sé, vaya sorpresa. A mí me sorprendió.
—¿Eso es todo?
—¿No es suficiente?
—Lo sería para mí. —C.L. apoyó el hombro en el de ella y su peso y calor eran una sensación maravillosa—. Dios, tienes un aspecto horrible. Maldita sea, tendría que haber entrado contigo.
—No, no pasa nada —afirmó y se dio cuenta de que empezaba a llorar. Basta, se dijo. No haces más que llorar.
C.L. intentó abrazarla y se puso rígida.
—No. Em está arriba.
—Vale. —Le cogió la mano y tiró de ella, para ponerla de pie—. Ven aquí un momento. —La llevó pasillo abajo, fuera de la vista de cualquiera que estuviera arriba, y le cogió la cara entre las manos—. Estoy preocupado por ti —dijo y la besó con tanta dulzura que el beso fue como un susurro en sus labios—. Quiero que estés a salvo.
La besó de nuevo, con más lentitud y firmeza esta vez, y ella se apoyó en él, deleitándose en su sabor, mientras él la abrazaba y la estrechaba contra sí. Se sentía muy a salvo. No debería estar haciendo aquello, pero se sentía tan segura y su beso la llenaba de tanto calor... Quería pasar el resto de su vida en aquel beso.
Cuando C.L. se apartó, parecía tan aturdido como ella.
—Ahora tengo que irme o acabaremos en el suelo, pero volveré. Echa el cerrojo.
—¿Qué quieres decir que eche el cerrojo? —Maddie lo siguió por el pasillo hasta la puerta, todavía distraída por el beso, deseando notarlo junto a ella—. ¿Es por el merodeador?
—No hay ningún merodeador. —C.L. abrió la puerta y se volvió hacia ella—. Henry lo ha investigado. Nadie ha visto nada. No te preocupes de ningún merodeador fantasma cuando tienes auténticos problemas entre manos.
—¿A qué te refieres?
C.L. echó una mirada hacia el piso de arriba y luego se acercó más a ella y murmuró:
—Me refiero a que no creo que sea buena idea dejar entrar a Brent.
Maddie se mostró incrédula.
—Es el padre de Em. ¿Cómo puedo impedirle entrar?
—Imagínatelo pegándole a Em. Tendría que ser suficiente.
—Nunca lo haría.
—¿Cómo lo sabes? Te ha pegado a ti. —C.L. estiró el cuello para volver a mirar arriba—. No creo que esté mirando, pero será mejor no correr riesgos —Le tocó los labios con el dedo—. Date por besada, como despedida, hasta que pueda hacerlo como es debido. Volveré luego. Echa el cerrojo cuando yo salga.
Maddie miró cómo se alejaba por el camino.
—¿Adónde vas?
—A buscar a tu marido —dijo C.L.
Cuando se fue, se sintió abandonada, pero cerró la puerta y echó el cerrojo.


Em botó un poco en la cama de su madre, mientras esperaba a que Mel cogiera el teléfono. Por lo menos esperaba que fuera Mel. Realmente, necesitaban sus propios teléfonos. Tenían ocho años. Ya eran mayores. Richelle Tandy tenía su propio...
—¿Sí? —dijo Mel.
—¿Escuchaste cuando mi madre llamó a la tuya?
—No —contestó Mel—. Estaba fuera. Ni siquiera sabía que se habían llamado. ¿Tú escuchaste?
—Mi madre se dio cuenta —dijo Em—. Me hizo salir al jardín mientras ellas hablaban. Y hay más. Hay un hombre aquí. Nunca lo había visto antes, pero mi madre lo conoce.
—¿Qué hace?
Em estiró el cuello para mirar por el pasillo, sin que la vieran.
—Están sentados en la escalera, hablando. Tendrías que haber estado aquí. Él dijo «Me cago en la hostia» cuando vio la cara de mi madre.
—Irá al infierno —afirmó Mel.
—Mi madre ha dicho que se le cayó un peso en la cara. —Em se esforzó por que su voz sonara convencida, pero no se lo creía, así que fue difícil—. Creo que es mentira.
—Puede —dijo Mel—. Oye, puede que tus padres se hayan peleado por ese hombre. Puede que tu padre estuviera celoso.
—No lo creo —replicó Em—. Era mi madre la que estaba furiosa con mi padre, no al revés. Además, el hombre solo ha aparecido hoy.
—Que tú sepas, podría llevar años aquí —dijo Mel.
—¿En esta ciudad? —Em se detuvo, oyendo la voz de su madre en la suya—. Venga ya, Mel. Vuelve a la realidad.
—¿Nunca lo habías visto antes?
—No.
—¿Qué aspecto tiene?
Em echó otra mirada pasillo abajo.
—Es bastante alto, pero no tanto como mi padre. Y tiene el pelo muy oscuro. Y lleva vaqueros y una camisa azul, a cuadros.
—Podría ser cualquiera —dijo Mel—. Podría llevar años aquí sin que nadie se diera cuenta.
—No. Este hombre no pasaría desapercibido. ¿Qué está pasando en tu casa?
—Mi madre está furiosa por lo de la cara de tu madre —contestó Mel—. Está cocinando. Me parece que volverá a gritar a tu padre.
—No está aquí —dijo Em—. No sé dónde está. Mi madre ha hablado con mi abuelita, pero no le ha dicho nada de un accidente con un peso.
—Esto es una mierda —afirmó Mel—. De verdad, de verdad, es una mierda.
—Tengo que ir a escuchar —dijo Em—. Te llamaré luego y haremos un plan.
—Apuesto a que es por ese hombre —dijo Mel—. Te apuesto a que él es el problema.


C.L. subió corriendo la escalera hasta el despacho de su tío, saludó con la cabeza a la regordeta Esther Wingate, que estaba en la centralita, y entró sin llamar.
—¿Qué demonios? —dijo Henry, levantando la cabeza.
—Quiero denunciar un delito —dijo C.L. con aire sombrío—. Maltrato doméstico.
En el rellano, Esther estiró el cuello, toda oídos.
—Cierra la maldita puerta —ordenó Henry, y C.L. obedeció—. ¿De qué demonios estás hablando?
—Anoche Brent Faraday pegó a su mujer —dijo C.L.—. Arréstalo.
Henry lo miró fijamente.
—¿Ella lo va a denunciar?
—No tiene que hacerlo —insistió C.L.—. Son malos tratos. Yo presento la denuncia.
—No, no lo vas a hacer —dijo Henry—. Siéntate.
C.L. se sentó.
—Henry, tiene la cara destrozada. Le pegó por lo menos dos veces, porque tiene dos cortes de anillo en la cara. —Volvió a recordar aquellos cortes y respiró hondo antes de seguir—. Le hizo daño. Quiero que lo pague. Arréstalo.
—Será mejor que hables con Maddie sobre esto —dijo Henry—. Puede que no te lo agradezca.
—Y una mierda no...
—C.L. —rugió su tío—. Cállate. Ella tiene que vivir en esta ciudad. A la gente le gusta ocuparse de sus propios problemas. Si ella lo arregla, nadie necesita saber qué pasó.
—Me estás tomando el pelo. —La rabia de C.L. hacía que su voz sonara recia—. Me estás tomando el pelo, joder. Vas a permitirle que lo haga otra vez. Vas a...
—Yo no he dicho eso —replicó Henry—. Hablaré con Brent Faraday. No volverá a suceder. Nunca había pasado antes, si eso es lo que piensas, porque me habría enterado. No volverá a hacerlo.
—Y una mierda no lo hará.
C.L. se puso en pie.
—Siéntate —dijo Henry, y C.L. se sentó.
—Exactamente, ¿qué es esa mujer para ti? —preguntó—. Todo esto empieza a darme mala espina.
—Henry, me pondría furioso por cualquier mujer a la que pegaran —afirmó C.L.
—No de esta manera —respondió Henry—. Si no te conociera, pensaría que irías a buscar a Brent Faraday para, quizá, darle una pequeña paliza.
C.L. se recostó.
—Era parte de mi plan.
Henry lo fulminó con la mirada.
—Pues, haz que no sea parte de tu plan, porque si aparece aunque solo sea con un arañazo, te arrestaré.
—Ah, muy bien —dijo C.L. asintiendo—. Estupendo. Él es el maltratador y yo acabo entre rejas.
—Él es un capullo y tú no —dijo Henry—. Además, a Maddie no le gustaría. La gente pensaría que había algo más entre los dos de lo que hay y habría habladurías. Déjame que me ocupe sin armar alboroto.
—Henry...
—Vete a hacer alguna otra cosa —aconsejó Henry—. No me importa qué sea mientras no le pegues a nadie ni merodees alrededor de una mujer casada. Vete a hacer algo agradable para alguien. Sorprende a la gente.
—Muchas gracias —dijo C.L., y se levantó para marcharse.
—Y otra cosa —continuó Henry.
C.L. se detuvo.
—No te acerques a esa mujer—ordenó—. Tiene vecinos. No tiene ninguna necesidad de que andes por ahí husmeando.
—Gracias, Henry. —C.L. se esforzó por mostrarse ofendido. Henry y su mente dotada de rayos X—. Y yo no husmeo.
Salió hecho una furia del despacho, irritado, culpable y loco por hacer algo. Henry tenía razón, no podía volver a casa de Maddie y dar vueltas por allí. Henry se aseguraría de que Brent nunca la agrediera de nuevo. Quería volver a verla y tocarla, pero estaban los vecinos. Si no hacía algo pronto, tendría que buscar a Brent y darle una buena paliza y eso no sería buena idea, o sea...
Abstraído, se dirigió al Mustang. Tenía que hacer algo para ayudar a Maddie o se volvería todavía más loco de lo que ya estaba.


Maddie estaba sacando los últimos muebles rotos del recibidor cuando sonó el teléfono. Voy a hacer que lo quiten, pensó. Los demás tenían una vida; ella solo tenía conversaciones telefónicas.
Era Candace, del banco.
—Lo siento muchísimo, Maddie, pero tu cuenta está en números rojos.
Maddie dejó de sujetar la pata de la silla que tenía en las manos.
—¿Cómo?
La voz de Candace estaba llena de comprensión.
—Puedo devolver los cheques, pero pensaba que si pasas enseguida y haces un ingreso, podríamos ahorrarte el cargo por devolución.
Por no hablar del revuelo que habría cuando la ciudad se enterara de que estaba extendiendo cheques sin fondos. A su madre le daría un ataque. Maddie se llevó la mano a la frente, tratando de pensar. No era posible que estuvieran en descubierto. Acababa de cuadrar el talonario, al llegar el estado de cuentas la semana anterior. Debía de ser un error, pero no se sentía con ánimos para discutir en ese momento. Por lo menos, por fin tenía un problema que podía solucionar.
—¿Por qué no transfieres algo de dinero de la cuenta de ahorro? Puedo autorizarlo por teléfono, ¿verdad?
—Tu cuenta de ahorro también está en números rojos.
Maddie se sentó de golpe en la escalera.
—¿Qué quieres decir?
—Hay cinco dólares y sesenta y tres centavos.
Candace parecía pedir disculpas, lo cual era bastante decente, considerando que no era ella quien la había pifiado.
—Vale. Gracias, Candace. Dame un minuto.
Maddie se frotó la cabeza con los dedos. Los fuertes latidos se estaban convirtiendo en un violento martilleo. ¿Dónde estaba el dinero de sus cuentas? Brent debía de haberlo retirado todo esa mañana. ¿Por qué? ¿De dónde iba a sacar ella el dinero? No ingresarían su sueldo hasta dentro de una semana.
—Déjame que lo piense un momento —repitió, dando largas a Candace. Podía pedírselo a su madre, pero su madre querría saber por qué. Tal vez Treva...
—¿Tienes algo en la caja de seguridad? —sugirió Candace—. Solo necesitarás unos doscientos cuarenta dólares para cubrir los cheques hasta ahora.
Había un par de certificados de depósito. Probablemente habría una penalización por hacerlos efectivos antes del plazo, pero en ese momento las penalizaciones eran el menor de sus problemas.
—Ahora mismo voy —dijo—. Gracias, Candace.
Fue al pequeño escritorio de patas largas, que su abuelo le había regalado, a buscar la llave. El cajoncito de en medio estaba metido en exceso y torcido, y toda la rabia que sentía contra Brent brotó con violencia. Maldito Brent... Sabía que había que empujar los cajones muy despacio o se torcían. Lo sabía...
Iba a ponerse a gritar o llorar y las dos cosas eran una mala idea. Los cajones del escritorio no tenían importancia, aunque fueran un buen resumen de Brent; él sabía lo que tenía que hacer, pero no le importaba.
Abrió el cajón de la derecha, donde guardaban la llave de la caja, pero no estaba allí. Brent debía de haberla cogido. ¿Qué estaba haciendo con todo su dinero? Las posibilidades no eran buenas y buscó en todos los cajones, deseando equivocarse.
Al final, la encontró en el pequeño cajón de en medio, al fondo de todo.
Gracias a Dios, pensó Maddie, y llamó a Em para decirle que se iban al banco, pero cuando salieron, no había ningún coche. Brent se había llevado el Caddy la noche anterior y su Civic estaba difunto; la grúa se lo había llevado a su lugar semifinal de descanso, en el taller de Leo. Podían recorrer a pie el kilómetro y medio que había hasta la ciudad, pero no todo iba a ser tan fácil a partir de ahora. Se sentía atrapada. Alguien había asesinado su coche y ahora ella estaba atrapada.
La señora Crosby salió al porche.
—Hola, señora Crosby —dijo Maddie, saludándola, muy consciente del aspecto de su cara hasta que recordó que aquella mujer no veía tres en un burro.
—¿De paseo? —preguntó la señora Crosby.
—Sí—dijo Em entre dientes.
—Solo al centro —respondió Maddie, y entonces oyó que sonaba el teléfono. Maldición.
Em puso los ojos en blanco y se sentó en el porche mientras Maddie volvía a entrar para contestar.
—¿Señora Faraday?
—Sí.
—Soy John Albrech, es sobre su Civic.
Con todo lo que estaba pasando y ahora, encima, el agente de seguros.
—Puede que tardemos un poco en fijar la indemnización por su coche...
Maddie estalló.
—No, no tardarán un poco. Lo harán de inmediato. He pagado primas por ese coche durante doce años, puntualmente. Quiero que esté solucionado el lunes. ¿Está claro?
—Me parece que no lo entiende, señora Faraday...
—Lo entiendo perfectamente. Quiero mi coche arreglado en el taller de Leo o un cheque para sustituirlo. El lunes.
—Bueno, repararlo es imposible, es...
—Bien. Un cheque también me va bien. Necesito un coche. Sea el viejo o uno nuevo, pero necesito un coche.
Oyó que su voz subía de tono, histéricamente.
—Mire, tenga calma, señora Faraday. Uno de alquiler...
—¡No quiero tener calma!
—Volveré a llamarla el lunes —dijo él, y colgó.
Volvió con Em.
—Iremos andando.
Em se lo tomó con filosofía y Maddie se alegró. En ese momento, no se sentía con ánimos para ensalzar las virtudes del ejercicio. Le dolía la cabeza y necesitaba toda su energía para seguir andando. Y pensando. Habría que hacer algo respecto a Em, porque se estaba armando la de Dios es Cristo y lo sabía. ¿Qué pensaba Em de C.L.? Y algo le pasaba a Treva y tendría que averiguarlo y ayudarla. Y luego estaba el bebé de Kristie, si es que era el bebé de Kristie. ¿Por qué no había fondos en su cuenta? Además, ¿dónde estaba Brent? ¿Trabajando duro con la ropa de la bolera? ¿Y qué hacía C.L.? Demasiado tarde, recordó que C.L. había tenido un pequeño problema de violencia en el instituto y se preguntó si estaría en algún sitio dándole una paliza a su marido. Quizá todavía tuviera el mismo problema de violencia. Todavía tenía los mismos impulsos sexuales.
Su vida era demasiado pequeña en una ciudad que era demasiado pequeña para tener tantas bombas de relojería en marcha en tantos sitios. Quizá tendría que convocar una reunión. Podría hacer que todos se reunieran en la sala de estar y decirles que se sentaran y no abrieran la boca hasta que ella supiera dónde estaba.
Era un paseo de solo veinte minutos y Em y ella lo hicieron en un tiempo récord, cada una absorta en sus propios pensamientos. Vio a varias personas conocidas, que se quedaron mirándole la cara, así que pensó que su maquillaje estaba lejos de ser un éxito.
—Me di contra una puerta —decía alegremente.
Todos parecían aceptarlo; debía de sonarles a algo propio de ella.
El interior del banco estaba fresco y oscuro, y tuvo que quitarse las gafas de sol para llegar hasta una ventanilla de caja.
—Necesito mi caja de seguridad —dijo, enseñando su permiso de conducir—. ¿Qué tengo que hacer?
La chica, que debía de tener unos veinte años, le miró la cara; estaba claro que se moría de ganas de preguntar qué le había pasado.
—Espere un momento, señora Faraday —dijo, dándole unas palmaditas en la mano—. Voy a buscar a alguien para que la atienda.
Pero ¿quién diablos es esta?, se preguntó Maddie, que no estaba de humor para que la trataran con condescendencia. «June Webster», leyó escrito en la ventanilla. Puede que June fuera la actividad extracurricular de Brent. Tenía aspecto de ser cara.
Harold Whitehead salió de su despacho y fue hasta la mesa de Candace, saludando a Maddie con la cabeza al pasar. No debía de haberle visto la cara, porque no reaccionó. Era propio de Harold.
Cuando volvió a su despacho, Candace alzó la vista y le sonrió. Luego se le pusieron unos ojos como platos. Cruzó la sala hasta ellas, elegante con su traje beige y oro pálido.
—¿Qué te ha pasado? —susurró.
—Me di contra una puerta —dijo Maddie sonriendo.
Candace no pareció convencida, pero no insistió.
—¿Qué has decidido sobre los cheques?
—La caja de seguridad... —Maddie le mostró la llave—. ¿Podrías hacerme una impresión de mi estado de cuenta para que pueda ver qué ha pasado?
—Claro. —Candace le tendió la mano a Em—. Tengo algunos sellos de goma con los que puedes jugar mientras tu madre va abajo, Emily. ¿Quieres sellar algunos papeles?
—Gracias —dijo Em educadamente, y le cogió la mano sin mucho entusiasmo.
Era evidente que la tolerancia de Em hacia los adultos estaba menguando.
—¿Señora Faraday?
La cajera jovencita estaba esperando.
—Este es el señor Webster, que la atenderá.
¿Otro Webster? Parecían hermanos, pálidos, rubios y condescendientes. El señor Webster era mayor, aunque como máximo estaba cerca de los treinta, pero era serio, muy serio. Frunció el ceño al verle la cara, le explicó las formalidades que había que cumplir para firmar y recuperar la caja y luego la acompañó a un cubículo.
—La dejaré sola —dijo, haciendo que Maddie se sintiera parte de una conspiración.
—Buena idea —respondió—. Así no caerá conmigo cuando me descubran.
—¿Cómo?
—Un chiste. No importa. Gracias.
El hombre se fue para que ella pudiera tener privacidad. Estaba todo tan silencioso que Maddie pensó en quedarse y pasar el resto de su vida allí. Sin teléfonos. Abrió la caja y parpadeó estupefacta.
Estaba llena de billetes de cien dólares.
—Oh, Dios mío —exclamó, y el señor Webster volvió a entrar.
—¿Está bien? —preguntó y luego su mirada cayó sobre los billetes.
—Muy bien —respondió Maddie, débilmente, haciéndole un gesto con la mano—. Puede marcharse.
El señor Webster la miró, algo dubitativo, pero luego desapareció.
Maddie hizo un rápido inventario de la caja. Las joyas de su abuela estaban justo debajo del dinero y los bonos para la universidad de Em y los certificados de depósito, pero la mayor parte de la caja estaba llena de billetes atados en paquetes, cien billetes en el paquete que contó, diez mil dólares cada paquete. Contó veintiocho paquetes. Doscientos ochenta mil dólares. Ningún centavo. Era más dinero del que había visto en su vida y estaba completamente segura de que no podían tener tanto. Por lo menos, no legalmente.
Piensa, se dijo, pero era difícil con todo aquel dinero delante.
Estaba claro que Brent había estado metido en algo, además de tener una aventura. Salvo que cobrara por sus servicios. Pero si era así, algo iba mal porque nadie le pagaría tanto a Brent por sus servicios sexuales. No era tan bueno.
Aquello iba a ser difícil. Debía decírselo a alguien. A Henry Henley o a alguien. Pero no sabía de dónde procedía el dinero. ¿Y si era dinero honrado? ¿Y si Brent tenía realmente todo ese dinero y ella lo entregaba a la policía? A Frog Point le encantaría. No. Primero tenía que hablar con Brent. «Perdona, pero después de encontrar las bragas, encontré un montón de dinero y estoy preocupada. ¿Eres ladrón y adúltero o solo adúltero? Mi abogada para el divorcio querrá saberlo.»
Era demasiado confuso. Empezó a cerrar la caja y luego lo pensó mejor. Tal como iban las cosas, lo más oportuno sería vaciar la caja y asegurarse de que no había ninguna otra cosa pasmosa allí. Sacó los bonos de Emily y los estuches con las joyas, y debajo de todo encontró un sobre de papel manila.
No quiero abrirlo, pensó. Pero ¿podían empeorar mucho más las cosas? Su marido era un adúltero que pegaba a su mujer y probablemente también era un ladrón y su coche estaba difunto. Sería mejor que llegara al fondo de todo aquello. Era solo un sobre. Contrólate, se dijo. Abrió el sobre y volcó el contenido: dos billetes de avión y dos pasaportes.
Los billetes eran para Río, para el lunes 19 de agosto; dentro de dos días. Brent se iba a Sudamérica con alguien. Dos días antes se habría escandalizado. Ahora lo único que pensaba era que sería mucho más fácil divorciarse si él estaba fuera del país. Bien mirado, era una noticia buena a medias. Brent podría enviarle postales a Em y la niña podría coleccionar los sellos.
Luego cayó en la cuenta del significado de los dos pasaportes. Por fin conocería la identidad de la rubia. El primer pasaporte que abrió era el de Brent y lo volvió a tirar dentro de la caja. Luego abrió el segundo y se quedó helada. Notó un zumbido, como si la sangre se le agolpara en la cabeza y pensó: Tengo heridas en la cabeza. Debo mantener la calma. No perdamos la perspectiva.
Las buenas noticias eran que no se llevaba a ninguna rubia mona y tonta a Sudamérica con él.
Las malas noticias eran que el segundo pasaporte era de Emily.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:00 pm

Capítulo 9


Maddie volvía a sentirse aturdida. Respira hondo, se dijo, pero no había suficiente oxígeno en el mundo.
Brent se llevaba a Emily a Brasil. Había ido a hacerle el pasaporte y ahora se la iba a llevar a Brasil.
Volvió a meterlo todo, menos el pasaporte de Em, en la caja y la cerró de golpe. Fuera del cubículo, pasó corriendo junto al señor Webster y se lanzó escalera arriba hasta el vestíbulo del banco.
Em no estaba.
Brent la había encontrado. A Maddie empezó a costarle respirar cuando la dominó el pánico. Él había ido al banco, había encontrado a Em y...
—¿Mamá? —Em salió de detrás del mostrador de Candace, con los dedos manchados de tinta del tampón—. Candace tiene unos sellos bonitos de verdad.
Maddie se contuvo para no agarrar a Em y huir a toda prisa del banco.
—Ahora tenemos que marcharnos. Gracias, Candace. —Cogió a Em de la mano y el calor del contacto la hizo caer de rodillas—. Te quiero, Em —dijo, y abrazó con fuerza a su hija.
—Yo también te quiero, mamá.
El tono de Em añadía: «Te estás portando de una manera muy rara».
Maddie se irguió, sin hacer caso de la cara sorprendida de Candace.
—Vamos a almorzar, ¿vale? —Brent no podía entrar en un restaurante y llevarse a Em. Era un sitio público. Antes o después tendrían que volver a casa, pero, en ese momento, después era mejor que antes. Después significaba que podría pensar—. Al Burger King.
Cruzaron la calle y Maddie fue arrancando páginas del pasaporte de Em y tirándolas en dos papeleras diferentes, según andaban. Las cubiertas eran demasiado duras para romperlas, así que las tiró en el contenedor de detrás del restaurante. Estaba bastante segura de que un pasaporte roto no era válido, pero si lo era, Brent tendría que bucear en tres basuras diferentes para reconstruirlo.
Había actuado a sus espaldas, había hecho un pasaporte para su hija y ahora se la iba a llevar lejos.
Y una mierda.
Arrancó la fotografía de Em y se la guardó en el monedero. No se llevaría a Em.
Mientras tanto, Em permanecía en silencio.
—Sé que estoy actuando de una manera extraña —le dijo Maddie, una vez dentro del restaurante—. Me parece que tengo que tumbarme de nuevo.
Em asintió y se comió su cheeseburger y sus patatas fritas en silencio vigilando cada movimiento de su madre. El silencio era bueno; le daba a Maddie la oportunidad de tranquilizarse, de repetirse que Brent no podía llevarse a Em, de calmarse para fingir estar cuerda. Si se aferraba a la cordura y a Em hasta el lunes, Brent tendría que irse a Río solo y ella podría divorciarse de él, en ausencia.
De alguna manera, el divorcio no le parecía ni mucho menos tan traumático como el día anterior.
Una vez en casa, Maddie cerró con llave, echó los cerrojos y pasó la cadena en las puertas delantera y trasera y luego registró la casa para asegurarse de que Brent no estuviera escondido en algún sitio, esperando saltarle encima como si fuera Freddy Krueger. Luego se sentó en la escalera y metió la cabeza entre las rodillas. No era justo que tuviera heridas en la cabeza en un momento como ese. Le dolía todo el cuerpo. Debería haber alguien abrazándola y diciéndole: «Pobrecita». C.L. lo haría muy bien.
—¿Mamá?
Maddie levantó la cabeza y sonrió a Em lo mejor que pudo.
—Es la cabeza otra vez, tesoro. Ve a ver algunas de esas basuras sin sentido que dan por la tele. Es malo para ti, pero otro día te llevaré a un museo.
Em asintió con aire desconfiado y se marchó por el pasillo. Maddie entró en la sala, se sentó y se quedó mirando fijamente los dos vasos vacíos y la botella de vino que había en la mesa baja.
Oyó que Em marcaba un número en el teléfono del recibidor, probablemente para hablar con Mel. «Mi madre está muy rara —diría—. Es un bicho raro. Mi padre me ha estado enseñando español.»
No podía estar sucediendo, pero mientras conservara la calma y no quitara la cadena de las puertas, no había de que preocuparse. Maddie se echó en el sofá, sin dejar de mirar la mesa baja. Debería recoger aquello. Las botellas de vino vacías encima de una mesa baja tenían un aspecto ordinario.
Al fondo, oyó a Em hablando con alguien con su voz educada. No podía ser Mel. ¿A quién estaba llamando?
—Em, ¿a quién llamas?
—A papá, al trabajo.
Maddie se incorporó de golpe, un error porque la cabeza estuvo a punto de estallarle.
—¿Porqué?
—Creo que tendrías que volver al hospital. Todavía estás mal.
Trató de mantener una voz normal, pero el pánico la hacía estar tensa.
—¿Qué ha dicho?
—No lo sé. Tío Howie ha dicho que no estaba.
—Oh...
Maddie volvió a respirar. Una crisis más y tendría un ataque al corazón, allí mismo, en el sofá.
—¿Llamo a la tía Treva?
—No, no, no pasa nada.
Maddie se tumbó de nuevo. Era una sensación tan estupenda que decidió no volver a levantarse nunca más.
—¿Y a aquel hombre, C.L.? Él podría llevarte y estar contigo.
Ya estuvo conmigo anoche, pensó, y por un minuto se sintió bien. Pero solo por un minuto. Luego volvió a ser presa del pánico.
—No, cariño —le dijo a Em—. Solo necesito descansar.
Hasta el lunes, pensó. Vamos a descansar mucho hasta el lunes.
—Vale. Llámame si te sientes mal.
Em se fue arriba y Maddie se permitió relajarse un poco. Todo iba a salir bien. Estaban encerradas en casa, con cadenas en las puertas. Brent no podría entrar. Tuvo visiones de Brent rompiendo las cadenas. Podía poner muebles contra las puertas, pero Em ya desconfiaba tal como estaban las cosas. Era mejor actuar lo más normal posible. Nada de muebles. Quizá...
Sonó el teléfono. Em lo cogió arriba y gritó:
—¡Mamá!
Maddie se levantó. No podía ser Brent; Em seguiría hablando con él.
Brent no se llevaría a Emily. El resto no importaba.
Maddie cogió el teléfono abajo.
—¿Sí?
—¿Maddie? —La voz era desconocida, áspera y tentativa—. Soy Bailey.
—¿Bailey? —El guardia contratado del Point. No era alguien que estuviera en su lista de teléfonos.
La voz de Bailey sonaba nerviosa por la línea.
—Solo quería decirte que no le he dicho a nadie lo que vi anoche.
—Gracias —respondió Maddie.
—C.L. y yo nos conocemos desde hace mucho —prosiguió Bailey—. Nunca haría nada que dañara a C.L.
—Eso está bien —dijo Maddie—. Seguro que él lo agradecerá.
—Bueno, yo esperaba que tú también lo agradecieras. —En ese momento la voz de Bailey era tan quejosa como podía serlo una voz áspera—. ¿Sabes a qué me refiero?
—No tengo ni idea —respondió Maddie, casi aliviada de que Bailey llegara por fin a algún sitio—. ¿Qué quieres?
—¿Qué tal cien dólares?
—¿Qué? —Maddie se sorprendió tanto que estuvo a punto de dejar caer el teléfono—. ¿Me estás chantajeando?
—No, no —contestó Bailey, desesperado—. Yo no haría una cosa así. Es ilegal. Solo pensaba que a lo mejor querías demostrar tu agradecimiento.
Su agradecimiento.
—¿Y si no lo hago?
—Bueno, es una historia estupenda —dijo Bailey—. Sería una lástima desperdiciarla.
Maddie quería decir: «Bailey, pedazo de idiota, eso es chantaje,» pero él no iba a entenderlo y a ella no le importaba.
—¿Sabes, Bailey?, cualquier otra semana esto me disgustaría...
—Mira, Maddie...
—... pero esta semana, solo eres un elemento más del escenario. —Bien, no iba a pagarle el chantaje, pero tendría que evitar que cumpliera su amenaza. Eso significaba llamar a Henry, lo cual significaba darle falsas esperanzas a Bailey para ganar tiempo—. ¿Cómo quieres que te haga llegar esos cien dólares?
—Podría pasar por ahí —propuso Bailey.
Para ser un chantajista, Bailey casi era conmovedor por su ineptitud.
—Las cosas aquí son un poco caóticas en este momento —le explicó—. Déjame que te llame luego.
—Bueno, pero no esperes demasiado —dijo Bailey—. Es una historia estupenda de verdad.
—Te llamaré —prometió Maddie y colgó. No dejaban de caerle golpes encima, uno tras otro.
Cogió el teléfono para llamar a Henry y recordó que C.L. no quería que su tío supiera que se acostaba con una mujer casada en el Point.
—Oh, mierda —dijo, y colgó el teléfono.
Hablaría primero con C.L. Era igual. Volvió a la sala, se tumbó en el sofá y trató de recordar en qué estaba pensando antes de que Em le quitara diez años de vida al llamar a su padre y Bailey tuviera delirios de grandeza. Ah, sí, descuido en la limpieza de la casa. La botella de vino. Vacía.
Maddie miró la botella con el ceño fruncido. ¿Vacía? Debería haber vino dentro. Vino y suficientes pastillas para matar a un caballo o por lo menos hacerlo caer en coma.
¿Qué había pasado con el vino drogado?
Maddie se incorporó. Alguien se había bebido el vino con las pastillas dentro. Treva detestaba el vino. C.L. no había estado en la sala. Em sabía que no tenía que beber alcohol.
Solo una persona podía haberse bebido el vino.
Oh, Dios mío, pensó Maddie. He matado a mi marido.


—Mamá acaba de recibir una llamada muy rara —le dijo Em a Mel, cuando la llamó desde la habitación de Maddie—. Un tipo la está chantajeando.
—Guay —exclamó Mel—. Igual que en las películas.
—No, no es guay. —La voz de Em sonó exasperada y mordaz—. Es mi madre. Ese tipo le pidió cien dólares.
—No es mucho —señaló Mel—. En las películas siempre son millones.
—Dijo que era por lo de anoche. Apuesto a que es por lo que le pasó en la cara.
—Uau... —Mel se quedó en silencio unos momentos—. ¿Va a dárselos?
—Le dijo que lo volvería a llamar. Y, Mel, el hombre conoce a ese C.L. que ha estado aquí hoy.
—¿Ha dicho algo sobre mis padres?
—No. Solo sobre mi madre y lo que fuera que sucedió anoche. Ojalá mi padre estuviera aquí. Él lo arreglaría.
—¿Dónde está?
—No lo sé. —Em tragó con fuerza—. No sé nada. ¿Qué vamos a hacer?
—No podemos averiguar nada más del hombre del teléfono si no sabemos quién es —dijo Mel—. Así que esto nos deja con ese C.L. Tendrás que sonsacarlo.
—Mira, Mel, ya vale; vuelve a la realidad.
—A los adultos les gusta hablar con los niños —afirmó Mel—. Les hace creer que pueden conectar.
—No pueden.
La voz de Em era firme.
—Bueno, pero eso no se lo digas a ese C.L. Sé dulce y hazle preguntas y a lo mejor, para caerte bien, te dice lo que necesitas saber.
Em pensó en hacerle la pelota a un desconocido.
—Me dan ganas de vomitar.
—Vale, criticona, ¿cuál es tu plan?
Em lo pensó un par de minutos. No parecía que pudiera hacer nada más.
—Vale, lo haré —le dijo a Mel—. Pero será asqueroso.


La sala estaba fresca y oscura, con las cortinas corridas. Maddie se puso un paño húmedo encima de los ojos, se tumbó en el sofá y se esforzó por ser lógica.
Tal vez Brent no estaba muerto.
Sí, había envenenado el vino. No se había derramado y él era el único que podía haberlo bebido.
Y ahora había desaparecido.
El peor de los casos: supongamos que se hubiera bebido el vino, se hubiera subido al coche y se hubiera caído a un precipicio.
¿Qué precipicio? Frog Point no tenía precipicios dignos de ese nombre.
Solo el Point. Apenas un precipicio. Más bien un saliente por encima de un foso. Un saliente alto. Un foso profundo. Vale, un precipicio.
Maddie gimió. Por lo menos, si se había despeñado en el Point, ya no tendría que preocuparse de que raptara a Emily.
Encontrarían su cuerpo lleno de calmantes y ella iría a prisión. Su madre tendría que criar a Em. Oh, Dios, no, la convertiría en otra Maddie. Era demencial. Los hijos de Treva estaban resultando bien. A lo mejor Treva podía criar a Em.
Maddie salió al pasillo, cogió el teléfono y oyó que Em le decía a Mel: «Será asqueroso».
—Mel, ve a buscar a tu madre —dijo Maddie.
—¿Mamá? —dijo Em.
Luego Maddie oyó que Mel dejaba caer el teléfono de golpe y, al cabo de un minuto, Treva se puso al aparato.
—¿Sí?
—Treva. Ven enseguida.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—No. Ven. Te necesito.


Después de darle instrucciones para que solo quitara la cadena de la puerta y dejara entrar a Treva y a nadie más, Maddie echó a Em de la habitación a fin de poder tumbarse de nuevo. Diez minutos más tarde, Treva llamó a la puerta del dormitorio y entró.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué está todo tan oscuro?
—No descorras las cortinas. La cabeza me está matando.
Maddie oyó que Treva cruzaba la habitación a oscuras para sentarse al borde de la cama.
—¿Qué tienes?
—He matado a Brent.
—¡¿Cómo?!
La cabeza de Maddie empezó a martillearle con más fuerza.
—El vino ha desaparecido. Puse las pastillas en la botella de vino porque estaba trastornada y ahora está vacía.
—¿Se lo bebió?
—Bueno, yo no lo he hecho. Debe de haber sido él. —Maddie se quitó el paño de los ojos y miró, a través de la oscuridad, a su mejor amiga—. Treva, Brent ha desaparecido. No está en el trabajo. No está aquí. Debería estar en algún sitio. Está muerto. Lo he matado yo.
La voz de Treva sonaba insegura en la oscuridad.
—Estás asustada. No puedes haber matado a Brent. Es demasiado extraño. No te dejes dominar por el pánico.
Maddie se puso de nuevo el paño encima de los ojos.
—Vale. No lo haré. ¿Cuidarás de Em hasta que yo salga de la cárcel?
—No irás a la cárcel por envenenar accidentalmente a tu marido.
—¿Quién va a creer que ha sido un accidente? Me está engañando y la ciudad entera lo sabe. —Luego Maddie recordó la noche anterior y gimió—. Además, anoche me pilló un guardia de seguridad en el asiento trasero del coche de mi marido, en el Point, con otro hombre, y ahora me está chantajeando, y si no le entrego el dinero, se lo contará a todo el mundo.
—Pero ¿qué dices?
—Y luego Brent elige anoche, entre todas las noches, para pegarme —dijo, y pensó añadir: «Y me iba a robar a mi hija y llevársela a Sudamérica, con un montón de dinero muy sospechoso». Tenía que hacer algo con aquel dinero. Luego. Se quitó el paño de los ojos y miró a Treva—. La verdad es que hay motivos por todas partes. La policía ni siquiera tendrá que buscar.
—Olvida los motivos, y vuelve a esa parte del Point. ¿La poli te pilló con quién?
—No fue la policía, fue Bailey. Estaba haciendo el amor con C.L. Sturgis.
La voz de Treva subió un tono.
—¿En el asiento trasero del coche de Brent?
—¿Crees que fue de mal gusto?
Treva soltó una carcajada.
—No, no. Creo que es genial. Oh, Dios, cómo me gustaría haber estado allí.
—A mí también me gustaría que hubieras estado —dijo Maddie, todavía asustada, pero un poco más animada por la actitud de Treva—. Sería un motivo menos en mi contra.
—Dime, ¿cómo fue?
Maddie se incorporó para apoyarse en la cabecera acolchada.
—Te digo que he matado a mi marido, que me están chantajeando, que me van a arrestar en cualquier momento y tú vas y me preguntas: ¿Cómo fue?
—No has matado a tu marido. —Treva descartó aquella teoría con un gesto—. Piénsalo. Un par de pastillas de Tylenol 3 en un poco de vino no es mortal. No está muerto. Lo que creo es que te diste un buen golpe en un accidente de coche y luego, anoche, te pegaron dos puñetazos (y espero que tu marido se pudra en el infierno por eso) y creo que no piensas a derechas, y ¿quién lo haría? Vuelve a tumbarte.
Maddie se dejó caer de nuevo en la cama.
—Tienes razón. No estoy bien.
Treva se sentó en la cama con las piernas cruzadas.
—Bueno, antes de morir, dime, ¿cómo fue?
—Eres morbosa.
—No, solo sería morbosa si hubieras practicado el sexo con un cadáver. ¿Tan malo fue?
Maddie empezó a sonreír. No podía evitarlo.
—¿Cómo? —Treva dio un bote—. ¿No fue malo? ¿Fue estupendo?
—Fue cósmico.
—¿Cómo?
La sonrisa de Maddie se ensanchó.
—Ha estado practicando. Nunca había tenido nada igual en toda mi vida. Nos vamos a trasladar al asiento de atrás del Cadillac para siempre.
Treva se echó a reír.
—Es maravilloso. Es estupendo. Espera a que se lo cuente a Howie.
Maddie se incorporó.
—¡No! —Luego la cabeza empezó a martillearle, se quejó—: ¡Ay! —Y se tumbó de nuevo—. No, no se lo dirás a Howie.
—Oh, vamos. En cuanto os instaléis en el coche, se enterará de todos modos.
—No se lo dirás a nadie.
—¿Porqué?
—¡Porque estoy casada!
La sonrisa de Treva desapareció.
—Ah, sí, lo olvidaba.
—Voy a pedir el divorcio —dijo Maddie—. Pero hasta entonces tengo que ser prudente.
—Esto me recuerda —empezó Treva— aquella caja que encontramos en el despacho...
Abajo, sonó el timbre de la puerta.
—Brent —exclamó Maddie, tirándose de la cama—. ¡Ha venido a llevarse a Em!
—¿Y llama a su propia puerta? —preguntó Treva, pero entonces la voz de Em llegó desde abajo.
—Mamá, es ese hombre, C.L., otra vez. Y tienes que ver lo que ha traído.
Maddie se sentía tan aliviada que se dejó caer contra la puerta. Mientras no fuera Brent, no le importaba.


Era un cachorro blanco y marrón, vacilante, con patas cortas, garras enormes y un hocico como una bala. Em y Mel ya estaban enamoradas de él.
—Os presento a Phoebe —dijo C.L.
Treva se echó a reír.
Maddie se apoyó en la pared.
—¿Phoebe?
—Em acaba de ponerle ese nombre. Yo pensaba en Hilda. ¿No tiene aspecto de Hilda?
—Oh, sí —afirmó Treva, y se echó a reír de nuevo.
Em estaba en éxtasis.
—¿No es perfecta?
—¡Es perfecta! —repitió Mel.
Perfecta, Phoebe no lo era. Parecía un tanto irregular, uno de esos cachorros que hay en un túnel del terror y cuyas proporciones no son del todo kosher. Era demasiado larga para ser una beagle y demasiado corta para ser una dachshund, demasiado gorda para ser ninguna de las dos y, además, estaban aquellas manchas: el lomo de Phoebe tenía las manchas grandes marrones y regulares típicas de los beagles, pero en los costados y las patas había pequeñas manchas negras de dálmata.
—Es una beagle alargada —dijo Treva.
—Es un perro guardián —afirmó C.L.—. Está aquí para protegeros.
El perro guardián avanzó tambaleándose, se dejó caer junto a Em y le apoyó la cabeza en las rodillas.
C.L. se encogió de hombros.
—Bueno, pero si os atacan, es una fiera.
—Parece pesar poco más de dos kilos —comentó Maddie—. Si nos ataca algo más grande que una ardilla, vamos a estar en un buen aprieto.
—Sí, pero se hará mucho más grande.
—¿Cómo?
—Es solo un cachorro.
Maddie imaginó su futuro ya incierto con el añadido de una enorme beagle mutante en la casa. Era más de lo que podía soportar.
—C.L., es muy amable por tu parte conseguir que nos prestaran este cachorro, pero...
C.L. le sonrió.
—No es un préstamo; es para siempre.
—¡Te quiero! —exclamó Em, mirando a C.L. y abrazando al cachorro, y Treva tuvo que sentarse en la escalera, porque no podía parar de reír.
Maddie se rindió.
—¿Cómo de grande?
—Mucho. Es parte beagle, parte dachshund, parte setter y parte dálmata. —C.L. miró al cachorro—. Y unas cuantas cosas más, creo. Es una perra muy estadounidense.
—¿Y cómo de grandes se hacen esas diferentes partes estadounidenses?
C.L. se encogió de hombros.
—No lo sé. Nunca había visto otro así antes.
Maddie se sentó en la escalera con Treva. Por lo menos, el nuevo desastre no tenía que ver con dinero, adulterio, chantaje, secuestro ni divorcio. Era justo lo que necesitaba: una historia «para todos los públicos».
—¿Qué es en realidad? ¿El resultado de algún tipo de ingeniería genética que hacen en la perrera?
—No. Un amigo de Henry tenía una mezcla de beagle que se tropezó con esa mezcla increíblemente emprendedora de dachshund. Un poco como nosotros anoche.
Treva se ahogó de la risa y Maddie no le hizo caso.
—Muy gracioso.
C.L. la miró directamente a los ojos y esta vez habló en serio.
—Necesitas este perro, Mad.
Señaló con un gesto casi imperceptible hacia Em, y Maddie miró de verdad a su hija por primera vez desde que había bajado. La cara de Em estaba relajada y feliz, luminosamente feliz.
—Tienes razón —dijo—. Necesito este perro.
—Tampoco me he olvidado de ti, preciosa —dijo C.L.—. Hay un microondas en el maletero. Luego iremos a alquilarte un coche. Servicio completo, así soy yo.
—Eso me han dicho —intervino Treva.
—Cállate, Treva —protestó Maddie, pero C.L. se echó a reír.
—Vámonos, Mel. —Treva se levantó, pese a las protestas de su hija—. Volveremos más tarde. Esta gente tiene visita.
—No soy una visita —replicó C.L., pero se fueron de todos modos y Em sacó a Phoebe al jardín de atrás, embelesada con cada bamboleo del cachorro, mientras C.L. entraba con el nuevo microondas.
Maddie miraba a Em desde la ventana de la cocina.
—Es estupendo —dijo, sin apartar los ojos de Em—. Pero no tenías que...
—Sí que tenía.
C.L. estiró el cuello para ver dónde estaba Em y luego se inclinó y la besó, el mismo beso suave, que quitaba el sentido; el beso que le daba siempre... Maddie se permitió relajarse, apoyada en él unos momentos.
—Lo haces muy bien —murmuró.
—También hago otras cosas bien —respondió él—. Tengo una idea.
—Apuesto a que sí, pero mi hija está en el jardín, así que olvídate.
Maddie volvió a la ventana. Quería decirle a Em que entrara, pero no quería que pensara que pasaba algo. No podía decirle: «Entra, cariño. Papá puede raptarte».
C.L. intentó adoptar un aire digno, pero no lo consiguió.
—No era esa idea, aunque también es buena. Creo que tú y Em tendrías que ir a la granja un tiempo.
Maddie parpadeó.
—¿A casa de Anna?
—Has tenido unos días difíciles —dijo C.L.—. He buscado a Brent por todas partes y no lo he encontrado, pero eso no quiere decir que no venga a casa esta noche. —Se acercó más—. Odio dejarte aquí sola, donde no puedo cuidar de ti. Ven y quédate con nosotros y estarás a salvo.
A salvo. Si se llevaba a Em a la granja, Brent nunca la encontraría. Y aunque lo hiciera, tendría que pasar por encima de Henry y C.L. para llegar hasta ella. Era la solución perfecta.
Excepto porque todos los habitantes de Frog Point hablarían de ello la mañana siguiente cuando fueran a la iglesia.
Tenía que elegir: podía quedarse en casa para que la gente no hablara o podía poner a su hija a salvo.
—Sé que te preocupa lo que dirá la gente —decía C.L.—, pero...
—Nos encantará ir contigo —dijo Maddie—. Haré las maletas. Ve a hablar con Em. Ve afuera y no le quites ojo de encima.
—Pero si no le pasa nada —protestó C.L.
—Compláceme —pidió Maddie y, aunque parecía confuso, C.L. fue afuera.


Em estaba sentada en los escalones del porche trasero, abrazando el cuerpecito, sudoroso y cálido, de Phoebe, concentrada en el milagro que C.L. había obrado para que no pensara en nada más. Phoebe era maravillosa, se retorcía para lamerle la cara, y cuando C.L. salió y se sentó a su lado, estaba limpiándose las babas de la perrita.
—¿Estás bien, pequeña? —le preguntó C.L., mientras le rascaba detrás de las orejas a Phoebe.
—Pues claro que está bien —contestó Em—. Es una maravilla.
—No, me refería a ti.
Habló con una voz seria, aunque era difícil saberlo, porque no lo conocía. Em lo miró de reojo. Tenía una cara agradable, esa clase de cara con aspecto de sonreír mucho, aunque ahora no estuviera sonriendo. Si el mundo no hubiera sido un desastre tan enorme, a Em le habría caído bien, especialmente porque le había regalado a Phoebe. Y ahora tenía que sonsacarlo.
—La adoro —le dijo—. Muchas gracias.
Phoebe se retorcía ahora con más empeño. Em la soltó y la observó, mientras trotaba hasta el otro extremo del jardín y orinaba en la acera.
—Bueno, tenemos algo de trabajo que hacer —dijo C.L. y Em se echó a reír, a su pesar, por la manera en que lo dijo, animoso como su maestra de primero, pero tomándoselo a broma, al mismo tiempo—. La hierba está demasiado alta —siguió diciendo—. Le hace cosquillas en la barriga y es difícil hacer pipí cuando algo te hace cosquillas, ¿verdad?
—Verdad. —Em miraba otra vez a Phoebe, que estaba investigando junto al camino de entrada—. ¡Ven aquí, Phoebe! —llamó, con miedo a que el cachorro desapareciera calle abajo, que hubiera el mismo chirrido de frenos que había oído dos días antes, que Phoebe acabara aplastada y muerta en medio de la calle...
Phoebe volvió dando saltos y se metió entre los dos en la escalera. Em la apretó contra ella, aferrándose a todo su calor y vida.
—Hay que vallar el resto del jardín. —C.L. se apartó un poco para dejar más sitio a Phoebe—. Solo aquel espacio abierto entre el camino y la casa. Pondremos una verja para que podáis llegar al coche igual que ahora. Y cortaré la hierba para acabar con ese problema del cosquilleo.
De repente, Em sintió frío.
—Mi padre corta la hierba. —Lo miró a hurtadillas de nuevo. Quería que le cayera bien, pero no estaba segura de qué estaba haciendo en su vida, así que quizá no debería estar allí. Además, estaba el chantajeador. Si no le sacaba información, Mel la mataría. Em tensó la mandíbula. Preguntarle si estaba enamorado de su madre no parecía un buen principio. Tal vez decirle algo así, pero no del todo igual—. ¿Conoces a mi padre?
Notó que se encogía un poco y pensó: «Va a decir una mentira». Entonces él dijo:
—Conocí a tus padres en el instituto. No he estado mucho en esta ciudad desde entonces, porque me fui a vivir a otro sitio, así que hace tiempo que no he hablado con tu padre.
Em sopesó esa respuesta. Tenía unos ojos limpios, la miraban directamente, así que probablemente no estaba mintiendo. Y le hablaba igual que le hablaba a su madre, como a un adulto, excepto que parecía más serio con ella que con su madre.
—Es la verdad, ¿no? —le preguntó, todavía desconfiada, dejando que Phoebe se le escabullera, retorciéndose, de entre las manos otra vez.
—Pues claro que es la verdad.
Parecía un poco enfadado, así que Em añadió:
—Perdona. A veces la gente dice cosas para que me sienta mejor.
—Mira, yo no voy a mentir, aunque te haga sentir mal —afirmó C.L.—. Lo único que hacen las mentiras es meterte en más líos. Olvidas lo que dijiste en la mentira, alguien te pilla y luego se arma una buena. Más vale decir la verdad y acabar de una vez.
Parecía un poco enfurruñado, como si hablara de algo que le hubiera pasado a él. Em sonrió, olvidando por un minuto sus preocupaciones y lo de sonsacarle.
—Alguien te pilló, ¿eh?
C.L. le devolvió la sonrisa.
—Mi tío. Te lo juro, puede leer lo que piensas.
—Eso no me gustaría.
Em recordó algunas de las cosas que tenía que ocultar, como el hecho de que no creía a su madre.
—A mí tampoco me gustaba —confesó C.L.—, pero aprendí a vivir con ello. ¡Eh, Phoebe, trae tu trasero aquí! —Mientras el cachorro se acercaba trotando, añadió—: ¿Sabes?, nos iría bien tener una cadena para que Phoebe no saliera del jardín.
Em asintió.
—Y un plato, algo de comida, un collar y una correa. —Se levantó—. Voy a buscar un papel para hacer una lista.
—He traído pienso para cachorros —le dijo C.L.—. Y no necesitas papel para apuntar lo demás. Siéntate, te enseñaré un truco.
Em se sentó. Le gustaban los trucos.
—Se llama imagen mnemotécnica —le explicó, mientras Phoebe se metía entre los dos y se subía, de nuevo, a las rodillas de Em—. Me lo enseñó mi tío. Veamos, ¿de cuántas cosas tenemos que acordarnos?
Em las contó.
—Cuatro. No, cinco. También necesitamos galletas para cachorro.
—Bien. Cierra los ojos —dijo C.L. y Em obedeció—. Ahora, imagina a Phoebe con el collar puesto, con la correa sujeta al collar y... ¿Qué más había?
—Una cadena —contestó Em, sin abrir los ojos, enganchada a la cadena.
—Ya lo tienes, pequeña —dijo C.L.—. Eres muy lista. ¿Qué más?
—Está comiendo galletas para cachorro en el plato —dijo Em, imaginando la escena.
—Míralo bien. —La voz de C.L. era agradable, allí a su lado, no mandona ni chillona, sino tranquila y relajada—. ¿Lo tienes?
En la cabeza de Em, Phoebe comía galletas marrones, en un plato rojo, con un collar azul alrededor del cuello y una correa de color verde brillante enganchada al collar y, unida a la correa, una cadena plateada, enorme y pesada...
—La cadena es demasiado grande —le dijo a C.L., y luego se sintió tonta porque se la había inventado ella, ¿no?
—Hazla más pequeña —le respondió él, y no había nada en su voz que sonara como si pensara que era tonta—. La has imaginado grande porque no te gusta la idea de que Phoebe esté atada a una cadena. Pero pronto acabaremos la cerca y entonces ya no la usaremos más. Es solo para que Phoebe esté a salvo hasta que levantemos lo que falta de la cerca.
La cadena disminuyó hasta un tamaño razonable y aunque Em sabía que tendría que preguntarle por qué pensaba que iba a ser él y no su padre quien acabara la cerca, notaba el hocico de Phoebe, frío y húmedo, en la mano y tenía una imagen mnemotécnica de todo lo que necesitaba, un nuevo truco que enseñarle a Mel, por no hablar de toda la información que había conseguido con solo una pregunta. No tenía necesidad de preguntar más. No le gustaba sonsacar, aunque lo hacía bastante bien.
—Vale —dijo—. Ya lo tengo. Y quizá una pelota y un frisbee.
—¿Dónde están?
—El frisbee blanco está debajo del plato y la pelota roja está encima de la cabeza de Phoebe. —Em se rió al imaginarlo—. Son siete cosas, ¿verdad?
—Verdad —dijo C.L.—. Y te apuesto a que no te olvidas ni una.
Yo no olvido nada, quería decir Em, pero en cambio le dio unas palmaditas a Phoebe y memorizó la imagen de nuevo. Era algo en que pensar que no fuera la cara de su madre, el chantajista y por qué C.L. hablaba de terminar la cerca, en lugar de su padre.
—¿Qué tal si llevamos a Phoebe a correr a la granja de mi tío? —propuso C.L., y Em se tensó de nuevo, porque sonaba falsamente relajado por primera vez—. Mira —dijo, con su voz normal—, esta es la historia. Creo que tu madre necesita que alguien cuide de ella durante un tiempo y mi tía Anna cuida de la gente mejor que nadie que yo conozca. Y la granja será un sitio estupendo para que Phoebe juegue. A lo mejor, tú y yo podemos ir a pescar. Solo para disfrutar de un poco de tiempo libre. ¿Qué te parece?
Me parece que mamá y tú ya habéis decidido que vamos a ir, pensó Em, entonces ¿qué te importa lo que yo opine? Pero lo único que dijo fue:
—De acuerdo.


Maddie observó cómo C.L. ponía a Em en el asiento delantero para ir a la granja, relegando a Maddie al asiento trasero, envuelta en un chal, soportando el viento. C.L. habló con Em todo el rato, contándole cómo era la granja, el río, la pesca y lo mucho que a Phoebe le iba a gustar, y tenía una voz tan tierna que Maddie se enamoró de nuevo de él.
A medio camino, cerca de la granja abandonada de Drake, Em habló por primera vez.
—¿Está muy lejos?
—A unos veinticuatro kilómetros —le contestó C.L.—. Por tu calle hasta la carretera treinta y uno. Luego a la derecha por Porch Road y a la derecha por Hickory. Treinta y una personas en el Porch comiendo nueces.
—¿Qué? —dijo Maddie, pero Em sonrió y a Maddie no le importaba no tomar parte en la broma, mientras Em fuera feliz. Y estuviera a salvo.
C.L. acabó su respuesta.
—Son unos veinticinco minutos, si conduces con cuidado.
Lejos de Brent, Maddie se relajó por vez primera, desde que encontró el pasaporte de Em.
—Lo cual significa que, conduciendo tú, estaremos allí en diez.
—Eh, que he cambiado —protestó C.L.—. Ahora soy un ciudadano responsable, con un futuro en este lugar. Ya nunca supero el límite de velocidad.
Maddie se echó a reír y C.L. puso una casete y preguntó:
—¿Te acuerdas de esto?
Bruce Springsteen empezó a cantar «Born to Run» a voz en cuello. Esta no es, para nada, mi canción, pensó Maddie. Lástima que Bruce nunca grabara algo como «Nacido para ser prudente y bueno». Podía haberlo usado para explicar su vida.
—Me gusta el country —le dijo—. ¿Tienes algo de Patsy Cline?
Pensaba en «Crazy», que también explicaría su vida.
C.L. negó con la cabeza. Diez minutos más tarde, entró en el camino y Maddie vio la pequeña granja blanca de Henry y el césped en la parte de atrás, que se extendía unos cien metros hasta el río. Allí había árboles y un destartalado muelle, tal como C.L. había prometido. No había estado allí desde hacía muchos años, pero tenía el mismo aspecto que entonces.
La tía de C.L., Anna, salió al porche mientras bajaban del coche.
—Hola, Maddie, cariño —dijo. Casi consiguió no quedarse mirando las magulladuras de la cara de Maddie.
—Hola, Anna. —Maddie fue hasta el porche, cogiendo de la mano a Em—. Gracias por invitarnos.
—Espérame aquí, Em —dijo C.L. mientras se dirigía al garaje—. Voy a buscar las cañas de pescar.
—Es un placer. —Anna le sonrió a Em—. Esta debe de ser Emily. No la había visto desde que empezaba a andar.
—¿Cómo está? —dijo Em, educadamente, con una carita solemne, mientras se inclinaba para darle unas palmadas al cachorro que estaba a su lado—. Esta es Phoebe. C.L. me ha la regalado.
Anna abrió los ojos, sorprendida.
—Qué amable por su parte.
Miró a Maddie y esta sonrió.
—Muy amable —contestó, y Anna puso cara de alivio.
—Cañas de pescar, Em —dijo C.L. saliendo de detrás de la casa—. Tendremos pescado para cenar.
—Puede ser —contestó Anna—. Pero voy a hacer estofado de carne, por si acaso.
—Bien —dijo C.L.—. Eso nos quitará la presión de encima.
Señaló hacia el río con la cabeza y Em se puso a su lado, con Phoebe retozando detrás de ella.
—Vigila y no dejes que la niña se caiga al río —le advirtió Anna.
C.L. puso los ojos en blanco.
—Vamos, Em, que quieren cortarnos las alas y restarnos libertad.
Anna y Maddie miraron cómo se alejaban hacia el muelle. C.L. andaba lentamente, para no dejar atrás a Em, mientras Phoebe, que iba y venía, cerraba la marcha.
—Es una niña encantadora, Maddie.
Anna sostuvo la mosquitera abierta para que Maddie entrara.
—A mí me gusta. —Maddie siguió a Anna al interior—. Y ahora la vas a malcriar con comida de verdad. ¿Vamos a comer puré de patatas?
Una hora más tarde, las patatas estaban peladas y Maddie y Anna habían intercambiado todos los chismes que sabían, aunque Maddie había mantenido cualquier noticia propia fuera de la conversación porque, gracias a Dios, todavía no era un chisme.
—Gloria Meyer —dijo Anna, negando con la cabeza—. Bueno, tenía que haber sabido que no iba a durar.
—A veces, no se sabe —dijo Maddie, esforzándose por ser justa—. A veces, al principio todo va bien y luego las cosas se estropean.
Anna llevó el cuenco al fregadero para lavar las patatas.
—Me voy a divorciar —soltó Maddie y se sintió tonta. Se preparó para recibir un sermón.
Anna se secó las manos en un paño de cocina y puso las patatas a hervir.
—A veces hay que hacerlo. No es ninguna vergüenza. Esa niña se va a quemar con el sol .—Salió y gritó desde el porche—: Emily, ven y haremos unas galletas. Oye, C.L., hay que cortar ese césped antes de que vuelva tu tío.
Cuando volvió a entrar, Maddie dijo:
—No sé por qué te lo he dicho.
—Me tranquiliza un poco —dijo Anna—. Gracias.
Maddie se sintió algo mareada por tener que enfrentarse a todo lo que no se decía.
—De nada —respondió.
Luego se pasó la hora siguiente observando a Anna inclinada junto a Em, mientras la niña dejaba caer masa de galletas en la placa del horno y Phoebe dormía, exhausta en un rincón.
Anna quiere nietos, pensó Maddie y, dado que C.L. era un poco lento en ese aspecto, Anna se sentía más que feliz con Em. Maddie quería decirle: «Oye, no te hagas muchas ilusiones con C.L. y nosotras», pero sería cruel e innecesario decir nada ahora. Que Anna disfrutara de su tiempo con Em.
Se volvió para mirar por la ventana. C.L. se había quitado la camisa y empujaba un viejo cortacéspedes arriba y abajo por la margen del río. Parecía acalorado y sudoroso, ancho y fuerte y fantástico de verdad. No le vendría nada mal un poco de tiempo con C.L. No pienses en eso, se dijo. Anna estaba allí mismo, por todos los santos. Maddie se apartó de la ventana y fue a ayudar para acabar de preparar la cena.
Henry llegó media hora después.
—Me alegro de que estéis aquí —dijo con su tono gruñón y se llevó a Em al porche para enseñarla a jugar al ajedrez.
Un poco más tarde, C.L. dejó de cortar el césped para cenar, y los cinco se reunieron alrededor de la enorme mesa redonda de Anna y se pasaron fuentes de buey muy tierno, cuencos de patatas batidas con nata, salsa de jugo de carne del color de la caoba, pequeños guisantes nuevos y panecillos que rezumaban mantequilla. Em comía con una enorme concentración mientras Maddie la observaba, sonriendo pese al desastre que era su vida. Em nunca había probado comida así; una comida que le obstruiría las arterias y le provocaría un ataque al corazón a los nueve años. Pero se habría ido después de probar el paraíso.
Hacia el final de la cena, cuando la tarea de comer en serio se hizo más lenta, Henry y C.L. se enzarzaron en una acalorada discusión técnica sobre los cortacéspedes con motor de gasolina, y Anna y Emily se pusieron a hablar de futuras galletas.
Henry señaló con el tenedor a C.L.
—Ese cortacéspedes manual está como el día que lo compré.
A su lado, Anna se inclinaba hacia Em.
—Solo tienes que hacer una bola con la masa y luego pasarla por la canela.
C.L. negaba con la cabeza.
—Diablos, Henry, hoy he perdido cinco kilos solo en la mitad de atrás del césped. Un día tendrás un ataque al corazón.
—¿Con los dedos? —preguntó Em.
—La vida en la ciudad, ya se sabe —dijo Henry, con aire misterioso.
Anna asintió.
—Claro, con los dedos. Luego la aplastas en la placa para galletas.
C.L. se encogió de hombros ante el insulto implícito.
—Puedo terminar después de cenar. Lo habría acabado antes, pero no quería perderme la cena. Ni las galletas de Emily.
—La próxima vez que venga, haremos galletas de canela —le susurró Em.
—Me muero de ganas —dijo C.L.
Henry carraspeó para recuperar la atención de C.L.
—Nunca te quejaste del cortacéspedes cuando eras un chaval.
Anna se levantó.
—¿Alguien quiere galletas con trocitos de chocolate que ha hecho Emily?
C.L. adoptó un aire superior.
—Eso fue porque era un buen chico.
Tanto Anna como Henry lo miraron en silencio.
—Yo quiero galletas de Emily —dijo C.L. para cambiar de tema.
—Iré a buscarlas —dijo Em bajándose de la silla.
—¿Por qué me miráis así? —preguntó C.L. a sus tíos—. No era un delincuente.
—Eras un auténtico coñazo —afirmó Henry.
—Me parece que iré y acabaré de cortar el césped —zanjó C.L., cogiendo unas galletas de la bandeja que Em había llevado del aparador—. Gracias, Em.
—¿Era muy difícil? —le preguntó Maddie a Anna cuando fregaban los platos, mientras Em y Henry salían al porche para una última partida de ajedrez.
—Cielos, sí —dijo Anna—. Por eso lo criamos nosotros. Mi hermana Susan quería meterlo en un reformatorio para delincuentes, pero nos lo trajimos aquí. Durante un tiempo, pensé que iba a matar a Henry a disgustos, pero salió bien. Es un buen chico —dijo Anna, aclarando la fuente del asado—. Solo necesitaba a alguien que le quisiera. Y que le diera un par de zurras cuando se portaba mal. Solo necesitaba aprender.
Era un aspecto de C.L. en el que Maddie nunca había pensado, el de C.L. de niño. Cuando era como Em.
—¿Qué hacía?
—Sobre todo pelearse. Era terrible. Quería hacer daño de verdad. —Anna se detuvo y se quedó mirando al vacío, con una expresión desconcertada en la cara—. Nunca lo entendí, porque conmigo siempre era muy cariñoso. Y bueno con los animales, tendrías que haberlo visto. Durante un tiempo pensamos que sería veterinario, de tan bueno como era con ellos. Y con los niños. Y luego iba y le partía la mandíbula a alguien. —Anna meneó la cabeza—. Siempre tenía una razón. Siempre decía que alguien estaba metiéndose con alguien o había hecho algo malo, y se ponía hecho una furia y lo golpeaba.
Maddie tragó saliva.
—Pero has dicho que salió bien.
—Bueno, pareció costarle más que a otros chicos. —Anna quitó el tapón del fregadero y se quedó mirando por la ventana, mientras el agua se iba por el desagüe—. Recuerdo una vez que Henry lo envió a la ciudad a buscar un par de esos bidones de basura galvanizados. —Anna retorció la bayeta de los platos y la colgó del grifo—. Los dejó ahí fuera —dijo señalando por la ventana—, pero estaban metidos el uno dentro del otro y no querían soltarse. Yo lo miraba y veía cómo se iba poniendo cada vez más furioso y, al final, se fue al coche, cogió su bate de béisbol, volvió y golpeó los bidones hasta dejarlos hechos pedazos, hasta convertirlos en chatarra.
—¿Qué hiciste? —preguntó Maddie, sintiendo frío de repente.
¿Habría ido C.L. a por Brent? Trató de recordar lo relativo a C.L. desde que vio por última vez a Brent. Estaba contento cuando volvió a verla, hasta que le vio la cara y entonces se había ido a buscar a Brent. Dijo que no, pero...
Anna le estaba contestando:
—Yo solo me quedé mirando. Cuando acabó, se metió en el coche, se fue a la ciudad y volvió con otros dos bidones que había pagado de su propio dinero. Estos no estaban metidos uno dentro de otro. Y se acabó.
—Dios santo.
Anna se volvió hacia ella, tranquilizadora.
—Al final, se suavizó bastante. Y ya ves cómo es ahora. De lo más tierno. Pero a veces creo que parte del viejo C.L. sigue ahí. ¿Sabes?, de niño siempre fue tozudo y sigue siéndolo. Si quiere algo de verdad, lo consigue. Lo hacía entonces y lo hace ahora.
Tal vez no, se dijo Maddie.
Em entró en la cocina, mirando por encima del hombro para ver si Phoebe la seguía. El cortacéspedes llevaba un rato en silencio y estaba oscureciendo. Anna dio a Maddie un par de cervezas.
—Llévaselas a C.L. Em y yo veremos la tele hasta la hora de dormir. —Le sonrió a Em—. Vas a dormir en la vieja habitación de C.L.
—¿Phoebe también? —preguntó Em, tensa de repente.
—Phoebe también —dijo Anna, y Em se dirigió dócilmente a ver la televisión, con un vaso de leche, un plato de galletas y su perrita, que era solo suya.
—No va a querer volver a casa —dijo Maddie.
—Por mí, encantada —respondió Anna, y se fue a ver Los Simpson por primera vez en su vida, mientras Maddie salía a reunirse con C.L.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:01 pm

Capítulo 10


Maddie tuvo que ir hasta el río y rodear los árboles para encontrar a C.L., que se había dejado caer en una hamaca allí abajo.
—Le he mentido a Henry —le dijo cuando ella pasó por debajo de una rama para llegar hasta él—. Esa máquina de los cojones no lo va a matar a él; me va a matar a mí.
Maddie le tendió las cervezas.
—Toma, bebe. Te irá bien.
Él hizo saltar el tapón de la primera botella y se bebió la mitad de un trago.
—Ven, siéntate aquí, a mi lado.
Su voz queda le llegó directamente al corazón. Veinticuatro horas atrás, estaban en el asiento trasero del coche. Maddie se estremeció al recordarlo. Ahora estaban a solo cien metros de Em.
—No, gracias. —Maddie miró alrededor, al oscuro paisaje y al cielo estrellado, para desviar sus pensamientos—. Es bonito esto.
—Tengo una fantasía de hamaca acerca de nosotros —dijo C.L.—. Ven aquí. Necesito una dosis de ternura y cariño.
Maddie se sentó en el suelo, fuera del alcance de su brazo, lo bastante lejos para no poder apoyarse, sin querer, en él porque sería una sensación demasiado maravillosa.
—Anna me ha dicho que cuando tenías diez años robabas cosas.
—Si vas a echarme en cara mi pasado, ya puedes irte.
Era una buena idea. Lo último que necesitaba era estar allí, a oscuras, con C.L. Maddie se levantó para marcharse y él se inclinó desde la hamaca y la cogió por el borde de los pantalones cortos.
—Es mentira. No te vayas. Siéntate y tómate una cerveza. La compartiré contigo.
Volvió a tirarle de los pantalones y ella sintió el calor de sus dedos en la parte de atrás del muslo. Era una sensación maravillosa, y eso era una mala idea, así que le quitó la mano del dobladillo y luego de su propia mano. Se sentó de nuevo en el suelo, con una sensación de hormigueo en la piel donde él la había tocado y cambió de tema antes de perder la cabeza y lanzarse sobre él.
—¿Fue agradable crecer aquí?
C.L. se dejó caer de nuevo en la hamaca.
—Casi siempre. Anna tuvo muchos problemas conmigo. Estaba muy triste cuando yo la cagaba. Y yo no podía soportarlo.
—Mi madre utiliza chutes de culpa. —Maddie se echó hacia atrás en la hierba—. Todavía lo hace. Dice: «Los vecinos pensarán que no te he educado bien». A veces, me parece que me he pasado toda la vida demostrando a los vecinos que mi madre me ha criado bien.
—Te ha criado bien —dijo C.L.—. Estás muy cerca de ser perfecta.
No, no es verdad, pensó Maddie. Esa era la otra Maddie, la que llevaba treinta y ocho años fingiendo y sintió una punzada de irritación porque C.L. seguía fijado en la falsa Maddie en lugar de en la real. Debía de costarle mucho superar sus sueños si seguía creyendo que era una «buena chica» después de todo lo que habían gritado en el asiento de atrás la noche anterior.
Se acordó de Bailey.
—No tan perfecta —dijo—. Me están chantajeando. —C.L. se incorporó en la hamaca y Maddie siguió—: Bailey quiere cien dólares para mantener la boca cerrada.
—¡Qué pedazo de idiota! —C.L. se relajó de nuevo en la hamaca—. Yo me ocuparé de él. No te ha disgustado, ¿verdad?
—¿Bromeas? Con todo lo que está pasando, Bailey fue un toque de humor. Pero, sí, te agradecería que te encargaras de él.
—Es un placer, señora. Los rescates son mi especialidad. ¿Quieres cerveza?
Maddie lo miró a través de la oscuridad.
—¿Intentas emborracharme?
—No. La condenada máquina me ha dejado demasiado hecho polvo para tener segundas intenciones. ¡Pero si debo de haber cortado unos mil acres! Ven y reconfórtame.
—Eres un hombre donde los haya —dijo Maddie, mientras buscaba un tema para distraerse—. ¿Qué quiere decir C.L.?
—Nada.
—¿Qué quieres decir con «nada»? ¿Tu madre te puso C.L.? ¿Solo las iniciales?
—No —dijo C.L.—. Mi madre me puso Wilson. Es un nombre de familia. ¿Vas a darle mucha importancia a eso?
—Wilson Sturgis —Empezó a reírse bajito y luego soltó una carcajada—. ¿Y qué significa C.L.?
—Chopped Liver
Maddie bufó incrédula y él explicó:
—Un día, al volver a casa, cuando debía de tener unos siete u ocho años, mi madre estaba hablando con una vecina sobre mi hermana, y no paraba de decir Denise puede hacer esto, Denise puede hacer lo otro y Denise es demasiado maravillosa para describirla con palabras. Así que yo dije: «Eh, ¿y qué soy yo, hígado picado?». Denise me llamó así un par de semanas y luego lo abrevió a C.L., y ahí quedó.
Maddie estaba estupefacta.
—¿Te importaba?
—Joder, era mejor que Wilson. —Tomó un sorbo de cerveza—. Me gustó darme un nombre a mí mismo, ¿sabes? Podía ser cualquier cosa que quisiera ser, sin importar lo que pensara mi madre.
Sonaba bien, eso de ponerte tu propio nombre, eso de llegar a ser cualquier cosa que quisieras ser. Poco práctico, pero bueno. Maddie se echó hacia atrás para pensar en ello y vio la luna, alta, hermosa y tan blanca que daba miedo.
—De verdad que es un sitio precioso.
—De verdad que, un día, haremos el amor en esta hamaca —dijo C.L.
Toda la paz de Maddie se consumió por las llamas cuando el deseo la inflamó de nuevo.
—Ya basta. —Se levantó—. Creo que eres fabuloso y te agradezco más de lo que puedo decirte lo que has hecho por Em y, sí, quiero, de verdad, estar contigo. —Se detuvo un momento al pensarlo—. Pero...
—Ahora no —acabó C.L. por ella, incorporándose en la hamaca—. Lo sé, Henry y Anna están ahí arriba y tú todavía no estás divorciada. Puedo esperar, no pasa nada. Y las cosas que hago por Em las hago porque me cae bien, no por ti, así que no tienes necesidad de estarme agradecida. Em y yo nos las arreglamos muy bien solos.
Maddie se sintió atrapada por lo que acababa de decir; «Em y yo», había dicho, como si conociera a Em por ella misma, aparte de ser la hija de la mujer con la que se había acostado. Como si pensara en ella como una persona que conocía, alguien que le importaba por derecho propio. Era algo tan alejado de la idea que tenía de C.L. que la dejó sin respiración y le hizo desear apretarse contra él, meterse entre sus brazos y dejarle que la absorbiera a ella, a Em y a todo lo demás.
—Tengo que ir adentro —dijo—. Anna y Henry se estarán preguntando qué pasa.
Se alejó de él, tan rápido como pudo, de vuelta a la casa y a su hija, y a cada paso que daba, más deseaba volver atrás. Cuando llegó al porche, se volvió y lo vio, mirándola bajo la luz de la luna y eso hizo que todo fuera aún más difícil.


C.L. se despertó temprano en la cama improvisada en el sofá y se reunió con Henry en la mesa del desayuno, atestada de platos con panqueques, fresas, patatas y cebollas doradas, mantequilla que brillaba a la luz del sol y sirope tan espeso que parecía un cordel al caer sobre los panquenques.
—¿Quieres que dé una voz para llamar a Maddie y a Em? —preguntó, y Henry contestó antes de que pudiera hacerlo Anna.
—Deja que duerman. Tengo que hablar contigo. ¿No es hora de que vuelvas a la ciudad?
—¡Henry! —Anna fue a sentarse con ellos, mientras ponía una jarra llena de leche espumosa delante de C.L.—. Puede quedarse todo el tiempo que quiera, cuanto más tiempo mejor. —Palmeó la mano de C.L.— Esta es su casa.
—Necesita unas vacaciones para enfriarse —dijo Henry—. Puede volver más adelante.
—He estado pensando en eso —respondió C.L.—. En lo de venir a casa, quiero decir. ¿La oferta de esas tierras que están al lado de la casa sigue en pie?
—¡Oh, C.L.! —exclamó Anna, y Henry puso mala cara.
—Vuelve a la ciudad y piénsalo —dijo a C.L. su tío—. Primero cálmate.
—La tierra es tuya en el momento en que la quieras —afirmó Anna—. Solo tienes que decirlo.
—Pensaba que podría hablar con Howie Basset, en algún momento, sobre edificar una casa —explicó C.L. a Henry—. Podría ser buena idea tenerme en la casa de al lado. De esa manera, sería más fácil que fuéramos a pescar juntos cuando te retires.
Anna asintió, sonrió y, sin duda, le dio una patada a Henry por debajo de la mesa, porque este puso mala cara.
Henry parecía dividido.
—C.L., te lo advierto... —dijo, pero sin fuerza, y Anna intervino.
—Vete a ver a Howie hoy. Tráelo aquí. Tendría que empezar pronto si quieres instalarte antes de Navidad. Podría construirla antes de Navidad, ¿verdad, Henry?
Henry lanzó una mirada malévola a C.L. y cogió el tenedor.
—Si C.L. no se tranquiliza, hará que la construyan antes del fin de semana. —Señaló con el tenedor a C.L.—. Siempre fuiste un exaltado y eso siempre te metió en problemas, y ahora está pasando lo mismo. Frena y mantente lejos de... —Se interrumpió después de una mirada rápida a Anna—. No te metas en líos —terminó.
Anna pasó las patatas a C.L.
—Vete a ver a Howie hoy. Es domingo, así que tendrá tiempo libre.
—Sí, señora —dijo C.L., amontonando patatas en el plato, mientras evitaba la mirada furiosa de Henry.
Iba a ir despacio. Pero Anna tenía razón, si quería que Maddie y Em estuvieran en una casa con él pronto, tendría que ver a Howie ese mismo día. Inmediatamente después de ver a Brent.
—Te lo he advertido, C.L. —dijo Henry mientras se comía los panqueques.
—Te he oído, Henry —respondió C.L., y pensó en Maddie y en Em a salvo en una casa nueva, justo al lado.


Maddie llamó a su madre desde el teléfono de arriba antes de bajar a desayunar.
—Mamá, soy Maddie. No vayas a casa a cuidar de Em esta mañana; está en la granja con Anna Henley.
—Vaya, ¿qué demonios está haciendo allí?
—Las dos estamos aquí. —Maddie intentó sonar positiva y sincera, mientras le contaba la historia que había ensayado la noche anterior—. Las cosas en casa son un caos, así que hemos venido aquí para tomarnos un respiro.
La voz de su madre era cortante.
—¿Dónde está Brent?
—No lo sé.
—Maddie, ¿qué está pasando?
Maddie respiró hondo.
—Lo voy a dejar, mamá. El lunes presentaré la demanda de divorcio.
El largo silencio le dijo a Maddie que el anuncio de sus problemas matrimoniales no era algo nuevo para su madre. Si lo hubiera sido, habría dicho: «Oh, no. No puedes hacer eso», o algo por el estilo, sin pensarlo. El silencio significaba que estaba pensando qué estrategia seguir. Olvídalo, madre, quería decir Maddie. No puedes hacer que cambie de opinión. El problema era que, por lo general, su madre sí que podía. Por supuesto, eso era antes de la irrupción de la nueva Maddie. La que se acostaba con otros hombres y envenenaba a su marido.
Cuando la voz de su madre llegó de nuevo, era sosegadora.
—Mira, Maddie, sé que Brent es un problema, pero no te apresures.
No tienes ni idea del problema que es, madre, pensó.
—No me estoy apresurando. Lo he pensado bien y sé lo que estoy haciendo. He hablado con un abogado de divorcios.
—Oh, no, no será Wilbur Carter.
—Es Jane Henries, de Lima.
—Bien, eso está bien. Cualquiera menos Wilbur Carter. —Su madre se contuvo y volvió a la carga—. Aunque sigo creyendo que tendrías que pensarlo. El divorcio, Maddie. Ya sé que tu generación no le da importancia...
—Mi generación sí que le da importancia.
—... pero es algo terrible. Piensa en Emily.
Estaba pensando en Emily. Odiaría Río, se dijo.
—Mamá, sé lo que estoy haciendo.
—Bueno, pero no hay necesidad de apresurarse, ¿no? No necesitas el divorcio para mañana, ¿verdad?
Bien pensado, no. Con Brent a buen recaudo en Brasil, podía tomarse décadas para conseguir el divorcio, si quería.
—No, madre. No lo necesito. No me precipitaré.
—Es lo único que pido.
Por ahora, se dijo Maddie.
—Y si cambias de opinión respecto a Emily, estaré aquí. —El tono de su madre implicaba que siempre estaba allí, donde se suponía que tenía que estar, algo que su hija no podía decir—. ¿Estás segura de que estás bien para ir a ver a la abuela?
—Todo lo bien que estoy siempre que voy a verla —dijo Maddie—. Ah, y Em tiene un perro.
—¿Qué?
—C.L. Sturgis le regaló un cachorro ayer. Es imposible separarlos.
—Maddie, ¿te has estado viendo con ese hombre?
Maddie cerró los ojos y se arriesgó.
—Madre, ¿has oído decir que me he estado viendo con él?
La voz de su madre era indecisa cuando respondió.
—No.
Maddie soltó el aliento contenido. Bailey había tenido la boca cerrada.
—¿No crees que te habrías enterado si lo hubiera hecho?
—Gloria dijo que estuvisteis los dos sentados a la mesa de picnic durante horas. Bebiendo.
—Gloria también contrató a Wilbur Carter. ¿Qué sabrá ella?
—Bueno, supongo que tienes razón. ¿Qué has dicho que hace ese chico de los Sturgis para ganarse la vida?
—No lo he dicho. No lo sé. Tengo que dejarte.
—Llámame, cuando vuelvas de ver a la abuela —dijo su madre, y Maddie colgó.


Sentada a la mesa delante de su madre, Em alargó el brazo para tocar a Phoebe, más para asegurarse de que estaba con ella que para acariciarla, pero como su mano ya estaba allí abajo y Phoebe esperaba caricias cada pocos minutos, le pasó la mano por su suave cabeza de cachorro.
—Adoro a Phoebe.
—Lo sé. A mí también me gusta mucho.
Em volvió a sus panqueques de desayuno, mirando a su madre de reojo.
—También me gusta C.L.
Su madre pegó una especie de bote, nerviosa, lo cual no era bueno. Por lo general, su madre era tan tranquila que resultaba aburrida.
—Es un buen hombre —dijo su madre—. ¿Quieres más sirope?
—¿Así que a ti también te gusta?
—Es un viejo amigo. Fuimos juntos al instituto.
Su madre le pasó el sirope. Em lo dejó en la mesa, a su lado. No estaba interesada en la comida, aunque la comida de Anna era algo diferente.
—¿También fue a la escuela con papá?
—Sí. —Su madre cortó los panqueques y cogió un trozo grande—. Con papá, tía Treva y tío Howie y un montón de otras personas. Igual que los amigos que tenéis Mel y tú.
Se metió el trozo en la boca y Em se echó hacia atrás para esperar a que acabara de masticar y así poderle hacer otra pregunta. Su madre nunca tomaba bocados grandes. No era sano. Debía de estar ganando tiempo.
Lo del instituto era un cambio de tema interesante, la idea de que algún día Mel y ella serían adultas y también lo serían todos sus amigos y algunos de ellos se marcharían y luego volverían. Se preguntó cómo sería Jason Norris cuando volviera. Puede que como Doug en ER. Y pasaría a verla, igual que C.L.
Em frunció el ceño cuando su madre tragó.
—¿Erais algo así como novios?
—No. —Su madre le pasó las fresas y Em las puso junto al sirope—. El único novio que he tenido ha sido papá. Aburrido, ¿eh?
—Puede. —Em tragó e hizo la pregunta que no quería hacer—: ¿Dónde está papá?
Su madre parpadeó y recuperó la vivacidad.
—Pues, no lo sé. Creo que está haciendo algo para la empresa.
Em sintió frío. Estaba casi segura de que era mentira o, por lo menos, una maniobra de encubrimiento. No sonaba bien. «Algo para la empresa» no sonaba bien. No de la manera en que lo había dicho su madre.
Anna volvió a entrar en la cocina.
—Em, ¿necesitas algo? —dijo, y Em supo que tenía que dejar de hablar de su padre.
—No, gracias —contestó—. Está todo delicioso.
Lo estaba; solo que ella no quería comer. Quería saber qué estaba pasando.
—Es domingo, así que hoy tengo que ir a ver a la bisabuela —dijo su madre, muy animada—. Te quedarás aquí con Anna para que Phoebe pueda corretear a gusto. ¿Te parece bien?
—Supongo que sí —contestó Em.
—Anna ha dicho algo de hacer tarta de fresas —añadió su madre—. Suena estupendo, ¿eh?
—Supongo que sí —repitió Em.
—Lo pasaremos muy bien —dijo Anna con voz firme.
—Espera a ver el collar que tengo para la bisabuela —dijo su madre, y su voz sonaba un poco desesperada.
Em se rindió.
—Enséñamelo.
Su madre sacó el collar del bolso y era feo de verdad, un pegote enorme de cristal rojo colgando de una cadena de oro falso.
Em asintió.
—Le encantará. No llevas nada más, ¿verdad?
—Nada que quiera conservar.
Su madre sonaba mejor ahora, pero Anna las miraba con un aire extrañado, así que su madre dijo:
—Mi abuela se las arregla para quedarse con cualquier cosa que tengas y que le guste. Así que la distraemos con cosas que no queremos. —Se volvió hacia Em—. ¿Verdad, Em?
Su madre parecía querer realmente que Em estuviera de acuerdo, como si lo que Em dijera importara, aunque no fuera así. Em asintió con la cabeza.
Maddie se puso el collar y dio un beso de despedida a Em.
—Pásalo bien con Anna y Phoebe. Ayuda a Anna con los platos.
—No le hables a la bisabuela de Phoebe —gritó Em cuando su madre salía por la puerta—. Haría que se la diera.


Anna le había prestado su vieja ranchera a Maddie («Yo no voy a ir a ningún sitio. Llévatela», le había dicho) y era sorprendente lo bien que se sentía Maddie al tener un coche de nuevo. No era que Frog Point fuera tan grande para necesitarlo, era más bien que disponer de uno le ofrecía la ilusión de poder escapar si tenía que hacerlo. No podía, pero por lo menos, el coche hacía que la idea resultara plausible.
De la que no podía escapar, definitivamente, era de su abuela.
La abuela Lucille estaba sentada, vestida de un bilioso chifón verde mar, debajo de unas sábanas de color rosa melocotón, en su habitación de color rosa melocotón pálido, con una pinta que era como una mala parodia de la chica a la moda de los años veinte que fue una vez. Su melena de color negro como el betún de los zapatos enmarcaba su marchita cara de duende donde solo los penetrantes y pequeños ojos negros eran iguales que habían sido en otro tiempos, diminutos, astutos y duros como la obsidiana. Maddie no había heredado ninguna de las cualidades de su abuela, como le habían dicho mil veces en esa misma habitación, ni la bonita cara ni el espíritu aventurero ni sus agallas para dar caña a quien fuera. Pero dado que la abuela hacía tiempo que se había convertido en el coñazo más grande que la familia había conocido nunca, Maddie no estaba demasiado disgustada por esa falta de parecido genético.
—No te creerías cómo era cuando yo era niña, Maddie —solía decirle su madre cuando ella era pequeña—. Me humillaba. Yo nunca te haría eso.
Mirando ahora a la abuela, Maddie envió un «gracias» silencioso a su madre y renovó su determinación de transmitir la misma falta de escándalo a su hija. Lo último que quería era ser la abuela de su generación.
Aunque se suponía que los rasgos de familia se saltan una generación. Y ahí estaba C.L. y el Point. Si continuaba por el mismo camino, sería definitivamente la abuela de los noventa. Tenía que hacerse con las riendas de su vida. Pero primero tenía que cumplir con aquella visita. Cruzó la habitación, sin hacer caso de los gruñidos de su abuela que le decía que había engordado y que ahora representaba la edad que tenía, y descorrió las cortinas imitación de lino, de color rosa melocotón, que daban a la pequeña terraza de su abuela.
—Demasiada luz. —La voz de la abuela era rasposa y aguda—. Es mala para mi piel. Y también para la tuya, pero tú eres un caso perdido.
Maddie llegó a un compromiso, corriendo las cortinas a medias, sabiendo que si las hubiera dejado cerradas, su abuela se habría quejado de que no había bastante luz.
—Bueno, abuela—dijo Maddie, alegremente, mientras se sentaba junto a la cama—. ¿Qué tal estás?
—Tengo noventa y cinco años, ¿cómo te parece que estoy? —le espetó la anciana.
Tienes ochenta y tres, quería decirle Maddie, pero dominó el impulso. Meterse en una discusión con la abuela era el equivalente personal a una guerra por tierra en Asia.
—Bueno, espero que estés bien —prosiguió Maddie—. Tienes un aspecto estupendo.
—Eso es porque no voy por ahí sentándome al sol, como alguna gente que conozco. —La abuela se inclino hacia delante—. ¿Sabes esa Janet Biedemeyer de la puerta de al lado? Esa mujer es una auténtica ruina. Parece una maleta de piel de lagarto. Si le pones un asa, puedes facturarla. Y tiene veinte años menos que yo o más. Si yo... —La abuela miró a Maddie, entrecerrando los ojos—. ¿Qué demonios te ha pasado?
Maddie ahogó un suspiro.
—Me di contra una puerta, abuela. No es nada.
—¡Ja! —exclamó la abuela, recostándose en las almohadas, encantada—. Te pegó, ¿verdad? Ya me parecía que tenía esa pinta.
—No, abuela —insistió Maddie, con tanta firmeza como pudo fingir—. Brent no me pegó. Tropecé y me caí contra el borde de una puerta abierta.
—Claro. Por eso tienes esos cortes de su anillo en la cara —dijo la abuela, y Maddie se irguió un poco—. Ah, sí, ahora tendrás cuidado. Bueno, has venido al sitio perfecto en busca de ayuda.
Oh, no, no es así, pensó Maddie, pero su abuela siguió hablando.
—Yo he pasado por eso. Mira, esto es lo que tienes que hacer...
—El abuelo nunca te pegó —la interrumpió Maddie indignada, olvidándose de ser diplomática—. No me lo creo. Debería darte vergüenza...
—Tu abuelo no —la cortó la abuela, irritada—. Nunca me levantó la mano. —La anciana hizo una mueca, como si hubiera algo en aquella falta de violencia que siguiera molestándola—. Hablo de mi primer marido.
Maddie se recostó en la silla.
—Creía que él era tu primer marido.
—No. —La abuela se recostó también, ahora que se había hecho con el control—. El primero fue ese imbécil bueno para nada de Buck Fletcher.
Maddie trató de no sonreír.
—¿Buck? ¿Te casaste con alguien llamado Buck?
—Mejor que Brent —replicó, sarcástica la abuela—. Vaya mundo este donde hay nombres así.
No la animes, se dijo Maddie, y evitó la discusión.
—No me puedo creer que hubieras estado casada antes y nadie me lo haya dicho.
La abuela se encogió de hombros.
—Murió antes de nacer tú. No le guardé mucho duelo, te lo aseguro. —La abuela soltó una risita cloqueante, y luego se centró de nuevo en la cara de Maddie—. No puedes usar maquillaje para tapar, niña.
—Gracias, abuela —dijo Maddie, deseando poder seguir a la abuela por el atractivo desvío de Buck, el primer marido secreto, pero bastante segura de que llevaría a recuerdos de abusos, algo que no le hacía ninguna falta—. Te he traído dulces.
Se inclinó para abrir el bolso y dejar que el colgante de cristal rojo se balanceara hacia delante.
—Gracias —dijo la abuela automáticamente, con una garra tendida para coger la caja dorada que Maddie estaba sacando del bolso—. Esther Price. Bien. —Arrancó la cinta roja de la caja de bombones artesanales—. Una caja pequeña.
—La semana que viene te traeré otra —le dijo Maddie—. Siempre lo hago.
—Eres una buena chica, Maddie. —La abuela dio un mordisco a la tortuga de chocolate con leche que estaba en la parte superior de la caja. Era otra cosa de su abuela que irritaba a Maddie; siempre cogía las tortugas y escupía las avellanas. Una de ellas cruzó volando la habitación, justo cuando Maddie pensaba en ello—. Es bueno —dijo la abuela y luego volvió a enfocar el colgante—. Bonito collar.
—¿Este? —Maddie levantó la pieza de cristal rojo—. Es patrimonio de la familia. De la familia de Brent. —Intentó mostrarse entusiasmada—. Es una de mis piezas favoritas. Me...
—Ya no voy a estar contigo mucho tiempo más, ¿sabes? —dijo la abuela con voz débil, hundiéndose más en los almohadones, con la caja de bombones en una mano y la tortuga mutilada en la otra—. Soy vieja.
¡No me digas!, quería decirle Maddie, pero lo que hizo fue asentir, esforzándose por parecer comprensiva.
—Bueno, la verdad es que no pareces vieja —mintió—. Tienes mejor aspecto que yo.
Por desgracia, con el ojo tal como lo tenía, la afirmación era parcialmente cierta.
La abuela lloriqueó.
—Podría irme en cualquier momento. —Dejó la tortuga a medio comer en la caja y se llevó la mano libre al corazón—. En cualquier momento.
—Oh, vaya, abuela —dijo Maddie—. ¿Puedo hacer algo?
—Ese collar iría bien con este camisón.
La abuela dio unas palmaditas en el chifón de color verde bilis.
El cristal rojo quedaría de espanto con aquel camisón, pero, bien mirado, lo mismo podía decirse de la abuela.
—Bueno, no sé, abuela —contestó Maddie—. Era de la madre de Brent...
—Esa mujer... —La abuela se olvidó de parecer frágil para decir, despectiva—: Helena Faraday no ha ido bien vestida ni un solo día de su vida. —La anciana resopló al pensarlo y luego recordó que estaba al borde de la muerte y se dejo caer sobre los almohadones—. Estoy segura de que no le importara que le prestes el collar a tu abuela moribunda, Maddie. Después de todo... —Aquí hizo una pausa para adoptar un aspecto piadoso, generoso y beatífico, cosas todas ellas fuera de su alcance—. Para ti será todo lo que tengo cuando me vaya.
—Bueno, si crees que te hará sentir mejor —dijo Maddie, que había tenido suficiente Sarah Bernhardt para una visita.
Se quitó el collar por la cabeza y se lo pasó a su abuela, quien se lo puso en el cuello y volvió a dedicarse a eviscerar la tortuga.
Maddie se levantó.
—Bien, parece que ya estás mucho mejor, abuela, así que...
—Siéntate —ordenó la anciana, sin rastro de debilidad—. Todavía no te he contado las novedades.
Maddie se sentó, mirando con ansia la caja de Esther Price. Si tenía que escuchar los escándalos de la residencia de ancianos, por lo menos debería hacerlo comiendo chocolate, pero su abuela le causaría daños corporales si lo intentaba.
—Mickey Norton se está exhibiendo de nuevo. —La abuela dejó la tortuga a medio comer y cogió un bombón de chocolate a la crema—. Abigail Rock, dos puertas más abajo, se disgusta mucho, pero por lo menos Mickey sigue intentándolo. Ed Keating, ese del final del pasillo, ya ni siquiera se levanta de la cama. Es terrible como los hombres se hacen pedazos con la edad.
—Bueno, no lo sé —dijo Maddie, pensando en C.L.—. Algunos mejoran.
La abuela resopló de nuevo.
—¿Cómo tu marido?
—De verdad, abuela, tengo que marcharme —dijo Maddie, poniéndose en pie.
—Siéntate —dijo la abuela.
Maddie obedeció, para escuchar todos los escándalos que Lucille había ido acumulando a lo largo de la semana. Por suerte, los disparaba como una ametralladora, así que podía acabar la semana en media hora.
—Y ahora, ahí estás tú —terminó—. Mírate, golpeada por todas partes. Aquí todos saben que eres mi nieta. A paseo mi buen nombre.
Por un momento pareció triste, y luego cogió otro bombón de crema.
—No es tu nombre —señaló Maddie—. Es el de Brent. Es un escándalo Faraday o un escándalo Martindale. Tendrían que retroceder tres generaciones para que fuera un escándalo Barclay.
La abuela se inclinó hacia delante, indignada.
—¿Y crees que no lo harán?
Maddie se echó un poco atrás. Para la gente de la residencia, tres generaciones era lo mismo que ayer.
—Tienes razón. Siento lo del ojo, abuela. No debería haber venido. No volveré hasta que esté curado del todo.
—¡Ja! —gritó la abuela—. ¿Crees que no se darán cuenta de eso? Vendrás el domingo que viene, como siempre. Para entonces, a ver si has aprendido a usar el maquillaje. El escándalo. ¡Ja!
Maddie se levantó para marcharse.
—¡Siéntate! —ordenó la abuela.
—No puedo. —Maddie empezó a caminar de lado hacia la puerta—. Tengo que irme. Hasta la semana que viene, lo prometo. Adiós, abuela.
—La semana que viene ya estaré muerta.
La anciana cogió otro bombón, este con una avellana encima.
—Estás estupenda con ese collar, abuela —dijo Maddie y cerró detrás de ella. Cuando se volvía, oyó cómo la avellana rebotaba contra la puerta.


La puerta trasera estaba abierta cuando Maddie llegó a casa.
Se quedó inmóvil en el porche de atrás, con la llave en la mano, mirando estúpidamente la puerta abierta. La puerta siempre se volvía a abrir si no la cerrabas con fuerza, pero había echado la llave antes de marcharse.
Brent.
Empujó la puerta con la mano. Se abrió por completo y Maddie cruzó cautelosamente el umbral.
Todo parecía estar igual. Quizá no había cerrado bien, después de todo. Recordaba haber dado un portazo para asegurarse de que quedaba cerrada... No, la había cerrado con llave. Estaba segura de haberlo hecho.
—¿Brent? —llamó, con la voz un poco temblorosa.
Dejó el bolso en la mesa y entró en la sala.
Todo parecía estar igual, salvo el escritorio.
Los cajones estaban torcidos, solo un poco, todos algo descentrados. Maddie los registró. La llave de la caja de seguridad había desaparecido.
Brent había vuelto para coger la llave. Y a Em. Volvería esa noche y se la llevaría, a menos que ella se lo impidiera.
Fue al recibidor, descolgó el teléfono y llamó a la comisaría de policía.
—No estoy segura —dijo, cuando le preguntaron qué pasaba—, pero creo que el merodeador ha estado aquí.


La policía espolvoreó el cajón en busca de huellas, y solo encontró las de ella y le hicieron preguntas que no podía contestar («No tengo ni idea de para qué querría el merodeador la llave de nuestra caja de seguridad»); parecían escépticos hasta que ella dijo:
—Escuchen, ¿podrían vigilar la casa esta noche? Tengo miedo.
Algo de su auténtico miedo debió de filtrarse en su voz porque dijeron que dejarían un coche patrulla ante la casa.
Si conseguía mantener a Brent fuera de la casa una noche más, podría recuperar su vida.
Si pudiera convencer a Em para que se quedara en la granja una noche más, todavía estarían más seguras.
Cuando la policía se fue, Maddie registró la casa, buscando más pruebas de que Brent había estado allí. Estaba por todas partes, después de haber vivido tanto tiempo allí, sus revistas, sus zapatos de trabajo y las monedas de cambio y ella lo quería fuera, totalmente fuera. Era hora. Sacó un par de cajas de cartón del garaje y empezó a colocar dentro las cosas de Brent.
Tres horas y varias cajas después, había llegado al armario de la habitación. Abrió las dos últimas cajas y tiró su ropa dentro, sin molestarse en doblarla. Faltaban algunas cosas: sus camisas de algodón favoritas, sus vaqueros, un traje ligero, sus zapatos de la bolera. Al descolgar la ropa, comprendió que Brent había hecho las maletas. Ya se había llevado lo que quería. Metió la ropa que quedaba en las cajas y las arrastró afuera, hasta el garaje abierto, con el resto de sus cosas. Luego fue otra vez al piso de arriba para sacar sus trastos de deporte del fondo del armario.
Dejó a un lado el bate de béisbol. Podía serle útil si Brent volvía. Aquel cabrón ya había hecho el equipaje. Sabía que iba a dejarla, pero, de alguna manera, saber que había hecho las maletas la enfurecía todavía más. Sacó la bolsa de golf de un tirón y se le volcó. Una docena de pelotas de golf rodaron por el suelo y los palos cayeron con un gran estruendo. No era su día.
Maddie puso la bolsa derecha, la apoyó e intentó meter los palos de nuevo, pero no entraban del todo, así que los sacó y dio la vuelta a la bolsa para ver qué había en el fondo. Cayó un pequeño paquete.
Durante un rato, se quedó sentada al borde de la cama, mirando el paquete del suelo. Dios sabía qué habría allí. ¿Pornografía? ¿Cocaína? Tal como iban las cosas, podrían ser las cenizas de Jimmy Hoffa y no se sorprendería. Ya nada podía sorprenderla.
Cuando lo desenvolvió, era dinero, cuatro paquetes de billetes de cien dólares. Cuarenta mil dólares. Era como dinero del Monopoly, solo que real.
—¿Qué demonios ha estado haciendo? —dijo en voz alta.
Es dinero para huir, pensó luego.
El ruido de alguien que golpeaba la puerta de abajo la sacó de su estupor. Metió los cuatro paquetes debajo del colchón, tiró el envoltorio a la basura y bajó corriendo la escalera.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó C.L., cuando ella abrió la puerta—. Pensaba que estabas muerta.
Parecía hablar medio en serio.
—Estaba pensando.
—Ya te advertí que no lo hicieras —Entró y la cogió por la barbilla para mirarla—. Tu cara tiene mejor aspecto. En cierto modo.
—¿Qué haces para ganarte la vida?
—Soy contable. —Acabó de entrar y cerró la puerta—. Em sigue en la granja, ¿verdad?
—Sí... —empezó Maddie, y entonces él la besó, poniendo fin al discurso, con sus labios cálidos sobre los suyos y sus brazos estrechándola con fuerza.
Maddie se apoyó en él para prolongar el beso, porque era una sensación muy buena y, últimamente, eran muy pocas las cosas buenas, y porque a pesar de todas sus rimbombantes palabras sobre esperar, para evitar el escándalo, lo había echado de menos. Era un infierno ser inteligente cuando lo que quería era ser como su abuela.
Entonces, notó que sus manos le bajaban por la espalda; interrumpió el beso y se apartó antes de que la metiera en más problemas.
—Para. Alguien podría mirar por la ventana y vernos.
C.L. la llevó a la sala.
—Tú y yo necesitamos pasar un tiempo solos. Henry dice que alguien ha entrado en tu casa.
Maddie trató de recordar de qué hablaban antes del beso.
—¿Eres contable?
C.L. suspiró.
—¿Qué hay de malo en ser contable?
—Nada. Solo que no te había imaginado como contable.—Maddie se quedó pensando—. En realidad, no te había imaginado con un empleo.
C.L. se inclinó hacia atrás, apartándose de ella.
—Muchas gracias. Ahora dime, sobre ese merodeador...
—¿Por qué estás tan interesado en él?
C.L. parecía exasperado.
—¿Un extraño se mete en casa de la mujer que quiero y te sorprende que me interese?
—Puede que no haya sido un extraño —dijo Maddie, dejando de lado la parte de «mujer que quiero» porque era una complicación a la que no estaba lista para enfrentarse—. Anoche cerré las puertas con llave, así que quienquiera que entrara sabe cómo forzar las puertas o tenía una llave.
C.L. se incorporó, interesado.
—¿Quién tiene llaves?
—Mi madre, Treva y Brent.
Él la miró a los ojos.
—Yo apostaría por Brent.
Maddie asintió.
—Yo también.
—¿Qué estaría buscando?
—Ayer fui al banco y miré en la caja de seguridad.
—Sigue.
C.L. parecía tenso, como si escuchara con toda su atención.
—Había dos billetes de avión para Río y dos pasaportes.
C.L. silbó.
—Se iba a largar sin decirte nada.
Maddie asintió.
—Los billetes son para el lunes. El otro pasaporte es para Em.
C.L. hizo una mueca.
—Debe de haber sido todo un golpe.
—Cogí el pasaporte de Em y lo partí en pedazos. Puede que haya venido a buscarlo. Y la llave de la caja ha desaparecido. —Pensó en la ropa que Brent se había llevado—. Y espero que él también.
—Sigue pensándolo —dijo él.
Luego se inclinó y la besó, rozándole los labios tan suavemente que la hizo estremecer.
—Me gusta cuando haces eso —susurró Maddie.
—Bien. Lo haré todo el rato. —La besó de nuevo, más lentamente y justo cuando ella empezaba a sentir calor, oyeron cómo se cerraba de golpe la puerta de un coche—. Esta ciudad... —masculló, y se apartó de ella para ir a mirar por la ventana—. No es tu madre. Es una rubia desleída de la casa de al lado.
—Gloria. —Detestaba que él se hubiera apartado, pero se sentía aliviada al mismo tiempo—. Creo que podría ser la mujer con la que se acuesta Brent.
C.L. miró atentamente por la ventana.
—Jesús, ¿por qué?
—Siempre dices lo acertado —dijo ella, pero él había pasado a otra cosa.
—Quédate aquí, con la cadena puesta. Iré a ver a Henry para estar seguro de que vigile la caja de seguridad.
—Eh —exclamó Maddie—. No lo fastidies. Quiero a Brent fuera de aquí.
—Puede que tú y yo sí, cariño —afirmó C.L. mientras se dirigía a la puerta—, pero hay un montón de gente que quiere que se quede y explique unas cuantas cosas. Si lo hace, será más fácil para todos nosotros.
Maddie lo siguió.
—C.L., aquí está pasando algo que yo no sé, ¿verdad?
—A mí no me preguntes. Yo soy forastero aquí.
La besó de nuevo, esta vez con fuerza, haciendo que se aferrara a él, pero él miró con aire culpable por encima del hombro, después de besarla. Y antes de que ella pudiera preguntarle nada más, se había marchado.
Maddie lo miró mientras se alejaba en el coche y pensó: Más tarde hablaremos, colega. Usaría todas sus artimañas femeninas para seducirlo y él se lo contaría todo. Cuando ella superara su papel de «enmudecida por el deseo».
Volvió al piso de arriba y contó el dinero otra vez. Cuarenta mil dólares. ¿Por qué Brent no se los había llevado la noche anterior? Tendría que volver a buscarlos. No podía habérselos olvidado.
¿Y si el merodeador no era Brent?
No tenía sentido. Tenía que ser Brent; nadie más podía usar la llave de la caja.
Querría a Brent fuera de su vida. Luego se acordó de las pastillas. ¿Lo habría sacado de su vida de forma permanente? Oh, mierda.
Metió de nuevo el dinero debajo del colchón y cogió el bolso. No había ni un kilómetro hasta la farmacia. Podía llegar antes de que cerraran.


En Revco, Maddie le enseñó al farmacéutico el frasco vacío de calmantes.
—¿Son peligrosos? —preguntó—. Quiero decir, si me tomara demasiados. Digamos siete.
El farmacéutico le dio un sermón sobre el abuso de los medicamentos con receta y luego le dijo que, probablemente, siete no causarían ningún daño permanente a nadie.
—Impedirían pensar con claridad y es probable que provocaran la pérdida de consciencia. —La miró severamente—. Superar la dosis recomendada es muy mala idea.
—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Maddie y abandonó el miedo de ser una asesina; en su opinión, Brent nunca había pensado con claridad y, en todo caso, seguramente necesitaba dormir.
Pidió otro frasco, que el farmacéutico le dio con cara de desconfianza, y luego se fue a casa para acabar de eliminar a Brent de su vida. «Mientras estabas durmiendo —podía decirle—, te has mudado.»
Metió las últimas cosas, incluyendo la bolsa de golf con el dinero, en el garaje. Lo que Brent necesitara para ir a Río podía cogerlo del garaje.
Cuando estaba cerrando la puerta, se acercó un coche.
Era un Ford último modelo y Maddie nunca había visto a la mujer que se bajó de él. Su mirada era penetrante, pero tenía un aspecto agradable y era pelirroja, así que no era el último ligue de Brent. Aún así Maddie se preparó de todos modos, esperando lo peor. Seguro que era una de las ex amantes de Brent. Alguien a quien Brent había engañado. La esposa secreta de C.L. Se estremeció al pensar en esto último y se esforzó por mantener la calma, mientras la mujer se acercaba.
—¿Cerrando una venta de garaje? —preguntó la mujer.
Maddie la miró, parpadeando.
—¿Cómo dice?
—Es domingo —contestó la mujer—. La gente hace ventas de garaje baratas los domingos. —Dio un paso atrás y miró alrededor—. Pensaba que quizá hiciera una. Supongo que me he equivocado. Lo siento.
—Una venta de garaje —se oyó decir Maddie. Abrió la puerta del garaje de nuevo—. Claro. Solo es ropa de hombre. Y algunas cosas de deporte. —Se acordó del dinero y dijo—: Pero no los palos de golf.
La mujer entrecerró los ojos.
—¿De qué talla es la ropa?
Probablemente estaba mal vender las cosas de Brent a una completa desconocida, pero él tendría que haber pensado en ella antes de limpiar su cuenta corriente y su cuenta de ahorros. Tenía que vender sus cosas. No tenía dinero.
—En su mayoría extragrande —dijo Maddie—. Hágame una oferta.
Diez minutos después, la mujer se alejaba después de haber hecho un trato estupendo para quedarse con todo, menos los palos de golf de Brent. Maddie volvió arriba. Movió su ropa para que llenara el armario y puso parte de su ropa interior y sus suéteres en los cajones vacíos. Cuando acabó, reclamó toda la habitación como propia.
Debería haberse sentido culpable, pero no era así. Se sentía libre. Miró alrededor y pensó: Odio este sitio. Tengo que marcharme de aquí. Es feo.
La cabecera acolchada de color melocotón era especialmente horrible. Brent la había elegido. También tenía que desaparecer.
Maddie cogió un destornillador, desatornilló los soportes de la parte inferior y soltó la cabecera. Luego la arrastró escalera abajo y la metió en el garaje.
Gloria Meyer salió para ver qué hacía.
—¿Eso era tu cama?
—Limpieza general.
Maddie miró a Gloria y pensó: Vampiro, ¿eh?, y volvió adentro para librar batalla con todo lo que la persiguiera.


Brent no estaba escondido en la empresa cuando C.L. llegó, pero Howie sí que estaba, aunque era domingo.
—¿Semana de siete días? —preguntó C.L. cuando Howie bajó a abrir la puerta, con el mismo aspecto de hombre sólido y seguro que había tenido en el instituto, aunque con menos pelo.
—Justo el hombre que buscaba —fueron las palabras de saludo de Howie, al invitarlo a entrar.
—Yo buscaba a Brent.
—Ha ido a esconderse en algún sitio. Olvídalo. Quiero que mires nuestros libros.
—Bromeas. —C.L. siguió a Howie hasta el despacho—. Llevo tres días persiguiendo a Brent para que me autorice a hacer eso precisamente.
El ordenador de Howie estaba encendido, y la mesa, llena de papeles impresos.
—No te habría autorizado. —Howie señaló una silla y se sentó delante del ordenador—. Brent estaba desfalcando fondos; sé que lo estaba haciendo, pero no puedo descubrirlo.
—Entonces, Sheila tenía razón. —C.L. acercó la silla al ordenador—. Siempre supo mucho de dinero. ¿Qué tienes?
—Un lío —dijo Howie—. Brent se encargaba de las ventas y los libros, y yo hacía los planos y las construcciones. Funcionaba bien hasta hace cosa de un año, cuando empezamos a vender más casas y ganar menos dinero.
—Ay —dijo C.L.
Howie asintió.
—Luego Dottie Wylie empezó a quejarse. Va a vender la casa que le construimos el año pasado. Pensaba que Brent le había hecho una oferta por debajo de su valor, lo cual no era propio de él. Siempre quería aumentar las ofertas. La casa valía doscientos fácil y él le había ofrecido ciento ochenta.
C.L. entrecerró los ojos.
—¿De qué se queja Dottie?
—Dice que va a perder con la casa. Y pide doscientos diez. Fui a hablar con ella y me enseñó los papeles para demostrarlo. —Howie parecía cansado—. Pagó doscientos veinte.
—Brent se quedó los otros cuarenta mil —dijo C.L.—. Joder, estaba engañando a todo el mundo.
—Y toda la ciudad lo sabe, gracias a Dottie.
Howie se frotó la frente.
C.L. frunció el ceño.
—Si ese era el caso, ¿por qué demonios compró Stan?
—¿Compró qué? —preguntó Howie.
—Parte de la empresa —contestó C.L.—. Stan compró la mitad de la mitad de Brent por doscientos ochenta mil y a Sheila le va a dar un ataque.
La cara de Howie le decía a C.L. que todo aquello era nuevo para él.
—Brent no tiene la mitad —dijo Howie—. Tiene una cuarta parte. Igual que yo. Treva y Maddie tienen las otras dos cuartas partes.
—¿Lo ha vendido todo? —preguntó C.L., y Howie lo miró directamente a los ojos.
—Entonces se ha largado. —Howie se apoyó en el respaldo—. Lo ha vendido todo, algo que no puede hacer sin ofrecernos primero a nosotros tres el derecho a comprar, así que todo el acuerdo es ilegal. —Cabeceó, incrédulo—. ¿Qué piensa Maddie de todo esto?
C.L. se hundió un poco en la silla.
—Es difícil saberlo. Ni siquiera estoy seguro de que lo sepa. Cree que él se va a marchar porque hay otra mujer, pero hay algo más. Ella sigue protegiéndolo. —C.L. hizo una pausa, porque aquella parte le dolía—. No quiere que vigilemos su caja de seguridad ni tratemos de impedirle que se vaya.
—No puedo culparla —dijo Howie—. Si yo estuviera casado con Brent, también querría que se fuera. Pedazo de cabrón. La otra noche hablaba de lo mucho que detestaba Frog Point y ser Brent Faraday y presentarse a alcalde. Parece que, al final, ha hecho algo al respecto.
C.L. se esforzó por no sonreír ante las noticias. Em estaba a salvo. Maddie era libre y él volvía a casa con las dos.
—Bien por Brent. Por fin, el pedazo de cabrón ha hecho algo que me gusta.
—Bueno, pues yo no estoy muy contento. —Howie suspiró y señaló los números de la pantalla del ordenador—. Me han dicho que eres contable. Me iría bien uno.
—Vaya, qué coincidencia. A mí me iría bien una casa —dijo C.L.
Howie parpadeó.
—¿Aquí? ¿En Frog Point?
—Sí —respondió C.L.—. Yo también estoy sorprendido. Déjame usar tu teléfono para decirle a Sheila que le han tomado el pelo a Stan y luego hablamos.


Em llamó desde la granja media hora después de que Maddie acabara de limpiar la casa.
—Phoebe y yo queremos volver a casa —dijo, y había un trasfondo de histeria en su voz—. Quiero ver a papá.
—No sé si papá estará en casa esta noche —dijo Maddie—. ¿Por qué no esperas hasta...?
—¡Quiero volver a casa! —repitió Em.
—Estaré ahí en una hora. Tranquila.
Bien, Em necesitaba estar en casa, pues iría a casa. Pero ella también necesitaba estar a salvo. C.L. podía mantenerla a salvo, pero no se podía quedar a pasar la noche. Si no podía quedarse toda la noche, Maddie no estaba segura de que pudiera mantenerla a salvo, incluso con la policía delante de la casa.
Le dolía la cabeza. Mientras daba vueltas a sus opciones, sonó el teléfono.
—¿Maddie? —dijo Treva—. ¿Se metió un merodeador en tu casa anoche?
—¿Cómo lo has...?
—Howie se ha encontrado con C.L. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. —Maddie miró su imagen en el espejo del tocador. No estaba bien. Si acaso, el golpe tenía peor aspecto, el morado derivando en un amarillo sucio en los bordes—. Tengo un aspecto infernal, pero estoy bien.
—Howie ha dicho que C.L. está preocupado por ti. Dice que va en serio contigo.
—Olvídate de C.L. —dijo Maddie—. Tengo un problema. Creo que Brent podría intentar llevarse a Em.
—¿Llevársela? —La voz de Treva expresaba todo su asombro—. ¿Raptarla?
—Las cosas están mal aquí—explicó Maddie—. Solo tengo que mantenerla a salvo una noche más. La llevé a la granja de los Henley ayer, pero no quiere quedarse más allí. Está asustada. —La voz de Maddie tembló al decir la última palabra—. Y yo también.
—Iremos a tu casa —decidió Treva—. Todos nosotros. No puede llevársela si hay un montón de gente delante.
—No os podéis quedar toda la noche —dijo Maddie—. No sé qué hacer.
—Bueno, podemos quedarnos hasta que decidas qué hacer —dijo Treva—. ¿Vas a ir a buscarla ahora? Nos reuniremos contigo en cuanto vuelvas a casa. Le diremos a los niños que vamos a hacer una fiesta de pizzas. Se lo creerán.
Maddie se apoyó en la pared, indultada por unas horas.
—Te lo debo, Treva.
—No me debes nada —dijo Treva, y su voz sonó triste—. No me debes ni una maldita cosa. Escucha, llamaba para saber si querías ayuda para abrir la caja del despacho de Brent.
La caja de cartas. El bebé de Kristie.
—Ya no me importa —afirmó Maddie, tratando de sonar indiferente para no despertar la curiosidad de Treva—. Me parece que lo tiraré todo.
—Es mejor que no lo hagas. Podría haber algo que la empresa necesitara. Iré y veré si puedo abrirla.
Maddie frunció el ceño.
—Te la daré esta noche. Será más fácil. No es nada importante, Treva.
—Bien —aceptó Treva—. Y no te preocupes por la caja. Seguramente, no hay nada dentro.
—Exacto.
Maddie colgó y se preguntó: ¿Qué cree Treva que hay en la caja?
Treva tenía la llave de la casa. Y sabía lo del merodeador. ¿Para qué estaría C.L. hablando con Howie? Le había parecido que iría directamente a ver a Henry. Si él no se lo había dicho a Howie, ¿cómo sabía Treva lo del merodeador? A menos que fuera ella misma. Ni siquiera había preguntado si se habían llevado algo.
No. Maddie negó con la cabeza mientras se levantaba. Se estaba volviendo paranoica. Treva era su mejor amiga. Lo siguiente que haría sería sospechar de su madre. Olvídalo y encarga la cena, se dijo, y llamó para pedir tres pizzas grandes, dos con todo y una vegetariana, para entregar a las ocho.
Salió para dirigirse a la granja y cerró la puerta del garaje antes de que la señora Crosby se diera cuenta de lo descuidada que había sido, amontonando cajas en el garaje y dejándolas allí para que toda la calle las viera. Empezaba a oscurecer y alguien paró delante de la casa en una camioneta.
Cuando el conductor salió y empezó a subir por el camino, reconoció a Stan Sawyer.
No era Brent. Nada más tenía importancia, mientras no fuera Brent.
—¿Maddie?
—Hola, Stan.
Maddie se esforzó por sonar tan cordial como era posible, pero su voz debió de comunicar «¿Qué demonios quieres?», porque él se detuvo y se quedó allí, inmóvil, cambiando el peso de un pie a otro.
—Esto... ¿está Brent?
—No —dijo Maddie—. ¿Quieres que le diga que te llame cuando venga?
—Tenía que haberse reunido conmigo ayer por la mañana, pero no se presentó. Tengo que hablar con él lo antes posible. Lo antes posible... —Stan se acercó más y Maddie empezó a sentirse inquieta, lo cual era una estupidez. Estaba en Frog Point. No podía hacerle daño, toda la calle estaba vigilando—. ¿Estás segura de que no está en casa?
—Howie está a punto de llegar. Es probable que sepa todo lo que sabe Brent.
—No. —Stan dio un paso más hacia ella—. Creo que Brent no anda metido en nada bueno. Creo que está huyendo.
Yo también, pensó ella, pero no quiero oírlo de ti.
—No sé nada de esto.
Maddie se volvió hacia la casa.
Él la cogió del brazo.
—Tienes que escucharme. Tiene mi dinero.
Ella intentó soltarse, pero él no la dejó, levantándole el codo hasta el hombro para retenerla.
—Tú estás metida en los mismos problemas que él —dijo Stan, y entonces los cegaron las luces de un coche que entraba en el camino.
—Más vale que sea Brent —dijo Stan.
El coche se detuvo, se apagaron las luces y C.L. salió.
—Suéltala —ordenó, acercándose con cara de pocos amigos.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:02 pm

Capítulo 11


—Esto no tiene nada que ver contigo, C.L. —afirmó Stan—. Es algo entre los Faraday y yo.
—Suéltala.
Maddie trató de apartarse de Stan, pero él siguió cogiéndola del brazo. C.L. tenía un aspecto asesino; nunca lo había visto así.
—Espera un momento, C.L.
Stan no le prestó ninguna atención y se dirigió directamente a C.L.
—Tú eres el que empezaste todo esto, al volver aquí. Lárgate y déjame acabarlo. —Stan soltó a Maddie, que se tambaleó hacia atrás, cuando él dio un paso adelante—. Si hubiera sabido que Sh...
C.L. lanzó un puñetazo contra Stan y Maddie se estremeció al oír el golpe de los nudillos contra la carne. Stan perdió el equilibrio y se desplomó en la creosota, cayendo de culo, mientras soltaba un juramento.
—No toques a Maddie —dijo C.L.—. Nunca.
La señora Crosby salió al porche.
—Maddie —gritó—. ¿Qué está pasando?
—¿Qué haces? —le preguntó Maddie a C.L.—. ¿Te has vuelto loco?
—¿Maddie? —chilló de nuevo la señora Crosby.
—No pasa nada, señora Crosby —le contestó Maddie, gritando a su vez—. Stan ha perdido el equilibrio. Estamos bien.
La señora Crosby no se movió.
C.L. se frotaba la mano, sin mirarla.
—Entra en casa, Maddie. —Le hizo una señal con la cabeza a Stan—. Venga, vamos. Hacía tiempo que andabas buscándote esto. Vamos.
—No. —Maddie se puso delante de él—. De ningún modo. ¿Qué os pasa a vosotros dos? Ya no tenéis dieciséis años. Basta ya.
C.L. trató de apartarla a un lado.
—Maddie...
—No —repitió, volviéndose hacia C.L.—. Basta de golpes.
Él permaneció rígido por un momento y luego Maddie notó que su cuerpo se relajaba y, rodeándola con sus brazos, la atrajo hacia él. Maddie pensó en la señora Crosby, pero casi no le importaba, era una sensación tan agradable que él la tocara de nuevo...
C.L. suspiró.
—Vale. Tienes razón. Es una estupidez. —Miró a Stan, que seguía en el suelo—. Lo siento. Pero no te metas con Maddie nunca más. Ella no sabe nada de nada.
—Vaya, que me aspen. —Stan se incorporó hasta quedar sentado y se tocó el mentón un momento. Estaba claro que no tenía nada roto, porque apoyó los brazos en las rodillas y se echó a reír—. Maddie y tú. ¿Lo sabe Brent?
C.L. lo fulminó con la mirada y Maddie se cogió con más fuerza a él, por si se le ocurrían más ideas brillantes sobre pegar a la gente en medio de la calle.
—¿Quieres conservar los dientes? —preguntó C.L.
Stan volvió a reírse.
—Esta sí que es buena. —Se levantó y se sacudió la ropa—. Dios, Brent se lo tiene bien merecido. —Le sonrió a C.L.—. Joder, C.L. no tengo necesidad de pegarte. Brent lo hará por mí. Te matará. Os matará a los dos.
—Espera un momento, no entien... —empezó Maddie, pero C.L. no la dejó acabar.
—Te mueres de ganas, ¿verdad? —le preguntó a Stan, pero no había animosidad en su voz.
Maddie lo miró. Toda la ira había desaparecido, como por arte de magia. Si no hubiera sido tan aterrador, habría resultado asombroso.
Stan negó con la cabeza.
—Dios, esto va a ser divertido. Espera a que se lo cuente a Sheila.
Se fue por el camino, sin dejar de reír.
—Tendría que haberle dado más fuerte —dijo C.L., mientras miraba cómo se alejaba—. En otros tiempos, no habría podido hablar.
Ah, genial. Así que ahora el pasado eran los buenos tiempos. Lo miró furiosa y se apartó, detestando la manera en que el calor desaparecía cuando no estaba cerca de él.
—¿De qué demonios iba todo esto?
—No estoy muy seguro. Es probable que tenga algo que ver con que él se casara con mi ex mujer. —C.L. le rodeó el hombro con los brazos y se dirigió a la casa, llevándola con él—. Dudo mucho que Sheila le dijera que soy una buena persona.
—¡Maddie! —volvió a llamar la señora Crosby.
—Buenas noches, señora Crosby —respondió Maddie, y luego hizo un gesto negativo dirigido a C.L., mientras se apretaba más contra él—. Tenía que ver con Brent. ¿Qué quería decir con eso de que tú lo empezaste todo? Y tú ¿qué querías decir con que yo no sé nada de nada?
—No lo sé, Mad. —C.L. parecía serio en la penumbra—. Hay algo raro en la empresa, y no es bueno. Mucha gente quiere ver a tu marido y no están nada contentos.
—¿Qué quiso decir Stan con que tú lo habías empezado?
—No lo sé —repitió él—. Oye, ¿tienes algo de comer en casa? Pegar a la gente me despierta el hambre.
La llevó hacia la puerta de atrás y ella recorrió con él el camino para continuar con la conversación.
—Esto no se ha acabado —dijo.
—A mí me lo vas a decir —respondió C.L., y le sostuvo la puerta de la cocina abierta para que entrara.


C.L. fue a buscar a Em y Phoebe a la granja. Treva y su familia se presentaron poco después de que entraran por la puerta de atrás, seguidos por la madre de Maddie, que se había cansado de esperar una llamada que nunca llegaba, seguida por las pizzas, que la madre de Maddie insistió en pagar, y los ocho se instalaron en la sala, con los adultos rodeando a Em, arropándola.
—¿Tienes la caja del despacho? —le preguntó Treva, susurrando, en el pasillo.
—Sí, y he conseguido abrirla —dijo Maddie en voz igualmente baja—. No te creerás lo que había dentro.
—Oh... —Treva derramó su Coca-Cola y se inclinó para secarla con una servilleta de papel—. ¿Interesante?
—Cartas de amor. Docenas. Las de Beth son realmente tristes.
Treva la miró.
—Te lo estás tomando muy bien.
—Bueno, sigo odiando a Beth por acostarse con mi marido, pero no me gusta Brent tanto como le gustaba a ella. Todo es muy confuso.
Maddie dio un mordisco a la pizza, sintiendo cómo se le hundían los dientes en el delicioso queso.
—¿Qué más había? —preguntó Treva, pero en ese momento Phoebe se tragó su cuadragésimo trozo de salchichón y vomitó, y se produjo un caos generalizado hasta que los niños llevaron afuera a Phoebe.
—Espera —dijo Maddie, cuando Em se levantó para ir afuera, pero Tres dijo:
—Yo me encargo, tía Maddie, no te preocupes.
Y no se apartó ni un centímetro de Em, mientras salían.
Maddie cambió, de sitio para sentarse junto a la ventana y poder vigilarlos. Tres no se apartaba de Em como si estuviera pegado a ella, sin quitar ojo al camino de entrada.
—Es un buen chico —dijo Treva, a su lado—. No le pasará nada.
—Sí que lo es —asintió Maddie—. Gracias.
—Maddie, ¿qué está pasando aquí? —preguntó su madre.
—Eh, dínoslo tú —replicó Treva—. ¿Qué hay de nuevo? ¿Es verdad que Gloria va a divorciarse?
El divorcio de Gloria duró sus buenos diez minutos y Maddie lo escuchó todo, mientras miraba a C.L. Estaba sentado en el suelo, con los anchos hombros apoyados contra el sofá y las largas piernas estiradas a través de la alfombra. Maddie notó que la calidez la inundaba de nuevo, solo con verlo moverse sentía un calor espeso que empezaba en su plexo solar y llegaba a cualquier sitio donde hubiera una terminación nerviosa. Esa noche no podía tenerlo —no había manera, con Em allí—, pero podía disfrutar mirándolo, escuchando su voz grave y su risa. Podría escucharlo toda la vida, pensó, y luego se obligó a volver a la conversación antes de pensar más tonterías.
La charla pasó a la hija de la señora Crosby, que seguía una dieta líquida, a Margaret Erlenmeyer, que volvía a estar embarazada, y a Harold Whitehead, que había invitado a cenar a Candace Lowery, aunque su mujer solo llevaba muerta dos meses.
—Dijo que era una cena de trabajo —comentó la madre de Maddie, arrugando la nariz—. Yo no me lo creo.
Los niños volvieron a entrar, con Mel reclamando el postre. Entonces la madre de Maddie se levantó y dijo:
—Se ha hecho tarde. Tengo que marcharme.
Maddie la siguió hasta la puerta delantera, echando una mirada a C.L., que le sonrió y la dejó sin aliento.
—¿Cómo estaba la abuela? —preguntó su madre, cuando llegaron al porche—. ¿Crees que es feliz?
Esa mujer no ha sido feliz ni un solo día de su vida y le gusta que sea así, quería decirle Maddie, pero lo que dijo fue:
—Está en su salsa. Mickey como se llame ha vuelto al exhibicionismo y alguien en la habitación de al lado tiene una piel desastrosa. —Maddie observó la cara de su madre—. No sabía que había estado casada antes del abuelo.
Su madre dio media vuelta y cruzó el porche.
—Fue hace muchísimo tiempo. Ya no tiene importancia. Fue muy amable por parte del chico de los Sturgis comprarle a Em un cachorro tan bonito.
Contraataque, pensó Maddie. Buen trabajo, mamá.
—Sí, ¿verdad? Conduce con cuidado de vuelta a casa.
—Es agradable que tengas tan buenos amigos —insistió su madre, sin bajar los peldaños.
—Soy una mujer afortunada —respondió Maddie—. No te olvides de encender los faros.
—Pues claro que encenderé los faros, Maddie. Está oscuro como boca de lobo. —Su madre la miró, frunciendo el ceño—. Madeline, ¿hay algo entre ese hombre y tú que yo debería saber?
Maddie pensó en todo lo que había pasado con ese hombre. No era bastante, ni de lejos, y la tensión y el deseo contenidos, a punto de estallar durante toda la noche, se hicieron más insistentes.
—No, madre.
Su madre se volvió y empezó a bajar los escalones.
—Bueno, no hagas ninguna tontería solo porque creas que, quizá, te divorcies de Brent. ¿Dónde está Brent esta noche? Em está preocupada.
Maddie se apoyó en el quicio de la puerta.
—No tengo ni idea. Supongo que con la mujer con la que tiene su aventura.
Su madre se quedó inmóvil, iluminada por la luz del porche.
—Eso no me lo habías dicho.
—Me sorprende que no lo sepas —dijo Maddie—. ¿De verdad no has oído nada?
—Nada fuera de lo habitual. —Su madre se encorvó un poco—. Entonces, supongo que se ha acabado, ¿no?
—Sí, madre.
Maddie se sintió más apenada por su madre que por ella misma. Ella iba a ser libre y a hacer el amor con C.L.
Tranquila, ordenó a su libido. Em estaría a salvo, pero su madre tendría un divorcio en la familia.
—Cualquier cosa que necesites, Maddie, llámame. Lo que sea.
Maddie se mordió el labio. Justo cuando había conseguido sentirse superior, su madre salía con algo así y hacía que se diera cuenta de lo mucho que la quería.
—Gracias, mamá. Lo haré.
—Ojalá esto no estuviera sucediendo.
La voz de su madre tembló un poco y Maddie bajó los peldaños para consolarla.
—Todo será para mejor —dijo, abrazando a su madre—. Hace mucho tiempo que no soy feliz, pero tampoco era desgraciada, así que no había ninguna razón para marcharme. Ahora puedo decidir cómo ser feliz.
—Eso es lo único que he querido siempre —dijo su madre—, que seas feliz. —Se irguió—. La ciudad va a darse un verdadero festín, eso seguro.
—Bueno, ya nos tocaba —dijo Maddie—. No han podido meterse con nuestra familia desde que la abuela se casó con Buck.
Su madre la miró con mala cara.
—No hagas caso a esa mujer. Se inventa cosas para hacerse la interesante.
—La abuela no tiene necesidad de inventarse nada para ser interesante —afirmó Maddie—. Es un espectáculo con una única actriz, solo quedándose sentada y con la boca cerrada.
—Cielos, si lo sabré yo.
—Vete a casa, mamá —dijo Maddie—. Mañana todo se habrá arreglado. Presentaré una demanda de divorcio, la ciudad hablará de ello y decidirá que como Brent me ha engañado, se lo merece; todos sentirán lástima por nosotras durante un par de semanas, porque somos buenas chicas, y luego alguien más hará algo estúpido y todos se pondrán a hablar de ello. En esta historia, somos las buenas. Todo irá bien.
—De acuerdo. —Su madre le dio unas palmaditas en el brazo—. Te quiero. Cuida a Em. Va a ser duro para ella.
—Lo sé. —Maddie estaba a punto de llegar al límite—. Lo sé. Tengo mucho cuidado.
—De acuerdo. —Su madre le dio otra palmadita y empezó a dirigirse al coche. Luego se detuvo y se volvió—. Madeline, no tendrías que verte tanto con ese hombre, Sturgis, en este momento. Causará una mala impresión.
Ese hombre, Sturgis. Los ojos y las manos ardientes de C.L. en el asiento de atrás, en su recibidor, su cocina, su sala, en ella, deslizándose bajo su camiseta, bajo su falda, en todas partes...
Tenía que dejar de pensar en ello.
—Lo sé, mamá.
Tendría que permanecer lejos de C.L. Gracias a Dios, él iba a volver a Columbus.
Su cuerpo se estremeció al pensarlo. Lo quería cerca de ella, abrazándola, dándole calor. Como había hecho en el asiento trasero. Maddie tragó con fuerza y se rodeó con los brazos. Lo quería desnudo, envolviéndola, manteniendo su calor. Se dijo que no podía pensar en C.L. desnudo, pero su mente la traicionó y la piel empezó a cosquillearle. No debería tener unos pensamientos así delante de su madre, pero ahora que la idea estaba allí, no era capaz de pensar en otra cosa.
Tal vez, podía empezar a ir a la ciudad, de compras. Tres o cuatro veces a la semana. Se imaginó el piso de C.L., con una cama enorme y C.L. desnudo y duro, encima de ella, dentro de ella.
Su madre seguía hablando.
—Espera un poco. Espera un año, por lo menos.
Maddie parpadeó. ¿Un año? No estaba segura de poder esperar ni los siguientes quince minutos, ¿y su madre quería que esperara un año?
—Ya sabes cómo es la gente —concluyó su madre.
—Sí, madre —dijo Maddie, y salió corriendo hacia la casa, en cuanto el coche de su madre se puso en marcha. Un año. Decididamente, iba a ir mucho de compras a Columbus.
Cuando volvió a entrar en la sala, los otros tres estaban sentados en el suelo, bebiendo cerveza y hablando de Bailey. C.L. seguía apoyado en el sofá, con las mangas de la camisa subidas hasta los codos, con sus brazos fuertes y bronceados y las piernas estiradas delante de él, con los pies cruzados. Tenía unos muslos fabulosos, algo que no había observado antes. Si había llegado al punto de que se le salieran los ojos de las órbitas al mirarlo, es que tenía graves problemas.
C.L. la miró y sonrió, y debió de darse cuenta del fuego que había en sus ojos, porque su sonrisa se desvaneció un poco y sus ojos se entrecerraron.
Sí, gracias, me gustaría, pensó Maddie, y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de estar con él de nuevo. Con Em en casa y Brent rondando por allí, podían ser días, semanas. Se sentó delante de C.L., estirando las piernas junto a las suyas y él dejó la cerveza en el suelo y, al hacerlo, le rozó la pantorrilla con la mano.
El ardor la recorrió de arriba abajo, haciéndola estremecer.
Los labios de C.L. se entreabrieron y la miró con ojos encendidos. Deliberadamente, Maddie apartó la mirada, para concentrarse en lo que decía Howie. Si C.L. y ella no lo dejaban, acabarían rodando por la alfombra, lo cual sonaba tan maravilloso que tuvo que cerrar los ojos.
C.L. cambió de postura y su pierna tocó la de ella, la áspera tela vaquera contra su pantorrilla. Su mente se deslizó a unos rincones que no debería tener, impulsándola a estirarse a su lado, subirse encima de sus piernas, montar en él, apretarlo contra la alfombra, devorarle la boca...
Basta, para ya, se ordenó, y trató de concentrarse en Howie y en Treva.
—Después de que lo despidieran del banco, aceptó sobornos en el casino, detrás de Roadhouse —decía Howie—. Por eso Henry ya no pudo recomendarlo como guardia jurado.
Treva cabeceó.
—Lo que nunca he entendido es por qué hizo una cosa tan estúpida.
—Porque está un poco confuso respecto a las sutilezas de la ley —dijo Howie—. Bailey es un chico amable y tonto. Pensó que nadie resultaba herido por el juego, así que ¿por qué no aceptar el dinero?
El meñique de C.L. le hizo cosquillas en el tobillo. Maddie cerró los ojos un momento. Nunca unas cosquillas habían provocado un cataclismo tal. Si C.L. seguía haciéndolo, podía tener un orgasmo en cualquier momento. Con toda seguridad, lo tendría si le ponía las manos encima. En cualquier sitio.
—Así que ahora trabaja de vigilante para la empresa —dijo Treva—. Parece que Bailey no es el único tonto buenazo que hay por aquí.
Howie se encogió de hombros.
—Fue idea de Brent, no mía.
Su voz era fría y Treva se calló y se echó hacia atrás. La visible infelicidad de Treva y la mención del nombre de Brent sacaron a Maddie de golpe de su oleada de deseo.
—¿Para qué lo quería Brent? —preguntó.
Howie apartó la caja de pizza.
—Vino un día hace cosa de un mes y dijo que volvía a haber chicos en el Point, a pesar de la barricada y que, si alguno se hacía daño, nos pondrían un pleito. Así que contrató a Bailey. —Tomó un sorbo de cerveza, mientras Maddie y Treva se miraban—. Eh, no fue una mala idea. Ahora tenemos alguien que cuida de todo por la noche.
Treva dijo:
—Ese es el tipo del que acabas de decir que no tiene muy clara la ley, ¿verdad?
Howie hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No le robará nada a la empresa. Es leal.
—Lo es —corroboró C.L. Se movió de nuevo, acercándose más a ella, dejando la cerveza en la parte exterior, esta vez atrapándole los tobillos entre la muñeca y la cadera sin dejar de hablar para distraer a Howie y Treva—. En el instituto, siempre estaba recibiendo palizas porque no quería chivarse de sus amigos. —Frunció el ceño—. En realidad, siempre lo estaban zurrando, punto. Era un tipo pequeño, que invitaba a que le pegaran.
—¿Hablas por experiencia? —preguntó Maddie, apretando el tobillo contra su cadera. Hazme el amor, deseó.
Howie se echó a reír.
—Demonios, si la mitad de las peleas en las que se metió C.L. en el instituto fueron represalias contra alguien que había maltratado a Bailey. Bailey cree que C.L. es Dios.
—Siempre eran tipos a los que quería pegar de todos modos —dijo C.L., con su sonrisa satánica dirigida a Maddie.
Cuando quieras, pareció responderle.
Howie fijó la mirada en C.L.
—Como Brent.
Maddie se irguió un poco.
—Eres el único ante el que Brent se rajó —siguió diciendo Howie—. Y fue a causa de Bailey.
—¿Brent pegó a Bailey? —preguntó Maddie.
¿Acaso C.L. había dado una paliza Brent?
—Solo una vez —aclaró Howie—. Y en realidad, Brent no pegó a Bailey. Solo le dio unos cuantos empujones. Y entonces C.L. le dijo que parara y paró.
Maddie miró a C.L.
—¿Así por las buenas?
C.L. negó con la cabeza.
—Si lo recuerdo bien, en aquel momento, yo llevaba un bate de béisbol. No era tan duro.
—¿Ibas armado al instituto? —preguntó Maddie.
—No, estábamos jugando a béisbol —explicó C.L.—. Brent y yo estábamos en el mismo equipo. Éramos colegas.
—Ya —replicó Howie, riendo—. Colegas.
—Compartíamos algunas experiencias —dijo C.L. y dejó caer la mano descuidadamente en la pantorrilla de Maddie.
Más arriba, pensó ella, y trató de parecer alegre e interesada en la conversación.
—Eso me han dicho —comentó Howie, y Treva le dio una patada.
C.L. se echó a reír y Maddie miró a los mejores amigos que tenía y pensó: Encaja. Es como si nunca se hubiera ido. Y la idea la excitó todavía más. Piensa en otra cosa, se dijo.
Los recordó a todos en el instituto: Howie serio, detrás de sus gafas; Treva saltando con su falda de animadora, con lazos en las coletas, coqueteando con todos; Brent con el suéter con la letra de la escuela concedida por su éxito en los deportes, con aspecto interesante, y C.L. con la camisa por fuera de los pantalones, con un aspecto todavía más interesante.
Había otros: Margaret Erlenmeyer y su asombrosa colección de faldas Pendleton; Candace, sobria y motivada; Stan, siempre un paso por detrás y tirándose faroles para estar a la altura; Gloria, una mindundi pálida de primer año que los miraba a todos con la boca abierta, especialmente a Brent... pero eran los que estaban en la habitación los que más habían significado para ella. Ellos y Brent. Al mirarlos en ese momento, resultaban un grupo extraño, sin demasiado en común, excepto la historia y el buen humor compartidos, pero eso era mucho.
Los dedos de C.L. le acariciaron la pantorrilla y la mente se le quedó en blanco de deseo.
Los niños volvieron con Phoebe y la habitación recuperó el caos general. Em se acercó a su madre.
—¿Dónde está papá? —susurró.
La culpa hizo que Maddie doblara las piernas.
—No estoy segura, cariño. Supongo que sigue trabajando.
La cara de Em mostraba su preocupación.
—¿Va a venir esta noche?
Maddie se moría por tranquilizarla.
—Seguramente. Es probable que muy tarde, como siempre.
—Eh, Em —llamó Tres—. Mel y yo vamos a por helado Dairy Queen. ¿Vienes?
Maddie quería decir no, pero Em preguntó:
—¿Puedo?
Es una distracción, pensó Maddie, y Brent no la encontrará si se va.
—Sí —dijo.
—¿Podemos llevar a Phoebe? —preguntó Mel—. Phoebe nunca ha visto nuestra casa.
—Y esa es la razón de que no haya manchas de vómito de perro en vuestra alfombra —señaló Maddie.
Treva miró a Maddie y luego a C.L.
—Me parece que Phoebe debería pasar la noche con nosotros —dijo alegremente—. Em también puede venir, si quiere.
—¿De verdad? —exclamó Mel, llena de entusiasmo, mientras Howie miraba a su mujer como si estuviera loca.
—De verdad —contestó Treva—. Id a buscar el pijama de Em.
Em parecía desconcertada, pero Mel tiraba de ella para salir de la estancia y Phoebe daba saltos detrás, así que Em se fue con ellos, mirando por encima del hombro a su madre, con aire confuso.
No era una buena idea; Em debería permanecer cerca de ella. Sin embargo, era tentador estar a solas con C.L., pronto, desnuda, frotándose contra él y él moviéndose dentro de ella...
Pero estaba Em.
Em debía estar a su lado. No podía elegir el sexo con C.L. por encima de su hija.
—Treva —dijo Maddie.
—Sería bueno que Em pasara la noche en nuestra casa, Maddie, por el merodeador y todo eso. Howie y Tres pueden protegerla.
—Oh —dijo Howie.
—¿Qué? —preguntó C.L.
Treva asintió.
—Y necesitas... necesitáis tiempo para vosotros. Alguien debería quedarse contigo, por si el merodeador vuelve.
Muy poco sutil, Treva, quería decir Maddie, pero la idea de acostarse con C.L. era demasiado tentadora.
—Me gustas —le dijo C.L. a Treva—. Siempre me has gustado.
—¿Maddie? —preguntó Treva.
De acuerdo, era una mala madre. Pero Em estaría más segura si se hallaba con Treva. Y ella deseaba tanto a C.L. que casi lo gritaba.
—Buena idea... —dijo Maddie— lo de que Em se quede a pasar la noche con vosotros.
Mientras Maddie los despedía desde el porche, C.L. recorrió la casa para comprobar que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas y se reunió con ella en el recibidor a tiempo para pasar la cadena de la puerta de entrada.
—¿Cómo estás? —preguntó, acercándosele—. Has tenido un par de días difíciles de verdad.
Tenía un aspecto de fábula, allí de pie, fuerte y seguro, con sus hombros anchos, sus ojos ardientes y sus manos maravillosas. Cuando más cerca estaba de él, más le costaba respirar. Mientras estés aquí, yo estoy bien, pensó.
—Bastante bien —dijo—. Hoy he vendido toda la ropa de Brent en una venta de garaje.
C.L. soltó una carcajada.
—Recuérdame que no te cabree nunca. No tienes piedad.
La abrazó. Maddie sintió que perdía por completo la respiración y se dejó ir, tratando de no gemir cuando, finalmente, lo sintió muy apretado contra ella. No iba a tomarlo en serio, iba a ser definitivamente, finalmente, libre, y había un montón de preguntas que él todavía no había contestado, pero la verdad es que le encantaba su aspecto y cómo se movía y la manera en que ella se sentía en ese momento, cada vez más apretada contra él. Hacerle un montón de preguntas que harían que se apartara parecía una mala idea. Las preguntas para más tarde.
Él habló con los labios en su pelo.
—Supongo que ahora llega la parte en que me echas.
Tómame ahora mismo, en el suelo, deseó. Su coche estaba en el camino de entrada, pregonando sexo mientras estuviera allí y debería echarlo, pero lo deseaba...
—Ya estás pensando otra vez —dijo C.L.—. Te he advertido una y otra vez que no lo hicieras. —Se inclinó y la besó lentamente, con la lengua acariciándole la boca; las manos se movieron debajo de la camiseta, con los dedos acariciándola y acercándola más a él, y el deseo estalló dentro de ella con tanta fuerza que estuvo a punto de gritar—. Me necesitas para protegerte, cariño —susurró él—. Más vale que me quede toda la noche.
Sus brazos la estrecharon con más fuerza y la besó en el cuello, dejándola sin habla mientras Maddie se aferraba a él, convulsivamente. Cerró los ojos y lo imaginó desnudo contra ella, moviéndose dentro de ella. Era un pensamiento terrible, pero estaba a punto de estallar, y Treva acababa de secuestrar a su hija para que pudiera hacerlo. De todos modos, al día siguiente Frog Point sabría lo del divorcio. Seremos los buenos, le había dicho a su madre, pero esa noche no quería ser buena. Quería ser como había sido en el asiento trasero del coche en el Point: poderosa y desafiante, triunfadora, salvaje y satisfecha. La nueva Maddie no sería buena. Se apoderaría de todo, aunque fuera solo por una noche.
—¡Sí! —dijo, y C.L. le clavó los dedos—. Puedes quedarte. —Tragó saliva—. Pero tienes que salir, hacer como si te fueras, aparcar el coche a un par de manzanas y volver por detrás.
—Bromeas.
Date prisa, quería gritarle, pero se obligó a hablar con voz calmada.
—¿Quieres que Henry se entere?
Él puso cara de susto.
—De acuerdo. —La soltó y dio un paso atrás y Maddie casi tendió los brazos para cogerlo—. Iré a cambiar el coche de sitio, pero será mejor que estés desnuda cuando vuelva.
—Ni lo dudes —dijo Maddie y, cuando él se fue, corrió arriba para quitarse la ropa en la habitación de invitados.
Mientras se metía en la cama, temblando al contacto con las sábanas frías, se dijo que era un buen compromiso. Desnuda, pero no en la habitación que había compartido con Brent.
Date prisa, se ordenó de nuevo y, deslizándose más abajo, dentro de la cama, pensó en las manos de C.L.


C.L. la encontró porque había cerrado la puerta de los otros dormitorios y dejado la luz de la habitación de invitados abierta. Era una estancia bonita —tuvo una vaga visión periférica de paredes de color azul pálido y muchas cosas esponjosas y blancas en las ventanas—, pero lo que realmente vio fue el redondeado cuerpo de Maddie acurrucado debajo de la fina sábana, con los pechos y las caderas sobresaliendo como si fueran un helado debajo de la tela blanca, los hombros desnudos, pálidos a la luz de la lámpara, la cara ensombrecida por los golpes de Brent, pero bella, toda ojos oscuros y ardientes y boca suntuosa y sonriente. Se quitó la ropa según avanzaba hacia la cama.
—Has tardado mucho —dijo Maddie, mientras se apartaba un poco, y a C.L. se le ofuscaron las ideas porque su voz era cálida, llena de risas y ronca con lo que esperaba fuera deseo, y por la manera en que su cuerpo se movía debajo de las sábanas.
Se sentó al borde de la cama para librarse de los calzoncillos y su peso la hizo deslizarse hacia él.
—Obligarme a aparcar en Columbus fue idea tuya —dijo, y la voz le tembló un poco.
Luego, libre de toda la ropa, se metió en la cama a su lado, la atrajo hacia él y se olvidó de cómo se respiraba. Era muy suave y redondeaba por todas partes, estaba fría contra su ardor, tierna contra su rudeza, y su cuerpo se tensaba y temblaba al contacto con él, sus músculos y nervios se movían de una manera casi imperceptible, así que tenía que tocarla por todas partes solo para sentir cómo se estremecía.
Tranquilo, se dijo. Con la mejilla le recorrió el hombro hasta la curva del pecho; la piel le olía a flores y, algo extraño, a la cocina de Anna.
—Hueles a galletas —dijo, con la voz ardiente por el deseo, y ella suspiró.
—Vainilla.
Volvió hacia arriba y se apoderó de su boca, todavía abierta por la palabra, dejando que la lengua la tomara lentamente, hundiéndola suavemente en las almohadas de color crema que cedieron como malvaviscos bajo Maddie. Se estiró pegado a ella y notó que sus manos le recorrían la espalda, su lengua le lamía los hombros antes de cogerle la piel con los dientes; se estremeció y quiso tomarla entonces, meterse con fuerza dentro de ella, hacer que los dos se olvidaran de todo, pero no era justo para Maddie. Allí no, no lo era.
Tenía que ver con la casa, la casa de Maddie, una casa de familia acomodada de Frog Point. Había disfrutado de la calidez y la sensación de familia de estar con todos, toda la noche, y la casa, en especial esa habitación, parecía pertenecer a otra época. Maddie se frotó contra él y él ardía de deseo por ella, pero en el fondo de su mente, mientras se ponía lentamente encima de ella —descubriéndola centímetro a centímetro, mientras controlaba con fuerza todos los impulsos animales que sentía y recitaba alguna que otra estadística de béisbol cuando el control no bastaba—, sintió que la casa y, en especial, esa bonita habitación azul, lo frenaban. Era una habitación inocente, civilizada, de matrimonio, la clase de habitación en la que Maddie y él se acostarían toda la vida, cuando todo aquel jaleo hubiera terminado. Durante el resto de su vida, podría ponerla encima de sábanas frescas de color crema y sentir su cuerpo redondeado y ardiente estirarse contra el suyo y envolverlo, y podría mecerlos a los dos hasta quedar saciados, con una satisfacción estable, cuidadosa, lenta y segura.
Maddie palpitaba debajo de él y el viejo deseo lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que dejar de moverse, dejar de tocarla, mientras luchaba contra la necesidad de cogerla sin miramientos, penetrar en su humedad caliente y resbaladiza y llevarla a un cataclismo clamoroso, como el que habían vivido en el asiento de atrás del coche, dos noches antes, y del que habían apenas sobrevivido. Se ordenó no pensar en nada mientras todo el cuerpo le vibraba con fuerza. Aquello no era para ese momento; la suya era una clase de pasión diferente, una clase de pasión controlada, seria, de matrimonio, aprobada por Frog Point, que nunca le había resultado muy atractiva antes y que, a decir verdad, tampoco se lo parecía ahora. Pero si hacía que Maddie siguiera suspirando debajo de él, en una cama grande y fresca, entonces eso era lo que quería.


Debajo de él, Maddie empezaba a tener dudas.
Tenía todo lo que quería: privacidad, seguridad, espacio para maniobrar, ninguna preocupación por Em y a C.L., grande, ancho y guapísimo; ardiente y loco por ella, buscándola con tanto deseo en los ojos que casi había tenido un orgasmo solo por despertar semejante deseo. Y luego, todo se había frenado. No es que no le entusiasmara el juego previo, pero llevaba todo el fin de semana y, sobre todo, toda la noche, pensando en él —en sus ojos oscuros y ardientes con aquellas pestañas espesas que no deberían haberse desperdiciado en un hombre, pero que en C.L. resultaban devastadoras; en aquella boca firme que ardía en deseos de morder; en aquellas manos, oh, Dios, aquellas manos, tan fuertes sobre ella, por todas partes—, así que ya había hecho todo eso de la excitación previa sin él. Había pasado el momento. Había pasado con mucho.
Se frotó contra él, pero él vaciló, así que se quedó quieta, para que él no parara. No es que las cosas que C.L. estaba haciendo tan lentamente con las manos, los labios y el cuerpo no fueran maravillosas, porque se sentía muy caliente, gracias. Era más bien que si las cosas estaban yendo tan bien, ¿por qué tenía tiempo para analizarlas? Se arqueó un poco, balanceándose contra él para acelerar las cosas, y las manos de él se aferraron con fuerza a sus caderas, pero justo cuando se preparaba para la clase de sexo que volvería a liberarla, él la soltó y se apartó.
—¿C.L.?
—Chist... —dijo él, y la besó suavemente.
Bueno, genial. Había un momento y un lugar para los besos suaves, pero si una estaba caliente y desnuda no eran oportunos, maldita sea. C.L. la atrajo hacia él, suavemente, y la parte donde su cuerpo tocaba el de él y sentía músculos, huesos y calor era increíble, pero la parte de la suavidad sobraba.
Maddie se ordenó pensar, pero le resultaba un tanto difícil, porque en aquel momento él estaba aprendiéndose su hombro de memoria con los labios; muy agradable, pero no era una zona erógena principal. Pasó casi un minuto antes de que él llegara al hueco del cuello y diera con algo bueno.
El problema no era C.L. Era evidente que cualquier hombre que pudiera hacerle lo que él le había hecho en el asiento trasero del coche era capaz de alcanzar alturas mayores en una cama. El problema era su enfoque. Esa historia respetuosa de movimiento pausado tenía que acabarse, porque ella lo quería dentro de ella, ya.
No obstante, decírselo no era una buena idea. En los dieciséis años de matrimonio con Brent había aprendido que criticar la actuación de un hombre in media res solo llevaba a lamentarlo. Así que agarrar a C.L. por las orejas y chillarle «Por favor, ¿quieres follarme de una vez?» no iba a dar resultado, aun en el caso de que consiguiera emplear ese lenguaje obsceno.
Sería divertido hacerlo, exigir lo que quería, decirlo a gritos. Pero él se quedaría escandalizado. Todavía seguía actuando según la teoría de que ella era Maddie, la Virgen Perpetua, lo cual quizá explicara por qué la adoraba, en su altar, en lugar de hacer estallar su mente en pedazos. Y lo último que quería era que C.L. se enfriara. Se movería todavía más lentamente.
C.L. se detuvo para ponerse un condón y Maddie sintió un rayo de esperanza. Sus labios eran cálidos en su cuello y se dejó ir al chisporroteo que él encendía allí, temblando un poco al contacto con él. Aquello ya estaba mejor. Estaba siendo demasiado dura con él; además también se mostraba pasiva, con tanto pensar. Las manos de C.L. le acariciaron la espalda y se mordió el labio. Al infierno con tanto pensar.
Se retorció contra él y el cosquilleo de sus labios en el cuello se trasladó a sus pechos, vientre y muslos, luego más profundamente, y ella deslizó las uñas ligeramente por su espalda.
C.L. suspiró y se apartó, llevándose el chisporroteo con él y dejándola tan frustrada que quería gritar.
Mierda...
Bien, no le gustaban las mujeres agresivas que le clavaban las uñas en la espalda. Él volvió a su cuello y Maddie se acomodó en las ascuas que él estaba creando allí. Lástima que estuviera más allá de las ascuas y se hubiera metido ya en las llamas. Notó cómo su boca se trasladaba a su pecho y se arqueó, acercándosele más, expectante, deseando la presión endiablada que tan cerca estaba del dolor, pero él seguía actuando suavemente. Gimió de frustración y él debió de interpretarlo como aceptación, porque fue todavía más lento.
Maddie se rindió. Si así era como tenía que ser, así sería. No era como si no hubiera tenido sexo aburrido antes; había estado casada con Brent. Se obligó a fantasear y conjuró una visión del hombre más sexy que le viniera a la mente, pero esta vez, en lugar de Dennis Quaid o George Clooney, pensó en C.L., fuerte, encima de ella, en el asiento trasero del coche, con los dedos entrelazados en su pelo, echándole la cabeza hacia atrás para que lo mirara a aquellos ojos muy, muy ardientes, mientras la penetraba cada vez más adentro y la hacía retorcerse, con la boca magullándole la suya, las manos rudas en sus pechos y más rudas en sus caderas, mientras la pegaba a él y se balanceaba con fuerza dentro de ella, fuerte, fuerte, fuerte...
Abrió los ojos y vio a C.L. por encima de ella, más atractivo que nunca, con aire abstraído, pensando en otra cosa para no perder el control, el pedazo de idiota, y gritó, llena de frustración.
C.L. dejó de acariciarle el pecho.
—¿Maddie?
Ella se incorporó, apoyándose en los codos hasta tener la nariz pegada a la suya.
—Mira, no es que no aprecie la atención, pero, por favor, ¿quieres dejar de hacer el tonto y joderme hasta hacerme perder la cabeza?
—¿Cómo? —preguntó C.L. y luego, antes de que ella pudiera retirar sus palabras, dijo—: Hablaremos de esto más tarde. —Y tiró de sus caderas hacia abajo para que se unieran a las suyas, echándola sobre las almohadas y metiéndose dentro de ella rápidamente, tan duro y tan rápido que ella soltó un grito. ¿No?
—Oh, Dios, sí—dijo Maddie, y se arqueó para morderle el hombro.
Después solo fue el ardiente volumen de su cuerpo y la humedad en su interior cuando él entraba en ella rápido y fuerte y sus hombros contra sus uñas, mientras empujaba, y su boca atacando, fieramente, la suya. Era una sensación tan maravillosa que casi rompió a llorar de gratitud. Su mano le aferraba el pelo, su boca le torturaba el pecho, sus dedos dejaban su huella en sus caderas mientras la sujetaba hacia abajo y ella se movía para encontrarse con él, deseándolo en su totalidad, todo C.L. ardiente contra ella, grueso dentro de ella.
Su cuerpo se estremecía cada vez que él empujaba dentro de ella. Cada estremecimiento era un maremoto en su sangre. El ritmo la dominó y no le dejó más que la sensación y la demoledora convicción de que él no podía parar porque si lo hacía ella moriría.
—No pares nunca —dijo.
Entonces le vio los ojos, tan oscuros de deseo que parecían negros, y comprendió que no podía oírla, que estaba perdido en ella, fuera de control de tanto que la deseaba, y eso la hizo estremecer con más fuerza. Se arqueó más hacia él, apretando los dientes porque era fabuloso, y él la apretó más contra él, entrando más en ella, haciendo que toda la necesidad que ella sentía de él se retorciera formando una única espiral caliente y apretada y luego todo se partió en pedazos y empezó a sacudirse, presa de unos espasmos que la dejaron retorciéndose contra él, mientras él la inmovilizaba contra la cama con su peso estremecido, ciego en su propio clímax, la mejor fantasía que había tenido nunca.


—Jesús —dijo C.L. cuando recuperó la cordura—. No sabía que se podía hacer esto en Frog Point.
—No se puede —dijo Maddie, apoyada en su hombro—. Gracias.
Sus manos la cogieron convulsivamente, reclamándola, queriéndola, deseándola de nuevo. Ella gimió un poco y él la soltó.
—¿Te he hecho daño? —preguntó, y ella se acurrucó más contra él.
—Solo lo justo —dijo ella—. Exactamente lo justo.
El deseo lo golpeó de nuevo con fuerza y lo único que lo mantuvo cuerdo fue saber que ella era suya, que eran algo permanente, que en cuanto encontraran a Brent y presentaran la demanda de divorcio, se casarían y estarían juntos para siempre.
—Te quiero —susurró con los labios pegados a la piel de Maddie, y luego, como todo había sido tan rápido, demasiado para prestar atención, volvió a empezar desde el principio.


Maddie se estiró, apretándose contra él, adorando todo en él y en ella y en la manera en que habían hecho el amor. Nunca se había sentido tan libre. ¿Por qué me casé?, pensó. En cuanto Brent llegara a Sudamérica, pediría el divorcio y entonces sería libre para siempre. Era un pensamiento tan fastuoso que le costó un momento darse cuenta de que C.L. se estaba moviendo, que su pelo le rozaba los pechos y que iba punteando con besos el camino hasta su vientre. Dentro de ella, todo lo que se había acomodado en un rescoldo se encendió de nuevo. Entrelazó los dedos en su pelo para detenerlo.
—No creo que pueda soportar tener otro orgasmo así —dijo, tratando de ponerse junto a él—. Me volveré loca y moriré.
Él le sonrió, con los labios magullados por haber hecho realidad todas sus fantasías.
—Pues, entonces, no lo tengas —dijo y su mejilla le acarició el vientre, sus manos se deslizaron entre sus piernas; Maddie notó su peso en los muslos antes de que la lamiera por dentro y su último pensamiento racional fue que C.L. Sturgis era un hombre al que era difícil negarse cuando una estaba desnuda.


Em no se sentía feliz. Cualquier otra noche, se habría alegrado de compartir a Phoebe con Mel, contenta de quedarse en la enorme cama doble de su amiga. Pero esa noche quería a su padre. No lo había visto desde hacía dos días y quería volver a verlo, solo para estar segura de que todo iba bien.
—Ese C.L. es genial de verdad —dijo Mel—. Como Jason Norris, un poco.
También Phoebe quería estar encima de la cama, así que la subieron y la escondieron debajo del cobertor por si acaso iba alguien a hacer una comprobación de última hora.
—Te ha regalado un perro —dijo Mel.
—Sí.
Em abrazó más fuerte a Phoebe.
Mel insistió.
—¿No te cae bien?
—Sí, está bien.
Em enterró la cara en el cuello de Phoebe.
—Pues no lo parece.
—No, sí que me gusta. —Em se incorporó, sintiéndose demasiado triste para fingir—. Es solo que todo lo que está pasando en casa...
—Lo sé —asintió Mel—. La cara de tu madre. Es algo malo. —Se inclinó sobre el borde de la cama y estuvo a punto de caerse, mientras rebuscaba algo debajo. Luego se incorporó de nuevo, con la cara roja y una caja de Hostess Cupcakes—. Los he cogido de la cocina. No dejes que Phoebe se coma ninguno o vomitará en la cama.
Em no estaba segura de que, después de la pizza y el Dairy Queen, no fuera ella quien devolviera en la cama de Mel, pero cogió un pastelito, de todos modos, cuando Mel se lo ofreció.
—¿Dónde está tu padre? —preguntó Mel cuando las dos hubieron dado un mordisco al pastel y lamido la crema del centro.
Em se sintió enferma.
—Fuera. Por negocios.
—¿Es eso lo que tu madre ha dicho?
Em asintió.
Mel se encogió de hombros.
—Vale.
Ella tampoco se lo cree, pensó Em y pensarlo le hizo decir:
—No se van a divorciar. C.L. es solo alguien que todos conocen desde el instituto. También tus padres. El único novio que mi madre ha tenido ha sido mi padre.
—Igual que mis padres. —Mel hizo un gesto negativo al pensar en lo aburridos que podían ser los padres y dio un gran mordisco al pastelito—. Me gustaría saber quién fue la novia de C.L.
Por alguna razón, aquella tampoco era una buena idea.
—Puede que no tuviera ninguna —dijo Em.
—Seguro que tuvo una. —Mel parecía muy segura—. Es muy guapo. Y divertido. Tenía una. Apuesto a que todavía tiene una. —Miró a Em, achinando los ojos—. Le sonríe mucho a tu madre.
—Son viejos amigos —afirmó Em—. También le sonríe a tu madre. Y a tu padre.
Mel asintió.
—¿Sabes?, si esto fuera una película...
—No es una película —la interrumpió Em—. A la gente como nosotros nunca les pasa nada.
—Exacto —dijo Mel—. Somos aburridos de verdad. ¡Eh, que Phoebe se está comiendo tu pastelito!
—¡Phoebe!
Em le quitó el pastel, casi comido por completo, y se echó a reír, a su pesar, al ver la crema en el hocico de Phoebe.
Se levantó para tirar el resto del pastel, un poco más animada. Nunca le pasaba nada a la gente como ella y a su madre. Ni a su padre. Se le encogió un poco el corazón al pensar en su padre. No les pasaba nada. Nunca. Todos eran muy aburridos. Todos. Excepto C.L. Volvió a la cama.
—Oye, Mel, ¿sabes una cosa? C.L. me enseñó un truco genial. Se llama imagen mnemotécnica y...
Mel se inclinó hacia delante para escuchar y Em eliminó todo de su cabeza, excepto lo que C.L. le había enseñado.


Sonó el teléfono muy temprano. Maddie luchó por salir de las profundidades del sueño, suspirando en su interior con un placer que no tenía muy claro y confusa porque no estaba en su cama habitual. C.L., también medio dormido, lo cogió antes de que pudiera impedírselo.
—¿Sí?
—¿Quién está ahí?
La voz que respondió fue tan alta que Maddie la oyó.
—Dame el teléfono —susurró Maddie, pero C.L. ya se había incorporado para contestar y tenía unos hombros desnudos fabulosos, que todavía la confundieron más, así que abandonó su intento y escuchó.
—¿Henry?
—C.L., ¿qué demonios estás haciendo ahí?
—De visita —dijo C.L. con voz débil.
—Son las siete de la mañana.
—Lo sé, Henry. —C.L. acabó de incorporarse y se pasó una mano por los ojos, tratando de despertarse y pensar rápidamente—. ¿Qué quieres?
—Quiero hablar con Maddie Faraday, pedazo de subnormal que tienes mierda por cerebro. ¿Qué estás haciendo ahí?
Maddie se recostó en las almohadas y se esforzó por no echarse a reír. No era nada bueno que Henry lo supiera y C.L. estaba tan poco contento por todo el asunto que no era justo encontrarlo divertido, pero se sentía tan bien después de la noche pasada, con su cuerpo todavía laxo de placer y satisfacción y él tenía un aspecto tan fabuloso desnudo, en la cama de invitados, que era difícil no sonreír incluso cuando su vida se iba todavía más por la alcantarilla. Además, Henry era el hombre más discreto de Frog Point. No era probable que se lo dijera a nadie.
—Voy a ver si está —dijo C.L., y tapó el auricular con una mano—. Es mi tío —le explicó a Maddie—. Sería una buena idea intentar, esto...
—¿Ocultar el hecho de que estábamos durmiendo juntos? —Maddie sonrió—. Imposible. Apuesto a que incluso sabe que los dos estamos desnudos.
—Bueno, intenta disimularlo —dijo C.L., irritado—. ¿Siempre estás tan contenta por la mañana?
—Solo después de mucho sexo genial la noche anterior.
Lo atrajo hacia ella, besándolo lenta y profundamente, recordándolo con cada célula de su cuerpo, mientras le acariciaba el brazo.
C.L. se soltó y quitó la mano del teléfono.
—¿Henry? ¿Te podemos llamar dentro de un rato? Ha surgido algo...
Henry había dejado de vociferar y Maddie no podía oír lo que estaba diciendo, pero era algo importante porque C.L. permaneció todo el tiempo alejado de ella. Escuchó un momento y luego dijo:
—Enseguida vamos.
—¿Qué? —preguntó Maddie cuando él colgó el teléfono—. ¿Por qué iremos enseguida? ¿Qué ha pasado con «ha surgido algo»?
—Han encontrado a Brent —dijo C.L., y se levantó de la cama.
Su voz era tan sombría que Maddie también se incorporó. Habían encontrado a Brent.
—No sabía que estuviera perdido —dijo, tratando de seguir mostrándose alegre, pero se sentía como si la hubieran sepultado. Ahora Brent nunca llegaría a Sudamérica. Estaba atrapada.
—No estaba perdido. —C.L. se subió la cremallera de los vaqueros y volvió a sentarse en el lado de la cama. Le cogió la mano y dijo—: Es una mala noticia. Está muerto. Alguien lo ha matado de un tiro en el Point.
Maddie se quedó mirándolo fijamente.
—¿Qué? ¿Cómo? Pero ¿de qué estás hablando?
—Alguien lo ha matado de un tiro —repitió C.L., y Maddie pensó en cada palabra, pero no tenían sentido.
Alguien había matado a Brent. Brent estaba muerto. Era imposible. Alguien había matado a Brent. Después de un momento, miró a C.L. y preguntó:
—¿Quién?
—No lo sé —dijo C.L., levantándose para ponerse la camisa—. Solo espero que Henry lo sepa, porque acabamos de darle un motivo de cojones.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:03 pm

Capítulo 12


Le costó un poco absorber todo el impacto de la noticia. Brent estaba muerto. No se iba a Sudamérica; estaba muerto. No se iba a divorciar de él; estaba muerto. No iba a raptar a Em; estaba muerto. Era horrible, pero lejano, como si le hubiera pasado a otra persona. Brent no podía estar muerto. A Brent nunca le pasaban cosas malas.
Brent estaba muerto.
Em quedaría destrozada. Tenía que ir con Em.
—¿Maddie? —dijo C.L., y ella hizo un gesto negativo con la cabeza y se levantó de la cama.
—Em —musitó—. Tengo que ir con Em.
—Espera. Primero tienes que hablar con Henry. Luego se lo dices a Em. —C.L. parecía muy triste al pronunciar su nombre—. Díselo cuando puedas quedarte con ella.
Maddie se detuvo y pensó en Em, sola y conocedora de la noticia.
—Tienes razón. —No podía dejar de pensar en su hija—. No me lo puedo creer. —Cogió la ropa de la silla donde la había dejado caer—. ¿Henry estaba seguro?
—Henry no comete errores del tipo «es Brent y está muerto» —afirmó C.L.—. No es una clase de noticia para decir: «Ay, lo siento, me he equivocado». Estaba seguro.
—No me lo puedo creer —repitió Maddie, y fue a vestirse.


Le enseñaron a Brent en una pantalla de televisión de circuito cerrado, y el agujero de la cabeza estaba debajo de la oreja y era limpio, por lo que podía ver. El otro lado estaba tapado, así que era evidente que no era tan limpio. Había leído en algún sitio que las heridas de salida eran grandes, por lo que no pidió que la destaparan. No era necesario. Era Brent, hinchado y demasiado pálido, con un color extraño, pero sin duda Brent.
—¿Le pasa algo al color de esta tele? —preguntó.
—No.
Y ella lamentó haberlo preguntado.
Es mi marido, pensó, y casi se le doblaron las rodillas. La había abrazado, la había querido, la había engañado y le había pegado, y ahora estaba muerto.
—¿Maddie? —llamó Henry, y ella respiró hondo.
—Es él —dijo, se dio media vuelta y se alejó de la pantalla, para no desmayarse.
C.L. y Henry la siguieron al pasillo y Maddie se apoyó en la pared.
—¿Estás bien? —C.L. le cogió el brazo—. Siéntate un momento.
—Estoy bien —mintió Maddie—. Acabemos con esto para que pueda ir con Em.
Henry señaló hacia la escalera y lo siguieron hasta dos pisos más arriba, a su despacho.
—¿Quién lo ha matado, Henry? —preguntó C.L. cuando estuvieron dentro.
—Todavía no lo sabemos —Henry les llevó café de la cafetera de los archivos y cuando se hubieron sentado, miró a Maddie—. ¿Tienes alguna idea de quién ha podido hacerlo, Maddie?
Ideas. Ni siquiera era capaz de pensar normalmente y él quería ideas.
—Bueno, se estaba acostando con otra mujer. Eso quizá haya molestado a alguien, aparte de mí.
—Tú no estabas muy disgustada —intervino C.L.
—¿Cómo te sentías respecto a él? —preguntó Henry.
—Henry... —empezó C.L., pero Maddie contestó.
—No lo quería —dijo—. Hoy iba a presentar una demanda de divorcio. He llamado a Jane Henries, de Lima.
C.L. soltó aire entre los dientes.
—Mad, tal vez no tendrías que decir nada más sin un abogado.
—¿Por qué? —preguntó ella, estupefacta—. No puedes creer que yo hiciera una cosa así. Además, estuve contigo toda la noche.
Henry fulminó a C.L. con la mirada y este se recostó en el asiento y se puso a mirar el techo. Henry volvió a ella.
—Anoche no nos interesa.
Maddie parpadeó.
—Pero ¿cuándo?
—No lo sabremos seguro hasta tener el informe del forense, pero calculamos que en algún momento entre el viernes por la noche y el sábado por la mañana.
—¿Viernes?
Hacía más de dos días. ¿Tanto tiempo llevaba muerto? ¿Mientras Em y ella iban al banco y al Burger King, ya estaba muerto en el Point? Era imposible. Y ella había vendido su ropa y él ya estaba muerto y habían comido pizza y él ya estaba muerto y ella y C.L. habían...
Maddie se tapó la cara con las manos. Era demasiado.
La voz de Henry la llevó de vuelta a la realidad.
—¿Qué hiciste la noche del viernes, Maddie?
—¿El viernes?
¿Qué había hecho el viernes por la noche? Su instinto de conservación se despertó. Dios santo. Tuvo un orgasmo tras otro en Frog Point, con C.L. Su marido le pegó. Se encerró en su habitación. Aquello no era nada bueno.
—Él no estaba muerto el viernes por la noche —dijo—. Estuvo en casa hasta un poco después de la una del sábado. Esa fue la última vez que lo vi —añadió, y pensó que Brent se había marchado de casa y había ido a que lo mataran de un tiro, así como si nada—. Dios santo.
C.L. se levantó.
—Henry, déjame que la lleve a casa. Está conmocionada. Puedes hacerle tus preguntas más tarde.
—¿Estás conmocionada, Maddie? —preguntó Henry.
La verdad es que Maddie se sentía débil y confusa.
—Me siento aturdida, pero no creo que sea una conmoción. Me duele la cabeza.
Henry se inclinó un poco hacia delante.
—Parece que alguien te ha pegado.
—¡Henry! —exclamó C.L.— No esperaba esto de ti...
Su tío concentró su atención en él.
—Yo tampoco esperaba llamar a una mujer cuyo marido acaba de ser asesinado y encontrarte a ti en su cama.
La irritación de C.L. se evaporó.
—Puedo explicarlo —dijo
Maddie lo miró con un interés pesimista. Esto va a ser bueno, pensó. No estaba segura de poder explicarlo ella misma.
Henry se echó hacia atrás.
—Estoy esperando.
C.L. hizo una imitación de virtud.
—Bueno, con el merodeador y todo eso, creí que Maddie no debería estar sola.
Henry no parecía impresionado.
—Es una actitud de buen vecino por tu parte, muchacho. ¿Qué hacías en su cama?
—Habíamos pasado el fin de semana juntos. —C.L. no estaba disfrutando nada—. El viernes por la noche, yo andaba buscando a Brent y, como no estaba en casa, Maddie y yo nos pusimos a charlar.
—¿Eso es todo? ¿Charlar?
C.L. se recostó en la silla de nuevo.
—Bueno, mira, Henry, ella me contó lo del divorcio y nosotros... lo discutimos.
Henry bajó la cabeza.
—C.L., si crees que me voy a...
—El viernes por la noche, hicimos el amor en el Point, Henry —dijo Maddie—. Luego C.L. me llevó a casa, hacia la una. Y Brent se encontraba allí; estaba furioso y me pegó. Le dije que quería el divorcio y me encerré en la habitación. Entonces se marchó. Yo ya había llamado a Jane Henries y le había dicho que quería divorciarme y habíamos acordado que iría hoy. —Maddie se calló; acababa de ocurrírsele una idea—. Supongo que ya no la necesitaré.
—No estés demasiado segura —dijo C.L., sombrío. Se levantó—. Nos marchamos.
—Alrededor de la una de la madrugada... —Henry lanzó otra mirada furiosa a C.L.—. ¿Viste a Brent cuando dejaste a Maddie en su casa?
—No. Por desgracia, no.
—¿Por qué por desgracia?
—Porque fue entonces cuando le pegó —estalló C.L.—. Maldita sea, Henry...
—Siéntate, C.L. —Henry volvió su gran cabeza hacia Maddie, sin hacer caso de su sobrino, quien se sentó—. ¿Adónde fue cuanto te dejó?
—No lo sé.
Maddie se hundió en la silla y le contó a Henry todo lo que sabía de aquella noche. Ella había dicho una única palabra: «Bien». Parecía furiosa, pero, claro, Brent acababa de decirle que todo había acabado entre ellos, así que era comprensible. Sin embargo, no podía decirse mucho de una única palabra.
—Y no hubo nada más que te pareciera extraño —siguió Henry—. Todo lo demás fue normal.
—Bueno, estaban los doscientos ochenta mil dólares que encontré en la caja de seguridad el sábado y los cuarenta mil que encontré en la bolsa de los palos de golf el domingo —explicó Maddie—. Todo eso me disgustó bastante.
C.L. dejó de mirar furioso a Henry, para mirar a Maddie.
—¿Cómo? ¿Y no me lo dijiste?
—No se lo dije a nadie. Pensé que los necesitaba para irse a Río.
Quince minutos después, Henry tenía la cabeza entre las manos.
—Así que el dinero de la caja procedía de Stan —dijo—. Y los cuarenta mil de la bolsa de golf...
—No lo sé —contestó Maddie.
—¿Y lo dejaste todo en la caja?
—Todo menos el pasaporte de Em —concluyó Maddie—. Pensaba que Brent había vuelto a buscar la llave el sábado por la noche, porque el que fuera tenía llave de la casa y fue directo al escritorio. —Se detuvo, horrorizada por lo que acababa de pensar—. Pero Brent estaba muerto el sábado por la noche. Así que el que lo mató le quitó la llave y fue a mi casa a buscar algo.
—No necesariamente —dijo Henry.
—Hoy mismo vamos a cambiar todas las cerraduras —dijo C.L.
Henry negó con la cabeza.
—No era necesario que tuviera la llave. El informe del robo dice que tus cerraduras se podían abrir fácilmente con una tarjeta de crédito. Con todo, creo que tienes razón, C.L. Será mejor que cambiéis las cerraduras —Le sonrió a Maddie—. Queremos que estés a salvo.
—Gracias —dijo Maddie, empezando a sentirse muy preocupada. Henry no era de los que sonríen.
—¿No tendrás un arma, verdad? —preguntó Henry, sin dejar de sonreír.
—Henry, ya es suficiente —exclamó C.L.
—Porque no aparece ninguna registrada a tu nombre o al de Brent, pero nos mostraríamos muy comprensivos si nos entregaras una.
—No tengo ningún arma —afirmó Maddie al mismo tiempo que C.L. se levantaba.
—Nos vamos.
—C.L. —dijo Henry—, parece que no comprendes la situación. Lo que tengo aquí son dos personas con muchos motivos y ninguna coartada.
—Henry —replicó C.L., con una paciencia exagerada—, ¿para qué querríamos matarlo cuando podemos conseguir el divorcio?
—Más dinero, si ella es viuda.
—Es la propietaria de una cuarta parte de la empresa.
Maddie levantó la cabeza. ¿Cómo sabía eso?
—Y a mí me va muy bien, gracias —siguió diciendo C.L.—. Un divorcio habría bastado.
Henry suspiró.
—Será mejor que reces para que no surja nada más contra vosotros.
—No surgirá nada —afirmó C.L.
—Solo me quedan unas pocas preguntas más... —empezó Henry.
—No, no es así. —C.L. cogió a Maddie de la mano y la hizo ponerse de pie—. No me gusta cómo va esta conversación. No contestará a ninguna otra pregunta sin un abogado.
Henry lo miró enfadado.
—¿De qué lado estás muchacho?
—Del suyo —afirmó C.L.— Para empezar, para terminar y siempre. Y tiene que ir a decirle a su hija que su padre está muerto, mientras yo consigo cerraduras nuevas y un abogado. Ahora no la necesitas. No se va a ir a ninguna parte.
—Ninguno de los dos se va a ir a ninguna parte —dijo Henry—. Ni se te ocurra siquiera salir de la ciudad. Y tú tampoco, C.L.
Maddie tuvo que contener una carcajada. ¿Dejar Frog Point?
—¿Adónde iba a ir? —preguntó.
—No hay ningún problema en que me quede —declaró C.L., muy digno—. No tengo ninguna intención de dejar a Maddie mientras tú tengas esas ideas tan absurdas. Supongo que puedo seguir usando la habitación de atrás.
—Sí, y asegúrate de estar allí esta noche —le advirtió Henry—. Es demasiado pronto para andar consolando viudas.
Ahora era viuda. Todo era surrealista y ella era viuda. C.L. tiró de ella en dirección a la puerta.
—Te llamaremos cuando tengamos un abogado —le dijo C.L. a Henry, y luego se la llevó de allí.


C.L. observaba a Maddie a hurtadillas mientras la acompañaba a casa. Parecía estupefacta, lo cual era normal, dadas las circunstancias, y desdichada, lo cual —considerando que tenía que decirle a Em que acababa de perder a su padre— también era normal.
—Lo siento, cariño —le dijo, cogiéndole la mano—. Quería que Brent desapareciera, pero no así.
—Será terrible para Em —contestó Maddie, entrelazando los dedos con los suyos. Aquello hizo que se sintiera mucho mejor de lo que la situación merecía—. Pobre pequeña.
—Te ayudaré —prometió C.L., cogiéndole la mano con más fuerza—. Haré lo que sea.
Maddie apartó la mano.
—Lo mejor que puedes hacer es desaparecer. Si sigues a mi lado, harás que parezca muy sospechosa.
La idea lo dejó helado. Haré lo que sea, menos eso, quería decir C.L., pero luego llegaron a casa y la madre de Maddie estaba a la puerta.
—Esther me ha llamado y he venido enseguida —le dijo a Maddie—. Estaba en la centralita de la comisaría y yo no podía esperar a que tú llamaras. ¿Y si trajéramos a Em a casa? Es todo tan horrible...
Miró por encima de Maddie, vio a C.L. y se puso rígida.
¿Yo qué he hecho?, se preguntó C.L., y luego se acordó. Había pasado la noche con su hija, dedicado a un sexo pecadoramente glorioso, algo que Esther, la de la comisaría, seguro que le había dicho. Por su aspecto, la señora Martindale se estaba concentrando en la parte del pecado.
—¿Te acuerdas de C.L.? —preguntó Maddie, animosa.
—Sí —respondió la madre—. Supongo que ya se marcha.
—Encantado de verla de nuevo, señora. —C.L. dio un paso atrás—. Voy a comprar las cerraduras —le dijo a Maddie—. ¿Cuántas puertas exteriores tienes?
Maddie lo miró a él, luego a su madre y de nuevo a C.L.
—Dos, delante y detrás.
La frialdad de su madre se suavizó.
—¿Qué cerraduras?
—El merodeador tenía la llave de casa, mamá —informó Maddie—. Pensamos que podría ser el tipo que mató a Brent. Y ahora puede entrar cuando quiera y estaremos indefensas.
Toda la sangre había desaparecido de la cara de su madre, que alargó el brazo para apoyarse en el marco de la puerta.
—¡Dios bendito, Madeline!
C.L. le puso la mano debajo del brazo y la ayudó a sentarse en una silla del porche.
—No va a pasar nada, señora Martindale —le dijo, tratando de sonar lo más tranquilo posible—. Voy a comprar cerraduras nuevas y mejores, de las que no se pueden abrir sin llave, y las traeré antes de mediodía. No hay nada de que preocuparse. Maddie, tráele un vaso de agua a tu madre.
La madre de Maddie hizo un gesto con la mano.
—No, no. Estoy bien. ¿Necesitas dinero para las cerraduras? Las buenas deben de ser caras. ¿Dónde está mi bolso?
—No, no —C.L. retrocedió de nuevo—. Corre de mi cuenta. Insisto. Las tiendas no abrirán hasta dentro de una hora, pero iré a casa a buscar las herramientas de Henry y, en cuanto tenga las cerraduras, volveré.
—Oh, sí. Santo cielo... —La madre de Maddie dio unas palmaditas al aire, donde él estaba antes, y toda su desaprobación había desaparecido—. Ten cuidado. Dios santo.
Maddie lo siguió hasta el coche y él se esforzó para no tocarla.
—¿Cómo se te ha ocurrido? —le susurró—. A tu madre por poco le da un ataque al corazón.
Maddie se apoyó en el coche.
—C.L., ella sabe lo de esta mañana. Esther ha debido de contárselo todo cuando la ha llamado. ¿No has observado su frialdad cuando hemos llegado?
—Sí, pero...
—Bueno, ahora piensa que eres todo lo que se interpone entre la muerte y yo. Le caes bien.
Maddie le sonrió, una sonrisa afligida, pero una sonrisa al fin y al cabo, y él sintió cómo se extendía el calor de nuevo por su cuerpo, como le sucedía siempre que estaba cerca de ella. Subió al coche y cerró la puerta de golpe antes de hacer algo estúpido, como arrastrarla al suelo y hacer lo que quería con ella en la hierba, delante de su madre.
—Sigue diciéndole cosas buenas de mí a tu madre —le dijo—. Va a verme mucho.
Ella cabeceó, sin querer seguirle la corriente.
—Vete a buscar las cerraduras. Tengo que llamar a Treva. Em está con ella.
Em. Pobre pequeña. No le iban mucho los niños en general, pero le gustaba Em. Asintió comprensivo ya que no podía abrazarla.
—Buena suerte —dijo, y salió del camino marcha atrás.
Tenía que comprar las cerraduras, pero también debía volver a hablar con Henry, antes de que se le ocurrieran ideas estúpidas, como arrestar a su futura sobrina política.


—Pasa algo malo de verdad —le susurró Mel a Em mientras espiaban por la baranda, pero Em ya lo sabía.
La cara de tía Treva estaba blanca y se había apoyado en la pared, respirando entrecortadamente. Parecía que iba a ponerse a llorar.
—¿Estás segura? —dijo Treva, y se le descompuso la cara y empezó a reír, pero eran unas risas horribles.
Mel se levantó.
—¿Mamá?
Tía Treva dejó de reír, se enderezó, las vio y volvió a tener un aspecto horroroso.
—Tengo que dejarte; están aquí. Date prisa —dijo por teléfono y colgó. Luego fue hasta la escalera.
Mel bajó los escalones y se abrazó a la cintura de su madre, haciendo preguntas, pero Em se quedó donde estaba. El problema había llegado por teléfono, lo cual significaba que no estaba en casa de Mel, pero eso ya lo sabía. Había sabido desde el primer momento que estaba en su casa. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que tragar con fuerza antes de preguntar:
—¿Mi madre está bien?
Tía Treva levantó la cabeza.
—Sí. Sí, sí, está bien, está perfectamente. La que ha llamado era ella.
—¿Qué pasa? —exigió Mel—. Nadie nos dice nada. ¿Qué ha pasado?
La voz de Em se elevó automáticamente.
—¿Mi padre está bien?
Tía Treva tenía cara de desesperación.
—Mamá viene enseguida, pequeña. Ella te...
—¿Qué le ha pasado a mi padre? —El miedo le dio frío y ni siquiera Phoebe que bajó a trompicones la escalera para sentarse a su lado consiguió darle calor—. ¿Se ha hecho daño?
Tía Treva se le acercó más y le cogió la mano a través de los barrotes.
—Mamá llegará enseguida, pequeña.
Tía Treva nunca la llamaba pequeña, jamás.
—¿Se ha hecho daño?
—¿Está muerto? —preguntó Mel.
Tía Treva apartó la mano y Em sintió frío en todo el cuerpo. El frío le presionaba el pecho y tuvo que esforzarse para respirar.
—Vete arriba —le dijo tía Treva a Mel—. Ahora mismo.
—No está muerto —dijo Em, desde dentro del frío—. Está herido, ¿verdad?
—Tu madre... —empezó tía Treva de nuevo.
—No está muerto —repitió Em. La cabeza de su tía, que no era su tía, osciló; no asintió ni negó, sino que osciló. Em pensó: Mi padre está muerto, y musitó—: No.
—Lo siento, pequeña —dijo tía Treva—, tu madre estará aquí enseguida.
Luego subió la escalera y la abrazó, estrechándola con fuerza, y Em se quedó allí, en la escalera, con Phoebe a un lado y tía Treva al otro, hasta que su madre entró y levantó la cara para mirarla.
—No está muerto —le dijo Em a su madre, y esta se lanzó escalera arriba para cogerla entre sus brazos, y entonces Em se puso a llorar, porque decirlo no cambiaba nada, y su padre estaba muerto.


De alguna manera, Maddie llevó a Em a casa, cogiéndole la mano mientras conducía, haciendo ruiditos consoladores, sin sentido, mientras Em permanecía sentada, con la cabeza oscilando, llorando desesperadamente, y Phoebe le lamía las orejas.
—Que Dios bendiga a C.L. por darle este perro a Em —le susurró Maddie a su madre cuando llegaron a casa y pudo abrazarla—. Quizá Phoebe la ayude a superar esto mejor de lo que nosotras podemos.
Su madre asintió, con un aire muy triste.
—Tal vez llorar así no sea bueno para ella —respondió, susurrando a su vez.
—Mejor echarlo todo afuera —dijo Maddie, consciente de que ella todavía no había llorado.
¿Podía llorar por Brent? Tenía cosas buenas. Muchas cosas buenas. Cuando estaba de buen humor, lo pasaban muy bien. Quería a Em. Suponía que también la quería a ella, a su manera. Cuando le pidió el divorcio, después de lo de Beth, le juró que no volvería a pasar. «No puedo vivir sin ti, Maddie», le dijo, y luchó como un loco por que ella no se fuera, agotándola hasta que ella se rindió y se quedó. No lo quería muerto, pero iba a ser difícil llorar por él. Pero, tal vez, podría llorar por Em.
Apoyó la mejilla en la cabeza de su hija y la meció adelante y atrás hasta que el llanto de Em disminuyó.
—Te quiero, pequeña. Te quiero mucho, muchísimo.
Em soltó un suspiro largo y sollozante y se apretó contra Maddie.
La madre de Maddie entró en la sala con una bandeja.
—Te he traído una taza de cacao, Emmy. Y galletas. Y aquí tienes unas galletas de perro para Phoebe. Parece tener mucha hambre.
Em no apartó la cabeza del hombro de su madre.
Sonó el teléfono y la madre de Maddie fue a contestar, mientras esta miraba cómo Phoebe trataba de subírsele por la pierna para llegar hasta Em. Cogió a la perrita por el trasero y la colocó encima de las rodilla de Em, y los brazos de la niña soltaron a su madre para que el cachorro estuviera a salvo. Phoebe se acurrucó en el regazo de Em y la respiración de la niña se hizo un poco más lenta, todavía entrecortada, pero ya sin sollozar. Gracias a Dios por este cachorro, pensó Maddie. Aunque C.L. no hiciera nunca nada más por ella, estaría en deuda con él por ese perro.
Su madre se asomó a la puerta de la sala, con aspecto impotente.
—Maddie, es Leo, el de la estación servicio. Le he dicho que no es un buen momento, pero insiste.
—¿En qué? —preguntó Maddie.
Hizo bajar a Em y a Phoebe de su regazo y las dejó en el sofá. Su madre la sustituyó junto a Em.
Leo fue conciso y al grano.
—Tiene que venir a vaciar el coche, porque el hombre del seguro vendrá dentro de una hora para llevárselo con la grúa. ¿Quiere algo del coche?
El Civic. Todo aquello había pasado mil años atrás. Cuatro días y mil años atrás.
Leo siguió hablando.
—El hombre del seguro dijo que usted quería que lo hiciera hoy, así que hoy es cuando vienen, pero hay cosas dentro. O sea, que si hay algo que quiera del coche, tiene que venir a buscarlo ahora.
—Déjeme que lo piense. —Maddie llevó el teléfono hasta la puerta de la sala—. Em, ¿dejaste algo en el Civic?
Em asintió, con la cabeza gacha.
—Mis Barbies y los libros de perros de la bi... biblioteca.
—Está bien —dijo Maddie—. Ahora mismo voy a buscarlos.
—Tu madre va a ir a recogerlo todo —le dijo la abuela, pero Em empezó a llorar de nuevo.
—Enseguida voy —le dijo Maddie a Leo—. No deje que se lleven el coche hasta que yo llegue.
Cogió su vieja bolsa de piel del estante y la bolsa de lona de las Barbies de Em del suelo del armario.
—Ten cuidado, cariño.
Su madre mecía a Em, que lloraba, desesperada, entre sus brazos.
—Te quiero, Emmy. —Maddie besó a su hija en la frente y le alisó el pelo—. Volveré enseguida y estaré contigo.
—Ve —dijo su madre—. Date prisa.


El coche estaba en la parte de atrás del taller de Leo, en medio de las hierbas, al fondo del solar. Parecía abandonado y solitario. Y muerto. Maddie sintió que se le anegaban los ojos de lágrimas al verlo y se quedó anonadada. ¿Podía llorar por un coche muerto pero no por un marido muerto? ¿Qué clase de mujerera?
Puede que estuviera llorando por un coche muerto a causa de un marido muerto.
—Lo siento mucho, de verdad —le dijo al coche—. De verdad.
Luego, se sintió tonta, allí, hablándole a un coche y levantó la abollada puerta trasera. Media docena de Barbies la miraban con una apatía llena de rímel; por el aspecto del maletero parecía como si un tornado hubiera alcanzado una clínica para anoréxicas. Las metió en la bolsa de lona y luego levantó la alfombrilla que cubría el hueco de la rueda de recambio, para ver si se había caído alguna debajo.
No había ninguna Barbie, pero sí un enorme montón de dinero, paquetes de billetes de cien dólares por todas partes.
—Oh, mierda —exclamó Maddie.
Cerró de golpe la puerta y se sentó al borde.
Bien mirado, ese asunto del dinero podía ser bastante divertido. Había tanto que casi no contaba como dinero real. Era como dinero del Monopoly. Y al ritmo que iba, podría permitirse ir a Park Place y, además, a Boardwalk. Muy divertido.
Excepto que su marido estaba muerto.
Maddie apoyó la cabeza en las rodillas y trató de pensar. Tenía que llevarle el dinero a Henry. Se lo llevaría, le diría dónde lo había encontrado y ya está.
«Vosotros dos, será mejor que recéis para que no aparezca nada más en contra vuestra», les había dicho. Bueno, aquello no contaría. Era el rinconcito de Brent. Debió de meterlos allí. Seguro que sabía que el coche se iba a quedar allí algún tiempo. Realmente, era el lugar perfecto para esconder dinero.
La verdad es que aquello no pintaba bien.
—¿Está bien, señora Faraday?
Maddie levantó la cabeza. Leo estaba delante de ella con su mono manchado de grasa, con aire compasivo, pero apurado de tiempo.
—Sí, Leo. Estoy bien.
—¿Ya ha acabado? —le preguntó.
—Casi. —Sonrió tan alegremente como pudo y luego recordó que era viuda y dejó que la sonrisa muriera—. Enseguida voy. Solo un minuto más, de verdad.
Miró cómo Leo se marchaba de vuelta a la gasolinera y luego abrió de nuevo el maletero, sacó las Barbies de la bolsa y la llenó con el dinero, tan rápido como pudo, contando los paquetes mientras los iba embutiendo en la bolsa. Había doscientos treinta. No importaba; lo que importaba era salir de allí. Cerró la cremallera de la bolsa y dejó la mente en blanco mientras acababa la limpieza. Metió las Barbies en la bolsa de piel. Fue al lado del pasajero y comprobó debajo de los asientos, sacó los libros de la biblioteca y los metió también en la bolsa de piel. Luego, en el último momento, se le ocurrió vaciar la guantera dentro de la bolsa: botiquín de primeros auxilios, mapas, chicles, gafas de sol, pistola.
—Oh, mierda —exclamó por segunda vez, mirando el arma que tenía en la mano.
Ahora tenía sus huellas. Estaban en los sitios equivocados, pero eso no era ningún consuelo. La limpió con el faldón de la camiseta y la dejó caer dentro de la bolsa de lona, con el dinero. Brent no habría puesto el arma en la guantera. Probablemente, lo habían matado con aquella pistola. Tenía que conseguir algo de tiempo para pensar antes de decírselo a nadie, porque estaba bastante segura de que aquello pintaba muy mal. Henry pensaría que era algo en contra de ella. Podía ir a la cárcel, y no podía ir a la cárcel porque tenía una niña que ya estaba al borde del colapso porque su padre había muerto. Gracias a Dios por las muñecas y los libros de Em, porque de lo contrario alguien habría encontrado la pistola y llamado a la policía y entonces Em habría quedado destrozada,
Maddie cerró de golpe la puerta del Civic por última vez y pensó en Em, en su coche perdido, en la cara manchada de lágrimas de su hija, en que alguien iba a por ella, en los gemidos desesperados de Em y luego apoyó la cabeza en el coche y rompió a llorar, por Brent y por ella misma, pero sobre todo por Em, la pequeña y frágil Em, que no iba a perder también a su madre, aunque Maddie tuviera que mentir a todos los habitantes de la ciudad.


C.L. estaba colocando la cerradura en la puerta trasera cuando Maddie entró en el camino con la ranchera de Anna; lo saludó con un gesto y aparcó al lado de su coche, esforzándose por pensar. Había puesto la bolsa de lona de las Barbies, con el dinero y la pistola, en el asiento trasero, pero no se podía quedar allí. A Anna le daría un ataque al corazón si la encontraba o el arma podía dispararse y matar a alguien cuando Anna se metiera en un bache. Solo había conseguido pensar en aquello con claridad antes de tener que moverse y fingir que todo iba bien.
Excepto que Brent estaba muerto. Eres viuda, se dijo. No lo olvides. Por lo menos, estaba en el papel, gracias a haber llorado en la estación de servicio.
Em y Phoebe miraban a C.L. mientras trabajaba. Em le iba dando las herramientas, secándose la cara manchada de lágrimas con la mano sucia.
—Esto ya casi está —dijo C.L., sonriéndole—. Vamos rápido, gracias a la ayuda de Emily.
Em asintió y cerró con fuerza los ojos, pero de todos modos, una lágrima de cada ojo le rodó por las mejillas y ella se las limpió de nuevo. C.L. hizo como si nada y siguió trabajando, mientras Maddie le daba un beso a su hija en la cabeza.
—Te quiero, pequeña —le dijo, y Em se esforzó por no llorar.
—Em es una ayuda estupenda—dijo C.L.—. Siempre sabe lo que necesito. —Miró a Maddie—. ¿Estás bien? —preguntó y ella pensó: No, mi hija está sufriendo y alguien va a por mí.
Debía decirle lo del dinero. Debía decírselo a alguien. «Oh, vaya —podía decir—, acabo de encontrar casi un cuarto de millón de dólares en el maletero del Civic. No, no sé nada de esto. ¿Por qué?»
Tenía que pensarlo bien.
Maddie asintió mirando a C.L. y respondió:
—Del todo. —Y pensó a toda velocidad.
No había ningún sitio en la casa para esconder todo aquel dinero. Quienquiera que lo hubiera puesto en el Civic había tenido una buena idea. El maletero de un coche. Pero no en el suyo, porque ella no tenía coche. Tampoco en el de Anna o el de su madre.
Fue a la cocina, donde su madre estaba cocinando y se apoyó en el fregadero para mirar por la ventana hacia el camino de entrada. El Mustang rojo intenso de C.L. le hizo un guiño desde más allá de la ranchera de Anna.
No era el mejor de los lugares posibles, pero era un lugar.
—¿Te has ocupado de todo? —le preguntó su madre.
—Casi. —Maddie se acercó a besarla en la mejilla—: ¿Qué estás haciendo?
—Sopa. Vendrá gente. Esther e Irma ya han traído fuentes de comida. Ah, y ese agradable Vince ha pasado a recoger no sé qué dinero. Como yo no sabía nada del asunto, volverá más tarde.
—¿Dinero? —Maddie sintió que se mareaba. ¿Cómo se había enterado Henry de lo del... Ah, claro, los cuarenta mil de la bolsa de los palos de golf—. Sí —dijo Maddie—. Era algo de Brent.
—¿Por eso lo mataron? —La voz de su madre tembló en la última palabra—. ¿Por dinero?
—Sinceramente, no lo sé, madre —dijo Maddie—. Procura no pensar en ello.
Luego salió para ir al coche.
La ranchera de Anna ocultaba el coche de C.L., impidiendo que se viera desde el porche de atrás. Maddie se estiró por encima del asiento del conductor del Mustang y tiró de la palanca para abrir el maletero, luego dio la vuelta y apartó todo —gato, cables de arranque, una manta, linternas— lo que había encima de la rueda de recambio. Retiró la alfombrilla, sacó la rueda y la tiró en la parte de atrás del coche de su madre. Acto seguido cogió la bolsa de lona de las Barbies, llena de dinero, del maletero del coche de Anna, la vació en el hueco de la rueda de recambio del coche de C.L. y metió de nuevo en la bolsa la pistola que había caído afuera. Después volvió a poner la alfombrilla. Esparció los trastos de C.L. por encima, cerró el maletero y se llevó la bolsa con la pistola a casa.
Le temblaban las manos. Le había llevado menos de cinco minutos, pero se le había llevado cinco años de vida.
—¿Estás bien? —preguntó C.L. cuando pasó junto a él.
—Un día duro —contestó Maddie, y entró en la casa.
Sonó el teléfono y cuando Maddie contestó en el recibidor era Henry preguntando por C.L. Entró.
—De acuerdo —dijo—. Ahora mismo voy. —Colgó, echó una mirada alrededor para ver dónde estaban Em y su madre, y besó a Maddie—. Tengo que marcharme. Volveré luego para poner la cerradura en la puerta delantera.
—Espera un momento —dijo Maddie—. Llévate el dinero de la bolsa de golf. Así Vince no tendrá que venir otra vez a buscarlo.
—Cuarenta mil en una bolsa de golf... —Negó con la cabeza—. En el futuro, invertiremos de otra manera.
La besó de nuevo, demorándose un poco esa vez, luego salió por la puerta de atrás.
Maddie lo oyó decir algo a Em antes de bajar los escalones del porche.
Bueno, allí iba el dinero. Dinero fácil, tal como viene se va.
Maddie se volvió y vio que su madre la estaba mirando desde la puerta de la cocina.
—¿Qué hay?
Su madre trató de adoptar un aspecto severo, pero estaba demasiado disgustada.
—Maddie, ¿cuánto tiempo hace que andas con ese hombre?
Maddie suspiró.
—El viernes por la noche lo besé por primera vez en veinte años. Si se puede decir que tres días es «andar con ese hombre», eso es lo que llevamos.
Su madre la miró consternada.
—Maddie, es horrible.
—Lo siento, mamá —dijo, yendo hacia la puerta de atrás y Em—. Tendríamos que haber esperado hasta conseguir el divorcio.
—¿Fue por él por lo que te pegó Brent?
Maddie intentó parecer ofendida.
—¡Madre! Ya te lo he dicho. Me di contra una puerta.
Su madre volvió a la cocina.
—No soy tan estúpida como parezco, Maddie. Sé que no te diste contra una puerta. En la ciudad, todo el mundo sabe que no te diste contra una puerta.
Tendría que hacer algo respecto a su madre, pero primero era Em. Maddie salió al porche de atrás justo en el momento en que Phoebe se bajaba de las rodillas de Em y corría al jardín. Em la siguió, con los hombros hundidos. Maddie también las siguió y se sentó a la mesa de picnic para mirarlas.
Tres días antes, había estado sentada allí con C.L. Y Brent estaba vivo. Su vida era un desastre, pero no como ahora. Entonces su hija no tenía el corazón roto. Em volvió lentamente, con la mirada perdida, y Maddie comprendió que si Em se hubiera tomado así el divorcio, nunca habría podido hacerlo. Nunca habría podido hacerle algo así a su hija.
—Ven aquí, pequeña —dijo, y Em se subió a la mesa, a su lado—. Tengo tus libros de perros y tus muñecas. Todo está dentro de casa.
—Gracias —dijo Em, y estalló en llanto.
Maddie se la sentó en su regazo y la meció.
—Llora —dijo—. Llora todo lo que quieras. No te soltaré.
—Anoche estaba muy asustada —sollozó Em—. Sabía que algo iba mal. Quiero que papá vuelva.
Maddie se sintió inundada por la culpa; mientras su hija estaba asustada, ella estaba riendo en la cama. Ningún momento de placer queda sin castigo, pensó. Tendría que haber sabido que ser feliz en Frog Point era pecado. No obstante, incluso eso no habría sido malo, si hubiera sido ella quien pagara las consecuencias. Pero era Em quien había sufrido sola, Em la que había estado asustada y no había tenido a su madre para consolarla.
—No quiero volver a quedarme en casa de Mel nunca más —dijo Em.
—No tienes por qué hacerlo —respondió Maddie.
—No quiero volver a la granja nunca más.
—No iremos.
—Solo quiero estar aquí. Contigo.
—No te dejaré nunca más —susurró Maddie entre el pelo de Em—. Te prometo que siempre estaré aquí, contigo. Lo siento tanto, Emmy... Siempre estaré aquí, te lo prometo.
C.L. era historia. Tenía que serlo. No podía permitir que Em oyera rumores, con todo lo demás que iba a tener que oír. Em tenía que ser lo primero. Maddie y C.L. eran adultos, sobrevivirían aunque no se tuvieran el uno al otro, pero Em no lo conseguiría sin su madre. Maddie era todo lo que Em tenía ahora. C.L. tenía que marcharse.
—Oh, Em...
Suspiró y estalló en llanto también ella.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:04 pm

Capítulo 13


—Ya he puesto las cerraduras nuevas en la puerta de atrás, Henry —dijo C.L., al entrar de nuevo en el despacho de su tío—. Ahora tienes que coger a ese cabrón para que no sean necesarias.
—Siéntate, C.L. —ordenó Henry, y C.L. supo que lo que venía no era nada bueno.
—Ella no lo hizo, Henry —afirmó—. No lo hizo.
—Lo mataron de un tiro en el Point, en su propio coche —dijo Henry—. Las huellas de Maddie están por todas partes. —Levantó la mano, cuando C.L. empezó a protestar—. Lo cual es lógico porque también era su coche. Las de Brent también están, y un montón de otras, borrosas, que no nos van a servir de mucho. Luego hay otro grupo, en el volante y en las manijas de las puertas, de delante y detrás, que estamos examinando, y que podrían ser de un sospechoso.
C.L. se sentó.
—O podrían ser las mías. Fuimos en el Caddy al Point el viernes por la noche. ¿Has encontrado un montón de botones en el asiento de atrás?
—Sí.
—Son míos —dijo C.L.—. Son esas camisas baratas, de ciudad. Se les caen los botones.
Henry lo miró, con aire sombrío.
—C.L., esto no tiene gracia. Si las huellas son tuyas, entonces solo tenemos a tres personas en el coche.
—O tres personas descuidadas y una persona que planea un asesinato.
—Bien, pero ¿adónde fue esa persona? —preguntó Henry—. Bailey jura que nadie llegó allí ni en coche ni a pie aquella noche, después de que llegara Brent.
—¿Y tú lo crees? —C.L. meneó la cabeza, incrédulo—. Cualquiera que tenga cinco pavos puede comprar a Bailey. Lo cual me recuerda que él chantajeaba a Maddie por haber estado en el Point conmigo. Quizá quieras comentárselo la próxima vez que hables con él.
—Ese idiota —dijo Henry, descartando a Bailey—. No hay huellas de pasos en el barro de la carretera. El camino se inunda cuando llueve y llovía cuando el Caddy aparcó en el Point, porque tenemos huellas de neumáticos. Pero no hay ninguna huella de pies en el camino.
—Entonces el que disparó pasó por la grava de los lados.
—Bailey no vio a nadie —repitió Henry.
—O por el bosque —añadió C.L—. Vaya cosa. Es un paseo fácil.
—Las únicas huellas son pequeñas. Probablemente de mujer. Vamos a tener que examinar las zapatillas de deporte de Maddie.
—Genial —dijo C.L.—. Hazlo. Es inocente. Sus zapatillas estarán tan limpias como su conciencia. Y entonces podrás empezar a buscar al verdadero...
Henry cogió un informe y lo estampó contra la mesa con un golpe que debió de hacer que Esther aguzara los oídos al otro lado de la puerta.
—C.L., ¿quieres prestar atención a esto? Tenemos un hombre que está engañando a su mujer, que le pega y que está acumulando un montón de dinero en una caja de seguridad del banco. Entonces lo matan y cuando llamo para decirle a la mujer que es viuda, está en la cama con otro hombre. Ahora dime, ¿qué piensas de todo esto?
—Olvidas que se trata de Maddie —respondió C.L.
—Escúchate, ¿quieres? Esa mujer te tiene tan atrapado que ni siquiera sabes dónde estás.
—Sé que no mató a su maldito marido —afirmó C.L., espoleado por la acusación porque sabía que era verdad—. Si estás tan seguro, ¿por qué no la arrestas?
—Porque no tengo el arma del crimen —dijo Henry—. Y no tengo ninguna prueba de que bajara a pie de la colina. Y sigo sin saber por qué un hombre grande y fuerte como Brent Faraday permitió que alguien le pusiera un arma detrás de la oreja y lo matara, sin hacer nada para impedirlo. Hay un montón de cosas más que no tengo pero, por ahora, ella es lo mejor que tengo.
—¿Qué hay de la amante? —dijo C.L., aferrándose a un clavo ardiendo—. Iba a dejarla. ¿Y de su socio en la estafa? Iba a dejar que cargara él con el mochuelo. Mierda, Henry, apenas has empezado. Ve detrás del malo de verdad y no te acerques a Maddie.
Se levantó y Henry lo miró con mala cara.
—Olvídate de mí. Tú eres el que no tienes que acercarte a esa mujer. Es peligrosa.
C.L. suspiró exasperado.
—Henry, no va a disparar contra mí. No mató a su marido ni me va a matar a mí.
—No hablo de eso —dijo Henry—, aunque no estaría de más que no lo olvidaras. Hablo de la manera en que actúas con ella. Mantén la cremallera del pantalón subida y la mente clara, ¿me oyes?
C.L. se inclinó hacia delante, hablando con mucha claridad para que Henry comprendiera que lo que iba a decir era en serio.
—Henry, voy a casarme con ella. Vamos a vivir al lado de tu casa, con Em. Ahora es de la familia. Deja de preocuparte por ella y empieza a preocuparte del degenerado que mató a Brent.
—No has aprendido ni una maldita cosa de las mujeres desde que tenías diez años —afirmó Henry, claramente disgustado.
—Y una mierda —exclamó C.L., esperando fervientemente haberlo hecho.


Una hora más tarde, Maddie llevó a una Em exhausta al piso de arriba y se quedó a su lado hasta que se durmió.
Treva llamó, quería ir, pero Maddie la convenció de que esperara hasta más tarde, porque necesitaba que Em durmiera un poco. También necesitaba tiempo para ella, para decidir qué hacer.
Em tenía que estar a salvo, lo cual significaba que Maddie tenía que quedar por encima de todo reproche; no podía seguir con C.L. y no podían arrestarla.
Sin embargo, que no la encerraran iba a ser difícil si alguien estaba dispuesto a inculparla. Alguien había puesto el dinero y la pistola en su coche. ¿Qué podía ganar alguien con que la arrestaran? Todo lo que ella heredara de Brent iría a parar a Em, así que no podía ser dinero. Perdería a Em si iba a la cárcel. ¿Podía tratarse de eso? Maddie acarició una breve fantasía en la que Helena Faraday la incriminaba por la muerte de Brent para poder criar a Em y controlar las propiedades de Brent, pero era absurdo. Para empezar, Helena tendría que haber sabido lo del dinero y Maddie estaba segura de que era una información que Brent no había compartido con sus padres. Además, Helena habría tenido que enfrentarse a la madre de Maddie por la custodia de Em y todo el mundo habría apostado por el lado Martindale. Helena era despiadada en lo que hacía al dinero y el poder, pero no le llegaba ni a la suela del zapato a Martha Martindale en cuando a ser fiel a la familia. No podía ser Helena.
Así que era alguien ajeno a la familia, pero alguien que los conocía lo bastante para saber que el coche de Maddie había quedado destrozado y estaba en el solar de Leo. Eso significaba la mayoría de los habitantes de Frog Point. Y la única razón general para incriminar a Maddie era alejar las sospechas del asesino.
Entonces, probablemente, no era nada personal. Era un pequeño consuelo.
Maddie apoyó la cara en las manos. No sabía lo suficiente.
No sabía de dónde había salido el dinero ni de quién era la pistola, ni nada. ¿Quería eso decir que tenía que dárselo todo a Henry?
—No le digas nada más a ese hombre —le había dicho C.L. cuando volvió para colocar las cerraduras—. Tiene la idea totalmente estúpida de que quizá seas tú quien ha matado a Brent. Vamos a llamar a un abogado y, hasta entonces, no dirás nada a Henry.
Estaba entre la espada y la pared. Decir nada era fácil, pero cargar con la información era duro
¿Qué es mejor para Em?, se preguntó, y decidió que si por causa del dinero había aunque fuera una mínima posibilidad de que Em la perdiera, no valía la pena. Tendría que pensar en ello más adelante.
Pero debía pensar de inmediato en la pistola. Tenía que esconder la maldita pistola.
Comprobó que su madre estuviera descansando en la sala, llevó la bolsa de lona a la cocina y abrió el frigorífico. Había dos fuentes de comida en el estante de arriba, sacó la que peor pinta tenía, porque estaba en la fuente más honda. Cogió una bolsa Ziploc del cajón, sacó la pistola de la bolsa usando un trozo de papel de cocina y la metió en la bolsa. Acto seguido cogió un cucharón y sacó el estofado del centro de la fuente. Era carne de cerdo en lata con fideos integrales.
Maddie lo miró con aire incrédulo. ¿Alguien creía que algo así podía servir de consuelo? Aunque, en realidad, sí que podía, porque nadie en su sano juicio intentaría jamás comer ni una cucharada de aquella masa. Sin duda era el escondite perfecto. Metió la pistola en el hueco y la tapó con la rígida capa superior de fideos crujientes y fiambre quemado. Colocó de nuevo las patatas fritas en su sitio, lo metió todo en el frigorífico, cerró la puerta y tiró el guiso sobrante al triturador de basura.
Luego podía dar la fuente a Treva, junto con otros platos, para que la guardara en su congelador. La congelación no perjudicaría a la pistola, y que el arma estuviera fuera de su casa significaba que no la podía perjudicar a ella. Liberada de esa preocupación, volvió a subir al dormitorio y se metió en la cama, junto a Em.
—No pasa nada, pequeña —le dijo a su hija dormida—. No voy a ningún sitio.


A las seis, después de más de una docena de llamadas y dos fuentes de comida más, de todo lo cual se ocupó su madre, Maddie oyó cerrarse la puerta de un coche y fue a abrir la puerta a los Basset.
Treva había llevado a todos con ella —Howie, Tres y Mel—, además de media docena de barras de pan francés, que entregó a la madre de Maddie, quien había salido de la cocina para saludarlos y desaparecer de nuevo.
Em estaba sentada en el sofá, aferrada a Phoebe. Tenía el aire aturdido de un niño que ha llorado demasiado y necesita volver a llorar pero ya no tiene la energía necesaria. Mel la miró con los ojos muy abiertos y luego se sentó junto a ella y le puso el brazo alrededor de los hombros.
—Te quiero, Emily —le susurró, y Em apoyó la cabeza en su hombro un momento.
Tres se arrodilló delante de ella.
—Hola, pequeña —dijo—. ¿Estás bien?
Em negó con la cabeza.
—No —dijo en voz baja—. Mi padre está muerto.
—Lo sé, cariño. Lo siento muchísimo, de verdad.
Ella asintió y abrazó a Phoebe con más fuerza. El cachorro gimió.
—Me parece que Phoebe necesita salir —dijo Tres—. Vamos a sacarla al jardín de atrás.
Em asintió, y Tres las llevó a ella y a Mel a la entrada con Phoebe siguiéndolos, inquieta. Maddie estuvo a punto de decir: ¡No!, antes de recordar que ya no tenía que preocuparse de que raptaran a Em. Brent estaba muerto.
—¿Cómo estás? —preguntó Treva, obligándola a sentarse en el sofá—. ¿Estás bien?
—No. —Maddie se recostó. Parecía una tarea demasiado enorme para hacer nada más. Eran demasiadas las cosas de las que tenía que ocuparse—. Es horrible.
—Voy a traerte algo de beber —decidió Howie retrocediendo al pasillo.
—Lo siente mucho —dijo Treva—. Es solo que odia esta clase de situaciones.
—¿Y quién no? —preguntó Maddie—. Ojalá Brent no estuviera muerto. Un divorcio habría sido mejor.
—Chist... —Treva la cogió por el brazo—. ¿Estás loca? Acaban de asesinar a tu marido. No hables de divorcio.
Maddie asintió.
—Lo sé. Uno creería que solo podría pensar en lo horrible que es todo esto. Pero, en realidad, son los detalles de la situación los que... bueno, es que hay tantas cosas de las que tengo que ocuparme... —Maddie miró a su amiga—. No tienes ni idea de lo complicada que es mi vida en estos momentos.
Howie volvió a entrar con una bandeja y tres vasos.
—Lo único que he encontrado es whisky.
—Está bien —respondió Treva—. Dáselo todo a Maddie.
Sonó el timbre de la puerta. Howie dejó la bandeja y fue a abrir, con un alivio enorme y muy evidente por poder escapar. Era Gloria, de la casa de al lado, con otra fuente de comida. Entró en la sala y se quedó allí, de pie, con los ojos enrojecidos y aspecto derrotado, con su mejor traje de Laura Ashley, sosteniendo la fuente de Pyrex delante de ella.
—Maddie, acabo de enterarme —dijo—. Si hay algo que yo pueda hacer...
Se interrumpió, con una clara angustia.
—Gracias, Gloria —respondió Maddie—. Es muy amable por tu parte. Y por traer comida, además. Realmente...
Llevó a Gloria y su fuente a la cocina y dejó las dos cosas en manos de su madre.
—Voy a decir lo mismo mil veces en los próximos dos días —le dijo a Treva al volver—. Tendría que imprimir tarjetas.
—¿Qué le pasaba a esa mujer? —preguntó Treva.
—Me parece que tenía planes para Brent —le explicó Maddie.
¿Podía ser Gloria? ¿Gloria con unas bragas sin entrepierna? ¿Gloria matando a Brent de un tiro en la cabeza?
Sonó el timbre.
—Los guisos se congelan bien —dijo Treva.
—Buena idea —dijo Maddie—. ¿Puedes llevarte algunas fuentes a casa?
Tres estofados y dos pasteles después, aparecieron Helena y Norman Faraday, y el día se convirtió de verdad en un infierno.
Norman parecía destrozado, sus ojos saltones eran incluso más sorprendentes debido a lo enrojecidos que estaban. Maddie nunca lo había encontrado atractivo, pero irradiaba poder y eso camuflaba sus carencias físicas. Lo observó mientras entraba vacilante en la sala, con todo su poder desaparecido, ahora que sus sueños de vivir a través de su hijo se habían desvanecido. Era solo un tipo sesentón, pequeño y barrigón, hundido en sus pantalones Sansabelt, con aire perdido e ineficaz. Por primera vez desde que lo conocía, Maddie sintió lástima por él.
—Lo siento mucho, Norman —dijo.
—No trataste bien a mi hijo —respondió él, pero no había veneno en su voz.
Helena tenía bastante veneno para los dos. No había ningún encogimiento en ella; su cuerpo erguido y duro estaba todavía más duro y erguido ahora que estaba rígida de ira por su pérdida. Miró a Maddie, directamente a los ojos, con un odio tal que Maddie dio un paso atrás y luego se acordó de la mañana. A esas alturas, gracias a Esther de la comisaría, ya se habrían enterado de que C.L. estaba en la cama, con ella, cuando Henry llamó. Por un momento, Maddie sintió compasión por los dos. Si alguien hubiera traicionado a Em, ella sería igualmente implacable.
Claro que Brent la había traicionado primero, pero ahora que estaba muerto, ese aspecto parecía carecer de importancia. Ella había engañado a su esposo muerto y ahora su suegra la odiaba y la iba a castigar eternamente.
—Hola, Helena —le dijo.
—A ti no tengo nada que decirte —atajó Helena, y fue a sentarse junto a Em.
—Me tomaré ese whisky ahora —le dijo Maddie a Howie, y Helena aspiró aire entre dientes, lanzó una mirada fulminante a Maddie y se acercó más a Em.


Em no podía pensar. Cada vez que lo intentaba, se acordaba de que su padre estaba muerto y era horrible, era lo peor de todo, no podía soportarlo, así que dejó de pensar. Mel y Tres se fueron a comprar helado, le rogaron que fuera con ellos y le prometieron traerle uno para ella cuando se negó. Se quedó sentada en la sala, sintiéndose como el plomo, pesada en todo el cuerpo, mientras entraba y salía gente, llevando platos, diciendo cosas en voz baja y mirándola como si la compadecieran. Quería salir al jardín con Phoebe, quería subirse al regazo de su madre, quería ver a su padre, pero estaba muerto, así que tenía que quedarse allí, sentada.
Entonces llegó su abuela Helena. Después de hablar con su madre, se sentó a su lado, y Em deseó haberse marchado al jardín de atrás.
—No debes olvidar nunca a tu padre, Emily —dijo la abuela Helena, y Em se preguntó de qué estaba hablando. ¿Cómo podía olvidar a su padre?—. Debes recordarlo como el hombre importante y muy bueno que fue —prosiguió la abuela Helena, cogiéndole la mano. La abuela Helena siempre olía a perfume, pero a química, no a flores, y Em sintió náuseas cuando se le acercó más—. Fue un hombre muy importante en esta ciudad. Recuerda siempre que eres su hija y no le falles.
Em asintió. Era más fácil que explicar que no le importaba si su padre era importante o no. Solo quería que volviera. Intentó apartarse un poco, pero la abuela Helena le cogió la mano con más fuerza.
—Recuerda siempre que eres la hija de Brent Faraday —insistió la abuela Helena—. No lo olvides nunca.
Em la miró.
—¿Cómo podría olvidar a papá?
—No solo a papá —dijo la abuela Helena, inclinándose más todavía hacia ella, y Em volvió a apartarse un poco—. Era un Faraday. Igual que tú.
—Y que mamá —dijo Em, intentando encontrar sentido a todo aquello.
—¡No! —La voz de la abuela era queda, pero parecía que hubiera chillado—. Tu madre es una Martindale, que es algo completamente diferente.
Em observó a su abuela cuando esta miró a su madre, al otro lado de la sala. No quiere a mamá, pensó Em y, soltándose de su mano, se levantó.
—No olvidaré a papá —dijo—. Perdona.
La abuela Helena empezó a decir algo más, pero Em se alejó, algo que no había hecho nunca porque era de mala educación apartarse de los adultos cuando te estaban hablando, pero tenía que escapar de allí.
Recorrió el pasillo, sin hacer caso de su abuela que la llamaba ni de su madre, cuando también la llamó. Phoebe estaba sentada junto a la puerta trasera y movió la cola cuando vio a Em.
—Vamos —le dijo Em, y sostuvo la puerta abierta para que saliera.
Phoebe saltó afuera y Em la siguió y se sentó en los peldaños del porche para pensar.
¿Cómo podía creer la abuela Helena que ella olvidaría a su padre? La abuela Helena no era la persona más agradable que conocía Em, pero nunca antes le había parecido tonta. Em nunca podría olvidar a su padre. Jamás.
Excepto que ahora era más difícil recordar exactamente qué aspecto y qué voz tenía, exactamente como si fuera a entrar por la puerta en cualquier momento. Em cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Era alto y tenía el pelo castaño oscuro y siempre le sonreía porque la quería. Intentó recuperar recuerdos suyos enseñándola a montar en bicicleta, pero tuvo que marcharse antes de que ella le cogiera el tranquillo, así que vino su madre y le enseñó y se quedó con ella hasta que aprendió. Tampoco estuvo allí el día de las Exploradoras ni el día de la obra de teatro de la escuela, donde ella era una de las que tocaban la campana, porque tuvo que ir a trabajar, pero sí que había ido a ver algunos de sus partidos de softball y había visto cómo lanzaba un tiro fuera del estadio.
¡Ya está! Em se centró en la cara que tenía cuando saltó al campo para abrazarla. No debería haberlo hecho, porque todavía no se había acabado el partido, pero fue estupendo tenerlo allí, sonriendo y mostrándose muy orgulloso. Ese era el momento que iba a conservar, el de su padre sonriéndole. Se esforzó por pensar en otras cosas que lo hacían especial, en cómo la abrazaba, cómo le encantaba el helado de nata con nueces, cómo decía «Emily» (su nombre completo, no solo «Em»), cómo echaba la cabeza hacia atrás cuando se reía... Puso todo en su cuadro mnemotécnico, su padre, con el gorrito de Em de la Liga Infantil de Béisbol en la cabeza, para poder recordar el momento exacto, y rodeándola con un brazo mientras sostenía un helado con la otra mano, riendo con la cabeza echada hacia atrás... Puso todo en el cuadro y cerró con fuerza los ojos, memorizándolo, tal como le había enseñado C.L.
Y cuando salió su madre y la llamó, ya lo tenía, así que abrió los ojos y dijo:
—Estoy bien.
Y siguió a su madre de vuelta a la sala, llamando a Phoebe para que entrara con ella. Una vez dentro, se sentó junto a su abuela Helena, le cogió la mano y dijo:
—Nunca lo olvidaré.
—Eres una niña buena. Eres una buena Faraday —dijo Helena, y le apretó la mano.
A continuación su abuela lanzó otra fea mirada a su madre.


Varios estofados más tarde, volvió C.L. y Howie lo hizo entrar en la sala, ahora atestada de personas que habían acudido a presentar sus respetos, además de los Faraday.
—Maddie, te acuerdas de C.L. Sturgis, ¿verdad? —empezó Howie en un penoso intento de evitar los chismorreos, pero C.L. lo evitó, cogió del brazo a Maddie y se la llevó al pasillo.
—Perdón —dijo, la arrastró por el pasillo hasta la sala grande y cerró la puerta después de entrar.
—Pero ¿qué estás haciendo? —preguntó Maddie, indignada—. ¿Sabes quién está ahí?
—Henry ha conseguido una autorización y ha abierto la caja de seguridad del banco —dijo C.L.—. El dinero ha desaparecido. ¿Sabes algo de eso?
Maddie lo miró boquiabierta.
—Brent debió de haberlo sacado —dijo, y luego se detuvo.
Ella había visto el dinero el sábado por la tarde. Brent ya estaba muerto. No había sido Brent.
—Los únicos que abrieron la caja en las dos últimas semanas fuisteis Brent y tú —continuó C.L.—. Y tú fuiste la última que estuvo allí. Lo tienen registrado. Maddie, debo decirte que, en este momento, no estoy muy contento contigo, porque delante de Henry juré que tú le habías dicho la verdad sobre todo. ¿Qué has hecho con el dinero?
¿Podría ser el dinero del coche? No era la misma cantidad, recordó, pero... Luego se dio cuenta de lo que él acababa de decirle.
—No soy una embustera —dijo acaloradamente—. No cogí el dinero. Dejé el dinero, los billetes y el pasaporte de Brent allí. Lo único que me llevé fue el pasaporte de Em. Lo juro.
C.L. parecía confuso, como si quisiera creerla, pero no pudiera.
—Dios, Maddie, estoy empezando a asustarme. Si sabes algo de todo esto, confiésalo. No quiero perderte por culpa de algún error estúpido que Henry vaya a cometer porque crea que te has propuesto engañarme.
—¿Qué dices? —exclamó Maddie, y entonces entró Treva.
—Sea lo que sea lo que estéis haciendo —susurró Treva—, dejadlo y salid. Esto parece muy raro y los Faraday no están precisamente riendo.
Maddie pasó junto a C.L. y volvió a la sala para sentarse con Em y su madre en el sofá. Gloria estaba sentada junto a Helena y las dos le lanzaron miradas asesinas cuando pasó a su lado. Justo lo que necesitaba: Helena y Gloria uniendo sus fuerzas.
Cogió la mano de Em y la apretó con fuerza. Helena y Gloria no importaban. Alguien le había robado la llave de la caja de seguridad y se había llevado el dinero. Ni siquiera estaba segura de que fuera posible hacerlo, pero alguien lo había hecho. Y nadie iba a creerla, en especial si, de repente, entregaba doscientos treinta mil dólares. Todos pensarían que había robado los otros cincuenta mil. Henry la arrestaría.
Tenía que entregarle el dinero a Henry.
Em se acurrucó contra ella y le puso la cabeza en las rodillas.
No podía entregarle aquel dinero a Henry.
—Hay que instalar la otra cerradura —oyó que su madre le decía a C.L. cuando él entró en la sala, siguiéndola, sin hacer ningún caso de las miradas de los Faraday.
Él asintió y dijo:
—Ven a ayudarme, Em.
Cuando C.L. le tendió la mano, Em se irguió, sorbió y se fue con él, a ayudarlo.
—El otro día entró el merodeador en la casa —explicó la madre de Maddie y todos trataron de mostrarse más comprensivos que antes, excepto los Faraday, en especial Helena, que rezumaba malevolencia no contenida.
Fue una tarde larga, más larga todavía, después de que C.L. se marchara y apareciera Vince, de la policía, para pedirle sus zapatillas deportivas. Maddie las había dejado en la parte de atrás del coche de su madre; Vince le preguntó si podía cogerlas y fue a buscarlas. Aunque le hubiera importado, no habría podido negarse, pero no le importaba. Solo quería alejarse de todos, menos de Em, y que esta estuviera a salvo y no llorara más. A las nueve, su madre hizo que todo el mundo se marchara y la ayudó a meter a Em en la cama con Phoebe pegada a su lado, y luego las dejó y Maddie se preparó para acostarse también. Mañana sería otro día, lleno de fuentes de comida y amabilidad, y al día siguiente sería el funeral. Era demasiado en que pensar y Maddie se puso un camisón rosa de Care Bears, tan viejo que era más suave que su propia piel, y se metió en la cama.
Ropa consoladora, pensó, cuando el deshilachado dobladillo le rozó los muslos. Casi tan buena como la comida consoladora. Ojalá tuviera un osito de peluche. Pensó en C.L. y trató de quitárselo de la cabeza. Em era lo primero.
Pero habría sido estupendo contárselo todo y luego dejar que le hiciera el amor hasta hacerle perder la cabeza. No iba a suceder. No tenía sentido ni siquiera pensar en ello. Se quedó dormida, poniendo mucho cuidado en no pensar en C.L., alto junto a ella, duro dentro de ella.
Fue mucho más tarde cuando Maddie oyó algo y se despertó. Fue a ver cómo estaban Em y Phoebe, una dormida después de un último ataque de llanto y la otra adormilada y haciendo ruidos como si estuviera persiguiendo conejos, y cuando vio que las dos estaban bien, se relajó y se dio cuenta de que tenía hambre. No había comido nada en todo el día y había mil fuentes con carne y verduras en el frigorífico y por lo menos dos pasteles, que ella supiera. El reloj decía que eran las dos de la madrugada, pero a su estómago le daba igual.
Bajó la escalera de puntillas y estaba en la sala antes de que algo se moviera en la oscuridad y comprendiera que no estaba sola. Soltó una exclamación y una mano le tapó la boca mientras un brazo la echaba hacia atrás contra un cuerpo duro.
—Calla —susurró C.L.—. Despertarás a Em.
Maddie le mordió la mano con fuerza.
Él maldijo entre dientes y la soltó.
—¿Qué demonios...? —Su voz sonó áspera en la oscuridad—. Jesús, esto duele. ¿Estás vacunada?
Maddie se volvió contra él, susurrando igualmente.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Te has metido en mi casa como un ladrón!
—No es verdad. Tengo una llave. —La sostuvo en alto, delante de ella—. Yo instalé las cerraduras, ¿recuerdas?
Ella le quitó la llave.
—Estás buscando el dinero, ¿no? No me lo puedo creer, C.L. Te lo dije: dejé el dinero dentro de la caja.
C.L. resopló, exasperado. Cogió de la mano a Maddie y murmuró:
—Ven aquí. —Y tiró de ella para llevarla a la cocina y ella fue, en parte porque no quería despertar a Em y en parte porque, aunque fuera un gusano, era una buena sensación sentir la mano de C.L. en la suya—. Maddie —dijo él en voz baja, pero normal, cuando estuvieron en la cocina en penumbra, solo iluminada por el brillo de la luz de noche junto al fregadero—, si Henry te encuentra con el dinero, estás muerta. Estoy intentando salvarte, maldita sea. Dime dónde está y encontraré el medio de hacérselo llegar a Henry, sin que tú parezcas implicada.
—Óyeme —le respondió, tan bajo como le fue posible—. Te repito que dejé el dinero en la caja. Te juro por la vida de mi madre que dejé el dinero allí.
C.L. pareció aliviado, pero todavía suspicaz. Le soltó la mano y le rodeó la cintura, acercándola un poco más a él, algo que no tenía por qué hacer, pero el contacto de sus manos era tan bueno, cálido y firme, incluso a través del camisón que Maddie no se podía apartar. Él inclinó la cabeza para mirarla a los ojos, mientras la sostenía muy cerca.
—Entonces, si Henry registra la casa, no tenemos nada de que preocuparnos, ¿verdad?
Mientras no mire en tu coche... Maddie trató de dar un paso atrás, pero C.L. no la dejó moverse.
—Te lo pregunto porque tus zapatillas encajan con las únicas huellas que bajan desde el Point —dijo—. No me habías dicho que subiste allí.
—Eso fue el jueves por la noche. —Maddie intentó apartarse de nuevo, sin montar un número, pero C.L. seguía sujetándola con fuerza por la cintura—. Subí a pie hasta allí, vi a Brent con una rubia y luego bajé, volví a casa y me encontré contigo. Dejé mis zapatillas embarradas en el coche. Iba descalza, ¿te acuerdas?
—Sí. —C.L. aflojó un poco su presa—. No llevabas nada en los pies. Se lo puedo decir a Henry. ¿Le puedo decir también que si busca aquí no encontrará nada?
—No encontrará los doscientos ochenta mil —contestó ella—. Los dejé en la caja.
Las manos de C.L. le apretaron con más fuerza la cintura.
—¿Y qué encontrará Henry si registra la casa?
—Un montón de polvo —dijo Maddie, evasiva—. No he tenido mucho tiempo para limpiar, con eso de los asesinos y los chantajistas y todo lo demás. Ahora que me acuerdo, ¿has hablado con Bailey? Porque si él dice algo, podemos decir adiós a lo poco que queda de nuestro buen nombre. ¿Has...?
—No —contestó C.L.—. Le dije a Henry que se encargara él. Mañana...
—Será demasiado tarde. —Maddie le puso la mano en el hombro y trató de hacerle dar media vuelta y encararlo a la puerta—. Vete a buscarlo.
—Estamos en mitad de la noche. —C.L. se le acercó de nuevo, haciendo que la mano le resbalara hasta la nuca y la rodeó con sus brazos para acercarla más a él—. Maddie, tenemos que hablar del dinero.
Le dio un beso en la cabeza y pareció desear que se apartara.
—No sé nada de ningún dinero. —Intentó dar un paso atrás—. Lo único que sé es que mi hija está arriba, así que será mejor que me sueltes. No quiero que entre y nos pille. No puedes quedarte aquí.
—Oiremos ladrar a Phoebe antes de que Em llegue a la escalera —le dijo C.L. al oído—. Cuéntame todo lo que sabes del dinero, para que yo sepa qué hacer. —Le acarició la espalda y ella se estremeció. Luego desplazó las manos más abajo y ella olvidó por qué C.L. era una mala idea—. Dios, qué bueno es tocarte —dijo, y le apretó las caderas contra las suyas—. Háblame del maldito dinero para que podamos hacer el amor.
—Ya no podemos volver a hacerlo —dijo ella, y él deslizó las manos debajo del camisón y las subió por la espalda desnuda—. No —dijo ella apartándolo—. Em está arriba. Ni loca. No quiero tener que explicarle siquiera por qué estás en la cocina y mucho menos dentro de mí. Fuera.
—Buena idea —dijo él, y abrió la puerta de atrás.
Mientras Maddie intentaba sentirse aliviada, C.L. la cogió de la mano y la hizo ir afuera, al oscuro porche, con él.
—Eh —protestó ella.
—Ni siquiera Frog Point nos puede ver en la oscuridad. —C.L. la atrajo hacia sí cuando ella bajó descalza los escalones—. Ven aquí.
—No —insistió Maddie, y luego la boca de C.L. estaba sobre la de ella y ella le rodeaba el cuello con los brazos y lo besaba solo una vez más porque sabía a calor y seguridad. Se había quedado en el último peldaño, así que sus labios estaban al mismo nivel que los de él, que estaba abajo, lo cual aportaba a su beso un nuevo ángulo, que tenía ventajas, pero estaban fuera y era una estupidez, así que se acabó—. Gracias —dijo sin respiración cuando él finalmente se separó—. Me ha gustado. Adiós.
Él la hizo bajar hasta la acera, con él, y la abrazó.
—No puedo dejar que te vayas. Tengo que salvarte. Aunque tú no me quieras, debo hacerlo. Pensaba que podría llegar a la ciudad, trincar a Brent y marcharme enseguida, pero no puedo dejarte. Te quiero.
Maddie se echó hacia atrás.
—¿Qué quieres decir con trincar a Brent? ¿Era eso de lo que hablaba Stan?
C.L. la estrechó contra él de nuevo.
—Para eso vine aquí el viernes por la noche. Brent le vendió a Stan su cuarta parte de la compañía...
C.L. siguió explicando el trato que había hecho con Sheila, sin dejar de abrazarla, mientras Maddie miraba fijamente a la oscuridad.
No había vuelto para verla. Había obligado a un hombre poco dispuesto a ir al Point, cuando lo que él quería era sacarle información sobre su marido, el estafador.
—No me lo puedo creer —dijo—. ¿Me estás diciendo que te violé en el Point?
C.L. se detuvo a media frase y la miró entrecerrando los ojos.
—¿Estás mal de la cabeza? ¿Me oíste gritar suplicando piedad en aquel asiento? ¿No te has dado cuenta de que acabo de sacarte de tu casa casi a rastras porque no puedo soportar no tocarte? A ver si te enteras, encanto.
—No viniste por mí, en absoluto. —Maddie se sentía estúpida—. Todo esto empezó por el dinero. Y nunca me lo dijiste. Te acostaste conmigo y no me lo dijiste.
—Para empezar, ¿en qué cambia las cosas el motivo de que viniera? Lo único que importa es este momento. Cuando estemos casados...
—¿Qué has dicho? —Maddie levantó la cabeza—. Cuando estemos ¿qué?
—Casados. —C.L. la besó en la frente—. He hablado con Anna y dice que tendrías que esperar un año; o sea, que por estas fechas, dentro de un año. Así tendré tiempo de hacer que construyan la casa...
—¿Qué casa? —preguntó Maddie, aturdida—. ¿De qué estás hablando?
—Howie va a construir una casa para nosotros, al lado de la de Henry y Anna, en aquel trozo de tierra cerca del río. —C.L. la abrazó más estrechamente—. Quería sorprenderte, pero...
—Estoy sorprendida. —Maddie se apartó de él—. No quiero casarme. Ya he estado casada y no me ha gustado.
—No has estado casada conmigo —replicó C.L.—. Con nosotros será diferente. Nosotros...
—C.L., no hay ningún nosotros —afirmó Maddie con la voz más firme que pudo conseguir, para que él escuchara—. Todo lo que haga a partir de ahora será por Em. No puedo estar contigo. Ni siquiera puedo estar cerca de ti. Tienes que marcharte.
—No.
La besó en la mejilla, luego en la comisura de los labios, después en la boca, y ella se entregó a él, como siempre hacía, prometiéndose que era una única y última vez, rindiéndose a la suntuosa oscuridad de sus besos que la absorbía, sin importar lo que sintiera en ese momento. Luego se apartó y, esta vez, él la soltó.
—No. Basta. Tienes que marcharte. No puedo creerme que hayas hecho todos esos planes...
—Pero ¿qué creías? —dijo C.L. perdiendo los estribos—. ¿Que me acostaba contigo solo por el sexo?
—Sí —afirmó Maddie, y luego recordó la ternura con que la abrazaba, la besaba y se preocupaba por ella—. No. No lo sé. Seguro que no pensaba que fueras a construir una maldita casa después de dos noches conmigo. ¿En qué pensabas?
—En nosotros —respondió C.L., con voz tensa—. Pensaba en nosotros. En la misma maldita cosa en que no he dejado de pensar desde el instituto. Es lo mismo otra vez, ¿no? Yo, mirando al futuro, y tú dándome la espalda.
Maddie se volvió hacia él, atónita.
—No te he visto en veinte años y tú vienes a la ciudad a pasar un fin de semana ¿y crees que ya está? Eso es lo único que sabes de mí, el instituto y dos noches de sexo, ¿y estás dispuesto a comprometerte para toda la vida?
Él se quedó en silencio tanto tiempo que se acercó a mirarlo para ver si estaba bien.
—Te he querido toda mi vida —dijo él, y ella tuvo que cerrar los ojos ante el dolor que había en su voz—. Nunca he dejado de hacerlo. Sheila me dijo una vez que me había casado con ella porque creía que se parecía a ti. Dijo que una de las razones de que se fuera era que no podía ser tú para mí. Pensaba que solo eran excusas, pero ahora creo que tenía razón.
—No quiero escuchar esto —dijo Maddie, abrazándose—. Tengo que enfrentarme a demasiadas cosas en este momento. No me des más. No me hagas enfrentarme también a esto.
—Te quiero —repitió él.
—No, no me quieres —replicó Maddie—; quieres a alguien que crees que conociste en el instituto. No soy yo. No creo que nunca fuera yo, pero ahora estoy segura de no serlo.
—Yo sé quién eres —afirmó C.L., en voz baja y apasionada—. Sé exactamente quién eres.
—Entonces sabes más que yo —dijo Maddie—, porque lo único que yo sé en este momento es que tengo una niña con el corazón destrozado y que debo evitar ir a la cárcel para cuidar de ella. Y cada vez que entras en mi casa, le recuerdas a Frog Point que tenía una razón para matar a mi marido. —Maddie retrocedió—. Tienes que mantenerte lejos. Para siempre.
C.L. suspiró.
—De acuerdo. Si necesitas que me mantenga a distancia un tiempo, lo comprendo. Pero no hagas que sea para siempre. —Se le acercó y la abrazó; ella vaciló—. No vuelvas a hacerme esto —susurró—. No me des la espalda. Necesito saber que sigues siendo mía.
La besó con fuerza, desesperadamente, y ella se esforzó por no besarlo a su vez. Luego él se limitó a tenerla entre sus brazos, con la mejilla apoyada en su pelo, como si ella fuera lo único que lo mantenía con vida.
«Si voy a tu taquilla, ¿me volverás la espalda?», le había preguntado aquella noche, en el coche, y Maddie se moría por decirle que lo quería, pero Em era lo primero.
—C.L., no soy la misma que era en el instituto. Ni siquiera soy la que era ayer. No puedo volver a verte. Tengo que mantener a Em a salvo, y las habladurías... No puedo volver a verte.
—Por un tiempo —dijo él, y la estrechó con más fuerza—. No me acercaré por el bien de Em. Pero solo por un tiempo, Maddie.
Maddie sabía que debía discutir, pero no tenía energía. Cuando él se marchó, entró, cerró con llave y puso la cadena a la puerta. Luego se metió en la cama con Em y Phoebe, lamentando haber dicho a C.L. que se fuera, aunque sabía que tenía que hacerlo. Em se revolvió junto a ella.
—¿Mamá?
—Estoy aquí, Emmy. Solo nosotras.
Y cogió la mano de Em hasta que volvió a dormirse.


—¿Cómo estás? —preguntó Treva cuando recogió a Maddie a la mañana siguiente a fin de ocuparse de los arreglos para el funeral—. Quiero decir, de verdad.
—Cansada —contestó Maddie, aunque habría querido decirle: «Anoche hice que se marchara la segunda cosa mejor que me ha pasado nunca, para poder proteger a la primera cosa mejor»—. Mi vida está llena de gente de la que tengo que cuidarme. Tú eres la única delante de la que no he de fingir. Eres una buena amiga, Treva.
Treva suspiró.
—Lo intento, pequeña. Y eso significa que tengo que darte las malas noticias.
Maddie la miró, incrédula.
—Es una broma, ¿no? ¿Cuánto pueden empeorar las cosas todavía?
Treva se deslizó en el asiento.
—Eres la noticia más caliente en la radio macuto de Frog Point. ¿Quieres saber de qué va o no?
—Qué demonios... —Maddie cerró los ojos—. Cuéntamelo.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:07 pm

Capítulo 14


Treva respiró hondo.
—Bueno, Maddie, la mayoría cree que mataste a tu marido, pero las opiniones están divididas en cuanto a si debes pagar por ello o no. La mayoría cree que es una vergüenza que Brent te pegara y te engañara, y todos en Frog Point opinan que tendrías que salir bien librada, porque eres tan buena persona y todo eso.
—Vaya, es bueno saberlo.
Maddie recostó la cabeza en el respaldo.
—No obstante, hay un grupo, pequeño pero muy vocinglero, dirigido por Helena Faraday, confabulada con Gloria Meyer, que cree que tendrían que freírte. Van ganando apoyo según se va sabiendo, gracias a Esther, que estabas en la cama con C.L. cuando se supo que eras viuda. Además, Leona Crosby ha estado vigilando el Mustang de C.L. ¿No podría llevar un coche más discreto?
—No, siendo C.L.
—Luego están las teorías marginales. —La voz de Treva se animó un poco—. Se especula abiertamente con que Stan y C.L. se pelearon por ti, delante de tu casa el sábado por la noche. ¿Es verdad o Kellie Crosby le ha estado dando al jarabe para la tos otra vez?
—C.L. le pegó y Leona Crosby estaba mirando —dijo Maddie—. El resto es culpa del jarabe.
—Bueno, pues eso ha hecho que algunos piensen que, tal vez, fue C.L. quien lo mató. Solo que lo mataron de un tiro, no de una paliza, y eso hace que la gente vuelva a ti.
—¡Genial! Dios santo, mi pobre madre.
—Tu madre se defiende muy bien —afirmó Treva—. Ha dicho unas cuantas cosas muy hirientes sobre la fiabilidad de Esther y, dado que Esther y ella han sido uña y carne hasta ahora, está haciendo progresos. Y también va a toda marcha contra los Faraday. Helena está recibiendo una buena.
Maddie se irguió.
—No me digas.
—¿Es verdad que una vez tuvisteis que ingresar a Helena en urgencias por beber colonia?
—Oh, madre... —Maddie se tapó la cara con las manos—. Lo único que puedo hacer ahora es marcharme y Henry no me deja salir de la ciudad.
—También he oído rumores de que Henry va a por ti, debido a C.L. —prosiguió Treva—. Pero eso no parece propio de Henry.
—¿Sabes?, lo que me sulfura es que ninguno de esos rumores tiene que ver con Brent —dijo Maddie—. Me engaña con otra y me estafa, pero nadie sabe nada de eso. ¿Cómo puede ser?
—Oh, sí que hay rumores. Que si estaba malversando fondos de la compañía, que si vendía drogas para conseguir dinero y presentarse a alcalde, que si hacía trampa en sus puntuaciones en la bolera... A Brent le va bien. Pero no he oído que te estuviera engañando. O Brent aprendió, finalmente, a ser discreto o su cariñito es la mujer invisible. —Treva miró atentamente a su amiga—. Tú ¿cómo llevas todo esto?
—Fatal —contestó Maddie—. El duelo es un infierno. Han estado viniendo y descargando comida toda la mañana. Si veo una fuente más, voy a vomitar.
—La mía está en el asiento de atrás —dijo Treva, poniendo en marcha el coche.
Maddie se centró en el único problema de su vida que no le rompía el corazón.
—También se deben de haber agotado las patatas fritas en la ciudad. ¿Qué hay de malo en las migas de pan para cubrir los guisos?
Treva comprobó por el retrovisor si venía alguien y se metió en su carril.
—Seguro que has estado leyendo otra vez esos libros de cocina de los demócratas, yuppies y fascistas.
—Si a eso vamos, ¿qué hay de malo en los guisos tal cual? O ya puestos, ¿en la carne sin picar?
—Me parece que estamos perdiendo el control.
—Vale. —Maddie suspiró—. ¿De qué es tu aportación? De manicotti, ¿verdad?
—Era broma. Son galletas con trochos de chocolate y anacardos.
—Dios te envió para que fueras mi amiga —afirmó Maddie—, porque Él sabía que yo te necesitaba.
Seis galletas después, llegaban a la funeraria. Maddie miró el bello y antiguo edificio Victoriano.
—¿Por qué todas las mejores casas antiguas de la ciudad son funerarias? —dijo Maddie.
—Porque Frog Point no permitirá que nadie abra una casa de putas. —Treva miró hacia la entrada con aire dubitativo—. ¿Estás segura de estar preparada para esto?
—Nunca estaré preparada para esto —contestó Maddie, y bajó del coche.


El hombrecito de la funeraria era untuoso y seco al mismo tiempo, como un viejo pergamino.
—Muertos vivientes —susurró Treva—. Caminan.
—Cállate —ordenó Maddie.
El hombre las miró con una mezcla de condescendencia y consuelo y las acompañó a una sala grande, llena de ataúdes.
—Aquí tienen nuestra selección. Todas son piezas magníficas. Estoy seguro de que quedará satisfecha y que su... marido también lo estará.
Maddie lo miró, estupefacta. Claro, Brent estaría encantado.
—¿Podríamos quedarnos a solas unos momentos? —preguntó Treva.
—Desde luego.
El hombrecito asintió y desapareció por la puerta, mientras Maddie miraba los ataúdes, sin saber qué hacer. Había muchos y todos eran parecidos a una mala reproducción de mesita de centro, con demasiada madera y latón. Demasiado de todo. Empezó a temblar y pensó: Delante de Em, no. Luego se dio cuenta de que Em no estaba allí.
Tenía que controlarse, comprar un ataúd y volver con Em.
—¿Qué opinas? —le preguntó a Treva.
—Hazte con una bolsa Hefty, son muy resistentes —dijo Treva—. Es lo único que se merece.
Brent en una bolsa Hefty. Por alguna razón, fue esa idea la que lo provocó; Maddie rompió a reír y a llorar al mismo tiempo.
—Maddie, lo siento. —Treva la hizo sentar en el ataúd que había más cerca. Rebuscó en el bolso—. Ten, coge un kleenex. Pensaba que no lo querías.
—Y no lo quería. —Maddie sollozó, agradecida por poder llorar por él, finalmente—. Pero el hijo de puta está muerto.
Treva se sentó y le rodeó los hombros con el brazo.
—Maddie, ese hombre se acostaba con otras mujeres, te pegaba y, además, iba a abandonarte. —Le dio unas palmaditas en el hombro—. Contrólate. Ese hombre era solo un bicho más, víctima de la carretera. Una bolsa Hefty es demasiado buena. Nos haremos con una bolsa corriente de esas para recoger hojas.
Maddie miró alrededor, a la triste sala, y casi volvió a perder el control.
—Treva, no puedo hacerlo. No estoy preparada para los funerales.
—Supongo que Howie y yo podríamos vaciar el cajón congelador y meterlo allí hasta que estés lista —dijo Treva con aire dubitativo—, pero la verdad es que creo que sería mejor sacárnoslo de encima de una vez.
—Hum... ¿Señora Faraday?
Maddie y Treva pegaron un bote al mismo tiempo y luego se volvieron para mirar al hombrecito que se les había acercado sigilosamente por detrás.
—¿Han elegido ya? ¿Puedo serles de alguna ayuda?
Señaló con intención el sitio donde habían escogido sentarse.
Se levantaron y Maddie lo miró a él y luego a Treva y otra vez a él.
—No lo sé.
—Yo sí —dijo Treva—. ¿Qué es lo más barato que tiene?


Cuando Treva dejó a Maddie en su casa, después de varias paradas en la florista, la iglesia, la funeraria y la papelería, su madre le dijo con una voz que estaba a solo dos pasos del pánico que la necesitaban en la comisaria de policía.
Henry la estaba esperando, pero también C.L. y una mujer de mediana edad y cara agradable que se presentó como Jane Henries.
—Solo estoy aquí como sustituta, hasta que el señor Sturgis pueda conseguir alguien más duro en Columbus —dijo alegremente—. Eso sí, si alguna vez quiere divorciarse de alguien, puede seguir conmigo hasta el final.
Maddie sintió deseos de echarse en brazos de Jane. Era la primera persona que parecía pensar que todo iba a ir bien. Luego observó las arrugas alrededor de la boca de Jane y el brillo metálico de sus ojos y comprendió que con Jane Henries todo iba a ir bien, o de lo contrario...
—Mira, Maddie —dijo Henry, cuando todos se hubieron sentado—, quiero que sepas que todos estamos de tu parte. Esta ciudad sabe lo buena persona que eres. Incluso si llegamos a juicio, serán comprensivos contigo como acusada.
—Serán mucho más comprensivos si no va a juicio —dijo Jane.
Henry no le hizo caso.
—Así que quiero que sepas que si tienes algo que decirme, te escucharé y te comprenderé.
—No tiene nada que decirle —intervino Jane—. ¿Podemos irnos?
—Bueno, yo sí que tengo algunas cosas que decirle —prosiguió Henry, exasperado—. Y ya que usted es su abogada, será mejor que también las oiga.
Jane le sonrió serenamente y Maddie se relajó. C.L. tenía razón. Necesitaba un abogado.
Henry llevó la cuenta de cada punto con los dedos.
—Primero, tienes motivo. Como tú misma has admitido, tu marido te engañaba; según las pruebas de Howie Basset, estaba desfalcando a la empresa de la que tú eres dueña en una cuarta parte y, como tú misma has dicho, iba a quitarte a tu hija.
—Por lo que he oído de Brent Faraday —apostilló Jane, sin dirigirse a nadie en particular—, la mitad de la gente de esta ciudad tenía motivos para matarlo.
—Además, le dijiste a John Webster, en el banco, que eras culpable —siguió diciendo Henry.
—Yo no hice tal cosa —protestó Maddie.
—Según él, le dijiste que te dejara sola con la caja porque no querías incriminarlo.
Maddie lo miró, estupefacta.
—¿Yo, qué?
—Dijo que tus palabras fueron que no querías arrastrarlo contigo.
Maddie cerró los ojos.
—Era una broma.
—No bromees nunca con los bancos ni con la policía —dijo Jane, todavía serena—. No tienen sentido del humor. Eso no es una prueba de nada, sheriff, y usted lo sabe.
—Además, has estado ocultando pruebas —continuó Henry.
Ha encontrado el dinero, pensó Maddie, e intentó parecer inocente.
—Te llevaste una caja del despacho de tu marido y no me dijiste nada. ¿Por qué?
—Mierda —dijo Maddie—. Lo olvidé. Jane me dijo que buscara pruebas económicas, así que Treva y yo nos la llevamos porque no pudimos abrirla allí.
—Es verdad que le dije que reuniera todo lo que pudiera encontrar —dijo Jane—. Actuó siguiendo el consejo de su abogada.
—Necesitaré esa caja —dijo Henry, y Maddie se hundió en el sillón y asintió.
—Luego, tenemos una conducta sospechosa —prosiguió Henry, y Maddie pensó en C.L. y se estremeció—. ¿Por qué no informaste de la desaparición de tu marido? Lo mataron el viernes por la noche y no lo encontraron hasta el lunes por la mañana. Nunca denunciaste que había desaparecido. Y luego tenemos a la señora Ivory Blanchard.
Maddie parpadeó.
—¿Quién?
—Le vendiste toda la ropa de tu marido. Eso podría llevar a pensar que sabías que no iba a volver.
—Confiaba en que no volviera —dijo Maddie, y Jane se revolvió en su asiento, junto a ella—. Había encontrado los billetes de avión para Río. Esperaba que se hubiera marchado. Henry, nada de esto tiene sentido. ¿Me estás diciendo que maté de un tiro a mi marido que, de todas formas, me iba a dejar? ¿Por qué? ¿Y cómo? Habría tenido que llevar a Brent al Point y ponerle una pistola en la cabeza, mientras él se quedaba allí sentado, tan tranquilo. Henry, no éramos tan amigos.
—Lo cual me lleva a los medios —dijo Henry—. Es lo que viene después del motivo y la ocasión. La razón de que Brent se quedara sentado allí, sin hacer nada, era que alguien lo había drogado con lo que el forense llamó un analgésico corriente. El doctor Walton dice que te lo recetó a ti. El farmacéutico de Revco afirma que le preguntaste qué efecto podrían tener siete pastillas. El forense señala que probablemente se tomó el equivalente a siete tabletas.
—Se lo pregunté al farmacéutico, después de que él se las tomara —dijo Maddie—. Se las tomó por accidente. Ya sé que suena estúpido, pero lo hizo.
—Sheriff —empezó Jane, pero Henry levantó la mano.
—Tenías motivos, medios y ocasión, Maddie —recalcó Henry—. Sin coartada. —Suspiró y su voz se volvió triste y grave—. Maddie, te ayudaré a conseguir un trato. Y si llegas a juicio, será aquí en Frog Point. Todos te aprecian. Todos saben cómo era Brent. La ciudad está de tu parte.
Jane se levantó.
—Ya basta. —Se volvió hacia Maddie—. Es el montón de basura más grande que he visto nunca. No tiene los medios, porque no tiene el arma. No tiene el motivo, porque ninguna de las cosas que ha dicho es lo bastante sólida para ser concluyente. Y no tiene la ocasión porque no es posible situarla en la escena del crimen la noche en que se cometió. En resumen —concluyó y se volvió hacia Henry—, no tiene nada de nada.
—Yo no lo hice, Henry —dijo Maddie.
—Y además, ella no lo hizo —acabó Jane—. Un placer verlos, caballeros.
—Igual me olvido del hombre de Columbus —dijo C.L., mientras las seguía al aparcamiento—. Usted lo hace más que bien.
—No, no es así. —Jane se volvió hacia Maddie—. Busque un abogado criminalista y rápido. Ha reunido unas pruebas circunstanciales bastante buenas. Si consigue algo concreto, está acabada. No es estúpido ese sheriff.
Pruebas concretas. Maddie pensó en la pistola dentro del congelador de Treva.
—Yo no lo hice —repitió, pero parecía poco convincente, incluso para ella misma.


A la tarde siguiente, Em se sentía rígida, cansada, mareada y dolorida. El vestido de terciopelo negro que la abuela Helena le había comprado le daba demasiado calor, aunque la abuela había dicho que no le molestaría, porque habría aire acondicionado, y estaba rodeada de gente y todo en la sala de funerales era pesado, las cortinas, la alfombra, los muebles y la gran caja cerrada («Ataúd», le había susurrado Mel, antes de que su madre se la llevara bruscamente), en la que Em no quería pensar. Todo era demasiado pesado, excepto las ligeras sillas plegables que parecían estar fuera de lugar, y todo parecía amortiguado. Le dolían los ojos y estaba allí, de pie, como una marioneta, esperando que todo acabara. Se sentía como si alguien le hubiera dado una paliza. Le dolían todas y cada una de las partes del cuerpo y había llorado tanto que estaba seca por dentro y el dolor seguía sin querer marcharse. Se había quedado dormida, y cuando se despertó, el dolor seguía allí. Incluso cuando aún no estaba del todo despierta, antes de saber qué era, sabía que algo malo la estaba esperando cuando se despertara del todo, algo malo de verdad, sentado como un monstruo, como una sombra, al borde de la cama, y nunca desaparecería. Y ahora estaba en el funeral, el funeral de su padre, y él estaba dentro de aquel ataúd con la tapa cerrada, de modo que ni siquiera podía verlo y no sabía si eso era bueno o malo. La gente le daba palmaditas en el hombro y decía: «Pobrecilla», y ella sabía que era malo y lo único que quería era sentarse y llorar. Excepto que eso no serviría de nada; llevaba tres días haciéndolo, con esa clase de llanto que la agotaba y no mejoraba las cosas, pero seguía llorando porque no podía hacer nada más. Nada mejoraba las cosas y todo iba a seguir así para siempre, y estaba tan cansada que no podía soportarlo, pero tenía que hacerlo porque estaba en el funeral de su padre y la gente la observaba.
La cabeza le osciló un poco y la abuela Helena se acercó y se inclinó a su lado.
—Sé valiente, Emily —susurró, y su perfume era tan fuerte que a Em le dieron ganas de vomitar—. Sé un soldadito valiente por tu padre.
Em tenía ganas de poner los ojos en blanco, pero no podía. Su otra abuela, Martha, le había dicho que la gente la estaría observando en el funeral, así que debía acordarse de ser una dama. Emily no quería ser una dama, pero era mejor que ser un soldadito valiente, en cualquier caso. Su padre nunca le había pedido, ni siquiera cuando estaba vivo, que fuera un soldadito valiente y no podía imaginar que lo hiciera. Además, ahora estaba muerto, así que, de todos modos, no le importaría, ¿verdad? Em apretó los dientes. Lo que ella quería ser era Emily Faraday, con un padre y una madre, aunque se pelearan, aunque no se hablaran, y no lo era.
Pero tampoco iba a ser un soldadito valiente. Cuando su abuela se irguió, Em se soltó de su mano y se escabulló detrás de la fila de gente, antes de que Helena pudiera cogerla de nuevo. Cualquier sitio era mejor que aquel.
Al final del pasillo había luz y resultó ser un porche. No creía que las funerarias tuvieran porches, pero seguramente otras personas habían querido escapar de los funerales antes. Se sentó en los peldaños. Echaba de menos a Phoebe y se esforzó por no pensar en el funeral. También echaba de menos a Mel. Su amiga Mel que estaba allí en la horrible sala, incrustada entre su padre y su madre. Mel que seguía teniendo padre. Mel que la miraba desde el otro lado de la sala con los ojos enrojecidos de llorar por Em; Mel que no lloraba nunca. Todo aquello hacía que a Em le doliera la cabeza, pero sobre todo le dolía la cabeza por el esfuerzo de no pensar en su padre y por no querer pensar en lo que les iba a pasar a su madre y a ella.
Se estaba frotando los ojos cuando salió C.L., vestido de traje, y se sentó junto a ella, sin mirar siquiera si el peldaño estaba limpio.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No. Mi padre ha muerto.
—Claro. Ha sido una pregunta tonta.
Em asintió. Era esa clase de día, la clase de día en que la gente dice cosas tontas porque no se le ocurre nada que decir. Suspiró y perdonó a su abuela Helena por lo del soldadito valiente.
—Lo que quería decir era si podía hacer algo por ti —aclaró C.L.—. Quiero decir, ya sé que no puedo devolverte a tu padre, pero ¿hay algo que yo pueda hacer para que te sientas mejor?
—No —dijo Em, y C.L. asintió.
—Lo siento. Ha sido otra tontería. Mira, lo que... lo que quiero que sepas es...
Em levantó la cabeza para mirarlo cuando él se detuvo. Tenía el ceño fruncido, pero no por causa de ella.
—No sé cómo decirlo —dijo C.L.—. Quiero que sepas que si me necesitas, aquí estaré. Estaré fuera unos quince días, pero vendré los fines de semana. Y luego me trasladaré aquí. Estaré aquí.
Em respiró hondo. No vas a ser mi padre, nadie es mi padre más que mi padre, quería decirle, pero él trataba de ser amable y eso sería mezquino. Además, estaba demasiado cansada para hablar.
—Escucha, sé que no soy tu padre —dijo C.L.—. Sé que nunca lo seré. Y sé que debe de ser un infierno saber que él no va a volver. No trato de decirte que yo ocuparé su lugar y que todo irá bien.
Em asintió, notando cómo se le agolpaban las lágrimas en los ojos.
—Pero estaré aquí. —C.L. se inclinó para que ella pudiera mirarlo a los ojos—. Estaré aquí cuando me necesites. Siempre. Puedes contar con ello. Si nunca me necesitas, no pasa nada, pero estaré aquí.
Em asintió, tratando de no llorar.
—¿De acuerdo? —preguntó C.L. Em asintió una vez más, inclinando la cabeza, y él dijo—: Así que si quieres llorar, quiero decir si quieres desahogarte con alguien, estoy aquí y no se lo diré a nadie.
Ella asintió de nuevo y luego C.L. notó que se desplomaba contra él. La pequeña sollozó una vez; quería que fuera solo una vez, solo un par de lagrimitas, pero en ese momento las lágrimas le brotaron del estómago, y no fueron unas lagrimitas debiluchas, sino un llanto poderoso y desgarrador. Em apretó la cara contra la chaqueta de C.L. y lo lloró todo: lo furiosa que estaba, lo aterrada que estaba, lo triste que estaba y lo bueno que era llorar simplemente, y todo siguió saliendo y saliendo mientras él la mecía suavemente, sin pronunciar una sola palabra más.


Maddie había visto que Em se marchaba, con la cara tan tensa de dolor que parecía vieja, y luego vio que C.L. la seguía y estuvo a punto de seguirlo a su vez, pero se controló a tiempo. Era lo que el funeral necesitaba, que los tres se marcharan juntos. De todos modos, todas las miradas estaban fijas en ella y lo habían estado desde el momento en que se habían abierto las puertas de la sala. La gente se había dirigido, como es debido, a Norman y a Helena para darles el pésame, mientras observaban ávidamente cómo Helena fulminaba a Maddie con los ojos y esta permanecía tan indiferente como podía, dadas las circunstancias. Que la fulminara. Lo que le preocupaba a Maddie era su hija. Le daría a C.L. un poco de tiempo para consolar a Em, pero luego saldría, funeral o no funeral, para asegurarse de que Em estaba bien.
—Esa mujer —masculló la madre de Maddie, entre dientes, diez minutos después—. Vaya espectáculo está dando.
—Helena es así —dijo Maddie—. Siempre necesita alguien a quien culpar.
Su madre la miró furiosa y Maddie se calló. Ya tenía problemas por permitir que pusieran en la sala un pequeño ramo de lirios y margaritas. El arreglo era precioso, pero la tarjeta llevaba una B. como firma y, cuando su madre se le acercó con aire interrogador, Maddie dijo:
—Debe de ser de Beth. Ponlo allí, con los demás.
—¿Has perdido la cabeza? —preguntó su madre, estupefacta—. Podemos meterlo en un armario.
—No —dijo Maddie—. Esto no tiene nada que ver con nosotras, sino con Brent. Seguramente, ella lo quería más que ninguna otra persona. Deja sus flores aquí.
Su madre había obedecido, pero las flores todavía la herían, brillando entre los crisantemos y las azucenas, solo deslucidas por la mirada furiosa de Helena Faraday.
Kristie también había enviado flores, con una tarjeta firmada con un garabato pulcro e infantil que no se parecía en nada a la letra adornada de la carta del embarazo. No sabía quién esperaba un hijo de Brent, pero no era Kristie. La culpa hizo que Maddie fuera amable cuando Kristie entró en la sala, y esta estalló en llanto y dijo:
—Lo lamento muchísimo.
Y fue a sentarse al fondo, sola.
—No sabía que fuera tan amiga de Brent —dijo la madre de Maddie.
—Él era muy amigo de mucha gente —dijo Maddie y, cuando su madre le lanzó una mirada penetrante, añadió—: Esto es horrible, pero tenemos que pasar por ello y por el funeral y la gente que vendrá a casa; luego podremos descansar. Se habrá acabado.
—¿Dónde está Emily? —preguntó la madre, inquieta por la ausencia de su nieta.
—Fuera —contestó Maddie—. C.L. ha ido con ella.
—Bueno... La verdad, Madeline —exclamó su madre, y empezó a dirigirse hacia la puerta.
—Déjalos en paz.
Maddie la cogió por el brazo.
Su madre pareció furiosa de nuevo; sin embargo, cuando C.L. y Em volvieron a entrar media hora después, la cara de Em estaba pálida y manchada de lágrimas, pero sosegada; toda la tensión había desaparecido, y Maddie envió a C.L. un gracias silencioso con los ojos. C.L. sonrió, con una sonrisa lenta y tranquilizadora que hizo que deseara tanto estar con él que casi dio un paso adelante. Entonces, su madre le dio un golpecito con el codo y Maddie vio que la cara de Helena entraba en el punto de fusión al ver a la puta de su nuera coqueteando en el funeral.
Márchate, C.L., pensó Maddie. Se sentía acorralada. Incluso las personas que estaban de su parte la estaban volviendo loca, y apartó los ojos de él para ir en busca de Treva a fin de conseguir un momento de cordura.
—Bonito funeral —comentó Treva, cuando Maddie la encontró en una silla junto a la puerta—. La gárgola del vestido de seda negra le da un toque truculento.
—Era su hijo —replicó Maddie—. Ha perdido mucho. Imagina que fuera Tres.
—No —exclamó Treva—. Ni siquiera lo digas. No podría soportarlo.
Buscó entre la multitud hasta que vio a su hijo y sonrió aliviada y, mientras Maddie miraba, Tres vio la sonrisa y fue a reunirse con ellas.
—¿Cómo estás, tía Maddie? —dijo en voz baja, y ella lo miró y frunció el ceño.
—Tu voz suena diferente —dijo Maddie.
—Bueno, mamá me ha dicho que hable bajo, así que llevo todo el día susurrando. Me da escalofríos.
—No atraigas la atención —dijo Treva, con aire tenso—. Ven, siéntate aquí. Pareces sobresalir por encima de todos.
Maddie miró a Tres sorprendida. El chico se estaba comportando perfectamente, entonces ¿por qué lo reñía Treva? Tres se encogió de hombros y se sentó. Treva le apoyó la mano en la rodilla.
—Pronto nos iremos.
Tres asintió y se inclinó hacia delante, con los brazos apoyados en las rodillas, para observar a la gente.
—Mel está con Em —murmuró, inclinándose más todavía para ver—. Parecen estar bien. Em ya no llora.
Maddie miró también y luego volvió la vista hacia Tres, que estaba con la cabeza inclinada, delante de ella, con el remolino de la coronilla haciendo que pareciera mucho más joven de lo que era.
—¿Por qué no te las llevas...? —empezó y se detuvo; el remolino, la voz, la estatura y la forma de la mandíbula formaron un todo para ella, eran unos rasgos conocidos y terribles. De repente, la razón de que Treva estuviera tan agitada quedó clara.
—¿Tía Maddie? —dijo él.
La sala empezó a dar vueltas y ella dejó de respirar, mirando al hijo de Brent y pensando: Treva escribió la carta del embarazo, no Kristie. Treva... Veinte años atrás. Su letra había cambiado en veinte años, pero su secreto no.
—¿Tía Maddie? —repitió Tres.
—¿Por qué no te llevas a las niñas un rato? —dijo Maddie débilmente—. Ahí fuera hace más fresco.
Tres la miró, extrañado, y se fue a buscar a su hermana. Hermanas, se dijo Maddie. Em tenía un hermano.
Treva, su mejor amiga, le había mentido durante veinte años. Se había acostado con Brent en el instituto y les había mentido, a Maddie, a Howie, a Tres, a todo el mundo.
Maddie fijó la mirada en la multitud, tratando de entenderlo. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto durante veinte años? Tres había crecido delante de sus ojos. Puede que ese fuera el problema. Había crecido delante de ella, así que se había acostumbrado a su cara, una cara que se parecía mucho a Treva, pero que ahora también se parecía mucho a Brent. Solo era en los dos o tres últimos años cuando Tres había alcanzado su estatura. Nunca hasta ese día lo había visto con traje. Solo ese día había visto el remolino con el nuevo corte de pelo que se debía de haber hecho para el funeral. El funeral de su padre.
Justo ese día había sabido la verdad.
Por un momento pensó: Ojalá no lo supiera. Ojalá Treva le hubiera mentido mejor, para que la mentira durara para siempre.
—Maddie, ¿estás bien? —preguntó Treva.
—No —dijo ella sin mirarla y fue a sentarse junto a su madre, que estaba hablando con Mary Alice Winterborn.
Treva. Se lo había contado todo a Treva. Durante toda su vida, Treva había sido su mejor amiga. Y ahora había desaparecido, nunca había estado allí, todo había sido mentira.
—¿Estás bien, Madeline? —preguntó Mary Alice.
—No —dijo Maddie—. Acabo de perder a alguien a quien quería mucho. Puede que nunca vuelva a estar bien.
Miró a Mary Alice a los ojos, y vio que toda la incredulidad se convertía en compasión.
—Lo siento mucho, Maddie —dijo Mary Alice, sinceramente.
—Yo también —dijo Maddie, y se quedó triste y callada hasta que Mary Alice fue a reunirse con Helena.
—Eso está mejor —afirmó su madre—. Así es como hay que comportarse en un funeral.
Maddie tenía la mirada fija en las flores. Cuando estuviera tranquila, cuando todo aquello hubiera acabado, hablaría con Treva. No tenía ni idea de qué le diría, pero hablaría con ella. Aunque nunca serían como antes. Ahora no eran como antes. Treva se había acostado con Brent y había dado a luz a su hijo y, durante veinte años, no se lo había dicho. Eran amigas íntimas, las mejores amigas, pero no lo eran. Eran una mentira, igual que Brent y ella eran una mentira, igual que las cosas que le contaba a su madre para que estuviera contenta eran una mentira, igual que la razón de C.L. para acudir a ella era una mentira, igual que la persona que él creía que ella debía ser era una mentira. Todo en su vida era mentira. Había sido feliz mientras creía las mentiras. Y ahora que sabía las verdades, ya nada importaba. Excepto Em.
Maddie se aferró a la idea de Em. Su hija era la verdad y se concentraría en ella, volvería a la enseñanza y viviría como había vivido su madre, calladamente, dedicada a su hija. Era horrible, pero todo lo demás eran mentiras y, si no la detenían por asesinato, era lo mejor que podía hacer. No necesitaba a Treva ni a C.L. ni a nadie más que a Em. Por lo menos, en esa clase de vida no habría traiciones.
Y las únicas mentiras que oiría serían las que se diría a ella misma.


Maddie se dedicó a rehacer su vida y a ser la madre de Emily durante las dos semanas siguientes. Em empezaba la escuela, Em enseñaba al cachorro, Em todavía lloraba hasta quedarse dormida, Em era el centro de todo y Maddie incluso abreviaba las conversaciones con su madre, impaciente con el chismorreo, porque casi todo eran mentiras y nada importaba y tenía que volver con Em. Al principio, su madre se mostró fría, luego se deshizo en disculpas, después se preocupó y Maddie se la sacó de encima, en las tres fases, porque solo quería ocuparse de Em.
Comprar las cosas acertadas para la escuela era importante, nunca había sido más importante que ahora. Recordaba el infierno por el que había pasado cuando su madre había insistido en que llevara unos Mary Janes a la escuela en lugar de Keds, como todo el mundo. Con sus relucientes zapatos negros, estaba en un extremo del espectro de los intocables, mientras que la gente como Candace y Stan estaba en el otro extremo, con sus sandalias de piel agrietadas o viejísimos Buster Browns. En el perfecto medio estaba Treva con todo un guardarropa de Keds que había adornado con rotuladores y amuletos pegados. Treva bailaba por los pasillos, mientras Maddie la seguía pesadamente con sus zapatos de niña buena. Em no iba a arrastrarse detrás de nadie, así que Maddie interrumpió sin miramientos a su madre y volvió a preparar las compras para la escuela con Em.
Henry se presentó el día después del funeral y aparcó su coche de sheriff delante de la casa, mientras Leona lo devoraba con los ojos.
—Te he traído los efectos de Brent —dijo, cuando Maddie le abrió la puerta.
—No los quiero —contestó, y él suspiró.
—Hay algunas cosas de valor, Maddie, y un montón de dinero. Y una carta. Deberías leer la carta.
Maddie dejó entrar a Henry y se quedó mirándolo, mientras él repasaba el inventario de las cosas de Brent: reloj, alianza, anillo de sello, cartera, una tonelada de cosas. Muchas cosas, pero iba a marcharse de la ciudad. Henry le dijo que llevaba algo de ropa con él, en una bolsa de gimnasio gris, y en la bolsa también había una carta, franqueada y dirigida a ella.
—Parece que tuviera intención de echarla al correo, antes de marcharse. —Henry se la dio—. Nos gustaría que le echaras una ojeada.
El sobre ya estaba abierto.
—Ahora abres mi correo, ¿eh? —dijo Maddie, y sacó la carta.
Era una hoja de un cuaderno de notas con membrete de Basset and Faraday Construction en la parte superior, y Maddie la leyó, con una sensación creciente de irrealidad.
Querida Maddie:
Tienes que leer esto hasta el final, para que sepas que no te estoy abandonando. Solo tengo que marcharme de Frog Point. Si me quedo, me volveré loco. Por eso me llevo a Em y te estaré esperando cuando vengas a Brasil. Sé que vendrás a buscar a Em y entonces te lo explicaré todo en persona. Confía en mí; sé lo que estoy haciendo.
La gente dirá que he cogido dinero, pero no es así. Además, le dejo a Howie la empresa; o sea, que es un trato justo. Le he vendido mi cuarta parte a Stan, así que cédele tu cuarta parte a Howie y estaremos en paz. Otras personas dirán que no te quiero, que sí que te quiero. Lo de Gloria fue solo una vez, pero ella no quería dejarlo. No la escuches, si intenta decirte que fue más que eso. Cuando vengas al sur, volveremos a estar bien. A Em le encantará; ya sabes cuánto le gustan las novedades, y a ti también te gustará. Pon la casa en venta ahora. Debería venderse enseguida, y puedes pagar el billete de avión con ese dinero y traer el resto cuando vengas.
Lo único que necesitábamos era salir de Frog Point. Y ahora vamos a hacerlo. Va a ser fabuloso.
Con mi amor,
BRENT
—Em odia las novedades —dijo Maddie cuando acabó de leer—. ¿En qué estaba pensando?
—¿Sabes a qué se refiere con lo de Gloria? —preguntó Henry.
—Me parece que se acostó con Gloria —contestó Maddie—, pero no tengo pruebas. Esta carta no tiene sentido. ¿Qué quiere decir con eso de que cogió dinero de la compañía?
Henry parecía incómodo.
—Por lo que sabemos, aumentó el precio de algunas casas que construyeron y se quedó la diferencia para él. C.L. está tratando de aclararlo todo con Howie. Parece que le estafó unos cuarenta mil dólares a Dottie Wylie.
—¿El dinero de la bolsa de golf?
—Es difícil saberlo. —Henry se puso en pie—. Pero parece que lo estaba haciendo solo.
—No puede ser —afirmó Maddie—. Ni siquiera cuadró nunca el talonario de cheques. Yo me encargaba de los impuestos. ¿Dónde aprendería a hacer algo así?
—La codicia es un motivador muy poderoso —dijo Henry.
Cuando se hubo marchado, Maddie pensó: Ni siquiera la codicia podía enseñarle matemáticas a Brent; alguien lo ayudó. Entonces entró Em y preguntó para qué había ido Henry, y Maddie volvió a su tarea, de jornada completa, dedicada a proteger a Em de todo.
Treva también había llamado, la primera vez para decirle a Maddie que su madre se había enfrentado a Helena delante del banco, en el mismo centro de la ciudad.
—Helena ha andado diciéndole a todo el mundo que tú mataste a Brent —dijo Treva, asqueada—. Es pura basura.
—Nadie se la toma en serio —respondió Maddie, tratando de cortar la conversación.
—Tu madre sí —respondió Treva, y se notó la satisfacción en su voz—. La acorraló contra el edificio del banco y dijo: «Me he enterado de algo horrible, Helena. Me he enterado de que estás difundiendo rumores sobre mi Madeline y le he dicho a todo el mundo que no puede ser verdad, porque tú nunca harías nada tan indigno de un cristiano».
—¿Delante del banco? —preguntó Maddie, angustiada—. ¿En la calle principal?
—Fue magnífico —dijo Treva—. Helena se acoquinó y luego, según me ha contado mi suegra, tu madre insinuó que si Helena no se callaba, empezaría a contar unas cuantas verdades sobre Brent. Irma dice que es lo más cerca que ha visto nunca a tu madre de perder el control.
—Como si yo no tuviera ya bastantes problemas —dijo Maddie—. Ahora va mi madre y monta un número en la calle principal. ¿Y ahora qué pensará la gente?
—Yo pensé que era genial. Irma también lo pensó —afirmó Treva—. ¿Estás bien?
—No —contestó Maddie, deseando escapar. Tu amistad es una mentira, pensó—. Tengo que ir con Em. Todavía está mal.
—Claro —dijo Treva, que parecía insegura—. Oye, aún tengo mucho sitio en el congelador para más cosas si tienes el frigorífico lleno de fuentes. Lo que me enviaste ni siquiera se nota. ¿Quieres que pase a buscar algo más?
—No. —Seis fuentes de comida y una pistola eran suficiente y lo último que quería era ver a Treva—. Gracias por llamar —dijo y colgó, sin darle tiempo a Treva de despedirse.
Después de unas cuantas conversaciones fracasadas más, Treva se rindió y dejó de llamar, lo cual hizo que todo fuera más fácil. Maddie había roto en pedazos la carta del embarazo después del funeral, intentando destruir el recuerdo, pero no pudo borrar la traición. Volvería a hablar con Treva, claro, pero no ahora. No hasta que pudiera mirarla sin tener ganas de llorar y decirle: «¿Cómo pudiste?», y todas las otras cosas estúpidas que no servirían de nada.
A diferencia de Treva, C.L. no se daba por enterado.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:08 pm

Capítulo 15


C.L. llamó a Maddie por primera vez el domingo, después del funeral, obstinado como siempre.
—Vas a tener que hablar conmigo alguna vez —dijo, cuando ella cogió el teléfono—. No cuelgues, porque volveré a llamar.
—C.L., ya te lo he dicho, no puedo verte —dijo Maddie, tan cansada de defender el fuerte que estaba a punto de ponerse a chillar—. Mi madre tiene peleas callejeras en medio de la calle principal para defender mi reputación; lo menos que puedo hacer es darle algo que defender.
—Ya me he enterado —dijo C.L.—. Le dije que la próxima vez me encantaría aguantarle la chaqueta.
—¿Qué quieres decir con que le dijiste? —preguntó Maddie—. ¿Qué has estado haciendo?
—Almorzando con tu madre —contestó él—. Una mujer encantadora que está preocupada por ti. Dice que no hablas con nadie.
—Tengo que prepararme para volver a la escuela el lunes —dijo Maddie—. Tengo mucho que hacer.
—Igual que Treva. Pero ella tiene tiempo para hablar y dice que tú no quieres hablar con ella. ¿Qué te pasa?
—Nada —estalló Maddie—. Tu tío cree que maté a mi marido y va por toda la ciudad haciendo preguntas para asegurarse de que todos los demás también lo creen, y mi hija va de un lado para otro como si fuera una anciana, tratando de asimilar el hecho de que su padre está muerto, y todo el mundo quiere que yo deje lo que estoy haciendo para chismorrear. No puedo chismorrear. Yo soy el tema del chismorreo. Por eso voy a colgar. Adiós.
—Espera un momento —empezó C.L.
Pero Maddie colgó, sin dejarlo continuar, solo para volver a coger el teléfono cuando sonó al cabo de un minuto y encontrarse con que era otra vez él.
—Vale, de acuerdo —dijo C.L. cuando ella contestó—. Tú no quieres hablar conmigo, pero a lo mejor tu hija sí que quiere. Dile que se ponga.
—No —contestó Maddie.
—Seguiré llamando hasta que conteste ella y no tú —insistió C.L.—. Que se ponga.
Em estaba en la puerta, pálida y silenciosa, y Maddie tapó el teléfono y dijo:
—Es C.L. Quiere hablar contigo, pero no tienes por qué hacerlo.
Em alargó la mano.
—Hablaré —dijo. Cogió el teléfono, y estirando el cable fue a sentarse en la escalera—. Soy yo —la oyó decir Maddie, y luego Em empezó a hablar más bajo y habló y escuchó durante media hora antes de colgar.
Después de eso, C.L. llamaba cada día. Al principio, Maddie le colgaba, pero él insistía y Em empezó a coger el teléfono antes de que Maddie pudiera llegar, así que se rindió y dejó que Em y C.L. disfrutaran de su tiempo por teléfono. Cualquier cosa que ayudara a Em era maravillosa, aunque se tratara de C.L.
El domingo fue su madre, apagada y cautelosa, y se quedó con Em mientras Maddie iba a ver a su abuela.
—Ya lo sé —dijo la abuela, en el momento en que ella entraba por la puerta—. Cierra esa maldita puerta.
Maddie lo hizo y fue a sentarse a su lado.
—Aquí está demasiado oscuro —se quejó la abuela, así que Maddie se levantó y descorrió las cortinas a la mitad—. Ahora dime cómo lo hiciste.
—¿Cómo hice qué?
Maddie se dejó caer en la silla junto a la cama.
—Matar a ese cabrón, claro —dijo la abuela, inclinándose hacia delante—. Me han dicho que usaste pastillas. Eso es lo que yo utilicé. ¿Has traído bombones?
Maddie se había quedado parada un momento en el acto de sacar los dulces de la bolsa, al oír «Eso es lo que yo utilicé», pero el impulso la hizo continuar y le tendió la caja dorada a la anciana.
—Yo no lo maté.
—Soy tu abuela, Madeline. —La abuela arrancó la cinta roja y quitó la tapa de la caja—. No seas estúpida. También me han dicho que le disparaste. ¿Cuál de las dos cosas es verdad?
La abuela cogió la tortuga de chocolate con leche y la mordió.
—No lo maté —repitió Maddie—. ¿Cómo está Mickey?
—Sigue exhibiéndose. —La abuela escupió una avellana—. No intentes despistarme. ¿Cómo lo hiciste?
—No lo hice —insistió Maddie—. Nadie me cree, pero yo no lo hice.
La abuela la miró con un desprecio palpable.
—Yo sí.
—Abuela —dijo Maddie—, sé que te gusta llamar la atención, pero esta no es manera de hacerlo...
—Escucha, cabeza hueca. Aquí todos saben que me cargué a Buck. Toda la ciudad lo sabía, igual que todos saben que tú lo has hecho.
La abuela tomó otro bocado, le dio vueltas en la boca y escupió otra avellana.
Maddie se rindió. No importaba, a menos que formaran el jurado con la gente de la residencia de ancianos.
—Qué bien. Mataste a tu primer marido. Enhorabuena.
—Oh, te crees muy lista. —La abuela dejó la tortuga a medio comer y cogió un bombón de crema—. Pero la lista fui yo. Ni siquiera lo hice a propósito. —Se calló y fijó la mirada en el vacío un momento—. Me parece que no lo hice.
—Abuela... —Me pegaba todo el tiempo, igual que el tuyo. —La abuela frunció el ceño y se comió el bombón mientras recordaba—. Estaba destruyendo mi belleza. Cuando me rompió la nariz, el médico hizo un trabajo magnífico arreglándola, pero cuando me preguntó cómo me lo había hecho y le dije que Buck me pegaba, me recetó unas pastillas para calmarme.
Maddie parpadeó.
—¿Te dio las pastillas a ti?
La abuela asintió.
—Sí, para que no sacara de quicio a Buck. —Sonrió—. Pero él me sacaba a mí mucho más de quicio, así que empecé a ponerle una pastilla en la cerveza cuando llegaba a casa. Dos cervezas y quedaba fuera de combate. No me pegó en mucho tiempo.
Maddie asintió, demasiado fascinada para interrumpirla.
—Luego, un día —siguió la abuela, removiendo los bombones dentro de la caja, buscando el siguiente—, tu abuelo llamó del taller de máquinas y me dijo que habían despedido a Buck por pelearse y que venía de camino a casa hecho una furia.
—¿El abuelo llamó? —repitió Maddie—. ¿Conocías al abuelo entonces?
—No me interrumpas. —La abuela se metió otro bombón en la boca y habló mientras lo comía—. Así que le puse dos pastillas en la cerveza, pero me pegó en cuanto llegó a casa, antes de que pudiera dársela. Luego se bebió la cerveza y le puse otras dos en la siguiente, porque no quería que me volviera a partir la nariz, y él se sentó y se quedó como un tronco escuchando la radio y no volvió a levantarse. —La abuela sonrió al recordarlo—. ¿Cómo iba a saber yo que aquel capullo sufría del corazón?
Genial. Asesinar al cónyuge era cosa de familia. Justo lo que necesitaba.
—Vaya historia, abuela —le dijo Maddie, en un intento inútil de controlar los daños.
—No es una historia; es la verdad. Incluso salió en el periódico. —La abuela sonrió al recordarlo—. Todos sabían lo que había pasado, pero el sheriff dijo a la prensa que había sido un ataque al corazón y eso es lo que publicaron.
—¿Por qué? —preguntó Maddie, frunciendo el ceño—. No lo entiendo.
—Esta ciudad cuida de los que solucionan sus propios problemas —dijo la abuela, con la voz más cuerda que Maddie le había oído nunca—. Cuando Buck me pegaba, no tenía sentido que yo armara un jaleo que disgustaría a todo el mundo. Fue cada vez peor, yo lo solucioné sin armar jaleo y la ciudad cuidó de mí. También cuidará de ti. Reuben Henley cuidó de mí entonces y su hijo cuidará de ti ahora. Te protegerá.
—No quiero que me proteja —replicó Maddie—. Quiero que descubra quién lo hizo. Quiero que todos sepan la verdad.
La abuela cabeceó.
—La verdad está en el pacto, cualquiera que sea, que hagas con la ciudad. Y tú siempre has cumplido tus pactos con esta ciudad, Maddie. Tengo que reconocerlo. No tienes imaginación ni estilo, pero has sido una buena esposa, una buena madre, una buena hija y una buena maestra de los niños de la ciudad. Lo recordarán.
Maddie se quedó helada. Su abuela tenía razón. Frog Point era perfectamente capaz de protegerla con un veredicto de culpabilidad sin condena.
—No es suficiente —dijo—. No puedo dejar que Emily crea que he matado a su padre. No puedo hacerle eso a mi madre.
La abuela se incorporó en la cama y apuntó un dedo a la cara de Maddie.
—Escúchame. Eso no importa. Nada importa excepto lo que es necesario para sobrevivir. Recuerda esto, Madeline: naces sola y mueres sola. Entre las dos cosas, haces pactos. Mantente fiel a tus pactos, y Emily y tu madre estarán bien.
La abuela volvió a coger la tortuga mutilada y se recostó en los almohadones. Maddie no pudo soportarlo más.
—Tengo que irme —dijo, poniéndose en pie—. Lo siento, pero no puedo quedarme. Tengo que volver con Em.
—Siéntate —ordenó la abuela—. Quiero que me hables del hombre que pasó la noche en tu casa.
—No puedo. —Maddie empezó a dirigirse hacia la puerta—. Tengo que volver con Em.
La abuela dejó de masticar.
—Vas a ser igual que tu madre, ¿verdad? Vas a esconderte en tu casita, con tu hija, aunque haya un hombre a mano. ¡Vaya pareja de pusilánimes, sin agallas, que he traído al mundo! —Miró furiosa a Maddie—. Yo nunca fui cobarde como vosotras. Tuve mis amantes y al infierno con todo lo demás. Y ahora hemos llegado a esto. Vosotras. Un par de cobardes.
Maddie la miró frunciendo el ceño.
—¿Qué hombre? No había ningún hombre con mi madre.
—Tenía algo con ese hombre de la bolera. —La abuela arrugó la nariz—. Bastante agradable, supongo, y mejor que nada. Pero no para tu madre, oh, no. Se había pasado la vida esforzándose por que se olvidaran de mí y no iba a permitir que a ti te hicieran lo mismo. —La cara de la abuela se llenó de dolor por un momento y luego volvió a asentarse en su aire quejumbroso habitual—. Actuó como si yo no hubiera hecho lo suficiente por ella, como si fuera alguien de quien avergonzarse. —Miró a Maddie con los ojos entrecerrados—. Lo único de que hay que avergonzarse es de tener miedo de vivir, y eso es lo que hace tu madre siempre. ¿Quién querría una vida así? Me gustaría saberlo.
—No es una mala vida —dijo Maddie, hablando desde la experiencia de la pasada semana—. Es una vida tranquila y nadie te miente y nadie habla de ti.
La abuela soltó un bufido.
—Ah, sí, una vida estupenda. Y nadie te hace el amor ni te hace reír ni te hace sentir feliz de estar viva... —Levantó la barbilla, mirando orgullosa a Maddie—. En mi vida ha habido ocho hombres y no me arrepiento de ninguno de ellos. La ciudad hablaba y a mí no me importaba un pimiento.
—¿Engañaste al abuelo? —preguntó Maddie, horrorizada.
—Demonios, él se acostaba conmigo cuando todavía estaba casada con Buck —dijo la abuela, impenitente—. ¿Qué creía que iba a hacer? ¿Pasar página? —Se echó a reír—. Por lo menos, tuve pasión, que es más de lo que mi respetable hija tuvo nunca. —Fulminó a Maddie con la mirada—. Tenía esperanzas contigo, pero eres tan floja como ella. Vaya par.
—No me lo creo —dijo Maddie.
—Scott, ese era su nombre —continuó la abuela—. Sam Scott.
Sam Scott había salido al aparcamiento de la bolera la noche que ella buscaba a Brent. «He reconocido el coche de tu madre», le dijo. ¿Había estado pendiente de su madre durante treinta años? ¿Era eso a lo que su madre había renunciado? ¿Haría C.L. lo mismo? Era horrible, una idea horrible. Tenía que salir de allí, alejarse de su abuela, que mentía. Su madre había dicho que mentía.
Maddie se dio media vuelta para marcharse, sin hacer caso de las quejas de su abuela y luego se detuvo, recordando el collar de bisutería que había llevado.
—¿Quieres este collar? —preguntó.
Se lo quitó mientras hablaba y se lo tendió a la abuela.
—¿Para qué querría esa baratija? —La abuela apartó la caja de bombones y miró furiosa a Maddie—. ¿Qué te crees que soy? ¿Una inútil? No necesito esa basura. Siéntate y háblame del hombre con el que te has estado viendo.
—Abuela, lo siento. —Maddie se metió el collar en el bolsillo de los vaqueros—. Tengo que ir con Em. Está muy trastornada. Tengo que ir con ella.
—Siéntate y charlemos un rato —gimió la abuela—. No voy a estar con vosotras mucho más tiempo.
—Adiós, abuela —dijo Maddie, y salió a toda prisa por la puerta. Le pareció como si toda la caja de bombones golpeara la puerta antes de poder alejarse.
Fue a casa y estuvo a punto de preguntar a su madre por Sam Scott, pero una mirada a la cara de su madre le recordó que «¿Te acostaste con Sam Scott?» no era la clase de pregunta que ella apreciaría. Solo se ganaría otro sermón sobre lo mucho que mentía su abuela. Y Maddie ya había tenido bastantes problemas, así que se sentó a tomar la comida de domingo que su madre había preparado y se mostró educada hasta que su madre se rindió y se marchó a casa. Pasó el resto de la semana de la misma manera, en la escuela y en casa, cortés y reservada. Era una vida fría, pero no tan mala como la que había estado viviendo antes y estaba bastante segura de que podía hacer que resultara. En cualquier caso, era lo único que podía soportar. La gente hacía demasiado daño y estaba harta de sufrir.
Así que sonreía, pero le dolía por dentro, porque se sentía muy sola.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:09 pm

Capítulo 16


Las dos semanas de C.L. después del funeral no fueron mucho mejores.
Lo peor era que Maddie no solo se negaba a hablar con él, sino que se negaba a hablar con todos. La madre de Maddie parecía preocupada, pero lejana, cortés mientras almorzaba con él, pero poco dispuesta a hablar de su hija. Si se hubiera tratado de una hija suya la que se encerraba en sí misma, habría hablado con cualquiera y con todos, pero a Martha Martindale le gustaba callar.
—Te agradezco que te hayas mantenido a distancia de Madeline —le dijo—. Ha habido tantos comentarios después del funeral...
C.L. quería decirle que el problema era que no se hablaba. Por lo menos Maddie no hablaba, pero su madre tenía aquella expresión obstinada en la cara y él se había enterado del enfrentamiento con Helena, delante del banco, así que la dejó en paz. A su manera, estaba haciendo todo lo que podía.
Pero él hacía las cosas de otra manera.
Fue a ver a Treva y a Howie; sin embargo no avanzó mucho más.
—Hola, C.L. —dijo Howie cuando él aparcó junto al garaje de los Basset, donde Howie estaba trabajando—. Estaba pensando en llamarte. ¿Sigues queriendo la casa?
—Pues claro que la sigo queriendo —contestó C L., bajando del descapotable—. Tendrían que darme el préstamo antes de que acabe el mes. Candace se está ocupando de todo. ¿Por qué no iba a querer la casa?
—Bueno, pensaba que como Maddie y tú ya no estáis juntos...
—Estamos juntos —afirmó C.L.—. Es solo que en ese estar juntos, en este momento, hay un poco de distancia. ¿Cómo está Treva?
—Bien —dijo Howie, pero no parecía feliz—. Está dentro.
—¿Te importa si paso un momento? —preguntó C.L.—. Hay unas cosas que quiero preguntarle.
Howie asintió, y C.L. llamó a la puerta trasera y entró sin esperar.
Treva estaba cocinando una enorme olla de algo, con el rizado pelo todavía más rizado por el vapor.
C.L. aspiró.
—¿Sopa de pollo? —preguntó, y la sobresaltó haciendo que dejara caer la cuchara.
—Dios santo, C.L. —dijo Treva después de darse la vuelta—. Me has dado un susto de muerte. —Miró dentro de la olla—. Y ahora tengo que pescar la maldita cuchara.
—Déjame.
C.L. cogió un cuchillo de la tabla de cortar.
—Con eso no. —Treva abrió un cajón y le dio un cucharón de mango largo—. Pesca.
—¿Y qué me cuentas? —le preguntó, mientras removía con el cucharón, atento a medias a oír el golpe contra el lado de la olla que le dijera que había tocado la cuchara—. ¿Estás bien?
—Perfectamente —contestó Treva—. ¿Por qué?
C.L. pasó el cucharón por debajo de la cuchara y la sacó a la superficie.
—Me preguntaba si habías hablado con Maddie.
—No mucho. —Treva alargó la mano para coger la cuchara cuando estuvo fuera del caldo—. ¡Ay, quema!
—Pues vaya sorpresa. —C.L. probó el caldo con el cucharón—. Está bueno. No sabía que cocinaras.
—Llévaselo a Anna —dijo Treva, apagando el fuego—. Tenemos toneladas.
—Llevarle comida a Anna es como traer habladurías a Frog Point —afirmó C.L.—. Innecesario e insultante. ¿Por qué no has hablado con Mad?
Treva tapó la olla.
—Porque no quiere hablar conmigo. Supongo que tal vez necesita un tiempo para recuperarse. Así que se lo doy.
Lo miró a los ojos, con una cara impenetrable que decía: «Esta es mi historia y me ceñiré a ella», pero parecía infeliz, furiosa y culpable. C.L. pensó en quedarse y sacárselo todo, pero ya tenía suficientes problemas con Maddie y Em y, además, a Howie quizá no le gustara que interrogaran a su mujer.
—Tampoco quiere hablar conmigo —dijo—. Estoy un poco preocupado.
—Estará bien —afirmó Treva—. Maddie Martindale siempre está bien.
Después de eso, abandonó la idea de Treva y centró su atención en su tío.
—No puedes creer de ninguna manera que lo hizo ella, Henry —dijo una noche después de cenar, por milésima vez, y Henry, que quería leer el periódico, acabó espetándole:
—¿Quieres una lista de todas las pruebas que tenemos contra ella?
—No —respondió C.L.—, pero tampoco veo que la hayas arrestado, así que debes de tener tus dudas.
—Sí, tengo dudas —reconoció Henry—. Estoy trabajando para aclararlas. Pero Maddie sigue pareciendo probable.
—Pero tienes dudas —insistió C.L.
—Me gustaría tener el arma del crimen —admitió Henry—. Y hay unas cuantas personas por ahí que pueden estar mintiendo.
Cogió el periódico y volvió a su lectura.
C.L. se resistió al impulso de arrancárselo de las manos, un acto estúpido donde los haya.
—¿Y qué estás haciendo sobre eso?
—Nada —dijo Henry, desde detrás del periódico.
—Henry... —empezó C.L., y su tío dejó el periódico de lado.
—Ninguna de estas personas va a ir a ningún sitio —declaró—. Las estoy vigilando. Y estoy esperando. Dentro de poco, van a ponerse nerviosas y, entonces, una de ellas dirá algo. Y si es Maddie, tampoco le pasará nada, porque hasta el más tonto sabe que la empujaron a hacerlo y la juzgaremos aquí y conseguirá una condena muy leve y todos nos ocuparemos de ella y de la pequeña. Así que deja de preocuparte.
Volvió a coger el periódico y C.L. hizo que lo bajara de nuevo.
—Henry —le dijo a su irritado tío—, meter a una mujer inocente en la cárcel no es tu estilo.
—C.L. —replicó Henry—, aparta tu maldita mano de mi maldito periódico.
C.L. se rindió y lo soltó.
Pero no se rindió en nada más. Llamaba a casa de Maddie cada día, al principio para oír su voz y luego, después de un poco, para hablar con Em, para saber cómo le había ido la primera semana en la escuela («Bien», dijo Em, pero su voz decía «Horrible»), para hablar de Phoebe y hacerla sonreír y, una vez, incluso hacerla reír, y decirle que cuidara de su madre.
—¿Vas a venir a vernos? —preguntó Em al final de la semana, y a él se le hizo un nudo en la garganta.
—Todavía no, cariño, pero te llamaré cada día.
Estaba siendo paciente, comprendía que Maddie necesitaba un tiempo para recuperarse, pero todo tenía un límite. Antes o después, tendría que verlo, aunque solo fuera para abrirle la puerta y que él estuviera con Em.


Las dos semanas de Em después del funeral fueron un infierno. Algunos días se despertaba después de soñar con su padre y eran unos sueños tan reales que pensaba que el sueño debía de ser el funeral, pero luego lo recordaba todo y era horrible y rompía a llorar. Algunos días se despertaba sabiendo y era como despertarse con un peso en el pecho, lo cual era casi peor, porque no había ningún momento para ser feliz. Y otras veces se despertaba y se quedaba allí, echada, preguntándose por qué su madre y ella se molestaban siquiera en levantarse. No había nada que hacer, ni siquiera podía hablar con Mel, porque esta se esforzaba tanto en ser amable que era horrible hablar con ella. Y no servía de nada hablar con su madre, porque su madre mentía. Le dijo a Em que volverían a la escuela y que todo iría mejor, pero era peor. Además, tenía un aspecto terrible, pero cuando Em le preguntaba qué le pasaba, le decía que nada, que estaba bien y eso era mentira.
La escuela también era una mentira. Todos fingían que no pasaba nada y todos sabían que sí que pasaba. Todos los maestros eran muy amables y la miraban como si lo sintieran de verdad y los otros chicos la miraban como si fuera un bicho del zoo, así que no hacía caso de nadie, salvo de Mel, y no hablaba mucho con ella. Luego, después del almuerzo del jueves, ya no volvió a hablar con Mel. Estaban abriendo sus envases de leche y Mel dijo:
—Los chicos dicen que a tu padre le dispararon, ¿es verdad?
Em también había oído los rumores y la primera vez que los oyó estuvo a punto de vomitar, pero ahora se levantó.
—Eso es mentira —dijo, se marchó.
—Lo siento, Em —gritó Mel.
Pero Em siguió caminando, y el viernes se sentó sola a la hora del almuerzo. Todo era mejor que hablar con la gente. Por la tarde, Em no había hecho los deberes de matemáticas.
—No pasa nada, Emily —dijo su maestra.
Ella había sentido deseos de gritarle que se había olvidado de hacerlos, pero que no era debido a que su padre estuviera muerto. Pero no dijo nada. Habrían pensado que le pasaba algo malo si se ponía a chillar así.
Em estaba empezando a tener muchas ganas de gritar.
Cuando bajó del autobús después de la escuela y entró en casa, todo estaba en silencio, el teléfono no sonaba, nadie hablaba, solo estaba Phoebe que fue corriendo a recibirla. Sacó fuera a Phoebe y cinco minutos más tarde vio cómo su madre entraba en el camino, con el coche de alquiler que C.L. les había dado, de vuelta del instituto. Su madre bajó del coche y le sonrió, pero fue una sonrisa horrible. Nadie podía creerse una sonrisa así.
Em esperó hasta que su madre entró en casa y entonces llamó a Phoebe, entró y se sentó a la mesa de la cocina, enlazando las manos delante de ella para que no le temblaran.
—Tengo que hablar contigo —dijo, y su madre la miró como si no estuviera segura de conocerla.
—¿Cómo, tesoro?
—Tengo que hablar contigo. —Em hizo que su voz sonara firme, aunque se sentía enferma por dentro—. Mel me ha dicho que a papá lo mataron de un tiro. Dijo que papá murió porque alguien disparó contra él. Con una pistola.
Su madre se dejó caer en la silla delante de ella y cerró los ojos.
—Em, ya te dije que había sido un accidente. Te dije...
—Quiero saber la verdad. —Em apretó los dientes, esforzándose por no gritar—. Dime la verdad.
—Alguien disparó contra tu padre por accidente —dijo su madre, pero no la miró a los ojos y Em sintió náuseas. Otra mentira, pensó—. Ya te dije que fue un accidente. No sufrió en absoluto, Em. Ni siquiera se dio cuenta. No te lo había dicho porque no quería que pensaras en ello. Trata de no pensar en ello. Fue un accidente.
Otra mentira, otra mentira... Em estaba tan furiosa que tenía ganas de vomitar y eso la aterraba. Si estaba furiosa con su madre, si no tenía a su madre, ¿quién cuidaría de ella? Pero su madre mentía y eso estaba mal. Em quería pedirle a gritos que le dijese la verdad, pero no podía, así que dijo:
—¿Quién lo hizo?
—No lo sabemos —contestó su madre, con voz cansada, pero parecía que decía la verdad—. El sheriff Henry está intentando averiguarlo. Está haciendo muchos esfuerzos. —Miró a Em a los ojos y tenía un aspecto tan horrible que Em se sintió avergonzaba por hacerla hablar—. No sabemos quién lo mató, Em.
—Solo quiero saber la verdad —repitió Em—. Quiero saber lo que tú sabes.
Su madre se sobresaltó un poco al oír aquello y luego hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No sé nada, pequeña. Nunca he estado tan confusa en toda mi vida.
—De acuerdo. —Em se levantó, sabiendo que debía abrazar a su madre y hacer que se sintiera mejor, pero no pudo—. De acuerdo —repitió y salió de la cocina, sintiéndose muy furiosa y muy triste, aunque Phoebe la seguía trotando.


No fue hasta cerca de las cuatro cuando Maddie se dio cuenta de que Em había desaparecido. La llamó para preguntarle qué quería cenar y no recibió respuesta, y cuando salió al jardín, la bicicleta de Em no estaba ni Phoebe tampoco.
No es nada, se dijo. Buscó rápidamente por toda la casa, algo absurdo, porque la bicicleta no estaba, y volvió a mirar en el jardín y en el garaje. Luego se quedó en medio del jardín, diciéndose que no tenía que dejarse dominar por el pánico, que no pasaba nada.
¿A quién podía llamar? Acudir a la policía era una reacción exagerada, aunque quizá no. A lo mejor, Em se había ido a casa de su abuela o de Mel o...
—Maddie, ¿va todo bien?
Maddie se centró en Gloria, que la contemplaba con una mirada miope por encima de la cerca.
—¿Has visto a Em? Estaba aquí fuera hace solo un minuto.
—No. —Gloria se aproximó a la cerca para estar más cerca de Maddie—. No la he visto. ¿Se ha perdido?
—Oh... —Maddie hizo un gesto con la mano y escapó subiendo por la escalera de atrás—. Claro que no. Solo se ha ido sin decírmelo, lo cual le valdrá un castigo de por vida, eso es todo.
—Puede que la hayan secuestrado —dijo Gloria—. Sale en las noticias todo el tiempo.
—No en Frog Point, Gloria —afirmó Maddie mientras abría la puerta mosquitera, sin tratar siquiera de ser educada—. No la han raptado.
Dejó que la puerta se cerrara de golpe detrás de ella y se quedó en la cocina un momento, haciendo esfuerzos para no dejarse dominar por el pánico.
No la habían secuestrado. Seguramente estaba en casa de Mel.
—¿Treva? —dijo Maddie, en cuanto alguien cogió el teléfono en casa de los Basset.
—¿Qué te pasa? —preguntó Treva—. ¿Por qué tienes esa voz? ¿Qué ha pasado?
—¿Has visto a Em?
—Oh, Dios mío. —La voz de Treva se apagó, al volverse para llamar a Mel—. Mel, ¿has visto a Em?
Maddie intentó oír la conversación, pero no duró lo suficiente para oír nada.
—No la ha visto, Mad —informó Treva—. Dice que Em ha estado muy callada en la escuela toda la semana, así que todos la dejan en paz. Dice que ha tratado de hablar con ella, pero que Em solo se queda mirándola.
—Oh... —Maddie intentó no pensar en Em, mirando a un secuestrador o a un asesino—. Mira, seguramente no pasa nada. Es probable que haya ido a casa de mi madre. Voy a llamar. No te preocupes.
—Si no la encuentras, la buscaremos —dijo Treva—. Aquí hay tres coches, podemos recorrer toda la ciudad. Llámame y dime algo.
—Bien. —Maddie asintió mirando el teléfono y dejó caer la cabeza—. Bien.
Su madre todavía fue de menos ayuda.
—¿Dónde está? ¡Ay, Dios mío! Maddie, esa niña podría estar en cualquier sitio. ¿Por qué se ha escapado? ¿Qué has hecho?
—¡Madre! —Maddie reunió hasta la última pizca de autocontrol que le quedaba y la metió entre ella y el teléfono—. No me estás ayudando mucho. Si no está contigo, habrá llevado a Phoebe a dar un paseo. Voy a salir a buscarla. No te muevas de ahí, por si se presenta en tu casa.
—Voy a llamar a Henry Henley —dijo su madre con brusquedad—. Alguien tiene que buscar a esa niña.
Maddie colgó el teléfono de golpe y trató de pensar. Si no estaba en casa de Mel ni de su abuela, ¿adónde podía haber ido? No de vuelta a la escuela; había sido muy desdichada allí toda la semana. Puede que al Revco del centro. O al banco para jugar con los sellos otra vez. O...
Al infierno con tanto pensar. Maddie cogió el bolso y se dirigió hacia el centro de Frog Point, conduciendo lentamente para poder mirar en todas las calles laterales. Em no estaba en Revco, pero Sheila sí y, al oír que Maddie le preguntaba a Susan en la caja si había visto a Em, le prometió estar alerta y llevarla a casa. En el banco, Candace hizo lo mismo.
—Es horrible —dijo—. Es una personita tan dulce... Se lo preguntaré a los otros cajeros, pero siempre venía a verme a mí.
El empleado del mostrador de Burger King no la había visto y tampoco los empleados del Dairy Queen, ni Kristie en la empresa.
—No la he vuelto a ver desde el funeral —dijo Kristie—. Estaré alerta y te llamaré si viene.
Maddie volvió al coche y apoyó la cabeza en el volante.
Aquello no podía estar sucediendo. Tenía un pacto con Dios, un pacto que no había reconocido hasta ahora, pero un pacto claro. Soportaría todo lo que Él le enviara, mientras Em estuviera a salvo. Em era intocable. Aquello no podía estar sucediendo.
Maddie volvió a casa por una ruta diferente, mirando en todas las calles por las que pasaba, como si pudiera hacer aparecer a Em si forzaba la vista lo suficiente; incluso dio una vuelta alrededor de la escuela, pero fue inútil. Cuando entró en el camino de su casa, la bici de Em seguía sin estar allí. Entró en la casa a tiempo de coger el teléfono.
—¿Maddie? Soy Henry Henley. ¿La has encontrado?
Perfecto. El hombre que quería acusarla de asesinato por su propio bien.
—No, Henry. He mirado por el centro y en la empresa, pero no la he encontrado.
—Mira, tengo a todo el mundo buscándola, así que la encontraremos. Quédate en casa, por si llama, ¿vale?
—Bien. —Era un buen consejo, y Maddie sintió una punzada de culpa por ser tan cortante con el hombre que la estaba ayudando a encontrar a su hija—. Te lo agradezco, Henry, de verdad. Es que estoy... asustada.
—Lo sé, pequeña —dijo Henry—. A mí tampoco me gusta, pero la encontraremos. Tengo que hacerlo. Anna no me dejaría volver a entrar en casa si no lo hiciera.
—Lo harías de todos modos, Henry —afirmó Maddie—. Tú eres así.
—Es mi trabajo —respondió Henry—. Bien, no te hundas y espera a que ella te llame, ¿me oyes?
—Sí, te oigo —dijo Maddie, y cinco minutos después, cuando el teléfono sonó de nuevo, rezó para que fuera Em.
Pero era alguien con laringitis, que susurraba por teléfono con una voz rasposa.
—¿Señora Faraday? Tiene una hija preciosa.
—¿Cómo? —A Maddie se le secó la boca—. ¿Quién es?
—Emily es un encanto.
—¿Quién es?
—Si quiere volver a ver a Emily, tiene que contarle a Henry lo de la pistola y el dinero que encontró. O se entrega o no volverá a ver a su hija.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:09 pm

Capítulo 17


—¿Dónde está? ¿Quién es usted? —La voz de Maddie se elevó hasta el grito—. ¿Dónde está mi hija?
La voz sonó áspera de nuevo.
—Sabe que es culpable. Entréguese. Ahora. Hágalo ahora.
—Escúcheme —dijo Maddie, y la furia hacía que su voz sonara aguda—. Si le pasa algo a mi hija, lo encontraré y lo mataré. Si ella tiene un solo arañazo, lo encontraré y lo mataré. Si...
—Está perdiendo el tiempo. Solo tiene quince minutos para llamar a Henry. Hágalo o no volverá a ver a su hija. Nunca.
—Espere un momento —chilló Maddie por el auricular, pero lo único que recibió como respuesta fue la señal de marcar.
Colgó el teléfono y se quedó temblando un momento, tratando de pensar. Tenía que buscar el número de Henry. No, podía marcar el 911. Los dedos pulsaron torpemente las teclas del teléfono. Em estaba en algún sitio, con un maníaco. La telefonista de la policía contestó y ella gritó:
—¡Póngame con el sheriff Henley!
La voz de Henry llegó unos segundos después.
—¿Qué demonios ocurre?
—Lo hice yo, Henry. Yo maté a mi marido. Ven a arrestarme; prométeme que pondrás en marcha la sirena, y date prisa.
—¿Maddie? —dijo Henry.
—Deprisa —repitió ella—. Y usa la sirena; prométeme que usarás la sirena, y date prisa.
Henry usó la sirena. Para cuando llegó a la puerta, todos los vecinos de la calle estaban en sus respectivos porches y a Maddie no le importaba lo más mínimo. En lo único que podía pensar era en Em aterrada, Em herida, Em con un secuestrador... y el pánico la hacía sentir débil.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Henry, cuando ella le abrió la puerta y tiró de él hacia el interior.
—¡Ha llamado el secuestrador!
—Despacio. —Henry la cogió del brazo y la hizo entrar en la sala—. Ve despacio y cuéntamelo todo.
—Dijo que yo lo había hecho y que no me devolvería a Em hasta que confesara —dijo Maddie, con voz temblorosa.
—¿Estás segura de que era un hombre?
Maddie asintió.
—Bastante segura. Susurraba y tenía la voz áspera, pero era un hombre —aseguró Maddie, recordándose que un hombre tenía a Em—. Dijo que tenía quince minutos para llamarte y confesar.
—Bueno, si no oyó las sirenas es que está sordo —dijo Henry—. Lo estás haciendo bien. ¿Reconociste la voz?
—No, no, claro que no. —Maddie no podía creerse lo corto que era—. Si hubiera reconocido la voz, ya me habría ido a buscar a Em. Henry, alguien la tiene. Puede ser el asesino. A nadie más le importaría que yo confesara. Em puede estar con el asesino.
—Deja de chillar un momento —dijo Henry, y salió para ir al coche.
Toda la calle lo miraba mientras hablaba por el teléfono, y Maddie rezaba para que estuviera dando las instrucciones adecuadas. Em estaba perdida, Em estaba secuestrada. Era tan atroz que Maddie no podía creerlo. Em, gritaba en su cabeza, y los brazos le dolían porque estaban vacíos en lugar de abrazando a Em.
Henry volvió a entrar.
—Sé que estás muy asustada —dijo, sentándose a su lado—. Pero necesito que te concentres. ¿Podría ser alguien del banco?
—¿El banco? —La idea era tan incongruente que Maddie lo miró parpadeando—. ¿Crees que Harold Whitehead mató a Brent?
—¿Qué hay de Webster? —preguntó Henry—. El que te acompañó a la cámara acorazada, a buscar la caja. ¿Lo viste volver a guardarla en su .sitio?
—No —contestó Maddie—. En cuando encontré el pasaporte, eché a correr. —La idea la dejó estupefacta—. ¿Webster? ¿Crees que Webster se llevó el dinero? ¿Crees que Webster tiene a Em?
—Fue su hermano pequeño el que te embistió con su coche por detrás el jueves —explicó Henry—. Desconfío de las coincidencias. ¿La voz podría haber sido la de Webster?
—Henry, la voz podría haber sido la tuya —respondió Maddie—. ¿Qué vamos a hacer? Em...
—Em necesita que no te dejes dominar por el pánico —dijo Henry—. Piensa. ¿Podría haber sido Stan Sawyer?
—Dios mío, no lo sé. —Maddie apoyó la cabeza en las manos—. Te lo juro, solo era una voz áspera. No podría diferenciar la voz de Stan de la de Webster, aunque hablaran normalmente. No lo sé.
—¿Howie? —siguió preguntando Henry.
—No. No. Reconocería la voz de Howie. No era Howie.
—Repíteme exactamente lo que dijo —pidió Henry. Pero entonces sonó el teléfono—. Deja que yo también escuche —le dijo, siguiéndola cuando ella fue corriendo a contestar, pero cuando lo cogió, sosteniéndolo para que los dos pudieran oír, era su madre.
—Maddie, ¿qué está pasando? He oído sirenas y luces intermitentes calle abajo. ¿Es en tu casa? ¿Es Em? ¿Qué está pasando?
—No es Em. —Maddie se esforzó por mantener la voz tranquila—. Todavía no la hemos encontrado. Solo es Henry que ha venido a ayudar.
—Bueno, pues dile que apague esas luces. La calle entera va a pensar que estás en un lío.
—Madre, ahora no puedo hablar —dijo Maddie y colgó, mientras su madre seguía protestando—. Las sirenas han funcionado —le dijo a Henry—. ¿Crees que lo sabe?
—La ciudad entera lo sabe —afirmó Henry—. Ahora, dime lo que te dijo, tal como te lo dijo.
Maddie cerró los ojos y trató de recordar.
—Primero dijo: «Señora Faraday», y luego algo como «Tiene una hija realmente preciosa», algo así, y luego dijo que si no confesaba, no la volvería a ver.
—Es eso lo que dijo, ¿si no confesabas?
Maddie apoyó la cabeza en la pared.
—No me acuerdo. Dijo que tenía que decírtelo. Dijo que llamara a Henry.
—¿Henry? ¿No al sheriff Henley?
—Henry. Estoy casi segura de que dijo Henry.
—Intenta recordar las palabras exactas, Maddie —insistió Henry—. Ahí podríamos tener algo.
—Sabía lo del dinero —siguió diciendo Maddie—. Dijo que tenía que decirte lo del dinero... —Y lo de la pistola. Maddie se quedó helada al recordar. Quienquiera que fuera sabía lo de la pistola en el Civic. Era el asesino.
Oh, Dios, el asesino tenía a Em.
El teléfono sonó de nuevo, junto a su oreja, haciendo que soltara un grito de sorpresa y miedo.
—Respira hondo antes de contestar —dijo Henry.
Pero ella solo podía pensar en Em.


La bicicleta oscilaba mientras Em pedaleaba por el camino pedregoso. Estaba tan cansada que no estaba segura de no acabar cayéndose. La idea de ir a la granja era buena, de eso estaba segura. Y conocía el camino porque había memorizado los giros de la carretera con el truco de C.L., diciéndose que había treinta y una personas en el Porch, comiendo nueces. Pero llevaba en la carretera Treinta y uno lo que parecían horas y no había visto ninguna carretera a Porch o, si la había, ella se la había saltado, así que estaba perdida. Estaba perdida en el campo y la podían raptar o atropellar o dispararle —tragó con fuerza— y Phoebe no estaba contenta metida en el cesto de la bici después de más de una hora, así que ahora la idea de ir a la granja no parecía tan buena, aunque si pudiera llegar hasta allí, sería tan feliz...
En ese momento, Phoebe gimió de nuevo y Em se rindió y sacó la bicicleta de la carretera y la llevó hasta el pie de un árbol. Se las arregló para bajar de la bici y sacar a Phoebe del cesto solo segundos antes de que el cachorro saltara y se ahorcara con la correa. Em se dejó caer al suelo, bajo el árbol, y miró cómo Phoebe husmeaba el suelo siguiendo un amplio semicírculo, tirando del extremo de la correa.
Podía dar media vuelta y regresar a casa, pero eso la devolvería donde estaba antes. Y era el último sitio en el que quería estar. Había soportado una semana de escuela, una semana con los demás niños hablando en susurros cuando ella pasaba, lo cual era peor. Y Mel también quería preguntarle cosas. Era la primera vez en su vida que no quería estar con Mel.
No es que Em no entendiera lo que Mel hacía. Ella también quería hacer preguntas, pero su madre seguía mintiendo y, al final, tenía que saber. Así que se había puesto en marcha hacia la granja y C.L. Podrían pescar y charlar de Phoebe y, a lo mejor, las cosas no serían horribles durante un rato. A lo mejor, incluso conseguiría algunas respuestas.
Si conseguía dejar de estar perdida. Algo que no lograría si no se levantaba y se ponía a pedalear de nuevo. Era una idea horrible, pero no podía pasarse el resto de su vida debajo del árbol y, antes o después, oscurecería y entonces tendría problemas.
—Vamos, Phoebe —llamó, y cuando el cachorro llegó trotando, volvió a meterla en el cesto forrado de toallas. Phoebe suspiró e intentó ponerse cómoda, y Em dijo—: Lo sé, yo tampoco quiero, pero tenemos que hacerlo.
Y entonces fue cuando oyó venir un coche y, al levantar la vista, vio el Mustang de color rojo encendido.
—Hola —dijo C.L., al parar junto a ellas—. A tu madre le está dando un ataque al corazón.
—Lo siento —dijo Em, sin sentirlo.
Si su madre no hubiera actuado de una manera tan horrible, Em no habría tenido que ir en su tonta bicicleta miles de kilómetros.
—Ya, sí que pareces sentirlo. —C.L. bajó del coche, intentando parecer furioso, pero fastidiándolo por completo—. Estoy en contra de cualquier cosa que haga sufrir a tu madre.
—No estás enfadado —dijo Em, que ahora se sentía cansada de verdad—. No mientas.
—Eh... —C.L. frunció el ceño—. ¿Qué te ha pasado?
—Me he perdido. —Em bajó de la bicicleta y C.L. alargó el brazo para sujetarla—. Quería ir a hablar contigo, pero me he perdido y no he encontrado la carretera a Porch. La he fastidiado.
—No te has perdido —C.L. sacó a Phoebe del cesto y la dejó en el suelo—. Te has cansado. El giro está a un kilómetro y medio más adelante. Todo habría ido bien una vez que te hubieras puesto de nuevo en marcha.
Em lo miró atentamente.
—¿De verdad?
—Vaya, no confías en nadie, ¿eh? —C.L. llevó la bicicleta al coche—. Sube y te lo enseñaré.
Metió la bici en la parte de atrás y abrió la puerta de delante para que Phoebe pudiera entrar. Em sintió que todos sus problemas se volvían más ligeros.
Seguían estando allí, pero no pesaban tanto.
Em dio la vuelta al coche y se sentó en el asiento del pasajero, feliz de no tener que seguir pedaleando y muy contenta de estar con C.L. Phoebe se le subió a las rodillas y se asomó por el borde de la puerta, mientras Em la cogía por la barriga para que no saltara afuera, abrazando estrechamente el cuerpecito cálido. La verdad es que las cosas estaban mucho mejor. Dejó que los hombros se relajaran un poco en el blando asiento, echando la cabeza hacia atrás para apoyar el cuello. El cuello se cansaba mucho si se pedaleaba sobre grava más de mil kilómetros.
C.L. entró en el coche y le dio unas palmadas en la rodilla. Luego dio media vuelta al coche y condujo durante dos minutos antes de frenar.
—¿Lo ves? —preguntó, señalando el letrero que indicaba la carretera a Porch—. Ibas bien.
Estaba allí de verdad. Casi lo había conseguido. No la había fastidiado. C.L. entró por la carretera y Em suspiró y se relajó por completo.
—Estaba demasiado lejos para ir en bici.
—Eso es verdad —dijo C.L.—, pero tú no lo sabías. Parece más corto en coche. Deja de castigarte. Lo único que has hecho mal ha sido asustar a tu madre. Y a mí.
Em lo miró de reojo.
—¿Tú estabas asustado?
—Sí. —C.L. no apartó los ojos de la carretera, pero lo dijo con fuerza; había sido un «Sí» de verdad no un «Psi» o algo parecido, y Em supo que decía la verdad—. Nos has dado un susto de muerte, a mí, a Henry y a Anna, y a tu madre y a un millón de personas más, así que no lo vuelvas a hacer.
Em sacó la barbilla.
—¿Pensaste que me habrían matado de un tiro?
C.L. disminuyó la velocidad para poder mirarla.
—No. Eso no se me pasó por la cabeza. Tenía miedo de que te hubieran atropellado o raptado.
—Oh.
—¿De qué va todo esto, Em?
La voz de C.L. era tranquila, pero hablaba en serio, y Em suspiró de nuevo y dejó de fingir que no pasaba nada.
—Mi madre me miente. —C.L. iba a interrumpirla, pero ella prosiguió y él se calló—. Me dijo que mi padre había muerto en un accidente y luego descubrí que le habían disparado, y ella dijo que había sido un accidente, pero en la escuela, los niños dijeron que no, que lo habían... matado de un tiro. —Se hundió más en el asiento, apretando con fuerza a Phoebe—. La mayoría de los chicos de la escuela son unos asquerosos, pero apuesto a que tienen razón. —Miró a C.L., desafiándolo a que le mintiera—. ¿No la tienen?
C.L. salió de la carretera de nuevo y paró el coche. Se quedó mirando fijamente hacia delante un par de segundos, y luego se volvió y la miró directamente a los ojos.
—Sí, tienen razón. Lo mataron a propósito; fue alguien que estaba furioso con él.
—¿Quién? —preguntó Em, muy angustiada.
—No lo sabemos.
Em echó la cabeza hacia atrás, más furiosa de lo que había estado en toda su vida, pero C.L. repitió, más alto:
—No sabemos quién ha sido, Em. —Ella respiró hondo y él añadió—: Es la verdad. Henry está tratando de averiguarlo, realmente no sabemos quién ha sido.
—¿Va a matar también a mi madre? —preguntó Em, con voz temblorosa, al decir lo que la había tenido aterrorizada.
—No. —La voz de C.L. era fuerte—. Si pensara que tu madre corre peligro, estaría allí con ella. El que mató a tu padre estaba furioso con él, no con toda la familia.
—Alguien entró en casa —dijo Em.
—Sí, pero el que fuera se llevó lo que quería y no ha vuelto —dijo C.L.—. No va a hacer daño a tu madre.
Al final, parecía un poco inseguro y Em le lanzó una mirada penetrante.
—No mientas —pidió.
—Si no dejas de acusarme de mentir, tú y yo vamos a tener unas palabras. Ya te lo he dicho, Em. Yo no miento.
—La última parte sobre mi madre parecía una mentira —dijo Em—. No parecías seguro.
—Nadie intenta matar a tu madre —repitió C.L.—. Si yo creyera que alguien lo está intentando, no le quitaría la vista de encima. Que me muera ahora mismo si no es verdad.
—No me trates como si fuera una niña pequeña —dijo Em.
—Eres una niña —afirmó C.L.—. No intentes ser una adulta y deja que cuidemos de ti.
—Es que necesito saber qué está pasando —insistió Em—. Todos esos susurros, todos los niños de la escuela, mi madre con ese aspecto tan horrible, todo es horrible. No lo soporto.
C.L. puso el coche en marcha de nuevo.
—Te diré qué vamos a hacer. Iba a llevarte de vuelta a casa con tu madre después de enseñarte la carretera, pero me parece que vamos a ir a la granja y le pediremos a tu madre que vaya allí a buscarte. A lo mejor, os podéis quedar a cenar y relajaros un poco las dos. ¿Te parece bien?
Em asintió.
—Sí, pero sigo queriendo saber qué está pasando.
—Y yo también, pequeña —le dijo C.L—. Yo también.


Maddie cerró los ojos, respiró hondo, cogió el teléfono y dijo:
—Diga.
—Está bien, Maddie. —La voz de C.L. llegaba por la línea, cálida y segura—. Haz que vuelvan los perros, pequeña. Tengo a tu hija y está bien.
—¿Qué? —A Maddie le flaquearon las rodillas y se sentó en el taburete, al lado del teléfono—. ¿Tú la tienes? ¿Está bien?
La mano le temblaba tanto que no podía sostener el teléfono y Henry se lo cogió. Oyó cómo él decía:
—¿Quién es? ¿Eres tú C.L.? ¿Qué demonios está pasando? —Maddie puso la cabeza sobre las rodillas mientras Henry hablaba y luego decía—: Díselo a Maddie. —Ella levantó la cabeza y él le tendió el teléfono—. Em está bien. Tengo que hacer un par de llamadas. Quédate aquí, habla con C.L. y tranquilízate.
Maddie cogió el teléfono, esforzándose por tragarse las lágrimas de alivio.
—¿C.L.?
—Está bien, cariño. Em está perfectamente —dijo C.L.
Había tanto amor y preocupación en su voz que Maddie se sintió débil y tuvo que apoyarse de nuevo en la pared, apartando el teléfono de la boca para que él no la oyera llorar.
—Intentaba venir en bicicleta hasta aquí, a la granja —siguió C.L.—. No lo hizo nada mal, dadas las circunstancias. Está muy cansada, pero está bien.
—¿Está bien? —Maddie empezó a balancearse adelante y atrás, controlándose mientras lloraba aliviada—. Está bien. ¿Dónde la has encontrado? ¿Quién se la había llevado?
—No se la había llevado nadie —dijo C.L.—. Esa fue también mi primera idea, pero se fue sola. Anna le está dando una limonada ahora mismo. Está perfectamente.
Maddie sorbió y se dijo que tenía que respirar lentamente o acabaría hiperventilando. Em estaba bien. No la habían raptado. Estaba bien. Maddie se secó las lágrimas con la mano. Algún malnacido había oído que Em había desaparecido y había llamado para hacer una broma y ella solo se había ido a dar un paseo en bicicleta.
—No quiero volver a estar tan asustada nunca. Dile que está castigada para toda la vida. Después de todo lo que ha pasado...
—Lo hizo por todo lo que ha pasado —dijo C.L.—. Tienes que hablar con ella, Mad. Está asustada y confusa y necesita saber qué está pasando.
La tensión de Maddie se concentró en C.L. Algún imbécil había amenazado a su hija y ahora C.L. se creía que era el señor Spock.
—Gracias por el consejo. Ahora mismo voy a buscarla.
—¿Por qué no la dejas que se quede aquí un tiempo? Me parece que le iría bien un cambio de ambiente.
—C.L., no...
—Y Anna está entusiasmada con la idea. Ya se lo he pedido. Mañana van a hacer galletas.
Maddie apretó los dientes.
—C.L., realmente no...
—Compláceme —dijo él, con aquel tono de voz que quería decir «Hazlo»—. Mete un par de cosas para ti en una bolsa y ven aquí, donde estarás a salvo y podrás descansar un poco. Las dos habéis tenido suficiente Frog Point por un tiempo.
—C.L., yo...
—Sé que estás enfadada —dijo—. Sé que estabas asustada y que ahora estás furiosa, y sé que has pasado por un infierno y que todavía no se ha acabado. Ven y deja que te cuidemos. —Bajó la voz un poco y Maddie supo que había alguien escuchando al otro lado—. Ven y deja que te cuide. No dan puntos extra por hacerlo todo sola, Maddie.
Deberían, pensó Maddie. Deberían darte más puntos. Pero estaba muy cansada de hacerlo todo sola; además ir a la granja no significaba que se rindiera. Solo significaba que se tomaba un pequeño descanso.
Maddie cerró los ojos para no ponerse a llorar de lo bien que sonaba. C.L., Anna, la granja, el río y ningún secuestrador porque Henry y C.L. no lo dejarían ni acercarse. No es que C.L. fuera un héroe por haberse tropezado con su hija y por mantenerla a salvo. Maddie trató de seguir enfadada, porque era lo único que le impedía echar a correr hasta la granja, sin coger el coche, y echarse a sus brazos diciendo: «Hay alguien que quiere hacerme daño. Impídeselo». Podía salvarse sola. Iba a salvarse sola. Y a Em.
—Anna está preparando pollo frito con salsa —la tentó C.L.—. Em está impaciente. Y habrá puré de patatas. Lo único que quieres más que el puré de patatas es a Em. Y a mí.
Había una sonrisa en su voz; Maddie sintió que se libraba de un peso, solo oyéndolo.
—Colesterol —dijo Maddie.
—Em tiene ocho años —replicó C.L.—. No tendrán que ponerle un bypass hasta el instituto, por lo menos.
No debería ir. C.L. estaba allí y había hecho unos planes muy cuidadosos para permanecer alejada de él, de todo el mundo, hasta que las cosas se calmaran, hasta que pudiera enfrentarse a la gente y a las llamadas por teléfono de nuevo. Hasta que pudiera enfrentarse a estar con C.L. de nuevo.
—Vamos, Mad —insistió él—. Em es más feliz aquí. Y está más segura. Anda, ven.
Tenía razón.
—De acuerdo —aceptó Maddie—. Iré.
Colgó el teléfono, se dejó caer en el taburete y trató de volver a encontrar su lugar el mundo. Em estaba bien. Si Em estaba bien, no había nada más en el mundo que pudiera estar tan mal.
Pero sí que lo había. Maddie se irguió en el taburete. La voz había dicho: «Dile a la policía lo de la pistola y el dinero». Y eso significaba que el que llamaba no era un capullo cualquiera. Era el asesino e iba a por ella.
El teléfono sonó otra vez y Maddie se quedó mirándolo fijamente. Podía ser cualquiera: el asesino, la policía, su suegra, Treva, docenas de personas con las que no quería hablar, docenas de problemas a los que no quería enfrentarse. El teléfono siguió sonando, lo cogió y le dijo a su madre que Em estaba bien, que llamaría más tarde y se lo explicaría todo. Después llamó a Treva y le dijo que Em estaba bien y que la llamaría luego. A continuación fue a buscar el pijama de Em y una muda de ropa, diciéndose que todo iba a ir bien.
Se moría de ganas de estar en la granja.


Em estaba sentada en el porche, esperando a su madre, bebiendo limonada lentamente para que le durara. Anna le había dicho que podía tomar toda la que quisiera, pero despacio era mejor. En especial porque tenía que pensar bien en muchas cosas, antes de que su madre llegara a la granja.
Entonces apareció su madre por la carretera, en el coche alquilado. Aparcó al borde del césped, salió del coche y se dirigió, inexorable, hacia ella. Em deseaba correr a sus brazos, pero no iba a hacerlo. Esta vez no. Dejó la limonada con cuidado en la escalera, se levantó y cruzó los brazos sobre el pecho.
Su madre se detuvo antes de llegar a ella y la miró con un aire extraño. Em levantó la barbilla un poco.
—Estaba enferma de preocupación por ti, Em. No vuelvas a hacerlo nunca —dijo Maddie, pero Em siguió mirándola sin decir nada—. ¿Em?
La puerta mosquitera se cerró de golpe y Em oyó que C.L. cruzaba el porche, detrás de ella.
—Em está cansada de que le digan mentiras —le dijo a Maddie—. Quiere saber qué está pasando.
Em vio que el mentón de su madre se tensaba.
—Puedo criar a mi hija yo sola, gracias —le contestó, tajante, a C.L. por encima de Em.
—Mira, ¿sabes qué?, no puedes —afirmó C.L.—. Por eso tu hija intentó recorrer veinticinco kilómetros para venir conmigo.
Maddie dio otro paso más, todavía mirando furiosa a C.L.
—¡Óyeme...!
—Tiene razón —interrumpió Em—. Puedes chillarle todo lo que quieras, pero tiene razón.
Maddie pareció tambalearse.
—Em...
—Él no me dice mentiras —prosiguió Em—. Sé que no me lo cuenta todo y que sabe cosas que yo no sé, como por qué está preocupado por ti, aunque diga que no corres peligro. Pero no me miente. Y tú sí. Tú mientes y mientes.
Una vez dichas las palabras, Em también empezó a temblar. Las palabras eran horribles, pero tenía que decirlas.
—Mientes todo el tiempo —dijo; luego dio media vuelta y se alejó de la casa hacia el río, tratando de no llorar.
Cuando llegó al embarcadero, se quitó los zapatos, se sentó al borde de las gastadas tablas y metió los pies en el agua tibia. Phoebe llegó hasta ella dando botes, Em la cogió por el collar para que no se cayera al agua, abrazó su cuerpo cálido, que trataba de soltarse, e hizo un enorme esfuerzo para no pensar en lo que acababa de decir.


Maddie quería correr tras Em, abrazarla y hacer que fuera de nuevo la niña que era un mes antes, en lugar de este rígido atijo de tristeza que se dirigía con paso rígido a algún sitio donde no hubiera adultos. Luego Em se sentó en el borde del embarcadero, Phoebe fue, alborotadora, a sentarse junto a ella y Maddie pensó que debía solucionar aquello y no sabía cómo.
—Tienes que dejar de mentirle, Maddie —dijo C.L., y ella se revolvió contra él porque era la única persona a la que le podía gritar.
—¿Quieres que le diga que han asesinado a su padre, C.L.? —exigió—. ¿Quieres que le diga que era un estafador, que tenía una aventura y que estaba planeando raptarla y llevársela a Sudamérica sin mí? ¿Quieres que le hable de ti y de mí?
—Sí —asintió C.L., aunque con cara adusta—. Sí, eso quiero. Porque ella ya sabe que está pasando algo muy malo y la verdad es mejor que cualquiera de las cosas que teme. Y tú eres lo único que tiene, Mad. Si no puede confiar en ti, está sola y es demasiado pequeña para estar sola. Y ya que estamos, te diré algo más. Em no es tan frágil. La tratas como si se pudiera partir en pedazos en cualquier momento y ya sé que está pasando unos momentos muy difíciles, pero es dura como una bota vieja, mientras tú no le ocultes las cosas. Si eres sincera con ella, estará bien.
No. Maddie tragó saliva y dio un paso atrás. Perder a su padre ya era una pesadilla suficiente para Em; perderlo porque lo había matado alguien que todavía andaba suelto sería insoportable. No.
—No puedo decirle que han asesinado a su padre. No lo haré.
—No es necesario. —C.L. se sentó en la escalera del porche, bajando lentamente, como si hubiera envejecido de repente—. Ya se lo he dicho yo.
Maddie se quedó helada.
—¿Que tú, qué?
C.L. la miró y ella vio que estaba resignado a soportar su cólera.
—Me lo preguntó. En la escuela, los niños se lo habían dicho, así que me preguntó si era verdad. Y yo no voy a mentirle a esa niña. Nunca. Aunque eso signifique que me odies.
—Muy bien, te felicito —dijo Maddie, moviendo la cabeza, furiosa—. Seguro que te sientes muy orgulloso. ¿Te das cuenta...?
—Sé lo que es que me mientan —le soltó C.L.—. Sé lo que es mirarte y quererte tanto que duele y saber que me estás mintiendo descaradamente porque no confías en mí. Y no le voy a hacer lo mismo a tu hija. Olvídalo.
Lo había entendido todo al revés, como de costumbre, claro, pero ahora no tenía tiempo de defender su punto de vista.
—Escúchame. Em y yo estamos perfectamente. No te necesitamos ni necesitamos tu ayuda, así que, por favor, no te metas en esto.
C.L. aguantó el golpe.
—Puede que tú no me necesites, pero tu hija sí. Y yo necesito que ella me necesite. Si tú y yo no llegamos a nada, bueno, son cosas que pasan, supongo. Pero no te metas entre Em y yo. Porque nosotros lo vamos a conseguir.
Maddie lo miró entonces, adusto y decidido en la escalera del porche, diciéndole que no iba a abandonar a su hija, y no importaba lo que pasara. Estaría allí cuando Em lo necesitara. Quería estar allí para Em. Y Em confiaba en él, había ido a buscarlo.
Y Maddie pensó: Yo también confío en él, maldita sea. Era sólido, seguro, divertido, encantador, exasperante y decididamente deseable. Además, quería proteger a Em toda la vida y lo único que ella tenía que hacer era volver a ser la Maddie de siempre, la que él quería, y podría tenerlo para ella. Era lo único que tenía que hacer.
—No puedo hacerlo —le dijo—. No puedo ser aquella blandengue insípida que era hace veinte años. Ni siquiera puedo ser la blandengue sarcástica que era hace un mes. No soy la mujer de la que te enamoraste en el instituto. Olvídalo.
C.L. pareció desconcertado por el cambio de conversación; luego cogió el hilo.
—¿Esa mujer? Olvídala. Yo la he olvidado. Era un recuerdo fabuloso, pero tú no eres ella. Eres terca y tienes mala uva y una boca del demonio y la mayor parte del tiempo no sé si lanzarme encima de ti o chillar y huir de ti como alma que lleva el diablo, pero te quiero y así son las cosas. Dios sabe por qué, pero te quiero. Además, quiero a tu hija. Así que aguántate, pequeña.
La miró poniendo mala cara y ella casi se echó a reír, pero todo era demasiado deprimente.
«No más mentiras», le había dicho él, y pensó en las dos últimas semanas, en no tenerlo con ella, en evitar a Treva, en fingir ante su madre que todo iba bien, en Em que ya no confiaba en ella, en cómo se había sentido una hora antes, con todo su mundo hecho trizas y en que no quería sentirse así nunca más. Había intentado proteger a Em, apartando a todo el mundo, pero la soledad había sido abrumadora, algo que nunca había sentido antes, porque siempre había tenido a Frog Point alrededor, envolviéndola, manteniéndola a salvo. Bueno, había conseguido lo que quería, alejarse de Frog Point. Alejarse de todos.
Y se había sentido muy desdichada, vulnerable y asustada y no había protegido a Em en absoluto.
Puede que fuera tiempo de volver.
—No te muevas de aquí —le ordenó a C.L.—. Tengo que ir a hablar con mi hija, pero quiero que te quedes aquí mismo hasta que vuelva.
—No tengo ningún otro sitio al que ir —dijo C.L.—. Aquí es donde voy a construir una casa.
Maddie dio media vuelta y se dirigió al embarcadero, obligándose a enfrentarse a la peor de varias conversaciones que no quería tener, pero que iba a tener de todos modos.


Maddie se sentó en el embarcadero junto a Em y se quitó los zapatos para sentir el agua fresca y verde en los pies. El alivio se le extendió por los tobillos y las pantorrillas y le relajó todo el cuerpo. Suspiró porque era una sensación muy agradable.
Em golpeó el agua con los pies, y cuando Phoebe se le escapó de debajo del brazo para subirse sobre el regazo de Maddie y estirarse para lamerle la cara, Em tensó la mandíbula y se apartó un poco.
Maddie cogió al cachorro, lo dejó en el suelo detrás de ellas y le cogió la mano a Em.
Em la apartó.
Bien. Maddie enlazó las manos encima de su regazo y empezó desde el principio.
—De acuerdo, tienes razón. Tendría que haberte dicho la verdad. Intentaba protegerte, porque la verdad era horrible, pero supongo que no había manera alguna de que pudiera hacerlo. —Bajó un poco la cabeza para mirar a su hija a la cara—. ¿La había?
—No —dijo Em—. No. Y no saber qué está pasando es terrible. No puedo soportarlo.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Maddie.
Em se mordió el labio y la miró.
—C.L. me ha dicho que alguien disparó contra papá y lo mató.
Oh, mierda. Maddie asintió.
—Sí, pero murió de inmediato. No sintió nada, Em. Es la verdad.
Em cerró los labios con fuerza un momento.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé —contestó Maddie—. De verdad, no lo sé. Henry está investigando, pero realmente no lo sabemos. Yo no tengo ni idea.
—Dime qué pasó —pidió Em—. Quiero saberlo.
—Bien. —Maddie tragó con fuerza—. Hay muchas cosas que todavía no sabemos, pero aquel viernes por la noche tu padre se reunió con alguien en el coche. Y estaba muy adormilado porque había bebido vino donde había algunas de mis pastillas. Así que la otra persona condujo hasta el Point y aparcó allí. No sabemos qué pasó exactamente después, pero papá debió de quedarse dormido, por las pastillas, y entonces... —Maddie rodeó los rígidos hombros de su hija con el brazo—. Y entonces la otra persona le disparó.
Em asintió, sin apoyarse en su madre.
—Eso es lo que decían los chicos. La abuela dijo que se puso enfermo y murió muy deprisa, pero los chicos dijeron que le habían disparado. —Miró a Maddie—. Yo no sabía lo de las pastillas. ¿Significa eso que ni siquiera se dio cuenta de que le disparaban, ni por un minuto?
—Probablemente no —contestó Maddie—. Incluso aunque todavía estuviera despierto, seguramente estaba tan grogui que no suyo qué estaba pasando. No sufrió, Em. No es una mentira. No sufrió en absoluto.
Em suspiró y se apoyó en su madre.
—Así es mejor. Un poco. Sigue siendo horrible, pero no me gusta pensar que podía estar asustado o algo.
—No. —Maddie besó a Em en la cabeza—. No. Seguramente estaba totalmente dormido.
—¿Esa persona va a disparar contra ti? —preguntó Em.
—No. —Maddie se echó un poco hacia atrás para verle la cara a Em—. No, claro que no. No te preocupes por eso.
—Le disparó a papá —dijo Em, con voz temblorosa—. También podría matarte a ti.
—Creo que quien fuera estaba furioso con papá. —Maddie intentó pensar en una manera de evitar los sórdidos detalles, sin mentir—. Había algunas personas muy enfadadas con papá, pero no están enfadadas conmigo.
—Pero también a ti te sucedieron muchas cosas malas —dijo Em—, como el accidente de coche y tu cara.
—Fueron accidentes, Em —dijo Maddie—. Lo del coche fue solo un accidente —repitió Maddie. «El hermano pequeño de Webster se empotró en tu coche por detrás», había dicho Henry—. Creo que solo fue un accidente. La gente tiene accidentes todo el tiempo.
—¿Y tu cara fue un accidente? —preguntó Em, y Maddie tragó saliva.
—No.
—¿Qué pasó? —Los ojos de Em se achinaron cuando Maddie vaciló—. No mientas.
—Papá llegó a casa aquella noche muy furioso —dijo Maddie—. Y yo también lo estaba. Tuvimos una pelea. —Se detuvo de nuevo y Em permaneció impasible a su lado—. Y me pegó.
Em parpadeó y luego se apartó.
—¡No, no es verdad!
De acuerdo. De acuerdo.
—Él no hizo eso.
Maddie permaneció en silencio, decidida a mantener su promesa y no mentir, e igualmente decidida a no hacer daño a su hija con la verdad.
Se quedaron sentadas, con la mirada fija en el agua, viendo cómo los peces pasaban veloces justo debajo de la superficie, el sol iluminaba las ondas y el muelle se reflejaba en la fresca y verde agua. Detrás de ella, Phoebe escarbaba donde olía a pescado. Finalmente, Em dijo:
—¿Porqué?
Maddie le cogió la mano, notando lo frágiles que eran los finos huesos de Em entre sus dedos. Era tan pequeña... Demasiado pequeña para la verdad, pero eso era lo único que le quedaba a Maddie.
—Estaba muy furioso, Em. Luego me pidió perdón. —Maddie recordaba a Brent al otro lado de la puerta diciendo: «Lo siento. Solo tengo que saber qué sabes». Todos querían la verdad—. Estaba muy, muy arrepentido. Perdió los nervios. Escucha... —Se inclinó para acercarse más a su hija—. Nunca, nunca me había pegado antes, ni después. Jamás. No era así.
—Lo sé. —Em volvió a mirar al agua y sollozó—. Lo sé. Era un buen padre.
—Sí, lo era.
Em asintió.
—Así que nadie trata de hacernos daño.
—No —contestó Maddie, dejando de lado la llamada de secuestro, por el momento—. Em, siento mucho todo esto. Siento que hayas tenido que enterarte de todo esto.
—Es mejor —afirmó Em—. Es mejor que no saber qué está pasando. Daba mucho miedo no saber.
—Lo sé —dijo Maddie—. A mí tampoco me gusta mucho. ¿Estás bien?
—Sí —respondió Em—. Estoy muy, muy triste, pero estoy bien. —Levantó la barbilla y miró a su alrededor, como si estuviera viendo la granja y el río por vez primera—. Pero me alegro de que estemos aquí. Me gusta Frog Point, pero me alegro de que estemos aquí ahora.
—Yo también, pequeña —reconoció Maddie—. Frog Point desgasta a cualquiera.
Em ladeó la cabeza para ver a su madre.
—¿Estás enfadada con tía Treva? Porque no hablas con ella, ni siquiera cuando ella te llama.
Treva. Una mentira más a la que enfrentarse. Una traición más. Maddie soltó la mano de Em y se levantó. Phoebe se levantó de un bote enorme, feliz porque iban a algún sitio y empezó a correr arriba y abajo por el embarcadero.
—No, no estoy enfadada —dijo Maddie. No era una mentira. Estaba decepcionada, herida y se sentía traicionada, pero no estaba enfadada—. Mira, tengo que volver a la ciudad para hablar con la abuela y decirle que estás bien. Phoebe y tú estaréis bien aquí con C.L. y Anna.
—¿Te gusta C.L.?
Em había vuelto los ojos al agua, evitando cuidadosamente mirar a su madre.
—Sí.
Maddie miró al cielo y pensó: No voy a hablar de mi vida sexual con esta niña. Olvídalo.
—¿Fue por eso por lo que papá estaba tan furioso?
—No. Oh, Dios, Em, no. —Maddie se dejó caer de nuevo en el embarcadero y Phoebe saltó para subírseles a las rodillas—. Escucha, papá y yo no habíamos visto a C.L. desde hacía veinte años. Vino a la ciudad solo por un par de días. Tu padre no estaba celoso. Lo juro.
Em se metió a Phoebe debajo del brazo sin mirarla, con los ojos fijos en el agua.
—Porque a C.L. le gustas mucho.
—Bueno... —Maddie notó que estaba asintiendo como una idiota—. A mí también me gusta él. Mucho.
Em se volvió para mirar a su madre.
—¿Vas a casarte con él?
—No —respondió Maddie—. No me voy a casar con nadie hasta dentro de mucho tiempo y quizá ni siquiera entonces. Tú y yo estamos bien juntas. —Phoebe se retorció para escapar de los brazos de Em y Maddie alargó la mano y le rascó las orejas—. Tú, yo y Phoebe.
—Y la abuela —dijo Em—. Y Mel.
—Eso es.
—Y Tres. Y tía Treva y tío Howie.
Tres, el medio hermano de Em. Tres, alto, sonriente y cariñoso con Mel y Em. Era un buen chico. No, un hombre bueno. Tenía veinte años. Se había hecho mayor. Tantos años... ¿Realmente, lo que pasó veinte años atrás cambiaba algo ahora? ¿Valía la pena perder a Tres por lo que pasó entonces?
Más aún, ¿valía la pena perder a Treva por lo que pasó? Conocía a Treva desde siempre. No tenía ni un solo recuerdo donde no estuviera Treva, aunque solo fuera porque se lo había contado luego. Treinta y ocho años susurrando y riendo y chismorreando, y sabiendo que, no importaba lo que pasara, Treva estaría allí, con chocolate, bromas y un respaldo incondicional.
Maddie cerró los ojos y pensó que la echaba mucho de menos y que había sido una estúpida.
—¿Mamá? —dijo Em.
—Sí —respondió Maddie, con voz temblorosa—. Y Tres, Treva y Howie. No estamos solas. Todo va a ir bien.
—Y Anna —siguió Em—. Y Henry.
—Mucha gente.
Em asintió.
—Y C.L.
—Y C.L. —aceptó Maddie—. Tenemos muchas personas con nosotras. Vamos a estar bien.
—Bien. —Em se inclinó para enterrar la cara en el suave y peludo cuello de Phoebe—. Bien.


C.L. las observaba desde el porche, tensándose cada vez que una de las dos se movía. No sabía qué estaba pasando allí abajo, pero por lo menos hablaban, y eso era bueno. Y estaban juntas en la granja, donde él podía cuidar de ellas, y eso era bueno. Y luego Maddie atravesó el jardín hasta el porche y parecía agotada, pero aliviada, y eso era lo mejor de todo.
—¿Cómo está? —le preguntó C.L. cuando estaba lo bastante cerca para oírlo.
—Teniendo en cuenta por todo lo que ha pasado, bastante bien. —Maddie anduvo más despacio al acercarse al porche—. Tengo que ir a la ciudad. ¿Puedes cuidar de ella durante un par de horas?
—Puedo cuidar de ella el resto de mi vida —dijo C.L.
Maddie cerró los ojos.
—Empecemos con un par de horas y ya veremos cómo va.
—Irá perfectamente —afirmó C.L.—. Em y yo nos entendemos. Somos tú y yo los que no nos estamos comunicando.
—Más tarde —decidió Maddie—. Los problemas de uno en uno. Tengo que atar algunos cabos sueltos. Volveré luego.
La miró dirigirse al coche y pensó por milésima vez lo bueno que sería que confiara en él lo suficiente para buscar su apoyo. Luego fue a la cocina a buscar las cañas de pescar para que Em y él pudieran ir al río un rato antes de cenar.


Maddie fue a la ciudad y entró en la calle Linden. Su calle. La suya y la de Treva durante casi veinte años. Compartían la calle como compartían todo lo demás en su vida, riendo y llorando juntas y apoyándose mutuamente sin reservas.
Ahora era hora de recuperar eso, si podía. Solo hacía tres semanas que, de pie junto a la puerta de atrás de Treva, le había dicho:
—Brent me engaña y tengo que divorciarme de él.
Pensó que era el fin del mundo. Era asombrosa la perspectiva que tres semanas te podían dar. Ahora no le importaba mucho lo del adulterio. El asesinato todavía la perturbaba y el secuestro, pero ¿el adulterio? Al infierno con él.
Aparcó delante de la casa y llamó a la puerta de atrás.
Treva abrió la puerta.
—Maddie, Dios mío, eres tú. —Treva alargó el brazo y la cogió de la manga—. ¿Qué ha pasado? ¿Es Em otra vez?
Maddie la miró y pensó: No le he mentido a Em. No estoy enfadada con Treva. No estoy enfadada en absoluto. Pero lo único que dijo fue:
—Tenemos que hablar, Treve. Ya es más que hora de que hablemos. Vamos a dar una vuelta.
Treva se quedó inmóvil un momento y luego miró detrás de ella. La luz de la cocina se derramaba a su alrededor fundiéndose con el atardecer de principios de septiembre, y Maddie oía dos voces masculinas con el contrapunto de una fina y pequeña voz de soprano. Hora de estar en familia.
—De acuerdo —dijo Treva—. Si esto es lo que necesitas...
Volvió a entrar y Maddie escuchó mientras su amiga le decía a su familia que iba a dar una vuelta: «Solo un paseo corto, con Maddie, para relajarnos», y el silencio que siguió fue pesado, pero ni siquiera Mel era tan despistada para hacer preguntas.
Treva salió con un par de chaquetas con capucha y le dio a Maddie la verde antes de cerrar la puerta detrás de ella.
—Va haciendo más frío —dijo mientras se ponía la roja—. Me encanta septiembre, pero por la noche no hay que tomárselo a broma.
Maddie metió los brazos en la chaqueta verde y dobló las mangas hasta por encima de las muñecas. La chaqueta era extragrande, del tipo que solía llevar Brent. Caminaron en silencio, pasando frente a las casas de los vecinos, la del señor Kemp, la de la señora Whittaker y la señora Banister. Hacia el final de la manzana, Maddie preguntó:
—¿Es de Tres?
—Sí —dijo Treva—. Es enorme.
—Igual que Brent —dijo Maddie y luego dejó de andar, porque Treva se había detenido.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:11 pm

Capítulo 18


—No pasa nada —dijo Maddie, volviéndose para mirar a Treva—. Esto era lo que he venido a decirte. Está bien. Al principio, estaba disgustada, pero ya no me importa.
Treva parpadeó como si hiciera esfuerzos por no llorar, con los labios tan apretados que casi habían desaparecido.
—Brent te lo dijo.
—No. —Maddie dio un paso hacia ella—. No, lo comprendí en el funeral. Tres tiene la voz de Brent. Y su complexión. Y su remolino.
—Por eso dejaste de hablarme. —Treva empezó a asentir y luego no podía parar—. Por eso. Lo sabía. Pensaba que habías encontrado la carta o que Brent te lo había dicho. Maddie, lo siento mucho; no sabes cuánto lo siento. Lo siento muchísimo.
Las lágrimas afloraron entonces, unas lágrimas duras, y Treva se atragantó y se las limpió de las mejillas con la palma de las manos; tragó aire.
—Lo siento —repitió una y otra vez.
Maddie la abrazó y la estrechó con fuerza y luego empezó a llorar con ella, y era bueno librarse de toda la ira y la soledad acumuladas.
—No me importa, Treva —dijo, dejando que sus lágrimas cayeran entre los rizos de Treva—. No me importa en absoluto. Fue solo una cagada. Nos podía haber pasado a C.L. y a mí. Le podía haber pasado a cualquiera. No tiene importancia.
—No podía soportar lo que había pasado —sollozó Treva, aferrada a ella—. Lo odiaba con todas mis fuerzas, pero no te lo podía decir ni se lo podía decir a Howie. Dios, engañé a Howie para que se casara conmigo, ¿cómo se lo podía decir? No se lo podía decir a nadie, y lo siento tanto, tanto, tanto...
Con cada «tanto» golpeaba la cabeza contra el hombro de Maddie, y esta se la cogió para impedir que se la rompiera.
—Lo sé. Yo no podía decirte lo de C.L. porque estaba avergonzada. Lo recuerdo muy bien. Lo entiendo. Ya no importa en absoluto. —Maddie sollozó una última vez y empezó a darle palmaditas a Treva en la espalda, consciente ahora de los coches que disminuían la velocidad para mirar a las dos mujeres abrazadas—. Lo digo de verdad. Pensaba que me importaba, pero no.
Treva dio un paso atrás para limpiarse las lágrimas otra vez.
—A mí me importaría. Si fuerais Howie y tú, me importaría.
—Lo sé —dijo Maddie—. Lo sé, pero la cuestión es que te quiero a ti mucho más de lo que quise nunca a Brent. Es algo terrible, pero es verdad. No me había dado cuenta hasta que hablé con Em, pero te echo a ti mucho más en falta que a él. Y también quiero a Tres; ¿cómo podría desear que no hubiera nacido? Además no creo que pudiera llegar al final del día sin hablar contigo, y eso es lo que he estado haciendo las dos últimas semanas y lo he odiado de verdad, así que todo lo demás no importa. Realmente, no importa. Pasó hace veinte años. Ya no importa ni lo más mínimo.
—Oh, Dios —musitó Treva, sentándose en la escalera de casa de la señora Banister y lloró con más fuerza todavía, soltando las palabras mezcladas con los sollozos—. Qué alivio tan grande. Lo siento mucho, muchísimo, pero es un alivio muy grande. —Cogió la manga de la chaqueta de Tres y tiró de ella, hasta que cubrió la muñeca de Maddie—. No lo hice para hacerte daño, te lo prometo.
Maddie se sentó junto a ella para recuperar la manga.
—Lo sé, Treva. Está bien.
—Brent era... —Los sollozos de Treva disminuyeron y empezó a buscar un kleenex en los bolsillos de la chaqueta, luego abandonó el intento y se limpió la nariz con la manga—. En aquella época, Brent era lo máximo, ¿sabes? No podía creerme que me prestara atención. Era lo que todo el mundo quería. Era lo más importante. Y yo era tonta. ¡Era tan tonta que...!
—Está bien, Treva, lo sé. Me casé con él, por todos los santos...
Maddie le dio unas palmaditas, pero ahora que había empezado Treva no podía parar.
—Y luego no tuve el período y le escribí aquella carta... —Treva agarró el brazo de Maddie—. La carta. ¿Dónde está...?
—La rompí en pedazos. —Maddie la palmeó con más fuerza—. Ha desaparecido. La tiré al váter. Ya no te puede hacer más daño. Lo juro.
—Oh... —Treva tragó aire, profunda y temblorosamente—. Oh. Oh, Dios mío, no me lo puedo creer. —Empezó a llorar de nuevo—. No me lo puede creer. Brent te lo iba a decir. Dijo que te lo diría y se lo diría a Howie. Le grité. Incluso lo amenacé con matarlo, pero él dijo que si no tenía la boca cerrada sobre lo del dinero, lo contaría. —Treva empezó a sollozar otra vez—. Volví a traicionar a Howie otra vez. Yo sabía que Brent estaba estafando a la empresa, porque Dottie Wylie se lo dijo a mi madre y yo no se lo dije a él. Llamé a Brent y le chillé; él me amenazó y yo traicioné a Howie otra vez.
—Ahora ya se ha acabado todo —dijo Maddie—. Nadie se lo dirá a Howie. —Se quedó callada un momento, confusa—. Espera un segundo, ¿qué tiene que ver Dottie Wylie con todo esto?
Treva se tragó las últimas lágrimas.
—Brent le cargó demasiado por la casa. Ella le dijo a mi madre que no valía lo que había pagado por ella y mi madre me lo dijo a mí. Yo no se lo dije a Howie, pero resulta que es verdad. Una noche, hace dos semanas, vino a casa y me dijo que C.L. y él habían estado revisando los libros y que Brent se había quedado unos cuarenta mil dólares solo de la casa de Dottie, haciendo una doble factura, pero no podían encontrar las facturas. Dijo que había muchas más, que se remontaban a dos años atrás. Lo supo mirando en el ordenador el importe que Brent había facturado, pero necesitaban las facturas.
—Copias hechas con papel carbón —dijo Maddie—. Había un montón en la caja que encontramos. Por eso Brent estaba tan furioso. Las facturas estaban allí. —Las piezas empezaban a encajar—. Pensaba que estaba enfadado porque yo había descubierto que me engañaba. Le dije que había estado con C.L. y preguntó: «¿Qué le has dicho?». No le importaba que hubiera estado con otro hombre, le importaba que hubiera estado con un contable. Todo esto ha sido por dinero. Hemos vivido este infierno por dinero. ¿Te lo puedes creer?
—No —contestó Treva—, yo lo he vivido porque cometí un terrible error veinte años atrás y traicioné a las dos personas que más quería.
—Bueno, ya se acabó —afirmó Maddie—. Esto es lo que quería decirte. Sé que necesitas llorar, así que adelante, pero ya se ha acabado. No me importa. —Rodeó los hombros de Treva con el brazo y la atrajo hacia ella, igual que había hecho con Em solo una hora antes—. Vamos a estar bien.
—¿Se lo vas a decir a Howie? —Treva se irguió—. Lo entenderé si lo haces; me lo merezco.
—Por supuesto que no se lo voy a decir —protestó Maddie—. ¿Es que no me has estado escuchando? ¿Quién crees que soy?
La cabeza de Treva vaciló un poco.
—Creo que eres maravillosa. La horrible soy yo. Sabía que Brent le estaba robando a la compañía y le dejé que me chantajeara...
Treva hundió la cabeza en el hombro de Maddie de nuevo.
—Eh, chicas, ¿estáis bien?
Maddie levantó la barbilla por encima de la cabeza de Treva para mirar detrás de ella. La señora Banister estaba en el porche, esforzándose por ver en la penumbra.
—Estamos muy bien, señora Banister —le contestó—. Solo somos Maddie Martindale y Treva Hanes. Estamos hablando de los viejos tiempos.
—De acuerdo, chicas. —La señora Banister se despidió con un gesto, mientras se daba la vuelta para volver a entrar en su casa—. Si necesitáis algo, llamad a la puerta.
—Gracias —dijo Maddie, mientras Treva estallaba de nuevo en llanto.
—Todos son tan buenos conmigo... —sollozó—. Y yo soy la escoria de la tierra.
—Vale, se acabó. —Maddie se levantó y tiró de Treva por el cuello de la chaqueta para ponerla en pie—. Contrólate y caminemos un poco para librarnos de todo esto. No eres escoria, eres la mejor persona que conozco, y si voy a la cárcel, quiero que críes a mi hija, así que deja de una vez de compadecerte.
Treva la abrazó de nuevo.
—No vas a ir a la cárcel. Incluso si te condenan, te concederán locura temporal o algo así.
—Vaya, Treva, eso no me parece un gran consuelo. —Maddie hizo que se pusieran otra vez en marcha—. No creo que vaya a ser muy bueno para Em vivir en una ciudad que cree que su madre chiflada mató a su padre que la engañaba. —Esto hizo que Maddie pensara en su abuela—. Me encerrarán en algún sitio y Em vendrá a visitarme y me traerá bombones de Esther Price y yo escupiré las avellanas contra las paredes.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Treva.
—Del factor hereditario —contestó Maddie—. ¿Alguna vez miras a tu madre o a tu abuela y piensas: «Dios santo, ¿seré algún día así?».
—A veces, creo que ya soy como ellas —confesó Treva—. Por eso llevo veinte años vigilando a Tres como un halcón. Me aterraba que me despertara un día y se hubiera convertido en Brent.
—Eso no pasará nunca.
—O que Howie lo mirara un buen día y dijera: «Dios, se parece a Brent». Porque sí que se le parece, un poco.
Pasaron delante de otras dos casas antes de que Maddie dijera:
—Mira, sé que estás aliviada, pero tienes razón sobre Howie. Esto es algo que él debería saber. Yo no voy a decírselo, nunca, pero probablemente tú tendrías que hacerlo.
—No puedo. —Treva agarró a Maddie por la manga de la chaqueta—. No puedo de ninguna manera. Pensará que me casé con él solo porque estaba embarazada del hijo de Brent.
—Howie Basset puede ser muchas cosas, pero no es tonto. Ha vivido contigo veinte años. Te conoce de toda la vida. Confía un poco en él.
—No puedo —repitió Treva, pero la voz le temblaba un poco menos.
—Hoy acabo de convertirme en una gran defensora de la verdad —dijo Maddie—. Te lo recomiendo calurosamente. No te creerías el alivio que supone.
Treva soltó un suspiro enorme y tembloroso.
—Bueno, en realidad, sí que lo creo. En este momento, me siento bastante aturdida solo porque nos hemos sacado todo esto.
Maddie asintió.
—Pues imagina tú y Howie. Hazlo.
Alcanzaron la esquina de la calle Linden, bajo la farola y, mientras Maddie esperaba lo que Treva iba a decir a continuación, se encendieron las luces y bañaron los rizos rubios de Treva y, por un momento, tuvo exactamente el mismo aspecto que cuando eran niñas, un poco alocada y formando parte del mundo de Maddie.
Llevaban juntas mucho tiempo. Y estarían juntas mucho más. Por esa razón no se marcharía nunca de Frog Point, no solo por Treva, su madre o Em, sino también por todos los recuerdos, la tradición y la seguridad que te dan treinta años en el mismo lugar.
—Ya han encendido las luces —le dijo a Treva—. Ya sabes lo que eso significa.
Treva le sonrió, con una sonrisa un poco débil y llorosa, pero una sonrisa a fin de cuentas.
—En casa antes de diez minutos o nos espera una buena.
—Pase lo que pase —dijo Maddie—, nada nos cambia. Tú puedes cambiar, yo puedo cambiar, pero nada nos cambia. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —murmuró Treva—. De acuerdo.
—Vale —dijo Maddie—. ¡Jesús, qué día!


A continuación fue a casa de Helena y Norman. No había estado allí desde hacía semanas, desde antes del funeral, y cuando llamó a la puerta de atrás, el corazón le palpitaba con fuerza. La cara de Helena, al abrir la puerta y ver a Maddie, no fue de ninguna ayuda.
—¿Qué quieres? —le espetó.
—Quiero que dejes de hablar mal de mí y disgustar a mi madre.
Helena la miró furiosa a través de la puerta mosquitera.
—He dicho la verdad.
—Has dicho parte de la verdad —replicó Maddie—. No has mencionado todas las veces que Brent me engañó ni tampoco que me pegó y mentiste absolutamente cuando dijiste que yo lo maté. Mi madre tampoco ha mencionado nada de todo eso, pero lo hará si no paras, y entonces mi hija tendrá que enfrentarse a todas las habladurías sobre la mala reputación de sus padres, porque sus abuelas son demasiado estúpidas para cerrar la jodida boca.
Maddie no tenía intención de acabar la frase así, pero lo hizo y le sentó bien. Era como hablaría la nueva Maddie, la persona que estaba tratando de ser antes de que la muerte de Brent le embrollara las ideas. Tenía un plan. Debía haberse mantenido fiel a él.
Helena salió y dejó que la puerta se cerrara de golpe detrás de ella; Maddie casi dio un paso atrás, pero no lo hizo. Nunca más iba a retroceder.
—Ven —ordenó Helena, y Maddie la siguió por el camino al garaje.
Helena abrió la puerta y dio la luz.
—¡Oh, no! —exclamó Maddie.
El garaje estaba lleno de carteles, pancartas y pegatinas para el coche y en todos ponía: «Brent Faraday para alcalde». Maddie sintió náuseas, por Brent y también por sus padres, por lo poco que conocían a su hijo.
—Él no quería esto —dijo Maddie—. Sé que teníais la mejor intención, pero...
—Él sí que quería —replicó Helena—. Eras tú la que no querías. Fuiste tú la que dijiste que no querías ser la esposa de un alcalde. Te oí en nuestra fiesta de Navidad.
—A mí no me importaba —explicó Maddie, todavía apabullada al ver el nombre de Brent por todas partes—. Vaya cosa, ser la mujer del alcalde. Pero sabía que él detestaba la idea y yo trataba de aliviar la presión. En realidad, él no quería esto.
—Habría sido un gran alcalde —insistió Helena, con el mismo tono que la mayoría habría usado para decir: «Habría sido un gran presidente».
—Helena...
—Y tú no querías ayudarlo —prosiguió—. Si se fue con otras mujeres, fue culpa tuya. No estabas allí cuando te necesitaba.
—Pero, qué diablos... —exclamó Maddie—. Estuve allí, a su disposición, siempre. Como he estado siempre a disposición de todo el mundo. Él no quería ser alcalde.
—Sí que quería serlo. Había rellenado los formularios, había hecho todo el trabajo. Lo único que faltaba era la declaración de su situación económica y tendríamos su nombre en las papeletas. Fue culpa tuya y ahora él está muerto y tú vas por ahí...
—Hace dos semanas que soy pura como la nieve.
—... y quiero que la ciudad sepa lo que has hecho.
Helena arrastró las últimas palabras con una satisfacción malvada.
—Bien, pues me alegro por ti —dijo Maddie, mientras su ira crecía ante la estupidez venal de su suegra—. Pero conoces a mi madre y ella también quiere que la ciudad sepa algunas cosas, y yo no voy a dejar que Em quede atrapada en medio. Tu hijo iba a marcharse, Helena. Había vendido su parte de la empresa. Tenía billetes de avión para Río. Se marchaba y se llevaba a Em con él, porque había estado robando dinero y tú lo presionabas para que fuera alcalde. ¿De verdad quieres que todo esto salga a la luz? ¿De verdad crees que no lo hará si sigues alimentando las habladurías?
—Nada de esto va en contra de él. —Helena temblaba de rabia—. Todo tiene que ver contigo. La gente cree que eres buena. Deberían saber la verdad.
—La sabrán —afirmó Maddie—. Van a ver un aspecto mío completamente nuevo. Pero no voy a aguantar esto. Deja de difamarme y molestar a mi madre, antes de que ella les cuente a todos la verdad sobre Brent.
—Nadie la creerá —dijo Helena, pero parecía un poco insegura, por primera vez.
—Déjalo —pidió Maddie—. Déjalo antes de que Em averigüe lo que era Brent.
—No seas ridícula —replicó Helena, pero apagó la luz y se marchó, sin insistir más y Maddie quedó satisfecha.
Pobre Brent, pensó al entrar en el coche. Helena por madre y Howard por padre. Al final, habría acabado siendo alcalde. No era extraño que Sudamérica le hubiera parecido tan atractiva.
Especialmente con una declaración financiera en perspectiva. Si había algo que a Brent no le interesaba revelar eran sus finanzas, aunque seguramente había escondido la mayoría del dinero que había estafado en algún otro sitio, aparte de sus cuentas y su bolsa de golf. No tenía ni idea de dónde y se preguntaba cómo habría sabido hacerlo él solo. Realmente, no podía haberlo hecho solo. Debía de tener un socio.
Puede que fuera el hombre que había hecho la llamada del secuestro. Alguien iba a pagar por eso.
Pero primero tenía que ocuparse de su último asunto inacabado.


—¿Qué ha pasado? —preguntó su madre en cuanto entró Maddie—. Son más de las nueve. He estado muerta de preocupación. Has llorado. Claro, con el merodeador y el asesino y...
—Em se fue a la granja a ver a C.L. —interrumpió Maddie—. Quería saber la verdad de lo que estaba pasando y pensó que él era el único que se la diría.
La madre de Maddie suspiró y se encorvó un poco.
—Pero, válgame Dios, Maddie...
—Siéntate —dijo Maddie—. Tenemos que hablar.
—No te creerías el día que he tenido —empezó la madre, dirigiéndose hacia el sofá de flores de color rosa—. Esa Helena...
—Exacto —la cortó Maddie—. Ahora vengo de allí. Vosotras dos vais a tener que dejar ese número de Godzilla contra la Cosa o acabaréis destruyendo la reputación de los padres de Em. Ya basta.
—Empezó ella —rezongó la madre.
—Bueno, pues yo lo he terminado —afirmó Maddie—. Encuentra otra cosa de que hablar, por favor.
Su madre la tomó literalmente.
—Gloría ha dejado que Barry vuelva, ¿te lo puedes creer?
—Sí —dijo Maddie—. Ahora puedo creerme cualquier cosa de cualquiera.
—¿De verdad? Pues escucha esto. —La madre se inclinó hacia delante—. Candace, la del banco, sale con Bailey, el vigilante de la compañía de Brent y Howie.
Maddie se distrajo por un momento.
—Eso es muy raro.
—Bueno, ella es una Lowery.
—Exacto. Se lleva en la sangre. Por eso me estoy convirtiendo en la abuela ante mis propios ojos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó la madre.
—Em se escapó porque nadie le decía la verdad. —Maddie se sentó en la mecedora delante de su madre—. Así que he pasado la tarde siendo la abuela, diciendo la verdad, incluso cuando nadie quiere oírla. Hasta ahora ha sido bastante interesante. Puede que empiece a escupir avellanas.
—Maddie, ¿de que estás hablando?
Maddie respiró hondo.
—Estamos todos tan ocupados protegiéndonos mutuamente que mentimos a diestro y siniestro. Tenemos que dejar de hacerlo o nunca nos libraremos de las mentiras. Todos tenemos que dejar de mentir.
—¿Te refieres a mí?
La madre, sentada en una postura rígida, no parecía muy contenta por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Sí, pero solo eres una entre muchas.
—Realmente, Maddie...
—Em fue en busca de C.L. porque no podía confiar en nosotras. No quiero que eso vuelva a suceder.
La madre parecía alterada.
—No consigo entender qué tiene que ver C.L. Sturgis con todo esto. Pensaba que estaba fuera de tu vida.
—Yo también —reconoció Maddie—. Me equivocaba. Éramos amantes y lo volveremos a ser. Y ya no tengo ganas de andar a escondidas, así que probablemente te enteraras cuando volvamos.
—Pero, realmente, Maddie...
—Es un poco como tú y el señor Scott —terminó Maddie.
Pareció que aquello había silenciado a la madre por un minuto, pero luego recobró las energías.
—No tengo ni idea...
—Olvídalo. Te lo acabo de decir. No más mentiras. He hablado con la abuela y me lo ha contado todo.
La cara de la madre se ensombreció.
—Tu abuela está senil. No hagas ningún...
—Ah, no, no lo está. —Maddie miró a su madre con desaprobación—. Es un auténtico peñazo, pero no se le escapa nada. Me ha contado que renunciaste a tu aventura amorosa para protegerme.
La expresión de la madre no auguraba nada bueno para la abuela.
—Maddie, no veo que...
—Y yo iba a hacer lo mismo por Em. —Maddie se balanceó en la mecedora y se sintió reconfortada. Había mecido a Em sentada allí, recién nacida, tan diminuta que parecía no pesar nada, y luego, más adelante, cuando empezaba a andar, mientras le leía ¿Tú eres mi madre?, tranquilizando a Em, con cada página, asegurándole que todo iría bien. Ahí quedaba eso de que el arte refleja la vida—. Pensaba que mientras eliminara todas las preocupaciones de su vida, estaría a salvo. Hice lo que hiciste tú. Pero no lo estaba y ha sido C.L. la persona en quien ella confiaba.
—Maddie, tu marido solo lleva muerto dos se...
—Me caía bien el señor Scott —prosiguió Maddie—. Me gustaba cuando venía a vernos. Me escuchaba. Me caía muy bien.
La madre la miró a los ojos por vez primera en varios minutos.
—A mí también —reconoció, finalmente—. Pero no pude hacerlo. Habría resultado demasiado confuso para ti. Y si nos hubiéramos seguido viendo, bueno, ya sabes cómo es esta ciudad.
Maddie quería chillar: «Madre, tú eres esta ciudad», pero no importaba.
—Yo no puedo hacer lo mismo —afirmó—. Podría esperar un poco si eso mejorara las cosas, supongo, pero no quiero hacerlo. No quería a Brent desde hacía mucho tiempo, no he tenido eso desde hace mucho tiempo y ahora lo tengo, delante de mí. —Se inclinó hacia su madre—. Me siento de maravilla otra vez, mamá. Cuando estoy con él, todo es mejor. Sé que quizá no dure, pero casi no importa, porque es fabuloso estar con él ahora. No en el futuro, no para tener una relación respetable que mostrar a la gente, sino para este mismo momento, para mí. He hecho el amor con C.L., me he reído con él y lo he visto a él con mi hija. Esta noche voy a volver con él y decírselo todo, porque confío en él más que en nadie y estoy bastante segura de que eso significa que lo quiero.
—Piensa en Emily —insistió la madre, y Maddie se inclinó hacia atrás, derrotada.
—Yo no soy como tú, mamá —afirmó—. Soy egoísta. Lo quiero todo. No puedo renunciar a todo para conservar a Em entre algodones. La quiero y deseo que esté a salvo, pero no voy a vivir una mentira y no voy a darle la espalda a la felicidad cuando está ahí, delante de mí, solo porque esa sea la idea que tiene la ciudad de lo que se debe hacer.
—Una se sacrifica por sus hijos —dijo su madre, tajante—. Eso es lo que hace una madre. Antes que nada son sus hijos.
—Lo sé. —Maddie se levantó, viendo que no tenía ningún sentido tratar de convencer a una pared que se sentía traicionada—. Es lo que yo he hecho. Pero ahora yo estoy muy cerca de ese primer puesto y eso significa C.L. ahora, no el año que viene. A Em le cae bien y él la ayuda. No está tan triste cuando está con él. Voy a volver con él. Nunca tendría que haberlo dejado.
La madre se inclinó hacia delante, tensa de sinceridad.
—Por favor, ¿quieres recordar cómo habla la gente? Brent solo lleva muerto menos de dos semanas. ¿Qué pensarán los vecinos.
—Si Em es feliz y yo soy feliz, no me importan los vecinos. —Maddie empezó a marcharse y luego se detuvo, esperanzada, dispuesta a probarlo otra vez—. De hecho, no solo no me importa. Me alegro. No tienes ni idea de lo cansada que estoy de ser Maddie, esa buena chica. Ahora voy a ser un desastre. Y voy a pasármelo en grande. Y me gustaría que llamaras al señor Scott y te unieras a mí.
—Maddie, tengo sesenta y tres años, soy demasiado vieja para actuar como una tonta. —La madre tensó la mandíbula y prosiguió—: Renuncié a mucho para que tú estuvieras a salvo —dijo, midiendo cada palabra con cuidado—. Te crié yo sola y siempre te puse primero. Y tú vas a tirar todo eso por la borda porque ese Sturgis...
—Mira —interrumpió Maddie—, esta es otra razón de que no vaya a hipotecar mi vida por Em, para no poder chantajearla con ningún discurso más adelante.
—¡Maddie!
—Te quiero, mamá. —Maddie se inclinó y besó a su madre en la mejilla—. Me darías el mundo entero, sé que lo harías, pero a cambio quieres que te entregue mi cuerpo y mi alma. Y no puedo dártelos. Soy una hija ingrata, lo sé, y como que existe el infierno, confío en que Em también lo sea, un día. —Se volvió y fue hacia la puerta—. No te preocupes, estoy bien y Em va mejorando. Te llamaré el domingo, después de ver a la abuela.
—¡Esa mujer! —rezongó la madre de Maddie.
—Me cae bien —respondió Maddie—. Es una egoísta de todos los demonios. Un buen modelo de conducta.


Maddie fue en coche a Dairy Queen y pidió un Sundae triple con caramelo caliente. Se sentó cerca de una ventana, iluminada por la luz del neón de la calle, y fue tomando cucharadas de chocolate como una fanática, mientras intentaba decidir qué demonios estaba sucediendo en su vida, quién iba a por ella y qué quería ella realmente. Personas que en otro tiempo la habrían saludado bajaban la cabeza y hablaban entre ellos en susurros y, en un tiempo, eso la habría deprimido, pero ahora no le importaba. Em estaba a salvo. Había recuperado a Treva. Había parado los pies a Helena. Lo único que tenía que hacer era descubrir quién había matado a su marido y volver a tener a C.L. en su vida.
Sobre lo primero, solo tenía algunas ideas, pero sobre lo segundo, sabía exactamente qué hacer, así que empezó por ahí.


C.L. estaba sentado en la escalera del porche, desenredando el hilo de las dos cañas de pescar cuando ella llegó, a las diez.
—¿Sabes?, si pescarais desde lados diferentes del embarcadero, esto no te pasaría —dijo Maddie, dirigiéndose hacia él.
—Phoebe colaboró.
C.L. se movió un poco para hacerle sitio en la escalera.
Maddie se sentó más cerca de él de lo necesario.
—Dame una de las cañas. Te ayudaré a desenredar.
—¿Sabes?, ahí hay una metáfora.
C.L. se inclinó hacia ella y sus hombros se rozaron.
—Lo sé, quieres ayudarme a desenredar el embrollo en el que estoy. —Maddie cogió el flotador—. ¿No sería mejor soltar esto?
—Los estaba usando como señalizadores. —C.L. le quitó la caña y dejó caer las dos en la hierba, junto a la escalera—. Es imposible. Dediquémonos a algo con alguna posibilidad de solución.
—De acuerdo. —Maddie se inclinó y lo besó. Era maravilloso notar su sabor de nuevo, tener su hombro para apoyarse y su boca ardiente en la suya, su brazo rodeándola, lo que sucedió casi de inmediato. Cuando se apartó para recuperar el aliento, dijo—: Dios, es fabuloso. —Apoyó la frente en la de él y añadió—: Recuérdame que no vuelva a dejarte. Sigo sin querer casarme, pero quiero tener todo lo bueno.
—Me estás tomando el pelo. —C.L. parecía estupefacto—. No, olvida que he dicho esto. —La besó, atrayéndola hacia él, y ella notó su lengua acariciándole los labios y se abrió a él, apretándose contra su ancho pecho, mientras él invadía su boca—. No hablabas en broma —dijo él, un poco sin aliento—. Tu madre va a hacer que me maten.
—Ya se lo he dicho —informó Maddie—. Todo es culpa mía. Le he dicho que iba a venir aquí y echarme encima de ti, así que tú eres la víctima. Bésame otra vez.
—Tenemos que salir del porche.
C.L. tiró de ella para ponerla en pie.
—Ni hablar. —Maddie se incrustó entre sus brazos, encantada por la sensación que le producían a su alrededor—. Se acabó eso de esconderme. Sé que soy viuda, pero todo el mundo sabe lo de Brent, así que, ¿por qué tengo que fingir? Bésame aquí mismo.
—Sí, pero está Em —dijo él, y la llevó a las sombras junto al porche.
Entonces la besó, poniendo todo su cuerpo en el beso, ahora que estaban en la oscuridad, deslizándole las manos por la espalda y atrayendo sus caderas hacia las suyas. Ella se dejó llevar a él y a su sólida calidez, y lo besó solo por besarlo, no por rebeldía, venganza o independencia.
—Estoy loca por ti —le dijo sin respiración.
—Sí, pero ¿qué pasará mañana, cuando recuperes la cordura?
—Ahora estoy cuerda.
Maddie lo besó otra vez y notó cómo se le aceleraba la respiración. Necesitó de toda su concentración para recordar, cuando el beso terminó, que tenía que decirle algo, antes de arrastrarlo al suelo.
Dio un paso atrás y se sintió un poco perdida hasta que se dio una patada mental. Estaba perfectamente. No necesitaba apoyarse en nadie. A partir de ahora se apoyaría por amor, no por necesidad.
—Tenemos que hablar.
—No. —C.L. tendió los brazos para cogerla—. Volvamos a la parte demente, antes de que cambies de opinión.
—No voy a cambiar de opinión. Pero hay unas cuantas cosas que tengo que decirte.
—Esto va a ser algo malo, ¿verdad? —preguntó C.L.
Maddie lo llevó de vuelta a la escalera del porche y él se sentó junto a ella y le puso la mano en la nuca y se la frotó. Su mano era cálida y pesada, y era una sensación maravillosa, no solo que le frotara la espalda, sino también tenerlo allí, junto a ella, de nuevo.
—Vale, dispara.
Maddie suspiró.
—Bueno, ya que lo has mencionado, está la pistola.
La mano de C.L. se detuvo.
—¿Sabes dónde está?
Maddie asintió, más para sentir su mano acariciándole la nuca de nuevo que por otra cosa.
—¿Quieres decírmelo? —dijo C.L., con voz ligeramente exasperada.
—En el congelador de Treva.
C.L. apartó la mano bruscamente.
—¡¿Treva?!
Maddie levantó la cabeza.
—Ella no lo sabe. Está dentro del guiso de carne de cerdo y fideos integrales de la señora Harmon.
C.L. tenía una cara como si le hubieran dado en la cabeza con un bate de béisbol.
—¡Jesús!
Maddie asintió.
—Lo sé, esa mujer quiere ser muy new age, pero todavía no entiende que el fiambre de cerdo no es comida sana.
—No hablo de la señora Harmon —aclaró C.L.—, aunque es asqueroso. Hablo de la pistola en el congelador de Treva.
—La metí en una bolsa de plástico antes de esconderla debajo de los fideos —prosiguió Maddie—, así que estoy segura de que estará bien. La congelación no estropea las armas, ¿verdad?
—Por un momento, he pensado que querías decir que lo había hecho Treva —dijo C.L.—. Sé que no tenía motivos, pero así y todo era...
—Tenía un motivo —dijo Maddie, un poco mareada ahora que toda la verdad salía a la superficie—. Brent le hacía chantaje.
C.L. se quedó inmóvil unos momentos.
—¿Por qué? —preguntó finalmente, como si estuvieran teniendo una conversación del todo normal.
—No te lo puedo decir —contestó Maddie—, pero ella no lo hizo.
C.L. asintió, digiriendo esa nueva información.
—¿Sabes?, cuando empiezas a decir la verdad, tienes que soltarlo todo.
—Bueno, ese es el problema —dijo Maddie, exasperada—. No es un asunto sin importancia. Está muy bien ir por ahí predicando la verdad, pero hay gente que ha construido su vida en torno a esas mentiras y por buenas razones. No puedes fastidiarle la vida a nadie, solo para alardear de tu sinceridad. No puedes decirle todo a alguien y pensar que ya está. Luego tienes que rehacer tu vida. No te creerías el destrozo que he causado esta tarde.
—De acuerdo —aceptó C.L.—. Creo. Pero sigo pensando que es mejor ceñirse a la verdad. ¿Hay algo más que quieras decirme?
—Sí —dijo Maddie—. Hay casi un cuarto de millón de dólares en el espacio de tu rueda de recambio.
—¡¿Qué?!
—Doscientos treinta mil —dijo Maddie—. Alguien los colocó en el Civic y puso la pistola en la guantera, esperando que me pillaran.
—Supongo que tuviste que meter el dinero en mi coche, ¿no?
—Estaba a mano —explicó Maddie—. ¿Quieres decírselo a Henry o lo hago yo sola?
—Hagámoslo juntos. —C.L. se levantó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse—. Pero, primero, vayamos a ver mi rueda de recambio.
—Coge una bolsa grande —aconsejó Maddie—. Hay un montón de billetes de cien dólares metidos allí. Dios, qué alivio haberme quitado este peso de encima.
—Ya —dijo C.L.—. Entiendo el porqué, ahora soy yo quien carga con él.


Henry no lo encontró divertido y Maddie se preparó para lo peor.
—¿Y tú acabas de enterarte de esto? —le gritó a C.L., cuando los tres estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina, con el dinero delante de ellos.
—Sí, joder, acabo de enterarme —replicó C.L. igualmente furioso—. ¿Tan idiota crees que soy? Llevo dos semanas yendo de un lado para otro con una fortuna en el maletero. Me lo ha dicho solo hace diez minutos, así que deja de chillarme. Y no le chilles a ella, porque es de la familia. Nos vamos a casar.
—No, no vamos a casarnos —dijo Maddie, y él la miró y se echó a reír.
—Sí que vamos a hacerlo —la contradijo—, es solo que tú todavía no lo sabes.
Henry se dirigió a C.L. como si Maddie no estuviera allí.
—¿Sabes?, muchacho, cabe la posibilidad de que esta mujer matara a su marido. Es una buena mujer, pero él se iba a llevar a su hijita y me parece que ella haría cualquier cosa para mantener a salvo a la pequeña. A lo mejor te interesa pensarlo con calma.
—Bueno, yo también haría casi cualquier cosa por tener a la niña a salvo —contestó C.L.—. Y por eso, ella nunca me disparará un tiro. Ve adentro a llamar a quien sea sobre lo de esa pistola y te esperaremos. Está en el congelador de Treva Basset en el guiso de la señora Harmon. Carne de lata y fideos de trigo integral.
—Pedazo de estúpida —dijo Henry, sin especificar si se refería a Maddie o a la señora Harmon, y se marchó a llamar por teléfono.
Cuando volvió, estaba algo más amable, pero no mucho.
—Tengo un par de preguntas —le dijo a Maddie, y ella tragó saliva y asintió.
—¿Por qué no te cuento lo que sé? —propuso—. He estado pensándolo y tengo algunas ideas.
Henry suspiró y luego asintió.
—Adelante, pero no te guardes nada.
—Bien —empezó Maddie—, me parece que todo comenzó porque Helena Faraday quería que Brent fuera alcalde y porque Dottie Wylie es muy amiga de Lora Hanes y porque la amante de mi marido quería que me dejara.
—Estás de guasa —intervino C.L.—. ¿Qué dem...?
—Cállate, C.L. —ordenó Henry—. Has olvidado cómo funcionan aquí las cosas. —Volvió a centrarse en Maddie—. ¿Quién le dijo qué a quién?
—Hace cosa de un mes, Helena le dijo a Brent que tenía que rellenar la declaración de bienes económicos para presentarse como candidato a la alcaldía y Brent sabía que eso sería malo. Más o menos por el mismo tiempo, Dottie le dijo a Lora que la empresa del marido de su hija la había estafado, Lora llamó a Treva; Treva sabía que Dottie es honrada donde las haya, igual que Howie, y eso solo le dejaba a Brent. Así que lo llamó y le preguntó qué demonios estaba pasando y lo amenazó con montar un cirio. Luego, una semana después, encontré esas bragas sin entrepierna debajo del asiento del coche y creo que las pusieron allí expresamente, así que su amante debía de estarlo presionando al mismo tiempo...
—¿Bragas sin entrepierna? —repitió Henry.
—¿Qué bragas sin entrepierna? —coreó C.L.
—... porque no creo que fuera una casualidad que las bragas acabaran en el coche. Me extrañaba ya desde hace un tiempo, aunque entonces no relacioné la cosas, pero la cuestión es que no te quitas unas bragas sin entrepierna para hacer el amor. —Maddie se detuvo y miró a C.L.—. ¿Tú que opinas?
—No es probable —dijo C.L., esforzándose por poner una cara virtuosa, mientras Henry ponía mala cara—. No es que lo sepa por experiencia porque yo no hago esa clase de cosas.
—En cualquier caso, no creo que una mujer no se diera cuenta de que no llevaba bragas. Yo me di cuenta la noche que fuimos al Point, y yo no las llevaba.
Henry puso una cara todavía peor mirando a C.L. y ella se apresuró a continuar.
—Y tampoco harían el amor en el asiento delantero, porque no hay sitio y yo los vi meterse en la parte de atrás la noche que lo vigilé. Así que se las dejó allí a posta, lo cual significa que quería que yo las encontrara y me encarara con él. Lo estaba presionando. Y eso me hace preguntarme si el accidente que tuve fue un accidente.
—La paranoia no es buena —dijo C.L.
—Mi coche era tan viejo que cualquier daño lo convertiría en un siniestro total —le respondió—. Y eso significaría que tendría que coger el Caddy, que lo limpiaría, encontraría las bragas y me divorciaría de Brent. Además, el golpe me lo dio el hermano del tipo que me vio abrir la caja de seguridad en el banco. Por otro lado, Brent no podía haber montado la estafa solo, no era muy bueno con las cosas de dinero, y el banco sería un buen sitio para encontrar un socio que sí fuera un experto.
—En eso tienes razón —concedió Henry—. Tenías un montón enorme de mala suerte de golpe, así que presioné un poco al chico Webster. No habla, pero está muy nervioso. Pensaba esperar a que se viniera abajo, pero podría acelerar un poco las cosas, supongo.
—Bueno, gracias —dijo Maddie—. Creía que sospechabas de mí.
—Todavía lo hago —replicó Henry—, pero eso no significa que no haya otras posibilidades interesantes. Sigue hablando.
C.L. miraba del uno al otro.
—No me lo puedo creer. Ninguno de los dos me habéis dicho nada.
—Yo estaba tratando de solucionarlo sola —dijo Maddie—. Sabía que era inocente, pero Henry sí que pensaba que era mi abuela otra vez.
—¿Qué abuela? —preguntó C.L., y vio que Henry hacía una mueca al recordar—. ¿Hay una abuela en esto?
—Cállate, C.L., y deja que hable —ordenó Henry.
Maddie hablaba de nuevo, contándole a Henry todo lo que sabía, y C.L. vio que la tensión se reducía conforme hablaba.
—Tal como yo lo veo fue así. Brent convierte todo lo que puede coger en dinero en efectivo y se prepara para marcharse. Pero entonces yo encuentro las bragas, C.L. viene a la ciudad y lo persigue, Treva y yo registramos el despacho y nos llevamos la caja con las facturas, así que se asusta tanto que me pega. Todavía faltan dos días para que salga el avión y sabe que las quejas de Dottie van a causarle problemas con su socio, que probablemente no sabe que se va a marchar, así que lo llama y se delata. —Se detuvo y miró a Henry—. Especialmente si lo llamó aquel viernes por la noche. Estaba muy bebido y era transparente. Si lo hubieras arrestado aquel fin de semana, te lo habría confesado todo. Me parece que su socio lo mató para protegerse. Excepto que la voz que oí por teléfono aquella noche diciendo «Bien» era de mujer. Hay una cajera en el banco que se llama Jane Webster. ¿Es pariente de Webster?
—Hermana —informó Henry—. Lo comprobé. La mujer de Harold Whitehead era una Webster. Aquel sitio está lleno.
—Están empezando a no gustarme —afirmó Maddie.
—Háblame del dinero —dijo Henry—. Si tú no lo moviste, ¿cómo llegó al Civic?
—No lo sé —reconoció Maddie—. Pero apuesto a que quien lo hizo fue el merodeador que vi el sábado por la noche. Fue entonces cuando desapareció la llave de la caja de seguridad. Sé que no es suficiente para relacionarlo con la caja de seguridad, pero es algo. Creo que el asesino cogió el dinero y se puso a esperar y ver si me arrestabas. Como no lo hiciste, colocó la pistola y la mayor parte del dinero en el Civic y esperó a que Leo lo encontrara; solo que yo lo encontré primero. Y entonces se entera de que Em ha desaparecido, lo cual no era difícil porque yo lo había gritado por toda la ciudad... —Se detuvo un momento y luego dijo—: Fui al banco, Henry. Todos los del banco sabían que no encontraba a Em.
—Toda la ciudad sabía lo de Em —comentó Henry.
C.L. habló en ese momento.
—Ese tipo debía de estar cada vez más frustrado. Cada cosa que ha hecho, tú has conseguido sortearla. Debe de estar a punto de salir de quién sabe dónde a por ti.
—Solo si Maddie está en lo cierto —dijo Henry—. Hay muchos cabos sueltos. Por ejemplo, el problema de que nadie salió del Point tras Brent aquella noche salvo ella.
—Eso según Bailey —afirmó C.L.—. Mañana quiero hablar con él.
—Tenemos que hacer un montón de cosas mañana —respondió Henry—. Empezando por la maldita pistola.
—Hay algo más —dijo Maddie— Bailey ha estado saliendo con Candace y recogiéndola en el banco, así que ha estado allí. Podría estar implicado también.
—Trabajó allí en seguridad un tiempo —comentó Henry—. Lo sabe todo de ese sitio.
—Está claro que mañana vamos a hablar con Bailey —dijo C.L.—. Especialmente ahora que sabemos que Maddie es inocente.
Miró furioso a Henry.
Henry siguió tan imperturbable como de costumbre.
—Tal vez. Pero todavía tenemos lo del dinero y la pistola de los que no nos habló. Tendría que acusarla de ocultar pruebas.
—No puedes —dijo Maddie—. Te he dicho todo lo que sé, así que parecería que solo lo haces por rencor. Además, a lo mejor me caso con tu sobrino. ¿Dónde te dejaría eso, entonces?
—Más o menos donde siempre he estado con C.L.
Henry suspiró, pero no había veneno en su voz.


—Em está arriba, dormida en mi cama —dijo C.L. cuando Henry los dejó para irse a la cama también él—. Cayó redonda poco después de cenar. Un día duro.
—Ya lo puedes decir. —Maddie se le acercó un poco más—. Te he echado de menos.
C.L. retrocedió.
—Yo también. Vete a la cama.
Maddie se detuvo.
—¿Qué?
—Tu hija está arriba y mi tío está esperando oír que tú te reúnes con ella. En marcha.
—Has estado lejos de mí demasiado tiempo. —Maddie avanzó rápidamente y lo abrazó—. Te he echado de menos.
C.L. la besó una vez, con fuerza, y ella lo absorbió y lo quiso por aquel beso y luego él se apartó.
—Yo también te he echado de menos; por eso pienso reunirme contigo, en tu casa, mañana, mientras Anna cuida de Em y Henry hace cosas de sheriff, así que deja la mañana libre porque vas a estar muy ocupada, desnuda. Pero ahora, vete arriba.
Maddie se sentía desnuda sin rodearlo con sus brazos. Acababa de liberarse de toda una ciudad por él, se sentía como si pudiera y debiera hacer cualquier cosa, y estaba vacía.
—Estás de guasa.
Él retrocedió un paso y la miró con el ceño fruncido, en un torpe intento de disuadirla.
—No. Vete arriba.
Maddie se puso en jarras.
—Por fin decido ser depravada ¿y tú pasas página?
—Si voy a ser tu marido y el padrastro de Em, tengo que hacerlo —afirmó C.L.—. Tengo alguien a quien proteger. Vete arriba.
Parecía decidido, terco y desdichado.
—Oh, mierda —masculló Maddie y se fue arriba, pero cuando estaba en la cama, al lado de Em, empezó a hacer planes.
Era evidente que C.L. no había captado la idea de que la vieja Maddie había desaparecido, porque estaba tratando de convertirse en su gemelo. Y si tenía que pasarse la vida acostándose con su viejo yo, tendría que matarlo. Por lo tanto, tenía que hacer algo y rápido para corromperlo de nuevo, corromperlo lo suficiente para que no hubiera medio alguno de que volviera como doble de la vieja Maddie. Lo quería endiablado, rebelde y desbordando escándalo, y cuanto más lo pensaba de esa manera, más lo deseaba. Se quedó dormida con ideas sexuales que hacían que le ardiera la piel y que todavía estaban con ella cuando se despertó.


Em no estaba alegre en el desayuno, pero se la veía relajada y hablaba de galletas y de Phoebe con Anna, sin que le temblara la voz.
—¿Me puedo quedar aquí con Anna todo el día? —preguntó—. Todavía no quiero volver.
Maddie dijo:
—Todo el fin de semana, si Anna puede soportarlo.
—Me la quedaría para siempre —afirmó Anna—. Haremos galletas de canela y luego, por la tarde, haremos ganchillo. Es una cosa tranquila. Exige mucha concentración. —Le sonrió a Maddie por encima de la cabeza de Em—. Es bueno cuando tienes muchas cosas en la cabeza.
C.L. tocó la bocina fuera y Maddie apartó su plato y se inclinó para besar a Em en la mejilla.
—C.L. y yo tenemos que ir a la ciudad, tesoro. Volveremos por la tarde. Pórtate bien con Anna.
Em le lanzó su mirada desdeñosa.
—Yo siempre me porto bien.
—También vamos a tener que ocuparnos de eso —le dijo Maddie—. Pero primero tengo que atender a otros asuntos.
Bajó la escalera y C.L. quitó la chaqueta del traje del asiento del pasajero.
—Ven, móntate conmigo —dijo.
Probablemente tenía segundas intenciones, pero ella también, así que subió al descapotable, tratando de decidir cómo llevar sus planes a la práctica para conseguir el máximo impacto. No podía hacer nada respecto a la mafia de los Webster que le estaba arruinando la vida —eso era cosa de Henry—, pero podía hacer algo para volver a tomar las riendas de su vida y hacer que fuera la suya propia, no la de su madre ni la de la ciudad. Decidió que tenía que hacer algo tan escandaloso que nunca más pudiera recuperar su reputación. Aunque una parte de ella sabía que estaba mal de la cabeza, la otra parte, la parte que se había liberado cuando se enfrentó a todas aquellas mentiras el día anterior, la espoleaba a seguir adelante.
Aquel era el día en que se libraba de la vieja Maddie por completo. Y C.L. la iba a ayudar. Maddie palmeó el condón que había encontrado en el cajón de C.L. y que había guardado en los shorts. Iba a ayudarla desnuda.
Al tirar la chaqueta en el asiento de atrás, C.L. flexionó los músculos debajo de la camisa de algodón; Maddie se estremeció y le sonrió mientras la excitación de la noche anterior aparecía de nuevo, solo porque él estaba junto a ella, cálido y accesible. Él le lanzó el pañuelo que llevaba antes y ella se lo puso en la cabeza, mientras planeaba la siguiente jugada. Tenía que estar con él pronto.
Era asombroso cómo recuperabas la libido cuando ya no estabas deprimida y tu posible futuro tío político pensaba en arrestar a alguien que no eras tú.
—Primero tengo que ir a ver a Henry —dijo C.L., saliendo a la carretera—. Va a hablar con Bailey y quiero estar allí. Pero luego somos solo tú y yo, pequeña, así que quédate en casa. —Le sonrió y ella tuvo que morderse el labio, porque él estaba de muerte—. Dejaré el coche donde Henry, así nadie se enterará.
Maddie soltó una fuerte carcajada; la pasión la volvía escandalosa.
—C.L., toda la ciudad lo sabe. Lo dejarás delante de mi puerta.
—No lo haré.
Miró el velocímetro y redujo la velocidad.
Así que iba a ser duro de convencer. Maddie lo miró con el rabillo del ojo. No, no era así. No importaba qué otra cosa intentara ser; por debajo seguía siendo C.L.
Metió una casete de Springsteen y subió el volumen. «Born to Run» sonó atronadora bajo la luz del sol.
C.L. bajó la música.
—Los granjeros todavía están trabajando los campos. No tiene sentido que llamemos la atención.
Muy bien, se acabó. Se había enamorado de un rebelde y no iba a pasar el resto de su vida con alguien que hace méritos para que le den la medalla al buen ciudadano. Esperó hasta llegar a la carretera de Porch, con C.L. conduciendo, tenso, a sesenta y cinco kilómetros por hora y dijo:
—Acelera.
—Hay límites de velocidad —contestó C.L., y ella puso los ojos en blanco.
—Sí, y el límite en esta carretera es de noventa. Acelera.
Él suspiró y dejó que la aguja subiera hasta ochenta. La canción cambió a «Thunder Road». Era una canción estupenda y Maddie se encaramó para sentarse en el respaldo del asiento en su honor, sujetándose al parabrisas con una mano.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo C.L.
Pero el viento soplaba contra ella, presionaba contra ella y ella quería chillar y quitarse la ropa y arrastrar a C.L. al asiento de atrás. Lo que hizo fue quitarse el pañuelo, sostenerlo por encima de la cabeza y dejar que el viento se lo llevara.
—¿Quieres bajar de ahí ahora mismo? —pidió C.L., cogiéndola por la pantorrilla.
Maddie echó la cabeza hacia atrás y sintió que el corazón le latía con más fuerza mientras el viento le alborotaba el pelo y los dedos de C.L. le apretaban la pierna. Todos los recuerdos excitantes que tenía de C.L. volvieron a ella y se soltó del parabrisas, abriendo los brazos para notar cómo se le movían los músculos, mientras C.L. no paraba de chillarle desde abajo.
—¿Estás loca? Bájate de ahí —insistía, tirándole de la pierna.
Ella plantó los pies con firmeza en el asiento y siguió sentada, pero bajó los brazos. Sus músculos deberían haber estado moviéndose, desnudos, contra él pero, en cambio, él la estaba regañando. Iba a tener que tomar medidas.
—¿Sabes?, creo que esta es nuestra canción —le chilló desde arriba—. Seguro, es nuestra canción. En especial esa parte que dice «ciudad llena de perdedores». Sal de la carretera y hagamos el amor.
—Maddie —dijo, y ella se quitó la camiseta por la cabeza y dejó que también se la llevara el viento, así que cuando él la miró, dio un viraje brusco—. ¡¡Maddie!! —exclamó, y ella se rió porque el viento soplaba fuerte contra su piel.
La granja de los Drake estaba cada vez más cerca, a la derecha.
—Métete en ese camino, C.L. —gritó Maddie.
Por la izquierda se acercaba un granjero, subido a un tractor, y C.L. le quitó los pies del asiento con tanta fuerza que Maddie cayó de golpe, pero era demasiado tarde. Los ojos del granjero eran como platos, cuando pasaron a su lado.
—Era Todd Overton —informó C.L., con una falsa calma—. Henry me va a decir cuatro cosas sobre esto. Tenías que hacerlo, ¿no?
—Gira —dijo Maddie, cuando se acercaba la entrada a la granja—. ¡Gira!
—Ni lo sueñes —respondió C.L., y Maddie se quitó el sujetador por la cabeza y se lo tiró encima de las rodillas, de donde salió volando inmediatamente de vuelta a su lado y fuera del coche.
C.L. miró hacia allí.
—Mierda —masculló, y dio un volantazo para sacarlos de la carretera y entrar en el camino, tal como ella sabía que haría, con el coche coleando de lado cuando él frenó.
Maddie abrió la puerta en cuanto el coche se detuvo, patinando, y ya había bajado y se había metido en la suave hierba que bordeaba el camino, antes de que pudiera atraparla.

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MensajeTema: Re: Miénteme - Jennifer Crusie   Vie Nov 19, 2010 5:14 pm

Capítulo 19


—Maddie, basta ya —ordenó C.L. desde el coche—. No tiene gracia. Hay una casa aquí mismo.
—Pues claro que no tiene gracia —dijo ella y se quitó los shorts, con el condón incluido y las bragas y lo lanzó todo hacia él—. Era la casa de Drake. Está abandonada. —Se sentó en la hierba, con las piernas cruzadas y ordenó—: Hazme el amor aquí, exactamente aquí. Al sol. Delante de Dios y de todos. No quiero esconderme más.
C.L. la miró y tragó saliva.
—Estoy contigo hasta esa parte de Dios y todo el mundo. —Bajó del coche, fue hasta ella y le tendió la mano—. Estamos a quince minutos de tu casa. ¿Por qué no...?
—Aquí.
Tiró de él, haciéndolo caer en la hierba, a su lado. Su camisa estaba fresca al contacto con su piel, cuando ella se metió entre sus brazos. Él estaba caliente debajo, sólido y duro junto a ella. Lo besó y sintió que sus manos le bajaban por la espalda mientras la brisa le acariciaba la piel y se dejó caer contra él, aplastándolo contra el frío suelo.
—No es una buena idea —dijo C.L. cuando se separó para recuperar el aliento, pero sus manos le recorrían el cuerpo mientras lo decía. La hizo dar media vuelta, para ponerse él encima, todo ardor y peso y a Maddie se le aceleró el pulso, espoleado por la música que seguía sonando en el coche.
—Ahora —ordenó, y las manos de C.L. se deslizaron por sus costados haciéndola estremecer.
Él le besó el cuello y una oreja y, finalmente, de nuevo los labios, lamiéndole dentro de la boca, mientras ella se frotaba contra él.
—Te deseo de verdad —dijo él cuando paró para respirar—. Pero aquí no. No sin protección.
—Hay un condón en el bolsillo de los shorts —le informó ella—. Cógelo. Hace ya demasiado tiempo. —Le atrajo la cara hacia la suya para morderle el labio—. Te quiero ahora. Aquí. Mientras los vecinos nos miran. Para que todo el mundo lo sepa.
Se movió debajo de él y vio que sus ojos se oscurecían y lo notó duro contra ella a través de los vaqueros.
—Es una idea tonta —dijo él, pero su voz era ronca y débil.
La besó de nuevo, suavemente, su lengua un cosquilleo en sus labios, y luego con más fuerza, mientras toda ella palpitaba, apretada contra él. La boca se trasladó a su pecho y la respiración de Maddie se aceleró todavía más mientras él le hacía perder el sentido con la lengua.
—Hazlo —le susurró al oído, mientras su cuerpo se frotaba contra el suyo—. Toda la noche he pensado en esto y ardo en deseos de ti. Estamos detrás del coche, la gente no puede vernos y te deseo tanto... Hazlo con fuerza, te quiero ahora...
Se calló cuando él le metió la rodilla entre las piernas, sujetándola con firmeza con las manos y se movió para ayudarlo, mientras el aire fresco entre sus muslos le recordaba lo vacía que estaba y lo mucho que suspiraba por él. C.L. se puso de lado para bajarse la cremallera de los vaqueros.
—Hazlo deprisa, solo tómame aquí, ahora —dijo Maddie.
Él se incorporó para coger el condón de los shorts y luego sonrió, mientras volvía hacia ella, una sonrisa lenta, sexy e indomable.
—No, vamos a tomárnoslo con calma para estar seguros de que todo el mundo nos ve.
Deslizó la mano entre sus piernas mientras su cuerpo tocaba el suyo, ardiente, fuerte y ancho, por encima de ella, y Maddie se movió, buscando su mano, cerrando los ojos al sol, sintiendo la fría hierba debajo y sus dedos excitantes resbalando en su interior, haciendo que su respiración se entrecortara y la sangre le latiera con fuerza.
—Te amo —dijo, sin sentido de tanto que lo deseaba.
—Lo sé.
C.L. la besó, haciéndole perder el conocimiento con sus manos y su boca, bajo el sol de finales de verano, mientras ella lo acariciaba por todas partes, reclamando salvajemente todo lo suyo como propio.
Pasaban coches, había pájaros gorjeando y se oía el gruñir de algún tipo de maquinaria agrícola en algún sitio, pero todo era solo un zumbido lejano; lo único que Maddie oía era lo que C.L. le susurraba al oído, diciéndole las cosas enloquecedoras, eróticas e imposibles que quería hacerle ahora, luego, siempre, mientras su cuerpo la aprisionaba contra el suelo y sus dedos la volvían loca de deseo.
Gimió, apretándose contra él, las manos buscando torpemente la cremallera, mientras sus ideas se entorpecían de tanto desearlo. Y cuando finalmente lo notó duro en su mano, él dijo:
—He mentido. No puedo hacerlo despacio, hagámoslo ahora.
Ella levantó las caderas hacia él y, después de un segundo con el condón, él se metió en ella, ahogando su grito de alivio con su boca, mientras se daba media vuelta y ella estaba encima, empujando las caderas con fuerza contra las suyas. Maddie lo montó, con los muslos abiertos sobre su ancho cuerpo, y luego se estremeció al notarlo muy dentro de ella. Soltó aire cuando él se movió, viendo cómo cerraba los ojos, con sus oscuras pestañas destacándose contra su piel, mientras él aguantaba el aliento. Tenía una cara fuerte, la cara más bella que ella había visto nunca. Tragó aire con fuerza, latiendo en contacto con él, notando que su cuerpo se tensaba bajo sus manos y que él se balanceaba dentro de ella y la hacía perder el sentido de deseo.
—Eres preciosa —dijo él, y Maddie se dio cuenta de que ahora la estaba mirando, moviéndose con deliberación dentro de ella para hacerla estremecer mientras él la contemplaba—. Eres absolutamente nueva —declaró—, pero sigues siendo mía.
Ella le sonrió, mordiéndose el labio para contener el placer que avanzaba a saltos dentro de ella.
—Tal vez —susurró, y C.L. dio media vuelta para apresarla debajo de él, penetrando cada vez con más fuerza en ella.
—¡Mía! —repitió y ella intentó negar con la cabeza, pero él se movió otra vez, más dentro de ella y ella se olvidó de fingir y se aferró a él.
—Más fuerte —dijo, con los dientes apretados.
C.L. tomó sin detenerse más para hablar o reír, apoderándose de ella en la blanda hierba, junto a su coche rojo encendido, a menos de diez metros de la carretera, indiferente a todo lo que no fuera ella. Habían perdido la vergüenza y el sentido, el uno por el otro, y saberlo la empujó a gritar y encontrarse con él, llena de ardor y luz, y luego estremecerse y retorcerse al llegar el orgasmo, clavándole las uñas cuando los espasmos la dominaron, hasta que él se dejó caer encima de ella.
Y cuando estuvo hecho, todas sus dudas se evaporaron en el aire junto con su reputación.
Se quedaron tumbados en la hierba, enlazados con un placer tan salvaje que los dos se echaron a reír. Se acabó la vieja Maddie, pensó ella.
La abuela estaría muy orgullosa.


C.L. le dio la chaqueta del traje cuando volvieron al coche.
—Personalmente, te prefiero desnuda —le dijo—, pero ya conoces a los vecinos.
Y luego la besó con tanta fuerza que le hizo perder el aliento, una vez más.
Cuando la dejó en su casa, quince minutos más tarde, la cabeza de Gloria subía y bajaba al otro lado de la cerca. Probablemente estaba recortando la hierba de los márgenes.
—Es difícil no conocer a los vecinos —respondió Maddie, al bajar del coche—. A lo mejor me traslado. Aquella vieja granja tiene buenas vibraciones.
—Yo también —dijo C.L.—. Si te trasladas, es para vivir conmigo.
—Tal vez —respondió ella, pero dio la vuelta hasta su lado del coche para besarlo, porque era una sensación fabulosa.
—¿Estás loca? ¿En público? —exclamó él, y ella volvió a besarlo, con un beso bueno, largo, de agradecimiento por un sexo genial bajo el sol, con montones de lengua, que lo dejaron sin respiración, admirado—. Volveré a buscar la chaqueta —prometió—. En cuando haya visto a Henry. Te la voy a arrancar de encima.
—¿La chaqueta?
Maddie la abrió. C.L. cerró los ojos y ella cogió las llaves del contacto.
—¡Eh! —exclamó él mientras ella retrocedía.
—Ve a pie —le ordenó—. Quiero tener un Mustang de color escarlata delante de mi casa.
—Muy graciosa, Hester —dijo él—. Devuélveme las llaves.
Maddie se alejó, entrando en el jardín de atrás, prestando mucha atención a la manera en que el forro de seda de la chaqueta le rozaba la piel. Si él la seguía, estupendo. El sexo animal, fantástico, era maravilloso, pero tenía necesidad de hacerlo también lentamente, suponiendo que C.L. se prestara. Estaba bastante segura de que lo haría.
Se volvió para ver si la seguía, pero era evidente que le había leído el pensamiento y estaba cerrando la puerta del coche.
—De acuerdo —le gritó desde el asiento delantero—. Me irá bien un poco de ejercicio. No te muevas de ahí para que pueda hacer un poco más cuando vuelva.
Se quedó mirando cómo se marchaba, porque le gustaba ver cómo se movía, y cuando dobló la esquina entró en el jardín y subió la escalera.
—¿Maddie? —dijo Gloria.
Maddie se volvió y la miró, entrecerrando los ojos, por encima de la cerca.
—Maddie, ¿qué llevas puesto? —Gloria parecía escandalizada y encantada a partes iguales—. ¿Es una chaqueta de hombre?
—Es la chaqueta de C.L. —informó Maddie—. Acabamos de hacer el amor en la granja de Drake. No llevo nada debajo. ¿Hay algo más que quieras saber?
—Vaya, la verdad, Maddie... —Gloria arrugó la nariz—. Solo hace dos semanas que Brent se ha ido.
—Es mucho tiempo para pasarlo sin sexo —declaró Maddie—. Ah, esto me recuerda que te acostaste con mi marido y, aunque él no me gustaba mucho, tampoco estoy muy contenta contigo. Así que guárdate tus comentarios sobre mi vida sexual y mi césped.
Gloria se sonrojó.
—No sé de qué hablas. Yo nunca...
—Me escribió una carta, Gloria —prosiguió Maddie—. Déjalo correr. Se chivó de ti. Supongo que lo haríais en el garaje, delante de los vecinos, aunque bien pensado, la vecina era yo. Qué mal gusto.
Los labios de Gloria se movían, pero no salía ningún sonido de ellos, así que Maddie entró en su casa y dejó que la puerta mosquitera se cerrara de golpe.
A lo mejor, cuando Henry encontrara al asesino, también la dejaría que le chillara. Empezaba a ser estupendo, lo de ser la nueva Maddie, la que no era amable y le decía a la gente lo que pensaba.
Además, la nueva Maddie tenía un sexo de fábula. Animada, Maddie fue a poner algo de música country de mujeres. Era esa clase de día, soleado, de puta madre.


—Pensaba que querías estar aquí cuando interrogara a Bailey —dijo Henry, cuando C.L. entró con la ropa arrugada y sin chaqueta, una hora después de lo que había prometido.
—Un pequeño problema en la carretera —contestó C.L., esforzándose por no tener aspecto de haber tenido un sexo fabuloso.
—Demonios, C.L., ¿a plena luz del día? —exclamó Henry—. Si no eres un tarado con mierda por cerebro, no sé quién lo es.
—Bueno, está Bailey —C.L. trató de colocarse la camisa dentro de los pantalones—. ¿Qué tenía que decir?
—Ha dicho que Maddie mató a Brent.
C.L. levantó la cabeza de golpe.
—Calma —aconsejó Henry—. Es posible que me esté diciendo la verdad. Seguimos la pista de la pistola y la licencia está a nombre de la empresa de construcción. Maddie pudo cogerla de allí.
—Déjame verlo —dijo C.L. sombrío, dirigiéndose a la puerta—. Quiero oír esta verdad.


Maddie se puso una camiseta y unos shorts limpios y subió el volumen con Lorrie Morgan en el estéreo para molestar a Gloria. Luego se sentó y revisó el correo que se había acumulado durante la semana anterior. Extendió cheques para pagar las facturas y los puso a un lado, hasta el fin de semana, cuando ingresaran su salario y pudiera volver a cubrir sus gastos.
Vaciar sus cuentas había sido rastrero por parte de Brent, especialmente porque tenía un cuarto de millón para sus gastos. La verdad es que no era propio de él. Tenía sus defectos, pero nunca había sido rastrero. Y debió de contar con que ella iba a repartir cheques sin fondos por toda la ciudad.
Maddie volvió a repasar el correo. Sin duda había repartido cheques sin fondos por toda la ciudad; no había llegado a hacer el depósito que Candace le aconsejó. ¿Dónde estaban los avisos de los cheques devueltos? ¿Candace los había cubierto de alguna manera? Y si lo había hecho, ¿por qué no se lo había dicho?
Maddie dejó caer el correo encima de la mesa.
¿Y si no hubiera ningún cheque sin fondos? ¿Y si Brent no hubiera vaciado las cuentas?
¿Y si alguien del banco las hubiera vaciado, para que Candace tuviera que llamarla y hacerla ir allí a fin de que abriera la caja de seguridad y se incriminara?
Harold Whitehead no podía planear ni una noche fuera, pero los Webster probablemente sí. O sea, que vaciaban la cuenta y luego hacían que Candace la llamara para poder estar allí, como testigos.
¿Por qué hicieron que fuera Candace quien llamara? ¿Por qué no llamaron ellos mismos?
Fue Candace quien sugirió lo de la caja de seguridad. «¿Tienes algo en tu caja de seguridad?», le había preguntado. Mierda, sí.
¿Candace?
Maddie intentó encajar las piezas, usando a Candace, en lugar de los Webster, pero no parecía cuadrar. Cierto, Candace era rubia, pero también era una persona sensata y bien establecida, no tenía ni pizca de tonta. La idea de Candace con unas bragas sin entrepierna debajo de su traje de color beige era absurda.
Aunque puede que no las llevara puestas. Había sido una trampa, algo tan escandaloso que obligara a Maddie a encararse con Brent. Una mujer muy lista había metido aquellas bragas debajo del asiento.
Candace era una mujer muy lista.
Candace había llegado, sin ayuda de nadie, hasta el puesto de gerente de préstamos del banco, pero no iba a llegar más arriba, nunca. Le habría encantado ser la esposa del alcalde. Ya nunca más habría sido una Lowery. Lo único que tenía que hacer era librarse de Maddie.
Estás paranoica, se dijo Maddie, pero ¿dónde estaban los avisos de falta de fondos? Su madre decía que prácticamente era Candace la que llevaba el banco; podría haber bajado sola, para coger la caja, con la llave de Brent.
Una vez que pensó en esa posibilidad, todo pareció obvio. Candace era un genio de las finanzas. Sabría todo lo que Brent necesitaba para desfalcar dinero de la empresa. Incluso se encargaba de los depósitos y las cuentas de la compañía. Tenía que ser Candace.
Sin embargo, la voz del secuestrador era de hombre.
Candace había estado saliendo con Harold Whitehead, pero Maddie no se podía imaginar a Harold haciendo una llamada así, ni aunque Candace estuviera bailando desnuda delante de él.
Claro que Candace también se veía con Bailey, que no secuestraría a nadie, eso era ilegal, como el chantaje, pero si no había nadie secuestrado de verdad, podía hacer la llamada. La línea divisoria entre lo legal y lo ilegal nunca había estado muy clara para Bailey. La voz era áspera, como la suya. Podía haber sido Bailey. Pero Bailey era incapaz de matar a nadie.
Candace quizá sí.
Maddie torció el gesto. Conocía a Candace de toda la vida, desde los Mary Janes y las sandalias cuarteadas. Todo aquello era absurdo.
Aun así tenía sentido. Pese al secuestrador. Debido a las sandalias rotas. Si Brent había estado malversando fondos con Candace, si había decidido largarse de la ciudad y dejarla sosteniendo la bolsa, si la había dejado tirada y ella se había dado cuenta de que lo estaba dominando el pánico y que ella iba a ir a la cárcel...
Candace podía haberlo matado de un tiro. Se había esforzado demasiado para dejar que Brent la convirtiera de nuevo en nadie. Peor todavía, que la convirtiera en el escándalo de Frog Point. «Totalmente propio de una Lowery», diría la gente y, por vez primera, Maddie se preguntó cómo sería al otro lado. Odiaba haber nacido una buena chica. ¿Cómo se había sentido Candace siendo una perdedora?
Maddie acababa de tener sexo desnuda y en público para salir de su identidad limitadora.
¿Qué haría Candace para evitar volver a la suya?
Candace tenía mucho en juego. Pudo haber matado a Brent.
Solo había una manera de averiguarlo. Maddie cogió las llaves de C.L. y fue al coche. Tenía que enfrentarse a Candace y ver la expresión de su cara.
—Lo hizo Maddie, C.L. —dijo Bailey, y C.L. lo miró a los ojos y supo que decía la verdad. Bailey no podía mentir porque sí. De verdad creía que Maddie había disparado.
—Repítelo de nuevo —pidió C.L., y Bailey suspiró con fuerza.
—Fue al Point, vio a Brent durmiendo y le disparó —repitió Bailey, con sonsonete debido a la larga práctica.
—Brent dormía mucho en el Point, ¿no? —preguntó C.L.
—A veces iba allí solo para escapar de todo. Yo no preguntaba. Las cosas no le iban bien en casa. —Miró maliciosamente a C.L.—. Pero supongo que tú ya lo sabes.
—Esto me recuerda algo —dijo C.L.—. Vuelve a intentar chantajear a Maddie y tendrás que recoger tus dientes por toda la calle. ¿De qué diablos iba todo eso?
—No era chantaje —protestó Bailey, con aire de sinceridad ofendida—. Solo pensé que, como ella tenía dinero, podía darme una parte ya que yo le hacía un favor.
C.L. lo miró, al principio asqueado y luego con un renovado interés. Bailey estaba diciendo la verdad como Dios manda. O en ese caso como Bailey la entendía. C.L. miró a Henry y vio que achinaba los ojos.
—Dime otra vez lo que viste en el Point —insistió C.L.
Bailey se inquietó un poco, pero luego contestó, más honrado que un juez.
—Maddie subió a la colina...
—¿Viste cómo subía, Bailey?
La voz de Henry era engañosamente afable.
—No, vi las huellas. Luego fue hasta el coche y le disparó. —Bailey asintió, con aire virtuoso.
—La viste hacerlo —dijo C.L.
—Claro —dijo Bailey, y apartó la mirada y movió los pies.
—Bailey, tarado —dijo C.L.—, que tienes mierda por cerebro, estás mintiendo descaradamente.
Bailey miró a Henry.
—No puede hablarme así, ¿verdad?
—Normalmente, no —dijo Henry—. Pero parece que tiene razón. Probemos de nuevo. Dinos lo que viste, Bailey.
—Lo hizo ella —insistió Bailey—. Yo no la vi, pero lo hizo ella.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó Henry.
Bailey se revolvió en la silla de nuevo.
—Bailey —dijo C.L., inclinándose hacia él—, estás difamando a la mujer que quiero. ¿Tienes idea de lo furioso que eso me pone?
—Brutalidad policial —exclamó Bailey.
—Yo no soy policía —aclaró C.L.—. Será brutalidad de un ciudadano y soy muy bueno en eso.
—Henry —dijo Bailey, nervioso.
—Aquí no te tocará —aseguró Henry—. Ya sabes que yo no trabajo así. El problema es que no puedo protegerte una vez estés fuera. Eso sí, cuando él te envíe al hospital, lo meteré en la cárcel. Puedes contar con ello.
Bailey miró a Henry, luego a C.L. y de nuevo a Henry.
—No te lo puede decir ella misma, porque habría un gran escándalo. Ya sabes cómo es esta ciudad.
C.L. empezó a intervenir, pero captó la mirada de Henry y se calló. El que le había contado un cuento chino a Bailey había hecho un buen trabajo. Más valía callarse y escuchar.
—Esta ciudad es un mal bicho —dijo C.L.—. Cuéntamelo.


Maddie paró en el semáforo al lado del banco, pasado el mediodía. Harold Whitehead se estaba preparando para cerrar las puertas y Maddie pensó que no era normal que lo hiciera el presidente de un banco. Luego abrió una de las hojas y dejó salir a Candace. Como de costumbre, iba vestida de un elegante beige y sostenía un bolso de piel clara en una mano.
En la otra llevaba una maleta.
—Eh, Candace —gritó Maddie, desde el descapotable—. Espera un momento.
Candace se volvió, la vio, la saludó con la mano con la que sostenía el bolso y siguió caminando.
—Candace —chilló Maddie de nuevo, mientras la luz seguía tercamente roja—. ¡¡Candace!!
Candace siguió caminando, con el paso ligero y constante de una mujer de negocios, sin una preocupación en el mundo, pero con un repentino ataque de sordera.
—Al infierno con todo —dijo Maddie y salió del coche, dejándolo parado en medio del cruce.
La luz se puso verde cuando llegaba a la acera y los coches empezaron a tocar la bocina.
Al infierno con ellos.
—¡Candace! —llamó Maddie de nuevo y echó a correr para alcanzarla.
Candace se detuvo entonces; no tenía más remedio.
—Tengo prisa, Maddie —dijo—. Es el fin de semana del día del Trabajo. Tres días de fiesta. Tengo que coger un avión. —Se dio la vuelta para marcharse—. Ya hablaremos el martes.
—No, será demasiado tarde. —Maddie se lanzó hacia delante y cogió el asa de la maleta—. Tengo que hablar contigo ahora.
Varias personas se dieron la vuelta, mostrando un interés enorme por el escaparate de Revco.
—La verdad, Maddie...
Candace trató de recuperar la maleta.
—Tenemos que hablar.
Maddie siguió agarrando el asa, como si le fuera la vida en ello, mientras Candace tiraba.
—Maddie, ya sé que has pasado por momentos difíciles últimamente —empezó Candace, con tono tranquilizador—, pero debo coger un avión, de verdad.
—¿Con todo este dinero? —preguntó Maddie, y corrió la cremallera de la bolsa con un gesto vengativo.
Una ropa interior de seda realmente preciosa se deslizó fuera de la maleta, seguida de muchos trajes de aspecto caro y color beige y amarillo dorado que Candace trató, sin conseguirlo, de coger antes de que cayeran al suelo.
Nada de dinero.
Candace dejó la maleta en el suelo y miró a Maddie como si estuviera loca. Algunas personas se acercaron a ayudar, entre ellas una amiga de la madre de Maddie.
—Maddie, cariño —dijo—. ¿No crees que tendrías que volver a casa y acostarte?
—Mierda. —Maddie no le hizo ningún caso, concentrada en Candace—. ¿Dónde lo tienes? ¿En la liga?
—Maddie, ¿qué te pasa?
Candace puso una rodilla en el suelo para meter su ropa en la maleta, mientras los que las rodeaban hacían ruiditos comprensivos y lanzaban miradas furiosas a Maddie. Un hombre de cara roja se acercó.
—Señora, mueva su maldito coche —dijo.
—Estoy un poco disgustada por mi cuenta corriente —le explicó Maddie a Candace.
—Estás de guasa. —Candace cerró la cremallera de la maleta y se puso en pie—. ¿Esto es por una cuenta corriente? Maddie has estado sometida a mucho estrés. Vete a casa y solucionaremos esto cuando el banco abra el martes.
—Señora, el coche —insistió el hombre.
—No está en números rojos —dijo Maddie, y los ojos de Candace parpadearon. Solo fue un momento, pero ahí estaba—. Lo hiciste tú, ¿verdad?
—¡Señora! —repitió el hombre.
—No sé de qué estás hablando. —Candace se sacudió la falda, evitando mirar a Maddie a los ojos—. Y no tengo tiempo para seguirte la corriente. Busca ayuda. La necesitas.
Cogió la maleta y el bolso y se volvió para marcharse, tan segura de sí misma que Maddie casi dejó que se marchara.
—No, no te vas a ningún sitio. —Maddie la cogió del brazo de nuevo—. No sé adónde vas, pero apuesto a que es un sitio de donde no te pueden hacer volver y no me vas a dejar empantanada en medio de este lío.
Candace se soltó y trató de seguir andando, pero Maddie la sujetó con todas sus fuerzas y las dos tiraron de la maleta, Maddie decidida y Candace con toda la dignidad posible. La gente había abandonado el escaparate de Revco y ahora las miraban abiertamente; hasta el tipo del coche se había callado para observar.
—Estás haciendo una escena —susurró Candace, rabiosa, mientras trataba de librarse de Maddie—. Estás haciendo el ridículo más absoluto. Dios mío, piensa en tu madre.
—Al infierno con mi madre —le susurró Maddie a su vez—. Y si te parece que esto es una escena, espera y verás. Si no vienes conmigo a ver a Henry, montaré el espectáculo completo.
Candace se soltó de las manos de Maddie y dio un largo paso, antes de que Maddie se lanzara hacia delante y la alcanzara, obligándola a dar unos cuantos pasos con el impulso.
—Esta mujer se ha vuelto loca —dijo Candace a nadie y a todos, arrastrando a Maddie con ella, haciendo esfuerzos por seguir andando—. Que alguien me la saque de encima.
Maddie pensó que no era así como pasaba en las películas, mientras Candace la arrastraba medio metro más. En las películas la cosa física sucedía rápidamente; no había esos momentos de contemplación que te hacían pensar que eras una retrasada mental. No era extraño que tantas peleas se acabaran enseguida.
—Ayúdame —pidió Candace, con más irritación que miedo, y Harold Whitehead se acercó, vacilando.
—No lo hagas, Harold —dijo Maddie, aferrándose a Candace desesperadamente—. Estarás ayudando y encubriendo a una asesina.
—Esto es absurdo —protestó Harold—. Candace es gerente de préstamos.
—Destrozó mi coche, mató a mi marido y amenazó a mi hija —dijo Maddie en voz lo bastante alta para que todos lo oyeran, y la gente miró a Candace con un interés renovado—. Esa es la persona que contrataste, Harold.
Candace se soltó de un tirón y Maddie fue tras ella y disparó su última bala. Cogiéndola del brazo, dijo:
—Claro que eso es lo que se puede esperar de una Lowery.
Candace se dio media vuelta con una mirada asesina.
—Zorra —exclamó—. Zorra estúpida y engreída.
Intentó soltarse de nuevo y, al no conseguirlo, le dio una patada a Maddie en la rodilla. Maddie gimió de dolor.
—Escucha, tú... —dijo y, entonces llegó Henry.
—Hemos recibido una queja por desórdenes —explicó Henry, saliendo del coche—. Imaginaba que serías tú, Maddie. ¿Qué pensará la gente?
—He terminado con la gente, Henry —declaró Maddie furiosamente, aguantando el dolor de la rodilla, pero sin soltar a Candace—. Que se jodan los vecinos, me importan un pito. No voy a ir a la cárcel porque yo no maté a mi marido. Bien, haz el favor de arrestar a esta mujer.
—Se ha vuelto loca —anunció Candace a la multitud en general—. Mató a su marido y ahora me culpa a mí. Está mal de la cabeza. Haz que me suelte, Henry. Me está haciendo daño.
—Suéltala, Maddie.
—Henry, esto no...
—Suéltala, Maddie —repitió Henry, y Maddie comprendió por qué C.L. sentía lo que sentía hacia su tío.
Soltó a Candace y se frotó la rodilla.
—Me parece que tienes razón, Candace —dijo Henry, sosegador—. Maddie tiene algunos problemas...
—¡Eh! —protestó Maddie.
—... así que, ¿por qué no vamos a la comisaría y si quieres presentas cargos contra ella?
Maddie se calló. Cualquier cosa que llevara a Candace a la comisaría era un paso en la buena dirección.
—No, porque no tengo tiempo.
Candace se arregló la chaqueta y se volvió para marcharse, pero Maddie agarró el asa de la maleta de nuevo, justo cuando Henry daba un paso adelante.
—No vas a salir de Frog Point —afirmó Maddie.
Candace se volvió hacia ella, con una cara que era una mezcla de horror y rabia y, con la mano libre, lanzó el bolso contra la cabeza de Maddie. Lo último que vio Maddie mientras perdía el conocimiento fueron un montón de billetes de cien dólares volando por los aires.


—No pudiste esperar a Henry —dijo C.L. cuando ella volvió en sí.
Estaba en una cama del hospital y lo primero que preguntó fue:
—¿Dónde está Candace?
—Encerrada —contestó C.L.— Henry iba a detenerla sin armar alboroto cuando tú montaste aquel cirio. Por supuesto, ahora no puedo casarme contigo. Eres un absoluto desastre y mi familia nunca podría superarlo.
—¿Por qué está encerrada?
Maddie intentó incorporarse y C.L. la obligó a echarse de nuevo.
—Quédate quieta. El médico va a venir para ver si tienes una conmoción. Y luego pediré que te miren por rayos X para ver si tienes cerebro. ¿Por qué diablos atacaste a esa mujer?
—Se iba a marchar. —Maddie dejó de luchar porque le dolía la cabeza y se tumbó de nuevo—. Mató a Brent. Lo averigüé, pero ella se iba a marchar. El puente del día del Trabajo, y una mierda. Se iba a escapar.
—Exacto —dijo C.L.
Maddie lo miró furiosa.
—No me digas que ya lo sabías.
C.L. negó con la cabeza.
—Solo lo supimos un poco antes que tú. La caja de seguridad despertó las sospechas de Henry desde el principio, porque si tú no mentías, aunque estaba bastante seguro de que sí que mentías, entonces tenía que ser alguien del banco. Ya había seguido el rumor sobre el merodeador hasta Candace, pero no conseguía saber por qué lo había puesto en marcha.
—Para que Brent le llevara una pistola —dijo Maddie, recordando la llamada telefónica—. Es premeditado.
—No creo que Candace hiciera en su vida nada que no lo fuera —afirmó C.L.—. Es una moza resuelta donde las haya. Pero tú seguías siendo la principal sospechosa hasta que hicimos hablar a Bailey, quien reconoció que Candace había bajado por el camino aquella noche y le había dicho que tú habías matado a Brent, así que, claro, la creyó, en especial cuando ella empezó a salir a cenar con él. —Le sonrió—. Dios, lo cabreada que está contigo. Una vez que empezó a confesar, de lo que más quería hablar era de cómo tú lo habías fastidiado todo. El viernes, después de matar a Brent, utilizó su llave para entrar en tu casa y dejar la llave de la caja de seguridad en el cajón del escritorio, para que la abrieras a la mañana siguiente y te llevaras el dinero. Pero tú lo dejaste allí, pedazo de tonta, porque eres honrada, así que tuvo que volver y robar la llave otra vez, mientras tú estabas en la granja, para poder sacar ella el dinero.
—Entonces ¿los Webster no tuvieron nada que ver? —Maddie se sintió culpable—. He estado pensando cosas horribles de ellos.
—Bueno, el más joven sí. Candace le envió la mitad de un billete de cien dólares por correo, con instrucciones de destrozar tu coche si quería la otra mitad. Supuso que le daría un golpe cuando estuviera aparcado en algún sitio, pero el pedazo de idiota le dio por detrás contigo dentro. A Candace le dio un ataque por lo estúpido que era. Solo era el segundo de su lista de personas que no saben hacer las cosas bien, detrás de ti. —C.L. cabeceó—. Dijo que no podía entender por qué no dejabas que la ciudad cuidara de ti, como siempre había hecho. Ni se le ocurrió que te defenderías.
—Nunca imaginé que confesara —dijo Maddie—. Pensé que aguantaría y se libraría por su cara bonita.
—En el laboratorio encontraron su huella en el cargador de la pistola. Henry debía conseguir las huellas de Candace para comprobarlo y tenía la intención de convencerla para que fuera a la comisaría cuando tú decidiste convertirte en la comidilla del lugar.
—Pero yo había limpiado la pistola —dijo Maddie.
—Eso fue muy amable por tu parte. El cargador estaba dentro. Ella comprobó el cargador y luego le disparó a Brent en la cabeza.
—Oh... —Maddie tragó con fuerza—. Qué mujer más dura.
—No tan dura como tú. ¿Te das cuenta de que has asaltado a alguien a plena luz del día y que has dicho «qué los jodan» delante de cuarenta personas, mi tío incluido?
—Estaba muy exaltada —explicó Maddie—. No podía dejarla marchar, pero al mismo tiempo no podía creer que lo hubiera hecho, así que estaba muy tensa. Todavía no me lo creo. Conozco a Candace. Fui al instituto con ella. Ha vivido en esta ciudad toda su vida.
—Me parece que por eso lo hizo —afirmó C.L.—. Se cansó de matarse a trabajar para salir de esto y decidió matar a otro para cambiar.
—No puede ser por eso. —Maddie cambió de postura con cuidado en la cama. No se le cayó la cabeza, así que se relajó—. Candace podía haberse marchado cuando quisiera. Tenía un título y experiencia. Debía de querer algo más. Dejó las bragas en el coche de Brent. Debía de quererlo a él.
—Pues debería habértelo pedido. Tú se lo habrías dado. Y yo, joder, yo se lo habría envuelto para regalo.
—Espera un momento. —Maddie se incorporó lentamente—. Ahora Em está a salvo. Yo estoy a salvo. ¿Verdad?
—Bueno, no exactamente —dijo C.L.—. Yo sigo estando aquí. —La miró profundamente a los ojos—. Tus pupilas tienen un aspecto normal. Si no tienes conmoción, ¿quieres volver luego a la granja de Drake? De todos modos, tu reputación se ha ido al infierno.
—Gracias a Dios —respondió Maddie—. Mi vida va ser mucho más sencilla a partir de ahora.
—No cuentes con ello —afirmó C.L.—. Ahora yo formo parte de ella.


Maddie fue a Revco al día siguiente a comprarle un collar a su abuela para embaucarla más tarde. Todos los que se cruzaban con ella se la quedaban mirando y algunos incluso estiraban el cuello desde el otro lado de los exhibidores para echar una buena ojeada a la nueva vergüenza de la ciudad. No eran desagradables, pero tampoco le daban palmaditas en la espalda.
Era como si no supieran cuándo se pondría a soltar tacos contra ellos y, ciertamente, no lo aprobarían si lo hacía, pero tampoco querían perdérselo si era posible. Buscaos la vida, quería decirles Maddie. Yo lo he hecho.
Un colgante con un gato dorado, con enormes ojos verdes de vidrio, captó su atención y acababa de cogerlo cuando alguien le dio un golpecito en la espalda.
—Me han dicho que van a poner una placa aquí, en memoria de la batalla —dijo Treva, detrás de ella—. Tu nombre figurará de forma destacada. —Maddie se volvió y Treva añadió—: Dios, qué collar tan horroroso. Una cosa es tirar tu reputación por la alcantarilla, ¿tienes que parecer una vieja buscona, además?
—Es para mi abuela. —Maddie se sentó en el borde del mostrador, tan feliz de tener a Treva y hablar con ella que no le importó que Susan, en la caja, les lanzara miradas asesinas por apoyarse en las mercancías—. Y puedes ahorrarme todo el rollo sobre ayer. Mi madre ha discutido con todo detalle mi ruina. Ni en las Olimpiadas se repiten las jugadas tantas veces, a cámara lenta, como yo he tenido que soportar.
—Bueno, por lo menos esta vez tuvieron una comentarista experta —dijo Treva—. Supongo que te limitaste a aguantar.
—No, fue genial —respondió Maddie—. Le dije que ser un escándalo era mucho más divertido que hablar de escándalos y que debería ir y probarlo también ella.
—Y lo hizo. Uau.
—Pues claro que no lo hizo —dijo Maddie—. Me tragué otra hora de lo que significa ser una Martindale. Nunca había oído nada igual. Es evidente que, en lo que hace a Frog Point, somos los Kennedy con moral. Y ahora solo quedan ella y Em para perpetuar la historia.
—Me parece que solo Em. Mi madre vio a la tuya anoche en la bolera, tomando café con Sam Scott y se lo dijo a Esther. El vecindario está en marcha.
—Estás de guasa. —Maddie se echó a reír y se inclinó hacia Treva, compartiendo la diversión con ella—. Oh, es genial. Me encanta. Espera a que se lo cuente a la abuela. Se lleva en la sangre.
—Oh, yo lo he hecho mejor —dijo Treva—. Le he dicho a Howie lo de Tres.
La sonrisa de Maddie desapareció y se preparó para lo peor hasta que se dio cuenta de que Treva estaba más relajada y contenta de lo que la había visto en meses.
—Deduzco que se lo ha tomado bien.
—Lo sabía desde el principio. —Treva se sentó al lado de Maddie, con una gran sonrisa, al recordar su alivio—. Algo de los tipos de sangre en el hospital. He cargado con ese maldito secreto durante veinte años y él ya lo sabía. —Treva puso los ojos en blanco—. No le importa. Dice que ha criado a Tres y que eso lo convierte en hijo suyo y que es lo único que cuenta. No podía créeme que se lo tomara con tanta calma, pero me dijo que se sintió herido y furioso durante un día, veinte años atrás, y luego cogió a Tres en brazos y pensó: «Qué diablos», y no volvió a preocuparse hasta hace un par de semanas cuando pensó que me estaba acostando con Brent de nuevo. —Treva negó con la cabeza—. Como si fuera a caer tan bajo dos veces. —Cayó en la cuenta de lo que acababa de decir y se volvió hacia Maddie—. No es que tú cayeras bajo por acostarte con él. Era tu marido.
—Dios santo —exclamó Maddie, todavía hablando de Howie—. Toda esa culpa por nada.
—Lo sé —reconoció Treva—. Deseaba matarlo, pero lo quiero. ¿Qué puedo a hacer?
—Vete delante del banco y chilla «Que os jodan» —aconsejó Maddie—. Te espero aquí.


—Mi madre ha dicho que una señora del banco mató a tu papá —dijo Mel más tarde, cuando estaban en la granja, intentando pescar.
—Sí. Candace. —Em balanceó los pies por fuera del embarcadero—. No quiero hablar de ello.
—Vale. Es espantoso.
—Sí. —Em movió los pies con más fuerza—. ¿Phoebe está cerca del agua?
Mel estiró el cuello para mirar.
—No. —Sacó la caña del agua y se puso seria—. ¿Estás bien, Em?
—Sí. —Em pronunció la palabra con fuerza, tal como hacía C.L. cuando hablaba en serio—. He hablado con mi madre y con C.L. y ya se ha acabado todo. Ojalá mi padre no estuviera muerto... —Se detuvo, tragó con fuerza y agarró la caña con más fuerza—. De verdad que querría que no lo estuviera, pero todo lo demás está bien. Nadie intenta hacernos daño. Estamos bien.
—De acuerdo. —Mel hurgó dentro de la mochila y sacó una caja de galletas Archway con trocitos de chocolate blanco esta vez—. Toma. Son las mejores.
Em cogió una de las enormes galletas y, mientras la comía, se quedó mirando el cielo azul de septiembre, tratando de pensar solo en estar bien. Querría que Mel dejara de hablar de su padre, pero así eran las cosas. La gente siempre quería hablar de las cosas de las que tú no querías hablar.
—¿Tu madre va a casarse con C.L.? —preguntó Mel—. Quiero decir, nunca hablas de eso y me muero de ganas de saberlo.
Em suspiró.
—Creo que sí. No ahora mismo; mamá dice que no y lo dice en serio porque me prometió que nunca más me mentiría, pero apuesto a que C.L. la convence. Probablemente el verano que viene, porque es cuando habrán acabado la casa y de esa manera podremos vivir en el campo donde Phoebe puede correr por todas partes y yo puedo ver a Anna cada día. Mamá dice que no, pero C.L. dice que sí que va a pasar, y él nunca miente.
Mel se incorporó.
—Espera un momento, si vives en el campo, no te volveré a ver.
—Claro que sí. —Em dio un mordisco a la galleta y habló con la boca llena—. C.L. te recogerá y te traerá aquí o me llevara a mí. Se lo he pedido y me ha dicho que claro, porque estará trabajando en la ciudad. Me parece que va a trabajar con tu padre en la empresa. Todo está bien.
Excepto que mi padre está muerto, añadió en silencio. Sin embargo, pensarlo no le dolía tanto como antes, dolía mucho, pero no como antes. Em cerró los ojos y pensó en su padre, con la gorra de béisbol y el cucurucho de helado con nueces y lo recordaba perfectamente.
—Vamos a estar perfectamente —le dijo a Mel, y mordió otro trozo de galleta.
—Bien, eso es bueno. Oye, ¿te he contado lo que Cindy Snopes me contó de Jason Norris?
—No. —Em se sentó más derecha—. ¿Qué?
—Coge otra galleta —dijo Mel, pasándole la caja—. Va a llevarme un buen rato, pero es bueno.


—Lo has fastidiado —dijo la abuela, cuando Maddie fue a verla por la tarde—. Podías haberlo tenido fácil, pero tenías que abusar de tu suerte y ahora tenemos todo este escándalo. Adulterio. Desfalco. Asesinato. Chillar obscenidades en público. No podías quedarte callada.
—No, he decidido que quería ser como tú.
Maddie le tendió la caja dorada extragrande, de dos kilos, a su abuela, que se quedó, por un momento, sin habla de felicidad.
—Montones de chocolate —dijo finalmente—. Maravilloso.
Arrancó el plástico y luego la cinta roja, y cuando levantó la tapa, la caja desbordaba calorías.
Maddie cogió la tortuga de chocolate con leche antes de que la abuela pudiera hacerse con ella.
—Eh, que esa es mi favorita —protestó la abuela.
—Escupes las avellanas —dijo Maddie—. Es asqueroso. Además, también hay una de chocolate negro.
La abuela se recostó en los almohadones, enfurruñada.
—No me gusta el chocolate negro. No voy a estar con...
—Bien —interrumpió Maddie—. Entonces me la comeré también. —La cogió de la caja y le dio un mordisco. El chocolate era cremoso y oscuro, el caramelo se le pegó entre los dientes y las avellanas eran sabrosas y crujientes—. Es el paraíso.
—Te estás comiendo todos mis bombones —protestó la abuela, preocupada de verdad—. Eres una mujer horrible. —Bajó la cabeza y volvió a su cantinela habitual—. No voy a estar con vosotros mucho más tiempo, ¿sabes?
—Vas a sobrevivirnos a todos. —Maddie se sentó para acabarse la tortuga de chocolate negro—. Eres como esta ciudad. Se necesitará una estaca clavada en el corazón para acabar con cualquiera de las dos.
—Tienes toda la razón —aceptó la abuela—, pero eso no quita que seas tonta por haber dejado que todo se supiera. Todo ese escándalo. Y ahora, ahí está tu madre, exhibiéndose en la bolera con Sam Scott. Estoy horrorizada.
—Lo superarás —afirmó Maddie—. No me puedo creer que ya te hayas enterado de lo de mamá. Yo lo supe hace solo una hora.
La abuela suspiró.
—Es que yo hablo con la gente, mientras que tú seguro que te pasas el día en la cama con ese hombre. Eres una golfa. No lo olvidarán nunca.
—No quiero que lo hagan. —Maddie dio un bocado a la otra tortuga—. ¿Sabes?, este chocolate es excelente. No tengo ni idea de por qué no lo he comido contigo todos estos años.
La abuela cogió de la caja un bombón de crema con avellanas encima y se lo metió, entero, en la boca. Maddie esperó hasta que escupió las avellanas al otro lado de la habitación y luego dijo:
—Esto que haces es ordinario, abuela.
—Por eso lo hago. Háblame de ese hombre.
—Es excelente en la cama —informó Maddie—. Em lo adora. Le compró un perro. Estoy pensando en casarme con él.
—Cuanto antes mejor —dijo la abuela—. Tu reputación se ha ido al infierno.
—Debes de estar muy orgullosa.
—Lo estoy. No tienes ni idea de la atención que recibo. Llevas un collar muy bonito.
—Un regalo —mintió Maddie—. De mi nuevo hombre. No podría renunciar a él.
—No voy a estar contigo mucho tiempo —empezó la abuela—. El corazón.
—Es un símbolo de su amor —dijo Maddie—. No me lo quito ni para dormir.
La abuela tosió y resolló hasta provocarse un ataque de tos que no se le pasó hasta que Maddie le hizo tragar un poco de agua y entró la enfermera para asegurarse de que no era necesario aplicar medidas más drásticas.
—No vuelvas a hacer esto —dijo Maddie, cuando se marchó la enfermera—. Me asustas. Estoy empezando a apreciarte, así que todavía no te me puedes morir.
—Me sentiría mejor con algo bonito para hacerme compañía —gimió la abuela—. Ese collar con el gato es precioso.
—Tú ganas. —Maddie se lo dio—. Pero no vuelvas a hacer ese número del ataque de tos. Ahora háblame de Mickey.
La abuela colocó la caja de bombones fuera del alcance de Maddie y se puso el colgante en el cuello.
—Al infierno con Mickey. Cuéntame lo de ese nuevo hombre tuyo. Quiero conocerlo. ¿Es bueno?
—Increíble —afirmó Maddie—. Absolutamente el mejor. Cada vez, tengo unos orgasmos tan fuertes que tengo que gritar.
—Bueno, pues procura hacerlo en voz baja —aconsejó la abuela—. Tenemos que vivir en esta ciudad.


Maddie puso a Bonnie Raitt en el estéreo cuando llegó a casa, pero antes de que pudiera subir el volumen en «Something to talk about», sonó el teléfono. Maddie pensó no contestar y luego decidió hacerlo. ¿Y si era algo bueno?
—Esta es una llamada indecente —dijo C.L. cuando ella contestó y solo el sonido de su voz ya la hizo sentir calor—. ¿Qué llevas puesto?
—Una sonrisa y lo que llevaba en la granja de Drake. ¿Por qué no estás aquí, dentro de mí?
Ya al decirlo, la idea de su peso, de sus manos, su boca, su sonrisa y su amor hicieron que se quedara sin respiración y que el calor se extendiera; estaba claro que tenía el mismo efecto en C.L. porque lo oyó soltar aire.
—Eso es, juega a hacerte la difícil. Jesús. ¿Dónde estaba? ¿A quién le importa? Prepárate, enseguida estoy ahí.
—Espera un momento. ¿Y qué hay de Em? ¿Va a venir Henry?
—Anna está planeando cuidar de Em y Mel hasta el siglo que viene, y Henry está en la comisaría con los libros y las facturas de la caja, y yo no tengo nada en que ocuparme, solo hacer que tengas un orgasmo que te vuelva loca.
Maddie se mordió el labio y se apoyó en la pared. Calentamiento por teléfono. Por vez primera desde hacía semanas, pensó con simpatía en la compañía telefónica.
—No se te ocurre nada más, ¿eh?
—Pensaba rotar las ruedas del coche, pero si te pones a decir marranadas, vendré a rotar las tuyas. Tengo herramientas y sé cómo usarlas.
—Mi abuela te va a adorar —dijo Maddie.
—Y tú también, pequeña —afirmó C.L., y la determinación de su voz la hizo reír.
—Ya lo hago —dijo Maddie, mareada solo de pensarlo—. Te quiero locamente, apasionadamente, perdidamente y a voz en grito. Cárgate el límite de velocidad y aparca delante de mi casa. Dejaremos las ventanas abiertas.
C.L. colgó sin despedirse, y Maddie se lo imaginó saltando por encima de la puerta del descapotable y saliendo a toda velocidad a la carretera. No lo haría, claro, ahora era un ciudadano serio y formal, pero ella se lo imaginaba de todos modos y le encantaba.
En cualquier caso, tardaría veinte minutos, por lo menos, en llegar. Podía llamar a su madre y pedirle detalles, pero no quería hacer nada que la convenciera de no ponerse en evidencia a las seis y media de la tarde. Podía llamar a Treva, pero tenía el resto de su vida para hablar con ella. Podía sentarse y pensar cosas indecentes sobre C.L., pero ya estaba caliente y temblorosa por la llamada de teléfono. Veinte minutos...
Había galletas en el congelador. De anacardos. Y tenía un microondas en buen estado de funcionamiento, gracias a su amante en muy buen estado de funcionamiento, y podía descongelar una en el horno en treinta segundos.
El horno caliente la hizo pensar en C.L. de nuevo. Se quitó las bragas biquini de color azul celeste y las dejó en el suelo de la entrada para que él las encontrara; luego lo reconsideró, las colgó en el pomo de la puerta, y saludó a la señora Crosby, que la miraba bizqueando desde su porche.
Luego volvió dentro. Estaba segura de que encontrar las bragas tendría un efecto electrizante en un C.L. ya electrizado y su tarde, ya muy buena, acabaría siendo un seísmo.
Entretanto, tenía chocolate.

FIN DEL LIBRO

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