Black and Blood


 
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 Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)

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MensajeTema: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Vie Nov 19, 2010 6:01 pm

Alexis Morgan - Serie Paladines

Libro 1 - El Protector

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Argumento:

¿Cuántas veces más debe morir este guerrero inmortal antes de que pueda reclamar a la única mujer que desea?

Devlin Bane: Paladín de nacimiento, miembro de una antigua banda de guerreros encerrado en una guerra centenaria contra el mal.

Su destino: Morir una y otra vez para proteger a la humanidad de Los Otros, sólo para ser revivido por su Tutora mortal.

Pero su feroz fuerza y coraje no pueden evitar que con el tiempo acabe por convertirse en uno de los monstruos a los que debe destruir.

La doctora Laurel Young, que ha pasado años entrenándose para convertirse en un Handler, debe permanecer imparcial con sus pacientes. Pero cada vez que revive al oscuramente fascinante Devlin Bane, él reclama un poco más de su alma y despierta en ella deseos más y más salvajes... a pesar de que cada vez está más cerca de perder su humanidad. Mientras la guerra contra Los Otros se torna más desesperada, Laurel y Devlin no pueden evitar ceder al feroz deseo que tanto tiempo lleva ardiendo entre ellos. Ahora se enfrentarán juntos a la batalla definitiva, para salvar un oscuro y apasionado amor que va contra toda regla mientras unen fuerzas para combatir a un enemigo que está más cerca de lo que jamás hubieran imaginado...


Lista de links de los capítulos:

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LIBRO 1 COMPLETO


Libro 2 - El defensor

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Como guerrero Paladín, Blake Trahern lucha y muere una y otra vez para mantener a los humanos a salvo de Los Otros. Sintiendo que la humanidad se le escapa con cada batalla, se retira del mundo... hasta que la única persona con control sobre su alma necesita su ayuda. Han pasado doce años desde que Blake desapareciera de la vida de Brenna Nichol, años que la han transformado de una enamorada adolescente en una mujer testaruda y sensual. Blake daría su vida sin pensarlo dos veces por protegerla, pero no se atreve a arriesgar su corazón. Brenna se sorprende ante la reaparición de Blake, y por un sorprendente descubrimiento sobre su padre. Todo en lo que siempre ha creído es puesto en entredicho; todo salvo el deseo que Blake sigue suscitando en ella. Pero mientras juntos buscan un traidor entre los Paladines, el peligro acecha: la próxima batalla podría conducir a Blake a la locura, destruir su vida, su alma... y a la única mujer a la que siempre ha amado.

Lista de links de capítulos:

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LIBRO 2 COMPLETO


Libro 3 - El Guerrero de la Noche

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En una de las muchas guerras acontecidas entre el mundo de los Otros y los Paladines el guerrero de los Otros, Barak q’Young paso la barrera y tras salvar a una humana, la doctora Laurel Young, se quedo a este lado.

Ahora es un renegado en su mundo y un paria en este.
Los Paladines deben acostumbrarse poco a poco a la presencia del Otro, por ello dos de los guerreros más fuertes, Devlin Bane y Blake Trahern le ofrecen su apoyo y deciden que comience a trabajar en el departamento de Geología junto a la doctora Lacey Sebastian.
Lo que en un principio solo es una estratagema para tener al Otro ocupado se convierte en un problema cuando Barak y Lacey comienzan a sentirse atraídos.
Lacey ha sido educada para odiar a los Otros, pero Barak no es como ella pensaba, un hombre protector, fuerte y de honor, que pondría en juego su vida para salvarla a ella y a cualquier Paladín. Lacey se encuentra en una encrucijada, si sucumbe a su deseo ¿se convertirá ella también en una paria dentro de su propio mundo?
Al mismo tiempo los Paladines se dan cuenta que hay un traidor entre sus filas que está vendiendo piedras azules del mundo de los Otros, para encontrar al culpable necesitan la ayuda de Barak, pero, ¿estará esté dispuesto a entregar a los suyos si la consecuencia es perder a Lacey?


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capítulo 7
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LIBRO 3 COMPLETO


el 4º aún no está en español, nos tendremos que esperar :manga11:

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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 8:00 pm, editado 34 veces
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Vie Nov 19, 2010 6:14 pm

Prólogo


Son muchos los opuestos que gobiernan el flujo y reflujo de nuestras vidas: la noche y el día, el invierno y el verano, la juventud y la vejez... A lo largo de la historia, hombres y mujeres se han acomodado al curso natural de las cosas. Pero también sabemos que, cuando las codiciosas garras de la oscuridad se extienden hacia la resplandeciente belleza de la luz, aparecen las sombras.
En lo más hondo de la Tierra, nuestro mundo comparte una frontera con otro mundo, un mundo lleno de oscuridad y maldad. Sus pálidos habitantes codician la luz que el hombre da por supuesta. Una frágil barrera mantiene separados a los dos mundos, pero, cuando las placas continentales se desplazan o un volcán entra en erupción, la barrera se desmorona. Entonces los Otros la atraviesan, con la oscuridad que les es propia, y contaminan todo lo que tocan.
Como en tiempos remotos, los Paladines permanecen alerta para hacer que los Otros regresen a su lugar de origen y la oscuridad vuelva a donde pertenece. Estos caballeros son los defensores de la luz y luchan
por nosotros en el delgado límite de la oscuridad. Esta es su historia.

_________________

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Vie Nov 19, 2010 6:26 pm

Capítulo 1


Luchó por liberarse de las sombras mientras inhalaba dolorosas
bocanadas del preciado aire. Los últimos y fétidos vestigios de la muerte
se fueron desvaneciendo. Poco a poco, el corazón empezó a latirle de
nuevo, tomándose el tiempo necesario para recuperar su inolvidable
ritmo. Inhaló y exhaló, y con cada gramo de oxígeno la vida volvía reacia
hasta sus extremidades.
¡Joder, cómo odiaba aquello! Ya había muerto en demasiadas
ocasiones. A veces, por una causa que merecía la pena y, otras, por
ninguna razón en absoluto. Cada vez que regresaba del límite, el proceso
era una auténtica agonía. Y, en cada una de estas ocasiones, volvía a la
vida con un poco menos de humanidad, hasta que apenas recordara lo
que era sentirse, sencillamente, un hombre. A lo largo de las décadas, las
sombras que la muerte había dejado en su alma lo habían hecho más
fuerte, pero también más duro, irascible y enojado.
—Ya está aquí.
Aquella voz familiar no le resultaba grata.
—Necesita descansar antes de que lo envíe a una nueva misión,
coronel —declaró una voz femenina.
—Lo necesitamos ahora.
Sus palabras tenían el tono cortante de un hombre acostumbrado
a dar órdenes y a que le obedecieran sin titubeos.
—Como Tutora suya, debo protestar incluso del hecho de que
esté usted aquí. Señor. —La última palabra fue, claramente, un apelativo
reacio de último momento—. La transición ya le resulta lo bastante difícil
sin público. Si no se va, tendré que presentar una queja a mis
superiores.
Devlin sonrió para sus adentros. «Eso es, cariño, házselas pasar
canutas.» Las protestas de ella serían inútiles, pero exasperarían al
hombre de Intendencia.
—Lo siento, señorita Young—mintió el coronel con voz suave—,
pero, como ya le he dicho, lo necesitamos en cuanto esté listo.
Como respuesta, se oyó una maldición impropia de una señorita.
—Diríjase a mí como «doctora Young». Y, según Intendencia,
siempre lo necesitan en uno u otro lugar. Si continúan colocándolo en
esas situaciones mortales sin los cuidados adecuados, lo perderán del
todo.
A pesar del tono calmado de su voz, había un fondo enérgico en
sus palabras, uno que Devlin apenas pudo descifrar.
La voz del coronel Kincade se volvió dura.
—El uso que hagamos de él no es de su incumbencia, doctora
Young. Él nos pertenece.
El viejo bastardo no soportaba que lo cuestionaran, y menos una
mujer. La Tutora tendría que andar con pies de plomo.
—Usted decide cómo utilizar las habilidades de Devlin Bane,
coronel, pero yo decido cuándo y si está o no preparado para acudir a
una nueva misión.
Se acercó tanto a la camilla de Devlin que éste sintió el calor que
irradiaba su cuerpo. Las emociones de Laurel Young, en general serenas,
aquel día estaban alteradas.
—Será mejor que coja sus papeles y se vaya, coronel. No pienso
firmar nada hoy, ni mañana ni, quizá, pasado mañana.
A la doctora le habían salido las garras desde la última vez que
Devlin revivió, pero los hombres de Intendencia contaban con décadas de
experiencia en salirse con la suya.
Cuando pudiera hablar, advertiría a la doctora Young que se
guardara las espaldas. Además, él no necesitaba, ni quería, que ella lo
defendiera.
Devlin oyó el ritmo entrecortado y enojado de los pasos del
coronel al abandonar la sala. Kincade se repondría y regresaría, pero, de
momento, se había ido y el aire de la sala parecía más fresco, más
potente.
Unos dedos fríos se apoyaron en su muñeca para controlarle el
pulso. Devlin se preguntó por qué ella no aceptaba sin más la lectura de
aquellas máquinas que pitaban y zumbaban y que sabían más acerca de su
persona que él mismo.
—Ya puede dejar de fingir, señor Bane. El coronel se ha ido.
¡Mierda, creía que había disimulado mejor su recuperación!
Se esforzó en abrir los ojos como ella le había ordenado, pero los
párpados le pesaban y necesitó varios intentos y un empeño considerable
para conseguir, apenas, vislumbrar a su Tutora. La cara de duendecilla
de ella estaba inclinada sobre la de él con expresión de preocupación
mientras le hablaba en un susurro. El rostro de Laurel era más
interesante que bonito, con los ojos separados y oscuros, del rico color
del chocolate negro. Contemplar aquella mirada enmarcada en espesas
pestañas se había convertido en la parte favorita de su reavivación.
—Estoy vivo. Otra vez.
Devlin no estaba seguro de querer estar vivo de nuevo. No con
el coronel y sus amigos revoloteando a su alrededor.
—Esta vez ha sido más largo. —Laurel frunció el ceño—. Casi
demasiado.
¿Su voz reflejaba temor? Devlin deseó no tener las manos
atadas para poder ofrecerle el consuelo de su tacto. Aquel impulso
inesperado le sorprendió. Hacía ya dos Tutoras que se había deshecho
de la mayoría de las emociones tiernas y convertido en alguien frío y
desapegado. La lucha contra los Otros lo hacía evolucionar en ese
sentido. De hecho, sus pesadillas ya eran bastante malas, sobre todo
aquella en la que se convertía en uno de ellos. Aquel horror en concreto
pronto se volvería realidad.
—Quíteme las ataduras —pidió Devlin.
El pesar ensombreció la expresión de Laurel.
—Sabe que no puedo hacerlo. Todavía no. —Miró el reloj que
colgaba de la pared—. Al menos, tenemos que esperar otra hora. A estas
alturas, ya debería conocer el protocolo, señor Bane.
Sí, pero eso no significaba que le gustara. Tenían que someterlo
a pruebas, comprobarle los reflejos, extraerle y evaluar varias muestras
corporales... Toda una pérdida de tiempo, algo de lo que disponía
realmente poco. Además, si se hubiera convertido en uno de los Otros,
ella lo habría sabido en cuanto él hubiera abierto los ojos y, como no
había pedido ayuda, debía de quedar suficiente humanidad en él para
superar todas las pruebas a las que le sometieran.
Devlin apretó los puños y evaluó la resistencia de las ataduras.
Las cintas cedían un poco, pero no lo suficiente para liberarse sin riesgo
de hacerse más daño. Su cuerpo aún estaba utilizando todos los recursos
disponibles para sanar las heridas de la otra noche. Aunque consiguiera
reunir la fuerza suficiente para liberarse, si insistía en romper las
ataduras sólo conseguiría retrasar todavía más la recuperación. Inhaló tan
hondo que le dolió, y se esforzó en relajarse concentrándose en calmar la
tensión que le producía irritación y enfado.
—Buena elección, señor Bane. Luchar contra las circunstancias
no le ayudará a usted ni a mí a realizar nuestro trabajo. —Laurel se
separó un poco de él con su omnipresente tablilla sujetapapeles apretada
contra el pecho. Sus ojos oscuros se desplazaron a lo largo del cuerpo
de Devlin—. ¿Quiere otra manta?
—No.
Devlin no tenía frío. Sobre todo con aquel delicioso cuerpo
femenino tan cerca de él. Uno de los efectos secundarios de la
reanimación había sido, siempre, el intenso e inmediato deseo de
satisfacer las necesidades corporales básicas, y la comida y el sexo
estaban al principio de la lista. Cuando era más joven, solía ceder a este
impulso con la primera mujer complaciente con la que se encontrara. Sin
embargo, últimamente, se había sentido menos predispuesto a constituir
el pasatiempo de cualquier desconocida.
A pesar del fuerte olor a medicamentos que impregnaba el
laboratorio, sus sentidos, siempre sensibles pero sobre todo después de
cada viaje de regreso de la muerte, le pedían con insistencia disfrutar
del olor femenino de Laurel.
Devlin apartó deliberadamente la mirada y la dirigió hacia el
techo. Entonces se dio cuenta de que ella había cambiado los carteles
que solía colgar allí para entretenimiento de sus pacientes.
Las exuberantes rubias que jugueteaban en la playa vestidas con
poco más que una sonrisa suponían una mejora considerable comparadas
con los gatitos y perritos de la última vez.
—Bonitas obras de arte.
Laurel miró hacia el techo y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Uno de sus amigos me los envió después de recuperarse. No
tuve el coraje suficiente para tirarlos a la basura sin antes exhibirlos
como se merecían.
—Parece algo digno de D.J.
Ella arrugó la nariz.
—Ha acertado a la primera. Personalmente, yo prefiero los
gatitos.
—Usted no es la que está atada a esta maldita camilla como un
animal de laboratorio esperando a ser diseccionado.
La sinceridad brutal de sus palabras la hizo estremecerse. Pero
tenía razón. Si durante los primeros segundos después de su reanimación
hubiera percibido en su mirada a uno de los Otros en lugar de a un
Paladín, no habría dudado en inyectarle las drogas que acabarían con su
vida.
De momento, no habían tenido que enfrentarse a ese pequeño
problema, pero, a la larga, sí tendrían que hacerlo. Éstos eran los
papeles que tenían asignados en aquella tragedia. En lugar de seguir
hablando, Devlin cerró los ojos y simuló dormir. Ella era demasiado lista
para dejarse engañar, pero le permitió representar aquella pequeña
farsa. Unos segundos más tarde, las luces se atenuaron y Devlin se
durmió de verdad.
Laurel se preguntó si Devlin sabía que roncaba. Ella
experimentaba placer al oír aquel ruido sordo y áspero mientras
trabajaba en el ordenador. Se trataba de un sonido hogareño que hacía
que Devlin Bane resultara un poco menos inquietante, un poco más
humano. En realidad, no era humano, al menos, no por completo, pero
ella quería que conservara lo poco que le quedaba de humanidad tanto
tiempo como fuera posible.
Un ligero pitido electrónico anunció que su periodo de cuarentena
había finalizado, pero Laurel decidió no despertarlo de inmediato. El
hecho de que se hubiera dormido en una camilla de acero indicaba que
necesitaba aquel descanso. Laurel volvió la cabeza hacia la camilla
iluminada con una luz tenue. Nadie había podido explicarle por qué tenía
que ser tan incómoda. Seguro que un ligero tapizado no comprometería la
resistencia del acero. En su opinión, los Paladines merecían cualquier
comodidad que pudieran tener en la vida.
No es que ellos lo admitieran, pues se enorgullecían de ser los
cabrones más duros del mundo. Y era cierto. Todos empezaban siendo
fuertes y corpulentos y, con el paso del tiempo, la maldad se unía a esta
mezcla. Incluso los guardias fuertemente armados que estaban apostados
fuera de la habitación se movían con prudencia cuando un Paladín
entraba en el edificio.
Sobre todo, cuando se trataba de Devlin Bane.
Laurel suspiró. Apenas transcurría una semana sin que uno de los
Paladines estuviera de nuevo a su cargo durante, al menos, uno o dos
días. Los Paladines luchaban, morían y acudían a ella para que los curara
y los reanimara. Algunos eran más fáciles de manejar que otros, pero de
ninguno se podía decir que resultara fácil de tratar.
De todas maneras, Devlin Bane era distinto.
Su mera presencia hacía que su espacioso laboratorio pareciera
lleno y estrecho, como si él ocupara la mayor parte del espacio y
respirara la mayor parte del aire. Laurel se volvió de nuevo para
observarlo.
Tenía el perfil anguloso y bastante atractivo a pesar de que le
habían roto la nariz en una o dos ocasiones. Las cejas eran dos franjas
oscuras que le surcaban el rostro, una de ellas cruzada por una cicatriz
de una antigua batalla. La mirada de Laurel se deslizó hasta su boca. Era
sorprendentemente sensual, casi fuera de lugar junto al resto de sus
facciones. Laurel se preguntó si besaría tan bien como hacía todo lo
demás en lo que ponía su empeño.
Antes de que pudiera registrar, mentalmente, nada más, se dio
cuenta de que los ojos verdes de Devlin estaban abiertos y la miraban de
tal modo que pudo sentir su intensidad desde el otro extremo de la
habitación.
—Lo siento, no me había dado cuenta de que estaba despierto.
Laurel se puso de pie y casi volcó el taburete en el que estaba
sentada.
—No pasa nada. Supongo que estaba demasiado ocupada
mirándome para darse cuenta. —No había ningún deje de humor en sus
palabras—. Quiero levantarme.
Laurel ocultó su vergüenza tras una retahíla de palabrería
médica.
—Primero le extraeré sangre y después podrá levantarse. Pero,
antes de nada, tengo que evaluar su estado actual...
Él la interrumpió.
—Conozco el protocolo, doctora. Hágalo y punto.
Sus palabras no deberían haberla herido, pues había oído cosas
peores a lo largo de los años. Al fin y al cabo, estar muerto solía volver
un tanto arisco al más calmado de los hombres. La mayoría de las veces
podía pasar por alto las quejas, pero le resultaba más difícil conseguirlo
con Devlin.
Él no soportaría saberlo. De hecho, si tan sólo hubiera
sospechado la cantidad de tiempo que ella dedicaba a estudiar su
historial para saber más sobre su forma de ser, en aquel momento estaría
llamando a la puerta del jefe de Laurel para pedir que le asignaran otro
Tutor.
Y era imperativo que ella siguiera ocupándose de él. Devlin Bane
era uno de los Paladines más antiguos. Ya había sobrepasado la
esperanza de vida de sus congéneres en dos décadas. Si ella pudiera
establecer a qué se debía su resistencia al patrón habitual que regía la
vida de los Paladines, quizá podría ayudar a los demás a alargar la suya.
Laurel soltó las cintas que sujetaban el brazo derecho de Devlin
y le ató un torniquete justo por encima del codo. A él nunca le había
gustado que le sacaran sangre, de modo que realizó una mueca y apartó
la mirada mientras ella introducía la aguja en una de sus venas. Laurel
bombeó la sangre roja, espesa y oscura, al interior de la jeringuilla,
reemplazó ésta por otra y llenó dos más antes de soltar el torniquete.
Después, aplicó un algodón sobre la aguja y la extrajo del brazo de
Devlin.
—Doble el brazo.
Laurel sacudió con suavidad los tubos en los que había vertido la
sangre, los colocó en un receptáculo y regresó junto a Devlin.
—Déjeme ver el pinchazo.
Él suspiró y estiró el brazo. Laurel inspeccionó la piel para
comprobar que no se había producido ningún morado y cubrió el pequeño
pinchazo con una tirita. Cuando él vio que la tirita estaba decorada con
caras redondas, amarillas y sonrientes, Laurel tuvo que esforzarse para
no reír. Sin duda, él no valoró el pequeño toque de alegría.
—Muy divertido.
—Estaban de oferta.
Claro que las tiritas sin decoración también lo estaban.
Laurel desató la primera de las cintas que sujetaban las piernas
de Devlin a la camilla y fue desplazándose hacia arriba simulando no
darse cuenta de que él permanecía desnudo bajo la ligera manta que lo
cubría. Cuando le llevaban a un Paladín por primera vez, le resultaba fácil
adoptar una actitud profesional en relación con estas cuestiones. Intentó
recordar este hecho mientras desataba la última de las cintas y Devlin se
sentaba con la manta arremolinada alrededor de la cintura.
—¿Cómo se encuentra? ¿Siente náuseas o mareo?
—No. —Devlin se frotó las muñecas para eliminar el
entumecimiento que sentía—. Me siento exactamente igual que las
últimas doce veces que pasé por esto.
Se puso en pie y sobrepasó a Laurel en cerca de treinta
centímetros.
Ella levantó la mirada con exasperación y no permitió que su
altura la intimidara.
—No abrirán las puertas hasta que yo se lo indique, y necesito
respuestas.
El recitó una letanía de respuestas a las preguntas no
formuladas de la doctora Laurel; todas ellas memorizadas de visitas
anteriores.
—No siento náuseas, no estoy mareado, no veo doble ni me ha
salido ningún sarpullido extraño. Y, antes de que me lo pregunte, no
recuerdo si lo que me mató fue la espada que me clavaron en las
entrañas o el hacha que me destrozó la pierna. En aquel momento, no me
pareció importante.
La lista de sus heridas no debería impresionarla, pues era ella
quien se las había curado, pero oírlo enumerarlas sin la menor emoción,
la preocupó mucho.
—¿Y cómo nota la pierna? ¿La siente débil? ¿Experimenta algún
dolor?
—Mire, doctora Young, todo funciona de maravilla.
Devlin dejó caer la manta para demostrar su afirmación.
Ella consiguió mantenerse firme, pero no pudo evitar sonrojarse
al ver su potencia masculina. Devlin era un hombre grande. Por todas
partes.
—Mientras se viste, pediré que le traigan la comida. Su ropa está
en la taquilla.
Devlin se dio la vuelta y, antes de que la pillara mirándole el
trasero, Laurel decidió encaminarse a su escritorio y realizar una
llamada.
—Por favor, notifique al doctor Neal que nuestro paciente está
levantado y en forma. Encárguese de que envíen la comida favorita del
señor Bane lo antes posible, también. Ya sabe lo irritable que se pone
cuando no come enseguida.
Había levantado la voz a propósito para que él la oyera.
—Puedo comer en casa.
Laurel dio un brinco de casi un palmo. ¿Cómo podía un hombre de
su tamaño moverse tan silenciosamente? Devlin se inclinó sobre ella
mientras se abotonaba la camisa y se la arremangaba. La combinación de
téjanos desgastados y camisa de algodón descolorida no ayudaba a que
pareciera menos peligroso, y la cabellera hasta los hombros no hacía más
que aumentar su aspecto salvaje.
—Sí, puede comer en su casa. De hecho, se lo recomiendo, pero,
aun así, no puede irse hasta que compruebe que su estómago no rechaza
la comida.
Antes de que Devlin pudiera replicar, las puertas del laboratorio
se abrieron. El doctor Neal, el supervisor inmediato de Laurel y jefe del
Departamento de Investigación, entró transportando una bandeja cargada
de comida.
—Devlin, su aspecto ha mejorado mucho desde que llegó, hace
cinco días. —El doctor Neal dejó la bandeja—. Aunque supongo que
ninguno de nosotros está en su mejor momento cuando está muerto.
Vamos, empiece a comer. Esperaré.
Devlin lanzó al jefe de Laurel una mirada de absoluta indignación
antes de lanzarse sobre la comida.
—¿Puedo examinar sus datos, doctora Young?
Ella le tendió la tablilla con los resultados de las pruebas.
—Tendré los resultados del análisis de sangre y el resto de los
informes más tarde, pero, de momento, no hay nada fuera de lo normal.
Lo único que resultaba sorprendente era que seguía sin
experimentar los cambios que, en general, iban asociados a las múltiples
muertes que había padecido. Laurel no había comentado sus
descubrimientos en este sentido a nadie salvo al doctor Neal; ni siquiera
al mismo Devlin. Hasta que lograra explicar aquellos desconcertantes
datos, no quería concederles demasiada importancia. Quizá sólo
significaban que Devlin tenía suerte.
El doctor Neal hojeó los informes mientras recorría rápidamente
con la mirada las notas realizadas por Laurel. Después de leer la última
página, devolvió a Laurel la tablilla sujetapapeles.
—Quiero que pase por aquí cada dos días para repetir las
pruebas hasta que vuelvan a asignarle una misión.
El doctor Neal realizó un par de anotaciones y firmó el informe.
Devlin levantó los ojos de la comida y les lanzó una mirada
airada.
—¡Y una mierda vendré! Utilice a otro como rata de laboratorio,
no a mí.
El jefe de Laurel era un hombre bajo, calvo y de aspecto
angelical, pero esto no significaba que fuera un ingenuo.
—Le recuerdo, señor Bane, que sus órdenes consisten en
cooperar con los miembros de mi equipo en todo momento. Podemos
hacer esto de dos maneras. Usted puede prometer que volverá cuando se
lo indiquemos o podemos retenerlo aquí. ¿Qué prefiere?
El doctor obtuvo una retahíla de obscenidades como respuesta y,
después, asintió con calma.
—Sabía que estaría de acuerdo conmigo. Ahora, si me disculpan,
ya he hecho esperar bastante al coronel Kincade.
—El doctor miró a Laurel por encima de la montura de sus gafas—.
Cuando me telefoneó, parecía muy alterado. ¿Hay algo que deba saber
antes de hablar con él?
Laurel percibió el interés que Devlin sentía por su respuesta
aunque no la estuviera mirando.
—Estuvo aquí justo antes de que el señor Bane se despertara y
expresó el deseo de que lo dejara volver al trabajo de inmediato.
—¿Y usted qué le respondió?
—Simplemente, le recordé que no le correspondía a él decidir si
el señor Bane estaba preparado para volver al trabajo, sino a mí, y le dije
que no firmaría ningún alta hasta que estuviera convencida de que el
señor Bane no sufre ningún efecto secundario como consecuencia de su
última batalla.
—¿Y cuándo espera poder tomar esa decisión?
El agobio de los últimos días, durante los cuales su paciente se
había debatido entre este mundo y el otro, había hecho mella en su
temperamento. Laurel miró con ira a ambos hombres.
—¡Me gustaría saber por qué, de repente, todo el mundo tiene
tanta prisa!
El doctor Neal frunció levemente el ceño.
—Lo siento, Laurel, en Intendencia querrán saber cuándo volverá
a estar en activo el señor Bane.
—No lo sabré con certeza hasta que complete el examen de
seguimiento dentro de un par de días.
O tres, si conseguía alargarlo hasta entonces.
—Gracias, eso está mejor. Les transmitiré la información. —El
doctor Neal sonrió a Laurel con la intención de tranquilizarla—. Señor
Bane, espero no tener que volver a verlo en mucho tiempo.
—Lo mismo digo.
Devlin volvió a centrar su atención en la comida.
Cuando las puertas se cerraron tras el doctor Neal, Laurel se
sentó y quedó con la mirada fija en la pantalla del ordenador. Los ojos le
escocían de puro agotamiento.
—¿Cuánto ha dormido desde que me trajeron aquí? —preguntó
Devlin.
Laurel hizo rotar los hombros para liberar la tensión acumulada y
luego los encogió sin mirar a Devlin.
—Le contestaría que no es de su incumbencia, pero esa
respuesta nunca le ha detenido a usted. El doctor Neal me ha estado
relevando de mi puesto unas cuatro horas al día.
Laurel se inclinó hacia delante hasta apoyar la frente en los
brazos y cerró los ojos.
Mientras asimilaba el significado de sus palabras, Devlin
terminó lo que le quedaba de cena. A juzgar por las ojeras oscuras que
enmarcaban los ojos de Laurel, debía de estar a punto de desmoronarse.
—¿Doctora Young?
No se oyó respuesta alguna.
—¿Laurel?
Eran pocas las ocasiones en las que Devlin se permitía llamarla
por su nombre de pila.
Tampoco obtuvo respuesta.
Entonces la tomó en brazos y la llevó hasta el catre que ella
conservaba en el laboratorio para cuando sus pacientes estaban en
estado crítico. Sólo se movió hasta acomodar la cabeza en la almohada.
Devlin cogió la manta que había dejado caer antes al suelo y se la echó
por encima mientras se resistía al impulso de besarla en la frente. Al
colocarle un mechón de cabello detrás de la oreja, Laurel sonrió en
sueños, y aquella sonrisa fue como una caricia para él.
Devlin se apartó del catre. ¡Maldición, tenía que alejarse de ella
como fuera! Aunque Laurel preferiría morir a aceptarlo, sin lugar a dudas
su interés por él iba más allá del de un médico por su paciente. Si sólo la
veía mientras estaba atado a la camilla, podría manejarlo. Tenía que
hacerlo. Ella era lo único que lo mantenía anclado a este mundo, como un
cordón umbilical que luchaba con esmero para sacarlo del abismo en el
que vivía y luchaba. Devlin tenía el horrible presentimiento de que
cualquier otra persona lo habría dado por perdido años atrás.
Había llegado el momento de largarse de allí. Pulsó el botón para
llamar a los guardias.
—¿Sí, doctora Young?
A Devlin, aquella voz incorpórea le resultó familiar.
—No, soy Devlin Bane. Sargento Purefoy, ¿es usted?
—Sí, señor Bane. ¿Qué necesita?
—En estos momentos, la doctora Young está descansando, pero
me ha firmado el alta.
Al menos, esperaba que la hubiera firmado, pues no estaba
dispuesto a esperar a que se despertara.
—Enseguida voy.
Sin duda, entraría armado hasta los dientes y con dos o tres
guardias de apoyo. Devlin se colocó en medio de la habitación e hizo lo
posible para parecer inofensivo. Aunque la verdad era que esta
estrategia nunca le había resultado, pues su reputación como Paladín
estaba muy consolidada.
Las puertas se abrieron y el sargento Purefoy entró seguido de
sus hombres. Se extendieron en abanico con las armas cargadas y listas
y el sargento comprobó que Laurel estaba dormida e ilesa.
—Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos, señor. —La
sonrisa del sargento parecía genuina—. Comprobaré que el alta esté
firmada y lo acompañaremos hasta la salida.
—No tengo ninguna prisa.
¡Y una mierda! En aquel lugar se sentía atrapado y vulnerable.
El sargento hojeó los papeles de la tablilla deteniéndose de vez
en cuando para leer algo.
—Todo parece estar en orden, señor.
—Estupendo. ¡Vámonos!
Devlin se encaminó hacia la puerta escoltado por los guardias y
se alegró de alejarse del laboratorio y de la encantadora Laurel. Lo
último que necesitaba en aquel momento era tener que adiestrar a un
nuevo Tutor. Había demasiado en juego. Las manos que sujetaban la
espada que había acabado con él no eran las de un Otro.
Cerró los ojos para recordar todos los detalles posibles de
aquellos últimos minutos: el olor a sangre y a sudor teñido de miedo, los
gruñidos y los gemidos mientras las armas oscilaban y entraban en
contacto, el destello de una espada mientras le penetraba, con demasiada
facilidad, en el costado.
El impacto lo hizo caer de rodillas y después al suelo mientras la
herida le sangraba a borbotones.
Devlin nunca vio el rostro de su atacante, pero vislumbró las
manos que le clavaron la espada y luego la hicieron girar sobre sí misma.
Sin duda, aquellas manos eran humanas. Su último pensamiento mientras
se desangraba en el suelo fue la certeza de que uno de los suyos había
intentado matarlo.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Vie Nov 19, 2010 6:32 pm

CAPÍTULO 2


—Ya ha salido.
Aquella información en forma de susurro le puso la piel de
gallina.
—Le advertí que eran difíciles de matar. No debería
sorprenderse ahora.
Cualquiera con dos dedos de frente sabía que los Paladines
morían continuamente; lo difícil era conseguir que permanecieran
muertos.
—¿Cuándo volverá a intentarlo?
Aquella voz, seca y áspera, le crispaba los nervios. Le gustaría
tener el valor suficiente para enviar a aquel bastardo al infierno, pero
eso sería como firmar su propia sentencia de muerte. Fuera quien fuera
la persona que quería que Devlin Bane muriera de una vez por todas,
estaba dispuesta a pagar un montón de dinero para conseguirlo, y no le
costaría ni una ínfima parte de aquella cifra que alguien fuera por él.
—Estoy esperando.
¡Y no muy pacientemente, por cierto!
—Pronto. Estamos recibiendo informes de toda la zona que
indican que la presión está aumentando de nuevo. Supongo que
Intendencia enviará a los Paladines a primera línea en cualquier momento
durante los próximos días. Bane dirigirá el ataque. Siempre lo hace.
—No podemos arriesgarnos a que esté cerca de la barrera
durante mucho más tiempo. Podría descubrir algo.
¡ Como si el burdo intento de acabar con su vida no lo hubiera
puesto ya sobre alerta! El sabía desde el principio que aquel golpe era
una estupidez, pero el pago que le habían ofrecido había acallado las
advertencias que su sentido común le había estado enviando a gritos.
—Lo sé.
—Los Paladines cuentan con él al mando. Su muerte los
distraerá y debilitará su causa. Si queremos triunfar tenemos que
sembrar el caos entre ellos. —La voz se interrumpió para respirar de una
forma ronca—. Habrá un pago extra para usted si Bane no vive para ver
el próximo desplazamiento de las placas.
Se oyó un clic que indicaba que el misterioso interlocutor había
cortado la comunicación.
El colgó el auricular con un golpe seco.
—¡Que te jodan, maldito cabrón! Si tanto querías que Bane
muriera, haber ido tú mismo por él.
Se maldijo a sí mismo por dejarse atrapar entre dos de los
hombres más peligrosos de aquel y de cualquier otro mundo. Una cosa
era que le prometieran un pago extra por matar a Bane, y otra muy
distinta era vivir lo suficiente para cobrarlo.
Aunque lo lograra, se pasaría el resto de la vida teniendo que
guardarse las espaldas. En el mejor de los casos, los Paladines no se
tomaban muy bien la pérdida de uno de los suyos, pero, si descubrían que
alguien los había traicionado, no cesarían en su búsqueda de venganza.
Pero ahora ya no tenía elección. Si mataba a Bane, los Paladines podían
matarlo, pero si fallaba, la voz, con toda seguridad, acabaría con él.
—¡Mira quién ha vuelto!
Otra voz intervino:
—Siempre he sabido que era un enchufado. A ninguno de
nosotros le dan cinco días libres cuando el volcán está echando humo.
—¡Iros al infierno! —contestó Devlin, a sabiendas de que era la
respuesta esperada.
Si no hubiera reaccionado a las burlas de sus hombres, ellos se
habrían preocupado. Devlin entró en su despacho y se sentó en la silla. A
pesar de lo que le había dicho a Laurel, la pierna le dolía y sentía
martillazos en la cabeza, pero había estado peor y había sobrevivido.
Aquel toque de humor negro le hizo sonreír.
D.J. lo siguió al interior del despacho y se sentó en el borde del
escritorio de Devlin.
—¿Y cómo se encuentra la encantadora doctora Young? ¿Me echa
de menos?
—No tanto como para que tú lo notes. Aunque, por si significa
algo para ti, colgó tus carteles.
Devlin centró su atención en el ordenador y empezó a revisar el
correo que se había acumulado desde su muerte, acontecida a principios
de aquella misma semana. Incluso después de eliminar las irónicas
condolencias de sus amigos Paladines, quedaba una deprimente cantidad
de información que tenía que leer.
—¿Lo dices en serio? ¿De verdad los ha colgado? Creí que
vendría a buscarme con una jeringuilla para calmarme la ansiedad.
D.J. parecía decepcionado.
—Dudo que los deje colgados mucho tiempo. Ella sigue
prefiriendo los gatitos y los perritos. —Devlin leyó los primeros
mensajes de su correo, que contenían informes recientes sobre el
aumento de la presión en las fallas geológicas—. ¿Los de Intendencia han
dicho algo sobre cuándo quieren enviarnos a primera línea?
DJ. negó con la cabeza.
—No, pero el coronel Kincade se ha pasado por aquí varias
veces.
—También estuvo en el laboratorio para ver cómo me iba a mí.
D.J. frunció el ceño.
—¿Por qué tenía que aparecer por allí? Sabe perfectamente que
son el doctor Neal y su equipo quienes le han de notificar cuándo
estamos listos para volver al trabajo.
—Ojalá lo supiera. —Torció la boca en una sonrisa forzada—. La
doctora Young lo echó del laboratorio.
—Ojalá hubiera estado allí para verlo. Me imagino a nuestra
Tutora favorita persiguiendo al robusto y estúpido coronel. —D.J. se echó
a reír y después bajó la voz hasta convertirla en un tenso susurro—.
¿Crees que tomará represalias contra ella por plantarle cara?
—Si puede hacerlo sin que nadie se entere... Es un hijo de puta
vengativo.
Todos despreciaban al coronel por su arrogancia y la
indiferencia que mostraba por la vida de quienes servían a sus órdenes.
No podía herir a los Paladines como hería a los demás, pero, a la larga,
incluso ellos pagaban un alto precio por su desinterés.
—¿Se lo has advertido a ella?
Devlin negó con la cabeza.
—Todavía no, pero tengo que volver allí pasado mañana. Se lo
diré entonces.
Y también le daría una buena reprimenda por un montón de
cosas. No quería que volviera a interferir en los asuntos de los Paladines.
Su responsabilidad empezaba cuando le llevaban un Paladín muerto al
laboratorio y terminaba cuando éste salía de allí con vida. Siempre había
funcionado así. Y por una buena razón. A la larga, ella tendría que tomar
la decisión de acabar, de forma permanente, con la vida de cada uno de
los Paladines que estaban a su cargo, y, ya de por sí, tenía un corazón
demasiado blando para aquella tarea. Si, encima, se hacía amiga de sus
pacientes, cuando tuviera que acabar con su vida se derrumbaría.
La puerta se abrió y Lonzo Jones asomó la cabeza.
—D.J., necesitamos que vengas a ver algo.
D.J. se puso en pie de un salto y exhaló un suspiro de
resignación.
—¿ Qué le habéis hecho al sistema esta vez, hatajo de idiotas?
Seguro que, cada vez que me doy la vuelta, os ponéis a apretar los
botones y a girar los mandos para ver si se encienden las lucecitas.
Devlin se alegró de quedarse solo en el despacho durante un
rato. D.J. era uno de sus mejores amigos, lo que significaba que veía más
allá de la asquerosa personalidad que Devlin había ido perfeccionando a
lo largo de las décadas. Si alguien quería matarlo, cualquiera que
estuviera cerca de él también estaría en peligro. D.J. y los demás podían
cuidarse solos, pero la doctora Laurel Young constituía un problema.
Se reclinó en la silla y cerró los ojos mientras intentaba relajarse
durante unos minutos. En circunstancias normales, se habría ido a su
casa y habría dormido durante uno o dos turnos, pero no podía permitirse
ese lujo hasta que se pusiera al día de todo lo que había ocurrido
mientras estaba fuera.
¡Cinco malditos días perdidos para siempre! No le extrañaba que
Laurel se hubiera quejado de la cantidad de tiempo que había tardado en
volver a la vida. En general, tardaban dos o tres días. Incluso, en
algunos casos, dependiendo de la gravedad y la cantidad de heridas,
podían llegar a tardar cuatro días. ¿Pero cinco? O su cuerpo estaba
perdiendo la capacidad innata de recuperación o estaba en peor forma
que de costumbre.
Este pensamiento dibujó una sonrisa amarga en sus labios.
Nadie salvo un Paladín podía comprender la ironía de saber que había
grados de muerte. Devlin dudaba que su Tutora encontrara divertida
aquella idea; claro que era ella quien tenía que revivirlos.
Los científicos y los médicos que formaban el Departamento de
Investigación de los Regentes se habían pasado décadas estudiando la
fisiología de los Paladines, intentando comprender cómo podían revivir
una y otra vez y cómo era posible que su esperanza de vida superara en
décadas la media general de los seres humanos.
¿Estaría uno de aquellos científicos detrás del ataque que había
sufrido? Devlin estuvo dándole vueltas a aquella idea y, al final, decidió
que no tenía sentido. El hecho de que muriera para siempre no
beneficiaría a ningún miembro del Departamento de Investigación.
Se frotó la pierna para aliviar aquel dolor que le llegaba a lo más
hondo del hueso. A la larga, el dolor y las cicatrices desaparecerían, pero
el recuerdo del hacha rompiendo el hueso y la sangre que había perdido
permanecerían de una forma clara y rotunda en su mente. Hasta que algo
peor ocupara su lugar.
No había ninguna razón para codiciar una vida que consistía en
esperar la batalla, luchar hasta desangrarse y ser resucitado para
empezar el ciclo de nuevo. La verdad era que Devlin no sentía lástima
por sí mismo. Los Paladines tenían un propósito claro en la vida, lo cual
era más de lo que la mayoría de los hombres podía afirmar. Las
cualidades que venían integradas en sus genes los convertían en los
perfectos guerreros: fuerza, habilidad con las armas y plena dedicación a
una buena causa. Su lealtad, una vez concedida, resultaba inquebrantable.
Devlin contempló la colección de espadas y hachas que colgaban
de la pared opuesta a su escritorio. Estaban afiladas y en buen estado.
Eran las herramientas de su profesión, y las utilizaba para repeler la
oscuridad que se filtraba en su mundo cada vez que las placas
continentales se desplazaban o un volcán escupía humo, fuego y cenizas
al cielo.
Devlin se acercó a la pared y cogió su espada favorita con ambas
manos. Debía haber supuesto que uno de sus compañeros la recuperaría
del campo de batalla. El borde de la hoja estaba mellado en varios
lugares, lo cual no le sorprendió, aunque sí lo hizo la marca chamuscada
y ennegrecida que había cerca de la empuñadura. A la mañana siguiente
la llevaría a la Armería para restituirla a su estado original. Devlin tenía
más espadas, pero ninguna encajaba en su mano como aquélla.
La moqueta apenas amortiguó el sonido de unos pasos que
cruzaban el umbral de su puerta. Antes de prestar atención a su visitante,
Devlin devolvió la espada a su lugar en la pared. Cullen Finley se apoyó
en el marco de la puerta y esperó, con su paciencia habitual, antes de
empezar a hablar.
—Nos costó encontrarla.
Cullen entró en la habitación sin esperar una invitación formal.
Sabía que, de no haber querido Devlin compañía, la puerta habría estado
cerrada con llave.
Devlin regresó a su asiento al otro lado del escritorio y le indicó
a su amigo que se sentara.
—Me alegro de que la encontraras, Cullen. Si no, la habría
echado de menos. ¿Dónde estaba?
Devlin recordaba, vagamente, haberla dejado caer al suelo, pero,
en aquel momento, estaba demasiado ocupado muriéndose para
preocuparse por ella.
Su amigo contempló la espada y frunció el ceño.
—Estaba clavada en la barrera. Las pasamos canutas para sacarla
sin causarle más daño, ni a ella ni a la misma barrera.
Una alarma se disparó de nuevo en la mente de Devlin.
—Yo no estaba cerca de la barrera cuando caí. Entré en un
callejón mientras perseguía a un par de sujetos descarriados.
En aquel momento, tenía que haberse dado cuenta de que algo iba
mal. Resultaba raro que los Otros se desplazaran en parejas, pero
aquellos dos permanecieron juntos incluso cuando el túnel se bifurcó. Era
como si supieran con exactitud adonde iban. Y, además, lo condujeron
directamente a una trampa.
Otra pieza del rompecabezas que no encajaba.
—¿Hay alguna otra cosa que deba saber?
Cullen se tomó su tiempo para contestar. Sus compañeros le
habían apodado El Profesor por su tendencia a deliberar con
meticulosidad antes de dar una respuesta. Además, aparte del mismo
Devlin, Cullen era quien más información había acumulado acerca de los
Paladines y su función en la vida.
Cullen sacudió la cabeza.
—No entiendo cómo llegó la espada al lugar donde la
encontramos, pero daría cualquier cosa por saberlo. Parecía como si
alguien hubiera intentado causar daños graves a la barrera con ella. —
Cullen esbozó una sonrisa amplia y mal intencionada—. Apostaría algo a
que quien lo hizo tiene graves quemaduras en las manos. Si la barrera
hubiera estado en buen estado, esa persona habría recibido una buena
descarga al introducir la espada.
Aquella idea animó a Devlin.
—Si averiguas algo más acerca de lo que ocurrió, házmelo saber.
Devlin estiró los brazos por encima de la cabeza y se desperezó.
El leve incremento de energía que había experimentado al regresar a su
despacho se estaba desvaneciendo, y, si no se iba a su casa, terminaría
pasando la noche allí mismo, en el suelo.
—¿D.J. ha vuelto a poner en orden el sistema?
A ninguno de ellos le gustaba pedir ayuda al Departamento de
Tecnología. Sus integrantes siempre actuaban como si los Paladines
fueran un puñado de ignorantes que no sabían cómo manejar un
ordenador, aunque la organización funcionaba gracias al software
diseñado y mantenido por D.J. y Cullen.
Cullen volvió a sonreír.
—El sistema está bien. A veces, creo que a Lonzo y a los demás
les gusta desbaratarlo para volver loco a D.J. Y siempre lo consiguen.
Un poco de diversión ayudaba a aliviar la tensión con la que
vivían día tras día, y, siempre que no causaran ningún daño, Devlin no
tenía intención de quejarse.
—Oficialmente, y hasta que la doctora Young y el doctor Neal
acaben de agujerearme y extraerme toda la sangre, yo todavía estoy de
baja. Me acostaré temprano, a ver si tomándome un día entero de
descanso los convenzo para que me liberen de sus garras.
Su amigo enarcó una ceja.
—El doctor Neal tampoco es mi tipo. Sin embargo, yo de ti no
tendría tanta prisa en librarme de la doctora Young. —Cullen cerró los
ojos, como si disfrutara de una imagen en la mente—. ¡Menuda
inteligencia! Y, para colmo, ¡toda una belleza!
Una imperiosa necesidad de propinarle un puñetazo a su amigo
casi lanzó a Devlin por encima del escritorio. Con gran esfuerzo, se
obligó a relajar los puños y mostrar una expresión apacible en el rostro.
Apoyó las manos en la mesa y se puso de pie. Hasta que consiguiera
recuperar el autocontrol, estaría mejor solo.
Cullen lo siguió hasta el pasillo.
—No tengas prisa en volver. Si te necesitamos, te llamaremos.
—Asegúrate de hacerlo.
Cuando hubo perdido a Cullen de vista, Devlin golpeó la pared
con el puño con inusitada fuerza. ¡Maldita doctora Young y sus enormes
ojos! ¿Acaso tenía a todos los Paladines babeando por ella? Los
Paladines no eran famosos por su reserva sexual, y si uno de ellos se
liaba con ella se armaría la gorda.
Sobre todo si ese Paladín era otro que no fuera él mismo.
Laurel había pasado gran parte de la mañana consultando el
reloj. Si hubiera sido lo bastante avispada para citar a Devlin Bane a una
hora concreta, quizás habría conseguido hacer muchas más cosas de las
que había hecho. Estaba sumamente enojada consigo misma y con aquella
estúpida fijación suya. Las razones por las que generaciones de Tutores
y Paladines habían mantenido su relación en un ámbito frío y profesional
eran buenas y consistentes. Sin embargo, cada vez que se permitía
relajarse, sus ojos volvían a clavarse en el minutero del reloj a la espera
de que se moviera.
Los Paladines eran los guerreros que se erguían entre su propio
mundo y el mundo oscuro que amenazaba con introducirse en el primero
y destruirlo. Los Otros eran sus enemigos y, aunque no enteramente
humanos, lo eran lo bastante para pasar por ellos. Acechaban al otro lado
de la barrera que separaba ambos mundos. Cuando la barrera sufría
daños, los Otros se filtraban por la brecha hasta que los Paladines los
repelían en sangrientas batallas cuerpo a cuerpo en las que utilizaban
armas procedentes de las Eras Oscuras.
Mientras unos Paladines luchaban, el resto reparaba la barrera y,
cuando el daño era demasiado grave para ser reparado fácilmente, los
Paladines se colocaban hombro con hombro y contenían la avalancha de
los Otros.
El coste que eso suponía para su alma era terrible. Laurel se
estremeció. Nadie sabía por qué, pero cuanto más luchaba y más veces
moría un Paladín, más se convertía en uno de los Otros, en un ser
incontrolable y asesino. Laurel odiaba la idea de tener que matar a uno
de aquellos hombres valerosos a los que conocía y respetaba, pero lo
haría cuando fuera necesario.
Se lo debía a él y a sus compañeros.
Aunque se tratara de Devlin Bane. ¡Sobre todo si se trataba de él!
Devlin había luchado durante más tiempo que cualquier otro en la historia
de los Paladines y se merecía terminar su vida de una forma digna, y no
como un monstruo asesino. Laurel ni siquiera podía imaginar el coste que
esto supondría para ella.
El intercomunicador emitió un pitido. Como no quería parecer
ansiosa, esperó hasta haber contado cinco latidos del corazón.
—¿Sí, sargento Purefoy?
—Devlin Bane está aquí y quiere verla.
—Déme un minuto antes de hacerlo pasar.
Tendría suerte si los guardias podían retener a Devlin la mitad de
ese tiempo, pero incluso esos preciosos segundos le permitirían
asegurarse de que todo estaba en orden. Su catre estaba a buen recaudo
en el armario y la manta que Devlin había utilizado para cubrirla estaba
cuidadosamente doblada y guardada en una taquilla cercana.
Ni siquiera quería pensar por qué no la había metido en la cesta
de la lavandería. ¡Y qué violento le resultaba haberse quedado dormida
mientras estaba de servicio! ¡Por muy cansada que estuviera! Ya se
había preguntado demasiadas veces qué habría sentido si hubiera estado
despierta cuando Devlin la sostuvo con sus fuertes brazos. Le gustaría re
cordado con tanta claridad como recordaba haberse despertado envuelta
en su olor, que era el que despedía la manta que había utilizado para
cubrirla.
¡Mierda, tenía que dejar de hacer esto! Definitivamente, la
manta se iba a la lavandería. Antes de que pudiera dar un paso, la puerta
del laboratorio se abrió y Devlin Bane entró escoltado por el sargento
Purefoy y sus hombres.
Resultaba evidente que Devlin no se sentía feliz con los
guardias pegados a sus talones.
—Gracias, sargento. Le llamaré cuando esté listo para irse.
A Laurel no le gustaba la norma que establecía que un Paladín
nunca podía desplazarse solo por el edificio, pero tenía que cumplirla.
Había otras batallas más importantes que merecía la pena lidiar.
—Acabemos con esto.
Devlin ya se estaba arremangando. Sin duda, creía que el doctor
Neal sólo había ordenado que le repitieran el análisis de sangre, pero en
lugar de esto, el doctor quería que le realizaran una serie completa de
pruebas, empezando por las de fuerza y resistencia.
—Vayamos, primero, a la cinta de correr.
Laurel cogió la tablilla sujetapapeles intentando evitar la mirada
de Devlin.
—¿Por qué demonios he de realizar esa prueba?
Laurel se preparó para la explosión que, sin duda, era inminente,
y le tendió a Devlin la lista de las pruebas.
—Esto es lo que el doctor Neal ha ordenado.
Devlin, prácticamente, le arrancó la hoja de papel de las manos.
—¡Y un carajo, doctora Young! ¡No tengo tiempo para tanta
tontería!
No le culpó por aquella explosión de rabia, pero ella no podía
contradecir las órdenes de su superior. En general, le resultaba fácil
trabajar para el doctor Neal, pero si lo presionaba demasiado, él podría
relevarla del cuidado de Devlin. Algo a lo que no quería arriesgarse.
Quizá lograra pactar con Devlin.
—Podría realizar la mitad de las pruebas hoy y el resto mañana.
Devlin la fulminó con la mirada.
—¿Por qué me hace esto el doctor Neal? ¿Qué espera encontrar?
—Tendrá que preguntárselo a él.
Personalmente, Laurel creía que Devlin se merecía conocer la
verdad, pero no la sabría a corto plazo.
—Prepararé las cosas. —Laurel abrió un cajón y sacó unos
pantalones cortos de deporte—. Estos le resultarán más cómodos que los
téjanos.
Devlin la contempló mientras salía de la habitación. La bata
blanca apenas ocultaba sus largas piernas y su caminar femenino.
Todavía padecía los efectos secundarios de haber revivido, y el
estar cerca de Laurel empeoraba su frustración sexual. Se quitó la
camisa y se desabrochó los téjanos. No había realizado su habitual
carrera matutina. Hasta que averiguara quién había intentado matarlo, no
resultaba prudente ir por ahí como un blanco fácil.
—Suba a la cinta.
Laurel sostenía un gran puñado de cables en la mano. Una a una,
fue desprendiéndoles las tiras protectoras a los electrodos y
colocándolos en el pecho y los brazos de Devlin. Cada vez que le rozaba
la piel con las yemas de los dedos, una oleada de sensaciones recorría
las terminaciones nerviosas del Paladín. Devlin se alegró de que todavía
no hubiera conectado el monitor; de este modo, todos los pensamientos
perversos que cruzaban por su mente habrían quedado registrados. Para
empezar, lo mucho que deseaba arrastrarla a un lugar privado y besarla
hasta dejarla sin sentido.
¿ Qué habrían hecho el doctor Neal y sus colegas con aquella
lectura? Esta idea le hizo sonreír y, de forma instintiva, Laurel retrocedió
un paso. ¡Chica lista! Sería mejor para ambos que ella le tuviera un poco
de miedo.
—Empiece con paso lento y vaya aumentando la velocidad de
forma gradual. Ya sé que ustedes se curan muy deprisa, pero la rotura de
la pierna ha sido grave y no quiero arriesgarme a que sufra más daños.
—La pierna está bien.
En realidad no estaba del todo bien, pero, un día más y estaría
como nueva. Devlin empezó a caminar despacio, permitiendo que sus
músculos se estiraran y se calentaran. Después de unos minutos, adoptó
el ritmo habitual de sus carreras matutinas. Era fantástico poder
moverse otra vez, sentir la sangre circulando por el cuerpo y el aire
inundando los pulmones.
De momento, la pierna respondía bien y Devlin no notaba
ninguna diferencia significativa entre ésta y la sana. De todos modos,
aunque le hubiera molestado, él habría continuado hasta que le fallara por
completo. Necesitaba saber si podía contar con esa pierna cuando
estuviera de regreso en el campo de batalla.
La probabilidad de que se produjera un desplazamiento
importante en la falla que recorría el extremo oeste de Washington iba
en aumento. Si la barrera cedía, se produciría un baño de sangre y se
necesitarían todas las espadas.
Esto le recordó que tenía que acudir a la Armería antes de que
finalizara el día.
—Ya puede empezar a bajar el ritmo.
Laurel se alejó del monitor para anotar los últimos datos en la
tabla de resultados.
Devlin mantuvo la velocidad durante unos minutos más, en parte
porque se sentía bien así y, en parte, porque esto implicaba que, en
cierto modo, él tenía el control de la situación. Laurel pasó por alto su
pequeña rebelión y centró su atención en los datos que vomitaba la
máquina. Devlin odiaba que todo lo relacionado con él quedara reducido a
una serie interminable de números y gráficas, como si éstos fueran más
reales que él mismo.
Poco a poco, redujo la marcha hasta detenerse y bajó de la cinta.
Cogió una toalla de un montón cercano, se secó el sudor de la cara y la
nuca y esperó a que ella le dijera qué tenía que hacer a continuación. Él
tenía sus propias ideas al respecto, pero dudaba que ella estuviera
interesada en compartirlas. Además, aquél no era el lugar adecuado para
tales pensamientos.
Una serie de cámaras y micrófonos permitía que los guardias
vieran en todo momento lo que ocurría en el laboratorio. Si algún día
cedía a la tentación de acostarse con Laurel Young, sería sin testigos.
—¿Qué toca ahora?
Con sólo mirarla una vez a la cara, lo supo. Arrugó la toalla y la
tiró al cesto de la ropa sucia, que estaba en una esquina. ¡Otro maldito
escáner cerebral para buscar pruebas de que sus restos de humanidad
estaban desapareciendo!
—¿Y si me niego?
Laurel levantó un poco la barbilla, y sus ojos, antes de posarse
en los de Devlin, buscaron la cámara que había en el techo.
—¿Hay alguna razón por la que deba negarse?
—Ninguna, aparte de estar harto de que me pinchen y me
mangoneen. —Señaló el abultado montón de hojas de datos que había
encima de la mesa—. ¿Tiene idea de cuántos árboles han tenido que
morir para que usted pueda cuantificarme?
Laurel se dio cuenta de que no iba a negarse a realizar la
prueba, al menos no en esta ocasión, y parte de la tensión que sentía en
los hombros la abandonó.
—Realicemos la prueba.
Devlin la siguió a una habitación pequeña en la que había una
cama y otra consola electrónica llena de indicadores, interruptores y
luces parpadeantes. A ninguno de los Paladines le gustaba aquella
máquina en concreto, pues constituía su juez y su jurado, un tribunal
donde al acusado se lo presumía culpable y no tenía derecho a hablar en
defensa propia.
Y el precio de ser declarado culpable era una ejecución rápida e
inmediata.
No importaba las veces que hubiera realizado aquella prueba,
siempre le resultaba igual de difícil. Pocas cosas lo asustaban ya, pero
aquellos electrodos diminutos agarrados a su cuero cabelludo como si
fueran pequeñas garras siempre le revolvían el estómago y le producían
dolor de cabeza. Él se sabía lo bastante humano todavía para superar la
prueba, pero en sus entrañas, que era lo que realmente contaba, temía lo
que los de Investigación pudieran encontrar en los zumbidos y pitidos
emitidos por la máquina al registrar sus ondas cerebrales.
Devlin se tumbó en la cama siendo sólo levemente consciente
del frescor de las sábanas de algodón al contacto con su espalda. Cerró
los ojos y se concentró en su Tutora para evitar que sus pensamientos
deambularan por el horrible sendero de la duda de sí mismo. Siempre le
habían gustado las morenas de piernas largas, unas piernas hechas para
rodear con holgura la cintura de un hombre. Además, estaban aquellos
ojos de chocolate fundido. ¡El podría comérsela sin problemas!
El aroma de Laurel, una mezcla de champú, jabón y algo que era
exclusivamente de ella, excitó sus sentidos. Devlin clavó los dedos en la
cama. Cuanto más tiempo pasaba junto a ella, más fuerte era la tentación
de tocarla. Cuando Laurel se inclinó sobre él para colocarle el último de
los electrodos, Devlin se mordió el labio para no gemir.
¿Por qué no tenía ella el sentido común de mantener los pechos
lejos de su cara? Devlin deseaba, ansiosamente, levantar la cabeza y
acariciarlos con la boca. Al final, se decidió por mirarlos de cerca y a
hurtadillas. Laurel llevaba una camisa ajustada que no dejaba duda alguna
sobre lo perfectamente formados que estaban sus pechos para encajar en
la mano de un hombre, y también en su boca. Devlin apostaría cualquier
cosa a que eran dulces, como las fresas maduras y la cálida luz del sol.
Se agitó. Se alegraba de que los pantalones fueran holgados y
disimularan, parcialmente, su inmediata erección. Cuando Laurel se
apartó, él exhaló un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
—Bajaré las luces. Intente relajarse y piense en cosas buenas.
Laurel bajó la intensidad de las luces, se sentó en una silla junto
a la cama y le dio al interruptor que iniciaba el programa. Devlin intentó
relajarse, pero no lo consiguió.
—Sé que esto no te resulta fácil, Devlin.
Su voz sonó tranquila y relajante, y el hecho de que lo tuteara
supuso toda una sorpresa.
Laurel apoyó una mano en el hombro de Devlin y la deslizó con
lentitud por su brazo hasta dejarla sobre la mano de él. Devlin giró la
palma hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de ella. Los dos estaban
jugando con fuego, pero, en aquel momento, él necesitaba todo el calor
que pudiera obtener. Quizás ella habría hecho lo mismo con cualquier
otro Paladín, pero no lo creía.
Ninguno de sus amigos Paladines había comentado que Laurel se
comportara de una forma que no fuera estrictamente profesional y, como
en su mayoría eran bastante frívolos, de haberlo hecho ella, no habrían
desaprovechado la oportunidad de jactarse de sus atenciones. Incluso
D.J. y Cullen habrían encontrado la oportunidad para comentárselo a
Devlin. De momento, aquella leve preocupación desapareció de su mente.
Siempre que estaba conectado a aquella máquina la noción del
tiempo se le distorsionaba. En general, el proceso duraba menos de
treinta minutos, pero a él siempre le parecía mucho más largo. Y, aunque
los resultados demostraran que era lo bastante humano como para seguir
viviendo, señalaban su constante y progresiva transformación en uno de
los Otros.
Nunca se había molestado en preguntar a cuánto estaba del final.
Lo más probable era que Laurel ni siquiera respondiera a su pregunta.
Además, saberlo no cambiaría nada, pues él seguiría luchando y muriendo
codo con codo con sus compañeros hasta que su Tutora revocara aquel
privilegio, y esto era algo de lo que se sentía muy orgulloso.
De una forma gradual, Devlin se fue relajando mientras su mundo
se reducía al tenue halo de luz que despedían las bombillas ámbar y
verde de la consola. Volvió levemente la cabeza y, al ver el perfil de
Laurel, se preguntó qué estaría pensando ella mientras esperaban en
silencio.
A pesar de que su vista era mejor que la de la media, le resultaba
difícil deducir, a partir del rostro inexpresivo de Laurel, cuál era su
estado de ánimo. Quizás estaba confeccionando una lista mental de lo que
tenía que comprar camino de casa, cuando saliera del trabajo. O quizás
era dolorosamente consciente de la presencia de él, como él lo era de la
de ella. ¿Habría permanecido despierta alguna noche preguntándose
cómo sería hacer el amor con él?
El ni siquiera debería pensar en esas cosas. ¿Qué futuro podía
ofrecer él a cualquier mujer? Y, aunque una de ellas se enamorara de él,
¿cómo podría amar al monstruo en el que inevitablemente se convertiría?
Los zumbidos y pitidos de la máquina indicaron el final de la
prueba, pero cuando Laurel intentó separar su mano de la de él, Devlin
apretó los dedos y se lo impidió.
—Señor Bane, por favor.
¡De modo que volvían a tratarse de usted!
Su temperamento se liberó. Se arrancó los electrodos de la
cabeza sin reparar en el escozor producido por las pequeñas heridas y se
desembarazó del montón de cables de la máquina. Se puso de pie y
acorraló a su Tutora contra la consola.
—Quizá para usted sólo sea un puñado de números, doctora
Young —gruñó—, otro espécimen interesante que hay que analizar... —
Ella levantó la mirada en protesta por su afirmación y a Devlin le gustó
cómo se le dilataron las pupilas y se le expandieron las fosas nasales
por la extrema proximidad de sus cuerpos. El le acarició la muñeca con la
yema del pulgar, percibió su pulso acelerado y suavizó la voz hasta
convertirla en un susurro seductor— pero sigo siendo un hombre, con las
necesidades de un hombre. Sobre todo cuando estoy con una mujer
hermosa. Siga tentándome y es probable que descubra, por la vía dura,
cuáles son, exactamente, esas necesidades y lo que preciso para
satisfacerlas.
Devlin la apretó contra su pecho. Los ojos oscuros de Laurel se
posaron en la boca de Devlin y los labios se le separaron en señal de
invitación. En un abrir y cerrar de ojos, la batalla estaba perdida, y Devlin
se rindió a la tentación y al sabor embriagador de Laurel Young.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Vie Nov 19, 2010 6:59 pm

CAPÍTULO 3


Sin soltarle la mano, Devlin la ciñó contra los poderosos
músculos de su pecho mientras su boca invadía la de ella. Laurel se sintió
agradecida por su fortaleza, porque, en aquel momento, ni un solo hueso
de su cuerpo la habría sostenido.
La lengua de Devlin penetró y saboreó el interior de la boca de
Laurel, con lo que aumentó el deseo que ella experimentaba. Cuando
cedió al impulso de consolarlo, mientras esperaban a que la máquina
sopesara y juzgara su estado mental, todos sus pensamientos racionales
la habían abandonado. A juzgar por los resultados, quizá debería ser ella
quien llevara puestos los electrodos.
Laurel no quería otra cosa salvo absorber su sabor, su tacto y su
fuerza. Sus fantasías ni siquiera se habían aproximado a la realidad de
tener toda aquella intensidad centrada sólo en ella.
Devlin siguió el contorno de la mandíbula de Laurel con besos
calientes y húmedos hasta llegar a la oreja. Tras deslizar la punta de la
lengua por sus delicadas curvas, respiró hondo, y su cálido aliento envió
una oleada de deseo ardiente por el cuerpo de Laurel. Ella se quitó la
bata con ímpetu y la dejó caer a sus pies.
De pronto se encontró tumbada en la cama mientras el agradable
peso de Devlin la aplastaba contra el colchón. Laurel separó las piernas
para recibirlo mientras disfrutaba de la conexión íntima entre sus
cuerpos. Tenía los labios hinchados y sensibles debido a las arremetidas
de los besos de Devlin, y las poderosas manos de él estaban por todas
partes, tocándola primero a través de la fina protección de la camisa y,
después, por debajo de la prenda. Las yemas encallecidas de sus dedos
desabotonaron la camisa de Laurel, lo que le permitió el libre acceso a
sus pechos.
Devlin deslizó la boca hasta ellos mientras con la lengua hacía que
la piel de Laurel se encendiera. Cuando le desabrochó el sujetador, se
incorporó para mirarla.
—Lo sabía.
Quiso preguntarle qué era lo que sabía, pero él se lanzó dispuesto
a atrapar con la boca el turgente pezón de uno de sus pechos. Devlin
gruñó de satisfacción mientras prodigaba toda su atención al pecho de
Laurel, haciendo uso de labios, dientes y lengua de formas maravillosas
e increíbles. Sus succiones enviaron oleadas de deseo hasta lo más
profundo de Laurel, y ella sintió la imperiosa necesidad de absorber todo
el cuerpo de Devlin en el suyo.
El ruido áspero que produjo la cremallera del pantalón de Laurel
cuando Devlin la bajó, la complació. Él deslizó la mano dentro de sus
bragas y sus dedos investigaron si estaba lista, y descubrieron que sí,
que ya estaba húmeda. En un instante, Laurel se sintió a punto de
estallar.
De repente, Devlin se quedó paralizado e inclinó la cabeza a un
lado, como si estuviera escuchando algo que estaba fuera del alcance del
oído de Laurel.
—Se acercan.
Devlin bajó de la cama y, al mismo tiempo, ayudó a Laurel a
ponerse de pie. Ella, incapaz de comprender qué intentaba decirle, sólo
atinó a mirarlo a los ojos.
—¡Maldita sea, doctora, llevamos demasiado tiempo aquí dentro!
Los guardias se acercan.
Al final comprendió de qué se trataba. Alguien, y no una sino
varias personas andaban merodeando en el laboratorio, al otro lado de la
puerta. Se esforzó en calmar el pánico que sentía. Si la encontraban con
la blusa desabotonada y la cremallera de los pantalones bajada, su
reputación quedaría arruinada y, antes del anochecer, Devlin tendría un
nuevo Tutor.
Aquélla era la única habitación del laboratorio que no tenía
cámaras de seguridad ni micrófonos —¡Gracias a Dios!— porque los
impulsos electrónicos de estos instrumentos interferían con el sensible
equipo de escaneo. Para compensar este hecho, el Tutor tenía que enviar
periódicamente un mensaje codificado a los guardias indicándoles que
todo iba bien. El código se cambiaba a diario para impedir que un Paladín
con malas intenciones lo descubriera y lo utilizara.
Laurel se había olvidado de enviar el mensaje y la alarma se
había disparado, y, a menos que lograra resolver la situación, el sargento
Purefoy y sus hombres entrarían de un momento a otro dispuestos a
reducir al Paladín insurrecto.
Presionó el botón parpadeante que permitía desconectar la
alarma e introdujo el código con rapidez. Con esto no lograría que los
guardias se retiraran, porque podían pensar que Devlin había conseguido
el código y lo estaba utilizando, pero, al menos, no apretarían el gatillo
tan rápido.
Consiguió abrocharse el sujetador al segundo intento y se
abotonó rápidamente la blusa. Mientras se alisaba el cabello, deseó no
parecer tan desarreglada como se sentía. Por suerte, su bata ocultaría
parte de los daños. Devlin había vuelto a tumbarse en la cama y se
había colocado, de nuevo, la mayoría de los electrodos. Sin pensárselo
dos veces, cerró los ojos, como si se hubiera dormido mientras contaba
los segundos hasta que terminara la prueba.
Las manos de Laurel todavía temblaban, pero cuando habló por
el interfono, su voz sonó calmada.
—Sargento Purefoy, le habla la doctora Young. Código alfa,
zulú, beta. Repito, alfa, zulú, beta. Esto no es una emergencia.
Le respondió el doctor Neal, lo cual la hizo sentirse todavía más
avergonzada.
—¿Qué está pasando ahí dentro, doctora Young?
Al menos parecía más nervioso que enfadado.
—Nada, señor. —Al menos, ya no—. Si me permite abrir la
puerta, se lo explicaré.
Eso esperaba.
Antes de que se dirigiera a la puerta, Devlin le apretó la mano.
—¡Mándalos a hacer puñetas!
Aquella exclamación de ánimo hizo que Laurel enderezara la
columna vertebral y, cuando la puerta se abrió, cruzó el umbral y se
enfrentó a su jefe y a un montón de hombres armados sin pestañear.
Unos minutos más tarde, todos habían salido del laboratorio
salvo ella y el doctor Neal. Devlin seguía durmiendo y el sonido apagado
de sus ronquidos reforzaba, sin necesidad de palabras, la temblorosa
explicación de Laurel.
—Lo siento, señor, no sé cómo he podido olvidar enviar el
mensaje. Debo de haberme adormecido.
Laurel sacudió la cabeza y se encogió de hombros con la
esperanza de que su jefe atribuyera a la vergüenza su reticencia a
mirarlo a los ojos.
El doctor Neal miró hacia donde Devlin seguía tendido.
—Entonces le sugiero que hoy salga antes y descanse un poco.
Dormirse en horas de trabajo, sobre todo con un Paladín tan antiguo
como el señor Bane en el laboratorio es, como mínimo, una locura. Por
suerte para todos, no se ha producido ningún daño.
—Sí, señor. Me iré en cuanto el señor Bane se despierte.
Mientras, terminaré el informe.
—¿Está segura de que no quiere que yo lo termine por usted?
No podía arriesgarse a que el doctor descubriera el desorden
caótico en que los electrodos estaban conectados a la cabeza de Devlin.
No tenía ninguna explicación para eso.
—No, gracias, pero si el señor Bane no se ha despertado cuando
esté lista para irme, lo avisaré.
El doctor Neal abandonó la habitación a desgana. Como era muy
posible que volviera a entrar sin previo aviso para comprobar si ella
estaba despierta, Laurel se contuvo y esperó unos minutos antes de
dirigirse a Devlin. El montón de cables colgaba hasta el suelo y su
paciente se había medio incorporado y estaba apoyado en la almohada
con una expresión seria e indescifrable en el rostro.
—Puedes irte cuando quieras. El sargento Purefoy te escoltará
hasta el exterior.
Laurel dejó la ropa de Devlin sobre la cama y se volvió para
poner a cero la aguja del escáner. Mientras él se vestía, Laurel sintió su
mirada clavada en la espalda. ¿Qué estaría pensando? Si se arrepentía,
¿sería porque no habían terminado lo que habían empezado o,
simplemente, porque había sucedido?
Cuando Devlin se levantó, las sábanas crujieron y, a continuación,
Laurel sintió la calidez de su cuerpo justo detrás del suyo.
—¿Quieres que te asignen un nuevo Tutor?
Laurel contuvo el aliento mientras rezaba para que la respuesta
fuera negativa.
—No, no quiero un nuevo Tutor, pero esto no puede volver a
ocurrir.
Devlin tenía razón, pero a Laurel se le llenaron los ojos de
lágrimas mientras asentía con la cabeza.
—Al menos, aquí no. —Devlin se acercó tanto a ella que su
cálido aliento le produjo un cosquilleo en la piel—. Cuando tú y yo nos
acostemos, Laurel, y sin duda lo haremos, será en un lugar mucho más
privado que éste. Porque nada impedirá que terminemos lo que hoy
hemos empezado.
Y, a continuación, desapareció.
A pesar del desastre que había estado a punto de producirse en
el laboratorio, Devlin estaba de mucho mejor humor que en los últimos
días. La deliciosa doctora Young había resultado ser toda una sorpresa.
Detrás de la bata blanca y la tablilla sujetapapeles, se escondía una mujer
tremendamente apasionada.
Devlin no podía esperar a tenerla en su cama; desnuda y debajo
de él. Como era lógico, tendrían que organizado con mucho cuidado, claro
que las tácticas de combate eran su especialidad... Organizar una cita
secreta no sería muy distinto a planificar una emboscada.
Tomó la First Avenue en dirección a Pioneer Square, una zona
turística muy popular. Por debajo de las calles se extendía una red de
pasadizos que se conocía como el Seattle Underground. Las rutas
turísticas ofrecían un acceso limitado a aquella zona, tanto a los
visitantes locales como a los extranjeros, y ni los unos ni los otros sabían
que aquellas antiguas paredes de ladrillo en ruinas escondían el Centro
de Control de alta tecnología de los Paladines.
D.J. y los demás se divertían viendo cómo los turistas se dejaban
llevar en manadas por la reducida zona del subterráneo declarada segura
para el público en general, pero Devlin los consideraba un inconveniente.
De forma rutinaria, comprobó que nadie lo mirara antes de
meterse en el callejón que conducía al acceso más directo al Centro.
Saludó con la cabeza al vigilante que estaba apostado cerca de la
entrada. Vestido cual borracho que pasaba por una mala racha y
rematado con los olores y las manchas pertinentes, el aspecto de Penn
era suficiente para espantar a la mayoría de los intrusos. Si esto no
funcionaba, también disponía de un impresionante despliegue de armas
escondidas en su destartalado carrito de supermercado.
Aquel día, el aspecto de Penn era mucho peor que el de la última
vez que Devlin lo había visto. Sin duda, se sentía perversamente
orgulloso de su trabajo.
—Cullen me ha dicho que, si te veía entrar, te dijera que lo
buscaras.
—Gracias, así lo haré.
Devlin bajó las escaleras de la entrada e introdujo el código que
abría la puerta. Una vez dentro, su cautela habitual se relajó. Si en algún
lugar estaba seguro, era aquí, en el Centro.
Quizá Cullen había descubierto algo acerca de quién había
clavado su espada en la barrera.
Camino de su despacho, Devlin se detuvo para hablar con Lonzo
y D.J. Ninguno de ellos había visto a Cullen recientemente, pero
prometieron decirle que Devlin lo andaba buscando.
El montón de documentos que le esperaba sobre la mesa casi fue
suficiente para que diera media vuelta y regresara por donde había
venido. No estaba de humor para leerse todos aquellos fríos informes
técnicos acerca del estado de la barrera. ¡Demonios, no tenía más que
poner las noticias para saber que el Mount St. Helens estaba escupiendo
vapor de agua y formando una nueva burbuja de lava!
Si la inestable montaña decidía volver a hacer saltar su cima por
los aires, Devlin y los demás tendrían que bajar de inmediato a primera
línea para mantener a los Otros fuera de este mundo. Abrió un mapa de
la zona en la pantalla del ordenador, uno que estaba programado para
mostrar los lugares más peligrosos a lo largo de la barrera. Sin duda, en
los alrededores de la irritable montaña, la barrera estaba siendo
analizada desde el otro lado. Devlin descolgó el teléfono.
—Lonzo, ¿hemos reforzado las defensas alrededor del volcán?
—Ayer por la noche, cuando nos informaron de que se habían
producido los primeros estruendos, doblamos las defensas. Los de
Intendencia estuvieron de acuerdo en que otro pelotón se mantuviera en
estado de alerta por si era necesario.
—Envíalo ahora, porque ni siquiera con ellos creo que sea
suficiente. La actividad, al otro lado de la barrera, está aumentando de
forma constante.
Devlin deseaba bajar a la barrera en persona, pero aún no le
habían dado el alta. Si se hubiera quedado en el laboratorio el tiempo
suficiente para terminar todas las pruebas, quizás ahora ya estaría libre.
En cualquier caso, no se arrepentía de nada de lo que había sucedido,
salvo de la alarma que había hecho que los guardias entraran como un
torrente en el laboratorio.
Aunque quizás había estado bien que entraran . Un revolcón
rápido en aquella cama estrecha e incómoda habría calmado sus
necesidades, pero no durante mucho tiempo, sobre todo por la forma en
que su cuerpo reaccionaba siempre que se encontraba cerca de su
Tutora. Laurel merecía ser tratada con más respeto que todo eso.
En general, Devlin se aseguraba de que las mujeres comprendieran
la naturaleza transitoria de su relación, en primer lugar. Después,
buscaban un lugar privado y satisfacían sus mutuas necesidades. Tras
asegurarse de que su compañera de una noche quedaba contenta, ambos
se separaban sin mayores ataduras.
Laurel, sin embargo, estaba cargada de complicaciones.
Intelectualmente, podía saber que los Paladines perdían de forma gradual
las emociones humanas básicas y se volvían cada vez más impredecibles
y violentos hasta que cruzaban la línea final y tenían que ser aniquilados.
Pero ¿qué le ocurriría la primera vez que se viera obligada a eliminar,
como si se tratara de un perro rabioso, a uno de los Paladines que le
habían asignado?
¿ Qué le ocurriría si lo tuviera que eliminar a él, sobre todo si se
convertían en amantes ? El hombre que era en aquellos momentos se
preocupaba por esto, pero el Otro en quien poco a poco se estaba
convirtiendo no lo haría. Así que, ¿cómo podía protegerla de sí mismo?
Una luz empezó a centellear en su monitor, una que le hizo salir
corriendo hacia la sala de control. Cullen y Lonzo contemplaban las
pantallas de sus ordenadores con expresión seria.
—¿Qué ha ocurrido y dónde?
—Por lo visto, la montaña acaba de lanzar una columna de humo
y cenizas. Es demasiado pronto para conocer la gravedad de la situación.
Debería haberse desplazado a aquella zona con o sin el alta del
Departamento de Investigación.
—¿El pelotón de refuerzo ya ha llegado?
Lonzo apartó los ojos de la pantalla para consultar el reloj.
—Todavía no. El tiempo estimado de llegada es dentro de quince
minutos.
A Devlin se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Y la barrera? ¿Qué indican las lecturas?
—Ha fluctuado un par de veces. Ahora mismo, está en activo,
pero si el volcán decide vomitar un poco más, no podría asegurarte nada
—contestó Cullen.
—¿Quién está al mando?
—Trahern.
El nudo del estómago de Devlin se aflojó un poco. Cuando se
enfrentaba al enemigo, Blake Trahern era una máquina de matar cruel y
despiadada. Si alguien podía contener una avalancha de los Otros con
escasez de hombres y recursos, ése era Trahern. Según todos los
indicios, los Otros llevaban tiempo concentrándose en aquella zona de la
barrera, y sus contingentes crecían día a día conforme aumentaba la
presión en el interior de la montaña. Se necesitaría más de un pelotón
para contenerlos. Sin embargo, si la barrera simplemente fluctuaba, los
Otros la cruzarían en pequeñas ráfagas en lugar de hacerlo en una sola
avalancha de odio y armas.
Devlin acercó una silla a donde estaban Lonzo y Cullen y se
sentó mientras esperaba que empezaran a llegar los informes de las
bajas.
—Envía directamente una copia de los informes de las bajas al
doctor Neal para que esté al corriente de lo que sucede. Esperemos que
no sea necesario, pero les facilitaremos el trabajo si saben cuántos
heridos hay y el estado en que se encuentran.
Devlin consideró la posibilidad de telefonear a Laurel, pero, al
final, decidió no hacerlo. Telefonear directamente a los Tutores no
formaba parte del protocolo. Si uno de los Paladines de Laurel resultaba
herido o, todavía peor, muerto, la avisarían con el tiempo suficiente para
que se preparara. Una vez más, Laurel tendría que enfrentarse a largas
horas sin dormir, pero ella haría cuanto estuviera en su mano para salvar
a uno de sus Paladines. Y lo haría porque se preocupaba por ellos, no
sólo porque fuera su trabajo. Aquella dedicación la asemejaba a los
Paladines.
—El segundo pelotón ha llegado abajo y está avanzando.
Lonzo era la voz de la razón y la calma. No importaba lo feas que
se pusieran las cosas, él nunca se dejaba llevar por el pánico. Cuando
todo había terminado, y según fuera el resultado de la batalla, podía
explotar y sufrir un violento ataque de rabia. Con el tiempo, sus
compañeros habían aprendido a alejarlo de los equipos valiosos antes de
que estallara. Al final del pasillo, había una sala acondicionada con sacos
de boxeo para que Lonzo pudiera desahogarse lanzando puñetazos y
patadas, igual que la caprichosa montaña situada hacia el Sur.
Pasaría algún tiempo antes de que llegaran nuevos informes.
Mientras todavía disponían de cierta calma, Devlin volvió a su despacho y
le envió un mensaje electrónico al doctor Neal pidiéndole autorización
para volver a las trincheras. La respuesta no tardó en llegar.
Devlin la leyó una vez..., y después otra, mientras hilaba las
peores maldiciones que conocía. ¿En qué estaría pensando aquel hombre?
¡La barrera estaba fluctuando, sus amigos estaban luchando, y quizá
muriendo, y lo único que se le ocurría al imbécil del doctor Neal era
sacarle unos cuantos tubos más de sangre del brazo!
Pues bien, estaría en la puerta del laboratorio del bueno del
doctor a primera hora de la mañana, porque, tronara o lloviera, él
pensaba estar en el siguiente transporte que saliera hacia la barrera.
Los que llevaban el sello de los Paladines en el ADN se veían
impelidos a luchar cuando la barrera sufría algún daño. Podían sentirlo en
algún lugar de su ser cuando la seguridad de su mundo se veía
amenazada por una brecha en la frágil barrera que separaba su realidad
de la realidad funesta que habitaba en el otro lado. Y la tensión iba en
aumento hasta que se concretaba un blanco para su agresión, fuera o no
razonable.
Los Otros constituían una amenaza constante para la estabilidad
de los frágiles ecosistemas de la Tierra. Debido a los terremotos y las
erupciones volcánicas, eran ya muchos los integrantes de los Otros que
habían cruzado la barrera y puesto en peligro el equilibrio entre su
oscuro mundo y la luz de la Tierra. Los daños en la capa de ozono
suponían por sí solos un grave problema para los años venideros.
A juzgar por la enorme cantidad de los que intentaban pasar a
este mundo en una oleada única y suicida, las condiciones en el otro lado
debían de haber empeorado de nuevo. La Tierra sólo podía absorber una
determinada cantidad de los Otros, y así lo había hecho anteriormente en
numerosas ocasiones. Según avances recientes en el estudio de la
estructura del ADN, por lo visto, la incorporación de los Otros a la ya de
por sí diversa composición genética de la humanidad había dado lugar,
con el paso del tiempo, a los Paladines propiamente dichos.
Los científicos que trabajaban para el Departamento de
Investigación creían que esto explicaba la sensibilidad de los guerreros
respecto a la barrera. Ésta era la buena noticia. El reverso de la moneda
era la tendencia de los Paladines a parecerse más y más a los Otros con
el paso del tiempo. En aquel momento, la organización estaba trabajando
para descubrir maneras de prolongar y reforzar todo lo que quedaba de
humano en los Paladines.
Este pensamiento lo llevó de nuevo a Laurel Young y al interés,
fuera de lo común, que ella sentía por él. Aquel empeño en indagar en su
pasado, ¿se debía a un interés profesional más que personal? ¿O la
indiscutible atracción que existía entre ellos había despertado su
curiosidad por su futuro amante?
Cómo le gustaría haber visto la expresión de Laurel cuando le
anunció, sin rodeos, su intención de acostarse con ella. ¿Sus ojos
reflejaron intriga o sorpresa? Sólo el tiempo contestaría a esta pregunta.
De momento, tenía una batalla que vigilar y amigos por los que
preocuparse.
Se sentó frente a su escritorio y se preparó para la espera.
—Sí, mamá, estoy bien. El trabajo me va muy bien. Y no, no me
hacen trabajar demasiado...
Salvo cuando estaba de guardia veinticuatro horas al día para
revivir a uno de sus pacientes. Pero éste era uno de los muchos secretos
que no contaba a su familia.
Laurel cerró los ojos y se acurrucó en uno de los extremos del
sofá. Quería mucho a su madre, pero, en aquel momento, no estaba de
humor para aquel tipo de conversación. Últimamente, su madre se había
impuesto la misión de ayudarla a encontrar a un buen hombre para que,
siguiendo el ejemplo de sus hermanos, pudiera dedicarse a la labor de
darle más nietos.
—Sí, mamá, sé que se acerca mi cumpleaños. Si consigo
escaparme unos días te lo haré saber.
A Laurel todavía le faltaban dos años para cumplir los treinta, y
se sentía orgullosa de todo lo que había conseguido hasta entonces.
¡Ojalá sus padres también compartieran ese orgullo! Como era lógico,
ellos la querían, pero nunca habían sabido muy bien qué hacer con una
hija cuyo coeficiente intelectual superaba todas las estadísticas y cuyos
intereses eran la ciencia y la medicina, en lugar de los bailes y las
reuniones de ex alumnas, como les ocurría a las otras chicas de su
pequeña ciudad.
Los años de instituto habían sido una verdadera pesadilla, hasta
que, un día, a la edad de quince años, recibió, de una forma misteriosa,
una carta de un grupo que se autodenominaba «Los Regentes» en la que
le ofrecían una beca completa para iniciar los estudios universitarios. La
recepción de la carta trajo lágrimas y discusiones al seno de su familia,
pero ella empaquetó sus cosas y tomó el primer vuelo hacia Seattle. Y,
salvo por unas visitas ocasionales a la casa de sus padres, no había
vuelto la vista atrás.
Los Regentes la habían salvado de la vida que sus padres
habían planificado para ella, una vida en la que, ella en particular, no
encajaba. Laurel amaba a su familia y su ciudad de origen. Ellos eran
encantadores. Era ella la que no encajaba.
De repente, Laurel se dio cuenta de que se había perdido una
parte de la conversación.
—¿Qué acabas de decir, mamá?
—Te decía que le encantará enseñártelo todo. ¡Ha pasado tanto
tiempo desde que vivías aquí! Estoy segura de que te gustará que alguien
te enseñe todos los cambios que se han producido en este tiempo.
A Laurel se le encogió el estómago.
—¿A quién le encantará enseñármelos?
—¡Por Dios, Laurel, la verdad es que no escuchas a menos que
la conversación trate sobre alguna enfermedad!
—Un sufrido suspiro llegó claramente a oídos de Laurel a través
de la línea telefónica—. ¡Lo siento, no lo he dicho en serio! Es sólo que...
Quiero que seas feliz.
Claro que quería que fuera feliz, pero según su propia idea de lo
que era la felicidad, no la de Laurel.
—¿Quién me va a enseñar los cambios, mamá?
—Pues Cari, el nuevo socio de tu hermano. ¿A quién creías que
me refería?
Los padres de Laurel a veces olvidaban su excelente memoria
para los detalles.
—¿Te refieres al mismo Cari que tiene una ex esposa, una
barriga enorme y ni un solo pelo en la cabeza?
—Bueno, sí, aunque no deberías juzgar a una persona sólo por su
aspecto. Sé que ha tenido algunos problemas, pero todo esto ya sólo
forma parte del pasado. Ahora Cari está buscando a una buena esposa
con quien sentar la cabeza.
—Le deseo a Cari todo lo mejor, mamá, pero esa buena esposa
no seré yo. Para empezar, él tiene que vivir cerca de donde está su
trabajo, y el mío está aquí.
La voz de la madre de Laurel se animó.
—Exacto, Laurel, como ya te he contado, la ciudad está
creciendo muy deprisa. El otro día estuve hablando con el doctor Watson
y me contó que tiene más pacientes de los que puede atender. Sé que le
encantaría que le ayudaras, aunque sólo fuera a tiempo parcial. Ya sabes,
por si te casas y todo eso.
Laurel no quería herir a su madre, pero tampoco podía dejar que
creyera que, para ella, su trabajo era sólo un medio con que ganarse la
vida, en lugar de una parte integrante de sí misma.
—Mamá, yo lo siento si te disgustas, pero no voy a volver a casa.
El trabajo que hago aquí es demasiado importante. —La vida de otras
personas dependía de su formación y su pericia personal—. Además, no
soy internista como el doctor Watson. Yo me dedico a la investigación y,
para realizar mi trabajo necesito unas instalaciones especializadas.
Laurel sabía que su madre no aceptaba una derrota. Como
mucho, se retiraría para recobrar fuerzas.
—Bueno, ya hablaremos de esto cuando vengas. Avísame cuando
puedas venir a vernos.
—Así lo haré. Dile a papá y a los demás que os quiero a todos.
La voz de la madre de Laurel se suavizó.
—Lo sabemos, cariño. Nosotros también te queremos. ¡Vaya,
mira la hora que es! Será mejor que empiece a preparar la cena.
¡Cuídate!
Laurel colgó el auricular y se preguntó qué pensaría su familia de
Devlin Bane. Ellos respetaban a los militares, que eran lo más cercano a
los Paladines que conocían.
Durante unos segundos, visualizó cómo sería llevar a Devlin
Bane a la casa de sus padres para que conociera a su familia. No podía
imaginárselo sentado en la salita de sus padres un sábado por la tarde
mirando un partido de fútbol universitario con su padre y su hermano.
Entonces sonó el teléfono móvil de su trabajo.
El corazón de Laurel dio un brinco, pues sabía que esto sólo
podía significar una cosa: en algún lugar, los Paladines estaban luchando
y muriendo.
Todos los integrantes del Departamento de Investigación
estaban en estado de alerta esperando la llegada de las bajas. Laurel
había repuesto sus provisiones, su camilla de acero inoxidable acababa
de ser desinfectada y había comprobado el estado de las cadenas y las
ataduras.
Ahora, lo único que podía hacer era esperar mientras intentaba
no pensar en lo que podía haber ocurrido el día anterior. Laurel
experimentó un escalofrío al recordar el desastre que estuvo a punto de
suceder.
Si se rigiera estrictamente por las normas, debería pedir que la
reemplazaran como Tutora de Devlin, pero no lo pediría a menos que se
viera obligada a hacerlo. Su función consistía en decidir qué era lo mejor
para su paciente. ¿ Cómo podría otro Tutor, uno que sólo contemplara a
Devlin como un expediente más en lugar de una persona, tomar
decisiones fundamentadas acerca de lo que era mejor para él?
Ninguno de sus anteriores Tutores había comentado que su lento
progreso hacia la inevitable locura no encajaba con el patrón habitual.
Como Laurel no podía creer que no se hubieran dado cuenta de este
hecho, sólo podía deducir que, aun sabiéndolo, no les importaba ni se
habían planteado investigar la causa de esta lenta evolución.
Laurel decidió que no había mejor momento que aquél para poner
en práctica su decisión de adoptar una actitud más fría en relación con
Devlin Bane. A partir de entonces, el interés especial que sentía por él
sólo estaría motivado por el objetivo científico de averiguar por qué era
distinto al resto de los Paladines. Si se trataba de una anomalía genética,
ella no podría hacer mucho para transmitir su resistencia innata a los
demás, pero si se debía a una alteración química de su sangre, eso podía
conducir a un sinfín de posibilidades. Quizás incluso podría transmitirse,
además de a los Paladines, al resto de los seres humanos.
La científica que había en Laurel se apoderó de ella mientras
examinaba con minuciosidad los gráficos y comparaba los resultados
nuevos con los antiguos. Durante los tres años que llevaba como Tutora
de Devlin, los resultados de los análisis de sangre se habían mantenido
constantes. Las mediciones de su fuerza y resistencia físicas seguían el
mismo patrón, con variaciones tan pequeñas que resultaban
estadísticamente insignificantes.
Lo más interesante de todo eran los escáneres cerebrales.
Laurel empezó a revisar los múltiples datos del escáner que le había
realizado el día anterior y se dio cuenta, con alivio, de que las cifras
iniciales eran similares a las del escáner previo.
Sin embargo, más o menos a mitad de la prueba, los datos
subían en pico y después caían más abajo que antes y permanecían
estables. ¿Qué podía haber causado este resultado? En aquel momento
del escáner, Devlin, supuestamente, debería haberse relajado, pero eso
no justificaba que los datos fueran tan bajos.
Laurel señaló los datos que le parecían más significativos para
analizarlos más tarde cuando pudiera compararlos con los de los
escáneres que le habían realizado en el pasado. Cuando ordenara todos
aquellos datos en tablas y los tuviera alineados en pulcras columnas, le
pediría su opinión al doctor Neal. Quizá no tenían la menor importancia,
pero una vocecita le indicaba, allá a lo lejos, que estaba en el camino
correcto.
De pronto se disparó la sirena estridente de una alarma y unas
luces empezaron a centellear. Laurel cerró el expediente y lo guardó de
una forma automática. Sólo disponía de unos minutos antes de que el
primer paciente entrara por la puerta. Los componentes minuciosamente
seleccionados de su equipo de enfermeros y técnicos entraron y
ocuparon sus puestos.
Cuando las puertas se abrieron, una sensación de tranquilidad se
apoderó de Laurel. Se puso unos guantes quirúrgicos y ocupó su lugar en
la cabecera de la mesa de operaciones.
—Muy bien, chicos, coloquémoslo aquí y después veremos a qué
nos enfrentamos. —La experiencia le había demostrado que, si
reaccionaba con calma ante las terribles heridas que todos solían ver, su
equipo reaccionaba de la misma forma—. A la de tres: ¡una..., dos...,
tres!
Todos resoplaron por el esfuerzo que supuso trasladar al Paladín
desde la camilla móvil hasta la mesa de operaciones. Alguien le pasó a
Laurel el informe inicial. Ella leyó los datos preliminares mientras el
resto del equipo conectaba al paciente a los monitores y le retiraba las
vendas provisionales empapadas en sangre. Se vio reconfortada al
descubrir que el paciente seguía sangrando, pues el corazón tenía que
latir para que esto ocurriera.
De entrada, no estaba muerto. Al menos, todavía no.
—Aplicadle una intravenosa y después realizaremos las suturas
necesarias.
—¿De quién se trata?
El doctor Neal apareció detrás de Laurel. Ella leyó el nombre y
sintió un escalofrío. Todos creían que Devlin Bane era aterrador, pero,
en su opinión, Devlin ni siquiera podía compararse con Blake Trahern.
—Es Trahern. Colocadle las ataduras.
A juzgar por la velocidad con que cumplieron la orden, no era la
única en ponerse nerviosa en presencia de Trahern y sus fríos ojos
grises. Los resultados de sus pruebas no eran tan malos como los de
Devlin, pero empeoraban a una velocidad mayor. Según ella, sería el
primer candidato al que tendría que eliminar, por lo que odiaba cada vez
que lo llevaban al laboratorio.
—¿Alguien sabe qué ha ocurrido?
El doctor Neal se había colocado en el otro extremo de la mesa
de operaciones. Si trabajaban conjuntamente, suturarían las heridas y el
proceso de curación empezaría mucho más deprisa.
El doctor Neal levantó la mirada del profundo corte que estaba
cosiendo.
—Según he oído, la situación está mal. Muy mal, quizá.
—¿Y la barrera?
—Los informes preliminares que he recibido indican que sólo
está fluctuando, de modo que los Otros van entrando en pequeños
grupos. De todas formas, mientras los Paladines daban una batida y se
aseguraban de que nadie se colara, un tramo largo de la barrera
desapareció de repente.
—¿A cuántos hemos perdido?
—A tantos que tendremos problemas para alojarlos a todos. —La
preocupación que reflejaban los ojos del doctor Neal le provocó un
escalofrío—. He tenido que darle el alta a Devlin Bane para que se ocupe
de la brecha hasta que lleguen refuerzos de otros sectores. De todas
maneras, le he advertido al coronel Kincade que Bane no está en plena
forma. Si la pierna le falla mientras está luchando, se arriesgan a
perderlo para siempre. —Resultaba difícil dar muerte definitiva a los
Paladines, pero podían lograrlo si los atacaban en grupo y con hachas y
espadas—. De todos modos, no ha sido el coronel Kincade quien me ha
pedido que lo deje ir, sino él mismo. Si no le hubiera firmado el alta,
habría ido bajo tierra de todos modos. Yo sólo he hecho que lo inevitable
resulte más fácil para todos hasta que los refuerzos lleguen dentro de un
rato.
Las puertas volvieron a abrirse debido a un grupo de guardias
que pasaba por el pasillo transportando un par de pesadas camillas. Las
cintas y las cadenas tintineaban a cada paso que daban. Los pacientes
que ocuparían esas camillas no tardarían en llegar y Laurel se preparó
para la maratón.
En cuanto a Devlin Bane, lo único que podía hacer era rezar por
él.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Sáb Nov 20, 2010 11:02 am

CAPÍTULO 4


El estridente timbre del teléfono lo despertó de su profundo
sueño. Una voz áspera susurró:
—Ésta es su oportunidad. Son tantos los Otros que están
cruzando la barrera que le servirán de cortina de humo.
La comunicación se cortó.
Contempló el auricular que sostenía en la mano mientras
deseaba, con toda su alma, haber dejado que el contestador automático
respondiera a la llamada. Su mano temblorosa necesitó dos intentos para
colgar el auricular. Ya no podría volver a dormirse, no mientras intentaba
pensar en un plan de acción razonable con el estómago encogido. Según
todos los informes, las cosas estaban tan mal en la barrera que a nadie le
resultaría extraño que se presentara como voluntario en los
subterráneos, arma en mano.
No sería extraño que los Paladines pidieran refuerzos cuando la
cantidad de los Otros que cruzaba la barrera era excesiva. Él tenía
cierta práctica con la espada, aunque nada comparable a la destreza de
los Paladines. Claro que ellos disponían de varias vidas para poder afinar
sus habilidades.
Al menos Trahern y otro par de los Paladines más aterradores
ya estaban fuera de juego. Esto había que agradecerlo. Bane también
resultaba bastante aterrador, aunque todavía conservaba algunas
emociones humanas. Sin embargo, los ojos de Trahern estaban muertos,
lo cual lo hacía más terrorífico.
Sus probabilidades de éxito aumentarían en gran manera si
podía conseguir una orden oficial que respaldara su bajada a los
subterráneos. De esa forma, nadie cuestionaría su presencia allí. De
todos modos, matar a Bane de una forma definitiva podía tener dos
efectos distintos: o bien los Paladines caían en un estado temporal de
caos al perder a su guía, o se unían para dar caza al asesino de Bane.
Y no se necesitaba ser un genio para adivinar que los Paladines
idearían una muerte especialmente desagradable para aquel que hubiera
traicionado a uno de los suyos; sobre todo si se trataba de Bane. Mierda,
¿cómo iba a resolver aquella situación? Se encontraba al borde de una
pendiente resbaladiza que conducía, directamente, al infierno o al
desastre. Si no quería firmar su propia sentencia de muerte, tenía que
planear con cuidado cada uno de sus pasos.
¿Por qué habían decidido ejecutar a Bane? De todos modos, a la
larga, su Tutor tendría que terminar con su existencia. Claro que esto,
ahora, no importaba. Resultaba evidente que el longevo Paladín había
tropezado con alguien importante en su camino.
Lo mirara como lo mirara, planear una ejecución era una forma
asquerosa de empezar el día.
Devlin estaba frente a la salida del ascensor porque lo llevaba
mejor que algunos de sus compañeros. Lonzo, sobre todo, necesitaba
apoyar la espalda en la pared del fondo hasta que la lucha empezara de
verdad. Mientras el ascensor bajaba a toda velocidad, todos
comprobaron automáticamente las armas; se aseguraron de que las
espadas se deslizaran con facilidad fuera de las vainas y que los puñales
estuvieran bien encajados en las fundas. Algunos utilizaban armas más
especializadas. Lonzo, por ejemplo, llevaba un hacha de doble filo que le
gustaba especialmente, y del cinturón de DJ. colgaba un martillo.
—¿Se ha recibido alguna información concreta sobre la cantidad
de atacantes? —preguntó Lonzo desde el fondo del ascensor.
Devlin negó con un movimiento de cabeza.
—No sabemos nada desde hace rato, pero seguro que tendremos
de sobra.
—¡Bien, maldita sea!
DJ. adoraba una buena pelea, ya fuera virtual o cuerpo a cuerpo.
Devlin no querría tener a ningún otro grupo de hombres en el
mundo cubriéndole las espaldas. Se volvió para ver cómo manejaban la
tensión sus compañeros. D.J. retenía una gran bola de chicle bajo la
mejilla mientras tarareaba algo desafinado. Lonzo pasaba el peso de su
cuerpo de un pie a otro, pues la adrenalina le impedía estarse quieto.
Cullen consultaba su ordenador de mano, sin duda para averiguar
los datos más recientes sobre el estado de la barrera y así saber a qué
iban a enfrentarse cuando llegaran al final del trayecto.
Su misión consistía en reforzar la barrera. Devlin y Cullen
buscarían los puntos débiles y harían lo posible para fortalecerlos. Según
los informes recibidos, Trahern había intentado estabilizarla, pero había
caído bajo un enorme raudal de los Otros.
Por suerte, los refuerzos habían llegado a tiempo de rechazar el
ataque y habían conseguido estabilizar la barrera antes de evacuar a sus
compañeros heridos. Las últimas noticias que Devlin había recibido de
Investigación indicaban que Trahern había resultado gravemente herido,
pero que lo habían ingresado a tiempo y se ahorraría el tener que pasar
por ser revivido de nuevo. En un par de días, Laurel y el doctor Neal lo
dejarían otra vez en plena forma.
Como los Paladines apenas se desplegaban para atacar, Devlin
se alegró de que las bajas no hubieran sido mayores. A menos que la
barrera fluctuara de nuevo, Devlin y sus compañeros acabarían con los
focos de resistencia enemiga que quedaban en los subterráneos. Los
Otros no podían abandonar la seguridad relativa de los túneles hasta el
anochecer, pues necesitaban bastante tiempo para adaptarse a la luz
solar; una debilidad que los Paladines no compartían con ellos.
Devlin sintió el zumbido de la barrera de alto voltaje a través del
suelo del ascensor. El zumbido le recorrió los nervios produciéndole una
sensación dulce que tanto él como el resto de los Paladines anhelaban.
Por las exclamaciones de inquietud que oyó a su espalda, dedujo que no
era el único en experimentar aquel efecto que lo incitaba a entrar en
acción.
—Ha llegado la hora del espectáculo, caballeros. —Devlin cogió
la empuñadura de la espada—. Enviemos a esos cabrones de vuelta al
otro lado de la barrera o directamente al infierno.
El ascensor se detuvo con suavidad mientras producía un ruido
sordo. Cuando las puertas se abrieron, Devlin saltó al exterior listo para
defenderse a sí mismo y a sus compañeros, pero el pasadizo estaba
vacío. Los integrantes de su equipo se desplegaron tras él.
Algo no iba bien. Se suponía que el ascensor tenía que estar
siempre protegido cuando se abría una brecha en la barrera. Lo último
que querían era que los Otros tomaran el control del principal punto de
acceso a la superficie. Devlin levantó la mano para indicar a sus
compañeros que se quedaran quietos, cerró los ojos y dejó que sus otros
sentidos asumieran el mando. La temperatura ambiental parecía correcta,
entre los 18 y los 28 grados centígrados. Si la barrera hubiera fluctuado
otra vez o se hubiera apagado, el ambiente sería mucho más caluroso,
pues el calor del mundo colindante habría penetrado en el subterráneo. El
aire estaba viciado y olía a roca húmeda, o sea, nada preocupante.
Uno a uno, Devlin identificó los sonidos que lo rodeaban. La
maquinaria del ascensor, las bombas que hacían que la atmósfera
resultara respirable, el apenas audible roce del aire de la respiración de
sus amigos, el ruido de pies arrastrándose mientras sus propietarios
tanteaban el camino por el túnel desconocido...
Definitivamente este último procedía de los Otros. Devlin sostuvo
la espada con una mano y levantó tres dedos en dirección a la izquierda.
Lonzo, Cullen y D.J. se alejaron en aquella dirección y él y los demás se
fueron por la derecha.
Sonrió, sujetó la espada con las dos manos y tomó la curva del
pasadizo mientras mantenía la espalda cerca de la pared. Cada pocos
pasos, se detenía y escuchaba. Algunos de los sonidos de pasos que
había oído antes se habían apagado. Sin duda, el enemigo utilizaba su
táctica favorita, que consistía en dividirse en grupos cada vez más
reducidos hasta quedar solos.
Siempre se había preguntado cómo debía de ser su mundo para
que evitaran la compañía de sus semejantes con tanto afán. O quizá
tenían la teoría de que, si se dispersaban, a los Paladines les costaría
más seguir su rastro. La verdad era que muy pocos de los Otros habían
vivido lo suficiente para encontrar el camino de entrada al mundo de
Devlin.
Conforme los pasadizos se dividían, lo mismo hacían los
Paladines, hasta que Devlin se quedó solo. El recuerdo de la última vez
que siguió a un grupo de los Otros hizo que se volviera más cauteloso y
que se tomara su tiempo para escuchar. Unos metros más adelante, el
túnel por el que avanzaba giraba bruscamente a la izquierda impidiéndole
ver a quienes estuvieran por delante de él, así que corrió hacia delante
para ganar terreno a su presa. Sabía que, justo después de la curva, el
túnel se dividía en dos. Un ramal subía hacia una calle, en la superficie, y
el otro regresaba serpenteando a la barrera.
Se detuvo a escuchar.
Nada.
Retrocedió unos pasos y esperó en silencio. Después de unos
segundos, su paciencia se vio recompensada: el susurro de unas voces
llegó hasta él por el pasadizo. Inclinó la cabeza para escuchar. A medida
que el murmullo se desvanecía, Devlin avanzaba, preparado para atacar
en cuanto identificara al objetivo.
Al llegar a la bifurcación, tuvo que tomar una decisión. Si sus
enemigos habían tomado el camino de la derecha, se encontrarían de
vuelta donde habían empezado, pero, si habían tomado el de la izquierda,
podían encontrar el acceso a las calles de Seattle. Uno o dos de los Otros
no causarían un efecto demasiado adverso en el medio ambiente, aunque,
a la larga, el daño acumulado podía ser devastador.
Devlin tomó el ramal de la izquierda y empezó la lenta y larga
subida. Más o menos a mitad de camino, sintió que el aire que tenía
detrás se agitaba, señal de que alguien más avanzaba por el túnel. Fuera
quien fuera, no se movía como uno de los Paladines. Devlin no tenía más
opción que continuar avanzando mientras esperaba que el misterioso
visitante se dejara ver.
En lugar de ir más despacio, Devlin aceleró el paso para ganar
terreno a los Otros que lo precedían. Estaba a punto de tomar otra curva
cuando el grito de guerra de sus enemigos resonó en el pasadizo, cada
vez más estrecho. Los tenía acorralados entre su propia persona y la
dolorosa luz del sol del exterior. Atrapados y desesperados, los Otros se
volvieron dispuestos a luchar.
Se trataba de dos machos, ambos armados hasta las cejas. Si
hubieran calculado mejor su escapada, probablemente se habrían
producido numerosos asesinatos en la ciudad antes del amanecer. Los
dos lucharon con la desesperación de quien no tiene nada que perder,
tratando de llevarse a Devlin por delante en el viaje definitivo al más allá.
Devlin esbozó una sonrisa forzada. ¿Tenían la menor idea de cuántos de
su especie habían caído bajo su espada en aquellas décadas? Aunque
consiguieran causarle una herida mortal, él regresaría al cabo de unos
días para seguir luchando contra los de su calaña.
Conforme se le iban acercando, hizo lo posible por no dejar su
espalda al descubierto en dirección al túnel. No había forma de saber si
su desconocido compañero era amigo o enemigo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó uno de ellos.
Los Otros que cruzaban la barrera hablaban una versión del
inglés, aunque su acento sonaba áspero y gutural.
Devlin sonrió de una forma malévola y habló en un tono cruel.
—He venido para enviaros de vuelta a vuestro mundo o
directamente al infierno. Vosotros elegís.
Y levantó la punta de la espada para enfatizar sus palabras.
—Pero si ya hemos pagado.
¿Pagado? ¿Pagado el qué?
—A mí no me pagan para matar a los de vuestra calaña. Lo hago
por placer.
—¡Sabía que los de tu especie no eran de fiar! —exclamó uno de
los Otros, y, a continuación, bramó—: ¡Muere, humano!
El más corpulento de los Otros cargó contra Devlin mientras
blandía una larga espada por encima de la cabeza y la bajaba formando
un ángulo con el que pretendía separar la cabeza de Devlin de sus
hombros. No resultaba fácil matar para siempre a un Paladín, pero este
golpe, sin duda, cumpliría el objetivo. Devlin retrocedió de un salto y,
acto seguido, arremetió contra su oponente, pero su intento de atravesar
a aquel bastardo con la espada resultó fallido.
Tras una avalancha de embestidas en la que ambos lucharon con
movimientos fríos y calculados, los dos respiraron con pesadez. Devlin
se consideró afortunado por no tener que luchar con los dos al mismo
tiempo. La estrechez del pasadizo no permitía libertad de acción a más de
dos personas. Si el compañero de su atacante se hubiera unido a este, no
habría hecho más que obstaculizar sus propias posibilidades de éxito.
Aunque el aire era frío, el sudor resbalaba por la cara de Devlin.
La pierna le dolía por la tensión del esfuerzo. Su enemigo enseguida se
dio cuenta de que se movía mejor de uno de los lados, por lo que atacó
de modo que tuviera que apoyar casi todo el peso en la pierna débil. El
acero de su espada resonaba con las continuas acometidas contra el
arma de su enemigo mientras intentaba mantenerse fuera de su alcance.
Al final, en lugar de permitir que su oponente llevara la iniciativa
de la lucha mortal, se volvió de lado y arremetió contra su oponente
atravesándolo con la espada. El Otro no murió de inmediato, pero Devlin
sabía reconocer cuándo un golpe era mortal.
Arrancó la espada del cuerpo del Otro y centró su atención en el
segundo atacante. Éste era más joven y se movía con más ligereza; un
pequeño error y Devlin terminaría en la mesa de acero inoxidable de la
doctora Young.
Mientras giraban en círculo el uno frente al otro, Devlin intentó
llegar a un acuerdo. Aunque luchaba todas las batallas con una
determinación feroz para proteger su mundo, matar no le producía un
placer especial.
—Si te rindes, te devolveremos a tu mundo cuando la barrera
vuelva a fluctuar.
Un alud de estocadas y paradas furiosas como respuesta le
obligó a recurrir a la fuerza bruta para superar al enemigo. La mirada
enloquecida de sus ojos le indicó que cualquier otra oferta de rendición
sería rechazada, de modo que hizo lo único que, llegados a aquel punto,
podía hacer, y le ofreció una muerte rápida y misericordiosa.
Mientras sus pulmones se esforzaban por recuperar el ritmo de
la respiración, Devlin se secó el sudor de la cara y limpió la sangre de su
espada con un pañuelo. Más tarde retirarían las armas y los cadáveres
del enemigo, pero, de momento, él tenía un misterio que resolver.
Retrocedió con lentitud por el pasadizo. Cada pocos pasos, se detenía
para escuchar la naturaleza del silencio. En aquellos momentos, el
silencio que percibía era un silencio vacío, como si, quien lo hubiera
estado siguiendo, hubiera abandonado la persecución.
De no ser por el ataque de la última vez, habría olvidado aquellos
pasos pensando que eran producto de su imaginación, pero su instinto le
decía que alguien lo había seguido; alguien que esperaba que los Otros lo
hubieran debilitado lo suficiente y hecho de él una presa fácil para la
emboscada definitiva. Pero como esto no había ocurrido, el cobarde se
había escabullido entre las sombras para esperar a la siguiente
oportunidad. Devlin aceleró el paso. Ya era hora de reunirse con sus
hombres.
El ruido de unos pasos flotó susurrante en el silencio ambiental,
pero, en esta ocasión, Devlin reconoció la presencia de otro Paladín. Si
su oído no le engañaba, se trataba de D.J., quien se aproximaba. A juzgar
por su caminar lento y decidido, su amigo no estaba persiguiendo a
ningún enemigo perdido. Lo más probable era que él y los demás
hubieran derrotado a sus oponentes y D.J. acudiera por si Devlin
necesitaba ayuda.
Envainó la espada y se apoyó en la pared alegrándose de poder
liberar la pierna del peso de su cuerpo. Sin embargo, justo antes de que
D.J. apareciera, se incorporó. Nadie, ni siquiera su amigo, tenía por qué
saber lo que le ocurría a su pierna.
—Como tú no estás muerto, supongo que ellos sí lo están. —D.J.
miró más allá de Devlin, hacia el pasadizo vacío que quedaba a su espalda
—. ¿Cuántos eran?
—Dos. —Devlin sacudió la cabeza—. Te juro que cada vez son
más jóvenes.
D.J. se encogió de hombros.
—Según el último recuento, nosotros hemos eliminado a media
docena.
Juntos regresaron al punto de encuentro, cerca del ascensor.
Como era de esperar, no percibieron señales de que hubiera nadie más
por los pasadizos. Sin embargo, el instinto de Devlin no le permitía
olvidar la sospecha que albergaba en su interior, y sintió que debía avisar
a sus compañeros para que fueran más cuidadosos de lo habitual.
—D.J., tengo que preguntarte algo acerca de la última vez que
morí. ¿Tú o alguno de los otros notó algo extraño?
D.J. se detuvo.
—¿Te refieres a algo más que encontrar tu espada clavada en la
barrera?
—Sí, alguna otra cosa.
—Nadie ha mencionado nada concreto, pero este detalle nos
inquietó bastante.
—¿En qué sentido?
—Bueno, nos preguntamos si alguien intentaba pasar al otro
mundo o dañar la barrera de forma permanente.
Tenía la mirada sombría. Ninguno de ellos quería pensar en los
horrores que semejante desastre podía ocasionar. Los Otros solían
cruzar la barrera armados hasta las cejas y con intenciones asesinas, y
los pocos que lograban esquivar a los Paladines reaccionaban de
distintas formas a su nuevo hogar. Los peores mataban a todo el que se
les pusiera delante hasta que los acorralaban y aniquilaban. El segundo
grupo se adaptaba a la nueva forma de vida. Enseguida perdían la palidez
antinatural y enfermiza que acompañaba al hecho de vivir en la oscuridad
y, con el tiempo, los ojos se les acostumbraban a la luz del sol, lo cual
dificultaba, en gran medida, que los Paladines los identificaran.
A medida que se volvían más humanos, la energía negativa de
sus orígenes los abandonaba y la tierra que los circundaba la absorbía.
Si eran muchos los que llegaban al mundo exterior en un corto espacio
de tiempo, el daño causado a la ecología del planeta podía ser
irreparable.
Devlin bajó la voz hasta convertirla en un susurro y ajustó el
tono para que sólo pudiera alcanzar el agudo oído de D.J.
—Alguien me ha seguido al interior del túnel.
D.J. aminoró el paso y deslizó la mano hasta la empuñadura de
su espada.
—¿Se nos ha escapado alguno?
Devlin negó con la cabeza.
—No me pareció que fuera uno de los Otros. El movimiento
parecía humano, pero yo estaba demasiado ocupado para investigarlo.
¿Has visto a alguien a quien no le correspondiera estar en el
subterráneo? —Devlin se acordó de los guardias del ascensor que no
estaban en su puesto—. ¿Y los guardias? ¿Regresaron a su puesto?
—Están muertos. —La mirada de D.J. reflejó enojo—. No eran
Paladines. Resulta evidente que Kincade envió a algunos guardias como
refuerzo antes de que llegáramos.
No tenían la menor oportunidad frente a media docena de los
Otros profusamente armados. Lo único que salvó la situación fue que el
ascensor estuviera arriba para que nosotros lo utilizáramos.
—¿Los habéis encontrado a todos?
—No hemos tenido tiempo de comprobarlo.
Si uno de los guardias había logrado escapar a la matanza, podía
estar perdido en el laberinto de pasadizos subterráneos. Y, si se había
tropezado con la batalla entre Devlin y los dos Otros, no se le podía
culpar de darse la vuelta y salir corriendo. Pero esta explicación no
parecía muy verosímil. Aunque el guardia no quisiera tropezarse con un
Paladín cuyas ansias de lucha estaban en pleno apogeo, esto no
explicaba que no hubiera ido a buscar ayuda.
—Reunámonos con los otros y demos otra batida. Después
podemos llamar al coronel Kincade para que venga a recoger a sus
difuntos.
Claro que el muy cabrón no se mancharía las manos con ese
sucio trabajo. No, enviaría a algún otro desgraciado para que se ocupara
de esa nimiedad. Mientras no tuviera qu enfrentarse de forma directa a
las pruebas de su incompetencia, Kincade seguiría enviando a sus
hombres a una muerte segura mientras él se cubría de gloria.
—Rescinde esa orden, D.J. Ya nos ocuparemos nosotros de los
cadáveres. Al fin y al cabo, esos hombres murieron realizando nuestro
trabajo. Lo menos que podemos hacer es ocuparnos de sus cuerpos.
A Laurel le dolía la espalda y, si alguien no llegaba pronto para
relevarla, no respondía de sus acciones. Dos de sus pacientes se habían
ido voluntariamente y ahora sólo tenía que ocuparse de uno, pero éste
era más de lo que ella podía soportar.
—Suélteme, doctora.
Simuló no oírlo, como venía haciéndolo durante las últimas doce
horas, y se concentró en rellenar todo el papeleo que había dejado de
lado los dos días anteriores mientras se enfrentaba a la avalancha de
Paladines heridos. La mayoría sólo había necesitado unos primeros
auxilios rutinarios.
Por desgracia, el que necesitaba más cuidados era Trahern. A él
no le gustaba andar por allí cuando se encontraba bien, pero estando
herido y con dolor, era un auténtico hijo de puta.
—Suélteme.
A juzgar por el chasquido de las cadenas, Trahern intentaba
deshacerse de las ataduras, aunque no estaba tan en forma como para
poder liberarse y, aunque lo estuviera, no era probable que lo
consiguiera, pues el doctor Neal había encargado unas cadenas de una
aleación más resistente especialmente para los Paladines más antiguos y
violentos. Aun así, Laurel contenía el aliento cada vez que Trahern hacía
acopio de todas sus fuerzas y volvía a intentarlo.
Dejó a un lado el papeleo. Ya era hora de comprobar de nuevo
las constantes vitales de su paciente. Trahern odiaba que lo tocaran aún
más de lo que Laurel odiaba tener que tocarlo. Pero ella se había
comprometido, como doctora y también como Tutora, a encargarse de
que los Paladines recibieran los mejores cuidados que pudiera otorgarles,
aunque ellos no los quisieran.
—Ya casi es la hora. —Los ojos del color del hielo de Trahern le
lanzaron una mirada de furia impotente—. Déjeme ir.
Sin pronunciar palabra alargó el brazo para tomarle el pulso. Los
monitores mostraban un ligero aumento de la temperatura respecto a la
lectura de una hora atrás. Los Paladines no eran propensos a padecer
infecciones, pero tampoco era algo insólito. También podía deberse a la
transformación de Trahern en uno de los Otros.
Lo cierto era que, tal como estaba actuando en aquel momento,
Laurel no podía aconsejarle que realizara planes a largo plazo.
—¡Quíteme las manos de encima!
—Señor Trahern, ya hemos tenido esta discusión antes. Soy yo
quien toma las decisiones relacionadas con sus cuidados, no usted.
Trahern esperó a que ella colocara el estetoscopio en su pecho
y realizó otro intento por liberarse. Ella dio un brinco hacia atrás y casi
se cayó al suelo. Trahern soltó una risa malvada y desagradable.
—¡Ya está bien, Trahern!
Laurel no había oído que la puerta se abriera. Devlin Bane
estaba en el interior del laboratorio, junto a la puerta, y el pobre
sargento Purefoy intentaba impedirle el paso. Sin duda, Devlin se había
abalanzado sobre la puerta sin esperar a ser anunciado. En otras
circunstancias, Laurel habría protestado, pero en aquel momento se
sintió aliviada de verlo. Devlin tenía la reputación de ser el más
corpulento y maligno de todos los Paladines. Si alguien podía intimidar a
Trahern y conseguir que se comportara, ése era Devlin Bane.
Sorprendentemente, el sargento Purefoy mantuvo su posición.
Tenía agallas, desde luego, porque Devlin podía apartarlo como si fuera
un mosquito si quisiera.
—Está bien, sargento, el señor Bane ha venido para ayudarme. —
Pretendió hacerle creer que Devlin estaba allí a petición suya—. Debería
haberle avisado antes, pero no sabía con exactitud a qué hora vendría.
Devlin arqueó una ceja al oír su mentira, pero no dijo nada. Los
guardias se relajaron y retrocedieron un paso. El sargento Purefoy
seguía sin estar satisfecho, pero señaló la puerta con la cabeza indicando
a los guardias que se retiraran.
—Si necesita ayuda con estos dos, avíseme.
Camino de la puerta, el sargento Purefoy lanzó una mirada
asesina a Devlin.
—¡Vaya, doctora, sus perros guardianes están enseñando los
dientes! —exclamó Devlin mientras se acercaba a Laurel.
—No es necesario que se regodee, señor Bane. Sólo intentan
cumplir con su trabajo. —Laurel se volvió hacia su impredecible paciente
—. Le estaba explicando al señor Trahern, aquí presente, que tengo que
completar el examen. Cuanto antes lo terminemos, antes podrá salir de
aquí.
—Suélteme y la dejaré tocarme tanto como quiera.
Trahern lanzó sonoros besos en dirección a Laurel con una
expresión lasciva en el rostro.
—¡Maldita sea, Blake, para ya!
Devlin se le acercó reflejando en la postura y los puños
apretados la furia que sentía.
—¡Que te jodan, Bane!
Trahern giró la cabeza y, en una oleada de rabia, empezó a
forcejear con las cadenas hasta que las muñecas le sangraron.
Había llegado la hora de tomar medidas drásticas. Laurel se
dirigió al armario de los medicamentos. Siempre tenía un sedante
preparado cuando Trahern estaba en el edificio.
Cuando se volvió, Devlin había tomado el asunto literalmente en
sus manos, pues había cogido a Trahern por el cuello forzándolo a
mirarlo a la cara.
—¡Maldita sea, Trahern! ¿Quieres que te eliminen? Porque si es
esto lo que buscas, basta que lo digas y yo mismo me encargaré de
hacerlo.
Sus palabras resultaron todavía más amenazadoras debido al
tono calmado con que las pronunció, como si no le importara mucho cuál
fuera la respuesta de Trahern.
—Estoy esperando, Blake. ¿Qué es lo que quieres? Si te resulta
muy doloroso vivir, acabemos con tu sufrimiento de una vez por todas.
Pero te diré que, ahora mismo, no es eso lo que yo necesito. Necesito
que estés de mi lado.
Los tres permanecieron a la espera: Devlin con aquella calma
casi antinatural, Laurel con el corazón que se le salía por la boca y
Trahern con una mirada salvaje y los ojos desorbitados.
Laurel no sabía si podría soportar ver cómo Devlin terminaba,
para siempre, con el dolor evidente que su amigo experimentaba, aunque,
con un cierto sentimiento de culpa, sabía que se sentiría aliviada de no
tener que tomar ella la decisión.
—Odio todo esto.
Las palabras de Trahern ya no estaban cargadas de rabia, pero el
dolor que reflejaban era casi más difícil de soportar.
—Todos lo odiamos, Blake, pero es así como funciona para
nosotros. Deja que la doctora te ayude a dormir un poco más.
Devlin soltó a Trahern y retrocedió unos pasos. De momento, la
crisis había pasado.
Laurel limpió a toda velocidad el brazo de Trahern con alcohol y
le inyectó un potente sedante. Los ojos recelosos de Trahern se clavaron
en los de Laurel durante unos segundos mientras ambos esperaban que
cayera en un profundo sueño.
—Lo siento —murmuró Trahern.
Ella esbozó una temblorosa sonrisa.
—Yo también, Blake, yo también.
Trahern puso los ojos en blanco y el rostro se le relajó. A
sabiendas de que no debería, Laurel le apartó el cabello de la cara y le
tapó con la manta hasta el cuello.
Cuando se apartó del paciente dormido vio que Devlin
contemplaba a su amigo con una amarga tristeza reflejada en sus
angulosas facciones. Parecía que fuera a romperse en mil pedazos.
—Está llegando al límite.
No se trataba de una pregunta, pero Laurel le contestó de todas
formas.
—Los resultados son peores que la última vez, pero todavía no ha
llegado al final. El hecho de que tú estuvieras aquí le ha ayudado a
volver. No reacciona bien a mi influencia ni a la del doctor Neal, pero a ti
parece dispuesto a escucharte. La próxima vez que lo traigan, sería
bueno que estuvieras por aquí. Sólo por si acaso —declaró Laurel
deseando que ninguno de los dos supiera que esa próxima vez bien
podría ser la última para Trahern.
Devlin asintió con la cabeza, pero no se movió. Laurel sintió que
tenía que alejarlo de Trahern.
—Me iría bien un café. Ahora que se ha dormido, pediré a alguien
que me releve. El sedante que le he inyectado lo hará dormir hasta
mañana.
Laurel descolgó el teléfono y realizó una llamada rápida. Unos
minutos más tarde, su técnico sanitario favorito entraba por la puerta.
Kenny parecía un boxeador profesional que hubiera perdido más asaltos
de los que debería haber aguantado, pero, pese a su aspecto rudo,
realizaba su trabajo con mucha delicadeza. Laurel le encargó vigilar que
Trahern durmiera sin ser molestado.
—Si surge algún problema o se despierta, llámame.
Normalmente, Laurel habría añadido una explicación acerca de
dónde podía encontrarla, pero no estaba preparada para compartir con
nadie que iba a tomarse un café con un Paladín, y menos que ese Paladín
era Devlin Bane. Ya era bastante malo que los guardias los vieran salir
juntos. Por otro lado, no estaba segura de hasta qué punto informaban de
esas cuestiones al coronel Kincade o al doctor Neal.
Kenny se limitó a asentir con la cabeza y coger la tablilla
sujetapapeles. Si le resultaba extraño que se fuera con Devlin Bane, no lo
demostró.
Mientras Laurel recogía la chaqueta y el bolso, Devlin la agarró
por el brazo.
—Será mejor que nos encontremos en algún lugar.
Era una buena idea, pero ¿por qué arriesgarse a que los vieran
en una cafetería de la zona? Laurel lo sorprendió tanto a él como a sí
misma diciendo:
—¿Qué tal en mi casa dentro de media hora?
—No es una propuesta muy inteligente —declaró Devlin mientras
señalaba con la cabeza la sala donde se realizaban los escáneres.
El recuerdo de lo cerca que habían estado del desastre hizo que
se ruborizara.
—De acuerdo. Yo tengo hambre, ¿qué tal el restaurante italiano
de Pioneer Square?
—Allí estaré. Ahora llama a tus perros guardianes para que pueda
salir de aquí.
Laurel no pudo evitar que una sonrisa asomara a sus labios
mientras intentaba mostrar reprobación.
—Sargento Purefoy, el señor Bane ya se va. Me ha prometido
que se comportará. Si le ocasiona algún problema, hágamelo saber y me
aseguraré de que la próxima aguja que utilice con él esté vieja y oxidada.
Los guardias entraron y salieron en fila mientras Devlin se
colocaba, mansamente, entre ellos.
Laurel ordenó un poco el laboratorio para darle tiempo a Devlin a
salir del edificio. Cuando ya se iba, entró en el lavabo para cepillarse el
pelo y retocarse el carmín de los labios. Con el día que llevaba,
necesitaba toda la ayuda posible. Si más tarde conseguía recuperar el
sueño perdido, por la mañana estaría más preparada para enfrentarse a
Trahern, pero, de momento, iba a comer con un hombre atractivo y
fascinante. Si el doctor Neal se enteraba, simplemente le diría que Devlin
y ella tenían que hablar sobre el estado de Trahern, lo cual, de todos
modos, era cierto. Si a Trahern le resultaba más fácil mantener el control
cuando Devlin estaba presente, quizá les ocurriría lo mismo a los demás
Paladines. Y, sin duda, merecía la pena hablar sobre cualquier cosa que
pudiera ayudar a un Paladín a realizar la transición.
Quizá no hacía más que engañarse a sí misma acerca de la causa
de estar tan nerviosa por una simple comida, pero, con suerte, sus
argumentos también engañarían a los demás, incluido Devlin Bane.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Sáb Nov 20, 2010 11:43 am

CAPÍTULO 5


Devlin encontró una mesa libre en un rincón y vigiló la puerta de
entrada desde detrás de la cuestionable tapadera que le ofrecían unos
tiestos con plantas. No tenía ninguna razón para encontrarse con Laurel
fuera del laboratorio, pero la necesidad de estar con ella lejos de la
indiscreta vigilancia de las cámaras y los micrófonos era superior a él.
El recuerdo de la delicadeza con la que ella había tratado a
Trahern lo molestaba más de lo que quería admitir. Devlin dudaba que su
amigo apreciara el hecho de que la buena de la doctora lo hubiera
arropado como a un niño pequeño que se había derrumbado tras sufrir un
berrinche.
No había habido ninguna connotación sexual en la forma en que
ella lo tapó con la manta o en cómo apartó el cabello de su rostro, pero
aquel episodio había hecho que Devlin se sintiera tenso, vulnerable y tan
celoso que le producía dolor. ¿Qué tipo de individuo envidiaba a su amigo
herido por recibir una simple muestra de atención? Además, Trahern
estaba muy cerca de experimentar el horror de convertirse en uno de
los Otros. Devlin sabía que había impresionado a Laurel cuando le ofreció
a Blake acabar con su sufrimiento, pero lo había dicho de verdad. Nadie
merecía ver cómo el último atisbo de su alma escapaba de su cuerpo.
Devlin esperaba que D.J. o Cullen mostraran la misma compasión hacia él
cuando llegara su hora. Devlin odiaría saber que Laurel, con su
delicadeza y sus carteles de gatitos, se viera obligada a acabar con su
vida.
La campanita que había en la parte superior de la puerta de
entrada lo sacó de la espiral descendente de sus pensamientos. Se
incorporó levemente, lo justo para que Laurel lo localizara. Ella esbozó
una sonrisa temblorosa y se dirigió hacia él. Su aspecto era diferente y,
antes de que llegara a la mesa, Devlin se dio cuenta de que, el día del
escáner aparte, aquélla era la primera vez que la veía sin la protección
de la bata blanca.
El recuerdo que Devlin tenía de su aspecto con la blusa abierta
era vago, porque la luz de la habitación era muy tenue, pero recordaba
con claridad la suavidad de seda de su piel, el sabor de su boca y lo que
había experimentado durante los pocos pero ardientes segundos que
estuvo encima de ella.
Laurel avanzó con paso titubeante y Devlin recordó que ella leía
sus pensamientos y estados de ánimo con más claridad que la mayoría de
las personas. Calmó su creciente deseo y se arrellanó en el asiento
intentando parecer relajado e inofensivo.
—Bastante bien, Devlin. —Lo miró con insolencia mientras dejaba
la chaqueta y el bolso en una silla y se sentaba frente a él—. Pero te
conozco demasiado bien para tragarme esa carita de inocente.
—Al menos lo he intentado.
Devlin cogió la carta y simuló interesarse por los distintos tipos
de salsa y pasta que ofrecían. Un intenso aroma a orégano y albahaca
inundaba el aire y le recordó que llevaba muchísimo tiempo sin comer
nada. Quizá, después de todo, la idea de quedar en el restaurante no
había sido tan mala.
Vio que Laurel cerraba la carta y la dejaba a un lado.
—¿Ya has escogido?
—Siempre como lo mismo: pizza con corazones de alcachofa y
setas.
—¿Y nada de carne?
Debería haberlo supuesto.
—Nada. Me gustan las pizzas vegetarianas.
Devlin volvió a dirigir la vista a la carta, pero antes anotó en su
memoria aquella información acerca de Laurel. ¿Era esto lo que sentía un
adolescente enamorado? No lo sabía, pues apenas recordaba haber sido
tan joven alguna vez.
La camarera se acercó a la mesa y Devlin le tendió las cartas.
—Yo comeré espaguetis con albóndigas y la señora la pizza de
alcachofa.
—¿Y para beber?
Dedujo que Laurel querría vino blanco, pero ella volvió a
sorprenderlo.
—Yo quiero una cerveza negra.
—Que sean dos.
—Enseguida les traigo una ensalada y unos bastoncillos de pan.
El silencio se acomodó entre ellos. Devlin no tenía ni idea de
cómo entablar una conversación informal, de modo que fue directamente
al grano.
—Gracias de nuevo por ser tan paciente con Trahern. Le resulta
más difícil que a la mayoría de nosotros.
Ella mantuvo las manos ocupadas rompiendo una servilleta de
papel en pequeñas tiras.
—Ya lo sé, y cada vez es peor. ¡Ojalá supiera por qué!
—Para nosotros es así como funciona. Creí que lo sabías tan
bien como nosotros.
Laurel clavó los ojos en los de él.
—Pues claro que lo sé, pero no tengo por qué aceptar que no se
pueda cambiar. Soy médica y científica y mi trabajo consiste en averiguar
por qué sois como sois.
Devlin mantuvo un tono de voz bajo, aunque no intentó ocultar
su mal genio.
—Yo no quiero ser un espécimen interesante de tu laboratorio.
Si es esto lo que pretendes de mí, me voy.
Laurel se echó a reír y miró hacia el techo.
—Devlin, si estuviera interesada en las ratas de laboratorio,
estaría estudiando roedores en el departamento de biología de la
universidad. Elegí trabajar con seres humanos por voluntad propia. —Su
sonrisa se desvaneció—. Y en ningún momento he olvidado que eso es lo
que tú eres. A veces creo que soy yo más consciente de vuestra
humanidad que tú y algunos de tus amigos. —Se inclinó hacia delante—.
Y ésta es exactamente la cuestión que me interesa. ¿Por qué cambiáis?
¿Y por qué lo hacéis a ritmos diferentes? Por ejemplo, tú eres varias
décadas mayor que Trahern, pero si sigue como hasta ahora, sus
resultados pronto superarán los tuyos. —Laurel se reclinó en el asiento
—. Olvida lo que he dicho. No puedo creer que esté hablando de otro
paciente contigo, pero la verdad es que, a pesar de su poco agradable
personalidad, me preocupo por Trahern y siento que se me está
acabando el tiempo para salvarlo.
¡Como si se pudiera! Trahern sería el primero en reconocer que
no tenía salvación. Él nunca había sido especialmente amigable, ni
siquiera con los otros Paladines. Durante el último año se había ido
encerrando mucho en sí mismo y ahora apenas hablaba con nadie. Incluso
cuando la barrera estaba en calma y los Paladines podían relajarse, él
casi nunca se unía a los demás para ir a tomar una copa.
Así eran los de su especie. Conforme su conexión con su propia
humanidad disminuía, su tolerancia hacia la compañía de los demás
también disminuía, y lo único que quedaba era el sentimiento del deber y
el deseo de matar. Mientras este deseo se enfocara en los Otros, la vida
de un Paladín tenía sentido. Al final, sin embargo, se volvían rabiosos y
mataban de una forma indiscriminada. Los Tutores tenían la obligación de
eliminar a los Paladines hostiles antes de que acabaran matando a
aquellos a los que tenían que proteger.
Estos pensamientos le condujeron de vuelta a Laurel Young y su
ardiente deseo de hacer la vida más fácil a los Paladines que tenía a su
cargo. La simple idea de lo que pretendía resultaba irrisoria.
Generaciones de Paladines habían vivido sabiendo que cuando les
llegara el final, éste se produciría en medio de un ataque de locura. No
pedían clemencia ni la merecían. Y su Tutora, con sus ojos dulces y sus
manos suaves no tenía nada que hacer al respecto.
—Devlin, ¿te encuentras bien?
Y, precisamente esas manos tocaron las suyas al otro extremo de
la mesa y lo devolvieron a la realidad. Devlin estudió el contraste entre
los delgados dedos de Laurel y sus manos callosas. Lo blando contra lo
duro. Unas manos hechas para curar tocando a otras hechas para matar.
¿Por qué Laurel no sentía repulsión hacia él? ¿Podía imaginar cuántos
habían muerto por una estocada de su espada?
Tenía la sensación de que, aunque lo supiera, nada cambiaría.
Teniendo en cuenta los muchos Paladines a los que había curado y
revivido, ella conocía mejor que nadie el coste de aquella batalla
progresiva que ellos lidiaban para proteger su mundo. Como parecía
estar esperando una respuesta concreta, mintió:
—Estoy bien.
Antes de que ella pudiera insistir, Devlin vio que la camarera se
dirigía a su mesa.
—Ya llega la comida.
Laurel accedió a la distracción, pero por la forma en que lo miró
supo que no había renunciado a hablar de aquel tema. Ceder a la
tentación de pasar el tiempo con ella había sido una gran equivocación.
Allí, entre las plantas de heléchos y el intenso aroma de las especias
italianas, casi podía fingir que su relación era normal. El tipo de relación
en la que dos amigos compartían una simple comida. O, mejor aún, una
relación en la que dos futuros amantes saboreaban los últimos momentos
antes de cruzar la línea e intercambiaban miradas apasionadas y
promesas sobre lo que vendría después.
Él la quería con la misma intensidad con que experimentaba la
necesidad de proteger la barrera, como si ese sentimiento brotara de lo
más profundo de su esencia de Paladín. Y no sabía qué hacer con él. Los
Paladines nunca se casaban y tenían pocas relaciones que duraran más
de unas cuantas semanas. Para empezar, las mujeres percibían, de una
forma asombrosa, cuándo merecía la pena arriesgarse por un hombre.
Los que tenían los instintos primitivos de los antiguos guerreros podían
resultar interesantes en la cama, pero lo más probable es que no
aguantaran una relación duradera.
Si él creyera que pasar unas cuantas noches locas con Laurel
resolvería su problema, no dudaría en hacerlo. Devlin se agitó con
incomodidad en el asiento, pues sus pensamientos habían provocado un
efecto predecible en su anatomía.
—Para ya, Devlin.
—¿Que pare el qué?
Dejó el tenedor en la mesa intrigado por saber a qué se refería.
—Deja de mirarme como si fueras un felino a punto de
abalanzarse sobre un ratón.
No pudo evitar sonreír abiertamente, algo que no solía hacer.
—¿Qué puedo hacer yo si eres un bocado tan sabroso?
Laurel se ruborizó, pero lo miró a los ojos con la cabeza en alto.
—Devlin, soy tu Tutora. No deberíamos... No podemos—
Tenia razón, pero la razón no parecía tener mucha importancia en
aquellos momentos.
Dejó la servilleta en la mesa, y el doble de lo que debía de costar
la comida, por lo menos.
—Salgamos y demos un paseo.
Ella asintió con los ojos muy abiertos.
—De acuerdo.
Durante el corto espacio de tiempo que habían permanecido en el
restaurante, el cielo se había nublado. A Devlin este cambio ya le iba
bien. La penumbra encajaba con su estado de ánimo. Sin pronunciar una
palabra, caminaron hacia el norte y después giraron hacia el oeste,
alejándose de Pioneer Square en dirección a la zona de los muelles.
El silencio era sólo un poco menos incómodo que la peligrosa
conversación que habían mantenido en el restaurante. Devlin sentía la
presencia de Laurel con intensidad. La brisa jugaba con su pelo y sus
rizos cortos y oscuros pedían ser acariciados. Sus largas piernas
avanzaban al mismo ritmo que las de Devlin.
Si sólo se tratara de un intenso deseo físico, él podría pasarlo
por alto, pero también le gustaba la forma en que Laurel le plantaba cara
y la pasión con la que cuidaba de sus pacientes. Estaba seguro de que
actuaría con la misma pasión en la cama y quería experimentarlo
personalmente. Ella le transmitía calor a unas zonas que llevaban frías
demasiado tiempo.
—Te acompañaré a casa.
—Todavía no. No he podido terminar la pizza, de modo que me
debes un helado.
Laurel le estaba ofreciendo unos cuantos minutos más en su
compañía. Pues bien, podían acusarlo de no tener fuerza de voluntad,
pero, ¡qué demonios! Quizá pudieran ser sólo amigos lo que durara un
cucurucho de helado. Después la acompañaría a su casa y él se iría a la
suya antes de que a uno o a ambos les faltaran las fuerzas para
separarse.
—De acuerdo. ¿De una o dos bolas?
—El día se merece uno de dos bolas. Y quiero que sea de los
buenos, del tipo que te atasca las arterias pero que sabe tan bien que no
te importa.
Ella lo sorprendió enlazando su brazo con el de él mientras
buscaban un puesto de helados en la zona de los muelles.
A Laurel le encantaba su casa con vistas a la Bahía Elliott y la
ciudad de Seattle, pero, en aquel momento, habría deseado vivir a varios
kilómetros de la ciudad, en algún lugar al que hubieran tardado más
tiempo en llegar. Pero allí estaba su casa, al final de la manzana. Ella
teclearía el código de seguridad, la puerta se abriría y cruzaría sola el
umbral, y Devlin se iría a su casa, los dos solos y deprimidos.
Pero no permitiría que esto estropeara los últimos minutos de
aquella huida de la vida cotidiana. Cuando terminaron de comer los
helados, pasearon por las tiendas de los muelles y contemplaron todos
los artículos que se exhibían, desde las piezas de arte más caras hasta
los souvenirs más chabacanos. Ella ya lo había visto antes, pero en esta
ocasión todo le pareció más bonito y esplendoroso, porque lo compartía
con Devlin.
—Ya hemos llegado.
—¿Cuál es tu casa?
Señaló el edificio de ladrillo de la esquina.
—Aquélla, la de la derecha.
—Debería haberlo adivinado. Por las flores.
Devlin se detuvo y miró a su alrededor.
—¿Qué ocurre? —preguntó Laurel.
—Tu portal está demasiado expuesto.
Devlin la cogió de la mano y tiró de ella hacia un callejón cercano
situado entre dos edificios viejos.
—¿Demasiado expuesto para qué?
De repente, Devlin se detuvo y la empujó con suavidad contra
una pared de ladrillo, al otro lado de un montón de cajas, de modo que
quedaron fuera de la vista de aquellos que pasaban por la calle.
—Demasiado expuesto para esto.
La boca de Devlin se unió a la de Laurel. Devlin sabía a menta y
a chocolate caliente. Esto era lo que ambos habían deseado desde que
salieron del laboratorio. Laurel quedó aplastada entre la aspereza de los
ladrillos y el corpulento cuerpo masculino, pero se sentía increíblemente
bien.
Con osadía, Laurel rodeó las piernas de Devlin con la suya y se
apoyó en él para no caerse. Él la sorprendió cogiéndole la otra pierna y
colocándosela alrededor de sus caderas mientras apoyaba el símbolo de
su necesidad en la cuna del calor de ella.
Laurel gimió mientras Devlin metía y sacaba la lengua de su
boca al mismo ritmo con que frotaba su cuerpo entre las piernas de
Laurel indicándole, sin palabras, lo que en realidad querría estar haciendo
en aquellos momentos. Cuando él deslizó una mano entre sus cuerpos
para apretar los pechos de Laurel, ella perdió el control y alcanzó el
climax de una forma súbita.
Notó que Devlin sonreía junto a su boca.
—¡Sabía que te excitarías así entre mis brazos!
La ola de pasión que había experimentado la dejó flaqueante y
temblorosa. Devlin no mostró ningún indicio de querer soltarla y mantuvo
la cara hundida en su cabello mientras la acariciaba con las manos.
—¿Te he hecho daño? —le murmuró cerca de la oreja.
—En estos momentos, me siento de maravilla.
—Será mejor que te acompañe a tu casa. Tengo que estar en el
Centro mañana temprano. —Devlin la dejó con suavidad en el suelo sin
parar de abrazarla por si ella no se sentía todavía con fuerzas para
sostenerse sola—. Te acompañaré hasta la puerta.
Devlin retrocedió un paso, como si aquella distancia fuera
suficiente para aplacar la pasión que todavía ardía entre ellos.
Sabía que él se iría a su casa, y era lo que tenía que hacer, pero
le parecía injusto y se puso de mal humor.
—Ya soy mayor, Devlin. Puedo ir yo sólita hasta allí. Además,
como has dicho antes, es demasiado expuesto.
—De acuerdo.
Su rápida aceptación aumentó el mal humor de Laurel, quien giró
sobre sus talones con la intención de demostrarle que ella también sabía
jugar duro. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, Devlin la
cogió por el hombro y la hizo girar hacia él. Laurel se encontró justo
donde quería estar, en los brazos de Devlin y besándolo con ardor.
También en él percibió un poco de mal genio.
De una forma gradual, el tacto de Devlin se suavizó, su beso se
volvió persuasivo en lugar de exigente y, después, se separaron con
suavidad. Laurel hizo lo posible por no sentir el dolor que le producía
separarse de él y juntos caminaron en silencio hasta su casa. Ninguno de
los dos parecía saber qué hacer a continuación.
—Será mejor que te vayas.
Laurel se permitió el pequeño privilegio de arreglarle el cuello de
la camisa. Devlin se estremeció, pero se mantuvo firme.
—¿Quieres que esté en el laboratorio cuando Trahern se
despierte?
—Puedo manejar a Trahern yo sola.
Podía hacerlo incluso aunque él hiciera lo posible por asustarla.
Las comisuras de los labios de Devlin se suavizaron hasta casi esbozar
una sonrisa.
—Sé que puedes hacerlo, fiera. A la mayoría de nosotros nos
causas auténtico pavor, pero si quieres que esté allí, sólo tienes que
decírmelo.
Estuvo tentada de pedírselo, pero decidió no hacerlo.
—Te agradezco la oferta, pero no quiero que piense que vuelvo a
necesitar refuerzos o que estamos confabulados contra él.
—Buenas noches, Laurel.
—Gracias por esta estupenda velada, Devlin.
Él asintió con la cabeza y sus facciones volvieron a adquirir su
dureza habitual.
Y, sin más, se marchó, desapareciendo en aquel mundo de
sombras que parecía constituir una parte tan esencial de su persona.
Laurel sabía, sin tener que preguntárselo, que no volvería a verlo hasta
que volvieran a llevarlo al laboratorio, herido y sangrando. Una lágrima le
resbaló, ardiente, por la mejilla, pero no hizo ningún esfuerzo por
detenerla, ni a ésta ni a ninguna de las otras que la siguieron.
Había algunas cosas en la vida por las que merecía la pena
llorar, y su corazón le decía que Devlin Bane era una de ellas.
Devlin durmió de forma intermitente y con sobresaltos. El sueño
tranquilo y profundo parecía estar siempre fuera de su alcance. Durante
toda la noche, estuvo soñando con Laurel: en lo que podría haber
ocurrido si ella lo hubiera invitado a entrar en su casa, en su cama, en
ella. Y no le ayudaba en absoluto haber saboreado sus dulces besos y
haber sentido el suave tacto de su piel. El recuerdo de aquellas
exquisitas y largas piernas rodeándolo y manteniéndolo pegado al
húmedo calor de su cuerpo lo acompañaría el resto de esta vida. Y de la
siguiente.
Devlin había renunciado a dormir mucho antes de que los
primeros rayos de sol despuntaran por la cima de las montañas del este.
El contenido de una cafetera y una pizza de dos días de antigüedad no
contribuyeron a mejorar su estado de ánimo. Y tampoco el necesitar
hasta la última gota de agua caliente del depósito para borrar cualquier
posible resto del olor de Laurel en su piel. ¡Ojalá resultara igual de fácil
borrar los recuerdos! Con un poco de suerte, cuando acudiera a trabajar
a una hora temprana, se habría producido alguna crisis que necesitara de
toda su atención.
Había entradas al Centro que le quedaban más cerca que la de
Pioneer Square, pero necesitaba caminar un poco para disipar el mal
humor, aunque la verdad era que nadie esperaba que los Paladines
resultaran alegres y divertidos. Todos ellos eran unos solitarios
empedernidos, aunque algunos de los más jóvenes todavía conservaban
amigos, tanto fuera como dentro del cuerpo de los Paladines.
Pero Devlin no echaba de menos tener amistades. Requería
demasiado esfuerzo tener que estar pendiente de todas las palabras que
pronunciaba para mantener las mentiras acerca de cómo se ganaba la
vida o por qué desaparecía durante largos periodos de tiempo. Después
de unas cuantas muertes, ya no pudo soportar las grandes multitudes
durante mucho tiempo sin arriesgarse a perder el control de su precario
temperamento.
Le resultaba curioso no haber experimentado su habitual mal
humor cuando estuvo con Laurel, a pesar de que ella lo arrastró a todas
aquellas tiendas atiborradas de gente. Durante unas cuantas horas, se
olvidó de quién y qué era. Sospechaba que seguiría pagando caro aquel
desliz durante las oscuras horas nocturnas, cuando estuviera a solas con
sus recuerdos. Aunque, teniéndolo todo en cuenta, no se arrepentía de un
solo segundo de los que había pasado junto a Laurel.
Una de las ventajas secundarias de ser un Paladín era que eran
pocas las ocasiones en las que se tenían remordimientos de conciencia.
Este pensamiento lo animó considerablemente. Justo a tiempo, porque
Penn lo esperaba de pie junto a la entrada del Centro.
—Estaban a punto de enviar partidas de rescate en tu búsqueda.
Los dientes blancos de Penn destellaron en la suciedad de su
rostro.
—¿Porqué?
No podía tratarse de la barrera, porque lo habría percibido.
—No lo sé, pero Cullen y D.J. me han dicho que, si te veía, te
dijera que movieras el culo hacia allí a toda velocidad. —Penn volvió a
sentarse en su lugar habitual y se echó una manta raída sobre los
hombros—. Y antes de que me lo preguntes, parecían más alterados que
preocupados.
—Gracias por el mensaje.
Nada más entrar en el edificio, Devlin fue en busca de sus
amigos. Cullen estaba en su escritorio, leyendo un libro. Le apasionaban
las novelas fantásticas de ambiente tenebroso, pero a Devlin no le
atraían; se parecían demasiado a su vida real y él leía para escapar de la
realidad.
—Me han dicho que me estabas buscando.
Cullen introdujo un sobre viejo en el libro para señalar la página
que estaba leyendo y lo dejó a un lado.
—En realidad, es D.J. quien quiere enseñarte algo.
Probablemente, está en el ordenador, pirateando otro dominio
confidencial.
Devlin sacudió la cabeza. D.J. era un genio de la electrónica y se
divertía jugando al gato y al ratón con la ciberpolicía. De momento, iban
tropecientos mil a cero. Los otros Paladines realizaban apuestas acerca
de cuándo daría un patinazo y lo cogerían. Claro que nunca lo meterían
entre rejas por sus travesuras casi inofensivas. Los Regentes, quienes
controlaban y dirigían el Centro y, por lo tanto, a los Paladines, tenían
demasiado peso para esto, y protegían a los suyos incluso de ellos
mismos.
D.J. estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas y el
teclado del ordenador sobre el regazo. El contorno de sus dedos era
apenas perceptible dada la velocidad con que los desplazaba por las
teclas mientras él se reía y se mofaba de la pantalla.
—¡Demasiado tarde, cabrones negligentes! La próxima vez os
aseguraréis de cerrar todas las puertas traseras de vuestro sistema. —
Cuando la unidad central procesó su última orden, D.J. presionó la tecla
de eliminar y se volvió hacia Devlin y Cullen con una amplia sonrisa en el
rostro—. Muy divertido.
—No queremos saber nada al respecto.
—No pensaba contároslo. Será suficiente con deciros que los
militares mejorarán su sistema de seguridad dentro de poco.
D.J. consiguió que sonara como si, al pasearse por sus archivos
secretos, acabara de hacerles un favor. ¡Quién sabe, quizá sí que les
había hecho un favor!
Cullen se apoyó en la pared y cruzó las piernas a la altura de los
tobillos.
—Seguro que les has señalado la presencia de un error en su
sistema justo antes de que nuestro nuevo software salga al mercado.
D.J., claramente ofendido por la sugerencia, lanzó a su amigo una
mirada airada.
—Lo he hecho por patriotismo, no porque sea un mercenario.
Ni Cullen ni Devlin se lo tragaron. D.J. competía con otros
inadaptados de cerebro privilegiado porque le divertía aquella
competición cibernética, una competición que, por otro lado, D.J. siempre
ganaba.
—Penn me ha dicho que querías hablar conmigo.
—Te he dejado algo sobre la mesa.
—No me obligues jugar a las adivinanzas. No estoy de humor.
D.J. se levantó y se desperezó.
—Se trata de un bonito rompecabezas.
Devlin encabezó la comitiva hacia su despacho. Encima de su
escritorio había un montón de trapos arrugados.
—¿Qué demonios es esto?
Devlin cogió uno. Se trataba de una bolsa de tela de las que se
cierran con un cordón, que había sido rajada por el fondo. El tejido era
grueso y suave, pero, aparte de eso, no había nada destacable en él.
—¿De dónde han salido?
Devlin creía conocer ya la respuesta. Si no estuvieran
relacionadas con los Otros, D.J. no se habría molestado en enseñárselas.
—Las hemos encontrado debajo de uno de los guardias
asesinados. —Cullen extendió las manos para que Devlin le pasara una—.
Ya hemos realizado análisis preliminares en un par de ellas.
-¿Y?
Sabía que la respuesta no le iba a gustar. Estaba seguro.
—Proceden del otro lado de la barrera.
Devlin dejó caer la bolsa que sostenía en las manos como si le
quemara. Entonces se sintió ridículo y hurgó en el montón de bolsas para
demostrar que, en realidad, no le asustaba contaminarse. Después de
todo, cuando recogían los cadáveres de los Otros, entraban en contacto
con su ropa y no sufrían daños. Quizá. Nadie sabía con exactitud qué
factores provocaban que, con el tiempo, los Paladines se volvieran más
violentos. Podía deberse al contacto frecuente con los Otros y sus
artilugios.
—¿Alguna otra cosa digna de destacar?
—Todas han sido rasgadas con el mismo puñal, el que usan los
guardias habitualmente, por cierto. También hemos encontrado el puñal,
pero no tenía ninguna huella ni ninguna marca identificativa.
Devlin desató el nudo que mantenía firmemente cerrada una de
las bolsas. Tuvo que realizar un pequeño esfuerzo, pero lo consiguió. El
hecho de que las hubieran rasgado significaba que quien lo había hecho
tenía muchísima prisa.
—¿Hay algún residuo en el interior?
D.J. asintió con la cabeza.
—Un par de ellas contenía restos de un polvo cristalino. No lo
hemos reconocido, pero no es de extrañar. Los de Investigación están
repitiendo las pruebas. Nos han prometido enviarnos los resultados
mañana.
Nadie había sido tan valiente o tan estúpido como para cruzar la
barrera con el fin de estudiar el mundo que había al otro lado. Teniendo
en cuenta cuánto arriesgaban los Otros para escapar de allí, aquel mundo
tenía que estar hecho de la materia de las pesadillas.
A Devlin, algo en aquella bolsa le despertaba un recuerdo, pero
no lograba identificarlo.
—¿Tenéis alguna idea de lo que pueden significar estas bolsas?
Cullen contó sus deducciones con los dedos de la mano.
—Primera: no son de aquí, de modo que los Otros deben de
haberlas traído de su mundo. Segundo: debían de contener algo de valor,
porque, en general, los Otros sólo traen armas y la ropa que llevan
puesta. Y tercera: alguien más debe de haber considerado que lo que
contenían las bolsas era valioso, si no, no habrían matado a los guardias
para conseguirlo.
La cuarta y tácita deducción era que no habían sido los Otros
quienes habían matado a los guardias. Esta idea resultaba muy
inquietante, pero encajaba con el ataque mortal que Devlin había sufrido.
Algún ser humano se había convertido en un criminal. Si Cullen no
pensaba comentar esa posibilidad, —tendría que hacerlo él.
Se volvió hacia sus amigos.
—Debéis saber algo sobre mi última muerte. Estábamos
realizando una inspección rutinaria de la barrera cuando parte de ésta se
desvaneció sin previo aviso. Por suerte, sólo cerca de una docena de los
Otros consiguió atravesarla antes de que la reparáramos. Mientras
Trahern y un par de sus hombres se quedaban para asegurarse de que no
volvía a ocurrir, el resto de nosotros salimos tras los intrusos. Yo seguí a
dos de ellos, quienes se dirigían a la superficie.
Devlin cerró los ojos intentando recobrar hasta el menor de los
detalles, pero la mayor parte de lo ocurrido estaba nublada por el
recuerdo del dolor. Cullen lo apremió.
—¿Qué les ocurrió a los Otros?
—Luchamos. Recuerdo que maté a uno de ellos en la mitad del
túnel del norte, pero, mientras luchábamos, el segundo desapareció.
Estaba buscándolo cuando surgió de la nada y se lanzó sobre mí
blandiendo un hacha. No sé de dónde demonios la sacó, pero no la tenía
cuando cruzó la barrera. —De una forma inconsciente, Devlin se frotó la
herida de la pierna—. Conseguí contenerlo durante unos segundos, pero
entonces alguien más surgió de la oscuridad. Fue él quien me abrió las
entrañas.
—¿Conseguiste verlo?
—La cara no, pero recuerdo sus manos. —Devlin sostuvo una de
las suyas frente a su vista—. Tenía la piel de este color, no gris pálida.
Quien me mató era un humano, no uno de los Otros.
—¡Qué demonios dices! ¡Mataremos a ese hijo de puta y, una vez
muerto, lo remataremos!
D.J. lanzó una mirada iracunda a su alrededor, como si el
desconocido enemigo pudiera estar oculto en alguno de los rincones de
la habitación y, presa de su explosivo carácter, se puso a dar vueltas
como si fuera un león enjaulado.
Cullen, siempre el más tranquilo del grupo, sacudió la cabeza.
—No, no lo mataremos. La represalia tendrá que esperar, porque,
primero, necesitamos que hable. Sin duda, lo que está sucediendo es
mucho más que un simple ataque a Devlin. —Cullen expuso los hechos en
voz alta—: A Devlin lo matan. No hay nada especial en eso, pero, a
juzgar por el hecho de que utilizaron un hacha, deduzco que pretendían
que su muerte fuera definitiva.
Devlin contuvo el aliento. Él había pensado lo mismo, pero no le
gustaba oír que tenía razón. Nadie se recuperaba de un
descuartizamiento.
—¿Entonces qué les impidió matarme para siempre?
—Cuando te encontramos, no llevabas muerto mucho tiempo,
quizá sólo unos segundos. Es probable que nos oyeran llegar y les
entrara el pánico. —Cullen frunció el ceño—. Ahora que lo pienso, junto a
tu cuerpo había dos cadáveres de los Otros, pero no recuerdo que
ninguno de ellos tuviera un hacha. Si tú no mataste al segundo, entonces
debió de hacerlo tu asesino.
La sonrisa de D.J. era espeluznante.
—El socio de los Otros no quería dejar ningún cabo suelto. No
puede uno fiarse de nadie en estos tiempos.
—También está el pequeño detalle de que mi espada estuviera
clavada en la barrera —intervino Devlin—. Teniendo en cuenta la
cantidad de electricidad que debió de desprenderse por la brecha, es un
milagro que aquel cabrón no se quedara frito.
Y una pena, aunque Cullen tenía razón. Antes de vengarse tenían
que interrogar a aquel hijo de puta. Tendría que contentarse con
convencer al traidor para que hablara. Devlin apretó los puños ante la
perspectiva.
—Es una lástima que no le vieras la cara. ¿Alguno de los guardias
te tiene manía?
Devlin se acercó a sus armas y deslizó un pulgar por la hoja de
un puñal. Ya estaba afilado, pero necesitaba tener las manos ocupadas,
de modo que cogió una piedra de afilar.
—No se puede decir que los Paladines les caigamos muy bien,
pero no, que yo sepa, no le caigo especialmente mal a ninguno de ellos.
En general, suelo cooperar con los guardias. No me gusta que me lleven
de un lado a otro a punta de pistola, pero es su trabajo.
Además, su vigilancia mantenía a Laurel a salvo de cualquier
Paladín potencialmente peligroso. Esta razón era suficiente para que
soportara a Purefoy y a sus esbirros. Devlin deslizó con lentitud el puñal
por la piedra de afilar mientras dejaba que su mente deambulara por
distintos pensamientos.
—Creo que tienes razón en cuanto a que se trata de un guardia o
alguien de Intendencia. Nadie más puede acceder a los túneles sin
disparar las alarmas. Además, aparte de nosotros, nadie conoce los
túneles tan bien como para llevar a cabo algo así.
—¿Crees que fue planeado o que se decidió sobre la marcha?
—Todavía no conocemos los suficientes detalles para saberlo. Es
posible que yo topara con algo sin darme cuenta.
—Devlin hurgó entre las bolsas con el puñal—. Apostaría mi espada
favorita a que alguien ha hecho un trato con el diablo. Las bolsas se
confeccionaron para contener algo pequeño, pero algo tan valioso como
para que mereciera la pena matar.
D.J. cogió una de las bolsas por el cordón de cierre.
—El tejido es más grueso de lo que cabría esperar. Quizá para
proteger el contenido. O para amortiguar el sonido.
—Ahora mismo, sólo estamos especulando. —Devlin dejó el puñal
sobre la mesa—. Supongo que tú puedes entrar y salir de los archivos de
Regencia sin que te cojan, ¿verdad, D.J.?
D.J. esbozó una sonrisa salvaje.
—¿Quién crees que diseñó su sistema de seguridad? Claro que
ellos no lo saben. —D.J. entrelazó los dedos de las manos y estiró los
brazos al máximo para hacer crujir los nudillos—. ¿Qué estamos
buscando?
—Todavía no estoy seguro. Empieza con los horarios de los
guardias la noche que me mataron. Quizá no podamos identificar al
culpable, pero podríamos eliminar unos cuantos nombres. Los de los que
estaban de guardia en Investigación, por ejemplo.
—De acuerdo. También comprobaré sus estados financieros. Si
alguien está tratando con los del otro lado, habrá un rastro económico en
algún lado.
D.J. dejó la bolsa que sostenía en las manos y se dirigió a la
puerta.
—Será mejor que vaya con él —declaró Cullen—. D.J. es bueno,
pero no es infalible. Cuando olisquea un rastro no hay manera de sacarlo
de ahí. Alguien tiene que tirar de su correa. —Cullen siguió a su amigo
D.J. —. Guárdate las espaldas, Devlin. Ya han ido por ti una vez y es
probable que vuelvan a hacerlo.
¿Qué tipo de loco pactaría con aquellos bastardos?
El pitido estridente del teléfono interrumpió los pensamientos de
Devlin, quien descolgó el auricular y soltó:
—¡Bane al habla!
—Llegas tarde a la cita.
Laurel era la última persona que deseaba ver en aquellos
momentos.
—La anulo.
—No, no la anulas. El doctor Neal ha suspendido tu alta hasta que
termines las pruebas que ha ordenado. Puedes venir voluntariamente,
como el buen soldadito que eres, o puedo enviar a los guardias a
buscarte.
—Manten a tus perros guardianes lejos de mí, doctora, y también
tus agujas. Estoy ocupado.
Ella también era tozuda.
—No son mis perros guardianes, Devlin.
La utilización de su nombre de pila era deliberada, un indicio
claro de que había algo más entre ellos que la mera relación doctorpaciente.
Ella no tenía la culpa del malhumor de Devlin, quien se apretó el
puente de la nariz entre los dedos índice y pulgar para intentar aliviar el
dolor de cabeza.
—Vendré cuando pueda, Laurel. Tengo un asunto entre manos
que requiere mi atención.
—Devlin, sé que tu trabajo es importante, pero, si no te cuidas,
no podrás hacerlo. Ven para aquí ahora mismo, antes de que envíe a los
guardias. —Su voz se convirtió en un susurro—: Por favor.
Teniendo en cuenta el estado de ánimo de sus hombres, lo último
que necesitaba era un montón de guardias armados enviados allí para
llevarlo al laboratorio. No quería ni pensar en esa posibilidad.
—Está bien, dame un par de horas.
—¿Quieres que envíe un coche para recogerte?
—No, he dicho que iré y así lo haré.
Devlin colgó el auricular de golpe, poniendo así punto final a la
conversación. Volvió a coger el puñal y lo contempló unos instantes. Con
una sacudida de la muñeca y una sarta de maldiciones, lo clavó en la
pared que tenía enfrente. Con paso decidido, se acercó para recuperarlo.
¡Ojalá dispusiera de un blanco vivo en el que descargar su ira!
No tenía sentido que intentara trabajar en aquel estado de ánimo.
Lo mejor que podía hacer era ir a la Armería a reparar la hoja de su
espada. Aunque los Regentes contaban con un equipo de armeros
encargados de mantener las armas de los Paladines en estado óptimo,
Devlin prefería hacerlo él mismo.
La mayoría de los Paladines había encontrado una forma de
olvidarse temporalmente de la guerra que libraba día a día, y, a Devlin,
las horas que pasaba poniendo a punto sus armas le proporcionaban algo
de paz. Si reparaba su espada antes de ir a Investigación, parte de su ira
se disiparía y no aparecería allí en aquel estado. Lo último que
necesitaba era que los resultados de las malditas pruebas salieran
tergiversados debido a su mal humor.
Camino de la salida, pasó junto a Cullen.
—La doctora Young me ha telefoneado. Por lo visto, el doctor
Neal ha ordenado más pruebas para asegurarse de que estoy en forma
para la acción. Es una gilipollez y todos lo sabemos, pero si no paso por
el aro, me montarán la de Dios.
Su amigo le lanzó una mirada extraña y, después, asintió con la
cabeza.
—Guárdate las espaldas. Sospechamos que algunos de los
guardias podrían estar implicados, pero eso no significa que sean los
únicos.
Significaba que podía considerarse un loco por caminar solo por
las calles de Seattle, pero de ningún modo pensaba dejarse intimidar por
ningún guardia llorica. Además, era pleno día y, si alguien pensaba
atacarlo, lo más probable era que lo hiciera a cubierto de las sombras de
la noche. Devlin salió del edificio y pasó junto a Penn.
—Manten los ojos bien abiertos, Devlin. ¿Quieres que te cubra
durante un rato?
—No.
—Ya me lo imaginaba. —Penn volvió a sentarse en su posición
habitual—. Cullen me ha dicho que les avises cuando llegues a
Investigación.
¡Maldito Cullen! Debería haber sabido que su amigo lanzaría la
voz de alerta en cuanto sospechara que había una situación de peligro. Él
podía cuidar de sí mismo, y ellos lo sabían. La única razón de que no
volviera a entrar para hacérselo entender a su amigo era que él habría
hecho lo mismo si la situación fuera a la inversa.
—De acuerdo..., por esta vez. Pero dile que no necesito ninguna
niñera.
—Lo haré.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Sáb Nov 20, 2010 12:17 pm

CAPÍTULO 6
El minutero avanzaba hacia las doce. Sesenta segundos más, y
llegaría oficialmente tarde. Devlin sentía un placer perverso consiguiendo
que se preguntaran, hasta el último momento, si se presentaría o no. Una
vez en el interior del edificio, dejó el puñal y el resto de armas
arrojadizas sobre el mostrador de la entrada.
—Ya estoy aquí. Pongámonos en marcha.
Tres guardias prepararon sus rifles y se alinearon a tropezones
detrás de él para escoltarlo hasta el laboratorio. ¡Joder, cómo odiaba la
incompetencia! Si estuvieran a sus órdenes, les habría pateado el culo
por ser tan patosos. Devlin no esperó a obtener la autorización para
entrar en el laboratorio y abrió las puertas de un empujón mientras sus
patéticos acompañantes lo seguían como podían.
Laurel no estaba en el laboratorio. Devlin se volvió hacia el cabo
que estaba a su lado.
—¿Dónde está ella?
Antes de que el joven guardia pudiera responder, el doctor Neal
surgió de detrás de unos archivadores.
—La doctora Young no está en estos momentos. Yo la sustituyo.
—Hizo una seña a los guardias—. Gracias por acompañar al señor Bane,
caballeros.
Cuando se hubieron ido, el doctor contempló a Devlin por encima
de las gafas.
—Señor Bane, sé lo frustrante que le resulta seguir nuestro
protocolo, pero le agradecería que se esforzara en cumplirlo.
—Doctor, si me hubiera vuelto violento, habría tenido tiempo de
matar a todo ese puñado de bufones mal entrenados antes de que
ninguno de ellos realizara un solo disparo. Zarandearlos de vez en
cuando ayuda a mantenerlos despiertos.
—Esto no es responsabilidad de usted, aunque transmitiré su
comentario al coronel Kincade. Por lo visto, algunos de los nuevos
reclutas son un poco descuidados. Claro que, después de lo que ha
sucedido antes, uno esperaría que estuvieran más alerta.
A Devlin se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Qué ha sucedido?
—Nada que le concierna a usted. Siéntese y arremánguese la
camisa.
Mientras el doctor Neal le aplicaba un torniquete en el brazo y
daba unos golpecitos en el interior de su codo para hinchar una vena,
Devlin miró a su alrededor en busca de pistas sobre lo que había
sucedido anteriormente.
En el lateral de uno de los archivadores había una muesca
considerable que no estaba antes, y una de las plantas de Laurel estaba
en bastante mal estado. ¿Qué había ocurrido durante las dos horas que
habían transcurrido desde que habló con ella?
El doctor Neal se dio cuenta de que Devlin miraba a todas partes
salvo a su brazo.
—Por lo que veo, siguen sin gustarle las agujas.
Un brillo pícaro centelleó en sus ojos mientras aplicaba una tirita
al pinchazo. Ésta estaba decorada con gatitos. Sin duda, también estaban
de oferta.
—Quiero otra radiografía de su pierna. La fractura ha sido mucho
más grave de lo habitual y estoy convencido de que le molesta más de lo
que admite. Sé que no se ha estado apoyando en ella, sobre todo después
de la lucha en los túneles.
—Mi pierna está bien.
¿Cómo podía saber el doctor Neal cómo se sentía después de
luchar contra aquellos dos de los Otros? ¿Había cámaras en los túneles?
¿O uno de sus amigos había estado hablando a sus espaldas?
—Entonces los rayos X lo confirmarán, ¿no cree? —El doctor
Neal pulsó, con calma, el botón del interfono—. Por favor, escolten al
señor Bane a radiología. Esperen hasta que estén los resultados y
tráiganmelos.
Devlin salió del laboratorio sin pronunciar palabra. El doctor Neal
no quería hablar sobre lo que había sucedido, pero quizá lo hiciera uno de
los guardias. No se necesitaba ser un genio para darse cuenta de que los
ponía más nerviosos que de costumbre. ¿Qué demonios había sucedido?
Si algo hubiera ido mal con alguno de sus amigos, él se habría
enterado en el Centro.
La técnica radióloga era nueva. Colocó la pierna de Devlin sobre
la mesa y corrió a su cabina para realizar la radiografía. Devlin no la vio
más hasta que, prácticamente, le lanzó el sobre que contenía los
resultados.
—Dígale al doctor Neal que recogeré la radiografía más tarde. No
es preciso que usted me la devuelva. En serio.
Y desapareció en el laberinto de pasillos y cabinas. Si era tan
asustadiza como se mostraba con él, no duraría mucho trabajando para
Regencia. En el mejor de los casos, él y sus colegas resultaban
impredecibles. En el peor, se requerí una mente fría y unas manos firmes
para mantenerlos bajo control.
En el peor de los casos.
¡Maldición! ¿Acaso alguien había cruzado la línea? Kincade había
pedido refuerzos a otros sectores para que ayudaran mientras el Mount
St. Helens estaba en erupción. Si uno de ellos había cruzado el límite y
ya no tenía salvación, él no tenía por qué haberse enterado. ¡Mierda!
Quizá se estaba precipitando en sus conclusiones, pero aquella
explicación tenía sentido.
Todos los Tutores sabían que llegaría un día en el que se verían
obligados a eliminar a uno de sus protegidos. En la mayoría de los casos,
uno de los médicos más experimentados acudía para ayudar al Tutor,
pero ¿y si Laurel había tenido que hacerlo sola? Cuando uno de los
Paladines estaba cerca del límite, como ocurría con Trahern, ella siempre
le pedía a otro médico que estuviera a la espera, por si las moscas, pero
con un paciente desconocido, la transformación podía haberla cogido por
sorpresa. Nadie sabía qué empujaba a un Paladín a traspasar la línea y
convertirse en uno de los Otros.
Aceleró el paso obligando a su escolta a ir al trote para seguirlo.
Una vez allí, dejó las radiografías sobre el escritorio ocupado por el
doctor Neal.
—¿Quién ha sido?
El viejo doctor levantó la mirada del gráfico que estaba leyendo,
se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Dudo que usted lo conociera. Lo habían transferido hace poco
de uno de los sectores de la costa del Pacífico.
Devlin se sintió un poco culpable de sentirse aliviado por el
hecho de que el Paladín muerto no fuera uno de sus amigos.
—¿Cómo se lo ha tomado ella?
Una vez más, el doctor Neal le respondió sin tapujos.
—Se lo ha tomado mal, aunque no me extraña. —Sus ojos
oscuros se tiñeron de dolor—. Todos nos lo tomamos mal, ¿sabe? No
resulta fácil ostentar el poder sobre la vida o la muerte de un hombre,
sobre todo de uno que se ha pasado la vida protegiéndonos.
—¿Dónde está ella?
—La he enviado a su casa.
No debería estar sola, pero Devlin no dijo nada. Lo último que
ambos necesitaban era que su jefe sospechara el interés que sentía por
ella. Devlin empujó el sobre para llamar la atención del doctor de vuelta
al asunto que les concernía.
El doctor Neal volvió a colocarse las gafas.
—Bueno, demos una ojeada a las radiografías. Estoy seguro de
que tiene cosas mejores que hacer que estar deambulando por aquí todo
el día.
No se necesitaba ser un experto para detectar la diferencia entre
las dos radiografías. En la primera, el fémur estaba astillado por el corte
del hacha y había varios pedacitos de hueso esparcidos en distintas
direcciones. En la segunda, sólo se percibía una pequeña línea donde el
hueso se había soldado.
—Es usted un hombre con suerte, Bane. Si hubieran blandido el
hacha con un poco más de fuerza, habría perdido la pierna
irremediablemente. He oído hablar de casos en los que un Paladín ha
sobrevivido a una amputación, pero no son muchos. Claro que una herida
de esa magnitud, de todos modos, habría acabado con su carrera como
luchador.
Lo cual, probablemente, habría acelerado su carrera hacia la
locura. La necesidad innata de lucha constituía una parte esencial de ser
un Paladín, y les resultaba imposible vivir sin poder empuñar una espada.
—Firmaré su alta y se la enviaré al coronel Kincade.
—Gracias, doctor.
—Y haga todo lo posible por mantenerse alejado de aquí. No
entregamos puntos extra a los clientes asiduos, ¿sabe?
Devlin se rio al oír aquel viejo chiste porque eso era lo que el
doctor esperaba.
—Si no le importa llamar a los guardias, me marcharé.
El doctor Neal le miró con expresión grave mientras alargaba el
brazo hacia el interfono.
—Lo digo en serio, Devlin. No quiero verlo por aquí dentro de
poco. Tenga cuidado.
Los guardias entraron en formación apretada casi antes de que
el doctor Neal hubiera apartado el dedo del interfono y Devlin les
permitió escoltarlo hasta la entrada del edificio mientras se preguntaba, y
no por primera vez, qué lógica tenía escoltar con armas a los Paladines
mientras estaban en el Departamento de Investigación y dejarlos libres
entre el público en general. Quizá creían que, si uno de ellos perdía el
control en el exterior, sus acciones se perderían entre el resto de
acciones violentas que tenían lugar, día tras día, en las calles de la
ciudad.
Una vez en el exterior, Devlin se dirigió al Centro, aunque no
tenía ninguna intención de ir allí. Un solo destino ocupaba su mente, pero
no permitiría que nadie de Investigación lo supiera. Tampoco pensaba
decírselo a Cullen ni a D.J., pero tenía que contarles una excusa para no
terminar su turno en el Centro.
Pulsó la tecla de marcación rápida del teléfono del Centro y se
alegró al oír la voz de Cullen en el contestador.
—Cullen, soy Devlin. Mira, estoy destrozado y tengo unos
asuntos personales de los que ocuparme. De modo que, a menos que se
desate el infierno, me tomo el resto del día libre. Tendré el móvil
conectado por si me necesitas.
La urgencia de comprobar cómo se encontraba Laurel lo
apremiaba, pero tenía que dar un rodeo para ir hasta su casa. Era poco
probable que alguien estuviera tan loco como para seguirlo, pero ni él ni
Laurel podían arriesgarse a ser descubiertos. De todos modos, cada
paso que daba en sentido opuesto al de casa de Laurel constituía una
agonía para él. ¿Cómo podían haberla enviado a casa sola?
Al final, después de deambular por la zona durante veinte
minutos, tomó un autobús que lo condujo a la casa de Laurel. Quizás ella
no quisiera que la molestaran, pero a Devlin esto le importaba un
pimiento. En cuanto comprobara que se encontraba bien, se iría.
Devlin se reclinó en el asiento y tuvo que contener los nervios
cada vez que el conductor realizaba una parada.
El maldito Paladín era muy escurridizo, esto tenía que
reconocérselo. Por su forma de actuar, habría jurado que sabía que
alguien lo estaba siguiendo. Cuando salió del edificio de Investigación,
Bane se dirigió de nuevo hacia el Centro, pero, en el último segundo, giró
hacia el este. Si no se hubiera tratado de Devlin Bane, habría creído que
aquel tipo había perdido el sentido de la orientación.
Tuvo que dar dos vueltas a la manzana para volver a encontrarle
el rastro, esta vez en dirección oeste, hacia Puget Sound. Al final, tuvo
que echar a correr para coger el autobús que iba hacia el norte, pero lo
perdió y allí terminó la persecución. En cualquier caso, no se sentía
frustrado. Enfrentarse a un Paladín en medio de una ciudad abarrotada de
gente no constituía el mejor plan de acción, pues había demasiados
testigos y podían surgir muchas complicaciones.
¿Adonde se dirigía Devlin Bane? Que él supiera, la única persona
que vivía en aquella dirección era la doctora Young. Este razonamiento lo
animó de inmediato. Ella se había ido a su casa temprano, después de
eliminar a uno de los Paladines forasteros que se había convertido en
uno de los Otros. Se estremeció al recordar a aquel asesino enloquecido,
suelto por el laboratorio, hasta que consiguieron reducirlo el tiempo
suficiente para que la doctora Young lo matara. Aunque la doctora le
gustaba, ella estaba demasiado concentrada en sus pacientes para fijarse
en un humilde guardia.
Pocos Paladines tenían alguna flaqueza que pudiera explotarse.
Si Bane sentía debilidad por la doctora, esta información podía serle útil.
Si lograba llegar a la parada de la doctora antes que el autobús,
podría comprobar si sus sospechas eran fundadas. Sintiéndose mejor
acerca de sus posibilidades para acabar con Bane, llamó a un taxi y pidió
al conductor que apretara el acelerador.
Laurel se sentía mal, experimentaba un dolor interno y profundo
que la quemaba y la helaba al mismo tiempo. Uno de los guardias la había
acompañado a su casa y había esperado hasta que ella estuviera en el
interior del edificio para irse. Ella le había dicho al doctor Neal que se
encontraba bien y que podía seguir trabajando el resto del día, pero ni
siquiera ella misma se lo había creído. Sin embargo, se sentía orgullosa
de no haberse derrumbado hasta que hubo terminado su trabajo.
Había matado a un hombre porque era su deber, como doctora y
como Tutora. Si él no se hubiera convertido en un monstruo asesino, lo
más probable era que le hubiera dado las gracias por ayudarlo a pasar a
mejor vida, por jugar a ser Dios y decidir que había llegado su hora.
Laurel cerró los párpados con fuerza y las lágrimas le quemaron
las mejillas como si fueran ácido. El muerto era uno de los Paladines
transferidos desde Japón para ayudarlos mientras el volcán estaba en
erupción. ¿Habría subido al avión sabiendo que quizá no regresaría?
¿Dejaba atrás a alguien especial? Él se merecía tener a alguien que
llorara su muerte, alguien que conservara su recuerdo en su memoria.
Aquel hombre había sido un héroe.
¿Y cómo le había pagado ella sus servicios? Con una inyección
llena de toxinas. Aquello era una auténtica jubilación. Laurel se tapó los
hombros con una manta y se estremeció. Se permitiría dedicar el día a
llorar, no sólo la muerte del Paladín, sino la de todos los que le seguirían.
La de Trahern, quien estaba tan cerca de cruzar la línea. La de D.J., la de
Cullen. Y la de Devlin Bane. ¿Qué habría pasado si hubiera sido él quien
la hubiera mirado sin un resto de humanidad en los ojos?
Ella también le habría puesto la inyección, porque el Devlin Bane
que ella conocía ya no existiría.
El timbre de la puerta sonó una vez, dos y tres, pero ella no hizo
caso. No estaba de humor para hablar con nadie. Tras unos segundos de
silencio, dedujo que su visitante se había dado por vencido y se había
ido. Entonces alguien empezó a golpear la puerta.
Laurel cerró los párpados con fuerza y deseó con todo su ser que
el visitante sin invitación se fuera y la dejara tranquila. Por suerte, al
final, los porrazos cesaron y Laurel pudo volver a sentirse desgraciada
sin que nadie la interrumpiera. Se hundió en el sofá e intentó vaciar su
mente de todo pensamiento doloroso. Diez segundos más tarde, los
golpes de la puerta volvieron a empezar.
Resultaba evidente que pasar el problema por alto no iba a
resolverlo. Poco a poco, se acercó a la puerta y observó por la mirilla.
Un Paladín de aspecto muy enojado contemplaba con ira la puerta y,
justo cuando iba a reiniciar los porrazos, ella la abrió. Sin pronunciar una
palabra, Devlin empujó a Laurel a un lado, entró en el recibidor, cerró la
puerta de golpe y corrió el pestillo.
—¿Por qué no contestaste cuando llamé al maldito timbre?
¡Maldita sea, la mitad de Seattle debe de haber oído los timbrazos! ¡Vaya
manera de mantener mi visita en secreto!
Devlin le lanzó una mirada iracunda con los brazos en jarras.
Era lo último que necesitaba, sobre todo de él.
—Cualquier persona razonable habría deducido que no estaba en
casa o que no quería compañía. Todavía estás a tiempo de irte.
En lugar de retarlo con la mirada, Laurel se dirigió al salón sin
importarle si él la seguía o no. Devlin la siguió y, antes de que llegara al
sofá, se plantó delante de ella. Laurel habría necesitado más energía de
la que disponía para rodearlo.
—¿Qué ha ocurrido hoy, Laurel? —La voz de Devlin era suave,
como lo fue el tacto de la palma de su mano en la mejilla de Laurel—.
Cuéntamelo.
El enojo podría haberlo pasado por alto, y las exigencias estaban
hechas para no ser tenidas en cuenta, pero la preocupación que Devlin
mostró hacia ella la desarmó. Las lágrimas volvieron con ímpetu a los
ojos de Laurel, quien avanzó un paso mientras él la envolvía con la fuerza
de sus brazos.
—Lo he matado, Devlin. Él estaba bien cuando lo llevaron para
que le curara las heridas, pero entonces, justo cuando terminamos de
soltar las ataduras, algo sucedió. En un segundo, pasó de responder a
mis preguntas a intentar estrangular a uno de mis asistentes. Se
necesitaron seis guardias para reducirlo. —Todo había ocurrido muy
deprisa, pero la mente de Laurel reproducía hasta el menor de los
detalles, como una película exhibida a cámara lenta—. Los ojos le
cambiaron de color. Y gritaba. Y gritaba.
—Sigue, suéltalo todo.
Laurel sintió el ronquido de las palabras de Devlin a través de su
pecho.
—Entonces supe que tenía que terminar con su vida. No había
vuelta atrás para él.
Devlin la apretó con fuerza.
—No la había, Laurel. El hombre que era había desaparecido. Tú
no mataste al hombre, sino al monstruo.
—Cuando le puse la inyección..., tardó más de lo que yo creía,
mucho más de lo que me habían dicho. —El horror de aquel rato desde el
momento en que la aguja traspasó la piel de aquel hombre hasta que éste
exhaló su último aliento constituyó una pesadilla para todos los que se
vieron obligados a presenciarlo—. Lo he matado. Soy médica y realicé un
juramento para curar, no para matar.
Devlin colocó un pañuelo en la mano de Laurel.
—Has matado a un animal rabioso, Laurel, no a un hombre. No
quedaba nada del hombre, si no, no se habría convertido en uno de los
Otros. Tienes que creerme, porque ésa es la verdad.
Ella quería creerlo. Tenía que creerlo, si no, no podría vivir con
la decisión que había tomado. No habían tenido tiempo de llamar al doctor
Neal ni a ningún otro de los médicos más experimentados. Laurel lloró
hasta que los ojos se le hincharon y la parte frontal de la camisa de
Devlin quedó empapada.
Sin que se diera cuenta, se habían trasladado al sofá y Devlin la
acunaba en su regazo. La mano de él se deslizaba con suavidad por la
espalda de Laurel calmando su alma herida. Al final, ella se durmió.
El brazo lo estaba matando, pero se lo arrancaría antes de
molestar a la mujer que dormía en su regazo. Laurel necesitaba dormir
más que él aliviar el calambre de sus músculos. Si ella seguía durmiendo
hasta el día del juicio final, él permanecería allí sosteniéndola. Era lo
menos que podía hacer para corresponder a la compasión que había
mostrado al facilitar la muerte de uno de los de su especie.
Si existía un Dios, éste no permitiría que fuera Laurel Young
quien clavara la última y odiosa aguja en su brazo.
Ella se merecía algo mejor.
Laurel se agitó levemente, lo cual fue el indicio de que volvía a la
conciencia.
—¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
—El suficiente para que haya anochecido.
—Deberías haberme despertado hace horas.
Su voz sonaba tan somnolienta como el aspecto que mostraba.
Resultaba adorable, con la mejilla sonrosada en la zona que había estado
apoyada en su pecho y los ojos oscuros parpadeantes y adormecidos.
Quería besarla, empezando por los pies descalzos y subiendo por todo el
cuerpo hasta la frente, para volver a bajar mientras se detenía en sus
lugares favoritos.
Cuando Laurel se desperezó y su fina camiseta acentuó las
curvas de sus pechos, hubo otra parte del cuerpo de Devlin que se volvió
muy incómoda. Después de todo, haber perdido por completo la
sensibilidad del brazo había resultado una buena cosa, pues esto fue lo
único que le impidió deslizar la mano por debajo de la camiseta de ella
para comprobar el peso de sus pechos. Devlin apartó esta idea de su
mente. Era demasiado viejo y se sentía demasiado hastiado y demasiado
de todo para tener aquellas ideas respecto a Laurel.
—Necesitabas descansar.
Él había elegido sostenerla en sus brazos en lugar de llevarla
hasta el dormitorio. Si alguna vez entraba en aquella habitación, sería por
invitación de ella y ninguno de los dos saldría de allí en un buen rato.
—Gracias. —Laurel esbozó una leve sonrisa mientras le besaba
en la mejilla—. Eres un encanto.
Devlin no pudo evitar echarse a reír.
—Hasta hoy, nadie me había acusado de ser un encanto.
—Entonces es que los demás no te conocen bien.
Laurel levantó la barbilla con determinación, como si estuviera
dispuesta a pelearse con cualquiera que refutara su opinión.
Sin embargo, la tristeza que experimentaba seguía allí, en la
profundidad de sus dulces ojos. Quizás ahora comprendiera por qué él
creía que aquel trabajo no era apropiado para ella, aunque esto
significara que no volviera a verla nunca más.
—Sé lo que estás pensando, Devlin, y no voy a abandonar. Punto
final, fin de la discusión. —Laurel enderezó la espalda, pero no hizo
ningún esfuerzo por levantarse del regazo de Devlin—. Creo que aquel
hombre se merecía que alguien llorara por él, ¿no crees?
Matar a aquel pobre diablo había roto el corazón de Laurel. ¿Qué
le habría ocurrido si lo hubiera conocido y le hubiera gustado? Cualquier
día, tendría que hacerlo con Trahern, D.J., Lonzo o, Dios no lo quisiera, él
mismo. Tenía que alejarse de ella, poner cierta distancia física de por
medio hasta que la necesidad de tocarla desapareciera.
Empezó a apartarla de sí, pero ella lo detuvo.
—No me alejes de ti, Devlin. Por favor, lo necesito. Los dos lo
necesitamos. Sólo te pido esta noche.
Ambos querían mucho más que una sola noche de sexo
apasionado, pero antes de que Devlin pudiera idear algún argumento
razonable, ella apoyó ligeramente los labios en los de él tentándolo a
entreabrirlos con pequeños toquecitos de su lengua. Cada lengüetazo
dejaba un rastro de calor ardiente a su paso, hasta que Devlin ya no
aguantó más e introdujo su lengua en la boca de Laurel y la deslizó por
su interior degustando el sabor de su deseo.
Ella se sentó a horcajadas en su regazo sin separar sus labios de
los de él. Devlin conservó el suficiente sentido común para separarse un
poco de ella y preguntarle:
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?
Laurel se quitó la camiseta y la echó al suelo. Sus manos
temblaron un poco cuando se desabrochó el cierre del sujetador, pero
sonrió cuando, por fin, el cierre cedió. Deslizó los tirantes del sujetador
hasta las manos y lo envió volando junto a la camiseta. Devlin estaba
perdido, y lo sabía. Cuando ella empezó a deslizar la mano entre ambos
hacia el lugar en que el calor combinado de sus cuerpos hacía arder el
aire que los rodeaba, Devlin la cogió de la muñeca.
—Aquí no. —Devlin hizo acopio de todas sus fuerzas para
levantarlos a ambos del sofá—. ¿Por dónde?
—Al final del pasillo, a la izquierda.
Consiguieron recorrer la mitad del pasillo antes de que Devlin
tuviera que detenerse y volver a besarla. Entonces apoyó a Laurel
contra la pared y la levantó hasta poder rendir homenaje a sus pechos.
Devlin intentó actuar con dulzura y lamer cada uno de sus pezones hasta
que se pusieran duros, pero ella no podía esperar y, cuando Devlin
succionó con fuerza uno de sus dulces pechos, Laurel gimió con
aprobación. ¡Joder, qué bien sabía!
Si no llegaban a la cama pronto, acabarían haciendo el amor en el
suelo, pues Devlin estaba en grave peligro de perder el control. Una vez
llegaron al dormitorio, Devlin soltó una de sus manos para encender las
luces y apartar las sábanas y, a continuación, dejó a Laurel en mitad de
la cama.
Se quitó toda la ropa menos los calzoncillos, con la esperanza de
que puestos le ayudaran a conservar el control durante más tiempo. Por
esta misma razón, impidió que Laurel se quitara los pantalones de
cinturilla de cordón, simplemente sujetándole las manos por encima de la
cabeza.
—Bésame.
—Dónde. —Devlin la mantuvo quieta colocando una pierna por
encima de las de ella—. Dime dónde.
—En la boca. —Su sonrisa la convirtió en una auténtica seductora
—. Para empezar.
Hizo lo que ella le pedía y, cuando creyó que había realizado un
trabajo lo bastante esmerado, susurró:
— ¿Dónde más?
Ella se ruborizó.
—Mis pechos están ansiosos.
—Eso no podemos permitirlo, ¿no crees?
Devlin le soltó las manos, pues deseaba sus caricias tanto como
ella las de él. Laurel deslizó los dedos entre los cabellos de Devlin
mientras lo apretaba contra la dulce firmeza de sus pechos. Él pasó de
uno a otro lamiendo y chupando la piel de Laurel y prestando especial
atención a cada uno de sus pechos.
Laurel hundió los dedos en los músculos de los hombros de
Devlin alentándolo a continuar. Devlin se permitió el placer de deslizar la
mano entre las piernas de Laurel mientras recorría su piel con sus besos
hasta la suave curva de su cintura. El suave tejido de franela de los
pantalones de Laurel no ocultaba su calor húmedo. Devlin le frotó la
entrepierna con suavidad y ella apretó las piernas para incrementar la
presión de la mano de Devlin.
Laurel estaba listo para él, pero Devlin todavía tenía unas
cuantas ideas que quería experimentar. Deslizó la mano hasta la cinturilla
de los pantalones de Laurel y, para excitarla, introdujo los dedos unos
cuantos centímetros solamente y volvió a sacarlos. Al segundo intento,
ella suplicó:
—Ya, Devlin, por favor. Ya.
Él los complació a ambos introduciendo la mano por completo en
los pantalones y comprobando que ella estaba preparada primero con un
dedo y, después, con dos. Laurel arqueó el cuerpo en una petición muda
de que quería más. Él volvió a prestar atención a sus pechos tirando de
ellos con los labios y la lengua mientras la acariciaba con la mano y los
dedos.
Al final, ella no pudo aguantar más.
— ¡Devlin Bane, entra ya!
Él le quitó los pantalones y las bragas de un solo movimiento
rápido, se quitó los calzoncillos y sacó un paquetito metalizado de la
cartera. Laurel alargó la mano.
—Déjame a mí.
Devlin se arrodilló en el borde de la cama mientras ella le
colocaba el condón. A continuación, Laurel se tumbó de nuevo en la cama
y esperó con una sonrisa que era toda feminidad y tentación. Devlin
quería ir despacio y memorizar todos los momentos, los sabores y los
olores, pero habían ido demasiado lejos para actuar con lentitud. Devlin
levantó un poco las rodillas de Laurel y se acomodó en la cuna que le
ofrecía su cuerpo. De un único y ligero empujón, penetró por completo en
su interior, un santuario que sólo creyó que podría alcanzar en sueños.
Laurel se encontraba en una montaña rusa distinta a cualquier
cosa que hubiera experimentado jamás. Nunca se había sentido tan
amada en toda su vida. Las sensaciones la envolvían mientras las manos
de Devlin le mostraban que el tacto de un guerrero también podía ser
suave. Resultaba tentador relajarse y dejar que Devlin controlara la
danza que compartían, pero él merecía recibir el placer de su mutua
pasión tanto como ella.
Devlin la penetró con ímpetu y ella jadeó por el impacto y el
placer de sentirse tirante y saciada por dentro con el miembro duro y
terso de él. Laurel le sonrió mientras Devlin intentaba mantener el
control y permitir que el cuerpo de ella se acomodara al suyo.
Ella apartó el pelo de la frente de Devlin y tiró de él para darle
un beso apasionado.
—Déjate llevar, Devlin. Suéltate.
Si aquélla iba a ser la única vez que estuvieran juntos, Laurel
quería que se entregaran por completo.
—Espera, Laurel... ¡Abrázame!
Devlin empezó a moverse despacio, pero después fue
adquiriendo velocidad. El mundo a su alrededor se fue estrechando hasta
quedar reducido a la cama que compartían. Nada existía salvo el calor
que generaban sus cuerpos mientras él levantaba las piernas de Laurel
hasta sus caderas para penetrarla con más fuerza, profundidad y
velocidad.
Laurel clavó las uñas en la musculosa espalda de Devlin sabiendo
que le dejaría una marca, pero no le importó. Devlin deslizó una mano
entre el cuerpo de ambos y frotó el centro del deseo de Laurel con su
dedo pulgar una, dos, tres veces, hasta que desencadenó la explosión del
climax en el interior de ella. Laurel le pidió clemencia, pero él no se la
concedió. Se separó de ella y fue deslizándose por su cuerpo abajo.
Antes de que pudiera protestar, le cogió las nalgas con las manos y la
mantuvo inmóvil mientras recorría, con sus besos, el interior de los
muslos de Laurel hasta llegar a aquella parte que, después del climax,
todavía temblaba.
Devlin no mostró piedad hacia ella y volvió a llevarla al límite con
sus labios y su lengua. Laurel se corrió por segunda vez y Devlin sonrió
satisfecho. Entonces hizo que Laurel se tumbara boca abajo y tiró de sus
caderas hacia él penetrándola de nuevo por detrás. Aquella posición
resultaba primitiva, como si hubieran sido transportados a un tiempo
remoto en el que el macho más fuerte reclamaba a la hembra de su
elección.
Laurel dobló las rodillas y apoyó la frente en la almohada. Nadie
la había poseído antes con tanta pasión, con tanta intensidad, y ella nunca
había acogido a un amante con tanto abandono. Le satisfacía notar que
Devlin iba perdiendo el control mientras su estómago golpeaba las nalgas
de ella. Cada penetración y retirada del miembro de Devlin contribuía a
eliminar los últimos resquicios de pensamiento racional que le quedaban.
No existía nada salvo Devlin y su forma de hacerla sentir, querer y
desear.
Devlin deslizó la mano por la curva de la cadera de Laurel para
ayudarla a unirse a él, y sus cuerpos temblaron y se estremecieron en un
éxtasis conjunto.
Después Devlin tumbó a Laurel a su lado mientras la obsequiaba
con los besos más dulces, y ambos se durmieron.
Rodeó el edificio desplazándose de sombra en sombra. El hedor
de los contenedores de basura le desagradaba en extremo, pero éstos le
ofrecían el mejor puesto de vigilancia de la casa de la doctora Young sin
que los viandantes lo vieran. Mientras maldecía aquella última taza de
café que había tomado, se alivió entre dos arbustos de gran tamaño.
Si hubiera sabido que el maldito Paladín se quedaría tanto tiempo,
habría ido más preparado para la operación de vigilancia.
Tenía hambre, estaba cansado y Laurel Young le había
decepcionado profundamente. A pesar del discutible acierto en la
elección de su profesión, que consistía en cuidar de aquellos animales a
los que llamaban Paladines, él siempre la había tenido en gran estima,
pero la luz de su dormitorio acababa de encenderse y Devlin Bane
todavía estaba en la casa. La idea de que hubiera tomado a aquel
bastardo asesino como amante lo hizo sentirse enfermo.
Y celoso.
La luz permaneció encendida un periodo de tiempo demasiado
largo, lo cual constituyó otra razón para que odiara a Bane. Una cosa era
que la buena de la doctora se diera un revolcón rápido; él podía entender
que una mujer se sintiera tentada por aquel montón de testosterona. Los
guardias también eran objeto de este tipo de atención, pues a algunas
mujeres les resultaba difícil resistirse a los hombres de uniforme.
Sin embargo, resultaba obvio que ella no sólo se había abierto de
piernas por aquel bastardo, sino que le había permitido pasar la noche
con ella. La imagen de ellos dos, desnudos, sudorosos y acurrucados en
la cama por un tiempo indeterminado, lo cabreaba. Por esta razón, los
odiaba a los dos.
Decidió iniciar el largo regreso a su casa caminando. Por fin
había descubierto el punto débil del Paladín, un arma que podía utilizar en
su contra. Con todos los otros Paladines cubriéndole las espaldas en los
túneles no había conseguido eliminarlo allí abajo, pero podría atraerlo en
solitario a una trampa utilizando a Laurel Young como cebo.
Por primera vez desde que había aceptado aquel contrato, sonrió.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 4:46 pm

CAPÍTULO 7


El aroma a café hizo regresar a Devlin al mundo consciente poco
a poco. No podía haber dormido muchas horas, porque Laurel y él habían
hecho el amor varias veces enredados entre las sábanas. Sin embargo,
mientras se sentaba en el borde de la cama se dio cuenta de que, en
lugar de sentirse cansado, se sentía estupendamente bien. Encontró sus
calzoncillos donde los había lanzado la noche anterior, debajo de una
silla, y sus téjanos estaban en el otro extremo de la habitación.
Necesitaba una ducha y quizás un poco de aquel oloroso café.
Después, Laurel y él tendrían que hacer frente a lo ocurrido.
Sin sentirse preparado para afrontar todas las repercusiones de
lo que habían hecho, Devlin sumergió su cuerpo y su conciencia en el
chorro de agua caliente de la ducha. El hecho de que el jabón oliera a
ella, a algo floral y femenino, no fue de gran ayuda. Utilizó la maquinilla
rosa de Laurel para afeitarse mientras se preguntaba si le habría causado
alguna irritación en los pechos o en la tierna piel de su entrepierna. Ella
no se había quejado, claro que, en aquel momento, estaba un poco
distraída.
Devlin esbozó una sonrisa amplia. ¿Quién podía haber adivinado
que su dulce e inocente Tutora era, también, una amante apasionada? A
juzgar por sus reacciones, algunas cosas de las que habían hecho eran
experiencias nuevas para ella. Esto lo complacía. Quizá no fuera su
primer amante, pero había sido el mejor. Él se había asegurado de que
así fuera.
Y esto haría que le resultara todavía más difícil salir de su casa
sin mirar atrás.
Después de secarse, se vistió y se pasaron los dedos por el
pelo. Tendría que pasar por su casa para cambiarse de ropa, pero antes
de nada, tenía que hablar con Laurel. Aunque el sexo apasionado la había
ayudado a superar los sucesos del día anterior, tenían que llegar a un
acuerdo respecto al presente y el futuro.
Cogió sus zapatos y se dirigió a la cocina sin hacer ruido.
Entonces se dio cuenta de que la casa estaba muy silenciosa. Demasiado
silenciosa. A menos que se equivocara, estaba solo. ¡Maldita sea, se
había ido sin decírselo! Si él mismo no se sintiera un poco aliviado por
este hecho, la acusaría de ser una cobarde. Nada como la mañana
después para arruinar una buena noche de sexo.
Sobre todo, si había sido mucho más que únicamente buen sexo.
Entró en la cocina y miró a su alrededor. ¡Qué considerada: le
había dejado café hecho! Incluso había una caja de cereales junto a un tazón y una cuchara. Devlin sintió deseos de lanzar todo aquello por los
aires de un manotazo y de darle una patada al taburete, pero, en lugar de
hacerlo, se sirvió una taza de café con dos cucharadas de azúcar y un
poco de leche. Entonces vio una nota con su nombre pegada a la nevera
con un imán.
La cogió de un tirón lanzando el cursi imán por los aires. ¿Que
tenía una reunión a primera hora a la que no podía faltar? Quizá, pero eso
no justificaba que se hubiera escabullido sin decirle nada. Y, con lo ligero
que él tenía el sueño, debió de deslizarse como un susurro para no
despertarlo.
El café caliente no calmó, para nada, su mal humor. Dejó la taza
en el fregadero y las toallas en el cesto de la ropa sucia. Entonces le
sonó el móvil. Lo abrió con una sacudida de la muñeca.
—Aquí Bane.
—Te necesitamos.
Había un deje de nerviosismo en la voz, normalmente calmada,
de Cullen.
— ¿Qué ocurre?
O el volcán estaba activo o las placas tectónicas habían llegado a
un punto de desplazamiento tensionar máximo. ¡Que vinieran los Otros; él
estaría preparado, espada en mano!
Cullen confirmó sus sospechas.
—Los datos de la falla están aumentando. Vamos a bajar.
Devlin miró el reloj que había en la repisa de la chimenea de
Laurel.
—Estaré ahí dentro de media hora.
—Te esperamos.
La comunicación se cortó.
Devlin contempló la casa con pesar. Las posibilidades de que
volviera allí eran escasas, lo que suponía una verdadera lástima. Pero,
mientras conservara la cordura, albergaría el recuerdo de la noche que
había pasado en los brazos y en la cama de Laurel. Devlin salió de la
casa deseando que aquella situación no le doliera tanto.
En menos de veinte minutos, entraba en el callejón en el que
Penn montaba guardia.
—Lonzo y los demás ya han llegado. Debe de avecinarse una
buena.
Penn parecía sentirse envidioso. Si pudiera, abandonaría su
puesto y los seguiría para luchar en los túneles, pero un par de meses antes había sufrido una herida tan grave en la mano con la que sujetaba
la espada que ésta le había quedado debilitada. Los Tutores creían que,
con el tiempo, recuperaría la fuerza por completo y, hasta entonces, Penn
hacía lo que podía para mantenerse ocupado.
—Cullen me ha dicho que las lecturas están aumentando con
rapidez.
— ¡Dales caña por mí! —Penn flexionó los dedos de la mano—.
Y diles que estaré de vuelta pronto.
Cuando Devlin pasó por su lado, Penn olfateó el aire y una
sonrisa malévola se extendió por su rostro.
—Agradable perfume, espero que la dama fuera complaciente.
Devlin apretó los puños mientras contenía el potente impulso de
propinarle una patada al confiado Paladín. Como tantos otros, había sido
objeto de esa clase de comentarios con anterioridad, pero, en esta
ocasión, la diferencia estribaba en que Laurel se merecía otro tipo de
trato. Bueno, las mujeres a las que había conocido a lo largo de los años
probablemente también se merecían un trato distinto, pero Laurel era
diferente.
Devlin se dirigió a la entrada. Con suerte, pronto dispondría de
un blanco más adecuado para su mal humor. La idea de hacer morder el
polvo a unos cuantos de los Otros le complacía.
Una vez en el interior del edificio, se dirigió a su despacho para
coger las armas. Su espada todavía conservaba la quemadura de la
barrera, pero, aparte de esto, estaba en perfectas condiciones. Se colocó
las fundas de las armas arrojadizas y se metió un revólver en la parte
trasera del cinturón para que no le molestara al moverse. Las armas de
fuego funcionaban bien con los Otros, pero no podían usarse cerca de la
barrera. Si la barrera estaba inestable, un disparo poco certero podía
hacer que se apagara.
Sus amigos lo esperaban junto a los ascensores que los
conducirían a los túneles abiertos bajo la ciudad. La barrera se extendía
a lo largo de las principales fallas del mundo y, en la mayor parte de su
recorrido, permanecía estable durante años, pero a lo largo de la
cordillera de volcanes de la costa del Pacífico, era más susceptible de
ser atacada. Los Regentes desplegaban a los Paladines según este
patrón.
Cada vez que el Mount St. Helens lanzaba vapor y cenizas, los
Paladines tomaban posiciones a lo largo de la barrera y esperaban a que
se produjera el ataque.
—Me alegro de que hayas llegado a tiempo.
D.J. movió los dedos con ligereza por el teclado que había junto a
uno de los ascensores y enseguida se oyó un zumbido que indicaba que
éste se acercaba.
Devlin se colocó detrás para dar paso a sus compañeros y así
ocupar su habitual posición junto a la puerta del ascensor. Se oyó un
pitido y las puertas se abrieron. Sin embargo, antes de que pudieran
entrar, el sonido de unos pies marcando el paso llamó su atención. Los
Paladines eran demasiado independientes para ser soldados
disciplinados, y marchar en formación les resultaba imposible.
Por eso dedujo que lo que se aproximaba era un pelotón de
guardias nacionales. Los Paladines se volvieron hacia los recién llegados
y tomaron posiciones para defenderse en caso necesario. Cullen y D.J. se
colocaron a ambos lados y un poco más atrás que Devlin, quien se sintió
agradecido por su mudo apoyo.
Los guardias aparecieron por la esquina con el coronel Kincade a
la cabeza. ¿Qué demonios hacía él allí? El coronel llevaba su arma
habitual colgada del cinturón, pero, aparte de esto, no parecía dispuesto a
entrar en combate.
Sus hombres, por otro lado, llevaban todas sus armas
antidisturbios.
—Señor Bane.
El coronel Kincade levantó la mano para que sus hombres se
detuvieran.
—Coronel Kincade.
Devlin habló con un tono de voz neutro. El coronel no estaba al
mando de los Paladines, pero ostentaba un poder considerable dentro de
la organización.
—Estos hombres bajarán con ustedes a los túneles.
El coronel se desplazó a un lado, como si Devlin y sus
compañeros todavía no se hubieran percatado de la presencia de su
escolta.
— ¿Por qué? La barrera todavía no ha cedido. Siempre puede
enviarnos refuerzos una vez hayamos valorado la situación.
A veces, en los túneles, los guardias constituían más un estorbo
que una ayuda. Pocos de ellos poseían las habilidades de un Paladín en la
lucha cuerpo a cuerpo, y cuando se metían en problemas, Devlin y sus
amigos tenían que salvarlos. Eran muchos los Paladines que habían
resultado heridos de gravedad o habían muerto intentando rescatar a
aquellos compañeros de lucha menos hábiles.
—No quiero arriesgarme a esperar. Si no estamos preparados,
muchos de los Otros podrían escapar de los túneles. Si mis hombres no
son necesarios, el sargento Purefoy aquí presente me lo transmitirá. —El
coronel lanzó a Devlin una mirada dándole a entender que sabía cuál era
su preocupación—. Estos hombres están entrenados para enfrentarse a la
inmundicia que cruce la barrera, señor Bane. No están aquí para vigilar
los ascensores ni para realizar encargos en su nombre. Espero su
informe sobre la acción de hoy.
Tras enfrentar a los dos grupos de hombres, el engreído
bastardo se marchó.
Ahora alguien tendría que encargarse de dirigir el despliegue de
los Paladines y los guardias para que no interfirieran los unos con los
otros. Y también tendrían que estar atentos por si a alguno de los
guardias se le ocurría atacar.
—Nosotros bajaremos en el primer ascensor, sargento —declaró
Devlin—. Envíe usted a la mitad de sus hombres en el segundo y al resto
cuando nuestro ascensor esté de vuelta. —Sin esperar respuesta, Devlin
se volvió hacia sus amigos—. D.J., abre las puertas del ascensor, ya
hemos perdido demasiado tiempo.
Una vez dentro del ascensor y cuando ya no podían oírlos, Devlin
se dirigió a los demás.
—A mí me gusta tan poco como a vosotros que los hombres de
Kincade anden por ahí abajo, pero la mayoría son buenos soldados y
hombres valientes. Frente a cualquier otro enemigo yo no dudaría en
entrar en combate con ellos, pero hoy no tengo elección, y vosotros
tampoco. Supongo que todos sabéis que la última vez me mató un
humano. —Devlin levantó la mano para acallar los comentarios—. No
sabemos si el pérfido bastardo volverá a intentarlo, pero hoy no quiero
que nadie luche solo. Escoged a un compañero y no os separéis de él.
Desplazaos a los extremos, tanto al norte como al sur. Cullen y yo
desplegaremos a los guardias por la zona intermedia. Mantened las
radios abiertas. Si alguien necesita ayuda, que grite y acudiremos sin
demora.
Uno a uno, sus compañeros asintieron y empezaron a
emparejarse. Justo antes de que se abrieran las puertas, todos se calaron
las viseras para protegerse los ojos de las brillantes luces de los
túneles, diseñadas para dejar a los Otros en desventaja. Una vez en los
túneles, se dispersaron en parejas para cumplir con las órdenes que les
habían dado.
Devlin contempló cómo se alejaban mientras él y Cullen
esperaban a los guardias. Sus amigos no eran hombres de trato agradable, pero hacían bien su trabajo. Quizá, si tenían suerte, la barrera
aguantaría y nadie tendría que morir aquel día.
Cuando se oyó el pitido que anunciaba la llegada del ascensor, un
estruendo sacudió el suelo y una oleada de energía tenebrosa recorrió la
espina dorsal de Devlin. ¿Quién había hablado de suerte? La barrera
fluctuó y, justo delante de ellos, se desvaneció.
Devlin desenvainó la espada y, hombro con hombro, esperó con
Cullen dispuesto a derramar sangre.


La batalla duró horas y horas. Los cuerpos se apilaban en el
suelo y resultaba casi imposible desplazarse sin tropezar con algún
herido de los Otros o alguno, demasiados, de sus hombres. Tenía que
admitir que los guardias habían realizado una buena labor. Los Otros
lucharon a muerte porque la batalla sólo podía tener dos resultados para
ellos: o cruzaban la barrera de vuelta a la oscuridad de su mundo
empujados por los Paladines o morían intentando quedarse en éste.
Al menos ahora la barrera volvía a estar en activo, de modo que
no pasarían más de los Otros soltando berridos.
Al principio, cada vez que los Paladines creían tener la situación
bajo control y se disponían a despejar los túneles, la barrera volvía a
fluctuar y aparecía una nueva oleada de los Otros armados hasta los
dientes y dispuestos a morir. Vio caer a Lonzo mientras intentaba evitar
que media docena de los
Otros alcanzara los ascensores. Devlin y un puñado de guardias se
abrieron camino hasta él a golpe de espada, pero llegaron tarde. Laurel
tendría que revivir a otro Paladín en cuanto Devlin pudiera prescindir de
unos cuantos hombres y éstos se llevaran a los muertos y los heridos.
—¡Eh, Devlin! ¿Dónde demonios estás?
Se giró en dirección a la voz de Cullen sin perder de vista el
túnel que tenía a la izquierda. Trahern y D.J. habían dado un rodeo hacia
el sur para empujar a los fugitivos hacia el lugar donde Devlin y los
guardias los esperaban.
—¡Estoy aquí!
Devlin se aseguró de que su amigo lo veía y Cullen se dirigió
hacia él pasando por encima de los cuerpos de los caídos.
Tenía sangre seca en el brazo con el que sostenía la espada, pero
no sabría decir si era suya o de alguna otra persona.
—¿Lo tienes todo bajo control por aquí?
Cullen se apoyó con pesadez en la espada, como si se tratara de
un bastón.
—Trahern está realizando una última batida. No sabemos cuántos
cruzaron la barrera la última vez, de modo que tampoco sabemos si los
hemos cogido a todos.
¡Pobres desgraciados! ¡Qué horrible debía de ser su mundo para
que enfrentarse a una muerte casi segura al final de la espada de un
Paladín constituyera una mejora!
—Cuando Trahern y D.J. den señales de vida podremos poner
orden a todo esto. ¿Por qué no les dices a los guardias que empiecen a
trasladar a los heridos a los ascensores?
Devlin no tuvo que explicarle que los muertos podían esperar,
incluso los Paladines. Éstos revivirían aun sin la ayuda de los Tutores,
pero disponían de tiempo de sobra para llevarlos al laboratorio antes de
que iniciaran el proceso.
Lonzo era otro de los asignados a Laurel. Por lo que Devlin
sabía, Lonzo no corría el peligro de cruzar la línea. Sería bueno que
alguien le recordara a Laurel que, la mayoría de las veces, los Paladines
realizaban la transición a la vida sin incidentes.
Estaba a punto de preguntarle a Cullen si sabía cuántos de los
suyos habían caído, cuando el sonido de unos pasos a la carrera hizo que
concentrara su atención en el túnel. Separó los pies para afianzarse en el
suelo y colocó la espada en posición de ataque dispuesto a enfrentarse a
los cuatro Otros que se dirigían directamente hacia él. Cullen se colocó a
su lado preparado para entrar en batalla otra vez.
Tres machos adultos con sus extraños ojos gris pálido salieron
del túnel y se desplegaron con las armas preparadas. Detrás de ellos,
llegó una hembra quien, con expresión calmada, miró a Devlin
directamente a los ojos y, después, hizo lo mismo con Cullen. A
continuación, levantó la punta de su espada, se tocó la frente como
saludo y exclamó algo en su lengua gutural. Los machos repitieron sus
palabras y se lanzaron al ataque.
En cuestión de segundos, Devlin luchaba por su vida contra tres
experimentados espadachines. Por desgracia, estaban en la única zona en
la que había espacio suficiente para que tuviera que luchar contra los
tres al mismo tiempo. La mujer arremetió contra Cullen y le impidió ir en
ayuda de Devlin. Cuando un par de guardias acudió para unirse a la
contienda, Devlin les hizo señal de que se alejaran.
—¡Regresad! ¡Llevaos a los heridos! ¡Y, por el amor de Dios, no
os interpongáis en el camino de Cullen!
Devlin volvió al ataque y fue el primero en verter sangre, pues,
tras unas cuantas acometidas, le causó a uno de los Otros tal herida que
éste tuvo que abandonar la lucha, lo cual constituyó una mejora en sus
probabilidades de éxito. Los otros dos machos lucharon al unísono, señal
de que se habían entrenado juntos. El más alto hizo un amago hacia un
lado, lo que desvió la atención de Devlin en aquella dirección, mientras
que, al mismo tiempo, su compañero se desplazaba hacia el otro lado y
giraba sobre sí mismo con rapidez para atacar a Devlin con un
movimiento circular.
Éste logró levantar el brazo a tiempo para evitar que le cortara el
cuello, pero resultó herido en el antebrazo. Aunque la herida era
dolorosa, si conseguía librarse de sus oponentes con rapidez, lo más
probable era que no resultara fatal.
Se dio cuenta de que los Otros se retiraban poco a poco hacia la
barrera, donde la mujer le estaba dando trabajo a Cullen. Se movía con la
gracia de una bailarina, pero con movimientos letales. Un hilito de sangre
le resbalaba por la mejilla desde un corte pequeño, pero la herida no
interfería en su concentración. La mujer les gritó algo a los hombres,
quienes iniciaron la retirada protegiendo, al mismo tiempo, a su
compañero herido del ataque de Devlin y Cullen.
Justo entonces, como si lo hubieran estado esperando, la barrera
fluctuó y se desactivó el tiempo suficiente para que los cuatro escaparan
hacia el otro lado. Devlin apoyó el extremo de la espada en el suelo, pues
tenía el brazo cansado.
Cullen y él se quedaron mirando la barrera, que había vuelto a
activarse. Estaban demasiado cansados para sentir nada, salvo alivio.
Devlin percibió un movimiento por el rabillo del ojo y se volvió de
inmediato hacia aquel lado. Cullen se estaba desplomando. Tenía un corte
profundo en el tórax y le sangraba con profusión.
—¡Guardias! ¡Traed una camilla!
Devlin sostuvo a su amigo hasta que los guardias lo acomodaron
en una camilla. La herida del antebrazo le dolía mucho, pero no podía
hacer nada hasta que D J. o Trahern aparecieran y se hicieran cargo de
la operación de recogida de los cuerpos. Había perdido la radio, de modo
que cogió la de Cullen antes de que se lo llevaran.
—¡Trahern! ¡D.J.! ¡Responded!
Había muchas interferencias, un problema común cuando se
encontraban cerca de la barrera, pero pudo distinguir la voz de D.J.:
—¡Vamos en camino...!
DJ. mencionó cierta cantidad de tiempo para su llegada, pero el
ruido de fondo impidió que Devlin oyera si se trataba de veinte o treinta minutos. En cualquier caso, dedujo que podría aguantar hasta entonces.
Lo más probable era que no tuvieran que luchar más. A Devlin le
fastidiaba tener que admitir ante el coronel Kincade que había tenido
razón al enviar a los guardias como apoyo.
Y el sargento Purefoy, ¿habría sobrevivido a la contienda? De
ser así, podía presentarle él el informe oficial al coronel y evitar a Devlin
semejante papeleta.
Se dirigió a donde el equipo médico había montado la estación de
selección de heridos para ver si podía ayudar en algo.


A Laurel le dolía la espalda y veía doble a causa del cansancio
que experimentaba. Desde mediodía, iban llegando heridos y aquello no
tenía aspecto de terminar. Había empezado con dos Paladines que
necesitaron cirugía para detener la hemorragia. Les siguieron media
docena más que padecían heridas de importancia y precisaron sutura.
Laurel había prescrito antibióticos y fluidos para acelerar la
recuperación.
Al menos sus pacientes se recuperarían todos, pero el doctor
Neal atendía a los guardias heridos. Una de las enfermeras le había
contado que varios de ellos no volverían a luchar nunca más.
Le daba miedo preguntar cuántos Paladines quedaban antes de
que empezaran a llevarle los muertos, y no dejaba de preguntarse dónde
estaría Devlin. Según los informes, la contienda había sido brutal y casi
nadie había escapado ileso. Ya le habían llevado los heridos más graves y
sólo quedaban los que sufrían heridas menores, y los muertos. Laurel
daría lo que fuera por saber en qué grupo se encontraba Devlin.
Los pies la estaban matando, así que, en un paréntesis de la riada
de pacientes, se sentó. ¿Había pasado sólo medio día desde que se había
despertado al lado de Devlin? Sabía que se había comportado como una
cobarde al irse sin despertarlo, algo de lo que, en aquellos momentos, se
arrepentía. Lo más probable era que Devlin no muriera aquel día, pero
nunca se sabía. Podría, simplemente, haberle dicho adiós o «el café está
listo». Incluso podría haberlo persuadido para que hicieran el amor otra
vez. Sin embargo, ella había escrito una nota con una estúpida mentira
para no tener que admitir lo mucho que había significado para ella la
noche que había pasado en sus brazos.
Cuando se había despertado, con el cuerpo saciado y algo
dolorido por las actividades nocturnas, no había tenido más remedio que
enfrentarse a una realidad para la que no estaba preparada. En algún
momento, se había enamorado perdidamente de Devlin Bane. El sexo que habían practicado había sido fenomenal, pero lo que había entre ellos era
mucho más que eso. En sus brazos se sentía valorada y segura. Devlin
era un hombre duro, un hombre con problemas que podían resultar
insalvables, pero cuando la tocaba, mostraba una ternura que le producía
tranquilidad de espíritu.
—¿Doctora Young?
El tirón que recibió en la manga atrajo su atención a donde
debería estar. A juzgar por la expresión preocupada de Kenny, no era la
primera vez que la llamaba.
Laurel lo miró con una sonrisa cansada.
—Lo siento, Kenny, estaba en otra parte. Ha sido un día muy
largo.
—Y más que lo será. Ahora van a traer los muertos. Más o menos
en veinte minutos.
Su estómago sufrió una sacudida y se le cayó a los pies.
—¿Se sabe ya algún nombre?
—Lonzo Jones seguro. Y quizás un par más.
Kenny parecía tan cansado como ella.
—¿Por qué no te tomas diez minutos de descanso? Yo lo
prepararé todo. —Laurel se puso de pie. Como Kenny titubeaba, ella
sacudió la mano—. ¡Vamos, vete! Y llévate a todos los que no hayan
podido tomarse un café o sentarse en horas. Necesito que todos estéis
en plena forma cuando la puerta se abra de nuevo.
—¿Estás segura? —preguntó Kenny.
—Sí, vete. Las mesas de operaciones están preparadas y no hay
nada más que hacer hasta que sepamos cuántos nos traerán.
Esperaba que Devlin no fuera uno de los heridos de muerte.
Intentó borrar aquella idea de su mente, pues sólo pensarlo le producía
terror.
Para mantenerse ocupada, reaprovisionó las bandejas y volvió a
examinar el suministro de medicamentos especiales que se necesitaban
para ayudar a revivir a los Paladines.
La mayoría de ellos podían hacerlo solos, pero los medicamentos
aceleraban el proceso.
Kenny y los demás regresaron. Todavía se veían cansados, pero
ella no tenía ninguna duda acerca de su capacidad para cumplir con sus
obligaciones. Laurel se puso una bata limpia y realizó una última
inspección para asegurarse de que las mesas de operaciones estaban
listas.
Dos guardias entraron en la sala empujando una camilla ocupada
por Lonzo Jones. El equipo de Laurel entró en acción: trasladaron a
Lonzo a la mesa más cercana, lo ataron, lo limpiaron y catalogaron sus
heridas. Laurel empezó suturando un corte enorme y profundo que tenía
en el muslo mientras entraban otra camilla en la sala.
Era Devlin. No podía verle la cara, pero reconoció la camisa. Ella
se la puso la noche anterior, cuando fueron a asaltar la cocina. Kenny y
dos de los enfermeros abandonaron la mesa de operaciones de Lonzo
para hacerse cargo de Devlin y del tercer Paladín que acababan de entrar
en la sala.
¿Otra vez muerto? La última vez les aterrorizó la posibilidad de
que no consiguiera volver. Laurel se obligó a centrarse de nuevo en
Lonzo. Los demás prepararían las cosas para Devlin y el otro Paladín.
Alguien mencionó el nombre de Cullen Finley. Laurel no recordaba
ninguna ocasión en que hubieran resultado heridos tantos Paladines de un
mismo grupo.
Mientras realizaba la última sutura, pidió al cielo que la barrera
aguantara el tiempo suficiente para que aquellos hombres volvieran a
estar en pie y en forma. Cogió otro paquete de suturas y empezó a coser
la siguiente herida. Ésta estaba en el hombro de Lonzo. Cuando terminara
de limpiar y coser las heridas más importantes, su equipo empezaría a
administrarle los medicamentos y ella podría dedicarse a su siguiente
paciente, Devlin.
Entonces oyó que éste se quejaba de algo en voz alta. ¡Milagro
de milagros, sólo estaba herido! Laurel experimentó un gran alivio, aplicó
el último punto a la herida de Lonzo y encargó a una enfermera
quirúrgica que le vendara las heridas.
Laurel se lavó y desinfectó las manos temblorosas. Kenny le
entregó el expediente de Cullen, lo que significaba que el equipo que
había clasificado a los heridos consideraba que su situación era más
grave que la de Devlin.
Laurel sonrió a su nuevo paciente.
—Bueno, ¿qué le trae por aquí?
Leyó las anotaciones del equipo de selección. Cullen estaba muy
pálido y tenía la piel húmeda. Sin duda, estaba en estado de choque a
causa del trauma y la pérdida de sangre.
—Comprobad el recuento globular y aplicadle una unidad de
sangre. ¡Rápido! —Laurel le dio una palmadita a Cullen en el brazo para
tranquilizarlo—. Sólo está un poco bajo de aceite, señor Finley. Cuando
le hayamos llenado el depósito y le haya cosido ese feo corte, se sentirá
mejor.
—Ya les dije que no era nada grave, doctora.
La voz de Cullen sonó débil, pero si hablaba, pronto saldría por
su propio pie.
—Mientras preparan su herida para la sutura, voy a ver cómo se
encuentra su amigo.
Laurel anotó las indicaciones en el expediente y se lo tendió a
Kenny. Inspiró hondo y se volvió para enfrentarse a Devlin, quien
contemplaba la frenética actividad que rodeaba a Lonzo. Laurel percibió
dolor en sus ojos, aunque sospechaba que no tenía nada que ver con el
corte irregular de su brazo.
—Se pondrá bien, señor Bane. Lonzo está en buenas manos.
Unos ojos verdes cargados de furia se volvieron hacia ella.
—Ahora mismo está muerto, doctora Young. No lo suavice.
Laurel bajó la voz.
—Sé que lo estás pasando mal y que estás preocupado por tus
amigos, pero no la tomes conmigo. He sido yo quien ha recogido los
pedazos y ha remendado a tus amigos. —Laurel señaló al personal
médico que rodeaba a Cullen y a Lonzo—. Estas personas están con
sangre hasta las orejas desde que la primera camilla cruzó la puerta.
Ahora mismo, necesitamos apoyo, no una actitud negativa.
Durante una fracción de segundo creyó que la expresión de
Devlin se suavizaba, pero sucedió tan deprisa que no podía estar segura.
Devlin miró más allá de Laurel, hacia Kenny, quien esperaba con otra
bandeja de sutura.
—Estupendo. Ya hablaremos más tarde.
Cerró los ojos y volvió la cara hacia el otro lado.
Laurel tardó mucho tiempo en coser el corte del torso de Cullen,
pero gracias a la transfusión de sangre y demás fluidos, ya tenía mejor
aspecto. Mientras la herida no se le infectara, se recuperaría pronto.
—Kenny, por favor, traslada al señor Finley a la otra sala. —
Laurel volvió a sonreír a su paciente—. Ya responde usted al tratamiento
y le he dado algo para que pueda descansar tranquilamente. Cuando me
haya ocupado de su amigo, iré a ver cómo se encuentra.
—No permita que Devlin la asuste, doctora. Ladra, pero no
muerde.
Cullen le dedicó una sonrisa de medio lado mientras trasladaban
su camilla.
Estaba equivocado. Devlin sí que mordía. Ella tenía la marca que
lo demostraba, pero no en un lugar que estuviera dispuesta a enseñar. El recuerdo de aquel mordisco la hizo sonreír y le dio el valor para
enfrentarse a su último paciente.
—Veamos ese brazo. —Laurel tiró con suavidad del borde del
vendaje temporal que los de selección le habían aplicado a Devlin. Entre
el adhesivo y la sangre seca, estaba totalmente pegado a la piel—. Esto
te va a doler, a menos que lo empape.
—Arráncalo de una vez, doctora. Lo hagas como lo hagas me va a
doler, de modo que acaba cuanto antes.
—Prepárate.
Devlin se agarró al lateral de la camilla con la otra mano mientras
Laurel inhalaba hondo y tiraba del vendaje. Al segundo intento, se soltó,
pero la herida se abrió de nuevo. Laurel la dejó sangrar unos instantes.
¿Qué podía haber causado un corte tan ancho y profundo? No estaba
hecho por un puñal y era demasiado fino para una espada.
—¿Cómo te han hecho esto?
Le aplicó anestesia local y apretó la herida hasta que la zona
quedó insensibilizada.
—Una cuchilla arrojadiza. Apuntaban al cuello.
La naturalidad con que lo dijo hizo que la imagen fuera todavía
más aterradora.
—Me alegro de que consiguieras esquivar la cuchilla.
Laurel empezó el lento proceso de unir los dos lados de la
herida con puntos de sutura pequeños y regulares.
—No creo que hayas sangrado tanto como para necesitar una
unidad de sangre, pero te aplicaré una intravenosa con antibióticos.
Después, te daremos de comer y veremos si estás listo para volver a
casa.
Laurel empezó a darse la vuelta, pero Devlin le cogió la mano
con firmeza y suavidad.
—Laurel.
Ella se volvió hacia él con lentitud.
—Antes me he pasado de la raya.
Si él podía disculparse, ella también.
—Y yo no debería haber salido huyendo esta mañana. No estoy
acostumbrada a... —Laurel miró a su alrededor para asegurarse de que
nadie la oía—. No suelo tener invitados a desayunar.
Laurel temió estarse sonrojando, y no le cupo duda cuando los
labios de Devlin se curvaron en una sonrisa que apareció y desapareció
en un santiamén. Sin embargo, el brillo pícaro de sus ojos permaneció.
—Quizá necesites más práctica, doctora Young.
Estaban jugando con fuego al flirtear tan cerca de los demás.
—Quizá tengas razón, Bane. Me aseguraré de tenerte informado
de mis progresos.
—¡Estese quieto!
El grito procedía del otro lado de la habitación, donde el equipo
de enfermeros seguía ocupándose de Lonzo Jones. El se revolvía con
ímpetu y Laurel corrió a ayudar a su equipo a dominar al Paladín muerto.
—¡Maldita sea! ¡Ponedle las ataduras antes de que se haga daño
u os lo haga a vosotros!
Laurel apoyó todo su peso para sujetarle la pierna izquierda
mientras uno de los enfermeros hacía lo propio con la derecha. El ataque
repentino cesó con la misma rapidez con la que se había producido.
Laurel necesitó hacer acopio de todo su valor para levantarle un párpado
a Lonzo y examinar el color de su pupila.
—Todavía tiene los ojos marrones.
Al menos media docena de personas, ella incluida, suspiró
aliviada al mismo tiempo, lo cual les resultó divertido. Sus risas podían
tener algo de histeria, pero reír les sentó bien.
—De momento, mantenedlo aislado y dejadlo atado las
veinticuatro horas del día hasta nueva orden. Quiero un informe de su
estado cada quince minutos durante las próximas dos horas y después
volveremos a evaluar su situación.
—Sí, doctora.
Laurel realizó las anotaciones oportunas en el expediente de
Lonzo y se lo devolvió al enfermero. Decidió comprobar de nuevo las
constantes vitales de Devlin, pero su andar se volvió titubeante cuando
vio que su camilla estaba vacía. ¿Adonde había ido?
Miró hacia la puerta. Devlin estaba al otro lado y la miraba a
través de la ventanilla. Tras girar la cabeza un poco para mirar a Lonzo,
volvió a girarla en dirección a ella. Su expresión se volvió de piedra y sus
ojos como el hielo mientras la distancia que los separaba se alargaba más
y más. Sacudió la cabeza, giró sobre sí mismo y se marchó.
A Laurel se le encogió el corazón y los pies le pesaron como
plomo mientras intentaba sobreponerse. Si se quedaba paralizada en
aquel lugar contemplando la puerta con expresión aturdida, alguien
podría darse cuenta, pero tampoco podía enfrentarse a sus compañeros.
En lugar de arriesgarse a que alguien percibiera su aturdimiento, llamó la
atención de Kenny y señaló la puerta con un gesto. No se había tomado un descanso desde hacía horas, de modo que nadie podía cuestionar que
desapareciera durante unos minutos.
Una vez fuera del laboratorio, miró rápidamente a su alrededor.
Había media docena o más de guardias armados apostados a lo largo del
pasillo, pero ni rastro de Devlin. Sin duda, había pasado con
determinación entre los guardias o les había mentido diciendo que le
habían dado el alta. Con toda la conmoción que se había producido con lo
de Lonzo, lo más probable era que le hubieran creído o que estuvieran
demasiado ocupados para notificarle a ella su partida.
Cualquier otro día, ella habría dado parte de su descuido, pero
los guardias se enfrentaban a la pérdida de varios de sus camaradas y no
quería crearles más problemas. Si Devlin había abandonado el edificio, no
había mucho que hacer, salvo modificar su expediente para encubrirlo.
Tenía la sensación de que el coronel Kincade no se tomaría muy bien que
uno de los Paladines se marchara de Investigación sin el alta
correspondiente.
—¿Puedo ayudarla, señora?
El guardia más cercano, increíblemente joven, se separó de la
pared para llamar la atención de Laurel.
—¿El señor Bane ha pasado por aquí?
Laurel introdujo las manos en los bolsillos de la bata para que el
guardia no notara lo mucho que le temblaban.
—Sí, así es. Lo hemos acompañado a la salida hará unos tres
minutos. —El guardia frunció el ceño—. Tenía el alta, ¿no?
Laurel odiaba mentir, pero, aparte de pedir refuerzos para salir a
buscar a Devlin, no tenía otra opción.
—Todo está bien, cabo. Sólo he olvidado decirle algo. Saldré a
tomar un poco de aire y quizá tenga suerte y lo alcance.
El sol se estaba poniendo en aquel momento y pintaba las nubes
dispersas con tonos naranja y melocotón. Laurel se quedó en el escalón
superior de la entrada y miró a ambos lados.
Devlin había desaparecido.
Laurel, vencida, hundió los hombros. Sin duda, ver a Lonzo sufrir
la agonía de la muerte y la resurrección le había tocado de cerca a
Devlin. Podía haber sido perfectamente él a quien ataran a la camilla, y
sus ojos los que temieran mirar por si se había convertido en uno de los
Otros.
Y él sabía que, de haber sido así, ella habría cogido la jeringuilla
y habría terminado con su vida, como había hecho con el pobre Paladín que había muerto el día anterior. ¿Qué tipo de relación podían tener si
ella ostentaba el poder de la vida y la muerte sobre él?
La respuesta era obvia: ningún tipo de relación. No si ésta
consistía en algo más que una cena ocasional. Aunque no se arrepentía
de lo que habían compartido, eso sólo hacía más difícil tener que
enfrentarse a un futuro sin Devlin. Apostaría algo a que él le había
mostrado un aspecto de sí mismo que pocas personas conocían.
Laurel se volvió con brusquedad para regresar al laboratorio,
pero tropezó con Blake Trahern. Retrocedió de forma instintiva y estuvo
a punto de caer por las escaleras, pero él la agarró para evitar que
perdiera el equilibrio. Trahern fijó en ella sus ojos plateados e
inexpresivos, y a Laurel le resultó imposible adivinar lo que pensaba o
cuál era su estado de ánimo.
A la hora de pedir un favor, Trahern no habría sido su primera
elección, pero sabía que él podía encontrar a Devlin y comprobar si se
encontraba bien.
—Señor Trahern, ¿puedo hablar con usted un minuto? —Laurel
tiró de él hacia un lado, fuera del campo visual de la puerta—. El señor
Bane ha abandonado el laboratorio sin mi permiso.
—¿Ah, sí? Es todo un hombretón.
Trahern se dispuso a marcharse, pero se detuvo cuando ella
apoyó la mano en su brazo.
—Sólo necesito saber que se encuentra bien. Lonzo murió hoy
en los túneles. Mientras mi equipo se ocupaba de él, reaccionó de una
forma adversa.
—Quiere decir que perdió el control...
Se sobrentendía que como le había pasado a él.
—Todavía no había revivido, pero tuvimos que atarlo. No
intentaba herir a nadie de una forma consciente, y sus ojos todavía son
humanos. —A menos que se equivocara, Trahern se relajó un poco—.
Cuando me disponía a terminar de curar al señor Bane, éste había
desaparecido. Sé que, como usted dice, es un hombretón y se curará bien
sin los antibióticos que le habría inyectado...
—¿Pero?
Trahern la miró como si fuera una especie nueva que nunca
antes hubiera visto.
—Pero necesito saber que se encuentra bien. ¿Puede usted
comprobarlo y avisarme?
—Así lo haré, doctora, aunque a él no le gustará. —
Sorprendentemente, Trahern sonrió y, durante un instante, sus fríos ojos grises reflejaron calidez—. Pero incluso Devlin Bane necesita que lo
zarandeen un poco de vez en cuando.
Laurel se quedó con la boca abierta por la sorpresa y, para
colmo, Blake flexionó el dedo índice y le cerró la mandíbula.
—No quiero que le entren moscas, doctora.
Trahern pasó junto a ella y desapareció calle arriba dejándola
pasmada y sin habla.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 4:51 pm

CAPÍTULO 8
Alguien lo seguía y eso no le gustaba ni pizca. El brazo le dolía
muchísimo, por lo que no estaba de humor para aguantar los jueguecitos
de Intendencia. Si querían que regresara al laboratorio de Laurel, que se
lo pidieran. Entonces él los mandaría al infierno y se acabaría la historia.
Caminó con paso decidido por los muelles de Seattle retando con
la mirada a quienes se cruzaban con él. Estaba furioso, la adrenalina
corría por sus venas y podía acabar con todo un escuadrón de soldados
si fuera necesario. De hecho, sentía deseos de golpear alguna cosa o
incluso a alguna persona.
Aunque consiguiera esquivar a quien lo estuviera siguiendo, por
mucho que corriera no lograría librarse de la imagen de Lonzo mientras
lo reducían y lo ataban como a un animal rabioso. Además, Laurel se
había unido a sus compañeros y no cejaron hasta que Lonzo, desnudo y
vulnerable sobre la camilla de acero inoxidable, dejó de constituir una
amenaza.
Desde luego, Devlin ya había experimentado personalmente
aquella situación y había visto a otros en el mismo caso, pero nunca
antes había sido su amante quien había atado la última correa y decidido
permitir que Lonzo continuara luchando por volver a vivir. ¿ Qué habría
sucedido si hubiera tenido que presenciar, sin poder hacer nada, cómo
Laurel inyectaba a Lonzo las toxinas que habrían acabado con su vida?
Devlin admiraba el valor y la fuerza de voluntad de Laurel al
cargar con aquel peso aun a costa del sufrimiento que esto implicaba
para su propia alma. Quería rodearla con los brazos y protegerla de tanto
horror, y sin embargo, también quería maldecirla por hacer que él
volviera a preocuparse por alguien aun sabiendo que cada día suponía
para él un paso más hacia la pérdida de su humanidad. Y ahí estaba él,
ansiando pasar todas las noches de la eternidad en los brazos de Laurel y
perderse en el dulce calor de su cuerpo en lugar de experimentar la
locura de convertirse en uno de los Otros.
¡Mierda, necesitaba una pelea! En lugar de intentar esquivar a su
indeseado perseguidor, bajó unas escaleras laterales que conducían a un
sótano con varias tiendas. Se colocó de espaldas a la pared más cercana
y esperó. No transcurrió mucho tiempo antes de que una figura familiar
pasara por la calle. Devlin subió las escaleras a toda velocidad, se
colocó detrás de su desprevenida víctima, arremetió contra ella y lanzó a
Trahern a un callejón cercano.
En menos de cinco segundos tenía a Blake contra la pared y le
atenazaba el cuello con las manos. Trahern dejó caer los brazos a los
lados sin oponer resistencia. Su falta de respuesta permitió que Devlin
volviera a recuperar el control de su temperamento. Este retrocedió poco
a poco sin descartar la posibilidad de volver a entrar en acción en caso
de que Trahern realizara un movimiento en falso.
—¿Por qué me estás siguiendo?
Trahern se encogió de hombros.
—Éste es un país libre. No sabía que fueras el dueño de este
trozo de acera.
—¡Maldita sea, no juegues conmigo! Has estado siguiéndome
desde que salí de Investigación y no me gusta un carajo.
Trahern se puso en estado de alerta, como un lobo que ha olido
una presa.
—No es cierto. Te vi justo antes de que bajaras por esas
escaleras de ahí atrás. De hecho, me dirigía hacia tu casa. Tu mujer
quería que comprobara cómo estabas —terminó Trahern con sorna.
El puño de Devlin golpeó la mandíbula de Trahern antes de que
aquél pudiera darse cuenta de su propio movimiento. Blake se tambaleó
hasta chocar con la pared, pero no realizó ningún amago de contraatacar.
Mientras estiraba y doblaba su dolorida mano, Devlin no pudo saber si se
sentía decepcionado o aliviado.
—No la llames «mi mujer».
—Que no lo diga no significa que no sea verdad.
Trahern separó las piernas y apretó los puños, como si se
preparara para otra embestida de Devlin.
—Yo no lo he negado, sólo he dicho que no la llames así. Ella se
merece a alguien mejor.
Aunque reconocerlo le doliera muchísimo.
—Yo diría que eso depende de ella, ¿no crees? —Trahern se
relajó un poco—. Pero ahora tienes problemas más graves que el que tú y
la encantadora doctora Young estéis locos el uno por el otro. Lo que te
dije antes de que me golpearas iba en serio. No era yo quien te estaba
siguiendo.
Devlin lo creyó. Trahern podía ser muchas cosas: sarcástico,
irascible y amargado, pero también era extremadamente sincero, porque
no le importaba un pimiento si ofendía o no a alguien. Si él afirmaba que
no había seguido a Devlin, era verdad. Pero, entonces ¿quién lo había
hecho?
—Supongo que ya sabes que la última vez que me mataron no lo
hizo uno de los Otros.
Seguro que Cullen y D.J. se habían asegurado de que los
Paladines más cercanos a Devlin supieran lo que había sucedido.
—Sí. ¡Qué putada! Ya es bastante jodido tener que luchar contra
esos hijos de puta del otro mundo para que ahora tengamos que
preocuparnos de que no nos apuñalen por la espalda.
Trahern miró más allá de Devlin, hacia la calle, como si esperara
que arremetieran contra ellos en el mismo callejón.
—No es la primera vez que tengo este presentimiento. Alguien
me ha estado siguiendo los pasos desde que reviví. El otro día, en el
túnel, maté a dos de los Otros. Mientras los perseguía, alguien iba detrás
de mí, pero el muy cobarde no se dejó ver.
—Probablemente esperaba a que los Otros te derrotaran para
rematarte de forma definitiva.
Los ojos de Trahern eran tan fríos que podrían haber helado el
aire vespertino.
—Eso es lo que yo pensé entonces. —No era momento de
guardar secretos—. Ayer, al salir de Investigación, me dirigí a la casa de
la doctora Young para ver cómo llevaba el asunto de haber puesto fin,
por primera vez, a la vida de un Paladín.
—He oído hablar del asunto. —Trahern sacudió la cabeza—. Esa
mujer tiene agallas. Ayer acabó con la miseria de aquel pobre
desgraciado y, a pesar de todo, esta mañana se ha presentado a trabajar.
—Sí. Bueno, el caso es que tenía que comprobar por mí mismo
que se encontraba bien. —No era asunto de Trahern saber lo mucho que
Laurel había llorado o que él había pasado la noche en su cama—. Desde
Investigación hasta su casa, di un rodeo. En ningún momento vi que
alguien me estuviera siguiendo, pero algo me empujaba a mirar
continuamente hacia atrás.
—De modo que no hay forma de saber si te deshiciste de tu
perseguidor o no. Y si consiguió seguirte el rastro...
—Debió de averiguar que fui a la casa de Laurel. ¡Maldita sea!
La urgente necesidad de golpear algo volvía a apoderarse de
Devlin. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? En ningún caso podía
considerarse un caballero de blanca armadura, pero, el día anterior, había
ido corriendo a consolar a Laurel sin pensar que alguien tenía intención
de matarlo. Era muy posible que hubiera conducido a aquel bastardo
directamente a la puerta de la casa de Laurel.
—No es que quiera que me des otro puñetazo, pero supongo que
no te limitaste a tomar una taza de té con ella y que, después, te
marchaste.
La simpatía que reflejaban los ojos, generalmente fríos, de
Trahern constituyó una sorpresa para Devlin.
—No. Esta mañana, cuando Cullen nos avisó de la reunión yo
todavía estaba en su casa. —Y tenía la intención de regresar allí a menos
que se le ocurriera otra forma de verla—. Apostaría algo a que mi
perseguidor se quedó por allí el tiempo suficiente para saber que me
quedé durante toda la noche.
—¡Mierda! Eso jode.
Aquel sucinto comentario hizo sonreír a Devlin. Trahern siempre
encontraba la manera de ir directo al grano de cualquier asunto.
Devlin consideró las distintas posibilidades.
—Alguien tiene que vigilar su casa.
No quería pedirle a Trahern más de lo que éste estuviera
dispuesto a dar, pero esperaba que se ofreciera a compartir aquella labor
con él. Si se lo pedía a cualquiera de los otros Paladines, se preguntarían
por qué se preocupaba tanto por ella y no tardarían mucho en adivinar
que había algo entre ellos. Laurel no necesitaba que todos los Paladines
estuvieran pendientes de ella mientras se preguntaban por la naturaleza
de la relación que había entre ella y Devlin. Y él no tenía el tiempo ni la
energía necesarios para ir golpeando a todos los que la miraran de un
modo equívoco.
—Déjamelo a mí.
—Gracias. Te debo una.
Trahern soltó un respingo.
—No lo hago por ti.
Y se marchó.
Devlin lo observó hasta que desapareció entre las sombras.
Pocas cosas lo sorprendían ya, pero Trahern siempre había constituido
un enigma para él. Sin embargo, no necesitaba saber por qué Trahern era
como era para estar seguro de que podía fiarse de su palabra. Estaba
claro que Trahern no era tan inmune al trato amable que Laurel
prodigaba a sus pacientes como le habría gustado que los demás
pensaran.
Pero, de momento, Devlin tenía una misión. Necesitaba llevar a
su oponente a campo abierto, pero todavía no.
Demasiados Paladines no estaban en condiciones de luchar y a él
le dolía mucho el brazo. Sin embargo, la hora de la verdad llegaría en uno
o dos días. Él se encargaría personalmente de que así fuera.


—Está bien.
Trahern, hombre de pocas palabras, colgó el auricular antes de
que Laurel pudiera darle las gracias. Los nervios que atenazaban el
estómago de Laurel debido a la preocupación se relajaron. Ella conocía la
capacidad de recuperación de los Paladines, pero le ayudaba saber con
certeza que Devlin se encontraba bien. Tenía que compensar a Traher
por su amabilidad. ¿Unas galletas con pedacitos de chocolate, quizá? Las
comidas que le preparaban en Investigación siempre incluían unas
galletas.
Esta pequeña debilidad de Trahern la hizo sonreír. Al duro y
fornido Paladín le gustaban los dulces.
La puerta del laboratorio se abrió y el doctor Neal y el coronel
Kincade entraron. Ella se puso de pie enseguida. Al hombre de
Intendencia le resultaba más difícil intimidarla si ella lo miraba
directamente a los ojos. Laurel se unió a ellos junto a la mesa de
operaciones sobre la que Lonzo estaba tumbado.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el doctor Neal mientras cogía
y ojeaba su expediente.
—Como sería de esperar. Antes tuvo un mal momento, pero hace
ya bastantes horas que está tranquilo. He ordenado que le realicen un
escáner cerebral y varias pruebas más por la mañana.
Kincade se acercó más a la mesa de operaciones.
—¿Cuándo podremos contar con él? —Kincade volvió su fría
mirada hacia Laurel—. Debo hacer hincapié en que, en estos momentos,
estamos faltos de personal. El volcán sigue retumbando y al menos un
tercio de nuestros hombres está de baja. No le pido que arriesgue su
salud, sólo un cálculo aproximado de cuándo puedo esperar que vuelva a
estar en activo.
Por mucho que le desagradara aquel hombre, su petición era
razonable.
—Según sus reanimaciones anteriores, yo diría que dentro de dos
días. Tres a lo sumo. Sus heridas ya empiezan a cicatrizar y el nivel de
las isoenzimas CPK ha bajado. El resto de los indicadores también se
está estabilizando. Tendré más datos por la mañana, y puedo enviarle por
e-mail un informe actualizado cuando haya analizado los resultados.
—Espero su informe. —El coronel Kincade se desentendió de
Laurel y se volvió hacia el doctor Neal—. ¿Vamos a ver a mis hombres,
doctor?
—¡Claro! Estoy seguro de que se alegrarán mucho de recibir una
visita de usted.
El doctor Neal le guiñó un ojo a Laurel mientras conducía a aquel
imbécil presuntuoso fuera del laboratorio.
Ella se preguntó cómo conseguía su jefe mantener una disposición
tan risueña cuando estaba con aquel hombre tan irritante. En fin, aquello
no era de su incumbencia, pero su paciente inconsciente sí que lo era.
—Lonzo, no te preocupes acerca del coronel. Te quedarás aquí
hasta que esté segura de que te has recuperado por completo. No
beneficiaría a nadie que volvieras al trabajo demasiado pronto.
Laurel le dio una palmadita en el brazo y apoyó su estetoscopio
en el pecho de Lonzo. Cerró los ojos para oír mejor e intentó percibir
algún latido. Oyó un latido débil, pero latido al fin y al cabo. Durante las
siguientes veinticuatro horas, el pulso de Lonzo aumentaría de una forma
gradual hasta alcanzar el ritmo normal. Para entonces, sus pulmones
también deberían funcionar a pleno rendimiento. La capacidad de
recuperación de los Paladines era increíble.
—Lo estás haciendo muy bien, Lonzo. Ten paciencia, nada más.
La noche se acercaba y, en el laboratorio, empezaba a hacer
frío. Quizá se engañaba a sí misma, pero a Laurel le gustaba hacer lo que
estuviera en su mano para que sus pacientes en estado inconsciente
estuvieran más cómodos. De un modo u otro, a aquellos hombres tenía
que sentarles bien una manta calentita mientras luchaban por volver a la
vida.
Después de haber hecho todo lo que podía por Lonzo, regresó a
su escritorio y a la montaña de papeleo que siempre seguía a una
oleada de pacientes. La mayoría de los Paladines recibiría el alta el día
siguiente por la tarde. No le sorprendería que sólo se quedara Lonzo, lo
cual ya le parecía bien.
Quizás aplazaría el papeleo para la mañana siguiente. Los ojos le
escocían de cansancio y le dolía la espalda. Bajó la intensidad de las
luces, se quitó los zapatos y la bata y dejó esta última encima de la
encimera. Después, se lavó los dientes, se cepilló el pelo y se tumbó en
su catre. Y se durmió deseando estar en su propia cama y entre los
brazos de Devlin.

Tenía una excusa preparada por si alguien le preguntaba por qué
estaba en el laboratorio de la doctora Young: alguien tenía que
asegurarse de que el Paladín estaba bien atado. Todo el mundo sabía
que había sufrido un ataque repentino antes de que lo ataran. Para dar
más credibilidad a su pretexto, se acercó a la mesa de operaciones,
deseando que fuera Devlin Bane quien estuviera allí tumbado,
literalmente muerto. Eso sí le habría facilitado la labor.
Sin embargo, a Bane le habían dado el alta o se había ido por
decisión propia. Cuando se presentó a sus superiores de vuelta de la
sangría en los túneles había oído ambas versiones. Un escalofrío le
recorrió el cuerpo. Ya había luchado con los Paladines en otras
ocasiones, pero nunca en una batalla como aquélla. La sangre había
corrido por los suelos formando charcos pegajosos y resbaladizos
conforme más y más Otros cruzaban la barrera.
Él había matado a unos cuantos, pero nada comparable con los
que mataban los Paladines. Trahern y Devlin Bane, en concreto, eran dos
hijos de puta terroríficos. El resto era, de por sí, bastante duro, pero
Bane y Trahern mataban sin titubear y sin remordimientos, como si
estuvieran segando heno en lugar de seres vivos. Dios no permitiera que,
algún día, volvieran sus fríos ojos y las afiladas hojas de sus espadas en
su dirección.
Por esta razón era aún más importante que encontrara la
manera de eliminar a Bane sin incurrir en la ira de los demás Paladines.
Se acercó al catre en el que dormía la doctora Young. Sin duda, estaba
agotada. En cualquier otro momento, le habría sabido mal por ella. No
podía resultar fácil trabajar con un cadáver, como era el caso de Lonzo,
por no mencionar tener que coser las heridas de todos los demás. Pero
ahora no le producía la menor lástima. Ya no.
Una cosa era tratar con los Paladines porque era su trabajo, pero
otra muy distinta era follar con uno de ellos.
Él esperaba mucho más de ella. Sin embargo, en cierto sentido
se alegraba de lo que había ocurrido, porque así le resultaría más fácil
utilizarla como señuelo para atraer a Bañe a una trampa. Aquel cabrón
era tan noble que estaría dispuesto a canjear su vida por la de ella.
La doctora Young se agitó y él se vio obligado a retroceder
hasta que ella volvió a caer en un profundo sueño. Parecía que estaba
sonriendo. Sin duda se sentía feliz soñando que se estaba revolcando
desnuda con su amante. Las imágenes que invadieron su mente le
hicieron experimentar náuseas. Ya había decidido que ella tendría que
morir con Bane debido a la posibilidad, más que real, de que lo
reconociera y lanzara la furia de los Paladines contra él. Sí, ella tenía que
morir.
Disfrutó del sabor embriagador del poder sabiendo que dependía
de él que ella sufriera la misma muerte rápida que había planeado para
Bane o que decidiera tomarse su tiempo antes de acabar con ella. Quizá
la sometería a un castigo ejemplar para enseñarles a todos lo que les
ocurría a las putas que elegían a los Paladines antes que a los hombres
de verdad.
¡Sí, esta idea le gustaba!
Volvió a acercarse al catre de Laurel deseando atreverse a
rozarle la piel, pero, en lugar de tocarla, miró a su alrededor en busca de
unas tijeras. De un rápido tijeretazo, le cortó un mechón de pelo, se lo
acercó a la nariz e inhaló hondo La reacción de su cuerpo al aroma
femenino fue inmediata y casi dolorosa debido a su intensidad. ¡ Ah, sí, si
jugaba bien sus cartas, aquello podía resultar muy divertido!
Envolvió el mechón de pelo en un pañuelo de papel y se lo metió
en el bolsillo. No era el momento adecuado para que lo pillaran
merodeando por allí. Pronto llegaría su hora. Además, el hombre que iba
a pagarle no esperaría mucho más.
Una vez en el pasillo, regresó a su puesto. De momento,
aprovecharía la tranquilidad de la noche para elaborar sus planes.

Laurel hurgó en el bolso en busca de la llave. El día no había ido
mal, pero se sentía exhausta. La mayoría de los Paladines había recibido
el alta, y les habían dado instrucciones para que se dirigieran a ella o al
doctor Neal en caso de que necesitaran alguna cosa. Lonzo había
realizado unos progresos considerables durante las últimas veinticuatro
horas. Ella tenía absoluta confianza en que estaría vivo y en plena forma
antes de doce horas.
Además de los refuerzos que el coronel Kincade había pedido a
otros sectores, habían solicitado la ayuda de otros tres Tutores. El
número de bajas había sido demasiado elevado para ella y el doctor Neal,
de modo que, aquella noche, uno de los Tutores externos vigilaría a su
paciente. Laurel odiaba saber que era bastante probable que Lonzo se
despertara con un desconocido junto a su camilla, pero no podía hacer
nada para evitarlo.
Se sentía tan cansada que no confiaba en su propio juicio, de
modo que se dirigió a su casa para recuperarse. No había nada en ella
que no pudiera curarse con unas doce horas de sueño ininterrumpido.
¡Ojalá su cama no le pareciera tan vacía sin Devlin pegado a su
espalda, como dos cucharas! Hacía menos de dos días que se habían
acostado juntos, pero ya le parecía toda una eternidad.
Giró la llave en la cerradura y empujó la puerta. Apenas había
dado dos pasos cuando el brazo de un hombre apareció de la nada y tiró
de ella hacia el interior de la vivienda.
Antes de que pudiera gritar pidiendo ayuda, él le tapó la boca con
la mano.
—Laurel, soy yo.
En cuanto reconoció la voz de Devlin, Laurel se relajó sobre su
pecho convencida de que el pulso le latía con tanta fuerza como para
provocarle un infarto. Después, se sintió rabiosa y le dio una patada en la
espinilla.
Él la soltó de inmediato.
—¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?
¡Como si ella pudiera hacerle daño a un Paladín duro y
corpulento como él! Se volvió hacia Devlin y enumeró sus razones con la
ayuda de los dedos.
—En primer lugar, acabo de envejecer diez años por culpa del
susto que me has dado. En segundo lugar, he estado muy preocupada por
ti desde que, ayer, te escapaste del laboratorio. En tercer lugar... Ahora
mismo, estoy demasiado cansada para pelearme contigo.
—Tenemos que hablar, Laurel. Es importante.
Devlin cogió el abrigo de Laurel y lo echó sobre el respaldo de
una silla cercana.
—Nada es tan importante para tener que hablarlo ahora. Tengo
planes para esta noche y ni siquiera tú vas a estropeármelos.
Lo apartó a un lado y se dirigió a la cocina.
El la siguió, de modo que sacó dos tazones y dos cajas de
cereales. Una era de trigo integral, con mucha fibra y muchos nutrientes.
Esta era para él. Ella llenó su propio tazón con unos cereales de colores
brillantes y cargados de azúcar.
—¡Eh! ¡Yo también quiero de ésos!
Apartó a un lado la caja que ella había dejado junto a su tazón y
ella volvió a empujarla hacia él.
—No. Estos son todos para mí. Si te empeñas en quedarte a
cenar sin ser invitado, tendrás que conformarte con lo que te den.
Laurel nunca había visto a Devlin enfurruñarse. Quedaba mono,
pero no tanto como para compartir con él los cereales. Cuando intentó
robarle una cucharada de cereales del tazón, ella le golpeó los nudillos
con la cuchara.
—¡Ni lo sueñes, tío! Esta maravilla no la comparto.
Laurel se sintió mejor de lo que se había sentido en todo el día.
Se sentó en uno de los taburetes que había junto a la encimera de la
cocina y disfrutó de cada bocado de la cena.
Cuando terminaron de comer, Devlin introdujo los tazones en el
lavavajillas.
—¿Ahora podemos hablar?
—No, ahora voy a darme una ducha caliente y después me iré a
la cama.
Laurel empujó el taburete hacia atrás y se alejó. Antes de llegar
al pasillo, miró atrás hacia Devlin, quien seguía sentado en el taburete
como si tuviera todo el derecho del mundo a instalarse en su casa.
Como lo había hecho en su corazón. Quizá debería ordenarle que se
marchara, pero no consiguió reunir las fuerzas o el deseo suficientes
para hacerlo.
Devlin la miró desde la distancia.
—Sé que te he asustado, pero no podía esperar afuera, donde
alguien pudiera verme.
Laurel se preguntó cuántas veces se habría disculpado Devlin en
su vida. Seguro que no muchas.
—Te perdono.
Se alejó con paso cansado. Una vez en el baño, abrió el grifo del
agua caliente de la ducha antes de quitarse la ropa. El calor del agua les
sentó de maravilla a sus huesos cansados y a sus músculos doloridos. La
puerta del baño se abrió y una ráfaga de aire frío le puso la piel de
gallina. Aquel hombre estaba adquiriendo la costumbre de abrir las
puertas sin pedir permiso.
Descorrió la puerta de la ducha lo justo para lanzarle una mirada
iracunda.
—¿Y ahora qué quieres?
—Me quedo.
No se molestó en ocultar el hecho de que veía su cuerpo
desnudo a través del rugoso cristal de la ducha y de que le gustaba lo
que veía.
—Sigo estando demasiado cansada para hablar.
Esto era totalmente cierto.
—Entonces no hablaremos.
Su voz resbaló por la piel de Laurel como si fuera de seda. Se
quitó el jersey por la cabeza y empezó a desabrocharse los téjanos.
Una mujer más fuerte que Laurel le habría ordenado que saliera
del baño y, quizás, incluso de su vida. Una mujer más débil se habría
sentido aturdida al ver aquel maravilloso cuerpo masculino. Pero Laurel
necesitaba a aquel hombre, de modo que retrocedió y le dejó sitio en la
ducha y en su corazón.
Devlin entró en la ducha y corrió la puerta dejando afuera todas
las preocupaciones y el dolor. Por el momento, estaban los dos solos,
con la piel mojada y ansiosos por darse besos intensos y profundos.
A Laurel le encantó sentir sus pechos apretados contra el torso
de Devlin mientras sus lenguas jugaban y se entrelazaban.
Luego interrumpió el beso para saborearle la piel, empezando por
el anguloso contorno de la mandíbula y descendiendo más y más hasta
quedar de rodillas frente a él. Lo tomó con delicadeza entre sus manos y
lo frotó y acarició hasta que él gimió, echó la cabeza hacia atrás y apoyó
las manos en la pared por detrás de Laurel.
Ella lo saboreó dándole pequeños lengüetazos y disfrutando del
hecho de proporcionarle placer a su hombre. Devlin se estremeció, como
si intentara no perder el control, y tiró de Laurel hacia arriba para darle
otro beso apasionado.
Cogió la pastilla de jabón y la manopla de la ducha y las frotó hasta
formar abundante espuma. Después volvió a Laurel de espaldas a él.
Descendió por su espalda trazando círculos con unos
movimientos suaves y sensuales, ardientes como el fuego. Después,
volvió a subir repitiendo estas caricias una y otra vez mientras bajaba
cada vez más. Dedicó largo tiempo a la curva de las caderas de Laurel y
después se arrodilló para prestar especial atención a la parte de atrás de
sus muslos y sus rodillas. Cuando terminó con la parte de atrás, hizo que
Laurel girara sobre sí misma.
La manopla tardó muchísimo tiempo en subir por el interior de las
piernas de Laurel. Ella las separó todo lo que la ducha lo permitía y
Devlin se entretuvo en sus rodillas. La frustración hizo que Laurel
sintiera deseos de gritar, pero entonces Devlin alargó el brazo y realizó
círculos alrededor de sus pechos con la manopla. Cuando sus pezones se
irguieron con una necesidad apremiante, ella se inclinó hacia adelante
rogando, sin palabras, que Devlin hiciera algo al respecto.
La lengua de Devlin siguió el mismo camino que había seguido la
manopla alrededor de los pechos de Laurel; primero uno y, después, el
otro, y, al final, succionó sus pezones. Aquel hombre tenía una forma
perversa de mover la lengua y los dientes. A continuación, siguió
acariciándola con la manopla hasta que Laurel se echó a temblar. Con una
caricia suave y lenta, Devlin subió por la entrepierna de Laurel hasta
llegar a su nido de rizos y al escondido centro de su cuerpo.
¡Oh, Dios! Si volvía a hacer esto otra vez, ella saltaría en
pedazos. Devlin dejó caer la manopla, deslizó la mano por la parte
posterior de las piernas de Laurel, la cogió por las nalgas y la atrajo
hacia sí.
—Agárrate a mí, Laurel, porque no voy a parar hasta que veas
las estrellas.
Deslizó un dedo hasta lo más hondo del interior de Laurel
mientras saboreaba su calor con la lengua. Ella se aferró a sus fornidos
hombros con todas sus fuerzas mientras la boca y los dedos de Devlin la
acariciaban y la penetraban haciendo que el poco control que todavía le
quedaba se tambaleara.
Cuando la primera sacudida le recorrió el cuerpo, exhaló un
gemido dudando poder aguantar más sin perder el juicio. Devlin deslizó
un segundo dedo en su interior mientras la acariciaba con el pulgar.
Una..., dos..., tres veces. Y, entonces, el mundo explotó en un sinfín de
colores innombrables para Laurel. Cuando sus piernas flaquearon, Devlin
la ayudó a sentarse en su regazo y la acunó con dulzura.
Después de un rato, la besó en la frente e intentó despertarla.
—¡Eh, Laurel, el agua se está enfriando!
Ella sonrió y escondió la cara en el cuello de Devlin.
—No me importa.
Devlin había creado un monstruo.
—Lo sé, pero no quiero que te resfríes.
Ella realizó un intento poco entusiasta por levantarse y entonces
Devlin la apartó de su regazo y se puso de pie. Laurel levantó la vista y
la prueba de lo mucho que él la quería le quedó a la altura de la cara.
—Sigamos hablando de este tema en tu cama —sugirió Devlin—.
Allí estaremos mucho más cómodos y calentitos.
La tomó de la mano para ayudarla a mantener el equilibrio
mientras salía de la ducha. Laurel le lanzó una toalla y los dos se secaron
mientras se detenían periódicamente para besarse. Después, ella lo
condujo a la cama, justo donde él quería estar por encima de cualquier
otra cosa. Se metieron entre las sábanas y se encontraron en mitad de la
cama.
La mano de Laurel se deslizó más abajo de la cintura de Devlin,
pero él se la cogió y la llevó a su corazón.
—Eso puede esperar.
Ella frunció el ceño.
—¿No querrás hablar otra vez?
¡Qué mujer tan tozuda!
—No si me prometes escuchar lo que tengo que decirte mañana
por la mañana.
Ella asintió con la cabeza. Ahora que tenía su promesa, Devlin le
soltó la mano. Ella tardó uno o dos segundos en darse cuenta de que era
libre para hacer lo que quisiera. Mientras deslizaba la mano hacia abajo
muy lentamente, pensó que estaba siendo perversa, aunque, de este
modo, él perdería la cabeza. Cuando su mano, por fin, alcanzó su
objetivo, Devlin levantó las caderas en señal de aprobación.
—Bésame, Laurel.
Devlin entrelazó los dedos con la cabellera oscura de Laurel
disfrutando de su tacto sedoso.
—Encantada.
Laurel se sentó encima de Devlin y encajó su cuerpo con el de él,
abierta y receptiva. El empujó con las caderas disfrutando de la
sensación que le producía aquel contacto, pero no se atrevió a continuar
hasta colocarse la protección. Sus vidas ya eran bastante complicadas
sin arriesgarse a que ella se quedara embarazada.
—Espera un momento, cariño.
Devlin apartó las sábanas para levantarse, pero ella lo detuvo.
—Hay una caja en la mesilla.
Devlin se incorporó, cogió la caja y se dio cuenta de que estaba
sin estrenar. Esto lo complació, aunque sabía que no tenía ningún
derecho a sentirse así. Lo que más quería en el mundo era tener la
atención de aquella mujer, pero, a la larga, esto sólo podía conducir al
desastre. Podían tener aquella noche y, quizás, unas cuantas más, pero
eso era todo.
—No pienses en eso, Devlin. —Laurel apretó sus dulces pechos
contra la espalda de Devlin y lo rodeó con los brazos—. No permitas que
lo que pueda suceder arruine este momento.
Devlin cerró lo ojos y permitió que el consuelo de aquellas
caricias lo tranquilizara. Ella tenía razón. Quizá no tuvieran un futuro,
pero tenían la noche por delante. Se colocó la protección y volvió a
tumbarse en la cama llevando a Laurel consigo. Y, de nuevo, ella lo
acogió con su cuerpo y una sonrisa.
Y eso fue suficiente.

En esta ocasión, cuando amaneció ella estaba a su lado. En todos
los largos años de su vida, no recordaba un solo momento en el que se
hubiera sentido tan bien. ¡Si tan sólo el mundo pudiera quedarse en el
exterior! Pero, como mucho, sólo podía mantenerlo a raya durante otra
hora.
—Es demasiado temprano para estar pensando con tanta
intensidad. —Laurel apoyó la cabeza en una mano mientras realizaba
pequeños círculos en el pecho de Devlin con la otra—. Sé que te prometí
escucharte esta mañana, y lo haré, pero, al menos, espera hasta que me
haya tomado una taza de café.
Devlin le besó las yemas de los dedos.
—De hecho, estaba intentando decidir si darme o no otra ducha.
Los ojos de Laurel, que eran del color del chocolate negro, se
entornaron y sus labios se separaron en una sonrisa que era pura
tentación.
—Yo nunca me ducho antes de mis ejercicios matutinos.
Y su exploradora y perversa mano se deslizó hacia abajo, y
abajo, y más abajo.
¡Maldición! Sabía que no deberían continuar, pero en todo lo
relacionado con Laurel Young, por lo visto, él era un ingenuo.
Con una maniobra bien planeada, Devlin la atrapó bajo su cuerpo
y, a juzgar por la sonrisa de Laurel, allí era donde ella quería estar
exactamente. Devlin acercó la cara al cuello de Laurel e inhaló su aroma.
Ella se echó a reír.
—¡No! ¡Me haces cosquillas!
Laurel hundió ligeramente los dedos en las costillas de Devlin
intentando hacerle cosquillas también.
Él nunca había tenido una amante juguetona, y le gustaba.
Resultaba agradable reírse por la mañana, sobre todo con una mujer
guapa debajo. La sonrisa de Laurel fue suficiente para derretirle el
corazón.
Entonces, procedente de la otra habitación, el estridente timbre
de un móvil sacudió su concentración. Apoyó la frente en la de Laurel.
—¿Es el tuyo o el mío?
—El mío, creo. Está en el bolsillo lateral de mi bolso.
Devlin bajó de la cama, corrió descalzo hasta el salón y cogió el
irritante aparato electrónico. Al instante, un segundo pitido se unió al
coro. ¡Bien por sus planes matutinos! Una llamada podía no significar
nada, pero dos sólo podían implicar malas noticias.
Cuando entró de nuevo en el dormitorio, Laurel estaba de pie
cubierta con una bata corta. Devlin le lanzó el móvil y salió al pasillo para
responder a su llamada. Nadie tenía por qué oír a Laurel hablar de fondo.
—Aquí Bane.
—Buenos días, Devlin. Espero que ya te hayas tomado la
primera taza de café.
La voz de D.J. sonaba irritantemente alegre.
—¿Porqué?
—El coronel Kincade ha convocado una reunión a las diez de la
mañana. Creí que me agradecerías que te despertara. No nos ha dicho el
motivo, pero suponemos que tratará de cubrir las bajas con tantas como
hay.
No tenía sentido descargar su repentino mal humor en DJ-
—Gracias, allí estaré. Avisa a todos los que puedas. Una
demostración de fuerza nunca viene mal.
—Cuenta con ello.
La comunicación se cortó.
Tenía casi dos horas para llegar el Centro. Quizá todavía tenían
tiempo para la ducha y, después, hablarían.

Unas horas más tarde, Devlin estaba de un humor de perros y,
además, no le importaba que los demás lo notaran.
Mientras esperaban el inicio de la reunión, ninguno de sus
compañeros tuvo el coraje necesario para preguntarle por qué paseaba,
sin cesar, de un lado a otro de su despacho. De hecho, casi deseaba que
alguien se lo preguntara: una buena pelea era lo que necesitaba para
disipar la rabia que le hervía bajo la piel.
La charla con Laurel no había salido como él había planeado.
Claro que esto no debería sorprenderle. Nada relacionado con Laurel
resultaba predecible. Sus ojos de mirada inocente y su dulce sonrisa
escondían una tozudez de padre y muy señor mío. Sin duda, Laurel tenía
opiniones propias sobre las cosas, algo que, en general, él admiraría e
cualquier persona, pero, en algunas, resultaba de lo más inconveniente.
No conseguía averiguar en qué se había equivocado. El día
anterior, cuando planeó su estrategia, pensó que las razones por las que
no deberían verse más tenían mucho sentido. Desde el principio sabían
que su relación no tenía futuro. Él le triplicaba la edad, aunque nadie
pudiera deducirlo de su aspecto; ya no era del todo humano y lo sería
cada vez menos y, además, estaba el pequeño detalle de que alguien
quería asesinarlo. Si su desconocido atacante se ponía nervioso,
cualquiera que estuviera cerca podía caer de rebote. No le había contado
este punto a Laurel, pero le había recordado que su profesión era muy
peligrosa y que su suerte podía acabarse en cualquier momento.
Incluso le había dicho que ella se merecía algo mejor que un
hombre que vivía para matar, aunque la mera idea de que fuera otro con
quien compartiera la vida, o la cama, hacía que quisiera golpear algo.
Laurel, con toda tranquilidad, le respondió con unos cuantos
argumentos propios. Verse con él fuera del trabajo era una clara
violación de la relación médico-paciente normal. Cualquier vínculo
emocional que ella pudiera establecer con él podía nublar fácilmente su
buen juicio profesional. Además, si alguno de los Regentes, quienes
estaban por encima de Intendencia y de Investigación, descubría que ella
se veía con Devlin, su trabajo correría un grave peligro y, sin duda, se
asegurarían de que no volviera a verlo.
Y, aunque no lo dijo con palabras, sus ojos oscuros dejaron
entrever claramente la preocupación que sentía por tener que matarlo
ella misma algún día.
Sí, todo resultaba sumamente lógico. Tanto él como ella eran dos
adultos que habían cedido a la tentación de jugar con fuego, pero aquella
mujer también sabía algo de táctica y estrategia. Así que, antes de que
Devlin pudiera salir de su casa con dignidad, se desató el cinturón de la
corta bata y la dejó caer a sus pies. Él la poseyó allí mismo, en el suelo,
sin delicadeza ni suavidad, sino con una necesidad urgente. Los dos
quedaron destrozados y, como antes, al borde del desastre. No habían
tomado ninguna determinación ni se había dado ninguna despedida.
Y como él era tan egoísta, no sentía el menor remordimiento.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 4:56 pm

CAPÍTULO 9
Devlin esperó hasta el último minuto para entrar en la sala de
reuniones. Quizá constituía una estupidez por su parte, pero no le
gustaba estar a la entera disposición de Kincade. Además, había pedido a
Trahern, Cullen y D.J. que entraran con él. Los Paladines eran mucho
más altos que Kincade, y Devlin estaba convencido de que esto
exasperaba al coronel. Cuando Devlin y sus tres amigos entraran en la
sala y se colocaran uno al lado del otro, seguro que el hombre de
Intendencia se saldría de sus casillas.
Y esto complacía infinitamente a Devlin.
Como era de esperar, Kincade estaba situado al frente de la sala.
El coronel les lanzó una ojeada, frunció el ceño y volvió a centrar la
atención en su reloj. Devlin hizo una señal a sus amigos con la cabeza
indicándoles que la demostración de fuerza había terminado. Sus
compañeros se sentaron y esperaron a que Kincade diera comienzo a la
sesión. Devlin, por su parte, se apoyó en la pared, cerca de la puerta,
como si fuera a marcharse en cualquier momento.
Kincade se esforzó en no mirarlo y repartió su atención entre la
puerta que había al otro lado de la sala y su reloj.
Tras adoptar una expresión de auténtico enojo, miró a su
desganada audiencia y subió al estrado. Contempló a los asistentes
mientras esperaba que se callaran. La mayoría de los Paladines locales y
un buen número de los refuerzos que habían llegado de otros lugares
pasaron de él, hasta que Devlin carraspeó. Uno a uno, los hombres
fueron guardando silencio y reconociendo la autoridad de Devlin con la
mirada antes de volver la vista hacia el coronel. A juzgar por la
expresión de Kincade, aquel gesto conjunto hizo que su presión
sanguínea se disparara.
—Los he convocado aquí, esta mañana-
Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta que había
estado contemplando, por fin se abrió. Devlin no pudo evitar echarse a
reír. El pobre desgraciado se había esforzado mucho para captar la
atención de su audiencia y, en un abrir y cerrar de ojos, la había perdido.
La satisfacción que experimentaba Devlin se desvaneció cuando vio que
todos los Tutores de la zona entraban en fila en la sala con el doctor
Neal y Laurel a la cabeza. En aquel momento, la única persona de la sala
que parecía feliz era el coronel Kincade. Devlin se enderezó e intentó
captar la atención de Laurel.
No tuvo suerte. De hecho, ella se colocó dándole la espalda.
¡Maldita sea! ¿Qué estaba pasando? A juzgar por la sonrisita de
suficiencia que Kincade le lanzó, no le iba a gustar en absoluto.
Kincade dio unos golpecitos en el micrófono para indicar que
había llegado el momento de entrar en materia.
—Los mandos de Intendencia, aquí presentes, han expresado su
preocupación por el estado mental de los Paladines que están a nuestras
órdenes.
—¿Qué demonios significa esto?
La pregunta provino de uno de los Paladines de refuerzo, quien
estaba sentado hacia el final de la sala.
—Significa que todos y cada uno de ustedes deberán someterse a
un escáner cerebral en las próximas cuarenta y ocho horas —contestó el
coronel.
Resultaba evidente que, el muy bastardo, estaba disfrutando con
la situación.
—¡Y una mierda!
Trahern se puso de pie y se cruzó de brazos. Varios de sus
compañeros siguieron su ejemplo.
La situación estaba a punto de escapar a todo control. Ninguno
de ellos se sometería voluntariamente a un escáner cerebral sin una
razón consistente.
—¿Lo han decidido porque el paciente de la doctora Young se
convirtió en uno de los Otros sin previo aviso? —preguntó Devlin.
Kincade hizo caso omiso de su pregunta y el doctor Neal tuvo el
acierto de darse cuenta de que el coronel estaba llevando mal aquella
situación. El doctor avanzó unos pasos y pasó a constituir el centro de la
atención de todos. La mayoría de los Paladines locales sabía que era un
hombre justo y bondadoso. Y, también a la mayoría, la había ayudado a
revivir al menos en una ocasión.
—El señor Bane ha formulado una pregunta lícita y merece una
respuesta adecuada. —Su voz calmada llegó con facilidad hasta el fondo
de la sala—. En efecto, el incidente del otro día ha producido cierta
inquietud entre nosotros.
—Ésa es una forma muy bonita y aséptica de mirarlo, doctor.
¿Por qué no lo llama por su nombre? La doctora Young tomó la decisión
de ejecutar a uno de los nuestros —declaró Blake.
Laurel se estremeció. ¡Maldita sea, ella no tenía por qué
disculparse por lo que había hecho!, pensó Devlin. Si no hubiera acabado
con la vida del pobre desgraciado, alguna otra persona lo habría hecho.
Así eran las cosas y todos ellos lo sabían.
—Él ya no era uno de los suyos, señor Trahern. Se había
convertido en uno de los Otros, y casi sin previo aviso. Hemos recibido
su historial médico y, por alguna razón, hacía casi un año que no le
realizaban un escáner. —La mirada del doctor Neal reflejaba auténtico
pesar—. Los miembros de
Investigación al completo hemos decidido que necesitamos que se
realicen escáneres con regularidad para evitar estas tragedias siempre
que sea posible.
Devlin deseó poder ver la expresión de Laurel. Aquella situación
no podía resultarle fácil.
—Los escáneres no solucionarán el problema, doctor Neal. Como
mucho, pueden proporcionarles un poco de información previa, eso es
todo.
—Así es, señor Bane, pero queremos averiguar más cosas sobre
por qué algunos de ustedes evolucionan hacia la transformación con más
rapidez que otros. El último escáner realizado al difunto era normal. —El
doctor Neal consultó sus datos—. De hecho, estaba por debajo de la zona
media, o sea que no había ninguna razón para sospechar que estuviera
tan cerca del límite.
—¿Qué ocurriría si nos negáramos a someternos al escáner?
Como es lógico, fue Trahern quien formuló esta pregunta. El
grado de tensión de la sala alcanzó una nueva cota. Si alguien no
intervenía y asumía el control, la situación se deterioraría a gran
velocidad. Y no podían permitirse recurrir a la violencia. En tal caso,
Intendencia llamaría a tal contingente de guardias que los Paladines no
podrían salir bien parados. Conociendo al coronel, lo más probable era
que ya los tuviera a la espera, en el pasillo. Entonces Kincade se
aseguraría de que les realizaran las pruebas y todos los que estuvieran
cerca del límite, como Trahern, no obtendrían el beneficio de la duda
cuando revivieran enfadados y fuera de control.
—Yo me realizaré el escáner. —Devlin avanzó hasta la parte
frontal de la sala—. Todos lo haremos.
El doctor Neal asintió en señal de aprobación.
—He traído un horario impreso. Les agradecería que eligieran
una franja horaria antes de irse.
Se sobrentendía que no les permitirían irse sin apuntarse. Cullen
y D.J. prácticamente arrastraron a Trahern para que firmara en la lista
con ellos, justo detrás de Devlin. Quizá, si iban los cuatro juntos, la
tensión que les producía esta prueba sería menor.
Devlin se acercó al doctor Neal, quien lo recibió con una sonrisa
acogedora.
—Gracias por su ayuda, señor Bane. Tengo la sensación de que,
si hubiéramos dejado la reunión en manos del coronel, la situación habría
resultado un poco peliaguda.
Devlin no quería el agradecimiento del doctor, sólo quería que le
hicieran el escáner y terminar con aquel asunto.
—Soy el primero de la lista, doctor. ¿Podemos hacer la prueba
ahora mismo?
—Desde luego. Estoy seguro de que la doctora Young podrá
atenderlo de inmediato. Antes de venir a la pequeña reunión del coronel
Kincade, calibramos las máquinas. Por eso llegamos tarde.
—Preferiría que fuera usted quien me realizara la prueba, doctor
Neal.
Devlin cruzó los dedos índice y medio esperando que el doctor
no le preguntara la razón de su preferencia, pues Laurel era su Tutora
oficial. Un movimiento llamó su atención Laurel salía de la sala con
Trahern, D.J. y Cullen siguiéndole los pasos. Su primera reacción fue de
rabia y celos, pero se contuvo. Con lo tenso que estaba, lo último que
necesitaba era estar encerrado en la salita del escáner con Laurel.
Sólo Dios sabía cómo afectaría esto a los resultados, y con la
cruzada que había emprendido el coronel Kincade para erradicar a todos
los que estuvieran rozando el límite, no podía permitirse asumir riesgos
innecesarios. Además, si su desconocido atacante era un guardia, sería
mejor que pasara el menor tiempo posible en compañía de Laurel, sobre
todo, en público.
Devlin dio al doctor Neal una explicación a su petición.
—Por lo visto, Trahern ha decidido cooperar, y, ahora mismo, no
querría atosigarlo.
—Muy bien, señor Bane, creo que tiene usted razón. Vayamos a
mi laboratorio.


—Esto no puede ser cierto. —La voz del doctor Neal reflejaba
algo más que frustración mientras giraba unos cuantos mandos y pulsaba
un par de interruptores de la consola—. Siento que todo esto esté
durando tanto, Devlin, pero tendré que repetir la última serie.
—¿Qué sucede?
¿Acaso los resultados eran mucho peores que los anteriores ?
—Por lo visto todo está bien, al menos en usted. Acabamos de
recalibrar todas las máquinas, pero ésta parece estar un poco
desajustada. De todas maneras, los resultados de las pruebas de control
son correctos.
—¿Entonces, cuál es el problema?
—Sus datos no se corresponden muy bien con los del escáner
que le realizó la doctora Young el otro día.
—Entonces quizás es la máquina de ella la que está desajustada.
—No, nos aseguramos de que ambas máquinas producían los
mismos resultados en las muestras de control. —El doctor Neal se
interrumpió para estudiar el listado de la máquina y, después, ojeó el
expediente de Devlin con el ceño fruncido—. ¡Maldita sea!
Pulsó otro botón y la máquina produjo un par de metros más de
papel.
—Por ahora, hemos terminado, señor Bane, pero quizá necesite
que vuelva de nuevo. Le quitaré los electrodos y le enseñaré lo que me
intriga.
Devlin entró en el laboratorio y se inclinó sobre el hombro del
doctor para examinar los últimos tres escáneres que le había realizado.
Cuando el doctor los puso uno al lado del otro, el patrón le resultó más
claro. Normalmente, los escáneres de los Paladines mostraban un
aumento constante de las ondas cerebrales que indicaban que eran cada
vez menos humanos. En el caso de Devlin, el patrón estaba invertido. La
variación entre el escáner más antiguo y el que Laurel le había realizado
era leve, aunque, sin duda, mostraba una mejora.
Sin embargo, el cambio que se apreciaba en el último escáner era
brutal, hasta el punto de resultar increíble. Una variación de este tipo no
tenía precedentes en la larga historia de los Paladines. Aunque la
posibilidad de detectar los cambios que experimentaban los Paladines
por medio de los escáneres constituía un avance reciente, los Regentes
llevaban un registro de los síntomas y los patrones de comportamiento
de aquellos guerreros desde hacía siglos. Y todos, sin excepción,
empeoraban con el tiempo.
—No sé qué hacer con esto, señor Bane. Tendré que consultarlo
con la doctora Young para conocer su opinión al respecto. En caso
necesario, también me pondré en contacto con mis colegas de otras
partes del mundo para averiguar si pueden arrojar alguna luz sobre este
asunto. —El doctor se volvió hacia Devlin—. ¿Ha notado usted algún
cambio en cómo se siente? ¿Últimamente está haciendo algo de forma
distinta a como lo hacía antes?
—No, mi vida es, prácticamente, igual que siempre.
Aparte de que ahora se acostaba con su Tutora y experimentaba
sentimientos muy profundos hacia ella.
—Bueno, si se le ocurre algo, dígamelo. Quizá, después de que
realice el escáner a unos cuantos hombres más, pueda averiguar si se
trata de la máquina o de usted. —El doctor recogió los resultados de
Devlin y los introdujo en su carpeta—. Cuando salga, ¿quiere decirle al
siguiente que entre?
—Sí, claro.
Cullen estaba esperando en el pasillo. Si le sorprendió ver a
Devlin salir del laboratorio del doctor Neal en lugar del de Laurel, no lo
dijo.
—Como sigues por aquí, supongo que todo ha ido bien —declaró
Cullen.
—De momento, sí. El doctor Neal dice que entres. —Devlin
miró hacia la puerta del laboratorio de Laurel—. ¿Se sabe algo de
Trahern?
—No, pero, al menos, no se ha resistido. Cuando ella le dijo que
entrara el primero, él la siguió como un corderito. Te juro que esta mujer
tiene que tener un gancho muy potente para ser capaz de encantar a un
tipo tan duro como Trahern.
«Un gancho muy potente, sí.»
—Creo que me quedaré un rato por aquí.
—Buena idea. —Cullen se puso de pie—. Deséame suerte,
Devlin. Odiaría darle a ese hijo de puta de Kincade la satisfacción de
descubrir que uno de nosotros está demasiado cerca del límite.
—No te preocupes, si yo he pasado la prueba, tú seguro que
también. —Devlin le dio una palmada a su amigo en la espalda—. Cuando
hayas acabado, pásate por mi casa y nos tomamos un par de copas.
—De acuerdo.
Cuando Cullen entró en el laboratorio del doctor Neal, Devlin se
sentó en un banco cercano. Un par de guardias se desplazaron un poco,
probablemente para tenerlo bien vigilado. Siempre que no realizara
movimientos bruscos, lo dejarían en paz.
¡Demonios, deberían ser lo bastante listos para saber que estaba
bien! Si hubiera alguna duda respecto a su estabilidad, el doctor Neal lo
habría desconectado en el laboratorio. Devlin cerró los ojos, estiró las
piernas cuanto pudo e intentó ponerse cómodo.
¿Qué ocurriría si los resultados eran correctos y estaba
volviéndose cada vez más humano? ¿Cómo podía ser posible? El único
cambio que se había producido en su vida era su nueva relación con
Laurel. ¿Qué pensaría ella cuando el doctor Neal le enseñara los
resultados? Devlin cerró los párpados y se relajó mientras esperaba a sus
amigos.


—Blake, no es por nada, pero me está destrozando la muñeca.
Laurel consiguió pronunciar estas palabras a través de sus
apretadas mandíbulas.
Trahern aflojó la mano un poco, lo suficiente para que la
circulación sanguínea de Laurel volviera a restablecerse. Normalmente,
ella mantenía una distancia profesional en el trato con sus pacientes,
sobre todo si se trataba de alguien tan propenso a las explosiones de mal
genio como Trahern. Pero desde que éste le había hecho el favor de
comprobar cómo estaba Devlin, lo encontraba menos intimidante. La
experiencia podía demostrarle que estaba equivocada, pero estaba
decidida a proporcionarle el beneficio de la duda.
Creía que a Devlin le horrorizaba el escáner cerebral, pero sus
temores no eran nada comparados con los de Trahern. Éste debía de
saber que era uno de los Paladines a los que el coronel Kincade pensaba
someter a un examen minucioso. Ojalá pudiera decirle al hombre de
Intendencia que estaba equivocado, que Trahern era estable y que iba
muy bien. El objetivo de las pruebas nunca había consistido en que
fueran un arma con la que Intendencia amenazara a los Paladines, pero
así era cómo las utilizaba Kincade.
Unos días antes, cuando sometió a Devlin al escáner cerebral,
descubrió que sus resultados habían mejorado. Ella no podía demostrar
que cogerle de la mano le ayudara, pero tampoco podía explicar aquella
anomalía de ninguna otra manera. Si había funcionado para Devlin, quizá
también funcionara para Trahern. Laurel habría deseado ver la expresión
de Trahern cuando bajó las luces y, prácticamente, le ordenó que la
cogiera de la muñeca mientras durara la prueba.
—Hábleme, señor Trahern.
Si conseguía que se centrara en algo que no fueran las líneas
continuas y ondulantes que las agujas trazaban en el papel, quizá se
relajara un poco.
El silencio se prolongó durante varios e interminables segundos.
Al final, Trahern se movió un poco y preguntó:
—¿Sobre qué?
¿Es que ella tenía que pensar en todo?
—No lo sé, sobre el tiempo, los libros que ha leído, su infancia...
—Creí que ustedes, los de Investigación, tenían catalogadas hasta
las pecas que tenemos en el culo.
Su voz no expresó el menor sentido del humor.
Laurel volvió a intentarlo.
—Está bien, ¿dónde se crió?
—En las calles.
Si no lo hubiera estado mirando directamente a la cara, Laurel
no habría visto la leve mueca que indicaba que Trahern la estaba
provocando y que disfrutaba haciéndolo. No le importó en absoluto.
Mientras estuviera concentrado burlándose de ella, no pensaría tanto en
el escáner.
—¿En las calles de dónde? —Laurel sacudió el dedo índice sin
dejar de mirarlo—. Le prometo que no contaré sus oscuros y ocultos
secretos a voz en grito por el pasillo.
—En St. Louis. —Trahern realizó otra pausa—. Crecí en St.
Louis, Missouri, y me trasladaron aquí cuando cumplí dieciocho años.
Prácticamente, ésta era la frase más larga que Laurel le había
oído pronunciar nunca, y, desde luego, la más personal.
—¿Tiene aún familia allí?
—No.
¿Cómo podía Trahern lograr que una palabra suya le produjera el
mismo efecto que si le cerraran una puerta en las narices? Quizás era
mejor que fuera ella quien hablara.
—Yo también soy del Midwest. Y toda mi familia vive en la misma
ciudad.
—¿Y por qué no vive usted allí?
—Porque vivo aquí.
Ella también sabía jugar a las respuestas enigmáticas.
—¿Sus padres saben lo que hace para ganarse la vida?
Trahern le soltó la muñeca. Parecía sentirse más relajado.
—Saben que soy médica y que me dedico a la investigación. —
Laurel se reclinó en el asiento—. Mis padres me quieren, pero nunca
entenderán que pueda ser feliz viviendo tan lejos de la familia. Si
dependiera de ellos, a estas alturas yo estaría casada y tendría un
montón de hijos. A veces creo que desean más tener nietos que verme
feliz. —Laurel se incorporó sobresaltada. Nunca había admitido este
hecho antes, ni siquiera a sí misma, y allí estaba, confesándoselo a Blake
Trahern—. Olvide lo que le he dicho.
La máquina emitió un pitido que indicaba que la prueba había
finalizado.
—Deje que le eche una ojeada a los resultados antes de
desconectarlo.
El silencio se cargó de tensión mientras Blake esperaba a oír su
veredicto. Laurel intentó ir deprisa, pero no tanto como para pasar por
alto ningún detalle importante. Por lo que vio, los resultados de Trahern
se habían estabilizado, lo que constituía una mejora respecto a su patrón
habitual.
Laurel sonrió a Trahern y empezó a quitarle los electrodos con
delicadeza.
—Bueno, señor Trahern, firmaría ahora mismo para que sus
lecturas fueran siempre como las de hoy. La mayoría de los datos son,
exactamente, como los de su último escáner y un par de ellos incluso han
bajado un poco.
Trahern deslizó las piernas a uno de los lados de la camilla.
—Gracias, doctora.
—De nada. Cuando haya terminado de realizar todos los
escáneres, enviaré los resultados al coronel Kincade.
Trahern se dirigió a la puerta, pero antes de cruzar el umbral, se
dio la vuelta.
—¿Sabe una cosa? A veces, los que están más cerca de nosotros
son los últimos en darse cuenta de quiénes somos realmente.
Y desapareció mientras Laurel se preguntaba quién había mirado
de cerca a Blake Trahern y no había visto a su verdadero ser.
Devlin abrió la puerta y retrocedió un paso al ver que había
media docena de Paladines en el salón de su casa. La mayoría ya había
estado allí antes y se había acomodado en su enorme sofá de piel y en
los sillones. A Devlin le había costado muchísimo pasar todos aquellos
muebles por la puerta cuando los compró, pero el esfuerzo había valido la
pena. Como la mayoría de los Paladines, él medía más de un metro
ochenta.
—Las cervezas están en la nevera y las pizzas llegarán en
cualquier momento.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando Trahern apareció en el
porche de la casa. Devlin no lo esperaba, pues pocas veces salía con
ellos.
—Entra, Blake.
—No puedo quedarme. —Trahern miró a los otros Paladines por
encima del hombro de Devlin—. Quería contarte algo. ¿Puedes salir un
momento?
—Sí, claro. Espera a que les diga a los demás dónde voy a estar.
—Entró en el salón—. Voy a ver si llegan las pizzas. Intentad no beberos
toda la cerveza antes de que regrese.
Cullen salió de la cocina con una bandeja llena de latas y un
cuenco con patatas fritas.
—Yo que tú, no estaría mucho tiempo fuera.
—Al menos, guárdame una.
Devlin siguió a Trahern calle abajo, hasta que estuvieron fuera
del alcance de la vista y del oído de los demás.
—¿Qué ocurre?
—He superado el escáner. Creí que te gustaría saberlo.
—Qué buenas noticias, Blake. Seguro que esto cabreará a
Kincade.
—Eso espero.
Trahern sonrió, pero su mirada seguía fija más allá de Devlin.
—Supongo que no has venido hasta aquí para contarme esto.
Trahern podría haberlo telefoneado para darle la noticia.
—Quería contarte que, tal como me pediste, he estado vigilando
la casa de la doctora Young. No sé si tendrá algún significado, pero
encontré un montón de colillas detrás de un contenedor de basura, cerca
de donde ella vive. Si yo estuviera vigilando su casa, es allí donde me
ocultaría.
—¡Maldita sea! ¿Dirías que el tío ha estado allí en más de una
ocasión?
—Es difícil de saber, pero he contado las colillas y sabré si ha
vuelto desde entonces.
—Gracias de nuevo, Blake.
Devlin lo dijo de corazón. Preferiría ocuparse de la vigilancia él
mismo, pero no podía arriesgarse a conducir de nuevo a su perseguidor
directamente a las puertas de la casa de Laurel.
—Como ya te dije, no lo hago por ti.
Trahern se marchó sin más. No le dio ninguna explicación ni
Devlin se la pidió. Su amigo desapareció calle abajo justo cuando el
repartidor de las pizzas aparecía por la esquina. Devlin cogió el montón
de cajas y regresó con sus compañeros.
Las luces de su despacho eran demasiado brillantes para su
gusto. Quizá no debería haber bebido las dos últimas cervezas la noche
anterior, pero, al final, la improvisada reunión se había convertido en una
gran celebración. Ninguno de los Paladines había tenido problemas con el
escáner impuesto por Kincade. Devlin no sabía con exactitud qué era lo
que pretendía el coronel, pero, a todas luces, había fallado.
En cualquier caso, eliminar algo de tensión bien valía un dolor de
cabeza.
D.J. dio unos golpes en el marco de la puerta y entró en el
despacho. A continuación, dejó una carpeta sobre el escritorio de Devlin,
acercó una silla y se dejó caer en ella. Después, cerró los ojos y se
reclinó en el asiento.
—Buena fiesta, la de anoche.
—¿Qué tal la cabeza? —Devlin en raras ocasiones tomaba
medicamentos, pero sacó un tubo de aspirinas de un cajón de su
escritorio, se tomó un par con un sorbo de café y lanzó el tubo hacia el
regazo de D.J.—. Toma, para la cabeza.
D.J. abrió los ojos el tiempo justo para coger el tubo, se tragó un
par de aspirinas a palo seco y dejó el tubo sobre la mesa.
—Seguro que encuentras el informe muy interesante.
—¿De qué se trata?
Hasta que las aspirinas le hicieran efecto, no tenía ninguna prisa
en leer nada.
—Son los resultados de las pruebas que realizaron mis amigos de
Investigación en las bolsas que encontramos el otro día en los túneles. —
D.J. abrió un ojo—. No saben qué hacer con ello. Por lo que he entendido,
el polvo de las bolsas no debería estar allí.
Devlin se sintió confundido.
—¿Qué se supone que significa esto? ¿Cómo podían saber qué
llevaban esos bastardos grises en las bolsas?
—Dijeron que no había materia suficiente para llevar a cabo
todas las pruebas que querían realizar. Sin embargo, lo que han
descubierto ha despertado el interés de todos esos científicos locos. Si
hemos de creer lo que han averiguado, el polvo procede de un cristal que
no se conoce en nuestro mundo.
—¿Y?
—Bueno, no hay granates azules en nuestro mundo, pero si los
hubiera, todo el mundo se pelearía para controlar el mercado.
El dolor de cabeza de Devlin estaba empeorando.
—¿Para qué sirven?
—No están del todo seguros. Quieren que les llevemos una
muestra de mayor tamaño. Les he sugerido que, si quieren importar
cosas del otro lado de la barrera, ellos mismos monten el negocio en los
túneles. O sea, un pase libre a la superficie por una bolsa de bonitas
piedras azules.
Devlin volvió a experimentar la incómoda sensación de que
estaba pasando por alto algo importante. Decidió que D.J. había adoptado
la postura correcta, así que se reclinó en el asiento y apoyó los pies
encima del escritorio. Quizá, si cerraba los ojos y dejaba que su mente
vagara libremente, la respuesta a su inquietud acudiría a él.
Los dos Paladines permanecieron sentados en un silenció
amigable durante varios minutos mientras esperaban que las aspirinas
hicieran su efecto. Poco a poco, el constante martilleo que sentían en la
cabeza se fue desvaneciendo.
Los cristales azules estaban relacionados con los Otros. Tenían
que ser valiosos, porque un puñado de guardias nacionales había muerto
por su causa. Alguien había rajado las bolsas y se había llevado su
contenido. ¿Por qué se habían entretenido en sacar el contenido de las
bolsas cuando podían ser descubiertos en cualquier momento?, ¿Por qué
las bolsas apestaban al mundo de los Otros? Las piedras también. Claro
que éstas eran valiosas. Además eran más fáciles de esconder sin las
bolsas.
Así que alguien conocía la existencia de las piedras y había
hecho planes para conseguirlas. Pero ¿cómo? Los Otros tampoco las
habrían entregado sin obtener nada a cambio.
Entonces se le encendió la lucecita. Devlin recordó la primera
vez que bajó a los túneles después de haber revivido, cuando luchó y
mató a dos varones de los Otros. Uno de ellos declaró que ya habían
pagado. Debían de pensar que habían pagado el derecho a pasar con las
piedras azules. ¡Maldita sea! ¿Quién tenía la suficiente influencia para
llegar a un acuerdo como aquél?
Tenía que ser alguien de Investigación o de Intendencia. Los
Paladines no traicionarían a los suyos de aquel modo. Habían dedicado
demasiados años y demasiadas vidas a defender el frente de los
incesantes intentos de invasión.
Aquella información era demasiado importante para guardarla
para sí, y resultaba evidente que no podía transmitirla por los canales
habituales. Hasta que él y sus compañeros descubrieran en quién podían
confiar y en quién no, tendrían que manejar la situación ellos solos.
Lo primero era lo primero. Devlin volvió a apoyar los pies en el
suelo produciendo un ruido sordo y D.J. volvió a la realidad sobresaltado.
—D.J., dile a Cullen y a los otros que se reúnan aquí conmigo
esta tarde. Que parezca un encuentro casual. Si puedo evitarlo, no
quiero sembrar la alarma.
D.J. se inclinó hacia él.
—Se te ha ocurrido una explicación, ¿no?
—Tengo algunas ideas, pero quiero mantenerlo en secreto tanto
como sea posible.
—De acuerdo, se lo diré a los otros.
A juzgar por el caminar enérgico de D.J., o la aspirina le había
hecho un efecto inmediato o el reto del nuevo enigma le había dado una
oleada de energía. Devlin sintió una especie de punzada de envidia.
¡Demonios, en aquel momento no necesitaba todo aquel jaleo! ¡Ya tenía
bastante guardándose las espaldas e intentando mantener a Laurel a
salvo!
No tenía ninguna prueba, pero apostaría su espada favorita a
que, de alguna forma, todo estaba conectado. La persona que quería las
piedras era la misma que quería verlo muerto. Las secuencias de los
acontecimientos estaban demasiado próximas para no estar conectadas
entre sí.
Miró el reloj. Si se daba prisa, podía comprobar cómo estaba
Laurel y todavía le sobraría tiempo para estudiar el informe de
Investigación acerca de las piedras azules. Teniendo en cuenta la forma
en que había evitado mirarlo el día anterior, durante la reunión, no estaba
seguro de ser bien recibido. Sin embargo, no lograría concentrarse en
nada hasta que supiera que había llegado al trabajo sana y salva.
Una llamada telefónica sería más efectiva, pero verla en persona
le resultaría mucho más satisfactorio.
Con el dolor de cabeza casi olvidado, Devlin salió del edificio
convencido de que se le ocurriría alguna excusa plausible por el camino.
—¿Me está diciendo que al final han descubierto la manera de
falsear los resultados de la prueba?
El coronel Kincade lanzó una mirada iracunda a Laurel por
encima de la mesa, como si fuera culpa de ella que todos los Paladines
hubieran superado con éxito el escáner. Incluido Trahern.
—No, yo no he dicho esto. —Estaba cansada de la actitud
beligerante y el carácter odioso del coronel—. Lo que hemos dicho —
declaró Laurel señalando al doctor Neal con la cabeza para enfatizar el
hecho de que no hablaba sólo en su nombre—, es que, sin excepciones,
los escáneres han revelado una gran estabilidad entre los Paladines.
Algunos han evolucionado hacia los niveles más elevados, pero ninguno
de ellos ha cruzado la línea.
El doctor Neal hurgó entre un montón de papeles hasta que
encontró los que estaba buscando.
—También hemos recalibrado las máquinas, tanto antes de
realizar las pruebas como entre paciente y paciente. Las lecturas de
control eran exactas. Le he traído una copia del informe.
El doctor Neal empujó un abultado montón de documentos hacia
el coronel, quien, como era de prever, ni siquiera lo miró. El doctor Neal
sonrió, pero no dijo nada.
Esto dejaba en manos de Laurel la posibilidad de lanzarle el
guante.
—Debo decir que considero muy rara su reacción a nuestras
conclusiones, coronel. Creí que se sentiría satisfecho de saber que su
fuerza de combate está preparada y en plena forma para enfrentarse a la
continua amenaza de invasión que sufrimos. Sin embargo, parece usted
un poco decepcionado.
Quizá no debería provocar a aquel hombre, pero su actitud la
ponía muy nerviosa. Y también la ponía nerviosa no saber dónde estaba
Devlin y qué era lo que pensaba. Todo le parecía ilógico. El día anterior
se había despertado feliz, acurrucada junto a su nuevo amante, hasta que
él acabó con su buen humor. Debería haber sabido que él equiparaba
hablar con sermonear y dar órdenes. Pues bien, ya le enseñaría...
—¿Qué opina usted, doctora Young?
La voz serena del doctor Neal la hizo regresar a la reunión y
dejar de lado el recuerdo de lo que había sucedido en el suelo del salón
de su casa. Por suerte, el doctor Neal repitió la última parte de la
conversación.
—El coronel Kincade cree, y yo estoy más o menos de acuerdo,
que deberíamos establecer un programa continuo de escáneres para
todos los Paladines. Hasta ahora, sólo los realizábamos cuando
considerábamos que había una causa justificada. —El doctor miró a
Laurel de reojo—. Por ejemplo, cuando el señor Bane tardó tanto en
recuperarse de su última muerte.
Laurel bajó la vista y consideró aquella idea desde distintos
ángulos. La animadversión que sentía por el hombre de Intendencia no
constituía una razón legítima para rechazar su sugerencia.
—De entrada, debo reconocer que la idea no está mal. Todo
dependerá del uso que le demos a la información. Esos hombres ya se
sienten amenazados por la prueba, lo que, sin duda, resulta comprensible.
—Bueno, al menos, para ella—. Si vamos a utilizar los escáneres para
comprender mejor el proceso evolutivo de los Paladines a lo largo del
tiempo, estoy de acuerdo. —Laurel clavó la mirada en el coronel—. Pero
si va usted a sostener la prueba sobre la cabeza de los Paladines a modo
de amenaza, yo no tomaré parte en el mal uso de la información médica
de un paciente.
Kincade frunció el ceño y su cara se volvió de una interesante
tonalidad de rojo. Sin embargo, antes de que pudiera explotar, un guardia
llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—Siento interrumpirles, pero la llaman a usted al teléfono,
doctora Young. La mujer ha dicho que es importante.
La posibilidad de escapar no podía haberse producido en un
momento mejor.
—Si me disculpan, caballeros.
Laurel siguió al guardia a lo largo del pasillo y hasta el mostrador
de la entrada.
El volvió a ocupar su puesto contra la pared, lo que proporcionó a
Laurel una falsa sensación de privacidad. ¿Quién podía llamarla al
trabajo? Normalmente, su madre la llamaría al móvil. Aunque era posible
que la llamara allí si se trataba de una emergencia. Su pulso se aceleró
mientras descolgaba el auricular.
—La doctora Young al habla.
—Reúnete conmigo para comer dentro de diez minutos. El mismo
lugar que la otra vez.
Cuando Devlin terminó de hablar, la comunicación se cortó.
Laurel rechinó los dientes. ¡Los hombres y sus instintos
dictatoriales! ¿No podía, al menos, haber esperado a que ella le
contestara? Pero no lo hizo, y ella tuvo que quedarse allí simulando
mantener una conversación con un interlocutor imaginario, que, para
colmo, se suponía que era una mujer. ¿A quién había convencido Devlin
para que la telefoneara en su nombre y evitar, así, que el guardia
reconociera su voz?
—Sí, gracias por avisarme. Me encargaré de ello.
Laurel colgó el auricular y sonrió al guardia en señal de
agradecimiento.
—Estaré fuera un par de horas. Gracias por avisarme de la
llamada.
—De nada, doctora.
Laurel regresó a su laboratorio para dejar la bata y coger el
bolso. A cada paso que dio, se debatió sobre si obedecer o no las bruscas
órdenes de Devlin. Si la necesitaba, lo único que tenía que hacer era
pedirle que se reuniera con él. Sin duda, había querido acortar la
conversación para que nadie pudiera adivinar que ella estaba hablando
con él en lugar de hacerlo con una mujer, pero esto no justificaba su
rudeza.
Bueno, comería con él, pero le daría un sermón acerca de las
buenas maneras elementales.
Laurel firmó el libro de salidas y dejó en blanco el apartado
referente a la hora de regreso, pues no tenía ni idea de cuánto tiempo
pasaría con Devlin. Si alguien la necesitaba, podía llamarla al móvil. Se
escabulló por la puerta trasera para reducir la posibilidad de que alguien
se diera cuenta de adonde se dirigía.
Un sol resplandeciente bañaba la ciudad con su calidez. Resultaba
agradable respirar aire puro y disfrutar del sol. Lástima que Devlin la
hubiera avisado con tan poca antelación, si no, habría tomado una ruta
más larga hasta el restaurante por el mero placer de pasear.
Le gustaría creer que Devlin la había invitado a comer porque la
echaba de menos. Pero lo más probable era que quisiera preguntarle por
los escáneres o algún otro asunto relacionado con los Paladines, y que
quisiera hacerlo lejos de los ojos escudriñadores de los de Intendencia e
Investigación. Si podía, ella lo ayudaría, pero no si ello comprometía su
integridad como profesional.
Antes de abrir la puerta del restaurante, Laurel se detuvo para
echar un vistazo rápido a ambos extremos de la calle. No había nadie
conocido a la vista. Cuando un hombre abrió la puerta para salir del
restaurante, ella aprovechó la ocasión para entrar.
Tardó un par de segundos en acostumbrarse a la tenue luz del
interior, pero enseguida vio a Devlin, sentado en la misma mesa que la
vez anterior. Si se hubiera tratado de otro hombre, habría pensado que
había escogido aquella mesa por razones sentimentales, pero Devlin sin
duda la había escogido porque estaba en un rincón apartado y, al mismo
tiempo, le permitía ver la puerta.
Cuando su mirada se encontró con la de él, el corazón le dio un
vuelco y deseó estar en un lugar mucho más privado. Avanzó entre las
numerosas mesas y sillas del local hasta donde la esperaba su amante.
Pensar en Devlin como su amante la emocionó, y esperó allí de pie junto
a la mesa a que él se levantara y la dejara sentarse a su lado en el
banco.
Devlin la rodeó con el brazo y la acercó al calor de su cuerpo.
Cuando Laurel se dio cuenta de que pretendía besarla, se aproximó a él
y, adiós al sermón sobre las buenas maneras. La lengua de Devlin se
deslizó al interior de la boca de Laurel casi de inmediato mientras su
mano se apoyaba detrás de la cabeza de ella en el ángulo justo para
poder besarla.
Laurel se agarró a la parte frontal de la camisa de franela de
Devlin como si en ello le fuera la vida mientras la lengua de él se
deslizaba dentro y fuera de su boca. Deseó tirar de él para que se
tumbara sobre ella y terminar lo que habían empezado. Por desgracia,
alguien carraspeó junto a su mesa recordándoles que aquél no era el
lugar adecuado para lo que estaban haciendo.
Laurel se ruborizó y Devlin se separó de ella mientras sus ojos
verdes despedían destellos de pasión y la miraban con fijeza. Laurel,
avergonzada, deseó esconderse debajo de la mesa, pero Devlin la
mantuvo a su lado mientras se volvía para hablar con el camarero.
—Tomaremos dos cervezas negras y dos pizzas individuales, una
vegetal con alcachofas y otra que lleve de todo.
—Devlin miró a Laurel con picardía—. Y tú será mejor que te
controles.
El camarero se echó a reír y se alejó con rapidez hacia la cocina.
Teniendo en cuenta que Laurel estaba a punto de echarle el agua de su
vaso a la cara, o a la de Devlin, el camarero hizo bien en irse rápido.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:00 pm

CAPÍTULO 10
Devlin sabía que no debía haberla besado de aquella manera,
pero no era tan fuerte como para resistirse a la tentación. El sabor de
Laurel era dulce, con un toque de genio vivo que le daba un matiz
picante. Le gustaba. Sin embargo, no se necesitaba ser un genio para
saber que la buena de la doctora no se sentía especialmente contenta con
él en aquellos momentos. Sin duda, no apreciaba su brusca llamada
telefónica. Pero si lo que quería eran palabras rimbombantes y modales
elegantes, había elegido al hombre equivocado como amante.
Tiró de su cabello de forma juguetona.
—¿Hasta qué punto estás cabreada?
Laurel entrecerró los ojos. Las ojeras que había debajo de sus
ojos le recordaron a Devlin que los últimos días tampoco habían sido
fáciles para ella. Quizás era un perfecto egoísta, pero no se arrepentía de
nada de lo que había sucedido entre ellos.
—La próxima vez que quieras algo, pídemelo, o descubrirás que
no respondo bien a las órdenes. Vuelve a hacerlo y esperarás aquí
sentado hasta que el infierno se congele.
Laurel se deslizó sobre el asiento para poner distancia entre
ellos. Devlin se echó a reír, volvió a acercarla a él y la besó de nuevo. La
resistencia de Laurel se desvaneció poco a poco, se apoyó en él y, por el
momento, se contentó con que él la abrazara.
—Ahora que hemos aclarado este asunto, ¿por qué me has hecho
venir avisándome con tan poca antelación?
—¿Acaso necesito una razón para hacerlo?
—Sí que la necesitas, sobre todo cuando me haces salir de una
reunión con mi jefe y tu coronel Kincade.
Esta información despertó el interés de Devlin.
—¿Qué quería el imbécil de Kincade? ¿No tiene suficiente con
que todos hayamos pasado tus malditas pruebas?
Si sus palabras le resultaban cortantes a Laurel, peor para ella.
—No son «mis» pruebas, Devlin. Además, ¿cómo sabes que todos
las habéis superado?
El mal genio volvió a asomarle en los ojos.
—No te preocupes, doctora, no hemos pirateado tus archivos
médicos. —Aunque, ahora que lo pensaba, no era una mala idea. D.J.
podía hacerlo sin dejar ningún rastro—. La mayoría de los Paladines
locales y unos cuantos de los importados estuvieron ayer en mi piso
tomando pizza y cerveza. Supongo que no te parecerá extraño que la
cuestión de los escáneres obligatorios constituyera un tema de interés
para todos.
—Mmm... Por lo visto, os lo pasasteis mucho mejor vosotros que
yo. Yo estuve en el laboratorio hasta altas horas de la madrugada
analizando los resultados y redactando los informes. —Laurel apoyó la
cabeza en el brazo de Devlin y cerró los ojos—. ¡Tengo unas ganas de ir
a casa esta noche!
Él deseaba con toda su alma estar allí esperándola, pero no sería
sensato. Incluso en aquel momento, no disponía de mucho tiempo, pues
tenía que regresar al Centro para hablar con sus compañeros. Si el
camarero no se daba prisa con lo que habían pedido, tendrían que
envolvérselo para que pudieran llevárselo. Devlin buscó al camarero con
la mirada y éste le indicó, con una seña, que su pedido estaba en camino.
—Volviendo al coronel Kincade...
Laurel exhaló un suspiro.
—Quiere que os realicemos escáneres con regularidad, aunque,
cuando me fui, todavía no habíamos tomado ninguna decisión en firme.
¡Mierda, él ya se temía algo parecido!
—¿Crees que se saldrá con la suya?
—No lo sé. El establecimiento de las pruebas siempre ha
dependido de Investigación, no de Intendencia, pero Kincade se muestra
muy insistente. Además, después de lo que ocurrió el otro día, es posible
que Regencia se ponga del lado de Kincade. Sé que todos vosotros odiáis
las pruebas y los escáneres, pero si logramos determinar qué parte de
vuestra fisiología permite que reviváis y os recuperéis de las heridas tan
horribles que sufrís, quizá podamos controlar los efectos perjudiciales
que padecéis a largo plazo.
—Nos ha ido muy bien durante siglos sin saber la causa.
Laurel tuvo la cara de echarse a reír.
—¿Quién habría pensado que un tío grande y duro como tú sería
tan carca? Sólo porque algo se haya hecho siempre de la misma manera
no quiere decir que ésta sea la única forma de hacerlo, ni tampoco la
mejor. ¿Qué pasaría si consiguiéramos que los resultados mejoraran y
vuestro proceso fuera más lento? ¿Eso no merecería que os realizáramos
unas cuantas pruebas más?
Quizá sí, pero ¿qué pasaría si los resultados mejoraran pero ellos
continuaran convirtiéndose en Otros sin previo aviso? Y, ¿no había dicho
el doctor Neal que sus resultados habían mejorado?
—¿El doctor Neal te ha mencionado algo acerca de mis
resultados?
—No, hemos tenido el tiempo justo de catalogar los resultados
de las pruebas que hemos realizado cada uno y no hemos podido
contrastar los informes. Pensaba hacerlo esta tarde. ¿Y a ti te ha dicho
algo?
—Me comentó que le llamaron la atención un par de datos
porque habían disminuido en relación con el escáner que me realizaste el
otro día.
Antes de que ella pudiera responder, el camarero se acercó con
una gran bandeja apoyada en el hombro. Dejó la comida sobre la mesa y
Laurel y Devlin se concentraron, durante unos minutos, en las pizzas.
Devlin, prácticamente, engulló la suya, y también un pedazo de la
de Laurel. Le habría gustado tener tiempo para pasear con ella hasta el
muelle, como hicieron la otra vez, pero los dos tenían asuntos urgentes
que atender.
—Gracias por venir.
—Todavía no me has dicho por qué me has llamado.
Laurel se limpió la boca con la servilleta y la dejó encima de la
mesa.
—Quería asegurarme de que estabas bien.
Devlin le había pedido a Trahern que la siguiera hasta el
restaurante y de vuelta hasta Investigación para averiguar si alguien
mostraba interés en sus idas y venidas. Sabía que podía confiar en
Trahern para protegerla, pero tenía por delante una larga espera hasta
que él lo telefoneara para decirle que había llegado sana y salva al
laboratorio.
—¿Hay alguna razón para que no lo esté?
Devlin se preguntó qué podía contarle. Lo ideal sería contarle lo
suficiente para que fuera más cautelosa pero no tanto como para que
regresara a Investigación histérica y pusiera a todo el mundo en estado
de alerta. Su Tutora no era una mujer débil, pero sólo veía lo bueno de
los demás.
El hecho de que creyera que los Paladines podían salvarse
demostraba lo inocente que era en realidad.
Devlin dio una rápida ojeada a los clientes del restaurante para
asegurarse de que no había nadie que le resultara familiar.
—Últimamente han ocurrido muchas cosas que no cuadran.
Estamos intentando resolver la situación, pero, de momento, tenemos
más preguntas que respuestas.
—¿Preguntas acerca de qué? Ya te he explicado lo de los
escáneres.
—No, no me refiero a nada relacionado con vosotros, pero en
nuestro entorno han estado ocurriendo cosas raras. Probablemente no se
trate de nada serio, pero por si acaso estamos siendo más prudentes que
de costumbre.
Para empezar, no confiaban en ninguno de los guardias. Ni en
Kincade. Ni siquiera en nadie de Investigación. Hasta que descubrieran
quién trataba con los Otros, todo el mundo era sospechoso. Salvo los
Paladines y la mujer que estaba sentada a su lado.
—No me lo estás contando todo, ¿verdad?
En realidad, no se trataba de una pregunta.
Devlin se encogió de hombros. Aquella mujer tenía la tendencia
de arremeter contra los molinos. Si creyera, aunque sólo fuera durante
un instante, que algún integrante de la organización era corrupto, no
descansaría hasta alertar a todo el mundo. Y hacer eso sería lo mismo
que pintarle una diana en la espalda.
—No.
Ella lo miró directamente a los ojos intentando descubrir su
secreto.
—Prométeme que, cuando puedas, me lo contarás.
Devlin asintió con la cabeza y, para su sorpresa, ella le dio un
beso. El sabor a orégano y cerveza negra había reemplazado al sabor
picante de su genio, pero la pasión era la misma. Ardiente, dulce y
adictiva. Laurel estaba jugando con fuego y los dos lo sabían. Al final,
uno de ellos demostró tener el sentido común de terminar el beso. Y
Devlin estaba casi seguro de que no había sido él.
—Tengo que volver al laboratorio.
Sus labios estaban hinchados y resultaban muy tentadores.
—Deberíamos salir por separado.
Laurel no estaría sola, pero Devlin no se lo contó.
—¿Te veré más tarde?
Una sombra oscureció sus ojos, porque ella ya conocía la
respuesta a su pregunta.
—No.
Laurel estampó en su cara una sonrisa resplandeciente.
—Bueno, pues, ha sido un placer, señor Bane. Gracias por la
comida.
Él se levantó del asiento para dejarla salir, aunque deseaba con
todas sus fuerzas no tener que hacerlo. Pero ella tenía obligaciones a las
que atender y lo cierto era que él también. Sin embargo, en cuanto
pudiera, lo dejaría todo a un lado para pasar otra noche en la cama de
Laurel.
Ella debió de percibir la dirección que seguían los pensamientos
de Devlin, porque le ofreció una de esas sonrisas femeninas y
misteriosas, una de esas sonrisas que hacen que los hombres caigan de
rodillas. Devlin retrocedió medio paso antes de darse cuenta de lo que
estaba haciendo y Laurel sonrió abiertamente.
—¡Gallina!
La muy picara le dio una palmadita en la mejilla y pasó con
rapidez junto a él camino de la puerta.
Por si esto fuera poco, añadió un poco de balanceo extra a su
caminar. Devlin intentó convencerse de que, en beneficio de Laurel,
deberían limitar su relación al sexo apasionado, unas cuantas risas y
nada más. Pero cuando ella le lanzó una última y dulce mirada desde la
puerta, supo que no podría hacerlo.
Maldiciendo entre dientes, sacó el móvil del bolsillo del pantalón
y pulsó uno de los números de marcación rápida.
—Acaba de salir. Mantenme informado.


Devlin había convocado a los Paladines que conocía mejor y en
los que más confiaba. Tras años de luchar juntos contra un enemigo
común, se sentían como hermanos: cada uno como un arma afilada contra
la oscuridad.
Devlin dobló la mano con la que empuñaba y deseó saber con
exactitud a qué se enfrentaban. El traidor terminaría por delatarse y ellos
lo atraparían, pero si la traición tenía sus orígenes en Regencia, ¿quién
sabía hasta qué escalón del alto mando llegaba?
La puerta de su despacho se abrió y sus amigos entraron en fila.
A menos que el coronel Kincade eligiera aquel momento para realizar una
de sus visitas inesperadas, a nadie le extrañaría que Devlin y sus amigos
quisieran pasar un rato juntos. De hecho, solían reunirse con frecuencia
en su despacho para charlar.
D.J. se dejó caer en una silla y apoyó las botas en el escritorio de
Devlin. Cullen le hizo el favor a Devlin de volver a poner los pies de D.J.
en el suelo. Aunque Devlin agradeció su gesto, ambos sabían que era
inútil. D.J. no sentía el menor respeto por sus pertenencias, de modo que
era mucho menor el que sentía por las pertenencias de los demás. Sus
gastadas botas de combate estarían rayando la superficie de madera del
escritorio en cuestión de segundos.
Trahern fue el último en cruzar el umbral. Una vez dentro, cerró
la puerta en silencio. Como de costumbre, se quedó apoyado en la pared,
tan lejos de los demás como le fue posible. Seguro que no hablaría mucho
durante la reunión, pero, cuando lo hiciera, sus compañeros lo
escucharían con atención. Tenía la virtud de ver más allá de la paja e ir
directamente al corazón de cualquier asunto.
D.J. levantó la mano, como un niño pidiendo la atención de la
maestra.
—¿Nos cuentas por qué nos has reunido aquí, Dev? Tenía
planeado dedicar la tarde a investigar.
Cullen soltó un respingo.
—Querrás decir que ibas a entrar en el sistema de seguridad de
algún pobre desgraciado para incrementar las posibilidades de negocio
de tu nuevo programa.
—Yo prefiero considerarlo un estudio de mercado.
La expresión inocente de D.J. no engañó a nadie.
Devlin intentó no echarse a reír, pero no pudo evitarlo.
—Lo siento, D.J., pero hoy no tendrás tiempo para placeres,
quiero que hagas ciertas indagaciones por mí.
La sonrisa de D.J. se volvió depredadora.
—¿Algo más sobre los guardias nacionales? He investigado a la
mayoría de los locales, pero no he averiguado nada. ¡Puñado de jodidos
Boy Scouts!
—Amplía el campo de investigación y sigue buscando a diario. En
algún momento, aparecerá alguna cosa.
Devlin se sentó en el borde de su escritorio y miró, uno a uno, a
sus amigos. Él confiaría su vida a aquellos hombres y, lo que era más
importante, también les confiaría la vida de Laurel.
—Todos conocéis una parte de lo que voy a contaros, pero
empezaré por el principio para refrescaros la memoria. —Cerró los ojos
momentáneamente para poner en orden sus pensamientos—. La última
vez que morí, las manos que sostenían la espada eran humanas. Esta es
la razón de que D.J. haya estado indagando en las cuentas bancarias de
los guardias. Alguien tiene que tener una buena razón para ir por mí.
Como no conozco a ningún guardia que tenga algo pendiente conmigo,
deduzco que la motivación debe de ser el dinero. Y, además, espero que
lo sea, porque así tendremos la oportunidad de atraparlo.
—Volveré a investigar las cuentas cuando acabemos la reunión.
D.J. se dispuso a apoyar, de nuevo, los pies en el escritorio, pero
la mirada iracunda de Devlin lo dejó helado. D.J. sonrió avergonzado y se
sentó más recto.
Devlin retomó su explicación.
—En realidad no he visto a nadie, pero mi instinto me dice que
alguien me ha estado siguiendo, tanto abajo, en los túneles, como en las
calles.
Sus amigos no cuestionarían que él se guiara por sus instintos.
Ninguno de ellos habría vivido tanto sin un instinto de supervivencia
altamente desarrollado.
Cullen habló en boca de todos.
—¡Hacen falta cojones! Ese estúpido bastardo ya debe de saber
que es un muerto viviente. A cualquiera de nosotros nos encantaría
destriparlo con un arma mellada por lo que ha pretendido hacer.
—Por esto creo que debe de haber una buena cantidad de dinero
detrás del ataque. Tienen que hacer que valga la pena arriesgarse. Sin
embargo, detrás de esto hay algo más que una persona cabreada
conmigo. Esta mañana, D.J. ha recibido los resultados de las pruebas que
realizó su amigo de Investigación. Las bolsas que encontramos contenían
restos de un polvo azul. Por lo visto, éste tiene que provenir del otro
lado de la barrera, porque no hay nada que se le parezca aquí, en la
Tierra.
—Así es —corroboró D.J.—. Mi amigo no pudo realizar un
análisis exhaustivo debido a la poca cantidad de polvos azules que
quedaba en las bolsas. Él cree que procede de algún tipo de granate,
aunque, en nuestro mundo, éstos no son azules. Todavía no sabemos
para qué sirven. Tendremos que conseguir algo más que polvo para
averiguarlo.
Devlin paseaba sin descanso desde la pared donde estaban
colgadas sus armas hasta el otro extremo de la habitación.
—Desde el momento en que encontramos las bolsas, algo me
ha estado preocupando y, al final, he descubierto de qué se trata. La
primera vez que volví a los túneles después de mi última muerte, acorralé
a un par de varones de los Otros cerca de la superficie. Parecieron muy
sorprendidos por tener que luchar. El más viejo incluso me preguntó por
qué estaba yo allí, pues ellos ya habían pagado. Alguien les ha dicho que
pueden acceder libremente a la superficie si pagan un buen soborno. A
continuación, el jodido bastardo nos suelta para que arreglemos el
embrollo que ha montado. Ahora entiendo por qué tantos de los Otros
han cruzado la barrera últimamente.
La tensión en la sala aumentaba minuto a minuto. Los Paladines
no eran siempre hombres agradables, pero hasta el último de ellos era un
hombre de honor. Para ellos, arriesgar la seguridad del mundo en
beneficio propio resultaba impensable. Quien estuviera manejando los
hilos en la sombra tenía mucho por lo que responder.
—En estos momentos la barrera está estable, pero el Mount St.
Helens ha estado escupiendo vapor y cenizas con mucha frecuencia en
los últimos tiempos. La próxima vez que lo haga podría ser crítica.
Cuando llegue el momento, quiero que estemos en los túneles mucho
antes de que el volcán entre en erupción para coger a quien mató a los
guardias y rajó las bolsas antes de que pueda actuar de nuevo.
—¿Crees que se trata de la misma persona que te ha estado
siguiendo? —preguntó Cullen.
—No puedo saberlo con certeza, pero parece lógico. Yo diría que
quien hace el trabajo sucio cobra por su disposición a matar, no por su
cerebro. Alguien piensa por él.
Devlin se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Cullen con los ojos
entrecerrados y una sonrisa sombría en el rostro—. Además de matar a
ese hijo de puta, claro.
—Yo también quiero verlo muerto, pero es más importante que
obtengamos información. —Alzó una mano y empezó a enumerar con los
dedos lo que tenían que hacer—. Primero tenemos que encontrar el
rastro del dinero, porque ahí encontraremos muchas respuestas. En
segundo lugar, quiero conseguir algunas de esas piedras azules para
analizarlas. Cuando averigüemos para qué sirven, tendremos más
información sobre quién las quiere. Y, por último, quiero ponerle las
manos encima a la rata que va tras de mí.
Devlin miró a Trahern. No quería mencionar a Laurel, y sin
embargo era culpa suya que ella estuviera implicada en aquel asunto. Por
otro lado, a ella no le gustaría que mezclaran su nombre con el de él, al
menos no delante de los otros Paladines.
Trahern comprendió lo que estaba pensando y se encogió de
hombros.
—¿Quieres que yo les cuente el resto o se lo cuentas tú?
¡Maldita sea, no, él no quería contarlo!
—Quizá sea mejor que lo hagas tú, ya que eres tú quien ha
encontrado las pruebas. Yo llenaré los huecos que dejes cuando hayas
terminado tu relato.
Cullen y DJ. se volvieron para mirar a Trahern.
—¿El resto de qué?
—Alguien ha estado espiando a la doctora Young.
—¿Cómo lo sabes?
—Encontré un montón de colillas detrás de un contenedor de
basura. Desde allí, se ve perfectamente la puerta de su casa. —Los ojos
claros de Trahern se oscurecieron hasta adquirir el tono del acero—.
También encontré colillas de la misma marca al otro lado de la calle,
cerca de una parada de autobús. Demasiadas colillas para la espera de un
autobús que pasa cada media hora.
Cullen fue directo al grano.
—¿Y cuál es la razón de que estuvieras por allí?
Trahern clavó la mirada en Devlin asegurándose de que
resultara totalmente inexpresiva.
—El día que ella desconectó a aquel Paladín, Devlin fue a su
casa para ver cómo se encontraba. Creemos que alguien lo siguió. Es
posible que algún sin techo duerma allí todas las noches y que las colillas
sean suyas, pero lo dudamos. Tanto Devlin como yo creemos que ese
tipo va detrás de Devlin y espera atraparlo saliendo de la casa de la
doctora Young.
Cullen volvió a dirigir su atención hacia Devlin.
—¿Has vuelto a la casa de la doctora? ¿Cuántas veces?
Devlin contuvo la necesidad imperiosa que sentía de maldecir a
pleno pulmón y durante un buen rato. Cullen había conseguido concentrar
en pocas palabras distintos niveles de preguntas cuyas respuestas no
eran de su incumbencia.
—Eso no importa. Ella no merece sufrir daños colaterales sólo
porque nos conozcamos.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
—No podemos hacer gran cosa respecto a las piedras azules
hasta que la presión aumente y la barrera vuelva a fluctuar. Tal como han
ido las cosas últimamente, esto podría ocurrir en cualquier momento. En
cuanto a mi problema, Trahern y yo hemos planeado dar caza al
escurridizo bastardo.
D.J. se enderezó como un perro de caza que ha avistado una
presa.
—¿Y qué hay de la doctora Young? Yo estaré encantado de
protegerla. Vaya, que si no le importa que tú husmees a su alrededor,
quizá también me permita consolarla a mí.
El genio de Devlin estalló con furia. Levantó a D.J. de la silla
cogiéndolo de Ja camisa y le dio un puñetazo en el estómago con todas
sus fuerzas.
—¡MUESTRA MÁS RESPETO HACIA ELLA O TE LANZARÉ
DESDE EL MUELLE MÁS CERCANO DE UNA PATADA EN EL CULO!
Después le dio un empujón y D.J. cayó al suelo retorciéndose de
dolor. Devlin miró a Cullen.
—¿Alguna otra pregunta?
—Bueno, diría que no.
Trahern rio con voz ronca y levantó las manos simulando
rendirse.
—A mí ya me lo diste ese sermón.
—De acuerdo, entonces, manos a la obra. No le he explicado a la
doctora Young nuestros descubrimientos porque cada pensamiento que
cruza su mente se le refleja en la cara como si fuera una maldita valla
publicitaria. Si le dijéramos que tuviera cuidado con los guardias, se
pondría nerviosa cuando estuviera cerca de ellos y pondría sobre aviso al
maldito bastardo. Y yo no puedo llevarle los libros a casa todas las
noches como un colegial enamorado sin crear todo tipo de
complicaciones.
—¿Dónde nos deja todo esto a nosotros? —declaró D.J. con voz
dolorida cuando consiguió sentarse.
—En la medida de lo posible, debemos escoltarla. Pero sin que
ella lo sepa. —Devlin le ofreció la mano a D.J. para ayudarlo a levantarse
en señal de reconciliación—. Podríamos vigilarla en parejas y por turnos.
Trahern vigilará su casa esta noche. Yo la seguiré hasta allí desde
Investigación y vosotros dos podríais hacer lo mismo mañana.
—A mí ya me va bien —declaró Trahern—. Y, si no te importa, le
pediré a alguien que me debe un par de favores que intente averiguar
algo.
Devlin frunció el ceño.
—¿Estás seguro de que puedes confiar en él?
—Apostaría mi vida.
Trahern lo miró a los ojos sin siquiera parpadear.
—Con eso me basta.
—Muy bien. Si no me necesitáis para nada más, me voy.
Trahern salió de la habitación y DJ. lo siguió renqueando y
frotándose el estómago.
Cullen se quedó atrás hasta que sus amigos desaparecieron.
—¿Qué pasa?
Devlin sabía que su pregunta sonaba agresiva, pero Cullen ya
estaba acostumbrado a eso.
—Estaba pensando que la doctora Young no es tu tipo habitual.
—¿Qué demonios significa esto? No sabía que tenía un tipo.
Devlin se preparó para darle un puñetazo a otro de sus amigos.
—En general, limitamos la elección de nuestras mujeres a las
que ya han estado por aquí una o dos veces y no esperan más que pasar
un buen rato con nosotros, sobre todo en la cama. Pero Laurel Young no
es de ese tipo. Ella es demasiado buena para nosotros.
Devlin lo sabía e incluso estaba de acuerdo, pero eso no quería
decir que aceptara que Cullen se lo restregara por las narices.
—Guárdate tus opiniones donde te quepan. —Afianzó los pies en
el suelo—. Lo que hay entre ella y yo no es susceptible de ser discutido,
ni siquiera entre tú y yo. Quizá, menos contigo que con nadie.
Lo que a Cullen le faltaba en tamaño, le sobraba en mala idea
cuando se trataba de luchar. Ya se habían peleado antes, pero nunca
tanto como para hacerse daño. Devlin tenía la sensación de que esto
estaba a punto de cambiar.
Cullen retrocedió para disponer de más espacio para maniobrar.
—Esto es una gilipollez, Devlin, y tú lo sabes. Si te acuestas con
Laurel, ella oirá campanadas de boda y soñará con bebés que tendrán tu
fea cara.
—¡Cállate, Cullen! No sabes de lo que hablas.
Devlin enrojeció y Cullen se quedó boquiabierto.
—¡Oh, mierda! ¡Ya lo habéis hecho!
Eso fue el detonante. El puño izquierdo de Devlin cerró la boca
de Cullen y lo hizo tambalearse varios pasos hacia atrás. Devlin lo siguió,
pero antes de que pudiera fulminarlo con otro puñetazo, Cullen le propinó
unos cuantos. El muy jodido era resbaladizo como una serpiente y
combinaba las artes marciales con la lucha callejera. Al poco rato, la
sangre caía por el rostro de Devlin desde un corte en su ceja derecha. A
Cullen no le iba mucho mejor, pero seguía dando saltitos de una pierna a
otra.
—¡Vamos, sé que puedes hacerlo mucho mejor! —exclamó
Cullen.
Devlin arremetió contra él y lo lanzó sobre una silla que se hizo
añicos bajo el impacto de los dos hombres. Ambos cayeron al suelo
arrastrando con ellos una lámpara y una mesita. Devlin tenía a Cullen
aprisionado bajo su cuerpo y estaba a punto de golpearle la cabeza
contra el suelo de madera cuando algo parecido a los últimos resquicios
de su desorientada conciencia le contuvo la mano.
Devlin, respirando con pesadez, se volvió a un lado e intentó
controlarse. Cullen permaneció donde estaba durante unos segundos y,
después, se sentó con lentitud.
—Te ha dado fuerte, ¿eh?
Cullen sonrió, se enjugó un hilo de sangre que le caía de la boca
con la manga de la camisa y comprobó si se le había aflojado algún
diente.
Esta vez Devlin no se molestó en ocultarlo.
—Me tiene atado y bien atado, sí señor, pero no quiero hablar
de ello. Nuestra relación no va a ninguna parte y los dos lo sabemos.
—Está bien. Bueno, tengo que ir a ayudar a D.J. con su espionaje
informático.
Devlin se puso de pie poco a poco y el dolor que experimentó en
un par de costillas le hizo realizar una mueca. Al menos, no creía que
estuvieran rotas. A continuación, miró a Cullen y se echó a reír. Éste
soltó una sarta de maldiciones subidas de tono e intentó moverse con
lentitud para no sentir dolor. Pero no lo consiguió.
—Mientras jugáis a los ciberjuegos, averigua si es posible
acceder a nuestros expedientes médicos sin dejar ningún rastro.
Cullen sonrió. La pelea ya estaba olvidada.
—Olvidas con quién estás hablando. Yo tengo un cierto talento
para entrar y salir de lugares cerrados en la red, pero D.J. es un jodido
genio. ¿Quieres algo en particular?
—No, sólo quiero saber si podemos hacerlo. El coronel Kincade
no está contento con los resultados de los escáneres y no me
sorprendería que intentara modificar alguno de ellos. Vale la pena que
los tengamos vigilados. —Devlin bajó la voz—. Sobre todo el de Trahern.
—Yo me encargo. Cuídate, Devlin, y hazme saber si hay algo que
yo pueda hacer para ayudar. —Cullen se dirigió a la puerta cojeando y,
justo antes de salir de la habitación, se volvió y miró a Devlin con
simpatía—. Creo que siento celos, afortunado bastardo. Mantenía a salvo.
Y, si le haces daño, reemprenderemos la pelea donde la hemos dejado.
—De acuerdo.
Si la situación fuera a la inversa, él sería el primero en blandir
los puños.
Devlin contempló su escritorio y el montón de papeles apilados
en una esquina. Además, también estaban todos los e-mails que tenía que
responder. En lugar de ponerse a trabajar, decidió que tenía tiempo para
comprobar cómo estaba Lonzo antes de que Laurel acabara la jornada
laboral. Además, esto le proporcionaba una excusa legítima para estar
por aquella zona. Satisfecho con su plan, salió de su despacho y cerró la
puerta con llave.


Tenía que hacer algo y pronto. Cada vez que sonaba el teléfono,
se llevaba un susto de muerte. Hasta entonces, aquel hombre había
tenido paciencia, pero no seguiría así durante mucho tiempo. No le había
indicado una fecha límite, pero nadie ofrecía tanto dinero por un trabajo
sin esperar que se le diera prioridad.
Por suerte, al final se le había ocurrido un plan para acabar con
Devlin Bane. Si secuestraba a Laurel Young, Bane bajaría hasta el
infierno para intentar salvarla, aunque esto implicara la muerte definitiva
para él.
Su cigarrillo se había consumido hasta quedar sólo la colilla. La
dejó caer al suelo y la apagó con el tacón. Había oscurecido demasiado
para arriesgarse a encender otro. Antes de atraer a su presa fuera de
casa, tenía que ocuparse de un pequeño problema. No sabía qué había
llevado a Trahern a montar guardia en los alrededores de la casa de
Laurel, pero lo último que quería era que aquel bastardo medio loco
fuera por él con la muerte en la mirada.
Así que había preparado una pequeña distracción para Trahern.
No lo engañaría durante mucho tiempo, pero lo obligaría a revelar su
posición. Aunque él no podía competir con un Paladín como Trahern,
tenía muy buena puntería. Era poco probable que Trahern se recuperara
de un disparo en la cabeza, pero, aunque lo hiciera, estaría fuera de
combate el tiempo suficiente para que él llevara a cabo el resto del plan.
Comprobó el estado del rifle y de las miras. La lente de visión
nocturna proporcionaba a su entorno una tonalidad artificial, pero le
permitía percibir muchos más detalles que la de visión normal. Desde su
posición en el tejado del edificio situado frente al de la doctora Young,
disponía de una visión clara de todo el que se acercara a su casa. La
vibración del móvil le anunció que el paso siguiente del plan estaba a
punto de ponerse en marcha. Se acomodó en el tejado y esperó que el
espectáculo empezara.


¡Dios, qué cansada estaba! ¡Cuánto tiempo sin dormir
profundamente una noche entera! Cerró la puerta, corrió el pestillo, se
quitó los zapatos y dejó el bolso encima de la silla más cercana. Además,
echaba de menos a Devlin. Claro que, si él estuviera allí, no dormirían
mucho, pero ése era un sacrificio que estaba dispuesta a realizar.
Devlin le había dicho que aquella noche no se verían, y ella
creyó en el pesar que percibió en sus ojos verdes tanto como en sus
palabras. Aunque ella no tuviera mucha experiencia, una mujer sabía
cuándo un hombre la quería. Todavía sentía el calor de la mirada de
Devlin cuando ella se volvió en el restaurante para sonreírle.
Entró en la cocina para servirse un té con hielo. Un vaso de
vino le apetecía más, pero todavía tenía que hacer algunas cosas antes
de dar por terminado el día. La cena que había encargado llegaría, más o
menos, en media hora. Mientras, se pondría sus pantalones cortos
preferidos, los de franela, y una camiseta ancha.
Quizá vería una película mientras cenaba; algo tierno y
romántico.
Esperó en el salón la llegada de la cena. Su madre se horrorizaría
si supiera que apenas cocinaba. Ella sabía cocinar, claro. Su madre se
había encargado de que así fuera, porque se esperaba que una mujer
cocinara para su familia. Sin embargo, estudiar durante doce horas al día
en la facultad de medicina y trabajar todavía más en su ocupación actual,
le dejaba poco tiempo libre para las faenas domésticas.
Sonó el timbre de la puerta. Tras comprobar por la mirilla que se
trataba del repartidor, abrió y le entregó un cheque a cambio de una
bolsa que contenía varias cajas blancas. Con el olor a soja y ajo se le
hizo la boca agua.
Dejó la bolsa sobre la encimera para coger un plato y cubiertos.
Sin embargo, antes de que sacara las cajas de la bolsa, unos gritos y el
chirrido de una plancha de metal al chocar contra algo sólido quebraron
la paz y la tranquilidad del ambiente. La adrenalina hizo que saliera de su
casa y corriera hacia el lugar del accidente sin tiempo a darse cuenta de
lo que hacía. Ella podía ofrecer primeros auxilios hasta que llegara una
ambulancia.
Por el estado del pequeño coche de importación, que estaba
aplastado contra el edificio de enfrente, no tuvo ninguna duda de que
habría algún herido, quizá más de uno. Laurel corrió de vuelta a su casa
para coger el maletín médico que guardaba en el armario del recibidor.
Tuvo que realizar varias maniobras para abrirse paso entre las
personas que se iban aproximando al lugar de los hechos. Concentrada
como estaba en su objetivo, no se dio cuenta de que ya no estaba sola y,
cuando pasaba junto a un contenedor de basura, una mano grande la
cogió del brazo y tiró de ella hacia un callejón. Antes de que pudiera
hacer algo más que soltar un grito de indignación, otra mano le tapó la
boca.
—No grites, Laurel. Soy yo. Te necesito.
La áspera voz de Devlin junto a su oído la dejó flácida y
temblorosa. Asintió con la cabeza para que la soltara y después se volvió
hacia él dispuesta a cantarle las cuarenta.
—¿Estás loco? ¡Me has dado un susto de muerte! ¡Otra vez! —
Entonces se acordó del accidente—. Tengo que ir a ver si hay algún
herido.
Devlin se interpuso en su camino.
—Te necesito más aquí.
—Puede haber alguien muñéndose ahí fuera.
Devlin la miró con expresión sombría.
—Lo siento. La ambulancia llegará en cualquier momento, pero
Trahern no puede esperar.
Devlin tenía razón, el sonido de la sirena aumentaba por
momentos.
—¿Trahern está herido? No me han llamado.
—No tenían por qué hacerlo. Está aquí, en el callejón. —Devlin la
cogió del brazo y tiró de ella hacia el fondo del callejón—. Le han
disparado. No podemos dejarlo morir.
Laurel dejó de pensar en el accidente de coche y se concentró
en seguir a Devlin mientras se arrepentía de no haberse puesto zapatos
antes de salir de casa. El callejón estaba relativamente limpio, pero las
piedras y demás objetos que había por el suelo hacían que caminar le
resultara doloroso.
Tropezó por segunda vez y Devlin se dio cuenta de su problema.
Sin dejar de caminar, la tomó en brazos y la llevó hasta el otro extremo
del callejón, donde Trahern yacía tumbado tras unas cajas. ¡Oh, Dios! ¡No
se movía! El miedo que experimentó por él la quemó como si se tratara
de un ácido, ¿ Cuántas veces más podía morir Trahern y volver a revivir
como un ser humano?
No muchas.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:03 pm

CAPÍTULO 11
Devlin dejó a Laurel en el suelo y aplastó una de las cajas para
que ella pudiera arrodillarse encima. Laurel se agachó junto a Trahern
temiendo por su vida. Un chorro de sangre se extendía por el costado
derecho de su camiseta y había formado un charco en el suelo. Le tomó
el pulso y se sintió aliviada al comprobar que era regular. Trahern abrió
los ojos.
—¿Doctora? —preguntó mientras hacía un amago de sentarse.
Laurel apoyó las manos en los hombros de Trahern y lo empujó
con suavidad hacia atrás.
—Sí, Blake, soy yo. Intente no moverse hasta que compruebe la
gravedad de su herida.
Laurel intentó levantarle la camiseta, pero estaba pegada a la
sangre, que ya se estaba espesando. Sacó un bisturí del maletín para
cortar la tela, pero era demasiado lento.
—Devlin, necesito tu cuchillo.
Una hoja de aspecto mortífero apareció frente a la cara de
Laurel.
—No hagas ninguna filigrana, Laurel, tenemos que sacarlo de
aquí antes de que uno de esos polis que se están reuniendo ahí afuera
decida husmear por aquí. Ahora mismo, es lo que menos nos conviene.
—Yo puedo caminar.
Trahern intentó, una vez más, incorporarse.
—¡Estese quieto! Si vuelve a moverse podría cortarle con el
cuchillo y, ahora mismo, es lo último que le faltaba.
Laurel consiguió cortar un trozo de la camiseta y ver la herida
con más claridad. Normalmente, las heridas que ella curaba a los
Paladines eran heridas de arma blanca, pero aquélla la había producido
un arma de fuego. La bala había atravesado el abdomen de Blake.
Devlin miró la herida por encima del hombro de Laurel.
—¿Es grave?
—Sangra mucho, pero no es una herida mortal.
Laurel cogió varias gasas de su maletín y las utilizó para aplicar
un vendaje provisional de presión sobre la herida de Trahern. A
continuación, las sujetó con esparadrapo. Cuando sacaran a Trahern de
allí le curaría mejor la herida, pero, en aquel momento, los dos hombres
estaban tensos por la necesidad de salir del callejón. Era de entender:
ella también se sentía muy expuesta en aquel lugar.
—El vendaje aguantará hasta que lo llevemos adentro.
Laurel se incorporó. Devlin tenía la espalda contra la pared y
sostenía una horrible pistola en la mano. Siempre parecía peligroso, pero
ésta era la primera vez que ella le veía la expresión de lucha en el rostro.
Y la asustó, aunque sabía que la estaba protegiendo a ella y a su amigo
herido.
—Ya podemos irnos, Devlin.
Devlin observó a Laurel y, después, bajó la vista hacia Trahern.
—Quedaos aquí hasta que compruebe cómo está la calle.
La policía todavía estaba investigando el accidente. Lo último que
les convenía era pasar junto a ellos llevando a Trahern a rastras y con la
camiseta ensangrentada y hecha jirones. Mientras Devlin ideaba una ruta
segura, Laurel rodeó los hombros de Trahern con el brazo y lo ayudó a
sentarse. Ninguno de los Paladines demostraba sentir dolor, pero
Trahern tenía la cara empapada en sudor y se mordía el labio para no
gemir.
Laurel odiaba y admiraba al mismo tiempo el estoicismo de los
Paladines.
—Si maldecir le ayuda, hágalo, porque al ponerse de pie le dolerá
todavía más.
Trahern no malgastó su aliento hablando hasta que se hubo
levantado. Mientras Laurel recogía su equipo médico, Trahern se apoyó
en la pared y cerró los ojos. A juzgar por su palidez, lo único que lo
mantenía en pie era la pura obstinación. Laurel no podía limpiar la sangre
del suelo, pero la tapó con la caja para que no se viera a simple vista.
—¿Lo intentamos?
Laurel pasó el brazo de Trahern por encima de sus hombros y lo
ayudó a caminar por el callejón. No habían dado más que unos pasos
cuando Devlin regresó. Enseguida cogió a Trahern por el otro lado.
—Casi todo el mundo sigue concentrado alrededor del coche
accidentado. He tardado tanto porque quería ver qué había pasado. Por lo
visto, el coche estaba vacío. El propietario está histérico porque la
policía lo acusa de negligencia por dejar el coche en punto muerto y sin
el freno de mano, pero él jura que siempre deja el freno puesto y que
alguien tiene que haber manipulado el coche. Los polis no se creen su
versión porque el coche estaba cerrado con llave. Cualquier persona que
hubiera intentado abrirlo, habría disparado la alarma.
Trahern sacudió la cabeza.
—El accidente estaba programado para ocultar el ruido del
disparo.
—Lo mismo creo yo. —Devlin se puso de lado para situarse
entre Trahern y la multitud que había una manzana más allá—. No puedo
sostenerte mientras estemos al descubierto. Necesito poder moverme
con rapidez por si el bastardo intenta dispararnos otra vez.
Laurel notó que Trahern traspasaba parte de su peso a los
hombros de ella.
—Lo siento, doctora, pero sólo cuento con usted.
—Vamos, hombretón, crucemos la calle.
Reiniciaron la marcha buscando un ritmo común. Por cada paso
que daba Trahern, Laurel daba dos, pero consiguieron adaptarse el uno
al otro. Cuando llegaron a la acera de enfrente, dieron la espalda al
barullo provocado por el accidente y se dirigieron a la casa de Laurel.
Devlin se interpuso en su camino.
—¿Por qué está la puerta abierta de par en par?
—Es probable que no la cerrara al salir. Cuando oí el choque,
salí corriendo y, después, volví a entrar para coger el maletín.
—Esperad aquí.
Devlin sacó la pistola y desapareció en el interior de la casa de
Laurel. No tardó mucho en inspeccionarla.
—No hay nadie. —Volvió a introducir la pistola en la parte
trasera de su cinturón y sujetó a Trahern—. ¿Dónde quieres que lo deje?
—En la habitación de los invitados. Allí estará bien.
Trahern soltó un gruñido.
—Dejad de hablar como si yo no estuviera aquí. Llevadme al
lavabo y dejadme solo. Me lavaré y me iré. —Trahern miró a Devlin con
el ceño fruncido—. Necesitaré ropa limpia. Si caminara así por la calle
podría llamar la atención.
Era inútil discutir con Trahern. Laurel lo conocía lo suficiente
para saber que no se dejaría derrotar por una herida como aquélla.
—Tengo unos jerseys de hombre que podrían irle bien. Mientras
los busco, tú asegúrate de que se limpia bien la herida con un antiséptico
y aplícale una buena cantidad de esto.
—Laurel sacó un frasco de Betadine y una crema antibiótica de un
cajón—. Las vendas están en el otro lado y hay trapos y toallas limpios
en el armario de la ropa.
Mientras los dos hombres reunían los artículos de primeros
auxilios necesarios, Laurel buscó en el armario los jerseys que había
dejado su hermano la última vez que la visitara. El no era tan corpulento
como Devlin o Trahern, pero sus suaves jerseys de lana le servirían a
Trahern hasta que llegara a su casa.
Entregó los jerseys a Devlin y volvió a dejarlo a solas con
Trahern. A continuación, se fue a la cocina para calentar la cena. Cuando
Trahern y Devlin se reunieron con ella, Laurel había puesto la mesa con
tres servicios y la comida estaba lista.
—Sentaos y comed. Y antes de que me lo discuta, Blake Trahern,
recuerde que quien le habla es su doctora. Sé que es usted muy duro,
pero, o come, o llamaré al laboratorio para que vengan a buscarle y le
tengan en observación.
Sin duda lo haría. La descarga de adrenalina que le había
producido la crisis empezaba a disiparse y quería respuestas a unas
cuantas preguntas antes de acostarse.
Ninguno de los dos hombres se molestó en discutir con ella.
Devlin se sentó a su derecha.
—Has encargado mucha comida para una sola persona.
¡Oh, cielos, un hombre celoso!
—Los jerseys son de mi hermano, Devlin, y da la casualidad de
que me gusta la comida china. Normalmente, encargo suficiente cantidad
para dos o tres veces. Así me ahorro los gastos de envío.
Los dos hombres empezaron a engullir la comida como si les
fuera la vida en ello, probablemente porque sabían que ella querría
formularles preguntas y ninguno de ellos quería tener que responderlas.
Laurel los dejó comer en silencio mientras contemplaba la situación
desde distintos ángulos. ¿Qué era lo que había ocurrido?
Cuando empezaron a comer más despacio, Laurel apartó su
plato y se inclinó hacia delante.
—Muy bien, señores, ha llegado la hora de las respuestas.
—Yo tengo que irme, ahora que todavía puedo andar —declaró
Trahern.
El color de su piel había mejorado mucho, pero el dolor que
sentía se apreciaba en el rictus de su boca.
—No hasta que yo...
Devlin la interrumpió.
—Vamos, dale un respiro. Mira, llamaré a D.J., él acompañará a
Blake a su casa y se encargará de cuidarlo. Pero mientras lo esperamos,
tú prepara tus cosas.
—¿Mis cosas? ¿De qué hablas?
Devlin se había vuelto de espaldas a Laurel mientras marcaba el
número de D.J. Algo estaba pasando, algo sobre lo que ninguno de ellos
quería hablar. Pero, fuera cual fuera el problema, ahora ella estaba
implicada. Después de todo, ¿cómo podía ser que a Trahern le dispararan
en aquel callejón que estaba tan cerca de su casa? Y también estaba el
pequeño detalle de que Devlin anduviera oportunamente por allí para
salvar a su amigo.
Devlin tenía que explicarle muchas cosas, pero podía esperar a
que estuvieran a solas.
—Eh, doctora, ¿tiene algo para calmar el dolor? Un par de
aspirinas, por ejemplo.
No podía negarse a la petición de Trahern, aunque sospechaba
que lo hacía para distraer su atención.
—Iré a buscarlas.
Cuando regresó del baño, la puerta que comunicaba la cocina con
el garaje estaba abierta y Devlin y Trahern habían desaparecido. Prestó
atención un par de segundos y oyó que hablaban en voz baja en el garaje.
Un coche se detuvo junto a la puerta.
Enojada por haber caído en la trampa de Trahern, decidió
tomarse ella las aspirinas, pues dedujo que lo que Devlin le iba a contar
seguramente le produciría dolor de cabeza.
Para mantenerse ocupada, recogió la mesa y guardó los restos de
la cena en la nevera. Cuando estaba metiendo el último plato en el
lavavajillas, oyó pasos en el garaje. Una vez más, el pulso se le aceleró.
Quizá, si atraía a Devlin hasta la cama, él no podría eludir sus
preguntas. Esta idea la complació en varios sentidos, aunque no quería
saltar sobre él en cuanto entrara en la habitación. Primero le dejaría
cerrar la puerta.
Devlin entró con mirada decidida. Ella se mantuvo firme,
dispuesta a seducirlo, aunque deseaba no ser la única en no poder
esperar a estar desnudos. Sin embargo, una sola mirada al rostro de
Devlin le indicó que él tenía otros planes. Devlin se detuvo a su lado.
—¿Dónde está tu maleta?
—Yo no reacciono bien a las órdenes, señor Bane.
—Mira, Laurel, no tengo tiempo para esto. Tenemos que salir de
aquí a toda velocidad.
Sus palabras le sentaron como si le hubieran echado un cubo de
agua fría a la cara. Pocas cosas asustaban a los hombres como Devlin,
pero en aquel momento había mucha tensión en su mandíbula.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que no me estás contando?
Devlin se pasó la mano por el pelo con frustración.
—Confía en mí y haz lo que te pido. Te lo explicaré más tarde,
pero, en estos momentos, aquí, en tu casa, no estás a salvo. Coge ropa
suficiente para unos cuantos días.
Ella no pensaba salir corriendo de su casa sin una buena razón.
Se cruzó de brazos dispuesta a esperar la respuesta de Devlin.
—No pienso ir a ninguna parte hasta que me cuentes qué está
pasando.
Devlin se le acercó esperando intimidarla con su corpulencia.
—No discutas conmigo, Laurel. Hazlo, sin más, o lo haré yo por
ti y te sacaré de aquí al hombro. Cuando nos hayamos instalado en un
lugar más seguro, te lo explicaré, pero ahora no es el momento.
Laurel no dudó de que hablaba en serio.
—Está bien, lo haremos a tu manera.
Cuando pasó al lado de Devlin camino del dormitorio, él la cogió
por el brazo y la volvió hacia sí. Su boca, seria y sombría, se aplastó
contra la de ella. El sabor salvaje del guerrero listo para el combate se
mezcló con el del enfado de Laurel formando una mezcla volátil. Se
precisaba poco para que esta mezcla explotara sin control. Ella lo
deseaba, lo necesitaba. Sus lenguas se unieron y se acariciaron
calmando así sus respectivos temperamentos, pero avivando su pasión,
hasta que los dos ardieron en deseo. Devlin la levantó para que las
curvas de su cuerpo encajaran con las superficies planas del suyo propio.
—No tenemos tiempo para terminar esto.
Sin embargo, no realizó el menor movimiento para separarse de
ella; por el contrario, acurrucó la cara en su cuello.
—No parece que eso importe mucho.
Laurel deseó encaramarse por el cuerpo de Devlin o tumbarlo en
el suelo.
—Cuanto antes recojas tus cosas, antes podremos desnudarnos
en algún lugar seguro.
Para ser un soborno, no estaba nada mal. Laurel sacó una maleta
de la parte trasera de su vestidor y la abrió encima de la cama. Empezó
metiendo la ropa interior, y se aseguró de elegir los conjuntos que tenían
más encaje. Ya que Devlin iba a verla con aquella ropa, quería tener buen
aspecto.
Del baño, cogió los artículos básicos, pues dedujo que siempre
podía regresar para coger lo que hubiera olvidado o comprarlo. No había
muchas cosas de las que no pudiera prescindir durante unos días.
Después le tocó el turno a la ropa de calle. Guardó en la maleta
varios pares de pantalones con las blusas correspondientes, que era la
ropa que solía llevar para trabajar. También puso unos cuantos téjanos y
tres sudaderas. Las manos le temblaban tanto que le resultó difícil doblar
la ropa adecuadamente.
Después de dar una última mirada a su alrededor, cogió dos pares
de zapatos y unas cuantas joyas. Por fin estaba preparada, aunque
necesitó un par de intentos para cerrar la maleta. Después la cogió del
asa y la hizo rodar hasta el salón. Devlin había corrido las cortinas y
estaba en un extremo de la ventana, inspeccionando la noche de Seattle.
—Ya estoy lista. ¿Adonde vamos?
—Esta noche la pasaremos en mi casa. Mañana ya haremos
planes.
Laurel cogió las llaves de su coche, que estaban sobre la
encimera de la cocina.
—¿Conduces tú o yo?
Devlin alargó el brazo.
—Ya conduzco yo. Por si acaso.
A Laurel se le formó un nudo en el estómago.
—¿Por si acaso, qué?
Devlin la tocó para tranquilizarla.
—Por si el cabrón que me mató una vez y ha disparado a
Trahern sigue ahí afuera.
Laurel sintió un escalofrío.
—¿También va detrás de mí?
—Creo que quiere utilizarte para llegar a mí, porque soy difícil
de atrapar. —Devlin cogió la maleta de Laurel—. Quizá piensa que, si me
amenaza con hacerte daño, yo caeré en la trampa con el culo al aire y los
brazos en alto.
—¿Y tú lo harías? —preguntó Laurel, aunque ya conocía la
respuesta.
—Sin dudarlo, y con una sonrisa en la cara.
Devlin le dio un beso rápido en la mejilla para aligerar la tensión
del ambiente.
Laurel lo siguió hasta el garaje sintiéndose un poco aturdida.
Si el atacante conseguía matar a Devlin, esta vez se aseguraría
de que fuera para siempre. Tenía que hacerlo, de lo contrario se pasaría
el resto de la vida huyendo con Trahern y el resto de los Paladines
pisándole los talones.
Laurel se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el
cinturón mientras Devlin conducía hacia la oscuridad de la noche. La
puerta del garaje se cerró poco a poco y Laurel miró hacia atrás
sintiendo que una parte de su vida también se estaba cerrando.


«¡Hijo de puta!»
Estuvo tentado de disparar al coche mientras salía, marcha atrás,
del garaje, pero la policía estaba registrando el barrio en busca de
testigos del accidente.
De hecho, no le preocupaba. Cuando pagó a aquel gamberro para
que soltara el freno y pusiera la marcha en punto muerto, vestía una ropa
distinta a la de ahora y llevaba un gorro calado hasta las orejas. Su
propia madre habría tenido problemas para reconocerlo. Había estado a
punto de atrapar a Laurel Young, pero había fallado.
Dio una patada a un cubo de basura y lo envió por los aires
hasta el otro lado del callejón. Debería haber sospechado que Devlin
Bane no confiaría en Trahern para vigilar a su amada. Nada más apretar
el gatillo, Bane salió de donde se ocultaba para ayudar a su amigo.
Esto podría haber mantenido ocupado a Bane el tiempo suficiente
para que él pudiera secuestrar a la doctora Young, pero ella se lanzó
prácticamente en sus brazos. Ahora tendría que volver a seguirla. Lo más
probable era que el astuto Paladín tardara días en dejarla acercarse a su
casa. Además, ella estaría siempre rodeada de un puñado de sus salvajes
amigos.
Tendría que ingeniárselas para atraparla cuando estuviera sola
en el laboratorio. ¡Sí, eso podía funcionar! Pero se le estaba acabando el
tiempo. Si no lograba pronto su objetivo, tendría que huir de allí.
En cualquier caso, tendría que irse de Seattle, pero prefería
hacerlo con un buen fajo de billetes que le permitiera disfrutar del buen
vino y las mujeres durante varias décadas. Con esta idea en la cabeza,
regresó a su casa dispuesto a elaborar un plan y rezar para que, por una
vez, algo le saliera bien.


Devlin no perdió de vista el espejo retrovisor mientras la casa
de Laurel desaparecía a sus espaldas. Confiaba totalmente en que podía
esquivar a cualquiera que los siguiera, pero todavía eran vulnerables a
las balas. Conforme ponían más distancia entre ellos y el peligro que los
acechaba, sus músculos se relajaron.
—¿Estás bien? — preguntó.
Su visión de Paladín le permitía ver con mucha más claridad en la
tenue luz del coche de lo que podría ver un ser humano normal. Laurel se
había reclinado en el asiento y tenía los ojos cerrados.
Esbozó una leve sonrisa.
—Sí, estoy bien.
—Daré unas cuantas vueltas más para asegurarme de que no nos
siguen, pero ya estamos cerca de mi casa.
—Estupendo, porque ya tengo bastante por hoy. —Laurel apoyó
la mano en el brazo de Devlin—. Bueno, casi.
El calor de su mano lo invadió como una bendición. ¡Sí, le
gustaba cómo pensaba aquella mujer! Aceleró para cruzar el semáforo
que tenía más adelante y, a continuación, realizó un giro brusco a la
izquierda. Si alguien los seguía, tendría que esperar hasta que el
semáforo volviera a cambiar.
A media manzana, se metió en un aparcamiento para poder
cambiar de sentido. Detuvo el coche entre otros dos vehículos que había
cerca de la salida para asegurarse de que nadie se fijaba en su maniobra.
El horizonte estaba despejado. Salió del aparcamiento y se
dirigió hacia su casa. Estarían dentro del edificio en unos minutos. Poco
después, giró hacia el este y tomó el camino de entrada a su casa.
Laurel parecía más despierta y se fijaba en todos los detalles.
—Casi somos vecinos.
—Sí, a vuelo de pájaro, vivo a menos de un kilómetro de tu casa.
Devlin aparcó el coche de Laurel al lado de su viejo Porsche.
Después de sacar la maleta de Laurel del maletero, la condujo al interior.
¿Qué opinaría ella de su casa? Estaba casi seguro de que le gustaría. El
pasaba la mayor parte del tiempo en los túneles, pero volver a su casa y
contemplar la vista espectacular de Puget Sound y las montañas Olympic
realmente le compensaba. Una valla de cedro de casi dos metros de
altura protegía su pequeño jardín trasero de la vista de los vecinos. Como
la mayoría de los Paladines, él valoraba mucho la intimidad.
Devlin llevó la maleta de Laurel a su dormitorio. Podía ofrecerle
alojarse en la habitación de los invitados, pero no le gustaban los
jueguecitos y, en aquel momento, lo que más deseaba era estar con
Laurel Young en su cama.
Cuando regresó al salón, ella estaba en la terraza, contemplando
las luces que, en la distancia, se reflejaban en el agua. Devlin se colocó
detrás de ella, rodeó su cintura con sus brazos y la acercó a su torso. El
aroma de su piel y su cabello produjeron un efecto inmediato y
predecible en su cuerpo.
—Bonita vista —declaró Laurel.
—A mí me gusta. —Devlin apoyó la barbilla en la cabeza de
Laurel—. Siempre es diferente.
—¿Me contarás, ahora, de qué va todo lo que ha pasado?
—Te dije que lo haría y lo haré. —Devlin hundió la cara en el
cuello de Laurel y, después, siguió el contorno de su oreja con la punta
de la lengua—. Más tarde.
Ella arqueó el cuello para resultar más accesible.
—Buena idea.
Devlin deslizó las manos hacia arriba, cogió los pechos de Laurel
y los apretó con suavidad mientras la besaba en el cuello. Ella seguía
vestida con la camiseta y los pantalones cortos de franela. Y sin
sujetador. A Devlin le gustó el tacto del algodón suave de la camiseta
deslizándose por sus blandos pechos. Laurel gimió con suavidad y se
volvió un poco para pedirle un beso. Este no se pareció en nada al que se
habían dado antes en la casa de ella. La pasión, sin duda, seguía allí, pero
no el mal genio. Podría pasarse horas simplemente abrazándola y
permitiendo que su aroma y su sabor llenaran sus sentidos.
O quizá no. El aire fresco de la noche se estaba calentando en
torno a ellos. Si seguían así, entrar en la casa no sería mala idea. Devlin
se separó de Laurel con esfuerzo y le tendió la mano. La sonrisa que ella
le ofreció cumplió todas sus expectativas. Permitió que la guiara a lo
largo del pasillo hasta su dormitorio.
Devlin echó la colcha de la cama hacia abajo para que no les
molestara. Cuando se volvió hacia Laurel, ella ya se había quitado la
camiseta. Devlin sonrió abiertamente.
—Gracias, Laurel.
Ella inclinó la cabeza a un lado y esbozó una sonrisa burlona.
—¿Y cómo vas a demostrarme tu gratitud?
—Se me ocurren un par de ideas.
Devlin también se quitó la camiseta. Ya hacía tiempo que les
tocaba experimentar un poco de piel con piel.
—Bonito comienzo, pero ¿qué más tienes para ofrecerme?
Laurel retrocedió un paso.
¡Así que quería jugar! Devlin acercó la mano a la cremallera de
su pantalón y los ojos de Laurel la siguieron mientras deslizaba la
lengüeta hacia abajo. Cuando introdujo los dedos en la cinturilla de los
téjanos para bajárselos, percibió que la respiración de Laurel se
aceleraba. Al cabo de unos segundos, Devlin no vestía más que una
sonrisa en la cara.
—Bueno, también está esto.
Laurel todavía llevaba puestos los pantalones cortos, pero él no
tenía prisa en que se los sacara.
Devlin volvió a tenderle la mano. Laurel titubeó.
—¿Ahora te sientes cohibida?
—No, estoy intentando decidir por dónde empezar. Las
posibilidades me parecen infinitas.
—Yo estoy abierto a cualquier cosa que tengas en mente.
Devlin abrió un poco los brazos y realizó un giro completo y lento
sobre sí mismo para que ella pudiera ver, a sus anchas, lo que él podía
ofrecerle.
—Creo que quiero que te eches en la cama.
—Sí, señora.
Devlin se tumbó en la cama cuan largo era, puso las manos
debajo de su cabeza y esperó a ver qué hacía Laurel a continuación.
Ella apenas podía asimilar todo lo que veía. El cuerpo de Devlin
era una obra de arte, potente y de líneas marcadas. Laurel deslizó la
mano con ligereza por la pierna de Devlin y acarició su pene con los
dedos. Este reaccionó como si se hubiera disparado un resorte y Laurel
se sobresaltó. Devlin se echó a reír, pero a ella no le importó. Se reía con
demasiada poca frecuencia. Fueran cuales fueran las terribles noticias
que tenía que comunicarle, estaba decidida a apartarlas de su mente
durante un rato.
Laurel se sentó encima de Devlin a horcajadas y sintió su poder
entre las piernas. Quería sentirlo dentro, pero todavía no. Había mucho
territorio por explorar. Subió por el cuerpo de Devlin, cogió sus propios
pechos y se los ofreció para que él se los tocara y los saboreara.
La lengua de Devlin jugueteó con las sensibles cimas de los
pechos de Laurel y ella se arqueó hacia atrás ofreciéndoselos todavía
más. Devlin utilizó los dientes y los labios para succionarlos, y cada
succión enviaba un estremecimiento ardiente a lo más hondo de ella.
Parecía saber lo que Laurel necesitaba en cada momento sin tener que
preguntárselo. Colocó la mano en su abdomen y siguió la curva de su
barriga hasta que su mano se deslizó por el interior del elástico de sus
pantalones.
Devlin levantó los dedos para penetrarla, frotó con ellos el centro
del deseo de Laurel y los introdujo en su resbaladizo conducto. Laurel
apenas podía soportar las sensaciones que experimentaba.
—Devlin...
Su nombre era como una súplica para que él tomara las riendas y
le diera lo que los dos deseaban con tanta ansiedad.
Devlin tumbó a Laurel de espaldas, le quitó los pantalones y los
tiró por encima de su hombro. Después, se arrodilló entre sus piernas y
la contempló con tanta intensidad que ella habría jurado que sentía el
roce de su mirada en la piel.
—No sabes cuántas veces te he imaginado aquí. Así, tal y como
estás ahora. —Su voz sonó grave y él deslizó la mano para acariciarla
donde más lo necesitaba. Laurel arqueó las caderas como respuesta y en
señal de invitación—. Dime qué es lo que quieres, Laurel.
—Quiero que me tomes, Devlin. No me importa cómo, pero
tómame.
—Entonces será mejor que te agarres bien, cariño, porque será
una cabalgada larga e intensa.
Devlin levantó las piernas de Laurel y la penetró con lentitud.
Ella se sintió extendida, tensa y maravillosamente llena. Cuando creyó
que Devlin había llegado a lo más hondo que podía llegar en su interior,
él la levantó de la cama y se la sentó en su regazo. Devlin levantó las
caderas y penetró en lo más hondo del interior de Laurel. La cogió por
las nalgas con sus encallecidas manos y la mantuvo quieta mientras
levantaba y bajaba las caderas. Devlin parecía saber con exactitud el
ángulo que le produciría a Laurel el mayor placer.
—¡Devlin! —gimió Laurel mientras la tensión que experimentaba
en su interior aumentaba hasta llevarla al límite.
Devlin, con toda malicia, se quedó quieto negándose a darle ese
poco más que necesitaba. A cambio, se deslizó hacia abajo y utilizó la
lengua. Una vez más, Laurel sintió que su placer crecía vertiginosamente
y fuera de control. En esta ocasión, llegó al climax y expresó con
entusiasmo su alivio. Devlin colocó enseguida las piernas de Laurel
encima de sus hombros y la penetró dándole apenas tiempo a reponerse
mientras los llevaba a ambos a la cúspide en una escalada sin tregua.
Laurel clavó las uñas en las sábanas y se agarró a éstas como si
en ello le fuera la vida. Devlin volvió a detenerse haciendo uso de su
fuerza de voluntad. Su cuerpo, empapado en sudor, temblaba por la
necesidad de desahogarse.
—¿Por qué te paras?
—El condón. Antes de que sea demasiado tarde.
Devlin se separó de Laurel de una forma repentina para coger un
condón de la mesita de noche. Segundos más tarde, estaba de vuelta.
Entonces la penetró con fuerza y rapidez, sin ningún tipo de
contención. Laurel disfrutó sintiéndolo entrar y salir de su cuerpo con
ímpetu mientras él se aseguraba de que ella obtenía tanto placer como él
de su acoplamiento. Después de unas cuantas penetraciones potentes e
impetuosas, Devlin los llevó a ambos al climax y esperó para recogerla
cuando ella volviera a la tierra.


Se durmieron. Ella no supo si habían pasado horas o minutos
cuando sintió que él se movía a su lado y los devolvía a ambos a la
vigilia. Había llegado el momento de hablar. A ella le habría encantado
remolonear en el calor de sus brazos, pero la noche no mantendría a raya
al resto del mundo durante mucho tiempo más.
—Empieza por el principio.
Devlin puso en orden sus pensamientos mientras jugueteaba con
el pelo de Laurel.
—La última vez que morí fue diferente a las anteriores.
—¿Te refieres a otra cosa aparte del hecho de que tardaras
mucho en revivir?
—Sí, me refiero a otra cosa. Aunque, quizás el hecho de que
tardara tanto en revivir se deba, en parte, a que me mató un humano, no
uno de los Otros. —Su voz sonaba tranquila, pero Laurel podía percibir la
tensión que crecía en su interior—. No le vi la cara, pero las manos que
sostenían la espada eran humanas. —Devlin se interrumpió unos
instantes—. Resulta extraño, pero eres la cuarta persona a la que se lo
cuento y todavía me parece irreal. El día que fui a ver cómo estabas y un
par de veces en los túneles he notado que alguien me seguía. No he
conseguido verlo, pero sé que está ahí. —Devlin la miró a los ojos—. Lo
siento, pero creo que me siguió hasta tu casa el día que fui a comprobar
si estabas bien y me quedé a pasar la noche.
—De modo que sabe que estamos liados. —Laurel se acurrucó
más cerca de Devlin—. Y ésta es la razón de que le pidieras a Trahern
que vigilara mi casa.
—Cuando fui a averiguar si había descubierto alguna cosa, lo
encontré sangrando en el callejón. Creemos que el accidente fue
provocado como distracción. Trahern tiene razón al decir que el objetivo
del accidente era ocultar el ruido del disparo, pero, además, yo creo que,
quien lo ideó, tenía planeado secuestrarte durante la confusión.
—Debió de pensar que yo saldría con mi maletín de primeros
auxilios y que caería directamente en sus manos. —A pesar de la calidez
que experimentaba, Laurel sintió un escalofrío—. ¿Tienes alguna idea de
quién puede ser?
Devlin se mostró evasivo con la respuesta.
—Estamos siguiendo varias líneas de investigación.
Laurel levantó la cabeza y la apoyó en una mano.
—¡No me vengas con tonterías, Devlin! Cuéntamelo todo. Me lo
prometiste.
Laurel le dio unos golpecitos con el dedo en el pecho.
Devlin le cogió el dedo y se lo llevó a la boca para besarlo.
—Está bien. Creemos que todo está relacionado con algo que
concierne a los Otros. En los túneles, descubrimos unas bolsas de tela
que contenían unos polvos azules. D.J. hizo que un amigo suyo los
analizara. Proceden de un tipo de piedra semipreciosa. Lo más probable
es que se trate de un tipo de granate que no existe en nuestro mundo.
Creemos que alguien de nuestro lado está aceptando sobornos para dejar
pasar a los Otros.
—Pero no lo están consiguiendo, ¿no?
A Laurel, aquella doble traición, le producía náuseas.
—No. Para nosotros, todo funciona como siempre. Si no se
quedan en su lado, les damos caza y los matamos. O ellos nos matan a
nosotros.
Su brutal sinceridad hizo que Laurel sufriera por él y por el resto
de los Paladines. Además, aunque nunca lo admitiría delante de Devlin,
sentía cierta compasión por los Otros, quienes en lugar de encontrar el
refugio que tanto ansiaban, se encontraban con la punta de la espada de
un Paladín.
—¿Sospecháis de alguien de Regencia o de los soldados?
Ésta era la única explicación que tenía sentido.
—Como te he dicho antes, seguimos varias líneas de
investigación. A partir de mañana, no dejarás la seguridad del laboratorio
a menos que vayas con uno de nosotros. He intentado mantener el asunto
en secreto, así que sólo se lo he contado a D.J., Cullen y Trahern. Lonzo
sabe algo, pero desconoce los últimos acontecimientos.
Por fin había una buena noticia que podía compartir con él.
—Seguramente, le darán el alta mañana. Eso si el doctor Neal no
lo ha dejado ir esta misma tarde. Estaban esperando los últimos
resultados del análisis de sangre.
—Buenas noticias. Necesitaremos todas las espadas que
podamos reunir antes de que este asunto se solucione. —Devlin se
inclinó hacia Laurel para besarla—. Ahora, duerme un poco. Mañana será
un día muy largo para todos nosotros.
Laurel se volvió de lado y Devlin acomodó su cuerpo a la
espalda de ella, le rodeó la cintura con el brazo y la apretó contra sí.
Entonces Laurel dejó que las preocupaciones de aquel día se
desvanecieran y se durmió.
Horas más tarde, el teléfono sonó con un pitido alto y estridente.
Devlin se agitó en la cama y estiró un brazo para coger el auricular.
Después de colgar, masculló algo acerca de que alguien era hombre
muerto, se puso los pantalones y salió del dormitorio. Laurel no se
inmutó y se acurrucó de nuevo en el calor de la cama. Sin embargo, antes
de que consiguiera volver a dormirse, Devlin estaba de vuelta y tiraba de
las sábanas.
—¡Eh!
Laurel intentó recuperar la sábana y la cálida comodidad que
había disfrutado hasta entonces.
—Trahern está aquí. Vístete.
Devlin no parecía sentirse nada contento con la temprana visita
de su amigo, pero no tenía por qué descargar su mal humor en ella.
Laurel se sentó y le lanzó una mirada airada.
—Dame la sábana. Estoy desnuda y tengo frío, ¿o es que no te
has dado cuenta?
Devlin sonrió de una forma muy masculina y le lanzó la sábana.
—Pues sí que me he dado cuenta. Y si Cullen y D.J. no
estuvieran en camino, estaría encantado de que siguieras así.
Laurel se envolvió en la sábana con lentitud a fin de
proporcionar a Devlin el mejor de los espectáculos y, a juzgar por el
brillo de sus ojos, él sin duda valoró sus esfuerzos. Devlin la rodeó con
los brazos y le dio un largo beso.
Después, se separó de ella poco a poco.
—Trahern y los demás quieren hablar sobre lo que está pasando.
Cuando hayamos oído lo que quieren decirnos, trazaremos planes.
A Laurel no le gustó cómo sonaba aquello.
—¿Qué planes? ¿Qué es lo que no me estás contando?
—Hasta que no averigüemos algo más, no me sentiré tranquilo
sabiendo que estás sola en el laboratorio. Si el hombre que se oculta
detrás de estos ataques es uno de los guardias, no estás segura en el
laboratorio.
—Tú tampoco lo estás, pero sigues regresando a las trincheras.
Tú eres tan vulnerable como yo.
Devlin arqueó una ceja recordándole, sin palabras, que él era un
guerrero entrenado y capaz de defenderse a sí mismo. Sin embargo, los
dos sabían que las balas podían derribar a un Paladín con más facilidad
que una espada. Y, una vez abatidos y sangrando, los Paladines eran tan
vulnerables como cualquier otro hombre.
Devlin soltó a Laurel y retrocedió unos pasos.
—Ahora mismo, no tenemos tiempo para esto. A menos que
quieras servirnos café y donuts vestida sólo con una sábana y una
sonrisa.
—Entonces sal para que pueda vestirme, Devlin. Asistiré a
vuestra reunión, pero después tendré que ir al laboratorio.
Devlin se pasó la mano por el pelo en señal de frustración.
—Laurel, sé que esto te resulta difícil, pero, por favor, no hagas
nada hasta que hayamos hablado.
O confiaba en él o no confiaba.
—De acuerdo. Esperaré.
Devlin le dio un beso rápido en los labios y, justo al mismo
tiempo, sonó el timbre de la puerta.
Cuando estuvo sola, Laurel se lavó los dientes, se cepilló el pelo
y se preguntó qué ropa ponerse. Si se ponía la ropa de trabajo, Devlin
podía tomárselo a mal. Por otro lado, ponerse un chándal tampoco le
parecía bien. Al final, se decidió por sus mejores téjanos y una camiseta
de manga corta. En caso necesario, podía volver a cambiarse, cuando
Trahern y compañía se hubieran ido.
Después, se puso unas sandalias, inspiró hondo y se dirigió al
salón. Los demás ya habían llegado. Cuando se dio cuenta de que era la
primera vez que estaba con ellos como amante de Devlin, en lugar de
como Tutora, sintió una repentina oleada de timidez. Devlin no estaba a
la vista, pero se le oía trajinar en la cocina. ¡Por favor, que estuviera
preparando café! Una buena dosis de cafeína sería bien recibida.
Los tres Paladines estaban repanchigados en el sofá y los
sillones. Blake Trahern fue el primero en darse cuenta de que ella
estaba junto a la puerta. Aunque, en realidad, no sonrió, sus gélidos ojos
grises reflejaron más calidez de la habitual.
—Buenos días, Blake. ¿Cómo te encuentras esta mañana?
—Estoy bien.
Trahern se desplazó hacia uno de los extremos del sofá y dio
unas palmaditas en el cojín que tenía a su lado invitando a Laurel a
utilizarlo.
Laurel aceptó la invitación y Cullen y D.J. los miraron alucinados.
Le pareció que Trahern disfrutaba de la pequeña conmoción que habían
causado. Quizás así desviaría parte de la atención de ella y Devlin. En
cualquier caso, Laurel se sintió halagada por la invitación.
—Buenos días, D.J., y a ti también, Cullen.
D.J. se agitó con inquietud en el sillón.
—Buenos días, doctora.
—Siento molestarla tan temprano, doctora. —Cullen le sonrió—.
La culpa es de Trahern. Él nos ha sacado a todos de la cama esta
mañana.
—Vete al infierno, Cullen.
No había mala intención en las palabras de Trahern.
Antes de que Cullen pudiera responderle, Devlin entró en la
habitación llevando una bandeja con café, tazas y pastas.
—Antes de que vuelvas a quejarte, Cullen, recuerda que Blake es
el único que ha traído desayuno.
D.J. intervino en la conversación.
—Porque si no ya estaría sangrando.
Laurel levantó la mano.
—Vamos, chicos, no sigáis por ahí. No me gusta ver sangre antes
del desayuno. Ya sabéis lo impresionable que soy.
Su pequeña mentira los hizo reír. Incluso Trahern soltó una
carcajada oxidada. Devlin sirvió la primera taza de café y se la ofreció a
Laurel mientras la miraba con ojos cálidos. Cuando hubo servido a todos,
se sentó en el sofá, al lado de Laurel, quien se sintió emocionada al estar
flanqueada por dos de los Paladines más potentes de la región de Seattle.
Cullen dejó su taza en la mesita.
—Y bien, ¿qué es tan importante como para que nos perdamos
nuestro sueño reparador?
Devlin tomó las riendas de la conversación.
—Ayer por la noche, alguien provocó un accidente delante de la
casa de Laurel. El ruido del choque logró dos propósitos: uno, que ella
saliera de casa y resultara vulnerable a un ataque y, dos, ocultar el
sonido del disparo que le efectuaron a Trahern. De modo que el muy
cabrón ha llevado este asunto a un nuevo nivel. —Devlin se levantó—.
Una cosa es ir por mí, pero atacarla a ella es algo muy distinto.
—¡Exacto!
D.J., que era quien siempre se enojaba con más facilidad, se puso
de pie dispuesto a luchar.
—Siéntate, D.J., haces que a los demás nos resulte difícil pensar
—declaró Devlin.
D.J. se dejó caer en el sillón, pero Laurel casi lo veía vibrar con
energía apenas contenida.
—Quiero que cojamos a este hijo de puta y que sea pronto. Ayer
por la noche estuvo muy cerca de atrapar a Laurel. —Devlin deslizó el
brazo alrededor de los hombros de Laurel y la acercó más a sí—. Está
claro que vigilar su casa no ha sido suficiente. Claro que no sabíamos
que era tan loco como para atacar a Trahern.
Blake no dijo nada, pero no era preciso. Todos sabían cuál sería
el resultado si su atacante volvía a cruzarse en su camino.
—Me gustaría sacarlo de su escondite. Creo que tendríamos más
posibilidades de atraparlo si Laurel y yo desapareciéramos durante un
par de días. Si ella no aparece por el trabajo y no estamos ni en mi casa
ni en la suya, es probable que ese cerdo empiece a sentir pánico. Quien
le pague por el trabajo no estará muy contento de que tarde tanto en
llevarlo a cabo.
Laurel lo miró con el ceño fruncido.
—Yo no puedo irme así, sin más, Devlin. Tengo
responsabilidades.
—Me dijiste que a Lonzo le daban el alta esta mañana y él es tu
último paciente, ¿no?
Resultó evidente que no le gustaba tener que admitirlo.
—Sí, pero la situación podría cambiar en cualquier momento.
Todos lo sabéis.
—Yo tampoco puedo irme muy lejos. Nos esconderemos en algún
lugar que esté a poca distancia en coche para que podamos regresar
deprisa. Además, tú tienes vacaciones pronto, ¿no?
—Bueno, sí, pero...
—Estupendo. Entonces está decidido. Mientras estemos fuera,
buscad a un par de compañeros para vigilar mi casa y la de Laurel. Y si
alguien empieza a hacer preguntas, ya tendremos al culpable.
Devlin se dio cuenta de que Laurel estaba a punto de empezar a
discutir, así que le apretó el hombro esperando que captara la indirecta y
esperara a que sus amigos se hubieran ido para explotar. Él estaba
ansioso por ponerle las manos encima al despreciable hijo de puta que se
escondía detrás de los ataques, pero todavía le resultaba más urgente
mantener a Laurel a salvo.
—Si utilizáis las tarjetas de crédito será como dejar un rastro de
migas para que os encuentren. Ni siquiera los móviles son seguros.
D.J. habló con autoridad. Después de todo, su pasatiempo favorito
era acceder a lugares supuestamente seguros.
Devlin asintió con la cabeza.
—Bien pensado. Compraré uno de esos móviles de prepago y os
telefonearé para que tengáis el número. Y pagaremos en efectivo para no
dejar rastros.
Esta vez fue Cullen quien negó con la cabeza.
—Podrían vigilar vuestras cuentas por si sacáis una cantidad
importante. Pero podemos solucionarlo si unos cuantos de nosotros
sacamos cantidades pequeñas. Después, D.J. podría hacer desaparecer
las operaciones o, al menos, cambiar la fecha de éstas. Dejadlo en
nuestras manos.
—No disponemos de mucho tiempo, Cullen.
—Estaré de vuelta dentro de un par de horas con un montón de
pasta. Vamos, D.J. Por cierto, Trahern, necesitaré el número de tu cuenta
y tu tarjeta de crédito.
Mientras su amigo sacaba su cartera, Devlin miró a Laurel.
—¿Qué prefieres, el mar o la montaña?

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:08 pm

CAPÍTULO 12
Tuvieron suerte y consiguieron una habitación con vistas al mar
en un hotel de la costa. Laurel abrió la puerta del balcón y salió al
exterior. Mientras inspiraba hondo el aire acre del océano, casi podría
haber creído que estaban allí como dos enamorados que habían hecho
una escapada a la costa.
Devlin salió al balcón y la rodeó con los brazos mientras apoyaba
la barbilla en su cabeza. El calor del cuerpo de Devlin le sentó incluso
mejor que la sensación del sol en la piel.
Laurel se apoyó en la fuerza de Devlin y dejó que la tensión que
experimentaba se desvaneciera...
Sólo para reemplazarla por otra serie de sensaciones. Laurel
inclinó la cabeza a un lado en señal de invitación y Devlin, listo como
era, enseguida deslizó su cara por la curva de su cuello. Le mordió con
suavidad el lóbulo de la oreja y, a continuación, se lo besó como disculpa
por el pequeño dolor que le había causado.
—¿Quieres que vayamos adentro? —preguntó Devlin.
Aquella pregunta susurrada junto al oído envió oleadas de calor
por la columna vertebral de Laurel.
—¿Por qué? ¿Tienes algo en mente que podría conmocionar a
los vecinos ?
—Pues creo que sí.
Devlin la hizo girarse y la besó con intensidad. A continuación, la
cogió por las nalgas y la levantó para hacer encajar su cuerpo con el de
él.
Aquello era el paraíso.
—Llévame a la cama, Devlin.
—Creí que no me lo pedirías nunca.
Devlin la llevó al interior y dejó la puerta del balcón abierta para
que entrara la brisa del océano.


Devlin la acercó más a sí disfrutando de la sensación de su
cabeza apoyada en su hombro y su cuerpo tumbado a su lado. La
respiración de Laurel era lenta y regular. Estaba a punto de caer
dormida. Y eso era bueno.
Ninguno de los dos había dormido mucho la noche anterior,
cuando fueron a su casa. Saber que un asesino iba tras ellos la estaba
afectando. Tanto él como sus amigos hacían lo posible por eliminar ese
peligro, pero el recuerdo sería difícil de borrar.
¡Maldita sea, cómo amaba a aquella mujer! A ella no le había
resultado fácil encontrarse con Cullen y D.J. por la mañana, pero se había
enfrentado a la situación con la misma fuerza y determinación que
empleaba para todo lo demás. Laurel quizá no había percibido las miradas
celosas que sus amigos le habían lanzado, pero él sí que las había notado.
Todos ellos sabían que los Paladines no se enamoraban. El deseo era
algo normal en ellos, pero lo que Devlin sentía por Laurel era mucho más
que un mero deseo.
Devlin deseó poder volver la espalda al trabajo y casarse con ella
para que ambos pudieran vivir como un matrimonio normal. Pero esto no
sucedería porque los dos estaban comprometidos con la vida que
llevaban, y cambiar eso resultaba imposible, ¿no?
El teléfono móvil que habían comprado empezó a vibrar sobre la
mesilla de noche. Devlin lo cogió y pulsó la tecla de contestación.
—Aquí Bane. Dame un segundo. —Se separó de Laurel y se fue al
lavabo para no despertarla—. Ya estoy aquí.
Escuchó el informe de Cullen. De momento, no habían detectado
ningún intento de acceso a sus cuentas. Estuvo a punto de preguntarle a
su amigo si él y D.J. opinaban que el otro tipo era tan bueno como ellos
accediendo a información reservada, pero se lo tomarían como un insulto
y, en aquel momento, lo último que necesitaba era que sus amigos
estuvieran cabreados con él.
—Gracias por la información. Mañana nos quedaremos por aquí y
regresaremos al otro día por la mañana; ya me ha costado bastante
convencer a Laurel para que se alejara del laboratorio todo este tiempo.
Cullen prometió volver a telefonearlo a la mañana siguiente y a la
otra si no surgía nada urgente. Devlin cortó la comunicación y se llevó un
susto de muerte cuando levantó la mirada y vio que Laurel estaba allí
mismo, junto a él. Ella se frotó los ojos medio dormida.
—¿Quién era? !
—Cullen. De momento, todo está en calma. * -
—¿Entonces podemos regresar antes de lo previsto?
—No.
Laurel quería discutir. Estaba allí, en sus ojos, pero ni siquiera lo
intentó y, en lugar de discutir, sorprendió a Devlin.
—Quiero volar una cometa. Y, después, conducir una escúter.
-¿Qué?
Laurel apoyó la cabeza en el pecho de Devlin y le abrazó por la
cintura.
—Si estamos simulando que somos una pareja, quiero hacer todo
lo que hacen las parejas en este lugar. Quiero hacer volar una de esas
cometas enormes en la playa y, después, conducir una escúter.
—¿Alguna vez has conducido una escúter?
—No. Eso o montar a caballo. —Laurel inclinó la cabeza hacia
atrás, como si estuviera estudiando a Devlin—. Me temo que eres más un
hombre de escúter que de caballos.
Si tenía que conducir una moto, él prefería que fuera una Harley
de gran tamaño, pero aquella mujer tenía aspecto de querer jugar y él
estaba dispuesto a complacerla. Sobre todo si esto alejaba los problemas
de su mente durante unas horas.
—De acuerdo, desayunemos tranquilamente y, después, nos
ponemos en marcha.
—Trato hecho.


Volar una cometa resultó ser un poco más complicado de lo que
Devlin esperaba. No recordaba haberlo hecho nunca. Se había pasado la
mayor parte de la infancia luchando para conseguir dinero y poder llevar
algo de comida a la mesa. Su madre era una buena persona, pero como
madre era un auténtico desastre. Además, Laurel había elegido una de las
cometas más complicadas de la tienda. Era una bien grande en forma de
dragón, y la había escogido después de mirarlo a él y a la cometa, de una
forma alternativa, un par de veces. Esperaba oírla decir que la cometa le
recordaba a él.
Personalmente, él creía que la cometa necesitaba unas cuantas
cicatrices para parecerse a un Paladín. Cuando, después de muchas risas
y muchos intentos fallidos, consiguieron montarla, Laurel decidió que
Devlin sostuviera el carrete del cordel mientras ella echaba a correr con
la cometa. La imagen de Laurel riendo mientras la cometa por fin
remontaba y casi la levantaba del suelo, quedaría impresa en su recuerdo
durante décadas.
Después Devlin hizo que Laurel se sentara con él en la arena, y
ella lo hizo entre sus rodillas y apoyada en su pecho mientras juntos
contemplaban cómo el dragón bajaba en picado y remontaba el vuelo por
encima de las olas azules.
—Es bastante fiero, ¿no crees? —preguntó Laurel señalando al
dragón—. Al final me ha venido a la cabeza a quién me recuerda. Es del
mismo color que los ojos de Trahern cuando sonríe.
Devlin soltó un respingo.
—Trahern no sonríe.
Y no sentía celos de que ella estuviera pensando en su amigo. Al
menos, no muchos.
—Claro que sí, pero, en general, sólo lo hace con los ojos.
Laurel tiró del cordel para que el dragón bajara en picado y
volviera a elevarse.
—La verdad es que no me apetece oír hablar de los ojos de
Trahern.
Ella, descarada, soltó una risita ahogada.
—¡Oooh! Así que el señor grande y duro está celoso. Pues
resulta que yo no estoy aquí con Trahern, ¿no? Y, desde luego, no era
con Trahern con quien me revolqué antes en la habitación del hotel.
No, no había sido Trahern. Y el recuerdo de algunas de las cosas
especialmente imaginativas que ella le había hecho le hizo desear que no
hubiera tanta distancia hasta el hotel. Quizás ella tenía pensamientos
similares, porque cogió el carrete y empezó a recoger el cordel. El
enorme reptil luchó por mantenerse en el aire, pero, al final, se rindió
ante la insistencia de Laurel y se posó tranquilamente en el suelo.
Laurel cogió a Devlin de la mano y lo condujo de vuelta a la
habitación del hotel.

—¿Ha habido suerte?
Cullen se inclinó sobre el hombro de D.J. y contempló la pantalla
del ordenador.
—Es un cabrón muy escurridizo. Eso debo reconocérselo.
Los dedos de D.J. volaron por el teclado mientras intentaba
descubrir quién había detrás de los intentos de consulta en las cuentas
bancarias de Laurel y Devlin. Sus manos se detuvieron mientras
murmuraba unas cuantas maldiciones.
—¿Se ha escapado?
—No exactamente, pero se esconde detrás de un sistema de
seguridad muy sofisticado.
Cullen acercó una silla dispuesto a esperar el resultado de la
ciberbatalla.
—Pero tú puedes abrir una brecha en el sistema de seguridad,
¿no?
—Debería poder hacerlo. Tú y yo lo diseñamos para Regencia, de
modo que quienquiera que esté fisgoneando por ahí, está utilizando
nuestro software. ¡Maldita sea, sabía que éramos buenos, pero quizá lo
somos demasiado!
Si no conseguían seguir el rastro hasta una persona en concreto,
no estarían en mejor situación que antes. Salvo por el hecho de que
ahora sabían que su contrincante formaba parte de Regencia.
El teléfono móvil de Cullen sonó y él reconoció el número de
Trahern.
—¿Tienes algo para mí?
Trahern habló en un susurro.
—Alguien se dirige a la casa de Laurel, pero lo hace de una
forma abierta. Estoy un poco lejos para verle bien la cara, pero a juzgar
por su constitución, diría que se trata del doctor Neal.
—No puedo creer que él esté envuelto en nada deshonesto.
Aunque de repente sintiera odio hacia nosotros, no le haría daño a
Laurel.
—Yo no lo estoy juzgando, sólo te estoy contando lo que veo.
Trahern parecía un poco cabreado.
—Bueno, hemos encontrado una buena pista en lo de las cuentas
bancarias. Durante la última hora, alguien ha intentado, en dos ocasiones,
acceder a la cuenta de Devlin y, después, a la de Laurel. Desde el último
intento deben de haber pasado unos cinco minutos.
—Lo que descarta al doctor Neal. Durante ese tiempo lo he
tenido a la vista.
—Estupendo. No soportaría pensar que no puedo confiar en el
hombre responsable de volver a encajar mis piezas.
—Dentro de poco Penn vendrá a sustituirme y me pasaré por ahí.
¿Queréis algo?
—Sí, un par de pizzas grandes y media docena de cervezas. Va a
ser una noche larga.
—Dame media hora. Y dile a D.J. que trinque al cabrón.
—Eso haré.


—¡Oh, sí! Muy bien, cariño, así.
Laurel levantó la cabeza el tiempo suficiente para disfrutar de la
expresión de Devlin. Resultaba evidente que lo que le estaba haciendo
con la boca y la lengua le gustaba mucho. Volvió a cogerle el pene con
las manos y deslizó la lengua por su gruesa longitud antes de
introducirse el glande en la boca. La inmediata reacción de Devlin dejó
pocas dudas respecto a que quería más de lo mismo.
Sin embargo, después de pocos segundos, Devlin detuvo a
Laurel y tiró de ella para darle un beso ardiente y apasionado. Después
la levantó para que quedara a horcajadas encima de él.
—Móntame.
Laurel se movió hasta que Devlin quedó suspendido a la entrada
de su cuerpo y, poco a poco, fue introduciendo su miembro en su
interior. Los dos gimieron por el placer que les proporcionaba su unión.
Laurel se balanceó hacia atrás y hacia delante disfrutando de la
sensación de tener a Devlin en lo más profundo de su ser. Las manos
grandes de Devlin subieron hasta los pechos de Laurel y los apretaron y
masajearon mientras ella les proporcionaba placer a ambos.
—¡Inclínate hacia delante!
Ella le obedeció gimiendo de placer mientras él le succionaba los
pechos. Laurel sintió que el climax crecía en su interior.
—¡Devlin!
—¡Córrete!
Devlin empujó con las caderas penetrándola más adentro
mientras los músculos de Laurel se ponían en tensión y lo retenían con
fuerza en su interior. Al final, Laurel se derrumbó encima de Devlin
mientras los dos respiraban profundamente después de la pasión vivida.
—Gracias —jadeó Laurel.
Devlin se echó a reír y la besó en la frente.
—No diré que el placer ha sido todo mío, pero al menos la mitad
sí que lo ha sido.
—Estoy demasiado cansada para reírme.
Pero, de todas formas, Laurel se echó a reír.
—Yo estoy demasiado cansado para moverme.
Devlin la deslizó a un lado apretándola en un abrazo contra su
cuerpo. Uno podía volverse adicto a momentos como aquél.
Pero a la mañana siguiente, dejarían el hotel y regresarían a sus
vidas reales. Y ya no podrían fingir que la felicidad que habían
compartido en las playas de Ocean Shores iba a durar para siempre. Y
eso dolía.
Laurel debió de notar su cambio de humor.
—¿Qué ocurrirá cuando regresemos?
—No estoy seguro. —Y esta incertidumbre lo sacaba dé sus
casillas—. Si Cullen y D.J. no consiguen descubrir a la persona que ha
estado intentando acceder a nuestras cuentas, tendremos que pasar al
plan B.
Laurel deslizó los dedos por el pecho de Devlin.
—¿Y cuál es el plan B?
—Que volvemos al trabajo e intentamos atraparlo de alguna otra
forma.
Todos los Paladines se habían tomado la traición dentro de la
organización como algo personal. No sólo habían atacado y matado a uno
de los suyos, sino que su Tutora favorita estaba en peligro. Laurel no
saldría de su trabajo sin que al menos un Paladín le siguiera los pasos.
Cuando estuviera dentro del laboratorio, sería más difícil
protegerla, pues los Paladines no podían merodear por el interior del
edificio. La única razón por la que podían estar en la zona de los
laboratorios era que estuvieran sangrando y, a menos que la barrera
fluctuara, les resultaría difícil justificar unas heridas.
Laurel se incorporó y sonrió a Devlin.
—Todavía no hemos montado en escúter, tío. Si no te vistes, me
iré sola.
Devlin le cogió la mano y le besó suavemente la punta de los
dedos.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—¿Tienes miedo de que te gane?
—No, tengo miedo de que te dejes parte de la piel en el
pavimento.
Devlin lo dijo medio en broma, pero si ella realmente quería ir en
moto, él la seguiría.
—Y, después, montaremos en karts. Te apuesto lo que quieras a
que soy mejor conductora que tú.
Aquello era el colmo. Devlin se sentó y le lanzó una mirada
airada.
—¿Qué te hace pensar que puedes vencerme?
Laurel rompió a reír.
—Te reto por partida doble, Devlin Bane. Apuesto a que sé
montar en escúter mejor que tú y a que te gano a los karts.
—Trato hecho.
Devlin cogió sus téjanos.
Unos minutos más tarde, se dirigían a la tienda de alquiler de
motos. Laurel entrelazó sus dedos con los de Devlin y, prácticamente, lo
arrastró a lo largo de la acera. Devlin no recordaba la última vez que se
había concedido el tiempo para jugar, con o sin una mujer al lado.
Tenía pensado llevarse la cometa del dragón a su casa y colgarla
en la pared como recuerdo de aquellos dos días. Además, estaba a punto
de crear unos cuantos recuerdos más que contrarrestarían los largos días
venideros en los que esperaría la siguiente batalla.
—Yo quiero la roja, Devlin. Creo que tú deberías alquilar la
verde, porque hace juego con tus ojos.
Aunque Laurel sólo le estaba tomando el pelo, Devlin gruñó. No
hizo caso de su sugerencia y eligió una escúter negra que parecía más
nueva que las demás. Mientras tanto, Laurel probó los mandos de la que
había elegido para ella. El chico de la tienda dedicó mucho tiempo a
explicarle el funcionamiento de la escúter a Laurel, sin hacer caso de
Devlin. Aunque éste no lo culpó, pues con lo contenta que estaba y su
radiante sonrisa, Laurel resultaba casi irresistible.
Diez minutos más tarde, sus escúteres «rugían» por la calle a
cincuenta kilómetros por hora. Un coche los adelantó y Laurel redujo la
velocidad todavía más.
Devlin se colocó a su lado.
—¿Va todo bien?
Ella sacudió la cabeza.
—No había caído en lo grandes que se ven los coches cuando
estás sobre una de estas cosas.
Ya tenía bastante de estar asustada con lo de los últimos días.
Después de calibrar las distintas opciones, repuso:
—¡Sígueme!
Devlin dejó la carretera principal y no tardaron mucho en estar
conduciendo por la playa. Maniobrar sobre la arena seca resultaba difícil,
pero cuando llegaron a la arena húmeda que la marea, al retirarse, había
compactado, pudieron conducir con soltura.
En un abrir y cerrar de ojos, Laurel estaba riendo con auténtica
alegría, adelantando a Devlin y virando en redondo para animarlo a
seguirle el juego. Condujeron en círculos dejando marcas en la arena y
gritando a las gaviotas que volaban sobre ellos a baja altura. Después
hicieron varias carreras en las que ambos se proclamaban vencedores. Al
final, condujeron el uno al lado del otro, felices de estar juntos, mientras
el sol iniciaba su descenso en el cielo.
Cuando regresaron a la tienda, Laurel bajó de la escúter y le dio
unas palmaditas en el asiento, como si se tratara de un corcel digno de
confianza que mereciera un premio. Después le devolvió el casco al chico
de la tienda y sacudió la cabeza para ahuecarse el cabello.
—Ahora podemos ir a los karts, señor Bane, donde no podrás
más que respirar los gases de mi tubo de escape.
Devlin intentó cogerla de la mano, pero ella se echó a reír y se
mantuvo fuera de su alcance dando saltitos.
—¿Qué te pasa, grandullón, tienes miedo de una pequeña
competición?
De lo que Devlin tenía miedo era de no poder disfrutar de otro
día como aquél en toda su larga vida, pero esto no podía contárselo a
Laurel. No cuando ella se sentía tan feliz. Ya se enfrentaría a la realidad
al día siguiente.
Durante el resto de la tarde y la noche que se extendía ante a
ellos, se lo pasaría bien junto a ella. ¡Y de ningún modo pensaba dejarla
ganar! Si lo hiciera, ella se lo recordaría el resto de sus días.
Laurel bajó de la cama y se puso la camiseta de Devlin. Le
llegaba a medio muslo, con lo que quedaba lo bastante decente para salir
al balcón. Después de la actividad que habían desplegado durante todo el
día, debería estar durmiendo, pero las pesadillas la atormentaban y no
conseguía evitarlas.
La luz de la luna titilaba sobre las olas del océano
proporcionando a la noche un brillo plateado. El ambiente se había
refrescado desde que el sol se ocultó detrás del horizonte con una
explosión de colores intensos. Conforme la oscuridad se había ido
apoderando de la ciudad, Devlin y ella habían buscado la intimidad de su
habitación. Eran conscientes de que las horas que les quedaban para
estar juntos se escurrían entre sus dedos como la arena de la playa.
Una vez más, Devlin se unió a Laurel en el balcón, pero en esta
ocasión, en lugar de abrazarla, se colocó a su lado. Aunque comprendió
su necesidad de mantenerse a distancia, su actitud le dolió.
Laurel se cruzó de brazos y se volvió hacia él.
—Nunca imaginé que fueras un cobarde, Devlin.
—Es por tu propio bien, y tú lo sabes.
Su voz reflejaba, de una forma inequívoca, una mezcla de rabia y
dolor.
—¿Y quién eres tú para decidir lo que es bueno para mí y lo que
no lo es? —Durante toda su vida, su familia había intentado encasillarla
en una vida ordenada y agradable que ellos pudieran entender, y no
pensaba permitir que Devlin hiciera lo mismo—. Nunca me has
preguntado por mi familia, Devlin. ¿Es porque no te importa o porque
saber sobre ellos me convertiría en algo más que alguien con quien pasar
un buen rato en la cama?
Los músculos de la mandíbula de Devlin se pusieron en tensión
mientras contenía las palabras que pugnaban por salir de su boca. Ella lo
pinchó un poco más.
—Pues déjame hablarte de ellos. Son personas buenas y
decentes que van a la iglesia los domingos y que apenas han salido del
condado en el que nacieron. Todos mis hermanos se han casado con sus
novias de toda la vida y se han establecido para criar a la nueva
generación. Todos me quieren y ninguno me comprende. Yo soy la oveja
negra de la familia, la rara, la única para la que quedarse no era
suficiente. Yo quería algo diferente y creí que lo había encontrado
contigo.
—Laurel...
Ella no se molestó en ocultar las lágrimas que resbalaban por su
cara.
—No, déjame acabar. Tú eres el único que comprende lo
importante que es mi trabajo para mí y cuánto significa para mí luchar
para salvar a todos y cada uno de los Paladines que entran en mi
laboratorio. Tú no sólo respetas lo que hago, sino que te sientes
orgulloso de lo que intento conseguir. Sé que tú y los demás me veis
como a una hermana pequeña que necesita que la protejan, pero no soy
un alfeñique que no pueda encarar la adversidad. —Laurel utilizó el borde
de la camiseta para secarse las lágrimas—. Maldita sea, Devlin, te amo y
no permitiré que me niegues ese derecho.
Se produjo un silencio y Laurel esperó a ver qué hacía o decía
Devlin.
Su reacción no tardó en producirse. Devlin la acogió en la
seguridad de sus brazos y la abrazó como si ella fuera lo más querido y
maravilloso que hubiera en su vida.
—Tu amor es el mejor regalo que he recibido nunca, Laurel.
Hacía mucho tiempo que no me permitía preocuparme por nadie que no
fueran mis amigos. Más que nada, porque ellos son los únicos que
comprenden de verdad lo que soy: un hombre que ha nacido para matar.
Entonces apareciste tú con tu sonrisa resplandeciente y tus suaves
caricias. —Devlin le dio un beso en la frente—. Yo también te amo, pero
no permitiré que mueras por mí.
Devlin entró en la habitación y la dejó a solas.
¡Aquello era el colmo! Laurel entró como un vendaval y encendió
las luces. Él se había sentado en la cama y se disponía a coger el móvil.
La repentina claridad hizo que se detuviera a mitad del movimiento.
—No te atrevas a cargar eso sobre mí, Devlin Bane. No tienes
derecho a tomar decisiones por mí, no sin antes consultarme. No es
culpa tuya que un chiflado vaya tras de ti. ¡Demonios, un conductor
borracho podría atropellarme mañana! ¿Eso también sería culpa tuya? ¿Y
si se produjera un ataque terrorista a la ciudad? ¿Cuánta culpa estás
dispuesto a asumir con tal de no darle a lo nuestro la oportunidad de que
funcione?
Laurel se acercó a Devlin para mirarlo a la cara y él la tumbó en
la cama y la inmovilizó con el peso de su cuerpo. Mientras la miraba con
furia, ella sonrió y le cogió la cara con las manos.
—¿Así que me amas?
—Desde luego que sí. —Devlin se liberó con agilidad de los
pantalones del pijama y tras unos pocos impulsos estuvo en el interior de
Laurel—. Y tú me amas a mí.
Ella levantó las piernas, rodeó con ellas la cintura de Devlin y lo
alentó a continuar.
—Sí, y nada, ni siquiera tú, conseguirá cambiarlo.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:12 pm

CAPÍTULO 13
Laurel estaba sola. Y él también. ¡Había llegado la hora! O
actuaba en aquel mismo momento o cogía las maletas y desaparecía.
Cuando su misterioso jefe le había telefoneado, él no estaba en su casa y
el mensaje que le había dejado en el contestador era claro y escueto. O
realizaba el trabajo o podía prepararse para morir en lugar de Bane. El
tono frío y profesional de su voz hacía que la amenaza resultara aún más
escalofriante.
Merodeó por la zona durante dos días intentando encontrar a
Devlin Bane, pero fue inútil. Si no conseguía encontrar a su presa,
obligaría al Paladín a ir a su encuentro. Había esperado toda la mañana a
que la doctora Young estuviera sola, pero ella había estado reunida con
el doctor Neal y, después, con el coronel Kincade. No sabía cuál había
sido el tema de aquellas reuniones, pero, a juzgar por la expresión de sus
caras, no era nada bueno. Él esperaba que fueran malas noticias respecto
a sus queridos Paladines. Quizá tenían que eliminarlos a todos, como
perros rabiosos que eran.
Esta idea le gustaba, salvo por el problema que suponían los
Otros. Sin duda él y los otros guardias podían manejar la situación cuando
eran sólo unos cuantos los que cruzaban la barrera de una vez, pero
cuando cruzaban en avalanchas, se precisaban los servicios de aquellos
locos bastardos para retenerlos. Quizá los Regentes podían encerrarlos
en celdas bajo tierra y abrirlas, sólo, cuando las cosas se pusieran
realmente mal.
Claro que ¿quién sería el loco que intentara volver a meterlos en
las celdas cuando terminara la batalla? Desde luego, él no; no tenía ganas
de morir.
Miró por la ventanilla de la puerta del laboratorio. ¡Maldita sea!
Se estaba comiendo un bocadillo en su escritorio.
¿A qué se debía esta forma de actuar? Ella casi siempre salía a la
calle a comprar comida, pues decía que caminar al aire libre le aclaraba
la mente. Con frecuencia, se ofrecía para llevar alguna cosa a los
guardias que estuvieran de servicio, incluido él.
Seguro que, después del intento fallido de secuestro de la otra
noche, sospechaba que algo no iba bien. En otras circunstancias, si Bane
o Trahern hubieran intentado convencerla de que alguien iba por ella,
ella los habría tratado de paranoicos, pero, sin lugar a dudas, el tiro que
le había pegado a Trahern les había proporcionado la prueba que ella
necesitaba. La cuestión era si ellos la habían advertido contra los
miembros de la Guardia Nacional. Él estaba seguro de no haber dejado
ningún rastro, pero Bane podía haberle dicho que no se fiara de nadie
salvo de sí mismo.
Sólo había una manera de averiguarlo. El tiempo se le acababa. Si
no conseguía secuestrarla en aquel momento, lo mejor que podía hacer
era meterse el cañón de la pistola en la boca y apretar el gatillo. Esta
muerte sería más agradable que la que le proporcionaría su desconocido
jefe o Devlin Bane.
Las manos le temblaron un poco mientras se preparaba para
encararse a la encantadora doctora Young. Quizá la mantendría
«ocupada» durante uno o dos días antes de permitir que Bane supiera
dónde encontrarla. Suponía que el último lugar en el que Bane buscaría
sería en los túneles que había debajo del edificio de Investigación. Y si él
se cansaba de la doctora, siempre podía dejarla en uno de los túneles
para que los Otros la encontraran en su próximo intento de subir a la
superficie.
Sí, esta idea le gustaba. Los Otros matarían a la bruja sin titubear
y, cuando su amante lo descubriera, se volvería loco. No costaría mucho
convencer a Kincade e incluso al doctor Neal de que Bane había cruzado
la línea, con lo que su muerte se convertiría en un acto compasivo.
Conforme las piezas del rompecabezas encajaban, sus manos se fueron
estabilizando.
Comprobó por última vez que su pistola estuviera a punto y abrió
la puerta del laboratorio.


Laurel no podía creer lo que veían sus ojos, pero llevaba casi una
hora contemplando la verdad. El cambio que se percibía entre el escáner
que le había realizado a Devlin cuando revivió y el que le había hecho el
doctor Neal como parte del examen general, era considerable.
A menos que estuviera deduciendo más de lo que los números
decían en realidad, la primera vez que los datos habían descendido fue
cuando ella le cogió la mano. Le gustaría creer que este dato era
significativo, pero la científica que había en su interior no le permitía
extraer conclusiones precipitadas. Tenía que hacerlo bien. Tenía que
establecer experimentos controlados para validar el hallazgo.
El problema consistía en que no sabía qué era lo que producía
los cambios en realidad. ¿Podía tratarse de algo tan simple como el
contacto físico?
Las imágenes de cómo habían pasado, Devlin y ella, la noche
anterior, invadieron su mente. Éste sí que era un experimento al que ella
se presentaría como voluntaria, al menos en privado. Esta idea la hizo
sonreír.
La intuición le decía que estaba a punto de descubrir algo
importante. Ordenó los gráficos cronológicamente y volvió a introducirlos
con cuidado en el expediente de Devlin. Le contaría lo que había
descubierto después de que el doctor Neal revisara los datos. Sin duda,
el doctor se enfadaría al saber que ella se había implicado desde un
punto de vista personal, por no decir íntimo, con uno de sus pacientes.
Pero si esto implicaba que habían descubierto la forma de ayudar
a los Paladines a escapar del proceso implacable de muerte y
destrucción, ella estaba más que dispuesta a aguantar el chaparrón.
Laurel cedió al impulso de bailar de alegría...
Y se encontró cara a cara con la boca del cañón de una pistola.
Paralizada de terror, Laurel tardó unos segundos en reconocer a la
persona que sostenía el arma. En aquel momento, sus ojos, que
normalmente eran amigables, se parecían a los de Trahern.
—¡Sargento Purefoy! ¿Es esto una especie de broma?
Una mirada al frío odio que reflejaban sus ojos fue suficiente
para romper en mil pedazos aquel sueño.
—Sí, doctora, se trata de una broma, pero yo seré el único que se
ría. —Purefoy señaló la puerta con el cañón de la pistola—. Usted y yo
vamos a un lugar bonito y privado para escondernos uno o dos días.
Tengo en mente algo especialmente divertido para los dos.
El sargento fijó su mirada en los pechos de Laurel y, después, la
deslizó lentamente por el resto de su cuerpo. A continuación, sonrió
dando a entender lo que tenía pensado. Laurel retrocedió un paso
mientras se le revolvía el estómago. Era como si estuviera mirando a un
desconocido en lugar de aun hombre al que conocía y en el que había
confiado.
La revulsión que experimentó debió de reflejarse en su cara,
porque el sargento Purefoy le dio una bofetada.
—¡No me mire con aires de superioridad, bruja! Sé que se ha
estado abriendo de piernas para Bane. ¡Mierda, pero si ni siquiera es
humano!
Ella lo miró directamente a los ojos decidida a no acobardarse. A
continuación, lanzó una mirada a la cámara que colgaba del techo, en una
esquina, esperando que alguien viera aquel espectáculo. Seguro que no
todos los guardias estaban implicados en aquella trama.
El sargento se percató de lo que hacía y se echó a reír.
—¿Quién cree que es el encargado de vigilar los laboratorios en
este momento? Y mi compañero acaba de sufrir una intoxicación
alimentaria y ha tenido que marcharse apresuradamente a casa.
¡Imagíneselo! ¡Qué coincidencia! Así que, hasta que llegue el siguiente
relevo, yo estoy al mando de todo.
El sargento cogió el móvil de Laurel, que estaba encima del
escritorio, y lo introdujo en uno de los bolsillos de su uniforme. A
continuación, agitó el cañón de la pistola en dirección a la puerta.
—Ahora cruzará usted esa puerta conmigo y actuará como si
todo fuera normal. Un movimiento en falso o un intento de fuga y no
dudaré en disparar a cualquier persona con la que nos crucemos. —El
sargento sonrió—. Y también a usted. Aunque no la mataré, no se
preocupe. Pero una herida en su pierna no interferirá mucho en los
planes que he trazado para nosotros.
¡Aquello fue el colmo! ¡De ningún modo pensaba seguir sus
planes como un corderito camino del matadero! ¿Qué podía utilizar como
arma? Él debió de presentir que ella tramaba algo, porque la alejó del
escritorio hacia el centro de la sala. A continuación, se colocó a su lado y
apretó la pistola contra sus costillas. El sargento, prácticamente, la
arrastro por el pasillo hasta unas escaleras que conducían a un nivel
inferior que apenas se utilizaba.
Laurel tropezó deliberadamente, se agarró a la barandilla de la
escalera y se dejó caer al suelo. El sargento tiró de ella para que volviera
a levantarse, pero Laurel se negó a moverse.
—A menos que quiera que me caiga de nuevo y me rompa una
pierna, tendrá que esperar un segundo. —Laurel se quitó un zapato y lo
sostuvo en alto—. Por su culpa, se me acaba de romper un tacón.
Antes de que el sargento pudiera evitarlo, Laurel lanzó el zapato
hacia el pasillo y, tras sacarse el otro, lo lanzó escaleras abajo.
El sargento la levantó tirándole de los cabellos. Los últimos
vestigios de cordura que le quedaban habían desaparecido.
—No soy un estúpido, doctora. —Deslizó el cañón de la pistola
por el cuello de Laurel—. Sé que está intentando dejar un rastro para que
su amante lo siga, pero no funcionará. Aunque él encuentre los zapatos,
creerá que los he dejado yo para conducirlo a una trampa. Cuando
descubra que realmente la he llevado a los túneles, será demasiado
tarde. Para usted y para él. —Empezó a bajar las escaleras sin dejar de
hablar—. En una ocasión, pensé en hacérmelo con una hembra de los
Otros, pero cuando atrapé a una, no pude soportar el hedor de su mundo.
Además, debido al color gris de su piel, parecía un cadáver. Sin embargo,
me apuesto lo que sea a que a cualquier macho de los Otros no les
importará hacérselo con una humana. ¿ Sabía que a veces viajan de dos
en dos? Esto haría que la experiencia le resultara más que especial, ¿no
cree? Después de todo, debe de haber una razón para que sigan cruzando
la línea que separa ambos mundos. Quizá se deba a algo tan simple como
querer follar con una mujer que no parezca una muerta.
—Mejor con uno de ellos que con usted, hijo de puta.
Laurel se preparó para recibir otro tortazo, pero Purefoy no
reaccionó a su provocación, sólo la empujó a una esquina, al pie de las
escaleras, mientras pulsaba los botones de un teclado. Después de
introducir el código y abrir la puerta, el sargento cogió a Laurel del brazo
y la arrastró al interior del almacén.
Los rodeó un profundo silencio, interrumpido, sólo, por su
respiración. Laurel sabía, por visitas anteriores, que la habitación estaba
atiborrada de archivos protegidos de los efectos del medio. Para mayor
protección de los documentos, sólo había una pequeña bombilla junto a la
puerta. Más allá del halo de luz que ésta despedía, había detectores de
movimiento que encendían las distintas luces según se necesitaran. Estas
precauciones eran precisas porque allí se guardaba toda la historia de los
Paladines, la cual había sido escrita y conservada por los Regentes desde
los nebulosos inicios de la palabra escrita.
—¡Vamos!
El sargento Purefoy se dirigió al fondo de la sala avanzando
siempre al límite de la oscuridad, pues corría más que los detectores de
movimiento.
Se detuvieron delante de un ascensor que quedaba oculto a la
vista. Los dedos de Purefoy volaron sobre el teclado para hacer subir al
ascensor de las profundidades subterráneas. Un escalofrío recorrió el
cuerpo de Laurel. Ella nunca había visto a los Otros, salvo en fotografías
y una vez durante una autopsia que le realizaron a uno para mostrar a los
nuevos Tutores el tipo de seres a los que tenían que enfrentarse los
Paladines.
La idea de ser atada a un poste, como una cabra, para atraer a un
predador macho le producía náuseas, aunque se preguntaba si esto sería
peor que padecer abusos por parte del loco que tenía a su lado. ¿El
hecho de que ella hubiera elegido a un Paladín como amante era la razón
de que el sargento hubiera llegado a aquel extremo?
No, esto no tenía sentido. Si alguna vez se había interesado por
ella como mujer, nunca lo había demostrado. Su relación siempre había
sido cordial y profesional.
¿Qué era lo que lo empujaba a arriesgarse a sufrir una muerte
segura a manos de los Paladines? Sin duda sabía que, aunque lograra
matarla a ella y a Devlin, el resto de los Paladines haría cola para acabar
con él.
—¿Por qué hace esto?
Laurel hizo lo posible por mantener la voz estable y calmada.
Purefoy ya mostraba signos de perder el control, desde tener las pupilas
dilatadas hasta la cara bañada en sudor. Era impredecible lo que podía
hacer si ella lo presionaba demasiado.
—Por el dinero suficiente para ser un hombre rico.
Las puertas del ascensor se abrieron. Purefoy empujó a Laurel y
entró en el ascensor detrás de ella.
—Los Paladines son los niños mimados de los Regentes, quienes
les conceden todas las riquezas y la gloria. Mientras tanto, nosotros, los
guardias, recibimos una paga miserable que apenas nos alcanza para
vivir.
—Pero los Paladines luchan contra los Otros.
¿Y cómo podía pensar que los Paladines recibían toda la gloria
cuando su existencia era uno de los secretos mejor guardados de la
historia?
Purefoy soltó un respingo.
—¡Ah, sí, ellos tienen que luchar! ¿Pero qué, unos pocos días al
mes? Incluso cuando las cosas salen mal, ellos regresan del mundo de los
muertos como unos zombis. Pero a nosotros nos envían a los túneles
para ayudarlos y, cuando morimos, no resucitamos.
Era imposible razonar con aquel hombre. Cuanto más hablaran,
más se convencería a sí mismo de que estaba envuelto en una cruzada
moral contra la injusticia en nombre de toda la Guardia Nacional, en lugar
de aceptar que actuaba por codicia. Mientras tanto, el ascensor
continuaba bajando hacia los túneles, muy por debajo de las calles de
Seattle.
Llegaron a la parte inferior con una sacudida chirriante. Cuando
las puertas se abrieron, Laurel obtuvo la primera vista de los túneles
fríos y húmedos en los que los Otros y los Paladines luchaban y morían.
Y donde ella también podía morir.


Cullen asomó la cabeza por la puerta del despacho de Devlin.
—¡Eh, Dev, dijiste que te avisáramos si percibíamos algo fuera
de lo común!
Devlin levantó la vista de los informes de los escáneres que D.J.
le había imprimido tras entrar en los archivos médicos a través de la red.
Se apretó el puente de la nariz deseando que Laurel estuviera allí para
ayudarlo a interpretar la jerga médica. Debería haberse preocupado antes
de aprender a leer los informes médicos.
—¿Qué ocurre? ¿El volcán está activo otra vez?
Lonzo todavía no estaba en plena forma y Trahern se movía con
lentitud. Lo último que necesitaban era otra avalancha de los Otros.
Cullen negó con la cabeza.
—No, pero D.J. ha captado una señal en uno de los monitores de
los túneles. Está intentando rastrearla, pero sólo se ha producido una
vez.
—Mantenedme informado.
—De acuerdo. Por cierto, voy a salir a comprar unos bocadillos,
¿quieres uno?
Devlin no se había dado cuenta de lo tarde que era.
—No, tengo planes para cenar.
Y también para después de cenar, pero esto Cullen no tenía por
qué saberlo. La única persona que sabía que Laurel todavía seguía
alojada en su casa era Trahern y, para la seguridad de Laurel, pensaba
seguir manteniéndolo en secreto.
—Está bien. Por si me necesitas, estaré fuera una media hora.
Cuando la puerta se cerró, Devlin se reclinó en la silla y cerró los
ojos con la esperanza de aliviar el dolor de cabeza que le habían
provocado la lectura de los informes médicos y la falta de sueño. Sin
embargo, no pudo evitar sonreír. La última noche que había pasado con
Laurel había sido, como mínimo, energética. Aquella mujer debía de
hacer ejercicio, porque la verdad era que tenía mucho aguante. Después
de hablar de la situación en la que se encontraban, habían conseguido
dormirse, pero ella lo despertó con dulzura un par de horas más tarde y
él le devolvió el favor justo antes de que sonara la alarma.
También habían probado en su ducha para así comparar con la de
casa de Laurel. La piel resbaladiza a causa del jabón y los chorros
pulsantes del agua le habían proporcionado un feliz comienzo de día.
Habían acabado con la reserva de agua caliente, así que, en cuanto las
cosas se calmaran, compraría un calentador de agua más grande.
Estos pensamientos lo empujaron a descolgar el teléfono. Eran
casi las seis. Ya había llegado la hora de llamar a Laurel y saber a qué
hora quería que la recogiera. Si le contaba algunas de sus ideas para la
noche, quizás ella decidiría que parte de su trabajo podía esperar al día
siguiente.
Marcó el número de Laurel y se reclinó en el asiento. El teléfono
del laboratorio sonó cinco veces y después se conectó el contestador.
Devlin consideró la posibilidad de dejarle un mensaje, pero no sabía si la
línea era segura y lo último que necesitaba era que el doctor Neal o uno
de los guardias oyeran el mensaje.
Quizás estaba enfrascada en algún asunto y no podía responder a
la llamada. De todas formas, la llamó al móvil. Este sonó una vez y
enseguida transfirió la llamada al buzón de voz.
Cuando la dejó en el trabajo, habían acordado que él la llamaría
durante el día para saber cómo estaba. ¿Por qué habría de desconectar el
móvil? Desconectarlo podía deberse a un descuido o una estupidez y
Laurel Young no era ninguna de estas dos cosas.
¡Maldición! ¿No habrían subestimado al jodido bastardo? Se
necesitaba un buen par de cojones para secuestrarla en el trabajo, con la
posibilidad de cruzarse con los guardias o el doctor Neal en cualquier
momento.
Devlin cogió su pistola y su espada. Si el maldito cabrón le había
puesto a Laurel aunque sólo fuera un dedo encima, él disfrutaría
cortándolo en pedacitos minúsculos.
Camino del exterior, Devlin se detuvo para contarle a DJ. adonde
iba y por qué, pero DJ. no estaba en su mesa. En lugar de perder el
tiempo buscándolo, lo llamó por el interfono.
—¡D.J., trae tu culo inútil hasta tu mesa!
En menos de diez segundos, su amigo apareció con Lonzo y
Trahern siguiéndole los pasos. Una mirada al rostro de Devlin fue
suficiente para que D.J. se tragara el ingenioso comentario que estaba a
punto de hacer.
—¿Qué ocurre?
—Me voy al laboratorio para comprobar si Laurel está bien.
—¿Algo va mal? —Trahern apartó a Lonzo de un empujón—.
¿Necesitas que te acompañe?
—Todavía no lo sé. Laurel no contesta al teléfono fijo ni al móvil.
Podría no ser nada, pero no es normal en ella.
—Tienes razón, no es normal. —La preocupación de Trahern se
reflejó en la frialdad de sus ojos—. Avísame si necesitas refuerzos.
—Gracias, así lo haré. —Devlin se dirigió a la puerta—. Os
llamaré para poneros al corriente en cuanto sepa algo.


Devlin condujo directamente hasta el aparcamiento reservado
para los miembros de Regencia y sus empleados. El garaje estaba
prácticamente vacío, pues el turno de día se había ido a casa. Nadie se
quedaba mucho más tarde de las seis, a menos que la barrera estuviera
fluctuando y se esperara la llegada de Paladines heridos.
Después de cerrar el coche, se dirigió a la entrada principal del
edificio. Una vez en el interior, su inquietud creció enormemente al ver
que el puesto de los guardias estaba vacío. Incluso cuando andaban
escasos de personal, el coronel Kincade insistía en que la vigilancia de la
entrada no se descuidara. Ellos constituían la primera línea de defensa
del edificio las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Además,
eran los responsables de controlar las cámaras y los micrófonos
situados en las áreas que requerían más seguridad, como, por ejemplo,
los laboratorios.
Devlin sacó su teléfono móvil y pulsó una tecla de marcación
rápida. D.J. contestó a la primera llamada.
—El edificio parece vacío y no hay guardias en la entrada. Voy a
volver al coche para coger las armas. Necesito que desconectes los
sensores el tiempo suficiente para poder entrar sin que suene la alarma.
¿Puedes hacerlo?
Devlin esperó con impaciencia mientras D.J. consultaba con
alguien, seguramente con Cullen. En temas informáticos, lo que uno no
sabía lo sabía el otro. D.J. no tardó mucho en contestar y, tal como Devlin
esperaba, le prometió un mínimo de sesenta segundos para cruzar la
entrada.
—Gracias, D.J., te llamaré y dejaré que el teléfono suene un par
de veces cuando esté preparado. Después contaré hasta treinta antes de
cruzar la línea de los sensores. Dile a Trahern que no estaría mal que
viniera hacia aquí.
Devlin se sintió aliviado al saber que su amigo ya estaba de
camino y que llegaría en poco tiempo. A cada segundo que pasaba, sus
instintos le decían que algo iba terriblemente mal.
Cuando regresó al vestíbulo principal con sus armas, éste todavía
estaba desierto. Marcó el número de D.J. y cortó la comunicación a la
segunda llamada. Mientras contemplaba el reloj que colgaba de la pared,
contó con impaciencia los segundos que tenían que transcurrir hasta que
pudiera cruzar la línea de seguridad sin problemas. Dejó que
transcurrieran diez segundos más de lo acordado, pero, aun así, temía
que la alarma se disparara.
Se dirigió a la zona de los laboratorios envuelto en un silencio
cargado de tensión. Pistola en mano, caminó con el sigilo de un cazador.
La espada colgaba de su costado. Los Paladines recurrían a las armas de
la antigüedad sólo cuando luchaban contra los Otros. Pero allí, lejos de la
frágil barrera, Devlin prefería usar un arma más moderna, una que
acabara rápido con cualquier cabrón que se atreviera a amenazar a su
mujer.
Se acercó a la puerta del laboratorio de Laurel desde el lateral y
lanzó una rápida mirada al interior a través de la ventanilla. No tardó
mucho en darse cuenta de que el laboratorio estaba vacío, al menos, la
zona que quedaba a la vista. Abrió la puerta lo justo para poder entrar
mientras sostenía la pistola con ambas manos. Aparte del suave zumbido
del equipo del laboratorio, la habitación estaba en silencio. Y vacía.
Se guardó la pistola en la cinturilla de los téjanos y examinó
meticulosamente las mesas, los armarios e incluso las camillas vacías en
busca de algún signo de violencia o alguna clave que explicara qué le
había ocurrido a Laurel. Lo único que había en la papelera era el
envoltorio arrugado del bocadillo que le había preparado para comer.
Estaba convencido de que ella no rompería la promesa que le había
hecho de no salir del edificio, y las migas y el envoltorio de plástico
confirmaban su convencimiento.
Dio un puñetazo en la mesa con frustración. Quizá la habían
llamado para una reunión de última hora, pero ella nunca habría dejado el
bolso fuera del armario. Además, se habría llevado el portátil.
El móvil de Devlin sonó rompiendo el silencio que lo envolvía. El
número que apareció en la pantalla era el de Laurel y Devlin supo,
incluso antes de responder, que algo no iba bien.
—Bane al habla.
—¿Devlin?
Le pareció que a Laurel le temblaba la voz, aunque la recepción
no era buena. O estaba al límite de la zona de cobertura o en algún lugar
con interferencias.
—Laurel, ¿dónde estás? ¿Y con quién estás?
Devlin mantuvo la voz calmada mientras caminaba de un extremo
a otro del laboratorio.
—No puedo decírtelo, pero, ahora mismo, estoy bien.
Su respuesta implicaba que, a la larga, podía no estarlo. Mataría
al jodido bastardo tres veces seguidas.
—Me ha dicho que te diga que te comunicará cuándo quiere que
te unas a la fiesta.
La comunicación se cortó y el teléfono volvió a sonar. Esta vez
se trataba de D.J., quien le dijo que Trahern acababa de llegar y estaba a
punto de entrar en el edificio.
Justo cuando Devlin guardaba el móvil en el bolsillo del pantalón,
el otro Paladín entró en el laboratorio. Trahern bajó el cañón de su
pistola y la guardó en la funda que le colgaba del hombro mientras
recorría con su fría mirada el laboratorio vacío.
—¿La doctora no está?
—Él la tiene —declaró Devlin.
—Aparte de que es hombre muerto, ¿sabemos alguna cosa de él?
Trahern se acercó a Devlin, pero mantuvo entre ellos una
distancia de maniobra por si surgía alguna amenaza inesperada.
—No. Le ha dicho a Laurel que me diga que me hará saber
cuándo estoy invitado a «unirme a la fiesta».
Las imágenes de lo que el maldito bastardo podía tener pensado
hacerle a Laurel cruzaron su mente y le hicieron desear rugir de rabia.
—Entonces tenemos que encontrarlos antes de su invitación. —
Trahern señaló el portátil de Laurel con la cabeza—. ¿Has comprobado si
ha tenido tiempo de dejarnos una pista?
Devlin soltó una maldición y conectó el ordenador. Se trataba de
una posibilidad remota, pero el hecho de que no se le hubiera ocurrido
comprobarla le preocupó, porque demostraba lo alterado que estaba.
—No hay entradas recientes.
Devlin consideró las alternativas que tenían.
—Llama a D.J. y dile que envíe a Cullen para que examine el
puesto de vigilancia de los guardias. Quizás una de las cámaras ha
captado la imagen del bastardo. En última instancia, siempre puede
consultar el registro y averiguar quién estaba hoy de guardia.
Mientras Trahern realizaba la llamada, Devlin respiró hondo para
encontrar aquella calma que lo invadía siempre antes de que la barrera
se desconectara y los Otros la cruzaran en tropel.
¡La barrera! Algo sucedía con la barrera. Devlin arrebató el
teléfono de las manos de Trahern.
—D.J., ¿has seguido el rastro de la señal que detectaste antes?
La que dijiste que se había producido en uno de los túneles más remotos.
No, D.J. no había tenido tiempo de rastrearla, pero sólo se había
producido una vez.
—¿Dónde se encuentra la entrada a los túneles? ¿Puedes
averiguarlo?
Mientras D.J. respondía a su pregunta, Devlin corrió hacia la
puerta con Trahern pegado a sus talones.
—¿Adonde vamos ahora?
—No hace mucho, algo disparó los sensores en uno de los
túneles más remotos. Remoto sólo porque no está cerca de la barrera,
pero, de hecho, está justo debajo de este edificio. D.J. está buscando los
planos para decirme cómo acceder a los túneles desde aquí. Si no,
tendremos que bajar desde el Centro y volver por los túneles hasta aquí.
Hasta que me llame con la información, lo único que podemos hacer es
buscar la entrada.
En el vestíbulo convergían tres pasillos. Como primera opción,
eligieron el de la izquierda, porque era el más corto. Devlin y Trahern
realizaron una búsqueda estándar, entrando, primero uno y después el
otro, en cada una de las habitaciones y despachos que encontraban en el
camino. La mayoría estaba a oscuras, pues los ocupantes se habían ido a
sus casas una vez finalizada la jornada.
Continuaron la búsqueda en el pasillo siguiente. A mitad del
pasillo tuvieron suerte. En el suelo, cerca del principio de una escalera,
había un zapato de mujer. Antes incluso de examinarlo de cerca, Devlin
supo que pertenecía a Laurel. Lo que no sabía era si lo había dejado ella
para que él siguiera la pista o si lo había dejado su secuestrador como
pista falsa.
Cuando Trahern llegó a su lado, le mostró el zapato.
—Es de Laurel.
—¿Crees que ha sido ella quien lo ha dejado aquí?
—Eso me gustaría creer, pero no hay forma de saberlo. —Devlin
reflexionó acerca de las distintas opciones—. ¿Tienes alguna idea de
adonde conducen las escaleras?
Trahern le dio la respuesta más obvia.
—Abajo.
—Gracias. —Devlin volvió a dejar el zapato en el suelo—. Creo
que las escaleras son nuestra mejor opción, pero deberíamos realizar un
examen rápido del resto de la planta antes de lanzarnos abajo. Yo
examinaré este lado y tú el otro. Si D.J. me llama te avisaré.
No tardaron mucho en terminar la búsqueda, que resultó
infructuosa. El secuestrador habría sido un loco si hubiera arrastrado a
Laurel a una de las plantas superiores, donde podía ser acorralado sin
ninguna escapatoria posible. No, o habían salido del edificio por una de
las puertas de la planta baja o habían encontrado otra salida. Arrastrar a
una mujer por la calle en contra de su voluntad, sobre todo si le faltaba
un zapato, y aunque sólo fuera durante el par de minutos que podían
tardar en llegar a un coche, era demasiado arriesgado.
Sólo quedaba la escalera. Justo cuando Trahern regresaba sonó
el móvil de Devlin. Éste miró a su amigo y aquél negó con la cabeza.
Nada, lo cual confirmaba sus deducciones.
—Dame buenas noticias, D.J.
El informe de su amigo fue breve.
—Gracias. No, quédate ahí. Quizá necesite que llames a las
tropas. Te mantendremos informado siempre que podamos. —A
continuación, se dirigió a Trahern—. En la planta inferior hay una cámara
climatizada donde se guardan los archivos de los Regentes. Según los
planos que D.J. ha conseguido, la única puerta de acceso a la cámara está
al final de estas escaleras y, para abrirla, se precisa del código de
seguridad.
—Supongo que DJ. se está ocupando de este pequeño detalle por
nosotros.
Devlin se encogió de hombros.
—Lo está intentando, pero si falla, haré saltar la puerta por los
aires.
—Suena divertido.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:16 pm

CAPÍTULO 14
Devlin comprobó el estado de su pistola y el deslizamiento de su
espada dentro de la funda mientras Trahern hacía lo mismo. Cuando
estuvieron preparados, Devlin empezó a descender el primer tramo de
las escaleras. Cuando llegaron al primer rellano, se detuvieron y bajaron
el resto de las escaleras a zancadas mientras se cubrían el uno al otro
por si el secuestrador no trabajaba solo.
Cuando llegaron al final de las escaleras, lo primero que notó
Devlin fue que la puerta de la cámara estaba un poco abierta. Telefoneó a
DJ.
—¿Has abierto tú la puerta? ¿No? Eso creía yo.
Devlin cortó la comunicación antes de que D.J. pudiera formular
ninguna pregunta.
—¡Devlin, mira!
Trahern señalaba una esquina.
El otro zapato de Laurel estaba allí, entre las sombras, casi
oculto por las escaleras. Esto lo convenció de que era Laurel quien les
estaba dejando las pistas. Si el secuestrador hubiera querido dejar una
pista falsa, habría dejado el zapato más a la vista, donde Devlin lo hubiera
visto inevitablemente. Sin duda, Laurel intentaba, con los escasos
recursos de los que disponía, conducir a sus salvadores directamente
hasta ella. Devlin deseó que Laurel obtuviera consuelo de la confianza en
que él la estaba buscando. Y, cuando la recuperara, no la dejaría escapar
pasara lo que pasara.
Pero, en aquel momento, lo que tenía que hacer era averiguar
qué había detrás de la puerta número tres.
—¿Vamos allá?
Trahern asintió con la cabeza y lo siguió a la oscuridad del
interior de la cámara.


El frío le caló hasta los huesos a Laurel mientras el sargento
Purefoy la arrastraba por el interminable laberinto de túneles. Al
principio, ella intentó recordar todos los giros y derivaciones que
tomaron, pero lo dejó correr cuando se dio cuenta de que la ruta que
seguían retrocedía dos y tres veces en la misma dirección. Aunque
consiguiera liberarse y escapar, albergaba pocas esperanzas de
encontrar el camino de vuelta al ascensor que habían tomado para
descender a aquel infierno.
Justo cuando creía que Purefoy no se detendría nunca, él realizó
un giro repentino a la izquierda. El brusco cambio de dirección casi la
hizo caer de rodillas y Laurel se esforzó en mantener el equilibrio.
Purefoy examinó el estrecho pasadizo que habían tomado y asintió con la
cabeza, como si se sintiera satisfecho. Laurel no percibía nada que lo
distinguiera de los otros túneles, pero no le importaba. Simplemente se
alegraba de dejar de correr durante un rato. Entonces vio lo que había
junto a una de las paredes y el estómago le dio un vuelco.
—Bienvenida a su nuevo hogar temporal. —Purefoy realizó una
mueca horrible y la condujo a una cama estrecha de hierro con un
colchón sucio encima—. Sé que no es muy agradable, pero no se puede
decir que esté aquí de vacaciones, ¿no?
Laurel se soltó, de un tirón, de la mano con la que Purefoy la
sujetaba.
—Lo mandaría al infierno, Purefoy, pero ya estará allí pronto.
Más o menos cinco minutos después de que Devlin Bane le ponga las
manos encima... Si tiene suerte. Y, si no la tiene, podría tardar horas.
Su propia bravuconada le levantó el ánimo. Purefoy enseguida
desvió la mirada hacia el túnel por el que habían llegado, lo que indicó
que Laurel le había metido un gol.
—¡Cállese, bruja!
—Oblígueme a hacerlo.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Laurel supo que había
cometido un error táctico garrafal. Purefoy ya tenía los nervios a flor de
piel y estaba cargado de adrenalina. No era preciso que ella añadiera
testosterona a la mezcla.
Purefoy alargó el brazo y tiró de Laurel hacia sí.
—Supongo que, si le gusta lo que Bane le da en la cama, es que
le gusta la rudeza.
Laurel sintió el calor que despedía el cuerpo de Purefoy a pesar
de la fría humedad del aire. Tuvo que esforzarse para mantener la voz
calmada.
—No lo haga, sargento Purefoy. Usted sabe que, en realidad, no
quiere hacer esto.
Él deslizó su mano libre hasta el hombro de Laurel y, después, la
bajó y le apretó el pecho con tanta fuerza que la hizo estremecerse de
dolor. A continuación, le cogió el trasero y se lo apretó mientras la
acercaba más a su cuerpo. Purefoy intentó besarla y Laurel se apartó en
el último momento. Él contraatacó cogiéndole el pelo y girándole la cara
para estamparle un beso húmedo y baboso en la boca. Laurel intentó
resistirse, pero él le tiró del pelo hasta hacerla gritar y le metió la lengua
en la boca. Ella sintió náuseas y, para evitar que continuara, le mordió la
lengua con todas sus fuerzas.
Purefoy soltó un grito y retrocedió de un salto mientras soltaba
una maldición y escupía sangre. Después, abofeteó a Laurel y le dejó la
mandíbula dolorida, pero, al menos, no volvió a intentar acercársele.
Laurel tendría otro morado en la mejilla, pero su pequeño acto de
rebeldía la hizo sentirse menos indefensa.
—Extienda el brazo.
Purefoy agitó unas esposas frente a la cara de Laurel. El brillo
psicópata de sus ojos le indicó a Laurel que esperaba que ella lo obligara
a utilizar la fuerza. Laurel levantó la mano con lentitud mientras las
náuseas crecían en su interior. Purefoy le propinó un empujón repentino
y la envió volando hasta la cama. Después, se sentó a horcajadas encima
de ella y aplicó una de las manillas en la muñeca izquierda de Laurel y la
otra en la barra de metal oxidado de la cabecera de la cama.
—Le preguntaría si se siente cómoda, pero cuando los Otros la
encuentren, la comodidad será el menor de sus problemas.
Purefoy tiró de las esposas para asegurarse de que estaban bien
sujetas, se inclinó, y le estampó otro beso baboso en la boca. Después la
saludó alegremente con la mano y se marchó por donde habían llegado
dejándola sola en la fría humedad del túnel. Al principio, Laurel se quedó
quieta mientras escuchaba el sonido, cada vez más débil, de los pasos de
Purefoy. Como el trazado de los pasadizos era en zig-zag, Laurel no
estaba segura de si Purefoy se había ido muy lejos. Podía haberse
quedado cerca para asegurarse de que ella no intentaba escaparse.
¿Por qué había elegido aquel lugar concreto para dejarla?
¿Porque era un lugar remoto y estaba cerca de la barrera? Aunque ella
había visto fotografías y películas de la barrera, ninguna de éstas le hacía
justicia. En la tenue luz de aquel lugar, el muro luminiscente que se
vislumbraba al otro extremo del túnel en el que se encontraba brillaba
con una miríada de colores y texturas resplandecientes para las que ella
no tenía ningún nombre.
Si no hubiera sabido cuáles eran las consecuencias, su primer
impulso habría consistido en tocar la barrera, pero más de un Paladín
había sufrido quemaduras por rozarla mientras peleaba. La barrera era
tan hermosa como mortal.
Al final, Laurel decidió que no le importaba lo que Purefoy
estuviera haciendo. Aunque no regresara, existía la posibilidad de que la
barrera se apagara dejándola a merced de los Otros. Laurel apartó esta
idea al fondo de su mente para evitar que el miedo le impidiera actuar y
se concentró en intentar liberarse.
Primero realizó unos cuantos tirones de prueba para ver si el
metal tenía algún punto débil. Los resultados fueron descorazonadores.
Aquellos simples intentos le habían producido rozaduras en la piel de la
muñeca. Laurel intentó sentarse, pero le resultó más difícil de lo que
esperaba al no disponer de las manos y los brazos para equilibrarse.
Entonces se volvió hacia la cabecera de la cama, afianzó los pies contra
ella y empujó con fuerza echando el cuerpo hacia atrás.
Un hilo de sangre resbaló por su antebrazo, pero la soldadura
que unía la barra al resto de la estructura no cedió. Laurel respiró
hondo, hizo caso omiso del dolor y se preparó para un nuevo intento. En
esta ocasión, tiró con todas sus fuerzas y soltó un grito. Cuando iba a la
universidad, había asistido a clases de judo durante un semestre y el
profesor les enseñó a gritar durante los ejercicios. Laurel no supo si se
debía al grito o a que era ya el segundo intento, pero la estructura cedió
un poco.
Por desgracia, la barra en sí permaneció intacta. Laurel no sabía
cuántas veces podría volver a intentarlo sin hacerse daño de verdad. Por
otro lado, si permanecía quieta durante mucho más tiempo, el frío y la
humedad minarían sus fuerzas.
Volvió a afianzar los pies en la cabecera, inspiró hondo por la
nariz y soltó el aliento por la boca. Sin embargo, antes de que pudiera
empujar a fondo, oyó un zumbido agudo que creció en intensidad hasta
que le pareció que alguien le agujereaba los oídos con un punzón.
Laurel se tumbó en el colchón y contempló horrorizada la
barrera, que fluctuaba y adquiría unos feos colores. De vez en cuando,
creyó ver que alguien se movía al otro lado. Uno de los Otros esperaba
para cruzar al mundo humano. Tenía que ser esto. Y, por lo que ella sabía
de su fisiología, lo más probable era que se tratara de un macho adulto.
El miedo, el frío y un sabor amargo crecieron en su interior. Si la
barrera se apagaba, que Purefoy regresara o no, no importaba. Un
ataque de uno de los Otros encajaría a la perfección con los planes del
sargento. Si conseguía que pareciera que ella había muerto a manos de
los Otros, él saldría indemne del secuestro, pues no había dejado pistas
sobre su identidad.
Hasta aquel momento, Laurel había conseguido permanecer
centrada en dos objetivos, escapar y esperar que Devlin la encontrara.
Sin embargo, ante aquella amenaza nueva e inmediata se preguntó qué
podía hacer. Pensar. Tenía que pensar. Estaba acostumbrada a analizar
datos y decidir una línea de acción. Mientras hacía lo posible por no oír
el zumbido de la barrera, Laurel miró a su alrededor.
Las paredes del túnel eran irregulares, como si estuvieran
cavadas, directamente, en la piedra. En determinado lugar, alguien había
aplicado una capa de cemento. Seguramente, para reforzar la estabilidad
de las paredes. Unos conductos eléctricos recorrían el techo y, más o
menos, cada trescientos metros había unas luces conectadas a unos
sensores de movimiento. Laurel se quedó quieta. Purefoy la había
esposado en una pequeña ramificación del túnel principal. Si se quedaba
completamente inmóvil, las luces se apagarían y quedaría sumida en la
oscuridad más absoluta.
Quizá, si se pegaba al colchón y se confundía con las sombras, el
Otro no la vería. ¿Cuánto tardaban las luces en apagarse? Laurel volvió a
moverse para reactivar los sensores y, después, volvió a quedarse
quieta. Esperó a que, una tras otra, las luces se fueran apagando y contó
los segundos hasta que no percibió otra cosa más que su propia
respiración y el zumbido de la barrera.
Laurel volvió a sentarse. Las luces se encendieron a plena
potencia de inmediato y tuvo que taparse, momentáneamente, los ojos
con el brazo para que su vista tuviera tiempo de ajustarse al cambio de
luz. Un recuerdo asomó en el fondo de su mente. Se trataba de algo
relacionado con los
Otros y la luz. Después de un par de segundos, el recuerdo tomó
forma. La intensidad de las luces estaba graduada de forma que
deslumbrara momentáneamente a los Otros. Sin embargo, al cabo de un
rato, la intensidad volvía a ser normal. Para los Paladines no constituía
una gran ventaja, pero la aprovechaban al máximo.
El zumbido se interrumpió sin previo aviso y la barrera volvió a
su estado normal. Laurel reanudó los intentos de liberarse, pues sabía
que la pausa podía ser breve. Si el zumbido volvía a activarse, ella se
tumbaría de nuevo en la cama y confiaría en que todo saliera bien.


¡Maldición! Estaba convencido de que en esta ocasión la barrera
se apagaría del todo. Purefoy retrocedió unos pasos y contempló con
rabia la resplandeciente pared de energía. Durante unos segundos, se
había debilitado tanto que los objetos del otro lado habían resultado
visibles, pero no lo suficiente para interrumpir por completo el flujo de la
energía. ¿ Qué había hecho mal? Ya lo había intentado antes clavando en
ella la espada de Bane, pero no había funcionado. Además, si no hubiera
tomado la precaución de ponerse unos guantes de material aislante, la
maldita barrera lo habría dejado frito allí mismo. De hecho, había
quemado las capas exteriores del tejido obligándolo a sacar las manos de
los guantes antes de que el ardiente calor le produjera ampollas.
En esta ocasión, iba mejor preparado. Después de dejar a su
prisionera atada donde uno de los Otros la encontrara cuando él
desconectara la barrera, había ido a buscar las armas que había
escondido la semana anterior. La pequeña explosión que había provocado
debería haber producido una brecha de tamaño considerable en la
barrera. Tendría que volver a intentarlo utilizando explosivos más
potentes. Aunque sólo consiguiera derrumbar el techo del túnel, esto
podía hacer que la barrera se apagara momentáneamente y que los Otros
que estaban a la espera dispusieran del tiempo suficiente para cruzarla.
En cuanto percibieran el olor de una hembra humana, el juego y
la diversión empezarían. Su plan original era poseerla él mismo, pero su
misterioso jefe se estaba impacientando y Bane le seguía el rastro, de
modo que no tenía tiempo de disfrutar de un poco de sexo duro. Además,
cuando la barrera se apagara, todos los Paladines de la zona bajarían en
tropel a los túneles.
Su plan dependía de que Bane fuera el primero en llegar.
Mientras los Otros lo mantenían ocupado protegiendo a su mujer, él lo
abatiría a tiros y, una vez en el suelo, acabaría el trabajo con una espada.
Por otro lado, si Laurel Young sobrevivía a su primer encuentro
con uno de los Otros, él podría divertirse un poco con ella. La muy zorra
se lo tenía merecido, pues la lengua todavía le dolía a causa del mordisco
que le había propinado. Quizá, después de que uno de los Otros la
poseyera una o dos veces, ella valoraría más a un humano varón. Purefoy
silbó de una forma poco melodiosa, se secó las manos en los pantalones
y empezó la ardua tarea de ensamblar los cables de la bomba que
pensaba utilizar en su próximo intento de hacer volar la barrera por los
aires.


Durante un segundo, Devlin se permitió imaginarse el placer que
le produciría rodear el cuello de su presa con las manos y apretar hasta
que sus huesos se quebraran. Este placer tendría que esperar un poco,
pero, aun así, se sintió mejor. Había tardado mucho tiempo en hacer el
puente al ascensor, tiempo del que no disponían.
En realidad, podría haberlo hecho más deprisa, pero no quería
arriesgarse a disparar la alarma. El guardia debía de saber que Devlin iba
tras él y, si el hijo de puta se sentía acorralado, podía matar a Laurel.
Así que Devlin se vio obligado a sortear, con cautela, el sistema de
seguridad de los mandos del ascensor. Cada minuto extra que Laurel
pasaba en las garras de su captor, lo llenaba de pura rabia.
—Ya está, creo que funcionará.
Devlin volvió a colocar el teclado de la caja y escuchó con la
oreja pegada a la puerta. En algún lugar de las profundidades
subterráneas, se oyó el murmullo de la maquinaria que se ponía en
movimiento.
—Está de camino.
—Ya era hora. —Trahern se acercó al ascensor—. Y una vez que
estemos abajo, ¿cuál es el plan? ¿Vamos a la caza juntos o separados?
—Me imagino que tendrá una o dos sorpresas preparadas para
nosotros, así que será mejor que nos separemos. Con suerte, no habrá
tenido tiempo de poner trampas en todos los túneles. Si vamos por
separado tendremos más posibilidades de llegar hasta Laurel.
Trahern asintió con la cabeza.
—Silo cojo primero, ¿puedo matarlo o tengo que reservar ese
pequeño placer para ti?
—Quiero que desee no haber nacido nunca, pero tenemos
problemas más importantes que él, y, si muere, todo lo que sabe morirá
con él. —El ascensor emitió un leve pitido y las puertas se abrieron.
Devlin le hizo una seña a Trahern para que se apartara y lo dejara entrar
primero. Entró sin problemas, así que le indicó a su amigo que se uniera
a él—. Ese tío está en la parte más baja de la cadena alimentaria y trabaja
para alguien. Quiero saber quién está al mando, aflojando la pasta y
haciendo un doble juego.
—Entonces, primero lo atrapamos y lo convencemos para que
hable. —La comisura de los labios de Trahern se curvó hacia arriba en
una mueca mostrando sus dientes—. Y después lo matamos.
Devlin le sonrió.
—Ese es el plan.
—Por mí, estupendo.
En todos los años que había servido en la región del noroeste,
Devlin nunca había pasado mucho tiempo en aquel extremo del laberinto
de túneles que flanqueaba la barrera a lo largo de Puget Sound. Aquella
zona del norte no sufría mucha actividad sísmica, aunque siempre había
quien afirmaba que a Seattle le tocaría la peor catástrofe.
Esto era lo último que necesitaban en aquellos momentos. Incluso
el menor roce de las placas podía apagar la barrera el tiempo suficiente
para que los Otros la atravesaran. Devlin ni siquiera quería pensar en lo
que le podía pasar a Laurel si caía en manos de los Otros. Ésta era la
razón principal de que los Regentes hubieran establecido normas
estrictas para evitar que las mujeres bajaran a los túneles. De hecho, por
lo que él sabía, nunca había existido una mujer Paladín. Él siempre había
pensado que el cromosoma Y tenía algo que ver con esto.
Si sobrevivía a aquella noche, le preguntaría a Laurel si era
cierto. Hasta entonces, esta cuestión nunca le había preocupado
demasiado, porque él nunca había practicado el sexo sin protección. La
complicación que supondría dejar a una mujer embarazada no le atraía en
absoluto. De todos modos, Laurel y él habían rozado el límite del
descuido un par de veces. Los dos eran lo bastante adultos para saber
que no valía la pena correr el riesgo, pero, entre ellos, el sexo era tan
ardiente y apasionado que el sentido común quedaba relegado a un
segundo lugar.
El pitido del ascensor les indicó que llegaban a los túneles justo
cuando una imagen de Laurel embarazada de un niño, de su hijo, cruzaba
la mente de Devlin. Esta idea debería asustarle, y sin embargo, una
sonrisa se dibujó en su cara.
Trahern lo miró como si fuera un bicho raro.
—No sé dónde tienes la cabeza, Devlin, pero será mejor que la
traigas aquí, conmigo, a este ascensor. Cuando la puerta se abra, quién
sabe en qué jaleo nos veremos envueltos.
—No te preocupes, estoy aquí.
Devlin sacó la pistola y ambos se desplazaron a los lados para
quedar lo más apartados posible de la vista. Sólo un loco se quedaría
frente a la puerta ofreciéndose como blanco. Como no se produjo un
ataque inmediato, Devlin indicó a Trahern que él saldría el primero.
Devlin se inclinó, salió del ascensor rodando por el suelo y volvió a
ponerse de pie dispuesto a disparar en caso necesario. Trahern lo siguió
de cerca.
Su movimiento encendió las luces. Después de años de
experiencia, los dos amigos bajaron la vista hacia el suelo de una forma
automática para evitar el deslumbrante resplandor. Sus ojos no tardarían
mucho tiempo en acomodarse a la luz, pero, durante unos segundos eran
vulnerables.
—Comprueba si Laurel ha dejado alguna pista por allí. Yo
inspeccionaré este lado.
Trahern arqueó una ceja.
—¿Cuántos zapatos crees que lleva encima tu mujer por si tiene
que dejar un rastro?
—Muy gracioso.
Antes de que pudieran moverse, una ola de energía llegó hasta
ellos desde la izquierda. Devlin separó los pies, los afianzó en el suelo e
inclinó la cabeza hacia delante como si encarara un fuerte viento, y
Trahern hizo lo mismo. Cuando la ola de energía pasó, Devlin sacudió la
cabeza para despejarse.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Trahern mientras
miraba a lo lejos, como si esperara que el espectáculo se repitiera.
—Yo diría que se trata de alguien jugando con la barrera.
Seguramente, nuestro secuestrador—respondió Devlin.
—Sólo un loco se arriesgaría a apagarla. Si tenemos razón y este
tipo es un miembro de la Guardia Nacional, debería saber lo suficiente
acerca de los Otros como para no jugar con la barrera.
—Sí, pero estás suponiendo que el tío está cuerdo. Es el mismo
que cree que vivirá lo suficiente para gastarse el dinero que le pagan por
acabar conmigo. Eso sólo ya demuestra que está como un cencerro. De
todas maneras, si consigue apagar la barrera, necesitaremos refuerzos.
No podemos saber hasta dónde alcanzarán los daños.
Devlin se metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil, pero
estaban demasiado abajo para tener cobertura.
—¡Mierda! Tendrás que volver arriba y conseguir ayuda. Una
ráfaga de energía como ésta podría haber apagado toda la red de
sensores, de modo que es posible que, allá arriba, no perciban ninguna
señal de lo que ocurre.
A Trahern, obviamente, no le gustó la idea de dejar solo a Devlin,
pero la barrera tenía prioridad sobre cualquier mujer e incluso sobre
cualquier Paladín. Esta era su verdad.
El túnel permanecía silencioso.
—Vamos, vete. Parece que la barrera ha aguantado, pero el tío
podría no sentirse satisfecho con un solo intento.
—Estaré de vuelta a tu lado en cuanto haya avisado a los demás.
—Lo sé. Dile a Cullen que venga desde el otro lado. Quiero
asegurarme de que cogemos a ese hijo de puta entre los dos flancos.
—Así lo haré.
Los dos amigos se fueron en sentido opuesto. Mientras echaba a
correr, Devlin envió una oración al Dios en el que apenas pensaba y le
pidió que mantuviera a Laurel a salvo. Al menos hasta que él llegara y lo
reemplazara.


El zumbido volvió a oírse. Laurel vio la sombra que caminaba de
un lado a otro más allá de la barrera. El miedo le quemaba en la garganta.
Se obligó a mantener la calma y volvió a intentar liberarse de sus
ataduras. Las barras oxidadas por fin empezaban a aflojarse. Si sólo
consiguiera moverlas un poco más, quizá podría separar la junta.
El zumbido aumentó de volumen y los oídos volvieron a dolerle.
El tiempo se acababa. Laurel cogió la barra con las manos, cerró los
ojos para concentrar toda su fuerza en el movimiento e intentó girar la
barra. Ésta sólo se movió unos milímetros, pero se movió. Laurel volvió a
intentarlo una y otra vez. Pequeñas escamas de óxido resbalaron por sus
manos. ¡Y entonces se soltó!
Ahora sólo tenía que doblarla un poco para deslizar por el
extremo el aro de las esposas. Además, si conseguía desencajar un trozo
de barra, tendría un arma. Varios minutos más tarde, Laurel, sudorosa,
sostenía en las manos una barra de unos sesenta centímetros.
Había llegado la hora de marcharse.
La barrera se había debilitado y los colores claros y vividos que
había visto antes se habían transformado en un marrón veteado con unas
feas franjas verdes y negras. Parecía envenenada, como si la hubieran
contaminado. Y la sombra ya no era una mera silueta. Laurel casi podía
distinguir las facciones del Otro, quien permanecía alerta en el otro lado.
Cuando ella se movió, él giró la cabeza y Laurel se dio cuenta de que
podía verla, quizás incluso mejor que ella a él, porque, al moverse, se
habían encendido las luces del túnel principal.
Tenía que echar a correr, pero ¿en qué dirección? Devlin ya
debía de haber encontrado sus zapatos y sabría por dónde empezar la
búsqueda. Suponiendo que hubiera utilizado el mismo ascensor que ellos,
lo mejor sería dirigirse hacia allí. Por otro lado, Purefoy también había
tomado aquella dirección.
Si se dirigía en sentido contrario, podía encontrarse con otros
peligros, unos peligros que ni siquiera podía imaginar. Al final decidió
que prefería arriesgarse a tropezarse con Purefoy que con una cantidad
incalculable de los Otros, así que se deslizó sigilosamente por delante de
donde esperaba el Otro. Una vez hubo pasado ese punto, siguió
avanzando con la espalda pegada a la pared. Ya estaba perdida; lo único
que importaba en aquel momento era no estar donde Purefoy esperaba
que estuviera.
Mientras daba la vuelta a la primera esquina, una explosión
sacudió el aire y todo a su alrededor vibró y se tambaleó. Laurel
contempló, horrorizada, cómo la barrera fluctuaba y, después,
desaparecía por completo. Un segundo más tarde, una oscuridad negra y
espesa inundó su mente y Laurel cayó al suelo.


—¡Hijo de puta!
Devlin se sentó junto a la pared y esperó a que las náuseas y el
mareo que sentía se disiparan. No sabía qué había pasado exactamente,
pero era algo malo. Se sentía como si lo hubieran despellejado vivo,
porque alguien había hecho desaparecer la barrera de cuajo.
Se apoyó en la pared e intentó ponerse de pie. Tuvo que realizar
dos intentos antes de conseguirlo, pero entonces supo que al menor
traspiés volvería a caer de bruces. Poco a poco, se agachó para recoger
la espada, aunque era consciente de que tendría suerte si conseguía
levantarla del suelo.
A continuación, avanzó por el túnel tanteando la pared y
esperando que su mente se despejara a tiempo para poder salvar a
Laurel. No se permitió pensar en lo que la onda expansiva podía haberle
hecho a ella, quien debía de estar más cerca que él de los explosivos.
Laurel estaba bien. Tenía que estarlo.


El primer despertar a la conciencia le trajo la desagradable
noticia de que no estaba sola en el túnel. Oía que alguien se movía cerca
de donde ella estaba, pero, por lo que sabía, todavía no la habían visto.
Se arrodilló con esfuerzo y, después, se puso de pie. ¿Qué había causado
la explosión?
Tenía que haber sido Purefoy, aunque no entendía por qué quería
destruir la barrera. ¿Acaso quería que los Otros invadieran su mundo?
¿Qué bien podía producirle eso? Por lo visto, en aquella zona sólo uno de
los Otros había cruzado la barrera, pero se dirigía hacia ella.
Frente a Laurel, el túnel se dividía en dos ramales. ¿Cuál debía
tomar? Eligió el de la derecha porque estaba a oscuras. Algo había
desconectado la corriente en aquel lado. Las sombras eran su único
refugio frente al terror que la acechaba.
Alcanzó la oscuridad justo a tiempo. Oyó la marcha regular del
Otro conforme se acercaba a ella. Sostuvo la barra en alto y esperó hasta
que él llegó a la bifurcación. El Otro se detuvo fuera del alcance de su
vista. Sin duda intentaba decidir qué ramal tomar. ¿Qué estaba haciendo?
Parecía como si estuviera husmeando el aire. Como, en la claridad de
aquel mundo, tenían una visión limitada, Laurel se preguntó si dependían
de su olfato más que los seres humanos.
—¡Salga a la vista, mujer humana!
El sonido gutural de la voz le causó escalofríos por la espina
dorsal.
Ya había sido prisionera de un hombre y no pensaba volver a
pasar por aquella situación. Quizá podría cogerlo desprevenido.
—Ya salgo. No me haga daño.
Laurel impregnó su voz de tanto miedo como pudo. Esperaba que
aquel Otro creyera que se sentía aterrada y que estaba dispuesta a
rendirse. Sin embargo, cargó contra él blandiendo la barra para cogerlo
por sorpresa. Su estrategia funcionó y su garrote improvisado golpeó la
cabeza del Otro produciendo un sonido sordo.
El gemido que emitió el Otro le indicó que no lo había matado.
Laurel dejó a un lado las precauciones y echó a correr por el túnel. Al
volver una esquina, se encontró con la última persona que deseaba ver
entonces y el resto de su vida. Paró en seco y miró a su alrededor en
busca de una vía de escape, pero Purefoy ya la había visto. El sargento
señaló la barra que Laurel sostenía con el cañón de la pistola.
Como ella no soltó la barra, él apretó el gatillo. La bala rebotó en la
pared, cerca de la cara de Laurel, enviando esquirlas de roca por los
aires. Laurel se sobresaltó y dejó caer la barra, que produjo un estruendo
al chocar contra el suelo.
—Bien, doctora Young, parece que, desde la última vez que la vi,
ha estado ocupada.
Purefoy recorrió la distancia que los separaba y la cogió por el
brazo hundiendo los dedos con tanta fuerza como para producirle
morados. A continuación, sacó la llave de las esposas y, en un instante,
aprisionó la muñeca libre de Laurel con la manilla suelta.
—Además, mi plan de dejarla en las dulces garras de los Otros
parece que también ha fallado. ¡Y yo que tenía grandes expectativas para
los dos!
—Siento haberlo decepcionado, sargento.
—Bueno, seguro que varios de los Otros habrán cruzado a este
lado. Y como la barrera sigue apagada, todavía hay esperanza.
Purefoy la arrastró hacia donde la había esposado
anteriormente.
—Sabe que no se saldrá con la suya. Al dañar la barrera, ha
alertado a todos los Paladines en cien kilómetros a la redonda. Si yo
fuera usted, pondría tierra de por medio mientras pudiera.
—Y supongo que también pensará que debería dejarla aquí para
poder escapar más deprisa. —Purefoy se echó reír—. La única forma de
que la deje atrás es estando muerta. Claro que, si es esto lo que quiere...
—Sólo un cobarde se esconde detrás de una mujer desarmada,
humano —declaró una voz gutural.
El Otro al que Laurel había golpeado los esperaba a pocos
metros de distancia. El hilito de sangre oscura que resbalaba por su
mejilla era la única señal de que le había hecho daño. El Otro estaba
apoyado en la pared, pero su postura relajada era una farsa. Cuando se
movió para impedirles el paso, levantó la espada con ambas manos en
una posición que parecía natural en él.
—Hembra humana, sepárese de él.
Purefoy sujetó a Laurel con más fuerza.
—¡Quítate de mi camino o muere aquí mismo! —exclamó Purefoy.
Al menos ahora apuntaba con la pistola al Otro y no a ella.
El Otro parecía totalmente despreocupado.
—Sólo un cobarde mata a distancia. A mí me gusta sentir cómo
atraviesa mi espada las entrañas de mi enemigo.
Laurel se estremeció. Su pronunciación grave y baja hacía que
tuviera que concentrarse para entenderlo, pero no había ninguna duda
respecto a la amenaza que representaba. A pesar de su palidez, su
aspecto era muy llamativo, con el pelo largo del color de la plata
deslustrada y los ojos de una o dos tonalidades más claras. Vestido de
riguroso negro de los pies a la cabeza, le recordaba a un malo salido
directamente de una vieja película de terror en blanco y negro.
Purefoy lanzó una mirada rápida al túnel que se extendía detrás
de ellos. Si apretaba el gatillo, podía matar al Otro, pero cualquier
Paladín que estuviera por aquella zona acudiría a toda prisa. Laurel notó
que Purefoy desplazaba ligeramente el peso de su cuerpo de un pie al
otro, lo que le indicó que había tomado una decisión.
Con un movimiento rápido, Purefoy volvió el cañón de la pistola
hacia ella y lo presionó contra su sien.
—Suelta la espada o ella morirá.
La voz calmada de Purefoy le produjo escalofríos por todo el
cuerpo. ¿El Otro conocería lo suficiente a los humanos para reconocer
que las palabras de Purefoy no eran una mera amenaza, sino una
promesa? Mientras contaba los que podían ser los últimos segundos de
su vida, le apenó saber que, probablemente, sería Devlin quien
encontrara su cuerpo.
—¿Qué decides? Tu espada o la vida de esta mujer.
Los ojos del Otro se encontraron, durante un breve segundo, con
los de Laurel. ¿Era tristeza lo que ella percibió en su mirada de plata?
Cuando la espada golpeó el suelo, el estruendo del metal contra la piedra
resonó por el túnel. El Otro extendió los brazos a los lados para
demostrar que estaba indefenso. Claro que ella no opinaba lo mismo.
Había conocido a demasiados Paladines para no reconocer a un guerrero
entrenado cuando lo veía. Por desgracia, lo mismo podía decir de
Purefoy. Él dirigió la pistola con calma hacia el Otro y apretó el gatillo.
Laurel gritó mientras el Otro caía al suelo y la sangre brotaba de
su pierna. El sargento empujó a Laurel hacia el Otro herido.
—Ayúdelo a levantarse. Lo llevaremos con nosotros.
—No puedo levantarlo con las manos esposadas.
Laurel no sabía si esto era cierto o no, pero valía la pena
intentarlo.
—Está bien. —Purefoy sacó la llave de las esposas de su bolsillo
y la lanzó a los pies de Laurel—. Póngase en marcha. Quiero estar fuera
de aquí antes de que aparezca su amante.
Laurel consideró la posibilidad de simular torpeza con la llave
para retrasar su marcha, pero resultaba evidente que Purefoy estaba a
punto de perder el control y que no se necesitaba mucho para
conseguirlo. Los dos sabían qué, si Devlin los alcanzaba, era hombre
muerto, tanto si ella estaba viva como si no. En aquel momento ella era
una simple carta en su juego.
Al segundo intento, Laurel consiguió abrir una de las manillas y,
antes de que pudiera abrir la otra, Purefoy le ordenó que le devolviera la
llave.
—¡Ahora haga que se mueva!
Sin hacerle caso, miró la pierna sangrante del Otro.
—¿Es grave?—preguntó Laurel.
—Puedo caminar.
El Otro intentó levantarse sin la ayuda de Laurel, pero no lo
consiguió. Laurel no pensaba permitir que se causara mayores daños por
una simple cuestión de orgullo. Podían ser de mundos enfrentados, pero
en aquel momento estaban unidos frente a un enemigo común.
—Tengo que vendarle la herida. Si no, podría desangrarse. —
Lanzó una mirada airada al sargento—. No sé qué tiene pensado para
nosotros, pero muerto no será de utilidad para nadie. Además, la sangre
dejará un rastro fácil de seguir.
Sin esperar la aprobación del sargento, miró a su alrededor en
busca de algo que pudiera utilizar como venda. Al final, Purefoy sacó un
pañuelo de su bolsillo y se lo lanzó.
—Tome, pero vaya deprisa.
—También necesitaré la corbata de su uniforme. —Laurel esbozó
una sonrisa vacilante a su reacio paciente—. Soy médica. Déjeme ver la
herida.
El Otro se arremangó la pernera del pantalón y dejó al
descubierto una pierna musculosa con un feo agujero que le atravesaba
la pantorrilla. Intentó estirar la pierna y realizó una mueca de dolor.
Entonces dejó a un lado sus prejuicios y se convirtió en un paciente
necesitado de cuidados. Tras un rápido examen, Laurel vio que la bala
había atravesado limpiamente la carne de la pierna. Seguía sangrando,
pero el mismo sangrado limpiaría la herida.
—Con los cuidados necesarios, se curará.
Laurel utilizó el pañuelo para taparle la herida y la corbata para
sujetarlo y ejercer presión en los agujeros de entrada y salida de la bala.
Mientras lo curaba, intentó no pensar en la posible contaminación que
podía sufrir por tocar la ropa y la piel del Otro.
—Esto servirá como remedio temporal. Desearía poder curarlo
mejor, pero no dispongo de ningún equipo médico.
—Sus esfuerzos me honran.
El Otro mostró su reconocimiento con un movimiento de la
cabeza y aceptó la ayuda de Laurel para levantarse. Cuando se apoyó en
la pierna herida, no pudo ocultar una mueca de dolor, pero enseguida se
enderezó.
—Muy bien. Poneos en marcha. —Purefoy empujó a Laurel con el
cañón de la pistola y cogió la espada del Otro—. Es preciso que nos
vayamos de aquí.
A Laurel se le encogió el estómago.
—¿Qué ha hecho, sargento?
—He dejado una pequeña sorpresa para su amante.
Su expresión de suficiencia hizo que deseara abofetearlo.
—No hace más que acumular razones para que Devlin acabe con
usted, Purefoy.
—No si yo acabo antes con él.
Laurel sacudió la cabeza.
—Olvida que, aunque lo mate, él revivirá. A la larga, volverá a
seguirle los pasos. Y Devlin se pone muy irritable cuando lo matan. Pero
usted ya lo sabe, ¿no?, pues ya lo mató en una ocasión.
—¡Cállese, bruja!
—Además, también está el resto de los Paladines. Sospecho que
Trahern debe de ser un enemigo bastante molesto. Y la última vez que
Lonzo murió, se necesitaron seis personas para inmovilizarlo y
contenerlo.
Laurel no sabía qué la empujaba a provocarlo, pero no podía
evitarlo. Cada segundo que él dedicaba a responder a sus amenazas, era
un segundo durante el que no estaba concentrado en sus planes. Además,
si ella iba a morir, quería que su asesino fuera consciente de que su
propio tiempo se acababa mientras los Paladines lo perseguían como la
alimaña que era.
El Otro caminaba estoicamente a su lado. A menos que los de su
especie fueran inmunes al dolor, cada paso que daba debía de constituir
un suplicio, pero él no lo demostraba. Ella nunca creyó que llegaría a
admirar algún aspecto de alguno de los Otros, y aquel sentimiento
inesperado la exasperaba. Eran demasiados los Paladines que habían
sufrido a manos de ellos para poder dejar de verlos como a un enemigo.
Sin embargo, el hombre que estaba a su lado había demostrado ser algo
muy distinto al animal asesino que ella esperaba.
Sin duda no era un ejemplar típico de su especie.
—¿Cómo se llama? —le preguntó en voz baja—. Yo me llamo
Laurel Young.
El Otro tenía los ojos fijos en el suelo que pisaban, como si
necesitara toda su concentración para seguir caminando. Después de dar
unos cuantos pasos, miró a Laurel. Sus ojos de color gris plata estaban
enmarcados por arrugas de dolor.
—Barak.
Laurel esbozó una sonrisa que les sorprendió a los dos.
—Encantada de conocerle, Barak. ¿Éste es su nombre completo?
Él enseguida volvió a dirigir la mirada hacia el suelo.
—Es todo lo que me queda de quien fui y ya no soy.
Ella quería preguntarle por el significado de sus palabras, pero
Purefoy interrumpió su conversación.
—¡Vosotros dos! Dejad de hablar. Estáis aquí para morir, no para
haceros amigos.
Como, de todas maneras, Barak parecía poco inclinado a
continuar conversando, Laurel guardó silencio. Después de un rato,
preguntó:
—¿ Adonde nos dirigimos ? ¿ O es que pretende que
deambulemos por este laberinto hasta que los Paladines nos encuentren
o hasta que encuentre una puerta que conduzca a algún otro lugar?
Laurel se sintió decepcionada al ver que no mordía el anzuelo.
Además, el sargento la empujó con la espada de Barak.
—Gire a la izquierda.
Entraron en otro callejón sin salida prácticamente igual a aquel
en que el sargento la había dejado antes. Cuando llegaron al fondo del
callejón, Barak y ella se volvieron de cara a Purefoy. Como estaban con
la espalda pegada a la pared, la desagradable imagen de un escuadrón de
fusilamiento acudió a la mente de Laurel. Sus pensamientos debieron de
reflejarse en su cara, porque Purefoy se echó a reír.
—Le diré qué podemos hacer, Laurel. Muéstreme un poco de la
pasión que le ha demostrado a Bane y es posible que la deje vivir.
—Ni lo sueñe.
—Entonces espósese a su nuevo amigo. Estoy convencido de que
a Bane le encantará encontrar a su mujer en los brazos de su peor
enemigo. —Purefoy inclinó la cabeza a un lado—. Aunque supongo que
ahora su peor enemigo soy yo.
Como Laurel no se esposó de inmediato a Barak, Purefoy se
acercó a ella y levantó la espada.
—Espósese ahora, Laurel, o empezaré a cortarla en pedacitos.
¿Cree que Bane todavía la querrá desfigurada y llena de cortes?
—Los Paladines son guerreros. Él reconocerá el valor aunque
usted no lo haga, humano. —Barak se desplazó un poco situándose
delante de Laurel—. Es más fácil luchar contra una mujer desarmada que
contra un hombre. Devuélvame la espada y veremos quién acaba hecho
pedazos.
Purefoy retrocedió unos pasos, pero entonces se detuvo.
—Espósese a la mujer, alienígena, o le dispararé en la otra
pierna... para empezar.
Cada minuto que mantenían ocupado a Purefoy era tiempo del
que Devlin disponía para encontrarlos, pero ella no permitiría que
Purefoy disparara a Barak sólo para evitar que fueran esposados. Antes
de que Barak pudiera reaccionar, Laurel le colocó la manilla en la
muñeca.
—¿Y ahora qué? —preguntó Laurel a Purefoy.
—Volveos de espaldas y sentaos.
Entonces Laurel se dio cuenta de que había una raja en el
estrecho pasadizo. Parecía como si la hubieran realizado con un láser, y
la energía de la barrera se filtraba por la rendija. Si Barak y ella estaban
allí sentados junto a aquella línea cuando los Paladines restauraran la
barrera, morirían.
Ya se habían producido unos breves destellos de luz en el
pasadizo, como si la barrera estuviera fluctuando para volver a activarse.
Purefoy hizo el ademán de alejarse, pero, con un movimiento repentino,
golpeó a Barak en la cabeza con la empuñadura de la pistola. El Otro
cayó sobre el hombro de Laurel y se deslizó hasta el suelo.
Laurel se preparó para recibir un trato similar, pero Purefoy se
alejó de ella.
—Tener que arrastrar con usted a un animal inconsciente
entorpecerá sus movimientos. Me encantaría quedarme a observarla,
pero tengo que irme. —Purefoy inclinó la cabeza y prestó oído a los
ruidos de su entorno—. Dispongo del tiempo suficiente para ponerme a
salvo y contemplar cómo todo se viene abajo.
Unos minutos más tarde, las luces se apagaron y Laurel quedó
envuelta en la oscuridad esperando a ver quién era el primero en
encontrarla a ella y a su silencioso compañero, la muerte o Devlin.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:19 pm

CAPÍTULO 15
Devlin llevaba quince minutos maldiciendo mientras intentaba
decidir cómo sorteaba el laberinto que tenía delante. El hijo de puta era
listo, tenía que reconocerlo. Media docena o más de rayos láser cruzaba,
en distintos ángulos, la zona más estrecha del túnel formando una red
enmarañada. Si no hubieran vibrado con una frecuencia similar a la de la
barrera, no se habría dado cuenta de que estaban allí.
Un paso más y habría accionado el regalito, fuera cual fuera, que su
enemigo le había preparado.
Los rayos láser eran como una pared sólida que lo atrapaba en un
lado y a Laurel en el otro. En las películas de acción, la gente siempre
encontraba una forma inteligente de esquivar los rayos, ya fuera con
espejos, humo o contorsiones corporales que harían parecer patoso a un
gimnasta. El, por desgracia, no contaba con ninguno de estos recursos. A
lo más que podía aspirar era a que los rayos no estuvieran conectados a
la corriente y que las baterías que los alimentaban se agotaran.
Devlin consideró su situación desde todos los ángulos posibles.
Al cabo de unos segundos, se le ocurrió la solución: los rayos láser no
eran más que energía y, como el resto de los Paladines, él tenía la
capacidad de manipular la energía pulsante de la barrera. Quizá podría
hacer lo mismo con aquellos finos rayos de luz.
Cerró los ojos y se concentró para localizar los rayos. A medida
que su respiración se hacía más lenta y profunda, percibió el flujo de
energía, leve pero continuo, que cruzaba el pasadizo. Preparándose para
lo peor, se concentró para que el rayo superior desplazara su trayectoria
unos centímetros más arriba.
¡Conseguido! Hizo girar los hombros y dejó que las gotas de
sudor le siguieran entrando en los ojos. Cuando el rayo de energía se
estabilizó, volvió al trabajo y, tomándose su tiempo, realizó todos los
ajustes necesarios, hasta que consiguió dejar suficiente espacio para
deslizarse por debajo. Pasaría muy justo, pero no tenía tiempo de desviar
ningún rayo más. Sus compañeros debían de estar trabajando para
restaurar la barrera y, si se activaba de nuevo, la repentina subida de
tensión podía, de todas formas, accionar el mecanismo. O lo que era
todavía peor, aunque él consiguiera evitar que la trampa se activara,
Trahern podía tropezar con ella. Retrocedió unos pasos, grabó la palabra
«láser» en el suelo con su puñal y lo dejó junto a ésta, donde Trahern, sin
duda alguna, lo vería. No era una gran advertencia, pero era lo mejor que
podía hacer.
Después, se arrodilló y empujó la espada y la pistola por debajo
de los rayos para comprobar la estabilidad de los cambios que había
hecho. Como no sucedió nada, se estiró en el suelo y fue deslizándose
poco a poco por aquella superficie irregular a sabiendas de que la muerte
acechaba a escasos centímetros de su cuerpo. El roce de su camisa y sus
téjanos con la roca del suelo retumbó en sus oídos haciéndole desear que
incluso los botones fueran más finos. Su tamaño siempre había
constituido una ventaja en la lucha, pero en aquel momento, habría dado
cualquier cosa por tener la constitución delgada de Cullen. Se arrastró
centímetro a centímetro. Al final, sacó los pies por los lados y empujó
para avanzar los pocos centímetros que lo separaban de la libertad.
Una vez a salvo en el otro lado, descansó sobre el agradable
frescor del suelo deseando poder quedarse así un poco más. Trabajar
con la energía siempre lo dejaba agotado, pero podría descansar más
tarde, cuando hubiera salvado a Laurel.
En aquella zona, los túneles eran más sinuosos que en las otras,
lo cual era bueno y malo al mismo tiempo. Por un lado, sólo podía correr
distancias cortas antes de tener que detenerse y escuchar, cuando una
curva cerrada le impedía ver lo que había más allá. Por el otro, no
quedaba al descubierto durante mucho tiempo, como ocurriría si las
distancias fueran más largas.
Un destello de luz llamó su atención hacia la derecha. La barrera
volvía a fluctuar. Trahern debía de haberse puesto en contacto con
Cullen y los demás, así que aquel problema estaba casi resuelto. Poco a
poco, volverían a activar todos los sectores de la barrera. Sólo esperaba
que la repentina interrupción del flujo de energía también hubiera cogido
por sorpresa a los Otros, de modo que no hubiera un gran número de
ellos esperando a cruzar la barrera. Pero, en aquel momento, éste no era
su problema.
La barrera volvió a fluctuar y, en esta ocasión, con más
consistencia. Según el patrón habitual, volvería a estar en pleno
funcionamiento al cabo de un par de intentos más, lo que significaba que
tenía que poner la mayor distancia posible entre él y la trampa cuanto
antes. Además, aunque el flujo de la barrera no fuera estable,
probablemente era suficiente para disparar la trampa. Devlin echó a
correr a toda velocidad en el mismo instante en que el túnel se iluminó
con un destello intenso de luz. El ruido de la explosión no tardó mucho en
oírse, aunque Devlin ya había conseguido alejarse un par de curvas de la
zona más perjudicada.
Sin embargo, su asesino potencial no lo sabía. Mientras el
estruendo de la explosión se iba disipando, Devlin permaneció a la
espera deseando que su enemigo no pudiera resistir la tentación de
comprobar si había muerto en la explosión. El sonido de unos pasos flotó
en el aire con tanta ligereza que, de no haber estado escuchando con
atención, no lo habría percibido.
Avanzó para dar una ojeada a la vuelta de una esquina y volvió a
ocultarse a toda prisa. Al menos ahora conocía la identidad de su
enemigo: el sargento Purefoy. ¿Qué le había hecho él al sargento?
¡Demonios, si siempre se había esforzado en cooperar con aquel
escurridizo bastardo! Fueran cuales fueran sus razones para intentar
matarlo a él y a su mujer, esperaba que valiera la pena morir por ellas.
Volvió a prestar atención, pero los pasos se alejaron. ¡Mierda!
Esperaba que el loco del sargento apareciera corriendo por el túnel. Pero
se había marchado por donde había venido, seguramente para
comprobar cómo estaba su rehén. Con la espada en una mano y la pistola
en la otra, arremetió hacia delante decidido a llegar al otro extremo de la
recta antes de que Purefoy desapareciera en su nueva misión de
reconocimiento.
Cuando había recorrido algo más de la mitad del trayecto, se
produjo un disparo. Devlin se echó al suelo dejando caer la espada para
poder amortiguar la caída y rodó a un lado. Dos balas más rebotaron en
la pared mientras avanzaba como podía sin siquiera considerar la
posibilidad de retroceder.
—¡Quédese donde está, Bane, o mataré a su mujer ahora mismo!
—Yo de usted no lo haría, Purefoy. Ella es la única razón de que
esté aún con vida. —Avanzó encorvado unos metros más y se detuvo a un
par de metros de la curva siguiente—. Suéltela y le daré cierta ventaja en
la huida.
—No a menos que la lleve conmigo como garantía, por si sus
amigos me están esperando en el otro extremo del túnel.
En esta ocasión, su voz sonó más apagada.
Si Purefoy había retrocedido, lo más probable era que Laurel
estuviera cerca. Por otro lado, el sargento sabía exactamente dónde
estaba Devlin, de modo que ya no era preciso actuar con sigilo.
Gritó el nombre de Laurel a pleno pulmón sabiendo que su voz
retumbaría por los túneles.
—¡Laurel!
La única respuesta que obtuvo fue un sonido amortiguado desde
cierta distancia.
Ladeó la cabeza, pero no pudo decidir si lo que había oído era la
voz de Laurel o no. Volvió a intentarlo.
—¡Devlin, estoy aquí!
Esta vez estuvo seguro de que se trataba de la voz de Laurel,
pero el grito de dolor que siguió a su respuesta le heló la sangre y le
encendió las entrañas.
Se aseguró de que el tambor de la pistola estuviera lleno,
desenvainó la espada y avanzó a toda velocidad. Llegó al final de otro
tramo recto del túnel sin percibir el menor rastro de su presa y tomó la
siguiente curva sin apenas detenerse. Allí no había nada ni nadie. Más
adelante, el túnel se bifurcaba. Uno de los ramales giraba a la izquierda,
y el otro conducía a las proximidades de la barrera.
Purefoy no sería tan estúpido, ¿ no ? Aunque era posible. Incluso
probable. Si había escondido a Laurel al otro lado de la barrera, sabía
que Devlin se sacrificaría a sí mismo para recuperarla. Si no podía matar
a Devlin personalmente, dejaría que los Otros lo hicieran por él.
La barrera seguía fluctuando y chispeando.
No había vuelta atrás.
Si estaba equivocado, tendría tiempo de sobra para averiguarlo.
Pero los segundos pasaban inexorablemente y los Paladines no tardarían
en reactivar la barrera. Devlin tomó una decisión, entró en el túnel de la
derecha y avanzó a toda velocidad.
—¡Laurel!
En esta ocasión, la respuesta fue clara e inmediata.
—¡Devlin!
La vislumbró en el lado humano del túnel. Alguien más estaba con
ella en el suelo. Purefoy estaba detrás. Sin duda planeaba utilizarla de
escudo.
—¡Detente ahí mismo, Bane! —Purefoy agarró a Laurel por el
cabello y apoyó el cañón de la pistola en su sien como advertencia.
Después, apuntó directamente al pecho de Devlin—. ¡Un paso más y la
mato!
—¿Qué sentido tiene ganar este juego si tú también vas a morir?
Devlin habló con voz tenue, como si sólo sintiera una leve
curiosidad por conocer la respuesta, aunque, por dentro, se sentía morir.
—Si te hubieras quedado muerto la primera vez, Paladín, no
habría tenido que meterla en esto.
—¿Así que es culpa mía que estés como una cabra?
—¡Cállate, Bane! Y retrocede hasta el otro túnel. Déjanos salir de
aquí y la soltaré en cuanto estemos a salvo.
—No lo hagas, Devlin. Me tiene esposada a uno de los Otros que
está inconsciente. No podrá arrastrarnos a los dos.
¡Hijo de puta! La situación no podía empeorar. Si el Otro
recobraba el conocimiento, resultaba imposible saber cómo reaccionaría.
No bastaba tratar con un loco; tenía que hacerlo con dos. Podía
solucionar el problema disparando al Otro a la cabeza, pero no podía
arriesgarse a alcanzar a Laurel.
Purefoy se movió con inquietud. Sin duda estaba al límite.
—¿Qué prefieres, Bane? ¿Su vida o mi libertad?
Devlin se encogió de hombros mientras esperaba que Laurel
pudiera perdonarlo.
—Mi labor consiste en proteger la barrera, Purefoy, y tú la has
desactivado. Sólo por esto, morirás aquí y ahora.
—No te creo. Ella significa demasiado para ti.
Devlin se obligó a sí mismo a soltar una carcajada.
—No seas estúpido. Conoces lo bastante a los Paladines para
saber que vamos de una mujer a otra como mariposas. Si la quieres,
llévatela, pero tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
Asentó los pies en el suelo y esperó. Y no tuvo que hacerlo
durante mucho tiempo.
Purefoy soltó un grito de frustración y apuntó a Laurel con la
pistola.
—¡Laurel, al suelo! —gritó Devlin para poder disponer de un
blanco seguro.
Laurel obedeció, pero, mientras se tumbaba en el suelo, la forma
oscura que estaba a su lado se puso de pie y se lanzó entre Laurel y
Purefoy haciendo que el sargento cayera hacia atrás cuan largo era.
Devlin apretó el gatillo al mismo tiempo que Purefoy. Los destellos de los
disparos se mezclaron con una potente ráfaga de luz que atravesó el
túnel.
El grito de Purefoy se apagó bruscamente cuando la barrera lo
atravesó dejando una mitad de su cuerpo en el mundo humano y la otra
en el mundo oscuro. Y ambas muertas. El eco de los disparos se disipó
en el aire y el tranquilizador zumbido de la barrera fue lo único que llenó
el silencio que los rodeaba.
Devlin se abalanzó hacia delante para envolver a Laurel en la
seguridad de sus brazos, pero ella lo apartó con su mano libre.
—Laurel, ya sabes que nada de lo que le dije a Purefoy iba en
serio.
Ella lo miró con indignación mientras intentaba acercarse al Otro.
—No soy tonta, Devlin, pero ahora mismo tengo un asunto más
grave entre manos. Barak ha recibido un disparo.
—¿Y qué? Es uno de los Otros. Ya sabía que, en cuanto cruzara la
barrera, sería hombre muerto.
—Me ha salvado la vida, Devlin. Y no pienso dejarlo morir aquí,
en este lugar dejado de la mano de Dios. —Levantó el brazo—. Además,
estoy esposada a él. Donde yo vaya, él también irá.
—¿Dónde está la maldita llave?
Devlin deseó poder retirar la pregunta cuando vio que Laurel se
volvía hacia la mitad de Purefoy que quedaba a su mismo lado de la
barrera. El cutis de Laurel adquirió una tonalidad decididamente verde
mientras tragaba con fuerza varias veces.
Laurel habló con voz temblorosa.
—Está en uno de sus bolsillos.
Devlin se colocó de forma que le tapara la vista a Laurel y
cacheó los bolsillos que estaban a su alcance procurando no entrar en
contacto con la barrera. Encontró la llave en uno de los bolsillos
delanteros del pantalón de Purefoy. El estómago se le revolvió cuando se
dio cuenta de que las dos mitades de Purefoy ya no estaban conectadas.
Devlin limpió la sangre de la llave en el pantalón de Purefoy
antes de tendérsela a Laurel.
—Si le quito las esposas, ¿me ayudarás a sacarlo de aquí?
Devlin le habría prometido la luna y las estrellas si esto os
hubiera alejado de la vista macabra que tenía a su espalda.
—Yo lo llevaré. Pero salgamos de aquí de una vez.
La sonrisa que Laurel esbozó como respuesta casi disipó el
miedo con el que Devlin había convivido desde que se dio cuenta de que
la habían secuestrado. Cuando Laurel se quitó las esposas, Devlin levantó
al Otro del suelo, colocó su brazo de piel gris alrededor de sus hombros
y, prácticamente, lo arrastró por el pasadizo. Cuando el túnel se ensanchó
y pudieron caminar los tres uno al lado del otro, Laurel hizo lo que pudo
para ayudar.
Llegaron al túnel principal, donde los recibió el tranquilizador
ruido de unos pasos que se acercaban corriendo. Devlin se detuvo y dejó
su indeseada carga en el suelo. Laurel se arrodilló de inmediato y
examinó al Otro por si tenía alguna otra herida. Aquella imagen hizo que
Devlin sintiera náuseas.
—Él no es humano, Laurel. Los de su especie son malos para
nuestro mundo.
—Quizá tengas razón, pero, en más de una ocasión, ha hecho lo
posible para salvarme de Purefoy. Y no tenía por qué hacerlo. No
permitiré que tú ni nadie le haga daño.
¡Maldita sea! Era lo que se temía. Había intentado convencerse a
sí mismo de que el ataque del Otro a Purefoy había sido casual, no un
intento deliberado de salvar a Laurel. Ahora tenía con el Otro una deuda
que nunca podría saldar, al menos no con una bala ni una espada.
—Esto nos causará todo tipo de problemas con los Regentes. Por
no hablar de los Paladines. No les gustará que su doctora favorita mime a
uno de los Otros.
—Se llama Barak.
—¡Maldita sea, Laurel! No se trata de un animal doméstico que te
haya seguido hasta casa. No puedes quedártelo. —Devlin cogió el rostro
de Laurel con la mano—. A lo máximo a lo que puedes aspirar es a
curarlo y a enseñarle el camino de vuelta a su mundo cuando la barrera
vuelva a apagarse.
El Otro gruñó e intentó incorporarse.
—Mátame ahora, humano. No pienso regresar.
Devlin lanzó una mirada iracunda a su enemigo.
—No puedo. Si acabo con tu existencia, ella me matará a mí.
Ya fuera literalmente o abandonándolo.
El hecho de que Barak sonriera y sacudiera la cabeza no mejoró
en nada el estado de ánimo de Devlin.
Trahern encabezaba la marcha del grupo de Paladines que se
dirigía hacia ellos por el túnel. Aunque Devlin se alegró de verlos, levantó
la espada dispuesto a defender a la mujer que amaba y al Otro medio
muerto.


Durante un tiempo, el estado de salud de Barak fue crítico, pero,
al final, Laurel consiguió estabilizar sus constantes vitales. Hasta
entonces, nadie había tratado a otro herido, así que Laurel había
conseguido detener la hemorragia gracias a la suerte y a su intuición. La
sangre del Otro era demasiado distinta a la de los humanos para
arriesgarse a hacerle una transfusión, de modo que le había estado
inyectando soluciones salinas.
El doctor Neal entró justo cuando Laurel se quitaba los guantes.
—¿Cómo está su paciente?
—De momento, está estable. —Laurel puso los brazos en jarras y
realizó unos estiramientos de lado a lado intentando aliviar parte del
agarrotamiento que sentía por llevar demasiado tiempo sin descansar—.
Sabremos algo más mañana por la mañana.
El doctor Neal consultó el expediente de Barak.
—Nos ayudaría saber qué es lo normal para los de su especie.
Supongo que, mientras sus constantes no se descontrolen, saldrá de ésta.
El doctor Neal observó a Laurel por encima de la montura de sus
gafas.
—Y usted, jovencita, tiene mucho de lo que responder.
—No podía dejar que Barak muriera, pues me había salvado la
vida.
Esto era cierto, aunque Laurel sabía que el doctor Neal no se
refería a su paciente.
—¿Cuándo me contará que... digamos, mantiene una relación con
Devlin Bane? —El doctor Neal parecía más decepcionado que enfadado—.
Si no sé que existe el problema, no puedo ayudarla.
—Lo sé, pero...
—Sin peros, Laurel. Todos cogemos cariño a los Paladines que
nos asignan, pero sospecho que usted ha ido mucho más lejos que esto.
En cuanto se dio cuenta de que sus sentimientos hacia Devlin Bane ya no
eran los de una médica por su paciente favorito, debería haber acudido a
mí.
Ahora sí que había enfado en su voz.
—Lo habría hecho, pero no tuve tiempo. Entonces los resultados
de sus pruebas empezaron a mejorar y tuve miedo de que un Tutor
nuevo no les prestara la atención debida.
El doctor arqueó una ceja y frunció los labios.
—¿Me está diciendo que el resto de nosotros somos unos
chapuceros en lo que al cuidado a largo plazo de nuestros pacientes se
refiere?
Eso era exactamente lo que ella creía. Al menos hasta cierto
punto.
—Lo siento, señor, pero estoy convencida de que los cambios
son importantes. Piense en lo que podría significar para alguien como
Trahern que los daños fueran reversibles. Es posible que los cambios
sólo se produzcan en Devlin, pero no lo sabemos con seguridad.
—Y ésta es la única razón de que no la traslade a otro lugar. —El
doctor Neal miró más allá de Laurel, hacia Barak—. Por no hablar de él.
Debe usted saber que el coronel Kincade y los Regentes seguirán de
cerca los progresos de su investigación. Y yo también.
—Lo sé.
—No debe de resultar fácil convivir con Devlin Bane, Laurel,
pero yo siento un gran respeto hacia él. Espero que la haga feliz. —Para
sorpresa de Laurel, el doctor le dio un abrazo—. Dígale a ese joven que
tengo con él una deuda de gratitud por devolverla sana y salva. Ahora
váyase a casa y descanse. Mañana ya tendrá tiempo de examinar de
cerca los resultados del escáner. Yo vigilaré a Barak por usted, pero
cuando los Regentes se enteren de su presencia, no tengo ni idea de
cómo reaccionarán. Queda usted advertida.
—Gracias, señor. Por todo.
Laurel salió del laboratorio prácticamente arrastrando los pies de
cansancio. Al día siguiente, estaría más en forma para la lucha.
Estaba preocupada porque no había visto a Devlin desde que
Trahern y él habían tumbado a Barak en la camilla del laboratorio. Cada
vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el terror que había
experimentado cuando vio que su amado se enfrentaba a sus amigos para
proteger a la criatura que por naturaleza odiaban. Sin embargo, Devlin se
había encarado a ellos. Al final, Trahern y Cullen se habían hecho cargo
de Barak dejando a Devlin libre para guiar a Laurel hasta el ascensor.
Cuando llegaron a la superficie, ella salió al exterior y, de
repente, se sintió liberada de la carga del mundo que parecía pesar sobre
ella. Entonces valoró todavía más aquello a lo que Devlin y el resto de los
Paladines tenían que enfrentarse día tras día.
Con su eficacia habitual, Cullen se había adelantado y había
pedido un transporte para llevarlos a ella y al Otro herido al laboratorio.
Trahern y Devlin la acompañaron en el trayecto. Laurel sólo esperaba
que su insistencia en proteger a Barak no perjudicara, de una forma
permanente, la buena relación que mantenía con los Paladines que tenía
asignados. Pero ya se preocuparía por esto más adelante.
Camino de la puerta del laboratorio, echó su bata manchada de
sangre en el cesto de la lavandería. En el vestíbulo había dos grupos. A
un lado, varios guardias de aspecto nervioso y, al otro, un Paladín
enorme. En un abrir y cerrar de ojos, el mundo de Laurel volvió a cobrar
sentido. Laurel se lanzó, directamente, a los brazos de Devlin sin
importarle, ya, quién los veía.
—Llévame a casa.
Se acurrucó contra el pecho de Devlin, pues necesitaba su calor
y su fortaleza.
—¿A la mía o a la tuya? —preguntó Devlin.
Sus palabras retumbaron en su pecho.
—A la tuya.
A Laurel le pareció que tardaban una eternidad en recorrer la
corta distancia que los separaba de la casa de Devlin. El silencio de
Devlin la preocupaba. Cuando estuvieran en el interior de la casa, a salvo
del resto del mundo, averiguaría qué le pasaba.
Devlin entró a Laurel en brazos en la casa y cerró la puerta tras
ellos de un puntapié. La llevó directamente hasta el baño. Todavía con
expresión sombría, empezó a desnudarla. Ella le permitió hacerlo y
esperó pacientemente a que él también se desnudara. Después de abrir a
tope el grifo del agua caliente, volvió a cogerla en brazos y entró con ella
en la ducha. Entonces no hubo nada entre ellos, salvo el calor y sus
apasionados besos. Devlin la poseyó deprisa y con fuerza, llevándolos a
ambos al climax con potentes penetraciones que llenaron el cuerpo de
Laurel y también su corazón.
Temió haberse mostrado demasiado rudo con Laurel, y lo sentía,
pero la necesidad había hecho que los dos perdieran el control. Después,
se quedaron durante largo rato bajo el chorro de la ducha permitiendo
que el agua eliminara las huellas gemelas de la muerte y el miedo. Al
final, Devlin cerró el grifo y cogió una toalla. Mientras secaba a Laurel, la
examinó en silencio de la cabeza a los pies. Los morados de su rostro y
los rasguños de sus muñecas le revolvieron el estómago, pero se sintió
aliviado al comprobar que sus heridas no eran graves. Laurel soportó sin
quejarse sus intentos de ofrecerle unos primeros auxilios. Después,
Devlin la condujo hasta la cama y se apretujó contra ella deseando que ni
siquiera el grosor de una camiseta los separara. Apoyó su frente contra
la de Laurel e intentó encontrar las palabras adecuadas.
—Casi te pierdo.
Incluso entonces, ese temor estaba incrustado en su piel, un
temor que no desaparecería por mucho que frotara y mucha cantidad de
jabón que utilizara.
—Estoy aquí. —Laurel rio—. Sabía que irías a buscarme.
—Casi no lo consigo. Purefoy era un cabrón muy listo. Más de lo
que habría imaginado.
—No tan listo, Devlin, o nunca habría intentado matarte. —Laurel
deslizó las manos por los brazos de Devlin hasta sus hombros—. Alguien
le pagaba.
—Sí, claro. La cuestión es quién. Pero ahora no quiero pensar en
eso.
Laurel deslizó la mano por el pecho de Devlin, por su estómago y
más abajo. Con la sonrisa de una sirena, le rodeó el duro miembro con
la mano y apretó ligeramente, medio en broma.
—¿Entonces en qué quieres pensar?
Devlin cogió la mano de Laurel y la subió hasta donde podía
tenerla vigilada.
—Tenemos que hablar sobre lo que dije abajo, en los túneles...
Sobre los Paladines y las mujeres.
Los ojos de Laurel se oscurecieron un poco.
—Ya he oído hablar más que suficiente sobre este tema. Tu
pasado no me importa, Devlin.
Pero sí que le importaba, Devlin lo percibió en su voz.
—No te mentiré, Laurel. He conocido a muchas mujeres, pero
hasta que te conocí a ti, no me había enamorado nunca. Y nunca le había
pedido a una mujer que se casara conmigo.
Devlin le dio un beso largo e intenso y, cuando terminó de
dárselo, los dos estaban sin aliento.
—Lo reservaba para ti.
Devlin la colocó a horcajadas encima de él.
—¿Querrás corresponder a mi amor y ser mi esposa?
Laurel le sonrió mientras se levantaba para llevarlo hasta lo más
profundo de su cuerpo.
—Sí, quiero las dos cosas.
Devlin decidió que no tenían necesidad de hablar más. Al fin y al
cabo, él siempre había sido un hombre de acción.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Nov 24, 2010 5:20 pm

EPÍLOGO
El teléfono sonó otra vez. Las primeras seis veces no había
contestado, pero evitando a su enojado superior no conseguiría
deshacerse de él. Preparado para lo peor, descolgó el auricular. Nada
más identificarse, su jefe se lanzó al ataque.
—Tenemos problemas. Aparte de que resulta obvio que elegiste
al hombre equivocado para el trabajo.
—Purefoy ha supuesto una equivocación lamentable, señor, pero
en esta ocasión me aseguraré personalmente de que Devlin muera y no
reviva.
Aunque, ahora que Bane sabía que iban por él, sería más difícil de
matar que nunca.
Su superior soltó un respingo.
—Olvídate de él. Está demasiado ocupado follando con la doctora
para darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Ahora mismo, Bane
no es nuestro mayor problema.
—¿Entonces quién lo es?
El silencio cayó con pesadez sobre él. Su superior hablaría
cuando estuviera preparado, ni un segundo antes.
—Trahern ha realizado unas cuantas llamadas muy
desafortunadas.
Aquella noticia tan poco grata hizo que deseara soltar una buena
ristra de tacos en voz alta.
—¿Qué quiere que haga?
—Que te encargues de ello, maldita sea. No me importa cómo,
pero encárgate de ello.
—Podría resultar complicado. El amigo de Trahern tiene
contactos en círculos de alto nivel. Además, el juez está limpísimo y
siempre lo ha estado.
—Entonces haz que parezca sucio. Y quita a ese bastardo de en
medio antes de que nos cause algún problema.
—Sí, señor. Considérelo hecho.
La línea telefónica seguía conectada, pero se había producido
otro silencio. Al final, su superior volvió a hablar.
—Ya me has fallado una vez. No vuelvas a hacerlo.
El chasquido tajante que indicaba el final de la comunicación le
causó un escalofrío, pero él hizo como si nada. En su vida no había
tiempo para el miedo; no cuando tenía planes que elaborar y gente a la
que matar.
Cogió una libreta y empezó a hacer anotaciones.


FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Mar Nov 30, 2010 10:50 pm

Este libro me encanto Gemma :mangalove:

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 1:53 pm

ya voy!!!!!!!!

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 4:32 pm

Libro 2 serie paladines

El defensor

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Como guerrero Paladín, Blake Trahern lucha y muere una y otra vez para mantener a los humanos a salvo de Los Otros. Sintiendo que la humanidad se le escapa con cada batalla, se retira del mundo... hasta que la única persona con control sobre su alma necesita su ayuda. Han pasado doce años desde que Blake desapareciera de la vida de Brenna Nichol, años que la han transformado de una enamorada adolescente en una mujer testaruda y sensual. Blake daría su vida sin pensarlo dos veces por protegerla, pero no se atreve a arriesgar su corazón. Brenna se sorprende ante la reaparición de Blake, y por un sorprendente descubrimiento sobre su padre. Todo en lo que siempre ha creído es puesto en entredicho; todo salvo el deseo que Blake sigue suscitando en ella. Pero mientras juntos buscan un traidor entre los Paladines, el peligro acecha: la próxima batalla podría conducir a Blake a la locura, destruir su vida, su alma... y a la única mujer a la que siempre ha amado.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 4:35 pm

PRÓLOGO

St.Louis, Misuri
— ¡Papá!
¿Adonde había ido? Apenas diez minutos antes estaba allí hojeando unos documentos, y ahora en su escritorio recogido no quedaba ni rastro de él.
Su desaparición resultaba muy extraña, pues tenían pensado comer juntos para celebrar la publicación de la última novela que ella había escrito. Aunque su padre llevaba toda la semana preocupado, no era propio de él olvidar una cita como aquélla.
Brenna oyó que alguien cerraba la puerta de la cocina de un portazo. Corrió hacia la salida trasera de la casa y vio que su padre se dirigía hacia el coche.
Salió al porche trasero y le gritó:
—Papá, ¿a dónde vas?
Su padre, evidentemente absorto en sus pensamientos, se detuvo para mirarla. Unas profundas arrugas de preocupación enmarcaron su sonrisa forzada:
—Lo siento, Brenna, debería habértelo dicho. Ha surgido algo y tengo que ir a la oficina.
— ¿No vamos a comer juntos?
Por un segundo, su padre pareció realmente perplejo, lo cual resultaba aún más alarmante. Sin duda, esto no era propio de él. En absoluto. Brenna se dirigió al extremo del porche.
—Está bien, papá. Creí que teníamos planes para hoy, pero quizá me haya equivocado de fecha. Él hundió los hombros.
—Perdona, cariño, lo había olvidado. —Miró el reloj—. Intentaré estar fuera sólo una hora. Dos, a lo sumo. Quizá podamos salir a comer cuando vuelva.
A pesar de su oferta, Brenna advirtió que no lo decía muy convencido.
—No te preocupes, papá, ya quedaremos otro día.
Un destello evidente de alivio cruzó la mirada de su padre mientras entraba en el coche.
—Si estás segura de que no te importa, quizá sea lo mejor. Ahora mismo no creo que sea muy buena compañía. —Se abrochó el cinturón de seguridad y bajó la ventanilla—. Siento lo de la comida, Brenna. Te quiero, cariño.
Le hizo adiós con la mano y giró la llave de contacto. El motor petardeó un poco antes de ponerse en marcha.
Entonces, con un destello de luz y un fogonazo, el mundo explotó. Un estruendo agudo y punzante lanzó a Brenna por los aires y el terror se mezcló con el sabor de la sangre en su boca al estrellarse contra la pared de la casa. Su último pensamiento consciente fue que había olvidado decirle a su padre que ella también lo quería.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:00 pm

1

Los murmullos flotaban en el aire, fuera de su alcance. Brenna decidió continuar en la oscuridad, feliz de permanecer en aquel estado. Un dolor agudo la amenazaba cada vez que intentaba abrir los ojos. Era mucho mejor quedarse acurrucada en la fría oscuridad que dejar entrar a los monstruos.
Pero entonces otra voz se incorporó a la conversación, una voz masculina que no podía ser ignorada. Una mujer respondió a sus exigencias en tono defensivo y también algo temeroso.
Algunos segundos más tarde se escucharon unos pasos sordos y un hombre más se añadió a la conversación intentando calmar al recién llegado. Aunque el desconocido ponía nervioso a casi todo el grupo, de algún modo la grave resonancia que transmitía su voz reconfortaba a Brenna.
Intentó concentrarse para averiguar de qué estaban hablando, pero una ráfaga de dolor la hundió de nuevo en la oscuridad. Tenía suficiente con saber que él estaba allí, ocupándose de ella. Brenna se dejó flotar por debajo del umbral del dolor, conformándose con permitir que aquella voz la tranquilizara.
Blake Trahern se acercó un poco más a la cama de Brenna y comprobó que seguía dormida. Había llegado demasiado tarde para hacer otra cosa que enterrar a su padre y decirle que lamentaba... tantas y tantas cosas. Sin embargo, su presencia no haría más que alterar a Brenna y, en aquel momento, ella tenía ya bastantes problemas para que él viniera a complicar las cosas.
La necesidad de tocarla hacía que todas sus terminaciones nerviosas ardieran, pero Blake se obligó a mantener las manos a los costados.
Permaneció fuera del círculo de luz que rodeaba la cama de Brenna, del suave resplandor procedente de los instrumentos que monitorizaban los latidos de su corazón, su respiración, su misma fuerza vital. Unas vendas le cubrían las heridas más graves y, después de tres días, los morados de brazos y cara empezaban a adquirir un feo tono verdoso. Brenna se estremeció en sueños y gimió a causa del dolor que le produjo aquel leve movimiento. Blake retrocedió en la penumbra.
— ¡Hijos de puta! —susurró.
Juró que, fuera quien fuera quien hubiera colocado los explosivos, pagaría caro su crimen. Era lo menos que podía hacer por el padre de Brenna. Y por ella. Pero la venganza tendría que esperar. De momento, lo mejor que podía hacer era permanecer alerta.
Un pitido agudo y estridente rompió el silencio de la habitación de hospital y apartó a Blake de sus recuerdos. Él recorrió la habitación con la mirada en busca de alguna señal de peligro mientras la adrenalina le quemaba las venas y, al ver que el ruido procedía de una de las máquinas que había junto a la cama de Brenna, se relajó.
Sacudió la cabeza para librarse de las últimas telarañas que la nublaban y se maldijo por ser un estúpido. La habitación se encontraba en una planta privada del hospital, lo cual no significaba que nadie pudiera burlar el sistema de seguridad. ¡La habría hecho buena, si los pasos que se oyeron al otro lado de la puerta fueran los de un asesino en lugar de los de una de las enfermeras que entraban y salían de la habitación!
Blake retrocedió aún más en la penumbra y apartó la mano del puñal que guardaba en el bolsillo. Por suerte, la enfermera le prestó poca atención mientras detenía la alarma de la máquina. Tras haber intentado entablar conversación con él varias veces, el personal médico había decidido ignorar a Blake cuando acudía a atender las necesidades de Brenna. Blake observó en silencio cómo la enfermera colgaba nuevas bolsas de fluidos en la percha de la intravenosa de Brenna y comprobaba sus constantes vitales.
La necesidad de saber cómo se encontraba la hija del juez lo obligó a romper su silencio.
— ¿Cómo está?
La enfermera dio un brinco, como si hubiera olvidado que él estaba allí.
— ¿Es usted de la familia?
—Soy todo lo que le queda. —Esa era la más triste de las afirmaciones que se podían realizar—. ¿Qué opina el doctor?
La mujer lo observó durante unos segundos. Blake carecía del don de la elocuencia, por lo que su única alternativa era esperar a que ella le respondiera. Al final, parte de la tensión de la enfermera remitió.
—Sus heridas se están curando todo lo bien que era de esperar. La conmoción cerebral causada por la explosión le ha inducido un coma; aunque, en un primer momento, no revestía gravedad. —La enfermera contempló la tez pálida de Brenna—. Supongo que la impresión de ver morir a su padre empeoró su estado.
Un nudo del tamaño de un puño atenazó la garganta de Blake, y entonces supo que aquel sabor amargo en la boca era miedo. ¡Cuántas veces se habría enfrentado ya a una muerte segura sin pestañear! De hecho, había muerto más veces de las que podía contar, aunque siempre acabara volviendo a la vida. Pero, para Brenna, la muerte era algo permanente y no sólo un estado que tendría que soportar hasta que su corazón y sus pulmones recordaran cómo funcionar.
— ¿Qué más se puede hacer?
Blake sintió rabia al percibir lástima en los ojos de la enfermera. Suplicar no era su estilo, pero no podía utilizar su habitual técnica de amenazar a su oponente a punta de espada.
—Hable con ella. A veces, esto parece ayudarles a volver a la realidad. ^La enfermera inclinó la cabeza, como si hubiera oído algo—. Otro paciente reclama mi atención. Si me necesita, pulse el botón que hay junto a la cama.
La enfermera desapareció dejándolo a solas con las luces parpadeantes y con Brenna, que seguía inmóvil, pálida y en silencio.

—Vamos, Brenna, necesito que me cuentes lo que pasó. —Blake se sentía como un estúpido manteniendo una conversación unilateral, pero correría desnudo por la calle si esto ayudara a Brenna a volver al mundo de los vivos—. Sé que duele, pero tú eres fuerte.
Blake cogió su botellín de agua y echó un buen trago para suavizar la aspereza de su garganta. A él lo conocían por sus silencios, no por su facilidad de palabra. Era evidente que leerle a Brenna la portada del periódico no había funcionado, así que intentó pensar en otro tema de conversación.
Dejó que sus pensamientos volarían hasta el momento en que la conoció y, sin darse cuenta, se puso a hablar.
—Nunca había conocido a nadie como tú, toda ojos e inocencia, pero con una de las mejores mentes que conozco. Incluso cuando tenías doce años y empezaste a ir al instituto, veías y comprendías muchas más cosas que la mayoría de los adultos. —Sus labios se contrajeron en una media sonrisa—. Yo vivía en las calles, más como un animal salvaje que como un humano, Cuando tu padre me agarró por el pescuezo y me llevó a vuestra casa. No sé qué rondaba por su mente, pero entre él y Maisy, enseguida me encarrilaron. Quizás el éxito se debió a las galletas que ella me preparaba. Además, pese a medir metro y medio escaso, Maisy podía ser terrible. —Blake se reclinó en la silla y se quedó mirando el techo de la habitación—. En una ocasión, justo antes de que cumplieras trece años, yo me dirigía a la cocina para ver si Maisy había hecho galletas cuando tú saliste a toda velocidad de la cocina y casi chocaste conmigo. Todavía recuerdo tu mirada cuando te cogí para evitar que los dos cayéramos al suelo. En aquel instante, vi. más allá de tus gafas y tus aparatos de ortodoncia y percibí a la encantadora mujer en la que te convertirías con el tiempo. —Blake volvió a dirigir su mirada a la figura inmóvil de Brenna—. No me equivoqué demasiado.
Blake volvió a guardar silencio, pues no le resultaba nada agradable visitar el pasado. Y, una vez más, se quedó sin tema de conversación.
—Brenna, tienes que despertarte. El hospital no es un lugar seguro, ni siquiera con los guardias que los regentes, los colegas de tu padre, han enviado. Ningún lugar será seguro hasta que descubramos quién está detrás de todo esto.
Brenna parpadeó brevemente, pero Blake llevaba un día y medio sin dormir y no creyó lo que acababa de ver. Alargó el brazo e inclinó la lámpara para que iluminara directamente la cara de Brenna.
—Parpadea, Brenna, necesito saber si me oyes.
Brenna gimió levemente e intentó evitar el resplandor de la lámpara, pero Blake la cogió por la barbilla con suavidad y le impidió mover la cabeza. Blake imprimió más autoridad a su voz, como hacía el padre de Brenna cuando ella se resistía a levantarse por las mañanas.
—Brenna, es hora de levantarse.
Ella murmuró algo durante cinco minutos más, frunció el ceño con fuerza y mantuvo los ojos obstinadamente cerrados. Pese a su pequeña rebeldía, Blake se sintió mejor de lo que se había sentido desde que le comunicaron la explosión del coche.
Había llegado la hora de pulsar el interruptor de llamada de la enfermera y reunir a las tropas. En cuestión de segundos, oyó unas voces que se acercaban por el pasillo. Blake mantuvo la mano levemente apoyada en la mejilla de Brenna temiendo que, si rompía el contacto, ella regresaría a la oscuridad.
La primera persona que cruzó el umbral de la puerta fue la enfermera que le había sugerido hablar con Brenna. El doctor la seguía de cerca, y ambos parecían sentir más curiosidad que preocupación. Si algo fuera mal, los monitores que había en la sección de Enfermería, al final del pasillo, habrían disparado la alarma.
— ¿Qué ocurre?
El doctor dirigió su pregunta a Blake, aunque tenía los ojos centrados sólo en su paciente.
—Creo que está saliendo del coma. Ha parpadeado y ha murmurado algo acerca de que la dejara dormir cinco minutos más.
Blake esperaba que lo creyeran; porque, en aquel momento, la cara de Brenna había recuperado su anterior inexpresividad enfermiza.
La enfermera apartó a un lado a Blake para coger la muñeca de Brenna y tomarle el pulso. El doctor le separó los párpados y le iluminó los ojos con su pequeña linterna.
Brenna sacudió la cabeza y gimoteó. Al final, abrió un poco los ojos y dirigió la mirada hacia las tres personas que había junto a su cama. La confusión y, después, el miedo, nublaron su expresión.
— ¿Quién? ¿Dónde? —preguntó con voz ronca.
—Yo soy el doctor Vega y ella es Jan Windsor, su enfermera.
El doctor le dio unos golpecitos en la mano y le sonrió de forma tranquilizadora.
Ya era demasiado tarde para salir de la habitación, así que Blake se preparó para la reacción de Brenna.
—Brenna, soy yo, Blake Trahern.
Ella no tardó mucho en responder.
—Imposible. El Blake Trahern que yo conozco desapareció hace muchos años.
El doctor Vega frunció el ceño mientras miraba a Blake.
—Creíamos que era usted de la familia.
—Más bien soy un amigo de la familia. Sin duda alguna, el doctor no se sintió satisfecho con su explicación.
—Espere aquí, señor Trahern, tengo que realizar una llamada para aclarar este asunto.
Los problemas no tardaron en aparecer. La puerta que conducía a la sala de espera se abrió de golpe. Cinco guardias pertrechados hasta los dientes irrumpieron en el pasillo y tomaron posiciones para bloquear, con las armas a punto, cualquier vía de escape. Trahern permaneció inmóvil, pues no quería sobresaltar a nadie y hacer que alguien actuara con precipitación.
El jefe de los guardias entró en la habitación, habló con el doctor Vega y anunció:
—Señor, tenemos que pedirle que salga al pasillo.
Antes de que Blake pudiera responder, otro hombre llegó, un hombre al que Blake identificó como un paladín.
—Bajad la guardia.
La actitud calmada del hombre indicaba que estaba acostumbrado a que los demás obedecieran sus órdenes sin rechistar.
El jefe de los guardias lo miró con desdén: —Usted no está al mando aquí, Jarvis. Nos han enviado de Intendencia.
—Yo no estoy al mando, pero intento evitarles, a usted y sus colegas, dolor y sufrimiento.
Jarvis se apoyó en la pared esbozando una sonrisa.
—Enfréntese a nosotros, Jarvis, y ya veremos quién sale peor parado.
—Quizás, en uno de sus mejores días, podrían reducirme entre los cinco.
Aunque el soldado tenía unos quince kilos más que Jarvis de pura musculatura, los paladines eran los mejores guerreros del planeta. Se requería más que unos cuantos soldados armados para someter a un paladín en buena forma. Además, una pelea contra un número superior de contrincantes no hacía más que alimentar las ansias de violencia de los paladines. Los guardias empleados por los regentes deberían saberlo. Si aquellos cinco hombres se enfrentaban a Jarvis, el doctor Vega tendría otro montón de pacientes a los que remendar. Los disparos mortales sólo alimentaban la ira de los paladines, pero mataban a los soldados. Jarvis se separó de la pared:
—Quizá debería permitir que sus hombres entraran en la habitación a la carga, sargento. Hace tiempo que no veo a Blake Trahern en acción; aunque tengo entendido que está mejor que nunca. Depende de usted.
La mirada de Jarvis se cruzó con la de Trahern y su sonrisa se volvió algo más cálida. Blake lo saludó con la cabeza, reconociendo a su viejo amigo. Jarvis era uno de los dos hombres que el padre de Brenna le había presentado hacía años. Los tres le hablaron del grupo secreto para el que trabajaban, grupo conocido como los «regentes». Los regentes contrataban a unos guerreros llamados paladines para que hicieran frente a la constante amenaza de invasión por parte del otro mundo.
Con la ayuda de Jarvis, Blake había aprendido lo que significaba ser un paladín. Las lecciones de Jarvis, impartidas con el buen humor y la impaciencia de un hermano mayor, permitieron a Blake experimentar por primera vez la autoestima y el sentido de pertenencia. Gracias al apoyo de Jarvis, los paladines, que vigilaban y protegían la barrera que recorría la inestable falla de New Madrid, lo aceptaron sin titubeos.
Sin embargo, esto había ocurrido muchos años y varias muertes atrás. Durante aquel tiempo, Trahern había cambiado mucho, y no para mejor. Además, cualquier hombre con dos dedos de frente deduciría que Jarvis había realizado un recorrido similar en el camino hacia la locura.
Blake afianzó los pies en el suelo y esperó a que la situación se aclarara. Un movimiento a su izquierda le indicó que el doctor Vega había empujado a la enfermera a un rincón y que él se había colocado entre Blake y Brenna. ¡Bien hecho!
—Eh, Trahern, ¿quieres salir y conocer a los vecinos?
Jarvis se colocó delante de la puerta impidiendo que los guardias entraran en la habitación.
Aquella sugerencia parecía razonable. Si la situación se ponía fea, al menos Brenna y los demás estarían fuera de la línea de fuego.
— ¿Por qué no?
Cuando Trahern llegó a la puerta, Jarvis se apartó a un lado para no quedar atrapado entre su amigo y los guardias. De su movimiento, Blake dedujo que Jarvis lo respaldaría, pero sólo hasta cierto punto. En el pasado, Jarvis era uno de los pocos hombres en los que Blake confiaba, pero ahora eso estaba por comprobar.
—Me llamo Trahern y vengo de la oficina de Seattle —explicó Trahern al sargento—. El juez Nichols era un viejo amigo mío y estoy aquí para proteger a su hija.
—Ése es nuestro trabajo.
El sargento bajó un poco la pistola.
— ¡Pues menuda mierda de trabajo están haciendo! Llevo aquí dos días y ésta es la primera vez que los veo. Cualquiera podría haber entrado aquí a sus anchas y terminar con la señorita Nichols.
Uno de los guardias intervino:
—La policía ha dicho que el juez era el objetivo. Ella sólo ha constituido un daño colateral.
Un sentimiento de rabia pura y violenta recorrió el cuerpo de Blake. En cuestión de segundos, arrinconó al joven soldado contra la pared y le rodeó el cuello con las manos.
— ¡No hables de ella como si fuera una cosa! Si tú y tus colegas hubierais hecho vuestro trabajo, quizá no habrían hecho volar al juez por los aires. ¿Dónde estabais entonces? ¿Planchando vuestros bonitos uniformes y limpiando vuestras botas?
Los otros guardias revoloteaban como moscas alrededor de Trahern intentando apartar sus manos de la garganta de su compañero, pero Trahern los ignoró. No pensaba matar a aquel estúpido. No porque mereciera vivir, sino porque su muerte sólo complicaría más las cosas. Trahern apretó un poco más las manos para demostrarle que podía acabar con él y, a continuación, dejó que su víctima cayera al suelo.
Tres de los guardias desenfundaron sus pistolas y apuntaron directamente a las tripas de Trahern, mientras el quinto arrastraba a su jadeante compañero a un lugar más seguro.
Jarvis intervino en la conversación para romper la creciente tensión ambiental:
—Si dispara a Trahern, sargento, sólo conseguirá cabrearlo todavía más y todos los paladines de la zona le pisarán los talones durante el resto de su miserable vida.
Jarvis se cruzó de brazos y esperó.
Blake deseó que los guardias tuvieran el sentido común de retirarse. No podía permitirse morir otra vez por muchas razones; pero, sobre todo, porque Brenna lo necesitaba vivo y en buena forma, tanto si estaba consciente como si no.
Su tutora, en Seattle, le había advertido que estaba muy cerca de cruzar el límite que lo convertiría en uno de los Otros, el enemigo al que llevaba toda la vida combatiendo. El reglamento la había obligado a enviar su expediente a la oficina de St. Louis. Por si acaso. El dolor que había percibido en los ojos de su tutora era muy significativo. Los dos sabían que no se requería mucha violencia para que él perdiera el control. Si esto ocurría, ni siquiera Jarvis podría evitar que los gestores de St. Louis o la Guardia Nacional lo eliminaran como a un perro rabioso. ¡Qué caray, lo más probable era que el mismo Jarvis los ayudara! Nadie estaba a salvo cuando un paladín se volvía loco. Y todos lo sabían.
Blake sólo deseaba conservar su humanidad hasta descubrir quién había traicionado al juez Nichols. Uno de los paladines de Seattle también había sufrido varios ataques de alguien de la organización. Le siguieron la pista hasta un miembro de la Guardia Nacional, pero el traidor murió antes de que pudieran descubrir el alcance de la traición dentro de la organización. Trahern se puso en contacto con el juez Nichols para averiguar más cosas sobre aquella cuestión, pues el juez era el único regente en el que confiaba plenamente. La explosión del coche se había producido en un lapso de tiempo demasiado corto después de contactar con el juez para que fuera una coincidencia.
Le debía al juez llevar a su asesino ante la justicia, la justicia de los paladines. En cuanto lograra esconder a Brenna en un lugar seguro, empezaría la búsqueda del asesino, pero no podía hacer nada hasta que no se librara de aquel grupo de hombres.
— ¿Qué va a ser, chicos? —Trahern miró las pistolas y después volvió a mirar a sus propietarios—. ¿Vais a guardar esas pistolas de juguete o las vais a utilizar?
El doctor Vega interrumpió el enfrentamiento de miradas.
—Señor Trahern, la señorita Nichols pregunta por usted.
Trahern siguió al doctor Vega al interior de la habitación dejando que Jarvis manejara la cuestión de los guardias. Respiró hondo, mientras deseaba con todas sus fuerzas no tener que ser él quien le diera a Brenna la noticia de la muerte de su padre.

A Brenna le dolía todo el cuerpo. El dolor le llegaba hasta la médula de los huesos e irradiaba desde su corazón. Algo iba fatal, algo mucho peor que despertarse en un hospital sin saber cómo había llegado hasta allí. Un médico y una enfermera estaban junto a su cama y hacían lo posible por tranquilizarla asegurándole que todo iría bien. Pero las cosas no iban bien. Ella había perdido mucho más que unos cuantos días de su vida, sólo que no recordaba qué era lo que había perdido.
Y lo peor de todo era aquel desconocido de fría mirada que afirmaba ser Blake Trahern. Ella sólo había conseguido echarle un vistazo antes de que saliera de la habitación, pero no había descubierto nada que le resultara familiar en sus duras facciones. Se sentía aturdida y su mente funcionaba con lentitud, seguramente debido a los analgésicos que le habían administrado. Necesitó hacer acopio de todas sus energías para recuperar una imagen de la cara de Blake.
El último recuerdo que tenía de él era de la noche de su graduación. En la tarima, Blake destacaba entre los demás debido a su altura. Con el cabello castaño oscuro y los ojos gris plata, ella pensó que era el chico más atractivo de toda su promoción. Cuando se trasladó a vivir con ellos, nadie creyó que consiguiera graduarse, y mucho menos que lo hiciera con honores. ¡El padre de Brenna se sentía tan orgulloso de Blake!
Un oscuro escalofrío recorrió el cuerpo de Brenna. ¿Dónde estaba su padre? Él jamás la habría abandonado. Si hubiera estado allí y hubiera tenido que irse por alguna razón, le habría dejado algún mensaje y seguro que quienes la rodeaban ya se lo habrían dado.
Brenna se obligó a formular la pregunta que tenía que formular, aunque no quería conocer la respuesta.
— ¿Dónde está mi padre?
Cuando el doctor Vega apartó la mirada, ella lo supo. Los recuerdos volvieron a su mente, resquebrajados e inconexos. Recordó que estaba de pie en el pequeño porche trasero de su casa. Su padre le había hecho adiós con la mano y había girado la llave de contacto del coche porque, según le había explicado, tenía que pasar por la oficina. Esto le había resultado extraño, porque eran raras las ocasiones en las que trabajaba durante el fin de semana. Ella se disponía a entrar en la casa, cuando se produjo un destello de luz y después el ruido... ¡Mucho ruido! Cristales que se rompían y alguien que gritaba... ¿Quizás ella?... Y, después, el dolor.
¡Oh, Dios! ¡El coche había saltado por los aires! Un dolor espantoso que permanecía fresco en su memoria la rompió por dentro. Brenna intentó incorporarse, pero el doctor Vega y la enfermera se lo impidieron.
—Tranquila, señorita Nichols, no querrá que se le abran de nuevo las heridas —le advirtió el doctor— ¿Quiere que le administre otro analgésico?
Brenna, con el rostro anegado en lágrimas, miró a la enfermera, que estaba preparando una inyección.
—No quiero más medicamentos. Por favor. Tengo que pensar. De repente, todo lo ocurrido acaba de acudir a mi mente.
El doctor Vega frunció el ceño mientras consideraba la petición de Brenna.
—De acuerdo, pero si resulta que es demasiado insoportable para usted, no dude en pedirme algo para ayudarla a dormir. Ha vivido usted una experiencia traumática.
—Así lo haré, doctor.
Sin embargo, necesitaba algunas respuestas antes de permitirles que volvieran a sedarla. Quizás el hombre que estaba en el pasillo podría dárselas. Todavía no estaba convencida de que se tratara de Blake Trahern, porque Blake nunca habría abandonado a su padre en la vida, incluso aunque no hubiera querido mantenerse en contacto con ella. No obstante, fingiría creer que era quien afirmaba ser para averiguar qué sabía y por qué.
Brenna se esforzó para reflejar en su voz un control del que carecía.
— ¿Pueden pedirle al señor Trahern que entre?
—Desde luego, señorita Nichols, pero sólo le permitiremos una corta visita. Ahora mismo, necesita descansar. Durante uno o dos días, considero que lo mejor será restringir las visitas tanto como sea posible. —El doctor Vega se apartó de la cama, pero se detuvo en la puerta—. Tenemos que notificar a la policía que ha recuperado la conciencia. Ellos querrán hablar con usted acerca del incidente.
Por alguna razón, esto la asustó más que tener que enfrentarse al hombre que estaba en el pasillo. ¿Le explicarían ellos lo que había ocurrido y por qué? ¿O esperaban que ella vertiera alguna luz a la situación? Si era así, estaban de mala suerte.
Brenna cerró los ojos durante unos instantes, pero entonces notó que Trahern se aproximaba. Éste se desplazaba con el sigilo de un felino, aunque ella juraría que había sentido la intensidad de su mirada desde el otro extremo de la habitación. Cuando llegó junto a la cama, Brenna reunió fuerzas y abrió los ojos. Durante varios segundos, Trahern no dijo nada y permitió que ella lo observara a su antojo. Los ojos gris plata de aquel desconocido eran del color correcto, y también su pelo. La dureza de su mandíbula era algo nuevo, pero no inesperado. El joven que había convivido con ellos no había llevado una vida fácil y era normal que lo vivido le pasara factura.
—Ha pasado mucho tiempo, Brenna.
Aunque su voz era más grave, Brenna percibió en ella cierto tono familiar, algo del muchacho al que ella había conocido.
Sin embargo, en aquel momento no podía pensar en todo aquello; no con aquel muro de desesperación que amenazaba con derrumbarse sobre ella y enterrarla bajo los escombros del dolor y el sufrimiento. Brenna respiró hondo y apartó a un lado los recuerdos dolorosos para enfrentarse a ellos más tarde.
— ¿Qué sabes sobre lo que le ha ocurrido a mi padre?
Brenna evitó llamarlo por su nombre, si bien empezaba a sospechar que él era, realmente, quien afirmaba ser.
—Lo suficiente, aunque todavía no tengo una copia del informe policial. Camino del hospital pasé junto a tu casa, pero no me detuve porque tenía que venir aquí.
— ¿Para qué? —Tenía que formular la pregunta, aunque ya conocía la respuesta.
—No juegues conmigo, Brenna. No eres tonta. Alguien ha colocado la bomba que ha matado a tu padre y que ha estado a punto de matarte a ti también. Hasta que descubramos quién está detrás del atentado, no estarás a salvo.
Las lágrimas hicieron que a Brenna le escocieran los ojos, aunque podía soportar mejor las duras palabras de Blake que la compasión del doctor.
—Así que estás convencido de que el objetivo era mi padre y no yo.
Blake le lanzó una mirada de pura indignación.
—Sé realista, Brenna. Aunque los críticos hubieran creído que tu último libro era una auténtica porquería, habrían utilizado como arma las palabras, no los explosivos.
Brenna se centró en la parte de la afirmación de Blake que más la sorprendió.
— ¿Sabías que escribo libros?
De repente, los ojos de Blake consideraron que una de las máquinas que estaba por encima de la cabeza de Brenna era absolutamente fascinante.
—Sí.
Pese a la situación en que se encontraba, aquella breve concesión hizo que Brenna sonriera.
— ¿Y has leído alguno de ellos?
Blake hundió las manos en los bolsillos.
—Los he leído todos; salvo el último, que trata sobre las pioneras de aquí, de Misuri.
— ¿Y qué te parecen?
Brenna esperó su respuesta, aunque al mismo tiempo se preguntaba qué le importaría a ella su opinión. Blake frunció el ceño.
—Ahora mismo tienes cosas más importantes de las que preocuparte que averiguar lo que opino sobre tus libros.
Pero ella había aprendido a ser tozuda de un experto: él.
— ¿Te han gustado?
— ¡Sí, maldita sea, me han gustado! Tienes mucha mano trasladando la historia al ámbito personal y dejando que el lector vea y sienta cómo se vivía en otra época. Ahora, ¿podemos centrarnos en cosas más importantes?
Aquella pequeña explosión de mal genio fue casi el último fragmento de información que Brenna necesitó para certificar que aquel hombre era el muchacho al que ella había visto por última vez hacía más de diez años. Una última prueba, y lo sabría con certeza.
— ¿Qué tipo de galletas cocinaba Maisy, el ama de llaves, porque a ti te gustaban mucho?
Blake se acercó a Brenna y le lanzó una mirada feroz:
—Todavía no crees que sea yo, ¿no? Pues bien, peor para ti, Brenna, porque soy lo único que permanece entre tú y...
Una voz lo interrumpió.
— ¡Vamos, Trahern, no engañes a la señorita Nichols de esta manera! ¿Quién crees que la ha estado cuidando hasta que tú entraste a la carga para montar guardia?
— ¡Cállate, Jarvis!
— ¿Así me demuestras tu gratitud? Te acabo de salvar de los guardias. Al menos, merezco que me presentes. —No.
La voz de Blake no reflejaba hostilidad, pero su lenguaje corporal tampoco denotaba invitación. Quizás el acercamiento del otro hombre simplemente le había recordado que él y ella no estaban solos. ¿Quién era aquel tal Jarvis para montar guardia por ella en un hospital? Con aquel pelo y aquellos ojos oscuros, no se parecía en nada a Blake y, sin embargo, ciertas cosas los hacían muy similares; sobre todo, su forma de controlar su entorno con la mirada cada pocos segundos.
—Yo soy Brenna Nichols, señor Jarvis.
—Encantado de conocerla, señorita Nichols. Su padre era un buen hombre. Todos sentíamos un gran respeto hacia él.
Trahern dio un codazo en las costillas a su indeseado compañero. — ¡Ya vale!
Jarvis puso algo de distancia entre ellos. —He oído que el doctor avisaba a la enfermera de que la policía llegaría dentro de unos minutos. — ¿Y?—preguntó Trahern.
—Si no quieres verte aquí encerrado durante horas y respondiendo a preguntas que no quieres responder, te sugiero que nos larguemos de aquí antes de que lleguen. Ella estará bastante segura mientras la policía esté aquí.
Brenna se estaba cansando de que eludieran sus preguntas y hablaran como si ella no estuviera en la habitación.
— ¿Por qué querría la policía interrogar a Blake?
La sonrisa de Jarvis era demasiado estudiada para que Brenna la considerara auténtica.
—Porque, hasta que averigüen quién mató a su padre, todo el mundo es sospechoso. Sobre todo los desconocidos que, para empezar, no pueden explicar qué pintan aquí.
— ¡Lárgate, Jarvis!
Jarvis separó las piernas y se mantuvo firme. —Detrás de ti, Trahern.
¿Por qué Blake no podía explicar la razón de su presencia allí? ¿Y cómo se había enterado tan deprisa de la muerte de su padre? Pero Blake ya se estaba alejando de la cama de Brenna, seguramente para desaparecer de su vida con la rapidez con que había reaparecido.
— ¿Cuándo volveréis?
Jarvis seguía junto a la puerta, vigilando el pasillo.
—Los guardias nos informarán de cuándo llega y se va la policía —contestó Jarvis.
—No te dejaremos sola, Brenna —declaró Blake—. No hasta que hayamos llegado al fondo del asunto.
Blake casi estaba en la puerta.
— ¿No es ése el trabajo de la policía? —Brenna sabía que algo se le escapaba respecto a esta cuestión, algo importante—. ¿Blake?
—Ahora no, Brenna. No hay tiempo.
Brenna no quería que Blake se fuera, aunque él no le había dado motivos para confiar en él. Sólo sabía que enfrentarse a un puñado de policías que le formularían preguntas para las que ella no tenía respuesta le resultaría más fácil con Blake Trahern a su lado. Brenna parpadeó varias veces para contener las lágrimas, pues no quería parecer débil.
— ¡Estupendo! ¡Vamos, lárgate! Es lo que mejor se te da. —Si sonaba brusca, no le importaba.
Los fríos ojos grises de Blake la miraron desde el otro extremo de la habitación.
—Galletas de canela. —Y se fue.

Brenna pulsó el botón que levantaba la cabecera de la cama para encararse con los dos detectives que habían invadido su habitación. Tras las condolencias iniciales, la visita de los policías pronto se convirtió en una especie de interrogatorio.

Brenna reunió suficiente fuerza para reflejar en su voz cierta indignación.
—Ya le he contado todo lo que sé, detective Montgomery. No tengo ni idea de quién odiaba tanto a mi padre como para matarlo.
El detective no la había creído la primera vez que se lo dijo y, evidentemente, ahora tampoco la creyó. Mantenía la punta del lápiz apoyada en la libreta, pero no había escrito ninguna palabra desde que ella le había confirmado su dirección y su número de teléfono. Brenna miró al detective Montgomery y, después, a su compañero, el detective Swan. La actitud de los detectives le intrigaba. ¿Por qué iba a mentir? Ella era la más interesada en llevar al asesino de su padre ante la justicia.
El detective Montgomery cambió su considerable peso de posición en la silla de plástico que había junto a la cama de Brenna.
—Vuelva a contarme cómo sucedió todo, señorita Nichols. Empiece por el desayuno de aquel día y siga a partir de entonces.
¿Cómo explicaría la explosión que había destruido su mundo saber si ella había desayunado huevos o cereales?
—Mi padre y yo somos... —El dolor le atenazó la garganta, pero Brenna se obligó a continuar—. Bueno, mi padre y yo éramos madrugadores. Cuando me levanté, me fui a correr mientras mi padre leía el periódico. Después, regresé a casa y me di una ducha. Cuando terminé, los dos desayunamos un bol de cereales con leche desnatada. —Si quería detalles, ella se los daría—. El mango de las cucharas estaba estampado con flores. Los boles eran blancos con franjas azules en el borde. Sobre la mesa tenía, también, un vaso con un cuarto de litro de té helado.
Los interrogadores no apreciaron sus esfuerzos en lo más mínimo, pero al menos el detective Montgomery escribió algo en su libreta.
— ¿Y después?
—Hice algunas tareas rutinarias, como poner la lavadora, ordenar las facturas... Ese tipo de cosas. — ¿Y su padre?
—Se pasó la mayor parte de la mañana sentado al escritorio, en la biblioteca. Lo oí realizar varias llamadas telefónicas. Cuando entré en la biblioteca para preguntarle si nuestra cita para comer seguía en pie, había desaparecido.
Brenna fijó la mirada en el techo mientras permitía que los sucesos del sábado por la mañana cruzaran por su mente como si se tratara de una película y buscaba detalles que pudieran satisfacer la sed de información de la policía.
El detective más joven se apartó de la pared y se acercó a la cama de Brenna.
— ¿Su padre actuaba como si estuviera alterado o preocupado?
Brenna sacudió la cabeza.
—No. A mi padre siempre le absorbía el trabajo, porque prestaba mucha atención a los detalles. Por eso era tan buen juez. Cuando estudiaba un caso, a veces tenía que llamarlo dos o tres veces para captar su atención.
— ¿Sabe en qué caso estaba trabajando?
El detective volvía a tener el lápiz preparado para escribir.
—No, no lo sé. De hecho, creía que, en aquel momento, estaba entre dos casos.
Sin embargo, si esto fuera así, ¿qué había en su oficina tan importante para tener que ir a buscarlo un sábado por la mañana?
— ¿Y, aunque tenían planes, de repente su padre decidió marcharse?
Ella ya se lo había contado antes.
—Sí. Decidimos dejar la comida para otro día.
— ¿Su padre y usted salían con frecuencia a comer juntos los sábados?
—A veces, pero no con regularidad.
— ¿Escogía usted el restaurante o lo escogía él?
Ahora las preguntas las formulaban, alternativamente, los dos detectives, así que Brenna se sintió como si estuviera contemplando un partido de tenis desde media pista.
—A los dos nos gustaba la comida italiana, de modo que solíamos ir a un restaurante italiano.
— ¿Sabe a quién telefoneó?
Las preguntas, realizadas a gran velocidad, le provocaron dolor de cabeza.
—No, no lo sé. Unas veces, me explicaba cosas de su trabajo, otras, no. Tampoco era extraño que fuera a la oficina a buscar un libro concreto porque, aunque tiene una biblioteca muy amplia en casa, no es tan completa como la del juzgado.
—Nos gustaría acceder al registro de sus llamadas. —El detective Montgomery cerró su libreta, volvió a guardarla en el bolsillo y miró fijamente el techo durante unos instantes, como agrupando sus pensamientos dispersos—. Señorita Nichols, gracias por recibirnos, sobre todo después de haber pasado por lo que ha pasado. Si se le ocurre algo más, llámenos, por favor. —El detective dejó una tarjeta en la mesita de noche de Brenna—. Estaremos en contacto.
—Les agradecería que me mantuvieran informada de sus progresos, detectives.
—Sí, señorita —respondió el detective Swan con poco convencimiento.
Cuando los detectives se fueron, un cansancio enorme se apoderó de Brenna hasta dejarla temblorosa y algo asustada. Debido al trabajo de su padre, ella había pasado mucho tiempo entre defensores de la justicia y había descubierto que, en su mayoría, eran personas muy entregadas que se mostraban compasivas con las víctimas y duras con los criminales. Ahora sólo deseaba saber en qué categoría creían los detectives que ella se encontraba.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:04 pm

2

— ¡Vamos, Trahern, de momento está a salvo! Termínate la cerveza.
El primer impulso de Blake fue de negación. Por lo general, no habría dudado en confiar en la Guardia Nacional para mantener a salvo a Brenna, pero la reciente traición que habían sufrido en Seattle lo había vuelto desconfiado. Él conocía a Purefoy desde hacía años y jamás sospechó que pudiera traicionar a los paladines y, mucho menos, a su tutora, la doctora Young.
Así que de ningún modo pensaba dejar el bienestar de Brenna en manos de unos desconocidos. Habían transcurrido demasiados años desde que había servido en St. Louis para estar familiarizado con el personal de aquella ciudad.
Sin embargo, en lugar de discutir con Jarvis, Blake cogió su cerveza y echó un buen trago. Teniendo en cuenta lo cansado que estaba, debería de haber tomado una buena dosis de cafeína en lugar de alcohol, pero su amigo había insistido en parar para tomar un sandwich y un par de cervezas frías.
—No te preocupes, Blake. Si se parece en algo a su padre, podrá con cualquier cosa que le eche la policía.
Jarvis se reclinó en la silla y cruzó las piernas a la altura de los tobillos dando la imagen de un hombre satisfecho con su vida que se relajaba tras un largo día.
Pero Blake lo conocía mejor que nadie. A pesar de su apariencia relajada, Jarvis tenía un carácter irascible. Casi todos los paladines lo eran, sólo que algunos sabían disimular su auténtica naturaleza mejor que otros. Otros, como Blake, ni siquiera se molestaban en intentarlo. En general, los hombres se apartaban de su camino de manera espontánea, sin siquiera ser conscientes del peligro que representaba.
Sin embargo, las mujeres solían reaccionar de una forma distinta. A cierto nivel primitivo, reconocían el hombre alfa que era. En el pasado remoto de la humanidad, Blake habría liderado las partidas de caza y habría sido el primero en elegir a las mujeres que calentaran su cama por la noche. Pero las mujeres de su época eran más listas. Es posible que les gustara vivir el lado salvaje de la vida los sábados por la noche, pero Blake no era el tipo de hombre que llevarían a casa para presentarlo a la familia.
Y a él esto ya le iba bien.
Ni en sus mejores momentos soportaba Blake a las multitudes y las mujeres dependientes. Pero, en aquel momento, su instinto protector funcionaba a toda máquina y tenía los nervios en tensión y a punto de estallar. No se requería mucho para acabar con el frágil control que dominaba su necesidad de arremeter contra un blanco próximo, como por ejemplo el bastardo que había asesinado al juez.
Esto lo llevó de vuelta al problema de Brenna Nichols. Ella se había convertido en una mujer encantadora y, a pesar de los morados y de su pelo despeinado, su belleza era incuestionable. Además, aunque ya tenía veintiséis años, sus enormes ojos verdes contenían la misma inocencia que lo había vuelto loco doce años atrás.
— ¡Eh, colega, estás pensando demasiado! —Jarvis se incorporó—. Debes de estar rendido. Vamos a ver cómo está tu chica una vez más y, después, iremos a mi casa a dormir un poco. Mañana empezaremos a mirar debajo de las piedras para ver qué es lo que sale serpenteando de ahí abajo.
—Ella no es mi chica, Jarvis —contestó Blake con enojo y frialdad.
Lo último que necesitaba era que empezaran a correr rumores acerca de su relación con Brenna. Ella era la hija de un antiguo mentor suyo. Fin de la discusión.
Su viejo amigo levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien. Pongámonos en marcha antes de que te derrumbes.
Jarvis se levantó y dejó unos cuantos billetes encima de la mesa.
Blake habría preferido dormir en un hotel o incluso en los barracones de emergencia que los regentes habían dispuesto cerca de la barrera para los paladines que estuvieran de paso. Sin embargo, en aquel momento necesitaba estar a buenas con Jarvis por encima de la intimidad. La habitación de los invitados de su amigo le serviría hasta que Brenna recibiera el alta en el hospital.
No le sorprendió que Jarvis saliera del bar por la puerta trasera en lugar de por la delantera. Una vez en el exterior, los dos amigos se detuvieron para permitir que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. No se percibía la menor brisa en el estrecho callejón y el olor a basura podrida flotaba con pesadez en el aire nocturno.
—He aparcado el coche a una manzana en esa dirección. —Jarvis señaló con la cabeza el final del callejón—. ¿Qué te parece si te dejo en el hospital y, cuando hayas terminado, vienes a mi casa?
—Me parece bien.
Después de dar apenas unos pasos, a Blake se le pegó la camisa a la piel. ¡Maldita sea, había olvidado el calor que hacía en St. Louis en verano! Caminaron en silencio, por lo que Blake se sintió agradecido. Tenía la mente espesa debido a lo poco que había dormido y a las numerosas preguntas para las que no tenía respuestas. Sin embargo, antes de permitirse descansar, se aseguraría de que Brenna estaba bien instalada para pasar la noche y de que los guardias comprendieran que sus vidas corrían peligro si no la mantenían a salvo.
Cuando llegaron al final del callejón, Jarvis se dirigió a un Chevelle SS azul eléctrico del 69.
—Debería haber imaginado que seguías conduciendo esa bestia.
Jarvis sonrió y dio unos golpecitos en el techo de su chica.
—Un día de éstos podríamos conducirlo por una de esas carreteras tipo montaña rusa de los Ozarks y ponerlo a todo gas. Ya no son lo que eran.
—Me sorprende que puedas conducirlo de una gasolinera a la siguiente sin que se desmonte.
Claro que él también disfrutaba conduciendo un motor de 6.500 ce a toda velocidad.
Su amigo pareció ofendido.
—Hace menos de un año que terminé de restaurarlo. Y casi todo lo hice yo solo. Lo pinté de nuevo, le cambié el interior... y todo según las especificaciones oficiales. A no ser por el estéreo, está exactamente igual que cuando salió de fábrica.
—Pues por lo que te has gastado en él te podrías haber comprado dos coches nuevos. Algo más práctico de un bonito color beige.
Su amigo soltó un respingo:
— ¡Calla, Trahern! Herirás sus sentimientos.
Cuando Jarvis subió al coche y giró la llave de contacto, el vehículo emitió un ronroneo grave. Blake se reclinó en el asiento y se esforzó en mantener los ojos abiertos. Al cabo de unas cuantas manzanas, Jarvis soltó una sarta de maldiciones. Blake se incorporó enseguida e hizo el ademán de coger la pistola, pero entonces se acordó de que no tenía.
— ¿Qué ocurre?
Jarvis señaló al frente.
— ¿Ves todas esas luces intermitentes en el aparcamiento del hospital?
Blake sintió náuseas y la adrenalina invadió su torrente sanguíneo preparándolo para la batalla. Más adelante, un montón de coches de policía y camiones de bomberos con las luces encendidas bloqueaban la circulación. Blake agarró la manija de la puerta incluso antes de que Jarvis detuviera el coche.
—Dejé todas mis armas en Seattle porque pensaba abastecerme aquí. ¿Puedes prestarme alguna?
Jarvis introdujo la mano debajo del asiento y le lanzó a Blake una cartuchera.
—Aparco el coche y te sigo.
—Estupendo.
Blake corrió amparado por las sombras a lo largo de una manzana y, después, aminoró la marcha. No podía arriesgarse a llamar la atención entrando en el hospital como si fuera la maldita caballería. No le haría ningún favor a Brenna consumiéndose en una celda, lo que sin duda pasaría si se les ocurría consultar sus antecedentes policiales.
La actividad parecía estar concentrada alrededor de la entrada de urgencias, así que Blake se dirigió a la entrada principal. Unos cuantos miembros del personal médico fumaban en grupo, ignorando el caos que reinaba a poca distancia de ellos.
Blake esperó a que un par de hombres apagaran sus cigarrillos en el suelo y se separaran del grupo para aproximárseles.
—Perdonad, ¿me podéis explicar qué ocurre? Venía a visitar a una amiga que está en el hospital cuando vi. todas esas luces.
Los dos hombres que, a juzgar por sus uniformes, eran camilleros, se encogieron de hombros.
—La alarma contra incendios se disparó. Por lo visto, un cubo de la basura prendió fuego y evacuaron a unos cuantos pacientes del ala del otro lado por si acaso. Hace unos minutos dieron el aviso de que todo había vuelto a la normalidad, y los pacientes han empezado a regresar a sus habitaciones. Ahora la policía está terminando el papeleo.
—Gracias.
Si alguien quería llegar hasta Brenna, ¿qué mejor forma que sembrando el caos en el hospital? Aun con la policía y los bomberos merodeando por allí, durante el lapso de tiempo que tardarían en llegar cualquiera podía entrar y salir del hospital sin que nadie lo notara. Además, en un hospital de aquellas dimensiones había suficientes cambios de turno para que un rostro desconocido pasara inadvertido.
Quizás el fuego y el alboroto no tenían nada que ver con Brenna, pero a Blake nunca le habían gustado las coincidencias; así que se dirigió a las escaleras y subió los escalones de dos en dos hasta la planta donde se encontraba la habitación de Brenna.
No había ningún guardia vigilando la puerta que daba a las escaleras. ¡Hijos de puta! Blake corrió por el pasillo y se detuvo de golpe al ver a un grupo de guardias alrededor de la cama de Brenna. Blake se abrió paso entre ellos. La cama estaba vacía, y los monitores que controlaban las constantes vitales de Brenna, a oscuras y en silencio.
Blake agarró al guardia que tenía más cerca por la solapa del uniforme y apretó el cañón de la pistola de Jarvis contra su garganta.
— ¿Dónde demonios está? —Blake bajó la vista hasta la placa en la que figuraba el nombre del guardia—. Contesta rápido, Baxter, y será mejor que tengas una buena respuesta a mi pregunta, porque ahora mismo nada me gustaría más que apretar el gatillo.
El ruido de una puerta que se abría y se cerraba y el sonido de alguien que caminaba arrastrando los pies llamó la atención de Blake. El paladín, reacio a soltar a su víctima, permaneció inmóvil mientras era consciente de que todos habían dirigido su atención a la persona o personas que estaban detrás de él.
— ¡Blake Trahern! ¿Qué estás haciendo? —Una mano lo agarró del brazo e intentó tirar de él—. Deja de asustar a ese hombre de esta manera.
A Blake, la voz débil y áspera de Brenna le sonó a gloria. Bajó la pistola poco a poco para evitar que alguno de los guardias reaccionara de una forma imprevisible y la guardó en la trasera de la cinturilla de su pantalón.
Cuando se volvió para mirar a Brenna, vio que ésta se tambaleaba un poco.
— ¿Qué haces levantada? —gruñó Blake. Ella consiguió enderezar los hombros y mantenerse firme.
—Cuando se disparó la alarma contra incendios nos evacuaron y, cuando todo volvió a la normalidad, regresamos.
— ¿Regresar adonde? La cama está vacía y este desafortunado grupo de guardias se encontraba apiñado alrededor de la cama en lugar de montar guardia.
Blake se puso en jarras y lanzó una mirada iracunda a Brenna.
Ella enrojeció levemente.
—Tenía que ir al lavabo, lo cual no es de tu incumbencia. Y, ahora, si me disculpas, ha sido un día muy largo y estoy cansada.
Brenna intentó rodear a Blake, pero estuvo a punto de caerse al suelo. El la cogió en brazos mientras murmuraba algo acerca su estúpida tozudez. Aunque tenía ganas de soltarla de golpe sobre la cama, Blake la dejó con suavidad sobre el colchón y las almohadas y, después de taparla, lanzó tal mirada a los guardias que éstos volvieron corriendo a sus puestos.
Brenna contó hasta veinte antes de abrir un ojo para comprobar si la habitación había dejado de dar vueltas. Cuando su vista se aclaró, se volvió hacia Blake.
— ¿Por qué tenías que ser tan brusco con ellos?
—Me mostraré más amable cuando me convenzan de que se toman su trabajo en serio. —Blake se pasó la mano por la cabeza con frustración—. No deberían haberte permitido salir de la habitación hasta que uno de ellos comprobara, en persona, que la alarma se había disparado por una razón justificada. Alguien podría haberla activado para sembrar el caos y permitir que el asesino de tu padre entrara para terminar el trabajo que empezó. Se supone que son profesionales y que deberían saber hacer bien las cosas.
—Pero el doctor y la enfermera nos dijeron que teníamos que...
— ¡Maldita sea, Brenna, me importa un carajo lo que dijeran! Alguien ha matado a tu padre y poco faltó para que te matara a ti también. —Blake se agarró a la barandilla de la cama y sus nudillos empalidecieron de la tensión —Tu seguridad es lo primero. La próxima vez que esos tipos de ahí fuera la caguen, apretaré el gatillo y le haré un favor al jodido mundo.
Sus ojos se oscurecieron hasta adquirir el color de una tormenta de verano y enviaron un escalofrío por la espalda de Brenna.
—No puedes ir por ahí amenazando con disparar a la policía, Blake.
—Ellos no son de la policía —contestó Blake con desdén—. Lo cual me recuerda... ¿Qué te han explicado los detectives? ¿Tienen alguna pista?
Su repentino cambio de humor y de tercio confundió a Brenna. ¿Qué quería decir con que los guardias no eran de la policía? ¿Quién más podía apostar a hombres para que custodiaran la puerta de su habitación?
—Dos detectives pasaron por aquí. Su visita me resultó extraña, porque parecían más interesados en saber qué había desayunado mi padre y dónde teníamos pensado ir a comer que en quién había colocado los explosivos. Su actitud no me gustó para nada.
Al final, Brenna cedió a la necesidad de cerrar los ojos y ya estaba medio dormida cuando el doctor Vega volvió a entrar en la habitación.
—Señorita Nichols, siento el jaleo de esta tarde. Le diré a la enfermera que sólo le conecte los monitores imprescindibles. Ahora que está despierta y lúcida quiero empezar a retirar alguno de los controles. Cuando la enfermera haya terminado, intente dormir. Una larga noche de sueño la ayudará a volver a la normalidad.
¡Como si algo pudiera volver a ser normal!
Las lágrimas inundaron los ojos de Brenna y le resbalaron por las mejillas mientras por fin caía dormida.

Brenna recuperó la conciencia poco a poco. El pitido y el ronroneo familiar de las máquinas seguían el ritmo de su corazón y sus pulmones y el olor a desinfectante y otros productos químicos le escocía en la nariz. Todavía estaba en el hospital, aunque esperaba que todo aquello fuera una pesadilla y que despertaría a su antigua vida.
Oyó el murmullo de unas voces y enseguida reconoció la de Blake Trahern. Tardó un poco más en reconocer la segunda. Pertenecía al amigo de Blake. ¿Jarvis? Brenna no sabía si éste era su nombre de pila o su apellido.
Por el momento, se alegró de poder flotar entre el placentero mundo del sueño y la dura realidad, mientras prestaba atención por si podía averiguar algo acerca de Blake y la razón que lo había llevado de vuelta a St. Louis.
—El médico dice que podrá viajar en avión dentro de un par de días. —Este era Trahern—. Alquilaré una avioneta privada para llevarla a Seattle.
—Percibo dos problemas en tu plan. El primero es que ella no querrá ir, al menos hasta que averigüe lo que le ocurrió a su padre. El segundo es que, por mucho que confíes en tu tutora, yo no la conozco en absoluto y no pienso permitir que la hija del juez viaje por medio país y sola para que se quede con unos desconocidos. Claro que, si tú fueras con ella...
—Esto ya lo hemos discutido, Jarvis. A corto plazo, no pienso ir a ningún lugar.
—Así que estamos donde empezamos, buscando un lugar para la señorita Nichols aquí, en la ciudad. Cuando descubramos a los asesinos, ella podrá decidir por sí misma adonde ir.
Brenna abrió los ojos.
—No pienso ir a ningún lugar, caballeros, con o sin uno de ustedes como escolta. En cuanto el doctor me dé el alta, me iré directamente a casa. ¿Y por qué tenéis que buscar vosotros a los asesinos? ¿No es trabajo de la policía?
Dos pares de ojos se volvieron hacia ella; uno neutro y el otro con ira y con su acostumbrada intensidad. Puede que no estuviera en plena forma, pero no pensaba permitir que aquellos dos hombres decidieran su futuro.
— ¿Y bien? —Brenna se cruzó de brazos y esperó una respuesta.
Jarvis fue el primero en romper el silencio, lo cual no constituyó ninguna sorpresa:
—Buenos días, señorita Nichols. —Esbozó una amplia sonrisa—. Espero que haya dormido bien, a diferencia de algunas personas que podría señalar.
— ¡Calla la boca, Jarvis!
Blake vestía la camiseta gris oscuro de la noche anterior y, por su aspecto, Brenna dedujo que había dormido con ella puesta. Además, la camisa que llevaba había visto mejores días. El hecho de que no se hubiera afeitado durante las últimas veinticuatro horas aumentaba la intensa masculinidad que irradiaba. Una mujer tendría que estar muerta para no reaccionar ante él, y el dolor que Brenna experimentaba cuando lo miraba no tenía nada que ver con las heridas que había sufrido.
Brenna desvió la conversación en una dirección distinta a la sensación que produciría en su piel la barba de dos días de Blake.
— ¡Y qué más da si he dormido bien o no! ¿Queréis uno u otro responder a mis preguntas?
Los dos hombres volvieron a mirarse, pues ninguno de los dos quería ser el primero en hablar. Antes de que Brenna consiguiera reunir las fuerzas suficientes para insistir, una enfermera entró en la habitación, afanosa y con una radiante sonrisa.
—Señorita Nichols, me alegro de que esté despierta. ¿Cómo se encuentra esta mañana?
La mujer se dirigió directamente a la ventana y descorrió las cortinas para que el sol de la mañana se filtrara en la habitación.
— ¡Cierre esas cortinas ahora mismo!
El bramido de Trahern empañó la estudiada sonrisa de la enfermera.
—Ahora que la señorita Nichols está despierta no hay ninguna razón para mantener la habitación a oscuras y...
Trahern pasó junto a ella y corrió las cortinas con tanta fuerza que desgarró la tela que estaba sujeta a dos de las anillas. La brusquedad de su acción sobresaltó a Brenna e hizo que la enfermera soltara un respingo.
— ¡Trahern, deja ya de actuar como un loco! Ella no ha hecho nada malo.
¿Qué lo había hecho explotar? Brenna miró a Jarvis en busca de ayuda, pero la expresión de su rostro era tan dura como la de Trahern.
Blake se quedó inmóvil, y sólo un músculo tenso de su mejilla revelaba lo enojado que estaba. Lenta, muy lentamente, retrocedió un paso, se volvió hacia la desventurada enfermera y la traspasó con la mirada.
—Alguien ha intentado matar a la señorita Nichols en otra ocasión. Le agradecería que mantuviera las cortinas corridas para evitar ofrecerle a un francotirador un blanco fácil mientras ella está aquí. Brenna sobrevivió al primer ataque, pero podría no sobrevivir al siguiente.
A continuación, Blake salió de la habitación.
La enfermera estaba lívida:
—Lo siento, señorita Nichols, no había pensado en esa posibilidad.
—Por favor, no se preocupe. Estoy segura de que el señor Trahern está siendo sobreprotector.
Brenna apartó la ropa de la cama para levantarse. Aunque no le gustaba la brusquedad con que Blake actuaba, tampoco quería que se marchara. Jarvis la ayudó a mantener el equilibrio cuando se ponía en pie. Una vez seguro de que no se caería, la soltó y le acercó la bata.
— ¿Adonde habrá ido? —preguntó Brenna a Jarvis, mientras daba unos primeros pasos titubeantes hacia la puerta.
—No muy lejos. Sea cual sea su estado de ánimo, no te dejará sola. Su conciencia no se lo permitiría. —Jarvis asomó la cabeza por la puerta y miró a ambos lados del pasillo—. Está en aquel extremo, mirando por la ventana frente a la sección de Enfermería. Asegúrate de que te oye llegar. Nunca le han gustado las sorpresas.
Los comentarios de Jarvis despertaron aún más preguntas en Brenna. Sin embargo, de momento se concentró en mantener el equilibrio mientras avanzaba por el pasillo. ¿Qué le diría a Blake? La situación parecía requerir una disculpa, pero no estaba segura de qué había hecho ella para enojarlo. Sólo le había pedido que dejara de asustar a la enfermera. ¡No, un momento! Sus palabras exactas fueron que dejara de actuar como un loco. ¡Seguro que él sabía que esto era sólo una expresión y que ella no creía que estuviera loco de verdad!
Brenna se detuvo a cierta distancia de Blake y esperó a que él reaccionara ante su presencia.
Blake miró a Brenna por encima de su hombro con una expresión fría y hermética en el rostro.
— ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo de acercarte demasiado aun loco?
Brenna dudó que una disculpa sincera funcionara con aquel hombre. Sin embargo, el genio sí que era algo que Blake entendía.
—No seas tan susceptible, Trahern. Sólo era una forma de hablar. Tú eres la persona menos loca que conozco, pero no puedes ir por ahí asustando a enfermeras inocentes como acabas de hacer. Si no te conociera tan bien, yo también me habría asustado.
Blake volvió a mirar por la ventana:
—Tú no me conoces en absoluto, muchacha. Nunca lo hiciste.
—Puede que no sepa qué has hecho o dónde has estado durante los últimos doce años, pero en las personas hay cosas que nunca cambian. Tú jamás me harías daño. Jamás.
— ¿Qué te hace creer esto?
—El empeño que pones en protegerme de la persona que mató a mi padre, aunque yo no me considere en peligro.
—Hasta que averigüemos por qué mataron a tu padre, no podemos concluir nada. —Su voz volvía a reflejar fuerza de carácter, aunque ahora no expresaba amargura —Me sentiré mejor cuando hayamos llegado al fondo de la cuestión.
—Estoy segura de que la policía hace lo que puede.
Trahern soltó un resoplido desdeñoso:
—No se encontrarían el trasero ni con las dos manos. Además, no tienen ni idea de con qué o con quién están tratando.
— ¿Y tú sí? Si sabes por qué mataron a mi padre, Blake, tienes que contármelo a mí y a la policía ahora mismo.
Brenna lo agarró del brazo intentando que él la mirara a la cara, pero fue como intentar mover una montaña de granito.
—No.
—No puedes hablar en serio, Blake. Si sientes el menor respeto hacia el trabajo que mi padre realizaba, tienes que confiar en el sistema legal. Deja que la policía atrape al asesino y lo lleve ante la justicia. Mi padre odiaba a la gente que se toma la justicia por su mano.
— ¿De qué trabajo me hablas, Brenna? —Blake sacudió la cabeza y volvió a apartar la mirada de Brenna—. Siempre fuiste una ingenua y es evidente que lo sigues siendo.
—Trahern, ¡vale ya!
Ninguno de ellos había oído acercarse a Jarvis.
—Tú quédate al margen de esto —dijo Blake al mismo tiempo que Brenna.
En otras circunstancias ella habría considerado divertida esta coincidencia; pero, en aquel momento, la puso furiosa.
— ¡No, los dos tenéis que quedaros al margen! ¡Es la policía la que está al frente de la investigación, no vosotros!
Los dos hombres medían más de metro ochenta cada uno y sobrepasaban a Brenna al menos en veinte centímetros. En aquel momento, utilizaron su altura para comunicar a Brenna lo que pensaban sólo con la mirada. A Brenna, tener la cabeza inclinada hacia atrás le producía dolor de cabeza, así que no tuvo más remedio que ceder.
—Estupendo. Espero que os lo paséis bien los dos solos, porque hasta que decidáis dejar que la policía realice su trabajo...
Un ruido de cristales rotos la interrumpió de manera repentina. Blake la cogió del brazo y la empujó al interior de una sala de tratamientos cercana. Ella empezó a protestar, pero él la hizo callar rodeándola con el brazo y tapándole la boca con la mano. A Brenna le pareció que la temperatura caía en picado, pero esto pudo deberse a la repentina oleada de miedo que experimentó. En un abrir y cerrar de ojos, Jarvis y Blake sacaron sus armas, y parecían muy familiarizados con la forma en que éstas encajaban en sus manos.
Blake le susurró una advertencia tan cerca de la oreja que Brenna sintió la calidez de su aliento en la piel.
—Estate quieta, Brenna, y quizá vivas lo suficiente para poder arrancarme el pellejo. Si quieres.
Brenna asintió con la cabeza y Blake aflojó la mano. Durante unos segundos, el único ruido que Brenna oyó fueron los latidos de su propio corazón, pero después oyó un par de estallidos leves y unos gritos. Blake la empujó detrás de él. Tanto su expresión como la de Jarvis eran sumamente sombrías.
—Quédate con ella.
Jarvis se dispuso a salir por la puerta. Su aspecto, con la pistola agarrada con ambas manos, era letal. Trahern negó con la cabeza.
—No es momento de jugar a héroes, ni siquiera sabemos cuántos son. Tenemos que sacarla de aquí. Ahora.
Se oyeron unos pies que corrían desde el otro extremo del pasillo.
—La policía pronto estará por todas partes. Esta confusión es nuestra mejor oportunidad para sacarla de aquí sin que nadie nos vea.
El grito de una mujer resonó en el pasillo y Brenna comprendió perfectamente cómo se sentía aquella mujer.
— ¿Hay moros en la costa? —preguntó Blake.
Jarvis asomó la cabeza por la puerta el tiempo suficiente para echar una ojeada al pasillo.
—De momento, está limpio.
—Yo iré en cabeza. Cuando te dé la señal, tráela hasta mí.
Trahern salió sigilosamente al pasillo y se encaminó en sentido contrario al origen del barullo que habían oído. Avanzó con la espalda pegada a la pared mientras miraba a ambos lados, en dirección a un letrero que señalaba una salida no lejos de allí. Cuando llegó a la puerta de las escaleras, la abrió y desapareció unos segundos. Después, asomó la cabeza e indicó a Jarvis y a Brenna que lo siguieran.
Jarvis cubrió a Brenna con su cuerpo mientras avanzaban en silencio hasta donde Trahern los esperaba. Ella intentó averiguar qué ocurría en la sección de Enfermería, pero Jarvis le obstaculizó la visión. Ella sólo pudo vislumbrar a un guardia retorciéndose en el suelo, frente a la puerta de su habitación, con la camisa del uniforme empapada en sangre.
— ¡Dios mío! ¿Estará malherido? —No lo sé, pero sus compañeros lo ayudarán. ¡Vamos! Aunque sus palabras fueron rudas, Trahern la ayudó con la mano de tacto delicado que tenía libre. Jarvis cerró la puerta tras ellos. — ¿Arriba o abajo?
Trahern señaló con la cabeza hacia arriba.
—Subiremos una planta, cruzaremos a la otra ala y bajaremos por allí. En la segunda planta hay una puerta que comunica los quirófanos con el aparcamiento.
¿Cómo podía saberlo? Brenna no tenía suficiente aliento para preguntárselo. Ésta sería una más de una larga lista de preguntas que esperaba formularle cuando estuvieran a salvo. Si es que llegaban a estarlo algún día.
— ¿Puedes seguir el ritmo, Brenna, o te llevo en brazos?
—Podré hacerlo.
Jarvis los esperó en el rellano con la pistola y la mirada dirigidos al tramo superior de las escaleras. Cuando Trahern y Brenna subieron el último escalón, Jarvis abrió la puerta poco a poco y asomó la cabeza.
—Nadie parece haber dado la voz de alarma. —Jarvis introdujo la pistola en la cinturilla de su pantalón y se la tapó con la camisa—. Vuelvo enseguida.
Desapareció, dejándolos solos otra vez. Brenna se apoyó en la pared. Toda aquella excitación era más de lo que su maltrecho cuerpo podía soportar. Las piernas le temblaban de puro agotamiento y le costaba respirar. A Trahern se lo veía impasible; él y Jarvis actuaban como si aquello fuera pan comido para ellos.
— ¿Es así como pasáis el tiempo? —susurró Brenna.
La tenue luz de las escaleras hacía que las facciones de Blake resultaran duras.
—Ahora no, Brenna.
Sus escuetas palabras no invitaban a la conversación. Jarvis regresó y les indicó que el pasillo era seguro.
—Está bien, pero me debes unas cuantas respuestas y tengo la intención de conseguirlas —declaró Brenna.
A continuación, se unió a Jarvis en el ajetreado pasillo dejando que Blake los siguiera.
Blake deseaba echarse a Brenna al hombro y salir corriendo. Su tez se había vuelto lívida debido al agotamiento y el dolor. Sin embargo, la mejor forma que tenían de ocultarse era mezclarse con los otros pacientes y sus familias y actuar como si nada hubiera pasado. Mientras estuvieran dentro del hospital, constituían un blanco fácil. Cualquier persona con la que se cruzaban podía ser un asesino a sueldo con la misión de acabar con la vida de Brenna, o con la de él... Si se paraban a pensarlo, incluso con la de Jarvis. Quien quería ver muerto al juez tenía que preguntarse a quién le había transmitido él sus sospechas. Blake y Brenna eran indiscutibles candidatos, pero nadie, en la organización de los regentes, estaba a salvo si el juez había dejado algún rastro que pudiera llevar hasta él.
Resultaba difícil caminar con tanta lentitud, pero llamarían menos la atención si avanzaban a un ritmo que le resultara cómodo a Brenna. En pocos segundos, llegarían al paso elevado que conducía a la otra ala del hospital. Al recorrer el paso elevado, quedarían expuestos a las miradas de cualquiera que estuviera dentro del hospital o de quienes los anduvieran buscando desde el exterior.
Cuando entraron en el paso elevado, los dos hombres se colocaron a ambos lados de Brenna. Esto no constituía una gran protección. Si el francotirador sabía realizar su trabajo, podía alcanzar a los tres con un solo disparo, o con dos, a lo sumo.
— ¿Ves algo sospechoso? Blake sacudió la cabeza. —El paso está libre. Vamos.
Blake cogió a Brenna por el brazo y le indicó a Jarvis que hiciera lo mismo. A continuación, la levantaron en alto y corrieron hacia la zona de los quirófanos.
— ¡Dejadme en el suelo antes de que alguien nos vea! Cuando Brenna volvió a tener los pies en el suelo, se frotó los brazos.
—Justo lo que necesitaba, más morados. Blake la miró con rudeza:
—Mejor un morado que un agujero de bala. Ahora giraremos a la izquierda y nos dirigiremos directamente a la puerta de salida.
Cuando llegaron a la última esquina, los instintos de lucha de Blake estaban en pleno funcionamiento. Mientras mantenía a Brenna fuera del alcance de la vista, Blake inspeccionó el vestíbulo. En el mostrador había dos mujeres que hablaban por sendos teléfonos mientras consultaban unos papeles. Un hombre de edad avanzada sostenía una revista, pero miraba con fijación las puertas dobles; sin duda, preocupado por alguien a quien estaban operando.
Por último, había un camillero apoyado en la pared, cerca de una fuente de agua. Iba vestido con un uniforme bien planchado y unas botas negras y brillantes, y estaba rellenando un crucigrama. Trahern frunció el ceño. El calzado no era el adecuado. Trahern no recordaba haber visto a nadie más en el hospital con botas negras. Además, aquel tipo no llevaba una tarjeta en la solapa que lo identificara como empleado del hospital.
Trahern se volvió de espaldas al supuesto camillero y llamó la atención de Jarvis.
—No es de aquí.
Jarvis asintió con la cabeza.
— ¿Ves a algún otro sospechoso?
Los dos se volvieron con lentitud, como si no estuvieran familiarizados con el vestíbulo, e intentaran orientarse. —No, parece que está solo.
—Déjamelo a mí.
La sonrisa de Jarvis habría asustado a los muertos.
Jarvis se separó de ellos y se dirigió a una mesa en la que había café y galletas para quienes esperaban a los pacientes de cirugía. Se sirvió una taza, bebió un sorbo y caminó hacia la puerta. Cuando llegó a la altura del camillero, tropezó a propósito y vertió el líquido caliente directamente en la entrepierna del hombre. El camillero gritó de dolor y se dirigió a toda prisa hacia la fuente de agua.
Jarvis hizo una impresionante interpretación del hombre que intenta enmendar su torpeza. Una de las mujeres salió de detrás del mostrador para ayudarlos, pero Jarvis rechazó su ofrecimiento con un gesto de la mano mientras arrastraba a su víctima hacia el lavabo de los hombres, que estaba a la vuelta de la esquina. Trahern dudó que el supuesto camillero volviera al vestíbulo a corto plazo, sobre todo por su propio pie.
Entonces se dio cuenta de que Brenna no estaba detrás de él, sino a su lado y que miraba airada a Jarvis mientras éste desaparecía de la vista.
— ¿De qué iba todo esto? Ese pobre hombre sólo estaba ahí de pie, sin hacer nada. Y no me digas que Jarvis no le echó el café encima a propósito. Es imposible que sea tan patoso.
¡Santo cielo! Para hacerla callar, Blake la besó en la boca. Su genio se estaba avivando, pero apoyó los labios con gentileza en los de Brenna mientras le separaba los labios con la lengua. ¡Y, vaya, su dulzura hizo que el pene se levantara pidiendo atención! Llevaba demasiado tiempo sin una mujer y el hecho de que ella le devolviera el beso tampoco ayudaba.
Brenna gimió mientras sus manos subían por el pecho de Blake hasta rodearle el cuello. Se apretó contra él y Blake fue dolorosamente consciente de sus suaves senos aplastados contra su pecho. Quería tumbarla en el suelo y hundirse en su dulce calor, pero el vestíbulo del hospital no era el lugar adecuado.
Blake separó su boca de la de Brenna y contempló los desconcertados ojos de ella y su respiración entrecortada. La confusión que Brenna experimentaba se desvaneció cuando recordó dónde estaban y lo que Jarvis había hecho. La firmeza y resolución de su mandíbula le indicó a Blake que no pensaba ir a ningún lugar hasta que él la convenciera de que Jarvis no había perdido la razón. Sin dejar de rodearla con los brazos, Blake le susurró junto al oído:
—Aquel tío nos estaba esperando.
—Eso no lo sabes. Nadie puede saberlo.
Blake se puso hecho una furia. Estaba cansado de que ella le llevara siempre la contraria, de sus dudas... Absolutamente cansado.
—Escúchame con atención, Brenna. Saber estas cosas forma parte de mi trabajo. Jarvis saldrá del lavabo solo, con otra pistola en el cinturón y un transmisor que le habrá quitado a ese tío que a ti tanta lástima te da y que nos habría disparado en cuanto nos hubiera reconocido.
—Pero...
—Más tarde puedes incordiarme todo lo que quieras; pero, ahora, o sales de aquí por tu propio pie o te llevo a cuestas. Tú eliges. —Blake apretó las mandíbulas con frustración y le lanzó una mirada iracunda.
Ella debió de darse cuenta de que lo había presionado hasta el límite, porque cedió.
—Está bien. Te sigo.
Blake la soltó y caminó pegado al lado de Brenna, listo para sacar la pistola o responder a cualquier tipo de ataque físico. Jarvis los alcanzó justo cuando las puertas de la entrada se abrían. A juzgar por la energía renovada con la que caminaba, Trahern supo que no se habían equivocado. Sin embargo, para convencer a Brenna, le preguntó: — ¿Qué llevaba?
Su amigo sonrió mientras sus ojos inspeccionaban de forma automática el aparcamiento del hospital.
—Le he quitado una bonita Glock. Hace tiempo que quería una para mi colección. Su transmisor era una mierda, así que lo tiré por el retrete.
El miedo volvió a reflejarse en los ojos de Brenna, pero quizás ahora seguiría sus órdenes sin discutir. Cuando se encontrara mejor y el recuerdo de los últimos días se empezara a desvanecer, volvería a plantarle cara y a discutir con él. Blake esperaba ansioso aquel momento, pues la derrota que reflejaban sus hombros hundidos le resultaba dolorosa.
—Iremos en mi coche de alquiler. El tuyo se ve a leguas y no queremos llamar más la atención. Jarvis meneó la cabeza:
—No sé cuántos insultos más podré aguantar de ti acerca de mi coche, Trahern. Cualquiera diría que tienes celos.
—Sí, ya. Quédate con ella mientras doy una ojeada.
Blake se acercó a su coche de alquiler con lentitud, examinando el lugar con la mirada por si alguien prestaba demasiada atención a sus movimientos. Oyó unas sirenas que se acercaban. Si no se daban prisa, podían acabar quedándose atrapados en el aparcamiento por la llegada de las ambulancias. Se echó al suelo y examinó el chasis por si encontraba algún indicio de que alguien les hubiera dejado allí un regalo indeseado.
Nada.
Examinó las cuatro puertas, sobre todo las del lado del conductor, y vio que la brizna de hierba que había dejado en el extremo inferior de la puerta seguía en su lugar. Esto no garantizaba que nadie hubiera abierto el coche, pero Blake también había dejado un par de pelos en dos lugares distintos de la junta del capó. Cuando los localizó, se sintió razonablemente seguro de que nadie había trajinado en el motor.
Abrió la puerta y giró la llave de contacto. Durante un segundo, contuvo la respiración preguntándose si ésta sería la última, pero el motor se encendió y funcionó con suavidad. Jarvis condujo a Brenna con rapidez hasta el coche y la hizo entrar en el asiento trasero.
—Entra y túmbate sobre el asiento, Brenna. Cuando estemos lejos del hospital podrás sentarte; pero, si alguien está vigilando las salidas, buscará a una mujer con bata de hospital, y no a un hombre solo.
Brenna hizo un gesto de dolor mientras se tumbaba, obedientemente, sobre los asientos.
— ¿Adonde la llevas? —preguntó Jarvis a Blake.
—No lo sé.
Aunque lo supiera, no pensaba decírselo; cuanta menos gente supiera dónde estaba Brenna, mejor.
Su amigo asintió con un movimiento de la cabeza.
—Llámame cuando os hayáis instalado y planearemos nuestro próximo paso. Manten la cabeza agachada, Brenna, y confía en que Trahern te protegerá. De entre todas las personas que conozco, él es al único que elegiría para cubrirme las espaldas.
Jarvis lanzó una última mirada al aparcamiento antes de dar un golpe en el maletero del coche como señal de que no había ningún peligro.
Blake salió de la plaza del aparcamiento dando marcha atrás y se dirigió a la salida más cercana. En ese mismo instante, un par de hombres salieron corriendo del hospital y mirando a ambos lados. Por suerte, había otros coches circulando por el aparcamiento con dos personas en los asientos delanteros y, para cuando aquellos dos hombres comprobaron que no eran las personas que andaban buscando, Blake ya estaba fuera del aparcamiento.
—Ya estamos fuera, Brenna. Circularé por calles secundarias durante uno o dos kilómetros para asegurarme de que nadie nos sigue.
No estaba acostumbrado a dar explicaciones sobre todos sus pasos, pues normalmente trabajaba con hombres familiarizados con el combate urbano. Los paladines eran asesinos por naturaleza; sin embargo, por suerte para el resto de la humanidad, llevaban incorporada una conciencia íntegra y la necesidad de proteger a los demás. Cada vez que los herían de gravedad o morían, se curaban con rapidez, pero así se iban convirtiendo en uno de los Otros, criaturas semihumanas que intentaban invadir la Tierra siempre que podían.
Él había matado a muchos de los Otros mientras protegía la barrera que separaba sus mundos, y también había muerto muchas veces víctima de sus espadas durante los dos últimos años. Tanto él como la doctora Laurel Young, la tutora que supervisaba su caso, sabían que sus resultados en las pruebas de control se acercaban con rapidez al punto en que él perdería su humanidad y constituiría un peligro para quienes lo rodearan. Ella intensificaba su investigación sobre lo que mantenía a Devlin Bañe, el paladín que era su amante, vivo y estable durante más tiempo que cualquier otro paladín de los últimos años. Blake no confiaba mucho en que ella encontrara las respuestas con la suficiente rapidez para salvarlo a él, pero le deseaba suerte.
— ¿Puedo levantarme ya, Trahern?
Había conducido varios kilómetros sin darse cuenta. ¡Maldición!, en aquel preciso momento no podía permitirse perder la concentración. Tras mirar por los retrovisores, echó un vistazo por encima del hombro.
—Aparcaré en la tienda que hay ahí delante. Tendrás que esperar en el coche mientras te compro algo de ropa.
—De acuerdo. Normalmente, uso la talla mediana. —Brenna se incorporó en el asiento—. Y calzo un treinta y nueve.
— ¿Y qué talla de sujetador llevas?
A Brenna aquella pregunta seguramente le resultaría embarazosa, pero él no pensaba ponerse a adivinar su talla de sujetador.
—Una noventa y cinco. Y prefiero que se abroche delante, pero si no encuentras de este tipo, no me importa.
Estupendo. Más grandes que la palma de su mano, justo como le gustaban. Blake revivió con suma claridad la sensación de los pechos de Brenna aplastados contra el suyo cuando estaban en el hospital. Claro que no debería tener esos pensamientos respecto a ella; y menos en aquellos momentos.
— ¿Necesitas algo más, aparte de artículos de tocador? —Una caja de Ibuprofeno no estaría mal. Aparte de esto, nada más.
Blake aparcó cerca de la frecuentada puerta de la tienda. En el poco probable caso de que alguien los hubiera seguido, le resultaría difícil atacar a Brenna con tanta gente alrededor.
—Estaré de vuelta dentro de quince minutos. —Blake salió del coche y dio una rápida ojeada al aparcamiento. —Quédate en el coche y no levantes mucho la cabeza.
—De acuerdo. Y, Blake...
¿Sí?
—Date prisa, por favor.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:07 pm

3


— ¡No puedo creer que no hayan encontrado los archivos del juez! —Dejó que el silencio expresara su desagrado hacia aquel par de estúpidos incompetentes.
El detective Swan se revolvió con inquietud en el asiento:
—Acabamos de registrar el despacho de Brenna Nichols, en la universidad. No encontramos muchas cosas porque ella se ha tomado el verano libre; sin duda, para trabajar en su próxima novela. Tenemos planeado volver a casa del juez hoy mismo, pero más tarde, para continuar con el registro. Nadie se extrañará que dos detectives vuelvan a examinar la escena del crimen, sobre todo después de la misteriosa desaparición de Brenna Nichols del hospital.
El tercer hombre levantó la vista hacia el techo, aunque el fallo era suyo, no de los detectives.
— ¿Qué le hace pensar que tendrán más suerte esta vez?
El detective Montgomery lanzó una mirada a su joven compañero para que se callara, pero no funcionó.
—La última vez había medio departamento husmeando a nuestro alrededor. Si nos hubiéramos puesto a echar abajo las paredes en busca de una caja fuerte, nos habrían formulado preguntas que ni nosotros ni usted queremos responder. Y, si hubiéramos encontrado los archivos, nos habría costado mil demonios evitar que los requisaran como prueba.
Montgomery intervino en la conversación: —En esto tiene razón, señor. Por lo que usted nos ha contado, lo último que querría es que los archivos salieran a la luz. Además, si nosotros caemos, usted lo hará con nosotros.
¡Así que tenían dientes y no temían enseñarlos cuando les interesaba! Siempre que cumplieran con su cometido, él ignoraría aquella pequeña demostración de bravura... De momento. No era el tipo de persona que dejaba cabos sueltos una vez cumplida una misión, y la muerte de los detectives siempre había formado parte del plan.
Un susurro aquí, un rumor allá, y sus preciadas reputaciones quedarían por los suelos. Por avariciosos que fueran, su imagen de buenos policías era importante para ellos. El pincharía ese pequeño globo por ellos, justo antes de eliminarlos. Le sabía mal que se quedaran con todo el dinero que les había prometido, pero eso le podía resultar útil cuando los de Asuntos Internos realizaran su investigación.
Brenna Nichols también estaba entre los primeros de la lista de daños colaterales. Una verdadera lástima. Por lo que le habían dicho, era guapa y brillante y, aunque la belleza abundaba, la inteligencia no tanto. ¡Qué se le iba a hacer!
—Caballeros, espero mejores resultados a cambio de mi dinero. —Remarcó sus instrucciones con los dedos—. En primer lugar, vuelvan a registrar la casa del juez. Si es preciso, préndanle fuego; pero que nadie, repito, nadie más, ponga las manos en esos archivos.
Los dos hombres asintieron con la cabeza. —En segundo lugar, descubran dónde ha escondido Blake Trahern a la señorita Nichols. — ¿Quiere que lo eliminemos?
El joven e insolente policía incluso parecía entusiasmado ante la perspectiva. Claro que, en su mundo, cuando un hombre moría, permanecía en ese estado. Trahern y los de su especie constituirían un auténtico shock para aquellos policías, que seguramente creían haberlo visto todo. Podía resultar divertido dejar que dispararan al paladín, sólo para darles una lección. Le encantaría ver cómo reaccionaban cuando Trahern reapareciera, cabreado y pletórico de vida otra vez.
Pero no era momento para juegos, por divertidos que fueran.
—No, simplemente localícelos. No debería de resultar difícil para dos de los mejores detectives de St. Louis.
Swan asintió con satisfacción, ajeno al deje sarcástico de la voz de aquel hombre, aunque a su compañero no se le escapó el velado sarcasmo. Y no le hizo ninguna gracia.
El hombre se levantó indicando así a sus innobles acompañantes que la reunión había terminado. Él tenía sus propios planes para el resto del día:
—Caballeros, ya tienen mi número de móvil. No me llamen, si no es para darme buenas noticias. Y sepan que tengo poca paciencia con los fallos.
—Sí, señor.
El detective Montgomery levantó su considerable peso de la silla. Aunque sus palabras eran respetuosas, su actitud saltaba a la vista que no. Tendría más control sobre su boca que su joven compañero, pero era tan estúpido e insolente como él.
Los detectives salieron de la anodina habitación del hotel y cerraron la puerta con un poco más de fuerza de la que habría sido necesaria. Cuando el hombre estuvo seguro de que se habían ido, se puso a hacer la maleta. Ya había reservado habitación en otro hotel para pasar la noche. Aquellos dos policías no se podían considerar admiradores suyos y Trahern debía de odiarlo, aunque aún no conociera su identidad. No era conveniente quedarse donde el enemigo esperaba que estuviera.
Una vez instalado en la nueva habitación, estudiaría las piezas de su partida de ajedrez y decidiría cuál sería su próximo movimiento.

— ¿Cómo es que conoces este lugar? —Brenna inspeccionó su entorno con recelo.
Blake tenía recuerdos agradables de aquel parque situado al borde de la carretera. Pocas cosas habían cambiado, salvo la vieja mesa de picnic, reemplazada por una de plástico que no dejaría astillas en el trasero desnudo. Claro que, en aquel momento del pasado, él prestaba poca atención a la áspera superficie.
Los encantos especiales de Kelly lo mantuvieron ocupado en otras cosas aquella noche en que ella lo introdujo al sexo. Al día siguiente, lo pasó muy mal quitándose aquellas malditas astillas de la espalda y las rodillas, pero había merecido la pena. Al recordarlo, las comisuras de los labios esbozaron una sonrisa.
—No estoy segura de que me guste esa sonrisa, Blake. —Brenna lo observó con recelo—. Llevas doce años fuera. Nunca escribiste ni telefoneaste y, sin embargo, recuerdas este apartado parquecito.
—Perdí mi virginidad justo ahí, en esa mesa. Éste es el tipo de cosas que un tío nunca olvida. —La honestidad le hizo añadir—: Bueno, no exactamente en esa mesa. En aquella época era de madera y estaba pintada de verde oscuro.
— ¿Quién...? —Brenna se tapó la boca con la mano—. No importa. No quiero saberlo.
—De todos modos, no pensaba decírtelo.
Aunque, por la forma en que ella miraba la mesa y su anatomía, de manera alternativa, era evidente que la curiosidad la estaba consumiendo.
— ¿Por qué no te vistes y vamos a un hotel? —preguntó Blake.
— ¿Dónde podría cambiarme?
Brenna miró a su alrededor buscando algún lugar en el que protegerse que no fueran los árboles circundantes.
—No es momento para timideces, Brenna. Si entramos en el vestíbulo de un hotel y tú vas vestida con bata y zapatillas de hospital, sospecharán que algo no va bien. Por la misma razón, no podemos usar un lavabo público. Te prometo que no miraré. — ¡A menos que estuviera seguro de poder hacerlo sin que ella se diera cuenta!
Para causarle cierta impresión de intimidad, Trahern se tumbó encima de la mesa de picnic. Pensó en la posibilidad de cerrar los ojos; pero, con lo cansado que estaba, no podía arriesgarse a hacerlo. El agotamiento ya empezaba a hacer estragos en su concentración. Cuanto antes encontraran un lugar seguro para pasar la noche, mejor para ambos.
El ruido de la puerta de un coche que se abría hizo que se sentara con sobresalto, pero enseguida se dio cuenta de que Brenna la utilizaba como pantalla para cambiarse. Funcionaba bastante bien; de hecho, demasiado bien. Podía verle los hombros y un tentador atisbo de escote. Y, después, nada hasta la parte inferior de la puerta, la cual dejaba ver la parte baja de sus pantorrillas y sus pies desnudos. ¿Quién habría imaginado que aquellas breves visiones pudieran resultar tan eróticas?
A pesar de su promesa, no pudo apartar los ojos de Brenna mientras ella se subía los tirantes del sujetador por los brazos, se inclinaba para ajustar las copas y abrochaba el cierre frontal. Era como un striptease a la inversa, pero causó el mismo efecto en el cuerpo de Blake. ¿Cuándo ponerse una camiseta se había convertido en una danza seductora?
Primero un pie y después el otro desaparecieron en los livianos pantalones de chándal que le había comprado. Cuando Brenna se incorporó para subírselos hasta la cintura, Blake percibió una franja de color blanco. Sin duda se trataba de las bragas de algodón que le había comprado. Seguramente, ella no habría apreciado que le comprara unas diminutas braguitas de encaje, aunque a él le costó bastante dominar el impulso de comprárselas.
La puerta del coche se cerró de golpe.
—Creí que habías dicho que no mirarías.
No tenía sentido que lo negara:
—Te mentí.
Con cara de sentirse muy disgustada, Brenna introdujo el camisón y la bata de hospital en las bolsas de la tienda. Se volvió de espaldas a Blake y se desenredó el despeinado pelo castaño oscuro con el cepillo que Blake le había comprado. Si creía que le hacía el vacío mirando hacia otro lado, se equivocaba, pues tenía un aspecto fantástico desde cualquier lado.
Como si percibiera su continuo escrutinio, Brenna volvió la cabeza hacia Blake.
—No me mires. —Lo siento.
Lo cual no era cierto. La anomalía genética que convertía a un hombre en un paladín también lo dotaba de un apetito sexual muy saludable y él llevaba demasiado tiempo en ayunas. Sin embargo, ver los morados en los brazos de Brenna, aunque ya se empezaran a difuminar, fue para él como echar tierra al fuego.
—Larguémonos de aquí.
Blake se levantó y se desperezó intentando eliminar el entumecimiento de cuello y espalda antes de entrar en el coche.
Brenna hizo una mueca de dolor mientras se sentaba en el asiento del copiloto y se abrochaba el cinturón de seguridad. Blake, por su parte, no pudo evitar admirar su aguante. Durante los últimos días, Brenna había vivido un infierno que parecía no tener fin y, aun así, no se quejaba y seguía adelante. Sin embargo, esto no debería sorprenderlo, porque ella había heredado muchas cosas de su padre, entre ellas un intelecto impresionante.
—Hay un hotel no muy lejos de aquí.
Ella abrió un ojo y le lanzó una mirada suspicaz.
— ¿Otro vivido recuerdo de tu pasado? Si es así, busca otro sitio.
Su agrio comentario hizo que Blake soltara una carcajada.
—En aquella época, el asiento trasero de un coche o una mesa de picnic eran los mejores alojamientos que me podía permitir.
Brenna no parecía convencida.
—Lo vi. cuando veníamos hacia aquí. —Blake levantó la mano en señal de honestidad—. Palabra de boy scout.
—Tú nunca fuiste boy scout.
—Es verdad; pero, en esto, nunca te mentiría.
—Lo cual significa que hay cosas sobre las que sí que me mentirías. —Brenna se volvió hacia la ventanilla.
Así, sin más, el buen humor de Blake desapareció; porque ella tenía razón: si fuera necesario, le mentiría. Además, cuando se enterara de todas las mentiras que le había contado su padre, se sentiría destrozada.

Trahern los registró en el hotel con su habitual eficacia. El hecho de tener que compartir la habitación con él no satisfizo mucho a Brenna, quien todavía se sentía acalorada, avergonzada y violenta por el beso que se habían dado antes. Claro que, aparte de montar un numerito en mitad del vestíbulo, no podía hacer mucho más. Cuando estuvieran a solas, Blake la oiría... Si conseguía permanecer despierta el tiempo suficiente.
— ¡Vamos, cariño, subamos a la habitación! Traeré el equipaje más tarde. Ahora mismo, tengo otros planes para nosotros.
El muy canalla incluso le guiñó el ojo a la rubia que estaba detrás del mostrador. ¡Que Dios la salvara de las mujeres que reían tontamente!, pensó Brenna. A continuación, Blake tuvo la desfachatez de rodearle los hombros con su potente brazo y, prácticamente, arrastrarla hasta el ascensor, como si no pudiera esperar a estar a solas con ella.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Brenna se libró bruscamente del brazo de Blake. El maquillaje que se había puesto para ocultar los morados del cuerpo había manchado la camisa de Blake, lo cual la complació.
— ¿De qué iba todo esto?
—A los empleados de los hoteles les resulta extraño que los clientes no lleven equipaje. Yo sólo he traído lo indispensable y tú ni siquiera eso. Si la recepcionista cree que tenemos prisa por llegar a la habitación, no se preguntará por qué llevo sólo una bolsa pequeña.
Su explicación resultaba lógica, pero esto no implicaba que a ella le gustara, ni tampoco que él tuviera que lanzar una mirada lasciva a una jovencita delante de ella. Una ráfaga de algo que parecían celos recorrió el interior de Brenna. Desde un punto de vista racional, ella sabía que no tenía derecho ni razón alguna para sentirse de aquella manera, pero la reaparición de Blake en su vida era demasiado reciente para que deseara compartirla.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Blake sacó la pistola y examinó el pasillo antes de permitir que Brenna saliera del ascensor. A ella no le gustó el implícito recordatorio de que necesitaba su protección.
Unos segundos más tarde, Blake abrió la puerta de la habitación y tiró de Brenna hacia el interior. Ella ansiaba darse una ducha, deslizarse entre las sábanas limpias y dormir durante horas. De repente, Trahern se detuvo e impidió que Brenna viera la habitación. Ella intentó apartarlo de su camino.
—Brenna, te juro que no lo sabía. — ¿Saber el qué?
Brenna se inclinó para mirar más allá de él, hacia la cama.
«La cama.» O sea, un único lugar para dormir. Si Blake no hubiera parecido tan afectado, ella habría sospechado que aquélla era una de esas cosas sobre las que estaba dispuesto a mentir.
—Pues pide otra habitación.
Blake suspiró:
—Me dijo que era la única que tenían libre. Supongo que podríamos ir a otro lugar, pero...
—No importa. Dormiré en el suelo.
Si no se colocaba pronto en posición horizontal, probablemente se dormiría de pie.
—De ninguna manera.
—Está bien, entonces dormiré en la silla. Ahora mismo no me importa.
Brenna se dirigió al lavabo. De repente, se dio cuenta de que no tenía nada con que dormir, salvo el horrendo camisón del hospital. Si tuvieran habitaciones separadas, dormiría en ropa interior, pero de ningún modo pensaba hacerlo compartiendo habitación con él.
Aunque estaba agotada, él conseguía despertar en su interior pensamientos y sentimientos que ella no deseaba tener. Como lo que sintió cuando él la transportó en brazos con tanta delicadeza o lo que el sabor picante y masculino de su beso le hizo experimentar. Un deseo caliente y líquido invadió su entrepierna. No recordaba la última vez que había notado una reacción tan intensa frente a un hombre, si es que la había experimentado alguna vez. Lo deseaba, simple y llanamente.
Mientras contemplaba la cama de matrimonio, a Brenna se le ocurrió algo curioso. Compartir aquella cama con Blake sería mucho más confortable que compartir una mesa de picnic.
—Toma, supongo que te gustará usar algo limpio para dormir.
Brenna estaba a punto de entrar en el lavabo, cuando Blake le lanzó una camiseta blanca.
—Gracias. —Ella se sonrojó al imaginarse vestida con la ropa de Blake, pero la alternativa era impensable.
Aunque le habría encantado darse un baño largo para calmar sus dolores y su sufrimiento, no tenía tiempo. No era la única que necesitaba dormir. Al menos ella había dormido una noche entera en el hospital, mientras que Blake había pasado la noche en una silla. Brenna graduó la temperatura del agua de modo que resultara más caliente de lo que se podía considerar confortable, entró en la ducha y dejó que el chorro de agua se llevara parte de los problemas del día.
Las vendas del brazo se le empaparon durante el proceso; así que, cuando se secó, Brenna se las quitó con cuidado y examinó los puntos de sus heridas. Parecía que se estaban curando adecuadamente, sin indicios de infección.
En general, y teniendo en cuenta lo cerca que estuvo de la explosión, había salido bien parada. Sin embargo, su pobre padre... ¡NO! No quería pensar en él. Todavía no. Si permitía que una sola lágrima resbalara por su mejilla, seguramente no podría parar de llorar.
Se secó el pelo con una toalla antes de ponerse la camiseta de Blake y se alegró de que le llegara hasta la mitad de los muslos. Por suerte, él era muy alto. Sintiéndose un poco tímida, Brenna titubeó antes de abrir la puerta del lavabo. Cuando él vivía en su casa, a ella no le importaba correr por ahí con poco más de lo que llevaba puesto en aquel momento.
Pero eso era entonces, cuando él era un adolescente y, en muchos sentidos, ella sólo una niña. Blake siempre había sido más maduro que la mayoría de los muchachos de su edad, seguramente debido a las duras experiencias que había vivido antes de que el padre de Brenna lo rescatara de las calles. A ella nunca le contaron los detalles de lo que sucedió, así que hizo lo que hacía siempre que tenía preguntas que formular: ir a la biblioteca e investigar. No encontró mucha información, pero sí la suficiente para tener pesadillas durante una semana.
Pero ahora, con sus amplios hombros y potentes músculos, Blake ya no era un muchacho. No tenía la musculosa constitución de un levantador de pesas, sino más bien el tipo de cuerpo de los bomberos o los militares bien entrenados. Aunque, por alguna razón, ella no creía que se ganara la vida con ninguna de estas profesiones. De joven, Blake odiaba las normas y las reglas y, a juzgar por sus acciones de los últimos dos días, seguía siendo así.
Además, no quiso estar presente cuando la policía fue a interrogarla al hospital. ¿Acaso le tenía miedo por alguna razón concreta? Brenna reflexionó sobre aquella posibilidad durante un par de segundos antes de rechazarla. La idea de que Blake tuviera miedo de alguien resultaba absurda. Él tenía buenas razones para no cumplir con la ley en general y ella lo había visto saltarse más de una regla, pero Blake nunca sería un delincuente.
Una vocecita le recordó que Blake había desaparecido de su vida doce años atrás. ¿Qué podía saber ella del hombre en el que Blake se había convertido? Lo bastante para saber que la mantendría a salvo durante la noche y, de momento, esto era suficiente para ella.
Brenna salió del lavabo y se preparó para pelearse acerca de quién de los dos dormiría en la cama y quién en la silla. Sin embargo, Trahern ya estaba repantingado en esta última profundamente dormido. Si intentaba cambiarle el sitio, lo más probable era que lo único que consiguiera fuera iniciar otra discusión que, por otra parte, seguramente ella perdería.
Las frescas sábanas hicieron que se sintiera en la gloria.
Brenna se acurrucó entre ellas y se volvió para ver de cerca a Blake. La tenue luz que había dejado encendida suavizaba sus facciones y le permitía vislumbrar al muchacho que había conocido en el hombre duro en que se había convertido. Brenna se aferró a aquella sensación de familiaridad, cerró los ojos y se durmió.

Blake frunció el ceño. En general, no le importaba que un mapache o una comadreja invadieran su jardín; pero, en aquel momento, lo único que quería era dormir. Si aquella criatura no se callaba pronto descubriría, por la vía dura, lo buen tirador que era.
El gimoteo se repitió. Esta vez sonó tan fuerte que Blake reconoció en él el miedo y el dolor. ¡Mierda, seguramente se trataba de un cachorro abandonado que buscaba a su madre! Justo lo que él necesitaba, otra noche intentando atrapar a un animal asustado para llevarlo a un refugio de animales salvajes.
Al cabo de un rato, el ruido se detuvo. Contento de que la madre y la cría se hubieran reencontrado, Blake intentó volverse de lado para seguir durmiendo.
Sin embargo, algo no iba bien. O su cama se había encogido o estaba durmiendo en una silla. Blake abrió los ojos a desgana, primero uno y después el otro. ¡Maldición, efectivamente, estaba en una silla y no en su extremadamente cómoda cama de matrimonio! Y los gimoteos que había oído no procedían de un animal perdido, sino de Brenna, que lloraba en sueños.
Blake consiguió ponerse de pie, aunque todas las articulaciones de su cuerpo se quejaron, y arrastró la silla hasta la cabecera de la cama de Brenna.
—Todo irá bien, Brenna, estoy aquí.
Blake acarició suavemente el hombro y la espalda de Brenna esperando que el consuelo que le quería transmitir no la despertara. Por su modo de llorar, estaba atrapada en una pesadilla, seguramente una reproducción de la explosión. Blake deseó que Brenna no fuera una de esas personas que soñaban en colores, no necesitaba ver a su padre saltar en pedazos con una vivida claridad.
—Tranquila, Brenna, no llores.
«Por favor, no llores.» El podía enfrentarse sin pestañear a una docena de los Otros armados con espadas afiladas, pero una mujer con el rostro bañado en lágrimas lo desarmaba por completo. Puede que Devlin Bañe, su compañero de Seattle, se partiera de risa si lo viera intentando consolar a Brenna. O... puede que no. Devlin era uno de los paladines más fuertes y duros de todos los tiempos, pero ahora estaba enamorado y, para colmo, de su tutora.
Se los veía muy felices juntos y hacían que el resto de los paladines tuvieran bastantes celos. Lo que Devlin y Laurel compartían era mucho más que buen sexo. Desde que lo conocía, Blake nunca había visto a Devlin tan feliz.
De repente, Blake se dio cuenta de que Brenna había dejado de llorar. Poco a poco, retiró la mano, esperando que lo peor ya hubiera pasado, pero ella se estremeció y no paró hasta que él le volvió a apoyar la mano en el hombro. Blake decidió no volver a apartar la mano, pues consideró que no era mucho pedir dado el evidente sufrimiento que ella experimentaba. Sin embargo, al cabo de unos minutos, su espalda se resintió a causa de la incómoda posición que tenía que adoptar.
No podía permanecer así el resto de la noche. Faltaban horas para que amaneciera, así que hizo lo único que se le ocurrió: estirarse junto a Brenna en la cama. Mientras permaneciera por encima de la sábana y ella estuviera a salvo debajo, su virtud seguiría intacta.
¿Se habría sentido reconfortada por su contacto si conociera la verdad sobre él? Ninguna mujer sensata lo haría. Aunque aceptara que luchar contra los Otros y matarlos formaba parte de su naturaleza, Blake perdía su humanidad con rapidez. La última vez que lo habían herido de gravedad, su tutora había comprado unas cadenas extremadamente fuertes sólo para él. Esto no evitó que siguiera intentando levantarse de aquella fría camilla de acero, gritando durante horas y desgarrándose la piel de muñecas y tobillos hasta sangrar.
Blake recordó el dolor que transmitía la voz de Devlin cuando le ofreció terminar con su vida de forma definitiva para acabar con aquella miseria. Blake estuvo tentado de aceptar, pero habría constituido un acto de cobardía. Cuando llegara la hora de terminar con su vida, quería que fuera por una causa noble, no porque temiera afrontar un día más como paladín.
Una mujer como Brenna Nichols merecía ser consolada por un hombre más amable que él, un hombre que conociera las palabras adecuadas que acabaran con sus pesadillas. Pero, aunque constituyera un acto egoísta, no se detendría. Blake se acercó a Brenna y ella se acurrucó gustosa junto a él, apoyándole la cara en el pecho mientras él la rodeaba con un brazo.
Aquello era como estar en el cielo, aunque el efecto predecible que produjo en el cuerpo de Blake fue para él un auténtico infierno. ¿Cuántas veces, a lo largo de los años, había soñado con un momento como aquél, un momento en que la estrechaba entre sus brazos y el aroma y el calor del cuerpo femenino inundaban sus sentidos?
Claro que, en sus sueños, los dos estaban desnudos y saciados después de una loca noche de sexo. Pero la versión que estaba viviendo tampoco estaba mal.


— ¡Deja de golpear tan fuerte, maldita sea! No me puedo concentrar.
Swan le lanzó una mirada airada y siguió golpeando la pared con el puño cada pocos centímetros.
— ¡He dicho que pares!
Montgomery tenía una investigación que realizar y aquel jaleo no lo ayudaba.
— ¿Cómo voy a encontrar una caja fuerte escondida si no examino las paredes?
—Una caja fuerte escondida estará detrás de un cuadro o en el suelo, debajo de unos tablones de madera tapados con una alfombra, no detrás de una pared de piedra donde el juez sólo pudiera acceder con una palanca de hierro.
Swan no era un estúpido, sólo demasiado joven para aquel tipo de trabajo.
—Está bien, entonces empezaré mirando detrás de las cosas. ¿Qué tal todos los libros de su despacho?
—Perfecto. Saca unos cuantos cada vez y mira qué hay detrás. Si ves algo sospechoso, avisa.
Cuando su compañero se fue, él continuó registrando metódicamente el salón. El despacho era el lugar obvio para que el juez escondiera sus archivos, pero su olfato de detective le decía que el juez no haría lo obvio. Así que, mientras su amigo examinaba lo que había detrás de los pesados libros de leyes en la habitación contigua, él registró con minuciosidad las mesas, los cuadros y los cojines del sofá del salón en busca de algo que pudiera estar escondido detrás o debajo de éstos. Tardó casi media hora en registrar sólo esa habitación.
Estaba a punto de pasar al pasillo para dirigirse, después, a la cocina, cuando su móvil sonó. Teóricamente, él y Swan todavía estaban de servicio, de modo que no podía ignorar la llamada. Cogió el móvil y comprobó el número. En efecto, quien le llamaba era su jefe, pero no el que él esperaba. ¡Maldición! Le había dicho al hombre que conocía como señor Knight que lo telefonearía cuando supiera alguna cosa. Recordó la frialdad de sus ojos y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Ignorar la llamada no sería una buena idea.
—Montgomery al habla.
— ¿Y bien? —El arrogante bastardo expresó un mundo de desdén con aquellas dos palabras.
—Llegamos hace menos de una hora. Nos requirieron para un doble homicidio hasta que...
El señor Knight no quería excusas, sólo resultados.
—Ahora mismo estamos registrando el lugar. Ya he inspeccionado el salón y Swan está en el despacho del juez.
—Allí no encontrarán nada.
—Por eso se lo he dejado a Swan.
Su compañero tenía buenas cualidades, pero la sutileza no era una de ellas. Si quería esconder algo, lo más probable era que lo metiera en un sobre y escribiera «No abrir» en el anverso.
—Muy inteligente por su parte, detective Montgomery.
Lo que el señor Knight pensara de él le importaba un carajo. Lo único que importaba era que pagara bien por obtener resultados.
—Estaré fuera un día o día y medio. Si quieren comunicarme algo, dejen un mensaje en el buzón de voz; pero no podré ponerme en contacto con ustedes hasta mañana por la noche o pasado mañana por la mañana. —La comunicación se cortó.
Montgomery clavó la mirada en el móvil, mientras murmuraba todas las maldiciones que acudieron a su mente. Al principio, unos cuantos dólares a cambio de algo de información interna sobre su investigación no les pareció gran cosa. Deberían haber sabido que, aunque pareciera dinero fácil, al final se volvería contra ellos y les saldría el tiro por la culata.
Ahora sólo esperaba seguir con vida cuando llegara la calma. Tal vez haría la maleta nada más volver a casa. Sólo por si acaso...

A Trahern nunca le habían hecho mucha gracia los móviles, y la musiquita que sonó antes del amanecer bastó para que le entraran ganas de matar a alguien. Apartó el brazo con el que rodeaba el cuerpo de Brenna esperando silenciar el maldito aparato antes de que la despertara.
Cogió el teléfono de la mesita de noche, entró en el lavabo y cerró la puerta.
—Espero que sea importante —gruñó por el auricular.
—Cállate, Trahern. Yo llevo varias horas despierto y paso de oír tus quejas. —Había muchas interferencias en la línea, pero el mal humor de Jarvis llegó hasta Trahern con total claridad.
En lugar de enzarzarse en un campeonato del carajo para ver quién estaba de peor humor, Trahern volvió a empezar. —¿Qué quieres, Jarvis?
—Noto un hormigueo cerca del talón. Los de sismología están recibiendo datos de una serie de terremotos débiles y superficiales que se van produciendo en oleadas. Están llamando a todos los locales. Yo diría que esta noche tendremos baile. — ¿Es muy grave?
Trahern sabía, gracias al tiempo que llevaba viviendo en aquella zona, que los terremotos de poca intensidad eran habituales por allí. Los paladines que montaban guardia a lo largo de la falla de New Madrid tenían más actividad que algunos de los asignados a fallas más conocidas. De todas maneras, cuando los terremotos se sucedían en oleadas, los paladines y los guardias juntos no bastaban para proteger aquella zona. Si no tuviera que ocuparse de Brenna, se habría ofrecido para luchar junto a Jarvis. Trahern ya no estaba tan sintonizado con aquella barrera como antes, pero seguía percibiendo su vibración y sabía cuándo estaba siendo atacada.
—Todavía no lo sé. Los regentes nos han comunicado que, en caso necesario, nos enviarán refuerzos de otro estado, pero ya nos han hecho esta promesa anteriormente. Con suerte, estaré de regreso dentro de un par de días. Hasta entonces, te quedas solo.
Esto no constituía una novedad para Trahern.
—De acuerdo. Llámame en cuanto hayas regresado. Y, Jarvis...
¿Sí?
Trahern quería desear a su amigo suerte en la batalla, pero no encontró las palabras adecuadas.
— ¡Hum!..., no importa. Ya hablaremos cuando estés de vuelta.
De todas formas, Jarvis captó lo que le quería decir: —Cuídate tú también, Trahern. Tengo que irme. —La comunicación se interrumpió.
Tanto Jarvis como él habían vivido tiempos duros, luchando y bebiendo con igual desenfreno; pero también habían hecho muchas cosas de las que se podían sentir orgullosos. La gente de la calle podía no ser consciente de las batallas que se libraban a lo largo de las fallas y cerca de los volcanes; batallas en que los paladines luchaban para evitar que los Otros cruzaran la barrera y entraran en este mundo, pero no por gloria. Los paladines luchaban porque alguien tenía que hacerlo y ellos eran los más indicados en esta labor.
— ¿Quién era?
Brenna estaba al otro lado de la puerta del lavabo, con aspecto cálido y desaliñado, y se la veía terriblemente sexi. —Jarvis.
— ¿Qué quería a estas horas?
Brenna se restregaba los puntos del brazo, lo cual probablemente significaba que la herida empezaba a curar.
—Deja de rascarte el brazo. Conseguirás que se te hinche.
—No intentes esquivar mi pregunta. ¿Qué quería Jarvis? ¿Algo va mal?
Ahora estaba más despierta y el miedo había regresado a sus ojos.
—No, todo va bien. Tiene que salir un par de días de la ciudad por negocios y quería que yo lo supiera. — ¿Qué tipo de trabajo realiza? —El mismo que yo.
Brenna soltó un suspiro de exasperación: —Ayer te dije que dejaría las preguntas a un lado sólo hasta que hubiéramos descansado. El tiempo de descanso ya ha terminado, culo inquieto, así que empieza a hablar o me voy de aquí ahora mismo. Trahern resopló:
— ¿Y adonde irías y cómo llegarías hasta allí? No tienes tu bolso, ni dinero, y no se puede decir que los dos detectives con los que hablaste ayer te causaran muy buena impresión.
Brenna echó los hombros hacia atrás y se enderezó haciendo alarde de toda su altura, unos treinta centímetros menor que la de él. Aquello resultó muy gracioso.
—Soy una mujer adulta, Blake Trahern. Puedo cuidar de mí misma y lo haré. Llevo haciéndolo muchos años.
Brenna se dio la vuelta y Trahern se quedó mirándola mientras se alejaba. Él no pretendía enojarla, pero no podía contarle cómo se ganaban la vida él y Jarvis. En cualquier caso, tampoco era probable que se lo creyera.
A él le costó mucho aceptar la existencia de los Otros..., hasta que se topó con sus anchas espadas y sus armas arrojadizas. Este tipo de cosas hacían que un hombre se hiciera creyente con gran rapidez.
Brenna había encendido el televisor, sin duda para oír noticias acerca de la muerte de su padre. Trahern se sentó junto a ella en el borde de la cama justo cuando una fotografía de su padre aparecía en la pantalla y una voz en off anunciaba que, después de la publicidad, hablarían sobre él. Brenna encorvó los hombros, como si la imagen de su padre le causara un gran dolor. Había aceptado el consuelo de Blake mientras dormía. ¿Lo aceptaría también ahora que estaba despierta?
Trahern se le acercó ofreciéndole su mudo apoyo. Brenna no se reclinó en él, pero tampoco se apartó, quizá porque tenía toda la atención centrada en el televisor. En cuanto terminaron los anuncios, los periodistas se lanzaron a explicar detalles sórdidos sobre la muerte del padre de Brenna. Durante los primeros días después del asesinato, habían hablado sobre la inestimable reputación del juez, su distinguida carrera y lo mucho que todos lo echarían de menos.
Sin embargo, el tono del reportaje que estaban viendo en aquel momento era muy distinto. Las primeras palabras que pronunció la reportera hicieron que Blake se levantara bruscamente dispuesto a atravesar la pantalla del televisor con el puño.
«... Fuentes no identificadas del Departamento de la Policía han informado de que se están investigando ciertas acusaciones en el sentido de que la reciente muerte del juez Nichols podría estar relacionada con su supuesta implicación en ciertas actividades financieras de dudosa legalidad. El examen de sus cuentas bancarias ha revelado la existencia de sumas de dinero que superan el salario normal de un juez.»
— ¡Mentirosos! ¡Los denunciaré por todo lo que han dicho! —Brenna lanzaba chispas por los ojos—. ¡Espera a que les ponga las manos encima! ¡No saben con quién están tratando!
—Brenna, ¿puedes hablar más bajo? El reportaje no ha terminado.
Una imagen de Brenna apareció en la pantalla, detrás de los dos reporteros.
«La señorita Nichols, quien también resultó herida en la explosión del coche bomba, ha desaparecido misteriosamente del hospital donde disponía de guardia armada. Sin embargo, tanto la policía como un portavoz del hospital han negado tener conocimiento de la existencia de dicha guardia. Además, una enfermera resultó herida cuando un francotirador disparó a través de la ventana de la habitación de la señorita Nichols. En la confusión resultante, la señorita Nichols desapareció, por lo visto acompañada de un hombre no identificado. Ni siquiera ahora se sabe si ella se fue con él por propia voluntad o si el desconocido se la llevó a la fuerza.»
Con una expresión de preocupación falsa, la reportera se inclinó un poco hacia delante y habló directamente a la cámara mientras un número de teléfono aparecía al pie de la pantalla.
«Se ruega que cualquier persona que conozca el paradero de la señorita Nichols telefonee a la policía al número que aparece en la parte inferior de la pantalla.»
— ¡Hijos de puta! —Las cosas no podían ir peor.
Blake se volvió hacia Brenna y vio que hojeaba el listín telefónico del escritorio mientras murmuraba algo en voz baja. Cuando descolgó el auricular del teléfono y empezó a marcar un número, Blake pulsó la tecla de desconexión. Ella intentó apartar la mano de Blake.
— ¡Para, Blake! Tengo que decirles cuatro cosas a esos periodistas.
Blake ni se inmutó:
—Gritarles a través del teléfono sólo empeorará las cosas. Si te paras a pensar un momento, verás que tengo razón.
Brenna apretaba el auricular con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Están difundiendo mentiras sobre mi padre. ¿No les basta con que lo hayan asesinado que también tienen que acabar con su reputación? Ser juez era la ilusión de su vida, y no lo habría puesto en peligro por ninguna cantidad de dinero.
Por norma, los regentes no se involucraban en cuestiones ajenas a su misión, consistente en evitar que el mundo fuera invadido por los Otros. Sin embargo, si presentían que su secreto corría peligro, podían tomar, y de hecho tomaban, cartas en el asunto. Si Brenna empezaba a proclamar a los cuatro vientos que habían tendido una trampa a su padre y que pretendían acusarlo injustamente, podía ser víctima del ataque de los regentes, además del de los traidores que se encontraban tras la explosión en la cual había muerto su padre.
Trahern ya tenía bastante con investigar la corrupción que había en el seno de los regentes sin tener que vigilar también constantemente a Brenna. ¡Maldición!, tendría que romper su voto de silencio y contarle la verdad. La verdad acerca de los regentes, de su padre y, lo que era todavía peor, acerca de sí mismo.
¡Aquello era una auténtica mierda!

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