Black and Blood


 
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 Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:21 pm

4


La mirada de Trahern se volvió fría.
—Mira, ahora tengo que ducharme. En cuanto estemos preparados nos vamos del hotel y ya hablaremos mientras desayunamos en algún lugar.
Brenna ya esperaba que Blake intentara esquivar sus preguntas.
— ¿Qué excusa utilizarás después, Blake? ¿Que hablaremos cuando refresque el día? ¿O cuando el sol salga por el oeste?
— ¡Maldita sea, Brenna, dame un respiro!
Permanecieron en silencio hasta que, incapaz de sostener más tiempo la mirada de Blake, Brenna se volvió hacia la cama... La cama con las sábanas y la colcha arrugadas en ambos lados, no sólo en el que ella había dormido.
— ¿Has dormido conmigo? ¿Sin preguntarme si me parecía bien?
Brenna no sabía si sentirse furiosa o decepcionada por no recordar qué se sentía al tener el fuerte cuerpo de Blake junto al de ella.
—Me despertaste con tus lloriqueos y la única manera que tenía de tranquilizarte para poder seguir durmiendo era abrazarte.
Blake pronunció la palabra «abrazarte» como si aquella idea le repugnara. ¿Acaso tocarla le parecía algo tan horrible? Desde luego, cuando la besó en el hospital el día anterior no parecía pensar lo mismo.
Antes de que Brenna pudiera contestar, Blake entró en el lavabo y cerró la puerta de golpe.

El agua de la ducha cayó durante unos buenos veinte minutos. El petate de Blake estaba encima del escritorio, al otro lado de la habitación. ¿Cuánto tiempo permanecería Blake en la ducha antes de salir a buscar su ropa limpia y sus accesorios de afeitado? El suficiente para que ella pudiera registrar sus cosas, decidió Brenna, aunque no sabía qué era lo que buscaba. En realidad, lo que quería eran respuestas, pero Blake no habría dejado nada que contuviera información por allí, al alcance de cualquiera. Era demasiado listo y reservado para eso.
Brenna decidió no arriesgarse a enojarlo y dejó las manos quietas. Quizá pecara de ingenua, pero tenía que confiar en alguien. La policía, con sus preguntas indiscretas y la falsa información que había filtrado a la prensa acerca de su padre, no se había ganado su confianza.
Brenna cogió el petate, lo dejó junto al lavabo y golpeó la puerta.
—Blake, aquí está tu bolsa. He pensado que la podrías necesitar.
El murmuró algo que pudo o no ser un «gracias». Brenna se apartó de la puerta, pues supuso que él no la abriría mientras ella estuviera allí. ¿Acaso creía que intentaba verlo desnudo y todavía mojado de la ducha? ¡Pues no, ella no necesitaba tener esa imagen en su cabeza! De repente, los pechos se le pusieron turgentes, y los pezones, duros, ansiando el tacto de un hombre. El tacto de Blake. ¿Qué experimentaría si la adusta boca de Blake los lamiera y los chupara? La mano de Brenna se dirigió hacia el pomo de la puerta del lavabo y la retiró con rapidez.
Ya tenía bastante con que su cuerpo se excitara cada vez que miraba a los ojos gris plata de Blake. Ceder a un intenso afán de lujuria era lo último que necesitaba en aquellos momentos. Durante todo el tiempo que Blake vivió con ella y su padre, Brenna estuvo perdidamente enamorada de él, salvo cuando lo odiaba por aguantar a todas aquellas chicas del instituto pendientes de todo lo que decía. Ya entonces, Brenna sabía que lo que a ellas les atraía era su peligrosa apariencia. ¿A él no le molestaba saber que, aunque deseaban verse con él a escondidas, ninguna de ellas habría querido verlo en la entrada principal de su casa?
Brenna estaba convencida de que una de aquellas chicas le había enseñado a Blake aquel parque junto a la carretera. Claro que ella no tenía celos. Bueno, quizás un poco; pero el sexo apasionado sobre una mesa de picnic no era, precisamente, una de sus fantasías.
El chasquido del pestillo de la puerta del lavabo la hizo regresar al presente, mientras Blake entraba en la habitación rodeado de una nube de vapor. Llevaba la camiseta blanca pegada al torso, remarcando sus bien moldeados músculos. Era evidente que se había comprado los vaqueros más por comodidad que respondiendo a los dictados de la moda. Su tejido de algodón suave y descolorido le sentaba bien, y el agujero en la zona de la rodilla hacía que pareciera más accesible.
Sin embargo, y muy a su pesar, lo que la hizo ser más consciente de él como hombre fueron sus pies descalzos. Había algo en un hombre descalzo que ella siempre había encontrado muy sexy.
Blake se dispuso a ponerse los calcetines y los zapatos.
—Paguemos la cuenta y larguémonos de aquí. Cuanto menos tiempo pasemos en un lugar, mejor. También tenemos que cambiar de coche, porque resulta muy fácil seguir la pista de un coche alquilado.
—Buen plan. —Brenna cogió las bolsas en las que guardaba el camisón de hospital y las cuatro cosas que Blake le había comprado—. Ya hablaremos después.
Blake no pareció sentirse muy contento con la propuesta, pero no protestó.
—Eso, ya hablaremos.
Los dos dieron una última ojeada a la habitación para asegurarse de que no se dejaban nada. Brenna se dispuso a abrir la puerta de la habitación, pero Blake se lo impidió.
—Pero piensa una cosa, Brenna.
— ¿Qué?
—Antes de que empieces a formular preguntas, asegúrate de querer oír las respuestas. —Blake salió de la habitación.

Las luces parpadearon por tercera vez durante algunos minutos. Jarvis se estremeció, aunque la frialdad del ambiente no se debía por completo a la profundidad de la caverna en la que se encontraba. La noche había sido larga, y todavía no había terminado. De momento, la barrera funcionaba al cien por cien, pero lo más probable era que aquello cambiara pronto.
Al menos, habían tenido tiempo suficiente para llevarse a los heridos y los muertos. Se rumoreaba que les habían enviado comida caliente, pero seguramente el rumor no era más que el reflejo de un deseo. En aquel momento, él se conformaría con una de esas comidas preparadas que el ejército utilizaba como raciones de combate, o incluso con un sándwich de mantequilla de cacahuete y gelatina. Un poco de agua estaría bien, pero un café caliente estaría mucho mejor.
—Señor, ya hemos trasladado al último difunto al cuartel general para el tratamiento.
El guardia parecía sumamente joven y serio. Hasta que lo mirabas a los ojos. Durante los dos últimos días había visto suficiente acción para que su mirada no volviera a parecer joven nunca más.
— ¿Cuántas bajas ha habido?
Jarvis se apoyó en la pared de la caverna. Se sentía tan cansado que no le importaba si podía volver a enderezarse otra vez.
—Dos de los nuestros han muerto y media docena han resultado gravemente heridos.
Teniendo en cuenta la cantidad de los Otros que habían cruzado la barrera, esta cifra resultaba milagrosamente baja.
—Di a tus hombres que descansen durante las próximas cuatro horas. Nosotros nos encargaremos de la primera guardia.
—Sí, señor.
Quizá sus compañeros paladines no estuvieran conformes con su decisión, pero tenían más aguante que los guardias, quienes eran totalmente humanos. Si la barrera volvía a fluctuar como un maldito faro, necesitarían que los guardías estuvieran descansados y listos para entrar en combate.
Cuando el guardia quedó fuera del alcance del oído, Jarvis sacó su radio y se puso en contacto con el cuartel general. Las interferencias hicieron que Jarvis soltara una ristra de maldiciones. Ningún aparato electrónico funcionaba bien tan cerca de la barrera.
Las interferencias se interrumpieron el tiempo suficiente para que Jarvis oyera una voz.
— ¿Dónde demonios están los refuerzos que nos prometieron? —exigió Jarvis.
Sólo oyó alguna que otra palabra de la respuesta, y no eran buenas noticias. Los refuerzos tardarían días en llegar, no horas. Jarvis sintió deseos de arrojar la radio contra la pared de la caverna.
—Sí, señor, lo comprendo. También comprendo que usted y los demás nunca se toman esta falla en serio. Un día nuestras defensas cederán y entonces tendremos suerte si vivimos lo suficiente para comunicarles que ya se lo habíamos dicho.
Jarvis pulsó con rabia la tecla de desconexión antes de que el regente pudiera ofrecerle más excusas. Ya las había oído todas antes y hacía décadas que no creía todo lo que le decían. La falla de New Madrid podía no tener el glamur y la gloria de la falla del Pacífico, pero era igual de peligrosa. Jarvis estaba harto de ver a sus compañeros paladines morir una y otra vez y hacía casi cinco años que sus vacaciones no duraban más de tres días seguidos.
Siempre podía pedir un traslado. Seguramente, los mandos locales, cansados de sus continuas peticiones de refuerzos estarían contentos de verlo marchar. Sin embargo, él ya era muy mayor y estaba demasiado cerca del final de su viaje a la locura para aprender la resonancia de una nueva sección de barrera o para memorizar unos túneles de acceso distintos.
Jarvis se enderezó y se dirigió por el túnel hasta donde estaba apostado el siguiente paladín. Ignoró la hilera de Otros muertos y sus rostros crispados por el último dolor de saber que no habían encontrado refugio en este mundo. Generaciones y generaciones de paladines habían rechazado la constante amenaza de invasión de los Otros sin saber qué empujaba a los grises guerreros a atravesar, en oleadas suicidas, la barrera.
Y sin que les importara saberlo.
Jarvis se acercó con cautela al paladín. Todos tenían los nervios a flor de piel por tanta lucha y tanta muerte. Un paso en falso por su parte, y su camarada blandiría la espada primero y preguntaría después.
Jarvis se sacó un par de barritas de cereales del bolsillo de su pantalón de batalla.
—He pensado que te gustaría tomar algo hasta que llegue la comida.
—Gracias.
El cansado guerrero cogió la barrita sin perder de vista la barrera.
—Les he dicho a los guardias que se vayan a dormir un poco. —Jarvis abrió el envoltorio de su barrita y la mordió. Sabía a serrín, pero le quitó el sabor cobrizo de la batalla—. Estaremos solos durante otro par de días.
—Ya me lo imaginaba.
—Se lo diré a los demás.
Jarvis continuó su recorrido por el túnel y repitió la conversación en cada una de las paradas que realizaba. Cuando finalizó el recorrido y regresaba a su puesto, tuvo que esforzarse para dar los últimos pasos. La frustración y el cansancio, que le llegaba hasta la médula de los huesos, le estaban consumiendo sus últimas fuerzas.
El joven guardia lo esperaba en su puesto.
—Creí haberles dicho que se fueran a descansar.
—Sí, señor, lo hizo; pero pensé que era mejor esperar a que todos ustedes comieran. He enviado comida caliente a todos los paladines. Cuando hayan terminado de comer nos retiraremos como usted nos ha ordenado, señor.
Los dos sabían que debería haber acatado sus órdenes de inmediato, pero también sabían que Jarvis no estaba en disposición de quejarse. A veces, la relación entre los paladines y los guardias era tensa, pero un combate de veinticuatro horas seguidas constituía un buen recordatorio de que estaban todos en el mismo bando.
—Gracias.
—Su comida llegará dentro de dos minutos. —Estupendo.
Jarvis se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared y estiró las piernas. Sintió un gran alivio al poder descansar los pies, aunque el áspero suelo de la caverna no era nada cómodo. Comería y, después, realizaría otra ronda por los túneles.
Y, cuando la barrera se hubiera estabilizado, los de arriba le iban a oír por el desastre de los dos días pasados. Los paladines no eran unos malditos superhéroes. También podían resultar heridos, sangraban y morían. A veces, para siempre. Una cosa era enviarlos en inferioridad numérica contra los invasores cuando la barrera se apagaba de una forma inesperada, pero pedir continuamente lo imposible a los que quedaban en pie era injusto e insensato.
—Aquí está su comida, señor.
Jarvis cogió la bandeja y respiró, agradecido, el rico aroma. Al menos, alguien de arriba había hecho algo bien. Se puso a comer como si aquélla fuera la última vez. El tiempo que había pasado allí, en primera línea de la guerra secreta entre su mundo y la oscuridad del otro lado de la barrera, le había enseñado a comer deprisa; porque una comida caliente era algo muy raro que no había que desaprovechar.
Estaba a punto de comerse el postre, cuando uno de los paladines lo llamó.
— ¡Eh, Jarvis, mira esto! Lo he encontrado junto a uno de los Otros muertos.
Una piedra del tamaño de una canica voló por los aires. Jarvis la cogió con un movimiento de la muñeca y la sostuvo entre los dedos índice y pulgar. La piedra azul de múltiples caras captó la luz y la proyectó en todos los colores del arco iris. Nunca había visto nada parecido. Tenía que enseñárselo a Trahern. Ciertos rumores muy extraños habían llegado a sus oídos procedentes de Seattle.
De repente, la tarta de manzana perdió su atractivo. Y, aunque, de todos modos, se la comió, no la disfrutó, pues sabía que el rastro de muerte que Trahern había estado siguiendo conducía directamente a su territorio.

—Quiero irme a casa. ¡Necesito ir a casa!
Trahern se esforzó en ser paciente. Ya le había dicho a Brenna un par de veces que ir a su casa no constituía un plan inteligente; pero ella no atendía a razones. Lo más probable era que quien quisiera verla muerta mantuviera su casa bajo vigilancia. Esto es lo que él habría hecho si estuviera en su lugar.
Desayunaron en un restaurante de comida rápida. Todavía no habían hablado, de modo que esta cuestión aún pendía sobre sus cabezas. Pero Brenna ya no aguantaba más. Había llegado la hora de enfrentarse a ciertos hechos fríos y duros. Sin previo aviso, Trahern cruzó los carriles de la calle de un lado a otro para girar a la izquierda. Su repentina maniobra hizo que varios conductores tuvieran que pisar a fondo el freno y que Brenna gritara con sobresalto; pero, a Trahern, nada de esto le importó. Estaba casi seguro de que nadie los seguía y, si alguien lo hiciera, su maniobra revelaría su presencia.
Aparte de unas cuantas miradas hostiles, nadie parecía sentir gran interés por ellos. Estupendo.
— ¿A qué ha venido eso? —Brenna se había enojado—. ¿Estás loco? ¡Podrías habernos matado!
Trahern le lanzó una mirada desdeñosa.
—Te has salido con la tuya, Brenna. Te llevo a casa.
Ella entrecerró los ojos intentando adivinar sus auténticas intenciones.
—Dijiste que era demasiado peligroso.
Por lo visto, Brenna no confiaba en él. Chica lista.
—Así es, pero tú no me crees. Además, quieres conocer la verdad y te la voy a enseñar.
Circularon inmersos en un silencio cargado de enojo mientras Trahern tomaba una ruta indirecta hacia la casa del juez. Al final, entró en una calle situada a una manzana de la casa de Brenna y aparcó el coche.
— ¿Por qué te paras aquí?
—Porque, si vamos a entrar por la puerta principal, podríamos parar antes en la tienda de deportes y comprar un par de dianas para colgárnoslas de la espalda. Pero, si vamos por el callejón de atrás, tendremos más probabilidades de éxito.
Brenna arrugó el ceño mientras reflexionaba sobre sus palabras y decidía si creerlo o no.
— ¿No estarán vigilando también el callejón?
—Buena pregunta. Y, por esta misma razón, tú esperarás en el coche hasta que averigüe dónde nos metemos. Cuando me haya asegurado de que la vía está libre, regresaré a por ti.
Trahern le tendió su teléfono móvil y las llaves del coche.
—Si no he regresado dentro de veinte minutos, lárgate a toda velocidad y telefonea a Jarvis. Su número está en el modo de marcación rápida. Quizá no pueda venir enseguida, pero sabrá qué hacer para mantenerte a salvo.
—Ten cuidado.
—Lo tendré. Tú quédate en el coche y estate preparada para salir a todo gas. —Pero...
Trahern sorprendió a Brenna y se sorprendió a sí mismo estampándole un rápido beso en los labios. Podía decirse a sí mismo que ésta era la forma más rápida que tenía de hacerla callar, pero en el fondo sabía que eso no era cierto. Antes de que pudiera enderezarse para salir del coche, Brenna lo agarró por los hombros y lo acercó más a ella. Sus ojos verdes se oscurecieron mientras se humedecía los labios con la punta de su lengua.
— ¿Qué...? —preguntó Trahern con la misma pasión que percibía en Brenna.
—He esperado muchos años a que me besaras a conciencia. Y, aunque el beso de ayer no estuvo mal, sospecho que puedes hacerlo mejor.
Trahern soltó un gruñido y apoyó los labios en los de Brenna. Ella le rodeó el cuello con los brazos e inclinó la cabeza a un lado para que sus labios encajaran mejor con los de él. Entonces él le mordisqueó el labio inferior y su lengua se encontró con la de ella.
El atrevimiento de Brenna sorprendió a Trahern. Sus dedos se entrelazaron en los cabellos de Trahern y gimió en señal de aprobación mientras él la llevaba a su regazo por encima de la consola del coche. El codo de Trahern golpeó el volante del coche recordándole dónde estaban y qué tenían entre manos.
Aunque deseaba intensamente terminar lo que habían empezado, Brenna se merecía algo mejor que ser manoseada en el asiento delantero de un coche. Cuando hiciera el amor con ella, si es que llegaba el momento, no sería un revolcón rápido en un lugar donde cualquiera que pasara pudiera verlos.
Trahern interrumpió el beso y acercó la mano a la manija de la puerta. —Volveré.
Ignorando la expresión de frustración de Brenna, Trahern salió del coche a la radiante luz del día. Deseó haber cogido las gafas de sol, pero no pensaba volver a entrar en el coche hasta que su testosterona hubiera descendido a un grado manejable.
El vecindario era tranquilo, el tipo de vecindario en el que las ancianitas pasaban los días sentadas junto a la ventana tomando nota de quién segaba la hierba los domingos o de si pasaba algún desconocido por allí. Si dedicaba mucho tiempo a observar el terreno, lo más probable era que alguien llamara a la policía. Claro que esto significaba que al enemigo le resultaría igual de difícil merodear por allí.
Trahern cruzó una calle secundaria hasta el callejón que comunicaba con el patio trasero de la casa del juez. Los setos altos que le ofrecían protección harían lo mismo con cualquiera que esperara atrapar a Brenna cuando ella regresara a su casa. Trahern comprobó que podría alcanzar su pistola con facilidad en un momento de apuro.
Habían reemplazado la antigua puerta del jardín, pero no habían puesto ninguna cerradura. Una cadena con un candado no habría evitado que entraran intrusos, pero al menos los habría entretenido. Incluso un perro habría constituido cierta protección, pues habría montado un escándalo cuando manipularon el coche del juez.
Pero todo esto era agua pasada. Cuando la casa volviera a constituir un lugar seguro, él se aseguraría de que Brenna dispusiera de un sistema de seguridad de alta tecnología.
El pestillo de la verja crujió con suavidad cuando Trahern lo descorrió. Dejó la puerta abierta de par en par, por si tenía que salir a toda prisa, y cruzó con rapidez el jardín trasero y el porche carbonizado hasta la puerta trasera de la casa.
Tras observar con atención el perímetro del jardín, Trahern utilizó la llave que había cogido del bolso de Brenna. ¿Se habría preguntado ella cómo iba a entrar él en la casa? Seguramente no, lo cual constituía otra prueba de su candidez. Bueno, esto estaba a punto de terminar para siempre. Brenna nunca estaría segura, a menos que supiera y aceptara que su padre andaba metido en otras cosas aparte de estar sentado en un estrado dictando sentencias.
En el interior de la casa, el ruido sordo del aire acondicionado invadía el espacio del silencio. La casa parecía abandonada. Los cuencos del desayuno estaban sobre la encimera de la cocina, donde Brenna y su padre los habían dejado. El resto de leche que quedaba en el fondo de los cuencos olía a agrio y los pocos copos de cereales que quedaban se habían secado en los bordes.
La policía había dejado un caos a su paso. Brenna odiaría saber que alguien había registrado todos los cajones y armarios de la casa y quizás incluso su cómoda, en la planta de arriba. La idea de que un policía torpe hubiera hurgado entre la ropa interior de Brenna hizo que Trahern deseara darle un puñetazo a alguien.
Cerró los puños y deseó tener un cuello a mano para estrangularlo. Recorrió con rapidez las distintas habitaciones y vio que todas estaban muy desordenadas. ¿Qué habían estado buscando? ¿Y quién lo había hecho? La policía habría registrado la casa en busca de pruebas para identificar al asesino, pero era poco probable que hubieran sido tan minuciosos en su búsqueda, pues el ataque había tenido lugar en el exterior.
Sin duda, alguien andaba buscando los archivos del juez, no los archivos de los casos judiciales que tenía a su cargo. Un escalofrío le recorrió la espalda a Trahern. Esperaba que el juez hubiera escondido sus archivos en un lugar en el que a nadie se le hubiera ocurrido mirar.
Trahern salió de la casa. Cuanto más tiempo tardara en regresar al coche, más probabilidades habrían de que Brenna decidiera ir a buscarlo contraviniendo sus órdenes. Dobló la esquina justo a tiempo de ver cómo ella salía del coche. Trahern recorrió los últimos metros que lo separaban de ella a toda prisa mientras refunfuñaba y se disponía a soltarle un sermón.
Sin embargo, antes de que pudiera empezar a hablar, ella le tendió el móvil.
—Jarvis quiere que lo llames lo antes posible. Me ha dicho que es importante.
Trahern soltó un gruñido y pulsó la tecla de Jarvis. El teléfono sonó media docena de veces y después se desvió al buzón de voz. Si Jarvis tenía tanta prisa en hablar con él, ¿por qué no respondía a la llamada? Debía de estar en los túneles, bajo tierra, donde la recepción era malísima. Trahern soltó un «Llámame» en el auricular y cortó la comunicación. —Vamos.
Cogió a Brenna por el brazo y se dirigió a la casa.
Brenna se soltó y se detuvo.
— ¿Qué te pasa? —le preguntó a Trahern.
—Nada, a menos que cuente intentar mantenerte fuera de la línea de fuego mientras tú no paras de resistirte a mi ayuda.
Si su forma de explicarse no resultaba muy amable, no le importaba. Nunca nadie le había ofrecido ningún premio por ser encantador.
—Si me dieras explicaciones en lugar de órdenes, quizá cooperaría un poco más.
Brenna levantó la barbilla. Su gesto resultó gracioso, pero no especialmente intimidador. Por otro lado, calmó el enojo de Trahern, aunque lo tentó a volver a besarla.
—Mira, sólo quiero que entremos en la casa. Aquí fuera estamos muy expuestos.
Trahern avanzó un par de pasos. Y se alegró de que ella hiciera lo propio.
Cuando llegaron al jardín trasero de la casa, Trahern la apremió para que atravesara deprisa el porche y la zona de los setos chamuscados. Ella atravesó el jardín prácticamente corriendo y, a menos que él se equivocara, iba llorando mientras corría. Una vez en el interior de la casa, Brenna se quedó inmóvil con la mirada clavada en los dos cuencos que había junto al fregadero. Trahern deseó haberlos metido en el lavaplatos, pero ya era demasiado tarde.
—No quise prepararle huevos para desayunar porque el médico le había dicho que tuviera cuidado con el colesterol. Así que su última comida consistió en unos simples cereales fríos.
Una lágrima solitaria le resbaló por la cara y cayó sobre su camiseta.
Trahern apoyó la mano en el hombro de Brenna en un torpe intento por consolarla.
—Te preocupabas por tu padre porque lo querías. Y él lo sabía.
Brenna se sorbió la nariz y utilizó el dobladillo de la camiseta para enjugarse las lágrimas.
—Vamos, Brenna. Yo daré un vistazo por aquí abajo mientras tú embalas algunas de tus cosas.
Trahern la empujó con suavidad hacia el salón, desde donde se accedía a la planta de arriba. Mientras tanto, él montaría guardia en la planta baja.
— ¿Por qué no me puedo quedar en mi casa? —Brenna formuló la pregunta con poco entusiasmo, como si, en el fondo, ya hubiera aceptado que no podía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar.
—Volverás cuando sea un lugar seguro. —Lo cual podía no llegar a suceder nunca, pero eso él no pensaba decírselo. En cualquier caso, aún no.
Brenna subió las escaleras arrastrando los pies. Cuando desapareció de la vista, Trahern inspeccionó la planta baja para comprobar el grado de meticulosidad del registro de la policía. No tardó mucho en darse cuenta de que habían registrado hasta el último rincón. ¿Qué sabían o sospechaban para registrar la casa tan a fondo?
Trahern decidió esperar hasta que Brenna bajara, antes de examinar los escondites secretos de su padre. Cuando ella se enterara de que su padre había llevado una doble vida, se sentiría traicionada en muchos aspectos. La única forma de que creyera lo que él le contara era que encontrara las pruebas por sí misma.
Oyó a Brenna caminar en la planta de arriba y sus pasos resonaron en el silencio de la casa. Él siempre había considerado que aquella casa era cálida y acogedora. Generaciones y generaciones de familias habían vivido y muerto entre sus sólidas paredes de ladrillo, dejando su huella en la desgastada madera y en las diversas reformas realizadas a lo largo de los años.
Ahora, la mancha de la violencia lo había cambiado todo y la casa parecía vieja y triste. Trahern deslizó la mano por la chimenea de mármol y disfrutó del tacto suave y frío de este material. En la repisa, había una hilera de fotografías familiares de distintos tamaños y le sorprendió ver que él aparecía en una de ellas.
Trahern no pudo resistir la tentación de cogerla. El juez sonreía mientras rodeaba los hombros de Brenna con un brazo y apoyaba la otra mano en la espalda de Blake. En el preciso momento en que Maisy tomó la fotografía, Brenna reía por algo que su padre había dicho. A aquella edad, Brenna intentaba mantener los labios cerrados cuando sonreía, pero en aquella ocasión reía con ganas y sus aparatos de ortodoncia reflejaban la luz del atardecer.
¿Había sido él tan inocente como ella en alguna época de su vida? Por lo que recordaba, no. Al menos, seguro que no después de haber cumplido cinco o seis años. La vida sabía cómo hacer que un hijo de una madre prostituta que no sabía cuál de sus clientes la había dejado embarazada pronto dejara de ver la vida de color de rosa. A Trahern lo habían acusado alguna vez de ser un frío hijo de puta sin corazón. Y era verdad.
Cerró los ojos y rememoró la noche que el padre de Brenna lo invitó a vivir con ellos. Nunca había entendido qué había visto el juez más allá de la amargura y la ira de aquel adolescente huraño y víctima de malos tratos para creerse capaz de redimirlo. En aquella época, Trahern era más un animal fiero que un ser humano y apenas lograba sobrevivir en las calles. Sin embargo, entre la severa pero justa disciplina del juez y Maisy, el ama de llaves que mimaba a Blake con sus galletas, consiguieron aplacar, poco a poco, su necesidad de golpear a cualquiera que se le acercara. Blake deslizó los dedos por la fotografía. Echaba de menos al juez y a Maisy.
—A mi padre le encantaba esta fotografía. Siempre quiso que tú te la quedaras.
La voz suave de Brenna lo sobresaltó hasta el punto de que casi se le cayó la fotografía al suelo. Blake volvió a dejarla sobre la repisa con cuidado. ¿Cómo había conseguido Brenna acercarse a él sin que se diera cuenta?
—Cuando desapareciste, yo me enfadé mucho, pero mi padre nunca se molestó. Se sentía orgulloso de lo mucho que habías cambiado mientras viviste con nosotros. —Brenna tocó el rostro de su padre en la fotografía—. Él creía mucho en las segundas oportunidades.
—Y en las terceras... Y en las cuartas.
En más de una ocasión, el juez lo había convencido para que le diera al colegio otra oportunidad. Si había aprendido algo del juez, era que un hombre no podía cambiar su pasado, pero en cambio sí podía elegir su futuro.
Y ahora se veía obligado a cambiar la imagen que Brenna tenía de su padre. Ella odiaría saber que el juez había guardado secretos que no había compartido con ella. Aún más, Brenna odiaría descubrir que su padre había compartido su vida secreta con Blake. Por desgracia, él no podía explicarle la realidad de la muerte de su padre y, al mismo tiempo, conseguir que ella lo comprendiera y lo perdonara. Además, no era momento para dar largas a la verdad.
Blake respiró hondo y miró a Brenna directamente a los ojos.
—Brenna, esto no te va a gustar, pero la policía tiene razón. A tu padre no lo mataron por su labor como juez. Lo mataron por mí.
Ella retrocedió como si Blake la hubiera abofeteado y empalideció de golpe.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:22 pm

5


Brenna se dejó caer en un sillón. ¿Qué intentaba decirle Blake? ¿Que a su padre lo mataron porque conocía a Trahern? ¿En qué había involucrado Blake a su padre?
Brenna apretó los puños mientras la invadía una rabia intensa.
—Explícate. Pero, si implicaste a mi padre en algo ilegal, yo misma te denunciaré a la policía, Trahern.
Él meneó la cabeza disgustado.
—Muy bien, Brenna, piensa siempre lo peor de mí.
Su reacción a la amenaza de Brenna la enfureció.
— ¿Qué se supone que debo pensar después de la pequeña bomba que acabas de dejar caer?
Trahern se acuclilló hasta quedar a la altura de Brenna. Ella no quería que le suavizara las cosas, sólo que le contara la verdad.
—Empieza por el principio. —Brenna se cruzó de brazos.
—Está bien, pero prométeme que escucharás todo lo que tengo que decir antes de empezar a formular preguntas, o nunca acabaremos con esto.
—Está bien.
—Conocí a tu padre cuando me acusaron de atacar a un agente de policía. Por aquel entonces, yo vivía en las calles y aquel policía me fastidiaba siempre que podía. Cuando se ponía bravucón conmigo, yo me defendía, pero no fui yo quien estuvo a punto de matarlo. Por desgracia, a sus compañeros no les importaba que el muy cerdo tuviera por costumbre meterse con los que eran más débiles que él. Cuando me arrestaron, algunos de sus compañeros se pasaron con las técnicas de interrogatorio.
—Vd. tus morados —susurró Brenna.
—Sí, bueno, mis heridas se curan rápido, así que no sufras. Además, seguro que tu padre les hizo pagar por aquello.
—Entonces fue cuando te invitó a vivir con nosotros.
La severa boca de Trahern se suavizó y sus fríos ojos grises se volvieron unos grados más cálidos.
—No, entonces fue cuando me ordenó que me mudara a vivir con él o que permitiera que las autoridades se hicieran cargo de mí hasta que cumpliera los dieciocho años. El muy listo no me dejó otra alternativa.
Esto encajaba con la forma de ser de su padre. Por otro lado, su padre había conocido a cientos de delincuentes juveniles a lo largo de los años y no se había llevado a ninguno de ellos a su casa. ¿Qué hacía que Blake Trahern fuera diferente?
—A tu padre le costó convencerme de que podía confiar en él y que me sintiera cómodo viviendo en un lugar como éste. —Blake contempló la habitación con una mirada tan seria que Brenna se preguntó qué aspecto tenía la habitación a través de sus ojos—. Comer todos los días fue un gran incentivo para que me quedara con vosotros.
—Y las galletas de canela de Maisy.
Blake asintió con la cabeza.
—Tu padre me mantuvo atado corto hasta que estuvo razonablemente seguro de que no me escaparía. No sé quién se sorprendió más cuando traje buenas notas a casa. Yo me puse al día de todo lo que se enseña en los colegios en menos de un año.
La historia iba a durar más de lo que ella había esperado. Brenna dio un leve empujón a Blake y le hizo perder el equilibrio.
—Siéntate, Blake, me duelen las piernas de verte en esta posición durante tanto tiempo. No me siento cómoda viéndote así.
Su reacción sorprendió a Blake, pero él le hizo caso y se apoyó en un sillón cercano antes de proseguir con la narración.
—Una noche me hizo entrar en la biblioteca para presentarme a dos hombres. —Blake miró a Brenna a los ojos, como si la retara a dudar de lo que le iba a contar a continuación—. Aquella noche descubrí lo que soy en realidad.
— ¿Y qué eres? —lo apremió ella.
—Un paladín, como los dos hombres que tu padre me presentó. Jarvis era uno de ellos.
¿Un paladín? ¿No era esto una especie de caballero?
—Hace doce años Jarvis debía de ser poco más que un muchacho.
Blake entrecerró los ojos.
— ¿Qué edad crees que tiene ahora?
—Veintitantos, quizá treinta.
—Ya ha cumplido los cuarenta y cinco.
—No puede ser. No, a menos que se haya hecho un montón de operaciones de cirugía plástica o algo así—contestó Brenna.
—Lo que lo hace parecer tan joven es el «algo así» de tu afirmación. La mayoría de nosotros maduramos hasta alcanzar la apariencia física de un macho adulto en excelente forma. Más o menos, la correspondiente a los treinta años. Después, el proceso de envejecimiento físico avanza muy lentamente. En realidad, sólo cambiamos cada vez que morimos. Y lo hacemos a peor.
Blake hablaba como si él y Jarvis fueran de otra especie y la muerte tuviera un significado distinto para ellos que para el resto de los humanos. Si no estuviera tan serio, ella se habría echado a reír.
—Blake, lo que dices no tiene sentido. —Quizá pudiera conducirlo de vuelta al asunto que les concernía—. Me estabas contando algo acerca de que mi padre te presentó a Jarvis.
Blake asintió con la cabeza:
—Te dije que te costaría creerlo, Brenna, pero te estoy contando la verdad. Una verdad que he jurado mantener en secreto, igual que tu padre.
¡Aquello era demasiado!
— ¡Mi padre no era un paladín o como quiera que te llames! El era un juez. Eso es todo.
—Yo no he dicho que tu padre fuera un paladín, sino que realizamos el mismo juramento de silencio. Tu padre era un regente. —Blake sostuvo la mano en el aire, paralela al suelo—. En el nivel superior, están los regentes. Ellos son los administradores y dirigentes de toda la organización. —Blake bajó un poco la mano—. A continuación están Investigación e Intendencia. Investigación es como un departamento médico de alta tecnología. Los mandamases de esta sección son los tutores, que son los médicos encargados de curar a los paladines que resultan heridos o muertos durante las batallas. Intendencia es como la rama militar. Ellos envían a los guardias humanos, quienes actúan como recurso de seguridad y refuerzo, y envían a los paladines a donde sean necesarios.
Blake volvió a bajar la mano.
—Al final están los paladines. Nosotros actuamos más como comandos que como soldados. Aunque tal vez el término «guerreros» resultaría más apropiado. Tu padre era un regente, y gracias a él me uní a los otros paladines.
El orgullo que Blake experimentaba era incuestionable. Lástima que ella no creyera ni una palabra de lo que le estaba contando. Brenna no conseguía aceptar aquella idea tan rocambolesca.
—Cuéntame más cosas.
Él la complació.
—Los paladines nacemos con una serie de genes inusuales que nos permiten luchar en una guerra que se remonta hasta donde alcanza la memoria. Una barrera separa nuestro mundo del otro. Se trata de una especie de frontera compartida de dos dimensiones. La mayor parte del tiempo, la barrera mantiene a los dos mundos totalmente separados, pero en algunos lugares es más frágil. Sobre todo a lo largo de las fallas, como la de New Madrid y la de San Andrés, y cerca de los volcanes, como los que hay a lo largo de la costa del Pacífico. Cada vez que se produce un ligero terremoto o un volcán empieza a escupir lava, la barrera puede sufrir daños.
—La verdad, Blake, deberías haberme contado que te ganabas la vida escribiendo novelas de ciencia ficción. Blake frunció el ceño:
—Tú querías la verdad, Brenna, y yo te la estoy contando. —No, tú me estás contando historias disparatadas y esperas que me las crea. Nadie podría haber mantenido en secreto a un grupo como el del que tú me hablas todo este tiempo. Además, ninguna de estas disparatadas afirmaciones tiene nada que ver con la razón por la que mi padre ha muerto.
Brenna se dispuso a levantarse del sillón. Sin embargo, con más rapidez de la que ella creía posible, Blake se puso de pie y colocó las manos en los brazos del sillón de Brenna obligándola así a permanecer sentada y escucharlo.
—Cuando las barreras se apagan, Brenna, los seres del otro mundo se dispersan por el nuestro. Vienen armados con espadas y cuchillos y luchan a muerte. Nuestro trabajo consiste en devolverlos a su mundo y matar a los que se niegan a hacerlo.
—Esto me suena a uno de esos fantasiosos videojuegos tan de moda en los últimos años —declaró Brenna, sin ocultar su enojo e incredulidad.
—Créeme, Brenna, cuando uno de esos bastardos te clava la espada en el vientre y la hace girar, no es ninguna fantasía. —Blake se levantó la camiseta y le mostró varias cicatrices—. Las heridas siempre son sumamente dolorosas; pero, como nací para esto, vuelvo a blandir mi espada y regreso al subsuelo para proteger la barrera. Sin hombres como Jarvis o como yo, el mundo en el que vives se estaría ahogando por toda la inmundicia que los locos de los Otros traen consigo.
Blake guardó silencio, sin duda esperando que ella cediera y aceptara su extraña historia. ¡Pues bien, tendría que esperar un buen rato!
Después de un largo silencio, Blake retomó su relato.
—Yo sirvo en la zona del noroeste del Pacífico, en el área de Seattle. Hace poco, a un amigo mío lo mataron y, antes de que cogiéramos al que iba tras él, estuvieron a punto de hacerlo una segunda vez. El traidor era un guardia local, pero murió antes de que pudiéramos averiguar quién le pagaba. Resultaba evidente que recibía ayuda de alguien situado en un escalafón más alto de la organización.
Brenna levantó la mirada hacia el techo.
— ¿Y por qué no esperasteis a que reviviera para preguntárselo?
—Porque el guardia era un humano, no un paladín. Nuestra constitución genética nos permite revivir de lo que sería una muerte permanente para un ser humano, pero él murió y sigue muerto.
—Tú no. ¡Bien por ti y por tu amigo!
Brenna apartó el brazo de Blake para levantarse y, en esta ocasión, él se lo permitió.
—De bien nada, Brenna.
Blake cruzó la habitación y contempló la calle a través de la ventana. Aunque se lo veía tranquilo, Brenna percibió las oleadas de frustración que despedía su cuerpo.
—Que me creas o no depende de ti, pero me pediste que te explicara la verdad y eso es lo que estoy haciendo. Le conté a tu padre que sospechábamos que alguien estaba pactando ilegalmente con el enemigo. Lo telefoneé a él porque era el único regente en el que yo confiaba por completo. Y, al cabo de unos días, estaba muerto.
Sus palabras reflejaban, de forma incuestionable, su dolor.
—Tu padre debió de esconder sus notas o archivos donde estaba convencido de que tú o yo los encontraríamos. Cuando los encontremos, buscaremos un lugar seguro donde esconderte mientras doy caza a los hijos de puta responsables de su muerte.
Ella no estaba dispuesta a permitirle que la dejara de lado mientras él se enzarzaba en una especie de vendetta. Además, aunque a ella también le gustaría vérselas con los asesinos de su padre, confiaba en el sistema legal.
—Entregaremos a la policía cualquier prueba que encontremos, Blake. Mi padre así lo habría querido.
—A tu padre no lo mataron unos criminales comunes, Brenna. Si así fuera, después de asegurarme de que te encontrabas bien, yo habría vuelto a desaparecer. Pero demasiadas cosas apuntan a que nos encontramos frente a una grave conspiración que tiene su origen en el seno de los regentes.
— ¿Me estás diciendo que, durante todos estos años, mi padre supo dónde estabas y nunca me lo contó?
Blake asintió con la cabeza.
— ¿Y que vivía una doble vida que me ocultaba?
La dura mirada de Blake se suavizó.
—Te la ocultaba por tu propia seguridad, Brenna. Te quería demasiado para querer verte envuelta en el mundo en que él y yo vivíamos.
Brenna odiaba todo lo que Blake le estaba contando. Todas y cada una de sus palabras. Y, todavía peor, tenía miedo de que le estuviera contando la verdad. Al menos, tal y como él la veía. Su padre había sido un hombre honorable que creía en los valores tradicionales, como el honor, la verdad y la protección de los débiles y los inocentes. Era exactamente el tipo de hombre que, de haber creído que existía una amenaza real, se habría unido a una organización secreta para salvar al mundo.
Brenna sintió dolor en el corazón. Perdió a su madre siendo muy pequeña y su padre se esforzó mucho para cumplir con ambos papeles para ella. Los dos habían estado tan unidos como podían estarlo un padre y una hija y hablaban de cualquier cosa sin tapujos. El hombre que ella había conocido no habría tenido secretos para ella.
No, a menos que hubiera realizado un juramento, uno que considerara tan sagrado como el que le había permitido pasar de fiscal a juez. Aunque ella deseaba negarlo con todas sus fuerzas, una vocecita en su interior insistía en que debía confiar en Trahern; por mucho que él afirmara que ella nunca había conocido de verdad a su propio padre.
Ignorando la punzada de dolor, Brenna tomó una decisión.
— ¿Qué andamos buscando?
—Algo pequeño. Un disquete, quizás, o unos papeles con anotaciones. —Blake miró a Brenna—. Supongo que seguía confiando más en el lápiz y el papel que en los ordenadores o las agendas electrónicas.
El recuerdo de aquella pequeña debilidad de su padre hizo brotar una sonrisa pasajera en el semblante de Brenna.
—Al final se decidió por los lápices portaminas. Y ambos consideramos que su decisión constituía un auténtico progreso.
La leve sonrisa de Trahern alivió la tensión que reinaba entre ambos.
—Si estaba preocupado o se sentía amenazado, debió de guardar la información en un lugar que tú o yo conociéramos pero que la policía pasaría por alto.
Brenna reflexionó sobre aquella cuestión.
—Esto eliminaría su despacho. Y yo también desecharía su dormitorio. Los dos considerábamos que el dormitorio era un lugar privado y personal.
Blake asintió.
—Parece lógico. Entonces, ¿prefieres la cocina o esta habitación?
—Empezaré por la cocina. Creo que reconocería algo que no perteneciera a ella con más facilidad que tú.
—Sólo podemos quedarnos una hora. Dos, a lo sumo. Tenemos que estar fuera antes de que empiece a anochecer. Encender las luces podría atraer una atención que no deseamos.
—De acuerdo. Si me necesitas, llámame.
Brenna odiaba, ODIABA, sentirse como una intrusa en su propia casa.
Una vez fuera del alcance de aquellos ojos grises que veían demasiado, Brenna se permitió flaquear. Más que cualquier otra cosa, deseaba rebobinar su vida y conseguir que todo aquello desapareciera, pero esto resultaba imposible. Había llegado la hora de ponerse manos a la obra.
Brenna empezó en la esquina de la cocina más cercana a la puerta y, poco a poco, examinó todos los cajones y armarios de la habitación, separando incluso los platos apilados. Se dio cuenta de que alguien, seguramente la policía, ya había registrado aquella habitación. ¡Imbéciles! ¿Cómo se atrevían a actuar como si su padre tuviera algo que ocultar?
Claro que..., según Blake, sí que lo tenía.
Mientras registraba la nevera, Brenna sacó todos los productos que habían caducado. Después de introducirlos en una bolsa, se dispuso a sacarla al cubo de la basura que había en el exterior, pero antes de haber dado dos pasos al aire libre, Blake tiró de ella hacia el interior de la casa.
— ¡Maldita sea, Brenna! ¿No me has oído o qué? Acabas de ponerte a tiro de cualquiera que estuviera vigilando la casa. —Blake le quitó la bolsa de la basura de un tirón—. ¡Y, para colmo, te pones a limpiar la nevera! ¿Y por qué no publicas un anuncio en los periódicos informando de tu paradero?
A Brenna no le gustaba que la mangonearan, pero Blake tenía razón. Mientras murmuraba una disculpa, volvió a entrar en la cocina dejando que Blake se encargara de la basura.
Blake se reunió con ella un minuto más tarde.
— ¿Has encontrado algo?
—No.
Brenna siguió hurgando en el cajón de los utensilios de cocina. Maisy habría odiado todo aquel desorden. ¡Dios, cómo echaba de menos a aquella mujer quisquillosa y de corazón cálido!
—Yo tampoco he encontrado nada —declaró Blake—. Si tu padre dejó algo en el salón, o alguien se lo ha llevado o el lugar donde lo escondió no resulta tan obvio como para que yo lo encuentre.
—Aquí no hay nada que esté fuera de lugar, a menos que haya algo encima de la nevera. Todavía no he mirado ahí arriba.
Trahern lo hizo por ella.
—Aquí no hay nada. —Blake pasó el dedo por encima de la nevera y lo sostuvo en alto para que Brenna lo viera—. Yo diría que nadie ha pasado la mano por aquí en mucho tiempo. Maisy le habría cantado las cuarenta a la mujer de la limpieza por esto.
—Era una mujer especial, ¿no crees? —Resultaba agradable compartir los recuerdos que conservaba de Maisy con alguien que la comprendía—. No he conocido a ninguna mujer tan dura y, al mismo tiempo, con un corazón tan grande como ella.
Blake sonrió.
—A mí me daba un miedo terrible. En todos los años que llevo luchando con armas blancas, no he visto a nadie manejar un cuchillo ni la mitad de bien que ella.

Brenna sabía que Blake estaba exagerando, pero el cariño que reflejaba su voz era auténtico.
—Sí, recuerdo la primera vez que la abrazaste. Creí que tendríamos que llamar a una ambulancia para que la ingresaran en un hospital.
—Sí, bueno, sólo lo hice por las galletas.
Sí, Maisy lo había atiborrado de dulces desde el primer día que llegó y todos se sintieron muy sorprendidos al ver a Trahern demostrar su cariño hacia alguien por primera vez en su vida. Su gesto había constituido un momento decisivo en su evolución. Brenna se preguntó si Blake lo sabía.
—Será mejor que registremos otra habitación antes de que se nos acabe el tiempo.
Blake salió de la cocina y Brenna lo siguió.

El móvil de Blake vibró por tercera vez en menos de quince minutos. Blake suspiró y lo sacó de su bolsillo. Esperaba que se tratara de Jarvis, pero el número tenía el prefijo del área de Seattle.
—Bañe, espero que sea algo importante. Te dije que te llamaría cuando tuviera algo que valiera la pena.
La voz de la mujer al otro lado de la línea sonó divertida.
—Si no puedes distinguir a Devlin de mí, Trahern, será mejor que pida a los tutores de St. Louis que te envíen de vuelta a casa.
— ¿Qué ocurre, doctora, no tiene suficientes paladines de cabeza hueca en Seattle que la mantengan ocupada?
Blake no necesitaba una gallina clueca que cuidara de él. Y menos aún con Brenna pendiente de todas sus palabras; aunque ella hacía ver que examinaba los cojines del sofá.
Laurel se rió de la ocurrencia de Blake. Se la veía sumamente feliz desde que había iniciado su relación con Devlin Bañe, lo cual bastaba para que cualquier hombre adulto sintiera ganas de vomitar... y despertara también sus celos.
—Si Devlin no logra mantenerla ocupada, ¿por qué no se va a jugar con su mascota, o sea, el Otro? ¿O alguien ha mostrado el suficiente sentido común para matarlo?
Blake sabía que la doctora no apreciaría su comentario, pero no le importaba. Él había nacido y crecido para odiar a los Otros. Los paladines de Seattle se sentían rabiosos porque ella había acogido a uno de los Otros, pero, como cualquier perro callejero, lo más probable era que en lugar de agradecerle el gesto acabara mordiéndola. Y todo porque aquel individuo le había salvado la vida.
—Deja a Barak al margen de todo esto. Sabes que tienes que informarme con regularidad, Blake Trahern, y no he sabido nada de ti desde hace casi dos días.
—He estado ocupado.
—Eso no es excusa. La única razón por la que los tutores de St. Louis no están siguiendo tus pasos todo el día es que les prometí que estarías en contacto conmigo.
Cualquier señal de buen humor había desaparecido de la voz de Laurel, recordándole que era capaz de manejar al peor de los paladines, él incluido.
—Está bien. La mantendré informada.
El silencio que se produjo al otro lado de la línea hablaba por sí solo. Al final, Laurel suspiró.
— ¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—Blake...
La advertencia era clara.
Blake maldijo, por enésima vez, la existencia de los móviles.
—Por aquí, la barrera ha estado fluctuando como un maldito yoyó, así que, ¿cómo cree que me encuentro? No estoy tan sintonizado con ella como solía, pero sigo sintiéndola tanto como para estar más irascible de lo normal. Aunque, teniendo en cuenta que no he dormido más de una noche entera en una semana, lo llevo bastante bien. Al menos, de momento no he matado a nadie. —La honestidad hizo que Blake añadiera—: Si bien he estado a punto de hacerlo un par de veces.
Los dos sabían que su capacidad de controlar su temperamento constituía un hecho crucial para su existencia.
—Me alegra oír que mantienes el control, Blake. —La doctora debió de sentirse satisfecha con la explicación de Blake, porque cambió de tema—. Por cierto, ¿cómo se encuentra la hija de tu amigo?
Blake percibió un movimiento por el rabillo del ojo.
—Tengo que dejarla, doctora. La llamaré mañana.
Blake cortó la comunicación antes de que Laurel pudiera añadir nada más, aparte de soltar un soplido.
— ¿Era uno de tus amigos paladines?
—No.
Brenna lo miró con desagrado.
—Tú quieres que confíe en ti, pero no me lo pones muy fácil al no responder ni a una simple pregunta.
—Antes respondí a tus preguntas, pero tú no me creíste.
Blake se dio la vuelta y simuló registrar la colección de CD del juez. Actuaba como un imbécil, pero no quería explicar a Brenna su relación con Laurel Young. ¿Cómo se sentiría si supiera que su doctora tenía miedo de que anduviera por ahí solo debido al peligro real de que cruzara la línea y se convirtiera en un loco asesino?
—Pensé que te gustaría saber que he terminado de registrar el comedor. ¿Quieres examinar tu antiguo dormitorio mientras yo examino el mío?
—De acuerdo. Tendríamos que irnos, más o menos, dentro de media hora.
Seguramente le debía una disculpa a Brenna, pero ella ya había salido de la habitación. Quizá fuera mejor así. La llamada de Laurel le había recordado todas las razones por las que debía mantenerse alejado de Brenna. El beso que le había dado en el coche había sido un error monumental. Un error que daría cualquier cosa por volver a cometer.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:23 pm

6


Blake se dirigió a su antiguo dormitorio, situado en la planta baja. No sentía añoranza por muchas cosas, pero aquella habitación representaba para él el primer refugio que había tenido en su vida. Los primeros años de su existencia le habían enseñado a no apegarse a nada que alguien más grande, más malvado o más fuerte que él le pudiera arrebatar.
Una oleada de familiaridad lo invadió al entrar en el dormitorio. Todo seguía igual. Cuando se marchó de Seattle doce años atrás, sólo se llevó su ropa y algunos libros. El resto de sus pertenencias estaban, exactamente, donde él las había dejado.
Nada más terminar su formación como paladín, le ofrecieron elegir el destino al que deseaba ser asignado. Seattle constituyó su opción preferida por dos razones: la primera era su proximidad a una falla principal y a varios volcanes, lo que prometía mucha acción. En aquella época, la aventura lo atraía; y la segunda, no por ello menos importante, era que Seattle era lo más lejos que podía estar de Brenna. Por aquel entonces, él tenía dieciocho años, apenas cuatro más que ella, pero la diferencia entre ellos en cuanto a experiencia era abismal.
A los catorce años, Brenna era una chica dulce, amable y extremadamente brillante. Sus grandes ojos verdes miraban el mundo con tanta curiosidad como inocencia. Y, con demasiada frecuencia, esos mismos ojos seguían todos los movimientos de Blake.
Él, por su parte, ya había visto más maldad de la que la mayoría de las personas experimentaban en toda una vida. Blake se fue de casa de los Nichols no porque no le importara si con ello hacía daño o no, sino porque ellos le importaban demasiado.
Y ahora, ahí estaba, exactamente donde había empezado.
Unos cuantos tacos bien escogidos aliviaron la necesidad urgente que sintió de darle un puñetazo a la pared. Cuando empezó a registrar la habitación, lo primero que notó fue que el cubrecama estaba torcido. Podía tratarse de otro ejemplo de que el servicio no realizaba bien su trabajo, pero Blake no creía que ésta fuera la razón. Aunque se notaba que la habitación no estaba habitada, alguien había sentido la necesidad de registrarla.
Fuera quien fuera, debía de sentirse desesperado, pues había perdido el tiempo registrando sus viejos libros escolares. Por otro lado, si esa persona se había preguntado cuál era su relación con Brenna, ahora lo sabría. Claro que esto no importaba mucho. El doctor Vega y las enfermeras sabían cómo se llamaba y debieron de comunicárselo a la policía cuando Brenna desapareció del hospital.
Blake deslizó las manos por debajo del borde del colchón y lo levantó. Nada. Lo mismo obtuvo del registro de los cajones de la cómoda y la mesita de noche, lo cual sólo le dejaba el armario. Nada más abrir la puerta de éste, un recuerdo lo hizo sonreír. Tenía un escondite que ni siquiera los sabuesos mejor entrenados habrían encontrado.
Blake cogió la manta y la almohada de repuesto de la estantería del armario y los dejó encima de la cama. A continuación, sacó la estantería y la barra de colgar la ropa, lo que le permitió retirar el tablón que les hacía de soporte. Cuando vivía allí, había colocado bisagras en el tablón para poder retirarlo con facilidad y acceder al pequeño escondrijo que había practicado en la pared.
Allí solía guardar su dinero y una caja de condones para evitar que Maisy los descubriera cuando limpiaba la habitación. No le había hablado a nadie de la existencia de aquel escondrijo; pero el juez debió de descubrirlo, porque Blake encontró en el agujero un sobre enrollado de gran tamaño.
Arrastró una lámpara hasta el armario para poder examinar mejor el interior. Existía la posibilidad de que quien hubiera registrado la habitación le hubiera dejado allí una desagradable sorpresa. Blake contempló el sobre sin tocarlo, pero no pudo leer lo que había escrito en él. Sin agallas, no había éxito. Blake sacó el sobre de un tirón y lo dejó caer al suelo. Como no explotó ni se produjo ningún tictac, Blake volvió a cogerlo.
Iba dirigido a Blake Trahern y su nombre estaba escrito en una caligrafía que le resultaba familiar. Blake empezó a abrirlo, pero cambió de opinión. Si aquél era el último mensaje del juez, Brenna se merecía estar con él cuando lo leyera. Quizá las palabras de su padre la convencerían de que Blake le había contado la verdad y de que corría un grave peligro.
Blake volvió a colocarlo todo en el armario con rapidez, por si los anteriores intrusos decidían regresar. Cuando la habitación volvió a estar como la había encontrado, fue en busca de Brenna. Había llegado la hora de salir por piernas. Cuando estuvieran en la habitación de un hotel distinto al anterior, averiguarían qué había descubierto el juez para que le costara la vida. Blake sintió náuseas al pensar que había sido él quien había involucrado a su amigo en aquel asunto.
Subió de dos en dos los escalones que conducían a la planta superior, pues lo apremiaba la necesidad de salir de allí. Encontró a Brenna de pie frente a la puerta del dormitorio de su padre, llorando a lágrima viva.
— ¿Brenna?
Blake se había preguntado, anteriormente, cuándo la golpearía la realidad de la muerte de su padre.
Brenna no le respondió al momento; pero, al final, se volvió hacia él.
—Siento como si tuviera que llamar a la puerta antes de entrar. ¡Menuda estupidez!, ¿no? —Brenna apoyó la mano en la manija de la puerta—. Pero uno de nosotros tiene que registrar su dormitorio y supongo que esa persona soy yo. —Cuando la puerta se abrió, Brenna soltó un grito ahogado—. ¡Dios mío!, ¿qué ha ocurrido aquí?
Blake la hizo a un lado y entró en la habitación. Parecía como si un tornado hubiera desplegado toda su furia en el interior. Los libros estaban desgarrados y esparcidos por el suelo. El colchón medio colgaba de la cama y alguien había volcado los cajones de la cómoda. Quien hubiera registrado la habitación, lo había hecho en un auténtico ataque de ira.
Brenna pasó junto a Blake. Las lágrimas habían dado paso a la rabia y la determinación.
— ¡Quiero hacer daño a quien ha hecho esto, Blake!
—Levantó los puños en alto—. ¡Quiero hacerle daño de verdad!
Él también. Daría caza a aquellos cabrones y los mataría con sus propias manos, pero no sin antes hacerlos sufrir por haber desgarrado la vida de Brenna. El juez Nichols siempre supo que una de sus dos profesiones podía hacer que alguien volcara su furia sobre él, pero Brenna no tenía nada que ver con todo aquello, y los asesinos pagarían por ello.
Blake apoyó la mano en el hombro de Brenna.
—Brenna, no sé si te servirá de consuelo, pero no encontraron lo que andaban buscando.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó ella.
—Porque teníamos razón. Tu padre escondió los documentos en un lugar donde uno de nosotros pudiera encontrarlos.
Blake sostuvo en alto el sobre permitiendo que Brenna viera la letra de su padre.
Mientras reseguía el nombre de Blake con la punta del dedo, ella pareció sentirse aún más deprimida.
— ¿Quieres decir que los escondió donde tú pudieras encontrarlos, no yo?
¡Maldición, no había pensado en aquel hecho desde aquel punto de vista!
—Esto sólo significa que tu padre descubrió mi escondrijo.
—El sobre va dirigido a ti, Blake. —Los ojos de Brenna eran lo más triste que Blake había visto jamás.
¡Maldición! Seguramente, el juez consideró que aquel material era confidencial y que no debía leerlo nadie que no estuviera relacionado con los regentes. Aun desde la tumba excluía a su hija.
El único medio del que disponía Blake para aliviar el sufrimiento de Brenna era sacarla de la casa, cargada de recuerdos.
—Tenemos que irnos. Coge tus cosas.
Blake la agarró del brazo y la arrastró fuera de la habitación. Quizá la impresión que había sufrido la hiciera entrar en razón.
Brenna le lanzó una mirada airada y soltó.
—No llevo muy bien lo de acatar órdenes, y menos si proceden de tu persona.
—Pues peor para ti, pero ya llevamos aquí demasiado tiempo.
El estado en que habían encontrado el dormitorio del juez lo preocupaba seriamente. Si el loco que lo había hecho regresaba en aquel preciso instante, nadie sabía lo que podía ocurrir. Blake podía sobrevivir a casi cualquier tipo de ataque, pero Brenna era mucho más vulnerable que él. Blake la cogió en volandas y se la cargó al hombro.
— ¡Blake Trahern! ¡Déjame ahora mismo en el suelo!
Blake ignoró los puños que lo golpeaban en la espalda. Junto a la puerta del dormitorio de Brenna había una maleta.
— ¿Esto es todo lo que te llevas?
— ¡Tú qué crees, imbécil!
Blake tuvo que realizar malabarismos para coger la maleta sin soltar el sobre y a Brenna y, a continuación, bajó las escaleras. Brenna había dejado de resistirse, pero él sabía que, en cuanto la soltara, armaría un escándalo. La mirada de Blake captó un movimiento a través de una de las ventanas de la fachada principal.
— ¡Maldita sea! —Dejó a Brenna en el suelo—. Tenemos compañía, Brenna. Coge la maleta y esto —declaró mientras le entregaba el sobre—. ¿Tienes las llaves del coche?
Ella asintió mientras contemplaba cómo un coche aparcaba frente a la casa.
—Son los detectives que me interrogaron en el hospital.
—Es probable que ellos destrozaran el dormitorio de tu padre. Sal por la cocina y no mires atrás. Me aseguraré de que te alejas sin problemas y después te seguiré. Si puedo.
—Pero...
— ¡Vete, Brenna! —Blake le lanzó el móvil—. Si no me he reunido contigo cinco minutos después de que hayas llegado al coche o si oyes disparos, aléjate de la zona a toda velocidad. Cuando estés segura de que nadie te ha seguido, telefonea a Devlin Bañe, en Seattle, y cuéntale lo ocurrido. Está en la lista de marcación rápida. Puedes confiar en él.
Brenna fue tan lista para sentirse asustada y dirigirse a la puerta de la cocina.
—No te pongas a tiro por mí, Blake. Si alguien tiene que darte una paliza, seré yo por llevarme como un saco de patatas.
—Estoy deseando verlo, guapa. —Blake sonrió y la besó con fuerza y rapidez antes de que ella pudiera protestar. A continuación, la volvió hacia la salida—. ¡Vete ahora que aún puedes!
Brenna se volvió hacia él justo antes de salir por la puerta. — ¡Ten cuidado, Blake!
Él esperó junto a la puerta de la cocina, desde donde podía vigilar el porche delantero y el jardín trasero al mismo tiempo. Brenna se había tomado en serio sus órdenes y cruzaba el jardín a todo correr. Le concedería un par de minutos antes de seguirla, aunque sabía que, si lograban escapar, sería por los pelos. Los detectives ya habían salido del coche y se dirigían al porche.
Blake miró hacia atrás y vio que Brenna tenía problemas con la puerta de la valla.
—Vamos, cariño, tú puedes. Son sólo los nervios los que te hacen actuar con torpeza.
Brenna necesitó dos intentos más para abrir la puerta, pero él le conseguiría todo el tiempo que necesitara para escapar. Aunque esto significara utilizar otra de sus vidas. Blake oyó el ruido de una llave en la cerradura de la puerta principal y desenfundó la pistola.

— ¡Maldita sea, Trahern, contesta el teléfono!
Jarvis recorrió su despacho de un extremo al otro por quinta vez en otros tantos minutos.
Una voz automatizada le informó de que el número solicitado estaba fuera de cobertura. Jarvis cortó la comunicación y le dio una patada a la papelera, la cual se estrelló contra la pared desperdigando por el suelo las bolas de papel que contenía. Aquel pequeño acto de violencia lo complació, aunque tendría que comprar una papelera nueva. En general, los regentes se mostraban generosos y proporcionaban a los paladines todo lo que necesitaban, pero la rotura continuada de papeleras estaba mal vista.
Tenía que estar de regreso en los túneles al cabo de dos horas. Y la posibilidad de contar con una buena comunicación cerca de la barrera era casi nula. Jarvis introdujo la mano en el bolsillo delantero de su pantalón y sacó la piedra azul. Le gustaba su tacto suave, pero odiaba el enigma que representaba. Había buscado por Internet y no había encontrado nada parecido ni por su color ni por sus otras características, lo cual confirmaba su sospecha de que procedía del otro lado de la barrera. La única pregunta era por qué la piedra había llegado hasta allí y el instinto le indicaba que Trahern conocía la respuesta.
Nadie había comentado nada en concreto, pero algo había sucedido recientemente en Seattle y los regentes estaban nerviosos. La ausencia de datos no había evitado que los que habían oído los rumores especularan largo y tendido sobre lo ocurrido. ¡Caray, si hasta alguien había insinuado que los paladines de Seattle habían adoptado a uno de los Otros como mascota!
Cuando Jarvis se enteró de esta idea, se echó a reír. En todo lo relacionado con sus enemigos del lado oscuro, Blake Trahern era un asesino implacable. Él sería el último en permitir que uno de los Otros se moviera por ahí de una pieza. Tenía que tratarse de una de esas leyendas urbanas que había tomado vida propia.
Decidió volver a intentar comunicarse con Trahern. Mientras buscaba en la lista de contactos, alguien llamó a la puerta de su despacho. Jarvis se metió el móvil en el bolsillo y contestó:
— ¡Adelante!
Un hombre que le resultaba familiar, y desagradable al mismo tiempo, apareció en el umbral. ¿Qué hacía Ritter merodeando por el puesto de mando de los paladines? Ritter era un regente y, normalmente, no se alejaba de su moderno edificio de oficinas en St. Louis. Quisiera lo que quisiera, seguro que no era nada bueno. Jarvis no se levantó. No tenía sentido hacer creer a Ritter que era bienvenido.
Se reclinó en la silla, entrelazó los dedos de las manos y contempló a su visitante.
—Señor Ritter, ¿qué le trae por aquí?
Ritter se sentó.
—He oído que la batalla ha sido especialmente ardua y quería ver cómo estaban los muchachos. El juez Nichols solía estar al corriente de los asuntos de los paladines. Su muerte ha dejado un vacío inmenso en la organización. —Ritter se encogió de hombros levemente, como queriendo mostrar su aflicción por la muerte prematura de su compañero—. He creído oportuno tomar el relevo.
Lo último que necesitaban en aquellos momentos era un regente husmeando por todas partes.
—Estaré encantado de enviarle una copia de mi informe diario por correo electrónico, señor. —Cualquier cosa, con tal de quitarlo de en medio.
—Eso sería estupendo, Jarvis, y aprecio su idea. Sin embargo, hasta que nombren a alguien para asumir las responsabilidades del juez Nichols, considero que una fuerte presencia de los regentes es necesaria para recordar a los paladines que todo funciona correctamente dentro de la organización. No queremos que crean que no nos preocupa su bienestar.
Su sonrisa enfureció a Jarvis. Ritter era sincero como un zorro. Con Trahern dedicado a una misión vengativa, los Otros que dejaban misteriosas piedras azules en los túneles y las oleadas de pequeños terremotos que se venían produciendo, lo último que Jarvis necesitaba era a un regente entrometido.
— ¿Sabe cuándo tomará posesión del cargo el nuevo regente? —preguntó Jarvis.
Ritter se quitó una pelusa del puño de la chaqueta de su traje antes de contestar.
—La junta directiva de los regentes está trabajando duro en este asunto, pero los progresos son lentos. Muchos de mis compañeros se sienten profundamente afectados por el atentado contra el juez Nichols y se preguntan si ellos podrían ser los siguientes. Hasta que descubramos por qué lo asesinaron, ninguno de nosotros se sentirá seguro.
—Creí que la policía estaba investigando sus casos judiciales en busca de sospechosos. —No es que él creyera ni por un segundo que fueran a encontrar a un ex presidiario loco que quisiera vengarse del juez.
Ritter se reclinó en su silla y miró fijamente el techo durante varios y largos segundos antes de volverse hacia Jarvis.
—Lo que le voy a decir no debe ser difundido, Jarvis, pero hay indicios de que no todo va bien en la organización. Yo, personalmente, considero muy sospechoso que un guardia fuera asesinado en Seattle. Según tengo entendido, Trahern está implicado en aquel suceso. Después asesinan a un regente aquí, en St. Louis y, ¿quién aparece por el hospital, si no Blake Trahern? Después está la cuestión de la desaparición de la señorita Nichols en extrañas circunstancias. Creo que la policía estaría muy interesada en cualquier información que usted pudiera tener sobre el actual paradero de Trahern y la señorita Nichols.
Jarvis flexionó las manos para aliviar la punzante necesidad de saltar por encima de la mesa y estrangular a Ritter. Cualquier insinuación en el sentido de que Trahern había matado al juez era imperdonable, a menos que Ritter dispusiera de pruebas fehacientes que respaldaran su acusación. Y, si los regentes dispusieran de esas pruebas, ya habrían mandado a todos los tutores de la zona a darle caza y ejecutarlo allí donde lo encontraran.
La forma de expresarse de Ritter, intercalando indirectas e insinuaciones con halagos hacia la persona con la que hablaba, resultaba poco digna de confianza.
En aquel momento, Ritter observaba a Jarvis como una araña que espía a una presa potencial para decidir desde qué dirección abalanzarse sobre ella.
Jarvis lanzó a Ritter una mirada inescrutable.
—No tengo ni idea de dónde se encuentra Trahern en estos momentos, y lo mismo le digo respecto a la señorita Nichols. Sin embargo, usted ya sabe que la relación entre Blake Trahern y el juez Nichols proviene de mucho tiempo atrás. Estoy seguro de que usted también tiene amigos que acudirían a apoyarle en momentos de apuro.
Jarvis consultó su reloj y se levantó.
—Detesto ser brusco, pero tengo cosas que hacer. Debo estar de vuelta en los túneles en poco más de una hora.
Ritter se puso de pie a desgana.
—Espero que tenga una noche tranquila. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de cruzar el umbral—. Supongo que no tengo que recordarle, Jarvis, que por encima de todo está su deber para con la organización de los regentes como conjunto. Si Trahern está involucrado en algo que pueda poner en peligro nuestra misión, su obligación es asegurarse de que alguien lo detenga. ¿Está claro?
—Sí, señor. Tengo muy claras cuáles son mis obligaciones. —Jarvis sostuvo la mirada de Ritter—. Ahora, si me disculpa...
Jarvis le dio la espalda y simuló estar interesado en un montón de expedientes que había en una estantería, detrás de su escritorio. Esperó hasta oír el chasquido de la puerta al cerrarse y volvió a sentarse en la silla. Decidió aplazar la llamada a Trahern, por si Ritter realizaba una maniobra infantil, como regresar con la excusa de haber olvidado algo para ver si Jarvis telefoneaba de inmediato a Trahern para informarlo de su conversación.
Pero no, Ritter encajaba más con el tipo que ordenaría que colocaran micrófonos ocultos en el despacho de Jarvis. Pues bien, podía intentarlo. Algunos de los mejores expertos en informática eran paladines. Les advertiría de sus sospechas. Jugar al gato y al ratón formaba parte del tipo de vida que llevaban.
Llamar a Trahern tendría que esperar hasta que estuviera camino de los túneles. Esperaba que su amigo no estuviera implicado en todo aquel jaleo. Su intuición le indicaba que algo no iba nada bien, pero que Trahern no era la causa. Al contrario, su amigo de mirada fría podía ser la salvación. ¡Que Dios los ayudará!

Blake le había dicho que le concediera sólo cinco minutos desde que llegara al coche. El plazo ya había concluido. Brenna giró la llave de contacto y el motor se puso en marcha.
Puso la primera y se separó del bordillo de la acera esperando que Blake apareciera. El miedo a que le hubiera pasado algo dejó un sabor amargo en su boca. ¿Qué había ocurrido? ¿Lo habían capturado? ¿Estaba sangrando o muerto en algún lugar?
Bajó las ventanillas por si Blake la veía y gritaba para llamar su atención, pero cuando pasó junto a la calle que conducía al callejón de su casa, el único ruido que oyó fueron varios estallidos sordos. ¡Disparos! ¡Oh cielos, procedían de donde estaba su casa! Las órdenes de Blake habían sido muy concretas: tenía que largarse de allí y telefonear a su amigo de Seattle.
Una mujer inteligente haría lo que él le había indicado confiando en que Blake se salvaría a sí mismo. Pero ¿cómo podría vivir si lo dejaba morir sin intentar ayudarlo? Unas imágenes de Blake muerto o moribundo en el jardín de su casa bastaron para que diera marcha atrás y tomara la calle secundaria. Los neumáticos chirriaron y Brenna soltó una maldición. ¡Bien por su intención de actuar con sigilo!
Se oyeron más disparos y Brenna consideró su decisión, pero ya era demasiado tarde para retroceder. El callejón era muy estrecho y lo único que podía hacer era conducir por el centro. Conforme se acercaba a la verja de su casa, Brenna redujo la marcha. Había dejado la puerta del jardín abierta para ahorrarle a Blake uno o dos segundos, pero él no estaba a la vista. ¿Qué podía hacer si él había quedado atrapado en el interior de la casa? ¿Debería aparcar el coche y entrar en su busca? No; si lo hacía, seguramente ofrecería otro blanco a los tiradores y sólo complicaría la situación.
Brenna sacó la cabeza por la ventanilla e intentó ver qué ocurría en la casa. Percibió un movimiento a través de la ventana de la cocina, pero fue muy rápido y no pudo identificar a la persona que lo había realizado. ¿Intentaban los detectives acorralar a Blake en la cocina?
Cuando el coche sobrepasó el final de la valla, un hombre apareció dando traspiés por detrás de un garaje, dos casas más allá. El hombre agitaba los brazos para llamar la atención de Brenna. Su repentina aparición hizo que ella soltara un grito y frenara de golpe. El coche se detuvo a escasos centímetros de Blake, quien, con una mancha de un color rojo intenso en el hombro, se tambaleaba. Brenna abrió la portezuela con rapidez para salir del coche.
Blake se acercó al coche dando traspiés y gruñó:
— ¡Vuelve a entrar! Me siguen de cerca.
Blake, prácticamente, se derrumbó dentro del coche mientras hacía un gesto de dolor. El sudor le resbalaba por la cara mientras intentaba contener la hemorragia con una mano.
— ¡Sácanos de aquí!
Brenna pisó el acelerador.
¿Adonde podía ir? Hasta que detuviera la hemorragia de Blake y él se cambiara la camisa, había que descartar un hotel. Incluso en los moteles sórdidos y baratos estaba muy mal visto que los clientes se desangraran en las sábanas. Esta idea la hizo reír tontamente, lo cual fue un indicio de lo cerca que estaba de sufrir un ataque de histeria.
Mientras conducía, mantuvo un ojo vigilante en el espejo retrovisor para comprobar que nadie los seguía. De momento, la calle se veía vacía a lo largo de varias manzanas.
Cuando llegó a una carretera principal, se acordó del pequeño parque en el que se había cambiado de ropa. Allí dispondrían de intimidad mientras examinaba la herida de Blake y le aplicaba unos primeros auxilios.
Si Blake no recobraba pronto la conciencia, pediría ayuda a Jarvis o al amigo de Seattle que había mencionado antes. Devlin Bañe estaba demasiado lejos para ofrecerles ayuda inmediata, pero quizá podría decirle si podía confiar en Jarvis para que se ocupara de Blake.
Blake gimió con suavidad cuando tomaron una curva y Brenna vio la entrada del parque, que estaba un poco más adelante. Cruzó los dedos para que nadie hubiera elegido aquel momento para dar un paseo por el parque del amor. Tuvieron suerte; el parque estaba desierto. Brenna siguió el camino que conducía a la solitaria mesa de picnic y aparcó el coche.
Blake se estremeció e intentó abrir los ojos. — ¿Dónde...?
—Estamos realizando otra visita a tu mesa de picnic favorita, Blake. —Brenna salió del coche y corrió al otro lado—. Quería oír más cosas sobre tus aventuras de juventud.
No estaba segura, pero creyó percibir una sonrisa en la cara de Blake. El murmuró algo que sonaba a «astillas», lo cual era más información de la que Brenna quería oír.
Brenna tiró del brazo sano de Blake intentando sacarlo del coche.
—Vamos, Trahern, tengo que ver si tu herida es grave o no.
Blake parpadeó mirando a Brenna. —No importa. Me habré curado dentro de un día; dos, a lo sumo.
—Nadie se cura tan deprisa, muchachote.
—Nosotros sí. Pregúntaselo a Jarvis o a Devlin Bañe. —Su rostro adquirió una extraña expresión mientras se inclinaba hacia Brenna y susurraba—: ¿Sabes una cosa? Todo el mundo cree que yo soy el tipo más duro, pero Devlin podría vencerme en un abrir y cerrar de ojos.
Blake intentó sin éxito chasquear los dedos para demostrar su afirmación.
Brenna se apoyó en la puerta abierta del coche y volvió a intentar levantar a Blake del asiento.
—Puedes contarme lo que quieras sobre lo duro que eres cuando estés sentado en la «Mesa de picnic en memoria de Blake Trahern».
Blake tuvo el valor de reírse de ella.
— ¿Estás celosa, Brenna? Si quieres, podemos darnos un magnífico revolcón encima de la vieja mesa. Yo estoy a punto.
El inadvertido doble sentido de su expresión hizo que volviera a sentirse mareado.
—Lo siento, pero mi idea de pasar un buen rato no incluye a alguien desangrándose encima de mí. Vamos, chico, sal del coche.
Brenna necesitó de todas sus fuerzas para levantar a Blake del asiento. Él intentó ayudarla, pero su gran altura hacía que Brenna perdiera el equilibrio cada vez que él se apoyaba en ella.
Cuando, tras grandes esfuerzos, llegaron a la mesa, Brenna lo ayudó a sentarse en el banco. —Quédate aquí.
Brenna volvió corriendo al coche para coger el botiquín de primeros auxilios que él había comprado para vendarle el brazo a ella. Unas cuantas gasas y un poco de esparadrapo no parecían gran cosa en comparación con toda la sangre que empapaba su camisa, pero serviría. Cuando Brenna regresó junto a Blake, él se estaba desabotonando la camisa con una sola mano, pero sus intentos por ayudar constituían más un estorbo que otra cosa.
Brenna dejó el botiquín encima de la mesa y le quitó la camisa por el hombro. No podía dejarla por allí, pues si alguien la encontraba y se lo comunicaba a la policía podría ocasionarle a Blake y a ella serios problemas. Quitarle la camiseta, que ahora era más roja que blanca, le resultaría todavía más difícil.
—Dame tu cuchillo.
Brenna cortó varias tiras de la camisa de Blake para sujetar las gasas sobre la herida.
Consiguió no mirar directamente la herida hasta que terminó de sacarle la camiseta. La mayor parte de la sangre estaba en la tela de algodón y Brenna le limpió la que le quedaba en el cuerpo lo mejor que pudo. Entonces quedó al descubierto un agujero profundo en la parte alta del hombro de Blake. Debía de resultar muy doloroso, pero él parecía insensible al dolor.
—Primero limpiaré la herida.
Brenna vertió un poco de agua mineral en un par de gasas y dio unos toquecitos con ellas en la herida. Blake la agarró por la muñeca y la obligó a presionar con más fuerza.
—No puedes hacerme daño, Brenna. Los paladines tenemos una tolerancia muy alta al dolor.
Ella lo habría creído si él no tuviera los labios tan apretados que había empalidecido en las comisuras. Pero Blake tenía razón, ella no le hacía ningún favor con sus débiles esfuerzos. Brenna vertió agua en la herida abierta y Blake soltó un gruñido de dolor. Después de limpiar la sangre seca, la herida quedó lo más limpia que Brenna pudo conseguir; de modo que aplicó sobre ella una espesa capa de pomada antibiótica.
Lo único que quedaba por hacer era taparla con más gasas que inmovilizaría con las tiras de la camisa. Cuando hubo terminado, Brenna hurgó en el petate de Blake en busca de otra camisa. Ponérsela sin rozarle la herida requirió cuidado y esfuerzo. Blake intentó ayudarla, pero Brenna le dio unos golpecitos en las manos para que las apartara.
Después, recogió los restos de la ropa de Blake y los envoltorios de las gasas. Quizá se le estaba contagiando la paranoia de Blake, pero no dejaría ningún rastro que demostrara que habían estado en el parque.
—Muy bien, te llevaré hasta el coche.
Blake se levantó medio tambaleándose y casi hizo que los dos perdieran el equilibrio.
—Lo siento —murmuró, mientras se apoyaba en la mesa para recuperarse.
—No te preocupes.
Tal vez se aferraba desesperadamente a una leve esperanza, pero a Brenna le pareció que Blake caminaba con más seguridad conforme avanzaban hacia el coche.
Cuando estuvo sentado en el asiento del copiloto, Brenna se inclinó sobre él para abrocharle el cinturón de seguridad. El cuerpo de Blake despedía mucho calor, pero ¿no era demasiado pronto para que se hubiera iniciado un proceso infeccioso? Brenna esperaba que esto no ocurriera, si no tendría que buscar ayuda médica. Sin embargo, cualquiera que viera el agujero de bala tendría que informar de ello a la policía, y ellos no querían que esto sucediera. Al menos no hasta que averiguaran quiénes eran los buenos y quiénes los malos.
Brenna se sentó en el asiento del conductor y se preguntó cómo era posible que los dos policías no los hubieran alcanzado. Había oído varios disparos. ¿Los habría matado Blake? ¡Cielos, esperaba que no!
—Blake, ¿cómo puede ser que nos deshiciéramos de la policía con tanta facilidad?
Blake se volvió levemente hacia ella y abrió los párpados. El color gris plata de sus ojos se oscureció cuando percibió la verdadera pregunta que reflejaban los de ella.
—Yo disparé a los neumáticos de su coche. Ellos me dispararon a mí.
Blake, con una dura expresión en todas sus facciones, se volvió para mirar por la ventanilla.
—Siento todo esto, Blake. Parece que cada vez te ves más implicado en mis problemas.
Se hizo un silencio que duró varios minutos.
—No tiene importancia. De haber sido necesario, los habría matado sin titubeos ni remordimientos.
Sus palabras la impresionaron.
—No lo dirás en serio.
Blake suspiró con una expresión firme y sombría en la mirada.
—Cariño, he matado tantas veces que dos cadáveres más no habrían tenido importancia para mí. Eso es lo que hago, lo que soy.
En esta ocasión, cuando Blake apartó su mirada, Brenna se sintió aliviada.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:24 pm

7


Brenna condujo hacia el oeste por la carretera 44 durante varios kilómetros antes de elegir un motel al azar. El aparcamiento estaba lleno de coches y camiones, así que los empleados estarían demasiado ocupados para prestarles atención.
Después de pagar su estancia en efectivo, Brenna llevó el coche hasta la entrada de la habitación. Había pedido una en la planta baja y en la trasera del edificio para que el coche no se viera desde la carretera.
Necesitó varios intentos para despertar a Blake y sacarlo del coche y vio que había vuelto a sangrar.
—Vamos, Blake, tengo que cambiarte el vendaje.
El apartó las manos de Brenna.
—Esta herida no me matará. Y, si lo hace, no permaneceré muerto mucho tiempo. —Blake volvió sus duros ojos grises hacia Brenna—. Pero, si me muero o me desmayo y no puedes despertarme, átame. Lo ideal sería que utilizaras unas cadenas, pero si empleas suficiente cuerda servirá. Después espera en el coche hasta que Jarvis venga. El sabrá qué hacer.
— ¿De qué estás hablando, Blake? No pienso atarte. —Esta idea la horrorizó.
—Prométemelo, Brenna. Tienes que hacerlo; si no lo haces, no estarás segura.
—Tú nunca me harías daño. —Ella misma se sorprendió del convencimiento de su afirmación.
—Ya no sería yo. —Blake se estremeció, mientras sus ojos adquirían la tonalidad fría y dura del mármol gris—. ¡Prométemelo!
Estaba tan agitado, que Brenna temió que sangrara todavía más.
—Te lo prometo.
Una vez aclarada esta absurda cuestión, Blake salió del coche con grandes esfuerzos. Apenas habían cruzado el umbral de la puerta cuando empezó a flaquear, pero Brenna consiguió empujarlo hasta la cama más cercana antes de que él se desplomara sobre ésta. Brenna apartó la colcha, le quitó los zapatos y lo tapó.
Brenna se sentó en la otra cama para recuperar el aliento y pensar. Hacía horas que no comía y lo más probable era que en la cafetería del motel tuvieran algo deliciosamente lleno de sal y colesterol. Blake no se iría a ninguna parte a corto plazo y ella necesitaba recuperar fuerzas para poder ayudarlo. Cogió el bolso y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de sí.
En el interior de la ruidosa cafetería, una camarera que hacía explotar globos de chicle la condujo a una mesa situada al fondo del local, más allá de un par de mesas llenas de agentes de la policía. Uno de ellos le ofreció una amistosa sonrisa que Brenna le devolvió. Aunque los dos detectives hubieran corrido la alarma, la policía buscaría a un hombre y una mujer, no a una mujer sola.
Siempre cabía la posibilidad de que alguno de los agentes la reconociera; pero, si se iba en aquel momento, lo único que haría sería llamar más la atención. Brenna se sentó y observó la mesa de los policías con discreción. Cuando estuvo convencida de que no estaban interesados en ella, leyó el menú.
Una camarera de mediana edad apareció, cafetera en mano.
— ¿Qué te traigo, cariño?
—Tomaré una hamburguesa con queso, beicon y patatas fritas. Y un té helado. También quiero una sopa para llevar y dos trozos de tarta.
—Te recomiendo la de manzana y la de cerezas.
—Pues uno de cada.
Brenna le tendió la carta.
—Enseguida vuelvo con la bebida.
La camarera le llevó el té helado y Brenna enseguida bebió un trago. ¡Maldita sea, se trataba de uno de esos tés con sabor a fruta! ¿Quién había extendido la idea errónea de que el sabor del té y el de las frambuesas encajaban? En cualquier caso, el tacto del cristal frío del vaso le resultó agradable y calmó sus nervios a flor de piel.
El silencio hizo que las palabras de Blake volvieran a su mente. Al no saber nada de él durante todos aquellos años, Brenna temió que hubiera muerto. Pero, si tenía que creerlo, su padre supo, en todo momento, dónde estaba Blake y no se lo contó. Para empeorar las cosas, los dos pertenecían a una organización secreta, una organización que se había cobrado la vida de su padre y ahora amenazaba la de Blake.
Brenna se sintió traicionada por ambos hombres. Una rabia inesperada la invadió y su intensidad la sorprendió. Las decisiones que su padre y Blake habían tomado sin consultarla sembraron el caos en sus sueños y esperanzas. Ella había planeado pasar el verano investigando para su próximo libro. Sin embargo, allí estaba, huyendo con un hombre herido que se consideraba inmortal.
Su mal humor se desvaneció mientras volvía a dirigir la mirada a los policías, que estaban terminando su cena. Durante toda su vida, le habían enseñado a respetar la ley y a quienes ostentaban una placa. La mayoría de ellos eran personas buenas y honestas en quienes se podía confiar para que defendieran la ley con justicia. Por esto la inquietaba tanto la mala impresión que le habían causado el detective Montgomery y su compañero, el detective Swan.
Desde el primer momento, sintió que algo iba mal en su enfoque para resolver el asesinato de su padre. ¿Estaría su intuición totalmente equivocada? Ella confiaba en Blake, quien hablaba como si estuviera loco acerca de ser inmortal y tener que ser encadenado. Y, por otro lado, los dos detectives llevaban sendas placas, pero ella no quería tenerlos cerca ni en broma, sobre todo hasta que Blake y ella averiguaran qué había en el sobre que su padre había dejado para Blake.
La camarera regresó con la hamburguesa y las patatas. Brenna se inclinó para poder morder la hamburguesa sin que la grasa le manchara la camisa.
El sabor a carne de vaca asada a la parrilla llenó sus sentidos recordándole el tiempo que llevaba sin comer. Brenna masticó más despacio, pues no quería engullir la comida, aunque tampoco se podía entretener demasiado, pues Blake estaba solo y malherido. Lo más probable era que durmiera profundamente durante varias horas, pero sus anteriores divagaciones acerca de la muerte y las cadenas la habían inquietado.
Una repentina vibración la sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer la hamburguesa de golpe. Se limpió los dedos en la servilleta y sacó el móvil de Blake del bolsillo delantero de su pantalón. Se había olvidado de que lo tenía allí. ¿Debía contestar a la llamada?
Brenna abrió el móvil y leyó el número. El prefijo no era local y en la pantalla aparecía la palabra «DOC». Seguramente se trataba de algún conocido de Blake en Seattle. Blake le había advertido de que sólo se fiara de un hombre llamado Devlin Bañe, sin embargo...
Brenna pulsó la tecla de respuesta.
¿Diga?
La mujer que estaba al otro lado de la línea contestó con cautela.
— ¿Puedo hablar con Blake Trahern, por favor?
— ¿Quién le llama?
—La doctora Young. ¿Y usted es...?
—Brenna Nichols.
La frialdad de la voz de la doctora se atenuó.
—Siento lo de su padre, señorita Nichols. Sé que Trahern lo apreciaba mucho.
—Gracias, doctora. —Brenna reflexionó sobre qué añadir a continuación. Quizás aquella mujer conocía a Devlin Bañe—. ¿No conocerá usted a Devlin Bañe?
—Sí, lo conozco. ¿Por qué me lo pregunta?
— ¿Puede decirle que me llame?
La frialdad regresó a la voz de la doctora.
— ¿Por qué necesita a Devlin? ¿Y por qué Blake no ha respondido a mi llamada personalmente?
Brenna tenía que confiar en alguien. Echó una ojeada a su alrededor para asegurarse de que nadie le prestaba atención, bajó la voz y se jugó el todo por el todo.
—Doctora Young, a Blake le dispararon hoy cuando huía conmigo de la policía que investiga la muerte de mi padre.
Me dijo que, si necesitaba ayuda, telefoneara a Devlin Bañe.
— ¿Lo han herido de gravedad? —La voz de la doctora reflejaba preocupación.
—La bala lo impactó en la parte alta del hombro. No sé mucho sobre heridas de bala, pero creo que, aunque sangra bastante, no es grave. Se la he limpiado y la he tapado con gasas. En estos momentos, Blake está durmiendo.
—Señorita Nichols, escúcheme con atención. Quiero que telefonee a Jarvis, el amigo de Blake, y le cuente lo que me acaba de contar a mí. Puede confiar en que él le proporcionará toda la ayuda que necesite. Por ahora, está usted a salvo, pero si Trahern actúa de una forma extraña, aléjese de él tanto como pueda y lo más aprisa que pueda. ¿Me comprende?
Brenna frunció el entrecejo.
—Explíquese, doctora Young.
—No puedo.
Brenna, molesta, le advirtió con voz tenue:
—Mire, doctora, no me gusta nada que intente que sienta miedo de Blake. Él ya lo ha intentado con una ridícula historia sobre unos paladines. Conozco a Blake desde que era un adolescente y él nunca me haría daño, así que no intente convencerme de lo contrario. Y ahora, si me disculpa, me gustaría acabar mi cena.
Brenna cortó la comunicación. Mientras hablaba, la comida se le había enfriado, pero no le importaba. La conversación le había encogido el estómago. Llamó la atención de la camarera y le indicó que podía llevarle la cuenta y la comida para llevar.
Cuando pasaba por el aparcamiento, camino de la habitación, el teléfono volvió a sonar, pero Brenna ignoró la llamada. Tras cerrar con llave la puerta de la habitación, encendió una lámpara que había junto a la cama que Blake ocupaba. Por lo que pudo deducir, él no se había movido en todo el tiempo que ella estuvo fuera.
—Blake, despierta, te he traído un poco de sopa.
Él no respondió, así que Brenna volvió a llamarlo. En esta ocasión, con voz más alta y tocándole el brazo.
Blake se sentó de golpe lanzando a Brenna hasta la otra cama. A continuación, meneó la cabeza y abrió los ojos con mirada enloquecida. Tenía los puños apretados y listos para el combate. Brenna se resistió contra el impulso de correr hacia la puerta, pues tuvo la sensación de que, si lo hacía, no haría más que empeorar el estado de Blake.
—Lo siento, Blake. No pretendía sobresaltarte. —Ni tampoco sentir miedo ella.
El rostro de Blake era completamente inexpresivo y tenía la mirada perdida. Brenna no estaba segura de si él se reconocía a sí mismo y, mucho menos, a ella. Intentó tranquilizarlo hablándole.
—Blake, soy yo, Brenna Nichols. Hace un rato te dispararon mientras intentabas protegerme de dos detectives en casa de mi padre. ¿Recuerdas? Me diste tu teléfono móvil y las llaves del coche.
El impulso de salir corriendo era apremiante, pero Brenna se mantuvo firme. Ya había corrido lo suficiente durante los dos últimos días.
—Estamos en un motel. He ido a la cafetería para comer algo y te he traído un poco de sopa y tarta de manzana. Para mí he traído un trozo de tarta de cereza; pero, si quieres, podemos intercambiarlas. A mí me gustan las dos. Deberías comer antes de que se te enfríe la cena.
Blake continuaba inmóvil, aunque Brenna casi podía notar cómo la adrenalina recorría sus venas. El la miraba con fijeza sin mostrar ninguna señal de reconocerla. Una violencia potencial flotaba con pesadez en la habitación. Blake podía ponerse a propinar golpes de un momento a otro sin saber lo que hacía. Brenna volvió a considerar la posibilidad de desplazarse hacia la puerta, pero sabía que no podía huir de él.
Pese al miedo que experimentaba, Brenna percibió que Blake se sentía terriblemente perdido. ¿Cómo lo iba a abandonar, cuando él más la necesitaba? Ella podía manejar a un Blake Trahern enfadado, pero uno perdido y sufriendo le hacía desear rodearlo con los brazos para demostrarle que no estaba solo.
El teléfono de Blake eligió aquel preciso momento para volver a vibrar. Quizá la persona que estuviera al otro lado de la línea pudiera ayudarla.
—Voy a contestar tu teléfono, Blake. Podría tratarse de uno de tus amigos.
«¡Por favor, Dios, que sea un amigo que esté cerca y pueda venir a ayudarnos!»
Una rápida mirada a la pantalla le indicó que estaba a punto de hablar con Devlin Bañe. Brenna pulsó la tecla de comunicación y se acercó el teléfono a la oreja.
—Hola, soy Brenna Nichols.
Desde luego, el amigo de Blake era otro de esos que no malgastaba el tiempo en charlas superficiales.
—Señorita Nichols, soy Devlin Bañe. La doctora Young me ha pedido que la telefonee. Me ha contado que Trahern está herido.
—Exacto. —Brenna mantuvo la voz estable y la mirada fija en Blake.
— ¿Sigue dormido? —Ya no.
La forma de hablar de Bañe era corta y concisa, y a Brenna, el tono de su voz y la elección de sus palabras, le recordaron a Blake. Por alguna razón, esto la reconfortó.
— ¿Qué aspecto tienen sus ojos?
—Un poco salvajes.
—No, le pregunto de qué color son. —Su voz era algo sombría. — ¿Color?
¿Qué tipo de extraña pregunta era ésta? —Yo no formulo preguntas frívolas. Contésteme. A Brenna no le gustaron ni el tono de su voz ni su actitud, pero si Bañe podía ayudar a Blake, lo soportaría. —Gris plateado.
Al otro lado de la línea se oyó un suspiro de alivio.
—Eso es bueno. Muy bueno. ¿Qué hace él ahora?
—Está sentado en la cama, con aspecto de no saber dónde se encuentra.
Blake se movió ligeramente, enderezó un poco la espalda, parpadeó y clavó su mirada en Brenna. En cuestión de segundos, toda la confusión que experimentaba se desvaneció, y también la mayor parte de la tensión de su cuerpo.
— ¡Uf, creo que ya ha vuelto, señor Bañe!
Aunque no tenía ni idea de dónde y tampoco quería saberlo.
Blake alargó la mano para coger el teléfono. Brenna se lo acercó y se sentó junto a él. Blake la ignoró mientras se acercaba el móvil a la oreja.
—Bañe, ¿qué demonios quieres?
Blake apartó la mirada, como si buscara privacidad, pero Brenna no tenía intención de ir a ninguna parte. Al contrario, deseó poder oír la otra parte de la conversación, porque Blake sólo contestaba con monosílabos. Al final, Blake cortó la comunicación y dejó el móvil encima de la mesita de noche.
— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —Cerca de una hora.
— ¿Te he hecho daño? —añadió, con mirada inexpresiva.
La renovada tensión que reflejaba su cuerpo le indicó a Brenna lo importante que su respuesta era para él.
—Te contestaré lo mismo que le contesté a la doctora Young: tú nunca me harías daño. ¡No entiendo por qué a todo el mundo, sobre todo a ti, os cuesta entenderlo!
Blake la observó con aquellos ojos plateados que habían reflejado tanta frialdad minutos antes. Pero ahora algo vibró en lo más profundo de ellos, algo que envió unos cálidos y deliciosos escalofríos por el cuerpo de Brenna hasta aposentarse en lo más hondo de su ser.
¡Oh, Dios, él iba a besarla otra vez! Brenna tuvo la sensación de que Blake no quería hacerlo, pues era un hombre noble; pero lo que vibraba entre ellos era más fuerte que ellos mismos. Brenna le acarició la mejilla con un toque suave, disfrutando de la aspereza de su incipiente barba, y después resiguió con el dedo la recta línea de sus labios.
Blake le rodeó los hombros con el brazo sano y la acercó a él. Brenna se sorprendió a sí misma sentándose a horcajadas en el regazo de Blake. Él abrió más los ojos y la miró con calidez. Nadie lo había acusado nunca de ser lento. Sus brazos rodearon a Brenna y la estrecharon contra su pecho con tanta fuerza que apenas les quedó espacio para respirar. Pero a Brenna no le importó.
—Brenna...
Su forma de pronunciar su nombre fue como un suspiro o una plegaria. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en la fortaleza de su pecho mientras se empapaba de su calidez. Blake subió y bajó la mano por la columna de Brenna llegando cada vez más cerca de sus nalgas. Brenna experimentó una extraña sensación, una mezcla de cariño y pasión. Conforme las caricias de Blake eran más y más atrevidas, su cuerpo se volvía más cálido y líquido.
Brenna le dio un beso en la zona pulsante situada en la base del cuello y él la recompensó bajando la mano hasta sus nalgas y apretándoselas con suavidad.
Brenna, sintiéndose audaz, fue besando la línea de la mandíbula de Blake hasta llegar a su boca. En apenas un segundo, el aire que los rodeaba estaba cargado de electricidad y de pasión, una tormenta a punto de estallar. No tenían dónde refugiarse de la fuerza que los envolvía, pero a Brenna no le importó. Era justo y necesario que encontraran consuelo el uno en los brazos del otro.
Cuando sus labios se encontraron, la lengua de Blake entró en la boca de Brenna reclamando su derecho a poseerla. Brenna se contoneó acercándose más a él y acogiendo la dura respuesta del cuerpo de Blake en el centro de su propia necesidad.
Blake sabía a oscuridad y a un poder distinto a todo lo que ella había experimentado hasta entonces. Por primera vez, Brenna creyó que él era algo más que un simple hombre mortal, algo oscuro que los demás, con razón, temían. Pero, cuando él la envolvió con su fuerza, apagando la luz del mundo, ella supo que su oscuridad gozaba de una calidez y una dulzura propias. Como la luna, Blake era variable; sin embargo, su fuerza la arrastró como nada lo había hecho hasta entonces.
Blake se tumbó en la cama, permitiendo que ella se deslizara sobre su cuerpo. Brenna apoyó las manos en el pecho de Blake y se incorporó levemente para ver su rostro a la tenue luz de la habitación. En cuanto traspasaran aquella línea, no habría marcha atrás.
—No quiero hacerte daño —declaró Brenna, pero no se refería a su hombro.
—No puedes. —Eso era mentira, y ambos lo sabían.
Brenna le quitó la camiseta, deseando sentir el calor de su piel y sabiendo que el tacto era más sincero que las palabras. Cerró los ojos mientras se concentraba en el puro placer de la conversación piel a piel. Blake permaneció inmóvil y permitió que ella lo explorara. Brenna frotó el centro húmedo de su cuerpo contra la dura protuberancia del deseo de Blake mientras ansiaba que llegara el momento en que los dos se deshicieran de los últimos vestigios del comportamiento civilizado.
—Te quiero.
La voz de Blake sonó grave y profunda en contraste con la dulzura del tacto de sus manos, que se deslizaban por el cuerpo de Brenna en dirección a sus pechos. Ella se inclinó hacia las palmas de las manos de Blake, mientras sus caricias la tranquilizaban y la encendían al mismo tiempo.
—Entonces tómame, Blake.
—Brenna, nosotros...
Ella lo hizo callar apoyando la punta del dedo en su boca.
—Ya basta de palabras. No quiero oír más argumentos sobre por qué no deberíamos hacerlo.
Blake besó y chupó la punta de su dedo enviando un deseo ardiente al centro del cuerpo de Brenna. Ella quería que usara su maravillosa boca para cosas distintas a advertirla de los inconvenientes de su relación.
—Te quiero. Quiero esto. —Brenna volvió a frotarse contra su miembro—. «Necesito» esto.
—Yo no soy el tipo de hombre que se queda para siempre, Brenna. Ya lo sabes. —Blake le cortó la respiración dándole un beso largo y húmedo en la palma de la mano.
—Y yo no te estoy pidiendo nada que no puedas darme. Sólo esta noche. Sólo nosotros.
Brenna se quitó la camisa por la cabeza, la lanzó al suelo y condujo la mano de Blake al cierre de su sujetador. Los ojos de Blake adquirieron la tonalidad de la plata fundida mientras le desabrochaba el sostén y liberaba sus pechos. Las callosidades de las manos de Blake rozaron las sensibles cimas de los pechos de Brenna, que se volvieron duras y turgentes.
Con un movimiento rápido, Blake giró sobre sí mismo haciendo que Brenna quedara apoyada sobre la espalda y él tumbado a su lado. Empezando en la curvatura del cuello de Brenna, Blake le dio pequeños mordiscos hasta llegar a su pecho. Lo chupó con fuerza y después lo acarició con la punta de la lengua. Con cada tirón y caricia, enviaba una oleada de calor al punto de unión de las inquietas piernas de Brenna. La mano de Blake siguió el mismo camino que las oleadas de calor y la acarició por encima de los pantalones con sus largos dedos.
Ella necesitaba que los dos estuvieran desnudos, pero cuando buscó la cremallera del pantalón de Blake, él le agarró las manos y las sujetó por encima de su cabeza. Las protestas de Brenna se apagaron en sus labios mientras él le bajaba la cremallera de los pantalones y deslizaba la mano por el interior de sus bragas. Su contacto era más de lo que ella podía soportar, pero no lo suficiente para satisfacerla, sobre todo porque él sólo la tanteó.
— ¡Blake!
Él casi sonrió, sin duda disfrutando al percibir su frustración, pero entonces deslizó un dedo hasta lo más hondo de Brenna. Aquello constituyó un paso hacia el cielo, aunque insuficiente. Todos los sentidos de Brenna se centraron en el caliente miembro del hombre que tenía a su lado. Cuando, por fin, Blake le soltó las manos, ella lo agarró del pelo y tiró de su cabeza para darle un largo y dulce beso. Brenna metió y sacó la lengua de la boca de Blake imitando, con exactitud, lo que quería de él.
Y volvió a susurrar su petición:
—Tómame, Blake. Ahora.
—No soy un hombre amable, Brenna.
—No te estoy pidiendo que me mimes.
Brenna volvió a dirigir la mano hacia la cremallera del pantalón de Blake y, en esta ocasión, él no se lo impidió.
Aquello lo conduciría al infierno y él lo sabía; pero, en aquel momento, no le importaba en absoluto porque, por el camino, vislumbraría el cielo. Todos los sueños que había tenido acerca de hacer el amor con aquella mujer sólo eran una sombra de la realidad. Blake creyó morir por el placer que le producían las decididas manos de Brenna intentando quitarle los pantalones. Normalmente, la cremallera de sus vaqueros funcionaba con suavidad, pero en aquel momento estaba tan hinchado de necesidad que los pantalones le quedaban muy ajustados.
Al final, Blake se sentó y se quitó los pantalones él mismo disfrutando de la expresión de sorpresa de Brenna cuando lo vio desnudo. Blake era un hombre grande en todas sus partes, pero ella no pareció sentirse intimidada en absoluto. Al contrario, Brenna se quitó sus propios pantalones y separó las piernas como invitación. Él sabía que debería ir poco a poco, permitiendo que el cuerpo de ella se ajustara al de él; lo cual no sucedería así, no con la pasión que ardía entre ellos.
Blake quería sumergirse en el calor húmedo de Brenna y penetrarla con fuerza y que las piernas de ella lo rodearan por la cintura y sus uñas se le clavaran en la espalda. El aroma de aquella mujer lo estaba volviendo loco. Se arrodilló entre los tobillos de ella y se tomó su tiempo para besarle el arco del pie y después lamerle la dulce curva situada en la parte trasera de su rodilla. Brenna se arqueó como invitación apremiándolo en el viaje al vértice de sus piernas. Blake estudió la belleza de su cuerpo y deslizó la punta de la lengua por su labio superior para advertirla de lo que pensaba hacer a continuación.
Los ojos de Brenna se oscurecieron ante la perspectiva.
Blake se inclinó para acariciar la parte interior del muslo de Brenna con su lengua. Sus lengüetazos la hicieron jadear, hasta que él por fin llegó a su objetivo. Brenna sabía a todo lo femenino y Blake se sintió complacido al saber que ella lo deseaba tanto como él la deseaba a ella. Brenna clavó los dedos de sus manos en el colchón.
— ¡Blake! No puedo...
Él sonrió junto a su cuerpo.
— ¡Oh, sí, sí que puedes, y podrás!
Blake deslizó dos dedos en el interior de Brenna mientras lamía su pequeña prominencia, hasta conseguir que ella gritara al límite del placer. Blake se arrodilló y empleó sus últimos atisbos de cordura para contenerse durante unos segundos. El rostro de Brenna, rodeado por el halo de su cabello oscuro, estaba ruborizado de placer. Podría haberse quedado mirándola durante toda una eternidad, pero entonces Brenna sonrió y extendió los brazos hacia él.
—Blake Trahern, estoy cansada de decírtelo. ¡Tómame!
Y él así lo hizo.

Blake no estaba seguro de qué le fallaría antes, si el corazón o los pulmones. Ella lo había apremiado sin descanso hasta que no quedó nada; pero, incluso entonces, en el agotamiento posterior, se resistía a salir del cuerpo de ella y recuperar el sentido común. Blake se apoyó en los codos y contempló a la mujer que había hecho estremecer su misma alma.
— ¿Te he hecho daño?
Ella le ofreció una sonrisa sexy y seductora.
— ¿Tengo aspecto de no haber disfrutado?
Blake tuvo que admitir que a Brenna se la veía muy satisfecha. Si se hubiera tratado de otra mujer, en aquellos momentos él estaría buscando sus vaqueros y planeando la huida; pero con ella era distinto.
—No pienses tanto, Blake. —Brenna se incorporó para apoyar la palma de la mano en la mejilla de Blake—. Mañana tendremos tiempo suficiente para preocuparnos por lo que venga a continuación.
El traicionero cuerpo de Blake se estremeció con el deseo de repetir la actuación y Blake se restregó contra Brenna mientras se inclinaba para besarle la punta de la nariz. Las comisuras de los labios de Brenna se curvaron en una sonrisa de placer mientras ella bajaba las manos por la espalda de Blake, le agarraba el trasero y se lo apretaba.
—Vaya, señor Trahern, tengo la impresión de que vuelve usted a estar... en plena forma.
A Blake le gustó que Brenna bromeara, aunque no estaba seguro de cómo responder. Nada en su vida lo había preparado para una mujer que bromeara en la cama. Como no encontraba las palabras adecuadas, decidió cederle a ella el control de lo que vendría a continuación. Blake la rodeó con los brazos y giró sobre sí mismo de modo que Brenna quedara sobre él pero con sus cuerpos todavía unidos. La exclamación de sorpresa de Brenna enseguida se convirtió en un gemido de placer.
—Esto me gusta —susurró, mientras se balanceaba con suavidad hacia atrás y hacia delante.
Y a él también. En una vida llena de muerte y fealdad, aquel momento brillaba con intensidad, belleza y calidez, permitiéndole entrever cómo podría haber sido su vida si hubiera nacido como un simple mortal.
Brenna podía decirse a sí misma que aquella noche que habían pasado juntos era suficiente para ella, pero él sabía que no era así. Una mujer como ella no follaría con un hombre sólo por los viejos tiempos. No. Ella experimentaba unos sentimientos intensos y profundos hacia él, unos sentimientos que haría mejor dirigiéndolos hacia alguien que pudiera permanecer a su lado, construir una valla blanca y abrazarla todas las noches.
Pero, si aquella noche era todo lo que él podía darle, sin duda alguna haría que fuera memorable. Blake levantó las caderas para aumentar su penetración mientras besaba los dulces labios de Brenna y disfrutaba de la generosa abundancia de sus pechos con las manos. A juzgar por los ruiditos que surgieron del fondo de la garganta de Brenna, el ataque a tres frentes la había transportado casi al límite arrastrándolo a él con ella.
Entonces, la muy picara ralentizó el ritmo y se levantó hasta casi perder el contacto con el miembro de Blake. Pero entonces volvió a descender y ambos suspiraron por la dulzura de su conexión compartida. Brenna sólo tuvo que repetirlo dos veces más para que Blake perdiera el control. Gruñendo de frustración, Blake la tumbó de espaldas. Los ojos de Brenna brillaban de triunfo mientras él la penetraba profundamente una y otra vez, hasta que el cuerpo de Brenna se convulsionó en el placer último. Una penetración más fue lo que Blake necesitó para unirse a ella y derramar su simiente con un grito de felicidad.
Brenna no estaba acostumbrada a despertarse con la mano de un hombre en su pecho y su erección matutina presionada contra su trasero, pero decidió que le gustaba. Le gustaba mucho. Lo suficiente para querer averiguar qué pasaba si se contoneaba un poco. Enseguida descubrió que un paladín se despertaba preparado y dispuesto a terminar lo que ella había empezado.
—Buenos días. —El sonido ronco de la voz de Blake contra su hombro resultaba delicioso.
Trahern la besó en la nuca mientras le separaba las piernas con las suyas propias. La sensación de tenerlo estirado detrás de ella mientras la penetraba con lentitud fue el mejor despertar que ella había experimentado nunca. Ninguno de los dos sintió la necesidad de actuar con rapidez y juntos saborearon los últimos minutos antes de que el sol se adueñara del cielo.
El móvil de Blake empezó a vibrar en la mesita de noche. Un segundo después de que se hubiera detenido, se puso a vibrar otra vez empañando, definitivamente, el momento.
Tenía que ser Devlin Bañe o Jarvis.
—Será mejor que contestes, ¿no crees? No dejarán de llamar hasta que lo hagas.
Blake soltó una maldición ahogada y alargó el brazo hacia atrás para coger el móvil. Pulsó la tecla de conexión y soltó:
—Trahern. —Escuchó a su interlocutor sin pronunciar una palabra y, después de lo que pareció una eternidad, volvió a hablar—: De acuerdo. Estaremos allí después de comer.
Cortó la comunicación y lanzó el teléfono sobre la otra cama.
Pareció titubear un poco, pero al final giró sobre sí mismo separándose de Brenna.
—Jarvis tiene algo que quiere que veamos.
¡Bien por su revolcón matutino! Brenna se cubrió con la sábana, ya que de pronto se sintió expuesta.
—De acuerdo. ¿Te duchas tú primero o lo hago yo?
—Ve tú, yo tengo que telefonear a Devlin.
El cálido refugio de la cama, definitivamente, se había enfriado, pero el orgullo hizo que Brenna caminara desnuda y sin reparos hasta el lavabo. Una vez allí, se apoyó en el lavamanos deseando saber cómo desenvolverse en la incómoda mañana del día después. Su cuerpo experimentaba las secuelas de la noche más activa de sexo que había vivido jamás. Blake no se había contenido en absoluto y ella no quiso que lo hiciera, pues en el fondo de su corazón de mujer sabía que cuando su vida volviera a la normalidad, él desaparecería. Y esta vez, cuando se marchara, sería para siempre.
Al menos, ella no había soltado ninguna estupidez, como que no quería que volviera a desaparecer de su vida. Blake no estaba preparado para oír algo así. Además, ¿qué podían hacer, intercambiar felicitaciones de Navidad? De algún modo, ella no se imaginaba una relación así con él.
Un golpe en la puerta la hizo volver al presente.
¿SÍ?
—Me preguntaba si te encontrabas bien. No he oído el agua de la ducha.
¡Cielos! ¿Cuánto tiempo llevaba allí sintiendo lástima por sí misma?
—Estoy bien, sólo estoy un poco lenta.
Abrió el grifo de la ducha de inmediato y se metió bajo el agua antes de que ésta tuviera tiempo de calentarse. El repentino chorro de agua fría hizo que soltara un grito. Trahern debía de estar esperando al otro lado de la puerta, porque enseguida entró y descorrió la cortina de la ducha.
Brenna se estremeció y se sonrojó. —Lo siento, no esperaba que el agua estuviera tan fría. Blake ajustó la manivela hasta que el agua salió caliente, entró en la ducha y corrió la cortina. —Date la vuelta.
Su brusca orden hizo que Brenna deseara no obedecerlo, pero estar allí con él era mucho mejor que estar los dos solos en habitaciones separadas. Cuando Blake empezó a lavarle la espalda con caricias lentas y prolongadas, Brenna prácticamente se derritió.
—Separa las piernas.
Tuvo que apoyarse en la pared mientras él empezaba frotándole los pies y subía por sus piernas. La combinación del agua caliente resbalando por su piel y el tacto suave de Blake hicieron que ansiara que no terminara nunca.
—Vuélvete hacia mí.
La expresión de Blake era extremadamente seria mientras volvía a poner jabón en el guante de la ducha y lo utilizaba para volver loca a Brenna prestando especial atención a sus pechos y otras zonas sensibles. ¡Pues bien, los dos podían jugar a aquel juego!
Brenna le quitó el guante de rizo.
—Date la vuelta.
Brenna disfrutó del poder que él le había cedido mientras exploraba todas las curvas y músculos de su potente espalda y sólidas piernas. Sus numerosas cicatrices la hirieron en el corazón y ella se las besó deseando haber estado junto a él cuando se las causaron para aliviar su dolor. Blake se estremeció con cada uno de sus besos, pero no protestó.
—Vuélvete hacia mí.
¡Hum!, sus atenciones habían causado un gran efecto en una parte de su anatomía. Ignorando este hecho, de momento, Brenna enjabonó el pecho de Blake y dejó que el agua de la ducha lo enjuagara. Cuando se arrodilló para lavarle las piernas, su erección quedó a la altura de sus ojos. Brenna hizo espuma con las manos y cogió el miembro de Blake con suavidad. Enseguida se vio recompensada con un gemido. La sensación de poder que ella experimentó la aturdió. Deslizó las manos arriba y abajo del miembro de Blake varias veces sin saber con certeza quién de los dos disfrutaba más.
Se inclinó y lamió el pene de Blake. Él contuvo el aliento mientras se acercaba a ella en señal de invitación. Ella sonrió y se introdujo el miembro de Blake en la boca. Sin embargo, antes de que pudiera adquirir un ritmo, las grandes manos de Blake la cogieron por los brazos y la levantaron.
—No disponemos de mucho tiempo, Brenna.
Durante un doloroso instante, Brenna creyó que él rechazaba lo que ella le ofrecía, pero Blake cerró el grifo y declaró:
—O sea, que será mejor que vayamos al grano.
Blake la cogió en sus resbaladizos y húmedos brazos y salió de la ducha. La llevó hasta la cama y la dejó caer de forma que ella quedó tumbada boca abajo.
— ¡Blake Trahern!
Brenna empezó a darse la vuelta, pero él se lo impidió deslizando el brazo por debajo de su cintura y tirando de modo que quedara apoyada sobre las rodillas y frente a él.
Blake la penetró con fuerza poniendo fin a todo pensamiento coherente mientras bombeaba con intensidad y su estómago golpeaba las nalgas de Brenna. Sus manos la sostuvieron por las caderas con firmeza mientras sus poderosos embates la penetraban profundamente. Nada ni nadie la había poseído con aquel desenfreno primitivo. Brenna gritó el nombre de Blake expresando, así, cuánto deseaba aquello.
Blake se inclinó sobre ella y utilizó una mano para apretar sus pechos hasta el punto de causarle un dulce dolor. Ella agitó las caderas comunicándole sin palabras que quería más. La mano de Blake siguió la curva de la cintura de Brenna, pasó por encima de su estómago, llegó al nido de pelos rizados que había entre sus piernas y frotó el calor húmedo que encontró dentro. Una corriente eléctrica recorrió el cuerpo de Brenna llevándola al éxtasis. Blake también expresó su propio alivio y juntos se derrumbaron enredados el uno en el otro.
Blake se separó de Brenna demasiado pronto llevándose con él su calor; pero, en esta ocasión, le ofreció una mano para ayudarla a levantarse de la cama y le dio un beso rápido.
—Será mejor que terminemos de ducharnos y nos vistamos. Jarvis nos estará esperando.
Brenna lo siguió al interior de la ducha, pero ahora Blake no se distrajo. Había llegado la hora de regresar al mundo real.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:25 pm

8


Blake se vistió y se fue a buscar un desayuno para dos. Mientras Brenna se cepillaba el pelo delante del espejo, vio el vendaje de Blake en la papelera que había junto a la cómoda. ¿Qué hacía allí? ¿Cuándo se lo había quitado Blake?
Ella se había olvidado por completo de su herida. Brenna cerró los ojos y rememoró a Blake vistiéndose unos minutos antes. Debería de haberlo hecho con cuidado a causa de su hombro, pero Blake se había movido como si tal cosa. Además, donde antes tenía el agujero de bala, no vio ninguna herida cubierta con una costra de sangre seca, sino una cicatriz fresca. ¿Cómo podía ser? Sus cortes, aunque más antiguos, tenían un aspecto mucho peor.
Brenna se dejó caer en el borde de la cama mientras su mundo se tambaleaba. ¿Era posible que sus absurdas afirmaciones fueran verdad? ¿Podía ser él lo que afirmaba ser, un paladín que moría y volvía a revivir y que se recuperaba de heridas que resultarían mortales para cualquier otro ser humano? Si esto era cierto, entonces los de su especie realmente luchaban en una guerra secreta contra los invasores de otros mundos. Y, no sólo eso, sino que su padre había formado parte del mundo de Blake viviendo una doble vida de la que ella no sabía nada.
Su mente se negaba a aceptarlo, pero su corazón le indicaba lo contrario.
Una imperiosa necesidad de moverse, de salir corriendo y negarlo todo la obligó a levantarse y hacer nuevamente la maleta. Necesitó un par de intentos para cerrar la cremallera, pero al final pudo dejar la maleta en el suelo, junto a la puerta. A continuación, se sentó en la cama esperando el regreso de Blake.
Brenna se alegró de que todavía no hubiera vuelto, pues necesitaba tiempo para hacerse a la idea de lo que había ocurrido.
La noche pasada había hecho el amor con alguien que no era del todo humano.

Nada más entrar en la habitación, Blake supo que algo había cambiado. Brenna aceptó la comida que él le dio con un discreto gracias; pero, desde aquel momento, no volvió a mirarlo a la cara.
Definitivamente, algo no iba bien. Se notaba en la tensión de sus hombros y en las miradas de reojo que le lanzaba cuando creía que él no la observaba. Su maleta estaba junto a la puerta, como si le hubiera pasado por la cabeza irse antes de que él regresara.
Antes había halagado mucho la forma en que habían hecho el amor, pero ahora se había retirado a un lugar del que él quedaba excluido. Los dos habían estado de acuerdo en que la noche anterior había sido algo especial, algo en lo que deleitarse y, después, dejar atrás. Quizás ésta fuera su forma de hacerlo, pero a él no le gustaba. No le gustaba en absoluto.
—Y, ahora, ¿qué te ha entrado? —«Aparte de mí la noche anterior», se dijo Blake, aunque sabiamente se guardó este malicioso comentario para sus adentros.
Brenna se sobresaltó, como si creyera que él fuera a atacarla. ¿Había aceptado por fin lo que él le había explicado?
Brenna seguía sin responder, así que Blake cruzó la habitación y la instó a contestar.
— ¿Qué ha ocurrido para que te convenzas de que soy un paladín?
Blake estaba frente a ella con las piernas separadas, en la postura de un guerrero. No se disculparía por ser lo que era.
Al menos, ahora Brenna lo miraba o, para ser más exactos, miraba su hombro.
—Tú herida no sólo se ha cerrado, sino que no es más que una cicatriz.
—Esto forma parte del paquete de ser un paladín, cariño.
Ella le lanzó una mirada airada sintiéndose indignada por su actitud.
Peor para ella, él era lo que era. Pero esto no significaba que le gustara la forma en que ella lo miraba, como si de repente se hubiera convertido en un monstruo. Brenna era la primera persona fuera de su mundo en la que había confiado contándole lo que era, y ahora ella le lanzaba su confianza a la cara. Si no la hubiera asustado todavía más, habría lanzado su maleta al otro extremo de la habitación.
Odiaba, con todo su corazón, el miedo que percibía en sus ojos.
— ¿Y cómo se convierte uno en un paladín? —Brenna habló como una estirada profesora universitaria, y a Blake su nueva actitud no le gustó más que la anterior. El estaba orgulloso de lo que era y creyó que ella también lo estaría.
—Uno no se convierte en un paladín, sino que nace siéndolo. Los doctores de Investigación podrían explicarte más cosas, pero dudo que las encuentres muy interesantes.
Brenna levantó la barbilla.
— ¿La doctora Young es uno de ellos?
¿Qué era aquel tono extraño en su voz?
—Lo es. ¿Dónde has oído hablar de ella?
Brenna se concentró en cortar el beicon en trocitos muy pequeños.
—Llamó antes por teléfono. Como no sabía si podía confiar en ella, le pedí que le dijera a tu amigo Devlin que te telefoneara.
Blake no era un experto en las emociones de las mujeres, pero estaba bastante seguro de que su voz reflejaba celos. Aunque esto lo complació, en cierto sentido egoísta, aquél no era el momento de introducir más tensión en su relación.
—Devlin es el cabeza de los paladines de Seattle. La doctora Young es nuestra tutora. Esto significa que nos recompone y decide si todavía conservamos suficiente humanidad para seguir viviendo. Ella y Devlin son amantes. —Blake meneó la cabeza—. Nadie se esperaba algo así.
Brenna pareció intrigada.
— ¿Y qué hay de malo en que sean amantes?
—En toda la historia de los paladines no había sucedido nunca. Los tutores y los paladines no se implican emocionalmente. Esto hace que todo resulte más fácil cuando el tutor tiene que terminar con un paladín que ha cruzado la línea.
Brenna abrió unos ojos como platos a causa de la impresión.
— ¿Qué línea?
—Maldita sea, Brenna, ¿no me escuchas o qué? —Blake habló despacio y con claridad, como si le estuviera explicando algo a un niño pequeño—. Los paladines viven y mueren una y otra vez y, con cada muerte, se vuelven un poco más como los Otros, hasta que, al final, hay que acabar con ellos como si fueran perros rabiosos. Recorremos este camino a distintos ritmos; pero, al final, todos llegamos al mismo destino.
Brenna lo miró con fijeza mientras una emoción detrás de otra cruzaban por su rostro: impresión, horror y la peor de todas, lástima.
— ¿Por qué, Blake? ¿Por qué tiene que ser así?
Él se encogió de hombros.
—Genética. La doctora Young cree que puede cambiarlo, pero yo no albergo grandes esperanzas. De todos modos, ha sido divertido ver discutir a todo el mundo sobre si estaba bien que un paladín follara con su tutora. A Devlin no le importa un carajo lo que los demás piensen, y Laurel Young está a la altura del mejor de todos ellos.
— ¿También es tu tutora?
—Sí.
Y, uno de esos días, cuando tuviera que coger la jeringuilla cargada de toxinas y clavársela en el brazo, le causaría un intenso dolor. Todos habían visto lo desolada que se sintió la primera vez que tuvo que acabar con la vida de un paladín, a pesar de que éste era un completo extraño para ella. A ninguno de los paladines de Seattle, y a Devlin menos que a nadie, le gustaba la idea de que su muerte definitiva hiriera profundamente a la doctora.
Sin embargo, el proceso de convertirse en uno de los Otros se había ralentizado de una forma evidente en Devlin. Nadie sabía por qué, pero todos los de Investigación estaban interesados en averiguarlo. A Devlin no le atraía en absoluto ser considerado una rata de laboratorio, aunque si esto implicaba salvar a algunos de sus amigos de una muerte segura, soportaría unos cuantos pinchazos y pruebas extra. Además, esto le proporcionaba una excusa para verse con su amante delante de las narices de los mandamases. Y Devlin era lo suficiente perverso para disfrutar con ello.
Brenna apartó a un lado el plato del desayuno, pese a que sólo había comido una pequeña parte del contenido. De momento, parecía no tener más preguntas que hacerle, de modo que Blake se concentró en terminar sus huevos con beicon. Tenían que conducir un largo trecho para encontrarse con Jarvis, así que podía pasar mucho tiempo antes de que pudieran volver a comer. Aunque su cuerpo se curaba con rapidez, tardaría un par de días en recuperar la energía que había perdido en el proceso de curación.
Cuando acabó de desayunar, Blake hizo su maleta con rapidez. Si se quedaba por allí mucho más tiempo, tendría que comprarse algo de ropa. Se marchó de Seattle tan deprisa que sólo metió en su petate lo imprescindible. Había perdido una camiseta en el tiroteo del día anterior y Brenna no le había devuelto la que le había prestado. Claro que él tampoco se la había reclamado. En realidad, le gustaba la idea de que ella durmiera con su camiseta; a menos que tuviera otra oportunidad de dormir con ella desnuda a su lado.
Pero no creía que esto volviera a suceder a corto plazo.
Ritter miró por la ventana del hotel y soltó una maldición. ¿Dónde demonios estaban Trahern y Brenna Nichols? Sus dos bufones con placa habían admitido, a desgana, que los habían descubierto saliendo de la casa del juez y los muy estúpidos habían cometido dos errores garrafales. En primer lugar, habían permitido que Trahern disparara a los neumáticos de su coche evitando que pudieran seguirlos. Y, en segundo lugar, ellos habían disparado a Trahern. No tenían ni idea de lo que era un paladín y él tampoco veía la necesidad de informarlos al respecto.
Los muy locos averiguarían unas cuantas cosas la próxima vez que su camino se cruzara con el de Trahern. Por lo que él sabía, Trahern era de lo peor que uno se podía encontrar por ahí: un asesino imprevisible y despiadado. Con un poco de suerte, Trahern se haría cargo de los dos policías y le ahorraría a él la tarea.
En aquel momento, Ritter daría lo que fuera por saber dónde se había escondido Trahern con la hija del juez Nichols. ¿Qué habían encontrado en la casa que los policías no descubrieran en el transcurso de dos registros? No había ninguna prueba de que hubieran encontrado algo, pero era poco probable que se fueran de la casa con las manos vacías.
¡Maldición! Odiaba los enigmas. Si el juez había encontrado suficiente información incriminatoria para actuar contra él, ¿por qué seguía huyendo Trahern en lugar de perseguir a los responsables de la muerte del juez con las pistolas escupiendo balas? Si los dos detectives habían realizado un disparo afortunado, puede que se hubiera escondido hasta recuperarse de la herida. Esto le concedía a él unas doce horas para localizar a los fugitivos y arrebatarles la información antes de que pudieran utilizarla contra él.
Los mismos genes que otorgaban a los paladines una vida larga y grandes poderes de recuperación, también les proporcionaban una lógica y una inteligencia excepcionales. Pocas cosas se les escapaban en lo referente a su vida en las trincheras, y algo había ocurrido en Seattle para levantar las sospechas de Trahern y su compañero Devlin Bañe.
Si el idiota del sargento Purefoy no hubiera muerto a causa de su incompetencia, él mismo habría experimentado un gran placer acabando con su vida. Purefoy no sólo no había conseguido eliminar a Bañe y sembrar el caos entre los paladines de Seattle, sino que sus acciones habían empujado a Trahern a implicar al juez en sus problemas. Nichols era uno de los regentes más destacados, un hombre honrado y trabajador. ¡Cielos, cómo había odiado a aquel hombre! ¿Cómo podía alguien estar día sí y día también entre criminales y seguir siendo incorruptible?
Sin embargo, él se había tropezado con un chanchullo irresistible. Había conseguido extender el rumor, al otro lado de la barrera, de que quien quisiera entrar en este mundo, podía hacerlo pagando un precio. Cuando la barrera fluctuaba, unas cuantas piedras azules cambiaban de manos y aquellos pobres desgraciados creían que la podían cruzar y sentirse, a este lado de la barrera, como en casa. Sólo un grupo selecto de guardias conocía el trato que había hecho, de modo que, una vez en este lado, aquellos mugrientos seres del otro mundo encontraban la muerte en la punta de la espada de uno de los paladines. De este modo, los sobornos sólo servían para llenarle a él los bolsillos.
Esto le recordaba que el último pago llegaba con retraso. Había comprobado su extracto bancario por Internet y no constaba ninguna transferencia de fondos de su cliente. Como él era quien asumía todos los riesgos, lo menos que podían hacer aquellos hijos de puta era ser puntuales en los pagos. El tenía que sobornar a unos cuantos policías, enjabonar algunas manos y tapar rastros. En cuanto hubiera solucionado el pequeño problema que constituían Trahern y la hija de Nichols, ataría unos cuantos cabos sueltos y desaparecería.
A juzgar por los informes médicos de Trahern, éste sólo estaba a un paso de la locura y de convertirse en uno de los Otros. Una vez eliminada la señorita Nichols, no le costaría convencer a los regentes y a Intendencia de que era necesario acabar con la vida del inestable paladín, sobre todo con la muerte de dos detectives en su historial. Sí, ésta sería la guinda que coronaría su pastel. Y con todas aquellas muertes y el caos que habría sembrado, su desaparición pasaría inadvertida hasta que ya fuera demasiado tarde.
Pero, antes que nada, tenía que conseguir la información del juez para contener los daños. No le preocupaba que ésta lo incriminara, pues, cuando desapareciera, no tendría importancia. Sin embargo, si Nichols había conseguido seguir el rastro más allá de él, no habría ningún lugar en el mundo en el que se pudiera sentir a salvo. ¿Y qué sentido tenía amasar una fortuna si no vivía lo suficiente para disfrutarla?

El silencio que reinaba en el coche era tan denso que Brenna apenas podía respirar. Volvió la cabeza para contemplar las manos de Trahern al volante. Se trataba de unas manos masculinas, grandes y fuertes, con callosidades que ahora ella sabía que se debían al hecho de blandir una espada. Esta idea tendría que horrorizarla, pero ahora que había superado la impresión inicial de saber quién y qué era en realidad Blake, en lo único que podía pensar era en lo que le habían hecho sentir aquellas mismas manos la noche anterior mientras hacían el amor.
El sexo había sido intenso y apasionado, e incluso un poco rudo, pero ella se había sentido absolutamente valorada en los brazos de Blake. Incluso ahora disfrutaba con el recuerdo de haber constituido el único foco de atención de toda su intensidad.
Aunque Blake era un tipo duro y, con toda seguridad, lo negaría, ella sabía que su reacción de aquella mañana lo había herido. Sin embargo, seguramente comprendería el shock que todo esto le había causado a ella. Después de todo, a los hombres normales no les disparaban en el hombro, dormían un par de horas y se despertaban con fuerzas suficientes para hacer el amor tres o cuatro veces antes de que saliera el sol.
Y, por si fuera poco, ella deseaba que pudieran repetirlo todo otra vez. Sus alocados pensamientos hicieron que se agitara en el asiento, lo cual captó la atención de Trahern.
— ¿Qué pasa ahora? —Blake no se molestó en volver la vista hacia ella.
—Nada. Estoy bien. —Pero no lo estaba ni creía que volviera a estarlo nunca—. ¿Cuánto falta?
—Unos ochenta kilómetros.
Viajaron en silencio durante unos cuantos minutos más. A Brenna, el estómago le indicaba que hacía tiempo que había pasado la hora de comer. Según la última señal de tráfico, pronto aparecería otra ciudad en el horizonte.
Brenna estaba a punto de comentarlo cuando Blake declaró:
—He pensado parar en la próxima ciudad. Tenemos que hablar.
Su comentario no presagiaba nada bueno.
— ¿Cuándo abrirás el sobre que mi padre dejó para ti?
Brenna no apartó la mirada del frente, pues no quería ver la reacción de Blake.
—Hay un parque pequeño unos kilómetros antes de donde Jarvis nos espera. Pensaba parar allí después de comer.
— ¿Es otro de tus lugares de citas? —soltó Brenna.
Blake mantuvo la atención fija en las pronunciadas curvas de la carretera, aunque una expresión especialmente irritante se reflejaba en su rostro, como si la pregunta de Brenna le pareciera divertida.
—Conozco el parque porque he pasado por aquí otras veces. En él hay un montón de mesas de picnic que no he probado nunca. —Blake sonrió levemente—. Podríamos añadir otra mesa a mi lista, si estás interesada...
Ella sí que estaba interesada, pero practicar el sexo al aire libre no constituía una de sus fantasías. Al menos, hasta entonces.

La comida ayudó. Y el café tan caliente que le escaldaba la boca también ayudó. Incluso la tarta dura que conservaba de la noche anterior ayudó. Cualquier cosa que lo mantuviera ocupado y le impidiera pensar en la mujer que estaba sentada frente a él. ¿Cómo podía Brenna haber pasado la noche en sus brazos, quemando las sábanas, y después mirarlo como si fuera algo que hubiera encontrado debajo de una piedra? Esto lo enojaba sobremanera. Esto y tener que admitir cuánto le dolía su actitud.
¡Qué caray, él sabía que no era completamente humano, pero la mayor parte del tiempo no se sentía tan diferente! Durante su época de entrenamiento, un tutor le dijo que la diferencia genética entre un ser humano normal y un paladín era inferior a un cero coma cinco por ciento. Claro que este pequeño porcentaje era de ADN alienígena, un legado de unos cuantos Otros que habían conseguido cruzar la barrera y mezclarse con la población de este mundo. Su constitución genética, combinada con la humana, hacía que sus hijos fueran distintos a ambas líneas paternas en aspectos muy importantes.
Algunas de las diferencias eran buenas: mayor longevidad, mayor capacidad de curarse, inteligencia aguda... Pero las malas las sobrepasaban con creces: todos los paladines, sin excepción, se convertían, con el tiempo, en uno de los Otros. Resultaba irónico que se pasara la vida luchando contra sus familiares lejanos.
—Cálmate, Blake, no te vayas a atragantar con la comida. Tenemos tiempo de sobra.
Para ella era fácil decirlo, pero el tiempo se les acababa a ambos. Blake dedujo que los dos policías de St. Louis eran dos peleles a sueldo, como el guardia de Seattle, y a él quien le interesaba era el hombre que manejaba los hilos.
Blake cerró los ojos y se imaginó el placer que sentiría al cortar a aquel tipo en pedacitos. Ésta no era su forma habitual de actuar. Los Otros contra los que luchaba morían con dolor pero deprisa. Sin embargo, en esta ocasión, pensaba saborear la muerte de su adversario.
— ¡Eh, Blake! No sé en qué estarás pensando, pero no puede ser nada bueno.
Los ojos de Brenna reflejaron preocupación y, una vez más, algo de temor.
¡Dios, ya era bastante malo que lo considerara una especie de criatura alienígena para encima darle miedo! Blake volvió a dirigir su atención al presente y cogió la cuenta.
—Vamos, no quiero hacer esperar a Jarvis.
Brenna alargó el brazo y apoyó la mano en la de Blake:
— ¿No podemos hablar antes de irnos?
— ¿Sobre qué?
Blake no se movió, disfrutando de la calidez de la mano de Brenna.
Ella agitó el tenedor en el aire.
—No sé, sobre cualquier cosa de la que habla la gente... El tiempo... El último libro que has leído... Blake miró por la ventana. —Fuera hace calor.
Brenna levantó la vista hacia el techo y se reclinó en el asiento.
—Interesante tema. ¿Qué has leído últimamente? Blake titubeó, pues no quería que ella percibiera en su respuesta más de lo necesario. —Uno de tus libros. — ¿De verdad?
—Sí, ya te conté en el hospital que he leído todos tus libros menos el último. ¿Qué pasa, acaso crees que somos una especie de vida primitiva que no sabe leer? —Blake extendió las manos frente a él—. Como vosotros, tenemos pulgares opuestos al resto de los dedos. Con una formación especial, incluso podemos pasar las hojas nosotros solos.
Brenna lo sorprendió echándose a reír.
—Ojalá pudieras verte la cara, Blake.
En lugar de ofenderse, Blake se sintió feliz al verla sonreír de nuevo. Le parecía estupendo que ella se lo pasara bien, aunque fuera a su costa.
—Bueno, ahora en serio. Me siento muy halagada por el hecho de que hayas comprado mis novelas y las hayas leído.
Blake se encogió de hombros.
—Me gusta la forma que tienes de traer la historia al ámbito personal, ya que la mayor parte del tiempo sólo la vemos desde la distancia.
Los ojos de Brenna se iluminaron de placer.
—Ésta es una de las cosas más bonitas que me han dicho acerca de mi trabajo. Algunos de mis compañeros de la universidad me desprecian porque escribo para el público en general, en lugar de para alguna revista docta y caduca.
Brenna cogió la mano de Blake entre las suyas y siguió, con la punta del dedo, la línea de callosidades que eran el resultado de horas y horas de blandir una espada.
—Te enviaré un ejemplar de promoción del próximo libro, que se publicará, más o menos, dentro de ocho meses.
El buen humor de Blake cayó en picado. Si tenía que fiarse de los resultados de sus pruebas, existía una gran posibilidad de que no estuviera vivo al cabo de ocho meses. Sacó su billetero y dejó encima de la mesa el dinero suficiente para pagar la cuenta.
—Ya es hora de largarse.
La sonrisa de Brenna se desvaneció.
—De acuerdo. ¿Pararemos por el camino, como dijiste antes?
—Sí, creo que deberíamos hacerlo. —Blake observó el reloj de pared con forma de gato cuya cola marcaba los segundos—. Será mejor que telefonee a Jarvis y le diga que llegaremos más tarde de lo acordado.
—Yo voy al lavabo. Nos vemos en el coche.
Brenna se alejó un poco demasiado deprisa y Blake la contempló hasta que desapareció en el territorio prohibido de los lavabos de señoras. ¿Qué iba a hacer allí para mirarlo con aire de culpabilidad? ¿Acaso iba a hacer algo estúpido como escribir una nota a la policía en el espejo con el pintalabios?
Blake intentó recordar en vano si Brenna llevaba pintalabios. No, lo más probable era que realizara una llamada telefónica. Pero ¿a quién? Desde que iniciaron la huida, ella no había mencionado a ninguna amiga íntima. Blake tomó nota, mentalmente, de conseguir más información acerca de su vida privada cuando las cosas se calmaran. Claro que no quería conocer muchos detalles, pues éstos sólo harían que le resultara más difícil alejarse de ella llegado el momento. No quería poder imaginarse su apartamento o la universidad en la que trabajaba. O, peor aún, el hombre con el que, quizás, estaba saliendo.
Este pensamiento hizo que se dirigiera al lavabo, aunque no tenía ni idea de qué era lo que pensaba hacer. Cuando se dio cuenta de que estaba reaccionando de forma exagerada, se detuvo en seco y se volvió hacia la puerta de entrada. No importaba a quién telefoneara Brenna, los dos estarían seguros en los túneles subterráneos antes de que nadie consiguiera seguirles la pista.
Brenna se encontró con él en el exterior sólo un par de minutos después. Blake esperaba verla caminar con lentitud, para darle tiempo a su misterioso caballero a llegar para rescatarla, pero ella subió directamente al coche. Sin embargo, cuando Blake giró la llave de contacto, Brenna apoyó la mano sobre la suya.
—Tenemos que parar al otro lado de la calle.
Blake volvió la cabeza y vio un centro comercial del que entraban y salían montones de clientes.
— ¿Por qué?
Brenna apartó la mirada.
—Tengo que comprar algo que me han recetado. —Deberías haberme contado que sentías dolor. Ayer mismo podríamos haber comprado algo. —No tengo dolor. —Brenna se sonrojó. —Entonces ¿qué te pasa?
—Tengo que comprar las pastillas anticonceptivas. Brenna le lanzó una mirada airada, como si lo retara a responder; pero, en aquel momento, Blake no podría haber pronunciado dos palabras seguidas. ¡Santo cielo! ¡La noche anterior, la idea de los anticonceptivos ni siquiera se le había pasado por la cabeza! ¿Cuántas veces habían...? Claro que esto no importaba, pues una vez era suficiente. Dos, era pedir que sucediera. Y cuatro o cinco veces...
Si él se ofrecía a comprar una caja de condones, ¿creería ella que daba por descontado que reanudarían lo que habían iniciado aquella mañana?
Si Brenna se había saltado unas cuantas dosis, corría el riesgo de quedarse embarazada. Mientras esperaba un hueco en el tráfico, Blake reflexionó sobre su propia reacción ante aquella situación.
¿No debería sentir pánico? Lo último que necesitaban era que ella se quedara embarazada de él. A Brenna la había criado su padre, pero él era un hombre excepcional. Blake no quería que ella tuviera que hacer malabarismos para compatibilizar la maternidad y el trabajo sin un marido que la ayudara. A su mente acudió la imagen de un niño de ojos grises enseñando a su orgullosa madre una torre impresionante de bloques de madera. Después la derrumbó con una sonrisa maliciosa y se echó a reír ante el ruido y la destrucción que había causado.
—Blake, no hay para tanto. Miles de mujeres toman anticonceptivos por razones médicas —declaró Brenna con voz enfadada.
— ¿Razones médicas?
—No me preguntes. Tengo que tomar las pastillas y punto. ¿Te molesta? —Ahora su voz reflejaba cierto mal humor.
Brenna no quería los anticonceptivos porque no creyera poder resistir sus dudosos encantos. No, simplemente los necesitaba. Blake experimentó una repentina y amarga decepción.
Sin embargo, esto no implicaba que él no fuera a comprar los condones. Por si acaso. Si pensaba en la noche anterior, puede que fuera demasiado tarde, pero, de todas formas, quería estar preparado.
Hundió el pie en el acelerador y cruzaron la calle quemando caucho. Aparcó en el primer lugar que encontró y siguió a Brenna al interior de los almacenes. Ella no se sentiría feliz cuando viera que él compraba la caja de condones de tamaño familiar, pero Blake había aprendido años atrás a estar siempre preparado.

Las estribaciones de Ozark, con sus bonitas colinas cubiertas de árboles y sus resplandecientes ríos, pasaron por la ventanilla de Brenna. Aquél era uno de sus lugares favoritos para conducir con tranquilidad. Para su última novela, había pasado horas recorriendo la zona y siguiendo los caminos de las mujeres que habían estado allí antes que ella, cuidando de sus familias en sus cabañas de troncos.
Claro que con Trahern al volante, el recorrido fue todo menos tranquilo. Pasaron a toda velocidad junto a una señal que le informó de que el parque que Blake había mencionado estaba a poca distancia.
Brenna todavía estaba intentando asimilar el pequeño episodio de los almacenes. Cuando se disponía a pagar los anticonceptivos, Blake dejó una caja grande de condones sobre el mostrador y ella no tuvo más remedio que pagar ambos productos con el dinero que él le había dado.
Hasta aquel momento, no se había dado cuenta realmente de que habían jugado con fuego al practicar el sexo sin protección. Aunque sólo se había saltado la medicación unos días, hasta que las pastillas nuevas le hicieran efecto se encontraban en una situación de riesgo. Su mano se deslizó hasta su estómago. Ella siempre había querido tener hijos, pero había planeado encontrar, primero, un marido; al estilo ordinario.
Pero Blake Trahern era todo menos corriente. Más bien tendía a lo extraordinario. ¿Cómo le explicaría ella a un hipotético hijo suyo lo que hacía para ganarse la vida? «Cariño, papá llegará tarde esta noche porque él y sus amigos tienen que matar a unos alienígenas.» Brenna sintió deseos de echarse a reír, aunque no había nada divertido en aquella situación.
Blake aminoró la marcha para entrar en el parque y, una vez allí, detuvo el coche. Brenna cogió el sobre que habían escondido debajo de su asiento y se lo tendió a Blake. El lo aceptó, mientras sus ojos plateados adquirían una sombría expresión.
— ¿Quieres leerlo tú primero?
Brenna así lo habría querido, pero no iba dirigido a ella. —No, léelo tú.
Blake asintió con la cabeza, salió del coche y se dirigió al lado del copiloto para abrirle la puerta a Brenna. Cuando le ofreció la mano, ella la aceptó sin titubear. No importaba quién o qué era Blake, seguía siendo el hombre que la había sostenido en sus brazos y la había hecho sentirse segura.
El pequeño parque, que ofrecía una vista panorámica de las interminables montañas de Ozark hacia el oeste, estaba desierto. Trahern eligió una mesa de picnic al azar, se sentó sobre ella y contempló el sobre que tenía en las manos con una extraña expresión en el rostro.
En lugar de quedarse merodeando por allí, Brenna recorrió la pequeña distancia que la separaba de los lavabos para asearse un poco. La sensación del agua fría en el rostro le sentó bien. Se apoyó en el lavamanos para examinar su cara en el espejo. Estaba cansada, y esto se notaba en las oscuras ojeras que sombreaban sus ojos. Pese a ello, se sentía mejor que dos días atrás. Lástima que no pudiera tomar prestada parte de la asombrosa capacidad de curación de Blake.
Para proporcionarle algo de intimidad, a continuación Brenna se acercó a un letrero que explicaba que el parque se había construido en memoria de una de las familias pioneras de la zona. Cuando su vida volviera a la normalidad, la historia de aquella familia podía constituir la simiente de su próxima novela. Le encantaba indagar en el pasado y encontrar la manera de volverlo a la vida en la mente de sus lectores.
Blake se colocó a su lado. A pesar del calor que hacía, Brenna se estremeció y deseó apoyarse en su sólida fortaleza, pero se resistió a la tentación.
—Tu padre me ha pedido en su carta que te dé esto. —Blake le tendió un sobre con su nombre escrito en letras mayúsculas—. Cuando estés lista te enseñaré el resto del contenido.
Blake se dispuso a alejarse, pero Brenna lo cogió por el brazo. Cuando él se detuvo, ella lo soltó. Brenna sabía que le estaba dando señales contradictorias, deseando que estuviera a su lado y, al mismo tiempo, rechazando su naturaleza no humana. Quizá su actitud no fuera justa, pero en aquel momento, pocas cosas en su vida lo eran.
—No te alejes demasiado.
Blake se quedó cerca mirando en dirección a la carretera. Los dedos de Brenna temblaron mientras abría el sobre. Le dolía saber que su padre estaba tan seguro de su posible muerte que había sentido la necesidad de escribirle sus últimos pensamientos. Desdobló la hoja y parpadeó varias veces para apartar las lágrimas que le impedían leer.

Querida Brenna:
Siento que estés leyendo esta carta porque esto significa que algo terrible ha sucedido. Siempre existe el peligro potencial de que un acusado desate su rabia contra mí, pero esto va implícito con la tarea de ser juez. Yo acepté ese riesgo y confié en que la ley nos protegería a los dos.
Lo que nunca te conté fue que mi amor por la ley me llevó a asumir otro papel, el de miembro de un grupo secreto denominado «Los regentes». Aunque es imperativo que operen a escondidas de la gente común y corriente, a ti te contaré la verdad.
Nuestro mundo está en constante peligro de invasión por parte de los habitantes de otro mundo. Sé que esto suena a una estrafalaria historia de ciencia ficción, pero te juro que es verdad. Sin embargo, nuestro mundo también tiene la inmensa suerte de contar con un tipo de guerreros que parecen salidos de una de esas novelas fantásticas que tanto te gustan. Su labor consiste en luchar a muerte para impedir la invasión de los Otros. Nuestro viejo amigo Blake Trahern es uno de esos sorprendentes guerreros. Lo supe desde el primer momento que lo llevaron a juicio.
El hecho de que estés leyendo esta carta significa que yo estoy muerto y que tú estás con Blake. Yo le confiaría mi vida y, lo que es todavía más importante, le confiaría la tuya. Me siento orgulloso del hombre en el que se ha convertido y quiero que se lo digas de mi parte.
Te quiero, Brenna Marie. Tú has sido la luz de mi vida. Siento no poder acompañarte el día de tu boda y abrazar a mi primer nieto. Acuérdate de mí en esos momentos y quiero que sepas que tu padre habría deseado estar allí, a tu lado.
Repito: confía en que Blake te mantendrá a salvo. Temo por vosotros hasta que él y sus amigos descubran a los miembros corruptos que amenazan con acabar con los regentes. Si esto sucediera, el mundo entero sufriría las consecuencias. Te quiere,
PAPÁ

Todo el dolor que Brenna había estado reteniendo cayó finalmente sobre ella. Se le rompió el corazón y las lágrimas la cegaron mientras buscaba algo sólido a lo que agarrarse. Entonces el mundo se inclinó y Brenna cayó al suelo.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:27 pm

9


Blake percibió que Brenna se caía por el rabillo del ojo. ¡Mierda! Apenas consiguió amortiguar su caída. La cogió en brazos, la llevó hasta la mesa más cercana y la sentó en su regazo. Al principio, ella se resistió e intentó librarse de los brazos de Blake, pero él no pensaba dejarla ir.
Brenna hundió la cara en el pecho de Blake y sollozó mientras sus lágrimas quemaban la piel de Blake a través de la fina tela de su camiseta. Él deseó con todas sus fuerzas tener las palabras adecuadas para reconfortarla, pero lo único que le podía ofrecer era el santuario de sus brazos todo el tiempo que ella lo necesitara.
El huracán del dolor de Brenna los desgarró a ambos. El dolor que Blake experimentaba era tan intenso como el de ella, sólo que él carecía del alivio de las lágrimas. Aunque Brenna no lo supiera, ella lloraba por los dos. El juez Nichols había sido el salvador de Blake. Sin el juez, él habría muerto una y otra vez en las calles. El juez le había dado a Brenna la vida, pero a Blake le había dado esperanza; un regalo mucho más difícil de encontrar en el mundo.
Blake se alegró de que estuvieran solos cuando el dique que contenía el dolor de Brenna se derrumbó, pues cualquiera que los hubiera visto se habría quedado impresionado por la intensidad de sus sollozos. Al final, Brenna se fue tranquilizando poco a poco mientras Blake le acariciaba con suavidad la espalda, esperando que su gesto le proporcionara algo de paz.
Brenna susurró junto al pecho de Blake que ya había terminado. El curvó el dedo índice y le levantó la barbilla. Brenna tenía la cara sucia y los ojos hinchados y rojos de llorar. El nunca había visto a nadie tan hermoso en su vida. Con más dulzura de la que él creía poseer, Blake acercó sus labios a los de Brenna y ella unió los suyos a los de él a medio camino.
Aquel dulce beso proporcionó a Blake el consuelo que necesitaba. Reclinó la cabeza de Brenna en su hombro y apoyó en ella su barbilla. Brenna deslizó una mano hasta el rostro de Blake y él cerró los ojos disfrutando de la suave caricia. Después, Blake giró la cara y besó la palma de la mano de Brenna.
—Gracias, Blake. No era mi intención perder el control de esta manera.
—No te preocupes. Me sorprende que no lo hayas hecho antes. —Blake la estrechó levemente contra su pecho para indicarle que se sentía feliz de haber estado allí cuando sucedió.
Brenna enderezó la cabeza para verlo mejor.
—Mi padre quería que te dijera que él te habría confiado su vida y que te confiaba la mía.
Sus palabras se clavaron en el pecho de Blake como un puñal. El había puesto al juez en peligro y a éste le había costado la vida.
Evidentemente, Brenna podía leer sus pensamientos mejor que cualquier otra persona.
—No, Blake, no fue culpa tuya. Tú no colocaste los explosivos. Si no hubieras avisado a mi padre de que algo iba mal, alguna otra persona lo habría hecho. Y sabes que él nunca se habría mantenido al margen.
Sus palabras no convencieron a Blake, pero ayudaron a aplacar su sentimiento de culpa. Sin duda, otro beso era lo más adecuado en aquel momento, pensó Blake; aunque, si seguían por este camino, él querría probar la mesa de picnic y dudaba que ella quisiera hacerlo. Literalmente. La idea lo hizo sonreír.
—Blake Trahern, tu mirada no me inspira ninguna confianza. —Blake amplió la sonrisa y Brenna dedujo a qué se debía—. No. De ninguna manera. —Brenna se enderezó, lo que hizo que fuera más consciente de la reacción del cuerpo de Blake—. No pienso desnudarme aquí contigo, a plena luz del día.
¿Significaba esto que lo haría cuando oscureciera? Eso esperaba él. Blake sentó a Brenna a su lado; la distancia lo ayudaría a concentrarse en el asunto que tenían entre manos.
—Tenemos que irnos. Antes de que Jarvis nos mande la caballería. Le prometí que estaríamos allí como muy tarde a las tres.
—Estoy preparada.
Brenna se dio cuenta de que se le había caído la carta de su padre al suelo. Bajó de la mesa, la cogió y se la tendió a Blake.
—Creo que él quería que tú también la leyeras.
Blake leyó la carta con rapidez. Al menos el juez se había despedido de su hija y le había dicho que la quería. Era posible que ella no valorara este hecho en aquel momento, pero más tarde obtendría consuelo en aquella despedida. Sin embargo, si el juez sospechaba que estaba en peligro, ¿por qué demonios no lo había llamado? Él sabía que Blake habría acudido a su llamada con unos cuantos amigos de confianza. Juntos quizá podrían haber evitado aquel desastre.
No debió de darle tiempo.
Blake devolvió la carta a Brenna.
—Tu padre era un buen hombre que se tomó su juramento con seriedad. El mundo es un lugar más pobre sin él.
—Gracias, Blake. Viniendo de ti, esto significa mucho para mí.
Regresaron al coche.
— ¿Qué más había en el sobre? —preguntó Brenna.
—Un disquete y unas cuantas hojas de datos. Me dejó una nota en la que me indicaba que podía confiar en Jarvis y que le pidiera ayuda para descifrar la información del disquete y de los listados.
El sobre también contenía una carta para él; una carta que no estaba preparado para compartir con Brenna y quizá nunca lo estuviera.
—Entonces será mejor que nos pongamos en marcha —contestó Brenna.
—Bien dicho.
Blake giró la llave de contacto y salieron del parque dejando atrás una nube de polvo.

Jarvis soltó una maldición. Si el maldito regente telefoneaba o pasaba por allí otra vez, él haría algo de lo que ambos se arrepentirían. Aunque quizá valiera la pena teniendo en cuenta lo imbécil que era aquel tipo.
Odiaba el caro corte de pelo de Ritter y sus trajes hechos a medida. Es más, odiaba la forma desdeñosa en que Ritter miraba sus vaqueros y sus zapatos desgastados. ¡A la mierda con él! Los regentes pagaban con generosidad a los paladines, pero él no se gastaba el dinero en ropa. Resultaba demasiado difícil eliminar las manchas de sangre.
El teléfono sonó.
Jarvis consultó su reloj y pensó que podía tratarse de Trahern. Descolgó el auricular. —Jarvis al habla.
Escuchó lo que le dijo el guardia de la entrada. — ¿Quiere repetirlo?
La segunda vez que lo oyó no le hizo sentir más feliz. ¿En qué demonios estaba pensando Trahern? ¿Por qué no había dejado a la señorita Nichols en algún hotel de la zona? Evidentemente, el muy imbécil pensaba con la parte equivocada del cuerpo. Hasta un ciego se daría cuenta de que Trahern estaba colado por Brenna Nichols, aunque él no quisiera admitirlo.
Aun así, nadie, absolutamente nadie, podía llevar civiles al Centro. El sistema de seguridad del Centro rivalizaba con el del mismo Pentágono, pero Blake era el rey de lo inesperado.
—Ahora voy.
Jarvis se lo tomó con calma, pues sabía que, si iba corriendo a la puerta, todavía llamaría más la atención sobre aquella infracción de la seguridad. Ya se encargaría de Trahern cuando él y su compañera no deseada estuvieran en su oficina.
El guardia apuntaba directamente al pecho de Trahern. Jarvis frunció el ceño con desagrado. Sólo un disparo a la cabeza habría detenido a Trahern en caso de que hubiera querido entrar en el complejo. La única razón para que no lo hubiera hecho ya era que habría puesto en peligro a Brenna Nichols.
Trahern vio a Jarvis antes de que el guardia lo hiciera.
—No se puede decir gran cosa de tu hospitalidad, Jarvis.
El guardia mantuvo su posición; aunque, en cierta manera, se relajó.
—Señor, Blake Trahern está autorizado a entrar, pero la mujer no. Ella afirma ser la hija del juez Nichols.
—Eso es exactamente lo que es, de modo que puede usted bajar la guardia. Yo me responsabilizo de los dos.
Jarvis les indicó que pasaran por la puerta de seguridad e ignoró la señal de alarma que advertía de que Trahern llevaba armas. Todos los paladines disparaban las alarmas con regularidad.
—Me alegro de que estés bien, Brenna.
A Jarvis no se le escapó el hecho de que ella se mantenía muy cerca de Trahern. Sin duda éste la había convencido para que confiara en él. ¡Un tipo con suerte!
—Seguidme. Iremos a mi despacho.
Jarvis los condujo rápidamente al ascensor para evitar que el entrometido regente descubriera la presencia de la hija del juez en el complejo e introdujo el código que los llevaría a las profundidades de la tierra.
Cuando el ascensor llegó a su destino, realizó una leve sacudida. Jarvis fue el primero el salir. Los dioses le sonreían, porque la zona más próxima a los ascensores estaba vacía.
—No hay nadie a la vista, así que daos prisa.
Sin embargo, antes de que llegaran al final del pasillo, Trahern lo agarró del brazo e inclinó la cabeza a un lado. Alguien se acercaba por el pasillo de la derecha. Los tres se escondieron en un almacén de armas. Al ver todas aquellas hachas y espadas, Brenna se sintió horrorizada, aunque no sorprendida. ¿Cuánta información le había revelado Blake?
Cuando los dos guardias pasaron de largo sin que se produjera ningún incidente, los tres recorrieron a toda prisa la distancia que los separaba del despacho de Jarvis. Una vez dentro, Jarvis respiró hondo y soltó un largo suspiro. De momento, estaban a salvo.
— ¿Qué es tan importante, Trahern, para que cometas la locura de traerla aquí? Ya conoces las normas. Si alguien averigua lo que has hecho, te encadenarán hasta las orejas y te entregarán a los tutores.
Jarvis se cruzó de brazos.
—Al juez lo asesinó uno de los nuestros —declaró Trahern, con una gélida mirada.
Jarvis contempló a Brenna.
— ¿Y ella sabe quiénes y qué somos?
—Ella puede responder por sí misma. —Brenna se colocó al lado de Blake—. Yo sé lo que Blake me ha contado. Y mi padre me dijo que confiara en él.
— ¿Y qué hay de mí?
—En ti también —asintió Brenna con la cabeza—. Pese a las disparatadas historias que he oído últimamente, mi padre deseaba que confiara en vosotros dos para descubrir a la persona que lo mató.
Jarvis volvió a centrar su atención en Trahern.
—Tengo entendido que dispones de pruebas que demuestran que uno de los nuestros está detrás de los ataques.
Trahern le tendió un sobre.
—Según el juez, todo está en este sobre. Aquí está la causa de que lo mataran. Y estoy seguro de que, si no somos cuidadosos, también podrían matarnos a nosotros. ¿Estás conmigo?
Jarvis ni siquiera se lo tuvo que pensar.
—Estoy contigo. —Y cogió el sobre.

—Tenemos que volver ahí adentro.
El detective Swan bebió un trago de su refresco de tamaño familiar. Habían aparcado en el callejón que comunicaba con el jardín trasero de la casa del juez.
—No importa lo que diga ese tal señor Knight, tenemos que actuar al menos como si ésta fuera una investigación normal de asesinato. Si no le entregamos algo pronto al teniente, nos dará una patada en el culo. Lo están presionando mucho desde arriba para que resuelva este caso.
—Cuéntame algo que no sepa.
Montgomery envolvió lo que quedaba de su burrito en una servilleta y lo metió en una bolsa. No debería haber comido algo tan picante y grasiento como aquello estando tan tenso. Guardaba un frasco de antiácido en la guantera, pero si no se encargaban pronto de aquel asunto, sufriría algo mucho peor que un ardor de estómago.
—Hemos registrado la maldita casa tantas veces que siento como si viviera en ella. —Se reclinó en el asiento y cerró los ojos—. Tenemos que encontrar al tipo que huyó con Brenna Nichols, por no mencionarla a ella. La hija del juez sabe más de lo que nos contó en el hospital.
Swan se echó a reír.
—Ya sabemos quién mató al juez. Knight no nos sobornaría si no hubiera sido él quien conectó la bomba al mecanismo de puesta en marcha del coche del juez. La verdadera cuestión es por qué lo hizo y por qué ese tal Trahern está husmeando por aquí.
—Y por qué Brenna Nichols salió huyendo como una liebre asustada —añadió Montgomery—. Si no tuviera algo que esconder, habría solicitado protección policial, como todo el mundo.
Sí, se encontraban ante un auténtico rompecabezas. Pero lo que Swan deseaba averiguar por encima de todo era la identidad del señor Knight. Si éste era su verdadero nombre, él se comería su placa para desayunar. De momento, no había podido conseguir las huellas dactilares de aquel individuo; pero algún día Knight cometería un error y, cuando lo cometiera, Montgomery convencería a su amigo del laboratorio para que identificara las huellas con carácter prioritario.
—Registremos de nuevo la cuenta bancaria de Trahern —sugirió Montgomery—. El tipo no puede estar hecho de dinero en efectivo. En determinado momento, él o la mujer tendrán que acudir a un cajero o a un banco y, cuando lo hagan, sabremos por dónde empezar a buscarlos.
Swan engulló el último trozo de taco.
—Tú comprueba las cuentas. Yo telefonearé a unas cuantas casas de coches de alquiler más para intentar averiguar qué modelo de coche utilizan.
—Buena idea.
Le gustaba que su joven compañero tuviera ideas propias. Swan tenía el potencial para ser un gran detective, pero él no estaría a su lado para ver si lo conseguía o no. O se retiraría gracias al dinero que Knight le pagara o buscaría un agujero en el que esconderse cuando Knight decidiera que Swan y él ya no le resultaban útiles.
—Vamos a la oficina.
La idea de encontrarse con su oficial al mando hizo que Montgomery cogiera el frasco de antiácido. Pronto tendría que comprarse otro.

Brenna parecía tener frío. Debería haber pensado en recomendarle que cogiera una chaqueta. Los paladines eran insensibles al frío constante de los túneles, pero los humanos no toleraban como ellos las bajas temperaturas. Blake subió unos cuantos grados el termostato del despacho de Jarvis.
¿Cuánto tiempo más estaría fuera Jarvis? Se había cansado de recorrer la habitación mientras Brenna cabeceaba en una silla. Los morados que la explosión le había producido se iban desvaneciendo con rapidez, pero las oscuras ojeras que tenía debajo de los ojos le recordaban a Blake todo aquello por lo que había pasado en los últimos días. Blake deslizó los dedos por un mechón del cabello de Brenna deseando poder hacer algo más por ella.
Sin duda alguna, él había contribuido a sembrar el caos en la vida de Brenna, tanto dentro como fuera de la cama. Conservaría hasta el día de su muerte el recuerdo de lo agradable que había sido tenerla debajo de él, jadeando su nombre mientras él los transportaba a ambos al éxtasis.
Ella lo había hecho sentirse cálido y humano otra vez. Si Jarvis no fuera a regresar en cualquier momento, cedería a la tentación de despertarla con un beso y convencerla de probar el escritorio de Jarvis. ¿Consideraría ella que el escritorio era una mejora respecto a la mesa de picnic? En cierto modo, él lo dudaba.
Brenna volvió a estremecerse y Blake frunció el ceño recordando, una vez más, lo incompatible que eran ella y su mundo. Murmuró una maldición, se quitó la camisa y cubrió a Brenna con ella.
Brenna abrió los ojos y lo miró con una sonrisa somnolienta.
—Gracias. ¿Estás seguro de que no la necesitas?
—Si la necesitara, no te la habría dado.
Brenna frunció el ceño y cerró los ojos apartándolo, así, de su visión. Blake sabía que se estaba mostrando brusco con ella, pero aquella espera interminable lo estaba consumiendo. Quizá debería haberle explicado que los paladines se adaptaban con rapidez a los cambios de temperatura, desde un frío intenso hasta un calor extremo, pero ella ya lo miraba como si fuera un bicho raro. Lo último que quería era proporcionarle más ejemplos de lo extraño que era.
Brenna se acurrucó en la silla y se arropó con la camisa de Blake. Éste creyó que se iba a dormir, pero ella volvió a abrir los ojos.
— ¿Cuánto tiempo estará fuera?
—Ojalá lo supiera. Si no regresa pronto, saldré a buscarlo. No se cabreará mucho si me encuentra merodeando por ahí, pero será mejor que tú te esperes aquí.
— ¿Por qué se enfadó tanto al verme contigo?
—Al hablarte de los paladines y los regentes, rompí mi promesa de silencio. Al mismo tiempo, lo expuse a él sin haberle pedido permiso.
Brenna se enderezó en la silla.
— ¿A qué viene tanto secretismo? A mí no me parecéis tan distintos a cualquier otra fuerza especial de operaciones.
—Para empezar, los demás no luchan con espadas. Después está el pequeño detalle de que resulta casi imposible matarnos. Y, si morimos, volvemos a la vida. Cuando por primera vez organizaron a los paladines como una fuerza de lucha contra los Otros, la sociedad tenía la desafortunada tendencia de crucificar a cualquiera que fuera diferente. Entonces nos escondimos bajo tierra, tanto literal como metafóricamente, porque es aquí donde tienen lugar nuestras batallas. Cuanto menos supieran los demás sobre nosotros y los Otros, mejor.
Jarvis eligió aquel momento para aparecer.
—Siento haber tardado tanto.
—No tiene importancia. Le estaba dando a Brenna una breve lección de historia acerca de los paladines y la razón de que nos mantengamos en secreto.
Jarvis se dejó caer en su silla y apoyó los pies sobre el escritorio.
—Mientras se lo explicas, ¿quieres que imprima una lista de los miembros para que pueda exponernos a todos de una vez?
Brenna se enderezó en la silla, pues una indignación justificada la dispuso a librar batalla. Aunque a Blake le habría resultado divertido verla vapulear a su amigo, no tenían tiempo para discusiones.
—He tenido que contarle nuestra historia para que sepa a qué nos enfrentamos. Brenna es una persona inteligente. Cuando comprenda nuestra situación, guardará nuestro secreto. —Blake miró a Brenna—. Yo confío en ella.
Al oír esta afirmación, Jarvis bajó los pies al suelo y Brenna contempló a Blake con la boca abierta.
Al final, Jarvis sacudió la cabeza como queriendo despejar la mente.
—Bueno, en ese caso, vamos.
— ¿Adonde?
—A los túneles.
Jarvis cogió un papel y escribió una nota. Blake la leyó al revés, desde el otro lado del escritorio.

Creemos que se han infiltrado en el servidor de nuestro ordenador. Mis muchachos han establecido una terminal en las cuevas, desde donde podremos controlar quién tiene acceso a nuestro sistema. Dos de ellos están trabajando en el disquete y los listados del juez. También hemos equipado mi despacho para interferir en cualquier escucha indeseada. Sólo uso mi equipo durante breves espacios de tiempo, así evito levantar sospechas.

—De acuerdo. Vamos.
Brenna se puso la camisa de Blake y los siguió hasta la puerta.
— ¿Las cuevas te incomodan, Brenna? —preguntó Trahern.
Si ella padecía de claustrofobia, decididamente tenían un problema.
—No lo sé. Nunca he estado en ninguna. Jarvis la miró con incredulidad.
— ¡Pero si te has criado en el estado con más cuevas y cavernas del mundo! ¿Cómo es que no has visitado Onondoga o las Cavernas Meramec?
Brenna se encogió de hombros.
—Bueno, pues prepárate. Estás a punto de visitar una de las maravillas del mundo menos conocidas.
Jarvis los condujo de vuelta al ascensor y tecleó su código de identificación.
Mientras el ascensor descendía a lo más hondo de la tierra, Blake permaneció al lado de Brenna, por si las profundidades la inquietaban. Ella se apoyó en la pared del ascensor y cerró los párpados. El día había sido muy largo para ambos y a estas alturas no parecía tener fin. Blake estaba acostumbrado a vivir largos periodos de tiempo sin el descanso adecuado; pero, por deferencia hacia Brenna, en cuanto Jarvis les enseñara lo que habían averiguado gracias al disquete y los listados, le pediría una habitación para que ambos pudieran descansar.
Cuando llegaron a su destino, el ascensor se detuvo con un suave zumbido. Brenna entró en la caverna con ojos maravillados. La barrera se encontraba en la pared del fondo, y su titilante resplandor iluminaba la caverna con un tenue brillo. Blake cerró los ojos y permitió que la energía de la barrera recorriera su cuerpo mientras él absorbía parte de su poder. Enseguida captó el instante en que Brenna la vio. Ella se agarró a su brazo y señaló aquella maravilla como si él no la pudiera ver por sí mismo.
—Es preciosa.
Como ella, mientras contemplaba todas aquellas maravillas.
— ¿Puedo tocarla?
—Sólo si te gusta jugar con redes de alto voltaje. Es muy potente, por eso los Otros sólo la traspasan cuando está apagada.
— ¡Ojalá tuviera una cámara! —Se dio cuenta de lo que acababa de decir y emitió un sonido de arrepentimiento—. Lo siento, se me ha escapado.
Entonces miró a Jarvis.
—Mi profesión consiste en estudiar la historia y la vida cotidiana de las personas. Escribir la historia de los regentes y los paladines es algo por lo que los historiadores daríamos nuestro brazo derecho.
Jarvis asintió con la cabeza aceptando su disculpa y su explicación. Trahern entendía que la historia de los paladines atrajera a un estudioso y pensó en todos los armarios repletos de archivos que se guardaban en el sótano del Centro de Seattle. La mayoría de las mujeres deseaba poseer joyas brillantes o salir de noche por la ciudad, pero Brenna preferiría pasar las horas entre todos aquellos archivos polvorientos. Sin embargo, eso nunca ocurriría.
Jarvis los condujo por un laberinto de túneles, unos estrechos y serpenteantes y otros amplios y con maravillosas vistas a la enorme caverna en la que la barrera pulsaba y brillaba. Cuando llegaron a una serie de cubículos construidos en una de las cavernas de menor tamaño, Trahern volvió a ser consciente de lo extraño que resultaba ver aparatos de alta tecnología rodeados de piedra milenaria.
Un paladín que Trahern no conocía estaba sentado ante un ordenador. Sus dedos volaban sobre el teclado. Hasta que el paladín se reclinó en el asiento para dejar que el ordenador cumpliera su función, Jarvis no realizó las presentaciones.
—Blake Trahern y Brenna Nichols, éste es John Doe. Aunque os resulte extraño, todos los que trabajan aquí se llaman John Doe. Si tuviéramos tiempo, nos encantaría llevar a cabo un análisis estadístico de las veces que ha sucedido algo así.
Jarvis sonrió.
Si aquel hombre se sorprendió de que le hubieran cambiado el nombre, no lo demostró.
—Siento mucho lo de su padre, señorita Nichols. Era un buen hombre.
—Gracias, señor Doe. Sus palabras significan mucho para mí.
El paladín volvió a centrarse en el ordenador y sus dedos volvieron a volar por el teclado. Los demás lo observaron en silencio durante varios minutos. Al final, Trahern no aguantó más.
—Jarvis, ¿hay algún lugar donde podamos dormir? Llevamos todo el día en la carretera y no se puede decir que la noche pasada haya sido muy tranquila. —Brenna enrojeció. ¡Mierda, lo había expresado mal!—. Ayer, cuando salí de la casa del juez me dispararon. No fue grave, pero me dolió un montón.
Jarvis frunció el entrecejo.
— ¿Quieres que un tutor te eche un vistazo?
—No, Brenna realizó unos primeros auxilios básicos y habló con Devlin Bañe y la doctora Young. Ellos le dijeron lo que tenía que hacer.
Su amigo pareció convenientemente impresionado y, tras examinar a Brenna con expresión pensativa, le dijo:
—Teniendo en cuenta que te han disparado, te han secuestrado de un hospital y que has tenido que pasar toda una noche con un paladín herido, lo llevas bastante bien. Conozco a guardias bien entrenados que no habrían aguantado tanta presión.
—Gracias... O eso creo. —Brenna lo miró con expresión intrigada, como si se preguntara si Jarvis hablaba en serio o no.
—Y, sí, Trahern, puedo ofreceros una habitación en el pasillo de al lado. No dispone de grandes comodidades, pero tenemos sábanas limpias y mucha agua caliente. —Jarvis llamó por teléfono—. Haré que bajen vuestras maletas.
Una sola habitación. Probablemente tendría dos camas, pues estaban pensadas para albergar a los paladines que necesitaban descansar cuando la barrera fluctuaba; pero, aun así, estaría demasiado cerca de Brenna. ¿Cómo se suponía que podría dormir sabiendo que ella estaba a escasos centímetros de distancia? Blake cerró los ojos y recordó cómo se había sentido cuando sus cuerpos estaban unidos y cuando la abrazó, después de que la pasión los dejara exhaustos y felices. Su cuerpo reaccionó de inmediato y Blake cambió de posición para ocultarlo.
Brenna volvió la cabeza para mirarlo. Sus ojos veían demasiado, porque enseguida se sonrojó y de nuevo giró la cabeza. Sin embargo, no pidió que les dieran habitaciones separadas.
Jarvis colgó el auricular y les indicó que lo siguieran.
—Desearía poder ofreceros algo más alejado de la barrera, pero creo que su energía no te molestará mucho, Trahern, pues ahora estás más habituado a la de Seattle.
Eso era cierto, pero Blake todavía sentía el ligero zumbido de ésta en sus venas. Cuanto más tiempo pasara cerca de ella, más notaría sus fluctuaciones. A menos que otra cosa ocupara su mente. Blake contuvo sus deseos de sonreír. Brenna no valoraría el hecho de que se acostara con ella sólo para no tener que prestar atención a la energía de la barrera.
Brenna le había ofrecido una visión del paraíso ardiendo de pasión con él entre las sábanas, pero lo había echado todo a perder por el simple hecho de que él se había curado de la noche a la mañana.
Y ahora tendría que pasar una larga noche despierto y deseándola cuando lo que realmente necesitaba era dormir de verdad.
Blake dio una palmadita en el hombro al misterioso señor Doe.
—Si descubres algo que valga la pena, despiértame, sea la hora que sea.
Doe miró a Jarvis antes de asentir con la cabeza. A Trahern le molestó que Jarvis estuviera por encima de él, pero lo mismo le ocurría con Devlin Bañe en Seattle. Nadie los había elegido como líderes y, sin embargo, ambos se habían ganado el respeto de sus compañeros paladines. Trahern tendría que vivir con aquella jerarquía.
—Os dejaré instalados y volveré al trabajo. —Jarvis los condujo a uno de los túneles secundarios que se bifurcaban hacia la derecha.
Los tres caminaron en silencio. Brenna seguía temblando, pese a la camisa de Trahern. Él la habría rodeado con el brazo para transmitirle el calor de su cuerpo, pero no estaba seguro de cómo reaccionaría ella. Lo último que deseaba era que Brenna lo rechazara delante de Jarvis y los demás. En privado, aguantaría sus cambios de humor, pero hasta ahí llegaba su paciencia.
Jarvis abrió una puerta y lanzó las llaves a Trahern.
—Como ya os he dicho, no es gran cosa, pero es un lugar seguro. Si me necesitáis, pulsad el cero en el teléfono que hay junto a la cama y pedid que me pasen la llamada. Como los móviles no funcionan bien tan cerca de la barrera, la telefonía por cable será vuestra mejor opción.
—Gracias, Jarvis. —Brenna entró en la habitación, se detuvo y volvió la vista hacia Jarvis—. Quería preguntarte si Jarvis es tu nombre de pila o tu apellido.
—Sí. —El muy imbécil se alejó por el pasillo riendo.
Trahern siguió a Brenna al interior de la habitación y miró a su alrededor. No había dos camas, sino una, y era de matrimonio. A continuación, examinó el suelo. La piedra caliza de éste resultaría fría e incómoda para dormir sobre ella. Claro que él había dormido en sitios peores. ¿O no?
—El servicio es rápido. —Brenna señaló su maleta y el petate de Blake, que estaban en una esquina.
—Probablemente están ansiosos de tenernos encerrados a buen recaudo, antes de que alguien más descubra que estamos aquí. —Blake cogió su petate y lo dejó sobre la pesada cómoda metálica que había junto a la pared—. Telefonearé para pedir otra manta. Resulta casi imposible calentar un lugar como éste con esa caverna enorme ahí afuera.
—De acuerdo... si crees que podemos necesitarla.
Brenna entró en el lavabo y cerró la puerta tras ella mientras Blake se preguntaba qué había querido decir exactamente. ¿Acaso creía que una manta para cada uno era suficiente o que no necesitarían más porque compartirían las mantas y la cama?
Blake descolgó el teléfono:
— ¿Podéis traernos un par de mantas más? La señorita Nichols no soporta el frío tan bien como nosotros.
¡Y que pensaran lo que quisieran! Sólo él y Brenna sabrían cómo se organizarían para dormir. Él pasaría la noche sobre la piedra caliza o acurrucado junto a Brenna, inhalando su calor y aquel aroma dulce que era tan personal y único en ella. No daba nada por sentado, pero un hombre siempre podía albergar esperanzas.

Brenna se inclinó sobre el lavamanos para contemplar mejor su cara. Los morados ya casi habían desaparecido. Incluso el corte del brazo se iba curando sin problemas. Acababa de lavarse los dientes y el pelo, que olía a limpio, caía en rizos sueltos enmarcándole la cara.
¿Tendría el valor de entrar en la habitación y compartir la misma cama con Blake? Había pensado en la posibilidad de prepararse una cama en el suelo de piedra, pero finalmente la rechazó. Blake había sacudido su propio mundo con su forma de hacer el amor y quería comprobar si podría hacerlo otra vez.
Respiró hondo, entró en la habitación y vio que Blake se preparaba una acogedora cama en el suelo. O no estaba interesado en compartir la cama con ella o no quería arriesgarse a que ella lo rechazara. Pues bien, ya se vería lo que sucedería.
—Ya estoy. Es tu turno.
Al oír el tono alegre de su voz, Blake le lanzó una mirada de extrañeza. Después cogió sus accesorios de aseo y sus pantalones de pijama. Nada más oír el grifo de la ducha, Brenna tendió una de las mantas de Blake sobre la cama para tener más calor y escondió el resto del catre que él había preparado debajo de la cama.
Después apagó la luz del techo, dejando encendida sólo la pequeña lámpara de la mesita de noche. Necesitaba las sombras para ocultar su vergüenza, mientras intentaba atraer a Blake a su cama.
Antes de que pudiera acobardarse, la ducha se apagó. Había llegado la hora de la verdad.
Apartó la ropa de la cama y se metió entre las frías sábanas. Los pezones enseguida se le pusieron turgentes anhelando aún más el contacto de las grandes manos de Blake para calentarlos. ¿Debería quitarse la camiseta y las bragas que se había puesto después de ducharse? No, ya sería bastante vergonzoso que Trahern decidiera dormir en el suelo sin la humillación añadida de tener que volver a ponerse la ropa.
La puerta del lavabo se abrió. ¡Dios mío!, ¿qué había hecho?

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:30 pm

10


Trahern no tardó mucho en darse cuenta de que su catre había desaparecido. Sus ojos plateados enseguida buscaron a Brenna y entonces se dio cuenta de que ella había colocado otra almohada en la cama.
—Si compartimos cama, yo no me quedaré en mi lado, Brenna.
—Lo sé —respondió Brenna, deseando que Blake dejara de ser tan noble.
—Sigo siendo un paladín y todo lo que conlleva. Nada ha cambiado.
¿Por qué no se callaba y le hacía el amor de una vez?
—Eso también lo sé.
—Entonces quítate la camiseta.
Algo en el brillo de sus ojos calentó el corazón de Brenna y le dio valor. Blake Trahern, paladín y guerrero, la quería tanto como ella lo quería a él. Un calor húmedo se le instaló entre las piernas y sus pechos se pusieron en tensión. A la larga, Blake desaparecería; pero, en aquel momento, eso no importaba.
Brenna se quitó la camiseta y la lanzó al suelo. Apenas podía esperar a que él le cogiera los pechos con las manos y los chupara con aquella boca terca y maravillosa que tenía. Por si él no captaba la idea, Brenna se cogió los pechos y los levantó exigiendo la inmediata atención de Blake.
La expresión del paladín se suavizó hasta convertirse, casi, en una sonrisa.
—Primero quítate las bragas. No quiero que nada se interponga en mi camino.
La visión que crearon sus palabras hizo que Brenna enrojeciera mientras las bragas se unían a su camiseta. Pero los dos podían jugar a aquel juego.
—Ahora te toca a ti.
Blake se quitó la camiseta y los pantalones con rapidez para quedar perfecta y deliciosamente desnudo. El cuerpo de Brenna no era el único que quería algo más que unas miradas calientes y un striptease.
—Ven aquí, Blake. Ahora. —Brenna extendió los brazos—. Me siento vacía.
Blake se acercó a la cama dando largos pasos. Un guerrero que reclamaba su merecido premio nocturno. Cuando apartó las mantas y se tumbó en la cama, la ráfaga de aire frío que provocó enseguida se vio reemplazada por el calor de su cuerpo.
—Dime qué quieres, Brenna.
Ella volvió a levantar sus pechos y él, obediente, plantó un malicioso y caliente beso justo en uno de sus pezones. Brenna colocó las manos de Blake en lugar de las suyas y así él le apretó los pechos con suavidad. Brenna cerró los ojos y gimió de placer mientras él frotaba la áspera piel de aquella cara contra la tierna carne de los pechos de Brenna.
Blake se detuvo.
—Debería haberme afeitado.
Brenna deslizó los dedos por su mejilla.
—Me gusta tu tacto. Ahora bésame.
—Sí, señora.
Blake se tumbó encima de Brenna y obedeció su orden mientras, con su beso, presionaba la cabeza de ella contra la almohada. Su lengua exigió entrar en la boca de Brenna indicándole que, aunque ella podía haber empezado aquel baile, él pensaba tomar la iniciativa. Brenna se lamió los labios invitándolo a entrar mientras separaba las piernas para acogerlo en el centro de su cuerpo.
¡Resultaba tan placentero tenerlo de nuevo entre los brazos y sentir su portentosa fuerza! Mientras sus lenguas jugaban y se entrelazaban, Blake levantó las piernas de Brenna y las colocó sobre sus caderas. Ella juntó los tobillos en la espalda de Blake, deseosa de que él la poseyera con fuerza y rapidez.
El susurro de la risa de Blake recorrió todo el cuerpo de Brenna.
—Tenemos un poco de prisa, ¿no? —Te quiero, Blake.
¿Había comprendido él que ella se refería a algo más que al sexo? Esperaba que sí.
Tras realizar dos fuertes empujones Blake se situó en lo más hondo del interior de Brenna y, por primera vez en todo el día, ella dejó de sentir frío. Blake giró sobre sí mismo transportando a Brenna con él. Cuando ella se enderezó, él penetró todavía más en su interior consiguiendo que se sintiera amplia y llena.
Las manos de Blake cogieron los pechos de Brenna y los apretaron mientras ella se balanceaba hacia delante. Blake le chupó los pechos por turnos, transportándola hasta la locura. Ella lo recompensó subiendo y bajando con rapidez y aprisionándolo con sus músculos internos. Blake gimió. Brenna sonrió y lo volvió a repetir.
Blake la miró con ojos resplandecientes, advirtiéndole que la represalia sería inmediata y placentera. Después de unas cuantas subidas y bajadas más, de repente Brenna se encontró tumbada sobre su espalda y con las piernas en los hombros de Blake mientras él descendía con sus besos por su estómago hasta el hueco que había entre sus piernas.
El cálido aliento de Blake hizo que Brenna se estremeciera, y él le lamió los húmedos pliegues encendiendo la llama de su deseo mientras buscaba sin tregua su placer. Pero ella no quería alcanzar el clímax sin él.
—Por favor. Necesito volver a tenerte dentro de mí.
Brenna se dio la vuelta y dobló las rodillas ofreciéndose a él en la postura más primitiva que conocía.
— ¡Dios, me vuelves loco, mujer!
Blake deslizó la mano entre las piernas de Brenna mientras la acariciaba e introducía un dedo en su interior. Ella hundió la cara en la almohada abrumada por todas las sensaciones que experimentaba.
— ¡Brenna!
Su nombre sonó como una plegaria mientras Blake se unía a ella poco a poco, permitiéndole ajustarse a la nueva posición. Blake se agarró a sus caderas y la penetró más hondo y con más rapidez buscando esa felicidad suprema que sólo el cuerpo de Brenna le proporcionaba.
Mientras el universo se desmoronaba a su alrededor, Blake y Brenna gritaron de éxtasis y, a continuación, se derrumbaron. Cuando, poco a poco, fueron recuperando la cordura, Blake la abrazó y le dio un beso dulce y tierno.
Apagó la luz de la mesita de noche y se acurrucó junto a ella con la muda promesa de mantener a raya la oscuridad.

Llevaba despierto casi una hora, pero no tenía prisa por abandonar el calor de la cama. Le encantaba sentir la curva de la espalda de Brenna pegada a él.
Brenna se estremeció y se desperezó.
—Buenos días.
—Sí que lo son. —Blake le dio un beso en la mejilla mientras le deslizaba la mano por la espalda y trazaba la curva de sus caderas—. ¿Has dormido bien?
Ella se volvió hacia él y sonrió.
—Muy bien.
Blake le rodeó la cintura con el brazo y la acercó más a él para hacerle notar lo bien que se sentía él. Brenna deslizó la mano entre sus cuerpos y admiró la anchura y la longitud del miembro de Blake con los dedos.
Un placer puramente físico ardió en el cuerpo de Blake mientras éste reclamaba los labios de Brenna. Le encantaría terminar lo que habían empezado, pero ella debía de estar un poco dolorida por la actividad nocturna. Necesitó de todas sus fuerzas para romper el beso y retiró la mano de Brenna de la tentación.
— ¿Qué tal si voy a buscar algo para desayunar?
—Suena bien.
Blake se sentó y descolgó el teléfono. Mientras esperaba que alguien contestara, Brenna se arrodilló y se apoyó en su espalda. Jarvis descolgó el auricular justo cuando ella le empezaba a morder la oreja a Blake.
— ¡Para!
— ¿Que pare el qué? Yo no he hecho nada. La voz de Jarvis contenía un rastro de risa. Blake agarró la mano exploradora de Brenna y la apretó con fuerza.
—Me preguntaba dónde podríamos conseguir algo de comer por aquí.
—Vuelve a la caverna principal y coge el ascensor hasta el segundo nivel. Cualquiera de los John Doe que te encuentres te indicará la dirección.
—Gracias.
—Si te das prisa, después de desayunar quizá puedas unirte a nosotros en los ejercicios matutinos. —Parece divertido. Ahí estaré.
Blake colgó el auricular y cogió las manos de Brenna entre las suyas.
—Escucha, jovencita, tengo que reservar mis fuerzas para demostrarle a Jarvis quién de nosotros es mejor espadachín.
—Yo podría contarle lo bueno que eres —declaró Brenna con una sonrisa seductora, mientras contemplaba cierta parte de la anatomía de Blake—. Después de todo, conozco de primera mano tu habilidad con la espada.
—Sí, pero entonces querrá demostrarte quién es el mejor y yo tendré que hacerle daño. —Blake tiró de Brenna para que bajara de la cama—. Vistámonos. Se me ha abierto el apetito.
Brenna se echó a reír.
—A mí también. ¿Estás seguro de que no podemos llamar al servicio de habitaciones?
—La verdad es que no me imagino a Jarvis vestido de botones y tendiendo la mano para que le demos una propina.
Brenna empezó a sacar ropa de su maleta.
— ¿Podré veros?
Trahern se puso la camiseta. No estaba seguro de que Brenna estuviera preparada para ver a los paladines ejerciendo su oficio, aunque sólo fuera en una sesión de prácticas.
—Se lo preguntaré a Jarvis. Quizá prefiera que te mantengas fuera de la vista de los demás.
Blake contempló a Brenna mientras ella se ponía la camisa que él le había prestado el día anterior. Le gustaba verla vestida con su camisa. Quizás ella quisiera quedársela para siempre, pero él también la quería porque conservaría su olor. Le encantaría tener aquel recuerdo olfativo de ella cuando regresara a Seattle.
— ¿Preparada?
—Preparada.

—Siempre que se mantenga al margen, no veo por qué no puede mirarnos.
Brenna obsequió a Jarvis con una amplia sonrisa.
—Dejadme en una esquina y no notaréis ni que estoy aquí.
Jarvis enarcó una ceja.
—Cariño, eres la única mujer en todo el edificio. Te aseguro que no pasarás inadvertida.
Jarvis abrió una puerta que comunicaba con un gimnasio de gran tamaño. En el interior ya había unos cuantos hombres, la mayoría realizando estiramientos o hábiles movimientos. Todos medían más de metro ochenta y estaban en muy buena forma, aunque, en opinión de Brenna, Jarvis y Trahern destacaban por encima de ellos. ¡La verdad era que nunca había visto a tantos bombones juntos!
Brenna se sentó encima de un montón de colchonetas de gimnasia y se apoyó en la pared para contemplar el espectáculo. Durante los minutos siguientes, más hombres, según dedujo Brenna todos paladines, entraron en el gimnasio. Jarvis les indicó que eligieran una espada del montón que había sobre un estante de rejilla.
Trahern se quitó la camiseta y se la lanzó a Brenna. Ella lo observó mientras él elegía una espada y comprobaba el tamaño y el estado de la empuñadura y la hoja. Blake la devolvió al estante, eligió otra y la blandió varias veces antes de sentirse satisfecho. Brenna no podía separar la vista de la flexión y estiramiento de sus músculos mientras blandía la espada. Aunque no hubiera sabido a qué se dedicaba, habría reconocido en él a un guerrero. Blake miró hacia donde estaba Brenna y ella se sonrojó, pues se percató de que la había pillado admirándolo.
Blake le guiñó un ojo mientras se dirigía a donde se encontraba Jarvis. Los dos hombres levantaron la punta de la espada hacia el techo en señal de saludo y maravillaron a Brenna con un despliegue de gracia y poder mientras intentaban sacar lo mejor el uno del otro. Parecían muy igualados y, de manera alterna, uno u otro dominaba el enfrentamiento.
Brenna se dio cuenta de que el resto de los hombres habían dejado de realizar sus ejercicios para contemplar ajarvis y Trahern. Por la sonrisa de sus rostros, dedujo que estaban disfrutando del espectáculo tanto como ella. Los dos luchadores goteaban sudor y tanto la fiereza de su expresión como su determinación para dominar al adversario tenían fascinados a los demás paladines.
Sus estilos de lucha eran muy distintos. Jarvis era rápido y se movía con la gracia de un bailarín, mientras que
Trahern utilizaba, sobre todo, su tamaño y su fuerza. Al final, en respuesta a una señal invisible entre ellos, dejaron de luchar y se separaron el uno del otro.
Jarvis tendió la mano a Trahern.
— ¡Vaya, con la edad has mejorado!
—Sí, bueno, y tú te mueves bastante bien para ser un viejo.
Algunos de los paladines rieron y Jarvis se volvió hacia ellos.
— ¿Alguno de vosotros quiere ver lo que puede hacer este viejo?
La mayoría de ellos levantaron las manos y retrocedieron, pero unos cuantos se mantuvieron firmes. Jarvis asintió con la cabeza.
—Trahern, ¿quieres ayudarme a darles una paliza?
—Suena divertido. —Trahern se colocó junto a su amigo—. ¿A cuántos nos enfrentamos cada vez? No disponemos de todo el día.
—Tienes razón. ¿Qué tal a todos de golpe?
La lucha empezó, con Blake y Jarvis espalda contra espalda y enfrentándose a todos los que los atacaban. Brenna los observaba con el corazón en la garganta, hechizada por la belleza de lo que hacían y, al mismo tiempo, aterrada ante la posibilidad de que a alguien se le fuera la mano y corriera la sangre.
Trahern y Jarvis vencieron gradualmente a sus oponentes hasta que sólo quedaron cuatro. Brenna esperaba que, para entonces, los dos amigos mostraran algún signo de cansancio; en cambio, Trahern desplegó más potencia y obligó a los dos hombres a los que se enfrentaba a retroceder y rendirse. Jarvis lo aceptó como el reto que era y, en un abrir y cerrar de ojos, venció él también a sus dos oponentes.
Todos los presentes rompieron en una salva de aplausos para los vencedores. Jarvis y Trahern sonrieron y entregaron sus espadas a los paladines que tenían más cerca.
— ¡Vaya, sí que echaba esto de menos! —Jarvis dio una palmada a Trahern en el hombro—. Quizá no tengas mucho estilo, muchacho, pero nadie te puede vencer en fuerza y puñetería.
Trahern miró con sorna a su amigo.
—Vigila a quién llamas muchacho, viejo; pero, en cuanto a ti y Devlin, debo reconocer que he aprendido de los mejores.
Brenna no encontraba las palabras adecuadas para describir lo que acababa de presenciar. Había visto muchas competiciones deportivas y sabía de lo que era capaz un atleta bien entrenado, pero nada de lo que había visto hasta entonces podía compararse con la belleza y la gracilidad mortífera de aquellos hombres blandiendo sus armas.
Y su amante era el mejor de todos. Mientras le tendía la camiseta a Blake, no supo cómo sentirse con todo aquello.

—No estás durmiendo. —Brenna levantó la cabeza para mirar a Blake—. ¿Algo va mal?
—Se trata de la barrera. Puedo sentirla. —Blake se volvió sobre su espalda y cruzó los brazos por debajo de su cabeza—. Cuanto más tiempo paso aquí, más sensible me vuelvo a ella.
Brenna trazó con languidez un círculo sobre el pecho de Blake con la punta del dedo.
— ¿Se trata de una sensación agradable?
—Es una especie de vibración que se puede experimentar como algo bueno o algo malo. Podría compararse a una melodía que suena discordante durante unas cuantas notas; lo cual, en lugar de relajarte, te enerva.
— ¿Qué se siente cuando se apaga por completo?
—Como si gritara pidiendo ayuda. Cuando esto sucede, todos los paladines de la zona cogen una espada y corren hacia ella. Algunos tienen la habilidad de restablecer el flujo de energía. Mientras tanto, el resto contenemos a los invasores.
Brenna se estremeció.
— ¿Y por qué siguen intentando invadirnos, si saben que vosotros los estáis esperando?
—Buena pregunta, a la que nunca hemos encontrado una respuesta satisfactoria. La mayoría de los Otros, cuando cruzan la barrera están sedientos de lucha. Cargan contra nosotros aun con muy pocas probabilidades de éxito. Nosotros, por nuestra parte, intentamos evitar con todas nuestras fuerzas que lleguen a la superficie, porque matarían a todo ser viviente.
— ¿Y el resto de los Otros?
—Últimamente, algunos actúan como si hubieran conseguido un pase a nuestro mundo pagando su entrada con unas piedras azules que no existen aquí. Nosotros los obligamos a retroceder y, si no lo hacen, los matamos.
— ¿Y qué hay de los pocos que consiguen llegar a la superficie? ¿Qué les ocurre?
Brenna miraba a Blake con los ojos como platos.
—Si están locos, a la larga, los encontramos. El resto desaparece entre la población y encuentra una forma de salir adelante.
La mano con la que Brenna jugueteaba sobre el pecho de Blake se quedó inmóvil.
—Algunos se han emparejado con seres humanos, ¿no?
—Por lo que sabemos, sí.
— ¿Y sus hijos son muy distintos de los meramente humanos? —Brenna se acurrucó junto a Blake—. ¿Hay alguna forma de distinguirlos?
Blake no sentía deseos de contestar a su pregunta, pero no le mentiría.
—Externamente, no.
— ¿E internamente?
Blake levantó la vista hacia el techo, cogió la mano de Brenna y la besó en la palma.
—Tienen algunas habilidades especiales. Una de ellas consiste en recuperarse de las heridas mortales.
Brenna no tardó mucho en atar cabos.
—La mezcla de sus genes y los de los humanos da como resultado a los paladines, ¿no?
—Sí, ésa es nuestra suerte.
Brenna se estrechó más contra él.
—Dime si lo he entendido bien. Su aportación a vuestra configuración genética os permite recuperaros de heridas que resultarían mortales para los seres humanos, pero sólo durante cierto tiempo. Después, algo cambia.
Blake le contó la cruda verdad.
—Sí, a la larga nos convertimos en el peor tipo de los Otros, dispuestos a matar a cualquier ser viviente que se cruce en nuestro camino. Ésta es la razón de que, cuando nos hieren o nos matan, nos encadenen a una camilla de acero con pesadas cadenas. Según cómo actuemos cuando nos despertamos, nos alimentan o nos matan. No hay término medio.
Blake medio esperaba que Brenna se alejara de él; pero, por el contrario, ella se sentó sobre su pecho. Después lo besó con dulzura en la boca, le separó los labios y su lengua buscó la de él. El beso de Brenna fue largo y húmedo, el regalo más dulce que le habían dado jamás.
Blake rodeó a su mujer con los brazos y la apretó contra su corazón tanto como pudo. Por primera vez en su vida, se enfrentaba a las sombras que configuraban su mundo sin sentirse solo.

En las profundidades de las cavernas, resultaba imposible saber cuánto tiempo llevaban durmiendo. Brenna se movió ligeramente. Se sentía dolorida y entumecida. Claro que esto no debería sorprenderla, pues ella y Trahern habían realizado un buen ejercicio durante la noche. Ella no era una completa novata, pero nunca había tenido un amante que la hiciera sentir como lo hacía Trahern. Ni de lejos.
— ¿Por qué sonríes? —La voz de Blake retumbó en su pecho, donde Brenna tenía apoyada la cabeza.
— ¿Cómo sabes que estoy sonriendo?
Al no disponer de ninguna ventana, la habitación estaba completamente a oscuras, a menos que uno de ellos encendiera una luz.
—Lo noto.
Blake levantó la barbilla de Brenna y le plantó un beso en la boca.
—Sonrío por ti y... bueno, por todo esto.
Blake se volvió de costado y apoyó una pierna encima de las de Brenna.
—Así que esto te gusta, ¿verdad?
Brenna le dio un golpecito en el brazo.
—No me parece que seas el tipo de hombre que necesita ir por ahí buscando cumplidos. Seguro que hay un montón de mujeres haciendo cola por ti.
—No lo creas, no ha habido tantas. En general, los paladines no somos el tipo de hombres que se casan, así que las mujeres suelen mantenerse alejadas de nosotros. Cualquier mujer encontraría algo mejor que un hombre que se gana la vida matando.
Brenna pensó en todas las generaciones de paladines que se habían pasado la vida matando sin ningún tipo de amor o compasión que compensara su labor y los ojos se le llenaron de lágrimas. Le rompía el corazón pensar en cómo debían de sentirse aquellos hombres. Si dependiera de ella, Blake jamás olvidaría que la mujer que compartía su cama se preocupaba por él.
Estaba a punto de demostrarle específicamente este hecho, cuando una alarma que habría despertado a los muertos se disparó al otro lado de la puerta. Blake la empujó prácticamente a un lado, apartó las mantas de un puntapié y saltó de la cama. Caminó a tientas hasta la puerta y encendió la luz del techo. Brenna se sentó parpadeando a causa del repentino resplandor.
— ¿Qué ocurre, Blake? —preguntó, mientras intentaba no sentirse herida por su brusco comportamiento.
—La barrera. Se ha apagado. —Blake se estaba poniendo los pantalones y la camiseta a toda velocidad—. No disparan la alarma a menos que sea grave. Regresaré en cuanto pueda.
Blake podía estar en la habitación físicamente, pero Brenna sabía que ya no se encontraba allí. Esto era lo que él había estado intentando explicarle. Siempre que la barrera estuviera en peligro, él tenía que luchar.
Blake abrió un pequeño armario que había en una esquina, cogió una espada y la sopesó. ¡Qué cómodo, espadas de préstamo! Blake sopesó un par de espadas más antes de elegir una y se fue sin mirar atrás.
La alarma siguió sonando. ¿Qué debía hacer? Desde luego, no pensaba esconderse debajo de las sábanas. Brenna se dirigió al lavabo, abrió el grifo de la ducha y se lavó los dientes mientras esperaba a que el agua saliera caliente. El frío hizo que se duchara, se secara y se vistiera con rapidez. Después de secarse el pelo tanto como pudo con una toalla, se lo cepilló a toda prisa.
Ya no le quedaba otra cosa que hacer más que arreglar la cama y la ropa de su maleta. Titubeó antes de hacer lo mismo con el petate de Blake y se preguntó si hurgar entre sus cosas no sería algo demasiado personal. Entonces se echó a reír. ¿Conocía a Blake lo suficiente para practicar el sexo apasionado durante toda la noche con él pero no para doblarle los pantalones sin preguntárselo?
Claro que su relación era sólo temporal. Disfrutaban practicando el sexo juntos, pero Trahern había dejado claro que no pasarían el resto de la vida el uno con el otro. Si quería proteger su corazón, tenía que poner algunos límites.
La alarma se apagó y el repentino silencio que se produjo casi le causó el mismo impacto que el potente ruido. Cuando el zumbido de sus oídos se desvaneció, Brenna oyó con claridad otros sonidos; unos sonidos que le pusieron los nervios de punta y le formaron un nudo en el estómago. Brenna distinguió el entrechocar de unas hojas de acero y los gritos de dolor de alguien que caía herido o que, quizás, agonizaba.
Trahern le había dicho que, en general, los paladines sobrevivían a cualquier ataque; pero ella no estaba convencida de que así fuera. Curarse con rapidez era una cosa, pero resucitar de entre los muertos era algo muy diferente. El ruido subió de intensidad y, de repente, se desvaneció en la distancia. La habitación estaba en un túnel que conducía a la caverna principal y no había forma de saber a qué distancia se estaba librando la batalla.
Brenna respiró hondo y giró con cautela el pomo de la puerta para echar una ojeada al exterior. Sus sentidos enseguida se vieron inundados por el ruido y los olores de la lucha. Un aroma acre y denso a sangre, a mucha sangre, flotaba en el aire. Al percibirlo, Brenna sintió deseos de cerrar la puerta y esconderse; pero, no lejos de allí, un hombre gemía de dolor.
Seguramente, Blake se enfadaría mucho con ella por abandonar la dudosa seguridad de la habitación, pero tenía que averiguar si podía ayudar a alguien. La zona del túnel cercana a la habitación estaba vacía. Brenna corrió hacia la caverna sabiendo que se exponía a mucho más que a una reprimenda de Blake o Jarvis. Conforme llegaba al final del túnel, el ruido del entrechocar de las espadas y los gritos de los hombres en dos lenguas distintas aumentó de volumen. Brenna reconoció una de las lenguas como la suya propia; la otra era más gutural y resultaba dura al oído.
Brenna avanzó hasta el fondo del túnel. Después de dar una rápida ojeada a la caverna, supo que nunca volvería a ser la misma. Gracias a la televisión, todos conocían los horrores de la guerra; pero las imágenes de la televisión apenas eran una sombra de la realidad. Lo que Brenna vio parecía una escena del mismo infierno, todo caos y terror.
Resultaba fácil distinguir a los Otros porque iban vestidos de negro y gris, lo cual encajaba con el color oscuro de su pelo. En contraste con estos colores, su piel destacaba por ser extremadamente pálida.
Los paladines, por su parte, vestían, en su gran mayoría, con vaqueros y camisetas. Unos cuantos vestían pantalones de chándal y otros llevaban el torso desnudo y unos pantalones de pijama de franela. La lucha parecía oscilar entre dos extremos. Unas veces los Otros ganaban terreno y, otras, retrocedían mientras los paladines los empujaban sin descanso hacia la barrera.
Había muchos cuerpos en el suelo. Algunos eran de paladines, pero casi todos eran de Otros que se contorsionaban de dolor o estaban muertos. Brenna buscó con frenesí a Trahern. Al final lo vio, espalda contra espalda con Jarvis. Los dos blandían sus enormes espadas en amplios semicírculos manteniendo a raya a unos cuantos Otros que luchaban con determinación. Varios de sus hermanos habían caído frente a las espadas de los paladines, pero ellos seguían atacando.
El día anterior, ella había visto a Jarvis y Trahern entrenarse en la lucha; pero ahora, al verlos, sintió náuseas y miedo. Aunque Blake le había hablado de su vida desde el primer momento, nada de lo que le había contado la había preparado para aquel horror.
Brenna sintió deseos de gritar, pero se contuvo. Lo último que necesitaban aquellos hombres en medio de una batalla era la distracción de una mujer en pleno ataque de histeria, ¿Qué podía hacer para ayudarlos? Aquel simple deseo podría constituir una locura; pero sólo alguien sin corazón no sentiría el impulso de querer aliviar el sufrimiento que presenciaba.
Al final, Brenna vio, a pocos metros de distancia, que un paladín gravemente herido se arrastraba hacia ella dejando un rastro de sangre tras él. En aquellos momentos, la batalla se había desplazado en sentido contrario. Sin concederse tiempo para pensar, Brenna entró en la caverna, agarró al hombre por el brazo y lo arrastró hasta una zona más segura.
— ¿Con mi ayuda, podría ponerse de pie?
Él asintió con la cabeza mientras realizaba un gesto de dolor. Al segundo intento, él consiguió levantarse, aunque apoyó la mayor parte de su peso en el hombro de Brenna. Juntos consiguieron recorrer la corta distancia que los separaba del túnel y, cuando estuvieron fuera del alcance de la vista de los que estaban en la caverna, Brenna dejó al paladín herido en el suelo.
—Enseguida vuelvo.
Brenna corrió hasta su habitación y cogió las toallas limpias. Encontró un equipo de primeros auxilios en el armario de las armas y también cogió el resto de los productos médicos que ella y Blake habían comprado antes de regresar junto a su paciente.
Él seguía donde ella lo había dejado. Su cara goteaba sudor a pesar del frío ambiental. Brenna se arrodilló a su lado y abrió el maletín de primeros auxilios. Los artículos del interior parecían absolutamente insuficientes para las heridas abiertas del brazo y la pierna del paladín. La pernera de sus vaqueros estaba empapada en sangre. Y su camisa, también.
—Voy a cortarle los vaqueros.
Él se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza.
Brenna utilizó unas tijeras para dejar al descubierto el profundo corte que el paladín tenía en el muslo. El corte era irregular y llegaba hasta el hueso. Él debía de sufrir mucho, pero mientras ella retiraba los hilos del tejido de los vaqueros que se habían pegado a la herida y la limpiaba lo mejor que podía, él sólo soltó un gemido. Brenna aplicó unas gasas limpias sobre la herida y las sujetó a la pierna con esparadrapo.
Comparativamente, las heridas del brazo parecían mucho menos graves. Brenna se centró en detener la hemorragia que emanaba de las heridas, la cual fue disminuyendo conforme ella las vendaba. Para su sorpresa, cuando acabó de colocarle el último trozo de esparadrapo, el paladín se puso de pie.
— ¿Qué está haciendo?
Brenna no podía creer que aquel hombre pudiera moverse, y mucho menos levantarse por sus propios medios.
Él señaló la caverna con la cabeza.
—Todavía no ha terminado. Sea usted quien sea, gracias.
Tras darle un rápido beso en la mejilla, el paladín se marchó. Brenna lo contempló mientras se alejaba cojeando y dejándola junto a un montón de toallas ensangrentadas y los restos esparcidos del equipo de primeros auxilios. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Esperar hasta que otro paladín ensangrentado quedara a su alcance? ¿De qué servía curarlos, si ellos volvían a lanzarse al corazón de la batalla? Sin duda, personas como la doctora Young llevaban años formulándose estas mismas preguntas. Brenna recogió todo lo que había por el suelo y regresó a su habitación.
Presenciar la batalla, aunque sólo hubiera sido durante un breve instante, constituía una valiosa pieza del rompecabezas que Trahern había intentado ayudarle a entender. Los paladines se curaban con rapidez. Los paladines luchaban contra los Otros. Los paladines no eran completamente humanos. Llevaban vidas solitarias cerca de las fallas continentales y los volcanes, ocultando al resto de la humanidad las batallas que libraban. Y la lista seguía y seguía.
Trahern se sentía orgulloso de aquello en lo que se había convertido, lo cual era comprensible. Pero, en lo más hondo de su corazón, estaba convencido de que estaba perdiendo la conexión con su humanidad. Sin embargo, ningún hombre trataba a una mujer como él la había tratado, tanto dentro como fuera de la cama, si no experimentaba fuertes sentimientos hacia ella. Y si Blake se preocupaba por ella, entonces había esperanza para él. Brenna se negaba a creer lo contrario.
Sentada en el borde de la cama, hizo lo que las mujeres llevaban haciendo durante una eternidad: esperar a que su hombre regresara de la guerra.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:41 pm

11


Trahern entregó la espada al armero.
—Siento el estado de la hoja. Tuve que parar con ella un par de ataques con un hacha.
El armero local deslizó la mano por la hoja.
—Ha hecho su trabajo. Eso es lo que importa. La repararé mañana.
—Gracias por prestármela. Me dejé la mía en Seattle.
—No hay problema. Por lo que he oído, están muy contentos de que hoy la haya usted blandido ahí fuera. —El hombre se volvió para guardar la espada—. Y, al menos, conozco a un hombre que le está muy agradecido a su mujer.
La temperatura de la habitación cayó diez grados de golpe.
— ¿De verdad? ¿Y quién es él?
Algo, en el tono de su voz, o quizá la forma en que apretó los puños, advirtió al armero de que, de manera involuntaria, se había introducido en terreno peligroso. El armero se apartó del mostrador acercándose a una espada que tenía detrás.
—Por lo visto, ella lo vio sangrando en el suelo de la caverna y lo arrastró hasta un túnel para curarle la pierna y el brazo. Sin duda, hizo un trabajo excelente, porque él regresó a la batalla. Lo último que he oído es que los tutores se ocupaban de él, pero, gracias a ella, se curará sin tener que morir antes.
—Le transmitiré a ella la buena noticia.
Trahern se obligó a relajar las manos a pesar del profundo miedo que experimentaba en las entrañas. ¿Qué demonios hacía Brenna en la caverna? Debía de estar loca, porque él sabía que no era una estúpida. ¿Qué habría pasado si la hubieran herido a ella con una espada en el brazo o en la pierna? Podría haberse desangrado hasta morir antes de que él siquiera hubiera sabido que estaba herida.
Tenía planeado detenerse en las duchas y lavarse un poco antes de regresar a la habitación, pero ahora de ningún modo pensaba hacerlo. Si Brenna había presenciado la batalla, no le sorprendería que él estuviera empapado de sangre.
Las batallas siempre lo dejaban huraño e irritable. Había pensado dejar a Brenna sola durante el resto de la noche porque se sentía como una bomba de relojería. Pero si no podía fiarse de que se quedara en la habitación, cuando la barrera volviera a apagarse, constituiría un peligro para ella y para los demás.
Salió de la armería mientras la rabia y la adrenalina hervían en sus venas. Los trabajos de limpieza de la caverna ya estaban en marcha y los agentes montaban guardia mientras los paladines muertos o heridos eran llevados a los tutores. Los cadáveres de los Otros ya habían desaparecido. Blake nunca había preguntado qué hacían con ellos, ni le importaba.
Guando llegó a la habitación, no se molestó en llamar a la puerta.
Brenna estaba sentada en el borde de la cama con las manos sobre el regazo. A juzgar por la palidez de su cara, su breve incursión en la realidad de Blake la había conmocionado.
¡Bien! Así era como debía estar, asustada.
Blake se fue directamente al lavabo para darse una ducha bien merecida. En aquel momento, no se fiaba tanto de sí mismo para estar seguro de no hacerle daño a Brenna. No porque fuera a hacérselo intencionadamente, sino porque el fervor de la batalla todavía hervía en sus venas.
Antes de que la puerta se cerrara por completo, Brenna entró en el lavabo.
— ¡No!
Fue la única advertencia que Blake pudo pronunciar.
—Calla, Blake. A estas alturas ya deberías saber que no respondo bien a las órdenes.
Brenna le quitó la camiseta rota y manchada de sangre. Su expresivo rostro no mostró miedo, sólo preocupación por un par de cortes superficiales y los nuevos morados de Blake. Sus manos, extremadamente suaves, examinaban a Blake en busca de posibles heridas y su contacto constituyó un bálsamo sanador para algo más que las heridas. Blake cerró los ojos y notó cómo la fiebre de la batalla se desvanecía y era reemplazada por algo igual de ardiente pero que procedía de una fuente totalmente distinta.
Agarró a Brenna de la muñeca para evitar que ésta continuara con su exploración y él perdiera el control.
—Me tengo que duchar. —Ella esbozó una de sus sonrisas más tentadoras.
— ¿Necesitas que alguien te frote la espalda?
Las buenas intenciones de Blake encontraron una muerte rápida. Seguía queriendo darle una buena reprimenda por arriesgar su vida, pero eso podía esperar. En aquel instante, ella tendría suerte si él no la poseía contra la pared sin ningún preámbulo ni refinamiento.
—No estoy de humor para ser amable. —Blake le soltó la muñeca, ofreciéndole una última oportunidad para alejarse de él.
Brenna no titubeó. Se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y tiró de él para darle un beso ardiente y ansioso. Sus lenguas lucharon por la supremacía, pero no importaba cuál de ellas dominara la situación. Los dos ardían con un fuego que sólo una cosa podía aplacar.
Blake se apartó lo suficiente para desabrocharle los vaqueros a Brenna y deslizó su mano hasta lo más hondo del interior de la prenda. Brenna ya estaba húmeda, lo cual constituía toda la invitación que él necesitaba. Blake le bajó con ímpetu los vaqueros y las bragas. Brenna sonrió, acabó de sacárselos con los pies y separó las piernas en señal de invitación. Blake se arrodilló, colocó una de las piernas de Brenna sobre su hombro y sonrió al ver la hambrienta expresión de aquel rostro mientras ella le clavaba los dedos en el hombro y esperaba que él actuara.
— ¡Por favor, Blake!
El se acercó a los rizos que cubrían el punto de unión de sus piernas y la besó en el interior del muslo. Con el roce más ligero que pudo realizar, Blake deslizó con lentitud las yemas de sus dedos por la parte interior de la pierna de Brenna hasta la rodilla.
Brenna entrelazó sus dedos con el pelo de Blake y lo obligó a levantar la cabeza.
—Jamás imaginé que fueras un provocador.
—Cariño, soy muchas cosas que tú aún no sabes.
Blake subió los dedos por la parte posterior de los muslos de Brenna, le agarró las nalgas y se las apretó acercándose los tiernos pliegues a la boca. Brenna se puso a temblar mientras él le lamía el sexo con suavidad, pero ella estaba al borde del clímax, así que Blake se apartó. Brenna demostró audiblemente su frustración.
Blake se levantó y llevó las manos de Brenna a los botones del cierre de sus vaqueros.
Mientras ella lo provocaba y frotaba la parte frontal de los pantalones de Blake, él la estrechó contra su pecho para besar el punto pulsante que había en la base de su cuello. Brenna le desabrochó los botones del pantalón uno a uno, hasta que Blake quedó libre. Ella ronroneó de placer mientras cogía y le acariciaba el miembro, largo y duro. Si le permitiera continuar, todo habría acabado mucho antes de que a él se le hubieran acabado las ideas sobre cómo atormentarla.
Blake apartó las manos de Brenna de su cuerpo y la levantó apoyándola en las frías baldosas de la pared. Con un simple empujón, fusionó su cuerpo con el de ella. Blake entró y salió del interior de Brenna repetidas veces, llevándolos a ambos más allá de los límites de la cordura. Respiró entrecortadamente mientras quemaba los últimos restos de adrenalina de su cuerpo. Le encantaba la forma que Brenna tenía de jadear y de agarrarse a él, clavándole las uñas en los hombros.
Antes de perder el control por completo, Blake se separó de Brenna. Sin lugar a dudas, ella no se sintió feliz cuando él la dejó de pie en el suelo, pero Blake la condujo hasta la cama.
—Siéntate.
Por una vez, ella obedeció sin discutir. Blake se arrodilló entre las piernas de Brenna y le quitó la camisa. Le encantaba la curva de sus pechos asomando por el borde superior de su sujetador y le demostró su placer con varios besos breves y rápidos. Con una flexión de los dedos, Blake le desabrochó el cierre delantero del sujetador, el cual fue a unirse a la camisa, en el suelo.
Brenna empujó la cabeza de Blake hacia abajo, para que le chupara los pechos. El sabía que tenía que actuar con delicadeza para no irritarle la fina piel con las callosidades de sus manos, pero a juzgar por los ruiditos que procedían de la garganta de Brenna, esto no parecía importarle en absoluto.
—Túmbate, Brenna. —Una vez más, Blake levantó las piernas de Brenna hasta sus hombros, separándoselas ampliamente—. ¡Eres tan bonita!
Ella sabía que él estaba exagerando, pero se sentía demasiado abrumada por cómo él le daba placer para discutir. Esta vez el roce de su lengua fue más potente, más exigente, y ella sintió el calor de su aliento justo en el centro del fuego que Blake estaba haciendo crecer en su interior. Mientras besaba el sexo de Brenna, Blake le introdujo los dedos en lo más hondo. Brenna se sintió mejor, pero esto todavía no era lo que ella quería. Su cuerpo pedía más, mucho más, para sentirse llena.
Blake eligió aquel momento para deslizar la lengua por su sensible protuberancia al mismo ritmo con que deslizaba sus dedos en su interior. El cuerpo de Brenna se puso tenso, esperando el toque de gracia que la enviaría volando a... Sin embargo, una vez más, Blake se detuvo justo antes de que esto sucediera.
— ¡Blake Trahern!
El soltó una risa muy masculina que reflejaba lo orgulloso que estaba de sí mismo. Y, para frustrarla todavía más, se tomó su tiempo para ponerse el condón. Con la sonrisa de un predador, subió por el cuerpo de Brenna, le estampó unos besos húmedos y ardientes en los pezones y la mordisqueó hasta llegar a su boca. Se colocó justo en la entrada del cuerpo de Brenna y ella levantó la pelvis animándolo a penetrarla. Blake le besó la punta de la nariz y, tras varias embestidas potentes, se hundió en su cuerpo.
Después, sacó su miembro con lentitud casi por completo y Brenna se sintió vacía. Cuando volvió a penetrarla repetidas veces, el placer recorrió el cuerpo de Brenna. Ella pronunció el nombre de Blake como un mantra mientras sus embates adquirían velocidad y bombeaba su placer al interior de Brenna. Ella lo besó al ritmo de sus embestidas.
Brenna rodeó la cintura de Blake con sus piernas mientras él la penetraba con fuerza, deslizaba una mano entre sus cuerpos y frotaba el centro del deseo de Brenna con las yemas de los dedos. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y soltó una exclamación de felicidad y satisfacción. Aquel dulce sonido transportó a Blake al límite y su cuerpo liberó el placer.
Pasó cierto tiempo hasta que el mundo volvió a su lugar. A Blake le encantaba sentir a Brenna relajada entre sus brazos mientras sus cuerpos permanecían unidos.
De manera inesperada, ella rompió a reír.
—Supongo que lo que acabamos de hacer responde a la pregunta de si te encuentras bien.
Blake soltó unas carcajadas potentes y prolongadas.
—No recuerdo haberme sentido tan bien nunca —declaró Blake al recuperar el aliento—. ¡Vaya, de verdad que sabes cómo conseguir que un hombre se sienta bien recibido!
Blake le dio un beso en la boca antes de separarse, con delicadeza, de su cuerpo.
—Sigo necesitando una ducha.
—Te acompaño.
Blake no pensaba discutírselo. Todo un mundo de posibilidades giraba alrededor del agua caliente y la piel resbaladiza por el jabón.
Trahern, arropado en el calor de la cama, respiró hondo.
—No deberías haber salido de la habitación hasta haber comprobado que era seguro.
Ella llevaba esperando aquel sermón desde que él había regresado con un aspecto lúgubre y frío que le llegaba hasta el alma. Aunque Blake tenía razón, ella no se arrepentía de haber dado una ojeada al infierno en el que él vivía de una forma cotidiana. ¿Cómo podía alguien vivir sabiendo que su vida estaba inmersa en la lucha y el dolor?
—No puedo prometerte que no vuelva a hacerlo. —Brenna lo miró directamente a los ojos—. Y no quiero que intentes protegerme de las partes de tu vida que crees que no puedo manejar.
Para dar énfasis a su afirmación, Brenna le dio unos golpéenos en el pecho con el dedo índice.
Blake exhaló un suspiro:
—Brenna, los secretos de los paladines han estado a salvo del mundo exterior durante generaciones. Si diéramos publicidad a nuestra existencia, quién sabe lo que podría ocurrir. Para empezar, los militares querrían dominarnos, y no podemos permitirnos tener que defendernos en otro frente. No somos muchos, ¿sabes?
— ¡Muy bien! —soltó Brenna mientras se alejaba de él tanto como le permitió el ancho de la cama. ¿Cómo se atrevía a meterla en el mismo saco que al resto del mundo?—. Mantén tus secretos ocultos del mundo exterior; aunque, teniendo en cuenta todo lo que hemos vivido durante los últimos días, yo no me considero parte de ese colectivo.
Blake enseguida la rodeó con sus brazos y tiró de ella hacia él arropándola con su cuerpo en la posición de dos cucharas.
— ¡Maldita sea, Brenna, no tergiverses mis palabras! Sólo intentaba decirte que no estoy acostumbrado a compartir mi realidad con nadie. La mayoría de los hombres que llevan años luchando conmigo no me conocen tan bien como tú.
Este reconocimiento calmó, en gran medida, el enfado de Brenna.
—Yo no te pido más de lo que tú puedas darme, Blake; pero sólo conociendo la verdad puedo enfrentarme a los hechos. No tienes por qué ocultarme quién y qué eres. Incluso cuando te vayas, tus secretos estarán a salvo conmigo.
El estridente timbre del teléfono la interrumpió. Blake se inclinó por encima de Brenna para descolgar el auricular.
—Trahern al habla.
A juzgar por la repentina tensión de su cuerpo, no se alegró de saber quién estaba al otro lado de la línea. Unos segundos después, Blake colgó el auricular de golpe y se apartó de Brenna. El frío de la atmósfera no tenía nada que ver con las paredes de piedra que rodeaban la habitación.
— ¿Blake?
Brenna apoyó la mano en el hombro desnudo de Blake.
La única respuesta que obtuvo fue un denso silencio; al menos, Blake no intentó evitar que ella lo tocara.
—Si no sé qué te pasa, no puedo ayudarte.
Brenna se le acercó, le rodeó el pecho con el brazo y compartió su calor con él. Poco a poco, la tensión de Blake se desvaneció. Transcurridos unos instantes, por fin se decidió a hablar.
—Jarvis me ha dicho que el señor Doe ha realizado progresos con el disquete y los listados de tu padre.
Buenas noticias, ¿no? Así que tenía que haber algo más. Brenna decidió esperar a que Blake le contara lo que ocurría; pero, al final, se cansó de esperar y lo animó a hablar.
— ¿Y bien?
Trahern se puso en pie.
— ¡Tengo que someterme a un puñado de jodidas pruebas! — ¿Pruebas? ¿Por qué?
Brenna contuvo la respiración, pues no estaba segura de cómo podía ayudarlo cuando él estaba en aquel estado.
Blake respiró hondo un par de veces.
—En Seattle se produjo un incidente con un paladín que no era de la zona.
— ¿Qué ocurrió? —preguntó Brenna.
—Se convirtió en uno de los Otros de forma inesperada y tuvo que ser eliminado.
Los ojos de Trahern eran fríos como un cielo de invierno.
Brenna volvió a centrar la conversación en él.
— ¿Y qué tiene que ver esto contigo?
En un estallido de rabia, Trahern envió de una patada su petate al otro extremo de la habitación.
—Por eso, cada vez que entro en batalla tengo que presentarme ante el tutor más cercano y pasar una serie de pruebas.
— ¿Qué tipo de pruebas?
Blake empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
—Del tipo que les lleva a decidir si todavía soy lo bastante humano para vivir o si debo morir. Ahí mismo, en ese mismo instante y sin tregua alguna.
La compasión no lo ayudaría, pero la firmeza quizá sí.
Brenna se levantó de la cama para encarar a su herido y enfadado paladín.
— ¿Y qué es lo que te preocupa?
La palabra «sorpresa» no alcanza a describir la expresión de Blake, quien contempló a Brenna como si, en aquel momento, tuviera dos cabezas.
— ¡Acabo de contarte lo que le ocurrió a aquel paladín en Seattle!
—Siento que tuviera que morir, pero tú no eres él.
En aquellos instantes, lo que más le preocupaba era el hombre que tenía delante. Ella creía que nada asustaba a Blake Trahern, pero resultaba evidente que aquellas pruebas sí que lo atemorizaban.
—La palabra «morir» constituye una forma muy bonita e higiénica de describir lo ocurrido. —Blake le lanzó una mirada iracunda—. Lo ataron mientras él gritaba y propinaba patadas y le inyectaron una dosis de medicamentos que lo mató para siempre; como habrían hecho con un animal rabioso. Laurel Young es la doctora que le inyectó la aguja y aquello casi la destruyó a ella también.
Blake deslizó los dedos por su pelo.
—Ahora, como es una insensata, dedica la mayor parte de su tiempo a encontrar la forma de evitar los cambios que forman parte de nuestra naturaleza básica. Después de todo, su amante podría ser el destinatario de la aguja en cualquier momento.
Blake entró en el lavabo y cerró la puerta de golpe.
Brenna se dio cuenta de que no había corrido el pestillo. De momento, le concedería cierta intimidad; pero, si no salía pronto, entraría a por él.
Así que el trabajo de Laurel Young era lo único que se interponía entre él y aquella aguja que tanto temía. Y ella también. Lucharía con uñas y dientes para proteger a su hombre, igual que estaba haciendo Laurel Young. Quizás ella no tuviera los conocimientos médicos de la tutora, pero las dos tenían una cosa en común: sentían una honda preocupación por los paladines y no querían que sufrieran.
Había llegado la hora de demostrar a Blake Trahern que ella pensaba luchar por él. Brenna llamó a la puerta y, al no recibir ninguna contestación, la golpeó con más ímpetu.
—Blake Trahern, tengo que vestirme, así que deja de acaparar el lavabo. Tenemos que superar esas pruebas para descubrir quién mató a mi padre. Y no puedes hacerlo escondido ahí adentro.
La puerta se abrió de golpe. Resultaba evidente que a Blake no le había gustado su comentario. Pues peor para él.
Brenna pasó junto a Blake y cogió el cepillo de dientes.
— ¿Qué te parece si vamos a pasar esas pruebas? Así podremos concentrarnos en lo que es importante de verdad.
—Así que la muerte de tu padre es más importante que la mía. —Su voz sonó tan glacial como lo era el color gris plata de sus ojos.
Brenna lo contempló de arriba abajo y a la inversa permitiendo que sus ojos se regodearan en algunos lugares a medio camino.
—Si buscas compasión, estás hablando con la mujer equivocada. Yo misma testificaré que estás muy, pero que muy vivo. Si lo hubieras estado más, allí, en la cama, no estoy segura de que hubiera sobrevivido a la experiencia. —Brenna le propinó un leve empujoncito—. Ahora ve a vestirte y concédeme algo de intimidad. Y, mientras te vistes, decide qué quieres hacer primero, si pasar las pruebas o hablar con el señor Doe.
Brenna cerró la puerta del lavabo esperando haber animado a Blake. Él pasaría las pruebas con sobresaliente. Se encontrarían con un buen problema si creían que podían acercarse a él con aquella horrible aguja. Ella podía estar acostándose con aquel pedazo de bruto, pero no quería decir que no viera sus fallos. Blake era tozudo, autoritario, egoísta... ¡y de lo más dulce cuando ella menos se lo esperaba!
Quizás había tenido problemas con las pruebas en el pasado, cuando estaba solo, pero ahora la tenía a ella. El y el resto de sus amigos supersecretos tendrían que aceptar que las cosas habían cambiado.
Blake cerró los ojos e intentó relajar su cuerpo. Una multitud de Otros armados y medio locos no lo asustaban tanto como la maraña de cables que lo conectaban a la maldita máquina que pitaba, zumbaba y trazaba un croquis de sus pensamientos con garabatos de tinta. Un suave roce en su mano le recordaba que Brenna estaba sentada a su lado, apartando su atención de todo aquello que odiaba.
Todavía le sorprendía el hecho de que ella hubiera conseguido entrar en la habitación pese al tutor y su superior. Lo había conseguido con sonrisas y asegurándoles que la doctora Young la respaldaba. Esto era exactamente lo que Laurel había hecho, pues les había dicho que, si el doctor Crosby, el tutor local, no permitía que Brenna entrara en la habitación, ella le negaría el acceso a su paciente.
—Veo que pone usted ceño, doctor Crosby. ¿Hay algún problema?
Brenna apretó la mano de Blake. Tenía la palma de la mano húmeda, lo que constituía una señal de que no estaba tan tranquila como esperaba que los demás creyeran.
El doctor meneó la cabeza.
—La verdad es que yo no encuentro ninguno, pero los resultados no se corresponden con los anteriores del señor Trahern.
Brenna se puso de pie de un brinco y casi hizo que el pobre hombre perdiera el equilibrio al ponerse entre él y Blake. Por primera vez en horas, Blake sintió deseos de sonreír.
—Entonces realice las pruebas de nuevo, doctor. Blake está bien y no permitiré que usted o esta condenada máquina digan lo contrarío.
El doctor se atusó la bata intentando asumir cierto aire de dignidad.
—Me ha malinterpretado, señorita Nichols. Sin embargo, no comentaré los resultados con ninguno de ustedes antes de hacerlo con la tutora del señor Trahern.
El doctor parecía más intrigado que preocupado. ¿Qué estaría pasando?
Trahern se unió a la conversación.
—Los resultados son míos, doctor. Puede usted comentarlos conmigo, y todo lo que tenga que decirme Brenna también puede oírlo.
—Le diré lo que vamos a hacer. Explique a la señorita Nichols cómo desconectar los electrodos. Estoy seguro de que sabrá hacerlo. Mientras tanto, llamaré a la doctora Young. Cuando vengan al laboratorio, estaré listo para comentar con ustedes los resultados de las pruebas.
El doctor salió de la habitación antes de que ellos pudieran discutir su propuesta.
—Esto me ha parecido muy extraño. —Brenna contempló la puerta—. ¿Esta reacción es normal en un tutor?
Blake se sentó y empezó a quitarse los electrodos él mismo.
—No sé si nada de lo que hacen es normal o no. Sin embargo, Laurel Young siempre ponía una expresión de preocupación cuando la maldita máquina escupía los resultados.
Brenna se acercó para quitarle el último electrodo. Lo dejó encima de la cama y apoyó la palma de la mano en la mejilla de Blake.
—No deben de ser muy malos, pues te ha permitido salir de aquí por tu propio pie.
Blake giró la cara para besar la palma de la mano de Brenna y la sentó en su regazo. Ella soltó una risita y suspiró mientras él la besaba de la forma adecuada.
La mano de Blake empezó a explorar el cuerpo de Brenna, pero ella se la apartó.
—Vamos, Blake, ahora tenemos otras cosas que hacer.
—Yo no —respondió él, pero la dejó ir cuando ella quiso levantarse.
—Vayamos a ver qué tiene que decirnos el doctor.
Blake se dio cuenta de que ella no le soltó la mano cuando entraron en el laboratorio. Si aquel contacto la tranquilizaba, él se alegraba de que así fuera. Nadie se había acercado a él en busca de consuelo y esta sensación le resultaba extraña. Extraña pero agradable.
El doctor, que todavía hablaba por teléfono, levantó un dedo para indicarles que esperaran.
—No estoy seguro de que sea una buena idea, doctora Young, pero el señor Trahern y su prometida acaban de entrar, así que pasaré la llamada al altavoz.
¡Conque su prometida!, ¿eh? ¡Así que ésta era la excusa que Brenna había utilizado para sortear el sistema de seguridad! Pero ahora tendría que apañárselas para salir del apuro delante de todos. Brenna contempló el teléfono como si fuera el objeto más curioso que hubiera visto nunca. Blake le apretó la mano mientras esperaban que Laurel les explicara qué era lo que había puesto tan nervioso al doctor.
— ¿Trahern, eres tú?
—Sí, doctora, soy yo.
—Déjame ser la primera en felicitarte por tu reciente compromiso.
Había en su voz el suficiente sarcasmo para que el doctor Crosby lanzara a Blake y a Brenna una mirada airada.
—Gracias. Hasta a mí me cuesta creerlo.
A juzgar por la mirada que Brenna le lanzó, más tarde tendría que pagar por aquel comentario.
—Espero que ella sepa en qué anda metida.
—Puedo hablar por mí misma, doctora Young. Y sí, sé lo que estoy haciendo.
—Supongo que así es, señorita Nichols. Pero volviendo al asunto que nos ocupa... Blake, por lo visto, tú y Devlin estáis dejando perplejos a los regentes. He estado leyendo los resultados del escáner que el doctor Crosby te ha realizado y, en esta ocasión, no sólo han mejorado, sino que la diferencia es extraordinaria. Igual que ocurre con los de Devlin.
No era de extrañar que la voz de la doctora sonara alegre. Si la mejora en los resultados de Devlin no se debía a una casualidad, había esperanza para ellos. Blake supuso que también lo utilizaría a él como conejillo de Indias cuando regresara a Seattle, pero no se resistiría mucho.
—Me imagino que querrás celebrarlo, Trahern. Y felicidades otra vez. Sospecho que la señorita Nichols tiene algo que ver con tus resultados.
Antes de que Trahern pudiera responder, un escalofrío recorrió su columna vertebral: la barrera de nuevo. Su percepción le indicaba que la situación no era tan grave como la anterior, pero sí lo suficiente.
—Tengo que irme, doctora, pero gracias por las buenas noticias. La mantendré al corriente de cómo se desenvuelven las cosas por aquí.
Mientras hablaba, Blake arrastraba a Brenna hacia la puerta y al final salió del laboratorio a todo correr. Quizás habría sido más sensato dejarla con el doctor Crosby; pero, si se libraba otra batalla, el doctor tendría que realizar sus propios preparativos.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Brenna.
—La barrera. —La necesidad de luchar ardía de tal modo en sus venas que incluso le resultó difícil pronunciar esas palabras—. Pero primero te pondré a salvo.
—Pero...
—Ahora no, Brenna. Tengo que irme. Ella clavó los pies en el suelo obligando a Blake a detenerse.
—Ya lo sé, tonto, así que suéltame y vete. Puedo llegar a la habitación yo sola.
—Aunque pudieras, no conoces los códigos de seguridad. —Si era necesario, volvería a cargarla sobre su hombro y la encerraría bajo llave en la habitación—. No te pongas tozuda en estos momentos.
—Está bien.
Llegaron al ascensor y Blake tecleó la clave que Jarvis le había indicado antes. Sin duda, se trataba de una clave súper secreta, pero no le importaba si Brenna la memorizaba. El ascensor tardó un tiempo en llegar; claro que, seguramente, él no era el único paladín que estaba en la superficie cuando la barrera se apagó. Pese a sus esfuerzos, apenas podía controlar las oleadas de adrenalina que corrían por sus venas. Aunque los resultados fueran buenos, no servirían de nada si no conseguía dominarse hasta que sostuviera una espada en la mano.
Al final, llegó el ascensor. Una vez en su interior, Blake contó los segundos que tardaron en bajar a las cavernas. Ya en el subsuelo, Blake se colocó instintivamente delante de Brenna a fin de averiguar qué les esperaba allí exactamente antes de dejarla salir. Las puertas se abrieron y se encontraron con un puñado de paladines armados y listos para la lucha. Los paladines se volvieron para comprobar quién era el recién llegado. Aunque Blake no conocía los nombres de, al menos, la mitad de ellos, los paladines sí que lo reconocieron de la batalla anterior.
— ¿El pasillo está libre?
El hombre que tenía más cerca asintió con la cabeza.
—Sí. La barrera sólo se ha apagado durante unos segundos, pero vuelve a debilitarse. —Su sonrisa se volvió feroz—. Si te das prisa, llegarás a tiempo para la fiesta.
—Suena bien.
—Yo puedo encontrar el camino sola.
Brenna intentó soltarse de la mano de Blake.
—Ya hemos discutido esta cuestión.
Blake la cogió en brazos y corrió por el pasillo sabiendo que ella le arrancaría el pellejo más tarde por haberla avergonzado. Se lo merecía por haberle contado al equipo médico que era su prometida. Blake abrió la puerta de la habitación y dejó caer a Brenna sobre la cama. Cometió el error de echarse a reír cuando ella soltó un grito. La rabia creció en el interior de Brenna, quien se abalanzó sobre Blake como un tigre a la yugular.
Para ser una mujer mucho más pequeña que él, tenía buenos puños. Blake retrocedió de un brinco mientras se frotaba la mandíbula.
— ¡Maldita sea, Brenna, esto me ha dolido!
Ella lo miró enfadada, hasta que se dio cuenta de que le había producido un morado. La tensión se desvaneció mientras ella balbuceaba una disculpa.
—Lo siento, no quería...
Blake volvió a reír, lo que no ayudó a mejorar el humor de Brenna.
—Sí que querías, y es probable que yo lo mereciera; pero me dijiste que podías soportar estar junto a mí aun cuando me invade la necesidad de luchar.
Brenna le lanzó una mirada de enojo.
—Sólo querías alardear delante de tus amigos. Pues bien, ya puedes irte a jugar. —Entonces añadió—: Y ten cuidado.
Blake tiró de ella y le dio un beso que garantizara que ella siguiera excitada y preocupada hasta que él regresara y pudieran terminar lo que habían empezado.
—No salgas de la habitación. No puedo concentrarme si tengo que preocuparme por lo que estás haciendo.
Ella asintió con la cabeza, hundió la cara en el pecho de Blake y le dio un largo abrazo.
—Lo he dicho en serio, Blake, prométeme que tendrás cuidado.
—Lo tendré, cariño. Y cuando este altercado haya terminado, nos centraremos en resolver el asesinato de tu padre para que puedas volver a tu vida normal.
El aspecto de Brenna era de gran fragilidad, mientras Blake cogía otra espada del armario y salía de la habitación. Cuando cerró la puerta, se preguntó si alguna vez reuniría las fuerzas suficientes para alejarse de ella de manera permanente.
Ritter contempló los resultados de las pruebas y frunció el entrecejo. Aquél no era un buen momento para que la barrera se apagara y se encendiera como un maldito yoyó. Claro que ahora al menos sabía que Blake Trahern estaba por allí, aunque no lo había averiguado gracias a los dos bufones a los que pagaba para que lo encontraran. No, lo sabía porque había tropezado, por casualidad, con un informe médico del doctor Crosby mientras realizaba la inspección mensual del departamento médico.
No podía mostrar interés por el informe, porque los tutores se habían vuelto muy reservados con los expedientes de sus pacientes. Todavía recordaba la época en que los tutores se consideraban poco más que guardianes de un zoológico.
Pero esto había cambiado. Incluso se rumoreaba que uno de los tutores de la zona de Seattle prácticamente vivía con uno de los paladines. La idea hizo que se le erizara el vello. ¿Qué le pasaba a aquella mujer para que aceptara a una criatura mutante como amante?
Llegó a la valla exterior del complejo deseando no tener que descender a las cavernas. Si confirmaba que Trahern estaba allí abajo con su viejo amigo Jarvis, la hija del juez debía de estar por los alrededores. Seguramente, escondida en un hotel de las inmediaciones, pues los dos paladines debían de querer vigilarla de cerca.
Había que reconocer que aquellos trogloditas tenían un profundo sentido de la lealtad. Cuando se hubiera encargado de Trahern, iría a por Jarvis por no haberle informado del paradero de su amigo. Se arriesgaba a provocar una rebelión entre los paladines locales, pero ¿a quién le importaba su reacción? En cuanto hubiera atado unos cabos sueltos, desaparecería sin dejar rastro.
La nueva identidad que había comprado le permitiría abandonar el país y, cuando llegara a su primer destino, recogería los papeles de su nueva identidad permanente. Entonces ya nada lo detendría.
Simular su propia muerte resultaría lo más complicado; sin embargo, para cuando la policía averiguara que el cadáver no era el de él, sería demasiado tarde. Para entonces él estaría tumbado al sol y gastándose el dinero que habría amasado en pocos días, después de hacer entrega de las piedras.
Tecleó el código de seguridad que permitía el acceso al recinto y esperó a ser identificado. Como el complejo estaba en estado de alerta, tardaron un poco más de lo habitual. Los guardias tenían cosas más urgentes que hacer que dar el visto bueno al acceso de un regente. Al final, la puerta se abrió y el guardia le indicó que pasara.
—Siento el retraso, señor, pero volvemos a estar en estado de aislamiento.
—Me parece muy bien. La seguridad es una de nuestras prioridades; sobre todo, cuando nos están atacando.
La reacción del guardia fue insólita.
—Eso sería lo lógico, ¿no cree? —El guardia soltó una maldición y añadió—: Supongo que todo depende de los contactos que uno tenga.
Empezó a retirarse hacia la garita, pero Ritter lo llamó.
— ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?
El guardia bajó la voz y evitó mirar a su compañero, que los observaba desde el interior de la garita.
—Desde que trabajo para los regentes, he recibido órdenes estrictas en el sentido de que está terminantemente prohibida la entrada al recinto a los civiles.
A Ritter sólo se le ocurría un civil que pudiera haber entrado con la ayuda de dos de los amigos de su padre, pero tuvo cuidado de no mostrar su excitación.
—Por lo que yo sé, esto no ha cambiado.
—Exacto, esto es lo que yo decía. Pero, como se trata de Jarvis y de ese tipo de mirada gélida llamado Trahern, todo el mundo hace ver que ella no está aquí.
Lo último que Ritter quería era un guardia airado sembrando el descontento en la cadena de mando.
— ¡Ah, debe de referirse a la señorita Nichols, la hija del juez! —Ritter se apoyó en el antepecho de la ventanilla del coche y bajó la voz obligando al guardia a acercarse al vehículo—. Dimos el visto bueno a que la trajeran aquí. Hasta que averigüemos quién asesinó a su padre, resulta imperativo que la protejamos. Haríamos lo mismo por cualquier familiar de nuestros hombres que estuviera en peligro por una causa ajena a él.
Esta tontería debería satisfacer a un miembro leal de la Guardia Nacional.
El hombre era listo y miró a Ritter con incredulidad, como tenía que ser. Si se dejara engañar con facilidad, hacía años que lo habrían despedido.
—Si usted lo dice, señor.
—Valoro su cautela, sargento. Hablaré con Jarvis para asegurarme de que no se permite a la señorita Nichols el libre acceso a las instalaciones.
Puso la primera y cruzó la valla mientras reorganizaba sus planes.


La batalla sólo consistió en una escaramuza. Fue suficiente para activarlos a todos, pero no para desahogar sus ansias de lucha. A diferencia de los demás, Blake tenía a una mujer cálida y, supuestamente, bien dispuesta que lo esperaba en su habitación para ayudarlo a calmarse.
—Si ella te ve sonriendo de esta forma, atrancará la puerta. —Jarvis caminó a su lado—. Tras el espectáculo de antes, tendrás suerte si no utiliza tu espada mientras duermes.
Blake sonrió con malicia.
—Valió la pena correr el riesgo.
—Oye, te ha dado muy fuerte. —Jarvis sacudió la cabeza con fastidio—. ¿Así que volverás a mudarte tú aquí o se trasladará ella a Seattle contigo?
Blake se detuvo de repente.
— ¿De qué demonios estás hablando?
—A menos que hayas dormido en el suelo durante las noches pasadas, debo creer que habéis compartido algo más que el calor corporal. Ella no es el tipo de mujer que se toma estas cosas a la ligera, lo cual significa que te quiere. Personalmente, no lo entiendo, claro que nunca he entendido mucho a las mujeres.
Trahern dejó caer la espada al suelo y arrinconó a Jarvis contra la áspera pared de piedra, agarrándolo por el cuello.
— ¿Sabes cuál es tu problema, Jarvis? ¡Que nunca sabes cuándo tienes que cerrar el pico! ¡Lo que hayamos hecho o dejado de hacer no es de tu maldita incumbencia! —Blake le propinó un fuerte puñetazo en el estómago.
Su amigo se revolvió, le atizó una patada en la rodilla y, a continuación, un codazo en los riñones. Blake maldijo a toda la familia de Jarvis mientras esquivaba un puñetazo y utilizaba la inercia de su oponente para lanzarlo contra el suelo. Jarvis rodó sobre sí mismo hasta ponerse de pie y cargó contra Blake, quien experimentó un gran placer al enviarlo al suelo por segunda vez. Pero entonces Jarvis lo lanzó a él volando contra la pared del túnel cortándole la respiración.
De pronto se abrió la puerta que comunicaba con el túnel.
— ¡Blake Trahern! ¡Jarvis! ¿Qué creéis que estáis haciendo? ¿No tenéis suficiente con luchar contra los Otros que ahora tenéis que hacerlo entre vosotros?
Blake levantó las manos indicando que se retiraba de la lucha.
Jarvis consiguió propinarle un golpe bajo antes de rendirse él también. A continuación, se secó un hilo de sangre que brotaba de la comisura de sus labios.
—Lo siento, Brenna, pero empezó él.
— ¡Y una mierda! —rugió Trahern.
Brenna puso los ojos en blanco con indignación.
— ¡Parecéis dos niños de ocho años!
—Bueno, mami, perdona.
La broma de Jarvis no divirtió a Brenna, pero a Blake le pareció sumamente graciosa. No recordaba haberse reído nunca tanto como lo había hecho durante los últimos días. Este hecho no le parecía normal, pero hacía que se sintiera bien.
Quizá Brenna percibió algo en este sentido, porque las arrugas de desaprobación que enmarcaban su tentadora boca se suavizaron y Blake se arriesgó a abrazarla para darle un apasionado beso. Ella simuló querer apartarlo, pero, después, suspiró y se rindió. Cuando Blake volvió a dejarla sobre sus pies, Brenna se quedó a su lado rodeándole la cintura con el brazo.
— ¡Oh, por favor, entrad ahí adentro! —Jarvis simuló sentir náuseas—. Tenía pensado ir con vosotros a hablar con Doe acerca de sus averiguaciones, pero resulta evidente que no es un buen momento.
Brenna frunció el ceño.
— ¿Podemos comer algo primero? Nos hemos saltado la comida y Blake debe de estar hambriento.
Jarvis, con toda malicia, se echó a reír.
—Cariño, el hambre de Blake no tiene nada que ver con la comida. Pero a mí sí que me vendría bien un descanso. —Jarvis consultó su reloj—. Nos vemos dentro de una hora.
Jarvis se alejó sin dejar de reír.
Brenna esperó hasta que consideró que Jarvis no la oía y declaró:
— ¡Uf, qué vergüenza! Jarvis cree que necesitábamos tiempo para practicar el sexo.
Sin duda, había infravalorado el oído altamente desarrollado de los paladines; pero Blake supuso que, de todas maneras, ella no se había percatado de la leve sacudida que experimentó Jarvis antes de desaparecer por la esquina.
—No, él sabe que necesitamos comer, pero imagina que, primero, practicaremos el sexo.
Brenna se ruborizó, pero no lo negó. Blake, en lugar de darle tiempo a pensar en unas cuantas razones por las que no deberían hacerlo, la tomó en sus brazos y la llevó al interior de la habitación no sin antes cerrar la puerta de una patada.
En esta ocasión, cuando la dejó sobre la cama, él también se tumbó en ella. Y, durante un rato, ninguno de los dos dedicó demasiado tiempo a pensar en comer.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:42 pm

12


El señor Doe había hecho grandes adelantos siguiendo el rastro de los nombres y los números que el padre de Brenna había dejado. Sus dedos se movían veloces sobre el teclado mientras él navegaba por el ciberespacio con la misma expresión de arrebato que tenían la mayoría de los locos de los juegos de rol. Sin embargo, estos últimos no mantenían una espada apoyada en el borde del escritorio por si tenían que entrar en batalla.
—Bien, ¿veis esto? —Doe señaló la pantalla—. Estas cifras no tienen sentido, a menos que alguien le haya metido mano a la caja.
— ¿De cuánto dinero estamos hablando? —Trahern se inclinó sobre el hombro de Doe para examinar la lista de números y sus labios se movieron mientras sumaba mentalmente algunas cifras—. ¡Mierda! No me sorprende que muera gente por esto.
El teléfono sonó y Jarvis lo descolgó.
— ¿Cómo? ¡Mierda! ¿Dónde está ahora?
Blake se apartó del escritorio y se situó entre Brenna y la desconocida amenaza. Varios de sus compañeros ajustaron, al mismo tiempo, sus posiciones. Brenna se preguntó si alguno de ellos se había dado cuenta de lo que acababan de hacer. Probablemente no, pues la necesidad de proteger a los demás era algo innato en ellos. Jarvis colgó el auricular.
—Uno de los regentes se dirige hacia aquí. Es evidente que uno de los guardias de arriba le ha ido con el cuento de que Brenna está en los túneles.
— ¿Es demasiado tarde para esconderla?
La mirada de Trahern se había vuelto gélida.
—Seguramente. El muy cabrón ya estaba camino de los ascensores antes de que a alguien se le ocurriera avisarme. —Jarvis murmuró una maldición—. Simulad que estáis haciendo algo útil. Si entra y nos encuentra a todos blandiendo las espadas contra él y mirándolo con furia sospechará que algo no va bien.
Blake esperó a que algunos de sus compañeros se alejaran para preguntar:
— ¿Crees que está implicado en la trama?
Jarvis frunció el entrecejo.
—Odio señalar a nadie antes de tener más información, pero no me extrañaría. Ha estado merodeando más por aquí esta última semana que en los últimos años. También ha mostrado gran interés en conocer tu paradero. Todo disfrazado de una sentida preocupación por la hija de su difunto amigo. Nunca he experimentado gran devoción por este lameculos, pero esto no significa que sea culpable.
— ¿Podemos demostrar alguna cosa?
—Todavía no —declaró Doe.
Pulsó unas cuantas teclas y el listado desapareció tras un remolino de colores brillantes que al final se convirtió en un juego de rol. Un dragón planeó desde un rascacielos para barrer las calles con ráfagas de llamaradas verdes. Doe rió con regocijo mientras manipulaba al dragón para que diera caza a una desafortunada persona tras otra.
—Jamás había visto este juego —declaró Brenna, mientras se acercaba para observar por encima del hombro de Doe.
Los videojuegos eran uno de sus vicios secretos.
—Será porque aún no he terminado el software. Todavía no estoy satisfecho con el aspecto del dragón cuando lucha contra el héroe.
Su voz reflejaba, con claridad, el orgullo del creador.
Brenna se acercó aún más a la pantalla.
—Es tan bueno que no me imagino cómo podría mejorarlo. Me encantaría probarlo cuando esté terminado.
Doe, evidentemente complacido, asintió con la cabeza.
—Le enviaré una copia. Me gusta que algún experto me dé su impresión antes de sacarlo al mercado.
Brenna le sonrió.
—Le recordaré su promesa. Claro que puedo tener problemas para localizar a uno de tantos señores Doe.
—No se preocupe, yo la encontraré.
El pitido del ascensor acabó con el buen humor del grupo. Jarvis y Trahern debían de haber decidido tomar la ofensiva, porque llegaron al ascensor justo cuando las puertas se abrían.
A Brenna, el regente que los tenía a todos tan enojados le resultaba familiar, pero antes de que pudiera asociar un nombre a su cara, la alarma volvió a dispararse. Blake y Jarvis empujaron al hombre de regreso al interior del ascensor sin mucha ceremonia, según percibió Brenna, y lo enviaron de vuelta a la superficie, lejos del peligro.
Los paladines parecían extrañamente ajenos al sonido de la alarma. John Doe había cerrado el juego del dragón y estudiaba de nuevo los listados. ¡Un momento! ¡La barrera no se había apagado! De hecho, ni siquiera había fluctuado.
Jarvis llamó la atención de uno de los paladines y deslizó la mano en dirección perpendicular a su garganta. El paladín pulsó una serie de teclas en un ordenador y un bendito silencio reinó en el ambiente. Cuando su cabeza dejó de retumbar, Brenna se dio cuenta de que habían disparado la alarma a propósito para evitar que el regente invadiera su territorio.
Blake se unió a ella junto al ordenador.
—Por si alguien te pregunta, Jarvis acaba de realizar la comprobación mensual de la alarma.
— ¿De verdad? ¿Y el regente que acabáis de meter en el ascensor sabe que se trataba de un simulacro?
—No —respondió Jarvis sacudiendo la cabeza—. Si todos supieran que se trataba de un simulacro en vez de la realidad, nadie se la habría tomado en serio. —Sus ojos parpadearon con picardía—. Además, parte de nuestra labor consiste en asegurarnos de que los regentes están a salvo de los ataques de los Otros. Si le dejáramos quedarse porque se trataba de un simulacro, la próxima vez podría no hacernos caso cuando le dijéramos que iba en serio.
— ¿Y cuánto tiempo estará fuera?
—He programado el ascensor para que se quede bloqueado durante media hora.
Doe intervino en la conversación.
— ¿Veis estos ingresos? Los importes individuales son distintos, pero la cifra total retirada es la misma. —Bajó un dedo por la pantalla—. Aquí, aquí y aquí.
— ¿Puedes averiguar de dónde procede el dinero?
Blake se acercó a la pantalla y deslizó un brazo alrededor de la cintura de Brenna.
—Podría seguirle la pista. Por lo visto, el juez Nichols había dado con algo.
—Pero, ¿para qué era el dinero? —preguntó Brenna.
¿Y qué podía valer tanto como la vida de su padre?
—Supongo que para pagar esto. —Jarvis dejó una piedra azul encima del escritorio. Ésta absorbió la luz de los fluorescentes y despidió un intenso brillo azul por todo el escritorio—. ¿Se parece en algo al polvo azul que tú y Bañe encontrasteis en Seattle?
Trahern asintió con la cabeza.
—Sí, pero nunca encontramos una piedra tan grande como esta. ¿Dónde la has conseguido?
—En los túneles. Es la única que hemos encontrado, pero esto no significa gran cosa. Con la cantidad de pequeños terremotos que tienen lugar en esta zona, la barrera está tanto tiempo apagada como encendida. Tenemos muchas horas de sueño atrasadas, así que no podría jurar que nada haya pasado bajo nuestras narices sin que nos hayamos dado cuenta.
—Nosotros no conseguimos suficiente polvo para analizarlo. ¿Conoces a alguien en el laboratorio en quien confíes y que sea capaz de mantener la boca cerrada?
—Ya la he hecho analizar. —Jarvis cogió la piedra y la frotó contra su camisa—. Por lo que me han dicho, la piedra no existe. Al menos, no en este mundo.
—Y según el hombre del laboratorio, ¿qué es?
—Él supone que se trata de una especie rara de granate, pero tiene sus dudas. La naturaleza las produce en distintos colores, pero el azul no es uno de ellos. Quería quedársela más tiempo para determinar qué propiedades la hacen tan valiosa para alguien de nuestro mundo, pero, aunque confío en él, no puedo decir lo mismo respecto a sus colegas. Si uno de ellos descubriera lo que él estaba haciendo, no podríamos guardarlo en secreto. Trahern frunció el ceño.
—Conozco a alguien en Seattle que podría proporcionarnos algunas respuestas.
— ¿Quién? ¿Devlin Bañe? ¿Qué puede saber él de la piedra?
Jarvis volvió a introducir la piedra en su bolsillo.
—No, no me refiero a él. —Trahern miró a su alrededor recordando a Jarvis, sin palabras, que no estaban solos—. No puedo decirte nada más hasta que realice ciertas comprobaciones.
— ¿Y cuándo será eso? —preguntó Doe.
Jarvis sacudió levemente la cabeza.
—La piedra puede esperar. Ahora mismo, tenemos que decidir qué hacer con Ritter antes de que descubra cómo invalidar la programación del ascensor y empiece a husmear por donde no debe.
Brenna tocó el brazo de Jarvis.
— ¿Tú y Blake tendréis muchos problemas ahora que sabe que me permitisteis entrar en el complejo?
Jarvis respondió con un gesto que a Brenna le recordó a Trahern. Otro tío duro que podía cuidar de sí mismo frente a cualquier eventualidad. Pero esto no significaba que tuvieran que enfrentarse a todo ellos solos. Los paladines se merecían algo mejor.
—Voy a empacar mis cosas. —Brenna se dispuso a irse, pero Trahern la detuvo—. ¿Qué?
— ¿Adonde planeas ir? —Buena pregunta—. Lo más sensato sería que nos quedáramos hasta que descubramos el rastro que seguía tu padre. Esto nos indicará adonde tenemos que ir a continuación.
La alarma se disparó otra vez y Trahern le gritó a Jarvis, quien estaba a un metro escaso de distancia de él:
— ¡Diles que dejen de jugar con la maldita alarma! Ya nos hemos librado de ese imbécil.
Pero la atención de Jarvis estaba centrada en el otro extremo de la caverna, en la barrera. Lo que antes eran unos increíbles remolinos de colores brillantes ahora estaban teñidos de unas franjas negras y de un feo color verde.
— ¡Mierda!
Doe apagó el ordenador, cogió su espada y se unió al resto de los paladines, que ya se habían alineado en formación de combate. Jarvis lo siguió de cerca. La necesidad de unirse a ellos resultaba imperante para Trahern, pero, por otro lado, no quería dejar sola a Brenna.
Ella lo empujó hacia sus amigos.
— ¡Vete, yo puedo regresar a la habitación sola!
Antes de que Trahern pudiera responder, la barrera brilló con intensidad y, a continuación, desapareció. Para horror de Brenna, una multitud de los Otros cruzaron a este mundo en una oleada enorme y desorganizada. El entrechocar del acero contra el acero la dejó paralizada mientras los Otros intentaban vencer a los paladines con la fuerza bruta y la superioridad numérica.
Suficiente sangre se vertió para inundar el aire con su acre aroma. La mejor manera de ayudar a Trahern era dejarlo solo para que pudiera concentrarse en detener aquella marea, así que Brenna se fue derecha a la habitación.
Blake esperó hasta que ella estuvo en la boca del túnel para encarar a sus enemigos. Brenna creyó oírle exclamar un grito de desafío, pero podía tratarse solo de su imaginación. La voz de Trahern era una entre muchas; todas ellas llenas de furia y, algunas, de dolor. Las lágrimas ardieron en los ojos de Brenna mientras intentaba acallar aquellos espantosos sonidos. Se detuvo para dar una última ojeada a la batalla y vio que Trahern blandía su espada en un amplio círculo enviando la cabeza de su oponente al suelo de la caverna, donde botó varias veces despidiendo chorros de sangre.
A Brenna se le revolvió el estómago y sintió arcadas. Se tapó la boca con el dorso de la mano y corrió por el túnel hasta la habitación. Como había sucedido antes, la puerta apenas amortiguaba los sonidos de muerte que se producían a corta distancia de allí. ¿Cómo podían Trahern y los demás afrontar eso todos los días de su vida sabiendo lo que los esperaba? No le extrañaba que tuvieran una visión tan dura del mundo.
¿Cómo podía Trahern ser tan amable con ella y, al mismo tiempo, enfrentarse a aquellas muertes brutales con dedicación? Una mujer tenía que ser una santa o una loca para enamorarse de un paladín y compartir esa vida con él. Como ella nunca se había considerado una cosa ni otra, quizás había llegado el momento de empezar a plantearse en qué situación se encontraban ella y Blake.
Cuando llegara el otoño, ella regresaría a la universidad y Blake retomaría su vida en Seattle, donde seguiría luchando, mientras pudiera, en aquella guerra. Ella sólo esperaba que, cuando aquella poderosa atracción que sentían el uno hacia el otro se apagara, pudieran quedar como amigos. Sin embargo, ahora que Blake había regresado a su vida, quería que continuara allí.
Ritter paseaba de un extremo a otro de la habitación, aunque se detenía con frecuencia para contemplar, con furia, el reloj de la pared. Así que aquella bruja estaba allí; tan cerca de él que casi podía percibir su aroma. Y cuando estaba prácticamente a su alcance, con la información que su entrometido padre le había dejado, los malditos Otros habían tenido que atacar. Habían llamado a los guardias para que ayudaran a los paladines y, mientras durara la batalla, no le dejarían acercarse a la caverna.
Le habían dicho que no podía bajar por su propia seguridad, pero él sabía que creían que se interpondría en su camino. Él intentó convencerlos de que no le interesaba la batalla, sino proteger a la señorita Nichols, pero no consiguió nada. Así que ahora estaba atrapado en las plantas superiores mientras todo lo que necesitaba para terminar con aquel desastre se encontraba a pocos metros de él pero fuera de su alcance.
Los ascensores sólo respondían a los códigos secretos de alerta, así que lo mejor que podía hacer era irse de allí en busca de sus dos detectives. Había llegado la hora de que se ganaran el sueldo.
Sólo se podía acceder al complejo por una carretera. Les ordenaría que esperaran hasta que Trahern y su amiga salieran por allí, así podría tenderles una emboscada. ¡Lástima que la inocente señorita Nichols muriera en el tiroteo entre la policía y su secuestrador! ¡Y qué tragedia que los policías murieran también!
Se sintió vigorizado y salió del edificio en dirección a su coche. El pesado calor de las tardes de Missouri lo golpeó como si hubiera entrado en una sauna, pero no le importó. Dentro de pocos minutos, estaría disfrutando de la comodidad de un sillón de piel y del aire acondicionado mientras los cabrones que estaban en la caverna luchaban para salvar la vida.
¡Sí, algunos días las cosas salían exactamente como había planeado!

Swan se agitó en el asiento, se desperezó y sus manos chocaron contra el techo del coche.
— ¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar? —El necesario.
A Montgomery le molestaban las continuas preguntas de su compañero. Era como trabajar con un niño de cinco años.
— ¿Dijo cuándo pasarían por aquí Trahern y la mujer? —Swan dio una ojeada al desolado paisaje—. ¿O siquiera por qué pasarían por aquí? ¡Demonios, no hay nada en kilómetros a la redonda!
Montgomery estaba de acuerdo, pero quejarse cada cinco minutos no ayudaba en nada. Tenía que mear y estirar las piernas.
—Quédate en el coche. Enseguida vuelvo. — ¿Adonde vas?
¡Como si no pudiera deducirlo él sólito! Llevaban cinco horas bebiendo agua y café. La única razón de que Swan no tuviera que responder a la llamada de la naturaleza era que tenía quince años menos que él. Dentro de unos cuantos años, su próstata también lo obligaría a mear en los arbustos... A menos que terminaran en prisión por aquella aventurilla, pero no merecía la pena pensar en esta posibilidad.
Les habían contratado para realizar un trabajo y tenían que terminarlo. Todo aquel asunto apestaba, pero era demasiado tarde para hacer nada. Incluso aunque no se hubiera gastado la mayor parte del dinero que el señor Knight le había pagado, éste no era del tipo de tíos que aceptaban devoluciones de un empleado que se sentía a disgusto con el trabajo.
Aunque le sentó bien caminar un poco al aire libre, hacía calor y el día se estaba volviendo más y más caluroso. Al menos habían encontrado un lugar junto al camino donde habían podido aparcar a la sombra de unos árboles. Ésta era otra de las cuestiones que lo intrigaban. ¿Cómo había conseguido el señor Knight encontrar el rastro de Trahern en aquel lugar tan remoto?
El camino no aparecía en ninguno de los mapas que había consultado. Claro que era lógico que Trahern buscara un escondite seguro, sobre todo si tenía que recuperarse de la herida de bala. Pero ¿esconderse allí? Aquel sitio resultaba fácil de proteger, pues sólo contaba con una vía de entrada, pero esto también significaba que sólo contaba con una vía de salida.
Eligió un árbol cercano y se puso manos a la obra. Después, se subió la cremallera del pantalón y se dirigió a una pequeña loma para estudiar el terreno en el que se encontraban.
Conforme llegaba a la cima, se agachó. Quizás, al otro lado, no hubiera más que kilómetros y kilómetros de terreno baldío y árboles, pero, por si acaso, no había necesidad de constituirse en un blanco certero. Avanzó de árbol en árbol y llegó a unas rocas que daban a un pequeño valle.
Su cautela había merecido la pena. Vislumbró la continuación del camino, que serpenteaba por una arboleda y atravesaba una valla de alambre de espino. Se desplazó hacia la derecha buscando la protección de los árboles por si alguien estaba observando desde abajo. Su nueva posición le permitió disponer de mejor vista y lo que vio le aceleró el pulso.
La valla de alambre tenía una puerta que estaba vigilada por dos guardias armados vestidos con uniforme militar. ¡Mierda! Una cosa era encargarse de un solo tipo, pero si la muerte de Trahern levantaba la ira de los militares, él no quería tener nada que ver en ella.
Bajó la loma a toda velocidad. Tenían que largarse de allí mientras tuvieran una oportunidad. El calor y la humedad mezclados con una buena dosis de miedo, hicieron que llegara al coche resollando. Abrió la portezuela de un tirón y entró en el vehículo. Giró la llave de contacto y apretó el acelerador, aunque no consiguió poner en marcha el motor hasta el segundo intento.
— ¡Estamos jodidos! ¡Nos largamos ahora mismo! Te lo explicaré cuando estemos en un lugar seguro.
Como Swan no dijo nada, Montgomery lo sacudió para despertarlo. ¿Cómo podía seguir durmiendo aquel imbécil con los botes que estaban dando por el camino de tierra? Retiró la mano y sintió que estaba húmeda. Tardó unos segundos en darse cuenta de que lo que goteaba de sus dedos era sangre y que Swan tenía un puñal clavado en las costillas.
Una sensación nauseabunda recorrió su interior ante la certeza de su muerte inminente y, en aquel mismo instante, el parabrisas se rompió y el dolor le quebró el pecho. Soltó el volante y el coche se salió del camino empotrándose contra un árbol.
El motor petardeó y se apagó y en el bosque reinó un inquietante silencio roto, sólo, por el sonido de su propia y trabajosa respiración. Una sombra enturbió su visión, pero no se trataba de la muerte. Aunque, en cierta manera, sí que lo era, pues el señor Knight estaba junto al coche con una pistola en la mano.
Ritter apuntó el arma a la sien izquierda de Montgomery y sonrió mientras apretaba el gatillo.

—Devlin llega esta noche.
Trahern se dejó caer en una silla y apoyó los pies en otra. Jarvis levantó la vista del escritorio con el ceño fruncido.
— ¿Y por qué demonios viene?
Trahern se dio cuenta de que tenía la posibilidad de cabrear a Jarvis y esta idea le gustó. —Porque le da la gana.
Como no podía desahogar su mal humor en Brenna, había decidido buscar pelea con alguna otra persona y Jarvis era un blanco a mano que, además, estaba tan irascible como él. El regente había desaparecido durante la refriega y hasta que supieran en qué andaba metido no se quedarían tranquilos.
—Necesito una razón mejor que ésta. Puede que Bañe dirija el cotarro en la zona de la costa, pero aquí no tiene ninguna autoridad.
Jarvis separó su silla del escritorio, como si intuyera adonde conducía aquella discusión.
—De acuerdo. —Trahern entrelazó los dedos e hizo crujir sus nudillos—. Me sentía solo y lo he invitado para que venga a verme.
—Ya tengo bastantes problemas para que ahora decidas montar una fiesta. —Jarvis entrecerró los ojos, pues su mal humor empezaba a aflorar—. Llámalo y dile que no venga.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. —Trahern sonrió con malicia—. Su avión despegó hace una hora.
— ¡Maldita sea, Trahern, lo último que necesito es que Bañe interfiera en mis asuntos! Ve al aeropuerto y regresa a Seattle con él. —Se puso de pie y se inclinó sobre el escritorio—. Tú has originado este lío, así que llévatelo de vuelta a Seattle.
La llamada de Trahern pidiendo ayuda al juez podía haber provocado su muerte, pero la piedra azul que Jarvis conservaba en su bolsillo constituía una prueba de que el problema no existía sólo en la costa noroeste del Pacífico.
Los dos lo sabían. De repente, las ganas de pelea de Trahern se desvanecieron. Se reclinó en la silla y sacudió la cabeza.
—Lo siento, tendría que haberte contado lo de Devlin antes, pero contártelo no habría cambiado nada. Cuando se le mete una idea en la cabeza, nada consigue hacerlo cambiar de opinión. Quiere que una persona examine la piedra.
— ¿Se trata de uno de los empleados del laboratorio de Seattle?
—No me lo ha dicho.
Trahern estaba bastante seguro de quién bajaría del avión con Bañe, pero no pensaba iniciar una pelea hasta que lo supiera con certeza.
Jarvis se sentó con lentitud en la silla. Se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos.
—Los días como éste hacen que desee retirarme.
¡Como si alguno de ellos pudiera hacerlo algún día! Los genes que hacían de ellos unos paladines eran muy poco comunes y siempre andaban escasos de manos. En el pasado, los guerreros más fuertes podían elegir a las mujeres que quisieran asegurando, así, la continuidad de su especie. Sin embargo, los modernos métodos de control de la natalidad habían terminado con esta situación.
Por lo tanto, Jarvis se retiraría como lo haría el mismo Trahern: al final de una aguja.
— ¿Dónde está Brenna?
—Descansando. Dice que le duele la cabeza.
Jarvis soltó una desagradable carcajada.
— ¿Ya no te quiere en su cama? Yo diría que has batido incluso tu propio récord.
Quizá, después de todo, acabarían peleándose.
—Los últimos días han sido muy duros para ella. Primero, pierde a su padre, por no hablar de todo lo que siguió a continuación. Debe de creer que está viviendo un episodio de Expediente X.
—Sospecho que es muy fuerte y que podrá digerir todo lo que le cuentes.
—Sí, claro.
Trahern exhaló un suspiro.
—Lo digo en serio, Trahern. Incluso reconozco que siento algo de celos. Ninguna mujer me ha mirado nunca como ella te mira a ti.
—Esto era antes de que me viera matar a uno de los Otros. —Después de separar la cabeza del tronco de uno de los Otros, Trahern se volvió para asegurarse de que Brenna ya estaba a salvo—. Saber que me gano la vida matando es una cosa, pero verlo es algo muy distinto.
Jarvis se encogió de hombros.
—Lo superará.
Él había vivido bien sin ella durante años, así que, si no lo superaba, él podía seguir haciéndolo. Y, si se lo repetía a sí mismo, incluso podía llegar a convencerse de que podría.
Antes de que pudiera recrearse en la autocompasión, el teléfono de Jarvis sonó. Su amigo contestó la llamada y escuchó durante varios segundos con una expresión de cabreo en el rostro.
Cuando colgó el auricular, Jarvis declaró:
—Hay un coche aparcado en el bosque que hay junto al camino. Uno de los guardias cree haber visto a alguien en la colina que hay frente a la entrada y ha enviado a una patrulla. —La expresión de Jarvis era sombría—. La patrulla ha avistado el coche, pero nos esperan para acercarse.
Jarvis abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó un par de pistolas. Introdujo una en la cinturilla trasera de su pantalón y le ofreció la otra a Trahern.
—De vez en cuando, algún que otro adolescente llega hasta aquí en busca de un lugar tranquilo donde follar, pero nunca se habían acercado tanto.
Trahern, contento de tener algo que hacer, aceptó la pistola. No se necesitaban dos paladines y una patrulla de guardias para ahuyentar a un par de intrusos, pero así podría descargar su mal humor.
En el exterior, el sol iniciaba su lento descenso hacia las montañas del oeste. Jarvis había ordenado a la patrulla de los guardias que se retirara, pero que uno permaneciera alerta y los avisara si se producía algún cambio. Jarvis y Trahern avanzaron por el camino y, cuando estaban a punto de cruzar campo a través, el móvil de Jarvis sonó.
— ¡Mierda! Enseguida vamos.
Echó a correr por el camino y Trahern se colocó a su lado.
— ¿Qué pasa?
—Por lo visto, uno de los intrusos se quedó dormitando en el coche mientras el otro salía a explorar. De repente, el fisgón salió corriendo del bosque y se fueron zumbando en el coche. Cuando habían recorrido unos trescientos metros, alguien les disparó a través del parabrisas y el conductor perdió el control del vehículo. Después, se produjo otro disparo.
Un guardia los esperaba escondido en una arboleda a unos cincuenta metros de la entrada del recinto. Salió de su escondrijo para asegurarse de que Jarvis y Trahern lo veían y volvió a ocultarse en las sombras. Hasta que averiguaran quién había disparado, debían procurar no constituirse en un blanco fácil.
—El coche está ahí delante. —El guardia señaló un pinar situado en la ladera de la colina—. Los he estado observando desde que el coche se empotró en los árboles, pero no he percibido ningún movimiento, ni dentro ni fuera del vehículo.
A Trahern todo aquello le daba mala espina.
—Daré un rodeo y me acercaré a ellos desde la derecha. Dame cinco minutos para situarme antes de realizar ningún movimiento.
Jarvis asintió.
—Yo daré un rodeo por la izquierda. —Entonces miró al guardia—. Usted siga en su puesto hasta que uno de nosotros le indique lo contrario.
Los dos paladines se alejaron. Había alguien más en el bosque. Trahern casi podía oler a aquel bastardo. Fuera quien fuera, no quería ser visto. ¿Pretendía utilizar el coche para tener a Jarvis o Trahern bajo su punto de mira? Si no estaba familiarizado con la existencia de los paladines, quizá creía que una bala podía acabar con su vida. Pero si sabía algo acerca de ellos, debía de estar alejándose del coche a toda velocidad. Claro que, si era un buen tirador, podía intentar disparar a Jarvis o a él mismo en la cabeza.
En este caso, bien podía tratarse del regente que había desaparecido.
Trahern estaba impaciente por averiguarlo. Le sentaría bien disponer de un blanco tangible. Redujo la velocidad de su marcha y prestó atención por si oía algún sonido producido por su presa. El espeso sotobosque dificultaba que vislumbrara al posible francotirador. Al final, descubrió unas hojas aplastadas. El rastro regresaba al camino. Percibió el reflejo del sol poniente en el capó del coche.
Trahern permaneció inmóvil y escuchó con atención. El bosque estaba en silencio, salvo por el canto de las cigarras y el movimiento ocasional de algún pequeño animal. Nada que sonara como un hombre corriendo presa del pánico o ni siquiera andando.
O el francotirador se había largado hacía rato o estaba escondido por allí. Trahern se acercó al coche. En el caso de que su presa le disparara, esto permitiría a Jarvis saber dónde se escondía aquel bastardo.
El coche estaba en silencio, salvo por el zumbido del vapor que se escapaba del radiador roto. Los pasajeros no se movían. Quizás habían quedado inconscientes debido al choque, pero sus instintos le decían que estaban muertos. Se agachó y corrió la corta distancia que todavía lo separaba del vehículo avanzando en zigzag entre los árboles.
El hombre sentado en el asiento del copiloto estaba inclinado hacia la ventanilla y miraba hacia el exterior con unos ojos sin vida. Al conductor le habían volado los sesos. Seguramente, con el segundo disparo que el guardia había oído. Trahern sintió, más que oyó, que Jarvis llegaba a su lado.
— ¿Están muertos?
—Mucho.
— ¿Los reconoces? —preguntó Jarvis mirando por encima del hombro de Trahern.
—Sí. Son los dos polis que investigaban la muerte del juez. Los que me dispararon.
Trahern se apartó del coche y examinó el bosque que los rodeaba. En esta ocasión tuvo la sensación de que estaba vacío.
Jarvis soltó un silbido amortiguado.
— ¿Quién querría verlos muertos?
—No creo que tropezaran con este camino por casualidad. No aparece en ningún mapa y está muy lejos de su jurisdicción. Creo que alguien los atrajo hasta aquí, aunque dudo que el plan original consistiera en matarlos. Al menos, todavía no.
—Parece que tienes una idea de quién pudo haber apretado el gatillo.
Jarvis miró más allá del coche y examinó la arboleda del otro lado.
—Pues bien, ahora tenemos a un regente desaparecido y dos policías muertos. Demasiada coincidencia para mí —declaró Trahern.
Los ojos oscuros de Jarvis reflejaban preocupación.
—Para mí también. Aquí de pie me siento como un blanco de feria. Llamaré a los guardias para que retiren los cuerpos. Nosotros volvamos al recinto.
— ¿Cuánto tiempo podemos mantener estas muertes en secreto? —preguntó Trahern.
—El suficiente. ¿Por qué?
—Porque ha llegado la hora de lanzarse al ataque. Dudo que este par fueran trigo limpio, pero tampoco creo que merecieran morir. Quiero contar con el tiempo suficiente para encontrar al bastardo que los manejaba y desenmascararlo. Ha matado al juez y a estos dos hombres. Ha llegado la hora de la venganza.
Mientras regresaban al complejo, Trahern recordó haber percibido la presencia del asesino en el bosque y pensó que lo único que no encajaba en su mente era por qué el asesino no había huido después de matar a los policías. Seguro que ya había elaborado un plan de huida. La única explicación que se le ocurría era que los datos que el juez había dejado implicaban a más personas, aparte del regente. El implicado que ocupaba un eslabón más elevado en la cadena de la conspiración debía de ser temible, pues Ritter estaba dispuesto a arriesgar su vida para obtener aquella información. ¡Bien! Esto significaba que, en esta ocasión, tenían la posibilidad de eliminar el origen de la corrupción de raíz.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:43 pm

13

El chasquido de la puerta al abrirse despertó a Brenna, pero ella mantuvo los ojos cerrados. Se había dormido intentando decidir qué hacer, pero seguía sin tener una respuesta.
Cada vez que recordaba la cabeza del Otro volando por los aires y despidiendo chorros de sangre para, luego, rodar por el suelo, sentía náuseas. Ella se había imaginado a los Otros como unos monstruos salidos de una película de terror, pero su aspecto era humano.
Quizá fuera una ingenua. Durante toda su vida había visto imágenes de una guerra tras otra en las noticias de la televisión. ¿Acaso esto era distinto?
Blake diría que sí. Y lo mismo opinarían Jarvis y el resto de los paladines. Ellos dedicaban su vida a proteger el mundo de los Otros, y quizá tenían razón. Pero su punto de vista no la ayudaba a ella a digerirlo. Daría cualquier cosa por poder volver a los días de ignorancia, cuando no sabía nada acerca de los paladines y las batallas en las que luchaban.
Sin embargo, no podía hacer desaparecer esta realidad y, en uno u otro momento, tendría que enfrentarse a Blake. Por lo visto, ese momento había llegado.
La puerta se cerró.
—No tienes por qué andar con sigilo —declaró Brenna—. Estoy despierta.
Encendió la luz de la mesita de noche y se sorprendió al ver que no era Blake quien había entrado en la habitación, sino el regente que había desaparecido después del incidente del ascensor. Él la miraba con ojos enloquecidos y una desagradable sonrisa en el rostro mientras sostenía una pistola en la mano.
— ¿Qué hace usted aquí?
Brenna se tapó mejor con las mantas. La fría sonrisa del regente le erizó el vello.
—Estoy aquí para encargarme de un cabo suelto.
Habló como si la gente se dijera cosas así todos los días.
Brenna luchó contra la necesidad imperante de esconderse debajo de las mantas.
—Yo no soy ningún cabo suelto. Y será mejor que se marche antes de que Trahern regrese, pues es de tipo celoso.
Su atacante soltó una carcajada.
— ¡Como si quisiera tocarla después de que haya estado revolcándose con un animal!
—Ese animal es más hombre de lo que usted lo será nunca —soltó Brenna con desdén.
Ritter se acercó a ella y la golpeó con el dorso de la mano. Brenna sintió un dolor agudo y le propinó una patada con la intención de darle en las pelotas, pero falló el golpe y sólo le dio en el muslo. Bajó deprisa de la cama y corrió hacia la puerta, pero él fue tras ella.
Ritter la agarró del cabello y tiró con fuerza lanzándola contra el suelo.
—No intentes amenazarme con la llegada de Blake Trahern, puta. Puede que sea difícil de matar, pero una vez muerto, es vulnerable.
Brenna cruzó con Ritter una mirada furiosa.
— ¡Usted no es tan hombre como para matarlo, cerdo asesino! Los cobardes como usted matan con explosivos porque tienen miedo de encararse a sus víctimas. Pero Blake no tendrá este problema. Él disfrutará destripándolo como el cerdo que es. Además, aunque consiguiera matarlo, están Jarvis y los otros. No saldrá de este lugar vivo.
—Aquí es donde te equivocas. Todos creen que ya me he ido. Ahora mismo, están afuera, intentando adivinar cómo dos detectives de homicidios de St. Louis han acabado muertos en las puertas del recinto. Mientras resuelven este pequeño dilema, tú y yo cogeremos la información que el loco de tu padre te dejó.
— ¡No se atreva a llamar loco a mi padre! Él era un hombre bueno y honorable.
Ritter pareció enfadarse.
— ¡Llámalo como quieras, pero si hubiera mantenido la nariz lejos de mis asuntos, todavía estaría vivo! Sin embargo, murió en miles de pedacitos. Y todo por nada.
La imagen que había evocado revolvió el estómago de Brenna, pero ella evitó mostrar ningún signo de debilidad.
—Al menos, mi padre creía en algo. Esto es más de lo que usted puede afirmar.
—Esto no es cierto, querida. Yo creo en el dinero; y en vivir una buena vida. —Señaló hacia la puerta con el cañón de la pistola—. Cuando esté lejos de aquí, el regente Ritter habrá dejado de existir. —Sonrió con sarcasmo—. Claro que tú también. Coopera conmigo y te prometo una muerte rápida e indolora. — ¡Váyase al infierno!
Podía llegar a matarla, pero ella no se lo iba a poner fácil.
— ¡Bruja estúpida! —Ritter volvió a señalar hacia la puerta con el cañón de la pistola—. ¡Vístete y vamonos! Se me está acabando la paciencia.
La pistola no le dejaba más alternativa que obedecerle. Brenna se volvió de espaldas a él para disponer de una intimidad aparente, aunque sentía que Ritter observaba todos sus movimientos. El frío hizo que se le pusiera la piel de gallina, pues se vistió con lentitud para darles tiempo a Trahern y Jarvis a regresar. Mientras tanto, las preguntas se arremolinaban en su mente. Resultaba evidente que los dos detectives estaban involucrados hasta el cuello en los planes de aquel lunático, pero ésta no era una razón para que murieran. Aquel loco estaba decidido a matar a cualquiera que se interpusiera entre él y su objetivo.
Al final, no pudo retrasar más el vestirse. En el túnel, reinaba el silencio. Cuando la barrera se estabilizó, la mayoría de los paladines se retiraron a sus aposentos para descansar.
—Supongo que tu padre te dejó un disquete o algo parecido.
Ritter podía formularle las preguntas que quisiera, pero esto no significaba que ella fuera a contestarlas. Como recompensa, Brenna recibió un golpe en las costillas con el cañón de la pistola.
—Te sugiero que muestres algo más de cooperación, Brenna. Puedo obtener la información por mí mismo, sólo tardaré un poco más.
—No, no podrá.
—No subestimes mis habilidades. Antes de que Jarvis me empujara de nuevo al interior del ascensor, vi. que estabas junto a ese paladín que es un loco de la informática. Y, ahora, camino de tu habitación, he visto que él seguía trabajando frente al ordenador. Estoy convencido de que, con un poco de persuasión por mi parte, me entregará la información.
—Los paladines son incorruptibles. Al menos, eso creía ella.
—Sí que es verdad que tienen una desafortunada vertiente íntegra. Sin embargo, estoy convencido de que me entregaría el disquete para evitar que te disparara.
Y después, el muy loco también dispararía al paladín. Quizá pudiera encontrar una manera de advertir al desprevenido paladín de su llegada. Brenna tropezó deliberadamente con la esperanza de que el ruido de su caída captara la atención de Doe.
Ritter la obligó a levantarse de un tirón.
—Deja de hacer teatro, Brenna. No te puede oír. Tenía unos auriculares puestos.
Su plan se había ido al traste y lo único que había conseguido era un par de morados más que hacían juego con el que tenía en la cara debido al bofetón de Ritter. Casi habían llegado al final del túnel. La brillante luz de la caverna resplandecía un poco más adelante. ¿Cómo podía evitar que Ritter atacara a alguien más?
Realizando un pacto con el diablo.
Brenna se detuvo de repente, a pocos metros de la entrada de la caverna.
—Deje que vaya yo a buscar el disquete.
— ¡Y una mierda!
Ritter la empujó hacia delante.
—Tendrá más oportunidades de escapar si nunca llegan a saber que ha estado aquí.
—Sí, y si tú entras en la caverna gritando y pidiendo ayuda, todos los paladines que te oigan se pelearán por el privilegio de abrirme en canal con sus malditas espadas.
Un destello de miedo cruzó su cara.
—No gritaré pidiendo ayuda.
— ¿Y por qué debería de creerte?
Ritter la empujó para que avanzara unos pasos más.
—Porque no quiero que muera nadie más. —Los paladines podían sobrevivir a la muerte, pero no todos regresaban a la vida como eran antes—. Le prometo que cogeré el disquete y los documentos y vendré directamente aquí.
Ritter la apartó a un lado y echó una ojeada a la caverna.
—Tienes suerte. El loco de la informática es la única persona que hay a la vista. Te doy una sola oportunidad.
Brenna respiró hondo para tranquilizarse; pero, como no lo consiguió, volvió a intentarlo y enderezó la espalda. Mientras entraba en la caverna, sintió el peso de la mirada de Ritter justo en mitad de su espalda, como si la retara a traicionarlo.
Y lo haría. Si las circunstancias se lo permitían.

—Algo va mal. —Nada más cruzar la puerta de la valla, Trahern se detuvo—.Entiendo la razón de que matara a los dos policías, pero el momento no es el adecuado.
Jarvis lo miró intrigado.
—Has estado demasiado tiempo al sol, Trahern. El bastardo ha decidido dejarlo todo y salir corriendo. Es así de sencillo.
—No. Al elegir este momento para matarlos, consiguió hacernos salir del complejo. Ahora no sólo sabemos quiénes eran sus cómplices, sino que casi tenemos la certeza de que él está detrás de la muerte del juez.
—Y mientras nosotros estamos cazando sombras en el bosque, él está...
Jarvis miró la entrada que conducía a la caverna con preocupación.
— ¡Mierda!
Trahern echó a correr y su amigo le pisó los talones.
Si cogían el ascensor para bajar a la caverna, sería como contratar a una banda para que encabezara la carga en una batalla. Las escaleras eran más seguras, aunque emplearan algo más de su valiosísimo tiempo. Claro que no sabían cuánto tiempo llevaba Ritter dentro o el daño que ya había causado.
—Si le hace daño...
—Morirá —declaró Jarvis sin ninguna entonación especial en la voz, sólo como la simple manifestación de un hecho.
—Di a los guardias que estamos en estado de aislamiento total. Nadie sale. Nadie entra. A menos que tú des la orden personalmente. Que disparen a matar si alguien se resiste.
Jarvis asintió con la cabeza mientras cogía el móvil y gritaba las órdenes y los códigos que confirmaban el estado de emergencia.
Llegaron a una puerta que comunicaba con unas escaleras. Antes de abrirla, Trahern preguntó: — ¿Adonde conducen? —A los ascensores, en la planta principal. — ¿Hay alguna otra forma de bajar? Una que nos permita llegar a la caverna desde una dirección insospechada.
Jarvis reflexionó sobre las distintas posibilidades.
—Sí, hay un ascensor de servicio detrás de los aposentos de abajo. Casi nadie lo utiliza, así que dudo que Ritter siquiera conozca su existencia.
Jarvis lideró la marcha por un laberinto de pasillos y Trahern corrió tras él. La mejor forma de llegar al fondo de la corrupción que minaba la organización de los regentes era capturar a Ritter vivo y sacarle la verdad. Pero si perdonarle la vida implicaba poner en peligro a Brenna, toda la organización podía irse al carajo fueran cuales fueran las consecuencias. Sería mejor que Jarvis y los otros se mantuvieran fuera de su camino cuando acorralaran a Ritter.
Mientras Jarvis tecleaba el código para que subiera el ascensor de servicio, Trahern comprobó el estado de su pistola, aunque habría preferido tener una espada. Resultaba arriesgado utilizar pistolas cerca de la barrera. Un disparo desafortunado podía apagarla. Librar del peligro a Brenna ya sería bastante complicado, pero añadir a esto un ataque de los Otros, constituiría su peor pesadilla hecha realidad.
El suave pitido del ascensor lo trajo de nuevo al presente. Tanto Jarvis como él contaron los segundos mientras bajaban en picado al mundo de piedra del subsuelo. Ninguno sentía deseos de hablar. A Trahern le resultaba difícil controlar las ansias de entrar en batalla, pero era muy importante que mantuviera su genio y su instinto de matar a raya en beneficio de Brenna.
— ¿Cuál es el plan?
Trahern se encogió de hombros.
—No tengo ninguno.
Jarvis esbozó una sonrisa perversa.
—Siempre he querido cargar contra el enemigo como Newman y Redford en Dos hombres y un destino. Ésta podría ser mi oportunidad.
—Ninguno de los dos somos tan guapos.
Jarvis se echó a reír, que era lo que Blake pretendía. La risa ayudaba a aliviar la tensión cuando estaban a punto de entrar en combate. La rabia ciega sólo conducía a la muerte. En esta ocasión, no se enfrentaban a una refriega contra los Otros, sino a una situación delicada que podía ir terriblemente mal si no actuaban con cautela.
—Sería mejor que atrapáramos vivo a Ritter —declaró Jarvis.
Trahern lo miró directamente a los ojos. —Pero sólo con que respire en dirección a Brenna, lo matamos, ¿te parece bien? Jarvis volvió a reír. —Ahora tenemos un plan.
Corrieron a toda velocidad hacia la caverna principal con las pistolas a punto. Cuando se cruzaron con otros paladines, Jarvis los puso al día de los últimos acontecimientos mientras Trahern continuaba avanzando. El silencio que se percibía más adelante lo preocupaba considerablemente. O se habían equivocado y el regente no era la persona que buscaban o había estado allí y ya se había ido. ¿Con Brenna o dejando atrás su cadáver?
A Trahern se le heló la sangre.
Jarvis se unió a él con un par de espadas. Blake blandió la suya en el aire para comprobar que estaba bien equilibrada. No era tan buena como su espada favorita, que estaba en Seattle, pero le serviría. La sensación familiar que le proporcionaba tener una buena arma en la mano calmó en cierta medida sus ansias de violencia. Conforme se acercaban a la barrera, percibía más y más a los Otros, que esperaban, al acecho, una oportunidad para invadirlos. Su proximidad hacía que el vello de Trahern se erizara con la necesidad de luchar, de matar.
Jarvis sostenía su espada en posición de ataque y sus dilatadas pupilas tenían una mirada salvaje.
Se detuvieron para escuchar y percibieron un suave murmullo de voces; entre ellas la de Brenna. Trahern se acercó un poco más. Brenna estaba hablando con el experto informático, pero algo no iba bien. Lo notó en su postura y en el hecho de que se mantenía demasiado lejos de Doe para estar manteniendo una conversación normal. Su voz estaba teñida de tensión, como si apenas pudiera dominar sus nervios.
Trahern dedujo que el regente se hallaba en las proximidades; tan cerca como para que Brenna se sintiera amenazada. Entonces, ¿por qué no se ponía a cubierto y dejaba que Doe la protegiera? La respuesta le llegó como una patada en el estómago: ¡ella lo estaba protegiendo!
¡Mierda! ¿Acaso había perdido el juicio? Aunque el regente realizara un disparo certero y matara al paladín, éste volvería a vivir para enfrentarse a un nuevo día. Pero, para ella, la muerte era la muerte. A juzgar por el lugar en el que se encontraba, Ritter debía de estar en el túnel que conducía a la habitación.
Trahern retrocedió y habló con Jarvis.
—Está en el túnel del otro lado y Brenna está justo en la línea de fuego. ¿Puedes hacer que alguien dé un rodeo y tome posiciones en el otro extremo del túnel? No nos interesa que este cabrón sepa que está atrapado hasta que Brenna y tu compañero estén a salvo.
Jarvis asintió y volvió sobre sus pasos para realizar una llamada sin ser oído.
Blake siguió vigilando de cerca la caverna, pues sabía que la situación podía empeorar en cuestión de pocos segundos.
El regente debía de ser consciente de que casi se le había acabado el tiempo y podía perder la paciencia en cualquier momento.

Jarvis bajó la voz para que sólo Trahern lo oyera.
—Dos hombres están apostados al otro lado por si decide huir por allí. Ya saben que no deben realizar ningún movimiento hasta que se lo ordenemos.
—Estupendo. Voy a entrar. No podrá dispararme sin dejarse ver. Estate atento.
—No funcionará. Desde aquí sólo dispongo de un ángulo de tiro muy cerrado. Podría darte a ti en lugar de a él.
Jarvis tenía razón. Los dos lo sabían.
—Si ésta es la única posibilidad de tiro que tienes, utilízala. Cuando yo haya caído podrás darle a él.
— ¡Y una mierda! No puedes permitirte morir. Podrías no volver a revivir.
Blake esbozó una sonrisita forzada.
—Algún día tiene que suceder. El día de hoy es tan bueno como cualquier otro.
Introdujo la pistola en la parte trasera de sus vaqueros y dejó la espada en el suelo.
—Saldré como si no sospechara nada. Seguramente, él no se lo tragará durante mucho rato, sobre todo si me acerco mucho a Brenna. Y... Jarvis cuida de ella por mí.
—Así lo haré.
—Una cosa más. Si muero, no permitas que Brenna esté conmigo en el laboratorio. No es necesario que sepa por lo que pasamos. Y menos yo.
Jarvis lo saludó con la espada en alto: el saludo de un guerrero a otro. Trahern entró en la caverna dispuesto a morir, si era necesario, para salvar a su mujer.
Con una tranquilidad fingida, se dirigió a Brenna. Si aquél iba a ser su último momento de cordura en la Tierra, al menos lo pasaría con ella.
— ¡Ah, estás aquí! Me preguntaba dónde te habías escondido.
A Brenna casi le dio un síncope al verlo aparecer tan repentinamente.
—Vete, Trahern. No quiero hablar contigo.
Pero lo hacía; el miedo de sus ojos lo expresaba sin la menor duda.
—Algún día tendrás que dejar de estar enfadada. Y, si fuera un tipo celoso, tendría que darle una paliza a tu amigo informático aquí presente.
Trahern se acercó con calma a ellos deseando con todas sus fuerzas que la telepatía fuera uno de los dones de los paladines.
Mientras Doe se giraba en la silla para mirarlo, se produjeron una serie de disparos. Una mancha de sangre se extendió por la parte delantera de la pierna de Doe y Brenna soltó un grito. Blake cargó hacia delante y la echó al suelo, pero demasiado tarde. Brenna se desplomó mientras se sujetaba un brazo con la mano y la sangre se escurría entre sus dedos.
Con un bramido de rabia, Blake arremetió contra Ritter ignorando el agudo dolor que experimentaba en la pierna y en el pecho. Lo persiguió por el túnel, lo tiró al suelo y se sentó a horcajadas sobre el aterrado cobarde. Blake le rodeó el cuello con las manos y apretó.
Ritter suplicó clemencia con un murmullo ahogado.
— ¡Tengo dinero! Si me sacas de aquí, será todo tuyo.
—Tu dinero no me importa una mierda. Has disparado a mi mujer, jodido bastardo, y morirás por esto.
Pero los dedos de Blake se resistían a cooperar. Mientras intentaba aplastar la tráquea de Ritter, la luz de la caverna se fue apagando hasta que todo quedó a oscuras y Trahern perdió la sensibilidad. Con el último resplandor de su mirada, contempló iracundo a Ritter.
—Maldito seas... Me has matado.

— ¡Blake! ¡Blake!
Mientras Brenna intentaba reavivar a Blake, su brazo goteaba sangre que se mezclaba con la de la mancha creciente que se extendía por la camisa de franela del paladín.
Unas manos fuertes la separaron del cuerpo de Trahern, pero Brenna se resistió.
— ¡No, está herido! ¡Ve a buscar al doctor!
Esta vez, Jarvis no se mostró tan amable.
— ¡Maldita sea, Brenna, está muerto! Pero tú estás sangrando como un cerdo empalado. Ahora mismo, no puedes ayudar a Blake de ningún modo.
« ¡Oh, cielos, está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!»
Sus bonitos ojos plateados, que ahora eran de un gris apagado, la miraban sin vida.
—Vamos, Brenna, tengo que llevarte al laboratorio. El doctor te curará el brazo y te dará algo para el dolor.
Jarvis, prácticamente, la arrastró por el túnel hasta los ascensores.
¡No podían dejar a Blake tumbado sobre un charco de su propia sangre en el suelo de piedra! Además, nunca le había dicho que lo amaba. Sabía que él vivía en un peligro constante y, aun así, lo había dejado morir sin que oyera estas palabras.
Jarvis pulsó el código de llamada del ascensor, sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y vendó, con él, el brazo de Brenna.
—Cuando hayan terminado de coserte la herida, ya habrán llevado a Trahern allí. — ¡Y lo revivirán!
Esta esperanza constituyó un inmenso consuelo para Brenna.
Jarvis asintió, pero no estaba tan contento como ella esperaba.
— ¿Qué pasa, Jarvis? ¿Qué me estás ocultando? Jarvis evitó mirarla.
—Es verdad que podemos volver a la vida, pero no indefinidamente. Por lo que Trahern me ha contado, los resultados de sus pruebas indican que está muy cerca del final. Resulta imposible adivinar cuándo llegará éste o por qué es diferente para cada uno de nosotros.
— ¡Pero si sus últimos resultados indicaban una mejora! —Declaró Brenna con determinación—. ¿Qué puedo hacer para ayudarlo?
—Rezar y mantener los dedos cruzados.
Una vez en él laboratorio, y al ver el pañuelo manchado de sangre en el brazo de Brenna, el doctor le indicó que se sentara en la camilla de reconocimiento.
Durante el siguiente cuarto de hora, Brenna se vio rodeada de una nube de batas blancas mientras el equipo médico le limpiaba la herida y realizaba la sutura correspondiente. A Brenna le sorprendió que el doctor le formulara muy pocas preguntas. Quizás estaba tan acostumbrado a las terribles heridas de los paladines, que una herida de bala le parecía poca cosa.
—Esto es todo, señorita Nichols —declaró el doctor mientras cortaba el hilo del último punto—. Mantenga la herida limpia y seca y acuda a su médico de cabecera dentro de una semana. Asegúrese de tomar todos los medicamentos que le he recetado, si no lo hace, la herida podría infectarse.
—Gracias, doctor.
Jarvis avanzó un paso.
—Tendrá que volver aquí para que le quite los puntos, doctor. Si su médico de cabecera ve que se trata de una herida de bala, tendrá que informar a la policía. Y ninguno de nosotros quiere que esto suceda. Sobre todo si tenemos en cuenta que hoy han utilizado la misma pistola para matar a un policía.
El doctor se encogió levemente de hombros.
—Bien, la veré dentro de una semana. Y no intente hacerse la valiente, así que tómese las pastillas para el dolor que le he recetado.
Antes de que Brenna pudiera darle las gracias, las puertas batientes del laboratorio se abrieron de golpe y unos paladines entraron a John Doe.
— ¿Qué demonios ha sucedido? —Preguntó el doctor Crosby a Jarvis—. No he oído la alarma. ¿Cuántos más van a traerme?
—Ha sido un ataque fortuito. Además de Brenna, sólo tendrá dos pacientes más. Jake ha recibido un disparo en la pierna. —La expresión de Jarvis se volvió lúgubre—. Trahern es la única baja mortal.
El doctor realizó una señal para que Jake ocupara el lugar de Brenna en la camilla. Dos de los paladines lo ayudaron a tumbarse y dos enfermeros se dispusieron a cortarle los pantalones.
— ¡Eh, que estos pantalones son casi nuevos! —se quejó Jake.
— ¿Y qué? Ahora tienen un agujero de bala.
—Un agujerito no tiene ninguna importancia.
Los enfermeros pusieron los ojos en blanco, pero le ayudaron a quitarse los vaqueros.
— ¿Brenna, me darás la mano mientras tratan de coserme la pierna?
Jake le guiñó el ojo a Brenna y sonrió, aunque de una forma temblorosa.
Jarvis contestó por ella.
—Si Trahern averigua que has estado flirteando con su mujer, tendrás algo más que un agujero en la pierna.
— ¡Vamos, no le negará a un hombre un poco de consuelo en el lecho del dolor!
Jarvis contempló con incredulidad al paladín herido.
— ¡Hola! ¡Estamos hablando de Trahern! Si averigua lo que has hecho, y lo hará, porque yo se lo contaré, te arrancará el pellejo.
Las bromas ayudaron a distraer a Jake de las curas que le estaban realizando en la pierna. A juzgar por el sudor que bañaba su cara, la anestesia local que le habían inyectado todavía no había hecho efecto.
Brenna se acercó a la camilla y le cogió la mano. Jake abrió los ojos sorprendido y ella le sonrió.
—Quizá Jarvis le tenga miedo a Trahern, pero yo no. Créeme, no es tan duro como parece. Además, las personas que han sido heridas juntas deberían estar juntas, ¿no crees?
Brenna le apartó el cabello de la frente. Jake realizó una mueca de dolor. —Seguro que sí.
Brenna notó cuándo la anestesia empezó a surtir efecto, porque Jake aflojó la mano con la que la agarraba con fuerza. Al final, la soltó. A Brenna el brazo le pulsaba de dolor, así que le pidió a Jarvis:
— ¿Me das una de las pastillas para el dolor?
Jarvis le acercó un vaso de agua y una pastilla.
—Traerán a Blake en cualquier momento y no querrás estar aquí en ese instante.
—Sí que quiero.
Y nadie la sacaría de allí hasta que supiera que se estaba recuperando.
—Él me dijo, de una forma específica, que no quería que lo vieras en ese estado.
—Mala suerte. Ya me gritará cuando esté mejor.
Las puertas volvieron a abrirse y entraron una camilla con el cuerpo de Blake.
—Uno, dos y tres —contó el doctor mientras trasladaban a Trahern a una mesa de operaciones de acero inoxidable—Quitadle la ropa.
En esta ocasión, los enfermeros no realizaron ningún esfuerzo para salvar su ropa. Incluso le cortaron los calzoncillos dejándolo completamente desnudo sobre la fría mesa de metal. A continuación, cogieron unas cadenas y empezaron a encadenarlo.
Brenna los miró horrorizada. Blake le había advertido de lo que tenía que soportar cuando moría, pero la realidad era muchísimo peor.
— ¿Tiene que ser así, Jarvis?
—Sí. Te dije que te fueras, Brenna. Así funciona para nosotros, así que supéralo o sal de aquí. Por si me necesitas, estaré en mi despacho.
Jarvis salió sin mirar atrás y el resto de los paladines lo siguieron.
Por mucho que deseara escapar a la dura realidad, Brenna se quedó donde estaba. Más tarde, se enfrentaría gustosa a la furia de Blake, pues esto significaría que estaba vivo otra vez.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:47 pm

14


—Tiene que irse —le indicó el doctor Crosby.
—No lo abandonaré. Blake me necesita.
— ¿Tengo que recordarle que está en unas instalaciones médicas, señorita Nichols? Aquí mando yo. No se permiten visitas a los pacientes, y menos a los muertos. —El doctor Crosby le lanzó una mirada iracunda e impaciente por encima de la montura de sus gafas—. A usted también la han herido, jovencita, y tiene que descansar. Le avisaremos si se produce algún cambio en el estado del señor Trahern.
—Jarvis ha dicho que puedo quedarme.
Brenna cruzó los dedos, pues se trataba de una mentira, pero estaba segura de que Jarvis la respaldaría.
El doctor no recibió con agrado que su autoridad fuera puesta en duda.
—No es él quien está al mando del laboratorio, sino yo.
Las puertas volvieron a abrirse y el enojado doctor descargó su mal humor en los nuevos intrusos, que eran dos hombres y una mujer.
— ¡No sé quiénes son ustedes ni me importa! ¡Salgan de mi laboratorio y llévense a la señorita Nichols con ustedes!
El doctor se dispuso a pulsar el botón de alarma, pero el hombre que tenía más cerca lo sujetó por la muñeca antes de que Brenna se diera cuenta de que se había movido. El doctor Crosby se quedó quieto. Teniendo en cuenta que quien lo había sujetado era el doble de su tamaño y que, sin duda, se trataba de un paladín, su reacción fue la más sensata.
—Lo siento, doctor, pero lo último que necesitamos ahora mismo por aquí es un puñado de guardias ligeros en apretar el gatillo. —El paladín habló sin levantar la voz y con un tono muy razonable—. Lo dejaré ir, pero le ruego que nos dé la oportunidad de explicarnos antes de pedir ayuda.
El doctor miró hacia la mujer, quien sostenía en alto una tarjeta identificativa. El doctor asintió, aunque sin duda no se sentía satisfecho con la situación.
—Me disculpo por nuestra inesperada aparición, doctor Crosby—declaró la mujer—. Permítame que me presente. Soy la doctora Laurel Young, del laboratorio de Seattle. Ya hemos hablado antes por teléfono. Y él es Devlin Bañe, un amigo de Blake Trahern, también de Seattle.
Brenna avanzó un paso.
— ¿Doctora Young? Yo soy Brenna Nichols.
La doctora le sonrió con calidez.
—Por favor, llámame Laurel. Estoy encantada de conocerte, aunque desearía que nos hubiéramos conocido en mejores circunstancias.
Su amabilidad hizo que Brenna se sincerara.
—Ellos... él... no me permite quedarme con Blake. Lo han encadenado como a un animal y nadie hace nada por él. —Brenna lanzó al doctor una mirada cargada de veneno—. ¿Por qué has venido, Laurel?
—Yo estaba a punto de formular la misma pregunta —declaró el doctor Crosby.
—Devlin Bañe y mi amigo aquí presente, han venido por asuntos que sólo conciernen a los paladines. Jarvis los espera. Como yo soy la tutora de Bañe y Trahern, he venido para ver cómo le iba a Trahern. Así que, si no le importa, doctor, examinaré a mi paciente.
Laurel habló como si invadir y asumir el mando del territorio del doctor fuera para ella lo más natural del mundo.
—Todo esto me parece muy irregular, doctora Young, pero valoro su experiencia con este paciente en concreto —declaró el doctor Crosby—. Sin embargo, yo soy el tutor al mando de estas instalaciones y llevo tratando a los paladines desde antes de que usted naciera. Mis decisiones acerca de su tratamiento serán decisivas.
Devlin Bañe se colocó delante de Laurel y lanzó una mirada furiosa al doctor mientras apretaba los puños, aunque sin levantar los brazos.
—Las probabilidades de que este hombre regrese a la vida en esta ocasión son casi nulas. Si tener a estas dos mujeres a su lado aumenta esas probabilidades, aunque sólo sea de una forma ínfima, ellas se quedan. Y, ahora, ¿quiere dejar de actuar como un gilipollas o quiere que salgamos al pasillo a continuar esta discusión?
El silencio flotó en la habitación mientras todos contenían la respiración.
El doctor Crosby contempló el cuerpo frío e inmóvil de Blake y asintió con lentitud.
—Yo quiero lo mejor para mi paciente y sé que está extremadamente cerca del fin. —Se volvió hacia la doctora Young—. Le agradeceré cualquier sugerencia que quiera hacerme.
Bañe asintió con la cabeza.
—Gracias, doctor Crosby. En este caso, mi socio y yo nos apartaremos de su camino.
—Le diré a uno de los guardias que los conduzca hasta el despacho de Jarvis.
El doctor pulsó el botón del intercomunicador y pidió una escolta.
Bañe le dio a la doctora Young un beso rápido.
—Llámame si me necesitas. Pase lo que pase. Quiero estar aquí con él.
—Así lo haré. —Laurel miró al otro hombre—. Y cuida de él.
Devlin pareció enojado.
—Ya te he dicho que lo haría. Pero a Jarvis no le gustará que esté aquí.
—Lo sé, pero Barak podrá responder preguntas que nadie más puede responder. —Laurel empujó con suavidad a Devlin en dirección a la puerta—. Tengo trabajo que hacer y tú también. Nos vemos luego.
Brenna y el doctor Crosby habían seguido la conversación con gran curiosidad. Barak soportó su escrutinio con mudo estoicismo. Mientras Barak seguía a Devlin y al doctor Crosby fuera del laboratorio, a Brenna por fin se le ocurrió quién o, mejor dicho, qué era Barak. ¡Se trataba de un Otro! No le extrañaba que Laurel estuviera preocupada por su seguridad. Teniendo en cuenta el estado de humor de Jarvis cuando salió del laboratorio, lo más probable era que matara primero y formulara preguntas después.
Laurel se volvió hacia Brenna.
—Veamos qué podemos hacer por Blake.
Jarvis esperaba sentado en su despacho a que llamaran a la puerta. Devlin Bañe estaba a punto de llegar y le acompañaba alguien que podía identificar la piedra. Jarvis no tenía ni idea de por qué el paladín de Seattle creía que su acompañante sabía más que los científicos del laboratorio local, pero escucharía lo que aquel hombre tuviera que decir. Después, volvería a interrogar a Ritter.
De momento, el regente traidor había mantenido una actitud de suficiencia durante los interrogatorios. Claro que esto a Jarvis no le sorprendía; después de todo, había vivido una doble vida durante bastante tiempo. Pues bien, Ritter podía seguir con su actitud y sentirse todo lo superior que quisiera, pero estaba pasando por alto un pequeño detalle.
Ritter no estaba bajo la custodia de la policía y el sistema legal común, donde, incluso para un asesino de policías, había procedimientos en vigor que podían salvar a la escoria como él. No, Ritter estaba rodeado de paladines, unos hombres que habían perdido a multitud de amigos luchando contra los Otros. El hecho de que uno de los suyos los hubiera traicionado por el frío y duro dinero, no les sentaría nada bien.
Jarvis no permitiría que mataran al maldito bastardo, pero, cuando hubieran acabado con él, Ritter desearía estar muerto. En concreto, Trahern se merecía pasar cierto tiempo a solas con aquel cabrón.
... Si regresaba a la vida. Jarvis se pellizcó el puente de la nariz y rezó para que su amigo volviera a vivir. No estaba preparado para dar por perdido a su amigo, dijeran lo que dijeran los resultados de las pruebas. El destino no podía ser tan cruel como para permitir que Blake disfrutara de cierta felicidad y arrebatársela en tan poco tiempo.
Además, si había esperanza para Blake, quizá también la hubiera para él.
Alguien llamó con brusquedad a la puerta. Sin duda se trataba de Devlin Bañe y su misterioso acompañante. —Si no hay más remedio, entre.
Jarvis se reclinó en el asiento y esperó. Ni siquiera se molestó en simular que estaba ocupado. No le gustaba que el paladín de Seattle metiera la nariz donde no lo llamaban.
Los dos hombres entraron y, cuando Jarvis vio al compañero de Bañe, saltó de la silla y cogió su espada. ¡Un Otro! Mientras rodeaba su escritorio para atacarlo, Bañe se colocó entre Jarvis y su enemigo natural.
— ¡Apártate de mi camino, Bañe!
Jarvis y Bañe tenían la misma altura, aunque Bañe lo superaba en pura musculatura. Esto no impidió que Jarvis intentara esquivarlo para matar a su enemigo. Y casi lo consiguió en una ocasión, pero Bañe soltó una maldición y lo sujetó.
— ¿Por qué proteges a ese bastardo? —soltó Jarvis.
Bañe lo había agarrado por la parte frontal de la camisa con un puño y, con la otra mano, sujetaba el brazo con el que Jarvis sostenía la espada.
— ¡Porque salvó la vida de mi mujer, maldita sea!
Parte de las ansias de lucha que invadían a Jarvis se desvanecieron, pero no todas.
—Explícate.
—Primero deja la espada. Tenemos problemas más importantes que tratar que él.
Durante unos segundos, Jarvis siguió mirando a Devlin con desafío para demostrarle que no era fácil de dominar y, después, relajó el brazo con el que sostenía la espada. Devlin retrocedió un paso procurando mantenerse entre Jarvis y el Otro. ¡Chico listo!
Jarvis dejó la espada de forma que pudiera volver a cogerla con facilidad en caso necesario y volvió a sentarse en la silla del escritorio.
—Contéstame. ¿Por qué está él aquí?
—Para ver la piedra que Trahern me dijo que habías encontrado. Barak sabrá con qué estamos tratando.
Jarvis sacó la piedra azul de su bolsillo y la dejó encima del escritorio.
—A ver si adivinas lo que es —declaró Jarvis con escepticismo.
La proximidad de Barak le producía un incómodo hormigueo. ¿A cuántos paladines había matado? Se fijó en que el Otro se movía con la gracia del mejor de los guerreros paladines. Le ponía enfermo pensar que podían tener algo más en común que la imperiosa necesidad de matarse el uno al otro.
Si el Otro fuera un humano, la palidez de su piel y el extraño color de sus ojos habrían hecho pensar que estaba enfermo. A pesar de su pelo gris, sus facciones indicaban que era joven. Quizá su aspecto fuera normal para los de su especie. Claro que a él esto no le importaba en absoluto. En este lado de la barrera, su aspecto normal era estar muerto al extremo de su espada.
— ¿Reconoces la piedra?
Barak se acercó al escritorio con dignidad y sin el menor indicio de miedo. Quizás había perdido tanto que su vida ya no tenía valor para él. Se dispuso a coger la piedra, pero entonces titubeó y preguntó, sin palabras, si podía tocarla.
Jarvis asintió con la cabeza.
—Vamos, cógela.
Barak sopesó la piedra y la sostuvo frente a la lámpara del escritorio. Un halo de luz azulada iluminó la habitación y la piedra adquirió un brillo propio que no desapareció ni siquiera cuando Barak le hizo sombra con la otra mano.
—Sin duda, procede de mi mundo. Las utilizamos para tener luz y concentrar energía.
Volvió a dejar el cristal encima del escritorio y el resplandor de la piedra se fue desvaneciendo hasta apagarse del todo.
Bañe la cogió y la sostuvo, también, frente a la lámpara. Aunque ésta iluminó el cristal, éste no brilló con luz propia.
— ¿Por qué funciona contigo y con nosotros no? —preguntó Jarvis.
Barak se encogió de hombros.
—Somos distintos y la piedra lo sabe.
Jarvis soltó un respingo.
—Hablas como si estuviera viva. Nosotros tenemos cristales parecidos en nuestro mundo, pero no brillan solos cuando los cogen algunos tíos y no lo hacen cuando los cogen otros.
Barak volvió a tocar la piedra.
—Estas piedras crecen, y su luz se vuelve más y más potente con el tiempo. Algunos de nosotros tenemos la capacidad de trabajar con ellas. En mi mundo son muy apreciadas por la luz que nos proporcionan en la oscuridad.
—Alguien en nuestro mundo se ha vuelto codicioso respecto a esta rara belleza.
Jarvis volvió a guardar el cristal en su bolsillo.
—Lo sé —respondió Barak—. Tan codicioso que le ha dicho a mi gente que pueden comprar su entrada a vuestro mundo con las piedras. Pero lo único que les espera cuando cruzan a este lado son los paladines y sus espadas.
Tanto Bañe como Jarvis ignoraron su comentario.
— ¿Para qué querríamos la piedra si no funciona para nosotros?
—No sé la respuesta a esta pregunta —contestó Barak.
Jarvis se puso de pie.
—Conozco a alguien que sí que la sabe. Tengo al regente que mató al juez Nichols y a Trahern encerrado al final del pasillo. De momento, no ha querido contarnos gran cosa, pero esto está apunto de cambiar. ¿Quieres unirte a la charla? —preguntó Jarvis a Bañe.
Bañe sonrió con malicia e hizo crujir los nudillos de las manos.
—Suena fantástico. Te sigo.
— ¿Y qué hacemos con él? —preguntó Jarvis señalando a Barak con un gesto de la cabeza.
—Creo que a tu invitado le impresionará ver que uno de los Otros está cooperando con nosotros.
Barak asintió con seriedad.
—Este hombre ha traicionado a los dos mundos. Yo también quiero hablar con él.
Jarvis siguió a Bañe y Barak fuera de su despacho deseando no haber experimentado cierto sentimiento de camaradería con su enemigo.

Brenna sostenía la mano de Blake, que estaba rígida y fría. ¿Cómo podían tenerlo encadenado a una simple mesa de acero? ¿Un colchón sería demasiado pedir? Al menos, le habían permitido taparlo con mantas precalentadas. Si Laurel creía que era una tontería que las fuera cambiando en cuanto se enfriaban, no lo demostró. Claro que ella también estaba enamorada de un paladín, así que quizás entendía la necesidad de Brenna de hacer algo, lo que fuera, con tal de ayudar a Trahern a volver.
La pierna de Trahern sufrió una sacudida y el repentino movimiento sobresaltó a Brenna.
— ¡Blake se ha movido! —le dijo a Laurel con nerviosismo.
Laurel consultó el reloj y anotó algo en el grueso expediente que estaba leyendo desde hacía una hora.
—Avísame si vuelve a suceder, pero no te hagas demasiadas ilusiones. Podrían pasar horas e incluso días antes de que empiece a despertar de verdad.
Brenna apretujó levemente la mano de Blake. No le importaba cuánto tiempo tardara. Su hombre estaba regresando a la vida. Acercó la silla a la cabecera de la camilla y habló en susurros al oído de Blake. Cuando ella estaba inconsciente, había oído su voz y se había agarrado a ella como si fuera un salvavidas. Y no podía hacer menos por él. Le susurró las palabras que no le había dicho y que seguiría repitiéndole hasta que sus ojos plateados se abrieran y comprendieran que ella lo amaba.
—Señorita Nichols, debería echarse durante un rato. Aquella voz grave hizo que Brenna se despertara sobresaltada. Parpadeó mientras miraba a Devlin Bañe. —No quiero dejarlo solo.
—Lo sé. —El atractivo rostro de Devlin era duro y anguloso, pero sus ojos reflejaban simpatía—. Yo me quedaré con él unas horas mientras usted descansa. Blake necesitará que esté usted fuerte y despierta cuando vuelva a la vida. Le prometo que uno de nosotros la avisará en cuanto muestre algún signo de vida.
Laurel se acercó a ellos y se apoyó en Devlin.
—La última vez que Blake resultó mortalmente herido, Devlin le estuvo hablando hasta que recobró la conciencia. Puedes confiar en él para que te sustituya durante un rato.
A Brenna le dolía todo el cuerpo, sentía un dolor punzante en el brazo y tenía la cabeza embotada. Si Blake se despertaba en cuestión de minutos, ella no tendría fuerzas para ayudarlo, si las cosas se ponían mal.
— ¿Hay algún lugar cerca donde pueda dormir?
—Hay una cama para los pacientes al otro lado de esa puerta —respondió Laurel—. Te instalaré y yo también me iré a dormir un rato. El doctor Crosby y yo nos estamos turnando hasta que Trahern despierte y sepamos cómo reacciona.
Brenna fijó la mirada en los ojos oscuros de Laurel y formuló la pregunta que rondaba por su mente.
—Contéstame con sinceridad, ¿mi presencia puede ayudarlo de alguna forma?
Laurel la sorprendió dándole, repentinamente, un abrazo.
—Yo confío que sí, Brenna. —Entonces volvió la vista hacia Devlin—. Albergo grandes esperanzas en que podemos invertir los cambios que padecen. En cuanto hayamos dormido unas cuantas horas, lo veremos todo mucho mejor.
Brenna se deslizó entre las frías sábanas de la cama y murmuró una breve plegaria por Blake y el resto de los paladines. Cayó dormida casi antes de pronunciar la palabra «Amén».

El sonido de unos pasos rápidos y unas voces ansiosas sacó a Brenna de un profundo sueño. Oyó que varias personas hablaban al otro lado de la puerta cerrada de la habitación, pero sólo pudo distinguir alguna que otra palabra. Sin embargo, mientras se sentaba en el borde de la cama e intentaba despejarse, se dio cuenta de que, fuera quien fuera quien estaba en el laboratorio, estaba preocupado y, posiblemente, incluso asustado.
Esto sólo podía significar que Blake estaba recuperando la conciencia y que la cosa no iba bien.
Cuando entró en el laboratorio, oyó un grito casi inhumano y el chasquido de unas cadenas.
¡Blake!
El doctor Crosby, un enfermero y algunos guardias rodeaban la camilla de Blake. No había ni rastro de Devlin Bañe, y la doctora Young estaba al otro lado de la habitación hablando por teléfono mientras contemplaba con preocupación el caos que reinaba en torno a Blake. Brenna se acercó con cautela a la camilla e intentó ver más allá de las batas blancas y los uniformes. Cuando quiso abrirse camino entre dos de los guardias, ellos se negaron a moverse.
— ¡Déjenme pasar!
El doctor Crosby se percató de su presencia.
— ¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Que alguien la lleve afuera ahora mismo!
Uno de los guardias se dispuso a cumplir la orden, pero Brenna lo esquivó.
— ¡No pienso moverme de aquí! La doctora Young me prometió que podría estar junto a Blake cuando volviera a la vida.
—Pues bien, en estos momentos la doctora está ocupada y yo le digo que se vaya. Éste no es lugar para civiles.
Dos guardias consiguieron cogerla por los brazos y, prácticamente, la arrastraron hacia la puerta. Brenna se resistió en todo momento. ¿Qué le harían a Blake si ella no estaba allí para protegerlo? Las lágrimas resbalaron, ardientes, por sus mejillas mientras intentaba librarse de los guardias.
Ellos la sacaron al pasillo y cerraron la puerta, y Brenna la aporreó con los puños.
— ¡Dejadme entrar, cabrones! ¡Blake me necesita!
Una sombra cayó sobre ella. Se trataba de Jarvis, y Devlin Bañe lo seguía de cerca. Brenna nunca se había sentido tan contenta de ver a alguien en toda su vida.
—Se trata de Blake. No sé qué le están haciendo, pero él está gritando y no me permiten entrar.
Laurel Young salió al pasillo.
—Será mejor que entréis todos antes de que hagan algo de lo que todos tengamos que arrepentimos.
Los guardias intentaron bloquear la puerta.
—No puede entrar nadie. Órdenes del doctor.
La fuerza combinada de Jarvis y Devlin envió a los dos guardias por los aires. Laurel le indicó a Brenna que la siguiera mientras los dos paladines se encargaban de los guardias.
—Doctor Crosby, ¿cuál es el estado actual de mi paciente? —preguntó Laurel con voz calmada y profesional.
El doctor Crosby levantó la vista del informe en el que estaba realizando anotaciones y contempló airado la conmoción que se había producido junto a la puerta.
—Ahora es mi turno, doctora Young. No tiene usted por qué preocuparse de lo que ocurre.
—Lo siento, pero discrepo, doctor Crosby. Blake Trahern es mi paciente, no importa la ciudad en la que se encuentre. Si es tan amable de ponerme al corriente de su estado, yo me haré cargo de la situación.
El doctor le tendió el informe a desgana. Sin duda le indignó verse privado de su autoridad otra vez.
—A juzgar por el comportamiento del paciente, doctora Young, sin duda ha ido demasiado lejos y no podemos salvarlo. Si quiere disfrutar del privilegio de eliminarlo usted misma, me parece bien. Yo sólo intentaba evitarle ese mal trago.
Otro grito escalofriante invadió la habitación dejándolos a todos temblorosos y mudos. Si Brenna no supiera lo que estaba ocurriendo, habría creído que estaban torturando a alguien.
El doctor se alejó de la mesa y declaró por encima del hombro:
—Voy a redactar un informe completo, doctora Young.
—Haga lo que considere necesario, doctor. Y puede usted llevarse a sus enfermeros y a sus guardias con usted.
Jarvis y Devlin los acompañaron a la salida y se quedaron custodiando la puerta.
Brenna por fin pudo acercarse lo suficiente para ver a Blake. El doctor Crosby le había quitado las mantas dejándolo expuesto a las miradas de todos. Brenna lo cubrió enseguida con una manta caliente y le cogió la mano mientras deslizaba la otra con suavidad por su rostro y susurraba su nombre.
—Blake, soy yo, Brenna.
Al principio, no obtuvo ninguna respuesta. Después, Blake abrió los ojos de golpe. Su mirada era salvaje y estaba desenfocada. En sus iris había trazos de colores extraños y debió de ver algo horrible, porque volvió a gritar y, una vez más, intentó deshacerse de las cadenas. Tenía las muñecas y los tobillos despellejados y ensangrentados.
—Sigue hablándole, Brenna. —La voz de Laurel era tranquila y controlada, pero el miedo se reflejaba en la dureza de sus labios y en sus ojos—. Quizá puedas llegar a él.
—Blake, concéntrate en mi voz. Soy yo, Brenna. ¿Te acuerdas de mí? Me has estado protegiendo del malvado regente, el que mató a mi padre.
Sus palabras iniciaron otro episodio de chasquidos de cadenas. Blake intentó levantar la cabeza y las venas de su cuello sobresalieron con nitidez en su piel.
— ¡Fue culpa mía! ¡Culpa mía! —Gritó Blake—. Yo maté al juez.
Brenna apoyó su mano en el pecho de Blake.
—No, Blake, tú cogiste al hombre que lo hizo. No fuiste tú quien colocó los explosivos. Tú has estado luchando para mantenerme a salvo.
Blake volvió la cara hacia Brenna. Los extraños cambios en sus ojos habían empeorado.
—Suéltame. ¡Suéltame! ¡Suéltame!
Blake intentó liberarse de las cadenas con todas sus fuerzas.
—No, Blake, lo siento, pero no puedo soltarte. —Brenna malinterpretó sus palabras a propósito—. Te amo, Blake Trahern. Y no pienso permitir que te alejes de mí.
Un movimiento realizado al otro lado de la camilla captó la atención de Brenna. La doctora Young estaba preparando una inyección. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras sostenía en alto la jeringuilla para comprobar la dosis.
— ¿Qué es esto?
—Está sufriendo, Brenna. Me preocupo demasiado por él para permitir que esto continúe.
Sus manos temblaron mientras introducía algo más de líquido en la jeringuilla. Sus palabras golpearon a Brenna como si le hubieran propinado un puñetazo.
— ¡No puedes matarlo, todavía no! ¡Ni siquiera le has dado la oportunidad de recuperarse!
Devlin intervino en la conversación.
—Está en sus ojos, Brenna. Nadie ha regresado nunca de ese punto. Cuando cambian de este modo, ya no puede hacerse nada.
— ¡Tienes que darle tiempo! Concédeme la oportunidad de llegar a él. Sé que está mal. Incluso realmente mal, pero, si no lo intentamos, nunca te lo perdonaría, y tampoco podría perdonármelo a mí misma.
Brenna miró a Laurel directamente a los ojos.
—Por favor. Ya se tranquilizó en otra ocasión gracias a mí. Sé que, en esta ocasión, está peor, pero tiene que haber algo que podamos hacer.
Laurel asintió con lentitud y dejó la jeringuilla cerca, por si la necesitaba con urgencia.
—Baja la luz, ¿quieres, Jarvis? Y, Devlin, ve a buscar algo de chocolate. Le gustan los dulces, quizá los olores que le resultan familiares puedan ayudarlo a volver.
—Si encuentras galletas de canela, trae unas cuantas —declaró Brenna—. A Blake le encantaban cuando vivía con nosotros. Nuestra ama de llaves siempre las cocinaba especialmente para él.
—Sé dónde hay una pastelería en la ciudad. Ya voy yo.
Jarvis, aliviado al tener algo que hacer, salió por la puerta.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Devlin.
—Ahora esperaremos. —Laurel acercó una silla a Brenna—. Necesitas conservar tus fuerzas. Podría tratarse de un camino largo y difícil para todos nosotros.
La lámpara que colgaba encima de la camilla dejaba el resto de la habitación en la penumbra, lo que producía una sensación de intimidad. Brenna acarició la cara de Blake.
—Blake, necesito que vuelvas a mí. Te amo y no puedo imaginar la vida sin ti. —Brenna lo besó en la mejilla y, a continuación, en los labios—. Tus amigos Devlin y Jarvis también necesitan tu ayuda para llegar al fondo de la conspiración. Hemos realizado progresos, pero puede que encerrar a un regente corrupto no sea suficiente para resolver el problema.
Brenna habló hasta que se le acabó la voz. Después apoyó la cabeza en la camilla y acarició suavemente el dorso de la mano de Blake con la yema de los dedos. ¿Sería una buena señal que hubiera permanecido calmado todo ese tiempo o la locura se había retirado para reaparecer más tarde, con más ímpetu y violencia?
Brenna apenas se dio cuenta del regreso de Jarvis. Él le dio unos golpecitos en el hombro.
—Aquí tienes las galletas. Acaban de sacarlas del horno.
—Dios te bendiga, Jarvis.
Brenna cogió la bolsa y la abrió. El aroma a galletas recién horneadas llenó el aire y ella acercó la bolsa a la nariz de Blake.
—Blake, ¿recuerdas este olor? No hay nada mejor que las galletas de canela. Maisy solía cocinarlas sólo para ti porque te quería mucho. Ahora voy a comerme una. —Brenna mordió una galleta y paladeó el sabor a azúcar y canela—. Ojalá estuvieras despierto para saborearla conmigo.
Blake agitó la cabeza, pero no abrió los ojos.
—Sólo hay una docena de galletas, Blake. Si no despiertas pronto, se podrían terminar.
Esto era mentira, porque, pasara lo que pasara, ella se encargaría de que quedaran galletas para él.
—Todos estamos aquí, Blake. Todos tus amigos, yo, Devlin, Laurel y Jarvis. Vuelve con nosotros, por favor.
—Brenna, llevas intentándolo cerca de dos horas. Tómate un respiro. Hablaré con él durante un rato.
—No puedo dejarlo. Ha estado tranquilo desde que estoy a su lado. Creo que sabe que estoy aquí.
—Al menos, come alguna cosa. Necesitas estar fuerte, y él también lo necesita. Nosotros nos quedaremos con él. Te lo prometo.
Jarvis intervino en la conversación.
—Vamos, Brenna, la cocina está cerca. Como mucho, estaremos fuera veinte minutos.
Con sólo pensar en comida, el estómago de Brenna rugió. Quizá tenían razón.
—De acuerdo, pero no lo dejéis solo ni un segundo.
Laurel ocupó el asiento de Brenna y murmuró algo acerca de las galletas. Devlin estaba justo detrás de ella y apoyaba las manos en sus hombros.
Contenta al saber que Blake estaba en buenas manos, Brenna permitió que Jarvis la guiara a la pequeña cocina. Una vez allí, Jarvis le indicó que se sentara en una mesa y hurgó en el interior de la nevera.
— ¿Mayonesa o mostaza?
—Mayonesa.
— ¿Norteamericana o suiza? —Norteamericana.
Jarvis preparó un par de sándwiches y se unió a Brenna en la mesa.
—Brenna, acabe como acabe esto, valoro mucho lo que intentas hacer por Trahern. Todos lo valoramos.
—Todavía no he hecho nada. —Brenna le dio un mordisco al sándwich, pero se le hizo una bola que no conseguía tragar—. En realidad, estoy muy asustada.
Jarvis apoyó su fuerte mano en la de Brenna.
—Todos lo estamos. Devlin y yo sabemos que, tarde o temprano, acabaremos encadenados a esa camilla. Pero si consigues salvar a Trahern, habrá esperanza para todos nosotros.
— ¿Y si no lo consigo?
—Entonces, al menos, habrás conseguido que su tránsito sea más fácil. Esto significa mucho.
El se merece algo mejor. Todos os lo merecéis.
—Todos jugamos con las cartas que nos han correspondido, Brenna.
Comieron con rapidez y regresaron al laboratorio, donde Blake, volvía a intentar librarse de las cadenas. Brenna corrió a su lado.
—Blake para, por favor. Todo está bien. Yo estoy aquí y tú estás a salvo.
Brenna apoyó la cabeza en el hombro de Blake y rodeó su agitado cuerpo con sus brazos lo mejor que pudo.
—Blake, por favor, relájate. Estoy aquí.
Para tranquilidad de todos, Blake enseguida se calmó. Brenna oyó cómo los latidos de su corazón se atenuaban gradualmente. Cuando pareció haberse estabilizado otra vez, Brenna se sentó en la silla y le cogió la mano.
—Duerme cuanto necesites, Blake. Estaré aquí cuando estés listo.
Brenna le apretó la mano y apoyó la cabeza en su brazo. Poco a poco, cayó en un leve sueño. Era vagamente consciente de la presencia de Laurel y los demás, pero, si hablaron, lo hicieron en susurros, pues ella no los oyó.
Una hora más tarde o quizás un poco más, algo rozó el pelo de Brenna. Ella se quedó paralizada y esperó por si el roce volvía a repetirse. Así fue y Brenna creyó que el corazón se le saldría del pecho. ¡Lo que acariciaba su pelo eran los dedos de Blake!
Poco a poco, Brenna levantó la cabeza. Unos ojos gris plata, algo somnolientos pero de mirada clara, la contemplaban.
— ¿Blake?
— ¿Brenna? —preguntó él con voz áspera. — ¡Oh, gracias a Dios, Blake! ¡Has vuelto! Blake intentó levantar el brazo, pero las cadenas le impidieron moverlo mucho.
Brenna le apretó la mano.
—Espera, muchachote. Te quitaremos esas cadenas. —Brenna gritó—: ¡Laurel, trae las llaves! Tenemos que soltar las cadenas.
Laurel y Devlin, que se habían tumbado en la cama de la otra habitación, acudieron a toda velocidad.
— ¿Trahern? —Devlin contempló a su amigo con expresión de alivio y felicidad—. Creí que no volvería a ver tu fea cara otra vez.
Laurel comprobó las lecturas de las máquinas que estaban conectadas a su paciente. Mientras leía los datos, se le dibujó una sonrisa en su cara.
Trahern parpadeó un par de veces y la miró.
— ¡Eh, doctora! ¿Qué está haciendo usted aquí?
Ella lo miró, radiante.
—Siempre me ocupo de mis muchachos, Trahern. Ya deberías saberlo.
Jarvis se unió a ellos junto a la camilla.
—Eres único consiguiendo tener a dos hermosas mujeres preocupadas por ti, Trahern.
Blake volvió la cabeza hacia su viejo amigo.
— ¿Hemos atrapado al bastardo?
—Sí, lo hemos atrapado. No nos ha contado gran cosa, pero apostaría lo que fuera a que lo soltará todo cuando se entere de que has vuelto —declaró Jarvis con una sonrisa perversa en el rostro.
— ¿Cuánto tiempo he estado fuera esta vez?
—El suficiente para preocupar a tu mujer, pero ella ha luchado por ti cada segundo. Ayudó a echar al doctor Crosby y ahora ni siquiera los guardias se atreven a asomar la nariz por aquí.
Brenna se sonrojó.
—Yo no he hecho gran cosa. —Entonces se dio cuenta de que nadie había hecho nada por soltar a Blake—. ¿Y las llaves, Laurel?
—Tiene que estar atado durante, al menos, una hora más. Tenemos que asegurarnos de que los resultados son estables antes de soltarlo.
—Sólo una mano. ¡Por favor!
Laurel sólo titubeó un segundo antes de darle la llave a Brenna.
—Sólo una, ¿eh? Brenna abrió el candado. —Odio todo esto.
Trahern le apretó la mano con suavidad.
—Está bien, Brenna, así son las cosas. Puedo esperar. —Mientras ella estuviera cerca, podría soportarlo—. Eh, doctora, antes de que empiece usted a incordiarme y molestarme, ¿puedo estar un par de minutos a solas con Brenna?
Laurel asintió. Jarvis y Devlin salieron del laboratorio y se quedaron custodiando la puerta mientras Laurel se sentaba junto al escritorio del doctor Crosby, que quedaba oculto tras una esquina.
Brenna seguía apretando la mano de Blake como si en ello le fuera la vida.
— ¿Te he asustado? —preguntó Blake.
—Un poco.
La verdad estaba allí mismo, en las oscuras ojeras que rodeaban la parte inferior de sus ojos.
—Siento que hayas tenido que verme así.
Ella le sonrió con cansancio.
— ¡No me lo habría perdido por nada del mundo!
Blake vio el vendaje de su brazo y frunció el ceño.
—Ritter te disparó. ¿Estás bien?
La sonrisa de Brenna se volvió más cálida. —Ahora sí.
Blake cerró los ojos y recordó las pesadillas que había vivido.
—Te oía hablarme en la oscuridad. Yo tenía mucho frío, pero, cuando oía tu voz, volvía a sentir calor.
—Era por las mantas. Estaban calientes.
—Puede que, en cierto modo, influyeran, pero las mantas no eran lo mejor. Lo que, en realidad, me hizo querer regresar fue lo que me dijiste. Dímelo otra vez.
— ¿Que te diga otra vez el qué?
Su expresión indicaba que sabía con exactitud lo que Blake quería oír. —Que me amas.
—Te amo —susurró Brenna con una sonrisa.
—Pues claro que me amas. —Blake la cogió con su brazo libre y la acercó a él—. Y es justo, pues has conseguido que yo también te ame.
Blake la besó en la boca.
Varias máquinas emitieron un pitido al percibir el cambio en el ritmo de su pulso y respiración, pero a Blake no le importó en absoluto. Con Brenna en sus brazos, se sentía de maravilla.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 5:49 pm

Epílogo


— ¿Cómo demonios han llegado hasta él?
Trahern estaba de pie junto al cadáver de Ritter. Ansiaba golpear a alguien, a cualquier persona. ¡Maldición, aquello no tenía que haber sucedido!
—No lo sé, pero te aseguro que lo averiguaré. —Jarvis dio un puñetazo en la pared—. Los doctores dicen que, seguramente, el guardia sobrevivirá y es posible que recuerde algo. Si no, volveremos a estar como al principio.
—Al final, los atraparemos —declaró Trahern—. No tiene sentido que te tortures.
—Jake está trabajando en el disquete de nuevo. Así se distrae y no se acuerda del dolor de la pierna.
—Dale las gracias de mi parte. —Trahern contempló el cadáver del regente y resistió el deseo de propinarle una patada—. Regreso a Seattle con Devlin y el Otro, el amiguito de Laurel. Veré qué puedo averiguar allí. De una u otra forma, obtendremos algunas respuestas.
—Sospecho que, a partir de ahora, Brenna ocupará buena parte de tu tiempo —bromeó Jarvis.
A Blake le resultaba extraño pensar en sí mismo como la mitad de una pareja. Nunca, ni en sus sueños más descabellados, había imaginado que Brenna se enamorara de él. Sin embargo, que él la amara no constituía ninguna sorpresa. La quiso desde el primer momento en que la vio, hacía ya muchos años.
Salieron de la celda.
—Me preocupa que quiera cambiar toda su vida para venir a vivir conmigo, que quiera dejar su empleo en la universidad y todo eso.
—No seas gilipollas, Trahern. Has encontrado algo que todos querríamos tener. Además, deberías haber visto la expresión de su cara cuando Devlin le habló de los archivos de la historia de los paladines. Apenas puede esperar para ponerles las manos encima y averiguar por qué somos como somos.
—Es una mujer especial, ¿no crees?
Blake sacudió la cabeza maravillado.
Jarvis parecía sentirse algo más que un poco celoso.
—Sí que lo es.
Y ella lo esperaba en la habitación. A Blake se le daban mejor los actos que las palabras, y estaba deseando demostrar exactamente lo que sentía por Brenna.
Sonrió y se marchó a toda prisa.


FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:20 pm

Libro 3 - El Guerrero de la Noche

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En una de las muchas guerras acontecidas entre el mundo de los Otros y los Paladines el guerrero de los Otros, Barak q’Young paso la barrera y tras salvar a una humana, la doctora Laurel Young, se quedo a este lado.

Ahora es un renegado en su mundo y un paria en este.
Los Paladines deben acostumbrarse poco a poco a la presencia del Otro, por ello dos de los guerreros más fuertes, Devlin Bane y Blake Trahern le ofrecen su apoyo y deciden que comience a trabajar en el departamento de Geología junto a la doctora Lacey Sebastian.
Lo que en un principio solo es una estratagema para tener al Otro ocupado se convierte en un problema cuando Barak y Lacey comienzan a sentirse atraídos.
Lacey ha sido educada para odiar a los Otros, pero Barak no es como ella pensaba, un hombre protector, fuerte y de honor, que pondría en juego su vida para salvarla a ella y a cualquier Paladín. Lacey se encuentra en una encrucijada, si sucumbe a su deseo ¿se convertirá ella también en una paria dentro de su propio mundo?
Al mismo tiempo los Paladines se dan cuenta que hay un traidor entre sus filas que está vendiendo piedras azules del mundo de los Otros, para encontrar al culpable necesitan la ayuda de Barak, pero, ¿estará esté dispuesto a entregar a los suyos si la consecuencia es perder a Lacey?


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:30 pm

Capítulo 1
—¡Llevaos a ese maldito monstruo lejos de aquí!
El Paladín herido apenas podía hablar, pero sus palabras estaban cargadas de veneno. Ignorando sus insultos, Barak cogió con calma una bandeja de instrumental esterilizado y la puso a un lado de la camilla. Después de ordenar el equipo exactamente como le gustaba a la doctora Young, pasó junto al Paladín y lo miró fijamente a los ojos. Su orgullo de guerrero le hinchó el pecho al comprobar que no era él quien parpadeaba primero.
El Paladín llevaba consciente algo más de una hora y se había pasado todo el tiempo insultando a Barak. Los Paladines no eran unos pacientes fáciles, y tener a uno de sus enemigos mortales cerca hacía que todavía lo fueran menos. Barak odiaba lo suficiente a los Paladines como para disfrutar viendo a su enemigo encadenado mientras él caminaba con libertad. Inspiró hondo y paladeó el dulce sabor que le producía la rabia de aquel hombre.
Cuando cruzó a este mundo, esperaba morir al afilado final de la espada de un Paladín. Pero eso no había sucedido y ahora él estaba solo y confuso en aquel lugar. Como no podía derrotar a su enemigo en combate, al menos lo sacaría de quicio con su continua presencia entre ellos.
La doctora Laurel Young estaba concentrada en los monitores que controlaban el progreso del Paladín. A juzgar por la arruga de su entrecejo, no se sentía muy satisfecha.
Consciente de lo que se avecinaba, Barak salió del laboratorio.
Los guardias apostados en el mostrador del vestíbulo levantaron la vista al ver a Barak, que tuvo que contenerse para no golpear la pared con el puño. Cualquier acción de este tipo sería notificada al doctor Neal, el jefe local de Investigación, quien, a su vez, informaría a los Regentes. De momento toleraban la presencia de Barak, pero sólo si él no les ocasionaba muchos problemas. Y, por el bien de Laurel, él se comportaba adecuadamente la mayor parte del tiempo.
Era por ella que había salido del laboratorio. Se lo debía. Cargado de rabia, decidió desahogarse en el gimnasio.
Pulsó el botón del ascensor, maravillado por todas las comodidades que los humanos daban por sentadas. A veces, su utilización despreocupada de la energía le escandalizaba. No tenían ni idea de lo afortunados que eran. O de lo derrochadores que eran.
Las puertas del ascensor se abrieron y dos guardias se hicieron enseguida a un lado, como si quisieran dejarle espacio para entrar. Aunque lo más probable era que intentaran evitar cualquier posible contacto con él.
Barak esbozó una sonrisa forzada en reconocimiento a su falsa cortesía. Mientras el ascensor los transportaba, rodeados de un incómodo silencio, Barak se preguntó si no estaría equivocado al pensar que todo el mundo tenía una doble intención. Quizás aquellos hombres tenían problemas propios y no habían pretendido hacerle un desaire. Sin embargo, hasta que comprendiera mejor a los humanos y cómo funcionaban sus mentes, sólo podía confiar en sus instintos, y era más seguro suponer que los Paladines eran enemigos suyos a arriesgarse a ser apuñalado por la espalda por un falso amigo.
Segundos más tarde abandonó los estrechos confines del ascensor. Se detuvo frente al vestuario y agudizó sus sentidos para averiguar si había alguien en el interior. Los dioses estaban de su parte: el vestuario estaba vacío. Una vez dentro, Barak se desnudó y se puso los pantalones deportivos que guardaba en la taquilla que le habían asignado. Después de recogerse el cabello, que le llegaba hasta los hombros, en una coleta, entró en el gimnasio.
Cerró los ojos y buscó en su interior el silencio que le permitiría liberarse de las frustraciones del día. Empezó a moverse con lentitud y se perdió en el ha'kai, la danza de la muerte de su gente. Gracias a la cadencia familiar de aquellos movimientos, casi consiguió imaginarse que estaba de vuelta en casa. El origen de la danza se perdía en la antigüedad, pero los que aprendían sus movimientos gráciles y letales mantenían viva su práctica en el mundo de los Otros. Pero allí, en aquella tierra de luz excesiva, el ha'kai era un arte desconocido. Había tanta confusión en su nueva vida que tener aquella pequeña parte de su mundo con él le proporcionaba cierto consuelo. Pero su tranquilidad duró poco, pues cuatro Paladines entraron en el gimnasio con ademanes arrogantes. Dejaron las fundas de sus armas en el suelo embaldosado y blandieron sus espadas.
El que estaba más cerca de Barak gruñó:
—¡Demonios, no sabía que dejaran deambular a su aire a ese bastardo de pelo gris! ¡Eh, Roy, creí que en Seattle las leyes eran más estrictas!
El Paladín más corpulento soltó una risotada escandalosa y declaró:
—Deberíamos llamar a la perrera para que se lo lleven como a un perro rabioso.
Barak realizó un último giro y un movimiento de ataque antes de reaccionar a la presencia de los intrusos. Cogió una toalla, se secó la cara y sonrió ante la perspectiva de enseñarles a mostrar respeto por los que eran como él.
—Es mejor tener como compañía un perro que a unos cobardes de dos patas. ¿O acaso consideráis que cuatro contra uno es honorable? —declaró Barak, con sorna.
La respuesta de los Paladines no se hizo esperar. El más corpulento dio un paso en dirección a Barak.
—Escucha, gilipollas, yo no iría por ahí llamando cobardes a los demás. La única razón de que sigas con vida es que la boba de la doctora Young sintió lástima por ti y te permitió esconderte debajo de sus faldas.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Referirse de forma irrespetuosa a la doctora Young era traspasar la línea. En otro tiempo se habría contentado con hacerles correr en círculos por la sala sin causarles daños reales. Pero, ahora, les haría pagar su osadía con dolor y sangre. Y si sus insultos llegaban a oídos de Devlin Bane, tendrían suerte si lo único que perdían era una vida cada uno.
Barak cruzó la sala con calma hasta el estante donde guardaban las espadas para realizar prácticas. Después de rechazar unas cuantas, se decidió por la que más le recordaba a la suya, que había perdido al llegar a este mundo.
El Paladín más corpulento se adelantó unos pasos a sus compañeros. Sin duda planeaba ser el primero en enfrentarse a Barak.
Barak blandió un par de veces la espada en el aire antes de tocar su frente con la hoja para indicar que estaba listo para la lucha. A juzgar por la postura de su oponente, el joven loco confiaba más en su tamaño que en su habilidad para ganar. Eso podía funcionarle en un enfrentamiento con los puños, pero pronto comprendería lo equivocado que estaba en este caso.
Barak extendió la espada en posición de ataque y, con la otra mano, animó a su oponente a acercarse a él.
—¿Bailamos, Paladín? ¿Eres hábil con la espada o sólo la utilizas como adorno?
El rostro de Roy se encendió de rabia.
—Estaré listo cuando tú lo estés.
Los otros Paladines se alinearon junto a la pared y profirieron exclamaciones de ánimo a su amigo.
—¡Muy bien, Roy! ¡Enséñale a respetar a sus superiores!
Tal como esperaba Barak, el joven Paladín arremetió contra él blandiendo su espada con fuerza pero sin gracia. Si hubiera acertado el golpe, podría haberle cortado la cabeza a Barak, pero Roy pasó a su lado dando traspiés mientras intentaba no perder el equilibrio. Barak no tardó en acorralarlo contra la pared, con la punta de la espada pegada a su garganta. El destello de miedo que despidieron los ojos del Paladín le proporcionó un sabor dulce.
—¿Qué decías acerca de enseñarme a respetar a mis superiores? —Barak se aproximó más a Roy—. Te estoy escuchando.
Como el otro no respondía, Barak se permitió dar salida a su enojo realizando un corte superficial, aunque doloroso, en la mejilla del Paladín con un giro de la muñeca. Barak se mantuvo firme en su posición, ignorando la sangre que resbalaba por la mejilla de Roy, y le ofreció la oportunidad de reaccionar.
Pero el Paladín permaneció quieto. Barak se inclinó hacia él para que viera toda su furia, esbozó una mueca y le mostró los dientes.
—Si vuelvo a oír una sola palabra irrespetuosa en relación con la doctora Young, me daré el placer de cortarte en minúsculos pedacitos. Después te enviaré a Devlin Bane y Blake Trahern y les dejaré terminar el trabajo. ¿Te ha quedado claro?
Roy asintió lentamente con la cabeza. Los dos Paladines más temidos de Seattle, Devlin y su amigo Trahern, eran auténticas leyendas. Quizá Roy y sus amigos todavía no se habían enterado de que la doctora Young y Bane eran pareja, pero no le correspondía a él informarlos. Era suficiente con que defendiera su honor.
—¡Salid de aquí! —Sin añadir palabra, Barak dio la espalda a los Paladines, indicando que no los consideraba una amenaza real—. Y la próxima vez que os crucéis conmigo, os sugiero que os larguéis por otro camino. O, mejor aún, que echéis a correr.
Otra voz intervino en la conversación:
—¿Hay algún problema?
—Nada que no pueda manejar yo solo. —Barak se alejó de Roy y cogió una toalla para limpiar la punta de su espada—. Sólo le estaba enseñando al joven Roy, aquí presente, que el tamaño no siempre determina quién será el ganador.
La corpulencia de Devlin Bane hacía que Roy pareciera un poco más pequeño.
—¿De verdad? Yo nunca he considerado que el tamaño sea un inconveniente. —Devlin se dirigió despreocupadamente hasta la estantería de las espadas y cogió una al azar. A continuación examinó a Roy calibrando su valía—. Veamos, nosotros somos dos y vosotros, cuatro. ¿Qué opinas, Barak, la proporción te parece justa?
Barak reflexionó acerca de la cuestión.
—Quizá, si prometemos usar sólo la mano izquierda...
Devlin esbozó una sonrisa amenazadora mientras empuñaba la espada con la mano izquierda.
—Me gusta la idea.
Barak hizo lo mismo y se colocó junto a su enemigo mortal.
—Creo que no deberíamos herirlos de gravedad —dijo—. No tengo ganas de limpiar el suelo de sangre.
—De acuerdo. —Devlin se volvió hacia los compañeros de Roy, quienes parecían estar a punto de salir escopeteados por la puerta—. Vamos, caballeros, coged vuestras armas. Tengo el tiempo justo de enseñaros cómo se pelea en el mundo real.


Barak observó cómo sus exhaustos oponentes salían dando traspiés del gimnasio, contentos de escapar con sólo el orgullo herido. Bane no había preguntado cuál era la causa de la confrontación inicial. Probablemente había deducido que la sola presencia de Barak sería suficiente para despertar la necesidad innata de lucha de los Paladines. Barak, por su parte, no le dio ninguna explicación que desmintiera esta suposición.
—¿Me estabas buscando? —le preguntó al corpulento Paladín, con voz neutra y los ojos fijos en su espada.
—Laurel me ha dicho que era probable que estuvieras aquí.
Bane volvió a colocar la espada en la estantería con más fuerza de la necesaria. Resultaba evidente que seguía alterado tras la pelea y que tenía los nervios a flor de piel.
—No debería enviarte para vigilarme —repuso Barak. «Aunque eso es típico de ella», añadió para sus adentros.
—Se preocupa por ti.
—Y tú odias que lo haga.
Como médico y tutora, Laurel Young demostraba un profundo interés personal por todos sus pacientes, aunque uno de ellos fuera el enemigo eterno de su pareja.
Devlin Bane se encogió de hombros.
—Cómo me sienta yo no tiene importancia.
Barak comprendía la evidente frustración que experimentaba el Paladín. Los que eran como él y los Paladines habían nacido para odiarse mutuamente. Por desgracia, Laurel Young no aceptaba la forma normal de ser de las cosas. Como tanto Barak como Devlin se preocupaban por ella, ambos se veían obligados a dejar su odio de lado y encontrar un terreno común, y las prácticas en el gimnasio cumplían esta necesidad. Si no podían matarse en la vida real, al menos podían desahogarse simulando que lo hacían.
—¿Quieres practicar un poco más? —preguntó Barak. La pequeña refriega con los jóvenes Paladines había despertado sus ansias de violencia, e intercambiar unos golpes con Bane lo ayudaría a aplacar parte de su mal humor.
Devlin cogió varias espadas de la estantería calibrando su peso con la mano.
—¿Cuchillos o espadas?
—Espadas.
Y empezó el baile.
En el pasado, Barak y Devlin Bane habían sido enemigos mortales y jurado matarse, sin titubeos, en la guerra que venía librándose desde tiempos inmemoriales. De joven, Barak juró, junto al resto de los Otros de su generación, seguir manteniendo aquel odio hacia los Paladines. Durante los años siguientes, el número de los Otros disminuyó. A muchos se los llevó la muerte, pero muchos más fueron víctimas de la locura.
Cuando Barak quiso encontrar respuestas a toda aquella demencia, lo único que encontró fueron puertas cerradas y acusaciones de cobardía. Él arguyó, apasionada y largamente, que no le importaba morir, que sólo quería conocer la causa de lo que estaba ocurriendo. Al final dejó de preguntar... dejó de pelear... lo dejó todo.
Como muchos de su mundo, quiso acabar con su dolor encontrando una muerte honorable al final de la espada de un Paladín. Pero, en lugar de eso, encontró y salvó a una mujer humana que estaba siendo atacada por uno de los de su especie, un hombre que apestaba a codicia y cobardía. Laurel Young se ofreció para curar a Barak y también le ofreció su amistad. Para sorpresa de Barak, incluso el más fuerte de los Paladines había aceptado ceder al deseo de Laurel de perdonarle la vida a Barak.
Pero eso no significaba que a los Paladines les gustase la idea.
Devlin arremetió con ímpetu contra el Otro y su espada pasó incómodamente cerca de la garganta de Barak, quien retrocedió unos pasos y sonrió a su oponente.
—¿Esto es lo mejor que sabes hacer? —preguntó.
—¡Vete al infierno!
Bane volvió a cargar contra su oponente y, en esa ocasión, le propinó a Barak un golpe en la espalda que, sin duda, le dejaría huella.
El dolor de Barak se desvaneció enseguida cuando, utilizando uno de sus movimientos de ha'kai favoritos, envió a Bane al suelo. El ruido sordo de la caída fue seguido por una ristra de maldiciones que Devlin soltó cuando consiguió tomar el aire suficiente para hablar. Barak le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse, pero Devlin la rechazó con rudeza, y Barak retrocedió para darle al Paladín la oportunidad de reincorporarse a la batalla.
—Tienes que dejarlo —dijo Devlin.
—¿Por qué, si estoy ganando?
En esa ocasión fue Barak quien cayó al suelo. Incluso la hoja de una espada de prácticas se veía afilada cuando alguien la sostenía junto a tu garganta.
—No me refiero a la pelea —prosiguió Devlin—. Tienes que dejar el trabajo con Laurel.
Bane retrocedió unos pasos mientras Barak se limpiaba con el dorso de la mano un hilo de sangre que emanaba de su boca. No estaba de humor para recibir órdenes de un Paladín, ni siquiera de uno que se había interpuesto entre él y una muerte segura. Lentamente se puso en pie y volvió a adoptar la posición de lucha.
—No pienso dejarlo sólo porque no quieras que esté cerca de tu mujer.
Barak respaldó su afirmación con una serie de embates a los que Bane respondió con un ímpetu de ataque renovado.
—Nunca me ha gustado que estés cerca de ella, estúpido bastardo —dijo el Paladín—. No es eso lo que ha cambiado.
—Entonces, ¿qué es?
Unas náuseas desagradables se instalaron en lo más profundo de Barak. Si los Paladines jóvenes murmuraban acerca de Laurel, quizás el resto de la organización también lo hacía.
Barak retrocedió unos pasos y dejó caer la punta de la espada hacia el suelo en señal de rendición. Al menos Bane respiraba con tanta dificultad como él. En una lucha contra el mejor, un empate no era algo de lo que uno debiera avergonzarse.
—¿Ella sabe que los demás están murmurando de nosotros? —preguntó Barak.
Esperaba que no, pues sabía que ella se sentiría obligada a salir en su defensa. Que ella lo defendiera mientras estaba herido y desangrándose era una cosa, pero ahora que volvía a estar de una pieza, no necesitaba que ella librara sus batallas por él.
—Es probable que lo sospeche, pero de momento nadie ha tenido las pelotas de decirle nada a la cara —repuso Devlin.
Los dos sabían que Bane mataría a cualquiera que se atreviera a herir a Laurel y que Barak lo ayudaría.
—Dejaré su departamento de inmediato. —Camino de la estantería, Barak tuvo la sensación de que su espada pesaba el doble—. No tardaré mucho en empacar mis cosas.
Barak se encaminó al vestuario, pero Bane lo agarró del brazo. Barak se deshizo de la mano de Bane de una sacudida, aunque se detuvo para escuchar lo que tenía que decirle.
—Ella me obligaría a arrastrarte de vuelta, por mucho que te resistieras —dijo Devlin.
—Aclárate. Primero me dices que tengo que irme y ahora que tengo que quedarme.
A menos que se equivocara, Barak creyó percibir cierta simpatía en la mirada de Bane.
—Estoy elaborando un plan. Laurel sólo te dejaría marchar si creyera que serías más feliz yéndote.
Eso era poco probable, pues Laurel era la única amiga verdadera que Barak tenía; pero por ella estaría dispuesto a fingir. Barak asintió con lentitud.
—Cuéntame tu plan.


—Vuelve a explicarme cómo se os ha ocurrido esta idea.
La doctora Laurel Young puso los brazos en jarras y lanzó una mirada airada a los dos hombres. Barak experimentó cierto alivio al percibir que la mayor parte de su ira iba dirigida a Devlin y no a él. Resultaba lógico que Laurel cuestionara los motivos de Devlin para encontrar un nuevo trabajo para Barak dentro de la organización de los Regentes. Por lo que ella sabía, Barak se sentía feliz trabajando a su lado en el laboratorio. Pero, de repente, y sin previo aviso, Devlin, quien no se podía decir que fuera un gran fan de Barak, afirmaba que lo que más deseaba Barak en el mundo era trabajar en el departamento de Geología.
Al ver que Devlin no hacía más que repetirse, Laurel se volvió hacia Barak:
—Nunca me habías comentado nada sobre esto.
El Otro fijó la mirada en Laurel e hizo lo que pudo por parecer sincero e inocente.
—No creía que fuera posible, pero mientras estábamos en St. Louis ayudando a Trahern, Devlin se enteró de que el estudio de las piedras era uno de mis intereses principales. No quise decir nada hasta saber con certeza que podían transferirme al departamento de Geología.
Bane no sabía que el estudio de las piedras interesara realmente a Barak, pero pensaba guardar ese secreto hasta la tumba.
—Si estás seguro... —dijo Laurel. La rapidez con la que aceptaba el traslado le confirmó a Barak lo difícil que se había convertido para ella tenerlo en el laboratorio. Sintió deseos de sacudirla por no habérselo contado, pero eso arruinaría el plan que él y Devlin habían elaborado con tanto cuidado.
—Estoy seguro, Laurel. —Barak se acercó a la doctora para cogerle la mano sin hacer caso de la sensación de desagrado que percibió en Devlin—. Necesito sentirme útil. Tú me has dado tiempo para aprender cómo funciona este mundo, pero mi utilidad en el laboratorio es limitada. Ha llegado la hora de que emprenda mi propio camino y así es como puedo ser más útil.
Laurel entornó los ojos. Después de lanzarle una larga mirada a su enamorado, como si quisiera advertirlo de que no dijera nada, tiró de él para darle un abrazo. Barak sabía que no debía prolongar el abrazo, pero había pasado tanto tiempo desde que alguien había querido abrazarlo...
Sin embargo, en lugar de poner a prueba la paciencia de Bane, Barak rompió el abrazo y puso cierta distancia entre Laurel y él. Cuando percibió la pequeña lágrima que resbalaba por la mejilla de la doctora, se permitió el privilegio de secarla con la yema de su pulgar.
—No hay lugar para las lágrimas, Laurel —dijo—. No se puede decir que me vaya muy lejos. El departamento de Geología está en el subsuelo de Seattle, cerca de la oficina de Devlin.
Devlin volvió a intervenir en la conversación.
—Sí, y déjame decirte, Laurel, que todos estamos encantados al saber que Barak estará tan cerca de nosotros. Trahern está organizando una reunión para tomar el té en honor de Barak, y Brenna le está enseñando a beber en tacitas con el dedo meñique estirado.
La imagen del frío Trahern sirviendo té y bollitos hizo que Laurel sonriera, lo que, sin duda, era la intención de Devlin. Ni él ni Barak soportaban verla triste.
—Bueno, al menos estarás en buena compañía. —En esa ocasión, la sonrisa de Laurel fue más genuina—. Y ya sabes que siempre serás bienvenido, si alguna vez te decides a volver conmigo.
Si por Bane fuera, pensó Barak, no sería bienvenido de vuelta al laboratorio, pero se guardó esta idea para sí mismo.


—¡Y una mierda va a venir aquí!
Penn Sebastian propinó un empujón al carro de la compra enviándolo hasta la pared de ladrillos. La nueva abolladura apenas se notó, pero Lacey se preguntó cuántos golpes más aguantaría el carro antes de que su hermano tuviera que gorrear uno nuevo.
—A mí ni siquiera me han preguntado la opinión, Penn —le dijo.
Tener un genio vivo era algo habitual en los Paladines, pero el de Penn había empeorado últimamente. Desde que lo hirieran de gravedad en la mano derecha en el transcurso de una cruenta batalla, se había vuelto más y más voluble.
Penn cruzó los brazos sobre el pecho e impidió que Lacey entrara en el Centro.
—Y ¿por qué te cargan a ti con ese Otro asesino?
Aunque los dos compartían la misma opinión, ella era capaz de dominar su propio temperamento. Si a Penn le daba por pelear otra vez, los Regentes podían arrestarlo o, peor aún, decidir que era demasiado inestable para seguir actuando como Paladín; y los de su especie no se retiraban para disfrutar de la jubilación.
O morían en combate o eran encadenados a una camilla de acero para ser ejecutados.
—Evidentemente, no le iba bien en el laboratorio médico —explicó Lacey—. Según Devlin Bane, el Otro siente un interés especial por la geología. A cambio de unos importantes incrementos en las subvenciones, el jefe de mi departamento ha accedido a adoptarlo como asistente de laboratorio en fase de prueba.
Según órdenes del jefe de Lacey, el Otro debía ser tratado como un igual, pero ella no pensaba contárselo a Penn. A Lacey, esta idea la ponía absolutamente furiosa, así que no quería ni imaginar qué reacción provocaría en su hermano.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Penn—. ¿Que por unos cuantos billetes Bane consigue que Barak deje de husmear alrededor de su chica? Pero, a cambio, esa escoria estará pegado a mi hermana.
Resultaba evidente que, a corto plazo, Penn no iba a tranquilizarse.
—Se trata de algo más que unos cuantos billetes —prosiguió Lacey—. Además, a mí me irá bien disponer de ayuda. Acarrear mi equipo de un lado a otro no es tarea fácil, sobre todo cuando tengo que subirlo por las laderas más empinadas. —Esbozó una forzada sonrisa de confianza—. Me aseguraré de que sepa que tengo a un Paladín malo y grandote como hermano. Eso lo hará comportarse.
—Ya no lo tienes. —Penn intentó, sin éxito, flexionar su mano derecha—. No podría sostener una espada el tiempo suficiente para asustar a nadie.
Los doctores habían advertido a Penn de que no había garantía de que pudiera recuperar la total movilidad de su mano. Un Otro había estado a punto de cortarle la mano por completo y el proceso de rehabilitación estaba siendo lento y doloroso. Lacey no podía recordar la última vez que Penn había sido realmente feliz.
—Tú no eres un inútil, Penn. Si lo fueras, no te habrían confiado la vigilancia de la entrada del Centro.
Eso era cierto, pero sostener una pistola o un fusil no era lo mismo que luchar con una espada. Mientras no pudiera sostener una espada, no podría proteger la barrera en los túneles que había debajo de la ciudad y en sus alrededores. El deseo de servir cerca de la barrera ardía con intensidad en el corazón de los Paladines, y Penn podía sentir las fluctuaciones de la cortina de energía de hermosos colores que separaba su mundo de la oscura locura del otro lado. Hasta que pudiera realizar el trabajo para el que había nacido, Penn se sentiría desgraciado.
—Bueno, tengo que entrar, si no llegaré tarde al trabajo —agregó Lacey.
Le habría dado a su hermano un rápido abrazo, pero Penn llevaba puesto su habitual disfraz de vagabundo. Si se acercaba mucho a él, parte de la suciedad y el hedor que tanto esfuerzo le costaba conseguir a Penn se pegarían a su ropa.
Penn esbozó una sonrisa burlona.
—¿Qué? ¿No me das un beso de hermana antes de que te deje pasar? ¿Qué tal un abrazo?
Lacey se echó a reír, levantó las manos y se apartó de Penn.
—De ninguna manera, hermanito. A menos que estés dispuesto a pagarme los gastos de la tintorería.
—Está bien, te dejaré pasar —concedió, poniéndose otra vez serio—. Pero si ese tal Barak te causa algún problema, quiero ser el primero en saberlo. Aunque yo no pueda manejar una espada, los de su especie no son inmunes a las balas. Y estaré encantado de recordárselo.
—Gracias... Creo.
Después de teclear el código de seguridad, Lacey entró en la penumbra del Centro. Se apoyó en la fría pared embaldosada y esperó a que su pulso se calmara. Ya le resultaba bastante difícil tener que manejar sus propias frustraciones sin tener que sobrellevar, además, las de Penn.
Su jefe le había advertido que no entrara en la reunión con resentimiento. Se suponía que, de algún modo, tendría que esconder sus sentimientos de su jefe, de Devlin Bane y del mismo Otro. ¿Cómo podía hacerlo cuando odiaba y despreciaba todo lo relacionado con los Otros y los estragos que causaban siempre que la barrera se apagaba?
Al menos, el doctor Louis la había advertido con antelación. La había telefoneado a su casa la noche pasada para darle la noticia, pues sabía que, si esperaba hasta que llegara al trabajo, lo más probable era que se largara de inmediato. Lacey había necesitado más de una hora para relajar las mandíbulas. ¿Cómo suponían que podría trabajar codo con codo con uno de los monstruos que no sólo habían matado a su hermano en dos ocasiones, sino que, prácticamente, también lo habían dejado lisiado?
¿Había alguna cantidad de dinero que mereciese el revuelo que les ocasionaría tener a un monstruo entre ellos? ¿Por qué no, simplemente, alguien le clavaba una espada al Otro y terminaba con el problema? Ella estaría encantada de proporcionarle la espada a ese alguien.
Lacey se separó de la pared y emprendió el largo camino que conducía a su departamento, mientras repasaba mentalmente el equipo que necesitaban y que la presencia de aquel tal Barak podría facilitarles. Aunque el doctor Louis empleara la mayor parte del dinero en sus proyectos preferidos, la pequeña fracción que le había prometido a Lacey sería una buena contribución a los fondos de los que disponía.
Cuando estuvo segura de poder comportarse civilizadamente, intentó sin éxito telefonear a Laurel Young para hablar de Barak con ella. Después, le envió un correo electrónico preguntándole si estaría dispuesta a responder a un par de preguntas mientras comían juntas uno de esos días.
Hasta que Laurel obligó a Devlin Bane a perdonarle la vida a Barak, todo el mundo la respetaba, pero en aquellos momentos corrían muchos rumores acerca de la tutora. Quizás ésa era la razón de que hubieran buscado un nuevo destino para el Otro. Y, desde luego, dentro de la organización, el departamento de Geología ocupaba un lugar menos relevante que el departamento Médico.
Lacey comprobó la hora. Si se daba prisa, podría registrar las últimas lecturas del monte St. Helens antes de presentarse en la oficina de su jefe para la reunión oficial. Centrarse en el trabajo podía proporcionarle la calma que necesitaba para pasar el día.
Por otro lado, quizá les hiciera un favor a todos y matara al Otro ella misma.


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:40 pm

Capítulo 2
Barak contempló a Bane, quien paseaba de un extremo a otro de la habitación, mientras el doctor Louis, el jefe del departamento de Geología, miraba alternativamente a Barak y al Paladín.
¿Cuál de los dos inquietaba más al viejo profesor? ¿Devlin Bane, el más temible de los Paladines, o Barak? Como el profesor nunca había visto antes a alguien de la especie de Barak, lo más probable era que esperase que el Otro babeara y emitiera sonidos animales. Si la existencia de Barak no dependiera de su continuo buen comportamiento, se habría permitido montar algún numerito para ver la reacción de aquel hombre. Quizá Bane también lo encontraría divertido.
O no. El Paladín había hecho lo imposible para organizar aquella reunión y no recibiría con agrado nada que pusiera en peligro su éxito.
Se oyeron unos pasos en el pasillo y los tres hombres miraron hacia la puerta para ver si los pasos pasaban de largo o si el misterioso cuarto miembro de la reunión había llegado por fin. El pomo de la puerta empezó a girar, y Barak se reclinó en la silla intentando mostrar un desinterés total.
La puerta se abrió. ¿Por qué Bane no le había contado que su nuevo compañero de trabajo no era un profesor viejo y polvoriento sino una mujer joven y guapa? ¿Una mujer con el pelo del color del sol y unos enormes ojos azules que denotaban una brillante inteligencia y una furia apenas controlada? Barak sintió en los oídos el martilleo del rápido pulso de Lacey y percibió que su respiración era agitada; sus mejillas estaban encendidas y se notaba que estaba fuera de sí.
Tras un leve titubeo, Barak se puso en pie y esperó a que alguien los presentara. Pero la mujer humana tomó la iniciativa y saludó a Devlin Bane y a su jefe con un leve movimiento de cabeza.
—Devlin... Doctor Louis...
Al principio, Barak creyó que iba a ignorarlo, pero una vez más ella lo sorprendió, acercándose a él y tendiéndole también la mano. Barak estaba familiarizado con la costumbre de darse la mano, pero hasta entonces ningún ser humano se la había ofrecido a él.
La mano casi le temblaba, pero consiguió encajarla con la de ella con cierta gracia. Ella se la apretó brevemente y declaró:
—Me llamo Lacey Sebastian. Doctora Lacey Sebastian.
Su ligero énfasis en el tratamiento dejaba claro quién estaba al mando. Barak la miró a los ojos y apartó la vista antes de que ella lo tomara como un reto a su autoridad. No formaba parte de su naturaleza ser servil, pero prefería hacer las cosas fáciles y no buscarse más complicaciones.
—Me llamo Barak. Barak Q’Young.
Casi sonrió cuando vio que Devlin se estremecía al oír su recién adquirido apellido. Laurel le había permitido utilizarlo para rellenar unos papeles oficiales. Ése era otro de los privilegios que recibía de la mujer de Bane, y secretamente disfrutó de la contrariedad que sentía el Paladín.
Lacey retiró su mano y sonrió exageradamente a su jefe.
—¿Empezamos, señor? La montaña está retumbando otra vez y me gustaría volver a los monitores —le dijo.
—Sí, claro, doctora Sebastian. —El doctor Louis hurgó entre el montón de papeles que tenía delante, como si estuviera buscando algo importante. Al final decidió entrelazar los dedos y apoyar las manos encima de los documentos—. Todos sabemos que el señor... esto... Q’Young ha aceptado venir a trabajar al departamento de Geología. Aquí, en el Centro.
Por su expresión parecía como si se hubiera tragado algo amargo. La mujer se sentía de un modo similar, sólo que era mejor escondiendo sus sentimientos. Allí estaban, con la sangre hirviendo justo por debajo de la superficie de la piel.
Barak estudió el perfil de la mujer y lo que vio le gustó. En su rostro había fuerza, y también inteligencia. Pero fue su energía lo que llamó más su atención. Todavía experimentaba un cosquilleo en la mano por su breve roce. ¿Qué intensa sensación experimentaría si la abrazara o besara sus labios? Lacey Sebastian tenía una reserva de pasiones profundas que mantenía cuidadosamente escondida, igual que los volcanes que estudiaba escondían su verdadera naturaleza debajo de capas de nieve y hielo. Por primera vez, Barak sintió verdadero interés por su nuevo trabajo.
—¿Cuál será mi labor? —preguntó, sentándose otra vez en la silla.
El doctor Louis removió de nuevo los papeles y, finalmente, contestó:
—Trabajará con la doctora Sebastian ayudándola en sus estudios.
La sonrisa de la doctora Sebastian se crispó en los bordes.
—Todavía estoy trabajando en los detalles —le dijo a Barak—. Cuando sepa cuáles serán sus funciones, se lo haré saber.
Barak no presionó para obtener una respuesta más exacta. No se precisaba ser un adivino para saber que la doctora Sebastian necesitaba más tiempo para adaptarse a la situación que le acababan de echar encima. Además, Barak no estaba de humor para una confrontación, sobre todo con ella. A menos que ésta implicara desnudarse y quemar su rabia con sexo caliente y apasionado. Pero las posibilidades de que una mujer humana quisiera acostarse con él, sobre todo una que supiera quién y qué era, eran bastante escasas. Barak se revolvió levemente en la silla para esconder su respuesta física a la doctora.
—Entonces todo está arreglado y ya puedo irme, ¿no? —preguntó Devlin, con la mano puesta en el pomo de la puerta.
Barak se levantó y le ofreció a Lacey su saludo más formal.
—Hágame saber cuándo y dónde debo presentarme para empezar a trabajar, doctora Sebastian. Mi número está en el expediente que Devlin ha preparado para usted.
Barak saludó con frialdad al doctor Louis y salió detrás de Devlin al pasillo.
Cuando se habían alejado lo suficiente, Devlin aminoró la marcha.
—Mira, Barak —le dijo—, sé que para ti esto apesta, pero es lo mejor. Los dos lo sabemos.
—Estoy de acuerdo.
Bane miró a Barak como si hubiera esperado más oposición por su parte, pero al parecer no estaba de humor para peleas. Trabajar en el departamento de Geología sin duda entrañaba un considerable riesgo para él, pero en esos momentos Barak pensó que valdría la pena. Conforme pasaran los días, eso podía cambiar, pero al menos de momento estaría trabajando con una de las pocas mujeres humanas que, aparentemente, no tenía miedo de tocarlo, aunque en el fondo lo odiara.
Por primera vez en días, Barak sintió deseos de sonreír. Quizá fuera oportuno celebrarlo de alguna manera.
—No sé tú, Devlin, pero yo tengo sed —le dijo al Paladín—. ¿Qué te parece si vamos a algún lugar y, como tú dirías, nos tomamos unas birras?
Devlin no titubeó.
—¡Hecho!


Encerrarse en la oficina no la tranquilizó. Y una taza de té caliente tampoco. Al final, Lacey fue a por todas y sacó el chocolate. Media docena de barritas de chocolate más tarde, los nudos del estómago y la presión que sentía en las órbitas de los ojos empezaron a relajarse. Se reclinó en la silla de su escritorio, cerró los párpados y saboreó las dos barritas que le quedaban.
Se prometió que dedicaría diez minutos extra a caminar en la cinta mecánica por sus pecados, pero no se arrepentía en absoluto. Tenía problemas mucho más importantes por los que preocuparse que unas cuantas calorías de más. Como pensar en qué iba a hacer con un Otro pegado a sus talones durante todo el horario laboral. Había crecido oyendo los relatos de Penn sobre sus enfrentamientos con los monstruos del mundo que había al otro lado de la barrera, y se sentía traicionada a cierto nivel instintivo en el que la confianza difícilmente volvería a establecerse.
Nadie le había contado que el aspecto de los Otros fuera tan similar al de los humanos y que alguno de ellos pudiera ser tan guapo. No recordaba con exactitud qué era lo que esperaba cuando entró en la sala de reuniones, pero desde luego lo que no esperaba era ver a Barak Q’Young.
Sus ojos gris plata no mostraban el menor signo de locura, sólo una inteligencia serena que parecía analizarlo todo. Si su sentido del honor no la obligara a odiar a aquel hombre y a todos los de su raza, incluso podría haberlo considerado atractivo, a pesar de la palidez de su piel.
Resultaba difícil adivinar su edad, pues su pelo moreno estaba salpicado de mechones plateados. ¿Treinta? ¿Cuarenta? Quizá los de su especie envejecían muy despacio, como los Paladines. Pero todo eso no importaba. No tenía ninguna razón para pensar tanto en Barak, salvo para decidir las tareas para las que sería más indicado.
¿Sacar la basura? ¿Fregar el suelo? ¿Limpiar los lavabos?
Sintió cierto placer perverso al pensar en esas posibilidades, pero sabía que su jefe no le permitiría hacer semejante tontería. Si era verdad que el Otro sabía algo de geología, ella se aprovecharía de sus conocimientos tanto como pudiera. Dados los limitados recursos con los que contaba el departamento, no podía permitirse actuar de otra forma. Ya era bastante difícil conseguir que el profesor Louis financiara sus investigaciones, pues él no creía que ella consiguiera llegar a predecir las erupciones de los volcanes o los terremotos. La única razón de que, hasta cierto punto, la apoyara era que su hermano era un Paladín. Esta relación tenía un peso considerable dentro de la organización de los Regentes.
La puerta exterior del laboratorio se abrió y volvió a cerrarse de un portazo. Enderezándose en su silla, Lacey se limpió la boca con una servilleta para ocultar las pruebas que demostraban que se había permitido celebrar una juerga autocompasiva de proporciones descomunales. El suave crujido del calzado deportivo sobre el suelo de cemento le permitió seguir el acercamiento de su visitante y Lacey sonrió con anticipación. No tardó en oír un golpe en la puerta del despacho.
—¡Hola, Ruthie, entra!
Ruth Prizzi, la secretaria del departamento y madraza extra oficial de todos, entró en la habitación como el torbellino que era. Nadie sabía con exactitud qué edad tenía, pero ningún miembro del departamento podía seguir su ritmo.
Apoyándose en la silla más próxima al escritorio de Lacey, le preguntó a bocajarro:
—Entonces, ¿lo has conocido?
No tenía sentido andarse con evasivas. Algunos de los más duros policías podían aprender un par de cosas de Ruthie sobre procedimientos de interrogatorio.
—Sí, nos han presentado —contestó la doctora.
Ruthie frunció el entrecejo por encima de sus medias gafas.
—Detalles, querida, quiero los detalles.
¿Cuánto podía contar Lacey a su amiga sin sacar a la luz la confusión que todavía le encogía el estómago? Pero era preferible arriesgarse a revelar demasiado a que Ruthie percibiera que intentaba ocultarle algo.
—Se llama Barak Q’Young —explicó—. Al irse se despidió de mí con una inclinación de cabeza, aunque no se mostró tan respetuoso con el doctor Louis.
—Chico listo. Las dos sabemos quién es el cerebro del departamento.
—¡Ruthie! No digas esas cosas. El doctor Louis es una autoridad en su campo.
Eso era cierto, pero él sólo tenía en cuenta lo que podía medirse y cuantificarse. El procesamiento de los datos constituía una parte importante de cualquier estudio científico, pero Lacey no recordaba la última vez que el doctor había hecho trabajo de campo. La Tierra era un ser vivo, que se movía y cambiaba continuamente. En su opinión, si esperaban descubrir algún día una forma de predecir los terremotos y la actividad volcánica, tenían que ensuciarse las manos de vez en cuando.
—No me importa lo bueno que sea —repuso Ruthie—. Las dos sabemos que no está preparado para manejar problemas de esta magnitud. Si lo estuviera, no te habría enchufado a ese... Otro a ti.
—Yo soy el miembro más joven del equipo.
Ruth agitó un dedo artrítico hacia Lacey y añadió:
—Muy bien, discutiremos acerca de eso más tarde. Ahora mismo quiero saber qué aspecto tiene ese tal Barak para poder reconocerlo cuando lo vea. No querría poner en evidencia al departamento sometiendo a nuestro nuevo empleado a un cacheo no previsto por parte de los guardias.
Lacey no pudo evitar echarse a reír.
—¡Eres tan mala, Ruthie...!
—Sólo intento realizar mi trabajo, doctora Sebastian.
El brillo de sus ojos azules contradecía la seriedad de sus palabras.
—Desde luego, no querríamos arriesgarnos a que se produjera un incidente —admitió Lacey.
Se tranquilizó un poco y Ruthie tomó asiento dispuesta a escuchar. Lacey sabía que había retrasado su explicación el máximo posible. Cuanto más eludiera las preguntas de Ruthie, más levantaría las sospechas de aquella mujer perspicaz.
—Es alto, un metro noventa más o menos —prosiguió—. Musculoso sin llegar a ser corpulento. Ya sabes, más como Cullen Finley que como Devlin Bane. Sus ojos son de un curioso color plateado con un aro negro alrededor del iris. Tiene el pelo largo, sujeto en la nuca con una coleta. Su color es peculiar, negro con mechas plateadas. Resulta extraño en un hombre que, en mi opinión, debe de rondar la treintena.
—Sólo me estás dando datos, Lacey, pero ningún contexto. ¿Es atractivo o no?
—No me he fijado.
Se había fijado perfectamente, pero todavía no había asimilado la fuerte reacción que le había producido el contacto de su mano. Aquel simple y formal apretón de manos la había perseguido desde la breve reunión que habían mantenido.
Por suerte, el móvil de Ruthie eligió aquel momento para sonar. Después de cortar la comunicación, la mujer de mediana edad se puso en pie.
—Su majestad me llama. Probablemente ha perdido un clip o algo de similar importancia. —Lanzó a Lacey una mirada penetrante—. No creas que esta conversación ha terminado.
—¡Sí, señora! —exclamó Lacey, parodiando un saludo al estilo militar.
—No te hagas la graciosa conmigo. No si quieres volver a recibir tu subvención.
Cuando Ruthie salió del despacho, Lacey cerró los párpados y escuchó el chirrido, cada vez más lejano, de su calzado. Después, la puerta exterior volvió a cerrarse y Lacey descolgó el teléfono. Estaba decidida a actuar desde una posición de poder tanto como le fuera posible. Esperar a que Barak no pudiera aguantar más y la telefoneara sería tanto un signo de debilidad como un acto patético.
Marcó el número que Barak había dejado y cruzó los dedos. Con un poco de suerte, oiría su contestador, con lo que podría dejarle un escueto mensaje y colgar. Sin embargo, después de sólo dos llamadas, Barak contestó.
—Barak Q’Young al habla.
Su voz acarició levemente las terminaciones nerviosas de Lacey enviando un estremecimiento a su corazón. Aquella inquietante sensación le dejó la boca tan seca como el algodón, con lo que se produjo un largo silencio mientras Lacey buscaba, con torpeza, una botella de agua.
—¿Doctora Sebastian, se encuentra bien? —añadió Barak.
Lacey se obligó a tragar un sorbo de agua a pesar del nudo que tenía en la garganta.
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Nadie más me telefonearía. —Barak pronunció estas palabras con una llana sinceridad, pero sin en el menor atisbo de autocompasión.
—Ah... comprendo. —Lacey se aseguró de no mostrar ninguna simpatía por él—. Querría examinar sus tareas con usted. ¿Cuándo puede empezar?
—Si no es demasiado pronto para usted, doctora Sebastian, estoy disponible ahora mismo. Pero si no le va bien, podemos quedar cuando le resulte conveniente.
—¿Qué tal dentro de una hora? Así tendré tiempo de terminar unos asuntos.
Como determinar qué tareas podía confiarle. Después de todo, nadie sabía con exactitud qué tenía pensado hacer después de cruzar la barrera.
—Estupendo —repuso Barak—. Y... ¿Doctora Sebastian?
—¿Sí?
—Gracias por no rechazar la oferta de mi ayuda.
Era mejor empezar desde el principio con la pura verdad.
—No tuve elección —contestó la doctora.
El suspiro de Barak llegó hasta ella alto y claro.
—Eso me temía. Hablaré con Devlin Bane de inmediato.
¿Había un ligero deje de dolor en su voz?
Lacey se apresuró a añadir:
—No, no lo haga. La verdad es que su ayuda me irá bien.
En esta ocasión el silencio se produjo al otro extremo de la línea.
—¿Está segura? ¿Está segura de que mi ayuda le irá bien? —preguntó Barak al cabo.
—No puedo jurárselo, señor Q’Young, pero le aseguro que en mi departamento hay más trabajo del que una persona sola puede realizar.
—Entonces estaré allí dentro de una hora. Y, por favor, llámeme Barak. Todavía no me he acostumbrado a mi nuevo apellido.
—Lo esperaré en la entrada del callejón y lo acompañaré al departamento.
Lacey cortó la comunicación antes de ceder a la tentación de cambiar de idea.


Barak recorrió el perímetro del gimnasio deseando con todas sus fuerzas que las manecillas del reloj avanzaran con más rapidez. Si no supiera que era imposible, habría jurado que habían permanecido inmóviles durante el último cuarto de hora. Dos vueltas más y ya podría salir hacia el Centro. Quizás el tiempo habría transcurrido más deprisa si se hubiera presentado en el laboratorio de Laurel y se hubiera ofrecido para ordenar sus suministros, pero no quería que la doctora lo viera en aquel momento.
Ella era la única persona que lo conocía tanto como para percibir su estado de ánimo. Si sospechaba que sus razones para dejar su laboratorio no eran estrictamente personales y egoístas, se desencadenaría un infierno, por citar una de las expresiones más vistosas de los Paladines.
Una vuelta más y ya podría recorrer la corta distancia que lo separaba del Centro para encontrarse con Lacey Sebastian. Mientras la imagen de Lacey ocupaba su mente, sus pasos se aceleraron. Le gustaba cómo el color de su cabello transmitía la calidez del sol y la forma en que sus brillantes ojos azules se habían abierto, sorprendidos, cuando lo vio por primera vez. Era como si, al verlo, hubiera reaccionado como reaccionaban las mujeres al ver a un hombre que consideraban atractivo, no como si hubiera visto a alguien a quien considerara su enemigo. Quizás estaba deduciendo más de lo debido de su reacción, pero siempre había lugar para la esperanza. Con esfuerzo, Barak redujo la velocidad de sus pasos, y cuando volvió a pasar junto a la puerta salió del gimnasio.
Como era habitual, los guardias ignoraron su presencia de forma deliberada mientras abandonaba el edificio. Barak se puso las gafas de sol, pues todavía no se había adaptado a la brillante luz de este mundo. Le gustaba la sensación de calidez que el sol le producía en la piel, aunque siempre se ponía protector solar, pues no tenía ni idea de qué efectos podía producirle una exposición prolongada a aquella luz tan intensa.
El paseo le sentó bien. Pasaba tanto tiempo solo que disfrutó perdiéndose entre la multitud de habitantes y turistas que abarrotaban las aceras de aquella ciudad.
¿Cómo reaccionarían si supieran la verdad acerca de él? ¿Con pánico? ¿Con odio? Todavía le maravillaba saber que los Regentes y sus guerreros, los Paladines, habían conseguido mantener la existencia de su gente y su mundo en secreto. Devlin le había contado que, en la antigüedad, les había resultado más fácil, pero que, conforme los avances tecnológicos empequeñecían el mundo, les resultaba cada vez más difícil. Aun así, Devlin insistía en que la mayoría de las personas no creerían lo que tenían delante de los ojos a menos que se vieran obligados a aceptarlo.
A Barak eso ya le iba bien. No le atraía en absoluto ser utilizado por alguna agencia gubernamental para sus experimentos. Lo único que quería era que le permitieran vivir su solitaria vida en paz. Aunque fuera en soledad.
Al volver la última esquina antes de llegar al Centro, aminoró el paso. Durante su anterior visita en compañía de Devlin aquella misma mañana, habían conseguido no tropezarse con ningún Paladín, pero en esta ocasión era poco probable que consiguiera acceder al edificio sin enfrentamientos. Se preparó para lo peor y entró en el callejón que ocultaba la entrada secreta al laberinto subterráneo que alojaba el cuartel general de su enemigo mortal.
Mientras oteaba la zona en busca de posibles amenazas, pasó junto a uno de los numerosos sin techo que vagaban por las calles de Seattle. El chasquido inconfundible de una pistola le indicó que acababa de cometer un error. Posiblemente, uno fatal.
—¿Adónde crees que vas, jodido alienígena? —El hombre apestaba a odio y suciedad—. ¡Un paso en falso y eres hombre muerto, cosa que ya serías hace tiempo si Bane hubiera pensado con el cerebro en lugar de la polla!
El hombre enfatizó el odio de su voz clavando dolorosamente el cañón de su pistola en la espalda de Barak. Al mismo tiempo, lo agarró por el cuello de la camisa con su mugrienta mano.
Hubo un tiempo en que Barak había deseado la muerte, incluso a manos de uno de aquellos Paladines a los que odiaba, pero eso había cambiado. Barak se preparó para luchar, pero entonces oyó una voz familiar:
—¡Penn, suéltalo ahora mismo!
—¡No te inmiscuyas, Lacey! —dijo el falso vagabundo—. Lo he pillado husmeando por los alrededores del Centro. Ni siquiera Devlin Bane puede protegerlo ahora.
Lacey se acercó a ellos y su aroma femenino inundó los sentidos de Barak. Si atacaba al tal Penn en ese momento, ella podía resultar herida.
—¡Apártate de él, Penn! —insistió la mujer—. Y no me digas que habías olvidado que Barak venía a trabajar conmigo en el laboratorio.
—Nadie me había dicho que iba a venir hoy.
Penn soltó el cuello de la camisa de Barak y lo empujó hacia delante.
Barak se volvió hacia él y le devolvió el empujón.
—No informo de mis movimientos a los que son como tú, Paladín.
A pesar de las capas de suciedad, era incuestionable que aquel hombre era un guerrero. Penn se abalanzó sobre él con la muerte en la mirada, y Barak adoptó la postura de ataque, dispuesto a enfrentarse a las balas con los puños desnudos si era necesario.
Pero Lacey Sebastian se interpuso entre ellos. ¿Acaso había perdido el juicio? Barak la agarró del brazo para colocarla detrás de él, pero entonces se dio cuenta de que su adversario trataba de hacer lo mismo.
—¡Suéltala, Paladín! ¿O es que los de tu especie os escondéis detrás de vuestras mujeres para luchar? —le espetó. Ahora era su temperamento el que hablaba.
—¡No necesito su ayuda para enseñarte modales, escoria! —replicó el Paladín.
Penn consiguió rodear a Lacey y le encajó un puñetazo en la mandíbula, echándole la cabeza hacia atrás, pero Barak contraatacó propinándole una patada en el estómago.
—¡Basta!
Lacey los agarró por la solapa de la camisa y utilizó el impulso de ambos hombres para lanzarlos al suelo. A continuación se quedó de pie junto a ellos y los miró con indignación.
—Maldita sea, Penn, ¿quieres acabar en prisión otra vez? Devlin dijo que a la próxima dejaría que te pudrieras allí dentro. ¡Y tú! —exclamó dirigiendo su enojo contra Barak—. ¿Esto va a ocurrir con mucha frecuencia? Si es así, ya puedes ir buscándote otro trabajo. Yo no necesito esta mierda.
—Pero Lacey...
—No me sueltes el rollo, Penn Sebastian. Sabes que puedo cuidarme sola. ¡Tú mismo me enseñaste!
El nombre de aquel hombre llamó la atención de Barak.
—¿Penn Sebastian?
—Sí, es mi hermano. —Lacey lanzó a Penn una mirada rabiosa—. Aunque, ahora mismo, no me siento muy orgullosa de ello.
—En ese caso, le ofrezco mis condolencias, doctora Sebastian.
Barak se puso en pie y se sacudió los tejanos.
—¡Vete al infierno, Otro! —Penn también se levantó, aunque sin hacer caso de la nueva capa de suciedad que había en su ropa—. No quiero que los de tu especie se acerquen a mi hermana.
—Eso no es de tu incumbencia —replicó Barak con desdén—. ¿Por qué no vuelves a jugar con la basura, que es donde perteneces?
—¡Cállate, Otro, o te tendré limpiando el suelo del laboratorio con un cepillo de dientes durante el próximo mes! —soltó Lacey, y contempló a Barak unos segundos, enojada y en silencio, antes de dar un paso atrás—. Espero que estéis dispuestos a dejar de actuar como niños de cinco años, porque no tengo tiempo para esto. Los dos sois bastante más listos.
Barak retrocedió un paso para demostrar su deseo de terminar con la confrontación.
—Me disculpo, doctora Sebastian. He dicho lo que no debía.
Penn lanzó a Barak una última mirada desafiante antes de hacer lo propio.
—La próxima vez avísame cuando él vaya a venir, Lacey —dijo—. Si se presenta sin previo aviso, está acabado. ¡Y a la mierda con los Regentes!
Penn echó a andar con indignación mientras introducía la pistola en la cinturilla de su pantalón.
—Penn... —lo llamó su hermana.
—Ahora no, Lacey. Llévatelo y largaos de una vez.
Lacey se quedó mirando con expresión de tristeza a su hermano mientras se alejaba. Barak apartó la mirada, pues sabía que ella se sentiría incómoda si él presenciaba aquel momento privado entre los dos hermanos.
—Vamos, Barak. Llegamos tarde al trabajo —le dijo Lacey, volviéndose y echando a caminar en la dirección contraria.
Barak se acomodó al paso de Lacey, deseando poder hacer algo para contrarrestar aquel desafortunado comienzo. Maldijo para sus adentros a Devlin Bane por no advertirlo de que la doctora Sebastian tenía un hermano Paladín. No le extrañaba que ella no se sintiera entusiasmada cuando se lo endilgaron como ayudante.
Avanzaron en silencio durante un par de minutos hasta que ella dijo:
—Supongo que debería disculparme por lo ocurrido, Barak.
Barak se sobresaltó al oír su comentario.
—No ha sido usted quien, para usar sus propias palabras, se ha comportado como un niño de cinco años.
—No, pero sabía que hoy mi hermano estaba de guardia. Él es... bueno, su carácter es digno de un Paladín. Si hubiera llegado a tiempo, nada de esto habría sucedido.
Y si Lacey hubiera sido su hermana y un Paladín se hubiera acercado a ella, él habría reaccionado de la misma forma que Penn; aunque no le gustara tener nada en común con él. Pero ¿por qué un Paladín realizaba el trabajo de un guardia? El resto de los guardias que había visto eran mortales.
Barak intentó animar la conversación.
—Entonces, aparte de limpiar el suelo con el cepillo de dientes, ¿qué trabajos me ha asignado?
La sonrisa de Lacey fue un poco forzada, pero, al fin y al cabo, una sonrisa.
—Hoy tengo planeado enseñarle el equipo que utilizamos para monitorizar los volcanes de nuestra región. Ya sabe, sismógrafos y aparatos por el estilo. —Frunció el entrecejo—. Aunque quizá no lo sepa. Siempre se me olvida lo extraño que le debe de parecer todo esto. ¡Sabemos tan poco acerca de su mundo...!
Y en lo que a él concernía, seguiría así. Cualquier conocimiento que los Paladines obtuvieran sólo se utilizaría como arma contra los de su especie.
—A pesar de las diferencias, doctora Sebastian, también existen muchas similitudes —repuso Barak—. Estoy seguro de que podré realizar los cambios necesarios.
Como tantos otros que ya había realizado en aquel complejo y brillante mundo.
Lacey abrió una puerta entre muchas otras iguales en un largo pasillo y Barak tomó nota, mentalmente, de que se trataba de la tercera contando desde el principio. En aquellos instantes, no tenía ni idea de si le permitirían entrar en el Centro solo o si ella tendría que recogerlo a la entrada y acompañarlo al laboratorio todos los días. Esto último resultaría pesado tanto para él como para la doctora Sebastian.
—Bienvenido a mi pequeño trozo de mundo —dijo la doctora, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.
La habitación estaba atiborrada de máquinas cuya finalidad Barak sólo podía suponer. Cerró los ojos y permitió que el constante zumbido de la electricidad circulara por su sistema nervioso. Esperaba que Lacey le concediera el tiempo suficiente para comprender lo que aquellos diales, gráficos y pitidos de los ordenadores medían.
Lacey se detuvo para estudiar una serie de instrumentos con agujas que realizaban trazos con tinta sobre un papel. Para él, aquellos trazos se parecían mucho a los que producían los latidos de los corazones de los pacientes de Laurel.
—Imagino que estas máquinas registran los movimientos subterráneos de los volcanes —conjeturó Barak—. ¿Los del monte St. Helens y el monte Rainier, quizá?
Mientras hablaba, una de las agujas empezó a moverse de forma descontrolada realizando un patrón picudo en el papel. Al principio, Barak pensó que Lacey no lo había visto. Ella contemplaba un monitor situado en el otro extremo de la sala, cuyas lecturas aparecían ahora de un color rojo como la sangre. El estómago de Barak dio un vuelco, como si el suelo se hubiera sacudido bajo sus pies. Con esfuerzo, Barak ignoró la imperiosa necesidad que experimentó de agarrarse a algo para mantener el equilibrio. Los temblores se producían demasiado lejos para afectar a la zona de Seattle, pero él los sentía en las entrañas y en los huesos. Por suerte, Lacey no se percató de su exaltada reacción al sonido de las alarmas.
A pesar de todo, Lacey lo miró sonriendo.
—Imaginas bien. Ése es el monte St. Helens saludándonos. —Señaló otra pantalla—. Y ésa es la barrera, que se ha apagado.
Lo que significaba que su gente y la de ella estaban luchando en los túneles, donde los dos mundos chocaban, mientras ellos sólo podían contemplar los diales iluminados y preguntarse cuántos de los suyos morirían.


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:42 pm

Capítulo 3
Barak exhaló un suspiro tembloroso mientras apretaba el puño vacío de la mano con la que blandía las espadas. Quizá, si los Paladines volvían a conectar con rapidez la barrera, nadie resultaría herido. Muchos de los de su especie habían muerto ya y no podía desear la muerte de aquellos que se veían empujados a ir en busca de la luz.
Y, lo que era todavía peor, ahora que los Paladines tenían cara y nombre para él, le resultaba imposible desear que murieran en la eterna batalla que se libraba entre los dos mundos. La confusión que experimentaba le encogió el estómago.
Lacey estaba a su lado, mirando alternativamente la máquina que registraba los latidos del inquieto volcán y la que marcaba las fluctuaciones de la barrera. Las emociones que reflejaba su expresiva cara eran fascinantes: dolor, miedo y pura determinación.
Cuando las lecturas del volcán se estabilizaron, Lacey concentró su atención en las de la barrera. Finalmente, después de dos largos minutos contados por reloj, las lecturas se estabilizaron y el dial volvió a adquirir su color verde habitual. El alivio se extendió por las facciones de la doctora.
—Ahora que ha terminado, podemos volver al trabajo.
Su intento de parecer fuerte y profesional habría tenido éxito de no ser por el ligero temblor de su voz.
Barak dejó que ella creyera que él no se había dado cuenta de ese detalle.
—Supongo que monitoriza usted todos los volcanes y las fallas —dijo.
Lacey asintió con la cabeza.
—Por eso estamos aquí.
La doctora lo condujo a su despacho, que estaba abarrotado de cosas, y le indicó que se sentara. Barak cogió un montón de libros técnicos de una silla y los dejó bien apilados sobre el suelo para procurarse un asiento. Lacey hurgó entre una serie de expedientes hasta que encontró el que estaba buscando.
—He preparado un programa para ti para los próximos quince días. —Le tendió una hoja de papel—. Hasta que sepamos con exactitud en qué consistirán tus tareas, he hecho que coincidan tus turnos de trabajo con los míos. Cuando sepa qué es lo que puedes hacer, te incluiremos en la rotación normal de turnos. Me gusta que haya alguien por aquí las veinticuatro horas del día.
A Barak la experiencia le había enseñado que la confianza era un regalo que sólo se concedía con moderación. Ella podía creer que él estaba allí para demostrar que podía resultar útil al departamento, pero esa vía tenía dos sentidos.
—Lo que usted diga, doctora Sebastian.
Lacey se arrellanó en su asiento y estudió a Barak con ojos de preocupación.
—Quizá deberías llamarme Lacey, ¿no crees? Después de todo, ya has visto lo peor de los Sebastian; peleándose en medio de la calle. Vuelvo a disculparme en nombre de Penn. Su ataque era injustificado.
Si hubiera sido a la inversa, los de su especie no habrían tolerado que un Paladín deambulara solo por sus calles.
—No tienes por qué disculparte por tu hermano, Lacey. —Pensaba saborear el regalo que ella le había concedido permitiéndole utilizar su nombre de pila—. Y valoro que me permitas trabajar aquí. Me sentará bien volver a sentirme útil.
Lacey pareció intrigada.
—Y ¿qué hay de la doctora Young? —preguntó—. Creí que habías estado trabajando en su laboratorio.
—Sí, ella tuvo la amabilidad de mantenerme ocupado.
Lacey enseguida comprendió a lo que Barak se refería.
—¡Ah, ocupado pero no especialmente productivo! Bueno, mi presupuesto es tan reducido que me veo obligada a exprimir cada minuto del día al máximo, sobre todo en épocas como ésta, cuando el volcán está tan activo. Me alegro de tener a alguien que me ayude a llevar mi carga. Tengo programado realizar algo de trabajo de campo esta semana. ¿Qué te parece ir de excursión mañana?
—Me encantará pasar algún tiempo en la naturaleza.
Sobre todo, a solas con aquella mujer, al aire libre y al calor del sol. Solos los dos, lejos de los ojos escudriñadores de la organización de los Regentes. Quizá, durante un rato, Lacey consiguiera olvidarse de lo que era y disfrutar como un hombre cualquiera de la compañía de una mujer atractiva. Además, saber cómo se sentiría su hermano Paladín al respecto hacía que disfrutara todavía más de la idea.
—Dame tu dirección y te recogeré mañana por la mañana —añadió Lacey—. Digamos... ¿a las seis?
—Estaré listo.
Pero primero tendría que telefonear a Devlin y preguntarle qué se ponía uno para ir de excursión.


Lacey sabía que Barak lo estaba pasando mal después de un día tan largo, pero, aunque era mezquino por su parte, no aminoró la agotadora marcha de regreso a la furgoneta hasta que la sed la obligó a hacerlo. Cuando se detuvo para tomar un trago de agua, Barak no tardó en desplomarse sobre una roca; otro signo de que se arrepentía de haber ido con ella a aquella pequeña expedición.
Pues bien, ¡peor para él! Ella había estado subiendo y bajando equipo de aquellas montañas sola durante años. Y, mientras lo hacía, ¿a cuántos Paladines había matado Barak? Ya era hora de que la montaña se vengara de él.
Lacey reconoció a desgana que Barak había hecho todo lo que ella le había pedido sin quejarse. Mientras examinaban el equipo de campo que monitorizaba los movimientos terrestres que se producían cerca del monte Rainier, las pocas preguntas que Barak formuló fueron inteligentes y directas. Últimamente, el monte St. Helens había acaparado casi toda la atención del departamento, pero como el monte Rainier estaba muy cerca de Seattle, era mejor no confiarse. Si la gran montaña decidía entrar en erupción, miles de personas podían ser víctimas de la destrucción.
Lacey cambió su mochila de posición para que las correas no se le clavaran en los hombros. Conforme el día avanzaba, el calor iba en aumento y la espalda le ardía, pero eso era más fácil de soportar que el frío intenso de la montaña en invierno.
Guardó de nuevo la cantimplora en la mochila y volvió a emprender el camino. Barak no fue tan rápido como ella en ponerse en marcha, pero cuando la alcanzó, Lacey oyó el crujido de las piedras a su espalda.
—Casi hemos llegado.
—Eso son buenas noticias.
A Barak parecía faltarle un poco el aliento. Quizá, si le preguntaba acerca de lo que había aprendido durante la excursión, se distraería y no pensaría en sus doloridos pies y su nariz quemada por el sol.
El camino se había ensanchado, así que Lacey esperó a que Barak llegara a su lado.
—A ver, háblame de los datos que hemos recogido —le dijo.
Barak mantuvo la mirada fija en el camino y comenzó a repasar los datos. Aunque Lacey no lo deseaba, sus respuestas la impresionaron. Y la repentina oleada de compasión que experimentó hacia él tampoco la complació. Además, a juzgar por el tenaz perfil de su mandíbula, él tampoco agradecería ningún signo de compasión.
El inicio de la carretera estaba más o menos a medio kilómetro de distancia. Aunque Lacey deseaba librarse del peso de la mochila, no le atraía la idea de estar encerrada en la cabina de la furgoneta con Barak durante el largo recorrido de vuelta a la ciudad. Normalmente, ella se detenía a comer por el camino, pero eso no haría más que prolongar el tiempo que tenían que pasar juntos.
Cuando tomaron la última curva del camino, Lacey lanzó una ojeada a su silencioso compañero. Su palidez habitual se había acentuado, así que Lacey aminoró la marcha, pues le preocupaba que Barak no consiguiera llegar a la furgoneta. Lo último que quería era tener que llamar a una ambulancia porque, de una forma mezquina, había disfrutado con la desgracia de su nuevo ayudante.
—¿Cuándo has bebido por última vez? —le preguntó.
—El agua se me acabó poco después de que nos detuviéramos en el último punto de recogida de datos.
Sus pálidos ojos se encontraron con los de Lacey.
De eso hacía más de dos horas. Lacey no sabía cuál de los dos era más estúpido, si Barak por no quejarse o ella por no haberse preocupado por él. Barak tropezó y dio unos pasos titubeantes mientras intentaba no perder el equilibrio. Lacey soltó una maldición y lo cogió entre sus brazos. Barak intentó resistirse y ella lo sujetó con más fuerza, pero Lacey se dio cuenta de su error cuando, al aproximarse, sus cuerpos despidieron una inesperada oleada de calor. Lacey levantó la mirada hacia las atractivas facciones de Barak y sus pulmones se olvidaron de cómo respirar. Los ojos de Barak se encontraron brevemente con los de Lacey antes de dirigirse hacia su boca. ¿Acaso iba a besarla?
—Barak... —susurró Lacey.
Barak se inclinó hacia ella, pero de repente sacudió la cabeza, como queriendo aclarar sus ideas, y retrocedió un paso. Temiendo que volviera a perder el equilibrio, Lacey cogió el brazo de Barak y lo apoyó sobre sus hombros sin hacer caso de la reacción de su propio cuerpo a la cercanía del Otro. Un dolor repentino en el pecho le recordó que era el momento erróneo, el lugar erróneo y, sin lugar a dudas, el hombre erróneo. Seguramente, lo que sentía no era decepción, sino alivio.
Barak intentó apartar su brazo de los hombros de Lacey.
—No te resistas, Barak —lo reprendió ella—. Casi hemos llegado a la furgoneta. Allí tengo más agua.
—Lo conseguiré.
Barak habló arrastrando las palabras, pero al menos seguía caminando.
Lograron recorrer la distancia que faltaba en una serie de etapas cortas, deteniéndose con frecuencia para que Barak recuperara el aliento antes de seguir avanzando con dificultad. A Lacey, su pequeña furgoneta nunca le había parecido tan perfecta, con abolladuras y todo.
Ayudó a Barak a dejar su mochila en el suelo y prácticamente lo empujó al interior de la furgoneta. Entonces le tendió una botella de agua y le ordenó:
—Bébela a sorbitos.
Después de guardar los bártulos de ambos en la parte de atrás, Lacey puso en marcha el motor y el aire acondicionado para ayudar a Barak a recuperarse.
Él se había reclinado en el asiento con los ojos cerrados. De vez en cuando levantaba la botella con lentitud y bebía un sorbo de agua. Antes de iniciar la marcha, Lacey vertió un poco de su agua en un trapo limpio que guardaba en la guantera y se lo ofreció.
—Toma. Póntelo en la frente.
Barak obedeció y, cuando notó el contacto del agua fresca en la piel, suspiró de alivio.
—Gracias.
Ella no quería su gratitud, sobre todo porque, en parte, era la culpable de su estado.
—En cuanto la cabina se refresque y hayas tomado algo de líquido, te encontrarás mejor —le dijo.
Conforme bajaban de la montaña, el color de la piel de Barak fue mejorando de forma gradual. Quizá los de su especie eran más sensibles a la altitud.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó la doctora.
Lacey creyó que Barak no le respondería, pero al cabo de un rato él la miró con el rabillo del ojo y respondió:
—Sí.
—Estupendo. Supongo que, al ser la primera vez, nos excedimos.
Bueno, a ella en realidad la excursión no le había parecido excesiva, claro que estaba acostumbrada a la montaña y sus efectos.
—Por lo visto tendré que esforzarme más para aclimatarme —sentenció Barak, y cerró los ojos dando por finalizada la conversación.
Si no hubiera sido su enemigo, Lacey le habría formulado un montón de preguntas. Para empezar, le habría preguntado por qué había cruzado la barrera. Y cómo era su mundo. ¿Qué había en él tan terrible para que mereciera la pena arriesgarse a morir en la huida?
El cansancio hizo que su indeseado compañero cayera en un profundo sueño, así que, de momento, sus preguntas quedarían sin respuesta. Durante el camino de regreso a Seattle, Lacey condujo montaña abajo con una cadena de radio de viejos éxitos como única compañía.


Si Barak hubiera podido levantar la cabeza de la alfombra sin que volviera a caérsele de nuevo, les habría pedido a los dioses que acabaran con su desgracia allí mismo y en aquel instante. Al menos, antes de derrumbarse, había conseguido conservar cierta dignidad mientras recorría la distancia entre la furgoneta de Lacey y su apartamento sin ayuda. Pero ahora, horas más tarde, no podía concentrarse lo suficiente para ver el reloj. A juzgar por el brillo de las farolas que se filtraba por la ventana debía de ser de noche.
Contó hasta diez y se puso de rodillas con esfuerzo. Esperó a que la cabeza dejase de darle vueltas, exhaló un suspiro y se puso en pie apoyándose en el sofá. A continuación cerró los ojos y esperó a que el mundo se estabilizara antes de arriesgarse a dar un paso en dirección a la cocina.
Dio un paso... dos... y, después, tres y cuatro. Había cruzado el salón, y ahora estaba en la cocina. Abrió con ansia la puerta de la nevera, acuciado por el hambre y la sed, aunque recordaba que hacía días que no iba a la compra. En general comía fruta y vegetales, pero en aquel momento nada de lo que había en la nevera le resultaba tentador.
Cogió una bebida isotónica y descolgó el teléfono. No sabía qué indicaba sobre su vida nueva el hecho de que el número de la pizzería estuviera entre los de marcación rápida. Después de encargar su habitual pizza vegetariana, se sentó en su sillón favorito y contó los minutos hasta que llegara la pizza.
Sólo habían transcurrido cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta. Aún era pronto para que fuera la comida, así que cogió el sólido palo que escondía junto a la puerta. No lo protegería de una pistola o un rifle, pero era lo único que tenía. Tras dar una rápida ojeada por la mirilla, volvió a guardar el palo y abrió la puerta para dejar entrar a su inesperado visitante.
—¿Qué quieres?
Devlin lo miró de arriba abajo y declaró:
—Estás hecho una mierda.
—Gracias. Si sólo has venido a insultarme, la conversación ha terminado.
Barak se dispuso a cerrarle la puerta a Devlin en las narices, pero el Paladín la empujó con el hombro y entró en el apartamento.
—¿Para qué has venido? —gruñó Barak.
Llegando hasta la cocina, Devlin cogió una de las tres cervezas que había en la nevera.
—Quería saber cómo te había ido el primer día de trabajo completo.
Barak se dio cuenta de que no se libraría del Paladín a corto plazo. Cogió su bebida y volvió a sentarse en el sillón.
—¿Por qué te interesa saberlo? —preguntó.
Devlin se acomodó en el sofá y abrió la lata de cerveza.
—Porque si este arreglo no funciona tenemos que empezar a hacer otros planes.
—Puedo elaborar mis propios planes, Bane. No eres mi niñera. —Una oleada de rabia ardiente recorrió el cuerpo de Barak—. Ahora cuéntame la verdadera razón de que hayas venido. Los dos sabemos que no es porque disfrutes de mi compañía.
—Laurel quería que comprobara cómo estabas. —Devlin curvó la comisura de los labios en un gesto desdeñoso—. Está preocupada.
Por primera vez en horas, Barak sintió deseos de sonreír. A pesar de la merecida reputación de Devlin de ser un frío asesino, su pareja lo manejaba con un hilo. Quizá tuvieran trabas en su relación, pero, desde luego, la suya era una relación de amor.
—Dile que estoy estupendamente —replicó Barak.
Devlin lo contempló unos segundos en silencio.
—¿Y por eso estás hecho una mierda? ¿Qué ha ocurrido? —dijo al cabo.
Barak no pensaba contarle a Devlin la verdad, así que utilizó el término que Lacey había usado para describir su reacción adversa a la montaña:
—Mal de alturas. Hoy, la doctora Sebastian y yo hemos visitado el monte Rainier. Es evidente que todavía no me he adaptado lo suficiente a este mundo para soportar las grandes altitudes. En cuanto haya comido, estaré bien.
Como si sus palabras hubieran hecho aparecer al repartidor de pizzas por arte de magia, el timbre de la puerta volvió a sonar, y Barak se resignó a tener a un Paladín como compañero de cena. Por suerte había encargado una pizza extra grande, pues pensaba irse alimentando de las sobras durante uno o dos días.
En aquel mundo, los buenos modales exigían que le preguntara:
—¿Quieres quedarte a cenar?
Devlin contempló la enorme caja y respondió:
—¿De qué la has pedido?
—De vegetales.
Barak ocultó una sonrisa anticipando la reacción de Devlin.
Como esperaba, el Paladín pareció sentirse asqueado.
—Sin duda, Laurel ha constituido una mala influencia para ti —dijo—, pero podré tragarme un poco de tu pizza. Hoy no he comido y Laurel ha tenido que cancelar nuestra cita para cenar.
Barak dejó la caja de la pizza encima de la mesa que había frente al sofá y cogió dos platos de la cocina.
—Sírvete tú mismo.
Ninguno de los dos sintió necesidad de mantener una conversación formal mientras engullían la totalidad de la sabrosa pizza menos una porción. Devlin contempló la porción y sonrió a Barak.
—Como es tu pizza, ésta te la dejo para ti —le dijo.
—¡Qué generoso! Ahora vete, quiero acostarme.
La sonrisa de Devlin desapareció.
—¿Necesitas ayuda?
—No, puedo arreglármelas solo.
¡Aunque se muriera en el intento!
—¿Mañana trabajas? —preguntó Bane, mientras cogía la caja de la pizza y los platos y lo llevaba todo a la cocina.
Cualquier otro día, Barak habría protestado, pero necesitaba toda la energía que le quedaba para llegar a la cama sin tener que arrastrarse por el suelo. Mientras Bane estaba fuera de su vista, se levantó del sillón con dificultad.
—Sí, me esperan a las diez —dijo—. La doctora Sebastian quiere que haga el mismo horario que ella hasta que aprenda mis responsabilidades.
Los ojos verdes de Bane veían demasiado. Se dispuso a ofrecerle apoyo a Barak, pero, en el último segundo, se contuvo.
—¿La doctora Sebastian te ha contado que su hermano es un Paladín? —preguntó.
Barak se esforzó en mantener un tono de voz neutro.
—Ayer nos conocimos.
El Paladín frunció el entrecejo.
—Deduzco que la experiencia no fue lo que se dice divertida.
—¡No, si a mí me gusta que un sin techo me clave una pistola en la espalda y me dé un puñetazo en la mandíbula! Estoy deseando volver a charlar con él mañana.
Devlin exhaló un suspiro.
—Ese loco no facilita las cosas —dijo—. Hablaré con él.
—No será necesario. Él sólo intentaba proteger a su hermana. Yo habría hecho lo mismo.
—¿Tú tienes una hermana?
Barak rechinó los dientes por haber dejado entrever aquel detalle.
—Yo no he dicho eso, sólo quería decir que, si un Paladín a quien no conociera se acercara a una mujer a la que yo quisiera, habría reaccionado de la misma manera.
—Si Penn continúa siendo un problema, házmelo saber.
Pero eso no sucedería. O Penn Sebastian aprendía a aceptar a Barak o volverían a enfrentarse con los puños. Barak no podía permitir que Bane o Laurel resolvieran siempre sus problemas. Eso sólo empeoraría las cosas para él.
Ocultando el esfuerzo que le costaba, Barak siguió a Devlin hasta la puerta.
—Se me había olvidado preguntarte... —dijo Barak—. ¿Cuál es la causa de que Laurel cancelara vuestra cita para cenar?
—A uno de los Paladines nuevos le clavaron una espada en las entrañas ayer, cuando la barrera se apagó. Es la primera vez que recibe una herida grave y no lo lleva muy bien. Laurel no quería dejarlo solo.
—¿Lo conocemos?
Claro que, en el fondo, no le importaba. Al menos, no mucho.
—Sí, se trata del joven al que le hiciste un corte en la cara el otro día. Creo que Laurel me dijo que se llama Roy. Un día más y estará bien, pero la primera vez que te hieren de esa forma es duro. —Devlin abrió la puerta del apartamento—. Mantenme informado de tus progresos. Y ten cuidado con Penn. Quizá no pueda manejar una espada, pero es un tirador de primera y un as con el cuchillo.
—¡Gracias, ahora me siento mucho más tranquilo!
Devlin rio con malicia.
—Podrás manejarlo —concluyó.
Barak se asomó a la ventana y contempló a Devlin hasta que desapareció de su vista. El imponente Paladín ya no era su enemigo, pero tampoco era exactamente su amigo. Vivir en aquel mundo extraño ya era, de por sí, bastante difícil, pero lo peor era no tener a nadie en quien poder confiar. Aunque, en realidad, debería estar acostumbrado a ese hecho, porque en su propio mundo también estaba solo. Su mundo era un lugar oscuro y los secretos constituían una forma de vida.
Sin embargo, en este mundo la mayoría de la gente parecía vivir rodeada de la ruidosa camaradería de los colegas del trabajo, la familia y los amigos. Salvo pocas y notables excepciones, las conversaciones terminaban bruscamente cuando él se acercaba y sólo se reiniciaban cuando estaban fuera del alcance de su oído, o al menos eso creían los demás. Pues bien, dejaría que los humanos creyeran que, porque su aspecto era similar al de ellos, sus sentidos también lo eran.
Aunque su vista no era más aguda que la de la media de los humanos, su oído y su olfato estaban mucho más desarrollados. Si la hubiera emprendido a golpes cada vez que había oído un comentario malicioso, habría estado peleando de sol a sol. Aquellos mezquinos no se lo merecían. Además, los de su propia especie odiaban a todos los humanos, como si no hubiera diferencias entre ellos, así que no podía culpar a los humanos por pensar igual.
Estaba deseando acostarse. Cuanto antes se deslizara entre las sábanas, antes se recuperaría de aquel doloroso cansancio.
Por primera vez en mucho tiempo había algo que le hacía ilusión, y eso era trabajar al día siguiente con Lacey Sebastian. Tenía que agradecerle su inesperada ayuda mientras bajaban de la montaña. Sin ella habría podido fallecer allí arriba, en las empinadas pendientes. Con seguridad, ella creía que su malestar se debía a la altitud. Quizá tuviera razón en parte, aunque lo cierto era que los fenómenos geológicos de todo tipo le afectaban profundamente.
Su cuerpo todavía no se había ajustado a la pulsación de las montañas locales y le costaba acostumbrarse incluso a un volcán relativamente tranquilo, como era el monte Rainier. A la larga podría sentir sus cambios sin encontrarse mal. Sólo esperaba poder seguir ocultando su afinidad a los estados de las montañas.
Con este pensamiento optimista en la mente, apagó las luces y buscó refugio en su cama deseando soñar con lo que había sentido al abrazar a Lacey.


Aunque esperaba la llamada, el estridente pitido del teléfono sobresaltó a Ben. Este dejó que sonara varias veces más antes de contestar.
—¿Diga?
—La próxima vez que la barrera se apague, llegará otro cargamento.
Ben hizo girar su silla para contemplar la puerta. Era poco probable que alguien entrara en su despacho sin una cita previa, pero no había llegado tan lejos siendo poco cuidadoso.
—Dígale a su amigo que la calidad de la última entrega era desastrosa —repuso al teléfono—. Las malditas piedras se disgregaron pocas horas después de recibirlas.
La voz del teléfono sonó totalmente indiferente:
—Se lo diré, pero no sé hasta qué punto él controla el material que le traen.
El hombre de más edad sacudió la cabeza.
—¡Sus problemas no me importan una mierda! —espetó—. Ya puede usted decírselo. Aquí, el que arriesga el cuello soy yo. Si Devlin Bane o Blake Trahern consiguen seguir la pista de Ritter, soy hombre muerto. Si no consigue que me compense arriesgarme, me largo.
Un silencio helado llegó hasta él a través de la línea telefónica.
—Creo que ya le he mencionado antes que no cite nombres. Y no me gusta tener que repetirme.
—Lo siento, no pensaba en lo que decía.
—Sí que pensaba —le corrigió la voz—, pero sólo en sí mismo y no en el plan global. Estamos todos juntos en esto. Si usted la jode, nos jode a todos. Y no permitiré que eso ocurra. ¿Ha quedado claro?
¡Mierda, tendría que haberse retirado dos años atrás! ¡Tendría que haberse negado a participar cuando lo abordaron por primera vez! ¡Tendría que haberse mantenido al margen! Eran muchas las cosas que tendría que haber hecho. Pero ahora lo único que podía hacer era decir:
—Sí, señor, muy claro.
—Estupendo. Ahora que hemos aclarado este punto, ¿hay algo más que deba saber? ¿Qué ocurre con ese Otro apestoso?
—Siguen trasladándolo de un lugar a otro, seguramente porque nadie quiere tener a esa mierda cerca durante mucho tiempo.
—Según he oído, viajó al Centro de Missouri con Bane, pero nadie parece conocer la razón.
Una vez más, el silencio pesó sobre ellos.
—Yo no he oído nada al respecto —dijo Ben—. Supongo que podría llevar a cabo algunas indagaciones, pero me temo que eso llamaría una atención indeseada sobre nosotros. Sé que lo han trasladado al departamento de Geología. Quizás ahora pueda averiguar más cosas sobre sus movimientos.
—Estupendo. Ese Otro es una complicación, y odio las complicaciones.
—Sí, señor, lo sé.
Como si lanzara un hueso a una mascota, el hombre que había realizado la llamada añadió:
—Ya hemos transferido el dinero a su cuenta. La cifra es ligeramente superior a la esperada.
Ben asumía todos los riesgos y, aun así, se suponía que tenía que agradecerles las escasas migajas que le lanzaban.
—Gracias, valoro su detalle —respondió.
—Asegúrese de hacerlo.
La comunicación se cortó.
Ben esperó unos segundos y marcó un número que se sabía de memoria.
—Quiero realizar una apuesta para la carrera del sábado.


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:43 pm

Capítulo 4
A la mañana siguiente, temprano, Barak estaba en un extremo de la calle que conducía al Centro. Sostenía una taza de café de Starbucks en una mano e intentaba confundirse en la riada de ciudadanos que se dirigían a sus lugares de trabajo. Algunos se quejaban en voz baja de que estuviera parado allí en medio, pero él tenía cosas más importantes en las que pensar que preocuparse porque alguien llegara tarde al trabajo.
¿Cómo podía entrar en el Centro sin tener que enfrentarse de nuevo a Penn Sebastian? El Paladín no le importaba en absoluto, pero después del desastre del día anterior en la montaña, no quería darle a Lacey Sebastian otra razón para rechazar su ayuda.
Por desgracia, Penn Sebastian estaba firmemente plantado cerca de la entrada. Barak se preparó, terminó su café y echó la taza en una papelera. Si tenía que pelearse, quería tener las dos manos libres.
Ajustó su paso al de varias personas que caminaban en la misma dirección esperando que aquel grupo de desconocidos lo cubriera hasta que llegara al callejón que conducía a la entrada del Centro. De momento, su estratagema pareció funcionar, pues Penn miraba hacia el otro extremo de la calle.
Su suerte duró el tiempo suficiente para permitirle cruzar la calle sin que Penn lo viera, pero entonces el Paladín volvió con lentitud la cabeza en su dirección y fijó la mirada en él. ¿Acaso había sido consciente de su presencia durante todo el tiempo? A juzgar por su expresión de suficiencia, era muy posible. Barak abandonó todo intento de esconderse entre la multitud y miró de frente al huraño Paladín.
Penn se adelantó unos pasos sin hacer caso del hecho de que los transeúntes se apartaran para evitar cualquier contacto con él. Más de uno sacó su móvil, quizá para pedir ayuda al 911 en el caso de que Penn realizara un gesto amenazador. Los pobres locos no sabían lo peligroso que era Penn en realidad, o que Barak era, como mínimo, igual de peligroso.
—Por lo que veo has regresado —dijo Penn, y los blancos dientes destacaron en su piel sucia.
—Me esperan. —«Aunque poca falta hace», añadió Barak para sus adentros.
—Eso me dijo mi hermana. —Penn adoptó un aire despectivo—. Por lo visto tienes la costumbre de dejar que las mujeres luchen tus batallas por ti, Otro. Primero la doctora Young, y ahora Lacey.
Aquello fue el detonante. Barak dejó a un lado cualquier comportamiento civilizado y se lanzó directamente al cuello de Penn.
—¡Mantén sus nombres fuera de esto, Paladín! —gritó.
Penn agarró las muñecas de Barak intentando apartárselas del cuello. Su cara estaba adquiriendo un peculiar tono rojizo cuando otro par de manos apareció detrás de Barak y lo apartó de Penn.
El Paladín aprovechó para recuperar el aliento.
—¡Te mataré por esto! —jadeó—. Y lo que dije lo mantengo. Deja de utilizar a mi hermana para esconderte detrás de ella.
Trahern sacudió la cabeza con enojo.
—¡Cállate, Penn! Como de costumbre, no sabes lo que dices.
Barak se desplazó hasta el bordillo de la acera y miró airado a Blake Trahern. ¿De dónde había salido? A juzgar por la expresión de Penn, él tampoco se había dado cuenta de que Trahern se aproximaba a ellos.
—¡Vete al infierno, Trahern! Esto no te incumbe —soltó Penn.
Obviamente, Barak no era el único que sacaba lo peor de Penn.
—Yo ya he estado allí y he vuelto. Todos hemos estado allí. —Trahern desvió su fría mirada en dirección a Barak—. Bane me ha enviado a buscarte. Tiene algo que quiere que veas.
—Dile que, ahora mismo, estoy ocupado.
Si los dos Paladines no se apartaban de su camino, llegaría tarde al trabajo. Barak les dio la espalda y se dispuso a entrar en el Centro.
La enorme mano de Trahern lo agarró por el hombro y lo hizo retroceder un paso, con lo que el mal humor de Barak volvió a encenderse. Si tenía que pelearse con los dos Paladines para que lo dejaran tranquilo, lo haría. Barak se abalanzó con rapidez sobre Trahern, quien consiguió esquivarlo en el último segundo, enviándolo por su propia inercia sobre Penn. Los dos hombres mantuvieron el equilibrio a duras penas.
Trahern volvió a separarlos y lanzó una mirada iracunda a Barak.
—¡Escucha, Otro —le dijo—, si quieres pelearte conmigo, por mí no hay problema, pero aquí no!
—Seguro que no te costará mucho vencerlo, Trahern; no después de que yo haya acabado con él —intervino Penn, e intentó apartar a Trahern de su camino; pero el corpulento Paladín se mantuvo firme en su posición.
Antes de que Barak y Penn sometieran a Trahern, una voz femenina se sumó a la reyerta:
—¡Maldita sea, Penn, te dije que dejaras tranquilo a Barak!
Barak aprovechó la intervención de Lacey para empujar a Penn y lo envió tambaleándose a la calle. Un taxi tocó la bocina con estridencia mientras lo esquivaba y Barak intentó dominar su rabia para no decirle algo a Lacey de lo que, más tarde, pudiera arrepentirse.
Trahern intervino antes de que Barak pudiera decir nada coherente:
—Doctora Sebastian, precisamente te estaba buscando. A Devlin Bane le gustaría tomar prestado a Barak durante unos minutos. Uno de nosotros lo acompañará a tu laboratorio cuando hayamos terminado.
—¡Vaya, gracias por preguntármelo, Trahern! —Lacey lanzó una mirada airada a los tres hombres—. Conociendo a Bane, seguro que te pidió que recogieras a Barak antes de que entrara a su puesto. Llévatelo si tienes que hacerlo, pero dile a Devlin que tenemos trabajo que realizar, así que vaya rápido.
Después de lanzarles a todos otra mirada reprobatoria, Lacey se alejó.
—Pues sí que ha ido bien la cosa. Estoy seguro de que estará de muy buen humor el resto del día.
El seco comentario de Trahern alivió la tensión que experimentaba Barak y le permitió recobrar el control de su temperamento. Barak se obligó a sí mismo a dejar de admirar el femenino contoneo de las caderas de Lacey mientras se alejaba. Aunque disfrutaba mucho de la vista, estaba seguro de que Penn Sebastian no apreciaría que contemplara de aquella manera a su hermana.
—¿Vamos a ver a Devlin? —preguntó—. Tengo la sensación de que cuanto más tiempo estemos fuera, peor será el humor de la doctora.
Penn ya se estaba sentando de nuevo sobre las sucias mantas que tenía en el suelo.
—Lacey también es bastante rencorosa. Con un poco de suerte, os estará esperando con una de mis viejas espadas para clavárosla en las entrañas —dijo.
Cerró los ojos y simuló quedarse dormido.
Trahern señaló el extremo del callejón con la cabeza.
—¡Vamos!
Barak ajustó su paso al de Trahern.
—Si no te importa que te lo pregunte —le dijo—, ¿la señora Nichols se está adaptando bien a la vida de aquí, en Seattle?
La expresión de Trahern se suavizó unos cuantos grados al oír el nombre de su mujer.
—Yo diría que mejor que tú.
Considerando el hecho de que Brenna sólo se había trasladado de una gran ciudad a otra, sin duda aquello era cierto. Barak, por su parte, había cruzado una frontera para entrar en un universo nuevo para él. Tenía que cuestionarse el gusto de Brenna en cuanto a su elección de pareja, pero lo que era indudable era la profundidad de los sentimientos de Trahern hacia ella. Y, por lo que Barak había oído, pocas personas habían visto sonreír al duro Paladín hasta que Brenna Nichols lo hizo entrar en vereda. Aunque Barak sólo la había conocido superficialmente, estaba convencido de que era una mujer fuerte, igual que la doctora Young.
Trahern tecleó el código de entrada al edificio y se hizo a un lado para dejar que Barak entrara primero. Una vez en el interior, Barak dejó pasar a Trahern para que lo guiara hasta el despacho de Devlin Bane. Le sorprendió poder entrar en la fortaleza de los Paladines sin que nadie disparara la alarma.
—¿Para qué me necesita Bane? —preguntó.
Trahern se encogió de hombros.
—Me dijo que fuera a buscarte y lo he hecho. Eso es todo lo que sé.
La forma tajante con que pronunció aquellas palabras no animaba a continuar la conversación, por lo que Barak no tuvo más elección que seguir caminando al lado de Trahern en silencio. En lugar de preocuparse por lo que Devlin quería, se concentró en el entorno. Era razonable que localizara cualquier vía potencial de huida del Centro. Estaba bastante seguro de que ni Bane ni Trahern constituían una amenaza real para él, pero no podía decir lo mismo del resto de la organización de los Regentes.
—El despacho de Devlin está más adelante, a la izquierda —le indicó Trahern. Efectuó un giro brusco y se alejó por donde habían llegado, dejando que Barak recorriera el resto del camino solo.
Cullen Finley levantó brevemente la vista del teclado de su ordenador y lanzó una mirada de pocos amigos en dirección a Barak antes de volver a centrar su atención en la pantalla llena de números. DJ estaba sentado al lado de Cullen y ninguno parecía haberse dado cuenta de que Barak se aproximaba, o no les importaba.
Eso a Barak ya le iba bien. Ya tenía bastante de luchar contra los Paladines para el resto de su vida. Además, quería regresar al laboratorio de Geología para estar junto a Lacey Sebastian. Quizá le cayera tan mal a ella como a aquellos tíos, pero, decididamente, ella era de mucho mejor ver que ellos, por utilizar una de las expresiones de Devlin.
Llamó a la puerta del despacho de Devlin. Oyó que él hablaba, seguramente, a través del teléfono, pues sólo percibió los latidos del corazón de una persona al otro lado de la puerta. Aunque Barak no podía oír lo que decía la persona que había al otro lado de la línea, era evidente que a Devlin no le gustaba. Barak volvió a llamar a la puerta.
—¡Maldita sea, deja de golpear la puerta y entra! —rugió Devlin del otro lado.
—Gracias, como siempre, por tu amabilidad —murmuró Barak mientras entraba y se sentaba en una de las sillas que había frente al escritorio de Devlin.
Devlin le lanzó una mirada iracunda mientras caminaba de un lado a otro de la habitación con el móvil en la mano. Entonces señaló unas bolsas pequeñas que estaban amontonadas sobre el escritorio.
Barak no necesitaba que se las señalara, pues había sentido su fría atracción nada más cruzar la puerta. En lugar de examinarlas de inmediato, permaneció inmóvil en la silla y cerró los párpados ignorando las leves oleadas de energía que recorrían su piel.
Salvo por algún residuo, las bolsas estaban vacías, pero era indudable que alguien las había utilizado para transportar piedras azules de su mundo. Los robos seguían. Él intentó advertir al Gremio de los Ancianos, pero ellos no quisieron escucharlo. En lugar de vigilar la barrera, le dijeron que nadie sería tan malvado como para robar a su oscuro mundo la poca luz de la que disponían.
Otra mentira entre tantas otras.
No pensaba mostrar temor delante de Devlin Bane, así que se inclinó hacia delante y examinó las bolsas. Por suerte contenían tan poco polvo que el brillo que se generó cuando él las tocó casi no se vio. Cuando Devlin colgó el teléfono, Barak dejó las bolsas y volvió a reclinarse en la silla deseando que las pequeñas chispas de luz se desvanecieran antes de que el Paladín las viera.
Aunque Devlin ya había visto cómo Barak iluminaba una de aquellas piedras, no sabía lo extraña que era esa habilidad entre los que eran como Barak, o qué otros dones iban asociados a ella.
—Son de tu lado de la barrera —dijo Devlin.
Barak no estaba seguro de si Devlin había manifestado algo que consideraba cierto o si le estaba formulando una pregunta. En cualquier caso, decidió contestar:
—Así es, lo son.
—Y el polvo azul que hay en el interior de las bolsas procede de piedras similares a la que Jarvis nos enseñó en Missouri.
Otra no-pregunta.
—Supongo que sí —repuso Barak.
—No utilices conmigo la estrategia enigmática de los inmigrantes, Barak. Recuerda que he sido yo quien te ha traído a este mundo y que puedo volver a sacarte de él. —Esbozó una sonrisa burlona—. Me moría de ganas de decírtelo.
Había muchas cosas en el sentido del humor de los humanos que Barak no entendía, así que permaneció en silencio y esperó a que Devlin volviera al tema que les concernía.
—Está bien, ahora en serio —prosiguió—, quería saber si las bolsas por ellas mismas tenían un valor especial en tu mundo.
Barak negó con la cabeza.
—No especialmente. A menudo se usan para transportar objetos personales. Quizá, si las analizáramos químicamente, podríamos determinar si todas fueron fabricadas o no por la misma persona, pero sin un patrón con el que compararlas, eso no nos llevaría a ninguna parte.
Devlin se dejó caer en la silla, la cual produjo un crujido de protesta.
—Lo que me temía, estamos dando palos de ciego —dijo.
Otra expresión que, para Barak, no tenía sentido palabra por palabra, pero la frustración que reflejaba la voz de Devlin hablaba por sí misma.
—¿Puedo llevarme un par de bolsas para ver si averiguo algo? —preguntó Barak.
El Paladín contempló el montón de bolsas que había sobre el escritorio durante unos segundos antes de levantar la mirada hacia Barak. Cogió un par de bolsas al azar y se las lanzó al Otro.
—¿Por qué no? —le dijo, y miró más allá de Barak, hacia la puerta que había a su espalda—. Pero no le comentes a nadie que te las he dado.
Barak comprendió las razones que tenía Devlin para ser prudente, aunque su actitud no le gustó. Ser siempre un marginado, primero en su mundo y ahora en el de los humanos, le estaba cansando.
—No, claro, no querríamos que nadie creyera que me has pedido un favor...
Su rabia apenas reprimida sobresaltó a Devlin, quien se enderezó en el asiento.
—¡Maldita sea, Barak, no es eso lo que quería decir! Intentamos mantener todo este jaleo en secreto. Sólo un puñado de personas de esta zona y Jarvis, en Missouri, saben que sospechamos lo que está ocurriendo. Hasta que sepamos en quién podemos confiar y en quién no, no debemos hablar de este asunto con nadie.
Barak no sabía qué era más sorprendente, si el hecho de que Devlin Bane se hubiera disculpado o que confiara en él.
—Veré qué puedo averiguar sobre las bolsas y te lo diré —declaró Barak con rapidez, e introdujo las pequeñas bolsas en el bolsillo de sus tejanos—. Ahora tengo que regresar al laboratorio.
Antes de que Devlin pudiera contestarle, el teléfono comenzó a sonar. Devlin contempló la pantalla del dial, descolgó el auricular con brusquedad y gruñó:
—Quieras lo que quieras, puede esperar. —Entonces señaló la puerta con la cabeza—. Averigua si Cullen o DJ pueden mostrarte el camino. Si están ocupados, ya te acompañaré yo cuando haya acabado de hablar con el idiota del ayudante del coronel Kincade.
Barak no tenía la menor intención de pedirle a uno de aquellos Paladines que le mostrara el camino al laboratorio. Además, Cullen ya no estaba en su escritorio, y DJ contemplaba la pantalla de su ordenador con una amplia y burlona sonrisa en la cara. Barak esperó hasta que DJ murmuró unas palabras y sus dedos volaron por el teclado antes de pasar con sigilo por detrás de él.
En lugar de volver por la ruta que Trahern había utilizado, Barak siguió sus instintos. Como suponía, habían dado varias vueltas innecesarias antes de llegar al despacho de Devlin, y Barak se preguntó si habría sido idea de Devlin o de Trahern. Pero no importaba. Se necesitaba algo más que un par de rodeos para desorientarlo. A diferencia de los Paladines, quienes sólo bajaban al subsuelo cuando se veían obligados a hacerlo, en su mundo orientarse constituía una forma de vida.
Barak siguió caminando hasta que llegó a la entrada del callejón, donde se detuvo para olisquear el aire. Cerró los ojos e inhaló con lentitud captando los distintos aromas. Percibió el leve rastro de la loción para después del afeitado de Trahern. Penn Sebastian había dejado su particular hedor en el vestíbulo. Su olor conducía al lavabo de los hombres, que estaba al final del pasillo, así que Barak se despreocupó de él. Otro hombre había entrado por la puerta que comunicaba con el exterior, pero era alguien a quien Barak no conocía.
Barak inclinó la cabeza a la izquierda e inspiró de nuevo saboreando la dulce fragancia de Lacey Sebastian. Lacey olía a flores y a sol y despedía un aroma que se correspondía con todo lo que era femenino y deseable para él. Aunque su cuerpo se estremeció en respuesta a aquel olor, Barak hizo caso omiso a su reacción. Se volvió en dirección al laboratorio de Geología y se preguntó cómo se sentiría Lacey si supiera que Barak podría seguirla en una oscuridad total por la forma en que aromatizaba el aire.
Pero, como a la mayoría de los humanos que lo conocían, a ella le habían enseñado a verlo como a un enemigo. Lo llamaban el Otro sin preguntarle cuál era su verdadero nombre. Su propia gente era tan deplorable como ellos, ignoraban el hecho de que los humanos eran primos hermanos de los de su especie y que existían sólo pequeñas diferencias entre ellos. La frustración y la rabia, compañeras constantes de Barak durante demasiado tiempo, ardieron en sus entrañas.
Se tragó una maldición lanzada a los dioses mientras se esforzaba para dominar el deseo de golpear a alguien... a quien fuera... pero no se le puso ningún blanco a tiro. Se encontró justo fuera de la puerta del laboratorio sin recordar cómo había llegado hasta allí. Como solía hacer, volvió a olisquear el aire. Allí, el aroma de Lacey era más intenso haciendo que su sangre se calentara y se acelerara por sus venas con anticipación. Barak sonrió. La desconfianza que Penn experimentaba hacia él por estar tan cerca de su hermana estaba bien fundada.
Abrió la puerta y entró en el laboratorio.


Lacey había descolgado el teléfono dispuesta a reprender a Devlin Bane por entretener a su ayudante durante tanto tiempo cuando oyó que la puerta del laboratorio se abría. Ya era hora de que Barak apareciera. En lo que a ella respectaba, cuando los Paladines le endilgaron a Barak perdieron todo derecho sobre el tiempo del Otro.
Y pensaba asegurarse de que él lo supiera.
Simuló estar interesada en las lecturas del monitor del monte Rainier, dejando a Barak plantado a su espalda. Después de un rato, miró hacia él por encima del hombro.
—Me alegro de que por fin te hayas dignado aparecer —dijo secamente.
Barak entornó los ojos y sus labios se curvaron, como si quisiera sonreír. Sin embargo, su rostro permaneció impasible.
—Lo siento —declaró—. Si hubiera sabido que Devlin Bane quería verme, habría llegado antes.
¡Mierda, odiaba tener toda la razón del mundo para estar indignada y que el objeto de su indignación se mostrara amable y arrepentido!
—Sí, bueno, espero que no vuelva a repetirse —prosiguió la doctora—. Una ayuda con la que no puedes contar es peor que ninguna ayuda.
Barak asintió con la cabeza.
—Me comprometo a no volver a llegar tarde nunca más, doctora Sebastian.
¡Ahí estaba otra vez, mostrándose amable cuando lo que ella quería era pelearse! ¿Qué había en él que la hacía sentirse tan irascible? No podía decirse que la acosara, pero era así como ella se sentía. Anotó unas cifras que, en realidad, no necesitaba y se desplazó a lo largo de la encimera. Barak la siguió, pero manteniendo cierta distancia.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó Lacey.
Barak frunció el entrecejo.
—Bien.
El tono de su voz indicaba a las claras que no quería hablar del tema. Peor para él.
—¿Los de tu tipo siempre se marean en los lugares altos? —prosiguió Lacey.
Ahora los ojos claros de Barak mostraron claramente su enojo.
—Los de mi tipo, como tú dices, reaccionamos de forma distinta ante las distintas circunstancias, exactamente igual que los de tu tipo.
¡Así que le había tocado una vena sensible!
—Lo siento. —Aunque en realidad no lo sentía—. Debería haberte preguntado si siempre te mareas en los lugares altos.
—No lo sé. Es la primera vez que subo a una montaña. ¿Tienes alguna otra pregunta irrespetuosa que quieras formularme?
Barak se acercó a Lacey, como si intentara intimidarla con su estatura.
Gracias a Penn y a sus amigos, ella había aprendido hacía tiempo a hacer caso omiso de ese tipo de comportamiento. Lacey puso los brazos en jarras y se le acercó invadiendo su espacio personal.
—No te lo pregunto para ser irrespetuosa, Barak, pero si vas a ser una carga para mí, necesito saberlo.
Al estar tan cerca de él, Lacey se sintió dolorosamente consciente de su presencia, como le ocurrió el día anterior en la montaña. Se había pasado la vida rodeada de Paladines, que eran los tíos más fuertes y duros del mundo, y el tamaño y la corpulencia significaban poco para ella.
Sin embargo, algo en Barak hacía que le resultara sexy y viril. Lacey retrocedió un paso, horrorizada de tener siquiera pensamientos como aquéllos respecto a él. Aunque vistiera ropa humana y hubiera aprendido algunas de las costumbres de los humanos, seguía siendo un Otro, alguien que había matado a su gente e invadido su mundo. Él debería haber muerto o regresado con los de su especie.
Barak debió de percibir parte de sus pensamientos, porque volvió a acercarse a ella y la acorraló contra la encimera sin siquiera tocarla.
—No pienso ser una carga para ti, Lacey —le dijo.
Su voz áspera y su extraña entonación hicieron que el nombre de ella sonara como una caricia y enviaron un profundo estremecimiento por su cuerpo.
Tenía que recobrar el dominio de la situación.
—Mira, Barak —empezó—. Siento que la intromisión de Devlin haya hecho que hoy empecemos con mal pie. ¿Por qué no sigues leyendo los manuales de las máquinas mientras termino de calibrarlas? Cuando hayas acabado, comentaremos las dudas que tengas.
Se deslizó a un lado y le dio la espalda a Barak. Aún sentía el calor de su cuerpo detrás del de ella, pero Barak no dijo nada durante varios segundos. Finalmente se apartó de ella. Lacey exhaló un suspiro y deseó que sus manos dejaran de temblar.
Durante varios minutos se concentró en su investigación, hasta que, de una forma gradual, fue consciente de que Barak la miraba fijamente con una expresión intrigada en el rostro. Cuando dirigió la vista hacia él, Barak apartó la mirada.
—¿Hay algo que quieras preguntarme? —dijo la doctora.
Barak frunció el entrecejo.
—Me preguntaba si alguien más ha estado en el laboratorio esta mañana.
—Que yo sepa no, pero es habitual que otros miembros del departamento pasen por aquí para comprobar las lecturas. Incluso algunos Paladines hacen lo mismo cuando los volcanes están activos. ¿Por qué lo preguntas?
—Algunas de mis notas están desordenadas.
Lacey dejó su tablilla sujetapapeles y rodeó la encimera hasta donde estaba Barak.
—Quizá lo hiciste tú mismo cuando las revisaste la última vez —dijo—. A mí me sucede continuamente.
—Puede que tengas razón —respondió Barak, aunque, a juzgar por la arruga de su entrecejo, era evidente que no lo creía.
—Si notas que alguna otra cosa está fuera de lugar, dímelo. No siempre cierro el laboratorio con llave cuando tengo que salir a toda prisa, pero podría hacerlo. —La mayor parte de su trabajo no constituía un secreto; sin embargo, no le gustaba la idea de que alguien fisgara en sus cosas—. También me encargaré de conseguir una copia de la llave para ti. No es mala idea reforzar un poco las medidas de seguridad.
No tenía que recordarle a Barak que algunas personas podían no apreciar su repentina incorporación al personal de Geología. Probablemente, la intrusión de Barak en su cerrada comunidad había contrariado a más de uno.
Cuando se puso en contacto con el departamento de Informática para permitir el acceso de Barak a los programas del ordenador del departamento, ellos se negaron en redondo. Ella le pidió a su jefe que interviniera, pero éste reaccionó más o menos igual. Finalmente abrieron una cuenta de correo electrónico restringida para Barak, pero eso fue todo lo que consiguió.
¿Cómo se suponía que trabajaría Barak sin poder utilizar los ordenadores? Lacey había pensado hablar con Devlin Bane para preguntarle si Cullen Finley o DJ estarían dispuestos a realizar alguno de sus trucos para ayudar a Barak. Si no, consideraría la posibilidad de dejarle utilizar su contraseña, aunque la idea no le gustaba mucho.
Mientras se alejaba de Barak, Lacey habría jurado que lo oía olisquear. Quizás estaba desarrollando una alergia a este mundo. Si era así, esperaba que ésta lo hiciera sentirse tan mal que quisiera regresar a su casa. En tal caso, todos estarían mejor.
Salvo, quizás, el mismo Barak, cosa que la preocupaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.


¿En qué pensaban esos malditos Paladines? Una cosa era tener a un monstruo vaciando cuñas urinarias para la doctora Young, y otra que le hubieran dado al Otro un trabajo de verdad en el departamento de Geología. Ben no se lo creyó hasta que lo comprobó personalmente y, además, el mismo Trahern había escoltado a aquel bastardo de aspecto espeluznante al interior del edificio.
Penn Sebastian parecía ser el único a quien le preocupaba realmente la decisión de permitir al Otro acceder al Centro, claro que a él no le gustaba que nadie se acercara a su hermana pequeña. Penn había desanimado a más de uno a salir con su hermana, ¡y eso que eran humanos! El hecho de que su enemigo mortal estuviera trabajando con ella debía de tener al lesionado Paladín subiéndose por las paredes.
Quizá Ben pudiera explotar esa debilidad. Se ofrecería para llevarle a Penn un bocadillo. Tendría que ser cuidadoso en la forma de aproximarse a él, pero unas cuantas comidas y una que otra taza de café caliente constituirían una pequeña inversión en lo que podía ser una relación fructífera. En el peor de los casos, Penn podía mostrarse arisco, pero incluso las bestias más salvajes podían domarse con paciencia.


Penn se movió intentando encontrar una posición más confortable. Las horas pasaban con lentitud mientras vigilaba el callejón que conducía directamente al Centro. En raras ocasiones tenía que hacer algo más que, simplemente, estar sentado sobre su montón de inmundicia. La mayoría de los refinados ciudadanos de Seattle aceleraban ligeramente el paso cuando pasaban junto a él actuando como si no existiera.
Unos pocos dejaban caer alguna moneda en la oxidada lata de melocotones que tenía delante de su manta. Penn suponía que debería sentirse culpable por aceptar su dinero, pero no era así. ¡Demonios, lo más probable era que les salvara el día permitiéndoles sentirse bien por ayudar a los menos afortunados! Además, teniendo en cuenta todo lo que había arriesgado y perdido luchando en una guerra invisible, lo menos que podían hacer era comprarle una ocasional taza de café.
Dudaba de que Lacey aprobara su actitud, pero él tampoco estaba muy contento con ella últimamente. ¿En qué estaba pensando, trabajando con Barak? Cuando se enteró de que ella había pasado todo un día con aquel bastardo en la montaña sin nadie que la protegiera, se puso hecho una furia. Después, cuando intentó hablar con ella, bueno, gritarle por la estupidez que había hecho, ella puso los ojos en blanco y se marchó dejándolo plantado.
Lo que más le preocupaba era aquella obstinada determinación de Lacey de cuidarse a sí misma. Entendía su necesidad de independencia, pero ella no era como él. A ella podían matarla con mucha facilidad. Al flexionar la mano y sentir el dolor que le producía, Penn recordó que incluso él no era completamente inmune a resultar herido.
El ruido de unos pasos hizo que deslizara la mano por debajo de la manta para coger la Glock que guardaba allí. Nunca había necesitado utilizar las armas para defender la entrada del Centro, pero siempre había una primera vez. Sobre todo ahora que Devlin permitía que un maldito Otro merodeara por las calles de Seattle como si perteneciera a aquel lugar.
—Relájate, Penn. Soy yo, Ben Jackson.
Penn lanzó una mirada de pocos amigos al intruso, cuyo rostro, al tener el sol poniente a las espaldas, permanecía en sombras. Penn relajó el dedo del gatillo, pero no soltó la pistola.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Voy a la cafetería de la esquina a comprarme un bocadillo. Esta salida me queda más cerca.
—La próxima vez avísame con anterioridad, o podría volarte la cabeza.
Penn sólo hablaba en broma a medias.
—Por descontado, Penn; tendría que haberlo pensado. —Ben avanzó un par de pasos y se volvió—. ¡Eh!, ya que volveré por aquí, ¿quieres que te traiga algo?
Normalmente, Penn habría aceptado de inmediato, pero las palabras de Ben parecían estudiadas. Se preguntó si el motivo de su salida no sería el de realizarle ese ofrecimiento. Pero ¿con qué finalidad? Penn asintió con la cabeza a desgana.
—Suena bien —dijo.
—¿Qué quieres?
Una vez más su voz contenía una leve nota de ansiedad.
—Lo que tú tomes me irá bien.
—Estupendo.
Penn se apoyó en la pared y mantuvo un ojo fijo en el especialista tecnológico hasta que desapareció a la vuelta de la esquina. Quizá sólo pretendía ser amable. Como Lacey le había indicado innumerables veces, últimamente su estado de humor era bastante malo. No le iría mal relajarse un poco.
Penn se dispuso a coger su billetera; por acto reflejo utilizó la mano derecha y una mueca de dolor apareció en su rostro. No estaba realizando los ejercicios que le había recomendado el médico con la frecuencia debida. Los ejercicios eran jodidamente dolorosos, así que la movilidad de su mano apenas había mejorado. Sin embargo, si quería regresar a los túneles algún día, tenía que superar el dolor y ejercitar sus tendones lesionados. Se mordió el labio inferior y empezó a realizar, con lentitud, una serie doble de ejercicios.
Justo cuando estaba acabando llegó su comida. Tras darle las gracias a Ben y entregarle un billete de diez dólares, Penn aceptó el bocadillo y el refresco. Ben intentó darle el cambio, pero Penn sacudió la cabeza.
—No te esfuerces —le dijo—. Esto es mucho mejor que lo que yo habría comido. Te lo agradezco.
—Como quieras. —Ben consultó su reloj—. Será mejor que me vaya, quiero terminar el crucigrama de la mañana antes de volver al trabajo.
Penn le sonrió.
—Si averiguas cuál es la ocho horizontal, házmelo saber. Debo de haber puesto algunas letras equivocadas, porque no consigo resolver esa parte.
Ben se alejó por el callejón mientras Penn daba un mordisco a su bocadillo. Después de tragárselo con un sorbo largo de su refresco, volvió a concentrarse en el crucigrama esperando que le llegara la inspiración antes de acabar de comer.


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:51 pm

Capítulo 5
Barak se había sentido intranquilo durante todo el día debido al tenue olor que percibía. Podía o no estar fuera de lugar, pero no llevaba suficiente tiempo en este mundo para saber cómo tenían que ser las cosas. Hasta que lo hiciera, sólo podía confiar en sus sentidos para mantenerse a salvo.
Y su olfato le decía que no era una coincidencia que el hombre cuyo olor había percibido por la mañana en la entrada del Centro fuera el mismo que había hurgado entre sus notas dejándolas algo desordenadas. ¿Lo había hecho a propósito, como una advertencia? Quizá simplemente estaba esperando para hablar con Lacey y había ojeado los papeles sólo por curiosidad.
Pero Barak tenía sus dudas, si no, no habría hecho lo posible para que Lacey no lo viera. Lo más probable era que alguien estuviera intentando averiguar lo que Barak hacía en el laboratorio de Geología, quizás alguien que creyera que él podía constituir una amenaza.
En el olor de aquel hombre no había rastro de las piedras azules, pero eso no significaba gran cosa. A menos que las piedras estuvieran en contacto directo con alguien que tuviera el don de manipularlas, actuaban como cualquier otra piedra preciosa, reflejando cualquier fuente de luz cercana y poca cosa más.
Probablemente, los Regentes no le permitirían seguir el rastro de aquel hombre por los despachos subterráneos, así que tendría que confiar en la suerte para encontrar a su elusiva presa.
—¿Por qué no haces una pausa para comer, Barak?
Lacey salió de su despacho y realizó unos estiramientos laterales para desentumecer la espalda. Esa acción enfatizó la suavidad de sus curvas y la estrechez de su cintura, y el cuerpo de Barak se encendió y endureció a causa de la necesidad. Desde que la conocía, sus noches estaban pobladas de sueños con ella en la cama, con sus resplandecientes ojos azules llenos de turbio deseo y sus largas piernas rodeándolo por las caderas. Barak volvió a dirigir la vista hacia sus notas para evitar que Lacey percibiera la pasión en su mirada.
Lacey apoyó una mano en el hombro de Barak y, con la otra, cerró el libro que él estaba leyendo. El Otro estuvo a punto de caerse de la silla.
—Vamos, Barak —le dijo—, llevas casi cuatro horas seguidas leyendo estos manuales. Ni siquiera yo podría estudiarlos durante tanto tiempo sin que me diera dolor de cabeza.
—Debo admitir que mi concentración se ha debilitado un poco durante los últimos minutos.
—Lo comprendo. Incluso me sorprende que puedas mantener los ojos abiertos.
Lacey se apartó un poco y él pudo ponerse en pie.
—Creo que saldré a comer algo. ¿Quieres venir conmigo? —preguntó Barak.
La invitación escapó de sus labios antes de que pudiera evitarlo.
Durante un largo instante, Barak creyó que Lacey estaba considerando la posibilidad de aceptar su invitación, pero entonces ella frunció el entrecejo y sacudió la cabeza.
—No, gracias, pero te agradezco la oferta. Me he traído algo de casa.
La idea de salir a comer perdió su atractivo, pero Barak no podía cambiar de opinión sin que ella sospechara algo. Además, el hecho de que tuviera que enfrentarse a Penn Sebastian al salir y al entrar del edificio aumentaba su reticencia a comer fuera.
Barak se dirigió a la puerta deseando encontrar una excusa creíble para quedarse. Una vez en el umbral, se detuvo para lanzarle una última mirada a la doctora. Para su sorpresa, ella lo estaba observando. Lacey se ruborizó cuando él la saludó con la cabeza antes de salir al pasillo. Por primera vez en horas, Barak tuvo ganas de sonreír.
Su sonrisa sólo duró hasta que llegó a la puerta que comunicaba con el callejón. Prefería no tener que pelearse con Penn Sebastian, pero el callejón era la única vía de entrada y salida que conocía en el Centro. Y era poco probable que le permitieran un acceso libre al resto del complejo para buscar otra puerta de salida.
Pero eso no era lo único que le preocupaba. Aquel olor elusivo estaba de nuevo allí. Barak giró poco a poco sobre sí mismo olisqueando el aire en todas las direcciones. El nauseabundo y dulce olor de loción barata para después del afeitado combinado con el olor a sudor masculino procedía de la dirección opuesta a la del laboratorio de Geología, lo que reforzaba la convicción de Barak de que el hombre había estado fisgoneando por el laboratorio en lugar de ir allí por una causa legítima.
La cuestión era por qué.
Para su sorpresa, el olor también era intenso en el callejón. Lo más fácil sería preguntarle a Penn quién había pasado por allí últimamente, pero lo difícil sería conseguir que el irascible Paladín le ofreciera una respuesta clara. Aun en el caso de que le cayera bien a Penn —lo que no era así—, el Paladín se preguntaría por qué Barak quería saberlo. Hasta que no tuviera pruebas más concretas acerca de que algo iba mal, tendría que guardarse sus preocupaciones para sí mismo.
Ni siquiera la doctora Young o Devlin Bane sospechaban de lo que era capaz gracias a sus sentidos, o que tenía uno o dos de regalo. Y Barak quería que eso siguiera así.
Mientras avanzaba por el callejón se aseguró de hacer suficiente ruido para alertar al Paladín de que se acercaba. Sin embargo, casi llegó al extremo que daba a la calle antes de que Penn se diera cuenta de su presencia, pues estaba demasiado ocupado comiendo un bocadillo.
Barak pasó junto a él sin pronunciar palabra mientras pensaba que aquélla sería la primera vez que se cruzara con él sin pelearse. Sin embargo, su suerte terminó cuando oyó el amartillar de una pistola. Barak se quedó paralizado entre paso y paso. Procurando no realizar un movimiento brusco, se volvió con lentitud.
—Pensé que esto llamaría tu atención. —Los dientes de Penn resplandecían con toda su blancura—. Nadie me ha informado de que fueras a salir solo del edificio.
—Es mi pausa para comer.
—Aun así estás saliendo solo.
Barak se estaba cansando de que vigilaran todos sus movimientos.
—¿Y?
—Que no me gusta la idea de que contamines alguno de los restaurantes de la zona. Tendrás que volver al trabajo con hambre. —Penn señaló con la cabeza hacia el callejón—. Aunque me encantaría pegarte un tiro aquí mismo preferiría no tener que realizar todo el papeleo necesario para explicar por qué merecías morir.
Aquello fue el colmo. Barak tenía que acatar las órdenes de Devlin e incluso las de Trahern, pero de ningún modo pensaba obedecer a los que eran como Penn Sebastian. Podía tener derecho a sentirse amargado por la herida de su mano, pero no tenía por qué recrearse en su miseria y, mucho menos, desahogarse con todos los que estaban a su alrededor.
No mataría al odioso individuo por Lacey, pero, sin duda, disfrutaría dejándolo maltrecho y amoratado.
—Y ¿quién va a impedírmelo?
—Nosotros. —Penn apuntó directamente al pecho de Barak—. Un disparo de esta pequeña y esparciremos tus tripas por toda la acera.
Y, a juzgar por la expresión de su cara, disfrutaría haciéndolo.
—¿Utilizas el mismo encanto con todo el mundo que pasa por aquí o sólo lo reservas para mí? —dijo Barak, y contuvo el aliento esperando obtener la respuesta que necesitaba.
—Sólo para ti, monstruo. Cuando uno de los miembros del departamento de Informática pasó por aquí hace un rato, yo era la imagen misma del encanto. Ahora, vuelve dentro o muere. Tú eliges.
Eso no ocurriría de ningún modo. A regañadientes, Barak avanzó un par de pasos hacia el otro extremo del callejón siendo consciente de que Penn seguía todos sus movimientos y lo apuntaba con la pistola.
Pero, en el último segundo, Barak se volvió y cargó contra Penn. Como creía, el Paladín no pensaba usar la pistola en un lugar público, pero, no obstante, se levantó con ímpetu de su manta para enfrentarse a Barak cara a cara, los dos dispuestos a golpear al otro hasta dejarlo sin sentido.
Barak no tenía intención de resultar vencido. Utilizó todos los movimientos de ha'kai que pudo para desconcertar a Penn mientras, al mismo tiempo, esquivaba todas sus tácticas de lucha sucias y barriobajeras.
Barak le propinó un puñetazo a Penn en el estómago mientras éste conseguía encajarle un golpe tremendo en la mandíbula. El sabor acre de su propia sangre llenó la boca de Barak, quien escupió mientras rodeaba con las manos el cuello de Penn y se lo apretaba. Sólo la idea de que Lacey lo odiaría para siempre evitó que le cortara la respiración a Penn de una forma permanente. Así que decidió dejarlo sin habla el tiempo suficiente para que lo escuchara.
—Si quieres volver a respirar, Paladín, será mejor que me escuches —le dijo—. Yo soy la materia de la que están hechas tus pesadillas. Sigue molestándome y haré que la herida de tu mano parezca una tontería.
Barak alivió la presión de sus manos.
La rabia y la vergüenza de los ojos de Penn hablaban por sí solas.
—¡Suéltame... ahora... mismo!
Las palabras de Penn sonaron tan jadeantes como su respiración.
Barak se apartó un poco para permitir que Penn recobrara parte de su dignidad, pero no tanto como para que escapara a su control. Penn no se lanzó a propinarle puñetazos de inmediato, así que Barak se apartó de él por completo. Se miraron con furia sin que ninguno de los dos quisiera ser el primero en parpadear. Penn perdió. La sonrisa de Barak mostró una buena dentadura y ningún sentido del humor.
—Tienes toda la razón del mundo para odiarme, Paladín, pero a mí no me importa un carajo —dijo—. Tengo planeado construirme una vida aquí. Interfiere en mis planes y morirás. Otra vez. Pero en esta ocasión, para siempre.
Barak masculló todas y cada una de sus palabras con tanto veneno como pudo reunir.
Las fosas nasales de Penn se expandieron y sus ojos se entornaron con una fría rabia.
—Los de tu especie ya lo han intentado y han fallado —replicó—. Ven a por mí y ya veremos quién de los dos tiene que marcharse.
Barak se enderezó.
—Ahora soy yo quien se marcha, pero después volveré. —Entonces cogió la pistola de Penn—. Y traeré esto. Sólo mírame mal, jodido bastardo, y no titubearé en apretar el gatillo.
Penn no pensaba acobardarse.
—Tengo más en el sitio de donde saqué ésta.
—Las balas constituyen una forma rastrera de matar, pero las espadas demuestran la verdadera valía de un guerrero. Cuando quieras enfrentarte a mí, házmelo saber.
A continuación, Barak se alejó, preguntándose a cada paso si una bala penetraría en su espalda para explotar en su pecho. Aun así, avanzó con paso firme rehusando mostrar cualquier signo de debilidad delante de su acérrimo enemigo. Cuando tomó la esquina al final del callejón, se sintió como si hubiera estado corriendo durante horas en lugar de haber recorrido una manzana de edificios caminando.
Barak introdujo la pistola en la parte trasera de su pantalón y la tapó con su chaqueta. De momento, su único problema consistía en decidir dónde comer. Vislumbró su imagen en un escaparate. Tenía manchas de sangre seca en la cara y la camisa. Si alguien lo veía así, en lugar de anotar su pedido, lo más probable era que llamase a la policía.
Barak se frotó la barbilla con la mano esperando poder eliminar la mayor parte de las manchas. A Lacey le daría un ataque si regresaba al laboratorio con aquel aspecto. Lo último que quería era que ella tuviera que elegir entre él y su hermano, sobre todo porque sabía a quién elegiría.
Se dirigió a su apartamento para cambiarse de ropa. Por suerte, la mayoría de sus camisas eran negras, así que era poco probable que Lacey se diera cuenta de que se la había cambiado. De todos modos, si ella le formulaba alguna pregunta, le contaría parte de la verdad: que se había salpicado con algo.
Varias manzanas después y antes de subir las escaleras que conducían a su apartamento, sacó las llaves de su bolsillo. Prefería no entretenerse en el rellano más tiempo del estrictamente necesario. Hasta el momento, ninguno de sus vecinos se había quejado de que viviera en el edificio. La creciente oleada de inmigrantes en el país había acaparado los titulares de la prensa últimamente, pero él se había esforzado en mostrarse amable y discreto, pues no deseaba llamar la atención sobre sí mismo.
La tenue luz del interior del apartamento calmó su vista. Poco a poco se estaba adaptando a la brillante luz de aquel mundo, pero tanta luz le producía dolor de cabeza. Debido a su fisiología, que era distinta a la de los humanos, la doctora Young era reacia a proporcionarle los analgésicos habituales, al menos hasta que dispusiera de más tiempo para investigar los efectos que podían producirle.
Aunque sus intenciones eran buenas, Barak temía que cualquier información que ella obtuviera entrase a formar parte de la base de datos de los Regentes. Y eso era lo último que él quería. Los Paladines del mundo entero explotarían cualquier debilidad que ella descubriera para utilizarla como arma contra su gente. Así que, aunque respetaba a Laurel, no deseaba confiarle sus secretos.
En consecuencia, su vida era muy solitaria. Después de lavarse la cara con agua fría, Barak se secó y cogió una camisa negra de su armario. Si se daba prisa, podría comprar algo de comida para llevar en la tienda que había más abajo, en la misma calle. Una ensalada y una bebida energética le ayudarían a aguantar el resto de la tarde.
Una vez en la tienda de comestibles, Barak cogió antes de salir una segunda bebida. Albergaba serias dudas de que Penn aceptara su ofrenda de paz, pero experimentó la inesperada necesidad de intentarlo.


Trahern estiró sus largas piernas frente al escritorio de Devlin.
—¿Tu mascota te ha contado algo interesante sobre las bolsas?
Devlin lanzó una mirada irascible a su amigo. Se estaba cansando de que sus colegas le provocaran en relación con Barak, pero si ahora se burlaban de él, eso no sería nada comparado con lo que harían si él mordía el anzuelo.
—No —respondió con calma—. Barak me ha dicho que las fabrican en su mundo y que las utilizan para transportar pequeños objetos personales.
—¿Crees que sabe más de lo que nos cuenta?
—Como no sabemos una mierda, yo diría que sí. —La frustración hacía que a Devlin se le formara un nudo en el estómago—. Le he dejado que se lleve un par de bolsas por si puede contarnos algo más después de examinarlas, aunque no tengo grandes esperanzas al respecto.
Los ojos de Trahern se volvieron un poco más fríos.
—¿Crees que cruzó a este lado para conseguir su parte en el comercio de las piedras? —prosiguió.
Devlin se encogió de hombros.
—Ojalá lo supiera. Él no podía saber que no lo mataríamos, dijera lo que dijera Laurel. Y, aunque no lo destripáramos en los túneles, los accidentes ocurren continuamente.
Trahern esbozó una sonrisa helada.
—Y, si es necesario, todavía pueden ocurrir —dijo—. Pero, por lo que yo sé, desde que le perdonamos la vida Barak se ha comportado correctamente. Ha tenido un par de roces con algunos de los reclutas nuevos, pero eso era de esperar. Según todos los informes, es un trabajador responsable y, la mayor parte del tiempo, no se mete con nadie.
Devlin se pellizcó el puente de la nariz deseando que aquel interminable dolor de cabeza desapareciera.
—Sí, yo opino lo mismo, pero desearía saber más acerca de él y de las razones por las que cruzó a este lado. Aunque no forme parte de la red de contrabando, apostaría que sabe más acerca de las piedras de lo que nos ha contado.
—Siempre podríamos persuadirlo para que nos lo contara. —Trahern se volvió hacia la colección de espadas y cuchillos que colgaban de la pared del despacho de Devlin—. Estoy seguro de que no tardaríamos mucho en convencerlo.
—Quizá no, pero sospecho que, en tal caso, Brenna y Laurel utilizarían nuestras entrañas como ligas.
Y ellos estarían encantados. Devlin nunca creyó que llegara el día en que dos mujeres supieran lo que él y Trahern eran y, así y todo, los amaran. Antes de que Brenna lo conociera y lo arrastrara de nuevo a la normalidad, Trahern había estado a punto de cruzar la línea de la locura.
—Volveré a telefonear a Jarvis para averiguar si su equipo ha encontrado más piedras azules —añadió Devlin—. No quiere arriesgarse a enviarme la que tiene; claro que no lo culpo. Prometió enviarme una copia de la información que obtuviera sobre la maldita piedra y yo contaba con recibir noticias suyas hace tiempo.
Trahern arrugó el entrecejo.
—¿Por qué no me dejas preguntárselo a mí? Es posible que se muestre más predispuesto a contestar a mis preguntas.
Devlin esbozó una leve sonrisa.
—Te lo agradezco. El coronel Kincade me ha pedido otro programa revisado de nuestro trabajo y, ¡cómo no!, lo quiere para ayer. No sé qué tiene de malo el último que le envié. Además, por la forma en que la barrera ha estado actuando últimamente, no tiene sentido planificar nada. En cuanto le envío un programa, el volcán vuelve a escupir lava y todo se va al carajo.
Trahern esbozó una sonrisa rápida de pocos amigos antes de poder disimularla. Todos los de la organización odiaban al coronel Kincade, especialmente los Paladines. Resultaba difícil decir si el hombre era un incompetente o si, en realidad, la vida de quienes estaban a su mando no le importaba nada.
Trahern se levantó, se desperezó y bostezó.
—Será mejor que me vaya antes de que caiga redondo —anunció—. Mantén los dedos cruzados para que la montaña decida comportarse durante un par de días.
—Sí, ve a dormir. La llamada a Jarvis puede esperar hasta mañana. Ya te informaré de lo que me diga.
Devlin contempló a su amigo mientras salía por la puerta. La noche anterior, la barrera había fluctuado como un yoyó, así que no era extraño que Trahern tuviera un aspecto de mil demonios. Pero resultaba agradable verlo actuar como era en realidad, logro que se debía a la reaparición de Brenna Nichols en su vida. Trahern era un hombre con suerte. Los dos lo eran.
Justo cuando empezaba a revisar el programa para Kincade, se oyó un golpe suave en la puerta. Devlin levantó la vista aliviado ante la oportunidad de distraerse de su trabajo.
—¡Entre!
Una cara familiar asomó por la puerta.
—¿Interrumpo algo importante?
Sin esperar una respuesta, Laurel se deslizó dentro de la habitación y cerró la puerta con llave tras ella.
El estado de ánimo de Devlin mejoró de inmediato, sobre todo después de ver la bolsa que ella transportaba.
—¿Qué es eso? —le preguntó a la doctora.
—Tu cena.
Laurel dejó la bolsa sobre el escritorio, lo rodeó hasta Devlin y se desabrochó la bata del laboratorio. Debajo no llevaba gran cosa, y las tiras de encaje le sentaban endiabladamente bien. La sonrisa que esbozó Laurel mientras se sentaba a horcajadas sobre el regazo de Devlin hizo que la sangre del Paladín se dirigiera a la parte inferior de su cuerpo.
—¿Qué quieres que sea, el aperitivo o el postre? —dijo la doctora.
—Los dos. Se me ha despertado un apetito enorme.
Laurel deslizó las manos por los hombros de Devlin.
—Ayer por la noche te eché de menos.
Devlin la acercó a su cuerpo.
—Yo también te eché de menos —contestó—. Fue una noche dura.
La acercó más a él para darle un beso profundo y ella se balanceó sobre su regazo.
Devlin apartó los montones de papeles que había encima del escritorio, haciéndolos volar por el aire, y sentó a Laurel en el borde de la mesa. El programa para Kincade flotó hasta el suelo, donde Devlin tenía planeado dejarlo hasta que todos sus apetitos quedaran satisfechos.


—Quiero ir contigo.
Barak utilizó un tono de voz respetuoso pero firme.
Lacey acababa de anunciarle, de forma inesperada, que pensaba instalar varios sensores en el laberinto de túneles que serpenteaba a lo largo de las líneas de fallas y cerca de los volcanes de la región. Su propósito era comparar las lecturas a distintas distancias del monte St. Helens, el más activo de los volcanes locales. Los túneles que se extendían por debajo de Seattle eran el lugar lógico para que colocara los sismógrafos.
Los túneles también eran el último lugar del mundo por el que una mujer debía andar sola, y ella debería saberlo. Los Paladines eran los guerreros mejor entrenados del mundo y, de una forma rutinaria, morían en esos túneles cada vez que la barrera se apagaba. En tal caso, Lacey estaría indefensa frente a la oleada de locos congéneres de Barak cuando éstos cruzaran la barrera con las espadas en alto y la muerte en los ojos.
Como mínimo, necesitaba que alguien le cubriera las espaldas. Pero, para empezar, ni siquiera había pedido permiso para utilizar los túneles en su investigación, de modo que no valía la pena pedirles ayuda a los Paladines, pues sabía que se negarían a permitirle el acceso.
Lacey dejó en el suelo su equipo de instrumentos y lanzó una mirada airada a Barak.
—No necesito una niñera —le espetó—. Sólo estaré fuera un par de horas como mucho. Tú puedes quedarte aquí y vigilar las lecturas. Si empiezan a volverse locas, llámame. Me llevaré el móvil.
Barak se interpuso en su camino.
—Los móviles no funcionan cerca de la barrera —advirtió.
Él no lo sabía con certeza, pero sospechaba que era así. Además, hacía tiempo que quería pasar algún tiempo abajo, en los túneles, y aquélla podía ser su única oportunidad.
Los ojos azules de Lacey se encontraron directamente con los de Barak.
—Devlin me cortará la cabeza si te llevo allí abajo conmigo.
—Y tu hermano me la cortaría a mí si te hirieran, o algo peor, y yo no hubiera hecho nada para evitado.
—Ni siquiera Penn podría culparte si yo la cago.
Barak arqueó una ceja y esperó a que ella reconociera la falacia que se ocultaba detrás de su afirmación. Penn culpaba a Barak incluso por respirar el mismo aire que ella. Si permitía que se metiera en una situación peligrosa ella sola, el Paladín disfrutaría despedazando a Barak en pedacitos minúsculos. Y lo más probable era que Devlin y Trahern lo ayudaran.
Lacey volvió a coger su equipo y rodeó a Barak.
—Me voy, apártate de mi camino —ordenó.
—¡No!
—¡Barak, quítate de en medio o búscate otro trabajo!
Barak había visto la tozuda elevación de barbilla en la cara de su hermano muchas veces para saber que pelearía antes de rendirse, aunque ello implicara un riesgo para su vida.
¡Pues peor para ella! Barak se colocó delante de la puerta, dispuesto a presentar batalla si era necesario.
—Llévame contigo o telefonearé a Devlin —dijo—. O, mejor aún, a tu hermano.
Lacey no aceptaba una derrota con facilidad.
—No veo que lleves ninguna arma. ¿Qué vas a hacer si nos tropezamos con alguno de tus amigos? ¿Mirarlos con furia hasta matarlos? Al menos yo llevo una pistola.
—No puedes usar armas de fuego cerca de la barrera. ¿Qué entrada a los túneles tienes planeado utilizar?
—La que está debajo del puesto de mando de los Regentes.
—Estupendo. Nos detendremos en el gimnasio para coger una espada.
Las espadas de prácticas no estaban diseñadas para ser utilizadas en un combate real, pero era lo mejor que podía conseguir en aquellas circunstancias.
Barak supo que había ganado cuando ella le tendió la caja que contenía el equipo.
—De acuerdo —dijo Lacey—. Tú lleva ésta y yo cogeré el resto de los instrumentos.


De momento, todo iba bien. Lacey y Barak habían conseguido llegar al puesto de mando de los Regentes, coger una espada y desplazarse hasta la boca de las escaleras que conducían a la sala de los archivos sin que nadie se lo impidiera. Barak había tardado mucho tiempo en escoger una espada, pero cuando Lacey se quejó, él le indicó que sus vidas podían depender de su elección.
La barrera junto a la que Lacey tenía planeado instalar su equipo tenía un largo historial de estabilidad. Sin embargo, no había ninguna garantía de que siguiera así, sobre todo después de que un guardia traidor hiciera lo posible por apagarla de forma definitiva. Los Regentes habían intentado, sin éxito, mantener esa información en secreto, sobre todo porque Barak constituía una prueba viviente de que algo había ido muy mal.
Lacey empezó a descender por las escaleras con Barak pegado a sus talones.
—Creía que los Regentes dispondrían de algún tipo de sistema de seguridad para proteger sus archivos —dijo en voz baja.
—En general, lo tienen.
No obstante, ella había conseguido averiguar el horario de trabajo de Brenna Nichols en la sala de los archivos dotada de sensores ambientales y que estaba situada varias plantas más abajo. Lacey contaba con que Brenna era nueva y no estaría familiarizada con los protocolos. Si Lacey y Barak actuaban como si utilizaran habitualmente aquella sala para acceder a los túneles, lo más probable era que Brenna no sospechara nada. Y, aunque lo hiciera, Lacey pensaba estar en el ascensor camino de los túneles antes de que pudiera dar la alarma.
Cuando llegaron al final de las escaleras, Lacey se sintió aliviada al ver que el dispositivo de seguridad de la pared estaba a oscuras, o sea que estaba apagado. La puerta se abrió con facilidad. No había nadie a la vista, pero eso no significaba nada. Como las luces se encendían con el movimiento, el foco de luz que había en el extremo derecho de la sala indicaba la localización de Brenna.
Lacey miró por encima de su hombro hacia Barak, quien estaba detrás de ella con su habitual actitud de calma. Pero su expresión estoica y su silencio no engañaban ni por un segundo a Lacey. Cuando lo provocaban, Barak era capaz de reaccionar de forma muy violenta. Lacey se preguntó, y no por primera vez, por qué ese rasgo suyo no la preocupaba como debería. Los de su especie eran conocidos por ser unos locos asesinos. Los pocos que habían logrado escapar de los túneles a la superficie seguían matando indiscriminadamente, sin respetar a los niños y, mucho menos, a las mujeres. Pero ella confiaba en Barak tanto como en los Paladines con los que había crecido. Sus instintos le indicaban que él no le haría daño, al menos no de una manera intencionada.
—¡Vamos! —dijo.
Lacey entró en la sala de los archivos con su equipo y un montón de nervios en el estómago. Los planos del edificio que había encontrado espiando el sistema informático de los Regentes indicaban que el ascensor se encontraba en la esquina del extremo izquierdo de la sala.
Ni ella ni Barak hablaron mientras atravesaban la habitación y las tenues luces se encendían y apagaban a su paso. Los archivadores eran demasiado altos para que Lacey percibiera las idas y venidas de Brenna y, de momento, lo único que oía eran los fuertes latidos de su corazón y el suave roce de sus pasos y los de Barak.
Casi habían llegado al ascensor cuando Trahern salió de detrás de la última fila de archivadores. Tenía restos de pintalabios en la mejilla, aunque eso no suavizaba su expresión de recelo. Lacey habría podido convencer a Devlin para que la dejara continuar con su misión, pero nada haría cambiar de opinión a Trahern si él decidía que los planes de Lacey no eran oportunos.
—¡Hola, Blake! —lo saludó Lacey en un intento por ganarse su simpatía.
El hecho de que utilizara su nombre de pila no suavizó la expresión de Trahern en absoluto. Sin lugar a dudas, había decidido adoptar la actitud de un guerrero.
—Doctora Sebastian —dijo—, ¿qué demonios estás haciendo aquí con él?
Trahern lanzó una mirada furiosa más allá de Lacey, en dirección a Barak.
—Estoy haciendo mi trabajo —repuso la doctora, sugiriendo el hecho de que era poco probable que a Trahern le hubieran asignado vigilar la sala de los archivos.
—Lo único que hay por aquí es el ascensor que conduce a los túneles —repuso el Paladín.
—Sí. Voy a instalar el equipo para monitorizar las áreas que el sargento Purefoy dañó. Es importante para nosotros saber si consiguió que la zona fuera menos estable.
—Y ¿por qué no hemos oído nada sobre esta cuestión?
—¿Qué cuestión? —Brenna Nichols salió de detrás de Trahern. Cuando le tocó el brazo, él bajó la vista hacia ella y su mirada se suavizó—. ¡Creí que era la única que estaba tan loca como para querer pasar horas aquí abajo!
Lacey le tendió la mano.
—Soy Lacey Sebastian, la hermana de Penn Sebastian. Trabajo como investigadora en el laboratorio de Geología. Y él es Barak Q’Young.
Brenna sonrió ampliamente antes de contestar:
—Barak y yo ya nos conocemos. ¿Cómo le va en su nuevo hogar?
—Me va bien, señorita Nichols —repuso el Otro—. Siento que la hayamos interrumpido mientras trabajaba.
Lacey contuvo el impulso apremiante de soltar una risita cuando vio que Brenna se sonrojaba y entrelazaba los dedos de su mano con los de Trahern.
—No pasa nada. Necesitaba un descanso, pero ahora tengo que volver al trabajo.
Brenna tiró del brazo de Trahern y él sacudió la cabeza.
—Enseguida voy —le dijo el Paladín a su compañera.
La ardiente mirada que le lanzó a Brenna estaba tan cargada de apasionadas promesas que a Lacey le sorprendió que la alarma contra incendios no se disparara. No pudo evitar sentirse un poco celosa, pues hacía tiempo que a ella nadie la miraba de aquella manera. Bueno, salvo por el momento ardiente que había compartido con Barak en la montaña.
Entonces Trahern volvió a convertirse en el temible Paladín.
—Déjame ver tu autorización para andar por los túneles —le soltó a Barak.
Barak contestó antes de que la doctora pudiera pensar en una respuesta creíble:
—Por desgracia, me he dejado ese documento en el laboratorio. No teníamos ninguna razón para creer que nuestra presencia en los túneles se cuestionara.
Trahern entornó los ojos.
—Aunque tengáis un permiso para bajar a los túneles —replicó Trahern con un tono de voz que cuestionaba a las claras este hecho—, estoy convencido de que no lo tienes para llevar una espada en ningún lugar salvo el gimnasio.
Barak se colocó con sutileza delante de Lacey.
—Nadie me ha dicho lo que debo o no debo hacer, Trahern —dijo—. Llevo la espada para proteger a la doctora Sebastian y la devolveré al gimnasio en cuanto hayamos terminado. Tendrás que contentarte con eso.
Trahern lo miró larga e intensamente antes de volver a centrar su atención en Lacey.
—¿Necesitas que te acompañe? —le preguntó.
Barak se sorprendió a sí mismo esperando que ella rechazara la oferta de ayuda de Trahern. Conteniendo el aliento, esperó para ver si Lacey confiaba en que él solo pudiera protegerla o si se sentiría mejor al tener a un Paladín como escolta.
—Estaremos bien, Blake —contestó la doctora—. No tengo planeado estar por ahí abajo mucho rato, y la zona ha permanecido estable incluso después de que Purefoy manipulara la barrera.
La tensión de los hombros de Barak se relajó, pero no toda. Era probable que Trahern insistiera en ir con ellos o que llamara a Devlin Bane para pedirle su autorización. Barak estaba dispuesto a transmitirles cualquier información que descubriera en los túneles acerca de las bolsas o las piedras azules, pero sólo hasta cierto punto.
Al final, Trahern pareció tomar una decisión:
—¿Cuánto tiempo tienes planeado estar ahí abajo?
Lacey sonrió, pues sabía que acababa de ganar la batalla.
—Una hora más o menos. Seguro que menos de dos —dijo.
El Paladín asintió con la cabeza.
—Está bien. Llamaré el ascensor por ti, pero, si necesitas ayuda, envíamelo de vuelta. Si te encuentras con problemas, utiliza los teléfonos de cable de los túneles, porque los móviles no funcionan cerca de la barrera.
—Lo sé. —Lacey se pasó el equipo de una mano a otra—. De todas maneras, gracias, Blake.
Trahern volvió a desviar sus ojos color hielo hacia Barak.
—Tráela de vuelta y de una pieza dentro de dos horas, si no, iré a por ti. —Entornó los párpados y añadió—: Y no llevaré una espada de prácticas conmigo.
Harto de que todo el mundo lo mangoneara, Barak apretó el puño de la espada, por mala que fuera.
—No amenaces a la ligera, Trahern —dijo—. Si crees que puedes derrotarme, hazlo. De lo contrario, déjanos pasar, que llegamos tarde.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:52 pm

Capítulo 6
Sin esperar respuesta de Trahern, Barak se alejó dejando que Lacey lo siguiera como pudiera. El Paladín los alcanzó junto a la puerta del ascensor, tecleó una serie de números y se hizo a un lado.
Lacey desplazó el peso de un pie a otro, la única muestra de que la tensión que reinaba entre los dos hombres la preocupaba. Claro que ella estaba más familiarizada que la mayoría de las personas con el temperamento explosivo de los Paladines.
Las puertas del ascensor se abrieron y Trahern colocó la mano frente al sensor para contenerlas.
—Tú primera, doctora, y quédate al fondo —ordenó.
—¿A santo de qué? —replicó ella.
Evidentemente, a Lacey le gustaba tan poco como a Barak recibir órdenes.
—De este modo —explicó Trahern—, si alguno de los viejos amigos de Barak está esperando ahí abajo, él podrá actuar sin tener que esquivarte. Él sabe cómo luchar, así que, si se da el caso, deja que lo haga.
La explicación de Trahern aplacó el mal humor de Lacey, aunque se sintió algo más preocupada por los riesgos que estaban a punto de asumir.
—No me interpondré en su camino —dijo al fin.
—Nos vemos dentro de un par de horas.
Trahern pulsó el botón interior que cerraba las puertas y los envió en un descenso en picado a la profundidad de los túneles. La última visión que Barak tuvo de Trahern le indicó que el Paladín realizaba una llamada con su móvil, y tuvo la certeza de que Devlin estaba a punto de ser advertido sobre su paradero actual.
Aunque odiaba que lo vigilaran continuamente, en esa ocasión no constituía una mala idea. Si la barrera, al fin y al cabo, era inestable, prefería que alguien supiera que Lacey y él estaban allí abajo.
El estómago le dio un ligero vuelco a causa de la inesperada velocidad del ascensor; otra maravilla construida por aquella gente. En su mundo, sólo utilizaban escaleras debido al elevado coste de la energía requerida para hacer funcionar la maquinaria.
Sentía el calor del cuerpo de Lacey directamente detrás de él, y su aroma dominaba el aire viciado del pequeño espacio. Barak se dio cuenta de que ser consciente de ella de tantas formas lo calmaba en ciertos aspectos y lo excitaba en otros.
¿Qué diría ella si supiera que podía oír los rápidos latidos de su corazón y la forma en que respiraba por la boca cuando estaba nerviosa? La necesidad de tranquilizarla lo embargaba, pero sabía que le molestaría que él creyera que era una persona débil.
—¿Qué harás si alguno de tus... esto...? —murmuró Lacey.
Su voz se fue apagando a medida que se esforzaba por encontrar una forma adecuada de formular la pregunta.
Barak le ahorró el problema:
—Yo te protegeré, Lacey. Incluso de mi propia gente.
Lacey se sonrojó.
—No pretendía ofenderte, Barak, es sólo que nunca he oído que nadie os llame de otra forma que no sea los Otros. Y supongo que no os referís a vosotros mismos de esta forma.
—Eres la primera persona que saca a relucir esa cuestión delante de mí.
Lacey pareció genuinamente sorprendida.
—¿Ni siquiera la doctora Young te lo ha preguntado? —dijo—. Creí que vosotros dos os habíais convertido en... esto... buenos amigos.
¿Qué idea había pasado por su cabeza? Barak se volvió para mirarla a la cara.
—La doctora Young y yo tenemos una relación laboral muy parecida a la que tenemos tú y yo —aseveró, lo cual no era del todo cierto. Él nunca había deseado acorralar a Laurel contra la pared y besarla hasta que perdiera el sentido. Sin embargo, esta idea cruzaba por su mente cada vez que veía a Lacey. Barak se esforzó en hablar con voz calmada—: Laurel fue muy amable conmigo y me enseñó las costumbres de este mundo con la ayuda de Devlin, su pareja.
Lacey soltó una risita.
—¿Devlin es su pareja?
—¿Cómo si no lo llamarías? El vínculo que los une es poderoso, como el que existe entre Trahern y Brenna Nichols.
La chispa en los ojos de Lacey se desvaneció.
—Los Paladines no son famosos por su fidelidad, sobre todo cuando ya llevan unas cuantas muertes sobre sus espaldas —comentó.
—Yo no me imagino a Devlin mirando a otra mujer como mira a la doctora Young. Uno percibe la fuerza de su vínculo cuando están juntos.
Nada más pronunciar aquellas palabras, Barak se dio cuenta de que había cometido un error. Estaba bastante seguro de que los humanos no percibían las emociones de los demás de la misma forma que él.
Lacey enarcó una ceja.
—¿Y tú sabes que son pareja porque percibes ese vínculo? Ya no tenía sentido negarlo, aunque quizá pudiera suavizarlo.
—Forma parte de su lenguaje corporal; su postura y la forma como se miran —explicó.
—Sí, lo sé.
Barak percibió cierto tono en su voz que no supo identificar.
Antes de que pudiera indagar sobre esta cuestión, el ascensor llegó al final de su largo trayecto. Barak enseguida dejó a un lado todos sus pensamientos, salvo el de proteger a Lacey.
Con la espada a punto, esperó a que las puertas se abrieran. Incluso antes de que lo hicieran, cerró los ojos y aguzó todos sus sentidos. El leve crujir de la maquinaria dificultaba que percibiera si algún corazón inesperado latía en la zona más cercana al ascensor, pero no lo creía.
Mientras las puertas se abrían, Barak inspiró hondo, pero sólo percibió el olor a piedra y humedad del túnel. De momento, todo iba bien. Barak salió del ascensor y repitió su sondeo ignorando lo extraño que debía de resultarle a Lacey. Notó que ella se colocaba a su izquierda, con cuidado de no entorpecer su espada.
Durante varios segundos, los dos permanecieron en silencio: él porque todavía estaba inspeccionando la zona para asegurarse de que estaban solos en los túneles y para comprobar el estado de la barrera; y ella porque era la primera vez que bajaba a los túneles.
Al tener a Penn como hermano, seguro que había oído múltiples historias acerca de las batallas a vida o muerte que se libraban allí. Probablemente, lo último que habría esperado era que su primera ojeada al mundo de su hermano la realizara en compañía de su enemigo de toda la vida. A los dioses les encantaban las ironías.
—¿Qué dirección tomamos? —preguntó Barak.
El túnel no difería mucho en uno u otro sentido. Lacey giró de inmediato a la izquierda.
—Por aquí —repuso—. Antes de bajar he estudiado los mapas. Quiero instalar el equipo en una pequeña derivación del túnel principal. Lo suficientemente cerca de la barrera para obtener lecturas de ésta y lo suficientemente lejos para que su energía no interfiera en el funcionamiento de los aparatos.
Barak frunció el entrecejo, introdujo la espada en su vaina y cogió parte del equipo. Lacey había empezado a andar, de modo que Barak apuró el paso para alcanzarla.
—¿Cómo sabes que, estando tan cerca de la barrera, las lecturas serán acertadas? —le preguntó.
Pero Lacey no lo escuchaba. Acababan de tomar la primera curva del túnel y la barrera zumbaba y resplandecía frente a ellos con sus colores siempre cambiantes. Barak intentó verla a través de los ojos de Lacey, con la inocencia de la primera visión de su increíble belleza.
Él odiaba aquella barrera por ser tan inconstante.
Lacey exhaló un suspiro extasiado.
—Nadie me había dicho que era hermosa —declaró.
—Seguramente porque los que nos hemos pasado la vida defendiéndola o intentando cruzarla teníamos otras cosas en las que pensar como para sentirnos poéticos respecto a ella.
Lacey arrugó el entrecejo y abrió la boca como si fuera a formular una pregunta, pero se lo pensó mejor.
—Vamos, pregunta lo que quieras, Lacey —le dijo Barak—. Si puedo contestarte, lo haré.
—¿Por qué cruzan a este lado?
Barak reparó en que se había referido a los Otros sin incluirlo a él. ¿Significaba eso que lo había aceptado como parte de su mundo y que, en cierto modo, confiaba en él? Estaría loca si lo considerara tan inofensivo, pero Barak no pensaba abrirle los ojos.
Entonces se dio cuenta de que todavía no había respondido a su pregunta. Después de buscar una versión de la verdad que ella comprendiera, se decidió a responder:
—Porque tienen que hacerlo.
Antes de que ella pudiera pedirle una respuesta más específica, llegaron a otra bifurcación del túnel, lo que distrajo a Lacey.
—Aquí es donde quería instalar el primer grupo de sensores —anunció.
Barak había estado deseando que pasaran por la zona en la que se había encontrado por primera vez con Laurel Young y el sargento Purefoy, quien tenía la intención de apagar aquella parte de la barrera para siempre. Por suerte, Devlin Bane mató al traidor antes de que pudiera lograr su objetivo.
Durante aquel encuentro, Barak había perdido la espada de su familia. Seguramente alguien la habría encontrado, ya fuera alguno de los suyos o uno de los Paladines, aunque ninguno de éstos, aparte de Devlin, había llegado tan abajo en los túneles, pues normalmente accedían a ellos por el otro extremo.
Quizá, después de que él y Lacey hubieran instalado y puesto en marcha el equipo, pudieran explorar el túnel un poco más. La espada era lo único que le quedaba de las pertenencias de su padre.
El anciano no aprobaba las creencias de Barak, pero nunca le negó a su hijo el derecho a utilizar el símbolo de la familia. Su padre habría odiado saber que Barak había abandonado la espada sin titubear para proteger a una mujer humana, ofreciéndole una razón más para maldecir a su hijo por ser un loco.
—Pásame el destornillador grande —dijo Lacey. Estaba inclinada y equilibraba un aparato del equipo con forma de araña. Sus tejanos marcaban las curvas femeninas de su trasero con un detalle maravilloso haciendo que a Barak le resultara difícil entender su simple petición. Lacey levantó la mirada para ver por qué tardaba tanto y entonces cayó en la cuenta de la vista que había estado ofreciéndole. Después de coger ella misma el destornillador, se trasladó enseguida al otro lado de la araña.
Al ver que Lacey se ruborizaba, Barak contuvo los deseos de sonreír. ¡Así que Lacey no era inmune a la admiración abierta de un hombre, incluso la de él! Por mucho que le hubiera gustado, en lugar de quedarse allí contemplándola Barak cogió otro de los sensores miniaturizados y empezó a desplegar sus patas. Las pequeñas máquinas eran todo un tributo a la ingenuidad de Lacey.
—¿Dónde quieres que ponga ésta? —preguntó Barak.
Pero antes de que ella pudiera contestarle, él levantó la mano para hacerla callar.
Lacey se incorporó poco a poco y volvió la cabeza a uno y otro lado intentando descubrir qué había llamado la atención de Barak.
Él bajó la voz para que sólo ella lo oyera:
—Alguien viene hacia aquí.
—Pero ¿quién...?
No había tiempo para explicaciones, no si querían ocultar su presencia a los inesperados intrusos. Las luces del túnel se activaban con el movimiento. Si se quedaban quietos el tiempo suficiente, las luces se apagarían ocultándolos en las sombras. Barak alargó el brazo y le tapó la boca a Lacey con la mano.
—Permanece en silencio o moriremos —le susurró—. Si sus intenciones fueran buenas, no amortiguarían el sonido de sus pasos ni hablarían en susurros.
Los ojos azules de Lacey brillaron con una chispa de enojo. Obedeció a Barak a regañadientes, con la velada promesa de que más tarde se las vería con él. Conforme los intrusos se aproximaban, Barak acorraló a Lacey contra la pared más cercana y cubrió su cuerpo con el suyo. A continuación desenvainó silenciosamente la espada y se volvió para encararse al enemigo. Mantuvo la mirada fija en el extremo del pasadizo e intentó ignorar la deliciosa sensación que le producía el calor del cuerpo de Lacey atrapado entre él y la fría pared de piedra.
El enemigo se acercaba y Barak percibió el sabor de su avaricia. Si hubiera tenido a un Paladín a su lado, no habría titubeado en enfrentarse a los intrusos, fueran del lado que fueran. Sin embargo, no arriesgaría la seguridad de Lacey por la oportunidad de descubrir quién podía estar involucrado en el comercio ilegal de la luz azul. Sus dedos se curvaron en el puño de la espada imaginando el placer que le produciría hacerlos sangrar por la expoliación de su mundo. Lacey se estremeció detrás de él, un recordatorio de que no era el momento de actuar. Al menos podía escuchar y quizás averiguar lo suficiente para ayudar a Devlin a rastrear a los traidores hasta su líder.
Barak se inclinó hacia atrás y susurró al oído de Lacey:
—Moriré antes de permitir que nadie te haga daño.
Lacey creyó en la promesa de Barak, aunque todavía no estaba convencida de que estuvieran en peligro. Las luces más cercanas a ellos por fin se apagaron dejándolos bajo la protección de la oscuridad que reinaba más allá del resplandor de la barrera. Lacey cerró los ojos intentando oír lo que había convencido a Barak de que estaban en peligro.
Entonces, mientras esperaban en completo silencio, oyó algo, aunque quizá sólo se tratara de los latidos de su corazón. Ahí estaba ese ruido otra vez, el roce de unos zapatos de suela de goma en el suelo del túnel. Se trataba de dos, o quizá de tres hombres caminando. Hombres que no tenían una razón legítima para estar en los túneles.
Los Paladines caminaban con arrogancia; no les importaba en absoluto que el mundo entero los oyera llegar. Ese detalle dejaba claro que se trataba de unos Otros o bien de alguien que no tuviera derecho a estar allí abajo. Si estuvieran llevando a cabo algún tipo de trabajo de mantenimiento, los Regentes habrían dado aviso, pero, por lo que ella sabía, ese aviso no se había producido.
Conforme sus ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz de la barrera, Lacey vio que Barak tenía la cabeza inclinada hacia el otro extremo del túnel. Sintió deseos de preguntarle qué estaba escuchando con tanta atención, pero sospechó que él no apreciaría que ella interfiriera en su concentración.
Al final, tres hombres pasaron por la boca del pasadizo. Aunque no pudo distinguir sus facciones con claridad, Lacey estaba segura de que eran unos perfectos desconocidos para ella. Lo que realmente llamó su atención fueron las armas de alta tecnología que llevaban colgadas del hombro con toda naturalidad.
Incluso ella sabía que las balas podían producir un gran daño en la barrera. O esos hombres no eran conscientes de los riesgos, o éstos no les importaban en absoluto. Uno de aquellos hombres se detuvo para encender un cigarrillo y, después, continuó su camino. Durante un segundo la pequeña llama de la cerilla pareció iluminar toda el área, haciendo que Lacey se sintiera expuesta en la oscuridad.
La doctora contuvo el aliento, consciente del peligro que corrían. Como si hubiera notado su repentino miedo, Barak le cogió la mano, ofreciéndole en silencio el confort de su contacto. Lacey sabía que su hermano y sus amigos se sentirían horrorizados si vieran que aceptaba de buen grado el apoyo de su peor enemigo, pero para ella Barak ya no era un enemigo.
En aquel momento debía preocuparse más de los hombres que acababan de pasar por la boca del pasadizo. Pocos segundos después, Lacey ya no pudo soportar aquel silencio; se inclinó levemente hacia delante y susurró:
—¿Ya se han ido?
Barak negó con la cabeza y le apretó la mano, lo que volvió a tranquilizarla. Al final, la mayor parte de la tensión desapareció de Barak. Volvió a enfundar la espada y se volvió con lentitud hacia Lacey. Su movimiento encendió las luces más cercanas. La repentina claridad hizo que Lacey hundiera de forma instintiva la cara en el hombro de Barak, quien de inmediato la rodeó con sus brazos y la acunó contra su pecho.
Mientras esperaba a que su corazón se calmara, Lacey se dio cuenta de que quería mucho más que consuelo del hombre que la estaba abrazando con tanta dulzura. Poco a poco se obligó a levantar la vista. Los ojos pálidos de Barak aguantaron la mirada de Lacey mientras apoyaba la mano en su mejilla. Las rodillas de la doctora flaquearon cuando tuvo el convencimiento de que él iba a besarla.
Había esperado toda su vida a que un hombre la mirara exactamente como Barak la estaba mirando, como si al contemplar sus ojos hubiera descubierto la respuesta a todas sus preguntas. Lacey le ofreció una leve sonrisa y siguió la masculina línea de su mandíbula con sus temblorosos dedos.
Barak adelantó la cabeza y ella cerró los párpados esperando sentir el roce de sus labios en los de ella y sabiendo, sin lugar a dudas, que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Sus alientos se mezclaron cuando él posó con suavidad sus labios sobre los de ella, haciendo que el deseo femenino creciera en el interior de Lacey como una espiral. Ella subió las manos hasta los anchos hombros de Barak anhelando su fortaleza y su calor.
Lacey suspiró y separó los labios como una invitación a profundizar el beso. Barak la apretó contra él permitiéndole sentir cómo su poderoso cuerpo encajaba con el de ella y unió su lengua a la de Lacey, cuya piel ansiaba librarse de las capas de ropa que los separaban, por diminuta que fuera la distancia. Lacey mordisqueó el carnoso labio inferior de Barak, y con su pierna rodeó la de él. Barak exhaló un gruñido y volvió a besarla.
Un grito los sobresaltó y se separaron de golpe, haciendo que Lacey se sintiera culpable y decepcionada a la vez. Penn Sebastian, Trahern y Devlin se dirigían hacia ellos y la doctora no estaba segura de si acababan de salvarla o la habían privado de algo precioso que podía no volver a experimentar.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 6:56 pm

Capítulo 7
Barak la empujó con suavidad hacia la caja que contenía los sensores.
—Sigue trabajando —le ordenó—. Yo los distraeré.
Normalmente, a Lacey le habría sentado mal que él tomara el mando, pero en aquel momento se sintió agradecida.
Antes de centrarse de nuevo en los aparatos, vio que Barak se alejaba para interceptar el paso a los Paladines. Barak los detuvo a poca distancia de allí mientras ella realizaba los últimos ajustes. La caja contenía las distintas piezas del equipo que utilizaría para controlar y registrar los movimientos del subsuelo en aquella zona. En las montañas utilizaba aparatos más grandes y baterías de mayor tamaño que los alimentaban.
Lacey había modificado el diseño original para construir aparatos de tamaño reducido que se adaptaran mejor a espacios más protegidos, como eran los túneles. Si aquel prototipo funcionaba tan bien como ella esperaba, su intención era instalarlos por todo el sistema de túneles que los Paladines tenían que vigilar.
Lacey quería llegar a predecir los terremotos y las erupciones volcánicas que hacían que la barrera se apagara. Incluso unos pocos minutos de anticipación podían ayudar a salvar la vida de muchos Paladines. Ella los había visto sacrificar tanto... incluso su cordura, en una guerra que nunca podrían ganar por completo.
Se preguntó qué pensaría Barak acerca de su investigación. Si tenía éxito, las vidas que ella ayudaría a salvar serían a costa de los de su especie.
—¡Apártate de mi camino! —gruñó Penn mientras intentaba pasar junto a Barak, quien se había interpuesto con firmeza en su camino.
¡Estupendo, otra pelea de mierda cargada de testosterona!
Devlin lanzó una mirada furiosa a Penn.
—¡Retrocede! —le dijo.
—¡Y una mierda, Bane! Esto es culpa tuya.
—¿Es culpa mía que estés actuando como un auténtico gilipollas? —Devlin se colocó junto a Barak para impedir que Penn entrara en el túnel—. ¡Nadie te ha dado permiso para estar aquí abajo, maldito idiota! Si los de arriba se enteran, te pondrán a trabajar en la lavandería durante los próximos seis meses.
¡Como si los insultos y las amenazas fueran a calmarlo! Lacey cerró la tapa de la caja y se ocupó de la otra. Barak ya había realizado la mayor parte del trabajo, así que sólo necesitó un par de segundos para poner el aparato en funcionamiento.
Tras limpiarse las manos, volvió a empacar el resto del equipo.
—Si habéis acabado de actuar como unos idiotas, me vendría bien algo de ayuda —les espetó.
Barak dejó que Devlin y Trahern se encargaran de Penn y regresó con ella. Mientras se inclinaba para coger una de las cajas, clavó su mirada en la doctora y, con voz suave, susurró:
—Siento todo esto.
Sus palabras la sacudieron como un jarro de agua fría. ¿Qué era lo que sentía? ¿Que su hermano estuviera actuando otra vez como un imbécil o que su decisión de monitorizar los túneles hubiera armado semejante revuelo? ¿O que se hubieran besado? Todavía recordaba la sensación que le había producido estar en sus brazos y el sabor de sus labios.
En aquellos momentos, esto último la asustaba en lo más hondo de su ser. Barak representaba todo lo que a ella le habían enseñado a odiar; sin embargo, él no tenía nada que ver con los monstruos que Penn y el resto de los Paladines le habían hecho creer que eran los Otros.
—Si coges ésa, Barak, la llevaremos un poco más abajo del túnel principal y acabaremos de montarla —sugirió Lacey con calma.
Devlin se plantó delante de la doctora con las manos apoyadas en las caderas y con el aspecto más terrorífico que ella le hubiera visto nunca.
—Lacey, ¿qué demonios estás haciendo aquí abajo? Y ¿quién te ha autorizado a bajar? —preguntó.
Ella no se amedrentó.
—Estoy realizando mi trabajo. Así que, si os apartáis de nuestro camino, Barak y yo podremos acabarlo y marcharnos de aquí.
—¡Maldita sea, Lacey —replicó Devlin—, tenemos buenas razones para no permitir que la gente se pasee por aquí abajo! ¿Qué habría pasado si la barrera se hubiera apagado?
—Yo la habría protegido.
Barak había vuelto a dejar la caja en el suelo y tenía una mano apoyada en la empuñadura de su espada.
Lacey estaba cansada de que discutieran por ella como un par de perros peleando por un hueso raído.
—De hecho, ya me ha salvado la vida, Devlin —explicó—. Tres hombres armados con fusiles pasaron por aquí hace menos de diez minutos. Si Barak no los hubiera oído acercarse, sin duda me habrían descubierto.
Los ojos verdes de Bane se desplazaron de Lacey a Barak.
—¿Cuándo tenías pensado contármelo?
Barak le devolvió una ruda mirada.
—No estaba seguro de que quisieras que Penn y Trahern lo supieran. Te lo habría contado en cuanto hubiéramos estado solos.
Parte del enfado de Devlin desapareció de su expresión.
—Está bien, te escucho —dijo.
—Oí sus voces aproximarse por el túnel. Empujé a Lacey al fondo del túnel secundario y le dije que se quedara quieta para que las luces se apagaran. Desenvainé la espada y esperé a que aparecieran.
—¿Eran miembros de la Guardia Nacional?
—No vestían uniforme, pero eso no significa nada. Aunque llevaban armas, parecían relajados, como si creyesen estar solos en los túneles. No percibieron nuestra presencia, aunque nos fue por los pelos.
—¡Hijos de puta! —Devlin se pasó los dedos por el cabello—. ¿Transportaban algo que no debieran?
—¿Como qué? —intervino Lacey, que había estado siguiendo la conversación—. Llevaban armas automáticas. ¿Te parece poco?
Barak y Devlin intercambiaron una mirada, pero ninguno pareció dispuesto a darle explicaciones.
En ese momento, Trahern se acercó a ellos.
—¿Dónde quieres instalar el equipo, doctora Sebastian? —preguntó—. Puedo llevártelo mientras estos dos acaban de aclarar sus asuntos.
Trahern intentaba distraerla y ella no podía hacer nada al respecto. Los Paladines no mostraban sus cartas y, en aquel momento, ella se sentía demasiado confusa para discutir.
—Ésta se puede quedar aquí —respondió Lacey, señalando la caja que tenía más cerca—. La otra quiero llevarla más abajo del túnel para poder comparar los datos de ambos instrumentos.
Por una vez, nadie discutió su plan, lo que indicaba lo ocupados que estaban Devlin y Barak intentando mantener en secreto su conversación. Lacey cogió sus herramientas y siguió a Trahern. Barak la contempló mientras se alejaba, aunque esto Lacey quizá sólo se lo había imaginado.
—¿Qué habéis hecho con Penn? —preguntó la doctora.
Debería haber preguntado antes sobre el paradero de su hermano.
Trahern se encogió de hombros.
—Devlin le ordenó que regresara al ascensor. Por un momento creí que tendría que darle un buen puñetazo y llevarlo a rastras hasta allí. —El alto Paladín bajó la vista hacia ella—. No estaba muy contento sabiendo que habías bajado aquí sola con Barak.
—Entonces, ¿por qué Bane y tú se lo dijisteis? Teníais que saber cómo reaccionaría.
Trahern se detuvo de golpe.
—Nosotros no se lo dijimos —dijo—. Yo se lo conté a Devlin, pero ninguno de nosotros habló con Penn. Creí que os había visto salir del laboratorio.
—Yo nunca habría dejado que él se enterara. Si no, no nos habría dejado bajar. Salimos por la otra puerta y cruzamos el edificio sin detenernos a hablar con nadie.
Su compañero murmuró algo que, sospechosamente, sonaba como una maldición.
—Se lo contaré a Devlin para que él hable con Penn —dijo luego—. Resultará interesante saber quién te estaba vigilando, o quizás es a Barak a quien vigilaban.
Lacey suspiró. Ya era bastante molesto que su hermano siguiera tratándola como a una niña la mayor parte del tiempo para que encargara a otros que lo ayudaran a espiarla.
—Si ha encargado a alguno de sus amigos que me vigile, lo mataré —declaró—. Llevo años amenazándolo con hacerlo, quizás ha llegado la hora de demostrarle que hablo en serio.
Trahern se echó a reír, aunque su risa sonó afectada.
—Me encantaría verlo —dijo con sorna—. Si te consuela, yo apostaría por ti.
Lacey lo miró con recelo.
—¿Debido a la lesión de su mano? —preguntó molesta.
Trahern pareció sorprendido.
—De ningún modo, es sólo que he aprendido a sentir un franco respeto por lo que una mujer fuerte puede conseguir. —Trahern volvió la vista hacia Devlin, que seguía hablando con Barak—. ¿Quién habría pensado que a Bane podría dominarlo una mujer?
Lacey no tuvo más remedio que echarse a reír.
—Algunos podrían haber pensado lo mismo de ti —le dijo. Las duras facciones de Trahern se suavizaron un poco.
—No estamos hablando de mí.
Pero tampoco lo negó. Brenna Nichols había obrado milagros con Blake Trahern y Lacey se sentía sinceramente feliz por los dos.
Llegaron a otro pasadizo secundario.
—Instalemos los sensores aquí —sugirió la doctora.
—¡No, aquí no!
Trahern intentó detenerla, pero ella ya había entrado en el pasadizo y las luces se habían encendido. Nada diferenciaba aquel corto túnel del anterior, hasta que Lacey vislumbró una mancha de color marrón oscuro en el suelo. Parecía... Entonces recordó las historias que había oído sobre el día en que Barak cruzó la barrera y Devlin mató al guardia traidor. ¡Santo cielo! Se trataba de sangre, sangre vieja y seca, pero sangre al fin y al cabo. La mancha tenía la forma de un charco y llegaba hasta el pequeño segmento de la barrera que cruzaba el pasadizo, finalizando abruptamente al borde de la barrera.
—Blake, ¿es aquí donde...?
—Sí —admitió Trahern a regañadientes—. Aquí es donde el sargento Purefoy encadenó a Laurel y a Barak y esperó a que la barrera se encendiera. Podría haberlos matado a los dos.
Pero Devlin, con la ayuda de Barak, había podido matar al sargento.
Parecía apropiado instalar el equipo justo donde Barak se había ganado el derecho a vivir en su mundo. Lacey tragó saliva con fuerza y dejó en el suelo la caja de las herramientas.
—Pongámonos manos a la obra —dijo.
El frío de los túneles le había entumecido los dedos y le resultó difícil ajustar las piezas que faltaban. Pero, al final, el pequeño aparato funcionó correctamente.
—¿Te importa si inspecciono un poco más los alrededores? —agregó la doctora—. No tardaré más de un par de minutos en encontrar algún otro lugar para instalar más equipos la próxima vez que venga.
Trahern frunció el entrecejo.
—Puedes mirar —repuso—, pero eso no garantiza que, a corto plazo, te permitan volver a bajar.
Lacey levantó la mirada hacia el techo. Había conseguido bajar una vez, así que volvería a hacerlo. En lugar de discutir sobre esa cuestión, realizó una inspección rápida de varios cientos de metros. Sólo había otro túnel secundario que valiera la pena considerar. Después de agitar las manos para encender las luces, Lacey parpadeó debido al repentino resplandor.
Salvo por una cama oxidada y una cabecera rota, el túnel estaba vacío y serviría como estación de control. Si Devlin no le permitía volver a bajar, quizá Trahern quisiera acompañar a Barak para instalar el equipo. Cuando estaba a punto de preguntárselo a Trahern, vio con el rabillo del ojo algo que brillaba y se acercó para ver qué era.
Se trataba de una espada, pero distinta a todas las que había visto hasta entonces. Lacey se acercó con precaución, pues sabía que debía de proceder del otro lado de la barrera.
—¡Blake, ven a ver esto! —dijo por encima del hombro.
Trahern se acercó y se acuclilló para examinar la espada. Los dos la observaron durante varios segundos antes de que él alargara el brazo, con cautela, para separarla de la pared y verla mejor.
—Debió de pertenecer a un Otro —observó.
—¡Pero, según los archivos, no se ha producido ninguna batalla en esta zona desde hace años! —Las palabras le salieron antes de que pudiera evitarlo. Sólo podía conocer esa información Por haber accedido a los archivos secretos de los Paladines—. Quiero decir que...
Trahern la miró dándole a entender que ya lo sabía.
—No sufras. Devlin ya ha deducido que has estado consultando nuestros archivos. Le encargó a DJ que te vigilara.
Lacey tendría suerte si, al enterarse, su jefe no la sometía a medidas disciplinarias.
—¡Necesitaba la información! —alegó.
—La próxima vez, simplemente, pídela. Todos tenemos un interés personal en tu trabajo.
—Gracias, la próxima vez, os la pediré —contestó Lacey, sorprendida por la respuesta de Trahern.
—No prometo que Devlin te permita un acceso libre a todo, pero si logras convencerlo de que lo que necesitas saber está justificado, te escuchará.
Trahern sacó un pañuelo y lo utilizó para coger la espada por la empuñadura.
—Nunca había visto incrustaciones como éstas —dijo—. Yo diría que esta belleza pertenece a tu amigo.
—¿A Barak le está permitido llevar un arma?
Trahern arqueó una ceja.
—Ahora mismo lleva una espada, ¿no? Deduzco que ha sido cosa tuya.
Lacey se sonrojó.
—No. De hecho, fue idea de él venir conmigo, por si me encontraba con algún problema. Me dijo que las espadas de prácticas del gimnasio eran las únicas a las que tenía acceso.
—Bueno, vayamos a ver qué tiene que decir sobre ésta.
Trahern se apartó a un lado permitiendo que Lacey encabezara la marcha.


Devlin, con las manos apoyadas en las caderas, lanzó una mirada furibunda a Barak.
—¡Maldita sea, Barak, no puedo permitir que te pasees como si tal cosa por todas partes! Los Regentes me cortarían la cabeza si se enteraran.
Barak frunció el entrecejo. Todavía estaba aprendiendo a interpretar el significado de algunas expresiones que utilizaban los Paladines y otros humanos con los que había estado en contacto. Según su experiencia, nada le hacía creer que los Regentes fueran a matar a uno de sus guerreros más bravos por su causa.
No, por lógica, lo más probable sería que ordenaran su muerte en lugar de la de Devlin. Bane estaba exagerando otra vez.
—Entonces, ¿se supone que debería haber dejado que la doctora Sebastian bajara sola a los túneles? —logró decir Barak con un tono de voz suave, aunque se estaba cansando de tener que justificar todas sus acciones.
—¡Demonios, no, pero habrías podido llamarme en lugar de permitir que se paseara por aquí como si nada! —Devlin agitó una mano con gesto amenazador—. ¡La barrera podría haberse apagado!
—Eso ya lo has dicho.
—Pues parece que todavía no lo has entendido, ¿no? Aquí estás tú, discutiendo conmigo mientras ella sigue actuando como si tuviera todo el derecho del mundo para utilizar los túneles como si fueran su laboratorio de geología particular.
Barak pensó que si Devlin no paraba de despotricar sería porque estaba preocupado por Lacey y por él.
—Siento haberte preocupado —le dijo—. La próxima vez te avisaremos.
—¿La próxima vez? ¿No me has estado escuchando o qué? ¡Demonios, si no hubieras oído por casualidad que aquellos bastardos se acercaban podría haberse producido una carnicería!
—¡No! ¡Yo la habría protegido!
Barak se enderezó cuan largo era y clavó su furiosa mirada en la igualmente furiosa mirada de Devlin. Estaba dispuesto a aguantar que Devlin descargara en él su mal humor, pero era consciente de sus capacidades. Lacey habría estado a salvo y él habría sacrificado, gustoso, su vida por ella.
—¿Con qué? ¿Con esta espada de prácticas? —se burló Devlin.
Por lo visto, Devlin no iba a tranquilizarse tan fácilmente.
—Es la única arma que me permitís utilizar —replicó Barak—. ¡Si quieres estar seguro de que la mantendré a salvo, permíteme disponer de las herramientas para realizar mi trabajo! —Barak raramente gritaba, pero tener que tratar con un Paladín que no atendía a razones, sin duda requería una demostración de fuerza—. Dame una espada y la utilizaré. Puede que tú seas un Paladín, Bane, pero, en mi mundo, a mi me consideraban un guerrero formidable. Y también puedo serlo en éste.
Antes de que Devlin pudiera contestarle, Trahern, con sus ojos fríos como el hielo, volvió a aparecer. Sin necesidad de mirar, Barak supo que Lacey estaba detrás de él. Había percibido su aroma y algo más. Algo que resonaba en el interior de su cabeza y su corazón. Antes de que pudiera decir nada, Trahern habló:
—Si vas a darle una espada, Bane... —Trahern lanzó a Devlin una mirada con la que lo retaba a contradecirlo—, quizá quieras darle una que sepa utilizar.
Lacey salió de detrás de Trahern y les mostró la espada. No era una espada cualquiera, sino la espada del padre de Barak, y el Otro tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar un grito de alivio. Alargó los brazos y la sonrisa de Lacey se iluminó mientras le entregaba la espada con delicadeza.
—Nunca había visto una hoja tan ancha ni con una curvatura como la de ésta —dijo—. Es hermosa, Barak. Casi una obra de arte.
Barak suponía que lo era, pero, para él, su auténtico valor residía en el hecho de que había pasado de padres a hijos en su familia durante generaciones. Él sería el último de su linaje en poseerla.
—¿Dónde la habéis encontrado? —preguntó con la voz áspera.
Trahern se inclinó hacia él para examinar el arma.
—Cerca de donde cruzaste la barrera, supongo —dijo—. Lacey la encontró mientras buscaba más lugares donde instalar sus juguetitos.
Trahern obtuvo la predecible reacción de Lacey.
—Esos juguetitos podrían salvarte la vida uno de estos días, Blake Trahern.
Devlin, evidentemente, había superado su enojo.
—Sí que podrían, chaval. —Alborotó el pelo de Lacey y se acercó para admirar la espada—. El trabajo de esas incrustaciones es distinto a todo lo que había visto hasta ahora.
—¡Para ya! —Lacey apartó la mano de Devlin de su cabeza y volvió a centrarse en la espada—. Ese engaste azul queda muy bonito en contraste con el oscuro metal.
Y así era. Sólo alguien con el don para manipular las piedras azules podía haber engastado la piedra en el metal de aquella manera. Si Barak se concentraba lo suficiente, podía hacerla brillar, pero no tenía ningunas ganas de compartir aquella habilidad con nadie.
—Gracias por encontrarla, Lacey —dijo—. Es un trozo de mi hogar que echaba de menos.
Barak le ofreció una breve sonrisa. Si Devlin le exigía que se la entregara para guardársela, lo haría, pero con gran dolor.
—Será mejor que salgamos de aquí antes de que aquellos hombres regresen —terció Devlin, alargando el brazo—. Devuélveme la espada de prácticas para que no tenga que informar de que la han robado.
Por primera vez desde su llegada a aquel mundo, Barak se sintió equilibrado, con el peso familiar de su espada en la mano. Si él y Lacey continuaban con su trabajo en el campo y en los túneles, él llevaría la espada de un guerrero que los mantendría a los dos a salvo.
Señaló en dirección a los ascensores con un movimiento de la cabeza y dijo:
—Sugiero que nos vayamos, ya tuvimos bastante suerte eludiendo a esos pistoleros en una ocasión.
Mientras los cuatro caminaban en un amigable silencio, Devlin miró a Lacey.
—La próxima vez que quieras bajar a los túneles comunícamelo —le susurró—. Enviaré a DJ o a Cullen contigo para instalar alguna cámara en la zona. Me gustaría pillar a los tíos que visteis antes.
—Barak y yo podemos instalar las cámaras, Devlin. No necesitamos que tus muchachos vengan a hacernos de niñeras.
—¡Maldita sea, Lacey! ¿También tenías que heredar la obstinación de tu hermano? Si los envío es para que conecten las cámaras a nuestros ordenadores. Tú harás lo tuyo, y ellos, lo suyo pero me gustaría saber que hay más de una espada a tu lado en caso de que te cruces de nuevo con esos individuos.
Barak le había contado a Devlin todo lo que recordaba acerca de los desconocidos que él y Lacey habían visto. Tanto él como el Paladín sospechaban que podían estar involucrados en el robo de las piedras azules. El problema estaba en pillarlos con las manos en la masa, porque no sabían la frecuencia con la que pasaban por allí.
Un sonido familiar llamó la atención de Barak, que inclinó levemente la cabeza hacia delante y cerró los ojos.
—Devlin, vienen de vuelta por este camino —alertó.
Ninguno de los Paladines puso en duda su palabra. Todos los guerreros aprendían a confiar en sus instintos; de no ser así, no sobrevivían durante mucho tiempo. Devlin levantó la espada de prácticas en posición de ataque mientras Barak desenvainaba la de su padre.
—¿Están muy lejos?
—Por el eco de los túneles, no puedo decírtelo con seguridad. —Barak se concentró en su interior y escuchó con toda atención—. Yo diría que no están lejos, pero, si corremos, podremos llegar al ascensor.
El grupo echó a correr. De forma automática, los tres hombres acompasaron sus pasos a los de Lacey para protegerla. Cuando se acercaban al ascensor, Trahern se adelantó para teclear el código.
—¡Maldita sea, Penn lo ha dejado arriba! —exclamó.
Colocaron a Lacey detrás de ellos y contaron los segundos mientras el ascensor realizaba el largo viaje de vuelta al subsuelo. Devlin se colocó al lado de Barak y de cara al túnel, que estaba a oscuras.
—No puedo creer que fuera tan estúpido como para bajar desarmado —declaró Trahern, enojado consigo mismo.
Lacey dejó en el suelo su caja de herramientas, levantó la bandeja superior, sacó una pistola y se la tendió a Trahern.
—¿Te desenvuelves bien con una de éstas? —le preguntó.
Él no se dignó responder a su provocación, limitándose a comprobar el estado de la pistola con una eficacia que hablaba de años de práctica.
—Gracias —dijo secamente.
Podían oír claramente las pisadas de los intrusos. Si el ascensor no llegaba en unos segundos, los cuatro se verían atrapados sin protección alguna.
—Yo los distraeré —se ofreció Barak, separándose de los demás.
—Voy contigo —lo secundó Devlin, y se dispuso a seguirlo. Pero Barak le hizo señas para que no lo hiciera.
—Creerán que soy un rezagado de la última batalla —le dijo—. Si te ven es más probable que les entre el pánico y empiecen a disparar.
Su plan era el más sensato, y todos lo sabían.
—Mantén a Lacey a salvo —añadió Barak.
—¡Barak, no!
Lacey intentó apartar a Trahern de su camino, pero era como intentar mover una montaña.
—¡Detenlo, Blake! ¡Podrían matarlo! —le rogó al Paladín.
El dolor que reflejaba su voz reconfortó a Barak como nada lo había hecho en mucho tiempo, pues sabía que significaba que ella se preocupaba por él. Saber que, si moría, no pasaría al mundo de los difuntos sin nadie que llorara su muerte, suavizó la amargura que reinaba en su alma.
No había recorrido más de cincuenta metros cuando oyó que las puertas del ascensor se abrían. Lanzó una rápida mirada hacia allí y comprobó que Trahern había arrastrado a una reticente Lacey al interior del ascensor mientras Devlin los cubría como podía. El Paladín le hizo un gesto a Barak para indicarle que retrocediera y fuera con ellos a la protección del ascensor.
Sin embargo, antes de que Barak pudiera reaccionar, los tres hombres que habían visto antes aparecieron a la vista. Si sus armas le parecieron mortíferas cuando las llevaban colgadas con despreocupación a la espalda, eso no fue nada comparado con lo que sintió ahora que apuntaban directamente a él.
Barak soltó un grito de batalla y arremetió contra ellos, sorprendiéndolos con su ataque directo. El más cercano retrocedió un paso tropezando con uno de sus compañeros. Evidentemente, les habían advertido acerca de los peligros de disparar sus armas cerca de la barrera, porque no abrieron fuego de inmediato.
Barak se desplazó para mantener la barrera a su espalda y sacar provecho de su posición. Se produjo un disparo y el hombre que estaba más lejos de Barak se tambaleó hacia atrás mientras un círculo de color rojo brotaba en su pecho extendiéndose con rapidez.
Uno menos gracias a Trahern; ya sólo quedaban dos. El ruido del disparo había distraído lo suficiente a sus oponentes el tiempo suficiente para permitirle a Barak atacar de nuevo. En esa ocasión, experimentó el intenso placer de sentir cómo su espada atravesaba la carne humana. El grito del hombre se vio ahogado por la exclamación triunfante de Barak. Su espada, goteando brillante sangre roja, ansiaba más de lo mismo, y Barak se volvió hacia la izquierda mientras la hoja atravesaba el aire camino del siguiente objetivo.
El último de los tres hombres habría gritado, si no acabaran de cortarle el cuello. El único sonido que produjo fue el de un gorgoteo mientras intentaba contener su sangre y el aire de sus pulmones sólo con las manos. Los perplejos ojos del hombre se encontraron con los de Barak un breve instante antes de que la vida se escurriera de ellos, igual que la sangre se escurría por el corte de su garganta.
Barak permaneció inmóvil esperando que su corazón recuperara un ritmo cercano al normal. Había pasado algún tiempo desde la última vez que había reclamado una vida humana como premio por una pelea bien ejecutada. El sabor de la victoria le pareció dulce hasta que se dio cuenta de que había permitido que el fervor de la batalla lo dominara una vez más.
Envainó la espada y la dejó colgar a su lado mientras la sensación familiar del arrepentimiento invadía su corazón. Tenía que reconocer que aquellos hombres no le habían dejado ninguna elección y que, si no hubiera luchado contra ellos, podrían haberle herido de gravedad, a él y a sus compañeros. Matar en defensa propia no era malo, eso ya lo sabía.
Pero sentir placer por hacerlo sí que lo era.
Un quejido atravesó sus pensamientos con tanta agudeza como su espada había atravesado a sus enemigos. Poco a poco se volvió hacia el ascensor, consciente de la sangre que con su olor acre y metálico se encharcaba en el suelo del túnel. Todo el horror que debería sentir y que no sentía estaba en los brillantes ojos azules de Lacey, rebosantes de lágrimas.
Presa de un ataque de llanto, Lacey se volvió y hundió la cara en el fornido torso de Trahern.
—¡Sácala de aquí! —exclamó Barak poco menos que con un gruñido.
¿En qué estaba pensando Trahern manteniendo la puerta abierta? Finalmente las puertas del ascensor se cerraron, ocultando a la vista de Barak el dolor de Lacey.
—Lo superará. Es una mujer fuerte.
Barak dio un brinco. Casi se había olvidado de Devlin.
—¿Cuánto ha visto?
—Lo suficiente. —Devlin se arrodilló junto al hombre al que Trahern había disparado y comprobó su pulso—. Éste todavía está vivo. Presiona su herida mientras llamo a la caballería.
Barak dedujo que iba a pedir ayuda.
—Lamento no haber hecho más prisioneros —declaró.
Devlin dirigió sus ojos verdes de mirada dura como el jade hacia Barak.
—Pues yo no. Ellos se lo buscaron. —Devlin esbozó una sonría maligna—. Ahora que éste sabe que no nos gusta hacer prisioneros, soltará la lengua.
Barak hincó una rodilla en el suelo y apretó el pañuelo que Devlin le tendió contra la herida de bala. No sentía absolutamente nada por aquel hombre y no le importaba que su mirada estuviera cargada de miedo y de dolor. Aquel hijo de puta había puesto a Lacey en peligro; si moría, el mundo no sería un lugar peor.
El hecho de que Devlin lo hubiera incluido al hablar en plural lo hizo sentirse orgulloso. Pero eso no ayudaría a restaurar la inocencia perdida de Lacey cuando lo miró y percibió que era un asesino.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:31 pm

Capítulo 8
¡Mierda! Penn envió una lata lo más lejos que pudo de una patada. Ese pequeño acto de violencia apenas consiguió calmar su necesidad de hacerle daño a alguien, a quien fuera, pero sobre todo a aquel jodido Otro. Penn se había puesto hecho una furia cuando se enteró de que aquel animal había bajado con su hermana a los túneles.
¿Qué habría ocurrido si no les hubieran interceptado? Todos veían en Barak a la mascota de Laurel Young, pero Penn era más listo que todo eso. Él había percibido el mismo odio en los extraños ojos de Barak que en los de todos los Otros contra los que había esgrimido la espada a lo largo de los años. El muy cabrón podía haber engañado a Bane y Trahern, pero a él no.
¿Y si el plan de Barak consistía en llevarse a una mujer humana al mundo de pesadilla del que procedía? No lo había podido conseguir con Laurel Young, pero ahora tenía, en Lacey, a otra candidata. Pues bien, eso no iba a suceder, no si él podía evitarlo.
El suave zumbido de una cámara vigilando el callejón le recordó que no estaba realmente solo. No, El Gran Hermano no descansaba nunca. Si seguía mostrándose agitado, podían enviar a alguien a ver qué le pasaba. En lugar de arriesgarse a que lo relevaran de su puesto, redujo la velocidad de sus pasos y regresó a su montón de mantas.
Después de arreglarlas un poco, se sentó sobre ellas. De momento cumpliría con su trabajo mientras contaba los minutos para el relevo. Entonces se iría a su casa, se daría una ducha caliente, comería un bistec enorme y sanguinolento para cenar y, después, realizaría una visita de cortesía a su hermana para transmitirle un simple mensaje.
O echaba a aquella rata de laboratorio que era el Otro o él estaría encantado de echarlo en su nombre.


Dos tazas de té y un puñado de chocolatinas habían hecho poco para tranquilizar los exaltados nervios de Lacey. Al final había añadido algo mucho más fuerte que una cucharada de azúcar a la tercera taza de té para ver si así se calmaba. Pero de momento eso sólo había revuelto más su agitado estómago.
Se habría echado a dormir, pero cada vez que cerraba los ojos lo único que veía era sangre, charcos de sangre extendiéndose alrededor de aquellos cadáveres. Se estremeció y bebió otro sorbo de su té adulterado.
El timbre de la puerta no le hizo presagiar nada bueno. Sólo podía tratarse de dos personas, y ella no deseaba ver a ninguna de ellas, así que ignoró la llamada. Sin embargo, entre timbre y timbre, oyó la voz de una mujer que la llamaba por su nombre.
Lacey se levantó con esfuerzo del sofá dejando que su manta de punto cayera al suelo. Su viejo chándal no era exactamente lo que solía ponerse para recibir visitas, pero en aquel momento eso no le importaba.
Tras dar una rápida ojeada a través de la mirilla, soltó con torpeza la cadena de seguridad y descorrió el pestillo. ¿Qué hacía la doctora Young en el porche delantero de su casa? Lacey deslizó los dedos por su pelo, que todavía estaba húmedo, intentando arreglar un poco sus rizos antes de abrir la puerta.
Un frío temor por la salud de su hermano la invadió.
—¿Doctora Young? ¿Penn está bien? —preguntó con ansiedad en la voz.
Al principio, Laurel pareció confusa y, después, horrorizada.
—¡Cielos, no se me había ocurrido que pensara en esa posibilidad! Penn está bien, doctora Sebastian. He venido porque Devlin me pidió que lo hiciera. —Laurel cruzó el umbral de la puerta y apoyó las manos en los hombros de Lacey—. Siento haberla asustado.
Como hermana de un Paladín, Lacey había convivido la mayor parte de su vida con la amenaza de que su hermano pudiera morir en cualquier momento y sin previo aviso. Los ojos oscuros de Laurel Young reflejaron solidaridad recordándole que, debido a Devlin, ella también vivía con el alma en vilo. Y lo que era todavía peor: ella podía ser la persona que tuviera que matar al hombre al que amaba.
Sus vidas eran duras, pero ninguna de ellas renunciaría a la suya ni por un minuto.
—Llámame Lacey.
—Y tú a mí Laurel, por favor. Ya me llaman bastante por el tratamiento en el trabajo.
Lacey esbozó una leve sonrisa y se hizo a un lado.
—Entra. Acabo de preparar té —le dijo a su visitante—. ¿Quieres una taza?
—Si no es mucha molestia, me encantaría. Ha sido un día realmente difícil.
Lacey le indicó que se sentara a la mesa de la cocina. Le sirvió una taza de té y preparó una fuente con galletas caseras.
—¿Has tenido problemas en el laboratorio? —preguntó.
—Sí, por decirlo de una manera suave. —Laurel bebió un sorbo de té y suspiró de placer—. ¡Darjeeling! Mi favorito. Pero no he venido para quejarme del día que he tenido. Devlin me ha contado lo que ha ocurrido hoy en los túneles. Los dos estábamos preocupados por cómo podía haberte afectado. ¿Estás bien?
¿Cómo podía contestar a esa pregunta? Estaba viva y no había sufrido ningún daño, al menos físico. Cuando bajó a los túneles sabía que corría cierto peligro, pero nunca pensó que su expedición científica acabaría en muerte y violencia. O en un momento de pasión. ¿Habría hecho algo más que besar a Barak si no los hubieran interrumpido? Temía que su respuesta era un sí rotundo.
—Estoy bien o, al menos, lo estaré. —No pudo ocultar el estremecimiento que recorrió su cuerpo, ni evitar sincerarse—: Aquellos hombres murieron por mi culpa.
—¡No! ¡De ningún modo! —La expresión de Laurel se volvió furiosa—. En primer lugar, aquellos hombres no tenían por qué estar allí. Devlin me lo ha contado todo y nada de lo que me ha dicho refleja que tú tuvieras ninguna culpa. Sólo estaba un poco disgustado por el hecho de que hubieras bajado a los túneles sin permiso —declaró Laurel suavizando sus palabras con una ligera sonrisa—. Pero, aunque lo hubieras pedido, eso no cambia el hecho de que aquellos hombres podían haberos matado a vosotros.
—Sin embargo, Barak y Trahern los mataron y eso no habría ocurrido si yo no hubiera arrastrado a Barak allí abajo.
En los túneles, las puertas del ascensor habían vuelto a abrirse después de cerrarse. En aquel momento, ya habían muerto dos hombres, pero ella vio cómo Barak mataba al tercero. El Otro ni siquiera notó el chorro de sangre que salpicó su ropa, y ella habría jurado que lo vio sonreír. ¿Cómo podía alguien alegrarse de matar a una persona, aunque ésta mereciera morir? Antes de que Barak levantara la mirada y viera a Lacey, sus facciones reflejaron una alegría salvaje.
—Barak salvó vidas allí abajo, Lacey. Eso es lo que tienes que recordar —apuntó Laurel.
Lacey deseó conocer mejor a Laurel, porque tenía la imperiosa necesidad de confiarse a alguien.
—La verdad es que no entiendo a Barak —dijo al fin.
Laurel suspiró y bebió un trago largo de té.
—No creo que nadie lo entienda, Lacey. Yo, desde luego, no lo entiendo. Desde que empecé a trabajar para los Regentes, siempre he oído que los Otros eran unos monstruos, pero nunca he percibido nada semejante en Barak.
Y Lacey tampoco. Hasta entonces.
—Conozco a los Paladines de toda la vida —dijo—. Todos ellos son unos luchadores. Y bien sabe Dios que Penn, mi hermano, goza de la merecida reputación de ser irascible. Supongo que nunca los había visto actuar antes.
Laurel asintió con la cabeza.
—La primera vez es duro. Yo los he curado a todos. He curado heridas que habrían enviado a cualquier mortal a la tumba una docena de veces. Sin embargo, hasta que el sargento Purefoy me secuestró nunca había visto la expresión de guerra de Devlin. Para entonces, ya éramos amantes, así que me resultó un poco inquietante, por decir poco. Pero, a pesar de todo, yo sabía que él nunca me haría daño.
»Devlin hizo lo que hizo porque me amaba. —Laurel volvió a alargar la mano para tocar a Lacey en el brazo—. Pero Barak casi murió en los túneles conmigo. Dejó caer su espada y recibió un tiro que iba dirigido a mí cuando no me conocía de nada. Recuerda que su gente nos odia tanto como nos han enseñado a nosotros a odiarlos a ellos. Aun así, él ha puesto en peligro su vida no una, sino dos veces, para evitar que nos hicieran daño a ti y a mí.
Sí, pero Lacey apostaría algo a que Barak no había besado a Laurel.
—Te agradezco que me lo recuerdes —repuso—. Supongo que no esperaba que mi expedición terminara de esa manera.
Lacey volvió a estremecerse, pues seguía sin poder olvidar los charcos de sangre del suelo. Tenía la sensación de que la acosarían en sueños durante bastantes noches.
Laurel se sirvió otra taza de té y prosiguió:
—Devlin también me ha pedido que te diga que es posible luego pase algún tiempo antes de que resulte seguro para ti volver a bajar a los túneles; incluso con escolta. Hasta que sepan qué hacían aquellos hombres allí abajo, nadie estará seguro.
—Ya me lo imaginaba, pero me da rabia. Por fin tengo la posibilidad de realizar auténticos progresos en mi investigación y tiene que suceder esto.
Lacey se sirvió media taza de té y dejó el resto para Laurel.
—Sé cómo te sientes —continuó Laurel—. Devlin me ha dicho que buscas la forma de predecir los terremotos y las erupciones volcánicas con más exactitud.
—Sí. De momento sin mucho éxito, pero estoy intentando desarrollar un sistema de monitorización más sensible. Éste es el primer paso lógico en el proceso. Mi jefe no cree que sea posible, así que sólo me concede un presupuesto muy reducido. Por eso deseaba tomar a Barak como asistente. El dinero extra que ha supuesto para mi departamento ha sido como una bendición.
Laurel dejó su taza con tanta brusquedad que hizo vibrar el platillo.
—¿De qué dinero hablas?
¡Ups! ¿Acaso se suponía que no debía mencionar la aportación económica que Devlin ofreció al departamento de Geología? Si era así, Devlin debería haberla advertido.
—Yo... esto... quiero decir que, al haber asignado a Barak a mi departamento, dispongo de más tiempo para mi investigación —explicó Lacey.
Laurel entornó los ojos, como indicando que no creía del todo la explicación de Lacey pero que tampoco pensaba pedirle una explicación.
En lo que a Lacey respectaba, si Laurel tenía preguntas que formular acerca del dinero, podía formulárselas a Devlin. Y, en caso de que Devlin no tuviera una respuesta adecuada a sus preguntas, a ella no le gustaría estar en sus zapatos.
La idea de que la novia del corpulento Paladín le apretara las tuercas una o dos vueltas animó a Lacey.
—Te agradezco de verdad que hayas venido esta noche —le dijo—. Me ha ayudado mucho poder hablar con otra mujer.
Laurel le sonrió con calidez.
—De nada. Deberíamos repetirlo pronto. Las dos vivimos rodeadas de hombres duros y grandes. Aunque no me quejo, en serio. Al menos no mucho. Ellos necesitan mujeres como nosotras y Brenna Nichols para conservar los pies en el suelo. Estoy convencida de que les sienta muy bien que estemos ahí.
—Yo diría que sí, porque hoy Trahern casi estaba dicharachero. Incluso me preguntó acerca de mi trabajo. —En realidad, Lacey no había vuelto a pensar en ello, pero era cierto que Trahern le había parecido distinto. Otro recuerdo acudió a su mente—: ¡Cuando nos pilló a Barak y a mí en la sala de los archivos, camino del ascensor, tenía una mancha de carmín en la mejilla!
Las dos sufrieron un ataque de risa.
—¿Adónde iremos a parar? —bromeó Laurel—. Si no fuera a avergonzar a Brenna, la próxima vez que me encontrara con Blake le haría pasar un mal rato. Tiene suerte de que no vaya directamente a contárselo a Devlin.
Consultó su reloj y añadió:
—Bueno, será mejor que me vaya. Le he dejado una nota a Devlin, pero ya sabes cómo son los Paladines. Si llegamos cinco minutos tarde, llaman a la caballería.
Lacey sabía exactamente a qué se refería, pues ella había crecido con un Paladín como hermano. Si no hubiera aprendido, tiempo atrás, a ponerle límites, Penn la habría tenido dominada para el resto de su vida.
Después de acompañar a Laurel hasta su coche, y cuando estaba a punto de apagar las luces del porche, Lacey vio que Penn se dirigía hacia su casa. Estuvo tentada de cerrar la puerta y hacer ver que estaba durmiendo o que no estaba; cualquier cosa con tal de no discutir con él. Pero Penn tenía una llave de la casa, así que no podía dejarlo fuera, a no ser atornillando la puerta desde dentro.
Como no quería que pensara que era bienvenido, dejó la puerta entornada y volvió a entrar en la casa. Después de llenar la pila de la cocina con agua caliente, se puso a fregar los platos. Entonces entró Penn con determinación.
—¡Lacey!
Antes de que le soltase lo que había venido a decirle, Lacey levantó un dedo jabonoso para interrumpirlo.
—No estoy de humor para uno de tus sermones, Penn —advirtió—. Si no has cenado, te calentaré unas sobras. O, si prefieres algo dulce, hay galletas recién hechas en el tarro.
Entonces le dio la espalda y se puso a fregar la sartén. Penn murmuró algo y cogió el tarro de las galletas. Se dejó caer en la silla en la que Laurel había estado sentada unos minutos antes y se preparó para esperar. Pues bien, tendría que esperar un buen rato.
Después de limpiar la encimera, en lugar de dejar los platos en la escurridera hasta la mañana siguiente, Lacey decidió secarlos a mano. A continuación, cómo no, tuvo que rellenar la azucarera, y también el salero, y el pimentero. Estaba a punto de ordenar alfabéticamente los frascos de las especias cuando Penn se cansó y decidió hablar:
—Está bien, Lacey, éste es el meollo de la cuestión: no quiero que vayas por ahí sola con ese...
Lacey le lanzó una mirada por encima del hombro para advertirle que midiera sus palabras.
Penn volvió a intentarlo:
—No quiero que vayas por ahí sola con Barak.
De todas maneras, Penn consiguió pronunciar el nombre de Barak como si fuera una palabrota. Lacey levantó la mirada hacia el techo y se preparó para la batalla que sabía que se iba a producir. Aunque era poco probable que su hermano se prestara a ser razonable, de todos modos lo intentaría.
Se volvió hacia él, pero no aceptó sentarse en la silla que el Paladín le ofreció empujándola con su bota. Como todos los Paladines, la sobrepasaba en estatura y, si se quedaba de pie mientras él estaba sentado, al menos dispondría de cierta ventaja.
—Penn, comprendo que estés preocupado —dijo—, pero yo no te digo cómo tienes que realizar tu trabajo. Así que no quiero que me digas cómo tengo que realizar el mío. Aunque el día de hoy no se ha desarrollado exactamente como tenía planeado, no ha sido por culpa de Barak. De hecho, si yo no hubiera encontrado su espada, no sé qué habría ocurrido.
A juzgar por la expresión atónita de su hermano, Penn no sabía lo que había ocurrido después de irse en el ascensor. El Paladín se enderezó en la silla y apretó los puños.
—Rebobina y cuéntame con exactitud de qué demonios me estás hablando.
Lacey pensó que era el momento de sentarse. No tenía sentido que intentara minimizar los hechos, pues Penn podía preguntarles a Devlin y a Trahern lo que había ocurrido y averiguar la verdad.
—Después de que te fueras, y mientras Devlin hablaba con Barak, Trahern y yo terminamos de instalar el equipo —explicó—. Verás, cuando Barak y yo empezamos a instalar el primer sensor, unos hombres armados pasaron por el túnel principal, pero nos ocultamos en la oscuridad hasta que desaparecieron de la vista.
—Estabas atrapada en un túnel a oscuras con un Otro.
Penn masculló cada una de aquellas palabras por separado, como si estuviera hablando con alguien que tenía dificultades en comprender su idioma.
En realidad, sus palabras no constituían una pregunta, pero Lacey asintió de todas maneras.
—Antes de que regresáramos al ascensor, Devlin y Trahern aparecieron —dijo—. Claro que esto ya lo sabes, porque tú venías justo detrás de ellos. Cuando te fuiste, Trahern me ayudó a instalar el resto del equipo. —Lacey repitió este dato esperando que Penn se sintiera más relajado al saber que ella había estado con un Paladín en lugar de con Barak—. Pero cuando los cuatro ya nos íbamos, aquellos hombres armados regresaron. Trahern le disparo a uno de ellos con mi pistola, y Barak mató a los otros dos con su espada.
—¿Y tú lo viste todo?
El tono de Penn seguía siendo forzadamente tranquilo.
—No —contestó Lacey—, estaba en el ascensor cuando mataron al segundo hombre, pero oí el disparo y vi cómo Barak clavaba su espada en el último hombre. Trahern me sacó de allí en el ascensor mientras Barak y Devlin esperaban a que llegara la ayuda. No sé si el tercer hombre murió o no. Espero que no.
Aunque sus razones para estar en el túnel fueran turbias, no merecía morir. Ya era bastante malo que hubieran matado a los otros dos, aunque fuese en defensa propia.
Penn permaneció en silencio durante un rato antes de explotar de rabia. Después de soltar una ristra de maldiciones, se puso a enumerar con los dedos las transgresiones que Lacey había realizado.
—Bajaste a los túneles con un Otro —dijo—. Te escondiste en la oscuridad con un Otro mientras unos asesinos armados pasaban junto a ti. Viste morir a dos hombres y, si no me equivoco, no crees haber hecho nada malo.
Técnicamente, sólo había visto morir a un hombre, pero Lacey pensó que ése no era el momento oportuno para aclararlo.
—Admito que debería haber avisado a Devlin antes de bajar a los túneles —concedió.
Penn golpeó la mesa con el puño con tanta fuerza que las ventanas vibraron.
—¡Maldita sea, Lacey, tienes menos cerebro que un mosquito! Podrías haber muerto allí abajo, a manos de aquellos hombres o del Otro. ¿Qué habría pasado si él hubiera decidido que ya estaba cansado de este mundo y te hubiera arrastrado al otro lado de la barrera con él? ¿En algún momento has pensado en esa posibilidad?
Lacey no estaba de humor para aquello.
—No, no lo había pensado nunca, porque él no haría algo así —replicó.
—¿Cómo lo sabes?
Porque ella confiaba en Barak, pero Penn no querría oír la verdad. Estaba harta de discutir con su hermano, sobre todo porque no llegaban a ningún lado.
—Tienes que irte, Penn —le dijo—. Te quiero porque eres mi hermano, pero no eres mi tutor. Soy una mujer adulta y capaz de tomar mis propias decisiones. Hasta que lo entiendas, te sugiero que no vuelvas por aquí.
Lacey se levantó, se dirigió a la puerta y la abrió para enfatizar su declaración.
—Ya le he dicho a Devlin que no bajaré a los túneles sin decírselo con antelación —añadió—. Él me ha pedido que no baje hasta que averigüe algo acerca de los hombres con los que tropezamos. Su petición es razonable, así que he accedido a esperar hasta que él me diga que los túneles son un lugar seguro para realizar mi trabajo. Ahora vete.
Parecía que Penn quería discutir un poco más, pero, en lugar de hacerlo, estudió con la mirada a su hermana.
—Tienes un aspecto de mil demonios, así que me iré —dijo—. Pero este asunto no ha terminado.
Lacey suspiró.
—Sí que ha terminado, Penn. No me importa discutir contigo, pero ya está bien de ultimatums. Buenas noches.
Lacey cerró la puerta con un poco más de ímpetu del necesario.


El cielo nocturno estaba nublado, pero unas cuantas estrellas asomaban entre las nubes. Barak estaba en el pequeño balcón de su apartamento y contemplaba la oscuridad. Tenía que comprarse un libro sobre las estrellas para aprender sus nombres. Verlas lo reconfortaba, porque cualquier tipo de luz calentaba su alma.
El día había sido un auténtico desastre. Aquélla había sido su primera oportunidad de demostrar su valía a Lacey Sebastian, y ¿qué había hecho? La había acorralado en un túnel a oscuras y la había besado. Después de horas de darle vueltas en la cabeza, todavía no había decidido si se sentía aliviado o contrariado por el hecho de que los hubieran interrumpido antes de haber ido demasiado lejos.
En más ocasiones de las que podía contar había tenido la tentación de coger el teléfono y llamar a Lacey para asegurarse de que estaba bien. Ella había pasado por un mal trago en los túneles, pero parecía haberlo superado bien. Al menos no se había... ¿cómo lo había descrito Devlin? ¡Ah, sí, no se había venido abajo! Una imagen muy apropiada.
Pero a Barak le costaría olvidar su expresión cuando lo vio matar a aquel último bastardo. Él medio esperaba que, al llegar al laboratorio al día siguiente, lo echaran. Quizá para siempre.
Y entonces, ¿adónde iría?
Había conseguido ahorrar una pequeña cantidad de dinero, pero sólo el suficiente para alimentarse y pagar el alquiler durante un mes. Era bastante bueno empezando de cero, pero había echado raíces en Seattle, estaba aprendiendo a moverse por la ciudad e incluso había conseguido algunos amigos. Para empezar, Laurel era amiga suya, Devlin daba la impresión de que ya no lo odiaba y Trahern se mostraba civilizado con él la mayor parte del tiempo. Esperaba añadir a Lacey Sebastian a esa lista, pero sólo el tiempo lo diría.
Y sólo esperando a la mañana siguiente sabría con certeza si todavía tenía un trabajo.
El cansancio se aposentó con pesadez sobre sus hombros indicándole que había llegado la hora de retirarse a dormir. Aunque no le resultaría fácil conciliar el sueño.
Las batallas siempre lo dejaban intranquilo y cachondo, otra expresión divertida que había aprendido escuchando hablar a DJ y a Cullen. No le había costado deducir el significado de la palabra y consideraba que describía con exactitud su estado. Durante los últimos años había elegido llevar una vida de celibato por diversas razones. Cachondo, así es como estaba.
Recordó aquellos preciosos segundos durante los que sostuvo a Lacey entre sus brazos y, mientras rozaba su suave cutis con la mano, contempló sus ojos azules. El resto del mundo desapareció en la distancia dejándolos a ellos dos solos, rodeados sólo por el ansia de sentir y de saborear un beso.
Barak maldijo lo poco oportunos que fueron Devlin y Trahern. Si no hubieran llegado en aquel momento, habría disfrutado de la dulzura del beso de Lacey y de la sensación de tenerla en sus brazos. Incluso en aquel momento, horas más tarde, podía cerrar los ojos y recordar con exactitud cómo había encajado su cuerpo con el de él.
¿Cómo sería sentirla debajo de él, acogiéndolo en la calidez de sus brazos y el calor de su cuerpo? Barak deseaba con todas sus fuerzas conocer la respuesta a esa pregunta. ¡Hacía tanto tiempo que nadie lo tocaba, ni siquiera por amistad...! Las mujeres de su mundo le habían dado la espalda tiempo atrás, pues no comprendían el camino que había decidido emprender.
¡Pero Lacey lo había tocado con tanta delicadeza con las sensibles yemas de sus dedos...! Su pelo dorado se había deslizado entre sus dedos como la seda, y sus pechos presionados contra su torso le habían producido una sensación muy agradable.
¿Había sido sólo un momento de debilidad por su parte o ella sentía la misma fascinación por él? Barak tenía poca experiencia en cuanto a la seducción en su mundo y ninguna en aquél. Quizás una visita a la biblioteca podría proporcionarle algo de información útil al respecto. Quizás al día siguiente, después del trabajo...
El estridente sonido del teléfono lo devolvió a la realidad de su pequeño apartamento. Su teléfono rara vez sonaba, a no ser que alguien se hubiera equivocado de número. La mayor parte de las veces dejaba que sonase sin responder a la llamada, pero la necesidad de oír otra voz, aunque fuera la de un desconocido, o de algo que apartara a Lacey Sebastian de su mente, hizo que descolgara el auricular.
— ¿Sí?
—¿Barak? Soy Lacey. Lacey Sebastian.
Como si él no supiera quién era ella.
—¿Ocurre algo malo? —preguntó.
Lacey rio con nerviosismo.
—No, no ocurre nada malo. Sólo quería asegurarme de que estás bien.
—Sí, estoy bien.
Salvo por el hecho de que su cuerpo ansiaba acostarse con ella. Incluso el sonido de la respiración de Lacey estremecía su cuerpo preparándolo para el acto sexual.
—Estaba preocupada —prosiguió la doctora—. La experiencia de los túneles ha sido horrible.
Su voz reflejaba el miedo que había pasado, y Barak sintió pena por ella.
—Lamento que vieras lo que ocurrió con aquellos hombres —le dijo.
—Sí, bueno, mejor ellos que tú, Devlin o Trahern. —Lacey se interrumpió—. O yo. Sólo quería que supieras que te agradezco que insistieras en bajar conmigo a los túneles. Siento que terminara de aquella forma tan horrible.
—Me siento honrado por haberte servido de guardaespaldas. —Barak acercó una silla al teléfono para sentarse. La oscuridad de la habitación otorgaba cierta intimidad a su conversación—. Y te agradezco que encontraras mi espada. Estoy muy contento de haberla recuperado.
—Yo me alegro de que la encontráramos.
Se produjo un silencio y, durante unos instantes, la única conexión que hubo entre ellos fue el zumbido eléctrico de la línea telefónica. Barak no era un hombre de palabra fácil, pero no quería que Lacey creyera que no deseaba hablar con ella. Además, algo en la voz de la doctora le indicó que estaba peor de lo que admitía.
—¿El incidente ha tenido repercusiones? —preguntó él. La necesidad de protegerla hervía en sus venas.
Lacey titubeó antes de contestar:
—En realidad, no. No es de extrañar que Devlin haya dicho que no podemos volver a los túneles hasta que haya investigado qué hacían allí aquellos hombres. Y Laurel Young ha pasado por casa para asegurarse de que me encontraba bien. Ha sido un gesto muy amable por su parte.
—Laurel es muy amable. ¿Te ha ayudado hablar con ella?
—Sí, hasta que mi hermano pasó por aquí para gritarme. Lo he mandado a paseo.
Su voz estaba cargada de rabia y dolor.
—Me habría gustado verlo, pero ya sabes que sólo quiere proteger a su hermana. —Barak reflexionó antes de pronunciar las siguientes palabras—: Supongo que no desea que experimentes la violencia que constituye la mayor parte de su vida.
—No soy una niña.
—No, no lo eres, y Penn lo sabe. Si no lo supiera, no me odiaría por pasar tanto tiempo contigo. A los hermanos mayores a menudo les cuesta aceptar que otros hombres deseen a sus guapas hermanas, tengan la edad que tengan. Y el hecho de que me considere su enemigo hace que le resulte todavía más difícil.
Lacey inspiró hondo. Barak sabía cuál era la pregunta que ella no se atrevía a formular. Y también conocía la respuesta.
—Lacey —dijo—, he deseado besarte desde que apareciste en aquella primera reunión, dispuesta a presentar batalla. Sin embargo, me estrechaste la mano.
Barak todavía recordaba la oleada de placer que le había producido ese acto.
—Sólo fue un apretón de manos —alegó Lacey.
Así que ella también lo había sentido, si no, no estaría intentando convencerse de lo contrario.
—Pero hoy, en el túnel, fue mucho más que un simple apretón de manos —prosiguió Barak.
El Otro estaba jugando con fuego. O Lacey admitía la poderosa atracción que ambos experimentaban o lo echaría de su laboratorio por su presunción.
—Sí, pero no debería haber llegado tan lejos —aseveró la doctora.
Barak percibió arrepentimiento en su voz. ¿Se debía a lo que había sucedido entre ellos o porque lamentaba que los hubieran interrumpido? Antes de que pudiera pensar en una respuesta, ella bostezó de forma ruidosa y suspiró.
—Lo siento, Barak —dijo—, he sido una maleducada. Ha sido un día muy largo para ambos. Será mejor que cuelgue y me vaya.
«A la cama.» Barak apartó a un lado la interesante imagen que esta idea suscitó en su mente.
—Gracias por llamar, Lacey —le dijo.
—Era lo menos que podía hacer. Después de todo, arriesgaste tu vida por mantenernos a los demás a salvo.
—A los demás no. A ti —la corrigió Barak.
Ella ignoró su comentario.
—Te veo por la mañana. Buenas noches, Barak.
—Buenas noches, Lacey.
Barak esperó hasta que ella colgó el auricular antes de colgar el suyo, pues no quería perder el contacto con ella ni un segundo antes de lo inevitable. A continuación cruzó su oscuro apartamento hasta la soledad de su cama.
Quizás ahora pudiera dormir.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:40 pm

Capítulo 9
Los golpes en la puerta igualaban a los que Penn sentía en el interior de su cabeza. Dio una ojeada al reloj que tenía en la mesita de noche y soltó una maldición mientras apartaba la ropa de la cama. La bata estaba en el suelo, a sus pies, pero no tenía la menor intención de inclinarse para cogerla, no con lo revuelto que tenía el estómago.
Entornó los ojos por la resplandeciente luz del sol que inundaba su cocina y volvió a despotricar cuando vio que Devlin lo observaba a través del cristal de la puerta trasera de su casa. ¿Qué demonios quería Devlin? Aunque el reloj casi marcaba las doce del mediodía, Penn no empezaba su guardia hasta las dos. Tenía tiempo suficiente para asentar su estómago y aclarar su mente.
Después de descorrer el cerrojo, Penn retrocedió un paso y atajó a su visitante:
—Antes de que empieces a gritarme por el motivo que sea, quiero que sepas que necesito un café.
Devlin lo miró con indignación.
—Siéntate antes de que te caigas —repuso—. Yo prepararé el café.
Penn se habría quejado, pero pensó que eso sólo serviría para avergonzarlo todavía más.
—Enseguida vuelvo —dijo, y salió de la habitación.
Si Devlin deseaba hablar con él tanto como para acudir a su casa, podía esperar a que Penn se duchara y se vistiera. Además si iba a patearle el culo, quería llevar puesto algo más que los calzoncillos del día anterior.
Diez minutos más tarde, Penn entró en la cocina sintiéndose muchísimo mejor.
—Siento haberte hecho esperar.
Devlin ya había servido café para ambos. Incluso había conseguido encontrar un par de aspirinas y las había puesto junto a la taza de Penn. Penn se lo agradeció con un movimiento de la cabeza y se las tragó a palo seco, bebiendo a continuación un sorbo de café. Era tan fuerte como para despertar a un muerto y acabó de despejar su mente.
Penn vació la taza y volvió a dejarla sobre la mesa.
—Vamos, grítame, ya estoy preparado —dijo.
Devlin esbozó una sonrisa nada agradable.
—Penn, últimamente la has jodido tanto que debería arrancarte la cabeza de cuajo. Sólo Dios sabe la cantidad de veces que te he advertido que no te pelees. Y no estaría mal que siguieras las órdenes de vez en cuando, ¿sabes? Además está el desastre de ayer en los túneles.
¡Maldición, él no era el único que la había cagado el día anterior!
—¡No era tu hermana la que estaba allí abajo con aquel hijo de puta que podía habérsela llevado al otro lado de la barrera! —protestó.
—Ya he hablado con tu hermana sobre su falta de juicio, así que déjalo estar. Sin embargo, tú no te molestaste en enviarnos de vuelta el ascensor. Si lo hubieras hecho, podríamos haber regresado a la superficie sin que aquellos cabrones supieran siquiera que habíamos estado allí. Pero como tenías que ser un gilipollas, Lacey vio cómo Trahern le disparaba a un hombre mientras Barak cortaba a los otros como si fueran melones maduros.
Penn empalideció.
—No pensé en eso.
—¡Mierda! ¡Ése es exactamente tu problema, Penn! —Bane se inclinó hacia delante—. ¡Que no piensas!
Penn no podía alegar gran cosa en su defensa.
Devlin lo contempló durante unos segundos, se reclinó en el asiento y bebió un trago largo de café.
—Aunque, en realidad, no he venido aquí para gritarte... demasiado —añadió—. Quiero hacerte una pregunta y no quiero hacerlo en el Centro.
A Penn se le hizo un nudo en el estómago de aprensión.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—¿Cómo va tu mano?
No era momento de mentir. Penn alargó la mano y la flexionó apretando el puño, aunque no pudo ocultar el esfuerzo que le costó.
—Está mejor, pero no está bien del todo.
—¿Qué tal luchas con la mano izquierda?
¿Adónde iba exactamente aquella conversación?
—Nunca lo he intentado en serio, pero soy bueno disparando con ambas manos —contestó Penn.
—Eso es bueno. —El ceño de Devlin se suavizó un poco—. Muy bueno. En cuanto al día a día, ya no tienes que volver a montar guardia en el callejón. A cambio quiero que trabajes en serio con el fisioterapeuta para fortalecer tu mano derecha. Y quiero que acudas todos los días al gimnasio conmigo o con Barak para practicar en la lucha con la mano izquierda.
El buen humor de Penn desapareció de inmediato.
—¿Con Barak? ¿Por qué demonios habría de practicar con él? —jadeó.
—Porque yo no tengo tiempo para practicar contigo todos los días y el estilo de lucha de Barak se parece más al tuyo que el de Trahern o Cullen. —Devlin terminó su café—. Ésta es tu mejor oportunidad de volver a luchar, Penn. Después de tanto tiempo resulta difícil saber si tu mano derecha recuperará la funcionalidad alguna vez. Y si hemos sido tan condescendientes contigo es porque sabemos lo difícil que debe de resultar estar tan cerca de la barrera y no poder luchar.
—No lo sabéis. Nadie lo sabe.
Si sus palabras sonaban a queja, no le importaba.
—Quizá sea verdad —prosiguió Devlin, mirándolo desafiante—. No eches a perder esta oportunidad, Penn, si no tendré que mover tu lastimoso culo lo más lejos posible de la barrera para impedir que nos vuelvas locos a todos, incluido a ti mismo. —Se levantó y le tendió una mano—. Te necesito de vuelta, Penn. Y al cien por cien.
Minutos más tarde, Penn observaba cómo Devlin se alejaba en su coche. ¡Maldición!, siempre supo que llegaría el día en que decidirían si volvía a la lucha o lo mandaban a realizar un trabajo inútil. De acuerdo, habían procurado no herir su dignidad, pero todos sabían que un Paladín que no podía luchar, a la larga, se desmoronaría. De hecho, algunos de los Paladines ya lo evitaban porque les recordaba lo precarias que eran sus propias vidas.
Al menos Devlin le había ofrecido una oportunidad. Penn volvió a entrar en la casa y flexionó las manos mientras pensaba en la ironía de su situación. Un Otro le había privado de la capacidad de luchar y ahora dependía de otro para recuperarla.
Una sensación de calma recorrió sus venas mientras cogía sus llaves y se preparaba para ponerse en forma a fin de blandir una nueva espada. Un arma nueva, una vida nueva y un viejo enemigo al que enfrentarse.


—¡Eh, Penn, vienes muy bien afeitado para tener que estar todo el día sentado en la acera!
Penn apretó las mandíbulas. Ben Jackson era al menos la séptima persona que le hacía un comentario igual o similar desde que había llegado al Centro.
—Ya no estoy destinado a la vigilancia de la entrada —contestó.
Y, si se daba prisa en alejarse, Ben no tendría tiempo de preguntarle si eso significaba que regresaba a los túneles. Los Paladines ni siquiera se molestaban en preguntárselo, pues si lo hubieran reasignado a su puesto anterior, la noticia se habría extendido como un reguero de pólvora.
—¡Vaya, felicidades, Penn! Es una noticia estupenda. Imagino que debes de estar ansioso por volver a la batalla. —Ben le dio una palmada en la espalda con entusiasmo exagerado—. ¿Qué tal si te invito a una cerveza para celebrarlo?
Penn tuvo que esforzarse, pero consiguió sonreír al especialista en informática.
—No rechazo tu invitación —le dijo—, pero la verdad es que todavía no estoy en la lista de turnos. Sin embargo, Devlin tiene pensado algo para mí que no sea estar todo el día sentado sobre mi trasero en el maldito callejón. Supongo que eso son buenas noticias.
El entusiasmo de Ben no flaqueó ni un ápice, lo que hizo que Penn sospechara de él más que nunca. ¿Por qué había decidido prestarle tanta atención? Cada vez que Penn estaba de guardia en el callejón, Ben se detenía a hablar con él. Como si lo estuviera buscando. Quizá no debería ser tan desconfiado, pero tampoco era famoso por su encantadora personalidad, ni siquiera antes de que lo hirieran. Ahora apenas conseguía actuar de una forma civilizada con nadie, ni tan sólo con su propia hermana.
El comportamiento de Ben lo estaba enfureciendo, pero, aun así, todavía no quería darle una paliza. Últimamente había oído rumores acerca de un asunto muy turbio relacionado con el guardia renegado y toda aquella historia. Quizá Ben estaba implicado en aquel asunto. Pero Penn no le contaría nada a Devlin hasta que tuviera algo más sólido en lo que basarse, aparte de su instinto.
—Te diré lo que haremos —le dijo a Ben—. Si puedo, después del trabajo me pasaré por el bar que hay al final de la calle, estás allí, te dejaré invitarme a esa cerveza.
Penn consiguió esquivar el intento de Ben de darle otra palmada en la espalda.
—¡Estupendo! Te veo entonces —repuso Ben.
Penn se dirigió al despacho de Devlin, pero se detuvo un instante para observar a aquel hombre. Sí, algo se llevaba entre manos, y él tenía que averiguar de qué se trataba.


Lacey sacudió la cabeza para asegurarse de que había oído bien.
—¿Estás seguro de que dijo Penn? O sea, ¿mi hermano, el que no te puede ni ver?
Barak levantó la vista de los datos que estaba introduciendo para Lacey en el ordenador y asintió con la cabeza.
—Sí, esta tarde, cuando haya acabado aquí, tengo que encontrarme con tu hermano en el gimnasio —respondió.
—Pero ¿por qué demonios Devlin te ha escogido precisamente a ti para practicar con Penn?
¿A qué estaba jugando Devlin? ¿Acaso quería que Penn matara a Barak por él, porque él no podía hacerlo personalmente? No, eso no tenía sentido. Devlin Bane no era conocido exactamente por sus sutilezas.
Barak se encogió de hombros y dijo:
—Creo que está relacionado con la mano de tu hermano.
¡Oh, no! Aunque ella sospechaba que Penn no había estado haciendo todos los ejercicios que el fisioterapeuta le había indicado, creía que su mano había mejorado. Aunque, si tenía que fiarse del creciente mal humor de su hermano, quizás estaba equivocada.
—Pero tú no eres ni un médico ni un fisioterapeuta —declaró Lacey, dándose cuenta de repente de lo poco que sabía acerca de su nuevo ayudante.
Salvo que tenía la facilidad de despertar sus hormonas y activárselas cada vez que entraba en la habitación. O cuando la miraba con sus espeluznantes ojos plateados. O cuando...
—No, no lo soy. —Barak se volvió hacia ella—. Por lo que Devlin me dijo, que no fue mucho, tu hermano necesita aprender a utilizar la espada con la otra mano, si es que puede. Como Devlin, yo sé luchar con ambas manos. Quizás es eso lo que él cree que puedo enseñarle a tu hermano.
—A Penn no le gustará.
Barak intentó sin éxito ocultar una sonrisita maliciosa.
—En efecto, no le gustará —repuso.
Lacey cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con desaprobación.
—Sé que se ha portado como un auténtico imbécil contigo, pero lo ha pasado muy mal con la herida.
—Lo que tu hermano necesita es una buena patada en el culo, por utilizar una de las vistosas expresiones de Cullen. Penn no es el único Paladín que ha sufrido una herida de ese tipo, y sentir lástima por sí mismo no le ayudará a volver a empuñar una espada. Pero practicar conmigo quizá sí que le sea útil.
Lacey no podía discutir su razonamiento, aunque eso no significaba que le gustara.
—¿Puedo veros mientras practicáis? —preguntó.
—No.
—¿Por qué no?
—Devlin le prometió a tu hermano que tendría intimidad, sobre todo al principio, pues Penn tendrá que luchar con la mano izquierda. Tener espectadores sólo se lo pondrá más difícil.
Lacey aceptó a desgana su derrota.
—De acuerdo, pero asegúrate de que esta tarea adicional no interfiere en tu trabajo en el laboratorio. Y recuerda que tenemos programada otra visita a las montañas mañana.
—Estoy deseando ir. He leído y oído mucho acerca del monte St. Helens. Será un placer conocerlo en persona.
Barak cogió su tablilla portapapeles y volvió a anotar datos.
Él no era el único que se sentía excitado por la excursión del día siguiente. El trayecto hasta el centro turístico más alto, desde donde se podía contemplar la impresionante y colosal montaña, era largo. Además, el monte Rainier y el monte Baker eran volcanes, aunque ocultaban bien su furia.
Resultaría interesante ver la reacción de Barak ante la Dama como él llamaba a la montaña. Lacey lo contempló durante unos segundos antes de regresar a su despacho. Desde que habían bajado a los túneles, unos días atrás, ella se descubría a sí misma contemplándolo con demasiada frecuencia.
Ninguno de los dos había mencionado su breve beso o la llamada telefónica que habían compartido aquella noche. Y resultaba imposible leer los pensamientos de Barak. Era el compañero de trabajo perfecto: amable, puntual, diligente...
Ella no tenía nada de lo que quejarse, pero, de repente, sintió deseos de pelearse con él. Sin embargo, cada vez que criticaba su trabajo, él asentía con la cabeza y realizaba las rectificaciones oportunas sin rechistar. Siempre la seguía con la mirada cuando creía que ella no se daba cuenta, pero Lacey no le había dicho nada al respecto.
Barak era el enemigo de su hermano, pero no el de ella. Desde que lo conoció, Lacey se dio cuenta de que no encajaba en la imagen de un Otro con la que ella había crecido. Pero justo cuando empezaba a pensar en él como en un amigo, lo recordó sonriendo junto a los cadáveres de los túneles y pensó que, probablemente, Barak había matado a muchos guardias y Paladines.
—¿A cuántos de los míos has matado? —le preguntó bruscamente.
La pregunta había permanecido latente entre ellos desde el principio. Y no se arrepentía de haberla formulado. Sólo esperaba no arrepentirse de la respuesta.
Barak la contempló con sus extraños ojos plateados y se puso en pie con lentitud. Entonces se acercó a ella con resolución, casi obligándola a mantenerse firme o retirarse a su despacho.
La doctora avanzó un paso hacia Barak y se afianzó en el suelo. Él se detuvo tan cerca de ella que sintió el calor de su cuerpo y su olor le inundó los sentidos.
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó a su vez.
Barak inclinó la cabeza hacia un lado y examinó el rostro de Lacey.
—Pasamos mucho tiempo solos —repuso la doctora—. Creo que tengo derecho a saber qué tipo de hombre eres.
—Ya llevo aquí algún tiempo, Lacey. ¿Por qué de repente te preocupa tu seguridad? ¿Te has sentido amenazada por mí en algún momento?
Barak frunció el entrecejo, el primer signo de mal genio que dirigía hacia ella.
—No, pero... —empezó a decir la doctora.
—¿Es por lo del túnel? Si no hubiera matado a aquellos hombres, Trahern o Bane lo habrían hecho. ¿Te habría resultado más fácil de aceptar que un humano matara a otro?
Barak se acercó todavía más a Lacey y su enojo llegó hasta ella en oleadas.
—No, no es por eso.
Pero sí que lo era, y por muchas cosas más.
—¿Tienes miedo de que le haga daño a tu querido hermano? —continuó Barak—. Si haces memoria, recordarás que siempre ha sido él quien ha empezado las peleas, no yo.
Barak alargó los brazos hacia ella y su repentino movimiento la hizo estremecerse. Sabía que él no le haría daño, pero lo había presionado hasta donde él podía aguantar.
Barak agarró a Lacey por los brazos, pero no tan fuerte como para amoratárselos.
—No te he dado ninguna razón para que tengas miedo de mí, Lacey —le dijo—. ¿Quieres que responda a tu pregunta? De acuerdo. —La acercó a él y la miró con sus ojos plateados—. He matado hasta que sólo pensar en ello me ponía enfermo, y he visto morir a los míos a manos de tus Paladines por el color de sus ojos como única causa.
Lacey se estremeció por el horror de la imagen que Barak le transmitía con sus palabras.
—Yo no pensé que... —murmuró.
—Exacto, tú no pensaste. Nadie lo hace. Lo único que nuestros pueblos conocen es una muerte y una carnicería sin fin.
Barak la soltó con la misma rapidez con que la había agarrado.
El dolor que reflejaba su voz fundió el corazón de Lacey quien, al ver que él se dirigía hacia la puerta, lo llamó:
—Detente, Barak.
Lacey creyó que ignoraría su petición, pero Barak se volvió para mirarla. Algo, en su apasionada expresión, le dio a Lacey el valor de añadir:
—Ven.
—¿Por qué? ¿Para que puedas hacerme más preguntas de las tuyas? ¿Por qué, en lugar de hacerlo, no le preguntas a tu hermano a cuántos de mi gente ha ensartado con su espada o por qué está tan ansioso de matar a más? —Barak inhaló hondo y se estremeció—. Al menos, yo me alejé de aquella locura.
Barak reanudó su marcha hacia la puerta, pero Lacey lo alcanzó antes de que pudiera abrirla. Barak fijó la mirada en la mano que Lacey había apoyado en su brazo.
—Si me tocas, asume el riesgo, Lacey —le dijo—. Te he dado tiempo para que te adaptes a lo que sucedió entre nosotros en el túnel, pero me estoy cansando de esperar. Así que retrocede o acepta las consecuencias.
¡Santo cielo, no podía retroceder! Aquél era el hombre equivocado, el momento equivocado, el todo equivocado; pero no pensaba dejarlo marchar.
Lacey subió la mano por el brazo de Barak hasta su hombro, sintiendo la fortaleza de sus músculos y disfrutando de ella. Después se colocó entre él y la puerta y le dedicó una amplia sonrisa temblorosa. La tensión de Barak se desvaneció mientras la rodeaba con los brazos y apretaba su boca contra la de ella. Un guerrero reclamando su premio.
Su beso se suavizó, dejando que la pasión creciera a su propio ritmo. Lacey dejó que su lengua jugueteara con la de él y sonrió al notar que gemía de placer. Le quitó la cinta de piel que sujetaba su coleta. Barak susurró una aprobación mientras ella deslizaba los dedos por su largo cabello, que le caía hasta los hombros. Tenía el tacto de la seda salvaje.
Las manos de Barak también exploraron por su cuenta. Descendieron por las costillas de Lacey hasta su cintura y, desde allí, trazaron la curva de sus caderas. Cuando le cogió las nalgas con ambas manos y apretó, Lacey creyó que iba a tener un orgasmo allí mismo. Respirar se estaba convirtiendo en algo muy difícil. Barak interrumpió el beso el tiempo suficiente para levantar a Lacey en alto y sentarla sobre la encimera más cercana.
Sin pedirle permiso, le separó las piernas y se colocó entre ellas. La encimera era de la altura justa para que el centro del cuerpo de Lacey quedara en contacto directo con el de él. Barak flexionó el torso para permitirle sentir la intensidad de su deseo y Lacey le correspondió gimiendo y tirando de él para darle un beso largo y apasionado.
Barak deslizó una mano entre sus cuerpos para explorar los pechos de Lacey. Ella no era una primeriza, pero nada de lo que había experimentado hasta entonces la había preparado para sentir semejante intensidad de parte de un amante. Quería que él la tomara en aquel mismo instante, allí mismo, sobre la encimera del laboratorio. Se trataba de una idea loca y arriesgada, pero no le importaba. Sin embargo, cuando buscó los botones de la camisa de Barak, él la detuvo.
Barak respiraba de una forma entrecortada.
—Lacey, no podemos. Aquí no —jadeó.
Barak tenía razón, pero eso no lo hacía más fácil. Barak apoyó la frente en la de Lacey y le cogió las manos para darle unos dulces besos en los nudillos. Al menos sólo estaba conteniendo su pasión, no apagándola del todo.
—Te quiero, Lacey —declaró—. Me paso demasiadas horas pensando en lo que sentiría teniéndote desnuda entre mis brazos mientras te doy placer de todas las maneras que se me ocurren. La idea de poseerte me duele.
Sus ojos plateados la tenían hechizada, y lo atrajo para reclamarle otro beso. Antes de que sus labios se tocaran, Barak se detuvo y añadió:
—Sin embargo, antes de que sigamos quiero que te asegures de que esto es lo que quieres en realidad. No seré el amante de una mujer a quien le avergüence ser vista en público conmigo o quien sólo me acepte en su cama si está segura de que nadie lo sabe.
Aunque su intención fuera protegerlos a ambos, sus palabras se clavaron en el corazón de Lacey. Barak tenía razón. Besarlo en un arranque de pasión o incluso para consolarlo era una cosa, pero permitir que todos los de la organización, por no mencionar a su hermano, supieran que había invitado a su enemigo a dormir en su cama, constituiría un desastre.
Barak debió de leerlo en sus ojos, porque se separó de ella y, después de mirarla fijamente, salió del laboratorio cerrando la puerta detrás de él. Lacey estaba segura de que había hecho lo correcto.
Entonces, ¿por qué le dolía tanto?


La puerta del gimnasio se abrió. Barak cogió la espada que había elegido y se volvió para enfrentarse a su oponente. No supo si sentirse enfadado o aliviado al ver que Penn Sebastian no había acudido solo. Evidentemente, Devlin creía que uno de ellos necesitaba una niñera para su primera sesión de entrenamiento.
—Barak —declaró Devlin a modo de saludo.
Penn lanzó a Barak una mirada furiosa y permaneció en silencio. ¡Estupendo! El encuentro con Lacey en el laboratorio lo había dejado sumamente irritable, y no existía mejor blanco para su mal humor que el imbécil de su hermano.
Devlin se quitó la camisa y la lanzó a una esquina de la sala. Penn hizo lo mismo, así que Barak los imitó. En el gimnasio hacía mucho calor y, conforme avanzara la tarde, la temperatura aumentaría.
Como de costumbre, Devlin tomó la iniciativa.
—Ayer le enseñé a Penn unos ejercicios de levantamiento de pesas para ayudarlo a fortalecer sus brazos —dijo—, pero también necesitará ayuda para aprender a utilizar su mano izquierda.
Barak asintió y empezó a realizar unos estiramientos para calentar los músculos. Después de unos segundos, Devlin y Penn dejaron de realizar sus propios estiramientos para observar a Barak, quien siguió con los suyos permitiendo que la danza de la muerte absorbiera parte de su rabia. Un luchador que permitía que sus emociones desequilibraran su concentración corría un grave riesgo de resultar herido o muerto, incluso en un enfrentamiento de prácticas. Después de unos instantes, los Paladines reiniciaron sus ejercicios para que Barak terminara los suyos con tranquilidad.
Barak ignoró a Penn y se dirigió a Devlin:
—¿Quieres que Penn ejercite también su mano derecha o prefieres que nos centremos sólo en la izquierda?
—Necesita las dos.
—Penn está aquí mismo, Bane —intervino el aludido—. Si el Otro tiene preguntas acerca de mí, yo mismo las contestaré.
—Se llama Barak, Penn. Llámalo por su nombre o cállate. Barak realiza movimientos que yo no soy capaz de repetir. Quizá, si dedicaras menos tiempo a ser un gilipollas y más a observarlo, podrías aprender unos cuantos trucos.
—Yo sé cómo matar a los de su especie, Bane. Ése es el único truco que necesito.
Penn cogió su espada con la mano derecha y con una expresión beligerante en la cara.
Barak no sabía a qué jugaba Bane enfrentándolo a Penn, pero no le gustaba.
—No necesito esto. Me voy —declaró, y se encaminó hacia la salida.
Devlin se interpuso en su camino con rapidez.
—Me importa una mierda lo que necesitas y lo que no necesitas —le dijo—. El trato es que te tienes que ganar el derecho a estar por aquí y los Regentes me han dicho que sea yo quien decida el cómo. Y el cómo significa que tienes que enseñar a Penn a luchar con la mano izquierda. Mañana quizá decida otra cosa, pero hoy no saldrás de aquí hasta que yo diga que puedes irte.
Penn lo miró con aire despectivo.
—¿Y si yo me niego a practicar con él? —dijo—. ¿Lo enviarás de una patada al otro lado de la barrera, que es a donde pertenece, o lo matarás como deberías haber hecho desde el principio?
—¡Basta! —Devlin le soltó un revés a Penn que lo envió tambaleándose a la pared más cercana—. ¡Levanta tu espada y haz lo que te diga Barak!
Devlin salió del gimnasio con determinación, dejando que Barak y Penn se las arreglaran solos. ¿Confiaba en ellos hasta ese punto o lo habían presionado tanto que no le importaba si se mataban entre ellos?
La idea era tentadora, pero, aunque en aquel momento estaba muy enfadado con Lacey, Barak se sentía incapaz de matar a su hermano. Por ella, y no por Devlin, le enseñaría a Penn lo que pudiera.
Barak cogió la espada con la mano izquierda y la sostuvo en alto como saludo.
—Entonces, ¿qué, nos matamos el uno al otro y simplificamos la vida de Bane o sobrevivimos a esta pequeña farsa suya y seguimos mortificándolo?
Penn contempló su mano derecha mientras la flexionaba varias veces intentando cerrarla cada vez con más precisión. Resultaba obvio que le dolía, pero parecía decidido a conseguirlo. A continuación cogió la espada con la mano izquierda y la sostuvo en alto intentando actuar con la misma destreza con que lo habría hecho con la mano derecha.
—¡Ataca, Otro! —lo retó—. Estoy preparado.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:40 pm

Capítulo 10
Lo único que le gustó a Barak de aquel sombrío bar de barriada fue que las bebidas estaban frías. Lanzó una mirada a Penn y se preguntó cuál de ellos estaba más sorprendido de que hubieran terminado compartiendo unas cervezas en aquel sitio.
En el gimnasio se habían agotado el uno al otro con sus desafiladas armas. Hacía ya algún tiempo que no actuaba como instructor, pero no había olvidado aquella vieja práctica. A cada progreso de Penn, Barak lo ponía más a prueba, y utilizó el lado romo de la espada para corregirlo cuando se mostró torpe o descuidado.
Después, cuando salían del edificio, Penn comentó que iba a encontrarse con alguien en el bar que había un poco más arriba, en la misma calle. El comentario no constituía, exactamente, una invitación, pero cuando llegaron al bar, Penn se ofreció a invitarlo a una cerveza.
Barak no sabía qué pretendía el Paladín, pues una tarde practicando con la espada no significaba que fueran amigos, sobre todo si Penn descubría lo que Barak había estado haciendo con su hermana. Barak se reclinó en el asiento y bebió un trago largo de su cerveza. El frío líquido se deslizó por su garganta calmando su sed, aunque no consiguió borrar el sabor del beso de Lacey o el recuerdo de cómo había encajado su abultado pecho en su mano.
Su cuerpo se estremeció al recordar su dulce y apasionada reacción cuando él la tocó. Quizás había actuado como un estúpido al no tomar lo que ella le ofrecía, pero Lacey se merecía algo mejor que un revolcón rápido sobre la encimera del laboratorio. Los dos se merecían algo mejor. Pero si había echado por los suelos su única oportunidad de hacer el amor con ella, nunca se lo perdonaría.
Penn estaba demasiado ocupado vigilando la puerta para prestarle mucha atención a Barak. ¿Quién iba a reunirse con él para que el hosco Paladín estuviera tan nervioso? Tamborileaba con los dedos sobre la mesa y se enderezaba cada vez que la puerta se abría para poder ver al recién llegado. Cuando se dejó caer en el asiento por tercera vez, Barak vació su cerveza y la dejó sobre la mesa.
—¿A quién estás esperando? —le preguntó a bocajarro.
Penn quizá respondiera a su pregunta, aunque lo más probable era que le dijera que no era de su incumbencia. Antes de que el Paladín decidiera cuál sería su respuesta, la puerta volvió a abrirse.
—Ya está aquí —dijo.
Un hombre de mediana edad y pelo ralo se detuvo junto a la puerta, seguramente esperando a que sus ojos se ajustaran a la tenue luz del interior del bar. Transcurridos unos segundos, vislumbró a Penn, quien le hacía señas desde el fondo del local. El hombre se dirigió hacia allí, pero sus pasos flaquearon cuando vio que Penn no estaba solo. Conforme se acercaba a la mesa, esbozó una sonrisa falsa en su cara.
Se sentó al lado de Penn y saludó a Barak con un gesto de cabeza.
—Siento la tardanza, pero la reunión del departamento se alargó. —Extendió el brazo con cierta desgana—. Soy Ben, del departamento de Informática. Tú debes de ser ese tal Barak del que todo el mundo habla.
—Ése debo de ser yo —contestó.
Barak estrechó la mano del hombre. ¿Era el miedo u otra cosa lo que hacía que le sudaran las manos?
Algo en aquel hombre excitó los sentidos de Barak. No lo había visto nunca antes, pero, en cierto modo, le resultaba familiar. Barak cerró los ojos unos instantes e inhaló despacio y en profundidad, paladeando el aire. Había percibido el mismo olor a loción para después del afeitado en el laboratorio, cuando descubrió que alguien había examinado y desordenado sus notas. Sus ojos se encontraron con la nerviosa mirada de Ben y Barak sonrió levemente.
No estaría mal tantearlo un poco.
—Me resultas familiar, Ben —le dijo—. ¿Nos hemos visto antes? ¿Quizás en el laboratorio de Geología?
—¡No! —Ben enseguida se dio cuenta de que había reaccionado con exageración a una pregunta simple—. Lo siento, no era mi intención que sonara de esa manera. He tenido un día muy duro y supongo que estoy más estresado de lo que creía. Quería decir que no he estado en el ala de investigación desde hace meses. —Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor de la frente—. ¿Qué tal si pago yo la próxima ronda?
Penn había estado observando la interrelación de Ben y Barak con interés.
—Eso sería fantástico —dijo—, pero después Barak y yo tenemos que irnos.
¿Por qué hacía que pareciera que tenía planes con Barak? Barak no sabía nada de su vida privada pero era poco probable que Penn y aquel tal Ben fueran buenos amigos. Como norma, los Paladines salían con otros Paladines, sobre todo cuando ya llevaban muchas muertes a cuestas. Barak se preguntó si Penn sospesaba que Ben andaba metido en algún asunto turbio.
¿Cómo robar los pedruscos azules del mundo de Barak? Barak aceptó la segunda cerveza y estudió a Ben mientras él y Penn entablaban una larga y tortuosa discusión acerca de las posibilidades de los Mariners de ganar la liga. Barak no sentía ningún interés por los deportes a los que los humanos parecían ser tan adictos.
De vez en cuando, Lacey se ponía una camiseta con el logo de un equipo estampado en el pecho y él siempre había admirado lo bien que le sentaba, pero sabía poco del equipo al que pertenecía. Quizá sería bueno que estudiara los distintos deportes con más detalle para encajar mejor en esta sociedad. Quizá, también pudiera convencer a Lacey para que lo acompañara a algún partido.
Sin embargo, en aquel momento, Penn casi había terminado su segunda cerveza. Ya era hora de que él hiciera lo mismo. Mientras se llevaba el botellín a los labios, Penn, sin previo aviso, se levantó.
—Es hora de irse —anunció, y realizó un gesto con la cabeza en dirección a Ben—. Gracias por la cerveza, Ben.
Y se alejó dejando que Barak decidiera si quería seguirlo o no. Como Barak no tenía ningunas ganas de quedarse allí, bebió un último trago de cerveza y dejó el botellín en la mesa.
—Yo también te doy las gracias —dijo levantándose.
Si a Ben lo sorprendió que lo dejaran solo de repente, lo disimuló muy bien.
—De nada. Cuando quieras, repetimos.
Barak dudaba de que aquella situación volviera a repetirse, pero daba lo mismo. Al menos ahora estaba razonablemente seguro de que Ben era la persona que había estado fisgando en el laboratorio. El problema era qué hacer con esa información.
Una vez en el exterior vio que Penn lo esperaba un poco más abajo, en la calle. ¿Qué estaba pasando? Penn se traía algo entre manos y sólo había una forma de descubrir de qué se trataba.
Barak acorraló deliberadamente a Penn contra la pared y le preguntó:
—¿Por qué enviaste a Ben a hurgar en el laboratorio cuando empecé a trabajar con tu hermana?
Con la espalda pegada a la pared, Penn se enderezó con los puños apretados a los costados.
—¿De qué demonios hablas, Otro? —espetó—. Yo no lo envié a ningún lado. Apenas lo conozco.
Su respuesta parecía sincera. Así que Ben había estado inspeccionando el laboratorio por iniciativa propia. Barak de nuevo se preguntó el porqué.
—Poco después de empezar a trabajar en el laboratorio alguien hurgó entre mis papeles —dijo Barak suavizando el tono de voz—. Hasta ahora no sabía quién lo había hecho. Incluso pensé que podías haber sido tú.
Penn entornó sus ojos azules antes de contestar:
—Pues yo no fui.
—¿Cómo demonios sabes que lo hizo Ben?
—He reconocido su olor: una colonia dulce y empalagosa mezclada con un exceso de sudor.
Barak dudó de que el Paladín lo creyera, pero eso no era problema suyo.
Para su sorpresa, Penn asintió con la cabeza y dijo:
—Larguémonos antes de que salga.
Barak acomodó su paso al de Penn mientras se alejaban por la acera.
—Últimamente ha estado rondando a mi alrededor sin ninguna razón aparente. —Penn pateó una piedra enviándola por los aires—. Algo anda buscando.
—Por lo visto está interesado en nosotros dos.
Y debía de estar relacionado con las piedras azules, pero, de momento, no podía comentárselo a Penn, pues sólo tenía su palabra como garantía de que no tenía nada que ver con lo que Ben se traía entre manos. Tendría que consultarlo con Devlin; el jefe de los Paladines no quería que se extendiera la voz sobre el robo que se estaba produciendo en el mundo de Barak.
Penn siguió caminando en silencio. Al final se detuvo y se volvió hacia Barak.
—Si haces algo que haga daño o ponga en peligro a mi hermana eres hombre muerto —le dijo.
Y se alejó mientras Barak se quedaba mirándolo.


—Casi hemos llegado.
Lacey apenas pudo evitar que su voz reflejara la emoción y el alivio que experimentaba, pues el largo viaje con Barak había hecho que el interior de la furgoneta le resultara pequeño y estrecho. Le encantaba estudiar los volcanes de Washington, pero el monte St. Helens le resultaba especial. Observó a su silencioso compañero preguntándose qué estaría pensando mientras avanzaban por la sinuosa carretera que los conduciría al centro turístico más cercano a la montaña.
Al percibir tensión en el rostro de Barak, Lacey frunció el entrecejo.
—¿Te encuentras bien, Barak? —le preguntó—. Espero que no sufras de mal de altura otra vez.
Barak sacudió levemente la cabeza sin separar la vista de la carretera y dando ocasionales ojeadas a la montaña.
—Estaré bien. —Barak contempló el empinado precipicio que llegaba hasta el valle—. Después de ver las zonas replantadas, me sorprende que una zona tan extensa, alrededor de la montaña, siga tan árida. Me duele en el alma verlo.
Lacey trató de imaginarse cómo debía de verlo él y asintió con la cabeza.
—En el centro de visitantes exhiben una película de la explosión de 1980 —explicó—. Si quieres, puedes verla, no dura mucho. Y es increíble.
—Lo pensaré.
Barak estiró el cuello para mirar hacia atrás dejando que el silencio se asentara de nuevo entre ellos. Aunque no era hombre de largas conversaciones, había permanecido inusualmente silencioso desde que salieron del laboratorio. Eso preocupaba a Lacey más de lo que ella estaba dispuesta a admitir, porque sospechaba que se debía a lo que había sucedido entre ellos.
¿A él también le había costado dormirse por pensar demasiado en la maravillosa explosión de pasión que habían compartido? Incluso cuando por fin consiguió adormecerse, los sueños de Lacey estuvieron plagados de imágenes de los ojos plateados de Barak y de su adusta sonrisa. Lo que no era, precisamente el tipo de imágenes que producían sueños tranquilos y relajantes. Aunque en raras ocasiones se maquillaba, ese día Lacey lo había hecho para ocultar las negras sombras que bordeaban sus párpados inferiores. La montaña que tenían enfrente le recordaba a Barak en algunos aspectos. De momento, el volcán sólo expulsaba unas cuantas volutas de vapor, un silencioso recordatorio del poder y el calor que se escondía detrás de su engañosa fachada. Sin embargo, nadie, en la ladera noroeste, olvidaría nunca la violencia que la montaña era capaz de alcanzar. Y Barak, a pesar de su carácter reservado, también era capaz de vivir algunas experiencias con gran intensidad.
La última había dejado a Lacey temblorosa durante varias horas. Como resultado, había pasado buena parte de la noche anterior reflexionando sobre si era o no acertado llevar a Barak con ella a aquella excursión. Pero ella no era una cobarde y, si no podían ser amantes, de alguna forma tendrían que aprender a ser amigos.
Tomó la última curva y entró en el aparcamiento que había al final de la carretera.
—Descarguemos el equipo y después decidiremos si tenemos tiempo de ver la película —dijo.
Barak parecía una estatua mientras contemplaba paralizado la montaña. Finalmente cerró los párpados e inhaló varias veces de forma lenta y profunda.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó ella.
Lacey ya le había formulado antes esa pregunta, pero lo cierto era que la actitud de Barak empezaba a preocuparla.
—Deja de atosigarme, Lacey —le soltó él sin abrir los ojos—. Ya te he dicho que estoy bien. Sólo me estoy adaptando a la montaña.
¿Adaptando? ¿Qué quería decir con eso? Pues bien, ella también podía ser huraña.
—Está bien, de acuerdo —replicó—. Tú siéntate aquí y haz lo que tengas que hacer. Mientras tanto yo desempacaré los aparatos que les prometí a los universitarios.
Pero cuando llegó a la parte trasera de la furgoneta, Barak y estaba allí para ayudarla a bajar el equipo. En determinado momento, ambos cogieron la misma caja, y las manos de Barak se apoyaron sobre las de Lacey. Una vez más, un estremecimiento recorrió los nervios de Lacey haciendo que retrocediera sobresaltada. Al principio, la doctora tuvo la impresión de que Barak no se había dado cuenta del efecto que le había causado el contacto de sus manos o que no le importaba, pero después lo miró a los ojos y supo que estaba equivocada. Barak lo había notado y, como ella, se esforzaba en contener la oleada de calor que experimentaba.
—Lo siento, Barak.
No se refería a su breve contacto accidental, sino a que ninguno de ellos se pudiera permitir ceder a la tentación.
Barak siguió descargando las cajas como si Lacey no hubiera dicho nada. Y a ella su reacción ya le iba bien. Vaya que sí.
—Voy a pedirles una carretilla a los guardias forestales —dijo Lacey—. Enseguida vuelvo.
Mientras se alejaba, habría jurado que notó la mirada de Barak siguiéndola paso a paso. Cuando llegó a la puerta del Centro, se arriesgó a dar una rápida ojeada hacia atrás para comprobarlo: Barak estaba de espaldas a ella, sacando otra caja de la furgoneta. Su dedicación al trabajo era digna de admirar; al menos uno de ellos parecía ser capaz de sobrellevar la atracción que sentían el uno por el otro.


A Barak le sorprendió la cantidad de personas que estaban interesadas en visitar la montaña. Los humanos no tenían la misma afinidad que él hacia las piedras, pero nadie podía contemplar aquel entorno y no darse cuenta de la tendencia destructiva del volcán. Barak estaba cerca de los sismógrafos, cuyas agujas registraban los movimientos de la tierra. Sólo unos minutos antes, las agujas habían oscilado como locas de un lado a otro, indicando un ligero terremoto. Barak extendió la mano rastreando aquella energía hasta su origen. Mientras murmuraba algo en voz baja absorbió parte de la tensión y la extendió a una zona más amplia. Tras unos segundos, las agujas aminoraron su alocado vaivén y adoptaron un ritmo más pausado.
Barak se apoyó en un mostrador cercano, simulando interés por los artículos que se exponían allí, mientras recuperaba el aliento. Hacía mucho que no trabajaba con las piedras y la última vez había sido en su mundo. Mientras se esforzaba en adaptarse a aquel mundo nuevo, incluso las técnicas más sencillas como calmar un espasmo momentáneo de la tierra lo dejaban agotado.
Aun así, se sintió bien al ejercitar unos músculos que no había utilizado desde hacía tiempo. Cuando recuperó el aliento, buscó a Lacey con la mirada. La vio al otro lado de la habitación, hablando con un grupo de niños acerca de las arañas, unas máquinas ingeniosas que utilizaban los vulcanólogos para monitorizar los volcanes. En concreto, la que Lacey les mostraba había resultado dañada cuando el monte St. Helens sufrió una de sus explosiones.
Lacey se agachó para hablar con unos niños. Justo en aquel momento, escuchaba con atención a una niña. La doctora frunció levemente el entrecejo y, con una mirada que denotaba inteligencia, contestó la pregunta de la niña con unos términos que ella pudiera entender.
Él podría observarla durante todo el día, mientras transmitía a aquella niña el amor que sentía hacia la profesión que había elegido. ¿Tenía idea de lo hermosa que era? De algún modo, Barak lo dudaba. Pero, incluso a través de una habitación atiborrada de gente, él podía sentir la calidez de Lacey, deseando que la hiciera suya.
En una ocasión oyó de pasada a un Paladín alardear de una conquista reciente y describir la noche que había pasado con ella quemando las sábanas. Eso era, exactamente, lo que pasaría si lograba convencer a Lacey de que compartiera su cama.
Como si hubiera percibido la intensidad de su mirada, Lacey miró en la dirección de Barak. Su sonrisa tembló levemente mientras lo miraba con ojos intrigados. Él ocultó la pasión que sentía y, después de saludarla con un breve ademán de la cabeza, se volvió hacia otro lado. Intentaba darle tiempo para que se adaptara a su presencia, pero cada vez le costaba más esperar. La amistad de Lacey era una espada de doble filo. ¡Eran tantas las cosas que tenía que ocultarle...! Aunque, al mismo tiempo, necesitaba desesperadamente que ella confiara en él lo suficiente para dejarlo acercarse a ella.
Barak tenía secretos que proteger, eso era cierto. Pero, ¡maldita sea!, le dolía estar tan solo.


La pequeña sala de exposiciones era fresca y confortable... para ella. Barak, por su parte, apretaba el reposabrazos que separaba los asientos con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Diciéndose a sí misma que nada de malo había en ello, Lacey separó la mano de Barak del reposabrazos y entrelazó sus dedos con los de él, percibiendo su frialdad.
Lacey podía entender la reacción de Barak a la película sobre la erupción del monte St. Helens de 1980: era la naturaleza desatada y destructiva más allá de cualquier descripción. Pero había pasado cerca de treinta años atrás. ¿Por qué le afectaba tanto?
La pantalla se quedó a oscuras y las cortinas que ocultaban los ventanales se descorrieron, mostrando la montaña en toda su mortal belleza. El corazón de Lacey dio un brinco, como hacia siempre ante la visión de toda aquella furia apenas contenida. Ella siempre se había preguntado hasta qué punto resistiría el cristal en caso de que el volcán decidiera volver a entrar en erupción.
La mano de Barak apretó la de Lacey casi hasta el punto de hacerle daño, aunque ella dudaba de que él fuera consciente de lo que hacía. Barak se puso en pie con lentitud, sin apartar los ojos de la montaña, y Lacey permitió que tirara de ella mientras se acercaba a los ventanales.
Cuando Barak se sumergió en el haz de luz que entraba por los cristales, la doctora se sorprendió al ver que torcía los labios en una leve sonrisa. Barak inhaló hondo y dejó escapar el aire con lentitud mientras la tensión de su cuerpo desaparecía. Sólo entonces se dio cuenta de la fuerza con que apretaba la mano de Lacey.
—Lo siento —se disculpó.
Barak se llevó la mano de Lacey a los labios.
La calidez de su aliento calmó y, al mismo tiempo, envió un cosquilleo por la mano de Lacey, pero causó un efecto muy distinto en el resto de su cuerpo. De una forma instintiva, ella se volvió hacia él deseando que la apretara entre sus brazos.
—¿Has pensado en lo que te dije? —preguntó Barak en un susurro.
El recuerdo de la elección que todavía tenía que hacer fue para Lacey como un jarrón de agua fría que la hizo retroceder unos pasos. No, no lo había pensado, lo que demostraba lo cómoda que se sentía con él a pesar de su naturaleza foránea. Cuando retrocedió, Barak se lo permitió sin pronunciar ninguna queja. Ella buscó algo que decir, algo que aliviara la renovada tensión que había surgido entre ellos.
—Será mejor que nos vayamos —dijo al fin—. Tenemos un largo camino de vuelta a casa.


Durante todo el trayecto hasta el aparcamiento de su edifico, donde Lacey lo dejó, Barak se mostró frío y enfadado. Mientras descendían de la montaña, se maldijo a sí mismo en silencio, maldijo la comprensible reserva de Lacey a aceptar la pasión que él podía ofrecerle y, por encima de todo, maldijo al volcán. Aquella mañana temprano se había prometido a sí mismo que se esforzaría para estar tranquilo y relajado con Lacey.
Sabía, de antemano, que estar encerrado en la pequeña cabina de la furgoneta con ella dificultaría que controlara la creciente atracción que sentía hacia ella. Lacey le transmitía calidez en formas que él creía que habían desaparecido de su vida para siempre. Si hubieran estado en su mundo, él habría sabido cómo cortejarla, cómo atraerla a su cama.
Le preocupaba haberla alejado de él definitivamente con su rotunda afirmación de que, entre ellos, tenía que ser todo o nada. Ésa era la simple verdad, pero podría haber suavizado sus palabras para no herirla tanto. El hecho de que, cuando estaban aproximándose a la montaña, ella se preocupara más por él que por ella misma, decía mucho de su bondad innata.
Barak cerró los ojos y pensó en el volcán. Él ya sabía que el volcán estaba activo, pero no había imaginado la intensidad con la que conectaría con él. Había sentido sus murmullos, procedentes de su interior, de lo más hondo de las laderas, como si los tocara con sus propias manos.
La película también lo había cautivado, haciendo que se deleitara en el poder de las rocas y las piedras que formaban el corazón de la montaña. Y aquellos locos humanos la miraban como si fuera otra fantasía de efectos especiales. Lacey y los guardias forestales que trabajaban en la montaña eran los únicos que comprendían el peligro que corrían al estar tan cerca del inestable volcán.
Barak subió las escaleras que conducían a su apartamento deseando encontrar la forma de liberar la energía que crecía en su interior. Otra buena pelea con Penn lo ayudaría, pero no podía llamar al Paladín para decirle que o peleaba con él o se acostaba con su hermana. Se imaginó la respuesta del irascible Paladín y sonrió por primera vez en muchas horas.
Devlin y Trahern comprenderían los intensos sentimientos que experimentaba un hombre por una mujer a la que quería sólo para sí mismo. Pero era poco probable que aceptaran que Barak pretendiera a una humana, sobre todo si era la hermana de uno de sus compañeros Paladines.
Cuando llegó a la puerta de su apartamento, oyó que el teléfono estaba sonando. Corrió hasta la cocina y descolgó e auricular a toda prisa.
—Barak al habla.
—Hola, Barak. —La voz calmada de Laurel Young suavizó parte de la tensión que había ido acumulando durante el día—. Parece que te falte el aliento. ¿Te cojo en mal momento?
—Nunca es un mal momento para hablar contigo, Laurel.
Barak acercó un taburete al teléfono y se sentó dispuesto a hablar con su amiga tanto como le fuera posible.
—Me preguntaba si querrías venir a cenar mañana por la noche —dijo Laurel—. Devlin, Trahern y Brenna también vendrán.
Barak percibió que Laurel contenía el aliento esperando su respuesta.
—Sí, me irá bien salir de casa —contestó—. ¿Estás segura de que a los demás no les importará que yo vaya?
—Si no quisiera que vinieras, no te lo preguntaría.
Además, si los dos Paladines se hubieran negado rotundamente a que lo invitara, ella no lo habría llamado. Si es que se había molestado en preguntárselo. Laurel jugó su última baza:
—Por si influye en tu decisión, también he invitado a Lacey Sebastian.
Inteligente mujer: lo había atrapado. Si ahora rechazaba su invitación, Laurel sabría que algo pasaba.
—Estoy seguro de que a Lacey le encantará cenar contigo, Laurel —dijo Barak—. En cierta manera, me recuerda a ti.
—¿Así que es tozuda y brillante?
Sus palabras contenían una buena dosis de humor.
Barak rio entre dientes.
—Iba a decir que las dos sois encantadoras, pero no discutiré tu afirmación —añadió Barak, y le agradó ver que su comentario arrancaba una risa a Laurel.
—Me encantará volver a verte, Barak. Mañana a las siete.
Mientras colgaba el auricular, Barak reflexionó acerca del significado de que Lacey hubiera aceptado la invitación. Laurel era una mujer inteligente y buena en matemáticas. A la cena asistirían seis personas, tres hombres y tres mujeres. Tres parejas. Sería interesante.


Ben Jackson se secó la frente por tercera vez en diez minutos El fracaso mezclado con el miedo hacían que un hombre sudara incluso en un clima frío. Las manecillas del reloj avanzaron hasta que no tuvo más remedio que telefonear. Su colega conspirador le pagaba bien, pero esperaba resultados a cambio de su dinero.
Ben no tenía ningún resultado que ofrecerle, y eso era algo malo, quizá realmente malo. Su única misión consistía en descubrir lo que los Paladines sabían acerca de la operación de las piedras azules. Ben creyó que Penn Sebastian era el mejor candidato para obtener esa información, pero, de momento, el malhumorado Paladín se había mostrado elusivo.
Cuando lo convenció para que se encontrara con él después del trabajo en el bar, creyó que por fin había realizado algún progreso. Pero Penn lo había pillado desprevenido al acudir a la cita con aquel espeluznante Otro. ¿Qué significaba aquello?
Era poco probable que Penn y Barak estuvieran confabulados, pero cosas más extrañas se habían visto. Por otro lado, si hubiera corrido el rumor acerca de las piedras azules, ¿qué mejor socio que uno de aquellos bastardos de ojos claros que procedían del otro lado de la barrera? Después de todo, ¿qué tenía que perder Penn? Se había pasado los últimos meses sentado sobre su trasero en un callejón maloliente. Si eso era lo mejor que los Regentes podían hacer por uno de los suyos, como mínimo Penn sería vulnerable a los sobornos.
Pero, justo cuando creía que las cosas funcionaban, de una forma inesperada, la situación de Penn había cambiado. Ben volvía a estar como al principio: buscando una grieta en la armadura de los Paladines.
Volvió a secarse la frente deseando disponer de una excusa para no marcar aquel número. Odiando la forma en que le temblaba la mano, pulsó la tecla de marcación rápida y rogó para que se conectara el contestador de voz. La suerte estaba de su parte pero era toda mala.
—Llamas tarde —dijo la voz del otro lado.
Humillarse no le serviría de nada, pero mentir tampoco.
—Al menos he llamado.
El pesado silencio que se produjo le indicó que su pequeña bravuconada no había ayudado a mejorar el estado de ánimo de su interlocutor.
—Pero tarde —insistió—. Ya hemos hablado de eso. ¿Qué tienes para mí?
—Me tomé una cerveza con Penn Sebastian. Es la primera vez que accede a algo así.
Claro que Penn apenas había pronunciado unas palabras en todo el rato que estuvieron en el bar. Sobre todo, Penn y él habían estado hablando de la liga de baseball .


—¿Le sacaste algo sobre lo que los Paladines saben o sospechan acerca de nuestra operación? —preguntó la voz.
—No. El Otro estaba con él. Ese tal Barak. —Ben se estremeció. Aquel alienígena le había puesto los pelos de punta—. Con Barak al lado era imposible hablar con Penn de ese tema.
—¿Cómo es? Me refiero al Otro.
La voz de su jefe reflejaba un interés renovado.
Ben reflexionó.
—Estaba callado, pero despedía la misma tensión que despiden los Paladines jóvenes. Ya sabe, antes de aprender a ocultar lo que son. A no ser por el extraño color de su piel, podría haber pasado por otro tío que se estaba tomando una cerveza al salir del trabajo. —Ben frunció el entrecejo—. Cuando entré en el bar, él y Penn estaban sentados juntos, pero no me dio la impresión de que hubiera camaradería entre ellos. Lo último que he oído es que Penn está enfadado porque Barak trabaja con su hermana. Y no creo que eso haya cambiado.
—Entonces ésa es una debilidad que puedes aprovechar. Eso y su mano herida. He oído decir que no mejora.
¿Cómo podía saberlo? Se suponía que no trabajaba en la misma zona que los Paladines y, aunque lo hiciera, ellos no eran dados a los cotilleos, sobre todo cuando se trataba de malas noticias.
—Seguiré intentándolo —dijo Ben—. Pero si lo presiono demasiado, podría sospechar de mí en lugar de mostrarse amistoso.
—Tenemos que averiguar qué es lo que saben. Eres tú quien tiene que averiguarlo. Inténtalo con más ímpetu o encontraré a alguien más que lo haga.
Ben volvió a sudar. Nadie podía abandonar sin más su pequeña empresa. O estabas dentro o estabas muerto. No había término medio.
El silencio al otro lado de la línea no presagiaba nada bueno Ben cerró los ojos mientras intentaba desesperadamente pensar en algo que aplacara a aquel hombre. Tenía a Penn, al Otro y a la hermana de Penn...
La hermana de Penn... ¡Era una posibilidad! Lacey Sebastian estaba bien considerada dentro de la organización. Los Paladines locales la trataban como a una mascota, así que amenazarla sería como ponerlos en el filo de una navaja. Los Paladines perseguirían a cualquiera que la pusiera en peligro con las espadas en alto, pero no se arriesgarían a que ella sufriera ningún daño.
Quizá, si tenía mucho cuidado, podía canjearla por información. Después tendría que salir a todo correr, pero de cualquier modo ese día tenía que llegar. Herir a una mujer no era su estilo, pero tenía que ganar tiempo.
Inspiró aire y se preparó para lo peor.
—¿Qué le parecería si...?


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:41 pm

Capítulo 11
—Hola, Barak, entra.
Laurel sonrió, se hizo a un lado y le dio la bienvenida a Barak a su casa.
Él le tendió la botella de vino que había comprado.
—Espero que te guste —le dijo—. El tío de la tienda me aseguró que es de una cosecha muy aceptable.
Laurel le sonrió.
—¡Escúchate! Cada día que pasa te pareces más a un washingtoniano. Estoy impresionada.
Devlin apareció detrás de ella.
—¡Maldita sea, Barak, te tengo dicho que no flirtees con mi mujer!
Devlin deslizó un brazo por los hombros de Laurel y tiró de ella hacia él para darle un beso en el cuello.
Laurel realizó un esfuerzo para fruncirle el entrecejo a su amante, aunque era evidente que no podía estar enfadada con él durante mucho tiempo.
—No estaba flirteando —refunfuñó—. Sólo le comentaba lo bien que se está adaptando a nuestro mundo.
En opinión de Barak, Laurel estaba siendo optimista, pero así era ella. Nadie más habría asumido la difícil tarea de convencer a Devlin y al resto de los Paladines para que permitieran que su enemigo de toda la vida se moviera entre ellos como si tal cosa.
—Llevaré el vino a la cocina —añadió Laurel—. Tengo que ver cómo está la cena.
Devlin esperó a que ella hubiera salido de la habitación para lanzar a Barak una mirada de complicidad.
—Seguramente necesitaremos beber tanto vino como podamos. Laurel no cocina muy a menudo. —Bajó la voz y se estremeció—. ¡Por suerte! Los vegetales no entrañan mucho riesgo, pero la carne más vale evitarla.
Barak reprimió una sonrisa.
—Elegiré lo que como con cuidado.
—¿De qué estáis hablando vosotros dos ahí fuera?
Laurel asomó la cabeza desde la cocina.
Antes de que Devlin hubiera ideado una respuesta creíble, el timbre de la puerta volvió a sonar.
—Probablemente sean Trahern y Brenna —dijo.
El vestíbulo estaba a punto de llenarse de gente, así que Barak entró en el salón esperando disponer de unos segundos de soledad. Pero resultó que no había sido el primero en llegar: Lacey levantó la vista de la revista que estaba hojeando y esbozó una sonrisa indecisa.
—Hola, Barak. Espero que no te importe que esté aquí. Laurel insistió mucho en que viniera.
—No, claro que no —repuso él—. Ya he dicho antes que creía que tú y Laurel seríais buenas amigas. Y Brenna Nichols también.
Se sintió orgulloso de sí mismo al percibir la firmeza de su voz. Estaba acostumbrado a ver a Lacey vestida con tejanos y camiseta en el trabajo y no estaba preparado para verla con un vestido que acentuaba maravillosamente sus curvas femeninas. Sus morenas piernas eran largas y esbeltas, y sus sandalias de tacón alto resaltaban sus delgados tobillos y sus bonitos pies. Estaba preciosa con aquel vestido tan elegante y él lo único que deseaba era arrancarle todas las piezas de ropa que llevaba puestas.
Se había prometido a sí mismo de tratarla igual que a Laurel o Brenna, o sea, con cortesía y una serena distancia. Pero no había nada de serenidad en cómo se sentía en aquel momento, sobre todo cuando Lacey se inclinó para dejar la revista sobre la mesa permitiéndole ver brevemente su escote. Quizá debería irse mientras pudiera.
Trahern entró en la habitación.
—¡Hola, Lacey! —dijo—. ¿Qué haces tú aquí?
Lacey miró un instante a Barak a los ojos antes de volverse hacia Trahern:
—De vez en cuando me permiten salir del laboratorio, pedazo de bruto. A mí me gustaría saber quién sujetará tu correa esta noche. ¿La pobre Brenna ya se ha dado cuenta de que todavía estás por domesticar?
Una sonriente Brenna Nichols apareció de detrás de Trahern.
—Estamos en ello. Me alegro de volver a verte, Lacey. Y a ti también, Barak.
Barak dudaba de que fuera cierto, pero si ellos estaban dispuestos a guardar las apariencias, él también lo haría.
—¿Sigues pasándotelo bien en los archivos, Brenna? —le preguntó.
—Sí, aunque le prometí a Blake que no aburriría a todo el mundo con el tema —contestó Brenna simulando hacerle pucheros a Trahern—. ¡Qué le voy a hacer si a él y a sus colegas les gusta mantenerlo todo envuelto en un aire de misterio y tinieblas!
Lacey soltó una risita.
—Resulta difícil considerarlos misteriosos cuando has tenido que compartir el baño con uno de ellos durante la infancia —apuntó.
Trahern miró hacia el techo y exclamó:
—¡Eh, Bane, necesito refuerzos! ¡Brenna y Lacey la han tomado conmigo!
Barak disfrutó de sus bromas deseando poder participar. Él había crecido pensando que los Paladines eran unos monstruos asesinos, pero cada vez le costaba más acordarse de cómo pensaba antes, sobre todo cuando los veía con sus mujeres, felices y relajados. ¿Quién habría imaginado nunca que dos bellas mujeres le estuvieran tomando el pelo a un tipo tan duro como Blake Trahern y que él lo disfrutara?
—¿Y tú cómo estás, Barak? ¿Qué tal te va trabajando con Lacey en el laboratorio de Geología? —Brenna estaba al lado de Trahern y él le había rodeado los hombros con el brazo—. Laurel me ha dicho que la geología te interesa mucho.
Ésa era la excusa que él y Devlin le habían dado a Laurel, pero era más cierta de lo que el líder de los Paladines creía.
—Disfruto aprendiendo a manejar vuestra tecnología, y ayer la doctora Sebastian me presentó al monte St. Helens —repuso Barak.
Sabía que sonaba formal y estirado utilizar el tratamiento de Lacey, pero necesitaba la pequeña distancia que ese formulismo le proporcionaba. No quería que nadie pensara en ellos como una pareja, aunque, si fuera un humano, habría animado a todo el mundo a creerlo. Sobre todo a ella.
Laurel se unió a la charla.
—Yo nunca he estado allí, pero tengo entendido que la vista es impresionante. Siempre pienso en ir, pero nunca encuentro el momento. Además, la única vez que se lo mencioné a Devlin, me miró como si estuviera loca.
Devlin asintió con la cabeza.
—Y por una buena razón —aclaró—. Me paso la mayor parte del tiempo luchando porque esa maldita montaña no sabe estarse quieta. Cada vez que se pone en acción, acabo hasta las orejas de...
Laurel le propinó un codazo en las costillas haciendo que el Paladín se interrumpiera de golpe.
«... hasta las orejas de sangre de Otros.» Todos ellos sabían que los rugidos de la montaña obligaban a los Paladines a entablar, una y otra vez, batallas sangrientas con los que eran como Barak.
Laurel rompió el silencio con una voz demasiado estridente.
—Devlin, quiero verte en la cocina. —Reparando en el tono de su comentario, añadió—: Necesito que me ayudes.
Devlin puso cara de haberse tragado algo asqueroso, pero siguió a Laurel de todos modos. Trahern esperó hasta que su amigo salió de la habitación para echarse a reír.
—¡Me gusta tanto ver que alguien pone firme a Devlin de vez en cuando...! —se burló.
—¡Te he oído, Trahern! —gritó Devlin desde la cocina—. Sigue hablando así y mañana, durante el entrenamiento, te haré morder el polvo.
Trahern soltó una risotada. Por lo que Barak había visto, los dos hombres eran bastante parejos luchando, con armas o sin ellas. Devlin tenía más estilo blandiendo la espada, pero Barak nunca habría deseado enfrentarse a Trahern en una batalla. No es que infravalorara sus propias habilidades, pero Trahern luchaba con la misma determinación mortal que él.
Trahern, sin dejar de sonreír, miró a Barak.
—Me he enterado de que Devlin ha hecho que luches con Penn —le dijo—. ¿Cómo os va?
Lacey se acercó a Barak esperando oír su respuesta. Sin duda estaba preocupada por su tosco hermano. Barak titubeó antes de contestar, sobre todo porque Devlin quería que los entrenamientos fueran algo confidencial. Sin embargo, estaba claro que a Bane no le importaba que Trahern lo supiera, y Lacey era la hermana de Penn.
—De momento, sólo hemos entrenado un día —explicó—. Empezamos como el perro y el gato, aunque eso era de esperar. Su mano derecha todavía está débil, pero la cosa pinta bien. Nunca había luchado con la mano izquierda, pero está aprendiendo.
Lacey sonrió con indecisión.
—Esa es una buena noticia, Barak —le dijo—. Penn quizá no te lo diga, pero estoy segura de que te agradece que lo entrenes.
Barak se echó a reír.
—Yo no estoy seguro. Devlin estaba tan enfadado con nosotros que se fue con aire intempestivo y nos dejó a solas para ver si nos matábamos entre los dos. Pero Penn y yo decidimos que matándonos sólo conseguiríamos simplificar la vida de Devlin y preferimos seguir por aquí para empreñarlo un poco más.
—¡Eso también lo he oído! —exclamó Devlin mientras entraba en el salón—. Laurel dice que podemos sentarnos a la mesa. La cena está lista.
Devlin clavó la mirada en Barak recordándole lo que le había dicho antes acerca de la forma de cocinar de Laurel. Barak husmeó el aire con suavidad y decidió que Devlin tenía razón. A juzgar por el ligero olor a carne quemada, sería más seguro tomar sólo vegetales.
Además, la comida no le importaba demasiado. Aquella noche formaba parte de un estrecho grupo de amigos que se divertían juntos mientras cenaban. Sólo deseaba que él y Lacey Sebastian se marcharan juntos al acabar la velada.


La velada tocaba a su fin. Lacey tenía que trabajar por la mañana, aunque no se había dado ninguna prisa en marcharse. Laurel y Brenna le desearon a Penn que encontrara a alguien que aportara felicidad a su vida.
Pero lo que fue más importante para ella fue la forma en que las dos habían aceptado a Barak. Laurel había sido la primera en defender su causa, y Brenna parecía sentirse muy cómoda en su presencia. Lacey ignoraba cuál era la razón de que eso fuera tan importante para ella, pero lo era.
Quizá porque percibía una gran soledad en Barak. Incluso rodeado de gente, parecía estar ausente. Quizá, simplemente, él era así, pero tenía que resultar difícil para él ser el único de su especie fuera a donde fuera. Ella, por su parte, casi todo el tiempo se olvidaba de que él era distinto.
Salvo por la forma en que su presencia la afectaba. Lacey se preguntó si Laurel sospechaba que sus sentimientos hacia Barak eran más profundos que el mero afecto que podía sentirse por un compañero de trabajo, sobre todo teniendo en cuenta que Barak y ella eran los únicos invitados sin pareja. Aunque Laurel no había asignado los asientos a los invitados, las dos parejas eligieron de forma natural asientos contiguos, de forma que Lacey y Barak no tuvieron más remedio que sentarse juntos ellos también.
—Gracias otra vez por invitarme, Laurel. Me lo he pasado muy bien —declaró Barak una vez en la puerta.
—Me alegro de que vinieras —contestó la doctora.
El coche de Trahern impedía la salida de la furgoneta de Lacey, así que él y Brenna se marcharon primero para que ella pudiera salir. Mientras cenaban había empezado a llover, aunque la temperatura todavía era templada.
Cuando Laurel vio cómo llovía, detuvo a Barak.
—Dame un minuto para coger el bolso y te acompañaré a tu casa —se ofreció.
Devlin no pensaba permitírselo.
—Si alguien va a acompañarlo, ése seré yo —terció.
Lacey intervino en la conversación:
—No, dejadme a mí. No tiene sentido que salgáis con este tiempo cuando yo voy en esa dirección.
—No quiero ser una molestia para nadie. No me hará daño caminar —aseveró Barak, y pasó junto a Lacey dispuesto a sumergirse en la llovizna.
Ella lo agarró del brazo.
—No me habría ofrecido si no quisiera hacerlo —dijo—. No es ninguna molestia para mí.
Barak escudriñó brevemente su cara antes de asentir con lentitud.
—De acuerdo, entonces. Gracias. —Se volvió hacia Laurel y Devlin y les ofreció una de sus escasas sonrisas—. Gracias de nuevo por invitarme.
—Los dos nos alegramos de que vinieras, Barak —declaró Devlin—. Nos vemos mañana por la tarde en el gimnasio.
—Lleva tu espada. Así, si tengo una víctima con la que practicar, podré enseñarle a Penn cómo debería luchar.
Devlin rompió a reír.
—Querrás decir un voluntario.
Barak enarcó una ceja.
—Eso dependerá de quién de los dos gane. Lo averiguaremos mañana.
A continuación, Lacey encabezó la marcha hacia la furgoneta. Una vez más, la cabina se le hizo pequeña con Barak en el interior, pero no se arrepentía de haberse ofrecido a acompañarlo. No veía a Barak relajado y pasándoselo bien con frecuencia. Casi deseó que él viviera más lejos para alargar el tiempo que les quedaba para estar juntos. A la mañana siguiente volverían a interpretar sus roles de compañeros de trabajo.
Cuando se detuvieron en un semáforo, Lacey se volvió para mirar a su silencioso compañero.
—¡Me lo he pasado tan bien...! —le dijo—. Tengo que regalarle algo bonito a Laurel por invitarme. Estaba encantada de que le hubieras llevado el vino.
—Laurel es muy amable.
Lacey titubeó antes de sacar a colación el nombre de su hermano:
—Quiero darte las gracias por entrenar a Penn.
—No es nada.
Barak se volvió hacia la ventanilla, dando a entender que prefería evitar aquel tema de conversación.
—No, sí que es algo —continuó ella—. Sé que tiene que ser duro para ti ayudarlo a recuperar su destreza teniendo en cuenta cómo la utilizará cuando la recupere.
Lacey puso su mano sobre la de Barak, dándole el poco apoyo que podía darle. Él enseguida se la cogió y la apretó levemente.
—Laurel no es la única amable —dijo.
Poca cosa podía contestar Lacey a su comentario, así que recorrieron el resto del trayecto en silencio. Cuando llegaron al edificio de Barak, Lacey aparcó la furgoneta y aguardaron unos instantes en silencio.
Barak no se dio prisa en abrir la puerta. Cuando se volvió para mirar con sus pálidos ojos a Lacey, ella tuvo la impresión de le acariciaba la cara. Fuera, la lluvia de verano parecía aislarlos del resto del mundo, dejándolos solos, demasiado alejados el uno del otro. Lacey estaba jugando con fuego mientras esperaba a ver qué ocurría a continuación.
Sólo deseaba que sucediera pronto, antes de que perdiera todo su valor y saliera disparada hacia su casa.
—Lacey...
Barak pronunció su nombre como en una plegaria y quizá fue eso.
—Barak... —murmuró ella.
Entonces se echó a reír, en parte por los nervios y en parte porque parecían estar representando el principio de una escena de amor de un viejo culebrón.
—Me gusta tu risa. —Barak alargó el brazo y le puso el pelo detrás de la oreja—. Quiero besarte.
¿Se trataba de un reto o, simplemente, de un hombre que advertía a su mujer de lo que se le avecinaba? Barak deslizó la mano detrás de la cabeza de Lacey para acercarla a él, y ella le dejó hacer de buen grado. Se deslizó por el asiento de una pieza hasta que su muslo rozó el de Barak, lo que envió una oleada de calor a su pecho y, desde allí, la oleada se expandió sumergiéndola en una intensa sensación de anhelo.
—Las cosas no han cambiado, Lacey —dijo él—. No quiero ser un secreto cargado de culpabilidad para ti.
Barak rozó los labios de Lacey con los suyos sin llegar a besarla.
¿Era eso lo que ella quería? «Sí.» ¿Saborear la pasión que bridaba en los ojos de Barak compensaba los riesgos que implicaba? Lacey no lo sabía ni le importaba. En aquel momento y en aquel lugar, eso era lo que deseaba.
Pero ella también tenía su orgullo y no le mentiría.
—Barak, no sé cómo manejar esto —dijo—; ni siquiera sé si podré manejarlo. Pero si te conformas con lo que puedo darte esta noche, invítame a entrar en tu casa.
Sin esperar respuesta, Lacey se sentó en su regazo. Dándole leves lengüetazos, lo tentó y provocó hasta que él, de repente la besó introduciendo su lengua en la boca de Lacey. Barak la levantó, la sentó a horcajadas sobre sus piernas y se deslizó hacia abajo en el asiento hasta que su erección rozó, directamente, el centro de Lacey.
El sabor de Barak era más embriagador que el vino que habían bebido en la casa de Laurel, y a Lacey la cabeza le dio vueltas debido al calor que estaban generando. Cuando él separó la boca, ella gimió deseando más de lo mismo.
—Si sólo voy a tenerte esta noche, Lacey, quiero hacerlo bien —dijo Barak—. Entra conmigo en casa.
Lacey deslizó los dedos por el cabello de Barak, que llevaba suelto después de que ella le quitara la goma, y apoyó la frente en la de él.
—Llévame a tu cama, Barak. Por favor.
Él la tomó de las manos.
—Coge tu bolso y entremos —repuso.
La naturaleza práctica de Barak hizo que Lacey sonriera mientras bajaba de su regazo y cogía el bolso y las llaves de la furgoneta. Barak ya había dado la vuelta al vehículo para abrirle la puerta. Por suerte, su apartamento sólo estaba a unos pasos de distancia, dándoles poco tiempo para pensar en lo que estaban a punto de hacer.
Una vez en el interior del apartamento, Barak cogió el bolso de Lacey y lo dejó en una silla.
—¿Quieres un té o un café? —le preguntó.
¡Qué encantador! Pero no, ella quería más de lo que apenas habían saboreado en la furgoneta. Se introdujo entre sus brazos y se puso de puntillas apoyándose en su fortaleza. Una risita vibró en las profundidades del pecho de Barak.
—Lo tomaré como un no —dijo.
Ella le ofreció una sonrisa de mujer, el tipo de sonrisa que decía que estaba hambrienta de su hombre. Bajó una mano por el pecho de Barak y titubeó un instante antes de continuar por parte frontal de sus pantalones para acariciarlo.
—Puedes tomar esto como un sí —susurró.
La sonrisa que Barak esbozó fue totalmente masculina y complacida.
—Mi dormitorio está por allí —indicó.
Ella lo cogió de la mano y lo condujo hacia el dormitorio, sintiéndose atrevida y deseada. Cuando cruzaron el umbral de la puerta, Barak volvió a besarla sin contenciones, introduciendo su lengua profundamente en la boca de Lacey. Barak deslizó las manos por los costados de Lacey para coger el borde de su vestido y levantárselo. Después colocó las manos en sus nalgas con sólo unas braguitas de encaje entre la piel y sus encallecidas manos. Las rodillas de Lacey flaquearon, y tuvo que abrazar a Barak por el cuello para evitar caerse al suelo. Barak introdujo una mano por debajo de la tela de encaje y le bajó un poco las bragas por las caderas. ¡Oh, cielos, estaba ardiendo!
—Quiero tumbarte y besarte por todas partes —dijo con voz ronca, y le pasó la lengua por el contorno de la oreja.
La cogió en brazos sorprendiéndola con su fuerza. Lacey no era demasiado pequeña, pero se sintió muy femenina en los brazos de Barak. Él la dejó en el borde de la cama y se arrodilló a sus pies, acariciándoselos mientras le quitaba las sandalias.
Sosteniendo la mirada de Lacey con la suya, Barak subió las manos por las pantorrillas de Lacey, por sus muslos, y volvió a coger sus bragas, esta vez para quitárselas del todo. Lacey se quito el vestido por la cabeza y lo lanzó al suelo. Barak se encargó de su sujetador, manipulando con torpeza el cierre delantero. Cuando por fin el cierre cedió, los pechos de Lacey se desparramaron en sus expectantes manos.
¿Cómo sabía Barak excitarle los pezones exactamente como a ella le gustaba?
—Todavía estás vestido —protestó Lacey.
—Eso tiene fácil arreglo.
Barak se quitó la camisa con rapidez mientras ella murmuraba su aprobación, pero cuando se disponía a desabrocharse los talones, ella lo detuvo.
—Déjame a mí —dijo.
Lacey colocó sus cálidas manos en el pecho de Barak y las fue bajando hasta llegar al cinturón, tomándose su tiempo, como si quisiera memorizar su contorno y el tacto de su piel. Le desabrochó el cinturón y después, sin apartar la mirada de su cara despacio, ¡uf!, muy despacio, le bajó la cremallera. Barak cerró los ojos durante unos instantes esforzándose en ser paciente y suspiró de alivio cuando ella terminó. Luego se quitó los pantalones y los calzoncillos, contento de haberse librado del obstáculo que suponía la ropa.
Aquel momento, cuando se tumbaron por primera vez juntos, piel con piel, tenía que saborearse. Barak se inclinó sobre Lacey, le dio un beso en la frente y reclamó su boca. En esa ocasión, el beso no tuvo nada de inocente y sus lenguas se entrelazaron en un movimiento rítmico de avances y retrocesos.
El olor del creciente deseo de Lacey perfumó el aire. Ella se sentó más hacia el centro de la cama tirando de Barak. Durante demasiadas noches él había permanecido tumbado en aquella misma cama, soñando con tener a Lacey allí, a su lado, pero su imaginación se había quedado totalmente corta.
La piel de Lacey era como seda viva, besada por el sol hasta adquirir un color dorado; era suave, flexible y cálida al tacto. Y sus pechos... Barak podría pasarse horas explorando su peso y su sabor. Se inclinó hacia ella, hundiendo la nariz en el oro de su cabello, e inhaló hondo antes de besarla a lo largo de la mandíbula, hasta llegar al punto pulsante de la base de su cuello.
—Dime qué es lo que quieres, Lacey —le susurró.
—A ti —contestó ella mientras se volvía hacia él y levantaba sus pechos para ofrecérselos.
Barak se los besó disfrutando de la forma en que sus pezones se hinchaban y endurecían. Deslizó la lengua alrededor del pezón que tenía más cerca y, al final, accedió a la muda petición de Lacey de succionárselo con sus dientes y labios. Las piernas de Lacey se agitaron cuando la mano de Barak siguió la leve curva su vientre hasta el nido de rizos de más abajo.
Lacey levantó las caderas, pidiéndole, sin palabras, que continuara. Él le besó el vientre y la acarició antes de introducir un dedo en lo más profundo de su resbaladizo conducto. Barak sonrió. El cuerpo de Lacey estaba listo para su unión.
—Quiero más —gimió ella. Tenía los ojos entornados y su mirada ardía. Tiró de Barak hacia arriba para que pudieran besarse, giraron sobre el colchón y ella quedó tumbada sobre el pecho de Barak.
Ella se movió de uno a otro lado, frotando los bonitos extremos de sus pechos contra el torso de Barak, y a él le gustó que Lacey no fuera una amante pasiva. Colocó las manos en las axilas de Lacey y tiró de ella para poder lamerle los pechos con rápidos lengüetazos, y después se los succionó con fuerza.
En un movimiento rápido, Lacey se sentó a horcajadas sobre Barak, colocando su húmedo calor justo encima de la erección de él. Barak respiró entrecortadamente mientras la necesidad de poseerla, de unirse a ella, amenazaba con acabar con el poco control que le quedaba.
Barak se dio la vuelta arrastrando a Lacey con él.
Ella arrugó la nariz e intentó volver a ponerlo boca arriba, pero Barak le cogió las manos y se las sujetó por encima de la cabeza.
—Estamos demasiado cerca. Necesito protección —dijo.
Lo que más deseaba en aquellos momentos era penetrar en el receptivo cuerpo de Lacey, con sólo el calor húmedo y resbaladizo de su piel entre ellos, pero ninguno de los dos podía permitirse tener un hijo. Barak abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó la caja de condones que había comprado el día que conoció a Lacey.
Ella alargó el brazo y le dijo:
—Déjame a mí.
En lugar de abrir de inmediato el envoltorio de papel de aluminio, Lacey lo dejó sobre el estómago de Barak y dirigió su atención a su pene, consiguiendo que Barak se comportara como un prisionero de buen grado. El delicado roce de sus manos hacía que Barak se agarrara con fuerza a las sábanas mientras esperaba para ver qué haría ella a continuación.
Lacey sonrió a su amante disfrutando del poder que él le había dado. Se inclinó y deslizó la lengua por su cuerpo, percibiendo el esfuerzo que realizaba para estarse quieto. Su cuerpo era todo músculo esculpido, superficies planas y múltiples cicatrices que demostraban que su vida no había sido fácil. Parecía un guerrero bárbaro, con su pelo extendido sobre la almohada.
Y en aquel momento, ella quería el poder que todos aquellos músculos prometían. Lacey sacó el condón del envoltorio y lo deslizó con suavidad por la impresionante longitud del pene de Barak. A continuación subió y bajó su mano por el miembro. Una vez. Dos...
Barak volvió a tumbar a Lacey de espalda, se arrodilló entre sus piernas y extendió los brazos para apoyar su peso en ellos.
—Mírame, Lacey —le dijo—. Quiero ver tus ojos cuando nos unamos.
Ella separó las piernas como invitación.
—Ahora, Barak. Tómame ahora.
Con dos rápidos empujones, Barak se hundió en lo más profundo de Lacey. Ella se sintió ensanchada por la longitud y anchura de su miembro, y él se mordió el labio mientras intentaba darle tiempo para que se ajustara a su tamaño. Barak se balanceo con lentitud, sacó un poco su pene y volvió a introducirlo. Ella gimió de placer, pero quería más, más deprisa y con más fuerza.
—No te contengas, Barak —le rogó.
Él volvió a balancearse y contestó:
—No quiero hacerte daño.
—No me lo harás.
Él le tomó la palabra y a ella le gustó que lo hiciera. Colocándole las piernas por encima de sus hombros, empezó a penetrarla deprisa y con fuerza mientras ella se agarraba a las almohadas y se preparaba para la cabalgada.
—Barak...
Lacey gritó el nombre de Barak. Él la llenó como ningún hombre lo había hecho antes. Su fuerza y su calor la penetraban más y más hondo, llenando lugares que ella no sabía que estaban vacíos.
De repente aminoró el ritmo y casi salió del interior de Lacey por completo antes volver a penetrarla profundamente.
—¡Barak! ¡No me tortures!
Él le sonrió.
—¿No te gusta así? —Y repitió aquel movimiento.
¡Oh, sí que le gustaba, pero la tensión que sentía en su interior aumentó hasta que creyó... (necesitó) explotar. Lacey levantó los brazos para tenerlo más cerca. Él le bajó las piernas hasta la cintura y se inclinó para besarla, reposando el cuerpo sobre sus pechos.
Lacey le bajó las manos por la espalda y le cogió el trasero mientras él volvía a penetrarla. ¡Oh, sí, aquello era lo que ella necesitaba! El calor y la fuerza de un relámpago creció en espiral en su interior esperando el toque exacto para explotar. Piel sudorosa resbalando sobre piel sudorosa, y la presión seguía aumentando.
Entonces Barak se incorporó levemente y miró entre sus cuerpos.
—Mira dónde estamos unidos, Lacey.
Ella hizo lo que él le pedía y, al verlo entrar y salir de su cuerpo, sonrió. Barak bombeó su cuerpo contra el de ella en un movimiento circular y aquella fricción hizo que Lacey jadeara con anticipación. Entonces él volvió a hacerlo y, en medio de una explosión de luz y colores, Lacey se corrió mientras gritaba el nombre de Barak.
—¡Sí, Lacey, sí! —respondió él.
Barak la penetró con fuerza y su cuerpo se sacudió mientras alzaba su propia liberación en lo más profundo de Lacey.
El mundo tardó uno, quizá dos segundos, en colocarse de nuevo en su lugar. Al final, Barak levantó la cabeza y volvió a besar a Lacey, en esa ocasión con delicadeza. Su sonrisa reflejaba cierto cansancio, pero calentó el corazón de Lacey.
—¿Estás bien? —preguntó Barak.
Era típico de él preguntarlo, y ella contestó con sinceridad:
—No recuerdo haberme sentido tan bien en toda mi vida.
Él se retiró del cuerpo de Lacey y se tumbó de espaldas sobre la cama acercándola a él. Entonces la besó en la coronilla.
—Estupendo —dijo—, porque, por muy bueno que fuera no es más que el principio.


Varias horas más tarde, Lacey se agitó y miró con ojos somnolientos el reloj que había sobre la mesita de noche de Barak. Él supo que algo no iba bien, porque ella se puso en tensión y se separó de él intentando no molestarlo. Barak luchó contra la necesidad imperiosa de arrastrarla a donde pertenecía: a su cama, entre sus brazos.
Pero todavía había muchas cosas pendientes de decir y aclarar entre ellos. Ella le había ofrecido aquella única noche y, si ahora él le pedía más, lo único que conseguiría sería arruinar lo que habían compartido.
Una tenue luz entraba por la ventana y Barak contempló el cuerpo de Lacey, que ahora le resultaba tan familiar como el suyo, mientras se ponía el vestido con sigilo y cogía sus sandalias. Barak la miró mientras se detenía a los pies de la cama y le devolvía la mirada. ¿En qué estaba pensando Lacey?
Barak ya esperaba que ella se arrepintiera; los dos tenían buenas razones para evitar una relación seria. Aunque no se imaginaba que, cuando se marchara, le dolería tanto.
Esperó hasta que oyó cerrarse la puerta de su apartamento. Entonces apartó las sábanas y se dirigió a la ventana. Descorrió las cortinas lo suficiente para ver a su guapa amante subir a la furgoneta y siguió observándola hasta que las luces traseras del vehículo desaparecieron por la esquina.
Un movimiento en el otro extremo del aparcamiento llamó su atención. Barak tuvo la sensación de que alguien retrocó las oscuras sombras que había más allá de los coches. Observó atentamente todos los vehículos, buscando una señal que le indicara que alguien estaba escondido entre ellos, pero nada se movió, nada humano ni de otro tipo. Fuera lo que fuera, ya se había ido. Probablemente, sólo se trataba de un gato o un perro callejero, o de uno de los indigentes que merodeaban por las calles de Seattle por la noche.
Sin embargo, la próxima vez, si es que había una próxima vez, y si Lacey tenía que irse en mitad de la noche, él la acompañaría hasta la furgoneta. Por si acaso.
Barak regresó a su cama y hundió la cara en las sábanas, que seguían oliendo a Lacey. El sueño tardaría en llegar.


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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 7:54 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:41 pm

Capítulo 12
Barak llegaba tarde. Lacey se mordió el labio inferior e intentó concentrarse en la última serie de datos procedente de los sensores que habían colocado en los túneles. ¿Hacía sólo una semana de aquello? Desde entonces habían pasado tantas cosas que parecía que hubiera pasado mucho más tiempo.
¿Por qué llegaba tarde Barak? ¿Volvería siquiera?
Lacey se concentró de nuevo en las lecturas. Los datos parecían estables y sólo variaban ligeramente de hora en hora y día a día. Cuando tuviera suficientes datos de aquellos remotos túneles, retiraría los instrumentos y los colocaría más al sur, cerca de las placas tectónicas o incluso del monte St. Helens.
Tendría que sobornar a Devlin con algo realmente bueno para que le permitiera acceder a las zonas más inestables, que eran las que estaban más cerca de la barrera. ¿Chocolate? ¿Whisky?... se disponía a pasar la página de las lecturas cuando creyó oír a alguien al otro lado de la puerta del laboratorio.
¡Cielo santo! Barak había regresado. Lacey no sabía si eso era bueno o malo. ¿Cómo podía mirarlo a la cara después de haber disfrutado de horas del mejor sexo que había experimentado nunca para, a continuación, escabullirse de su lado al amanecer sin siquiera despedirse de él?
Sintió las mejillas rojas y acaloradas, justo como las había tenido durante la noche, cuando Barak le hizo el amor no una ni dos, sino tres veces. Ahora, sin embargo, la causa de su acaloramiento no era la pasión sino la vergüenza. Ya había ido dos veces al lavabo de señoras, que estaba al final del pasillo, para salpicarse las mejillas con agua fría.
De momento había tenido suerte, porque no se había cruzado con su hermano ni con Ruthie, la secretaria del departamento. Lacey podía engañar a cualquier otra persona, pero esos dos con una sola mirada, sabrían que algo le pasaba. Además, Ruthie haría lo imposible por sonsacarle incluso los detalles más obscenos.
Penn, por su parte, asumiría su papel de hermano mayor, exigiendo saber si el hombre implicado era digno de su hermana pequeña. Normalmente, Lacey se reía de él aceptando aquella pesada característica suya, pero aquel día eso no resultaría, porque había cometido el error de contarle lo de la cena. Claro que no le comentó nada acerca del apasionado sexo que disfrutó con Barak.
Si Penn llegaba a deducir lo que había ocurrido, tanto ella como Barak estarían metidos en un buen lío. Y, si todo el mundo se enteraba, probablemente ella tendría que renunciar a trabajar para los Regentes y Penn perseguiría a Barak con la intención de matarlo. Entonces su peor pesadilla se haría realidad: su hermano contra su amante. No importaba cuál de los dos venciera, pues su vida estaría igualmente arruinada. Los Regentes no permitirían que el vencedor sobreviviera.
¿En qué estaría ella pensando cuando se acostó con Barak? Lacey se reclinó en la silla y miró hacia el techo mientras unas visiones de la noche anterior rondaban por su mente. Allí estaba, horas más tarde, y el recuerdo del bonito y musculoso cuerpo Barak moviéndose por encima y dentro de ella seguía provocado que se agitara inquieta en el asiento. Ningún otro amante había elevado a aquellas cimas.
¡Cielo santo! ¿Qué había hecho? La tentación de por sí ya era bastante mala, pero ceder a ella era, posiblemente, el error más grande que había cometido en su vida.
La puerta exterior del laboratorio se abrió. Lacey se inclinó hacia delante y aguzó los oídos para captar cualquier señal que le indicara quién había entrado. El silencio era total, hasta que oyó un crujido revelador: Ruthie, estupenda secretaria y fisgona del departamento, se acercaba.
Tenía que haber alguna excusa que Lacey pudiera inventar para justificar su aspecto de agotamiento y su cara ruborizada. ¿El termostato? Cuando Ruthie llegó a la puerta del despacho, Lacey estaba de pie frente al termostato, mirándolo como si fuera su peor enemigo.
—¿Lacey?
La doctora le dio un golpe al termostato para reforzar el efecto que quería conseguir y estampó una sonrisa sorprendida en su cara antes de volverse hacia la mujer de mediana edad.
—Entra, Ruthie, aunque no puedo prometerte que estés cómoda aquí dentro. Me parece que el termostato se ha estropeado. Un minuto hace demasiado frío, y al siguiente, demasiado calor. —Lacey se dejó caer en la silla de su escritorio y bebió un trago largo de agua—. ¿Qué te trae por aquí?
Ruthie no se lo tragó. En absoluto.
—Aquí se está bien, Lacey —dijo—. ¿Estás segura de que no has pillado una infección o algo así? La gripe hace que pases de sentir frío a calor en un segundo. Claro que lo mismo hace la menopausia, pero ése es mi problema, no el tuyo.
—No, estoy bien. De verdad.
La puerta exterior del laboratorio volvió a abrirse y cerrarse. En esa ocasión, casi seguro que era Barak. Lacey hizo lo posible por ignorar su silencioso acercamiento y se concentró en Ruthie.
—Y ¿qué te trae a mi pequeño trozo de mundo? —Ruthie enarcó una ceja, advirtiendo a Lacey de que el tono de su voz había sonado demasiado alegre. Lacey volvió a intentarlo—: En serio ¿qué puedo hacer por ti?
Ruth dejó caer un expediente en el ya abarrotado escritorio de Lacey.
—Su majestad quiere un informe detallado del horario de trabajo de Barak aquí, en el laboratorio —contestó—. Por lo visto, su majestad se ha enterado de que Devlin Bane lo llamó para algo relacionado con los Paladines. Nuestro dueño y señor no quiere que le paguemos esas horas a Barak con nuestro presupuesto.
Lacey siempre se preguntaba si el doctor Louis, su jefe, tenía idea de cuánto lo menospreciaba Ruthie. En realidad, no creía que él no pudiera saberlo, pero ¿por qué lo aguantaba? Después de todo, él era el jefe. Lacey cogió el expediente. ¡Menuda pérdida de tiempo!
—Por lo que yo sé —prosiguió Ruthie—, Barak sólo ha estado en el departamento de los Paladines en dos ocasiones. Una antes y otra después del horario laboral.
Ninguna de ellas se dio cuenta de que Barak estaba en el umbral de la puerta hasta que él habló dirigiéndose a Ruthie:
—Exacto, señora. Devlin se encargó de que fuera así. Sin embargo, estaré encantado de informar sobre todas las horas que no dedique a mis tareas con la doctora Sebastian, aquí en el laboratorio.
De momento, apenas le había lanzado una rápida ojeada a Lacey, por lo que ella se sintió aliviada y, al mismo tiempo, enfurecida. ¿Doctora Sebastian? ¿A quién intentaba impresionar Barak? Ellos se habían tuteado desde el principio.
Barak era mucho más alto que Ruthie y utilizó esa especie de solemnidad suya a la vieja usanza para encandilar a la secretaria. A Lacey no le pareció mal, aunque deseó que utilizara parte de aquella actitud con ella, en lugar de ignorarla.
Lacey intervino en la conversación:
—Entonces, Ruthie, ¿tengo que preparar un informe en toda regla o será suficiente con una simple nota al final de cada periodo de pago?
Ruth dio un respingo, como si se hubiera olvidado de que Lacey estaba allí, mientras estaba ocupada contemplando a Barak. Seguramente era la primera vez que estaba tan cerca de él. ¿Qué veía cuando lo miraba? ¿Sus preciosos ojos plateados? ¿La forma en que su pelo negro y cano enmarcaba sus rasgos cincelados?
¿O a uno de los enemigos legendarios de los Paladines y del resto de la humanidad?
—Señor Q’Young, ¿por qué no anota los datos más recientes y los introduce en la base de datos? —agregó Lacey.
Ella también podía jugar a ser formal.
Barak por fin la miró directamente, con los ojos brillantes por alguna intensa emoción que lo embargaba y resoplando por la nariz. Entonces asintió bruscamente y contestó:
—Así lo haré, doctora Sebastian. Si me disculpa, señorita Prizzi.
Lacey no consiguió respirar hondo hasta que Barak desapareció detrás del muro que formaban las máquinas. Aquella simple mirada había hecho que su traidor cuerpo deseara el de Barak. Lacey entrelazó las manos encima del escritorio intentando, sin éxito, calmar su pulso.
—Ruthie, ¿cómo averiguó el doctor Louis que Barak estaba realizando un trabajo para Devlin Bane? —preguntó.
Ruthie contempló el laboratorio unos instantes antes de volver su atención hacia Lacey. Su expresión preocupó a la doctora, pues tuvo la impresión de que Ruthie se estaba haciendo algunas preguntas que ni Lacey ni Barak podrían contestar con sinceridad.
—El doctor Louis, Ruthie, ¿cómo se enteró? —insistió Lacey para atajarla.
—Alguien de Informática pasó por el departamento para actualizar unos datos de los ordenadores. Se llama Ben no sé qué. Aunque, ahora que lo pienso, ¿cómo es que sabía lo que Devlin hacía y por qué fue a contárselo al doctor Louis?
Buena pregunta. Pregunta que Lacey tenía intención de indagar. Quizá Devlin sabía algo. Normalmente se lo habría preguntado a Barak, pero no en aquel momento. El Otro había vuelto a aparecer y Lacey lo observó mientras trabajaba con su habitual y silenciosa eficiencia. Al final tendría que volver a hablar con él pero todavía se sentía demasiado vulnerable por lo de la noche anterior.
Además, tampoco quería despertar las sospechas de Ruthie respecto a Barak.
—Quizás ese tal Ben sólo lo dijo de pasada y no se dio cuenta de que podía causarle problemas a alguien —dijo Lacey.
Ruthie no se lo tragó.
—Creo que es más probable que estuviera tramando algo, pero, seguramente, nunca sabremos el qué. —Ruthie se levantó—. Será mejor que vuelva a la oficina. Su majestad se pone de mal humor si tiene que contestar él mismo el teléfono, ya sabes.
Lacey sonrió con complicidad a su amiga.
—¿Quieres que lo telefonee para decirle que estás de camino y que ya hemos decidido cómo repartir las horas de Barak? —le dijo.
Ruthie se echó a reír.
—Será mejor que no acosemos a la fiera, querida, pero te agradezco la oferta. —Se detuvo junto a la puerta y contempló a Barak unos segundos—. ¿Cómo es él, Lacey? Me refiero a Barak.
Lacey eligió sus palabras con cuidado, intentando hablar como una compañera de trabajo en lugar de una amante. Sobre todo, una amante de una sola noche. Con algo de esfuerzo, fue capaz de empujar esa idea a lo más hondo de su ser, donde no le doliera mucho.
—Es puntual, metódico y eficiente —repuso—. Todavía tiene mucho que aprender sobre cómo hacemos las cosas, pero cuando le enseñas algo, enseguida lo capta.


Barak rompió su lápiz en dos y rechinó los dientes. «¿Metódico?» «¿Puntual?» Se refería a él como si fuera una simple máquina. ¡Al menos había reconocido que aprendía con rapidez! ¿Acaso cuando lo dijo estaba pensando en la noche anterior, cuando había prestado tanta atención a los gemidos que ella emitía cuando la acariciaba de la forma apropiada?
Barak se volvió para ver como se iba la secretaria mientras contaba los segundos que faltaban para que él y Lacey estuvieran a solas. Pensó en plantearle la cuestión en su despacho, pero no quería que se sintiera acorralada. No, la esperaría allí, en el laboratorio.
Pasaron otros diez minutos antes de que Lacey se levantara de su mesa. No era el tipo de mujer que evitaba los enfrentamientos, y se dirigió directamente hacia él con una extraña expresión que él no supo descifrar. Normalmente, las expresiones de los humanos eran fáciles de interpretar, incluso cuando la persona en cuestión intentaba con todas sus fuerzas ocultar lo que sentía. Los pequeños detalles del lenguaje corporal o la mirada solían delatar sus estados emocionales, pero en aquel momento Lacey era un enigma. Antes de reaccionar a su presencia, Barak terminó de anotar los datos.
—¿Conoces a alguien llamado Ben que trabaja en el departamento de Informática? —dijo Lacey, con el entrecejo fruncido y apoyando una cadera en la encimera.
—Me lo han presentado, pero no diría que lo conozco —contestó él—. El otro día nos invitó a una cerveza a tu hermano y a mí.
Aquello captó la atención de Lacey, que arqueó las cejas sorprendida.
—¿Tú y Penn... tomasteis... una... cerveza? —Pronunció las palabras como si cada una de ellas fuera una frase en sí misma—. ¿Cuándo fue y por qué no me lo habías contado?
—Fue el día que entrenamos después del trabajo. Penn ya ha quedado con Ben y, por alguna razón, quiso que yo lo acompañara. No te lo había mencionado porque sólo estuvimos media hora y no me pareció importante.
Lacey arrugó los labios y entornó los ojos.
—Bueno, quizá no te lo pareciera entonces, pero ese tal Ben es quien le contó al doctor Louis que pasabas tiempo con Penn y Devlin Bane —explicó.
—Estoy casi seguro de que no comentamos nada sobre los entrenamientos. De hecho, ya estábamos en el bar cuando Ben llegó, así que no podía saber con seguridad que Penn y yo hubiéramos llegado juntos. —Barak se levantó—. Tengo que contarle esto a Penn, pero antes iré a hablar con Devlin.
Lacey lo cogió del brazo. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, retiró la mano de golpe, como si al tocarlo se hubiera quemado.
—De ningún modo te irás hasta que me hayas contado por qué es tan importante que vayas a hablar con Devlin de inmediato —dijo—. Él es quien nos metió en este jaleo al volver a tirar de tu correa hacia su departamento.
—No estoy atado a la correa de nadie. —Barak avanzó un paso hacia Lacey acorralándola contra la encimera. Una breve ráfaga de miedo cruzó por los ojos de ella, lo que enojó todavía más a Barak—. ¡Maldita sea, Lacey, no hagas esto! Después de lo que pasó anoche, ¿cómo puedes pensar, siquiera por un segundo, que podría hacerte daño?
Como ella no le contestó, Barak salió del laboratorio.


Barak consiguió reunir suficiente autocontrol para no dar un portazo, lo que llamaría la indeseada atención de todos los que estuvieran por la zona. Pero ansiaba golpear algo. Los Paladines siempre andaban buscando pelea; quizás encontrara a uno y lograra pincharlo para intercambiar unos cuantos puñetazos.
Sin embargo, por primera vez la zona alrededor de la oficina de Devlin estaba desierta. Los Paladines no podían estar en túneles, porque, si la barrera se hubiera apagado, él lo habría percibido. Inclinó la cabeza y prestó atención por si oía voces. La suerte estaba con él: algunos Paladines se acercaban. Reconoció a DJ, a Cullen y, sí, también a Trahern. Si Bane venía con ellos no estaba hablando.
Cullen fue el primero en aparecer por la esquina, y DJ iba detrás de él. Como Barak esperaba, cuando éste vio que estaba sentado a su escritorio jugando con la curiosa colección de juguetes que guardaba allí, se puso hecho una furia y arremetió contra él. Cullen y Trahern tuvieron que unir fuerzas para contenerlo.
Barak se sintió decepcionado. Entonces sonrió a DJ, sabiendo que su gesto lo encendería de nuevo.
—¡Lárgate de mi escritorio, hijo de puta! —dijo el Paladín.
—No lo estabas utilizando —contestó él. Le sentó bien provocar a su enemigo, a pesar de que ya no podía considerar a DJ su enemigo.
Los ojos de Trahern se volvieron de hielo.
—No sé a qué estás jugando, Barak —le espetó—, pero regresa al laboratorio, que es adónde perteneces.
Barak se levantó despacio. Aquélla era una buena ocasión para vencer a DJ; quizás incluso a DJ y a Cullen juntos. Trahern era otro cantar, aunque en aquel momento eso era lo de menos. Tenía que encontrar una salida para su rabia contenida. Si tal cosa implicaba recibir una paliza, intentaría estar a la altura.
—No pienso ir a ninguna parte —aseveró.
Su sonrisa no era nada amistosa.
Trahern miró a Cullen.
—Encierra a DJ bajo llave y después busca a Bane y dile que venga a recoger los pedazos de la mascota de Laurel —le dijo.
Cullen intentó llevarse a DJ, pero éste gritó:
—¡Al menos déjame mirar! Nada me gusta más que ver sangrar a uno de ellos.
Barak contempló cómo Cullen arrastraba a su menos amigo fornido por el pasillo. El barullo no atrajo mucho público: quizás aquellos hombres estaban acostumbrados a las explosiones ocasionales de los Paladines. Cuando estuvieron a solas, Barak se volvió hacia Trahern.
—¿Empezamos? —preguntó con sorna al Paladín de mirada de hielo.
Trahern lo miró con una leve sonrisa en los labios.
—Algo te ha sacado de quicio, Otro. Aunque tienes temperamento, Devlin confía en que normalmente sabes mantenerlo bajo control. —Una alegría maligna iluminó su cara—. Y yo diría que lo que te ha sacado de quicio es una mujer. ¿Lacey Sebastian quizás?
Aquello fue el detonante. Barak arremetió contra Trahern contento al tener, por fin, un blanco en el que descargar sus frustraciones. Entre puñetazo y puñetazo de Trahern, Barak consiguió propinarle una buena patada. Entonces alguien lo cogió del cuello y tiró de él hacia atrás. Barak se revolvió y arrastró a su nuevo oponente al suelo con él.
Devlin Bane dio una voltereta desembarazándose de Barak y volvió a ponerse en pie.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —inquirió.
Trahern esbozó una desagradable sonrisa y se secó una gota de sangre de la boca con el dorso de la mano.
—Encontramos a Barak aquí sentado, como si estuviera en su casa —dijo—. Cuando le pregunté qué le ocurría, me atacó.
Pasó junto a Devlin y le ofreció la mano a Barak para ayudarlo a levantarse del suelo.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó.
Barak reflexionó unos segundos.
—La verdad es que sí.
...A pesar del dolor en la mandíbula y el pinchazo agudo que sentía en el costado.
—Estupendo. Ahora, si me disculpáis, iré con Cullen para ayudarlo a calmar a DJ. —Antes de marcharse, Trahern se volvió y lanzó a Barak una dura mirada—. Esto queda entre nosotros, Otro. ¿Está claro?
Barak asintió con la cabeza y contempló cómo se alejaba el Paladín.
—¿Algo de lo que dice este hombre tiene sentido? —le preguntó con sorna a Bane.
—Tanto como el que tienes tú al pelearte con él aquí, todos los de la organización pueden veros. —Bane entró en despacho dejando que Barak lo siguiera a su propio ritmo—. Y ahora siéntate y cuéntame qué te ocurre.
Si Trahern no pensaba contar lo de Lacey, él tampoco.
—He venido a decirte que alguien está demostrando un interés inusual por mis asuntos —explicó.
Fuera lo que fuese lo que Devlin iba a reprocharle acerca de la pelea, quedó olvidado.
—Dame un nombre —dijo en cambio.
—Ben. Cuando lo conocí, no me dio su apellido, pero padece de sobrepeso y se está quedando calvo. Por lo visto, encontró una excusa para trabajar en el ordenador del doctor Louis. Mientras estaba allí, comentó que tú me habías pedido que entrenara a Penn Sebastian.
—¡Hijo de puta! ¿Cómo puede saberlo?
Aquélla era la parte de la que Barak no quería hablar, pero no podía arriesgarse a ocultar información importante. Se preguntó si era sensato contarle al jefe de los Paladines que Penn le había presentado a Ben. Pero, aun así, eso no garantizaba que Penn le hubiera mencionado que entrenaban juntos.
No, esperaría a hablar primero con Penn. No acusaría a nadie de actuar mal hasta que tuviera pruebas. Era suficiente con que Devlin supiera lo de Ben.
—No estoy seguro, pero lo que sí sé es que, justo cuando empecé a trabajar con Lacey, Ben entró a hurtadillas en el laboratorio y hurgó entre mis papeles —dijo Barak.
—¿Lo viste?
El mal genio de Devlin estaba empezando a encenderse.
—No, olí su colonia en el aire. —Saboreé era un término más adecuado, pero Devlin era un humano y, posiblemente, no comprendería lo que Barak quería decir con aquella palabra—. En el momento no supe a quién pertenecía la colonia, pero la reconocí cuando conocí a Ben.
Devlin balanceó hacia atrás su silla y miró al techo.
—Encargaré a uno de mis hombres que haga algunas averiguaciones en el departamento de Informática —dijo—. No tardaremos en saber quién es y en qué anda metido. Si se pone contacto contigo, síguele la corriente y dímelo.
—De acuerdo. Ahora tengo que volver al trabajo.
—Y... Barak.
¿Y ahora qué quería?
—¿Sí?
—Laurel estuvo encantada de que aceptaras nuestra invitación. —Entonces pareció un poco desconcertado—. Toda la velada resultó muy divertida.
¡Si él supiera...!
—Así es —contestó Barak—. Gracias por permitirme asistir.
—Agradéceselo a Laurel. Fue idea suya.
—Sí, pero si tú no hubieras accedido a que yo asistiera, ella me habría invitado a comer en algún otro lugar. No tenía por qué hacerlo en su casa.
—Sí, bueno. Vete antes de que DJ regrese.
Probablemente, el Paladín se sentía más cómodo con una espada en la mano que aceptando un simple agradecimiento.
Camino del laboratorio, los pasos de Barak eran más ligeros de lo que habían sido durante todo el día.


—Tienes un aspecto de mil demonios.
Ben levantó la vista del sándwich y lanzó una mirada airada a su superior.
—Gracias, eso es justo lo que necesitaba oír. Mi jefe ya me ha estado dando la bronca por algunos errores que he cometí esta mañana. No podía contarle que había estado escondido en el aparcamiento del Otro hasta altas horas de la madrugada para averiguar cuánto tiempo pasa en su apartamento la hermana menor de Penn Sebastian.
Se estremeció mientras le daba otro mordisco al sándwich. Después de tragar el bocado, bebió un sorbo de su refresco para eliminar el mal sabor de la noche pasada.
—¿Se imagina a una mujer corrió ella follando con aquel animal? —dijo.
—¿Los viste?
Ben puso los ojos en blanco.
—No, pero a juzgar por las luces que había encendidas, no se quedaron todo el rato en el salón.
El otro hombre rió de una forma desagradable.
—¿Qué ocurre, Ben, tienes celos? —preguntó.
El comentario hizo que Ben se atragantara con el sándwich.
—¡Demonios, no! Ella ni siquiera en el pasado me habría mirado dos veces. Está bien, de acuerdo, soy demasiado viejo, demasiado calvo y demasiado gordo. Pero que se haya rebajado a abrirse de piernas por un tipo como él... Es asqueroso.
—Quizá deberías contarle a tu colega Penn lo que viste.
La sugerencia parecía razonable y, de hecho, Ben la había considerado, pero, por lo que sabía de Penn Sebastian, era del tipo que asesinaba al mensajero.
—No, todavía no —dijo—. No puedo demostrar nada y es más probable que crea a su hermana que a mí. Y tampoco me la imagino a ella reconociendo que se dio un revolcón con el enemigo de su hermano.
—Después de todo, quizá se trató de algo inocente.
A Ben no le hizo gracia su sarcasmo, aunque pocas cosas le gustaban de aquel hombre. Cuando cobrara el pago siguiente, por fin podría saldar sus deudas con su corredor de apuestas y podría poner punto y final a aquel asunto. No más espionajes a medianoche no más piedras azules, no más nada que arriesgara su vida.
Su superior cogió la cuenta.
—Bueno, será mejor que me vaya —anunció—. Yo invito.
Ben ocultó su sorpresa bebiendo otro trago.
—Gracias.
Su superior nunca lo había invitado a comer antes, lo que proveniente significaba que necesitaba que hiciera algo peligroso.
—Nuestros benefactores me están presionando mucho para que les dé más información sobre lo que los Paladines saben —prosiguió su superior—. Entre todos nosotros, tú eres quien tiene más posibilidades de conseguirla.
—Y ¿cómo se supone que voy a conseguirla?
A Ben no le importó si sonó cabreado. Lo estaba.
—Pincha sus ordenadores y sus teléfonos —insistió su superior—. Rastrea las llamadas de Bane o Barak. Invéntate algo pero deprisa. No es sólo tu culo el que está en juego. El mío también. Y si yo me hundo, tú te hundirás conmigo.
Entonces se levantó y se marchó.
Ben apartó a un lado lo que quedaba de su sándwich. Estaba demasiado nervioso para comer. Llamaría al trabajo, les diría que se encontraba mal y se iría a su casa. Después de una larga siesta, quizá se le ocurriera alguna idea sobre cómo salvar su trasero.
Aunque lo dudaba.

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