Black and Blood


 
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 Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:42 pm

Capítulo 13
—Algo le ha pasado a uno de los instrumentos que instalamos en los túneles. Ya no transmite datos.
Lacey dejó su caja de herramientas sobre la encimera, cerca de donde estaba Barak. En el laboratorio había muchos otros lugares donde podía haberla dejado, pero ya no aguantaba más el continuo silencio de Barak y tenía que hacer algo.
—Pues llama a Devlin y pídele una escolta para ir a comprobarlo —repuso Barak—. Quizá Trahern te acompañe. La última vez parecía muy contento de ayudarte.
Barak le dio la espalda girando el taburete y se levantó para comprobar las últimas lecturas del monte St. Helens. La doctora echó una ojeada a su tablilla sujetapapeles: los últimos datos que había apuntado eran de sólo cinco minutos antes.
Lacey sonrió. Por lo visto, Barak no era tan inmune a su presencia como le gustaría hacérselo creer a ella. Había llegado la hora de pincharlo un poco. Lacey se situó con rapidez entre Barak y el taburete y esperó a que él se volviera. No tuvo que esperar mucho.
Con su habitual agilidad, Barak pasó junto a ella para reclamar su asiento.
—Creí que ibas a llamar a tu amigo Trahern —dijo secamente.
De todas las respuestas posibles, Lacey optó por la verdad.
—No quiero a Trahern. Te quiero a ti.
Lacey asumió el riesgo de apoyar una mano en el hombro de Barak. Le gustó la sensación de sus músculos por debajo de camisa, justo donde ella le había dejado las marcas de las uñas la noche anterior, cuando le pedía más. Y más.
Barak se puso tenso y dejó el lápiz en la encimera con una lentitud deliberada.
Lacey sabía que, si jugaba con fuego, podía quemarse, pero echaba de menos el calor de sus cuerpos cuando habían estado piel con piel. Barak contempló la mano de Lacey sobre su hombro y después la miró a los ojos.
—Lo que tú quieras no importa, Lacey —le dijo.
Al principio, ella creyó que se refería a ellos, pero después se dio cuenta de que hablaba de las restricciones que Devlin le había impuesto para bajar a los túneles. Al menos eso esperaba ella.
—Telefonearé a Devlin, pero sigo queriendo que seas tú quien vaya conmigo —repuso.
Barak retiró con delicadeza la mano de Lacey de su hombro y dijo:
—No es sensato que pasemos tiempo a solas.
El pesar que reflejaron sus ojos hizo que su rechazo fuera más doloroso.
—Barak... —empezó a decir ella, pero el ruido de la puerta del laboratorio hizo que Lacey se interrumpiera y se separara de Barak a trompicones. Él le lanzó una mirada intensa y se volvió dejando que ella recibiera al recién llegado. Lacey no quería que la vieran demasiado cerca de él, y eso lo cabreaba.
¡Lo que faltaba! Penn estaba junto a la puerta del despacho de Lacey con los brazos cruzados sobre el pecho. Preparándose para el chaparrón, Lacey se dirigió hacia allí.
—Hola, hermano, ¿qué te trae hoy por aquí? —dijo, apartándolo de un leve empujón y apresurándose a entrar en su despacho para poner la seguridad de su escritorio entre ellos.
Barak la había estado esquivando durante toda la mañana quizá tenía toda la razón del mundo para hacerlo. El corazón le latió con fuerza mientras decía:
—Barak, Penn y yo nos vamos a tomar una hamburguesa ¿Quieres venir?
Lacey mantuvo los dedos cruzados esperando que él se negara. La idea de estar encerrada en su furgoneta con los dos hombres era más de lo que podía aguantar en aquellos momentos.
Como de costumbre, Barak pareció leer sus pensamientos con gran exactitud:
—La verdad es que paso. Creo que ya has tenido bastante de mí.
Ella, definitivamente, había tenido mucho de Barak la noche anterior.
—Si quieres, podemos traerte algo. Un batido de chocolate o unas patatas —insistió.
—No, nada —contestó él sin levantar la vista. Entonces, como si se le hubiera ocurrido en el último momento, añadió—: De todas maneras, gracias.
¿Era sarcasmo lo que había percibido en su voz? Su acento gutural no era tan acentuado como de costumbre, pero a veces dificultaba que se pudieran interpretar las emociones que sentía. Aunque, si ella no podía interpretarlas, era dudoso que Penn pudiera hacerlo.
—¿Estás lista, hermanita?
Penn estaba a su lado, haciendo sonar las llaves del coche con impaciencia.
—Sí, estoy lista.
Lacey no volvió la vista atrás.


Cuando la puerta del laboratorio se cerró, Barak dejó el lápiz y la tablilla sujetapapeles sobre la encimera. Se pellizcó el puente de la nariz y rezó para tener paciencia y por que terminara el dolor de cabeza que llevaba padeciendo toda la mañana.
La falta de sueño estaba haciendo mella en él, pero si Lacey podía llevar bien el día después de la noche que habían compartido, él también podría. El hecho de que el aire que lo rodeaba llevara su aroma y que cada vez que levantaba la vista ella estuviera allí no lo ayudaba mucho. Aunque su mente supiera que ella volvía a estar fuera de su alcance, otras partes de él no lo tenían tan claro.
¿Cómo podían entenderse tan bien en la cama y estar tan en desacuerdo cuando se trataba de palabras? Una noche de pasión le había recordado cuánto necesitaba compartir su vida con alguien, pero evidentemente Lacey todavía no estaba preparada para asumir ese compromiso. Y quizá no lo estuviera nunca.
La verdad era que no la culpaba. Después de todo, él era el enemigo, el alienígena, el raro, el Otro. Y, además, Lacey era igual que él. ¿Cómo podía pedirle que le confiara su vida cuando él mantenía en secreto una buena parte de la suya? Ni siquiera le había contestado cuando ella le preguntó cómo se denominaban a ellos mismos los que eran como él.
Sin Lacey, el laboratorio le pareció frío y vacío. Tenía que salir un rato. Iría a ver a Devlin otra vez y le comentaría lo de acompañar a Lacey a los túneles para arreglar su querida maquinaria. La barrera se había mantenido estable durante los dos últimos días, así que quizá pudieran ir a primera hora de la mañana. Al menos, podría ofrecerle eso a Lacey para hacerla feliz.
Barak salió del laboratorio y cerró la puerta con llave. No le gustaba la idea de que cualquiera de la organización tuviera acceso al laboratorio, y menos aquel tal Ben. Un guerrero cuidaba de su mujer, fuera cual fuese su mundo de origen.


—Tienes un aspecto horrible, hermanita.
Penn alargó el brazo y mojó una de sus patatas en el kétchup de Lacey.
Su hermano era único haciéndola sentirse peor.
—Anoche no dormí mucho —contestó.
¡Por favor, que no le preguntara por qué!
—¿Tú y el Otro os lleváis bien? —dijo Penn, en cambio—. Porque si te causa algún problema, lo único que tienes que hacer es decírmelo.
Penn terminó su hamburguesa y lanzó el último trozo de pan a las hambrientas gaviotas. Después de comprar la comida, se habían sentado a una mesa de picnic en un parque cercano. La calidez del sol era muy agradable, aunque Lacey tuvo que ponerse las gafas de sol para que la luz no la deslumbrara.
—Sí, trabaja duro y se ha puesto al día con nuestra tecnología más deprisa de lo que yo esperaba —contestó, y bebió un trago largo de su refresco deseando que Penn cambiara de tema.
Él contempló la mesa durante unos segundos antes de volver a mirar a Lacey. Sus ojos reflejaban preocupación.
—No estoy convencido de que sea una buena idea enseñarle nada —prosiguió—, aunque también sé que formo parte de una minoría. ¿Qué le impediría volver a su mundo y llevarse con él todo lo que ha aprendido aquí?
—¿De qué forma ayudaría a los Otros saber cómo funciona un sismógrafo y un microondas?
Lacey sonrió y puso sus patatas fuera del alcance de Penn cuando él intentó cogerle una.
Penn la miró indignado, envolvió los restos de su comida en la servilleta y lo metió todo en la bolsa de papel.
—No me refería a eso —dijo—. Él no sólo está aprendiendo cómo funciona nuestra tecnología, sino cómo hacemos las cosas, cómo pensamos y actuamos cuando no estamos blandiendo una espada. Siempre es más fácil vencer a un enemigo al que entiendes.
—Bueno, eso funciona en ambos sentidos. ¿Acaso no utilizaríamos nosotros también todo lo que aprendiéramos de esa gente?
—Eso es, justamente, a lo que me refiero. Sé cómo lucha Barak, pero eso es todo lo que he aprendido de él. ¿Qué has aprendido tú?
Lacey buscó algo seguro que decir y, al final, se decidió por los pequeños detalles:
—Creo que sus ojos son más sensibles a la luz que los nuestros y su olfato quizás es un poco más fino.
Penn consiguió quitarle una de las pocas patatas fritas que le quedaban.
—No se puede decir que sea una información muy trascendental, Lacey. Yo también tengo un buen olfato y lo de la vista no es ninguna novedad. Por lo que sabemos, su mundo es oscuro.
Está bien, pero ¿qué más podía contarle? Desde luego, nada que revelara la forma íntima en que conocía los atributos físicos de Barak. O cuánto los admiraba. Una risita amenazó con escapar de su garganta y Lacey se esforzó en dominarla.
—Creo que es vegetariano —agregó—. Ayer por la noche no comió carne en casa de Laurel.
El buen humor de Penn se desvaneció en un instante.
—¿Ayer por la noche cenaste con Barak?
—No a solas. Ya te dije que la doctora Young había organizado una cena. Resultó que Barak era uno de los invitados. —Lacey consultó su reloj y se levantó—. Ahora, si has acabado con el interrogatorio, tengo que volver al trabajo.
Era obvio que Penn quería seguir discutiendo, pero ella no le dio la oportunidad de hacerlo.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó la doctora.
—¡Maldita sea, Lacey, no quiero que estés con él ni un minuto más de lo necesario! —Penn la siguió pisando fuerte—. ¡Él no es humano! ¡Demonios, sabes mejor que la mayoría de las personas cómo los de su especie afectan a nuestro mundo! Su asquerosa naturaleza nos causa todo tipo de problemas.
Varias personas del parque levantaron la vista de su comida para contemplar el follón que Penn estaba armando. Lacey se preguntó qué pensarían sobre lo que Penn había dicho, pero finalmente decidió que no le importaba lo que su hermano pensara, mucho menos unos completos desconocidos.
—¡Cállate, Penn, y entra en el coche! —le espetó—. Estás llamando demasiado la atención.
Él bajó la voz y entró en la furgoneta, pero no se calló:
—Lo digo en serio, Lacey. Algo está pasando y él podría estar implicado. Si todo salta por los aires, no quiero que te veas atrapada entre dos fuegos.
—¿Qué es lo que va a saltar por los aires? ¿De verdad crees que Devlin Bane habría dejado vivir tanto tiempo a Barak si no confiara en él? ¡Por el amor de Dios, que Barak trabajó con Laurel!
Se produjo un hueco en el tráfico y Lacey se incorporó a la circulación.
Penn soltó un gruñido de indignación.
—Pero fíjate —continuó—: a la primera oportunidad que encontró, Devlin consiguió que lo transfirieran a tu departamento.
Lacey se detuvo en un semáforo en rojo y miró a su hermano.
—No te pongas paranoico, Penn. Devlin me ha visto crecer. Si Barak fuera tan peligroso, sabes muy bien que no arriesgaría mi vida más de lo que arriesgaría la de Laurel. Y, aunque lo hiciera, el resto de los Paladines locales me defenderían. Tú lo sabes. Ellos también son amigos tuyos.
—Antes lo eran. —Penn contempló su mano y la flexiono varias veces—. Desde que me hirieron, no estoy tan seguro. La mayoría de ellos no sabe cómo reaccionar cuando estoy cerca.
Una demostración de lástima no haría más que empeorar las cosas para Penn.
—Quizá los entrenamientos con Devlin y Barak te ayuden a recuperar tu habilidad en la lucha —le dijo Lacey.
—¿Crees que Barak no es peligroso? ¡Deberías verlo con una espada en la mano! Puede que parezca tranquilo y callado, pero de vez en cuando explota.
Penn contempló a su hermana como si la retara a discutírselo.
Ella puso la primera y volvió a arrancar la furgoneta.
—Te olvidas de que vi a Barak usar su espada y sé que es aterrador —dijo—. No puedo negar que he tenido unas cuantas pesadillas después de verlo partir en dos a aquellos hombres en los túneles. Pero ¿sabes una cosa? Lo hizo para salvarme. No lo olvides.
Realizaron el resto del trayecto hasta el Centro en silencio.


—Todavía no sé cómo conseguiste convencerlo.
Lacey cambió la caja de herramientas de mano y tecleó el código de seguridad.
Barak se sentía muy orgulloso. Había tenido que utilizar grandes dosis de persuasión para que Devlin les permitiera realizar una rápida incursión en los túneles con la excusa de arreglar o reemplazar el equipo de Lacey. Y disfrutó de la expresión de Lacey cuando se lo contó.
Por no mencionar el hecho de que ella lo rodeó con los brazos dándole un gran abrazo. El abrazo no había sido nada sexual, pero fue fantástico poder tenerla cerca otra vez durante unos segundos. Ése era un nuevo paso para conseguir que Lacey se acostumbrara a su continua presencia en su vida.
Cuando entraron en el ascensor, Barak comprobó que su espada se deslizaba con suavidad en su nueva funda. Aunque la barrera había permanecido estable últimamente, la otra vez que bajaron a los túneles descubrieron que podían no ser los únicos en deambular por los subterráneos de la ciudad. A insistencia de Devlin, Lacey volvía a llevar una pistola.
Barak le recordó que sólo podían permanecer allí abajo durante un tiempo limitado.
—Le prometí a Devlin que comprobaríamos cómo estaba el equipo y nada más —dijo—. Si no podemos arreglarlo en cuestión de minutos, nos lo llevamos al laboratorio.
—Sí, papi —bromeó Lacey, riéndose.
Se la veía preciosa con los ojos brillantes de excitación y en aquel estado de ánimo juguetón. Barak no quería desanimarla, pero tenían que estar alerta e ir con cuidado.
—Lo digo en serio, Lacey —añadió—. A la primera señal de que ahí abajo hay alguien más aparte de nosotros, regresamos al ascensor para pedir ayuda. Devlin me dijo que encargaría a dos Paladines que estuvieran preparados por si los necesitábamos.
Salieron del ascensor justo donde Barak había matado a los dos hombres cuando bajaron la otra vez.
A Lacey se le fueron los ojos directamente a las manchas marrones que había en el suelo de piedra y su sonrisa se desvaneció.
—Ellos me atacaron primero —le recordó Barak.
Normalmente no justificaba sus acciones, pero verlo matar había asustado a Lacey.
—Lo sé. —La doctora esbozó una leve sonrisa y lo cogió del brazo—. ¡Vamos, tortuga! No disponemos de mucho tiempo antes de que Devlin nos mande a las tropas.
Barak se dejó llevar disfrutando de la sensación de la mano de Lacey en su brazo, lo que le impedía concentrarse. Confiando en que ella no permitiría que chocara contra una pared, Barak cerró los ojos y aguzó sus otros sentidos.
En los túneles no se oían más latidos aparte de los de él y Lacey. Sin embargo, un ligero sabor que percibió en el aire lo hizo detenerse de forma repentina.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lacey bajando la voz hasta convertirla en un susurro.
Barak levantó una mano en un gesto para que esperara. Se volvió en todas las direcciones y olisqueó el aire con breves inspiraciones intentando volver a encontrar el rastro. Y lo localizó en la dirección que ellos estaban siguiendo.
Ben había estado en los túneles, y no hacía mucho, pues todavía se percibía su colonia. ¿Qué asuntos tenía él allí abajo? Nada legal, eso seguro.
Barak desenvainó la espada.
—Alguien ha estado aquí. No recientemente, pero, aun así, sugiero que salgamos de aquí lo antes posible.
—¿Quién? —preguntó la doctora.
—Alguien que no tenía por qué estar aquí. Sigamos.
Lacey quería conocer más detalles, pero viendo la preocupación de su compañero prefirió obedecer sin hacer más preguntas de momento.
El primer aparato que había instalado funcionaba adecuadamente, pero el segundo no sólo había dejado de funcionar, sino que alguien lo había golpeado hasta el punto de que lo más probable era que las piezas hubieran quedado inservibles.
Lacey dio una patada a una de las piezas con frustración.
—Estas cosas no son baratas —se quejó—. ¿Por qué haría alguien algo así? —Cogió uno de los diales y frunció el entrecejo mientras contemplaba la raja del cristal—. ¿Tu gente haría algo así?
—Es posible, si lo encontraran, pero lo dudo. Normalmente no pasamos por aquí. Es más probable que lo haya hecho un humano enfadado porque matamos a alguno de los suyos.
Barak enfundó la espada y ayudó a Lacey a recoger los pedazos diseminados por el suelo.
—Lo siento —dijo ella—. No debería haber culpado a tu gente de esta manera, pero tardaré meses en disponer del dinero necesario para reemplazarlo. Se supone que los Paladines son los únicos que patrullan por esta zona y no tienen ninguna razón para destruir mis instrumentos de medición, pues saben que los utilizo para predecir los terremotos y otros fenómenos que pueden afectar a la barrera.
Barak evitó mirarla para que no percibiera su malestar por no compartir con ella el don que le permitía predecir los terremotos mucho antes que cualquier aparato. Gracias a ese don, los Paladines podrían estar mejor preparados cuando la barrera se apagara, lo que implicaría que más de los suyos morirían.
Barak le había dado la espalda a su mundo, pero no a la gente que lo habitaba. Quizás era hilar demasiado fino, pero era la única forma que tenía de vivir consigo mismo.
Metió los trozos del aparato en la carcasa y lo cogió del suelo.
—Quizá podamos recomponer algunas piezas y restaurar algunos de los sensores —dijo.
Lacey no pareció muy convencida, pero recogió de buen grado algunos trozos que Barak había pasado por alto. Cuando los introdujo en la carcasa, sorprendió a Barak poniéndose de puntillas y estampándole un rápido beso en la mejilla.
—Te agradezco que hagas todo esto —le dijo.
Su olor embriagó los sentidos de Barak, enviando una oleada de deseo ardiente por su cuerpo.
—Ten cuidado, Lacey —la advirtió—. Esto no es todo lo que querría hacer contigo.
Dejó que su deseo se reflejara en su mirada, repasándola de la cabeza a los pies y deteniéndose en sus lugares favoritos.
El hecho de que Lacey no se sintiera intimidada dijo mucho en su favor. Por el contrario, alargó los brazos para coger el aparato roto que Barak sostenía y él se lo entregó. Entonces ella lo dejó en el suelo y se lanzó a sus brazos.
El frío de los túneles desapareció en el dulce calor del beso de Lacey. Barak cerró los ojos y usó las manos para trazar, de memoria, las curvas del cuerpo de ella. Con la respiración entrecortada, inhaló el aroma y el sabor de Lacey incorporándolos a su alma.
Los tejanos de Lacey los mantenían a demasiada distancia. Barak se separó de ella lo suficiente para introducir la mano entre los dos y poder llegar a la cremallera, pero ella fue más rápida. Mientras murmuraba su aprobación, Barak deslizó las manos por la curva de la cintura de Lacey, separó sus tejanos y sus bragas de sus caderas y los bajó hasta el suelo.
A continuación, Barak se levantó con lentitud y Lacey susurró junto a su boca:
—Ahora te toca a ti.
Aquello era una locura, y los dos lo sabían. Pero a Barak no le importaba y, por lo visto, a ella tampoco. Quizás él no era el único que se había estado muriendo de frustración durante los dos últimos días.
Como no se fiaba de sí mismo, Barak cogió su billetera y sacó el condón que llevaba siempre encima. Por si acaso.
—Tío listo —observó ella.
Lacey le demostró su aprobación sacándose la camiseta y el sujetador.
Él conservó el suficiente control para quitarse la camiseta, desabrocharse los pantalones y ponerse el condón antes de volver a coger a su amante entre sus brazos. La presión de la piel desnuda de Lacey contra la de él le hizo sentirse de nuevo en casa.
—Este suelo no será muy cómodo —dijo.
Lacey se echó a reír con una voz ronca de deseo.
—Ése será tu problema, porque tengo planeado estar encima —repuso.
Barak no se lo discutió. No le importaba la posición que eligieran siempre que él estuviera dentro de ella pronto. De manera que se echaron al suelo. Si la piedra era fría e incómoda, Barak dejó de notarlo en cuanto ella le presentó sus grandes pechos exigiendo su atención.
Cuando él succionó uno de sus hinchados y erguidos pezones, ella se sentó a horcajadas sobre su cuerpo frotando y balanceando su húmedo centro contra el pene de él. Barak extendió la mano sobre su trasero animándola a moverse más deprisa y con más fuerza.
Unos segundos más tarde, Lacey se detuvo. Miró a Barak con ojos calientes y necesitados y el pelo alborotado.
—Barak, te quiero dentro de mí. Fuerte y hondo.
—Será un placer.
Barak tiró de ella y la ayudó a colocarse de modo que el miembro de él quedara justo a la entrada de su cuerpo. Después, en un movimiento coordinado, ella bajó hasta que su cuerpo cubrió por completo el miembro de Barak.
Lacey se balanceó hacia delante y los dos soltaron un gemido. Barak dobló las rodillas para sostenerla mientras ella apoyaba las manos abiertas en el pecho de él e iniciaba una larga y lenta subida seguida de una brusca bajada.
Lacey lo estaba matando. Pero moriría feliz.
Barak dejó que ella marcara el ritmo, disfrutando de la mirada de poder sensual que reflejaban sus ojos. Sus bonitos pechos botaban con cada movimiento tentándolo otra vez. Barak los cubrió con sus manos apretándolos, masajeándolos y disfrutando de cómo le llenaban las manos.
—¡Más fuerte! —pidió ella.
Barak obedeció, lamiendo su pezón hasta que lo cogió con sus dientes y sus labios. Lacey echó la cabeza hacia atrás, entregándose a la creciente oleada de pasión que los embargaba.
¡Barak era tan grande...! La llenaba y encajaba con ella a la perfección, como no lo había hecho ninguno de sus anteriores amantes. Le encantaba cómo la miraba con sus ojos claros, como si ella fuera la única mujer en aquel mundo o en el de él que pudiera hacerlo sentirse de aquella manera.
Ninguno de ellos había demostrado tener el menor sentido común al ceder al impulso de hacer el amor allí abajo, en los túneles, pero la necesidad había ido creciendo entre ellos desde el momento en que ella abandonó la cama de él. Pero no era momento para pensar, con sentir era suficiente. Y sentirlo a él era perfecto. Duro, caliente, exigente y sumamente cuidadoso con ella.
El reloj de Barak emitió un pitido sobresaltándolo y haciendo que soltara una maldición.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Barak soltó una risa frustrada.
—Conecté la alarma para que no nos pasáramos de tiempo y pusiéramos en marcha una misión de rescate —repuso.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
Barak sorprendió a Lacey haciéndola girar de forma que él quedó encima de ella. Con una sonrisa sin duda maliciosa, se inclinó y la besó antes de decir:
—El suficiente.
Entonces le demostró todo lo que un hombre podía conseguir, con gran empeño, en un corto espacio de tiempo.


Devlin los esperaba en la sala de los archivos.
—Habéis llegado por los pelos —les dijo.
—Alguien destruyó parte del equipo. Nos tomó cierto tiempo reunir los pedazos —explicó Barak, y se los enseñó para que Devlin los inspeccionara.
—¡Hijo de puta! —declaró Devlin en un arrebato de mal genio. Entonces se acordó de que Lacey estaba allí y se disculpó—. Lo siento, Lacey.
Ella lo miró sorprendida como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
—¡Chico, después de todo, Laurel va a conseguir civilizarte! —le dijo ella—. Quizá podría continuar con Penn.
Barak los observó divertido mientras Devlin llegaba incluso a sonrojarse.
—Sólo me ha recordado que tú te mereces ser tratada con más respeto —añadió el Paladín—. Aunque creciste rodeada de Paladines, ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que no eres un chico más.
Barak podía dar testimonio de primera mano al respecto, pero, en un alarde de sabiduría, se guardó esa información para sí mismo. Si los Paladines habían sido tan ciegos como para no darse cuenta de que tenían a una hermosa mujer entre ellos, era su problema, no el de él.
Lacey, intranquila, cambió el peso de pierna. Evidentemente el comentario de Devlin la había incomodado. Barak la entendía. Él también había tenido que redefinir quién era durante los últimos meses y no le había resultado nada fácil.
Devlin volvió a dirigir su atención a la araña:
—¿Cuándo dejó de funcionar?
—Hará un par de días —contestó la doctora—. Si necesitas una hora y un día exactos, tendré que consultarlo en el registro del laboratorio.
Lacey introdujo las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones, inconsciente de cómo esa postura enfatizaba la generosa curva de sus pechos.
Devlin reparó en ello y lanzó una mirada iracunda a Barak por haber hecho lo mismo.
—Llámame en cuanto lo sepas —le dijo a Lacey—. Entonces quizá pueda hacer algunas comprobaciones para averiguar si estaba programado que alguien bajara a los túneles en ese momento.
—De acuerdo —repuso ella, y se dirigió a la puerta que quedaba al otro extremo de la sala de los archivos. Barak se rezagó un par de pasos e hizo una seña a Devlin para que también él se quedara atrás. Cuando caminaban a cierta distancia de Lacey, le susurró a Devlin:
—Ese tal Ben ha estado en los túneles hace poco. No puedo decirte cuándo, pero sentí su olor cerca de donde se produjeron los daños.
Devlin asintió dándose por enterado y ambos aceleraron el paso para alcanzar a Lacey antes de que llegara a la puerta. Barak la adelantó para abrírsela y le cogió la carcasa de la araña para que ella no tuviera que transportarla escaleras arriba.
Lacey le lanzó una mirada que lo advertía de que su artimaña para pasarle información a Devlin no le había pasado inadvertida. Lástima. Cuanto más supiera, mayor peligro correría. Hasta que tuvieran alguna idea sobre lo que Ben tramaba y con quién trabajaba, Devlin hacía bien manteniendo aquel asunto en secreto.
Sin duda, Lacey interrogaría a Barak sobre su artimaña, aunque quizá pudiera distraerla. Y él sabía exactamente cómo hacerlo. De hecho, estaba impaciente por ponerlo en práctica.


Penn paseaba por los pasillos, haciendo tiempo hasta que Barak se presentara para el siguiente entrenamiento. En el mejor los casos, odiaba, odiaba esperar. Pero esperar a Barak realmente lo cabreaba. Claro que, al menos, el Otro lo había telefoneado para decirle que llegaría tarde.
Y ¿por qué?
Porque había vuelto a bajar a los túneles con Lacey. Ellos solos. ¿Acaso Devlin se había vuelto loco? Como mínimo debería haber enviado a uno o dos Paladines como escolta. Pero no, Bane había confiado en que Barak mantendría a Lacey a salvo tanto de los humanos como de los Otros. ¿Tenía eso algún sentido?
Además, ¿quién protegería a Lacey de Barak? Todo aquello lo ponía enfermo. ¡Ya era bastante malo que su hermana pasara todo su horario de trabajo con aquel bastardo! ¡Y, de nuevo, a solas! ¿Qué ocurriría si aquel monstruo de ojos pálidos decidía que quería tener una amante humana? A Penn le gustaba pensar que su hermana tenía suficiente sentido común como para no confiar en aquel bastardo, pero, por lo que había visto, las mujeres trataban a Barak como a un animalito perdido que habían recogido de la calle, en lugar del despiadado asesino que era debajo de su delgada capa de comportamiento civilizado.
Penn aferró la empuñadura de la espada, pues la necesidad de luchar lo invadió con más intensidad de lo habitual. Pero se obligó a relajar el brazo a su costado e hizo lo posible para parecer calmado y bajo control. Allí, donde podía tropezarse con un tutor o un Regente, era de vital importancia que no dejara que sus nervios lo delataran. Nadie era más consciente que él de que lo observaban, lo evaluaban y lo juzgaban.
Por lo que él sabía, el jurado todavía estaba deliberando. Todavía podía tener un futuro con los Regentes. Las alternativas eran inaceptables: o lo enviaban a una zona inhóspita lejos de la barrera para que se pasara el resto de la vida vegetando, o lo ejecutaban.
Y eso no sólo lo mataría a él, sino también a Lacey.
El sonido de unos pasos llamó su atención y volvió a aferrarse a la empuñadura de su espada. ¡Por fin llegaba su oponente!
—Dijiste que llegarías un poco tarde, Otro. No me gusta que me hagan esperar —espetó.
Barak adoptó un aire despectivo.
—¡Como si tuvieras algo más que hacer! Estaba ayudando a tu hermana a montar una de sus máquinas.
¡Maldición, Penn odió la visión que aquellas palabras crearon en su mente! ¡El Otro y Lacey, con las cabezas juntas y trabajando en un jodido trozo de metal!
—Ella trabajaba muy bien sola antes de que tú aparecieras —le recordó.
Barak no hizo caso del comentario y cerró de un empujón la puerta del gimnasio.
—Estamos aquí para entrenar, así que pongámonos manos a la obra —dijo.
—Encantado, Otro.
Barak se quitó la camiseta y lanzó sus zapatos a una esquina de sendas patadas. Penn siguió su ejemplo, se colocó cerca de él e imitó los primeros movimientos del calentamiento de Barak. Su rutina de estiramientos le sentaba sorprendentemente bien y, poco a poco, iba aprendiendo la danza, como Barak la llamaba.
Después de haber calentado bien los músculos, llegó la hora de las espadas. Aunque sólo habían entrenado unos días, el dominio de Penn de la mano izquierda ya había mejorado mucho. Sin embargo, había hecho pocos progresos con su mano derecha. Sólo el tiempo diría si ser un luchador zurdo ayudaría o sería un estorbo para aquellos que lucharan junto a él defendiendo la barrera.
Barak blandió su espada de prácticas varias veces. La hoja del arma reflejó la luz y pareció un relámpago en forma de arco que cortara el aire. En lugar de esperar a las formalidades, Penn cargó contra el Otro desde un lado y sin previo aviso.
La danza había empezado.


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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 7:56 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:43 pm

Capítulo 14
Una hora más tarde, los dos se sentaron con la espalda apoyada contra la pared del gimnasio, exhaustos y jadeando. Barak había ganado la competición, pero en esa ocasión le había costado más.
Así es como Devlin los encontró.
—¿Cómo ha ido? —preguntó mientras les lanzaba sendas toallas—. No veo sangre, aunque sí unos cuantos morados espectaculares.
—¡Vete al infierno, Bane! —Penn se puso en pie—. Hasta mis morados tienen morados. Me largo.
Barak esperó a que Penn recogiera sus cosas y se fuera para hablar. Devlin esperaría su sincera opinión, pero el Otro no quería que Penn oyera lo que tenía que decir.
—Su mano izquierda funciona bien —dijo cuando estuvieron solos—. Definitivamente, ha mejorado. Y la derecha está mejor. Pero no bien.
Puede que Penn no le gustara a Barak, pero respetaba su deseo de ser el guerrero que había nacido para ser.
—No, no está bien —confesó.
—¡Maldita sea, ya me lo temía! Laurel me lo advirtió, pero estaba que tú vieras algo que ella no hubiera visto.
—Quiero continuar con el entrenamiento. Penn podría sorprendernos. —Barak limpió con esmero su espada de prácticas antes de devolverla a la estantería—. Si no me necesitas, creo que un buen baño caliente me sentará de maravilla.
—Te acompañaré a tu casa. Tenemos que hablar.
Estaba claro que el jefe de los Paladines quería decirle algo. Barak no estaba especialmente interesado en oírlo, pero sabía que no ganaría nada esquivándolo.
—Estupendo, pero tú compras las pizzas y las cervezas —dijo.
—Ya he encargado una vegetariana extra grande para ti y una pizza de verdad para mí. Trahern se reunirá con nosotros en tu casa y llevará las cervezas. —Le lanzó una mirada burlona—. Él compartirá tu pizza.
Barak dudó de que Blake Trahern hubiera comido nada vegetariano en toda su vida. Aquel tío tenía la palabra «carnívoro» escrita en la frente. Pero todavía le resultaba más interesante el hecho de que Trahern fuera a su casa. Devlin no se había molestado en preguntarle si tenía otros planes o si le iba bien que Trahern se reuniera con ellos.
Por suerte, Lacey tenía otro compromiso, si no tendría que haber encontrado la forma de advertirla de que no se presentara en su casa.
Barak cogió su chaqueta y dijo:
—Pongámonos en camino.
El trayecto hasta el edificio de Barak transcurrió en silencio. Él todavía se estaba recuperando del día que había pasado con los hermanos Sebastian; ambos le habían proporcionado sendas sesiones de ejercicio. Lacey era una amante enérgica, una de las muchas cosas que le gustaban de ella. Penn carecía del encanto de su hermana, pero también había contribuido al buen humor del que Barak gozaba en aquel momento.
Buen humor que sólo duraría hasta que Devlin por fin le soltara lo que quería decirle y que hacía que agarrara el volante con todas sus fuerzas.
—Estás tenso —se decidió a comentar Barak—. Sea lo que sea que tengas que decirme, simplemente, suéltalo. No tengo más remedio que estar a tus órdenes.
Barak odiaba ese hecho y dejó que se reflejara en su voz.
—En esta ocasión, sí que tienes elección. —Devlin habló sin el menor rastro de burla en su voz—. Tienes la elección de participar. Sin embargo, una vez hayas decidido hacerlo, no habrá vuelta atrás.
Barak se asomó por la ventanilla del coche preguntándose si la muerte de la que había escapado estaba a punto de alcanzarlo.
En cuanto Devlin llegó al aparcamiento y detuvo el coche, Trahern surgió de las sombras. Otro Paladín estaba un poco más atrás, lo que dificultó que Barak lo reconociera, pero, a juzgar por su estatura, debía de ser Cullen. Cada uno de ellos llevaba un paquete de doce cervezas.
Barak bajó del coche y los saludó con un ademán de la cabeza.
—Creo que deberías haber encargado más pizzas —le dijo a Devlin.
Devlin ya había sacado su móvil para encargarlas. Un par de minutos más tarde cerró el móvil y su mirada se encontró con la de Barak por encima del techo del coche.
—Siento haber montado una fiesta en tu casa sin habértelo consultado antes —le dijo—. Pensé que era el lugar más seguro para encontrarnos.
—¿Porque nadie viene a verme?
Aquello era cierto, salvo por las escasas ocasiones en que Devlin lo visitaba o la noche que Lacey compartió su cama.
—Es jodido, lo sé. Pero así es, ésa es la razón —contestó Bane.
Barak encabezó la marcha hacia su apartamento. Una vez en interior, encendió las luces y colocó la espada en su lugar de honor, encima de la chimenea. Normalmente, su salón parecía espacioso, pero con tres Paladines aposentados en el sofá y los sillones había dejado de parecerlo.
Al menos, le habían dejado su sillón favorito para él. Justo cuando se estaba sentando, alguien llamó a la puerta. Barak fue hasta allí y comprobó quién era por la mirilla. Al ver que se trataba de DJ, arqueó una ceja en dirección a Devlin.
—¿Te habías olvidado de cuántas invitaciones habías enviado? —le dijo.
DJ entró llevando dos cajas grandes de pizza en equilibrio sobre una mano.
—¿Quién me las va a pagar? —preguntó a los presentes.
—DJ, ¿de verdad crees que te vamos a aflojar la pasta cuando tú ya has pagado generosamente por ellas? —declaró Trahern con sorna.
—¡Demonios! Debería haber dejado que el chico os entregara las pizzas él mismo. —El contrariado Paladín dejó las cajas sobre la mesa que había frente al sofá y se sentó en la alfombra, a la distancia de un brazo de las pizzas—. ¿Dónde están los platos y las servilletas?
Todas las miradas se volvieron hacia Barak.
—De acuerdo, yo los traigo —soltó Barak—. Y tenedores también, para los que no seáis unos completos bárbaros.
Su comentario hizo reír a todos menos a Trahern, pero incluso él sonrió. A pesar de las molestias, resultaba agradable tener a aquellos invitados, por inesperados que fueran.
Mientras cogía los platos, los tenedores y las servilletas, Barak vio que la lucecita de su contestador parpadeaba. Las únicas personas que lo telefoneaban con asiduidad eran Laurel y Devlin ¿Acaso Laurel intentaba localizar a Devlin? No, pues lo habría llamado al móvil.
Su mano titubeó sobre la tecla de reproducción. No quería oír el mensaje con Devlin y los otros cerca, aunque la idea de que se tratara de Lacey lo enterneció. Escucharía el mensaje cuan1 estuviera solo para saborear el sonido de su voz.
—¡Eh, Barak, que la pizza se enfría! —lo llamaron desde el salón.
—Mantened los dedos lejos de mi pizza vegetariana —contestó levantando la voz—. Estoy seguro de que Devlin estará encantado de compartir su pizza de verdad con vosotros.
—¡Y una mierda! —dijo Bane—. Trahern puede coger un trozo pero vosotros dos tendréis que esperar a la segunda entrega, DJ se hizo el ofendido:
—De acuerdo, pero no creáis que voy a pagar también por ésas.
Devlin dio un mordisco a un trozo de su pizza con exagerado placer. Después de tragárselo, dijo:
—Tienes razón, DJ, no sería justo. Cullen pagará la tuya.
Continuaron bromeando mientras comían. Después de que DJ y Trahern se repartieran el último pedazo de la pizza de Barak, el estado de ánimo de los Paladines cambió. Devlin fue el que se puso más tenso. Si Barak interpretaba adecuadamente su actitud, el jefe de los Paladines se sentía apenado y decidido a la vez.
Y ambas actitudes eran por él.
Barak empezó a recoger las latas vacías de cerveza y los utensilios de la comida.
—Ahora que te has llenado de pizza y cerveza, Bane, ya puedes decirme lo que te hace parecer tan lúgubre —dijo Barak.
—Bane siempre parece lúgubre. Sólo varía el grado.
La pequeña broma de Cullen no consiguió despejar las oscuras sombras que se habían cernido sobre el grupo.
Devlin se limpió la boca con una servilleta y lanzó el trozo de papel al interior de una de las cajas vacías de pizza.
—Los esfuerzos que estamos realizando para detener el contrabando de las piedras azules que proceden de tu mundo no nos están llevando a ninguna parte —explicó.
Trahern intervino en la conversación:
—He estado siguiendo a Ben Jackson, del departamento de Informática, y DJ ha estado controlando todos sus contactos a través del ordenador, pero de momento no podemos inculparlo de nada.
Barak echó un montón de desperdicios en una bolsa de basura.
—Pues yo estoy seguro de que estuvo en el laboratorio de Geología y en los túneles —dijo.
Devlin asintió con la cabeza.
—Y yo te creo, Barak. Todos te creemos.
Barak se debatió entre un sentimiento de sorpresa y el placer de saber que confiaban en él.
—Entonces, ¿por qué habéis venido?
—El rastro a este lado de la barrera se ha enfriado —prosiguió Devlin—. Necesitamos saber si alguien, en el otro lado, tiene alguna información que podamos utilizar para descubrir a esos cabrones.
De repente, Barak supo qué era lo que querían de él. Para concederse unos segundos antes de contestar, se sentó y cogió otra lata de cerveza. Pero la bebida no consiguió eliminar el sabor amargo del miedo en su boca.
—¿Cuándo vais a enviarme de vuelta a mi mundo? ¿O ésta es la parte en la que yo puedo opinar?
Por favor, que no fuera esa misma noche. Si iba a morir, quería tener la oportunidad de despedirse de Lacey. Y de Laurel. ¿O quizá sería más considerado, simplemente, desaparecer de sus vidas? Barak deseó saber cómo funcionaba el corazón de las mujeres de aquel mundo.
Devlin se inclinó hacia delante.
—Barak, ninguno de nosotros sabe qué empuja a tu gente a abandonar vuestro mundo para venir al nuestro. Y tú no has querido compartir esa información con nosotros. No te lo hemos preguntado porque, en el fondo, no tiene importancia. Vosotros nos invadís; nosotros luchamos. Es así de simple.
No era simple, y ellos lo sabían.
—¿Qué queréis que haga exactamente, Devlin? —pregunto el Otro—. Aunque regresara a mi mundo no serviría de nada, porque entonces yo estaría allí, y vosotros, aquí.
La ironía del caso era que él había esperado morir a este de la barrera, no al otro.
—No te estamos pidiendo que te quedes allí, Barak. Lo que necesito saber es si puedes establecer contacto con alguien del otro lado sin quedarte atrapado allí. Si no puedes, dilo y pensaremos en otra posibilidad.
Devlin se arrellanó en su asiento y esperó.
¿No querían enviarlo de vuelta definitivamente?
—Hay alguien —repuso Barak—. Quizás ella pueda ayudarnos.
¡Si quería! Conociendo a su hermana, ella no levantaría un solo dedo para ayudarlo a él o a los humanos; sin embargo, ella también odiaba la locura que empujaba a los de su especie a cruzar la barrera. Si acabar con el comercio ilegal de la luz azul disminuía aquel éxodo, su conciencia la empujaría a ayudarlos.
—¿Ella? —preguntó Cullen con toda su atención concentrada en Barak—. ¿Qué aspecto tiene esa mujer?
¿Qué le importaba a él qué aspecto tenía ella?
—Tiene, más o menos, la misma estatura que Lacey; el pelo largo y de un color parecido al mío, y podría poneros en un brete con una espada.
DJ soltó un soplido de incredulidad, pero Cullen asintió como si Barak le hubiera confirmado algo que ya sabía. ¿Se habría encontrado Cullen con su hermana? Ella patrullaba la barrera al otro lado y no había ninguna razón para que aquellos hombres la hubieran visto nunca. Sin embargo, a juzgar por las extrañas miradas que Cullen y Devlin le lanzaban, podía estar equivocado.
—¿Cómo puedes ponerte en contacto con ella? —preguntó Bane.
Barak reflexionó antes de contestar:
—Cuando la barrera vuelva a apagarse, podría pasar al otro el tiempo suficiente para hacerle llegar el mensaje de que se uniera conmigo.
—¿Cómo sabrías si la barrera se mantendría apagada el tiempo suficiente para que pudieras contactar con ella y volver?
La pregunta procedía de Trahern, que lo miraba con los ojos entornados en apenas una rendija y la expresión adusta.
—Es un riesgo que tendré que asumir —contestó Barak—. Sé que algunos Paladines saben reparar la barrera, así que les pediré que no se den prisa en hacerlo.
—¡Menuda mierda de plan, Barak! —estalló Bane—. Cuanto más tiempo esté apagada la barrera, más personas de ambos lados morirán.
—Tú me has preguntado mi opinión, Devlin, y esto es lo mejor que se me ocurre.
—Y ¿qué vas a hacer, quedarte en los túneles esperando a que la barrera se apague? Podrías estar horas. Incluso semanas.
—Pues ofréceme una alternativa.
El silencio pareció prolongarse una eternidad. Finalmente, Barak expuso una última sugerencia:
—Si le escribiera una nota y la lanzara al otro lado cuando la barrera fluctuara, hay bastantes posibilidades de que llegara a sus manos. Sus hombres patrullan ciertas zonas con regularidad. Si escribiera unas cuantas copias, varios de nosotros podríamos lanzarlas en distintos lugares. Así nadie se queda atrapado al otro lado y nadie tiene que esperar indefinidamente junto a la barrera hasta que se apague.
Al cabo de un rato, Devlin asintió con la cabeza.
—De acuerdo. Se está haciendo tarde. ¿Por qué no preparas un borrador de la nota y me lo traes mañana por la mañana?
—¿No confías en mí para que escriba una simple nota?
La rabia creció en el estómago de Barak. ¡Se habían presentado en su casa sin ser invitados, le pedían un imposible y encima no confiaban en él para hacer el trabajo!
Cullen, quien era siempre el más tranquilo, contestó:
—Cuando trabajamos en equipo, Barak, trabajamos en equipo. Y no dejamos colgado a uno de los nuestros. —Se puso en pie y se desperezó—. Ha sido un día muy largo, caballeros. Me voy a casa. Vamos, DJ, te llevo.
DJ saltó sobre sus pies. Era el único del grupo que no parecía que necesitara una buena noche de sueño.
—De acuerdo, vámonos —dijo—. Bonito apartamento, Barak.
—Gracias.
¿A DJ se le acababa alguna vez la energía? Con sólo verlo, Barak se sentía cansado.
Mientras DJ seguía con decisión a Cullen hacia la puerta, Devlin preguntó:
—¿Quieres que te lleve, Blake?
—No, iré caminando —contestó el Paladín—. Buenas noches, Barak. Gracias por compartir tu pizza vegetariana.
El fornido Paladín desapareció y Barak y Devlin se quedaron solos.
—Prepararé un borrador y te lo llevaré a la oficina mañana a primera hora —declaró Barak. No tenía ni idea de qué podía decir para eliminar la brecha que existía entre él y aquellos a los que había dejado atrás, pero, si no lo intentaba, no podría vivir consigo mismo—. Si lo de la nota funciona, podemos especificar un lugar para encontrarnos, aunque no podamos concretar una hora.
Devlin le dio una palmada en el hombro.
—Gracias.


El teléfono no estaba estropeado. Lacey lo sabía porque lo había comprobado en tres ocasiones durante la última hora. Tenía que acostarse, de lo contrario, el día siguiente le resultaría difícil de sobrellevar. Ya era bastante malo tener que enfrentarse al doctor Louis por la mañana para presentarle sus últimos requisitos presupuestarios sin tener unas ojeras descomunales.
Quizá pudiera conseguir unos minutos extra de sueño si se preparaba la comida antes de acostarse y programaba la cafetera para que tuviera preparado el café justo cuando se levantara. Ya había elegido la ropa que se pondría, que no era la que se ponía habitualmente. El drapeado del vestido que había elegido acentuaba sus mejores partes y disimulaba las que no eran tan buenas.
Sin embargo, si Penn la veía, le pediría explicaciones, y Lacey dudaba de que se tragara que llevaba puesto aquel vestido par impresionar a su jefe. No, tendría que esperar una oportunidad mejor para lucirlo delante de Barak.
El teléfono continuaba en silencio. Lacey sabía que había dejado su mensaje en el contestador adecuado, porque había reconocido la voz grave de Barak. ¡Vaya, se sentía como una colegiala de secundaria perdidamente enamorada del capitán del equipo de atletismo! ¿Acaso Barak se había arrepentido de lo que habían hecho en los túneles? ¿Estaba loca por creer que podría atraerlo para repetir el evento?
No, él lo había disfrutado. Los dos lo habían disfrutado. Puede que ella no tuviera mucha experiencia, pero, sin duda, había conseguido que se dibujara una sonrisa en la cara de Barak. Y otra enorme en la de ella.
Pero el teléfono seguía allí, silencioso y preocupante. Para mantenerse ocupada, Lacey se preparó otro sándwich y cogió otra manzana para Barak, por si comían en el trabajo. Mientras untaba el pan con una capa doble de mantequilla de cacahuete, contempló el teléfono deseando que sonara.
Cuando por fin lo hizo, Lacey casi dudó de que estuviera sonando de verdad. Si se trataba de Barak, ¿por qué había esperado hasta que fuera casi medianoche para llamarla? No tenía derecho a pensar que ella esperaría despierta indefinidamente hasta que él encontrase un hueco en su atiborrada agenda.
—Diga —contestó secamente.
La voz grave de Barak le llegó a través de la línea:
—Lacey, espero que no sea demasiado tarde para llamar. Surgió algo y acabo de oír tu mensaje.
—¡Ah!
Lacey se reclinó en la encimera y cruzó las piernas. ¿Se explicaría Barak?
Él captó su velada indirecta.
—Unos amigos pasaron por aquí. El último acaba de irse —dijo.
—No sabía que tenías amigos. —¡Dios santo, qué cosa más horrible acababa de decir!—. ¡Oh, Barak, no pretendía decir eso! —se apresuró a añadir—: ¡Debe de ser el cansancio!
—No es necesario disculparse cuando se dice la verdad —contestó Barak con un deje de humor en la voz—. Tomar pizza y cerveza con cuatro Paladines no es algo que me ocurra con frecuencia.
Lacey experimentó un gran alivio y volvió a relajarse, hasta que comprendió que lo que había estado sintiendo hasta entonces era el monstruo de los ojos verdes: celos. ¿Cómo podía haber pensado que él estuviera con otra mujer? Su hermano podía creer que ella estaba loca, pero sabía de corazón que Barak era un hombre de honor.
—Supongo que no —murmuró—. ¿Era una especie de reunión de tíos? ¿Pizza, cerveza y baseball?
Penn y algunos de los muchachos eran seguidores ardientes de los Seattle Mariners, pero no se imaginaba a Barak gritando a la televisión cada vez que un árbitro pitara una falta con la que no estuviera de acuerdo.
—Mmm... sí —repuso el Otro—. Devlin y Cullen me están enseñando las reglas del juego.
Lacey miró el auricular como si pudiera ver la expresión de Barak a través de la línea telefónica. ¿A qué se debía aquel titubeo? Quizás estuviera equivocada, pero había sonado como si él se hubiera agarrado al comentario del baseball sin ser verdad.
—Es tarde. Será mejor que te deje —dijo finalmente.
—De acuerdo.
Ella esperaba una conversación larga hasta altas horas de la noche, pero estaba claro que eso no iba a ocurrir. ¿Qué había cambiado desde que se separaron?
—Buenas noches, Lacey. Que duermas bien.
—Buenas noches, Barak. —Lacey intentó, una vez más, encontrar aquella intimidad especial que habían compartido en los túneles—. Lo de hoy ha sido... bueno, maravilloso.
Se produjo otro breve silencio.
—Sí, lo fue —contestó Barak—. Si los chicos van a seguir apareciendo por aquí sin previo aviso, tendré que tener más cervezas en casa. Bueno, ya te dejo.
El chasquido que produjo el auricular cuando Barak colgó, resonó en el corazón de Lacey. Parpadeó varias veces con rapidez mientras se decía a sí misma que el ardor que sentía en los ojos se debía a lo tarde que era. Después de todo, aunque Barak y ella habían hecho el amor en los túneles, no significaba que tuvieran una relación seria. Además, eso no era lo que ella quería. La vida rodeada de Paladines ya era de por sí una aventura sin tener que complicársela tomando a un Otro como amante.
Después de todo, ella tenía un propósito en la vida. Si lograba predecir los terremotos y las erupciones volcánicas, su trabajo podía salvar la vida de algunos Paladines. Odiaba la vida que se veían obligados a llevar por el bien de la humanidad. Ellos no se quejaban, bueno, sí que se quejaban, pero seguían blandiendo sus espadas en primera línea.
Y ella se estaba mintiendo a sí misma. Sí, su trabajo era importante para ella, pero Barak también, incluso más de lo que debería. ¿La había malinterpretado a propósito? Y, de ser así, ¿por qué?
Le sobrevino un enorme bostezo, recordatorio de lo tarde que era. Apagó las luces de la cocina y recorrió el pasillo arrastrando los pies en dirección a su solitaria cama. No tenía sentido que se machacara intentando averiguar qué le pasaba a Barak. Él estaría en el laboratorio al día siguiente. Entonces tendría tiempo de descubrirlo.


—Aquí está tu nota.
Barak la dejó encima del escritorio de Devlin, que hizo a un lado el informe que estaba leyendo y cogió la breve nota.
—Está en inglés —comentó—. ¿Esa mujer sabe leer nuestro idioma?
Barak no quería revelar la menor información acerca de su hermana. Cualquier cosa que los Paladines aprendieran, podrían utilizarla como arma contra su mundo. Evitó contestar a la pregunta diciendo:
—Supuse que querrías leerla. Como no sabemos cuándo llegará a sus manos, he pensado que sería buena idea que ella tuviera que contestar antes de fijar un encuentro.
Devlin lo estudió con la mirada, pero no insistió en aquella cuestión.
—De acuerdo —asintió—. Necesito que me muestres en el mapa cuáles son los mejores sitios para pasar la nota al otro lado. Probablemente esta misión es una locura, pero a este lado no estamos consiguiendo nada. Haz media docena de fotocopias de la nota en la fotocopiadora que hay al final del pasillo. Si no sabes cómo funciona, pídele a Cullen o a DJ que te enseñen.
—Tengo que hacer las copias a mano. Ella no confiará en nada que no esté escrito por mí personalmente. Sólo tardaré unos minutos en escribirlas.
Barak quería pedirle un favor a Devlin, un favor que no estaba seguro de que fuera a gustarle:
—¿Puedes telefonear a Lacey y decirle que me necesitas durante un rato?
—¿Problemas en el paraíso? —respondió Bane, adoptando la expresión de un auténtico guerrero Paladín, por lo que a Barak le resultó imposible adivinar qué estaba pensando.
—No, hemos hecho verdaderos progresos perfeccionando las máquinas que utiliza para estudiar las montañas. Su trabajo es muy importante para ella. En el fondo espera que os salvará a Penn y a los demás.
Devlin compuso una mueca.
—La vida no es fácil para las mujeres que están a nuestro lado —reflexionó—. Como a Laurel, a Lacey le resulta especialmente difícil porque se preocupa por ti. Es complicado.
Barak lo miró a los ojos intentando no revelar las profundas emociones que Lacey despertaba en él. Era posible que Devlin lo sospechara, pero no estaba seguro, y Barak lo quería mantener así.
—En fin, ¿por qué no la llamas tú? —prosiguió Bane—. Aunque te advierto que no le gustará.
—Se lo tomará mejor si tú se lo dices.
Aquello no era cierto. Llamara quien llamara, a Lacey no le gustaría que se ausentara del trabajo.
Devlin descolgó el teléfono. Antes de marcar la extensión de Lacey, preguntó:
—Y ¿durante cuánto tiempo te necesito desesperadamente?
—¿Todo el día sería demasiado pedir?
—Si le doy una explicación no. —Devlin colgó el auricular y se reclinó en su silla—. ¿Qué ocurre entre vosotros dos?
Aquélla era una pregunta que Barak no quería responder. Quizá fuera suficiente con que le contara otra verdad:
—Mi vida aquí es precaria. Sobre todo si tengo que volver a mi anterior mundo. No me interesa apegarme demasiado a la gente de este lado.
—Y ¿hasta dónde te has apegado a la encantadora Lacey Sebastian?
Devlin lo observó con su mejor mirada tipo: «Puedo oler una mentira a cien metros de distancia.»
Barak le devolvió la mirada y preguntó:
—¿Vas a telefonearla o no?
—Mierda, Barak, te gusta vivir peligrosamente, ¿no? Ya sabes que Penn te sacará las tripas con una espada oxidada si tocas a su hermana pequeña.
—No podrá destriparme si ya estoy muerto, Devlin. Ahora llámala. Yo voy a escribir tus notas.
Barak salió sin mirar atrás. Devlin veía demasiado y no tenía por qué ser testigo de cuánto le dolía separarse de la calidez de Lacey.
DJ levantó la vista de su ordenador.
—¡Eh, Otro! —le dijo—. ¿Qué estás haciendo en nuestra ala del edificio?
Por lo visto, la noche anterior había cambiado la actitud hostil de los Paladines hacia Barak.
—Necesito papel, un bolígrafo y un lugar para trabajar durante unos minutos —contestó Barak, examinando la atiborrada oficina.
—Utiliza la mesa de Cullen. Estará fuera durante un par de horas. Tiene papel y bolígrafos en el cajón superior derecho.
—Gracias.
Barak empezó la laboriosa tarea de copiar la carta que había preparado en su propio idioma.
No podía traducirla palabra por palabra, pero el sentido sería muy aproximado. Añadió un mensaje privado para su hermana sabiendo que sólo ella reconocería la mención de un juego que solían compartir durante la infancia. Quizás así la convencería de que se reuniera con él. Aunque, de cualquier modo, Barak habría organizado el encuentro entre las dos culturas, la oportunidad de volver a ver a su hermana constituía un incentivo adicional. Y, en el fondo, esperaba que ella también lo viera de esa forma.
Cuando estaba terminando la décima copia de la carta, percibió que había alguien a su lado. Fuera quien fuese, se había acercado sin que Barak notara el menor ruido. Semejante descuido podía ser una buena forma de acabar muerto. Barak levantó la vista con lentitud y se quedó pasmado.
—¿Qué es tan tremendamente importante para que no puedas realizar tu trabajo? —Lacey no se molestó en hablar en voz baja—. Estoy recibiendo muchos datos importantes que tienen que ser estudiados. ¿Qué te ha mandado Devlin que hagas? ¿Escribir las invitaciones a su fiesta de cumpleaños?
Sus ojos azules despedían las mismas chispas que el día anterior, cuando se lanzó a sus brazos en los túneles. Aunque, en aquel preciso momento, Barak dudaba de que ella valorara positivamente la comparación. Barak le dio la vuelta a la carta, aunque de todos modos su compañera tampoco podría leer el mensaje.
—Lacey, volveré a tu departamento cuando las circunstancias me lo permitan. —Siempre que no terminara muerto o capturado al otro lado de la barrera—. Estoy seguro de que Devlin te ha explicado la situación.
Lacey cruzó los brazos sobre el pecho y apretó los labios.
—¡Y una mierda me la ha explicado! —espetó—. Lo único que hizo fue dejarme un mensaje de voz diciéndome que habías sido reasignado a su oficina durante un tiempo indefinido.
Lacey estaba claramente furiosa y dispuesta a luchar. Barak reparó en que DJ fruncía el entrecejo mientras los observaba, y decidió llevar aquella discusión a algún lugar más privado. La posibilidad más cercana era el despacho de Devlin.
—Ven conmigo —le dijo.
De una forma automática, Barak cogió el brazo de Lacey, pero ella se soltó con brusquedad.
—Puedo andar yo sólita, Barak. Soy una mujer, algo que a estas alturas ya deberías saber.
Su enfado estaba afectando su sentido común. Ninguno de los dos quería que se extendieran rumores acerca de la naturaleza de su relación.
Barak le susurró al oído:
—Puedes gritar cuanto quieras, Lacey, pero aquí no.
—Muy bien, pero prepárate, porque tengo la intención de gritar bastante —replicó ella, y lo siguió al interior del despacho de Devlin.
La inesperada interrupción hizo que el jefe de los Paladines levantara la mirada de la pantalla de su ordenador. En cuanto vio a Lacey, miró hacia el techo, como si lanzara una plegaria para tener paciencia y sabiduría.
—Sí, desde luego, entra, Barak, y también puedes decirle a Lacey que entre —dijo con sarcasmo—. A pesar de mi reputación de disparar primero y preguntar después, en realidad no espero que los demás llamen a la puerta antes de entrar en mi despacho.
—¡Cállate, Devlin! Tú también formas parte de este problema, así que no te hagas el inocente y el sorprendido. —Lacey se dejó caer en una de las sillas que había frente al escritorio de Devlin—. Ahora cuéntame por qué Barak está ahí fuera escribiendo la lista de la compra, o lo que sea que tú le has encargado, en lugar de presentarse a trabajar en el laboratorio. —Lacey lanzó una mirada iracunda a ambos hombres—. ¡Y no me mientas!
Barak se sentó en la otra silla y tomó la palabra:
—Devlin, he dejado las listas de la compra en la mesa de Cullen. No estoy seguro de dónde quieres que las archive.
Devlin se levantó.
—En otras palabras —dijo—, quieres que me pierda durante unos minutos.
—Eso es, exactamente, lo que quería decir.
El musculoso Paladín salió del despacho y Barak oyó el suave chasquido de la puerta al cerrarse.
—Devlin me necesitaba para un proyecto especial —declaró—. Eso es verdad.
—¿Y el resto? ¿Lo de que estarías fuera indefinidamente? ¿Eso también es verdad?
Él era responsable del dolor que reflejaba la mirada de Lacey y se odiaba a sí mismo por ello.
—También es verdad que necesitará que lo ayude más veces en este proyecto, pero no sé cuánto durará ni cuándo me necesitará —explicó.
Parte del enfado de Lacey desapareció y fue reemplazado por la decepción que sentía hacia Barak.
—Por alguna razón, no quieres estar cerca de mí, pero ayer no percibí ninguna queja —le dijo.
Sería mucho más fácil para ambos que él le permitiera creer aquella mentira, pero Barak no podía hacerlo. Alargó el brazo para apoyar la mano sobre la de Lacey, pero ella la apartó fuera de su alcance.
—El problema es —respondió Barak con calma—, precisamente, todo lo contrario. El problema radica en que quiero estar cerca de ti con demasiada intensidad. Ya te dije que no pensaba ser tu secreto vergonzoso. ¿A cuántas personas les has hablado de mí? ¿A cuántas les has contado que quieres que sea una parte importante de tu vida?
Barak conocía la respuesta incluso antes de que Lacey retirara la mirada.
—Ya me lo parecía. —Barak suspiró deseando que todo aquello fuera más fácil—. Ni siquiera te culpo, Lacey, pero cuanto más tiempo trabajemos juntos, peor irá la cosa.
—¿Sabes qué es lo que no me gusta, Barak? No me gusta que los demás decidan lo que es mejor para mí. Puede que no esté preparada para ir por la calle cantando y gritando que estoy saliendo con un Otro, pero al menos no he cerrado la puerta a esa posibilidad. —Lacey se puso en pie—. Espero que tú y Devlin seáis felices juntos, aunque sospecho que Laurel es del tipo celoso. No le gustará formar parte de un trío.
Lacey se marchó con la espalda erguida.
Las armas que colgaban de la pared de Devlin vibraron en sus soportes cuando la doctora cerró la puerta de golpe. Barak quería ir detrás de ella y hacerla volver para convertir su enfado en otra forma de pasión más placentera. La imagen que esa idea le provocó fue tan real que, cuando la puerta se abrió, Barak estaba medio convencido de que Lacey había cambiado de opinión.
Pero era Devlin quien regresaba para reclamar su despacho. El Paladín ni siquiera intentó ocultar su sonrisa.
—No sé qué has hecho para estar en la lista negra de esa mujer —dijo—, pero, por el amor de Dios, no permitas que yo lo haga nunca.
—¡Cállate, Devlin! No hemos sido justos con ella —replico Barak.
—Ah, ¿no?
—La obligamos a aceptar mi presencia. Ella lo único que quiere es hacer que este mundo sea un lugar más seguro para su hermano. No debería verse obligada a dormir con el enemigo para conseguir suficiente dinero para realizar su trabajo.
Sus palabras no habían sido las más acertadas, pero no por eso dejaba de ser verdad.
Devlin alargó el brazo y agarró a Barak por la solapa de la camisa.
—Y ¿es cierto que ha dormido con el enemigo, Barak? —le preguntó—. Te envié allí para que aprendieras el trabajo, no para que sedujeras a tu jefa.
El hecho de que Devlin lo agarrara por la camisa fue el detonante de toda la rabia y la frustración que Barak experimentaba. La superioridad de tamaño del Paladín no suponía gran cosa para un hombre que lo había perdido todo: casa, familia, amante...
Barak lanzó su puño hacia arriba estampándolo en la mandíbula de Devlin y produciendo un satisfactorio crujido. Luego se liberó de su mano y le lanzó una patada a la entrepierna.
Pero el Paladín no se había pasado la vida luchando sin aprender unos cuantos trucos sucios. Bloqueó la patada de Barak con otra de las suyas, lanzando a su oponente sobre una silla que se rompió a causa del peso. Barak ignoró el dolor que sintió en la espalda y se levantó con rapidez con la intención de hacerle daño en serio a Devlin.
Ninguno reparó en que la puerta se abría, mientras intentaban colocarse en la mejor posición, buscando una debilidad en las defensas de su oponente. Se hallaban girando en círculo cuando una mujer se colocó entre ellos. Barak dio dos pasos antes de darse cuenta de que se trataba de Lacey.
—¡Vete, Lacey! —le dijo.
Barak sabía que a ella no le gustaba recibir órdenes, pero aquél no era el momento para conversaciones amables.
—No pienso ir a ninguna parte —contestó la doctora.
Lacey avanzó un poco más para seguir interponiéndose entre los dos hombres.
—¡Maldita sea, mujer, sal de en medio! —bramó Devlin.
—¡No!
La mujer afianzó los pies en el suelo y se mantuvo firme. Viéndola allí, con las manos en jarras y desafiándolos con la mirada, resultaba fácil deducir que la sangre de los guerreros corría por las venas de su familia. Lacey estaba irresistible: una mujer pletórica de energía, dispuesta a presentar batalla a quien fuera con tal de proteger a aquellos que le importaban.
Los dos hombres no tuvieron más remedio que ceder. Ninguno de ellos se arriesgaría a herirla accidentalmente, y ella lo sabía. Cuando Barak y Devlin retrocedieron y dejaron colgar los brazos a los lados, Lacey sonrió.
—Y ahora, ¿queréis explicarme a qué se debe esta exhibición de estupidez? —preguntó, y golpeteó el suelo con el pie esperando una respuesta.
—Tuvimos una pequeña discrepancia —comentó Barak.
Lacey contempló la silla rota y la papelera que habían tirado esparciendo la basura por el suelo.
—Ah, ¿sí? Pues no me gustaría nada ver qué ocurriría si algún día decidierais realmente pelearos por algo.
Devlin se limpió la sangre que brotaba de su labio partido.
—Así qué, Lacey, ¿te has olvidado de algo? —le preguntó.
—Sí. A medio camino del laboratorio recordé que me había dejado algo que me pertenece aquí, en tu oficina.
Barak miró a su alrededor, pero no vio nada.
—No veo nada.
—Eso es porque no estás mirándote en un espejo. —Lacey le dio un leve empujón hacia la puerta—. ¡Vamos! Tienes trabajo que hacer.
—Aun así, lo necesitaré. —Devlin los siguió al exterior de su despacho—. Tenemos en marcha un proyecto especial y necesitamos su destreza.
—Sí, y ya veo lo bien que trabajáis juntos —respondió Lacey con ironía—. Llámame y lo negociaremos.
Trahern apareció por el otro extremo del pasillo. Como de costumbre, veía demasiado.
—Vaya, Devlin, ¿vuelves a discutir a puñetazos? —dijo—. La última vez que lo hiciste casi me rompiste la mandíbula; Cullen y DJ tuvieron que moverse con cuidado durante dos días.
Barak y Devlin le dijeron al unísono que se fuera al infierno lo que provocó las risas de todos. A continuación, Barak hizo posible por ignorar a los dos Paladines, reunió toda la dignidad de la que fue capaz y siguió a Lacey por el pasillo.
Pero no podía estar muy enfadado. Delante del más imponente y fiero de los Paladines, Lacey había admitido que Barak le pertenecía.

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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 7:57 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:43 pm

Capítulo 15
—¡Eh, Penn! ¿Cómo va todo?
Penn no levantó la mirada de su bebida, mientras se preguntaba si pedir o no otra cerveza. Si se iba en ese momento, llegaría a tiempo de ver el principio del partido de pretemporada de fútbol.
Pero la inesperada llegada de Ben Jackson lo hizo decidirse. Lo último que quería en aquellos momentos era permanecer sentado escuchando las jodidas quejas de Ben acerca de su trabajo. Resultaba irónico que Ben tuviera un trabajo que detestaba y que podía abandonar cuando quisiera y que, por el contrario, Penn tuviera un trabajo que adoraba y del que iban a echarlo en cualquier momento.
Los últimos dos entrenamientos con Barak no habían ido nada bien. Penn no necesitaba la compasión del Otro, pero cada vez que la mano derecha le fallaba, lo percibía en la expresión de Barak. Su mano izquierda, sin lugar a dudas, se estaba fortaleciendo, pero nunca llegaría a sentirse cómodo luchando con esa mano.
Barak no dejaba de decirle que se diera tiempo, pero Devlin le había dejado muy claro que disponía de un tiempo limitado, Barak afirmaba que percibía ciertas mejoras, lo que podía otorgar a Penn un cierto margen, pero estar en deuda con un Otro lo sacaba totalmente de quicio.
Al menos no estaba tan borracho como para no darse cuenta de que la inesperada aparición de Ben no tenía sentido. Aquel bar no era el que estaba cerca del Centro. De hecho, estaba bastante lejos de donde los dos hombres trabajaban y tampoco estaba cerca de donde Penn vivía. Él podía sentirse uno más entre la tosca clientela del bar, pero Ben estaba, claramente, fuera de su ambiente.
Con una expresión neutra, Penn contempló a su indeseado compañero. Ben estaba nervioso y lo disimulaba muy mal. Algo lo tenía jodido, pero ¿el qué? ¿O quién? Fuera lo que fuese, no tenía por qué repercutir en Penn, pero lo hacía. De lo contrario, Ben no seguiría persiguiéndolo e imponiéndole su presencia nerviosa y sudorosa en su tiempo libre.
—¿Qué quieres, Ben? —le preguntó, sin molestarse en mostrar interés o amabilidad.
Ben realizó una mueca y esbozó una sonrisa titubeante que, no sin esfuerzo, consiguió estabilizar.
—Quiero una cerveza —repuso—. Más allá de eso, no tengo pensado nada.
—Pues que te lo pases bien.
Penn se levantó del banco y realizó una seña al camarero indicándole que quería pagar.
—¿Qué prisa tienes, Penn? Acabo de llegar y me gustaría tener compañía. —Ben se dispuso a coger a Penn por el brazo para impedirle que se fuera, pero éste le lanzó una mirada iracunda y Ben cambió de idea—. Al menos tómate una conmigo.
—Lo siento, pero no puedo —replicó el Paladín.
Penn decidió no seguir esperando la cuenta y se dirigió a la barra para pagar allí directamente.
—¿Acaso tienes algo importante que hacer? —insistió Ben, y lo siguió hasta la barra.
—No, pero, de repente, este lugar ha perdido todo el atractivo que tenía.
Quizá la verdad hiciera mella en aquel idiota.
A juzgar por la forma en que Ben se ruborizó, su propósito había dado en el clavo.
—¿Qué te pasa, Penn? —preguntó indignado—. ¿Eres demasiado bueno para confraternizar con un simple mortal?
¡Estupendo, lo único que necesitaba Penn era que llegara a oídos de Devlin que había incitado a aquel cerdo sudoroso a ponerse en contra de los Paladines! Ya estaban llamando demasiado la atención. Penn intentó coger a Ben con la intención de arrastrarlo al exterior, pero, con un movimiento sorprendentemente rápido para su constitución y tamaño, Ben se puso fuera de su alcance.
—Vete a casa, Penn, y bebe tú solo —le espetó—. No me importa una mierda.
Ben se sentó en un taburete y cogió la cerveza que el camarero le había servido.
Antes de volverse para irse, Penn esperó un par de segundos para asegurarse de que Ben no iba a provocarlo más. Cuando por fin se volvió, y antes de que se hubiera alejado más de dos pasos, Ben le lanzó una última provocación.
—Claro que, si mi hermanita estuviera follando con un jodido Otro yo también bebería. —Ben se echó a reír como si hubiera contado un chiste fantástico—. Supongo que, en el caso de tu hermana, él sí que es un jodido Otro.
Penn deseó matar a aquel bastardo allí mismo, pero su lealtad hacia los Paladines le recordó que, por encima de todo, incluso por encima de defender el honor de Lacey, estaba mantener el secreto de su existencia. Ya llegaría su momento. Por suerte, aquél no era el tipo de bar que pusiera objeciones a que sus clientes resolvieran sus diferencias con los puños. Siempre que lo hicieran en el exterior.
—Vamos, Ben, me aseguraré de que llegas a tu casa —le dijo—. Me estás pidiendo a gritos una pelea, pero no te daré ese gusto.
Penn le hizo una seña al camarero para indicarle que se llevaba la discusión a otra parte y cogió a Ben empujándolo hacia la puerta.
Sin embargo, Ben acababa de darse cuenta de que había abierto su bocaza demasiado y había olvidado lo fuertes que eran los Paladines, sobre todo cuando estaban con ganas de pelea.
Ben intentó soltarse de la mano de Penn.
—Lo siento, Penn —balbuceó—. Ha sido el alcohol el que ha hablado, te lo juro. —Avanzó a trompicones suplicando clemencia—. ¿Cómo iba a saber que tú aprobabas al nuevo amante de tu hermana?
Aquello era lo último. Penn le propinó un buen gancho de izquierda, empujándolo hasta el asiento trasero de su propio coche. A Penn lo había traído al bar otro Paladín, así que no tenía que preocuparse por llevar dos vehículos de vuelta a su barrio. Cogió las llaves de Ben y arrancó el vehículo.
Después de conducir durante dos manzanas, Penn aparcó el coche y pulsó la tecla de marcación rápida de Devlin en su móvil.
Bane respondió a la segunda llamada. No parecía estar muy contento, claro que nunca lo parecía.
—¿Y ahora qué quieres, Penn?
—Quiero hacerte una pregunta, Bane. ¿Le prometiste mi hermana al Otro si dejaba en paz a tu mujer? Porque si lo hiciste, te mataré.
Penn odió notar que las manos le temblaban.
—¡No, desde luego que no! —gritó Bane tan alto que Penn tuvo que apartar el teléfono de su oreja—. Siento demasiado respeto por tu hermana para hacerle algo así. Aunque tenga a un idiota como hermano. ¿De dónde demonios has sacado esa estúpida idea?
Penn no estaba seguro de si creía al Paladín o si sólo quería creerlo.
—Ben Jackson me ha seguido hasta un bar de otro barrio intentando, de nuevo, hacerse amigo mío —continuó—. Cuando le he dejado claro que no estaba interesado en su amistad, me ha dicho que Barak está follando con mi hermana.
—¡Hijo de puta! ¿Dónde estáis ahora? ¿Quieres que vaya a echarte un cable?
Su voz dejaba claro que no estaba bromeando.
—No, antes de bajarle los humos, lo he sacado del bar. Ahora mismo está vomitando en el asiento trasero de su coche.
—Telefonearé a Trahern y nos reuniremos con vosotros en el Jackson's. Quizá, si lo llevamos a su apartamento y lo emborrachamos, cuando se despierte creerá que todo ha sido una pesadilla.
—Salvo por los morados que tendrá cuando haya acabado de sacarle todas esas mentiras a golpes.
Penn bajó las ventanillas del coche para disipar el olor agrio a alcohol que despedía Ben en el asiento trasero.
—¡Penn! —protestó Devlin al teléfono.
—Sólo bromeaba. Más o menos. Su dirección está en su carné de conducir.
Penn leyó la dirección en voz alta mientras volvía a arrancar el coche.
—Gracias —contestó Devlin—. Danos quince minutos y nos vemos allí.
—De acuerdo.
Claro que no sería culpa suya si Ben se hacía daño al salir del coche o al subir a su apartamento. Pero no, esperaría hasta comprobar si era cierto que Barak había estado follando con Lacey. Si era mentira, entonces Ben merecería que le diera una buena paliza que casi acabara con su miserable vida. Pero, si Ben decía la verdad, entonces acabaría con la vida de Barak de una vez por todas.
Después de dar una ojeada a su repugnante pasajero, Penn decidió que, en cualquier caso, mataría al mensajero.


Cuando la puerta del laboratorio se abrió y Devlin Bane entró en la habitación con una expresión sombría en el rostro, Barak levantó la mirada. El hecho de que el Paladín apareciera justo después de que Lacey saliera para reunirse con el doctor Louis parecía demasiado oportuno para ser una coincidencia ¿Qué ocurría ahora?
Devlin dejó caer un sobre en la encimera y esperó a que Barak lo cogiera. A Barak le bastó una mirada para saber que procedía del otro lado de la barrera. Pasó los dedos por las letras del sobre y reconoció la escritura furiosa de su hermana.
Barak sonrió, imaginándose la expresión ceñuda de su hermana mientras respondía a su petición. De todos los miembros de su familia, ella había sido la única que se había opuesto a su destierro rogándole que cambiara de opinión. Pero cuando el honor de Barak le impidió acceder al deseo de su hermana, ella le dio la espalda y cerró los ojos dando a entender que él ya no existía en su mundo. Ni en ningún otro.
Consciente de la impaciencia del Paladín, quien lo observaba a su espalda, Barak abrió el sobre. El papel del interior procedía, sin lugar a dudas, de su mundo y, fuera lo que fuese lo que su hermana hubiera escrito en su rol de comandante, Barak se sintió feliz de volver a contactar con ella.
—Deja muy claro que no piensa confiar en nadie de este mundo —tradujo Barak—. Sin embargo, se reunirá conmigo. Quiere que cruce al otro lado por el mismo sitio que crucé a este mundo. —Barak levantó la mirada hacia Devlin—. Me permitirá quedarme allí sólo hasta que la barrera vuelva a fluctuar el tiempo suficiente para que yo pueda regresar a este lado.
Devlin dio una palmada en la encimera.
—¡No! —protestó—. Es ella quien tiene que venir aquí. No permitiré que arriesgues tu vida de esa manera.
—Ella se encargará de que no me ocurra nada.
Al menos lo intentaría, pero no tenía sentido que dejara entrever a Devlin que dudaba de la capacidad de su hermana para protegerlo de las facciones violentas de su gente.
Devlin recorrió de un lado a otro la habitación mientras se pasaba los dedos por el pelo en señal de frustración.
—¿Qué te hace creer que podemos confiar en su palabra?
—Y a todo esto, ¿quién es esa mujer?
—Se llama Lusahn. —Barak volvió a deslizar los dedos por su nombre—. Es una líder entre los míos. Y es mi hermana.
Evidentemente, Devlin no se lo esperaba. Cogió un taburete y se sentó al lado de Barak.
—No hemos hablado nunca de la razón por la que abandonaste tu mundo —dijo lentamente.
—No, y tampoco vamos a hacerlo ahora. Tengo mis propias razones y no pienso traicionar a mi gente.
Antes moriría, a pesar de que el mundo de Devlin le había dado nuevas razones para vivir.
—Supongo que puedo aceptarlo —contestó el Paladín—. Sé que estás dispuesto a regresar a tu mundo por el asunto de las piedras, Barak, pero no te pediré que lo hagas sin darte la oportunidad de pensártelo. Últimamente, la barrera ha estado muy inestable y hay bastantes probabilidades de que sólo tengas que estar allí durante un período corto de tiempo, quizá sólo un par de horas...
Barak lo interrumpió:
—Pero también podrían ser unos días o unas semanas. Y cuanto más tiempo pase allí, mayor será el riesgo. Lo sé.
—Ponte de nuevo en contacto con ella y dile que es imperativo que nos encontremos aquí. Si no, no hay nada que hacer.
—Ella no vendrá. Ya iré yo. Nos tendrá más en consideración si asumimos también algún riesgo. —Barak deslizó la carta hacia Devlin—. Lo haré por mi gente, Devlin.
—Cuando hayas terminado tu trabajo, reúnete con nosotros en mi oficina. Quizás a los muchachos se les ocurra alguna idea.
—De acuerdo, allí estaré.
Devlin cogió la carta y la introdujo en su bolsillo.
—Una cosa más, Barak. Ben Jackson se emborrachó un poco ayer por la noche y le dijo a Penn que tú y Lacey os acostabais juntos. ¿Hay alguna razón para que haya llegado a esa concusión?
Un sentimiento de aprensión se afianzó en el pecho de Barak.
—No, no sé por qué lo habrá dicho —contestó. A menos que estuviera en lo cierto cuando creyó ver a alguien espiando su apartamento la noche que Lacey se quedó a dormir—. ¿Qué ha dicho Penn?
—No mató al estúpido bastardo, cosa que habría hecho si hubiera creído que Penn decía la verdad. —Los ojos verdes de Devlin adquirieron una expresión de frialdad—. Lo que tú y Lacey hagáis no es de mi incumbencia, pero...
Barak se puso en pie y se enfrentó, cara a cara, con la dura mirada de Devlin.
—Tienes toda la razón —le dijo—. Y Lacey no se merece ser objeto de habladurías.
—No, no se lo merece. Pero si su nombre se ve vinculado al tuyo, su vida será un auténtico infierno, por no mencionar la tuya. Los de por aquí están justo empezando a acostumbrarse a verte entre ellos.
Devlin no estaba diciendo nada que Barak no supiera. Aunque él esperaba que ese día hubiera llegado más tarde que pronto.
—Tu gente no puede culparnos del tiempo que pasemos juntos en el trabajo —alegó Barak—. Lacey me acompañó a casa desde tu piso y también hemos ido juntos a las montañas por cuestión de trabajo. Eso y las dos veces que bajamos a los túneles es a lo que alcanza nuestra relación.
Devlin no se lo tragó.
—Yo no soy tu juez ni tu jurado, Barak, pero, al menos, actúa con discreción. Ben tiene que haber visto algo, si no, no se habría atrevido a irse de la boca con Penn. Sospechamos que ese tío intenta obtener algo de Penn, pero no sabemos qué. Y, desde luego, no se ha ganado ningún punto soltando esas acusaciones a oídos del hermano de Lacey.
Los dos estaban tan concentrados en su conversación que no oyeron que Lacey entraba en el laboratorio.
—¿Qué acusaciones han llegado a oídos de mi hermano?
Devlin murmuró una maldición antes de volverse hacia Lacey. Era la segunda vez en dos días que estaban en lados opuestos de una discusión.
—Si se lo puedes contar a Barak, también me lo puedes contar a mí. Él no es mi protector —añadió Lacey.
—No, la cuestión es si es o no tu amante —repuso Bane.
Barak habría podido engañar a Devlin, pero la expresión desolada de Lacey tenía la verdad escrita en su cara. El Paladín enseguida soltó una ristra de maldiciones.
—¡Bane, cierra la boca! —lo recriminó Barak—. A pesar de lo que sepas o creas que sabes, haz el favor de no hablar así delante de Lacey.
Si se requería otra pelea para convencerlo, Barak estaba preparado para empezar a propinar golpes.
Lacey pasó junto a Devlin y se colocó al lado de Barak buscando su apoyo.
—¿Quién ha lanzado esas acusaciones, Barak? ¿Quién lo sabe? —inquirió.
Devlin contestó a su pregunta:
—Ben Jackson, del departamento de Informática, intentó convencer a Penn de que vosotros dos estáis viviendo una aventura. Penn no se lo tomó muy en serio, aunque seguramente no costaría mucho convencerlo de que lo que dijo Ben no era sólo producto de su imaginación.
Barak esperó a que Lacey lo negara todo. Él habría corroborado su mentira, pero, en cambio, ella se volvió hacia Barak con sus ojos azules llenos de lágrimas.
—¿Por qué ese bastardo no nos deja tranquilos? —le preguntó.
—Porque está desesperado. Al señalarnos con el dedo, desvía la atención de sí mismo. —Cuanto más pensaba Barak en esa posibilidad, más acertada le parecía—. Yo diría que él no da el tipo para dirigir una operación de este calibre. Quizá sus superiores están preocupados por lo que averiguamos gracias a los disquetes que Trahern consiguió del juez Nichols.
El móvil de Devlin sonó.
—Bane al habla... Sí, dile al coronel Kincade que me reuniré con él en su oficina dentro de un cuarto de hora.
Devlin cortó la comunicación y contempló a Barak rodeado de un frío silencio.
—Ahora mismo, no necesito este tipo de complicaciones Otro —le dijo—. Le advertí a Laurel que podía quedarse contigo siempre que no causaras problemas.
Lacey se enfureció.
—¡Él no es una mascota que pueda guardarse en una jaula, Devlin! Además, yo tampoco veo que tú sigas las normas. Todo el mundo sabe que los tutores no deben acostarse con sus pacientes. ¿Dónde os deja eso a Laurel y a ti? Y ¿qué hay de Trahern y Brenna? ¿Os está permitido el acceso de civiles al Centro? No lo creo.
Barak contempló a aquella mujer con admiración. Era la segunda vez que le plantaba cara a Devlin Bane, algo que muchos hombres evitarían hacer.
Bane sacudió la cabeza.
—Todos sabemos que Penn nunca considerará que nadie es lo suficientemente bueno para ti —dijo—, pero, en este caso, comprendo su punto de vista. —Antes de que Lacey pudiera volver a explotar, Devlin levantó una mano—. No me malinterpretéis. Cuando conseguí superar lo que Barak es, llegué a respetarlo como persona, pero os vais a enfrentar a una ardua tarea si creéis que podéis convencer a los de aquí de que una mujer humana esté con un Otro.
Ya tenían bastante.
—Devlin, has ido demasiado lejos. Lárgate de una vez —ordenó Barak.
Devlin no se amedrentó.
—Me iré cuando me dé la maldita gana, Otro.
—Te irás ahora o llevaremos esta discusión a un nivel completamente distinto. —Barak estaba harto de aquellos exagerados aires de importancia que se daban los Paladines—. En cualquier caso, tú no tienes ningún derecho a opinar sobre lo que hay entre Lacey y yo. Es posible que no te guste, pero eso no me importa.
Barak empujó su taburete hacia atrás y se colocó delante de Lacey, por lo que pudiera pasar.
Entonces oyó que Lacey sorbía por la nariz intentando contener las lágrimas. Era una mujer fuerte, pero él y Devlin le estaban haciendo vivir un infierno. Barak se volvió de espaldas al enfadado Paladín y alargó el brazo para ofrecerle a la doctora el consuelo de su contacto. No le gustó mucho que ella lo rechazara, pero tampoco la culpó por hacerlo.
—Devlin, ya nos has causado bastantes problemas por hoy, así que vete —dijo Lacey—. Barak, si tienes alguna pregunta sobre los datos que te di antes, estaré en mi despacho.
Sólo su orgullo le permitió guardar la compostura mientras salía del despacho.
—La cosa empeorará —le advirtió Devlin a Barak.
Aunque a Barak no le gustara admitirlo, Devlin no le decía nada que él no supiera.
—¿Qué quieres que haga? —replicó—. ¿Dejarías tú a Laurel si los Regentes te lo ordenaran?
Devlin apoyó una mano en el hombro de Barak.
—Hazme un favor. Al menos, ten cuidado.
—Lo tendremos. —Barak cogió la carta de su hermana—. Le diré a Lacey que pronto necesitaréis mis servicios. Hasta entonces, me aseguraré de que nadie nos vea juntos fuera del laboratorio.
Devlin volvió a consultar su reloj.
—¡Mierda! Llego tarde. Dime cuándo quieres cruzar al otro lado.
—Como mínimo, no antes de un par de días.
La barrera permanecería estable durante ese tiempo, a no ser que algo externo causara algún problema. Barak no había estado cerca de las placas tectónicas el tiempo suficiente para saber cuál era su pauta de funcionamiento, pero el volcán sí que estaría en calma unos días.
—De acuerdo —dijo Devlin—. Por cierto, Laurel quiere que cenes de nuevo con nosotros pronto. Ha vuelto a buscar nuevas recetas.
Devlin realizó una mueca, expresando su temor en relación a los experimentos culinarios de su amante.
Barak se tomó su comentario como lo que era, una oferta para hacer las paces.
—Gracias por la advertencia —contestó—. Como me dijiste, los vegetales eran bastante comestibles.
Cuando Devlin se marchó, Barak reflexionó sobre cuál sería la mejor manera de aproximarse a Lacey. Se acercó a la puerta de su oficina y se sintió aliviado al ver que estaba trabajando en su ordenador. De momento, lo mejor sería dejarla sola. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su zona de trabajo, ella levantó la cabeza y lo vio.
—No merodees por aquí, no te morderé. Ni lloraré. —Lacey consiguió sonreír, aunque tenía los ojos un poco rojos.
—Le he prometido a Devlin que nos aseguraremos de que nadie nos vea juntos fuera del trabajo —dijo Barak.
—No permitiré que nadie me dé órdenes de lo que tengo que hacer con mi vida. Ni siquiera tú, Barak. Si quiero verte, lo haré.
Una parte de Barak era tan egoísta como para valorar positivamente su determinación, pero no quería que Lacey resultara perjudicada.
—Quizá tú quieras arriesgarte, pero yo no —añadió Barak, y se volvió hacia su lugar de trabajo.
Al darle la espalda a Lacey, se sintió como si se hubiera clavado un puñal en su propio pecho. Entonces regresó al laboratorio, cogió su tablilla sujetapapeles y simuló trabajar.


¡Malditos hombres! ¡Todos! ¡De cualquier tipo! Paladines, Otros, hermanos, jefes... Desde niña, Lacey se había centrado en un único objetivo: encontrar la forma de hacer que la vida de Penn fuera mejor, más segura. Por suerte, la geología y la vulcanología le encantaban. Si no le hubieran gustado, habría encontrado otra disciplina que le permitiera ayudar a los Regentes de alguna forma.
Sin embargo, en aquel momento estaba a punto de mandarlo todo al diablo y encontrar a gente cuerda con la que trabajar. Y quizá también algunos posibles pretendientes que no supieran por dónde se cogía una espada y, mucho menos, luchar con ella.
Había intentado salir con hombres que no estuvieran conectados con la organización, pero eso implicaba que tenía que vigilar todas sus palabras para no revelar información secreta. Los pocos hombres, miembros de la guardia, con los que había salido, tenían tanto miedo a Penn que hicieron poco más que acompañarla hasta la puerta de su casa. Por otro lado, eran raros los Paladines que tenían hermanos, pero parecía haber entre ellos un acuerdo tácito que los obligaba a mantenerse alejados de las hermanas de cualquiera de ellos.
Y, cuando por fin había encontrado a alguien cuyo contacto encendía su pasión, tenía que ser un Otro. En aquel momento, Lacey no estaba segura de con quién estaba más enfadada, si con Penn, con Barak o con Devlin. Aunque no importaba. Desde que Devlin salió del laboratorio, Barak había actuado como si ella no existiera.
Pues bien, aquello iba a cambiar inmediatamente. Se detuvo para comprobar su aspecto deseando haberse puesto el vestido sexy en lugar de sus habituales tejanos y la camiseta de rigor. Si Barak no se acercaba a ella, ella iría a Barak.
Barak dio un respingo cuando oyó que Lacey se acercaba a él. Estupendo, así que no era inmune a ella, por mucho que intentara simularlo. Había llegado la hora de jugarse el todo por el todo. Lacey deslizó los brazos alrededor de los hombros de Barak y se inclinó hacia él presionando los pechos contra su dura espalda. Él siguió trabajando, pero el pulso se le aceleró.
Ella lo besó en el cuello y subió con sus besos hasta la oreja, provocando un visible estremecimiento en el cuerpo de Barak. A continuación, Lacey le deslizó las manos por el pecho y susurró:
—Preparo una lasaña de vegetales de primera. ¿Qué te parece cenar en mi casa?
Barak se quedó helado.
—¿No has oído lo que ha dicho Devlin, Lacey? No pueden vernos juntos.
—Lo he oído, pero no me importa. Así que, o vienes a mi casa a cenar esta noche o me presentaré en tu apartamento. Tú eliges.
Lacey contuvo el aliento esperando que él no la rechazara.
Barak se volvió hacia ella poco a poco. Aunque no sonreía, Lacey creyó ver un diminuto rastro de buen humor en su mirada.
—Eres una mujer muy tozuda —dijo Barak.
—¿Te sorprende? Si no hubiera aprendido a hacerme valer, Penn y sus amigos me habrían pasado por encima. O me habrían envuelto en una burbuja para que no me pasara absolutamente nada.
—¿Los culpas por ello?
Lacey se echó a reír.
—No, probablemente no, pero no se puede vivir escondido. Lo que me trae de vuelta a esta noche. ¿Tu casa o la mía?
Barak la miró un rato y con una mirada intensa antes de tomar su decisión:
—La tuya. Iré en cuanto haya oscurecido.
—Pero ¡hay luz de día hasta las diez de la noche! —Lacey deslizó los dedos por la acentuada línea de la mandíbula de Barak—. No quiero esperar tanto.
—Entonces cena sin mí.
Barak cogió la caprichosa mano de Lacey y la mantuvo quieta sobre su pecho.
A ella todavía le quedaba una mano libre para curiosear.
—No me refería a la cena —murmuró. Barak le cogió la otra mano.
—¡Para ya! ¿Qué pasaría si alguien entrara en este momento? —A pesar de la dureza de sus palabras, su tacto era amable—. Estaré allí en cuanto crea que es seguro.
—Lo mantendré todo caliente y listo para ti.
Lacey deslizó la punta de la lengua por su labio superior.
—Estupendo, pero ahora mismo tengo que ir a pasar un rato con tu hermano en el gimnasio —dijo Barak.
—Salúdalo de mi parte —repuso Lacey mientras él se levantaba y se dirigía a la puerta—. Y, Barak, quizá quieras llevar tu cepillo de dientes a mi casa. Mañana tenemos que subir a las montañas y ahorraríamos tiempo si no pasamos por tu casa.
Barak iba a protestar, pero se dio cuenta de que era una batalla perdida que, de todos modos, tampoco quería ganar. Cuando salió del laboratorio, Lacey fue consciente de que se había quedado mirando fijamente una puerta cerrada con una sonrisa enorme y estúpida en la cara. Aquella noche sería especial. Más que especial.
Si se daba prisa, podía terminar su trabajo de forma que le diera tiempo para ir al centro comercial de camino a su casa. La mayoría de las veces dormía vestida con una de las viejas camisetas de Penn, pero de repente sintió deseos de ponerse algo mucho más sexy. Quizás algo negro y ceñido.
Sí, eso le iría como anillo al dedo.


El olor a lasaña llenaba la cocina. La mesa estaba puesta las velas, encendidas; y la cama, lista. Todo estaba preparado; sobre todo ella. Pero, de momento, no había ni rastro de Barak. Él le prometió que iría en cuanto fuera seguro, así que quizá por eso se estaba retrasando. ¿O habría ocurrido algo durante el entrenamiento? No, Barak la habría telefoneado, o le habría pedido a Devlin que lo hiciera.
Miró por la ventana y se alegró al ver que empezaba a oscurecer por el oeste. Pronto llegaría su amante y empezaría la juerga nocturna.
Una pareja de edad madura que vivía un poco más arriba, en la misma calle que ella, pasó por la acera paseando a su perro. Iban cogidos de la mano, disfrutando del aire del atardecer. Lacey sonrió. Cada vez que los veía, sin duda enamorados después de tantos años, sentía una punzada de envidia.
Las mujeres soñaban con encontrar a un hombre que las amara y que paseara con ellas de la mano año tras año. Pero ¿qué ocurría si se elegía al hombre equivocado? ¿Si era un hombre que su familia y sus amigos nunca aceptarían? ¿Valía la pena renunciar a todo y a todos por amor? Era demasiado pronto para saber hasta qué punto sus sentimientos por Barak se fortalecerían. Quizá sólo se trataba de un capricho pasajero.
No, ella no arriesgaría su trabajo, el respeto de su hermano y todo lo demás por un hombre por el que sólo estuviera encaprichada. Había superado ampliamente la etapa del simple deseo, pero no estaba preparada para pensar cuánto más allá había ido. Ya le daba suficiente miedo saber que había iniciado un camino desconocido y que quizá sería un camino solitario.
Un suave golpe en la puerta trasera de su casa la sacó de su ensueño. No había dejado la luz exterior encendida por razones obvias, pero cuando se acercó reconoció el oscuro contorno del hombre que estaba en el pequeño porche. Abrió la puerta y se lanzó directamente a los brazos de su amante.
El beso de Barak hizo que se le curvaran los dedos de los pies sobre la alfombra y que los huesos se le derritieran. Él fue despacio. Iban camino de la cama, pero no tenían ninguna prisa en llegar. Las manos de Barak acariciaron la espalda de Lacey desde la nuca hasta el trasero, avivando el fuego que ya ardía entre ellos.
Con firmeza, Barak retrocedió un poco, dejando sólo la anchura de una mano entre los dos.
—¿Qué llevas puesto? —le preguntó con un jadeo.
Barak siguió la curva del pecho de Lacey a través de la tela negra de encaje y satén.
—Es un salto de cama. Lo compré para esta noche, así que espero que te guste.
Lacey esperaba cumplidos, aunque en realidad no los necesitaba. La evidente aprobación de Barak estaba poniendo en franca tensión la parte delantera de sus pantalones. Lacey giró sobre sí misma para lucirse un poco.
Barak la atrajo hacia sí y la apretó contra su pecho.
—Me gusta mucho.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás para darle un beso en el cuello y cogió sus manos para ponerlas sobre sus pechos. ¿Cómo sabía él la cantidad exacta de presión que se precisaba para que ella gimiera pidiendo más? Lacey deslizó una mano entre ellos para acariciar el miembro de Barak.
—Sigue así y no llegaremos ni a tu cama —dijo él.
Ella le apretó el miembro con suavidad y soltó una risita al percibir la inmediata respuesta de Barak.
Él la cogió en sus brazos y la llevó por el corto pasillo hasta su dormitorio. La dejó lentamente sobre la cama y se quitó la ropa. La suave luz de las velas que Lacey había encendido envolvió su cuerpo de guerrero en una cálida luz permitiendo que lo admirara.
Un segundo después, Barak estaba a su lado. Y después en su interior. Y todo fue perfecto.


—No pienses tanto, Barak. —Lacey levantó la cabeza del pecho de Barak, donde estaba acurrucada—. Si no, te daré algo en qué pensar que no te haga estar tan enfurruñado. —Bajó la mano por su pecho hasta el estómago y más allá. Barak cerró los ojos y sonrió mientras ella le rodeaba el miembro con la mano y apretaba con delicadeza—. Como esto. ¿Así te va bien?
—Sí.
—¿Y así? —bromeó Lacey mientras acariciaba repetidas veces el pene de Barak.
—Así también.
Entonces Barak invirtió los papeles y la exploró a ella. Lacey soltó una risita y se rindió a la fuerza superior de Barak.
—Tómame, Barak —gimió—. Tómame otra vez.
Él se incorporó a medias y se colocó en el acogedor hueco de sus piernas.
—¡Eres tan hermosa...! —le dijo con admiración.
Lacey sabía que no era verdad, pero asumió que Barak creía que era cierto. Cada movimiento que él realizaba, cada caricia que le prodigaba hacía que Lacey se sintiera valorada. Barak se inclinó para besarla y su lengua y su sabor excitaron más y más a Lacey hasta que todo lo que existió fue él.
—Me honras con tu acogida, Lacey —murmuró Barak cerca del oído de Lacey.
La pasión hacía que su acento gutural se acentuara más de lo normal, provocando estremecimientos de placer por el cuerpo de Lacey.
Mientras la poseía, Lacey le rodeó la cintura con las piernas y las apretó contra él con todas sus fuerzas mientras los dos cabalgaban sobre las olas encrespadas de la pasión.
—¡Sí, así! ¡Así! —jadeó ella mientras él la llenaba con su fuerza.
—Córrete por mí, Lacey —pidió él mientras sus cuerpos, calientes y resbaladizos por el sudor, se deslizaban el uno sobre el otro.
—Sólo si tú te corres conmigo —contestó ella mientras intentaba tomar más, más y todavía más de él.
Entonces la noche se hizo añicos a su alrededor en una explosión de luz, calor y júbilo.

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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 7:57 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:44 pm

Capítulo 16
—¡No puedo! No me permitirá acercarme a él.
Ben se aflojó el cuello de la camisa para aliviar el nudo que le apretaba la garganta. Los que estaban en los escalafones más altos de la cadena alimentaria le habían ordenado que encontrara un punto débil entre los Paladines y, aunque él había hecho lo que había podido, aquellos temibles guerreros no estaban dispuestos a hacerse amigos de los que eran como él.
Ni siquiera el bastardo de Penn Sebastian, a quien no tragaba. ¿Quién era él para despreciarlo? Una cosa era dárselas de importante cuando uno blandía una espada y ensartaba a aquellos engendros de los Otros sólo por diversión, pero Penn estaba fuera de juego, lo que no lo hacía mejor que nadie. Peor aún, porque al menos Ben podía realizar el trabajo por el que los Regentes le pagaban. No era culpa de ellos que no ganara lo suficiente para financiar su afición al juego.
Pero estaba claro que a la voz que procedía del otro lado de la línea telefónica no le importaba nada de todo aquello. Un guardia y un Regente ya habían muerto por no cumplir con su misión. Ben tenía que tenerlo presente.
—Veré qué puedo hacer.
Evidentemente, eso no era suficiente. Ben alejó el teléfono de su oreja y dejó que aquel hombre despotricara un poco más. No era una cuestión de recibir más dinero; no valía la pena perder la vida por ninguna cantidad de dinero, pero el frío miedo que sentía en las entrañas le gritó que era demasiado tarde también para eso. O convencía a Penn para que espiara a los Paladines en su nombre o él moriría. Pero, si Penn no era el eslabón débil que ellos creían que era, él moriría de todos modos. La cuestión era quién lo haría sufrir más.
Ben se estremeció, consciente de que no tenía a nadie a quien recurrir.
—Sí, señor, lo comprendo, señor. Conseguiré que se una a nosotros. Se lo prometo. Aunque quizá necesite ayuda.
A juzgar por la oferta inmediata de nombres y números de teléfono, por fin había conseguido hacer algo bien. Después de recibir unas cuantas instrucciones más de último minuto, Ben colgó el auricular. Pedir ayuda había sido una genialidad. Ahora sólo necesitaba un plan para utilizar a sus nuevos lacayos.
No podía arriesgarse a cometer otro fallo como el de la noche anterior. Sus recuerdos estaban envueltos en una especie de neblina, pero él se había despertado con unos cuantos morados que no tenía cuando salió del trabajo. Recordaba con claridad los tres primeros bares a los que había ido mientras buscaba a Penn. Fue en el cuarto, donde por fin lo encontró, que las cosas se fueron al carajo.
Sebastian no se sintió nada feliz al verlo. Eso era indudable. Si la memoria no le fallaba, Penn se había levantado nada más llegar él. El miedo mezclado con demasiadas cervezas debió de ser una mala combinación y Ben sospechaba que se había ido de la boca acerca de Lacey Sebastian.
Aunque fuera cierto que estuviera follando con el Otro, su hermano no había querido oír hablar de esa posibilidad. ¡Si es que Ben realmente se lo había comentado! Movió la mandíbula de un lado al otro y realizó un gesto de dolor. Si de verdad había sido tan estúpido como para decírselo a Penn, tenía suerte de continuar con vida.
Lo que de verdad no recordaba era haber conducido hasta su casa y haber subido las escaleras hasta su apartamento. Un par de botellas vacías junto a su cama podían ser las responsables de eso. Pero ahora eso no importaba. Lo que ahora tenía que hacer era elaborar un plan para obligar a Penn Sebastian a traicionar a sus colegas Paladines.
Si lo conseguía, sería una azaña histórica. Nunca se había producido ningún escándalo protagonizado por los Paladines.
Con el tiempo, el chanchullo de las piedras azules del mundo de los Otros saldría a la luz. A la larga, Devlin Bane o cualquiera de aquellos bastardos averiguaría lo que estaba sucediendo y decidiría acabar con aquel asunto.
¡Y Dios los ayudara a todos cuando eso sucediera!
Pero, de momento, Ben tenía que encontrar la mejor manera de utilizar los puntos débiles de Penn Sebastian. Por lo que él sabía, la única persona por la que Penn se preocupaba era su hermana.
Si alguien la amenazara, Penn haría lo que fuera para salvarla. Cualquier cosa. Ahora sólo tenía que encontrar la manera de utilizar esa información. Quizá, después de todo, todavía no fuera hombre muerto.


Lacey exhaló un suspiro y se apoyó en Barak. Parecían incapaces de caminar más de unos pocos minutos sin tocarse, besarse y respirar cada uno la esencia del otro. Allí, al límite de la naturaleza salvaje, eran libres de ser sólo una pareja más. Las pocas personas que se habían encontrado subiendo la montaña les habían sonreído o saludado con la mano, centrados en su propio disfrute de aquel bonito día.
—¡Bésame! —dijo Lacey, levantando la mirada hacia Barak y sonriendo con los ojos llenos de una promesa ardiente.
Él cogió un mechón suelto de su cabello y lo colocó detrás de su oreja regodeándose en su calidez. Su amante era una mujer maravillosamente exigente. Cuando sus labios se unieron, Barak buscó la dulzura de la boca de Lacey con su lengua. Los murmullos de incitación de Lacey lo complacieron y una energía renovada lo recorrió de la cabeza a los pies. Entonces el suelo vibró debajo de ellos y Barak estuvo a punto de caer de rodillas. Se quedó helado, esperando, contra toda razón, que la repentina sacudida procediera de la intensidad de la pasión que compartía con Lacey.
Pero un hombre sabio nunca se miente a sí mismo, sobre todo acerca de algo que podría costarles la vida a ambos. Barak interrumpió el abrazo con suavidad deseando poder confiarle a Lacey sus secretos. Pero no podía. Si ella se enteraba, esperaría que él utilizara su percepción de los estados de la montaña para ayudar a los Paladines a expensas de los de su mundo y su honor.
El dilema lo ponía más enfermo que el movimiento de las rocas debajo de sus pies.
—Será mejor que volvamos, ¿no crees? —dijo, dándole a Lacey un leve empujoncito en la dirección adecuada: hacia abajo y lejos de la furia de la montaña.
—¿Qué prisa tienes?
Lacey intentó volver al cobijo de sus brazos, para desesperación de Barak.
—Cuanto antes regresemos a tu casa, antes podremos comer los restos de la lasaña —insistió él.
Lacey se rio.
—¿Estás seguro de que la lasaña es lo único en lo que estás interesado?
No era momento para bromas, pero Barak no se pudo resistir.
—¿Estás buscando halagos, Lacey?
—Sí, es posible.
Sus ojos brillaron con buen humor y con la satisfacción de una mujer que sabía que su hombre la quería.
—De acuerdo —concedió él—. Si te hago un cumplido, ¿bajarás de la montaña?
—Sí.
Lacey afianzó los pies en el suelo esperando el cumplido de Barak.
Él simuló reflexionar seriamente sobre el asunto.
—Bueno. Preparas una lasaña estupenda. La mejor que he probado nunca —dijo.
La risa de Lacey resonó en el aire del verano.
—¡Ooooh, qué halagador! Con este tipo de halagos conseguirás un trozo de lasaña fría y poco más.
Lacey le dio un beso en la mejilla y, obedientemente, empezó a descender por el camino delante de Barak, contoneándose un poco más de lo habitual como regalo.
Barak, deseando estar equivocado, esperó hasta que Lacey tomó una curva del camino para tocar una roca cercana. La conexión siempre era mayor si mantenía los ojos cerrados. La roca enseguida le contó la verdad.
La montaña trepidaba con una energía tenebrosa. Estaba a punto de soltar parte de su furia lanzando pedazos de ella misma hacia el valle. Barak refunfuñó entre dientes deseando que sus palabras pudieran calmar el terreno bajo sus pies.
Sin embargo, en aquel momento, los deseos no iban a ayudarle mucho.
Barak soltó la roca y cogió su parte del equipo. Pensó en dejarla allí mismo para poder correr más deprisa, pero eso despertaría preguntas que no podía responder. Cuando alcanzó a Lacey, sus sentidos vibraban por la creciente presión que hacía temblar el suelo.
No conseguirían llegar abajo a menos que echaran a correr de inmediato. ¿Debía de arriesgar la seguridad de los dos por culpa de sus secretos? Ni siquiera tenía sentido plantearse esa pregunta.
Barak dejó en el suelo la nevera y la caja de herramientas.
—¡Lacey, deja el equipo y echa a correr!
Ella lo miró con evidente confusión.
—¿A santo de qué? —preguntó.
Barak cogió el equipo que Lacey sostenía y tiró de él.
—Suéltalo y ponte a correr —repitió—. Te lo explicaré más tarde.
Aunque no sería necesario. Si no se ponían en marcha en aquel mismo instante, sería demasiado tarde para explicaciones.
—¡Corre!
Sólo habían recorrido una corta distancia cuando la primera oleada de energía explotó en la cima de la montaña, provocando un deslizamiento de grava por la ladera.
—¿Qué ocurre? —gritó Lacey, aunque ya lo sabía, porque finalmente se decidió a echar a correr tan deprisa como se lo permitió el empinado sendero.
La segunda oleada de energía estalló justo cuando el camino realizaba un giro pronunciado. Barak y Lacey resbalaron por la empinada ladera. Barak consiguió clavar los pies en el suelo, pero ella no tuvo tanta suerte y cayó por un desnivel aterrizando bruscamente sobre un tobillo. Barak la cogió del brazo y tiró de ella hasta la parte superior del desnivel.
No tenían tiempo para huir. La mejor opción era encontrar un refugio lejos de las piedras rodantes y los árboles que resultaran arrancados de raíz. Barak ayudó a Lacey a levantarse del suelo, deslizó uno de los brazos de ella alrededor de sus hombros y volvieron a trompicones al camino, que más adelante pasaba junto a un pequeño saliente. Barak enseguida tumbó a Lacey a los pies del saliente y protegió su cuerpo con el suyo. Se acurrucaron contra la pared de roca y esperaron a que la montaña se apaciguara.
La siguiente sacudida fue menor, apedreándolos con una lacerante lluvia de piedrecitas, pero enseguida se calmó. La montaña permaneció silenciosa durante varios minutos. Barak volvió a cerrar los ojos y tocó la roca para percibir el estado de ánimo de la montaña. Experimentó un gran alivio cuando lo único que notó fue el murmullo de las últimas rocas aposentándose en sus nuevos alojamientos.
Barak se sentó con lentitud y colocó el pie de Lacey sobre sus piernas.
—Déjame examinar tu tobillo —le dijo—. ¿Te parece que está roto?
Barak lo movió suavemente a ambos lados y ella realizó una mueca de dolor.
—No, creo que sólo es un esguince —contestó la doctora—. Podré caminar siempre que vayamos despacio.
Lacey se dispuso a levantarse, pero Barak la detuvo:
—Espera aquí mientras voy a buscar el equipo.
Quizá, si no paraban de moverse, ella no se preguntaría cómo había sabido Barak cuándo tenían que echar a correr para escapar del deslizamiento de piedras. Barak subió penosamente por el camino, consciente de que cada segundo que estuviera lejos ella lo emplearía en pensar en lo ocurrido, pero no podía hacer nada salvo darse prisa.
La nevera estaba tumbada, aunque en buen estado. La caja de herramientas se había abierto y unas cuantas piezas se habían esparcido por el suelo. El equipo más frágil, que era el que Lacey transportaba, no había salido tan bien parado. Dos de los sensores se habían convertido en meros trozos de plástico roto y cables retorcidos, pues estaban en el camino que había seguido una roca bastante grande. A Lacey no le gustaría haber perdido dos instrumentos tan valiosos como aquéllos, pero al menos el monitor estaba intacto.
Barak no podía llevarlo todo y, al mismo tiempo, ayudar a caminar a Lacey. Tendría que acompañarla primero a la furgoneta y regresar para coger el equipo. A ella no le gustaría dejar las cosas allí, pero no tenían más remedio. Al menos, cuanto más enfadada estuviera, menos predispuesta estaría a hacerle preguntas.
Barak sintió un hormigueo en la piel, resultado de la mezcla del sudor, el polvo y el miedo por lo que iba a suceder. Cuando tomó la última curva del camino antes de llegar a donde había dejado a Lacey, supo que la suerte no estaba de su parte. Durante el corto espacio de tiempo que él había estado lejos, se habría pasado sumando detalles y llegando a una única conclusión.
Lacey se levantó del suelo, se apoyó en la pared del saliente y volvió sus enfadados ojos azules hacia Barak.
—Tú lo sabías, ¿no es cierto? —dijo—. De algún modo, sentiste que el terremoto se avecinaba mucho antes de que sucediera. Por eso intentabas convencerme para que bajáramos de la montaña.
El sentimiento de haber sido traicionada se reflejaba en sus ojos, y Barak tuvo la tentación de negarlo todo. Podía hacer ver que no entendía lo que ella le decía, pero ya no le importaba que lo supiera.
—Sí, lo sabía —confesó.
—¿Cómo?
Barak dejó el equipo a un lado del camino.
—No responderé a esa pregunta. Ahora quiero sacarte de aquí —dijo.
Intentó cogerla del brazo como antes, pero ella se separó de él, aunque su repentino movimiento le hizo daño. Lacey intentó mantener el equilibrio.
—No... me... toques.
—Lacey, usa la cabeza. No puedes bajar sin ayuda. A los guardias forestales no les gustará tener que subir a buscarte sólo porque estás enfadada conmigo.
—«Enfadada» es un término demasiado suave para lo que siento.
Lacey avanzó unos pasos cojeando para coger la rama de un árbol y utilizarla como bastón.
—Lacey...
—¡No! ¡Maldita sea, Barak, lo que está en juego aquí es el trabajo de toda mi vida, no un simple entretenimiento! Me he pasado años enteros intentando encontrar la manera de predecir los terremotos y las erupciones volcánicas. Tú has estado trabajando conmigo día a día, viendo cómo suplicaba para conseguir el dinero que necesitaba para hacer que mi equipo fuera siquiera un uno por ciento más sensible. Y durante todo ese tiempo, tú ya conocías las respuestas a mis indagaciones.
Lacey tropezó mientras la rabia la invadía en oleadas sucesivas.
—Año tras año —prosiguió—, mis hermanos y sus amigos han vivido al borde de una continua batalla, muriendo una y otra vez para defender mi mundo. ¡Seguramente, te divertías viéndome intentar salvarles la vida como una tonta! —Una lágrima le resbaló por la mejilla y se la secó con el dorso de la mano—. ¡Dios, y me he acostado contigo! ¡Eres el enemigo de mi hermano y me he acostado contigo! Y lo más triste de todo es que pensé que valía la pena pagar el precio que implicaba estar contigo. —Los ojos le escocieron de rabia—. Y ¿sabes qué es lo más divertido? ¡Que creí que eras un hombre de honor! ¿Te lo imaginas?
Barak sintió que el dolor de Lacey le arrancaba el corazón del pecho. ¿Acaso creía que él no comprendía el coste del sacrificio?
Barak alcanzó a Lacey y se interpuso en su tambaleante descenso de la montaña.
—Sí, Lacey, puedo sentir cómo se mueve la tierra —le dijo—. Sí, sé cuándo un volcán va a entrar en erupción. Y sí, antes de que lo preguntes, a veces sé cuándo y dónde se va a apagar la barrera. Y ¿sabes lo que ese conocimiento me ha costado a mí? ¡Todo, Lacey! Me ha costado todo.
Lacey se estremeció; sin embargo, en aquel momento lo único que Barak quería era su odio, porque él se odiaba a sí mismo tanto como ella lo odiaba.
—Nunca te he contado por qué abandoné mi hogar —continuó—, donde mi habilidad era codiciada porque ayudaba a los que querían irse de allí. Los muy locos creían que tenían la posibilidad de establecerse en este mundo tuyo. —Miró a su alrededor—. ¿Tienes idea de lo que se siente al percibir la calidez de este mundo después de vivir toda una vida en la fría oscuridad del mío? Imagínate lo orgulloso que me sentía de joven al saber que contaba con ese don, con esa carga. Era insufrible. —Los pulmones le dolían por la necesidad que experimentaba de abrir la purulenta y profunda herida de su interior—. Pero imagínate, también, cómo me sentí cuando descubrí que lo único que encontraban a este lado era una muerte segura. Elegí ser despreciado y me negué a utilizar mi don.
»Comprendo tu dolor al pensar en cómo podría terminar la vida de tu hermano, pero si me negué a utilizar mi don para mi gente, ¿cómo podría utilizarlo para la tuya?
Barak se apartó a un lado, dejando el paso libre a Lacey. Como ella no le permitía tocarla, cogió su preciado equipo y la siguió despacio montaña abajo.


Lacey paró la furgoneta y la dejó en punto muerto. El atasco total en la interestatal era el final perfecto para un día como aquél. Lo único que quería era que Barak saliera de su furgoneta y de su vida. Sin embargo, habían quedado atrapados juntos y durante el tiempo que les llevase el trayecto a unos pocos metros por hora.
La traición de Barak había causado unas grietas enormes en su interior y Lacey dudaba de que cicatrizaran alguna vez. Ella le había entregado su cuerpo, su corazón y, lo que era peor, su confianza. Él sabía, sabía lo que su trabajo significaba para ella.
Evidentemente, él había tenido que pagar un precio por su secreto, pero, fuera cual fuese ese precio, al menos había sido una decisión que había tomado por sí mismo como consecuencia de unos hechos. Pero que le hubiera ocultado a ella aquella información evitando que realizara importantes progresos que permitirían salvar la vida de muchos Paladines era cruel e injusto. Y, si estaba siendo egoísta, mala suerte.
Los coches que tenía delante volvieron a moverse. Lacey esperó hasta que avanzaron lo suficiente para que le compensara cambiar de marcha. Como la autopista realizaba una curva un poco más adelante, Lacey pudo ver, por fin, dónde terminaba el atasco. A menos que se hubiera producido otro accidente más adelante, pronto podrían circular con normalidad.
—Déjame en el Centro y descargaré el equipo. —sugirió Barak sin mirar a Lacey—. Iré a casa andando desde allí.
—No quiero que vuelvas a entrar en mi laboratorio nunca más —contestó ella bruscamente—. Ya dejaré el equipo yo mañana.
—Apenas puedes caminar. Al menos déjame hacer esto por ti.
Su acento gutural se había acentuado, denotando que las emociones que experimentaba todavía eran muy intensas.
—Está bien. Deja la llave sobre el mostrador cuando salgas. —Lacey abandonó la autopista en la siguiente salida y condujo el resto del recorrido por las calles de la ciudad—. Me encargaré de que Ruthie te envíe tu cheque por correo.
El silencio que se asentó entre ellos pareció absorber hasta el último soplo de aire que quedaba en el interior de la furgoneta. El dolor que Lacey experimentaba en el pecho empeoró cuando finalizó el trayecto. Barak salió en silencio de la furgoneta y descargó el equipo. Antes de que ella volviera a arrancar el vehículo, él se acercó a su ventanilla.
Negarse a bajar el cristal era una reacción infantil e inmadura, pero, en aquel momento, Lacey no podía soportar el dolor que le produciría hablar con él, o hacer planes para el día siguiente sin él, o pensar en cómo le explicaría a todo el mundo por qué ya no lo quería en su laboratorio...
Los demás les harían preguntas, preguntas que ninguno de los dos querría contestar. Lacey condujo hasta su casa sin pensar en nada más que darse una ducha caliente y dormirse llorando.


—Reúnete conmigo en el gimnasio. ¡Ahora!
Barak cortó la comunicación de inmediato para no darle a Devlin la oportunidad de negarse. El teléfono volvió a sonar enseguida, pero Barak no hizo caso de la llamada, recogió el resto de sus cosas y salió del laboratorio.
Si no encontraba un blanco adecuado para toda la rabia que sentía, haría algo estúpido. Como arrastrarse hasta la casa de Lacey y prometerle todo si le permitía volver a formar parte de su vida. Él se había agarrado a su honor porque era todo lo que le quedaba, pero, sin ella, el honor era un frío acompañante.
No se arrepentía del tiempo que habían pasado el uno en los brazos del otro, pero ¿cómo podría seguir con su vida sabiendo con exactitud lo que había perdido?
Le haría un último favor a Devlin regresando de nuevo a la oscuridad, pero realizaría un pequeño cambio de planes: cuando convenciera a su hermana de que tenía que cooperar con los Paladines en la cuestión de las piedras azules, se entregaría a las autoridades de su mundo. Con suerte, la orden vigente de ejecución se llevaría a cabo con rapidez.
Se sintió aliviado al ver que Devlin lo estaba esperando en el gimnasio. En otro tiempo y en otro lugar, se habría considerado afortunado por tener a Devlin Bane como amigo. Y, si se podía juzgar a un hombre por la fortaleza y el honor de sus enemigos, sin duda Barak era muy afortunado.
Se acercó al Paladín deseando que las cosas se hubieran desarrollado de una forma distinta.
—¿Un último duelo antes de que lleve a cabo mi misión para ti? —le preguntó.
Bane lo observó durante varios segundos, seguramente viendo demasiado. Por suerte, no formuló ninguna pregunta.
—¡Claro! —dijo en cambio—. Me irá bien un poco de entrenamiento.
Los dos hombres se quedaron en pantalones de deporte y desenvainaron las espadas. En esa ocasión utilizarían las de verdad. Barak realizó un saludo y cargó contra Devlin sin previo aviso, sin calentamiento, sin precauciones. Bane retrocedió hasta quedar fuera de su alcance, recuperó el equilibrio y se lanzó al ataque. Barak fue vagamente consciente de que varios Paladines se alineaban por las paredes procurando no estorbarlos. Profirieron exclamaciones de ánimo, la mayoría a favor de Devlin, pero uno o dos animaron a Barak cuando realizó una buena acometida.
El olor de tantos enemigos en una misma habitación embriagó a Barak menoscabando su habitual contención cuando se trataba de un combate de entrenamiento. Echó una ojeada a Devlin y a sí mismo en el espejo que cubría una de las paredes del gimnasio; ambos sonreían mientras se recuperaban para volver a atacar con todas sus fuerzas.
Al final, Bane tuvo la suerte de rechazar un buen golpe y le arrancó a Barak la espada de la mano, enviándola dando botes por el suelo. Pero el Otro lo embistió dispuesto a vencerlo con las manos.
Devlin retrocedió dando a Trahern y a DJ la oportunidad de inmovilizar a Barak en el suelo. El Otro peleó contra los dos Paladines lanzando a DJ a un lado, pero Trahern lo aseguró contra el suelo hincándole su pesada rodilla en el pecho.
Devlin se dirigió al resto de los espectadores:
—Seguro que todos tenéis algo mejor que hacer que mirarnos. Esto es sólo entre Barak y yo.
Cuando el gimnasio se vació, Trahern alivió la presión de su rodilla.
—Ahora me voy a levantar, Otro —dijo—. No me obligues a demostrarte quién de los dos saldría vencedor en esta pelea.
Barak asintió con la cabeza sabiendo que su pelea no era contra Trahern; ni siquiera contra Devlin Bane. Cerró los ojos y esperó a que su respiración se normalizase. Devlin le concedió su tiempo y, cuando al fin pudo sentarse lentamente, le lanzó una botella de agua.
—¿Ahora quieres contarme de qué demonios iba esto? —le preguntó.
—No —dijo Barak secamente, y se bebió de golpe media botella de agua. Mientras estuviera bebiendo, no podía contestar preguntas.
Devlin se agachó a su lado.
—¿Cuándo bajarás a los túneles para esperar a que la barrera fluctúe?
—Cuando salga de aquí.
—Eso es antes de lo que yo esperaba. —Devlin dejó que transcurrieran unos segundos—. ¿Qué ha pasado para que cambies tus planes?
Barak fijó la mirada en la pared de enfrente evitando mirar a Devlin a los ojos, pues era demasiado hábil descubriendo lo que les ocurría a los que estaban a su alrededor.
—No veo la necesidad de demorarlo —contestó al fin—. Cuanto más espere, más de los míos morirán a vuestras manos.
Barak sentía el peso de todas aquellas almas perdidas. Aquélla era su carga, y no tenía derecho a pedirle a Devlin que la compartiera con él.
—Lacey me telefoneó justo después de que me invitaras a reunirme aquí contigo —dijo Devlin, desplazándose para mirar a Barak a los ojos—. Dice que puedo utilizar tus servicios indefinidamente. De hecho, permanentemente.
¡Maldición! Él esperaba que Lacey no decidiera nada, al menos hasta la mañana siguiente, cuando tuviera un mayor control sobre sus emociones. Estaba claro que a Devlin no le había gustado ninguna de aquellas llamadas.
—Creo que funcionaría bien en la lavandería, ¿no crees? —Barak consiguió esbozar una leve sonrisa—. ¿Los calcetines te gustan doblados o enrollados?
—¡Maldita sea, Barak, no tiene gracia! Sabes muy bien que, en cuanto Laurel descubra que Lacey no quiere que trabajes con ella, me presionará para que vuelvas con ella. —Devlin se pasó los dedos por su enmarañado pelo—. Y ninguno de nosotros quiere que eso suceda.
—No sería ningún problema —repuso Barak.
Su afirmación era cierta, pero inoportuna.
—Barak, ¿qué me estás ocultando? Apostaría mi último centavo a que Lacey había estado llorando, y tú pareces un muerto viviente. ¿Qué demonios ha pasado entre vosotros? No puedo resolver el problema si no sé en qué consiste.
—Este problema no puede resolverse, Devlin, así que ni siquiera lo intentes. No es justo para Lacey que mi nombre este vinculado al de ella. Tú mismo lo dijiste.
Barak bebió el resto del agua.
—¿Y yo qué demonios sé? Tampoco creía que Laurel me necesitara en su vida y mira cómo ha acabado la cosa. —Devlin rio entre dientes—. Sigo esperando que ella se dé cuenta de que yo tenía razón, pero te aseguro que no seré yo quien se lo diga.
—Laurel es una mujer inteligente, Devlin. Ella sabe que está destinada a ser tu pareja. Tú la haces feliz.
—Yo la vuelvo loca.
—Eso también. —Barak se puso en pie—. No presiones a Lacey, Devlin.
Devlin cogió la botella vacía de Barak y la aplastó.
—No me gusta que me den órdenes, Otro. Y tú menos que nadie —le soltó.
—Entonces haz ver que soy un amigo tuyo que te pide un favor.
Barak cogió la espada de su padre y la levantó para que reflejara la luz. No tenía ningún heredero masculino a quien cedérsela, pero su hermana la utilizaría con el honor que la espada merecía. Esa idea lo hizo sentirse bien.
Bane apoyó su gran mano en el brazo con el que Barak sostenía la espada.
—Entonces, como favor a un amigo, no presionaré a Lacey —le dijo—. Vamos a ducharnos y, durante la cena, elaboraremos los planes definitivos para que cruces al otro lado.
Las palabras del Paladín disminuyeron la oscuridad que rodeaba a Barak.
—Suena bien —contestó—. Creo que, incluso, te creeré.


Lacey se sentía morir. La cabeza le dolía hasta el punto de provocarle náuseas y tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Consideró la posibilidad de beber hasta sumirse en un sopor etílico, pero no había nada más patético que un borracho lloroso. Salvo por un borracho lloroso vomitando. Ésa sí que era una imagen penosa.
Se envolvió el pelo en una toalla y se puso sus pantalones de chándal favoritos. Estaban un poco desgastados en algunos lugares y se merecían el retiro, pero eran demasiado cómodos para apartarlos de la circulación. Además, en aquel momento, la comodidad era lo que más necesitaba.
«Barak.» Su nombre era suficiente para que el dolor la rasgara por dentro. La sensación era incluso atroz. Llevaba tres horas sin él, por lo que sólo le quedaba el resto de su vida. Quizá debería elaborar una tabla e ir tachando las horas conforme fueran pasando.
¿Cuándo dejarían de dolerle su pérdida y su traición? ¿Una semana? ¿Un año? ¿Una eternidad?
Cogió un pañuelo de papel para secar otro aluvión de lágrimas. Aquello era una estupidez. Al fin y al cabo, no lo conocía desde hacía tanto tiempo. Pero sí que lo conocía bien, o, al menos, se había engañado a sí misma creyéndolo. Hasta que descubrió que él tenía las respuestas a todas las preguntas que ella se formulaba acerca de la naturaleza de la barrera y las cosas que provocaban sus apagones periódicos.
Quizá, después de una noche de descanso, estaría mejor preparada para decidir adónde les llevaba todo aquello. No es que fueran a ir a ninguna parte, al menos no juntos. Su jefe quizá no respaldara su decisión unilateral, pero ella estaba decidida a mantenerse firme en ese asunto.
Con presupuesto o sin él, Barak era historia. Fuera. Acabado. Adiós.
Arrugó el pañuelo y lo tiró a la papelera. Después se fue a la cama.
Nada más entrar en el dormitorio, giró sobre sí misma y se dirigió al sofá del salón. De ningún modo pensaba dormir en la maraña de sábanas que todavía conservaban el olor de Barak.
Cogió un DVD al azar y encendió la televisión. El presentador del canal local informaba sobre el terremoto y decía que lo habían notado hasta en Spokane, aunque, según las últimas informaciones, no había habido ningún herido. Evidentemente, los corazones rotos no contaban.
Por fin empezó la película. Mientras pasaban los créditos, Lacey vio que había elegido La Bella y la Bestia. ¡Menuda ironía! Dudaba de que, en aquel momento, estuviera muy bella, pero Barak, definitivamente, era una bestia. Ella se había acercado a él y lo había aceptado como amigo y como amante, y él había traicionado su confianza.
Barak tenía buenas razones para mantener sus secretos y ella comprendía las lealtades contrapuestas a las que se enfrentaba, pero ¿cómo podían tener ningún tipo de relación si ella no podía confiar en que él le contara la pura verdad sobre quién y qué era?
Lacey exhaló un suspiro tembloroso. Tenía que reconocer que Barak había intentado advertirla, pero ella se negó a escucharlo. ¿Por qué no lo había presionado más para que le diera información sobre su mundo? Y ¿por qué lo había abandonado?
Volvió a centrarse en su rabia. Si se permitía titubear, empezaría a ponerse del lado de Barak. De acuerdo, nunca antes había vivido una relación tan intensa. Además, él estaba en un mundo extraño de extrañas costumbres. ¡Debía de haber tantas cosas en su nueva vida que Barak consideraba desconcertantes...!
Sin embargo, los valores como la confianza y la honestidad iban más allá de las fronteras y, si ella no podía compartirlas con el hombre que amaba, entonces todo lo que quedaba era una relación construida con hormonas. Desvió la mirada hacia el dormitorio. Las suyas habían sido unas hormonas muy potentes, pero no eran suficientes, ni mucho menos.
Se envolvió los pies en la manta, pues estaba helada hasta la médula de los huesos. Tenía por delante una noche larga y solitaria, y el día siguiente no parecía que fuera a ser mucho mejor. Cerró los ojos con determinación y se concentró en relajar los nervios que le oprimían el estómago.
¿Cómo no se había dado cuenta nunca de lo incómodo que era el sofá? Se pusiera como se pusiese, no encontraba una posición confortable. Quizá dormiría mejor en la cama de la habitación de los invitados. Tendría que quitar las cajas de los adornos navideños que todavía no había guardado en el altillo, pero no tardaría mucho en hacerlo.
Sin embargo, antes de llegar allí, el teléfono sonó con su pitido agudo y estridente. Con el corazón en un puño, Lacey contó los tonos hasta que saltó el contestador. Si era Penn, contestaría la llamada. Tenía la garganta agarrotada, pero convencería a su hermano de que estaba cogiendo un resfriado, así no se presentaría para ver qué le pasaba. Si se trataba de Devlin devolviéndole la llamada, lo haría callar, le diría que la dejara tranquila y colgaría el auricular.
Pero no, cómo no, no era ninguno de los dos. La voz de Barak resonó en el vacío de su corazón. Su voz áspera aumentó la presión interior hasta que creyó que la cabeza le iba a explotar. ¡Era tan grande la tentación de descolgar el teléfono, de permitirle que se explicara y aferrarse a cualquier excusa que él le ofreciera para calmar su dolor...!
Pero, aunque no era un Paladín, Lacey encontró su propia fuerza de guerrera y se contuvo. O quizá no contestó por cobardía. Escuchó las palabras de Barak y, a continuación, el sonido de su respiración entrecortada mientras esperaba a que ella descolgara.
Al ver que la espera era inútil, Barak exhaló un suspiro cargado de arrepentimiento y de dolor.
—Lo siento, Lacey —dijo—. Ojalá hubiera sido diferente. Ojalá yo pudiera haber sido diferente. —Se produjo otra pausa prolongada y Lacey temió que terminara con su determinación. Al final, Barak prosiguió—: Espero que algún día puedas mirar atrás a... a lo que nosotros... y recuerdes parte de lo que vivimos sin arrepentimiento. Adiós.
Entonces Barak colgó, y Lacey lloró.


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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:46 pm

Capítulo 17
—Ésa es ella. —Ben señaló a Lacey Sebastian y volvió a ocultarse—. ¿Cuándo la raptaréis?
Sus dos compañeros parecieron muy indignados. El más alto de los dos, y que llevaba un palillo entre los dientes, contestó a la pregunta:
—Si quiere, podemos cogerla ahora mismo. Así nos ahorramos tener que seguirla por ahí.
Los matones que le habían proporcionado no se sentían nada impresionados por Ben, pero a él no le importaba, siempre que hicieran su trabajo. A fin de cuentas, era él quien tenía el dinero. O hacían lo que les ordenaba o no cobrarían.
Aunque, teniendo en cuenta el número tatuado que atestiguaba que habían estado en prisión, Ben dudó de que tuviera los cojones de no aflojarles la pasta. Los ojos de aquellos hombres eran totalmente inexpresivos, de una apariencia casi reptil. Si no estuviera tan desesperado, incluso habría sentido lástima por Lacey Sebastian.
—Dadme media hora antes de hacer el trabajo —les dijo—. Y llevadla al lugar que os mostré en el mapa. Cuando salga del trabajo, me reuniré allí con vosotros. Es importante que siga mi rutina habitual.
El otro se echó a reír con sorna.
—Sí, no querríamos que nadie creyera que tiene usted las manos sucias, ¿no? Está bien. Jack y yo nos ocuparemos del asunto.
Jack asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Le importa si nos entretenemos un poco con ella cuando la tengamos a buen recaudo?
Cuando Ben comprendió lo que le estaba pidiendo aquel hombre, contestó:
—¡No! Ni se os ocurra. No tiene que sufrir ningún daño, ¿entendido?
Claro que tampoco podía hacer gran cosa para impedírselo. Un aire frío lo recorrió por dentro helándolo hasta los huesos. Ya era bastante malo que estuviera conspirando contra un Paladín amenazando a su propia hermana. Pero ¡que aquellos matones quisieran hacer daño a Lacey Sebastian simplemente por pasar el rato...! ¡No quería ni pensarlo! Tragó saliva con dificultad e intentó deshacer el nudo que tenía en el estómago.
—La raptáis, la lleváis al túnel y me esperáis allí. Eso es todo. Nada más.
Jack se encogió de hombros.
—De acuerdo, nada más. —Desplazó el palillo al otro extremo de su boca y sonrió—. Pero eso le costará más pasta. Odio aburrirme.
—De acuerdo. —Ben separó cinco billetes de veinte dólares del montón que guardaba en el bolsillo—. Cuando compruebe que la doctora Sebastian está ilesa, subiré la propina.
Bueno, ya había hecho todo lo que podía hacer para mantener a salvo a aquella mujer. Por suerte, su conciencia se había ido atrofiando tras años de mentiras y engaños para pagar las enormes deudas acumuladas a causa del juego. Pero no era necesario sentir respeto por uno mismo para tener un fuerte sentido de la autoprotección. Si tenía que decidir entre Lacey Sebastian y él, el resultado estaba claro.
¡Mala suerte para ella!


Barak contempló la pared vacía que tenía enfrente.
Estaba claro que Lacey se arrepentía de la relación que habían mantenido. Él sentía mucho que ella hubiera sufrido, pero no lamentaba siquiera un minuto de los que había pasado con ella. Quizá podría haberle confiado su secreto, pero entonces los dos habrían tenido que vivir con ese sufrimiento. Ella se habría sentido destrozada, dividida entre el amor que sentía por Barak y el que experimentaba por su hermano y el resto de los Paladines.
Una llamada a la puerta lo devolvió al presente.
Barak cogió su espada y apagó las luces. Sabía que debía de ser uno de los Paladines. La barrera se estaba debilitando otra vez. La energía había estado emitiendo zumbidos con alguna que otra cacofonía ocasional, signo indudable de que estaba a punto de apagarse.
Cullen Finley había levantado el puño para volver a llamar cuando la puerta se abrió, y el Paladín tuvo que apartarse para que Barak pudiera salir y cerrar la puerta detrás de él.
—Devlin me ha pedido que te recoja —dijo Cullen—. Me toca a mí montar guardia en el punto débil.
—Te agradezco que me lleves.
Barak siguió a Cullen escaleras abajo y al exterior, donde los esperaba un deportivo de un vivo color rojo. Barak se detuvo para examinar el vehículo. Le gustó el diseño y la forma en que anunciaba, a gritos, poder y velocidad. Contempló a Cullen e intentó asociar lo que sabía del Paladín con la imagen que transmitía aquel coche.
No encajaban mucho. Cullen era conocido por ser el Paladín callado y pensativo. Todos acudían a él cuando necesitaban una opinión sensata. Pero también era un guerrero. Quizás el hecho de que condujera aquel coche no fuera tan sorprendente.
Cullen se inquietó un poco.
—Acabo de comprarlo —dijo—. ¿Qué opinas?
Barak rodeó el coche asintiendo con la cabeza ante lo que veía.
—Te envidio por poder disfrutar de él, Cullen.
Cullen curvó la boca en una sonrisa furtiva.
—Devlin me ha dicho que te recogiera y te llevara a la barrera, pero no me indicó la ruta que tenía que tomar. ¿Qué te parece si tomamos la larga?
—Será un honor —respondió Barak con sinceridad.
Si aquél iba a ser su último día en Seattle, le gustaría poder despedirse con estilo. Se sentó en el asiento del pasajero y se reclinó dispuesto a disfrutar del viaje.


El túnel estaba abarrotado. Barak esperaba que estuviera Devlin, y quizá también Trahern, pero Cullen había bajado con él junto a DJ y Lonzo.
Cuando oyeron que se acercaban, Devlin y Trahern dejaron de hablar y observaron a Barak. ¿Creían acaso que había cambiado de opinión respecto a la misión? Si su conocimiento limitado acerca de las emociones humanas no estaba equivocado, lo que percibía en sus rostros era arrepentimiento.
Devlin enseguida tomó la iniciativa:
—Esta idea sigue sin gustarme, Barak. Tiene que haber una forma de hacer que sea ella quien venga.
Aunque esa forma existiera, Barak no arriesgaría la vida de su hermana haciéndola cruzar a este mundo. La transición ya había sido bastante difícil para él, y él lo había hecho por voluntad propia. Ella odiaría verse atrapada allí.
—Es más fácil así —contestó.
Entregaría el mensaje y se sometería al destino que le aguardara, fuera cual fuese.
Trahern se inclinó hacia Barak.
—No hagas nada heroico ni estúpido —le advirtió.
El tono de su voz indicaba claramente que ambos términos eran intercambiables.
—¡Sí, señor!
Barak se permitió esbozar una leve sonrisa. Los otros permanecían a su alrededor, esperando a que algo sucediera. Barak deseó que se fueran. Si su hermana lo estaba esperando, no le sentaría nada bien verlo rodeado de sus enemigos. Devlin le entregó un sobre.
—He anotado todo lo que sabemos, pues supuse que alguien del otro lado podría traducirlo a vuestro idioma. Si te parece que la barrera no va a permanecer apagada el tiempo suficiente para que lo expliques en persona, deja el sobre y trae tu culo de vuelta a casa a toda velocidad.
«Casa.» Aquella palabra ardió con calidez en el corazón de Barak.
—Gracias, Devlin —respondió—. Por todo. Ahora, largaos y dejadme hacer el trabajo.
El fornido Paladín frunció el entrecejo y le tendió la mano. Barak aceptó su gesto. Trahern lo miró a los ojos y lo saludó con un ademán de la cabeza. DJ le dio una palmada amistosa en el hombro y siguió, con Lonzo, a Devlin y a Trahern. Barak y Cullen contemplaron en silencio cómo se alejaban sus compañeros.
—No tienes por qué esperar conmigo —dijo Barak, apoyándose contra la pared del túnel en un vano intento de parecer relajado. Tenía las entrañas encogidas por lo que iba a pasar, por lo que iba a perder y por lo que ya había perdido.
En el pasado solía contemplar la barrera desde su mundo durante horas, pues le encantaba el juego de luces y colores. Sin embargo, desde este lado era distinto. Quizá porque en su mundo la barrera se consideraba el portal a un lugar mejor. Al regresar allí, se enfrentaba al mismo dolor que lo había empujado a abandonarlo en un principio.
Cullen se sentó en el suelo dejando claro que no tenía intención de irse.
—Devlin no quería que estuvieras solo —declaró—. No le gusta todo esto.
—¿Y a ti?
El silencioso Paladín se encogió de hombros.
—Por lo que sé, siempre hemos estado en guerra. Hasta que tú llegaste, nunca dudamos de que así era como tenía que ser. Todo esto me resulta inquietante.
—Yo no soy distinto a los que mueren por vuestras espadas.
Lo cierto era que también él podía sentarse. Era posible que pasaran horas, incluso días antes de que la barrera se apagara. Barak cerró los ojos y aguzó sus sentidos para ahondar en las paredes de roca que los rodeaban. No, no tardaría.
Cullen sacudió la cabeza.
—Eso no me lo trago, Barak —prosiguió—. Quizá tú lo veas de esa forma, pero es imposible que nosotros lo veamos como tú. Hemos visto demasiados locos enfurecidos cargar contra nosotros con la muerte reflejada en los ojos.
—Según vuestros propios científicos, tú y yo tenemos genes en común. En la historia de tu mundo, algunos de los tuyos debieron de aceptar a algunos de los míos.
Barak esperaba ser un ejemplo más de este hecho.
La conversación había llegado a un punto muerto, pues ninguno estaba de humor para charlas banales mientras esperaban. Al cabo de un rato, Cullen sacó una baraja de cartas y empezó a barajarlas para entretenerse. El suave susurro de las cartas resonaba arriba y abajo del túnel.
—Entonces... la mujer con la que te vas a encontrar... Cuéntame más cosas acerca de ella —dijo Cullen. Al hablar, mantenía la mirada fija en las cartas, lo que, unido al tono cuidadosamente neutro de su voz, despertó la suspicacia de Barak.
—¿Por qué? ¿Qué quieres saber de ella? —inquirió.
Cullen barajó y barajó las cartas. Después las colocó formando un diseño que sólo tenía sentido para él, y finalmente levantó la mirada.
—Creo que la vi en una ocasión. —Su mano se desplazó hasta rozar una pequeña cicatriz que tenía a un lado de la cara—. No mucho antes de que cruzaras a este lado, se produjo una gran batalla algo más al sur de donde estamos ahora. Lonzo resultó herido y casi lo perdimos. Sea como fuere, estábamos recogiendo a los muertos y los heridos cuando una mujer y varios hombres de los tuyos cargaron contra nosotros desde el otro extremo del túnel. Devlin se enfrentó a los hombres, pero la mujer me retó a mí. —Cullen lanzó una mirada a Barak—. ¡Y casi me mató! Fuera quien fuese, era una luchadora fantástica.
—No sabía que ella hubiera cruzado la barrera nunca. ¿La empujaste de vuelta al otro lado?
¡Dioses!, aunque su hermana era muy buena luchando, los Paladines eran mejores que ella. ¡Podría haber muerto!
—En realidad, no —contestó Cullen—. Creo que ella y sus compañeros se vieron atrapados en este lado mientras intentaban regresar a su mundo. Cuando la barrera volvió a fluctuar, regresaron sin titubear al otro lado. Sólo la vi en esa ocasión.
En realidad, Cullen parecía desilusionado. Barak luchó contra la necesidad de decirle al Paladín que su hermana estaba fuera del alcance de los que eran como él. Pero ¿quién era él para decir algo así? Penn Sebastian sentía lo mismo respecto al interés que él sentía por su hermana, y Barak se negaba a tener en cuenta sus sentimientos.
El ruido de las puertas del ascensor hizo que los dos hombres se incorporaran con las espadas en mano. Lo más probable era que se tratara de uno de los Paladines, que se había olvidado algo, pero ni Cullen ni Barak pensaban arriesgarse actuando con despreocupación. O quizá Devlin les enviaba algo de comida. Un acto así era típico de él.
Pero no. Barak miró a Cullen y le preguntó:
—¿Esperabas a Penn?
Cullen parecía tan sorprendido por la aparición del Paladín lesionado como Barak.
—Todavía está en servicios restringidos —contestó—. Nada de bajar a los túneles. Parece cabreado, pero eso es normal en él últimamente.
Barak tenía un mal presentimiento. Durante los entrenamientos, Penn había llegado a mostrarse más civilizado con él. Sin embargo, a juzgar por su expresión en aquel momento, volvían a representar sus viejos papeles de enemigos a muerte. Barak se preparó para un ataque inminente y esperó con la mano apoyada en la empuñadura de su espada.
Penn se dirigió directamente a él, con los puños apretados y los nudillos blancos:
—¡Tú, maldito Otro! ¿Qué has hecho con Lacey?
Barak se quedó paralizado mientras reflexionaba sobre qué responder, lo que permitió a Penn aproximarse a él hasta alcanzar una distancia de escasos centímetros. Barak había hecho muchas cosas con Lacey, pero no tenía ganas de comentar ninguna de ellas con Penn.
Cullen intervino, interponiéndose entre ellos:
—¡Lárgate, Penn! Barak está aquí cumpliendo órdenes de Bane, que es mucho más de lo que puedo decir de ti.
—¡Vete a la mierda, Finley! —replicó Penn—. Quiero saber qué ha hecho este bastardo con mi hermana.
Le propinó a Cullen un fuerte empujón, pero el Paladín se revolvió contra él con ímpetu.
—¡Maldita sea, Sebastian! —exclamó—. ¡Lárgate de aquí y deja de comportarte como un gilipollas! Y si tienes algún problema con Barak, cuéntaselo a Devlin. Si sigues jodiéndola de esta manera, tendrás suerte si no te inyectan una buena dosis de toxinas en el cuerpo.
Poco quedaba del comportamiento tranquilo de Cullen. Penn volvió a empujarlo.
—¡Ve tú a hablar con Devlin! —le espetó—. Y, de paso, pídele que te explique cómo es que le endilgó este jodido bastardo a mi hermana para mantenerlo alejado de su querida tutora. Y ahora Lacey ha desaparecido. Alguien la ha raptado, y lo único que me cuentan es una gilipollez acerca de unas piedras azules que proceden del otro lado de la barrera.
Penn volvió a arremeter contra ellos y, tras lanzar a Cullen a un lado, agarró a Barak por el cuello. El Otro estaba demasiado aturdido por las palabras de Penn como para ofrecer resistencia.
A pesar de la presión de las manos de Penn en su garganta, consiguió decir con voz entrecortada:
—¿Quién ha raptado a Lacey, Penn? Y ¿qué tiene que ver eso con las piedras azules?
—¡Dímelo tú! —bramó Penn—. A juzgar por el estado de su cocina, ella se resistió, pero ahora no está. Lo único que han dejado sus raptores es una nota diciéndome que, si no averiguo quién está intentando interferir en el comercio de las piedras azules a través de la barrera, matarán a Lacey. —Sus ojos brillaron de rabia—. Como tú eres el único cabrón que conozco del otro lado de la barrera, imagino que debes de estar implicado en este asunto hasta las cejas. Y ahora dime: ¿dónde está mi hermana?
—¡Maldita sea Penn, si no lo dejas respirar, no te puede contestar! —Cullen consiguió separar una de las manos de Penn de la garganta de Barak.
Barak logró inhalar una bocanada de aire y tosió.
—Yo nunca le haría daño a tu hermana —dijo—. La quiero demasiado.
Se dio cuenta de su error en cuanto las palabras salieron de su boca. La reacción de Penn no se hizo esperar. El puño del Paladín subió como un meteorito y golpeó la cabeza de Barak, enviándolo contra la pared de piedra que tenía detrás.
—¡Deja de hablar así de mi hermana, cabrón! —gritó Penn—. ¡Será mejor que me digas dónde la tienes secuestrada antes de que te abra las tripas aquí y ahora!
El furioso Paladín apretó la mano que aún mantenía en el cuello de Barak y éste creyó que la sangre desaparecía de su cabeza, dificultando que respirara e incluso que pensara. ¿Alguien había secuestrado a Lacey? Pero ¿con qué motivo? Ella no tenía nada que ver con las piedras azules.
Barak sacudió la cabeza para despejarse. Ninguno de ellos podría ayudar a Lacey a menos que pensaran con claridad, pero Penn no atendería a razones hasta que Barak lo obligara a hacerlo. Haciendo caso omiso de los esfuerzos de Cullen por tranquilizar al Paladín, Barak contraatacó lanzándose contra el duro suelo de piedra. El impacto le sacudió la espina dorsal, pero consiguió darse la vuelta y retener a Penn con el peso de su cuerpo.
—¡Suéltame! —bramó Penn, mientras intentaba sacarse a Barak de encima.
—No te soltaré hasta que me escuches. —Barak desplazó el peso de su cuerpo apoyando con firmeza una rodilla en el pecho de Penn—. Yo no he raptado a Lacey. ¡Nunca le haría daño!
Al menos no de esa forma.
—¡Vete al infierno! ¡La encontraré y, después, te mataré!
—Te dejaré intentarlo, si eso es lo que necesitas para entrar en razón, pero yo no he secuestrado a Lacey. Tenemos que averiguar quién lo hizo y dónde la tienen antes de que la maten.
La idea de que estuviera herida y asustada lo enfurecía.
Ambos hombres se miraron con rabia a los ojos, conscientes de su mutuo odio y de su deseo de proteger a Lacey. Penn hizo esfuerzos por controlarse y su cuerpo comenzó a relajarse.
—¿Quién más puede haberla secuestrado? —dijo al fin. Su voz sonó rasgada por el dolor y el miedo al pensar que le podía haber pasado algo a su hermana.
—Si te suelto, podremos analizar la situación juntos —repuso Barak.
Esperó a que Penn asintiera antes de levantarse. Luego le ofreció la mano para ayudarlo a incorporarse, pero no le sorprendió que el Paladín se negara a aceptar su ayuda.
Penn se limpió un hilillo de sangre que le brotaba del labio y miró con rabia a Barak y a Cullen.
—Si no estáis implicados en esto, ¿por qué estáis los dos aquí abajo? —preguntó.
Barak miró a Cullen, quien se encogió de hombros dejando que Barak decidiera qué contarle y qué no contarle a Penn. No era el momento de andarse con secretos. No, estando la vida de Lacey en juego.
—Alguien le ha estado contando a mi gente que pueden comprar su entrada a este mundo con unas piedras azules del otro lado —explicó—. El guardia que secuestró a Laurel Young estaba involucrado en la trama, y también el Regente que asesinó al juez Nichols con un coche bomba. Devlin ha estado intentando seguir el rastro de la corrupción para detenerla, pero con escasos resultados. —Se interrumpió para ver si Penn lo seguía o si Cullen quería añadir algo. Como ninguno de los Paladines dijo nada, continuó—: Voy a regresar a mi mundo para ponerme en contacto con alguien que puede ayudarnos desde el otro lado. Cullen está esperando conmigo hasta que la barrera se apague.
Penn no se molestó en ocultar su sorpresa:
—¿Que regresas a tu casa? ¿Lacey lo sabe?
—Por lo que sabemos, nadie más está al corriente. Esperábamos que pudiera cruzar al otro lado y regresar aquí sin que nadie me echara en falta.
Bueno, eso es lo que Devlin esperaba, pero Barak ni siquiera pensaba intentarlo.
—Y ¿por qué han ido contra mi hermana? Su única conexión con este asunto es su relación contigo. —Penn se pasó los dedos por el pelo mientras daba unos pasos y volvía sobre éstos con nerviosismo—. Tiene que haber algo más.
Cullen se agachó para recoger sus cartas, que estaban esparcidas por el suelo.
—Devlin me encargó que me colara en el ordenador de Ben Jackson —dijo—. Es posible que él tenga algo que ver en todo este asunto.
Penn se volvió hacia Barak de golpe.
—¡Ben me ha estado siguiendo últimamente, aunque no sabría decir a qué se debe ese repentino interés por ser amigo mío!
—Si Ben Jackson está involucrado en esta trama, alguien puede haberle apretado las clavijas para que se informe sobre lo que sabemos acerca de la conspiración —reflexionó Cullen.
Barak realizó una mueca.
—Todo el mundo conoce lo unidos que están los Paladines —dijo—. Sólo un loco creería que uno de ellos traicionaría al resto.
Penn se quedó lívido.
—A menos que uno de los Paladines ya no funcionara como Paladín, como yo, por ejemplo. Jackson y quienquiera que esté tirando de sus hilos podían pensar que soy vulnerable y, al ver que no me tragaba el rollo de ser amiguito de Ben, decidieron ir a por mi hermana.
Barak pensó en lo poco que sabían de Ben Jackson.
—No creo que Ben actuara solo en esto —razonó—. Es un hombre codicioso, pero Lacey creció entre guerreros y está orgullosa de sus habilidades como luchadora; habilidades que aprendió de ti, Penn. Apostaría algo a que habría vencido a Ben con facilidad.
Penn volvió a caminar de un lado a otro.
—Supongamos que Ben cuenta con alguien que lo ayude —admitió—. Pero eso no nos aporta gran cosa. Podría ser cualquiera y podrían haberla llevado a cualquier parte.
A Barak se le ocurrió una idea:
—Jackson se habrá asegurado de que no podamos inculparlo, así que todavía debe de estar en el trabajo. Si vamos allí ahora, podremos seguirlo.
Justo entonces, la barrera fluctuó. Unas franjas de feos colores subieron y bajaron por toda su longitud. Barak se quedó paralizado. ¿Qué podía hacer con la misión? Si faltaba a la cita, no sabía si su hermana estaría dispuesta a volver a intentarlo. Sin duda no comprendería que él hubiera elegido ayudar a una mujer humana por encima de las necesidades de su mundo.
Cullen lo estudió con su tranquila mirada, sabiendo el dilema al que se enfrentaba. Esperó para ver qué decidía Barak. Pero no había elección posible. Penn estaba a punto de largarse para rescatar a su hermana y necesitaría ayuda. Cuando la barrera se apagara, lo que ocurriría pronto, Devlin y el resto de los Paladines tendrían que ocupar sus puestos para defenderla.
—Tengo que ir con Penn —dijo Barak finalmente. Sacó el sobre que contenía el mensaje de Devlin para su hermana, garabateó unas cuantas líneas y se lo entregó a Cullen—. Cuando la barrera se apague, lánzalo al otro lado y, después, haz lo que tengas que hacer para defender tu mundo. Puede que Lusahn actúe razonablemente, pero puede que no. Cuando Lacey esté a salvo, volveré a intentarlo.
Cullen asintió con la cabeza.
—Yo me encargo. Y llama a DJ, él puede darte un ingenioso aparatito electrónico que os permitirá seguir el rastro de Jackson.


Penn sabía cuál era el coche de Ben, así que aseguraron al chasis el pequeño artilugio que les permitiría seguirlo de lejos. Si estaba implicado en el secuestro, ya estaría bastante nervioso y no era cuestión de ponerlo más siguiéndolo de cerca. Mientras creyera que estaba libre de toda sospecha, les resultaría más fácil seguirle los pasos.
En el interior del coche de Penn, Barak se sentía incómodo. Cada segundo que transcurría le recordaba el tiempo que Lacey estaba pasando asustada, y quizás herida. Puede que incluso moribunda. No, no podía pensar en esa posibilidad, si no, no podría actuar adecuadamente. ¿Qué tipo de cabrones infrahumanos eran capaces de amenazar a una mujer? Unos cabrones cercanos a la muerte, si Barak y Penn les ponían las manos encima.
Durante la hora que llevaban vigilando el edificio por si salía su presa, Penn no había pronunciado más de media docena de palabras. El Paladín estaba hundido en el asiento y escudriñaba sin descanso la calle con ojos rabiosos, como si con la mera intensidad de su mirada pudiera hacer aparecer a Ben Jackson. Entre ellos reinaba un silencio espeso.
Barak se agitó con intranquilidad. La falta de acción tensaba sus nervios hasta el límite. Tener la mano apoyada en la empuñadura de la espada lo ayudaba, pues sabía que pronto la empaparía con la sangre de sus enemigos. Esa idea avivó su necesidad de lucha. Penn le había ofrecido una pistola, pero Barak estaba poco acostumbrado a ese tipo de armas. Sería más útil con la espada.
Barak cerró los ojos imaginándose el dulce placer que sentiría al atravesar las tripas de aquellos bastardos y esparcir sus vidas por el suelo en medio de gritos y salpicaduras de sangre. Era lo mínimo que podía hacer para vengar a su mujer. Aunque Lacey ya no fuera suya.
Algo se movió entre dos coches aparcados y llamó su atención. Penn se incorporó con lentitud mientras observaba al hombre que acababa de salir del edificio. Ben Jackson por fin había aparecido. A juzgar por la forma en que miraba incesantemente a un lado y a otro, ellos tenían razón: Ben era culpable y estaba preocupado. Mala combinación.
—A ese hijo de puta lo mataré yo —gruñó Penn.
—Devlin tendría algo que decir al respecto, porque Jackson es la primera pista sólida que tenemos. —Barak se volvió hacia Penn—. Pero yo lo sujetaré mientras tú lo destripas, ¿te parece bien?
Como respuesta, Penn realizó una mueca que habría hecho temblar de pies a cabeza al más bravo de los hombres.
—Me parece bien.
Jackson incorporó su coche al tráfico, mirando por los espejos retrovisores cada pocos segundos. Si la situación no fuera tan grave, habría resultado divertido verlo retorcerse de nervios. Hacía bien en estar preocupado. Y, cuanto más trastornado estuviera, más probable sería que cometiera un error. Preferiblemente uno fatal.
Penn esperó hasta que Jackson tomó una bocacalle, tres manzanas más adelante, para poner en marcha su coche. Cuando el coche de Ben desapareció de la vista, comprobaron la lectura del aparato de seguimiento. De momento funcionaba a la perfección. Siempre que se mantuvieran a menos de tres kilómetros de su presa, la señal sería estable.
El tráfico en la interestatal y en dirección al sur era lo bastante denso para proporcionarles una buena cobertura y, al mismo tiempo, permitirles avanzar a buena velocidad hacia su desconocido destino. A Penn le preocupó que Jackson se dirigiera a su casa, obligándolos a permanecer sentados frente a su apartamento durante horas y sin saber si él era realmente su hombre.
De repente, sin conectar los intermitentes ni realizar otro aviso, el coche de Ben cruzó dos carriles para tomar una salida de la autopista. Penn soltó una maldición y aminoró la marcha. O al tipo le había surgido una necesidad urgente de comprar en el centro comercial que había al lado de la autopista, o quería despistar a sus posibles seguidores. Por suerte, varios coches se desplazaron para tomar aquella misma salida, lo que proporcionó a Penn la cobertura que necesitaba para seguir a Jackson.
—El astuto cabrón casi me ha pillado. —Penn se puso las gafas de sol—. Comprueba en la parte de atrás si hay un par de gorras de béisbol por el suelo.
Barak las encontró, le entregó una a Penn y se recogió el pelo en la parte superior de la cabeza antes de colocarse la suya.
—Buena idea —dijo—. Puede que a ti no te identifique, pero mi pelo llama mucho la atención.
—Ahí atrás también hay una chaqueta. Deberíamos cambiar de aspecto tanto como podamos. Más adelante puedes deslizarte hacia abajo para que parezca que voy solo.
—Otra buena idea. —Barak se puso la chaqueta y se la abrochó—. Ésta es la ruta que coge tu hermana para ir al monte Rainier.
—Sí. Empiezo a pensar que han utilizado uno de los viejos túneles de la montaña. La barrera se ha mantenido estable en esa zona durante años, así que no patrullamos mucho por allí. Le diré a Bane que deberíamos extender la vigilancia a las zonas más remotas.
El tráfico se hizo menos denso y el Paladín aminoró la marcha para no asustar a Jackson.
—¿Crees que está en contacto con los secuestradores? —preguntó.
—Yo diría que sí, porque no creo que confíe en nadie tanto como para no tenerlo vigilado. Pero si sus compinches están en el subsuelo y cerca de la barrera, el uso del móvil le resultará limitado. Nosotros tendremos el mismo problema si tenemos que llamar para pedir refuerzos.
Una oleada de energía recorrió el cuerpo de Barak y le revolvió el estómago, y tuvo que agarrarse al borde de su asiento para no tambalearse.
—La barrera se está debilitando —anunció—. No recibiremos ayuda.
Penn le lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Cómo lo sabes?
Barak no se molestó en mentirle.
—No sé si es un don o una maldición, pero puedo sentirlo. Sobre todo cuando la barrera fluctúa y se debilita. Y ahora mismo se está debilitando. Pronto se apagará.
Barak cerró los ojos para dominar las náuseas crecientes que experimentaba.
Penn soltó una maldición.
—¿Lacey sabe que puedes sentirlo? —preguntó—. Porque eso es lo que ella ha estado intentando conseguir durante todo el tiempo, una forma de predecir cuándo se apagará la barrera.
La primera oleada de energía se desvaneció. ¡Bien, la barrera sólo debía de haber fluctuado durante unos segundos! Barak reflexionó acerca de su respuesta.
—Ella lo descubrió —dijo.
Por primera vez, la risa de Penn sonó genuina.
—Me apuesto algo a que intentó patearte el culo por ocultarle ese pequeño detalle. Mi hermana tiene un genio vivo y no es fácil calmarla. Claro que eso no es nada comparado con lo que Bane dirá cuando se entere de que te has guardado ese peculiar secreto para ti sólito.
—No utilizaré mi don a favor de los Paladines. —Barak hablaba en serio, aunque mantener su postura le costara la vida—. Dejé mi hogar para venir a este mundo, pero eso no significa que no me preocupe por los míos.
Fijó la mirada en la pequeña pantalla que monitorizaba los movimientos de Ben Jackson.
—Ha vuelto a cambiar de dirección —observó—. Sigue unos dos kilómetros de los vuestros y después gira a la izquierda —le ordenó a Penn.
Se enderezaron en sus asientos, pues sabían que se acercaba el momento de enfrentarse a sus enemigos. El monte Rainier se elevaba en el horizonte, con sus nevadas laderas destellando a la luz del sol poniente. La carretera se extendía frente a ellos y cada kilómetro los acercaba más y más a Lacey.
Barak deslizó los dedos por las incrustaciones de su espada y rezó por la seguridad de su mujer a todos y cada uno de los dioses que quisieran escucharlo. Ella se merecía algo mejor que morir en la fría oscuridad de los túneles que había en el interior de la montaña.
Barak cerró los ojos y recordó el pelo dorado como el sol de Lacey y su ojos azules como el cielo; una mujer de la luz que, durante un corto espacio de tiempo, había calentado su fría y oscura alma.

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:46 pm

Capítulo 18
El miedo tenía un sabor amargo que la hizo temblar en el interior del frío y húmedo túnel. Lacey no hizo caso de la incomodidad que sentía y se concentró en sus muñecas mientras intentaba librarse de las ataduras. Todo era mejor que pensar en cómo la habían golpeado, atado y abandonado en la oscuridad.
Si se quedaba completamente inmóvil, podía oír el sonido amortiguado de las voces de sus secuestradores que llegaba hasta ella por el túnel. Los dos hombres habían irrumpido en su cocina aprovechando que ella entraba con las bolsas de la compra. Ahora, uno de ellos lucía un feo morado, por el golpe que Lacey le había propinado con una lata de guisantes. Y aún había salido bien parado, pues el otro caminaba con una evidente cojera por la patada que Lacey le había dado.
Lacey sólo esperaba vivir lo suficiente para poder agradecerle a su hermano mayor que le hubiera enseñado aquel feo golpe. Había tenido que pagar por aquella patada recibiendo unos cuantos morados extra, pero había valido la pena. Lo que le preocupaba más era que los dos matones no se habían molestado en taparse la cara y ella había visto suficiente televisión para saber lo que eso significaba: iban a matarla. Las únicas preguntas eran cuándo y por qué.
¿Qué tenía o sabía ella que valía tanto como su vida? Una lágrima resbaló por su mejilla. Había dedicado tanto tiempo a encontrar una manera de salvar la vida de su hermano, que le había quedado poco para la aventura. Salvo el que había compartido con Barak.
Incluso pensar en su nombre le dolía. Él le había mentido traicionando todo lo que era fundamental para ella, pero eso ya no importaba. Ella lo amaba antes de averiguar lo de su traición y seguía amándolo después. Lo único que lamentaba era haberse dado cuenta demasiado tarde de que lo quería. A menos que le escribiera una nota con la sangre que resbalaba de sus muñecas, Barak no lo sabría nunca.
Y era una auténtica lástima. Como ella era una romántica empedernida, quería que él supiera que al menos una persona lo quería. Desde el momento en que lo conoció, Lacey se dio cuenta de que él llevaba con dignidad su soledad innata, la cual formaba parte de él tanto como su pelo negro y plateado y sus ojos claros. Barak tenía buenas razones para no confiar en los demás a la ligera y, de una forma gradual, le había permitido a Lacey cruzar todas sus barreras, salvo la más importante.
Lacey oyó unos pasos que se acercaban. Para intentar desatarse, se había tumbado de lado, pero no quería enfrentarse a nadie desde una posición de debilidad. Sentarse no constituía una gran mejora en ese sentido, pero era lo mejor que podía hacer en aquel momento.
El repentino resplandor de una linterna la cegó y Lacey volvió la cara concediendo tiempo a sus ojos para que se acostumbraran a la luz. Cuando otra vez volvió la cabeza para increpar a su torturador, se quedó boquiabierta. El hombre que estaba frente a ella era nuevo en la fiesta. Durante un microsegundo, Lacey creyó que había acudido a salvarla, pero entonces vio la pistola que sostenía en la mano.
—¿Ben? ¿Ben Jackson?
Lacey parpadeó varias veces, pues creía que se estaba imaginando la presencia de aquel hombre. De todas las personas que conocía, Ben era el último que se habría imaginado que la tomaría como rehén a punta de pistola. Ella no lo conocía mucho, sólo de saludarse cuando se cruzaban en el pasillo. Y, desde luego, no lo conocía tanto como para haber hecho algo que justificara el odio que brillaba en sus ojos saltones.
—Te diría que siento todo esto, Lacey, pero cuando está en juego mi propio pellejo, me temo que tu bienestar queda relegado a un triste segundo puesto —dijo Ben.
La pistola temblaba en su mano y a Lacey le preocupó que se le disparara por accidente antes de explicarle qué estaba pasando.
—¿A qué se debe todo esto, Ben? —preguntó, y pensó que su voz había sonado sumamente calmada, teniendo en cuenta que había hablado directamente al cañón de una pistola.
—Ésta es la única forma que tengo de conseguir la cooperación de tu hermano. Necesito su ayuda.
El sudor resbalaba por la cara de Ben a pesar del frío que hacía en el túnel. ¿Era miedo o nerviosismo lo que hacía que estuviera tan tenso? ¿Qué tipo de ayuda necesitaba de Penn? Las respuestas no cambiarían la situación, pero, seguramente, mientras estuviera hablando no apretaría el gatillo.
—¿Qué tipo de ayuda? —inquirió Lacey.
Ben se colocó la linterna bajo el brazo con el que sostenía la pistola y utilizó su mano libre para hurgar en el bolsillo de sus pantalones.
—Necesito saber lo que Bane y el resto de los Paladines saben acerca de éstas —dijo, y lanzó una piedra azul del tamaño aproximado de una canica al regazo de Lacey—. ¿Alguna vez tu hermano te mencionó algo acerca de esas piedras? ¿O ese Otro para el que te has estado abriendo de piernas?
¡Ben los había visto! La idea hizo que Lacey se sintiera furiosa y con náuseas. Su carácter tomó las riendas:
—¿Estás celoso, Ben? Sé que Barak no es humano, pero es todo un hombre, te lo aseguro.
—¡Cállate, zorra!
Ben le acercó a la cara el cañón de la pistola.
—¡Oblígame si puedes! —replicó ella, pero se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de su boca. Como tenía las manos ocupadas, Ben tuvo que contentarse con darle una patada. Su pie alcanzó el lateral de la rodilla de Lacey con tanta potencia que ella, entre punzadas de dolor, se quedó sin aliento. A pesar de la nueva incorporación a su colección de heridas, Lacey reunió suficientes arrestos para volver a enderezarse y lanzarle a Ben una mirada cargada de ira.
Tragándose su propio dolor, gruñó:
—Morirás por esto, y lo sabes. Tendrás suerte si Penn deja lo suficiente de ti para que el coronel pueda recogerlo con una esponja. Y no será una muerte fácil. Creo que podría durar horas, incluso días. A menos, claro, que Barak descubra lo que has hecho. Entonces no habrá ningún lugar en la Tierra, ni en su mundo, que impida que te ahogues en tu propia sangre mientras te corta en pedacitos. Lo he visto matar. No resultó agradable, y sus víctimas murieron suplicando por su vida.
Aquello no era del todo cierto. La velocidad con la que Barak había blandido su espada no había dado tiempo para demasiadas conversaciones.
Ben lanzó de nuevo su pie hacia delante para propinarle otra patada.
—¡Y pensar que les ordené a mis dos socios que no te hicieran daño! Quizá debería llamarlos para que se divirtieran un poco contigo antes de que yo te mate. Personalmente, no me gusta disfrutar de las sobras de un Otro. ¿Quién sabe qué puede haberte contagiado? —Señaló con la cabeza a sus compinches cuando asomaron por el túnel—. Pero sospecho que ellos no son tan quisquillosos.
Un nuevo temor hizo que a Lacey se le tensaran todos los músculos. La amenaza de sufrir una violación había estado en el fondo de su mente desde que la maniataron en la cocina y la introdujeron en la parte trasera de una furgoneta. Pero parte de ese temor se había ido desvaneciendo conforme pasaban las horas y sus raptores no le hacían el menor caso. ¿Acaso sólo habían estado esperando el beneplácito de Ben para...?
¡No! ¡No permitiría que Ben le hiciera sentir pánico con sus amenazas! Ellos podían tener el control sobre su destino, pero ella controlaba cómo reaccionaba ante él. Lacey levantó la barbilla para mirar de frente a Ben, y él retrocedió un paso.
Ella sonrió antes de decir:
—¡Oh, sí, Barak y Penn se divertirán mucho contigo! Quizá Trahern también los acompañe. Dicen que últimamente se ha suavizado un poco, pero yo que tú no contaría con ello. De hecho, si yo fuera tú, me guardaría una de esas balas para volarme los sesos antes de que cualquiera de ellos se acercara a menos de un brazo de mí.
Ben miró hacia atrás por encima de su hombro, como si ya pudiera sentir el aliento de los Paladines en su nuca. Lacey no sabía que el miedo olía, pero Ben Jackson despedía ese olor por todos sus poros. La doctora se mordió el labio inferior intentando decidir qué hacer o decir a continuación. Provocarlo podía no ser la mejor táctica, pero su orgullo no le permitía acobardarse.
—Ahora en serio, Ben —declaró Lacey, utilizando su nombre de pila como recordatorio de que ella no era una persona cualquiera, sino alguien que él conocía y con quien trabajaba—. No tiene por qué cundir el pánico. Si lo intentamos, podemos encontrar una salida a todo esto.
Ben consideró su oferta durante un par de segundos antes de rechazarla.
—Tú y el gilipollas de tu hermano no moveríais un dedo por mí aunque me estuviera muriendo —dijo—, pero ahora yo tengo todas las cartas. O Penn me ayuda a averiguar lo que necesito saber, o tú morirás. —Inclinó la cabeza a un lado y añadió—: En realidad, morirás de todas maneras, pero él no lo sabrá hasta que sea demasiado tarde.
Ben se marchó dejando a Lacey sola en la oscuridad.


—Se ha detenido. —Barak observó la pequeña pantalla del aparato durante uno o dos minutos más antes de dejarlo a un lado—. Su coche debe de estar ahí delante, a poca distancia.
Penn dirigió el coche al arcén del estrecho camino de grava y apagó el motor.
—Será mejor que sigamos a pie —sugirió—. No podemos arriesgarnos a que vea el coche y le entre el pánico.
Barak asintió mientras agarraba la manecilla de la puerta. Tenía un mal presentimiento. Ben Jackson era un hombre débil, lo que significaba que podía dejarse llevar por el pánico. Si lo acorralaban en el momento inadecuado, Lacey podía morir.
Penn se dirigió a la parte frontal del coche y esperó a Barak. Comprobó el estado de sus pistolas mientras el Otro hacía deslizar su espada en la funda.
—¿Seguro que no quieres una pistola? —le preguntó.
Barak negó con la cabeza.
—Me desenvuelvo mejor con el acero.
Mientras avanzaban por el camino, manteniéndose a la sombra de los árboles, una repentina oleada de energía hizo que Barak cayera de rodillas y se agarrara al tronco de un pequeño abeto con todas sus fuerzas. Penn, que no era consciente de la fuerza que se movía entre las rocas, se volvió hacia Barak con ceño.
—Deja de joder, Barak, no tenemos tiempo para esto.
Barak consiguió ponerse en pie al segundo intento.
—No soy yo, sino la montaña —explicó—. Lo mismo me ocurrió el otro día cuando Lacey y yo estábamos por aquí. Disponemos de media hora, tres cuartos como mucho antes de que todo empiece a tambalearse y nos caigan las piedras sobre la cabeza.
Barak apoyó la mano en una roca. Con suerte, podría absorber parte de la energía que aumentaba por momentos debajo de sus pies y aliviar la tensión de la montaña antes de que alcanzara un nivel crítico. Si funcionaba, conseguiría unos cuantos y preciados minutos más a su favor.
Pero era demasiado tarde. Sintió cómo las rocas friccionaban entre ellas empujándose en direcciones opuestas. En aquel instante, no se había producido la tensión suficiente para provocar una erupción, pero se produciría, y entonces nadie estaría a salvo.
—Hay que darse prisa —dijo—. No tenemos tiempo para actuar con cautela.
—Hace tiempo que no vengo por aquí, pero si no recuerdo mal, hay dos entradas a los túneles. Una está justo delante de nosotros, y la otra, a unos treinta metros en esa dirección.
Penn señaló hacia el este.
Barak cogió su espada y alcanzó al Paladín mientras ambos corrían por el camino sin preocuparse por ponerse a cubierto.
—Enséñame dónde está la entrada principal y tú ve por la otra. Te concederé diez minutos antes de entrar —dijo Barak.
Penn soltó una maldición.
—¡Demonios, Otro, no tenemos ni idea de cuántos son! Vas a conseguir que te maten. Yo, al menos, resucito de entre los muertos, pero ¿tú tienes ese don?
—No importa. Mientras los mantengo ocupados, tú ve por detrás y rescata a Lacey. Ella necesitará que le muestres la salida y yo no conozco estos túneles.
Penn aminoró la marcha y, al llegar a una curva, volvió a abandonar el camino. Siguieron avanzando, pero esta vez con más cautela. El coche de Ben estaba aparcado al lado de una furgoneta, debajo de unos árboles. La puerta lateral de la furgoneta estaba abierta, así que pudieron comprobar que estaba vacía. Una chaqueta caía colgando desde la furgoneta, casi hasta rozar el suelo.
Era la chaqueta de Lacey. Al verla, Barak experimentó emociones opuestas de alivio y preocupación. Por un lado, implicaba que habían seguido al hombre correcto, pero, por otro, ¿por qué no llevaba puesta la chaqueta? Si estaba en los túneles, la necesitaría. Barak cerró los ojos y rogó a los dioses para que la chaqueta abandonada significara que a aquellos hombres les importara poco el bienestar de Lacey, y no que estuviera muerta.
Al ver la chaqueta, Penn apretó los labios.
—Si le han roto aunque sólo sea una uña, morirán suplicando perdón —dijo.
—La vengaremos, con la sangre de esos hombres y la mía, si es necesario. Te lo prometo, Penn Sebastian.
Barak levantó una mano como garantía de su promesa.
Penn no titubeó:
—La sacaré de los túneles y volveré. Guárdame algo de diversión.
—Lo intentaré. —Antes de que Penn se alejara, Barak lo cogió del brazo—. Si no salgo de ésta, dile que yo...
La garganta se le cerró antes de terminar la frase. Quería decirle tantas cosas a Lacey... pero no había tiempo para palabras.
Penn asintió con la cabeza.
—Me aseguraré de que lo sabe, Barak —repuso—. Y regresaré en tu ayuda.
Barak comprendió que Penn hablaba de corazón, aunque ninguno de los dos sabía dónde se metía. Ben Jackson no estaba solo en aquel asunto y, si disponía del dinero suficiente, podía haber contratado al tipo de hombres que mataban sin remordimientos. Si estaban bien apostados, no tenían que ser muchos para mantener a raya a Barak.
La única esperanza de que su precario plan de rescate tuviera éxito era que ni Ben ni sus compinches conocieran la existencia de la segunda entrada. Si Barak conseguía mantenerlos ocupados durante un rato, Penn podría liberar a su hermana. Aun así, Barak temía que no lograran descender de la montaña antes de que la presión subterránea alcanzara el punto crítico y el infierno mismo cayera sobre sus cabezas.


Barak consultó el reloj que Penn le había dejado y contó los minutos que faltaban para que el Paladín estuviera en posición. Faltaban tres para que Barak pudiera entrar en el túnel. A pesar del desagrado que experimentaba hacia las armas de fuego, había aceptado una de las pistolas de Penn. Aunque su puntería no fuera buena, así disponía de otra arma para usar en caso de que lo necesitase.
Dos minutos.
Cambió el peso de pierna intentando mantenerse flexible y listo para entrar en acción. Transcurrieron treinta segundos durante los que comprobó, una vez más, que su espada salía con facilidad de la funda. Veinte segundos. Comprobó el peso de la pistola de Penn con la otra mano. Diez segundos. Miró hacia el cielo disfrutando de la calidez del sol en su cara por última vez.
Su gente vivía en la oscuridad y ansiaba ver la luz, pero para él, el calor y la luz del sol empalidecían en comparación con la mujer que esperaba en el interior del túnel. El pelo dorado de Lacey y sus dulces ojos azules habían acabado con el último resto de frialdad de su alma.
Por ella, Barak regresaría a la oscuridad y lucharía por su vida. Y, si los dioses decretaban que debía morir, al menos moriría por una causa que entendía y aceptaba. Moriría por la mujer que amaba y se consideraría un hombre afortunado.
Sólo había avanzado unos pasos cuando oyó que alguien corría a toda velocidad hacia donde él estaba. Barak se escondió detrás de unas rocas, desenfundó la pistola y esperó. Unos segundos más tarde, Penn apareció a la vista. El Paladín parecía cabreado.
Barak se levantó poco a poco para que el guerrero pudiera reconocerlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Penn pareció aliviado al verlo.
—El otro extremo del túnel se ha derrumbado —dijo—. Tendremos que entrar los dos por aquí, aunque ellos estarán vigilando la entrada.
—Entonces verán acercarse a la Muerte.
Con unas lúgubres sonrisas, los dos hombres penetraron en la oscuridad hombro con hombro.


—¿Qué quieres decir con que no se ha puesto en contacto contigo? Dejaste una nota para Sebastian con el número del móvil, ¿no? —La voz de Ben llegó hasta ella por el túnel, y se quebró como la de un adolescente—. Te di órdenes muy concretas que hasta un idiota podría entender.
Lacey se estremeció. No quería que Ben provocara a sus esbirros incitándolos a matarlo y dejándola sola con ellos. A pesar de sus amenazas, Ben no había permitido que los dos matones se acercaran a ella.
La discusión continuó, aunque Lacey sólo consiguió oír alguna que otra palabra: algo acerca de unas extrañas piedras azules, dinero, Otros que cruzaban la barrera y dinero. Aparentemente, montones de dinero.
Y, fuera quien fuese quien tuviera el control del dinero, tenía a Ben Jackson muerto de miedo. Era un llorica cobarde; un cobarde que arremetería contra todos si se sentía amenazado. Si Lacey quería continuar con vida hasta conseguir escapar o ser rescatada, tendría que ir con mucho cuidado. A juzgar por el estado de histeria creciente de Ben, no se requería mucho para llevarlo al límite.
Al final, al estúpido llorica se le acabó el resuello y los tres hombres guardaron un inquietante silencio. Lacey esperó hasta que nadie habló ni se movió durante varios minutos para reiniciar sus intentos de liberarse de sus ataduras.
Tras un último esfuerzo, consiguió soltarse las manos. Se sintió muy bien por haberlo conseguido y, sin hacer caso del dolor en las muñecas, intentó deshacer los nudos que inmovilizaban sus tobillos. Tenía los dedos entumecidos por el frío, pero, después de dos uñas rotas y unas cuantas maldiciones susurradas, consiguió librarse de las cuerdas. Aunque eso le servía de poco, pues seguía atrapada entre la oscuridad y la tenue luz que llegaba hasta ella por el túnel.
Lacey se reclinó contra la pared y cerró los párpados mientras el agotamiento y la fría oscuridad que la rodeaba minaban sus fuerzas. Unos minutos de descanso la ayudarían a restablecer el equilibrio. Y necesitaba todo su equilibrio para enfrentarse a Ben y sus matones.
Dio una cabezada y la sacudida hizo que se despertara sobresaltada. Se volvió de lado para apoyar mejor la cabeza, pero antes de que volviera a adormecerse, una piedrecita la golpeó en la mejilla. Lacey se quedó paralizada. ¿De dónde había salido? Observó con fijeza la oscuridad que la rodeaba sin percibir más que unos vagos detalles de su entorno.
Otra piedrecita llegó volando hasta ella y aterrizó en su regazo. A juzgar por la trayectoria, procedía de delante, de algún lugar cercano adónde sus raptores permanecían tumbados sobre el suelo del túnel. Lacey escudriñó la profunda oscuridad en busca de algún tipo de movimiento. Al final, una figura destacó entre las sombras y se desplazó poco a poco hacia ella.
De forma automática, intentó retroceder, pero entonces se acordó de que no tenía adónde ir. Si realizaba el menor ruido, sus raptores acudirían corriendo y disparando a todo lo que se moviera.
Un susurro llegó hasta ella flotando en la oscuridad:
—¡Lacey!
¿Estaba soñando o Penn estaba realmente allí?
—¿Penn?
Su hermano se aproximó a ella surgiendo de la oscuridad y materializándose en algo sólido y confortable; se inclinó hacia Lacey y le susurró al oído:
—¿Puedes caminar?
Ella asintió con la cabeza y se levantó con dificultad. Fue entonces cuando vio una segunda sombra detrás de Penn, una sombra que reconoció de inmediato. Sólo dos hombres en el mundo la querían tanto como para arriesgar su vida para rescatarla. Penn, su hermano mayor, y su enemigo mortal, Barak.
Lacey se lanzó directamente a los brazos de los dos hombres. Penn le dio una tensa palmadita en la espalda, la típica reacción de hermano. Pero Barak la apretó contra su pecho compartiendo su fuerza con ella. No podían perder tiempo, pero Lacey disfrutó durante unos segundos preciosos de la tranquilidad que le transmitieron sus dos hombres.
Barak se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Lacey, envolviéndola con su olor y su calor. Ella se puso de puntillas y lo besó sin importarle si Penn lo aprobaba o no. Había tenido mucho tiempo para pensar en Barak y sabía que el hombre era más importante que sus secretos.
Penn tiró de Lacey y le susurró:
—Tenemos que irnos antes de que sospechen algo.
Apenas habían dado dos pasos cuando un ruido grave retumbó por el túnel y el suelo tembló debajo de sus pies. Lacey no pudo contener un grito de sobresalto. Barak la empujó contra Penn, quien consiguió mantenerse en pie con esfuerzo.
Ben Jackson y sus secuaces gritaron asustados mientras fragmentos de roca se desprendían del techo y caían sobre ellos. Cuando el temblor se suavizó, Jack se volvió para decir algo y de repente vio a Penn y a Barak. Enseguida se agachó para coger su arma.
Barak ya tenía la pistola en la mano.
—Sácala de aquí antes de que esto se derrumbe por completo —le dijo a Penn—. Yo puedo ralentizar el proceso y encargarme de esos hombres.
Apoyó su mano libre contra la pared con una expresión adusta.
—¡No, Barak! —Lacey intentó liberarse de los brazos de su hermano, pero Penn era demasiado fuerte.
—¡Ponte en marcha, hermanita! —ordenó el Paladín—. Barak no podrá distraerlos durante mucho tiempo. Tenemos que salir de aquí.
—¡Pero son tres contra uno! —El miedo le desgarró el corazón—. Lo matarán.
Penn soltó una maldición y murmuró algo acerca de las mujeres tozudas.
—¡Maldita sea, él es un guerrero y conocía los riesgos que esto implicaba! —dijo—. Ahora, déjame sacarte de aquí para que Barak no muera por nada. Cuando estés a salvo, volveré para ayudarlo.
Lacey odió que las palabras de Penn reflejaran la opción más sensata. Mientras las pistolas rugían a su espalda, Lacey miró hacia atrás por última vez. Justo cuando tomaban la primera curva, Ben Jackson los vio.
—¡Cogedla! ¡Se escapa! —gritó Ben señalando a la doctora y a su hermano, quienes desaparecieron corriendo en las sombras.
—¡Y una mierda, Jackson! ¡No voy a recibir una bala por ninguna cantidad de dinero! —vociferó uno de los secuaces.
El resto de la discusión quedó ahogada en otro aluvión de disparos y rugidos de la montaña.
Penn aceleró el paso y Lacey tuvo que hacer un esfuerzo por concentrarse en el lugar adónde se dirigían, no tanto en lo que dejaban atrás. Las lágrimas corrieron por su cara quemándole la fría piel.
Entonces los disparos se interrumpieron con la misma rapidez con la que habían empezado, y el silencio que los siguió fue un presagio peor que los mismos disparos. El corazón de Lacey dio un brinco. ¿Habría muerto Barak? ¡Por favor, Dios, no! Sintió el impulso de volver atrás, de correr al lado de su amado, pero se contuvo, pues sabía que si lo hacía probablemente caería en manos de Ben. Si regresaba, se convertiría en un blanco o en un rehén, así que siguió corriendo mientras rezaba por Barak a cada paso que daba.
Vieron una luz a lo lejos. El estruendo de la montaña creció en volumen y violencia pisándoles los talones mientras ellos salían corriendo de la montaña. Cuando por fin recibieron la calidez del sol, la entrada del túnel se derrumbó tras ellos en una avalancha de polvo y roca. Lacey cayó de rodillas y se rodeó con sus brazos mientras un sentimiento de miedo y pesar profundo sacudía su cuerpo.
—No puede estar muerto, Penn. No puede estar muerto —murmuró.
Ella no lo toleraría. Ni siquiera la montaña, con todo su terrible poder se atrevería a apartarlo de ella.
«¡Por favor, Dios, que yo esté en lo cierto!»
Penn sacó su móvil, pulsó unas cuantas teclas y volvió a guardarlo en el bolsillo. Entonces ayudó a Lacey a levantarse con más delicadeza de la que había utilizado nunca con ella.
—Vamos, hermanita —le dijo—. Tenemos que bajar hasta donde tenga cobertura para pedir ayuda al Centro.
La mente de Lacey le decía lo que su corazón no quería, no podía creer.
—¡No lo dejaré aquí, Penn! —exclamó—. Diga lo que diga Bane, quiero traerlo de vuelta a casa.
—Lo sé. Lo traeremos a casa —contestó su hermano mientras subían al coche.
—Deprisa.
—Vamos.
Penn arrancó el motor e inició el lúgubre descenso por la montaña.


Cuando cesó el tiroteo, Barak se sorprendió de seguir con vida. Eso era mucho más de lo que había esperado cuando le ordenó a Penn que pusiera a salvo a Lacey. Como mucho, él creía que podría proporcionarles unos minutos de ventaja, pero ahí estaba todavía, atrapado pero respirando.
¿Por qué? Barak dudaba de que a los raptores se les hubiera acabado la munición, así que debían de estar tramando algo. Cerró los ojos y aguzó sus otros sentidos intentando percibir alguna pista. Todavía se oían tres corazones latiendo, pero percibió el olor penetrante de la sangre en el aire. ¡Bien! Había conseguido alcanzar a uno de aquellos cabrones.
Barak sonrió complacido por la potencia que tenían los insultos en el idioma inglés. Aquellos hombres eran unos cabrones, unos hijos de puta y todos los demás insultos que se le ocurrieran. Habían puesto en peligro a su mujer y morirían por ello. Si no por su propia mano, sí por la furia de la montaña. La presión subterránea crecía más allá de su capacidad para contenerla.
Ahora estaban susurrando, aunque hablaban demasiado bajo para que Barak distinguiera sus palabras por encima del ruido de la fricción de las rocas. Pronto la montaña les enseñaría a aquellos enclenques lo que era el verdadero poder. Lástima que ninguno de ellos fuera a vivir lo suficiente para beneficiarse de ese conocimiento.
Las fuerzas de Barak se desvanecían segundo a segundo. Sólo podría absorber y dispersar una pequeña parte de la energía de la montaña antes de que la erupción lo aplastara. Pero hasta el menor esfuerzo en ese sentido serviría para concederles más tiempo a Penn y Lacey.
Al final soltó el arma de este mundo y cogió la espada de su padre. El tacto del familiar objeto le transmitió consuelo y una repentina ráfaga de energía renovada. Barak apartó la mano de la fría pared del túnel. La montaña haría lo que tuviera que hacer. Él tenía que matar a sus enemigos y vengar el honor de su mujer.
Barak avanzó hacia los secuestradores sin hacer caso de los crujidos y los movimientos del suelo que tenía debajo de los pies. Cuando lo vieron llegar y percibieron la promesa de muerte escrita en la hoja de su espada y el odio que reflejaba su sonrisa, el miedo inundó los ojos de aquellos hombres.
Barak, un guerrero atrapado entre dos mundos, disfrutó mientras la sangre de sus enemigos brotaba, roja y caliente, de sus cuerpos. Entonces la montaña se unió a la expresión de su furia y las rocas comenzaron a derrumbarse.


Mientras cavaban en la montaña, Lacey iba de un hombre a otro ofreciéndoles agua y sonrisas que esperaba que fueran alentadoras. No sentía nada, el dolor y el sentimiento de pérdida habían arrasado con todo, salvo con los pensamientos más básicos. Respiraba porque su cuerpo la obligaba a hacerlo. Comía porque su hermano no le permitiría no hacerlo. Y su corazón latía a pesar de estar roto en miles de pedazos.
La esperanza también había muerto en todos ellos. Lacey lo sabía por la lástima que percibía en los ojos de los Paladines cada vez que alguno la miraba. En cuanto la barrera había vuelto a estabilizarse, todos subieron rápidamente por la montaña para empezar a cavar. Si seguían haciéndolo, era como tributo a la amistad que sentían hacia ella. A pesar de las horas de trabajo agotador, sólo habían quitado una pequeña parte de los escombros que ocupaban el espacio de lo que antes era el túnel.
Aun así, trabajaron durante todo el atardecer y hasta bien entrada la noche. Ni siquiera el fuerte resplandor de las luces artificiales podía eliminar las sombras que invadían la mente de Lacey. Si al menos le dejaran hacer algo más aparte de mirar, quizá las horas no transcurrirían tan lentamente para ella.
Devlin Bane surgió de la oscuridad de la noche.
—Lacey —dijo—, ¿por qué no te echas en el asiento trasero de mi coche y das una cabezadita?
—Quizá dentro de unos minutos —repuso ella.
Devlin la observó unos segundos y finalmente le dio una palmada en el hombro; el mismo rudo consuelo que varios de los otros Paladines le habían dado. Devlin quería lo mejor para ella, pero Lacey permanecería despierta hasta que consiguieran llegar a donde Barak los esperaba. Sin duda, todos creían que bajarían un cadáver de la montaña, el cuerpo sin vida de un enemigo que, además, era un héroe que descansaría con honor entre los Paladines muertos antes que él.
Aunque la esperanza se iba desvaneciendo, eso no significaba que hubiera desaparecido por completo. Cada piedra que sacaban, cada centímetro que avanzaban la acercaba más al hombre que amaba, al hombre que necesitaba en su vida. Barak podía estar herido y desangrándose, pero Lacey tenía que creer que él deseaba vivir por ella tanto como había deseado morir por ella.
Trahern pasó penosamente por su lado empujando una carretilla llena de tierra y piedras. Se detuvo y aceptó la botella de agua que Lacey le ofrecía.
—Creemos que nos faltan unos trescientos metros para llegar a la cueva donde lo visteis por última vez —dijo Trahern, y desvió la mirada hacia donde Devlin y Penn estaban hablando—. Devlin le ha pedido a Laurel que venga, por si Barak está herido. Ella y Brenna llegarán en cualquier momento.
Lo más probable era que el jefe de los Paladines hubiera llamado a las dos mujeres para que hicieran compañía a Lacey, pero, de todos modos, ella le agradeció la pequeña mentira. ¿Quién habría pensado que el duro Paladín era tan sensible?
—Gracias, Blake —dijo Lacey.
Trahern volvió a coger los brazos de la carretilla y se dirigió al desnivel por el que echaban los escombros, deseando poder servir de más ayuda.
El ruido de un coche llamó su atención. Nada más aparcar, Laurel y Brenna fueron directamente hasta Lacey y la abrazaron. Las dos mujeres vivían con la amenaza constante de perder a los fuertes guerreros a los que amaban. Compartían su dolor porque compartían su miedo.
—¿Ya lo han encontrado? —preguntó Laurel, que parecía especialmente afectada.
—No —repuso Lacey—. Trahern dice que faltan unos trescientos metros. Tienen que ir despacio porque no saben hasta qué punto la montaña es estable en estos momentos.
Si tuviera su equipo con ella, quizá podría decirles si era seguro o no ir más deprisa. Al menos habría estado haciendo algo más que mirar y esperar.
—Hemos traído bocadillos y más bebida —dijo Brenna—. ¿Dónde podemos dejarlo todo?
Lacey las acompañó de vuelta al coche. Cualquier cosa era mejor que contemplar la oscura boca del túnel con el miedo como única compañía.
Poco antes del amanecer, Penn se acercó a Lacey. Su rostro estaba manchado de polvo y suciedad, por lo que resultaba imposible descifrar su expresión.
—Ya estamos llegando, Lacey —la informó.
Ella se quitó la manta con la que alguien le había tapado los hombros.
—Voy para allá.
—Creo que deberías esperar hasta que sepamos algo más —añadió su hermano—. Él no querría que vieras...
—No, Penn. Es a mí a quien él necesita ver cuando lo encontremos. Y yo necesito decirle exactamente qué es lo que siento por él. —Lacey inspiró hondo—. Lo quiero, Penn. Y si él me acepta, quiero dedicar el resto de mi vida a asegurarme de que nunca lo olvida.
—Sabes que no será fácil, hermanita. Siempre habrá alguien que sólo lo verá como a un enemigo. Pero, si significa algo para ti, tienes mi bendición.
—Lo significa todo para mí. —Lacey se dejó abrazar por Penn—. Lo significa todo. Ahora, vayamos en su busca.
Trahern esperaba junto a la entrada con un casco protector en las manos.
—No deberías entrar —le dijo a Lacey.
—Si tú estuvieras atrapado ahí dentro, Brenna entraría contra viento y marea —contestó ella.
Era la pura verdad.
—Sí, lo sé, pero eso no significa que me gustara que se pusiera en peligro por mí. —Trahern le puso el casco en las manos a Lacey—. Si vas a entrar, ponte esto y ve con cuidado.
Trahern encabezó la marcha por el estrecho pasadizo que habían abierto hasta donde Devlin y los Paladines cogían piedras con cautela y se las pasaban en cadena apartándolas a un lado. Cuando abrieron un agujero, Devlin iluminó el interior con una linterna e impidió que Lacey mirara hasta comprobar lo que había.
Devlin se volvió con expresión sombría.
—Id a buscar unas camillas —dijo—. Sólo veo a Ben Jackson, o lo que queda de él, y a dos hombres más que no reconozco.
El terror que había amenazado con vencer a Lacey disminuyó un poco. Devlin siguió apartando piedras. Cuando el tamaño del agujero le permitió pasar los hombros, Devlin se arrastró por él hasta el otro lado y desapareció. Lacey sólo podía mirar y rezar.


Barak respiró. Una vez. Y otra. De nuevo, eso era más de lo que había esperado después de que la montaña dejara de agitarse a su alrededor. Sus enemigos habían muerto hacía rato. El miedo al terremoto evitó que ofrecieran mucha resistencia a la embestida de Barak.
Aunque quizá los afortunados habían sido ellos. La salida del túnel estaba bloqueada por varias toneladas de rocas. Moriría de sed y de hambre mucho antes de que consiguiera despejar el túnel. Lo único que lamentaba era no poder volver a disfrutar de la dulce sensación de tener a Lacey Sebastian entre sus brazos.
Cerró los ojos. Se sentía demasiado cansado para seguir consciente. Al menos, en sus sueños, todavía podía abrazar a su amor y sentir su calidez. Poco a poco, el dolor que experimentaba se desvaneció y el sueño llegó para alejarlo, amablemente, de la dura roca que tenía bajo la espalda y de la tierra que lo cubría como si de una manta se tratara.


—Devlin, voy a pasar.
Lacey no esperó a recibir el consentimiento de Devlin, sino que atravesó el agujero justo detrás de él.
Cuando se encontró frente a frente con un Ben Jackson muy, pero que muy muerto, contuvo un grito. Sus dos cómplices yacían despatarrados sobre sendos charcos de sangre, un poco más allá. El horror que reflejaban sus últimas expresiones no hablaba de una muerte fácil.
—Toma esta linterna, Lacey —le dijo Trahern, y le tendió una linterna. Luego empezó a pasar con dificultad sus anchos hombros por el agujero. Devlin había llegado a un trozo del túnel que no se había derrumbado. Lacey lo vio enfocar la linterna de un lado a otro en busca de alguna pista de Barak.
Lacey avanzó en la dirección opuesta, hacia la izquierda. Devlin regresó sobre sus pasos. Si había encontrado a Barak, no daba muestras de haberlo hecho. En lugar de suponer lo peor, Lacey siguió caminando, con la mirada fija en el suelo que tenía delante.
Algo que sobresalía de un montón de piedras llamó su atención. ¿Se trataba de un zapato? ¿O de una bota? Resultaba difícil reconocerlo en la distancia.
—¡Devlin! ¡Blake! ¡Aquí!
Los dos hombres corrieron hacia ella mientras Lacey apartaba un montón de piedras y tierra. ¡Oh, Dios mío! El zapato todavía estaba pegado a una pierna. ¡La pierna de Barak!
—¡Barak!
Lacey no obtuvo respuesta. Volvió a intentarlo mientras seguía acercándose a su objetivo. Se puso de rodillas en el suelo y empezó a sacar, a puñados, tierra y piedras del montón. Devlin la ayudó mientas Trahern sostenía en alto la linterna para que pudieran ver lo que estaban haciendo.
—¿Está...? —Lacey apoyó la mano en la pierna de Barak y casi se desmayó de alivio al comprobar que su piel estaba caliente—. ¡Está caliente, Devlin!
No tardaron mucho en apartar la capa de tierra y piedras que cubría a Barak de la cabeza a los pies. Cuando Lacey le tocó la cara, Barak se agitó levemente y murmuró algo acerca de unos sueños. Su voz fue el sonido más dulce que ella había oído en toda su vida.
—¡Está vivo! —exclamó.
Devlin sonrió ampliamente.
—Voy a buscar a Laurel.
Lacey cubrió la mejilla de Barak con su mano y lo llamó por su nombre.
—Barak, cariño, despierta. Tenemos que saber si estás malherido.
Lacey cogió la mano de Barak y la frotó entre las suyas. Trahern le tendió su chaqueta para que lo cubriera con ella.
Finalmente, Barak parpadeó y miró a Lacey con los ojos entornados. Su sonrisa eliminó los escalofríos que durante las últimas horas habían ocupado el corazón de ella.
—Lacey, sabía que soñaría contigo hasta la muerte —dijo.
—No estás soñando, hombretón. Estoy aquí de verdad.
—¿Estás segura?
Barak intentó levantar la cabeza, y Trahern se inclinó hasta situarse en su línea de visión.
—Ella es real, Barak —le dijo—. Además, si estuvieras soñando, ¿aparecería yo en tus sueños?
Barak negó lentamente con la cabeza y abrió mucho los ojos por la sorpresa. Las lágrimas que Lacey había estado conteniendo durante toda la noche se desataron mientras apretaba la mano de Barak entre las suyas.
—Sé que no estás cómodo, pero intenta mantenerte tranquilo hasta que consigamos sacarte de aquí —susurró Lacey.
—Tengo que decirte...
La voz de Barak se apagó, cada vez más seca y áspera.
Lacey buscó la botella de agua que llevaba en la mochila y se la puso en los labios.
—Bebe despacio —le dijo—. Tendremos tiempo de sobra para hablar más tarde.
—No, ahora.
Para que estuviera tranquilo, Lacey le susurró al oído:
—Siento haberme enfadado por lo de tus dones. Son tuyos y debes utilizarlos como creas más conveniente. Eso no hace que te quiera menos.
Los bonitos ojos plateados de Barak buscaron los suyos.
—No me imagino el mundo sin ti, Lacey.
Trahern carraspeó.
—¡Eh! ¿Podríais guardaros las sensiblerías hasta que estemos fuera de aquí?
Laurel apareció por el agujero seguida de Devlin, quien transportaba una camilla. Laurel examinó rápidamente las heridas de Barak y después supervisó a los Paladines mientras lo colocaban en la camilla. Lacey soltó la mano de Barak a desgana mientras empezaban el delicado proceso de transportar la camilla por las estrechas paredes del túnel.
Los Paladines estaban alineados a uno y otro lado del camino y se sucedieron para hacer avanzar la camilla del amor herido de Lacey. Cuando por fin lo sacaron a la luz del día, cada uno de ellos insistió en estrecharle la mano o darle unas palmaditas en el hombro, hasta que lo introdujeron en la parte trasera de la furgoneta. Un helicóptero esperaba en un campo de más abajo para llevarlo a las instalaciones médicas de los Regentes.
Antes de que aseguraran a Barak en el interior del helicóptero, Penn abrazó a su hermana. A continuación, le tendió una mano a Barak.
—Estoy en deuda contigo —le dijo—, por salvar la vida de mi hermana y la mía. —Retrocedió un paso—. Cuida de mi futuro cuñado, Lacey. Todavía tengo que recibir unas cuantas lecciones de lucha de él.
¡Su hermano era único para hacer saltar la liebre!
—¡En ningún momento hemos dicho que fuéramos a casarnos, Penn! —protestó ella.
—Estarías loca si permitieras que se te escapara un hombre que te quiere tanto. —Penn le dio un empujoncito hacia la puerta del helicóptero—. Ya me avisarás cuando tenga que alquilar el esmoquin.
Mientras Lacey entraba en el helicóptero, Barak declaró:
—Dile que lo alquile pronto. Bueno, si tú me aceptas. Te prometo no guardar más secretos.
Definitivamente, aquél era un día de lágrimas y sonrisas.
—Te aceptaré como sea, Barak —repuso ella—. Te quiero. Con secretos y todo.
Lacey se inclinó y, procurando no mover a su guerrero herido, le dio un beso en los labios; promesa de muchos otros que estaban por llegar.


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Última edición por Gemma el Miér Dic 01, 2010 7:59 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Miér Dic 01, 2010 7:48 pm

Epílogo
Cullen contempló la carta de Barak. La luz que despedía la barrera hacía que las letras titilasen y bailasen. Se llamaba Lusahn. Cullen siguió el contorno del nombre con los dedos y pensó en la mujer que esperaba al otro lado. Mientras aquella imagen ocupaba todos los rincones de su mente, su mano subió hasta la pequeña cicatriz que tenía en la mejilla.
El día que lucharon, ella lo marcó de otras formas que no se reflejaban externamente. Incluso ahora, después de aquel enfrentamiento, Cullen todavía podía verla moviéndose con la seguridad y la potencia de una auténtica guerrera combinadas con la gracia de una hermosa mujer. ¿Sería igual de apasionada como amante que como contrincante?
Cullen sonrió y supuso que ella lo cortaría en pedacitos sólo por pensar semejante cosa.
La barrera volvió a debilitarse. Cullen deseó que aguantara un poco más, porque la mayoría de los Paladines todavía no habían regresado de rescatar a Barak. Los detalles de lo que había ocurrido todavía eran escasos, pero, por lo visto, el enemigo mortal de los Paladines lo había arriesgado todo para salvar a Lacey Sebastian. Sufría heridas leves, pero Laurel se encargaría de que recibiera los mejores cuidados.
Se lo debían, por salvar a una de los suyos. Sin lugar a dudas, a partir de aquel momento ya no sería sólo el Otro adoptado por Laurel, sino un miembro aceptado y reconocido de su estrecha comunidad. Seguro que, a corto plazo, no podría cruzar la barrera.
Lo que dejaba a Cullen en su lugar, esperando junto a la barrera para lanzar la carta al otro lado. Pero alguien tenía que avisar a la hermana de Barak de que su hermano no acudiría a la cita. Cullen miró a ambos lados del vacío túnel.
Sonrió y sacudió la cabeza. Cruzaría la barrera para decirle a Lusahn que los dos mundos tenían que cooperar y poner fin al derramamiento de sangre. Se preguntó si viviría lo suficiente para poder hacer algo más que entregarle la nota. Eso esperaba. Deseaba con toda su alma saborear la pasión de aquella mujer.
La barrera fluctuó, despidió un destello y se apagó.
Allí estaba ella, a escasa distancia de Cullen, con sus pálidos y enojados ojos centrados solamente en él. El Paladín la saludó con un gesto de la cabeza, envainó la espada y avanzó unos pasos. La hoja de la espada de ella se apoyó en el cuello de Cullen mientras la barrera se restauraba, cerrándole la única vía de retirada posible.
Cullen sonrió sabiendo que se enfrentaba a su destino final o a su futuro. Alargó el brazo con el sobre y esperó para descubrir de cuál de las dos posibilidades se trataba.


FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Lun Dic 27, 2010 12:20 am

Ahhhhh que emocionante se quedo!!

Gracias Gemma por ponerme lis otros dos libros :manga34: Están los demas por aquí o hay que conseguirlos o no los han sacado :?:

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Lun Dic 27, 2010 4:36 pm

hola!!! pues aún no están traducidos.... y tampoco sé cuantos son XDD pero vamos, que por ahora no tenemos más :manga08:

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MensajeTema: Re: Alexis Morgan - Serie Paladines (libros 1, 2 y 3)   Lun Dic 27, 2010 10:30 pm

:grr: Que mala onda!!! El que sigue promete, promete, pero ni modo, a esperar :dem:

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