Black and Blood


 
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 Lacy Danes - Lujuria animal

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Gemma
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MensajeTema: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:05 pm

Lacy Danes - Lujuria animal

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Hace mucho, el clan Ursus fue maldecido con la sangre de un oso. Su apariencia exterior continuó siendo totalmente humana. Sin embargo, cada uno poseía poderosas habilidades místicas y ardientes apetitos sexuales. Solamente una cosa podía sacar a la bestia de su interior: que un macho amenazara a su compañera. Cuando esto ocurre, solamente el más fuerte puede controlar al animal que vive dentro.

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Última edición por Gemma el Sáb Nov 20, 2010 12:41 pm, editado 8 veces
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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:09 pm

Martin


1


Cumberland, Inglaterra, 1800
¡Dulce Madre! ¡Qué metida de pata había hecho! La mano de Jane se precipitó a su boca, y mordió la piel de su palma.
Jonathan nunca la había querido. Mintió.
Las lágrimas desdibujaron su visión y se deslizaron por sus mejillas. Tropezó y tropezó, apenas viendo el sendero arbolado ante ella. La carne de su sexo ardía, y sus piernas dolían. Cómo necesitaba largo baño en una tina y el tiempo para ordenar todo esto. ¡Maldición!
¿Cuándo había malinterpretado sus intenciones? Habían estado tocándose y besándose atrás de su taberna en secreto por meses. Todo el pueblo pensaba que se casarían. Entonces, hoy en la feria, habían entrado a hurtadillas al bosque.
— Querida, querida, ¿no querrías hacerme cosquillitas mi amor? — el olor a la cerveza de su aliento le llegó flotando ella.
No debía hacerlo, pero cómo le gustaba. ¿Qué problema había?
— ¿Te casarás conmigo? —suspiró en su pelo, su cabeza dando en excitada dicha.
Él lanzó un gruñido cuando su tacto se extendió a su espalda musculosa.
¡Había lanzado un gruñido! Sus dientes se apretaron mientras recorría sin ver la senda ante ella. ¡Madre querida! Nunca había dicho que se casaría con ella. Había ansiado su tacto y los sentimientos que creaba en ella tan locamente que había confundido el gruñido como una afirmación de sus designios.
Había dado su inocencia a un hombre que no tenía ninguna intención de casarse con ella. Sus dedos aferraron su vientre. Podía haber quedado embarazada, y no tenía ninguna manera de cuidar a un bebé y a sí misma. Tonta, realmente tonta.
Su cabeza daba vueltas. Boqueó tratando en busca de aire cuando sus piernas se enredaron en sus faldas, y tropezó, cayendo, sus miembros se extendieron de par en par sobre la tierra dura y húmeda. ¡Oh! Estaba tumbada, sus pulmones quemaban, incapaz respirar, y cerró los ojos. Su vida entera había cambiado en un acto de fechoría gratuita. Se levantaría. Encontraría una manera si estuviera embarazada, pero por ahora....Lloraría mientras nadie pudiera verla.
— Encantadora Jane. — abotonó sus pantalones mientras inhalaba profundamente, el aire frío se nubló cuando exhaló—. Nada mal para un cosquilleo verde, y ningún peligro de gonorrea.
Gonorrea. Había fornicada con ella como si no fuera mejor que una moza de taberna. La quería. Dijo que la quería. Sus ojos se cerraron mientras las lágrimas brotaban.
— Eres toda una belleza, Jane. Y tienes un pequeño y dulce pote de miel. Cuida bien de él y vendremos aquí otra vez algún día. —giró y se perdió entre los árboles.
Por Dios. ¿Qué había hecho?
Con su cara enterrada en la tierra, las lágrimas se deslizaron por su rostro en silencio. Sus miembros temblaron, y su cabeza dio vueltas. No había llorado en todos sus años. El acto la agotó y la dejó exhausta. Levántate, Jane. Con un sollozo, se enderezó y se puso de pie con piernas temblorosas. Era la hija de un comerciante adinerado. Era amigo de su papá. ¿Cómo se atrevía a tratarla de esa manera?
El pánico se aferró a su corazón.
Este acto arruinaba sus posibilidades de una vida normal y traía la vergüenza sobre su apellido. Los negocios de su padre serían perjudicados. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Su familia, ella los amaba.
Desesperada, su mirada recorrió los alrededores del bosque. Nada más que árboles. Piensa, piensa, tú estúpida.....
Sus dedos pellizcaron el caballete de su nariz. Iría hacia Jonathan y le pediría que no dijera una palabra. Maldita fuera. Sus ojos se cerraron.
Si solamente pudiera encontrar la manera de salir del bosque. Contuvo la respiración, atenta a cualquier sonido proveniente de la feria. Nada. ¿Cuál es la regla? Sigue al sol y te llevará al norte..... No..... Madre querida, debería haber escuchado a su padre cuando le daba las instrucciones.
Caminó hacia el sol poniente; el dolor se extendió a través de su tobillo y hasta arriba de su pierna y sus sienes latieron. ¡¡Ay!! Puso el peso sobre su pierna y se tambaleó. Podía cojear pero no lejos.
El bosque se puso más oscuro. ¿Dónde estaba? Renqueó sendero arriba. Maldita fuera. Perdida, ahí es dónde estaba. Avanzó con cuidado. El frío rodeó su corazón y empujó sus maltratados sueños. Hacia adelante pudo vislumbrar un camino y el sol bajando en el horizonte. El camino, lleno de baches y deteriorado por el uso, seguramente llevaba a... algún lugar…
El trueno retumbó a la distancia cuando miró fijamente la gran puerta de madera. La oscuridad era amenazante y no pasaba un alma sobre el camino a este lugar. La casa era de cuatro plantas, con chapiteles inmensos que llegaban hasta el cielo. Había residido en Cumberland durante cinco años y ni una vez había oído hablar de una propiedad como esta. Levantando su mano, golpeó mientras la lluvia caía a plomo a la tierra con grandes goterones detrás de ella.
Golpeó otra vez; los escalofríos corrieron sobre su piel. La puerta chirrió mientras se abría.
— ¿Puedo ayudarla, señora?
— ¡Oh! efectivamente. — ella prácticamente saltó sobre el hombre que asomaba su cabeza por la pequeña rendija—. Estoy perdida y lastimada. —destacó su tobillo—. Y, bien, usted ve, está empezando a llover. ¿Sería posible que me quedara esta noche? Podría dormir en la cocina o....O....El establo. No seré un problema.
Los ojos del hombre se abrieron ampliamente detrás de sus lentes y su cara se torció en una mueca horrorizada.
—........¿Se que esto es muy irregular, pero por favor?
Sus facciones volvieron a ponerse serias, apretando los labios en una línea.
— Lo siento, señora. No hay ninguna manera segura para que te quedes aquí.
¿Segura?
— ¿Disculpe?—¡Oh! Por favor sólo déjame.
El viento azotó su cabellera. Un escalofrío atormentó su cuerpo y sus dientes castañetearon.
— ¡Oh!....¡Oh!.... —echó un vistazo en la casa—. Muy bien, señora. Pero debes seguir todas mis órdenes. Sin falta. Las mujeres no deben estar en esta casa.
¿Estaba preocupado por el decoro? ¡Estaba bromeando! Estaba arruinada. Lágrimas de vergüenza llenaron sus ojos y las sacudió. ¡Qué estupidez! Este hombre no tenía ninguna manera de saber eso.
— Como desee, señor.
No tenía elección. Entrar en esta casa y evitar ser atrapada en uno de los diluvios de Cumberland, o tratar de encontrar su camino de regreso en la oscuridad y probablemente morir. Se encogió. Eso era demasiado pesimista, pero al parecer su mente solo podía seguir esos caminos esta noche.
Vaciló y luego abrió la puerta solo lo suficiente para que pudiera entrar. Se adentró en el oscuro hall de entrada y echó un vistazo a su alrededor. Una escalera imponente serpenteaba hasta el techo. La luz débil brillaba a través de una ventana encima de la puerta e iluminaba la entrada y las pinturas que cubrían las paredes. ¿Dónde llevaban esas escaleras? Un extraño escalofrío subió por su espina dorsal, y se avanzó hacia adelante, como si quisiera ver lo que había al final.
— Por aquí, miss.
Sobresaltada, dio media vuelta y siguió al criado por un pasillo que se abría a la izquierda de la entrada.
— Te pondré en el ala de este. Tú cerrarás con llave tu puerta. Cada cerradura. Te traeré el agua tibia para lavarte. Después, no admitas a nadie a tu habitación.
Un poco protector para ser un criado, pero entonces pensó que tal vez su amo era un auténtico cascarrabias. La última cosa que quería era terminar de regreso afuera en la lluvia.
— Muy bien, señor. No tengo ningún deseo traerte problemas. Seguramente puedo dormir en la cocina.
— ¡No! — su voz era un sostenido agudo.
Sus cejas se unieron cuando sus ojos se ajustaron a la luz débil del pasillo por el que caminaban. ¿Por qué estaba tan nervioso?
— Hasta que le diga a Lord Tremarctos que te estás quedando con nosotros, te quedarás fuera de la vista.
El hombre tragó duro. Su mano se movió hacia arriba como si se la hubieran pellizcado y luego se detuvo en el aire mientras miraba por el rabillo del ojo.
¡Raro! Seguramente no tenía nada que temer. Además, el cansancio la gobernaba y los eventos del día la sacudieron así que muy veía ningún problema en encerrarse tras una puerta en esta casa.
Esta casa..... Su mirada se precipitó a los alrededores del pasillo y casi paró y giró sobre sí misma. ¡Qué casa tan hermosa! Los pisos brillaban en un oscuro mármol lustrado. Las puertas se elevaban hasta el techo con las bisagras de hierro más grandes que alguna vez hubiera visto.
En la luz débil pudo distinguir que la casa brillaba con un encanto que nunca vería otra vez. Realmente una pena. Deseaba poder ver cada detalle. Doblaron una esquina y siguió al hombre hasta arriba de tres tramos de angostas escaleras de criados. Al final de un pasillo otro criado se acercó, y el hombre que la guiaba agitó su mano, llamándolo.
— Tráeme agua caliente, un cántaro y has que Jack envíe el té con queso y bollos.
— Señor. — el hombre inclinó su cabeza y la miró fijamente cuando pasó.
¡Su atuendo era un desorden! Sin embargo, la cortesía ordenaba que no debiera mirarla fijamente. Sus dedos se hundieron en el barro que cubría su vestido y su mirada se asentó en sus manos salpicadas de tierra. Puso los ojos en blanco. ¡¡Qué vergüenza!! Finalmente veía el interior de una elaborada casa y ella tenía el aspecto de haberse pasado el día recogiendo verduras del jardín.
Se detuvieron a medio camino por otro pasillo y él abrió una puerta. Cruzó el umbral y se detuvo. Sus ojos se abrieron mientras entraba en una habitación bien equipada.
— ¡Oh! Señor, la habitación de un criado bastará.
— No, señora. Ninguna de las habitaciones de los criados tiene puertas. Y....Bien, prometes bloquear la puerta.
Luego se giró para encender el fuego en la rejilla. La llama iluminó la habitación oscura. Oh, cómo quería calentarse, lavar la mugre de su cuerpo y se hacerse un ovillo en esa cama enorme y celestial. Su boca se abrió. Mi dios, el colchón era enorme; los postes estaban esculpidos pero con una luz tan débil no podía ver el diseño.
La ropa de cama se veía como una sombra profundamente deliciosa, demasiado oscuro para percibirla en el brillo del fuego. La idea de encontrarse desnuda sobre seda escarlata destelló ante ella. Su pelo se extendía sobre las almohadas mientras un amante acariciaba sus muslos, su cabeza entre sus piernas, lamiendo la entrada a su útero. Sus rodillas se tambalearon mientras sentía el fuego que hormigueaba a través de su sexo. ¡Oh, dios! Su mano se precipitó a su boca conmocionada y se sacudió, tratando de borrar la imagen de su mente.
Nunca en su vida tales ideas habían entrado en su cabeza. Cuando imaginaba el acto con Jonathan, el sexo nunca involucraba una cama y nunca con su boca allí. Su mano frotó la delantera de su vestido en el vértice de sus muslos. ¿Sería agradable que la besaran allí? Sus mojadas mejillas se calentaron y retiró bruscamente su mano. ¡Gracias a dios nadie podía ver sus pensamientos!
Estaba cansada; eso era todo. El hombre que los había pasado trajo el agua y llenó un tarro para que se lavara; fue seguido por un caballero con una bandeja de té. Esperó hasta que partieron, cerró con cerrojo la puerta como pidieron y luego se sentó sobre la silla frente al fuego. Las lágrimas gotearon por su cara; eran las últimas que admitiría debido a Jonathan. Mañana sería un nuevo día y encontraría una manera de arreglar este desorden. Pero esta noche....comenzó a sollozar otra vez.
Un ruido interrumpió su sueño. ¿Qué era eso?
El sonido aumentó cuando sus ojos se abrieron a la oscuridad. El fuego en la chimenea ya no ardía y en el exterior de lluvia era ensordecedora.
Crack.
El relámpago iluminaba los bordes de la cortina cuando el sonido de rasguños al otro de la puerta aumentó aún más. Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido. ¿Qué era eso? ¿Un perro?
Empujó las sábanas, se puso de pie y cruzó la habitación helada hasta la puerta.
Tembló cuando estuvo de pie ante la madera pintada de blanco. Su mirada escaneó la línea de ocho cerraduras que el criado había pedido que cerrara. Se había sentido absurda cuando le escuchó, pero su nerviosismo sobre dejar que una mujer se quedara allí la hizo preguntarse qué había más allá de esa puerta. Inclinándose contra la puerta puso su oreja dónde se oía el crack.
Sniff, sniff. El bajo retumbar de un gruñido le llegó desde el lado opuesto.
— Puedo olfatearte. —sniff—. La sangre virginal, el semen, goteando de ti.
Saltó y retrocedió hacia atrás, estiró su brazo hacia la puerta con indignación. Cómo....¿Cómo podía saber alguien lo que había hecho hoy? Se había lavado....Totalmente. No había ninguna manera posible en que alguien pudiera olfatear su locura. ¿Éste era un sueño?
— Quién....¿Quién está ahí?
Su voz vaciló cuando extendió la mano y tocó los cerrojos que había echado esa noche.
— Déjame entrar, — el gruñido, tan bajo y gutural, erizó los bellos de su nuca—. Déjame probar lo que has dado tan libremente a otro.
Continuó mirando fijamente la puerta; la vergüenza y el pánico hervían a través de su cuerpo haciéndola temblar. El rasquido aumentó. Los olfateos resonaron como si la persona fuera de su puerta estuviera de pie a su lado.
— Déjame..... Déjame..... — el gruñido se tornó más ronco y el sudor se deslizó por su espalda.
No se rendiría. De algún modo lo intuía.
El sonido de algo que se arrastraba ensanchó sus ojos, y con éxito, la puerta tembló sobre sus bisagras.
— ¡Déjame, maldita! — aulló con indignación—. Te tendré. Nadie se niega a mi voluntad.
— No..... Vete. ¡Déjame! —gritó en la oscuridad y se alejó de la puerta cuando la madera tembló otra vez y chirrió con el peso de los golpes.
Esto era un sueño seguramente. Nada así podía ser real.
Su cuerpo tembló, su mirada soldada sobre la puerta. Por favor que las cerraduras resistieran.
Un grito agudo de dolor llegó desde el otro lado de la puerta y una respiración hizo cosquillas a su cuello. Su mano se precipitó hacia allí mientras giraba, esperando ver a alguien allí. Nada. Las cortinas volaron, y la ventana se abrió con un crack.
¡Maldición! Saltó y corrió hacia la ventana. El viento aulló, retirando con sus ráfagas el pelo de su rostro. Agarró la madera empapada en sus manos y tiró de ella; miró fijamente la noche en el exterior. La lluvia golpeó contra sus hojas y, cuando el marco de madera encajó en su lugar con un clic, un relámpago encendió los jardines bajo la casa.
Una figura se aferraba a la pared en la base del edificio. Ojos carmesí le miraron fijamente. Boqueó mientras trababa ventana y cerraba la cortina, replegándose cuando —maldijo— los ojos aparecieron encima del borde del alféizar.
El chillido resonó en su cabeza otra vez. Con el corazón latiendo con fuerza, giró y miró la puerta.
Nada. Ni un sonido excepto el estruendo de su corazón acelerado. Su cuerpo temblaba de forma incontrolable como si cada sombra de la habitación se moviera y fuera por ella.
Esto es solo un sueño.
Cierra tus ojos y todo estará bien.
Saltó, con los nervios en tensión cuando tropezó al regresar a la cama y gatear sobre el colchón. Sus ojos se precipitaron de un lado a otro entre la ventana y la puerta, buscando algo que se moviera en la oscuridad, pero todo permaneció quieto.
Sólo cierra tus ojos y las cosas estarán bien. Por la mañana puedes partir de este lugar hacia casa.
Cuando se forzó a cerrar sus párpados, la tranquilidad la envolvió.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:10 pm

2


La suave calidez de la seda la rodeaba y un aroma agradable hacía cosquillas a su nariz. Mmmm. Aspiró otra vez.
Canela.
Su madre estaba horneando. Adoraba sus pasteles. El estómago de Jane rugió y ella se estiró en la cama, holgazaneando mientras se ponía perezosamente de lado.
La firme presión que la comprimió en el colchón no permitió que continuara con sus movimientos. ¿Qué? Se forzó nuevamente a abrir los ojos parpadeando en la oscuridad. No estaba en casa. Ésta no era su cama.
Se incorporó, y sus músculos se quejaron mientras fijaba la mirada en la negrura que la rodeaba. Sus ojos se abrieron como platos cuando divisó forma vaga de la puerta. La madera pintada de blanco, los cerrojos destrabados y abierta. Su corazón comenzó a correr. Empezó a tironear intentando levantarse desesperadamente. No podía moverse. Sus músculos temblaban. Pero nada la contenía. Otro sueño; éste era sólo otro sueño. Cerró fuertemente los párpados.
Snif, snif, snif. El aire tibio hizo cosquillas a su estómago.
Madre querida, eso era real. Sus ojos se abrieron de golpe. Sin embargo no vio nada. La ropa de cama permanecía plana, pero debajo de las sábanas algo se deslizaba por su torso hacia sus pechos. Lo que....
—¡Deténgase! ¡No me toque!
Se retorció. La seda tibia tocó la cima de su pezón, y sus pulmones se trabaron.
—¡Por favor!
El pánico se apoderaba de ella y su cuerpo se tornó húmedo. Esto es lo que ocurre cuando tú participas en el acto fuera del matrimonio voluntariamente. Te ves acosada por las pesadillas y sueños de deseo carnal. Apretó las sábanas contra su cuerpo y aire tibio, húmedo se echó a su cuello y oreja.
—Dije que ninguna se niega a mí.
El olor a canela se hizo más fuerte y su cuerpo entero tembló.
—¿Qué quieres de mí?
Intentó moverse con todas sus fuerzas pero no pudo hacerlo.
El silencio la envolvió.
—¿Por qué no puedo verte? ¿Éste es un sueño?
Todo permanecía en calma. Los escalofríos atravesaron su piel; se retorció y agotó sus músculos. Una suave tibieza se arrastró por su vientre y su cuerpo tembló en la estela del tacto. El calor inundó su núcleo.
—No te dañaré—, la voz masculina la arrulló muy bajito, tranquilizándola—. ¿A quién le diste tu obsequio?
El paño tibio se extendió hasta sus pechos y dio vueltas alrededor de sus pezones.
—Oh, dios.....
Sus pechos se pusieron pesados y gimió. Por qué....Cómo....¡Oh! ¿Por qué respondía su cuerpo a este extraño tacto?
—Eso no es asunto suyo.
Esto tenía que ser un sueño —un sueño de lo más extraño y agradable.
—Ah, pero si éste es un sueño, ¿importa algo lo que te haga?
—Yo —supongo que eso es verdad, —dijo tentativamente—. ¿Pero si éste es un sueño, por qué dirías algo así?
El bajo retumbar de una risa agitó su cuerpo cuando la suave humedad abrumó su cuello, besando su pulso acelerado.
—Eres hermosa. Tus ojos....Nunca he visto un tono así.
Su cuerpo se puso aún más cariñoso ante ese comentario.
—Gracias. Son como los de mi madre.
Él lanzó un gruñido cuando su labio reconectó con la piel en la base de su garganta. Los escalofríos del placer palpitaron por su piel. ¿Qué importaba que ella se dijera a sí misma que lo que hacía era una estupidez? Esto seguramente era un sueño.
—Di mi inocencia al propietario de la taberna en Sudhamly.
La presión que la sostenía se apretó y el aire se tornó denso. Un bajo gruñido gutural retumbó en su garganta y una lengua lamió su cuello de la base a su oreja.
Un estallido aire cálido acarició el lóbulo de su oreja.
—Eres muy valiente. —Su lengua giró en la curva—. ¿Qué te dio a cambio?
Su cuerpo tembló y alejó bruscamente su cabeza de la invasión.
—Yo —no comprendo. Lo único que me dio fueron sus semillas y un corazón lastimado.
Un silbido profundo y enfadado se deslizó por su espina dorsal y su cuerpo tembló.
—¿Lo amas? —Su voz sonaba estrangulada.
—Yo—creía que sí....Pero no lo hacía.
Su pecho se tensó cuando dijo las palabras en voz alta. Una declaración verdadera y ella tenía que enfrentar ese hecho.
—Debería haber devuelto tu obsequio. Es exigido dar algo a cambio, especialmente cuando uno le da la inocencia.
—Lo siento, yo —no comprendo. ¿De qué hablas? ¿Quién eres?
El tibio paño que rodeaba sus pezones desapareció y su boca se cerró sobre su pecho sin compasión. El dolor se disparó a través del tejido en su pecho y su cuerpo se arqueó sobre el colchón. Mordisqueó y el dolor constante se arremolinó en un intenso placer, hormigueando desde su vientre a la carne entre sus piernas.
—Oh, dios, que....¿Qué estás haciendo?
Sus labios temblaron cuando su lengua giró sobre el pezón.
Él gruñó.
—Te daré el obsequio que tu compañero robó de ti.
—¿El obsequio?
Su cálido aliento se deslizó sobre su estómago y una nube del vapor tocó los rizos en el vértice de sus muslos.
¡¡Oh, mis estrellas! Este sueño era exactamente lo que había previsto encontrar en esta cama cuando vislumbró la monstruosidad por primera vez. La tibieza de terciopelo cepilló sus muslos y ella mordió el interior de sus labios. Después de separar sus piernas más aún, la esponjosa humedad de esa lengua musculosa se deslizó en la hendidura de su sexo y su útero presionó hacia adelante.
Sangre Virginal, resonó en su mente. Semillas que no pertenecen. El calor presionaba su útero y su cuerpo se arqueó otra vez sobre el colchón.
Sí, disfruta el obsequio que te negó.
La lengua giró en su raja, lamiendo y chupando, como si tratara de retirar cada onza de las pruebas de su locura. Oh, ¡si solo pudiera retirar los recuerdos de su mente!
Su corazón golpeó en su pecho y dientes rasguñaron la carne tierna de su vulva abierta. Un intenso placer se disparó a través de los músculos de sus piernas, tensándolos. Los dedos de sus pies se curvaron y su útero se contrajo, derramando el jugo de su núcleo.
—¡Oh!....¡¡Oh!!
Su lengua se deslizó al otro lado de su carne marcada y lamió la miel que fluía de ella ahora libremente. La sensación fue feroz, arqueando sus caderas del colchón. Frotó sus rizos contra la gran cabeza y los amplios hombros que podía sentir ahora separar sus piernas y se presionó a sí misma sobre su lengua. ¡Oh! ¡Realmente había un hombre entre sus piernas!
El dichoso hormigueo atravesó cada nervio de su cuerpo. Sus puños se apretaron fuertemente; una luz cegadora destelló cuando cada músculo en su cuerpo se retorció en la ola sobre la ola. Gritó y luego se agitó, sus piernas corcoveando al contacto de su lengua. El lamió repentinamente su ano y sus músculos saltaron y se apretaron cuando la caricia se tornó demasiado intensa.
—Qué....¿Qué fue eso?
Su mirada se concentró en la figura de un hombre sumamente grande que, sin ninguna duda, se arrodillaba entre sus piernas. Cerró fuertemente sus párpados. ¡Oh! ¡Había sido una tonta!
—Tu placer. Por permitir que un macho te monte.
—¿Perdón? El obsequio, —murmuró y apretó sus piernas contra sus muslos. Efectivamente, estaba ahí.
—Sí.
Sus grandes manos agarraron sus muslos y apretaron suavemente.
Un aullido proveniente del pasillo rompió el aire. Ella se sobresaltó y un remolino de aire se deshizo a su lado. La tibieza de seda y el calor corporal se desvanecieron gradualmente y el pálido olor a canela se aferró en el aire.
Tembló y acercó las sábanas aún más a su cuerpo. ¿Había sido un sueño? Extendió la mano hacia abajo y deslizó su dedo en la carne resbaladiza de su sexo. Seguramente lo fue.
Levantando su mano a su nariz sintió que el olor de canela sobrepasaba incluso su olor. ¡Demasiado extraño y peculiar como para pensar en ello! Su mirada se disparó a la puerta cerrada al pasillo. En la leve luz contó ocho cerraduras trabadas. El agotamiento cerró y vagó en un sueño extraño y dichoso.
Tap, tap, tap, tap.
—Señora. Señora.
Jane despertó asustada. Se enderezó en la cama y miró fijamente la puerta. Escudriñó la línea de ocho cerraduras con el cerrojo bien echado y luego pellizcó el caballete de su nariz. Había sido todo un sueño.
—Señora, tengo tus ropas lavadas.
— Un momento.
Se levantó de la cama y fue hacia la puerta. Abrió cada cerrojo y giró el pomo. Seguramente fue un sueño.
—Discúlpeme, señora.
Una mano se deslizó a través de la apertura sujetando su vestido de lana gris oscuro, medias, enagua y corsé. Ella los agarró.
—Gracias.
Entonces echó una ojeada a través del resquicio de la puerta.
—Lord Tremarctos ha sido informado de tu estancia con nosotros y desea que tomes el desayuno con la familia. —Tragó duro provocando un pronunciado movimiento de su nuez—. Enviaré a Jerome en un cuarto de una hora para acompañarte al salón.
—Muy bien.
Cerró la puerta y trabó las cerraduras. Todo lo que quería hacer era partir y enderezar el asunto de Jonathan, pero le gustaría ver la casa de día. Partir una hora después no cambiaría la situación ni una pizca. Frunció el ceño.
Regresando hacia la cama quedó boquiabierta. Sobre la silla en la que se había sentado la noche anterior se encontraba un pálido vestido de muselina verde despampanante. El color correspondía exactamente a sus ojos.
—¿De dónde vino eso?
Levantó su mano para tocar la tela suave y costosa, notando la vacilación en su mano. Apretó los dedos en un puño. Había dicho que adoraba sus ojos. Había sido un sueño, ¿no? Renunció a la tentación y estudió la posibilidad. Nadie podía haber entrado. Solo había una puerta y la ventana....
Se precipitó a las cortinas y las abrió. La lluvia caía regularmente más allá del panel de vidrio claro, pero el cerrojo permanecía en su lugar. Indudablemente el vestido había estado ahí anoche. ¡Qué extraño no haber notado la prenda! No era nada raro siendo que su mente había nadado en otros asuntos anoche.
Echó un vistazo a la cama; el color de la ropa de cama mostraba ser de un profundo carmesí durante el día. Las esculturas que entrelazaban los postes de la cama retrataban a osos perfectamente detallados.
Sus dedos planearon a lo largo de la figura esculpida de un oso. Suave y fresco, el oso estaba de pie sobre sus patas traseras y peleaba con garras y boca con otro oso suntuosamente esculpido en la madera.
Mordió su labio cuando sus dedos se detuvieron sobre las garras y las bocas encajadas. Su estómago se tensó y su otra mano se extendió sobre la tensa superficie. ¡Qué raro! Seguramente su estómago rugía debido al hambre. Tendría que arreglarlo y alimentar su rugiente cintura.
Miró fijamente a la lana gris colgada sobre su brazo y luego echó un vistazo anhelante a la fina muselina estirada sobre el respaldo de la silla. ¡Qué estúpida por anhelar una pieza de ropa! Parecía como si nunca hubiera poseído una prenda tan fina. Pero aún así el vestido aún parecía tirar de ella.
Quería llevarlo puesto, sentir el desliz de la tela fina bajando por su cuerpo. ¿Sería tan suave y tan tibio como el tacto de su amante? Jadeó y se alejó del vestido. Una tontería, era sólo una tontería.
—Bruno, ¿estás seguro que tenía la puerta trabada cuando le pediste que viniera esta mañana? —preguntó Lord Tremarctos cambió, agitándose en su asiento detrás de su escritorio.
—Sí, Su gracia. Oí los cerrojos deslizarse. No hay ninguna manera en que mi oído pudiera haberme engañado.
Muy interesante. Frunció el entrecejo y la esquina de su labio se curvó en señal de concentración. Sus sementales estaban todos en tensión este amanecer. La inquietud seguramente venía del olor de una mujer dentro de las paredes de Tremarctos.
—Aún así, nada de esto parece estar bien. ¿Lo está, Bruno?
—No, Su gracia.
Con la lluvia torrencial, no partiría hasta que el mal clima cesara.
—Asegúrate de que todos mis sementales estén en el desayuno. No quiero que ninguno permanezca ignorante de que es nuestra visita. O que ella sea atrapada imprudentemente por uno de nosotros.
>>Si todos estamos en el mismo cuarto las posibilidades serán mucho más remotas. Entonces podré determinar qué es lo que debe ser hecho.
—Sí, Su gracia. Les informaré.
Lord Tremarctos miró a Bruno cerrar la puerta de su estudio. Entonces cerró su puño partiendo la pluma que sostenía por la mitad. Preferiría que le clavaran un cuchillo en sus entrañas por razones sensatas en lugar del temor que sintió debido al sueño de anoche. Oscar. Sus dientes apretados. No.... todos seguramente querrían joderla. Incluso si no era una compañera, el olor de la inocencia que liberaba incluso lo afectaba a él. Por favor, que su inquietud quedara solamente en eso. Su puño chocó con el escritorio con un fuerte ruido sordo.
Ursus....Por favor que se mantenga aletargado —cerró sus ojos— y deje que sus hijos elijan una compañera sin el caos que había permanecido en él toda su vida.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:14 pm

3


Hermoso. Jane caminó al otro lado del umbral en un comedor magnífico. Hacia adelante una pared soportaba unas grandiosas ventanas parcialmente cubiertas por gruesas cortinas negras. En el centro de la habitación, una larga mesa de madera jaspeada de negro con una lisa superficie que brillaba por el lustre, rodeada por sólidas sillas tapizadas de negro y gris. Casi podía ver a las visitas sentadas a cenar en esas grandes sillas en sus vestidos de fiesta. Riendo y sorbiendo vino especiado. ¡Dulce Madre! La habitación brillaba con el lustre y la sofisticación del dinero.
En la habitación totalmente silenciosa, sus pantuflas resonaron desde el principio hasta el fin sobre el lustrado piso negro. Echó nuevamente un vistazo a su lana gris y se encogió. Se veía desaliñada y fuera de lugar en tal entorno. Jerome, que la acompañaba, retiró un asiento para ella a mitad de la mesa. Ella sonrió y se sentó.
— Gracias, —susurró, temerosa de violar la atmósfera tranquila.
—¿Qué vas a comer?
—Té y algo dulce —no, canela, si tienes.
Todavía podía oler el aroma de su sueño.
—Señora.
Se escurrió al aparador y le trajo una tetera y una taza. Ella recogió el recipiente y vertió el líquido humeante. Poniendo la tetera sobre la mesa, echó un vistazo a su regazo. ¡Mis estrellas! La silla la hacía parecer delicada y aún más pequeña.
—Actúa ahora.
Una voz profunda vino del hombre fuera en el pasillo, y su mirada se disparó a la puerta. Un hombre grande y elegante se detuvo en la entrada para luego entrar en la habitación con un aire de control.
—Bienvenida a Tremarctos, señora. —Sujetó una de sus manos—. Quédate sentada. Soy Lord Tremarctos, y éstos son mis verracos.
El elegante hombre de cabello y gris señaló hacia la puerta hacia los hombres altos que entraron en la habitación detrás de él. Todos poseían algo del anciano. Verracos seguramente hacía referencia a sus hijos.
¿Verraco? La palabra se sentía curiosamente familiar.
—¿Qué es Tremarctos?
—¡Este lugar, por supuesto! —dijo el que parecía ser el más joven mientras se deslizaba en la silla junto a la suya—. Devon Ursus a tu servicio, señora.
Su pelo rubio, peinado hacia atrás, exhibía ángulos sorprendentes que se encendieron cuando sonrío. Sus helados ojos azules la valoraron como si miraran directamente hacia su alma. Su sangre hirvió con perversas sensaciones. Él rompió el contacto con su mirada, dejando un frío en sus huesos.
—¿Y tú eres?
Jane saltó y se volvió hacia la voz que venía desde su otro costado. Otro de los hombres altos se estaba sentando y una sensación de reconocimiento atravesó su cuerpo.
—¡Oh! Perdona....Soy la señorita Jane Milton.
El calor de los dos enormes cuerpos masculinos que la rodeaban enredaba sus emociones. Aunque deseaba que uno de ellos la tocara —al mismo tiempo temía ese contacto. Cualquiera de ellos podría aplastarla como si se tratara de una mosca.
—La señorita Milton. Soy Mac y ese bribón allí, — levantó su mano y señaló a su hermano que permanecía de pie contra la pared—, es Martin, mi gemelo.
Parecían excepcionalmente iguales aunque diferentes. Ambos tenían cabello castaño oscuro, grueso y ondulado peinado por detrás de sus orejas y que le llegaba a los hombros. Pero sus ojos.... Los de Mac eran de un verde duro, sorprendente intensos y los de Martin eran de un suave marrón claro, brillaban con esa clase de amabilidad en la que podía perderse.
Jerome se inclinó y puso un plato con un bollo de canela azucarada frente a ella. Ella miró hacia arriba y le sonrío. El aroma, tan delicioso, captó sus sentidos mientras miraba la viscosa canela y lamia sus labios.
—Señorita Milton, la última presentación es de mi hijo mayor y heredero.
El tono del padre sonaba como un regaño.
—Señora, soy Lord Orin Arctos.
Estaba de pie formalmente a un costado de la mesa, se inclinó hacia ella y luego se sentó. Nunca la miró realmente.
Martin se separó de la pared, capturando su atención. Con una taza pequeña en su mano, jaló la silla enfrente de ella y se sentó a la mesa. Su mirada se fijó en esa taza. La misma taza que sujetaba en su mano parecía pequeña en la suya. Hmph. La taza se veía realmente pequeña.
¿Qué clase de hombres eran éstos? Nunca había visto hombres tan grandes y fornidos. Echó un vistazo hacia arriba y la mirada de Martin tocó la suya brevemente. Una descarga bajó por su espina dorsal. Qu— ¿qué era eso? La mano que sostenía la taza tembló.
—Orin es un poco formal, pero nada para temer, —cuchicheó Devon, malinterpretando la razón para el temblor de su mano.
—¡Oh! Claro. —No podía arrancar su mirada de Martin al otro lado de la mesa; sus cejas se agacharon sobre sus ojos mientras la valoraba y a ella él corazón le golpeó tan duro en el pecho que hubiera jurado que su palpitar se había tornado visible. ¿Qué estaba mal en ella?
Desde ayer que había algo que estaba mal con su cuerpo. La mirada de los hombres creaba los efectos más sorprendentes sobre ella. Aunque el acto de entregar su inocencia había sido terriblemente doloroso, su cuerpo ansiaba ahora cosas escandalosas e injustificadas. Tembló. Tal vez tenía fiebre, aunque se sentía bien. Sus dedos tocaron brevemente su frente y la encontraron fresca.
—¿Te sientes bien, señorita Milton? — Los largos y gruesos dedos de Mac presionaron su antebrazo.
Martin se puso de pie con una prisa alarmante, su silla cayó ruidosamente al piso. Todos saltaron; sus miradas mordían.
—Siéntate ahora, verraco, y compórtate, —dijo el padre desde la cabecera de la mesa mientras estudiaba su cuchillo con indiferencia.
¡Mis estrellas! ¿Esta clase de acciones eran parte del comportamiento ordinario entre estos hombres? El aire se tornó más espeso con la tensión y la mejilla de Martin tembló mientras su mirada seguía fija en las manos de Mac, que todavía estaban establecidas sobre su brazo.
—Perdón, papá. — Martin inclinó su cabeza—. Yo… tengo que partir.
—Muy bien. Despídete.
La mirada fría mirada de Lord Tremarctos se deslizó sobre Martin y luego se precipitó a Jane y se estrechó, fijándose en Mac.
Mac se reclinó en su silla, y la esquina de sus labios se curvó hacia arriba. ¡Dios querido! No tenía experiencia con hermanos. ¿Es que todos los hermanos varones se miraban de esta manera?
—Buen día, señorita. — Martin inclinó su cabeza rápidamente y fue hacia la puerta. ¡Qué cosa tan extraña! Tal hostilidad no le daba la bienvenida. No se sentía segura en absoluto. Había llegado el momento de partir.
—Señoría, yo… lamento molestarle pero....
Mientras todos los verracos habían seguido a su padre hasta el comedor para la comida matutina, Martin apenas pudo contener su rabia cuando Mac se había sentado al lado de Jane en la mesa. Martin había mantenido sus facciones impávidas. Lo que había ocurrido había cambiado eso.
Su franqueza sobre sus sentimientos y las afectuosas emociones que salieron a borbotones de ella para el hombre del pueblo lo sacudió. Sería una buena madre y una compañera excelente si pudiera conseguir que ella simplemente lo aceptase. Había deseado mucho más de ella anoche, pero apenas había escapado y cerrado con cerrojo la puerta antes de que Mac subiera furioso por el pasillo, aullando por su olor.
Siempre peleaban por mujeres, y con el sano apetito sexual de los Ursus, las peleas ocurrieran frecuentemente. Martin aceptaba los desafíos, la lucha. En más de una forma disfrutaba el placer de la adrenalina de la pelea....Pero Jane no era ninguna mujer por la que discutir. Era una posible compañera para él, no un mero alivio sexual y pasaría inadvertido si Mac la deseaba también.
Se había apoyado contra la pared en el comedor y sorbido su espeso café negro mientras observaba la situación. Capturaba su hermoso labio inferior con sus dientes. Su pelo rubio caía echado hacia atrás de su piel ligeramente curtida. Era completamente embriagadora.
¡Lo que debían parecerle todos ellos! Cinco hombres con la corpulencia de bueyes, sentándose en sólidas sillas que parecían pequeñas por su tamaño físico. Había querido mostrarse a ella anoche, pero pudo contenerse a sí mismo de hacerlo. Su tamaño seguro la habría puesto a gritar en la noche. Así que había usado su mente para impedirle verlo.
Aún así, ella notó su olor al acercarse demasiado. ¡Maldición! No importaba cuanto quisiera hacerlo, no podía revelar sus intenciones en frente de sus hermanos. Ella seguro saldría corriendo si le salían garras y no había nada que quisiera más que qué ella se quedara… para toda la vida.
¿Qué pensaba de él? Su mirada lo había escudriñado cuando Mac los presentó. Había querido entrar en su mente como la noche anterior, pero su familia lo sabría en el instante en que lo hiciera, y no podía insinuar su deseo. No todavía.
Reprimir sus intenciones iba contra cada lección que su padre había inculcado en él. Al final sus instintos se manifestarían y su familia lo sabría. Pero, por ahora, necesitaba conocimientos así que se había recostado y mirado....Esperó a ver si uno de sus hermanos deseaba más que la simple conquista sexual.
Jerome se había inclinado y había puesto un rollo de canela en frente de ella entonces y Martin sonrío. Ella lo ansiaba. Devon manifestó su mejor sonrisa y le hizo un guiño. Sí, Martin tenía una oportunidad con ella. Aún así Devon no tenía ninguna idea de que Martin ya la había saboreado.
Orin se sentó finalmente, cavilando en su usual estilo silencioso.
Martin se había retirado de la pared y se había sentado enfrente de Jane. Su mirada tocó la suya y los vellos de su nuca se erizaron. Sería suya....Tenía que serlo. Su instinto nunca se había desencadenado tan fuerte por una posible compañera. Había jodido con varias pero nunca había deseado empezar el ritual de apareamiento de Orsse. Jane..... Hacerla suya era la idea que estremecía su cerebro.
Mac se había inclinado hacia ella; su mano se había acercado paso a paso en dirección al brazo de Jane. La sangre de Martin había golpeado a través de él;
apretando los dientes, sus músculos habían hecho un gran esfuerzo mientras trataba de controlar la voluntad de defenderla.
No permitiría que su hermano la tocara. Le pertenecía. ¡Maldición! La había saboreado. Ella llenaba cada aliento que tomaba. La mano de Mac atracó en su antebrazo y los músculos de Martin habían comenzado a moverse. Su silla había caído ruidosamente al piso a una velocidad alarmante. Apenas había ocultado un silbido furioso mientras lo atravesaba con la mirada.
—Siéntate ahora, verraco y compórtate, —dijo su padre desde la cabecera mientras fingía estudiar su cuchillo.
Martin no podía mantener su rabia controlada. Cada hilo que sujetó tirante tembló.
—Perdón, papá. — Su voz haciéndose más grave y vacilante por la rabia—. Yo… tengo que partir.
— Muy bien. Despídete.
Recupera tu control, Martin y despídete con gracia.
Por supuesto, su padre lo evaluaría.
La serena mirada azul de su padre se había deslizado sobre Martin y valorado la situación de un solo vistazo. Luego los ojos de su padre se habían fijado en Jane y se habían entrecerrado. ¡Qué problemas había causado! O Martin o Mac tendrían que dejar la casa, sino un nuevo desastre como el que su padre había iniciado con tío Oscar volvería al punto de partida.
Mac se había reclinado entonces, la comisura de sus labios curvándose, burlándose de él. ¡Maldito! Martin había querido saltar por encima de la mesa y arrojarlo al piso. Si la tocaba otra vez en cualquier forma, lo mataría.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:16 pm

4


Devon salió junto a Jane del comedor.
—Mis hermanos son un poco ásperos, pero todos son amables.
Ella inclinó su cabeza hacia arriba para evaluar sus ojos. Un desdeñoso carácter juguetón giraba sobre él. Parecía el más calmado de los hermanos. Sus músculos se relajaron. No se sentía tan asustada estando a solas en su presencia como lo había estado rodeada por todos los hermanos.
—¿Dormiste bien? La tormenta—quiero decir, fue algo grande, ¿no?
—¡Oh! Muy bien. Me desperté pocas veces pero brevemente.
Bajo ninguna circunstancia le contaría sus sueños a él o a nadie. La tomarían por una simplona y luego por una libertina. Lo primero podía ser verdad, pero lo segundo..... el recuerdo de la figura oscura arrodillada entre sus piernas anoche regresó. Su cara se ruborizó con el calor y mordió su labio. Perversos, perversos pensamientos. Quizá si fuera una libertina. Regresó su atención hacia Devon.
Asintió con la cabeza.
—Todos somos muy nocturnos. Es raro tenernos a todos reunidos para la comida matutina.
—¡Oh! Lo siento. Yo… espero que no te hayan sacado de la cama por mí.
—Imagino que lo fuimos. Pero todos intuíamos tu presencia de todos modos. Pienso que padre quería ver si alguno de nosotros gustaba de ti. —Sonrío, y el carácter juguetón encendió su cara.
Casi no podía contener la risita tonta burbujeando hasta arriba de su garganta, y levantó sus cejas.
—Una idea bastante inconsecuente. No soy de tu clase social.
Doblaron una esquina por el pasillo principal. ¡Madre querida! Apenas le llegaba al pecho. Echó un vistazo al abrigo a medida y costoso, y como la tela se
ponía tirante con cada respiración. Grande y apuesto. No podía imaginar a ninguno de ellos fijándose en alguien como ella.
—La clase social no importa mucho en esta familia. Los instintos—ése es lo que nos hace escoger. Controlan nuestras vidas. Padre es firme en ello. Y ninguno de nosotros ha escogido a una compañera para pasar nuestra vida.
Su cara se encendió ante esa escandalosa charla informal.
—Señor, no deberías ser tan informal conmigo.
El la miró y su sonrisa se hizo más ancha.
—Ah, bien, eso es cierto, pero no diré nada si tú no lo haces.
Sus largas pestañas se cerraron sobre sus ojos y la forma del párpado cambió.
¿Qué? Se puso tensa y parpadeó para limpiar su visión —¡Oh, mis estrellas!— entonces miró fijamente sus ojos cuando las pestañas se abrieron.
¿Qué estaba mal en ella? Este hombre era sólo un hombre. Era una locura. Los ojos de nadie cambiaban de forma.
—¿Estás bien, señorita Milton? Te has puesto totalmente pálida.
—Yo —....¿Qué digo?—Pienso que podría estar ocurriéndome algo. Mi visión intenta engañarme.
Paró y se volvió hacia ella, sus ojos azules muy abiertos y un gesto de preocupación en su cara.
—¿En qué manera? ¿Qué viste? — Su labio se curvó en una abierta sonrisa, y sus ojos cambiaron a pálidos óvalos de cristal azul a un azul redondo y sólido.
Ella pegó un salto y retrocedió alejándose de él. ¡Madre querida! Los escalofríos escalaron por su espina dorsal.
—Lo que....¿Qué eres tú? — el vello de su nuca se erizó mientras su cuerpo entero temblaba de conmoción y miedo.
Su sonrisa se tornó engañosa.
—¡Qué pregunta tan rara para hacerle a tu anfitrión! Por supuesto, soy Devon Ursus, el cachorro más joven del clan Tremarctos—. Sus ojos destellaron y saltaron y la mirada humana azul claro regresó.
—Tú....Tú.... — Su mano se alzó y señaló sus ojos con el dedo—, no eres humano. ¿Qué eres?
Sus labios temblaron y retrocedió otro paso, incapaz mantener su mirada por miedo a que la atrapara.
—¡Ah! Ahí es donde estás equivocada, señorita Milton. Soy humano, solamente que más.
Ella giró y corrió. Tenía que salir de esa casa. No tenía ningún deseo de saber qué implicaba ese —más. Desde su llegada habían ocurrido muchas cosas extrañas. Esta casa estaba poseída por el mal, una casa de bruja, una casa del diablo.
Encontraría su camino a casa; no importaba si alcanzaba la muerte haciéndolo. No pertenecía aquí. Aceleró sus pasos mientras bajaba corriendo por el corredor, la risa de Devon resonando a la distancia detrás de ella.
—Señorita Milton, no te dañaré. Solamente quería que tú lo supieras.
Empujó la gran puerta principal para abrirla. La lluvia continuaba cayendo torrencialmente. Ella tembló cuando el aire húmedo perforó la lana de su vestido, enfriando el sudor que se había acumulado sobre su piel. Echó un vistazo al lado de la puerta. Tener que haber un abrigo, una manta, un sombrero, algo que pudiera usar para protegerse de la lluvia. Nada.
Echó un vistazo por encima de su hombro para ver a Devon a solo algunos metros.
—Señorita Milton, por favor no seas tonta. Morirás si sales con este tiempo.
Salió corriendo en medio de la torrencial lluvia. Tenia que regresar a su casa a ver a su madre, saber que lo que acababa de presenciar residía solamente en su mente. No dejaba de ser tonto que estar mal de la cabeza resultara atractivo para ella, sólo....Bien, la locura parecía mejor que creer que algo así podía existir. ¿Acaso eso estaba mal?
La lluvia se filtró por su vestido de lana en el mismo momento en que bajó corriendo por el camino resbaladizo que daba a la casa. Sus pies la llevaron tan rápido como podía con sus pantuflas hundiéndose en el barro grueso. ¡Lo último que necesitaba era perder sus pantuflas en ese lodo! Rizó los dedos de
sus pies, tratando de asegurar que los zapatos se quedaran mientras continuaba su paso acelerado fuera de Tremarctos.
Árboles gruesos bordeaban el camino. Sin embargo no tenía idea dónde llevaba el camino. Su cabeza dio vueltas y su visión se volvió confusa. Se detuvo para calmarse. Un llanto angustiado la travesó.
No te vayas. ¿Adónde vas? ¡Deténte!
Los árboles la cambiaron de lugar ante ella, se moviendo lentamente poco a poco. Sus ojos se abrieron. ¡Se puso frenética! Se tambaleó, la tierra se combó debajo de sus pies como si el bosque se cerrara en círculo frente a ella. Llevó sus manos a sus ojos y los frotó. El bosque se había cerrado en un círculo. Apretó los párpados y agitó la cabeza; gotas de lluvia volaron de su crin.
Pezuñas palpitantes hicieron temblar la tierra y vibraron a través de ella. ¡Madre querida! Iban tras ella. Se precipitó a la gruesa arboleda que ahora cubría el camino. Las ramas eran tan gruesas que apenas lograba moverlas mientras trataba de abrirse camino en la espesura. Su brazo se enganchó en una rama. Tiró, y la tela de su vestido se rompió; la zarza raspó su piel. ¡¡Ay!! Quería gritar por el dolor pero apretó los dientes y gimió en vez. Tenía que internarse más profundamente y esconderse fuera de la vista del camino. No había espacio para girar. Las ramas serpenteaban y se enroscaban en una malla gruesa, impidiéndole avanzar.
Se desplomó debajo de una rama grande, incapaz de empujar contra la zarza. ¡Nunca llegaría a casa! Su cuerpo tembló y se cubrió la cara con sus manos. La humedad de su vestido de lana enfrió su piel y sus dientes castañetearon.
¡Vuelve! ¡Maldición! No me tengas miedo.
¡Márchate, maldita voz! Cubriendo sus orejas con sus manos, se escondió tras el tronco del árbol y fuera de la vista del camino. ¡Encontraría cobijo en algún lugar esta noche! Las pezuñas palpitantes dejaron de latir en un estrépito descuidado de barro. Un fuerte bufido de relincho perforó el sonido de la lluvia más allá de su hombro y la hizo saltar.
—¡Maldición, mujer! —
Venía desde el camino detrás de ella. Esa voz que había escuchado en su cabeza; recordado de su sueño. Había sido un sueño....¿o no? ¡El hombre de su
sueño escandaloso estaba en el camino! Necesitaba mirar, saber la voz de quién, manos y lengua de quién la habían acariciado tan agradablemente. Su cabeza giró sin pensarlo realmente y echó una ojeada a través de las ramas al caballero en el camino.
Uno de los gemelos se sentaba a horcajadas sobre un caballo de tiro y miraba fijamente a la espesura que cubría el camino.
¡Qué visión tan hipnotizante! Empapado, el caballo sonó la niebla de su nariz. El vapor giró alrededor de su cuerpo cuando pisoteó el suelo salpicando barro por todas partes. La lluvia caía en torrentes del sobretodo y sombrero del jinete. Sus hombros anchos y llenos de músculos manejaron a la montura grande con facilidad. Su corazón latió con fuerza y sus pezones se endurecieron. Su belleza y confianza irradiaban energía. Jadeó. Había sido una tonta. Era una bestia. Sus ojos se abrieron cuando la mirada del jinete se clavó en la suya mientras descendía.
Tú no estás enojada, Jane. Aunque a veces pienso que las cosas podrían ser más fáciles si no existiéramos, lo hacemos. Por favor no huyas de mí. Déjame explicarte quiénes somos.
Se puso de pie, pero antes de que pudiera dar un paso para alejarse de él brazos grandes se envolvieron a su alrededor y la sacaron de la zarza.
Se enroscó y se retorció en sus brazos pero en vano. Con la facilidad de alguien sujetando una pluma, la sujetó en su abrazo. Su cuerpo sobre ella, frotando su brazo contra su vientre y sus costados, calentando su piel fría por la lluvia. ¡¡Oh!! ¡Su cuerpo deseaba a este hombre! Su respiración se convirtió en el sonido laborioso que recordaba de su sueño. ¿Cómo podía ser así? Había sido solamente un sueño, pero su cuerpo sabía y ansiaba su tacto sedoso sobre su piel desnuda.
—Quédate quieta, maldición. — La tibieza de su respiración calentó la piel sobre su cuello.
—Entonces suéltame. — Aspiró y trató de calmar la intensa excitación sexual que bombeaba a través de ella. El olor de canela inundaba sus sentidos y la humedad inundó su sexo. Gimió.
—Jane..... —La apretó más fuerte contra su cuerpo. A través de su sobretodo, su gigantesca erección se presionaba contra su trasero y espalda. Luchó, incapaz
controlar su cuerpo mientras su sexo latía. Frotando su culo contra la gran cresta, ansiaba que su falo que la llenaba. Estaba predestinada a convertirse en una libertina.
—¡Suéltame! —Su voz no tenía firmeza. Maldijo.
Él retrocedió hacia su caballo, los músculos temblando sobre ella.
—No permitiré que te ahogues ni que mueras aquí.
Gruñó cuando la puso en frente de la silla de montar y montó detrás de ella en un movimiento tan rápido que no tuvo tiempo de deslizarse al suelo.
¡Gansa! ¿Adónde irías si te fueras? No tienes idea de en qué dirección está Sudhamly. ¿Pero dónde planeaba llevarla? No de regreso a esa casa. Si pudiera tratarla como una pieza de polvo, los cinco juntos podían aplastarla. ¡Qué idea tan terrorífica! Pero este hombre solamente.....
—¿A dónde me llevas, señor?
—Te estoy llevando a casa.
—¿Casa?
—Efectivamente, regresamos a Tremarctos.
—Esa no es mi casa, señor. Si vas a llevarme a algún lugar, por favor llévame a Sudhamly.
Su cálido aliento tibio cosquillas a su oreja.
—No tengo ninguna intención de dejarte se ir a ningún lugar.
Su cuerpo respondió a esas palabras traidoramente, temblando fuertemente con ansia; la emoción la asustó. Su corazón se aceleró y el calor endureció al máximo sus pezones. Él la deseaba con tal convicción. El deseo y el amor con Jonathan palidecieron en la comparación. La pasión de la voz de este hombre, de su cuerpo cuando la tocó, abordó su alma. Era demasiado ingenua para saber que tal deseo existía en el mundo.
La punta de su sexo calentó su culo a través del vestido y se retorció en su regazo, extrayendo un quejido de lo profundo de su pecho.
Efectivamente, la pasión era carnal. No podía esperar algo más. Si regresara a Tremarctos, este hombre le haría solamente una cosa. El acto. No pararía hasta que se unieran completamente. La carne de su sexo ardía; el recuerdo de su lengua deslizándose a lo largo de su sexo la embargó nuevamente.
Su tibieza irradió a lo largo de su cuerpo y tembló, escondiendo su cara en su abrigo para protegerse de la lluvia y acercarse más a su calor, a su olor embriagador. Su cabeza se apoyaba en la suya. Sus brazos la rodeaban mientras permanecía sentada sobre su regazo, meciéndose al ritmo de los cascos del caballo. La protegía de la lluvia.
Su corazón latía debajo de su oreja, el ritmo calmaba su cuerpo y aliviaba su propio corazón que latía rápidamente. ¿Cómo podía sentirse tan bien el abrazo de este hombre? ¿Prometer tanto? Haría seguramente justo lo que Jonathan había hecho —¡acostarse con ella y luego irse! Ningún hombre a sabiendas, voluntariamente, su uniría a una mujer perdida. Una mujer que podía estar embarazada del hijo de otro. Y eso sin hablar de su locura.
Inclinando su cabeza hacia arriba, trató de ver sus ojos. Cuál de los gemelos la llevaba. Cruda determinación y preocupación grababan su cara. Sus pómulos eran todo ángulos, su barbilla con hoyuelos una muestra de severa masculinidad. Era duramente apuesto, mucho más que cualquiera que hubiera conocido. Y sin embargo era solo un hombre. O era un poco —más—, como había dicho Devon. ¿Más? El deseaba retenerla desesperadamente. Su intensidad la asustaba aún más y agitaba sus esperanzas. Nunca había experimentado el deseo tan acaparador de un hombre. Tenía que conocer sus intenciones.
—Que....¿Qué me pasará si regreso contigo?
No respondió y espoleó al caballo a un galope. Tremarctos se vislumbraba fuera de un manto de neblina y ella cerró sus ojos cuando sintió su cabeza girar.
—Por favor no me devuelvas a ese lugar. Me asusta.
No hay elección. Tremarctos es mi casa.
Detuvo su montura frente a la puerta principal. Un caballerizo apareció y agarró las riendas. Sosteniéndola firmemente, el gemelo balanceó su pierna izquierda y se deslizó de la montura sin soltarla en ningún momento. Subió a zancadas hasta arriba de los peldaños y abrió la puerta.
—Maldita mujer tonta. —Devon se acercó a zancadas hacia ellos y luego los acompañó mientras recorrían el corredor—. Terminarás matándote.
Un silbido violento de advertencia llegó desde las profundidades del pecho del gemelo que la llevaba y sus músculos se apretaron posesivamente sobre ella.
—Tranquilízate, Martin. No estoy aquí para desafiarte y tú lo sabes. Fui yo quien le dio el susto que la hizo escapar. Quiero asegurarme de que esté bien.
Los músculos en el cuerpo de Martin se relajaron pero no aflojaron su abrazo posesivo. Martin..... el de los ojos de terciopelo.
—Discúlpame, Devon. No puedo controlarlo.
—Lo sé, nunca podrías. Simplemente déjalo fluir. Padre quiere verte. Dijo que llegaras a su estudio inmediatamente. Pienso que está asustado de lo qué tú y Mac harán. Todos sentimos que usabas tu mente. Era fuerte. Nada que hubiéramos experimentado antes.
Martin lanzó un gruñido.
¿Él y Mac? ¿Qué significaba eso? Mac la había tocado en la mesa esta mañana y Martin se había reventado de su silla.
¿Su presencia en esta casa causaría una pelea de familia? ¿Se interpondría entre dos hermanos? No podía admitir eso. La familia era lo más importante. Puso los ojos en blanco. ¡Su propia familia! Debía notificar a sus padres sobre su paradero. Pero con la lluvia, ¿cómo recibirían cualquier nota que escribiera?
—¿Martin?
Lanzó un gruñido mientras subía las escaleras de tres escalones a la vez.
—Deseo que mi familia sepa que estoy bien y donde pueden encontrarme. ¿Eso es posible?
Agitó su cabeza pero no dijo una palabra.
¡Carajo! Mami y Pa estarían enfermos de preocupación en este momento. ¡Si ella solamente hubiera pensado en ellos antes de todo esto!
Con su hombro, empujó la puerta para abrirla y la llevó en la misma habitación en la que se había quedado la noche anterior.
—Martin, yo —tengo que saber más cantidad..... Yo —no puedo quedarme aquí sin saber que pasa en esta casa. Me asusta.
Su cuerpo entero se puso tenso y el aire salió sibilante entre sus dientes.
—Te lo diré..... Tienes que saberlo —sólo que no aún. Lo que Devon te mostró es suficiente por el momento. Somos diferentes, todos nosotros. Devon tiene el mejor control sobre lo qué es y te lo mostró fácilmente con su voluntad. El resto de nosotros no puede hacerlo de ese modo.
—Pero —¿pero y tú, Martin? Todo esto es muy extraño y no saber qué eres tú....Me turba.
Asintió con la cabeza lacónicamente.
—Vas a saberlo.
La dejó sobre la gran cama y la miró con ojos ardientes.
—Traba todas las cerraduras. Enviaré a Jerome y Bruno con agua caliente para que te laves, —su mirada se fijó en el vestido que llevaba y frunció el ceño—. Por favor ponte el vestido que dejé para ti.
Ella jadeó.
—¿Dejaste ese vestido para mí? ¿Cómo lo hiciste?
La miró con deseo y sus rodillas se agitaron. Recordando el obsequio que le había dado la noche anterior, se estremeció. Era real. El hombre que le dio esa dicha era real.
Sus labios se apretaron en una línea seria; no quería nada más que besarlos. Su lengua se deslizó y mojó los suyos en una invitación flagrante. Él no se movió. Sus cejas se alzaron. ¿Por qué? No sabía cómo continuar esto o en qué intentaba meterse. Pero en este momento en todo lo que podía pensar era en sus labios firmes que se desplazaban a lo largo de los suyos mientras saboreaba su tibieza. ¿Sabría a canela igual que olía a ella? Escrudiñó su rostro; el calor quemaba su piel. Su mirada permaneció sujeta a sus labios.
—¿Martin?
—Si te toco en este momento, Jane.... —Gimió y cambió su postura—. No podría quitarte las manos de encima.
Asintió con su cabeza, giró y salió a zancadas de la habitación, el agua que goteaba de su sobretodo fue dejando un rastro en el piso de madera dura.
¡Dulce Madre! Prácticamente se había arrojado sobre él. ¿Qué bien hacía cerrar con cerrojo la puerta cuando disponía de ese efecto sobre ella? Además, incluso con todos ellos puestos, había entrado anoche.
Se recostó sobre las almohadas, mirando fijamente la puerta cerrada y tembló. Él dijo que todos estaban dotados de poderes diferentes. ¿Eso quería decir que solamente él poseía la habilidad de abrir puertas? Bien, los cerrojos entonces seguramente servirían de algo. Se puso de pie y cerró cada uno de ellos.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:25 pm

5


La excitación quemaba la piel de Martin; no podía dejarla partir. Si solo no se hubiera retorcido tanto cuando la había atrapado; cada frotación en contra de su cuerpo lo había empujado hacia cada vez más cerca del inicio del ritual de apareamiento de Orsse. ¿Lo aceptaría? Había llegado a Tremarctos porque había querido y se había entregado a otro. Si Orsse empezara y ella negaba a su cuerpo la posibilidad de aliviarse de algo tan poderoso....El dolor destrozó su ingle y sus ojos se cerraron fuertemente.
La convencería. No era indiferente a él. El olor de su excitación sexual mientras la tenían en sus brazos no podía ser fingido. Sin embargo, quería más que el acceso a su cuerpo —quería su mente y alma.
Se sacó los gruesos guantes de cuero mientras avanzaba a zancadas por el corredor hacia el estudio de su padre. ¿Dónde diablos estaba Mac? El vello se su nuca se erizó ante su agitación.
Mac sabría cómo se sentía realmente Jane sobre él, sobre todo. Su habilidad de leer las emociones superaba a todos los miembros de la familia. Desafortunadamente Mac nunca pudo leer a Martin. Deseaba en este momento que Mac pudiera leerlo. Si Mac supiera que su interés involucraba más de una conquista, podría claudicar. O se burlaría de él.
Entró en el despacho de su padre y cerró la gruesa puerta de madera. Más de un grito se había escuchado en esta habitación y esa puerta, de grueso roble como era, nunca detuvo ni uno de ellos. Todos en la familia sabían siempre qué ocurría en esta habitación.
—Siéntate, Martin.
Su padre le miró fijamente desde atrás de su gran escritorio de madera, su asilo; su cara estaba pálida y contraída por la preocupación.
—Papá.
Se adaptó a la diminuta silla de madera frente a él.
—¿Está bien?
Su padre le echó un vistazo de arriba abajo desde debajo de sus pestañas y frunció el ceño.
—Muy bien.
¿Se preocupaba por su bienestar? Algo no estaba bien. Su intestino se enroscó con inquietud.
—Tú no la tocaste, ¿o sí? —El puño apretado de su padre hizo que sus nudillos se tornaran blancos.
—¿Disculpa?
¿Por qué diablos importaba si la había tocado? No tenía ni una pizca de control al respecto y su padre lo sabía perfectamente.
—Tu hermano dijo que es una compañera posible.
—¿Mac?
¿Dónde diablos estaba? Martin se movió en la pequeña silla de madera. Siempre se sentía como un niño sentado allí, pero esto no tenía que ver con algún castigo de la infancia. Éste era su futuro, su felicidad.
Su padre se puso de pie y estuvo de pie y se movió de un lado a otro junto a los estantes detrás del escritorio. La energía que salía a borbotones de él se oscureció. La sangre de Martin cambió, sus ojos se deslizaron despacio del marrón claro a carmesí. Esto no era bueno.
Su padre regresó hacia él.
—Devon.
Devon..... la sangre de Martín se desencadenó través de sus orejas. Devon le había mentido. No....Ninguna de las acciones de Devon traicionaban ningún efecto que Jane pudiera infligirle. Aunque realmente Devon tenía un control asombroso de sus instintos, su naturaleza.
Martin apretó los dientes.
—¿La señorita Milton es una compañera posible para Devon?
Sus garras asomaron lentamente por el dorso de sus manos.
—El control, Martin.
Su padre regresó hacia el escritorio y apoyó las palmas sobre la superficie de madera inclinándose hacia Martin.
—Devon intuyó que la señorita Milton era una compañera para ti....Y Mac.
¿A dónde quería llegar con esta conversación? Lo sabía. Tenía que regresar a Jane. Deseaba poder entrar en la mente de su padre y acelerar esto. Había tratado varias veces cuando era joven, solo para ser bloqueado en un instante y obstaculizado.
—¿Por qué querías saber si la toqué?
La oposición hizo crujir el aire entre ellos. No iba a gustarle la respuesta. Sus músculos se trabaron y contuvo la respiración en un intento de calmarse. El sonido de la lluvia, el olor a humedad y el musgo en los bosques. Maldición. Los elementos tranquilizantes lo estaban reprobando. No quería cambiar. Si lo hiciera, volver a su posición original podría tomar horas y necesitaba convencer a Jane de que aceptarlo para ese entonces.
—Tú no la tocarás, — dijo su padre tranquilamente, su mirada cansada fija en él—. Será retirada de esta casa tan pronto como la lluvia se disipe. No permitiré que una mujer se interponga entre esta familia. No permitiré que esta familia reviva mis errores.
¿Deseaba que Martin diera la vuelta y se alejara de ella? Los ojos de Martin se abrieron por la conmoción. No podía. Había usado toda su fuente de fortaleza, todo el poder de su mente para cambiar de lugar la tierra e impedirle partir. No había sido una tarea fácil. Su padre indudablemente sintió ese tirón de energía. Su padre no era ingenuo en este tema. ¿No había aprendido nada de su propio error?
—Si tú hubieras resistido....Si tú poseyeras la habilidad de resistir, ninguno de nosotros existiría, —siseó Martin con los puños apretados hasta el punto del dolor, las garras extendidas completamente a través del hueso de sus nudillos.
—¡El control, Martin!
No podía controlar esto; ninguno de ellos podía realmente. Cerró sus ojos. La lluvia, el agua caía en fuertes torrentes, el olor de la lavanda en verano. Sus ojos se abrieron nuevamente, nebulosos. Cambiaba a la forma de los Ursus. ¡Maldición! La rabia quemó cada uno de sus poros como el fuego a la hierba de
otoño, a los poderes y las emociones encendidas a través de sus venas. Su altura y respiración crecieron; sus colmillos se desarrollaron en afiladas puntas.
Su padre se sentó en su silla y suspiró.
—Veo que tus instintos son tan fuertes como los míos, mi verraco. Sé sabio con ellos, Martin y enciérrate a ti mismo profundamente en esta casa. Porque si te enfrentas con tu hermano podrías lamentarlo.
—¿Y Mac? ¿Le has dado este discurso? ¿O estás diciéndome que lo deje tenerla? —Su voz era un rugido a sus oídos. Se levantó violentamente de su silla y se alzó sobre su padre en toda su altura Ursus.
Los ojos de su padre brillaron y su puño chocó con el escritorio.
—¿Tú no me enseñas tus dientes a mí, verraco. No soy competidor para tu compañero. Estoy mirando por el bien de esta familia. No será uno de nosotros.
—¡No! —Martin extendió la mano al otro lado del escritorio y cogió a su padre del pañuelo de su cuello, levantándolo de su asiento y sosteniéndolo en el aire—. Estás tratando de entrometerme en los instintos sobre los que no tengo ningún control, los deseos más viejos que el tiempo. Algo en lo que nos dijiste que siempre confiáramos y obedeciéramos.
Su padre se liberó de sus garras. El lino sobre su cuello estaba aplastado y roto; miró a Martin.
—Te encerraré bajo llave, Martin. Si no puedes alejarte de ella, lo haré yo.
—Trata.
Su padre nunca había sido capaz igualar su fuerza. Se alejó de su padre. ¿Qué pasó con todo lo que nos enseñaste? Se burló, asqueado por lo que venía de la boca de su padre. Agradecía a la divinidad que su madre ya no vivía para ver esto. Su corazón se rompería de saber que su padre lamentaba haberla elejido. Habían parecido felices.
Echó un vistazo a su padre, que estaba de pie arreglando su pañuelo desmenuzado de su cuello.
—¿Tú no estabas rebosante de alegría con tu elección una compañera? — preguntó Martin.
Los ojos azules de su padre se entrecerraron de cólera.
—Sujeta tu lengua. Tu madre centró mi mundo. Lo que lamento es que peleé y maté a mi hermano para atraparla.
Martin se estremeció ante el dolor en la voz de su padre. Conocía la historia; la familia entera lo hacía, aunque su padre nunca habló de ello. Que su padre pensara que había tenido algún control sobre lo que pasó a su hermano o lo que pasaría a sus hijos asombró a Martin. ¿Nunca aprendería? Cuanto más luchaba alguno de ellos contra los poderes, peor era el resultado.
Ese resultado había pasado a su padre. Había negado sus sentimientos por su madre debido a lo que sentía su hermano. Entonces Orsse había empezado y sus instintos habían dominado su voluntad. Había peleado con su hermano para aparearse con ella. Ella no había tenido ninguna elección excepto aceptar a su padre; eso, o sufrir el dolor increíble de perder un no arraigado Ursus de su útero listo y destruirlo, ser excluida de su sociedad.
Su falta de elección era lo que molestaba a Martin. Su padre podría haber evitado eso. Si hubiera mostrado su interés a su madre, podría haber decidido.
No pondría a Jane en esa posición. Sería maldito si encerrara sus poderosas emociones. No sabía si era capaz de hacerlo. Cómo había aguantado su padre hasta el punto de Orsse sin que su madre lo supiera era algo que no podía comprender.
—No permitiré que me cierres para tratar de controlar las acciones que tú no pudiste controlar. ¿Dónde está Mac?
—No lo sé. —La voz de su padre era un susurro.
Se dio media vuelta para mirar hacia su padre. Su cara estaba pálida, las arrugas sobre sus ojos más profunda que el día anterior. El miedo grabado en el gesto de sus labios. El terror de perder a uno de sus hijos lo hacía actuar así.
Martin asintió con la cabeza.
—Si descubres dónde está Mac, padre, déjalo tranquilo. Deja que los poderes trabajen en esto.
Avanzó a zancadas hacia la puerta y la abrió antes de que su padre pudiera decir más. Caminando por el pasillo se dirigió directamente hacia Devon.
Devon saltó hacia atrás.
—¡Infierno maldito, Martin! ¿Lo mataste?
Martin avanzó empujándolo y continuó pasillo abajo. Tenía que regresar y rápidamente.
—No, matar a tu progenitor es considerado de mala educación. No es que la idea no haya cruzado por mi mente.
Agitó su cabeza en un intento de volver a la normalidad. ¡Maldición! El calor y las emociones lastimaban sus ojos y le provocaban un dolor constante en su cuerpo por desatarse....Por Jane.
Lanzó una mirada rápida a Devon que caminaba rápidamente a su lado.
—Devon, ¿has visto a Mac?
—No desde el desayuno. Fue totalmente sacudido por tus acciones y odio decir que un poco intrigado.
Devon corrió para mantener su paso mientras se dirigía al ala familiar de la casa.
—Efectivamente. No seré visto otra vez hasta que esto haya terminado. Por favor vigila a la señorita Milton.
Devon se interpuso en su camino y Martin lo esquivó, queriendo llegar a su habitación y hacer todo lo que pudiera para solucionar el apuro por el que todos estaban pasando.
—Martin, ¿no quieres tenerla? ¿Unirla a nosotros? —gritó Devon a su espalda.
—No hay duda. Se unirá a nosotros, —gruñó.
¿Pero con quién?
Jane no podía dormir.
Sus nervios estaban tensos y su estómago en un nudo. El terror de esta noche la mantenía cautiva en su mente. ¿Pero de qué tenía miedo? De esta casa, seguro. Pero ciertamente de algo más también, intenso el deseo por este hombre extraño cuando solamente hacía un día se habría casado con otro. ¿Era una mujer tan
perversa? Jonathan había estado en sus pensamientos de una forma u otra durante el año anterior. Ahora Martin consumía sus ideas. ¡Dulce Madre! Estaba perpleja.
Cuando Martin la había abrazado y protegido de la lluvia hoy había intuido algo completamente diferente para su vida. Una vida completa de ser apreciada y deseada más allá de cualquier capacidad imaginable. ¿Pero qué era Martin? ¿Qué era esta familia? Había dicho que no debía tener miedo de él. No creyó que quisiera dañarla; ya lo habría hecho de querer hacerlo.
Rodó de costado y miró como los rescoldos chispeaban contra la rejilla de la chimenea. La lluvia la arrullaba como una caricia mientras caía a cántaros contra la ventana; normalmente la habría hecho dormir en un momento. Y esta cama —en cualquier otro momento en su vida habría vagado en un sueño profundo en segundos ante tal comodidad.
Quería que Martin viniera. Si solo pudiera poner en su mente su disponibilidad y su permiso o....O ¿qué? ¿Esperar? ¡Qué idea tan terrible! Martin le había hablado con su mente. ¿Podía hacer lo mismo? Si lo llamara.....
Martin, ven.
Se río tontamente. ¡Qué absurdo.....
El exterior de viento continuaba, un gruñido y un aullido llegó desde algún lugar de la casa. Contó las cerraduras sobre la puerta. Los ocho estaban con llave. Cerró sus ojos y estallaron imágenes de Martin sobre ella. El terciopelo suave de su tacto acariciaba cada pulgada de su cuerpo. Su mástil moviéndose en su interior hasta hacerla gritar, canela llenando su nariz hasta que no podía olfatear a nada excepto a él. Su cuerpo se estremeció y apretó las sábanas contra su cuerpo en un intento de encontrar la tibieza que su cuerpo le había proveído la noche anterior.
Puedo olfatear tu excitación sexual desde la otra punta de la casa, pudo escuchar en sus oídos. ¿Me recibirías si fuera a ti?
El líquido cubrió su sexo ante sus palabras. Cerró los ojos fuertemente. No debería desear esto. Debería ser racional. Pero Martin....Lo quería.
Ven, Martin.
Su cuerpo quería a este hombre más allá de la razón. Quería a este hombre. Sus miembros temblaron.
Un gruñido llegó desde la dirección de la puerta y su cuerpo tembló.
Snif, snif. Tú me deseas.
Sus pezones se endurecieron mientras el calor, más caliente que cualquier manta u hoguera, se deslizó sobre ella, poseyendo su corazón y alma. La humedad se deslizó por su vientre cuando la suave seda subió a sus pezones y luego hasta arriba de su cuello. ¿Cómo hizo eso? No se atrevió a abrir sus ojos. No podía; no quería ver a la bestia ojos rojos que había vislumbrado anoche.
Su tibio aliento se jactó en su oreja. Te haré sentir lo que nunca has sentido.
—Sí.....
Su sexo se apretó cuando pronunció la palabra y más humedad se derramó a sus rizos, a sus muslos. ¡Estaba frenética! No sabía qué era y deseaba este acto con él. Lo quería de una manera que desafiaba todo lo que conocía. Su corazón dolía por él. Su cuerpo. No podría rechazarlo aunque lo intentara. Exigía sus emociones, sus pensamientos.
Gruñó y sus dientes rasguñaron la carne de su cuello, subiendo por su piel mientras deslizaba sobre ella su lengua húmeda.
Sus dedos extendieron la mano para tocarlo y se detuvieron el aire, insegura de lo que encontraría debajo de su tacto.
Tócame, exigió, profundo y ronco. Sus manos conectaron con su cabeza y sus dedos se deslizaron en su pelo sedoso. Flojos mechones se desplegaron en abanico haciendo cosquillas a su carne.
Su cabeza se zangoloteó debajo de sus manos cuando su boca se cerró fuertemente sobre su pezón, rodeándolo con la lengua, mordisqueándola ligeramente y chupándola. Sus caderas se arquearon contra su estómago y su calor mojó su camisa cuando el algodón se aferró a la carne entre sus muslos.
—¡Oh! Martin.
Sus manos se deslizaron a la suave y desnuda piel de su espalda, tan suave, tan tersa, como fino raso. Sus músculos se rizaron debajo de su tacto y su mano tiró de su camisa hasta que la prenda formó un charco encima de su pecho. Piel
para arañar, sus cuerpos ardiendo. Sus piernas separándose para acunarlo mientras su boca caía de nuevo sobre su pecho, chupando los duros botones.
¡Madre querida! Este acto sobrepasaba lo de la noche anterior. Sus manos se deslizaron a sus caderas, clavándola al colchón con su peso y sus pulmones se trabaron. El roce de terciopelo de sus dedos la acarició y se adelantó a su vagabundo, inclinando su sexo para apoyarlo contra su abdomen. El roce, los vellos rizados rozando su carne, tensó cada músculo de su cuerpo. Su mente se concentró en ese lugar donde se tocaban tan íntimamente. Deslizó sus caderas de un lado a otro contra él. Cada movimiento incrementando el deleite de su tacto.
Jane, Jane, tu sangre bombea a través de mí. Jane. Él se movió a un lado y deslizó un dedo en la carne resbaladiza entre sus muslos. Ella gritó y él capturó su boca. Su lengua se envolvió alrededor de la suya, tirando y chupando. ¡¡Oh!! Sabía a canela, pero había una pisca de algo más....A una oscuridad, un ardor animal y posesividad, les gustaba beber algo tan indecente y tan intenso simplemente tenías que tener más. Gimió y se arqueó contra su mano, ansiando más de su dedo en su interior.
Su mano continuó frotando sus labios de seda mientras más y más humedad se deslizaba de ella y cubría su mano. Él gruñó y separó sus labios de ella.
—Estás más que lista para mi monta, dulce Jane. —Su aliento calentó su mejilla cuando habló en voz alta—. Tú eres mía.
Efectivamente, quería esto. No importaba qué pensarían los demás. Asintió con su cabeza y arqueó sus caderas en su mano sondando su sexo a ella. Él presionó tres dedos en su entrada y luego los abrió en abanico, estirando su carne. El ardor era tan erótico que envió olas de humeante presión a sus miembros. Volvió a deslizar los dedos introduciéndolos en su interior. Sus caderas se arquearon e hizo rechinar su carne empapada en su palma con cada empujón.
Se desplazó sobre ella y su hombro quedó al nivel de sus labios. Ella besó hambrientamente la salobre pero dulce piel descubierta. Mordiendo la suave curva, pellizcó los músculos y la carne entre sus dientes. El siseó y agarró sus muslos, separándolos bruscamente.
Su sexo acarició el interior de su muslo y ella jadeó. Su miembro se sentía grueso, tan grueso, y ¡oh!, tan largo. Trató de relajarse, pero cada nervio saltaba
ante la hirviente, suave cabeza presionando contra sus resbaladizos labios. Él se apalancó contra sus manos y se inclinó para lamer su cuello.
Su corazón martilló en su pecho. Estaba a punto de unirse a un hombre y en realidad no tenía idea de qué hacer. ¿Debía hacer esto? Una ola embriagadora de deseo corrió por sus venas. Su aliento se atoró en su garganta. Sí. La necesidad de él llenándola, de tener a este hombre que hacía que su cuerpo se sintiera tan bien empujado en ella, dominaba su alma.
Ella giró sus caderas y presionó hacia abajo para que su glande sondeara su entrada. Él no se movió dejándola iniciar este acto. El cirio presionaba despacio hacia dentro, estirándola más y más. Él se contuvo, sus músculos temblaban en tensión mientras ella deslizaba muy despacio su gran falo en su apretado canal. Cada centímetro, cada trecho de su carne que enfundaba, intensificaba su conciencia de él.
Él tomó el lóbulo de su oreja entre los dientes y siseó. Tomando el control del movimiento, continuó presionando con pequeños empujones de sus caderas. La cabeza se introdujo rápidamente en ella y una sensación de algo mojado se deslizó desde su raja a su ano.
—Jane, —siseó a través de sus dientes apretados y arremetió en un duro movimiento que acomodó la cabeza de su falo contra la entrada de su útero. Ella gritó y sus ojos se abrieron como platos. Su forma enorme la cubrió. El calor que brotaba a borbotones de él mojaba su cuerpo y el suyo. Sus caderas se arquearon y retiró su largo falo su sexo avaro. Ella gimió ante la sensación abrumadora de vacuidad.
—Jane.... —volvió a empujar hacia, más duro que la última vez.
Sus caderas se arquearon y sus rodillas aferraron sus caderas, no queriendo que él dejara su cuerpo.
Él gruñó. Estoy perdido por ti.
Sus manos cavaron en los músculos de su parte posterior.
—Más.
Su voz sonaba tan áspera que no la reconoció como suya.
Bajo sus manos su carne se puso más tensa. Mientras gruñía y siseaba, sus sexos saqueaba dentro y fuera de ella. Su cuerpo se arqueaba en cada empujón, músculos se tensaban cuando recordaba la dicha que le había traído anoche.
—¡Martin! ¡Martin!
Su sexo lo aferraba, latiendo, pudiéndose oír los ruidos de succión de su unión. Él siseó otra vez, rodeó sus piernas con sus manos y se apoyó sobre ella inclinando su trasero. Sus dedos quemaron la carne de su culo y la presión empujó en su ano; algo había sido insertado en ella. La sensación era tan extraña. Su sexo tuvo un espasmo y su cuerpo corcoveó cuando ambas penetraciones continuaron con el empujón de sus caderas.
Sus dedos se clavaron en la carne de sus piernas. Sus labios aterrizaron sobre su duro pezón, chupándolo hasta el punto del dolor. ¡Madre querida! El antojo, el deseo en ella, reventó, ascendiendo en espiral en su necesidad de alcanzar el placer. Succionó su pezón y su cuerpo tembló. Con un gruñido él la mordisqueó. Ella gritó cuando el placer satisfecho se combinó con el dolor que le infligió. Su falo palpitó y se quedó paralizado, sus músculos tensos. Entonces se derramó. La hormigueante verga azotó su útero cuando la tibia humedad brotó a chorros en ella. La presión se desarrolló, tan deliciosa, y el calor irradió de su útero. Él meneó sus caderas contra su vulva y su cuerpo brotó otra vez, las paredes de su útero masajeando su duro garrote.
—Jane.
Rodó de lado, arrastrándola con él. Ella se repantigó sobre su pecho, sus piernas envolviendo sus caderas. Los sonidos de sus corazones latiendo combinados la adormecieron.
Jane despertó con la sensación de una mojada tibieza toda la longitud de su hendidura, su cuerpo arqueándose sobre sí mismo.
—¿Martin?
Su cabeza se levantó desde debajo de las sábanas, sus ojos se habían vuelto nuevamente del color de la sangre de la misma forma en que los había visto esa primera noche. Saltó. Cerró sus ojos y agitó su cabeza.
—Jane, tienes que saber más, ahora que me has aceptado.
Se río.
—Pienso que es demasiado tarde para eso. Debería haber sabido más antes de que tu........Soy incapaz de contenerme a mí misma.
La vergüenza acaloró su cara.
—Tú eres mi compañera. Tu cuerpo lo sabe incluso si tu mente se resiste.
El dorso de sus dedos acarició su mejilla y ella cerró sus párpados acurrucándose ante la caricia.
Siento haberte hecho sangrar nuevamente.
—¿Lo hiciste? Bien, eres grande.
Sus mejillas ardieron aún más.
Él le sonrió y le hizo un guiño.
—Efectivamente. ¿Disfrutaste al final?
Sus ojos brillaron con perversidad y su cuerpo se calentó con el recuerdo de la intensa sensación de calentado, la memoria de la sensación intensa de ser traspasada por dos lugares a la vez.
—¡Oh! Sí.
—Te montaré dos veces más en las próximas dos puestas de sol.
—¿Deseas retenerme?
Sus cejas se alzaron y asintió con la cabeza.
—Niña absurda. El ritual para marcarte empezó esta noche. Esta unión mostrará a los demás que tú eres mía porque fuiste marcada con mi olor, mis marcas. Luego la apertura, preparando tu cuerpo para recibir mi semilla. Finalmente Orsse, donde te hago mi compañera para siempre.
Su cuerpo entero tembló y Jane tiró de él y rodó. Su cuerpo se acomodó completamente a lo largo del suyo.
—Te poseería otra vez esta noche si no te hubiera lastimado demasiado.
Su cuerpo continuó temblando.
—¿Me deseas otra vez? ¿Es por eso que estás temblando?
—Sí.
Apretó los dientes.
—Tengo que dejarte. No tengo dominio sobre mi deseo por ti estando tan cerca.
Asintió con la cabeza y la carne de su pecho tembló con su aliento.
—Martin, ¿vas a decirme qué eres?
—Somos todos Ursus; somos humanos pero también algo más. Y ese algo más es lo que hace a todos los Ursus diferentes. Tengo visión aguda en la oscuridad. También tengo fuerza increíble. Nosotros, en una forma u otro, podemos leer las ideas o las emociones. —la apretó fuertemente en su abrazo—. Y, cuando nos amenazan, cambiamos.
¿Cambian?
—¿Cómo?
—Garras, la altura, los dientes. Es nuestra defensa. Cómo protegemos lo que es nuestro.
Asintió con la cabeza y frotó su cara en los rizos sobre su pecho.
—¿Es por eso que te sientes como seda al tacto?
—¿Tú crees que sí? Bien, no todos nosotros somos así. El pelo de Mac es áspero, incluso siendo mi gemelo.
Su corazón latía desenfrenado debajo de su oreja y su erección creció firme contra su estómago.
Las mejillas de Jane comenzaron a calentarse.
—¿Haremos el acto dos veces más y luego tú te marcharás al bosque y me dejarás aquí para que geste más Ursus? —O un niño humano de Jonathan. ¿Cómo podía quererla realmente, sabiendo eso?
No respondió pero se levantó de su cama y la besó. Sus labios firmes mordieron y aspiraron su aliento de ella. Su cabeza empezó a girar.
—No puedo quedarme. He crecido extremadamente otra vez. Si lo hago, te lastimaré más aún.
Quería que él se quedara, hacer el lo que hizo con ella otra vez. Se movió y envolvió sus manos sobre sus hombros y la carne entre sus muslos ardió y dolió. ¡¡Ay!!
Asintió con la cabeza; era verdad. Unirse a él no resultaría tan agradable como el acto podía ser. El peso de su cuerpo comprimió el colchón. Cuando partió, sus ojos se cerraron.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:29 pm

6


—¡Señorita Milton! ¡Señorita Milton!
Jane estiró los doloridos músculos de su cuerpo y su sexo. Las sensaciones y los recuerdos de lo que ella y Martin había hecho la noche anterior regresaron y calentaron su piel. Una sonrisa tiró de sus labios.
—Lord Tremarctos desea que te reúnas con él en su estudio.
¡¡Oh!! ¡Estaba cansada! Sus ojos parpadearon cuando la luz entró en tropel rodeando las cortinas. El sol. Se enderezó de golpe. Podía irse a casa. Una sonrisa tocó su cara y se puso de pie. La carne entre sus piernas protestó ante los movimientos repentinos.
Martin..... No sería feliz si partiera. Jadeó. Su corazón dolía ante la sola idea de dejarlo atrás. ¿Cómo se había afianzado tan rápido su conexión con este hombre? Pellizcó el caballete de su nariz. La decisión de partir seguramente podía esperar hasta que viera a Martin otra vez. Podía enviar una carta a sus padres rápidamente, sin embargo, e informarles respecto a su paradero.
Se acercó al lavatorio y arrojó el agua helada sobre su cara. La piel de gallina cubrió su piel, pero no enfrió el calor que se desarrollaba violentamente en su interior. Retorciendo un paño mojado, arrastró el algodón húmedo por su cuello. Su mirada captó su reflejo en el espejo y gimió. Sus labios estaban hinchados —su lengua salió como una flecha y siguió la superficie rolliza— su pelo que un desorden enredado y un sorprendente chupón manchaba su pecho.
Tirando del escote de su camisón miró fijamente a sus pechos. Ellos, también, estaban rojizos tanto como la piel alrededor y debajo de sus rizos. Sus dedos recorrieron la piel suave como la seda. Martin. La piel se sentía exactamente de la misma manera que él. ¡Qué raro! ¿Un recuerdo de él? Había dicho que la marcaría. ¿Era esto lo que significaba?
Jaló su pelo y lo enrolló lo mejor posible en un recogido en la base de su cuello; entonces se puso el ligero vestido verde que Martin le había dado. La tela se resbaló por su cuerpo y los escalofríos pincharon su piel. Martin. Pasó sus manos por sus suaves curvas, imaginando sus manos en lugar de las suyas.
Regresó al espejo. ¡¡Oh!! El color le daba a sus ojos un brillo especial. El escote, un cuadrado moderado, cubría la carne seda borgoña de su piel. Además de sus labios, nadie pensaría nada diferente sobre ella.
Abriendo la puerta siguió a Jerome que para que la dirigiera a Lord Tremarctos. Lo siguió por el pasillo y las imponentes escaleras al piso principal.
Se detuvo en la entrada al estudio. La gran puerta de madera de la habitación permanecía abierta. Lord Tremarctos se sentaba detrás de un escritorio grande; sobre la pared detrás de él colgaba una piel de oso. Libros y artefactos interesantes llenaban los estantes que rodeaban la habitación. Deseaba poder quedarse para sacar los libros de los estantes y enterarse de los secretos escondidos de esta casa.
—Señorita Milton, — la anunció Jerome e hizo una reverencia.
—Señorita Milton, por favor entra y siéntate.
Lord Tremarctos no miró hacia arriba mientras garabateaba en un libro mayor abierto sobre su escritorio.
Ella cruzó el umbral y entró en la habitación con piernas tambaleantes. Lord Tremarctos estaba a punto de enviarla a casa. Su corazón dio un salto en su garganta.
Apretando sus manos en frente de ella, se sentó en la gran silla de madera enfrente de su escritorio. Era realmente elegante. Su largo pelo gris estaba atado en una coleta a su espalda. Su chaqueta era del mismo plateado oscuro que su pelo.
Una mirada azul helada la recorrió, la valoró y suspiró.
—El clima se ha disipado. Tengo un carruaje preparado. Estará listo para llevarte a casa dentro de una hora.
Mordió su labio y apretó los puños sobre la suave falda verde. No quería irse. ¿Martin sabía que estaba a punto de partir? Echó un vistazo hacia arriba para ver a Lord Tremarctos mirar fijamente por la ventana.
—Señorita Milton, no jugaré contigo. Deseo que dejes esta casa. Puedo intuir tu indecisión. —Sin lograr que lo mirara plantó sus manos sobre la superficie del escritorio—. Puedo ver y olfatear la marca de Martin. — Cerró sus ojos y
frunció los labios; un pliegue perforó su frente—. No puedo permitir que él haga que te quedes aquí.
—¿Disculpe? — Esto era debido a lo que Devon había dicho. Su padre tenía miedo de lo que Mac y Martin pudieran hacer. No había visto a Mac desde la comida matutina un día antes.
—¿Tiene miedo por mí sí me quedara aquí?
Su mirada se disparó a la suya y la cólera destelló detrás de sus ojos.
—Hay una historia aquí, señorita Milton, algo que tú no puedes comprender. No dejaré a mis hijos perseguir el mismo sendero. Tú dejarás esta casa. No apruebo que estés aquí.
Su labio inferior tembló y las lágrimas pincharon sus ojos. ¿No coincidía con la elección de Martin? Las lágrimas brotaron y su garganta se apretó. Otra vez, era no deseada. Debería haber sabido que el comentario sobre la no importancia de la condición social solo era una parte de verdad. ¿Si partiera, qué haría Martin? ¿Realmente la quería como su pareja? ¿O lo había dicho porque eso le permitiría acostarse con ella?
Ahogó un sollozo, su corazón disminuyendo de velocidad a un ruido sordo y doloroso en su pecho. No importaba. Lord Tremarctos no permitiría que ella se quedara. Sin Martin aquí para defenderla, no tenía ninguna elección sino aceptar sus órdenes. Una lágrima se deslizó por su mejilla, enfriando la carne húmeda cuando los escalofríos de la tristeza erizaron el vello de su nuca.
Tal vez regresar a casa sería lo mejor. Inhaló trabajosamente. Tenía que tranquilizar a su familia, decirles que estaba bien y....
Se tragó el gran nudo que tenía atascado en su garganta. Martin era diferente y aunque se sentía tan perfecto, tantas cosas no estaban bien en esta situación.
No era de clase social y realmente todavía no tenía idea de lo que eran capaces los grandes y terroríficos miembros de la familia Ursus.
Pero Martin.
Agujas pincharon la piel enrojecida debajo de su ropa y levantó su mano llevándola al escote de su corpiño. Su cuerpo y mente ansiaban a Martin. ¿Cuánto tiempo permanecería el tacto de su piel sobre su cuerpo? Podría
olvidarlo en un día como había hecho con Jonathan. Su dedo siguió la sedosa marca sobre su piel. Guardaría esos recuerdos tanto como ella pudiera. Se sentía agobiada por los sentimientos que tenía por Martin y que desbordaban su corazón. Las lágrimas picaron sus ojos y se tragaron su corazón.
No partiría sin decirle a dónde había ido. Si Martin decidiera que efectivamente la quería después del rechazo de su padre, sabría dónde encontrarla. Le escribiría una carta. No podía partir sin hacerlo.
—Muy bien, señor. ¿Tienes pluma y pergamino? Me gustaría dejar una carta para Martin.
Tenía una letra horrorosa, pero podía dejar una nota breve.
Asintió con la cabeza y luego jaló algunas hojas, una pluma y un tintero.
—Esto es lo mejor. Gracias.
Tomó la pluma en su mano y garabateó sobre el pergamino.
Martin
He regresado a Sudhamly para aliviar las preocupaciones de mi familia.
Jane
Jane bajó del carruaje de Ursus a la calle embarrada de Sudhamly. Las calles bullían con la actividad del mediodía. Las personas giraban a mirar fijamente el vagón laqueado de negro con el emblema apenas identificable sobre él. Si no hubiera vivido en la casa de Ursus, habría pensado que el símbolo era un error oscurecido por el barro.
Para ella, el emblema rojo y verde de un oso con las garras extendidas brillaba como el día. Oso..... Los escalofríos recorrieron con su piel y las marcas sobre ella la quemaron. Con cada paso que la alejaba de Tremarctos y Martin, las marcas escocieron cada vez más. Se alejó del carruaje con renuencia, su corazón latiendo con la fuerza de la inquietud.
¿Los vecinos del lugar habían oído hablar de su caída en desgracia? Echó un vistazo a algunos de los vecinos y sonrío, pero la miraron fijamente como preguntándole sobre su vehículo.
Nervios estrecharon sus manos. ¿Por qué estar aquí se sentía tan malo? Había querido la comodidad de este lugar, de su familia, pero por el momento quería trepar de regreso al carruaje de Ursus. Agitó su cabeza.
Tonta, tú perteneces aquí, no allí. Te sientes así solamente debido a tu locura. Debes ir con tus padres.
Enderezó sus hombros y abrió la puerta a la tienda de su padre. El olor familiar de almidón y lino crujiente entró flotando a su nariz y sonrío.
—¡Ya estoy con usted! —gritó su papá desde la parte posterior de la tienda. ¡Qué raro! Había estado fuera solamente dos noches, pero no sabía qué hacer. ¿Debe entrar en la trastienda? ¿Debía esperar allí?
El cuarto de la tienda, el más grande de su casa, se sentía increíblemente pequeño. El aire lleno de vapor, de lavar y secar, la asfixiaba. No pertenecía aquí..... Sí. Agitó su cabeza. No podía esperar a ver a sus padres y limpiar las preocupaciones de su mente. Caminó con largos pasos hacia adelante, sus manos en puños, su espina dorsal recta, la determinación palpitando a través de ella. Se detuvo. Si oyeron hablar de su locura, ¿Qué dirían?
Su corazón martilleó en su garganta; caminó detrás del mostrador y empujó las cortinas que separaban la trastienda. Su madre estaba detrás de una mesa de trabajo, cortando tela y chilló cuando Jane encontró su mirada.
—¡Jane! ¡Jane!
Corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo inmenso.
—Oh, querida niña, ¿dónde has estado?
—Mamá. —Apretó fuertemente los hombros carnosos de su madre y las lágrimas oscurecieron sus ojos—. Fui atrapada por la lluvia. Y....
¿Qué debería decirles? No podía decirles que había estado jodiendo con Jonathan y había salido corriendo porque se había dado cuenta que la había usado. O que había encontrado protección en una casa llena de nada más que hombres.
Su madre se retiró y estudió su cara con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
—Muy bien.
Sus labios se convirtieron en una sonrisa.
—Thomas, Thomas, Jane está en casa. ¡Jane está en casa! —chilló su madre.
Su padre vino de la cocina, sus manos azules con la tintura.
—¡Ah! Jane, nos tenías tan atemorizados.
Su mirada la recorrió de arriba abajo.
—Pero pareces estar muy bien. Seguramente encontraste un lugar dónde protegerte del clima. ¿Te quedaste en casa de la vieja Sra. Smithies?
—Ah, no....Me perdí, pero encontré la protección. Estoy muy bien.
—Voy a poner a preparar una olla de té y tú puedes ayudar a tu madre con algunos arreglos.
Y regresó a la cocina.
Sus hombros se relajaron y ella y su madre dirigieron a la puerta que daba al lado familiar del edificio. Era bueno estar en casa. No la habían presionado ni una sola vez por explicaciones. ¡Qué raro! Ella les había escondido nada en el pasado. Tal vez debería decirles.
¡No! Estarían tan avergonzados de ella y por el momento quería sentir solamente la comodidad. Su corazón se estrechó. Confiaron en ella y había hecho algo imperdonable. ¿Qué harían si estuviera embarazada? No podría esconderles lo que había ocurrido. Si el chisme se filtrara al pueblo, la empresa de su padre sufriría. ¿Pero cómo les explicaría?
Se sentó para disfrutar las comodidades que ansiaba, la familia y la casa. Esta noche diría a su madre lo que había ocurrido. Y mañana, todo cambiaría.
El vello de la nuca de Jane se erizó cuando Jonathan merodeó en el salón de sus padres. ¿Qué estaba haciendo aquí?
—Señorita Milton, estoy tan feliz de que estés bien. Nos asustaste a todos.
¡Madre querida! ¿Cómo iba a pasar por esto? No podía mirarlo. El calor subió a su cara.
Solamente está aquí para ver a tu padre, niña tonta. Tu padre es su amigo.
Asintió con la cabeza y volvió a su arreglo sin siquiera mirar la puntada.
El caminó rápidamente hacia la silla a su lado y se sentó con un movimiento tosco. La aguja pinchó su dedo. ¡¡Ay!! Hizo una mueca; negándose a dejarlo ver sus nervios y se forzó a sonreír.
Su pelo rubio oscuro suavizaba sus facciones y llevaba la misma camisa blanca que siempre llevaba. Se puso tensa, esperando el revoloteo en su corazón o el dolor que había sentido mientras escapaba en el bosque. Pero nada llegó. Solamente sus mejillas ardiendo de vergüenza.
Estaba pálido. ¿Había estado enfermo últimamente? Sus ojos azules golpearon los suyos y su estómago se apretó en un nudo. ¡¡Oh!! ¡Qué raro! Nunca antes había experimentado esa reacción ante él. Su mano se disparó a su estómago y se sintió abrumaba por la inquietud.
—Mary, tráenos algunos de esos finos bollos que hiciste y una pinta, —dijo su padre a su madre—. Creo que tenemos que celebrar que mi bebé volviera a casa.
Su madre se escurrió sobre sus pies y desapareció en la cocina. Jane deslizó la aguja nuevamente a través del mantel que zurcía y contuvo un eructo.
Jonathan se inclinó hacia ella.
—Estaba aterrado por ti, querida. Tendré mucho más cuidado en el futuro.
Sus ojos eran duros cuando su mirada se desplazó a sus pechos.
¡Gracias a los dioses no los tocaría otra vez! Esperaba que no tratara de llevarla a la indiscreción otra vez, pero le había dado su virginidad y ¿eso no era una buena señal de que siempre estaría dispuesta?
Ahora que tenía Martin no podía imaginar permitir que Jonathan la tocara otra vez.
¿Tenía Martin? Había dejado su casa. Él podía considerar que se había ido para nunca regresar. Pero ella no creía en eso.
Ella, curiosamente, podía sentirlo. Intuía que se acercaba y que estaba determinado a tenerla. La actitud posesiva probablemente venía de su marca. Una sonrisa curvó sus labios cuando una tibia felicidad la atravesó.
Un día volvería a los Ursus, aunque más no fuera para ver la casa desde lejos y preguntarse. Las marcas de frambuesa sobre su piel ardieron y su corazón se estrechó. No quería regresar a Tremarctos ni por un día pero ahora.
¡¡Oh!! ¡Qué desbarajuste tan maldito era esto! No podía hacer eso y ¿por qué quería hacerlo con tanta desesperación? No eran de su clase y una parte de ella temía a Tremarctos. Su estómago gorjeó y tuvo hipo.
Su madre reapareció con una bandeja en la mano, sus sabrosos bollos de hierbas y dos pintas de cerveza en ella. El olor de romero y tomillo alivió la queja de su estómago.
Mary puso la bandeja sobre el aparador y le entregó una pinta a Jonathan y la otra a su padre.
—Es muy bueno que Jane esté en casa y a salvo.
Jonathan alzó su jarro a su padre y sonrío.
¿Su mejilla había temblado? Sus ojos se estrecharon mientras lo escudriñaba atentamente.
—Efectivamente lo es. Porque si algo le hubiera pasado, no podría disfrutar de este feliz momento.
La manera en que su padre lo había dicho era un poco rara. Reprimió el escalofrío que atravesó su espina dorsal. ¿Qué quería decir?
—Estoy tan feliz de estar en casa, padre, y aliviar tus preocupaciones. No quería que tú y mamá se preocuparan.
Su mirada se precipitó de un lado a otro entre los dos hombres. Algo estaba mal.
—Efectivamente, niña, estamos encantados de tu regreso. Y este día es aún más especial.....
Los ojos de su padre estaban llenándose de júbilo y una sonrisa radiante se estiró sobre su cara cuando miró de ella a Jonathan.
¡Oh!.... ¡Oh, no! Sus pulmones se trabaron y jadeó en busca de aire. Estaba a punto de decir lo qué pensaba que estaba a punto decir. Su cuerpo entero se puso tenso cuando la bilis quemó una huella precipitada hasta arriba de su garganta. Su estómago se retorció, subió y bajó. Su mano se precipitó a su boca y tragó duro, tratando contener sus náuseas porque no quería avergonzar su familia lanzando frente a ellos.
—Sí, niña, Jonathan ha pedido por tu mano.....
Se ahogó mientras intentaba mantener dentro el contenido de su estómago. Jonathan extendió la mano para agarrar la suya, una sonrisa conflictiva sobre su cara. El olor de él, lúpulo y suave escocés, chocaron con su nariz. Su estómago no lo soportaba; el vómito salió de su boca, salpicando la entrepierna de los pantalones de Jonathan y su tan valoraba máquina.
—¡Futter sagrado! — chilló Jonathan cuando disparó a sus pies.
—Yo… lo siento tanto, —dijo Jane sintiéndose un poco mejor—. Pero… pero pensaba que no tenías interés en mí más que para un cosquilleo.
Su madre gimió.
—¡Jane! Tú…. Tú y Jonathan han hecho....
Su padre alzó una mano, conteniendo eficazmente a su madre.
—Jonathan me visitó después de tu desaparición. Estaba sobreexcitado por la culpabilidad y dijo que cuando volvieses a casa se casaría contigo. Sabíamos que le tenías cariño así que aceptamos.
Debería estar rebosante de alegría y regocijo. Oh, dios. ¡Esto no estaba ocurriendo! Hace dos días casarse con Jonathan era todo lo que había deseado. Es lo que esperaba de la vida. Pero ahora....Había experimentado el verdadero cariño y el verdadero deseo y esto no era lo que quería.
Su madre trajo dos paños de la cocina y los pasó a Jonathan. Los dedos de Jane pellizcaron el caballete de su nariz. ¡Uf!. ¡Hedía! Se puso rápidamente de pie y se apresuró en pararse en el lado opuesto de la habitación. Su estómago
apretándose otra vez mientras caminaba hacia ella. Había encontrado el olor de lúpulo de Jonathan siempre tan masculino y cierto, pero no ahora.
—No te preocupes, amada. Han vomitado sobre mí con anterioridad.
Oh, dios, oh, dios, oh, dios. ¡Cómo es que había terminado atrapada en algo como esto! Se dio media vuelta.
—Yo—no puedo casarme…
Rap, rap, rap.
Saltó y todos se volvieron hacia la puerta.
Su padre avanzó hacia la entrada trasera y tiró del asa.
Martín irrumpió más allá de su padre en el pequeño salón, haciendo parecer pequeño todo en su interior.
Sus ojos alborotados la valoraron en una mirada.
—Señor.
Inclinó la cabeza hacia su padre.
Fue arrastrado por una ola de alivio tan poderoso que quería llorar y lanzarse en sus brazos. El olor a canela entró flotando a su nariz desde el otro lado de la habitación y su estómago paró su revuelta en un instante. Sus ojos brillaron. Todo estará bien, Jane, se filtró en su mente.
—¿Perdone? Señor. ¿Quién eres tú para irrumpir en mi casa?
La mirada de su padre se deslizo por su enorme figura, estudiando la confección de su ropa.
Parecía tan finamente vestido con el abrigo azul expertamente entallado y pantalones cortos. Algo que solamente un hombre con una muy buena situación económica podía permitirse y su padre nunca dejaría escapar algo como eso.
—Soy el marido de tu hija.
Un fuerte ruido sordo sonó desde la puerta de cocina. Ninguno de ellos giró para investigar.
—¿Perdón, señor? — Su padre le apuntó su mirada fija—. ¿Jane?
¡Oh! Esto....Esto.... ¡Qué idea tan ridícula! Estaban casados.... ¿Cómo suponía que funcionaría eso?
—¿No les has dicho, Jane? —La voz estable y profunda de Martin hizo estremecer sus tripas. Sigue la corriente, Jane. No dejaré esta casa sin ti.
Apretó los puños. Quería ir con él. Tenía una propuesta verdadera de matrimonio y una que era ficticia. Su alma quería la mentira. ¡Algo estaba mal en ella! Ninguna mujer cuerda en su situación dejaría escapar una propuesta verdadera.
Jane.
Miró fijamente a Martin y su garganta se apretó. No podía rehusarse a él.
—No. Yo… no podía pensar en una manera correcta de divulgar las buenas noticias.
El alivio brilló en los ojos de Martin.
—¿Y ʺSalí corriendo y me caséʺ? Mi amadísima niña. —Su padre estudió las brillantes botas salpicadas por el barro de Martin—. Y, señor —es ʺSeñorʺ? ¿Correcto? —Su padre inclinó la cabeza.
—Martin Ursus del Duque de Tremarctos, —dijo arrastrando las palabras.
¿Eso era verdad? ¿Su padre era duque?
Un ruido sordo y luego un quejido llegaron de su madre cuando cayó sobre el piso otra vez. Jane no podía quitar sus ojos de Martin y nadie más se movió para ayudar a su madre tampoco. Podrían perderse algo.
—Jane, niña, ¿por qué no nos dijiste que te habías familiarizado con un noble?
Martin no le dejó ninguna posibilidad de responder.
—Conocí a Jane en el camino mientras viajaba en mi carruaje hace dos días y quedé tan cautivado por su belleza que mi corazón no permitiría que viviera sin ella.
Sonrío e hizo un guiño a Jane.
Las mentiras....Y más mentiras. ¿Alguna vez contaría una verdad otra vez? Trató de sonreír.
—Se negó a subir en mi carruaje. A mi corazón vibraba de amor y me negué a dejarla. Después de mucha persuasión, la convencí de que aceptara mi aprieto y aceptó finalmente casarse conmigo rápidamente. Salimos para Escocia en seguida.
¿Habría hecho eso si lo hubiera conocido sobre el camino? Cerró sus ojos..... ¡Por Dios! Deseaba que esa situación hubiera sido verdadera. ¡Parecía que le gustara soñar despierta!
Se cruzó de brazos y lo miró fijamente de pie inflexible en su salón; su cabeza estaba solo a unos pocos centímetros del techo. ¿Qué pensaba su padre? Jonathan obviamente le había dicho de su estupidez.
Echó un vistazo a Jonathan; el orgullo herido brillando en sus ojos. Notando su mirada avanzó a zancadas hacia ella, sus se interrumpieron en medio de un oración de Martin quién lo observó acercarse a ella. En un movimiento rápido, Martin se interpuso entre Jonathan y ella. Sus ojos se entrecerraron y miró a Jonathan, desafiándolo a rodearlo.
—Pero....Pero yo........ —Jonathan señaló con el dedo de un lado a otro entre sí y a ella—. Nosotros.
—¡No! —dijo Martin en una voz firme que casi era un gruñido—. No hay ʺNosotrosʺ donde ella y tú están involucrados.
Los ojos de Jonathan se abrieron como platos y giró para registrar la cara de Jane.
—Jane. —Inclinó su cabeza—. Me alegro de que tú estés bien.
Martin se hizo a un lado para dejarlo pasar y Jonathan abrió la puerta apresuradamente y salió en la noche.
Jane tragó duro. Acababa de pasar su única oportunidad de respetabilidad. Pero Martin había venido por ella. ¡Martin! Su cuerpo entero se encendió de la misma manera que un fuego ante su proximidad.
—Mi estimada niña. — Su padre agarró su mano y le hizo un guiño—. Milord. Te quedarás con nosotros esta noche para que podamos conocer al nuevo miembro de nuestra familia.
—Lo siento, señor. Tengo un asunto importante que requiere de mi atención por la mañana. Partiremos esta noche de regreso a Tremarctos.
—Muy bien, muy bien.
—Si es que lo deseas, enviaré un carruaje de aquí a un mes para que tú y la Sra. Milton puedan viajar a Tremarctos para una visita prolongada.
¡¡Oh!! ¡Eso sería horroroso! ¿Qué pensaría su familia de lo que ocurrió en esa casa?
—¡¡Claro que sí!! Estaremos encantados, ¿no, Mary? —Su padre se volvió hacia la cocina—. ¡¡Oh! ¡Mary!
Todos se precipitaron hacia su madre que gemía en su desmayo mientras sus piernas temblaban sobre el piso.
El padre de Jane se arrodilló para ayudar a su madre a ponerse de pie y los dedos afectuosos de Martin envolvieron el brazo de Jane, jalándola firmemente contra su longitud. Su mano se desplazó por su brazo, extrayendo los pequeños temblores en la estela de su tacto; entonces entrelazó sus dedos con los suyos. Su erección se apretaba contra su culo.
Jane, Jane. Te necesito, Jane. Te necesito más que ninguna trampa romántica que haya creado para tu familia. Le dijo claramente a su mente.
Cerró sus ojos cuando la excitación pasó rozando sobre su piel. ¿Lo decía en serio?
Debería haberte advertido sobre el olor de otros hombres amenazadores..... Su pecho rugió en una risa ahogada suprimida contra su espalda.
¿Qué? Giró para mirarlo atentamente y frunció los labios.
—¿Quieres decirme que lancé mis bollos porque Jonathan se acercó demasiado a mí? —susurró.
—Algo así. —Presionó sus labios a su oreja y su cuerpo tembló.
¿Apenas había sofocado su cambio cuando vio a Jonathan?
—¿Estás bien?
Tan pronto como esté dentro de ti, lo estaré.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:32 pm

7


Los músculos de Martin se tensaron mientras levantaba a Jane para subirla en el carruaje. Su caballo fue atado atrás. Había encontrado al conductor del carruaje que había dejado a Jane en su casa cuando regresaba a Tremarctos. Había hecho que el conductor lo siguiera de regreso a Sudhamly y era una buena cosa—necesitaba estar dentro de Jane, y ahora, estaba un paso más cerca de hacerla suya. Se sentó sobre el asiento de cuero negro, envolviendo un brazo sobre su espalda y otro bajo sus rodillas, levantándola en su regazo.
—Jane.
Se acurrucó en su pelo dorado cuando el carruaje empezó a moverse.
—Martin, tengo que saberlo. ¿Cumplirás con tus palabras?
Sonrío contra las suaves hebras expuestas. Ella no tenía idea del poder que tenía sobre él.
—Jane, puedes tener cualquier cosa que desees de mí. ¿Deseas que nuestra unión sea legal? ¡Así sea!
—Pero ¿qué si estoy embarazada de Jonathan? —Sus mejillas enrojecieron y contuvo el aliento—. ¿Me rechazarás? Y a…¿el niño?
Dolor e incertidumbre cayeron sobre ella y en sus manos.
—Sabes cómo llegué a Tremarctos. Solamente el tiempo…
—Shhh, querida Jane. —retiró un mechón de pelo de su cara—. No estás embarazada....aún. Lo olería. Sin embargo, pasado mañana lo estarás....Con el mío.
Agarró su barbilla con una mano y giró su cara hacia la suya. Sus ojos azules centelleaban mientras registraba sus profundidades, tratando de leer sus emociones.
—Eso es lo que tú quieres, ¿no, Jane? — Su pulgar frotó la superficie blanda de su mejilla—. ¿Estar obligada a permanecer conmigo de por vida, llevar a mis hijos?
Sus ojos se ensancharon y el deseo brotó a borbotones de ella tan explosivo que la piel que tocaba quemaba.
—Esto es tan extraño, pero eso es lo único que deseo.
—¿Lo es? ¿Estás segura? No creo que pudiera parar en este momento. Tú me consumes, Jane. Pero trataría.
Una lágrima se escapó por la comisura de un ojo y fue atrapada por la punta de del dedo que acariciaba su piel.
—Te quiero, Martin.
Su respiración se escapó de su pecho.
El mismo deseo físico desesperado cargó el aire entre ellos. No era la emoción que estaba en sus corazones, pero valía por ahora.
Ella se movió en su regazo, agrupando sus faldas y deslizando sus rodillas a los costados de sus muslos, mirando hacia él. El olor de su raja abierta cuando su cuerpo se extendió sobre él lo golpeó.
Dios. Su verga se hinchó y sus ojos se tornaron rojos.
—¿Jane?
Sus manos cayeron para acariciar la curva de su cintura.
—Efectivamente, aquí en el carruaje.
Asintió con la cabeza, una abierta sonrisa sensual iluminando su cara.
Efectivamente..... Gruñó, y su mano se deslizó entre los pliegues resbalosos. La carne caliente y empapada se deslizó sobre sus dedos, recibiéndolos contra ella cuando arqueó su espalda en su palma y gimió.
Los escalofríos recorrieron su piel mientras su mástil palpitaba. Pronto sería suya para siempre. Ella empujó sus pechos hacia él y su lengua salió como una flecha siguiendo el borde de su escote. Su piel especiada con el Despertar y su olor se deslizó en su lengua e hizo pulsar su verga.
Lo quería tan desesperadamente. Él empujó sus dedos en su vulva y sus piernas se deslizaron sobre el asiento de cuero, abriéndose más, montándose sobre su invasión. La carne esponjosa acarició sus dedos en olas mientras temblaba en
excitada dicha. ¡Era exquisita! Nunca había sentido tanto placer porque una mujer lo deseara. Su mirada encontró su marca que cubría sus pechos y su cabeza dio vueltas; el animal dentro de él se volvió salvaje por el hambre que sentía por ella.
Su pulgar zangoloteó de un lado a otro en sus pliegues resbaladizos, encontrando su brote y raspándolo suavemente con su uña.
—¡Martin! —Empujó contra su mano, derramando más de su pegajosa miel en sus dedos y clavó las uñas en la tela de su abrigo—. Yo… te quiero ahora, Martin.
Su cara se ruborizó con el calor y se estremeció ligeramente con la vergüenza.
—No te avergüences por tus deseos, Jane. —Su voz sonó como un graznido—. Te quiero con un deseo tan agudo. Debes pedir por aquello que desees carnalmente y no preocuparte por ello.
Tomó su mano y la llevó a su entrepierna y ella desabrochó sus pantalones liberando su verga. Su carne se endureció, expandiéndose fuera de los confines de sus pantalones. Él gimió con alivio.
La levantó y frotó la cabeza hinchada de su verga en la carne templada de su raja, deslizando la cabeza desde su clítoris a su ano. Las conexiones de su piel vibraron con el calor de un relámpago. Gruñó y acomodó la punta en su entrada.
—Empuja hacia abajo sobre mí, Jane. Desliza mi dura verga en ti hasta que tu cuerpo esté lleno de mí.
Su mente se concentró en el lugar de su unión; sus pelotas se endurecieron y apretaron. Sus semillas esta vez la prepararían para llenar su vientre con su hijo en medio día más.
Ella empujó hacia abajo muy despacio; su humedad acarició la cabeza de su estaca mientras bajaba. Sus pulmones se agarrotaban y trató de permanecer inmóvil para dejarla tomar la delantera de sus deseos, pero tenía que tocarla. ¡Maldición! Extendió la mano hacia arriba y agarró sus pechos; sus pulgares acariciaron sus duros pezones, apenas discernibles debajo de su corsé; su cabeza cayó hacia atrás con un quejido que atravesó su pecho.
La cabeza de su verga empujó su entrada y su mirada se clavó en su cara.
Lo miró fijamente y se mordió el labio.
—Martin.
Empujó hacia abajo y se sintió embargar completa de ardor erótico.
Apretó los dientes y su corazón latió locamente. Se arqueó contra él, frotando su montículo contra los rizos de su sexo, adhiriendo sus jugos, sus pelos, sus cuerpos como uno.
Se retiró hasta la punta y bajó otra vez con el mismo movimiento rápido. Sus músculos se estiraron; una y otra vez repitió su movimiento. Su terciopelo aferraba su dureza y extraía su simiente de las profundidades de su saco. No era suficiente; lo necesitaba más rápido, más duro, más profundo.
—Jane.
Él arremetió hacia adelante, derribándola en el asiento enfrente de él. Arrodillándose sobre el piso del carruaje, su verga todavía metida en ella, agarró sus piernas y enganchó sus rodillas sobre sus hombros. Las faldas formaron un charco sobre sus pechos; su cara quedó perdida en un mar de muselina verde. Sus manos se arrastraron escalando sus piernas cubiertas con medias hasta la piel desnuda de sus muslos y acariciaron la carne blanda excitada.
Se retorció y aferró sus caderas, retiró su verga hasta la punta y corcoveó en su cuerpo resbaladizo. Ella se estiraba, recubriéndolo con la miel que fluía de ella libremente, cubriendo su rigidez mientras él exploraba sus profundidades. Él era salvaje con sus acciones; era inflexible, pero no podía detenerse.
La entrada para su útero tocó la cabeza de su verga, se detuvo y empujó más duro contra la carne firme mientras sus testículos hormigueaban, derramando el fluido de la Apertura sobre su útero. Gruñó ante la extraña sensación que crecía desarrollando y construyendo su placer. Inclinándose, mordió los botones de sus pechos. Ella gritó y se arqueó contra él. Él volvió a salir solo para internarse nuevamente en ella.
—Martin....¡oh!....¡Martin!— Las paredes de su vagina aferraron su dureza, él mantuvo el ritmo, bombeando dentro y fuera de ella mientras los músculos de su estómago se rizaban y su pecho se tensaba, su semilla era como una bola de
fuego que se enrollaba en su escroto. La ardiente necesidad de correrse en su interior se imponía a todo lo demás.
Sus músculos se contrajeron, a un paso de la euforia. Su vulva se deslizaba a lo largo de la piel de su verga; con un gruñido tan fuerte que perforó sus oídos, sintió su semillas estallar en chorros poderosos y bastos, su saco entero se vació en ella. Su cuerpo ardió, temblando con los chorros que brotaban de su cabeza.
Bajó sus piernas a sus caderas y la apretó contra su cuerpo. Bebió el olor de ella, de él, de ellos. Nunca había experimentado un placer tan intenso. ¡Exquisito!
Se recostó sobre el asiento contiguo; ella estaba abarcándolo, su verga todavía derramando el fluido de la Apertura en su útero. Su cuerpo tembló como lo hizo la primera vez que jodió, abrumado con el placer y las sensaciones. Se sentía brillar, aunque no había ninguna luz. Estudió su cara marcada por la pasión y su garganta se estranguló con emociones que amenazaban con desbordarse.
Su pequeño botón rozó la carne en la base de su vara y ella gritó; su útero y su cuerpo corcovearon, agitando profundamente el fluido dentro de ella. Él lanzó un gruñido y siseó. ¿Cuánto tiempo permanecería duro?
Los textos rituales le enseñaron sobre esto, pero nunca había pensado que el clímax sería más fuerte y más agradable que un polvo normal.
—Jane. —Acarició la piel en la base de su cuello—. ¿Estás bien, Jane? ¿Te lastimé?
—No, estoy muy bien. —Su respiración se enganchó y los pequeños temblores acariciaron su verga—. Se siente diferente esta vez.
—¿Cómo es eso?
—Siento que todavía estás duro y me llenas completamente.
Gruñó cuando otro estallido latió de su verga.
—Efectivamente.
—¡Madre querida!
Su cuerpo se meció contra él cuando su fluido rezumó en su entrepierna. Apoyó la frente sobre su hombro y envolvió sus brazos sobre él, abrazándolo. Él, por
turno, la sujetó y la acunó en sus brazos. Se quedó sin aliento y su corazón palpitó febril.
La amaba.
La apretó fuerte, descansando la barbilla sobre su cabeza. Nunca había experimentado este deseo. Si algo le pasara, seguramente también le pasaría a él.
Sabía que lo deseaba; estaba dispuesta a pasar su vida con él. Eso debería ser suficiente, ¿no? La necesidad de sentir la emoción de ella, esa misma desesperación que salía a borbotones de ella en la noche en que llegó a Tremarctos por ese tonto Jonathan, lo enfurecía. Quería que ella sintiera las emociones, profundas y poderosas, que se envolvían sobre ella y su corazón. ¿Lo haría? ¿O era demasiado pronto luego de haber entregado tal sentimiento a otro?
Jane frotó su cara en la solapa blanda del abrigo de Martin.
—Martin, Tremarctos todavía me asusta. Yo… creo que si tú me contaras más sobre los Ursus, aliviaras mi temor.
Sus brazos sobre ella se apretaron cuando el carruaje cayó en un gran bache, tirándolos. Sus fuertes brazos aliviaron su mente y confortaron su cuerpo. Estaba segura con él, pero Tremarctos....Martin no podría estar siempre a su lado allí. Necesitaba comprender, poder estar en esa casa a solas sin miedo. Sus dedos juguetearon con el botón sobre su chaleco plateado.
—Ursus. —El cuerpo de Martin se puso tenso y ella frotó su mano sobre su pecho para relajarlo—. Somos del norte, allende los mares, donde los inviernos son helados. Nuestro clan era de guerreros colosales que creían en el Oso Sagrado. Era parte de quiénes éramos. Quienes somos. Los hombres del clan adornaban su piel con diseños del oso. Aquí, —tomó una de sus manos entre las suyas y la apoyó en la cima de su muslo—, y aquí. —Extendió la mano arriba y tocó la parte posterior de su hombro.
—¿Qué son? ¿Pinturas?
—Algo así, pero la tinta se pincha con una herramienta en la piel con el propósito de que no se quiten al lavarlos. Todos los tenemos. Todavía no me
has visto desnudo a la luz. —Su pecho rugió con una risa ahogada—. Pero lo harás.
El carruaje giró en el camino a Tremarctos y Martin miró fijamente la estructura afuera.
—Te diré más después de la cena. Y también te mostraré mis marcas.
Jane jadeó.
—¿En la mesa, Martin? ¡No! —lo regañó.
—Haré que te envíen una comida sustanciosa a tu habitación, cenaremos en privado y guardaremos cama. No voy a dejar tu lado otra vez hasta que seas totalmente mía.
El carruaje se detuvo y un criado apareció para abrir la puerta. Martin salió y permaneció de pie, ofreciendo su mano a Jane. Ella deslizó su pequeña mano en la suya gigantesca. ¡Era tan impresionante! El sol poniente jugaba creando tibios reflejos rojo y cobre de su cabello castaño largo hasta los hombros. El marrón ligero de sus ojos centelleó cuando la miró con la posesión gravada en sus profundidades.
Sus rodillas se debilitaron, y una sonrisa tiró de sus labios. Nunca se acostumbraría a esa mirada. Con un golpe de su mirada sobre su cuerpo, cada parte de ella temblaba con lujuria y ansia por más. Era adorada. La abrigaba y deseaba más allá de la razón. Casi se quedó paralizada en su lugar. ¡Qué cosa tan irritable! Lo deseaba sin límites. Lo quería sin importar qué era. Sin importar lo qué quería hacerle.
La puerta de Tremarctos se abrió y Lord Tremarctos permaneció de pie observándolos subir los peldaños. Alzó una de sus cejas y un profundo gesto fruncido curvó sus labios. Sus ojos se abrieron y la tibieza que había estado atravesando sus músculos desapareció. No se retiró de la puerta para permitirles pasar. Alzó una mano y los interrumpió en su avance.
—Papá.
—Martin, señorita Milton. —Lord Tremarctos inclinó su cabeza.
—Pasemos, padre. — Los dedos de Martin sobre la mano de Jane se apretaron.
—Por supuesto, cachorro. Pero tengo que hablar contigo. Ahora.
Martin echó un vistazo a Jane.
—¡Así sea! Habla.
La mirada de Lord Tremarctos escudriñó su cuerpo y se detuvo en sus caderas.
—Puedo oler los fluidos de la Apertura sobre ella; mándala arriba para que se lave. — Regresó a Martin—. Tú y yo hablaremos después de que se haya ido.
Jane bajó los ojos. ¿El hombre no tenía modales? Su cara se puso colorada, muy caliente. ¿Por qué la odiaba tanto? ¿Qué había tan peligroso en ella que lo hacía humillarla? Debería dejarlos pasar y admitir la felicidad de su hijo.
Martin la miró y aspiró, olfateando el aire.
—Es un olor delicioso, ¿no, papá? — Los músculos en su mejilla temblaron y los dedos que sujetaban su carne se desplazaron.
Ella echó un vistazo a sus dedos y sus ojos se abrieron. En la parte de atrás sus manos, sobre sus nudillos, aparecieron hendiduras y puntas afiladas de hueso salieron entre la carne. Garras. ¡Oh, no! Martin no podía luchar contra su familia, no en frente de ella, no por ella.
—¡Deténte! —gritó Jane y giró, poniendo su mano libre sobre el pecho de Martin—. Voy a lavarme. Ven a mí cuando estés listo, Martin.
Martin se puso tenso; su agarre sobre su mano se apretó aún más.
—No, Jane. No permitiré que estés en esta casa a solas.
Su padre asintió con la cabeza.
—Es una buena niña, Martin. Puedes soltar su mano.
—No. No permanecerá en la casa a solas. —Martin miró fijamente en la entrada oscura—. Devon, ¿te quedarás con ella?
Jane miró dentro de la negrura más allá de la puerta y pudo notar a Devon en las sombras del hall, acercándose a ellos. Le sonrío. Sí, Devon la acompañaría y Martin podría tranquilizar a su padre.
Devon inclinó la cabeza hacia Martin despacio.
Jane dejó caer la mano de Martin y empujó a Lord Tremarctos para entrar en la casa. Martin siguió sobre sus talones.
Ella contactó a Devon e inclinó su cabeza hacia él.
—Señorita Milton.
Sus ojos estaban hundidos y sus piel cenicienta. Con su pelo rubio, parecía realmente enfermo.
—¿Estás bien, Sr. Ursus?
Agitó su cabeza.
—Muy bien. Sólo un resuello leve, pero nada por lo que preocuparse.
Martin extendió la mano más allá de ella y agarró el hombro de Devon.
—Devon, gracias. Padre no se ablandará. No tengo idea de dónde está Mac y no puedo perderla. No quiero que ella permanezca a solas, no con Orsse empezando. Si algo puede sacar a Mac de su escondite, será el olor de un acoplamiento fértil.
Devon tragó.
—Muy bien, Martin. Estará segura conmigo. —se volvió a ella y le tendió su brazo—. Señorita Milton.
—Espera, Jane.
Martin agarró sus manos y las llevó a sus labios. Su lengua siguió la línea de su dedo corazón, vacilante en el vértice de su mano. Su mirada perversa atrapó la suya cuando empujó su lengua a través de la telaraña para hacer cosquillas a su palma. ¡¡Oh!! La sensación le recordó su lengua a lo largo de su sexo, lamiendo los pliegues hinchados. Con la lengua todavía sobre su mano. Su cuerpo se calentó rápidamente por el deseo y su sexo se contrajo. ¡No quería que él partiera!
—Seré rápido, Jane. — Sus ojos vieron su preocupación y se puso tenso; su mirada se precipitó rápidamente alrededor de la entrada. Agitó su cabeza y la soltó.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:36 pm

8


Jane caminó de un lado para otro de su habitación, sus ojos puestos sobre la puerta. Devon estaba en la esquina junto a las ventanas, observando los jardines abajo.
Quería cambiarse, quitarse sus ropas y tenderse desnuda sobre la cama para esperar a Martin. Su piel comenzó a calentarse y su camisola se pegó a ella insoportablemente debajo de su corsé. ¿No podía quitarse el corsé al menos?
—Devon, ¿te molestaría ir al pasillo por un momento? Deseo refrescarme un poco.
Los ojos de Devon se abrieron desmesuradamente y agitó su cabeza, volviéndolos de regreso a la normalidad.
—¿Estás seguro que estás bien, Devon?
—Muy seguro, señorita Milton. ¿Necesitas ayuda antes de que parta?—
¡¡Maldita sea!! La necesitaba. Los diminutos botones en la parte de atrás de su vestido tendrían que ser desabrochados y luego vueltos a abrochar en cuanto se quitara su corsé.
Frunció el ceño.
—No, está bien. Me las arreglaré.
—¿Estás segura?
Él caminó hacia ella y su cuerpo chispeó como una llama sobre ramitas secas. Su mente se aligeró y ella limpió su frente con el dorso de su mano.
—¡Maldita sea! — Sus ojos parpadearon, nuevamente redondos y en tres zancadas se ubicó frente a ella—. Ha empezado.
—¿Disculpa?
Su pecho subió y bajó agitado, forzando su chaleco de seda. Cerró sus ojos y aspiró, agitando su cabeza. Cuando los abrió, los ojos humanos regresaron.
—Déjame ayudarte a ponerte más cómoda, señorita Milton. Puedo sentir tu malestar. Tienes que respirar.
Estiró sus manos como si las hubiera estado apretando muy fuerte.
—Devon, no creo que eso sea sabio. ¿Qué está mal contigo? No te ves nada bien.
—Estoy bien, —dijo y le volvió la espalda, pero no se alejó de ella. El calor de su cuerpo se extendía en oleadas a través de sus músculos. Un grueso chorro de humedad se deslizó de su sexo y bajó por sus piernas. Cambió su postura y echó un vistazo a la puerta. ¿Dónde estaba Martin?
Un quejido bajo vino desde Devon. Era un sonido entre el deleite puro y el dolor más insoportable.
No le gustaba la forma en que Devon estaba actuando; quería que él se fuera.
—Si fueras al pasillo por solo un momento, por favor. Luego puedes volver.
—¡No! Martin ha confiado que yo te mire. Tú le perteneces. — Se volvió hacia ella y sus ojos habían cambiado otra vez—. ¡¡Santo cielo!! Tu olor. Tengo que tocarte.
El cuerpo entero de Devon tembló y sus ojos se abrieron. Estaba enfermo.
—¡No! — Gritó cuando sus ojos volvieron a su posición original otra vez—. Yo… pensé que podía controlarlo, que podía permanecer al margen. Él merece tenerte.
¿De qué estaba hablando?
—Controlar qué, ¿Devon?
Un aullido doloroso segregó sus labios y sus ojos volvieron a ser redondos. Arremetió hacia ella que saltó hacia atrás, quedando entre la gran cama y un perchero.
Su mirada se deslizó por su cuerpo y cerró los ojos, inclinando su cabeza ligeramente hacia arriba. Sniff, sniff.
—Tú hueles tan bien. Manzanas dulces.
—D — Devon. Tú no estás bien. Martin estará aquí en cualquier momento.
—No lo suficientemente pronto.
Él extendió su mano y ella apoyó sus dedos sobre su brazo. Él se detuvo y ella estuvo a punto de vomitar. Parecía que los bollos que había comido subieran rápidamente a su garganta.
—Tengo elección, ¿no? Escojo a Martin. Yo… nunca podía ser feliz sin él.
Un estrépito vino desde la puerta que se abrió con un fuerte golpe. Su mirada se precipitó a Martin, que entró a zancadas en la habitación.
—Escuché un aullido. ¿Mac está aquí? ¿Devon?
Tragó convulsivamente.
—Devon. No hagas esto. Puedes dar la vuelta y alejarte. Tú no eres a quien escojo.
Su cuerpo empezó a temblar. Martin mataría a Devon. El miedo subió por su espina dorsal, y su estómago cayó en picada.
—¿Devon? —La voz de Martin era un gruñido grave.
Jane miró fijamente a Martin. Media una buena cabeza más que su altura normal; sus hombros eran más anchos y sus ojos habían cambiado al rojo cuando miró fijamente su hermano; estaba listo para matarlo. Sus dientes apretados y un silbido bajo brotando profundamente dentro de él.
Devon miró a Jane; en las profundidades de sus ojos podía ver la pelea girar como una tormenta desencadenada. Su mente no la quería, pero sus instintos lo hacían. Sus ojos parpadearon locamente mientras luchaba para recuperar el control.
—Devon, aléjate de ella.....
Devon se dio media vuelta y corrió directo hacia Martin, golpeándolo con tanta fuerza que lo arrojó contra la repisa de la chimenea. El ruido sordo fue tan chillón y enérgico que el espejo tembló sobre la pared más arriba.
Jane chilló.
—¡No! ¡No hagas esto, Devon! ¡Martin! ¡No!
Sus manos se envolvieron sobre su estómago, tratando de controlar las náuseas. ¿Qué podía hacer? Quería correr hacia ellos y separarlos, ¡pero era tan pequeña en comparación! ¡Y tenían garras!
Dio un paso adelante y ellos y rodaron, gruñendo y siseando, con las garras destellando una y otra vez. ¡Por favor que no se lastimen! Los sonidos de tela rasgándose, de carne desgarrándose, la hicieron gritar.
Con un aullido, Devon saltó hacia atrás. Su brazo tenía un gran corte, sus ojos cambiaron aún más, tanto en forma como en color. Un gimoteo angustiado salió de él y se escapó de la habitación.
Martin dio un paso adelante para seguirlo y Jane se abalanzó hacia él. Se lanzó contra su duro pecho, aferrando su abrigo rasgado cuando luchó por avanzar más allá de ella.
—No, no, ¡déjalo ir! No quería lo que ocurrió. Trató de controlarlo. Pero sus deseos ganaron al final. ¡Martin!
Su brazo se trabó sobre ella, sus manos apretaron sus faldas a la altura de su culo. Con un aullido animal rompió su vestido y enaguas y jaló la tela hacia adelante de su cuerpo.
—Tú eres mía, Jane.
¡¡Oh!! Su pecho luchó por recobrar el aliento.
—Efectivamente, soy tuyo, Martin. No hay nada por lo que preocuparse. No te negaré.
Cayó de rodillas; empujó la tela de su camisola y besó la piel blanda de su estómago justo debajo de su corsé. Sus manos se deslizaron en su vello largo y espeso y patinó su lengua en la hendidura de su botón y luego más abajo por entre los rizos de su pubis.
Su cuerpo tembló.
—Tú estás en Orsse. Ése es el por qué Devon no podía seguir ocultando que eras una posible compañera para él.
Su cálido aliento azotó su carne empapada, y ella se arqueó cuando empujó sus rizos en su boca.
—Martin. Hazme tuya, Martin.
Gruñó, y sus manos bajaron, liberándolo de su abrigo roto y su chaleco. Quería verlo desnudo antes de que los últimos rayos del sol desaparecieran de la habitación. La levantó y en dos zancadas la puso sobre la cama.
Cuando desabotonó las solapas de sus pantalones, su verga salió de sopetón por entre la apertura y ella jadeó. Cuando antes dijo que era grande, ella no tenía realmente experiencia con la cual compararlo.
Su mástil se alzaba más allá de su estómago; la cabeza era del tamaño de una manzana pequeña, el eje era solamente ligeramente más pequeño. Abajo, sus pelotas colgaban grandes y ajustadas como dos duraznos peludos. Después de quitarse las botas, bajó sus pantalones y le ordenó.
—Date la vuelta, Jane, para que pueda quitarte tu corsé.
Ella se dio la vuelta y mordió su labio cuando él soltó los cordeles. Su corazón golpeó desenfrenadamente. Quería esto. Quería ser suya y solo suya.
—Ponte de pie para que pueda sacártelo.
Lo hizo, agarrándose a su hombro cubierto con su camisa se lino. Cuando tiró del corsé sobre sus caderas, su mirada siguió a sus manos. En la cumbre de su muslo debajo del dobladillo de su camisa podía verse su marca. Sus manos viajaron por su estómago y agarraron los faldones de lino y retiraron su camisa por sobre su cabeza, observando los músculos de su estómago dar un salto bajo su tacto.
Su mirada recorrió nuevamente la figura. Era la forma roja de un oso, alzado en toda su estatura, cubría desde la cima de su muslo al hueso de su pelvis. Su camisola cubrió su visión cuando él la jaló sobre su cabeza.
Extendiendo la mano, sus dedos rozaron el diseño y él gruñó.
—Explórame, Jane. Tenemos todo el tiempo del mundo.
—¿Lo tenemos? Siento una tremenda urgencia de unirme contigo.
Su cara pareció hervir.
—¿La tienes? — Extendió la mano y agarró el centro de sus pechos, pellizcando la carne y enviando olas de placer a través de sus puntas. Continuó frotando y
florecieron, haciéndose más pesados bajo su tacto—. El diseño fue grabado sobre mí cuando llegué a la adultez. Y el de la espalda cuando.... me uní por primera vez a una mujer.
—Gírate.
Él lo hizo y los ojos de Jane se abrieron. El adorno de la espalda era como gigantescas heridas de garras bosquejadas en negro. Los dedos de Jane pasearon sobre la carne levantada—. ¿Quién te hizo esto?
—Uno de los parientes.
—Debe haber dolido horriblemente.
Se río.
—Estaba en la agonía de mi primero orgasmo dentro de una mujer. Apenas me daba cuenta. Después, dolía como el infierno.
¡Qué cosa tan extraña lo que estaba diciendo! ¡Había habido gente presenciando mientras se liberaba de su inocencia! Su tacto se desplazó por toda su ancha y musculosa espalda. Siguió sus omóplatos. Nunca había visto tal extensión de carne masculina descubierta. Cada músculo era duro y de un ligero color leonado. Su cuerpo tembló y se dio vuelta. La empujó en la cama y la clavó al blando colchón.
—Jane. — Inclinó su cabeza de lado y la miró con intensidad—. Eres mi mundo, Jane.
Los escalofríos se desparramaron por su piel y sus ojos se bordearon de lágrimas. Su labio tembló y lo sostuvo con sus dientes. ¡Madre querida! Su corazón dolía.
—Yo… te quiero, Martin. Sé que es tan pronto, pero..... — Miró hacia arriba para encontrarse con sus ojos y jadeó. Las emociones que pudo ver gravadas en su cara hablaban de devoción, cariño, y abrumadora fe en ella.
—Jane.
Una lágrima filtró por sus ojos y cayó al cubrecama. Él separó sus piernas con su rodilla.
—Había esperado pero no me atreví a soñar escuchar esas palabras de ti esta noche. Te quiero mi amada Jane.
Ella apoyó una mano sobre su pecho. Su corazón palpitaba justo debajo de su tacto.
—Tu corazón es el mío, Martin, y mi corazón es el suyo.
Él se acomodó entre sus piernas; la ardiente cabeza de su miembro acarició sus pliegues. Un cremoso fluido goteó de ella, cubriendo la cabeza de su estaca. Empujó poco a poco y los labios de su sexo se separaron, deslizando la punta en su apertura.
¡¡Oh!! Quería que él la llenara. Sus piernas temblaron y se estremecieron, pero él mantuvo el paso exasperante y lento. Su carne se estiró y se estiró hasta que la llenó totalmente. Sus caderas se arquearon hacia arriba para encontrar las suyas.
Él rozó sus vellos en su pubis y la tensión erótica se desplegó desde su vientre, elevando y construyendo el placer. Sus caderas se retiraron y su largo falo se deslizó; cada pulgada de su estaca estimuló las paredes de su vagina. La corona de su cabeza tiró de su piel cuando se retiró a través de su entrada. Su útero echó chispas con el calor, estremeciéndose, necesitando sus movimientos para traerle su don.
—Más, Martin, más.
Él siseó y empujó nuevamente. Sus brazos temblaron mientras abrazaba el gigantesco cuerpo que la rodeaba. Sus dedos siguieron los músculos tensos, sintiendo su poder mientras cerraba los cerrados.
Su mástil se deslizó nuevamente. Cada compás de su corazón resonaba a través de la carne firme, palpitando su centro interior. Se arqueó y se zangoloteó, extendiendo la mano para tocar su cuerpo en ese lugar encantador que hormigueaba.
Sus caderas cubrían las suyas con un crujido. Él se echó hacia atrás. Su cuerpo tembló y arremetió nuevamente hacia dentro y rodó. Envolviendo sus brazos sobre ella, la apretó fuerte, presionando el aire de sus pulmones y sujetando su cuerpo completamente inmóvil encima de él. Estaba tan lánguida como una muñeca de trapo. Él controlaba cada uno de sus resuellos.
Presionó con sus caderas hacia arriba y derramó sus semillas en ella. Intranquila y con los movimientos restringidos, todo lo que podía hacer era recibir su ataque violento.
Ella abrió las articulaciones de su cadera, extendiendo sus piernas para que se separaran aún más con el propósito de que su sexo se abriera completamente para él. Los músculos sobre su torso temblaron con violencia y la sujetó completamente quieta. Él siseó y aulló, se deslizó dentro y fuera una vez, y la volteó de nuevo.
Su aliento se quedó atascado en su garganta y su cuerpo tembló con el calor intenso y el placer. El deleite se elevaba.
Él se detuvo. La miró con ojos salvajes, meció sus caderas una vez y lanzó un gruñido. Su vara larga y nervuda palpitó en su interior. La sensación de sus semillas hizo cosquillas a su útero y ajustó sus músculos. Sus caderas se zangolotearon cuando lo rozó ella misma. Su cuerpo tembló embargado por la dicha que se apoderó de ella y sus piernas lo sujetaron fuertemente cuando él gritó en su desbordarse.
Sin embargo no sonó como un grito a sus oídos — era más como una declaración.
Él acarició su pelo y aflojó su dominio sobre su cuerpo. Ella tragó saliva ante el olor de su excitación sexual y su semilla y gimió. ¡Era una libertina! Su cuerpo no estaba satisfecho. Su mano masajeó su espalda.
—¿No demasiado satisfecha, querida Jane?
El calor rebalsó de su cuerpo en un revoltijo de vergüenza y excitación sexual. El olor a canela de su piel la hizo temblar.
Su pecho tremoló en una risa ahogada debajo de ella.
—No debes avergonzarte, Jane. Tu cuerpo no estará satisfecho hasta que un Ursus crezca en ti. Dale tiempo. Mientras tanto, haré todo lo posible para procurar darte gusto.
Martin miró a Jane durmiendo en sus brazos. Su cuerpo estaba débil y agotado por los nervios y la preocupación de los pasados tres días. Nunca había pensado que estaría establecido a esta edad, pero no lo cambiaría por nada.
Jane..... Podía oler a su cachorro crecer en ella. Los vellos de su nuca se erizaron y suspiró. Esto era lo que quería que fuera su vida.
Sus ojos se abrieron y le miró desde abajo sus mantas.
—Martin, ¿puedes contarme? ¿Cómo llegaron los Ursus a ser como son?
Su mano se tensó sobre sus pechos, y gimió.
—Cuando nuestro clan entraba en batalla, llevábamos sarks de pieles de oso que habían sido tratadas con aceites mágicos e hierbas para convocar el poder del Oso Sagrado. El llevar las sarks llamábamos a las fuentes de fortaleza y resistencia de los osos para usar durante la lucha. Algo ocurrió durante una batalla hace muchos años..... Dicen que fuimos maldecidos por el clan contra el que luchamos y la sangre del pelaje de oso se mezcló con la sangre de la lucha y nos cambió para siempre. Fortaleza y resistencia son las cualidades principales que sacamos del oso, pero con el tiempo otras facultades se desarrollaron, cosas que los osos no tenían. Tenemos habilidad leer mentes y emociones, usar nuestra fuerza no sólo físicamente sino también mentalmente, mover objetos con la mente. Todos tenemos estas habilidades en grados diferentes. Devon, por ejemplo, no puede mover nada con su mente. Bien, puede que sí una pluma. Yo, por otro lado, puedo mover casi todo.
—¿Los árboles?
—Efectivamente.
Le sonrío.
—No podía dejarte ir.
Puso su mano sobre su corazón.
—Y corazones.
La apretó.
—No ejercí ninguna influencia sobre ti, Jane.
—Sé eso.
Sonrío, se elevó y miró su rostro.
—Tu deseo por mí es lo que ganó mi corazón, Martin.
Se apoyó en él y besó sus labios. El tacto como el aleteo de una mariposa lo reconfortó y le erizó la piel al mismo tiempo. Levantó su mano y moldeó su barbilla; entonces empujó su lengua en sus labios separados. ¡Embriagador! Se echó para atrás.
—Te quiero, Jane.
Su labio tembló; antes de que pudiera hablar, la besó duro, haciendo sus cabezas dar vueltas otra vez.

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Nov 20, 2010 12:38 pm

Epílogo


Tremarctos permanecía callado excepto por los gruñidos y los gritos de acoplamiento que venían desde la habitación en la que la señorita Milton residía. Era bueno que hubiera dejado el castillo. Devon y Martin estaban detrás de esa mujer y Mac, también, la olfateaba como una posible compañera.
Mac no quería nada relacionado con eso. Podía olfatear su Orsse incluso a esta distancia encima de la colina, pero estaba seguro. Martin la tenía. Sonrío. Era feliz por su gemelo y no podía esperar para saber qué había ocurrido con padre y Devon.
La señorita Milton era miembro de la familia ahora y sus cachorros serían traídos al mundo en Tremarctos. El olor de su Orsse hizo su cuerpo temblar.
Nunca tomaría una compañera otra vez. Los escalofríos atravesaron su cuerpo. Follaría a una mujer una vez y solamente una vez; luego el impulso se iría y podría seguir adelante.
Sus hermanos podían continuar la familia. Sería un buen tío. Adoraba a los niños, pero nunca procrearía a un niño propio.

FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Mar Ene 25, 2011 5:36 pm

quiero leer la continuacionnnnnnnn!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! cuando aparecera ? gracias por esta traduccion y espero la proxima , es buenisisisisisismaaaaa""""""
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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Mar Ene 25, 2011 5:47 pm

ah pues no sé si está el siguiente :S

este lo tenía en mi biblioteca XD y lo puse aquí... ya te lo busco ^^

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Mar Ene 25, 2011 5:50 pm

me parece que todavia no se tradujo , porque desde hace un tiempo que lo andamos buscando , snifff , sniffff , sniffffff
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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Mar Abr 19, 2011 8:29 pm

Yo tengo las otras historias...
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Sidonie



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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Miér Abr 20, 2011 3:29 pm

este libro es el 2º???

es que tenía muchísimas ganas de la continuación

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Abr 23, 2011 4:01 am


Gemma este libro de Lujuria animal ¿dónde lo puedo conseguir?
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rihano



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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Sáb Abr 23, 2011 3:25 pm

little_star escribió:
Yo tengo las otras historias...

las tienes en ingles o en español??? tienes todos los libros???
el segundo lo iba a traducir natichi, ahí yo conseguí el primero hace tiempo pero no se que paso que no ha seguido con el blog...
gemma y tu tienes el segundo???
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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Lun Abr 25, 2011 7:43 pm

yo los quiero todos!!!!!

leí hace tiempo el primero y me quedé con las ganas de saber qué les pasaba a los hermanos!!!!

por favor, los pueden compartir??? [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Miér Feb 29, 2012 8:47 am

hola soy nueva en el grupo .. me encato este libro .. por favor donde puedo encontar los otros de la serie de los hermanos...
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MensajeTema: Re: Lacy Danes - Lujuria animal   Jue Mar 01, 2012 7:54 pm

kdvrzdl escribió:
hola soy nueva en el grupo .. me encato este libro .. por favor donde puedo encontar los otros de la serie de los hermanos...

nena el blog que empezo a traducirlos pues no siguio y solo esta traducido el primero...

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Lacy Danes - Lujuria animal

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