Black and Blood


 
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 Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn

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MensajeTema: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 3:54 pm

Shelly Laurenston

Unas navidades de la Manada en Brooklyn

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Argumento

¿Qué se consigue cuando se cruzan un león ex-marino y una policía de Nueva York? Mucho rugido, ronroneos… y alguna que otra cosa.
Mace Llewellyn acaba de retirarse de la armada y está hambriento. Regresa a la ciudad para intentar dar caza a la mujer que diez años atrás le robó el corazón. Esta se ha convertido en una sirena sexy y refinada a la que desea llevar a su guarida. Pero la mujercita de sus sueños se hace de rogar.
Dez MacDermot ha logrado por fin llegar a su meta en la vida. Como detective, puede escoger los casos para llegar más alto en su carrera. Cuando aparece un cuer-po asesinado en Brooklyn, todas las pistas apuntan a Missy Llewellyn. Dez está lista para meter entre rejas a la antagonista mala de su niñez cuando aparece Mace, su amigo de la juventud, convertido en el tío mas atractivo y sensual que haya visto jamás.



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Última edición por Gemma el Sáb Nov 20, 2010 4:27 pm, editado 12 veces
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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 3:57 pm

Capítulo Uno


—Encontraron el cuerpo anoche.
Mace Llewellyn observó el trabajo de los policías ante la casa de la Manada. Su-po que algo había sucedido en cuanto vio a uno de los sementales de la Manada es-perándole en el Aeropuerto de La Guardia. Aun así, escuchar que habían encontrado a un macho de la Manada con la cabeza volada le tomó por sorpresa. Pero solo du-rante un momento. Se encogió de hombros.
—¿Y?
Shaw, una de las nuevas adquisiciones de la Manada, le sonrió.
—Solo estoy haciendo lo que ella me pidió. Me dijo que te recogiera en el aero-puerto y eso es justamente lo que he hecho.
Frotándose la coronilla con la mano Mace suspiró. Malditas tonterías de la Ma-nada. No tenía tiempo para eso. O para ellas. Sus hermanas y primas. Esperando en esa casa como jodidas reinas del Serengeti. Todavía no se habían dado cuenta. Mace ya no quería esto. El día que firmó los documentos que le hicieron propiedad de la Marina de los Estados Unidos, dejó de pertenecer a la Manada. Catorce años en el servicio le habían hecho ser un hombre con un propósito.
Tenía dos metas en su vida en este momento. Dos que cambiarían su futuro. La primera se llevaría a cabo sin muchos problemas. Empezaría finalmente con su pro-pio negocio. Ya tenía los inversores financieros y un socio. El segundo sería el más complicado. Necesitaba encontrar a una mujer. No a cualquier mujer, sino la que había morado en sus sueños y fantasías durante más tiempo del que pudiera recor-dar. La mujer que lo había abandonado hacía más de veinte años. Cierto, solo tenían catorce años en aquel entonces, pero maldita fuera, era algo. La hallaría. La encontra-ría y la reclamaría.
Nunca se le había cruzado por su mente felina el que pudiera estar ya casada con seis hijos o viviendo en Estambul como monja. Sabía lo que quería. Así que la tendría. Pero, como de costumbre, sus hermanas estaban en medio.
—Vaya, ¿y por que debería importarme?
—Eso me pregunto yo. Personalmente, me alegro de que Petrov haya desapare-cido.
Mace miró de reojo al hombre, incapaz esconder su sonrisa mordaz.
—¿Lo mataste?
—¡Oh, por favor! —Shaw se estudió las uñas. Luego desenfundó sus garras y también las estudió—. ¿Realmente doy la impresión de alguien que se molestaría en matarle? —Miró a Mace—. Quiero decir..., ¿realmente?
El hombre tenía su parte de razón.
—Además, sabía cómo ir de fiesta. Petrov tenía… gustos exóticos. Así que cual-quiera podría haberlo matado. —Envainó sus garras—. ¿Y qué te ha pasado en la cabeza?
Mace puso los ojos en blanco.
—No podía llevar melena en la Marina de los Estados Unidos, ¿verdad?
—Supongo. —Shaw crujió su musculoso cuello—. Ella probablemente solo quie-re verte. Eres su único hermano.
Y el único macho en edad de procrear del linaje de los Llewellyn.
No. No tendrían esa conversación de nuevo. Sobre su deber hacia la Manada y el nombre Llewellyn. Había cumplido con su deber hacia su país. La Marina por fin le había soltado. Y de algo sí estaba seguro, no iba a meterse en otro servicio que duraría toda la vida.
Y estaba tan seguro, como que había fuego en el infierno, que no permitiría que negociaran con él con otra Manada como si fuera un lanzador de los New York Mets . Shaw, sin embargo, se veía que disfrutaba claramente de ese estilo de vida. Como principal Semental en la Manada Llewellyn no le podía ir mejor. Para algunos, ser un macho en la Manada era la mejor existencia. Las hembras te alimentaban, criaban a tus cachorros y se aseguraban que vivieras cómodamente. A cambio, solo tenías que ayudarlas a engendrar cuando estuvieran listas y protegerlas a ellas y sus cachorros de los machos de otras Manadas. A simple vista parecía genial. Para algunos lo era. Pero no para él. Él quería más. Quería su propia compañera. En particular, la muchacha que había perdido hacía tiempo. Sería suya, exclusivamente suya. No tenía ninguna intención de estar al servicio de las hembras de la Manada como un toro en celo.
—No voy a volver.
—No me importa. Me tiene sin cuidado lo que quieras hacer. Aunque me gustar-ía que ahora salieras de mi coche.
Con otro suspiro Mace agarró su saco y salió del Mercedes en el que Shaw le había recogido. No pasó a través de la puerta principal, por toda la actividad de los medios de comunicación, sino que dio la vuelta por un lado. Varios policías unifor-mados y un macho de la Manada protegían la entrada lateral. El macho de la Mana-da le echó una mirada, escrutando su cabeza rapada, y a continuación lo dejó entrar con una carcajada. Mace luchó con el deseo de romperle el cuello al tipo. Una lucha en la que casi no ganó.
Se introdujo en su casa por la parte trasera, a través de las cocinas. El personal le dirigió una mirada pero siguió trabajando. Las fiestas eran los momentos más ocu-pados debido a todos los bailes y eventos de caridad. Aunque no conocía a un grupo menos animoso que sus hermanas en lo relativo a las fiestas. Mace llegaba por fin al otro lado de la cocina y empujaba la puerta batiente, cuando sonó su teléfono. Escarbó en el bolsillo delantero de sus pantalones vaqueros y sacó el teléfono móvil.
—¿Sí?
—Oye. Soy yo. —Watts. Un viejo amigo que sabía cómo encontrar información cuándo y dónde la necesitara.
—¿Averiguaste algo?
—Todavía está viviendo en Nueva York. Divorciada. —Mace cerró los ojos y de-jó escapar el aliento que contenía. Odiaría tener que comenzar a matar a personas a estas alturas del juego. Especialmente a un pobre tonto que daba la casualidad que se había casado con la mujer equivocada—. Y te gustará lo siguiente. Es policía en el departamento de NY.
—¿De verdad? —Sabía que ese había sido siempre su sueño, mientras que el su-yo había sido ser un jugador de hockey. Eso no quería decir que alguna vez se hubiera atado las almohadillas y se hubiera unido a un equipo.
Mace echó una mirada hacia los grandes ventanales que mostraban el jardín. Les vio merodear por los alrededores. Policías uniformados, bebiendo café y hablando entre ellos. Mace miró hacia el pasillo que conducía a la oficina de su hermana.
—¿Estas ahí? Tengo más.
—Cuéntamelo más tarde. Me tengo que ir. —Mace colgó el teléfono. Luego se humedeció los labios e intentó respirar más despacio. No era posible que ella estuviera aquí..., ¿o sí? Maldita sea, si estuviera entonces siempre habría estado en lo cierto. Sería un signo de la diosa Druantia, la misma Reina de los Druidas, de que ella le pertenecía. Siempre le pertenecería.
Logró llegar a las oficinas privadas de su hermana, y escuchó la discusión antes de alcanzar siquiera la puerta. También pudo escuchar cómo hablaba fríamente con alguien. Eso no era ninguna sorpresa. Lo último que necesitaba la Manada era un montón de policías husmeando en sus vidas. Pero Petrov no había sido únicamente un empleado de su hermana y uno de los Sementales, además había vivido en el lugar. Dado que un disparo en la parte de atrás de la cabeza normalmente indicaba asesinato, la policía estaba en su derecho de comprobar toda la casa.
Por supuesto, toda esta lógica significaba bien poco para Missy, líder de las hembras en la Manada Llewellyn, su hermana mayor y el grano en el culo oficial de la familia.
Mace giraba la esquina en el pasillo que daba a la oficina de su hermana cuando la olió.
Se detuvo. Helado. Le costó menos de un segundo reconocerlo. Lo conocía mu-cho mejor que su propio nombre. Estaba implantado en su cerebro adolescente desde hacía más de veinte años, y su cerebro adulto todavía lo recordaba. De hecho, su cerebro adulto actuó casi de la misma manera que su cerebro adolescente. Dejó de funcionar. Todo lo que quería hacer era abrazar a la dueña de ese perfume y ronronear. El gato que era quería estirar su cuerpo y restregar su cara contra ese perfume.
Había estado en lo cierto. Ella estaba aquí. Eso explicaba la cólera de su hermana. La odiaba. Odiaba a toda su familia. Missy nunca dejaría que se acercara a su casa... a menos que, claro está, no tuviese otra alternativa.
Giró otra esquina y se acercó lentamente al despacho de la secretaria. Una puerta más y alcanzaría la oficina de Missy o, como a él le gustaba llamarla, «Destino: El Infierno». Podía oír a su hermana reprendiendo a alguien detrás de la puerta cerrada, y no envidiaba al hombre, pero tenía algo mucho más importante justo enfrente de él. La tenía a ella.
Estaba frente a la ventana, situada en lo alto del Columbus Circle, dándole la es-palda. No parecía alterada en absoluto por los gritos que llegaban de la oficina de Missy. Irradiaba calma. Energía concentrada. Los brazos cruzados delante del pecho. No era ni de cerca tan alta como las mujeres de su familia. Andaría por el metro se-tenta más o menos. Pero con un cuerpo curvilíneo. Maduro. Compacto. Llenaba los lugares correctos. Se había cortado su cabello castaño rojizo de forma que se posaba sobre el cuello de su chaqueta de cuero. Cuando recorrió con la mirada toda la longitud de su magnifico cuerpo, pudo ver que la mujer estaba mejor armada que muchos de los SEAL’s. Una pistolera abultaba la parte trasera de su chaqueta de cuero, y una pistolera más pequeña en su tobillo de la pierna derecha, bajo sus pantalones negros. También parecía que en su pierna izquierda había una funda con un cuchillo pequeño, y dudaba muy seriamente que algún otro policía del estado le considerara legal.
Su teléfono vibró contra su cadera. Deslizó fácilmente el pequeño dispositivo fuera de su cinturón, miró el número que estaba llamando y contestó. En ese momento él casi cayó de rodillas y se arrastró hasta ella. Esa voz. Esa maldita y jodida voz. Como veinte kilómetros de mala carretera por el desierto, pero de alguna manera había conseguido dominar ese acento brutal del Bronx. Sin embargo sintió un poquito de decepción. Amaba su acento. Solía llevarlo igual que una chaqueta de cuero vieja. Pero ahora lo escondía, lo controlaba. Típico de ella. Son-riendo, se preguntó cuanto tiempo le llevaría hacerle volver a ser esa chica del Bronx que conoció y que todavía amaba. Sin embargo, por suerte, no había nada que pu-diera hacer con esa voz. Cerró los ojos durante unos instantes y dejó que esa voz le empapara como una ola.
—Pensé que nunca me devolverías la llamada. No creerás dónde estoy... —Ella se rió y sus pelotas se endurecieron—. En la mansión de Missy Llewellyn... no, no miento. ¿Cómo podría inventármelo?
Ella se rascó su largo cuello. El deseo de lamer ese mismo lugar casi lo ahogó.
—Jesús, ¿no lees los periódicos? Uno de su gente fue asesinado en Battery Park. Un par de corredores le encontraron. ¿Qué? No. Bueno, ¿Quieres que le de algún mensaje? —Su cuerpo comenzó a estremecerse mientras reprimía una carcajada—. Pues vaya, no pienso darle ese mensaje. Guau. ¿Y tú decías que yo era rencorosa?
Unos instantes después, su cuerpo se puso rígido.
—No. No puedo. Estoy trabajando, por eso. Sí. Aun en Navidad. Además, odio la Navidad. Tengo reservas morales para celebrarla. —Él frunció el ceño para abstenerse de reírse. ¿Tenía «reservas morales» para celebrar la Navidad? Las tonterías que podía decir todavía le asombraban.
—Mira, te tengo que dejar. No, no quiero discutir más el tema... —Cerró el telé-fono y lo deslizó de vuelta a su funda.
Dios todopoderoso, la mujer aún era hermosa. Después de todos estos años. To-do este tiempo. Y apostaría cualquier cosa que podría bajarle los pantalones y estar dentro de ella en... echó una mirada a su reloj de pulsera. «Treinta segundos». Sí. Con eso bastaría.
* * *
Desiree MacDermot se quedó mirando fijamente desde las ventanas del despacho de la secretaria y esperó. Bueno, esperó y cotilleó. Qué propio de su hermana mayor el arruinarle su momento de estrellato. Aquí estaba ella, en la casa de su archienemiga, a solo unos instantes de arrojar su culo de vaca rica en la parte de atrás de un coche patrulla, ¿y qué le dice su hermana?: « ¿Vas a venir a la cena de Navidad en casa de mamá y papá?»
«Por supuesto que sí. También pienso arrancarme la piel a tiras y frotar sal sobre las heridas.»
¿No son para eso todas las fiestas?, ¿Para hacerle desear a una haber sido huérfa-na?
Dez hizo a un lado la clara tentativa de su hermana de hacerla sentir deprimida. ¿Cómo podría sentirse deprimida cuando tenía magníficos proyectos, como por ejemplo hacer que gritara de frustración la mismísima Missy Llewellyn? Missy, a quién parecía no gustarle otra cosa que hacer un infierno de las vidas de las herma-nas MacDermot. Por lo visto, no era bastante que las tres se hubieran ganado el dere-cho a ingresar en la exclusiva Escuela de la Catedral de Manhattan al obtener becas de muy alto nivel. O que sus padres hubieran trabajado con todas su fuerzas para conseguir para sus hijas lo mejor que podían permitirse. No, a Missy y las otras her-manas Llewellyn nada de eso les importaba una mierda. Ellas solo se preocupaban por una cosa —el hecho de que las MacDermot eran unas chicas pobres, mezcla de irlandés y puertorriqueño, del Bronx. Y ellas querían asegurarse de que nunca lo olvidaran.
Tal vez Dios decidiera sonreírla y sería capaz de cabrear a Missy hasta que la mujer hiciera algo estúpido. ¡Oh, Dios!, si tan solo la golpeara. Entonces Dez podría esposar a la puta y soltar su culo en una celda durante unas cuantas horas. Tal vez las prostitutas la hicieran llorar. Como ella hizo llorar a Dez hacía algunos años, en aquel caluroso día de agosto.
—Nunca serás lo suficientemente buena para él.
Eso fue lo que la dijeron cuando las cuatro hermanas la rodearon como una ma-nada de lobos. Nunca olvidaría aquellas palabras brutales, pero nunca se dejó ame-drentar por eso tampoco. Lejos de eso. Probablemente debería darle las gracias a Missy. Sin su naturaleza intrínsecamente mala Dez podría no haber tenido las aga-llas de hacerse policía. Lo decidió en ese mismo momento, para demostrar a Missy Llewellyn que se equivocaba, y por lo que ella podría contar así había sido. Se había percatado ahora, que esta gente, con todo su dinero y relaciones, no eran lo bastante buenas para ella.
Dez luchó desesperadamente con la sonrisa que amenazaba por extenderse por su cara. De repente todas sus fantasías parecían hacerse realidad a la vez. Pensar en introducir a Missy en un coche patrulla hacía que se le endurecieran los pezones de gusto.
No. En verdad, este día se estaba convirtiendo en el mejor que hubiera tenido nunca. Era como si le hubieran entregado su regalo de Navidad con cuatro días de antelación. Casi hizo que llorara de felicidad. Nada sería tan magnifico como eso. Absolutamente nada.
—¿Dónde infiernos te habías metido?
Dez se estremeció. ¡Jesús!, esa voz le era familiar. Ella solo conocía a una persona con una voz así. Un chico extraño, que había sido el muchacho de catorce años más pequeño que recordaba haber visto, con la voz más baja que había oído nunca. Giró sobre sus talones… para quedar frente a un Dios, si podía decirlo así. Grande. Como una especie de hermoso defensa. Una cabeza afeitada con un serio problema de necesidad de afeitado y unos ojos dorados. Ojos que, en ese momento, la contemplaban como si fuera una pieza de costillas de primera. No. Este no podía ser Mace Llewellyn. Su corazón se hundió. Cierto, este hombre era hermoso, pero ella veía la belleza cada día. El Mace que ella recordaba no había sido hermoso, pero siempre sabía hacerla sonreír. Había aprendido a lo largo de los años que era muchísimo más importante que las apariencias.
—Bueno… contéstame.
«Uh-oh. Alerta, caso de locura». ¿Cómo era que todos los tíos buenos estaban locos?
—Yo… uh… lo siento. Pero, ¿te conozco?
Él cruzó los brazos sobre su gran pecho y sonrió con satisfacción.
—Tómate un minuto. Te dejaré que adivines.
Ella parpadeó y trató de recordar todas las salidas en caso de que el macizo cha-lado se volviera violento.
—Todavía estoy esperando.
De repente una idea la asaltó. Como una palmada a la frente. Pero… no. Eso no podía ser. No era humanamente posible. Pero ese tono de superioridad. Esa expre-sión arrogante. Esa sonrisa facilona. Esa voz asesina que había madurado deliciosa-mente con la edad. Todo junto, la verdad, solo podían pertenecer a una persona. Una persona que había estado esperando ver de nuevo durante más de veinte años.
¿Qué pasó con el muchacho que ella recordaba? Aparentemente, este… este… hombre le había sustituido. ¡Oh, y qué hombre!
Pero no importaba el aspecto tan diferente que tuviera, ella todavía le reconocía. Tal vez aquellos ojos dorados le delataban. O esos magníficos gruesos labios, ni si-quiera con catorce años había sido inmune a ellos.
O quizá fuera por cómo la miraba. Como si pasara todos los momentos que esta-ba despierto imaginándola desnuda.
Solo una persona la había mirado así. Bueno, solo una persona la había mirado así sin que ella tuviera el deseo sobrecogedor de arrancarle los ojos.
—¡Oh Dios mío!…, ¿Mace?
* * *
El tiempo había hecho maravillas con ella. Algunas mujeres nunca estaban tan bien como en secundaria, especialmente a los treinta y seis años. Pero ella lo estaba. Mu-cho mejor. Todavía tenía aquellos ojos de muerte. Gris con motas verdes. Solía mirar fijamente aquellos ojos durante la clase de biología, mientras hacían trampas con los experimentos. Por supuesto, cuando no contemplaba aquella hermosa cara con su mona naricita chata o aquel cuerpo increíblemente caliente. Ella había madurado pronto, usando una copa «C» mientras las otras muchachas solo empezaban a utili-zar sujetadores. Aunque nada de aquello importaba. No a Mace. Eso era solo la guinda.
Para él, había sido más que unas tetas grandes y una boca deliciosa. Dez le había gustado de verdad por aquel entonces. Simplemente por su forma de ser. Con cua-renta y cinco kilos, un metro setenta de altura escaso y una cabellera que apenas podría controlar y la actitud de un gigante. A la mayoría de la gente no le gustaba Mace. Dez, sin embargo, le encontraba divertido e inteligente. Ni siquiera sus her-manas le veían de ese modo. Para un joven de catorce años eso lo significaba todo.
Luego ella le dejó. Salió de su vida para nunca regresar. En este momento, Mace estaba totalmente listo para empujarla contra la pared y exigirla que le dijera cómo podía haberlo dejado de la forma en que lo hizo.
Durante años, una parte de él estuvo esperando verla otra vez. Aunque siempre deseó poder olvidarla. Perderse en alguna de las otras mujeres que había conocido tras observarla alejarse, con aquellos zapatos escolares, de la escuela y de su vida. Pero nunca lo había conseguido. Sin importar lo mucho que lo intentara, nunca podría olvidarla. Joder, si todavía soñaba con ella. En esos sueños ella ya era adulta, gracias a Dios, pero estos sueños no hacían justicia a la mujer que ahora estaba delante de él con la placa del Departamento de Policía de NY colgando de una cadena alrededor de su cuello.
—¿Mace Llewellyn? ¿Eres tú?
Menos mal, le recordaba. Eso estaba bien. Ahora le podría decir que había sido una perra por dejarle. Por romper su corazón de solo catorce años en un millón de pedazos y pisotearlos con sus zapatos escolares. Se preparaba para hacerlo… cuando ella le sonrió. Una sonrisa que prácticamente le tiró de culo.
Después de todos estos años, la mujer brincaba más allá de la perfección. Espe-cialmente cuando literalmente se tiró encima de él, con los brazos rodeándole el cue-llo.
—¡Jesús, Mace! ¡No lo puedo creer!
Sus ojos casi se pusieron en blanco cuando ella presionó su cuerpo curvilíneo con¬tra él. Sin pensar en nada más, la envolvió en un abrazo de oso y la alzó en vilo. Ella gritó agudamente, un sonido extraño por el tono de voz que tenía.
—¡No me lo puedo creer, Mace! —La verdad, él tampoco. ¿Cómo podía oler así de bien? ¿Cómo era humanamente posible?
Ella se rió.
—¡Deja de olisquear mi cuello! —Ella le empujó por los hombros y se retiró, pe-ro él no la dejó escapar—. No puedo creer que todavía hagas eso.
—Es que hueles muy bien.
Ella comenzó a poner los ojos en blanco.
—¿A qué?
—Así como…
—¿Cómo qué?
—Contesta antes a mi pregunta.
—¿Tú pregunta?
—¿Dónde diablos te has metido?
—¡Ay, Mace! Dame un momento. —Ella intentó retirarse de sus brazos, pero él se mantuvo firme—. ¿No vas a soltarme?
—Pero es que estoy tan a gusto. Contesta a mi pregunta.
—Mi familia se mudó, Mace. A Queens. Mis hermanas y yo fuimos a una escuela diferente. Te aseguro que no fue nada personal. —Él clavó los ojos en ella. —¡No lo fue!
—¿Me escribiste?
—No, Mace.
—¿Has pensado en mí?
—¡Oh, vamos!
—¿Qué? Es una pregunta válida.
—Tú ya lo sabes, vienes de una de las familias más ricas de Nueva York. Me pu-diste seguir la pista si hubieras querido verme.
—Estaba en una escuela militar.
Dez intentó no reírse, pero fue un intento vano.
—Lo siento. Creo que simplemente me cuesta imaginarte recibiendo las órdenes de... bueno... cualquiera.
—¿Qué se supone que quiere decir eso?
—Venga vamos, Mace. Que soy yo.
La contempló de arriba abajo.
—Sí. Seguro que eres tú. —Con los ojos semicerrados, durante unos segundos, no hicieron otra cosa que clavarlos el uno en el otro.
Dez sacudió la cabeza.
—Venga. Ponme en el suelo.
—¿Por qué?
—¡Mace!
Él la dejó caer, obligando a Dez a balancearse sobre sus talones. Esto, claro está, le obligó a él a agarrarla por la espalda para estabilizarla antes de que se cayera.
—Las manos fuera, Llewellyn. O te pongo los huevos de corbata.
Él sonrió mientras la soltaba.
—Pues vaya, no has cambiado nada.
—Ni tú. Veo que el Capitán Ego todavía vive.
No había ninguna mujer a la que le permitiera que le dijera eso. Se recorrió con la mirada.
—¿No he cambiado? ¿Ni siquiera un poco?
—No quiero decir físicamente, idiota. —Ella le dio un puñetazo ligero en el hombro, y parpadeó por la sorpresa al percatarse del bíceps que había bajo su chaqueta de cuero—. Definitivamente no quiero decir físicamente.
La sonrió descaradamente, disfrutando que su cuerpo pareciera distraerla.
—¿Estas bien, bella?
—¡Oh, cállate!
—Al menos dime que me extrañaste.
Ella asintió mientras su voz se suavizaba.
—Sí, Mace. Te extrañé. Fuiste mi mejor amigo.
¿Su mejor amigo? Él nunca quiso ser su mejor amigo. Quería ser su novio. Quería que sus padres les pillaran mientras se daban el lote. Quería comprarle una de esas esclavas horteras con el nombre de él grabado. Quería que tuviera tatuado en la frente «propiedad de Mace Llewellyn».
—Deja de fruncir el ceño, Mace. —Ella se alzó y paso las manos sobre su frente. Este gesto lo había utilizado bastante en la escuela. A menudo la única cosa que le calmaba en aquel entonces. La única cosa que le contuvo de destrozar a los prepotentes e idiotas atletas con sus colmillos recién estrenados—. Eso fue hace veinte años, Mace. Déjalo, tonto. —Ella pasó el pulgar a lo largo de su nariz, extendiendo su mano a fin de que sus dedos moldeasen su mejilla. Se apoyó en su mano y ella sonrió en respuesta.
Aun después de todos estos años ella sabía perfectamente cómo manipularle. Cómo contener a la bestia que había dentro de su corazón sin siquiera pretenderlo. ¡Oh, sí! Esta mujer estaba destinada a ser suya. Y ahora nada se interpondría entre ellos.
—¿Qué demonios crees que estas haciendo con mi hermano?
Mace soltó un gruñido y se preguntó cuánto tiempo le caería a un hombre por lanzar a su hermana al East River.
* * *
El cuerpo de Mace se tensó contra su mano. Luego escuchó el gruñido de Mace. Solo lo usaba cuando algo le enojaba. Pobrecillo, parecía que todavía no le iba mucho mejor con sus hermanas que a ella.
Mirando por encima de su hombro pudo ver a la bella Missy Llewellyn. A dife-rencia de Mace, no había cambiado mucho. Todavía era esbelta, dorada y hermosa. E igual de malvada que una serpiente. Todo lo contrario que Dez, a la que el tío que más le desagradaba había apodado «la gordi».
—Bueno, ¿me vas a contestar?
¡Oooh! Missy enojada. A Dez le encantaba eso. Ella podría haberse portado bien. Debería haber sido simpática. Pero vaya. El departamento entero de homicidios no la llamaba «La Instigadora» por nada.
Dez se volvió para enfrentarse a Missy apoyándose contra el pecho de Mace. Luego, por puro gusto, agarró sus brazos grandes y los hizo pasar alrededor de su cintura. Al principio se sorprendió con su reacción física ante Mace. El lanzarse a los brazos de un hombre que no había visto en veinte años realmente no era su estilo. Pero el simple hecho de verle trajo de vuelta a la chica de catorce años que nunca tenía suficiente de Mace y su rareza inherente. ¿Y ahora? El usar a Mace para torturar a su hermana... a Dez simplemente le sentaba la mar de bien.
Sonrió a Missy.
—Tu hermano me pidió que fuera con él a un hotel para tener sexo salvaje… y le dije que me mostrara el camino.
¡Oh, sí! Si las miradas pudiesen matar, ella ahora mismo sería un punto grasiento sobre la alfombra de la mujer. Por lo visto, Missy todavía pensaba que Dez no era suficiente para su hermano. Eso solo hizo que todo fuera más divertido. Por supuesto, el que Mace apretara más fuerte su cuerpo y acariciara con la nariz su cuello… tampoco hacía daño. No estaba sorprendida, sin embargo, de que Mace le siguiera el juego un poco más. Los dos juntos siempre habían sido un problema. Las monjas siempre les estaban separando en clase, deteniéndolos, llamándoles contestones y condenándolos a los fuegos del infierno... ya ves. Lo que fuera.
Parecía que algunas cosas nunca cambiaban.
—Así que, Mace, salgo de trabajar dentro de un par de horas.
Él negó con la cabeza.
—Cariño, no puedo esperar tanto tiempo. Vayamos a la oficina de mi hermana. Ya sabes. Para quitarnos este picor. —Dez luchó con la parte de ella que quería acep-tar esa oferta en particular de Mace y en cambio le siguió el juego.
—Eso es taaaan romántico, Mace. Nunca hubiera imaginado que fueras tan romántico.
—Hay bastantes cosas de mí que no sabes aún. Además, el escritorio de Missy es de una caoba muy suave, y robusto. Podríamos atacarnos como lobos sobre él y no se movería.
Ah, era el Mace que ella recordaba. El muchacho sabihondo que torturaba con sus bromas a todo el mundo para su diversión, y su hermana no era una excepción. Bueno, la verdad, Dez sabía que él hacia un esfuerzo extra para torturar a su herma-na y que disfrutaba cada minuto.
Yup. Su día cada vez iba mejor.
* * *
¿Podría ir su día mucho mejor? La mujer de sus sueños estaba acunada en sus bra-zos y su hermana era casi una furia violenta. Unos minutos más y comenzaría a ronronear sin poder detenerse.
—Mason… —escupió su hermana fuertemente, entre sus dientes apretados—. Necesito hablar contigo… en privado.
Mace la observó preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que chasqueara los dedos.
—¡Ahora!
Vaya, solo le llevó diez segundos.
La observó mientras se dirigía rígidamente hacia su oficina.
—¡Oh, Mace! Estás en probleeeemas —susurró Dez con voz cantarina.
La atrajo para acercarla más a él. No pudo evitarlo. ¿Tendría idea de lo sabrosa que le parecía?
Otro policía se acercó para pararse al lado de ellos. Miró furiosamente hacia Ma-ce, pero este le ignoró. No permitiría que nada le distrajera de la mujer que tenía en sus brazos.
—Nos tenemos que ir de aquí.
—¿Qué? ¿Por qué?
—He recibido una llamada del teniente. Nos retiran del caso. He sido informado de que hemos reunido suficiente información para la investigación y debemos dejar de acosar a la señorita Llewellyn. ¿Por qué no paráis lo que estáis haciendo?
—¡Oye, B! Me estás arruinando la fiesta. —Con un gruñido enojado el hombre les dio la espalda. Ella miró a Mace sobre su hombro. —Señor Llewellyn, creo que su hermana hizo una llamada.
—Creo que está usted en lo cierto, detective. —Su hermana tenía un montón de conexiones políticas, y no era nada tímida usándolas cada vez que le convenía.
—Lástima. Tenía planes de tortura para ella. Y todos involucraban su escritorio. —Sonriendo ella se giró, se estiró y le besó en la mejilla. Había tenido a muchas mu-jeres haciéndole cosas más intensas en todos estos años, pero nada se sintió tan bien como este simple beso—. Ha sido fantástico verte de nuevo, Mace.
Ella se apartó y él a regañadientes la dejó ir.
—Y me alegro de que estés bien. Aunque nunca he dudado otra cosa. —Ella le hizo una seña a su compañero. —Salgamos de aquí, B.
El varón inició la marcha y ella le siguió a la zaga, pero Mace la detuvo con una palabra.
—Espera.
* * *
Dez le miró, intrigada por su petición. La verdad, siempre tenía curiosidad por un montón de cosas cuando estaba Mace en la ecuación.
—Sal conmigo esta noche. A cenar. —Ella se rió ante lo que claramente fue una orden en vez de una petición.
—No.
—¿Por qué no?
—Ni siquiera recuerdas mi nombre, Mason Llewellyn. —Él no había dicho su nombre ni una sola vez durante estos últimos diez minutos. Le dolía pensar lo fácil-mente que se había olvidado de ella, pero cuando se tenía el aspecto que tenía Mace ahora, ¿cómo podía recordar a todas las mujeres? Especialmente a una con la que no había dormido. Dez se dio la vuelta, dirigiéndose hacia el vestíbulo.
—Desiree. —Ella se congeló cuando su voz baja se deslizó por su piel—. Patricia. Marie. MacDermot. Dez para abreviar.
Dez se dio la vuelta, con la boca abierta por el asombro.
—¿Cómo diantre te acordaste? —Incluso su nombre de bautismo. Nadie conocía su nombre de bautismo excepto el cura, y eso era porque él, en realidad, no la tenía en mucha estima.
—Recuerdo todo acerca de ti, Dez. Absolutamente todo. —El aliento de ella se transformó en un suspiro. Su corazón comenzó a palpitar más rápido. Y ella repenti-namente se preguntó si Mace podría sentir cómo su sangre alcanzaba velocidades extremas a través de sus venas. Tras unos instantes, ella agitó su cabeza intentando despejarse.
—Todavía sigues haciendo eso, Mace. —«Bastardo».
—¿Haciendo qué?
Ella sonrió descaradamente y le fulminó con la mirada al mismo tiempo.
—Torturarme.
* * *
Se apoyó contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mirándola de arriba a bajo. Desde sus lindos y pequeños pies a sus magníficos pe-chos, para terminar llegando a sus ojos grises y su pelo castaño rojizo.
—Cariño, ni siquiera he empezado.
Ella cerró los ojos e inspiró profundamente. Después de otro segundo dijo:
—Me voy de aquí, Mace.
Esto no era cómo en su fantasía. Ella seguía sin aceptarle. ¿Por qué no le contes-taría? «Sí» a la cena de hoy. «Sí» a casarse mañana. Maldición, tenía un calendario que cumplir. Un calendario que implicaba meter a su dulce culito en una cama tan rápido como fuera humanamente posible.
—¿Cuándo te veré de nuevo?
Ella ya estaba en la otra punta del vestíbulo.
—Por el bien de tu hermana, mejor nunca.
Luego se fue. Pero esto no se había acabado.
Ni mucho menos.
* * *
Dez se introdujo en el asiento de pasajero en el coche, recostó la cabeza contra el asiento y se quedo con la mirada perdida sobre el techo del Chevrolet.
—No hagas eso, Dez.
Ella le echó una mirada a su compañero desde hacía cuatro años.
—¿Que no haga qué?
—Ponerte en evidencia por ese tipo. Él es rico. Es un Llewellyn. Y puede tener cualquier tía buena que desee de la ciudad.
—Soy una tía buena. —Dez sonrió con descaro—. Aquel tipo de la semana pasa-da, que creía que los alienígenas le hablaban e intentó quemar a su vecino, dijo que yo era fabulosa.
Bukowski se rió ahogadamente, poniendo en marcha el coche.
—Y estaba en lo cierto, si bien no era el hombre más cuerdo que hemos arresta-do. Pero un tipo como Llewellyn nunca se daría cuenta de eso. Así que no pierdas tu tiempo.
—Lo sé. Lo sé. Sin embargo, una chica puede fantasear.
—Sí. Segurísimo.
Él se adentró en el tráfico y se dirigió a la comisaría.
Mace Llewellyn. Regresaba a Nueva York y parecía más sabroso que nada que hubiera visto antes. ¿Quién adivinaría que se convertiría en algo así? En su día había pensado en él como una persona adorable. Un niño bonito que se sentaba a su lado en la clase de ciencias, haciendo bromas a todo el mundo mientras intentaba no cla-var los ojos en sus pechos. Había sido brutal, ocurrente y su mayor fijación. Ahora, sin embargo, bueno... ahora el hombre era un dios. Con uno noventa y cinco de altu-ra y noventa kilos de peso, sin un solo gramo de grasa en él.
Al principio, no había quedado impresionada con los varones que consiguió atisbar mientras esperaba la entrevista con Missy. Demasiado hermosos. Demasiado lustrosos. Demasiado… limpios. Todos llevaban puestos trajes de Armani y relojes de pulsera de más de setecientos dólares. Todos eran rubios. No, no del todo rubios. Dorados. Frondosamente dorados. Su piel. Sus ojos. Su pelo. Era difícil de creer que estas personas vivieran en Nueva York. Su Nueva York. Donde se encontraba cada sombra, cada matiz, cada color del puñetero arco iris.
Por lo que a Dez se refería, su familia representaba la verdadera cultura de Nue-va York. Su padre, un buen muchacho irlandés de Hell’s Kitchen . Su madre una dulce puertorriqueña del Bronx. Al unirse esas dos personas crearon a una hija morenita que parecía que había llegado recientemente en un bote desde Cataño . Otra hija pelirroja con piel tan pálida que parecía que debería estar en Broadway en el Show de Riverdance .
Luego crearon a Dez, quien pendía entre ambos mundos. Con su pelo castaño con reflejos rojizos. Y su piel que parecía haber pasado demasiado tiempo bajo el sol. Además de que tenía el extraño color de ojos de su padre.
Mason parecía tener el mismo problema. El de encajar en un sitio y no hacerlo.
Él siempre había tenido el pelo dorado. Ojos dorados. Incluso esa piel dorada. Pero ahora parecía más áspero y maduro. Con la barba incipiente en su mandíbula firme y cuadrada. Su pelo dorado recién rapado, aunque parecía que empezaba a despuntar por el cogote. Sus pensativos ojos dorados mostraban que había visto mu-cho mundo en estos últimos veinte años. Y de acuerdo con esa brutal cicatriz que cortaba su cuello, el mundo había sido bastante duro con él.
Sí, Bukowski probablemente había acertado y debía meterse eso en la cabeza. Un tipo como Mace estaba fuera de su nivel… bueno si es que tenía un nivel. No era que hubiera tenido muchas citas después de su matrimonio con «El Idiota», que había acabado hacía cuatro años.
De todos modos, el Mace de catorce años solía provocarle un cosquilleo en su columna cada vez que él la sonreía en el laboratorio de biología. Sin embargo, este Mace adulto hacía que todo su cuerpo cosquilleara... violentamente.
No pensaba que Mace lo hubiera notado siquiera en aquel entonces. Siempre la había tratado como una hermana a la que no odiaba. Sin embargo, después de verle ahora, la verdad, esperaba que no mirara a sus propias hermanas de esa forma.
* * *
Dez había cambiado. Y para mejor. Ya no era la chica dolorosamente tímida que in-tentaba esconder sus enormes pechos detrás de una pila de libros a fin de que los deportistas dejaran de intentar agarrarla; esta Dez apestaba a serenidad y confianza. Casi arrogante. Incluso la manera en que se movía. Caminaba derecha, con la cabeza bien alta y sin esconder sus pechos aprisionados bajo un suéter de cuello vuelto color borgoña, desafiando a que la tocaran. Y viendo la forma en la que ella se movía, Mace no había dudado de que le rompería el cuello al primer pringado que lo intentara.
Sí. Todavía la quería. Tenía que tenerla. Y, como con una gacela que pasara co-rriendo delante de él en las llanuras africanas, haría cualquier cosa necesaria para colocar sus patas sobre ella.
Mace miró la puerta que lo separaba de su hermana. Con un pesado suspiro ca-minó hacia allí y rezó para que se llevaran mejor esta vez. No estaba seguro de que pudiese tolerar más puntos de sutura en su garganta.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:04 pm

Capítulo Dos


—¿Qué estabas haciendo exactamente con esa… esa… poli?
Mace acomodó los pies encima del escritorio de su hermana y fijó los ojos en el techo.
—Bueno, si no nos hubieras interrumpido, probablemente la hubiera tumbado sobre el escritorio y…
—¡Mason Llewellyn! No estoy bromeando. Lo creas o no, esa idiota es policía e intenta demostrar que yo he tenido algo que ver con la muerte de Alexander. De hecho, me preguntó si lo maté.
Mace miró a su preciosa hermana. Ella salía a su madre. Él salía su padre. Y ellos se llevaban igual que esa pareja.
—¿Lo hiciste?
Missy le miró airadamente.
—¡Desde luego que no!
—Solo quería asegurarme. Sé lo enfadada que puedes llegar a ponerte.
—Estás disfrutando con esto, ¿verdad?
—A decir verdad…
—No tienes ni idea de lo que está pasando.
Algo en el tono de su hermana le hizo detenerse. Algo que indicaba agobio… y miedo.
—Tienes razón. Así es que, ¿por qué no me lo explicas?
Missy comenzó a frotarse las sienes. Un signo evidente de que su nivel de tensión alcanzaba nuevas alturas.
—No lo sé. Creo que alguien esta tratando de apoderarse del control de la Mana-da. Deshaciéndose de los machos.
—¿Me estás diciendo que otros leones le pegaron un tiro a Petrov?
—Te he dicho que no lo sé.
—Evidentemente.
Había una regla no escrita entre los cambiaformas; nunca se luchaba con¬tra otro cambiaformas con otras armas que no fueran sus colmillos, garras y sus propias habilidades de caza. Ese era uno de los motivos por el que pocos leones habían demostrado dolor ante la pérdida de la Manada Withell unos meses antes. ¿Usar veneno en las garras? Era de mal gusto.
—¿Estás segura de que no fueron las hienas? Ya sé que he estado lejos una tem-porada, pero no puedes hacerme creer que te llevas bien con ellas.
Missy frunció la nariz.
—A duras penas.
No. No creía que las cosas hubieran cambiado tanto. No cuando Missy todavía portaba en su espalda una cicatriz fruto de una pelea contra una hiena mientras to-davía era una niña. Eran los únicos cambiaformas, conocidos por Mace, que nacían con los colmillos y con la creencia de que todo a su alrededor existía con la simple finalidad de convertirse en su presa.
—Simplemente ten cuidado, Mason. Si algún otro macho planea tomar el control, no estoy segura de si te verían como una amenaza.
Los machos siempre abandonaban la Manada en que nacían, pero puesto que los Llewellyn eran una Manada «civilizada» que negociaba su salida, la relación con ellos siempre creaba pequeños problemas, y eran una amenaza para aquellos forasteros que intentaban reclamar a sus hermanas y primas como suyas. Con el dinero y el nombre que poseía, la Manada podía mantener a tres machos de alto nivel.
Desde luego, esa idea en particular le revolvió el estómago.
Aunque la verdad era que Mace no estaba preocupado. Había aprendido hacía mucho tiempo cómo sobrevivir sin la Manada. Había sido el cazador y el cazado. Atrapado en mitad del fuego cruzado, sin aparentemente ninguna salida. Había ma-tado. Humanos. Con la única intención de proteger a sus hombres y a sí mismo. Sus días de chico mimado desaparecieron en cuanto ingresó en la Academia Naval.
Pero la preocupación de su hermana casi le hizo sentir que no la odiaba. Casi.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
—En estos momentos, nada. Simplemente sigue respirando.
—¿Y luego qué?
—Todavía no lo sé. Pero no quiero que algún macho renegado intente apoderar-se de la Manada. Sherry tuvo dos cachorros el mes pasado, hijos de Petrov. —Missy se estremeció—. Odio pensar lo que les harían si eso sucediera.
No quería hacer la siguiente pregunta, pero su estúpido sentido del deber y la lealtad, no le permitían evitarla.
—¿Necesitas que me quede?
—No. Shaw y Reynolds no estarían de acuerdo, y no necesito escuchar vuestros tres gruñidos a la hora del desayuno. Además, mañana celebramos un banquete al que acudirá gente muy importante. Y dado que ya sé que no te arreglarías para él…
Mace elevó la mano.
—Un simple «no» hubiera contestado a mi pregunta.
—¿Dónde te vas a alojar? Y no me digas que en tu apartamento. No estarías se-guro.
Él quiso decir «entre los muslos de Dez», pero eso solo haría que su hermana volviera a quejarse.
—En realidad, un compañero de la Marina viene a la ciudad. Él y su Jauría se quedarán aquí durante las vacaciones. Puedo alojarme con ellos.
Alzó la vista y encontró la mirada horrorizada de su hermana fija en él.
—¿Hay algún problema?
—¿Has dicho Jauría?
—Sí.
—¿Eres amigo de un... un… perro?
—Él prefiere que le llamen lobo, pero sí, lo soy. —En realidad consideraba a Smitty como su hermano. Se habían salvado la vida el uno al otro en más de una oca-sión.
—Pero... no podéis ser amigos.
En teoría, quizá. Su amigo pertenecía a una Jauría y él a una Manada, eran un perro y un gato; Smitty y él deberían haber sido los peores enemigos del mundo. Sobre todo con la guerra que enfrentaba a las Jaurías y las Manadas desde hacía décadas. Pero los militares tenían el poder de crear extraños compañeros de cama. Tipos que tenían que confiar los unos en los otros para sobrevivir. Smitty era y siempre sería, uno de sus mejores colegas. Aun cuando Mace le hubiera pillado en más de una ocasión lamiendo sus propias pelotas.
—Lo verdaderamente divertido, Missy, es que en realidad no estoy pidiendo tu jodido permiso.
—¡No te atrevas a maldecir delante de mí, Mason! No soy uno de tus cohortes del ejército, ni esa puta del Bronx.
Mace dirigió su mirada de nuevo al techo. Cinco minutos con su hermana y se sentía de nuevo como si tuviera doce años.
»Ahora bien —continuó—, al menos tendrás la intención de venir en Navidad, ¿verdad? Tengo un regalo para ti.
Mace recorrió con la mirada la oficina de Missy. No había nada que indicara que en cinco días el mundo celebraría la Navidad. Fácilmente podría haber sido el cinco de agosto, dado el tipo de decoración que la adornaba.
—¿Vas a celebrar la Navidad?
—No seas gracioso. El salón está totalmente decorado. Simplemente no me gus-tan las cintas y los demás adornos en la oficina.
No tenía ni que preguntar para saber que sus hermanas habían contratado a al-guien para que decorara el salón. Las hembras de la Manada de ninguna manera iban a rebajarse a algo tan burgués como decorar un árbol de Navidad.
—Ya veré. Es posible que esté ocupado.
Los ojos dorados de su hermana se entrecerraron.
—No con esa mujer.
Con un poco de suerte, en Navidad su verga estaría tan dentro de Dez MacDer-mot que ir a algún sitio sería físicamente imposible.
Pero ante su hermana se encogió de hombros.
—Nunca se sabe…
* * *
Dez se encogió cuando su jefe cerró la puerta de golpe ante sus narices. Pero antes de que pudiera darse la vuelta la abrió de nuevo.
—¡Y no quiero ver tu culo hasta después de Año Nuevo! —Cerró de golpe otra vez.
Dez miró hacia Bukowski echando fuego por los ojos, mientras se dirigía hacia su escritorio.
—Yo no hice nada.
—Le preguntaste si había matado a Petrov… Creo que tus palabras exactas fue-ron «¿Usted le liquidó, verdad?» Eres una puta muy sádica.
—Una gordi sádica. Y solo fue una pregunta.
—Ummm. Bueno, pues tu «pregunta» te ha proporcionado unas preciosas vaca-ciones hasta el final de las fiestas.
—Aun así no me parece justo.
—Quizá no. —Bukowski se derrumbó sobre la silla de su escritorio—. Pero tu padre es el que juega al golf con el teniente cada dos semanas. ¿Qué te apuestas que le ha ido con eso de que su pobre hijita tiene que trabajar todas las fiestas?
¿Quién hubiera pensado que traer a su padre a una fiesta del NYPD causaría tantos problemas? Se lo presentó a su teniente y una vez que descubrieron que los dos habían sido Marines, se llevaron de muerte. Entonces comenzaron a jugar al golf con otros Marines unas cuantas veces al mes. Dez sabía que solo era cuestión de tiempo el que su padre se enterase de que en realidad no tenía por qué trabajar los festivos. Con su antigüedad y los días que le debían de vacaciones, podría tomarse todo el mes de diciembre.
Pero Dez trabajaba en las fiestas por una sola razón. Porque cualquier cosa era mejor que pasar otras Navidades con sus hermanas. Una mujer solo podía escuchar un limitado número de veces lo fracasada que era en cuestión de hombres y con su carrera, antes de que comenzara a doler de verdad.
Dez también se dejó caer en su silla y frunció el ceño mirando a la pared. Su ac-tual situación no la hacía muy feliz.
—¿Y qué vas a hacer?
Echó un vistazo hacia Bukowski y después a la pared cubierta por pasquines de «se busca».
—Fingir que esto no ha ocurrido.
Su compañero se rió entre dientes.
—Buena suerte.
Dez giró su silla y recorrió con la mirada el expediente de Petrov que aún des-cansaba sobre su escritorio. Examinó la fotografía que se adjuntaba. Petrov había sido un hombre hermoso, eso era indudable. Pero ni de lejos tanto como Mace.
Dez cerró el archivo y echó una breve ojeada cuando escuchó a alguien sentarse en la silla situada al otro lado de su escritorio. Cuando dos enormes pies se apoyaron sobre la gran cantidad de papeles que se acumulaban delante de ella, alzó la mirada.
Sí, con absoluta certeza era Mace Llewellyn el que la observaba atentamente des-de el otro lado de su escritorio. Con absoluta fijeza. Como hacía siempre. Como si supiera dónde tenía enterrados los cuerpos de todos sus pececillos de colores des-pués de sus desafortunados «accidentes», o las diabluras que había hecho con los cepillos de dientes de sus hermanas en más de una ocasión. La mirada fija de todo lo veo y todo lo sé de Mace, todavía la sacaba de quicio.
Alzó una ceja.
—¿Por qué estás aquí?
Él también alzó la ceja a modo de burla.
—No me llegaste a contestar.
—Sí. Lo hice. De hecho, te dije exactamente «no».
—Es cierto, pero he decidido ignorarlo hasta oír lo que quiero.
Dez se rió.
—Jesús, Mace. ¿En realidad no has cambiado nada, verdad? Todavía eres… tú.
—¿Te refieres a mi grandísimo carisma y a mi aplastante encanto?
Bueno. Tenía que detener esa risita tonta de adolescente que le había entrado. Era una mujer madura de treinta y seis años, con un divorcio a cuestas y una considerable hipoteca. Actuar como si el capitán de fútbol la hubiera invitado a ir al baile de graduación era, sin ninguna duda, totalmente inmaduro.
—Mace. —Dez se calló y miró alrededor de la sala. Sí, era el centro de atención de todos los idiotas presentes—. ¿No tenéis nada que hacer?
Se escuchó un unánime:
—No.
Gruñó y trasladó de nuevo su atención a Mace. Le culpó por lo que muy proba-blemente serían horas, o incluso días, de chismorreos en la comisaría.
—Mace. No puedo salir contigo.
—Si te preocupa que la detención de mi hermana pueda interponerse entre nosotros… en realidad, para mí no resulta ningún problema. Estoy bastante seguro de que eso nos uniría aún más. Por otra parte, hicimos planes... que implicaban al escritorio de Missy.
—Ya sabes que solamente estaba torturando a tu hermana.
—¿Entonces te limitaste a usarme? —Pareció realmente herido—. ¿Cómo a una puta?
—Mace… —Calló y se frotó los ojos. De todos los sitios en los que él podría estar haciendo esto, la comisaría no debería de ser uno de ellos—. Estás haciéndolo de nuevo.
—¿El qué?
—Intentando volverme loca.
La mirada que le lanzó era de puro macho depredador.
—Me gusta volverte loca.
«Dios, ¿acababa de gruñir eso?»
Después de todos esos años, Mace todavía tenía el poder de afectar las zonas más interesantes de su cuerpo. Conseguía que se sintiera incómodamente caliente… y seriamente mojada.
Humedad de aviso.
El teléfono de su escritorio comenzó a sonar. Debería de estar agradecida por esa distracción de Mace, pero en cambio hizo una mueca. No le gustaba lo que venía a continuación.
Como aparentemente temía que ella no cogiera el teléfono, Bukowski rodeó a Mace y cogió el receptor.
—Escritorio de la detective MacDermot. Bueno, hola, Sra. MacDermot, ¿cómo está usted?
Ella estiró la mano.
—Dame el teléfono, tú…
Consiguió tragarse la maldición que tenía en la punta de la lengua. Le había lle-vado sus buenos años expulsar de su educación a la chica del Bronx. No iba a soltarla de nuevo. Sobre todo delante de una persona a la que aún quería impresionar.
Él la arrojó el receptor. Ella lo cogió y lo atrajo hasta su oído.
—¿Hola?
—Hola, cariño.
—¿Qué hay, mami?
—Tengo entendido que estás disponible para la cena de Navidad.
Jesús, ¿el teniente tenía una línea directa con su padre, o algo por el estilo?
—Bueno...
—¡No te atrevas a mentirme, Desiree MacDermot! —La acidez de su tono, todav-ía la hacía batirse en retirada—. La cena será a las seis. Trae la tarta. Te quiero.
Su madre colgó. Como siempre, la mujer había sido seca y concisa. Dez dejó caer el teléfono en su lugar. Esta Navidad se estaba yendo al diablo rápidamente. Levantó la vista y observó cómo la miraban atentamente unos ojos dorados. En realidad la devoraban.
Santísima y Puritísima Mierda.
* * *
La mujer estaba jodidamente hermosa.
—No me mires así, Mace.
Él dejó caer los pies al suelo
—¿Cómo?
—Ya sabes cómo.
Él se inclinó sobre el escritorio, con la cabeza descansando encima de la mano, y esperó. Esperó a que ella comprendiera que terminarían juntos.
—¿Qué pasa, Mace? ¿Qué?
—Estoy esperándote.
—No te molestes. —Agitó una mano—. Al parecer tengo que ir a comprar una tarta. —Sonó tan desanimada que él no pudo evitar soltar una carcajada.
—No eres una gran entusiasta de las Fiestas, ¿verdad? —Tendría que trabajar en ello. Le gustaba la Navidad, pero nunca había tenido la oportunidad de celebrarla con su propia familia. Quería que Dez disfrutara la Navidad tanto como él mismo. En esos momentos, se parecía a un cachorro al que le hubieran quitado su pelota de tenis favorita.
—Toda la comisaría me presiona para que me vaya, como si tuviera la lepra. Por lo general trabajo durante las vacaciones, pero ahora, debido a tu hermana, voy a tener que lidiar con ellos.
—¿Ellos?
—La familia.
Comprendía su angustia. Por supuesto, sus hermanas no se apresuraban en exi-gir su presencia, sobre todo existiendo la posibilidad de que pudiera avergonzarlas. Y dado que Mace se esforzaba por avergonzarlas, esta era una preocupación perfec-tamente lógica.
—¡Oh, Dios! Tengo que ir a comprar. —Enterró aquella preciosa cara entre sus manos—. Odio ir de compras en fiestas.
—¿Sabes qué? También tengo que ir de compras. Deberíamos ir juntos.
Ella comenzó a pasarse la mano por el pelo, entonces se detuvo bruscamente. Agitó las manos y cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Siempre eres tan insistente?
—Te compraré un chocolate caliente.
Observó su lucha interior con una asombrosa sonrisa.
—Vete, Mace.
—¿Me vas a dejar a la tierna clemencia de estas crueles calles de Nueva York? ¿Absolutamente solo? ¿En Navidad? ¿Sin familia? —Suspiró, mostrando su mejor «mirada triste». La había perfeccionado durante años, con unos cuantos comprensi-vos ligues de bar—. Missy no me quiere cerca en su excepcional banquete Navideño de mañana. Dice que la avergonzaría delante de todos sus amigos.
Dez maldijo con un gruñido encolerizado.
—Eres su hermano. ¿Cómo puede hacerte eso?
«Sí» La tenía. Al menos… bueno… la tenía.
—¡Eh!, Colega. —Bobby Ray Smith, también llamado Smitty por sus amigos más íntimos y por toda la Marina de los Estados Unidos, cogió una silla de uno de los escritorios más próximos, la colocó a su lado y se sentó—. En esta ciudad tienen mujeres verdaderamente hermosas. —¿Por qué, Dios mío, por qué demonios se había tenido que encontrar a Smitty antes de llegar?« La razón es que eres un estúpido asno, Llewellyn».
De repente Smitty se percató de la presencia de Dez. Y como el perro que, lite-ralmente, era…
—Bueno —dijo, con aquella lenta y burlona sonrisa que conseguía sacar a su gato más veces de las que ambos podían contar—. Hola, cielín.
Ambos se dieron la mano y Mace tuvo el aplastante deseo de arrancar el brazo de Smitty de su cuerpo.
Dez captó el tatuaje de un ancla sobre el antebrazo de Smitty.
—¿La Marina?
—Sí. Escapado hace unos meses. —La cansina voz de Smitty le pareció más mo-lesta que de costumbre—. Y Mace escapó ayer. ¿Eh, colega?
Mace asintió con la cabeza.
—¿La Marina, Mace? —Pareció auténticamente decepcionada.
—¿Bueno, cielín, que problema tienes con la Marina? —Smitty aún no había sol-tado su mano. Sintió un repentino odio hacia su mejor amigo.
—Nada. Excepto que nunca serán los Marines.
Dez separó su mano mientras los hombres se miraban entre sí.
—¿Eras Marine?
Dez le miró airadamente.
—No estés tan impresionado. Y no solo era Marine. Era PM, nene. La sargento MacDermot cuando lo dejé.
Smitty le brindó de nuevo aquella maldita y encantadora sonrisa.
—Él era comandante. Yo teniente. Estuvimos juntos en los SEAL.
Normalmente, Mace no hubiera tenido ningún problema con el hecho de que Smitty soltara aquella pequeña información. Estaba asombrado de la cantidad de sexo que conseguían con aquel pequeño dato. Pero no quería que ese bastardo si-guiera ese camino con Dez.
—Guau. —Dez no se mostró nada impresionada—. Eso es realmente impresio-nante. Apuesto que esa frase también te consiguió un montón de sexo oral, ¿eh?
Smitty parpadeó.
—¿Crees que estoy mintiendo?
—No. Para nada. —Dez se encogió de hombros—. Simplemente no me importa, uh…
—Bobby Ray Smith. Pero puedes llamarme Smitty.
—Por supuesto, tú eres Smitty. Ya sabes que en el ejército todo el mundo tiene un amigo llamado Smitty. —Los dos se rieron. No, a Mace no le gustaba esto ni una maldita pizca.
—Entonces… —Dez echó un vistazo a Mace con una ceja elevada—. ¿Smitty, estás disfrutando de nuestra bella ciudad?
—¡Oh, sí! Ya sabes, Mace nos ha tomado bajo su cuidado a mí y a mis parientes.
—¿Parientes?
Uh-oh.
—Familia.
—¿Oh? —Otro vistazo hacia Mace—. Tu familia está aquí. ¿Y también van a que-darse con Mace?
Mace tuvo que mirar a Smitty. Siempre había tenido la impresión de que la ma-yor parte de su Jauría apenas le toleraba.
Sin embargo debería haberlo sabido… Siendo sureño, Smitty nunca diría cual-quier cosa que pudiera considerarse cruel delante de extraños.
—¡Oh, sí! Mi mamá dice que Mace es su sexto hijo.
—¿De verdad?
—Mi hermana también ha venido, y adora a Mace.
—¿Sí? —Dez se giró hacia Mace. Chico, parecía realmente molesta—. No has cambiado ni un poco, Llewellyn.
Él se inclinó sobre el respaldo, cruzando los brazos sobre su pecho.
—En ningún momento te he dicho que lo haya hecho.
—¿Pero me has mentido?
—No. Es verdad que Missy no quiere que vaya a su banquete. Pero simplemente no me importa una mierda.
—¿Y eso te sirve para aprovecharte de mi compasión… bastardo conspirador?
—Se lo que quiero, Dez. Sabes como me siento acerca de eso. ¿Recuerdas los Ring Dings ?
Ella se pasó las manos por el pelo. Él seguía frustrándola. «Bien».
—No hablaremos de los Ring Dings, Mace. Señor, somos demasiado mayores pa-ra esto. Soy demasiado mayor para esto.
—Entonces dime que saldrás a cenar conmigo y entonces me detendré.
—No.
—Me niego a oír eso.
Ella se giró hacia Smitty.
—Díselo, Smitty. Dile que he dicho «no».
Smitty la miró fijamente.
—Lo cierto es que tienes unos ojos preciosos, cielín.
Dez le miró asombrada y luego sonrió satisfecho.
—Eres tan malo como él.
Mace comprendió en ese mismo momento que ambos estaban teniendo un «mo-mento». «Bueno, no es aceptable».
—Dios, Dez. ¿Qué es eso?
Dez siguió la dirección a donde señalaba Mace y miró hacia atrás. Mientras la tenía momentáneamente distraída levantó su otra mano, la colocó en la nuca de Smitty y empujó la cabeza del hombre contra el escritorio de Dez. Cuando ella se giró de nuevo, Mace tenía un gesto de total inocencia, Smitty se sujetaba la frente y el compañero de Dez había comenzado a reír como un histérico.
—¿Qué has hecho?
Mace parpadeó.
—Nada.
* * *
Dez estiró las piernas sobre el sofá y estudió las uñas pintadas de sus pies. Eso y la depilación de sus cejas eran sus únicas indulgencias a su feminidad. Estaban en Na-vidad, ¿cuál debería ser su color esta semana? Un rojo festivo. Se rió, preguntándose si a Mace le gustaría ese color en ella.
Sacudió la cabeza. Mace Llewellyn. De nuevo en su vida después de todos esos años. Y además tenaz como siempre. Solo que ahora él era el persistente con ella, al contrario que cuando los Ring Dings. Se preguntaba cuál era el motivo. ¿Por qué ese repentino interés por ella? Habían sido amigos desde noveno. Muy buenos amigos. Su marcha de Queens resultó un golpe muy duro, y cuando al final tuvo suficiente valor como para verle… sus hermanas llegaron primero. La dijeron que con su acen-to del Bronx y sus modales barriobajeros nunca encajaría con él o con su familia. En definitiva, que solo sería una vergüenza para él.
Dez suspiró y echó un vistazo a la televisión. Las sirenas de uno de sus episodios favoritos de Cops resonaban sin cesar, mientras un perro policía lanzaba al suelo al caco. El hombre continuaba moviéndose y el perro le mordía aún más fuerte. Si dejara de moverse el perro dejaría de morder. De repente se dio cuenta de cómo se sentía el caco. Ella seguía moviéndose y Mace seguía mordiéndola aún más fuerte.
Maldición. Continuaba haciéndolo. Pensar en Mace Llewellyn. ¿Por qué no po-día sacársele de la cabeza?
«Porque él te recuerda para qué sirve esa abertura que tienes entre tus piernas».
Sacudió la cabeza. No tenía tiempo para esto, ni para él. Su prioridad era ser po-licía. Siempre lo había sido. Siempre lo sería. Solo había que preguntarle a su ex. Y no tenía ganas de volver a vivir aquellas conversaciones de nuevo. Así las cosas, Mace tendría que irse al infierno.
«Sí. Buena suerte con eso».
Una gran y húmeda lengua le cruzó la oreja, y cuando giró la cabeza solo consi-guió recibir otro lametón en toda la cara.
—¡Puag! —Empujó las gigantescas patas para bajarlas del sofá, pero por alguna razón eso pareció indicar que él y su hermano deberían unirse a ella en su rincón. De repente tenía sesenta y ocho kilos de perro apoyados en su trasero y otros tantos so-bre sus piernas.
—¿Estáis cómodos? —Ambos la contestaron con un resoplido.
Después de llegar a casa les estuvo entrenando un rato usando las mangas pro-tectoras contra mordiscos. Le gustaba trabajar con sus perros. Por alguna razón, hacía que un día ejerciendo de policía en Nueva York resultara más llevadero. Tal vez, porque de este modo tenía una manera de soltar toda la tensión y dos perros increíblemente bien entrenados y protectores que lo evidenciaban.
—Entonces, ¿qué pensáis, chicos? ¿Mace Llewellyn… es el hombre de mis sue-ños? ¿O es otro estúpido a la caza de estos pies maravillosamente pintados?
Sus perros gimieron. Apenas habían tolerado a su ex. Definitivamente no acep-taría a otro tipo sin sentir antes que fuera un gran amante de los perros.
—No os preocupéis, chicos. Recuerdo las reglas. Si me amas a mí, amas a mis perros.
Se recostó sobre la peluda almohada que suponía su Rottweiler y observó como un estúpido caco huía de un hombre uniformado que sostenía un arma y gritaba, «detente». Luego se sorprendían cuando les freían sus traseros.
Dez cogió el tazón de las patatas.
—¿Por qué siempre les da por correr?
* * *
Mace debería saberlo ya. Beber Tío Willy bajo la luz de la luna seguía siendo una mala idea. Especialmente cuando estabas excitado y desesperado por saber si la mujer de tus sueños gemía o gruñía durante el sexo.
—Estás pensando en ella de nuevo, ¿verdad?
Smitty se sentó en el suelo al lado de Mace. Pobre bastardo borracho. De todas las cosas que Smitty podía hacer, la resistencia al licor nunca había estado entre ellas.
—Estoy loco por ella.
—Tiene unas tetas grandes. ¿Qué talla tendrán? ¿Triple D?
—Me da la impresión de que ese chichón de tu frente no es una indicación sufi-ciente para que mantengas tus sucias patas de perro fuera de mi mujer. —Y definiti-vamente eran una triple D.
—No te ofendas. Le sientan bien esas grandes tetas. Pero son grandes. ¡Enormes!
Señor, Smitty bebido era bastante molesto. Los lobos eran incapaces de resistir el alcohol.
Mace suspiró. La tarde comenzó bastante bien. Los dos amigos se fueron a cenar. Hablaron de sus nuevos planes empresariales. Coquetearon con las camareras. Bue-no, Smitty coqueteó. Mace observó y pensó en Dez. Pasearon por Times Square. Co-menzaron una pelea. Terminaron la pelea. Lograron escapar de un arresto. Recorrie-ron calle abajo la avenida A . Charlaron con algunas simpáticas putas. Lograron es-capar de un arresto por unas policías que fingían ser unas simpáticas putas. Comie-ron algo de pizza.
Podrían haber continuado, pero alrededor de las dos de la mañana se encontra-ron de regreso en la habitación del hotel donde se hospedaba Smitty, con dos botellas de whisky y un mini-bar cargado de comida basura. En realidad no necesitaban mucho más. Una hora y media más tarde Smitty estaba borracho y Mace se encontraba añorando a una mujer que le miraba como a uno de esos tipos que se encontraba a diario en su trabajo.
—Bobby Ray Smith, ¿dónde estás?
Mace le dio un codazo a Smitty.
—Estás jodido.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y Sissy Mae Smith invadió el cuarto de Mace. Ni siquiera sabía que ella tenía una llave.
—¡Demonios, Smitty!
—¿Qué?
Mace levantó la vista hacia Sissy Mae. Una preciosa versión femenina de Smitty, a la que Mace había llegado a querer como si fuese su hermana pequeña. La prote-gería de la misma manera que lo haría Smitty. Eran muy pocas las personas de su entorno por las que se preocupaba tanto. El hecho de que varias de ellas fueran lobos, continuaba confundiéndole.
—Tienes toda una ciudad esperando para que la explores y, ¿qué demonios te encuentro haciendo? ¡Sentado aquí emborrachándote con Mace! —Sonrió a Mace—. Hey, Mace, cielín. ¿Cómo estás?
—Bien, Sissy. Gracias por preguntar.
—¿Por qué eres tan buena con él?
—Porque él es Mace y él ya vive aquí. Pero tú, tú idiota… —Smitty agitó las ma-nos hacia su hermana evidentemente ebrio y Sissy le golpeó la cabeza con un cojín del sofá.
Miró ferozmente a Mace.
»Aunque no aprecio mucho que el gran león arrastre a mi hermano mayor hasta los mismos pozos del infierno…
—¿Estás hablando de Long Island?
—¿Y qué le pasa a tu pelo?
Mace se pasó la mano por los rebeldes mechones de pelo que le habían brotado a lo largo del día.
—La melena me ha vuelto a crecer.
—¿No eras condenadamente casi calvo cuando te vimos esta tarde?
—Crece bastante rápido. —Mientras estaba en activo se tenía que afeitar la cabe-za cada día para mantener lejos a su oficial en jefe. Pero dejar que su melena creciera era el primer paso en su regreso a la vida civil. Además, tenía la impresión de que a Dez le gustaría pasar las manos por su pelo. Él sabía que quería que ella le pasara las manos por el pelo. Preferentemente mientras succionaba delicadamente su clítoris con la boca.
Sissy Mae olfateó.
—Los leones sois unos salidos.
Mace le hizo un brindis a Sissy con su frasco de conservas lleno de whisky.
—Gracias por la alabanza, Sissy Mae.
Smitty se elevó torpemente sobre sus enormes pies de lobo.
—¿Te gustaría venirte a vivir aquí hermanita?
Sissy Mae giró la furiosa mirada hacia su hermano.
—¿Qué tonterías estás diciendo ahora, idiota borracho? ¿Y qué demonios le ha pasado a tu frente?
Mace levantó la mano.
—Eso es culpa mía.
—Estoy hablando de «trasladar» la Jauría aquí. Al menos... parte de ella.
Sissy Mae frunció el ceño.
—Por qué demonios deberíamos… —Miró a Mace cuando comprendió lo que implicaban las palabras de su hermano.
La Jauría de Smith en Tennessee tenía demasiados Machos Alfas entre los cuatro hermanos de Smith. Era uno de los motivos por los que dejó la Jauría y se unió a la Marina. Mace conoció a Smitty cuando un oficial de alto rango con sangre de Jaguar decidió crear un equipo SEAL formado únicamente por cambiaformas. El grupo fun-cionó sorprendentemente bien e hicieron bastante daño durante más de ocho años. Cuando el equipo se disolvió, Mace y Smitty decidieron que estaban preparados para dejar el ejercito. Smitty lo dejó seis meses antes que Mace, y las luchas internas entre él y sus hermanos se volvieron bastante desagradables.
Mace sabía que nunca volvería a la Manada, por lo que le hizo una oferta a Smit-ty. Parecía lógico que los dos amigos comenzaran un negocio como socios. Smitty aceptó. A pesar de eso, no quería abandonar a su hermanita. De todas maneras, Mace no creía que ella se quisiera separar de él.
—Bobby Ray Smith… ¿Estás diciendo que deberíamos abandonar Tennessee y trasladarnos a la Ciudad de Nueva York?
—Sip. Eso es lo que estoy diciendo, Sissy Mae Smith.
Sissy se lanzó a los brazos de su hermano.
—¡Sí! ¡Estaba deseando que dijeras eso! ¡Me encanta este lugar! ¡Esto es apasio-nante! —Miró a Mace—. ¿Vamos a trabajar contigo?
—Tú no vas a trabajar con Mace. Yo voy a trabajar con Mace. Tú vas a encontrar algo bonito y seguro para hacer… como coser.
Sissy Mae se rió.
—Sí, bien. Entonces… ¿Vamos a trabajar contigo, Mace?
Smitty tropezó alejándose de su hermana.
—Ahora escúchame, hermanita…
Sissy Mae le dio una bofetada a su hermano y le empujó sobre el sofá. Cuando aterrizó ya roncaba. Mace observó los dos grandes pies que tenía en frente. Las hem-bras de lobo siempre le habían dado la impresión de tener unos monstruosos y enormes pies. Ella se agachó ante él y sonrió satisfecha.
—¿Qué te pasa, Mace?
—¿Qué te hace pensar que me pasa algo?
—No te has mostrado presuntuoso ni superior en los últimos diez minutos. Algo debe de estar mal.
Mace se encogió de hombros.
—La mujer de mis sueños me ha rechazado.
—¿Para casarse contigo?
—Para cenar.
Sissy Mae sacudió la cabeza.
—¿Es la chica de la que has estado hablando desde que te conocí?
—Desiree MacDermot. La mujer que llevo esperando toda mi vida.
—Sabes, mi madre tiene razón en lo que dice de ti. Eres un lobo disfrazado de león. Has quedado atrapado por una mujer. No puedo conseguir que a Smitty le pase eso y él es un lobo.
—Eso no me es de gran ayuda.
—¿Quieres algo de ayuda, Mason?
—Sí. Quiero algo de ayuda. Haz algo útil, mujer.
—Bien. Llámala en cuanto te despiertes.
—¿Qué?
—Llámala en cuanto te despiertes e invítala a salir.
—¿Por qué?
—Confía en mí en ese tema.
—No soy un madrugador.
—Mace...
—Vale. Vale. —Echó un vistazo a Smitty y regresó la mirada de nuevo a su her-mana—. Vamos a escribirle «omega» en la frente otra vez. Lo odia.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:06 pm

Capítulo Tres


Dez se despertó maldiciendo. El sonido de su maldito teléfono móvil acababa de romper el magnifico sueño en el que los protagonistas principales eran Mace, ella… y sus esposas.
Intentó coger el teléfono de su mesilla. Lo tiró al suelo. Se estiró hacia el suelo y lo agarró. Se cayó de la cama. Pegó a uno de los perros en el proceso. Luchó para sacar el teléfono del morro del perro. Luego, mareada, se arrastró a cuatro patas hasta su cama calentita y cómoda.
—MacDermot —masculló Dez al teléfono, imaginando que sería alguien del tra-bajo.
—¡Hola! —Los brazos de Dez cayeron sin fuerza bajo ella cuando esa magnifica voz traspasó su confusa mente adormilada y aterrizó de morros en la cama. Mace y esa voz se deslizaron a lo largo de su cuerpo hasta su clítoris... y allí se instalaron.
¿Por qué infiernos tenía que llamarla? ¿De qué iba? ¿Y cómo demonios había conseguido su número de teléfono? Bueno. Mejor olvidar esta última y estúpida pregunta. Probablemente ahora tenía un informe completo sobre ella. El hombre, después de todo, había sido un SEAL.
Sin saber qué decirle, Dez soltó lo primero que le vino a la cabeza.
—¿Quién es? —Bizqueó. Bien, un punto para ella por las frases inteligentes que salían por su boca. «Serás idiota, MacDermot».
—Soy Mace.
—¡Oh! —contestó distraídamente, como si no se hubiera casi corrido con el sim-ple «Hola»—. Hola, Mace. —Usó su hombro para cubrir el altavoz del teléfono, aplastó una almohada sobre su cara y gritó. Después de un momento regresó muy serena a la conversación—. ¿Qué pasa?
Le escuchó estirarse.
—Nada. Simplemente comprobaba que estuvieras bien.
Cerró los ojos… y las piernas. Inspiró profundamente para tranquilizarse.
—¡Oh! ¡Qué dulce!
—Soy conocido por mi dulzura.
—No, eso no es cierto.
Él se rió suavemente y ella se mordió el labio para evitar gemir. En realidad… ¿hay algo mejor que la voz grave que tiene un hombre a las seis de la mañana? Dez pensó que no.
Y Mace tenía esa voz a espuertas. Sería mejor que desenterrara su vibrador. «Tie-ne que estar en alguna parte por aquí».
—Tienes razón. No lo soy.
Un momento de silencio cayó entre ellos y Dez se preguntó si ya se habían que-dado sin conversación. Debería haberlo sabido.
—¿Ya te estabas levantando?
—La verdad es que no. Solo son las seis de la mañana y no tengo que ir a traba-jar. Así que estaba remoloneando por aquí.
—¿De verdad?
Le escuchó moverse entre las sabanas. Le imaginó desnudo y en la cama.
Cerró los ojos. OK. Necesitaba dejar de hacer esto ahora mismo.
—¿Qué llevas puesto?
¡Oh no! No iban a tener esa conversación. Eso no podría manejarlo. Infiernos, no podía manejarle a él.
—Dios, Mace, no hemos tenido una de estas conversaciones desde hace mucho tiempo.
—Sí, pero con catorce años eran relativamente castas… ahora somos mucho más mayores.
—No me lo recuerdes.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué llevas puesto?
—No voy hablar de eso cont…
—¿Estás desnuda?
—¡No! —Dez puso los ojos en blanco. Bendito sea Dios, qué hombre más tenaz—. Una camiseta y unos pantalones cortos.
—¿Bragas?
Casi se atragantó.
—No.
Él ronroneó. Al menos eso es exactamente lo que le parecía. Un ronroneo. No re-cordó que ronroneara antes.
—¿Has… has ronroneado?
—Va a ser que sí. Con solo pensar que no llevas ropa interior.
—Jesús, Mace. Me vas a matar.
—¿Te has humedecido?
—¡Mason Llewellyn! No estamos teniendo esta conversación.
—¿Por qué?
—Bueno, porque espero detener a tu hermana en un futuro cercano por asesina-to.
—Espero que detengas a mi hermana por asesinato.
—¡Oh!
—Te estas quedando sin excusas.
—Para nada.
—¿Tienes los pezones duros?
—¡Mace!
—Dime algo. ¿No te doy pena?
De vez en cuando Mace le recordaba que había nacido y se había criado en Nue-va York cuando algo de su acento se deslizaba en su voz. Normalmente solo le pasa-ba cuando se ponía sentimental o, si recordaba bien sus días escolares, cuando estaba caliente...
Apretó fuertemente los dientes. No tendría sexo telefónico con un tipo al que no había visto desde hacía veinte años. Vamos, ni aunque estuviera desesperada.
—¿Qué quieres de mí, Mace?
Ahí estaba otra vez ese maldito ronroneo. Profundo. Desde sus entrañas. Primiti-vo.
—Todo.
Dez cerró los ojos. «Joder, tío, muy buena respuesta». Pero también incorrecta. No tenía nada que dar.
Era policía. Nacida para ser policía si le preguntabas a su padre. Era lo único que la hacía verdaderamente feliz. Para lo que estaba hecha. Y no podía dejarlo por Mace. No podría dejarlo por nadie.
—Te has callado de repente. ¿Cuál es el problema?
Dez suspiró.
—Estaba pensando en el precio que pago por ser yo misma.
Mace se rió entre dientes.
—¿Qué te hace tanta gracia, Llewellyn?
—Tú. No has cambiado nada.
—¿Bromeas? No soy la persona que conocías.
—No. Eres la persona que siempre supe que eras.
Dez se alzó hasta sentarse.
—¿Es verdad eso? ¿Y que observación profunda tienes ahora sobre mí?
—Eso es fácil... Estas pensando que no estás dispuesta a dejar de ser policía por mí o por ningún otro hombre. ¿A que sí?
Dez puso el teléfono en su soporte y lo miró ceñudamente. Tenía el aplastante deseo de correr por la habitación gritando. Había olvidado que Mace le solía hacer esto todo el tiempo. Nadie más veía lo que él… o más bien nadie lo quería ver. Algunas veces eso incluía a su propia familia.
—Coge el teléfono, Dez.
Ella agitó la cabeza.
«¡No es un teléfono con video-cámara, idiota!»
—Puedo oírte respirar. Así que coge el teléfono... ahora.
Dez agarró el teléfono y se lo puso en la oreja.
—¿Cuándo… ? ¿Cómo… ?
—Sal a cenar conmigo, Dez.
—¡De ninguna manera! —No le daría a este Rasputín ni la hora.
—O sales conmigo a cenar agradablemente... o voy allí… y quién sabe lo que di-ría sobre ti.
¿Eso qué sería, antes o después de que los perros le arrancaran los brazos? O que ella se lo tirara en el porche. Bueno, quién sabe lo que ocurriría.
—Eso es…
—Sí. Chantaje. Lo sé. Soy un hombre rico, blanco y sin miedo de utilizar el poder que me otorga esa posición. —Ella puso los ojos en blanco, mientras se imaginaba la sonrisa que tendría Mace al soltar esa majadería—. Así que sal conmigo. Solo a cenar. Lo prometo.
—Mace.
—Sal conmigo, Dez. —Su voz bajo una octava. ¿Cómo podría ser eso?— Sal esta noche conmigo. ¿Por favor?
El «por favor» la tomó con la guardia baja. No recordaba que Mace se lo hubiera dicho, excepto cuando quería la sal o salsa. Y entonces solo había sido mera cortesía. Ahora no estaba siendo cortés. El hombre prácticamente la rogaba. Pensó en eso du-rante un momento. ¿Tenía a Mace Llewellyn pidiéndole salir con él? ¿El infierno se había congelado? ¿O es que los cerdos volaban?
Soltó un suspiro de inseguridad y supo que la escuchó. Cerró los ojos. ¿Sería muy grande el error que estaba a punto de cometer?
—De acuerdo. Saldré contigo.
—Guay.
—Pero solo a cenar. Que no se te meta en la mollera ninguna idea alocada e in-madura.
—¿Quién? ¿Yo?
—¿Cuándo y dónde?
—A las ocho. Escoge el lugar. Cualquier lugar que desees.
—¿Cualquier lugar? Sabes, tengo el paladar muy exquisito cuando sé que paga otro.
—Cualquier lugar.
—De acuerdo. Bien, oí que hay un Asador Van Holtz en el Village. —Hubo otra pausa, esta vez más larga, bueno más bien ensordecedora—. ¿Hay algún problema, Mace? ¿Quizá por su carta de precios?
—No, doña sabelotodo. Ese no es el problema.
—¿Eres vegetariano o algo por el estilo? —La risa casi socarrona de Mace, le dijo que se había excedido un poquito, pero decidió pasar—. ¿Bien, entonces qué?
Aclarándose la garganta, dijo:
—De acuerdo. Magnífico. ¿Quieres Van Holtz? Pues iremos al Van Holtz.
—Jesús, Mace. No te estoy pidiendo que elijas un partido político del lugar.
—Para el caso.
—¿Qué?
—Nada. A eso de las ocho, en el Village, en frente del restaurante Van Holtz. ¿O es muy complicado para ti?
—Perfecto. Me da tiempo suficiente para hacer algunas compras después de un trabajillo. Así que te veré allí entonces. ¿Vale?
—Sí. Como tú quieras. ¿Pero tus pezones están duros o no?
—Adiós, Mace. —Y colgó el teléfono. «Va a ser un error, como si lo viera». Dez re-trocedió cuando su teléfono volvió a sonar. Se lo llevo al oído—. No te pienso decir si tengo los pezones duros.
—Eso esta bien. Pero la verdad, no lo quiero saber —expresó la voz de una mujer que Dez no reconoció.
—¿Quién demonios eres?
—¿Es la detective MacDermot?
—¿Quién lo pregunta?—Agitó la cabeza. Había reaparecido la Dez «made in Bronx». Y pensar que la tenía enterrada.
—Mire, tengo información… sobre Alexander Petrov. —Dez se sentó. Vaya, ¿cómo iba a decir que la habían retirado del caso? Si lo dijera se asustaría y ¿no per-derían una información que podría ser potencialmente interesante?
—Muy bien.
—¿Podemos encontrarnos?
—¿Dónde?
—En la Capilla. A las once y media. —La Capilla. Un club «hot» del Village, en el que nunca podría entrar sin su placa.
—¿No hay otro lugar donde encontrarnos… ?
La otra la detuvo y dijo:
—Allí estaré. No tendrá ningún problema para entrar.
—¿Trabaja allí? —Dez recibió como respuesta una larga pausa. Por un momento pensó que la mujer había colgado.
—Mi familia es la dueña.
Dez se mordió el carrillo para impedir decir algo estúpido. Una técnica eficaz que aprendió hace años.
—Entonces, ¿usted es una Brutale?
—Sí. Gina. Gina Brutale. Búsqueme allí a eso de las once y media. Dígale al tipo en la puerta que viene a verme. Dele su nombre, pero no diga que es detective… e intente no parecer un policía. —Después de eso Brutale colgó.
Dez colgó el teléfono y le echo una mirada al reloj en su mesita de noche y a su 45. Tendría que arreglárselas. Cenar con Mace a las ocho. Y tener este asuntillo a las once y media impedía que realizara alguna monumental tontería… como ir a la habitación del hotel de Mace o trabajárselo en el cuarto de baño del restaurante. Vaya, cualquier cosa de ese estilo.
* * *
Mace se dejo caer sobre su enorme cama y enterró la cara en la almohada. La voz de esa mujer sería su muerte. Escuchar cómo hablaba recién levantada había puesto su pene como un mástil. No podía esperar para experimentar todo lo que deseaba. Des-pertarse con una Dez gruñendo a su lado. Dios, eso también lo experimentaría. Había esperado demasiado tiempo para esto. Para ella. Ella nunca imagino lo que a él le pasaba por la cabeza. Nunca lo hizo.
Mace se acomodó para dormir, para soñar con Dez y él juntos.
Bueno… y también las esposas de Dez.
* * *
Dez se irguió al lado de su compañero mientras esperaban en el A. F.
—No te olvides, MacDermot. Tú no estas aquí.
—No. Ahora mismo estoy fuera cantando villancicos.
—No te pases.
John Michaels, unos de los mejores del A.F. de la ciudad, empujó las puertas do-bles.
—Bueno, qué bien que estéis aquí. Venid. —Les hizo unas señas y lo siguieron dentro. El cuerpo desnudo de Alexander Petrov estaba colocado en una mesa metálica.
—Quiero mostraros algo a los dos. Justo aquí. —Apuntó a la garganta del hom-bre, y Dez y Bukowski se agacharon para examinar el área.
—¿Qué es eso?
—Marcas de garras.
Dez frunció el ceño.
—¿De un perro?
—En mi opinión son demasiado grandes para ser de un perro. Más bien algo que no es muy usual.
—¿Qué quieres decir?
Él le hizo una seña, y Dez se detuvo delante de él.
—Si un animal arañara tu garganta, habríamos encontrado tres a cuatro marcas de golpes aquí. —Señaló un lado del cuello de Dez—. O aquí. —Señaló el otro—. O ambos.
—Vale, lo pillo.
—Pero lo que encontré en la victima es algo muy diferente.
—¿Sí?
—Hay un cardenal al otro lado de su garganta. Cuatro marcas de garras en el la-do izquierdo de su cuello y una en el derecho. ¿Qué significa? —Rodeó con sus lar-gos dedos su garganta. Cuatro dedos a un lado. Y el pulgar en el otro—. Ahora intenta separarte de mí, ¿y qué descubres? —Dez así lo hizo y los dedos enguantados de Michaels sin las garras se hincaron en su carne.
Los dos se miraron fijamente.
—Santísima cagada.
Bukowski se irguió a su lado.
—No lo pillo. ¿Qué no entiendo?
Dez miró a su compañero.
—¿Cuántos animales que conozcas tienen pulgares?
* * *
Dez y Bukowski se situaron en un rincón mientras se quitaban los guantes de las manos. Tan pronto como Bukowski se quitó uno, encendió uno de sus raros cigarri-llos, por lo que supo que estaba nervioso.
—¿Que te pasa?
—¿No te desquicia este asunto?
—Para nada. —Dez agitó la cabeza—. Solo es un enigma por resolver. Vivo para esto. Además, probablemente será algún pirado llevando un guante con garras o algo por estilo.
Bukowski sonrió.
—Eres rara, MacDermot.
—Eso es lo que mis hermanas no paran de recordarme.
—¿Dónde vas ahora?
Dez sacó su libreta del bolsillo trasero y verificó la lista.
—Me voy a comprar los regalos… para mi familia. También tengo que ir a pedir esas malditas tartas. Cenar con Mace. Y encontrarme con Gina Brutale.
—¿Gina Brutale? ¿Por qué te tienes que reunir con ella?
—Dice que tiene información sobre Petrov.
—Dez, se supone que no deberías reunirte con ningún informador. Ni tampoco deberías estar aquí.
—Ella me llamó directamente. Si no movemos el culo no averiguaremos ni una maldita cosa. No te preocupes, si consigo algo muy jugoso te lo haré saber. ¿De acuerdo?
—Ten cuidado. Esos Brutales no son buena gente.
—Lo sé. Lo sé, mama. No tienes que decírmelo dos veces.
—Y no pienses ni por un segundo que se me olvida que has dicho algo sobre el mamarracho de Llewellyn. ¿Qué quiere decir eso de que vas a cenar con él?
«Maldición». Vaya, y pensaba que iba a salir de esta impune.
—Me llamó esta mañana y me invitó a salir. De nuevo.
—¿Y tú le dijiste que sí? ¿Estabas borracha?
—No desde hace años. Y no veo cual es el problema. Mace Llewellyn es un viejo amigo mío. Solo cenaremos. Nada más.
—Vi la manera en que te miraba ayer, Dez. Ese hombre tiene algo más en mente que cenar.
—No estoy discutiendo eso. Ya no se encuentran tipos así para tomar un café.
—Pregúntale entonces. Y ya veras lo que te dice. Llewellyn solo quiere una cosa de ti.
—Adiós. —Y se largó, pero todavía podía oír a Bukowski gritándola:
—Te llamaré mañana. ¡Y será mejor que cojas el maldito teléfono o me presento en tu casa!
¿Por qué cada hombre que conocía se empeñaba en ser su hermano mayor? Tenía dos hermanas, joder. Tenía más que suficiente en cuestión de hermanos. Así que no quería otro hermano... Gracioso, pero tenía el presentimiento de que, sin importar lo que Mace sintiera por ella, lo suyo para nada era fraternal.
* * *
Mace se reclinó en la cama de su habitación del hotel, con los brazos por encima de su cabeza y las piernas estiradas. Su camiseta y calzoncillos cortos se pegaban a su cuerpo empapado de sudor. Pensó que podría sacarse a Dez de su sistema, por lo menos durante un par de horas, en el gimnasio del hotel. Pero cada segundo que pasaba le acercaba más a su encuentro. Con solo pensar en eso se le hacía la boca agua.
Pensó que su obsesión por ella venía de antes. Pero había estado equivocado. Simplemente estaba en sus pensamientos, sin saber que esperar de ella. Podría fantasear todo lo que quisiera, pero su subconsciente sabía que podría haber sido diferente. Ociosa. Perversa. Mala. Podría haber sido cualquier cosa. Pero en cambio floreció. ¿Quién conocía a un policía que fuera realmente feliz?
¿Qué pasó con aquella pequeña muchacha que se escondía siempre detrás de sus libros? Pues bien, la mujer fuerte y segura de sus sueños la había reemplazado. No la había mentido antes. Siempre supo que esa mujer vivía calladamente dentro de Dez. Y siempre esperó ser el hombre que la sacaría de su interior. Pero, basándose en lo que había averiguado Watts, se encontraba con que esa confianza la había obtenido bajo la implacable tutela de algún Sargento del Cuerpo del Ejército de los Marines.
Sin embargo, Dez todavía actuaba con cautela en lo que a él se refería. Y la ver-dad no le sorprendía. Según Watts, su divorcio fue todo menos agradable. Su ex, un fiscal que terminó convertido en abogado defensor. El matrimonio duró casi lo mis-mo que el periodo de entrenamiento para los Marines, pero al parecer no satisfizo a ninguno de los dos.
Desde entonces no había habido mucho más y nada serio.
Hasta ahora.
Mace se recreó en lo que sería estar con esta mujer. Sus sentimientos hacia ella le llevaron a otro universo donde estaban juntos.
La misma alma de la mujer llamaba a la suya. Siguió imaginando cómo se sentir-ía ese cuerpo bajo el suyo. En esa voz ronca cuando gimiera en su oído al correrse. ¿Le arañaría la espalda o le haría moratones? ¿Mordería? ¿O le gustaría ser mordida? ¿Sabría dulce su sexo? ¿O un poco salado? ¿Y le querría poner ella el condón?
Mace gimió y le echó otra miradita al reloj del hotel que estaba en la mesita de noche. Todavía faltaban horas antes de que pudiera verla de nuevo.
No podía llevar a Smitty al largo almuerzo con la Manada en Midtown. Mace echó una miradita al cuarto de baño. No. Su polla estaba demasiado dura para pen-sar en una ducha.
Así que metió la mano en sus pantalones de entrenamiento tomando su erección. Pasó su mano a lo largo de toda la dura longitud. Imaginó a Dez inmediatamente. Ahora no era la efímera fantasía lo que anhelaba. Sabía exactamente cómo era la Dez adulta y eso hizo que se le pusiera más dura. Mace ya tenía acceso a una de sus fan-tasías preferidas con Dez. En la que la besaba durante horas. Bueno, no era exacta-mente para Penthouse pero todavía se erigía como una de sus favoritas. Ella tenía unos labios fantásticos, podría pasarse la vida besando esa boca. De hecho, tenía la intención de hacer eso exactamente.
Mace cerró los ojos y permitió que su cabeza se apoyara sobre la cama. Empezó a acariciarse lentamente. Disfrutando con la sensación que le producía su propia mano. Casi podría sentirla como… «Cuando los labios de Dez rozaron su garganta, su mandíbula, su boca». Su agarre se hizo más fuerte y no pudo evitar soltar un gemido. «Con la lengua dentro de su boca, mientras sus manos resbalaban por su pecho». Su respiración se agitó al tiempo que los firmes golpes se hacían más fuertes, más rápidos.
Solo se habían visto dos veces y Dez ya formaba parte de él. Contaminando su sangre. Podía oler su perfume. Casi podía sentir su piel. Pero esa voz, uff. Esa voz, maldición, le llevaba hasta el borde. Siempre había sido así. Su orgasmo se alzó de golpe sobre él y gruñó el nombre de Dez mientras agitaba más fuerte su mano.
Mace cayó cansado sobre la almohada.
«Esa mujer será mi muerte».
* * *
Dez caminó hasta la mesa del café. Sin sorprenderse de que no estuvieran solos. Cuatro llamativas mujeres los rodeaban. Vinny la atrapó con la mirada. La chispa de desesperación que empañaba sus azules ojos la enviaba un mensaje bien claro. «Ayúdame. Estas mujeres están aburriéndome a morir».
Bueno, una no podía dejar colgados a sus amigotes. Además, sería divertido.
Caminó hasta el grupo enseñando su placa.
—Lo siento señoras. Pero estoy aquí para arrestar a estos hombres por su impli-cación en un caso de prostitución homosexual.
El grupo la miró fijamente. Cuando cruzó los brazos, estos hicieron que su cha-queta se moviera para mostrar el arma que llevaba debajo.
—Empiecen a mover sus traseros, señoras. O sacó el arma.
Tomó menos de un minuto el que evacuaran sus asientos. Dez se tiró al lado de Jimmy Cavanaugh y puso sus pies sobre el regazo de Vinny.
—Vaya, eso fue divertido.
Vinny palmeó las botas de Dez.
—¿Por qué siempre somos nosotros los de «la vida alegre» cuando te inventas las historias?
Dez sonrió abiertamente.
—Porque sé que os incomoda. Dios, vivo para esto.
Dez pidió rápidamente un café largo al camarero. Cuando se alejó les echo una miradita a los tres hombres que estaban sentados con ella. Tres de sus amigos más íntimos desde que regresara de Japón. Se hicieron amigos porque todos eran el pro-ducto de los «Burroughs» . Vinny Pentolli de Queens. Jimmy Cavanaugh de Broo-klyn. Y Salvatore Ping-Wei de la dura Manhattan. Ella representaba al Bronx.
Eran los PM más duros que hubiera conocido nunca. No aceptaban chorradas pero eran justos. Y ella se había convertido en uno de los adiestradores más temidos porque había tenido a «Cielito». Nadie controlaba a Cielito. Nadie se acercaba a Cielito. Nadie miraba a los ojos a Cielito. Nadie excepto ella. Dez se había ganado su respeto al enfrentarse a cuatro marineros borrachos en su tercer servicio nocturno. No resultó difícil, pues Cielito había tenido una de sus gargantas en la boca.
Los cuatro sirvieron juntos durante un año hasta que les asignaron a bases dife-rentes. Dez se quedó en los Marines solo durante otro par de años después de eso. Luego regresó a su ciudad de nacimiento y se convirtió en lo que siempre quiso ser. Policía en la ciudad de Nueva York. Hacía cerca de cinco años, entró en uno de sus pubs irlandeses favoritos y se encontró en mitad de una pelea. Junto con su compa-ñero de ese momento detuvieron la pelea aunque estaban fuera de servicio. Fue cuando, tras adentrarse en aquel ambiente cargado de humo, el pasado se estampó en su cara.
Del mismo modo que el día en que se encontró cara a cara con Mace. Solo que en el primer caso deseó tomarse un par de cervezas y recordar el pasado junto a ellos. Mientras que con Mace quiso hacer cualquier cosa menos sentarse.
—Se te ve estupenda.
De todas las personas que hubiera esperado notaran que se había arreglado para cenar esa noche con Mace, Sal era el último de su lista. Siempre daba la impresión de estar despistado, como si viviera en su propio mundo. Aunque hacía unos meses la sorprendió revelando que en realidad nada se le escapaba.
—Tienes razón —concordó Vinny—. Lleva puestos sus vaqueros negros buenos y un jersey escotado.
Ella fulminó con la mirada a Vinny y quitó los pies de su regazo.
—Mostrar los pechos es un acto saludable —agrego Jimmy innecesariamente.
—¡No lo hago!
Los tres hombres se rieron mientras la cara de Dez se volvía roja como la grana.
—Así que, ¿qué pasa MacDermot? Sé que no te vestiste para nosotros. Odias esta época del año, por lo que no te sientes muy feliz. Y estas fuera de servicio desde ese infortunado encuentro con los ricos y poderosos.
Dez esperó hasta que el camarero dejó su café, un bollo y se hubo alejado.
—Bueno. Esta noche tengo una cita.
La manera en que se quedaron boquiabiertos le pareció ofensiva.
—No miento.
—No. ¿Pero qué te callas?
—¡Desembucha!
—¡JODER!—Los tres hombres se reclinaron y gimió interiormente ante el regreso de la malhablada muchacha del Bronx que había sido. ¡Condenado Mace!
Vinny alzó las manos con las palmas hacia arriba.
—Tranquilízate, mujer. Sabes que solo estamos bromeando.
—No, no lo hacéis. Y ya estáis pagando mi bollo.
Jimmy la miró fijamente y Dez supo por qué no pasaban mucho tiempo a solas. La verdad, tenía unos amigos que estaban súper-buenos. Aunque fueran un poco... diferentes. Sal vivía en su propio mundo. Vinny tendía a ser un poco egoísta bajo su punto de vista. Y Jimmy siempre parecía enfadado. Nunca se le veía sonreír, salvo a alguno de los otros tres. Probablemente salió del útero de su madre con ese ceño permanentemente encasillado en su vistosa cara. A veces se preguntaba si sonreír le resultaría doloroso.
—Así que, ¿quién es?
—Joder, solo es un viejo amigo. Que ha regresado al Village. —Bebió unos sorbos del café. Después, mientras se quedaba ensimismada mirando la taza de café, dijo—: de la Marina.
Dez se agachó para evitar una bola de servilleta que la habían tirado.
—No te avergüences —suspiró Jimmy.
—¡Oh, cállate!
Los hombres tomaron unos trocitos de su bollo.
—¿Este tipo de la Marina es… ?
Dez tragó ante la pregunta de Jimmy.
—Uh... Mason Llewellyn.
El silencio que siguió fue algo espectral. Finalmente, Dez ya no pudo aguantar más.
—¿Qué?
Vinny apenas pudo sofocar una carcajada.
—¿Esperas que creamos que has quedado con un Llewellyn?
—No estoy quedando con cualquier Llewellyn. Fuimos juntos a la escuela. Ya os lo conté.
—¿Fuiste a la escuela con un Llewellyn?
—Vaya —cortó Jimmy—. Fuiste a la escuela con un Rockefeller. De los Rockefe-ller de Brooklyn.
Dez miró hacia abajo, a su plato vacío. Se lo habían zampado completamente. Suspiró interiormente. Claro que no iban a creerla. ¿Por qué cualquiera que conociera a Dez MacDermot pensaría que podría conocer nada más y nada menos que a un Llewellyn? ¿Sobre todo uno tan sabroso como Mace?
—Nos comentó algo sobre él. Fueron juntos a la Escuela Secundaria. Fue el pri-mero por el que estuvo colgada. El renacuajo guaperas que no podía controlar su pelo. —Los tres miraron boquiabiertos a Sal —. ¡¿Qué?!
Dez empujó el plato vacío lejos.
—Siempre me sorprendo cuando comprendo que realmente me escuchas.
—Escucho. Solo que me limito a decir lo imprescindible. —Se encogió de hom-bros—. Si siento que es necesario.
Jimmy se reclinó y Dez hizo una mueca de dolor cuando la silla crujió ruidosa-mente. Todo ese músculo en un hombre a menudo parecía inhumano. No muchas sillas lo soportaban con facilidad.
—No me gusta mucho que salgas con un Llewellyn.
Asombrada, Dez miró a su amigo.
«¿No le gusta mucho?»
—Estoy de acuerdo contigo, Jim. No estoy seguro de que debas hacerlo.
Ahora Dez volvió sus ojos hacia Vinny.
—¿Los dos os habéis vuelto locos?
—Y me pregunto, ¿quién es exactamente este tipo?
—¿Y cuándo fue exactamente la última vez que le viste?
—Sabéis, esperaría esta tontería de Bukowski, pero no de vosotros.
—¿A Bukowski tampoco le va este rollo, huh?
—Esta conversación —Dez golpeó sus nudillos contra la mesa de formica— ha terminado.
—Ten cuidado, Dez —declaró seriamente Jimmy.
—Y no te acuestes con él en la primera cita —la advirtió Vinny—. Sabemos que eso lo suelen hacer las mujerzuelas.
Dez fijó su atención en Sal.
—¿Tienes algo más que agregar a toda esta sandez?
—Sí. —Sal bajó los ojos del techo, que había estado mirando fijamente—. Si nos basamos en la estructura de este edificio, si quitáramos esa columna de allí podría-mos tirar este bloque entero.
Dez suspiró.
* * *
Mace se sentó al lado de Smitty y fulminó con la mirada al hombre.
—¿Podrías explicarme de nuevo por qué estamos aquí ?
—Porque mi hermana quería venir a Macy´s. Mira que bonitos tienen los adornos navideños. A algunas personas realmente les gusta esta fiesta, Mace.
—Entiendo la razón de que estemos en Macy’s. Lo que no entiendo es por qué estamos en el departamento de lencería de Macy’s. —Estaba malditamente seguro de que esto no mejoraba su situación presente. Siguió imaginándose a Dez con todas y cada una de las bragas y sostenes que había en los expositores. Por lo que este hecho no haría más fácil la cena, si entraba ya luciendo un bastón de caramelo de entrepierna.
—¿Piensas que yo estoy cómodo? —Smitty agitó su cabeza—. Más bien me siento como si tuviera palillos de bambú metidos entre mis uñas de solo pensar que mi hermana desee cualquier material de estos. —Gruñó—. ¿Y no sería mejor llevar puesto algo de franela?
—Sí, segurísimo. —Smitty siempre creería que su hermana pequeña seguía sien-do alguna virgen inmaculada. Claro que, con veintisiete años y siendo tremendamente bonita, Mace lo dudaba.
—¿Quieres decir que sabes que las mujeres lobo llevan franela?
—No las mujeres lobo que he conocido.
Sorprendido, Smitty empezó a discutir con Mace. Pero este sonrió y se encogió de hombros. ¿En serio pensaba Smitty que él sabía todo eso? Cachorro tonto.
»¿Qué puedo decirte? Soy varón. Con tres hembras saludables. He estado en las Filipinas. Haz matemáticas.
—¿Y después de eso piensas que te puedes conformar con una mujer? ¿Una humana, nada menos?
—Claro que puedo. —Sonrió abiertamente—. Si esta es Dez.
—La conocí, Mace. Una muchacha buena y todo eso, pero no consigo imagi… .
—Bueno. Mantengámoslo así.
Smitty se rió entre dientes.
—Macho, tío, vas por mal camino.
—Lo sé. —Se puso de pie—. Dile a tu hermana que se mueva. Tengo que estar en el centro de la ciudad dentro de un rato. No pienso llegar tarde por esto.
Mace se alejó para fisgar la ropa interior. Se preguntó cuánto tiempo pasaría an-tes de que Dez y él estuvieran en la fase de «comprar ropa interior». Esperaba que fuera mañana. Pero incluso él admitía que eso era darse demasiada prisa.
O quizá la cena le demostrara que había cambiado y que prefería poner la mano en el fuego antes de malgastar un segundo más con ella. Definitivamente haría las cosas más fáciles si ella insistía en ser malditamente difícil. Pero tampoco tenía mu-cha esperanza en ese panorama.
Mace había pasado rápidamente cerca de una línea de sostenes de semi copa, que realmente le hicieron la boca agua, cuando la vio. Estaba preciosa y atractiva… y desesperada. Hablaba con un tipo sin cuello. Quedaba patente que el sin cuello era de lo más hablador. Dez parecía atrapada. Cabeceando como una loca como si de verdad le estuviera escuchando, pero sus ojos parecían no parar de buscar a cual-quiera que pudiera rescatarla. Sus ojos estaban vidriosos y casi podía escucharla gritar pidiendo ayuda. Recordó cuantas cosas habían pasado juntos, cuando percibió un movimiento que no había visto en veinte años.
Dez paso sus manos a través de su precioso pelo castaño rojizo, llevando las ye-mas de los dedos a la parte de arriba de sus orejas, demorándose en la derecha hasta que apretó sutilmente.
Esa había sido su señal. Un movimiento que hacían cuando Amber Kollerici la arrinconaba en una esquina para relatarle el maravilloso mundo del punto de cruz o cuando Dominic Bannon lo arrinconaba en algún rincón para golpearle en la cara. Su señal secreta para «¡Sácame echando leches de aquí!».
Con una sonrisa que no intentó esconder, le mostró un sostén y unas bragas que había estado mirando y los señaló arqueando una ceja en su dirección. Inmediata-mente ella entendió el significado. «Si te ayudo, llevaras puesto esto».
Ella se rascó la frente con un dedo. El dedo corazón extendido. Riéndose ante ese gesto fue a salvar a la damisela en apuros.
* * *
Por si no era lo bastante malo el ir a comprar los regalos para su familia, se tuvo que encontrar también al plasta de su ex-marido. Sobre todo cuando este se detenía para comprarle la ropa interior a su prometida. Luego ella hizo nuevamente lo de siem-pre. Eso que su terapeuta le dijo que nunca hiciera cuando se encontrara con su ex en la calle o en el trabajo.
Preguntarle cómo le iba.
Porque Matt le diría… todo con pelos y señales. Y era una pena. El hombre ganaba sus pelas y vivía en la parte más acaudalada de Manhattan, con una mujerzuela por novia. Pero, aun así, siempre encontraba alguna razón para quejarse de algo... si no de todo.
Ya llevaba hablando unos buenos veinte minutos sobre como todos le odiaban en su empresa. Joder, claro que lo odiaban. Matt convertía el ser un gilipollas en un arte. Pero, claro, esa no era la razón. Nadie le entendía. O su brillantez les ponía celosos. O envidiaban el hecho de que pudiera comprar un coche nuevo cada dos años. Bla… bla… bla Definitivamente no era porque él fuera un Torpedo de la Pradera .
En lo que era la billonésima vez desde que comprendió que su matrimonio había sido un gran error, Dez se dio de puntapiés. ¿En qué infiernos había estado pensando? Joder ¿Que realmente le podría gustar a él? ¿Que había querido formar una familia con ella? ¿Que aceptaría el trabajo de ella? Se estremeció, mientras pensaba sobre todas esas discusiones sobre lo tarde que llegaba por la noche y por las horas extras en el curro.
Bueno, eso es lo que conseguía por tratar de demostrarles a sus hermanas que estaban equivocadas. Quería mostrarles que podía tener una relación con un hombre. Que podía ser feliz.
«Pava».
Bueno, no podía culpar a nadie más que a sí misma. Pero dejando de lado todo eso, ahora necesitaba escapar. Solo que nunca había sido muy buena en el tema de cortar conversaciones. Y, muy en el fondo, todavía se sentía culpable por haber roto su relación. Por lo que decirle que se fuera a tomar por el culo y largarse no era una opción.
Dez echó una mirada a su alrededor. Había estado de compras para sus herma-nas y sus mocosos, cuando se encontró vagabundeando por el departamento de len-cería, pensando en Mace. Nunca se preocupaba demasiado por la ropa interior, pero en esos momentos llevaba puestas sus bragas rojas de encaje especiales y su sujetador a juego. Y aunque no tenía ninguna intención de permitir que Mace los viera, no podía resignarse a no usar Hanes Her Way para esta ocasión especial.
Ahora, valorando todas las cosas que tenía disponibles, se encontraba pensando en todos los tipos de guarradas moralmente maliciosas que le podría hacer a Mace o que él le podría hacer a ella. Las monjas tenían razón. No era mejor que María Mag-dalena.
—Y sabes, la única razón por la que está intentando demostrar que estoy usando el dinero de la empresa para uso personal, es porque está celoso de mí.
Dez ahogaba apenas un bostezo, cuando sintió de repente los ojos de alguien so-bre ella. La intensidad casi la agobió. Recorría su espalda y su nuca. No era una sen-sación desagradable. Vaya, estaba lejos de serlo. Echó una mirada a su alrededor y finalmente vio a Mace. Una mirada a sus ojos dorados y todo su cuerpo se tensó. Casi se retorció.
No tenía ni la menor idea de por qué estaba en la sección de lencería femenina, pero siempre le estaría agradecida.
Casi le gritó dentro de su cabeza: «¡Trae ese elegante culo hasta aquí y sálvame!» Aunque parecía inútil. Luego recordó cierta señal con la mano que le venía al pelo para salvar tal situación. Quería decir: «¡Eh, cuando tengas un minuto, no te cortes y sácame echando leches de aquí!»
Dez esperó estar utilizando la señal correcta en esos momentos. Se volvería loca si en su lugar utilizaba la que estaría de acuerdo en «Iremos a un armario y ya vere-mos. Ven en veinte minutos.»
En lugar de apresurarse para ir a su lado, Mace sostuvo unas bragas y un sujeta-dor a juego que nunca le entrarían en su cuerpo. ¿El hombre se había vuelto loco? ¿Por qué demonios le estaría mostrando eso? Entonces él meneó sus cejas en su di-rección.
¡Cristo! Los hombres en verdad eran asquerosos. Se frotó la frente con el dedo co-razón, cosa que le hizo reírse.
Luego se aproximó a ella, aunque Mace no se limitaba a caminar. No. Se acercaba furtivamente. Como si fueran una presa. Esta vez no fue diferente. Mientras se acercaba a ella notó que miraba fijamente su cara. Entonces, cuando estuvo más cerca, se percató de que sus ojos estaban fijos en su boca.
Demonios, quería besarla y parecía empeñado en hacer justo eso.
Tragó. Fuertemente. No supo qué hacer. Era obvio, el hombre estaba apro-vechándose de su horrible situación. Y, claramente, a ella no le importaba.
Dios, le deseaba.
Todo ese tiempo su ex había continuado hablando. Pero ya no le escuchaba. No podía oír nada por encima de su pobre corazón, que intentaba salir a toda velocidad de su pecho.
De repente Mace estaba allí. Delante de ella. Su ex siguió cotorreando durante otros treinta segundos o así y después se detuvo. Desde el momento en que no fue el centro de su atención. Siempre había odiado eso. Fue el motivo de su divorcio.
El brazo de Mace se deslizó alrededor de su cintura y tiró de su ruborizado cuerpo contra el suyo. Su cabeza bajó hacia la suya y por primera vez notó que tenía una buena mata de pelo. Frunció el entrecejo. Podría jurar que ayer el hombre estaba medio calvo.
Sus labios se hallaban a unas pulgadas de los suyos.
—Ni te atrevas, Mace Llewellyn —susurró con desesperación. ¿Cuándo había empezado su vida a girar en una espiral fuera de control? Siempre tenía el mando. O, al menos, la ilusión de tenerlo. Pero Mace no le permitiría tener ni eso. No si él podía controlarlo.
—Solo te estoy echando una mano, cariño —susurró. Entonces sus labios se po-saron sobre los suyos y, de repente, la gran superficie de tiendas Macy’s, llena a re-bosar a falta de tres días para la Navidad, desapareció, y solo quedaron en el edificio ella y Mace.
Por lo menos así es cómo se sintió. No pudo pensar más allá de los labios que tomaban los suyos. Su lengua lamió su labio a fondo y, como la hembra débil que era, su boca se abrió ansiosamente para él y su demanda. Su lengua resbaló en su interior e instintivamente su lengua se encontró con la suya. Le encantaba el sabor a canela picante y a Mace. Y los dos sabían cosa fina. Nadie la había besado de esa manera antes. Como si estuviera comprobando toda la extensión de su propiedad.
Sus brazos se deslizaron alrededor de su cuello mientras una de sus manos en-contró el camino hacia su pelo. Él agarró la parte de atrás de su cabeza y la sostuvo para controlar su asalto. No permitiendo que se retirara para atrás. Como si ella hubiera considerado esa opción. No iba a ir a ninguna parte. Al menos, no en este momento. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que estuvo tan cerca de un hombre. Cualquier hombre. Pero tener a un Dios con un físico como Mace Llewellyn, que la besaba como si hubieran sido años de espera para hacer simplemente esto... Bueno, una muchacha nunca debía apresurarse. Y no lo hizo. Se tomó su tiempo para explorar la boca y la lengua de Mace.
Esta noche iba a ser brutal. Agradeció a Dios tener planes para después de la ce-na, porque sino se estaría metiendo hasta las trancas en otra clase de PROBLEMAS. Con solo un beso, Mace la había hecho prácticamente olvidarse... Bueno, de todo. De todo excepto de él.
* * *
Alguien se aclaró la garganta. Un poquito más tarde siguió escuchando que alguien se aclaraba la garganta. ¿Quién coño se atrevía a llamar su atención cuando tenía la lengua más divina en su boca?
Sujetó más fuerte a Dez y enredó los dedos en su pelo. Demonios, pero qué mujer más besable. Su sabor también era estupendo. Cuando había caminado para rescatarla del tipo sin cuello, no tenía la intención de besarla. Pero sin darse cuenta acabó mirando fijamente esos labios. Aquellos labios absolutamente plenos. Y de repente se olvidó que existía el sin cuello y solo pudo pensar en Dez. Dulce, adorable, ¡oh, maldición, cómo le confundía Dez!
Esa pesada garganta se aclaró de nuevo. Bueno, eso podía llegar a alterar los nervios de cualquiera, joder. Lamentándolo, se retiró un poco de ella. Miró hacia abajo, a su preciosa cara. Podía oler su lujuria en ella. Apostaría que Dez estaba tan mojada como él estaba duro. ¿Quizá simplemente podrían ir al Ritz y tomar la cena después de follar como locos? Nah. Dez era demasiado buena muchacha para eso.
«Maldición».
—¿Perdón?
Mace miró ceñudo a la extraña voz que le hablaba. Sin apartar la mirada de Dez.
—¿Quien es este?
—Es alguien… uh, mi ex, Matt —emitió con absoluto deleite. Se había olvidado del nombre del hombre. El nombre que una vez le perteneció a ella.
«Buen trabajo, Llewellyn».
Gruñendo por lo bajo volvió simplemente su cabeza hacia el ex de Dez. El hom-bre era flojo físicamente comparado con él, y probablemente se percató de ello por-que retrocedió unos pasos. Mace, a su vez, casi sintió la necesidad de acercársele. Rasgar la garganta al tipejo y devolver su cadáver inanimado a Dez como algún tipo de obsequio para fortalecer su relación. Aunque, al estar en medio de Macy’s…, se-guro que parecería algo vulgar. Incluso para él.
—Vete. Lejos.
La expresión que se formó en su cara no tenía precio y era irrepetible. El sin cue-llo tropezó con una pareja cuando retrocedió, se giró y rápidamente se alejó con un «Ya te veré, Dez» por encima de su hombro. Mace lo miró hasta que no pudo verlo más, entonces se volvió hacia Dez. Todavía tenía toda su atención. Genial.
Su mano resbaló alrededor de su mejilla hasta moldearla, usando su dedo pul-gar, acarició la línea de su boca.
—Ha sido mejor de lo que nunca hubiera imaginado. Vaya, como diez mil veces mejor.
Dez tragó fuerte.
—Sabes muy bien.
Se miraron el uno al otro y Mace se preguntó si sería una chica dócil y podrían escabullirse en uno de los probadores. Simplemente para quitarse el calentón. Nah. Ella era demasiado buena para eso.
«Joder».
—¡Mace Llewellyn! ¿Qué infiernos estás haciendo? Deja que se vaya esa jovenci-ta.
Mace ignoró a Sissy Mae, pero a Dez aparentemente esto le hizo recordar que no estaban solos. Que realmente estaban en el medio de unos grandes almacenes, justa-mente en la sección de lencería. Sus manos repentinamente dejaron de agarrar su cabello y empezó a empujar su pecho para alejarse de él.
Él gruñó. Verdaderamente, ¿sentiría mucho apego Smitty por su hermana? Y lo más importante, ¿notaría si Mace la mataba?
* * *
¡Estaba loca! ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué no se había soltado? ¿O le había dado puntapiés en la espinilla? ¿O prendido fuego a su pelo? ¡Algo, coño! En vez de quedarse besando al bastardo presuntuoso.
Sus hermanas tenían razón. No tenía nada en la sesera.
—¿Estas bien, cielín? —Ante Dez apareció la cara de una mujer que tenía que ser la hermana de Smitty. Se le parecía mucho, era exactamente igual a él pero en feme-nino y era más pequeña.
Inspiró profundamente y se retiró otro paso de Mace.
—Sí. Sí. La verdad, estoy bien.
La mujer agarró su muñeca con firmeza.
—Bien, por qué no vamos tú y yo al cuarto de baño. Así tendrás un pequeño res-piro para componerte.
Repentinamente los ojos Mace pasaron de su cara a la de su rescatadora.
—A mí me parece que está bien.
—Eso es por que tú eres un chico y no sabes de estas cosas. —Al marcharse dio un fuerte tirón a Dez para que la siguiera.
¡Jesús! Esta si que es una mujer fuerte. Más bien era como un buey.
Las dos mujeres dieron algunas vueltas hasta que descubrieron el baño, mientras la mujer se presentaba con un barullo como:
—Sissy Mae Smith. Soy la hermana pequeña de Smitty. Todo el mundo me llama Sissy. O Sissy Mae. Bueno otros me llaman Mae. Pero ese diminutivo no me gusta mucho. Así que puedes llamarme Sissy. O Sissy Mae —mientras arrastraba a Dez al baño con ella.
Agradecida de que estuviera vacío, Dez se agarró a una esquina de uno de los lavabos del baño e inspiró profundamente un par de veces para tranquilizarse.
—Este Mace siempre se sale con la suya, ¿no?
—Podría decirse así. —Dez salpicó un poco de agua fría en su cara. Luego se secó con una toalla de papel—. Sabes, he luchado contra tipos cubiertos de sangre después de cometer un crimen. Me he enfrentado contra asesinos fríos y duros como piedras que no tenían nada que perder. He estado a un pelo de una pitón de casi cinco metros que se había terminado de zampar a su dueño y parecía que me quería como su postre. Y aun así, ninguno de esos casos me ha enloquecido tanto como lo hace Mace Llewellyn.
Sissy se rió entre dientes mientras se ponía algo de brillo en los labios.
—Sí, lo sé. Así es nuestro Mace.
Dez se dio la vuelta y se apoyó contra el lavabo, con los brazos cruzados delante de ella. Abrió la boca para hablar, pero comprendió que no tenía nada que decir. O quizá que tenía demasiado que decir.
Sissy continuó retocando su maquillaje, pero Dez pudo sentir que la mujer la ob-servaba. Odió eso. Si tenía algo que decir, entonces, hostias, que lo dijera.
—¿Qué? —La mujer la había sorprendido dándose el lote en la sección de lencerías, las normas de cortesía ante desconocidos no tenía sentido que se aplicaran en este caso—. ¿Por qué sigues mirándome fijamente?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —El acento de Sissy fluyó tan espeso como la melaza. Y hablaba tan rápido como Smitty hablaba lentamente. Si los dos no hubie-ran sido tan similares, nunca habría supuesto que crecieran en la misma casa.
—¿Por qué no?
Sissy guardó todo su maquillaje en su bolsa pequeña de cuero y se dio la vuelta para enfrentar a Dez.
—Tú y Mace…
—Quieta ahí, Gidget . No hay ningún Mace y yo.
—Mi nombre es Sissy Mae. O Sissy. O...
—Lo que estoy intentando decir es que es Mace a secas. Y Dez a secas. No hay ninguna combinación de los dos. Formamos dos frases separadas.
—No hace falta ser tan ruda. Puedes seguir gritando ese «de ninguna manera» ahora, pero allí fuera estabas gritando: «¡Oh grandísimo Dios, sí!» Por eso quiero asegurarme de que no hieras a mi niñito.
Dez se volvió para quedar enfrente de ella.
—¿Yo? ¿Herir a Mace? ¿Qué estás, fumada?
—¿Perdón?
—Mire usted, Sally Mae.
—Es Sissy Mae.
—Lo que sea. Todo lo que digo es que no podría lastimar a Mace. Creo que nadie podría hacerlo.
—Ahí es donde te equivocas. Eres su debilidad. Quizá la única.
Dez miró fijamente Sissy Mae. Con la boca abierta. La mujer debía de haber esni-fado pegamento. Precisamente pensaba que Mace no tenía ninguna debilidad y, si la tuviera, ella no sería uno de ellas.
—Dulzura, no sé qué tontería te habrá contado, pero adivino que el único interés de Mace hacia mi persona es el no haberme follado antes.
—Pues bien, cielín, y perdona que sea directa y un poquito grosera… pero lo que acabas de decir es una cagada de las gordas.
Dez pestañeó por la sorpresa. Así que la dulce sureña Sissy Mae de hablar melo-dioso podía ser una perra hablando.
—Mira, Sissy.
Sissy la cortó.
—Ese muchacho que está ahí fuera ha hablado como un loco sobre tu dulce culo desde que lo conozco. Y lo conozco desde hace más diez años. Permíteme solo que te diga, sin ánimo de ofender, bonita, que estoy hasta la coronilla de oír hablar de ti. Confía en mí, si Mace solo quisiera joderte, ahora mismo estarías rodeando sus orejas con los tobillos. Está buscando algo más que eso. Así que prepárate para la cabalgada, cielín.
Tras eso salió del baño, pero retrocedió después de diez segundos. Su compor-tamiento volvía a ser el mismo encanto sureño.
—Muy bien, vamos, cielín. Los muchachos nos esperan —dijo Sissy Mae con una encantadora sonrisa y Dez sintió otra vez la necesidad. La necesidad de saber dónde estaban todas las salidas para escapar.
* * *
—¿Qué crees que estará haciendo exactamente tu hermana allí dentro?
—Diciéndole a Dez que debería correr para salvar la vida.
Mace no estaba de humor. Verificó su reloj. Si salieran ahora hacia el restaurante llegarían un poco temprano, pero tenía que conseguir que Dez y él se desentendie-ran de estos dos. Admitió para sí mismo que los Smith eran su verdadera familia. Porque solo la familia podía avergonzarle y dejarle a uno preocupado.
Sissy Mae estaba arrastrando a Dez hacia ellos.
—Mace Llewellyn. Esta chica es una dulzura. ¡Ya casi la amo!
Dez se despegó de Sissy y se acercó al lado de Mace. Él se agachó y preguntó con¬tra su oreja:
—¿Estas bien?
—Simplemente mantenme lejos de tus «amigos campechanos» —murmuró echándose hacia atrás. Mace besó la coronilla y luego centró su mirada en los herma-nos.
—¿Al ballet? Pero que infiernos se supone que debo hacer yo en el ballet —ladró Smitty.
—No te invité, Bobby Ray Smith. Solo es para mí y las muchachas. Así que date el piro. —Con esto Sissy Mae Smith se marchó o paseó, dependiendo de la perspectiva de cada uno, mientras soltaba por encima de su hombro—: Adiós, Dez. Fue muy agradable nuestra conversación.
—Uh… para mí también, Sissy Mae.
Los grandes hombros de Smitty cayeron derrotados.
—Ahora no tengo nada que hacer.
Con una mirada de salvaje alivio Dez asió el brazo de Smitty.
—Podrías venir con nosotros. A cenar.
«Oh, de ningún modo».
—No, no puede.
Dez le fulminó con la mirada.
—Sí. Puede.
En respuesta, Mace la fulminó con la mirada, y le mostró sus relucientes dientes.
—No. No puede.
—No veo el problema. Tengo mi todoterreno, cabemos los tres.
—Smitty tiene una cita.
—No, no la tengo.
Mace dio un paso amenazador hacia Smitty, pero Dez se puso entre ellos.
—Tienes dos opciones, Llewellyn. O Smitty viene con nosotros o vas solo.
Smitty se encogió de hombros y, con ese lento acento que tanto detestaba Mace, soltó:
—¡Eh, vosotros! No quiero ser un estorbo para nadie.
Mace fijó la mirada sobre Smitty.
—Te odio.
—Atrás Mace. —Ella se dio la vuelta y frotó el brazo de Smitty—. ¡Hala!, vienes con nosotros, Smitty.
—Bueeeenoooo, si insistes. —Sonrió a Mace y el cuerpo de Mace se contrajo ante la necesidad de dar una manta de sopapos a Smitty—. ¿Dónde teníais planeado ir a cenar?
—Al Asador Van Holtz. —Smitty empezó a reírse y parecía que no podía parar. Sí. Parecía que nunca iba a acabar. Mace Llewellyn iba a introducirse en el territorio de la Jauría por una buena razón y solo una.
Dez caminó fuera con los dos hombres.
—¿Hay algún problema con ese lugar que yo no conozca? Quiero decir, ¿se mean en la comida o algo por el estilo?
—No. No. —Smitty se aclaró la garganta—. Es un establecimiento muy, muy ele-gante. Y si te gusta que tu bistec sangre, te encantará el lugar. Es como si lo cazaran en el mismo día.
—De acuerdo. —Aunque Dez pareció seriamente cautelosa—. Hum. Permitidme pagar un par de cosas y luego podremos irnos.
Mace la observó marchar hacia la caja registradora. Una vez fuera de su línea de visión agarró a Smitty por el cuello, alzó el cuerpo del suelo con un rugido y luego se apoyó en una de sus rodillas al tiempo que soltaba de golpe a Smitty contra el suelo. La multitud que se agolpaba alrededor de los dos hombres se alejó como si hubiera un incendio. Nadie fue lo suficientemente valiente como para caminar hacia ellos.
Mace soltó la garganta de Smitty y se puso de pie.
—¿He sido suficientemente claro? —Mace sonrió con desprecio, incapaz de con-trolarse.
Smitty alzó sus pulgares mientras intentaba regular su respiración.
—Clarísimo. —Más jadeos.
Luego Mace siguió a Dez.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:09 pm

Capítulo Cuatro


Encontró interesante el tener que recordarse que debía seguir respirando. Pero Dez tuvo que obligarse hacerlo. Aún así seguía olvidándose. Cada vez que levantaba los ojos de su comida y se encontraba con los penetrantes ojos de Mace fijos en ella, vaya, simplemente se olvidaba de respirar. Siguió intentando buscarle algún fallo. Algún fallo en sus rasgos o en su pelo o en sus dientes. Algo para hacerlo menos un Dios y más humano.
Pero a cada momento le veía más perfecto. De esa voz que se volvía imposible-mente grave cuando dejaba caer algún tema sobre sexo a la manera en que sus ojos dorados brillaban en la penumbra del restaurante o la forma en que sus músculos se moldeaban en su camisa negra de manga larga.
Si realmente pretendía seguir manteniendo su culito puertorriqueño fuera de su cama, nunca debería haber ido a cenar con este hombre. Porque él todavía sabía cómo llegar a ella. Todavía sabía cómo hacerla sonreír y gemir. Todavía sabía como ponerla a cien.
Y deseaba tanto su polla en su boca que pensaba que casi podría gritar.
* * *
«¿Habría algún problema si colocaba a esta ardorosa mujer sobre la mesa y la follaba hasta quedar sin sentido?» Probablemente.
Mace suspiró y continuó mirando fijamente a la encantadora detective de Prime-ra Categoría Desiree MacDermot. Dez siempre le hacía reír. Siempre le ponía duro. Siempre le volvía loco.
Y todavía le volvía loco. Con esos ojos grises, esos asombrosos pechos… y esa voz. Esa jodida voz que todavía le hacía sudar.
Le distraía tanto que pasó completamente por alto el hecho de que había perma-necido las últimas tres horas en la compañía de los lobos. El lugar lo poseían y lo controlaban la Jauría Van Holtz, y la cadena de restaurantes Van Holtz tenía las mejores costillas que Mace hubiera saboreado nunca. Mirando retrospectivamente, estaba contento de que Smitty se les uniera. Así pudo mantener a los lobos a raya y lejos de él. Claramente no les gustaba tener a Mace en su territorio, aunque se suponía que todos los restaurantes de Van Holtz eran territorio neutral. Mace supuso que esto solo se aplicaba con otras Jaurías y no con las Manadas.
Le asombró poder aguantarlo de tan buena gana, solo por esta mujer preciosa… y frustrante.
—Lo que no tengo muy claro, Dez, es cómo no llegaste a notar que tu marido se había ido.
—Ex-marido. Por aquel entonces estaba muy ocupada. Trabajaba en mi primer caso. Muy concentrada en él. Y me llevo tiempo comprender que se había largado.
—¿Cuánto tiempo?
Ella sujetaba la taza de café entre sus manos y la miraba fijamente.
—Tres semanas.
Mace se inclinó hacia delante y esperó hasta que lo miró a los ojos.
—¿Lo notaste después de que pasaran tres semanas o te lo dijo después de esas tres semanas?
Cuando no contestó al momento, sino que siguió mirando fijamente su taza de café, no pudo evitarlo más. Se rió. Estrepitosamente.
Ella echó una mirada alrededor cuando toda la atención del restaurante se centró en ellos.
—¡Jesús!, bien podrías controlarte. No me siento precisamente orgullosa de ello.
—A mí me parece que era tan aburrido y egoísta que deberías estar contenta de que el idiota se fuera. Sé que yo lo estoy.
Ella sonrió afectadamente al tiempo que el rubor cubría sus mejillas. Le gustaba eso de que una dura policía de ciudad pudiera ruborizarse. Ella alzó la mirada, cla-ramente preparada para cambiar de tema.
—¿Dónde fue ese pueblerino blanco?
—No lo sé. Sigue desapareciendo, ¿no?—«Y por eso es parte de la familia».
—Probablemente deberíamos mirar en el servicio de señoras.
Mace sonrió descaradamente.
—Probablemente. A Smitty siempre se le han dado bien las mujeres.
—Oh, y estoy segura de que a ti se te dan muy mal las mujeres, Mace. Apostaría a que te ignoran y te tratan como si no existieras.
Él sonrió burlonamente hacia ella.
—Solo hay una que haga eso.
Ella soltó el café y se pasó las manos por el cabello. Lo iba haciendo cada vez más a menudo según pasaba la noche.
—Sé que existes, Mace. Confía en mí. Lo sé. Pero se te olvida que he estado en el ejército. Sé exactamente en lo que andáis los cabronazos como tú. Lo siento si no me hundo sin mirar en las profundidades de esa piscina.
—Así que sabes qué es lo que quiero.
—¿Follarte a la única chica con la que no lo hiciste? Sí. Eso es lo que pienso.
—Entonces no piensas nada bueno sobre mí.
—No dije eso. Pero eres un tío, Mace. Un verdadero Llewellyn. Pero aun así, un tío.
—¿Y eso qué significa?
—Bueno, leí en algún lado que la testosterona daña el cerebro.
Mace bufó de risa cuando Smitty, apestando a hembra lobo, se sentó.
—¿Qué me perdí?
—Dez estaba diciéndome que todos los hombres están mentalmente impedidos.
—No dije eso —corrigió con una sonrisa condescendiente—. Solo dije que todos teníais… —Hizo unos aspavientos de manos— necesidades especiales. La realidad es que vosotros, los tíos, no podéis pensar con otra cosa que no sea lo que tenéis entre las piernas.
—Demonios, muchacha. —Smitty no estaba acostumbrado a que las mujeres echaran por tierra todo su encanto—. Eso es muy duro, cielín. Igualarnos al resto de los tíos.
—¿De verdad? —dijo Dez cogiendo su café.
—Sí. De verdad. Mace es un buen tipo. El mejor. Y yo soy el varón más sensible y afectuoso que pueda haber, con mucha vida interior. No permitas que este duro exterior varonil te engañe. Hay mucho sobre mí que nunca entenderías.
Dez tragó un poco de café.
—Tienes un chupetón en el cuello.
* * *
Dez sonrió ampliamente a los dos hombres mientras un camarero depositaba un pe-dazo de pastel entre ellos. Colocó un tenedor a cada uno. Sonrió a Smitty. Miró lasci-vamente a Dez. Y prácticamente escupió a Mace. Hombre, parecía que al personal en este restaurante no les gustaba él.
Smitty pestañeó hacia ella.
—Tienes razón, ya ves. Somos todo escoria.
Mace movió la cabeza.
—Gracias por ayudarme, capullo.
—¿Qué puedo decir? Me cogió en un renuncio.
—No admitas nada. Niega todo. Exige pruebas. ¿No aprendiste nada en Prima-ria?
A Dez le gustaba Smitty. Le gustaba bastante. Pero el hombre no era como Mace. De tez más morena. Unos centímetros más bajo. No tan ancho de hombros. Se encon-traba sorprendentemente cómoda cerca de él. Con Mace, sin embargo. Bueno, qué iba a decir, no se sentía para nada cómoda cerca de él. No cuando su cuerpo crepita-ba con solo pensar en él. Continuaba percibiendo cosas en él. Pequeños detalles. Co-mo la manera en que se rascaba inconscientemente la cicatriz de su cuello o la mane-ra en que seguía retirando su pelo dorado de los ojos. Sus ojos se entrecerraron. «¿No tenía el pelo rapado ayer mismo?» No. Eso no era posible.
—No me culpes, colega, porque ella ya sabe que estamos mal de la cabeza.
Dez miró hacia abajo, al pastel de chocolate adornado con crema de chocolate negro, y se preguntó cómo se había podido involucrar con semejantes idiotas.
* * *
Mace miró como Dez deslizaba su dedo índice por la crema de chocolate negro que decoraba el plato.
El chocolate cubría su dedo y goteaba cuando lo introdujo en su boca y lo chupó para limpiarlo.
Mace gruñó. No pudo evitarlo. Si ese movimiento hubiera sido intencionado, para atormentarle, ni siquiera lo habría notado. Pero Dez lo hacía porque le gustaba muchísimo el chocolate negro, y si era cremoso mucho más.
Frunció el entrecejo y le sonrió al mismo tiempo.
—Lo has hecho. ¿Me has gruñido?
—Lo siento. No pude evitarlo.
—No tienes por qué disculparte. Simplemente nunca antes me había gruñido un hombre.
—No estabas escuchando —dijeron Mace y Smitty al mismo tiempo.
Dez negó con la cabeza al tiempo que ella y Mace cogían sus tenedores.
—Sois unos estúpidos, pero de los grandes.
Smitty miró a Dez durante un segundo, luego se inclinó hacia adelante.
—¿Te importa si te hago una pregunta, cielín?
—Solo si dejas de llamarme cielín.
—¡Eh!, de donde vengo eso es un término cariñoso.
—¿De verdad? Bien, de donde vengo yo, hijo de puta es un término cariñoso. ¿Quieres que empiece a llamarte eso?
Mace casi escupió el pastel ante eso, porque sabía que Smitty la había cagado.
—Entonces... de acuerdo. Dez. ¿Te importa si te hago una pregunta?
—Desembucha —respondió alegremente, mientras se comía un pedazo de pas-tel.
—Nunca has tenido sexo a lo grande, ¿verdad?
Se atragantó con el pastel, y demonios, estuvo cerca de ahogarse con él.
—Pue eso no es una pregunta, Smith.
«Bueno, hola acento del Bronx. ¡Te doy la bienvenida!»
—¡Oh, lo siento! —Humm... Smitty sarcástico... eso no era bueno—. Puedo expresar de otra manera la pregunta si lo prefieres. ¿Has tenido gran sexo alguna vez?
Dez se reclinó sobre su silla, cruzando los brazos por delante. Echó una mirada gris verdosa en dirección a Mace.
—No vas a ayudarme a salir de esta, ¿verdad?
—Podría echarte una mano , pero me parece que no es eso lo que quieres decir.
—Todavía estoy esperando —presionó Smitty. Mace no sabía lo que su amigo estaba tramando, pero estaba ansioso por averiguarlo y ver si Dez picaba. La muchacha que conocía tenía un buen gancho de derecha, y podría imaginar que la mujer había aumentado su arsenal.
—Bueno… Yo... uh.
—¿Bueno… yo… uh qué?
—¡Eh! ¡Lo estoy pensando!
—Si tienes que pensar eso, cariño, es que no has tenido gran sexo.
—¿Exactamente cuál es el sentido de esta conversación?
—Simplemente estaba señalando un hecho. —Con eso, Smitty se levantó y des-apareció de nuevo. Ahora parecía ser que le tocaba gruñir a Dez.
—De acuerdo, me parece que estoy empezando a odiarlo.
Mace sonrió descaradamente. Estaba de acuerdo con eso.
* * *
La cara de Dez llameaba. Casi se podría freír un huevo en ella. ¿Cómo había podido cambiar la tarde hasta volverse como el culo? Había perdido el control. ¡De nuevo! Nunca perdía el control. Ni en un interrogatorio, una persecución o alguna maniobra táctica, Dez MacDermot nunca perdía el control y punto. Pero con Mace mirándola fijamente, y su amigo el paleto retorciendo y alterando todas sus palabras, sintió como si estuviera dando vueltas alrededor del edificio sin ninguna sujeción.
Regresó a su antiguo hábito de cuando estaba nerviosa, pasar las manos a través de su pelo, diciendo la palabra «Pue» en una frase dónde no estaba burlándose de nadie, utilizando de nuevo esa maldita jerga. Quizá Missy Llewellyn tuviera razón. Siempre sería una muchacha del Bronx, sin importar lo que hiciera.
—Dez. Mírame.
—No. —Absolutamente, inequívocamente, NO, se mataría primero.
—Desiree. Mírame.
Tras apretar fuertemente los puños, Dez levantó su cabeza y se quedó helada, atrapada en esa mirada dorada.
Permaneció así, como si el hombre le hubiera puesto unas cadenas en sus muñe-cas y se hubiera sentado sobre ella. Dez no tenía idea de cuánto tiempo permanecie-ron mirándose fijamente. Sintió los ojos de Mace deslizándose por su cuerpo. Tocan-do cada una de sus zonas. Haciéndola suya. Ella no podía apartar la mirada… y tampoco quería hacerlo.
Él no le dijo nada. En realidad no tenía por qué. Lo dijo todo con esos preciosos ojos suyos. La deseaba. Y haría lo necesario para conseguirla. Y, si lo permitiera, le daría más que ese gran sexo. Le daría un sexo que después la dejaría incapaz de an-dar derecha de nuevo. De la misma clase en la que perdería el alma.
Al final, Mace hizo un movimiento para que le trajeran la cuenta, pero sus ojos nunca dejaron su cara.
—Ven conmigo a casa, Dez.
Soltando un suspiro, dijo:
—De acuerdo. —Dez pestañeó. «¡Holllaaaaa! ¡Alarma de idiota! ¿Es que has enloque-cido?»— Uh. Quiero decir... —Dez se pellizcó la pierna para desprenderse del aton-tamiento que se había apoderado de ella—. No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no tengo relaciones de una noche.
—No quiero una relación de una noche. Quiero más…
—Oh, simplemente no quiero relaciones —soltó de repente, ya cortando comple-tamente al hombre.
Serenamente la preguntó:
—¿Por qué?
—Porque soy policía. Siempre lo he sido. Y siempre lo seré.
—No estoy muy seguro de que eso nos afecte en algo.
—Lo hace. —Ya había aprendido esa lección. Y de una manera dura. Para siem-pre—. Y tengo que ir a otro sitio. —«Y te doy las gracias, Dios mío».
—¿A las once y cuarto de la noche?
—La ciudad nunca duerme. —La cuenta llegó y pensó que debía aprovechar esa oportunidad como fuera—. Me gustaría colaborar. —Echó mano de dos de veinte y los soltó sobre la mesa—. Gracias por la cena, Mace. —Se puso de pie y dio la vuelta para rodear la mesa. Se agachó y besó su peluda coronilla—. Me lo he pasado muy bien.
—Podrías continuar pasándotelo bien.
«Bastardo implacable». Ella enroscó su pelo como solía hacer cuando tenía catorce años.
—Ya he terminado aquí.
No había dado un paso cuando la mano de Mace la agarró. Sus dedos, que esta-ban calientes y secos, se entrelazaron con los suyos. Ese movimiento pasó a través de su cuerpo. Y comprendió que ya no tenían catorce años. Que ya no eran simplemente compañeros. Dez los vio desnudos, sudorosos… y follando como si no hubiera un mañana. Y supo que Mace también lo veía. Esos ojos dorados gritaban por ella. Y supo que los suyos se le unirían en seguida.
No. Necesitaba irse. «Ahora». Inspiró de manera insegura.
—Mace, tengo que irme. —Oh, demonios. Necesitaba dejar de susurrar.
—No lo hagas. Quédate, Dez. Quédate conmigo.
Y supo que no quería decir en el restaurante para tomar más café y otro trozo de pastel. Quería decir en su cama. Con él dentro de ella. Y que la haría gritar de placer. Una y otra vez.
—No puedo. —Apartó la mano. La permitió irse, pero no antes de acariciar con sus grandes dedos su palma. ¿Quién hubiera sabido que un movimiento tan simple podría hacer que los dedos de sus pies se retorcieran de deseo? Y que se estremecie-ra.
Jesús, María y José. En qué hombre se había convertido aquel muchacho.
Dez pareció fundirse con sus ojos dorados. Supo que más tiempo con él, y aca-baría haciendo algo de lo más vulgar. Como arrastrarse bajo la mesa y comérsela a Mace Llewellyn. Agitó la cabeza y retrocedió alejándose de él. Esto apenas la hizo mantener algo de control.
—Tengo que irme, Mace.
Él la sonrió.
—De acuerdo.
Arqueó una ceja ante esta calmosa contestación, pero decidió dejarla parar. Sobre todo cuando claramente se vio situada bajo la mesa del restaurante y follada hasta el olvido. Sí. En ese momento comprendió que sería demasiado pronto para que le die¬ra esa clase de bienvenida.
—Que tengas una feliz Navidad, Mace.
Entonces prácticamente corrió hacia la puerta, dirigiéndose hacia un club situado a unas calles de allí.
* * *
Mace tuvo que esperar sus buenos cinco minutos antes de poder levantase y andar cómodamente sin tener que avergonzarse.
Esa mujer. Esa mujer era lo único que había querido en su vida. Lo había sabido todos estos años. Y esta noche solo lo confirmaba. El beso y ese simple toque casi consiguieron que sus botas salieran escopetadas. Y ella también lo había sentido. Pudo verlo en su cara. Pudo olerlo. Su deseo se alzó como una ola y prácticamente lo golpeó de lleno.
No, no iba a permitir que Dez MacDermot se le escapara. Le dejaba espacio, del mismo modo en que sus antepasados lo hacían cuando se preparaban para dar caza a una cebra adulta.
Smitty regresó finalmente a la mesa cuando Mace estaba firmando el recibo de su tarjeta de crédito. Este sonrió a su amigo.
—¿Bien? ¿Dónde está?
—Bien, y ni idea. La chica se mantuvo en sus trece. Todavía no estaba a punto. La empujaste.
—Sí claro, si esperara a que vosotros dos os pusierais a la tarea, mis nietos ya es-tarían corriendo en la Jauría.
—No necesito tu ayuda, Smitty. Tengo todo bajo control.
—¿De verdad? ¿Entonces por qué estas aquí solo?
Mace se puso de pie.
—Hay que esperar el momento oportuno, Smitty.
—Sí. Clarísimo. Espero que ese momento oportuno te mantenga caliente esta no-che, colega.
Los dos hombres abandonaron el restaurante.
—No entiendes a Dez. No hay que empujarla. Necesita solo un sutil estímulo —aclaró.
—Olvídalo. Observé a esa mujer comerse un bistec. No es para nada sutil.
—Eso es verdad. Perdonen. —Mace se adelantó dejando atrás a tres hombres—. Pero de todas formas, realmente yo tampoco soy sutil o…
—¿Mason Llewellyn?
Mace se detuvo y se giró. Supo, antes incluso de darse la vuelta, lo que encontra-ría. Si no hubiera sido porque los había olido, los gruñidos de Smitty hubieran sido un signo claro. Toleraba a Mace bastante bien, pero eso era todo.
Había tres hombres a sus espaldas. Grandes. Unos buenos diez años más jóvenes. Toscos. Matones al cien por cien. Uno no se encontraba a muchos matones león todos los días.
—¿Sí?
—Estupendo. Realmente es usted. Les dije a mis compañeros que lo era.
Mace observó fijamente al hombre mientras Smitty se situaba a su espalda. A su compañero el lobo no le gustaba mucho cómo olían. Por supuesto, a él tampoco le gustaba mucho.
—Sabes, tú y tu Manada sois realmente muy conocidas en esta ciudad. Es un verdadero honor haberte encontrado. —Ofreció su mano—. Patrick Doogan. Estos son mis hermanos. —Mace asió la mano del hombre con la suya. Fríamente, sus do-rados ojos clasificaban el tamaño de Mace. Determinando su fuerza. Su poder.
—Bueno, Doogan. ¿Qué puedo hacer por ti?
Él otro echo una mirada a sus hermanos.
—¿Listo, verdad? Os dije que sería espabilado. Sabe que no le hemos parado en mitad de la calle para un simple «hola».
—Sé que no me encontraste en la calle por accidente. ¿Así que podemos cortar el rollo?
Doogan sonrió descaradamente. Un verdadero depredador. Nada de huesitos suaves en su corpachón.
—Quería parlotear contigo de tus hermanitas. —El acento callejero de Nueva York asaltó las orejas de Mace dolorosamente. Dez le había hecho reírse y encender-se, sobre todo cuando se esforzó en esconderlo. Pero no así Doogan. Mace quiso acu-chillar las cuerdas vocales con sus garras—. Veamos si poemos discutir algunos… uh… asuntitos para un trapicheo comercial con la Maná Llewellyn.
Mace se encogió de hombros.
—Cierto. Eso sería genial. Y tienes hermanas a las que pueda joder yo. ¿Verdad?
Los ojos de Doogan se entrecerraron, mientras Smitty se reía suavemente entre dientes a su lado.
»¿Para eso es para lo que quieres a mis hermanas, verdad? Para follártelas. ¿Para tener cachorritos? ¿O para que te froten tus jodidos pies?
—No me gusta que me jodan, Llewellyn.
—Entonces no deberías agacharte y darme el tubo de crema lubricante.
Mace no podía creerse lo enfadado que se sentía, eso de discutir sobre sus her-manas como algo accesorio estaba mortificándole. La verdad, casi todos los días, las detestaba, pero aun así eso de que se metieran… con sus hermanas. Sus hermanas. Ningún hombre hablaba de sus hermanas como si estuviera comprando prostitutas para una fiesta de soltero.
Miró, fascinado, cuando la fachada de un gato charlando con otro se desmoronó y apareció el odio sincero. Doogan odiaba lo qué Mace representaba. Lo que Doogan y sus hermanos igualmente grandes nunca serían.
—Tendré a tus hermanas, Llewellyn, y me las follaré a todas.
—Estas infravalorando a las mujeres de mi familia. No juegan limpio. Arran-carán la piel de tu polla a tiras y la dejarán al aire. Y cuando lo hagan, voy a reírme de lo lindo.
Mace se volvió para alejarse, pero la voz de Doogan lo detuvo.
—Dime, Mason. ¿Qué está haciendo Petrov estos días?
Mace suspiró.
—¿Sabes por qué nunca tendrás a la Manada Llewellyn? —Miró a Doogan por encima del hombro—. No tienes clase.
En menos de un segundo Doogan estaba sobre él.
* * *
Dez se situó tras al menos cincuenta personas que estaban haciendo cola para entrar en el club más caliente del Village. Le dio su nombre al portero y este estuvo mi-rando fijamente sus pechos como unos buenos noventa segundos antes de permitirle entrar en el club.
Inmediatamente Dez supo que no pertenecía al lugar. Este no era su estilo. Una barra de bar para policías irlandeses. Una barra para moteros. Una bolera. Esos sí eran sus lugares. Aquí se sintió… mayor. Sentía el arma a su espalda, oculta bajo su chaqueta de cuero. Se alegraba de que el portero no la hubiera cacheado. No le gus-taría estar en este antro sin su arma.
La fauna del lugar eran los ricos, famosos… y narcotraficantes. Y el vicio, el pla-to principal del lugar.
Caminó hacia la barra.
—Estoy buscando a Gina Brutale.
—Yup. En la barra de atrás.
Se encamino hacia la parte trasera del club mientras se abría paso suavemente entre la multitud bien vestida y súper perfumada. Casi había llegado a su destino cuando lo vio. Todo belleza dorada. Hablando con una mujer con carne en las curvas y morena. Dez se encaminó hacia él y le perforó el hombro con el dedo.
—¿Sr. Shaw?
La recorrió con la mirada, y se le veía tan hermoso como en la fotografía que había en el archivo de Petrov. Solo que ahora parecía bastante molesto. Y también, hay que decir, no era tan hermoso como Mace. Se rió de sí misma. Desesperada. Completamente desesperada.
—¿La conozco? —Sería realmente bueno si le dirigiera la pregunta a ella y no a sus pechos.
Se inclinó hacia él. No podía anunciar en mitad de la barra que era policía de uno de los Distritos de Nueva York, pero el hombre parecía tener tendencias suicidas si insistía en pasar la noche por allí, después de que dejaran seco a unos de sus socios comerciales.
—Sr. Shaw, ¿no cree que sería mejor que regresara a la seguridad de su casa? Por lo menos hasta que consigamos alguna pista sobre el caso Petrov.
—Ah, debe de ser uno de los detectives. Debe de ser la que Missy echo de su ca-sa. —Shaw se acercó a ella y olfateó su cuello. Sonrió descaradamente—. ¿Cómo está Mace esta noche?
Dez se retiró. ¿Qué? ¿Es que la familia de Llewellyn al completo sabía que había salido con Mace? ¿Y por qué siempre estaban olfateando? «¡Oh, al cuerno!»
—Sr. Shaw, en serio, creo que debería irse a casa. Ahora.
Shaw la miró de soslayo y arqueó una ceja, desafiándola a que se lo ordenara.
—De todas formas ya me iba, detective.
—Ah, bueno. Gracias. La verdad es que odiaría que el forense tuviera que catalogar los pedazos de su cerebro… como hicimos con Petrov.
Dez se dirigió hacia la barra trasera. Cuando rodeó la esquina vio a cinco muje-res, al menos creía que eran mujeres, porque más bien parecían cinco marimachos sentadas en la barra. Eran muy parecidas, por lo que supuso que tenían una relación consanguínea. Pero fue su manera de beber el whisky escocés, mirando el suelo y con un aire completamente triste, lo que más llamó su atención.
* * *
El cuarto puntapié en sus costillas le envió directo al suelo. Aterrizó sobre sus manos y rodillas. Listo para cambiar, pero se contuvo hasta que no fuera la ultima solución.
Vio que uno de los hermanos Doogan iba a por el arma que tenía escondida bajo su chaqueta de seda y el abrigo de cachemir. Mace no esperó a que la agarrase para ir a por él. En el mismo movimiento, cogió el brazo del hombre y se lo retorció hasta colocarse sobre la espalda. El rugido de dolor conmocionó al vecindario e hizo que la gente corriera despavorida. Doogan se acercó a él porque Smitty ya tenía al otro hermano, y definitivamente le faltaba solo un segundo para que le rompiera el cuello.
—Ah, ah, ah.—Mace tiró de los brazos del hombre todo lo que pudo hacia atrás, hasta que prácticamente quedaron en forma de «U»—. No me hagas romperlo por la mitad… sabes que puedo.
Doogan se detuvo. Podía ver que sus dos hermanos podrían encontrarse en po-cos segundos con una muerte bastante fea. ¿Y a quién creería la policía? ¿A tres inci-pientes criminales o a Mace Llewellyn y a su amigo sureño? Dos oficiales condecora-dos de los Marines.
No. Doogan no era tonto. Ruin y malvado sí, pero no tonto. Sostuvo las manos en alto y retrocedió fuera del alcance de Mace. Una vez lo suficientemente lejos, Mace empujó a los brazos de Doogan al hombre que sujetaba y Smitty le imitó.
Doogan los tomó a ambos y retrocedió calle abajo.
—No te acerques a mis hermanas, Doogan. O la próxima vez me aseguraré de que esto acabe de forma diferente.
Doogan no contestó, ya se había perdido calle abajo.
Smitty escondió sus garras y se limpió la sangre de las manos.
—Bien, esto ha sido casi tan bueno como cuando estuvimos con las policías dis-frazadas de prostitutas. —Mace sonrió e hizo una mueca al mismo tiempo. Su cara y pecho le llameaban—. La policía debe de estar al llegar, ¿verdad? —La declaración inocente de Smitty, hizo que Mace se riera. Su amigo le agarró del brazo y tiró de él hacia una farola—. Veamos esa cara, colega. —Hizo una mueca de dolor—. Yup. Parece que te han herido, ¿eh?
—Gracias. —Mace se lo fue a tocar, pero Smitty le hizo bajar la mano—. No lo habría notado si no me lo hubieras dicho.
—No te pongas insolente conmigo, colega.
—Lo siento, Smitty. No puedo evitar pensar qué hubiera pasado si Dez se encontrara en estos momentos aquí.
—Eso es fácil. Se habría cargado alguno. Entre los dos estábamos a la par. Con solo mirarla ya se sabe. Es una depredadora, hijo. Y no pienses en ningún momento que no lo es.
—Dez sería el menor de sus problemas.
—Vaya. Vaya. Sí que somos protectores con una mujer que no hemos visto en años.
—No empieces, Smitty.
Riéndose entre dientes, dijo:
—Sabes, parece que estas realmente jodido, colega.
—Muchas gracias. —Mace movió la mandíbula. Por lo menos no la tenía rota.
—Te ves como si necesitaras que alguien cuidara de ti.
Mace pestañeó confuso.
—¿Por qué? Si estaré bien por la mañana.
—Alguien tendría que cuidar de ti, Mace. Cuidar tus heridas. Consolarte sobre ese pecho tan prominente y dulce.
Mace sacudió la cabeza.
—No. De ninguna manera, Smitty.
—Solo confía en mí.
—Una mierda voy a hacerlo. Eres casi felino por tu malignidad.
—Creo que tu problema es que infravaloras a los perros. Hay una razón por la que muchos de nosotros dormimos en el sofá mientras vosotros estáis en un zoológi-co.
—Esta conversación es estúpida.
—Somos hombres estúpidos. Hombres estúpidos a los que les gusta que sus mujeres tengan el pecho grande y fuerte.
—¿Piensas que Dez es fuerte?
—Nah. Sissy es fuerte. Sin embargo, tu mujer tiene una voz... Como si alguien hubiera espolvoreado arena en sus cuerdas vocales.
—Me gusta su voz.
—Conozco carreteras de Tennessee que están más lisas que la voz de esa mucha-cha… aunque, tengo que admitir, que me gustó mirar cómo se chupaba el dedo hasta limpiarlo.
—Casi parece que quieres que te dé de hostias.
* * *
—¿Gina?
Unos ojos marrón oscuro, casi negros, se centraron en ella. Estaban llenos de una intensa tristeza. Dez odió que la mujer le provocara tanto miedo. Pero algo de Gina Brutale la ponía los nervios de punta.
—Sí —dijo la otra, deslizándose fuera del taburete—. Ven. —Bebió el resto de su whisky y dejó caer el vaso sobre la barra.
Les echó una mirada a las mujeres que estaban con ella.
—Regresaré dentro de un momento.
Las mujeres no respondieron. En cambio, miraron fijamente a Dez. Quizá fue la experiencia más incómoda desde hacía tiempo, y eso que el trabajo de Dez consistía en tener experiencias incómodas. Pero la manera en que la miraron, tan fijamente, la desquiciaba. Como si estuvieran planeando mentalmente qué partes de su cuerpo sofreirían en abundante aceite de oliva.
Gina se alejó de la barra y Dez la siguió, mientras echaba una mirada hacia atrás, a las mujeres. Todavía la estaban mirando. Luchó contra el impulso de estremecerse.
Gina caminó hacia una oficina en la parte desierta del club. Fue a abrir la puerta, pero alguien tiró de ella por el otro lado. Salió una mujer que se parecía a Gina. Las dos mujeres se miraron intensamente. En verdad, sus ojos brillaron cosa seria. Casi de manera cruel por su intensidad.
Los ojos castaños de la mujer recorrieron a Dez.
—¿Quién cojones es esta?
—Nadie que te interese una mierda.
Dez puso los ojos en blanco. Esto se parecía a uno de esos diálogos típicos entre las chicas de su antiguo barrio. Normalmente degeneraban en una pelea a tirones de pelo, o incluso hasta sacar las navajas.
Joder, no tenía tiempo para eso.
—¿Podéis dejarlo un rato? Tengo una vida por delante.
Gina procedió a entrar en la oficina. La otra mujer se echó a un lado, pero se de-tuvo y olfateó repentinamente a Dez.
Ella se retiró hacia atrás.
—¿Puedo ayudarte en algo?
La otra gruñó.
—Otro.
No tenía ni idea de lo que significaba eso, pero no tuvo la oportunidad de pre-guntar ya que la mujer se marchó.
Agitando la cabeza, entró en la oficina cerrando la puerta tras ella.
—Interesante muchacha.
—Es una perra. —Gina se deslizó hasta colocarse encima del escritorio de caoba pulido—. Es mi hermana. Anne Marie.
—Mis condolencias.
Resoplando la otra dijo:
—Bueno, todos nosotros tenemos nuestro propio infierno personal. Ella es el mío.
Dez recorrió la oficina. Se percató de que no parecía muy usada. Mucha caoba y cristal. No parecía la oficina de una mujer.
—¿De quién es la oficina?
—De mi padre. Pero no viene muy a menudo por aquí.
Casi cedió ante su deseo de averiguar más del tan conocido, pero muy raramen-te visto, Gino Brutale. Sin embargo, se obligó a recordar la razón por la qué estaba en el club. Y no era para averiguar cotilleos sobre la familia Brutale.
—Esto..., ¿querías hablar conmigo sobre la muerte de Alexander Petrov?
—Sí. Veras, él fue…
La mujer se esforzaba por admitir algo, pero Dez no entendía el qué.
—Fue…
La Brutale se irguió, repentinamente orgullosa.
—Estaba conmigo. Fue mi amante.
Dez no entendía que Gina temiera la admisión de esa información. Brutale no parecía ninguna chiquilla. Parecía estar en la treintena. Y no era como si Petrov fuera de una familia mafiosa rival, a menos que Missy fuera algo más de lo que daba a entender. Y tenía serias dudas sobre eso.
Esperó a que ella continuara.
—Lo vi la noche en que murió. Y cuando me dejó era de noche, pero estaba muy vivo. No sé si alguien lo siguió. Pero sé que Missy Llewellyn se pondría como una moto si supiera de lo nuestro.
Dez dio un paso hacia delante.
—¿Y lo sabía?
—No sé. Pero la iba dejar y quedarse conmigo. Sin embargo, no sé si alguna vez encontró el momento para decírselo.
—¿Petrov y Missy Llewellyn estaban juntos? ¿Eran pareja? —¿Pero quién aguan-taría a esa perra sin corazón?
—Es bastante complicado de explicar. Pero, básicamente, lo poseía.
«¿Qué diablos quiere decir eso?»
—¿Qué quieres decir con «lo poseía»? ¿Tenía algo con él?
—No. Pero le pertenecía a ella. A ella no le sentaría nada bien que la dejara. So-bre todo si la dejaba por mí.
—¿Tú, por qué? ¿Qué conexión tienes con los Llewellyn? —Una chica de Jersey y además una Brutale, no era exactamente bienvenida para una cena con los Llewellyn. Y las dos lo sabían.
—Nuestras familias tienen… algún asuntillo, se podría decir. Nos hemos odiado durante mucho tiempo.
—¿Crees que Missy lo mató?
—No lo sé. Realmente no lo sé. Le dieron un tiro en la nuca y la verdad, ese no es el estilo de Missy, ¿sabes?
Dez se encogió de hombros.
—No podría decirte.
—Lo único que digo es que necesitas vigilar a Missy Llewellyn. Vigilarla muy de cerca. No puede salir impune. Todo porque me amara y a ella no.
—Sí. ¿Pero estas segura de que te amó?
Brutale fijo sus ojos, oscuros como perlas negras, sobre la cara de Dez.
—¿Qué?
—Quizá quieras que me centre en Missy solo para que ella sufra más. Quizá Pe-trov no quería dejarla. Tal vez no era a ti a quien amaba, por lo que decidiste des-hacerte de él. —En realidad no lo creía, pero deseaba ver la reacción de la Brutale.
No la defraudó. Pestañeó y de repente Gina Brutale se irguió justo delante de ella. Con los cuerpos casi tocándose. La rabia y el dolor rezumaban por la piel de la Brutale mientras golpeaba a Dez prácticamente sacándola de la oficina.
—Le amé. Me amaba. Y si alguien dice lo contrario es mentira. Teníamos pla-nes… Planes para formar una familia juntos.
—Quizá tu padre no estaba de acuerdo con eso.
—Mi padre hará lo que se le diga que haga. Las mujeres llevamos el control de esta familia. No los hombres.
Bien, eso era algo nuevo.
—De acuerdo.
Brutale la fulminó con la mirada durante un largo minuto. Entonces inspiró pro-fundamente y dio un paso atrás. Luego otro. Al final quedaron como dos metros de separación entre la una y la otra. Pero Dez todavía no se sentía muy segura. No se sentiría así hasta que sacara su maldito culo de ese edificio.
—Pero te diré, detective... Es mejor que quienes le hayan matado recen a la Vir-gen María para que llegues tú primero. Que recen para que yo no los descubra nun-ca. Porque los mataré. Y me aseguraré de que sufran lo que merecen por lo que han hecho.
Dez no dudó de las palabras de Gina ni por un segundo. Deseaba salir del edifi-cio. Y se suponía que ni siquiera estaba en el caso. De repente, empapelar a Missy retrocedió ante el instinto de supervivencia.
—Lo tendré presente.
—Hazlo.
Dez se apartó de la Brutale. No se sentía a gusto dándole la espalda a la mujer. Agarró el tirador de la puerta, la abrió y sintió alivio cuando se adentró en el club.
Atravesó el enorme local, incluso la barra de la parte trasera dónde había encon-trado a la Brutale. Tenía que pasar por el enjambre de mujeres, pero en ese momento solo la hermana de Brutale estaba con ellas. Cuando las dejó atrás, sintió una peque-ño picazón en el cuello.
Retrocedió unos pasos, al tiempo que agarraba la mano que la había tocado, re-torciéndola hasta que Anne Marie Brutale aterrizo contra el suelo, aullando de dolor. Dez plantó su pie a un costado de la mujer y torció su brazo de nuevo. Esta vez manteniéndolo más separado de su cuerpo. Unos centímetros más y le rompería el hueso del hombro.
—No te atrevas a tocarme otra puta vez. —La llave que le había hecho a la mujer la aprendió en los Marines. Su forma de hablar… era «made in Bronx».
Gina Brutale entró en la sala. Miró fijamente a su hermana de forma desapasio-nada. Tuvo que ser la mirada más fría que Dez hubiera visto nunca. Mira que ella detestaba a veces a sus hermanas, pero nunca permitiría que nadie más las hiriera. Jamás.
—La verdad, espero que te haya quedado claro. —Torció el brazo de Anne Marie un poco más para darle énfasis, haciendo que otro brutal aullido saliera de su garganta. El sonido envió un escalofrío a lo largo de su espalda. Estas personas no estaban bien de la chaveta.
Sí. Dez deseaba sacar el culo del lugar.
Echo una mirada alrededor, a las mujeres que la miraban. Ninguna de ellas pa-recía muy interesada. Luego la bajó para centrarse en Anne Marie. Tenía las uñas grandes, largas. Del mismo estilo en el que sus hermanas nunca le habían permitido tenerlas, porque decían que estaban «más allá de lo vulgar». Las uñas centellearon. De repente se sintió muy interesada en ellas. Porque no sabía si el vulgar sentido de la moda de la mujer tenía algo que ver.
Dez la soltó finalmente y retrocedió, alejándose de las mujeres. Cuanto estuvo lo bastante lejos se giró sobre sus talones, se dirigió hacia la puerta delantera… y a casa.
* * *
Mace se agachó contra el duro suelo, en el lado del pasajero del todoterreno de Dez, y esperó impaciente. No le gustaba esperar.
Por supuesto, saber que le mandarían al infierno al hacer esto, engañar a una preciosa mujer por la que estaba loco, no hacía más fácil la espera. Al menos, qué se le iba hacer, iría al infierno con una sonrisa.
Mace limpió la última gota de sangre que le caía de la nariz. Incluso con sangre en la nariz todavía podía oler la Navidad en el aire. No sabía cómo todos estos olo-res podrían hacerle recordar esta fiesta en particular, pero lo hacían. Amaba estos olores. Realmente amaba estas fiestas, solo que nunca había sido capaz de disfrutar-las de verdad. Incluso las veces que había ido con Smitty a ver su madre a Tennessee. La verdad, la mujer siempre intentó que fuera uno más de la familia, incluso parte de su Jauría, pero nunca olvidó que no pertenecía a ella. Por supuesto, tampoco pertenecía a su propia Manada. Lo tenía claro, tendría que crear su propia familia. Suya y exclusivamente suya. Y cada fibra de su ser le decía que Dez sería parte de ella. Sería ella la que consiguiera que cada Navidad fuera especial para él. Claro que esta parecía detestar la fiesta, pero nadie le dijo nunca que Dez fuera fácil.
La descubrió en el mismo momento en que torció la esquina. Cuando ella le di-visó redujo la velocidad. Probablemente no podría verlo bien al principio. Mace puso su mejor expresión herida y continuó esperando. No hizo ningún movimiento súbito. No tenía ninguna gana de que Dez le disparara si lo creía necesario.
Dez se movió más despacio cuando se acerco hasta detenerse para verlo clara-mente. Entonces se apresuró a ir a su lado.
—Jesús, Mace. —Se arrodilló junto a él—. Oh, dulzura. —Sus suaves manos se deslizaron por su cara—. ¿Quién te hizo esto?
Él movió la cabeza.
—No importa. —Levantó los ojos hacia ella y pestañeó, sobresaltado por lo que vio. El sudor empapaba su cara y cuello; eso no le hubiera parecido raro si estuvieran en mitad del verano, pero estaban a veintitantos de diciembre y definitivamente hacia frío.
—¿Dez?
—¿Qué, cariño?
—¿Estas bien?
—Claro. —Dez tragó saliva, cerró los ojos y bajó la cara hacia su regazo. Se que-dó pasmado. «Maldita sea». ¿Cuántos sueños y fantasías habían llenado su cabeza durante estos años con una Dez MacDermot en esta misma posición? Pero ahora, al igual que entonces, hubiera esperado que estuviera totalmente consciente.
Mace acunó Dez a cuidadosamente en sus brazos.
—Dez, cariño. ¿Puedes oírme?
Ella no le contestó. Se preguntó si alguien le habría echado alguna droga en la bebida. La olfateó. Olió a hiena.
—¿Dónde infiernos te has metido, cielo?
¿Por qué andaría Dez con hienas? Examinó su cuerpo y tras unos largos minutos encontró un diminuto arañazo en la nuca. Olfateó ese lugar y olió el veneno.
Carroñeras y repugnantes hienas. No le habían dado lo suficiente para matarla. Eso habría sido demasiado obvio y no lo podían hacer dentro de su club. No, la die-ron lo suficiente como para que se desmayara en el exterior, quizá incluso en un taxi. Dejándola en las misericordiosas y tiernas calles de Nueva York. O para que quizá se desmayara sobre el volante de su coche.
Mace quiso rugir su desagrado y despedazar a algunas hienas, pero Dez era ahora mismo su preocupación más inmediata. Giró su cabeza y retiró su precioso pelo del arañazo. Succionó la herida y escupió. Lo hizo seis veces hasta que quitó todo el veneno.
—Muy bien, cariño. Vámonos a casa. —No llevaba bolso, sino una delgada cartera de cuero en la parte frontal de sus vaqueros negros. La sacó y le echó rápidamente una mirada a su carné de conducir. Hizo una mueca. Brooklyn. Cristo, la mujer vivía en Brooklyn.
—Vaya, no podías vivir en alguna parte del norte de la ciudad, ¿no? —Mace se puso de pie con Dez en los brazos. Sin mucho esfuerzo consiguió las llaves y aseguró a la mujer en su todoterreno. Se sentó en el asiento del conductor y puso el coche en marcha. Le echó una miradita y en su pecho retumbó un suspiro. Su Dez era preciosa. Frotó su mejilla con los nudillos.
—Vámonos a casa, guapísima.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:14 pm

Capítulo Cinco


Mace se acercó al porche de Dez con ella en sus brazos. Sin soltarla, abrió y se adentró en la oscura casa. Sus ojos de gato podían ver claramente los muebles, pero se dirigió al interruptor para encenderlo. Se detuvo impresionado.
¿Cómo no iba a hacerlo? El salón de la mujer era un jodido país de las maravillas invernal. Tenía un Árbol de Navidad totalmente adornado con cintas de colores. Las alegres luces que lo cubrían se encontraban conectadas a la luz principal, por lo que cuando encendió la luz del techo todas las luces navideñas también se encendieron. Tenía calcetines atados en su chimenea. Tres. Uno para ella ¿Y los otros? ¿Para Sig y Sauer? No lo quería saber y no lo iba a preguntar.
Sonrió. Con todo lo que se había quejado Dez de las fiestas que se acercaban y resultaba claro que la gustaban. Nadie puede- poner tanto esfuerzo en algo que se odia cuando se vive solo.
Mace condujo a Dez hacia su sofá. Le gustaba su sofá. Era grande y espacioso, y quería joderla en él.
La tumbó y comprobó de nuevo su herida. Había eliminado concienzudamente el veneno, pero no quería que la zona se infectara. Se quitó la chaqueta, tirándola al otro lado de la habitación. Después despojó a Dez de la suya. Tenía que separar la camisa de su herida y pensó que podría interponerse en su camino. Encogiéndose de hombros se la quitó completamente. De nuevo se detuvo impresionado.
Un sujetador de encaje rojo cubría aquellos hermosos pechos. El rojo contrastaba maravillosamente con su piel morena. Podría acariciar con la nariz entre aquellos pechos hasta el final de los tiempos si ella le dejara. Mace suspiró. Esto no le ayuda-ba nada. Reprimió su lujuria y regresó al trabajo.
* * *
Dez abrió los ojos y recorrió la habitación. Su casa. De algún modo había logrado llegar a su casa… Pero no podía recordar nada de lo sucedido tras salir del club. Miró hacia abajo y descubrió la manta de los New York Jets cubriendo su cuerpo. Todavía estaba vestida, excepto por su camisa y sus zapatos.
Y alguien había puesto a Nat King Cole.
Se tumbó y fulminó con la mirada el techo.
«¿Qué demonios estaba pasando?»
* * *
Mace tenía su teléfono móvil al lado del oído, con el hombro como único sostén, mientras examinaba la cocina de Dez.
—La mujer no tiene nada. Creo que me he comido todas sus patatas fritas y sus galletas, y da la impresión de que tiene algún tipo de amor enfermizo por la carne de ternera. Aparte de eso… la mujer no tiene nada.
—Ahora lo entiendes… esa es la razón por la que deberías buscarte una dulce chica sureña. Siempre se aseguran de que los cuerpos estén alimentados y cómodos.
—¿De verdad? Bueno… ¿Qué hace tú hermana esta noche?
Smitty gruñó.
—Eso no es gracioso, gato.
Mace se rió entre dientes.
—La verdad es que sí lo es. —Abrió el frigorífico.
—Bueno, le gusta la cerveza… —Cogió una caja de pizza, la abrió, la cerró con asco y la metió de nuevo en el refrigerador.
—Queda claro que la compra de la comida quedará a mi cargo.
—Uh… dime, Mace. ¿Realmente le has dicho que ahora te pertenece?
—No. Pero lo voy a hacer. Simplemente tendrá que hacerse a la idea.
Smitty suspiró.
—Lo dice el Rey de la Selva.
—Por estos colmillos gobierno.
Mace echó otro vistazo por la cocina. Un saco captó su atención.
—¿Smitty?
—¿Sí?
—Tiene alimento para perros.
Una larga pausa siguió a su declaración.
—¿Cuánto?
Mace caminó hacia el y lo examinó detenidamente.
—Es un saco de once kilos.
Otra larga pausa.
—¿Solo hay uno?
Mace abrió una puerta que conducía a una despensa. Había algunas cosas en los estantes. Cosas humanas. Pero en el suelo…
—Hum… tiene diez sacos de once kilos de alimento para perros de muy buena marca. Ya sabes, ese tipo de comida especial que compras al veterinario.
Otra larga pausa y comenzó a reírse como un histérico.
—¡Eh, atención todos. Ehhh! —Ladró hacia su Jauría—. ¡Mace está enamorado de una amante de los perros!
Mace apretó los dientes cuando escuchó los aullidos de risa. Un momento verdaderamente humillante.
—¿Ya has terminado?
—Lo siento. Lo siento. Es que me hace gracia ver cómo caen los gatos poderosos.
Mace puso los ojos en blanco.
—Bueno, llevo aquí casi dos horas y no he visto ni el pellejo ni el pelo de ningún perro.
—¿No les oliste cuando llegaste?
—Llevo tu chaqueta. Pensé que eras tú. Todos vosotros oléis igual.
Smitty gruñó de nuevo.
—No huelo como un perro.
Mace sonrió. Nada jodía más a un lobo que lo comparasen con un perro. Smitty no le habló durante tres meses cuando le encontró borracho hablando con un pastor alemán sobre el pastel de barro que preparaba su madre en Tennessee.
—Probablemente se hayan escondido —especuló Smitty.
—¿Escondido de quién?
—De ti, estúpido asno. Y apuesta lo que quieras a que, donde quiera que estén, se han meado encima. Tú pequeña novia no va a estar muy contenta cuando tenga que limpiar mañana las manchas.
—¿Estás disfrutando de esto, verdad?
—Eh… sí.
Mace colgó el teléfono y comenzó la búsqueda de los estúpidos perros de Dez.
* * *
Mace se agachó y miró bajo el sofá.
—Aquí, estúpidos y tontos perros —susurró suavemente con voz melódica—. Venid aquí, jodidos perros.
No estuvo seguro de cuándo supo que Dez le miraba, pero lo supo… Levantó la cabeza y la encontró mirándole por encima del brazo de su sofá.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—¿Dónde está mi camisa?
Miró hacia el sillón del otro lado de la habitación.
—Ahí.
—¿Y por qué no la llevo puesta?
Cuando una mujer escupe una oración así entre sus dientes, puedes estar bastante seguro de que está bien y cabreada.
—Puedo explicártelo todo.
—Será mejor que lo hagas.
Se levantó y dio la vuelta al sofá para sentarse a su lado. Ella se enderezó, man-teniendo elevada hasta su barbilla la manta verde de los Jets. Se percató de que la pistola de 9 mm que había colocado sobre la mesita central se encontraba bien sujeta en la parte trasera de sus pantalones. No había podido encontrar su camisa, pero había encontrado la endiablada arma.
—¿Cómo te sientes?
—Bien, imagino. Quizá un poco inestable. ¿Qué pasó?
—Te drogaron. —Utilizar el verbo envenenar la habría puesto histérica. Y no ten-ía ningunas ganas de explicar en esos momentos la eterna batalla entre hienas y leo-nes—. Pero ya ha pasado todo.
Ella le miró como si se acabara de percatar de las contusiones que le cubrían. Alzó la mano y le tocó la mejilla.
—Oh, dulzura ¿Qué le ha pasado a tu cara?
Mace miró embelesado sus labios y se movió con lentitud. No quería asustarla, pero estaba determinado a probar aquellos exuberantes labios. Pero antes de que pudiera alcanzar el cielo ella giró la cabeza buscando.
—¿Dónde están mis perros?
—¿Qué?
—Mis perros.
La mano que había reposado suave sobre su mejilla sujetó repentinamente un mechón de pelo y tiró.
—¡Ow!
—Deberían haberte destrozado y a estas horas tendrías que estar muerto sobre mi porche. ¿Qué has hecho con ellos?
Con un dramático suspiro dijo:
—No lo sé.
Dez se levantó mientras un gruñido, parecido al de la Jauría, escapaba de sus la-bios.
—Si les ha pasado algo a mis chicos…
—¿Exactamente de qué me estás acusando? ¿De dañar a dos malolientes bestias que correrían felices entre el tráfico?
Dez soltó la manta y comenzó a buscar por la habitación. Mace tuvo que enfocar la vista en su rostro para no hacerlo en el resto de aquel delicioso cuerpo. Ese cuerpo le provocaba cosas. Cosas fuertes y casi dolorosas.
Sacudió la cabeza.
«Detente, Llewellyn. Estás perdiendo el tiempo —La mujer ni siquiera había notado que estaba.»
* * *
¿Estaba de broma? Sus perros estaban en algún sitio. Pero el acabar de despertarse y encontrar a un pedazo estupendo de hombre arrastrándose lentamente por su suelo había revuelto sentimientos que nunca pensó que existieran. Sentimientos que no estaba segura de querer admitir. No ayudó para nada encontrar su cara golpeada, pues hizo que casi perdiera la compostura con las «Típicas Estupideces que Hacía la Gente», como por ejemplo besarle… de nuevo.
Así pues, encontrar sus perros pareció lo más rápido y fácil de hacer, conside-rando esas circunstancias.
Aunque empezaba a preocuparse ligeramente. Sus perros deberían haberlos sa-ludado en la puerta. Definitivamente, y a estas alturas, deberían haberse lanzado a la garganta de Mace. No parecía un verdadero amante de los perros, pero aun así no podía imaginárselo haciéndole algo a sus «chicos». ¿Así que dónde demonios esta-ban?
—¿Has mirado debajo de tu cama?
Dez prácticamente le gruñó al hombre que se había convertido, en muy poco tiempo, en el protagonista de todas y cada una de las fantasías de su vida. Él se re-costó en el sofá, con los brazos sobre el respaldo. Estiró sus increíblemente largas y musculosas piernas, cruzando los pies a la altura de los tobillos.
«Dios mío, se puede decir que ha tomado posesión de mi casa».
—Mis perros no se esconden bajo las camas, Llewellyn.
—¿Pero has mirado?
—¿Me has visto arriba? —Enarcó una ceja y dijo entre dientes—: De acuerdo, mi-raré.
Se dirigió a la escalera que conducía a su dormitorio. No se podía decir que tu-viera una casa grande, pero poseía un patio para sus perros en la parte de atrás, un segundo piso, un comedor enorme y una cocina ideal para un cocinero que raramen-te usaba. Más importante, sin embargo, era su hipoteca. Pero era su casa. Visto de esa manera, no importaba lo grande o pequeña que esta resultara.
—¡Sig! ¡Sauer! ¿Donde estáis chicos?
—¿Has llamado a tus perros con el nombre de un arma? —Dez pegó un saltó y giró sobre sí misma. Mace había subido tras ella y ni le había oído—. ¡Mierda! ¿Los calcetines navideños eran para ellos?
No iba a tener esa conversación.
—¿Qué diablos estás haciendo?
—Además de haber enloquecido al ver tu decoración navideña… ayudarte a buscar tus perros. Unos perros a los que les has puesto nombres de armas.
—Son perros policías. ¿Cómo esperabas que les llamara? ¿Pelusón y amorcito?
Dez entró en el dormitorio. Pudo sentir a Mace a su espalda. Sentía el calor de su cuerpo. Podía oler al hombre. Y olía realmente bien.
Se dio una sacudida mental. «Déjate de eso, MacDermot». Se agachó bajo la cama y miró. Y, a pesar de su incredulidad, encontró a sus dos perros. Encogidos de miedo.
Quiso coger a Sig.
—Ven aquí, cariño.
Mace se agachó a su lado y fue en ese mismo momento cuando Sig, con mucha cautela, agarró su muñeca con la boca y la arrastró bajo la cama. No la hizo daño. Si no lo conociera mejor, hubiera jurado que el perro simplemente trataba de proteger-la.
—¿Qué demonios?
—¿Estás bien? —Mace aferró su tobillo y de repente se sintió como un codiciado hueso.
Alejó su brazo de Sig y se deslizó hacia atrás, fuera de la cama. Mace agarró su mano y la ayudó a ponerse en pie. Retiró la mano bruscamente. Lo tuvo que hacer. Su contacto la ponía incómodamente caliente.
—¿Qué les has hecho a mis perros? —No tenía la menor idea de dónde le venía, pero no podía alejar el presentimiento de que se ocultaban de él.
—¿Yo? ¿Qué te hace pensar que les he hecho algo?
—En una ocasión Sig derribó a un jugador profesional de fútbol americano que pesaba ciento catorce kilos porque se situó demasiado cerca de mí en el parque. Y Sauer se enfrentó a tres pit bulls fuera de control para protegerme. Estos no son pe-rros que se esconden bajo la cama. Y de pronto llegas a mi casa…
Mace no dijo nada, simplemente la miró.
Dez se sentó a los pies de la cama y se pasó las manos por el pelo. «Era obvio que alguien la había drogado». Por qué sino se iba a sentar en la cama, sin preocuparse ape-nas de los pliegues que se formaran en su tenso estómago, mientras llevaba su suje-tador de encaje favorito de Navidad y unos vaqueros, delante de un hombre con el que se enroscaría felizmente como si fuera una Boa constrictor. Mientras tanto sus desalmados y muy bien entrenados perros se escondían bajo su cama. Algo había ocurrido y quería saber de qué se trataba. Y lo quería saber en ese puñetero instante.
—Mis perros se están escondiendo de ti, Llewellyn. Y quiero saber por qué. O puedes coger y salir jodidamente deprisa de mi casa.
Señor, menos de veinticuatro horas alrededor de Mace, y el Bronx de Dez ya es-taba que rugía a sus espaldas. Pero su intensa cólera le impidió sentirse culpable.
Mace la miraba tras una masa de pelo que prácticamente le cubría los ojos. Ese pelo no había estado allí el día anterior.
«¿Qué demonios estaba ocurriendo?»
* * *
Los malditos perros lo arruinaban todo. Lo típico. Si le dijera cualquier cosa, excepto la absoluta verdad, Dez y su mente policíaca se darían cuenta en dos segundos. Esto también era por él. Por ellos. Dez necesitaba confiar en sus compañeros, Mace se dio cuenta de eso tras pasar aquellas pocas y preciosas horas en compañía de la mujer. No podía mentirla. No, si quería que alguna vez llegara a gritar su nombre mientras se corría.
Entonces, lanzando centurias de tradición y secretos druidas por la ventana, afrontó a la detective Desiree MacDermot y le dijo la verdad.
—Soy un cambiaformas. Exactamente un león. Mi manada desciende de los Druidas Galeses. Tus perros lo han percibido y es por lo que se esconden bajo la cama. Por eso y porque soy un gran gatito.
Le miró fijamente. Casi podía leer sus pensamientos. Pensaba: «tengo a un loco en mi casa ¿Cómo puedo echar a ese loco de mi casa?» Esperaba verla moverse len-tamente hacia la puerta en cualquier segundo. O coger su arma y pegarle un tiro en-tre los ojos.
Pero no lo hizo. En cambio, Dez cruzó los brazos ante aquellos hermosos pechos cubiertos de rojo.
—Demuéstramelo.
Mace abrió la boca sorprendido.
—¿Qué?
—¿Tiene alguna relación con la luna llena o algo parecido?
Sofocó un rugido.
«Pequeña putita ofensiva.»
—No soy un hombre lobo.
—Entonces demuéstramelo. Directamente aquí. Ahora mismo.
—¿Quieres que te lo demuestre?
—Exactamente aquí. Ahora mismo.
Mace sonrió.
—Si eso es lo que quieres…
* * *
Sip. Qué propio de Dez encontrar al único loco rico de Nueva York que no tenía miedo de transitar por Brooklyn. El único loco rico que pensaba que era... ¿qué era? ¿Un cambiaformas? «Uau».
Por supuesto, Dez no cogió el teléfono para encerrarse en el baño y llamar al 112. No, ella había desafiado al loco a que «se lo demostrara».
Por supuesto. ¿Por qué no? Además llevaba su arma encima y tenía una encan-tadora escopeta en su armario. Y tampoco era como si no hubiera tratado antes con un loco.
Pero el gimoteo de sus perros, claramente audible bajo la cama, le dio la primera pista de que algo no iba bien. Los ojos de Mace también comenzaron a parecer dife-rentes. Volviéndose vidriosos y relucientes. Y su olor se intensificó. Llenó la habita-ción, rodeándola.
Dez descruzó los brazos y los dejó colgando mientras observaba cautelosamente a Mace. Parpadeó varias veces, con el cerebro reacio o incapaz de entender lo que pensaba que estaba viendo. ¡Señor, aquellos eran colmillos!
Dejó de respirar cuando el pelo de su cabeza se extendió a través de todo su cuerpo. Un mechón rubio se desplegó violentamente propagándose a través de su espalda. El pelo castaño cubrió su dorado pecho como un grueso suéter invernal. Después sus extremidades se transformaron hasta que quedó a cuatro patas.
El proceso completo duró unos cuarenta y cinco segundos, pero pareció durar años. Y, con una sacudida de su cuerpo, los restos inútiles de la ropa de Mace vola-ron a través del cuarto.
Con aquellos ojos dorados, que reconocería en cualquier sitio, fijos en ella, sacu-dió su melena y rugió.
Sus perros huyeron de su escondite bajo la cama y salieron por la puerta del dormitorio. Dez no estaba muy segura de si los volvería a ver otra vez.
Analizó la situación con rapidez. Su 9 mm no serviría. Nop. No con este. Necesi-taba la escopeta.
Dez salió disparada de la cama y llegó al armario en tiempo récord, pero antes de que llegara a tocar el pomo de la puerta, él la presionó contra la dura madera. Pero el cuerpo que notaba contra ella no era el de un león, sino humano. Y el de todo un macho, si la erección que empujaba en su trasero podía servir de indicación.
—Respira, Dez. Simplemente respira.
«¿Respira?» ¿Cómo se supone que voy a respirar? Apoyó la cabeza contra la puerta y se preguntó por qué no podía desmayarse como una mujer normal. No de-bería ser fuerte. Debería ser débil y frágil. Cuando hubiera despertado encontrarse con que se había comido sus piernas y moriría por la perdida de sangre. Cualquier cosa mejor que tener que tratar con la realidad de esta situación.
—No creo que estés respirando.
—Aléjate de mí, Mace. Ahora.
Asombroso. Sonaba completamente tranquila y racional. Intentó apartarse de la puerta, pero aquel cuerpo duro y grande rechazó moverse ni un centímetro. Aprisio-naba sus manos con las de él contra la madera para que ella no pudiera coger su ar-ma. Su carne desnuda prácticamente chamuscaba su piel expuesta con su intenso calor.
—Dijiste que te lo demostrara —murmuró ronroneando en su oído—. Y eso hice, Dez.
Por supuesto, tenía razón. Joder. Aunque ya podía dejar de mostrarse tan arro-gante acerca de eso. ¿Quién iba a imaginarse que en este mundo había gente que se transformaba en algo que no fuera humano? Había vivido con la firme y feliz idea de que la gente que creía en vampiros, hombres lobo y brujas eran casos para el psiquiatra. Como policía, solo creía en lo que veía y siempre tenía una explicación verosímil.
Por supuesto, ahora muchas cosas tenían sentido. Todas aquellas cosas «raras» que solía hacer Mace hablaban claramente de… bien... su lado animal. Olisquear su nuca. Gruñir. Ronronear. Aquella vez en la que descubrió sus colmillos a un estu-diante de segundo año que intentó apoderarse de su emparedado de queso asado a la parrilla cuando estaban en la cafetería.
Nada de eso hacía esta situación más fácil. Sobre todo, cuando su cuerpo estaba sujeto por un tipo que hacía tres minutos se había transformado en el rey de la selva. Un tipo que asustó a setenta kilos de Rottweiler asesinos.
Un tipo que estaba besando su cuello.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Qué crees que estoy haciendo? —preguntó justo antes de que su lengua se moviera en aquel punto donde el cuello y la espalda se encontraban. Casi se le doblaron las rodillas, pero se recordó a si misma que el tipo no era humano.
Hincó los dedos en la madera.
—¿Crees que es buen momento para que te excites?
—Lo siento, el cambio me provoca esto. El cambio y tú.
¡No, no, no! Ahora no iba a librarse con su comportamiento seductor.
—Mace…
La cortó:
—Te he querido desde que íbamos a clase de biología con el Sr. Shotsky.
Increíble. Un monstruo desnudo la tenía presionada contra la puerta de su pro-pio armario para que no pudiera coger su arma, pero una trillada tontería de cuando estudiaban noveno la tenía tan mojada como una estrella del porno. ¿Qué le estaba pasando? ¿Podría contagiar a algún niño lo que tenía?
Tuvo que morderse el labio para impedirse gemir cuando Mace oprimió su cadera contra ella.
—Dios, Dez. Tengo tanta necesidad de joderte que me duele todo el cuerpo.
Bueno. Llegados a este punto tenía dos opciones. Podía decirle a Mace lo que quería oír. Escabullirse y esparcir sus restos entre los preciados muebles de madera de su dormitorio. Estando en forma de humano, probablemente podría usar su nue-ve milímetro contra él.
O… podía ser honesta con aquel gigantesco idiota.
—Mace... —suspiró—. Si me sueltas ahora, te voy a reventar los sesos.
* * *
Mace no se movió. Apenas respiró. Este era el momento. Este. Ahora mismo. Si Dez realmente le quisiera muerto habría retirado su culo de él para alejarse y… bueno… le hubiera volado los sesos. Sin embargo, le advertía. Le advertía de que si la dejaba ir le mataría.
Bien. La mujer le había confundido completamente. Y la actitud que él tomara en ese momento decidiría todo entre ellos.
—Eso resulta un gran problema, cariño. Yo tengo tendencia a respirar y todo lo demás. —Hociqueó su cuello y su corazón comenzó a latir más rápido, pero no olió miedo. Lo tomó como un buen signo y decidió continuar… despacio.
—Por qué no hacemos esto… —deslizó un brazo por su cuerpo, sintiendo la suave piel bajo sus dedos—. Vamos a deshacernos de todos estos accesorios innecesarios. De este modo podremos tener una discusión más civilizada.
Cogió la pistolera de Dez, con su 9 mm dentro. La extrajo de sus vaqueros y con una puntería de profesional la lanzó hacia el aparador situado al otro lado de la habitación. Aterrizó con un fuerte golpe, y el cuerpo de Dez brincó a su lado. Pero aún no olía a miedo. Olía a otra cosa bien distinta.
Lujuria.
Le dio un ligero beso en la oreja.
—¿Tienes alguna otra arma, Dez?
Su frente estaba apoyada sobre la puerta.
—No esperarás que te conteste con toda honestidad, ¿verdad?
La miró con deseo.
—Entonces imagino que tendré que comprobarlo.
—Imaginas bien.
Mace movió lentamente las manos a lo largo de los brazos de Dez. Utilizó cada onza de autocontrol para no arrancarle los pantalones y comenzar a joderla. Un mo-vimiento brusco en esa dirección podría estropearlo todo. Dez confiaba en él. Confiaba en él a pesar de saber que no era humano. Al menos, no completamente humano. Eso era más de lo que hubiera podido pensar y no estaba por la labor de arruinarlo todo comportándose… ya sabes… como el típico macho.
* * *
Dez cerró los ojos cuando sus manos se deslizaron hacia abajo por su cuerpo, pasan-do por sus pechos, deteniéndose un momento sobre sus pezones y provocando un temblor que la recorrió por entero. «Condenados y sensibles pezones». Cada vez que su ex se los había tocado casi le había arrancado la garganta. Sin embargo, no era el mismo impulso que sentía ante el contacto de Mace.
Le necesitaba más que nunca. Y antes le había necesitado mucho. Sin embargo, saber que solo era humano a medias lo cambiaba todo. Cada día trataba con gente. Y cada uno de esos días se sentía repugnada y horrorizada por sus locuras. Confiar en un Mace humano le parecía una idea estúpida. No confiaba, no comprendía e inclu-so no le gustaban los seres humanos. Sabía lo que podían llegar a hacer. El daño que podían llegar a causar.
La vida de los animales, sin embargo, giraba en torno a la supervivencia. El apa-reamiento, la caza, la alimentación… simplemente mantener viva a la especie. No se hacían daño los unos a los otros por rencor. No humillaban a los otros para sentirse mejor. Cuando cazaban y mataban era solo para alimentarse, y después nunca le hacían nada moralmente censurable al cadáver. Dez comprendía a los animales. Siempre los había entendido. Ahora comprendía a Mace, y para ella eso representaba toda la diferencia del mundo. Era el primer hombre en su vida en el que podría confiar.
Aunque ese pensamiento en particular la hiciera querer huir.
—Has vuelto a dejar de respirar, Dez . —Soltó el aliento que estaba reteniendo—. Muy bien, nena. Sigue haciéndolo y estarás bien.
Sus manos se deslizaron en torno a su cintura y se agachó, conduciéndolas por el exterior de sus piernas. Encontró su arma secundaria en una pistolera a la altura de un tobillo, y una pequeña cuchilla atada con una correa en el otro tobillo. Tomó las dos y las lanzó sobre la cómoda.
Regresó a su posición acuclillada tras ella.
—Extiende las piernas —la ordenó.
Ella pudo reprimir un gemido antes de que escapara de su boca, junto con la pregunta de qué haría a continuación.
Silenciosamente le obedeció.
Mace arrastró sus manos muy lentamente hacia arriba por entre sus piernas, con su mano derecha deslizándose entre sus muslos y empujando contra su entrepierna.
Todo su cuerpo vibró como si la hubieran tocado con un cable eléctrico. Ella sab-ía que estaba mojada. Ahora él también lo sabía, si aquel gruñido de satisfacción que retumbó en su pecho se podía tomar como indicación.
Él frotó su mano contra su entrepierna y Dez hincó las uñas en la puerta del ar-mario.
—¿Tengo que revisar algo más, Dez?
Ella no contestó. En lugar de eso, sacudió la cabeza.
»¿Qué te pasa?
Pudo notar la sonrisa en su voz.
»¿El gato te ha comido la entrepierna?
Con mucho, era una de las cosas más estúpidas que la habían dicho y, en res-puesta, ella se echó a reír.
La giró para que le encarara y miró hacia abajo, a aquella magnífica cara.
—Va a estar bien, lo sabes. Te lo prometo.
Su cuerpo todavía estaba agachado ante ella, y parecía más desnudo de lo que le había parecido nadie. No es que no hubiera visto antes a un hombre desnudo. De-monios, había detenido a muchos machos desnudos durante años. Pero ninguno de ellos, ni siquiera los marines mejor constituidos, se parecía a lo que tenía delante. Mace exudaba algo tan crudo y masculino que era imposible pensar en no joder con él.
—Si no me vas a decir si hay otras armas, imagino que tendré que quitarte el re-sto de la ropa… —Sonrió descaradamente, con tanta malicia que casi se derrumbó sobre el suelo—. Solo de esta manera podremos hacer una inspección a fondo.
Le desabrochó los vaqueros, tirando de ellos hasta que cayeron al suelo. Los apartó para sujetar su cuerpo y tirar de ella hasta colocarla pegada a él. Deslizó las manos que sostenían sus piernas mientras besaba la carne expuesta por encima del encaje de sus bragas. Sus manos se introdujeron bajo el encaje para sujetar sus nalgas, mientras su lengua recorría la parte baja de su ombligo.
Dez se mordió el labio.
—Llegados a este punto, Mace, no estoy muy segura de qué es lo que buscas.
Unos ojos dorados, tan oscuros por la lujuria que parecían negros, se enfocaron en su cara.
—¿De verdad te preocupa eso?
Ella parpadeó.
—¿El qué me preocupa?
—No estás prestando atención, Desiree. —Pellizcó la sensible carne de la parte inferior de su abdomen—. Imagino que tendré que esforzarme un poco más para asegurarme de que no pierdas el interés.
Mace le quitó las bragas y Dez se preguntó que ocurriría a continuación. ¿Qué diablos estaba haciendo ella? ¿Y qué estaba haciendo exactamente Mace con su dedo?
—¡Mace!
Se detuvo, claramente molesto. Aunque su índice pareció endemoniadamente feliz al deslizarse delante de su clítoris y enterrarse profundamente en su vagina.
—¿Ahora qué?
—Quizá deberíamos… —antes de que la palabra «esperar» pudiera salir, Mace comenzó a joderla lentamente con el dedo. Dez arqueó el trasero. «¡Jodido gato marru-llero!»
Dez realizó profundos surcos en la madera de su pobre puerta. Hacía mucho tiempo que no estaba con alguien. Llevaba mucho tiempo sin sentir a alguien tocán-dola de algún modo que no fuera amistad o tras perseguir a un delincuente. No quería estropear esto pero, para ser honesta, no tenía ni jodida idea de dónde se estaba metiendo. Si sumabas el hecho de que la polla de Mace era jodidamente enorme, tenías la receta para el desastre de Dez.
La mano libre de Mace se deslizó para rodear su cintura, acercándola. Besó y pe-llizcó su estómago y caderas.
—Tócame, Dez. Necesito sentir tus manos sobre mí.
¿Por qué la sorprendía eso? Tal vez porque Mace nunca había dado la impresión de necesitar algo o a alguien.
—Creía que a los gatos no les gustaba que les tocasen, Llewellyn.
Él lamió su ombligo.
—Malditos amantes de los perros. Es pura propaganda.
Frotó su cara a través de la superficie de su vientre y sus muslos, sintiendo sus mejillas y mandíbulas sin afeitar, ásperas contra su piel.
»Necesitamos afecto, Dez. Simplemente no andamos pidiéndolo.
Dez sonrió descaradamente mientras deslizaba las manos por su pelo. Ahora en-tendía por qué el pelo de Mace siempre estaba descontrolado cuando iban al institu-to. Porque se estaba convirtiendo en una melena. Una real y autentica melena de león.
Cerró los ojos y se desplomó hacia delante.
—Necesito que me beses, Mace.
Mace se detuvo. Incluso sus dedos detuvieron sus lentos y rítmicos movimien-tos.
—Me gustó el modo en que me besaste hoy. —Miró hacia abajo, a él, apartando el pelo de sus ojos. Él la miró silencioso y Dez comprendió hasta donde quería todo esto. Cuánto le quería—. ¿Sabes que habría dado cualquier cosa por que me besaras así en el instituto? Hubiera dado lo que fuera porque simplemente lo intentaras.
Los dorados ojos de Mace se fijaron en los suyos. Deslizó su dedo fuera de ella y, mientras se ponía lentamente en pie, lo introdujo en su boca, chupándolo hasta dejarlo limpio. Dez gimió cuando su exquisito cuerpo se alzó sobre ella. Tomó sus manos, entrelazando los dedos. Palma contra palma. Entonces los empotró de golpe contra la puerta, fijándola con su cuerpo contra la dura madera.
—Siento no haber sabido que sentías eso, Dez. —Su boca apenas rozó la de ella y se preguntó al instante si sus pulmones dejarían de trabajar—. Porque yo tengo ga-nas desde el mismo momento en que te vi. Y nunca las perdí.
Entonces su boca cayó de nuevo sobre la de ella y esta vez no pudo detener el gemido o el estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Nunca había sentido algo tan bueno. O probado algo tan bueno. Maldición, el hombre sabía endemoniadamente bien.
Liberó sus labios, dejando un ardiente y delicioso camino descendente por su cuello y de nuevo hacia arriba. Finalmente llego a su oído.
—Entonces, cariño, ¿hay algo más que deba quitarte antes de que empiece a tra-bajar en provocar que te corras con tal fuerza que pienses que te estás muriendo?
Dez frunció el ceño.
—Exactamente, ¿cómo demonios se supone que te voy a contestar a eso, Mace?
—Eso es fácil. Simplemente tienes que decir: «Por favor jódeme, amo».
* * *
Dez se rió de nuevo. «Bien». Si se reía, significaba que no estaba enloqueciendo. Se dio cuenta de que el humor era el mejor camino para tratar con Dez. Si la situación se volvía demasiado seria, echaría a correr hacia la puerta.
—Exactamente, ¿qué problema hay con «Jódeme, amo»?
Deslizó las manos hacia su espalda para desabrocharle el sujetador. Cuando lo deslizó fuera de su cuerpo se aseguró de no despegar las manos de su piel. No solo le gustaba la sensación de su piel, sino que cuanto más la tocaba, mas excitada se sentía ella.
—¿Quieres una lista, Llewellyn?
Caviló durante unos instantes, preguntándose cual sería la respuesta a su si-guiente pregunta.
—¿Confías en mí, Dez?
Dejó caer el sujetador al suelo mientras Dez cerraba los ojos y, durante un mo-mento, Mace pensó que ella estaba sufriendo o intentando recordar todas las salidas de la habitación. Entonces lo oyó. Un suave susurro. Casi un suspiro.
—Sí, Mace. Confío en ti.
Definitivamente, esa era la respuesta que había estado esperando pero que nun-ca esperó conseguir.
»Por supuesto —continuó—, hay ocasiones en las que me han dicho que soy una idiota.
Mace deslizó la mano por su nuca, acercándola a él.
—Ya que esto me favorece, no estoy de acuerdo.
La besó de nuevo, permitiéndose la oportunidad de explorar su boca. Disfrutar de su sabor.
Confiaba en él. Quiso rugir desde la azotea. Puesto que significaba que Dez MacDermot era todo suya.
* * *
¿Por qué, de repente, se sentía como la gacela más débil de la manada? Con Mace besándola, reclamándola de nuevo. Y tenía el presentimiento de que ese solo era el principio. Quisiera reconocerlo o no, le había dado lo que él quería. No se refería a sexo pues, afrontémoslo, podía haberlo tenido en cualquier momento de las últimas ocho horas. No, le había dado algo que no había brindado a ningún otro hombre sal-vo a su padre. Le había dado su confianza. Y la revelación de esta circunstancia le catapultaba a un nuevo nivel de pasión que la calentaba. De hecho, la hacía sentirse la persona más importante del universo.
Pero Mace siempre la hacía sentirse así. Ese niño flacucho, demasiado inteligente para su bien, había actuado siempre como si ella hubiera sido la reina del universo. No lo comprendió hasta que se cambió a la nueva escuela, usando ese sen-timiento como su balsa salvavidas. Cuando las cosas se volvían demasiado duras en la Escuela de Catedral, sabía que lo único que tenía que hacer era asistir a la clase de biología de las dos. Una mirada a su alegre, pero inteligente y joven cara, podía alegrarle el día y hacer que pudiera manejar cualquier infierno hasta que pudiera escapar para siempre.
Desde luego, aquel jovencito ya no existía. En su lugar se encontraba este hombre que la hacía temblar por el simple hecho de besarla. Tanto sus besos como sus sonrisas guardaban una promesa.
Él dio un paso atrás y se dirigió a la cama, tirando cuidadosamente de ella. La colocó al lado y luego se arrodilló a sus pies. Tiró de su mano hacia abajo para que le imitara, arrodillándose ante él. No tenía ni idea de dónde terminaría todo esto, pero la tenía cautivada.
Mace la besó en el cuello, lamiendo aquel sensible punto situado bajo su oreja. Su respiración se aceleró cuando él le sujetó las manos a la espalda con una de las suyas. Con aquel movimiento ella arqueó su trasero y él inclinó la cabeza para capturar uno de sus pezones entre los labios. Ella brincó. Prácticamente fuera de su piel.
—Mantente quieta. —Se detuvo, mirándola fijamente con sus dorados ojos.
Ella carraspeó.
—Mis pezones son muy sensibles.
—¿Te hago daño? —preguntó pegado a uno de ellos.
—No. No. Nada. Es solo que… —Se detuvo. Vio la malicia reflejada en sus ojos. Aquella lujuria le indicaba que no quería que gritara y se corriera hasta que él estu-viera convencido de que ella había tenido bastante.
»Jesús, esto es lo que quieres.
Él sonrió descaradamente.
Intentó soltarse las manos.
»¡Mace Llewellyn, suéltame!
—¿De verdad, nena? ¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
Succionó su pezón y ella arqueó de nuevo su espalda, consiguiendo que casi se cayera.
Jadeó, descansando la cabeza en la cama situada a su espalda. La había colocado en una posición donde no estaba incómoda, pero que le dejaba absoluto control.
«¡Marrullero gato hijo de puta!»
—Mace… —refunfuñó. Advirtiéndole con un gruñido. Pero él se limitó a reírse.
—Cuando estés lista para suplicar mi por polla, nena. Me avisas.
—¿Suplicar? Yo no suplico.
—Bueno. —Le liberó el pecho el tiempo suficiente como para sonreírla con des-caro.
»Entonces, cuando lo hagas, significará que lo piensas de verdad.
Entonces su boca volvió a su pecho y ella ya no pudo hablar. La sensación era demasiado maravillosa. Demasiado extraordinaria. Demasiado todo.
Y solo se había centrado en su pecho. Tentándolo. Lamiéndolo. Chupándolo. Le hizo prácticamente todo salvo casarse con uno. No llevó mucho tiempo antes de que se sintiera a punto de llegar al clímax. Nunca le había pasado esto. Por lo general, siempre necesitaba tener un dedo, la lengua o una verga implicada con su clítoris para tener la esperanza de correrse.
Pero cuando estaba a tan solo unos segundos de llegar al clímax, el muy bastardo se paró. Se apartó, soplo sobre su pezón y acarició sus pechos con la nariz. Lo hizo muchas veces. Continuamente la llevaba hasta el borde de un orgasmo que la cegaría y luego daba marcha atrás. La mantuvo durante tanto tiempo en la cima que estaba a punto de gritar. Todo su cuerpo vibraba como una lámina templándose. No dejaba de rozar sus caderas contra él. Al fin, mandó a su ego a que le jodieran.
—Dios, Mace. Por favor.
—¿Por favor qué, cariño?
—Ya sabes el qué, idiota.
—¿Esa es tú manera de suplicar? Porque deja mucho que desear. —Le miró aira-damente mientras intentaba soltarse las manos para poder estrangular al jodido.
De nuevo le lamió los pezones, de tal manera que pensó en ponerse a gritar.
—¿Algún condón? —¡Gracias a Dios!
—En mi mesilla de noche. Donde la Luger .
—¡Dios mío! Estás totalmente preparada. ¿Aparte de nosotros, esperas a alguien más?
—Mace Llewellyn. —Confiaba en que pudiera percibir su advertencia en la voz, porque estaba muy cerca de perder el control.
—Ya sabes que puedo esperar todo el día. Si quieres hacerte la tonta…
Bajó la cabeza hacia su pezón y ella intentó alejarse.
—Vale, de acuerdo. Algunas de mis compañeras detectives me los regalaron en plan de broma. Por mi cumpleaños.
—¡Oh, nena! ¿Olvidé tu cumpleaños?
—¡Mace!
—Vale. Vale. —Se rió, manteniendo sus manos sujetas tras la espalda, mientras que con la mano libre investigaba en la mesilla situada al lado de la cama.
—Dios, aquí tienes más armas —refunfuñó. Sacó la caja—. Guau. Estupendo. Son extra grandes.
—Mason.
Él sonrió maliciosamente, como el malvado gato que en realidad era, abrió la caja y sacó un condón. Con asombrosa habilidad lo deslizó sobre su miembro con una sola mano.
Agarró a Dez de la cintura y la subió a la cama. Cuando ella aterrizó Mace ya avanzaba sobre su cuerpo. Frotó y lamió todo el recorrido de sus piernas, detenién-dose en su entrepierna para acariciarla con la nariz y dejar un lametón sobre su clíto-ris que a punto estuvo de lanzarla por el precipicio… pero que no lo hizo. Arrastró su enorme cuerpo sobre ella hasta que estuvieron cara a cara. Fijó los ojos en ella y, durante un minuto, pensó que la iba a hacer que continuara suplicando. Pero elevó la mano y la amoldó sobre su cara.
—Eres preciosa, Dez.
Dez colocó los brazos alrededor de su cuello y abrió aún más sus piernas para que pudiera acomodarse mejor entre ellas.
—Eso es realmente dulce y todo lo que quieras pero, ¿podrías dejarlo para otro jodido momento?
Mace se rió entre dientes.
—Maldición, Dez.
Con un pequeño gruñido frotó la cabeza contra su barbilla. Él se lo había hecho a varias veces, se preguntó si también funcionaría con él. Cuando escuchó el ronroneo supo que sí.
Con un rápido y duro empuje se introdujo en ella, y nunca antes se sintió tan fe-liz como ahora, de tener una polla en su interior. Le había preocupado su tamaño, pero estaba tan mojada, tan endiabladamente excitada, que lo agradecía. Su gran pene la llenaba y la poseía de tal manera que la tenía en el borde. Pero Mace la dejó allí porque no realizó ni un jodido movimiento.
Miró hacia arriba. Tenía los ojos cerrados y fruncía el ceño en una total muestra de concentración, mientras el sudor resbalaba por su piel. Se preguntó durante un segundo si había hecho algo mal. Si le parecía algo vulgar. Una cosa era cierta, no quería parecerle vulgar.
—Jesús, Dez. Estás jodidamente apretada. —Ella rió. No pudo evitarlo. No le había parecido vulgar. En realidad lo estaba haciendo condenadamente bien—. Tan caliente y apretada. Voy a perder el juicio por el simple hecho de estar en tu interior.
Dez apoyó la boca al lado de su oído.
—Mace Llewellyn, si me haces esperar un maldito segundo más me voy a poner a disparar. —Acarició su mejilla con la frente y él acarició su espalda.— Jódeme, Ma-ce. Por favor. Solo jódeme…
No tuvo la posibilidad de decir ninguna otra palabra cuando su boca se cerró de golpe sobre la de ella y comenzó a joderla en serio.
En el tercer golpe culminó a su alrededor. Todo su cuerpo se apretó contra él y le atrajo aún más profundo.
Gritó:
—¡Joder! —despertando, casi con toda seguridad, a la encantadora pareja de an-cianos que vivía a su lado.
Nunca en su vida se había corrido con tanta fuerza. Pero Mace no se detuvo, con-tinuó empujando hasta llevarla a un segundo y un tercer clímax. Cada uno de ellos proclamado con un:
—¡Joder! ¡Joder!
De repente Mace enterró la cara en su cuello y anunció su orgasmo con un rugi-do totalmente real.
Dez sonrió ante ese sonido, tumbándose sobre las sábanas calientes. Sus ojos se cerraban de puro agotamiento. Mace salió de ella y, supuso, se quitó el condón.
El sueño simplemente comenzaba a llevársela cuando Mace presionó su frente con el índice.
—¡Eh, MacDermot! ¿Qué estás haciendo?
Dez abrió los ojos para encontrar a Mace de nuevo sobre ella.
—Intentando dormir.
Él levantó una ceja.
—No hemos terminado.
—Qué significa que no hemos… —Pero la cortó empujándose dentro de ella de nuevo. Se había detenido para ponerse otro condón, pero aparte de eso estaba duro, probablemente más duro que antes.
—No puedes estar...
—Eso solamente me ha hecho desear más. —La besó en la mejilla y luego se apoyó en su oído—. Por lo que, si estuviera en tu situación, nena, me pondría cómo-da.
Divino joder.
* * *
Mace se despertó como era su costumbre. Echó un vistazo al reloj situado junto a la cama. Todavía no eran las seis. Comenzó a estirarse y comprendió que estaba solo. Gruñó. Había esperado durante mucho tiempo despertar en la cama de Dez. Plane-ando siempre que ella estuviera cuando eso sucediera.
Cerró los ojos y escuchó. Debía estar en algún sitio cerca. La televisión estaba en-cendida en el salón. Desnudo, se dirigió abajo, deteniéndose en el último peldaño.
Dez, también desnuda, estaba sentada sobre su gran sofá. Tenía las rodillas le-vantadas para así poder descansar la barbilla en ellas. Sonrió. Veía los antiguos epi-sodios de Cops . Se rió para si mismo. Estos policías…
Ella no supo que estaba de pie a su espalda hasta que la tocó en el hombro. Re-almente gritó y se alejó de él dando traspiés, tropezando contra la pequeña mesa de centro y cayendo sobre ella.
Él permaneció inmóvil. Asustado de llegar a aterrorizarla más. Seguro que había pensado mejor la enormidad de lo que vio. La realidad de su verdadero ser. Y le sucedía como la mayoría de los humanos. No estaba lista para enfrentarse a ello.
—¡Jesús, Mace! ¡No te acerques así a mí!
Mace suspiró. Lo comprendía. Faltaba bastante para que los humanos llegaran a conocer a los cambiaformas. Sobre la vida que llevaban y cómo funcionaban sus cuerpos y que no eran malos, etc, etc, etc.
—Es normal, ya sabes.
—¿Qué es normal?
—Que estés asustada.
Frunció el ceño.
—¿Asustada de qué?
—De mí. Por ser lo que soy.
—Vamos, acaba ya, Capitán Ego. Tú y tus enormes pies de león sois tan silencio-sos que me asustasteis. Eso es todo.
Dividido entre mostrarse enfadado o follarla sobre la mesa del café, Mace decidió sentarse en el sofá. Saltó por encima y se arrellanó sobre los cojines granates.
—¿Qué pasa, Dez? Cuéntame.
—No pasa nada.
—No me mientas, Desiree.
Ella se inclinó, colocó los codos sobre las rodillas y se pasó las manos por el pelo. Tras unos momentos de silencio, inspiró profundamente.
—El cuerpo de Petrov tenía señales en la garganta. Señales de garras. Con la sal-vedad de que el apretón indicaba la señas de… —le miró con aquellos hermosos y grises ojos— pulgares.
Mace la observó atentamente. Ella debía de tener la piel más suave conocida por el hombre. Exceptuando las arrugas que surcaban su frente, normalmente lisa, su piel era impecable. Obviamente, Dez vivía una vida relativamente normal. Sin drogas. Poco alcohol. Y, hasta hacía muy poco tiempo, escaso sexo, junto con las dificultades que venían con él.
»¿Vas a contestarme?
—No me has hecho ninguna pregunta, por eso me limito a mirarte.
Ella se frotó los ojos con los nudillos.
—Mace… ¿Qué voy a hacer contigo?
—Bueno, tenemos una estupenda y enorme cama arriba…
—Mace.
—O también he estado pensado joderte sobre el sofá.
—¡Mace! —Hizo otra profunda inspiración—. Mace. Involucra con toda clari-dad… ya sabes… a tu gente, y no estoy muy segura de cómo tratar eso. No puedo ir a mi teniente y decirle que hay un repentino crecimiento de asesinos cambiaformas a nuestro alrededor.
—No tienes que hacerlo. Esto se resolverá solo. Limítate a no cruzarte en el ca-mino, Dez. No soportaría que algo te ocurriera.
Ella se inclinó hacia delante y deslizó el dedo a lo largo de la herida que había vendado recientemente.
—¿Quieres decir de esta manera? Ambos sabemos que esto no fue un accidente.
Debatiéndose entre qué decir miró los pies de ella. Tenía las uñas pintadas de rojo y llevaba un pequeño anillo de plata en el segundo dedo de su pie derecho. Maldición, hasta sus pies eran bonitos.
—Esto no ha sido un accidente, pero no sé por qué te han puesto en el punto de mira… a no ser que consiguieran algo con ello.
—¿Quienes?
Suspiró. La cosa continuaba siendo difícil. Bueno, aún más difícil. Sin embargo, no había ninguna razón para ponerse a mentir ahora.
—Hienas. —Cuando ella se limitó a levantar una ceja continuó—: Ya sabes. Hie-nas. Los enemigos naturales de los leones.
—Sí, Mace. Conozco a las hienas. Veo el Discovery Channel.
—Bien... ellas te hicieron eso. Estoy seguro de que en el club al que fuiste, quien quiera que fuera la persona con la que tropezaste, era una hiena.
Dez asintió lentamente con la cabeza. No creyó que ella lo entendiera, pero, al parecer, su pertenencia al NYPD no le permitiría demostrar aquella debilidad.
—Hay una cosa que me tiene confundida.
—¿Solo una cosa? —bromeó él. Sabía que todo este asunto debía estar volviéndola loca. Estaba sombrado de que no hubiera intentado ir a por su escopeta de nuevo.
—Sí. El club en el que estuve anoche… vi a Shaw. Quiero decir, él es como tú, ¿estoy en lo cierto? ¿Tiene alguna conexión con tu hermana?
Mace hizo un gesto afirmativo, sorprendido de la rapidez con que percibía las cosas.
—¿Exactamente, con quién te encontraste allí?
—Con Gina Brutale.
—Sí, ella es una hiena.
Mace comprendió lo afortunada que había sido.
—No deberías haber discutido con los Brutale, Dez.
—No lo hice. Me llamó ella. Dijo que tenía información sobre Petrov. Me dijo que estaba enamorada de él… ¿Crees que es posible?
—Seguro. Puedes enamorarte de cualquiera. Y tengo entendido que son una ca-balgada verdaderamente salvaje en la cama.
Dez le miró airadamente.
—Gracias por la información, Mace.
—Simplemente intento ser útil, detective.
Dez pasó su mano por el magnífico pelo del hombre.
—Los Brutale son los dueños del club. La Capilla en la Decimosexta.
Mace negó con la cabeza.
—Si poseyeran el club sería territorio de hiena. Estoy seguro de que se considera territorio neutral pero, de todos modos, Shaw debe de estar jugando a la ruleta rusa si anda por allí.
Mace observó como Dez reflexionaba sobre toda la información que le había da-do. Pareció no darle importancia al hecho de lo que él era. No mientras tuviera un caso que resolver.
—Los Brutale piensan que tu hermana mató a Petrov.
—¿Y tú?
Ella suspiró.
—No. Aunque lo desearía. Pero no estoy muy segura de por qué me atacaron ¿Qué he hecho?
—Es posible que todavía tuvieras mi olor sobre ti cuando fuiste al club… —«Cuando huías de mí».
Ella levanto la mano.
—De acuerdo. Por favor, detente.
—¿Qué sucede?
—Todo esto se está volviendo un poco raro para mí.
—¿Qué es lo que te parece extraño, Dez? ¿Las hienas? ¿Los leones? —Se inclinó, apoyando los codos sobre las rodillas, entrelazando las manos ante sí—. ¿O que huelas a mí?
Sus ojos se entrecerraron en el mismo momento en el que sus pezones se endurecieron. Él casi sonrió. Le gustaba hacerla enloquecer.
—Bien, tu hermana no mató a Petrov. No creo que los Brutale le mataran. Sin embargo Shaw podría haberlo hecho, o… ya sabes… —Ella se encogió de hombros y le miró con aquellos ojos grisáceos.
—¿Ya sabes qué? —Ella levantó una ceja y él explotó—: ¿Estás sugiriendo que yo pude haber matado a ese hombre?
—Ahora estate tranquilo. Solo ha sido una sugerencia.
—Una insultante sugerencia de mierda.
—No hay ningún motivo para que me grites.
—¿Me acusas de asesinato y no hay motivo para que te grite?
—¿Esto todavía es considerado asesinato entre tu gente?
—¿Entre mi gente? ¿Estas gastándome una jodida broma con esta mierda?
—Simplemente pregunto.
—No, no lo haces. Estás intentando encontrar algo malo en mí.
—¡No lo hago!
—¡Eres demasiado! Sabes que llegué del jodido traslado ayer. A Petrov le asesi-naron… ¿Cuándo? ¿Hace dos días? Sabes que no fui yo. Esperaba que pensaras algo mejor de mí. Sobre todo cuando acabas de follar conmigo.
—Lo único que sé es que no eres totalmente humano. Y que lo acabo de averi-guar.
—Tonterías. Me conoces mejor que nadie, Dez. Siempre has sabido que no era exactamente un humano. ¿No es cierto?
—Solo sé que ahora muchas cosas tienen sentido. Tú. Tus hermanas.
—Estamos desnudos. No hablemos nunca de mis hermanas cuando estemos desnudos.
Ella se levantó.
—Ellas me dijeron que no era lo suficientemente buena para ti. ¡Para ti! —le se-ñaló con el dedo—. ¡Eres un monstruo!
—Y tú apestas de lo normal que eres. ¡Estás rodeada por una tonelada de armas de mierda y por los perros más grandes del mundo para que nadie se acerque a ti, y al primer macho que lo hace le acusas de asesino!
—¡No te acusé! ¡Hice una sugerencia!
Los dos se miraron enfadados. Mace pudo sentir y oler la rabia en Dez. También sintió su miedo. Aunque ahora se daba cuenta de que no era por su causa, sino por el propio miedo de ella a ser nuevamente herida. Por ser consciente de que había alguien lo suficientemente cerca como para poder tocar a la mujer enterrada bajo su chaleco Kevlar . Pero no tenía tiempo para tonterías. Estaba loco por la mujer. Un loco enamorado de ella. Probablemente desde la primera vez que la vio, tantos años atrás. Por lo tanto tendría que terminar con cualquier pequeño «asunto» que la afec-tara.
—Ven aquí, Dez. —No había tenido la intención de espetar eso entre dientes.
—No.
—Ven. Aquí. —Bueno, eso había sonado como una orden. Seguramente tampoco era lo mejor.
—Jódete.
Bueno, esto no funcionaba. Observó su enfado a tan solo metro y medio de dis-tancia, pero hubiera podido estar a un abismo de trescientos kilómetros. Su necesi-dad de tocarla se hizo aplastante. El deseo de acariciar su carne. Lamer aquel peque-ño pulso que se marcaba en su cuello. Besarla. Dios, quería besarla. Mace se inclinó lentamente hacia delante y sujetó cuidadosamente su mano. Dio un tirón.
—Ven aquí, Dez.
Su enfado retrocedió tan rápidamente como había venido. Le recompensó con una tímida sonrisa.
—¿Por qué?
Tiró de nuevo hacia él.
—Por favor.
Dez se levantó lentamente y se acercó a él. La atrajo para que se sentara sobre su regazo, encarándole.
Sus piernas estaban situadas a horcajadas sobre sus muslos.
—Los condones están arriba —le recordó suavemente.
Él apartó un grueso y sedoso mechón de su cara. Recorrió con las manos la suave piel de sus mejillas.
—No los necesitamos para esto.
* * *
Dez dejó que Mace la acercara hacia sí, con los ojos fijos en su boca.
¿Podía ser más perra? No, no podía serlo. ¿Por qué sino le iba a acusar de ser un asesino? Sabía que no lo era. Un depredador… definitivamente… un muy bien en-trenado asesino militar, seguro. ¿Pero alguien que mataría a tiros a sangre fría? Nah. Aunque no hubiera otra razón, Mace simplemente no se molestaría. No le gustaba o tenía demasiada aversión a la gente, como para crear la emoción necesaria para re-ventar sus sesos. Al fin y al cabo era un gato.
—Lo siento, Mace. —Las palabras salieron de su boca antes de poder evitarlo—. Nunca debí decirte eso.
La sonrió y ella casi se corrió ante la visión.
—Tienes razón.
Deslizó las grandes manos por su cabello y ella gimió ante el contacto. Nunca creyó que el cabello pudiera ser una zona erógena. Hombre, se había equivocado totalmente en esto.
—Nunca debiste decírmelo.
—¿Puedo hacer algo para compensarte?
—Tendremos que pensar en ello, ¿no?
En cuanto sus labios tocaron los de ella sintió una descarga dirigida directamen-te a su vagina, provocando que su clítoris sufriera un espasmo.
Con solo un beso. Nunca pensó que eso fuera posible. Al menos no con ella. Pero con Mace todo parecía posible.
La atrajo más cerca, deslizando la lengua sobre la de ella, mientras sus manos se movían por su espalda. Esperó algo más, pero él continuó besándola. Solo besándola. Era todo lo que él quería. Suspiró y se derritió contra él.
No. No podía negarlo. Ese hombre removía todo su mundo. Su universo.
Se retorció contra él. Ese repentino conocimiento le advertía de que tendría pro-blemas de nuevo. Sus pezones estaban tan duros que le dolían. Y Mace se limitaba a seguir besándola, sin abandonar su espalda para deslizarse cintura abajo.
El hombre se centraba únicamente en su cabeza.
—Continúas retorciéndote, cariño. ¿Estás bien?
Él le lamió la clavícula, pero pudo sentir su sonrisa sobre la cálida piel.
—¿Mace?
—¿Sí?
—Deja de entretenerte en mi cabeza.
—No me he dado cuenta de que lo estuviera haciendo. Siempre he querido besuquearme contigo. Ha llegado a ser una fantasía para mí. Pensé que este era un momento tan bueno como cualquier otro.
Le necesitaba tan intensamente que no estaba segura de cuanto más podría aguantar.
—Bueno, pues no lo es. Así que continua.
Mace se retiró y Dez gimió decepcionada.
—¿Qué pasa, Mace? ¿Qué?
—Disfruto del hecho de que pienses que puedes ordenarme algo.
No le gustó escucharle decir eso.
—Uh...
—Pon las manos sobre mis hombros e inclínate un poco hacia atrás.
Mace deslizó su mano derecha hacia abajo, entre sus pechos, cruzando por su estómago y deteniéndose en su entrepierna. Colocó el pulgar directamente sobre su clítoris. De manera inconsciente apretó sus hombros.
—Mírame, Dez. —Ella lo hizo—. No cierres los ojos. No mires hacia otro lado. ¿Me comprendes? —Ella abrió la boca para contestarle—. No necesito que hagas una tesis acerca de esto. Con un sí o un no es suficiente.
Ella le miró airadamente.
—Sí. Comprendo.
—Bien.
Mace giró la mano, empujó dos dedos en su interior y utilizó el pulgar para aca-riciar su clítoris. Inmediatamente Dez inclinó la cabeza hacia atrás y gimió. Mace se detuvo.
—Ves —la indicó suavemente—. Ha quedado claro que no entiendes.
Dez suspiró y miró de nuevo a Mace.
«Señor, esta hablando en serio».
Quiso llamarle por cada uno de los nombre de su diccionario —y tenía uno muy grande—, pero quería que la hiciera correrse con intensidad. Por lo tanto, por una vez se mordió la lengua. Además, algo le decía que no tenía por qué preocuparse de… bueno, cualquier cosa que tuviera relación con esto. Nunca le había dejado el control a nadie. Mace sería el primero. Tenía el presentimiento de que no quedaría decepcionada.
Mace la miró fijamente durante un momento.
—Entonces… ¿Ha quedado todo claro, Marine?
Dez luchó contra el impulso de poner los ojos en blanco.
—Sí. Está todo claro.
—Si, está todo claro… ¿Qué?
—Mace Llewellyn …
Giró los dedos en su interior, provocando un jadeo en Dez.
—Estoy esperando.
—Sí. Ha quedado claro... —Dez apretó los dientes—, Comandante.
Su sonrisa burlona casi la cegó.
—Me gusta oírte llamarme así. Siento no haberte visto cuando todavía estabas en activo. Yo siendo un oficial y tú… no… podía haber sido bastante divertido.
Pagaría por esto. Lentamente comenzó a introducir y extraer los dedos de su in-terior. Tomándose su tiempo. Y Dez se prometió que se lo haría pagar… más tarde.
Centró los ojos en él y apretó los músculos alrededor de sus dedos. Él gruñó sa-tisfecho mientras masajeaba su clítoris con su pulgar. Dez se obligó a mirar a Mace a los ojos. No resultaba fácil. Lo único que quería era cerrar los ojos y disfrutar las sen-saciones que él la generaba. Pero aquellos ojos quemando su interior la dejaban indefensa.
Él había tomado el mando, pero en el proceso la hizo sentirse fuerte, femenina y atractiva. Nunca nadie la había hecho sentir así. Nunca nadie se había molestado en intentarlo.
—Quédate conmigo, Dez.
Buen Dios, aquella voz sería su muerte. Su voz la acariciaba como sus dedos. So-lo que esta la tocaba en sitios que sus dedos no podrían alcanzar nunca.
Los músculos de Dez se tensaron y su orgasmo se acercó como una ola hacia los acantilados. Aun así Mace no la permitió dejar su mirada. Tenía la sensación de que su placer estaba ligado al de ella. La dureza de su miembro se rozaba contra ella con cada uno de sus breves y costosos jadeos.
Clavó las uñas profundamente en los hombros de Mace. Con el cuerpo totalmen-te abierto. Rendida antes sus expertas manos.
—Jódeme, Mace. ¡Jódeme!
Sus dedos continuaron con un ritmo continuado, entrando y saliendo, con una intención.
—Quiero ver cómo te corres. Ahora.
Lo hizo. Se rompió en un millón de trozos alrededor de la mano del hombre. Y ni por un momento alejó la mirada de aquellos hermosos y dorados ojos.
* * *
«Es tan hermosa». Sentada viendo Cops o corriéndose sobre él, era una mujer enloque-cedoramente hermosa. Siempre le había gustado conseguir el placer de una mujer, pero algo en el placer de Dez, su simple placer con el orgasmo, había incinerado hasta su propio pelo.
La mujer poseía un control absoluto sobre su corazón y ni siquiera lo sabía. No estaba seguro de que aquello la importara. Dez se derrumbó sobre él, colocando los labios contra su clavícula. Sus dedos todavía se clavaban en sus hombros. Pertenecía a este lugar. Sobre su regazo, directamente sobre su polla. Piel contra piel. Corazón contra corazón.
Podía hacerlo. Podía hacer que le amara. Incluso si tenía que soportar a aquellos malditos perros conseguiría que le amara. Mace frotó la barbilla contra su cabeza.
—Entonces…, ¿has conseguido saltar?
Ella se rió entre dientes contra su cuello, y la carne de gallina prorrumpió por to-da su piel.
—Podrías decirlo así.
—Entonces, ¿puedo regresar al otro asunto?
Dez se enderezó lentamente mientras él separaba su mano de lo que desde ahora consideraba el punto más caliente sobre la tierra.
—¿Qué otro asunto?
Se llevó los dedos, todavía mojados, hacia su labio inferior, lo apoyó allí y des-pués los lamió. Dez se estremeció.
—¡Oh! Eso.
—Sí. Eso. Hoy no vas a ir a trabajar, ¿verdad?
Dez miró fijamente su boca y sacudió la cabeza negativamente.
—Bueno. —La acercó—. Entonces bésame, Dez.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:16 pm

Capítulo Seis


Dez se despertó cuando sus perros le lamieron la cara. Apartó a los dos Rottwei-ler y echó una mirada alrededor. Estaba en medio de la cama y a la altura de los pies, con su cuerpo enredado en las sabanas.
—Sitz. —Y los perros se sentaron. —Plotz—. Y los perros se tumbaron. Los había entrenado en alemán, ya que los perros eran alemanes. Y los fulminó con la mirada—. Muchas gracias por abandonarme anoche. —Menos mal que tuvieron la decencia de parecer avergonzados.
Dez se sentó. La habitación parecía un campo de batalla, y supuso que ella tendría las mismas pintas. Intentó oír algún ruido que le indicara la presencia de Mace, pero no se escuchaba nada. Quizá hubiera salido. No querría estar por allí después de su metedura de pata. No le culpaba. O al menos ella no había esperando otra cosa.
Se puso en pie lentamente. Dio un par de pasos para comprobar si todavía podía caminar. Sorprendentemente, podía. Creyó que con toda seguridad el hombre la había lisiado, todo su cuerpo estaba magullado como un demonio. Y no es que le importara.
Echó una mirada a su reloj en la mesita de noche. La una. Bien, si iba a pasar la noche de Navidad en casa de sus padres, necesitaba el resto de los regalos. Y pedir la tarta de los cojones.
Pensar en enfrentarse con los compradores de última hora no le hacía mucha gracia, pero no tenía otra opción. Además, ¿qué alternativa tenía? ¿Sentarse al lado del teléfono esperando que Mace la llamara? Se estremeció al pensar que podía hacerlo, aunque fuera durante un segundo del día. Infiernos, no iba a sentir vergüen-za por un revolcón de una noche. Había sido un revolcón de una noche, ¿verdad?
Claro, nada de esto parecía un revolcón de una noche. Ni mucho menos.
Dez tropezó yendo al baño, con sus dos perros detrás de ella, pero consiguió en-trar ilesa en la ducha. Mientras se secaba el pelo con una toalla se examinó en el espejo. ¿Tenía cara de haber sido bien follada o no?
Superiormente follada por un felino.
Lo esperó. El susto por lo del gato. Pero no apareció. Jesús, o estaba demasiado cansada o es que realmente no le importaba. Pensó en eso durante un momento.
Nop. Realmente no le importaba.
Dez regresó a su dormitorio pero se detuvo cuando escuchó ruidos desde su co-cina. Cuando sus muchachitos se escondieron debajo de la cama supo lo que era. Quién era.
«Jesús, María y José. Ha regresado». No estaba muy segura de cómo iba a reaccio-nar. Aunque su cuerpo empezó a vibrar con solo pensar en él. Bueno, simplemente iría para ver qué se traía entre manos.
Con la toalla todavía puesta, bajó por las escaleras y se dirigió a la cocina. Oyó las voces de unas mujeres y supuso que Mace estaba escuchando alguna entrevista en la televisión. Pero cuando empujó la puerta de vaivén se detuvo y casi se ahogó por el horror.
—Bueno, bueno. Mirad quién se ha levantado por fin.
—Y por lo que veo vestida para pasar el día.
Dez fulminó con la mirada a sus dos hermanas, mientras su madre ponía un bo-cadillo de medidas monstruosas en un plato y se lo colocaba delante a Mace. Este tenía cierto aspecto demacrado allí sentado, pero estaba vestido y, sorprendentemente, afeitado. Incluso vestía lo que parecía ser ropa nueva. Pantalones vaqueros negros, suéter con el cuello vuelto de color negro, botas negras. En cualquier otro hubiera parecido un trabajador portuario. En Mace… bueno, qué decir, no se parecía a ningún trabajador portuario que hubiera conocido nunca.
Dez echó una mirada alrededor de la cocina y notó que había bolsas desparra-madas de alguna tienda de comestibles. «Se siente verdaderamente como en casa ¿no?» Él sonrió descaradamente en su dirección y se encogió de hombros.
—No tenías comida. Y un hombre podría morir de hambre.
—Pero los perros nunca se quejan. —Dez le echó una miradita a Lonnie mientras Rachel casi se ahogaba al tomar un trago bastante grande de un refresco directamen-te desde la botella.
—¿Por qué estáis todas aquí?
—Vinimos a ver si querías que te hiciéramos alguna compra de Navidad. Como sabemos que no te gusta... —respondió Rachel.
—Pero nos encontramos a Mace aquí, con todo lo que traía del supermercado —agregó Lonnie—. Y tú no estabas en ningún lado.
Mace le dio un mordisco al bocadillo y cuando sus ojos casi se pusieron en blan-co su madre resplandeció.
—Come. Come, querido. Un hombre de tu tamaño no vive del aire.
—Sabes, cuando me contaste todo ese asunto de Missy, no tenía ni idea de que habías coincidido con el bueno de Mace en la secundaria.
Dez no podía creer lo que decían estas dos perras. Sentadas tan tranquilas en su cocina, como si nunca hubieran roto un plato. Cuando Missy y las otras hermanas de Mace le dijeron que no era lo suficiente buena para su hermano, sus propias herma-nas no la habían hecho ni caso. Vamos, ahora esto le parecía cómico. Raro. Extraño.
Ahora estaban actuando como si se hubieran reencontrado con un hermano lar-gamente perdido.
Perras absurdas.
Antes de que Dez pudiera empezar a echar espumarajos por la boca, su madre intervino y la abrazó, saludándola.
—¿Cómo está mi pequeñina?
—Hola, mama.
—Se te ve preciosa esta mañana. —Entonces murmuró pegada a su oreja—: Si no los alimentas, se largan.
Dez ignoró a su madre, mientras gesticulaba, por encima de su cuello, «Que os jodan» a cada una de sus hermanas. Quienes le devolvieron el mismo sentimiento amoroso con el dedo corazón alzado y la palabra «puta» leyéndose en sus labios. Esto solo duró quince buenos segundos antes de que su madre agitara los brazos.
—¡Parad ahora mismo las tres!
Las tres mujeres se quedaron heladas. Era duro percatarse de su comportamien-to, ya que Lonnie era una de las Fiscales Federales más temidas del país y Rachel seguro que ayer mismo le había quitado parte del cráneo a alguien, probablemente para llegar a su cerebro. Y, claro, Dez era una policía armada y estaba en su casa junto a un ex-marino cambiaformas. Infiernos, y también solo hacía unas horas que lo había tenido entre sus piernas.
Pero ante una palabra de su madre, aún se echaban a temblar.
—Lo siento, mama —mascullaron las tres, mientras la diminuta mujer tiraba de su hija más alta. Dez se parecía casi exclusivamente a su padre. Al contrario que sus hermanas, no había nada pequeño o delicado en ella. Claro que eso no parecía molestarle demasiado a Mace.
—Bueno, vamos a dejaros... solos. —Su madre arqueó una ceja y Dez quiso hun-dirse en un agujero—. Y nos vemos en Navidad, Mace.
—Sí, señora.
La cabeza de Dez se giró con rapidez y centró los ojos sobre Mace.
—Pensé que tenías otros planes. —De ninguna manera. De ninguna manera podía permitir que Mace pasara mucho tiempo rodeado de sus hermanas. Cuando había que tratar con las personas más despreciables del planeta, Dez siempre tenía el man-do supremo y absoluto. Pero su familia seguía siendo una materia totalmente dife-rente. Cinco minutos con ellos y le volverían completamente en su contra.
—No.
—Lo digo por tus hermanas ¿No deberías ir a su casa para las fiestas? —Sabía que ese asunto de la familia funcionaría con su madre. Y no la defraudó.
—Oh, Mace. No debemos separarte de tu propia familia.
—No hay problema, Sra. MacDermot. Mis hermanas no me esperan. Además —Esos ojos dorados se centraron en los de Dez, esperando que lo negara—, Dez y yo ya teníamos planes para pasar el día juntos. ¿No era así, cariño?
Ella hubiera querido decir «No, no teníamos ninguno», pero sus hermanas esta-ban esperando eso. Estaban esperándolo como buitres. Y Mace lo sabía. Tenía her-manas, por lo que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Que así fuera. Si desea-ba pasar más tiempo con su familia, nada se lo impediría.
—¿Cómo podría olvidarme? —Abrazó a su madre cuando se acercó a ella—. Es-taremos allí, mama.
—Muy bien. Muy bien. No te olvides de la tarta.
Las mujeres se dirigieron hacia la puerta, mientras dejaban a Mace tomando el bocadillo, como si esta hubiera sido su primera comida en seis meses.
Una vez en la puerta de entrada, su madre se la acercó con aspecto conspirador.
—Todavía me gusta. Y se ha convertido en un joven de muy buena presencia.
—Mamá, no le conoces de casi nada.
—Ya, pero nunca me equivoco en estas cosas.
—Por supuesto, y no afecta para nada el que sea un Llewellyn.
Dez fulminó con la mirada a Lonnie, con un «Que te jodan» en los labios, pero sin mirar a su madre para que no le viera la cara. La mujer tenía un espíritu festivo de primera, aun cuando tuviera que darle unos cuantos puntapiés a la escoria para asegurarse de que todo saliera en condiciones.
Su madre la abrazó.
—Nos vemos pronto, corazón.
—Adiós, mama.
Salió por la puerta, pero sus hermanas permanecieron en el sitio.
—Las hermanas Llewellyn son gente muy poderosa, pequeña. No sabes lo que estas haciendo.
—Por qué no me dejáis que haga lo que me de la gana y vosotras dos hacéis lo que os salga del culo.
—Muy bien.
Entonces Lonnie cogió el extremo de la toalla de Dez para quitársela, salió por la puerta y Rachel la cerró de golpe antes de que Dez pudiera llegar a ella. En su lugar, chocó contra la dura madera.
Eran demasiado mayores para estas tonterías.
Dez colocó su cabeza contra la puerta, siendo incapaz de darse la vuelta. No supo cuanto tiempo estuvo Mace de pie tras ella.
—Toma, cariño. Aquí tienes una toalla.
Ella estiró un brazo hacia atrás, incapaz de enfrentarse al hombre, y asió la toalla que le había dado. Pero claro, este era un paño de cocina y no muy grande.
—Te odio.
—Tú lo deseabas tanto como yo. Porque estas totalmente loca por mí.
Quiso defenderse, decirle lo contrario, demostrarle que le odiaba. Que todavía estaba al mando. Pero cuando sus manos se deslizaron por su trasero se olvidó de la razón por la que estaba enfadada.
* * *
De manera que así se comportaba una familia normal. Sí. Pues podría llegar a acos-tumbrarse. A pesar de la animosidad entre las tres hermanas, los colmillos y las ga-rras nunca llegaban a aparecer. Y antes de que Dez llegara, las dos mujeres casi lo acribillaron a preguntas, con un interrogatorio similar a los de la CIA. No querían que nadie hiriera a su hermana pequeña. Y se apostaba lo que fuera a que Dez no tenía ni idea de eso.
No. Se aseguraría de llevarla a ver a sus padres por Navidad. Además, sería bueno eso de tener una cena de Navidad normal, en la que no estuvieran involucrados senadores o algún jabalí salvaje recién cazado y que tuvieran que devorar crudo.
De todas formas, de eso se preocuparía mañana. Ya que en este momento tenía un magnifico culito que lo miraba fijamente.
Recorrió con las manos todas las curvas y recovecos de su cuerpo, al tiempo que tiraba de este contra su pecho.
Hombre, había tenido momentos de buen sexo durante estos años, pero nada como esto. Nada como ella.
La encajonó contra su cuerpo mientras pasaba los brazos a su alrededor y se acercaba a su oreja.
—¿No te habremos despertado, verdad?
—No. Solo escuche los murmullos cuando salía de la ducha.
—Bien. Quería que tuvieras todo el sueño reparador que pudieras.
Ella se apoyó más contra él.
—¿Por qué?
En respuesta deslizó la mano entre sus piernas y la acarició suavemente.
—¿Estas dolorida?
Se contoneó contra él.
—Sobreviviré.
Entonces su estómago gruñó. Y su cabeza cayó hacia adelante derrotada.
—Eso es más penoso que lo de la toalla.
Mace tuvo piedad de ella. La arrastró hacia la cocina mientras hacía una larga pausa para que pudiera agarrar una mantita del salón.
—Necesitas alimentarte. Es normal después de tanto sexo. —Luego la sentó en un taburete en el mostrador de la gran cocina. Cocina que cualquier cocinero que se preciara tendría en su casa. La cocina superaba con creces el resto de aquel lugar. La isleta del centro era de acero inoxidable y mármol. Era una vergüenza que Dez no la utilizara. Cada vez se encontraba más a gusto en la casa. Olía como ella. Bien, como ella y como esos perros tontos, pero podría aprender a vivir con eso. Podría aprender a vivir con muchas cosas solo por estar con esta mujer.
—Tu madre te hizo un bocadillo. —Lo sacó de la nevera y se lo puso delante, junto con una lata fría de refresco. Luego se apoyó contra el mostrador al lado de ella.
Ella miró hacia abajo, al bocadillo, mientras terminaba de atarse la manta alrede-dor como una toalla, cubriéndose desde sus pechos.
—¿Qué carne es esta? ¿Antílope?
Sonrió. Qué listilla.
—La verdad, estuviste cerca. Es cebra.
Tomó el bocadillo y se lo llevó a la boca, pero se detuvo cuando notó que la estaba mirando fijamente.
—¿Qué?
—Estoy esperando a que termines de comer.
—¿Por qué? —Sonrió descaradamente y ella se puso completamente colorada—. ¡Oh!
—Ajá, venga date prisa.
—No puedo comer si me miras fijamente. Habla o haz algo.
—Bueno, cuando empecé en la Marina conocí a este tipo…
Ella le cortó levantando un dedo.
—No, y no quiero escuchar ninguna historia de la Marina. En la vida.
—¿Pero qué tienes en contra de la Marina?
—Nada. Contra las historias militares en general. No hay nada que me aburra más que escuchar a un puñado de tíos que se sientan para hablar de su puñetera gloria militar y que siempre acaba en puñetazos para sentirse contentos.
—Entonces de acuerdo. Claro que eso no deja muchos temas de conversación. Estuve allí durante catorce años.
Al final, le dio un mordisco al bocadillo y dijo con la boca todavía llena:
—Di algo. Eres inteligente. —Le miró—. Culto. —Le miró de arriba abajo.
—De acuerdo. —Esperó hasta que le dio otro mordisco al bocata—. Mi hermana intentó rasgarme la garganta una vez —soltó. Luego tuvo que golpearla en la espal-da para impedir que se ahogara.
Cuando finalmente tragó le fulminó con la mirada.
—¡No hagas eso!
—Lo siento.
Tomó un trago del refresco y fijó sus ojos grises en él.
—Sabes, tus hermanas son realmente unas perras.
—Sí. Lo sé.
Ella continuó comiendo y hablando a la vez.
—Lo peor que han hecho mis hermanas es sujetarme y escupirme.
Mace hizo una mueca.
—Casi prefiero que me rasguen la garganta.
—Las dos cosas son malas.
Mace miró cómo comía. Examinó su largo cuello y su cuerpo fuerte. Tenía los brazos bien definidos, probablemente de tratar de controlar a los dos perros tan grandes y tan tontos que tenía. Notó las cicatrices descoloridas y dentadas de su hombro.
Sin pensar, recorrió con su dedo índice la carne dentada.
—¿Dónde conseguiste esto?
Dez se encogió de hombros.
—Cielito.
—¿Un cielito o tu cielito?
Dez sonrió ampliamente mientras mordía el bocadillo.
—Ninguna. El Cielito. La primera perra con la que trabajé. Fui adiestradora de perros en los Marines. Su nombre estaba bastante desencaminando.
Mace lo supuso cuando divisó por lo menos una docena de arañazos alrededor de su hombro.
—¿Adiestradora de perros, eh? ¿Eras buena?
—Nop. Era una de los mejores.
—¿Aun cuando sabías que en el fondo eras una persona amante de los gatos?
—No lo soy. Apenas te tolero, bueno, solo porque tienes unos muslos excepcio-nales.
Mace se rió.
—Así que, ¿qué te pasó con Cielito?
Dez dio otro mordisco.
—Llevaba trabajando con ella unas dos semanas. Me tenía bastante aterrorizada, pero no se lo dije a mi Sargento para que no pensara que era una débil o algo por el estilo. —Se encogió de hombros de nuevo—. Una noche fui a dar un paseo con Cieli-to para que estirara las patas, tomé su pelota vieja de masticar... y no pareció gustarle mucho. No sé que pasó, me encontré sujeta por el brazo y siendo arrastrada mientras corría. Después desperté en el hospital, cubierta de vendas.
—Jesús, Dez.
—Es el riesgo que conlleva ser adiestrador de perros. Te van a morder.
—Fuiste maltratada.
—Gajes del oficio, G.I.
—¿La sacrificaron?
—No. Me culparon. Iban a darla a otro adiestrador, pero no se lo permití. Estaba determinada a entrenarla yo. Los otros adiestradores sugirieron que le diera un Pa-seíto por el Campo. Pensé en ello, pero no pude.
—¿Paseo por la Naturaleza?
—No preguntes. —Tomó otro mordisco y habló con la boca llena—. Sin embargo, cuando terminamos, fuimos el equipo más unido del lugar. Podía controlarla con solo hacer una señal con la mano. Y por supuesto, tampoco nadie conseguía acercárseme. Me protegió como no te imaginas.
Mace tocó las marcas de las cicatrices de nuevo y vio cómo se le ponía la carne de gallina.
—¿Qué pasó con ella?
—La típica sandez militar. La entregaron a otro adiestrador. El nuevo oficial en jefe me odiaba. Eso resultó un mal movimiento.
—¿Por qué?
—Al siguiente adiestrador… le tomó la mano. Literalmente.
—Encantador.
—Cielito sabía cómo ser encantadora.
Miró fijamente el tercio que le quedaba de su bocadillo.
—¿Todavía no has acabado?
—Dios, mira que eres insistente. Me olvidaba de lo insistente que puedes llegar a ser.
—No. Eso no es ser insistente. Pero puedo ser insistente. —Se apropió del resto de su bocadillo y se lo metió en la boca. Lo masticó. Y lo tragó—. ¿Ahora has acaba-do?
* * *
Dez se mordió el labio para evitar sonreír. Mace Llewellyn. Siempre un verdadero grano en el culo. Ahora su real grano... así que podría disfrutarlo —y a él— mientras durara.
Dez se levantó del taburete y se detuvo de pie ante él. El precioso y dorado hombre podía cambiar completamente todos sus pensamientos. «¿Cuán guay puede ser?»
—Todavía tengo hambre, Mace.
Él suspiró dramáticamente.
—Vaya por Dios. Hay una bolsa de patatas fritas en el mueble.
Dez agitó la cabeza, mientras desabrochaba la hebilla de su cinturón.
—Eso no me apetece. Necesito un poco de suplemento proteico.
Mace tomó una profunda inspiración, al tiempo que la miraba detenidamente.
—¡Oh!
—¿Eso es lo mejor que puedes hacer, Llewellyn?
—Por el momento... sí.
—Ya veo. —Dez abrió la cremallera de sus pantalones. Cuando se dejó caer de rodillas arrastró sus vaqueros negros por ellas mientras liberaba su enorme verga. Con la punta de su lengua lamió el pequeño agujero de la cabeza, dejándola brillan-te.
Le echó una mirada. Mace tenía sus brazos estirados sobre la encimera, como si lo hubieran clavado en forma de cruz. Sus ojos estaban cerrados. Con la cabeza incli-nada hacia atrás. Sonriendo. «Bastardo arrogante».
—¿Estos vaqueros son nuevos?
Él movió su cabeza hacia adelante.
—¿Qué?
Había tal urgencia en su voz que le costó lo suyo no romper a reír.
—He dicho que si estos vaqueros son nuevos. Parecen nuevos.
Él tragó.
—Hum. Sí. Los compré esta mañana.
—¿En la zona?
Sus dedos se apretaron contra el metal de la isleta. Incluso le salieron las garras.
—Sí.
—¿El suéter también? —Tiró de él—. Es bonito. Me gusta.
La fulminó con la mirada.
—Estás matándome, Desiree.
—Lo sé, cariño.
—¿Qué quieres?
—Quiero que me lo pidas… amablemente.
—Yo no pido.
—¿Porque eres Llewellyn?
—No. Por que soy un gato.
—Pero yo soy una… ¿Cómo lo diría? Una persona amante de los perros. Y los perros ruegan por mi atención. Quiero que me ruegues.
—Definitivamente no ruego.
—¿Quieres que mi boca te rodee la polla en este milenio? —Dez se apoyó hacia adelante y permitió que su lengua le diera una pasada a la cabeza de su sexo. Una vez. Luego se apartó, dejando que sus ojos se prendieran con los de él, y se relamió sus labios. Con un gemido profundo y doloroso la cabeza de Mace cayó hacia atrás de nuevo. Dez se ahogó intentando evitar una carcajada—. Dime, Mace. Dime algo.
Hubo una larga pausa, entonces se escuchó la voz ruda de Mace que hablaba hacia el techo.
—Por favor, Dez, por el amor de todos los santos... coloca mi polla en tu boca y chúpamela como si tu misma vida dependiera de ello.
—¿Ves? ¿A que no te resultó tan difícil, cariño? —Sin esperar a que contestase, abrió la boca y se introdujo la gran verga de Mace hasta que la punta casi le llego a la garganta. Cerró los labios alrededor de la suave carne y chupó. Con fuerza. Mace emitió un siseo gatuno y Dez tuvo la sensación de que su encimera estaba resultando seriamente dañada. «Oh, bueno». Venía con la casa.
Ella se retiró hacia atrás, hasta que solo la cabeza de su sexo descansó en su bo-ca. Volvió a pasar la punta con su lengua, luego chupó. Con un suspiro de puro go-ce, le escuchó soltar otro profundo suspiro. No sabía que todo esto pudiera ser tan agradable. Su ex siempre se lo había hecho parecer como si fuera una obligación. Un requisito por ser su esposa.
Sin embargo, no lo sintió así con Mace. Todo lo que quería de él en este momen-to era su placer. Acarició su miembro con la boca, al tiempo que lo chupaba con fuerza, retirándose hacia atrás, y lamiendo cuando se lo introducía más al fondo. Pasó sus manos entre sus muslos y agarró suavemente sus pelotas. Estaban duras y supo que pronto se correría. En otras ocasiones se apartaba y hacía que terminara en la mano. Pero no lo iba hacer de esa manera. Quería que él entrara en su boca. Quería tenerle hasta el fondo de su garganta y saber que se correría allí.
Sintió sus manos introducirse entre su cabello. Peinándola mientras la obligaba a levantar los ojos hasta su cara. Sin soltar la sujeción sobre su verga, lo hizo. La miraba fijamente, como si estuviera viéndola por primera vez. Entonces sus ojos se cerraron, su cuerpo se contrajo y con un gemido ronco, un rugido sexy, se corrió. Se limitó a chupar y tragar hasta tomar todo de él.
Dez soltó finalmente su miembro y después sintió un tirón de su cabello que la hizo levantarse. Asustada, estuvo a punto de soltar una maldición, pero esta no llegó a salir de sus labios ya que fueron aplastados por un beso brutal que hizo que su cuerpo gritara. Sabía que tenía su sabor en la boca, pero eso simplemente parecía alimentar más su lujuria.
Mace tiró de la manta que cubría su cuerpo y la empujó contra la pared.
—Te lo juro, Dez. Las cosas que me haces.
* * *
Incluso en sus sueños más salvajes, en los más sucios, cuando estaba encerrado en su cuarto, nunca imaginó que Dez fuera tan caliente, con este deseo, este salvajismo. Era mucho más de lo que esperó nunca. Y era suya.
Recorrió sus hombros con las manos, descendiendo por su pecho. Ahora que ella sabía que necesitaba su contacto, no podía evitar tocarle. Cosa que le encantaba. Tiró de su suéter por encima de la cabeza y lo lanzó por el cuarto mientras se agachaba para quitarse las botas, después se deshizo de los pantalones a puntapiés.
Cuando quedo desnudo la forzó contra la puerta de la despensa con su cuerpo. Abrió la boca y la comprimió contra su piel.
—Espera. Espera.
—¿Qué?—No quería gruñirla, pero su necesidad de ella casi le tenía agobiado. Y sus cuerpos desnudos en contacto… maldición.
—Anoche terminamos con los condones.
—Soy un SEAL.
—¿Y?
Extendió la mano hacia el mostrador, mientras rebuscaba en una de las bolsas. Sacando la caja de condones.
—Siempre estamos preparados para cualquier contingencia.
Ella tomó la caja.
—No sabía que hubiera cajas de cincuenta.
—Esa debería durarnos un día o dos.
Dez chilló e intentó huir. Pero él la tomó por la cintura, al tiempo que la empuja-ba hacia atrás.
—¿Qué estás haciendo?
—Corriendo para salvar la vida... mucho más de esto y caminaré como si acabara de salir de un rodeo.
—¿Te estás quejando?
Dez frunció el ceño, como si lo pensara seriamente.
—Bien. —Él empezó a alejarse, pero la mano de Dez agarró rápidamente su cre-ciente miembro, evitando todo movimiento.
—No te he dado permiso para que te movieras.
—Tampoco me dijiste que me quedara.
Tiró de él hacia ella, usando su verga como mango. Luego le besó el pecho, mor-disqueando su carne.
—Quédate, Mace. Quédate conmigo.
* * *
Estupendo. Esta no podía ser Dez MacDermot. La ex-esposa amargada de un aboga-do que les dijo a todos los de su oficina que eras más aburrida que un pescado frío. Pero ahora comprendía que era el hombre el que la había dejado fría.
Levantó los ojos, sobresaltándose ante la expresión de Mace. Intensas y desespe-radas palabras llenaron su cabeza. Gracioso, nunca la había ocurrido con Mace. Y él siempre se aseguraba de que nunca estuviera fría.
Miraba hacia abajo. No decía nada. Simplemente se limitaba a mirarla. Entonces apareció una mano y se amoldó a su mejilla.
Se aclaró la garganta.
—Estás haciéndome sentir nerviosa.
—¿Por qué?
—Nunca he sentido nada igual. No puedo decidir si es porque estas enamorán-dote de mí o si es que vas a matarme usando mi propio cuchillo de cocina.
Al momento él rió aliviado.
—Tengo garras. No necesitaría ningún cuchillo de cocina.
—Vaya, es bueno saber eso. Ahora puedo dormir tranquila.
Él atrajo su ruborizado cuerpo desnudo contra el suyo. Simplemente el tener su piel contra la suya hacía que su polla cobrara vida.
—¿Exactamente qué es lo que te atemoriza?
—Que te enamores de mí.
Mace agitó la cabeza.
—No estoy enamorándome de ti, Dez.
—¡Oh! —«Maldición»—. Bueno.
—Ya he caído. De cabeza.
«¡Oh, mierda!»
—Hum.
Él sonrió.
—¿Hum?
La mano se deslizó perezosamente por su pecho, alrededor de sus pezones, y fue descendiendo. Empezó a retorcerse de placer contra él.
—Mace, quizá deberíamos ir un poco más despacio…
Él la cortó.
—La verdad es que me enamoré de ti hace mucho tiempo, Dez. El día que dejas-te caer tus libros en mi mesa del laboratorio y me preguntaste dulcemente: «¿Te importa si me siento aquí?» —Dez sonrió afectuosamente ante la imitación exacta que Mace hizo del acento que tan desesperadamente intentaba ocultar—. Y no es mi problema si te atemoriza.
—¿Te importa siquiera que me atemorice?
—No.
Jesús, ¿el hombre podía ser más parecido a un gato?
Mace retiró el pelo de su cuello y lamió su herida.
—¿Todavía te duele?
—Hum. ¿Qué?
—No me estas prestando atención, Dez.
—Hum. ¿Qué?
Él agarró su trasero, arrancándole un chillido.
—Préstame atención, cariño.
—¿Contigo cerca y además tocándome de esta manera?
Mace se apoyó en ella, con la nariz enterrada en su cuello. Respiró profundamente y suspiró.
—Me encanta cómo hueles.
«Oh, esa es una respuesta malditamente estupenda». Podría acostumbrarse a estos cambiaformas. Entendía su lógica mejor de lo que nunca entendería la de cualquier humano.
Dez empujó los hombros de Mace.
—No creo que esto sea lo suficientemente bueno, gatito. —La miró y observó la preocupación reflejada en su preciosa cara. No quería herirla. Hombre, ¿se estaba enamorando de él o qué? No podía ser tan sencillo.
Se puso de puntillas para acercarse a su cara.
—No acato las órdenes de cualquier hombre. —Lo miró de arriba abajo—. Sobre todo de ti. —Alzó una ceja extravagantemente hacia él y la preocupación de Mace em-pezó a desvanecerse y tornarse diversión. Bueno vale, diversión y mucha lujuria.
La empujó hacia atrás contra la pared.
—Harás lo que yo te diga. —La agarró por los brazos, fijándolos sobre su cabe-za—. Y lo disfrutaras.
¿Una mujer podía correrse espontáneamente? Dez se sintió peligrosamente cer-ca.
Escuchó que llamaban a su puerta delantera, una intrusión no bienvenida. Sobre todo cuando hizo que sus perros empezaran a ladrar en son de advertencia y otros colmillos bastante más peligrosos emergieron de las encías de Mace, mientras un gruñido, que rápidamente se tornó en un rugido, erupcionó de su garganta.
Oyó la voz de Bukowski cuando Mace la soltó y envolvió protectoramente su cuerpo con los brazos.
—¡Dez, si puedes oírme, abre la puñetera puerta!
—¿Quién demonios es ese? —espetó Mace. Verdaderamente necesitaba encontrar una manera de controlar esos colmillos suyos.
—Mi compañero. —Empujó a Mace para poder pasar, mientras cogía la manta verde y blanca del suelo—. Quédate aquí. Me libraré de él. —Le echó una mirada por encima del hombro, a la vez que envolvía la manta alrededor de su cuerpo—. Y siéntete en libertad de permanecer duro.
Ella se acercó a la puerta, ávida por regresar con la enorme verga y la voz de chi-co malo de Mace. No tenía ni la menor idea de lo que quería Bukowski, pero más valía que fuera algo importante.
Cuando se acercó a la puerta escuchó a Bukowski de nuevo.
—¡Contéstame o echo la puerta abajo!
El cuerpo de Dez se heló, pero no su boca.
—¡No te atrevas!
Los perros acallaron sus ladridos, mientras corrían para estar de pie protectora-mente a su lado. Luchando por controlar el enojo agarró el picaporte y abrió la puer-ta, quedando cara a cara con Bukowski.
* * *
Mace tiró de los vaqueros hacia arriba para cubrir su duro y dolorido sexo, pen-sando en todas las maneras en las que podría sacar las entrañas al «compañero» de Dez. No tenía ni idea de cómo podía detestar a un hombre al que apenas conocía, pero ese bastardo chillón había interrumpido su «hora de recreo». Y eso era inacep-table.
Cuando escuchó a Dez decir «No te atrevas», ya estaba casi preparado para salir allí y darle de puntapiés al borrico del NYPD. Pero un olor a jabón de Primavera Irlandesa lo detuvo. Olfateó el aire. Se movían a través del patio. Lo hacían intentando ocultarse. Olfateó a dos... no. Tres. Aunque únicamente uno de ellos usaba ese jabón en particular.
Dez tenía armas escondidas por toda la casa. Pudo oler el aceite del arma. La del armario, bajo el fregadero, sería la más fácil de coger. Se agachó y acabada de rodear con las manos la culata del arma cuando los sintió llegar. Fueron casi inaudibles. Si hubiera sido humano no habría sabido que estaban allí hasta que hubieran saltado sobre él. Aun estando agachado, Mace saltó con seguridad, se giró y cayó con soltura sobre su estomago. El cañón de su arma presionó contra una garganta.
Sin embargo, no tuvo ni siquiera un momento para saborearlo, ya que una 45 fue directa a golpearlo en la cabeza.
* * *
—¿Qué demonios estás haciendo?
—He estado intentando ponerme en contacto contigo y no lo he conseguido. Al final llamé hace una hora a uno de tus vecinos. La pareja mayor de la puerta de al lado. Me han dicho que les pareció escucharte gritar anoche.
Quizá la Hermana Mary Joseph tenía razón. «A las muchachitas pecadoras como tú, Desiree, habría que sacarlas del pueblo a pedradas».
—Entra. —Agarró a su compañero por el brazo y lo arrastró dentro de la casa, mientras cerraba de un golpe la puerta a su espalda.
—¿Ese cabronazo te hizo eso? —Gesticuló hacia la herida de su garganta. Proba-blemente parecía mucho peor de cómo se sentía.
—No. Claro que no.
—No digas chorradas, MacDermot.
—¿Crees que le permitiría a alguien hacerme eso… y luego me lo follaría?
—¡Oh, mi dios! ¿Follaste con Llewellyn?
—¡No estoy teniendo esta conversación contigo!
Dez esta ocupada preguntándose cuánto tiempo le caería por matar a su compa-ñero, cuando sus perros ladraron repentinamente y se largaron directamente hacia la cocina. Dudaba bastante que fueran a jugar con las pelotitas que les había quitado hacía tiempo, o que fueran con Mace. Había alguien más en la cocina. Y la cara de su compañero lo confirmaba.
Bukowski intentó sujetarla el brazo, pero de un tirón se desprendió y se apoderó su arma. Fue a la cocina, quedando petrificada en la puerta.
Bajó el arma al costado e inspiró profundamente para calmar sus nervios, que estaban en ebullición. Un movimiento en falso y podría cargarse todo lo que estimaba en la vida.
Primero les pidió a sus perros que se fueran ladrando «Schnell». Luego puso el arma de Bukowski encima de la mesa auxiliar y entró serenamente en el cuarto. Ca-minó hacia los cuatro hombres en su cocina.
Mace tenía su pequeño y precioso 38 sobre el cuello de Vinny. Este tenía una Glock 45 apoyada en la cabeza de Mace. Jimmy y Sal tenía sendas semiautomáticas —no muy legales en este estado— pegadas a la espalda de Mace. Estaban en punto muerto y solo podía esperar impedir que estos cuatro idiotas se mataran entre sí.
Primero se centró en Jimmy y Sal.
—Creo que deberíais poneros en pie. —Cuando la ignoraron—: Creo que deber-íais poneros en pie… AHORA.
Sus ojos se giraron hacia ella y, tan lentamente que pensó que la estaban igno-rando, bajaron sus armas. Pero aun así no las alejaron. Vinny era uno de los mejores Marines que conocía. Pero Mace era un asesino entrenado por el gobierno.
Se movió hasta quedar situada junto a ellos. Los pies de ambos hombres casi se tocaban. Se agachó despacio y puso cuidadosamente sus manos encima de cada hombre, mientras apartaba sus armas pero… Mace y Vinny en ningún momento apartaron la mirada el uno del otro. Al final soltaron las armas y Dez las alejó rápi-damente de ellos. Después de que les dirigiera una intensa mirada, Sal y Jimmy tam-bién entregaron sus armas. Sabiendo que era mejor no pelear cuando ella estaba así.
También sabían que no tenía ningún escrúpulo cuando se trataba de poner todos sus culos en prisión por posesión de armas ilegales y por entrar a la fuerza.
Ella regresó a la mesa dónde había depositado el arma de Bukowski y dejó caer el resto de armas. Luchó por controlar el temblor de rabia de su cuerpo. La simple idea de que les hubiera pasado algo a sus amigos o a Mace, casi la superaba.
Se colocó enfrente del hombre responsable de todo este despropósito.
—Ve al salón —escupió entre los dientes apretados, mientras le devolvía el ar-ma—. ¡Ahora!
* * *
Mace se irguió lentamente y al momento lo hizo el hombre de cabello oscuro. Escu-charon como Dez salía de la habitación con su compañero, pero continuaron sin apartar la mirada el uno del otro.
Les echó una mirada por encima a los hombres. El rubio lucia un tatuaje en el in-terior de su muñeca. Un águila, una esfera y un ancla. Marines.
—Bueno..., ¿estáis interesados en un trabajo?
* * *
Dez arrastró a Bukowski a la sala.
—¿Has perdido la jodida cabeza?
—¿Duermes con un cabronazo cuya hermana está siendo investigada por asesi-nato y tienes el valor de preguntarme a mí eso?
—No estoy investigándola. Estoy apartada del caso. Hasta ahora. —¿Por qué de-bería seguir con el caso? Ya sabía todas las respuestas—. Y no puedo creer que los arrastraras para hacer esto.
—Estaban tan preocupados como yo.
—Podríais haber muerto. ¡En mi casa! El hombre es un puñetero SEAL. ¡Maldita sea, se come a las unidades tácticas para desayunar!
Bukowski agitó su cabeza grande y peluda. Le recordaba bastante a menudo a uno de sus perros.
—Pensé que eras más inteligente, Dez.
—¿Más inteligente que qué? ¿Qué problema tienes con él?
—No quiero que te hiera. —Suspiró. Aquí venía el síndrome de hermano ma-yor—. No. Y la verdad. Un tipo como Llewellyn lo único que va a hacer es utilizarte.
—Ni siquiera le conoces.
—Y tú no le has visto desde hace veinte puñeteros años, pero a pesar de eso brincaste derechita a su cama.
—No brinqué.
—Dez, no quiero ser cruel. Pero lo voy a ser. ¿Cómo a un tipo como él le va a gustar alguien como tú?
Ella no se sintió tan herida como probablemente debería haberse sentido. Sabía exactamente de qué pie cojeaba Bukowski y, por su manera brutal de hablar, quería protegerla. De todos modos, se mostró más áspero de lo necesario. Y estaba a punto de decirle donde podía meterse ese comentario en particular cuando la puerta osci-lante de la cocina dio un fuerte portazo al abrirse, golpeando la madera contra la pared y cayéndose de sus bisagras.
Mace se adentró en la sala, increíblemente serio aunque solo llevara los vaqueros. No ayudó que su bragueta estuviera a medio subir, haciéndole recodar lo que Bukowski había interrumpido. Casi podía degustarle en su boca.
Dez caminó hasta llegar a su lado mientras Mace se adentraba más en la habita-ción. Normalmente el hombre no permitía que nada se le acercara. No cuando su personalidad felina estaba en ebullición. Pero en este caso colocó a Dez protectora-mente a su espalda para enfrentarse a Bukowski.
Grandioso. Otro hombre intentando protegerla. ¿Cómo se podía meter en estos berenjenales?
—Si tienes algo que decir, ¿por qué no me lo dices a mí?
Dez echó una mirada por encima de su hombro. Los otros tres no estaban a la vista. Debieron salir después de comprender que todo estaba bien. Sabían que era mejor desaparecer cuando estaba enfadada. Habían visto el daño que podría causar cuando ese temperamento de los MacDermot salía a la luz en raras ocasiones.
—No estaba hablando contigo —ladró Bukowski enojado.
—¡Bueno, pues ahora sí!
Mace sobrepasaba tranquilamente en unos quince centímetros a Bukowski, pero ambos hombres se negaban a echarse atrás. Idiotas. Que Dios la salvara de los hom-bres protectores.
Ella suspiró.
—Podríais…
—¡Cállate, Dez! —dijeron al unísono, pero sin apartar la mirada en ningún mo-mento del otro. Necesitó de toda su fuerza de voluntad para no agarrar el arma que tenía oculta debajo del sofá y dispararles a la cabeza.
Sin embargo, se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras, mientras sus dos perros se arrastraban fielmente tras ella. Al menos había algunos machos en su vida que le obedecían.
—¡Cuando los dos hayáis terminado esta pelea de gallitos, sentíos libres de abandonar mi jodida casa!
* * *
Mace miró su lindo culito cuando pasó a su lado y pensó que no le molestaría mor-derlo. Vaya, cómo le gustaba mirarla. Mucho. Pero no pretendía echarla. No cuando todos sus planes para el futuro la involucraban.
—Juro por Dios que si la hieres...
—Cállate. Y vete a la puta calle.
—Dijo que los dos nos fuéramos.
Mace lo ignoró, al tiempo que se dirigía hacia las escaleras. Bukowski lo detuvo con una mano en su brazo. Mace la miró, luego al hombre al que pertenecía. Por lo menos, al hombre al que le pertenecía por ahora.
—Retira la mano o pierdes el brazo.
No supo lo que vio el hombre más pequeño, pero su expresión asombrada le habría resultado cómica si Mace no hubiera estado tan enojado.
—Jesucristo.
«¿Cuál era el nombre de este idiota? ¿Bukowski?»
»Te preocupas por ella. Puedo verlo en tu cara.
«A veces los humanos son tan estúpidos como los perros».
—Ese ha sido un razonamiento detectivesco de lo más inteligente, Sherlock. Es-toy sorprendido de que no dirijas la jodida comisaría. Ahora vete.
Tras eso, Mace siguió a Dez por las escaleras.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:17 pm

Capítulo Siete


Dez se acurrucó bajo las sabanas, con la cara enterrada en la almohada. Debería haber recordado las palabras de su abuela Fiona cuando tenía diez años. «Dulzura, todos los hombres son unos idiotas». Como siempre, las generaciones más mayores tenían razón.
No supo que Mace estaba en la habitación hasta que este colocó su largo cuerpo encima del suyo. Era un hombre pesado, cargado de músculos, pero se sentía estu-pendamente con su cuerpo sobre ella.
—¿Bukowski y tú pensáis encontraros al alba para un duelo de pistolas? ¿O lo hacéis a la manera de Brooklyn y usáis un par de palos?
Él hocicó su nuca, lamiéndole el cuello. Su lengua era seca y áspera. «Bueno, eso sí que es una maldita distracción».
—¿Me estas escuchando? —exigió mientras se revolvía, empujando su gran cuerpo de encima de ella. Con un suspiro, él rodó a un lado y la miró. Pero ella ig-noró su obvio malestar, pues quería que las cosas se arreglaran antes de que él la distrajera con su prominente verga.
—Puedo ocuparme de Bukowski. Es mi compañero. Hemos estado juntos con la mierda hasta el cuello muchas veces y no te necesito a ti o a cualquier otro sacándo-me las castañas del fuego.
—¿Pero no fue eso lo que hicieron Bukowski y esos tres tíos? Venir a salvarte del león grande y malo.
—Eso no tiene ninguna relación.
—¿Por qué?
—¡No follo con ninguno de ellos! No me preocupa lo que hagan. Me preocupa lo que tú haces.
—No entiendo tú lógica.
Dez agarró una almohada, cubrió su cara con ella y gritó. Cuando la apartó Mace todavía la miraba impasible. Solo la miraba y pestañeaba.
—¡Y ya estás arreglando la puerta de mi cocina!
Mace puso sus ojos dorados en blanco y suspiró.
—Como quieras.
Con un buen tirón, retiró el edredón que la cubría.
* * *
No se podía creer que le estuviera dando la vara con la puerta. Permitía que ese tarugo de Bukowski se largara sin meterle una bala en ese cerebro de mosquito, con el arma que escondía bajo la cama. Pero a él le ordenaba arreglar la puerta. ¿Se creía por un segundo que permitiría que ese pedazo de idiota la hablara de esa manera?
Miró hacia abajo, a su cuerpo voluptuoso. La mujer era absolutamente perfecta. Ella intentó moverse para salir por un lateral, pero la atrapó con una de sus piernas. ¿No sabía ella que ya estaba ocupado? No necesitaba que le distrajera con sus tonterías.
—¿Qué quieres que haga por ti?
—¿Perdón?
—Me has oído. ¿Qué quieres que haga por ti? —Ella no contestó y él alzó la vista, encontrándose con que ella le estaba fulminando con la mirada—. ¿Qué?
—No confías en mí.
«¿De dónde cojones salió eso?»
—¿De qué diablos estas hablando?
Ella le apartó la mano de su pecho y se alejo de él.
—No confías en que pueda cuidar de mí misma. Lo veo en tu cara. Por eso estas intentando distraerme con esas manos tan grandes de león que tienes.
—Esa es la mayor cagada que has dicho en tu vida, Desiree, y lo sabes.
—Bien. Demuéstralo.
No le gustó como sonaba eso.
—¿Cómo?
Ella salió arrastrándose de la cama y caminó hasta su cómoda. Sinceramente, es-peraba que no se diera la vuelta empuñando su arma. Aunque no pondría la mano en el fuego.
Escuchó un tintineo de metal y la vio girarse, con las esposas balanceándose en su dedo índice.
—¡Ni se te ocurra, MacDermot!
—¿Ves? No confías en mí.
«¡Complicada, manipuladora, amante de perros enanos!»
Mace cerró los ojos e inspiró profundamente. Mira a lo que le había reducido. Estas trampas. De repente la vida en la Manada comenzaba a parecerle cada vez mejor.
Ella hizo pucheros.
—No tienes que confiar en mí, Mace. Está bien… Está bien que yo confíe en ti pero tú en mí no. Está bien.
Con un breve rugido él se estiró en la cama, con los brazos encima de la cabeza.
—Venga, terminemos de una vez con esto, ¿vale?
Rechinó los dientes para evitar correrse en los vaqueros. Había estado fantasean-do con algo por el estilo tan pronto se enteró de que era policía. Claro que en esas fantasías ella era la esposada, no la que le esposaba.
Todavía desnuda Dez anduvo hacia la cama y colocó su cuerpo curvilíneo enci-ma de su pecho, al tiempo que lo montaba con sus largas piernas.
Sostuvo las esposas delante de su cara.
—¿Estás seguro, Mace?
—No me vengas ahora con tonterías, mujer. Simplemente hazlo.
—De acuerdo. —Se apoyó en él, sus pechos cayeron sobre su cara mientras se las apañaba para afianzar sus muñecas a las barras de la cama. Al ser una policía, el en-gancharlas le llevó aproximadamente diez segundos. Incluso antes de que pudiera poner su boca alrededor del pezón. Ella se apartó y sonrió por su hábil trabajo.
—Tienes unas muñecas enormes.
Él sonrió burlonamente.
—Gracias.
—¡Ehh, que no era un cumplido! Solo constataba un hecho. —Él tuvo que cerrar los ojos. La mujer quería volverle loco—. ¿Quieres ver lo que puedo hacer?
Parte de él quería decir «No» y poner mala cara como cuando tenía diez años. Pero estaba intentando cooperar. Estaba en contra de su misma naturaleza pero, era obvio, atravesaría el fuego por esta mujer. Mace abrió los ojos. Soltó un fastidiado suspiro:
—Sí. De acuerdo.
Dez se alzó su seno derecho en la mano, se inclinó hacia adelante y envolvió con su lengua su propio pezón. Sus pechos eran lo suficientemente grandes como para que este gesto no le supusiera mucho trabajo. Pero supo que de alguna manera ella había descubierto ese pequeño truco por sí sola... Mace tragó saliva. «Dios mío de mi vida».
Ella se lamió el pezón, arremolinando la punta de su lengua alrededor. Mace pudo sentirlo casi como si fuera su propia lengua. Su polla se presionó con el duro material de sus vaqueros nuevos y en pocos segundos acabaría por romper el armazón de la cama para conseguir llegar hasta ella.
Dez se echó hacia atrás.
—¿Bonito, eh? —Lo único que pudo hacer Mace fue asentir con la cabeza—. ¿Quieres verme hacerlo con el otro? —Él asintió de nuevo. Ella tomó el otro pecho y repitió la acción, excitándose en el proceso. Él podía olerlo. Y que se retorciera sobre su pecho… no ayudaba nada. Ella los entretuvo a él y a sus senos un poco más. Cuando finalmente lo dejó, había empezado a jadear. Se miraron fijamente.
—Ven aquí, Dez.
Ella sacudió negativamente la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—No quiero.
Gracioso, olía como sí quisiera.
—¿Qué quieres?
Dez se mordió el labio. Entonces, inspirando profundamente, recorrió con la ma-no un camino descendente entre sus pechos, pasando por su abdomen y terminando entre las piernas.
—Dez... ¿Qué me estas haciendo?
—¿En este momento? Absolutamente nada. —Mace observó la mano de Dez cuando resbaló su dedo corazón dentro de su vagina, iniciando un lento movimiento de entrada y salida, para después deslizarlo por su clítoris. ¿Por qué insistía en torturarlo? Vale, vale. Él se había dedicado a torturarla un poco la noche pasada. Y esta mañana. Y en la cocina. Pero no así. Le estaba matando.
Su dedo rodeó su clítoris despacio, al tiempo que sus caderas se empujaban con-tra él. La miró, completamente extasiado. ¿Cómo podría no estar bien? Se veía tan magnífica, montándolo mientras buscaba su propio placer. Una de las cosas más bo-nitas que había visto en su vida, y lo único que quería hacer en este momento era enterrarse en lo más profundo de Dez, hasta que su polla golpeara sus amígdalas.
No la tomó mucho tiempo. Echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, diciendo su nombre. Dios, gemía su nombre. Con esa voz. Antes de que él se diera cuenta, ella se estaba corriendo. Sus piernas aprisionaban sus caderas, su cuerpo temblaba. Cuando los espasmos pasaron ella bajó la vista muy lentamente hacia él.
—Fóllame, Dez —gruñó él—. O voy a tener que comprarte un nuevo cabecero después de las Navidades.
—Dejamos los condones en la planta de abajo.
—Entonces tráelos. Ahora.
Dez se arrastró fuera de su cuerpo y abandonó la habitación. Estupendo. Ahora él era quien estaba jadeando. Mace cerró los ojos y se concentró en el sonido de Dez deambulando por la casa. Cualquier cosa para evitar correrse en cuanto ella tocara su polla.
Escuchó como bajaba las escaleras e iba a la cocina. Escuchó como recogía la caja de condones del mostrador. Escuchó sus pies cuando regresaban. El teléfono móvil de él sonó y la detuvo. Escuchó el golpe de metal contra el mostrador cuando lo re-cogió y se dirigió hacia el dormitorio. Pestañeó con sorpresa, sin embargo, cuando escuchó que contestaba al teléfono. Dez no parecía de la clase de mujeres que cruzarían ese tipo de límites, hasta que recordó que tenía un identificador de llamadas. Y eso significaba solo una cosa...
—Vaya, hola, Missy. ¿Cómo te va? —Para cuando entró en el dormitorio Mace estaba riéndose tan fuertemente que apenas podía ver—. Sí, soy yo. Desiree. Aunque tú puedes llamarme detective. —Dejó caer la caja de condones en la mesita de no-che, mientras agarraba uno antes de volver con Mace a la cama. Se arrastró sobre él.
—¡Oh, sí! Está aquí, cielo, pero ahora mismo está esposado a mi cama y está un poco sudoroso... por culpa mía. —Suspiró—. Bueno, puedo preguntarle si quiere hablar contigo. Pero estaba a punto de hacer que viera a Dios… ¡Oh! Bueno, no tienes que ser desagradable. Espera.
Se apoyó contra él mientras sostenía el teléfono en su oreja hasta que pudo afian-zarlo contra su hombro. Él se aclaró la garganta para evitar reírse y dijo:
—¿Hola?
—¡Imbécil, hijo de perra! ¡Dime que la mujer no te tiene esposado a la cama! —Mace debía haber estado muy enojado porque su hermana le gritara como si fuera un niño, pero con Dez besándole el cuello y frotándole los pezones encontraba muy difícil hacer que le importara—. ¿Hay alguna razón para que llamaras?, porque ella está poniéndose muy insistente. Y debo obedecer todas sus órdenes. —Dez resopló mientras bajaba por su pecho.
Su hermana se quedó mortalmente callada.
—¿Qué diablos quiere decir eso, Mason?
—Que estoy a sus pies. Soy el sumiso para su dominante. El esclavo de su ama. —Dez empezó a reírse tan fuerte que cayó rodando fuera de Mace y de la cama.
—Por favor, dime que es una broma.
—No puedo. No puedo decirte nada. No a menos que me dé permiso. —Contuvo su propia risa cuando Dez se volvió más apasionada. Podía escuchar los esfuerzos de Missy por tranquilizarse.
—Mason Rothschild Llewellyn… Hablaré contigo en otro momento.
—Vale, pero solo si me permite hablar contigo en ese otro momento... —Del otro extremo solo le llegó un clic. De acuerdo. Incluso tenía que admitir que este había sido uno de los mejores momentos de su vida. Soltó el teléfono, lo agarró con los dientes y lo tiró por la habitación—. Trae tu culito aquí, Desiree. Ahora.
Ella se arrastró de vuelta a la cama, pero se reía tan fuerte que había empezado a llorar. Consiguió apenas colocarse sobre su pecho. Entonces enterró la cabeza en su cuello mientras su cuerpo entero se agitaba por la risa. Cielos, él podría estar así hasta el próximo martes. No estaba siquiera seguro de que ella pudiera encontrar la llave para dejarle libre. Se encogió de hombros. Parecía que al final tendría que ir a comprar el cabecero de una cama el veintiséis de diciembre.

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:18 pm

Capítulo Ocho


Mace despertó con un hocico frío y mojado en su oído. Gruñó y chasqueó los dientes. Los dos perros de Dez salieron precipitadamente del cuarto, dejando un rastro encantador de orín en su huida. Genial. Algo más que tenía que limpiar. Mace se sentó y echó un vistazo a la mesita de noche. Su insignia y su arma no estaban.
¿Maldición, dónde estaba aquella mujer? Ella seguía desapareciendo. Sabía que no estaba en la casa. Siempre sabía cuando estaba alrededor. Podía notarla, sentirla. Luego la pregunta era: ¿Dónde demonios había ido esta vez?
Deslizándose fuera de la maltratada cama —el cabecero de cama era otra cosa que tendría que reemplazar— rápidamente encontró algo para limpiar el suelo y luego brincó hacia la ducha. Apenas había acabado de lavar su pelo, que ahora alcanzaba sus hombros, cuando de repente se le ocurrió donde podía haber ido Dez.
El único lugar donde podía resultar muerta.
* * *
Dez observó como Mace salía furioso de su casa, bajaba los peldaños delanteros y se dirigía… a algún lugar. Tal vez había decidido abandonar. Pensaba que finalmente podía haberle hecho huir. « ¡Ah!, ¿a quién demonios quiero engañar?» Sabía que Mace no se iría a ningún lugar en estos momentos. Si quería que se fuera, tendría que echarlo ella misma. Parte de ella también quería hacer que eso pasara. Antes de que ahondara demasiado profundamente. Otra parte —la conectada a su corazón— le decía que dejara de presionar de una vez. Su corazón quería que Mace perdiera el tiempo con ella mientras pudiera. ¿Pero, cuánto podría estar con él una vez que co-menzase a trabajar de nuevo? ¿Cuando recibiera llamadas nocturnas para acudir al lugar de algún asesinato? ¿O cuando tuviese que marcharse en medio de una comi-da? ¿O cuando se olvidase de su cumpleaños? ¿Cuánto tiempo lo aguantaría él?
Recordó las palabras de su ex-marido como si se las dijese claramente al oído en aquel mismo instante.
«Mira, no eres lo suficiente bonita como para aguantar esta clase de mierda, De-siree.»
Mace divisó su todoterreno. Se detuvo y la contempló. Encontraba fascinante cómo se movía. Él había tenido razón, por supuesto. Siempre había sabido que él era un depredador. Que no era completamente humano. Lo sabía en lo más profundo de sus huesos.
Él olfateó el aire, luego se giró y sus ojos se clavaron sobre ella. Con un gruñido, se acercó furioso, mientras ella bebía tranquilamente su café.
—¡Me vuelves loco!
—No he hecho nada.
—¿Crees que no lo sé? —Mace se sentó en la escalinata a su lado. Su muslo ape-nas rozando el suyo. De repente, sintió la necesidad de hundirse en su regazo, dejarle que la abrazara, pero nunca había sido buena con las demostraciones públicas de afecto. Sobre todo, porque no sabía cómo hacerlo.
—Pensé que habías vuelto.
—¿Vuelto a dónde?
—A aquel club de anoche.
—¿El de las hienas? —¿Había perdido el hombre la cabeza?— Guau, no sabía que tenía «gilipollas» tatuado en mi frente.
Él sonrió y ella inmediatamente se sintió mojada al verlo.
—Gilipollas no. Pero sí un gran y malvado «policía»
—De ninguna manera, gato. Ellos ya trataron de matarme una vez. ¿Por qué con-fiar de nuevo en mi suerte? Además, la brigada antivicio está llevando a cabo una redada mientras hablamos.
Mace cerró los ojos y emitió un profundo suspiro.
—No lo has hecho.
—¡Ah!, y una mierda que no lo he hecho. —Ella tomó otro sorbo de su café—. Probablemente solo pueden cerrarlo durante una noche o dos, pero aun así dis-frutaré de lo lindo.
—Estás loca.
—No hay ninguna prueba definitiva sobre esa cuestión.
Mace de repente levantó su brazo y se estiró, colocando la cabeza en su regazo. Él tomó su mano y la puso en su cabeza.
—Acaríciame, cariño.
Ella dejó su café y comenzó a reírse. Parecía que no tenía por qué saber mostrar afecto. Mace se lo ordenaría. La verdad, eso le convenía. Si no estuviera de humor, siempre podría hacer rodar su trasero escaleras abajo.
Dez enterró las manos en su pelo y deslizó lentamente los dedos entre la masa sedosa. Después de la tercera caricia, Mace comenzó a ronronear. Considerando que su cabeza estaba en su regazo, malditamente cerca de su clítoris… ella sacudió lo cabeza. La verdad es que tenía que conseguir un cierto control cuando estaba cerca de este tipo o terminaría avergonzándose a sí misma.
Mace movió su espalda, colocando sus grandes pies firmemente contra las ba-randillas de la entrada. Él le sonrió con aquellos hermosos ojos. Sus heridas de la noche anterior se habían desvanecido ya, pero ella tendría probablemente aquel rasguño en su cuello durante las siguientes dos semanas.
Dez siguió pasando una mano por su pelo, maravillándose de a qué velocidad había crecido, mientras colocaba la otra en el pecho.
Él tomó su mano libre y la sostuvo entre las suyas. Deslizó su dedo a través de su carne y Dez se mordió el interior de la boca para impedir gemir.
—¿Qué es lo que quieres hacer hoy? —murmuró él suavemente.
«¿Joderte hasta perder el sentido?»
—Cualquier cosa.
—¿Podríamos ir a la ciudad?
—Sí —Realmente no era una mala idea—. Todavía tengo algunas compras que hacer.
—¿Sabes?, Dez. Para alguien con «reservas morales» contra estas fiestas, cierta-mente tienes un apartamento muy festivo.
Ella había esperado que no lo notara. Debería habérselo pensado mejor.
—No tengo ningún problema con las fiestas. Tengo un problema con… con mi… —¿Y cómo esperaba él que tuviera un pensamiento coherente cuando insistía en to-mar el dedo de ella en su boca y chuparlo?
—Continúa —presionó él. Con el dedo todavía en su boca.
Ella lo intentó otra vez.
—Tengo un problema con mi familia. —Cerró los ojos y se estremeció cuando su lengua se deslizó alrededor de su índice—. Me vuelven loca.
—¿Como yo?
—No, Mace. Como tú no. —«Nadie como tú».
—Bien.
«Creído». Ella sacudió la cabeza otra vez. Este hombre nunca cambiaría.
—Sabes, podríamos quedarnos aquí y joder todo el día.
—Muy sutil, gato.
Su expresión era pensativa.
—Pareces verdaderamente cómoda con lo que soy, Dez. ¿Por qué?
—Anoche dijiste que estaba asustada de ti.
—Me equivoqué. Tú no estás asustada del gato. Estás asustada del hombre.
—Tonterías, Llewellyn.
—Estás asustada de a donde nos lleva esto.
—Esto no va a ninguna parte, Mace.
—Y un infierno que no. Tú sabes que estoy… —Su teléfono móvil sonó.
—¡Teléfono! —Mace brincó, sus palabras fueron interrumpidas cuando ella saltó para contestar. Ella no quería tener esta conversación. No estaba lista para esta con-versación. Y estaba condenadamente segura de que nunca lo estaría—. MacDermot.
—Hey, cariño.
Dez parpadeó.
—¿Sissy Mae? —Ella oyó el gruñido de Mace y se preguntó cómo diablos había conseguido la mujer su número.
—Claro que lo soy. ¿Qué haces hoy?
Bajó la mirada hacia Mace y vio sus intenciones escritas en sus ojos. Si se queda-ba aquí con él, la jodería hasta que ella le prometiera cualquier cosa. Hasta que confesara cómo se sentía realmente. No estaba lista para admitirlo ni siquiera ante sí misma.
Necesitaba tiempo. Tenía que pensar. Y necesitaba que él dejara de chupar sus dedos.
—¿En qué estás pensando?
—¿Por qué no te encuentras conmigo en la ciudad para tomar un café u otra co-sa?
—Bueno, solo hay una cosa…
—Por supuesto que puede venir Mace. —Por lo visto, todo el mundo sabía de su relación con Mace Llewellyn—. Puede hacerle compañía a Smitty.
Echó un vistazo hacia Mace. Había tomado su mano y la había deslizado a través de su erección rápidamente creciente. Con un fuerte empujón Dez lo tiró escaleras abajo de su porche.
—¡Ay!
«Gracioso. Siempre pensé que los gatos caían a cuatro patas».
Sonrió.
—Muy bien, Sissy Mae. Me encantaría.
* * *
Mace se volvió hacia Smitty sosteniendo dos relojes.
—¿Cuál te parece mejor? —Él señaló uno—. ¿El Breitling? —Él sostuvo el otro—. ¿O el Breitling?
Smitty lo miró fijamente.
—¿Esto es para uno de esos sementales?
—No. Es para mí.
Smitty se rió y frotó sus ojos al mismo tiempo.
—Pienso que no captas la idea de estas fiestas en particular. Esta es la época de dar.
—Sí. Y yo me lo doy a mí —Además, él no hacía compras de último minuto. Se encargaba de esto con meses de antelación. De esa forma podía disfrutar de las fies-tas comprando para él. Hizo señas al joyero—. Me llevaré este. Y ese Tag Heuer que vi antes, aunque para mujer.
El joyero se apresuró mientras Smitty sacudía la cabeza.
—Patético, colega.
—¿Qué? ¿Quieres también un reloj?
—No. No quiero un reloj. Solo es que no puedo creer que le compres uno.
—No entiendo por qué pareces tan enfadado.
—Porque mi hermana me está volviendo loco. La Jauría hace todo tipo de pre-guntas a las que no he conseguido responder aún. Y estoy cachondo como un perro.
—Bueno, eso te va.
Mace tomó el reloj de señora que le entregaron. Lo examinó detenidamente.
—Me lo llevaré. Envuélvamelo. El otro me lo llevaré puesto. —Se volvió hacia a Smitty—. ¿Entonces qué pasaba exactamente contigo y aquellas hembras de lobo en el restaurante?
—¡Ay, colega! Solo estaba jugando. No me llegó ni a un diente. Necesito una mujer.
—Entonces consíguela. Pero aléjate de la mía.
—Reloj nuevo. Advertencias extremas. Debe ser indiscutiblemente buena en la cama.
Mace gruñó y Smitty sostuvo las manos en alto.
—Es broma. Cálmate.
Mace tomó el reloj que le tendían y se lo colocó en la muñeca.
—Vamos a hablar de esto claramente, Smitty. Así no habrá ningún malentendi-do. Amo a esa mujer. Si la miras mal siquiera, te romperé el cuello como una ramita. ¿Está bastante claro para ti, paleto?
Smitty bufó con repugnancia, sonando más como un gato que como un perro.
—Como el agua.
* * *
—Entonces —Sissy Mae tomó un sorbo de su taza de chocolate—, ¿Mace es bueno en la cama?
Dez se ahogó con su café solo. Estaban sentadas en una pequeña mesa delante de una tranquila cafetería. Era un frío día de diciembre, pero Dez no estaba de humor para sentarse dentro. Se sentía agitada. Necesitaba aire fresco, la energía de las calles llenas de gente. Adoraba el Village. Siempre lo había hecho. Y si tuviera una gran, fortuna viviría aquí.
—¡Oh!, lo siento, querida. No quería incomodarte.
—Sí, lo has hecho aposta. —Dez se limpió la barbilla. No podía creer que le gus-tase Sissy Mae Smith. Pero lo hacía. Apestaba a calidez, honestidad y una leve locura que hacía que Dez estuviese completamente cómoda.
—Sí. De acuerdo. Fue aposta. —Sissy sonrió—. Lo siento, Dez. Mi hermano está volviéndome loca. Y eso me vuelve mezquina.
—¿Por qué?
—Está preocupado por este nuevo negocio que está poniendo en marcha con Mace. También lo está por mí y por nuestros parientes. Y necesita sexo.
—¿Sabes? —Dez se inclinó hacia atrás en su silla—. Es demasiada información para mí.
—Es demasiada información para cualquiera.
—Y aun así, sentiste la necesidad de compartirla.
—Me preocupo por él, ¿sabes? Quiero decir, Mace se buscó una niña agradable. Quiero lo mismo para mi hermano.
Dez dejó de golpe su café, asustando a su nueva amiga. Debería haber sabido que Mace tenía a otra mujer. Alguna pobre esposa de la Marina, que esperaba su vuelta a casa para las fiestas.
—¿Cuál es su nombre?
—¿El de quién?
—Coño, el de la niña agradable de Mace.
Sissy levantó una ceja.
—Hablo de ti, querida.
—¿Yo? —Ahora era el turno de Dez de estar asustada—. No soy agradable, Sissy Mae. No soy pequeña. Y Mace no me tiene.
Ella esperó a que Sissy dijese algo, pero para aumentar su malestar, la mujer solo cruzó los brazos sobre su pecho y la miró.
«Perra».
* * *
Smitty mordió su pan de centeno con pastrami caliente y mostaza sazonada. Mace casi se rió del éxtasis absoluto en la cara del hombre.
—¿Te gusta?
Él alzó los pulgares, ya que Smitty disfrutaba de su comida demasiado para con-testar. Durante los diez minutos siguientes los hombres comieron sin hablar ni una vez. Aunque se gruñeran realmente de vez en cuando el uno al otro.
Cuando sus platos estuvieron limpios, se reclinaron con sus refrescos y suspira-ron con satisfacción.
—Así que, colega. ¿Realmente le has dicho que estás enamorado de ella?
—Ella no me deja. Cuando intenté hacerlo me tiró por una escalera.
—¿Y no estás preocupado por eso?
—No había muchos peldaños.
—Mace … —Smitty se frotó los ojos con el pulgar y el índice—. Ella no es un pueblo de rebeldes armados hasta los dientes, ¿sabes? No puedes invadirlo sin más al abrigo de la noche.
—Pero tengo que hacerlo. Y voy a hacerlo. Otra vez. Tantas veces como tenga que hacerlo. Hasta que ella confiese que está loca por mí.
—¿Y si ella no lo está?
—¿Si ella no está qué?
—Loca por ti ¿Entonces qué?
Él no quería pensar en eso. No podía. La amaba demasiado para pensar en ello. Para preocuparse porque ella no le amara. La verdad es que él siempre podría encontrar otra mujer, pero aun así siempre estaría solo. Él estaría solo porque no tendría a Dez.
Mace miró a Smitty y se encogió de hombros.
* * *
Dez contestó a su teléfono.
—MacDermot
—Soy Vinny.
Dez cerró de golpe su teléfono y tomó otro mordisco del pastel de chocolate.
—¿Problemas? —preguntó Sissy mientras estudiaba toda la actividad en la aglomerada calle de Village.
—¡No!
El teléfono sonó otra vez. Dez lo contestó.
—MacDermot.
—No cuelgues.
Dez colgó y tomó un sorbo de su café.
—¿Cuánto vas a torturarlos? —Dez le había contado a Sissy lo de sus amigos que irrumpieron en su casa y pusieron un arma sobre Mace. Aunque excluyera la asombrosa mamada que ella le había dado con antelación.
—Hasta que aprendan.
—Suena como si tratasen de protegerte. Los amigos así son difíciles de encontrar, querida. Deberías estarles agradecida.
—Lo estoy.
—¿Pero vas a hacerlos sudar de todos modos?
—Sí. —El teléfono de Dez sonó otra vez. Ella echó un vistazo al número del que llamaba. Le pareció familiar, pero no era uno de los muchachos a menos que hubie-ran agarrado el teléfono de alguien más—. MacDermot.
—¡Tú, jodida perra!
Dez sonrió abiertamente.
—Señorita Brutale. ¿Cuál es el problema?
—¿Por qué está la policía aquí? ¿Por qué están levantando los cimientos de mi jodido club?
—Caramba. No sé. —Dez lamió su tenedor cubierto de chocolate.
—¡Y una puta mierda, perra! Lo has hecho tú. Y si piensas durante un segundo que voy a dejarte hacer esto…
Ella no estaba sorprendida de que Brutale estuviera enojada. Dez oyó al fondo al oficial responsable de la investigación. Un enorme policía motorista, de la vieja es-cuela, llamado Crushek, o Crush si te gustaba jugar con fuego. Varios de sus camareros y camareras estaban detenidos por posesión con la intención de traficar. Cerrarían el club durante al menos una noche, si no más tiempo, dependiendo de la influencia política de Brutale.
—Pues no me amenace.
—No entiendo.
—Tal vez debería preguntar a su hermana. Anoche parecía tener un verdadero problema con mi presencia en su club.
El silencio que Dez recibió del otro lado del teléfono envió un escalofrió por su columna. No por ella, sino por Anne Marie Brutale. No envidiaba a la muchacha. Tenía la sensación de que a Gina no le gustaba que su hermana se involucrase en su vida.
—Entiendo.
Brutale colgó. Dez se estremeció. No, no envidiaba a Anne Marie ni un poco. Por supuesto, la verdad es que tampoco lo sentía por ella. Después de todo, la mujer había tratado de matarla. La perra había hecho su puñetera cama. Ahora podía dormir en ella.
—¿Todo bien, querida?
—Para mí sí.
El teléfono de Sissy sonó. Ella lo contestó, y cuando Dez advirtió que era una llamada más bien tensa de una de sus otros hermanos, decidió dar a Sissy un poco de intimidad. Con su taza en la mano, paseó despacio por delante de la cafetería. Un lugar bonito que tenía estupendos horarios, ya que no cerraban hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Ella venía tan a menudo, que muchos del personal la conocían por el nombre. Siguió andando hasta encontrarse delante del callejón al lado de la cafetería. Era un café bastante grande, con una entrada en el frente y otra entrada lateral que conducía al callejón. Una gran pared de ladrillo separaba la cafetería y el edificio al lado de ella. Una puerta metálica extrañamente colocada estaba en el medio.
Dez se paró y miró fijamente de manera descarada. ¿Cómo podía no hacerlo? Conocía a la mujer. Anne Marie Brutale. Y reconoció al hombre. ¿Cómo podía olvidar a un tipo que había detenido? ¿Sobre todo un tipo que le rompió una de sus costillas durante la detención? No estaba segura sobre su nombre. Algo irlandés.
Tenía a Anne Marie acorralada contra la pared, con un brazo apoyado sobre su cabeza. Él se inclinó hacia ella y ella le ofreció una extraña sonrisa sádica y sacudió la cabeza. La mano libre de él subió por el brazo de ella, a través de su clavícula, hasta agarrarle salvajemente su garganta.
—Haz lo que te digo.
Anne Marie siseó y Dez supo que veía colmillos, incluso desde aquí.
—Dez, vamos.
Dez giró su cabeza para echar un vistazo a Sissy Mae, que había comenzado a caminar bajando por la calle. Cuando se volvió hacia el callejón, tanto Anne Marie como su mascota criminal se habían esfumado. Dez miró a su alrededor. No com-prendía nada. No podían haber pasado a su lado.
Sus ojos se centraron en las dos entradas. Una conducía a la parte trasera del ca-fé. La otra conducía a la pared de ladrillo. Una parte de ella estaba picada por ver qué ocurría allí. Picada por averiguar por qué una Princesa de Jersey como Brutale perdería el tiempo con los bajos fondos. Algo profundamente dentro le dijo que no estaban jodiendo, sino haciendo algo temible y peligroso. Y ella sería una idiota por ir y seguirlos.
—Dez, vamos, cielín.
Dez miró fijamente en el callejón unos segundos más, luego siguió a Sissy.
* * *
Desde el banco, Dez miró a Sissy Mae deslizarse por el hielo. Impresionada, no tenía ni idea de que Sissy pudiera ser tan… grácil.
Gracioso, después de treinta y seis años, esta era la primera vez que Dez acudía al Rockefeller Center durante la Navidad. Odiaba las muchedumbres, los turistas y el Señor sabía que no patinaba. Pero Sissy Mae y Smitty querían venir con tantas ganas, que no tuvo corazón para decirles que fuesen por su maldita cuenta.
Sissy Mae se deslizó otra vez. Se movía con total confianza y habilidad. Podía ver a los patinadores más jóvenes mirando a Sissy con admiración. Hasta que su hermano la hizo caer. Dez se cubrió la boca y trató de no reírse. Aunque ver a Sissy tumbada, boca abajo en el hielo frío, lo hizo muy difícil.
Dez miró a la mujer más joven gruñir, arrastrarse hasta colocarse de pie y salir tras su hermano. Nunca había visto a dos hermanos jugar de forma tan ruda. Sissy Mae se lanzó contra Smitty, que aterrizó de espaldas. Usando su cuerpo ella lo hizo girar por alrededor, golpeándolo en el suelo mientras todavía lo atacaba.
—Mierda.
Comenzó a levantarse, preocupada ante la posibilidad de que fueran a la cárcel y dispuesta a impedirlo, cuando la mano de Mace, en su hombro, la hizo caer en su regazo.
—Déjales en paz, cariño. Siempre se ponen así.
Dez cerró los ojos ante la sensación del pecho de Mace contra su espalda.
—¿Sabes, Dez?, nunca contestaste a mi pregunta… ¿me has echado de menos hoy?
—No.
—Mentirosa.
Sí. Era una mentirosa. Lo había echado de menos toda la tarde. Había pasado un buen rato con Sissy Mae, pero seguía pensando en ver a Mace más tarde. Verle des-nudo.
Él, besó la parte posterior de su cuello, y Dez luchó contra el impulso de arrastrar a Mace al cuarto de baño más cercano.
—¿Me has echado de menos tú a mí, Capitán Ego?
—¡Oh, sí! —Él apretó su presa alrededor de su cintura mientras se inclinaba más cerca de ella—. Eché de menos ese pequeño sonido que haces cuando paso mis dientes a través de tu clítoris. Y la forma en que sabes en mis dedos y lengua. La forma en que clavas tus uñas en mi espalda cuando te corres y esa pequeña cosa que haces con tus caderas cuando bajo en ti…
—Para.
—¿Que pare? ¿Estás segura?
—Sí. Estoy segura. —Si él no se detenía, se correría allí sentada en su regazo, sin que el hombre le hiciera ni una maldita cosa.
* * *
Mace cerró los ojos. Gracias a Dios que le había dicho que parase. Mucho más y él tendría sus vaqueros bajados y su pene dentro de ella delante de toda Nueva York. Tenía que volver a su casa. O a un hotel. O a un callejón. Tenía que joder a su mujer y pronto. Infiernos, había traído incluso un condón por… ya sabes… por si acaso.
Él oyó gritos de asombro alrededor suyo. Mace levantó la mirada a tiempo de ver a Sissy Mae hacerle a su hermano una llave y golpearle de cara contra una puer-ta.
—¿Cuánto tiempo más pueden seguir así?
—Horas.
—No puede estar bien. ¡Ah, mierda! Seguridad.—Dez comenzó a levantarse otra vez, pero él la atrajo de nuevo hacia abajo.
—Realmente desearía que ahora mismo no te movieras.
—Pero yo … —Ella se detuvo cuando él tiró de ella hasta ponerla más cerca de su erección a punto de estallar—. ¡Ah!
—Sí. Ah.
—Bien, ¿y Sissy y Smitty?
—Pueden cuidar de sí mismos.
—Francamente, Mace, ¿no puedes controlar esa cosa?
—Por lo visto, no contigo alrededor. —Él se frotó la parte posterior de su cuello con la mano—. Venga, vamos a salir aquí Dez.
Ella lo miró por encima de su hombro. Él vio la lujuria en sus ojos. Una lujuria tan fuerte como la suya. Ella abrió su boca para contestar, pero paró cuando su telé-fono móvil se puso en marcha.
—Dios, maldición —espetó ella furiosamente cuando contestó a su teléfono—. MacDermot. —Ella asintió con la cabeza.
—Sí. Bien. Bien. —Ella echó un vistazo a su reloj—. Sí. Bien. Sí. —Ella cerró el teléfono—. Tengo que ir a ver a Bukowski a un bar.
—¿Estás bromeando, verdad?
—Nop. Quiere hablarme sobre el caso de Petrov.
—¿Y no puede hacerlo por teléfono? —Realmente tenía que dejar de gruñirle cuando estaba enojado y celoso. No hacía más que cabrearla.
—Sí. Podría. Pero probablemente también quiere pedir perdón y eso no lo hará por teléfono. —Sin embargo, ella no parecía enojada por el tono de Mace. En cambio, actuaba como si esperase que el otro zapato cayese … o más bien se lo tirasen en su cabeza. Pasaba algo y él no tenía ni idea de qué.
Dez frotó la parte posterior de su cuello.
—Sabes, lo entenderé si quieres…
—¿Si quiero qué?
—Bien, si tienes cosas que hacer o algo. No pretendo que me esperes mientras me ocupo de esto.
¿Por qué diablos no iba él a esperarla? Ella no se escapaba a una de esas tonterías benéficas que su hermana presidía o se marchaba a Milán para ver partidos de polo como solía su madre —aunque la verdad es que solo asustaba a los pobres caballos. No, Dez tenía un caso de asesinato que tenía su nombre ligado a él. Todavía se maravillaba ante el hecho de que no hubiera huido gritando lejos de él, una vez que había sabido la verdad. Que no hubiera ido directamente a su oficial en jefe a explicarle la historia al completo, e hiciese encerrar a Mace en el zoológico local. En cambio ella le había dejado joderla hasta que ambos apenas habían podido mantenerse en pie, y luego ella lo había jodido a su vez.
—Dez, con la única que quiero estar en este momento eres tú.
Ella se apartó de él.
—¡Ah!
—¿Quieres que te espere… en tu casa? —Él se estremeció. Casi dijo «nuestra ca-sa».
—No. Asustarás terriblemente a mis pobres perros. No estoy segura de que pue-dan aguantar mucho más.
Smitty y su hermana estaban de pie ante ellos.
—¿Podéis creer que nos pidieron que nos marchásemos? —preguntó Sissy.
—Venga, vosotros dos. Quitaos los patines. —Dez se levantó con la mano hundi-da en el pelo de Mace. Un acto inconsciente que hizo a Mace quererla incluso más—. Ahora vamos a un verdadero bar de policías.
—¿Como en «Policías de Nueva York»? —Sissy realmente aplaudió con ambas manos.
Dez puso los ojos en blanco hacia Mace, mientras su mano acariciaba su pelo.
—Si eso te gusta, Sissy. —Ambos se encogieron cuando Sissy chilló.
* * *
Dez agarró la puerta del Bar McCormick, se detuvo y miró a Sissy, Smitty y por fin a Mace.
—Bien, vosotros tres. Tengo que trabajar con esta gente. Nada de gresca. Nada de gruñidos. Nada de ronronear. Nada de amenazas de arrancar partes del cuerpo. —Miró directamente a Mace—. Nada de agarrar partes de mi cuerpo. Ni de avergon-zarme. Ni de cabrearme. ¿Queda claro?
El trío la contempló. Con un suspiro, abrió la puerta y entró. Estaba abarrotado con policías de dos comisarías de los alrededores, todos tratando de pasar algún tiempo de ocio antes de irse a casa con sus familias.
—Volveré enseguida. —Tiró de la manga de la chaqueta de Mace—. Y tú sé agradable.
—No estoy seguro de que me guste lo que eso implica.
Dez se abrió paso entre la muchedumbre, saludando a amigos y conocidos. Ella adoraba este bar. Adoraba estar con otros policías.
Descubrió a Bukowski con Crush y se dirigió directamente hacia ellos.
* * *
—Voy a sacar a la Jauría mañana por la noche de clubes. Todos deberíais venir. Es decir, si puedes sacar la cara de los muslos de Dez el tiempo suficiente.
Recordando la orden de Dez de que no hubiera ninguna pelea a puñetazos, Mace en cambio señaló a Sissy Mae.
—¿Qué es exactamente lo que hace tu hermana?
Smitty se dio la vuelta para ver a su hermanita felizmente rodeada por cuatro miembros del SWAT.
—¡Sissy Mae Smith!
Mace miró a Smitty alejarse furioso para rescatarla de los cuatro hombres.
—Oye, ¿No es a ti a quien casi detuvimos hace un par de noches? —Mace se giró para encontrarse a dos mujeres mirándole.
—No —Señaló a Smitty—. Vosotras casi le detuvisteis.
* * *
—¡Ese es al que vi! Patrick Doogan. Le trinqué hace aproximadamente siete años. Mi último año de uniforme.
Crush tomó un trago de tequila, sus grandes músculos se ondularon con el es-fuerzo. El hombre parecía una pequeña montaña. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Tuve una conversación hoy con una de mis informadoras. Una prostituta. Me dijo que él se jactó ante ella de que se cargó a Petrov.
—¿Por qué? —Bukowski hizo la pregunta, pero Dez sabía por qué. Ahora en-tendía que Doogan y Mace eran lo mismo. Al menos de especie.
—Por lo visto quiere a Missy Llewellyn.
—¿Así es que mata a su contable? ¿Por qué en cambio no intenta citarse por In-ternet?
Hombre de pocas palabras, Crush no dijo nada.
—Lo que me tiene loco —admitió Bukowski, contemplando su cerveza— es co-mo funciona esa cosa del pulgar de la garra.
Dez planeaba asegurarse de que Bukowski se fuese a la tumba cincuenta años después sin entender cómo funcionaba esa «cosa del pulgar de la garra». Sabía que nunca sería capaz de asimilarlo.
—Todo esto es realmente interesante, chicos, pero estoy fuera del caso.
Bukowski y Crush se miraron el uno al otro. Entonces Crush se levantó y se mo-vió pesadamente hacia la barra.
—Vamos, Dez. Soy yo. Pensaba que antes solo te estabas burlando de mí. Quiero decir, ¿cuándo te has echado atrás en un caso? Pareces un pit bull rabioso.
—Esta vez no.
—¿Esto es por Llewellyn?
Por una vez, él no pareció cabreado cuando mencionó el nombre de Mace.
—Bueno, hace realmente cosas un poco extrañas. No quiero que nadie diga que meto mis narices donde no me llaman. Así que estoy fuera del caso.
—¿Por qué no me lo dijiste por teléfono?
—Porque pensé que podrías tener algo más para decirme.
Él se encogió de hombros.
—Acerca de lo de hoy… —Él miró en su cerveza—. Lo siento.
Dez le dio una patada bajo la mesa.
—Lo sé.
—¿Entonces volvemos a estar bien?
—Sí. Solo permanece fuera de mi vida amorosa.
—Bueno, nunca antes habías tenido una, así que estaba un poco aturdido.
Dez sonrió con satisfacción.
—Idiota. —Ella se levantó— ¿Te pasarás por mi casa durante la Navidad? —Una tradición habitual para los compañeros. Los niños de Bukowski adoraban sus regalos y jugar con sus perros, y le daba a Dez la oportunidad para ponerse al día con la esposa de Bukowski, Mary.
—Sí. Esto me da una excusa para alejarnos de los parientes políticos. Además, Mary tiene un regalo para ti.
—Eso es guay. Yo tengo algo para los niños.
—¿Tienes de verdad regalos este año?
—Siempre tengo regalos para tus niños. Es de los niños de mis hermanas de los que siempre me olvido. —Los compañeros se rieron el uno del otro—. Me piro, B.
—Bien. Te avisaré si aparece algo interesante.
—Bueno. Y le diré a Mace que le deseaste felices fiestas.
—Sí. Hazlo.
Ella se estremeció ante su mofa. Ningún amor perdido entre esos dos. Dez se abrió camino de regreso por la muchedumbre. Encontró a Smitty a punto de comen-zar una pelea a puñetazos con la mitad del equipo de los SWAT, a Sissy coqueteando con un par de tipos de la brigada antivicio y a Mace charlando con dos de sus compañeras oficiales femeninas, lo que no le gustó nada. Sacudió la cabeza. No le extrañaba lo que amaba a sus perros. Porque la gente nunca escuchaba. Dez agarró Sissy de una mano, tomó a Smitty por el cuello de su chaqueta con la otra y tiró de ambos hacia la salida. Cuando pasaba, le dio una patada a Mace en el tobillo.
—Muévete.
Para cuando llegó con los hermanos la puerta Mace estaba de pie a su lado.
—¿Mis reglas no estaban claras?
Smitty y Sissy se señalaron el uno al otro.
—Comenzó ella.
—Comenzó él.
Con un suspiro ella se volvió a Mace.
—¿Y qué demonios hacías tú?
Mace sonrió.
—Ser agradable.
Dez gruñó cuando Smitty agarró el brazo de su hermana.
—Nosotros nos vamos. Hablaremos de todo mañana. —La arrastró, llamó a un taxi y literalmente lanzó a la mujer dentro.
Dez cruzó los brazos sobre su pecho.
—Patrick Doogan.
—¿Qué pasa con él?
—¿Está detrás de tu hermana?
—Podría decirse así.
—Mace, él es un problema. Ese hombre tiene una hoja delictiva más larga que tu polla.
—Guau, eso es enorme.
Dez suspiró.
—Deberías concentrarte.
—¿Qué puedo decirte? Esas cosas surgen solas.
—No sé nada de eso. Le vi mientras estaba con Sissy. Hablaba con Anne Marie Brutale. No sé como funciona todo eso de la política con tu gente, pero no me parece demasiado bueno.
Mace sacudió la cabeza.
—Sí… esto no es bueno.
—¿Entonces qué hacemos?
—Nosotros no haremos nada. Yo llamaré a mi hermana. —Sacó su teléfono móvil—. Ahora, solo permanece ahí y ya sabes, muéstrame lo mona que eres.
Ella gruñó con exasperación mientras Crush salía de la barra. Saludó a Mace.
—Tú y un león… bueno, eso está bien, MacDermot. —Entonces se fue.
Ella se volvió hacia Mace.
—¿Crush?
Mace asintió.
—Oso.
Observó como Mace se dirigía hacia su todoterreno, diciéndole a su hermana que se callase y escuchara.
—¿Hay osos?

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:20 pm

Capítulo Nueve


Dez entró en su casa con Mace tras ella. No había dicho mucho en el camino de vuelta desde Brooklyn. Ella le había hecho preguntas sobre muchas cosas diferentes, incluyendo a los Doogan, pero no había obtenido como respuesta más de una pala-bra o dos.
Una vez dentro, Dez oyó cerrarse su puerta delantera. Se giró para preguntarle a Mace si quería una bebida o algo, cuando la gran mano de Mace agarró su chaqueta de cuero y tiró de ella hacia él. Su boca cayó sobre la suya, su chaqueta se escurrió por sus hombros hasta deslizarse por su espalda.
—Pensé que nunca llegaríamos aquí —gruñó él contra su cuello.
—El tráfico de la ciudad. Un asco, ¿verdad?
Él la llevó hacia atrás hasta que los tobillos de ella golpearon las escaleras y en-tonces la empujó hacia abajo. Dez observó como él le quitaba las zapatillas de deporte y los vaqueros. Esta vez no había movimientos suaves o controlados en Mace. Ella podía sentir verdaderamente su desesperación y le encantaba. Él la quería, y no iba a estar feliz hasta que la tuviera.
Sus bragas fueron lo último en irse, luego Mace cayó de rodillas, enterrando la cabeza entre sus piernas. Su lengua seca y áspera se deslizó a lo largo de los húme-dos pliegues de su sexo. Los ojos de Dez casi se le pusieron totalmente en blanco cuando todo su cuerpo se arqueó. No sabía que algo se podía sentir tan bien.
Sus grandes manos se deslizaron bajo el trasero de ella, alzándolo de forma que tuviera mejor acceso a ella. Continuó lamiendo hasta que sorbió su clítoris en la boca.
Dez tendió las manos hacia arriba y agarró las barandillas de la escalera, alzando su cuerpo del suelo. «¡Joder! ¡Joder!» Realmente no podía pensar en nada más elo-cuente que decir. Estaba perdida en ese lugar al que Mace la llevaba. El lugar donde seguía llevándola. Otra vez. Y otra vez. Y otra.
* * *
Mace no había pretendido ser tan brusco con ella. No había pretendido agarrarla y follarla en su maldita escalera. Pero maldición, no había podido evitarlo. Todo el viaje desde la ciudad había sido un completo infierno. Seguía oliéndola, seguía oyendo esa maldita voz mientras ella le hacía preguntas. No podía siquiera recordar lo que le había preguntado. No con esa voz suya raspando cada palabra. La forma en que su mano izquierda estaba apoyada en el volante y su derecha seguía retirándose el pelo de la cara.
Finalmente todo lo que pudo conseguir fueron respuestas monosilábicas a todas sus preguntas, y no tenía ni idea de si lo que le había dicho era siquiera remotamente cierto. Nunca había querido nada o a nadie tanto como la quería a ella. No tenía ni idea de que conseguir follar a Dez le haría quererla más. Pensaba que sería exactamente lo contrario. Había estado tan malditamente equivocado.
—¡Joder! ¡Joder! —Realmente le encantaba oírla correrse. Se convertía en esa chi-ca dura del Bronx que conocía tan bien. No esa detective bien educada que sabía cómo esconderse detrás de su placa. Cuando ella se corría, su cuerpo y su alma eran suyos. Si le añadía a eso su voz, estaba en el cielo absoluto.
Ella agarró los hombros de su jersey y tiró de él hacia la parte superior de su cuerpo. Ella todavía tenía puesto su jersey de los marines. Quería quitárselo, de for-ma que pudiera llenarse la boca con sus tetas, pero ella parecía igualmente ansiosa. Su cuerpo se retorcía bajo él mientras se alzaba y le besaba fuerte. Le desabrochó los pantalones, y le bajó los vaqueros más allá de las caderas. Él se alzó y se bajo los vaqueros tanto como fue necesario, mientras sacaba el condón del bolsillo trasero. Se lo puso volando en la polla dolorosamente dura y se enterró en ella.
—¡Dios, Mace! —Él le agarró fuerte por las caderas, se salió y luego volvió a en-trar de golpe. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le hincó los dientes en la garganta. No hubo más palabras entre ellos, solo el sonido de su sexo. Los sonidos de él tomando su cuerpo una y otra vez. Ella se lo permitió, agarrándole fuertemente y animándole con sus gruñidos.
El orgasmo de él comenzó a acercarse rápidamente, pero no se permitiría llegar. No hasta que tuviera allí también a Dez. Por suerte, ella estaba completamente abier-ta a él. Tan malditamente lista para su pene, que comenzó a correrse tan de repente que ambos se quedaron sorprendidos. Un segundo simplemente se agarraba a él con todas sus fuerzas y al siguiente gritaba y sollozaba en su cuello. Entonces él se dejó ir. Dejo a su cuerpo correrse fuertemente, sabiendo que esta noche estaría de vuelta dentro de ella tantas veces como pudiera.
Le llevó un segundo darse cuenta de que rugía. Como un león que se hubiera ti-rado a la hembra dominante de la Manada. Él rugió y ella lo agarró más fuerte. Cuando se derrumbó sobre ella, ella envolvió fuertemente su cuerpo con sus brazos y piernas y suspiró.
Después de unos pocos minutos se alzó sobre los codos. Bajó la vista al rostro de ella. Los ojos cerrados, una débil sonrisa en sus labios.
—¿Debería disculparme?
Sus ojos se abrieron y esas bellezas grises se concentraron en su cara.
—¿Por qué demonios?
—Por no tratar de llevarte a una cama real.
—No te atrevas.
Ella le pasó las manos por el pelo. Antes de darse cuenta le tenía ronroneando. Ninguna mujer antes le había hecho ronronear solo por acariciarle el pelo.
Dez le besó la mejilla. Le mordisqueó el oído.
—Además —susurró ella— las camas están sobrevaloradas.
* * *
Dez escuchó los mensajes de su teléfono móvil mientras Mace volcaba el helado de gourmet de chocolate negro que había comprado esa mañana en dos tazones. Des-pués de unos pocos minutos ella cerró el teléfono y agarró un tazón y una cuchara.
—¿Todo bien?
A fin de disfrutar una sesión de sexo más tranquila en el canapé, se habían qui-tado finalmente las ropas. Los vaqueros, jersey y zapatillas de deporte de ella estaban dispersos por la casa. Pero la pistola de Dez, las esposas y la placa estaban seguras en la isla de metal contra la que ahora se inclinaba. Su posición le permitía el disfrute absoluto de contemplar a Mace caminar desnudo por su casa.
—Sí. Tres mensajes de Vinny y los chicos. Se sienten culpables.
—Tienes amigos protectores.
—Solíamos cuidar los unos de los otros cuando estábamos en Japón.
—¿Saliste con alguno de ellos?
Dez casi se ahogó con el helado cuando comenzó a reírse con fuerza.
—¿Estás bromeando?
La mirada que le echó sobre su cuchara le dijo que no, que no estaba bromeando. Se aclaró la garganta.
—No estoy segura de por qué debería importarte, Mace.
—Porque les hice hoy una oferta de trabajo y odiaría rescindirla porque uno de ellos te hubiera follado.
—¿Una oferta de trabajo para qué?
—Smitty y yo vamos a comenzar un negocio.
—¿Algo dentro de la seguridad personal y de empresas de alto nivel o simple-mente vais a ser cazarrecompensas?
Mace se enderezó por la sorpresa.
—¿Cómo lo has sabido?
—Vamos, Mace. Has querido salvar el mundo desde que te conozco. Supongo que tiene sentido. Exprimirás a los ricos y famosos, lo que te permitirá ayudar a aquellos que normalmente no podrían permitirse tus honorarios. Los policías no pueden evitarlo. A menos que de verdad estés planeando convertirte en cazarrecom-pensas.
—No me veo siendo un cazarrecompensas. El tener a los criminales atados en mi camión me molestaría. Porque la verdad es que preferiría dispararles en la cabeza.
—Bueno, será divertido contemplar tu vuelta a la sociedad normal. —Dez pensó silenciosamente en ello durante un minuto—. ¿Sabes?, esto verdaderamente os puede funcionar. Con tus conexiones familiares y el encanto de Smitty... los dos podríais hacer mucho dinero.
—¿Su encanto? ¿Qué hay del mío?
Sabía que él no apreciaría su estallido de risa histérica pero, ¿a quién demonios estaba engañando? El encanto del hombre estaba en su falta de encanto. Se aclaró la garganta de nuevo.
—Lo siento.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿Sobre los chicos? No, Mace, nunca salí con ellos. —No salió con nadie mien-tras estaba con los militares.
Tenía demasiados amigos hombres. Sabía que todos se liaban con las mujeres y se convirtió en su misión el no terminar en el lado malo de la situación. Así es que trabajó duro y mantuvo sus piernas cerradas durante cuatro años. Una vida solitaria, pero se acostumbró a ello.
—Bien.
—Me alegro de haberte proporcionado tal alegría. —Dez echó un vistazo alrede-dor. Había sacado la comida de los perros y todavía no habían aparecido para co-mer—. ¿Dónde demonios están Sig y Sauer?
—Bajo la mesa —refunfuñó Mace mientras se concentraba en su helado. Con un ceño fruncido se acuclilló y miró bajo la mesa de su cocina. Y ahí estaban ellos... en-cogiéndose de miedo.
«Pobrecitos.»
—A este ritmo van a morirse de hambre.
—Se acostumbrarán a mí.
Dez decidió ignorar esa frase y lo que implicaba. En cambio se puso en pie e hizo finalmente la pregunta que había querido hacerle durante horas. Tomó otra cucharada de helado.
—Smitty es como tú, ¿verdad?
Mace la miró.
—¿Por qué dices eso?
—Por un montón de razones. Pero principalmente porque tiene un punto sensi-ble.
—Todos los hombres tienen un punto sensible. Algunos de nosotros tenemos varios.
—No ese punto sensible. —Ella bajó la mirada al resto de su helado. Como ya estaba llena se lo tendió a Mace. El hombre tenía un apetito asesino—. Tiene uno en su nuca. Si se lo rascas su pierna se sacude.
Mace dejó de golpe el tazón sobre la encimera. Por alguna razón desconocida ella no saltó. Sin embargo, sí le miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Hay algo entre tú y Smitty?
¡Oh! Había perdido la razón.
—Por supuesto que no. Solo es que una se siente muy cómoda con él... parecido a estar con mis perros. —Agarró el brazo de Mace—. ¡Oh, Dios mío! ¿Es un perro?
—Lobo. Y si quieres salir con él puedes, ya lo sabes.
—Qué…
—¿Sabes qué? Estoy mintiendo. No, no puedes.
Dez se quedó mirando a Mace. «Mierda, el hombre está celoso».
—Lo primero, no quiero salir con Smitty. Habla demasiado lento. Tendría que matarlo. Y segundo, ¿qué quieres decir con que no puedo salir con él? Puedo salir con quien quiera.
Esta tenía que ser la discusión más estúpida que podían tener dos personas cre-cidas pero, claramente, a Mace no le importaba. Y aparentemente a ella tampoco.
Mace caminó hasta detenerse ante de ella. Colocó un brazo a cada uno de los la-dos de ella, con la isla a su espalda.
—Dejemos claro esto ahora mismo, mujer. Tú y yo... somos una pareja.
—No estoy de acuerdo.
—No me importa.
Dez dejó escapar un suspiro exasperado y fue a pasarse las manos por el pelo, pero Mace la agarró de las muñecas.
Ella intentó liberarse los brazos, pero él siguió agarrando fuerte.
—Mace, no funciona de esa forma. No estamos juntos porque tú digas que lo es-tamos.
—Sí, pero si nos ena…
Con una fuerza que no tenía idea que poseía, Dez se soltó un brazo y colocó de golpe la mano sobre la boca de Mace. Fuerte.
—No. Te. Atrevas.
Unos ojos dorados se la quedaron mirando fijamente. Poca gente sabía cómo leer los ojos de Mace. Normalmente simplemente alucinaban a todo el mundo. Pero ella siempre conocía los sentimientos de Mace por lo que veía en sus ojos. Como ahora mismo sabía que le había hecho daño.
—¡Ay, Mace, no te sientas dolido! Por favor. Simplemente no... no podemos... no.
Suspirando pesadamente Mace apartó la mano de ella de su boca y le besó los dedos. Tomó ambos brazos de ella y los dejó caer a los lados mientras la atraía más cerca. Bajó su frente hasta que tocó la de ella.
—Entiendo.
—¿De verdad? ¿En serio?
—Sí. En serio.
Entonces ella un oyó un sonido metálico mientras Mace se apartaba de ella un paso. Ella tiró de sus brazos y se dio cuenta de que el hijo de perra la había atado a uno de los gruesos soportes de metal que estaban sujetos a la isla de la cocina.
—Entiendo que necesito convencerte de que estamos destinados a estar juntos.
—Mace Llewellyn. ¡Déjame ir! ¡Ahora! —Sus perros salieron como un rayo de de-bajo de la mesa y subieron corriendo las escaleras.
—¡Cobardes! —bramó tras ellos.
* * *
Mace contempló a Dez tratar de descubrir cómo liberarse de sus esposas. La mujer simplemente continuaba confundiéndole. Un segundo parecía que no podía vivir sin su toque y al siguiente esperaba que ella empujara su trasero por la puerta principal tan pronto como se corriera.
Los totalmente humanos eran puñeteramente difíciles de leer.
—¡Cuando me suelte voy a patear tu culo gringo por toda esta jodida cocina! —Bueno, esa chica del Bronx seguro que había vuelto en busca de venganza.
Mace extendió una mano y rozó ligeramente su seno con la punta de los dedos. Las rodillas de la mujer se doblaron. La agarró por la cintura, preocupado de que se pudiera golpear al caer al suelo.
Ella le gruñó.
—¡Apártate de mí, Mace! ¡Y deja de mirarme fijamente!
—Tan confundida —refunfuñó él más para sí mismo que para ella.
Él bajó el brazo y deslizó dos dedos dentro de su tenso sexo. La cabeza de ella cayó contra el pecho de él.
—¡Maldición, Mace!
Él la ignoró y en cambio dijo:
—¡Cristo, Dez! Estás tan mojada.
—No lo estoy. —Excepto que lo gimió. Él salió de ella y esta vez ella gimió de desi¬lusión. Él deslizó sus dos dedos por uno de sus pezones.
—Sabías tan bien antes. —Él bajó la cabeza a su seno y, antes siquiera de tocarla, oyó cómo Dez contenía bruscamente el aliento.
—No… —susurró ella—… , no, Mace.
—Vamos Dez. Solo probar un poco. —Él se metió el pezón en la garganta. El cuerpo entero de ella se sacudió y él tuvo que pasar un brazo bajo sus nalgas para evitar que cayera al suelo.
El cuerpo de Dez respondió inmediatamente. Su aliento se escapaba en jadeos cortos y duros. Su pecho se alzaba para darle mejor acceso a sus senos. Sus jugos fluían por sus muslos y a través de la mano libre que él tenía entre sus piernas.
—Maldito gato tramposo.
Sonriendo alrededor de la carne tensa que tenía cómodamente acomodada en su boca, él alzó su mano libre y apretó el otro pezón. No tenía que ponerlo duro, ya lo estaba.
—¡Mierda, Mace! —Esa voz brutal gritó su nombre y él se dio cuenta que necesi-taba estar dentro de ella de nuevo. También podría implantarse quirúrgicamente, porque no podía pensar en ningún otro lugar donde quisiera estar nunca más. No, si Dez no estaba allí con él.
—¿Todavía quieres que pare, Dez?
—¡Dios!, no pares, Mace. No... —Él chupó más fuerte y el cuerpo de ella comenzó a romperse alrededor de él—. No pares nunca —suplicó ella. Entonces todo su cuerpo se convulsionó y ella se corrió fuertemente. Casi le lanzó al otro lado de la habitación. Sin embargo se agarró a ella. Siguió chupando y tirando de sus pezones hasta que ella se corrió de nuevo.
Él la liberó y ella se encorvó contra él. Agarró las llaves de las esposas que esta-ban con su placa. Abrió las esposas y sostuvo su cuerpo doblado contra él. Los bra-zos de Dez se enredaron alrededor de su cuello y él la alzó fácilmente, impulsando a sus piernas para que le rodearan la cintura.
Con eso se giró y se dirigió a subir las escaleras.
* * *
—No te atrevas a quedarte dormida sobre mí, Dez —susurró él contra su oído—. No estamos ni siquiera cerca de haber terminado.
Dez se estremeció de anticipación por las promesas que contenía esa frase mien-tras Mace la llevaba escaleras arriba hacia su dormitorio. Y si no estuviera tan sexualmente abrumada, en ese momento se pegaría una patada en el culo. Estaba haciendo que se colara por él. Y lo estaba consiguiendo. Se estaba colando rápida-mente y con fuerza. «Y cuando te cuelas tan rápido y con tanta fuerza —se dijo ella des-esperadamente— normalmente rompes algo».

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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:21 pm

Capítulo Diez


No podían ser más de las once de la mañana cuando lo oyó. El sonido más horri-ble. La clase de sonido que llevó a los hombres a matar, a destruir todo lo que ama-ban, a destruir todo.
Con un gruñido se puso en pie, fue a la ventana y la abrió de golpe. Los cantan-tes de villancicos delante de la casa le echaron un vistazo. Se veían totalmente festi-vos con sus gorros de Santa y jerséis verdes y rojos, cantando felizmente sobre Ru-dolph y su maldita nariz roja.
Mace fulminó con la mirada al grupo y rugió. Un rugido pleno, de león prote-giendo a su Manada. La clase de rugido que viajaría hasta ocho kilómetros y haría saber a otros cambiaformas que este territorio ahora le pertenecía. Los cantantes de villancicos se detuvieron, gritaron y corrieron. Cerró la ventana de golpe y se giró de nuevo. Dez estaba de rodillas desnuda sobre la cama, mirándole con unos hermosos ojos bien despiertos.
* * *
—¿Qué te pasa?
—Me despertaron. Lo odio.
—Mace, tengo que vivir aquí. ¿Y no eran de la iglesia?
—Creo que vi a un sacerdote.
Dez hundió la cabeza entre las manos. Se preguntó si haría realmente mucho ca-lor en el infierno o solo estaría un poco húmedo.
—No te preocupes, Dez. Se convencerán de que no sucedió.
Su cabeza se alzó bruscamente.
—Mira, Mace, sé que eres extraño pero, ¿crees que podrías ser un poco menos extraño?
Mace caminó calmadamente hacia ella. Todo desnudo y glorioso. El cuerpo de Dez respondió inmediatamente a lo que veía. Su aliento la abandonó en un suave suspiro, sus pezones se endurecieron y la prueba de su lujuria manó entre sus mus-los.
—Te gusto extraño. —Ella miró cómo se movía hacia ella con la gracia del animal que verdaderamente era y Dez sintió temor.
No solo por lo que podía hacer sino por lo que le hacía. Cómo le hacía sentir.
Él se detuvo al pie de la cama.
—Ven aquí, Dez.
Ella sacudió la cabeza.
—No.
—¿Estás asustada de mí?
Ella sacudió la cabeza de nuevo.
—No. —Sus ojos subieron por el cuerpo de él hasta que se clavaron en los masculinos—. Solo creo que deberías trabajártelo.
Ella se giró sobre las rodillas y se tiró de la cama. Sin embargo, nunca tocó el suelo. Mace la tenía agarrada por el tobillo y claramente no tenía intención de dejarla ir.
* * *
—¡Mace Llewellyn, déjame ir! —Intentó recuperar su pie, pero Mace no tenía in-tención de soltarla. Tiró de ella hacia atrás mientras se arrodillaba en un extremo del colchón.
—Mira ese trasero. —Lentamente la atrajo de vuelta hacia él—. Ese trasero me pertenece, ya lo sabes.
—¡No te pertenece!
—Supongo que siempre lo ha hecho. Pertenecerme, quiero decir.
—¡Mace, déjame ir!
—No. No he acabado ni remotamente con mi trasero. No estoy siquiera cerca.
La atrajo hacia su regazo, con el trasero hacia arriba. Mace miró fijamente sus nalgas. Un trasero tan encantador y perfecto. Su trasero. Se inclinó hacia abajo y besó el carrillo derecho. Entonces desenfundó sus dientes y la mordió.
Dez chilló. Mace ni siquiera sabía que su voz pudiera llegar tan alto. Ella soltó un torrente de maldiciones, algunas que nunca había oído —¿burbuja de semen?—, se estiró hacia atrás y le golpeó en el muslo.
—Acabas de morderme —ladró ella.
Mace lamió la sangre para limpiarla.
—Ajá.
—¿Rompiste la piel?
—Ajá.
Ella gimió cuando su lengua limpió la herida, sus manos agarraron el edredón.
—¿Por qué?
Mace besó su trasero justo antes de voltearla. Se encogió de hombros. La mujer hacía las preguntas más extrañas.
—Porque eres mía.
—¡Tú, irritante gato hijo de puta! —Dez trató de arrastrarse lejos de nuevo, pero Mace no le permitió apartarse ni un centímetro de él. En cambio le alzó una pierna, se la echó sobre el hombro y envolvió la otra alrededor de su cintura. La atrajo fuerte contra él, la longitud de su pene presionaba contra su sexo ardiente mientras él re-corría su tobillo con la lengua.
—Por cierto, Dez. —Ella alzó la vista hacia él con confusión y lujuria—. Me en-cantan las uñas de los pies.
* * *
Él no la oyó caerse de la cama hasta que golpeó el suelo. Mace abrió los ojos y se encontró a uno de sus malditos perros contemplándolo. Con la lengua colgando y el aliento más asqueroso que se conocía a un hombre o una bestia. Aparentemente los perros le temían menos. Según había ido pasando la tarde siguieron acercándose más y más. Probando para ver hasta dónde podían llegar antes de que él tratara de comerse a uno como aperitivo. Ahora uno tenía sus patas delanteras sobre la cama y esa asquerosa nariz húmeda casi tocándole. Verdaderamente no le gustaba cómo iba avanzando esta relación en particular. Había esperado que a estas alturas ya se hubieran escapado.
Oyó el teléfono móvil y descubrió por qué Dez había dejado su cama caliente. Podía oírla peleándose con él.
—MacDermot. Sí. Hola. Espera, cielo.
Se arrastró de nuevo a la cama a su lado. Su cuerpo desnudo frotándose contra el suyo mientras le tendía el teléfono. ¿Podría sentirse algo tan bien como esto?
—Tu teléfono. Pensé que era el mío.
—¿No es Missy de nuevo, verdad?
Dez se rió entre dientes.
—Nop.
Él le quitó el teléfono.
—¿Te caíste de la cama?
—Cállate. —Ella se giró y puso el brazo alrededor de uno de sus estúpidos pe-rros. El que estaba realmente sobre la cama. Y su mujer se acurrucaba contra eso. No debería estar acurrucándose contra el perro. Debería estar acurrucándose contra él.
—¿Qué? —le ladró al teléfono.
—Hola, Jefe.
—Hola, Smitty. ¿Cómo te va?
—Bien. ¿Todavía quedamos esta noche?
—Espera. —Mace empujó los hombros de Dez.
—¿Qué? —Ella no se giró, en cambio acarició el cuello de ese estúpido perro.
—Smitty quiere saber si quieres salir con ellos esta noche.
—¿Ellos?
—Sip. Él, Sissy Mae y su Jauría.
—Seguro.
Él miró cómo acariciaba el vientre de ese estúpido perro. ¿Francamente, qué vendría después? Olvídalo. Ni siquiera quería pensar en ello.
—De acuerdo. Vamos.
—Genial. Encontraos con nosotros en el hotel. Nos iremos desde allí.
—¿Cuándo?
—A las ocho. Cenaremos primero.
—Ahí estaremos.
Mace cerró el teléfono. Echó un vistazo a Dez e inmediatamente su pene se puso duro. Maldición, qué cosas le hacía la mujer. Debía de tener «hierba gatera» en las venas. Planeaba girarse sobre el costado y poner los brazos alrededor de ella, pero cuando trató de mover las piernas setenta kilos de carne cruda de perro se sentaron felizmente sobre sus pies. Ni siquiera se había dado cuenta de que el perro estaba en la cama.
—Mujer, hay un perro sobre mis pies.
—Es su cama.
—¿Así es como va a ser nuestra vida desde ahora? ¿Voy a tener que aguantar a estos jodidos perros en la cama con nosotros?
Dez se giró. Olía a pánico.
—¿Nuestra vida?
—Sip. Nuestra vida. Pensé que te lo había dejado claro la otra noche.
—¿Siempre eres así?
—Sí.
—Porque eso va a alterarme los nervios.
—Pues qué mal.
Ella se pasó las manos por el pelo.
—¿Sabes?, siempre odié a los gatos. De ahí los perros.
—¡Ah, sí! Definitivamente quieres algo en tu casa que se lama el culo, persiga su rabo y siga cada una de tus órdenes hasta que un coche le pase por encima.
Ella se alzó sobre los codos, y su cólera le hacía oler jodidamente increíble.
—Los perros son leales. Son intuitivos. Sacan a la gente de los edificios en llamas. Con los gatos solo esperas que no te maten mientras duermes.
* * *
Mace tenía que ser el hombre más implacable que había conocido nunca. La quería y aparentemente no tenía intención de abandonar hasta que consiguiera lo que quería. De todas formas, ¿qué haría ella exactamente con un cambiaformas de ciento cinco kilos?
Sauer gañó cuando Mace le lanzó bruscamente de la cama con una patada en su trasero peludo. Luego Mace estaba sobre ella, besándola, robándole el aliento de los pulmones. Maldición, cómo adoraba la sensación del cuerpo del hombre contra el suyo. Toda esa carne aterciopelada sobre duro músculo. Un músculo grande y duro presionaba contra el interior de sus muslos.
Y veamos. ¿Cómo se suponía que le iba a entrar el pánico por su «relación» cuando esa lengua del demonio suya, acariciaba tan suavemente el interior de su boca? ¿Y esas grandes manos suyas estaban sobre sus senos, tirando y haciendo rodar sus pezones?
Bastardo tramposo. Estaba tratando de hacerla perder el control. Confundirla. El bastardo quería que ella lo amara. « Maldición». ¿Por qué no podía ella conseguir un psicópata normal y agradable, con traumas respecto a su madre como todas las de-más mujeres de Nueva York?
Mace la volteó. Ella enterró el rostro en la almohada y agarró el cabecero dañado irreparablemente entre las manos. Él tomó un condón y luego empujó dentro de ella, apropiándose de ella... de nuevo.
Bueno, él podía olvidarse de eso de que le amara. Ella estaba completamente de acuerdo con la lujuria desesperada que la mantenía cautiva. Eso era perfectamente normal. ¿Pero amor? Ni hablar. Eso no iba a ocurrir. ¿Y el hecho de que apretara el cabecero de madera dañada tan fuerte que tenía astillas clavadas? Eso no significaba nada. O el hecho de que jadeara como un corredor de maratón en su último kilóme-tro... eso tampoco significaba nada. Al menos no para ella.
¿Y cuando ella se corrió y gritó su nombre en la almohada? Nop. Eso no signifi-caba una mierda.
«¡Ay, demonios!»


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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:22 pm

Capítulo Once


Mace se pasó el grueso jersey de lana negro por la cabeza y se lo bajó. Se sacudió el agua de la melena y se puso su nuevo reloj. Los brazos de Dez rodearon su cintura desde atrás. Presionó su cuerpo cubierto por una camiseta contra el suyo y le besó en la espalda.
La agarró las manos.
—¿Cómo están tus dedos? —Le había costado cuarenta y cinco minutos quitarle las astillas, y ella había gemido todo el tiempo. Se había ofrecido a cortarle los dedos en vez de usar unas pinzas, pero ella se había resistido a la idea.
—Ahora mejor. ¿La ducha estuvo bien?
—Demasiado pequeña.
—Bueno, échale la culpa a la genética.
—Pero deberías haberte unido a mí.
—No podía. Tenía que alimentar a los chicos.
Mace echó un vistazo. Estaban sentados contemplándolo. Sus lenguas de perro estaban colgando. Puesto que Dez no podía verle, mostró sus colmillos. Uno de los perros comenzó a gemir.
—Sea lo que sea lo que estás haciendo... para. —Le soltó—. Oye, hazme un favor. —Se giró y vio que ella había agarrado dos correas del aparador—. Dales un paseo por mí, nene.
Le tendió las correas y salió del cuarto. Mace se quedó mirando las correas en su mano. ¿Había perdido la mujer la cabeza? ¿Se había vuelto loco el mundo?
No había forma de que paseara con estos... estos... Mace miró a las bestias estú-pidas que esperaban pacientemente por él.
—Perros.
—También necesitarás esto. —Ella volvió a la habitación y le puso un par de bolsas de plástico en la mano—. Gracias, nene. —Se fue. Mace se quedó mirando las bolsas en su mano.
¡Oh, no, de eso nada!
No. No. ¡No! Ella pedía demasiado. Exigía demasiado. Quería que paseara a sus perros y recogiera su mierda. Él. Mason Rothschild Llewellyn. Macho de cría de la Manada Llewellyn. Antiguo SEAL de la Armada. Y un león.
Missy tenía razón. Necesitaba una agradable manada que se ocupara de él. Un puñado de hembras que se aseguraran que él comía, le follaran y le compraran cosi-tas para mantenerle feliz. Lo que no necesitaba era a una poli de treinta y seis años, con dos perros que insistía en referirse a ellos como sus «chicos».
Siguió a Dez al baño. Estaba de pie en el lavabo cepillándose los dientes con un cepillo eléctrico, cuando la estación de radio alternativa que estaba oyendo de repente saltó con No Doubt’s Oi to the world!, en honor de las vacaciones de Navidad. Ahí fue cuando Dez comenzó a menear el trasero y a sacudir la cabeza de un lado a otro. La camiseta que llevaba puesta apenas cubría ese adorable trasero suyo.
Mace cerró los ojos.
«Sigue pensando en complacientes hembras de la Manada. Sigue pensando en que te froten los pies y ser el primero en comer».
Él abrió los ojos y Dez se inclinó para escupir la pasta de dientes. No llevaba bragas. Por supuesto, no había llevado ninguna desde la noche antes.
Mace, con verdaderos problemas para respirar, se giró y volvió al dormitorio. Miró a los dos perros que todavía le esperaban.
—Bueno, vamos. Terminemos con esta pesadilla.
* * *
Dez salió del baño tan pronto como oyó que se cerraba la puerta principal. Com-probó ambas plantas, todas las habitaciones.
«Mierda. Realmente se ha llevado a mis perros a dar un paseo». Ella solo había estado bromeando. No habría pensado ni en un millón de años que Mace sacara de verdad a sus perros. Había pensado que la seguiría al baño, le arrojaría las bolsas y luego la follaría sobre el lavabo.
Dez se quedó parada en medio del vestíbulo. O bien Mace la amaba de verdad o bien acababa de experimentar una de las señales del Apocalipsis de las que siempre hablaban las monjas.
—¿En qué me he metido? —le preguntó a nadie en particular. Lo triste era que... de verdad esperaba una respuesta.
* * *
Mace se giró en la cama, dejando que sus brazos colgaran a los costados. Un hocico mojado olfateó su mano. Lanzó un pequeño rugido y la nariz se escabulló más lejos bajo la cama con su compañero canino.
¿Cuándo había dado esta relación ese extraño giro? Siempre había controlado to-das las relaciones, y a las mujeres con las que había estado nunca les había importa-do. Pero, salvo en el dormitorio, Dez nunca cedía ni un maldito centímetro. Siempre sabía lo que tenía en mente y todas las veces le pillaba.
Tampoco estaba del todo seguro sobre lo de los perros. Pequeños bastardos irri-tantes. Sin embargo, Dez lo había dejado claro. Si la quería a ella, tenía que querer a sus perros. De hecho había recogido mierda de perro por ella.
Se apartó de los ojos su melena castaño dorada. Dentro de veinticuatro horas su pelo volvería a su longitud normal. Le había costado toda la pubertad el que le cre-ciera la primera vez, pero una vez ahí no parecía que se fuera a ir.
Suspiró y miró al reloj que estaba al lado de la cama de Dez. ¿Dónde demonios estaba? Una ducha no debería durar tanto.
Odiaba esperar. Era el león que había en él. No esperaba para comer. No espera-ba para salir. No esperaba por nada si no tenía que hacerlo. Cierto, podía irse sin ella. Pero eso no iba a pasar. No cuando estaba teniendo la mejor época que había tenido nunca con una mujer. A pesar de la hembra excéntrica que era, le gustaba tanto como la amaba. Así es que, por una vez y sin órdenes directas de un oficial superior, Mace esperaría. Esperaría por Dez. ¡Cristo!, ¿en qué se estaba convirtiendo su vida?
Una lengua golpeteó los dedos que tenía descansando sobre la alfombra. Genial. Perros juguetones. Comenzaba a gustarles. A la manera típica de los perros, encon-traban una forma de que hiciera ese trabajo. Incluso si le forzaban a él a que le gusta-ran.
Él gruñó y los perros retrocedieron ladrando. Él casi sonrió. De mala gana.
—¿Estás siendo malo de nuevo con mis perros?
Mace alzó la vista, a punto de decirle que había estado considerando qué partes de los perros sabrían bien con salsa, cuando casi dejó completamente de respirar.
Apenas notó los vaqueros negros o las botas de cuero negras que llevaba ella. No, fue el bustier de cuero negro el que captó completamente su atención. Creado claramente para ella, porque de ninguna forma algo que hubiera salido de la estan-tería de una tienda fetichista, habría hecho justicia a esas magníficas tetas de la forma que lo hacía el bustier que ahora lucía. Apretado y ajustado a sus formas, alzaba su delantera mostrando una saludable cantidad de la hendidura que simplemente le llamaba. El bustier iba sobre un top de cuero negro con mangas largas de cuero ne-gro que moldeaban sus fuertes brazos y se ajustaba agradablemente a sus hombros. Sus tetas prácticamente desafiaban la gravedad en esa indumentaria. Ella no necesi-taba un sujetador, y él podía distinguir sus tensos pezones a través del cuero. La brillante piel marrón que mostraba parecía satinada y suave. Por alguna razón encontraba esta indumentaria casi tan caliente como cuando se estiraba delante de él completamente desnuda, y en este momento ella apenas revelaba nada. Solo quería frotarse contra ella hasta terminar ronroneando y ella corriéndose.
Incluso se había puesto un poco de maquillaje para la ocasión, y se había cepillado el pelo hasta que brilló. Nadie tenía derecho a ser tan guapa, mucho menos la mujer que sostenía su corazón igual que sostenía una de sus muchas armas. Un buen apretón y ella podía destrozar su vida.
—¡Cristo, no has dicho ni una palabra! ¿Tan mal está esta ropa? —Él todavía no la contestó. No cuando estaba fantaseando con ella, ese bustier y esas malditas espo-sas. Se preguntaba cuántas veces podría hacerla gritar su nombre.
—De acuerdo, me cambio. —Se giró y comenzó a alejarse.
—No te atrevas. —Ella se paró, claramente sorprendida por su orden. Y era una orden—. Trae mi trasero aquí.
Ella sonrió con satisfacción.
—¿Qué? ¿Piensas que vas a darme órdenes cuando no estamos... ?
—Ahora.
* * *
Qué exigente hijo de perra. Aun así, hizo exactamente lo que le decía. Desde luego, ella solo parecía funcionar de esa forma cuando sabía que estaba involucrado algún tipo de sexo. De otra forma le hacía al hombre luchar por ello.
Se recostó en la cama como un león tomando el sol en una roca en el Serengeti.
Con los brazos cruzados, se detuvo ante él.
—¿Qué?
Él la miró con esos ojos dorados.
—Me gusta ese top. —Al menos suponía que eso era lo que había dicho, ya que había gruñido más que hablar.
Dez se pasó las manos por su delantera tímidamente. El bustier había sido una compra que le había proporcionado un placer culpable. Uno tan caro, que lo veía más como una inversión. No hacía la calle, pero aun así le gustaba el guardarropa correspondiente. Poca gente lo sabía. Sin embargo, de alguna manera, no le había importado mostrar ese lado de sí misma a Mace. Aunque nunca esperó ver esa expresión en sus ojos. Iba más allá del deseo, algo más que lo incluía, y Dez no tenía idea de si estaba lista para tratar con ello.
Se aclaró la garganta.
—Lo he usado solo una vez. El bar de polis del bloque de enfrente de la comisaría no parece el lugar apropiado para esto.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Te lo compró algún tipo?
—¿Y qué te importa?
Él se levantó lentamente hasta quedar arrodillado en la cama.
—Responde a mi pregunta.
—No.
Él la miró detenidamente y luego con lujuria.
—Lo compraste para ti misma, ¿verdad?
—¿Vamos o no? —Comenzó a alejarse de nuevo, avergonzada de que él hubiera captado tan rápido su gusto por el cuero, pero la agarró por el brazo y la atrajo con-tra él.
—¿Lo hiciste, verdad? —Él rozó sus labios contra los de ella—. Mi cachorrita pervertida.
—Te odio.
Él besó la carne desnuda sobre el nacimiento de sus senos.
—Eso quisieras.
Las manos se arrastraron por el cabello de él.
—¡Dios, lo hago! —Ella respiró desesperadamente mientras él la inclinaba. Quería odiar al hombre. Pero continuaba haciendo que la dolieran los mejores placeres. Ningún hombre había llegado antes a ella como este.
—Pensé… que nos… íbamos.
Él la agarró más fuerte.
—¡Que les jodan!
—No. Salimos. —Ella se apartó de Mace. Sorprendido y no demasiado feliz, él tendió la mano para intentar agarrarla. Ella saltó hacia atrás hasta la puerta.
—Salimos.
—No quiero. Ven aquí.
¡Oh, a ella le gustaba esto! Por una vez tenía el control... y sin esposas. Pues claro que se sentía bien.
Ella sacudió la cabeza.
—Voy a salir ahora. Con este top. Puedes quedarte aquí con los perros o puedes venir conmigo. Tú decides, gato. —Luego se deslizó hacia el pasillo y bajó las escaleras.
* * *
Mace se cruzó los brazos delante del pecho e hirvió en silencio. Esta había sido una mala idea. Lo había sabido en el momento en que llegaron al hotel de la Jauría. Les habían estado esperando fuera y, tan pronto como Dez salió del taxi, los ojos de to-dos los lobos machos se volvieron hacia ella... y esas tetas. En general, la verdad es que no había sido una mala tarde. Una buena cena, algo de bebida ya que no tenían que conducir, un par de clubes, bailar con Dez y un par de veces a punto de enzar-zarse en una pelea por una Nochebuena festiva. Pero los lobos machos mostraban un claro interés por Dez, y como siempre ella claramente no se daba cuenta.
Ahora estaban sentados en la cafetería favorita de Dez, a unos pocos bloques de donde ella había aterrizado en su regazo hacía unas pocas noches, hablando y be-biendo expreso. Mace probablemente no estaría tan enojado si Dez estuviera sentada cerca de él, pero ella se sentó cerca de Sissy Mae, y los lobos machos de repente en-contraron una razón para sentarse cerca de la pareja. Él fulminó con la mirada a Smitty, quien parecía estar disfrutando totalmente ya que, por una vez, los lobos estaban ignorando a su hermana.
Su amigo se volvió hacia él y ambos supieron que, en unos pocos minutos más, Mace comenzaría a patear algún trasero de perro.
* * *
Dez se puso las manos en los oídos.
—No estamos teniendo esta conversación.
—Pero sabes que tengo razón —susurró Sissy.
—No tienes razón. Estás muy, muy equivocada, y no quiero hablar más de esto.
—No, no lo estoy. Pienso que estarías encantadora de blanco.
—¿Sabes que soy la única persona que podría dispararte y hacerlo parecer un homicidio justificado?
Sissy Mae sacudió la cabeza.
—Pero me quieres.
Hasta ahí habían llegado. Dez se puso en pie.
—Voy al baño.
—De acuerdo. Podemos hablar de vajillas y el ramo adecuado cuando vuelvas.
Como un perro con un hueso.
Dez caminó hacia la parte de atrás de la cafetería hasta que llegó al baño. Entró en el cubículo y se ocupó rápidamente de su negocio. Quería volver con Mace. En-contraba completamente divertido verle ponerse celoso.
Se lavó las manos, se las secó y se dirigió de vuelta a Mace y la Jauría, pero se detuvo cuando una pequeña mano agarró su chaqueta de cuero y tiró.
Dez se giró y vio a una niña pequeña parada detrás de ella. Las lágrimas caían al suelo y señalaba a la puerta trasera.
—Por favor —susurró con la cabeza baja—. Creo que mi hermano está herido y no puedo encontrar a mis padres.
Dez se puso en cuclillas al lado de ella.
—Está bien, cariño. Muéstramelo. Y luego encontraremos a tus padres, ¿vale?
La niña condujo a Dez fuera, mientras se maravillaba de lo jodidamente irres-ponsables que eran algunos padres. Eran bien pasadas las dos de la mañana. Estos niños deberían estar en la cama, no rondando por una cafetería mientras sus padres hacían lo que estuvieran haciendo.
Dez siguió a la niña hasta otro niño pequeño, que yacía boca arriba en el callejón. Sacó el teléfono de su cadera y lo abrió mientras tocaba la cara del niño. Acababa de marcar el 911 y estaba a punto de dar al botón de «enviar» cuando los ojos del niño se abrieron de golpe y sonrió. Dez parpadeó.
Jesucristo, ¿eso eran colmillos?
Entonces Dez vio cómo la tierra se alzaba para encontrarla.
* * *
El teléfono de Mace vibró contra su costado. Lo sacó de su funda y echó un vistazo a la identidad del que llamaba. Hizo rodar los ojos mientras abría el teléfono.
—¿Sí?
—¿Mace?
Su hermana parecía invadida por el pánico. Ella nunca mostraba pánico. No mostraba esa emoción particular.
—¿Qué pasa, Miss?
—Hum… siento pedirte esto, pero acabo de hablar con Shaw y de repente se cortó.
—Oh… vale.
—Fue la forma en que se cortó, Mace. Me temo que le ha pasado algo.
Mace llamó la atención de Smitty.
—¿Sabes dónde estaba?
—Eso es lo que realmente me tiene preocupada. Me dijo que estaba en La Capi-lla. Mace, eso es territorio de hienas.
—Sí. Lo sé. ¿Pero no le dijiste lo que te conté de Doogan?
—No tuve oportunidad. No vino a casa anoche. Odia todos los acontecimientos sociales.
Un hombre de los que le gustaban a Mace.
—Iré allí y veré si puedo encontrarle.
Ella suspiró.
—Gracias.
Mace cerró el teléfono.
—¿Quieres ir a hacer de niñera de Shaw?
Smitty sonrió ampliamente.
—¡Hey, nuestro primer trabajo!
Incluso en su forma humana, la cola de Smitty siempre parecía menearse.
Mace miró alrededor, notando por primera vez que Dez no había vuelto del ba-ño.
—Sissy. ¿Dónde está Dez?
Sissy frunció el ceño.
—No ha vuelto del baño.
—¿Cuánto tiempo hace que se ha ido?
Sissy pensó por un momento.
—Un rato.
No era la respuesta que quería.
* * *
De todas las experiencias de Dez, ser arrojada por un tramo de escaleras por una niña pequeña nunca había sido una de ellas.
Golpeó el suelo y el dolor le atravesó el brazo izquierdo.
Trató de levantarse, pero los pequeños bastardos risueños patearon su espalda contra el suelo. Rodearon su garganta con una cuerda áspera y gruesa, y comenzaron a arrastrarla por un suelo de hormigón.
Dez luchó por respirar, y tiró desesperadamente de la cuerda tratando de aflojar-la antes de que la ahogara o le rompiera el cuello. Pero no podía meter los dedos bajo la cuerda. Cuando comenzaba a desmayarse pararon. Dez sacudió la cabeza para escaparse del abismo en que había estado a punto de caer. Entonces se puso de rodillas. Tenía las manos en el nudo en su cuello cuando otra manó agarró la cuerda y tiró de ella para tensarla. Tiró de la mano que sostenía la cuerda y alzó la vista hasta la cara brutalmente rasgada de Anne Marie Brutale.
La mujer se mofó de ella.
—Voy a divertirme un montón contigo, humana.
* * *
Mace agarró el teléfono de Dez. Su último intento de llamada todavía parpadeaba, esperando que ella pulsara el botón «enviar». 911.
—¿Los hueles? —le preguntó a Smitty.
Sissy Mae se paró cerca de su hermano.
—Huelen a joven.
Mace cerró los ojos. No era bueno. Todo menos eso. Todo, menos niños hiena. Ahora podía verlo. Atrajeron a Dez aquí fuera simulando ser niños inocentes. Como policía, no había forma de que Dez los ignorara.
Smitty miró alrededor hasta que detectó el olor. Lo siguió hasta una puerta de metal sin cerrar. Caminó hasta allí y abrió la puerta. El olor de hiena imbécil golpeó a Mace y le hizo querer vomitar. Nada olía tan mal como sus marcas. Miró hacia abajo. Las escaleras parecían continuar para siempre. Pero podía oler a Dez. Por aquí era por donde se la habían llevado. Tenía que ir detrás de ella sin importar lo que costara.
—No tengo que mirar para saber que hay al menos un Clan de hienas aquí abajo. Quizá dos. Chicos, no puedo pediros que vayáis conmigo. Pero...
Mace se giró y se encontró con que toda la Jauría ya se había transformado. Sus ropas estaban tiradas por todo el suelo del callejón. Solo estaban esperándole. Habría sonreído si no hubiera estado aterrorizado por Dez.
No desperdició otro segundo. Se quitó las ropas, se transformó y saltó escaleras abajo. Su Jauría le siguió.
* * *
—Estaba tan excitada cuando oí que tú y tu gato estabais por el Village como si fue-ra vuestro. Envié a los niños de mi prima para que consiguieran tu trasero.
Dez se arrastró hasta ponerse en una posición sentada, con la pared contra su es-palda. Estaba en un largo pasillo, pero no sabía dónde. Una buena suposición sería que estaba bajo el Club La Capilla. Si no hubiera estado luchando por su vida, se hubiera maravillado por su uso de los túneles subterráneos.
Dez alzó la vista y vio tuberías al descubierto, robustas y a su alcance. Además, había puertas a lo largo del pasillo, incluyendo un cuarto de limpieza.
Anne Marie alzó la pistola de Dez, todavía en su funda.
—Bonita arma, detective. ¿Te han disparado alguna vez con ella? —Dez no res-pondió—. ¿Pero dónde estaría la diversión en eso, dime? Quiero sentir tu carne rasgándose bajo mis manos. Sentir tu sangre en mi lengua. Vamos a tener una fiesta de muerte tú y yo.
Dez se soltó la cuerda en su garganta con una mano mientras reunía el resto en la otra.
—Lo siento por tu cara. ¿Descubrió Gina lo que le hicisteis Doogan y tú a Pe-trov? ¿O fue por mi causa?
—¿Tienes hermanas, detective? —Dez asintió—. Entonces lo entiendes. Al menos un poco. Estaba tratando de proteger a la familia. Primero trae a ese idiota de Petrov, luego te deja entrar en nuestro club apestando a león, ¿y piensa que voy a permitirlo? ¿Porque ella quiere averiguar quién golpeó a su jodido novio gato? —Anne Marie se paró delante de ella. Dez luchó para ponerse en pie y miró a la perra loca a los ojos.
—Pero trataré con ella más tarde. Porque primero... —susurró Anne Marie—. Primero voy a hacerte daño.
Dez supo que solo tenía una oportunidad, así que lo mejor es que la aprovechara al máximo. La golpeó con la cabeza en el trasero. Anne Marie se tambaleó hacia atrás, atrapada con la guardia baja por el repentino ataque. Dez se sacó la soga por la cabeza mientras avanzaba hacia Anne Marie. Una vez lo suficientemente cerca la golpeó. Un derechazo cruzado a la mandíbula. Anne Marie retrocedió varios pasos más. Luego Dez agarró el lado maltratado de la mujer, hundiendo los dedos en la carne desgarrada. Agarró bien la mejilla e hizo girar alrededor a la mujer que aullaba y gritaba, golpeando su cara contra el muro.
El aire cambió a su alrededor. El olor de Anne Marie se hizo más fuerte, su cuer-po se transformaba. Dez enredó la cuerda alrededor de la garganta de Anne Marie y la apretó en el momento en que el cuerpo de la mujer empezó a cambiar. Dez la tiró al suelo de un golpe, con un pie sobre su espalda para mantenerla en el sitio. Alzó el otro pie y lo bajó de un fuerte golpe contra la mano de Anne Marie, rompiendo todas sus largas uñas. Hizo lo mismo con la otra mano.
Anne Marie aulló de rabia, completando su transformación para poder desgarrar a Dez. Pero como hiena su cuerpo no sería mayor que el de los perros de Dez. Dez nunca le había hecho a uno de sus perros lo que necesitaba hacer ahora, pero era hora de que lo intentara.
Sí, era hora de llevar a Anne Marie Brutale a dar un Paseíto por el Campo.
* * *
Mace se paró al final de las escaleras, con la Jauría rodeándole. ¿Por qué demonios olía a león? Echó una mirada a Smitty y notó que él también lo olía. Después de otro momento descubrió que olía a Shaw así como a Doogan y sus hermanos. Como si tuviera tiempo de tratar con ese pequeño problema. Esto estaba empezando a poner-se puñeteramente complicado.
Recorrió con la mirada el largo y oscuro pasillo y notó que estaban en uno de los infames túneles de hiena. Sabía que si seguía este túnel les llevaría de vuelta al Club La Capilla. Gruñendo, se adentró corriendo en la oscuridad con Smitty y su Jauría detrás de él.
* * *
Por suerte su muñeca izquierda no estaba rota. Dolía como un demonio pero si hubiera estado rota nunca hubiera sido capaz de hacer girar a Brutale al extremo de la cuerda como a uno de sus perros.
Tan pronto como Anne Marie terminó de transformarse Dez agarró con fuerza la cuerda, alzó a Brutale y la lanzó contra un muro. Su cuerpo de hiena rebotó, pero Dez usó el impulso para lanzarla contra la pared de enfrente. Esta vez atontó a la bestia. Oyó escapar el aire en un «sshhhh» de los pulmones de Anne Marie.
Usando los pocos y preciosos segundos que ahora tenía, Dez lanzó el extremo de la cuerda sobre una de las tuberías al aire sobre su cabeza, justo al lado del cuarto de limpieza. Agarró el extremo y tiró hacia abajo.
Tiró hasta que Brutale colgó de ahí. Casi metro y medio sobre el suelo. Satis-fecha de que Anne Marie no fuera a ir a ningún sitio, Dez trató de abrir la puerta del cuarto de limpieza. Cerrada. Así que le dio una patada. La puerta, que no era particularmente fuerte, se astilló y se abrió. Entró e inmediatamente descubrió lo que necesitaba. A un lado del cuarto había una estantería grande y pesada. Dez se inclinó y ató el extremo de la cuerda alrededor de una de las patas de la estantería. Se aseguró que estuviera apretada y de que la parte de abajo de la estantería evitara que la cuerda se deslizara. Con la cuerda tensa Brutale continuaría colgada hasta que alguien la liberara.
Dez agarró su cuerda y corrió por el pasillo, obligándose a recordar que Brutale tampoco la habría dejado vivir.
* * *
Mace se detuvo al lado del cuerpo colgado de una hiena. Se alzó sobre las patas tras-eras y la olfateó. Olía ligeramente a Dez, y supo que ella había hecho esto.
Siguió a Smitty y a la Jauría, pero se detuvo cuando vio lo que estaban mirando.
El pasillo se dividía en cuatro direcciones. Y olía a Dez en todas ellas.
Sissy Mae envió a varias de sus hembras por un túnel. Smitty envió a unas pocas hembras, incluyendo a su hermana, y a unos pocos machos por los otros dos túneles.
Mace dio un paso hacia el último túnel, pero se detuvo cuando vio que alguien lo observaba. Vio a una bonita niña pequeña, de no más de ocho años, contemplándolo. Ella alzó la vista hacia la hiena que colgaba de las tuberías, la volvió de nuevo a Mace y, con una sonrisa que detenía el corazón que solo los niños hiena parecían poseer, se giró de repente y gritó:
—¡Giiinnnaaa!
¡Mierda! Mace y Smitty intercambiaron una mirada y luego cargaron por el cuar-to túnel.
Una hiena sola podía causar bastante daño. ¿Pero un Clan de cuarenta o incluso ochenta? Tenía que llegar hasta Dez antes de que cayera en medio de ellas o la encontraran. De otra forma estarían todos muertos.
* * *
Ella dio la vuelta a la esquina y se encontró con otro grupo de largos pasillos. Qué puñetero laberinto. Un laberinto confuso y bien iluminado. Cada esquina que volvía la introducía en otra hilera de largos pasillos. El elegir uno la conducía a otra esquina con otro conjunto de pasillos y así sin cesar.
Cristo, ¿en qué se había metido?
Se detuvo y tomó aire. Sip. Estaba perdida. Tendría que haber ido en busca de su teléfono móvil, pero se le había caído en el callejón detrás de la cafetería.
Tomó aire de nuevo. No entraría en pánico. Saldría de aquí. Por milésima vez se sacudió la mano izquierda. Su muñeca se había hundido en un dolor cegador que la embotaba.
Dez recorrió otro corredor. Se maravilló del silencio. Si no supiera que había un club justo sobre ella... demonios, ni siquiera podía distinguir los bajos de los altavo-ces. Parecía como si todas las paredes estuvieran insonorizadas.
Por supuesto eso no le hacía sentirse mejor. Porque nadie oiría sus gritos.
Volvió otra esquina y se detuvo. Al final de uno de los largos corredores se oía a unos hombres discutiendo.
Se movió rápidamente hacia el sonido mientras sacaba la Glock de su pistolera. No tenía ni idea de a quién se encontraría, pero Dez se preparó para ser dulce como la miel o amenazar con volarles la cabeza. Lo que fuera para salir de una jodida vez de este lugar.
Siguió las voces. Su cuerpo estaba tenso, la pistola agarrada con las dos manos y separada del cuerpo. Apoyó la espalda contra el muro cuando la discusión se volvió violenta. A alguien le estaban dando una paliza de miedo.
—¡Vamos! ¡Vamos!
Giró la esquina y alzó su arma. Dez captó la escena rápidamente. Un hombre en el suelo, una bota grande contra sus hombros que lo mantenía en su sitio. La bota pertenecía a Patrick Doogan. Ahora lo reconoció inmediatamente. Uno de los idiotas de sus hermanos tenía un 45 apuntado contra la cabeza de la víctima. El tercer her-mano estaba en cuclillas a su lado, con la mano que no tenía escayolada enterrada en el cabello dorado de la víctima, tirándole de la cabeza hacia atrás para escupir en ese hermoso rostro.
¡Maldición, aquí no le serviría ni su escopeta! Necesitaba su M-16. Pero tampoco lo tenía.
Como policía necesitaba gritar:
—¡Quietos! ¡Poned las manos sobre la cabeza y apartaros del tipo macizo!
¡Que les dieran! Recordaba lo rápido que se movían Mace y Brutale. No tenía ninguna oportunidad con estos tres.
Por lo tanto, sin aviso, Dez disparó al que sostenía el arma. La bala le alcanzó en el hombro, tirándole hacia atrás, y el arma voló de su mano. Los otros estaban tan asustados que saltaron lejos de su objetivo. Estaban armados, pero todavía no habían ido a por su arma, principalmente porque las habían metido en la parte de atrás de sus pantalones hechos a medida.
—¡Levanta!
Él la miró e inmediatamente reconoció a Brendon Shaw.
—¡Muévete!
No iba a acercarse más, pero tampoco estaba segura de si no le estaba pidiendo algo imposible. Duramente golpeado, debería haber contraatacado. Pero logró po-nerse en pie y tambalearse hacia ella.
—Sigue moviéndote.
Él hizo lo que le ordenó. Dez retrocedió con sus ojos clavados en los de Patrick Doogan.
—Te encontraré, perra. Te encontraré, te joderé y te mataré.
Dez no se molestó en contestarle. ¿Para qué? Sabía que lo decía en serio. En cam-bio, siguió retrocediendo hasta que llegó a la esquina. Agarró la chaqueta de Shaw y le arrastró, pero él no se movió.
Se giró e inmediatamente dejó de respirar. Todas la miraban con esos fríos ojos marrones.
De repente apareció una hiena del fondo. Las otras se separaron, formando un camino para que pasara. Se acercó a Dez y se paró delante de ella. El cuerpo de una hiena muerta en su boca, con la cuerda todavía alrededor de la garganta.
Sabía que esta era Gina. Especialmente cuando escupió el cadáver a los pies de Dez.
—Dime que no hiciste esto —Shaw susurró la pregunta, muy probablemente porque había perdido demasiada sangre.
—Realmente desearía poder hacerlo.
—¡Maldición! —Él trató de empujarla a su espalda. Un gesto sorprendentemente heroico para alguien al que había llamado «cabronazo rico» en su cabeza desde que había mantenido esa conversación con sus tetas la otra tarde.
Apreciaba este intento de protegerla, pero ahora estaba de más. De hecho, la fra-se «completamente jodidos» seguía resonando en su cabeza.
Dez agarró la chaqueta de Shaw y dio un paso atrás, pero los hermanos Doogan venían detrás de ella. Se dio cuenta, con lo que rápidamente se convirtió en una de-sesperación aplastante, que los dos grupos la habían atrapado entre ellos. Ambos querían verla muerta.
Por supuesto… eran archienemigos. Y no solo porque fueran león y hiena. Tam-bién por otra razón.
Dez se colocó delante de Shaw.
—Gina. —La hiena líder la miró detenidamente, esperando que corriera. Espe-rando la caza—. Querías saber quién mató a tu hombre. —Dez retrocedió un paso y señaló a los tres hombres que estaban detrás de ella—. Fueron ellos.
Gina Brutale clavó los ojos en los de Patrick Doogan. Él no pudo esconder la ver-dad. A ninguno de ellos. Sus colmillos se extendieron mientras él y sus hermanos retrocedían. Gina les observó por un momento, saboreando su comprensión de que eran horriblemente superados en número. Abrió la boca y dejó escapar un sonido que heló la sangre de Dez y le hizo querer comenzar a gritar. Sonaba casi como una risa, pero definitivamente no lo era.
Doogan y sus hermanos corrieron cuando las hienas se abalanzaron tras ellos.
Los dos grupos desaparecieron por la esquina, entonces agarró la chaqueta de Shaw y forzó al hombre a que empezara a correr en la dirección opuesta. Shaw había perdido un montón de sangre, pero no le importaba. Perdería mucha más si esos leones se alejaban o la sed de sangre se apoderaba de las hienas y venían en busca de más.
Dez ya podía oír la batalla que ardía a su espalda. Tres leones machos contra lo que estimaba que eran aproximadamente treinta o cuarenta hienas. Sip. Buena suer-te.
Por supuesto, había un pequeño problema con su fuga. Todavía no tenía idea de cómo demonios salir de aquí.
Simplemente genial, Dez. Volvió la vista hacia Shaw. No tenía buen aspecto.
—¿Puede guiarnos fuera de aquí? —Cuando él se paró y se dejó caer de rodillas ella se figuró que eso significaba que no.
—Sr. Shaw, necesita levantarse. Ahora.
Él sacudió la cabeza.
—No puedo.
—No puedo llevarle, Sr. Shaw.
—Olvídeme. Váyase.
Ahí estaba, tratando de nuevo de ser un héroe. Como si ella tuviera tiempo para eso.
—No puedo dejarle a usted aquí, Sr. Shaw. —Cristo, realmente estaba en modo de combate. Bueno, al menos no se estaba desmoronando.
Dez escuchó rasguños contra el suelo de hormigón. Considerando que entraba den¬tro de la categoría de perezosa cuando se trataba de cortarle las uñas a sus perros, conocía ese sonido. Se puso en cuclillas, con su brazo armado apoyado contra su rodilla. Apartó el dedo del gatillo a tiempo y dejó escapar un aliento tembloroso.
Una hiena no. Un lobo.
—¿Sissy Mae? —El lobo ladró agudamente a modo de respuesta—. Estoy perdi-da y él se está quedando sin energía.
Oyeron más gritos, más rugidos y ese aullido inquietante que sonaba como una risa histérica.
Sissy Mae volvió la cabeza hacia atrás y aulló. Llamaba a su Jauría. Dez agarró el brazo de Shaw.
—Levántese, Sr. Shaw. Todavía necesitamos seguir moviéndonos.
Él hizo todo lo que pudo, arrastrando su cuerpo usando la pared como palanca. Una vez que estuvo sobre sus dos temblorosos pies, Dez arrastró a Shaw más allá de Sissy Mae. Giró la esquina y seis lobos la pasaron a la carga. Dos se pararon y se transformaron en hombres.
Hombres desnudos. Ella sacudió la cabeza. Nop, no era el momento de ponerse lujuriosa. La verdad, ¿qué estaba mal en ella?
—No puede hacerlo. Sujetadle. —Ellos agarraron a Shaw y se lo llevaron arras-trando—. ¡Sissy Mae, vamos!
Sissy siguió a los machos. En unos pocos momentos oyó uñas caninas que gol-peaban el hormigón cuando la alcanzaron.
En unos pocos giros encontraron la salida por la que Dez había venido. Los lobos subieron a Shaw por las escaleras, arrastrándole. Oyó más carreras. Más seres, no humanos, se movían hacia ellos.
Apuntó el arma.
—¡Sissy, vamos! —Sissy subió rápidamente las escaleras mientras más lobos lle-gaban de los otros corredores. Todos la sobrepasaron y subieron las escaleras. Entonces fue cuando las vio. Las hienas estaban de vuelta. No todas, pero bastantes. Cubiertas de sangre. Contó rápidamente. Nop. No tenía suficientes balas para todas.
Entonces, de repente, un león y un lobo se deslizaron delante de ella. Mace lanzó un rugido y todas las hienas hicieron un sonido como un ladrido extraño, lanzándose de acá para allá, aparentemente buscando una manera de llegar a ella. Una abertura que pudieran utilizar.
Smitty gruñó y sus colmillos centellearon.
Mace retrocedió un paso, empujándola hacia las escaleras con su cuerpo. Pero antes de que Dez pudiera salir rápidamente de allí vinieron más hienas de otro co-rredor. La única razón por la que se detuvieron fue porque les apuntó con su pistola.
Esto no pintaba bien. En algún momento las hienas iban a «romperlos» a los tres y eso sería todo.
Dez buscaba desesperadamente una forma de salir de esto, consiguiendo que to-dos siguieran vivos, cuando notó que Gina, como hiena, giraba lentamente una es-quina con el cuerpo de su hermana de nuevo en la boca. Otra hiena que estaba a su lado dejó escapar una fuerte llamada, y las otras que retaban a Mace y Smitty se vol-vieron y se fueron por el otro camino. Las que estaban enfrente de ella simplemente escaparon.
De esa manera terminó.
Gina miró a Dez, con unos ojos que le enviaban un mensaje claro. Iba a dejar ir a Dez... porque le había hecho un favor. Había quitado de en medio la única cosa entre Gina y el control absoluto de la familia Brutale y le había dado a los que le habían quitado a su amante.
Gina se volvió y trotó por el corredor, con el cuerpo de su hermana como trofeo.
Muy bien. No más noches de animales en Nueva York para Dez. Se volvió y su-bió apresuradamente las escaleras. Mientras salía por la abertura, unas manos fuertes la asieron desde atrás y la sacaron al callejón.
Café quemado, bollos, aguas residuales y una ligera lluvia de tormenta, fueron los olores acogedores que la asaltaban. Quería inspirar profundamente y disfrutar del aire frío, pero los brazos que la sujetaban de repente empezaron a apretarla hasta matarla. Si no hubiera reconocido el cuerpo ligado a esos brazos, podría haber estado preocupada.
En cambio no podía respirar.
—Creo que la estás matando, Mace.
—Bien. —La atrajo más cerca de él y enterró su rostro en el cabello de ella.
Dez hizo señas desesperadamente a Smitty. A diferencia de su hermana, ahora nuevamente humana, Smitty estaba todavía desnudo.
—Ayúdame —logró decir apenas.
—Bueno, cariño, ¿qué esperabas? Nos tenías enfermos de preocupación.
—Eso no es de ninguna ayuda —chilló ella.
La puerta se cerró con un golpe y Dez se sintió finalmente segura.
Sissy Mae sacudió la cabeza mientras le tendía rápidamente a su hermano sus ropas.
—Creo que tienen a otros leones. Lo oí. —Una vez vestido, Smitty le dio a Sissy un enorme abrazo de oso fraternal.
—Ese no es nuestro problema. Y buen trabajo, hermanita.
La chica resplandeció de orgullo ante las palabras de su hermano. ¡O solo parecía que resplandecía porque a ella seguía faltándole el jodido aliento!
—¡Todavía me estoy muriendo!
Mace la liberó finalmente y ella tomó grandes tragos de aire. Él le dio la vuelta para que le mirara.
—¡Ya está bien! Se acabó el ayudar a niños extraños que no conoces.
Dez se apartó de él, con la respiración en jadeos entrecortados mientras la adre-nalina abandonaba su cuerpo.
—¿Estás loco? Soy policía. Si un niño viene a mí voy a ayudarle. Así que quítate ese puto pensamiento de la cabeza.
Mace inspiró profundamente mientras sus ojos dorados la taladraban. Después de un momento dijo:
—Vale. Pero la próxima vez asegúrate de que no tienen colmillos.
Dez sonrió.
—Eso sí puedo hacerlo.


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MensajeTema: Re: Shelly Laurenston - Unas navidades de la Manada en Brooklyn   Sáb Nov 20, 2010 4:25 pm

Capítulo Doce


Dez abrió los ojos. Luego los cerró de nuevo. Nunca más bebería nada que se llamara «Whisky del Tío Willy». Su cabeza palpitaba. No tenía idea de dónde esta-ba... o de qué brazos la envolvían.
El cuerpo detrás de ella se acurrucó más y ronroneó. En ese instante se le despejó el cerebro y supo que Mace la sostenía. Sonrió. Qué noche. En todos sus años como marine y policía nunca antes había pasado por algo así. Y el hecho de que hubiera sobrevivido... se sentía bastante impresionada consigo misma. Pero la noche no terminó ahí.
Una vez lejos del club llevaron a Shaw al hospital del centro de la ciudad. Como aparentemente lo poseían y lo hacían funcionar licántropos, era el único lugar en que podían ocuparse verdaderamente del hombre malherido. Tanto la Jauría como Mace estaban listos para dejar a Shaw en la sala de emergencias y desentenderse de él, pero Dez no podía hacer eso y, por alguna razón desconocida, Sissy no lo permitiría.
—No podemos dejarle sin más. —No después de su pequeño giro heroico en las entrañas de La Capilla. Por supuesto, su repentino sentimentalismo recibió un siseo enojado de Mace y ojos en blanco de la Jauría. Pero finalmente vieron las cosas como ella. Así es que se sentaron en la sala de espera charlando, comiendo y... bueno... esperando. Ella incluso logró que le hicieran una radiografía de su muñeca y se la vendaran. Solo un esguince. Ningún daño importante.
Dez se encontró con que, según les iba conociendo, cada vez le gustaba más la Jauría de Smitty y Sissy Mae. Eran dulces y encantadores como solo sabían serlo los sureños. Y parecían tolerar bastante bien a Mace. Incluso después de que rugiera a Smitty cuando se encontró a Dez rascándole donde le daba gustito.
Finalmente la prima de Mace, Elise, entró de golpe en la sala de espera. Resultó que sería la única hembra de la Manada Llewellyn en esa noche fría y lluviosa. Sissy Mae y Smitty parecieron anonadados por la falta de preocupación de las otras hem-bras, pero Mace no estaba en absoluto sorprendido. Finalmente el doctor les dijo que Shaw sobreviviría. Elise desapareció después de eso y el resto de ellos se dirigieron hacia el hotel de la Jauría en las afueras.
Ese fue aproximadamente el momento en que comenzaron a beber. La verdad es que ella no debería beber. Dez tenía más sentido común. Desde el tatuaje de los ma-rines en su trasero que se había quitado hacía unos pocos años. Por supuesto, ahora esa área tenía el mordisco de un viejo león grandullón.
Al menos esta vez Mace se aseguró que no hiciera nada dolorosamente estúpido. Simplemente no permitió que nadie se le acercara.
Ahora era la mañana después. Ella todavía llevaba puesto su bustier . Su cuerpo todavía le dolía de los golpes que había recibido la noche anterior. Su muñeca le gritaba enloquecida: «córtame». Pero tenía a Mace. Realmente no podía pedir un regalo de Navidad mejor que ese. Demonios, ¿quién podría?
Suspiró y se acurrucó más cerca de él. Una de sus manos acarició el estómago de ella sobre el corpiño de cuero mientras roncaba. Mientras ella pensaba lo dulce que era que la tocara incluso en sueños, su mano se movió lentamente hacia abajo. Dez alzó una ceja.
«Gato tramposo».
Sujetó la mano con las dos suyas para detener su curso descendente. Ahí fue cuando la otra mano comenzó a moverse. Agarró ambas manos en las suyas, pero él siguió bajando mientras ella seguía tirando de él hacia arriba. Ahí fue cuando empe-zaron las risitas incontrolables. Cristo, era demasiado vieja para risitas.
Trataron de ser silenciosos ya que estaban en el suelo con la Jauría de Smitty en su suite principal —con esa clase de bebida raramente volvías a tu propia cama. En-tonces Mace la colocó sobre su espalda, con él encima. Le atrapó ambos brazos sobre la cabeza y se inclinó hacia ella.
—No te atrevas, Mace Llewellyn —susurró ella ferozmente.
—¿Que no me atreva a qué, nena?
—Quítate, Mace.
—De eso nada, te tengo donde quiero.
—Gritaré.
—Solo pensarán que te estás divirtiendo.
Dez gruñó.
—Gritaré «paseo».
Ahí fue cuando supo que los lobos estaban completamente despiertos. Todos rompieron a reír.
—Jesucristo, Mace. Podrías dejar irse a la chica. —Sissy Mae corrió las cortinas del hotel y las abrió. Las luces de la tarde inundaron la habitación y todos gruñeron excepto Mace. Todavía estaba concentrado en Dez, sus ojos se entrecerraron. Ella le tenía y ambos lo sabían. Sissy Mae le chistó—. Francamente, vosotros los gatos no tenéis ningún sentido de lo que es apropiado. Sacarle las uñas a una chica agradable como esta.
—¿Estás de broma, verdad, Lassie?
—¡Qué, grosero hijo de… !
—Vamos, Sissy Mae —le advirtió su hermano mientras arrastraba su largo cuer-pazo hasta una de las sillas de cuero—. No te enfades con Mace. Sabes que el chico nunca había estado enamorado. —Smitty miró a su amigo con un desafío en sus os-curos ojos marrones—. ¿Verdad, colega?
* * *
Lo mataría. Lo lanzaría al suelo y le abriría en canal desde las tripas hasta la gargan-ta. Sí. Amaba a Dez, pero no quería decírselo todavía. No cuando ella se estremecía visiblemente cada vez que rozaba el tema.
Maldición, llamas Lassie a la hermana de un hombre y se pone a la defensiva.
Miró a Dez. Sip. Ahí estaba. En esos bellos ojos grises. Pánico. El único momento en que a la mujer le asaltaba el pánico. Cada vez que se decía algo de él y de sus sentimientos por ella.
Sissy Mae le empujó para apartarle de Dez. Se alejó rodando de ella y se quedó con las piernas estiradas y medio incorporado apoyado sobre los codos. Sissy ayudó a Dez a ponerse en pie.
—Vamos, querida. Pidamos el desayuno.
—¿No querrás decir el almuerzo, hermanita? —preguntó Smitty mientras se esti-raba y bostezaba.
Mace esperó hasta que las mujeres volvieron a la habitación de Sissy y luego fulminó con la mirada a su amigo.
—¡Vaya, muchas gracias!
—No me rujas, chico. Llamaste Lassie a mi hermanita pequeña. Solo yo puedo hacer eso impunemente. Además... la amas realmente. Apestas a eso que echas para atrás.
Mace se dejó caer sobre el suelo.
—Lo sé —gimió.
—¡Jesús, Mace! Mi mamá tenía razón. Eres más lobo que gato. Unirte a solo una persona y cosas así.
—Los gatos nos unimos a una sola persona. —Alzó la cabeza para fulminar con la mirada a Smitty—. Solo que no dejamos que lo sepan.
Smitty se rió entre dientes.
—Supongo que la fastidié, ¿no?
* * *
—¡Dios, Sissy Mae! ¿Qué coño voy a hacer?
—La verdad es que vosotros los neoyorquinos maldecís mucho.
—Yo no solía hacerlo, pero Mace continúa sacando a la luz la chica enojada del Bronx que hay en mí.
—¿Sabes lo que vas a hacer, Dez? Vas a amarlo y vas a emprender tu vida. —Sissy Mae quitó suavemente la venda de la muñeca torcida de Dez.
—Esto se suponía que sería un rollito... ¿no?
—Bueno, si fueras una nena de bar en una de las bases eso sería posible. Pero eres la gran Desiree MacDermot. La amada verdadera de Mace. Si me preguntaras a mí...
—Y no lo hice.
—Pero si lo hicieras… te diría que ese chico ha estado esperándote toda su vida.
—¿Eres toda una romántica, verdad?
Sissy Mae sonrió.
—No soy romántica en absoluto, querida. Soy realista. Y de las buenas. Sé lo que veo cuando está justo delante de mí. Y todo tu cuerpo vibra por ese hombre.
* * *
Mace no tenía ni idea de lo que había pasado entre Sissy Mae y Dez, pero de repente Dez no le miraba. Comieron el brunch y Dez habló con Sissy Mae todo el tiempo. Vieron «¡Qué bello es vivir!» y Dez se recostó contra él, pero aun así no le miró.
Finalmente no pudo resistirlo más. Deslizó su mano por la parte de atrás de los pantalones de ella.
Dez dio un pequeño chillido y comenzó a frotarse los ojos con los nudillos.
—¿Todo va bien, querida? —preguntó Sissy con la sutileza de... bueno, un pe-rro—. ¿Necesitas algo?
—No. Estoy bien. —Excepto que la voz de Dez había subido una octava. Lo que sonaba extraño dado el chirrido arenoso que normalmente le salía.
Cuando Sissy volvió a mirar a la televisión Dez clavó el codo en el estómago de Mace, pero él no hizo más que gruñir.
Ella se apoyó contra su oído.
—Saca tu mano de mis pantalones.
Mace negó con la cabeza y frotó suavemente una de sus mejillas con su garra desenfundada. Ella le hincó de nuevo el codo en el estómago.
—¡Para ya!
—Hazme que pare.
La pareja se agachó para esquivar las pelotillas de papel que los lobos empezaron a tirarles.
Sissy sonrió a sus amigos.
—Es mejor que vosotros dos os vayáis. Antes de que eso se convierta en una pe-lea de gatos.
Bien. Exactamente lo que quería Mace. Sacó su mano de los pantalones de Dez y tiró de la mujer hasta ponerla en pie. Apenas le dio suficiente tiempo para agarrar su chaqueta antes de sacarla a la carrera de la habitación del hotel hacia los ascensores. Lo último que oyó antes de que se cerraran las puertas fue a Sissy Mae gritando algo sobre ir de tiendas después de navidad.
* * *
Dez observó cómo Mace sacaba su cuerpo grande e intacto del coche. La respiración se le entrecortó, sus pechos se tensaron y visiones de cosas que las monjas definiti-vamente nunca aprobarían, llenaron su cabeza. Se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la casa mientras Mace pagaba al taxista. Quizá por una vez tuviera unas buenas vacaciones. Al menos conseguiría un polvo festivo para variar. La forma en que Mace la miraba en el coche... estaba condenadamente segura de que conseguiría un polvo festivo. Quizá podrían tener un poco más de diversión en sus escaleras.
Dez subió las escaleras de la entrada y abrió la puerta de seguridad. Iba a abrir la puerta principal cuando Mace subió detrás de ella. Besó su cuello y su brazo rodeó fuertemente su cintura, atrayéndola cerca de su cálido cuerpo.
Cuando le ronroneó en el oído pensó que podría desmayarse.
—Se supone que vamos a ver a tu familia a las cinco en punto.
—Ya son las cuatro y media. Mis padres viven en Queens. Les llamaremos y les diremos que tengo que trabajar o algo así. Es cuestión de mentir como bellacos.
Él puso las manos en el pelo de ella y le echó la cabeza hacia atrás.
—Buen plan. Porque todo lo que quiero hacer ahora mismo es llevarte escaleras arriba y follarte hasta que no veas.
Dez se rió pero se detuvo.
—Esto… realmente necesito la vista.
—No te preocupes. Será temporal.
Él la besó y Dez comprendió que Sissy Mae tenía razón una vez más. Todo su cuerpo vibraba con su toque. Especialmente cuando él le desabrochó la chaqueta y deslizó su gran mano sobre uno de sus senos cubiertos de cuero. Lo apretó, las enormes puntas de los dedos corrieron sobre la piel expuesta por encima del cuero.
No sabía cuánto más podía soportar antes de correrse directamente en el porche. Estaba tan perdida en Mace que ni siquiera oyó que se abría la puerta principal.
—Nos preguntábamos cuándo llegaríais.
Dez se enderezó de golpe al oír el sonido de la voz de su padre. Su cabeza golpeó la de Mace.
—¡Au!
—¡Papá!
Dez miró a su padre. No. El hombre no estaba contento. Trató de apartarse de Mace pero él la agarró más fuerte. La chaqueta de ella cubría la mano de él, pero su padre no era tonto. Sabía que Mace la estaba cogiendo por las tetas, y que no la deja-ba ir.
—¿Divirtiéndote con mi hija, chico?
—De hecho…
Antes de que pudiera terminar esa frase en particular, Dez le golpeó en el estó-mago con el codo.
Probablemente se hizo más daño en su codo que a él en su estómago, pero le sorprendió, lo que le dio la oportunidad que necesitaba de salirse de la tenaza que tenía sobre sus tetas.
Dez le dio a su padre un cálido abrazo.
Él la abrazó también.
—Feliz Navidad, rayito de sol.
—Para ti también, papá. —Se apartó un paso de él—. ¿Por qué estás aquí? —No podía creerse ni por un momento que su padre se perdería la cena de navidad con sus nietos. Ni siquiera por ella.
—Cuando tu madre no pudo localizaros pensó que podrías intentar mentir para escaparte. —Dez se estremeció. Maldición. Nunca podría engañar a su madre. La mujer siempre sabía lo que estaba tramando. Siempre—. Así es que decidió mover todo el invento aquí.
Dez parpadeó.
—¿Mover qué aquí?
Él dio un paso atrás y una de sus sobrinas salió corriendo hacia ella.
—¡Tía Dez, tía Dez!
Dez se tragó el pánico que afloraba a su garganta. ¡Oh, esto era malo!
—Hola Lucy. ¿Cómo está mi chica? —La niña de seis años llevaba puesta su ropa de Navidad. El vestido de la niña probablemente costaba más que la Desert Eagle que se había comprado hacía unos años.
—Bien. ¿Es cierto lo que dice mamá?
—¿Y qué es, bonita?
—Que tienes tratos con hombres.
Dez gruñó.
—Bueno, puedes decirle a tu mamá que se vaya a t...
—¡Bueno, vale! —Mace cubrió su rostro con su gran mano mientras su padre empujaba a la niña de vuelta a la casa. Una vez que su padre se llevó a la niña a una distancia segura, Dez se apartó de los brazos de Mace.
—Me largo. —Dez trató de pasar por delante de él, pero bloqueaba el umbral con ese cuerpo magnífico que ella había estado toda dispuesta a hacer suyo.
«¡Maldita familia!»
—No puedes marcharte. Tu familia está aquí por ti.
—Por eso es por lo que me marcho.
Mace delineó su mandíbula con un dedo grande y largo.
—Quédate. Por mí.
—Preferiría comer vidrios.
—Pero una vez que se hayan ido esta noche, tengo unos planes geniales para ti y para ese cuerpecito ardiente tuyo.
Dez se mordió el interior de la boca. Maldito fuera. Estaba usando el sexo para tentarla a quedarse en el infierno. Y que le jodieran si no estaba funcionando.
—¿Oh, sí? ¿Como qué?
Él se inclinó hasta su oído y ronroneó. ¡Maldición, lo que le gustaba cuando ron-roneaba!
—He estado esperando para enterrar mi cabeza entre tus muslos todo el día. Tomar mi lengua y...
—¡Hola, hermanito! —Todo el cuerpo de Mace se tensó.
Dez miró sobre su hombro directamente a los ojos de Missy Llewellyn. De repente perdió todo el interés en marcharse pronto.
* * *
—¿Qué demonios estáis haciendo aquí?
—Eso no es muy navideño, hermanito.
—Deja de llamarme así.
Mace no podía creerlo. ¿Por qué estaba aquí? En realidad, ¿por qué estaban sus cuatro hermanas aquí? ¿Exactamente en qué momento la tierra se había vuelto un infierno?
Dez se apartó de él, se dio la vuelta y le lanzó una mirada lasciva a Missy.
—Bueno, bueno. Missy Llewellyn. En mi humilde morada. Me siento honrada.
—Así debieras sentirte —respondió Missy arrogantemente.
—¿Cómo demonios sabías siquiera venir aquí? —escupió Mace.
—¡Ah, sí! La señora MacDermot se puso en contacto con mi secretaria y le dijo que ibais a tener una cena de Navidad en su casa. Ella pensaba que, dado que la Na-vidad es verdaderamente un tiempo para la familia, debíamos unirnos a todos voso-tros. ¿Y cómo podía rechazar esa oferta? —Escudriñó a su hermano detenidamente—. Me alegra ver que estás relativamente indemne después del festival de la noche pasada.
Cierto. Podría matarla, pero eso aguaría la parte de la tarde en la que se iban a dar los regalos.
Missy volvió entonces esa penetrante mirada dorada hacia Dez.
—Bonito conjunto, detective. ¿Vas de incógnito a un club fetichista?
Dez gruñó.
—¿Por qué no te vas a chu... ? —Mace puso la mano de nuevo alrededor de la cara de Dez. Chico, cuando le salía el Bronx, le salía de verdad.
Rachel apareció detrás de Missy.
—¿Cuál es el problema, Missy? ¿Temes que tus diminutas tetitas no puedan sos-tener ese top?
Dez echó un vistazo a Mace. Él ahora la podía leer fácilmente, y el hecho de que su hermana de repente saltara a protegerla de la malvada Missy... bueno, eso podía ser un choque demasiado fuerte para su endurecida teniente.
Missy se giró para fulminar con la mirada a Rachel.
—Bueno, veo que puedes sacar a la chica del Bronx pero no puedes sacar al Bronx de la chica.
De repente Lonnie apareció al lado de su hermana mayor.
—Guau. Hay que ver las líneas de tu cara, Missy. Es como si tu amargura se hubiera hundido ahí y se hubiera quedado.
Allie, la segunda hermana de Mace, se paró al lado de Missy.
—Bueno, oí que te habías hecho fiscal, Lonnie. Debe de ser realmente difícil tra-tar de condenar a todos tus exnovios.
Rachel y Lonnie miraron a las otras, mientras las otras dos medio hermanas se colocaron al lado de Missy y Allie.
No. La verdad es que esto no podía salir bien.
Dez se apartó de Mace.
—Voy a salir de esta ropa antes de que se manche de sangre.
Ella subió las escaleras. El MacDermot más anciano volvió a la habitación con un niño en los brazos. Un marine de la vieja escuela, duro como los clavos, y que todavía llevaba su corte de pelo a cepillo. Tatuajes de marino en ambos antebrazos. El orgullo por su descendencia escrito por todo el rostro del hombre. Aunque, por el momento, los dos equipos de hermanas se estaban enzarzando en una pelea bastante fea, que hacía que Mace se sintiera como si de nuevo tuviera catorce años.
—Son unas mujeres duras.
Mace asintió.
—Me disculpo por mis hermanas, señor.
—No hay razón para disculparse. Dez no puede controlar a Lonnie y a Rachel, y nota que no lo intenta.
—Eso es porque ella es brillante.
Unos ojos grises con manchas verde oscuro se giraron para contemplar a Mace.
—¿Realmente te importa mi hija, Llewellyn?
Sin apenas ser consciente de lo que hacía, las manos de Mace fueron tras su es-palda. Sus piernas se separaron y afirmaron. Estar cerca de este hombre le hacía sen-tir como si todavía tuviera que informar a su oficial antes de que terminara la noche.
—Sí, señor. Más de lo que me ha importado nada.
—Bien. Porque es especial. Todas mis hijas los son, desde luego. Pero Dez... Dez es...
—Lo sé, señor. —Mace le miró a los ojos que eran exactamente igual que los de su hija—. De verdad que lo sé. Siempre lo he sabido.
MacDermot pareció relajarse un poco mientras asentía.
—Bien. —Inspiró profundamente, como si se preparara para la batalla—. ¡Ah!, y puedes decirle a Dez que he cerrado bajo llave todas sus armas en la caja fuerte de su armario de arriba.
Mace hizo una mueca. Ambos se habían olvidado de las armas que tenía escon-didas por toda la casa, y habiendo niños...
—Nos olvidamos.
—No te preocupes. Conozco todos los sitios en que mi hija esconde sus armas. Demonios, le di la mayor parte de ellas.
Él le dirigió una gran sonrisa, apretó fuertemente al niño en sus brazos y caminó de nuevo hacia la cocina.
La pelea continuaba creciendo. Fácilmente podía ponerse fea. Pero Mace tenía otras cosas en mente. Además, había visto a la madre de Dez en acción. Si las cosas se ponían mal, no tenía ninguna duda de que la diminuta mujer podría golpear algún trasero.
Sabiendo eso, Mace subió las escaleras tras su mujer.
* * *
Dez lanzó la chaqueta y el pantalón del chándal del Cuerpo de Marines que hab-ía sacado del tocador sobre la taza cerrada y se miró en el espejo. Disparaba a un hombre sin previo aviso. Se enfrentaba a hienas y leones. ¿Pero su familia de abajo? Eso le estaba provocando un sarpullido.
Y las cosas raras no habían terminado. No solo tenía a su familia ocupando la primera planta de su casa, sino que tenía a Missy Llewellyn y a las cretinas de sus hermanas con ella.
Cristo, ¿de verdad le importaba tanto Mace como para soportar a esas perras?
«¿Qué? ¿Estás bromeando? ¡Por supuesto que sí, idiota!»
Dez se sonrió en el espejo. ¡Dios!, ¿podía ser más patética? Sus ojos se desplaza-ron a la derecha y entonces fue cuando vio a Mace parado detrás de ella. Saltó.
—¿Por qué no dejas de hacer eso?
—No he hecho nada.
Ella suspiró. La verdad es que no. Y sería difícil decirle que empezara a andar haciendo ruido por su casa porque sus escalofriantes andares de gato seguían sobre-saltándola.
Notó que él estudiaba su ducha muy detenidamente y, por primera vez en la vi-da de Desiree MacDermot, le hizo a un amante la pregunta que había jurado que nunca haría.
—¿En qué piensas?
Por supuesto, la pregunta de Dez apestaba a temor.
Mace se encogió de hombros mientras examinaba su ducha.
—Me preguntaba si este baño se puede ampliar o si deberíamos conseguir otra casa.
Ella lo agarró por el suéter y tiró de él para que tuviera que mirarla a los ojos.
—Mace Llewellyn, no vamos a...
La besó antes de que el resto de la frase pudiera salir de su boca y cerró de golpe la puerta del baño con el pie. No podía recordar qué demonios había pensado decir. En cambio, le dejó que la empujara bruscamente hacia la pared más lejana, con su boca sobre la de ella, y manteniendo a Dez totalmente perdida.
La chaqueta de ella se deslizó desde los hombros hasta el suelo. Mace liberó su boca de forma que pudiera besar su cuello. Durante un minuto ni siquiera se dio cuenta de que estaba desabrochando su bustier.
—¿Mace… qué estás haciendo? —En el momento en que el hombre la tocaba hacía las preguntas más estúpidas.
—Desnudándote para poder follarte.
Por supuesto, Mace siempre daba las respuestas más sinceras. Respuestas deli-ciosas. Si simplemente no estuviera a toda su familia justo abajo. ¡Y a la de él!
—No podemos.
—Sí. Podemos. Solo hay que controlarse. Tenemos que ser un poco silenciosos. Así es que sin gritos.
—Tú tampoco eres exactamente silencioso con ese condenado rugido espeluz-nante.
—Te encanta mi rugido.
«Maldición». Estaba ronroneando de nuevo. Justo contra su oído. De repente no podía salir lo suficientemente rápido de sus ropas.
* * *
Ella todavía no tenía ni idea de lo que le hacía. El poder que tenía sobre él. Pero todo en ella ponía a cien a sus sentidos felinos. Su olor. Su toque. La forma en que su piel se sentía contra la de él. Esa maldita voz.
Solo el pensar en los ruiditos que hacía cuando tenía su polla enterrada profun-damente dentro de él le volvía loco. Desesperado. Empujó la espalda de ella contra el muro, rasgando prácticamente los cordones del bustier. Una vez que lo hubo desatado se lo arrancó del cuerpo y luego se dejó caer de rodillas para atacar los vaqueros.
Ella ya le había quitado el suéter y lo había lanzado a la ducha vacía. Y ahora sus manos vagaban por sus hombros y a través de su pelo. Sus fuertes caricias por su carne sacaron el gato de su interior. Su cabeza rozó sus muslos mientras le quitaba los vaqueros y las botas. Subió por su cuerpo lentamente, frotándose contra ella todo el camino. Ella gruñó y como respuesta él ronroneó.
Ella le desabrochó los vaqueros y los empujó más allá de sus caderas. Él los bajó el resto del camino, sacando del bolsillo el condón que había cogido en el dormitorio. Sin embargo, no se molestó en quitarse los vaqueros. Ambos sabían que iban cortos de tiempo. Su madre serviría pronto la cena, pero tendría a esta mujer o moriría en el intento.
Se puso el condón y la levantó. Ella inmediatamente le rodeó la cintura con las piernas y el cuello con los brazos. Puesto que no tenían tiempo para algo lento y pausado la besó y la empaló contra la pared al mismo tiempo. El grito de ella se perdió en su boca. Tan húmeda ya por él, que se dio cuenta de que no había sido un grito de dolor.
Mace paró de moverse. Se permitió sentir el cuerpo de ella contra él. Su vagina apretada contra su pene. ¡Dios, ella se sentía tan bien!
«Joder. Las familias pueden esperar.»
Dez rompió su beso.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Él sacudió la cabeza y se reclinó contra ella.
—Nada, nena.
Ella agarró su barbilla con una mano y la otra se enredó en su pelo.
—¡Chorradas! Dime qué pasa.
Él besó su frente, sus mejillas, su boca. Luego descansó su frente contra la de ella.
—He estado esperando toda mi vida por ti, Desiree MacDermot.
* * *
Dez estaba agradecida de que Mace la tuviera empalada de esa forma contra la pa-red. De otra forma podría haberse escapado por la puerta. Sin embargo, habría sido puro pánico. Sabía que una vez que el pánico hubiera desaparecido se daría un cos-corrón por correr. Quería a Mace. No solo en su cama o dentro de ella, sino en su vida.
¡Cristo, amaba al gato! Mace usó su cuerpo para fijarla contra la pared, mientras sus manos se movían por su cara y su garganta. Su duro pene todavía enterrado pro-fundamente. No iba a pedirle que le dijera cómo se sentía, pero Dez sabía que necesitaba oír algo.
Bueno, no iba a decir ningún poema ni nada parecido. Corto. Simple. Y solo lo suficiente para mantenerle feliz hasta que hubiera analizado con éxito sus sentimien-tos y hubiera decidido cómo quería proceder.
—Significas todo para mí y nunca te dejaré ir. —Ella cerró los ojos. ¿Qué demo-nios estaba haciendo?
«¡Eres una idiota!»
Mace pasó los dedos por el pelo de ella.
—Abre los ojos, Dez.
—No.
—Miedica.
—Sip.
Apretó más fuerte, y se sentía tan puñeteramente bien.
—Mírame, mujer.
Con un suspiro Dez abrió los ojos. Él la sonrió. La sonrisa más cálida y dulce que hubiera visto nunca.
—Eso no fue exactamente te quiero... pero supongo que tendrá que servir.
Él la besó mientras sus caderas se mecían lentamente contra ella. Lentas y firmes. Seguras y confiadas. Ella gruñó en su oído y eso pareció desencadenar algo en él. Sus empujes se hicieron más fuertes, más duros. Ella sonrió. Su voz. Su voz le volvía loco. Su cuerpo se iría definitivamente, pero su voz duraría durante años. Gracias a Dios.
—¡Dios, Mace! —Susurró ella en su oído—, te sientes tan bien dentro de mí. No dejes de follarme. No dejes nunca de follarme.
Sí. Eso lo logró. Con un gruñido nacido de la pura lujuria él palpitó dentro de ella. Con tanta fuerza que ella pudo sentir su orgasmo destrozándola. Mace empujó su cabeza contra su hombro segundos antes de que ella empezara a gritar. Recordó que no estaban solos, y en cambio mordió la carne de él. Pero se corrió fuertemente, forzando a que sus dientes traspasaran la carne. Ella sintió la sangre en su boca, pero su cuerpo continuó temblando mientras se corría una y otra vez.
Finalmente Mace enterró la cabeza en su cuello, y se mordió el labio inferior de modo que solo gruñó mientras su cuerpo se convulsionaba hasta quedar completa-mente seco.
Durante unos largos y tranquilos momentos permanecieron juntos y unidos. Agarrándose el uno al otro como si eso fuera todo lo que los mantenía erguidos.
Dez finalmente liberó sus dientes de su hombre. Hizo una mueca ante las claras marcas de dientes que había dejado detrás.
Él alzó la cabeza y echó un vistazo a la herida. Sonrió.
—Bueno, diremos que es tu regalo de Navidad para mí.
Ella frunció el ceño.
«¿De qué demonios estaba hablando?»
* * *
Su desaparición ni siquiera provocó que se alzara una ceja puesto que los dos equi-pos de hermanas seguían atacándose. Sin embargo, ahora se habían cambiado a la política.
Mace bajó primero, con ropa limpia y el pelo húmero por una rápida ducha. Y un bonito vendaje limpio sobre su mordisco de amor. Dez le había marcado y ni siquiera lo sabía.
Él pensó brevemente en tratar de evitar la pelea entre las hermanas pero enton-ces…
«Espera… ¿qué demonios es ese delicioso olor? ¿Es pavo?» La boca se le hizo agua cuando pasó a las mujeres que estaban discutiendo y se dirigió hacia el comedor.
Encontró a la madre de Dez poniendo sobre la mesa pan casero. Ella sonrió cari-ñosamente a Mace, como si le hubiera conocido toda la vida.
—No te preocupes. Hay bastante para alimentarte. Hice un pavo de más.
Mace se rió.
—¿Todo un pavo? ¿Solo para mí?
—Eres un chico en edad de crecer. Necesitas comer. Mi hija aprenderá.
«Guay» Se había hecho con su madre y se había ganado a su padre. Ahora sim-plemente tenía que convencer a Dez. Y lo lograría. Todo lo que tenía que hacer era ronronear. La mujer prácticamente se corría con ese sonido.
—Y alguien llamado Smitty llamó preguntando por ti. Le invité para el postre.
Mace se rascó la cabeza para parar de reír.
—Hum... ¿lo invitó aquí... para el postre?
—Sí. A él y a su familia. ¿Está bien?
—Sra. MacDermot… eso fue maravilloso.
—¡Oh, bueno! —La madre de Dez se fue apresuradamente de nuevo a la cocina mientras Dez entraba en la habitación y se sentaba a su lado.
—No puedo creer que esas perras estén todavía peleándose.
—Mi hermana no debería haberte molestado delante de Rachel y Lonnie.
—¿De qué estás hablando?
—Ya sabes cómo es eso. Una cosa es que ellas se metan contigo. Otra que lo haga un extraño.
Dez se encogió de hombros, y su pelo húmedo y su repentina timidez le recordaron a la muchacha que solía ser.
—Supongo.
La madre de Dez entró de nuevo en la habitación. Sonrió suavemente y luego bramó desde la puerta:
—¡La cena!
Mace parpadeó. Para ser una mujer diminuta, la verdad es que tenía unos bue-nos pulmones. Entró el padre de Dez acompañado de cuatro niños. Les ayudó a colocarse en sus asientos mientras las hermanas de Dez y las suyas entraban como un tornado. Todavía discutiendo.
—¿Cómo puedes creer ni durante dos segundos que eso ayudaría al déficit?
—No puedo creer que una fiscal general sea una liberal de corazoncito sensible.
—No soy liberal. Simplemente no soy una nazi.
Mace se inclinó hacia Dez.
—¿Cuánto tiempo durará esto? —susurró en su oído, disfrutando del estremeci-miento que sacudió el cuerpo de ella.
Miraron a las mujeres y al resto de la familia. Las mujeres que estaban peleando ignoraban a los esposos de Lonnie y Rachel. Ellos, en cambio, estaban ayudando a los niños a colocarse. Incluso ayudaban con los pequeños de Missy y Allie. Sus hermanas ignoraban a todo el mundo en la habitación excepto a Lonnie y Rachel.
—Al menos hasta el segundo plato. Pero no creo que dure para la tarta. —Sus ojos se dilataron—. ¡Oh, Dios! Olvidé la tarta.
Su madre apareció con más entremeses.
—No te preocupes. Traje la tarta. Sabía que te olvidarías.
Dez fulminó con la mirada a su madre. Él conocía esa mirada. En cualquier mo-mento diría algo que molestaría a su madre y arruinaría su cena de Navidad. Así es que, para evitarlo, deslizó la mano entre los muslos de ella bajo la mesa. Ella chilló, provocando que todo el mundo la mirara. Entonces, para disimular, tosió.
—Lo siento. Estoy un poco resfriada.
—No dejo de decírtelo, no llevas ropa lo bastante abrigada —la reprendió su madre, mientras Dez trataba desesperadamente de retirar la mano de él de su entre-pierna. Pero él no se dejó. Al menos, no hasta que llegó el pavo. Por si acaso, deslizó su dedo medio contra sus pantalones donde estaría su clítoris. La tos de ella empe-oró.
—¡Por Dios! —Espetó Missy—. ¿Le da alguien agua a esa chica antes de que se le rompa algún vaso sanguíneo?
* * *
Guau. Era humanamente posible que seis mujeres discutieran durante dos horas enteras. Dez no tenía ni idea. Ella no discutía tanto tiempo con la gente. Si llegaba a enfadarse tanto, normalmente terminaba golpeándolos o arrestándolos. Pero sus her-manas y las de Mace todavía estaban en ello. Habían cambiado a otros temas, aunque uno pensaría que discutirían sobre cosas que realmente pudieran controlar.
Smitty y su Jauría aparecieron justo a tiempo para la tarta y más discusión. Apa-rentemente invitados por su madre. En ese punto las cosas se pusieron realmente interesantes cuando Sissy Mae y sus chicas se unieron. De todos modos, no ser el foco de atención de sus hermanas, hacía que la tarta de pacana pasara muy fácilmente.
Cuando pensaba que la noche no podía ponerse más interesante aparecieron Sal, Jim y Vinny. Había olvidado que les había invitado unos días antes para darles sus regalos, pero ellos eran lo suficientemente inteligentes como para disculparse y parecer ligeramente avergonzados. Finalmente aparecieron Bukowski, su esposa y sus niños. Como aparentemente se sentía todavía culpable por haber estropeado la fiesta de Mace y ella el día anterior, tenía vino para ambos. Estaba realmente orgullosa de que Mace no comentara nada de la cosecha. Aunque vio su opinión en sus ojos dorados.
De repente la casa de Dez se había llenado con un puñado de gente y con Mace. Hacía una semana tenía toda la intención de trabajar todo el día y hacerse un estofa-do de pavo congelado. Sonrió. Nunca lo admitiría en voz alta, pero era mejor de esta manera.
Desde la cocina contempló a esas locas mientras Mace y ella lavaban los platos para que su madre no tuviera que hacerlo. Cuando sus hermanas se enfrentaron con las de Mace, ¿quién estaba en medio? Sissy Mae. No era sorprendente que a Dez le gustara. Era una provocadora como ella.
—¡Guau, Missy! ¿Le vas dejar que te hable así? Porque a menos que la tengas miedo o algo así...
—¡No tengo miedo a nadie!
Dez se preguntaba cuánto debería esperar antes de meterse en medio, cuando la mano de Mace se deslizó sobre la de ella. Seguía haciendo eso. En el momento en que su madre volvía la espalda, Mace encontraba una forma de tocarla o besarla abiertamente. Unas acciones tan monas e inocentes. Sobre todo porque justo ayer el hombre la había follado hasta dejarla sin sentido sobre la mesa de su comedor.
—Ya está bien, vosotros dos. Dejad eso. —Mace se apartó de Dez. Era tan adora-ble con su madre. Siempre tratándola con sumo respeto.
—Lo siento, Sra. MacDermot.
—Muchacho tonto. No quiero decir eso. Quiero decir que dejes esos platos. Esas mujeres que están discutiendo pueden acabar con ellos. Vosotros dos salir a tomar un poco el aire... —La madre de Dez le hizo un guiño—. Aquí está empezando a hacer demasiado calor.
—¡Mamá!
Mace no esperó otra invitación. Secó las manos de los dos y la arrastró más allá de sus inquietas hermanas hasta salir fuera de la casa, al porche. Retrocedió un paso al interior y agarró la chaqueta de cuero de ella y una bolsa de plástico. La ayudó a ponerse la chaqueta, se sentó en una de las sillas y tiró de Dez hasta su regazo.
Contempló a sus tres amigos, que hablaban con Smitty en su entrada. Tenía la sensación de que unirían sus fuerzas con Mace y Smitty. No es que le importara. No podía pensar en nadie en quien confiara más. Especialmente si alguna vez necesita-ban proteger a Mace.
—Te traje un regalo de Navidad.
La cabeza de Dez se giró bruscamente.
—Mace, no debías...
—Toma —la cortó él y le tendió un paquete envuelto—. Te había comprado una cosa, pero se la di a Sissy Mae. Creo que esto te gustará más.
—Gracias. —Le besó y luego le quitó el papel de regalo. Los ojos se le llenaron inmediatamente de lágrimas. El hombre realmente la escuchaba. La oía.
—El pack de Cops-3 —susurró con temor reverencial.
—Si hubiera tenido más tiempo habría comprobado si tenían otros DVDs, pero estos fueron los tres que encontré. ¿No los tienes, verdad?
—No —mintió ella. Mañana quemaría sus copias. Estas significaban mucho más—. Yo no te compré nada.
Missy salía de repente a toda velocidad por la puerta principal y bajaba las esca-leras, cuando le lanzaron la palabra «gallina» desde dentro de la casa.
Missy se dio la vuelta como un rayo y se lanzó escaleras arriba.
—¡Eso ha sido un golpe bajo! ¡Ahora es algo personal entre tú y yo!
Smitty corrió dentro de la casa tras ella. Vinny, Sal y Jim la siguieron, probable-mente esperando poder ver un poco de pelea entre chicas. Pervertidos retorcidos.
Mace la sonrió.
—Feliz Navidad para mí.
Dez se rió mientras Mace le quitaba su viejo reloj Guess.
—Mira. Uso esto de vez en cuando. Ya sabes, pues, todos los días. Así pensarás en mí cuando estés de servicio.
Como si ella pudiera no pensar en él. Observó mientras le ponía un bonito reloj de acero inoxidable en la muñeca. Era grande y pesado, definitivamente diseñado para un hombre. Pero a ella le gustaban los grandes relojes de macho.
Cuando finalmente lo examinó detenidamente se quedó mirándolo con la boca abierta, y luego a Mace.
—Mace. Esto es un Breitling. —Al cuerno el acero inoxidable. Era mejor el tita-nio. Había visto las suficientes falsificaciones como para reconocer uno de verdad.
Seguía olvidando que el hombre era rico.
—No te preocupes por eso. Tengo otros. —Exageradamente rico, aparentemente.
—¿Pero por qué quieres que lo use?
—Porque quiero que todo el mundo en tu comisaría sepa que me perteneces.
Dez meneó la cabeza.
—Estoy sorprendida de que no quieras que me tatúe «Propiedad de Mace Llewellyn» en toda mi jodida frente.
Él apartó la vista de ella, se aclaró la garganta y la colocó más firmemente en su regazo.
—Uh... ¿Por qué querría yo hacer eso?
Antes de que pudiera decir algo como «gracias» o «ya has pensado en hacer eso, ¿verdad?», Mace la atrajo más cerca de su pecho y la abrazó. Se relajó contra él y se permitió simplemente estar. Algo así como una nueva sensación para ella. Normal-mente estaba haciendo algo. Pateando el trasero de alguien. Pidiéndole el nombre a alguien. Pero en esta fría noche de Navidad solo quería sentarse con su... ¿qué? ¿No-vio? ¿Amante? ¿Gato casero? Bueno, lo que fuera... solo quería sentarse con su Mace y disfrutar de la vida.
—¿Tienes frío?
Ella se arrimó más cerca de él.
—Nada en absoluto. ¿Y tú?
—No con tu pequeño cuerpo caliente cerca de mí. —Ella nunca había oído a na-die usar las palabras «caliente» o «pequeño» cuando hablaba de su cuerpo. Pero de-monios, lo aceptaría como lo que era. ¡Un milagro de Navidad!
Oyó que se abría su puerta delantera y las uñas de sus perros rascando la madera del porche. Se estremeció. La verdad es que tenía que cortarles las uñas. No deberías poder oír a tus perros a un kilómetro de distancia a causa de las uñas de sus patas.
Ella echó un vistazo hacia atrás y vio como su padre les ponía las correas.
—¿Qué estás haciendo, papá?
—Sacar a estas bestias a dar un paseo.
A su padre le gustaban sus perros, pero nunca antes se había ofrecido para sacarles a dar un paseo.
—¿Es demasiado para ti lo de ahí dentro?
Él se encogió de hombros.
—Algo así. —Ató varias bolsas de plástico a una de las correas—. No tardaré mucho. Tan pronto como tu madre termine de recoger les sacaré de aquí. —Sonrió a Dez. Luego fulminó con la mirada a Mace—. Cuida de ella, chico. Lamentaría verda-deramente tener que matarte.
—¡Papá!
—Entendido, señor.
—Bien.
El anciano bajó las escaleras del porche de Dez, con sus enormes perros cami-nando tranquilamente a su lado. Sabían instintivamente que no debían apresurar al hombre de setenta años.
* * *
—No puedo creer lo que habéis hecho los dos.
Él se estiró como el gato grande que era, con Dez todavía en su regazo.
—Es una cosa de machos. Así es que no quiero que tu preciosa cabecita se pre-ocupe por ello.
Dez gruñó.
—Ahora no voy a discutir contigo. Pero mañana te voy a dar una patada en el culo.
Mace pasó felizmente su mano sobre el cuerpo de Dez. Incluso con todas las ro-pas que tenía encima, ella respondió inmediatamente a su toque. ¡Dios, le encantaba eso!
—¿Así es que voy a estar aquí mañana, no?
—Supongo. A los perros pareces gustarles.
—Sí. Estaba empezando a notarlo.
—Bueno, ¿y qué esperas cuando insistes en alimentarlos por debajo de la mesa?
Mace ladeó la cabeza un poco.
—¿Viste eso?
—Es una cosa de polis. Me pagan para descubrir esa clase de cosas.
—Y… ¿cuánto tiempo quieren esos perros tuyos que esté por aquí?
—No lo sé. No nos preocupemos por eso. Ya veremos cómo van las cosas en Año Nuevo.
Eso parecía aceptable.
—Suena bien. Que sea Año Nuevo.
Dez agarró una de sus manos y frotó sus dedos con los de ella. Después de varios minutos, unos ojos grises entrecerrados se clavaron en él.
—De acuerdo. ¿De qué Año Nuevo estamos hablando exactamente?
Mace sonrió y se encogió de hombros.
—Bueno, no sabía que tenía que ser específico. Pero cualquier Año Nuevo de los próximos treinta o cuarenta años estaría bien.
—Gato tramposo. —Dez se volvió y le rodeó la cintura con los brazos, con la cara sepultada en su cuello. Ella se quedó quieta y su respiración daba en su garganta. Estaba pensando. Podía sentirlo.
—¿Qué pasa, Desiree?
—Solo estaba pensando en lo que ocurrirá cuando vuelva al trabajo.
—Me preguntaba cuándo empezarías a preocuparte por eso.
—Trabajo muchas horas.
—Lo sé.
—Siempre estoy de guardia. Llevo la mayor parte de los casos importantes.
—Lo sé.
Ella se apartó de él lo justo para mirarle a la cara.
—Bien. Así es que lo sabes. La pregunta es... ¿vas a ser capaz de soportarlo?
—¿Recuerdas lo que me dijiste la primera noche que estuvimos juntos?
—¿Pruébamelo?
Mace se rió entre dientes.
—No. Cuando te tenía contra la puerta.
—¡Oh! —Ella asintió—. Sí. Dije: «Si me dejas ir ahora voy a volarte la tapa de los sesos».
Él pasó su mano por sus muslos y luego entre ellos.
—Bueno, es el mismo trato, nena. No tengo intención de dejarte ir. —La espalda de ella se enderezó cuando él colocó su mano contra su entrepierna. Como siempre, ella estaba caliente y mojada. Solo por él—. Así es que ya puedes dejar de preocuparte por eso. Además, con todas las mierdas en las que se meterán Smitty y el equipo, necesitaremos un poli dentro.
Sus ojos se cerraron, dejó que frotara sus dedos contra ella.
—¿Así es que solo me estás usando... como a una puta?
—Sip. Tan a menudo como pueda.
—De acuerdo. Solo lo estaba confirmando. —Él ajustó sus dedos y debió de haber alcanzado un punto sensible porque ella casi se cayó de su regazo. La atrajo fuertemente contra él, de forma que la cabeza de ella acariciaba su garganta y su otra mano todavía jugueteaba entre sus muslos.
¡Qué navidades más geniales!
—¡Dios, Mace! —Susurró ella contra su garganta—. Es mejor... es mejor que pa-res.
—De eso nada. Quiero darte una muestra de lo que va a pasarte esta noche... to-da la noche. —«Y durante los próximos cuarenta años».
Mientras el cuerpo de ella se tensaba alrededor de su mano, Mace comprendió que su separación durante tantos años había sido necesaria. Tenían que vagar y hacer su propia vida, convertirse en la gente que eran ahora. Lo necesitaban para que, cuando llegaran aquí, supieran que este era su sitio. Que siempre sería su sitio.
Dez lo agarró fuerte, y su boca le mordió el cuello.
—¡Oh, Dios, Mace! —Susurró ella con pasión contra su cuerpo—. ¡Dios... joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
Mace tuvo que morderse la lengua para no reírse. Jesús, realmente le encantaba oírla correrse. Incluso cuando susurraba.
¡Oh, sí! Este era su sitio. Durante el resto de su vida. Le había llevado mucho tiempo llegar aquí. Y no tenía intención de irse nunca a ningún otro sitio. Esta mujer era suya. Para siempre.
Incluso si eso significaba que tenía que aguantar a esos malditos perros.


FIN DEL LIBRO

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