Black and Blood


 
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 Alex Flinn - Beastly

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:41 pm

CUARTA PARTE

El intruso en el jardín



7 Meses más tarde


1


Recogí un pétalo de mi aparador, lo deje colgando fuera de la ventana, y luego lo observé caer. Un año había pasado. Desde la noche de Halloween, sólo había hablado con Will y Magda. No había salido. No había visto la luz excepto en la rosaleda.
El 1 de noviembre, le dije a Will que quería construir un invernadero. Nunca había construido nada... ni siquiera una pajarera o un servilletero en el campamento. Pero ahora no tenía nada más que tiempo y la American Express de papá. Así que compré libros sobre invernaderos, planos y materiales para invernaderos. No quería uno de plástico cutre, y necesitaba que la pared fuera lo suficientemente sólida como para ocultarme a la vista. Lo construí yo mismo en la planta baja detrás de mi apartamento, uno grande que se alzaba todo un kilómetro.
Magda y Will me ayudaron a hacer todo lo que debía hacerse desde fuera. Trabajaba de día, cuando los vecinos estaban principalmente en el trabajo.
Hacia diciembre, estaba terminado. Unas semanas más tarde, sobresaltado por la repentina primavera, hojas amarillentas comenzaron a nacer de las ramas, seguidas por brotes verdes. Alrededor de la primera nevada, todo estaba en flor, las rojas rosas se mostraban bajo el sol invernal.
Las rosas se convirtieron en mi vida. Añadí parterres adicionales y macetas, hasta que hubieron cientos de flores, una docena de colores y más formas aún, híbridos y rosas trepadoras, pimpollos púrpuras de rosas del tamaño de mi mano extendida, y miniaturas de apenas el tamaño de la uña del pulgar. Las adoraba. Ni siquiera me importaban las espinas. Todos los seres vivos necesitaban protección.
Dejé de jugar a videojuegos, dejé de observar vidas en mi espejo. Nunca abría las ventanas, nunca miraba al exterior. Soportaba mis sesiones educativas con Will (ya no las llamaba clases; sabía que nunca volvería a la escuela), luego pasaba el resto del día en el jardín, leyendo o admirando mis rosas.
Leía libros de jardinería también. Leer se había convertido en mi solución perfecta, e investigaba sobre los mejores nutrientes, el suelo perfecto. No les echaba atomizadores para los parásitos, sino que lavaba aquellos rosales que los sufrían con agua jabonosa, luego vigilaba contra una nueva invasión. Pero incluso con cientos de flores, era consciente de las pequeñas muertes que se sucedían cada mañana, una a una, en las rosas marchitas. Eran sustituidas por otras, desde luego, pero no era lo mismo. Cada diminuta vida que florecía vivía sólo en el invernadero, luego moría. En eso, nos parecíamos.
Un día, cuando arrancaba a unas amigas muertas de la parra, entró Magda.
—Pensé que te encontraría aquí —dijo. Llevaba con ella una escoba, y comenzó a limpiar algunas hojas caídas.
—No, no lo hagas —dije—. Me gusta hacerlo. Esto es parte de mi trabajo de cada día.
—No me cuesta nada. Nunca utilizas tus habitaciones, no hay nada que limpiar.
—Preparas mis comidas. Haces las compras. Compras los nutrientes para las plantas. Lavas mi ropa. No podría vivir del modo en que lo hago sin ti.
—Has dejado de vivir.
Arranqué una rosa blanca de una parra.
—Una vez dijiste que temías por mí. No entendí lo que habías querido decir, pero ahora lo hago. Te asustaba que nunca fuera capaz de apreciar la belleza, como la de esta rosa. —Se la ofrecí. Fue difícil para mí hacerlo, elegir este premio, siendo consciente de que moriría aún más pronto así. Pero estaba aprendiendo a renunciar. Había renunciado a tanto ya—. Esa noche, hubo una chica en el baile. Le di una rosa. Se puso tan contenta. No entendí por qué le daba tanta importancia a una rosa, una estúpida rosa a la que le faltaban pétalos. Ahora lo entiendo. Ahora que toda la belleza de mi antigua vida se ha esfumado, la ansío como el alimento. Una cosa hermosa como esta rosa... casi deseo comérmela, tragármela entera para sustituir la belleza que he perdido. Era igual para esa chica.
—¿Pero no… no intentarás romper el hechizo?
—Tengo todo lo que necesito aquí. Nunca podré romper el hechizo. —Gesticulé para que me diera la escoba.
Ella cabeceó un poco tristemente, y me la dio:
—¿Por qué estás aquí, Magda? —dije, mientras barría. Era algo que había estado preguntándome—. ¿Qué haces aquí en Nueva York, limpiando para un mocoso como yo? ¿No tienes familia?
Podía preguntarle porque ella sabía lo de mi familia, que no tenía a nadie más. Sabía que me habían abandonado.
—Tengo familia en mi país. Mi marido y yo, vinimos aquí para ganar dinero. Yo solía ser profesora, pero no había trabajo. Entonces vinimos aquí. Pero mi marido no pudo conseguir su tarjeta verde, así que tuvo que volver. Trabajo mucho para enviarles dinero.
Me incliné para alcanzar las hojas con el recogedor.
—¿Tienes hijos?
—Sí.
—¿Dónde están?
—Han crecido. Sin mí. Son mayores que tú ahora, con sus propios hijos a los cuales nunca he visto.
Recogí las hojas muertas.
—¿Entonces sí que sabes lo qué es no tener a nadie?
Asintió con la cabeza.
—Sí. —Me quitó la escoba y el recogedor—. Pero soy vieja; mi vida es vieja. Cuando tomé la decisión que tomé, no pensé que sería para siempre. Otra cosa es rendirse tan joven.
—No me he rendido —dije—. He decidido vivir para mis rosas.



Esa noche, busqué el espejo. Lo había llevado a las habitaciones del quinto piso, donde lo había abandonado sobre un viejo armario.
—Quiero ver a Kendra —dije.
Tardó un rato, pero cuando finalmente se mostró, pareció contenta de verme.
—Cuanto tiempo —dijo.
—¿Por qué el espejo tarda tanto en mostrarte, pero a los demás los veo al instante?
—Porque a veces hago cosas que no deberías ver.
—¿Como qué? ¿Cosas en el baño?
Frunció el ceño.
—Cosas de bruja.
—Ajá. Lo captó. —Pero por lo bajo, canturreé—: Kendra estaba en el váter.
—¡No es cierto!
—¿Entonces qué haces cuando no puedo verte? ¿Convertir a la gente en ranas?
—No. Sobre todo viajo.
—¿En líneas aéreas americanas o proyección astral?
—Las líneas aéreas comerciales son problemáticas. No tengo tarjeta de crédito. Al parecer, pagar en efectivo es un riesgo de seguridad.
—Sí, ¿no? Creía que podías simplemente menear la nariz y hacer aparecer un avión o algo así.
—Eso no está bien visto. Además, puedo viajar en el tiempo si lo hago a mi manera.
—¿De verdad?
—Claro. Dices que quieres ir a Paris a ver Notre Dame. ¿Pero y si pudieras verlo mientras lo construían? ¿O Roma en la época de Julio César?
—¿Puedes hacer eso, pero no puedes deshacer tu hechizo? ¡Eh!, ¿puedes llevarme?
—Negativo. Si fuera por ahí con una bestia, sabrían que soy una bruja. Y a las brujas las quemaban en aquella época. Por eso prefiero este siglo. Es más seguro. La gente hace todo tipo de cosas extrañas, sobre todo en Nueva York.
—¿Puedes hacer otras cosas mágicas? Dijiste que lamentabas el hechizo. ¿Puedes hacerme algún tipo de favor que lo compense?
Ella frunció el ceño.
—¿Como qué?
—Mis amigos, Magda y Will.
—¿Tus amigos? —Pareció sorprendida—. ¿Qué pasa con ellos?
—Will es un gran profesor, pero no puede conseguir un buen trabajo enseñando... quiero decir otro trabajo que no sea enseñarme a mí... porque nadie quiere contratar a un ciego. Y Magda trabaja realmente duro para enviar dinero a sus hijos y nietos, pero nunca los ha visto. No es justo.
—El mundo rezuma injusticia —dijo Kendra—. ¿Cuándo te has vuelto tan altruista, Kyle?
—Es Adrian, no Kyle. Y ellos son mis amigos, mis únicos amigos. Sé que se les paga por estar aquí, pero son amables conmigo. No puedes deshacer lo que me hiciste, pero podrías hacer algo por ellos... ayudar a Will a ver otra vez, y traer a la familia de Magda aquí, o envíala a ella allí, al menos, durante las vacaciones.
Me miró fijamente un segundo, luego negó con la cabeza.
—Eso sería imposible.
—¿Por qué? Tienes poderes increíbles, ¿verdad? ¿Hay una especie de código de bruja que dice que puedes convertir a la gente en bestias, pero no ayudar a las personas?
Creí que eso le cerraría la boca, pero en cambio dijo:
—Bueno, sí. En cierto modo. La cuestión es, que no puedo conceder deseos sólo porque alguien lo pida. No soy un genio. Si intento actuar como uno, podría terminar atrapada en una lámpara como un genio.
—Oh. No sabía que hubiera tantas reglas.
Se encogió de hombros.
—Ajá. Apesta.
—Así que la primera vez que quiero algo para algún otro, no puedo conseguirlo.
—Insisto, apesta. Espera un segundo. —Se estiró y sacó un libro grande. Hojeó unas cuantas páginas—. Aquí dice que puedo hacerte un favor si, y sólo si, es algo vinculado con algo que tienes que hacer.
—¿Como qué?
—Bueno, digámoslo así, si rompes el hechizo que lancé sobre ti, también ayudaré a Magda y a Will. Eso es.
—Eso es lo mismo que decir que no. Nunca podré romper el hechizo.
—¿Quieres hacerlo?
—No. Quiero ser un monstruo toda mi vida.
—Un monstruo con una hermosa rosaleda…
—…todavía es un monstruo —dije—. Me gusta la jardinería, sí. Pero si tuviera un aspecto normal, todavía podría cultivar un jardín.
Kendra no contestó. Ojeaba su libro otra vez. Alzó una ceja.
—¿Ahora qué?
—Quizás no esté todo perdido —dijo.
—Lo está.
—No lo creo —dijo—. A veces, pueden ocurrir cosas inesperadas.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:42 pm

2


Esa noche, cuando me echaba al borde de la cama para dormir, oí un ruido. Puse mis manos sobre mis oídos ya que tenía la intención de no levantarme. Pero entonces oí la caída del cristal, y me puse de pie.
El invernadero. Alguien invadía mi invernadero, mi único santuario. Sin vestirme aún, corrí a mi sala de estar y abrí de un tirón la puerta que conducía al exterior.
—¿Quién se atreve a molestar a mis rosas?
¿Por qué dije eso?
El invernadero estaba bañado por la luz de la luna y las farolas, más brillante aún por el agujero en uno de los paneles de cristal. Una figura entre sombras estaba en la esquina. Había escogido un mal sitio de entrada, cerca de un enrejado. Este se había caído y yacía en el suelo, con las ramas de rosas rotas, y rodeado por la suciedad.
—¡Mis rosas! —Arremetí al mismo tiempo que él se abalanzaba hacia el agujero en la pared. Pero mis piernas de animal eran demasiado rápidas para él, demasiado fuertes. Hundí mis garras en la suave carne de su muslo. Soltó un aullido.
—¡Déjame ir! —gritó—. ¡Tengo un arma! ¡Dispararé!
—Atrévete. —No sabía si yo era inmune a los disparos. Pero mi pulsante cólera, que palpitaba por mis venas como fuego en la sangre, me hizo fuerte, me hizo indiferente. Había perdido todo lo que tenía para perder. Si perdiera mis rosas también, yo bien podría morir. Lo lancé al suelo, luego me eché encima de él, forcejeando sus brazos hacia el suelo mientras curioseaba los objetos de sus manos.
—¿Era esto con lo qué me ibas a pegar un tiro? —gruñí, blandiendo la palanca que le había quitado. La sostuve en alto—. ¡Bang!
—¡Por favor! ¡Déjame ir! —gritó—. Por favor no me comas. ¡Haré lo que sea!
Entonces en ese instante recordé mi aspecto. Creía que yo era un monstruo. Creía que molería sus huesos para hacer con ellos mi pan. Y tal vez lo era, y lo haría. Me reí y lo apresé fuertemente con una llave en la cabeza para evitar que luchara contra mí.
Sosteniendo sus brazos con mi pata libre, lo arrastré por la escalera, un piso, luego dos, dirigiéndome al quinto piso, a la ventana. Sostuve su cabeza hacia afuera. A la luz de la luna, podía ver su rostro. Me parecía conocido. Probablemente acababa de verlo en la calle.
—¿Qué vas a hacer? —jadeó el tipo.
No tenía idea. Pero dije.
—Voy a dejarte caer, cabrón.
—Por favor. Por favor, no lo hagas. No quiero morir.
—Como si me importara lo que quieres. —No iba a dejarlo caer, no realmente. Eso traería a la policía allí, con todas sus preguntas, no podía pasar por eso. Ni siquiera podía llamarlos para que lo detuvieran. Pero quería que él pasara miedo, que temiera por su vida. Le había hecho daño a mis rosas, la única cosa que me quedaba. Quería que se meara de miedo en los pantalones.
—¡Sé que te importa! —El tipo temblaba, no sólo de terror, comprendí, sino también porque sufría un bajón. Un drogadicto. Puse mi mano en su bolsillo buscando las drogas que sabía que estaban allí. Las arranqué de allí junto con su licencia de conducir.
—¡Por favor! —Todavía pedía—. ¡Déjame vivir! ¡Te daré cualquier cosa!
—¿Qué tienes tú que yo querría?
Se retorció y pensó.
—Drogas. ¡Puedes quedarte con estas! ¡Puedo conseguirte más, todas las que quieras! Tengo muchos clientes.
Ah. Un pequeño hombre de negocios.
—No tomo drogas, basura. —Eso era cierto. Era demasiado aterrador como para hacer una locura, como salir, si estuviera drogado con algo. Lo empujé más fuera de la ventana.
Gritó.
—Dinero, entonces.
Mantuve la presión sobre su cuello.
—¿Qué haría yo con dinero?
Se ahogaba, lloriqueando.
—Por favor… debe haber algo.
Apreté aún más.
—No tienes nada que quiera.
Intentó patearme, para escaparse.
—¿Quieres una novia?
Respiraba con mucha dificultad, llorando.
—¿Qué?
Casi perdí mi apretón, pero enterré mis garras más duro. Gritó.
—¿Una novia? ¿Quieres a una chica?
—No juegues conmigo. Te lo advierto…
Pero pudo ver mi interés. Se soltó, y lo dejé.
—Tengo una hija.
—¿Y qué con ella? —Aflojé mi apretón un poco, y entró en la habitación.
—Mi hija. Puedes tenerla. Sólo déjame ir.
—¿Y qué gano con eso? —Lo miré fijamente.
—Puedes tenerla. Te la traeré.
Estaba mintiendo para que lo dejara marcharse. ¿Qué clase de padre regalaría a su hija? ¿A una bestia? Pero aún así…
—No te creo.
—Es cierto. Una hija. Ella es… hermosa…
—Háblame de ella. Dime algo que me señale que dices la verdad. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuál es su nombre?
Él se rió cuando comprendió que me tenía.
—Tiene dieciséis años, creo. Su nombre es Lindy. Le gustan… los libros, leer, cosas estúpidas. Por favor, sólo tómala, haz lo que quieras con ella. Toma a mi hija, pero déjame ir.
Podía ser cierto. ¡Una muchacha! ¡Una muchacha de dieciséis años! ¿Realmente la traería él aquí? ¿Podría ser la muchacha para mí, aquella a la que necesitaba? Recordé la voz de Kendra. A veces, pueden pasar cosas inesperadas.
—Con seguridad estará mejor sin ti —le dije. Entonces comprendí que creía eso. Estaría mejor sin él como padre. Yo también la ayudaría. Al menos, eso es lo que me dije.
—Tienes razón. —Lloraba, riéndose—. Estará mejor. Entonces cógela.
Me decidí.
—En una semana, traerás a tu hija aquí. Se quedará conmigo.
Sólo se reía ahora.
—Seguro. Absolutamente. Iré ahora, y la traeré.
Yo conocía su juego.
—Pero no creas que puedes marcharte y no cumplir. —Empujé su cara por la ventana otra vez, más lejos que antes. Gritó cuando iba a tirarlo, pero señalé debajo, al equipo de vigilancia en el invernadero—. Tengo cámaras por todas partes de la casa para probar lo que has hecho. Tengo tu permiso de conducir, tus drogas. Y tengo algo más. —Su cabello era largo y grasiento. Lo agarré por allí y lo arrastré al viejo armario donde guardaba al espejo—. Quiero ver a su hija. Lindy.
La imagen en el espejo cambió, de mi grotesca imagen a la de una cama, una muchacha dormía en ella. La imagen se hizo más extensa. Vi una larga trenza roja. Luego su rostro. Linda. Era Linda Owens de la escuela, la chica a quien le di la rosa, a quien había observado en el espejo. Linda. ¿Podría ser ella la chica?
Empujé el espejo al rostro de canalla.
—¿Es ella?
—¿Cómo hiciste…?
Ahora dije al espejo, quiero ver la dirección donde está ella.
El espejo salió a la puerta de un apartamento, luego me mostró el letrero de la calle.
—No puedes escapar. —Se lo mostré—. En cualquier parte donde vayas, sabré exactamente donde estás. —Miré su permiso de conducir—. Daniel Owens, si no regresas, te encontraré, y las consecuencias serán terribles. —¿Las consecuencias serán terribles? Uffffff, ¿quién hablaba así?
—Podría ir a la policía —dijo.
—Pero no lo harás. —Lo arrastré de vuelta al invernadero—. ¿Nos entendemos el uno al otro?
Asintió.
—La traeré. —Extendió la mano, y comprendí que intentaba recuperar la bolsa de drogas y el permiso de conducir que sostenía—. Mañana.
—En una semana —dije—. Necesito tiempo para prepararme. Y guardaré esto mientras tanto, para asegurarme de que vuelves.
Le dejé ir entonces, y él se apresuró en la noche como el ladrón que era.



Después de observarlo marcharse, bajé las escaleras. Casi saltando. Linda. Vi a Will en el descansillo del tercer piso.
—Oí la conmoción —dijo él—. Pero creí que era mejor dejarlo todo en tus manos.
—Pensaste bien. —Yo esta sonriendo—. Pronto tendremos una visita. Te necesito para que vayas y compres algunas cosas para que ella se sienta cómoda.
—¿Ella?
—Sí, Will. Es una chica. La chica que quizás romperá el hechizo, quien podría… amarme. —Casi me ahogué al decir esas palabras, eran tan desesperadas—. Es mi única posibilidad.
Él asintió.
—¿Cómo sabes que ella es la chica?
—Porque tiene que ser ella. —Pensé en su padre, listo para cambiar a su hija por sus drogas y su libertad. Un auténtico padre se habría negado, incluso si lo detenían. Mi padre haría buena pareja con el suyo—. Y porque no importa si no es ella tampoco.
—Ya entiendo —dijo Will—. ¿Y cuándo vendrá?
—A más tardar en una semana. —Pensé en las drogas que aún sostenía en mi mano—. Probablemente antes. Tendremos que trabajar rápido. Pero todo tiene que ser perfecto.
—Sé lo que eso quiere decir —dijo Will.
—Sí. La tarjeta de crédito de papá.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:42 pm

3


En los días siguientes, trabajé más duro de lo que nunca había trabajado en cualquier cosa, decorando la vacía suite real del tercer piso. La habitación de Linda. Los muebles que había en ella eran cosas de la sala de estar, y estanterías vacías... sólo para recordarme que mi padre no pensaba hacer una visita. Ahora la había convertido en el dormitorio y la biblioteca ideal para una chica, enviando a Will fuera en busca de catálogos de muebles, pintura, papel, todo.
—¿Y tú crees que esto está bien? —dijo Will— ¿Obligarla a venir aquí? No sé si voy a poder participar en…
—¿Un secuestro?
—Bueno, sí.
—Tú no viste al tipo, Will. Entró a la fuerza, probablemente a robar mis cosas para conseguir dinero para droga. Y luego, para salir del apuro, me ofreció a su hija. Tal vez lo haya hecho antes… ¿alguna vez has pensado en ello? Así que dije que sí. Sabes que no planeo hacerle nada malo. Quiero amarla. —Dios, sonaba como el Fantasma de la Ópera.
—Aún así creo que no está bien. Sólo porque hay un beneficio para ti. ¿Qué pasa con ella?
—¿Qué pasa con ella? Si su padre está dispuesto a entregármela, ¿quién dice que no puede dársela a algún otro? Venderla como esclava, o algo peor, para comprar drogas. Yo sé que no voy a hacerle daño. ¿Puedes fiarte del siguiente tipo con quien intente esto?
Will estaba asintiendo con la cabeza, así que supe que estaba al menos pensando en ello.
—¿Y cómo sabes que ella será alguien apropiado de la que puedas enamorarte? —preguntó Will—. ¿Si el padre es un canalla?
Porque la he observado.
—Esta es mi única oportunidad. Tengo que amarla —le dije a Will—. Y ella tiene que amarme o será el fin para mí. —Y si puede amar a ese perdedor que tiene por padre, tal vez pueda ver más allá de mi aspecto y amarme a mí también.
Pasaron tres días. Escogí mantas y almohadas rellenas de plumas. La imaginé hundiéndose sobre la cama, lo más agradable que nunca hubiera tenido. Escogí las más finas alfombras orientales, lámparas de cristal. Apenas podía dormir esos días, así que trabajaba desde las cuatro de la mañana hasta la noche. Pinté el estudio convertido en biblioteca de un amarillo cálido con un ribete blanco. Para su dormitorio, escogí empapelado con un enrejado de rosas.
Will y Magda ayudaban, pero sólo yo trabajaba por la noche. Finalmente, las habitaciones estuvieron perfectas. Casi incapaz de creer que ella venía, hice más. Con el espejo, visité su casa y exploré sus armarios, luego me conecté online y compré la parte del departamento Junior de Macy’s en su talla. Lo organice todo en el armario vestidor de sus nuevas habitaciones. Y compré libros... cientos de libros... y los organicé en estantes que llegaban hasta el techo. Compré parte de todas las librerías online e incluí todos mis favoritos, los títulos que había estado leyendo. Podríamos hablar de ellos. Sería tan genial tener a alguien de mi propia edad con la que hablar, incluso si era sólo de libros.
Cada tarde traían una nueva entrega urgente de UPS, y cada mañana me encontraba trabajando mucho y duro, pintando, lijando y decorando. Tenía que dejarlo todo perfecto, tenía que hacerlo, así tal vez ella mirase más allá de mi fealdad y encontrase algo de felicidad aquí, alguna forma de amarme. No quería pensar en cómo ocurriría eso, en que probablemente me odiaría por apartarla de su padre. Tenía que hacer que funcionase.
En la noche del sexto día, estaba en las habitaciones de la suite que sería de ella. Todavía tenía que arreglar mi invernadero, mi hermoso invernadero. Pero afortunadamente, hacía calor fuera. Me encargaría después. Por ahora, estudié la habitación. Los suelos, encerados a la perfección, brillaban junto a alfombras en matices de verde y oro. El aire olía a detergente de limón y a docenas de rosas. Había escogido las amarillas, que según había leído simbolizaban alegría, felicidad, amistad, y la promesa de un nuevo comienzo, y las había puesto en floreros de cristal Waterford a todo lo largo de la suite. En su honor, había plantado una rosa nueva, una miniatura amarilla llamada "Pequeña Linda”. No había cortado ninguna de esas, pero se las mostraría la primera vez que visitase el invernadero. Pronto. Esperaba que le gustasen. Supe que así sería. Caminé hasta la puerta de su suite y, utilizando una plantilla y un diminuto cepillo empapado en dorado, pinté el acabado final en la puerta. Nunca había sido pulcro en mi vida anterior, pero esto era importante. Con una letra perfecta, la puerta decía:

Habitación de Lindy

Cuando volví a mi cuarto, comprobé el espejo, el cuál mantenía junto a mi cama otra vez.
—Quiero ver a Lindy —intenté.
La mostró. Estaba dormida porque era más de la una. Una pequeña y maltratada maleta estada junto a la puerta. Realmente venía. Me tumbé y caí en un sueño perfecto por primera vez en un año... no el sueño del aburrimiento, el fracaso, o el agotamiento, sino un sueño de expectación. Mañana, ella estaría aquí. Todo cambiaría.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:43 pm

4


Alguien estaba llamando a la puerta. ¡Alguien estaba llamando a la puerta! Yo no podía abrir. No quería aterrarla a primera vista. Me quedé en mis habitaciones, pero observé en el espejo como Will la hacía pasar.
—¿Dónde está él? —Era el canalla de su padre. ¿Pero dónde estaba la chica?
—¿Dónde está quien? —preguntó Will, muy cortés.
El tipo dudó, y en ese momento, vi por primera vez que ella estaba con él, de pie en la sombra a su espalda. Aunque ella pensaba que no se la veía, podía ver que estaba llorando.
Era realmente ella. Comprendí que hasta entonces no lo había creído.
Lindy. Linda. ¡Estaba realmente aquí!
Le encantaban las rosas. En realidad, ella había sido la primera que me enseñó a apreciarlas. Tal vez debiera bajar a conocerla después de todo, mostrarle su habitación, y el invernadero.
Entonces oí su voz.
—Mi padre tiene la alocada idea de que aquí vive un monstruo, y que yo tengo que estar encerrada en una mazmorra.
Un monstruo. Así era como me vería si bajaba las escaleras. No, primero la dejaría ver el lugar, las hermosas habitaciones y las rosas, antes de que tuviera que ver el horror que era yo.
—Nada de monstruos, señorita. Al menos, ninguno que yo pueda ver —rió Will entre dientes—. Mi empleador es un joven de... yo diría... desafortunada apariencia. No sale al exterior debido a ello. Eso es todo.
—¿Entonces soy libre de marcharme? —preguntó Lindy.
—Por supuesto. Pero mi jefe hizo un trato con su padre, creo... que su presencia aquí es un intercambio por su cooperación al no informar de ciertos actos criminales que están grabados en cinta. Lo cual me recuerda... —Metió la mano en su bolsillo y sacó la bolsa que yo le había quitado al intruso—. ¿Sus drogas, señor?
Lindy le arrancó la bolsa.
—¿Por esto? ¿Me has hecho venir aquí sólo para recuperar tus drogas?
—Me grabó, chica. Irrumpiendo y allanando.
—Supongo que éste no es su primer delito —dijo Will, y pude ver por su cara que había comprobado al tipo con su sexto sentido especial de ciego y le había encontrado exactamente como yo había dicho—. Y sólo las drogas tendrían como resultado una sentencia seria, creo.
Él asintió con la cabeza.
—Condena mínima... de quince años a perpetua.
—¿Perpetua? —Lindy se giró hacia Will—. ¿Y usted está de acuerdo con este... mi encarcelamiento?
Contuve el aliento, esperando la respuesta de Will.
—Mi jefe tiene sus razones. —Will parecía querer poner su mano sobre el hombro de Lindy o algo por el estilo, pero no lo hizo. Probablemente presentía que ella se apartaría si lo hiciera—. Y la tratará bien... mejor, probablemente que... Mire, si quiere marcharse, puede hacerlo, pero mi jefe tiene la cinta del allanamiento y se la entregará a la policía.
La chica miró a su padre. Sus ojos imploraban.
—Estarás bien. —Le arrancó la bolsa de entre los dedos—. Yo cogeré esto. —Y sin un adiós, se largó, cerrando la puerta de golpe tras él.
Lindy se quedó de pie mirando el lugar que su padre había ocupado. Parecía como si fuera a derrumbarse sobre el suelo. Will dijo:
—Por favor, señorita. Puedo ver que ha tenido un día duro, aunque sólo son las diez. Vamos. ¿Le muestro sus habitaciones?
—¿Habitaciones? ¿En plural?
—Sí, señorita. Son habitaciones hermosas. El amo Adrian... el joven para el que trabajo... ha trabajado muy duro para asegurarse de que le gustan. Me pidió que le dijera que si hay cualquier cosa que necesite... cualquier cosa aparte de un teléfono o una conexión a internet... no dude en pedirla. Quiere que sea usted feliz aquí.
—¿Feliz? —La voz de Lindy era plana—. ¿Mi carcelero quiere que sea feliz? ¿Aquí? ¿Está loco?
En mi habitación, me encogí ante lo de carcelero.
—No, señorita. —Will extendió la mano y utilizó una llave para cerrar la puerta. Solo como formalidad. Yo contaba con que ella se quedara para proteger a su padre. El sonido de las puertas cerrándose fue terrible para mí. Era un secuestrador. No quería secuestrarla, pero era el único modo de que se quedara—. Soy Will. También estoy a su servicio. Y Magda, la criada, a la que encontrará escaleras arriba. ¿Vamos?
Le ofreció su brazo. Ella no lo tomó, sino que lanzó una mirada reluctante a la puerta, siguiéndole escaleras arriba.



Observé como Will la llevaba arriba y abría la puerta. Sus mejillas y sus ojos estaban enrojecidos por el llanto. Jadeó cuando entró, tomando nota del mobiliario, las obras de arte, las paredes, pintadas del tono exacto de amarillo de las rosas en sus jarrones de cristal. Jadeó ante la cama tamaño reina con sus sábanas de diseño. Se acercó a la ventana.
—Muy alto para saltar, ¿no? —Tocó el grueso cristal.
Will, tras ella, dijo:
—Sí, lo sería. Y las ventanas no se abren tanto. Tal vez si le da una oportunidad, no encontrará tan terrible vivir aquí.
—¿Tan terrible? ¿Alguna vez ha estado prisionero? ¿Lo está ahora?
—No.
La estudié. La recordaba, del día del baile. Entonces había pensado que era fea, con su cabello rojo, sus pecas, y los dientes estropeados. Los dientes no habían cambiado, pero no era, en realidad, tan fea. Me alegraba de que no fuera hermosa, como había dicho su padre. Alguien hermoso nunca habría podido pasar por alto mi fealdad. Tal vez esta chica podría.
—Yo si —dijo ella—. Durante dieciséis años, he estado prisionera. Pero estaba saliendo del túnel. Por mí misma, me apliqué y conseguí una beca en una de las mejores escuelas privadas de la ciudad. Tomaba un tren cada día. Los niños ricos me ignoraban porque no era una de ellos. Pensaban que yo era basura. Tal vez tuvieran razón. Pero estudié duro, conseguí las más altas calificaciones. Sabía que ese era el único modo de escapar de mi vida, conseguir una beca, ir a la universidad, salir de aquí. Pero en vez de eso, para mantener a mi padre fuera de la cárcel, tengo que estar prisionera aquí. No es justo.
—Entiendo —dijo Will. Yo sabía que estaba impresionado con ella, por la forma en que hablaba. Incluso había utilizado una metáfora, sobre el túnel. Era realmente lista.
—¿Qué quiere él de mí? —lloró la chica—. ¿Hacerme trabajar para él? ¿Sexo?
—No. Yo no lo permitiría si ese fuera el caso.
—¿De veras? —Pareció un poco aliviada—. ¿Entonces qué?
—Creo... —Will se detuvo—. Sé que se siente solo.
Ella le miró fijamente pero no dijo nada.
Al final, él dijo:
—Le daré oportunidad de descansar y echar un vistazo a su nuevo hogar. Magda le traerá el almuerzo al mediodía. Puede conocerla entonces. Si necesita algo, pídalo y lo tendrá.
Salió y cerró la puerta tras él.
Yo observé a Linda mientras ella paseaba por la habitación, tocando varios objetos. Sus ojos se demoraron más en uno de los jarrones de rosas. Recogió una flor amarilla que yo creía era la más hermosa. La sostuvo hacia su cara un momento, oliéndola, después la presionó contra su mejilla. Finalmente, la volvió a colocar en el jarrón.
Paseó por la suite, abriendo puertas y armarios. El elaborado guardarropa no surtió ningún efecto, pero ante la puerta de la biblioteca, jadeó y se detuvo. Alzó la cabeza hacia arriba, tomando nota de las filas de libros que se extendían hasta el techo. Yo me había fijado en su casa e intentado comprar cosas que le gustaran, no solo novelas, sino libros sobre física, religión, filosofía, y por duplicado para mí mismo, así podría leer yo también cualquier cosa que llamara su atención. Había comenzado a trabajar en una base de datos con todos los libros listados por título, autor, y tema, como una auténtica biblioteca, pero no la había terminado aún.
Ella subió a la escalera de mano y escogió un libro, después dos. Los abrazó, como a una mantita, o un escudo. Esto, al fin, había tenido éxito. Se llevó los libros de vuelta al dormitorio, los colocó en la mesilla de noche, después se derrumbó sobre la cama, sollozando.
Quise reconfortarla, pero sabía que no podía, ahora no. Esperaba que algún día lo entendiera.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:43 pm

5


A mediodía, Magda llevó a Lindy su almuerzo. Observé en el espejo. Algunos días, Magda encargaba fuera el almuerzo, porque yo echaba de menos la comida rápida. Pero hoy, le había pedido que hiciera algo que gustara a una chica... sandwiches sin corteza, una sopa inusual y de moda. La porcelana estaba decorada con rosas rosas. Su agua iba servida en un vaso de cristal con un tallo. El cuchillo y el tenedor eran de plata de ley. La comida parecía deliciosa. Observé. No se la comió, y se la devolvió a Magda cuando ésta regresó. Se sentó en su cama, leyendo un libro del estante. Comprobé el título. Sonetos de Shakespeare.
Tenía miedo de llamar a la puerta. Tenía que hacer mi movimiento en algún momento, pero no sabía cómo hacerlo sin aterrorizarla. ¿Sería demasiado gritar, "Por favor, déjame entrar, y prometo no comerte"? Probablemente. Probablemente se asustaría solo ante el sonido de mi voz. Pero quería que supiera que si salía, sería amable con ella.
Finalmente, le escribí una nota.

Querida Lindy.
¡Bienvenida! No tengas miedo. Espero que te sientas cómoda en tu nuevo hogar. Si deseas algo, solo tienes que pedirlo. Me ocuparé de que lo tengas inmediatamente. Ansío conocerte en la cena esta noche. Deseo agradarte.
Sinceramente, Adrian King.

Suprimí la última frase, la imprimí, después llevé la carta a su habitación y la deslicé bajo la puerta. Esperé, temiendo moverme por si hacía algún ruido.
Un minuto después, la nota volvió.
La palabra NO estaba escrita con grandes letras a través de la página.
Me quedé allí sentado largo rato, pensando. ¿Podía escribirle cartas como algún héroe romántico, conseguir que se enamorara de mí de ese modo? De ningún modo. Yo no era escritor. ¿Y cómo conseguiría amarla cuando sólo la había visto en el espejo? Tenía que conseguir que hablara conmigo. Me acerqué a la puerta y llamé, tentativa y suavemente. Cuando no respondió, lo intenté de nuevo, más fuerte.
—Por favor —llegó su respuesta—. No quiero nada. ¡Sólo márchese!
—Tengo que hablar contigo —dije.
—¿Quién... quién es?
—Adrian... —Kyle... el dueño de esta casa... la bestia que vive aquí—. Mi nombre es Adrian. Soy el que... —El que te retiene prisionera—. Quiero conocerte.
—¡Yo no quiero conocerte a ti! ¡Te odio!
—Pero... ¿te gustan tus habitaciones? He intentado que todo fuera agradable para ti.
—¿Estás loco? ¡Me has secuestrado! Eres un secuestrador.
—No te he secuestrado. Tu padre te entregó a mí.
—Se vio forzado a hacerlo.
Eso me puso como loco.
—Aja, claro. Irrumpió en mi casa. ¿Te contó eso? Estaba robándome. Tengo todo el lugar bajo vigilancia. Y después, en vez de aceptar su castigo como un hombre, te trajo aquí para que lo hicieras tú por él. Estaba dispuesto a venderte para salvarse. Yo no voy a hacerte daño, pero eso él no lo sabe. Por lo que sabe, podría tenerte enjaulada.
No dijo nada. Me pregunté qué historia le habría contado su padre, si esta era la primera vez que oía la verdad.
—Menuda escoria —mascullé, comenzando a alejarme.
—¡Cállate! ¡No tienes ningún derecho! —Golpeó la puerta con fuerza, tal vez con el puño, tal vez con otra cosa, como un zapato.
Dios, era un imbécil. Desde luego eso no era lo más inteligente que podía haber dicho. La historia de mi vida últimamente. ¿Antes decía siempre cosas tan delirantemente estúpidas? Quizás, solo que conseguía salirme con la mía. Hasta Kendra.
—Mira, lo siento. No lo he dicho en serio. —Estúpido, estúpido, estúpido.
No respondió.
—¿Me oyes? He dicho que lo siento.
Todavía nada. Llamé a la puerta, grité su nombre. Finalmente, me marché.
Una hora más tarde, ella todavía estaba en la habitación, y yo me paseaba por la planta, pensando en qué debía decir. ¿Y que si la había secuestrado? De todos modos ella no tenía nada que dejar atrás. Esta casa era más bonita que nada que ella hubiera nunca siquiera imaginado, ¿pero estaba agradecida? No. No sabía qué había esperado, pero esto no.
Fui a ver a Will.
—Quiero que salga. ¿Puedes conseguir que salga?
—¿Y cómo pretendes que lo haga? —dijo Will.
—Dile que quiero que salga, que tiene que hacerlo.
—¿Que se lo ordenas? ¿Cómo ordenaste a su padre que te la entregara? Eso funcionó... bien.
No era así como lo había pensado, pero sí. Supongo que era lo que quería.
—Sí.
—¿Y qué crees que sentirá ella al respecto?
—¿Qué sentirá? ¿Qué siento yo? He trabajado toda la semana para que esté cómoda, para arreglarlo todo para ella, y la muy... desagradecida... ni siquiera sale a verme.
—¿Verte? No quiere ver a la persona que la ha apartado de su casa, de su padre. ¡Adrian, la retienes prisionera!
—Su padre es un maleante. —No le había hablado a Will del espejo, de como la había observado en el espejo antes, visto como su padre la golpeaba—. Está mejor sin él. Y no pretendía que fuera una prisionera. Quiero...
—Sé lo que quieres, pero ella no. Ella no ve las rosas en los jarrones, o la forma en que has pintado las paredes. Solo ve a un monstruo, y si siquiera te ha mirado aún.
Mi mano voló a mi cara, pero sabía que Will estaba hablando de mi comportamiento.
—Un monstruo —continuó—, que la ha traído aquí como a una esclava. Tiene miedo, Adrian.
—Vale, lo capto. ¿Pero cómo puedo hacerle saber que no es por eso por lo que está aquí?
—¿De veras me estás pidiendo consejo a mí?
—¿Ves a alguien más por aquí?
Will hizo una mueca.
—No. A nadie. —Entonces extendió el brazo hacia mí. Encontró mi hombro, finalmente, y puso su mano en él—. No le digas qué hacer. Si quiere quedarse en su habitación, déjala. Déjala saber que respetas su derecho a escoger.
—Si se queda en su habitación, nunca conseguiré que se encariñe conmigo.
Will me palmeó el hombro.
—Démosle una oportunidad.
—Gracias. Muy útil. —Me giré y comencé a alejarme.
La voz de Will me detuvo.
—Adrian. —Me giré—. Algunas veces también ayuda tener un poco menos de orgullo.
—Otro ganador —dije—. Llegados a este punto no tengo ningún orgullo en absoluto.
Pero una hora más tarde, llamé a la puerta de Lindy una vez más. No mostraría orgullo, solo remordimiento. Esto iba a ser duro, porque no iba a dejarla marchar. No podía.
—¡Largo! —Chilló—. Solo porque tenga que estar aquí eso no significa que...
—Lo sé —respondí—. ¿Pero puedes al menos... no puedes escucharme un minuto?
—¿Tengo opción? —dijo.
—Sí. Sí, tienes una opción. Tienes toneladas de opciones. Puedes escucharme, o puedes decirme que me vaya al diablo. Puedes ignorarme para siempre. Tienes razón. Tu vida terminó al venir aquí. No tenemos por qué ser amigos.
—¿Amigos? ¿Así es como lo llamas?
—Eso es lo que yo... —Me detuve. Era demasiado patético decir que era lo que había esperado, que no tenía ningún amigo, que deseaba... deseaba muchísimo... que hablara conmigo, que estuviera conmigo, que dijera algo que me hiciera reír y me devolviera al mundo real, aunque sólo fuera eso. Menudo perdedor sería si decía eso.
Recordé lo que había dicho Will sobre el orgullo.
—Espero que podamos ser amigos algún día. Lo entenderé si no quieres, si tú... —Me atraganté con las amargas palabras, se me revolvió el estómago, aterrándome—. Mira, lo que tienes que saber es que no como carne humana ni nada. Soy humano, aunque no lo parezca. Y no voy a obligarte a hacer nada que no quieras excepto quedarte aquí. Espero que decidas salir pronto.
—¡Te odio!
—Sí, eso ya lo has mencionado. —Sus palabras eran como látigos, pero continué—. Will y Magda trabajan aquí. Will puede darte clases si quieres. Magda hará tus comidas. Limpiará tu habitación, comprará, hará tu colada, lo que quieras.
—No... no quiero nada. Quiero recuperar mi vida.
—Lo sé —dije, recordando lo que Will había dicho sobre sus sentimientos. Había pasado una hora pensando en sus sentimientos, en como tal vez de veras se preocupaba por su horrible padre del mismo modo en que… demonios, odiaba admitirlo... yo me preocupaba por el mío—. Espero... —Me detuve, pensando en ello, entonces decidí que Will tenía razón—. Espero que salgas alguna vez porque...
No pude escupir las siguientes palabras.
—¿Porque qué?
Capté un vistazo de mi reflejo en el cristal de una de las pinturas enmarcadas del pasillo, y no pude decirlo. No podía.
—Nada.
Una hora después, la cena estaba lista. Magda había hecho un arroz con pollo que olía maravillosamente. A petición mía, llamó a la puerta de Linda llevando una bandeja.
—No quiero cenar —llegó la respuesta de Linda—. ¿Está bromeando?
—Le he traído su bandeja —respondió Magda—. ¿Comerá aquí?
Una pausa. Después:
—Sí. Sí, por favor. Eso estaría bien. Gracias.
Cené, como siempre, con Magda y Will. Después de cenar dije:
—Me voy a la cama.
Lancé a Will una mirada que decía: he hecho todo lo que dijiste, y no ha funcionado.
Aunque no podía verme, respondió:
—Paciencia.
Pero no pude dormir, sabía que ella estaba a dos piso por encima de mí, sentía su odio llegar a través de los conductos del aire acondicionado, las paredes, los suelos. Esto no era lo que había deseado. Nunca funcionaría. Era una bestia, y moriría como una bestia.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:44 pm

6


—Se me ha ocurrido algo útil —dijo Will el día después de que ella llegara.
—¿El qué? —pregunté.
—Silencio. Si la dejas en paz, tal vez se acerque.
—Debe ser por esto por lo que no estás rodeado de chicas.
—Hablar con ella no ha funcionado, ¿no?
Había que admitirlo, tenía razón, así que decidí hacer lo que decía. Lo que me asustaba era que ella ni siquiera me había visto aún. ¿Qué diría cuando lo hiciera?
En los días siguientes, permanecí en silencio. Lindy se quedaba en su habitación. Yo la observaba en el espejo. Las únicas cosas que le gustaban eran los libros y las rosas. Yo leía cada libro que ella leía. Me quedaba levantado hasta tarde leyendo, para mantenerle el ritmo. Ni siquiera intenté hablar con ella de nuevo. Y cada noche, cuando estaba tan cansado que el libro se me caía de la mano, tendido en mi cama, sentía su odio como un fantasma caminando de noche por los pasillos. Tal vez esto fuera una mala idea. ¿Pero qué otra esperanza me quedaba?
—La he subestimado —dije a Will.
—Sí, está claro.
Le miré, sorprendido.
—¿Tú también lo crees?
—Siempre lo he creído. Pero dime, Adrian ¿por qué lo crees tú?
—Creí que se sentiría impresionada por las cosas que le había comprado, el bonito mobiliario, y la ropa. Ella es pobre, y pensé que si le compraba joyas y cosas bonitas, me daría una oportunidad. Pero no quiere nada de eso.
Will sonrió.
—No, no lo quiere. Sólo quiere su libertad. ¿Tú no?
—Sí. —Pensé en Tuttle, en el baile, en lo que había dicho a Trey sobre como los bailes de instituto eran prostitución legalizada. Parecía haber sido hacía tanto—. Nunca había conocido a alguien que no pudiera ser comprado. Eso hace que me guste en cierto modo.
—Desearía que ese entendimiento fuera suficiente para romper la maldición. Estoy orgulloso de ti por ello.
Orgulloso de ti. Nadie me había dicho eso antes, y por un segundo, deseé poder abrazar a Will, sólo sentir el contacto de otro ser humano. Pero sería muy raro.
Esa noche, me quedé despierto hasta más tarde de lo acostumbrado, oyendo los sonidos de la vieja casa. "Tranquilizador", lo llamarían algunos. Pero creí haber oído pasos subiendo las escaleras. ¿Sería sus pasos? Imposible, a dos pisos de distancia. Pero aún así no pude dormirme.
Finalmente, me levanté y fui al salón del segundo piso, encendí el Entertainment and Sports Programming Network realmente bajo, para no molestarla. Me puse unos vaqueros y una camiseta para hacerlo, cuando en el pasado lo habría hecho en calzoncillos. Aunque hubiera jurado que se quedaría en su cuarto para siempre, no quería arriesgarme a que viera mucho más de mí aparte de mi cara. Mi cara ya era bastante mala.
Casi me había dormido de aburrimiento cuando oí abrirse una puerta. ¿Podía ser ella? ¿En el pasillo? Probablemente sólo era Magda, o incluso Piloto, vagabundeando. Pero había sonado en el piso de arriba, el de la habitación de Lindy. Me obligué a no mirar, manteniendo los ojos pegados a la pantalla de la tele para que no se asustara de mi cara en la oscuridad. Esperé.
Era ella. La oí en la cocina, haciendo ruido con un plato y un tenedor, enjuagándolos y poniéndolos en el escurreplatos. Quise decirle que no tenía que hacer eso, que eso lo hacía Magda, que para eso le pagábamos. Pero me quedé callado. Fue cuando oí sus pasos en el salón, tan cerca que tenía que estar viéndome, que no pude contenerme.
—Estoy aquí sentado —dije suavemente—. Quiero que lo sepas para que no te asustes.
No respondió, pero sus ojos se lanzaron hacia mí. La luz de la habitación era tenue, procedente sólo del televisor. Aún así, deseé empujarme una almohada contra la cara, cubrirme. No lo hice. Ella tenía que verme en algún momento. Kendra lo había dejado claro.
—Has subido —dijo.
Me miró directamente, y vi sus ojos ir hacia mí, después apartarse, después volver.
—Eres una bestia. Mi padre... dijo... pensé que estaba colgado. Dijo un montón de locuras. Pensé... pero eres real. Oh, Dios mío. —Apartó la mirada—. Oh, Dios mío.
—Por favor. No te haré daño —dije—. Sé qué pinta tengo, pero yo no... por favor. No te haré daño, Lindy.
—Es sólo que no pensé. Creía que eras algún tipo, algún pervertido que... y después cuando no derribaste la puerta ni nada... ¿Pero cómo puedes ser...?
—Me alegro de que bajaras, Lindy. —Intenté mantener la voz nivelada—. Me preocupaba mucho nuestro encuentro. Ahora ya se ha acabado, y tal vez te acostumbres a mí. Me preocupaba que no salieras, tal vez nunca.
—Tuve que hacerlo. —Inspiró profundamente, después exhaló—. He estado caminando de noche. No podía quedarme en esas habitaciones. Me sentía como un animal. —Se detuvo a sí misma—. Oh, Dios.
Ignoré su nerviosismo. Tal vez actuando como un humano, podría demostrarle que lo era, dije:
—El picadillo que Magda hizo para la cena. Estaba bueno, ¿no? —No la miré. Tal vez tendría menos miedo si podía verme la cara.
—Sí, estaba bien. Maravilloso. —No me dio las gracias. No esperaba que lo hiciera. Era más listo que eso.
—Magda es una gran cocinera —dije, esperando mantener la conversación, ahora que habíamos empezado, aunque no tuviera nada de lo que charlar—. Cuando vivía con mi padre, él nunca la dejaba cocinar platos latinos. Sólo hacía cosas normales por aquel entonces, carne y patatas. Pero cuando él me mandó aquí, en realidad no me importaba mucho lo que comía, así que empezó a hacer estas cosas. Supongo que es más fácil para ella, y es mejor. —Dejé de balbucear, intentando pensar en algo más sobre lo que balbucear.
Pero ella habló.
—¿Qué quieres decir con cuando te mandó aquí? ¿Dónde está tu padre ahora?
—Vivo con Magda y Will —dije, todavía apartando la mirada—. Will es mi tutor. Puede darte clases a ti también, si quieres.
—¿Tutor?
—Profesor, en realidad, supongo. Como no puedo ir a la escuela por... Bueno, me da clases en casa.
—¿Escuela? Pero entonces, eres... ¿cuántos años tienes?
—Diecisiete. Como tú.
Pude ver por su cara que esto la sorprendía, que había pensado todo el tiempo que yo era una especie de viejo pervertido. Finalmente dijo:
—Dieciséis. ¿Y dónde están tus padres?
¿Dónde están los tuyos? Estamos en el mismo barco, algo así, abandonados por nuestros queridos papaítos. Pero no lo dije. "Silencio", había dicho Will. En vez de eso dije:
—Mi madre se largó hace mucho. Y mi padre... bueno, no podía soportar que yo tuviera este aspecto. Él es muy normal.
Asintió con la cabeza, y había pena en sus ojos. No quería lástima. Si sentía lástima de mí, podía pensar que era una criatura patética que iba a intentar forzarla y obligarla a ser mía, como el Fantasma de la Ópera. Aun así, la pena era mejor que el odio.
—¿Le echas de menos? —preguntó—. ¿A tu padre?
Dije la verdad.
—Intento no hacerlo. Quiero decir, no deberías echar de menos a quien no te echa de menos a ti, ¿verdad?
Asintió con la cabeza.
—Cuando las cosas comenzaron a ponerse realmente mal con mi padre, mis hermanas se mudaron a vivir con sus novios. Me enfadé mucho porque no se quedaron y, ya sabes, no me ayudaron con él. Pero todavía las echo de menos.
—Lo siento. —El tema de su padre se estaba volviendo demasiado arriesgado—. ¿Te gustaría que Will te diera clases? A mí me las da todos los días. Probablemente seas más lista que yo. No soy muy buen estudiante, pero apuesto a que estás acostumbrada a tener algunos compañeros no tan listos en la escuela normal, ¿no?
No respondió, y dije:
—Podría darte clases sólo a ti, por separado, si quieres. Sé que estás cabreada. Tienes todo el derecho a estarlo.
—Sí, lo estoy.
—Pero hay algo que me encantaría mostrarte.
—¿Mostrarme?
Pude oír la cautela en su voz, como una cortina bajando. Rápidamente dije:
—¡No! Eso no. No lo entiendes. Es un invernadero. Lo construí yo mismo a partir de unos planos que compré. Y todas las plantas que hay en él son rosas. ¿Te gustan las rosas? —Sabía que sí—. Will me aficionó a ellas. Supongo que pensó que me vendría bien un hobby. Mis favoritas son las floribundas... rosas trepadoras. No son tan detalladas como las rosas de té híbridas. Quiero decir, tienen menos capas de pétalos. Pero pueden crecer muy alto... algunas veces dos metros y medio si tienen el apoyo adecuado. Y me he asegurado de que lo tengan.
Me detuve. Sonaba como esos chicos torpes de la escuela, los que escupen estadísticas de béisbol o saben que Frodo del Señor de los Anillos, el hobbit, era un primo muy, muy lejano.
—Las rosas de mi habitación —dijo—. ¿Son tuyas? ¿Las cultivas?
—Sí. —En los días que llevaba allí, yo había hecho que Magda quitara las rosas amarillas cuando morían y las reemplazara por blancas, símbolo de pureza. Esperaba reemplazarlas algún día por rojas, que significaban romance—. Me gustaría llevarte a ver mis rosas. No tenía a nadie a las que dárselas excepto a Magda. Pero tengo docenas más. Si quieres bajar a verlas... o dar clases... puedo hacer que Will o Magda estén allí todo el tiempo, así no te preocupará que vaya a hacerte daño.
No señalé lo obvio, que estaba sola conmigo ahora, que llevaba días conmigo, protegida sólo por un ciego, una anciana, y una frágil puerta, y no le había hecho nada. Pero esperaba que reparara en ello.
—¿Y este es tu verdadero aspecto? —dijo finalmente—. ¿No es una máscara que utilizas para ocultar tu cara? ¿Cómo los secuestradores? —Una risa nerviosa.
—Ya me gustaría. Rodearé el sofá, podrás verlo por ti misma. —Lo hice, encogiéndome ante la idea de que me examinara. Me alegraba haberme cubierto tanto como era posible, pero entrecerré la mirada. Pensé en Esmeralda, incapaz de mirar a Quasimodo. Yo era un monstruo. Un monstruo.
—Puedes tocarla... mi cara... si quieres asegurarte —dije.
Ella sacudió la cabeza.
—Te creo. —Ahora que yo estaba cerca, sus ojos subían y bajaban por mi cuerpo, tomando nota de mis garras. Finalmente, asintió con la cabeza, y supe por sus ojos que sentía pena por mí—. Creo que me gustaría que Will me diera clases. Podríamos intentar darlas juntos, para ahorrarle tiempo. Pero si eres demasiado estúpido para mantenerme el paso, tendremos que hacer cambios. Yo solía estar en clases avanzadas.
Pude ver que estaba bromeando, pero también hablaba un poco en serio. Quise preguntarle por el invernadero de nuevo, y si bajaría temprano para desayunar con Will, Magda y conmigo. Pero no quería molestarla, así que dije:
—Estudiamos en mis habitaciones, junto al jardín de rosas. Está en el primer piso. Normalmente empezamos a las nueve. Estamos leyendo Sonetos de Shakespeare.
—¿Sonetos?
—Sí. —Busqué en mi mente una estrofa que recitar. Había memorizado páginas y páginas durante este solitario confinamiento. Esta era mi oportunidad de impresionarla. Pero el silencio de mi estupidez era ensordecedor. Finalmente, lo rompí.
—Shakespeare es genial.
Tonto. Shakespeare es guay, tío.
Pero ella sonrió.
—Sí. Adoro sus obras y su poesía. —Otra sonrisa nerviosa, y me pregunté si se sentía tan aliviada como yo tras nuestro primer encuentro—. Debería irme a la cama, para estar lista.
—Ajá.
Se giró y subió las escaleras. La observé mientras subía los escalones y llegaba arriba, después escuché como sus pisadas alcanzaban el rellano del siguiente piso.
Sólo cuando oí abrirse y cerrarse la puerta de su dormitorio cedí a mis instintos de bestia e hice un salvaje baile animal alrededor de la habitación.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:47 pm

7


Desperté antes del amanecer, quité las hojas muertas de las rosas, barrí el suelo del invernadero, y regué las plantas. Quería hacer esto bien antes de nuestra sesión de clases, así todo tendría oportunidad de secarse. No quería barro. Incluso enjuagué el mobiliario de hierro del invernadero, aunque ya estaba limpio y probablemente también había demasiado calor para estar allí afuera. Quería abiertas todas las opciones.
A las seis, todo estaba perfecto. Incluso había vuelto a arreglar algunas enredaderas para que subieran más alto, como si estuvieran intentando escapar. Entonces desperté a Will llamando ruidosamente a su puerta.
—Ella viene —le dije.
—¿Quién? —La voz de Will todavía estaba atontada por el sueño.
—Shhh —susurré—. Te oirá. Lindy viene a nuestra clase.
—Aterrador —dijo Will—. Eso es en... ¿qué?... ¿cinco horas?
—Tres. Le dije a las nueve. No podía esperar más. Pero necesito tu ayuda antes de eso.
—¿Ayuda con qué, Adrian?
—Tienes que enseñármelo todo por adelantado.
—¿Qué?... ¿Y por qué iba a hacer eso en vez de dormir?
Llamé a la puerta de nuevo.
—¿Will, vas a abrir? No puedo quedarme aquí de pie y tener esta conversación contigo. Ella podría oírlo.
—Entonces vuelve a la cama. Es una idea.
—Por favor, Will —enfaticé en un susurro—. Es importante.
Finalmente, le oí moverse por la habitación. En un momento, apareció en la puerta.
—¿Qué es tan importante?
Tras él, Piloto ocultó la cabeza entre las patas.
—Necesito que me enseñes ahora.
—¿Por qué?
—¿No me has oído? Viene a nuestras clases.
—Sí. A las nueve. Probablemente ahora esté todavía dormida.
—Pero no quiero que piense que soy un estúpido... además de feo. Necesito que me enseñes todo por adelantado para poder mostrarme inteligente delante de ella.
—Adrian, sé tú mismo. Todo irá bien.
—¿Yo mismo? ¿Tal vez has olvidado que ese yo mismo es una bestia? —La palabra bestia salió en un frenético rugido, aunque estaba intentando mantener la calma—. Esta es la primera vez que me verá a la luz del día. Ha costado más de una semana. Quiero al menos ser inteligente.
—Eres inteligente. Pero ella lo es más. Quieres poder hablar con ella, no sólo repetir lo que yo te he dicho.
—Pero ella era una estudiante destacada en Tuttle. Tenía una beca. Yo sólo era un imbécil con un papá rico.
—Has cambiado desde entonces, Adrian. Te lanzaré algunas bolas suaves si me parece que las necesitas, pero dudo que eso pase. Eres un chico listo.
—Sólo quieres volver a la cama.
—Quiero volver a la cama. Pero no sólo quiero volver a la cama. —Comenzó a cerrar la puerta.
—¿Sabes? La bruja dijo que te devolvería la vista si yo rompía esta maldición.
Se detuvo.
—¿Le pediste eso?
—Ajá. Quería hacer algo por ti, ya que habías sido realmente amable conmigo.
—Gracias.
—Así que ya ves lo importante que es que lo haga bien. ¿Puedes darme algo, alguna pista? Dijo que si resultaba ser estúpido, querría estudiar por separado. Eso sería el doble de trabajo para ti.
Él debía estar pensado eso mismo porque dijo:
—Vale, comprueba el Soneto Cincuenta y cuatro. Creo que te gustará.
—Gracias.
—Pero, Adrian, algunas veces es mejor dejarlas ser listas a ellas también.
Cerró la puerta.



Aparqué mi silla delante de las puertas francesas para su llegada. Me llevó un rato decidir si me vería mejor contra la belleza de las rosas, o si éstas solo llamarían la atención sobre mi fealdad. Pero finalmente, decidí que algo en la habitación debía ser hermoso, y eso definitivamente no era yo.
Aunque era julio, vestía una camisa de botones azul de manga larga Ralph Lauren, vaqueros, y zapatillas de lona con calcetines. Bestia adolescente. Sostenía un libro de sonetos de Shakespeare en la mano y leía el Soneto 54 por más o menos veinteava vez. Las Cuatro Estaciones de Vivaldi sonaban de fondo.
Todo se fue al traste cuando ella llamó a la puerta. Will no había llegado aún, así que me levanté, arruinando mi pintoresco (o... seamos honestos... ligeramente menos repelente) arreglo. Pero no podía dejarla de pie fuera, así que me apresuré hasta la puerta y la abrí. Realmente lento. Así no la sorprendería.
A la luz de la mañana, más que la noche antes, pude sentir que no me miraba. ¿Era porque era demasiado horrendo para que lo soportaran sus ojos, como la foto de un escenario del crimen? Creía que había superado su odio hacia mí, convirtiéndolo en vez de eso en pena. ¿Pero cómo podía convertirlo yo en amor?
—Gracias por venir —dije, indicándole que entrara en la habitación, pero sin tocarla—. Me he colocado cerca del invernadero. —Me acerqué a una mesa de madera oscura cerca de las puertas francesas que conducían a fuera. Saqué una silla para que se sentara en ella. En mi vida anterior, nunca había hecho tal cosa por una chica.
Pero ella ya estaba en la puerta.
—¡Oh! Es tan hermoso. ¿Puedo salir?
—Sí. —Ya estaba tras ella, extendiendo la mano hacia el cierre de la puerta—. Por favor. Nunca antes había tenido un invitado, nunca he compartido mi jardín con nadie aparte de Will y Magda. Espero...
Me detuve. Ella ya estaba saliendo. El sonido de los instrumentos de cuerda de Vivaldi se hinchaban a su alrededor, tocando la parte llamada "Primavera" justo cuando se adentró entre todas las flores.
—¡Es glorioso! Huele... ¡tener tal riqueza en tu casa!
—Es tu casa también. Por favor, ven cuando quieras.
—Adoro los jardines. Solía ir a Strawberry Fields en Central Park después de la escuela. Me sentaba allí durante horas, leyendo. No quería ir a casa.
—Entiendo. Desearía poder ir a ese jardín. He visto fotos de él online. —Y había pasado a su lado miles de veces en mi vida pasada. Apenas lo había mirado. Ahora ansiaba ir y no podía.
Estaba arrodillada junto a un lecho de rosas en miniatura.
—Son tan preciosas.
—A las chicas siempre les gustan las pequeñas, supongo. Yo prefiero las trepadoras. Siempre están buscando la luz.
—Esas son preciosas también.
—Pero esta... —Me arrodillé para señalar una miniatura ligeramente amarilla que había plantado hacía poco más de una semana—. Esta se llama rosa Pequeña Linda.
Me lanzó una mirada rara.
—¿Todas tus flores tienen nombre?
Me reí.
—Yo no le he puesto el nombre. Los horticultores, cuando desarrollan una nueva variedad de rosa, le ponen el nombre. Y esta sucede que se llama "Pequeña Linda".
—Es tan perfecta, tan delicada. —Extendió la mano hacia la rosa. Cuando lo hizo, su mano tocó la mía, y sentí un escalofrío de electricidad atravesar mi cuerpo.
—Pero fuerte. —Aparté la mano antes de que ella pudiera molestarse—. Algunas de las miniaturas son más fuertes que las rosas de té. ¿Te gustaría cortar algunas para tu habitación, ya que comparten tu nombre?
—Sería una pena cortarlas. Tal vez... —Se detuvo, sujetando la pequeña flor con dos dedos.
—¿Qué?
—Tal vez vendré a verlas.
Había dicho que volvería. Pero tal vez.
Justo entonces, entró Will.
—¿Adivinas quién está aquí, Will? —dije, como si no hubiera hablado con él de ello—. Lindy.
—Maravilloso —dijo él—. Bienvenida, Lindy. Espero que animes las cosas. Las clases son un poco aburridas sólo con Adrian.
—Hacen falta dos para aburrirse —dije yo.
Entonces, como sabía que haría, él dijo:
—Discutiremos los sonetos de Shakespeare hoy. Creo que empezaremos con el número cincuenta y cuatro.
—¿Has traído el libro? —Le pregunté a ella. Cuando negó con la cabeza, dije—: Podemos esperar a que lo traigas. ¿Vale, Will? ¿O podemos compartir el mío?
Los ojos de Lindy todavía vagaban por el jardín.
—Oh, supongo que podemos compartirlo. Traeré el mío mañana.
Había dicho "mañana".
—Muy bien. —Empujé mi libro, de forma que quedara más cerca de ella que de mí. No quería que pensara que estaba intentando algo. Pero aún así, estaba más cerca de ella de lo que había estado nunca. Podría haberla tocado muy fácilmente, y hacer que pareciera un accidente.
—¿Adrian, quieres leer en voz alta? —preguntó Will.
Una bola suave, como había dicho. Los profesores siempre habían alabado mi lectura. Y había leído este poema una y otra vez.

¡Oh, cuánto más bella parece la belleza
por aquel dulce ornamento que la verdad le da!
Bella la rosa se muestra, pero más bella la consideramos
por aquel dulce perfume que dentro de ella vive


Por supuesto, con ella sentada tan cerca, me aturrullé y tropecé en "bella parece la belleza". Pero seguí adelante.

El capullo de escaramujo tiene tintes tan intensos
como la perfumada tintura de las rosas,
penden de espinas semejantes y juegan tan alegremente
cuando el aliento del verano abre sus escondidos pimpollos
mas, dado que su virtud está sólo en su apariencia,
viven sin ser solicitadas y abandonadas se marchitan;
mueren por sí solas. Así no ocurre con las dulces rosas;
de sus dulces muertes dulces aromas se hacen;
y así de vos, bello y adorable joven,
cuando la belleza se desvanezca destilará mi verso la virtud.

Terminé y levanté la mirada. Sin embargo Lindy no me estaba mirando a mí. Seguí sus ojos y vi que estaba mirando a través de las puertas francesas, a las rosas. Mis rosas. ¿La belleza de mis rosas compensaba la fealdad en mí?
—¿Adrian? —Will estaba diciendo algo, tal vez por segunda o tercera vez.
—Lo siento, ¿qué?
—Pregunté que simboliza la rosa en el poema.
Habiendo leído el poema veinte veces, creía saber lo que significaba. Pero ahora me contuve. Comprendí que quería dejar que ella fuera la lista.
—¿Tú qué crees, Lindy?
—Creo que simboliza la verdad —dijo—. Shakespeare habla de como la rosa tiene un perfume que la hace hermosa por dentro. Y la fragancia de la rosa siempre perdura después de que muere la flor.
—¿Qué es un escaramujo, Will? —pregunté.
—Una rosa silvestre. Parece una rosa, pero no tiene el perfume.
—¿Así que lo parece, pero no es auténtica? —dije—. Como estaba diciendo Lindy. Sólo porque algo sea hermoso no significa que sea bueno. Eso quería decir.
Lindy me miró como si yo fuera listo, no sólo feo.
—Pero algo bello por dentro vivirá para siempre, como la fragancia de una rosa.
—¿Pero la fragancia de una rosa vive para siempre? —preguntó Will a Lindy.
Lindy se encogió de hombros.
—Una vez alguien me dio una rosa. La aplasté dentro de un libro. La fragancia no duró.
La miré fijamente, sabiendo de que rosa hablaba.
La mañana pasó rápidamente, y aunque no había estudiado con antelación los demás temas, me las arreglé para no parecer un imbécil total, pero siempre la dejaba a ella ser un poco más lista. No fue difícil.
A las doce y media, Will dijo:
—¿Te unirás a nosotros para almorzar, Lindy?
Me alegré de que lo preguntara él y no yo. Contuve el aliento. Creo que ambos lo hicimos.
—¿Una especie de cafetería escolar? —dijo Lindy—. Sí, sería agradable.
Si alguien cree que no había preparado a Magda para esto, está equivocado. La había despertado a las seis también... aunque ella había sido más comprensiva al respecto que Will... y habíamos charlado sobre posibles menús que no incluyeran sopas, ni ensaladas, ni ninguna cosa sucia que yo pudiera destrozar con mis garras. Odiaba que ser una bestia me hiciera comer como una bestia. Pero me alegra decir que no quedé como un asno, y estudiamos esa tarde también.



Por la noche, tendido en la cama, rememoré el momento en que su mano había tocado la mía. Me preguntaba cómo sería que me tocara ya no por accidente, que me permitiera tocarla.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:47 pm

Señor Anderson: Gracias por venir. Esta semana hablaremos de transformación y comida.
BestiaNYC: Pero yo quiero hablar de esta chica. Tengo una chica. Somos amigos, pero yo creo que podríamos ser algo más.

ChicoOso se ha unido al chat

Ranita: Hola, Oso
ChicoOso: Tengo noticias! Soy humano! Ya no soy un oso!
BestiaNYC: Humano?
Ranita: Felicidds
BeastNYC: <— Muy celoso de Oso
ChicoOso: La chica, su nombre es Blancanieves (no *esa* Blancanieves), me siguió a los bosques cuando abandonaban su lugar de veraneo. Vio al malvado enano que me había lanzado el hechizo, y me ayudó a matarle.
Ranita: Hs matad a un enano?
ChicoOso: Un enano *malvado*
Ranita: aún así...
ChicoOso: No fue un crimen que matara al enano porque lo hice como oso

DamaSilenciosa se ha unido al chat

DamaSilenciosa: Me temo que tengo algunas malas noticias
Ranita: ChicoOso es un tío de nuev!
DamaSilenciosa: Eso es maravilloso. Pero me temo que a mí no me está yendo bien.
BestiaNYC: Qué ha pasado, Dama?
DamaSilenciosa: Bueno, yo creía que iba realmente bien. Dijo que le recordaba a la chica que le salvó la vida (que fui yo, por supuesto) y aunque sus padres querían que fuera a conocer a otra chica, esta chica tiene padres ricos, él dijo que prefería estar conmigo.
ChicoOso: Eso es genial, Dama. Estoy seguro de que funcionará.
BestiaNYC: Sí, no se fijará en ella!
DamaSilenciosa: Pero ese es el problema. Sí que lo hace. Sus padres dijeron "Bueno, al menos *ella* puede hablar" y le montaron una cita a ciegas. Y no os lo creeréis, ahora él cree que *ella* fue quien le salvó la vida. Y como no puedo hablar, no puedo decirle otra cosa.
Señor Anderson: Lo siento mucho, Dama
DamaSilenciosa: Los vi besarse. Está con ella. He fracasado.
BestiaNYC: #@*!
BestiaNYC: Lo siento. No hay forma de escapar del hechizo, Dama?
DamaSilenciosa: Mis hermanas han intentado conseguir que la Bruja del Mar me librara del hechizo. Le dieron su cabello y todo. Pero ella dijo que el único modo de deshacerlo era si le mataba.
Ranita: Vs a hacerlo?
BestiaNYC: Pide a ChicoOso que te ayude. Él y su novia mataron a un enano.
ChicoOso: No tiene gracia, Bestia
BestiaNYC: Lo siento, Oso. El sarcasmo es el recurso ideal cuando estás molesto.
DamaSilenciosa: Entiendo, Bestia. Todos habéis sido muy buenos amigos.
Ranita: Hbéis sido? Eso signf q no vas a hacerlo?
DamaSilenciosa: No puedo, Ranita. No puedo matarle. Le amo demasiado. Fue mi error, yo lo cometí, y lo acepto.
BestiaNYC: Aclaremos esto, vas a convertirte en espuma de mar
DamaSilenciosa: Me han dicho que si espero 300 años, la espuma de mar y yo flotaremos hasta el cielo
Ranita: 300! Eso n s nada
ChicoOso: Ranita tiene razón. Parece un día o dos. Tú verás.
DamaSilenciosa: Creo que tengo que irme ya. Gracias por todo. Adiós.

DamaSilenciosa ha abandonado el chat

BestiaNYC: Guau. No puedo creerlo.
Ranita: Yooo tampoc
ChicoOso: En realidad no me siento de humor para chatear hoy
Señor Anderson: Tal vez debamos aplazar la sesión hasta la próxima vez.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:47 pm

QUINTA PARTE

Lapsos de tiempo, otoño e invierno



1


Fuera de las cerradas ventanas, las hojas comenzaban a caer, pero en el interior, todo seguía igual. Todo excepto Lindy y yo. Habíamos cambiado. Estudiamos juntos, y había notado que aunque ella era lista, yo no era evidentemente estúpido. No creía que ella me odiara ya. Quizás. Tal vez incluso le cayera bien.
Una noche, hubo una tormenta, una grande con relámpagos como hojas de metal atravesando el cielo y truenos que señalaban que todo estaba demasiado cerca. Esto sacudió mi cama, agitó el mundo, y me despertó. Subí a tropezones las escaleras hasta la sala de estar, sólo para descubrir que no estaba solo.
—¡Adrian! —Lindy estaba sentada en medio de la oscuridad sobre el sofá, observando el cielo encenderse por la ventana más alejada—. Estaba asustada. Sonó como un disparo.
—Disparo —Me pregunté si ella habría oído disparos de noche allá de donde venía—. Sólo son truenos, y esta vieja casa es maciza. Estás a salvo.
Comprendí la locura que era, decirle que estaba a salvo cuando la mantenía prisionera. Pero ella dijo:
—No todos los lugares en los que he vivido han sido seguros.
—Veo que has escogido el punto más alejado de la ventana.
—Crees que me estoy portando como una tonta.
—Nah. Estoy aquí, ¿verdad? El ruido me despertó. Iba a hacer palomitas y ver si hay algo en la TV. ¿Quieres? —Me moví hacia la cocina. Fui cuidadoso. Decidí que lo mejor era alejarme, no asustarla estando demasiado cerca. Era la primera vez que estábamos solos desde aquel día en la rosaleda.
Siempre estábamos con Will cuando estudiábamos, y con Magda en las comidas. Ahora, solos con todos los demás durmiendo, quería que ella supiera que podía confiar en mí. No quería fastidiarla.
—Sí, por favor. ¿Pero puedes hacer dos bolsas? Realmente me gustan las palomitas de maíz.
—Ajá. —Entré en la cocina y encontré las palomitas para microondas. Lindy pasaba los canales de televisión y aterrizó en una vieja película, La Princesa Prometida.
—Esa es buena —dije cuando las palomitas comenzaron a reventar.
—Nunca la he visto.
—Creo que te gustará. Tiene algo para cada uno… peleas de espada para mí, princesas para ti. —La primera bolsa terminó de reventar, y la saqué—. Lo siento. Probablemente eso haya sido sexista.
—Está bien. Soy una chica. Toda chica finge ser una princesa en algún momento, no importa lo poco que se parezca su vida a eso. Y me gusta la idea de “felices para siempre”. —Dejó la televisión en ese canal. Yo me quedé allí de pie mirando la segunda bolsa mientras ésta se hinchaba y considerando qué hacer con ellas... poner las palomitas en un tazón para compartir, como Magda solía hacer con las chicas a las que yo solía conocer, o dejarlas en las bolsas.
Finalmente, dije:
—¿Debería ponerlas en un tazón? —Ni siquiera sabía dónde guardaba Magda los tazones. ¿No era eso triste?
—Ah, no, no te molestes.
—No es ninguna molestia.
Pero saqué la bolsa, la abrí, y después las llevé las dos a la sala de estar. Probablemente había pedido su propia bolsa de modo que nuestras manos no se tocaran. No la culpaba. Me senté a unos treinta centímetros de distancia de ella mientras veíamos la película. Era la escena donde Wesley, un pirata, desafiaba al asesino Vizzini a una batalla de ingenios.
—¡Has caído víctima de uno de los errores clásicos! —dijo Vizzini en la pantalla—. ¡…Nunca te enfrentes a un siciliano cuándo está en juego la muerte!
Para cuando Vizzini cayó, muerto, me había terminado mis palomitas y había dejado a un lado la bolsa. Quería algunas más. Parecía que la bestia siempre tenía hambre. Me pregunté si, si es que volvía a transformarme, ¿estaría gordo?
—¿Quieres más? —dijo ella.
—No. Dijiste que te gustan mucho las palomitas.
—Sí. Pero puedes coger unas pocas. —Me ofreció la bolsa.
—Vale. —Me acerqué unos centímetros. Ella no gritó ni se alejó. Cogí un puñado de palomitas, con la esperanza de no dejarlas caer. Hubo un trueno aterrador y ella saltó, derramando la mitad de que las que quedaban.
—Oh, lo siento —dijo.
—No pasa nada. —Recogí los restos más a la vista y los lancé a mi bolsa vacía—. Podemos limpiar el resto por la mañana.
—Es sólo que realmente me asustan los truenos y los relámpagos. Cuando era pequeña, mi padre solía salir de noche, después de que yo me durmiera. Y luego, si algún ruido me despertaba, no lo encontraba allí. Me asustaba mucho.
—Debe haber sido duro para ti. Mis padres solían gritarme cuando me levantaba de noche. Me decían que fuera valiente, lo cual quería decir que los dejara en paz. —Le pasé las palomitas de maíz—. El resto para ti.
—Gracias. —Las cogió—. Me gusta…
—¿Qué?
—Nada. Esto… gracias por las palomitas.
Estaba tan cerca que podía oír su respiración. Quise acercarme más, pero no me lo permitiría a mí mismo. Nos sentamos a la luz blanco-azulada de la televisión, viendo la película en silencio. Sólo cuando ésta terminó vi que ella se había dormido. La tormenta había amainado y sólo deseé sentarme allí, vigilando su sueño, admirándola como admiraba mis rosas. Pero si se despertaba, creería que era un tipo raro.
Y ya pensaba que era bastante raro.
Así que apagué la televisión. La habitación estaba oscura como la boca de un lobo, y la cogí en brazos para llevarla a su cuarto.
Despertó a medio camino por las oscuras escaleras.
—¿Qué…?
—Te quedaste dormita. Te llevaba a tu cuarto. No te preocupes. No te haré daño. Te lo prometo. Puedes confiar en mí. Y no te dejaré caer. —Su peso era apenas nada en mis brazos. La bestia era fuerte también.
—Puedo andar —dijo ella.
—Bueno, si quieres. ¿Pero no estás cansada?
— Sí. Un poco.
—Confía en mí entonces.
—Lo sé. Si fueras a hacerme daño, lo habrías hecho ya.
—No voy a hacerte daño —dije, estremeciéndome al saber que ella había estado pensando en mí—. No puedo explicarte por qué te quiero aquí, pero no es para eso.
—Entiendo. —Se recostó en mis brazos, contra mi pecho. La llevé hasta lo alto de la escalera e intenté alcanzar el pomo de la puerta. Ella lo agarró. Su voz atravesó la oscuridad—. Nadie nunca me había llevado en brazos, no que yo pueda recordar.
Tensé mi apretón sobre ella.
—Soy muy fuerte —dije.
No dijo nada más después de eso. Se había quedado dormida otra vez. Confiaba en mí. Pisé en la oscuridad y entré en su dormitorio, pensando que siempre debía ser así para Will; fui muy cuidadoso, esperando no encontrar obstáculos. Cuando alcancé su cama, la dejé en ella y coloqué la suave manta a su alrededor. Quise besarla, allí en la oscuridad. Hacía tanto que no había tocado a alguien, tocar de verdad. Pero sería un error aprovecharme de su sueño, y si despertara, puede que nunca me perdonara.
Finalmente, dije:
—Buenas noches, Lindy —y comencé a alejarme.
—¿Adrian? —En la puerta, oí su voz—. Buenas noches.
—Buenas noches, Lindy. Gracias por sentarte conmigo. Fue agradable.
—Agradable. —Oí que se removía en la cama, dando vueltas, quizás—. ¿Sabes?, en la oscuridad, tu voz me parece familiar.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:49 pm

2


Más frío y más humedad, y ya podía hablar con Lindy sin preocuparme de cada palabra. Un día, después de nuestra clase, Lindy dijo:
—Así que, ¿qué hay en el quinto piso?
—¿Eh? —Había oído lo que había dicho, pero quería dilatar el tiempo e idear una respuesta. No había subido al quinto piso desde que ella había venido. Para mí, el quinto piso significaba desesperación, significaba sentarme junto a la ventana leyendo El Jorobado y sintiéndome tan solo como Quasimodo. No quería subir allí.
—El quinto piso —dijo Lindy—. Tú estás en el primero, la cocina y la sala de estar están en el segundo, yo estoy en el tercero, y Will y Magda están en el cuarto. Pero cuando vine aquí, vi cinco niveles de ventanas.
Ahora estaba listo.
—Ah, nada. Viejas cajas y trastos.
—Guau, suena interesante. ¿Podemos ir a echar un vistazo? —Lindy empezó a dirigirse hacia la escalera.
—Son sólo cajas. ¿Qué interés hay en eso? Te harán estornudar.
—¿Sabes qué hay en las cajas? —Cuando negué con la cabeza, ella dijo—: Eso es lo interesante. Podría haber un tesoro escondido allí.
—¿En Brooklyn?
—Vale, tal vez no un verdadero tesoro, pero otros tesoros, viejas cartas y cuadros.
—Dirás trastos.
—No tienes que venir. Puedo mirar por mí misma, si no son tus cosas.
Pero fui. Aunque la idea del quinto piso trajera consigo una sensación de temor que se asentó en mi estómago como carne podrida, fui porque quería pasar tiempo con ella.
—Oh, mira. Hay un sofá junto a la ventana.
—Sí, es bastante divertido sentarse allí y observar a la gente pasar. Quiero decir que debe haber sido así para quién quiera que viviera aquí.
Ella se subió al asiento de la ventana, mi asiento de la ventana. Sentí un dolor agudo. Debía echar de menos salir al exterior.
—Oh, tienes razón. Puedes ver todo el camino a la estación del metro desde aquí. ¿Qué estación es esa?
Pero yo ya estaba hablando.
—Puedes ver a la gente ir del tren a sus trabajos, y volver por la tarde. —Cuando me miró, dije—: No es que alguna vez lo haya hecho.
—Apuesto a que la gente lo hace todo el tiempo. Puedes ver vidas enteras desde aquí.
Se inclinó, haciendo que apartara la vista de la calle. La miré atentamente, la forma en que su gruesa trenza roja colgaba por su espalda, tornándose en oro al sol de tarde, las pecas sobre su blanca piel. ¿Cómo era la cuestión de las pecas? ¿Te salían una a una o de repente? Por último, me fijé en sus ojos, gris pálido, rodeados de pestañas blanquecinas. Eran ojos amables, pensé, ¿pero podían algunos ojos ser lo bastante amables como para perdonar mi bestialidad?
—¿Qué hay de las cajas? —Gesticulé hacia las pilas en la esquina.
—Oh, tienes razón. —Pero parecía decepcionada.
—La ventana se vuelve más interesante alrededor de las cinco. Es cuando la gente comienza a regresar del trabajo. —Ella me miró—. Bueno, puede que me haya sentado en ese asiento… una o dos veces.
—Oh, ya veo.
La primera caja que abrió estaba llena de libros, y aún cuando Lindy tenía cientos de libros, se emocionó mucho.
—¡Mira! ¡La Princesita! ¡Era mi favorito en quinto! —Y fui a su lado a mirar. ¿Cómo conseguían las chicas emocionarse tanto por cosas tan estúpidas?
El siguiente chillido de Lindy fue más fuerte. Me apresuré a asegurarme de que no se hubiera hecho daño, pero ella dijo:
—¡Jane Eyre! ¡Es mi favorito de todos los tiempos!
Recordé que había estado leyéndolo la primera vez que la había observado
—Tienes un montón de favoritos. ¿No lo tienes ya?
—Sí. Pero mira éste.
Cogí el libro que me ofrecía. Olía como el metro. Databa de 1943 y tenía esas ilustraciones principalmente negras que ocupaban páginas enteras. Lo abrí en la imagen de una pareja dándose el lote bajo un árbol.
—Nunca antes había visto un libro para adultos con imágenes. Son geniales. —Me quitó el libro.
—Adoro este libro. Me encanta como muestra cuánto se esfuerzan estas dos personas por estar juntos, y lo van a estar, incluso si hubiera algo que los separase. Hay una magia en ello.
Pensé en como Lindy y yo nos habíamos conocido en el baile, después la había visto en el espejo, y ahora ella estaba aquí. ¿Era eso magia? ¿El tipo de magia de Kendra? ¿O sólo suerte? Sabía que existía la magia. Sólo que no sabía si podía funcionar para bien.
—¿Crees en eso? —dije—. ¿En cosas mágicas?
Su rostro se oscureció, como si estuviera pensando en alguna otra cosa.
—No sé.
Eché un vistazo al libro otra vez.
—Me gustan las imágenes.
—¿No crees que capturan perfectamente la esencia del libro?
—No lo sé. Nunca lo he leído. ¿No es un libro de chicas?
—¿Nunca lo has leído? ¿De verdad? —Sabía lo que venía a continuación—. Bueno, pues tienes que leerlo. Es el libro más maravilloso del mundo... una historia de amor. Yo lo leía cada vez que teníamos un corte en el suministro eléctrico. Es el libro perfecto para la luz de una vela.
—¿Corte en el suministro eléctrico?
Lindy se encogió de hombros.
—Teníamos más que la mayoría de la gente, supongo. A veces las cosas se interponían en el camino de papá de camino a pagar la factura de la electricidad.
Cosas como alimentar su nariz y su torrente sanguíneo. Tenía prioridades. Pensé, otra vez, en cuan parecidos éramos Lindy y yo. Y en cuan parecidos eran nuestros padres... en el caso de mi padre, el trabajo era su droga.
Le acepté el libro. Sabía que me quedaría despierto toda la noche para leerlo.
Finalmente, nos dirigimos a otras cajas. La segunda estaba llena de álbumes de recuerdos y recortes, todo sobre alguna actriz llamada Ida Dunleavy. Saqué posters de: Ida Dunleavy como Portia en el Mercader de Venecia. Ida Dunleavy en La Escuela Del Escándalo.
También había revistas.
—Escucha esto —dijo Lindy—. Recordarán a Ida Dunleavy como una de las grandes actrices noveles de nuestro tiempo.
—Ni idea. Nunca oí hablar de ella. —Miré la fecha del recorte. 1924.
—Mira qué guapa era. —Lindy me mostró otro recorte, éste era la fotografía de una mujer hermosa de negros cabellos con un vestido pasado de moda.
Los siguientes recortes eran sobre una boda.
—La actriz Ida Dunleavy se casa con el Prominente Banquero, Stanford Williams.
Luego los recortes sobre conciertos y actuaciones cambiaron a noticias de bebés. Eugene Dunleavy Williams, nació en 1927, Wilbur Stanford Williams en 1929. Las páginas estaban cubiertas de notas con una caligrafía caprichosa y anticuada y había mechones dorados de cabello.
Un recorte de 1930 decía: El Banquero Stanford Williams se Quita La Vida.
—Se suicidó —dijo Lindy, leyendo—. Saltó por una ventana. Pobre Ida.
—Debió ser uno de aquellos tipos que lo perdieron todo en la depresión del 29.
—¿Crees que vivieron aquí? —Lindy tocó el periódico amarillento.
—O tal vez sus hijos o nietos.
—Es tan triste. —Hojeó el resto del álbum de recuerdos. Había unos cuantos artículos más sobre Stanford, una foto de dos pequeños de aproximadamente tres o cuatro años, luego nada más. Lindy dejó de lado el álbum de recuerdos y buscó debajo. Sacó una caja, la abrió, y quitó un envoltorio de papel de seda que se deshizo en polvo en sus manos. Finalmente, sacó un vestido de satén verde, a medio camino entre el color de la menta y el color del dinero—. ¡Mira! Es el vestido de la foto de Ida.
Lo sostuvo delante de ella. Parecía que era exactamente de su tamaño.
—Deberías probártelo.
—Oh, nunca me quedaría bien. —Pero noté que continuaba sosteniéndolo, tocando el encaje amarillento del frente. Unos cuantos hilos colgaban, pero excepto estos detalles, tenía bastante buen aspecto
—Inténtalo —dije—. Vete abajo si te preocupa que te vea.
—No es eso. —Pero levantó el largo vestido y lo hizo girar con ella. Luego desapareció por las escaleras.
Yo fui al baúl. Quería encontrar algo guay para mostrarle cuando regresara. En una sombrerera, encontré un sombrero de copa. Lo intenté, pero se escurría continuamente de mi cabeza de animal. Lo oculté detrás del sofá. Pero había también un par de guantes y una bufanda de paseo. Estos se adaptaban con un poco de esfuerzo. Stanford debía haber tenido manos grandes. Abrí otra caja y encontré una vieja Victrola y algunos discos. Estaba a punto de sacarlos cuando Lindy regresó.
Había estado en lo cierto con lo del vestido. Le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo... su cuerpo, el cual yo había asumido que no era nada especial debido al modo en que lo ocultaba bajo sudaderas y vaqueros holgados, por lo general. Pero ahora, con el satén y el encaje que abrazaba cada curva, no podía dejar de mirarla. Y sus ojos, que antes había creído que eran grises, ahora parecían exactamente del mismo verde que el vestido. Tal vez era porque últimamente había tenido poco acceso a chicas, pero se la veía sexy. ¿Se había transformado como yo? ¿O siempre había sido así, y yo nunca lo había notado?
—Suéltate la trenza —dije sin pensar. ¿Era tan extraño decir esto?
Ella hizo una mueca, pero obedeció, se soltó el cabello, el cual se derramó sobre sus hombros como una cascada de fuego. La contemplé.
—¡Dios! Eres hermosa, Lindy —susurré.
Ella se rió.
—Oh, vale. Sólo crees que soy hermosa porque… —Se detuvo.
—¿Por qué soy feo? —terminé por ella.
—No iba a decir eso. —Pero se había ruborizado.
—No te preocupes por herir mis sentimientos. Sé que soy feo. ¿Cómo podría no saberlo?
—Pero de verdad que no iba a decir eso. Lo que iba a decir era que crees que soy hermosa porque no conoces a ninguna otra chica, ninguna guapa.
—Eres hermosa —repetí, imaginando como sería tocarla, lo que sentiría al pasar las manos sobre el resbaladizo y frío satén, y sentir su calor. Tuve que dejar de pensar en ello. Tenía que mantener el control. Si ella supiera cuánto la deseaba, fliparía. Le ofrecí un espejo... el espejo.
Y cuando examinó su reflejo, la observé, en secreto, el modo en que su cabello rojo se rizaba a lo largo de su espalda. También se había puesto maquillaje, barra de labios color cereza y un colorete rosa. Nunca los había llevado antes. Pero, por supuesto, me dije que era por el vestido, no por mí.
—He visto una antigua Victrola en una de las cajas —dije—. Deberíamos ver si funciona.
—Oh, ¿de verdad? Genial. —Aplaudió con las manos. Le mostré el viejo tocadiscos. La etiqueta en un pequeño y grueso disco decía: El Danubio Azul.
—Creo que debemos poner este. —Coloqué la aguja en el tocadiscos—. Démosle cuerda. —Pero cuando lo hice, no salió ningún sonido. Lindy pareció decepcionada, luego se rió…
—No sé bailar el vals de todos modos.
—Yo sí. Mi am… —me detuve. Había estado a punto de decir que mi amigo Trey me había arrastrado a una clase de baile de salón que su madre le había obligado a dar en su club de campo cuando teníamos once años. Pero me contuve—. Hubo una clase de baile por la tele una vez. Podría enseñarte. Es fácil.
—Fácil para ti.
—Para ti también. —Cogí los guantes y la bufanda de la caja. Quería tocarla, pero no quería darle asco con mis repugnantes patas de animal. Le ofrecí una mano enguantada—. ¿Me concedes este baile?
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué hago?
—Toma mi mano.
Lo hizo. Me quedé allí de pie, en silencio, durante un segundo.
—¿Y la otra mano? —apuntó ella.
—Hum, sobre mi hombro. Y la mía… —la deslicé hasta su cintura, mirando por la ventana mientras lo hacía—. Y luego sólo imita lo que yo hago. —Le mostré el sencillo paso del vals—. Adelante, lado, pausa.
Lo intentó, pero no lo consiguió.
—Así. —La acerqué más de lo que debía, de forma que su pierna quedó contra la mía. Sentía cada nervio, cada músculo de mi cuerpo tenso, y esperaba que ella no sintiera la aceleración de los latidos de mi corazón. De todos modos, la dirigí durante un buen rato, y después de unos cuantos intentos, pilló los pasos.
—No hay música —dijo.
—Sí la hay. —Comencé a tararear El Danubio Azul y me deslicé con ella lejos de las cajas y sobre el suelo. Nos enredamos un poco el uno con el otro, haciendo esto, y me vi forzado a acercarme más. No es que me opusiera a ello. Noté que ella llevaba perfume también, y entre eso y el tarareo, casi sentía mareos. Pero seguí deslizándome, ahora guiándola alrededor en un pequeño círculo como el profesor de baile nos había enseñado, lamentando no poder recordar más de la canción, para hacer que durara más.
Pero finalmente, me quedé sin notas y tuve que parar.
—Baila divinamente, mi querida Ida —dije. ¡Qué imbécil era!
Ella se rió tontamente y soltó mi mano, pero permaneció cerca.
—Nunca he conocido a nadie como tú, Adrian.
—¡Eh! Supongo que no.
—No. Quiero decir que nunca he tenido a un amigo como tú, Adrian.
Amigo. Había dicho amigo, que era mejor que las palabras que había utilizado antes. Secuestrador. Carcelero. Pero no eran lo suficientemente buenas. Yo quería más, y no sólo por el hechizo. Lo quería todo de ella. ¿Me molestaba saber que la única razón por la que no estábamos besándonos, la única razón por la que no me quería era por mi aspecto? Puedes estar seguro. Pero tal vez si lo intentaba con más fuerza, ella obviaría esto, y vería mi verdadero yo. Excepto que ya no sabía quién era "mi verdadero yo". Había sido transformado... no sólo mi cuerpo, sino todo yo.
—Te odiaba por obligarme a estar aquí —continúo Lindy.
—Lo sé. Pero tenía que hacerlo, Lindy. No podía estar solo por más tiempo. Esa es la única…
—¿Crees que no lo veo? Has estado muy solo. Lo entiendo.
—¿De veras? —Asintió con la cabeza, pero deseé que no lo hiciera, casi, deseé poder dejarla marchar y que dijera, “No. Me quedaré. No porque me obligues, o porque me compadezca de ti, sino porque quiero estar aquí contigo." Pero sabía que no podría, y ella no iba hacer nada parecido. Me pregunté por qué no me pedía que la dejara marchar. ¿Podía ser que ya no quisiera irse, que fuera feliz? No me atrevía a tener esa esperanza.
De todos modos, percibí su perfume, el perfume que nunca antes había llevado. Quizás.
—¿Adrian, por qué eres… así?
—¿Así cómo?
—Nada. —Se alejó—. Perdona.
Pero recordé mi tapadera.
—Siempre he sido así. ¿Soy muy horrible de ver?
No dijo nada durante un momento, no me miró. Durante un minuto, pareció que ambos nos habíamos olvidado de respirar, y todo estaba arruinado, arruinado. Pero finalmente, dijo:
—No.
Respiramos otra vez.
—Tu aspecto no significa nada para mí —siguió—. Me he acostumbrado a él. Has sido tan amable conmigo, Adrian.
Asentí.
—Soy tu amigo.
Nos quedamos allá arriba toda la tarde y no estudiamos ni un poco.
—Pediré a Will que comencemos tarde mañana —le dije a Lindy—. Estoy muerto.
Al final del día, Lindy se quitó el vestido verde y lo dobló, devolviéndolo a su caja. Pero esa noche, subí sigilosamente las escaleras alumbradas por la luz de la luna y en secreto me llevé el vestido abajo conmigo. Lo puse bajo mi almohada. El débil olor de su perfume era nítido para mis sentidos de animal, y me acordé de una lectura que decía que el olor es el sentido más relacionado con la memoria. Dormí con ese vestido a la altura de mi rostro y soñé con abrazarla, con tener su amor. Era imposible. Ella había dicho que yo era su amigo.
Pero a la mañana siguiente, cuando Lindy bajó a desayunar, su cabello estaba suelto, cepillado y brillante. Olí su perfume.
Comencé a tener esperanzas.


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Última edición por Gemma el Jue Dic 02, 2010 6:30 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:49 pm

3


La habitación de Lindy estaba dos pisos por encima de la mía. Me hacía sentir inquieto el saber que estaba allí, en la misma casa, dormida, sola. Por la noche, casi podía sentir su cuerpo, deslizándose entre las frescas sábanas blancas. Quería conocer cada dorada peca en su piel. Pero ahora estaba inquieto. Mis propias sábanas se sentían calientes, a veces sudorosas, y picantes. Estaba dolorido por ella, acostado en mi cama, imaginándola en la suya. Me iba a dormir pensando en ella, y despertaba empapado hasta los huesos, las sábanas enredadas alrededor de mis piernas. Imaginaba como sería estar enredado alrededor de ella. Quería tocarla. Había visto su suavidad el día en que se había probado el vestido. De alguna manera, sabía que sería suficientemente suave como para completarme.
—Ojalá pudiéramos ir a la escuela juntos —dijo Lindy un día cuando habíamos terminado de estudiar—. Supongo que podrías ir a mi escuela, mi antigua escuela.
Estaba diciendo, comprendí, que aún deseaba ir, pero que también quería estar conmigo.
—¿Me gustaría? —Era la última hora de la tarde. Yo había abierto los postigos... descaradamente... y la luz se derramada sobre su cabello, volviéndolo de oro. Tenía muchas ganas de tocarlo, pero no lo hice.
Pensó en mi pregunta.
—Probablemente no. Los chicos allí, son todos ricos y estirados. Yo no encajaba.
Yo sí. Ahora me asombraba que así fuera.
—¿Qué dirían tus amigos si vieran a alguien como yo allí?
—No tenía ningún amigo. —Sonrió—. Pero estoy segura que algunos padres de la Asociación de Padres tendrían problemas contigo.
Me reí, imaginándolo. Por supuesto, conocía muy bien a los padres de los que hablaba... desde luego ninguno emparentado conmigo, pero había padres que iban a todas las reuniones y eran voluntarios en la escuela y generalmente se quejaban de cosas. A ellos les importaría. La ayudé a recoger sus libros.
—"¡No quiero que una bestia cualquiera vaya a la escuela con mi niño!". Eso es lo que dirían en la reunión de la asociación. "Pago mucho dinero por esta escuela. No pueden dejar entrar a esa gentuza".
Ella se rió.
—Exactamente. —Dejó sus libros sobre la mesa y comenzó a caminar hacia el invernadero. Se había convertido en nuestra rutina diaria. Cuando terminábamos nuestras clases, almorzábamos, luego leíamos y hablábamos de lo que habíamos leído... deberes en casa para gente que nunca salía de casa. Luego íbamos al invernadero, y ella me ayudaba a regar y otros trabajos.
—Podríamos comenzar a estudiar aquí afuera ahora que se está fresco —dije.
—Eso me gustaría.
—¿Necesitas algunas flores? —Le preguntaba esto cada día. Si las flores de su habitación se habían marchitado, escogíamos algunas. Ese era el único regalo que podía darle, la única cosa que ella quería de mí. Le había ofrecido otros regalos. Siempre decía que no.
—Sí, por favor. Si no las vas a echar de menos.
—Las echaré de menos. Pero me hace feliz dártelas, Lindy, tener a alguien a quien regalarlas.
Sonrió.
—Te entiendo, Adrian. —Hicimos una pausa antes de una rosa de té blanca—. Sé lo que es estar solo. Lo he estado toda mi vida, hasta… —Se detuvo.
—¿Hasta qué? —pregunté.
—Nada. He olvidado lo que iba a decir.
Sonreí.
—Está bien. ¿De qué color las quieres esta vez? Creo que te llevaste rojas la vez pasada, pero las rojas no duran, ¿verdad?
Se inclinó hacia adelante, manipulando una rosa blanca.
—¿Sabes?, estuve colgadísima por un chico de mi escuela una vez.
—¿De verdad? —Sus palabras eran punzones de hielo para mí, y me pregunté si sería alguien a quien yo conocía—. ¿Y cómo era él?
—Perfecto. —Se rió—. El típico chico por el que te colgarías, supongo. Guapo, popular. Yo pensaba que también era listo, pero tal vez sólo quería que fuera listo. Me molestaba que pudiera gustarme alguien sólo por su aspecto. Ya sabes cómo es eso.
Aparté la mirada para no ver mi mano animal en las rosas. Entre las rosas y sus recuerdos de ese tío buenorro, me sentía particularmente horroroso.
—Es extraño, sin embargo —dijo ella—. La gente da mucha importancia al aspecto, pero después de un tiempo, cuándo conoces a alguien, ya ni siquiera lo notas, ¿verdad? Es sólo apariencia.
—¿Tú crees? —Me acerqué lentamente, imaginando como sería trazar la línea de su oreja con un dedo de mi garra, oliendo su cabello—. ¿Y cómo se llamaba ese chico?
—Kyle. Kyle Kingsbury. ¿No es un nombre increíble? Su padre es presentador de una gran cadena televisiva. Lo veo algunas veces y recuerdo a Kyle. Tienen un ligero parecido.
Crucé los brazos delante de mí para contener lo que estaba sintiendo.
—¿Así qué te gustaba ese tío, Kyle, porque era muy guapo y tenía un padre rico y un nombre increíble?
Ella se rió, como si comprendiera lo superficial que sonaba eso.
—Bueno, no sólo por eso. Era tan seguro e intrépido, al contrario que yo. Era consciente de su importancia. No sabía que yo existía, por supuesto, excepto esa vez… fue una tontería.
—No. Cuéntame. —Pero sabía lo que iba a decir.
—Yo estaba echando una mano en un baile. Odiaba ayudar en los bailes. Me sentía estúpida y pobre, pero se te… animaba a hacerlo si tenías una beca. De todos modos, él estaba allí con su novia... esa malvadísima chica llamada Sloane Hagen. Recuerdo que él le había regalado un ramillete, una gloriosa rosa blanca. —Toqueteó las rosas que había ante ella—. Sloane tenía una pataleta porque no era una orquídea, no era lo bastante cara, supongo. Pero recuerdo pensar que si a mí me diera una rosa como ésa un chico como Kyle Kingsbury, sería feliz para siempre. Y justo cuando lo estaba pensando, él se acercó y me la dio.
—¿Sí? —Estuve a punto de ahogarme.
Asintió.
—Pude ver que él no le dio mucha importancia, pero en toda mi vida, nadie me había regalado nunca una flor. Nunca. Pasé la noche entera mirándola, el modo en que su cáliz se acunaba como una mano diminuta. Tenía incluso un pequeño vial de agua para mantenerla viva más tiempo. Y el olor... la llevé a casa en el metro, oliéndola todo el tiempo, y la prensé entre las páginas de un libro para poder recordarla para siempre.
—¿Todavía la tienes?
Asintió con la cabeza.
—En un libro arriba. Lo traje conmigo. Ese lunes, quise encontrar a Kyle, para darle las gracias de nuevo por la rosa, pero no había ido a la escuela. Se había puesto enfermo durante el fin de semana y luego faltó el resto del año. Después fue a un internado. Nunca lo volví a ver.
Parecía muy triste, y pensé en cómo me habría reído de ella si se hubiera acercado el lunes y me hubiera agradecido el darle aquella vieja y rota rosa. Me habría reído en su cara. Por primera vez, me alegré de no haber ido a la escuela ese lunes. Kendra la había protegido de mí.
—¿Deberíamos escoger alguna ahora? —dije.
—Me encantan las rosas que me das, Adrian.
—¿Sí?
Asintió.
—Nunca había tenido cosas hermosas. Sin embargo, me siento triste al verlas morir. Las rosas amarillas duran más tiempo, pero aún así es un tiempo muy corto.
—Por eso construí este invernadero, para poder tenerlas durante todo el año. Nunca es invierno, aunque muy pronto habrá nieve en el jardín.
—Pero a mí me gusta el invierno. Es casi Navidad. Echo de menos poder salir y tocar la nieve.
—Lo siento, Lindy. Lamento no poder darte todo lo que quieres.
Y lo hacía. Me había esforzado tanto para hacer las cosas perfectas para ella, trayéndole sus rosas y leyendo poesía. Todo lo que el guapo Kyle Kingsbury había tenido que hacer para que ella lo amara era caminar por el planeta siendo guapo. Si estuviera atrapada aquí con él, si ella supiera que lo estaba, habría sido feliz. Pero atrapada aquí conmigo, pensaba en él. Sin embargo no me hubiera convertido en mi antiguo yo, con todo lo que eso implicaba, aunque hubiera podido. Habría vivido como mi padre, que no tenía nada en su vida aparte de belleza y dinero. Habría sido infeliz, pero nunca habría sabido por qué.
Si no hubiera sido transformado, nunca habría sabido lo que me perdía. Ahora, al menos, lo sabía. Si me quedaba como una bestia para siempre, sería mejor de lo que lo había sido antes. Saqué unas tijeras de podar de mi bolsillo, encontré la más perfecta de las rosas blancas, y se la di a ella. Quería dárselo todo, incluso su libertad.
Te amo, pensé.
Pero no lo dije. No era que temiera que se riera en mi cara. Ella era demasiado buena para eso. Temía algo peor... que no lo repitiera en respuesta.



—Nunca me amará —le dije a Will, más tarde en su habitación.
—¿Por qué dices eso? Esto está yendo muy bien. Lo pasamos maravillosamente en clase, y puedo sentir la química entre vosotros.
—Eso es porque es la clase de química. Pero no me quiere. Ella quiere a un tío normal, alguien que pueda dar largos paseos en la nieve con ella, alguien que pueda salir de la casa. Soy un monstruo. Ella quiere a alguien humano.
Will dio una palmadita a Piloto y le susurró algo. El perro vino a mí. Will dijo:
—Adrian, puedo asegurártelo, eres más humano que mucha gente. Has cambiado mucho.
—Pero no es suficiente. No parezco humano. Si saliera fuera, la gente gritaría al verme. La apariencia le importa a mucha gente. Esa es la realidad del mundo.
—No de mi mundo.
Acaricié a Piloto.
—Me gusta tu mundo, Will, pero no tiene una población muy grande. Voy a dejarla marchar.
—¿Y crees que eso es lo que ella quiere?
—Creo que nunca va a amarme, y…
—¿Qué?
—¿Sabes lo que es, desear tanto tocar a alguien y no ser capaz de hacerlo? Si nunca va a amarme, no debería atormentarme.
Will suspiró.
—¿Cuándo se lo dirás?
—No lo sé. —La garganta me dolía casi demasiado al decir las palabras. Sería injusto por mi parte invitarla a visitarme. Ella podría acceder por compasión, pero había tenido mi oportunidad de hacer que se enamorara de mí, y había fallado—. Pero pronto.



—Voy a dejar que se vaya —le dije a Kendra en el espejo.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—No. Voy a dejar que se vaya.
—¿Pero por qué?
—No es justo mantenerla prisionera. No ha hecho nada malo. Debería tener la libertad de hacer lo que le plazca, tener su propia vida, caminar sobre la estúpida y apestosa nieve. —Pensé en el póster que una chica a la que había conocido tenía en su cuarto, una imagen de una mariposa con las palabras "si amas algo, déjalo en libertad". Huelga decir que había pensado que era súper estúpido.
—¿Nieve? —dijo Kendra—. Puedes desmontar el invernadero y tener la nieve que quieras.
—Sí. Echa de menos salir al mundo real.
—Se trata de tu vida, Kyle. Eso es más importante que…
—No Kyle, Adrian. Y nada es más importante para mí que lo que ella quiere. Voy a hacerlo esta noche durante la cena.
Kendra parecía pensativa.
—Esto quiere decir que nunca podrás romper la maldición.
—Lo sé. Nunca iba a romperla de todos modos.



Esa noche, me tomé mi tiempo cepillándome el pelo y lavándome las manos para la comida. Oí a Magda llamándome, pero seguía entreteniéndome. No quería cenar porque esta podía ser nuestra última cena. Esperaba que Lindy quisiera quedarse a pasar la noche e irse por la mañana, o mejor todavía, tomarse unos días para embalar sus cosas... los libros y la ropa y los perfumes que yo le había comprado. ¿Qué haría si se marchaba sin ellos? Sólo me recordarían a ella, como si hubiera muerto.
Claro que, de verdad, de verdad, de verdad esperaba que dijera: Oh, no, Adrian, no me puedo imaginar el dejarte. Te amo demasiado. Pero es tan dulce y desinteresado por tu parte el dejarme ir que creo que te besaré. —Y entonces nos besaríamos y la maldición se rompería, y la tendría para siempre. Que era lo que realmente quería, estar con ella para siempre.
Pero no podía esperar eso.
—¡Adrian! —Magda estaba llamando a la puerta. Llegaba cinco minutos tarde.
—Entra.
Entró apresurada.
—Adrian. Tengo una idea.
Intenté sonreír.
—No tienes que dejar que la señorita Lindy se vaya. He pensado en cómo puedes dejarla ser más libre, darle más de lo que ella quiere.
—No puedo salir. —Pensé en la chica de la fiesta de Halloween—. Es imposible.
—Aquí no —dijo ella—. Pero escucha. He pensado en una forma.
—Magda, no.
—La amas, ¿no?
—Sí, pero es imposible.
—Esta chica también necesita amor. Lo veo. —Gesticuló para que me sentara en una silla cerca de la puerta—. Escucha esto.

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Última edición por Gemma el Jue Dic 02, 2010 6:31 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:50 pm

4


Dos días más tarde, a las cuatro de la mañana, esperaba escaleras abajo mientras Magda despertaba a Lindy y la acompañaba a la puerta. Estaba oscuro, así que miré por la ventana hasta que no hubo nadie a la vista. A nuestro alrededor, la Ciudad que Nunca Duerme, dormía. Las calles estaban vacías. Había nevado un poco durante la noche, y las aceras estaban libres de huellas. Ni siquiera los camiones de la basura habían salido aún.
—¿Dónde vamos? —dijo Lindy cuando llegó abajo.
—¿Confías en mí? —Contuve el aliento esperando su respuesta. Tenía muchas razones para no confiar en mí. Yo había sido su secuestrador, su captor, aunque prefería estar muerto que dañar un sólo cabello de su cabeza. Esperaba que después de vivir conmigo cinco meses, lo supiera.
—Sí —dijo, pareciendo tan sorprendida por la noticia como lo estaba yo.
—Vamos a un sitio genial. Creo que te gustará mucho.
—¿Tengo que hacer las maletas?
—Tengo todo lo que necesitarás.
Will llegó, y conduje a Lindy alrededor de la entrada de seguridad de nuestro edificio. Sostenía su muñeca, pero no aplicaba fuerza. Ya no era más mi prisionera. Si hubiera huido, la habría dejado marchar.
No huyó. Mi corazón esperaba que no lo hiciera porque no quería marcharse, pero quizá sencillamente no sabía que yo ya no la retendría. Siguió mi guía hasta la limusina que esperaba.
La limusina era obra de mi padre. Después de hablar con Magda, le había llamado al trabajo. Había requerido algún tiempo atravesar el sistema telefónico del estudio, pero finalmente oí esa famosa voz, llena de preocupación paternal.
—Kyle, estoy casi en el aire. —Eran las cinco y cuarto.
—Esto no nos llevará mucho. Necesito tu ayuda. Me lo debes.
—¿Te lo debo?
—Ya me has oído. Me has tenido encerrado en Brooklyn durante más de un año, y no me he quejado. Además no he acudido a las noticias de la Fox con la historia del bestial hijo de Rob Kingsbury. Afróntalo, me lo debes.
—¿Qué quieres, Kyle?
Se lo expliqué. Cuando terminé, dijo:
—¿Me estás diciendo que tienes a una chica viviendo ahí?
—No es como si nos acostáramos.
—Piensa en la responsabilidad.
Sabes, papá, cuando te deshiciste de mí dejándome con la criada, perdiste el derecho a supervisar mi conducta.
Pero no dije eso. Después de todo, quería algo de él.
—Está bien, papá. No le he hecho daño. Sé que estás tan preocupado como yo porque consiga romper esta maldición. —Intenté pensar en lo que diría Will. Will era listo—. Por eso es realmente importante que me ayudes con esto. Cuando antes salga de este lío, menos posibilidades hay de que alguien averigüe algo.
Lo enfoqué todo en él porque era así como él pensaba.
—Vale —dijo—. Déjame ver lo que puedo hacer. Tengo que salir al aire ahora.
Lo que había hecho era ocuparse de todos los detalles... el lugar, el transporte, todo excepto buscar un tío que regara las rosas. Eso lo hice yo. Ahora observaba a Lindy mientras dormitaba, su cabeza colgando cerca de mi hombro, y el coche siguiendo su camino a través del Puente de Manhattan. Me sentía como alguien a quien se le había lanzando una cuerda desde el borde de un acantilado. Había una posibilidad de que esto funcionara, pero si no, yo fracasaría, y fracasaría a lo grande. Aunque Lindy dormía, yo no podía. Observaba el tráfico mañanero rodando bajo las tenues luces de la ciudad. Aún no hacía frío. Hacia el mediodía, la ligera nieve se habría convertido en un amasijo medio derretido, pero pronto haría frío y llegaría la Navidad y toda su emoción. Magda y Will dormían al otro lado del asiento. El conductor había sufrido un ataque cuando había visto a Piloto.
—Es un perro guía —le había explicado Will.
—¿Significa eso que no se hará popó en los asientos?
Yo había suprimido una risa. Me había vestido como un beduino una vez más, pero ahora, con el panel levantado entre el conductor y yo, me quité el disfraz. Acaricié el cabello de Lindy.
—¿Ahora vas a decirme dónde vamos? —preguntó ella cuando salimos del Túnel de Holanda.
Comencé diciendo:
—No sabía que estabas despierta.
Retiré mi mano de su cabello.
—Está bien. Es agradable.
¿Sabe ella que la amo?
—¿Has visto alguna vez el amanecer? —Señalé atrás, al este, donde unos rayos rojizos se abrían paso sobre los edificios.
—Hermoso —dijo ella—. ¿Estamos dejando la ciudad?
—Sí. —Sí, mi amor—. Nunca lo había visto antes. ¿Puedes creerlo?
No volvió a preguntar adónde íbamos, sólo se acurrucó sobre la almohada que había traído para ella y cayó dormida otra vez. La observé a la tenue luz. Avanzábamos hacia el norte lentamente, pero aun así, ella no iba a saltar del coche. No quería marcharse. Cuando alcanzamos el Puente George Washington, me quedé dormido.
Cuando me desperté eran casi las nueve en la Northway. Montañas cubiertas de nieve surgían en la distancia. Lindy miraba por la ventana.
—Siento que no podamos detenernos a desayunar —le dije—. Pero eso podría despertar el pánico general. Magda trae algo de pan y cosas así.
Lindy sacudió la cabeza.
—Mira aquellas colinas. Se parece a una película… Sonrisas y Lágrimas.
—Son montañas, en realidad, y vamos a estar muy cerca de ellas.
—¿De verdad? ¿Aún estamos en los Estados Unidos?
Me reí.
—Estamos en Nueva York, si puedes creerlo. Te llevo a ver la nieve, Lindy... nieve auténtica, no el aguanieve gris empujado al borde del camino. Y donde vamos, podremos salir fuera y rodar en ella.
No respondió, sólo siguió mirando fijamente a las distantes montañas. Cada kilómetro o así, veíamos una granja, a veces un caballo o algunas vacas. Después de un rato, ella dijo:
—¿Vive gente en esas casas?
—Claro.
—Guau. Tienen mucha suerte de tener todo ese espacio para vagar.
Sentí una punzada de remordimiento por haberla mantenido en casa todos estos meses. Pero lo arreglaría.
—Será genial, Lindy.
Una hora más tarde, salimos de la Ruta 9 y llegamos a una casa, la mejor casa, pensé, rodeada por pinos blanqueados por la nieve.
—Aquí es.
—¿Qué?
—Donde nos quedaremos.
Se quedó con la boca abierta ante el tejado con guijarros de nieve y los postigos rojos. Detrás de la casa, había una colina que yo sabía conducía a un lago congelado.
—¿Esto es tuyo? —dijo ella—. ¿Todo esto?
—De mi padre, en realidad. Veníamos aquí algunas veces cuando yo era pequeño. Eso fue antes de que él comenzara a actuar como si al faltar un sólo día al trabajo fuera a ser sustituido. Después de eso, comencé a venir para esquiar con amigos durante las vacaciones de Navidad.
Me detuve, sin poder creer que se me hubiera escapado lo de esquiar con amigos. Las bestias no esquiaban. Las bestias no tenían amigos, y si los tuvieran, eso provocaría preguntas, muchas preguntas.
Era extraño, porque sentía que podía hablarle de todo, contarle cosas que nunca había sido capaz de admitir ante nadie, ni siquiera ante mí mismo. Pero en realidad no podía contarle nada.
Pero Lindy parecía no haberlo notado. Ya estaba fuera del coche, corriendo como un rayo por el camino recién paleado en su batín rosa y zapatillas de estar por casa.
—Oh, ¿cómo podría alguien no volver a este… este País de las Maravillas?
Yo me reía, tropezando al querer salir del coche antes que Will y Magda. Piloto parecía sobrexcitado, quería correr y ladrar a todos los montículos de nieve.
—Lindy, no puedes salir en batín. Hace demasiado frío.
—¡No hace frío!
—Estas caliente por el coche. Esto está bajo cero.
—¿De veras? —Dio una vuelta, un punto rosa sobre el blanco—. ¿Y supongo que sería una mala idea rodar en toda esta maravillosa y mullida nieve?
—Una muy mala idea. —Caminé trabajosamente hacia ella. Yo no tenía frío, ni era probable que pillara un resfriado.
Mi grueso abrigo natural me mantenía caliente.
—Maravillosa y mullida pronto se convertirá en fría y mojada, y si caes enferma, no podremos jugar fuera. —Pero yo podría calentarte—. He traído ropa apropiada.
—¿Apropiada?
—Ropa interior larga. —Vi al conductor traer nuestras maletas, y me puse mi disfraz alrededor de la cabeza. Señalé la maleta roja—. Esta es la tuya. La llevaré a tu cuarto.
—Es muy grande. ¿Cuánto tiempo nos quedaremos?
—Todo el invierno si quieres. No tenemos trabajos, ni escuela. Es un lugar de vacaciones veraniegas. Algunas personas vienen para esquiar los fines de semana, pero el resto del tiempo, está desierto. Nadie me verá si salimos. Estoy a salvo.
Por un segundo me miró fijamente, casi como si hubiera olvidado con quién estaba. ¿Podía haberlo hecho? Entonces volvió a girar en círculos otra vez.
—¡Oh, Adrian! ¡Todo el invierno! Mira los carámbanos que cuelgan de los árboles. Parecen joyas. —Se detuvo y recogió un puñado de nieve, la presionó en una pelota y la lanzó hacia mí.
—Cuidado. No comiences una guerra de bolas de nieve que no puedes ganar —dije.
—Oh, puedo ganar.
—¿En bata?
—¿He oído un desafío?
—Nada de desafíos aún —dijo Will, caminando con Piloto hacia la casa—. Dejemos las maletas en su sitio, pongámonos alguna ropa decente y desayunemos.
Recogí la maleta de Lindy.
Ella gesticuló, "¿ropa decente?"
Gesticulé en respuesta, "ropa interior larga", y estallamos en carcajadas.
Mi padre había preparado todo como yo había exigido. La casa estaba limpia, la madera brillaba, y todo olía a Pine-Sol. Un fuego ardía en la chimenea.
—¡Tan caliente! —dijo Lindy.
—Oh, ¿tiene frío, señorita? —le tomé el pelo. Llevé la maleta a su cuarto, lo que hizo que gritara un poco más y saltara porque tenía su propia chimenea y un edredón hecho a mano, por no mencionar un ventanal con vistas al estanque.
—Es tan hermoso, y nadie vive aquí. No he visto a nadie en kilómetros.
—¡Mmm! —¿Había estado buscando a alguien, un camino de huída?
Como si respondiera a mi pregunta tácita, dijo:
—Podría ser feliz aquí para siempre.
—Quiero que seas feliz.
—Lo soy.
Después del desayuno, nos pusimos nuestras parkas y botas y salimos.
—Le dije a Will que estudiaríamos sobre todo los fines de semana —dije—, ya que es cuando la gente está aquí. Ahora, ¿aún estás lista para esa guerra de bolas de nieve?
—Sí. ¿Pero podemos hacer algo antes?
—Lo que sea. Estoy a tu servicio.
—Nunca he tenido nadie que hiciera un muñeco de nieve conmigo. ¿Puedes mostrarme cómo hacerlo?
—Ha pasado mucho desde que yo hice uno también —dije. Era cierto. Apenas si podía recordar una época en la que hubiera tenido amigos, si los tuve—. Primero, tienes que hacer una pequeña bola de nieve y... esta es la parte difícil... no me la lances.
—Bien. —Con sus mitones, formó una bola de nieve—. ¡Oops!
Ésta me golpeó en la cabeza.
—Te dije que era la parte difícil.
—Tenías razón. Lo intentaré de nuevo. —Hizo otra... y la lanzó—. Perdón.
—Oh, esto es la guerra. —Recogí algo de nieve. No necesitaba mitones, y mis zarpas eran muy buenas para hacer bolas de nieve—. Soy el campeón mundial de guerras de bolas de nieve. —Le lancé una.
Eso acabó degenerando en toda una guerra de bolas de nieve... la cual gané, por cierto.
Pero finalmente, ella hizo una bola de nieve y me la ofreció para el muñeco de nieve.
—Perfecto —dije—. Seremos experimentados escultores de hielo al finalizar el invierno.
Pero lo que quería decir era "te amo".
—Ahora la haces rodar por el suelo para hacerla más grande —dije—. Luego, cuando sea tan grande como puedas hacerla, será la parte inferior.
La hizo rodar hasta hacerla más grande. Su cara estaba sonrosada y sus ojos verdes brillaban, resaltados por la chaqueta verde que yo había escogido para ella.
—¿Así?
—Ajá. Tienes que seguir cambiando de dirección, o se pondrá como un rollo de jalea.
Obedeció, empujándola alrededor, apenas haciendo una marca en la nieve. Cuando la bola de nieve llegó al tamaño de una pelota de playa, me uní a ella, empujando juntos hombro con hombro.
—Trabajamos bien juntos —dijo.
Sonreí abiertamente.
—Sí. —Cambiamos de dirección al mismo tiempo, hasta que finalmente la pelota inferior estuvo terminada.
—La bola intermedia es la parte difícil —le dije—. Tiene que ser bastante grande, pero también tienes que ser capaz de subirla encima de la primera bola.
Hicimos el muñeco de nieve perfecto, luego un segundo, una muñeca de nieve, porque nadie debería estar solo. Fuimos a ver Magda a por zanahorias y otras cosas, y cuando Lindy puso la nariz de zanahoria, dijo:
—¿Adrian?
—¿Sí?
—Gracias por traerme aquí.
—Era lo mínimo que podía hacer.
Pero lo que realmente quería decir era "Quédate. No eres mi prisionera. Puedes marcharte en cualquier momento, pero quédate porque me amas".
Esa noche, me fui a la cama sin cerrar la puerta principal. No le dije a Lindy que lo hacía, pero lo habría visto si estaba prestando atención. Me acosté temprano. Me tendí en la cama, escuchando sus pasos, sabiendo que si se acercara a la puerta, si la oyera abrir, no la seguiría. Si iba a ser mía, sería mía en sus propios términos y no porque la obligara a serlo. Me quedé despierto, observando el paso de los minutos en el reloj digital. Éste marcó la medianoche, luego la una. No oí ningún paso. Cuando el reloj marcó las dos, me arrastré sigilosamente por el pasillo, tan silenciosamente como un animal puede hacerlo, luego me dirigí a su cuarto. Tanteé la puerta. No tenía ninguna excusa que darle si me pillaba.
Su puerta tenía una cerradura, y esperé encontrarla cerrada. Al principio, allá en Brooklyn, había armado un gran espectáculo al cerrarla, por si acaso yo entrara para hacer lo que ella llamaba "algo incalificable". Últimamente, no había armado un espectáculo, pero asumí que esta puerta estaría cerrada.
No lo estaba. La cerradura no se opuso a mi mano, y mi corazón cayó hasta el estómago porque sabía que si estaba abierta, eso quería decir que Lindy se había ido. Había salido a hurtadillas cuando yo había dado una cabezada. Si abriera la puerta, descubriría que se había marchado. Mi vida estaba acabada.
Entré, y en contraste con la quietud de esta tierra cubierta de nieve donde no había otras personas en kilómetros, oí una respiración, suave como la nieve misma. Era ella.
Ella, durmiendo. Me quedé quieto un momento, con miedo de moverme y deseando mirarla. Aún estaba allí. Podía haberse marchado, pero no lo había hecho. Había confiado en ella, y ella había confiado en mí. Lindy se movió en su cama, y me quedé congelado. ¿Habría oído como se abría la puerta?
¿Habría oído el latido de mi corazón? En cierta forma, quería que me viera, observándola. Pero no lo hizo. Su brazo se extendió para tirar de las mantas. Tenía frío. Me arrastré lentamente hasta el pasillo y encontré el armario de ropa donde guardábamos mantas extras. Escogí una y volví sigilosamente a su cuarto y la extendí, dejándola perfectamente sobre ella. Se acurrucó en ella. La observé durante largo rato, la luz de la luna bañaba su cabello rojo, haciéndolo brillar como oro.
Volví a la cama y me dormí como sólo puede dormirse durante una noche fría en una cama caliente. Por la mañana, ella todavía estaba allí. Salió sosteniendo la manta extra, con una interrogativa en la cara, pero no dijo nada.
A partir de esa noche, nunca volví a echar el cerrojo a la puerta. Cada noche, me acostaba preguntándome. Cada mañana, ella aún estaba allí.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:50 pm

5


Llevábamos allí una semana cuando encontramos el trineo. Fue Lindy quien lo encontró temprano una mañana, sobre el estante de un armario, y soltó un chillido que nos sacó a todos de nuestros cuartos para ver qué animal la había atacado. En cambio, la encontramos señalando.
—¡Mira!
Miré.
—Es un trineo.
—Lo sé. ¡Nunca he tenido un trineo! ¡Sólo he leído sobre ellos!
Luego comenzó a dar saltitos hasta que lo bajé del estante para ella. Ambos lo miramos. Era un trineo grande, ligero, de madera pulida con rieles pocos usados de metal y las palabras "aviador flexible" pintadas en él.
—Aviador Flexible. ¡Realmente debe volar al deslizarse cuesta abajo por la colina!
Sonreí. Habíamos hecho un ejército de muñecos de nieve (“La gente de la Nieve”, les llamaba Lindy) en los últimos días, y justo el día anterior, me había levantado temprano para limpiar una sección del estanque para patinar. Lindy había bajado, horas más tarde, para encontrarme todavía con mi pala. Limpiar el estanque había sido un trabajo duro. Pero valió la pena cuando ella exclamó:
—¡Patinar sobre un estanque! ¡Me siento como Jo March!
Y yo sabía exactamente lo que quería decir, porque me había obligado a leer Mujercitas hacía algunas semanas, aunque fuera un libro de chicas.
Ahora al mirar el trineo, recordé. Mi padre lo había comprado cuando yo era pequeño, cinco o tal vez seis años. Era un trineo grande, de la clase que soportaría a más de una persona. Yo había estado de pie en lo alto de una colina aparentemente infinita, con miedo de bajar solo. Era un fin de semana, así que otros chicos lo hacían, pero eran mayores que yo. Vi a otro padre y a su hijo. El padre se colocó sobre el trineo, luego dejó que su hijo se sentara delante de él y lo abrazó.
—¿Puedes ir conmigo? —había pedido.
—Kyle, no es un trecho muy grande. Esos otros chicos lo están haciendo.
—Son chicos mayores. —Me pregunté por qué me había traído si no quería montar en trineo.
—Y tú eres mejor, más fuerte. Puedes hacer todo lo que ellos hacen. —Comenzó a ponerme sobre el trineo, y yo me eché a llorar. Los demás niños nos miraban. Papá dijo que era porque me portaba como un bebé, pero yo sabía aún entonces que era por lástima, y me negué a ir solo. Finalmente, papá ofreció a uno de los chicos mayores cinco dólares para que subiera conmigo. Después de esa primera vez, perdí el miedo. Pero no había subido a un trineo en años.
Ahora lo acaricié.
—Vistámonos. Iremos ahora mismo.
—¿Me enseñarás cómo?
—Por supuesto. Nada podría hacerme más feliz. —Nada podría hacerme más feliz. Desde que estaba con ella, notaba que había comenzado a hablar de forma diferente, elegante y pretenciosa, como los personajes en los libros que ella adoraba, o como Will. ¡Y era cierto lo que decía! Nada podría hacerme más feliz que la idea de estar de pie con Lindy en lo alto de una colina nevada, ayudándola con el trineo y tal vez... si ella me dejaba... yendo con ella.
Ella llevaba su batín rosa, y se inclinó para pulir el riel del trineo con el cinturón.
—Vamos —dije.



Una hora más tarde, estábamos en lo alto de la misma colina a la que había subido con mi padre. Le mostré como echarse, la cara por delante sobre el trineo.
—Esto es lo más divertido del recorrido.
—Pero da miedo.
—¿Quieres que vaya contigo?
Contuve el aliento esperando su respuesta. Si decía que sí, si fuera con ella, tendría que dejarme poner mis brazos alrededor de ella. No había ninguna otra forma.
—Sí. —Su aliento golpeó el aire en un soplo de vaho—. Por favor.
Respiré.
—Vale. —Empujé el trineo hasta el último lugar plano antes de que la colina comenzara a inclinarse cuesta abajo, luego me senté sobre él. Le hice señas para que se sentara delante de mí. Le rodeé el estómago con mis brazos y esperé a ver si gritaba.
Pero no lo hizo. En cambio, se acurrucó más fuerte contra mí, y en aquel momento, me sentí casi como si pudiera besarla, casi como si ella me lo fuera a permitir.
En cambio, dije:
—Tú vas delante, así que tú conduces. —Con mi nariz, sentí la suavidad de su cabello, olí el champú que usaba, y su perfume. A través de su chaqueta, podía sentir el latido de su corazón. Me hacía feliz el saber que ella estaba viva, que era real, que estaba allí.
—¿Lista? —dije.
Su corazón golpeó más rápido.
—Sí.
Di una patada a la tierra y la sostuve fuertemente mientras bajábamos la colina, riéndonos como locos.



Esa noche, hice un fuego, una de las muchas cosas que había aprendido a hacer desde que me había convertido en una bestia. Había seleccionado suave madera de pino para quemar y la había cortado en pequeñas tiras. Coloqué encima algunas hojas de periódico, y puse un pesado leño arriba del todo. Encendí con un fósforo el papel y miré como todo esto hacía prender el fuego. Esperé un momento, luego tomé asiento junto a Lindy sobre el sofá. Un día antes, podría haber cogido una silla separada. Pero ahora había tenido mis brazos alrededor de ella. De todos modos me senté a unos treinta centímetros de distancia y esperé a ver si se quejaba.
—Es hermoso —dijo ella—. La nieve invernal y un fuego ardiendo. Nunca tuve un verdadero fuego en una chimenea antes de conocerte.
—Especialmente para ti, milady.
Sonrió.
—¿Dónde están Will y Magda?
—Estaban cansados, así que se fueron a la cama.
Lo cierto es que les había sugerido que se quedaran en sus habitaciones. Quería estar sólo con Lindy. Creí que tal vez, sólo tal vez, ésta podría ser la noche.
—¡Mmm! —dijo ella—. Se está tan tranquilo. Nunca había estado en un lugar tan tranquilo antes. —Se giró y se arrodilló sobre el sofá para mirar por la ventana—. Y oscuro. Apuesto a que puedes ver cada estrella del mundo aquí. ¡Mira!
Me di la vuelta también y me acerqué más que antes.
—Es hermoso. Creo que podría vivir aquí siempre y no echar de menos nunca la ciudad. ¿Lindy?
—¿Mmm?
—Ya no me odias, ¿verdad?
—¿Tú qué crees? —Miraba hacia las estrellas.
—Creo que no. ¿Pero serías feliz si te quedaras conmigo para siempre? —Contuve el aliento.
—En ciertos aspectos, soy más feliz ahora de lo que nunca he sido. Mi vida antes de esto era una lucha. Mi padre nunca cuido de mí. Escatimábamos el dinero desde que era una niña, y cuando me hice mayor, uno de mis profesores me dijo que yo era inteligente y que la educación era una forma de escapar de mi vida. Así que trabajé y luché por eso también.
—Eres realmente inteligente, Lindy. —Era difícil hablar y contener el aliento a la vez.
—Pero aquí, contigo, es la primera vez que realmente he sido capaz de jugar.
Sonreí. La dura madera en la chimenea comenzó a prender. Había tenido éxito.
—¿Así que eres feliz, entonces? —dije.
—Muy feliz. Excepto…
—¿Excepto qué? Si hay algo que quieras, Lindy, todo lo que tienes que hacer es pedirlo, y te lo daré.
Ella miró a algún punto en la distancia.
—Mi padre. Me preocupo por él, por lo que podría pasarle si no estoy cerca para apresurarme a intervenir. Está enfermo, Adrian, y yo era quien cuidaba de él. Y lo echo de menos. Sé que debes creer que soy estúpida por echar de menos a alguien que ha sido tan mezquino, que me abandonó sin volver la vista atrás.
—No. Lo entiendo. Tus padres son tus padres, pase lo que pase. Incluso si no te aman en respuesta, son todo lo que tienes.
—Cierto. —Dio la espalda a la ventana y se sentó, mirando el fuego. Yo hice lo mismo—. Adrián, soy feliz aquí. Sólo… si pudiera saber que está bien.
¿Había sido todo esto una treta? ¿Era agradable conmigo sólo porque quería algo de mí? La recordé, sobre el trineo, acurrucándose contra mi pecho. Eso no podía haber sido fingido. De todos modos sentí mi cabeza apretada, como si fuera a explotar.
—Si pudiera verlo durante un momento…
—¿Entonces te quedarías aquí conmigo?
—Sí. Quiero hacerlo. Si sólo…
—Puedes. Espera aquí.
La dejé allí, mirándome. La puerta de la calle estaba abierta. Tenía que haberlo notado. Podría desaparecer en la noche, y yo la dejaría. Pero no lo hizo. Había dicho que era feliz. Se quedaría conmigo si podía comprobar que su padre estaba bien. Una vez que viera que estaba felizmente de parranda con sus amigos drogatas, todo iría bien. Sabía cómo se sentía. Había visto a mi padre por la tele más veces de las que admitiría. Ella podría ver al suyo también.
Todavía estaba allí cuando regrese. Le di el espejo.
—¿Qué es esto? —Miró detenidamente la parte posterior de plata, luego lo giró para ver su rostro.
—Es mágico —dije—. Encantado. Al mirarlo, puedes ver a quien quieras, en cualquier parte en el mundo.
—Ajá, que bien.
—Es cierto. —Se lo quité y lo sostuve—. Quiero ver a Will.
En un instante, la imagen cambió de mi rostro de bestia al de Will, leyendo al tacto en su cuarto, iluminado sólo por la luz de la luna. Se lo di a Lindy. Ella lo miró y se rió tontamente.
—¿Realmente funciona? ¿Puedo pedir que me muestre a alguien? —Cuando asentí con la cabeza, dijo—: Quiero ver a… Sloane Hagen.
Ante mi mirada interrogativa, dijo:
—Era esa chica tan esnob de mi escuela.
El espejo cambió inmediatamente, a una imagen de Sloane, que también se estaba mirando en el espejo, pellizcándose un grano. Uno grande, y una sustancia blanca y viscosa rezumaba hacia fuera.
—¡Puaj! —Me reí de la imagen.
Lindy se rió también.
—Esto es divertido. ¿Puedo ver a alguien más?
Empecé a decir que sí, luego recordé lo que había dicho sobre estar colgada por mí. ¿Qué pasaría si pedía al espejo que me mostrara? ¿Vería esta habitación?
—Dijiste que querías ver a tu padre. Podemos hacer lo que sea después. Si quieres puedes ver al presidente. Yo lo vi en el cuarto de baño del Despacho Oval una vez.
—Guau, parece que eres una amenaza a la seguridad nacional. —Soltó una risita—. Vale. Haremos esto después. Pero primero… —Miró fijamente al espejo— quiero ver a mi padre.
Otra vez, la imagen cambió, esta vez a una esquina de una calle, oscura y sucia. Un drogadicto estaba allí, prácticamente indistinguible de los demás indigentes de Nueva York. El espejo enfocó más de cerca. El tipo tosía, temblaba. Parecía enfermo.
—Oh, Dios. —Lindy ya estaba llorando—. ¿Qué le ha pasado? ¡En qué se ha convertido sin mí!
Sollozaba. La rodeé con mi brazo, pero me apartó. Sabía por qué. Me culpaba. Esto era culpa mía, todo era culpa mía por hacer que se quedara.
—Deberías ir con él —dije.
En cuanto lo dije, quise empujar las palabras de regreso a mi boca. Pero no podía. Habría dicho cualquier cosa para hacer que dejara de llorar, para hacer que no se enfureciera conmigo. Incluso esto. Todavía lo decía en serio.
—¿Ir con él? —Levantó la vista hacia mí.
—Sí. Mañana por la mañana. Te daré dinero, y puedes tomar el primer autobús.
—¿Irme? Pero… —Había dejado de llorar.
—No eres mi prisionera. No quiero que te quedes aquí porque seas mi cautiva. Quiero que te quedes porque… —Miré fijamente al fuego. Este ardía rápida e intensamente, pero yo sabía que si lo abandonaba, se extinguiría—. Quiero que te marches.
—¿Marcharme?
—Ve con él. Es tu padre. Vuelve cuando quieras, si quieres... como mi amiga, no mi prisionera. —Yo estaba llorando también, pero hablaba muy despacio, manteniendo la voz estable. Ella no podía ver las lágrimas en mi rostro—. No te quiero como una prisionera. Sólo tenías que pedir irte. Ahora lo has hecho.
—¿Pero qué pasa contigo?
Esa era una buena pregunta, una que no podía contestar. Pero tenía que hacerlo.
—Estaré bien. Me quedaré aquí en invierno. Me gusta poder salir y no tener gente mirándome. Y en primavera, volveré a la ciudad y estaré con mis flores. En abril. ¿Vendrás a verme entonces?
Aún parecía insegura, pero después de un momento, dijo:
—Sí. Tienes razón. Puedo verte entonces. Pero te echaré de menos, Adrian. Echaré de menos nuestro tiempo juntos. Estos meses… eres el amigo más verdadero que alguna vez haya tenido.
Amigo. La palabra me golpeó como el hacha con la que había hecho pedazos la madera. Amigo. Era todo lo que podíamos ser. Pero entonces, estaba en lo cierto al dejarla marchar. La amistad no era suficiente para romper el hechizo. De todos modos extrañaría esa amistad, al menos.
—Tienes que marcharte. Mañana, llamaré a un taxi para que te lleve a la estación de autobuses. Estarás en casa por la noche. Pero por favor… —Aparté la mirada de ella.
—¿Qué pasa, Adrian?
—No esperes que te diga adiós mañana. Si bajo para decirte adiós, podría no dejarte marchar.
—No debería ir. —Miró al confortable fuego, luego a mí—. Si te pone tan triste, no debería.
—No. Fue egoísta por mi parte retenerte aquí. Ve con tu padre.
—No fuiste egoísta. Has sido más bueno conmigo que nadie que haya conocido. —Agarró mi mano, mi asquerosa mano con garras. Pude ver que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Entonces se buena conmigo marchándote rápidamente. Es lo que quiero. —Aparté mi mano... delicadamente... de su asimiento.
Encontró mi mirada, comenzó a decir algo, luego asintió con la cabeza y salió corriendo de la habitación.
Cuando lo hubo hecho, salí a la nieve. Llevaba sólo los vaqueros y una camiseta, y el tiempo era glacial, tan glacial que el frío me calaría hasta los huesos en segundos, aún con mi aislamiento extra. No me importaba. Quería sentir frío porque sería algo que sentir, algo aparte de ese repentino vació y esa pérdida. Alcé la vista, esperando que la luz se encendiera arriba, en el cuarto de Lindy. Observé la sombra de su silueta contra las cortinas, moviéndose por el cuarto. Su ventana era el único punto luminoso en la negra y fría noche. Levanté más aún la vista, buscando la luna. Estaba oculta por lo árboles, pero encontré estrellas... estrellas con más estrellas detrás de ellas, luego más detrás de aquellas, millones de estrellas, más de las que nunca hubiera visto en mi vida en la ciudad de Nueva York, más que todas las luces de allá. No quería ver estrellas. No podía soportar su belleza y su número. Quería únicamente a la luna solitaria, la inamovible luna. Finalmente, la luz de Lindy se apagó. Esperé hasta asegurarme de que dormía. No podía imaginarme lo que sería dormir a su lado. Ya no podía imaginarlo. Arranqué mis ojos de la ventana y encontré la luna detrás de un árbol. Me agaché, eché la cabeza hacia atrás, y le aullé, aullando como la bestia que era, la bestia que siempre sería.


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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:50 pm

6


El día siguiente era sábado, el día en que normalmente estudiábamos juntos. Pero en vez de eso, fue el día en que Lindy se marchó. Después de llamarle un taxi y comprobar el itinerario del autobús, me retiré a mi cuarto para verla en el espejo. Había pensado en dejarle el espejo para que se lo llevara con ella, y así pudiera verme y recordarme. Pero decidí que no podía separarme de él. Si no podía tenerla, quería ser capaz de verla. Si le diera el espejo, puede que ella no quisiera mirarme a mí en absoluto. Puede que prefiriera olvidarme. No podía soportar eso.
Así que la vi empaquetar sus cosas. Se llevaba los libros que habíamos leído juntos y una foto de nuestro primer muñeco de nieve. No tenía ninguna fotografía de mí. Finalmente, dejé de auto compadecerme y fui a desayunar. Cuando volví a mi cuarto, Will estaba allí.
Sostenía el libro que estábamos leyendo, pero dijo:
—Acabo de estar en la habitación de Lindy, y me ha dicho una cosa muy extraña.
—¿Qué se marcha?
—Sí. —Will me dirigió una mirada interrogativa.
—Le dije que se fuera. ¿Ahora podemos cambiar de tema a algo más alegre? Los Miserables fue un libro divertido.
—Pero, Adrian, esto iba tan bien. Creí…
—Ella quería marcharse. La amo demasiado para hacer que se quede. Dice que volverá en primavera.
Will pareció querer decir algo más, pero finalmente, se centró en el libro.
—¿Entonces, qué piensas del Inspector Javert?
—Creo que quedaría genial como personaje en un musical de Broadway —dije riendo, aun cuando no tuviera ganas de reír. Comprobé el reloj. El taxi de Lindy llegaría en cualquier momento. Su autobús saldría en aproximadamente una hora. Si esto hubiera sido una película, una de esas comedias románticas para chicas, habría alguna escena dramática en la que yo correría a la estación de autobuses, le rogaría que se quedara, y Lindy, finalmente comprendería lo que sentía por mí, me besaría. Me transformaría. Viviríamos felices para siempre.
En la vida real, Will me preguntó qué pensaba de las opiniones políticas de Víctor Hugo en Los Miserables, y le contesté, aunque no recuerdo lo que dije. Pero fui consciente del momento (9:42) en que el taxi entró en el camino de entrada para recogerla. Sentí su llegada a la estación de autobuses (10:27) y supe la hora (11:05) en la que su autobús abandonó la estación. No vi estas cosas en el espejo. Simplemente lo supe. No hubo ningún final de película. Sólo hubo un final.



No volví a la ciudad ese invierno. En vez de eso, me quedé en el campo, dando largos paseos cada día, donde sólo otras bestias, las salvajes, podían verme. Comencé a memorizar el patrón de vuelo de cada pájaro invernal, el escondrijo de cada ardilla y conejo, y pensé que podría hacer esto cada invierno.
Era genial estar fuera. Me preguntaba si fue así como empezó el Abominable Hombre de las Nieves. Nunca había creído en cosas así antes. Ahora estaba seguro de que era real.
Admito que usé el espejo para espiar a Lindy. Sin las rosas allí, el espejo llegó a ser lo que las rosas habían sido... mi vida, mi obsesión.
En mi defensa, sólo me permitía mirarla una hora al día. Haciendo esto, supe que había encontrado a su padre, que se habían mudado a un destartalado apartamento en un vecindario todavía peor en Brownsville, que iba a una escuela de aspecto tosco. Sabía que esto era culpa mía, estaba atascada en aquella escuela porque había perdido su beca en Tuttle por mi culpa, al sacarla de la escuela para estar conmigo. La observaba caminar hasta la escuela, pasando por delante de edificios derruidos cubiertos de grafitis, por delante de restos de coches y niños desesperados. La miraba en los pasillos de la escuela, pasillos estrechos, atestados de taquillas cegadas y carteles en las paredes que decían cosas como "¡Puedes tener éxito!". Pensé en cómo debía odiarme.
Marzo... dejé de observarla durante las horas diurnas. Pero verla por las tardes era peor, porque no había nada que indicara que me echaba de menos o pensara en mí en absoluto. Estudiaba sus libros, como hacía antes de conocerla.
Finalmente, comencé a mirarla sólo de noche, cuando dormía. Cada noche a las doce, la observaba. A esa hora, podía fantasear con que soñaba conmigo. Yo soñaba con ella todo el tiempo. Hacia abril, cuando no había vuelto, supe que se había terminado.
La nieve yacía en parches sobre la tierra, y el hielo sobre el lago se derretía. Flotaba como icebergs, despertando las ranas de abajo. El deshielo de las montañas se convertía en cascadas, y eso significaba tubing y rafting y temporada turística.
—¿Has pensado en regresar a casa? —dijo Will un día en la cena. Era un sábado. Yo había dejado de salir y había pasado el día mirando por la ventana, agachándome cuando los coches, probablemente llenos de muebles envejecidos, pasaban por nuestra ruta rural.
—¿Qué casa? —dije—. Casa es donde está tu familia. Yo no tengo casa. O tal vez estoy en casa. —Miré a Magda, que se sentó frente a mí. En los últimos meses, había dejado de ser una criada.
—Lo siento —le dije—. Sé que tú nunca ves a tu familia. Debes pensar que soy un ingrato…
—No pienso eso —interrumpió ella—. He visto un gran cambio en ti en estos últimos dos años.
Me puse rígido ante el "dos años". No podía ser, no exactamente, pero casi. Mi tiempo casi había terminado. Daba igual donde estuviera porque ya no había ninguna posibilidad.
—Antes, eras un chico cruel, un chico que vivía para entristecer a la gente. Ahora eres amable y atento.
—Sí, amable y atento. —Me encogí de hombros—. Me ha hecho mucho bien.
—Si hubiera alguna justicia, este horrible hechizo se habría roto, y no habrías tenido que hacer esta cosa imposible.
—No era imposible. —Jugué con mi cuchara de sopa. Se me daba bien comer con garras—. Simplemente no fui lo suficientemente bueno.
Me giré hacia Will.
—Respondiendo a tu pregunta, estaba pensando en quedarme aquí. En cualquier otro lugar, estoy atrapado dentro, prisionero. Pero regresar a la ciudad sólo me recordará lo que he perdido.
—Pero, Adrian…
—Nunca irá a visitarme. Will. Lo sé. —Nunca le había hablado del espejo, por lo que no podía explicar ahora que la observaba, que no veía ninguna señal de que me echara de menos—. No puedo volver y esperar y esperar por ella si ella no va a venir.



Esa noche, cuando recogí el espejo para mi ritual de cada noche de observar el sueño de Lindy, conseguí a Kendra en cambio.
—¿Entonces cuándo volverás a la ciudad?
—¿Por qué todo el mundo pregunta lo mismo? Me gusta estar aquí. No hay nada para mí en la ciudad.
—Está Lindy.
—Como dije, no hay nada para mí en la ciudad.
—Todavía tienes un mes.
—Es imposible. Se acabó. Fracasé. Siempre seré una bestia.
—¿La amabas, Adrian?
Era la primera vez que me llamaba Adrian, y miré fijamente a sus extraños ojos verdes.
—¿Te has cambiado el cabello, un corte en capas? Te queda bien.
Se rió.
—El viejo Kyle Kingsbury nunca habría reparado en mi cabello.
—El viejo Kyle Kingsbury habría reparado en él... se habría burlado. Pero no soy el viejo Kyle Kingsbury. No soy Kyle Kingsbury en absoluto.
Asintió.
—Lo sé. Y por eso lamento que estés encasillado en la maldición de Kyle Kingsbury. —Era casi exactamente lo que Magda había dicho—. Lo que me lleva de vuelta a mi pregunta... que tan ingeniosamente evadiste. ¿La amabas?
—¿Por qué debería decírtelo?
—Porque no tienes a nadie más a quien decírselo. Tu corazón se está rompiendo, y no tienes a nadie en quien confiar.
—¿Así que debería desahogar mi corazón con… tigo? Arruinaste mi vida. ¿Ahora quieres mi alma? Vale. La amaba. La amo. Fue la única persona en mi vida que realmente me habló a mí, que me conoció sin mi aspecto, sin mi padre famoso, y que incluso se preocupaba por mí... aun cuando fuera una bestia. Pero no me amaba. —No estaba mirando al espejo. No podía porque aunque mi tono fuera sarcástico, mis palabras eran verdad—. Sin ella, no tengo ninguna esperanza, ninguna vida. Viviré en la miseria y moriré solo.
—Adrian…
—No he terminado.
—Yo creo que sí.
—Tienes razón. He terminado. Si al menos fuera normal, podría haber tenido una posibilidad con ella. No hablo de ser como antes, pero es demasiado pedir esperar que una chica se interese por alguien que no es ni siquiera humano. Es enfermizo.
—Eres humano, Adrian. Tienes un mes. ¿No quieres volver, sólo por ese mes? ¿Tan poca fe tienes en ella?
Vacilé.
—Preferiría quedarme aquí. Aquí no soy un monstruo.
—Un mes. ¿Qué podrías perder, Adrian?
Pensé en ello. Ya me había rendido, había aceptado que iba a quedarme como una bestia para siempre. Volver a tener esperanza, aunque fuera por un mes, sería muy duro. Pero sin esperanza, no tendría nada, nada que anhelar, más que ser una bestia, atrapado en una casa durante el resto de mi vida, sentado en la casa de ladrillo rojizo financiada por papá, abonando mis rosas para que crecieran mejor, viviendo mi vida a través de cada libro de la Biblioteca Pública de Nueva York, y esperando morir.
—Un mes —acordé.


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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:51 pm

7


Volví a Nueva York. El tipo que supuestamente había estado cuidando de mis rosas era el mayor chapucero. La mitad de las plantas estaban muertas mientras que las demás necesitaban una poda urgente, sólo había flores solitarias.
—Una bestia diferente se comería a este tipo —le dije a Will.
Pero en realidad no me importaba. Las rosas eran mías para cuidarlas y de nadie más. El desastroso resultado sólo demostraba que me necesitaban. Era agradable que te necesitaran. Me pregunté si debería conseguirme una mascota, tal vez un gato porque ellos no necesitaban que los sacaran de paseo.
Por supuesto, tal vez terminaría como uno de esos viejos locos con, algo así como sesenta gatos. Y un día, los vecinos se quejarían del olor, y resultaría que me había muerto y los gatos me habían comido.
De todos modos, podría ser agradable tener a un gato. Mientras no escarbara en mis rosas. Por el momento, decidí desmantelar el invernadero. Quería pasar mis inviernos en el norte, y volver cada primavera para sentarme en mi tapiado jardín, a la luz del sol.
Comenzaba a planificar mi vida siendo bestia. Y aún así, cada noche, sacaba mi espejo y observaba a Lindy dormir. Me preguntaba si soñaba, si soñaba conmigo como yo soñaba con ella.
Supongo que Will se lo preguntaba también porque un día dijo:
—¿Has tenido noticias de Lindy desde que has regresado?
Estábamos a cuatro de mayo, a menos de dos días del día, un mes desde mi regreso a la ciudad. Estaba en el jardín con Will. Acabábamos de terminar de leer Jane Eyre. No le había dicho que lo había leído meses antes, después de aquel día en el quinto piso con Lindy. Pensaba en ese día todo el tiempo, aunque el vestido verde que había escondido bajo mi almohada hubiera perdido hacía mucho su olor. Había sido un día perfecto, un día en el que había creído que quizás era posible para ella amarme.
—Nunca habría creído que me gustaría un libro llamado Jane Eyre —dije a Will, cambiando de tema—. Sobre todo cuando trata de una valiente institutriz británica.
—A veces nos sorprendemos a nosotros mismos. ¿Qué fue lo que te gustó del libro?
—Bien, te diré lo que no me gustó de él... Jane era demasiado buena. Amaba a Rochester, no tenía nada en el mundo, ni familia, ni amigos, ni dinero. Creo que debió aferrarse a Rochester.
—Pero él tenía a una esposa demente escondida en el desván.
—Nadie lo sabía. Y él era su amor verdadero. Si estás enamorado así, nada debería interponerse en tu camino.
—A veces tienes que ocuparte de cosas primero. No tenía ni idea de que fueras tan romántico, Adrian.
—No es que tenga ninguna razón para serlo.
Will tiró su copia de Jane Eyre en su regazo, esperando.
—La respuesta es no —dije—. No, no he tenido noticias de Lindy.
—Lo siento, Adrian.
—Pero eso me ha hecho entender lo que me gusta del libro —dije, caminando hacia donde había plantado mis rosas en miniatura. La "Pequeña Linda" estaba reviviendo muy bien—. Me gustó cuándo Rochester y Jane estaban separados, él fue a la ventana y la llamó por su nombre: ¡Jane! ¡Jane! ¡Jane! Y ella lo escuchó, y hasta le contestó. Así es como debería ser el amor verdadero, la persona amada debería ser parte de tu alma y deberías saber lo que sienten todo el tiempo.
Arranqué una rosa del arbusto y la sostuve junto a mi mejilla. Quería ver a Lindy en el espejo aunque eso significara excusarme de esta conversación con Will, aunque ella no me amara, aunque no me echara de menos en absoluto. Pero eso no era de utilidad, auto compadecerme por su ausencia. Miré a Will.
—¿Entonces qué leeremos a continuación? ¿Algo de guerra, espero? ¿O quizá Moby Dick?
—Lo siento, Adrian.
—Sí. Yo también.



La noche siguiente. Cinco de mayo. Diez treinta. Quedaban menos de dos horas. En estos dos años, había perdido a todos mis amigos, a una chica que creía me amaba, y a mi padre.
Pero había encontrado auténticos amigos en Will y Magda. Había encontrado una afición. Y había encontrado el amor verdadero, lo sabía, aunque ella no me correspondiera.
Y aunque mi rostro, mi horrible rostro, se quedara exactamente igual. No era justo. No era justo.
Había luna llena, como la noche de hacía algunos meses cuando había dicho a Lindy que se marchara. Pero esto era la ciudad, y no había estrellas sobre estrellas. Fui a la ventana y la abrí, con intención de aullar a la luna como había hecho esa noche. Pero esta vez lo que salió fue su nombre.
—¡Lindy!
Esperé, pero no hubo ninguna respuesta.
Comprobé mi reloj. Casi las once. Y aunque sabía que no había ninguna esperanza, no pude evitar ir a mi espejo, sólo esta vez. Lo sostuve.
—Quiero ver a Lindy.
Un poco antes de que pudiera mostrármela, un chillido perforó el aire.
Era su voz. La reconocería incluso si hubieran pasado cien años. Creía que nunca la oiría otra vez. Tan cerca, corrí a la ventana para buscarla.
Entonces comprendí que la voz venía del espejo.
Lo recogí otra vez y lo sostuve cerca de mis ojos. Estaba oscuro, totalmente oscuro, apenas si podía distinguir algo, el vecindario o la chica que gritaba lo que ahora entendí era mi nombre.
—¡Ayúdame! ¡Oh, por favor ayúdame, Adrian!
Pero cuando mis ojos se acostumbraron al espejo oscuro, pude distinguir formas, edificios. Había visto el vecindario de día. ¿Estaba ella caminando por aquellas calles de noche? Lo estaba. Pero cuando mis ojos enfocaron más, vi que no estaba sola. Una figura sombría caminaba con ella. La sostenía del brazo y la forzaba a subir la escalera de un ruinoso edificio de ladrillo.
Yo estaba corriendo ahora, sin pensar siquiera, en la calle. No había taxis a la vista, y sabía que ninguno me recogería. Así que me lancé hacia la estación de metro que había observado tan a menudo, pero a la que no había entrado desde hacía alrededor de un año, sosteniendo todavía el espejo. La calle estaba iluminada por la luna llena y las farolas, y aunque era tarde, yo empujaba contra una muchedumbre de personas que se dirigían en dirección opuesta por la acera.
—¿Qué era eso? —gritó alguien, y todos miraron detrás de mí, pero yo sólo era una sombra en la distancia para entonces. Estaba corriendo, corriendo muy rápido tras la única voz, la única persona en el mundo que gritaba mi nombre de forma que yo pudiera escucharlo.
No me había molestado en ponerme el abrigo, así que sólo vestía vaqueros y una camiseta, nada con que cubrirme. Corrí calle abajo, una bestia para el mundo. Tal vez creerían que era un disfraz. Había tantas cosas extrañas en la ciudad. Pero yo estaba corriendo, y alguien gritó, alguien me señaló. Seguí mi marcha, y finalmente, desaparecí bajo tierra.
Eso debería haber sido el final de la cuestión. La hora punta hacía tiempo que había pasado, y el metro por lo general no estaba atestado tan tarde durante las noches de verano. Salté el torno. Estaba de suerte... el tren estaba allí. El tren estaba allí. Debería haber estado vacío, pero había algunos fanáticos de los Mets de camino a casa después del partido.
Me estrellé contra las puertas, había un enjambre de personas, multitud de ellos, sentándose sobre cada asiento disponible, padres con niños sobre sus regazos, gente agarrándose a las correas metálicas, apoyándose en los asientos. Creí que quizás podría ocultarme en la muchedumbre. Intenté fundirme con todos los demás.
Entonces oí un grito.
—¡Un monstruo!
Era un niño, con la cara paralizada por el miedo.
—Intenta dormir, cariño. —Su madre le acarició la espalda.
—¡Pero, mami, no! Es un monstruo.
—Oh, no seas tonto, querido. No existen cosas como…
Alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos.
Y entonces una docena, un centenar ojos se posaron sobre mí.
—Debe ser una máscara —dijo la madre.
Desde detrás de mí, alguien agarró mi cara, mi cabeza. Estaban tirando de mí. No tuve elección. Tuve que sacar mis garras. Me giré hacia ellos.
Y entonces comenzaron los gritos.
—¡Bestia!
—¡Es un monstruo!
—¡Una bestia en el metro!
—¡Llamad a los Guardas Jurados!
—¡Llamad a la policía!
Y pronto, toda la masa gritaba a la vez, el griterío por el que me había pasado dos años oculto, intentando evitarlo. Los cuerpos se apiñaban, me rodeaban, apresurándose a alejarse de mí. Resistí con mis garras y dientes. Teléfonos móviles se encendían. ¿Me arrestarían? ¿Me llevarían a la cárcel o al zoo?
Eso no podía pasar. Tenía que encontrar a Lindy.
Lindy.
Lindy me necesitaba. Alrededor de mí, los gritos continuaban. Sentía puños golpeando mi espalda. Miré en el espejo, intentando memorizar el edificio, la calle donde estaba, ver la dirección. Me dirigí afanosamente hacia la puerta. Más gritos, y cuerpos que empujaban contra mí, calurosamente en la noche de mayo.
—¡No me comas!
—¿Ya viene la policía?
—No pude conseguir línea. Demasiadas llamadas procedentes de un mismo lugar.
—¡No lo soltéis! —gritó la voz de un hombre.
—¿Está de broma? ¡Que alguien lo empuje fuera antes de que se coma a alguien!
—Sí. Empujadlo a las vías.
Yo estaba de pie, paralizado de miedo, entre aquella muchedumbre exasperada. Esto no podía terminar así. No podía morir tan cerca de verla, de salvarla. Ella me había llamado. La había oído, por alocado que fuera. Tenía que encontrarla. Una vez eso pasara, podría vivir o morir. No importaría.
Sabía lo que tenía que hacer.
Cuando el tren se estremeció al detenerse, me abalancé hacia la salida. Un hombre trató de interponerse en mi camino. Busqué un arma y encontré la única que tenía. El espejo. Lo levanté en alto, luego lo empujé hacia abajo rompiéndolo sobre su cabeza. Oí romperse el cristal. O quizás fue el crujir de su cráneo. O ambos. El cristal se esparció por todas partes en el vagón, y fue entonces cuando la gente empezó a correr en todas direcciones, más gritos, gritos tan agudos que era imposible recordar el silencio que había sido mi vida durante tantos meses. Dejé caer el espejo al suelo, sabiendo que con eso, toda oportunidad desaparecía excepto esta, toda posibilidad de ver a Lindy otra vez.
La muchedumbre se había renovado, apiñándose alrededor de mí, y yo embestí contra ellos, soltando un poderoso rugido que los dispersó. Y entonces me encontré a cuatro patas, en la posición que me hacía más rápido, más feroz, corriendo hacia la salida.
—¡Empújalo a las vías! —gritó alguien otra vez.
—¡Sí! Empujad al monstruo a la vía.
Cuerpos, presionando, empujando contra el mío, el calor y olor de todos ellos. Las puertas se cerraron, y el tren arrancó, y ellos me empujaban, me empujaban. Sabía que una vez el tren se pusiera en marcha, conseguirían empujarme a las vías, tal vez aguantaría hasta que llegara la policía. O el siguiente tren.
Todo eso estaría muy bien si no fuera por Lindy.
Todas las noches había intentado controlar mi rabia de bestia, enfundar mis garras y cubrir mis colmillos, eso se terminó en ese instante. Mis colmillos quedaron revelados. Mis garras descubiertas. Arremetí contra la muchedumbre. No era un hombre, sino un león, un oso, un lobo. Era una bestia. Mi rugido destrozó la estación de metro, cubriendo cualquier otro ruido, los trenes, la gente. Mis garras encontraron carne, y la muchedumbre se dispersó. Si me atrapaban, seguramente me matarían. Empujé entre la muchedumbre y corrí... no, salté. Sí, salté como un animal sobre cuatro patas a los de repente vacíos escalones que conducían a calle.
Fuera, el aire estaba tranquilo. No duraría. Salí, aún sobre cuatro patas porque era la forma más rápida, más segura. Había pocas personas en esas calles a aquella hora, cerca de la medianoche. Pero aún así logré ahuyentar a los miembros de una pandilla al verme.
No tenía ningún espejo que me guiara, sólo mi memoria, la memoria y el instinto animal. Recordaba donde había estado Lindy. Recordaba sus gritos. Los oí otra vez en mis oídos. Los seguí. Una manzana. Otra. Aún parecía que me perseguían. No importaba. Nadie podría atraparme. Seguí los gritos de Lindy por un callejón y por una calle transversal, hacia un portal, subí una escalera, y entré en una habitación.
Fue allí donde me detuve.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:51 pm

8


Los miré fijamente. El hombre la sostenía por un brazo.
—¿Nada de dinero, eh? —gruñó él—. Tu padre dijo que estarías cargada. Pero si no tienes dinero, hay otras formas de pagar.
—¡No! ¡Suélteme!
—¿Lindy?
El hombre y la víctima se giraron. Era Lindy, bien. Mis instintos, aunque fueran animales, habían acertado. El hombre... el monstruo... la cogió por el cabello. Y le apuntó a la cabeza con un arma.
—¡Lindy! —Comencé a caminar hacia ella.
—¡Estás aquí!
—No te muevas, o dispararé.
Sostenía el arma contra su cabeza. No podía hacerle daño. Yo no había venido desde tan lejos para permitir que le hiciera daño. Sin saberlo, solté un gruñido bajo, un animal listo para saltar.
—¿Qué significa esto? —dijo él—. No…
Se detuvo. Me vio, y sus ojos de bestia encontraron mis ojos de bestia, y el animal que yo era olió su miedo.
—¿Qué…?
—Si le haces daño —dije con una voz más animal que humana—, te mataré.
—¡No me comas! —chilló.
Y giró el arma, de Lindy hacia mí.
Eso era todo lo que necesitaba. Ataqué. Mis dientes se clavaron en su brazo, mis garras en su cuello. Sonó un disparo. Mis dientes estaban en su cuello.
Y luego dejó de moverse.
Me lo quité de encima y me derrumbé sobre el suelo.
Estaba sangrando. Se suponía que yo no sangraba. Aparté la mirada. La hemorragia no se detuvo. Tal vez mi piel no podía curar la herida si tenía dentro una bala. Eso tendría sentido. Pero dolía.
Lindy corrió hacia mí, tropezando con el pistolero herido.
—Adrian, estás aquí.
—Estoy aquí —estuve de acuerdo. El mundo se hacía borroso, muy borroso, borroso y oscuro, y limpio y perfumado como una rosa.
—¿Pero cómo lo supiste? —dijo ella—. ¿Cómo supiste dónde estaba?
—Lo supe. —Mi estómago dolía donde la bala se había alojado—. Lo supe por… —Magia. Amor. Instinto animal. Como Jane escuchó a Rochester—. Sólo lo supe.
Extendí el brazo hacia ella.
—Debería llamar a la policía. O a una ambulancia. —Comenzó a marcharse.
Pensé en la muchedumbre del metro, en un oficial de policía llegando aquí para encontrarme, llevarme lejos, a morir en un coche patrulla, solo, perdiendo a Lindy cuando finalmente la había encontrado. La agarré del brazo.
—Por favor. Por favor, no. Quédate conmigo. Quédate conmigo.
—Quería estar contigo. —Estaba sollozando ahora—. Me dijiste que volviera en primavera. Y quería ir. Mi padre fue tan canalla como siempre, y prometió entrar en rehabilitación, conseguir un trabajo. Lo hizo durante aproximadamente una semana. Pero después se marchó. Dijo que no tenía que trabajar sólo porque yo quisiera que lo hiciera. Fue el mismo tipo de cosa que siempre decía, pero ahora era diferente.
—¿Por qué? —Intenté mantener mi voz normal. Si averiguaba cuan herido estaba, se marcharía, iría en busca de la policía. Dolía tanto. Tanto, como la vida se derramaba a través de mi piel. No bajé la mirada porque sabía que sería un jodido desastre.
—Porque había estado contigo. Antes, sólo conocía lo que era ser su hija, vivir día a día y esperar que esto terminara. Pero ahora sabía lo que era tener a alguien que me hablara, que se preocupara por mí… que estuviera conmigo… y…
—¿Te amara? —Las palabras fueron un jadeo, y por el rabillo del ojo, pude ver mi reloj avanzando. 11:59. Lo había puesto en hora esa mañana. Se había terminado. Pero estaba con Lindy. Eso era suficiente—. ¿Por qué no regresaste?
—Quise ir, pero no sabía la dirección. Mi padre me llevó a tu casa a la fuerza, y ahora no quería decirme dónde estaba. Me mentía cuando se lo preguntaba, o decía que no lo sabía. Pero yo recordaba que tu casa estaba cerca de una estación de metro. Podía verla desde la ventana, ¿recuerdas?
Asentí.
—Así que decidí ir a cada estación de Brooklyn, luego buscar una casa cerca, con un invernadero. Iba a una diferente cada día después de la escuela. Pero iba demasiado despacio, y esta noche decidí que te encontraría. Si recorría cada centímetro de Brooklyn, gritando tu nombre, te encontraría.
—¿Gritando mi nombre?
—Como Jane Eyre. Acababa de releerla la semana pasada, y pensé en ti… en cómo los amantes fueron separados, y…
—¿Amantes?
Era tan difícil mantener los ojos abiertos. Estaba conmigo. Todo podía acabar ahora mismo.
—¡No! Debería ir a buscar una ambulancia. Si algo te pasara, yo…
Con dificultad, me obligué a incorporarme.
—Te amo, Lindy.
Era medianoche. Se había acabado. Siempre sería una bestia. Pero Lindy había regresado. Ella estaba aquí.
—Sé que soy demasiado feo para que me ames —dije—. Pero siempre…
—Yo también te amo, Adrián. Pero por favor, déjame…
Agarré su brazo haciéndola retroceder.
—Entonces, bésame. Déjeme tener el recuerdo de tu beso, aunque muera.
Era demasiado tarde. Era demasiado tarde, pero se inclinó hacia mí de todos modos, y me besó, mis ojos, mis mejillas, y finalmente mi boca sin labios. Me desvanecía, pero la saboreé, la sentí. Esto era todo lo que quería. Lindy. Ahora podía morir feliz.
Y en la esquina, vi una sombra moviéndose.
—¡Cuidado, Lindy! —dije con una repentina fuerza renovada. El aire olía curiosa y repentinamente a rosas. Pero debía ser mi imaginación—. ¡Detrás de ti! —grité.
Vi al hombre. Intenté enfrentarme a él, perseguirlo y morderlo como había hecho antes. Pero mi cuerpo entero se sentía entumecido y hormigueante, pesado, como si ya hubiera muerto. Vi que Lindy se abalanzaba a por el arma del suelo. Entonces, forcejearon, cuatro manos aferrando un mismo objeto. Disparo, cristal rompiéndose. Después la sombra corrió hacia la puerta.
Lindy se giró hacia mí. Sostenía el arma humeante.
—¿Adrian? —Miró en la oscuridad como si no pudiera verme. El mundo era negro y giraba. El aire olía fuertemente a rosas ahora. Y bajo mis manos, sentí algo. Pétalos de rosa. Estaban por todas partes, bajo mis manos y sobre mi cuerpo, e incluso en el cabello de Lindy. ¿De dónde habían salido?
—Estoy aquí, mi amor. —¿Había dicho mi amor? ¿Yo? Pero mi cuerpo se sentía tan bien, como si nada pudiera volver a hacerme daño. Ya no me dolía. ¿Estaba muerto?
Aún así, ella me miraba de forma extraña. Finalmente, habló:
—¿Kyle Kingsbury? Pero… ¿dónde está Adrian?
Había oído mal.
—Estoy aquí. ¿Pero cómo me has llamado?
—Kyle Kingsbury, ¿no? De la Escuela de Tuttle. Quizás no me recuerdas, pero una vez me diste una rosa. —Se detuvo, mirando de lado a lado—. Una rosa… ¡Adrian!
—Lindy… —Puse mi mano ante mis propios ojos, y era una mano humana. La mano de un hombre. Tan perfecta. El brazo de un hombre. Toqué mi cara. ¡La cara de un hombre!— Lindy, soy yo.
—No lo entiendo. ¿Dónde está el chico que estaba aquí antes? Su nombre era Adrian, y era…
—¿Feo? Horrible.
—¡No! Estaba herido. ¡Tengo que encontrarlo! —Empezó a caminar hacia la puerta.
—¡Lindy! —Batallé con mis pies. Mi fuerza regresaba, y cuando miré abajo, no había sangre, ni dolor. Estaba curado en todos los aspectos. Lindy corrió a la puerta, y la perseguí, ya que estaba mejor. Estaba vivo y bien, y cogí su mano con la mía—. Por favor, espera.
—No puedo, Kyle. No lo entiendes. Había un chico aquí, y era…
—Yo. —Agarré su otra mano—. Era yo.
—¡No! —Forcejeó para liberarse, pero sostuve sus manos—. No, él no eras tú.
—Por favor. —Tiré de ella hacía mí. Era más alto y fuerte de lo que Kyle había sido antes. La atraje de forma que no pudiera marcharse. Me golpeó, dando manotazos y patadas—. Por favor, Lindy, sólo cierra los ojos, y sabrás que lo que digo es cierto. —Envolví mi brazo alrededor de ella y puse la otra mano sobre sus ojos.
En un segundo, se rindió, casi. Dije:
—Una noche, hubo una tormenta eléctrica. Bajaste, asustada, e hicimos palomitas de maíz... dos bolsas... y vimos La Princesa Prometida. —Me detuve. Se había quedado congelada—. ¿No reconoces mi voz, Lindy? Cuando la película terminó, te quedaste dormida. Te levanté en brazos y te llevé a tu habitación.
Se apoyó contra mí ahora, como si me necesitara para mantenerse en pie. Continúe.
—Despertaste en la oscuridad y me hablaste. Me dijiste que mi voz te sonaba familiar. Era familiar. Era yo. Kyle. Adrian. Somos el mismo. Siempre recordaré ese día porque fue la primera vez que tuve esperanza, la primera vez que te hablé sin que repararas en cuan horrible, cuan poco humano era yo. La primera vez que creí que quizás pudieras amarme.
Se giró hacia mí.
—¿Adrian? ¿Pero cómo?
—Magia. Una bruja me puso bajo un hechizo, diría un cruel hechizo, pero realmente no lo fue porque me condujo a ti.
—¿Cómo se rompió el hechizo?
—Magia. Era mágico, y la magia se llamaba amor. Te amo, Lindy.
Me incliné y la besé. Ella me devolvió el besó.
—¡Adrian!
—Sí. —Me estaba riendo. No podía evitarlo.
—¿Puedes llevarme a casa ahora? —dijo ella—. A tu casa.
Asentí.
—Cogeremos el metro. —Bajé la mirada hacia mi ropa, mi ropa extra grande de bestia—. Sé que tengo una pinta un poco rara, pero probablemente nadie lo notará.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:52 pm

Señor Anderson: Bienvenidos al chat de esta noche.
ChicoOso: Hola, a todos. Hay algunas personas a las que me gustaría presentar.
ChicaNieve: Hola, soy Blancanieves. Pero no *esa* Blancanieves.
RosaRoja: Siempre dices eso. Pareces estúpida.
ChicaNieve: Sólo estás cabreada xq me quedé con el tío!
Señor Anderson: Señoritas, señoritas…
ChicoOso: Sea como sea, esta es Blancanieves. Estamos comprometidos.
BestiaNYC: Hola, a todo el mundo. Hay alguien a q quiero q conozcáis tb. Esta es Lindy. Ella rompió mi maldición. Ya no soy una bestia!!!
PequeñaLindarosa: Hola, a todos. Encantada d estar akí
ChicaNieve: Felicidads
RosaRoja: Eso es genial
Señor Anderson: He deseado hablar contigo, Bestia. He oído algo sobre una bestia suelta en el metro. ¿Fuiste tú?
BestiaNYC: Por supuesto que no!
PequeñaLindarosa: Alucinación colectiva ;)
BestiaNYC: Pero conseguimos juntarnos en el último momento
PequeñaLindarosa: Sacad vuestras propias conclusiones
Ranita: Yo tgo noticias tb
BestiaNYC: Cuáles son, Ranita?
Ranita: He conocido 1 princesa
ChicoOso: De verdad? Te besó o lo que sea que necesites para romper el hechizo?
Ranita: Nada d eso pero sé q lo hará
BestiaNYC: Eso es genial, Ranita. Cómo os conocisteis?
Ranita: Estb jugando con su GameBoy y cayó n mi charca. Y kedé con ella y me besará
Señor Anderson: Maravilloso, Ranita!
Ranita: Aún contengo mis saltos. Las pricesas pueden ser poco fiable
Señor Anderson: Si que es interesante. Parece como si todos hubieran encontrado el verdadero amor.
BestiaNYC: No todos
ChicoOso: Se refiere a DamaSilenciosa. Toy triste
BestiaNYC: Sip. La echo de menos.
Señor Anderson: Como estaba diciendo…
Ranita: ODM la princesa stá aq desseenme suerte

Ranita ha abandonado el chat

Señor Anderson: Bueno, quizás debiéramos llamarlo una gran noche. Felicidads a las parejas felices. ¿Habrá campanas de boda pronto?
ChicaNieve: Definitivamente. Quiero decir, si ayudas a un tío a matar a un enano, lo menos que debería hacer es casarse contigo.
RosaRoja: Siempre ha sido así, siempre saca algo para sí misma
BestiaNYC: Para nosotros no x ahora. Todavía estamos en el insti. Pero algún día…
PequeñaLindarosa: Algún día…
BestiaNYC: De todos modos, buenas noches. Y gracias x el apoyo.

BestiaNYC ha abandonado el chat

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:53 pm

SEXTA PARTE

Felices para siempre



1


Un minuto después, cuando salimos del edificio, vimos coches de policía rodeando el lugar. Una multitud de personas y periodistas de todas las cadenas, incluyendo la de mi padre, estaban allí. Y había un tipo, el camello canalla que había retenido a Lindy. Hablando con ellos.
—¡Es él! —gritó cuando nos vio—. La bestia que me atacó.
Un zumbido llegó de la multitud cuando me vieron, entonces vieron que no era una bestia.
—¿Es esa la bestia? —exclamó la reportera de la cadena de mi padre.
—Era diferente antes. Tenía colmillos y garras y... pelo por todo el cuerpo.
La reportera se giró hacia Lindy, obviamente esperando salvar su historia.
—Señorita, ¿vio usted a la bestia?
—Por supuesto que no. —Lindy me miró. Tocó mi cabello—. Nunca vi una bestia. Excepto a ese hombre… —se giró hacia el camello—. Él me atacó. Pudo haberme matado, pero este chico irrumpió y me salvó.
—Se lo estoy diciendo —gritó el camello—. Él es la bestia. La magia lo ha cambiado.
—Magia. —La risa de Lindy fue un poco forzada, un poco falsa. La multitud rió también—. La magia y las bestias sólo existen en los cuentos de hadas… o quizás las drogas provocan alucinaciones. Pero los héroes y villanos son reales.
Ahora el micrófono estaba en mi cara.
—¿Vio usted a una bestia?
—No, no vi a una bestia. —Cogí el micrófono de la reportera, de manera autoritaria como mi padre habría hecho—. Pero si hay una bestia, quizás simplemente sea un tipo normal con una enfermedad en la piel o algo. Tal vez sólo necesita un poco de comprensión. Tal vez juzgamos demasiado a la gente por su aspecto porque es más fácil que ver lo que realmente importa.
La reportera me arrebató el micrófono.
—Bien, eso ha sido muy sentimental. —Me dio la espalda y habló a la cámara—. No hay pistas en el misterioso caso de un individuo con aspecto de bestia que aterrorizó a los pasajeros del metro esta noche en Brooklyn.
La multitud comenzó a alejarse. Un oficial agarró al camello.
—No tan rápido, amigo. He comprobado tu identificación. Parece que hay una orden de arresto… y hemos encontrado el arma de la que ella ha hablado. —Se giró hacia Linda y hacia mí.
—¿Os importaría venir a la comisaría y hacer una declaración sobre lo ocurrido?
—En absoluto, oficial —dije, pensando en cuanto molestaría esto a mi padre, sin mencionar el miedo que debía estar pasando por toda la historia de "Bestia en el Metro", especialmente cuando viera la cobertura en su propia cadena. Probablemente ahora estaría sentado en la sala de estar.
—Iré a cualquier lado —dijo Lindy— mientras él venga conmigo.
El oficial puso los ojos en blanco.
—Críos enamorados. De locos.
Pudo haber mascullado algo más, pero no le oí. Estábamos demasiados ocupados, besándonos.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:53 pm

2


Unas horas después regresamos a casa, pero cuando llegamos papá estaba allí, viendo las noticias de la mañana en la CBS. La imagen detrás del reportero decía, "¿Monstruo en el metro?" Y mostraba a una criatura parecida a un lobo. La corbata de papá estaba suelta. Parecía desaliñado.
—¿Sabes algo de esto, Kyle? —Gesticuló hacia la televisión, al parecer sin notar el cambio en mí.
—¿Por qué debería? —me encogí de hombros—. Obviamente, no soy una bestia.
Entonces, alzó la mirada.
—No, no lo eres, ¿no es así? ¿Cuándo ha pasado?
Quería saber si había pasado antes o después de la historia de las noticias. No respondí a su pregunta.
—Papá, esta es Lindy.
—Encantado de conocerte, Lindy. —Le ofreció su mejor sonrisa de presentador, al mismo tiempo arreglándoselas para tomar nota de su camiseta Jane Austen, sus viejas zapatillas, y sus vaqueros sin marca, mientras obviaba por completo su cara. Típico. ¿Acaso le habría matado hacer contacto visual con ella?—. Bueno, esto se merece una celebración. ¿Salimos a desayunar?
Típico también. Ahora que yo era normal, estaba dispuesto a pasar tiempo conmigo. Miré a Lindy. Y ella arrugó la nariz.
—Creo que no —dije—. Tengo que ir a hablar con Will y Magda, ya que ellos han estado conmigo todo el tiempo. Y después voy a caer redondo. Llevo fuera toda la noche. —Disfruté viendo su cara cuando dije eso—. Pero eh, lo haremos pronto. —Como en un año o así.
Después de que se fuera, subí a buscar a Will.
Eran apenas las cinco, así que por supuesto Will estaba dormido cuando llame a la puerta. Llamé más fuerte.
—Adrian, tal vez deberías esperar hasta más tarde. Está dormido. —Lindy se inclinó hacia mí—. Y se me ocurren otras formas de matar el tiempo. Te he echado mucho de menos.
—Yo también. —La besé. Pensé en el invierno. Había estado tan muerto como una de mis rosas, pero no había querido admitirlo—. Pero necesito hablar con Will ahora mismo. Es importante. Creo que verás por qué. Sé que él lo hará.
Llamé a la puerta con más fuerza.
Despierta, dormilón.
Desde el otro lado de la puerta se oyó una voz apagada.
—¿Qué hora es?
—Hora de ver la luz. ¡Abre!
—Te echaré a Piloto encima.
—Es un perro guía, no un perro guardián. Abre la puerta.
Al principio, no se oyó ningún sonido, y pensé que se había vuelto a dormir. Entonces, justo cuando iba a llamar a la puerta otra vez, oí pasos. La puerta se abrió.
Observé mientras la luz golpeaba los ojos de Will.
—Que dem... —miró a la izquierda, luego a la derecha, enfocando sus ojos en mí como si nunca antes me hubiera visto—. Pero cómo... ¿quién eres tú?
—Soy yo, Adrian. Y esta es Lindy. ¿Puedes vernos, colega?
—Sí. Al menos creo que puedo. Pero quizás esto sea un sueño. Me hiciste creer que eras horrible, un monstruo.
—Y tú me hiciste creer que eras ciego. A veces las cosas cambian.
Ahora Will estaba riendo, bailando por la habitación.
—¡Sí! ¡Las cosas cambian! No puedo creerlo. ¿Y Lindy? ¿Eres tú? ¿Entonces, has vuelto con Adrian?
—Sí. No lo entiendo todavía, completamente, pero soy feliz. Muy feliz. —Abrazó a Will, y Piloto, que normalmente se comportaba bien, pareció comprender que sus servicios como perro guía ya no serían necesarios, porque se puso a dar brincos, a ladrar y a lamer las manos de todo el mundo. Así que Lindy también le abrazó.
Cuando terminamos de saltar alrededor, celebrándolo, dije:
—¿Dónde está Magda?
Si Kendra era fiel a su palabra, algo debía haberle pasado a Magda también. Debía haberse reunido con su familia. Pero ahora no quería que se fuera. Necesitaba a Magda, quería que se quedara. Corrí por el pasillo hacia la habitación de Magda, Lindy me siguió. Aporreé la puerta. No hubo respuesta.
Cuando abrí la puerta, la habitación estaba vacía.
—¡No! —prácticamente estruje la mano de Lindy en mi apretón. Ella me miró de forma extraña, y recordé que era un gran día, que era un día perfecto. Pero aun así, dije—: No he podido decirle adiós. Se ha ido sin despedirse.
—¿Magda? —cuando asentí con la cabeza, Lindy dijo—. Oh, Adrian, lo siento.
Comencé a salir de la habitación. Pero de repente vi brillar algo en la cama. Caminé hacia ella.
Era un espejo de plata, igual al que había hecho pedazos la noche anterior en el metro. Pero este espejo no estaba roto, y mirándolo, vi mi reflejo, perfecto como recordaba... pelo liso y rubio, ojos azules, incluso un bronceado. Cuando abrí la boca, unos labios perfectos se movieron sobre unos dientes blancos. Y a mi lado estaba la chica perfecta, la chica perfecta para mí. Dije:
—Quiero ver a Magda.
Al instante, apareció el reflejo de Kendra.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:53 pm

3


—¿Dónde está? —le pregunté a Kendra.
—Encuéntrate conmigo en la azotea —dijo ella—. El sol está a punto de salir.
Fuimos al quinto piso. No había estado allí mucho últimamente.
Ahora, al estar allí con Lindy, recordé todos los días solitarios que había pasado allí, sentado en el sofá, y el día que habíamos pasado allí juntos también. Era maravilloso cuando la vida te daba una segunda oportunidad. Abrí la ventana y me encaramé a la azotea. Después ofrecí un brazo a Lindy.
La azotea era plana, con una cornisa rodeándola, así que podríamos caminar. La Ciudad de Nueva York al amanecer es uno de los lugares más hermosos del mundo.
La gente se queja mucho del horizonte, pero no hay nada como observar al sonrosado sol colarse por entre los edificios, especialmente cuando sostienes la mano de la chica a la que amas.
Besé aquella mano.
—Mira. ¿No es esté es el más increíble amanecer?
Pero Lindy no miraba a la salida del sol, ni a mí. En cambio, miraba a un lado. Seguí su mirada y entendí.
Kendra estaba allí. Era la primera vez que la había visto desde el hechizo. Era hermosa, como lo había sido aquel día, su cabello púrpura, verde y negro flotaba alrededor de su cara, su túnica era negra. Y detrás de ella había una multitud de cuervos, extendiéndose por todos los lados de la azotea, negro, verde y púrpura ante el sol naciente.
—Kyle, te ves genial.
—Adrian. Prefiero Adrian.
—Yo también, en realidad. Te pega. —Dio un paso hacia Lindy. O más bien flotó. Casi parecía que volara—. Lindy, no nos han presentado, pero soy Kendra.
—Kendra, la…
Yo había puesto al día a Lindy de todos los detalles sobre Kendra mientras esperábamos en la comisaría esa noche.
—Puedes decirlo —dijo Kendra—. La bruja. Sé lo que soy. Algunos me llamarían una bruja malvada. Soy la responsable del hechizo sobre Adrian.
—¿Y estás orgullosa de eso?
—Un poquito. Es mejor persona que antes.
Lindy no parecía tan segura, pero yo asentí con la cabeza, sabiendo que era cierto.
—Pero admitiré que mis hechizos previos no tuvieron tanto éxito. En mi juventud, tendía a ser impulsiva... primero convertía a alguien en rana, y después hacía las preguntas. Las demás brujas me arrinconaron, dijeron que utilizando mis poderes con tanta frecuencia podía llamar la atención sobre la brujería y provocar una cacería de brujas tan grande como la de Salem. Como castigo, fui enviada a la Ciudad de Nueva York para trabajar como criada. Me dijeron que no usara mis poderes en absoluto.
—Pero lo hiciste —supuse.
Ella asintió con la cabeza.
—Lo hice porque fui colocada en la casa de un adolescente tan horrible e insensible que sentí que tenía que enseñarle una lección. Lo hechicé.
—Vaya, gracias.
A mi lado, Lindy me apretó la mano.
—Las demás brujas estaban horrorizadas. Había lanzado un hechizo, uno grande, obviamente uno que podría terminar en un incidente como… ah, digamos, una bestia suelta en el metro de Nueva York. En particular estaban preocupadas porque hubiera escogido al hijo de una personalidad de las noticias como víctima.
—Sí, eso fue pasarse.
Kendra puso los ojos en blanco.
—Así que dijeron que me quedaría con él para siempre, con la misma forma de la criada de la familia.
—¿Magda? —Comprendí—. ¿Entonces Magda no es real?
—Es real. —Con un movimiento de su mano, Kendra se transformó. Ahora era Magda.
—Ella soy yo, yo soy ella.
—Guau —dije—. Esto es… creía que tú… quiero decir, que Magda era mi amiga.
—Lo soy, mi amor —dijo Kendra, ahora Magda—. Me preocupé por ti desde el principio y quería que fueras feliz. Podía ver la tristeza en ti, que hacía que no notaras la verdadera belleza de la vida. Por eso hice lo que hice.
—¿Y qué pasa con Will? ¿Él también es un brujo?
Magda negó con la cabeza.
—No. Sabía que Will sería amable contigo y te enseñaría lo que necesitabas aprender. Y yo, una humilde criada, sugerí a tu padre que buscara a un estudiante ciego para ser tu tutor. Will necesitaba un trabajo y ahora gracias a tu deseo desinteresado, ha recuperado la vista.
—Pero había otra parte en ese deseo. Lamento que tú… que Magda no pudiera reunirse con su familia.
—Pero así fue... a medianoche, anoche.
—No lo capto.
—Te deseo suerte, Adrian. —Colocó sus manos sobre mi hombro y el de Lindy, y sentí una corriente eléctrica, como cuando por casualidad pones el dedo entre un conector eléctrico y el enchufe. Me pregunté si nos estaría lanzando un hechizo. Miré a Lindy para ver si se había transformado una hiena o algo así, pero parecía estar bien.
—¿Suerte? —dije.
—No es que la necesitéis. Os habéis ganado vuestro amor mucho más que la mayor parte de las parejas de vuestra edad. A diferencia de la mayoría, realmente os conocéis el uno al otro y os preocupáis el uno por el otro. Cuando permitiste que Lindy se marchara y regresara con su padre, supe que esto se resolvería.
—Ojalá me hubieras dado una pista.
Ella ignoró eso.
—Y ahora, gracias a tu deseo para Magda, me he reunido con mi familia.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo hablar más. Me esperan.
Agitó el brazo y desapareció. Al menos, yo creí que lo había hecho. Pero Lindy señaló abajo, y fue entonces cuando noté que un cuervo ocupaba el lugar exacto donde Magda había estado de pie. Era un cuervo hermoso, grande y liso, con alas negras con reflejos púrpura y verde al sol naciente. Saltó y se unió a los demás y, como uno se elevaron sobre nuestras cabezas hacia el este, hacia la luz del día.
—Guau ¬—dijo Lindy cuando estuvieron fuera de la vista—. Menudo chasco.
—¿Qué?
—Yo estaba esperando... cortésmente... a que dejara de hablar. Pero si hubiera sabido que la agradable dama se transformaría en un cuervo, me hubiera apresurado a formularle mi petición.
—¿Qué tipo de petición?
—Bueno, de veras me alegro de que estemos juntos, desde luego. Pero te amaba como eras. Antes. Creía que Kyle Kingsbury era mono y todo eso, pero es de Adrián de quién me enamoré. Yo no te veía como un monstruo, no después de un tiempo, es decir. Te veía como alguien único. Especial. Creo que te amé casi desde el principio. Sólo que no lo sabía.
—¿Entonces quieres que sea una bestia? —dije.
Ella se encogió de hombros.
—Supongo que no es muy práctico, ¿no? Quiero decir, es más fácil ir al cine y cosas así con tu novio sin… que sea un acontecimiento en las noticias.
—Más fácil que te acepten en la universidad.
—Cierto.
—¿Entonces cuál es el problema? —señalé—. Soy el mismo, no importa que aspecto tenga.
—Supongo. Pero estaba pensando que quizás ella podría cambiarte un par de cosas, ya que es una bruja.
—¿Cómo qué?
—Básicamente, eres alto, rubio, y perfecto.
—No soy perfecto.
—Diez de cada diez chicas de escuela secundaria encuestadas dirían que eres perfecto.
Pensé en Sloane.
—Vale, asumamos por el bien de la discusión que soy perfecto. ¿Y qué?
—Que por eso quería los cambios.
—¿Cuáles? Has dicho que soy perfecto.
—Oh, no sé. Una nariz rota, o tal vez una verruga. Diez kilos en la tripa o tal vez un grano enorme en tu frente.
—Ya veo. —Tomé la mano de Lindy—. ¿Y por qué querrías eso?
—Porque eres perfecto. Y yo soy… bien, yo no. Los tíos que parecen perfectos generalmente no salen con chicas, ya sabes, corrientes. ¿Tal vez Adrian King me amara, ¿pero Kyle Kingsbury se quedará, o podría conseguir algo mejor?
—¿Mejor? —Pasé de sostener su mano a abrazarla—. Lindy, me amaste cuando no era ni siquiera humano. Me besaste cuando no tenía labios. Viste algo profundamente oculto dentro de mí cuando ni siquiera yo estaba seguro de su existencia. Créeme, no hay ninguna forma de que consiguiera algo mejor. Yo creo que eres perfecta.
—Oh, si tú lo dices. —Pero estaba sonriendo.
—Lo digo. Tendré el aspecto que tú quieras que tenga. ¿Pero crees que esto le pasa a todo el mudo.... convertirse en una bestia, luego recuperar su forma gracias al verdadero amor? La mayoría de la gente ni siquiera creerían que fuera posible, pero a nosotros nos pasó. Magia. Durante el resto de nuestras vidas, iremos al colegio y tendremos empleos y tomaremos el desayuno y veremos la tele, pero sabremos aunque no la vemos, que hay magia en el mundo. Afróntalo, esto es un vivieron felices para siempre, amor verdadero, como en los cuentos de hadas.
La besé otra vez. Ella me devolvió el beso. Nos quedamos allí de pie, besándonos, hasta que el sol estuvo completamente en lo alto del cielo y empezaron a sonar los sonidos matutinos de la ciudad.
Entonces bajamos las escaleras e hicimos el desayuno.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:54 pm

Epílogo
Último Año.
—¡Eh!, tu nombre está en esto. —El tono de Lindy era sarcástico cuando pasó hacia atrás las copias de las papeletas de voto para la corte del Baile de Bienvenida de Tuttle.
Sí, Lindy y yo volvimos a Tuttle. Hizo falta que papá tirara de algunos hilos para conseguir que volviéramos, pero nuestros compañeros de clase nos dieron la bienvenida al redil… es decir, si susurrar a mis espaldas que había sido expulsado del internado porque me había visto involucrado en un asunto escandaloso con la hija del director, o que había sufrido una depresión nerviosa puede considerarse ser bienvenido. En Tuttle, probablemente lo fuera.
—Debe haber sufrido una crisis —oí decir a Sloane Hagen un día cuando Lindy y yo pasamos junto a ella en el pasillo—. O tal vez recibiera un golpe en la cabeza. ¿Por qué sino saldría con alguien como ella? —Al parecer, había hablado en serio cuando me dijo que la llamara cuando volviera a transformarme. Había mencionado varias veces que esperaba una llamada. Aún estaba esperando.
Ahora miré la papeleta. Desde luego, mi nombre estaba en ella.
—Debe ser un error de imprenta.
—Claro.
—No he visto a esta gente en dos años. ¿Por qué iban a nominarme para la corte de bienvenida?
—No es posible que se hayan basado en el aspecto, ¿verdad?
—Quizás sí. Da igual. —Arrugue la papeleta en una pelota e intenté anotar una canasta con ella en la papelera. Fallé y me dirigí a la parte delantera del aula.
Pero el profesor la alcanzó primero.
—Señor Kingsbury, creo que esto es suyo —dijo—. En el futuro, no habrá tiros de tres puntos en mi clase avanzada de inglés.
—Sí, señor.
—No habrá ningún tratamiento especial por aquí, Kyle. Para nadie.
—Sí, señor. —Lo saludé, luego me metí la papeleta en el bolsillo y me dirigí a mi escritorio.
—Idiota —susurré a Lindy.
Lindy miró al profesor.
—Lo que Kyle quiere decir, es que lo siente mucho, y que no volverá a ocurrir.
Alrededor de nosotros, la gente se reía. Noté que apenas nadie rellenaba las papeletas. Conté tres pelotas para la papelera, esperando a ser lanzadas en cuanto el profesor se diera la vuelta otra vez, dos aviones de papel, y una pieza de origami, sin contar a la gente que sólo había dejado la papeleta en su sitio mientras revisaban sus mensajes de texto.
—No tenemos que ir al baile, por cierto —le dije a Lindy—. Es bastante penoso.
Pero Lindy dijo:
—Por supuesto que iremos. Quiero un auténtico ramillete de ti... rosas de cualquier color que gustes... y tengo el vestido perfecto.
El profesor debía haber decidido que habíamos malgastado ya tiempo suficiente en no rellenar nuestras papeletas porque comenzó la clase, y pasamos una hora de literatura inglesa dando lo que, al menos Lindy y yo, ya conocíamos gracias a nuestros años de enseñanza en casa con Will.
A la salida, arrinconé al profesor.
—Qué bonito, echándonos la bronca.
El Señor Fratalli se encogió de hombros.
—¡Eh!, no querrás que la gente piense que muestro favoritismo sólo porque resulta que vivimos en la misma casa.
—No me importaría. —Pero estaba bromeando y levanté la mano para chocar los cinco—. ¿Nos vemos luego, Will?
—Mucho más tarde —dijo el señor Fratalli... Will—. Tengo que ir a la universidad esta noche. No quiero tener que enseñar a mocosos como tú para siempre.
Will iba a la universidad también. Al Postgrado, para poder ser profesor de literatura inglesa. Pero me había asegurado de que mi padre le escribiera una estupenda carta de recomendación para dar clases en Tuttle por ahora.
—Oh, sí —dije—. Vale, mantendremos la pizza caliente para ti.
—Creía que estabais estudiando con tanto empeño que ni siquiera teníais tiempo de pedir pizza.
—Entonces creíste mal. Esta clase es fácil comparada con las que solíamos tener.
Después de la escuela, Lindy y yo por lo general cogíamos el metro hasta la casa de Brooklyn, donde todavía vivimos con Will. Mi padre me había ofrecido mudarme de vuelta a su apartamento de Manhattan tras mi transformación, pero creo que ambos nos sentimos aliviados cuando dije que no. Yo quería tener algún sitio para que Lindy se quedara. Así que ahora estábamos todos juntos.
—¿Quieres caminar hasta Strawberry Fields? —le pregunté a Lindy cuando dejamos Tuttle. Hacíamos eso algunos días, para admirar el jardín.
Pero hoy, Lindy negó con la cabeza.
—Quiero ir a ver algo en casa.
Asentí. Casa. Esa era aún una palabra extraña y hermosa para mí, tener una casa donde podía ir y venir, un lugar donde la gente realmente me apreciaba.
Cuando alcanzamos la casa, Lindy desapareció escaleras arriba. Su cuarto aún estaba en el tercer piso, y oí ruidos arriba. Recogí el espejo que siempre manteníamos en un lugar de honor en la sala de estar, el espejo reparado que Kendra había traído el día en que se había roto el hechizo.
—Quiero ver a Lindy —le dije.
Pero como sabía que pasaría, sólo vi mi propio rostro. La magia había desaparecido, pero sus efectos vivirían por siempre. Había definitivamente magia en que Lindy y yo estuviéramos juntos.
Lindy bajó unos minutos más tarde.
—¿Dónde está? —dijo.
—¿Dónde está qué? —Estaba despachando una bolsa de Cheetos y un vaso de leche. Finalmente había averiguado donde estaba todo en la cocina.
—El vestido de Ida —dijo Lindy—. Voy a llevarlo para el baile.
—¿Eso es lo que quieres llevar?
—Sí. ¿Qué hay de malo en ello?
—Nada. —Cogí otro puñado de Cheetos.
—¿Es porque no es nuevo?
Negué con la cabeza, recordando mi comentario a Kendra. "Por aquí la gente compra vestidos nuevos para un baile". Deseé pegarle a ese tío excepto que, oh sí, era yo—. Es sólo que… no estoy seguro de que quiera que otras personas vean… que sepan… no importa. Está bien.
—¿Lamentas no ir con la reina del baile de bienvenida o algo así?
—Sí, claro. No. No. Deja de hacerme preguntas estúpidas. Vale.
Ella sonrió.
—¿Entonces dónde está mi vestido?
Aparté la mirada.
—En mi cuarto, bajo mi colchón.
Me lanzó una mirada divertida.
—¿Por qué iba a estar allí? ¿Lo has estado usando? ¿Por eso no quieres que me lo ponga? —Estaba bromeando, pero aun así…
—No. —Comencé a bajar las escaleras para traer el vestido. No esperaba que ella me siguiera, pero lo hizo. Atravesé mis habitaciones, pasé junto a la rosaleda, luego levanté el colchón y saqué el verde satén del espacio entre éste y el somier. Recordé los días en los que solía oler su perfume, aunque nunca se lo diría a ella, ni en un millón de años. Aún así recordé el primer día en que vi el vestido, el primer día en que se lo vi puesto, teniendo tanto miedo de tocarla, pero esperando que quizás me amara—. Aquí está. Póntelo.
Lo examinó.
—Oh, algunos de los adornos están sueltos. Tal vez tengas razón y no deba ponérmelo.
—Puedes arreglarlos. Llévalo a la tintorería. Pero primero póntelo.
De repente, deseaba muchísimo verla otra vez con él.
Un momento después, se lo puso, y fue exactamente como yo recordaba, el fresco satén verde contrastaba con el cálido rosa de su piel.
—Guau —dije—. Estás hermosa.
Ella se estudió en el espejo.
—Tienes razón. Me veo magnífica.
—Y tan modesta. Ahora tengo que preguntarte algo.
—¿Qué es?
Extendí mi mano hacia ella.
—¿Me concedes este baile?

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Jue Dic 02, 2010 5:57 pm

NOTA DEL AUTOR
Hay muchas narraciones de prometidos animales en diferentes países y culturas. En estas, "la Bestia" es presentada, de forma diversa, como una serpiente, un lagarto, un león, un mono, un cerdo, o una criatura con partes del cuerpo de varios animales, como una serpiente alada. Él ha enfadado a una bruja o hada y ha sido maldecido de este modo hasta que encuentre el amor verdadero, o una esposa. En la mayor parte de las versiones "la Bella" viene para vivir con la Bestia o se casa, porque su padre ha robado un artículo (por lo general una flor). La Bestia es amable con la Bella y ella comprende que lo ama más de lo que imaginaba. La comprensión de esto hace que la maldición se rompa. En una versión, el cortejo de la Bella y la Bestia es a través de cartas, y por lo visto, la Bestia es un escritor impresionante. Pero típicamente, él es un hombre/bestia común. En varias versiones, incluyendo una de los Hermanos Grimm, la Bestia es humana por la noche pero un animal de día, y de este modo, el cuento es similar al mito griego de Cupido y Psique, donde Psique se casa con el hermoso Cupido, pero ya que él sólo viene a ella de noche, sus hermanas la convencen de que es un monstruo. Cupido y Psique son quizás la variante más temprana sobre esta narración.
En Cupido y Psique, cuando abandona a Cupido, Psique debe realizar una búsqueda para recuperarlo. Esto ocurre en varias historias más, y lo he incorporado en mi historia.
La versión más difundida entre el público americano fue escrita en el décimo octavo siglo en Francia por el Príncipe Jeanne-Marie de Beaumont (aunque a veces se le acredita a Charles Perrault, el famoso autor de la Cenicienta), adaptado de una novela más temprana de Gabriela Susan Barbot de Gallan de Villeneuve. En esta versión, un viajero tropieza con el jardín de una Bestia, roba una rosa para su hija más joven, una muchacha hermosa pero aficionada a los libros, y va a ser asesinado hasta que promete volver. La hija vuelve en su lugar para ser prisionera de la Bestia. En las versiones de Beaumont y Villeneuve, a diferencia de la mayor parte de los demás, el hada que puso la maldición toma un papel algo activo en el noviazgo de Bella y Bestia, apareciéndose a la Bella en un sueño y tranquilizándola, para luego regresar después de que la maldición ha sido rota, para felicitarlos por su floreciente amor. Fue en ese punto en el que conceví la participación continua de Kendra en el argumento del libro, aunque en este caso, su participación sea con la Bestia misma.
Como escritor, escribo sobre lo que me molesta, y lo que me molestó de muchas versiones de la Bella y la Bestia fue que tan querida que se dice que es Bella, en todos los casos, su padre la entrega de buen grado a la Bestia, para salvar su propia vida (la versión de la película de Disney es una versión más edulcorada del cuento, en el cual el padre de Bella no tiene ninguna opción en el asunto). Pensar en esto me condujo a pensar en la Bestia misma, que permanecía solo en el castillo, posiblemente abandonado por su propia familia, circunstancias inexplicadas en la mayor parte de las versiones. Así que el romance es realmente la historia de dos adolescentes abandonados que se encuentran el uno al otro. Como joven escritor adulto, me encuentro a menudo con representaciones negativas de padres en mi género, pero estoy convencido de que los jóvenes adultos no tienen nada contra los padres malvados de cuentos de hadas (mirad por ejemplo Hansel y Gretel, Blancanieves). Así fue como concebí mi historia, nada edulcorada, pero todavía con un vivieron felices para siempre.
Los lectores que se interesen por otras historias de la Bella y la Bestia pueden desear comprobar las Bellas y Bestias de Betsy Hearne, que contiene historias de países diferentes, y el Príncipe Dragón: Una Bella China y el Cuento de la Bestia de Laurence Yep. Versiones para jóvenes que incluyen a la Bella: Una Revisión de la Historia de Bella y la Bestia de Robin McKinley, Bestia por Donna Jo Napoli, y la Rosa y la Bestia: Cuentos de Hadas Vueltos a contar de Francesca Lia Block, que contiene varios cuento de hadas vueltos a contar, incluyendo un cuento corto de Bestia. El Problema Rumpelstiltskin es un libro de Vivian Vande Velde, concebido porque el autor estaba molesto, como lo estaba yo, por las inconsistencias del cuento tradicional.
Los lectores probablemente estén familiarizados con la versión de la película de Disney La Bella y la Bestia. Pero podrían desear ver la versión fílmica del cuento, La Belle et la bete, dirigida por Jean Cocteau (en francés, con subtítulos en inglés). Es está, lo reconozco, la versión de la Bestia que visualicé creando a Adrian.

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Lun Dic 27, 2010 10:28 pm

:jiji: Estuvo bien divertida la lectura :jiji: gracias Gemma :245:

Cuando sacaron este libro, ni ganas de leerlo me dieron porque es un refrito, pero si está divertido, sobre todo porque lo actualizo, eso del chat esta buenísimo :jojojo: y lo de sus compras online, no se diga :jojojo:

Otra vez, gracias Gemma :234:

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Mar Dic 28, 2010 10:43 am

^^ jajajaja sip la verdad que a veces si no nos lo ponen a huevo hay libros que ni los leemos XDD a ver si pasan estas fiestas y subo más :1003: jejejejeje

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MensajeTema: Re: Alex Flinn - Beastly   Mar Dic 28, 2010 9:59 pm

:jiji: La verdad es que sí y luego si una esta algo aburridaaaa pues más :jiji:

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