Black and Blood


 
ÍndiceCalendarioFAQBuscarMiembrosGrupos de UsuariosRegistrarseConectarse
Feliz Año 2015!!!
Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Conectarse
Nombre de Usuario:
Contraseña:
Entrar automáticamente en cada visita: 
:: Recuperar mi contraseña
Últimos temas
» LAS COTORRAS MÁS LOCAS DE LAS COTORRAS VIP.
Miér Feb 01, 2017 6:33 pm por rossmary

» saga Riley Jenson
Jue Ene 14, 2016 10:02 am por Vampi

» Kissing sin - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:31 pm por Vampi

» Lista de libros con links de capítulos
Mar Ene 12, 2016 1:25 pm por Vampi

» Tempting Evil - Saga Riley Jenson 3 - Keri Arthur
Mar Ene 12, 2016 1:22 pm por Vampi

» Saga Tempting Evil, Riley Jenson Guardian, #3
Vie Ene 17, 2014 8:03 pm por rossmary

» Anuncia Tu Blog!
Jue Ene 16, 2014 10:10 pm por rossmary

Buscar
 
 

Resultados por:
 
Rechercher Búsqueda avanzada

Comparte | 
 

 Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
Ir a la página : Precedente  1, 2
AutorMensaje
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:35 am

25


Rhett estuvo atareado desde el momento en que se despertó, después de una hora de pesado sueño, e indicó sin rodeos a Rosemary y a Scarlett que se mantuviesen lejos de los lagos en forma de mariposa. Estaba construyendo allí una plataforma para los discursos y las ceremonias de contratación del día siguiente.
—Los trabajadores no aceptan de buen grado la presencia de mujeres. —Sonrió a su hermana—. Y ciertamente, no quiero que mamá me pregunte por qué he permitido que aprendieses un nuevo vocabulario tan pintoresco.
A petición de Rhett, Rosemary llevó a Scarlett a dar una vuelta por los jardines cubiertos de una vegetación exuberante. Los senderos habían sido limpiados, pero no recubiertos de gravilla, y pronto el dobladillo del vestido de Scarlett estuvo negro a causa del fino polvo. Todo era muy diferente de Tara, incluso el suelo. Le parecía raro que los senderos y el polvo no fuesen rojos. La vegetación era además muy espesa y muchas de las plantas le eran desconocidas. Demasiada frondosidad para su gusto de moradora de la altiplanicie.
En cambio, la hermana de Rhett adoraba la plantación Butler con una pasión que a Scarlett sorprendía. «Bueno, siente por este lugar lo mismo que siento yo por Tara —pensó—. Tal vez pueda llevarme bien con ella a fin de cuentas.» Rosemary no advertía los esfuerzos que Scarlett estaba haciendo por encontrar un terreno común. Se hallaba absorta en un mundo perdido: Dunmore Landing antes de la guerra.
—A éste le llamaban «el jardín oculto», porque los altos setos a lo largo de los caminos impedían que uno lo viese hasta que se encontraba de pronto dentro de él. Cuando yo era pequeña me escondía aquí siempre que se acercaba la hora del baño. Las criadas eran maravillosas; daban vueltas alrededor de los setos, gritando que no podían encontrarme. Yo me imaginaba que había sido muy. lista. Y cuando mi Mamita cruzaba la verja, siempre simulaba que se sorprendía al verme... Yo la quería muchísimo.
—Yo también tenía una Mamita. Ella...
Pero Rosemary había echado a andar de nuevo.
—Ahí abajo está el estanque reflectante. Había cisnes, unos negros y otros blancos. Rhett dice que tal vez volverán cuando hayan cortado las cañas y arrancado las sucias algas. ¿Ves aquellos arbustos? En realidad es una isla, construida para que los cisnes anidasen en ella. Desde luego, estaba toda cubierta de hierba, que se cortaba cuando no era la temporada de anidar. Y había un templo griego en miniatura, de mármol blanco. Tal vez haya todavía restos de él entre aquella maraña. Mucha gente tiene miedo a los cisnes. Pueden causar mucho daño con los picos y las alas. Pero los nuestros me dejaban nadar con ellos cuando sus pequeños habían salido del nido. Mamá solía leerme El patito feo, sentada en un banco junto al estanque. Cuando hube aprendido a leer, yo se lo leía a los cisnes...
»Este sendero conduce a la rosaleda. En mayo, se percibía el aroma de las rosas durante kilómetros cuando navegábamos por el río hacia Landing. Dentro de la casa, con las ventanas cerradas en días de lluvia, el perfume de los grandes ramos de rosas me mareaba terriblemente...
»Allí, junto al río, estaba el gran roble con una caseta instalada en sus ramas. Rhett la construyó cuando era un muchacho y después pasó a ser de Ross. Yo subía a ella con un libro y unos bizcochos con mermelada, y me pasaba allí horas y horas. Era mucho mejor que la casita de juguete que papá había hecho construir a los carpinteros. Esta era demasiado lujosa, con alfombras en el suelo y muebles a mi medida y juegos de té y muñecos...
»Ven por aquí. Allí está la ciénaga de los cipreses. Tal vez podremos ver algún caimán. El tiempo es tan templado que no es probable que estén en sus refugios de invierno.
—No, gracias —dijo Scarlett—. Me estoy fatigando; las piernas me pesan. Creo que me sentaré en aquella piedra grande durante un rato.
La piedra grande resultó ser la base de una estatua que yacía rota en el suelo y que representaba una doncella con vestidura clásica. Scarlett distinguió la cara manchada en medio de una espesura de zarzas. En realidad, no estaba cansada de andar; estaba cansada de Rosemary. Y ciertamente no tenía el menor deseo de ver caimanes. Se sentó, sintiendo en la espalda el calor del sol, y pensó en lo que había visto. Dunmore Landing empezaba a cobrar vida en su mente. Se dio cuenta de que no había sido en modo alguno como Tara. Aquí se había vivido la vida a una escala y según un estilo del que ella nada sabía. No era extraño que la gente de Charleston tuviese fama de pensar que todo empezaba y terminaba allí. Habían vivido como reyes.
A pesar del calor del sol, sentía frío. Aunque Rhett trabajase día y noche durante el resto de su vida, no conseguiría que este lugar fuese como había sido antaño, y esto era exactamente lo que él se proponía.
No quedaría mucho tiempo en la vida de Rhett para su esposa. Y los conocimientos que ella poseía sobre cebollas y batatas tampoco le servirían de mucho para compartir la vida de su marido.
Rosemary volvió, contrariada. No había visto un solo caimán. Habló sin parar mientras regresaban a la casa, denominando con sus viejos nombres a unos jardines que ahora no eran más que terrenos cubiertos de hierbajos, aburriendo a Scarlett con complicadas descripciones de las variedades de arroz que se habían cultivado en campos convertidos ahora en herbazales pantanosos; recordando cosas de su infancia.
—¡Aborrecía que llegase el verano! —se lamentó.
—¿Por qué? —le preguntó Scarlett.
A ella le había encantado siempre el verano, cuando se celebraban fiestas todas las semanas, había numerosos visitantes y tenían lugar ruidosas carreras en los caminos apartados, entre los campos de algodón maduro.
La respuesta de Rosemary borró las aprensiones que estaban haciendo presa en su mente. Scarlett se enteró de que, en las Tierras Rojas, resultaba prudente pasar el verano en la ciudad. Los terrenos pantanosos producían una fiebre que atacaba a los blancos. Malaria. Por eso se iban de las plantaciones a mediados de mayo y permanecían fuera hasta las primeras heladas de finales de octubre.
Después de todo, Rhett tendría tiempo para ella. Y además estaba la temporada social, de casi dos meses. Él debería estar allí para acompañar a su madre y a su hermana... y a ella. De buen grado le dejaría jugar con sus flores durante cinco meses al año, si podía tenerle con ella durante los otros siete. Incluso aprendería los nombres de las camelias.
¿Qué era aquello? Scarlett contempló un enorme objeto de piedra blanca. Parecía un ángel de pie sobre una caja grande.
—Oh, es nuestro panteón —dijo Rosemary—. Un siglo y medio de familia Butler, todos ellos enterrados en limpias hileras. Cuando yo estire la pata, también me meterán allí. Los yanquis rompieron las alas del ángel, pero tuvieron el decoro de dejar en paz a los muertos. Oí decir que, en algunos lugares, profanaron las tumbas en busca de joyas.
Hija de un padre irlandés inmigrante, Scarlett se sintió impresionada por la permanencia del panteón. Tantas generaciones pasadas y tantas otras venideras, por los siglos de los siglos, amén. «Vuelvo a un sitio donde las raíces son muy hondas», había dicho Rhett. Ahora comprendía lo que había querido decir. Lamentaba lo que él había perdido, y le envidiaba porque ella no lo había tenido nunca.
—Vamos, Scarlett. Te has quedado ahí como plantada. Estamos muy cerca de la casa y no estarás tan cansada como para no poder caminar un trecho tan corto.
Scarlett recordó por qué había accedido a dar aquel paseo con Rosemary.
—No estoy cansada —dijo—. Creo que deberíamos cortar algunas ramas de pinos y otras cosas para adornar un poco la casa. A fin de cuentas, éstos son días de fiesta.
—Buena idea. Así quitaremos el mal olor. Hay muchos pinos, y también acebos, en el bosque vecino al antiguo emplazamiento de los establos.
«Y muérdago», añadió Scarlett para sus adentros. No estaba dispuesta a prescindir del rito de la medianoche en la víspera de Año Nuevo.


—Muy bonito —dijo Rhett, cuando volvió a la casa después de que él y sus hombres hubiesen levantado la plataforma y la hubiesen adornado con banderas rojas, blancas y azules—. Parece alegre, lo adecuado para la fiesta.
—¿Qué fiesta? —preguntó Scarlett.
—He invitado a las familias de los aparceros. Esto hace que se sientan importantes y, Dios mediante, los hombres tendrán mañana una resaca tan fuerte después del whisky matarratas, que no armarán jaleo cuando estén aquí los negros. Rosemary, tú y Pansy subiréis al piso de arriba antes de que vengan. Probablemente será una escena tormentosa.
Scarlett contempló desde la ventana de su dormitorio los arcos que trazaban los cohetes en el cielo. Los fuegos artificiales para celebrar el Año Nuevo duraron desde la medianoche hasta cerca de la una. Lamentó de todo corazón no haberse quedado en la ciudad. Estaría encerrada todo el día siguiente mientras los negros celebrasen la fiesta, y el sábado cuando llegase de regreso a la ciudad, probablemente no tendría tiempo de lavarse el cabello para el baile.
Y Rhett no la había besado.


Durante los días que siguieron, Scarlett revivió toda la vertiginosa excitación de lo que recordaba como los mejores tiempos de su vida. Volvía a ser una beldad, con los hombres arracimados a su alrededor en las recepciones, con su carnet de baile lleno en cuanto entraba en el salón, con todos sus viejos juegos de coqueteo produciendo la misma admiración que antes. Era como si volviese a tener dieciséis años, sin nada en qué pensar salvo en la última fiesta y en los cumplidos de que había sido objeto, y en la próxima fiesta y en qué peinado llevaría.
Pero su entusiasmo no duró mucho. Ya no tenía dieciséis años y, en realidad, no quería que se la disputasen los galanes. Quería a Rhett, y no estaba más cerca que antes de conquistarle de nuevo. Él mantenía el trato: era atento con ella en las fiestas, amable cuando estaban juntos en casa... con otras personas. Sin embargo, estaba Segura de que Rhett miraba el calendario, contando los días que faltaban para librarse de ella. Empezó a sentir momentos de pánico. ¿Y si perdía?
El pánico siempre engendra cólera, y Scarlett la centró en el joven Tommy Cooper. El muchacho estaba siempre rondando a Rhett, con la adoración ante el héroe pintada en su semblante. Y a Rhett le hacía gracia el muchacho. Esto enfurecía a Scarlett. Tommy había recibido una pequeña barca de vela como regalo de Navidad y Rhett le enseñaba a manejarla. Había un magnífico telescopio de metal en el salón de juego de la segunda planta, y Scarlett se apresuraba a utilizarlo siempre que podía, en las tardes en que Rhett salía con Tom Cooper. Sus celos eran como tocar con la lengua un diente cariado, pero no podía resistir el impulso de causarle dolor. ¡No es justo! Están riendo, divirtiéndose y surcando el agua, libres como pájaros. ¿Por qué Rhett no me lleva a mí? Si navegar me gustó tanto cuando volvimos de Landing, todavía me gustaría más en esa pequeña barca del joven Cooper. Parece viva, rápida, ligera y tan... ¡tan divertida!
Afortunadamente eran pocas las tardes en que estaba en casa y cerca de la lente espía. Aunque las recepciones y los bailes nocturnos eran los principales acontecimientos de la temporada, tenía también otras cosas que hacer. Las devotas del whist seguían jugando; el comité del Hogar Confederado de Eleanor celebraba reuniones para convenir la manera de recaudar fondos destinados a comprar libros para la escuela y a reparar una filtración que había aparecido de pronto en el tejado; además, había que hacer y recibir visitas. Scarlett se quedó pálida y ojerosa a causa de la fatiga.
Todo habría valido la pena, si hubiese sido Rhett y no ella quien hubiese estado celoso. Pero él parecía no advertir la admiración que despertaba Scarlett, o peor aún, daba la impresión de que no le interesaba. Pero ella haría que lo advirtiese, ¡que le preocupase! Decidió elegir un hombre entre sus docenas de admiradores. Un hombre apuesto, rico... y más joven que Rhett. Alguien de quien él tuviese que sentirse celoso.
Dios mío, ¡pero si parecía un fantasma! Scarlett se puso colorete y un perfume fuerte, y adoptó su expresión más inocente para la caza.


Middleton Courtney era alto y rubio; tenía unos ojos claros de mirar somnoliento y unos dientes sumamente blancos que mostraba al sonreír maliciosamente. Era la personificación de lo que Scarlett consideraba un hombre sofisticado de la ciudad. Mejor aún, también él tenía una mina de fosfato, veinte veces mayor que la de Rhett.
Cuando Courtney se inclinó sobre la mano de ella al saludarla, Scarlett le apretó los dedos.
Él se irguió y sonrió.
—¿Puedo esperar que me haga el honor de concederme el baile siguiente, señora Butler?
—Si no me lo hubiese pedido, señor Courtney, habría destrozado mi pobre corazón.
Cuando terminó la polca, Scarlett abrió el abanico, desplegándolo despacio en lo que se llamaba una «caída lánguida». Se dio aire delante de la cara, para que revolotearan los lindos mechones que le caían sobre los ojos.
—Dios mío —dijo jadeante—, temo que si no tomo un poco de aire fresco me desplomaré en sus brazos, señor Courtney. ¿Tendría la amabilidad...?
Tomó el brazo que él le ofrecía y se apoyó en él, y los dos se dirigieron hacia un banco al pie de una ventana.
—Oh, por favor, señor Courtney, siéntese a mi lado. Me va a dar una tortícolis si tengo que levantar la cabeza para mirarle.
Courtney se sentó. Bastante cerca.
—Lamentaría ser causa de cualquier molestia en un cuello tan hermoso —dijo.
Su mirada siguió despacio el cuello hasta el blanco pecho. Era tan hábil como Scarlett en el juego al que estaban jugando.
Ella mantuvo los ojos modestamente bajos, como si no supiese lo que estaba haciendo Courtney. Después le miró a través de las pestañas entrecerradas, y los bajó de nuevo.
—Espero que mi tonto desfallecimiento no le impedirá bailar con la dama que está más cerca de su corazón, señor Courtney.
—Oh, la dama a quien usted se refiere es la que está ahora más cerca de mí, señora Butler.
Scarlett le miró directamente a los ojos y sonrió, seductora.
—Tenga usted cuidado, señor Courtney. Podría hacer que me encaprichara de usted.
—Ciertamente, es lo que pretendo —murmuró él muy cerca de su oído y rozándole el cuello con el aliento.
Muy pronto, el flirteo que ellos dos mantenían en público fue el tema más comentado de la temporada. El número de veces que danzaban juntos en cada fiesta..., aquella ocasión en que Courtney tomó la copa de ponche de la mano de Scarlett y bebió por el borde donde había puesto ella los labios, fragmentos de bromas cargadas de insinuaciones maliciosas que ambos se hacían y que alguien captaba por casualidad...
La esposa de Middleton, Edith, parecía cada día más macilenta y pálida. Y nadie podía comprender la imperturbabilidad de Rhett.
¿Por qué no hacía algo?, se preguntaba el pequeño mundo de la sociedad de Charleston.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:36 am

26


Las carreras de caballos anuales sólo eran superadas por el baile de santa Cecilia como acontecimiento cumbre de la temporada social de Charleston. Sin embargo, había muchas personas, y principalmente los solteros, que las consideraban el único acontecimiento a tener en cuenta. «No se puede apostar entre varios valses», gruñían en son de queja.
Antes de la guerra, había habido una Semana de Carreras, de la misma manera que la Sociedad de santa Cecilia había celebrado siempre tres bailes durante la temporada. Entonces llegaron los años de asedio; una granada trazó un sendero de fuego en la ciudad que consumió el edificio donde se habían celebrado siempre los bailes, y el largo, ovalado y ajardinado hipódromo, con su club y sus caballerizas, fue empleado como campamento del Ejército de la Confederación y como hospital para los heridos.
En 1865 se rindió la ciudad. En 1866, un emprendedor y ambicioso banquero de Wall Street, llamado August Belmont, compró los monumentales pilares de piedra tallada de la entrada del viejo hipódromo y los hizo trasladar al Norte para la entrada de la pista de carreras de su Belmont Parle.
El baile de santa Cecilia tomó de prestado un local sólo dos años después de terminada la guerra, y los charlestonianos se alegraron de que pudiese empezar de nuevo la temporada. Más tiempo se requirió para recuperar y restaurar el terreno estropeado y lleno de baches del hipódromo. Pero nada volvió a ser lo mismo; se celebró un baile, no tres; la Semana de Carreras se convirtió en Día de Carreras; los pilares de la entrada no pudieron recuperarse, y la casa club fue sustituida por filas medio cubiertas de bancos de madera. Pero la brillante tarde de finales de enero de 1875, toda la población restante de la vieja Charleston estaba en fête para el segundo año de carreras. Los tranvías de las cuatro líneas de la City Railway fueron desviados hacia la avenida Rutledge, que terminaba cerca del hipódromo; los carruajes fueron engalanados con banderas verdes y blancas, que eran los colores del club, y los caballos que tiraban de esos coches llevaban cintas verdes y blancas entrelazadas en la crin y la cola.
Cuando se disponían a salir de la casa, Rhett ofreció sombrillas a rayas verdes y blancas a sus tres damas y prendió una camelia blanca en su ojal. Una sonrisa resplandecía en su cara tostada por el sol.
—Los yanquis están mordiendo el anzuelo —dijo—; el propio y apreciado señor Belmont ha enviado dos caballos, y Guggenheim, uno. No saben nada de las yeguas que Miles Brewton escondió en el pantano. Sus crías dieron origen a una espléndida familia, de no muy buen aspecto por la vida en los pantanos y los cruces con corceles extraviados de las fuerzas de caballería; pero Miles tiene una maravilla de tres años que va a aligerar los repletos bolsillos más de lo que se espera.
—¿Quieres decir que habrá apuestas? —preguntó Scarlett, brillándole los ojos.
—¿Que otro motivo pueden tener las carreras? —Rhett se echó a reír. Introdujo billetes de banco doblados en el pequeño bolso de su madre, en el bolsillo de Rosemary y en el guante de Scarlett—. Apostadlo todo a Sweet Sally y compraos algunas chucherías con las ganancias.
«Está de muy buen humor —pensó Scarlett—. Ha puesto el billete dentro de mi guante. Habría podido tendérmelo; entonces no habría tenido que tocarme la mano, no, ni la muñeca desnuda. Prácticamente, ha sido una caricia. Se está fijando en mí, ahora que cree que me interesa otra persona. Se fija realmente en mí, no son simples atenciones. ¡La cosa dará resultado!» Había tenido miedo de haberse pasado de la raya al conceder a Middleton un baile de cada tres. Sabía que la gente lo había comentado. Bueno, podían hablar si un poco de chismorreo le devolvía a Rhett.
Cuando entraron en el hipódromo, Scarlett lanzó una exclamación ahogada. ¡No se había imaginado que pudiese ser tan grande! ¡Ni que hubiese una banda! ¡Ni tanta gente! Miró entusiasmada a su alrededor. Después tiró a Rhett de la manga:
—Rhett..., Rhett..., hay soldados yanquis por todas partes. ¿Qué significa? ¿Van a impedir las carreras?
Rhett sonrió.
—¿Crees que los yanquis no apuestan? ¿O que no deberíamos quitarles algún dinero? Sabe Dios que ellos no pusieron reparos en quitarnos todo el nuestro. Me alegra ver que ese bizarro coronel y sus oficiales comparten los sencillos placeres de los vencidos. Pueden perder mucho más dinero que nuestra gente.
—¿Por qué estás tan seguro de que lo perderán? —Scarlett entrecerró los ojos, calculando—. Los caballos yanquis son de pura sangre y Sweet Sally no es más que una jaca de los pantanos.
Rhett torció la boca.
—El orgullo y la lealtad no pesan mucho para ti cuando se trata de dinero, ¿verdad, Scarlett? Bueno, ve a lo tuyo, querida; apuesta por la potra de Belmont para ganar. Te he dado el dinero; haz lo que quieras con él. —Se apartó de ella, asió el brazo de su madre y señaló hacia la tribuna—. Creo que podrás verlo mejor desde arriba, mamá. Ven, Rosemary.
Scarlett trató de correr tras él.
—No quise... —dijo, pero la ancha espalda de Rhett era como una muralla.
Encogió los hombros con irritación y miró a derecha e izquierda. ¿Adonde tenía que ir para apostar?
—¿Puedo servirla en algo, señora? —dijo un hombre, cerca de ella.
—Bueno, sí, tal vez sí. —Parecía un caballero y su acento podía ser de Georgia. Le sonrió agradecida—. No estoy acostumbrada a estas carreras tan complicadas. En mi tierra, alguien gritaría: «Apuesto cinco dólares a que llego antes que vosotros al cruce de caminos», y los demás gritarían aceptando el reto, y empezaría la carrera a todo galope.
El hombre se quitó el sombrero y lo sostuvo sobre el pecho con ambas manos. «Creo que me mira de una manera peculiar —pensó Scarlett con inquietud—. Tal vez no hubiese debido hablarle.»
—Discúlpeme, señora —dijo seriamente él—. No me sorprende que no me recuerde, pero yo la conozco. Usted es la señora Hamilton, ¿verdad? De Atlanta. Me cuidó en el hospital cuando estuve herido. Me llamo Sam Forrest, de Moultrie, Georgia.
¡El hospital! Scarlett arrugó la nariz; fue una reacción involuntaria al recordar el hedor de la sangre, la gangrena y los cuerpos sucios y llenos de piojos.
La cara de Forrest reveló inquietud y confusión.
—Le pido perdón, señora Hamilton —balbució—; no debía decirle que la conocía. No quise ofenderla.
Scarlett volvió a guardar el hospital en el rincón de su mente reservado para el pasado y cerró la puerta. Apoyó una mano en el brazo de Sam Forrest y le sonrió.
—No se preocupe, señor Forrest; no me ha ofendido en absoluto. Sólo me sorprendió que me llamase señora Hamilton. Volví a casarme, ¿sabe?, y hace años que soy la señora Butler. Mi marido es de Charleston; por eso estoy aquí. Y debo decir que el oír su acento de Georgia me' hace añorar mi tierra. ¿Qué le trae por aquí?
Los caballos, explicó Forrest. Después de cuatro años en caballería, lo sabía todo acerca de los caballos. Cuando terminó la guerra, había ahorrado el dinero que ganaba como jornalero y empezado a comprar caballos.
—Ahora tengo una cuadra y un negocio de hospedería. He traído lo mejor de mi cuadra para ver si gano algún dinero. Le digo, señora Hamil..., perdón, señora Butler, que fue para mí un día feliz cuando recibí la noticia de que volvía a abrirse el hipódromo de Charleston. No hay nada igual en ningún lugar del Sur.
Scarlett tuvo que fingir que escuchaba su charla sobre los caballos mientras él la acompañaba a la taquilla donde se hacían las apuestas, y después, de nuevo a la tribuna. Se despidió de él con una sensación de alivio.
La tribuna estaba casi llena, pero no le costó encontrar su sitio porque las sombrillas a rayas verdes y blancas eran como un faro. Scarlett agitó la suya en dirección a Rhett y empezó a subir la escalera. Eleanor Butler le devolvió el saludo. Rosemary miró a otra parte.
Rhett sentó a Scarlett entre Rosemary y su madre. Apenas se había instalado ella cuando sintió que Eleanor Butler se ponía rígida. Middleton Courtney y su esposa Edith se estaban aposentando en la misma hilera, no lejos de ellos. Los Courtney saludaron con la cabeza y sonrieron amistosamente. Los Butler correspondieron al saludo. Entonces, Middleton empezó a señalar a su esposa la puerta de salida y la línea de terminación de la carrera. Al mismo tiempo, dijo Scarlett:
—Nunca adivinaría a quién he encontrado, señora Eleanor: a un soldado que estaba en Atlanta cuando fui a vivir allí.
Notó que la señora Butler se relajaba.
La muchedumbre se agitó. Los caballos estaban saliendo a la pista. Scarlett se quedó mirando boquiabierta y con los ojos brillantes. Nada la había preparado para el herboso hipódromo ovalado ni para el atuendo de los jockeys, hecho de abigarrados cuadrados y rayas y rombos arlequinados. Llamativos y alegres, los jinetes desfilaron por delante de la tribuna mientras la banda tocada una pieza de ritmo vivo y jovial. Scarlett rió en voz alta sin darse cuenta. Era una risa infantil, libre y despreocupada, que expresaba una pura y alegre sorpresa.
—¡Oh, mirad! —dijo—. ¡Mirad!
Estaba tan entusiasmada que no reparó en que Rhett la estaba observando, en vez de fijarse en los caballos.


Hubo un intervalo para tomar algo después de la tercera carrera. Una tienda adornada con banderitas verdes y blancos albergaba varias mesas largas repletas de manjares, y entre la multitud circulaban camareros con bandejas de copas llenas de champán. Scarlett tomó una de las copas de Emma Anson de una de las bandejas marcadas con las iniciales de Sally Brewton, simulando que no reconocía al mayordomo de Minnie Wentworth, que estaba sirviendo. Había aprendido de qué modo se las arreglaba la sociedad de Charleston para compensar la escasez y los bienes perdidos: todos compartían sus tesoros y sus criados, actuando como si éstos perteneciesen al anfitrión o anfitriona del acontecimiento. «Es la cosa más tonta que he oído en mi vida», había dicho Scarlett cuando la señora Butler le explicó el truco. Prestar y tomar prestado era comprensible, pero pretender que las iniciales de Emma Anson correspondían a las servilletas de Minnie Wentworth era una insensatez. Sin embargo, se sometió al engaño, suponiendo que ésta fuera la palabra adecuada. No era más que una de las muchas peculiaridades de Charleston.
—Scarlett. —Ésta se volvió rápidamente al oír que la llamaban. Era Rosemary—. Van a tocar la campana dentro de un momento. Volvamos a nuestro sitio antes de que empiece la avalancha.


El público se estaba dirigiendo a sus asientos. Scarlett lo contemplaba a través de los gemelos que había tomado prestados de Eleanor. Allí estaban sus tías; afortunadamente, no había tropezado con ellas en la tienda. Y Sally Brewton con Miles, su marido. Éste parecía casi tan excitado como ella. ¡Vaya! La señorita Julia Ashley estaba con ellos. ¡Quién hubiera dicho que ella apostaba en las carreras!
Scarlett dirigía los gemelos de un lado a otro. Era divertido observar a las personas que no se daban cuenta de que las estaban mirando. ¡Oh! Allí estaba el viejo Josiah Anson, dormitando mientras Emma le hablaba. ¡Menuda bronca le echaría ésta, si descubría que estaba durmiendo! ¡Ross! Lástima que hubiese vuelto, aunque Eleanor estuviese satisfecha. Margaret parecía nerviosa; pero esto era habitual en ella.
«¡Oh, allí está Anne! ¡Caramba! Parece una gallina con sus polluelos, rodeada de todos estos chiquillos. Deben de ser los huérfanos. ¿Me verá? Se está volviendo en esta dirección. No; no mira lo bastante arriba. Oh, está realmente radiante. ¿Se le habrá declarado Edward Cooper al fin? Sin duda; lo está mirando como si Edward fuese capaz de caminar sobre el agua. Anne se está derritiendo.»
Scarlett dirigió los gemelos hacia arriba, para ver si a Edward se le notaba el enamoramiento tan claramente como a Anne... Un par de zapatos, un pantalón, una chaqueta...
El corazón le dio un salto. Era Rhett, que debía de estar hablando con Edward. Detuvo un momento la mirada en él. ¡Qué elegante estaba Rhett! Desvió los prismáticos y vio a Eleanor Butler. Se quedó helada, sin atreverse a respirar. No podía ser. Registró la zona próxima a Rhett y su madre. Seguía sin haber nadie allí. Poco a poco, enfocó de nuevo los gemelos para mirar a Anne, después a Rhett, y de nuevo a Anne. No cabía la menor duda. Scarlett sintió mareo. A continuación, una cólera abrasadora.
«¡Miserable pequeña lagarta! Me ha estado lisonjeando a la cara, y enamorándose como una loca de mi marido a espaldas mías. ¡Sería capaz de estrangularla!»
Le sudaban las manos y casi resbalaron de ellas los prismáticos cuando los fijó de nuevo en Rhett. ¿Estaba mirando a Anne? No, estaba riendo con Eleanor... Y ahora ambos charlaban con los Wentworth..., saludaban a los Huger..., los Halsey..., los Savage..., al viejo señor Pinckney... No perdió de vista a Rhett hasta que su visión se hizo confusa.
Rhett no había mirado ni una sola vez a Anne. Ella sí que le miraba fijamente, comiéndoselo con los ojos; pero él ni siquiera lo advertía. No había nada que temer. Anne no era más que una niña tonta encaprichada de un hombre mayor.
¿Por qué no había Anne de enamorarse de él? ¿Por qué no habían de hacerlo todas las mujeres de Charleston? Era tan apuesto y tan vigoroso y tan...
Ella le contempló sin disimular su afán, después de dejar los gemelos sobre la falda. Rhett se había inclinado para sujetar el chal sobre los hombros de Eleanor. El sol estaba bajo en el cielo y había empezado a soplar un caprichoso viento frío. Rhett colocó una mano debajo del codo de Eleanor y ambos empezaron a subir los peldaños hasta sus asientos: la viva imagen de un hijo deferente con su madre. Scarlett esperó ansiosamente su llegada.


El techo que cubría parte de la tribuna proyectaba una sombra sesgada sobre los asientos. Rhett cambió de sitio con su madre, para que pudiesen calentarla los últimos rayos del sol, y Scarlett le tuvo al fin a su lado. Inmediatamente se olvidó de Anne.
Cuándo salieron los caballos a la pista para la cuarta carrera, los espectadores se pusieron en pie; primero dos, luego varios grupos de personas, después todo el mundo, en una oleada de expectación. Scarlett casi bailaba de entusiasmo.
—¿Lo estás pasando bien? —dijo sonriendo Rhett.
—¡Estupendamente! ¿Qué caballo es el de Miles Brewton, Rhett?
—Sospecho que Miles lo ha lustrado con betún de zapatos. Es el número cinco, el negro resplandeciente. El candidato secreto, podrías decir. El número seis es el de Guggenheim; Belmont ha conseguido una post position, su pace-setter es el número cuatro.
Scarlett quería preguntarle qué significaban pace-setter y post position, pero no había tiempo; la carrera estaba a punto de empezar.
El jockey del número cinco se anticipó al disparo de salida, y sonaron fuertes murmullos en las gradas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Scarlett.
—Una falsa salida; tendrán que alinearse de nuevo —le explicó Rhett. Señaló con la cabeza—. Mira a Sally.
Scarlett miró. La cara de Sally Brewton parecía más que nunca la de un mono; estaba furiosa y agitaba un puño en el aire. Rhett rió afectuosamente.
—Yo saltaría la valla y seguiría galopando si estuviese en el lugar del jockey —dijo—. Sally está dispuesta a convertir su pellejo en una alfombra para la chimenea.
—Yo no la censuro en absoluto —declaró Scarlett—, y no creo que esto sea nada divertido, Rhett Butler.
Él rió de nuevo.
—¿Puedo suponer que has apostado a fin de cuentas tu dinero por Sweet Sally?
—Claro que sí. Sally Brewton es una buena amiga... y además, si pierdo, será tu dinero, no el mío.
Rhett miró sorprendido a Scarlett, que sonreía maliciosamente.
—Apúntate un tanto, señora —murmuró.
La pistola disparó de nuevo y empezó la carrera. Scarlett no se daba cuenta de que estaba gritando, saltando y golpeando el brazo de Rhett. Incluso estaba sorda a los gritos de los que les rodeaban. Cuando Sweet Sally ganó por medio cuerpo, soltó una exclamación de triunfo.
—¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado! ¡Qué maravilla! ¡Hemos ganado!
Rhett se frotó los magullados bíceps.
—Creo que me has dejado inválido para toda la vida, pero estoy de acuerdo contigo —dijo—. Es una maravilla. La rata de los pantanos ha humillado a los mejores pura sangre de Estados Unidos.
Scarlett lo miró frunciendo el ceño.
—¿Vas a decirme que ha sido una sorpresa para ti? ¿Después de lo que has estado diciendo esta tarde? ¡Con lo confiado que parecías estar!
—Es que desprecio el pesimismo —contestó él sonriendo—. Y quería que todos os lo pasarais muy bien.
—Pero ¿no apostaste también por Sweet Sally? No me digas que has apostado por los yanquis.
—No he apostado por ninguno —declaró Rhett, y con la mandíbula tensa agregó en tono resuelto—: Cuando haya dejado limpios y sembrados los jardines de Landing empezaré a ocuparme de las caballerizas. He recuperado parte de las copas que ganaron los caballos de Butler cuando el mundo entero conocía nuestros colores. Haré mi primera apuesta cuando pueda apostar por mi propio caballo. —Se volvió hacia su madre—. ¿En qué piensas gastarte tus ganancias, mamá?
—Eso es algo que sólo sé yo y que no debes preguntar —respondió Eleanor empinando bruscamente la barbilla con alegre descaro.
Scarlett, Rhett y Rosemary soltaron una carcajada al unísono.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:36 am

27


Scarlett recibió muy poco beneficio espiritual de la misa a la que asistió el día siguiente. Tenía centrada toda la atención en su propio estado de ánimo, el cual era muy bajo. Apenas había visto a Rhett en la gran fiesta organizada por el Jockey Club después de las carreras.
Al volver de misa, trató de excusarse para no tener que comer con sus tías, pero Pauline no quiso saber nada de esto.
—Tenemos que hablar contigo de algo muy importante —dijo.
Su tono era de mal agüero. Scarlett se aprestó para un sermón acerca de que bailaba demasiado con Middleton Courtney.
Pero resultó que el nombre de éste no fue mencionado en absoluto. Eulalie estaba triste y Pauline indignada por algo del todo distinto.
—Nos hemos enterado de que hace años que no escribes a tu abuelo Robillard, Scarlett.
—¿Por qué habría de escribirle? No es más que un viejo gruñón que no ha hecho nada por mí en toda mi vida.
Eulalie y Pauline se quedaron pasmadas. «¡Bien! —pensó Scarlett. Sus ojos resplandecieron triunfantes encima del borde de la taza mientras sorbía el café—. No sabéis qué responder a esto, ¿eh? Nunca hizo nada por mí, y tampoco por vosotras. ¿Quién os dio el dinero para que no exhalaseis el último suspiro cuando estaban a punto de subastar esta casa para cobrar los impuestos? No vuestro precioso padre, desde luego. Fui yo. Y fui yo quien pagó un entierro decente cuando murió el tío Carey, y es mi dinero el que os viste y pone comida en vuestra mesa..., si Pauline soporta abrir la puerta de la despensa para sacar lo que atesora en ella. Por consiguiente, podéis mirarme boquiabiertas como un par de ranas de ojos saltones, ¡pero no se os ocurre nada que decir!»
Sin embargo, Pauline, apoyada por Eulalie, encontró muchas cosas que decir con respecto a los antepasados, a la fidelidad a la propia familia, a los deberes, los modales y la buena educación.
Scarlett dejó ruidosamente la taza sobre el platillo.
—No me sermonees, tía Pauline. ¡Estoy harta de sermones! Me importa un bledo el abuelo Robillard. Fue insoportable para mi madre y lo ha sido para mí; le odio. ¡Y no me importa si he de arder por ello en el infierno!
Le sentaba bien perder los estribos. Se había estado conteniendo demasiado tiempo. Había participado en demasiados tés, demasiadas colas de recepción, demasiadas visitas hechas y recibidas. Demasiadas veces había tenido que morderse la lengua, ella que siempre había dicho lo que pensaba aunque se la llevase el diablo. Y sobre todo, demasiadas horas escuchando cortésmente cómo cantaban los charlestonianos las glorias de sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos, etcétera, remontándose hasta la Edad Media.
Lo último que hubiese debido mencionar Pauline era el respeto debido a su familia.
Las tías se acobardaron ante el exabrupto de Scarlett, y sus caras asustadas infundieron a Scarlett una embriagadora y gozosa sensación de poder. Siempre había desdeñado la debilidad y durante los meses que llevaba en Charleston no había tenido el menor poder, había sido la parte débil, y había empezado a despreciarse. Ahora descargaba en sus tías toda la repugnancia que había sentido por su propio afán de complacer.
—No os quedéis mirándome como si tuviese cuernos en la cabeza y una horca en la mano. Sabéis que tengo razón, pero sois demasiado cobardes para decir lo mismo. El abuelo trata de mala manera a todo el mundo. Apuesto cien dólares a que nunca responde a las cartas almibaradas que le escribís. Probablemente, ni siquiera las lee. Por mi parte, nunca leí una de vuestras cartas hasta el final. No era necesario porque siempre eran iguales: ¡lloriqueos, pidiendo más dinero!
Scarlett se tapó la boca con la mano. Había ido demasiado lejos. Había quebrantado tres de las normas inviolables no escritas del código de comportamiento del Sur: había pronunciado la palabra «dinero», había recordado su caridad a personas que dependían de ella y había hablado mal de un enemigo derrotado. Sus ojos estaban llenos de vergüenza cuando miró a sus llorosas tías.
La vajilla recompuesta con pegamento y la mantelería zurcida le reprochaban su actitud. «Nunca he sido muy generosa —pensó—. Hubiese podido enviarles mucho más dinero sin siquiera notarlo.»
—Perdonadme —mumuró, y se echó a llorar.
Pasó un momento; después, Eulalie se enjugó los ojos y se sonó.
—He oído decir que Rosemary tiene un nuevo pretendiente —dijo con voz lacrimosa—. ¿Le conoces, Scarlett? ¿Es una persona interesante?
—¿Es de buena familia? —añadió Pauline.
Scarlett hizo una ligera mueca.
—Eleanor conoce a su familia y dice que son muy buena gente. Pero Rosemary no quiere saber nada de él. Ya sabéis cómo es.
Miró las caras marchitas de sus tías con verdadero afecto y respeto. Habían observado el código. Y sabía que lo observarían hasta el día en que muriesen y que nunca contarían cómo lo había quebrantado ella. Ningún sudista avergonzaría deliberadamente a otro.
Enderezó la espalda y levantó la barbilla.
—Se llama Elliot Marshall —dijo— y es el tipo más raro que jamás he visto. ¡Seco como un palo y serio como un búho! —Puso un deje malicioso en su voz—. Pero debe ser valiente, porque Rosemary podría romperle en cien pedazos si se irritase lo bastante. —Se inclinó hacia delante y abrió mucho los ojos—. ¿Habéis oído decir que es yanqui?
Pauline y Eulalie se quedaron boquiabiertas.
Scarlett asintió rápidamente con la cabeza, recalcando el impacto de su revelación.
—De Boston —dijo lentamente, subrayando cada palabra—. Y me imagino que nadie puede ser más yanqui que él. Una importante fábrica de abonos abrió una oficina aquí abajo, y él es el gerente...
Se retrepó más cómodamente en su silla, dispuesta a pasar un largo rato.
Transcurrida la mañana se maravilló de lo de prisa que había pasado el tiempo y corrió al vestíbulo para recoger su chal.
—No hubiese debido quedarme hasta tan tarde; prometí a Eleanor que estaría en casa a la hora de comer. —Puso los ojos en blanco—. Espero que no venga el señor Marshall de visita. Los yanquis no tienen el sentido común necesario para saber cuándo son inoportunos.
Se despidió con un beso de Pauline y de Eulalie en la puerta de la casa.
—Gracias —dijo simplemente.
—Vuelve y quédate a comer con nosotras, si el yanqui está allí —dijo riendo Eulalie.
—Sí, hazlo —dijo Pauline—. Y trata de venir con nosotras a Savannah, para la fiesta de cumpleaños de papá. Tomaremos el tren el día quince, después de la misa.
—Gracias, tía Pauline; pero temo que no podré arreglarlo. Hemos aceptado ya invitaciones para todos los días y noches de la temporada.
—Pero, querida, la temporada ya habrá terminado entonces. La fiesta de santa Cecilia es el viernes trece. Creo que ese número trae mala suerte, pero a nadie parece importarle.
Las palabras de Pauline zumbaron en los oídos de Scarlett. ¿Cómo podía ser tan corta la temporada? Había creído que aún le quedaba mucho tiempo para recuperar a Rhett.
—Ya veremos —dijo apresuradamente—. Ahora tengo que irme.


Scarlett se sorprendió al encontrar a la madre de Rhett sola en la casa.
—Julia Ashley ha invitado a Rosemary a comer en su casa —le dijo Eleanor—. Y Rhett se ha apiadado del joven Cooper. Han salido a navegar en la barca.
—¿Hoy? Hace mucho frío.
—Cierto. Precisamente ahora empezaba a pensar que tampoco este año tendríamos invierno. Pero sentí frío ayer en las carreras. El viento era cortante. Creo que me enfrié un poco. —La señora Butler sonrió de pronto, con aire de conspiración—. ¿Qué te parecería si comiésemos tranquilamente en la mesa de juego, delante del fuego, en la biblioteca? Sé que Manigo se sentirá ofendido, pero podré soportarlo si tú puedes. Estaremos muy cómodas las dos solitas.
—Me gustaría muchísimo, señora Eleanor; de veras.
De pronto, fue lo que más deseaba en el mundo. «Era tan agradable cuando cenábamos las dos de esta manera —pensó—, antes de que empezase la temporada, antes de que viniese Rosemary. —Y una voz en su mente añadió—: Antes de que Rhett volviese de Landing.» Era verdad, aunque no le gustase reconocerlo. La vida era mucho más fácil cuando no estaba escuchando constantemente las pisadas de su marido, observando sus reacciones, tratando de adivinar lo que él pensaba. El calor del fuego era tan relajante que Scarlett bostezó sin darse cuenta.
—Discúlpeme, señora Eleanor —se apresuró a decir—; no es por la compañía.
—Yo siento exactamente lo mismo —dijo la señora Butler—. ¿No es agradable?
Bostezó también, y ambas se contagiaron hasta que la risa sustituyó a los bostezos. Scarlett había olvidado lo divertida que podía ser la madre de Rhett.
—La quiero mucho, señora Eleanor —dijo impulsivamente.
Eleanor Butler le tomó la mano.
—Me alegro, mi querida Scarlett. Yo también te quiero. —Suspiró suavemente—. Tanto que no voy a hacerte preguntas ni comentarios desagradables. Sólo espero que sepas lo que estás haciendo.
Scarlett se intranquilizó, pero después se picó por la censura implícita.
—¡No estoy haciendo nada! —dijo, y retiró la mano.
Eleanor hizo caso omiso de su enfado.
—¿Cómo están Eulalie y Pauline? —preguntó con naturalidad—. Hace un siglo que no he visto a ninguna de las dos. La temporada me agota.
—Están bien. Mandonas como siempre. Están tratando de llevarme con ellas a Savannah, para el cumpleaños del abuelo.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Butler, con incredulidad—. ¿Quieres decir que todavía no ha muerto?
Scarlett empezó a reír de nuevo.
—Esto fue también lo primero que pensé, pero tía Pauline me habría despellejado viva si lo hubiese dicho. El abuelo debe de tener unos cien años.
Eleanor frunció el ceño reflexivamente, e hizo por lo bajo un cálculo aritmético.
—Desde luego, más de noventa —dijo al fin—. Sé que estaba cerca de los cuarenta cuando se casó con tu abuela en 1820. Yo tenía una tía..., murió hace tiempo..., que nunca digirió esa boda. Estaba loca por él, y él se había mostrado muy atento con ella. Pero entonces, Solange, tu abuela, decidió ir por él, y la pobre tía Alice no tuvo ninguna posibilidad. Yo contaba entonces solamente diez años, pero era lo bastante mayor como para saber lo que pasaba. Alice trató de suicidarse, y se armó un gran alboroto.
Scarlett estaba ahora completamente despierta.
—¿Qué hizo?
—Se bebió una botella de tintura de opio alcanforada. Estuvo a las puertas de la muerte.
—¿Por el abuelo?
—Era un hombre increíblemente atractivo. Muy guapo, con ese porte noble que tienen los soldados. Y tenía acento francés, desde luego. Cuando decía «Buenos días», parecía el protagonista de una ópera. Docenas de mujeres estaban enamoradas de él. Una vez oí decir a mi padre que Pierre Robillard era el único responsable de que arreglaran el tejado de la iglesia hugonote. Venía de vez en cuando de Savannah para asistir a los oficios, porque eran en francés. Esos días la iglesia estaba prácticamente a reventar, atestada de mujeres, y la bandeja se llenaba a rebosar. —Eleanor sonrió al recordarlo—. Y ahora que me acuerdo, mi tía Alice acabó casándose con un profesor de literatura francesa de Harvard. De modo que las prácticas que había hecho de aquel idioma debieron de servirle para algo.
Scarlett no quiso dejar que la señora Butler se apartase del tema.
—Dejemos eso y hábleme más del abuelo. Y de la abuela. Una vez le pregunté acerca de ella, pero usted no me respondió.
Eleanor sacudió la cabeza.
—No sé cómo describir a tu abuela. Era distinta de todo el mundo.
—¿Era muy hermosa?
—Sí, y no. Éste es el problema cuando se habla de ella, pues cambiaba continuamente. Era muy... muy francesa. Hay un dicho francés, según el cual ninguna mujer puede ser realmente hermosa si no es algunas veces realmente fea. Los franceses son muy sutiles, además de inteligentes, y los anglosajones no podemos comprenderlos.
Scarlett no entendía qué estaba tratando de decirle Eleanor.
—Hay un retrato de ella en Tara, y parece hermosa —insistió.
—Sí, lo estaría para el retrato. Podía ser bella o no serlo, a su elección. Podía ser lo que quisiera. A veces permanecía absolutamente inmóvil, y uno casi se olvidaba de que estaba allí. Pero entonces volvía hacia ti sus ojos sesgados y te sentías, de pronto, irresistiblemente atraída hacia ella. Los niños hormigueaban a su alrededor. Y también los hombres se volvían locos por ella.
»Tu abuelo era militar de la cabeza a los pies; estaba acostumbrado a mandar. Pero tu abuela sólo tenía que sonreír para que él se convirtiese en su esclavo. Ella era bastante mayor que él, pero no importaba. Era católica, pero tampoco importaba; insistía en tener un hogar católico y educar a los hijos en el catolicismo, y él accedía a todo, aunque era protestante riguroso. Habría permitido que los educase como druidas, si ella lo hubiese deseado. Tu abuela lo era todo para él.
«Recuerdo cuando tu abuela decidió rodearse de luces rosadas porque empezaba a hacerse vieja. El decía que ningún soldado podía estar en una habitación si la lámpara tenía la pantalla de color de rosa. Era algo demasiado afeminado. Pero ella dijo que el rosa la hacía feliz, y no sólo se pintaron de rosa las paredes de las habitaciones, sino también la propia casa. Él era capaz de todo para que fuese dichosa. —Eleanor suspiró—. Todo era maravillosamente extraño y romántico. ¡Pobre Pierre! Cuando ella murió, él murió también, en cierto sentido. Conservó todo lo de la casa exactamente como lo había dejado ella. Temo que esto fue duro para tu madre y sus hermanas.
En el retrato, Solange Robillard llevaba un vestido tan ceñido que parecía que no llevase nada debajo. «Debía de ser esto lo que volvía locos a los hombres, e incluso a su marido», pensó Scarlett.
—Tú me la recuerdas con frecuencia —dijo Eleanor, y Scarlett se sintió de pronto nuevamente interesada.
—¿Por qué, Eleanor?
—Tus ojos tienen la misma forma que los de ella, algo inclinados hacia arriba en los extremos. Y tú tienes la misma intensidad que ella, una intensidad vibrante. Ambas me parecéis, por alguna razón, más vivaces que la mayoría de la gente.
Scarlett sonrió. Se sentía satisfecha.
Eleanor Butler la miró cariñosamente.
—Ahora creo que voy a hacer la siesta —dijo.
Eleanor pensó que había llevado muy bien la conversación. No había dicho nada que no fuese verdad, pero había evitado decir demasiado. Ciertamente, no quería que la esposa de su hijo supiese que su abuela había tenido muchos amantes y que docenas de hombres se habían batido en duelo por ella. Era imposible saber lo que habría pensado Scarlett de todo esto.


Eleanor estaba profundamente afligida por la visible discordia existente entre su hijo y su nuera. No podía interrogar a Rhett acerca de esta cuestión. Si él hubiese querido que lo supiese, se lo habría dicho. Y la reacción de Scarlett a su insinuación acerca de la desagradable situación creada con Courtney había dejado bien claro que tampoco su nuera quería confiarle sus sentimientos.
La señora Butler cerró los ojos y trató de descansar. A fin de cuentas, lo único que podía hacer era esperar que todo terminase lo mejor posible. Rhett era un hombre maduro, y Scarlett, una mujer madura. Aunque en su opinión, los dos se comportaban como chiquillos indisciplinados.


Scarlett trataba también de descansar. Estaba en el salón de juego, con el telescopio en la mano. No había visto señales de la barca de Tommy Cooper cuando había mirado por él. Rhett debió de haberle llevado río arriba, en vez de poner rumbo hacia el puerto.
Tal vez sería mejor que no los buscase. Cuando había mirado con los gemelos durante las carreras, había perdido su confianza en Anne, y esto le dolía todavía. Por primera vez en su vida, se sentía vieja. Y muy cansada. ¿Qué importaba aquello? Anne Hampton estaba perdidamente enamorada del marido de otra mujer. ¿No le había pasado a ella lo mismo cuando tenía la edad de Anne? Se había enamorado de Ashley y arruinado su vida con Rhett aferrándose a aquel amor sin esperanza mucho después de descubrir (pero sin querer reconocerlo) que el Ashley a quien amaba era solamente un sueño. ¿Malgastaría Anne su juventud de la misma manera, soñando con Rhett? ¿De qué servía el amor, si no hacía más que estropear las cosas?
Scarlett se frotó los labios con el dorso de la mano. ¿Qué me pasa? Estoy rumiando como una gallina vieja. Tengo que hacer algo, dar un paseo, cualquier cosa, para borrar este horrible sentimiento.
Manigo llamó suavemente a la puerta.
—Tiene usted visita, si está en casa, señora Rhett.
Scarlett se alegró tanto de ver a Sally Brewton que a punto estuvo de besarla.
—Siéntate en ese sillón, Sally; es el que está más cerca del fuego. Parece que por fin ha llegado el invierno. Le he dicho a Manigo que traiga la bandeja del té. Sinceramente, creo que ver a Sweet Sally ganar aquella carrera tan disputada fue una de las cosas más emocionantes que he visto en mi vida.
Su parloteo era fruto del alivio que sentía.
Sally la divirtió con un vivo relato de Miles besando a su caballo y también al jockey. Esto duró hasta que Manigo hubo dejado la bandeja del té sobre la mesa, delante de Scarlett, y se hubo marchado.
—Eleanor está descansando; por esto no le he dicho que estabas aquí —dijo Scarlett—. Cuando se despierte...
—Me habré marchado —la interrumpió Sally—. Sé que Eleanor duerme la siesta, que Rhett ha salido en barca y que Rosemary está en casa de Julia. Por eso he elegido este momento para venir. Quiero hablar contigo a solas.
Scarlett echó las hojas de té en la tetera. Estaba confusa. Sally Brewton parecía inquieta, y nada desconcertaba nunca a Sally. Scarlett vertió agua caliente sobre las hojas y cerró la tapa de la tetera.
—Voy a hacer algo imperdonable, Scarlett —le dijo vivamente Sally—. Voy a entrometerme en tu vida. Y lo que es mucho peor, voy a darte un consejo que no me has pedido.
»Ten una aventura con Middleton Courtney si quieres, pero, por el amor de Dios, sé discreta. Lo que estás haciendo es de un mal gusto espantoso.
Scarlett abrió mucho los ojos, impresionada. ¿Tener una aventura? Sólo las mujeres licenciosas hacían estas cosas. ¿Cómo se atrevía Sally Brewton a insultarla de esta manera? Se irguió.
—Debes saber, señora Brewton, que soy tan señora como tú —dijo, secamente.
—Entonces, actúa como tal. Encuéntrate con Middleton en algún lugar, por la tarde, y diviértete cuanto quieras; pero no hagas que tu marido y la esposa de Middleton y toda la ciudad os observen cuando jadeáis en un salón de baile, como un perro tras una perra en celo.
Scarlett pensó que nada podía ser tan horrible como las palabras de Sally. Las que pronunció ésta a continuación demostraron que estaba equivocada.
—Pero debo advertirte que no es muy bueno en la cama. Es un don Juan en el salón de baile, pero un patán en cuanto se quita los zapatos de baile y el frac.
Sally alargó la mano hacia la bandeja y sacudió la tetera.
—Si dejas que el té macere mucho más, podremos teñir con esa infusión hasta cueros de vacas. ¿Quieres que lo sirva ahora? —dijo Sally.
Miró fijamente la cara de Scarlett.
—Dios mío —añadió lentamente—, eres tan ignorante como una niña recién nacida, ¿eh? Lo siento, Scarlett, no me había dado cuenta. Mira, deja que te sirva una taza de té con mucho azúcar.
Scarlett se echó atrás en su sillón. Quería llorar, taparse los oídos. Había admirado a Sally, se había enorgullecido de ser su amiga. ¡Y ahora resultaba que Sally era repelente!
—Mi pobre niña —dijo Sally—, si lo hubiese sabido, habría sido mucho menos dura contigo. Tal como ha ido la cosa, considéralo como una instrucción acelerada. Estás en Charleston y casada con un charlestoniano, Scarlett. No puedes envolverte en tu rústica inocencia para que te sirva de escudo. Ésta es una vieja ciudad con una vieja civilización. Para un ser civilizado, es esencial tener en cuenta la sensibilidad de los demás. Puedes hacer lo que quieras, con tal de que lo hagas con discreción. Lo imperdonable es obligar a tus amigos a aceptar tus pecadillos. Tienes que hacer que los otros puedan fingir que no saben lo que haces.
Scarlett no podía creer lo que estaba oyendo. Esto no era como simular que unas servilletas con iniciales pertenecían a otra persona. Esto era... asqueroso. Aunque se había casado tres veces estando enamorada de otra persona, nunca había pensado en ser físicamente infiel a ninguno de sus maridos. Podía haber deseado a Ashley, imaginado los abrazos de Ashley, pero nunca se habría escabullido para pasar una hora con él en la cama.
«No quiero ser civilizada», pensó con desesperación. Nunca podría volver a mirar a ninguna mujer de Charleston sin preguntarse si era o había sido amante de Rhett.
¿Por qué había venido a este lugar? Ella no era de aquí. No quería pertenecer a un sitio como el que describía Sally Brewton.
—Creo que deberías irte a casa —dijo—. No me encuentro muy bien.
Sally asintió tristemente con la cabeza.
—Te pido perdón por haberte disgustado, Scarlett. Tal vez te sientas mejor si te digo que hay otras muchas mujeres inocentes en Charleston, querida; que no eres tú la única. A las jóvenes y a las damas solteras de todas las edades nunca se les dicen cosas que es mejor que no sepan. También hay muchas esposas fieles. Yo tengo la suerte de ser una de ellas. Estoy segura de que Miles me ha engañado una o dos veces, pero yo nunca he sentido esta tentación. Tal vez tú seas de la misma manera; así lo deseo, por tu bien. Te pido de nuevo perdón por mi torpeza, Scarlett.
»Ahora me marcho. Serénate y tómate el té... Y compórtate mejor con Middleton.
Sally se puso los guantes con rápidos movimientos fruto de la práctica, y se dirigió a la puerta.
—¡Espera! —dijo Scarlett—. Espera, Sally, por favor. Tengo que saberlo. ¿Quién es ella? ¿Con quién anda Rhett?
La cara simiesca de Sally se frunció en una expresión de simpatía.
—Con nadie, que se sepa —dijo amablemente—. Te lo juro. Él tenía solamente diecinueve años cuando se marchó de Charleston y a esa edad los muchachos van a un burdel o al encuentro de una muchacha blanca pobre y complaciente. Desde que volvió, ha demostrado una gran delicadeza al rehusar todos los ofrecimientos sin herir los sentimientos de ninguna mujer.
»Charleston no es un pozo de iniquidad, querida. Ninguna presión social empuja a la gente a estar constantemente en celo. Estoy segura de que Rhett te es fiel.
»Y ahora me voy.


En cuanto se hubo marchado Sally, Scarlett subió corriendo a su dormitorio y se encerró en él. Se arrojó sobre la cama y lloró desaforadamente. Visiones grotescas asaltaron su mente: Rhett con una mujer... y otra... y otra..., con todas las damas que veía diariamente en las fiestas.
¡Qué tonta había sido al creer que ella le daría celos!
Cuando no pudo soportar por más tiempo sus pensamientos, llamó a Pansy; después, se lavó y se empolvó la cara. No podría quedarse sentada y sonreír y hablar con Eleanor cuando ésta se despertase. Tenía que marcharse de allí, al menos por un rato.
—Vamos a salir —dijo a Pansy—. Dame la pelliza.
Scarlett caminó durante kilómetros, rápidamente y en silencio, sin importarle que Pansy se retrasara. Al pasar antes las antiguas mansiones de Charleston, tan altas y hermosas, no veía en sus desconchadas paredes de estuco pastel una orgullosa prueba de supervivencia; veía únicamente que les tenía sin cuidado el aspecto que ofreciesen a los transeúntes, que volvían la espalda a la calle para mirar hacia sus jardines privados y cercados.
«Secretos, guardan sus secretos —pensó—. Salvo entre ellas. Todo el mundo simula acerca de todo.»

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:37 am

28


Era casi de noche cuando volvió Scarlett, y la casa parecía callada e insólita. Ninguna luz se filtraba a través de las cortinas, que se corrían todos los días al ponerse el sol. Abrió la puerta con cuidado, sin hacer ruido.
—Dile a Manigo que tengo jaqueca y no quiero cenar —dijo a Pansy mientras estaban todavía en el vestíbulo—. Después sube a desabrocharme la ropa. Me acostaré en seguida.
Manigo tendría que notificarlo a la cocina y a la familia, pues ella no podía conversar con nadie. Subió silenciosamente la escalera; pasó por delante de la puerta abierta del iluminado cuarto de estar. La fuerte voz de Rosemary proclamaba la opinión de la señorita Julia Ashley sobre algo.
Scarlett apretó el paso.
Cuando Pansy la hubo desnudado, Scarlett apagó la lámpara y se acurrucó en la cama, tratando de ocultarse de su propio y desesperado infortunio. Si al menos pudiese dormir, olvidar a Sally Brewton, olvidarse de todo, escapar... La envolvía la oscuridad, burlándose de sus ojos insomnes. Ni siquiera podía llorar; había agotado las lágrimas en la tormenta emocional que había seguido a las diabólicas revelaciones de Sally.
Chirrió el pestillo de la cerradura y entró luz en la habitación al abrirse la puerta. Scarlett volvió la cabeza hacia ella, sobresaltada por el súbito resplandor.
Rhett estaba plantado en el umbral, sosteniendo en la mano levantada una lámpara que proyectaba rígidas sombras sobre los planos de su cara curtida por el viento y sus negros cabellos erizados por la sal. Todavía conservaba la ropa que había llevado para navegar y ésta se pegaba, mojada, a su duro pecho y a sus brazos y piernas musculosos. Su expresión era sombría, mostrando una emoción a duras penas controlada, y su aspecto, imponente y amenazador.
El corazón de Scarlett palpitó con un miedo primitivo; sin embargo, la excitación hizo que respirase más de prisa. Esto era lo que había estado soñando: que Rhett entrase en su habitación, impulsado por una pasión que había arrollado su sangre fría.
El cerró la puerta de una patada y se acercó a la cama.
—No puedes esconderte de mí, Scarlett —dijo—. Levántate.
Derribó con el brazo la lámpara apagada que había sobre la mesa estrellándola contra el suelo, y en su lugar depositó la que llevaba en la mano, con tanta brusquedad que osciló peligrosamente. Retiró la ropa de la cama, asió a Scarlett de los brazos y la obligó a ponerse en pie.
Los oscuros cabellos de ella cayeron sobre su cuello y sus hombros, y sobre las manos de él. La puntilla que bordeaba el cuello abierto de la camisa de noche tembló con los latidos de su corazón. La sangre caliente arreboló sus mejillas y oscureció el verde de sus ojos, fijos en los de él. Rhett la arrojó cruelmente contra una de las gruesas columnas talladas de la cama y retrocedió.
—¡Maldita estúpida entrometida! —dijo con voz ronca—. Hubiese debido matarte en cuanto pusiste los pies en Charleston.
Scarlett se agarró a la columna de la cama para no caer. Sintió la fuerte emoción del peligro en sus venas. ¿Qué había sucedido para ponerle en este estado?
—No juegues a la doncella asustada conmigo, Scarlett. Te conozco demasiado. No voy a matarte; ni siquiera voy a pegarte, aunque sabe Dios que lo mereces.
Rhett torció la boca.
—Pareces muy atractiva, querida. Con el pecho jadeante y los ojos llenos de inocencia. Lo peor es que tal vez seas inocente según tu perverso punto de vista. No te importa el dolor que has causado a una mujer indefensa por arrojar tu red sobre su incauto marido.
Scarlett arqueó los labios en una involuntaria sonrisa de triunfo: ¡estaba furioso porque ella había conquistado a Middleton Courtney! Lo había conseguido: le había hecho confesar que estaba celoso. Ahora tendría que reconocer que la amaba; ella le obligaría a decirlo.
Pero en vez de esto, dijo Rhett:
—Me importa un bledo que te pongas en evidencia. En realidad, era bastante divertido observar cómo se convencía una mujer de edad mediana de que todavía era una joven irresistible. No puedes pasar de los dieciséis años, ¿verdad, Scarlett? El colmo de tu ambición es ser eternamente la bella del condado de Clayton.
»Pero hoy, el juego ha dejado de ser divertido —gritó. Scarlett se echó atrás ante el súbito estallido. Él cerró los puños, visiblemente para contener su furia—. Al salir de la iglesia esta mañana —prosiguió, bajando la voz—, un viejo amigo, que también es primo mío, me llevó a un lado y se ofreció a ser mi padrino cuando me bata en duelo con Middleton Courtney. No dudaba de que ésta era mi intención. Con independencia de lo que haya de verdad en el asunto, a su juicio debíamos defender tu buen nombre, por mor de la familia.
Scarlett se mordió el labio inferior con sus blancos dientecitos.
—¿Y qué le dijiste?
—Exactamente lo mismo que voy a decirte a ti. «Un duelo no será necesario. Mi esposa no está acostumbrada a la vida de sociedad y ha actuado, por pura ignorancia, de una manera que podía ser mal interpretada. La instruiré sobre lo que se espera de ella.»
Avanzó rápidamente el brazo, como una serpiente presta a morder, y cerró la mano con fuerza sobre la muñeca de Scarlett.
—Lección número uno —dijo. La atrajo hacia sí con un brusco tirón. Scarlett quedó apretada sobre su pecho, con el brazo retorcido hacia arriba detrás de la espalda. La cara de Rhett estaba encima de la suya, fijos sus ojos en los de ella—. No me importa que todo el mundo crea que soy un cornudo, mi querida y amante esposa, pero nadie me obligará a batirme en duelo con Middleton Courtney.
El aliento de él era cálido y salobre en la nariz y los labios de ella.
—Lección número dos —dijo—. Si matase a ese imbécil, tendría que huir de la ciudad para que no me ahorcasen los militares, y esto sería un grave inconveniente para mí. Y ciertamente, no tengo intención de convertirme en un blanco fácil para él. Por casualidad, podría acertar y herirme, lo cual sería otro inconveniente.
Scarlett quiso golpearle con la mano libre, pero él se la sujetó con facilidad y se la retorció junto a la otra. Sus brazos eran como los barrotes de una jaula que la aplastaban contra él. Y ella sintió que la humedad de la camisa de Rhett se filtraba hasta su piel a través de la tela del camisón.
—Lección número tres —dijo Rhett—. Sería una estupidez por mi parte, e incluso por la de un imbécil como Courtney, poner la vida en peligro para salvar de la deshonra a una almita tan poco honrada como la tuya. Por consiguiente, lección número cuatro: Seguirás mis instrucciones sobre comportamiento en público hasta que termine la temporada. Nada de manifestaciones de pesar, querida. No es tu estilo, y sólo añadiría leña al fuego de las habladurías. Llevarás alto la rizada cabeza y continuarás tu desaforada búsqueda de la juventud perdida. Pero distribuirás tus atenciones más equitativamente entre la encandilada población masculina. Me encantará aconsejarte sobre el caballero a quien tienes que favorecer. En realidad, insistiré en aconsejarte.
Le soltó las muñecas y la sujetó por los hombros, apartándola de sí.
—Lección número cinco: Harás exactamente lo que yo te diga.
Alejada del calor del cuerpo de Rhett, el húmedo camisón de seda era como hielo sobre los pechos y el estómago de Scarlett. Cruzó los brazos para entrar en calor, pero fue inútil. Su mente estaba tan helada como su cuerpo, y en ella resonaba claramente todo lo que había dicho él. A Rhett no le importaba su mujer..., se había estado riendo de ella..., sólo le interesaba su propia conveniencia.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a reírse de ella en público y a denigrarla delante de sus familiares, a zarandearla en su propia habitación como a un saco de harina? Un «caballero de Charleston» era un concepto tan falso como un «dama de Charleston». Tenían dos caras, eran embusteros, jugaban con dos barajas...
Scarlett levantó los puños para pegarle, pero él la tenía todavía sujeta de los hombros, y sus manos contraídas cayeron inútilmente sobre el pecho de su marido.
Se retorció para liberarse. Rhett levantó las palmas de las manos para parar sus golpes y brotó una risa ronca de su garganta morena.
Scarlett alzó las manos..., sólo para apartar de su cara los revueltos cabellos.
—Puedes ahorrarte el trabajo, Rhett Butler. No necesito tus consejos porque no estaré aquí para rechazarlos. Odio tu preciosa Charleston y desprecio a todos sus habitantes y, en particular, a ti. Me marcharé mañana.
Se enfrentó a él, con los brazos en jarras, erguida la cabeza, levantada la barbilla. Su cuerpo temblaba visiblemente bajo la pegadiza seda.
Rhett desvió la mirada.
—No, Scarlett —dijo. Su tono era helado—. No te marcharás. Tu huida sólo serviría para confirmar tu culpa, y aún tendría que matar a Courtney. Me coaccionaste, Scarlett, para que dejase que te quedaras durante la temporada social, y te quedarás.
»Y harás lo que yo te diga, y fingirás que lo haces a gusto. O juro ante Dios que romperé, uno a uno, todos los huesos de tu cuerpo.
Se dirigió a la puerta. Con la mano en el tirador, miró hacia atrás y sonrió, burlón
—Y no trates de pasarte de lista, querida. Estaré observando todos tus movimientos.
—¡Te odio! —gritó Scarlett cuando se estaba cerrando la puerta.
Y al oír girar la llave en la cerradura, arrojó contra la puerta el reloj de la repisa de la chimenea y después el hurgón.
Demasiado tarde; pensó en la galería y en los otros dormitorios, de modo que cuando se precipitó a abrir sus puertas, éstas estaban también cerradas por fuera. Volvió a su propia habitación y paseó arriba y abajo hasta quedar agotada.
Por fin se derrumbó en un sillón y golpeó débilmente los brazos de éste, hasta que le dolieron las manos.
—Voy a marcharme —declaró en voz alta— y no podrá impedírmelo.
La alta, maciza y cerrada puerta la desmintió en silencio.
Era inútil luchar contra Rhett; tenía que burlarle de alguna manera. Seguro que habría un modo de hacerlo, ella lo encontraría. No hacía falta cargar con el equipaje; se marcharía con lo que llevase puesto. He aquí lo que haría: iría a un té o a una partida de whist o a otra parte, se largaría antes de acabar, tomaría un tranvía y se dirigiría a la estación. Tenía dinero para el billete..., ¿hacia dónde?
Como siempre que estaba afligida, pensó en Tara. Allí había paz y nueva fuerza...
... y estaba Suellen. Si Tara fuese suya, sólo suya... Vio de nuevo lo que había soñado despierta al visitar la plantación de Julia Ashley. ¿Cómo había podido tirar Carreen su parte de aquel modo?
Scarlett irguió de golpe la cabeza como un animal selvático al oler agua. ¿De qué le servía al convento de Charleston poseer una parte de Tara? Las monjas no podrían venderla aunque hubiese un comprador, porque Will no se avendría a esto, y tampoco ella. Tal vez obtenían la tercera parte de los beneficios de la cosecha de algodón, pero ¿cuánto podía eso significar? En el mejor de los casos, treinta o cuarenta dólares al año. Bueno, no desaprovecharían la oportunidad de vendérsela a ella. Rhett quería que se quedase, ¿no? Pues bien, se quedaría, pero sólo si él la ayudaba a conseguir la tercera parte de Tara correspondiente a Carreen. Entonces, con dos tercios en sus manos, ofrecería a Will y a Suellen comprar la parte de ésta. Si Will se negaba a vender, los echaría de allí.
Un remordimiento de conciencia interrumpió sus pensamientos, pero lo borró de la mente. ¿Qué importaba lo mucho que Will amase a Tara? Ella la amaba todavía más. Y la necesitaba. Era lo único que apreciaba, el único lugar donde todos se habían preocupado de ella. Will lo comprendería; había visto que Tara era su única esperanza.
Corrió hacia el cordón de la campanilla y tiró de él. Pansy acudió a la puerta, vio que estaba cerrada, hizo girar la llave y la abrió.
—Dile al señor Butler que quiero verle; aquí, en mi habitación —dijo Scarlett—. Y sube una bandeja con la cena. Me he dado cuenta de que tengo hambre.
Se cambió la camisa de dormir por otra seca, se puso una bata de terciopelo, se cepilló los cabellos y los sujetó sobre la nuca con una cinta también de terciopelo. Sus ojos oscuros se fijaron en los de su imagen en el espejo.
Había perdido. No iba a recuperar a Rhett.
No había esperado una cosa así.
Su mundo se había vuelto del revés demasiado deprisa, en sólo unas pocas horas. Todavía le daba vueltas la cabeza de resultas de la impresión que le había causado lo que le había dicho Sally Brewton. No podía permanecer en Charleston después de lo que había oído. Sería como tratar de construir una casa sobre arenas movedizas.
Se apretó la frente con las manos, como para contener el torbellino de confusos pensamientos. No podía poner orden en las muchas cosas que giraban a la vez en su cerebro. Tenía que haber una en la que pudiese concentrarse. Durante toda su vida, había triunfado cuando había prestado toda su atención a un solo objetivo.
Tara...
Sería Tara. Cuando hubiese conseguido el control de Tara, pensaría en todo lo demás...
—Su cena, señora Scarlett.
—Ponía sobre la mesa, Pansy, y déjame sola. Llamaré cuando haya terminado.
—Sí. El señor Rhett dice que vendrá cuando haya acabado de comer.
—Vete.


La expresión de Rhett era indescifrable, salvo por la fatiga que se reflejaba en sus ojos.
—¿Querías verme, Scarlett?
—Sí. No te preocupes, no estoy buscando pelea. Quiero ofrecerte un trato.
La expresión de él no cambió. Guardó silencio.
Scarlett prosiguió, manteniendo frío y práctico el tono de su voz:
—Los dos sabemos que no puedes obligarme a quedarme en Charleston y a asistir a los bailes y las recepciones. Y los dos sabemos que, si asisto, no podrás evitar que yo diga o haga lo que quiera. Te ofrezco quedarme y actuar como tú quieres si me ayudas a conseguir algo que me hace falta y que nada tiene que ver contigo ni con Charleston.
Rhett se sentó, sacó un puro delgado, le cortó la punta y lo encendió.
—Te escucho —dijo.
Ella le explicó su plan, animándose a cada palabra que pronunciaba. Hacía mucho tiempo, Rhett le había prestado dinero para comprar su primer aserradero. A él siempre le había interesado su éxito en los negocios; ciertamente, había sido la única persona que no había considerado que dedicarse a los negocios fuese impropio de una dama. Cuando hubo terminado, esperó con ansiedad que Rhett le diese su opinión.
—Tengo que admirar tu valor, Scarlett —dijo él—. Nunca puse en tela de juicio que fueras capaz de plantarles cara al general Sherman y a todo su ejército, pero tratar de burlar a la Iglesia católica romana puede ser una empresa superior a tus fuerzas.
Se estaba riendo de ella; pero era una risa amistosa, incluso de admiración. Como si también él hubiese vuelto a los viejos tiempos, cuando eran amigos.
—No estoy tratando de burlar a nadie, Rhett, sino solamente de hacer un trato honrado.
Rhett hizo una mueca.
—¿Tú? ¿Hacer un trato honrado? Me decepcionas, Scarlett. ¿Estás perdiendo facultades?
—¡Vaya! No sé por qué tienes que decir esas cosas. Sabes muy bien que jamás trataría de beneficiarme en perjuicio de la Iglesia.
La susceptibilidad de Scarlett hizo que Rhett riese todavía con más fuerza.
—Me extraña —dijo—. Dime la verdad. ¿Por eso has ido a misa todos los domingos, haciendo repicar las cuentas de tu rosario? ¿Has estado todo el tiempo proyectando esto?
—No. Y no comprendo cómo he tardado tanto en pensar en ello. —Scarlett se tapó la boca con la mano. ¿Cómo lo hacía Rhett para hacerle decir siempre más de lo que pretendía? Bajó la mano y le miró con ceño—. ¿Y bien? ¿Vas a ayudarme o no?
—Estoy dispuesto a hacerlo, pero no sé cómo. ¿Y si la madre superiora rechaza tu propuesta? ¿Te quedarás hasta el final de la temporada?
—Ya he dicho que lo haría, ¿no? Además, no hay motivo para que ella la rechace. Voy a ofrecerle mucho más dinero del que puede enviarle Will. Y tú puedes emplear tu influencia. Conoces a todo el mundo, siempre te sales con la tuya.
Rhett sonrió.
—Tienes una fe conmovedora en mí, Scarlett. Conozco a todos los pícaros, políticos truhanes y hombres de negocios sucios en mil kilómetros a la redonda, pero no tengo ninguna influencia sobre la buena gente de este mundo. Lo más que puedo hacer es darte un pequeño consejo. No trates de dar gato por liebre a la madre superiora. Dile la verdad, si puedes, y accede a cuanto te pida. No regatees.
—¡Qué bobo eres, Rhett Butler! Nadie paga lo que le piden, salvo los tontos. En todo caso, el convento no necesita en realidad el dinero. Tienen una casa grande y todas las hermanas trabajan sin cobrar, y hay candelabros de oro y una cruz grande de oro en el altar de la capilla.
—«Aunque hablo con las lenguas de los hombres y los ángeles...» —murmuró Rhett, chascando la suya.
—¿De qué diablos estás hablando?
—No es más que una cita.
Rhett adoptó una expresión seria, pero sus ojos negros expresaban regocijo.
—Te deseo toda la suerte del mundo, Scarlett —dijo—. Considéralo una bendición.
Salió impertérrito de la habitación, pero después se echó a reír con auténtica satisfacción. Scarlett cumpliría su promesa, como siempre había hecho. Con su ayuda, él acallaría el escándalo; luego, al cabo de dos semanas, terminaría la temporada y Scarlett se marcharía. Él se vería libre de la tensión que había causado ella en la existencia que trataba de rehacer en Charleston, y podría volver a Landing. ¡Era tanto lo que quería hacer en la plantación! El asalto que Scarlett se preparaba a hacerle a la madre superiora del convento de Carreen sería una diversión que a él le entretendría hasta que su vida recobrase su ritmo normal.
«Yo apostaría por la Iglesia católica romana —se dijo Rhett—. Ésta calcula el tiempo en eras, no en semanas. Pero no apostaría demasiado. Cuando se le mete a Scarlett una cosa entre ceja y ceja, es una fuerza formidable con la que hay que contar.» Rió en silencio durante un largo rato.


Como había esperado Rhett, las relaciones de Scarlett con la madre superiora distaron mucho de ser sencillas.
—No dice que sí ni que no, y ni siquiera me escucha cuando trato de explicarle la conveniencia de vender —se lamentó Scarlett después de su primera visita al convento.
Y lo mismo en su segunda visita y en la tercera y en la quinta. Se sentía desconcertada y frustrada. Rhett escuchaba con amable y paciente atención las furiosas lamentaciones de Scarlett, pero se reía por lo bajo. Sabía que él era la única persona con la que ella podía hablar.
Además, los esfuerzos de Scarlett le daban nuevos motivos de diversión casi diariamente, al verla aumentar su asalto a la Santa Madre Iglesia. Scarlett empezó a ir a misa todas las mañanas, esperando que la noticia de su devoción llegase hasta el convento. Después visitó a Carreen tan a menudo que aprendió los nombres de todas las restantes monjas y de casi la mitad de las estudiantes. Al cabo de una semana de respuestas amables de la madre superiora, respuestas que no obstante a nada comprometían, Scarlett estaba tan desesperada que incluso empezó a acompañar a sus tías cuando visitaban a amigas que, como ellas, eran ancianas damas católicas cuya existencia era apurada.
—Creo que estoy desgastando de tal modo las cuentas de mi rosario que quedarán reducidas a la mitad de su tamaño, Rhett —exclamó con irritación—. ¿Cómo puede ser tan ruin esa horrible vieja?
—Tal vez cree que así salvará tu alma —sugirió Rhett.
—¡Tonterías! Mi alma está perfectamente, gracias. El olor del incienso me da náuseas. Y parezco una piltrafa, porque nunca duermo lo bastante. Ojalá no se celebrase una fiesta de altos vuelos cada noche.
—No te inquietes. Esas ojeras te dan un aire espiritual, seguramente impresionan enormemente a la madre superiora.
—¡Oh, Rhett, qué cosas tan horribles dices! Tengo que ir a empolvarme inmediatamente.
En realidad, la falta de sueño empezaba a manifestarse en el semblante de Scarlett. Y la frustración trazaba pequeñas líneas verticales entre sus dejas. Todos los habitantes de la vieja Charleston comentaban la actitud de Scarlett, que tomaban por una especie de fervor religioso. Scarlett era ahora una persona diferente. En las recepciones y los bailes se mostraba cortés pero abstraída. La bella tentadora se había retirado. Ya no aceptaba invitaciones para jugar al whist y había dejado de visitar en los días «de recibo» a las damas a quienes solía frecuentar.
—Yo creo que hay que honrar a Dios —dijo un día Sally Brewton—. Incluso renuncio a cosas que realmente me encantan durante la cuaresma, pero creo que Scarlett va demasiado lejos. Exagera.
Emma Anson no estaba de acuerdo.
—Yo la tengo ahora en mucho mejor concepto que antes. Ya sabes que consideraba una tontería la protección que le brindabas, Sally. Scarlett era, .a mi modo de ver, una ignorante y vana arribista. Ahora me desdigo de buen grado. Hay algo admirable en las personas que tienen serias convicciones religiosas. Aunque sean papistas.


Durante la segunda semana del asedio de Scarlett, la mañana del miércoles amaneció oscura, fría y lluviosa.
—No puedo ir andando al convento con este aguacero —gimió—. Destrozaría mi único par de botas.
Pensó con añoranza en Ezekiel, el antiguo cochero de los Butler, que había aparecido, como un genio surgido de una redoma, en las dos noches de lluvia en que la familia se disponía a salir» «Todas esas pretensiones de Charleston son tontas y repelentes. Pero las aceptaría hoy si pudiese viajar en un carruaje seco y abrigado. Pero no puedo. Sin embargo, tengo que ir y, por consiguiente, iré.»
—La madre superiora ha salido esta mañana temprano para Georgia, para una reunión en el colegio de la Orden —dijo la monja que le abrió la puerta del convento.
Nadie sabía exactamente cuánto duraría la reunión. Tal vez un día, o varios, o tal vez una semana o más. «Yo no dispongo de una semana o más —gritó Scarlett para sus adentros—; ni siquiera puedo perder un día.»
Volvió a casa chapoteando bajo la lluvia.
—Tira esas malditas botas —ordenó a Pansy—. Y tráeme alguna ropa seca.
Pansy estaba todavía más empapada que ella. Con un ostentoso acceso de tos, salió cojeando para cumplir las órdenes de Scarlett. «Debería azotar a esa chica», dijo Scarlett para sí; pero estaba más afligida que irritada.
Por la tarde, dejó de llover. Eleanor y Rosemary decidieron ir de compras a la calle King. Scarlett no quiso acompañarlas. Permaneció sentada en su habitación, rumiando, hasta que le pareció que las paredes le caían encima, y entonces bajó a la biblioteca. Tal vez estaría Rhett allí y la consolaría un poco. No podía hablar con nadie más de su fracaso, porque a nadie más había contado lo que estaba haciendo.
—¿Cómo va la reforma de la Iglesia católica? —preguntó él arqueando una ceja.
Ella refirió, indignada, la huida de la madre superiora. Él emitió unos sonidos de simpatía mientras cortaba y encendía un delgado cigarro.
—Saldré a fumar a la galería —dijo él, cuando la punta del cigarro brilló a su satisfacción—. Ven a tomar un poco el aire. El chaparrón ha traído de nuevo el verano; y ahora que la tormenta se ha alejado hacia el mar hace mucho calor.
La luz del sol era cegadora al salir de la penumbra del comedor. Scarlett se resguardó los ojos con la mano y respiró el húmedo perfume del verde jardín, el aroma salobre del puerto y el olor penetrante y varonil del humo del cigarro. De pronto se dio viva cuenta de la presencia de Rhett. Estaba tan agitada que se apartó varios pasos, y cuando él habló tuvo la impresión de que lo hacía desde una gran distancia.
—Creo que el colegio que tienen las hermanas en Georgia está en Savannah. Podrías ir allí después de santa Cecilia, para el cumpleaños de tu abuelo. Tus tías han insistido bastante en que lo hagas. Si la reunión eclesiástica es importante, asistirá el obispo; tal vez tendrás más suerte con él.
Scarlett trató de pensar en la sugerencia de Rhett, pero no podía concentrarse estando él tan cerca. Era extraño que se sintiese tan tímida, después de haberse hallado últimamente tan cómoda en su compañía. Él estaba apoyado en una columna fumando plácidamente.
—Lo pensaré —dijo Scarlett, y salió corriendo antes de echarse a llorar.
«¿Qué diablos me pasa? —pensó mientras brotaban lágrimas de sus ojos—. Me estoy convirtiendo en una niña llorona, precisamente en la clase de criatura que tanto desprecio. ¿Qué importa que tarde un poco más en conseguir lo que quiero? Tendré Tara... y también a Rhett, aunque tarde cien años.»

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:37 am

29


—¡Vaya un fastidio! —dijo Eleanor Butler.
Le temblaban las manos al servir el té. Una arrugada hoja de papel fino yacía en el suelo junto a sus pies. El telegrama había llegado mientras Rosemary y ella estaban de compras: el primo Townsend Ellinton y su esposa venían de Filadelfia para visitarlos.
—¡Y avisan con sólo dos días de anticipación! —exclamó Eleanor—. ¿Os imagináis? Se diría que nunca oyeron hablar de la guerra.
—Se alojarán en una habitación del hotel Charleston, mamá —dijo Rhett en tono apaciguador—, y los llevaremos al baile. No estará tan mal.
—Será horrible —dijo Rosemary—. No veo ninguna razón para que tengamos que ser amables con los yanquis.
—Porque son parientes nuestros —dijo severamente su madre—. Y serás sumamente atenta con ellos. Además, tu primo Townsend no es yanqui. Combatió con el general Lee.
Rosemary frunció el ceño y guardó silencio.
Eleanor empezó a reír.
—No debo quejarme —dijo—. Será divertido ver el encuentro entre Townsend y Henry Wragg. Townsend es bizco y Henry tiene los ojos desviados hacia fuera. ¿Creéis que podrán darse la mano?


«Los Ellinton no están tan mal —pensó Scarlett—, aunque una no sabe dónde mirar al hablar con el primo Townsend.»
Su esposa Hannah no era tan hermosa como había anunciado Eleanor, y esto resultaba agradable. Sin embargo, su traje de baile de brocado de color rubí y gris perla y su collar de brillantes hicieron que Scarlett se sintiese desaliñada con un usado vestido de terciopelo burdeos y sus camelias. Gracias a Dios, era el último baile y el fin de la temporada.
«Habría llamado embustero a cualquiera que me hubiese dicho que podía cansarme de bailar, pero estoy más que harta de esto. ¡Oh, si al menos hubiese arreglado lo de Tara!» Siguiendo el consejo de Rhett había decidido ir a Savannah»
Pero la perspectiva de un día tras otro con sus tías era insoportable y, por ello, resolvió esperar a que la madre superiora regresase a Charleston. Rosemary se marcharía a visitar a la señorita Julia Ashley, lo cual era un consuelo. Y la señora Eleanor era siempre una buena compañera.
Rhett iría a Landing.
Pero ahora ella no quería pensar en esto. Si lo hacía, no podría aguantar la velada.
—Háblame del general Lee, primo Townsend —dijo animadamente Scarlett—. ¿Es realmente tan guapo como dicen?
Ezekiel había limpiado el carruaje y cepillado los caballos hasta que parecieron dignos de llevar a un rey. Estaba plantado junto al coche, manteniendo abierta la portezuela y presto a colaborar, en caso necesario, cuando Rhett ayudase a las damas a subir al coche.
—Insisto en que los Ellinton deberían venir con nosotros —bufó Eleanor.
—Iríamos tan apretujados que nos ahogaríamos —gruñó Rosemary.
Rhett la hizo callar.
—No te inquietes, mamá —dijo—. Van delante de nosotros, en el vehículo más lujoso que puede alquilar Hannah con su dinero. Cuando lleguemos a la calle Meeting, los adelantaremos para llegar antes que ellos y acompañarlos al entrar. No tienes que preocuparte por nada.
—Hay muchas cosas que me preocupan, Rhett, y tú lo sabes. Sí, son simpáticos y Townsend es pariente nuestro, pero esto no altera el hecho de que Hannah es yanqui de los pies a la cabeza. Temo que la maten a cumplidos.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Scarlett.
Rhett se lo explicó. Los charlestonianos habían inventado, después de la guerra, un juego particularmente astuto y cruel. Trataban a los forasteros con tanta cortesía y consideración que su amabilidad se convertía en un arma.
—Los visitantes acaban sintiendo como si llevasen zapatos por primera vez en su vida. Se dice que sólo los más fuertes se recobran de esta experiencia. Espero que esta noche no nos hagan una exhibición de ello. Los chinos no inventaron nunca una tortura semejante, aunque son gente muy sutil.
—¡Basta, Rhett, por favor! —le suplicó su madre.
Scarlett no dijo nada. «Esto es lo que me han estado haciendo a mí —pensó tristemente—. Bueno, que hagan lo que quieran. No tendré que soportar Charleston durante mucho más tiempo.»
Después de entrar en la calle Meeting el carruaje ocupó su sitio al final de una larga hilera de vehículos. Éstos se detenían uno a uno, para que se apeasen sus pasajeros, y luego seguían despacio hacia delante. «A esta velocidad, la fiesta habrá terminado cuando lleguemos», pensó Scarlett. Miró por la ventanilla a la gente que iba a pie, seguidas las damas por sus doncellas con las bolsas de los zapatos de baile.
«Ojalá hubiésemos venido también andando. Sería delicioso respirar el aire tibio, en vez de estar apretujados en este pequeño y sofocante espacio.» La sorprendió el fuerte toque de la campana de un tranvía a su izquierda.
«¿Cómo puede funcionar un tranvía a estas horas?», se preguntó. El servicio terminaba siempre a las nueve. Oyó las campanas de Saint Michael que sonaban dos veces. Eran las nueve y media.
—¿No es bonito ver un tranvía que sólo transporta personas vestidas para un baile? —dijo Eleanor Butler—. ¿Sabías, Scarlett, que los tranvías dejan de funcionar más pronto en la noche de santa Cecilia, con objeto de poder limpiarlos antes de hacer trayectos especiales para llevar gente al baile?
—No lo sabía, Eleanor. ¿Y cómo vuelve la gente a casa?
—Hay otro servicio especial a las dos, cuando ha terminado el baile.
—¿Y si quiere subir alguien que no vaya al baile?
—No puede hacerlo, naturalmente. A nadie se le ocurriría. Todo el mundo sabe que los tranvías no funcionan después de las nueve.
Rhett se echó a reír.
—Mamá, hablas igual que la duquesa en Alicia en el país de las maravillas.
Eleanor Butler rió también.
—Supongo que sí —balbució alegremente, y después rió aún más fuerte.
Todavía reía cuando el carruaje avanzó y se detuvo y alguien abrió la portezuela. Scarlett contempló una escena que le hizo contener el aliento. ¡Así debía ser un baile! Altos postes negros de hierro sostenían un par de enormes faroles con seis mecheros de gas encendidos. Iluminaban el profundo pórtico y las imponentes columnas blancas de un edificio que parecían un templo y se hallaba aislado de la calle por una alta verja de hierro. Una resplandeciente estera de lona blanca conducía desde el gastado bloque de mármol donde se apeaban los pasajeros de los coches hasta la escalinata del pórtico. Sobre todo ello, se había tendido un toldo también de lona blanca.
—¡Quién iba a pensarlo! —dijo, maravillada, Scarlett—. Se puede ir desde el coche hasta el baile mientras llueve a cántaros sin que te toque una gota de agua.
—Esto es lo que se pretende —convino Rhett—, pero no se ha comprobado nunca. Porque nunca llueve en la noche de santa Cecilia. Dios no puede permitirlo.
—¡Rhett! —dijo Eleanor Butler, sinceramente escandalizada.
Scarlett sonrió a Rhett, satisfecha de que él pudiese tomar a broma algo que consideraba tan serio como este baile. Rhett le había hablado de él, de los años que hacía que se celebraba (todo parecía, en Charleston, tener una antigüedad de al menos un siglo) y de que sus organizadores eran todos hombres. Sólo los varones podían ser miembros de esa Sociedad.
—Baja, Scarlett —dijo Rhett—; aquí deberías sentirte como en casa. Este edificio es el Hibernian Hall. Dentro verás una placa con el arpa de Irlanda pintada en el oro más fino.
—No seas bruto —le riñó su madre.
Scarlett se apeó manteniendo muy alta la belicosa barbilla, tan parecida a la de su padre irlandés.
¿Qué estaban haciendo aquellos soldados yanquis? La garganta de Scarlett se contrajo con un miedo momentáneo. ¿Pensaban armar jaleo porque poco tiempo antes habían sido derrotados por las damas? Entonces vio una muchedumbre detrás de ellos; unas caras ansiosas que se movían de un lado a otro en su esfuerzo por distinguir a los personajes que se apeaban de los coches. «Bueno, los yanquis contienen a la gente para abrirnos paso. Como si fueran criados, vigilantes o lacayos. Les está bien empleado. ¿Por qué no se largan de una vez? Nadie les hace ya caso.»
Miró por encima de las cabezas de los soldados y sonrió alegremente a la multitud boquiabierta antes de descender del carruaje. ¡Si al menos llevara un traje nuevo en vez de esta ropa vieja y tan usada! Tendría que sacarle el mejor partido. Dio tres pasos al frente y, después, se soltó la cola del vestido, que llevaba plegada sobre el brazo, y dejó que cayese tras ella. La cola se desplegó sobre la blanca estera sin rozar siquiera el polvo, y ella la arrastró majestuosamente para entrar en el gran baile de la temporada.
Se detuvo en el vestíbulo, esperando a los demás. Miró hacia arriba, siguiendo con los ojos la graciosa curva de la escalinata hasta el amplio rellano de la segunda planta y la resplandeciente lámpara de cristal con velas encendidas, suspendida sobre el espacio abierto. Era como la joya más grande y más brillante del mundo.
—Aquí están los Ellinton —dijo la señora Butler—. Ven por aquí, Hannah; dejaremos nuestros abrigos en el guardarropa de señoras.
Pero Hannah Ellinton se detuvo en seco en el umbral y se echó involuntariamente hacia atrás. Rosemary y Scarlett tuvieron que apartarse rápidamente a un lado para no chocar con la dama envuelta en brocado carmesí que estaba delante de ellas.
¿Qué había pasado? Scarlett estiró el cuello para ver. La escena se le había hecho tan familiar durante la temporada que no comprendía por qué había impresionado tanto a Hannah. Varias señoras y muchachas estaban sentadas en un banco bajo, junto a la pared. Tenían las faldas arremangadas encima de las rodillas y los pies sumergidos en barreños de agua jabonosa. Mientras charlaban y reían entre ellas, sus doncellas les lavaban, secaban y empolvaban los pies; después les ponían las remendadas medias y las calzaban con los escarpines de baile. Era la rutina regular de todas las mujeres que habían recorrido las polvorientas calles de la ciudad antes de asistir a los bailes de la temporada. ¿Qué esperaba la señora yanqui? ¿Que las damas bailasen con botas? Scarlett dio un codazo a la señora Ellinton.
—Estás obstruyendo la puerta —le dijo.
Hannah se disculpó y entró. Eleanor Butler, que se había estado arreglando unas horquillas ante el espejo se volvió hacia ellas.
—Bueno —dijo—. Creí, por un momento, que os había perdido. —No había observado la reacción de Hannah—. Quiero que conozcas a Sheba. Ella te atenderá en todo lo que necesites esta noche.
La señora Ellinton se dejó conducir, sin protestar, hasta el rincón de la estancia donde la mujer más gorda que había visto jamás se hallaba sentada en un ancho, gastado y descolorido sillón de orejas, tapizado de brocado de un color dorado sólo ligeramente más claro que su piel. Sheba se levantó de su trono para ser presentada a la invitada de la señora Butler.
Y a la nuera de la señora Butler. Scarlett se adelantó apresuradamente, deseosa de conocer a la mujer de la que tanto había oído hablar. Sheba era famosa. Todo el mundo sabía que era la mejor costurera de Charleston; cuando era esclava de los Rutledge, le había enseñado el oficio la modista que la señora Rutledge había traído de París para que confeccionase el traje de novia de su hija. Sheba todavía cosía para la señora Rutledge, su hija y unas cuantas damas selectas de su elección. Sheba podía convertir los harapos y los sacos de harina en creaciones tan elegantes como las del Godey's Ladies Book. Bautizada Reina de Saba por el predicador laico que era su padre, era ciertamente una reina en su propio mundo. Todos los años, por santa Cecilia, gobernaba en el guardarropa de las señoras, supervisando a sus dos doncellas pulcramente uniformadas y a todas las doncellas que acompañaban a las damas, solventando con rapidez y eficacia todas y cada una de las dificultades femeninas: dobladillos descosidos, manchas, botones perdidos, rizos caídos, desvanecimientos, indigestiones, empeines contusos, corazones rotos..., Sheba y sus ayudantes lo resolvían todo. Todos los bailes tenían una habitación donde unas doncellas de servicio atendían a las necesidades de las damas, pero solamente el de santa Cecilia tenía a la Reina de Saba. Ésta rehusaba cortésmente ejercer su magia en cualquier baile que no fuese el mejor.
Podía permitirse ser muy exigente. Rhett había dicho a Scarlett lo que sabía casi todo el mundo pero nadie decía en voz alta. Sheba era dueña del más lujoso y rentable prostíbulo de la famosa «Mulatto Alley», que era la prolongación de la calle Chalmers y se hallaba solamente a dos manzanas del edificio de la Sociedad de santa Cecilia. En ese burdel los oficiales y los soldados de las fuerzas militares de ocupación se gastaban la mayor parte de la paga en whisky barato, juegos de azar trucados y mujeres de todas las edades, colores y precios.
Scarlett se fijó en la expresión desconcertada de Hannah Ellinton. «Apuesto a que es una de esas abolicionistas que jamás ha visto a un negro de cerca en su vida —pensó—. Me pregunto lo que haría si alguien le contase lo del otro negocio de Sheba. Rhett dijo que ésta tenía más de un millón de dólares en oro en una caja de seguridad de un banco de Inglaterra. Dudo que los Ellinton puedan igualarla en esto.»

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:39 am

30


Cuando llegó Scarlett a la entrada del salón de baile, fue ella quien se detuvo en seco sin darse cuenta de que otros la seguían. Se había quedado pasmada por una belleza que era mágica, demasiado adorable para ser real.
El vasto salón de baile estaba brillante pero suavemente iluminado con velas. La luz de éstas procedía de cuatro arañas de cristal que parecían flotar en lo alto; de dorados apliques gemelos de cristal colocados en las largas paredes laterales; de altos espejos con marco dorado, que reflejaban una y otra vez las llamas e imágenes opuestas; de altas ventanas negras como la noche, encuadradas por cortinas de brocado de oro que actuaban como espejos; de candelabros de plata de brazos múltiples colocados en unas largas mesas que flanqueaban la puerta. Sobre las mesas reposaban monumentales poncheras de plata que hacían espejear luz dorada en sus redondeadas panzas.
Scarlett se echó a reír, entusiasmada, y cruzó el umbral.


—¿Lo estás pasando bien? —le preguntó Rhett mucho más tarde.
—¡Pues sí! Es realmente el mejor baile de la temporada.
Lo había dicho con sinceridad; la velada había sido todo lo que cabía esperar de ella, llena de música, risas y alegría. Scarlett se había sentido menos complacida cuando le entregaron su carnet de baile, aunque iba acompañado de un ramo de gardenias envueltas en papel de estaño. Al parecer, los organizadores llenaban de antemano los carnets de las damas con los nombres de sus parejas. Pero entonces vio que la operación estaba magníficamente orquestada. Bailaría con caballeros a quienes conocía, con otros a quienes no había visto nunca, con viejos y jóvenes, con charlestonianos de toda la vida, con visitantes invitados, con charlestonianos que vivían en otros muchos lugares pero que volvían siempre a casa para el baile de santa Cecilia. Así, cada pieza tenía el atractivo de la sorpresa y la seguridad del cambio, pero nada que pudiese ponerla en una situación difícil. El nombre de Middleton Courtney no figuraba en su carnet. No tendría que pensar en nada, salvo en la satisfacción de encontrarse en aquel salón exquisito, bailando al son de una bella música.
Y eso era igual para todo el mundo. Scarlett rió disimuladamente cuando vio que sus tías no se perdían un baile; incluso la cara generalmente triste de Eulalie rebosaba satisfacción. Ninguna mujer se quedaba sentada. Y no había situaciones violentas. Las jovencísimas debutantes, con sus blancos trajes nuevos, estaban emparejadas con hombres duchos en el baile y en la conversación. Vio a Rhett con al menos tres de ellas, pero nunca con Anne Hampton. Scarlett se preguntó, por un instante, cuánto sabían los viejos organizadores. No le importaba. Se sentía feliz y tenía ganas de reír al ver a los Ellinton.
Evidentemente, Hannah se sentía como la bella del baile. «Debe de estar danzando con los más grandes aduladores de Charleston», pensó maliciosamente Scarlett. Pero Townsend parecía divertirse todavía más que su esposa. Sin duda alguien le estaba murmurando palabras dulces. Ciertamente, nunca olvidarían esta noche. Pero tampoco la olvidaría ella. Pronto tocarían el decimosexto baile. Estaba reservado, según le había dicho Josiah Anson al bailar con ella, para los novios y las parejas casadas. En el baile de santa Cecilia, los maridos y las mujeres volvían siempre a enamorarse, había dicho con burlona solemnidad. Anson era presidente de la Sociedad y, por ello, estaba bien enterado. Era una de las normas del santa Cecilia. Ella bailaría con Rhett.
Y así, cuando él la tomó en sus brazos y le preguntó si lo pasaba bien, respondió que sí de todo corazón.
A la una, la orquesta tocó los últimos compases de El Danubio azul, y terminó el baile.
—Pero yo quisiera que no se acabase nunca —dijo Scarlett.
—Bueno —replicó Miles Brewton, que era uno de los organizadores—, esto es precisamente lo que esperamos que sienta todo el mundo. Ahora bajaremos todos a cenar. La Sociedad se enorgullece de su estofado de ostras casi tanto como de su ponche. Espero que hayas probado una copita de nuestra famosa mezcla.
—Ciertamente, lo he hecho. Y creí que se me iba la cabeza.
El ponche de santa Cecilia estaba compuesto principalmente de excelente champán mezclado con brandy de primerísima calidad.
—A los viejos nos sirve de mucho en una noche de baile. No se nos sube a la cabeza, sino que baja a los pies.
—¡Tonterías, Miles! Sally siempre decía que eras el mejor bailarín de Charleston, y yo creía que era jactancia. Pero ahora sé que decía la pura verdad.
Las alegres y exageradas bromas de Scarlett eran tan automáticas que ni siquiera tenía que pensar lo que decía. ¿Por qué tardaba tanto Rhett? ¿Por qué se entretenía tanto hablando con Edward Cooper, en vez de acompañarla a cenar? Sally Brewton nunca le perdonaría que acaparase a Miles de esta manera.
Oh, gracias a Dios, Rhett ya venía.
—Nunca permitiría que te llevases a tu encantadora esposa si no fueses mucho más corpulento que yo, Rhett. —Miles se inclinó sobre la mano de Scarlett—. Ha sido un gran privilegio para mí, señora.
—Un gran placer para mí, caballero —replicó ella haciendo una reverencia.
—Dios mío —dijo Rhett con su hablar lento—, tal vez debería pedirle a Sally que se fugue conmigo. Me ha rechazado las últimas cincuenta veces, pero mi suerte podría haber cambiado.
Los tres fueron, riendo, en busca de Sally. Ésta se hallaba sentada junto a una ventana, con los escarpines en la mano.
—¿Quién dijo que la prueba de un baile perfecto es que una gaste bailando las suelas de los zapatos? —preguntó en tono quejumbroso—. Yo lo he hecho y ahora tengo ampollas en ambos pies.
Miles la levantó.
—Te llevaré en brazos hasta abajo, fastidiosa mujer; pero entonces te calzarás como una persona respetable y continuarás a pie aunque sea renqueando.
—¡Bruto! —dijo Sally.
Scarlett vio la mirada que intercambiaban los dos y se le encogió el corazón de envidia.
—¿De qué fascinante tema estuviste hablando tanto rato con Edward Cooper? Estoy muerta de hambre —le dijo a Rhett.
Al mirar a su marido su dolor se agudizó. «No quiero pensar en esto, no quiero arruinar esta noche perfecta.»
—Miles me ha estado diciendo que, debido a mi mala influencia, las notas de Tommy en el colegio son cada vez peores. Como castigo, ha vendido la barquita que tanto le gusta al muchacho.
—¡Es una crueldad! —exclamó Scarlett.
—El chico la recobrará. Yo la he comprado. Ahora vayamos a cenar antes de que se acaben todas las ostras. Por una vez en la vida, Scarlett, vas a tener más comida de la que puedes tragar. Aquí, incluso las damas se atracan, es tradicional. Ha terminado la temporada y casi estamos en cuaresma.


Eran poco más de las dos cuando se abrieron las puertas del Hibernian Hall. Los jóvenes negros que portaban las antorchas estaban bostezando cuando ocuparon sus sitios para alumbrar a los trasnochadores. Al prenderse las antorchas, el tranvía que esperaba a oscuras en la calle Meeting cobró vida sobre los raíles. El conductor encendió el globo azul del techo y las linternas provistas de altos protectores de vidrio enganchados junto a las puertas. Los caballos patearon el suelo y sacudieron arriba y abajo la cabeza. Un hombre con delantal blanco barrió las hojas que se habían acumulado sobre la estera de lona, descorrió el largo cerrojo de hierro y después de abrir la puerta de par en par desapareció en la sombra justo cuando el rumor de voces empezaba a salir del interior del edificio. Los carruajes, estacionados a lo largo de tres manzanas, aguardaban turno para ir a recoger a sus pasajeros.
—Despertaos, que ya vienen —gruñó Ezekiel a los chicos ataviados con libreas de lacayo, que estaban durmiendo. Estos se sobresaltaron al sentir que les pinchaba con el dedo, pero después sonrieron y se pusieron rápidamente en pie.
La gente salió en tropel por la puerta abierta, hablando, riendo, deteniéndose en el porche, reacia a dar por terminada la velada. Como cada año, decían que éste había sido el mejor baile de santa Cecilia de todos los tiempos, con la mejor orquesta, la mejor comida y el mejor ponche, y que se habían divertido como nunca.
El conductor del tranvía dijo a sus caballos:
—Os llevaré a vuestra cuadra, muchachos; no os impacientéis.
Tiró de una correa junto a su cabeza y la bruñida campana que colgaba junto a la lámpara azul empezó a sonar llamando a sus clientes.
—Buenas noches, buenas noches —gritaron éstos despidiéndose de los que estaban en el porche; y primero una pareja y después tres y después toda una alegre avalancha de jóvenes corrieron sobre la blanca estera de lona.
Sus mayores sonrieron e hicieron comentarios acerca de la incansable juventud. Ellos avanzaron a un paso más lento, más digno. En algunos casos, su dignidad no conseguía disimular cierta inseguridad de las piernas.
Scarlett tiró de la manga de Rhett.
—Oh, vayamos en el tranvía Rhett. El aire es muy agradable, y en el coche nos ahogaremos.
—Tendremos que caminar bastante cuando nos apeemos. —No me importa. Me gustaría andar un poco. Él aspiró el aire fresco de la noche.
—También a mí —dijo—. Se lo diré a mamá. Sube al tranvía y guárdame un sitio.


No tenían que ir muy lejos. El tranvía giró hacia el este en la calle Broad, a sólo unas manzanas de distancia, y después rodó majestuosamente por la ciudad en silencio hasta el final de Broad, delante del edificio de Correos. Fue una alegre y ruidosa continuación de la fiesta. Casi todos los que viajaban en el atestado tranvía corearon la canción iniciada por tres regocijados hombres cuando el vehículo dobló la esquina. «¡Oh, la línea de Rock Island es formidable! Hay que viajar por la línea de Rock Island...»
Musicalmente la actuación dejaba mucho que desear, pero los cantores no lo sabían ni les importaba. Scarlett y Rhett cantaban tan fuerte como los demás. Cuando se apearon del tranvía, ella siguió cantando cada vez que se repetía el estribillo: «Compra el billete en la estación de la línea de Rock Island.» Rhett y otros tres voluntarios ayudaron al conductor a desenganchar los caballos, a llevarlos al otro extremo del vehículo y a engancharlos para el trayecto de regreso por Broad y después por Meeting hasta la terminal. Devolvieron los saludos y los gritos de «buenas noches» cuando el tranvía se alejó llevándose a los cantores.
—¿Crees que saben alguna otra canción? —preguntó Scarlett.
Rhett se echó a reír.
—Ni siquiera saben ésta y, si he de serte sincero, tampoco yo la sé. Pero parece que esto importa poco.
Scarlett se rió, pero después se tapó la boca con la mano. Su risa había sonado muy fuerte, ahora que La línea de Rock Island se oía débilmente a lo lejos. Observó cómo el tranvía iluminado se iba empequeñeciendo, se detenía, arrancaba de nuevo y desaparecía al doblar la esquina. Todo estaba en silencio y muy oscuro alrededor del círculo de luz proyectada por la farola frente al edificio de Correos. Una ráfaga de viento jugueteó con el fleco de su chal. El aire era fragante y suave.
—Hace realmente calor —murmuró Scarlett a Rhett.
Él asintió con un murmullo inarticulado, sacó el reloj del bolsillo y lo sostuvo bajo la luz de la farola.
—Escucha —dijo en voz baja.
Scarlett escuchó. Todo estaba callado. Contuvo el aliento para oír mejor.
—¡Ahora! —dijo Rhett. Las campanas de Saint Michael tocaron dos veces. Las notas resonaron en la templada noche durante largo rato—. La media —dijo Rhett con aprobación, y volvió a guardar el reloj en el bolsillo.
Ambos habían bebido bastante ponche. Estaban lo que suele llamarse «animados», en ese estado en que todo se exagera un poco. La oscuridad era más negra; el aire, más cálido; el silencio, más profundo; el recuerdo de la agradable velada, todavía más divertido que el baile mismo. Los dos experimentaban una sensación interior de tranquilo bienestar. Scarlett bostezó, satisfecha, y deslizó una mano bajo el codo de Rhett. Sin decir palabra, empezaron a andar en la oscuridad, en dirección a casa. Sus pisadas resonaban muy fuerte sobre la acera de baldosas, y ese ruido repercutía en las fachadas de los edificios. Scarlett miró inquieta a un lado y otro y, por encima del hombro, hacia la imponente oficina de Correos. No reconocía nada. «Está tan silencioso —pensó—, como si fuésemos las dos únicas personas sobre la faz del mundo.»
La alta figura de Rhett se confundía con las tinieblas, al llevar cubierta con la capa negra la pechera de la camisa blanca. Scarlett le asió el brazo con más fuerza, por encima del codo; era firme y vigoroso, el brazo poderoso de un hombre poderoso. Se acercó un poco más a su costado. Pudo sentir el calor de su cuerpo, su corpulencia y su fuerza.
—¿Verdad que ha sido una fiesta maravillosa? —dijo con voz demasiado alta, que retumbó y pareció extraña a sus propios oídos—. Temí no poder contener la risa al mirar a la encopetada Hannah. Oh, cuando empezó a disfrutar del trato que la gente del Sur le daba, se puso tan hueca que pensé que de un momento a otro se echaría a volar.
Rhett rió entre dientes.
—Pobre Hannah —dijo—, tal vez nunca en su vida volverá a sentirse tan atractiva e ingeniosa. Townsend no es tonto. Me dijo que quiere volver al Sur. Esta visita hará probablemente que Hannah esté de acuerdo. Hay un palmo y medio de nieve sobre el suelo de Filadelfia.
Scarlett rió en voz baja en la fragante oscuridad; después sonrió con satisfacción. Cuando pasó con Rhett bajo la luz de la siguiente farola, vio que también él estaba sonriendo. Ya no había necesidad de hablar. Bastaba con que los dos se sintiesen a gusto, sonriendo, caminando juntos, sin prisa por llegar a ningún sitio.
Su camino los condujo más allá de los muelles. La acera discurría junto a una larga hilera de estrechos edificios, con tiendas cerradas al nivel de la calle, rematadas por oscuras ventanas. Muchas de ellas estaban abiertas al calor casi veraniego de la noche. Un perro ladró con poco entusiasmo al oír sus pisadas. Rhett le impuso silencio a media voz. El perro gimió una vez y se calló.


Siguieron adelante dejando atrás las espaciadas farolas. Rhett moderaba automáticamente sus largas zancadas para igualar los pasos más cortos de Scarlett, y el sonido de los tacones sobre los ladrillos se convirtió en un solo repiqueteo, testimonio de la agradable armonía del momento.
Una farola se había apagado. En aquel trecho de mayor oscuridad, advirtió Scarlett por primera vez que el cielo parecía estar muy cerca y que las estrellas eran más brillantes de lo que nunca le habían parecido. Hubiérase dicho que una de ellas estaba lo bastante cerca como para poder tocarla.
—Mira hacia el cielo, Rhett —dijo suavemente—. Las estrellas parecen muy próximas.
Él se detuvo y apoyó la mano en la de ella, como señal de que también se detuviese.
—Es a causa del mar —dijo, con voz grave y cálida—. Ahora hemos dejado atrás los almacenes y aquí no hay más que agua. Si escuchas, podrás oír cómo respira.
Permanecieron inmóviles. Scarlett aguzó el oído. El rítmico rumor del agua al romper contra los pilotes invisibles del dique se hizo audible. Pareció aumentar gradualmente, hasta que ella se sorprendió de no haberlo oído antes. Entonces otro sonido se mezcló con la cadencia de la marea en el río. Era música, una fina, aguda y lenta serie de notas. La pureza de éstas hizo que los ojos de Scarlett se llenasen inesperadamente de lágrimas.
—¿Oyes eso? —preguntó temerosa. ¿Se estaba imaginando cosas?
—Sí. Es un marinero nostálgico, en el barco que está anclado allí. La tonada es A través del ancho Missouri. Ellos mismos hacen esos silbatos que parecen flautas. Algunos tocan realmente muy bien. Éste debe de estar de guardia. Mira, hay un farol encendido en el aparejo, y allí es donde se encuentra el barco. El farol es para avisar a las otras embarcaciones que está anclado allí; pero siempre hay un hombre vigilando, por si se acerca algo. O tal vez dos, en lugares de mucho tráfico como este río. Siempre hay barcas pequeñas y gente que conoce el río y se mueve en él de noche, cuando nadie puede verlos.
—¿Por qué hacen eso?
—Por mil razones, todas ellas censurables o nobles, según la opinión del que refiere la historia.
Diríase que Rhett hablaba consigo mismo más que con Scarlett.
Esta le miró, pero estaba demasiado oscuro para que pudiese distinguir su cara. Volvió la vista hacia el farol del barco, que había confundido con una estrella, y escuchó el oleaje y la música del anónimo y nostálgico marinero. Las campanas de Saint Michael dieron los tres cuartos.
Scarlett gustó la sal en sus labios.
—¿Añoras los días en que burlabas el bloqueo, Rhett?
El soltó una risa breve.
—Digamos que me gustaría ser diez años más joven. —Rió de nuevo, mofándose ligeramente de sí mismo—. Ahora juego con barcas de vela bajo el pretexto de ser amable con jóvenes desconcertados. Eso me procura la satisfacción de estar sobre el agua y sentir cómo sopla el viento en libertad. No hay nada como esto para que un hombre se sienta como un dios.
Empezó a andar de nuevo, tirando de Scarlett. Los pasos de ambos eran ahora un poco más rápidos, pero todavía acordes.
Scarlett paladeó el aire y pensó en las aladas velas de las barquitas que surcaban el puerto casi volando.
—Quiero hacer eso —dijo—: deseo navegar a vela más que nada en el mundo. ¿Quieres llevarme, Rhett? Hace tanto calor como en verano y mañana no tienes que volver a Landing. Dime que sí, Rhett, por favor.
Él lo pensó un momento. Muy pronto saldría ella de su vida para siempre.
—¿Por qué no? Es una vergüenza desperdiciar el buen tiempo —dijo.
Scarlett le tiró del brazo.
—Vamos, démonos prisa. Es tarde, y quiero que salgamos pronto.
Rhett la contuvo.
—No podré llevarte si te rompes el cuello; vigila tus pasos. —Scarlett volvió a acompasar el paso con el de él, sonriendo para sus adentros. Era maravilloso tener algo que esperar.
Estaban a punto de llegar a la casa cuando Rhett se paró y la detuvo.
—Espera un segundo.
Había levantado la cabeza, escuchando. Scarlett se preguntó qué oía. Oh, por el amor de Dios, volvía a ser el reloj de Saint Michael. Acabó de sonar el carrillón y la tonante y grave campana tocó tres veces. Lejos pero claramente, en la tibia oscuridad, la voz del vigilante en el campanario gritó a la vieja ciudad dormida:
—Las tres... ¡y sereno!

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:39 am

31


Rhett miró el traje que se había puesto Scarlett con tanto cuidado, y arqueó una ceja mientras torcía hacia abajo un lado de la boca.
—Bueno, no quiero quemarme otra vez con el sol —dijo ella a la defensiva.
Llevaba un sombrero de paja de ala ancha que guardaba la señora Butler junto a la puerta del jardín para protegerse del sol cuando salía a cortar flores. Scarlett había enrollado metros de tul de un azul intenso alrededor de la copa del sombrero y se había atado los extremos debajo de la barbilla, en un lazo que le parecía muy atractivo. Había tomado su sombrilla predilecta, de seda floreada azul pálido en forma de pagoda, con un fleco de borlas azul oscuro. Pensaba que de este modo su discreto traje marrón de paseo resultaba menos monótono.
Y a fin de cuentas, ¿por qué creía Rhett que podía criticar a todos los demás? «Parece un mozo de labranza —pensó—, con esos viejos pantalones raídos y esa tosca camisa sin cuello, por no hablar de que va sin corbata ni chaqueta.» Scarlett no dio su brazo a torcer.
—Dijiste a las nueve, Rhett, y ahora han dado. ¿Nos vamos?
Rhett se inclinó, tomó una vieja bolsa de lona y se la cargó sobre los hombros.
—Nos vamos —dijo.
Había algo sospechoso en su voz. «Lleva algo entre ceja y ceja —pensó Scarlett—, pero no voy a dejar que se salga con la suya.»
No tenía idea de que la barca fuese tan pequeña, ni de que estuviese al pie de una larga escalera que parecía muy resbaladiza. Miró acusadoramente a Rhett.
—Casi es marea baja —dijo él—. Por eso teníamos que estar aquí a las nueve y media. Después de que empiece a subir a las diez, nos costaría mucho meternos en el puerto. Desde luego, la marea alta será una ayuda para remontar después el río y atracar... Esto si estás segura de que quieres que salgamos.
—Completamente segura, gracias.
Apoyó una mano enguantada de blanco en una de las barandillas de la escalera y empezó a volverse.
—¡Espera! —dijo Rhett, y ella le miró con semblante frío y resuelto—. No voy a dejar que te rompas el cuello para ahorrarme el trabajo de pasearte en barco durante una hora. La escalera es muy resbaladiza. Yo bajaré un peldaño antes que tú, para asegurarme de que no pierdes pie con esas tontas botas de ciudad. Espera a que me prepare.
Soltó el cordón de la bolsa de lona y sacó de ella un par de zapatos también de lona con suela de goma.
Scarlett le observó en silencio.
Rhett realizó sin prisa todas las operaciones: se quitó las botas, se puso los zapatos, metió las botas en la bolsa, ató el cordón e hizo con él un nudo de complicado aspecto.
Después la miró, con una súbita sonrisa que la dejó sin aliento.
—Quédate ahí, Scarlett; el hombre prudente reconoce su derrota. Guardaré esto y volveré a buscarte.
En un santiamén se cargó la bolsa sobre un hombro y bajó la mitad de la escalera antes de que Scarlett comprendiese de qué estaba hablando.
—Has bajado y subido con la rapidez del rayo —dijo ella, sinceramente admirada cuando Rhett volvió a estar a su lado.
—O como un mono —la corrigió él—. Vamos, querida; el reloj y la marea no esperan a ningún hombre, ni siquiera a una mujer.
A Scarlett no le asustaban las escaleras y las alturas no le daban vértigo. De pequeña había trepado hasta las ramas más altas y oscilantes de los árboles y subido por la escalerilla del henil como si fuese una ancha escalinata. Pero agradeció el brazo de Rhett alrededor de su cintura, mientras descendía por los peldaños revestidos de algas, y se alegró mucho al alcanzar la relativa estabilidad de la barquita.
Se sentó muy quieta en el asiento de la popa, mientras Rhett sujetaba eficazmente las velas al palo y comprobaba los cabos. La blanca lona estaba amontonada en la proa cubierta y dentro de la abierta caseta del timón.
—¿Lista? —dijo.
—¡Oh, sí!
—Entonces, zarpemos. —Soltó los cabos que sujetaban la pequeña balandra al muelle y empujó con un remo para apartarla del muro cubierto de lapas. La fuerte corriente hizo presa de la pequeña embarcación y tiró de ella río abajo—. Quédate sentada donde estás y apoya la cabeza sobre las rodillas —ordenó.
Izó el foque, tiró de la driza y la estrecha vela se hinchó con el viento, orzando suavemente.
—Vamos allá.
Rhett se sentó al lado de Scarlett y sujetó con el codo la caña del timón. Con las dos manos, empezó a izar la vela mayor. Se oyeron fuertes crujidos y chasquidos.
Scarlett miró de reojo sin levantar la cabeza. Rhett tenía los ojos entrecerrados para protegerlos del sol y fruncía reflexivamente el entrecejo. Pero parecía contento, más contento de lo que Scarlett le había visto nunca.
La vela mayor se hinchó con un fuerte chasquido, y Rhett se echó a reír.
—¡Buena chica! —dijo, y Scarlett comprendió que no se refería a ella.


—¿Estás dispuesta a darte un chapuzón?
—¡Oh, no, Rhett! ¡Eso nunca!
Scarlett estaba entusiasmada con la delicia del viento y del mar, sin parar mientes en las salpicaduras que mojaban su ropa, en el agua que empapaba sus botas, en la ruina total de sus guantes y del sombrero de Eleanor, en la pérdida de su sombrilla. No pensaba; sólo sentía. La balandra no tenía más de cinco metros de eslora y, a veces, sólo sobresalía unos cuantos centímetros del mar. Surcaba las olas y la corriente como un joven animal ansioso, trepando a las crestas y cayendo en los senos de las olas con una fuerza que hacía que a Scarlett le subiese el estómago a la garganta y recibiese gotas saladas en la cara y la boca abierta. Ella era parte de aquel espectáculo: era el viento y el agua y la sal y el sol. Rhett observó su expresión arrobada, y sonrió al ver el mojado lazo de tul debajo de su barbilla.
—Agáchate —ordenó, moviendo la caña del timón para una breve virada contra el viento. Seguirían navegando un rato más—. ¿Te gustaría empuñar el timón? —ofreció—. Te enseñaré a gobernar la barca.
Scarlett sacudió la cabeza. No deseaba dirigir; le bastaba con existir para sentirse feliz. Rhett sabía lo extraordinario que era que Scarlett rechazase una oportunidad de gobernar, y comprendió cuan intensa era su reacción a la alegre libertad de navegar en el mar. El había sentido a menudo el mismo entusiasmo en su juventud. Incluso ahora lo sentía durante breves momentos de vez en cuando, unos momentos que hacían que volviese una y otra vez al agua en busca de más.
—Agáchate —dijo de nuevo, y preparó la pequeña embarcación para una larga bordada.
El súbito aumento de la velocidad hizo espumear el agua contra el borde sesgado del casco. Scarlett lanzó un grito de entusiasmo. El grito fue repetido en lo alto por una gaviota que se cernía, blanca y brillante, en el vasto cielo azul sin nubes. Rhett miró hacia arriba y sonrió. Sentía el calor del sol en su espalda, y el viento cortante y salado en la cara. Era un buen día para vivirlo. Sujeto la caña del timón y avanzó agachado hacia proa para asir la bolsa de lona. Los suéters que sacó de ella estaban estirados y deformados por los años, y rígidos por el agua salada que se había secado en ellos. Eran de lana gruesa y de un azul tan oscuro que casi parecía negro. Rhett retrocedió hasta la popa arrastrándose como un cangrejo, y se sentó en el inclinado borde exterior de la caseta del timón. El casco del barco se ladeó con su peso, y la ligera y pequeña embarcación surcó el agua sobre una quilla bien nivelada.
—Ponte esto, Scarlett —dijo, tendiéndole uno de los suéteres.
—No lo necesito. Hoy parece un día de verano.
—El aire es bastante caliente, pero no el agua. Estamos en febrero, tanto si parece verano como si no. Las salpicaduras te enfriarían sin que te dieses cuenta. Ponte el suéter.
Scarlett hizo una mueca, pero tomó el suéter.
—Tendrás que sostenerme el sombrero.
—Lo sostendré.
Rhett se pasó el segundo suéter, que era el más sucio, por encima de la cabeza. Después ayudó a Scarlett. Al sacar ésta la cabeza, el viento atacó sus desgreñados cabellos, liberándolos de horquillas y peinetas y haciéndolos ondear en el aire. Ella chilló, tratando furiosamente de sujetarlos.
—¡Mira lo que has hecho! —gritó. El viento agitó un grueso mechón de cabellos y lo introdujo en su boca abierta haciéndola farfullar y resoplar. Cuando consiguió liberarlo, el mechón se le escapó de la mano y se unió serpenteante y como embrujado a los demás—. Dame el sombrero antes de que quede calva —le dijo—. ¡Estaré hecha una facha!
Nunca había estado tan hermosa. Su cara resplandeciente de alegría y sonrosada por el viento brillaba entre la nube oscura de cabellos. Scarlett sujetó firmemente el ridículo sombrero sobre la cabeza e introdujo las puntas de los enmarañados cabellos debajo de la espalda del suéter.
—¿No tendrás algo que comer en esa bolsa? —dijo, esperanzada.
—Solamente raciones de marinero —dijo Rhett—: galletas y ron.
—Me parece delicioso. Nunca las he probado.
—Son poco más de las once, Scarlett, estaremos en casa a la hora de comer. Aguanta un poco.
—¿No podemos quedarnos aquí todo el día? ¡Lo estoy pasando tan bien!
—Otra hora; esta tarde tengo una cita con mis abogados.
—¡Al diablo con tus abogados! —dijo Scarlett, pero en voz muy baja.
No quería enfadarse y echarlo todo a perder. Contempló el cabrilleo del sol sobre el agua y los blancos rizos de espuma a ambos lados de la proa y entonces abrió los brazos y arqueó la espalda, estirándose perezosamente como un gato. Las mangas del suéter eran tan largas que se prolongaban más allá de las manos y ondeaban al viento.
—Ten cuidado, querida —rió Rhett—, o podrías caerte.
Soltó la caña del timón, preparándose para una virada y echando automáticamente una ojeada a su alrededor, por si alguna otra embarcación se interponía en su rumbo.
—Mira, Scarlett —dijo, en tono apremiante—; de prisa. A estribor..., a tu derecha. Apuesto a que nunca has visto eso.
Scarlett recorrió con la vista la costa pantanosa y no muy lejana. Entonces, a mitad de la distancia entre la barca y la costa, una forma gris y reluciente trazó una curva sobre el agua y desapareció rápidamente debajo de la superficie.
—¡Un tiburón! —exclamó—. No; dos..., tres tiburones. Vienen hacia nosotros, Rhett. ¿Querrán comernos?
—Mi querida niña tonta, son delfines, no tiburones. Deben de dirigirse al océano. Sujétate bien y agáchate. Voy a virar en redondo. Tal vez podamos viajar con ellos. Navegar en medio de una bandada de delfines es lo más divertido del mundo. Les gusta jugar.
—¿Jugar? ¿Los peces? Debes pensar que soy muy crédula, Rhett.
Se agachó para no chocar con el botalón en movimiento.
—No son peces. Obsérvalos y verás.
Había siete delfines en la bandada. Cuando Rhett hubo maniobrado para que la balandra siguiese el mismo rumbo que los ágiles mamíferos, éstos se habían adelantado mucho. Rhett se puso en pie e hizo pantalla con la mano para resguardarse los ojos del sol.
—¡Maldita sea! —dijo.
Entonces, inmediatamente delante de ellos, un delfín saltó en el agua, arqueó el lomo y se sumergió de nuevo con un chasquido.
Scarlett golpeó el muslo de Rhett con su puño cubierto por la manga del suéter.
—¿Has visto eso?
Rhett se dejó caer en el asiento.
—Sí. Ha venido a decirnos que sigamos adelante. Probablemente, los otros nos están esperando. ¡Mira!
Dos delfines habían salido del agua delante de ellos. Sus graciosos saltos hicieron que Scarlett palmotease. Se arremangó las mangas del suéter y aplaudió de nuevo, esta vez eficazmente. A dos metros a su derecha, emergió el primer delfín produciendo un surtidor de espuma, y después, perezosamente, volvió a sumergirse en el agua
—¡Oh, Rhett, nunca había visto algo tan sorprendente! ¡Nos ha sonreído!
Rhett sonreía también.
—Yo siempre creo que sonríen, y les correspondo. Me encantan los delfines; siempre me han gustado.
Los delfines obsequiaron a Rhett y a Scarlett con lo que sólo podía definirse como un juego. Nadaban junto a la balandra, por debajo de ella, delante de la proa, a veces en solitario, a veces en pareja o trío. Sumergiéndose y emergiendo, resoplaban, daban vueltas, saltaban, mirando con unos ojos que parecían humanos, que parecían reír sobre la atractiva boca sonriente, burlándose de los torpes seres humanos que tenían que ir en barca...
—¡Allí!
Rhett señaló a uno que saltaba sobre la superficie, y Scarlett repitió «¡Allí!», al saltar otro en dirección contraria. «¡Allí!», «¡Allí!» y «¡Allí!», gritaban siempre que los delfines emergían del agua. Cada vez era una sorpresa, siempre en un lugar distinto de aquél al que miraban Scarlett y Rhett.
—Están bailando —dijo Scarlett.
—Jugando —sugirió Rhett.
—Exhibiéndose —convinieron los dos.
El espectáculo era delicioso.
Debido a ello, Rhett se descuidó. No vio la negra nube que se extendía sobre el horizonte a sus espaldas. La primera advertencia fue cuando amainó de pronto el continuo y fresco viento. Las velas hinchadas pendieron fláccidas y los delfines se sumergieron bruscamente en el agua y desaparecieron. Entonces, y demasiado tarde, miró él por encima del hombro y vio que la borrasca se extendía rápidamente sobre el agua y el cielo.
—Túmbate en el fondo de la barca, Scarlett —dijo pausadamente— y agárrate bien. Tendremos tormenta. No te asustes; he navegado en medio de otras mucho peores.
Ella miró hacia atrás y abrió mucho los ojos. ¿Cómo podía estar el cielo tan azul delante de ellos y tan negro a su espalda? Sin decir palabra, se tumbó y encontró un agarradero debajo del asiento donde habían estado instalados Rhett y ella.
Él ajustaba rápidamente el aparejo.
—Tendremos que capear el temporal —dijo, y después sonrió—. Te mojarás, pero será un viaje magnífico.
En aquel momento, descargó la turbonada. El día se convirtió casi en noche líquida al cubrir las nubes el cielo y descargar una lluvia torrencial sobre ellos. Scarlett abrió la boca para gritar, e inmediatamente se le llenó de agua.
«Dios mío, me estoy ahogando», pensó. Se inclinó, escupió y tosió hasta despejarse la boca y la garganta. Trató de levantar la cabeza para ver lo que ocurría, para preguntar a Rhett qué era aquel terrible ruido. Pero el caprichoso y estropeado sombrero le había caído sobre la cara, y no podía ver nada. «Tengo que librarme de él, o me asfixiaré.» Tiró del lazo de tul de debajo de la barbilla con la mano libre. Con la otra se agarraba desesperadamente al asidero de metal que había encontrado. La barca saltaba y daba bandazos, crujiendo como si fuese a romperse. Ahora sintió que la balandra bajaba y bajaba; debía de estar en posición casi vertical, apuntando al fondo del mar. «¡Oh, santa Madre de Dios, no quiero morir!»
La balandra se estremeció y se detuvo en su caída. Scarlett tiró del tul mojado por encima de la barbilla y la cara, y quedó libre de los sofocantes pliegues del mojado sombrero de paja. ¡Podía ver!
Miró hacia el agua y después levantó los ojos y siguió viendo agua, pero arriba... arriba... arriba. Había allí una muralla de agua más alta que la punta del mástil, presta a caer y hacer pedazos el frágil casco de madera. Scarlett quiso gritar, pero su garganta estaba paralizada por el miedo. La balandra se estremecía y gruñía; con una inclinación vertiginosa, ascendió por el lado de la muralla y luego se mantuvo oscilando en la cima durante un momento interminable y terrible.
Scarlett tenía los ojos entrecerrados para protegerlos de la lluvia que caía con fuerza terrible sobre su cabeza y se deslizaba por su cara. Por todos lados surgían furiosas olas gigantescas de crestas curvas y blancas que proyectaban abanicos de espuma contra el viento y la lluvia. Trató de gritar, llamando a Rhett. Pero, Dios mío, ¿dónde estaba Rhett? Volvió la cabeza a un lado y a otro, intentando percibirle a través de la lluvia. Y entonces, precisamente cuando el balandro descendía vertiginosamente por el otro lado de la ola, le encontró.
¡Que Dios le confunda! Estaba arrodillado, pero erguidos los hombros y la espalda, levantados la cabeza y el mentón, y se estaba riendo del viento, de la lluvia y de las olas. Su mano izquierda sujetaba la caña del timón con fuerza extraordinaria, y la derecha estaba tendida, sosteniendo la cuerda de la hinchada vela mayor que se había enrollado en el codo, el antebrazo y la muñeca. «¡Está disfrutando! —pensó ella—. Le encanta la lucha contra el viento, el peligro de muerte. ¡Le odio!»
Vio alzarse ante ella la enorme amenaza de la próxima ola y, durante un frenético y desesperado instante, temió que cayese sobre ella, que la atrapase, que la destrozase. Entonces se dijo que nada tenía que temer. Rhett podía con todo, incluso con el propio océano. Levantó la cabeza, como la tenía levantada él, y se entregó a la peligrosa y salvaje diversión.
Scarlett conocía la fuerza caótica del viento. Al ascender la pequeña balandra por el flanco de la ola de nueve metros, el viento cesó. Fue sólo cuestión de unos segundos, un fenómeno del centro de la turbonada, pero la vela mayor se deshinchó y la embarcación se escoró de costado, impulsada caprichosamente por la corriente de agua hacia una peligrosa escalada. Scarlett se dio cuenta de que Rhett se liberaba rápidamente el brazo del cabo destensado enrollado en él, y manejaba de un modo diferente la oscilante caña del timón; pero no advirtió que algo andaba mal hasta que la cresta de la ola estuvo casi debajo de la quilla y Rhett le gritó «¡Aguanta! ¡Aguanta!», y se lanzó brutalmente encima de ella.
Oyó un fuerte chasquido cerca de su cabeza y sintió el lento y después más rápido paso del pesado botalón encima de ella. Todo ocurrió muy de prisa y, sin embargo, pareció terrible y extraordinariamente lento, como si el mundo entero se estuviese deteniendo. Miró sin comprender la cara de Rhett, tan próxima a la suya, y entonces aquélla se apartó y él volvió a ponerse de rodillas para hacer algo, Scarlett no sabía qué, sólo se dio cuenta de que unos pesados rollos de cabo grueso le caían encima.
No vio cómo el viento de costado agitaba y después de pronto inflaba la lona mojada de la vela mayor, empujándola hacia el lado opuesto de la balandra sin rumbo con una fuerza tal que se oyó un estampido como de un rayo y el grueso mástil se partió y fue a caer en el mar llevado por su propio impulso y el peso de la vela. El barco se sacudió y, después, se levantó hacia estribor y se inclinó lentamente, arrastrado por el peso del embrollado aparejo, hasta quedar boca abajo. Volcado en el mar helado agitado por la tormenta.


Scarlett no había pensado nunca que pudiese existir un frío tan intenso. La lluvia fría la azotaba; un agua todavía más fría la envolvía y tiraba de ella. Todo su cuerpo debía de estar helado. Le castañeteaban los dientes de un modo irrefrenable retumbando de tal modo en su cabeza que no era capaz de pensar ni de comprender lo que ocurría, salvo que debía de estar paralizada porque no podía moverse. Y sin embargo se movía, en un balanceo nauseabundo, subiendo y bajando, subiendo y bajando.
«Me estoy muriendo. ¡Oh, Dios mío, no permitas que muera! Quiero vivir.»
—¡Scarlett!
El sonido de su nombre fue más fuerte que el castañeteo de los dientes y penetró en su conciencia.
—¡Scarlett!
Conocía aquella voz, era la voz de Rhett. Y era el brazo de Rhett lo que la rodeaba, sosteniéndola. Pero ¿dónde estaba él? No podía ver nada a través del agua que seguía azotándole la cara y empañando e irritando sus ojos.
Abrió la boca para responder y al instante se le llenó de agua. Levantó la cabeza lo más que pudo y escupió el agua de la boca. ¡Si al menos los dientes se estuviesen quietos!
—Rhett —se esforzó en decir.
—Gracias a Dios.
La voz de él sonó muy cerca, detrás de ella. Scarlett empezaba a dar algún sentido a las cosas.
—Rhett —dijo de nuevo.
—Escucha con cuidado, querida; escucha con más atención de la que hayas prestado en tu vida. Tenemos una oportunidad y hemos de aprovecharla. La balandra está aquí. Hemos de meternos debajo de ella y emplearla como protección. Esto significa que hemos de sumergirnos y volver a salir debajo del casco del barco. ¿Lo entiendes?
Todo en ella le gritaba: «¡No!» Si se sumergía, se ahogaría. El agua tiraba ya de ella, la arrastraba. Si se hundía no volvería a salir. El pánico se apoderó de ella. No podía respirar. Quería agarrarse a Rhett, y chillar, chillar, chillar...
«¡Basta!» La palabra era clara. Y la voz era la de ella. «Tienes que salvar la vida, y no lo conseguirás si te portas como una idiota.»
—¿Q...qué he... he d-d-d-e hacer?
¡Maldito castañeteo!
—Voy a contar. Cuando diga «tres», respira hondo y cierra los ojos. Te tengo bien sujeta. Te meteré ahí debajo. Y todo irá bien. ¿Preparada? —No esperó su respuesta, sino que empezó en seguida a gritar—: Uno... dos...
Scarlett inhaló a sacudidas. Rhett tiró de ella hacia abajo, y el agua le llenó la nariz y los oídos y los ojos y la conciencia. Todo acabó en unos segundos. Aspiró aire, ávidamente.
—Te he sujetado los brazos, Scarlett, para que no me agarrases y nos ahogásemos los dos.
Rhett la asió ahora de la cintura. La sensación de libertad era maravillosa. ¡Si no tuviese las manos tan frías! Empezó a frotarlas.
—Así se hace —dijo Rhett—. Es bueno para la circulación. Pero debes esperar un poco. Agárrate a esta abrazadera. He de dejarte durante unos momentos. No tengas miedo. No tardaré. Voy a sumergirme y cortar las cuerdas enredadas en el mástil, antes de que hundan la balandra. También cortaré los cordones de tus botas, Scarlett. No patalees cuando sientas que algo te sujeta el pie. Seré yo. Además, tendré que quitarte esas faldas y enaguas tan pesadas. Tú agárrate bien. No tardaré.
Pareció tardar una eternidad.
Scarlett aprovechó el tiempo para observar lo que la rodeaba. La situación no parecía muy mala... si podía hacer caso omiso del frío. La balandra volcada ponía un techo sobre su cabeza, de modo que la lluvia no la alcanzaba. Por alguna razón, el mar estaba también más tranquilo. No podía verlo; el interior del casco estaba totalmente a oscuras; pero sabía que era así. Aunque la embarcación subía y bajaba a impulso de las olas, con el mismo ritmo vertiginoso, la superficie del agua resguardada era casi plana, y no había olitas que rompiesen contra su cara.
Sintió que Rhett tocaba su pie izquierdo. ¡Bien! Realmente, no estaba paralizada. Respiró hondo por primera vez desde que había estallado la tormenta. ¡Qué sensación tan extraña la de sus pies! Hasta ahora no se había dado cuenta de lo pesadas y engorrosas que eran las botas. ¡Oh! La mano en su cintura también le producía una rara sensación. Notaba el movimiento del cuchillo. De pronto, un peso enorme resbaló sobre sus piernas, y sus hombros surgieron del agua. Lanzó un grito de sorpresa que resonó en el espacio vacío de debajo del casco de madera. Fue tan fuerte que casi se soltó de la impresión que le causó.
Entonces salió Rhett de debajo del agua. Estaba muy cerca de ella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, y su voz sonó como si hablase a gritos.
—¡Chss —dijo Scarlett—. No grites tanto.
—¿Cómo te sientes? —repitió él, pero en voz baja.
—Muerta de frío, si quieres que te diga la verdad.
—El agua está fría, pero no tanto. Si estuviésemos en el norte del Atlántico...
—Rhett Butler, si me cuentas una de tus aventuras de cuando burlabas el bloqueo, ¡te ahogaré!
La risa de él llenó el aire que los envolvía y pareció calentarlo. Pero Scarlett estaba furiosa.
—No sé cómo puedes reír en un momento como éste. No es divertido estar balanceándose en un agua helada en medio de una terrible tormenta.
—Cuando la situación es pésima, Scarlett, lo único que hay que hacer es encontrar algo que nos haga reír. Hace que uno se mantenga sereno... y que los dientes dejen de castañetear de miedo.
Ella estaba demasiado exasperada para hablar. Y lo peor era que él tenía razón. El castañeteo había cesado en cuanto dejó de pensar que iba a morir.
—Ahora voy a cortar las cintas de tu corsé, Scarlett. No puedes respirar fácilmente dentro de esa jaula. Estáte quieta, para que no te corte la piel.
Había una intimidad embarazosa en el movimiento de sus manos debajo del suéter, desgarrando el corpiño y la blusa. Hacía años que él no había puesto las manos en su cuerpo.
—Ahora respira fuerte —dijo Rhett cuando le hubo quitado el corsé y el cubrecorsé—. Las mujeres actuales no aprendéis nunca a respirar. Llena bien los pulmones. Voy a instalar un soporte para los dos con un cabo que corté. Entonces podrás soltar esa abrazadera y frotarte las manos y los brazos. Sigue respirando hondo; esto te calentará la sangre.
Scarlett trató de hacer lo que le decía Rhett, pero los brazos le pesaban terriblemente al levantarlos. Era mucho más fácil dejar que el cuerpo descansase en aquel soporte de cuerda parecido a unos arreos que la sujetaba por debajo de los brazos, y mecerse al compás de las olas que subían y bajaban. Empezaba a adormecerse... ¿Por qué hablaba tanto Rhett? ¿Por qué le fastidiaba, insistiendo en que se frotase los brazos?
—¡Scarlett! —La voz era muy fuerte—. No te duermas. Tienes que moverte. Patalea. Dame patadas si quieres, pero mueve las piernas.
Rhett empezó a frotarle vigorosamente los hombros y, después, los brazos; su tacto era rudo.
—¡Basta! Me haces daño.
La voz de Scarlett era débil, como los maullidos de un gatito. Cerró los ojos y la oscuridad se hizo más densa. Ya no sentía frío; solamente cansancio, y sueño.
Sin previo aviso, Rhett le dio un bofetón tan fuerte que su cabeza fue a chocar contra el casco de madera del balandro, con un golpe que resonó en el espacio cerrado. Scarlett se despertó del todo, impresionada y furiosa.
—¿Cómo te atreves? Me las pagarás cuando salgamos de aquí, Rhett Butler, ¡te lo aseguro!
—Así está mejor —dijo Rhett, y siguió friccionándole rudamente los brazos, aunque ella trataba de apartarle las manos—. Continúa hablando. Yo cuidaré del masaje. Dame las manos para que pueda frotarlas.
—¡De ninguna manera! Deja mis manos en paz y ten las tuyas quietas. Me estás despellejando.
—Vale más que yo te friccione la piel que te la coman los cangrejos —dijo Rhett con aspereza—. Escúchame. Si te abandonas al frío, Scarlett, morirás. Sé que tienes ganas de dormir, pero éste es el sueño de la muerte. Y juro por Dios que aunque tenga que llenarte de moraduras, no dejaré que te mueras. Permanece despierta y respira, y no pares de moverte. Habla; sigue hablando; me importa un bledo lo que digas; me basta con oír tu arisco lenguaje de verdulera para saber que estás con vida.
Scarlett tomó nuevamente conciencia del frío paralizador, al reaccionar su carne con los masajes de Rhett.
—¿Vamos a salir de ésta? —preguntó sin emoción mientras trataba de mover las piernas.
—Desde luego.
—¿Cómo?
—La corriente nos lleva hacia tierra, y empieza a subir la marea. Ésta nos conducirá al sitio del que vinimos.
Scarlett asintió con la cabeza en la oscuridad. Recordaba el empeño de Rhett en salir antes de que cambiase la marea. Nada en su voz revelaba ahora que sabía que la fuerza del viento en pleno temporal podía anular la actividad normal de la marea. Quizá la tormenta los estaba llevando, a través de la bocana del puerto, hacia la inmensidad del océano Atlántico.
—¿Cuánto tardaremos en llegar allí?
El tono de Scarlett era quejumbroso. Sus piernas estaban insensibles como troncos de árbol. Y Rhett le frotaba los hombros hasta dejarlos casi en carne viva.
—No lo sé —respondió éste—. Tienes que hacer acopio de valor, Scarlett.
«¡Parece que me esté echando un sermón! Rhett, que siempre se burla de todo. ¡Oh, Dios mío!» Scarlett obligó a sus piernas sin vida a moverse y rechazó el terror con voluntad de hierro.
—Más que valor, necesito algo que comer —dijo—. ¿Por qué diablos no agarraste aquella sucia y vieja bolsa cuando volcamos?
—Está guardada debajo de la proa. Por Dios, Scarlett, que tu glotonería puede ser nuestra salvación. Me había olvidado de ella, reza para que todavía esté allí.


El ron extendió lo que parecía unos tentáculos de calor vital a lo largo de sus muslos, sus piernas y sus pies, y Scarlett empezó a patalear. Al restablecerse su circulación, le produjo un dolor intenso, pero ella lo aceptó de buen grado. Significaba que toda ella estaba viva. «Bueno, el ron es tal vez mejor que el brandy —pensó después del segundo trago—. Hace que una entre en calor.»
Lástima que Rhett insistiese en racionarlo; pero comprendió que tenía razón. Sería espantoso agotar el calor de la botella antes de hallarse sanos y salvos en tierra. Mientras tanto, pudo incluso unirse a Rhett en su tributo al preciado licor.
—«¡Oh, oh, oh, la botella de ron!» —cantó con él repitiendo el estribillo de cada estrofa de la canción de marineros.
Y después pensó Scarlett en Botellita marrón, cuánto te quiero.
Sus voces resonaban tan fuerte dentro del casco que era posible simular que no se debilitaban a medida que sus cuerpos se enfriaban. Rhett rodeó a Scarlett con los brazos y la sostuvo junto a su cuerpo para compartir su calor. Y entonaron todas las canciones que eran capaces de recordar, mientras los sorbos de ron se hacían más frecuentes y menos eficaces.
—¿Qué te parece La rosa amarilla de Tejas? —sugirió Rhett.
—Ya la hemos cantado dos veces. Canta aquello que tanto le gustaba a papá, Rhett. Me acuerdo de cuando os tambaleabais los dos por las calles de Atlanta, berreando como cerdos degollados.
—Sí, pero sonábamos como un coro de ángeles —dijo Rhett, imitando el acento de Gerald O'Hara—. «Conocí a la dulce Peg en un día de mercado...» —Entonó el primer verso de Peg en un coche descubierto y después confesó que no conocía la continuación—. Tú debes de saberla toda, Scarlett. Canta el resto.
Ella lo intentó, pero le fallaron las fuerzas.
—Lo he olvidado —dijo, para disimular su debilidad.
Estaba muy cansada. Si pudiese apoyar la cabeza en el cuerpo caliente de Rhett y dormir... Los brazos que la sostenían eran maravillosos. Agachó la cabeza. Le pesaba demasiado para mantenerla erguida.
Rhett la sacudió.
—Scarlett, ¿me oyes? ¡Scarlett! Siento que cambia la corriente; te juro que estamos cerca de tierra. No puedes rendirte ahora. Vamos, querida, dame una prueba más de tu energía. Levanta la cabeza; esto casi ha terminado.
—... tanto frío...
—¡Maldita seas por tu cobardía, Scarlett O'Hara! Hubiese debido dejar que Sherman se apoderase de ti en Atlanta. No valía la pena salvarte.
Las palabras se grabaron lentamente en su apagada conciencia y produjeron solamente una débil reacción de cólera. Pero fue suficiente.
Scarlett abrió los ojos y alzó la cabeza para responder al desafío vagamente percibido.
—Aspira aire —le ordenó Rhett—. Vamos a sumergirnos.
Le tapó la boca y la nariz con una de sus manazas y se sumergió en el agua, sujetando aquel cuerpo que se debatía débilmente. Emergieron fuera del casco, cerca de una línea de encrespadas olas.
—Casi hemos llegado, amor mío —jadeó Rhett.
Pasó un brazo alrededor del cuello de Scarlett y le sostuvo la cabeza con la mano mientras nadaba hábilmente entre las olas que rompían, aprovechando su impulso para llegar a los bajíos.
Caía una fina lluvia que el fuerte viento inclinaba en sentido casi horizontal. Rhett apretó el cuerpo fláccido de Scarlett sobre su pecho y se inclinó sobre él arrodillándose en la orilla espumosa del agua. Una ola enorme se alzó a lo lejos, detrás de él, y se precipitó hacia la playa; empezó a doblarse sobre sí misma y, entonces, la masa gris coronada de espuma rompió y se extendió hacia la tierra, golpeando con toda su fuerza la espalda de Rhett, y sacudiendo su cuerpo protector.
Cuando la ola hubo pasado por encima de él y perdido su fuerza, Rhett se puso en pie, vacilante, y avanzó tambaleándose en la playa, sujetando fuertemente a Scarlett. Sus pies descalzos y sus piernas habían sufrido innumerables cortes producidos por los fragmentos de conchas que la ola había arrojado contra él, pero esto le tenía sin cuidado. Corrió torpemente sobre la blanda y pegajosa arena hacia una brecha abierta en la hilera de grandes dunas y trepó durante un corto trecho hasta una oquedad resguardada del viento. Allí depositó suavemente el cuerpo de Scarlett sobre la mullida arena.
Con voz quebrada repitió una y otra vez el nombre de Scarlett mientras trataba de reanimar su cuerpo pálido y helado frotando todas sus partes con ambas manos. Los enmarañados y brillantes cabellos negros de Scarlett estaban extendidos alrededor de la cabeza y los hombros, y sus negras cejas y pestañas eran como terribles trazos oscuros sobre la cara mojada y exangüe. Rhett le golpeó suave y repetidamente las mejillas con el dorso de los dedos.
Cuando ella abrió los ojos, parecieron dos esmeraldas, tan vivo era su color. Rhett lanzó un alarido primitivo de triunfo.
Los dedos de Scarlett se cerraron débilmente sobre la quebradiza solidez de la arena endurecida por la lluvia.
—Tierra —dijo, y empezó a llorar con jadeantes sollozos.
Rhett pasó un brazo por debajo de sus hombros y la incorporó al socaire de su propio cuerpo inclinado y acuclillado. Con la mano libre le acarició los cabellos, las mejillas, la boca, el mentón.
—Mi amor, mi vida. Creí que te había perdido. Creí que te había matado. Creí... ¡Oh, Scarlett, estás viva! No llores querida; todo ha terminado. Estás a salvo. Todo está bien, todo...
La besó en la frente, en el cuello, en las mejillas. La piel pálida de Scarlett recuperó el color, y ella volvió la cabeza para corresponder a los besos de él.
Y ya no hubo frío, ni lluvia, ni debilidad, sino solamente el ardor de los labios de Rhett sobre los suyos, sobre su cuerpo, y el calor de sus manos. Y la fuerza que ella sintió bajo los dedos cuando se aferró a sus hombros. Y las palpitaciones del corazón en la garganta contra los labios de él, y los fuertes latidos del corazón de Rhett bajo las palmas de sus manos, cuando enredó los dedos en la espesa maraña de vello de su pecho.
«¡Sí! —se decía Scarlett—. No me equivocaba al recordarlo, no era un sueño. Sí, éste es el oscuro remolino que me atrae y me aisla del mundo y hace que viva, que viva y me libere y suba en espiral hasta el corazón del sol.»
—¡Sí! —gritó una y otra vez, respondiendo a la pasión de Rhett con su pasión, a sus exigencias con sus exigencias. Hasta que en el arrebatado éxtasis no hubo ya palabras ni pensamientos, sino solamente una unión más allá de la mente, más allá del tiempo, más allá del mundo.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:41 am

32


«¡Me ama! ¡Qué tonta fui al dudar de lo que ya sabía!» Los labios hinchados de Scarlett se torcieron en una sonrisa perezosa y satisfecha, y los ojos se abrieron lentamente.
Rhett estaba sentado a su lado. Tenía los brazos cruzados sobre las rodillas y ocultaba el rostro entre ellos.
Scarlett se estiró voluptuosamente. Por primera vez sintió la áspera arena contra su piel y prestó atención a lo que la rodeaba. «¡Oh, está lloviendo a cántaros! Cogeremos una pulmonía. Tendremos que buscar un refugio antes de volver a hacer el amor.» Temblaron los hoyuelos de sus mejillas, y reprimió una risita. «O tal vez no; hace un momento, no reparamos en el tiempo que hacía.»
Alargó la mano y recorrió con las uñas la espina dorsal de Rhett.
Éste se apartó como si le hubiese quemado y se volvió en redondo para enfrentarse a ella. Después, se puso en pie de un salto. Scarlett no supo interpretar su expresión.
—No quería despertarte —dijo él—. Procura descansar un poco más, si puedes. Yo voy a buscar algún sitio donde secarnos y encender fuego. Hay chozas en todas estas islas.
—Iré contigo.
Scarlett trató de levantarse. Tenía el suéter de Rhett sobre las piernas, y todavía llevaba puesto el suyo. Los dos pesaban mucho, pues estaban empapados en agua.
—No. Quédate aquí.
Se alejaba ya, subiendo las empinadas dunas. Scarlett exclamó tontamente, sin dar crédito a sus ojos:
—¡Rhett! No puedes dejarme. No lo permitiré.
Pero él siguió subiendo y Scarlett sólo veía su ancha espalda, con la camisa mojada pegada a ella. El se detuvo en la cima de la duna. Volvió lentamente la cabeza a un lado y otro. Entonces irguió los encorvados hombros, y dando media vuelta bajó deslizándose temerariamente por la empinada pendiente.
—Hay una cabaña. Sé dónde estamos. Levántate. Alargó una mano para ayudar a Scarlett a ponerse en pie. Ella la asió afanosamente.


Las cabañas que algunos charlestonianos habían construido en las islas próximas tenían por objeto aprovechar la fresca brisa marina en los cálidos y húmedos días del largo verano del Sur. Se evadían de la ciudad y sus formalidades, en esos refugios que eran poco más que sencillas chozas con profundos y sombreados porches y paredes de tablas desgastadas por la intemperie, construidas sobre postes recubiertos de creosota para aislarlas de la candente arena. Bajo el frío aguacero, aquel abrigo que había encontrado Rhett parecía desvencijado e incapaz de resistir los embates del viento. Pero él sabía que las casas de estas islas habían aguantado durante generaciones y tenían chimeneas a modo de cocina donde podían prepararse comidas. Precisamente era el refugio que necesitaban los supervivientes de un naufragio.
Rhett abrió la puerta de la cabaña de una sola patada. Scarlett entró detrás de él. ¿Por qué estaba tan callado? Apenas le había dicho una palabra, ni siquiera mientras la llevaba en brazos a través de la maleza que crecía en la base de las dunas. «Quiero que hable —pensó Scarlett—, quiero oír su voz diciendo lo mucho que me ama. Sabe Dios que ya me ha hecho esperar demasiado.»
Rhett encontró en un armario una raída manta hecha de coloridos retazos.
—Quítate esas prendas mojadas y envuélvete en esto —dijo arrojándole la manta sobre la falda—. Encenderé fuego en un momento.
Scarlett dejó caer los rasgados pantalones sobre el mojado suéter y se secó con la manta. Ésta era suave y agradable. Se envolvió en ella como si fuese un chal y volvió a sentarse en la dura silla de cocina. La manta llegaba hasta el suelo cubriéndole hasta los pies. Por primera vez durante horas, Scarlett estaba seca; pero empezó a temblar.
Rhett trajo madera seca de una caja que había en el porche, junto a la cocina. A los pocos minutos en la enorme chimenea ardía un pequeño fuego que de inmediato se propagó al montón de leños, de los que surgió una alta llama anaranjada. Ésta iluminó su reflexivo rostro.
Scarlett cruzó cojeando la habitación para calentarse junto al fuego.
—¿Por qué no te quitas tú también la ropa mojada, Rhett? Te dejaré la manta para que te seques con ella; tiene un tacto maravilloso.
Bajó los ojos como si se avergonzase de su atrevimiento, y luego pestañeó. Rhett no se inmutó.
—Volveré a mojarme cuando salga —dijo—. Estamos a poco más de tres kilómetros de Fort Moultrie. Iré a pedir ayuda.
Entró en la pequeña despensa contigua a la cocina.
—¡Caray con Fort Moultrie! —murmuró Scarlett.
Ella deseaba que Rhett dejase de hurgar en la despensa. ¿Cómo podía hablarle, si estaba en otra habitación?
Rhett salió de allí con una botella de whisky en la mano.
—Los estantes están casi vacíos —dijo con una breve sonrisa—, pero hay lo indispensable. —Abrió un armario y tomó dos tazas—. Bastante limpias —dijo—. Echaremos un trago.
Dejó las tazas y la botella sobre la mesa.
—Yo no quiero beber, quiero...
Él la interrumpió antes de que pudiese expresar su deseo.
—Yo necesito un trago —dijo. Llenó la taza hasta la mitad, la apuró de golpe y sacudió la cabeza—. No es extraño que lo dejasen aquí; es un matarratas. Sin embargo...
Se sirvió más.
Scarlett le observaba con una expresión de divertida indulgencia. ¡Qué nervioso estaba el pobrecillo!
—No tienes que ser tan mojigato, Rhett —dijo, en un tono de cariñosa paciencia—. No es como si me hubieses comprometido. Estamos casados y nos queremos; eso es todo.
Rhett la miró por encima del borde de la taza, que después dejó cuidadosamente sobre la mesa.
—Lo que ha ocurrido ahí fuera, Scarlett, nada tiene que ver con el amor. Ha sido una manera de celebrar la supervivencia. Esto suele suceder en tiempo de guerra, después de cada batalla. Los hombres que no resultan muertos se echan encima de la primera mujer que encuentran y demuestran que están vivos sirviéndose de su cuerpo. En este caso, tú te has servido también del mío, porque te has librado por los pelos de la muerte. No ha tenido nada que ver con el amor.
La dureza de estas palabras dejó a Scarlett sin aliento.
Pero entonces recordó la ronca voz junto a su oído, repitiendo cien veces las palabras «querida», «mi vida», «te amo». Dijese lo que dijese, Rhett la amaba. Ella lo sabía en el centro de su alma, un lugar donde no caben las mentiras. «Todavía tiene miedo de que yo no le ame de veras, —pensó—. Por esto no quiere reconocer lo mucho que me ama.»
Empezó a acercarse a él.
—Puedes decir lo que quieras, Rhett, pero esto no altera la verdad. Yo te amo y tú me amas, y hemos hecho el amor para demostrárnoslo.
Rhett bebió el whisky. Después rió ásperamente.
—Nunca pensé que fueses una tontuela romántica, Scarlett. Me decepcionas. Solías tener un poco de sentido común en tu cabecita. El impulso sexual no debería confundirse nunca con el amor. Aunque sabe Dios que, con frecuencia, hace que abunden en las iglesias las ceremonias nupciales.
Scarlett siguió avanzando y le respondió:
—Puedes hablar hasta desgañifarte, pero esto no cambiará nada. —Se llevó una mano a la cara y enjugó las lágrimas que brotaban de sus ojos. Ahora estaba muy cerca de él. Podía oler la sal en su piel y el whisky en su aliento—. Me amas —sollozó—, sí, sí, me amas. —La manta cayó al suelo cuando la soltó para tender los brazos a Rhett—. Abrázame y dime que no me amas, y entonces te creeré.
Rhett le asió bruscamente la cabeza y la besó con fuerza lacerante, posesiva. Scarlett cruzó los brazos detrás de la nuca de su marido mientras él le acariciaba el cuello y los hombros. Scarlett se abandonó con arrebato a la pasión.
Pero los dedos de Rhett se cerraron de pronto sobre sus muñecas para desprenderse del abrazo, su boca ya no buscó la de ella, y su cuerpo se apartó.
—¿Por qué? —gritó Scarlett—. Tú me deseas.
Él le soltó las muñecas y la empujó, tambaleándose hacia atrás en la primera acción incontrolada que le había visto realizar jamás.
—¡Sí, por Dios! Te deseo y me muero por ti. Eres un veneno en mi sangre, Scarlett, una enfermedad del alma. He conocido a hombres que deseaban el opio como yo te deseo a ti. Y sé lo que les ocurre a los adictos. La droga los esclaviza y los destruye después. Casi me ocurrió lo mismo, pero me libré a tiempo. No volveré a arriesgarme. No quiero que me destruyas.
Salió de estampía y se alejó bajo la tormenta.
El viento entró aullando por la puerta abierta, helado sobre la piel desnuda de Scarlett. Ésta agarró la manta del suelo y se envolvió en ella. Se aproximó a la puerta forcejeando contra el viento, pero nada pudo ver a través de la lluvia. Necesitó de toda su energía para cerrar la puerta. Le quedaba muy poca fuerza.
Todavía sentía calientes los labios por el beso de Rhett. Pero el resto de su cuerpo estaba temblando. Se acurrucó delante del fuego, arrebujada en la manta. Estaba cansada, muy cansada. Dormiría un poco hasta que volviese Rhett.
Se sumió en un sueño tan profundo que era casi comatoso.


—Agotamiento —dijo el médico militar que trajo Rhett de Fort Moultrie— y entumecimiento corporal debido al frío. Es un milagro que su esposa no haya muerto, señor Butler. Esperemos que no quede inválida de las piernas; casi no tiene circulación en ellas. Envuélvala en esas mantas y llevémosla al fuerte.
Rhett arrebujó rápidamente el cuerpo inerte de Scarlett y la levantó en sus brazos.
—Bueno, deje que la lleve el sargento. Usted tampoco está en muy buenas condiciones.
Scarlett abrió los ojos. Su nublada mente percibió los uniformes azules que la rodeaban; después se le entornaron los ojos y perdió el conocimiento. El médico le cerró los párpados con una habilidad fruto de la práctica en los campos de batalla.
—Debemos darnos prisa —dijo—; se está acabando.


—Beba esto, querida. —Era una voz de mujer, suave pero autoritaria; una voz que casi reconoció. Scarlett abrió sumisamente los labios—. Así me gusta; tome otro sorbito. No, no quiero que ponga una cara tan fea. ¿No sabe que, si hace esta mueca, puede quedar grabada en su cara para siempre? ¿Qué sería de usted? Una niña bonita convertida en fea. Así es mejor. Ahora abra la boca. Más. Va a beber esta rica leche caliente y el medicamento, aunque tardemos en ello toda la semana. Vamos, encanto. Le pondré un poco más de azúcar.
No, no era la voz de Mamita. Muy parecida, casi igual pero no la misma. Bajo los párpados cerrados de Scarlett brotaron unas lágrimas. Por un instante, había creído que estaba en casa, en Tara, con Mamita que la miraba.
Haciendo un esfuerzo, abrió los ojos y enfocó la vista. La negra inclinada sobre ella sonrió. Su sonrisa era bella, compasiva, sabia, amable, paciente y autoritaria. Scarlett sonrió a su vez.
—Bueno, ¿no es lo que yo digo? Lo que necesita esta niña es un ladrillo caliente en la cama y una cataplasma de mostaza sobre el pecho y una buena fricción de la vieja Rebekah para quitarle el frío de los huesos, con un ponche de leche y una charla con Jesús para terminar la curación. Yo hablo con Jesús mientras doy el masaje, y Él te reanima como yo sé que lo hace. «Señor —le digo—, esto no es lo mismo que hiciste con Lázaro; aquí hay solamente una niña que se encuentra mal. No necesitarás más que un momento de tu eternidad para volver la mirada hacia acá y hacer que ella se reanime.»
»Él lo hace y yo le doy las gracias. Termine pronto de beber la leche. Vamos, encanto, he puesto dos cucharadas más de azúcar. Beba. No querrá que el buen Jesús esté esperando a que Rebekah le dé las gracias, ¿verdad? Esto no está bien visto en el Cielo.
Scarlett tomó un sorbito y luego bebió a largos tragos. La leche azucarada sabía mejor que todo lo que había gustado durante semanas.
Cuando hubo terminado, se enjugó la boca con el dorso de la mano para borrar el blanco bigote.
—Tengo un hambre atroz, Rebekah. ¿Podría comer algo?
La corpulenta negra asintió con la cabeza.
—Será cuestión de un segundo —dijo.
Después cerró los ojos y juntó las palmas de las manos para rezar. Movió los labios en silencio, balanceándose hacia delante y hacia atrás, dando gracias en una charla íntima con su Señor.
Cuando hubo terminado, subió la colcha sobre los hombros de Scarlett y la arrebujó en ella. Scarlett se había dormido. El medicamento que había en la leche era láudano.


Scarlett se revolvía agitada en la cama mientras dormía. Cuando se destapaba, Rebekah volvía a cubrirla y le acariciaba la frente hasta que desaparecían las arrugas. Pero nada podía hacer para librarla de los sueños.
Eran fragmentos inconexos y caóticos de recuerdos y temores de Scarlett. Sentía hambre, el hambre desesperada y continua de los malos tiempos en Tara. Y había soldados yanquis, que se acercaban más y más a Atlanta, surgiendo entre las sombras de la galería de delante de su ventana, tocándola y murmurando que se quedaría sin piernas, soldados tendidos en un charco de sangre sobre el suelo de Tara, una sangre que surgía y se derramaba y se convertía en un torrente rojo que se alzaba en una ola gigantesca y cada vez más alta sobre una pequeña y llorosa Scarlett. Y había frío, y hielo cubriendo los árboles y marchitando las flores y formando una concha a su alrededor, de manera que no podía moverse ni podrían oírla aunque gritaba «Rhett, Rhett, vuelve, Rhett» entre carámbanos de hielo que pendían de sus labios. Su madre pasaba a través de su sueño y Scarlett olía el perfume de verbena, pero Ellen nunca hablaba. Gerald O'Hara saltaba una valla y después otra y otras hasta el infinito, cabalgando de espaldas en un blanco y brillante corcel que cantaba con Gerald, con voz humana, algo sobre Scarlett en un coche descubierto. Entonces cambiaban las voces, se convertían en voces de mujer y se apagaban. No podía oír lo que estaban diciendo.
Scarlett se lamió los secos labios y abrió los ojos. «Oh, es Melly. Y parece muy preocupada, la pobrecilla.»
—No te asustes —dijo, con voz ronca—. Todo está bien. Él ha muerto. Yo le maté.
—Ha tenido una pesadilla —dijo Rebekah.
—Las pesadillas se han acabado, Scarlett. El médico ha dicho que te pondrás bien en seguida.
Los ojos oscuros de Anne Hampton brillaban con sincero ardor. La cara de Eleanor Butler apareció por encima de su hombro. —Hemos venido para llevarte a casa, querida —dijo ésta.
—Esto es ridículo —se lamentó Scarlett—; puedo andar perfectamente.
Rebekah apoyó una mano sobre su hombro y continuó empujando despacio la silla de ruedas a lo largo del camino de fina gravilla.
—Me siento muy tonta —gruñó Scarlett, pero se sentó en la silla.
Le dolía la cabeza como si le clavasen afilados cuchillos, y entrecerraba los ojos para protegerlos de la luz brillante que se reflejaba en el camino. No podía creer que fuese todavía de día, el mismo día en que había salido de la casa de Battery, tocada con el sombrero de paja de Eleanor. La tormenta había traído consigo un tiempo más propio del mes de febrero. Aunque no se veía una nube en el cielo vespertino, el aire era frío, y cortante el viento que seguía soplando. «Menos mal que Eleanor ha traído mi capa de pieles —pensó—. He debido de estar muy grave, si se me permite llevar las pieles que ella tenía por demasiado ostentosas.»
—¿Dónde está Rhett? ¿Por qué no me lleva él a casa?
—No le he dejado salir —dijo con firmeza la señora Butler—. He enviado a buscar a nuestro médico y le he dicho a Manigo que metiese a Rhett en la cama; estaba morado de frío.
Anne habló con voz baja al oído de Scarlett.
—La señora Eleanor se alarmó cuando estalló de pronto la tormenta. Corrimos del Hogar al embarcadero y, cuando dijeron que la barca no había vuelto, se puso frenética. Creo que no se sentó una sola vez en toda la tarde; no hacía más que ir de un lado a otro en la galería, mirando la lluvia.
«Bajo un agradable techo —pensó con impaciencia Scarlett—. Está muy bien que Anne se preocupe tanto por Eleanor, ¡pero ella no estuvo a punto de morir congelada!»
—Me ha dicho mi hijo que ha hecho usted un milagro cuidando a su esposa —dijo Eleanor a Rebekah—. No sé cómo darle las gracias.
—No he sido yo, señora, sino Dios nuestro Señor. Hablé con Jesús y le supliqué en nombre de la pobrecilla. Le dije que no era lo mismo que hizo con Lázaro...
Mientras Rebekah repetía su relato a la señora Butler, Anne contestó la pregunta de Scarlett sobre Rhett. Éste se había quedado esperando hasta que el médico dijo que Scarlett estaba fuera de peligro; entonces tomó el ferry de Charleston para ir a tranquilizar a su madre, sabiendo lo preocupada que debía estar.
—Nos asustamos al ver llegar a un soldado yanqui —le explicó Anne, y se echó a reír—. Pero es que el sargento le había prestado a Rhett ropa seca.


Scarlett se negó a desembarcar del ferry en la silla de ruedas. Insistió en que era perfectamente capaz de caminar hasta la casa y así lo hizo, andando como si nada hubiese ocurrido.
Pero estaba cansada cuando llegaron; tan cansada que aceptó la ayuda de Anne para subir la escalera. Y después de tomar una sopa de alubias caliente y unos panecillos de maíz, se sumió de nuevo en un profundo sueño.
Esta vez no tuvo pesadillas. Se hallaba a gusto entre las familiares sábanas de hilo y sobre el colchón de plumas, sabiendo que Rhett estaba solamente a unos pasos de distancia. Durmió catorce horas seguidas, sumida en un sueño reparador.
Vio las flores en el momento en que se despertó. Rosas de invernadero. Había un sobre apoyado en el jarrón y Scarlett lo tomó afanosamente.
La enérgica caligrafía de Rhett se destacaba negra sobre el papel de color crema.
Scarlett lo acarició antes de empezar a leer.

Nada puedo decir sobre lo que sucedió ayer, salvo que estoy terriblemente avergonzado y arrepentido de haber sido la causa del gran dolor y del peligro que experimentaste

Scarlett se estremeció de placer.

Tu valor y tu ánimo fueron realmente heroicos, y siempre te trataré con admiración y respeto.
Lamento amargamente todo lo que sucedió después de escapar de la larga ordalía. Dije cosas que ningún hombre debería decir a una mujer, y mis acciones fueron reprobables.
Sin embargo, no puedo negar la verdad de todo lo que te dije. No debo volverá verte y no lo haré.
De acuerdo con lo que convinimos, tienes derecho a permanecer en la casa de mi madre en Charleston hasta el mes de abril. Francamente, espero que no lo hagas, porque no visitaré la casa de la ciudad ni Dunmore Landing hasta que reciba la noticia de que has regresado a Atlanta No podrás encontrarme, Scarlett. No lo intentes.
El dinero que te prometí será transferido inmediatamente, a tu tío Henry Hamilton.
Te pido que aceptes mis sinceras disculpas por todo lo referente a nuestra vida en común. No podía ser. Te deseo un futuro más feliz.
Rhett.


Scarlett contempló fijamente la carta, al principio demasiado impresionada para sentir dolor. Después, encolerizada.
Por último, la tomó con las dos manos y rasgó lentamente el grueso papel, murmurando mientras destruía las ofensivas palabras:
—No, esta vez no te saldrás con la tuya, Rhett Butler. Huiste una vez de mí, en Atlanta, después de hacerme el amor. Y yo me quedé desolada, enferma de amor, esperando que volvieses. Bueno, ahora sé mucho más que entonces. Sé que no puedes borrarme de tu mente, por más que te esfuerces en ello. No puedes vivir sin mí. Ningún hombre puede hacer el amor a una mujer como me lo hiciste tú y no volver a verla. Volverás, como volviste antes. Pero no me encontrarás esperándote. Tendrás que venir a buscarme. Dondequiera que esté.
Oyó que Saint Michael daba la hora..., seis... siete... ocho... nueve... diez. Los otros domingos, había ido a misa de diez. Hoy no lo haría. Tenía cosas más importantes que hacer.
Saltó de la cama y corrió hacia el cordón de la campanilla. «Pansy deberá darse prisa —se dijo—. Quiero que empaquete mis cosas para estar en la estación a tiempo de tomar el tren de Augusta. Iré a casa, me aseguraré de que el tío Henry ha recibido mi dinero y entonces empezaré mi trabajo en Tara...
»... Pero todavía no tengo el dinero.»
—Buenos días, señora Scarlett. Me alegro de verla tan bien después de lo que pasó...
—No hables y ve a buscar mis maletas. —Scarlett hizo una pausa—. Voy a ir a Savannah. Es el cumpleaños de mi abuelo.
Encontraría a sus tías en la estación del ferrocarril. El tren salía para Savannah a las doce menos diez. El día siguiente iría en busca de la madre superiora y haría que hablase con el obispo. Era inútil dirigirse a Atlanta sin tener la escritura de la propiedad de Tara.
—No quiero aquel vestido viejo tan horroroso —dijo a Pansy—. Saca los que compré cuando vine aquí. Llevaré lo que me parezca. Se acabó mi afán de gustar a los demás.
—Me preguntaba a qué venía todo este jaleo —dijo Rosemary. Miró con curiosidad el elegante vestido de Scarlett—. ¿Vas a alguna parte? Mamá dijo que probablemente dormirías todo el día.
—¿Dónde está Eleanor? Quiero despedirme de ella.
—Ha salido ya para la iglesia. ¿Por qué no le escribes una nota? ¿O quieres que le dé yo algún recado?
Scarlett miró el reloj. No tenía mucho tiempo. El coche estaba esperando. Corrió a la biblioteca y tomó pluma y papel. ¿Qué diría?
—Su coche está esperando, señora Rhett —dijo Manigo.
Scarlett garrapateó unas frases diciendo que se marchaba para asistir a la fiesta de cumpleaños de su abuelo y que lamentaba no poder despedirse de Eleanor. «Rhett se lo explicará todo —añadió—. La quiero.»
—Señora Scarlett... —la llamó nerviosamente Pansy.
Scarlett dobló la nota y la metió en un sobre.
—Por favor, entrega esto a tu madre —dijo a Rosemary—. Tengo que darme prisa. Adiós.
—Adiós, Scarlett —dijo la hermana de Rhett.
Se quedó en la puerta, observando cómo Scarlett y su doncella subían al coche y se alejaban calle abajo. La noche anterior, Rhett no había preparado tan bien su propia partida. Ella le había suplicado que no se marchase, porque tenía mal aspecto. Pero Rhett le había dado un beso de despedida y se había alejado a pie en la oscuridad. No era difícil imaginarse que su marcha se debía de algún modo a Scarlett.
Con lentos y resueltos movimientos, Rosemary encendió una cerilla y quemó la nota de Scarlett.
—Que tengas buen viaje —dijo en voz alta.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:45 am

LIBRO TERCERO - NUEVA VIDA

33


Scarlett palmoteo con entusiasmo cuando el coche de alquiler se detuvo delante de la casa de su abuelo Robillard. Ésta era de color de rosa, como había dicho Eleanor. ¡Y pensar que no se había dado cuenta de eso cuando la había visitado anteriormente! Bueno, ya había pasado mucho tiempo; lo que importaba era el presente.
Subió corriendo por uno de los tramos curvos de la doble escalera con barandilla de hierro y entró por la puerta abierta. Sus tías y Pansy cuidarían del equipaje; se moría de curiosidad por ver la casa por dentro.
Sí, el color rosa estaba en todas partes: rosa, blanco y oro. Las paredes eran de color de rosa, así como la tapicería de los sillones y las cortinas. Toda la madera y las columnas eran de un blanco brillante, con resplandecientes adornos dorados. Todo parecía perfecto, no desconchado y raído como la pintura y la tapicería de la mayoría de las casas de Charleston y de Atlanta. Un lugar magnífico para encontrarse en él cuando viniese Rhett a buscarla. Entonces vería que la familia de ella era tan importante y digna de respeto como la suya.
Y también rica. Echó un rápido vistazo calculando el valor del mobiliario tan bien cuidado que distinguía a través de la puerta abierta del salón. ¡Caramba!, con lo que debió de costar el pan de oro de las molduras del techo, ella podría pintar todas las paredes de Tara por dentro y por fuera.
«¡Vaya viejo roñoso! El abuelo nunca me envió un centavo para ayudarme después de la guerra, y tampoco hace nada por las tías.»
Scarlett se preparó para el combate. Las tías temían a su padre, pero ella no. La terrible soledad que Scarlett había conocido en Atlanta la había hecho tímida, aprensiva y deseosa de complacer durante su estancia en Charleston. Ahora había vuelto a tomar las riendas de su vida y se sentía vibrante de energía. Nada la atemorizaba. Rhett la amaba y ella era la reina del mundo. Se quitó tranquilamente el sombrero y la capa de pieles y los dejó sobre la consola de tablero de mármol que había en el vestíbulo. Después empezó a quitarse los guantes de cabritilla de color verde manzana. Notó que sus tías la miraban fijamente. Lo habían hecho ya en otras muchas ocasiones. Pero Scarlett estaba muy satisfecha de lucir su traje de viaje a cuadros verdes y marrones, en vez de los vestidos tristones que había llevado en Charleston. Esponjó el lazo de tafetán verde oscuro que hacía resaltar el brillo de sus ojos. Cuando hubo dejado los guantes junto al sombrero y la capa, señaló las tres prendas con un dedo.
—Pansy, lleva esas cosas arriba y ponías en la habitación más bonita que encuentres. No te quedes acobardada en un rincón; nadie va a morderte.
—Scarlett, no puedes...
—Tienes que esperar...
Las tías se estaban retorciendo las manos.
—Si el abuelo es demasiado arisco para salir a recibirnos, tendremos que apañarnos solas. ¡Por Dios, tía Eulalie! Tú y tía Pauline os criasteis aquí; deberíais sentiros como en vuestra casa.
Las palabras y la actitud de Scarlett eran bastante atrevidas; pero, cuando una voz de bajo gritó «Jerome!» en el fondo de la casa, sintió que se le humedecían las palmas de las manos. Recordó de pronto que su abuelo tenía unos ojos tan penetrantes que le hacían desear a una estar en cualquier parte salvo ante aquella mirada.
El imponente criado negro que le había abierto la puerta hizo ademán a Scarlett y a sus tías de que avanzasen hacia la habitación situada en el final del pasillo. Scarlett dejó que Eulalie y Pauline cruzasen primero el umbral. El dormitorio era una estancia de techo enormemente elevado que había sido antes un espacioso salón. Estaba llena de muebles, de todos los sillones, sofás y mesas que habían ocupado el salón más una maciza cama de cuatro columnas rematadas por unas águilas doradas. En un rincón de la habitación había una bandera francesa y un maniquí sin cabeza vestido con el uniforme de doradas charreteras cuajado de medallas que había llevado Pierre Robillard cuando era un joven oficial del ejército de Napoleón. El viejo Pierre Robillard estaba sentado en la cama, con la erguida espalda apoyada en un montón de grandes almohadas, mirando con fiereza a sus visitantes.
«Bueno, se ha encogido de un modo terrible —pensó Scarlett—. Era un hombrón, pero ahora está como perdido en esta cama tan grande, reducido a la piel y los huesos.»
—Hola, abuelo —dijo Scarlett—. He venido a verte por tu cumpleaños. Soy Scarlett, la hija de Ellen.
—No he perdido la memoria —dijo el viejo. Su voz fuerte contrastaba con su cuerpo frágil—. Pero, por lo visto, a ti te falla. En esta casa, los jóvenes no hablan hasta que se les dirige la palabra.
Scarlett se mordió la lengua para guardar silencio. «No soy una chiquilla para que me hables de esa manera, y deberías estar agradecido de que alguien venga a verte. No es de extrañar que mamá se alegrase tanto de que papá la sacase de esta casa.»
—Et vous, mes filles. Qu'est-ce-que vous voulez cette fois?—gruñó Pierre Robillard, dirigiéndose a sus hijas.
Eulalie y Pauline se acercaron corriendo a la cama, hablando las dos al mismo tiempo.
«¡Caray! ¡Hablan en francés! ¿Qué diablos estoy haciendo aquí? —Scarlett se dejó caer en un sofá tapizado de brocado de oro, lamentando no estar en otro sitio, en otro sitio cualquiera—. Ojalá venga Rhett a buscarme pronto —pensó—, o me volveré loca en esta casa.»
El día se iba apagando y los sombríos rincones de la habitación estaban llenos de misterio. El soldado sin cabeza parecía a punto de moverse. Scarlett sintió unos dedos fríos en la espina dorsal y se dijo que no debía ser estúpida. Pero se alegró cuando entraron Jerome y una negra de aire resuelto llevando una lámpara. Mientras la doncella corría las cortinas, Jerome encendió las lámparas de. gas de cada pared, y le pidió respetuosamente a Scarlett que se levantase para que él pudiera pasar por detrás del sofá. Cuando Scarlett se puso en pie, se percató de que su abuelo la estaba mirando, y se dio la vuelta para evitar su mirada. Al hacerlo se encontró de cara a un cuadro muy grande con recargado marco dorado. Jerome encendió una lámpara y después otra, y la pintura cobró vida.
Era un retrato de su abuela. Scarlett la reconoció al momento, por su parecido con otro retrato suyo que había en Tara. Pero éste era muy diferente. Los cabellos oscuros de Solange Robillard no estaban recogidos sobre la cabeza como en el retrato de Tara, sino que, sujetos solamente por un hilo de relucientes perlas, caían como una cálida nube sobre los hombros y los brazos desnudos. Su nariz fina y arrogante era la misma, pero sus labios esbozaban una sonrisa amable en vez de burlona, y sus ojos oscuros y oblicuos miraban de soslayo a Scarlett con aquella intimidad alegre y magnética que había desafiado y seducido a todos los que la habían conocido. En esta pintura la abuela era más joven, pero ya no una muchacha. Los provocativos senos redondos, medio descubiertos en Tara, estaban aquí velados por la fina seda blanca del vestido. Velados pero todavía visibles a través del tenue tejido como un resplandor de carne blanca y pezones rosados. Scarlett sintió que se ruborizaba. «Desde luego, la abuela Robillard no parece en absoluto una dama», pensó censurándola automáticamente tal como le habían enseñado a hacer. Recordó involuntariamente los momentos en que había estado en brazos de Rhett deseando afanosamente el contacto de sus manos. Su abuela debió de haber sentido el mismo afán, el mismo éxtasis; lo decían sus ojos y su sonrisa. «Entonces, no ha podido ser tan malo lo que yo sentía. ¿O tal vez sí?» ¿Había acaso una pizca de descaro en su sangre, transmitido por la mujer que le sonreía desde el cuadro? Scarlett la observó, fascinada.
—Scarlett —le murmuró Pauline al oído—. Papá quiere que nos marchemos. Dale las buenas noches en voz baja y ven conmigo.


La cena fue frugal. Apenas suficiente, en opinión de Scarlett, para uno de los pájaros de fantasía y brillante plumaje pintados en los platos que la contenían.
—Es porque la cocinera está preparando el banquete de cumpleaños de papá —explicó Eulalie en un murmullo.
—¿Con cuatro días de anticipación? —preguntó Scarlett en voz alta—. ¿Qué está haciendo? ¿Observando cómo crece el pollo?
Dios mío, gruñó para sí, si la comida seguía siendo tan escasa, el jueves estaría tan delgada como el abuelo Robillard. Cuando estuvieron todos durmiendo, bajó en silencio a la cocina del sótano y se atracó de pan de maíz y crema de leche que había en la despensa. «Dejemos que la servidumbre pase un poco de hambre para variar», pensó, satisfecha de haber acertado en sus sospechas. Pierre Robillard podía contar con la fidelidad de sus hijas aunque sus estómagos estuviesen medio vacíos; pero sus criados no se quedarían a su servicio a menos que tuviesen mucho que comer.
La mañana siguiente Scarlett ordenó a Jerome que le sirviese huevos con tocino y bizcochos.
—Vi que los había en abundancia en la cocina —añadió.
Y consiguió lo que quería. Eso hizo que no se avergonzase tanto de su docilidad de la noche pasada. «Pasar por el aro de aquella manera no es propio de mí —pensó—. El hecho de que tía Pauline y tía Eulalie estuviesen temblando como hojas no era motivo para que yo me dejase asustar por el viejo. No volverá a ocurrir.»
Sin embargo, se alegraba de tener que tratar con los criados y no con su abuelo. Percibió que Jerome estaba ofendido y esto le gustó bastante. No se había enfrentado a nadie desde hacía tiempo y le complacía ganar.
—Las otras damas comerán también huevos con tocino —dijo a Jerome—. Y no hay bastante mantequilla para mis bizcochos.
Jerome fue a informar al resto de los criados. Las exigencias de Scarlett eran una afrenta para todos, pero no porque significasen más trabajo para ellos, ya que, en realidad, sólo les pedía lo que comían siempre los sirvientes para desayunar. No, lo que molestaba a Jerome y a los demás era la juventud y la energía de Scarlett. Trastornaba ruidosamente el ambiente callado y como de santuario de la casa. Los criados no podían hacer otra cosa que esperar que se marchase pronto y sin armar demasiado jaleo.
Después del desayuno, Eulalie y Pauline la condujeron a las habitaciones del primer piso charlando animadamente de las fiestas y recepciones que habían presenciado en su juventud, corrigiéndose constantemente y discutiendo sobre detalles de un pasado remoto. Scarlett se detuvo largo rato ante el retrato de tres chiquillas, tratando de descubrir las serenas facciones adultas de su madre en la niña carirredonda de cinco años pintada en el cuadro. Scarlett se había sentido aislada de la red de generaciones entrelazadas de Charleston. Era buena cosa estar en la casa donde había nacido y se había criado su madre, en una ciudad donde era parte de la red.
—Seguramente tenéis un millón de primos en Savannah —dijo a sus tías—. Habladme de ellos. ¿Podré conocerlos? Son también primos míos.
Pauline y Eulalie parecieron confusas. ¿Primos? Estaban los Prudhomme, de la familia de su madre. Pero sólo un caballero muy anciano residía en Savannah; era el viudo de la hermana de su madre. El resto de la familia se había trasladado a Nueva Orleans hacía muchos años.
—En Nueva Orleans todo el mundo habla francés —explicó Pauline. En cuanto a los Robillard, sólo estaba la rama de su padre—. Papá tenía muchos primos en Francia, y también dos hermanos. Pero él fue el único que vino a América.
Eulalie la interrumpió:
—Pero tenemos muchos, muchos amigos en Savannah, Scarlett. Podrás conocerlos. Mi hermana y yo iremos hoy de visita y a dejar tarjetas, si papá no necesita que nos quedemos en casa con él.
—Yo tengo que estar de vuelta a las tres —dijo rápidamente Scarlett.
No quería estar fuera cuando viniese Rhett, y ella había de aparecer ante él con su mejor aspecto. Necesitaría mucho tiempo para bañarse y vestirse antes de que llegase el tren de Charleston.


Pero Rhett no vino, y cuando Scarlett abandonó el banco cuidadosamente elegido del primoroso jardín de detrás de la casa, estaba helada hasta la médula. Había rehusado la invitación de sus tías a acompañarlas esa noche a una velada musical a la que habían sido invitadas. Si iba a ser algo parecido a los tediosos recuerdos que las viejas damas habían evocado por la mañana, se aburriría terriblemente. Pero los ojos maliciosos de su abuelo, cuando éste recibió a su familia durante diez minutos antes de la cena, la hicieron cambiar de idea. Cualquier cosa sería mejor que estar sola en la casa con el abuelo Robillard.


Las hermanas Telfair, Mary y Margaret, eran las reconocidas guardianas culturales de Savannah, y su velada musical no se pareció en nada a aquellas a las que hasta el presente había asistido Scarlett. Generalmente, sólo había unas damas que cantaban haciendo alarde de su «talento», acompañadas al piano por otras damas. Era obligatorio que las damas cantasen un poco, tocasen un poco el piano, pintasen un poco a la acuarela e hiciesen un poco de labor de aguja. En la casa Telfair, de la plaza Saint James, las normas eran mucho más rigurosas. El magnífico salón doble tenía en el centro varias hileras de sillas doradas encaradas hacia el fondo curvo de uno de los extremos donde había un piano, un arpa y seis sillas colocadas frente a sendos atriles de música; era una especie de escenario que prometía alguna actuación digna de este nombre.
Scarlett tomó nota mental de toda la disposición. El salón doble de la casa Butler podría arreglarse fácilmente de la misma manera, y ella celebraría en él fiestas diferentes de las que ofrecían todos los demás, creándose inmediatamente fama de elegante anfitriona. Y no sería vieja y chapada a la antigua como las hermanas Telfair, ni desaliñada como las mujeres más jóvenes que estaban allí. ¿Por qué en todos los lugares del Sur la gente creía que una había de parecer pobre y remendada para demostrar su respetabilidad?
El cuarteto de cuerda la aburrió, y creyó que la arpista no acabaría nunca. En cambio, le gustaron los cantantes, aunque nunca había oído ópera; al menos se trataba de un hombre cantando con una mujer, en vez de dos muchachas solas. Después de unas canciones en lengua extranjera, entonaron otras que ella conocía. La voz del hombre sonó deliciosamente romántica en La bella soñadora y tembló de emoción cuando cantó Vuelve a Erin, Mavoureen, Mavoureen. Scarlett tuvo que confesar que cantaba mucho mejor que Gerald O'Hara cuando éste empinaba el codo.
«Me pregunto qué diría papá de todo esto.» Scarlett casi rió en voz alta. Probablemente su padre cantaría también y añadiría al ponche un chorrito de su frasco. Entonces pediría esa canción, Peg en un coche descubierto, como ella se la había pedido a Rhett.
El salón, la gente allí reunida y la música desaparecieron para ella, y oyó la voz de Rhett retumbando dentro de la balandra volcada y sintió sus brazos que la sostenían y le daban calor. «No puede vivir sin mí. Volverá a mí esta vez. Es mi turno.»
No se dio cuenta de que estaba sonriendo durante una conmovedora interpretación de Hilos de plata en los cabellos de oro.
El día siguiente envió un telegrama al tío Henry comunicándole su dirección en Savannah. Vaciló, y añadió una pregunta: ¿le había transferido Rhett algún dinero?
¿Qué pasaría si Rhett trataba de hacerle otra jugarreta y dejaba de enviar dinero para mantener la casa de la calle Peachtree? No, seguramente no lo haría. Haría precisamente lo contrario. Su carta decía que enviaba el medio millón.
No podía ser verdad. Rhett se había estado echando un farol cuando había escrito aquello. «Como el opio», había dicho. No podía vivir sin ella. Vendría a buscarla. Tragarse el orgullo sería para él más duro que para cualquier otro hombre; pero vendría. Tenía que hacerlo. No podía vivir sin ella. Especialmente después de lo que había ocurrido en la playa...
Scarlett sintió una cálida debilidad en todo el cuerpo e hizo un esfuerzo para recordar dónde se hallaba. Pagó el telegrama y escuchó atentamente al telegrafista cuando éste le dio la dirección del convento de las Hermanas de la Merced. Entonces echó a andar tan de prisa que Pansy casi tuvo que correr para alcanzarla. Mientras esperaba que llegase Rhett, tendría el tiempo justo para localizar a la madre superiora de Carreen y hacer que hablase con el obispo, como había sugerido Rhett.


El convento de las Hermanas de la Merced, en Savannah, era un gran edificio blanco con una cruz sobre el alto portalón cerrado, y se hallaba rodeado de una elevada verja de hierro cuyas puertas cerradas estaban también rematadas con cruces de hierro. Scarlett aflojó el paso y se detuvo. Esto era muy diferente de la hermosa casa de ladrillos de Charleston.
—¿Va a entrar ahí, señora Scarlett? —dijo Pansy con voz temblorosa—. Yo esperaré fuera. Soy baptista.
—¡No seas boba! —El temor de Pansy dio valor a Scarlett—. Esto no es una iglesia, sino solamente una casa para mujeres buenas como la señorita Carreen.
Llamó y se abrió la puerta.
Sí, dijo la monja anciana que abrió la puerta al llamar Scarlett, sí, la madre superiora de Charleston estaba allí. No; no podía pedirle que recibiese a la señora Butler en este momento. Se estaba celebrando una reunión. No, no sabía cuánto duraría ni si la madre superiora podría recibir a la señora Butler cuando hubiese terminado. Tal vez le gustaría a la señora Butler ver las aulas; el convento estaba orgulloso de su colegio. O tal vez podría visitar la nueva catedral. Después de esto, quizás podría enviar recado a la madre superiora, si había terminado la reunión.
Scarlett sonrió forzadamente. Lo último que quería hacer era admirar a un puñado de chiquillos, pensó con irritación, o visitar una iglesia. Iba a decir que volvería más tarde, cuando las palabras de la monja le dieron una idea. Estaban construyendo una nueva catedral, ¿eh? Esto costaba dinero. Tal vez su oferta de comprar la parte de Carreen de Tara sería considerada aquí más favorablemente de lo que lo había sido en Charleston, como predijo Rhett. Después de todo, Tara era un bien de Georgia, probablemente controlado por el obispo de Georgia. ¿Y si ella se ofreciese a comprar un ventanal de cristales de colores para la nueva catedral, como dote de Carreen? El coste sería mucho más elevado que el valor de la participación de Carreen en Tara, y ella dejaría bien claro que el ventanal sería a cambio, no además, de esa participación. El obispo comprendería lo razonable de su propuesta y, después, diría a la madre superiora lo que tenía que hacer.
La sonrisa de Scarlett se hizo más amplia, más afectuosa.
—Sería para mí un honor ver la catedral, hermana, si no he de causar demasiada molestia.


Pansy se quedó boquiabierta cuando contempló las altas agujas gemelas de la hermosa catedral de estilo gótico. Los obreros subidos en el andamiaje que rodeaba las casi terminadas torres parecían pequeños y ágiles, como ardillas de brillante pelaje en lo alto de dos árboles parejos. Pero Scarlett no tenía ojos para lo que pasaba allá arriba. Le emocionaba todo aquel alboroto a ras del suelo, el ruido de los martillos y las sierras, y especialmente el conocido olor a resina de la madera recién cortada. ¡Oh, cuánto añoraba los aserraderos y los almacenes de madera! Las palmas de las manos le hormigueaban con el deseo de pasarlas sobre madera limpia, de ocuparlas en algo, de hacer algo que no fuera tomar el té en delicadas tazas en compañía de delicadas y descoloridas señoras de edad.
Scarlett casi no oía una palabra de las maravillas que describía el joven sacerdote que la acompañaba. Ni siquiera advertía las subrepticias miradas de admiración de los fornidos trabajadores que retrocedían para dejar pasar al cura y a su acompañante. Estaba demasiado preocupada para escuchar o reparar en estas cosas. ¿De qué árboles de rectos troncos procedía esta madera? Era la mejor calidad de pino que jamás había visto. Se preguntó dónde estaría el aserradero, qué clase de sierras y qué energía se emplearían en él. ¡Oh, si ella fuese un hombre! Entonces podría preguntar, podría ir a ver el aserradero en vez de visitar esta iglesia. Scarlett arrastró los pies entre un montón de virutas recientes y aspiró su fuerte y tonificante aroma.
—Debo volver al colegio para la comida —se disculpó el sacerdote.
—Desde luego, padre; yo también iba a marcharme.
No era verdad, pero ¿qué otra cosa podía decir? Scarlett le siguió fuera de la catedral y hasta la acera.
—Perdone usted, padre —dijo un hombrón de cara colorada y camisa roja blanqueada por polvo de mortero. El cura parecía bajito y pálido a su lado—. ¿Podría echar una pequeña bendición a la obra, padre? Hace menos de una hora que hemos montado el dintel de la capilla del Sagrado Corazón.
«¡Caramba! Parece papá, cuando se sentía más irlandés» Scarlett inclinó la cabeza durante la bendición, lo mismo que el grupo de trabajadores. Le escocían los ojos por el fuerte olor de la madera de pino recién cortada y por las lágrimas provocadas por el recuerdo de su padre. Las enjugó pestañeando. «Iré a ver a los hermanos de papá —decidió—. No importa que tal vez tengan casi cien años; papá querría que fuese al menos a saludarles.»
Regresó al convento con el cura y recibió otra tranquila negativa por parte de la vieja monja cuando volvió a preguntar si la madre superiora podía recibirla. Scarlett contuvo su irritación, pero los ojos le brillaron peligrosamente.
—Dígale que volveré esta tarde —dijo.
Cuando la alta puerta de hierro se cerró detrás de ella, oyó Scarlett el sonido de las campanas de una iglesia a pocas manzanas de distancia.
—¡Caray! —exclamó.
Iba a llegar tarde a la comida.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:45 am

34


Scarlett notó el olor a pollo frito en cuanto abrió la puerta de la gran casa rosada.
—Llévate estas cosas —dijo a Pansy, y se despojó de la capa, el sombrero y los guantes con una rapidez insuperable.
Estaba hambrienta.
Eulalie la miró con ojos tristes cuando entró en el comedor.
—Nuestro padre quiere verte, Scarlett.
—¿No puede esperar hasta después de la comida? Estoy muerta de hambre.
—Dijo que fueses en cuanto llegaras.
Scarlett tomó un panecillo humeante de la cesta y lo mordió con furia mientras giraba sobre sus talones. Lo terminó mientras se dirigía a la habitación de su abuelo.
El viejo la contempló frunciendo el ceño, por encima de la bandeja apoyada en sus rodillas sobre el amplio lecho. Scarlett vio que en su plato no había más que puré de patatas y un montoncito de zanahoria trinchada de pastoso aspecto.
«¡Oh! No es extraño que parezca tan malhumorado. Ni siquiera hay mantequilla en las patatas. Aunque no tenga un diente en la boca, podría alimentarse un poco mejor.»
—No tolero que se vulnere el horario establecido en esta casa —dijo el viejo.
—Lo siento, abuelo.
—La disciplina hizo grande el ejército del emperador; sin disciplina, es el caos.
Su voz era fuerte, profunda, imponente.
Pero Scarlett vio el relieve de los viejos huesos debajo del grueso camisón, y no tuvo miedo.
—Ya he dicho que lo siento. ¿Puedo irme ahora? Tengo hambre.
—No seas impertinente, jovencita.
—No es una impertinencia tener hambre, abuelo. El hecho de que usted no quiera comer no significa que los demás estemos obligados a ayunar.
Pierre Robillard empujó, irritado, su bandeja.
—¡Puah! —gruñó—. Esto no es bueno ni para los cerdos.
Scarlett se dirigió a la puerta.
—No te he dicho que te vayas, señorita.
Ella sintió que le hacía ruido el estómago. Los panecillos ya estarían fríos, y el pollo tal vez se habría acabado, con el apetito que tenía tía Eulalie.
—Por Dios, abuelo, ¡que no soy uno de sus soldados! Y tampoco le tengo miedo como mis tías. ¿Qué piensa hacerme? ¿Fusilarme por desertora? Sí quiere morirse de hambre, allá usted. Pero yo estoy hambrienta y voy a zamparme lo que quede de la comida.
Estaba a medio camino de la puerta cuando un sonido extraño y ahogado hizo que volviese la cabeza. «Dios mío, ¿le habré causado un ataque de apoplejía? ¡Que no se muera por mi culpa!»
Pierre Robillard se estaba riendo.
Scarlett puso los brazos en jarras y le miró echando chispas por los ojos. Le había dado un buen susto.
Él la despidió con un ademán de la mano huesuda y de largos dedos.
—Come, come —dijo.
Y se echó a reír de nuevo.


—¿Qué ha pasado? —preguntó Pauline.
—No le he oído gritar, Scarlett —dijo Eulalie.
Estaban sentadas a la mesa, esperando el postre. La comida había finalizado.
—No ha pasado nada —dijo Scarlett con los dientes apretados.
Tomó la campanilla de plata de encima de la mesa y la sacudió furiosamente. Cuando apareció la robusta negra trayendo dos platitos de budín, Scarlett se acercó a ella. Apoyó las manos en sus hombros y le obligó a darse la vuelta.
—Camina —dijo— y date prisa. Baja a la cocina y trae mi comida. Caliente y abundante y en seguida. No me importa quién de vosotras pensaba comérsela, pero tendrá que conformarse con la osamenta y las patas del pollo. Quiero un muslo y una pechuga, mucha salsa en las patatas y una taza con mantequilla, y panecillos blandos y calientes. ¡Andando!
Se sentó con un movimiento brusco, dispuesta a pelearse con sus tías si decían una sola palabra. Reinó el silencio en la habitación mientras les servían la comida.
Pauline se contuvo hasta que Scarlett hubo dado cuenta de la mitad de su plato. Entonces preguntó delicadamente:
—¿Qué te ha dicho papá?
Scarlett se enjugó la boca con la servilleta.
—Trató de intimidarme como hace contigo y con tía Lalie; por consiguiente, le dije lo que pensaba. Y esto le hizo reír.
Las dos hermanas intercambiaron unas miradas impresionadas. Scarlett sonrió y echó más salsa sobre las patatas que quedaban en su plato. ¡Qué bobas eran sus tías! ¿No sabían que había que plantar cara a los brutos como su padre para no ser pisoteadas?
No se le ocurrió pensar que, si podía resistir las intimidaciones era porque ella misma era belicosa, y que la risa de su abuelo procedía del reconocimiento de que su nieta se parecía a él.
Cuando sirvieron el postre, los tazones de tapioca eran por alguna razón más grandes que de costumbre. Eulalie sonrió agradecida a su sobrina.
—Mi hermana y yo estábamos diciendo lo mucho que nos alegra tenerte en nuestra antigua casa, Scarlett. ¿No te parece que Savannah es una pequeña ciudad adorable? ¿Has visto la fuente de la plaza Chippewa? ¿Y el teatro? Es casi tan viejo como el de Charleston. Recuerdo que mi hermana y yo solíamos mirar desde las ventanas del colegio a los actores que entraban y salían de él. ¿Te acuerdas, hermana?
Pauline se acordaba. También recordó que Scarlett no les había informado de que iba a salir aquella mañana, ni de dónde había estado. Cuando Scarlett les dijo que había estado en la catedral, Pauline se llevó un dedo a los labios. Desgraciadamente, dijo, su padre era resuelto enemigo del catolicismo romano. Esto tenía algo que ver con la historia de Francia; no sabía exactamente qué, pero lo cierto era que el anciano aborrecía la Iglesia. Por esa razón Eulalie y ella siempre salían de Charleston después de la misa cuando venían a Savannah, y abandonaban Savannah en sábado para volver a Charleston. Este año presentaba una dificultad particular: como la Pascua caía tan pronto, estarían en Savannah el miércoles de ceniza. Naturalmente, tenían que ir a misa y podrían salir de casa temprano sin ser observadas, pero ¿cómo impedir que su padre advirtiese las manchas de ceniza que ellas mostrarían en la frente cuando volviesen a casa?
—Lavaos la cara —dijo Scarlett con impaciencia, revelando con ello su ignorancia y el poco tiempo transcurrido desde su vuelta a la religión. Dejó la servilleta sobre la mesa—. Tengo que irme —dijo vivamente—. Voy..., voy a visitar a mis tíos y tías O'Hara.
No quería que nadie supiese que trataba de comprarle al convento su participación en la propiedad de Tara. En especial sus tías. Se iban demasiado de la lengua. Tal vez escribirían a Suellen acerca de esto. Sonrió amablemente.
—¿A qué hora hemos de salir por la mañana para ir a misa?
Debería mencionarle esto a la madre superiora. No hacía falta decirle que se había olvidado completamente del miércoles de ceniza.
Lástima que se hubiese dejado el rosario en Charleston. Bueno, podía comprar uno en la tienda de sus tíos O'Hara. Si no recordaba mal, allí había de todo, desde gorras hasta arados.


—¿Cuándo vamos a volver a Atlanta, señora Scarlett? No me encuentro a gusto con la gente de la cocina de su abuelo. Son todos tan viejos... Y casi he desgastado del todo las suelas de los zapatos de tanto andar. ¿Cuándo vamos a volver a casa, donde hay aquellos coches tan cómodos?
—Basta de quejas, Pansy. Nos iremos cuando yo quiera y a donde yo quiera.
La respuesta de Scarlett no fue en realidad acalorada; estaba tratando de recordar dónde se hallaba la tienda de sus tíos, sin conseguirlo. «Se me habrá contagiado la mala memoria de los viejos —pensó—. Pansy tiene razón en esto. Todas las personas a quienes conozco en Savannah son viejas. El abuelo, tía Eulalie, tía Pauline y todas sus amigas. Y los hermanos de papá son los más viejos de todos. Sólo los saludaré, dejaré que me den secos besos de anciano en las mejillas, compraré mi rosario y me marcharé. En realidad, no hace falta que vea a sus esposas. Si éstas hubiesen deseado verme, habrían mantenido la relación durante todos estos años. Por lo que saben de mí, podría estar muerta y enterrada y ni siquiera habrían enviado una carta de pésame a mi marido y a mis hijos. Una manera muy mala de tratar a una parienta consanguínea, digo yo. Tal vez abandone mi proyecto de ir a visitar a cualquiera de ellos. No se merecen mi visita después de haberme desatendido hasta tal punto», concluyó, olvidando las cartas de Savannah, que nunca había contestado y al fin dejaron de llegar.
Estaba dispuesta a relegar para siempre al olvido a los hermanos de su padre y a sus esposas. Ahora tenía solamente dos objetivos: alcanzar el control de Tara e imponerse a Rehtt. No importaba que fuesen dos metas contradictorias; encontraría la manera de lograr las dos cosas. Y esto requería toda su atención. «No voy a ir de un lado a otro buscando esa vieja tienda —decidió—. Tengo que encontrar a la madre superiora y al obispo. Lástima que me dejara el rosario en Charleston.» Miró rápidamente los escaparates del otro lado de la calle Broughton, la calle comercial de Savannah. Tenía que haber alguna joyería cerca de allí.
Las grandes letras doradas del apellido O'Hara se extendían a lo largo de la pared, sobre cinco brillantes escaparates, casi directamente delante de ella. «Por lo visto han prosperado desde que estuve aquí la última vez —pensó Scarlett—. La tienda no parece vieja en absoluto.»
—Vamos —dijo a Pansy, cruzó la calle entre el intenso tráfico de carros, calesas y carretillas.
Los almacenes O'Hara olían a pintura reciente, no a persistente polvo. Un rótulo en letras doradas pintado sobre una pieza de tarlatana verde colgada delante del mostrador del fondo daba la razón de tanto esmero: GRAN INAUGURACIÓN. Scarlett miró con envidia a su alrededor. El almacén era el doble de grande que el suyo de Atlanta, y asimismo observó que los artículos eran más nuevos y más variados. Cajas cuidadosamente rotuladas y piezas de brillantes tejidos llenaban los estantes hasta el techo; barriles de comestibles y harinas estaban alineados en el suelo, no lejos de la panzuda estufa en el centro del local, y grandes jarras de cristal con caramelos se alzaban, tentadoras, sobre el alto mostrador. Ciertamente, sus tíos prosperaban. La tienda que había visitado en 1861 no se hallaba en la parte central y más lujosa de la calle Broughton, y era incluso más oscura y estaba más atestada que la suya de Atlanta. Sería interesante averiguar cuánto les había costado a sus tíos esta gran ampliación. Tal vez algunas de sus ideas le serían útiles a ella para su propio negocio.
Se dirigió rápidamente al mostrador.
—Quisiera ver al señor O'Hara, por favor —dijo a un hombre alto y con delantal que estaba vertiendo aceite de lámpara en la jarra de cristal de un parroquiano.
—Dentro de un momento, si tiene usted la bondad de esperar, señora —dijo el hombre, con ligero acento irlandés y sin levantar la cabeza.
«Es lógico —pensó Scarlett—. Personal irlandés para una tienda de irlandeses.» Contempló las etiquetas de las cajas que había en los estantes frente a ella mientras el hombre envolvía la jarra del aceite en papel castaño y entregaba el cambio al comprador. Vaya, ella haría bien en tener los guantes clasificados de esta manera, por el tamaño y no por el color. Los colores se podían distinguir rápidamente cuando se abría la caja, pero era realmente fastidioso tener que buscar el número adecuado en una caja llena de guantes negros. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
El hombre de detrás del mostrador tuvo que repetir lo que decía para que Scarlett le oyese.
—Soy el señor O'Hara. ¿En qué puedo servirla?
Oh, no, ésta no era a fin de cuentas la tienda de sus tíos. El almacén debía hallarse todavía donde había estado siempre. Scarlett dijo apresuradamente que se había equivocado. Preguntaba por un señor O'Hara de más edad, Andrew o James.
—¿Puede indicarme dónde está su tienda?
—Su tienda es ésta. Yo soy su sobrino.
—¡Oh..., oh, Dios mío! Entonces tú debes ser mi primo. Soy Katie Scarlett, la hija de Gerald. De Atlanta.
Scarlett le tendió ambas manos. ¡Un primo! Un primo alto y vigoroso, y nada viejo. Era una agradable sorpresa.
—Yo soy Jamie —dijo su primo, riendo y estrechándole las manos—. Jamie O'Hara, para servirte, Scarlett O'Hara. Eres como un regalo para un atareado hombre de negocios, desde luego. Bonita como la aurora y caída del cielo como una estrella fugaz. Y ahora dime, ¿cómo se te ha ocurrido venir el día de la inauguración de la nueva tienda? Ven, iré a buscarte una silla.
Scarlett se olvidó del rosario que pensaba comprar. También se olvidó de la madre superiora. Y de Pansy, que se había sentado en un taburete bajo en un rincón y se había quedado dormida con la cabeza apoyada en un montón de mantas para caballo.
Jaime O'Hara murmuró algo a media voz cuando volvió del fondo de la tienda con una silla para Scarlett. Había cuatro clientes esperando. En la media hora siguiente entraron muchos más, de modo que no pudo decir una palabra a Scarlett. La miraba de vez en cuando como disculpándose, pero ella le sonreía y sacudía la cabeza. Holgaban las disculpas. Le gustaba estar allí, en una tienda caldeada, bien dirigida y que representaba un buen negocio, con un primo recién encontrado cuya competencia y cuyo hábil modo de tratar a los clientes eran dignos de observar.
Por fin hubo un breve instante en que la clientela de la tienda quedó reducida a una madre y tres hijas que estaban examinando cuatro cajas de encajes.
—Tendré que hablar de prisa, ahora que puedo hacerlo —dijo Jamie—. Tío James estará encantado de verte, Katie Scarlett. Es un caballero anciano, pero todavía bastante activo. Está aquí todos los días hasta la hora de comer. Tal vez no lo sepas, pero su esposa murió, Dios la tenga en la gloria, y la de tío Andrew murió también. Se llevó el corazón de tío Andrew, que la siguió al cabo de un mes. Descansen todos ellos en brazos de los ángeles. Tío James vive en la casa conmigo, mi esposa y mis hijos. No está lejos de aquí. ¿Quieres venir a tomar el té esta tarde y los conocerás a todos? Mi hijo Daniel volverá pronto de unos recados y entonces te acompañaré a nuestra casa. Hoy celebramos el cumpleaños de mi hija. Toda la familia estará allí.
Scarlett dijo que le encantaría ir a tomar el té. Después se quitó el sombrero y la capa y se dirigió a las damas que examinaban los encajes. No era él el único O'Hara que sabía llevar una tienda. Además, estaba demasiado excitada para quedarse quieta. ¡El cumpleaños de la hija de su primo! «Veamos, ella será prima segunda mía.» Aunque Scarlett no se había criado en el seno de la red familiar compuesta por muchas generaciones, normal en el Sur, era de esta región y podía nombrar la relación exacta de parentesco con sus primos hasta el décimo grado. Había disfrutado viendo trabajar a Jamie, porque éste era la viva confirmación de todo lo que le había contado Gerald O'Hara. Tenía el cabello oscuro y rizado y los ojos azules de los O'Hara; y la boca grande y la nariz corta, en la cara redonda y colorada. Sobre todo, era un hombrón, alto y ancho de pecho, y de piernas vigorosas y robustas, como troncos de árboles capaces de resistir cualquier tormenta. Era un personaje imponente. «Tu papá es el más bajo de la carnada —le había dicho Gerald sin avergonzarse de sí mismo, pero enorgulleciéndose de sus hermanos—. Ocho hijos tuvo mi madre, todos varones, y yo soy el último y el único que no es tan alto como una casa.» Scarlett se preguntó cuál de los hermanos sería el padre de Jamie. Bueno, ya lo averiguaría durante el té. No, no era un té, ¡era la fiesta de cumpleaños de su prima segunda!

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:46 am

35


Scarlett observó a su primo Jamie con curiosidad cuidadosamente disimulada. A la luz del día, en la calle, las arrugas y las bolsas de debajo de los ojos no quedaban disimuladas por la penumbra, como ocurría dentro del almacén. Era un hombre de mediana edad que empezaba a engordar. Dado que era primo suyo, Scarlett había presumido que tendría su misma edad. Cuando llegó el hijo de Jamie, a Scarlett le impresionó ver a un hombre adulto, no a un muchacho que iba a entregar paquetes. Y un hombre adulto de flamantes cabellos rojos. Costaba un poco acostumbrarse a él.
Y también al aspecto de Jamie a la luz del día. Él... no era un caballero. Scarlett no hubiese podido decir cómo lo sabía, pero estaba claro como el agua. Había algo en su ropa que desentonaba; el traje era azul oscuro, pero no lo bastante oscuro, y se ceñía demasiado al pecho y a los hombros mientras que era excesivamente holgado en el resto. Scarlett sabía que la indumentaria de Rhett era fruto de un corte y una confección exquisitos, y, por parte de él, de un perfeccionismo exigente. No esperaba que Jamie vistiera como Rhett, porque no había conocido a ningún hombre que vistiese como él. Pero Jamie habría podido hacer algo, como hacían otros hombres, para no parecer tan... tan vulgar. Gerald O'Hara siempre había parecido un caballero, por muy gastados o arrugados que estuviesen sus trajes. A Scarlett no se le ocurrió pensar que la serena autoridad y la influencia de su madre podían haber contribuido a convertir a su padre en un caballero terrateniente. Scarlett sólo sabía que había perdido casi toda la ilusión que sintió al descubrir la existencia de su primo. «Bueno, sólo tendré que tomar una taza de té y comer un trozo de pastel, y podré marcharme.» Sonrió alegremente a Jamie.
—Estoy tan emocionada por conocer a tu familia que no sé lo que hago, Jamie. Hubiese debido comprar un regalo para el cumpleaños de tu hija.
—¿No crees que le haré el mejor regalo al entrar contigo del brazo, Katie Scarlett?
«Tiene una mirada guasona, como papá —se dijo Scarlett—. Y el mismo tonillo bromista de papá. Pero ¿por qué ha de llevar ese sombrero hongo? Nadie lleva ya sombrero hongo.»
—Pasaremos por delante de la casa de tu abuelo —dijo Jamie, provocando horror en el corazón de Scarlett.
¿Y si sus tías los viesen y tuviese que presentárselo? Ellas siempre habían pensado que su madre se había casado con un hombre que no era de su clase; Jamie les daría una buena prueba de ello. ¿Qué estaba diciendo él ahora? Tenía que prestar atención.
—... dejar a tu criada en casa. Se sentiría desplazada con nosotros. Nosotros no tenemos criados.
«¿No tienen criados? ¡Dios mío! Todo el mundo los tiene, ¡todo el mundo! ¿Dónde vivirán? ¿En un piso?» Scarlett apretó los dientes. «Éste es hijo de un hermano de papá, y tío James es hermano de papá. No insultaré su memoria negándome cobardemente a tomar una taza de té con ellos, aunque haya ratas corriendo por el suelo.»
—Pansy —dijo—, cuando pasemos por delante de la casa, entra en ella y quédate. Diles que yo iré en seguida... Tú me acompañarás después, ¿verdad, Jamie?
Era lo bastante valerosa para enfrentarse con una rata corriendo por encima de su pie, pero no estaba dispuesta a arruinar para siempre su reputación caminando sola por la calle. Una señora no podía hacerlo.


Para alivio de Scarlett pasaron por la calle de detrás de la casa de su abuelo, no por la plaza que había delante de ella, donde sus tías gustaban de dar un «paseo higiénico» a la sombra de los árboles. Pansy cruzó de buen grado la verja y entró en el jardín, bostezando al prever que podría volver a dormir. Scarlett trató de no parecer inquieta. Había oído a Jerome quejarse a sus tías del deterioro de la vecindad. Sólo a pocas manzanas hacia el este, las viejas mansiones de calidad habían degenerado convirtiéndose en destartaladas pensiones para los marineros de los barcos que entraban y salían del bullicioso puerto de Savannah. Y para las oleadas de inmigrantes que llegaban en algunos de aquellos barcos. Según el exigente y elegante viejo negro, la mayoría de ellos eran sucios irlandeses.
James siguió adelante sin detenerse y ella suspiró en silencio, aliviada. Después, muy pronto, su primo torció hacia la hermosa y bien cuidada avenida llamada South Broad.
—Ya hemos llegado —anunció delante de una alta y sólida casa de ladrillos.
—¡Qué bonita! —dijo sinceramente Scarlett.
Fue casi lo último que pronunció durante un tiempo. En vez de subir la escalera hasta el portalón del elevado pórtico, Jamie abrió otra puerta más pequeña situada al nivel de la calle, e introdujo a Scarlett en una cocina llena de pelirrojos personajes, todos los cuales le dieron ruidosamente la bienvenida cuando él gritó, dominando el vocerío:
—Os presento a Scarlett, la bella hija de mi tío Gerald O'Hara, que ha venido de Atlanta para ver al tío James.
«¡Cuántos son!», pensó Scarlett cuando todos se abalanzaron hacia ella. La risa de Jamie, encantado de que la niña más pequeña y un chiquillo se le agarraran a las piernas,, le impidió comprender lo que éste estaba diciendo.
Entonces, una mujer alta y robusta, de cabellos más rojos que todos los demás, tendió una mano áspera a Scarlett.
—Bienvenida a casa —dijo, plácidamente—. Soy Maureen, la esposa de Jamie. No prestes atención a estos salvajes; ven, siéntate junto al fuego y toma una taza de té. —Asió firmemente a Scarlett de un brazo y la hizo entrar en la habitación—. Y vosotros, estaos quietos, ¿no podéis dejar que papá recobre el aliento? Lavaos la cara y venid a conocer a Scarlett uno a uno. —Retiró la capa de pieles de encima de los hombros de Scarlett—. Pon esto en lugar seguro, Mary Kate, o el pequeño creerá que es un gatito y querrá tirarle de la cola, tan suave es la piel.
La niña mayor hizo una reverencia en dirección a Scarlett y tendió con afán las manos hacia la capa. Sus ojos azules estaban llenos de admiración. Scarlett le sonrió. Y también a Maureen, aunque la esposa de Jamie la empujaba hacia una silla Windsor como si creyese que Scarlett era uno de sus críos y podía darle órdenes.
En un instante se encontró Scarlett sosteniendo con una mano la taza más grande que jamás había visto, mientras estrechaba con la otra la de una muchacha sorprendentemente hermosa que murmuró dirigiéndose a su madre:
—Parece una princesa. —Y luego le dijo a Scarlett—: Soy Helen.
—Deberías tocar las pieles, Helen —dijo Mary Kate dándose importancia.
—¿Es Helen la invitada, ya que te diriges a ella? —dijo Maureen—. ¡Qué desgracia para una madre tener una hija tan tonta!
Su voz era afectuosa y temblaba en ella una risa reprimida.
Mary Kate se ruborizó, confusa. Hizo otra reverencia y tendió la mano.
—Prima Scarlett, te pido perdón. Me distraje al verte tan elegante. Soy Mary Kate, y es un orgullo para mí ser prima de una dama tan distinguida.
Scarlett quiso decirle que no tenía nada que perdonar, pero no tuvo tiempo. Jamie se había quitado el sombrero y la chaqueta y desabrochado el chaleco. Debajo del brazo derecho sostenía al pequeño, un chiquillo pelirrojo y mofletudo, que pataleaba y chillaba divertido.
—Y este diablillo es Sean, llamado John como un buen niño americano porque nació aquí, en Savannah. Nosotros le llamamos Jacky. Saluda a tu prima, Jacky, si no te has tragado la lengua.
—¡Hola! —gritó el pequeño, que chilló excitado cuando su padre le hizo dar una voltereta.
—¿Qué es todo este jaleo?
El ruido se extinguió al momento, salvo la risa de Jacky. Una voz estridente y quejumbrosa se había alzado en medio del barullo. Scarlett miró hacia el otro lado de la cocina y vio a un viejo alto que debía ser su tío James. Junto a él se hallaba una muchacha de oscuros cabellos rizados que parecía tímida y asustada.
—Jacky ha despertado a tío James, que estaba descansando.
—¿Acaso se ha hecho daño para que todos gritéis así y que Jamie haya vuelto tan pronto a casa? —dijo.
—En absoluto —dijo Maureen. Después levantó la voz—. Tienes visita, tío James. Ha venido especialmente para verte. Jamie ha dejado a Daniel en la tienda para poder acompañarla hasta aquí. Acércate al fuego, tío James, el té está a punto. Y ésta es Scarlett.
Scarlett se levantó y sonrió.
—Hola, tío James, ¿se acuerda de mí?
El viejo la miró fijamente.
—La última vez que te vi, llevabas luto de tu marido. ¿Has encontrado ya otro?
La mente de Scarlett galopó hacia atrás. ¡Santo Dios, el tío James tenía razón! Ella había estado en Savannah después de nacer Wade, cuando llevaba luto de Charles Hamilton.
—Sí —dijo.
«¿Y qué dirías si te contase que encontré dos maridos desde entonces, viejo entrometido?»
—Bien —declaró su tío—. Hay demasiadas mujeres solteras en esta casa.
La muchacha que estaba a su lado lanzó un débil grito, sé volvió y salió corriendo de la habitación.
—No deberías atormentarla así, tío James —dijo Jamie.
El viejo se acercó al fuego y se frotó las manos para calentarlas.
—No debería ser tan llorona —dijo—. Los O'Hara no lloran por sus penas. Tomaré el té ahora, Maureen, mientras charlo con la hija de Gerald. —Se sentó en una silla junto a la de Scarlett—. Háblame de las exequias. ¿Enterraste a tu padre como es debido? Mi hermano Andrew tuvo el entierro más bello que se ha visto en esta ciudad desde hace muchos años.
Scarlett recordó el triste grupo de acompañantes alrededor de la tumba de Gerald en Tara. ¡Eran tan pocos! Muchos que hubieran asistido al entierro habían muerto prematuramente antes que su padre.
Scarlett fijó sus ojos verdes en los azules y apagados del viejo.
—Tuvo un coche fúnebre de caja de vidrio tirado por cuatro caballos negros con penachos también negros, un ataúd cubierto de flores, más flores sobre el techo del coche, y doscientos acompañantes que seguían la carroza fúnebre en sus vehículos. Reposa en un sepulcro de mármol, no en una fosa, y encima del sepulcro se alza la escultura de un ángel de más de dos metros de altura.
Su voz era fría y dura. «Zámpate esto, viejo —pensó—, y deja a papá en paz.»
James se frotó las resecas manos.
—Dios dé descanso a su alma —dijo, satisfecho—. Yo siempre dije que Gerald tenía más estilo que todos nosotros, ¿no es verdad, Jamie? El pequeño de la carnada, y el más rápido en reaccionar si le insultaban. Gerald era un hombrecillo magnífico. ¿Sabéis cómo consiguió su plantación? Jugando al póquer con mi dinero. Y no me ofreció un solo centavo de las ganancias.
La risa de James era sonora y fuerte, la risa de un hombre joven. Animada y divertida.
—Cuenta cómo salió de Irlanda, tío James —dijo Maureen, volviendo a llenar la taza del anciano—. Tal vez Scarlett no haya oído nunca esta historia.
«¡Por todos los diablos! ¿Vamos a celebrar un velatorio?», se dijo Scarlett rebullendo irritada en su silla.
—La he oído cien veces —declaró.
Gerald O'Hara alardeaba de haber huido de Irlanda cuando pusieron precio a su cabeza porque había matado de un puñetazo al administrador de un terrateniente inglés. Todos los del condado de Clayton lo habían oído cien veces, y nadie se lo había creído. Gerald vociferaba cuando estaba furioso, pero todo el mundo advertía la bondad que trataba de disimular con ello.
Maureen sonrió.
—Un hombre cabal a pesar de su pequeña estatura; lo he oído decir siempre. Un padre del que una mujer puede sentirse orgullosa.
Scarlett sintió un nudo en la garganta.
—Sí que lo era —dijo James—. ¿Cuándo comeremos el pastel de cumpleaños, Maureen? ¿Y dónde está Patricia?
Scarlett miró el círculo de rostros coronados de rojos cabellos. No; estaba segura de no haber oído antes el nombre de Patricia. Tal vez era la muchacha de cabellos oscuros que se había marchado corriendo.
—Está preparando su propia fiesta, tío James —dijo Maureen—. Ya sabes que es muy especial. Tendremos que ir a la puerta de al lado cuando Stephen venga a avisarnos de que está lista.
¿Stephen? ¿Patricia? ¿La puerta de al lado?
Maureen leyó las preguntas en el semblante de Scarlett.
—¿No te lo ha dicho Jamie, Scarlett? Aquí hay ahora tres casas O'Hara. Sólo has empezado a conocer a tu familia.


«Nunca los distinguiré a todos —pensó con desespero Scarlett—. ¡Si al menos se estuviesen quietos!»
Pero eso era imposible. Patricia celebraba su fiesta de cumpleaños en el salón doble de la casa, y la puerta corredera que separaba ambas mitades estaba abierta de par en par. Los niños, que eran muy numerosos, jugaban a juegos que requerían correr mucho y esconderse y salir de detrás de sillones y cortinas. Los adultos corrían también de vez en cuando detrás de un chiquillo demasiado revoltoso, o se agachaban para levantar a uno de los pequeños que se había caído y necesitaba consuelo. Parecía importar poco de quién fuese la criatura. Todos los adultos hacían de padres a todos los niños.
Scarlett se alegró de que Maureen tuviese rojos los cabellos. Al menos todos sus hijos (los que había conocido en la puerta de al lado, más Patricia y Daniel, el que estaba en la tienda, más otro chico mayor cuyo nombre no recordaba) eran reconocibles. Con todos los demás, Scarlett se hacía irremediablemente un lío.
Y también con sus padres. Scarlett sabía que uno de los hombres se llamaba Gerald, pero ¿cuál? Todos eran corpulentos, de rizados cabellos oscuros, ojos azules y atractivas sonrisas.
—Es fácil confundirlos, ¿no? —dijo Maureen a su lado—. Pero no te preocupes, Scarlett; ya los distinguirás con el tiempo.
Scarlett sonrió y asintió amablemente con la cabeza. Pero no tenía la menor intención de «distinguirlos». En cuanto pudiese pediría a Jamie que la acompañase a casa. Aquí había demasiado ruido con todos aquellos mocosos corriendo de un lado a otro. La silenciosa casa rosa de la plaza le parecía un refugio. Al menos tenía allí a sus tías para hablar. Aquí no podía decir una palabra a nadie; estaban todos demasiado atareados persiguiendo a los niños o abrazando y besando a Patricia. Y por el amor de Dios, ¡preguntándole por su bebé! Como si no supiesen que lo correcto era fingir que no se advertía que una mujer estuviera embarazada. Se sentía como una forastera: aislada, insignificante, como en Atlanta, como en Charleston. ¡Y éstos eran sus parientes! Lo cual empeoraba cien veces las cosas.
—Ahora cortaremos el pastel —dijo Maureen pasando un brazo bajo el de Scarlett—. Después disfrutaremos de un poco de música.
Scarlett apretó los dientes. «Dios mío, ya he asistido a una velada musical en Savannah. ¿No sabe esta gente hacer nada más?» Caminó con Maureen hasta un sofá tapizado de felpa roja y se sentó muy tiesa en el borde.
Un cuchillo repicó contra un vaso, pidiendo que todos prestasen atención. Casi se hizo el silencio entre los reunidos.
—Gracias por estar callados, mientras dure —dijo James. Blandió amenazador el cuchillo al sonar una risas—. Hemos venido aquí para celebrar el cumpleaños de Patricia, aunque no será hasta la semana próxima. Hoy es martes de carnaval, una día mucho mejor que en plena cuaresma para celebrar una fiesta. —Amenazó de nuevo a los que reían—. Y tenemos otro motivo de celebración: una hermosa O'Hara largo tiempo perdida ha sido encontrada. Levanto este vaso en nombre de todos los O'Hara para brindar por la prima Scarlett y darle la bienvenida en nuestros corazones y en nuestro hogares. —Jamie echó la cabeza atrás y engulló de un trago el contenido de su vaso—. ¡Traed el pastel! —ordenó con un amplio ademán—. ¡Y los violines!
Hubo un estallido de risas en el umbral, y silbidos pidiendo silencio. Patricia entró y se sentó junto a Scarlett. Entonces, en un rincón, un violín empezó a tocar Cumpleaños feliz. La bella hija de Jamie, Helen, trajo una fuente de humeantes empanadillas de carne. Se inclinó para mostrarlas a Patricia y a Scarlett y, después, las llevó cuidadosamente hasta la pesada mesa redonda del centro del salón depositando la fuente sobre el mantel de terciopelo que la cubría. Detrás de Helen entró Mary Kate, seguida por la bonita muchacha que había estado con el tío James y por la más joven de las esposas O'Hara. Todas ellas mostraron a Scarlett y a Patricia las fuentes que llevaban antes de dejarlas encima de la mesa: un rosbif, un jamón mechado con clavo y un pavo muy gordo.
De nuevo apareció Helen con un enorme cuenco de patatas humeantes, seguida ahora más rápidamente por las otras mujeres que portaban zanahorias con crema, cebollas asadas y puré de batata. Y el desfile se repitió una y otra vez, hasta que la mesa quedó cubierta de manjares y exquisiteces de todas clases. El violín (Scarlett vio que lo tocaba Daniel, el de la tienda) inició un animado arpegio, y Maureen entró con un pastel alto como una torre, abundantemente adornado con grandes rosas escarchadas.
—¡Pastel de panadería! —gritó Timothy.
Jamie iba inmediatamente detrás de su mujer. Levantó los dos brazos sobre la cabeza mostrando que llevaba tres botellas de whisky en cada mano. El violín empezó a tocar una alegre y rápida tonada, y todos rieron y aplaudieron, incluso Scarlett. El espectáculo del desfile era irresistible.
—Brian —dijo Jamie—. Tú y Billy, llevad a las reinas en su trono y dejadlas cerca de la chimenea.
Antes de que Scarlett se diese cuenta de lo que pasaba, el sofá fue levantado y ella tuvo que agarrarse a Patricia mientras las transportaban con un balanceo a pocos pasos de las brillantes ascuas de la chimenea.
—Ahora el tío James —ordenó Jamie, y el anciano aceptó riendo que lo levantaran en su sillón de alto respaldo para depositarlo en el otro lado del hogar.
La muchacha que había estado con James empezó a empujar a los niños, como si fuesen polluelos, hacia el salón contiguo donde Mary Kate tendió un mantel en el suelo para que se sentasen delante de la segunda chimenea. En un lapso sorprendentemente corto se hizo la calma en lo que había sido un caos. Y mientras todos comían y hablaban, Scarlett trató de identificar a los adultos.
Los dos hijos de Jamie se parecían tanto que le costaba creer que Daniel, de veintiún años, tuviese casi tres más que Brian. Cuando se lo comentó sonriendo a éste, el muchacho se ruborizó como sólo pueden hacerlo los pelirrojos. Otro chico, el único varón tan joven como él, empezó a embromarle sin piedad pero se interrumpió cuando la muchacha de mejillas coloradas que estaba a su lado apoyó una mano en la suya y le dijo:
—Basta, Gerald.
Conque éste era Gerald. «Papá se habría alegrado mucho de saber que el alto y guapo mozo lleva su nombre. Gerald llama Polly a la chica; los dos están tan visiblemente enamorados que deben de ser recién casados. Y Patricia parece tener mucha autoridad sobre el que Jamie llamó Billy, de manera que también serán marido y mujer.»
Pero Scarlett dispuso de poco tiempo para escuchar los nombres de los demás. Por lo visto, todos querían hablar con ella. Y todo lo que ella decía era recibido con exclamaciones de admiración, y muchos repetían sus palabras con asombro. Así, Scarlett habló de su tienda a Daniel y a Jamie; de su modista, a Polly y Patricia, y del incendio de Tara por los yanquis, a tío James. Pero sobre todo habló de su negocio de madera y de cómo había pasado de tener un pequeño aserradero a poseer dos serrerías, almacenes de madera, y ahora todo un barrio de casas nuevas en las afueras de Atlanta. Todos le dieron ruidosas muestras de aprobación. Por fin había encontrado Scarlett a unas personas que no consideraban que hablar de dinero fuese tabú. Eran como ella, estaban dispuestas a trabajar de firme y ganar dinero con su esfuerzo. Ella lo había ganado ya, y ellos le dijeron que era maravillosa. No comprendía por qué antes había deseado abandonar esta magnífica fiesta para volver al abrumador silencio de la casa de su abuelo.
—¿Quieres tocar un poco de música, Daniel, si has acabado de comer la mayor parte del pastel de tu hermana? —dijo Maureen cuando Jamie destapó una botella de whisky y todos, a excepción del tío James, se levantaron de pronto y empezaron a trajinar de un lado a otro en lo que parecía ser la rutina acostumbrada.
Daniel comenzó a tocar una rápida y chirriante tonada en el violín, y los otros le criticaron a gritos, mientras las mujeres quitaban la mesa y los hombres arrimaban los muebles a las paredes, dejando a Scarlett y a su tío sentados como en una isla. Jamie ofreció un vaso de whisky a James y esperó, inclinado a medias, a que el viejo diese su opinión.
—No está mal —fue el dictamen.
—Espero que así sea, viejo —rió Jamie—, pues no tenemos de otra clase.
Scarlett trató de cruzar su mirada con la de Jamie, pero no lo consiguió y, por fin, le llamó. Tenía que marcharse ahora. Todo el mundo estaba colocando sillas en círculo alrededor del hogar, y los niños más pequeños se sentaban en el suelo a los pies de los adultos. Evidentemente, se estaban preparando para la velada musical y, cuando ésta hubiese empezado, sería de mala educación levantarse y marcharse.
Jamie evitó pisar a un niño pequeño para llegar junto a Scarlett.
—Toma —dijo.
Ante el horror de Scarlett, le tendió un vaso con varios dedos de whisky. ¿Qué clase de persona se imaginaba que era ella? Las damas no bebían whisky. Ella no bebía nada más fuerte que el té, salvo champán o ponche en una fiesta o, tal vez, una copita de jerez. Él no podía saber que estaba acostumbrada a beber brandy. ¡La estaba insultando! No; Jamie era incapaz de esto; debía de ser una broma. Lanzó una risita forzada.
—Es hora de que me vaya, Jamie. He pasado un rato delicioso, pero ya es tarde...
—No vas a marcharte cuando empieza la fiesta, Scarlett. —Jamie se volvió a su hijo—. Daniel, estás echando de aquí a tu prima recién encontrada con tus chirridos. Toca una canción para nosotros, muchacho, no una riña de gatos.
Scarlett trató de hablar, pero sus palabras fueron ahogadas por gritos de «toca, Daniel», «toca una balada» y «un reel *, muchacho, toca un reel».
Jamie hizo una mueca.
—No te oigo —gritó por encima del estruendo—. Estoy sordo como una tapia para quien trate de marcharse.
Scarlett sintió que se encolerizaba. Cuando Jamie le ofreció de nuevo el vaso de whisky, se levantó furiosa. Pero, antes de que pudiese tirarle el vaso de la mano, se dio cuenta de que Daniel había empezado a tocar Peg en un coche descubierto.
La pieza favorita de papá. Miró la irlandesa cara colorada de Jamie y vio la imagen de su padre. «¡Oh, ojalá él pudiera estar aquí, esto le habría encantado!» Scarlett se sentó. Sacudió la cabeza rehusando la bebida, y sonrió débilmente a Jamie. Estaba a punto de llorar.
La música no permitía la tristeza. El ritmo era demasiado contagioso, demasiado alegre, y todos cantaban y aplaudían ahora. Los pies de Scarlett empezaron a seguir involuntariamente el compás debajo de las faldas.
—Vamos, Billy —dijo Daniel, cantando la tonada—. Toca conmigo.
Billy levantó la tapa de un asiento junto a la ventana y sacó una concertina. El fuelle de cuero se abrió con un zumbido. Después Billy se colocó detrás de Scarlett y alargando un brazo por encima de su cabeza tomó un objeto reluciente de la repisa de la chimenea.
—Hagamos un poco de verdadera música. Stephen... —Arrojó un fino tubo brillante al hombre silencioso—. Tú también, Brian. —Un segundo tubo trazó otro arco de plata en el aire—. Y para ti, mi querida suegra... —Dejó caer algo en la falda de Maureen.
Un muchachito aplaudió frenéticamente.
—¡Los huesos! La prima Maureen va a tocar los huesos.
Scarlett miró con atención. Daniel había dejado de tocar y, al enmudecer la música, ella se sintió de nuevo triste. Pero ya no quería marcharse. Esta fiesta era completamente distinta de la velada musical de los Telfair. Aquí había campechanía, calor, risas. Los salones que habían estado antes tan ordenados estaban ahora hechos un lío, con los muebles cambiados de sitio y las sillas de ambas habitaciones juntadas en cerrado semicírculo alrededor del fuego. Maureen levantó la mano con un chasquido y Scarlett vio que los «huesos» eran en realidad gruesos trozos de pulida madera.
Jamie seguía escanciando y repartiendo whisky. «¡Y las mujeres también beben! —pensó Scarlett—. No en secreto, no avergonzadas. Se están divirtiendo tanto como los hombres. Yo beberé también. Celebraré la fiesta de los O'Hara. —Iba a llamar a Jamie, cuando se acordó de algo—. Tengo que volver a casa del abuelo, de modo que no puedo beber porque alguien lo olería en mi aliento. Pero no importa. Noto el mismo calor interior que si acabase de echar un trago. No lo necesito.»
Daniel tendió el arco sobre las cuerdas.
—La muchacha detrás del bar —anunció.
Todos se echaron a reír, incluso Scarlett, aunque ella no sabía por qué. Al cabo de un instante, el gran salón retembló con la música de un reel irlandés. La concertina de Billy gimió ruidosamente; Brian tocó la tonada con su silbato de hojalata; Stephen moduló con el suyo un animado contrapunto, entrelazándolo con la melodía de Brian. Jamie seguía el compás con el pie, los niños aplaudían, Scarlett aplaudía, todos aplaudían, excepto Maureen. Esta tenía levantada la mano que sujetaba los huesos y el vivo repiqueteo marcaba un ritmo insistente que unía todo lo demás. Más de prisa, ordenaban los huesos, y los otros instrumentos obedecían. Los silbatos sonaron más fuerte, el violín chirrió con más energía y la concertina resopló para mantenerse a su altura. Media docena de chiquillos se levantaron y empezaron a saltar y hacer cabriolas sobre el suelo en el centro de la habitación. Scarlett tenía calientes las manos de tanto aplaudir y movía los pies como si quisiera brincar con los pequeños. Cuando terminó el reel, se retrepó agotada en el sofá.
—Vamos, Matt, muestra a los niños cómo se baila —gritó Maureen, repicando tentadoramente los huesos.
El hombre mayor que estaba cerca de Scarlett se levantó.
—Por Dios, esperad un poco —suplicó Billy—. Necesito descansar un ratito. Canta una canción, Katie.
Arrancó unas notas de la concertina.
Scarlett iba a protestar. Aquí no podía cantar. No conocía ninguna canción irlandesa, salvo Peg y la otra favorita de su padre: Vestida de verde.
Pero vio que Billy no se refería a ella, a Katie Scarlett. Una mujer morena de grandes dientes tendió su vaso a Jamie y se puso en pie. «Había un indómito chico colonial», cantó con una voz aguda, pura y dulce. Antes de que terminase el verso, Daniel, Brian y Billy la acompañaron. «Se llamaba Jack Duggan», cantó Katie. «Nacido y criado en Irlanda», y el silbato de Stephen intervino en una octava más alta y en un extraño tono gemebundo que partía el corazón, «... en una casa llamada Castlemaine...» Todos empezaron a cantar, excepto Scarlett. Pero a ésta no le importaba ignorar la letra. Se sentía integrada en la música, que la envolvía completamente. Y cuando la triste canción terminó, vio que los ojos de todos los demás brillaban igual que los suyos.
Siguió una canción alegre, comenzada por Jamie, y después otra que hizo que Scarlett riese y se ruborizase al mismo tiempo al comprender el doble significado de las palabras.
—Ahora yo —dijo Gerald—. Cantaré el Aire de Londonderry a mi dulce Polly.
—¡Oh, Gerald!
Polly se sonrojó y se tapó la cara con las manos. Brian tocó las primeras notas. Entonces empezó Gerald a cantar y Scarlett contuvo el aliento. Había oído hablar del tenor irlandés, pero no estaba preparada para la realidad. Y aquella voz, como la de un ángel, procedía del tocayo de su padre. El joven corazón amante de Gerald se reflejaba de un modo patente en su rostro y en las puras notas agudas que surgían de su vibrante y potente garganta. Scarlett sintió un nudo en la suya causado por la belleza de la canción y por el vivo y doloroso afán de conocer un amor como aquél, tan dulce y sincero. ¡Rhett!, clamó su corazón, aunque su mente consideró risible la idea de que éste, con su sombrío y complicado carácter, fuese capaz de amar con tanta sencillez.
Al terminar la canción, Polly rodeó el cuello de Gerald con los brazos y ocultó la cara en su hombro. Maureen levantó los huesos.
—Ahora bailaremos un reel —anunció con firmeza—. Se me van los pies.
Daniel rió y empezó a tocar.
Scarlett había bailado cien veces o más el reel de Virginia, pero nunca había visto nada parecido a lo que siguió en la fiesta de cumpleaños de Patricia. Comenzó Matt O'Hara. Erguidos los hombros y rígidos los brazos junto a los costados, parecía un soldado cuando se apartó del círculo de sillas. Entonces se puso a repicar y mover los pies con tal rapidez que se confundieron en la visión de Scarlett. El suelo se convirtió en un tambor sonoro bajo sus pies y pareció una pista de hielo bajo sus intrincados e inverosímiles pasos hacia delante y hacia atrás. Debía de ser el mejor bailarín del mundo, pensó Scarlett. Y entonces bailó Katie delante de él, levantándose la falda con las dos manos para poder seguir sus pasos. La siguió Mary Kate y, después, Jamie se unió a su hija. Ya la bella Helen danzaba con un primo, un chiquillo que no tendría más de ocho años. «No lo creo —pensó Scarlett—. Son unos magos, todos ellos. Y la música es mágica también. —Sus pies se movieron, más de prisa de lo que se habían movido jamás, tratando de imitar lo que estaba viendo, tratando de expresar la excitación de la música—. Tengo que aprender a bailar así, tengo que conseguirlo. Es como... como ascender dando vueltas hacia el sol.»
Un niño que dormía debajo del sofá se despertó a causa del ruido que armaban los pies de los bailarines y empezó a llorar. Entonces, el llanto se contagió a los niños más pequeños. El baile y la música cesaron.
—Haced unos colchones con mantas dobladas en el otro salón —dijo tranquilamente Maureen—, y secadles el culito. Después cerraremos herméticamente las puertas y seguirán durmiendo. Jamie, la mujer de los huesos tiene una sed terrible. Mary Kate, alarga mi vaso a tu papá.
Patricia le pidió a Billy que llevase en brazos a su hijo de tres años.
—Yo me encargaré de Betty —dijo, buscando debajo del sofá—. Calla, calla. —Meció a la niña que lloraba—. Helen, corre las cortinas de atrás, querida. Esta noche brillará mucho la luna.
Scarlett estaba todavía medio en trance, arrobada por el embrujo de la música. Miró vagamente hacia las ventanas y volvió de pronto a la realidad. Estaba oscureciendo. La taza de té que había venido a tomar se había alargado durante horas.
—Oh, Maureen, llegaré tarde para la cena —exclamó—. Debo irme a casa. Mi abuelo estará furioso.
—Deja que lo esté, el viejo chocho. Quédate para la fiesta. Sólo está empezando.
—Ojalá pudiera —dijo sinceramente Scarlett—. Es la mejor fiesta a la que he asistido en mi vida. Pero prometí que volvería a casa.
—Entonces, no hay nada que decir, una promesa es una promesa. ¿Vendrás otro día?
—Me encantaría hacerlo. ¿Me invitaréis?
Maureen rió plácidamente.
—¿Oís lo que dice esta chica? —preguntó, dirigiéndose a todos—. Aquí no se cursan invitaciones. Somos una familia y tú formas parte de ella. Puedes venir siempre que quieras. La puerta de mi cocina no tiene cerradura, y siempre hay fuego en la chimenea. Y Jamie es un buen violinista... ¡Jamie! Scarlett tiene que irse Ponte la chaqueta, hombre, y ofrécele el brazo.


Justo antes de doblar la esquina, oyó Scarlett que la música empezaba de nuevo. Sonaba débilmente, porque las paredes de ladrillo de las casas eran gruesas y las ventanas estaban cerradas para combatir la noche invernal. Pero reconoció lo que estaban cantando los O'Hara. Era Vestida de verde. «De ésta conozco la letra; ¡oh, ojalá no tuviera que marcharme!» Sus pies dieron unos cortos pasos de baile. Jamie se echó a reír y la imitó.
—Te enseñaré a bailar el reel la próxima vez —le prometió.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:47 am

36


Scarlett recibió la muda desaprobación de sus tías con indiferencia. Ni siquiera la inquietó la regañina de su abuelo. Recordó el desdén de Maureen O'Hara al referirse a él. «Viejo chocho», recordó que le había llamado, y se rió para sus adentros. Eso le comunicó el valor y la impertinencia suficientes como para abalanzarse sobre la cama del abuelo y besarle en la mejilla, después de que él la hubiese despedido.
—Buenas noches, abuelo —le dijo alegremente—. Viejo chocho —murmuró, cuando estuvo a salvo en el pasillo.
Reía cuando se reunió con sus tías en la mesa. Le sirvieron rápidamente la cena.
La fuente estaba cubierta con una brillante tapadera de plata para conservar calientes los alimentos. Scarlett estuvo segura de que la habían abrillantado recientemente. «Esta casa podría marchar perfectamente —pensó— si alguien tuviese a raya a la servidumbre. El abuelo se lo permite todo. El viejo chocho.»
—¿Qué es lo que te parece tan divertido, Scarlett?
El tono de Pauline era helado.
—Nada, tía Pauline.
Al ver la montaña de comida que apareció cuando Jerome levantó ceremoniosamente la tapadera de plata, Scarlett se rió en voz alta. Por primera vez en su vida, no tenía hambre; no podía tenerla, después del festín en casa de los O'Hara. Y aquí había comida para media docena de personas. Debió de haber sembrado el pánico en la cocina.


La mañana siguiente, en la misa del miércoles de ceniza, se sentó al lado de Eulalie en el banco predilecto de sus tías. Era un lugar discreto, en el que se entraba por un pasillo lateral, y situado en la parte posterior de la iglesia. Las rodillas empezaban a dolerle por tenerlas hincadas sobre el frío suelo, cuando vio entrar a sus primos. Avanzaron por el pasillo central («naturalmente», pensó Scarlett) hacia las primeras filas, donde ocuparon enteramente dos bancos. «¡Qué corpulentos son todos ellos, y llenos de vida... y de color!» Las cabezas de los hijos de Jamie resplandecían como el fuego a la luz de las rojas vidrieras, y ni siquiera los sombreros podían disimular los brillantes cabellos de Maureen y las chicas. Scarlett estaba tan absorta en su admiración y en los recuerdos de la fiesta de cumpleaños que casi le pasó inadvertida la llegada de las monjas del convento. Y esto después de haber apremiado a sus tías para que llegasen temprano a la iglesia. Quería asegurarse de que la madre superiora de Charleston continuaba todavía en Savannah.
Sí, allí estaba. Scarlett hizo oídos sordos a los frenéticos murmullos que le ordenaban volverse de cara al altar. Observó la serena expresión de la monja cuando ésta pasó junto a ella. Hoy la madre superiora la recibiría. Scarlett estaba resuelta. Durante toda la misa estuvo soñando en la fiesta que daría después de devolver a Tara su antigua belleza. Habría música y baile, como la noche pasada, y la fiesta duraría días y días.
—¡Scarlett! —siseó Eulalie—. No tararees de esa manera.
Scarlett sonrió, tapándose la cara con el misal. No se había dado cuenta de que tarareaba. Tenía que reconocer que Peg en un coche descubierto no era exactamente música religiosa.


—¡No lo creo! —dijo Scarlett.
Sus ojos pálidos estaban pasmados y dolidos debajo de la tiznada frente, y sus dedos se cerraron como garras sobre el rosario que le había prestado Eulalie.
La vieja monja repitió el mensaje con paciencia desprovista de emoción.
—La madre superiora estará de retiro todo el día, en oración y ayuno. —Se compadeció de Scarlett y añadió una explicación—. Hoy es miércoles de ceniza.
—Ya sé que es miércoles de ceniza —casi gritó Scarlett. Después se mordió la lengua—. Tenga la bondad de decirle que lo lamento mucho —dijo suavemente— y que volveré mañana.
En cuanto llegó a la casa Robillard, se lavó la cara.
Eulalie y Pauline se escandalizaron visiblemente cuando bajó y se reunió con ellas en el cuarto de estar, pero no dijeron nada. El silencio era la única arma que creían poder emplear sin peligro cuando Scarlett estaba enojada. Pero cuando anunció que iba a pedir el desayuno, Pauline la reprendió.
—Lamentarás esto antes de que acabe el día, Scarlett.
—No sé por qué —replicó ésta, y apretó los dientes.
Pero los aflojó cuando Pauline se explicó. La reincorporación de Scarlett a la religión era tan reciente que creía que el ayuno significaba simplemente comer pescado los viernes en vez de carne. Nunca se había opuesto a esta regla porque le gustaba el pescado. Pero lo que le dijo Pauline era sumamente discutible.
Sólo una comida diaria durante los cuarenta días de la cuaresma, y nada de carne en aquella comida. Los domingos eran una excepción. Tampoco se podía comer carne, pero sí tres comidas.
—¡No lo creo! —exclamó Scarlett por segunda vez en una hora—. En casa no lo hicimos nunca.
—Erais pequeños —dijo Pauline—, pero estoy segura de que tu madre ayunaba como era debido. No comprendo cómo no te enseñó a observar la cuaresma cuando saliste de la infancia; pero se encontraba aislada en el campo, sin la guía de un sacerdote, y hay que tener en cuenta la influencia del señor O'Hara.
Su voz se extinguió. A Scarlett le brillaron los ojos al prepararse para el combate.
—Quisiera saber qué has querido decir con eso de «la influencia del señor O'Hara».
Pauline bajó la mirada.
—Todo el mundo sabe que los irlandeses se toman ciertas libertades con las leyes de la Iglesia. En realidad, no se les puede culpar por ello, pues son una nación de analfabetos.
Se santiguó piadosamente. Scarlett dio una patada en el suelo.
—No voy a aguantar este empingorotado esnobismo francés. Mi papá fue siempre un buen hombre, y su «influencia» fue siempre en favor de la amabilidad y la generosidad, algo que vosotras ignoráis completamente. Además, quiero que sepáis que ayer pasé toda la tarde con sus parientes, y son muy buena gente, todos y cada uno de ellos. Preferiría su influencia a la de vuestra mojigatería religiosa.
Eulalie rompió a llorar. Scarlett la miró con ceño. «Supongo que ahora se pasará horas haciendo ruiditos al sorber por la nariz como si estuviese resfriada —pensó—. No puedo soportarlo.»
Pauline sollozó ruidosamente. Scarlett se volvió hacia ella abriendo mucho los ojos: Pauline no lloraba nunca.
Scarlett contempló desalentada las dos grises cabezas inclinadas y los encogidos hombros, tan delgados y de aspecto frágil los de Pauline.
¡Dios mío! Se acercó a Pauline y le tocó la huesuda espalda.
—Lo siento, tiíta. He dicho algo que no pienso de verdad.


Cuando se restableció la paz, Eulalie sugirió que Scarlett las acompañase, a ella y a Pauline, en su paseo por la plaza.
—Mi hermana y yo creemos que un paseo higiénico es un gran reconstituyente —dijo con animación. Después, su boca adquirió una expresión patética—. Y hace que una no piense en la comida.
Scarlett accedió inmediatamente. Tenía que salir de la casa. Estaba segura de haber olido que estaban friendo tocino en la cocina. Dio una vuelta con sus tías en torno del redondel de césped que había delante de la casa; después, caminaron el breve trecho hasta la plaza próxima, y continuaron hasta la siguiente y la siguiente y la siguiente. Cuando volvieron a casa, Scarlett arrastraba los pies casi tanto como Eulalie y estaba convencida de haber atravesado o recorrido el perímetro de cada una de las veinte y pico de plazas que daban a Savannah un encanto único. También pensaba que estaba medio muerta de hambre y a punto de chillar de aburrimiento. Pero al menos era la hora de comer... No recordaba haber tomado nunca un pescado tan delicioso.
«¡Qué alivio!», pensó cuando Eulalie y Pauline subieron al piso de arriba para dormir la siesta. Escucharlas contar unos cuantos recuerdos de Savannah era tolerable, pero tener que soportar tantos de ellos inducía al asesinato. Paseó inquieta por el caserón, levantando objetos de porcelana y de plata de las mesas y volviéndolos a dejar en su sitio sin verlos realmente.
¿Por qué se mostraba tan difícil la madre superiora? ¿Por qué no quería al menos hablar con ella? ¿Por qué caramba tenía que pasar una mujer todo un día de retiro, aunque fuese miércoles de ceniza? La madre superiora era sin duda una persona excelente. ¿Por qué tenía que pasar un día de oración y ayuno? ¡Ayuno! Scarlett corrió al cuarto de estar y miró el reloj. No podían ser solamente las cuatro, e incluso menos de las cuatro. Faltaban siete minutos. Y tendría que ayunar hasta mañana a la hora de comer. No, no era posible. Era absurdo.
Tiró cuatro veces del cordón de la campanilla.
—Ponte el abrigo —dijo a Pansy cuando ésta llegó corriendo—. Vamos a salir.


—Señora Scarlett, ¿por qué vamos a la panadería? La cocinera dice que todo lo de la panadería es malo. Ella misma cuece el pan.
—Me importa un comino lo que dice la cocinera. Y si le cuentas a alguien que hemos estado aquí, te despellejaré viva.
Comió dos galletas y un panecillo en la tienda. Y se llevó a casa dos bolsas de productos de la panadería, escondiéndolas debajo de la capa hasta dejarlas en su habitación.
Había un telegrama colocado en el centro de su cómoda. Scarlett dejó caer las bolsas de panecillos y galletas al suelo y se apresuró a abrirlo. Lo firmaba Henry Hamilton. ¡Maldita sea! Había creído que era de Rhett y que le diría que volviese a casa o que venía a buscarla. Arrugó el fino papel cerrando el puño.
Después lo alisó. Era mejor saber lo que tenía que decirle el tío Henry. Mientras leía el mensaje, Scarlett empezó a sonreír.
RECIBIDO TU TELEGRAMA STOP TAMBIÉN IMPORTANTE TRANSFERENCIA DE TU MARIDO STOP QUÉ TONTERÍA ES ESTE INTERROGANTE RHETT ME PIDE LE NOTIFIQUE TU PARADERO STOP SIGUE CARTA STOP HENRY HAMILTON
Conque Rhett la estaba buscando. Lo que ella había esperado. ¡Oh! Había hecho bien en venir a Savannah. Confiaba en que tío Henry habría tenido el sentido común suficiente para informar a Rhett inmediatamente y por telegrama, no por carta. Tal vez Rhett lo estaba leyendo en este momento como ella leía éste.
Scarlett tarareó un vals y bailó alrededor de la habitación, apretando el telegrama contra su corazón. Era posible que él estuviese en camino. El tren de Charleston llegaba aproximadamente a esa hora. Corrió hacia el espejo para alisarse el cabello y colorearse un poco las mejillas. ¿Debía cambiarse el vestido? No; Rhett se daría cuenta y creería que lo único que hacía ella era esperarle. Se frotó el cuello y las sienes con agua de colonia. Muy bien. Estaba lista. Vio que sus ojos verdes resplandecían como los de un gato al acecho. Tenía que acordarse de bajar los párpados para lucir también las pestañas. Acercó un taburete a la ventana y se sentó de manera que quedase oculta por la cortina pero pudiese observar el exterior.
Una hora más tarde, Rhett no había llegado. Scarlett hincó los blancos dientecitos en uno de los panecillos que había traído en la bolsa de la panadería. ¡La cuaresma era una lata! ¡Mira que tener que esconderse en su habitación para comer unos panecillos sin untarlos siquiera con mantequilla! Estaba de muy mal humor cuando bajó la escalera.
Y allí se hallaba Jerome, con la bandeja de la cena de su abuelo. Casi valía la pena hacerse hugonote o presbiteriano como el anciano.
Scarlett detuvo al sirviente en el vestíbulo.
—Esta comida parece horrible —dijo—. Llévatela y añade una buena cantidad de mantequilla al puré de patata. Pon también una gruesa loncha de jamón en el plato; sé que lo tenéis allí, pues lo vi colgado en la despensa. Y una jarrita de crema de leche para verterla sobre el budín. También una tacita de jalea de fresa.
—El señor Robillard no puede masticar el jamón. Y su médico dice que no debe comer nada dulce, ni tampoco crema o mantequilla.
—El médico tampoco quiere que se muera de hambre. Haz lo que te he dicho.
Miró irritada la espalda rígida de Jerome al desaparecer éste en la escalera.
—Nadie debería tener hambre —dijo—. Nunca. —Su humor cambió de pronto, y rió entre dientes—. Ni siquiera un viejo chocho.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:48 am

37


Fortalecida por los panecillos, Scarlett tarareaba alegremente en voz baja cuando bajó el jueves la escalera. Encontró a sus tías frenéticas y nerviosas, preparando la comida de cumpleaños del abuelo.
Mientras Eulalie se atrafagaba con ramas de magnolia de verdes hojas para adornar el aparador y la campana de la chimenea, Pauline revolvía montones de manteles y servilletas tratando de encontrar los que recordaba que prefería su padre.
—¿Qué importa esto? —preguntó Scarlett con impaciencia. ¡Era una tempestad en un vaso de agua! El abuelo ni siquiera vería el comedor desde su habitación—. Elige el juego en que se vean menos los zurcidos.
Eulalie dejó caer una brazada de ramas.
—No te he oído entrar, Scarlett. Buenos días.
Pauline la saludó fríamente con la cabeza. Había perdonado a Scarlett sus insultos, como correspondía a una buena cristiana, pero probablemente no los olvidaría nunca.
—En las mantelerías de mamá no hay zurcidos, Scarlett —dijo—. Todas están en perfectas condiciones.
Scarlett miró los montones de tela que cubrían la larga mesa y recordó los manteles raídos y remendados que tenían sus tías en Charleston.
Si ella estuviese en su lugar, empaquetaría todo esto y lo llevaría a Charleston al marcharse el sábado. El abuelo no lo echaría en falta, y a las tías les sería de utilidad. «Jamás he temido a nadie como temen ellas al viejo tirano. Pero si dijese lo que pienso, tía Eulalie empezaría a sorber por la nariz y tía Pauline me endilgaría un sermón de una hora sobre el respeto debido a los mayores.»
—Tengo que ir a comprar un regalo para él —dijo en voz alta—. ¿Queréis que compre algo por vosotras?
«Y no os ofrezcáis a acompañarme —añadió en silencio—. Voy a ir al convento a ver a la madre superiora. Su retiro habrá terminado. En caso necesario, me plantaré junto a la puerta y la agarraré cuando salga. Estoy harta de que me rechace.»
Sus tías dijeron que tenían demasiado trabajo en casa para ir de compras, y que se extrañaban de que Scarlett no hubiese elegido y comprado ya un regalo para su abuelo. Scarlett se marchó antes de que se extendieran sobre la importancia de su propio trabajo y la profundidad de su propio asombro.
—Viejas chochas —dijo en voz baja.
Lo dijo en irlandés y no sabía exactamente lo que significaba la expresión, pero le bastó su sonido para hacerla sonreír.
Los árboles de la plaza parecían más frondosos y el césped más verde que el día anterior. También el sol calentaba. Scarlett sintió el renuevo de optimismo que acompañaba siempre a los primeros atisbos de la primavera. Estaba segura de que sería un buen día. A pesar de la fiesta de cumpleaños de su abuelo.
—Ánimo, Pansy —dijo automáticamente—; no te arrastres como una tortuga.
Y echó a andar a paso vivo a lo largo de la acera de arena y fina gravilla.
El ruido de los martillos y las voces de los obreros que trabajaban en la catedral se transmitía con claridad a través de la tranquila atmósfera iluminada por el sol. Scarlett deseó por un instante que el cura la llevase a dar otra vuelta por el lugar. Pero no había venido para esto. Se dirigió a la puerta del convento.
La misma monja anciana respondió a su llamada. Scarlett se aprestó para el combate. Pero la monja dijo:
—La madre superiora la está esperando. Si quiere seguirme...
Scarlett estaba radiante cuando salió del convento diez minutos más tarde. ¡Había sido tan fácil! La madre superiora accedió al instante a hablar con el obispo. Le enviaría recado muy pronto, dijo. No, no podía decir exactamente cuándo, pero ciertamente dentro de poco, pues tenía que volver a Charleston la semana próxima.
El buen humor de Scarlett la acompañó durante los últimos preparativos para la comida de cumpleaños, a los que se entregó al volver a la casa Robillard. Pero empezó a perderlo ligeramente cuando se enteró de que su abuelo comería en la mesa. Visitarle en su habitación no era tan terrible, porque siempre la despedía rápidamente. En cambio, ella no podría levantarse de la mesa y, a juzgar por lo que decían sus tías, la comida se compondría de cinco o seis platos.
Sin embargo, sólo era una comida. No sería tan grave. ¿Qué podía hacer un viejo?
Scarlett se enteró en seguida de que una de las cosas que podía hacer era obligarlas a que hablaran solamente en francés. El anciano pasó por alto su felicitación en inglés, como si ella no la hubiese pronunciado. Su abuelo correspondió con un frío movimiento de cabeza a los saludos de las tías y se sentó en la cabecera de la mesa, en aquel enorme sillón que parecía un trono.
Pierre Auguste Robillard ya no era un débil anciano en camisón. Impecablemente ataviado con una anticuada levita y camisa almidonada, su cuerpo terriblemente descarnado parecía más lleno, y su tieso porte militar era imponente, incluso estando sentado. Sus cabellos blancos eran como la melena de un viejo león; los ojos parecían los de un halcón bajo las gruesas cejas blancas, y la grande y huesuda nariz era semejante al pico de un ave de rapiña. La certidumbre de que sería un buen día pareció fundirse en el ánimo de Scarlett como agua fría que rezumara sobre sus pies. Desplegó la gran servilleta almidonada sobre su falda y sus rodillas y se aprestó no sabía para qué.
Jerome entró llevando una enorme sopera de plata sobre una bandeja también de plata y del tamaño de una mesita. Scarlett abrió mucho los ojos. Nunca había visto un objeto de plata parecido a ése. Estaba lleno de adornos. Todo un bosque de árboles rodeaba la base de la sopera, alzando las ramas y las hojas alrededor de la tapa. Dentro del bosque había pájaros y otros animales: osos, ciervos, jabalíes, liebres, faisanes, incluso búhos y ardillas en las ramas de los árboles. La tapa tenía la forma de un tocón de árbol cubierto de espesos sarmientos, cada uno de ellos con racimos de uvas perfectas en miniatura. Jerome dejó la sopera delante de su señor y levantó la tapa con una mano enguantada. Del recipiente brotó una nube de vapor que empañó la plata y esparció un delicioso olor a sopa de tortuga por toda la habitación.
Pauline y Eulalie se inclinaron hacia delante, sonriendo ansiosamente.
Jerome tomó un plato sopero del aparador y lo sostuvo junto a la sopera. Pierre Robillard levantó un cucharón de plata y llenó en silencio el plato. Después observó con los ojos entrecerrados cómo se llevaba Jerome el plato y lo depositaba delante de Pauline.
La ceremonia se repitió para Eulalie y después para Scarlett. Ésta ardía en deseos de agarrar la cuchara, pero mantuvo las manos sobre la falda mientras su abuelo se servía y probaba la sopa. Éste mostró su desagrado con un elocuente encogimiento de hombros y dejó caer la cuchara en su plato.
Eulalie lanzó un sollozo ahogado.
«¡Viejo monstruo!», pensó Scarlett. Empezó a comer la sopa. Era excelente. Trató de captar la mirada de Eulalie para demostrarle a su tía que le encantaba la comida; pero Eulalie mantenía los ojos bajos. Pauline había posado la cuchara en el plato, como su padre. Scarlett dejó de compadecerse de sus tías. Si se dejaban aterrorizar tan fácilmente, merecían pasar hambre. ¡Ella no iba a permitir que el viejo la privase de su comida!
Pauline preguntó algo a su padre; pero, como lo hizo en francés, Scarlett no supo qué había dicho. La respuesta de su abuelo fue muy breve, y Pauline palideció tanto, que aquél debió de haberle dicho algo muy ofensivo. Scarlett empezó a enojarse. «El viejo va a echarlo todo a perder deliberadamente. Lástima que yo no sepa hablar francés. No aguantaría su mal genio.»
Guardó silencio mientras Jerome retiraba los platos soperos y los salvamanteles de plata y colocaba los platos llano y los cubiertos para el pescado. Pareció tardar una eternidad.
Pero el sábalo a la plancha que les sirvieron merecía la pena haber esperado. Scarlett miró a su abuelo. Éste no se atrevería a fingir que no le gustaba. El anciano comió dos pequeños bocados. El ruido de los cuchillos y los tenedores al tocar los platos era terriblemente fuerte.
Pauline primero y Eulalie después dejaron la mayor parte de su pescado en los platos. Scarlett miraba con desafío a su abuelo cada vez que se llevaba el tenedor a la boca. Pero incluso ella empezaba a perder el apetito. El desagrado del viejo era abrumador.
Las palomas en adobo que fueron servidas a continuación no podían ser más tiernas y su salsa era como un rico río pardo sobre el puré de patata y nabos moldeado en forma de nidos para la carne de las pequeñas aves. Pierre Robillard sumergió las púas de su tenedor en la salsa y se tocó la lengua con ellas. Esto fue todo.
Scarlett pensó que iba a estallar. Solamente la desesperada súplica que leyó en los ojos de sus tías hizo que guardara silencio. ¿Cómo podía ser su abuelo tan odioso? Era imposible que no le gustase aquella comida. Ella la había probado y cada pedazo se deshacía en su boca. No era demasiado dura para que él no pudiese comerla, aunque tuviese estropeados lo dientes, incluso aunque no tuviese ninguno. Además, Scarlett sabía que le gustaba la comida sabrosa: después de que a ella se le hubiera ocurrido añadir mantequilla y salsa a la papilla que solían servirle, su plato volvía a la cocina tan limpio como si lo hubiese lamido un perro. No; el abuelo debía tener otro motivo para no comer ahora, ella lo veía en sus ojos que brillaban al observar la terrible aflicción de las tías. Prefería que sufriesen a disfrutar él de su comida. Y de su comida de cumpleaños, por añadidura.
¡Qué diferencia entre este banquete de cumpleaños y el de su prima Patricia! En casa de los O'Hara había amor, risas y música. Aquí, en la mesa de su abuelo, sólo había silencio, miedo y crueldad.
Scarlett trató de concentrarse en la exquisita y sutil mezcla de aromas de la salsa que había hervido largo rato a fuego lento junto con las pequeñas aves. Pero su cólera se lo impedía.
Miró el cuerpo rígido y esquelético de su abuelo y su semblante impasible y satisfecho, y le despreció por la manera en que atormentaba a sus tías. Ella había sido la protectora y proveedora de esas dos mujeres desde que la guerra había destruido su pequeño y seguro mundo, y estaba dispuesta a luchar contra su perseguidor. Pero todavía más que a él, las despreciaba a ellas por tolerar sus tormentos. No tenían ni pizca de energía. ¿Cómo podían permanecer allí, humilladas y sumisas? Sentada en silencio a la mesa de su abuelo en el elegante comedor rosado de la magnífica casa rosada, Scarlett ardía de indignación contra todo y contra todos. Incluso contra ella misma. «Soy tan mala como ellos. ¿Por qué no puedo hablar y decirle lo asquerosamente que se está portando? Para ello no necesito hablar francés, pues él comprende el inglés tan bien como yo. Y soy una mujer adulta, no una muchacha que debe callar hasta que le hablen. ¿Qué me sucede? Esto es una estupidez.»
Pero siguió sentada sin decir nada, sin apoyarse en el respaldo de la silla y con la mano izquierda sobre la falda, como si fuese una niña en su mejor actitud de urbanidad. La presencia de su madre era invisible, incluso inimaginable, pero Ellen Robillard O'Hara estaba allí, en la casa donde se había criado, en la mesa a la que se había sentado como se sentaba Scarlett ahora, con la mano izquierda descansando sobre la almidonada servilleta de hilo desplegada en su falda. Y por amor a ella, por necesidad de su aprobación, era Scarlett incapaz de desafiar la tiranía de Pierre Robillard. Permaneció así durante lo que pareció una eternidad, observando el lento y ceremonioso servicio de Jerome. Los platos eran cambiados una y otra vez por otros limpios, y los cuchillos y tenedores, por otros diferentes. Se llevaron las palomas y trajeron carne de ternera asada, servida bajo abultadas tapas individuales de plata; siguió soufflé de queso y después, como culminación de la comida, el pastel de cumpleaños. Pierre Robillard había probado y rechazado sin falta cada uno de los guisos cuidadosamente elegidos y preparados que le habían ofrecido. Cuando Jerome trajo el pastel, la tensión y la aflicción de las tías de Scarlett eran palpables, y la propia Scarlett era casi incapaz de estarse quieta en su silla, tan grande era su afán de escapar de allí.
El pastel estaba revestido de brillante merengue abundantemente salpicado de confites plateados. Un jarroncito afiligranado de plata colocado en la cima contenía rizadas hojas de helecho fabricadas con cabello de ángel, y diminutas banderas de seda con los colores de Francia, del ejército del emperador Napoleón y del regimiento en que había servido Pierre Robillard. El anciano gruñó, tal vez de satisfacción, cuando colocaron el pastel delante de él. Volvió los ojos de caídos párpados hacia Scarlett.
—Córtalo —dijo en inglés.
«El abuelo espera que derribe las banderas —pensó ella—, pero no voy a darle esta satisfacción.» Mientras tomaba con la mano derecha el cuchillo que le ofrecía Jerome, levantó rápidamente con la izquierda el brillante jarrito de la cima del pastel y lo dejó sobre la mesa. Miró a su abuelo a los ojos y le dedicó su más dulce sonrisa.
Él crispó los labios.


—¿Acaso se lo comió? —dijo dramáticamente Scarlett—. ¡Qué va! El horrible viejo sólo tomó dos migajas con la punta del tenedor, después de rascar aquel hermoso merengue como si fuese moho o algo repugnante, y se las metió en la boca como si nos estuviese haciendo un gran favor. Entonces dijo que estaba muy cansado para abrir sus regalos y volvió a su habitación. ¡Me habría gustado retorcerle el flaco cuello!
Maureen O'Hara se tronchaba de risa meciéndose de atrás hacia adelante.
—No veo que sea tan divertido —dijo Scarlett—. Se mostró grosero y ruin.
La decepcionaba la esposa de Jamie. Había esperado simpatía, no regocijo.
—Claro que lo ves, Scarlett. Es la picardía que hay en todo ello. Tus pobres tías desviviéndose por complacerle, y él, envuelto en su camisón como un bebé desdentado, tramando cosas contra ellas. ¡El viejo villano! En el fondo, siempre he tenido debilidad por la malicia de los bribones. Me lo imagino muy bien oliendo los guisos que le preparan y urdiendo sus planes.
»¿Pero no sabes que hizo que su criado le llevase a escondidas aquellos platos maravillosos, para comer hasta hartarse detrás de su puerta cerrada? ¡El viejo tunante! Me hace reír su picara astucia.
La risa de Maureen era tan contagiosa que Scarlett rió a su vez; había hecho bien en acudir a la puerta siempre abierta de la cocina de Maureen, después del desastroso banquete de cumpleaños.
—Bueno, comamos nuestro trozo de pastel —dijo sosegadamente Maureen—. Como has adquirido práctica, córtalo tú; está debajo de ese paño, en el aparador. Y corta también otros pedazos, pues los jovencitos no tardarán en volver del colegio. Yo prepararé un poco de té.
Scarlett acababa de sentarse cerca del fuego con la taza y el platillo, cuando se abrió de golpe la puerta y cinco jóvenes O'Hara invadieron la tranquila cocina. Reconoció a las dos hijas pelirrojas de Maureen, Mary Kate y Helen. El niño pequeño, según se enteró muy pronto, era Michael O'Hara, y la dos niñas más jóvenes eran sus hermanas Clare y Peg. Todos ellos tenían oscuro y rizado el cabello, que evidentemente no se molestaban en desenredar; azules los ojos bajo las negras pestañas, y unas manos muy sucias que Maureen les ordenó lavarse en seguida.
—Pero no necesitamos lavarnos las manos —repuso Michael—. Vamos a ir al establo a jugar con los cerdos.
—Los cerdos viven en la pocilga —dijo la pequeña Peg dándose importancia—. ¿No es verdad, Maureen?
Scarlett se quedó pasmada. En su mundo, los niños nunca llamaban a los adultos por el nombre de pila. Pero Maureen no pareció encontrar nada raro en ello.
—Viven en la pocilga, si nadie los saca de ella —dijo, guiñando un ojo—. No estaréis pensando en sacar a los cerditos de la pocilga para jugar con ellos, ¿eh?
Michael y sus hermanas se echaron a reír como si la broma de Maureen fuese lo más divertido que habían oído jamás. Después salieron corriendo de la cocina por la puerta de atrás, que daba a un gran patio común a todas las casas.
Los ojos de Scarlett se fijaron en las resplandecientes ascuas del hogar, la brillante tetera de cobre colgada de un gancho y las cacerolas suspendidas sobre la campana de la chimenea. Era curioso: había pensado que nunca volvería a poner los pies en una cocina, ahora que ya habían terminado los malos tiempos en Tara. Pero esto era diferente. Era un lugar donde vivir, un lugar agradable donde estar, no simplemente la habitación donde se preparaba la comida y se lavaban los platos. Le habría gustado quedarse allí. La belleza helada del salón de su abuelo le daba escalofríos cuando pensaba en ella.
Pero Scarlett pertenecía a un salón, no a una cocina. Era una dama, acostumbrada a los criados y al lujo. Apuró rápidamente su taza y la dejó sobre el platito.
—Me has salvado la vida, Maureen; pensé que me volvería loca si tenía que quedarme con mis tías. Pero ahora tengo que volver allá.
—Lástima. Ni siquiera has comido tu trozo de pastel. Dicen que vale la pena probar mi repostería.
Helen y Mary Kate se acercaron a la silla de su madre con sendos platos vacíos en la mano.
—Tomad un pedazo pero no os lo comáis todo. Los pequeños llegarán pronto.
Scarlett empezó a ponerse los guantes.
—Tengo que irme —repitió.
—Lo siento, pero haz lo que debas. Espero que puedas quedarte más tiempo en el baile del sábado. Jamie me ha dicho que va a enseñarte a bailar el reel. Tal vez Colum estará entonces ya de vuelta.
—¡Oh, Maureen! ¿Vais a celebrar otra fiesta el sábado?
—No es propiamente una fiesta, pero siempre hay un poco de música y de baile cuando termina la semana de trabajo y los hombres traen sus pagas a casa. ¿Vendrás?
Scarlett sacudió la cabeza.
—No podré. Me gustaría, pero ya no estaré en Savannah.
Sus tías esperaban que volviese a Charleston con ellas en el tren de la mañana del sábado. Aunque no creía que lo hiciese; nunca lo había creído. Seguramente vendría Rhett a buscarla mucho antes. Tal vez estaba ahora en casa del abuelo. No hubiese debido salir de ella.
Se puso en pie de un salto.
—Tengo que darme prisa. Gracias, Maureen. Volveré a pasar por aquí antes de marcharme.
Tal vez traería a Rhett para que conociese a los O'Hara. Se acoplaría bien aquí: otro hombretón de cabellos oscuros entre los corpulentos O'Hara de oscuros cabellos. Pero tal vez se apoyaría en la pared, en aquella elegante e irritante actitud que le era propia, y se reiría de todos ellos. Siempre se había burlado de la sangre medio irlandesa de Scarlett, y la imitaba cuando ella repetía lo que papá le había contado cien veces: que los O'Hara habían sido grandes y poderosos terratenientes durante siglos, hasta la batalla del Boyne.
No sabía por qué lo encontraba tan divertido. «Casi todos nuestros conocidos perdieron sus tierras arrebatadas por los yanquis; es lógico que la familia de papá perdiese las suyas de las misma manera, arrebatadas por otros, creo que por los ingleses. Preguntaré a Jamie o Maureen acerca de esto si tengo ocasión... Si Rhett no viene antes a buscarme.»

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:50 am

38


La carta prometida por Henry Hamilton llegó a la casa Robillard cuando estaba anocheciendo. Scarlett la agarró como se agarra a una cuerda la persona que se está ahogando. Había estado escuchando a sus tías discutiendo durante más de una hora sobre cuál de las dos tenía la culpa de la reacción de su padre en la fiesta de cumpleaños.
—Esta carta trata de mis bienes de Atlanta —dijo Scarlett—. Disculpadme, por favor; subiré a mi habitación para leerla.
No esperó a que le diesen permiso.
Cerró la puerta de su habitación. Quería saborear cada palabra en privado.
«¿Qué lío has armado esta vez?», comienza la misiva sin preámbulos. La caligrafía del viejo abogado revelaba tal nerviosismo que era difícil leerla. Scarlett hizo una mueca y acercó más el papel a la lámpara.

¿Qué lío has armado esta vez? El lunes me visitó un viejo tonto y presuntuoso al que procuro generalmente evitar. Me mostró una transferencia asombrosa a tu favor en su banco. La cantidad era de medio millón de dólares, y había sido pagada por Rhett.
El martes me importunó otro viejo estúpido, éste abogado, para preguntarme dónde estabas. Su cliente (tu marido) quería saberlo. No le dije que estabas en Savannah.


Scarlett gruñó. ¿A quién llamaba viejo estúpido el tío Henry, cuando este calificativo se le podía aplicar a él? No era de extrañar que Rhett no hubiese venido a buscarla. Miró de nuevo los garabatos de Henry.

Porque tu telegrama llegó después de marcharse él y, cuando llegó, yo no sabía dónde estabas Todavía no se lo he dicho, porque no sé lo que te propones y tengo la impresión de que no querré participar en ello.
Este abogado tenía que hacer dos preguntas en nombre de Rhett. La primera era sobre tu paradero La segunda, si querrías el divorcio.
Bueno, Scarlett, no sé qué arma esgrimes contra Rhett para que te dé tanto dinero, y no quiero saberlo Tampoco me interesa lo que puede haber hecho para darte causas de divorcio. Nunca me he ensuciado las manos con pleitos de divorcio, y no voy a empezar ahora Además, perderías tiempo y dinero. No existe el divorcio en Carolina del Sur, que es ahora la residencia legal de Rhett.
Si insistes en esta necedad, te daré el nombre de un abogado de Atlanta que es muy respetable, aunque sólo ha llevado dos divorcios que yo sepa Pero te advierto que tendrás que encargarle a él o a otro todos tus asuntos jurídicos. Yo no quiero cuidarme de ningún otro asunto tuyo. Si piensas divorciarte de Rhett para casarte con Ashley Wilkes, permite que te diga que harás bien en pensártelo mucho. Ashley se desenvuelve mucho mejor de lo que todos esperábamos. La señorita India y la tonta de mi hermana cuidan de una casa cómoda para él y su chico. Si te metes en su vida, lo echarás todo a perder Deja al pobre hombre en paz, Scarlett.


«Conque debo dejar a Ashley en paz, ¿eh? Me gustaría saber lo cómodo y bien que estaría si le hubiese dejado en paz. Y el tío Henry debería tener el sentido común de no regañarme como a una solterona mojigata y sacar toda clase de feas conclusiones. Sabe todo lo referente a la construcción de casas en las afueras de la población.» Scarlett se sintió profundamente herida en sus sentimientos. El tío Henry Hamilton era lo más parecido a un padre o a un amigo que tenía ella en Atlanta, y sus acusaciones calaban hondo. Leyó rápidamente las pocas líneas que quedaban y garrapateó una respuesta para que la llevase Pansy a la oficina de telégrafos.
DIRECCIÓN EN SAVANNAH NO SECRETA STOP NO QUIERO DIVORCIO STOP DINERO EN ORO INTERROGANTE
Si el tío Henry no hubiese parecido una gallina clueca, le habría encargado que comprase oro y lo guardase en su caja de seguridad. Pero, si no tenía bastante sentido común para comunicarle a Rhett su dirección, podía no tenerlo tampoco para otras cosas. Se mordió el nudillo del pulgar izquierdo, preocupada por el dinero. Tal vez tendría que ir a Atlanta y hablar con Henry y sus banqueros y con Joe Colleton. Tal vez debería comprar más tierras en las afueras de la población y levantar algunas casas más. Las cosas no volverían a estar más baratas que ahora, con los efectos del «pánico» entorpeciendo todavía los negocios.
¡No! Lo primero era lo primero. Rhett estaba tratando de encontrarla. Sonrió y, con los dedos de la mano derecha, se acarició la piel enrojecida del nudillo del pulgar. «No me engaña con eso del divorcio, ni transfiriendo el dinero como si estuviera cumpliendo nuestro trato. Lo que cuenta, lo único que cuenta, es que quiere saber dónde estoy. No permanecerá mucho tiempo lejos de mí, cuando se lo diga tío Henry.»


—No seas ridícula, Scarlett —dijo fríamente Pauline—, claro que irás mañana a casa. Nosotras siempre volvemos a Charleston en sábado.
—Esto no quiere decir que yo tenga que hacerlo. Ya te he dicho que he decidido quedarme una temporada en Savannah.
Scarlett no dejaría que Pauline la fastidiase, y menos ahora que sabía que Rhett la estaba buscando. Le recibiría aquí, en esta elegante habitación de tonos rosa y oro, y haría que le suplicase que volviese con él. Después de haberle humillado adecuadamente, accedería, y él la tomaría en brazos y la besaría...
—¡Scarlett! ¿Tendrás la bondad de contestarme si te hago una pregunta?
—¿Cuál, tía Pauline?
—¿Qué piensas hacer? ¿Dónde vas a alojarte?
—Oh, aquí, naturalmente.
No se le había ocurrido pensar que podía no ser acogida todo el tiempo que quisiera en la casa de su abuelo. La tradición de hospitalidad seguía siendo rigurosamente observada en el Sur, y era inaudito que se pidiese a un invitado que se marchara antes de que él, o ella, decidiesen hacerlo.
—A papá no le gustan las sorpresas —dijo tristemente Eulalie.
—Creo que puedo instruir a Scarlett en las costumbres de esta casa sin tu ayuda, hermana.
—Claro que puedes, hermana; nunca he dicho lo contrario.
—Iré a preguntárselo al abuelo —dijo Scarlett poniéndose en pie—. ¿Queréis acompañarme?
«Están temblando —pensó—. Tienen miedo de que el abuelo se enfurezca por visitarle sin una invitación expresa. ¡Por todos los diablos! ¿Qué mala pasada puede hacerles que no les haya hecho ya?» Caminó por el pasillo, seguida de sus tías que murmuraban con inquietud, y llamó a la puerta del anciano.
—Entrez, Jerome.
—No es Jerome, abuelo; soy yo, Scarlett. ¿Puedo pasar?
Hubo un momento de silencio. Entonces, se oyó la sonora voz profunda de Pierre Robillard.
—Entra.
Scarlett sacudió la cabeza y sonrió a sus tías con aire triunfal antes de abrir la puerta.
Su audacia flaqueó un poco cuando miró la cara severa del anciano, parecida a la de un ave de rapiña. Pero ahora no podía detenerse. Avanzó hasta la mitad de la gruesa alfombra en actitud confiada.
—Sólo quería decirle, abuelo, que voy a quedarme un tiempo cuando se hayan marchado tía Eulalie y tía Pauline.
—¿Por qué?
Scarlett se quedó perpleja. No iba a explicarle sus motivos. No sabía por qué tenía que hacerlo.
—Porque lo deseo —dijo.
—¿Por qué? —preguntó de nuevo el viejo.
Los resueltos ojos verdes de Scarlett se fijaron en los azules ojos desvaídos y recelosos de su abuelo.
—Tengo mis razones —dijo—. ¿Tiene algún inconveniente?
—¿Y si lo tengo?
Esto era intolerable. No podía, no quería volver a Charleston. Equivaldría a una rendición. Debía quedarse en Savannah.
—Si no me quiere aquí, iré a casa de mis primos. Los O'Hara me han invitado ya.
Pierre Robillard torció la boca en un remedo de sonrisa.
—Vaya, no te importa dormir en un despacho con los cerdos.
Scarlett se puso colorada. Siempre había sabido que su abuelo desaprobaba el matrimonio de su madre. El nunca había recibido a Gerald O'Hara en su casa. A Scarlett le habría gustado defender a su padre y a sus primos rebatiendo los prejuicios del abuelo contra los irlandeses. Pero tenía la horrible sospecha de que los niños metían a los cerditos dentro de la casa para jugar con ellos.
—Lo mismo da —dijo su abuelo—. Quédate, si quieres. A mí me tiene sin cuidado.
Cerró los ojos para no verla y dejó de prestarle atención.
Scarlett se abstuvo con dificultad de dar un portazo al salir de la habitación. ¡Qué hombre tan horrible! Sin embargo, había conseguido lo que quería. Sonrió a sus tías.
—Todo ha ido bien —dijo.
Durante el resto de la mañana y toda la tarde, Scarlett acompañó alegremente a sus tías a dejar tarjetas en las casas de todas sus amigas y conocidas de Savannah. «P.P.C.» habían escrito las tías en el ángulo inferior izquierdo de la cartulina. «Pour prendre congé.» Esta costumbre no había sido nunca observada en Atlanta, pero en las viejas ciudades costeras de Georgia y Carolina del Sur era un ritual obligado. Scarlett pensó que era una lamentable pérdida de tiempo informar a la gente de su marcha. Sobre todo cuando sus tías se habían fatigado tanto, pocos días antes, al dejar tarjetas en las mismas casas avisando de su reciente llegada. Estaba segura de que la mayoría de aquellas personas no se habían molestado en dejar tarjetas en la casa Robillard. Ciertamente, no había habido visitantes.
El sábado, Scarlett insistió en ir con las tías a la estación del ferrocarril y cuidar de que Pansy colocase exactamente las maletas como ellas querían, donde las viesen bien y nadie pudiese robarlas. Besó sus apergaminadas y arrugadas mejillas, volvió al bullicioso andén y agitó el pañuelo a modo de despedida, mientras el tren salía resoplando de la estación.
—Nos detendremos en la panadería de la calle Broughton antes de volver a casa —dijo al cochero del carruaje alquilado.
Todavía faltaba mucho tiempo para la hora de comer.
Envió a Pansy a la cocina para pedir café y después se quitó el sombrero y los guantes. ¡Qué tranquila y silenciosa estaba la casa después de marcharse sus tías! Pero había una fina capa de polvo sobre la mesa del vestíbulo. Tendría que decirle algo a Jerome, y a los otros criados, en caso necesario. No quería cosas sucias cuando llegase Rhett.
Como si hubiese leído sus pensamientos, apareció Jerome detrás de ella. Scarlett se sobresaltó. ¿Por qué diablos no podía aquel hombre hacer un poco de ruido al andar?
—Ha llegado este mensaje para usted señora Scarlett.
Le tendió una bandeja de plata con un telegrama en ella.
¡Rhett! Scarlett agarró el fino papel con dedos torpes y demasiado nerviosos.
—Gracias, Jerome. Ahora tráigame el café, por favor.
En su opinión, el mayordomo era demasiado curioso. No quería que leyese por encima de su hombro.
En cuanto él hubo salido, abrió el telegrama.
—¡Maldición! —dijo.
Era de tío Henry.
El normalmente ahorrativo abogado debía de estar muy agitado porque no había escatimado las palabras en el telegrama.
NO HE INTERVENIDO NI QUIERO INTERVENIR EN ABSOLUTO EN LA INVERSIÓN O MANEJO DEL DINERO TRANSFERIDO POR TU MARIDO STOP ESTA EN TU CUENTA DEL BANCO STOP YA HE EXPRESADO MI REPUGNANCIA POR LAS CIRCUNSTANCIAS DE ESTA TRANSACCIÓN STOP NO ESPERES NINGUNA AYUDA DE MI PARTE STOP.
Scarlett se derrumbó en un sillón cuando lo hubo leído. Le flaqueaban las rodillas y le palpitaba el corazón. ¡El viejo estúpido! Medio millón de dólares; probablemente más dinero del que jamás había visto el banco desde antes de la guerra. ¿Qué podía impedir a sus directores embolsarse el dinero y cerrar el banco? Los periódicos publicaban continuamente cierres de banco en todo el país. Tendría que viajar inmediatamente a Atlanta, cambiar el dinero en oro y guardarlo en su caja de seguridad. Pero esto requería días. Aunque hubiese hoy un tren, no podría ir al banco antes del lunes. Tiempo sobrado para que desapareciese su dinero.
Medio millón de dólares. Más de lo que obtendría si vendiese todo lo que poseía por el doble de su valor. Más de lo que rendirían su almacén y su bar y sus nuevas casas durante treinta años. Tenía que protegerlo; pero ¿cómo? ¡Oh, habría matado a tío Henry!
Cuando Pansy subió llevando orgullosamente la pesada bandeja de plata con el resplandeciente servicio de café, se encontró con una Scarlett pálida y de ojos febriles.
—Deja esas cosas y ponte el abrigo —le dijo Scarlett—. Vamos a salir.
Había recobrado el aplomo y el paseo había puesto un poco de color en sus mejillas cuando entró apresuradamente en la tienda de los O'Hara. Aunque Jamie fuese su primo, no quería que supiese demasiado de sus negocios. Por consiguiente, su voz pareció deliciosamente infantil cuando le pidió que le recomendase un banquero.
—He estado tan atolondrada que no he prestado atención al dinero que he gastado, y como he decidido quedarme más tiempo, necesito que me transfieran unos cuantos dólares desde mi banco; pero no conozco a nadie en Savannah. Pensé que tú podrías influir en mi favor, ya que eres un próspero hombre de negocios.
Jamie sonrió.
—Me complacerá acompañarte a ver al presidente del banco, y puedo responder de él, porque ha estado en tratos con el tío James desde hace más de cincuenta años. Pero será mejor, Scarlett, que le digas que eres nieta del viejo Robillard más que prima de los O'Hara. Tu abuelo tiene fama de ser un caballero muy listo. ¿Acaso no envió su dinero a Francia cuando el estado de Georgia decidió seguir el ejemplo de Carolina del Sur y separarse de la Unión?
¡Pero significaba que su abuelo había traicionado al Sur! No era extraño que conservase aún toda la plata y su casa hubiese quedado indemne. ¿Por qué no le habían linchado? ¿Y cómo podía Jamie tomarlo a risa? Scarlett recordó que Maureen también se había reído cuando habían hablado de su abuelo, en vez de escandalizarse. Todo era muy complicado. No sabía qué pensar. En todo caso, no tenía tiempo para pensar en ello ahora; debía ir al banco y arreglar lo de su dinero.
—Cuida de la tienda, Daniel, mientras yo acompaño a la prima Scarlett —ordenó Jamie colocándose a su lado y tomándola del brazo.
Scarlett apoyó la mano en el antebrazo de Jamie y se despidió de Daniel. Esperó que el banco no estuviese lejos, pues era casi mediodía.
—Maureen estará encantada de que te quedes un poco más con nosotros —dijo Jamie mientras caminaban por la calle Broughton seguidos de Pansy—. ¿Vendrás esta tarde, Scarlett? Podría pasar a recogerte cuando me dirija a casa.
—Me encantaría, Jamie —dijo ella.
Se volvería loca en el caserón, sin nadie con quien hablar salvo su abuelo, y con él sólo durante diez minutos. Si venía Rhett, enviaría a Pansy a la tienda con una nota diciendo que había cambiado de idea.


El caso fue que cuando llegó Jamie ya ella lo esperaba con impaciencia en el vestíbulo.
Su abuelo se había mostrado más antipático que nunca cuando Scarlett le dijo que iba a salir aquella tarde.
—Esto no es un hotel donde puedas entrar y salir a tu antojo, señorita. Tienes que adaptar tu horario a las costumbres de mi casa, y eso quiere decir que has de acostarte a las nueve.
—Desde luego, abuelo —había dicho sumisamente ella.
Estaba segura de que estaría en casa mucho antes de aquella hora. Además, su abuelo le inspiraba un creciente respeto desde su visita al presidente del banco. Su abuelo debía ser mucho, mucho más rico de lo que ella había imaginado. Cuando Jamie la presentó como nieta de Pierre Robillard, el hombre casi reventó sus pantalones de tantas reverencias. Scarlett sonrió al recordarlo. «Una vez que Jamie se hubo marchado y dije que quería alquilar una caja de seguridad para guardar en ella medio millón, creí que el tipo iba a desmayarse a mis pies. No me importa lo que diga la gente, pero tener mucho dinero es lo mejor del mundo.»
—No podré quedarme hasta muy tarde —le dijo a Jamie en cuanto lo vio—. Espero no causarte demasiadas molestias, pero ¿querrás acompañarme de vuelta aquí a las ocho y media?
—Será para mí un honor acompañarte a la hora que sea —declaró Jamie.
Ciertamente, Scarlett no tenía la menor idea de que no regresaría hasta casi el amanecer.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:50 am

39


La velada empezó con bastante tranquilidad. Tanta que, de hecho, Scarlett se sintió decepcionada. Había esperado música y baile y alguna clase de celebración, pero Jamie la introdujo en la ahora familiar cocina de su casa. Maureen la recibió con un beso en cada mejilla y una taza de té en la mano; después volvió a sus preparativos para la cena. Scarlett se sentó junto a tío James, que estaba dormitando a medias. Jamie se quitó la chaqueta, se desabrochó el chaleco y encendió la pipa; después se acomodó en una mecedora para fumar tranquilamente. Mary Kate y Helen estaban poniendo la mesa en el comedor contiguo, charlando entre ellas mientras manejaban ruidosamente los cuchillos y tenedores. Era una agradable escena familiar, aunque no muy excitante. Pero al menos, pensó Scarlett, cenaría. Sabía que tía Pauline y tía Eulalie debían estar equivocadas en lo del ayuno. Nadie podía vivir durante semanas con una sola comida al día.
Al cabo de unos minutos, la tímida muchacha de cabellos oscuros entró desde el vestíbulo llevando al pequeño Jacky de la mano.
—¡Ah, ya estás aquí, Kathleen! —dijo Jamie. Scarlett tomó mentalmente nota del nombre. Muy adecuado para la niña, tan delicada y joven—. Trae al muchachito a su viejo papá.
Jacky se soltó de la mano de Kathleen y corrió hacia su padre, y a partir de ahí se acabó la breve tranquilidad. Scarlett hizo una mueca al oír los gritos de alegría del pequeño. El tío James roncó y se despertó de pronto. Se abrió la puerta de la calle y entró Daniel con Brian, su hermano menor.
—Mira lo que he encontrado husmeando en la puerta, mamá —dijo Daniel.
—Oh, ya veo que has decidido honrarnos con tu presencia, Brian —dijo Maureen—. Tendré que notificarlo al periódico para que lo publiquen en primera página.
Brian agarró a su madre por la cintura y la estrechó con fuerza.
—No echarás a un hombre a la calle para que se muera de hambre, ¿verdad?
Maureen simuló enojo, pero estaba sonriendo. Brian besó la mata de cabellos que su madre llevaba recogida sobre la cabeza y la soltó.
—Mira lo que has hecho con mis cabellos, indio salvaje —se lamentó Maureen—. Y además me has avergonzado al no saludar a tu prima Scarlett. Y también tú, Daniel.
Brian dobló su alto cuerpo por la mitad y sonrió a Scarlett.
—¿Me perdonas? —dijo—. Eres tan pequeña y estabas tan callada que no te vi, prima Scarlett. —Sus espesos cabellos rojos brillaban bajo el rojo resplandor del fuego, y sus ojos azules eran contagiosamente alegres—. ¿Intecerderás por mí ante esta madre tan cruel para que me dé unas cuantas migajas de su mesa?
—Bueno, salvaje, ve a lavarte el polvo de las manos —le ordenó Maureen.
Daniel ocupó el sitio de su hermano cuando Brian se dirigió al fregadero.
—Todos nos alegramos de tenerte con nosotros, prima Scarlett.
Scarlett sonrió. Incluso con el ruido que armaba Jacky saltando sobre la rodilla de Jamie, ella también se alegraba de estar allí. ¡Había tanta vida en sus altos y pelirrojos primos! Hacía que la fría perfección de la casa de su abuelo pareciese una tumba.
Mientras comían en la mesa grande del comedor, Scarlett se enteró del motivo de la fingida cólera de Maureen contra su hijo. Hacía pocas semanas que Brian había abandonado la habitación que compartía con Daniel, y Maureen sólo le había perdonado a medias su arranque de independencia. Cierto que estaba solamente a pocos pasos de distancia, en la casa de su hermana Patricia; pero se había ido. Sin embargo, a Maureen le satisfacía enormemente que Brian siguiese prefiriendo sus guisos a los menús más caprichosos de Patricia.
—Bueno, ¿qué se puede esperar de Patricia —dijo satisfecha—, si no quiere que el olor a pescado impregne sus bellas cortinas de encaje? —Y puso cuatro trozos de pescado frito untado de mantequilla en el plato de su hijo—. La cuaresma debe de ser muy dura para una dama como ella.
—Muérdete la lengua, mujer —dijo Jamie—; estás hablando mal de tu propia hija.
—¿Y quién tiene más derecho a hacerlo que su madre?
Entonces habló el viejo James.
—Maureen tiene razón. Recuerdo muy bien la lengua afilada de mi madre... —Se perdió en una serie de recuerdos de su juventud. Scarlett prestó atención cuando oyó que mencionaba a su padre—. Bueno —dijo el viejo James, y ella se inclinó hacia él—, Gerald fue siempre la niña de los ojos de nuestra madre, tal vez porque era el pequeño. Siempre se libraba con una ligera regañina.
Scarlett sonrió. Era natural que papá fuese el favorito de su madre. ¿Quién podía resistirse a la ternura que él trataba de disimular con su jactancia? ¡Oh, qué lástima que él no pudiese estar ahora aquí con toda su familia!
—¿Iremos a casa de Matthew después de cenar? —preguntó el viejo James—. ¿O vendrán todos aquí?
—Iremos a casa de Matt —respondió Jamie.
Scarlett recordó que Matt era el que había iniciado el baile en la fiesta de cumpleaños de Patricia. Empezó a repicar con los pies.
Maureen le sonrió.
—Creo que estamos deseando bailar un reel —dijo.
Levantó la cuchara de su plato, tomó la de Daniel y entonces, juntando las piezas ovaladas de ambos cubiertos por su lado convexo, mantuvo flojos los mangos y los hizo repicar contra la palma de su mano, contra su muñeca y su antebrazo, y contra la frente de Daniel. El ritmo era parecido al que lograba con los huesos, pero más ligero, y la singularidad de hacer música con un par de cucharas regocijó a Scarlett, provocando en ella una risa espontánea. Sin pensarlo, empezó a golpear la mesa con las palmas de las manos, siguiendo el compás de las cucharas.
—Ya es hora de que vayamos allá —dijo riendo Jamie—. Iré a buscar mi violín.
—Nosotras llevaremos las sillas —dijo Mary Kate.
—Matt y Katie sólo tienen dos sillas —explicó Daniel a Scarlett—. Son los O'Hara que se instalaron más tarde en Savannah.
No importaba en absoluto que el doble salón de Matt y Katie O'Hara estuviese casi desprovisto de muebles. Tenían chimeneas para el calor, globos de gas en el techo para la luz, y un amplio suelo de madera barnizada para el baile. Las horas que pasó Scarlett aquel sábado en aquellas habitaciones desnudas fueron de las más felices que vivió jamás.
Los O'Hara compartían el amor y la felicidad dentro de la familia tan libre e inconscientemente como el aire que respiraban. Scarlett sentía crecer en su interior algo perdido hacía tanto tiempo que no podía recordarlo. Se volvía, a semejanza de ellos, natural, espontánea y abierta a una alegría despreocupada. Podía prescindir de los artificios y los cálculos que había aprendido a emplear en las batallas para la conquista y el dominio, unos ardides que resultaban indispensables para una belleza en la sociedad del Sur.
Aquí no tenía necesidad de hechizar o conquistar; era bien recibida tal como era, como un miembro más de la familia. Por primera vez en su vida estaba dispuesta a retirarse de las candilejas para que fuesen otros el centro de atención. Sus parientes la fascinaban, en primer lugar porque eran su familia recién encontrada, pero también porque no había conocido a nadie como ellos en su vida.
O casi nunca. Scarlett miró a Maureen; Brian y Daniel tocaban detrás de ella y Helen y Mary Kate palmoteaban al compás del ritmo que marcaba Maureen con los huesos, y por un instante le pareció que los animados pelirrojos eran los jóvenes Tarleton resucitados: los gemelos, altos y apuestos, y las muchachas rebullendo con juvenil impaciencia por lanzarse a la próxima aventura que les brindase la vida. Scarlett había envidiado siempre a Camilla y Hetty Tarleton el trato libre y fácil que tenían con su madre. Ahora veía la misma libertad entre Maureen y sus hijos. Y sabía que también ella era invitada a reír con Maureen, a gastar y aceptar bromas, a compartir el generoso afecto que mostraba la esposa de Jamie por todos los que la rodeaban.
En aquel momento, la casi adoración de Scarlett por su serena y reservada madre vaciló y se quebró ligeramente, y ella empezó a liberarse de la culpa que siempre había sentido por no poder seguir las enseñanzas de Ellen. Tal vez estaba bien que ella no fuese una dama perfecta. Esta idea era demasiado prometedora, demasiado complicada; reflexionaría más tarde acerca de esto. Ahora no quería pensar en nada, ni en ayer, ni en mañana. Lo único que importaba era este momento y la dicha que contenía, la música, el canto, el palmoteo y el baile.
Después de los ritos formales de los bailes de Charleston, los espontáneos placeres hogareños eran embriagadores. Scarlett respiró profundamente llenándose de la alegría y las risas a su alrededor, y sintió una especie de vértigo.
Peggy, la hija de Matt, le enseñó los pasos más sencillos del reel. Por alguna extraña razón resultaba apropiado que aprendiese de una niña de siete años. Y eran apropiadas la descarada animación e incluso las chanzas de los demás, tanto de los adultos como de los niños, porque iban dirigidas a Peggy lo mismo que a ella. Bailó hasta que le flaquearon las rodillas y entonces se derrumbó riendo en el suelo, a los pies del viejo James que le acarició la cabeza como si fuese una mocosa, y esto la hizo reír todavía más hasta que exclamó jadeando:
—¡Me divierto demasiado!
Había habido muy poca diversión en la vida de Scarlett, y quería que esta alegría limpia y sencilla durase para siempre. Miró a sus altos y satisfechos primos, y se enorgulleció de su fuerza, energía y talento para la música y para la vida. «Nosotros, los O'Hara, somos estupendos. Nadie puede con nosotros.» Scarlett creyó oír la voz de su padre repitiendo jactanciosa las palabras que tantas veces le había dicho, y comprendió por primera vez lo que él había querido decir.
—¡Oh, Jamie, qué noche tan maravillosa ha sido! —dijo, cuando él la acompañó a su casa. Estaba tan cansada que prácticamente se tambaleaba; pero charlaba como una cotorra, demasiado entusiasmada para aceptar el tranquilo silencio de la ciudad dormida—. Somos estupendos, los O'Hara.
Jamie se echó a reír. Sus vigorosas manos la asieron por la cintura, y la levantó haciéndole dar una vuelta vertiginosa.
—Nadie puede con nosotros —añadió al dejarla en el suelo.


—Señora Scarlett..., señora Scarlett. —Pansy la despertó a las siete para darle un recado de su abuelo—. Él quiere verla inmediatamente.
El viejo soldado estaba perfectamente vestido y recién afeitado. Desde su majestuosa posición en el gran sillón situado a la cabecera de la mesa del comedor miró con desaprobación los cabellos peinados al desgaire y la bata de Scarlett.
—Mi desayuno deja mucho que desear —declaró.
Scarlett le miró, boquiabierta. ¿Qué tenía ella que ver con su desayuno? Tal vez el anciano había perdido la cabeza, como papá. No, no como papá. Papá se vio obligado a aguantar más de lo que podía soportar, y por esto se había retirado a un tiempo y a un mundo donde no habían ocurrido aquellas cosas horribles. Era como un niño aturrullado. Pero no había nada infantil ni aturrullado en el abuelo. Éste sabía exactamente quién era y lo que hacía. ¿Qué pretendía obligándola a levantarse después de solamente dos horas de sueño para quejarse del desayuno?
Scarlett dijo, con voz deliberadamente tranquila:
—¿Qué tiene de malo su desayuno, abuelo?
—Es insípido y está frío.
—Entonces, ¿por qué no lo devuelve a la cocina? Dígales lo que quiere que le traigan, y que tiene que estar caliente.
—Díselo tú. La cocina es cosa de mujeres.
Scarlett puso los brazos en jarras. Miró a su abuelo con unos ojos tan acerados como los de él.
—¿Quiere decir que me ha sacado de la cama para darle un recado a la cocinera? ¿Por quién me ha tomado? ¿Por una criada? Pida usted su desayuno o pase hambre, que a mí me da igual. Me vuelvo a la cama.
—Esa cama es mía, jovencita, y la utilizas gracias a mí. Espero que cumplas mis órdenes mientras estés bajo mi techo.
Ahora estaba Scarlett furiosa; ya no podría dormir. «Haré mis bártulos sin perder instante —pensó—. No tengo por qué aguantar esto.» . El agradable aroma de café recién hecho le impidió hablar. Primero tomaría café y después le diría al viejo... Sería mejor que lo pensara un poco. No le convenía marcharse de Savannah. Ahora seguramente Rhett sabía ya que ella estaba ahí. Y ella recibiría un mensaje de la madre superiora acerca de Tara en cualquier momento.
Se dirigió hacia el cordón de la campanilla, junto a la puerta, y tiró de él. Después se sentó a la derecha de su abuelo. Cuando entró Jerome, Scarlett le miró echando chispas por los ojos.
—Tráigame una taza para mi café. Y llévese este plato. ¿Qué es, abuelo? ¿Gachas de harina de maíz? Sea lo que fuere, Jerome, dígale a la cocinera que se lo coma ella. Y que prepare unos huevos revueltos con jamón y tocino, y sémola y bizcochos. Con mucha mantequilla. Y yo quiero una jarrita de crema de leche con el café; inmediatamente.
Jerome miró al tieso anciano, suplicándole en silencio que pusiese a Scarlett en su sitio. Pero Pierre Robillard miraba al frente, eludiendo los ojos del mayordomo.
—No se quede plantado ahí como una estatua —dijo Scarlett—. Haga lo que le he dicho.
Tenía hambre.
Su abuelo era así. Aunque el desayuno transcurrió tan silencioso como el banquete de su cumpleaños, esta vez el anciano comió todo lo que le sirvieron. Scarlett le observaba recelosamente de reojo. ¿Qué se proponía el viejo zorro? No podía creer que no hubiese algo escondido detrás de su extraña actitud. Sabía por experiencia que obtener lo que uno quería de los criados era la cosa más fácil del mundo. Lo único que había que hacer era gritarles. «Y por Dios que el abuelo sabe aterrorizar a la gente. O si no, que lo digan tía Pauline y tía Eulalie —pensó—. O yo, dicho sea de paso. He saltado de la cama con bastante rapidez cuando me ha enviado a buscar. No volveré a hacerlo.»
El viejo dejó la servilleta sobre el plato vacío.
—Espero que, en lo sucesivo, te vistas como es debido para las comidas —dijo a Scarlett—. Saldremos exactamente dentro de una hora y siete minutos, para ir a la iglesia. Tienes tiempo de sobra para arreglarte.
Scarlett no había tenido intención de ir a la iglesia: ahora sus tías no estaban aquí para esperar que lo hiciese y además ya había obtenido lo que quería de la madre superiora. Pero había de atajar las arbitrariedades del abuelo. Según sus tías, era un furibundo anticatólico.
—No sabía que fuese a misa, abuelo —dijo, rezumando dulzura.
Las gruesas cejas blancas de Pierre Robillard se juntaron en un ceño amenazador.
—Espero que no compartas esa idiotez papista con tus tías —dijo.
—Soy buena católica, si es esto lo que quieres decir. Y voy a ir a misa con mis primos, los O'Hara. A propósito, éstos me invitaron a quedarme con ellos cuando quiera y todo el tiempo que quiera.
Scarlett se levantó y salió triunfalmente de la habitación. Estaba subiendo la escalera cuando recordó que no hubiese debido comer nada antes de la misa. No importaba. No tenía que comulgar si no quería. Y se apuntaría un tanto contra su abuelo. Cuando entró en su habitación, dio unos cuantos pasos de reel que había aprendido la noche anterior.
No creyó por un instante que el viejo se hubiese tragado su farol de alojarse en casa de sus primos. Aunque le encantaba ir a casa de los O'Hara para la música y el baile, había allí demasiados críos. Además, no tenían criadas, y ella no podía vestirse sin que Pansy le abrochase el corsé y la peinara.
«Me pregunto qué se propondrá», pensó de nuevo. Después se encogió de hombros. Probablemente lo sabría pronto. En realidad no era importante. Seguramente vendría Rhett a buscarla antes de que el abuelo hiciese nada.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:53 am

40


Una hora y cuatro minutos después de subir Scarlett a su habitación, Pierre Auguste Robillard, soldado de Napoleón, dejó el bello santuario de su casa para ir a la iglesia. Vestía un grueso abrigo y una bufanda de lana, y cubría sus finos cabellos blancos con un alto sombrero de marta cebellina que había pertenecido a un oficial ruso muerto en Borodino. A pesar del brillante sol y de la promesa de primavera en el aire, el flaco anciano sentía frío. Sin embargo, caminaba muy tieso, apoyándose raras veces en el bastón de caña que llevaba. Correspondía con una correcta y breve inclinación a las personas que le saludaban por la calle. Era muy conocido en Savannah.
En la iglesia presbiteriana independiente de la plaza Chippewa, ocupó su sitio en el quinto banco de delante, un sitio que tenía reservado desde la inauguración de gala de la iglesia, hacía más de cincuenta años. James Monroe, a la sazón presidente de Estados Unidos, había asistido a la ceremonia inaugural y pedido que le presentasen al hombre que había luchado con Napoleón desde Austerlitz hasta Waterloo. Pierre Robillard se había mostrado respetuoso con el viejo, aunque un presidente no podía impresionar a un hombre que había batallado junto a un emperador.
Cuando terminó el oficio, Pierre Auguste Robillard cruzó unas palabras con varios hombres que habían respondido a su ademán y se habían reunido rápidamente con él en la escalinata de la iglesia. Hizo varias preguntas y recibió muchísimas respuestas. Después volvió a casa, casi sonriente el adusto semblante, para dormir hasta que le sirviesen la comida en una bandeja. La salida semanal para ir a la iglesia resultaba cada vez más fatigosa.
Durmió ligeramente, como suelen hacer los ancianos, y se despertó antes de que Jerome le trajese la bandeja. Mientras la esperaba, pensó en Scarlett. No sentía curiosidad por su vida ni por su carácter. No había pensado en ella durante muchos años, y cuando la joven se presentó en su habitación con sus hijas no le había complacido ni disgustado verla. Solamente le prestó atención cuando Jerome se quejó de ella. Estaba desorganizando la cocina con sus exigencias, dijo Jerome. Y causaría la muerte de monsieur Robillard si seguía insistiendo en añadir mantequilla, salsa y dulces a sus comidas.
Ella era la respuesta a las oraciones del viejo. Éste ya no esperaba nada de la vida salvo más meses o años de la inmutable rutina del sueño, las comidas y la excursión semanal a la iglesia. A él no le inquietaba que su existencia fuese tan monótona; tenía el retrato de su amada esposa ante sus ojos y la certidumbre de que a su debido tiempo se reuniría con ella después de la muerte. Pasaba los días y las noches soñando con ella cuando dormía y recordándola cuando estaba despierto. Para él, esto era suficiente. Casi. Echaba en falta la buena comida, pues en los últimos años ésta había sido insípida, fría cuando no quemada, y de una monotonía fatal. Quería que Scarlett cambiase este estado de cosas.
Los recelos que Scarlett tenía sobre los motivos del viejo eran infundados. Pierre Robillard había descubierto inmediatamente su energía. Quería que la emplease en su beneficio, ahora que él carecía ya del vigor necesario para imponer su voluntad. Los criados sabían que era demasiado viejo y estaba demasiado cansado para dominarlos. Pero Scarlett era joven y fuerte; él no buscaba su compañía ni su amor. Quería que dirigiese su casa como la había dirigido él antaño. Es decir, de acuerdo con sus normas y sometida a su dominio. Necesitaba encontrar una manera de lograrlo, y por esto pensaba en Scarlett.
—Dile a mi nieta que venga —dijo cuando entró Jerome.
—Aún no ha llegado —respondió el mayordomo con una sonrisa. Preveía, satisfecho, la irritación del anciano. Jerome odiaba a Scarlett...


Scarlett estaba en el gran mercado municipal con los O'Hara. Después del enfrentamiento con su abuelo se había vestido, había despedido a Pansy y escapado a través del jardín para recorrer a toda prisa las dos breves manzanas que la separaban de la casa de Jamie.
—He venido para ir a misa acompañada —le dijo a Maureen, pero su verdadera razón era estar en algún lugar donde la gente fuese amable.
Después de la misa, los hombres se marcharon en una dirección y las mujeres y los niños, en otra.
—Irán a que les corten el pelo y a charlar en la peluquería del hotel Pulasky House —le explicó Maureen a Scarlett—. Y probablemente a tomar un par de cervezas en el bar. Es mejor que el periódico para saber lo que sucede. Nosotras nos enteraremos de las noticias en el mercado, mientras compro unas ostras para hacer una buena empanada.
El mercado municipal tenía el mismo objeto y el mismo interés que el de Charleston. Hasta que volvió a experimentar el familiar bullicio del regateo, las compras, las noticias y los saludos a las amigas, no se dio cuenta Scarlett de lo mucho que lo había echado de menos cuando las fiestas de la temporada ocuparon la mayor parte del tiempo de las damas.
Ahora lamentó no haber traído consigo a Pansy. Habría podido llenar una cesta con los frutos exóticos que llegaban a través del atareado puerto de Savannah, si hubiese tenido a su doncella para acarrearla.
Mary Kate y Helen hacían este trabajo para las mujeres O'Hara. Scarlett dejó que le llevasen algunas naranjas, e insistió en pagar el café y los bollos dulces que consumieron en uno de los puestos.
En cambio, rehusó cuando Maureen la invitó a comer con ellos. No había advertido a la cocinera de su abuelo que no estaría en casa. Y quería recuperar el sueño perdido. No deseaba parecer una muerta resucitada si llegaba Rhett en el tren de la tarde.
Se despidió de Maureen con un beso ante la puerta de la casa Robillard y dijo adiós a las demás, que estaban a casi una manzana de distancia, retrasadas por el andar vacilante de los más pequeños y por el embarazo de Patricia. Helen acudió corriendo con una abultada bolsa de papel en la mano.
—No te olvides de las naranjas, prima Scarlett.
—Déme eso, señora Scarlett.
Era Jerome.
—¡Oh! Está bien, tome. No debería andar sin hacer ruido, Jerome; me ha dado un susto. No le he oído abrir la puerta.
—La estaba buscando. El señor Robillard la llama.
Jerome miró a las O'Hara rezagadas con no disimulado desdén. Scarlett apretó los dientes.
Tendría que hacer algo para acabar con las impertinencias del mayordomo. Entró en la habitación de su abuelo dispuesta a quejarse enérgicamente.
Pierre Robillard no le dio tiempo de hablar.
—Vas despeinada —dijo fríamente— y has quebrantado las normas de mi casa. Mientras estabas de palique con esos paletos irlandeses, ha pasado la hora de comer.
Scarlett reaccionó acaloradamente.
—Le agradeceré que hable con cortesía cuando se refiera a mis primos.
Los párpados del viejo sólo ocultaban a medias el brillo de sus ojos.
—¿Cómo llamas tú a un tendero? —dijo, sin alzar la voz.
—Si lo dice por Jamie O'Hara, le llamo un hombre de negocios próspero y trabajador, y le respeto por lo que ha conseguido.
Su abuelo tiró del anzuelo.
—Y sin duda admiras también a su llamativa esposa.
—¡Claro que sí! Es una mujer amable y generosa.
—Creo que ésta es la impresión que trata de causar. Supongo que sabrás que estuvo de camarera en un bar irlandés.
Scarlett se quedó boquiabierta como un pez fuera del agua. ¡No podía ser verdad! Imágenes no deseadas llenaron su mente. Maureen levantando su vaso para que le sirviesen otro whisky..., repiqueteando los huesos y cantando con entusiasmo todos los versos de canciones obscenas..., apartándose los revueltos cabellos de su cara enrojecida, sin tratar de sujetarlos de nuevo..., levantándose la falda hasta las rodillas para bailar el reel...
Vulgar. Maureen era vulgar.
Todos eran vulgares.
Scarlett tuvo ganas de llorar. Había sido tan feliz con los O'Hara que no quería perderlos. Pero... aquí, en esta casa donde se había criado su madre, el abismo entre los Robillard y los O'Hara era demasiado profundo para hacer caso omiso de él. «No es de extrañar que el abuelo se avergüence de mí. A mamá se le rompería el corazón si me hubiese visto caminando por la calle con una pandilla como la que acabo de dejar. Una mujer que no disimula en público su vientre de embarazada y un millón de chiquillos corriendo de un lado a otro como indios salvajes, y ni siquiera una doncella para llevar la cesta de la compra. Debí parecer tan de baja estofa como todos ellos. ¡Y mamá que se esforzó tanto en enseñarme a ser una dama! Se alegraría de haber muerto si supiese que su hija es amiga de una mujer que trabajó en un bar.»
Scarlett miró con inquietud al viejo. ¿Era posible que tuviese conocimiento de que ella había arrendado al dueño de un bar la casa que poseía en Atlanta?
Pierre Robillard tenía los ojos cerrados. Parecía haberse sumido de pronto en un sopor de anciano. Scarlett salió de puntillas de la habitación. Cuando cerró la puerta a su espalda, el viejo soldado sonrió y, después, se durmió de veras.


Jerome le trajo su correspondencia en una bandeja de plata. Llevaba guantes blancos. Scarlett tomó los sobres de la bandeja asintiendo brevemente con la cabeza. No debía darle las gracias si quería mantener a Jerome en su sitio. La tarde anterior, después de esperar una eternidad a Rhett en el salón, había propinado a la servidumbre un rapapolvo que jamás olvidarían. En particular a Jerome. Había sido una suerte que el mayordomo fuese tan impertinente; Scarlett necesitaba poder descargar en alguien su cólera y su decepción.
El tío Henry Hamilton estaba furioso porque ella había transferido el dinero al banco de Savannah. Peor para él. Scarlett arrugó su concisa carta y la arrojó al suelo.
El sobre más abultado era de tía Pauline. Sus difusas quejas podían esperar, porque seguramente eran quejas. Scarlett abrió el siguiente sobre, cuadrado y rígido.
No reconoció la letra de la dirección.
Era una invitación. El nombre no le era familiar y tuvo que pensar un rato antes de recordarlo. Claro. Hodgson era el apellido de casada de una de las hermanas Telfair. La invitación era para la ceremonia de inauguración de Hodgson Hall, seguida de una recepción. «Nueva sede de la Sociedad de Historia de Georgia.» Sonaba todavía peor que aquella horrible velada musical. Scarlett hizo una mueca y dejó la invitación a un lado. Tendría que encontrar papel de carta y decir que lamentaba no poder asistir. A las tías les gustaba morirse de aburrimiento; pero a ella no.
Las tías. Tal vez sería mejor acabar con esto de una vez. Abrió la carta de Pauline.

... profundamente avergonzadas por tu mal comportamiento. Si hubiésemos sabido que venías con nosotras a Savannah sin dar siquiera una explicación a Eleanor Butler, habríamos insistido en que bajases del tren y volvieses atrás.

¿Qué diablos decía tía Pauline? ¿Era posible que Eleanor no hubiese mencionado la nota que había dejado para ella? ¿O que no la hubiese recibido? No; era imposible. La tía Pauline estaba simplemente enmarañándolo todo.
Leyó rápidamente las lamentaciones de Pauline sobre la locura de Scarlett al emprender un viaje después de haber naufragado con la balandra y sobre la «renuncia antinatural» de Scarlett a contarles a sus tías el accidente.
¿Por qué no le decía Pauline lo que ella quería saber? No había una palabra acerca de Rhett. Recorrió con la vista una página tras otra de la puntiaguda escritura de Pauline, buscando el nombre de él. ¡Santo Dios! Su tía podía ser más prolija que un sermón sobre el fuego del infierno. Aquí estaba. Por fin.

... la querida Eleanor está comprensiblemente preocupada porque Rhett ha creído necesario viajar a Boston para ocuparse de sus envíos de fertilizante. No hubiese debido exponerse al gélido clima del Norte inmediatamente después de su larga inmersión en agua fría al naufragar su balandra...

Scarlett dejó caer las hojas sobre la falda. ¡Claro! ¡Gracias a Dios! Por esto no había venido Rhett todavía a buscarla. «¿Por qué no me dijo el tío Henry que el telegrama de Rhett procedía de Boston? Entonces no me habría vuelto loca esperando que apareciese en la puerta en cualquier momento. ¿Dice tía Pauline cuando volverá?» Scarlett manoseó las revueltas hojas de la carta. ¿Dónde había interrumpido la lectura?
Encontró el pasaje y leyó ansiosamente hasta el final. Pero allí no se hacía mención de lo que quería saber. «¿Qué voy a hacer ahora? Rhett puede estar ausente durante semanas. O puede estar de regreso en este mismo instante.»
Scarlett tomó de nuevo la invitación de la señora Hodgson. Al menos tendría un sitio adonde ir. Le daría un ataque si tenía que quedarse día tras día en esta casa.
Si al menos pudiese ir de vez en cuando a casa de Jamie a tomar una taza de té... Pero no, esto era inconcebible.


Y sin embargo, no podía dejar de pensar en los O'Hara. La mañana siguiente, fue con la enfurruñada cocinera al mercado municipal para ver lo que compraba y lo que pagaba por ello. Sin nada más de que ocuparse, se hallaba resuelta a poner orden en la casa de su abuelo. Mientras estaba tomando café, oyó que una voz suave y vacilante pronunciaba su nombre. Era la adorable y tímida Kathleen.
—No conozco todos los pescados que se venden aquí —dijo—. ¿Quieres ayudarme a escoger las mejores gambas?
Scarlett se quedó perpleja hasta que la chica señaló los crustáceos.
—Deben de haberte enviado los ángeles, Scarlett —dijo Kathleen cuando hubo hecho su compra—. Habría estado perdida sin ti. Maureen quiere solamente lo mejor. Estamos esperando a Colum, ¿sabes?
«Colum..., ¿tengo que conocerle? Maureen u otra persona mencionó este nombre una vez.»
—¿Por qué es Colum tan importante?
Los ojos azules de Kathleen se abrieron con asombro al oír su pregunta.
—Bueno..., porque Colum es Colum. Es... —No conseguía encontrar las palabras que buscaba—. Es Colum y nada más. Él me trajo aquí, ¿no lo sabes? Es hermano mío, como Stephen.
Stephen. Aquel que estaba tan callado. Scarlett no había caído en la cuenta de que era hermano de Kathleen. Tal vez ésta era la causa de que el chico fuera tan callado. Tal vez todos eran tímidos como ratones en aquella familia.
—¿Cuál de los hermanos de tío James es tu padre? —preguntó a Kathleen.
—Oh, mi padre está muerto. Descanse en paz.
¿Era tonta esa niña?
—¿Cómo se llamaba, Kathleen?
—Ah, quieres saber su nombre. Se llamaba Patrick, Patrick O'Hara. Patricia fue llamada como él, por ser su nieta y la primogénita de su hijo Jamie.
Scarlett arrugó la frente concentrándose. Así pues, Jamie era también hermano de Kathleen. ¡Y ella había pensado que toda la familia era tímida!
—¿Tienes otros hermanos? —preguntó.
—Oh, sí —dijo Kathleen, sonriendo satisfecha—, hermanos y también hermanas. Entre todos, somos catorce. Quiero decir vivos.
Y se santiguó.
Scarlett se apartó de la muchacha. ¡Oh, Señor! Era más que probable que la cocinera hubiese estado escuchando y lo contase todo al abuelo. Le pareció estar oyéndole comentar que las católicas parían como conejas.
Pero, en realidad, Pierre Robillard no mencionó a los primos de Scarlett. La llamó antes de cenar, le dijo que sus comidas eran ahora satisfactorias y la despidió.
Ella detuvo a Jerome para comprobar la bandeja de la cena y examinó la plata a fin de asegurarse de que resplandecía y no había en ella huellas dactilares. Cuando posó la cucharilla del café, ésta chocó con la cuchara de la sopa. «Me pregunto si Maureen me enseñaría a tocar con las cucharas», se dijo. Esta idea la pilló desprevenida. Aquella noche soñó con su padre. Se despertó por la mañana con una sonrisa en los labios, pero tirantes las mejillas por las lágrimas que se habían secado en su rostro.
En el mercado municipal, oyó la impetuosa risa característica de Maureen O'Hara con el tiempo justo para esconderse detrás de uno de los gruesos pilares de ladrillos a fin de que no la viesen. Pero ella podía ver a Maureen y a Patricia, ésta muy voluminosa, seguidas de una caterva de chiquillos.
—Tu padre es el único que no está deseando que llegue tu tío —oyó que decía Maureen—, porque disfruta con las cenas especiales que preparo cada noche esperando a Colum.
«También a mí me gustaría algún plato especial —pensó con rebeldía Scarlett—; me estoy cansando de los blandos alimentos que preparan en consideración al abuelo.» Se volvió a la cocinera.
—Compra también un pollo —ordenó— y fríe un par de trozos para mi almuerzo.
Sin embargo, su malhumor se desvaneció mucho antes de la comida. Cuando llegó a casa, encontró una nota de la madre superiora. El obispo estudiaría la propuesta de Scarlett de comprar la dote de Carreen.
«Tara. ¡Tara será mía!» Y tan enfrascada estaba en sus planes para el renacimiento de Tara que no advirtió el paso del tiempo ni se dio cuenta de lo que había en su plato a la hora de comer.
Podía verlo todo claramente en su imaginación. La casa, de nuevo blanca y resplandeciente en la cima de la colina, el verde césped recortado cuajado de tréboles; y el pastizal de un verde deslumbrante, con su espesa hierba satinada inclinándose bajo la brisa, desplegándose como una alfombra en la pendiente hasta el verde más oscuro y misterioso de los pinos que bordeaban el río ocultándolo a la vista. La primavera, con nubes de tiernos capullos de cornejo y el embriagador aroma de la glicina, y después, el verano, con las almidonadas cortinas blancas hinchándose en las ventanas abiertas, el fuerte y dulce perfume de la madreselva introduciéndose en las habitaciones, todas ellas perfectamente restauradas como ella había soñado. Sí, el verano era lo mejor. El largo y perezoso verano de Georgia, cuando el crepúsculo duraba horas y relucían las luciérnagas en la penumbra que se iba espesando lentamente. Y después, las estrellas, grandes y próximas en el cielo de terciopelo, o una luna redonda y blanca, tan blanca como la casa que dormía iluminada por ella en la oscura y suavemente encumbrada colina.
El verano... Scarlett abrió mucho los ojos. ¡Ésta era la cuestión! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Desde luego. En verano, que era cuando Tara le gustaba más, Rhett no podría ir a Dunmore Landing a causa de las fiebres. Sería perfecto. Pasarían desde octubre hasta junio en Charleston, con la temporada de fiestas para romper la monotonía de los aburridos tés, y la promesa del verano en Tara para romper la monotonía de la temporada. Podría soportarlo, sabía que podría. Con tal de pasar el largo verano en Tara. ¡Ojalá se diese prisa el obispo!

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:53 am

41


Pierre Robillard acompañó a Scarlett a la ceremonia de inauguración de Hodgson Hall. Era un personaje imponente, con su anticuado traje de etiqueta compuesto de pantalón de satén hasta la rodilla y frac de terciopelo, y luciendo la pequeña insignia de la Legión de Honor en el ojal y una ancha banda de seda roja sobre el pecho. Scarlett no había visto nunca a nadie de aspecto tan distinguido y aristocrático como su abuelo.
Pero pensó que también él podía sentirse orgulloso de ella. Sus perlas y brillantes eran de primera calidad y su vestido era magnífico: una reluciente columna de tisú de oro, ribeteada de encaje dorado y con una cola de brocado de oro de más de un metro de largo. Nunca había tenido ocasión de llevarlo, porque en Charleston tenía que vestir modestamente. Después de todo, era una suerte que hubiese encargado todos aquellos trajes antes de dirigirse a Charleston. Bueno, eran media docena de vestidos que casi no se había puesto nunca. Incluso sin los adornos que Rhett le había hecho quitar, eran mucho más bonitos que todos los que había visto lucir en Savannah. Scarlett se sentía muy ufana cuando Jerome la ayudó a subir al carruaje alquilado para que se sentase frente a su abuelo.
Ambos guardaron silencio durante el trayecto hasta el extremo sur de la ciudad. Pierre Robillard cabeceaba, adormilado. Pero se irguió de pronto cuando Scarlett exclamó: «¡Oh, mire!» En la calle, ante la verja de hierro del clásico edificio, se había congregado una multitud deseosa de observar la llegada de la alta sociedad de Savannah. Como en el baile de santa Cecilia. Scarlett mantuvo orgullosamente alta la cabeza cuando un criado de librea la ayudó a bajar del carruaje a la acera. Escuchó los murmullos de admiración de la muchedumbre. Mientras su abuelo se apeaba lentamente para reunirse con ella, Scarlett sacudió la cabeza a fin de que los pendientes resplandeciesen a la luz del farol y soltó la cola del vestido, que llevaba recogida sobre el brazo, dejando que se extendiese detrás de ella mientras ascendía por la alfombrada escalinata de la entrada.
«¡Oooh!», oyó que decía la gente, y «¡Aaah!», «Muy bella», «¿Quién es?» Y cuando extendía la mano enguantada de blanco para apoyarla en la manga de terciopelo de su abuelo, una voz conocida exclamó claramente:
—Katie Scarlett, querida, ¡estás más deslumbrante que la reina de Saba!
Presa del pánico, miró rápidamente hacia su izquierda, y entonces, todavía con más rapidez, volvió la espalda a Jamie y a su prole como si no los conociese, y se adaptó al paso lento de Pierre Robillard para subir majestuosamente la escalera. Pero la escena quedó grabada en su mente. Jamie, con el sombrero hongo echado hacia atrás sobre la rizada cabeza, rodeaba con el brazo derecho los hombros de su sonriente esposa de brillantes cabellos pero porte descuidado. Otro hombre estaba de pie a su derecha, iluminado por la farola. Sólo llegaba al hombro de Jamie, y su figura, envuelta en un abrigo, era robusta y achaparrada, como un bloque oscuro de piedra. Su cara redonda era alegre, sus ojos, como centellas azules, y su cabeza descubierta, un halo de rizos de plata. Era la viva imagen de Gerald O'Hara, el padre de Scarlett.
El interior de Hodgson Hall era elegante y sobrio como correspondía a su finalidad docente. Ricos paneles de madera pulida cubrían las paredes y servían de fondo a la colección de antiguos mapas y dibujos de la Sociedad de Historia. Grandes lámparas de bronce, con globos blancos sobre mecheros de gas, pendían del alto techo. Proyectaban una luz desagradable, brillante y blanquecina sobre las pálidas y arrugadas caras aristocráticas que había debajo de ellas. Scarlett buscó instintivamente alguna zona de sombra. Viejos, todos parecían viejos.
Sintió pánico, como si envejeciese rápidamente, como si la vejez fuese algo contagioso. Su trigésimo cumpleaños había llegado y pasado inadvertido mientras ella estaba en Charleston; pero ahora se daba cuenta de ello. Todo el mundo sabía que, cuando una mujer contaba treinta años era como si estuviese muerta. A los treinta era una tan vieja que nunca creyó que eso pudiese ocurrirle a ella. No podía ser verdad.
—Scarlett —dijo su abuelo.
Sujetando el brazo de su nieta por encima del codo la empujó hacia la hilera de recepción. Tenía los dedos fríos como la muerte; Scarlett sentía aquel frío a través de la fina piel del guante que le cubría el brazo casi hasta el hombro.
Delante de ella, los ancianos dirigentes de la Sociedad de Historia daban la bienvenida a los ancianos invitados, uno a uno. «¡No puedo! —pensó frenéticamente Scarlett—. No puedo estrechar todas esas manos frías y muertas y decir que me alegro de estar aquí. Tengo que irme.»
Se colgó del hombro rígido de su abuelo.
—No me encuentro bien —le dijo—. Me siento indispuesta de pronto, abuelo.
—No puedes encontrarte mal —dijo él—. Mantente tiesa y haz lo que se espera de ti. Podrás marcharte después de la ceremonia inaugural, no antes.
Scarlett irguió la espalda y avanzó. ¡Qué monstruo era su abuelo! No era extraño que nunca hubiese oído a su madre hablar mucho de él; no había nada agradable que decir a su respecto.
—Buenas noches, señora Hodgson —dijo—. Me alegro mucho de estar aquí.
El tránsito de Pierre Robillard por delante de la hilera de recepción era mucho más lento que el de Scarlett. Todavía se inclinaba él rígidamente sobre la mano de una dama en mitad de la fila, cuando Scarlett había ya terminado. Ésta se abrió paso entre un grupo de personas y se dirigió de prisa hacia la puerta. Fuera, aspiró el aire frío con avidez. Después echó a correr. La cola de su vestido resplandeció a la luz de la farola sobre la roja alfombra de ala de la escalinata, extendiéndose detrás de ella como si flotase en el aire.
—El coche de los Robillard. ¡De prisa! —ordenó al criado.
Respondiendo a su requerimiento, corrió él hacia la esquina. Scarlett se apresuró a seguirle, sin preocuparse de que arrastraba la cola sobre los toscos ladrillos de la acera. Tenía que marcharse de allí antes de que alguien pudiese impedírselo.
Cuando estuvo a salvo dentro del carruaje, respiró en breves jadeos.
—Lléveme a South Broad —le indicó al cochero cuando pudo hablar—. Ya le mostraré la casa.
«Mi madre dejó a esta gente —pensó—, y se casó con papá. No puede desaprobar el que yo también me escape.»
Pudo oír la música y las risas a través de la puerta de la cocina de Maureen. Golpeó con los dos puños hasta que Jamie abrió.
—¡Es Scarlett! —dijo, agradablemente sorprendido—. Entra, querida Scarlett, y te presentaré a Colum. Por fin ha llegado el mejor de los O'Hara, exceptuándote a ti.
Ahora que lo tenía más cerca, Scarlett descubrió que Colum era bastantes años más joven que Jamie y no muy parecido a su padre salvo por la cara redonda y la corta estatura en relación con sus primos y sobrinos. Los ojos azules de Colum eran más oscuros y más serios, y su barbilla redonda tenía una firmeza que Scarlett sólo había visto en la cara de su propio padre cuando montaba a caballo y obligaba a su montura a saltar un obstáculo más alto de lo que aconsejaba la cordura.
Colum sonrió cuando Jamie los presentó, y sus ojos casi desaparecieron entre una red de arrugas. Sin embargo, el afecto que emanaba de ellos daba a entender que el hecho de conocer a Scarlett era la experiencia más feliz de toda su vida.
—¿Verdad que somos la familia más afortunada del mundo por tener una criatura así entre nosotros? —dijo—. Sólo te falta una tiara para completar tu dorado esplendor, querida Scarlett. Si pudiese verte la reina de las hadas, se rasgaría de envidia sus alas adornadas con lentejuelas. Deja que las niñas pequeñas le echen una mirada, Maureen; eso les dará ganas de llegar a ser tan deslumbrantes como su prima.
Scarlett, halagada, sonrió radiante mostrando sus hoyuelos.
—Me estás obsequiando con la famosa coba irlandesa —dijo.
—En absoluto. Sólo desearía tener el don de la poesía para decir lo que estoy pensando.
Jamie palmeó el hombro de su hermano.
—No lo haces del todo mal, bribón. Apártate a un lado y ofrece una silla a Scarlett. Iré a buscar un vaso para ella... Colum nos ha traído un barrilito de cerveza irlandesa auténtica, que encontró en uno de sus viajes; debes probarla, querida Scarlett.
Jamie pronunció el nombre y el adjetivo cariñoso de un tirón, como lo hacía Colum: Queridascarlett.
—Oh, no, gracias —dijo automáticamente ella. Y después—: ¿Por qué no? Nunca he probado esa clase de cerveza.
Habría bebido champán sin vacilar. La oscura cerveza espumosa era más amarga, e hizo una mueca.
Colum le tomó el vaso de la mano.
—Cada segundo que pasa Scarlett se muestra más perfecta —dijo—. Incluso deja toda la bebida para los que están más sedientos que ella.
Sus ojos sonrieron por encima del borde del vaso mientras bebía.
Scarlett le devolvió la sonrisa. Era imposible no hacerlo. A medida que iba transcurriendo la noche, advirtió que todos sonreían mucho a Colum, como reflejando su satisfacción. Estaba claro que él se divertía mucho. Se hallaba retrepado en su silla, cuyo respaldo había inclinado hacia atrás hasta apoyarlo en la pared contigua a la chimenea, y agitaba la mano para dirigir y animar a Jamie, que tocaba el violín, y a Maureen, que repicaba los huesos. Colum se había quitado las botas, y sus pies, calzados solamente con calcetines, medio bailaban sobre los barrotes de la silla. Era la viva imagen de la comodidad; incluso se había quitado el cuello de la camisa y abierto ésta para poder reír más a gusto.
—Háblanos de tus viajes, Colum —le pedía alguien de vez en cuando, pero él se escabullía siempre.
Quería música, decía, y un vaso para refrescar su corazón y su seca garganta. Mañana habría tiempo sobrado para hablar.
Scarlett sentía también refrescado su corazón por la música. Pero no podía quedarse mucho tiempo. Tenía que estar en casa y en la cama antes de que volviese su abuelo. «Espero que el cochero cumpla su palabra y no le diga que me ha traído aquí —pensó—. El abuelo no comprendería mi enorme necesidad de salir de aquel mausoleo y divertirme un poco.»
Consiguió, aunque por muy poco, lo que se proponía. Jamie acababa de perderse de vista cuando el carruaje se detuvo delante de la puerta de la casa del abuelo. Scarlett subió corriendo la escalera, con los zapatos en la mano y la cola del traje recogida debajo del brazo. Apretó los labios para contener la risa. Hacer picardías era divertido cuando todo acababa bien.
Sin embargo, para ella no fue así. Su abuelo nunca se enteró de lo que había hecho, pero ella lo sabía y este conocimiento agitó unas emociones que la habían acosado durante toda su vida. La personalidad esencial de Scarlett era, como su apellido, herencia de su padre. Ella era impetuosa, voluntariosa, y tenía la misma ruda y franca vitalidad y el valor que habían llevado a Gerald a atravesar las peligrosas aguas del Atlántico hasta el pináculo de sus sueños: ser dueño de una gran plantación y marido de una gran dama.
Por otro lado, la sangre de su madre había dado a Scarlett los huesos finos y la piel cremosa que revelaban siglos de buena crianza. Ellen Robillard había infundido también a su hija las reglas y los principios de la aristocracia.
Ahora, su instinto y su educación estaban en guerra. Los O'Hara la atraían como una piedra imán: el vigor elemental y la franca alegría de sus parientes sintonizaban con la parte más profunda y mejor de la personalidad de Scarlett. Pero ella no podía responder porque todo lo que le había enseñado su venerada madre le prohibía aquella libertad.
Este dilema la atormentaba, y no lograba comprender qué era lo que la hacía sentir tan desgraciada. Vagó inquieta por las silenciosas habitaciones de la casa de su abuelo, ciega a su austera belleza, imaginándose la música y el baile de los O'Hara, deseando de todo corazón estar con ellos, pero pensando, como le habían enseñado, que aquella ruidosa diversión era vulgar y propia de la clase baja.
En realidad, no le importaba que su abuelo mirase por encima del hombro a sus primos; era un hombre egoísta, pensó acertadamente, que miraba a todos de aquel modo, incluso a sus propias hijas. Pero la suave influencia de su madre había marcado a Scarlett para toda la vida. Ellen habría estado orgullosa de ella en Charleston. A pesar de la burlona predicción de Rhett, Scarlett había sido reconocida y aceptada allí como una dama. Y a ella le había gustado, ¿no? Claro que sí. Era también lo que ella quería, lo que ella pretendía ser. Entonces, ¿por qué le costaba tanto dejar de envidiar a sus parientes irlandeses?
«No quiero pensar en esto —decidió—. Pensaré en ello más tarde. Ahora pensaré en Tara.» Y se refugió en su visión idílica de Tara, de cómo había sido y de cómo haría ella que volviese a ser.
Entonces llegó una nota de la secretaría del obispo y su visión se hizo añicos. El obispo no accedía a su petición. Scarlett no pensó en absoluto. Apretó la nota contra su pecho y corrió, desatinada y sin sombrero, hacia la puerta nunca cerrada de la casa de Jamie O'Hara. Ellos comprenderían lo que sentía. «Papá me lo había dicho una y otra vez: "Para cualquiera que tenga una gota de sangre irlandesa, la tierra en la que vive es como su madre. Es lo único que dura, lo único por lo que vale la pena trabajar y luchar."»
Cruzó de golpe la puerta, con la voz de Gerald O'Hara resonando en sus oídos, y vio delante de ella el cuerpo sólido y achaparrado y la cabeza de plata de Colum O'Hara, tan parecido a su padre. Por esto sería él, con toda seguridad, quien comprendería como ningún otro lo que ella sentía.
Colum estaba plantado en el umbral mirando hacia el comedor. Cuando se abrió la puerta de fuera y Scarlett entró tambaleándose en la cocina, Colum se volvió.
Vestía un traje oscuro. Scarlett le miró a través de la neblina de su dolor y observó fijamente la inesperada raya blanca que el cuello clerical trazaba sobre su garganta. ¡Un sacerdote! Nadie le había dicho que Colum fuese sacerdote. Dio gracias a Dios. A un sacerdote se le podía contar todo, incluso los secretos más profundos del corazón.
—Ayúdame, padre —exclamó—. Necesito que alguien me ayude.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:56 am

42


—Conque ésta es la situación —concluyó Colum—. Bien, ¿qué podemos hacer para remediarla? Es lo que debemos descubrir.
Estaba sentado a la cabecera de la larga mesa del comedor de Jamie. Todos los adultos de las tres casas O'Hara ocupaban sillas alrededor de la mesa. Se oían las voces de Mary Kate y Helen a través de la puerta cerrada de la cocina donde estaban dando de comer a los pequeños. Scarlett se hallaba instalada al lado de Colum, y tenía la cara manchada por la anterior tormenta de lágrimas.
—¿Quieres decir, Colum, que la finca no pasa directamente al primogénito en América? —preguntó Matt.
—Así parece, Matthew.
—Entonces, el tío Gerald fue un estúpido al no otorgar testamento.
Scarlett se irguió y le miró con indignación. Pero antes de que pudiese hablar, intervino Colum:
—El pobre hombre no disfrutó de una vejez tranquila; no tuvo tiempo de pensar en su muerte y en lo que pasaría después. Descanse en paz.
—Descanse en paz —repitieron los otros santiguándose.
Scarlett miró sin esperanza sus caras solemnes. ¿Qué pueden hacer ellos? No son más que inmigrantes irlandeses.
Pero pronto comprendió que estaba equivocada. A medida que proseguía la conversación, Scarlett se fue sintiendo más optimista, porque era mucho lo que podían hacer aquellos inmigrantes irlandeses.
El marido de Patricia, Billy Carmody, era el capataz de los albañiles que trabajaban en la catedral. Había tenido ocasión de conocer bien al obispo.
—Para mi desgracia —se lamentó—. Interrumpe el trabajo tres veces al día para decirme que no lo hacemos lo bastante de prisa.
Era un caso realmente urgente, explicó Billy, porque un cardenal de la propia Roma visitaría América del Norte en otoño, y tal vez acudiría a Savannah para la consagración.
Si ésta coincidía con su agenda.
Jamie asintió con la cabeza.
—Nuestro obispo Gross es un hombre ambicioso, ¿no os parece? No le disgustaría que la curia se fijase en él.
Miró a Gerald. Lo mismo hicieron Billy, Matt, Brian, Daniel y el viejo James; y las mujeres: Maureen, Patricia y Katie. Scarlett le miró también, aunque no sabía por qué lo hacían todos los demás.
Gerald asió la mano de su joven esposa.
—No seas tímida, querida Polly —dijo—: ahora eres una O'Hara, como todos nosotros. Dinos a cuál de nosotros escogerías para hablar con tu papá.
—Tom MacMahon es el contratista de toda la obra —murmuró Maureen al oído de Scarlett—. Si Tom insinuase que la obra podría retrasarse, el obispo Gross prometería cualquier cosa. Es seguro que le tiene miedo a MacMahon. Todo el mundo se lo tiene.
—Que lo haga Colum —dijo Scarlett en voz alta.
No tenía la menor duda de que era el que mejor haría cuanto fuese necesario. A pesar de su pequeña estatura y de su plácida sonrisa, había fuerza y energía en Colum O'Hara.
Todos los O'Hara asintieron a coro. Colum era la persona indicada.
Éste sonrió en conjunto a los que estaban alrededor de la mesa y después dirigió su sonrisa particularmente a Scarlett.
—Bueno, te ayudaremos. ¿No es magnífico tener una familia, Scarlett O'Hara? Especialmente si hay parientes políticos que pueden ayudarte. Tendrás tu Tara, ya lo verás.
—¿Tara? ¿Qué es eso de Tara? —preguntó el viejo James.
—Es el nombre que dio Gerald a su plantación, tío James.
El viejo se echó a reír y no paró hasta que empezó a toser.
—¡Ese Gerald! —dijo, cuando pudo hablar de nuevo—. Aun siendo tan bajito siempre tuvo una elevada opinión de sí mismo.
Scarlett se puso tiesa. Nadie iba a burlarse de su papá; ni siquiera su hermano.
Pero Colum le habló en voz muy baja.
—Mira, no ha querido insultarle. Te lo explicaré más tarde.
Y así lo hizo, cuando la acompañó hasta la casa de su abuelo.
—Tara es una palabra mágica para todos los irlandeses, Scarlett, y un lugar mágico. Era el centro de toda Irlanda, la sede de los Grandes Reyes. Antes de que existiese Roma o Atenas, antiguamente, muy antiguamente, cuando el mundo era joven y había esperanza para él, gobernaban Irlanda grandes reyes que eran justos y bellos como el sol. Dictaron leyes de enorme sabiduría y dieron albergue y riqueza a los poetas. Eran unos hombres valientes y gigantescos, que castigaban el mal con terrible cólera y combatían a los enemigos de la verdad, de la belleza y de Irlanda con espadas ensangrentadas y corazones inmaculados. Durante cientos y miles de años, gobernaron su dulce isla verde, y había música en todo el país. Cinco carreteras conducían al monte de Tara desde cada rincón de la nación, y cada tres años, acudía todo el pueblo a comer en el salón del banquete y a oír cantar a los poetas. Esto no es un cuento sino una gran verdad, pues todas las historias de otros países lo refieren, y las tristes palabras del final están escritas en los grandes libros de los monasterios. «En el año de gracia de quinientos cincuenta y cuatro se celebró el último festín de Tara.»
La voz de Colum se extinguió lentamente al pronunciar la última palabra, y Scarlett sintió que le escocían los ojos. Estaba como hechizada por el relato y por la voz.
Caminaron en silencio durante un rato.
Entonces dijo Colum:
—Tu padre acarició el noble sueño de construir una nueva Tara en este nuevo mundo de América. Ciertamente, debió de ser un hombre magnífico.
—Lo era, Colum; yo le quería muchísimo.
—La próxima vez que vaya a Tara, pensaré en él y en su hija.
—¿La próxima vez que vayas? ¿Quieres decir que todavía sigue allá? ¿Es un sitio real?
—Tan real como el suelo que pisamos. Es un monte delicioso y verde, lleno de magia y de ovejas que pastan en él, y desde su cima puede verse, a su alrededor y hasta gran distancia, el mismo mundo hermoso que vieron los Grandes Reyes. No está lejos del pueblo donde yo vivo, donde nacieron tu padre y el mío, en el condado de Meath.
Scarlett estaba pasmada.
«Seguro que también papá estuvo allí, seguro que se plantó en el sitio que ocupaban los Grandes Reyes.» Se lo imaginaba sacando el pecho y pavoneándose como solía hacer cuando estaba satisfecho de sí mismo.
Y se rió en voz baja.
Cuando llegaron a la casa Robillard, ella se detuvo de mala gana. Le habría gustado caminar durante horas escuchando la voz cantarina de Colum.
—No sé cómo darte las gracias por todo —le dijo—. Ahora me encuentro un millón de veces mejor. Estoy segura de que harás cambiar de idea al obispo.
Colum sonrió.
—Cada cosa a su tiempo, prima. Primero, el feroz MacMahon. Pero ¿cuál he de decirle que es tu nombre, Scarlett? Veo el anillo que llevas. Tú no eres una O'Hara para el obispo.
—No, claro que no. Mi apellido de casada es Butler.
Colum dejó de sonreír y, después, sonrió de nuevo.
—Un apellido influyente.
—En Carolina del Sur, lo es; pero no veo que me haya servido de gran cosa aquí. Mi marido es de Charleston. Se llama Rhett Butler.
—Me sorprende que no te ayude en tus dificultades.
Scarlett sonrió alegremente.
—Lo haría si pudiese; pero tuvo que ir al Norte para asuntos de negocios. Es un hombre de negocios muy afortunado.
—Lo comprendo. Bueno, me alegro de ser tu ayudante; lo haré lo mejor que pueda.
Ella tuvo ganas de abrazarle, como solía abrazar a su padre cuando le daba lo que quería.
Pero tenía la idea de que no había que ir por ahí abrazando a los curas, aunque fuesen primos. Le dio simplemente las buenas noches y se metió en la casa.
Colum se alejó silbando Vestida de verde.


—¿Dónde has estado? —preguntó Pierre Robillard—. Mi cena ha sido un desastre.
—He estado en casa de mi primo Jamie. Mandaré que te traigan otra bandeja.
—¿Has visitado a esa gente?
El viejo tembló de indignación. La cólera de Scarlett corrió pareja con la de él.
—Sí, y pienso verlos de nuevo. Me gustan mucho.
Salió de la habitación. Pero, antes de subir a la suya, cuidó de que sirviesen otra cena a su abuelo.
—¿Y qué va usted a cenar, señora Scarlett? —preguntó Pansy—. ¿Quiere que vaya a buscarle una bandeja?
—No; ven y ayúdame a quitarme toda esta ropa. No tengo ganas de cenar.
«Es curioso; ahora no tengo hambre, y sólo he tomado una taza de té. Lo único que quiero es dormir un poco. De tanto llorar me quedé agotada. Estaba tan exhausta que apenas podía hablarle a Colum del obispo. Creo que podría dormir una semana; en mi vida me he sentido tan rendida.» Sentía ligera la cabeza y pesado y relajado todo el cuerpo. Se tumbó en la blanca cama y se sumió inmediatamente en un profundo sueño reparador.
Durante toda su vida, se había enfrentado a solas con sus problemas. A veces se había negado a reconocer que necesitaba ayuda; más a menudo, no había tenido a quién acudir. Ahora su situación era diferente, y su cuerpo reconocía la diferencia antes que su mente. Había personas que podían ayudarla. Su familia había levantado de buen grado la carga de sus hombros. Ya no estaba sola. Podía seguir adelante.


Pierre Robillard durmió poco aquella noche. Le inquietaba el desafío de Scarlett. La madre de ésta le había retado, hacía muchos años, y él la había perdido para siempre. Y esto le había partido el corazón; Ellen era su hija preferida, la hija que más se parecía a su madre. Él no amaba a Scarlett.
Todo su amor había quedado enterrado con su esposa. Pero no quería soltar a Scarlett por las buenas. Quería que sus últimos días fuesen agradables, y ella podía hacer que fuese así. Estaba sentado muy tieso en su cama mientras se iba apagando la lámpara por falta de aceite, y planeaba su estrategia como un general que tuviese que enfrentarse con un ejército más numeroso que el suyo.
Después de una hora de agitado descanso, poco antes del amanecer se despertó habiendo tomado una decisión. Cuando Jerome le trajo el desayuno, Pierre Robillard estaba firmando una carta que había escrito. La dobló y la cerró antes de despejar la colcha sobre sus rodillas a fin de dejar un sitio para la bandeja.
—Lleva este mensaje —dijo, tendiendo la carta al mayordomo—. Y espera respuesta.


Scarlett entreabrió la puerta y asomó la cabeza.
—¿Me llamaba, abuelo?
—Entra, Scarlett.
Ella se sorprendió al ver que había otra persona en la habitación, pues su abuelo nunca recibía visitas. El hombre hizo una reverencia y ella inclinó la cabeza.
—Éste es el señor Jones, mi abogado. Llama a Jerome, Scarlett. Él le mostrará el salón, Jones. Espere allí hasta que envíe a buscarle.
Apenas había tirado Scarlett del cordón de la campanilla cuando Jerome abrió la puerta.
—Acerca más aquella silla, Scarlett; tengo mucho que decirte y no quiero forzar la voz.
Scarlett estaba perpleja. Sólo había faltado que el viejo le dijera «por favor». Y también parecía débil. «Dios mío, espero que no vaya a morirse ahora mismo. No quisiera tener que habérmelas con Eulalie y Pauline en su entierro.» Acercó una silla a la cabecera de la cama.
Mientras tanto, Pierre Robillard la observaba entre los párpados entornados.
—Scarlett —dijo pausadamente cuando ella se hubo sentado—, tengo casi noventa y cuatro años. Gozo de buena salud, teniendo en cuenta mi edad, pero no es probable, por simples matemáticas, que viva mucho más. Quiero pedirte, nieta, que estés conmigo durante el tiempo que me queda.
Scarlett iba a hablar, pero él levantó su mano para impedírselo.
—Todavía no he terminado —dijo—. No apelo a tu sentido del deber familiar, aunque sé que has atendido a las necesidades de tus tías durante muchos años. Voy a hacerte una buena oferta, incluso una oferta generosa. Si te quedas aquí y cuidas de la casa, procurando que esté cómodo y cumpliendo mis deseos, heredarás todo mi caudal cuando yo muera. Y no es desdeñable.
Scarlett se quedó pasmada. ¡Le estaba ofreciendo una fortuna! Pensó en la obsequiosidad del director del banco y se preguntó a cuánto ascendería aquélla.
Pierre Robillard interpretó mal la vacilación de Scarlett, que estaba reflexionando. Creyó que se sentía rebosante de gratitud. El anciano sabía muchas cosas pero no había recibido ningún informe del director del banco y, por tanto, nada sabía del oro que guardaba ella en las cajas de seguridad. La satisfacción iluminaba sus ojos apagados.
—No sé —dijo— ni quiero saber las circunstancias que te han inducido a pensar en la disolución de tu matrimonio. —Su actitud y su voz eran más firmes, ahora que creía que tenía las de ganar—. Pero abandonarás toda idea de divorcio...
—¡Ha estado leyendo mi correspondencia!
—Tengo derecho a enterarme de todo lo que entra en esta casa.
Scarlett estaba tan furiosa que no encontraba palabras para expresarse. Su abuelo seguía hablando. Con precisión. Fríamente. En términos que eran como agujas de hielo.
—Desprecio la imprudencia y la estupidez, y tú fuiste estúpidamente imprudente al dejar a tu marido sin pensar en tu posición. Si hubieses tenido la sensatez de consultar a un abogado, como he hecho yo, sabrías que las leyes de Carolina del Sur no permiten el divorcio por ninguna causa. Es un caso único en Estados Unidos a este respecto. Tú huiste a Georgia, es verdad, pero tu marido reside, desde el punto de vista legal, en Carolina del Sur. No puede haber divorcio.
Scarlett estaba indignada por la violación de su correspondencia. Tenía que haber sido el chivato de Jerome. «Él ha estado revolviendo mis cosas, ha registrado mi mesa escritorio. Y alguien de mi propia sangre, mi abuelo, le ordenó que lo hiciese.» Se levantó y se inclinó hacia delante, apoyando los puños en la cama, al lado de la mano esquelética de Pierre Robillard.
—¿Cómo se atreve a enviar a ese hombre a mi habitación? —gritó, golpeando la gruesa colcha.
La mano del abuelo se alzó con la rapidez de una serpiente que ataca. Agarró las dos muñecas en una presa de sus largos dedos.
—No levantarás la voz en esta casa, jovencita. Detesto el ruido. Y te comportarás con el decoro que debe observar mi nieta. Yo no soy uno de tus desastrados parientes irlandeses.
A Scarlett le impresionó su fuerza, y le dio también un poco de miedo. ¿Qué había sido del hombre débil a quien casi había compadecido? Sus dedos parecían de hierro.
Se soltó y se echó atrás hasta que tropezó con la silla.
—No es extraño que mi madre se marchase de esta casa y no volviese nunca —dijo.
Aborreció su propia voz, temblorosa de miedo.
—No seas melodramática, muchacha. Tu madre se marchó de esta casa porque era testaruda y demasiado joven para atender a razones. Había sido desgraciada en el amor y se agarró al primer hombre que se le declaró. Tuvo que lamentarlo durante toda su vida; pero lo hecho, hecho estaba. Tú no eres una chiquilla como ella; eres lo bastante mayor para pensar con la cabeza. El contrato está ya redactado. Haz pasar a Jones; firmaremos el documento y procederemos como si tu arrebato no se hubiese producido jamás.
Scarlett le volvió la espalda. «No le creo —pensó—. No escucharé lo que me dice.» Levantó la silla y la llevó a su sitio acostumbrado posándola con gran cuidado, de modo que sus patas coincidiesen con las huellas que habían marcado sobre la alfombra en el curso de los años. Ya no temía al viejo, ni le compadecía, ni estaba siquiera furiosa contra él. Cuando se volvió de nuevo en su dirección, fue como si nunca le hubiese visto en su vida. Era un extraño. Un anciano tiránico, rastrero y fastidioso, al que no conocía ni quería conocer.
—No hay bastante dinero en el mundo para retenerme aquí —dijo, hablándose a sí misma más que a él—. El dinero no puede hacer soportable la vida en una tumba. —Miró a Pierre Robillard con unos ojos que echaban chispas en su semblante mortalmente pálido—. Usted sí que puede vivir aquí, porque ya está muerto, aunque no quiera reconocerlo. Me marcharé temprano por la mañana.
Se dirigió rápidamente a la puerta y la abrió.
—Me imaginé que estaría aquí escuchando, Jerome. Entre.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 11:56 am

43


—No seas llorona, Pansy; nada va a ocurrirte. El tren va directamente a Atlanta y se queda allí. No te apees antes de que esté parado. He envuelto algún dinero en un pañuelo que he prendido con alfileres en el bolsillo de tu abrigo. El revisor tiene ya tu billete y me ha prometido cuidar de ti. ¡Por todos los diablos! Has estado gimoteando porque querías volver a casa y ahora vas a hacerlo; por consiguiente, deja de comportarte así.
—Es que nunca he viajado sola en tren, señora Scarlett.
—¡Tonterías! No vas a ir sola. Viaja mucha gente en el tren. Mira por la ventanilla, cómete lo que hay en la cesta que te ha preparado la señora O'Hara y estarás en casa sin darte cuenta. He enviado un telegrama diciéndoles que vayan a recibirte a la estación.
—Pero, señora Scarlett, ¿qué voy a hacer si usted no está allí? Yo soy la doncella de una dama. ¿Cuándo va a volver a casa?
—Cuando sea. Sube al vagón; el tren está a punto de partir.
«Depende de Rhett —pensó—, y ojalá venga pronto. No sé si voy a encontrarme a gusto con mis primos.» Se volvió y sonrió a la esposa de Jamie.
—No sé cómo darte las gracias por acogerme, Maureen. Me horroriza pensar en las molestias que os estoy causando.
Lo dijo con voz infantil, animada, educada.
Maureen la asió del brazo y se la llevó lejos del tren y de la cara afligida de Pansy pegada al polvoriento cristal de la ventanilla.
—Todo va bien, Scarlett —dijo—. Daniel está encantado de cederte su habitación, porque va a trasladarse a casa de Patricia con Brian. Quería hacerlo, pero no se atrevía a decirlo. Y Kathleen está rebosante de alegría, porque dice que va a ser la doncella de una dama. Es el oficio que quería aprender, y adora el suelo que pisas. Es la primera vez que la tontuela se siente feliz desde que vino aquí. Tú eres de los nuestros; no aceptas órdenes de aquel viejo chalado. ¡Mira que esperar que te quedases allí como su ama de llaves! Nosotros te queremos por lo que eres.
Scarlett se sintió mejor. Era imposible resistirse al afecto de Maureen. Sin embargo, esperaba que su estancia no se prolongase mucho tiempo. ¡Demasiados chiquillos!
«Es como una potranca a punto de dar una espantada», pensó Maureen. Bajo la ligera presión de su mano notaba la tensión del brazo de Scarlett. «Lo que ella necesita —decidió— es abrir su corazón y desfogarse a la buena y antigua manera. No es natural que una mujer no hable nunca de sí misma, y Scarlett no ha mencionado en absoluto a su marido. Hace que una se pregunte...» Pero Maureen no perdió tiempo preguntándose cosas. Había observado, cuando era jovencita y limpiaba los cristales de la taberna de su padre, que, con el tiempo, todo el mundo acababa aireando sus problemas. No podía creer que Scarlett fuese un caso diferente.


Las viviendas de los O'Hara eran cuatro altas casas de ladrillos en hilera, con ventanas delante y detrás y paredes interiores medianeras. La disposición de todas ellas era idéntica. Cada planta tenía dos habitaciones: cocina y comedor en la planta baja, un doble salón en el primer piso y dos dormitorios en cada uno de los dos pisos altos. Un estrecho pasillo con una magnífica escalera discurría a lo largo de cada casa, y detrás de cada vivienda había un amplio patio y una cochera.
La habitación de Scarlett estaba en el tercer piso de la casa de Jamie. Tenía dos camas individuales (Daniel y Brian la habían compartido hasta que éste se había mudado a la casa de Patricia) y era muy sencilla, como correspondía a dos jóvenes varones. Aparte de las camas no poseía más mobiliario que un armario, una mesa escritorio y una silla. Pero había colchas de brillantes colores sobre las camas y una gran alfombra roja y blanca sobre el pulido suelo. Maureen había colgado un espejo en la pared junto a la mesa cubriendo el tablero con un tapete de encaje de modo que Scarlett tuviese un tocador. Kathleen peinaba a Scarlett con mucha maña y no deseaba más que complacerla; siempre estaba a su disposición. Dormía con Mary Kate y Helen en el otro dormitorio del tercer piso.
El único niño pequeño, en casa de Jamie, era Jacky, de cuatro años, y el chiquillo se pasaba la mayor parte del tiempo en una de las otras casas, jugando con primitos de su edad.
Durante el día, mientras los hombres se encontraban en el trabajo y los niños mayores en el colegio, la hilera de casas era un mundo de mujeres. Scarlett pensó que lo aborrecería. Pero nada en su vida la había preparado para las mujeres O'Hara.
Entre ellas no existían secretos ni reticencias. Decían lo que pensaban, confesaban intimidades que ponían colorada a Scarlett, disputaban cuando no estaban de acuerdo y se abrazaban llorando cuando hacían las paces. Consideraban todas las casas como si fuesen una sola, entraban y salían indistintamente de cualquier cocina a cualquier hora para tomar una taza de té; compartían los deberes de la compra y los guisos, y cuidaban de los animales en los patios y en las cocheras que habían sido convertidas en corrales.
Sobre todo, disfrutaban riendo, murmurando, haciéndose confidencias y urdiendo intrincados e inofensivos complots contra sus hombres. Hicieron partícipe de todo esto a Scarlett desde el momento de su llegada, presumiendo que era una de ellas. Y como una de ellas se sintió a los pocos días. Iba al mercado municipal con Maureen o Katie todos los días, en busca de los mejores ingredientes y los mejores precios; reía con las jóvenes Polly y Kathleen sobre trucos para embellecerse con las tenacillas de rizar y las cintas, y examinaba muestras de tapicería con Patricia, siempre orgullosa de su casa, mucho después de que Maureen y Katie hubiesen renunciado a hacerlo por lo melindrosa que era la joven. Bebía innumerables tazas de té y escuchaba relatos de triunfos y preocupaciones, y aunque no les comunicaba ninguno de sus propios secretos, nadie la apremiaba para que los contase ni reprimía la franca confesión de los suyos.
—Nunca pensé que a la gente le ocurrían tantas cosas interesantes —dijo a Maureen con auténtica sorpresa.
Las veladas discurrían de un modo diferente. Los hombres trabajaban de firme y estaban cansados cuando volvían a casa. Querían una buena comida, una pipa y algo que beber. Y siempre lo obtenían. Después, la velada se desenvolvía por sí sola. Con frecuencia, toda la familia iba a parar a la casa de Matt, porque éste tenía cinco hijos pequeños durmiendo arriba. Maureen y Jamie podían dejar a Jacky y Helen al cuidado de Mary Kate, y Patricia se llevaba consigo a los suyos de dos y tres años, que dormían y no se despertaban. Al poco rato, empezaba la música. Después, cuando llegaba Colum, éste se convertía en el director.
La primera vez que Scarlett vio el bodhran, pensó que era una pandereta desmesurada. El círculo de cuero tensado dentro de un marco de metal tenía más de sesenta centímetros de diámetro, pero el instrumento era llano como una pandereta, y Gerald lo sostenía en la mano como si fuera una de éstas. Después Gerald se sentó y colocándose el bodhran sobre las rodillas lo golpeó con un palito que sostenía por la mitad, de manera que golpease la piel primero con un extremo y después con el otro. Entonces Scarlett se dio cuenta de que en realidad era un tambor.
Y como tambor, no valía gran cosa, pensó. Hasta que Colum empezó a tocarlo: extendió la mano izquierda debajo del cuero tirante, como acariciándolo, y su muñeca derecha fue de pronto tan fluida como el agua. Movía el brazo de arriba abajo y de arriba al centro del tambor, mientras realizaba con la mano derecha un curioso y al parecer descuidado movimiento que hacía que el palillo repicase con un ritmo continuo y excitante. El tono y el volumen cambiaron, pero el hipnótico e imponente redoble no varió en absoluto cuando se unieron a él el violín y después el silbato y luego la concertina. Maureen sostenía inmóviles los huesos en la mano, demasiado absorta en aquella música para acordarse de ellos.
Scarlett se rindió a aquel redoble. La hacía reír, la hacía llorar, la hacía bailar como nunca había soñado que podría hacerlo. Sólo cuando Colum depositó el bodhran en el suelo, y pidió una bebida diciendo «me he quedado seco», Scarlett comprobó que todo el mundo estaba tan arrebatado como ella.
Miró al bajo y sonriente personaje de nariz achatada con un estremecimiento de respeto y de pasmo. Ese hombre no era como los demás.


—Querida Scarlett, tú entiendes de ostras más que yo —dijo Maureen cuando entraron en el mercado municipal—. ¿Quieres buscar las mejores? Hoy quiero hacer un buen guisado de ostras para el té de Colum.
—¿Para el té? El guisado de ostras es muy rico para una comida.
—Lo sé. Pero esta noche tiene que hablar en una reunión, y no cenará antes de hacerlo. Suele quedarse en su habitación repasando su discurso mientras los demás comemos.
—¿Qué clase de reunión, Maureen? ¿Asistiremos todos?
—Es de los Jasper Greens, el grupo americano irlandés de soldados voluntarios. Por consiguiente, no asistirán mujeres. No seríamos bien recibidas.
—¿Qué hace allí Colum?
—Bueno, primero les recuerda que son irlandeses, por mucho tiempo que lleven siendo americanos; después los hace llorar de añoranza y amor por el viejo país, y luego consigue que se vacíen los bolsillos para ayudar a los pobres de Irlanda. Jamie dice que es un orador muy elocuente.
—Me lo imagino. Hay algo mágico en Colum.
—Entonces, a ver si encuentras algunas ostras mágicas.
Scarlett se echó a reír.
—No tendrán perlas —dijo imitando el acento irlandés de Maureen—, pero harán un caldo magnífico.


Colum miró el cuenco humeante y lleno hasta el borde, y arqueó las cejas.
—Sirves un té espléndido, Maureen.
—Las ostras parecían particularmente gordas hoy en el mercado —dijo ella, haciendo un guiño.
—¿No imprimen calendarios en Estados Unidos?
—Vamos, Colum, come tu guisado antes de que se enfríe.
—Estamos en cuaresma, Maureen, y ya conoces las reglas del ayuno. Una comida al día, y ésta sin carne.
¡Conque sus tías tenían razón! Scarlett dejó despacio la cuchara sobre la mesa.
Miró compasivamente a Maureen. Una comida tan buena, echada a perder. Tendría que cumplir una fuerte penitencia y debía sentirse terriblemente culpable.
¿Por qué tenía que ser Colum sacerdote?
Se asombró al ver que Maureen sonreía e introducía su cuchara para capturar una ostra.
—Yo no temo al infierno, Colum —dijo—. Tengo la dispensa de los O'Hara. Tú eres también un O'Hara; por consiguiente, come tus ostras a gusto.
Scarlett estaba intrigada.
—¿Qué es la dispensa de los O'Hara? —preguntó a Maureen.
Le respondió Colum, pero sin el buen humor de Maureen.
—Hace unos treinta años —dijo—, hubo una hambruna en Irlanda. Durante un año y el siguiente, la gente pasó hambre. No había alimentos, por lo que comían hierbas, hasta que ni siquiera dispusieron de hierba. Fue algo terrible, terrible. Murieron muchos sin que hubiese manera de ayudarlos. Los que sobrevivieron recibieron una dispensa otorgada por los curas de algunas parroquias. Los O'Hara vivían en una de estas parroquias, por eso no han de ayunar, aunque sí abstenerse de comer carne.
Contemplaba fijamente el líquido espeso y salpicado de mantequilla de su tazón.
Maureen miró a Scarlett. Ésta se llevó un dedo a los labios para imponerle silencio, y le hizo con la cuchara una señal para que comiese.
Después de un largo rato, Colum tomó su cuchara. No levantó la mirada mientras consumía las suculentas ostras, y dio las gracias sin entusiasmo. Después se fue a casa de Patricia, donde compartía una habitación con Stephen.
Scarlett observó con curiosidad a Maureen.
—¿Estuvisteis allí durante la hambruna? —preguntó cautelosamente. . Maureen asintió con la cabeza.
—Yo estuve. Mi padre poseía una taberna; por consiguiente, no lo pasamos tan mal como algunos. La gente siempre encuentra dinero para beber, de modo que nosotros podíamos comprar pan y leche. Fueron los pobres agricultores quienes lo pasaron peor. Oh, fue terrible. —Cruzó los brazos sobre el pecho y se estremeció. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y se le quebró la voz al tratar de hablar—. Solamente tenían patatas; ya ves como estaba la cosa. El maíz que cultivaban y las vacas que criaban, y la leche y la mantequilla que obtenían de ellas, todo lo vendían para poder pagar el arrendamiento de sus fincas. Guardaban un poco de mantequilla y de leche desnatada para sí mismos y, quizás, unas pocas gallinas para poder comer a veces un huevo los domingos. Pero la mayoría tenía que comer patatas, solamente patatas, y con esto iba tirando. Después, a las patatas les dio por pudrirse bajo el suelo, y ya no tuvieron nada.
Guardó silencio, balanceándose. De sus labios temblorosos, que no pudo mantener cerrados, se escapó un áspero gemido de dolor al recordar lo sucedido.
Scarlett se puso en pie de un salto y rodeó los estremecidos hombros de Maureen con los brazos.
Maureen lloró sobre el pecho de Scarlett.
—No puedes imaginarte lo que es no tener nada que comer.
Scarlett miró las brasas de la chimenea.
—Sé lo que es —dijo.
Estrechó a Maureen y le habló de cuando había ido a Tara huyendo de la incendiada Atlanta. No había lágrimas en sus ojos ni en su voz mientras le contaba la desolación y los largos meses de hambre incesante que la habían llevado a las puertas de la muerte. Pero después de relatarle cómo al llegar a Tara había encontrado a su madre muerta y a su padre lastimosamente trastornado, Scarlett se derrumbó. Entonces fue Maureen quien la abrazó mientras ella lloraba.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 12:00 pm

44


Pareció que los cornejos habían florecido de la noche a la mañana. Un día, cuando Scarlett y Maureen se dirigían al mercado había nubes de flores sobre la avenida tapizada de hierba que se extendía ante la casa.
—¿No es una vista magnífica? —Maureen suspiró con entusiasmo—. La luz de la mañana se filtra a través de los tiernos pétalos y los tiñe casi de color de rosa. Al mediodía serán blancos como el pecho de un cisne. Es estupenda una ciudad que planta cosas tan bellas para que todo el mundo las vea. —Respiró hondo—. Celebraremos una comida en el parque, Scarlett, para saborear el verdor de la primavera en el aire. Démonos prisa porque tenemos que comprar muchas cosas. Esta tarde prepararé la comida y mañana, después de la misa, iremos al parque y pasaremos allí todo el día.
¿Era ya sábado? La mente de Scarlett galopó, calculando y recordando. ¡Oh, hacía casi un mes que estaba en Savannah! Fue como si un torno le estrujase el corazón. ¿Por qué no había venido Rhett? ¿Dónde estaba? Sus gestiones en Boston no podían haberle llevado tanto tiempo.
—... Boston —dijo Maureen, y Scarlett se detuvo en seco y le agarró el brazo, mirándola recelosamente.
¿Cómo podía saber Maureen que Rhett estaba en Boston? ¿Cómo podía saber algo acerca de él? Ella no le había dicho una palabra.
—¿Qué te pasa, querida Scarlett? ¿Te has torcido un tobillo?
—¿Qué decías acerca de Boston?
—Decía que es una lástima que Stephen no esté con nosotros para la comida en el parque. Hoy se marcha para Boston. Y apuesto a que allí no habrá árboles en flor. Sin embargo, tendrá ocasión de ver a Thomas y a su familia y podrá traer noticias de ellos. Esto complacerá al viejo James. Pensar en todos los hermanos desparramados en Estados Unidos es una cosa maravillosa...
Scarlett caminó rápidamente al lado de Maureen. Estaba avergonzada. ¿Cómo había sido tan injusta? «Maureen es mi amiga, la mejor amiga que tuve jamás. Sería incapaz de espiarme, de meterse en mi vida privada. Es que ha pasado mucho tiempo, y ni siquiera me había dado cuenta. Probablemente por eso estoy tan nerviosa y le he gritado a Maureen. Porque ha pasado mucho tiempo y Rhett no ha venido.»
Distraída, asintió con murmullos a las sugerencias de Maureen sobre lo que había que comprar para la comida al aire libre de mañana, mientras saltaban las preguntas entre las paredes de su mente como pájaros enjaulados. ¿Había cometido un error al no volver a Charleston con sus tías? ¿Lo había cometido antes, al marcharse de allí?
«Esto me está volviendo loca. ¡No puedo pensar en ello, o gritaré!»
Pero su mente no paraba de preguntar.
Tal vez debería hablar de esto con Maureen. Maureen la tranquilizaría, y era lista, sabía realmente mucho acerca de muchas cosas. La comprendería. Tal vez podía ayudarla.
«No; hablaré con Colum. Mañana habrá tiempo sobrado para ello. Le diré que quiero que hablemos, le pediré que demos un paseo. Colum sabrá lo que hay que hacer.» A su manera, Colum se parecía a Rhett. Era un hombre cabal, como Rhett, y todos los demás parecían insignificantes comparados con él, de la misma manera que los hombres parecían convertirse en simples muchachos al lado de Rhett, que era el único hombre en la habitación. Colum conseguía hacer muchas cosas, lo mismo que Rhett, y se reía al hacerlas, igual que éste.
Scarlett se rió a su vez al recordar a Colum hablando del padre de Polly. «Sí, es un hombre importante y audaz, el poderoso constructor MacMahon. Tiene unos brazos como almádenas, que amenazan con reventar las costuras de su costosa chaqueta, probablemente elegida por la señora MacMahon para que haga juego con la tapicería de su salón; pues, de no ser así, ¿por qué llevaría una prenda tan lujosa? Y es también un hombre temeroso de Dios, que contempla con la debida reverencia el lustre que da a su alma edificar la casa del Señor aquí, en Savannah, Estados Unidos. Yo le bendije, a mi humilde manera. "¡A fe mía!", le dije. "Creo sinceramente que es usted tan religioso que no obtiene un centavo más del cuarenta por ciento de beneficios por construir la parroquia." Entonces sus ojos centellearon y sus músculos se hincharon como los de un toro y las costuras de seda de las lujosas mangas emitieron unos débiles sonidos, como si fuesen a reventar. "Estoy seguro, señor constructor", le dije, "de que cualquier otro hombre se habría embolsado un cincuenta por ciento habida cuenta de que el obispo no es irlandés." Y entonces el buen hombre hizo gala de su mérito, "¡Qué barbaridad!", rugió, y temí que las ventanas saltasen por los aires. "¿Cómo llaman a esto los católicos?" Entonces me contó unos chismes sobre las iniquidades del obispo que mi condición de cura me impide creer. Compartí su indignación y un par de vasos con él y, después, le conté los sufrimientos de mi pobre primita. El buen hombre mostró una justa indignación. Lo único que pude hacer fue impedir que derribase el campanario con sus propias y vigorosas manos. No creo que haga que todos sus obreros se declaren en huelga, pero no estoy seguro de ello. Me dijo que expresará al obispo su preocupación por la tranquilidad mental de Scarlett en términos que el nervioso hombrecillo no podrá dejar de comprender, y lo repetirá todas las veces que sean necesarias para convencerle de la gravedad del problema.»
—Quisiera saber por qué estás sonriendo a las coles —dijo Maureen.
Scarlett dirigió la sonrisa a su amiga.
—Porque estoy contenta de que sea primavera y vayamos a comer en el parque —dijo.
Y porque estaba segura de que conseguiría la propiedad de Tara. Scarlett no habría visto nunca el parque Forsyth, pues, aunque Hodgson Hall estaba precisamente frente a él, al otro lado de la calle, era de noche cuando ella había asistido a la ceremonia de la inauguración. Su visión la pilló desprevenida e hizo que se quedase sin aliento. Un par de esfinges de piedra flanqueaban la entrada. Los niños contemplaron con anhelo aquellos animales a los que les estaba prohibido subir, y después corrieron velozmente por el camino central. Tuvieron que dar un rodeo para evitar a Scarlett, que se había quedado plantada en medio del camino mirando al frente.
La fuente estaba a dos manzanas de la entrada, pero era tan enorme que parecía hallarse muy cerca. Arcos y chorros de agua se alzaban y caían como esparciendo diamantes en todas direcciones. Scarlett estaba como hechizada; nunca había visto nada tan espectacular.
—Vamos —dijo Jamie—, es más bonita cuanto más se acerca uno.
Y así era. El brillante sol ponía reflejos irisados en las aguas danzarinas que resplandecían, se desvanecían y reaparecían a cada paso que daba Scarlett. Los blanqueados troncos de los árboles que bordeaban el camino brillaban tenuemente en la jaspeada sombra de sus hojas, conduciendo hacia la deslumbrante blancura de la fuente de mármol. Cuando llegó a la valla de hierro que cercaba la taza de la fuente, Scarlett tuvo que echar la cabeza atrás hasta casi sentir mareo, para mirar la ninfa que se alzaba en el tercer nivel, una estatua mayor que ella cuyo brazo levantado sujetaba una vara que arrojaba un chorro de agua hacia lo alto, en dirección al brillante cielo azul.
—A mí me gustan los hombres serpiente —comentó Maureen—. Siempre me dan la impresión de que se están divirtiendo.
Scarlett dirigió la vista hacia donde señalaba Maureen.
Los tritones de bronce estaban arrodillados en la enorme taza sobre sus colas escamosas elegantemente dobladas, con una mano en la cadera y llevándose con la otra un cuerno a los labios.
Los hombres tendieron mantas al pie del roble que eligió Maureen y las mujeres dejaron sus cestas. Mary Kate y Kathleen depositaron a la hija menor de Patricia y al niño más pequeño de Katie en el suelo, para que se arrastrasen sobre la hierba. Los niños mayores corrían y saltaban en algún juego de su invención.
—Descansaré un poco los pies —dijo Patricia. Billy la ayudó a sentarse apoyando la espalda en el tronco del árbol—. Ve tú a lo tuyo —dijo ella maliciosamente—; no hace falta que pases todo el día a mi lado.
Él la besó en la mejilla y se desprendió del hombro las correas de la concertina posándola en el césped al lado de su mujer.
—Más tarde tocaré una bonita canción para ti —prometió.
Después caminó hacia un grupo de hombres que a lo lejos jugaban a béisbol.
—Ve con él y diviértete, Matt —sugirió Katie a su marido.
—Sí, id todos —dijo Maureen.
Agitó las manos como echándolos de allí. Jamie y sus altos hijos se alejaron corriendo. Colum y Gerald caminaron detrás de ellos, con Matt y Billy.
—Estarán muertos de hambre cuando vuelvan —dijo Maureen. Su voz rebosaba alegría—. Hicimos bien en traer comida para un ejército.
«Una montaña de comida», pensó Scarlett al principio. Luego se dio cuenta de que, probablemente, habría desaparecido toda dentro de una hora. Las familias numerosas eran así. Miró con verdadero afecto a esas mujeres, y sentiría lo mismo por los hombres cuando volviesen con las chaquetas y los sombreros en la mano, desabrochados los cuellos y arremangadas las mangas de las camisas. Había dejado a un lado su presunción de clase, sin advertirlo. Ya no recordaba su inquietud al enterarse de que sus primos habían prestado sus servicios en la gran finca cerca de la cual vivían en Irlanda. Matt había trabajado allí de carpintero y Gerald, a sus órdenes, hacía reparaciones en las docenas de edificios y kilómetros de vallas. Katie había sido lechera, y Patricia, doncella. No importaba. Scarlett estaba orgullosa de ser una O'Hara.
Se arrodilló al lado de Maureen y empezó a ayudarla.
—Espero que los hombres no se retrasen —dijo—. Este aire fresco me está dando mucho apetito.


Cuando sólo quedaban dos trozos de pastel y una manzana, Maureen empezó a hervir agua para el té en un hornillo de alcohol. Billy Carmody tomó su concertina y guiñó un ojo a Patricia.
—¿Qué quieres que toque, Patsy? Te prometí una canción.
—Todavía no, Billy —dijo Katie—. Los pequeños casi se han dormido.
Cinco cuerpos menudos yacían sobre una de las mantas en el sitio donde era más densa la sombra del árbol. Billy empezó a silbar suavemente y, después, siguió el tono con la concertina, casi en sordina. Patricia le sonrió. Alisó los cabellos de Timothy, apartándolos de la frente, y empezó a cantar la nana que estaba tocando Billy.

En alas del viento sobre el mar oscuro
vienen los ángeles a guardar tu sueño,
vienen los ángeles a velar por ti.
Escucha pues el viento que llega sobre el mar,
oye el susurro amoroso del viento,
inclina la cabeza, escuchando su soplo.
Las barcas navegan sobre el agua azul
persiguiendo el arenque de color plateado,
plata en el arenque y plata en el mar,
plata para mi amor y para mí.
Oye el susurro amoroso del viento,
inclina la cabeza, escuchando su soplo.


Hubo un momento de silencio; entonces Timothy abrió los ojos.
—Otra vez, por favor —dijo, soñoliento.
—Oh, sí, señora, por favor; cántelo otra vez.
Todos levantaron la cabeza y miraron, sorprendidos, a un jovencito que estaba plantado cerca de ellos; sostenía una gorra raída en sus toscas manos sucias, delante de su chaqueta remendada. Hubiérase dicho que tenía unos doce años, a no ser por la barba incipiente en el mentón.
—Les pido perdón, señoras y caballeros —dijo seriamente—. Sé que soy demasiado atrevido al entrometerme en su fiesta. Pero mi madre solía cantarnos esta canción, a mí y a mis hermanas, y cuando la he oído me ha dado un vuelco el corazón.
—Siéntate, muchacho —dijo Maureen—. Aquí hay unos trozos de pastel que están diciendo «cómeme», y pan y un buen queso en la cesta. ¿Cómo te llamas y de dónde eres?
El muchacho se arrodilló a su lado.
—Me llamo Danny Murray, señora. —Se apartó los fibrosos cabellos negros de la frente, se enjugó en la manga la mano y la tendió para tomar el pan que había sacado Maureen de la cesta—. Mi pueblo es Connemara, cuando estoy allí.
Mordió con fuerza el pan. Billy empezó a tocar, y el chico bajó la mano junto al costado.
—«En alas del viento...» —cantó Katie.
El hambriento muchacho tragó un bocado y cantó con ella.
—«... inclina la cabeza, escuchando su soplo» —terminaron después de la tercera repetición.
Los ojos negros de Danny Murray brillaban como el azabache.
—Vamos, come, Danny Murray —dijo Maureen. Su voz era ruda pero afectuosa—. Más tarde necesitarás todas tus fuerzas. Voy a preparar el té, y después te pediremos que cantes más. Tu voz de ángel es como un don del Cielo.
Y era verdad. La voz de tenor del joven irlandés era tan pura como la del Gerald.
Los O'Hara se ajetrearon preparando las tazas de té, a fin de que el hambriento muchacho pudiese comer sin ser observado.
—Aprendí una nueva canción que creo que tal vez les gustará —dijo, mientras Maureen servía el té—. Estoy en un barco que hizo escala en Filadelfia antes de venir aquí. ¿Quieren que se la cante?
—¿Cómo se llama, Danny? Tal vez la conozca —dijo Billy.
—Te llevaré a casa.
Billy sacudió la cabeza.
—Me gustará aprenderla.
Danny Murray sonrió.
—Y a mí me gustará enseñársela.
Se apartó los cabellos de la cara y respiró hondo. Después abrió los labios y las notas brotaron de ellos como un brillante hilo de plata.

Te llevará de nuevo a casa, Kathleen,
a través del océano ancho y salvaje,
adonde ha estado siempre tu corazón
desde que fuiste mi hermosa desposada.
Las rosas ya no están en tus mejillas,
las he visto marchitarse y morir.
Tu voz es triste cuando hablas
y las lágrimas nublan tus amantes ojos.
Y yo te llevaré de nuevo, Kathleen,
adonde tu corazón no sentirá dolor.
Cuando los montes estén frescos y verdes
te llevaré a tu patria, Kathleen.


Scarlett aplaudió con los demás. Era una bella canción.
—Me ha gustado tanto que no he podido aprenderla —dijo tristemente Billy—. Cántala otra vez, Danny, para que capte la tonada.
—¡No! —Kathleen O'Hara se puso en pie de un salto. Tenía las mejillas surcadas de lágrimas—. No puedo escucharla de nuevo, ¡no puedo! —Se enjugó los ojos con las palmas de las manos—. Perdonadme —sollozó—. Tengo que irme.
Pasó cuidadosamente sobre los niños dormidos y se alejó corriendo.
—Lo siento —dijo el joven.
—Oh, no ha sido culpa tuya, muchacho —dijo Colum—. Nos ha gustado mucho lo que has cantado. Lo cierto es que la pobre muchacha añora mucho Irlanda y da la casualidad de que se llama Kathleen. Dime, ¿conoces La barca de Kildare? Es una especialidad de Billy, el de la caja de música. Nos harías un favor si la cantases con su acompañamiento; tal vez así parecería que Billy toca como un músico.
La música prosiguió hasta que el sol se ocultó detrás de los árboles y la brisa se hizo más fría. Entonces se marcharon a casa. Danny Murray no pudo aceptar la invitación de Jamie a cenar. Tenía que estar en su barco al anochecer.
—Jamie, creo que debería llevarme a Kathleen cuando me marche —dijo Colum—. Lleva aquí bastante tiempo para haber superado su añoranza, pero todavía le duele el corazón.
Scarlett estuvo a punto de verterse el agua hirviente en la mano en vez de echarla en la tetera.
—¿Adonde vas, Colum?
—Vuelvo a Irlanda, querida. Sólo estoy aquí de visita.
—Pero el obispo todavía no ha cambiado de idea sobre Tara. Y hay algo más de lo que quiero hablar contigo.
—Bueno, no voy a marcharme en este momento, querida Scarlett. Habrá tiempo para todo. Y ahora dime qué piensas, como mujer. ¿Debería Kathleen volver a Irlanda?
—No lo sé. Pregúntaselo a Maureen. Ha estado todo el rato con ella desde que regresamos.
¿Qué importaba lo que hiciese Kathleen? Quien le interesaba era Colum. ¿Cómo podía hacer los bártulos y marcharse cuando ella le necesitaba tanto? «Oh, ¿por qué me estuve sentada allí, cantando con aquel sucio muchacho? Debiera haber dado un paseo con Colum, como tenía proyectado.»
Scarlett sólo probó la tostada con queso y la sopa de patatas que tenían para la cena. Sentía ganas de llorar.
—¡Uf! —resopló Maureen cuando hubieron limpiado la cocina—. Esta noche me acostaré temprano. Estar sentada en el suelo durante tantas horas me ha dejado tiesa como el mango de un arado. Vosotras debéis hacer lo mismo, Mary Kate y Helen. Mañana es día de colegio.
Scarlett se sentía también entumecida. Se estiró delante del fuego.
—Buenas noches —dijo.
—Quédate un poco más —dijo Colum—, mientras termino de fumar mi pipa. Jamie está bostezando tanto que sé que está a punto de abandonarme.
Scarlett se sentó en una silla delante de Colum.
Jamie le acarició la cabeza al dirigirse a la escalera.
Colum chupó su pipa. El olor del tabaco era agridulce.
—Es agradable charlar junto al fuego —dijo al cabo de un rato—. ¿Qué hay en tu mente y en tu corazón, Scarlett?
Ella suspiró profundamente.
—No sé qué hacer en lo tocante a Rhett, Colum. Temo que lo he estropeado todo.
La cocina estaba caliente y débilmente iluminada, un lugar perfecto para abrir su corazón. Además, Scarlett tenía una idea confusa de que, por ser Colum sacerdote, todo lo que le dijese lo mantendría en secreto frente al resto de la familia, como si aquel lugar fuese el pequeño y cerrado confesionario de una iglesia. Empezó desde el principio, contándole la verdad sobre su matrimonio.
—Yo no le amaba; al menos, no sabía que le amaba. Estaba enamorada de otro. Y después, cuando supe que era Rhett el hombre a quien amaba, éste había dejado de quererme. Bueno, esto es lo que dijo él. Pero no creo que sea verdad, Colum; no puede serlo.
—¿Te abandonó él?
—Sí, pero después yo le dejé. Es esto lo que me pregunto si fue un error.
—A ver si lo entiendo yo...
Con infinita paciencia, Colum desenredó la maraña del relato de Scarlett. Era bastante más de medianoche cuando sacudió las cenizas de la pipa, que llevaba rato apagada, y se la guardó en el bolsillo.
—Hiciste lo que debías, querida —dijo—. Algunos creen que, porque llevamos el cuello de la camisa al revés, los sacerdotes no somos hombres. Se equivocan. Yo puedo comprender a tu marido. Incluso puedo compadecerle de veras por su problema. Es más profundo y más doloroso que el tuyo, Scarlett. Está luchando consigo mismo y, para un hombre de carácter fuerte, éste es un combate terrible. Volverá a ti y, cuando lo haga, debes ser generosa con él, porque estará rendido después de la lucha.
—¿Pero cuándo será, Colum?
—Esto no puedo decírtelo, aunque sé una cosa: es él quien debe buscarte; no tú a él. Tiene que luchar solo, hasta que vea que te necesita y se lo confíese a sí mismo.
—¿Estás seguro de que vendrá?
—Sí, estoy seguro. Y ahora me voy a la cama. Haz tú lo mismo.
Scarlett reclinó la cabeza en la almohada y trató de vencer la pesadez de sus párpados. Quería alargar este momento, gozar de la satisfacción que le había dado el convencimiento de Colum. Rhett vendría; tal vez no tan pronto como ella quería, pero podía esperar.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 12:01 pm

45


Scarlett no se sintió muy complacida cuando Kathleen la despertó la mañana siguiente. Después de haber estado levantada hasta tan tarde, hablando con Colum, lo que deseaba era seguir durmiendo.
—Te he traído el té —dijo Kathleen a media voz—. Y Maureen pregunta si querrás ir con ella al mercado esta mañana.
Scarlett volvió la cabeza y cerró de nuevo los ojos.
—No; creo que dormiré un poco más. —Notó que Kathleen permanecía allí. ¿Por qué no se marchaba la muy tonta y la dejaba dormir?— ¿Qué quieres, Kathleen?
—Perdona, Scarlett, pero me preguntaba si querrías que te ayudase a vestirte. Maureen quiere que vaya en tu lugar, si tú no la acompañas, y no sé cuándo volveremos.
—Puede ayudarme Mary Kate —murmuró Scarlett sin levantar la cabeza de la almohada.
—Oh, no. Ella se ha ido al colegio hace un siglo. Y son las nueve.
Haciendo un esfuerzo, abrió Scarlett los ojos. Tenía la impresión de que podría dormir eternamente. Si la dejaban.
—Está bien —suspiró—, saca mis cosas. Me pondré el vestido a cuadros rojos y azules.
—Oh, estás guapísima con él —dijo, entusiasmada, Kathleen.
Decía lo mismo cada vez que Scarlett elegía un vestido. La consideraba la mujer más elegante y hermosa del mundo.
Scarlett bebió su té mientras Kathleen la peinaba con un moño en forma de ocho sobre la nuca. «Parezco dejada de la mano de Dios», pensó. Había débiles sombras debajo de sus ojos. «Tal vez debería ponerme el vestido rosa; sienta mejor a mi piel, pero Kathleen tendría que abrocharme de nuevo el corsé, pues aquel vestido tiene una cintura más estrecha, y ella me está volviendo loca con sus aspavientos.»
—Así está bien —dijo cuando Kathleen le hubo colocado la última horquilla—. Ahora vete.
—¿No quieres otra taza de té?
—No. Vete.
«En realidad, me gustaría tomar café —pensó Scarlett—. Tal vez podría ir al mercado, después de todo... No, estoy demasiado cansada para andar arriba y abajo, observándolo todo.» Se empolvó debajo de los ojos e hizo una mueca al espejo antes de bajar en busca de algo para desayunar.
—¡Caramba! —exclamó, cuando vio a Colum leyendo el periódico en la cocina.
Creía que no había nadie en la casa.
—He venido para pedirte un favor —dijo él. Quería un consejo femenino para elegir regalos para los de Irlanda—. Los chicos y sus padres no ofrecen dificultades, pero las chicas son un misterio. Scarlett sabrá, me dije, cuál es la última moda de Estados Unidos.
Ella se echó a reír al ver su expresión perpleja.
—Me encantará ayudarte, Colum; pero tendrás que pagarme... con una taza de café y un panecillo azucarado de la panadería de la calle Broughton.
Ya no se sentía cansada en absoluto.


—No sé por qué me has pedido que te acompañase, Colum. No te gusta nada de lo que te aconsejo.
Scarlett miró desesperada los montones de guantes de cabritilla, pañuelos de encaje, medias de seda con dibujos, bolsos con abalorios, abanicos pintados y piezas de seda, terciopelo y satén. Los dependientes habían sacado todos los mejores artículos de la tienda más elegante de Savannah, y Colum no hacía más que sacudir la cabeza.
—Pido disculpas por todas las molestias que he causado —dijo a los dependientes que sonreían forzadamente. Le ofreció el brazo a Scarlett—. También a ti te pido perdón. Temo que no expresé claramente lo que quería. Vamos, pagaré mi deuda contigo y después probaremos otra vez. Una taza de café nos vendrá bien.
Scarlett necesitaría más de una taza de café para que le perdonase esa estúpida búsqueda. Hizo caso omiso del brazo que él le ofrecía y salió bruscamente de la tienda.
Su humor mejoró cuando Colum sugirió que fuesen a Pulaski House a tomar café. El enorme hotel era muy distinguido y Scarlett nunca había estado en él. Cuando se hubieron sentado en un sofá tapizado de terciopelo, en uno de los adornados salones con columnas de mármol, miró satisfecha a su alrededor.
—Esto está muy bien —dijo, encantada, cuando un camarero de guantes blancos depositó una cargada bandeja de plata sobre la mesa de mármol que tenían delante.
—Con tu elegante vestido pareces estar en tu ambiente, en este majestuoso escenario de mármoles y de palmeras en macetas —dijo sonriendo Colum—. Por esto se cruzaron nuestros caminos en lugar de discurrir juntos.
En Irlanda, explicó, la gente vivía con sencillez. Con más sencillez, quizá, de lo que podía imaginarse Scarlett. Vivían en sus casas de labranza, lejos de toda ciudad, sólo cerca de un pueblo que únicamente contaba con una iglesia, una herrería y una posada donde se detenía la diligencia. La única tienda era una habitación en la esquina de la posada, donde se podía echar una carta y comprar tabaco y unos pocos comestibles. Pasaban por allí carros de vendedores ambulantes con cintas y chucherías y papeles de alfileres. La gente se distraía yendo de una casa a otra.
—Pero eso es igual que la vida en las plantaciones —exclamó Scarlett—. Mira, Tara está a ocho kilómetros de Jonesboro y, cuando llegas allí, sólo encuentras una estación de ferrocarril y una pequeña tienda de comestibles.
—Oh, no, Scarlett. Las plantaciones tienen mansiones, no simples casas de labranza enjabelgadas.
—¡No sabes de lo que estás hablando, Colum O'Hara! Los Doce Robles de Wilkes era la única mansión que había en todo el condado de Clayton. La mayoría de la gente tiene casas que empezaron con un par de habitaciones y una cocina y a las que añadieron después lo que necesitaban.
Colum sonrió y confesó su derrota. Sin embargo, dijo, los regalos para la familia no podían ser cosas de ciudad. Las muchachas se apañarían mejor con un corte de algodón que de satén, y no sabrían qué hacer con un abanico pintado.
Scarlett dejó la taza sobre el platillo con un rotundo chasquido.
—¡Percal! —dijo—. Apuesto a que les encantará el percal. Lo hay de todas clases y de brillantes colores, y se pueden hacer con él lindos vestidos. Nosotras usábamos percal para andar por casa.
—Y botas —dijo Colum. Sacó un trozo de papel del bolsillo y lo desplegó—. Aquí tengo los nombres y los números.
Scarlett se echó a reír al ver la longitud de la nota.
—Te vieron venir, Colum.
—¿Qué?
—Nada. Es una expresión americana.
«Todos los hombres, mujeres y niños del condado de Meath deben de haber puesto su nombre en la lista de Colum», pensó. Ocurría como con tía Eulalie cuando decía: «Ya que vas de compras, ¿quisieras traer algo para mí?» Por alguna razón, nunca se acordaba de pagar lo que fuese, y Scarlett sospechó que los amigos irlandeses de Colum serían igualmente olvidadizos.
—Cuéntame más acerca de Irlanda —dijo.
Todavía quedaba mucho café en la cafetera.
—Oh, es una isla extraña y hermosa —dijo suavemente Colum.
Había mucho amor en su voz cantarina cuando le habló de los montes verdes coronados con castillos; de riachuelos bordeados de flores y llenos de peces saltarines; de paseos entre fragantes setos vivos bajo la llovizna; de música en todas partes; de un cielo más ancho y más alto que otro cualquiera, con un sol tan amable y cálido como el beso de una madre...
—Pareces casi tan nostálgico como Kathleen.
Colum rió para sí.
—No lloraré cuando zarpe el barco, ciertamente. Nadie admira Estados Unidos más que yo, y me gusta visitarlo; pero no derramaré una lágrima cuando despliegue el barco las velas para volver a casa.
—Tal vez la verteré yo. No sé lo que haré sin Kathleen.
—Entonces, no te prives de ella. Ven con nosotros y conoce la tierra de tu gente.
—No puedo hacerlo.
—Sería una gran aventura. Irlanda es hermosa siempre, pero en primavera su frescura te rompería el corazón.
—No quiero romperme el corazón; gracias, Colum. Lo que necesito es una doncella.
—Te enviaré a Brigid, que se muere de ganas por venir aquí. Supongo que hubiese debido venir antes, en vez de Kathleen; pero queríamos que Kathleen estuviera lejos.
Scarlett se olió algún chismorreo.
—¿Por qué queríais alejar a una chica tan encantadora?
Colum sonrió.
—Las mujeres, siempre con sus preguntas —dijo—; todas sois iguales a ambos lados del océano. No nos gustaba el hombre que quería cortejarla. Era soldado, y pagano por añadidura.
—Querrás decir protestante. ¿Le amaba ella?
—Se le había subido a la cabeza su uniforme; eso era todo.
—¡Pobrecilla! Espero que él la esté esperando cuando vuelva ella a casa.
—Gracias a Dios, su regimiento regresó a Inglaterra. No la molestará más.
El semblante de Colum se había endurecido como el granito. Scarlett se mordió la lengua.
—¿Qué hay de esta lista? —preguntó, viendo que Colum no se decidía a hablar—. Será mejor que volvamos a nuestras compras. Mira, Colum, Jamie tiene todo lo que necesitas en su almacén. ¿Por qué no vamos allí?
—No puedo ponerle en un brete. Se creería obligado a ofrecerme un precio especial, en perjuicio suyo.
—Sinceramente, Colum, ¡tienes el cerebro de una pulga para los negocios! Aunque Jamie te vendiese sus artículos a precio de coste, quedaría mejor ante sus proveedores y obtendría un descuento mayor en el próximo pedido. —Se echó a reír al ver el asombro de él—. Yo tengo también unos almacenes y sé lo que digo. Deja que te explique...
Habló por los codos mientas se dirigían al almacén de Jamie. Colum estaba fascinado y visiblemente impresionado, y le hacía una pregunta tras otra.
—¡Colum! —exclamó Jamie cuando entraron en la tienda—. Precisamente estábamos hablando de ti. Tío James, Colum está aquí.
El viejo salió del almacén, cargado de piezas de tela.
—Tú eres la respuesta a una oración, hombre —dijo—. ¿Cuál es el color que preferimos?
Dejó las piezas sobre el mostrador. Todas eran verdes, pero de cuatro tonos algo diferentes.
—Este es el más bonito —dijo Scarlett.
Jamie y su tío pidieron a Colum que eligiese.
Scarlett se sintió ofendida. Ella les había dicho ya cuál era el mejor. ¿Qué sabían los hombres, incluso Colum, de colores?
—¿Dónde queréis ponerlo? —preguntó él.
—En la ventana, por dentro y por fuera —respondió Jamie.
—Entonces lo miraremos allí, para que le dé la luz —dijo Colum.
Parecía tan serio como si estuviese eligiendo el color para imprimir billetes de banco, pensó maliciosamente Scarlett. ¿Por qué tanto jaleo?
Jamie advirtió la expresión mohína de su semblante.
—Es para adorno, el día de san Paddy *, querida Scarlett. Colum es el único que sabe qué tono de verde se parece más al del trébol. Hace demasiado tiempo que el tío James y yo no lo hemos visto.
Los O'Hara habían estado hablando del día de san Patricio desde el momento en que ella los conoció.
—¿Cuándo es? —preguntó Scarlett, con más cortesía que interés.
Los tres hombres la miraron boquiabiertos.
—¿No lo sabes? —preguntó el viejo James con incredulidad.
—Si lo supiese, no lo preguntaría.
—Es mañana —dijo Jamie—, mañana. ¡Y vas a pasarlo como nunca, querida Scarlett!


Los irlandeses de Savannah, como los irlandeses de todas partes, siempre habían celebrado el 17 de marzo. Era la fiesta del santo patrón de Irlanda, una fiesta que tenía un significado secular además de canónico. Aunque cayese en cuaresma, el día de san Patricio no era de ayuno. Había comida y bebida, música y baile. Las escuelas y los establecimientos católicos estaban cerrados, salvo los bares, que esperaban y conseguían uno de los mayores éxitos del año.
Había habido irlandeses en Savannah desde los primeros tiempos (los Jasper Greens lucharon primero en la Revolución Americana) y el día de san Patricio había sido siempre una fiesta importante para ellos. Pero, durante la triste década de depresión que siguió a la derrota del Sur, toda la ciudad había empezado a participar en la celebración. El 17 de marzo era el festival de primavera de Savannah y, por un día, todos sus habitantes eran irlandeses. En todas las plazas había puestos alegremente decorados que vendían comida y refrescos, vino, café y cerveza. Malabaristas y amaestradores de perros atraían a las multitudes en las esquinas de las calles. Violinistas tocaban en las escaleras del Ayuntamiento y de las desconchadas pero orgullosas casas de la población. Ondeaban cintas verdes en las ramas floridas de los árboles, y hombres, mujeres y niños emprendedores iban de plaza en plaza vendiendo tréboles hechos de papel o de seda. En la calle Broughton, todos los escaparates de las tiendas estaban engalanados con banderas verdes, y entre los postes de los faroles pendían enredaderas verdes que formaban un dosel para el desfile.
—¿Un desfile? —exclamó Scarlett cuando se lo mencionaron. Tocó las escarapelas de seda verde que Kathleen le había prendido en el cabello—. ¿Hemos terminado? ¿Estoy bien así? ¿Es hora de irnos?
Era hora. Primero, una misa temprana, y después una celebración que duraría todo el día y parte de la noche.
—Jamie me ha dicho que habrá fuegos artificiales que alumbrarán el cielo sobre el parque, de tal modo que dará mareo presenciar su esplendor —dijo Kathleen.
Su cara y sus ojos resplandecían de ilusión. Los ojos verdes de Scarlett adquirieron de pronto una expresión calculadora.
—Apuesto a que no hay desfiles ni fuegos artificiales en tu pueblo, Kathleen. Te arrepentirás de no haberte quedado en Savannah.
La muchacha sonrió con entusiasmo.
—Lo recordaré siempre y lo contaré junto al fuego en todas las casas. Una vez que esté en mi país, será estupendo haber visto Estados Unidos. Una vez que esté en mi país.
Scarlett desistió. No había manera de convencer a aquella niña tonta.
La calle Broughton estaba llena de gente, y todos los paseantes lucían algún adorno de color verde. Scarlett se rió en voz alta cuando vio una familia cuya chiquillería recién lavada llevaba lazos verdes, bufandas verdes o plumas verdes en el sombrero. Eran como los O'Hara... salvo que todos eran negros.
—¿No te dije que hoy todo el mundo es irlandés? —dijo Jamie con una sonrisa.
Maureen le dio un codazo.
—Incluso los personajes importantes llevan algo verde —dijo señalando con la cabeza a una pareja próxima.
Scarlett estiró el cuello para ver. ¡Dios mío! Era el pomposo abogado de su abuelo y un muchacho que debía de ser su hijo. Ambos llevaban corbata verde. Miró con curiosidad calle arriba y calle abajo, buscando otras caras conocidas entre la sonriente muchedumbre. Allí estaba Mary Telfair con un grupo de damas, todas ellas con cintas verdes en los sombreros. ¡Y Jerome! ¿Dónde diablos había encontrado una chaqueta verde? Seguramente, su abuelo no estaría aquí; Dios no lo quisiera, pues eso haría que el sol dejase de brillar. No; Jerome estaba con una mujer negra que llevaba una faja verde. «Imagínate, ¡el viejo y hosco Jerome con una amiguita! Al menos es veinte años más joven que él.»
Un vendedor ambulante iba sirviendo refrescos y caramelos de coco a cada uno de los O'Hara, empezando por los afanosos chiquillos. Cuando llegó hasta ella, Scarlett tomó sonriendo la golosina y la mordió. ¡Estaba comiendo en la calle! Ninguna dama lo haría aunque se estuviese muriendo de hambre. «¡Chúpate esa, abuelo!», pensó, satisfecha de su propia malicia. El coco era fresco, húmedo, dulce. A Scarlett le gustó mucho, aunque aquello dejó de ser como un desafío cuando vio que la señorita Delfair mordisqueaba algo que sostenía entre el índice y el pulgar de una de sus enguantadas manos.


—Yo sigo diciendo que el vaquero de sombrero verde era el mejor —insistió Mary Kate—. Hacía cosas maravillosas con el lazo, y era muy guapo.
—Dices eso porque nos ha sonreído —replicó despreciativa Helen. Diez años eran pocos para simpatizar con los sueños románticos de los quince—. Lo mejor ha sido esa carroza que transportaba unos gnomos que bailaban.
—No eran gnomos, tonta. No los hay en Estados Unidos.
—Estaban bailando alrededor de un gran saco de oro. Nadie más que los gnomos tendría un saco de oro.
—Eres una chiquilla, Helen. Eran muchachos disfrazados. ¿No viste que sus orejas eran falsas? Una de ellas se había caído.
Maureen intervino antes de que se agriase la discusión. —Ha sido un gran desfile, desde el principio hasta el fin. Vamos, niñas, y coged de la mano a Jacky.
Extraños el día anterior y de nuevo extraños el día siguiente, todos se asían de la mano bailando y cantando a coro en la fiesta de san Patricio. Compartían el sol, el aire, la música y las calles.
—Es maravilloso —dijo Scarlett, cuando probó un muslo de pollo comprado en uno de los tenderetes de comestibles—. Es maravilloso —repitió, cuando vio los tréboles pintados con tiza verde en los senderos enladrillados de la plaza Chatham—. Es maravilloso —dijo una vez más, refiriéndose al águila majestuosa de granito, con una cinta verde alrededor del cuello, en el monumento a Pulaski—. Es un día estupendo, estupendo, estupendo —exclamó dando vueltas y más vueltas sobre sí misma, antes de dejarse caer agotada en un banco vacío, al lado de Colum—. Mira, Colum, tengo un agujero en la suela de la bota. En el sitio del que vengo, dicen que las mejores fiestas son aquellas en las que agujereas los escarpines de tanto bailar. Y éstos no son siquiera escarpines sino botas. ¡Debe de ser la mejor fiesta de todas!
—Es un gran día, desde luego, y todavía falta la noche, con los fuegos artificiales y todo lo demás. No gastarás solamente las botas, querida Scarlett, si no descansas un poco. Son casi las cuatro. Vayamos a casa a tomar un bocado.
—No quiero. Quiero bailar un poco más y comer un poco más de cerdo asado y uno de aquellos helados verdes, y probar esa espantosa cerveza verde que bebían Matt y Jamie.
—Podrás hacerlo esta noche. ¿Te das cuenta de que Matt y Jamie han renunciado hace una hora o mas?
—¡Son unos blandengues! —declaró Scarlett—. Pero tú no lo eres. Eres el mejor de los O'Hara, Colum. Jamie lo dijo, y tenía razón.
Colum sonrió al ver sus mejillas coloradas y sus ojos chispeantes.
—Excepto tú, Scarlett —dijo—. Ahora voy a quitarte la bota, la que tiene el agujero.
Deshizo el cordón de la bota de cabritilla negra, se la quitó del pie y la abrió para vaciar la arena y los guijarros. Después recogió un cucurucho de helado que yacía en el suelo, dobló el grueso papel y lo introdujo dentro de la bota.
—Así podrás llegar a casa. Supongo que allí tienes más botas.
—Desde luego. Oh, así voy mucho mejor. Gracias, Colum. Tú siempre sabes lo que hay que hacer.
—Sé que lo que hemos de hacer ahora es ir a casa, tomar una taza de té y descansar.
Scarlett odiaba confesarlo, incluso para sus adentros, pero estaba fatigada. Caminó despacio al lado de Colum, por la calle Drayton, sonriendo a la gente sonriente que llenaba las aceras.
—¿Por qué es san Patricio el patrón de Irlanda? —preguntó—. ¿Es también el patrón de otros sitios?
Colum pestañeo una vez, sorprendido por su ignorancia.
—Todos los santos son santos para todas las personas y en todos los lugares del mundo. San Patricio es un santo especial para los irlandeses, porque nos trajo el cristianismo cuando estábamos siendo todavía engañados por los druidas, y echó a todas las serpientes de Irlanda para que nuestro país pareciese el jardín del Edén sin la serpiente.
Scarlett se echó a reír.
—Te lo estás inventando.
—De ninguna manera. No hay una sola serpiente en toda Irlanda.
—Es magnífico. Yo aborrezco las serpientes.
—Realmente, deberías venir conmigo cuando vuelva a casa, Scarlett. Te encantaría el viejo país. El barco sólo tarda dos semanas y un día hasta Galway.
—Es muy poco tiempo.
—En efecto. Los vientos soplan hacia Irlanda y llevan a los nostálgicos viajeros a casa con la misma rapidez con que una nube vuela en el cielo. Es estupendo ver todas las velas desplegadas y el gran barco bailando mágicamente sobre el mar. Las blancas gaviotas planean sobre él hasta que la tierra casi se pierde de vista; entonces dan media vuelta y chillan, porque no pueden acompañarlo durante todo el trayecto. Luego son los delfines los que lo escoltan y, a veces, una gran ballena, arrojando agua como una fuente, asombrada de tener un compañero adornado con velas. Navegar es delicioso. Te sientes tan libre que crees que podrías volar.
—Lo sé —dijo Scarlett—. Es exactamente así. Te sientes libre.

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
Vampi
Admin
Admin
avatar

Grupos : *Traductora *Correctora de Estilo
Virgo Mensajes : 7617
Rango : 300
Edad : 35
Fecha de inscripción : 08/02/2010
Localización : Valencia

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Miér Dic 08, 2010 12:02 pm

46


Aquella noche Scarlett impresionó a Kathleen al ponerse su vestido de seda verde claro para las fiestas del parque Forsyth, pero horrorizó a la muchacha al insistir en calzarse los finos escarpines de tafilete verde en lugar de las botas.
—Pero la arena y los ladrillos son tan ásperos, Scarlett, que gastarán completamente las suelas de tus elegantes zapatitos.
—Mejor. Por una vez en mi vida, quiero bailar hasta gastar dos pares de zapatos en una fiesta. Cepíllame el cabello, Kathleen, por favor, y sujétalo con la cinta de terciopelo verde. Quiero sentirlo suelto y ondeando cuando baile.
Había dormido veinte minutos y tenía la impresión de que podría bailar hasta el amanecer.
El baile tenía lugar en la vasta plaza de losas de granito que rodeaba la fuente, y el agua lanzaba reflejos de piedras preciosas y murmuraba bajo el alegre y atractivo ritmo del reel y la excitante belleza de las baladas.
Scarlett bailó un reel con Daniel, y sus piececitos calzados con los delicados escarpines relucían como llamitas verdes en los intrincados pasos de la danza.
—Eres una maravilla, querida Scarlett —gritó él.
La asió de la cintura con ambas manos, la levantó sobre su cabeza y la hizo girar y girar mientras seguía con los pies el compás insistente del bodhran. Scarlett extendió los brazos y levantó la cara hacia la luna, girando y girando entre la niebla plateada que envolvía la fuente.
—Así es como me siento esta noche —dijo a sus primos cuando el primer cohete se elevó en el cielo y estalló con un esplendor que hizo palidecer el brillo de la luna.
El miércoles por la mañana, Scarlett andaba cojeando. Tenía los pies hinchados y doloridos.
—No seas tonta —dijo, cuando Kathleen lamentó el estado de sus pies—, lo pasé maravillosamente.
Envió a Kathleen abajo en cuanto ésta hubo acabado de sujetarle el corsé. Todavía no quería comentar con los demás todas las satisfacciones del día de san Patricio; deseaba evocar a solas y con calma todos los recuerdos. En realidad no importaba si llegaba un poco tarde al desayuno; hoy no tenía que ir al mercado. No se pondría las medias, se calzaría las zapatillas y se quedaría en casa.
Ciertamente, había muchos escalones desde la tercera planta hasta la cocina. Nunca había reparado en ello al bajarlos corriendo. Ahora, cada uno de ellos significaba una punzada de dolor si no descendía con el máximo cuidado. Pero no importaba. Valía la pena quedarse un día o incluso dos en casa por haber gozado de aquel alegre baile. Tal vez podría pedir a Katie que encerrase la vaca en el cobertizo. Scarlett tenía miedo a las vacas, siempre lo había tenido. Pero, si Katie la encerraba, podría sentarse en el patio. El aire primaveral traía unos efluvios tan frescos y dulces a través de las ventanas abiertas que ansiaba salir y sumergirse en él.
«Bueno..., casi estoy en la planta del salón, a más de medio camino. Ojalá pudiese bajar más de prisa. Tengo hambre.»
Al poner cuidadosamente el pie derecho sobre el primer peldaño del último tramo de escalera, el olor a pescado frito salió a su encuentro desde la cocina. «Maldita sea —pensó—, vuelve a ser día de abstinencia. Lo que me gustaría sería una buena loncha de tocino.»
De pronto, sin previo aviso, su estómago se contrajo y se le llenó la garganta. Scarlett se volvió, presa del pánico, y corrió hacia la ventana. Abrió las cortinas con manos frenéticas, se asomó y apoyándose en el alféizar vomitó sobre las gruesas hojas verdes del joven magnolio del patio. Los vómitos se repitieron hasta que quedó rendida y tuvo la cara mojada de lágrimas y de sudor grasiento. Entonces se derrumbó poco a poco y quedó acurrucada sobre el suelo del pasillo.
Se enjugó la boca con el dorso de la mano, pero el débil ademán no mitigó en absoluto el sabor amargo que tenía en ella. «Si al menos pudiese beber un poco de agua», pensó. El estómago se le contrajo a modo de respuesta, y tuvo unas arcadas.
Se llevó las manos al diafragma y se echó a llorar. «Ayer debí de comer algo corrompido por el calor. Voy a morirme aquí, como un perro.» Su respiración era entrecortada y jadeante. Si pudiese al menos aflojarse el corsé; le apretaba el dolorido estómago y la privaban del aire que necesitaba. Las rígidas ballenas eran como una cruel jaula de hierro.
Jamás en su vida se había sentido tan mareada.


De la planta baja le llegaban las voces de la familia: la de Maureen, preguntando dónde estaba ella y la de Kathleen diciendo que bajaría en seguida. Entonces se abrió una puerta de golpe, y oyó a Colum. También él preguntaba por ella. Scarlett apretó los dientes. Tenía que levantarse. Tenía que acabar de bajar la escalera. No quería que la encontrasen así, berreando como una niña pequeña porque se había excedido en la fiesta. Se enjugó las lágrimas con el dobladillo de la falda y se levantó.
—Ahí está —dijo Colum cuando Scarlett apareció en el umbral. Después corrió hacia ella—. Pobre pequeña Scarlett, pareces estar caminando sobre cristales rotos. Deja que te ponga cómoda.
La levantó en brazos antes de que pudiese decir una palabra y la llevó al sillón que Maureen había colocado rápidamente cerca de la chimenea.
Todos se atrafagaron a su alrededor, olvidado el desayuno, y a los pocos segundos, Scarlett se encontró con los pies sobre un cojín y una taza de té en la mano. Pestañeó para contener las lágrimas, unas lágrimas de debilidad y de alegría. Era bueno que cuidasen de ella, que la quisiesen. Ahora se sentía mil veces mejor. Tomó cuidadosamente un sorbo de té, y le sentó bien.
Tomó una segunda taza y, después, una tercera y una tostada. Pero desvió la mirada del pescado frito y de las patatas. Nadie pareció advertirlo, pues estaban demasiado ocupados buscando los libros de los niños y las bolsas del almuerzo antes de enviar a los chiquillos al colegio.
Cuando se cerró la puerta detrás de los chicos, Jamie besó a Maureen en los labios, a Scarlett en la cabeza y a Kathleen en la mejilla.
—Me voy ahora al almacén —dijo—. Hay que quitar las banderas y colocar el remedio contra la jaqueca sobre el mostrador, donde todos los afectados puedan alcanzarlo fácilmente. Las celebraciones son cosa buena, pero el día siguiente puede ser una carga terrible.
Scarlett agachó la cabeza para disimular el rubor de su semblante.


—Ahora quédate aquí, Scarlett —ordenó Maureen—. Kathleen y yo limpiaremos la cocina en un santiamén y después nos iremos al mercado mientras tú descansas un poco. Tú, Colum O'Hara, quédate también donde estás; no quiero que tus grandes botas me estorben el paso. Tampoco quiero perderte de vista; te veo demasiado de tarde en tarde. Si no fuese por el cumpleaños de la anciana Katie Scarlett, te pediría que no volvieses tan pronto a Irlanda.
—¿Katie Scarlett? —dijo Scarlett.
Maureen dejó caer el paño jabonoso que tenía en la mano.
—¿Acaso nadie pensó en decírtelo? —exclamó—. Tu abuela, cuyo nombre te pusieron, va a cumplir un siglo el mes próximo.
—Y todavía tiene la lengua tan afilada como cuando era joven —dijo riendo Colum—. Es algo de lo que todos los O'Hara nos sentimos orgullosos.
—Yo estaré en casa para la fiesta —dijo Kathleen, resplandeciendo de satisfacción.
—Ojalá pudiese yo asistir a ella —dijo Scarlett—. Papá solía contar muchas anécdotas acerca de la abuela.
—Pero puedes hacerlo, querida Scarlett. Piensa en la alegría que darías a la anciana.
Kathleen y Maureen corrieron junto a Scarlett, apremiándola, animándola, persuadiéndola, hasta que empezó a darle vueltas la cabeza. «¿Por qué no?», se dijo.
Cuando viniese Rhett a buscarla, ella tendría que volver a Charleston. ¿Por qué no retrasarlo un poco más? Aborrecía Charleston. Los vestidos de tonos apagados, las interminables visitas y los comités, las murallas de cortesía que la dejaban fuera o los muros de casas en decadencia y de jardines descuidados que la encerraban en su interior. Aborrecía la manera de hablar de los charlestonianos: su modo de arrastrar las vocales, las alusiones privadas a primos y antepasados, las palabras y frases en francés y en latín y sabe Dios en qué otras lenguas, su conocimiento de lugares donde ella no había estado nunca, de personas de las que nunca había oído hablar y de libros que nunca había leído. Aborrecía su sociedad: los carnets de baile, las hileras de recepción y las normas tácitas que se presumía que debía conocer y no conocía, la inmoralidad que ellos aceptaban y la hipocresía que la condenaba por pecados que nunca había cometido.
«No quiero llevar vestidos ñoños y decir "sí, señora" a viejas matronas cuyo abuelo por parte de madre fue algún famoso héroe de Charleston o algo parecido. No quiero pasarme todas las mañanas de los domingos escuchando a mis tías zahiriéndose mutuamente. No quiero tener que pensar que el baile de santa Cecilia es el no va más en esta vida. Prefiero el día de san Patricio.»
Scarlett rió en voz alta.
—¡Voy a ir! —dijo.
De pronto, se sintió magníficamente, incluso olvidó su revuelto estómago. Se levantó para abrazar a Maureen y apenas se dio cuenta del daño que le hacían los pies.
Charleston podía esperar hasta que ella volviese. Rhett podía esperar también. Sabía Dios que ella le había estado esperando demasiado a menudo. ¿Por qué no había de visitar ella al resto de los parientes O'Hara? Solamente emplearía dos semanas y un día para ir en un gran barco de vela a aquella otra Tara. Y sería irlandesa y feliz durante algún tiempo, antes de someterse a las normas de Charleston.
Sus delicados y magullados pies repicaron el ritmo de un reel.


Sólo dos días más tarde, Scarlett fue capaz de bailar durante horas en la fiesta con que celebraron el regreso de Stephen, que había llegado de Boston. Y no mucho después de esto, se encontró en un carruaje descubierto con Colum y Kathleen, en dirección a los muelles fluviales de Savannah.
Los preparativos no habían ofrecido ninguna dificultad. Los norteamericanos no necesitaban pasaporte para entrar en las islas Británicas. Ni siquiera necesitaban cartas de crédito, aunque Colum insistió en que le diese una su banquero. «Por si acaso», había dicho. No había aclarado para qué caso, pero a Scarlett no le importaba. Estaba embriagada con aquella aventura.
—¿Estás seguro de que no perderemos el barco, Colum? —preguntó Kathleen, temerosa—. Has venido a buscarnos muy tarde. Jamie y los demás salieron hace una hora.
—Estoy seguro, estoy seguro —la tranquilizó Colum. Hizo un guiño a Scarlett—. Y si me he retrasado un poco no ha sido por mi culpa, ya que el gran Tom MacMahon se ha empeñado en ratificar su promesa respecto al asunto del obispo tomando un par de copas, y no he querido ofenderle.
—Si perdemos esa barca me moriré —gimió Kathleen.
—Bueno, no te preocupes más, querida Kathleen. El capitán no zarpará sin nosotros; Seamus O'Brien es amigo mío desde hace muchos años. Pero no lo será tuyo si llamas barca al Brian Boru. Es un barco, y magnífico por cierto. Ya lo verás dentro de poco.
En aquel momento, el carruaje tomó un recodo y pasando por debajo de un arco bajó traqueteando una oscura, resbaladiza y empedrada pendiente. Kathleen gritó y Colum se rió a carcajadas. A Scarlett se le cortó el aliento de la emoción.
Y llegaron al río. La agitación, el color y el caos eran todavía más excitantes que aquella alocada carrera cuesta abajo para llegar al muelle. Barcos de todas las clases y dimensiones estaban amarrados a los pilares de madera; más barcos que los que jamás había visto ella en Charleston. Carros cargados y tirados por pesados percherones recorrían la ancha calle empedrada haciendo resonar las ruedas de madera o de hierro con un constante estruendo. Voces masculinas se alzaban por doquier. Rodaban barriles por rampas de madera hasta las cubiertas con un ruido ensordecedor.
Un buque de vapor hizo sonar su estridente sirena; otro tocó su estrepitosa campana. Una hilera de estibadores descalzos avanzaba por una pasarela llevando balas de algodón y cantando. Banderas de brillantes colores y llamativos gallardetes ondeaban al viento. Las gaviotas se lanzaban en picado dando chillidos.
El cochero se levantó e hizo chascar el látigo. El carruaje se lanzó adelante con una sacudida, asustando a un grupo de boquiabiertos transeúntes. Scarlett rió desafiando una ráfaga de viento. El coche se ladeó al rodear un montón de toneles que esperaban a ser cargados, luego adelantó a una lenta carreta y se detuvo en seco.
—Supongo que no esperarás que te pague un plus por los cabellos blancos que has echo crecer en mi cabeza —dijo Colum al cochero.
Se apeó de un salto y alargó una mano para ayudar a bajar a Kathleen.
—No has olvidado mi caja, ¿verdad, Colum? —dijo ésta.
—Todos los trastos están aquí, querida. Ahora ve y da un beso de despedida a tus primos. —Señaló hacia Maureen—. No puedes dejar de ver aquellos cabellos rojos que brillan como un faro.
Cuando Kathleen se alejó corriendo, Colum se dirigió a media voz a Scarlett.
—No olvidarás lo que te dije acerca de tu nombre, ¿verdad, querida Scarlett?
—No lo olvidaré —dijo ella, y sonrió, celebrando la inofensiva conspiración.
—Durante el viaje y en Irlanda serás Scarlett O'Hara a secas —le había dicho, haciendo un guiño—. No tiene nada que ver contigo, querida Scarlett, pero Butler es un apellido muy famoso en Irlanda, y todo lo que le ha dado fama es odioso.
A Scarlett no le importaba en absoluto. Le gustaría ser una O'Hara durante todo el tiempo posible.
El Brian Boru era, como había prometido Colum, un barco magnífico. En el brillante casco blanco resplandecía una dorada cenefa de volutas, que también adornaba la tapa color esmeralda que ocultaba la gigantesca rueda de paletas; y el nombre, pintado en esa tapa con letras doradas de más de medio metro de altura, estaba rodeado de un marco de flechas doradas. La Union Jack ondeaba en su asta, pero una bandera de seda verde, recamada con un arpa dorada, se agitaba atrevida en el mástil de proa. Era un buque de pasajeros, un navío de lujo, como correspondía a los costosos gustos de los ricos americanos que viajaban a Irlanda por sentimentalismo, para ver los pueblos donde habían nacido sus abuelos emigrantes o para exhibirse visitando con todo esplendor las aldeas donde ellos mismos habían nacido. Los salones eran desmesurados y estaban decorados con un boato excesivo. La tripulación tenía orden de satisfacer todos los antojos de los pasajeros. La bodega era enorme, desproporcionada si se la comparaba con la de los barcos corrientes, porque los americanos de origen irlandés traían consigo regalos para todos sus parientes y regresaban con múltiples recuerdos de sus visitas. Los mozos trataban cada baúl y cada caja como si estuviesen llenos de objetos de cristal. Y a menudo lo estaban. No era infrecuente que la próspera tercera generación de esposas americano-irlandesas iluminara todas las habitaciones de sus nuevas residencias con lámparas de cristal de Waterford.
Una amplia plataforma dotada de una sólida barandilla había sido instalada encima de la rueda de paletas. Scarlett se plantó en ella, con Colum y un puñado de pasajeros atrevidos, para darles una última despedida a sus primos. Sólo había tenido tiempo de hacerlo apresuradamente en el muelle, porque el Brian Boru tenía que aprovechar el descenso de la marea. Envió calurosos besos al grupo de los O'Hara. Esta mañana los niños no habían asistido al colegio y Jamie había cerrado el almacén durante una hora, para que Daniel y él pudiesen bajar a despedir a Colum y a las dos jóvenes.
Ligeramente detrás del grupo y algo apartado, estaba el silencioso Stephen. Levantó una vez la mano enviando una señal a Colum.
Significaba que los baúles de Scarlett habían sido abiertos durante el trayecto hasta el barco y que en ellos se habían introducido ciertos objetos. Entre las capas de papel de seda que resguardaban las enaguas, batas y vestidos, iban ahora, cuidadosamente envueltos, los rifles y las cajas de municiones que Stephen había comprado en Boston.
Como sus padres y abuelos y generaciones de antepasados, Stephen, Jamie, Matt, Colum y el tío James estaban implicados en la lucha armada contra el gobierno inglés que sojuzgaba a Irlanda. Durante más de doscientos años, los O'Hara se habían jugado la vida para oponerse e incluso matar a veces a sus enemigos realizando pequeñas acciones ineficaces y malogradas. Sólo en los últimos diez años habían empezado los luchadores a unirse creando una organización. Disciplinados y peligrosos, financiados desde Estados Unidos, los fenianos * eran ahora conocidos en toda Irlanda. Eran héroes para los campesinos irlandeses, anatema para los terratenientes ingleses y revolucionarios que merecían la muerte para las fuerzas militares inglesas.
Colum O'Hara era el más eficaz recaudador de fondos y uno de los principales líderes clandestinos de la Sociedad Feniana.


FIN DEL LIBRO 1

_________________

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://blackandblood.activosforos.es
amigacet



Mensajes : 1
Rango : 0
Fecha de inscripción : 17/01/2012

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Mar Ene 17, 2012 6:34 am

y el libro 2 de scarlett??
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Doanse

avatar

Mensajes : 1
Rango : 0
Fecha de inscripción : 08/04/2012
Localización : Mexico

Hoja de personaje
nombre:
raza:

MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   Dom Abr 08, 2012 9:08 pm

Tendras el libro 2? o ya es todo?
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://www.youtube.com/user/Cassiopela1
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)   

Volver arriba Ir abajo
 
Alexandra Ripley - Scarlett (libro 1 y 2)
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 2 de 2.Ir a la página : Precedente  1, 2
 Temas similares
-
» Feria del libro antiguo en A Coruña
» He-man (DDG) en la feria del Libro
» Libro-Aprender.a.Dibujar.Un.Metodo.Garantizado.-.Betty.Edwards
» Un libro de cocina "Steampunk"
» recomiendanos un libro!

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Black and Blood :: Proyectos del Foro :: Zona de Lectura-
Cambiar a: