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 Clara Tahoces - Gothika

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MensajeTema: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:05 pm

Clara Tahoces - Gothika

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Argumento:

La vampiresa Analisa acecha a sus víctimas en las noches madrileñas, mientras rehuye el contacto con la sociedad humana y procura pasar desapercibida, aprovechando sus poderes sobrenaturales y la negación de la sobrenatural de la sociedad moderna.

La joven huerfana Analisa acude a Estepa a la llamada de su acaudalada tía Emersinda, para atenderla en su enfermedad. Allí los temores, las pesadillas y la incertidumbre comienzan a acecharla.



lista de links de los capítulos:

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Última edición por Gemma el Vie Dic 17, 2010 10:53 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:05 pm

1

Por experiencia sé que es mucho más sencillo alimentarse en las afueras de las grandes ciudades. Y Madrid no es una excepción. A las horas que salgo suele haber menos personas en la calle, lo cual facilita bastante la labor de los cazadores de la noche. Simplemente seleccionas tu alimento y lo sigues hasta que se dan las condiciones precisas para el ataque.
Aquella noche le tocó el turno a un chaval que acababa de bajarse de una moto que conducía otro chico de una edad similar a la suya. Lo lógico hubiera sido que se metiera en uno de los portales mal iluminados de aquel barrio, pero desgraciadamente para él no fue así. Continuó caminando por una de las avenidas sin saber que le seguía. Me pregunto por qué su amigo no lo dejó directamente en la puerta de su casa.
Se detuvo sólo un instante, el tiempo justo para encenderse un canuto y reanudar su camino. Llevaba unos auriculares y tarareaba muy bajito una balada de Aerosmith. Lo seguí arropada por la oscuridad. Podía haberlo atacado en aquel momento, pero decidí esperar por si algún curioso se asomaba a la ventana. Percibí que iba a cruzar un descampado. Con el tiempo había aprendido a desarrollar mi intuición como un sentido más, igual que el tacto o la vista. Infinidad de veces había comprobado que era capaz de saber ciertas cosas de manera asombrosa, sin hacer ningún esfuerzo. Esperé un poco más, acechando a mi presa sin prisa, esperando el instante justo para atacar. Ese tiempo llegaría cuando mi intuición lo ordenase, no antes.
Cuando pensé que era la oportunidad apropiada me acerqué por detrás. Es mucho mejor sorprender a las presas por la espalda, sobre todo si son grandes. De este modo apenas tienen tiempo de reaccionar y cuando quieren darse cuenta ya es demasiado tarde.
El ataque debe ser limpio y preciso, pero sobre todo... fulminante. El canuto se le había apagado y tuvo que detenerse en medio del descampado para sacar el mechero. Mientras agachaba la cabeza para extraerlo de uno de sus bolsillos, me abalancé sobre él con mi pañuelo, ya convertido en improvisada soga y apreté con fuerza para impedir que se moviera. Aun así, pataleó un poco. Siempre lo hacen. Se llama instinto de supervivencia. Pero mi posición era mucho más aventajada que la suya. Lo tenía bien agarrado. Era mi comida y no iba a permitir que se zafase.
Sentí cómo las venas de su cuello se iban hinchando. Se había puesto rojo como un tomate y luchaba desesperadamente por soltarse. Infeliz. No se daba cuenta de que también yo ejercía mi instinto de supervivencia. Pronto dejó de patalear. Estaba inconsciente. Si hubiera seguido apretando, habría muerto. Siempre me ha maravillado la facilidad con la que es posible poner fin a la vida de alguien. Nueve meses dentro de la panza de su madre para acabar muriendo en apenas nueve segundos.
Ya en el suelo, me guardé el pañuelo hasta la siguiente ocasión e hinqué con avidez mis dientes en su yugular. Su sangre estaba caliente y entraba a borbotones en mi garganta. Es sublime, embriagador. Algo que un humano jamás podrá apreciar. Bebí y bebí hasta saciar mi sed, hasta que la euforia me dijo que había que parar. Demasiada sangre puede producir una extraña sensación de mareo haciéndonos perder, por unos instantes, el contacto con la realidad. Es un instante peligroso en el que podemos olvidarnos de dónde estamos, quiénes somos y hacia dónde debemos ir. ¿No son ésas las grandes preguntas que siempre se ha formulado la humanidad? Es entonces cuando hay que parar, abandonar el cuerpo y huir. Si no respetásemos esta regla, en alguna ocasión terminaríamos siendo capturados o destruidos.
Curiosamente, nunca fue tan fácil como ahora obtener sangre fresca con la que saciar mi sed. Cada período histórico ha tenido para mí sus ventajas e inconvenientes. En otros tiempos, un crimen como el que acababa de cometer no hubiese supuesto ninguna clase de investigación por parte de las autoridades. Sin embargo, en contraposición, las supersticiones sobre seres como yo habrían dificultado mucho el hallazgo de víctimas disponibles. Eran pocos los que se atrevían a vagar por las calles pasadas las horas de luz, lo que frecuentemente me obligaba a internarme en casas particulares en busca de la ansiada sangre. Por otra parte, la población tampoco era tan numerosa y a veces debíamos conformarnos sólo con las sobras.
Sin embargo, en el presente las supersticiones aparentemente no existen. Por supuesto que la gente sigue creyendo en asuntos sobrenaturales, pero de otra manera más sofisticada. Han cambiado vampiros, hombres-lobo y demonios por brujas de tres al cuarto, líneas 806 y ovnis. Paradójicamente, el progreso y la tecnología se han transformado en mis mejores aliados. Mis actos constituyen a todas luces la obra de algún chalado que se cree poseído por Drácula. Estadísticamente hablando, hay tantos enfermos o más que aseguran ser el conde Drácula como Napoleón.
Mientras pensaba en ello, todavía inclinada sobre el cuerpo del joven, saqué una gran jeringuilla y extraje la mayor cantidad de sangre que pude de sus venas. Llené con precisión una bolsa entera. A fin de cuentas, no todas las noches eran tan propicias como ésta y había que prevenir la llegada de las horas bajas. Ésta era una práctica habitual desde que después de la Primera Guerra Mundial la tecnología me había facilitado la posibilidad de congelar mis botines. Nadie mejor que yo conocía la horrible sensación que se experimentaba cuando no tenía nada que llevarme a la boca. Cuando no veía claro el desenlace de una de mis actuaciones prefería abstenerme. Éste había sido el secreto de supervivencia durante tanto tiempo.
Tras rematarlo, arrastré el cadáver hasta un montón de hojas secas y lo oculté, aunque sin entretenerme mucho. Ya se encargaría alguien de hacerlo aparecer. A fin de cuentas, todos los días se producen crímenes en las grandes ciudades.
Tenía aparcado el coche en un lugar discreto. Lo primero que hice fue introducir la bolsa con la sangre en una pequeña nevera portátil. No podía arriesgarme a que se estropeara. Después, sólo tuve que conducir tranquilamente hasta mi refugio.
Había vivido en muchos lugares, pero ninguno tan confortable como mi actual hogar, un sitio discreto provisto de toda suerte de comodidades. Por necesidad soy nómada. Con el tiempo me di cuenta de que no era aconsejable permanecer mucho tiempo en una misma ciudad. Aquél era un riesgo al que no debía exponerme.
Antes de acostarme, ya con tranquilidad, ingerí más sangre. No había quedado saciada por completo. Era importante hacerlo. De otro modo, al día siguiente estaría demasiado débil para cazar. Por fin me acurruqué en la cama y me sumí en un sueño profundo. No hay nada más agradable que ese momento, cuando por fin te sabes alimentada y a resguardo de posibles miradas indiscretas. Mi último pensamiento consciente, como otras tantas noches desde hacía muchos años, fue para tía Emersinda. «¡Maldita hija de puta!», susurré antes de caer vencida por completo.

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Última edición por Gemma el Vie Dic 17, 2010 10:52 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:07 pm

2

Analisa no pudo contener un gritito de sorpresa al leer la escueta nota. Hacía años que no sabía nada de tía Emersinda y de pronto los acontecimientos se precipitaban. La nota no aclaraba gran cosa y el cochero que la portaba tampoco sabía mucho más al respecto. Al interrogarle, todavía en el umbral de la puerta, sólo explicó que no trabajaba para ella. Únicamente le habían pagado para llevar aquel mensaje urgente y trasladar a Analisa de vuelta, en caso de que accediera a realizar el viaje, hasta la casa de su tía, en las afueras de Estepa. Doña Emersinda era una mujer muy acaudalada y su doncella le había pagado a cuenta una sustanciosa cantidad por cumplir con este cometido sin hacer demasiadas preguntas.
--¿Vendrá conmigo, señorita? Se nos echará la noche encima y los caminos no son buenos.
Al parecer, aquel hombre de aspecto desaliñado se sentía tan incómodo con aquella situación como la propia joven. Aunque se dio toda la prisa que pudo, había sido un viaje largo, tortuoso y agotador. Deseaba ver cumplido su cometido y regresar junto a su familia lo antes posible.
Analisa se quedó en silencio un momento. No supo qué responder. Tantos años de mutismo y ahora todo era premura. Aquél era un viaje de muchos días y tampoco sabía muy bien lo que se encontraría. ¿Cómo podía estar segura de que aquel hombre decía la verdad? ¿Y si no lo había enviado su tía? ¿Y si todo era una estratagema para apartarla de Madrid y hacerle algún daño?
Pedro --así se llamaba el hombre-- advirtió una sombra de turbación en su rostro.
--Su doncella me dio esto --se apresuró a decir mientras extraía de uno de los bolsillos de su raída casaca un pequeño saquito de terciopelo verde--. Me pidió que se lo entregase como prueba de que lo que digo es cierto.
Analisa lo asió con cuidado. En su interior había un objeto que le resultaba vagamente familiar. Era un camafeo con la efigie de tía Emersinda tallada en ónice. Era un regalo que el padre de Analisa había hecho a su hermana muchos años atrás, antes de que dejasen de tratarse. Era la última moda a mediados del siglo XVIII. La joven se sorprendió de que aún lo conservara.
Releyó la nota una vez más. La caligrafía se le antojó temblorosa aunque recta, monótona y picuda. Y la rúbrica, enmarañada. Apenas se distinguía la inicial de su nombre.

Querida sobrina:
La vida se me escapa. Eres mi única familia y la soledad me corroe. Necesito tenerte a mi lado unos días. En este mundo sólo me quedas tú. Ven a mí y te haré inmensamente rica.
Con cariño,
E.


--¿Sabe si se encuentra enferma?
--No. Ya se lo expliqué. Sólo traté con la doncella. La señora vive muy apartada del pueblo. Ella no pisa por allí.
--Pase un momento a la cocina --sugirió Analisa--. María le dará algo de sopa caliente y pan. Después échese una cabezada. Mientras, haré los preparativos para el viaje.
Había tomado la decisión de acompañarlo. Aunque desconocía los motivos por los cuales su padre había perdido el contacto con su hermana, era obvio que tía Emersinda necesitaba ayuda. No podía dejarla en la estacada. Nunca se lo perdonaría.
El viaje no pudo ser más desagradable. Al frío cortante de aquel desapacible mes de septiembre se sumaba la posibilidad, nada despreciable, de ser asaltados por bandoleros en cualquier momento. Esta molesta idea planeó sobre su cabeza durante los diez días que duró el trayecto. Tuvo mucho tiempo para pensar e incluso para arrepentirse de aquella precipitada decisión. Sin embargo, cuando le abordaban este tipo de pensamientos se acordaba de tía Emersinda. La imaginaba desvalida y demacrada, postrada en una cama, víctima de alguna terrible enfermedad que le iba consumiendo poco a poco la vida. Llegó a imaginarse una sombría llegada en la que su doncella le comunicaba que el tedioso viaje había resultado en balde porque tía Emersinda, finalmente, había fallecido.
Se detuvieron lo justo. Era necesario que los caballos pudieran descansar y alimentarse de cuando en cuando, y también tenía que hacerlo el propio cochero, quien a medida que avanzaban los días tenía peor aspecto como consecuencia de las escasas horas de descanso. Además, las circunstancias les obligaban a parar en lugares poco recomendables para una joven de su porte. Pero no quedaba otra solución, así que Analisa decidió que era mejor resignarse ante el frío y los escasos y correosos alimentos de las posadas. Aun así, no podía evitar sentirse amenazada y en constante tensión. De hecho, sólo pudo relajarse una vez que, por fin, divisaron el gran caserón de tía Emersinda.
Pasaban pocos minutos de las nueve de la mañana cuando el carruaje se detuvo frente a la puerta principal de su extensa propiedad. El tiempo parecía haberse detenido en aquel lugar. Estaba tal y como Analisa lo recordaba, aunque las imágenes que acudían a su memoria eran vagas y difusas. Sólo era una niña cuando lo visitó por última vez. Sin embargo, no advirtió cambios apreciables, al menos en el exterior. El jardín continuaba igual de desangelado.
Patro, la doncella, estaba sobre aviso de su llegada. Tía Emersinda le había comunicado que posiblemente su sobrina llegaría un día de ésos, por lo que había hecho acopio de leche, pan y huevos. Les instó a entrar sigilosamente. La señora se encontraba descansando en esos momentos y no deseaba ser molestada hasta pasado el mediodía.
Analisa entró sin hacer ruido seguida del cochero. Aunque, debido a las dimensiones del lugar, era improbable que pudiese oírlos, no quería perturbar su descanso. La doncella condujo a Analisa hasta la sala de estar y pidió a Pedro que la siguiera para abonarle los reales restantes por su encargo. Se lo había ganado con creces. El hombre, visiblemente impaciente por marcharse cuanto antes, rehusó el desayuno que le ofreció la doncella. Se limitó a cobrar y, después de despedirse, desapareció rápidamente por donde había venido.
Patro era una mujer de mediana edad, ruda y parca en palabras. Tan sólo se limitó a servirle el desayuno y a preparar el agua para que pudiese darse un baño caliente después del largo y penoso viaje. Tras conducirla a una de las habitaciones, se dispuso a cerrar la puerta para continuar con sus tareas cotidianas.
--¡Espere un momento! --espetó Analisa, viendo que se iba sin ofrecer ninguna explicación--. ¿Cuándo podré ver a la señora?
--No lo sé. Supongo que se despertará por la tarde.
--¿Pero, qué le ocurre exactamente? ¿Qué mal le aqueja? --preguntó Analisa, desconcertada--. La nota que me envió no aclaraba nada.
--No sabría qué contestarle, señorita Analisa --su rostro denotaba que ella también lo ignoraba--. Tiene un mal muy grande que le impide caminar y, al parecer, dormir bien por las noches. Yo sólo me acerco aquí por las mañanas y apenas me cruzo con ella. Me hace saber lo que desea por escrito. Luego, en el pueblo, mi sobrino, el Candi, me hace entender lo que quiere que haga. No sé leer --confesó bajando la mirada.
No quise herir sus sentimientos. Era evidente que la mujer se avergonzaba de su analfabetismo.
--Bueno, ¿y qué se supone que debo hacer hasta ese momento?
--No lo sé, señorita. Esperaba que usted pudiese descifrar la nota que encontré esta mañana en el aparador del salón --contestó apresurándose a sacar un papel arrugado que había guardado en el bolsillo del delantal.
Analisa lo tomó intrigada. Era la misma caligrafía temblorosa.

Mi querida sobrina:
Si llegas mientras estoy reposando, aprovecha tú para hacer lo mismo. Estarás cansada después de un viaje tan tedioso. Me reuniré contigo a partir de las cuatro. Pídele a Patro cuanto necesites; ella te lo proporcionará. Espero que te sientas como en tu casa.
E.


Advirtió que Patro la miraba expectante, quizá aguardando alguna nueva orden que cumplir.
--Todo está bien, Patro. Puede retirarse y continuar con lo que hacía.



A la expectación de volver a encontrarse con su tía se sumó el desconcierto de darse cuenta de que Emersinda no parecía una mujer agonizante. Durante el viaje se había trazado una imagen de tía Emersinda muy diferente a la de la mujer que ahora tenía ante sí. Si bien era evidente que para desplazarse necesitaba el concurso de una aparatosa silla de ruedas, no lo era menos que, a pesar de los años transcurridos, físicamente la recordaba casi igual. ¿Qué edad tendría ahora? El tiempo no había contribuido a conferirle una imagen decrépita, ni mucho menos propia de encontrarse al borde de la muerte. Pero también era posible que sus distorsionados recuerdos de niñez la engañaran.
Tía Emersinda pareció adivinar sus pensamientos.
--Querida, pareces sorprendida. ¿No te alegras de verme?
--Claro que sí. Es sólo que...
--¿...Suponías que ibas a encontrar algo diferente?
--La nota parecía muy apremiante y yo te veo prácticamente igual que hace años.
--No dejes que mi físico te confunda --contestó esbozando una leve sonrisa--. Lo cierto es que me estoy muriendo. Los médicos no han dejado una puerta abierta a la esperanza. Me consumo día a día.
Parecía difícil de creer. Era evidente que se había arreglado para la ocasión. Se había maquillado y perfumado en exceso. Aun así, apostaba que, si se desprendía de la peluca que cubría su cabeza, su cabellera no mostraría demasiadas canas.
Analisa no pudo decir nada. Cuando se disponía a hacerlo, tía Emersinda sufrió un fuerte ataque de tos y una convulsión que la obligó a echarse para adelante. Su sobrina temió que fuese a caerse de la silla de ruedas. Con un gesto, pues no podía articular palabra, señaló la mesilla de noche. Analisa se dirigió rápidamente hasta ella y cogió una botellita recubierta de plata labrada. ¿Se referiría a eso? Se lo acercó. Emersinda lo tomó como si le fuera la vida en ello. Lo destapó e ingirió ávidamente un sorbo. Permaneció unos segundos en silencio intentando recuperar el resuello, que a la joven se le hicieron interminables. No le extrañó que le costara respirar en un ambiente tan cargado. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas, echadas. La atmósfera en la habitación era sencillamente impura.
--No sé qué sería de mí sin el láudano.
Después de este episodio, a Analisa ya no le quedaron dudas de que su tía se encontraba aquejada de un grave mal.



--¡Zorra asquerosa! ¡Ojalá te pudras en el infierno! --gritó Analisa despertando súbitamente. ¿Es que no podía dejarla en paz ni en sueños? Siempre lo mismo. Durante años su recuerdo la había perseguido como una ingente sombra sin forma. Cada vez que encontraba un momento de tranquilidad, se presentaba haciendo de su vida una pesadilla.
Analisa tenía hambre. Se incorporó y miró el reloj. Era un poco pronto para salir, no tanto por la luz como por la hora. Con el paso de los años había descubierto que la luz no era un grave problema. La curiosidad le había permitido desterrar un buen número de mitos en torno a los seres como ella. Con todo, las cuatro de la tarde no parecía una hora apropiada para lanzarse a la calle en busca de víctimas.
Era cierto que las criaturas como Analisa «funcionan» mejor de noche, pero la luz, en contra de la creencia popular, no contribuye a acabar con ellos. Sin embargo, sólo quienes se han aventurado a arriesgarse más de lo recomendable son partícipes de este gran secreto de vida. Analisa lo había descubierto hacía años cuando, después de la transformación, se vio abocada a tocar un crucifijo por error. Al ver que no le ocurría nada, atesoró el valor suficiente para acariciarlo; así fue como descubrió que resultaba inocuo. Dicha revelación fue la piedra de toque para iniciar otras temibles experiencias, como la «prueba de la luz». Pero ¿por qué ocurría esto? ¿Se había producido una mutación en la especie o aquellos mitos eran sólo producto de un temor ancestral que les impedía ahondar en sus propias raíces? Analisa no conocía las respuestas.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:07 pm

3

Alejo se sentía descorazonado. La entrevista con el editor había sido un completo desastre. Al parecer, sólo estaba interesado en libros por encargo.
--Escribes bien, pero de momento sólo necesitamos el libro de cocina para solteros.
--Yo no sé gran cosa sobre cocina --repuso Alejo, alucinado por aquella insólita propuesta. ¿Qué coño tenía que ver aquello con el esquema de novela que le había enviado hacía una semana?--. No veo claro que pueda escribir un libro de esas características.
--Eso mismo dijiste cuando te encargamos El jardinero en casa y mira qué bien quedó. Hasta mi mujer se lo ha leído --explicó resuelto Juan Montalvo, director editorial de Editamos.
--¿Y qué hay de mi novela?
Montalvo se tomó un segundo antes de responder. No quería ofenderle, pero Editamos no publicaría nunca una novela de esas características. No sabía cómo explicarle que a su historia le faltaba interés. Aquello era, sin duda, lo peor que se le podría decir a un autor.
--Deberías trabajar un poco más la idea: darle un par de vueltas; cambiarla, si es preciso. No digo que esté mal, pero le falta emoción, fuerza. El tema no engancha lo suficiente. Si no somos capaces de atrapar al lector en la primera página, Editamos no puede arriesgarse a publicarla --dijo al fin--. Pero eso no significa que no puedas hacernos otras propuestas. Y, por supuesto, contamos contigo para el libro de cocina.
«Hay que joderse», pensó Alejo. Y se lo decía precisamente a él, que apenas sabía freír un huevo. La cocina le importaba un rábano, igual que la jardinería. Había publicado El jardinero en casa bajo pseudónimo. No quería que la gente le asociara a ese tipo de libros. Estaban bien para especialistas, pero no era su caso. Pensaba que, cuando finalmente consiguiese publicar algo decente, no lo tomarían en serio. De hecho, si Montalvo había consentido en publicar su libro con un pseudónimo probablemente era porque la firma de Alejo Espinal no valía un pimiento.
Tal vez Montalvo estaba en lo cierto. Ya había intentado probar suerte en otras editoriales y siempre obtuvo la callada por respuesta. Era consciente de que no resultaba sencillo publicar en España. Si no conocías a alguien dentro de la editorial, lo normal era que tu proyecto acabase en la papelera. Ni siquiera se molestaban en leerlo; no había tiempo para ello.
Al menos Montalvo le escuchó cuando le envió su primera novela, aún inédita. Cuando tres años atrás le citó en su despacho no cabía en sí de júbilo. Se convenció de que estaba interesado en editar su novela sobre piratas. Sin embargo, la decepción se hizo patente cuando Montalvo le indicó que necesitaban a alguien como él para sacar adelante algunos proyectos de otra índole. Bricolaje para todos había sido su primer libro con Editamos. A éste le seguirían Crea tu propio botiquín y, finalmente, El jardinero en casa. Tres largos años de trabajo intenso y no había escrito una sola línea que hubiese nacido de su corazón.
Libro tras libro, siempre albergó la secreta esperanza de «colar» alguno de sus propios proyectos, pero esta nueva propuesta confirmaba sus más oscuros temores.
Mientras se dirigía a la boca del metro se preguntó si alguna vez se convertiría en un escritor de verdad. Para él, un escritor no era alguien que simplemente escribía por encargo. Era alguien que lograba consagrar su vida a la literatura. Pero, a qué negarlo, el dinero que entraba a través de Editamos no era suficiente para cubrir sus necesidades mínimas. Anhelaba la llegada del día en que podría dejar su trabajo como teleoperador en una importante e impersonal firma de venta por catálogo para poder dedicarse por entero a los libros... a sus propios libros.
Entre tanto, debería conformarse con firmar sus trabajos bajo pseudónimo y plantearse la posibilidad de escribir algo lo suficientemente impactante como para que Montalvo se arriesgara a editarlo. Tenía que ser una idea diferente por completo a todas cuantas se habían asomado a su cabeza en los tres últimos años... o quizá en sus treinta y cuatro años de vida.
Al acercarse el tren sintió la tentación de dejarse caer bajo sus ruedas, pero una fuerza desconocida le mantuvo aferrado al suelo mientras la larga serpiente de vagones desfilaba frente a él. «Por muchas cosas que te pasen, siempre hay gente que está peor que tú», se dijo para consolarse. Se vio reflejado en los cristales de las ventanillas y sólo pudo apreciar el rostro de un joven asustado ante su futuro. Aunque aquella tarde se había adecentado --siempre lo hacía cuando iba a reunirse con su editor--, su pelo negro ensortijado le confería el aspecto de un niño travieso que se había escabullido antes de ser peinado.
El vagón estaba lleno. Notó los empujones de la gente por hacerse con un sitio donde agarrarse, pero no le importó. Iba tan absorto en sus pensamientos que tenía la impresión de viajar completamente solo.
Al apearse del vagón en dirección a la salida aprovechó para arrojar a la papelera la carpeta de plástico que había sido su fiel compañera en los tres últimos años. En ella atesoraba sus ideas literarias. Debía llenar su cabeza con otras nuevas que le facilitasen la posibilidad de seguir soñando. Ya era hora de que el pirata Ojo Negro, la princesa Aquitania y el mercader de Oriente diesen un golpe de timón a sus erráticas vidas.
Justo cuando introducía la llave en la cerradura se dio cuenta de que no había nada potable en la nevera. Era viernes y aquella semana había tenido turno de mañana, pero siempre se las había ingeniado para posponer el momento de ir a la compra. No había leche, ni café, ni huevos... Ni siquiera un triste paquete de merluza congelada. Lo que sí quedaba era media botella de whisky.
Se sentó junto a ella en el sofá, puso el televisor y comenzó a beber al tiempo que se atontaba con el programa del corazón de turno. No había nada más en la tele, sólo aquellos espacios televisivos que parecían haber tomado el relevo a la mismísima Inquisición. Hoy linchaban a una actriz que, según juraba y perjuraba el invitado presente en el plato, ejercía la prostitución callejera. Como «prueba» esgrimía haberla visto en la calle de la Montera a las doce de la noche. «¿Y qué otra cosa podía estar haciendo a esas horas en un lugar como aquél?», se preguntaba el presentador.
Esta última parte ya no pudo escucharla. Se había quedado dormido en el sofá, abrazado a la botella vacía. Tal vez soñaba con la princesa Aquitania o el mercader de Oriente.



Lo despertó el teléfono. Podía sentir el vibrador del móvil en el bolsillo trasero del pantalón. Era Silvia, su novia. Se había olvidado por completo de ella. ¿Qué hora sería? Miró el reloj. Eran más de las once.
--¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás? --su tono denotaba más preocupación que enfado.
--Estoy en casa.
--¿En casa? ¿Y qué haces ahí? Te estoy esperando.
--Lo sé. Tienes razón. Ya sé que habíamos quedado a las diez y media en tu casa. Ahora mismo iba a llamarte. No pensé que fuese tan tarde --mintió para no herirla--. He tenido problemas con el editor y no me siento con ánimos para salir a cenar.
--¿Qué problemas? ¿Qué ha pasado? ¿Ha rechazado tu novela?
--Básicamente, sí. Pero me ha encargado un libro de cocina.
--¡Eso es genial!, ¿no?
Para ella, el hecho de escribir un libro por encargo, aunque fuese de necrológicas, constituía ya de por sí una noticia digna de celebración. No entendía lo que significaba para Alejo el rechazo de sus proyectos literarios. Él había tratado de explicárselo, pero Silvia consideraba que un encargo implicaba una posición de seguridad dentro de la editorial, al menos durante el tiempo que perdurase el proyecto. Tampoco comprendía por qué Alejo se empeñaba en utilizar un pseudónimo en vez de firmar con su nombre. Siempre le resultaba embarazoso explicar a sus amigas que su novio era un escritor que se negaba a firmar con su nombre porque se avergonzaba de sus libros. «Es muy modesto», les decía.
--Bueno, ya sabes que a mí eso no me gusta. Además, tú sabes mejor que nadie que no tengo ni puta idea de cocina.
--Si te han encargado el libro es porque creen que puedes escribirlo. Y eso significa que en el fondo les gusta cómo escribes. ¿Qué quieres que te diga? A mí no me parece tan mala noticia.
--Ya sé que tú sí estás contenta --comentó en tono resignado--. Al menos me ayudarás con las recetas, ¿no?
--Sí. E incluso te perdono el plantón de esta noche, aunque hayas sido un desconsiderado que no ha tenido la decencia de llamarme.
--Tienes razón, cariño. No volverá a ocurrir. ¿Quedamos mañana para comer?

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:08 pm

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La vida en casa de tía Emersinda discurría lenta y monótona. Convivir con una mujer tan enferma no era un plato de gusto para Analisa, así que decidió armarse de paciencia y esperar con resignación el momento del óbito. Era obvio que se produciría tarde o temprano, así que juzgó que lo oportuno era hacerle la vida lo más agradable posible durante los días que le restasen.
Era bien cierto que sus costumbres resultaban peculiares, al menos para Analisa, que no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo sin poder comunicarse verbalmente. Emersinda pasaba buena parte del día descansando, así que sus charlas eran reducidas. Además, las veces en que parecía más animada a hablar sufría constantes ataques de tos que la obligaban a echar mano del láudano.
Patro no resultaba un gran apoyo en este sentido. Su conversación era muy limitada y se circunscribía a las cuestiones domésticas. La buena mujer no daba para más. Sin embargo, Analisa no desesperaba; no en vano era una joven acostumbrada a la disciplina reinante en los orfanatos. En ellos se había desarrollado buena parte de su adolescencia.
Al morir Julián, su padre, su madre había contraído una extraña enfermedad que había ido minando poco a poco su ya de por sí trastocada vitalidad. Analisa siempre lo achacó al duro golpe que supuso para ella su muerte. Su padre siempre había sido un hombre jovial, quizá un poco estricto con su educación, pero justo.
Su posición era bastante acaudalada, pero no tanto como la de su hermana mayor, Emersinda. Aunque ser el único varón le permitió heredar buena parte de los bienes de sus padres, Emersinda consiguió una situación mucho más aventajada gracias a su madrina. Ésta, que adoraba a Emersinda, levantó testamento a su favor.
El afán de Julián por administrar adecuadamente su fortuna lo había convertido en un hombre prudente y estricto, aunque también respetado. Siempre manifestó que cuando llegara el día en que él faltase no deseaba que su mujer y su hija pasaran penurias que las forzaran a depender de la ayuda económica de los demás. Y luchó hasta el último día por que así fuera. Por eso, Analisa aún no podía alcanzar a comprender los motivos por los cuales tomó tan drástica decisión.
La primera noche que la joven pasó en casa de tía Emersinda contribuyó a evocar los dolorosos recuerdos de su niñez, los cuales creía arrinconados en lo más oscuro de su mente. Fue un 14 de abril cuando los terribles hechos se desencadenaron vertiginosamente. Había ido con su madre a escoger unas telas con las que la costurera le confeccionaría un elegante vestido para la fiesta que ofrecerían con motivo de su decimoquinto cumpleaños. Su padre se quedó solo en el estudio que tenía acondicionado en el piso superior de la vivienda pues, según explicó, tenía que ultimar unos papeles que debía presentar a un comerciante de paso por la ciudad.
Nada hacía presagiar el fatal desenlace. Por la mañana, su padre le regaló una pulsera que perteneció a su madre y se había mostrado tan cariñoso como solía, es decir, poco, pues era un hombre al que le costaba exteriorizar sus sentimientos. Claro que ella era consciente de que la quería mucho, pero nunca supo manifestarlo con palabras o caricias, sino con regalos.
Después, los tres habían comido juntos prácticamente en silencio, sólo roto por los comentarios de Analisa, quien se sentía excitada ante la proximidad de su fiesta. Estuvieron escogiendo las telas hasta las seis y media y, más tarde, su madre y ella merendaron en una confitería.
Al regresar, Analisa, emocionada, se apresuró a subir las escaleras para hacer partícipe a su padre de las nuevas adquisiciones. La puerta del estudio solía estar entreabierta, pero aquella tarde permanecía cerrada. La joven llamó varias veces y, al no obtener respuesta, giró el pomo con cuidado. El espectáculo que se encontró no podía ser más sórdido: su padre se balanceaba colgado de una soga que pendía de una de las vigas del techo.
A partir de ese instante su vida se trastocó por completo. Mariana, su madre, entró en estado de shock. Apenas hablaba y se negaba a comer, sintiéndose incapaz de hacer frente a aquella situación familiar. Analisa poco podía hacer. A la pena que ella misma sentía había que sumar la de ver a su madre en esas lamentables circunstancias.
Cuando comenzaron las alucinaciones (un día empeoró y llegó a afirmar que podía ver a su esposo muerto e incluso comunicarse con él) un amigo de su padre se hizo cargo de la situación. Éste juzgó que una niña no debía ser partícipe de unas condiciones de vida tan insanas, por lo que decidió mandar a Analisa interna a un colegio.
De poco sirvieron las protestas de la joven. Ella deseaba permanecer junto a su madre, quien era todo lo que le quedaba. Bueno, ella y tía Emersinda. Nunca supo por qué simplemente no fue enviada con ella o por qué, dado que su madre se encontraba totalmente incapacitada, Emersinda no se personó para hacerse cargo de su educación. Pero Analisa era únicamente una niña, sin poder de decisión alguno frente a los adultos.



Estos recuerdos le habían impedido pegar ojo. De niña, su madre siempre le decía que las pesadillas eran sólo la «comida» de los monstruos de la noche; que bastaba con retirársela y ellos desaparecerían. Sin embargo, esta vez no eran pesadillas lo que la atormentaban; era su pasado, un pasado que quería desterrar por completo de su cabeza.
Decidió levantarse. Por la hora que era, calculó que Patro ya habría llegado. En efecto, ahí estaba. La encontró en la cocina descargando la compra que Analisa le había encargado el día anterior.
--Buenos días, Patro.
--Buenos días, señorita. ¿Qué va a querer hoy para desayunar?
--Sólo una tila --respondió Analisa somnolienta.
Patro la miró de reojo. También ella advirtió que no había pasado una buena noche.
--¿Le ocurre algo? La veo muy desmejorada.
--No he dormido muy bien.
--A ver si le va a dar a usted también por no dormir, que ya bastante tenemos con la señora.
--¿Cuánto tiempo lleva sirviendo aquí?
--Ya va para seis meses, señorita --contestó mientras calentaba el agua.
Analisa pareció sorprendida. No sabía por qué, pero había supuesto que llevaba años al servicio de su tía.
--¿Y quién le servía antes? ¿Lo sabe usted?
--La Felisa, una moza del pueblo.
Por la expresión de su cara, Analisa percibió que el tema parecía incomodarla.
--¿Y bien? ¿Qué pasó con ella?
--No lo sé, señorita --manifestó con rabia contenida--. Aún estamos esperando a que se digne a asomar por el pueblo.
--¿Y eso por qué?
--No me tire de la lengua, señorita. No me tire de la lengua...
--Hable, pues, Patro --dijo impacientándose. Aquella mujer era exasperante. Había que sacarle las palabras a golpe de fusta--. Estoy interesada en conocer la historia.
--La muy... --se contuvo-- desapareció del pueblo dejándole a deber a mi esposo siete reales y medio.
--¿En concepto de qué, Patro?
--Mi esposo es zapatero, ¿sabe usted? La Felisa le encargó unos zapatos y nunca pasó a recogerlos.
--¿Y desapareció así, sin más?
--Sí, señorita, sin dar razón de su paradero a nadie en el pueblo. Luego hemos sabido que tenía otras cuentas pendientes con el panadero y la lechera --explicó visiblemente azorada--. ¡Y a Dios gracias que la señora se avino a hacerse cargo de ellas!
--¿Dice que mi tía pagó sus deudas?
--Sí, todas. ¡Por éstas que si aparece se va a enterar de quién es la Patro! --exclamó llevándose los dedos índice y pulgar a los labios.
--¿Está usted segura?
--¡Digo!
--¿Y por qué haría mi tía una cosa así?
--La verdad, señorita, no lo sé, y tampoco quise preguntar. Cuando vimos que la Felisa no se personaba, tuvimos el atrevimiento de venir a la casa por si le había dejado algo dicho a la señora... Pero resultó ser que ella estaba tan sorprendida como nosotros, pues hacía días que la Felisa no asomaba por aquí y había mucha faena por cumplir. Entonces le dijo a mi esposo que se haría cargo de las deudas pero que necesitaba una nueva doncella... Y aquí me tiene.
--¿Y está usted contenta aquí?
--Señorita, por el amor de Dios, no me haga usted más preguntas. Aún resta mucha faena por hacer y se me echa la hora encuna --repuso regresando a su mutismo. Cuando quiso darse cuenta observó que la mujer, con el plumero en la mano, se dirigía hacia el salón.
Ya por la tarde, Analisa pudo hablar con su tía. Ésta percibió que su sobrina no se encontraba bien.
--Querida, no tienes buena cara. ¿No irás a enfermar tú también?
--No he dormido bien.
--¿Qué te ocurre? Pareces inquieta.
--No es nada --respondió Analisa sin entrar en detalles. Todavía le resultaba demasiado doloroso hablar de ello.
--Querida, soy tu tía y no me gusta verte así. ¿No vas a contármelo? Salta a la vista que no es una nadería.
Analisa se mantuvo en silencio. Meditaba si debía responder. Hacerlo quizá supondría intensificar aún más los fantasmas de la niñez. Pero, por otra parte, eran muchas las preguntas que se agolpaban en su cabeza. Había algo que siempre la había corroído.
--¿Por qué dejasteis de tener contacto mi padre y tú?
Emersinda no parecía muy sorprendida. Tal vez esperaba que tarde o temprano surgiese esa conversación.
--Bien quisiera saberlo --contestó con amargura--. Nunca me explicó los motivos por los que decidió alejarse de mí.
--Tuvo que pasar algo...
--No, que yo sepa.
A Analisa no la contentó esa explicación. Aun sin saber qué había ocurrido realmente, estaba segura de que había pasado algo importante. Sus recuerdos no podían ser tan engañosos. Recordaba a la perfección cómo su padre, después de una violenta discusión con su hermana, las instó a preparar cuanto antes el equipaje. Ni su madre ni ella pudieron escuchar cuál había sido el motivo de la disputa, pues la discusión se desarrolló a puerta cerrada.
Pasaban el verano en casa de su tía cuando tuvo lugar aquel episodio. Su padre siempre se negó a hablar de ello y mucho menos a comentar por qué regresaron precipitadamente a Madrid.
Tía Emersinda pareció captar sus elucubraciones.
--Sólo se me ocurre un motivo por el que pudo enfadarse...
--¿Cuál?
--Me cuesta explicarlo, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que le quería. No quisiera ensuciar su memoria...
--¡Por favor! --suplicó--. Es importante para mí.
--Lo sé, querida. Por eso mismo. No me hagas hablar. ¿No crees que es preferible dejar las cosas tal como están?
--¡No lo es! --exclamó--. Por favor, no puedes imaginarte lo que he padecido desde que papá... --comprobó que aún le costaba pronunciar en alto la palabra-- nos dejó.
--No sé si debo...
--¡Por favor! --rogó de nuevo.
--Muy bien, si es tu deseo... Pero, antes que nada, quiero que seas consciente de lo mucho que te quiero. Y estoy segura de que tu padre también te adoraba --dijo con tono apesadumbrado.
Antes de proseguir, volvió a requerir la ayuda del láudano. Analisa le acercó rápidamente la botellita de plata.
--Siempre te tuve por una niña muy, muy especial.
Analisa la escuchaba con gran atención.
--Un día le propuse hacerme cargo de tu educación. Deseaba que tuvieses los mejores maestros. Como sabes, mi posición económica siempre fue mejor que la suya. Estaba dispuesta a correr con todos los gastos de tu manutención a cambio de que vinieses a vivir conmigo.
--¿Y qué ocurrió? ¿Por qué se enfadó tanto? --preguntó Analisa sin comprender todavía.
--Supongo que la idea de que te trasladases a vivir conmigo le enfureció.
--¿Por qué?
--Decía que quería apropiarme de su hija. No me preguntes por qué. Yo sólo hice una sugerencia bien intencionada. Tu padre, mal que me cueste aceptarlo, siempre tuvo un carácter inseguro. Ya desde niño se disputaba conmigo el cariño de tus abuelos. Estaba convencido de que ellos me querían más a mí y nunca fui capaz de persuadirle de que eso no era cierto.
--¿Tenía celos de ti? --inquirió Analisa, sorprendida por aquella revelación.
--¡Dios me perdone si me equivoco...! Pero estoy convencida de ello. Y no sólo lo creía yo. Tus abuelos también lo sospechaban, sobre todo después de lo que ocurrió aquel día... cuando éramos niños.
--¿Qué día? ¿Qué ocurrió?
--Querida, el pasado es el pasado y no quiero remover más este asunto. A mí también me duele hablar sobre ello. Conversemos sobre cualquier otro tema --sugirió haciendo un gesto de negación con la mano.
Pese a los intentos de Analisa por saber qué había pasado, no consiguió que Emersinda articulase una sola palabra más.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:09 pm

5

Darky: hola
Nébula: hola, kien eres?
Darky: m llaman darky
Nébula: pro ese no s tu nombre, vrdad?
Darky: no. n realidad m llamo violeta, tu?
Nébula: ana. k edad tns, darky?
Darky: 19. tu?
Nébula: si t lo dijera, no m creerias
Darky: prueba a ver
Nébula: + d 200 añs
Darky: claro...
Darky: y seguro k tb eres 1 hija d la estirpe d la noxe
Darky: cmo afirman casi todos Is k ntran a ste canal...
Nébula: si, n efecto
Darky: jajaja
Darky: yo no lo soy
Darky: pro a veces m gustaría serlo
Darky: n cualkier caso, la gente m mira cmo si lo fuera
Nébula: y eso xk?
Darky: x mi aspecto, no ntienden nada
Nébula: t rexazan?
Darky: si. n la facultad ndie s m acerca
Darky: pro m da =. solo stoy esperando
Nébula: y k esperas?
Darky: la muerte
Darky: se k moriré prnto
Darky: lo se dsd pekeña
Nébula: d dnd eres?
Darky: d 1 pueblo d valencia
Nébula: y xk crees algo así?
Darky: no lo creo, lo se
Nébula: piensas k la muerte s hermosa?
Darky: s lo + sublime k puede pasarte n la vida
Nébula: hay cosas + sublimes...
Nébula: créeme
Darky: k cosas?
Nébula: la no-muerte
Darky: k sabs sobre ella?
Nébula: k s posible
Nébula: pro antes hay k MORIR PRA RENACER
Darky: he hablado en muxas personas k presumen d ser vampiros
Darky: pro aun no he dado en nadie k d verdad lo sea
Nébula: hsta ahora...


Así se inició la primera conversación entre Nébula y Darky. Esta última solía entrar al chat «Góticos de la noche». Allí buscaba el contacto con personas afines a su manera de ver la vida. Para ella ésta era, básicamente, un trámite que cumplir para alcanzar la ansiada muerte. Desde niña había sido su gran obsesión. Su madre no entendía por qué había heredado aquel carácter macabro. Ni su marido --quien había fallecido en accidente automovilístico cuando Violeta tenía sólo seis años-- ni ella le habían inculcado semejantes ideas destructivas.
Por su décimo cumpleaños pidió un ejemplar de Drácula, de Bram Stoker, y un cuaderno especial de dibujo. Ambos objetos la acompañaban dondequiera que fuera. Aun sin comprender del todo su significado, había subrayado con rotulador rojo las frases que más le habían impactado y, cuando se le preguntaba algo que la incomodaba, respondía haciendo suyo algún pasaje de la inmortal novela.
Dibujar era otra de sus grandes pasiones y, según comentaban sus primeros maestros, tenía cierto talento para ello, aunque las temáticas escogidas no eran precisamente las más apropiadas para una niña de tan corta edad. Era difícil acceder a su adorado cuaderno, así que Filo, la madre de Violeta, se las tuvo que ingeniar para hojearlo aprovechando un descuido de la niña. Lo que vio la dejó perpleja y horrorizada. ¿Quién podía haberle metido esos pensamientos en la cabeza? ¿Por qué no podía dibujar lo mismo que otros niños de su edad? ¿De dónde habían surgido calaveras, cementerios, zombis y ataúdes?
Pronto se granjeó una extraña reputación entre sus compañeros de colegio. Los que no le tenían abiertamente miedo se metían con ella debido a sus aficiones. La insultaban, escupían y hasta pegaban cuando los profesores no estaban delante. Violeta, que era una niña silenciosa y retraída, se limitaba a responderles que tarde o temprano todos acabarían muertos.
Su madre decidió tomar cartas en el asunto llevando a su hija a un psiquiatra infantil de Valencia. En Rótova, su pueblo natal, no existía ninguno especializado en niños, aunque, de haberlo habido, con total probabilidad tampoco habría conducido a su hija a él por temor a convertirse en el blanco de las habladurías del pueblo.
Tras examinar a la niña, el doctor Pérez-Valentí concluyó que padecía un trauma no superado originado por la prematura y trágica muerte de su padre. Según su dictamen, el accidente que había segado la vida de su progenitor contribuyó a generar en la pequeña una sensación crónica de inseguridad. Para ella la vida se había convertido sólo en una situación precaria que podía finalizar en cualquier momento, lo que --según su ojo experto-- le impedía echar raíces o relacionarse con normalidad. Pero tal vez fue peor el remedio que la enfermedad. Pérez-Valentí era un ferviente defensor de los psicofármacos, así que se limitó a recetarle antidepresivos infantiles y a recomendarle a su madre que trajese a Violeta a consulta cada quince días.
Sin embargo, la niña no parecía experimentar mejoría alguna. Lejos de disminuir, sus extrañas aficiones fueron en aumento. Pronto se hizo coleccionista de esquelas. Guardaba sobre todo aquéllas que le parecían curiosas, ya fuese por la causa de la muerte del finado o por incluir en el texto algún mensaje familiar que le resultaba enigmático. El caso es que se hizo con una nutrida colección que, desde luego, no podía mostrar en público sin levantar miradas de horror y desaprobación.
En verano, esas mismas miradas se encargaban de recordarle que su pueblo se hallaba a pocos minutos de la playa; un lugar que Violeta se negaba a visitar sistemáticamente porque decía que odiaba el contacto del sol con su delicada piel. Siempre estaba blanca. Las pocas veces que lo hizo, obligada por su madre, no consintió en separarse un segundo de la sombrilla. Y cuando tuvo suficiente edad para decidir con qué ropa quería acudir, se presentó vestida de negro.
A medida que Violeta se hacía mayor comprendió que la soldad sería una constante durante el tiempo que durase su vida. No podía compartir sus pensamientos con nadie, y mucho menos con el doctor Pérez-Valentí, quien la sometía a tediosas sesiones en las que se empeñaba en hacerle revivir la dolorosa muerte de su padre. Éste juzgaba que haciéndola hablar sobre el accidente terminaría por entrar en razón. No obstante, las sesiones quincenales eran una auténtica tortura psicológica para Violeta, quien no entendía por qué no la permitían ser simplemente como era.
Después de varios años de tratamiento, Filo decidió dejar a su hija por imposible. El doctor no había logrado desterrar de la cabeza de Violeta sus funestas ideas y sus honorarios no eran precisamente asequibles para una mujer de posición económica modesta, como era su caso. Por otra parte, Filo no estaba muy conforme con el diagnóstico del médico. Había muchos niños que, desgraciadamente, habían perdido a sus padres y no por ello se comportaban como lo hacía su hija. Advirtió que no había nada que hacer cuando Violeta cumplió quince años y le pidió como regalo un edredón negro y un esqueleto hinchable para colocarlo sobre la cama. Entonces supo que no iba a cambiar y que, aunque sus costumbres le desagradaran, a fin de cuentas era su hija, así que buscó con dedicación los regalos que le había pedido --cosa que, por cierto, no resultó sencilla-- y se los entregó sin hacer ningún gesto o comentario que indicase descontento por su parte.
En contra de lo esperado y teniendo en cuenta que sus compañeros no le facilitaban mucho las cosas, Violeta obtenía unas notas excelentes. Destacaba sobre todo en dibujo, filosofía y literatura. Y muy pronto tuvo claro que quería estudiar Bellas Artes, así que en cuanto pudo se matriculó en la Universidad Politécnica de Valencia, mientras los fines de semana trabajaba en un videoclub de Gandía para obtener dinero con el que hacerse con su música favorita, la de grupos como Bauhaus, Cradle of Filth o Dead can Dance. Todos ellos hablaban en sus letras de la muerte con una naturalidad pasmosa.
Al principio, el encargado del videoclub no estaba muy convencido con su incorporación. Decía que su aspecto siniestro terminaría por alejar a la clientela. Sin embargo, cuando comprobó que se sabía prácticamente todos los títulos de las películas de memoria, especialmente las de la sección de terror, tuvo que admitir que Violeta hacía su trabajo igual o mejor que cualquiera de los empleados que había tenido antes a su cargo.



Aquella noche Violeta ansiaba regresar pronto a casa. Desde que había descubierto el chat «Góticos de la noche» ya no se sentía tan sola. A través de sus contactos con otros muchachos similares supo de la existencia de algunos locales en Valencia en los que podía reunirse con ellos sin que nadie la mirase con miedo o desprecio. Era un verdadero alivio no sentirse tan extraña como el resto del mundo le había hecho creer que era.
Valoraba en especial sus recientes conversaciones con Nébula. Sólo la conocía desde hacía una semana, pero consideraba que podía confiar en ella. A través del chat le había prestado bastante interés. A pesar de que no la conocía personalmente, se había mostrado más amable que el resto de la gente con la que trataba desde hacía años.
Y esa noche Nébula le había prometido que le demostraría que era una auténtica hija de la Estirpe de la Noche. Desde luego, semejante afirmación requería una prueba excepcional. En el transcurso de la tarde, mientras colocaba los vídeos devueltos por los clientes en sus estantes correspondientes, había sopesado si realmente quería someterse a un experimento de aquella naturaleza. «¿No será Nébula una de esos chiflados que andan sueltos por el mundo?», se había preguntado más de una vez. A fin de cuentas, no la conocía de nada. ¿Y cuántas personas en su sano juicio afirmarían pertenecer a la estirpe de los no-muertos? Sin embargo, Nébula parecía razonar a la perfección y, sobre todo, ¡se encontraba a más de cuatrocientos kilómetros! ¿Qué mal podía hacerle si ni tan siquiera sabía con exactitud dónde vivía? Este argumento terminó por convencerla del todo.
Nada más llegar se dirigió a su habitación. Su madre dormía en el cuarto contiguo. La casa no era muy grande, así que tendría que ser cuidadosa para no despertarla con el ruido del teclado. Tal como le había pedido que hiciera, encendió un par de velas negras, apagó la luz y esperó en el canal a que apareciera.
Nébula se presentó puntual a la cita. Tras explicarle que aquella noche irrumpiría en su mente para averiguar cuáles eran sus sueños, le requirió que hiciese exactamente lo que ella le ordenara sin omitir un solo paso. Debía acostarse y repetir una palabra clave, que previamente habrían convenido entre las dos, hasta quedarse dormida. La idea parecía divertida.



--Sólo una palabra me separa de ti --le había dicho.
--¿Y si por la mañana no logro acordarme de mi sueño? Casi nunca soy capaz de recordar lo que sueño la noche anterior.
--Lo sabrás, créeme. Lo recordarás perfectamente --sentenció Nébula.
Violeta se dispuso a hacer lo que Nébula le pedía. La palabra escogida, como no podía ser de otra manera habiendo sido elegida por la propia joven, era «muerte». Ya tumbada en la cama la repitió una y otra vez despacio, muy despacio, saboreando cada letra, hasta que finalmente perdió la conciencia y penetró en el mundo de Morfeo. Ya en estado onírico, no pudo apreciar que, a pesar de que la ventana de su habitación permanecía cerrada, una ráfaga de viento había apagado las velas...


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:17 pm

6

Desde que Analisa llegó a casa de su tía era incapaz de dormir bien. Se despertaba varias veces durante la noche bañada en sudor y alterada. A veces, cuando esto ocurría, tenía la desagradable sensación de que había alguien más en su habitación. Aunque le producía cierto pudor reconocerlo, este sentimiento lograba aterrarla. La verdad es que, analizando las causas, la cama que ocupaba era bastante cómoda, así que su incapacidad para descansar no podía deberse a factores físicos.
Por otra parte, tampoco se veía obligada a realizar grandes esfuerzos, ya que, antes de irse, Patro solía dejar hechas las tareas más tediosas. Todo parecía obedecer a cuestiones emocionales. Aún pesaba sobre ella la losa que tía Emersinda había dejado caer con aquella insinuación acerca de su padre y la insólita relación que, al parecer, había existido entre éste y su hermana. A la incertidumbre de no saber con exactitud lo que había pasado, se sumaba la negativa de Emersinda a desvelar más detalles sobre lo ocurrido. Esto sólo contribuyó a desatar su imaginación, cosa nada recomendable, sobre todo cuando se dispone de buena parte del día para perderse en cavilaciones.
De alguna manera, Emersinda se sentía responsable de esta situación, así que un día decidió ponerle remedio ofreciendo a su sobrina un saquito que --según explicó-- contenía algunas hierbas relajantes absolutamente inocuas. Pero, eso sí, para que surtiese efecto era imprescindible que lo llevara colgado al cuello.
--No creo que sea necesario. Tarde o temprano el cansancio podrá conmigo y acabaré durmiendo igual que antes.
--Querida, no me discutas. Soy mucho mayor que tú y sé lo que te conviene. Además, quiero que antes de acostarte tomes una infusión que me recomendó el médico cuando empezaron mis dolores.
Analisa aceptó a regañadientes estos consejos. Muy a su pesar, se colgó al cuello el antiestético saquito de olor penetrante y cada noche, antes de acostarse, bebía la dichosa infusión de gusto amargo. Como si de un ritual se tratara, se acercaba al dormitorio de Emersinda y ésta diluía en su taza unos polvillos de color marrón y de olor infecto que atesoraba en una cajita que siempre guardaba bajo llave.
--Es por tu bien. Dentro de poco te encontrarás mucho mejor --repetía cada noche.
Sin embargo, lejos de mejorar, Analisa se encontraba cada vez más agotada.
--Estas cosas requieren su tiempo --explicaba Emersinda cuando Analisa le sugería dejar a un lado las infusiones--. ¿No querrás enfermar tú también?
Se diría que Emersinda parecía obsesionada con ver restablecida la salud de su sobrina. No había una sola noche, por muy mal que se encontrara, en la que olvidase suministrarle los polvillos reparadores. Tal vez era consciente de que le quedaba muy poco tiempo y quería enmendar los errores cometidos en el pasado.
Por su parte, la joven había empezado a retomar el cariño que de pequeña había sentido por su tía. A Analisa le enternecía ver cómo aquella mujer, casi con un pie en la tumba, se desvivía por cuidar de ella igual que, de haber vivido, lo hubiese hecho su propia madre. Pero, a pesar de los cuidados que le prodigó Emersinda, sus terrores nocturnos no desaparecieron. Seguía advirtiendo aquella presencia en su habitación. A veces, cuando reunía suficiente valor para prender un candil y ver qué ocurría, descubría ^son alivio que sus temores eran infundados. No había nadie. Sin embargo, hubo una noche en la que llegó a sentir auténtico pavor.
Ocurrió cuando ya se encontraba acostada en la cama después de haber tomado la infusión. Como era habitual, sintió que la invadía aquel sopor capaz de inmovilizar cada músculo de su cuerpo. Paradójicamente, su mente continuaba inquieta. Ya avanzada la noche, de pronto, escuchó pasos fuertes y contundentes en la casa y, en concreto, oyó espantada cómo parecían pasearse por el pasillo que conducía a su propia alcoba. Aplicando la lógica, era imposible que fuese Patro, pues ésta sólo venía por las mañanas. Intentó incorporarse para encender el candil que habitualmente reposaba sobre su mesilla de noche, pero se sentía tan débil y mareada que fue incapaz de realizar movimiento alguno.
--¡Emersinda! ¿Eres tú? --acertó a preguntar.
Los pasos se detuvieron en seco. No hubo respuesta.
Tan pronto pronunció estas palabras se dio cuenta de lo equivocado de sus suposiciones. ¡Era imposible que los pasos fueran de su tía! Por un momento había olvidado que se hallaba atada a una silla de ruedas.
¿Quién era, entonces, la persona que se paseaba por la casa? ¿Habría entrado un extraño con objeto de robarles o atacarlas? No había que desdeñar en absoluto esta inquietante posibilidad. Los bandoleros no eran algo impropio de aquella zona. Solían refugiarse en la sierra y atacar en los caminos, pero quizá aquella noche, por algún motivo, habían cambiado su modo de operar. Mientras se planteaba esta posibilidad, advirtió que se reanudaba el sonido de los pasos. Entonces hubo algo que la aterrorizó por completo: no era un hombre. En ese momento tuvo la certeza de que el taconeo sólo podía ser provocado por unos zapatos de mujer.
Sin embargo, no fue la convicción de saber que las únicas personas que habitaban la casa eran su tía, impedida, y ella lo que la aterró sobremanera, sino la constatación de que se encontraba a merced de aquella pavorosa situación. Era incapaz de incorporarse para prender el candil o de moverse para esconderse en un lugar seguro. ¿Qué podía hacer? ¿Pedir ayuda? De nada serviría. La casa se encontraba lo suficientemente alejada del pueblo como para que nadie pudiese prestarles auxilio.
Pasó el resto de la noche acongojada. Ni siquiera una vez que los pasos cesaron fue capaz de llegar hasta el orinal para hacer sus necesidades. Le daba vergüenza admitirlo, pero al llegar la mañana descubrió que se había orinado encima.
Ya con la luz del día Analisa percibió las cosas de modo diferente. La pesadilla había finalizado y ahora trataba de buscar explicaciones razonables para lo acontecido. Tras darle muchas vueltas, comprobó cómo el miedo que la había atenazado se transformaba en furia hacia Patro. ¿Quién si no podría haberla asustado la noche anterior? Después se arrepintió de este arrebato, pero en aquel segundo fue incapaz de contenerse.
Puesto que las sábanas se hallaban mojadas y pegajosas, se levantó más pronto que de costumbre... Su furia fue en aumento cuando observó que todo se encontraba en perfecto orden. Tampoco echó en falta ningún objeto de valor. De mala gana se dirigió a la cocina, preparó el desayuno y esperó allí mismo a que la doncella llegase.



--¡Señorita, qué susto me ha dado! --exclamó Patro al encontrársela en la cocina cuando entraba con la cesta en la que llevaba la compra.
Analisa no le dio ni los buenos días. Tenía las cejas enarcadas, su oscura y larga cabellera revuelta, y los brazos en jarras.
--¿Le pasa algo? --preguntó Patro, sorprendida al verla en aquella postura--. No tiene muy buen aspecto.
--Hay algo importante que debo preguntarle. Y no quiero embustes --repuso Analisa con firmeza.
--¡Ay, señorita! --acertó a decir Patro visiblemente nerviosa--. ¿Qué es lo que ocurre? Me está usted asustando.
--¿Entró usted ayer por la noche en la casa? Y no me diga que no, porque sé que fue usted.
--¡Virgen santa! ¡Claro que no! --contestó con un quiebro en la voz--. ¿Qué iba yo a hacer aquí por la noche?
--No lo sé. Esperaba que usted me lo explicase --dijo Analisa con cara de pocos amigos--. Anoche oí sus pasos paseándose por la casa.
--¡Que no, señorita! ¡Se confunde usted! Pregúntele a mi esposo si no me cree.
--No necesito preguntarle a su esposo. Nadie más tiene llave de la casa excepto usted, así que déjese de embustes y dígame qué vino a hacer aquí a esas horas.
--¡Nada, señorita! ¡Le juro por mi niña que yo no estuve aquí anoche! --repitió empezando a desmoronarse--. Es más, si me apura, no vendría aunque la señora me pagara mucho más por ello.
--Está usted mintiendo y, francamente, no entiendo por qué lo hace.
Aquello fue demasiado para la mujer. Se puso a sollozar sin poder contenerse por más tiempo. En ese instante, Analisa supo que Patro no mentía. Se fijó discretamente en sus zapatos. Eran planos, sin tacón alguno. Pero, si ella no había sido, entonces, ¿quién?
--Señorita, yo puedo ser muy ignorante y muy burra --expuso la doncella entre pucheros--, pero no soy una embustera. Y si no está contenta conmigo, me lo hace saber, me marcho por donde he venido y aquí paz y después gloria.
--Patro, no se sulfure usted --dijo Analisa suavizando su tono y sus ademanes--. No era mi intención ofenderla, ni mucho menos, pero comprenda que me he pegado un susto de muerte y no se me ocurre otra explicación coherente para lo sucedido.
Patro apreció en estas palabras una disculpa. Sabía que eso era lo máximo que le concedería al servicio alguien de su porte.
--Señorita, con todos mis respetos, ¿no lo habrá soñado usted?



No. No lo había soñado. De eso estaba segura.
No quiso mencionar este extraño incidente a su tía y ordenó a Patro que hiciese lo propio. Podría crearle una angustia innecesaria, sobre todo teniendo en cuenta su delicado estado de salud.
Aunque a partir de ese momento Patro no volvió a hacer referencia directa a lo ocurrido, Analisa percibió que la doncella la miraba con otros ojos. No era una mirada de reproche, tampoco de enojo, sino de franca preocupación por su salud. Lo supo porque había contemplado esa misma expresión en los ojos del médico que trató a su madre cuando enfermó después de la muerte de su marido. Pero no había nada que Analisa pudiese hacer para convencerla de que lo que escuchó no era producto de su imaginación. Además, de ningún modo hubiese sido oportuno ofrecerle explicaciones al servicio. La joven se abstuvo de comentar nada.



--Señorita, perdone si me entrometo donde nadie me llama --dijo un día Patro rompiendo el hielo--, pero tiene usted cada día peor aspecto.
--¿A qué se refiere, Patro?
La doncella, que estaba desplumando una gallina con brío, detuvo por un momento su actividad.
--Mírese... --contestó la doncella--. Da lástima verla asi. Con lo lozana y buena moza que usted era...
--¿Era? ¿Qué quiere decir, Patro? Hable claro.
--Si la señorita da su permiso...
--Lo doy, lo doy --dijo Analisa impaciente. Aquella mujer tenía la virtud de ponerle los nervios de punta--. Explíquese de una vez.
--Para mí que pasa demasiado tiempo encerrada en casa de la señora --concluyó mientras arrancaba otro manojo de plumas al animal--. La señora está enferma, pero usted va a acabar cayendo también si no se airea un poco. Tiene una cara fatal.
Analisa la escuchaba en silencio. Aquella mujer tenía más razón que un santo. No podía rebatir sus argumentos. No había salido de allí desde su llegada. Y de eso hacía ya más de un mes.
--Mañana comienza la feria del ganado --continuó Patro--. Halará mucha fiesta y algarabía en el pueblo. ¿Por qué no se viene usted con nosotros y así le da un poco el sol?
--¿Con nosotros?
--Con mi esposo y conmigo. Si quiere usted, él puede venir a buscarnos en el carro.
--No sé, Patro --repuso confundida--. ¿Y qué hago con mi tía? ¿Y si le ocurre algo en mi ausencia?
--Iríamos por la mañana. A esas horas, la señora siempre está durmiendo. Es cuando más tranquila está.
Era verdad. De hecho, Emersinda había prohibido terminantemente que se la molestase por la mañana.
--Me da no sé qué.
--Señorita, diga que sí. Que le va a sentar muy bien un poco de aire.



Finalmente, se dejó convencer. A fin de cuentas, no había nada malo en marcharse unas cuantas horas. Tía Emersinda, seguramente, ni advertiría su ausencia. Además, las primeras horas del día se le hacían largas y aburridas en aquella casa apartada de todo.
A media mañana apareció Antonio, el esposo de Patro. Era un hombre hosco y peludo. Se presentó con un viejo y destartalado carro de madera tirado por una mula. Era incómodo, pero serviría para trasladarlos hasta la feria. Patro parecía radiante. Se notaba que el mero hecho de estar junto a su esposo la hacía inmensamente feliz.
Analisa, por su parte, se acomodó como pudo en un rincón. Le costaba mantener el equilibrio. Se sentía mareada y débil, así que el aire fresco y el sol --tal como había predicho Patro-- se convirtieron en un auténtico bálsamo. Sin embargo, de haber tenido noticia de los desagradables acontecimientos que se desarrollarían poco después, sin duda habría preferido quedarse en casa de su tía.
Cuando llevaban un buen trecho recorrido, Antonio notó que algo extraño estaba ocurriendo fuera del «trazado» del camino. El estado de la vía principal era infernal. Las piedras, los baches, las ramas y otros impedimentos hacían que de cuando en cuando el esposo de Patro tuviese que apearse del carro para eliminar los obstáculos que les impedían avanzar. Fue en una de estas paradas cuando Antonio creyó advertir algo anormal.
--Parece que hay gente monte arriba. Voy a ver qué ocurre. Esperen aquí --comunicó dirigiéndose a ambas mujeres.
Dicha indicación sobraba, al menos para Analisa. Aquello estaba cubierto de zarzales y ortigas. Ni por todo el oro del mundo se habría bajado del carro. El hombre tardó una eternidad en regresar y, cuando lo hizo, tanto Patro como Analisa lo notaron bastante alterado.
--¿Qué ocurre que has tardado tanto? --preguntó Patro disgustada--. Tanto sol puede hacer mal a la señorita.
--¿Recuerdas cómo era la ropa que llevaba la Felisa? --inquirió Antonio haciendo caso omiso.
--¡Qué sé yo! ¿A qué viene ahora mentarla?
--¿Felisa? --preguntó Analisa recordando la conversación que había mantenido con Patro sobre la anterior doncella de su tía.
--¡La misma! --contestó Antonio--. Hay gente allí... -explicó señalando hacia el monte-- que cree que está muerta.
--¿¿Muerta??
--Han encontrado un cuerpo semienterrado --dijo con voz entrecortada--. No se sabe aún, pero las ropas parecen las suyas. Patro, igual tienes que venir a comprobarlo. Tú la conocías mejor.
--¡Virgen santa! Si hay un muerto yo no me apeo.
Analisa permaneció en silencio.
--Debes venir porque no saben qué hacer con el cuerpo --expuso su esposo intentando convencerla--. Habrá que darle sepultura, digo yo.
--¡Que no, Toño! ¡Que yo no voy! ¡Madre del amor hermoso! ¡Que tenga que pasarme esto a mí! --dijo persignándose.
Pese a su negativa, finalmente fueron los tres. Analisa no quiso dejarla sola en aquel trance. De camino, Patro no acababa de asimilar lo ocurrido.
--¿Muerta, dices? ¿Y de qué ha muerto?
--Pues está claro que la han matado. Si no, ¿qué haría su cuerpo bajo unas piedras? --razonó Antonio.
--¡Con lo joven que era la pobre! ¿No habrá sufrido un accidente?
--Que no, que no puede ser. A ésa la han matado...



Al fin llegaron al fatídico lugar. Varios hombres discutían acaloradamente qué paso se debía dar. Unos decían que había que sacarla para darle cristiana sepultura; otros, que era mejor esperar a que apareciera la autoridad.
Patro, obligada literalmente por su esposo, que tiraba de ella amarrándola del brazo, tuvo que acercarse para ver la vestimenta de la pobre desgraciada. El cadáver se hallaba irreconocible. Viendo que no le quedaba otra alternativa, se armó de valor y procuró fijarse sólo en las ropas que llevaba. Analisa esperó apartada del grupo. No tenía ningunas ganas de contemplar otro muerto. Bastante había tenido ya con descubrir el cadáver de su padre ahorcado.
--¡Ay, que sí! ¡Que sí que es ella! --exclamó compungida--. ¡Que ésos son su falda y su chal!
La emoción fue demasiado fuerte. Nada más pronunciar estas palabras, cayó desplomada al suelo. Analisa y Antonio se acercaron para reanimarla. La mujer no volvía en sí. Por suerte, uno de los hombres presentes portaba consigo un botijo. Analisa mojó su pañuelo y se lo aplicó en la frente y en la nuca, mientras Antonio, ayudándose de un sombrero, le daba aire como podía.
Entre tanto, los hombres dilucidaban qué hacer con el cadáver. Llegaron a la conclusión de que allí no podían dejarla. Seguramente, alguna alimaña había escarbado la tierra hasta dar con él y abandonarlo en ese lugar sólo contribuiría a que otras bestias diesen buena cuenta del macabro festín. Finalmente, pensaron que era mejor envolverlo en una manta y llevarlo al pueblo.
Esta tarea no resultó nada sencilla. El cadáver presentaba un aspecto horrible y su hedor, aun tapándose la nariz, se hacía insoportable. Seguramente llevaba allí cerca de seis meses, justo el tiempo que Felisa había estado desaparecida.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:18 pm

7

Había transcurrido más de un mes desde la conversación de Alejo Espinal con Juan Montalvo, su editor, pero en ese tiempo ninguna idea magistral se había asomado a su cabeza. Por el contrario, aquel mes estaba resultando muy duro y estresante. En el trabajo oficial apenas le concedían un respiro. Regalo+, la empresa de venta por catálogo para la que trabajaba, se había transformado en una réplica del mismísimo infierno. Las exigencias de objetivos de venta necesarios para permanecer en la empresa --a los que los directivos se referían como «la curva»-- eran cada vez mayores.
Además de la venta por catálogo que Regalo+ ofrecía a sus clientes, los productos de la empresa también se anunciaban ahora en varias cadenas de televisión nacionales. Cada vez que se proyectaba uno de sus spots sonaba un timbre. En ese instante daba igual lo que los empleados estuvieran haciendo. Debían dejar cualquier otra actividad para dedicarse única y exclusivamente a atender las llamadas telefónicas en espera --que podían ascender a más de trescientas-- y, sobre todo, a convencer a quienes llamaban de que aquél era el producto que necesitaban.
Por supuesto, tampoco les estaba permitido realizar o recibir llamadas telefónicas personales, al menos de manera oficial. Según la empresa, las conversaciones eran grabadas para cerciorarse de que su clientela recibía el mejor trato posible. Y, con esta misma excusa, los supervisores se reservaban el derecho de «pincharlas» cuando lo estimaban oportuno.
Con la entrada en vigor de esta nueva normativa interna, auspiciada por la llegada de un nuevo jefe, la vida en Regalo+ resultaba mucho más complicada y competitiva. El salario base era reducido, por lo que el incremento de sueldo por incentivos se había fomentado hasta límites insospechados. Si alguna vez Alejo tuvo amigos allí, ahora se habían transformado en sus competidores directos. Lo más triste era que, si no entraba en el juego, se quedaba atrás.
Con un trabajo así había poco tiempo para pensar en ideas, tramas, personajes o simples detalles como el color del sombrero que llevaría el protagonista. Por no tener, Alejo no tenía ni tiempo de ir al baño con tranquilidad. Si invertía más de diez minutos, un supervisor del equipo se presentaba en la puerta del aseo para investigar a qué se debía aquella demora.
Su book (así llamaban a su mesa de trabajo) debía permanecer completamente libre de objetos personales tales como fotos, libros u otros papeles que, supuestamente, podrían deteriorar la imagen de la empresa, aunque quizá aquello sólo era un pretexto más para evitar que se distrajeran de sus objetivos.
Los empleados de Regalo+ desarrollaban su trabajo frente a un espejo. Ésta fue una de las innovadoras ideas que el nuevo jefe introdujo. Según les explicó, ello contribuiría a potenciar su expresividad, su capacidad de gesticulación y, por tanto, sus opciones de persuadir a los clientes indecisos.
No tenía tiempo para nada que no fuera efectuar o recibir llamadas comerciales. En teoría, los trabajadores disponían de cinco minutos libres por cada hora trabajada. Habían acordado acumular ese tiempo para tener un respiro de veinte minutos. Sin embargo, el nuevo jefe, un auténtico aprendiz de Joseph Goebbels, les hacía recuperar aquellos minutos obligándoles a salir más tarde.
Alejo había considerado la posibilidad de buscar otro empleo, pero resultaba complicado cuando existían letras por pagar y cuando, además, carecía de tiempo para asistir a entrevistas de trabajo. A duras penas había conseguido hojear algunos libros de cocina para planificar el esqueleto de su nuevo libro con Editamos. Pero ¿y su novela? ¿Dónde había quedado su proyecto? Simplemente no existía. No había novela porque no atesoraba ninguna idea excitante que proponerle a Montalvo. Sus sueños habían muerto en la papelera del metro.
Pensaba en ello mientras caminaba hacia la casa de Silvia. Pese a su considerable estatura, se le veía cabizbajo, encorvado y triste. Su novia quizá había advertido su apagado estado anímico, ya que rara vez lo invitaba a comer si era ella quien tenía que cocinar.
Cuando le abrieron la puerta se asustó. «¿Quién es este tío con pinta de zombi?», pensó.
--Es mi hermano --dijo Silvia en un susurro, aprovechando que Darío se había ido a la cocina.
«Imposible», pensó Alejo. No era factible que aquel chico con pinta de enterrador fuera de su misma sangre.
--¿Tu hermano? ¡Anda ya! No se parece en nada a ti. ¿Comerá con nosotros?
--Más bien se quedará una temporada --respondió Silvia con una mueca de disgusto--. ¡Shhh! ¡Calla, que ya viene! Luego te lo explico todo.
¿Por qué no quería hablar delante de él? A Alejo le pareció todo un poco extraño. ¿No sería más bien un antiguo ligue que se había presentado sin avisar? No. En seguida, descartó esta posibilidad. Silvia Salvatierra no tenía tan mal gusto. Además, no pegaban ni con cola. Por lo que sabía, procedía de una «familia bien». Era demasiado pija, así que, aunque se esforzase, era incapaz de imaginársela saliendo con un tipo así. ¿Por qué le habría dicho entonces que era su hermano? Y, sobre todo, ¿de dónde habría salido semejante esperpento?
Los tres se sentaron a la mesa. Darío parecía un tipo realmente curioso. Alejo lo escudriñaba con disimulo mientras su novia servía espaguetis a la carbonara. Sus ropas negras parecían imitar las de un personaje escapado de una novela de la época romántica. «Han debido de costarle un pastón», pensó Alejo. Ese tipo de vestimenta no se encontraba en tiendas al uso. Llevaba un crucifijo de diseño al cuello y unos anillos de plata muy llamativos. Uno de ellos representaba una macabra calavera. Tenía el cabello teñido de negro, la raya de los ojos pintada con lápiz negro y el rostro ligeramente empolvado de blanco, lo que, decididamente, le confería un aspecto lúgubre. Era difícil determinar su edad, pero seguro que era menor que Silvia.
Sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos rozando los platos.
--¿Sabes, Darío? Alejo es escritor --comentó Silvia rompiendo el incómodo silencio que se había creado.
--¿Escritor, dices?
--Bueno, aún me falta mucho para ello --repuso Alejo.
--No seas modesto, Alejo. ¡Claro que es escritor! --exclamó Silvia dirigiéndose a Darío--. No le hagas caso. Ha escrito varios libros.
--Escritor. Igual que Bram Stoker, el mayor talento que ha dado la literatura universal --señaló Darío.
--Ya me gustaría a mí que alguno de mis libros vendiera tantos ejemplares como Drácula --explicó Alejo suspirando.
--Drácula es una obra magistral, cargada de simbolismo y fiel a los hechos históricos --expuso Darío orgulloso, como si la hubiese escrito él mismo.
--Estoy de acuerdo en que es una obra magistral. De eso no cabe duda. Pero yo no diría que es «fiel a los hechos históricos» --le contradijo Alejo mientras partía un trozo de pan--. Se trata de una recreación literaria.
Darío, que estaba a punto de llevarse el tenedor a la boca, lo dejó caer con estrépito sobre el plato, como si Alejo hubiera proferido una blasfemia.
--¿Cómo una recreación literaria? ¿No existen acaso los vampiros?
--¿Habéis visto lo que ha pasado esta mañana en el metro? --interrumpió Silvia intentando cambiar de tema--. Al parecer, la línea 6 se ha estropeado durante varias horas.
Su intento resultó estéril.
--¿De verdad me estás preguntado si existen los vampiros? ¡Bromeas, claro! --señaló tras hacer una breve pausa. Después, recobró la sonrisa.
--No, no bromeo. Hablo muy en serio --repuso Darío con un extraño rictus en su boca--. No creer en los vampiros es lo que les confiere la posibilidad de seguir matando.
«Si de verdad lo piensa, este tío está como una puta cabra», pensó Alejo.
--No puedo creer que estés hablando en serio --manifestó perplejo.
--¿Por qué no cambiamos de tema? --intervino Silvia--. Es evidente que no os pondréis de acuerdo en este asunto.
--Que no existen los vampiros sólo puede decirlo alguien falto de información.
«¿Me está llamando ignorante el enterrador éste?», pensó Alejo para sus adentros.
--¿Falto de información? Lo único en lo que podría darte la razón es en que existen personas, muy enfermas, por cierto, que cometen crímenes escudándose en que son vampiros. Eso es todo.
--Eso es lo que «ellos» quieren que creamos --comentó Darío en tono enigmático--. Es parte de su plan para dominar el mundo.
Aquello era demasiado.
--¡Ah! ¿Sí? Pues, sin ánimo de ofender, te contradices. Tú, con tu aspecto, pareces uno de «ellos». Y apuesto a que eres de los que duermen con una ristra de ajos y un crucifijo bajo la almohada.
--¿Ves? ¡Falta de información! En contra de la creencia popular, los vampiros no se ven afectados por el ajo.
--¡Bueno, ya está bien! --dijo Silvia con cara de desagrado--. Dejadlo ya de una vez, por favor. ¿No veis que esta conversación no va a ninguna parte? Además, me duele la cabeza y no tengo ganas de escuchar discusiones absurdas.
Ambos se callaron.
Alejo por respeto a su novia.
Darío por respeto a su hermana.



Sí que era su hermano.
Por increíble que les pareciese a quienes lo conocían, Darío Salvatierra era el hermano menor de Silvia.
Un caso perdido.
Su historia era simple, pero incomprensible para todos. Darío había sido un niño aparentemente normal. Ambos hermanos habían acudido a los mismos colegios privados. Su padre era un prestigioso abogado que había logrado destacar defendiendo casos difíciles pero sonados. Ganó la mayoría de ellos, por lo que pronto alcanzó renombre en la profesión. Siempre quiso facilitar a sus hijos todo aquello a lo que él no había tenido acceso, ya que durante su juventud se había visto abocado a padecer muchas carencias.
Su trabajo lo mantenía mucho tiempo fuera del hogar, así que la trayectoria de sus hijos terminó por escapársele de las manos. Su mujer había sido la encargada de seguirla, aunque tampoco había estado muy pendiente. No tenía una especial vocación maternal. Formaba parte de una familia acomodada y había crecido acostumbrada a la buena vida. Cuando decidió casarse con aquel joven abogado todo fueron pegas. «No te cases con él --le dijeron--. No podrá satisfacer tus necesidades económicas. Tú estás acostumbrada a otra vida.» Sin embargo, estaba perdidamente enamorada y desoyó las advertencias. Por suerte, su marido no la defraudó y consiguió hacerse con una sólida posición económica, pese a lo cual siempre fue mirado con reservas por su familia política.
En cualquier caso, no consideraron que hubiera motivo de preocupación. Ambos niños sacaban buenas notas, eran aplicados y cumplían las expectativas que tenían puestas en ellos.
El punto de inflexión se produjo durante la pubertad. Aunque sus padres no lo advirtieron, Silvia sí percibió un ligero cambio en su hermano. Nunca habían existido secretos entre ambos y, de repente, notó que empezaba a ocultarle cosas. Intentó hablar con él para saber qué ocurría, pero no obtuvo respuesta.
Un día decidió registrar su habitación. La noche anterior le había parecido que escondía algo bajo su uniforme escolar. Sabía que lo que iba a hacer no estaba bien, pero le preocupaba la posibilidad de que pudiera estar consumiendo drogas. No se le ocurría otra explicación mejor para aquel cambio obrado en su carácter. Sin embargo, lo que vio en uno de sus cajones la dejó horrorizada: ¡había un murciélago muerto envuelto en un pañuelo! Lo soltó asqueada y el pequeño animal se precipitó contra el suelo. Entonces se dio cuenta de que tenía una cuña de madera clavada en el pecho.
Dudó qué hacer. ¿Debía callarse o dar cuenta de lo sucedido a sus padres? Finalmente, decidió recogerlo todo y dejarlo tal como estaba. Intentaría hablar con su hermano para comprender qué lo había llevado a sacrificar a aquel pobre animal.
Las explicaciones que ofreció no fueron convincentes. Adujo que el murciélago se coló por la ventana de su habitación y que tuvo miedo de que pudiese morderle y transmitirle la rabia. Según aseveró, lo atrapó con ayuda de una sábana y cuando se disponía a devolverlo a la calle, se dio cuenta de que el animal ya no respiraba.
Su rostro reflejaba tal desolación y congoja que Silvia sintió lástima de él, a pesar de que su versión no explicaba en modo alguno por qué el murciélago tenía un trozo de madera clavado en su diminuto cuerpo ni por qué su hermano lo guardaba en uno de sus cajones. Le rogó entre lágrimas que no dijera nada a sus padres. Bastante culpable se sentía ya por lo ocurrido como para que le cayese un severo castigo. Silvia sabía que si su padre se enteraba de aquel episodio no se limitaría a echarle una bronca; posiblemente, lo castigaría durante meses. Darío juró que no volvería a pasar. Todo había sido un error de cálculo. Él nunca había querido hacer daño al animal.
Efectivamente, ya no volvería a ser tan descuidado. Se preocuparía por hacer las cosas de otra manera.
En su nuevo mundo coexistían vampiros y demonios. Nadie supo nunca por qué. Darío jamás habló de una extraña experiencia que había protagonizado y que lo marcó para siempre.
Tanto si la vivencia fue auténtica como si no, Darío la asumió como algo real. Al principio, aquello lo aterrorizó. Se negaba a salir solo por la noche. Estaba convencido de que existían seres malignos que esperaban una oportunidad para atraparlo. Pasó varios meses en un estado de ansiedad permanente. Tenía pesadillas recurrentes, apenas comía y su rendimiento escolar se vio radicalmente alterado. Intentó hablar con su padre, pero éste estaba siempre tan ocupado que nunca parecía encontrar el momento. En cualquier caso, tenía miedo de confiarse a los demás. Era un asunto demasiado delicado y comprometido. Seguro que su padre no iba a creerle. Tampoco lo harían su madre y su hermana. Se sentía como un extraño en su propia familia. ¿Cómo explicarles que había visto con sus propios ojos un...?
Sin embargo, con el tiempo su miedo fue transformándose en curiosidad. Leía todo lo que caía en sus manos sobre el mundo de los no-muertos. Existía mucha más información al respecto de lo que en un principio había sospechado, aunque había que saber dónde buscarla. Pronto descubrió que el tema ya no le provocaba tanta congoja, sino más bien una extraña fascinación. Llegó a sentirse como un ser privilegiado que manejaba información vedada al resto de los mortales. Otros podían leer sobre el universo de los vampiros, sí. ¡Pero él era partícipe de ese mundo!
La gente no entendía que lo que leía no eran simples leyendas populares inventadas por campesinos supersticiosos. Darío Salvatierra creía que existía un poso de realidad. Su investigación sobre el mundo vampírico terminó por ser primordial en su vida. Pero lo único que consiguió fue que sus amigos se apartaran de él espantados. A pesar de que nunca les había hablado de su experiencia, todos habían advertido misteriosos cambios en su comportamiento. No parecía el mismo. Su manera de actuar se les antojaba la de un paranoico.
Un día tuvo noticia de la existencia en Londres de una sociedad dedicada por entero al estudio de los vampiros, la London Vampire Society, liderada por un tal Michael Carrigand. Como es de suponer, le faltó tiempo para ponerse en contacto con él y también con otro curioso personaje, Dean Lancaster, que afirmaba ser descendiente directo de lord Byron. Ambos no sólo estaban convencidos de la existencia de los no-muertos, sino que cada uno, a su manera, se dedicaba a buscarlos para acabar con ellos.
Tras pagar una cuota de doce libras, se convirtió en miembro de la sociedad y accedió a todo el caudal de información acerca del vampirismo del que disponían. A través de sus contactos se percató de que para «cazar» vampiros había que proceder con extrema cautela. Carrigand, por ejemplo, había sido condenado en 1974 a cuatro años de cárcel por presentarse en el cementerio de Highgate --un camposanto londinense que sirvió de inspiración a Bram Stoker para escribir su famosa novela-- acompañado por un grupo de seguidores deseosos de emprender la «caza» del famoso vampiro que, según numerosos testimonios, habitaba entre sus lápidas. En su frenética persecución profanaron varias tumbas, sacaron a los muertos de éstas y clavaron estacas de madera en los cadáveres que les resultaron sospechosos. Finalmente, Carrigand fue condenado por los delitos de profanación, mutilación de cadáveres y tenencia ilícita de armas.
Darío pensó que la mejor manera de aprender acerca del mundo de los que no mueren era mimetizarse con «ellos» en los ambientes que acostumbraban a frecuentar. Creía firmemente que los actuales vampiros no podían haber sobrevivido en lugares apartados de la civilización, sino que, por fuerza, debían de camuflarse adrede entre la multitud para llevar a cabo sus oscuros planes. También supuso que el mundillo en el que mejor podrían pasar desapercibidos era el de la subcultura gótica.
Todas estas elucubraciones le hicieron decidirse a cambiar su vestuario, su peinado y, en definitiva, su concepción de la vida para transformarse en lo que él denominaba un «cazador oculto». Sin embargo, no contaba con que el mundo gótico acabaría por atraparle a él. De tanto frecuentar el ambiente acabó por integrarse en él de un modo sorprendente. Empezó a cogerle el gustillo a la música de grupos como Marilyn Manson, Moonspell, Rammstein, Evanescence, Sisters of Mercy... Y trabó algunas amistades en locales góticos de Madrid como Dark Hole, 666, Phobia, Heaven, Mission...
Sus padres estaban desesperados. No sabían qué hacer. Primero probaron con buenas palabras, luego con castigos y, por último, con amenazas. Pero de nada habían servido estas tácticas. A Darío parecía importarle un bledo que lo desheredaran.
«Si es que se pasa todo el día escuchando al travestí ése», había dicho su padre refiriéndose a Brian Warner, el líder de Marilyn Manson. Por su parte, su madre no dormía tranquila por las noches desde que se enteró de que el llamado «asesino de la katana» era fan de algunos de los grupos que también le gustaban a su hijo. Quería a Darío, pero la aterraba el hecho de pensar que ya no era su niño. Se había transformado en un ser extraño y frío que vagaba por la casa sin hacer el más mínimo esfuerzo por comunicarse con ellos. No se le ocurría qué podía estar pasando por su cabeza.
La gota que colmó el vaso se produjo cuando una noche los despertaron a las tres de la mañana para comunicarles que Darío se encontraba detenido. Al parecer, había intentado emular a Carrigand y a Lancaster en el cementerio de la Almudena. Por suerte para él, la ley no era implacable en este sentido, aunque lo que había hecho era un delito tipificado en el artículo 526 del Código Penal. Como su padre era un excelente abogado, consiguió que el castigo se redujera a una pequeña multa.
Después de sufrir esta humillación, el padre de Darío decidió echarlo de casa. Ya habían tenido bastante con aguantar sus extravagancias. «No pega ni golpe y encima ensucia el buen nombre de la familia», explicó a su mujer. Ambos determinaron que aquello le vendría bien para aprender a sentar la cabeza. Sin dinero en el bolsillo y sin un techo donde cobijarse, no tendría más remedio que ponerse a trabajar para salir adelante.



Silvia había omitido los detalles más escabrosos de la historia. Aun así, Alejo la miraba entre horrorizado y fascinado. Había estado a punto de extraer del bolsillo de su gabardina un pequeño bloc de notas que siempre llevaba consigo. Por lo común, su libreta estaba repleta de detalles que le habían parecido curiosos y de descripciones de posibles personajes. Sin embargo, ahora sus páginas se encontraban en blanco. Pero no la sacó porque la gabardina estaba en el recibidor y no le pareció oportuno tomar notas mientras su novia le refería, conteniendo las lágrimas, todo aquel dramón familiar.
Después de haberse enzarzado en aquella absurda discusión acerca de la supuesta existencia de los vampiros, Darío se levantó todo airado, tomó su levita de cuero negro y se marchó --según él-- a buscar trabajo. Los padres de Silvia le habían prohibido acoger a su hermano bajo su techo. Tenía que aprender a valerse por sí mismo. Pero el joven la había llamado con voz temblorosa sin saber qué rumbo tomar y Silvia no había tenido corazón para cerrarle las puertas de su casa. A fin de cuentas, se trataba de su hermano pequeño. Le dijo que podía quedarse, pero sólo unos días. Y, por supuesto, sus padres no debían enterarse de que estaba con ella.
Alejo permaneció pensativo el resto de la tarde. Sospechaba que había encontrado una historia que contar.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:18 pm

8

A causa de los trámites que se desencadenaron tras el descubrimiento del cadáver de la antigua doncella, Analisa no pudo regresar a casa antes de las seis. Lo que había empezado como un apacible día de asueto se había transformado en una horrible pesadilla de la que deseaba despertar cuanto antes. Sin embargo, allí la esperaba una sorpresa harto desagradable. Su tía había sufrido una crisis en su ausencia. La encontró desvanecida en su habitación con la campanilla aún en su mano. La pobre mujer había intentado llamarla en vano. En la maniobra debió de caérsele la peluca y, en contra de lo que en un principio había pensado acerca de su inexplicable lozanía, descubrió que apenas tenía unos cuantos mechones de pelo desigualmente repartidos por su cabeza.
El susto fue considerable, pues en un primer instante creyó que estaba muerta. Intentó reanimarla zarandeándola por los hombros repetidas veces, pero la mujer no volvía en sí. Aterrada, se dirigió a la cocina, tomó una jarrita de vinagre y se la acercó a la nariz. Al momento, la anciana comenzó a toser apartando de sí el líquido de olor penetrante.
Una vez recuperada, Emersinda no la reprendió, pero Analisa advirtió cómo se dibujaba una mueca de decepción en su rostro. Se sentía muy culpable; aquella salida podría haberle costado la vida. Era evidente que su tía necesitaba una dedicación constante. Pensó en excusarse contándole lo sucedido con la infortunada Felisa, pero descartó la idea. En su estado, una noticia de esa magnitud sería como propinarle un golpe con un atizador. Nuevamente, optó por permanecer en silencio.
A la hora de la cena le preparó una sopa de gallina con puerros y patatas, pero al acercarse a su habitación para desearle buenas noches se dio cuenta de que ni siquiera la había tocado. La cuchara permanecía intacta al lado del tazón. No entendía cómo podía resistir tanto tiempo sin apenas ingerir alimento.
--Deberías esforzarte y comer aunque sólo sea un poco.
--¿Para qué? Haga lo que haga, moriré. Todo cuanto me resta es ver pasar el tiempo entre estas cuatro paredes --fue su desoladora respuesta.
Analisa enmudeció. ¿Qué podía decir ante un comentario así?
Se la veía desanimada y triste. Nunca, desde su llegada, la había notado tan abatida. Analisa determinó que no volvería a separarse de la anciana hasta que se produjera el fatal desenlace. Esa mujer no merecía llevarse un disgusto a causa de su imprudencia.
Después de tan terrible día, la joven supuso que aquella noche sería incapaz de pegar ojo. Sin embargo, nada más beberse la infusión cayó presa de un sopor que la dejó sumida en un profundo sueño. A pesar de ello, pasada la medianoche la despertó una extraña sensación de angustia. Quiso incorporarse para prender el candil, pero no había ningún fósforo en la mesilla. No obstante, la habitación no estaba a oscuras por completo, pues la luz de la luna se filtraba a través de la ventana. De pronto sintió una presencia.
Escuchó un sonido que no supo identificar. ¿Habría alguien más en su habitación? Trató de agudizar sus sentidos y lo oyó de nuevo con mayor claridad. Era como si algo se arrastrara o se restregara contra el borde de su cama. Instintivamente, se tapó los ojos con la sábana. En el fondo la espantaba averiguar qué podría provocar aquellos sonidos, que cada vez se hacían más audibles. Además, comenzó a notar una leve sacudida. Parecía como si alguien tirase de la colcha por la zona de los pies.
Permaneció inmóvil varios minutos hasta que se armó del valor suficiente para apartar la sábana que cubría su rostro. Fue entonces cuando pudo intuir cómo una sombra cruzaba fugazmente por los pies de la cama. No podía ser la de una persona, a menos que se hubiera agachado. Sin embargo, poseía cierta corpulencia. Fuera lo que fuese, dio media vuelta y volvió a restregar su cuerpo contra la colcha. Un olor extraño, penetrante y muy desagradable, inundó la estancia. Poco después escuchó un gruñido y comprendió de qué se trataba. Allí, junto a sus pies, había un gigantesco lobo. Aquella certeza la obligó a encoger las piernas hasta convertirse en un ovillo. Después, la tensión pudo con ella y sufrió un desmayo.



Cuando despertó, era mediodía y la bestia ya no estaba. ¿Lo habría soñado? No. No había sido una pesadilla. ¡Estaba segura! Aún se percibía su espantoso olor en la estancia. Pero no existía una explicación lógica para lo ocurrido. ¿Cómo habría entrado en la casa si estaba todo cerrado? ¿Por dónde habría salido? ¿O acaso no había salido y estaba aguardándola agazapado en otro lugar de la casa? Esta posibilidad la sumió en la incertidumbre. Permaneció callada. Todo estaba en completo silencio.
En más de una ocasión le oyó comentar a Patro que en la región vivían bestias como el jabalí, el gato montes, la gineta y el lobo, aunque lo normal es que tendieran a huir del hombre. No acertaba a comprender cómo había entrado aquella fiera en la casa y, menos aún que, de haberlo hecho, no la hubiese devorado en cuanto detectó su presencia. A fin de cuentas, era una presa fácil para una bestia hambrienta.
Se asomó con precaución desde el umbral de la puerta de su habitación. Todo parecía en orden, así que se dirigió hacia la habitación de su tía. Sintió un gran alivio cuando comprobó que la puerta estaba cerrada. El lobo no podría haber entrado. Sin embargo, para salir de dudas giró el pomo. Como de costumbre, la puerta estaba cerrada con llave. No entendía por qué su tía tenía la manía de encerrarse por dentro. «¡Bendita manía!», pensó. Era mejor no insistir. No se imaginaba explicándole que la molestaba sólo porque tenía la sospecha de que había entrado un lobo. ¡Pensaría que estaba trastornada! Sobre todo cuando, tras registrar cuidadosamente la casa, evidenció que no había ni rastro del animal salvaje.
Poco a poco fue asimilando el hecho de que quizá todo había sido un sueño. Una pesadilla terrorífica, sin duda, pero un sueño a fin de cuentas. No sabía qué le ocurría con exactitud, pero desde su llegada se sentía diferente. Vulnerable, débil y acongojada. ¿Y si había heredado el mal de su madre? ¿Y si todo era un proceso que acabaría conduciéndola a la demencia? ¿Serían esas visiones el comienzo de una terrible enfermedad que marcaría fatalmente su existencia? Intentó desechar esas lóbregas ideas.
Necesitaba hablar con alguien. Entonces reparó en que Patro no había acudido a hacer las faenas. ¿Qué le habría pasado?
No lo supo hasta el día siguiente. Todavía muy afectada, Patro apareció con los ojos enrojecidos. La impresión recibida tras el hallazgo del cadáver de Felisa la había turbado hasta tal punto que había sufrido un vahído que la postró en la cama todo el día. Se excusó como pudo y se dispuso a comenzar sus labores.
--¡Ha sido horrible, señorita!
--Y más para usted, que la conocía bien.
--¡Ay, Virgen santa! No me perdonaré haberla tratado de ladrona cuando en realidad la pobre estaba...
No pudo seguir. La abandonaron las fuerzas.
--Patro, no se sienta culpable. ¿Quién le iba a decir a usted que estaba muerta? A veces las personas desaparecen de la noche a la mañana dejando deudas.
--Eso es lo que me carcome los adentros --musitó--. Tenía que haberme dado cuenta de que algo malo le había pasado.
--¿Y cómo iba usted a saberlo? Deje de martirizarse.
--¡Que sí, que sí! --insistió--. Si estaba cantado.
--¿A qué se refiere?
--No le dé cuartos al pregonero, señorita. Es mejor que no lo mente.
--¡Por Dios santo, Patro! Hable usted lo que tenga que hablar.
--Si es que la Felisa no ha sido la única... --dijo al fin.
--¿Cómo?
--¿Ve usted? Si es mejor callar. No quiero que se lleve una sofoquina.
--Me la voy a llevar si no me dice qué es lo que ocurre. No se puede tirar la piedra y esconder la mano.
--¡Ay, señorita! Si es que hay alguien muy malo por estos lares. Que lo sé de buena tinta.
--¿Qué sabe exactamente?
Entonces Patro soltó el plumero y se acercó un poco más a Analisa.
--Ya han matado a otras mozas --susurró muerta de miedo.
Analisa demudó su semblante.
--Que sí --prosiguió--. No se habla de otra cosa en el pueblo. Primero fue la Ceferina, luego la Rogelia y ahora...
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
--¿Pero qué está usted diciendo? ¿Está segura de eso?
--¡Digo! ¡No voy a estarlo! Que sí, señorita Analisa. ¡Se lo juro por mi niña! --dijo llevándose la mano derecha al corazón.
Al instante, una terrible sospecha se apoderó de la joven.
--¿Y no habrá sido una bestia? ¿Un lobo, por ejemplo?
--Para mí que no.
--¿Cómo puede aseverarlo?
--Perdone mi atrevimiento, pero una, aunque inculta, no es tonta. Y me parece a mí que las bestias no se andan con miramientos a la hora de seleccionar a sus víctimas, digo yo.
--Dice bien. ¿Y...?
--Que todas eran mujeres jóvenes y lozanas... --se detuvo un momento antes de proseguir. Hablaba muy bajito, casi cuchicheando-- ¡como usted!
Analisa notó una punzada en el corazón y por un momento sintió que la sangre se le helaba en las venas.
--Y le digo más: todas trabajaron aquí antes que yo.
--¿Qué está insinuando, Patro? --preguntó Analisa desconcertada.
--Nada. Y si le ha parecido que insinuaba algo, retiro lo dicho. Lo único que pretendía era explicar por qué pienso o, mejor dicho, pensamos en el pueblo que no puede haber sido un animal.
--Es terrible lo que me cuenta.
--Lo es, lo es. Por eso, señorita, si yo fuera usted me andaría con mucho ojo. ¡El mismísimo Maligno anda suelto!

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:20 pm

9

Violeta recorrió a paso vivo la distancia que la separaba de la taquilla.
--He comprado por Internet un billete a Madrid.
Él la miró perplejo. «¡Vaya pintas!», pensó. «Parece Morticia Adams.»
--¿Sólo ida?
--Sí.
--Aquí tiene. El tren sale dentro de dos horas.
--Gracias.
Ya en el tren, se acurrucó junto a la ventanilla, se cubrió el torso y los brazos con su cazadora negra y cerró los ojos. Por suerte, no viajaba nadie junto a ella. Había cargado música de Evanescence en su reproductor de MP3. Cerró los ojos intentando escapar de las miradas inquisitoriales de algunos de los viajeros del vagón. «La gente se aburre mogollón --pensó--. ¿Es que no tienen nada mejor que hacer?»
Tendría que estar acostumbrada. Sin embargo, no acababa de comprender por qué su aspecto les resultaba tan provocador. A fin de cuentas, no se metía con nadie. «Pronto todo cambiará. Nébula no es como ellos.»


Los acontecimientos se habían desencadenado con rapidez desde que Violeta le permitiera entrar en su mente. Le había dicho que le demostraría la magnitud de su poder y lo hizo. Cuando se quedó dormida aquella noche, Nébula se introdujo en sus sueños... y en su mente. Lo que Violeta ignoraba es que a partir de ese instante se desataría una lucha mental sin cuartel.
--Ahora estoy dentro de tu cabeza y me perteneces.
--¿Qué tengo que hacer? --preguntó, incapaz de controlar sus sueños.
--Hablaremos mañana en el chat. Te contaré tu sueño y recibirás nuevas instrucciones.
--Hasta mañana, Nébula --musitó Violeta, aún en estado onírico.


Darky: ers tu, nébula?
Nébula: si
Darky: anoxe m dijiste k t esperara aki
Nébula: xica obediente
Nébula: kieres comprobar si se lo k soñaste, verdad?
Darky: lo sabes?
Nébula: soñaste en tu padre
Nébula: sta muerto, pro n tu sueño aun vivía
Nébula: tu eras 1 niña y el t llevaba a 1 feria y t compraba algodón d azúcar
Nébula: eras feliz
Darky: ...
Nébula: sorprendida?
Darky: sinceramente, no creí k fueras capaz d adivinarlo
Darky: cmo lo has hecho?
Darky: cmo sabes k mi padre sta muerto?
Darky: kien eres n realidad?
Nébula: solo 1 palabra m separaba d ti
Nébula: n ste instante ya no existe esa barrera
Darky: cmo? no ntiendo...
Darky: creí k slo era 1 juego
Darky: no puedes metrte n mi cabeza si yo no kiero
Nébula: pro, n I fondo, si kerias
Nébula: t pedi permiso y m lo concediste
Nébula: tu misma m invitaste a ntrar, rcuerdas?
Nébula: ahora m perteneces
Darky: creo k no kiero seguir hablando contigo
Nébula: compra 1 billete a madrid. yo t guiare hsta mi
Nébula: deja una nota a tu madre pra k no s preocupe, dspues, formatea I disco duro, ndie debe conocer mi existencia
Darky: y si m niego?
Nébula: inténtalo si eso t hace feliz, pro...
Nébula: descubrirás k lo único k t hará dixosa a partir d ste momento s poder servirme
Nébula: y yo t doy la oportunidad d hacerlo


Ni siquiera pudo intentarlo. Víctima de un terrible «hechizo», Violeta hizo todo cuanto Nébula le ordenó: sacó un billete a través de Internet, metió sus cosas en una mochila, formateó el disco duro del ordenador y, por último, escribió una nota a su madre antes de abandonar su casa para dirigirse a Valencia. Allí tomaría el tren.

Mamá,
No te preocupes por mí. Me marcho en busca de mi destino. Soy mayor de edad y no quiero crearte más problemas en el pueblo. He encontrado un trabajo en otra ciudad. Seguro que te alegrarás. Perdóname por todos los quebraderos de cabeza que has padecido por mi culpa. Te quiero.
Tu hija,
Violeta

No se trataba exactamente de un hechizo, sino de una cualidad que poseían Analisa y los de su estirpe. Su capacidad de manipulación era tan inmensa que, a pesar de la amenaza soterrada que se intuía en las palabras de Nébula, Violeta había empezado a enaltecer su figura. No en vano la avalaban largos años de experiencia. Aunque ella todavía no lo sabía, aquel influjo iría en aumento. Desde esa noche algo la carcomía por dentro. Sentía emociones encontradas hacia aquella mujer: odiaba cómo la había conducido hacia su terreno, pero también se sentía incapaz de luchar contra su poder arrollador. Por increíble que parezca, Violeta no estaba asustada ante la idea de haberse convertido en su esclava. En realidad, lo que la atemorizaba era la posibilidad de dejar de serlo.
Al llegar a Madrid tomó un taxi. Se sorprendió dando una dirección desconocida. «Yo te guiaré hasta mí», le había dicho Nébula. Una vez que el taxista se marchó, caminó hasta una casa aparentemente normal. No había adornos ostentosos ni tétricos, ni nada especial que pudiera hacer pensar que allí podría refugiarse un no-muerto.
Llamó al timbre y fue recibida por una mujer de hipnótica mirada y de rara belleza, aunque de aspecto bastante normal. «Desde luego, no parece salida de ultratumba», pensó Violeta desconcertada. La idea que se había forjado acerca de los vampiros era totalmente diferente. Gracias a su empleo en el videoclub había visto infinidad de películas en las que los no-muertos eran presentados como seres siniestros y despiadados. Y aquella mujer no parecía ni lo uno ni lo otro. Tampoco era demasiado corpulenta. Al menos, no lo suficiente como para, llegado el caso, ser capaz de reducirla físicamente.
Sin embargo, ahí estaba, frente a la puerta de su casa. Sin mover siquiera un dedo había logrado que Violeta tomara un tren dejando atrás su antigua vida.
--¿Eres Nébula?
--Adelante, Darky. Te estaba esperando.
«Habla con mucha seguridad. ¿Seré tan previsible que no ha dudado ni por un minuto que acabaría viniendo?», pensó Violeta.
--Por supuesto. Sabes que tu sitio está aquí, conmigo.
Violeta empalideció. ¿Era capaz de leer sus pensamientos?
--No me subestimes, querida --fue su respuesta.
La casa en sí parecía más normal que la propia habitación de Violeta, de la que tanto se había quejado su madre. No había velas negras, ni cruces invertidas, ni ataúdes, ni nada extraordinario que pudiese levantar sospechas acerca de las oscuras actividades que se desarrollaban allí.
La hizo pasar a una sala donde pudo observarla con más detenimiento. Tenía el cabello negro como el azabache. Era largo, sedoso y liso. Su piel era pálida o acaso se había maquillado el cutis con polvos de arroz. Sus ojos eran llamativos, de color verde intenso. Había algo inquietante en ellos. Poseían una expresión extraña, como si su dueña estuviera de vuelta de muchas cosas. Medía cerca de un metro setenta y era extremadamente delgada, lánguida y delicada. Si alguien le hubiera preguntado por su edad, no habría sabido qué responder.
--¿Qué tal el viaje?
--¡Un coñazo! Viajar sola es lo peor, Nébula.
--No me llames así. Puedes llamarme Ana.
--Yo prefiero que me sigas llamando Darky. Violeta no me gusta.
La joven estaba muerta de miedo. Mientras su anfitriona estaba cómodamente sentada, la joven permanecía de pie en un rincón de la habitación. Su mirada le producía escalofríos. Sentía que la estaba escudriñando. Tenía la sensación de que detrás de aquella apariencia de fragilidad se escondía un ser poderoso e implacable. Jamás debió pisar aquella casa, y ahora se encontraba dentro de la boca del lobo.
--Acércate, Darky. No tengas miedo de mí --susurró.
Quiso negarse, pero no supo cómo. Se sentía fascinada.
--Vamos, ven aquí. Te aseguro que no te arrepentirás.
--¿Qué vas a hacerme? ¿Vas a... matarme?
Ella, que tantas veces había soñado con la muerte, estaba ahora cara a cara con ésta. Y, aunque nunca lo habría imaginado, sentía miedo.
--No, tranquila. Voy a ofrecerte algo que muchos mortales ansian conseguir. No te resistas. Será mejor para ti.
Sus palabras sonaban suaves y melódicas. ¿Pero qué es lo que pretendía?
Violeta obedeció. No había escapatoria posible. Esa mujer ejercía sobre ella un influjo que no concedía tregua.
Ana permanecía sentada en un sofá azul. Junto a él había una mesa baja en la que reposaba una caja de madera de unos treinta centímetros. Violeta observó cómo abría la caja y extraía una afilada daga. Incapaz de tomar el control de sus piernas, se acercó hasta situarse frente a una mujer a la que momentos antes había subestimado.
--Agáchate.
No era necesario gritar. Se encontraba bajo su yugo. Incondicionalmente.
Después observó cómo Ana aproximaba la daga a su dedo meñique y se infligía un pequeño corte.
--Bebe --ordenó acercando el dedo a la boca de Violeta.
«¿Qué hago? ¿Bebo o no bebo? ¿Y por qué coño me siento tan fascinada?», se preguntaba. Violeta sabía que los ambientes góticos eran de por sí un poco «bisexuales», pero ella no se consideraba ambigua en absoluto. Más de una vez se le habían insinuado chicas góticas. Aquello era lógico dentro de su submundo, pero Violeta nunca había sentido atracción sexual alguna por una mujer. Era parte del juego, de los roles que adoptaban los góticos de cara al exterior. De puertas adentro era diferente. La explicación era bien simple: algunos góticos muy metidos en su papel apreciaban la bisexualidad por considerarla un componente más de la estética pseudovampírica. Para ellos estaba bien vista porque cuando un vampiro atacaba a sus víctimas no tenía en cuenta si eran hombres o mujeres, ya que lo que de verdad le interesaba era su sangre.
Sin embargo, no parecía que Ana pretendiera chupar su preciado fluido; era más bien ella quien le ofrecía el suyo propio.
«¿Por qué hace esto? ¿Qué es lo que busca de mí? ¿Sentirá la misma atracción que siento yo?», se preguntaba la joven. Todo lo relativo a Ana le resultaba un completo enigma, pero ya no había escapatoria, no se veía con fuerzas para luchar contra sus deseos.
Violeta obedeció. Chupó la sangre que manaba del corte, primero, con timidez; después, con tanta ansia que Ana se vio obligada a retirar el dedo con brusquedad.
--¡Basta! ¡Es suficiente!
La joven se sintió decepcionada. Le había entregado una golosina para después arrebatársela sin piedad. Desde luego, no era la primera vez que Violeta probaba el líquido rojo. Siempre que se cortaba por accidente, por ejemplo, al pasar las afiladas hojas de un libro, se llevaba por instinto el dedo a la boca. Así es como había descubierto su sabor metálico y único. Incluso, a veces, se había cortado en secreto sólo con objeto de poder sentir ese extraño gusto en su boca. Pero la sangre de Ana no era como la suya. Su sabor era mucho más excitante. Probarla constituyó una experiencia única que ansiaba ver repetida cuanto antes.
--Ahora nos une un vínculo de sangre --le dijo su anfitriona--. Al probar el «maná eterno» que corre por mis venas ya no existirá nada más en este mundo capaz de saciar tu sed. Me servirás sobre todas las cosas y me adorarás por encima de tu vida porque sabes que sólo yo puedo proporcionártelo.
--Sí --repuso Violeta como un autómata--. Haré todo cuanto me ordenes.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:20 pm

10

De modo que Felisa no había sido la única. Desde que Patro le hiciera partícipe de aquellos macabros crímenes, Analisa se sumió en la incertidumbre y el desconcierto. Se le hacía imposible creer que en aquella región se ocultaba un despiadado asesino capaz de acabar con la vida de varias jovencitas saliendo indemne de sus execrables actos. Pero los hechos eran los hechos. Y ella misma había visto el cuerpo sin vida de una de aquellas desgraciadas mujeres.
El miedo de Patro era real y palpable. La doncella estaba aterrorizada. Incluso se había planteado la posibilidad de dejar de trabajar en casa de Emersinda. Su esposo no siempre podía venir a buscarla y a veces se veía obligada a regresar a pie, sola, por aquellos caminos. A fin de cuentas, el cadáver de Felisa había aparecido muy cerca de la casa de su tía. Sin embargo, había desechado esa posibilidad porque necesitaba el empleo para mantener a su hija, una pequeña de seis años.
¿Y el lobo que había visto Analisa con sus propios ojos? ¿Era real o sólo producto de su imaginación? ¿Lo soñó? Imposible. ¿Pero por dónde accedió a la casa si estaba todo cerrado? Ella misma comprobó puertas y ventanas al día siguiente de su aparición. Si el animal había podido entrar, quizá también podría hacerlo el asesino.
¿Tenía que dar cuenta de lo sucedido a su tía o debía callar?, se preguntaba Analisa. Hacerlo podría suponer un duro revés para su ya de por sí maltrecha salud. Sin embargo, no ponerla sobre aviso era exponerla al peligro. Concluyó que tenía que hablar con ella y contarle lo ocurrido, aunque sólo fuera en parte.
Con esta idea en la cabeza se dirigió a su habitación. Sin embargo, hubo algo que la hizo desistir. En un rincón se fijó en unos zapatos. Eran de su tía; se los había visto puestos en varias ocasiones.
Emersinda se dio cuenta de que algo la preocupaba. Su sobrina estaba pensativa.
--Querida, ¿ocurre algo?
--Estos zapatos son tuyos, ¿verdad?
--Sí. ¿Por qué lo preguntas?
Analisa permaneció en silencio. Puede que se estuviera volviendo loca, pero estaban manchados de barro. ¿Cómo era posible? Su tía no salía de casa y aunque lo hubiera hecho, no podía caminar. Entonces, ¿por qué estaban sucios?
--Estos zapatos están manchados de barro.
--¡Qué extraño! No tengo la menor idea de a qué puede deberse. Bien sabe Dios que me encantaría poder meterme en barrizales e incluso brincar sobre ellos, pero, como bien sabes, en mi estado eso resulta del todo imposible.
Si no había sido ella, ¿quién había recorrido el pasillo aquella noche?
--Alguna explicación tiene que haber --dijo Analisa empezando a inquietarse.
--La única que se me ocurre es que Patro los haya tomado prestados, sin mi permiso, claro. ¿Sabes?, hace tiempo que desconfío de esa mujer. Me resulta muy descarada. Pero, en los tiempos que corren, encontrar doncella no es nada fácil. Y no puedo valerme por mí misma.
Analisa sintió ganas de contarle lo ocurrido con sus anteriores doncellas. Sin embargo, se contuvo.
--¿Ibas a decir algo, querida?
--¿Por qué no te fías de Patro?
--Una mujer mayor y enferma, como yo, dispone de mucho tiempo para pensar, pero sobre todo para observar --dijo bajando el tono--. Uno de los motivos por los que quise que vinieras a esta casa es porque no me ofrece confianza. Es muy ambiciosa y yo... yo estoy desvalida.
--¿Qué quieres decir?
--Temo que quiera apoderarse de mi fortuna, que, a fin de cuentas, será tuya algún día. Hay detalles que me inquietan.
--¿Qué detalles, tía? No me dejes así.
--Cosas que no he querido referirte para no asustarte. Bastante tienes ya con cuidar de mí.
«¿Por qué susurra si estamos solas? Patro se ha marchado hace varias horas. ¿Se encuentra tan amedrentada como para no hablar de un asunto tan delicado en alto?», se preguntó.
--¡Por favor! --suplicó Analisa--. Si ocurre algo malo es preciso que lo sepa.
--Son muchas cosas. Al principio no les di importancia, pero varias noches he oído pasos en la casa y, desde luego, no eras tú. Te llamé repetidas veces y no contestaste. Además --apostilló--, se escuchaban antes de que tú vinieras a hacerme compañía.
--¡Yo también los he escuchado! No quise decirte nada para no preocuparte.
--¿Ves? --dijo abriendo mucho los ojos--. Empezaba a pensar que estaba perdiendo el juicio. La única persona, además de nosotras, que tiene llave de esta casa es ella.
Analisa se sentía aturdida. Patro tenía sus manías, pero siempre le había parecido buena persona.
--Pero hablé con ella de esto y me lo negó. La presioné bastante y, la verdad, me pareció que no mentía.
--¡Porque es una especialista en eso! Lo manipula todo. Si le preguntas por mis zapatos, también lo negará. ¿Y quién si no los ha usado sin mi consentimiento?
--Pero ella no calza tu pie. Además, me he fijado en que siempre lleva zapatos planos.
--Es que yo creo que lo hace para fastidiarme más que por necesidad. No sé si sabes que su esposo es zapatero. ¿Para qué iba ella a querer mis zapatos si no es para asustarme?
--¿Le pregunto a ver qué dice esta vez?
--Hazlo si quieres. Verás cómo intenta manipular la situación en su favor.
Hizo una pausa para llevarse la mano al pecho. Parecía agotada.
--Acércame el láudano. Me siento terriblemente fatigada.
Analisa obedeció.
--Tía, debes descansar. Ya hablaremos de esto en otro momento --expuso tendiéndole la botellita.
--No, no. Hay algo más que debes saber. A veces he temido por mi vida. Como bien sabes, mi fortuna es un dulce que muchos quisieran comer. Y tú, sin imaginarlo, representas una amenaza, porque ella sabe que es mi intención dejártelo todo. Estoy segura de que en el fondo me detesta.
--¿Quieres que le diga que no vuelva por aquí?
--No. Ni se te ocurra. Eso sólo empeoraría las cosas. Si sabe que desconfiamos de ella hasta ese punto, quién sabe cómo reaccionará. No olvides que conoce esta casa al dedillo y que sabe que estamos solas. Por favor, ten mucho cuidado y, sobre todo, no te fíes de ella. Esa mujer me produce escalofríos.



Al día siguiente, aunque bastante acongojada por todo cuanto le había referido Emersinda, Analisa se armó de valor y se atrevió a preguntar a la doncella.
La encontró en la cocina limpiando los cristales. Cuando la vio aparecer con los zapatos en la mano, dejó lo que hacía y fue a cogerlos.
--Señorita, ¿quiere que se los limpie? --preguntó con una mueca de fastidio.
--No son míos. Son de mi tía. Como sabe, ella no puede caminar. Quisiera que me explicara por qué están cubiertos de barro.
--¿Y cómo quiere que lo sepa?
--La señora no puede andar y yo no me los he puesto. ¿No los habrá cogido usted?
--¡Por supuesto que no! Señorita, ni siquiera calzo su pie. Como puede comprobar --dijo señalando sus zapatos-- los míos son mucho más pequeños. Además, no me gustan los zapatos altos, me resultan incómodos para faenar --dijo con tono ofendido.
Analisa dudó. Pero ¿qué otra explicación lógica cabía?
--¿Y qué sugiere usted que ha pasado? ¿Se habrán manchado ellos solos?
--No tengo la menor idea. ¿Le ha preguntado a la señora? Quizá ella sepa algo al respecto.
--Da la casualidad de que sí se lo he preguntado. Y, claro está, ella no lo sabe. Es absurdo sólo pensarlo.
Patro no parecía muy sorprendida por aquellas acusaciones. Se limitó a cepillar los zapatos. Quizá determinó que una nueva discusión no la favorecería en absoluto.
--¡Pero diga algo! ¡No se quede callada! Algo tendrá que responder, digo yo.
--Tendría muchas cosas que decir, señorita. Pero en boca cerrada no entran moscas.
--¡Ya estamos! --dijo Analisa alzando la voz por primera vez--. Tiene el don de sacarme de quicio. Si tiene algo que contar, hágalo de una vez, pero no lance insinuaciones sibilinas sin ofrecer explicaciones.
--No son insinuaciones sibi... lo que sea --dijo en un susurro--. No creo que deba decir nada porque usted no va a creerme.
Parecía más asustada que enfadada.
--Por favor, Patro --dijo la joven recuperando la compostura--, diga lo que sea. ¿No se da cuenta de que su silencio empeora las cosas? Bastante intranquila me encuentro ya por todo lo que me contó sobre las doncellas.
--Es que todo puede estar relacionado, señorita. No se crea, también yo estoy muerta de miedo.
--¿Qué quiere decir?
--¿No le parece raro que todas las difuntas trabajaran aquí?
--Parece evidente que el asesino es alguien que merodea por esta zona. Tal vez las seguía cuando volvían al pueblo al acabar su jornada.
--¡Ay, Virgen santa! ¡Qué miedo tengo, señorita! Yo no quiero decir nada, pero ¿por qué no me hace caso y se vuelve para la capital? ¿Es que no ve usted que aquí está pasando algo muy extraño?
--¿Qué trata de insinuar?
--Nada, ¡válgame Dios!
--Sí lo hace, pero no habla claro y no entiendo por qué.
--Usted váyase... mientras pueda. Es todo cuanto se me ocurre.
--¿Por qué tiene tanto interés en que me marche?
--¡Madre del amor hermoso! Yo no tengo interés alguno. Sólo se lo digo por su bien. Le repito que el Maligno anda suelto.
«¡Cuánta razón tenía tía Emersinda! ¡Esta mujer es una enredadora! Mejor me callo. Es conveniente obrar con cautela. Tal vez esté compinchada con alguien del pueblo», pensó la joven.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:21 pm

11

--¿Lo harás, verdad? --preguntó Alejo.
--No sé, cariño. No me parece una buena idea --contestó Silvia.
Alejo cogió sus manos, se las aproximó a la mejilla y las acarició con suavidad.
--Por favor, habla con él. Estoy seguro de que si tú se lo pides, accederá.
--No le caíste muy bien. Además, lo que mis padres quieren es que se centre y se olvide de ese mundo siniestro en el que vive.
--¿Y tú crees que lo hará sólo porque le han cortado el grifo? Yo diría que no. Cuanto más le presionéis, peor. Al menos, estando conmigo podré controlarlo.
Silvia se tomó su tiempo antes de contestar.
--Hay cosas que no sabes. No te he contado todos los detalles y no me hace ninguna gracia que, mientras tú juegas a «Bram Stoker», su obsesión pueda verse alimentada.
--¿Qué cosas?
Silvia le refirió el escabroso asunto de la profanación de tumbas en el cementerio de la Almudena.
--¿Ves? Si esa noche hubiera estado conmigo, seguro que no se habría atrevido a tanto. No le habría dejado saltar la tapia.
--Le caíste como el culo. No va a querer ayudarte en tu novela y mucho menos te permitirá que te conviertas en su «niñera».
Alejo la besó en los labios. Fue un beso tierno aunque fugaz.
--Sé que no empezamos con buen pie, pero tú déjalo de mi cuenta. Estoy seguro de que en el fondo es un pedazo de pan, como tú.
Alejo se abstuvo de decirle que en realidad le parecía un freakie.
--Déjame pensarlo. Es todo cuanto puedo decirte ahora. Además, ¿por qué no te centras en tu libro de cocina? ¿Por qué página vas ya?
Todos los días le hacía la misma pregunta y él aún no había comenzado a escribir. Se sentía desmotivado. Además, el escritor creía que la calidad de un libro no se medía por el número de páginas que tenía. Pero Alejo ya sabía que era inútil explicarle esto a Silvia. Estaba empeñada en que un libro de esas características era lo que él necesitaba.
--Sabes que eso no es lo mío. Estoy harto de encargos. Por favor --suplicó Alejo--, no me quites la posibilidad de escribir sobre algo realmente interesante.
Cuando ponía esa cara de cordero degollado, era incapaz de negarle algo.
--Lo pensaré --concluyó.


Tras la discusión con el novio de su hermana, Darío Salvatierra agarró su costosa levita y se fue a la Gran Vía a ver una película sobre vampiros que acababan de estrenar. Había dicho que iba a buscar trabajo sólo para no preocupar a Silvia. Lo único que le faltaba era que también ella lo echara de su casa. «Menudo gilipollas el tal Alejo. No sé cómo puede salir con ese listillo», pensó.
Con el poco dinero que le quedaba compró una bolsa de palomitas y miró la película sin apenas pestañear. En el cine, la gente gritaba; él se reía y a ratos se enfurecía por lo mal ambientado que estaba el filme. Después, se dirigió a la tienda de tatuajes de un conocido. Lo encontró tatuando una gran cobra en el hombro de un chico.
--¿Tú sabes dibujar? --le preguntó el tatuador.
--Pues no, pero puedo aprender.
--El negocio está fatal y sólo necesito un novato para acabar de cagarla. Aquí hay mucho follón, Darío, y no puedo dedicarme a enseñar a un principiante. Lo siento.
--Aprendo rápido.
--En este mundillo no se pueden cometer errores. Hay que tener buen pulso y oficio; si no, la clientela se larga a la competencia. No sé, tío, lo más que puedo hacer es darte la dirección de un colega que tiene una tienda de ropa gótica. Igual ahí te dan curro.
«Otra negativa y sin un duro en el bolsillo», pensó. Darío se lamentó de haberse gastado sus últimos euros en el cine. Ahora no le quedaría más remedio que pedirle un préstamo a su hermana.
Entre unas cosas y otras, regresó a casa pasadas las doce. Entró de puntillas, procurando no hacer ruido, y se acurrucó en el sofá-cama que había en el comedor. Aquella noche le dio por pensar. Se dijo que su hermana sí había sabido cómo conducir su vida. Tras terminar la carrera de Derecho, se colocó en el bufete de un amigo de su padre y no le iba nada mal. Su progenitor la había apoyado en todo cuanto había emprendido. A veces, Darío sentía celos porque creía que Silvia era su ojito derecho.
«¿Y yo? ¿Qué tengo yo?», se preguntó. Nunca consiguió terminar sus estudios de antropología y jamás se había sentido respaldado por su familia. La única que le hacía algo de caso era Silvia. Era una pija recalcitrante, sí, pero él la adoraba. Siempre lo había protegido y cuidado como si fuese su hijo en vez de su hermano. «Y ahora --pensó-- la puedo meter en un buen lío si papá y mamá se enteran de que estoy viviendo aquí.»
A la mañana siguiente se levantó temprano. Dormía mal desde que tuvo el encuentro con el «ser de los ojos rojos». Silvia ya se había ido a trabajar. El café estaba hecho; sólo tuvo que calentarlo en el microondas. Se preparó un par de tostadas con mantequilla y mermelada. Después, se dio una ducha y se dirigió a pie a Darkgotic, la tienda de la que le había hablado el tatuador. Al salir, el portero del bloque le echó una mirada de desprecio. ¿O acaso era de temor?
Cuando llegó, la tienda aún estaba cerrada, por lo que tuvo que hacer tiempo en la calle. Un nutrido grupo de los negocios que configuraban el submundo gótico seguían las pautas de comportamiento de sus clientes. ¿Para qué abrir a las diez si éstos no se iban a presentar antes de las doce? Por su manera de ver la vida, muchos góticos terminaban buscando ocupaciones nocturnas.
No era la primera vez que Darío pisaba aquella tienda. Había estado allí varias veces, aunque siempre como cliente. No había demasiados lugares a los que dirigirse para comprar ropa gótica. La mayoría se hacía por encargo. El usuario les explicaba con exactitud qué deseaba y ellos --por un precio nada asequible-- se dedicaban a transformar su fantasía en realidad. Darío se sentía bien en ese tipo de locales, ya que nadie le miraba como lo había hecho el portero aquella mañana.
--Vengo de parte de Bloodfinger. Estoy buscando trabajo.
--¿Sabes de corte y confección? --preguntó el encargado.
--No, pero puedo atender a la clientela. Sé bien qué tipo de cosas buscan.
--Es que no nos hace falta un dependiente. Lo siento. La mayoría de la ropa se hace por encargo. Si supieras corte y confección quizá tendríamos trabajo para ti. La confección de este tipo de ropa es laboriosa y lleva su tiempo. Pero, bueno, eso tú ya lo sabes --dijo señalando su levita.
Al salir, preguntó el precio de un crucifijo de plata labrada que había en el escaparate. Costaba sesenta euros. Demasiado caro. No podía permitírselo. Los buenos tiempos se habían acabado.
A la hora de comer se compró un perrito caliente. Lo devoró con avidez y se dirigió caminando hacia el cementerio de la Almudena. Quería ver a Raúl, su amigo del alma. Llevaba varios años enterrado en aquel lugar. A pesar de la considerable extensión del recinto, Darío sabía bien dónde se encontraba el nicho de su amigo. No había vuelto a verlo desde que ocurrió el incidente judicial. Se había mantenido alejado del cementerio para evitar problemas.
Pero hoy, más que nunca, necesitaba su compañía. Se sentía desamparado. La versión oficial sostenía que Raúl se había suicidado, pero lo cierto es que nadie encontró motivos que justificaran su decisión. Darío estaba convencido de que en realidad se había quitado la vida porque no supo controlar su miedo. Estaban juntos la noche en la que vieron al «ser de los ojos rojos». Darío consiguió salir adelante, pero Raúl era más débil y se quedó en el camino.



Habían ido a la fiesta de cumpleaños de un compañero de clase. Pasadas las once, como ambos vivían cerca, decidieron regresar juntos. De la oscuridad surgió de repente una sombra alta, una figura misteriosa que empezó a seguirlos. Conscientes de la situación, los adolescentes apretaron el paso hasta que pudieron dar esquinazo al extraño ser, que caminaba con paso suave y sigiloso. Se ocultaron en un soportal y observaron cómo esa cosa pasaba de largo sin llegar a advertir que estaban escondidos.
Estaban muertos de miedo y contenían sus respiraciones entrecortadas para evitar que los jadeos pudieran delatarles. Al cruzar por delante de su posición, se fijaron en sus ojos. ¡Eran rojos como carbones ardientes! Aquélla no era una persona, ¡tenía el rostro desdibujado! No fueron capaces de distinguir sus facciones, sólo sus ojos malignos, que ya nunca podrían olvidar. Permanecieron escondidos un buen rato. Temían que si abandonaban su escondite aquel ser podría atraparlos. Sólo cuando se sintieron un poco más seguros salieron corriendo despavoridos, cada uno hacia su casa.
Ésa fue la última vez que Darío vio con vida a su amigo. Al día siguiente se enteró de que Raúl se había quitado la vida. Nadie se explicó jamás por qué lo hizo y el joven no se atrevió a decir nada. Aún se sentía demasiado impactado por lo ocurrido. Con el tiempo quiso hablar, pero pensó que nadie iba a creerle, así que guardó en secreto su terrorífica vivencia.



Darío se agachó. El nicho de Raúl se encontraba en la parte baja del mural. Acarició la foto de su amigo; estaba deteriorada por las inclemencias del tiempo.
--¿Cómo estás, Raúl?
No hubo respuesta.
Permaneció en el camposanto hasta que anocheció hablándole, contándole chistes y explicándole todo cuanto le había sucedido desde la última vez que fue a verle. A pesar de las circunstancias, era su mejor amigo y siempre estarían juntos.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:21 pm

12

Analisa estaba convencida de que Patro ocultaba algo aunque no sabría determinar qué era. Tal vez su tía estaba en lo cierto con respecto a ella. «¡Pobre Emersinda! ¡Cuánto miedo debió de pasar! Inválida, aislada y a merced de una mujer cuyas intenciones no están claras», pensó la joven.
Lo que más le había sorprendido de la doncella era su capacidad para inventar patrañas. Parecía tratarse de una embustera que quizá llegaba a creerse sus propias mentiras. Su capacidad de engaño era sólo equiparable a su ambición. Si todo cuanto le había referido eran elaboradas estratagemas, ¿le habría mentido también con respecto a la extraña muerte de las anteriores doncellas? Tal vez, excepto Felisa --cuyo cadáver había podido contemplar con sus propios ojos--, las otras estaban vivas y a salvo en sus casas. Ojalá fuese así.
Sin embargo, las lágrimas y los temores de Patro parecían tan auténticos que Analisa aún albergaba dudas que no se atrevía a formular en voz alta y que no le permitían serenar su espíritu. En esa historia había algo que no terminaba de encajarle.
La situación era insostenible. Tenía que salir de dudas. No era posible mantener a una persona trabajando en casa si no confiaba en ella. Así pues, la joven decidió indagar por su cuenta. Hasta ahora sólo había recibido informaciones parciales, sesgadas. Lo que precisaba era la opinión de alguien objetivo.
El único lugar donde podría hallar respuestas era el pueblo. En consecuencia, planeó un viaje a escondidas de su tía y de Patro, aunque Analisa tuvo que pedirle a Patro que avisara a Pedro, el cochero con el que había viajado desde Madrid, se cuidó mucho de exponer los motivos reales de su salida.
Aprovechó para ir por la mañana, cuando la doncella se encontraba inmersa en las labores domésticas en casa de su tía. No quería dejar a Emersinda sola, así que se propuso no pasar fuera demasiado tiempo. De este modo evitaría que Patro tramara alguna artimaña a sus espaldas.
Analisa pidió al cochero que la condujera hasta la iglesia de Santa María de la Asunción. Era un edificio frío y lóbrego, de estilo gótico-mudejar, construido entre los siglos XV y XVI. Allí se encontró con don Pascual, el párroco, un hombre de edad avanzada, desdentado y calvo. Tras saber quién era, el religioso dejó sus ocupaciones a un lado y se dispuso a atenderla.
--Padre, ¿conoce usted a Patrocinio, la esposa del zapatero?
--Claro que sí, hija. Éste es un pueblo pequeño.
--No sé si sabe que ella sirve en casa de mi tía.
--Lo sé, lo sé. Aquí nos conocemos todos y precisamente, Patro es una de mis feligresas más piadosas y devotas. No se pierde un oficio aunque caigan chuzos de punta.
Analisa esbozó una mueca de extrañeza, pero pensó que aquello no significaba nada. Algunos grandes devotos habían resultado ser a la postre grandes hipócritas.
--Padre, confidencialmente, ¿qué opinión le merece esta mujer?
--¿Qué quiere que piense? Es una feligresa temerosa del Señor, una madre estupenda y, por lo que tengo entendido, una amantísima esposa.
Su asombro iba en aumento: aquello no encajaba en absoluto con las acusaciones de su tía. Parecía evidente que alguien mentía, pero... ¿quién?
--Eso me pareció a mí también, pero...
--¿Pero qué, señorita Analisa?
--¿Puedo hablarle con franqueza sabiendo que cuento con su discreción?
--Puede y debe --repuso el religioso--. Todo cuando le ocurre a mi rebaño es de mi incumbencia.
--Han pasado algunas cosas extrañas que no sé bien cómo debo interpretar y necesito saber si Patro es una persona de fiar.
--De mi absoluta confianza. A veces, sólo por su afán de ayudar, me prepara comida caliente y pan. Es más, en cierta ocasión me encontré postrado en cama, incapaz de valerme por mí mismo, y ella, bendita mujer, me atendió como si fuera su propio padre.
--¿No es ambiciosa y embustera?
--¡Por Dios santo! Esa mujer es incapaz de lanzar un embuste aunque le vaya la vida en ello --apostilló--, y mucho menos de conocer el significado de la palabra ambición. ¿Pero por qué tiene usted tan mal concepto de esa cándida mujer? --preguntó frunciendo el ceño--. Es cierto, y seguro que no le descubro nada nuevo, que es más bruta que un arado. Eso no voy a discutírselo. Sin embargo, no la creo capaz de esconder ni un solo pensamiento impuro.
--Apenas la conozco. Sólo intento esclarecer algunas cosas y ya veo que usted tiene muy buen concepto de ella.
--Lo tengo, es cierto. No puedo más que dedicar palabras amables y caritativas a tan noble alma.
--Una cosa más, padre...
--Pregunte, pregunte sin miedo. Es preferible preguntar que acusar sin fundamento.
--¿Sabe qué les ocurrió a las anteriores chicas que trabajaron para mi tía? Tengo entendido que murieron en extrañas circunstancias.
--¡Ay, sí! Fueron hechos muy luctuosos y desagradables. No quiera usted estar al tanto de eso. ¡Es mejor ni mentarlo! --exclamó haciendo grandes aspavientos.
--Si no le importa, cuénteme lo que sepa sobre ese asunto.
--¿Qué quiere que le cuente? Las asesinaron. Eso es todo --dijo el párroco persignándose--. Joven, créame: habita un alma maligna por estos contornos, un secuaz del diablo capaz de absorber la sangre a los mortales con tal de consagrarse a la vida eterna que le ofrece el Innombrable.
De modo que Patro no mentía. Analisa sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta. Era como si la sangre hubiese dejado de fluir por sus venas. No le quedó más remedio que apoyarse en uno de los fríos bancos de la iglesia.
Don Pascual advirtió su turbación.
--¿Se encuentra bien? ¡Por el amor de Dios, siéntese si advierte que va a desplomarse!
Analisa obedeció. Notó que las fuerzas la abandonaban.
--¿Qué tiene? ¿Qué mal la aqueja?
La joven no contestó. Oía la voz de don Pascual en la lejanía, como si le hablara desde el pulpito. Luego todo fue oscuridad; se había desvanecido.
El párroco se dirigió a la pila, extrajo un pañuelo de su sotana, se santiguó y lo empapó con agua bendita. Después, se lo aplicó en la frente y en la nuca. La joven estaba tan blanca como una plancha de mármol.
--¿Se encuentra mejor?
--Sí --balbuceó la joven volviendo en sí--. Ya me encuentro bien.
--No tiene buena cara. Está muy pálida.
--Ha debido de ser la presión del corsé.
--¿Y qué son esas marcas que he observado en su cuello? --inquirió el párroco horrorizado.
--¿A qué marcas se refiere?
--¡A éstas! --dijo al tiempo que las tocaba con la punta del dedo índice--. ¿Le duelen?
Analisa negó con la cabeza.
Había mentido a un ministro del Señor. Y lo peor es que no sabía qué le había impulsado a hacerlo. Tenía aquellas heridas desde hacía un par de días y desconocía qué las había originado. Además, se encontraba débil, cansada e inquieta.
--¿Seguro? Parecen muy profundas. ¿Ha sangrado?
--No, que yo sepa. Debe de haber sido algún mosquito.
--Lo dudo. Son demasiado penetrantes. Debe verla un médico de inmediato --advirtió don Pascual alarmado--. ¿Por qué no me acompaña a casa del boticario? Él sabrá cómo proceder.
De nuevo una fuerza misteriosa se adueñó de ella impeliéndola a mentir.
--¡No! ¡Imposible! Debo regresar junto a mi tía. Me está esperando para almorzar.
Por supuesto que Emersinda no estaba esperándola para comer. ¡Nunca comían juntas!
--Pero sólo será un momento. Vive muy cerca.
--No insista, padre. Se lo agradezco de todo corazón, pero tengo que marcharme. Mi tía, mi tía... me necesita.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:21 pm

13

Violeta levantó la trampilla con sigilo. Se cuestionaba si debía o no descender por ella. La había descubierto por pura casualidad, cuando tropezó con la alfombrilla que la cubría. Nunca había visto algo semejante en la casa de nadie, aunque, debido a su carácter solitario, tampoco había frecuentado demasiadas casas que no fueran la de su madre.
Abajo todo era oscuridad.
«¿Qué habrá ahí?», se preguntó.



Desde que Ana le diera a beber la sangre de su dedo, algo en la actitud de Violeta se había modificado. Ansiaba el momento en que aquella desconocida volviera a suministrarle otro trago de vida. Sólo fueron dos o tres gotas, pero habían bastado para proporcionarle un cúmulo de emociones tan excitantes que no era capaz de concebir una experiencia más sublime que aquélla. Ana ejercía sobre la joven una fascinación sin parangón en su corta existencia.
Cuando cayó la noche, la no-muerta se marchó sin darle ninguna explicación y Violeta se sintió un poco ofendida. «¿Significa su silencio que no confía en mí?» Ana no le había prohibido salir de la casa y, aunque la lógica le dictaba que debía huir mientras pudiera hacerlo, era incapaz de abrir la puerta que la separaba de la libertad. De haberlo intentado, quizá habría descubierto que se hallaba cerrada con llave. Se limitó a deshacer su mochila y a colocar sus cosas en la habitación de los invitados. Se sentía intranquila, pero se quedó dormida con más facilidad de la que esperaba. Pasadas las cuatro de la madrugada oyó pasos. Ana había regresado. Violeta no se atrevió a moverse. Temía que pudiera molestarla sentir vulnerada su intimidad, así que permaneció callada hasta que de nuevo se hizo el silencio.
A la mañana siguiente descubrió que aquella misteriosa mujer dormía en una habitación protegida por una puerta especial que sólo podía ser franqueada introduciendo una clave numérica, lo cual hacía imposible acceder allí.
Violeta notó un gusanillo en el estómago; tenía hambre. No había ingerido ningún alimento desde que pisara esa casa, por lo que se dirigió a la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. Pero descubrió que no había nada comestible. Los armarios estaban vacíos y la nevera parecía un elemento decorativo. No había nada dentro.
No sabía cómo actuar. ¿Debía salir a comprar algo de comida o tan sólo limitarse a esperar instrucciones de su anfitriona? Decidió aguardar a que se levantara. Estuvo viendo la televisión buena parte de la mañana hasta que se cansó de no hacer nada. Estaba muy aburrida. Entonces fue cuando se puso a deambular por la casa. Junto a la cadena de música observó, entre otros muchos CD, un buen número de discos de música clásica. Puso uno al azar y se dejó envolver por su suave melodía. Después, se dedicó a examinar el resto de las habitaciones. Todo parecía normal, aunque para su gusto, quizá era un poco frío e impersonal.
Mientras caminaba por uno de los pasillos se tropezó con una alfombrilla. Entonces fue cuando se percató de que había quedado al descubierto una trampilla secreta. Sintió curiosidad y acabó por sucumbir a la tentación. Aquella trampilla debía de conducir a algún sitio interesante. De otro modo, no estaría oculta.
Acertó a pulsar a tientas el interruptor de la luz.
En el sótano se ocultaba una habitación carente de toda decoración. Parecía más bien un almacén. «¿Pero un almacén de qué?», se preguntó Violeta.
Lo supo muy pronto. La habitación estaba llena de modernos congeladores. Había espacio suficiente para conservar cientos de saquetes de pescado. Sin embargo, al abrir uno de los asépticos electrodomésticos descubrió que no había ni pescado, ni croquetas, ni hielo... ¡sólo sangre!
Contempló el «botín» que ocultaba su anfitriona primero con estupefacción y después con interés. La sangre de Ana poseía un poder adictivo. «¿Será este líquido igual de mágico y delicioso que el que probé ayer?», pensó.
--¿Quién te ha dado permiso para bajar aquí? --preguntó una voz a sus espaldas.
Violeta se giró asustada. Ana estaba de pie junto a la trampilla. Ni siquiera la había oído bajar. Estaba descalza y aún llevaba el camisón. Era evidente que acababa de levantarse de un profundo sueño, pero aun así a Violeta se le antojó arrebatadoramente bella.
--Tropecé sin querer con la trampilla. Yo, yo... --titubeó la joven--. Fue sin querer. Me aburría y...
--Está bien, no pasa nada --la interrumpió Ana--. Tarde o temprano ibas a descubrir mi «cámara secreta».
--Lo siento. No pretendía inmiscuirme en tus cosas.
Ana avanzó hacia ella, tomó la bolsa de sangre que Violeta tenía entre sus dedos y la colocó en su lugar como quien atesora una reliquia. Después, cerró el congelador de un golpe brusco y seco. El sonido retumbó por toda la estancia.
Violeta retrocedió acongojada.
--Querida Darky, esto es lo más cerca que estarás de mi sangre. No quiero que vuelvas a tocar estos botes salvo que te lo ordene. ¿Está claro?
Su voz sonaba firme, pero suave. El poder de su mirada era hipnótico y su voz... Aquella voz sonaba como un arrullo, como una canción de cuna.
--Sí. No volverá a ocurrir.
--Estarás hambrienta.
--Sí, pero no he encontrado nada comestible en la cocina.
--¿Tanto como para apoderarte de mi comida? --preguntó señalando los congeladores.
--No. Jamás haría nada que pudiera perjudicarte --contestó sin saber qué la había impulsado a pronunciar esas palabras. Era como si, en determinados momentos, fuera otra persona la que hablara por su boca.
--Buena chica --dijo dándole una palmadita en la espalda mientras la conducía por las escaleras hacia el piso superior--. No creo que quieras que me enfade. Cuando esto ocurre tengo muy mal carácter. Créeme, no te conviene verme en ese estado. Y ahora te daré algún dinero para que vayas a comprar tu comida. Conmigo no te faltará de nada. Considérate mi invitada especial. Y si te portas bien --añadió mirándola fijamente a los ojos--, puede que te ofrezca un poco más de mi propia sangre. Sé que te gustó la experiencia, ¿verdad?
El rostro de Violeta se transformó. La sola posibilidad de recibir unas gotas más de su sangre privilegiada provocó que le diera un vuelco el corazón.
Ana le entregó algún dinero.
--Ve también a comprarte ropa.
--¿Por qué? ¿No te gusta la que llevo?
--Me encanta, Darky, pero no quiero que llames la atención. Debemos pasar desapercibidas. Recuerda que la gente no puede saber quién soy realmente.
--Aunque lo pregonase a los cuatro vientos, nadie me creería.
--Eso es cierto, pero la gente puede imaginarse cosas que en nada nos beneficiarían. ¿Nunca has escuchado el tópico que afirma que la fuerza de los vampiros reside en que nadie cree en su existencia?
--Sí.
--Pues, es una gran verdad, Darky. Y ahora ve a comprar. No me gusta que mis invitados pasen hambre. Después charlaremos. Tengo algunas propuestas para ti.
Violeta salió a la calle. Se sentía pletórica. Por fin había encontrado un sentido a su vida. Para su desgracia, ni siquiera sopesó la posibilidad de escapar.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:22 pm

14

Aún mareada, Analisa subió precipitadamente al carruaje. Don Pascual la seguía unos pasos por detrás intentando darle alcance.
--¡Señorita, espere! No creo que esté en condiciones de irse.
--Padre, ya le he dicho que me encuentro bien --mintió de nuevo impulsada por aquella misteriosa «voz» que parecía haberse apropiado de su mente.
Don Pascual era un hombre tenaz y tiraba de la portezuela del carruaje para evitar que la cerrara.
--No puede irse sin más. Debemos averiguar qué son esas profundas marcas que tiene en el cuello --explicó intentando convencerla--. Sepa que usted no ha sido la única ni la primera.
Analisa, que tiraba a su vez hacia adentro, aflojó un poco la tensión dejando resbalar el guante que cubría su mano.
--¿Qué quiere decir, padre?
--Para aliviar el alma de los enfermos viajo mucho a otros pueblos de la zona --explicó restregando la manga de la sotana contra su frente. A pesar del frío reinante, don Pascual se sentía asfixiado por la carrera--. Y en mis viajes he visto cosas que no creería.
La joven sintió que se le revolvían las tripas. En el fondo sabía que debía escuchar las palabras del sacerdote. Sin embargo, había algo que le impedía emplear el sentido común. Era como si una fuerza misteriosa se hubiera apoderado de ella obligándola a hacer y a decir cosas que, en el fondo, iban contra su manera de sentir y de pensar.
--Padre, lamento no poder seguir escuchándole. Mi tía está muy enferma y me necesita. Debo irme. Ya hablaremos otro día --dijo Analisa cerrando la portezuela de un golpe seco.
--Quizá no haya otra ocasión.
Pedro, el cochero, no entendía nada. El clero siempre había disfrutado de un gran poder sociopolítico, y jamás había visto a nadie tratar de aquella manera a un ministro del Señor. Así pues, cuando Analisa le dio la orden de azuzar a los caballos no supo a quién obedecer, si a la mujer que le había contratado o al sacerdote.
--¿No me ha oído? --inquirió la joven--. Le he dicho que nos marchamos.
--¡Espere! --gritó don Pascual tocando con los nudillos en el cristal de la ventanilla--. Si no quiere escucharme, al menos tenga esto --dijo sacando algo del bolsillo--. Es usted muy cabezota. Espero que no tenga que arrepentirse de su decisión.
La joven observó el objeto que don Pascual le tendía. Era una fina cadena de la que pendía un crucifijo.
--Está bendecido --explicó el religioso.
Esta vez Analisa fue incapaz de negarse. Abrió la portezuela y tomó la cruz a regañadientes. Después, le dio las gracias con brusquedad y ordenó a Pedro que iniciara la marcha.
De camino a casa de Emersinda, Analisa sopesaba qué iba a decirle a su tía. Era evidente que la había mentido, al menos en lo tocante a Patro. Había algo muy extraño en todo aquel asunto y la joven había empezado a recelar de su pariente. Tal vez Patro tenía razón cuando le dijo que lo mejor era que se marchara de aquella casa. La «voz» interior había desaparecido y de nuevo era capaz de pensar con claridad. Oscuros presagios atenazaban su espíritu. Sentía que algo terrible iba a ocurrir, pero no imaginaba qué. Por puro instinto, asió con fuerza la cruz entre sus manos.
Cuando a lo lejos divisó la casa, ya había tomado una determinación. No había nada más que discutir: al día siguiente regresaría a Madrid. Prepararía su equipaje y descansaría antes de partir. No se encontraba bien: se sentía débil, apática y mareada. Y aquellas marcas de su cuello le dolían a rabiar. Notaba calor en la zona y palpitaciones, como si su corazón se hubiera desplazado hacia el cuello.
Analisa comunicó su decisión a Pedro. Esperaba que éste pudiera llevarla en su carruaje.
El cochero se sentía desconcertado.
--¿Mañana? ¿Un viaje tan largo?
--Sí. A primera hora. Le pagaré generosamente.
--Perdone mi atrevimiento, señorita Analisa, pero antes me ha parecido oírle mencionar que su tía estaba muy enferma y que no podía dejarla sola.
La joven no estaba dispuesta a ofrecer explicaciones.
--¿Puede hacer el viaje o no? Debo saberlo de inmediato. Si usted no está disponible, tendré que buscar a otra persona.
Viendo que se arriesgaba a perder la oportunidad de ganar un dinero, Pedro asintió con la cabeza.
--Bueno, es un poco precipitado, pero hablaré con mi esposa y mañana la recogeré hacia las nueve. Debo dar tiempo a los caballos para que descansen.
--Perfecto. Mañana a las nueve le estaré esperando --dijo bajándose del carruaje.
Con las prisas no advirtió que había olvidado el crucifijo en el asiento. No lo echaría en falta hasta horas después de haberse puesto el sol.
Al entrar en la casa se tropezó con Patro. Estaba a punto de marcharse después de su jornada laboral.
--¡Ah, Patro! Está aquí todavía.
--Sí, pero ya me iba, señorita.
La doncella parecía distante. No era de extrañar, después de las acusaciones que había recibido.
--Si no tiene prisa, me gustaría hablar con usted un momento.
--Claro, señorita. Lo que usted mande.
--Verá, quería decirle que he decidido regresar a Madrid. Y también deseo darle las gracias por todo cuanto ha hecho durante mi estancia en esta casa.
Patro abrió los ojos como platos. Estaba realmente sorprendida. Parecía imposible que la joven hubiera entrado en razón. ¿Qué le habría hecho cambiar de parecer? Sus palabras sonaban como una disculpa, y no era habitual que los señores se excusaran ante los sirvientes.
--No comprendo, señorita. ¿Dice que se marcha?
--Sí. Mañana a primera hora. Pedro vendrá a buscarme. Se lo comento por si quiere aprovechar el viaje para acercarse con él en lugar de venir por su cuenta.
--¿Y su tía? ¿Lo sabe? ¿Piensa llevarla consigo?
La joven no estaba dispuesta a esclarecer los motivos que la habían llevado a adoptar aquella medida. Hacerlo supondría dejar a Emersinda en una posición más que embarazosa. No podía decirle que sospechaba que había algo anormal en su comportamiento.
--No, ella se queda. Su salud es demasiado delicada para realizar un viaje de esta naturaleza.
Patro se dio cuenta de que la joven no iba a darle más explicaciones.
--Bien. Entonces, si lo desea, mañana puedo traer algo de pan y queso para prepararle algo de almuerzo para el trayecto.
--Me parece muy oportuno. Hasta mañana, Patro.
--Hasta mañana, señorita.



Después de que Patro se marchara, Analisa se dirigió hacia su habitación para preparar el equipaje. Al pasar cerca de la alcoba de su tía, a la que creía dormida, oyó cómo la llamaba.
--¡Analisa, Analisa!, ¿puedes venir?
La joven obedeció.
La encontró tendida en la cama acariciando su inseparable camafeo. Jadeaba y parecía tener dificultades para respirar. Al verla en ese lamentable estado le asaltaron los remordimientos. «¿Seré capaz de marcharme dejándola en estas condiciones?», se preguntó. Sentía lástima por ella, pero aun así era incapaz de olvidar todos sus embustes, que casi habían logrado acabar con su cordura. No se fiaba de su tía. Había algo siniestro en aquella mujer. «¿Y si no está tan enferma como sostiene?», pensó con el corazón en un puño.
--Querida, no he podido evitar escuchar que te vas.
Analisa se quedó petrificada. ¿Cómo podía haberla oído si su habitación se encontraba alejada de la cocina? Además, la doncella y ella habían hablado en tono bajo. No sabía qué responder. Pensaba decírselo, pero no había tenido tiempo de planear cómo lo haría. No esperaba tener que darle explicaciones tan pronto.
--Sí. Finalmente he decidido marcharme.
--¿Y cuándo ibas a decírmelo? ¿O quizá no pensabas hacerlo?
Sus ojos echaban fuego, pero su voz sonaba débil y entrecortada.
--Si no te lo he contado antes es porque acabo de decidirlo y pensaba que estabas dormida.
--Pero, en cambio, te ha faltado tiempo para pregonarlo entre el servicio --replicó la anciana--. Y más sabiendo todo lo que te conté sobre esa pérfida mujer.
Analisa no pensaba ceder. La decisión estaba tomada.
--Ése es uno de los motivos por los que regreso a Madrid. Sé que me has estado mintiendo con respecto a Patro. No es la mujer perversa que me has hecho creer que era.
--¡Oh, sí que lo es! ¿Ves? Por fin ha conseguido su objetivo: ponerte en mi contra para que me abandones.
No había vuelta atrás. Sus tejemanejes ya no surtían el efecto deseado.
--No ha sido ella. He pedido referencias en el pueblo y, al parecer, nadie es capaz de apreciar la maldad que tú presupones.
--¿Qué se puede esperar de la gente del pueblo? Son todos igual de zafios e ignorantes.
--Un sacerdote no mentiría y don Pascual afirma que es una excelente persona.
Emersinda guardó silencio. Su rostro reflejaba que era consciente de haber perdido la batalla.
--Entonces, te vas. Pero al menos pasarás aquí la noche, ¿no?
--Sí. Me quedaré esta noche. Me iré a primera hora.
--¡No sabes cuánto me apena tu decisión! Creí que podríamos llevarnos bien. ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
--Lo estoy.
--Me has decepcionado.



Avanzada la tarde se desencadenó una estrepitosa tormenta. Desde la ventana del salón Analisa veía el cielo y las ramas de los árboles iluminados, amenazantes y tenebrosos. Rogó para que terminara pronto. De otro modo, los caminos quedarían embarrados y se haría muy difícil viajar en esas condiciones. Y, dadas las circunstancias, no quería tener que pasar una noche más en aquel lugar. El solo hecho de imaginarlo le provocaba escalofríos.
Cenó frugalmente. Aún sentía opresión en el pecho. Los mareos tampoco habían desaparecido. Se encontraba cada vez más débil y el dolor punzante en el cuello le había provocado fiebre, así que se acostó temprano. Antes de hacerlo, tocó con los nudillos en la puerta de la habitación de Emersinda. Quería despedirse. Sabía que, debido a sus extraños horarios, por la mañana no la vería.
--¡Márchate! Ve a descansar. ¡Para mí has muerto! --fue la agria respuesta que recibió a través de la puerta.
Analisa no tomó la infusión que le había recomendado su tía, pues únicamente había contribuido a acrecentar sus males. Se cubrió el cuello con un foulard y se acostó. Sólo deseaba dormir, descansar y aislarse de todo. Las últimas palabras de Emersinda habían logrado ensombrecer su estado de ánimo. No comprendía su manera de reaccionar. Aquel «para mí has muerto» había calado hondo en su espíritu.
Antes de que tuviera tiempo de apagar el candil, una ráfaga de viento helado lo extinguió. En ese momento sintió un desasosiego parecido al que había experimentado la noche en que apareció el lobo en su alcoba y pensó en encomendarse al Señor, pero reparó en que no tenía el crucifijo que le había entregado don Pascual. No sabía en qué momento lo había extraviado, pero lo cierto es que ahora no contaba con su protección. No sabía por qué se sentía tan inquieta. En realidad, no había un motivo claro para sus temores, pero éstos eran tan reales como la fuerte tormenta que se desarrollaba en el exterior.
De vez en cuando los relámpagos iluminaban la estancia. Intentó desterrar los siniestros presagios que la atenazaban y, lentamente, lo consiguió. Por fin entró en un duermevela. Sin embargo, al cabo de unas horas un potente trueno le despertó. Adormilada y desorientada, su instinto la hizo mirar hacia la puerta de la alcoba.
Sintió que el corazón le daba un vuelco.
¡Estaba abierta!
Lo que le aterrorizó no fue tanto la certeza de saber que la había cerrado antes de acostarse, sino la incertidumbre de ignorar quién la había abierto.
Entonces le pareció oír algo. Permaneció en silencio, estremecida, sin atreverse a mover un solo músculo.
--Cuatro esquinitas tiene mi cama...
¡Alguien cantaba en su habitación!
--¡Dios mío! ¡Ayúdame! --gritó desesperada.
--... cuatro angelitos que me acompañan...
La voz sonaba infantil, como la de una niña que recita su oración antes de acostarse. En aquel momento percibió el movimiento de dos diminutas antorchas rojas que se desplazaban de un lado a otro al son de la canción. ¡Juraría que eran unos ojos!
En ese momento, la joven tuvo la certeza de que un demonio había entrado en aquel lugar. Horripilada, comenzó a rezar en susurros.
--... dos a los pies... dos a la cabecera... --prosiguió la voz.
Analisa elevó el tono del Padrenuestro, aunque intuyó que no iba a servirle de mucho.
--... y la Virgen María por compañera, que me dice:...
La oscuridad era total, pero se dio cuenta de que aquella voz melódica y dúctil se acercaba hacia donde estaba.
--... duerme y reposa, que yo te cuidaré...
La tenía encima, pegada a su oído. Podía sentir el aliento gélido de aquel ser en su garganta. Finalmente, sucumbió a la suave melodía...
--... de las malas cosas.
De pronto, un relámpago iluminó la habitación y pudo verla. ¡Era Emersinda! Estaba arrodillada junto a ella, sin su silla de ruedas. Era evidente que no la necesitaba para nada. La joven estaba paralizada. Quería gritar e incorporarse, pero, por algún motivo desconocido, no era capaz de hacerlo.
--Por más que le llames, tu Dios no vendrá a protegerte --le susurró al oído.
Después, todo fue oscuridad.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:22 pm

15

--Ropa negra --apuntó Darío.
--¿De verdad es necesario que me disfrace? --preguntó Alejo mientras ponía patas arriba su ropero. Por más que miraba entre sus cosas no lograba encontrar nada que al gótico le pareciera adecuado.
Darío le devolvió una mirada asesina. «¡So gilipollas!», pensó.
--Te guste o no, si quieres venir conmigo es necesario que te vistas como yo lo hago --impuso Darío revisando la ropa que Alejo había apartado--. Esto no sirve --dijo desechando una camisa negra con volantes--. Por lo que veo, te va el rollito a lo Bisbal.
Alejo, avergonzado, recuperó su camisa y la ocultó con disimulo en uno de los montones. No recordaba en qué momento la había adquirido, pero seguro que estaba enajenado cuando lo hizo.
--Esto puede valer --prosiguió Darío rescatando unos pantalones de cuero negro.
--Es un poco absurdo, ¿no? ¿Qué más da cómo me vista si a fin de cuentas voy a pagar mi entrada?
--Lo hacen para preservar el buen ambiente. Si todo el mundo entrase vestido con ropa de colorines, los locales góticos dejarían de serlo. Es verdad que en algunos hacen la vista gorda, pero no en los que yo frecuento. Además --dijo señalando la ropa que Alejo vestía en aquel momento--, así no vienes conmigo.
Alejo llevaba unos simples vaqueros, una camisa blanca y un jersey verde.
--¿Por qué no? ¿Qué le ocurre a mi ropa?
--Porque me da vergüenza. Me ha costado lo mío ser aceptado en esos ambientes para que alguien como tú venga a arruinar mi reputación.
--Pues sí que sois abiertos y permisivos tú y tus amiguitos góticos.



Sólo llevaba un par de días en casa de Alejo y resultaba evidente que Darío no se sentía nada cómodo con su nuevo alojamiento.
Se había armado de valor para pedirle prestado dinero a su hermana. Estaba desesperado. ¿Qué iba a hacer sin trabajo y sin fuente alguna de ingresos? Sin embargo, cuando vio su cara entristecida supo que algo iba mal y se abstuvo de pedirle nada.
--¿Qué ocurre? --preguntó sentándose a su lado en el sofá.
--Ha llamado papá.
--¿Y qué ha pasado para que estés así? Yo no le dije que iba a venir aquí. No puede saberlo.
--Ya lo sé. Pero no es tonto y se lo huele. Mañana vendrán mamá y él a cenar.
--¿A qué hora? Me marcho y punto. Ya veré dónde me meto, no te preocupes.
--No es sólo por eso. Tarde o temprano se van a enterar de que estás viviendo aquí.
--Y no quieres problemas, ¿es eso?
--En parte sí. Ya sabes que no me gusta andar con mentiras, y menos a ellos.
--No quiero meterte en un marrón. Me voy y se acabó --dijo Darío levantándose del sofá.
--¡Espera! ¡No seas así! --exclamó Silvia agarrándole de la manga de la camisa--. Siéntate un momento.
Darío obedeció.
--Hay algo más. Se me ha ocurrido una idea. Bueno, en realidad, no ha sido a mí, sino a Alejo.
--Si ha sido a Alejo, sólo puede ser alguna gilipollez. Ya sé que no debo meterme donde nadie me llama, pero aprovecho para decirte que tu novio no me gusta un pelo.
--Ya me he dado cuenta, pero tú no lo conoces. Cuando lo hagas, estoy segura de que cambiarás de opinión.
--No tengo intención de conocerlo, aunque si le veo le saludaré por deferencia hacia ti.
Silvia encendió un cigarrillo, aspiró y echó el humo hacia un lado para no molestar a su hermano.
--Pues que sepas que se ha ofrecido para cederte su casa el tiempo que haga falta. Y, la verdad, sería una buena solución para todos. Así no tendríamos que andarnos con mentiras. Además, vive bastante cerca. Podríamos vernos a menudo.
Darío se quedó de piedra.
--Pues no lo entiendo. Se nota que tampoco él me aguanta.
--Puede que al principio fuera así, pero ha cambiado de opinión.
--Querrá ganar puntos delante de ti.
--No es por eso por lo que lo hace. En realidad, quiere hacer un trato contigo.
--¿Un trato?
--Él te hace un hueco en su casa y tú le llevas a conocer esos ambientes que frecuentas.
--¿Cómo? ¿Y para qué carajo quiere venir conmigo?
--Te dije que Alejo escribía, ¿verdad? Pues bien, cuando discutisteis sobre lo de los vampiros se le ocurrió una idea para una futura novela. Por eso quiere que le enseñes ese ambiente tan «alegre» que, inexplicablemente, tanto te apasiona.
--¿Ves? Ya sabía que iba a ser alguna gilipollez.
--No me parece mal trato.
--¡Ni de coña!
--¿Pero por qué?
--Lo primero es que un tío como él, en ese tipo de locales, iba a dar el cante que te cagas y lo segundo es que paso de rollos raros.
--No seas tonto, Dari --dijo en tono cariñoso--. ¿Qué tiene de malo que salgáis juntos unas cuantas noches? Charláis, os tomáis una copita, le presentas a gente de ese mundillo. En fin, lo mismo que harías si el primo Carlos viniera a Madrid.
--Que no, que no tiene ni punto de comparación. Paso de esa movida.



Pero al final Darío se dejó convencer.
--¿Sólo traes esa maleta? --le preguntó Alejo al abrir la puerta.
Silvia y su hermano se habían presentado sin avisar y su casa estaba desordenada.
--Sí. Cuando me fui no pude llevarme nada más --musitó Darío aún impactado por la decisión que acababa de tomar. «¿Cómo es posible que me haya dejado liar?»
--Cariño, ¡cómo tienes la casa! Parece una leonera --intervino Silvia.
--Lo sé, lo sé --contestó Alejo mientras quitaba de en medio unos calcetines sucios que en algún momento había abandonado sobre el sofá--. Tienes razón. Si hubiera sabido que ibais a venir, la habría recogido.
Junto a una mesa llena de papeles se podía ver un ordenador portátil, unas gafas, una libreta de notas y varias tazas de café vacías.
--¿Estabas trabajando en el libro de cocina?
Nunca le había visto emprender un proyecto con tanta desgana como aquel encargo. Por eso, al ver la pantalla del ordenador encendida sintió cierta satisfacción.
--¿No era sobre vampiros? --inquirió Darío extrañado.
Alejo se acercó a la mesa y cerró la tapa del ordenador de golpe.
--Sí. Pero antes tiene que acabar otro sobre cocina --se apresuró a contestar Silvia.
Alejo no quería que su novia viese lo que había estado haciendo en realidad. Para acceder a convencer a su hermano, le había puesto como condición que acabase el encargo de Montalvo. ¿Cómo iba a decirle que todavía no había escrito una sola línea?
Decidió cambiar de tema.
--Sólo te pondré una norma --explicó Alejo dirigiéndose a Darío--: limpia lo que manches.



Antes de marcharse, Silvia le dio algún dinero a su hermano. No podía quedarse, tenía que irse a casa para atender a sus padres.
Y ahí estaban los dos, Darío y Alejo, frente a frente.
--No quiero que te lleves una falsa impresión --comentó Darío rompiendo el hielo--. Me caes como una patada en los huevos.
--Me parece estupendo. El sentimiento es recíproco.
--Bien.
--Vale.
Después de aquella «profunda» conversación, el escritor condujo a su huésped hasta un pequeño cuarto en el que habitualmente guardaba sus libros y algunos papeles. Luego, cenaron en silencio salchichas con patatas fritas congeladas y, acabada la cena, el joven gótico se retiró a leer. Alejo miró de soslayo el título del libro que Darío llevaba en sus manos: Los monstruos de la noche.
--Tendrás que prestármelo, ¿eh?
Darío no contestó; se limitó a asentir con la cabeza mientras desaparecía por el pasillo. Después, se metió en su nueva habitación y cerró la puerta para tener algo de intimidad. Desde que abandonara la casa de sus padres se le había olvidado lo que era eso.
Alejo permaneció en la sala de estar leyendo y tomando algunas notas. Pensó que aquel plan no iba a resultar sencillo. Si deseaba que Darío se abriese y le contase las cosas que quería saber, tendría que ganarse su confianza. Pero no imaginaba cómo podría conseguirlo.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Mar Dic 14, 2010 12:22 pm

16

Pasaban pocos minutos de las nueve de la mañana cuando el carruaje se detuvo frente a la puerta de la casa. De él descendieron Pedro y Patrocinio. Esta última llevaba una cesta, tal como le había prometido a Analisa, con pan recién hecho, queso de oveja y una jarra de leche para el desayuno.
Como de costumbre, la doncella abrió la puerta con su llave y se dirigió a la cocina. Pedro la seguía unos pasos por detrás.
--¡Señorita, señorita --gritó la doncella--, ya estamos aquí!
No hubo contestación.
La casa estaba silenciosa y tranquila.
El cochero y la doncella se miraron extrañados.
--¿Se habrá quedado dormida? --se atrevió a preguntar Pedro.
--Quién sabe.
Decidieron esperar en la cocina a que la joven diera señales de vida. No era apropiado que el servicio entrara a su alcoba para despertarla. Por tanto, Patro se colocó el delantal y empezó a calentar la leche. Por su parte, Pedro se sentó en una silla junto al mostrador y se preparó un tentempié. Primero partió con su navaja una rebanada de pan y, después, un gran trozo de queso. Mientras comía, intercalaba los bocados con tragos largos de vino de una bota que siempre llevaba consigo. El frío era traicionero por aquellas fechas y le vendría bien para el viaje. Pero el tiempo transcurría y la señorita no se presentaba. Ya eran casi las diez y Pedro había empezado a impacientarse.
--¡Tantas prisas, tantas prisas y ya son casi las diez!
--En esta casa son así. Un día dicen una cosa y al siguiente hacen lo contrario.
--Los señores son todos iguales. A más alcurnia, menos consideración --criticó el cochero.
--¡Digo! ¡Pero aquí se llevan la palma! Nunca había trabajado para nadie tan extraño como la señora, que duerme de día y supongo yo que vivirá de noche.
--Pues a mí la señorita no me parece mala gente --comentó el cochero profiriendo un sonoro eructo después de engullir su desayuno--. Y digo yo, ¿no le habrá ocurrido algo? Ayer no tenía buena cara y, hasta donde sé, tuvo un vahído en el pueblo.
--Mala cara sí tenía, sí.
--¿Y por qué no vas a ver?
--¿Yo? ¡Estás loco si crees que voy a asomarme a su habitación!
--¿Y qué? ¿Vamos a esperarla aquí toda la mañana? Si está indispuesta no voy a perder todo el día.
--Pues si está indispuesta que llame, que para eso tiene la campanilla --sentenció Patro.
--Creo que deberías asomarte y picar a su puerta.
--¡Te digo que yo no voy!
--Iría yo mismo, pero la señorita podría molestarse. ¡Anda, ve! Sólo te acercas y llamas a la puerta, a ver si contesta.
Fue, aunque maldiciendo entre dientes.
Pasado un rato, Patro regresó con cara de preocupación.
--¡No contesta! ¿Qué hacemos?
--¿Has picado bien? A ver si no te ha oído.
--¡Que sí! Que tiene que haberme oído por fuerza.
--¿Y no has entrado?
--¿Yo? ¡Válgame Dios! Ahí no entro ni aunque me paguen el doble. Me da miedo. Desde que hemos llegado tengo esa misma cosa que se me puso en las tripas el día que apareció el cadáver de la Felisa. ¡Mira que si la señorita está muerta también!
--¡Qué va a estar muerta! ¡No seas ceniza! Alguien tendrá que entrar, digo yo.
--Pues vamos los dos --dijo Patro con un hilo de voz.
La mujer estaba realmente asustada.
Frente a la habitación de Analisa, volvieron a llamar con insistencia.
--Señorita, ¿se encuentra bien? --gritó Pedro.
Silencio.
--¡Señorita, por favor, si puede oírnos, abra la puerta!
Más silencio.
--Abre la puerta, Patro. Aquí ocurre algo raro.
--Abre tú, que a mí me da no sé qué.
No deseaba hacerlo, pero no le quedó más remedio. Pedro giró el picaporte y abrió la puerta con precaución. No sabía qué podrían encontrarse al otro lado. Aunque no quería que Patro lo notara, también él se sentía inquieto. Estaba convencido de que algo muy desagradable les aguardaba. Y no se equivocaba. Analisa estaba tendida en su cama... muerta. Tenía los ojos abiertos, el cabello revuelto y la garganta destrozada. Sobre su cuello se dibujaban dos heridas punzantes cubiertas de sangre coagulada. Sobre las sábanas había algunos pelos de color parduzco, cortos y fuertes, como los de un animal. No cabía duda de que había sido atacada por alguien o por algo. De sus labios manaba un hilo de sangre seca.
--¡Lo sabía! Sabía que iba a pasar algo malo. ¡Ha sido el mismo demonio! --gritó Patro.
Aquello fue demasiado para la doncella, que no halló mejor defensa que el desmayo. Como atraída por un imán, se precipitó contra el suelo sin que Pedro pudiera hacer nada por evitarlo. El cochero se encontró entonces solo ante una terrible papeleta. ¿A quién debía atender? ¿Al vivo o al muerto? Pensó que, por desgracia, poco o nada podía hacer por la joven que estaba sobre la cama, así que se dedicó a abanicar a la doncella con su sombrero. De pronto, reparó en la existencia de la señora de la casa: doña Emersinda. ¿Dónde estaría? ¿Tendría conocimiento de la extraña muerte de su sobrina?
Por fortuna para Pedro, Patrocinio no tardó en volver en sí. Cuando la doncella abrió los ojos y recordó el panorama que la había llevado a perder la consciencia, estuvo tentada de volver a desmayarse. Pero el cochero no se lo permitió. Notó que éste le daba un par de suaves bofetadas para impedir un nuevo desvanecimiento.
Una vez que Patro se hubo recuperado, los sirvientes decidieron que lo mejor sería ir a buscar a la señora. Al principio, Patro no fue partidaria. Decía que la señora era muy rara y que desde el principio de empezar a servir doña Emersinda había dejado muy claro que no debía ser molestada por la mañana. Por este motivo siempre encontró dificultades para llevar a cabo la limpieza de su habitación. Luego terminó por acostumbrarse y hasta daba gracias a Dios por no tener que cruzarse con ella a diario.
Se sorprendió mucho el día en que la señorita Analisa llegó y más lo hizo todavía cuando descubrió que la joven no se asemejaba en nada a su tía. De hecho, la recién llegada parecía saber aún menos sobre su tía que la propia doncella. De otro modo, no se explicaba cómo había accedido a venir a aquel lugar tan lejano de su residencia en Madrid sólo para cuidar de una mujer tan misteriosa como intratable.
En otros tiempos doña Emersinda era bien distinta. En el pueblo todavía se recordaba cómo hacía muchos años la señora había sido una mujer caritativa, sociable y bondadosa. Sin embargo, su carácter cambió de manera radical, sin que nadie en la zona pudiera explicarse los motivos, y aquellos años en los que doña Emersinda parecía feliz y cercana pasaron a la historia. En la actualidad, la gente murmuraba sobre sus extravagantes costumbres y sobre todo acerca de las extrañas muertes relacionadas, de algún modo, con su casa o con ella misma.
Su elevada posición socioeconómica le había permitido permanecer impune sin que nadie se atreviese a realizar una investigación que sirviera para aclarar si existía una relación directa entre la muerte de sus doncellas y doña Emersinda. A fin de cuentas, todas habían trabajado para ella y, sin embargo, la enigmática mujer ni siquiera había sido interrogada al respecto. Tal vez era cierto aquel dicho que afirmaba que el dinero es capaz de taparlo todo. Pero ahora era innegable que existía una razón más que poderosa para que alguien se aventurara a pedirle cuentas. Su sobrina había sido brutalmente asesinada y ella no podía quedar al margen de lo sucedido como en otras ocasiones.
No obstante, cuando, después de haber llamado a su puerta sin obtener respuesta, Pedro reunió las fuerzas necesarias para penetrar en la alcoba de la señora, descubrió que ella también estaba muerta. Pero, en su caso no encontraron signos visibles de que se hubiera producido una muerte violenta.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:57 am

17

Violeta se sentía muy a gusto en casa de Ana. Al menos, así era durante buena parte del día. Sin embargo, en algunos momentos no podía impedir que aquella ansia se adueñara de ella y la condujera a un sentimiento de extrema angustia cuya naturaleza no podía entender o, quizá, no comprendía porque temía ahondar en algunas de las emociones que a ratos la invadían.
No entendía, por ejemplo, por qué Ana se había negado a convertirla en un ser como ella. Para esto hubiera sido preciso que después de darle a probar su sangre la hubiera matado. Sin embargo, con su negativa, ahora no era del todo humana ni, por supuesto, no-muerta. Darle a probar su sangre inmortal le había generado una constante sensación de avidez, y no sólo de comida terrenal; se pasaba el día ansiando que Ana le proporcionara otro soplo de eternidad. Para no morir de inanición debía obligarse a seguir ingiriendo alimentos, pero éstos, sin duda, ya no le proporcionaban el mismo placer que antes de haber probado el fluido sagrado. Comer se había convertido en un trámite a cumplir.
La joven a veces pensaba que Ana sólo la tenía a su lado para resolverle cuestiones mundanas que ella no podía o no quería asumir. Limpiaba, se encargaba de los recados que requerían una presencia física y de que todo estuviera a punto cuando la no-muerta se despertara. Menos cocinar para ella, hacía de todo.
Y eso es justamente en lo que se había convertido: en su sirviente o, mejor dicho, en su esclava, y no en un sentido sexual (quién sabe si esto hubiera agradado a Violeta), sino en la acepción más amplia de la palabra. Desde que la esclavitud fuera abolida definitivamente en 1888, se había acabado --al menos en apariencia-- con el sometimiento físico, pero no con otras formas de opresión que continuaban dominando el mundo de manera solapada.
Violeta se había transformado, sin siquiera sospecharlo, en su esclava. Y lo más grave de todo es que era feliz con su nueva condición. Así funcionaba el poder manipulador de los vampiros: eran capaces de recrear las ilusiones más poderosas y atractivas con tal de hacerse con el control de lo que les interesaba. Y aquella mujer no era una excepción dentro de su complejo engranaje regido por jerarquías. Cuanto más antiguos eran los vampiros, más poderosos se tornaban. Y Ana, sin duda, era un alma vieja. Sólo un ser más pretérito que ella habría podido dominarla o esclavizarla a su antojo.
De vez en cuando, la no-muerta le suministraba un poco más de su sangre, sólo un par de gotas, pero tan concentradas que continuaban obrando el efecto deseado de dependencia entre esclava y ama. Violeta era un ser dependiente, una adicta a Ana. ¿Pero hasta qué punto? Ana quería saberlo con certeza, y por eso había maquinado una prueba, la definitiva.



Se encontraban en el salón y la vampira acababa de darle a beber un par de gotas de su sangre. Violeta estaba sentada en la alfombra, a los pies de la no-muerta, sintiendo aquel éxtasis ponzoñoso, inigualable a nada que hubiera conocido con anterioridad. Tenía los ojos cerrados y su cabeza, ladeada, reposaba sobre las piernas de Ana. Fue entonces cuando ésta la agarró suavemente del pelo y le dijo al oído:
--¿Qué serías capaz de hacer por mí?
--En estos momentos cualquier cosa.
--¿Cualquier cosa? ¿Estás segura?
--Sí.
--¿Serías capaz, por ejemplo, de matar por mí?
El tono de su voz sonó neutro; no demostraba demasiado interés en la conversación, sobre todo teniendo en cuenta que acababa de lanzar una idea atroz.
--¿Matar?
Aunque la palabra «muerte» no la hacía estremecerse, «matar» era algo bien distinto.
--Sí. ¡Matar!
--Nunca he matado a una mosca. Sinceramente, no sé si podría hacerlo.
--Antes has dicho que harías «cualquier cosa» --le recordó recalcando sus palabras.
--Cualquier cosa... menos eso.
--¿Ni siquiera por mí? No es tan difícil, te lo aseguro. Además, si ansias convertirte algún día en alguien como yo, no tendrás más remedio que hacer ese tipo de cosas.
--Si me hubieras pedido que me matara en vez de matar, te habría dicho que sí sin apenas dudarlo. Pero lo otro, lo otro... --titubeó-- es monstruoso y me da miedo.
A Ana le habría resultado muy sencillo convencerla con un simple pase mesmérico, una cualidad adscrita a la capacidad de manipulación de la que gozaban los no-muertos, sobre todo después de haberla «enganchado» dándole a probar su sangre al menos tres veces. No obstante, lo que Ana deseaba era lograr que la joven obedeciera sin tener que obligarla.
--Querida mía, conociéndote, pedirte que te mates no tiene ningún mérito. ¡Ya sé que harías eso por mí! Lo que quiero saber es si estarías dispuesta a matar en mi nombre, sólo por agradarme.
Violeta no contestó. Se limitó a agachar la cabeza pensativa.
En vista de su actitud, Ana prosiguió:
--No sé si te has fijado, pero en esta zona de la ciudad hay infinidad de gatos.
Violeta asintió.
--Uno más, uno menos: ¿a quién puede importarle?
--Eres perversa --musitó en voz baja.
La joven se temía lo peor.
Ana hizo oídos sordos.
--Ahora debo salir. Pero si a mi regreso encontrara la cabeza de uno de esos felinos encima de esa mesa, me harías inmensamente feliz.
--¡No me pidas eso, por favor! ¡Eso no! --rogó Violeta, todavía bajo los efectos de la embriaguez.
--No debería pedirte algo así. Pero sé que lo harás, porque me quieres. Y por eso deseas verme feliz, porque sabes que cuido de ti y porque sabes también que si estoy contenta atenderé mejor tus necesidades.
Violeta no tuvo tiempo ni fuerzas para replicar. Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, Ana tomó su abrigo y desapareció en la noche.
Esa vez no cerró la puerta de la calle con llave.



Ana se había marchado hacía al menos una hora. Tras debatirse entre la razón y el corazón, Violeta se dirigió hacia la caja en la que la no-muerta guardaba su daga. Era una pieza antigua, preciosa, que cualquier persona normal habría atesorado sólo como parte de una colección. Pero Ana no era una persona normal. Técnicamente, ni siquiera era una persona. Y, en contra de lo que Violeta había pensado la primera vez que la vio, no se trataba de un ser inofensivo ni mucho menos indefenso. Tal y como había podido constatar, el poder que ejercía sobre ella era inmenso. De hecho, ni siquiera necesitaba mover una mano para conseguir que Violeta hiciera ciertas cosas, cosas como la que se disponía a llevar a cabo.
Cogió el arma con las manos temblorosas.
--Terminemos cuanto antes con esto --murmuró.
No tenía ni idea de cómo iba a capturar a un gato callejero. A priori le parecía una tarea harto complicada. A veces había intentado llamar a los felinos con los que se cruzaba en Rótova con el clásico «psss, psss» y éstos siempre se habían escabullido sin hacerle el menor caso. Sin embargo, esta vez iba preparada. Amparada por la oscuridad, salió con la daga escondida en su cazadora vaquera. Era una de las prendas «normales» que había adquirido con el dinero de la vampira.
Llevaba un bol con leche, una bolsa de magdalenas y la funda de su almohada. Caminó hasta un lugar de difícil acceso, apartado de miradas indiscretas, y colocó el cebo en espera de realizar su captura. «Con uno será suficiente. Ella ha dicho uno, no más.» Le repugnaba sobremanera lo que iba a hacer, pero no podía evitarlo. Se sentía incapaz de luchar contra la influencia maléfica de Ana.
Violeta se escondió detrás de unos matorrales y esperó con paciencia la llegada de los mininos. Aquella noche hacía bastante frío. La joven tiritaba y sentía cómo sus piernas temblaban, pero no era el frío lo que la obligaba a estremecerse, sino el miedo.
Después de un rato, comenzó a escuchar maullidos cercanos. Los gatos empezaron a salir de sus refugios atraídos por la comida. Habría al menos siete u ocho ejemplares reunidos en torno a las magdalenas que Violeta había esparcido por el suelo.
Entonces, se acercó despacio con la daga en la mano, como si fuera uno de aquellos felinos. Decidió que iría a por el más débil y, en un descuido, atrapó al más pequeño y lo metió en la funda. Mientras el resto de sus compañeros huían alarmados, el animal se debatía en el interior de la funda con uñas y dientes, luchando por escapar de aquel lugar oscuro y asfixiante. Violeta dudó unos instantes antes de asestarle la primera puñalada, lo que le valió varios mordiscos punzantes en sus manos.
Lo apuñaló repetidas veces hasta que dejó de moverse. Lo hizo así para evitar al animal una terrible agonía. Después, llorando y con los ojos cerrados, sin querer mirar la carnicería que había provocado, extrajo el gato muerto con cuidado. Estaba sudoroso y chorreaba sangre por todas partes. Sin pensarlo dos veces, le cortó la cabeza, tiró el cuerpo al descampado y guardó el trofeo en la funda.
Horrorizada por lo que había hecho, salió corriendo a trompicones, tropezando con todo lo que hallaba a su paso. Se odiaba a sí misma y lloraba desconsolada. Nunca había derramado tantas lágrimas, ni siquiera el día que su padre se mató. En esa fecha era demasiado pequeña para tener conciencia de lo que había pasado. Sin embargo, aquella noche Violeta era plenamente consciente de haber perdido su inocencia.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:57 am

18

Despertó de un sueño profundo, oscuro y aterrador. Más tarde le sería imposible describir lo que sintió. Por muchos años que pasaran jamás llegaría a transmitir el miedo, el frío y la angustia que atenazaron su corazón. Notaba una presión en el pecho y una fuerte punzada en la garganta. Estaba mareada hasta tal punto que su cabeza parecía hundirse en un abismo de sombras y notaba cómo su cuerpo viajaba en una barcaza camino del Averno. Sin embargo, lo que más la estremeció fue descubrir que no podía moverse, que se encontraba encajonada en un diminuto receptáculo.
La oscuridad era completa. No sabía dónde se hallaba, pero estaba segura de que era un lugar incómodo, húmedo y lóbrego. Creyó escuchar afuera el sonido de la lluvia y percibió el olor penetrante a tierra mojada y a musgo.
¿Dónde estaba? ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué le había hecho su tía? ¿Por qué no era capaz de moverse? Sus recuerdos eran vagos y difusos. La congoja y el desasosiego se apoderaron de su mente y conoció el terror en todas y cada una de sus fases.
El corazón le galopaba en el pecho y el oxígeno no alcanzaba sus pulmones. Procuró respirar por la boca y coger aire, pero cuanto más lo intentaba peor se sentía. Sus sienes palpitaban y su cabeza parecía estar a punto de estallar. Hizo un esfuerzo sobrehumano y logró mover el brazo derecho. Lo elevó hasta que se dio cuenta de que algo cubría su cuerpo. Al tacto parecía un cristal. No tardó en imaginarse que estaba aprisionada en el interior de una caja estrecha. Aquel pensamiento la aterró y heló la sangre en sus venas. ¡Tenía que buscar una escapatoria y salir! ¡Su vida se extinguía!
Hay quien afirma que la desesperación y la certeza de saber que nos encontramos en un trance mortal es capaz de hacernos obrar proezas inimaginables, acciones que ni siquiera serían concebibles en situaciones normales. Ahora podía confirmar que eso era cierto. Aún desconocía cómo había logrado reunir las fuerzas necesarias para golpear con tanta saña su prisión de cristal. Pero, por desgracia, muy pronto se dio cuenta de que sus puños no eran lo bastante fuertes para quebrantarla. Sintió cómo la sangre caliente cubría sus manos transformándolas en ajados manojos de nervios marchitos, en inservibles rastrojos de carne y dolor.
Gritó hasta desgañitarse y, lejos de desanimarse, golpeó todavía con mayor ímpetu el cristal; con sus puños, sus uñas y sus pies, agitando todo su cuerpo hasta que la funesta caja que la apresaba se balanceó y se deslizó de la mesa sobre la que estaba depositada. Entonces cayó, y Analisa con ella. El cristal quedó hecho añicos. Cerró los ojos en un vano intento de preservar su rostro de los cortes, pero en seguida supo que estaba sangrando. No le importó. ¡Estaba libre!
Tardó un tiempo en asimilar que había sido depositada en un ataúd y que se encontraba encerrada en el panteón familiar junto a algunos de sus antepasados. Pero ellos estaban muertos --ése era su lugar-- y ella... ¡viva!... O eso quiso creer. Sólo podía haber sido víctima de un error fatal, de una angustiosa confusión, de una cruel burla del destino que, una vez más, se empeñaba en jugar con su equilibrio mental, con su cordura.
La penumbra le permitió adivinar que a su lado, sobre un catafalco, reposaba un féretro idéntico al suyo, de madera con una ventanilla de cristal. «¿Quién habrá dentro?», se preguntó. Aunque tenía las manos destrozadas, hizo un esfuerzo por incorporarse desde el suelo. Necesitaba saber quién la acompañaba en aquel fatídico viaje hacia la muerte.
Embargada por el espanto, se aproximó hasta el féretro. Se inclinó sobre el cristal y miró. Fue un momento espantoso, terrible. La oscuridad reinante era tal que, muy a su pesar, fue incapaz de distinguir las facciones del muerto y no halló forma de iluminarlo. Lo único apreciable era un reflejo, el brillo de un objeto. Descubrió con horror que el difunto llevaba colgado al cuello el camafeo de la pérfida Emersinda. ¡Era ella quien reposaba en aquella caja! ¿Quién si no? ¡La aborrecía con todos sus sentidos! A pesar de que se alegraba de su muerte, ahora nunca podría descubrir qué le había hecho aquel ser monstruoso. Golpeó el cristal con frenesí, maldiciéndola aunque sabía que ella ya no podría escucharla.
Salir del panteón no le resultó tan complicado como creía. Aunque se trataba de una construcción sólida, algunas partes del recinto eran acristaladas, así que se las arregló para romper los cristales. Rasgó su mortaja blanca y se colocó unas improvisadas vendas alrededor de sus maltrechas manos. Después, con ayuda de los trozos de madera más grandes de su ataúd, golpeó con fuerza los cristales buscando la libertad. Fuera del panteón llovía, hacía un frío terrible y era noche cerrada. Analisa salió tambaleándose, a trompicones.
Vagó sin rumbo. No sabía dónde se encontraba.



--¡Madre abadesa! ¡Madre abadesa! --exclamó sor Angustias.
La madre abadesa se despertó súbitamente. La voz de sor Angustias retumbaba por las paredes del convento de Santa Clara de Jesús.
--Madre abadesa, ¿puede oírme?
--¡Schhh! ¡Claro que puedo! ¡Y, seguramente, todo el convento! --contestó sin ocultar su fastidio--. ¿Se puede saber por qué no está en su celda, como las demás?
--Pero, madre abadesa, es que creo que ocurre algo extraño.
--Pero, pero... siempre con «peros». ¿Cuántas veces habré de decirle que hay que respetar la regla de silencio? --dijo abriendo la puerta de su celda.
Sor Angustias la aguardaba al otro lado con una vela encendida.
--Lo siento, madre abadesa, pero he creído conveniente avisarla.
--¿Qué ocurre, sor Angustias?
--Escuché cómo alguien llamaba insistentemente a la puerta del convento. Me he asomado y he visto a una mujer vestida de blanco.
--¿Y qué es lo que quiere a estas horas? Sabe perfectamente que no es nuestra misión atender cuestiones de extramuros.
--No lo sé. Apenas me había asomado a la cancela cuando se desplomó. Para mí que está más muerta que viva. No podemos dejarla a la intemperie.
Mientras las religiosas hablaban, se dirigían caminando hacia la puerta del edificio.
--Eso no es asunto de esta comunidad. Debemos velar por el mantenimiento del orden y el recogimiento en el interior de la casa del Señor.
--Pero, madre...
--Sin «peros», sor Angustias --concluyó tajante la superiora.
Justo en ese instante se escucharon unos gritos espantosos; provenían del exterior. Una mujer pedía auxilio con desesperación. Hasta la madre abadesa se estremeció al escucharlos.
--¡Rápido, las llaves!
Al abrir la puerta encontraron a Analisa tirada en el suelo. Tenía las manos tapadas con trapos ensangrentados y su rostro cubierto de sangre.
Las religiosas se horrorizaron ante aquel espectáculo.
--¡Ayúdeme a meterla dentro! --ordenó la madre abadesa.
Algunas de las hermanas de la comunidad se habían despertado con los gritos y se habían reunido en torno a la puerta principal. Cuchicheaban entre ellas, pero no se atrevían a aproximarse a la recién llegada.
La madre abadesa, consciente del revuelo que se había originado, impuso su autoridad.
--¡Hermanas, no se queden ahí! ¡Vamos, vamos! ¡Regresen a sus celdas!
Las monjas obedecieron de inmediato. Conocían de sobra el genio de su superiora.
Entre sor Angustias y la madre abadesa cargaron el maltrecho cuerpo de la joven y lo condujeron hasta una de las celdas vacías. Era una habitación austera amueblada con una cama y una mesilla de madera sobre la que había una vela. No sin grandes esfuerzos, la acostaron sobre el camastro.
--Sor Angustias, avise a la hermana Ramira. Dígale que venga con sus enseres.
La hermana Ramira tenía algunos conocimientos médicos. Acudían a ella cada vez que alguna de las monjas se sentía indispuesta.
--Y despierte también a la hermana Ignacia. Pídale que caliente una escudilla del potaje de la cena. Si no ha sobrado, dígale que prepare algo caliente. Esta mujer está helada.
La primera en llegar fue la hermana Ramira. Aún medio dormida y con el hábito mal colocado se presentó en la celda junto a sor Angustias.
--¡Hermana Ramira! --dijo la madre abadesa al verla de esa guisa-- ¡Un poco de decoro!
--Lo siento, madre abadesa --se disculpó bajando la cabeza con sumisión--. Las prisas tienen la culpa.
La hermana Ramira era una mujer menuda y delgada. Rondaba los sesenta años, aunque aparentaba muchos menos. Por este motivo, sus compañeras pensaron al principio que era demasiado joven para ejercer las funciones médicas del convento. Sin embargo, sus conocimientos sobre todo tipo de enfermedades terminaron sorprendiéndolas.
Sor Ramira se colocó el hábito como pudo y se aproximó a la cama donde yacía Analisa.
--¡Que el Señor se apiade de ella! --exclamó al ver su cara y sus manos--. ¿Qué le habrá ocurrido a esta pobre mujer?
--Eso no es asunto nuestro --contestó la madre abadesa con aspereza--. Haga lo que pueda por ella, si es que se puede hacer algo, y no se interrogue acerca de cuestiones mundanas.
La hermana Ramira obedeció. Primero limpió las heridas de la cara. Entonces se dio cuenta de que eran superficiales. Sin embargo, cuando retiró los trapos que cubrían sus manos a modo de improvisadas vendas, descubrió que estaban destrozadas. No sólo tenían cortes profundos, sino que, además, estaban severamente dañadas por los golpes que había propinado al cristal intentando salir de su ataúd.
Después de las curas, la hermana Ramira pidió a sor Angustias que trajera unas mantas.
--Hay que hacerla entrar en calor. ¡Está fría como los bancos del refectorio!
De una bolsa extrajo una pequeña botella que contenía aguardiente. La aproximó a la boca de Analisa y dejó caer unas gotas sobre sus labios. En ese momento, la joven tosió y entreabrió los ojos haciendo un esfuerzo por comunicarse y hablar.
--No estoy muerta... No lo estoy.
Su voz sonaba extremadamente débil y lejana.
--¡Claro que no! ¡Tranquila, tranquila! --dijo la madre abadesa intentando calmarla--. Está en buenas manos. Descanse ahora y no se fatigue más, que no le sobran las fuerzas.
La hermana Ignacia apareció con una escudilla de potaje caliente y un trozo de pan rancio.
--Aquí está la comida, madre abadesa. Si fuera necesario, aún queda un poco en el puchero.
--Gracias, hermana Ignacia. Puede retirarse. Ya nos encargamos nosotras --explicó la madre abadesa cerrándole la puerta en las narices. Quería evitar posibles cotilleos.
Entre sor Angustias y sor Ramira incorporaron a Analisa para que pudiera comer, pues la joven no tenía fuerzas ni para eso. Analisa estaba muerta de hambre y devoró el guiso con avidez. Sin embargo, nada más acabar, para horror de las religiosas presentes, la joven sufrió unas náuseas terribles y acabó vomitándolo todo.
Las monjas limpiaron el desaguisado tapándose la nariz con ayuda de sus hábitos y después pensaron que lo mejor era dejarla descansar y no forzarla a comer, al menos de momento.
--Hermanas --dijo la madre abadesa con tono solemne--, no quiero que nadie pise esta celda sin mi consentimiento. No deseo que la vida en nuestra comunidad se vea alterada por la llegada de esta desgraciada mujer.
--Sí, madre abadesa --contestaron al unísono.
--Y otra cosa: no se les ocurra comentar nada al resto de las hermanas de lo que aquí han visto esta noche o de lo que puedan ver en los próximos días. Quiero que guarden la más absoluta discreción sobre la recién llegada. En cuanto pueda caminar abandonará este convento. ¿Está claro?
Las dos asintieron.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:57 am

19

Alejo estaba perplejo. La gente con la que se habían ido cruzando desde que salieran de casa los miraba con desconfianza y temor y, de repente, al franquear la puerta de The Gargoyle todo parecía haber cambiado. Ya nadie los observaba aviesamente y el colorido de la calle se había esfumado dejando paso a una «película» en blanco y negro. Ésos eran los colores predominantes en aquel especial universo al que ahora tenía acceso el escritor. Una cosa era compartir su casa con Darío Salvatierra y otra muy diferente encontrarse en una sala repleta de «Daríos». Los patrones se repetían sin excepción: ropas negras combinadas con toques de blanco, lila o rojo.
Aquella noche Darío vestía un traje de chaqueta de terciopelo al más puro «estilo enterrador» escapado de una novela de Poe. Como nota de color había introducido en su vestuario un chaleco de raso de color verde botella. Alejo llevaba un pantalón de cuero negro y la inseparable levita de Darío. Éste había refunfuñado mucho, pero al final consintió en prestársela. «En el fondo no es mal chaval», pensó el escritor. Sin saberlo, Alejo emulaba a Brandon Lee en El cuervo. Brandon, hijo del malogrado Bruce Lee, había perdido la vida en un absurdo --y nunca del todo aclarado-- accidente acaecido durante aquel rodaje y, por algún extraño motivo, el filme se había convertido en una película de culto para muchos góticos.
Ya en la barra, Darío pidió dos absentas. Alejo supo más tarde que aquélla era una bebida muy popular en los ambientes góticos, especialmente desde que apareciera en una escena de la adaptación cinematográfica que del Drácula de Stoker había realizado Francis Ford Coppola en 1992. No en vano esa bebida de color verde «la va vajillas» --aunque existen otro tipo de absentas de diferentes tonalidades-- era la preferida del siniestro conde, quien se refería a ella como «el afrodisíaco del yo». En la película el conde Drácula introducía a su amada Mina en el ritual de la absenta. Servía una parte de licor en una copa. Después, sobre una cucharilla especial agujereada en su base, colocaba un terrón de azúcar y vertía agua encima. Al contacto con el agua y el azúcar, la absenta cambiaba de color volviéndose turbia. Y el conde le decía a la joven: «El hada verde que vive en la absenta quiere tu alma. Pero tú estás a salvo conmigo.» Era, sin duda, una escena turbadora e inquietante, pues simbolizaba el pecado al que Mina estaba a punto de sucumbir.
Sin embargo, Drácula no era el único que había sabido apreciar las propiedades de la absenta; un nutrido grupo de escritores, pintores y artistas cayeron rendidos a sus efluvios: Wilde, Baudelaire, Hemingway, Van Gogh, Manet y Picasso, entre otros muchos. Todos ellos encontraron alguna suerte de inspiración en la absenta, bebida que a la postre se convirtió en fuente de problemas y desvarios hasta el extremo de ser prohibida en varios países como Suiza, Francia o Gran Bretaña. No obstante, en la Península Ibérica nunca se detuvo la producción de absenta y, a pesar de que en la actualidad en otros países se consumía una absenta extraída de una variante de la receta original, en España y en Portugal, para deleite de los defensores de la mítica bebida, se había conservado la receta original.
Darío oteaba el local en busca de alguno de sus colegas mientras el escritor tomaba buena nota mental de las lentillas amarillas del camarero, que simulaban los ojos de un vampiro. En la pared, unas fotos en blanco y negro llamaron su atención. En ellas aparecía un hombre dentro de un ataúd en distintas posiciones. Se fijó con atención. La cara del modelo era siempre la misma... ¡la del camarero! Éste, que había percibido su asombro, sonrió satisfecho porque intuía el golpe de efecto que acababan de ocasionar las imágenes en el recién llegado.
En seguida se le acercaron dos jóvenes de edad similar a Darío y lo saludaron dándole un leve beso en los labios. Alejo se sorprendió, pero no dijo nada; ya le preguntaría luego por qué lo hacían. Dentro de la estética gótica era habitual saludarse de este modo. Era parte de la ambigüedad adscrita al simbolismo de los vampiros.
--¿Quién es ése? --preguntó uno de ellos mirando a Alejo de reojo.
--Es un primo de Burgos.
--Creía que no tenías familia fuera de Madrid --comentó con recelo.
--Hacía mucho tiempo que no sabíamos de él.
Pronto se reunieron con otros góticos que también lo saludaron del mismo sorprendente modo que había observado con anterioridad, pero era evidente que no se fiaban del recién llegado, pues nadie se atrevió a presentarse oficialmente o a dirigirle la palabra. Se limitaron a hacerle un gesto con la cabeza. Alejo se sintió desplazado, pero evitó hacer comentarios. A fin de cuentas, era consciente de que se trataba de un mundillo muy reservado. Tampoco le hacía sentirse muy cómodo el hecho de hallarse rodeado de gente que en su mayoría cubría sus ojos con gafas de sol de espejo, como si la escasa luz de The Gargoyle pudiera dañarlos.
Después de un rato de cuchicheos al oído, los amigos de Darío salieron a la pista de baile. El local era bastante grande, al menos había tres barras. La decoración resultaba de lo más pintoresca. Por un momento, el escritor tuvo la sensación de estar en la biblioteca de Sherlock Holmes, rodeado de estanterías con libros de atrezzo y falsos candelabros con velas.
--No son muy sociables que digamos --comentó Alejo.
--Ya te lo advertí. No es fácil hacer amigos aquí.
--Ya. Ya me he dado cuenta.
--De todos modos --dijo Darío saliendo en su defensa--, están inquietos. No se fían mucho de los recién llegados porque hace un par de semanas apuñalaron a una chica en este local.
--¿Qué? ¿De veras?
--Sí. No me lo han dicho, pero apuesto a que piensan que eres un «madero» infiltrado.
--¿Por qué?
--Porque, hasta la fecha, la policía no ha conseguido averiguar nada.
--¿Y tú qué sabes de eso?
--¡Nada! ¿Qué quieres que sepa? Ni siquiera estaba aquí cuando ocurrió.
--Algo habrás oído, digo yo.
--Poco, la verdad. Hay mucho mutismo. Además, ¿a ti qué cojones te importa eso?
--Pues sí me importa. Cualquier historia extraña puede ser un buen arranque para mi novela.
--¡Tu novela! Es lo único que te preocupa, ¿verdad?
--En estos momentos, sí --confesó--. Y no sé por qué te caigo tan mal, tío. Yo no te he hecho nada.
Darío no contestó. Se limitó a alejarse sin decir nada. El escritor observó desde la barra cómo se aproximaba a una joven gótica para pedirle que bailara con él.
Después de haberse bebido tres absentas, Alejo se sentía mareado. Aun así, intentaba grabar en su mente todo cuanto sucedía a su alrededor, ya que extraer una libreta en esas circunstancias no habría resultado conveniente. Estaba apoyado en la barra y se sentía como un pasmarote. Darío había desaparecido de su campo visual y allí, solo, empezaba a pensar que todo había sido un error. Aquel tema le venía grande y tampoco sabía si las andanzas de los góticos eran tan interesantes como para armar con ellas el esqueleto de una novela. En aquellos instantes dudaba de la idea que tan genial le había parecido en su día.
Absorto como estaba, no advirtió que alguien lo observaba desde el otro extremo de la barra. Una mujer de mirada turbadora había posado sus ojos en él, pero no reparó en ello hasta que se giró para pedir otra absenta. Entonces vio que aquella extraña le hacía un gesto para que se aproximara hacia ella. Estaba sentada sobre un taburete, sola.
--¿Tienes papel? --le preguntó.
Alejo creyó que le pedía un papel para liarse un porro.
--No, no fumo.
--Me refiero a que si necesitas un papel... para escribir --repuso divertida ante su desconcierto.
--No tengo nada que escribir --manifestó confundido.
«¿Cómo sabrá que quiero tomar notas?», se preguntó.
--Me pareció que querías apuntar algo.
--¿Vienes mucho por aquí? --preguntó Alejo cambiando de tema.
--A veces.
Se sentía como un idiota delante de la extraña. Cuanto más la miraba mayor fascinación ejercía sobre él. No sabía sobre qué charlar, pero algo era seguro: no quería dejar de hablar con ella, aunque sólo fuera capaz de decir tonterías en su presencia.
--¿Te han dicho alguna vez que tienes una cara como antigua?
--¿Me estás llamando vieja?
--¡No, no, en absoluto! Quise decir que tus facciones son... son tan perfectas como las de una virgen de un cuadro antiguo.
--¿Tengo cara de virgen?
--En el sentido pictórico --puntualizó Alejo, sin poder hacer nada para que su voz no sonara temblorosa.
No podía evitarlo: se estaba poniendo agradablemente nervioso.
--¿Y, en el otro sentido, qué parezco? ¿Una puta, tal vez?
--No he querido decir eso ni mucho menos --dijo bajando la mirada.
Era evidente que estaba jugando con él. ¡Y lo peor es que le gustaba su juego!
--¿En qué trabajas? --preguntó la desconocida.
--Soy teleoperador.
En el fondo no era mentira.
--Tienes cara de escritor.
--Las apariencias engañan --repuso Alejo haciéndose el interesante.
--Eso es cierto. Nunca se sabe con quién puedes estar hablando.
--¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
--A sobrevivir.
No quiso ahondar en esa cuestión. Intuyó que, seguramente, trabajaba haciendo algo que detestaba, como le ocurría a él mismo en Regalo+, por lo que decidió cambiar de tema.
--¿Y te gusta este local?
--¿La verdad? No demasiado.
--¿Y, entonces, por qué vienes?
--Por lo mismo que has venido tú: para observar a la gente.
Alejo estaba cada vez más sorprendido.
--Aquel chico te hace señas --comentó dirigiendo sus increíbles ojos hacia la pista de baile.
Alejo se giró y vio a Darío. Efectivamente, le hacía señas para que fuera hacia él. «¡Qué inoportuno!», pensó.
--¿Me disculpas un momento?
--Claro. Ya nos veremos.
Daño lo esperaba junto a una columna. Al llegar hasta su posición lo agarró por las solapas y lo arrastró detrás, fuera del campo de visión de la desconocida que permanecía en la barra.
--¿Qué coño pasa? --inquirió molesto.
--¿Por qué hablabas con ésa?
--Porque es la única que se ha dignado dirigirme la palabra en este local de mierda.
--Pues yo juraría que estabas ligando.
--¡No digas gilipolleces! Te recuerdo que salgo con tu hermana. ¿Qué pasa con ella?
--¡Nada! Pero no te acerques a esa tía.
--¿Por qué?
--Porque me da mala espina.
--Es encantadora.
--Puede ser, pero tiene fama de rarita. No me fío de ella.
--¿Fama de rarita? ¿Pero tú te has mirado a un espejo? Te recuerdo que aquí somos todos igual de raritos, incluido yo mismo.
--¡Vale, como quieras! --concluyó Darío dando por finalizada la conversación.
Alejo ansiaba regresar junto a la misteriosa «rarita». Sin embargo, cuando salió de detrás de la columna, comprobó que su silla ya estaba ocupada por otra persona.
La buscó por todo el local sin éxito.
Se había volatilizado.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:57 am

20

Eran las seis de la mañana. Sor Angustias se levantó adormilada. La noche había sido más larga que de costumbre y, debido a los acontecimientos acaecidos la madrugada anterior, apenas había podido pegar ojo. Después de asearse, hacia las seis y media, al igual que el resto de las almas que habían recibido el Hábito Santo en el convento de Santa Clara de Jesús, se dirigió al coro para Laudes. Se cruzó con la hermana Ramira, pero ninguna realizó comentario alguno; aún se encontraban bajo la regla de silencio, sólo quebrantada por los cantos pausados de Laudes. Después, todas juntas hicieron oración mental durante media hora más y se dispersaron para asistir a misa y recibir la comunión.
Una vez finalizada ésta, hacia las ocho y media, las sirvientas del Señor fueron al refectorio para tomar un humilde desayuno. No corrían buenos tiempos en el convento y los alimentos escaseaban. Después, cada cual se enfrascó en sus quehaceres diarios. Sor Angustias era una de las encargadas de la faena del lavado de los hábitos. Era una tarea tediosa y pesada que a ninguna le gustaba realizar, y todavía menos en invierno. El frío cuarteaba su piel como si fuera una cuchilla y al restregar las gruesas telas de los hábitos contra la piedra del lavadero no era infrecuente que sus manos acabaran sangrando. Sor Angustias no pudo evitar dirigir sus pensamientos hacia la misteriosa mujer de blanco que ahora descansaba exhausta en una de las celdas del convento. Aquella pobre infeliz sí que tenía las manos severamente castigadas. Sor Angustias oró por ella y por su pronta recuperación. No sabía qué había podido ocurrirle ni por qué se hallaba en aquel lamentable estado, pero su enigmática llegada había contribuido a alterar la paz del recinto. De hecho, algunas hermanas ya se le habían acercado con intención de conocer los detalles de lo ocurrido.
Mientras lavaba recibió la orden de presentarse ante la madre abadesa. Acudió a su despacho de inmediato y se encontró allí con la hermana Ramira, que también había sido convocada.
--¡Adelante, no se queden ahí! --indicó la madre abadesa--. Pasen y cierren la puerta.
Las religiosas obedecieron.
--Bien. Se preguntarán por qué las he congregado --dijo en tono solemne--. Hablaré sin rodeos. Como saben, se plantea un conflicto. La presencia de una extraña nos pone en un compromiso de difícil resolución. Somos una comunidad de clausura y, por tanto, no nos está permitido acoger a personas ajenas. Pero, obrando en caridad cristiana, no he podido sustraerme a los designios del Señor. Si nuestro amado Padre ha querido que esta pobre desharrapada haya llegado hasta nosotras, tiene que existir un poderoso motivo, aunque, francamente, en estos momentos se me escapa.
Hizo una pausa para tomar aire.
Sor Angustias y sor Ramira permanecían de pie. La madre abadesa estaba sentada junto a su mesa de trabajo. Desde allí dirigía los asuntos del convento con mano férrea.
--Tal y como ya les indiqué ayer, no deseo que la vida de nuestra comunidad se vea alterada lo más mínimo por este acontecimiento, así que ustedes dos, que ya han tratado con la recién llegada, serán las únicas personas autorizadas para dirigirse a ella.
--Sí, madre abadesa.
--Sor Angustias, usted se encargará de llevarle las comidas a su celda --indicó quitándose las gafas, que le proporcionaban una mirada aún más inflexible de la que habitualmente tenía--. Y usted, sor Ramira, se ocupará de los cuidados médicos que precise esa mujer.
La madre abadesa prosiguió.
--Intenten, en la medida de lo posible, no comunicarse con ella más que lo justo e imprescindible. Recuerden que lo que le haya sucedido no es asunto de esta comunidad. Y, si ella les habla, tomen buena nota de cuanto les refiera y notifíquenmelo al instante. Y, por favor --recomendó enarcando las cejas con gesto adusto--, no le den cuartos al pregonero con cuchicheos entre el resto de las hermanas. Si me entero de que han incumplido mis directrices, pueden estar seguras de que las convocaré a capítulo de culpas. ¿Está claro?
--Sí, madre abadesa.
--Nada más, de momento. Pueden retirarse. Vayan ahora a atenderla. Esa mujer debe de estar hambrienta.
Al salir del despacho, sor Angustias miró de reojo a la hermana Ramira. Ambas estaban deseosas de comentar la conversación que acababan de sostener, pero no se atrevieron; el capítulo de culpas acechaba a la vuelta de la esquina.
Mientras sor Angustias se dirigía hacia la cocina para pedir las sobras del desayuno, la hermana Ramira fue a su celda para recoger el botiquín. Se encontraron justo ante la puerta de la habitación de la enferma.
--¡Jesús bendito! --exclamó sor Angustias al ver la cara de Analisa--. Esta mujer está muy pálida.
Analisa dormitaba, pero su rostro no reflejaba placidez, sino agitación. Sudaba a mares a pesar de que en la celda hacía frío.
Sor Ramira procedió a retirar los vendajes de sus manos para limpiar las heridas. Después, le aplicó paños fríos en la frente y en la nuca. Poco a poco la enferma fue recobrando el sentido.
--¿Se encuentra mejor? ¿Tiene hambre? --preguntó sor Angustias.
--Ha sido un error --susurró con voz débil--. Se equivocaron conmigo. No estoy muerta --dijo Analisa haciendo esfuerzos sobrehumanos por comunicarse.
--¡Cálmese! No malgaste energía.
--Me llevaron al panteón con ella, pero yo estoy viva... ¡Viva!
Las religiosas se miraron extrañadas. No entendían el sentido de sus palabras.
--No sé qué opina usted, sor Ramira, pero para mí que esta mujer delira.
--Es posible. Tiene fiebre --repuso aplicando de nuevo los paños fríos sobre su frente.
--Debe comer --dijo sor Angustias aproximándole un tazón de leche caliente.
Sin que le diera tiempo a reaccionar, sor Angustias vio con estupor cómo la joven la agarraba por los brazos para acercarse el tazón a la boca. Bebió con ansia, derramando la leche por los bordes. Sin embargo, nada más finalizar lo vomitó todo sobre el hábito de la religiosa. Sor Angustias se apartó espantada.
--Voy a cambiarme. Ahora mismo regreso y lo limpio --informó, mientras salía de allí horrorizada.
La hermana Ramira estaba extrañada. No entendía por qué la joven devolvía todo lo que ingería.
--Busquen a Patro y díganle que no he muerto. Ella sabrá qué hacer --explicó Analisa en un rapto de lucidez.



A Sexta, las almas del convento de Santa Clara de Jesús retomaron los rezos antes de dirigirse al refectorio para la comida comunitaria. Aquél no era el momento más apropiado para informar a la madre abadesa del estado de la recién llegada, pues las religiosas debían comer en completo silencio escuchando a la hermana lectora. Era viernes; por tanto, tocaba la lectura de la regla. Sor Angustias y sor Ramira, sentadas una enfrente de la otra, cruzaron miradas de preocupación. Ambas sabían que, lejos de mejorar, la recién llegada parecía haber empeorado, al menos en lo tocante a su salud mental. Lo cierto es que aquella pobre mujer parecía haber perdido el norte.
Tras la comida las religiosas, aprovechando el tiempo del recreo, se personaron en el despacho de la madre abadesa para informarla de todo cuanto había sucedido.
--Y dice algo de que fue encerrada por error en un panteón --apuntó sor Angustias.
--¿Cómo? ¿Encerrada en un panteón?
--Pero no se puede tener en cuenta ese comentario --explicó la hermana Ramira quitándole hierro al asunto--. Delira a causa de la fiebre.
--¿Y ha comido? --quiso saber la madre abadesa.
--Bebió con avidez un tazón de leche, pero al instante me lo vomitó todo encima --repuso sor Angustias, aún asqueada ante aquel desagradable recuerdo.
--Y, bien, hermana Ramira, ¿cuál es su diagnóstico? ¿Sabe ya qué mal aqueja a esa mujer?
Por lo general, siempre sabía qué debía responder a esa pregunta. No era éste el caso.
--No sabría decirlo a ciencia cierta. Los vómitos me tienen desconcertada --contestó bajando la mirada--. Tal vez cuando se le pasen las fiebres ella misma pueda explicar la causa de su lamentable situación.
--¿No sabe lo que le ocurre? ¡Lo que nos faltaba! --resopló la madre abadesa con fastidio.
--Mencionó a una tal Patro. Dijo que ella sabría qué hacer... --insinuó la hermana Ramira.
--¡De ningún modo! Eso sería violar la clausura, y, tal y como tiene la cabeza esa pobre desamparada, seguramente ni siquiera exista alguien con ese nombre. Limítense a seguir con los cuidados e infórmenme de la evolución de la enferma.
Después del silencio mayor y de Nona, que se desarrollaba en el coro para rezar la corona franciscana, sor Angustias y sor Ramira intentaron en vano que la recién llegada probara bocado. Sor Angustias apareció con una escudilla de puchero, un guiso típico de la región cocinado a base de garbanzos, gallina, huevos, calabaza y hierbabuena. Aquel día el convento no disponía ni de gallina ni de huevos, así que el guiso resultaba un poco insustancial.
Fue inútil. La joven volvió a vomitarlo todo, así que las monjas retornaron cabizbajas a sus quehaceres diarios hasta Vísperas, momento en el que regresaron al coro para rezar la letanía, el rosario de la Virgen y otras devociones.
Ya en la cena, escucharon en el refectorio, como cada viernes por la noche, la lectura del testamento de Santa Clara. Y allí mismo rezaron Completas, tras lo cual todas las hermanas volvieron a sus celdas; todas menos sor Angustias y sor Ramira, que se afanaron una vez más para que la mujer de blanco comiera; no fue posible: de nuevo devolvió el alimento que había ingerido.
--Sor Angustias, en confianza, empiezo a estar seriamente preocupada por esta mujer. No sé qué mal puede albergar en su interior que la impide asentar la comida.
--¿Lo intentamos de nuevo después de Maitines? --preguntó sor Angustias.
Antiguamente, maitines tenía lugar a medianoche. Con los años, comenzarían a celebrarse por la mañana. La avanzada edad de algunas de las hermanas así lo aconsejaba.
--Sí. Y, en caso de que vuelva a arrojar, informaremos de ello a la madre abadesa. Lo más curioso es que sus heridas externas parecen haber cicatrizado a buen ritmo. Exteriormente, parece casi restablecida.



Analisa se sentía a las puertas de la muerte. No sabía por qué se encontraba tan mal, pero por más que intentaba comer para recuperar sus fuerzas, sólo sentía arcadas ante los guisos conventuales. Tenía hambre, sí, pero su estómago no parecía dispuesto a asimilar la comida. Imbuida en su particular calvario, había llegado a imaginar que los alimentos que las monjas le facilitaban estaban agrios o, incluso, podridos.
No obstante, lo peor no era la imposibilidad de mantener la comida en su estómago; lo que realmente la aterró fue descubrir que sentía un instinto animal cada vez que sor Angustias se acercaba a ella con la escudilla en las manos. No podía obviar por más tiempo que era capaz de advertir el palpito de sus venas a través de las telas de su grueso hábito. Aun sin ver su cuello, percibía el flujo de la sangre por aquel cuerpo caliente y vivo. Jamás le había ocurrido algo así. Por tanto, no imaginaba cómo podría reaccionar la siguiente vez que sintiera el cuello de sor Angustias aproximarse hacia ella. Un sentimiento idéntico experimentaba cuando la hermana Ramira se sentaba en su cama para aplicarle las curas.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:58 am

21

«¡No puedo creer lo que he hecho!», se decía Violeta tirándose del pelo. Se lo repetía una y otra vez para apartar de su cabeza la monstruosidad que acababa de cometer. Sin embargo, la carita de aquel gato pardo con los ojos entornados y el pelaje cubierto de sangre se le aparecía a cada instante recordándole en qué se había transformado. «¡Soy una hijaputa sin escrúpulos!», se repetía para torturarse, como si con ello pudiera borrar los últimos acontecimientos.
--Estoy orgullosa de ti --le había dicho Ana al ver cumplido su objetivo.
--No debí escucharte, no debí hacerlo.
--Pero lo hiciste y ahora no tiene sentido que te tortures. El gato no va a volver a la vida por ello.
--¿Cómo puedes vivir así?
--Tú querías ser como yo, ¿recuerdas? Querías saber qué se sentía estando en mi piel. Soñabas en secreto con ello. Ahora ya lo sabes.
--No imaginaba que fuera tan... tan espantoso.
--Te acostumbras, querida Darky. Te acostumbras a casi todo --manifestó Ana con mirada vidriosa.
Esa mirada... Nunca antes la había percibido en la no-muerta. Siempre parecía tan segura, tan fría y calculadora que no acertaba a interpretar aquella mirada acuosa. ¿Era aquel ser capaz de experimentar sentimientos? ¿Sentimientos humanos?
Duró sólo unos instantes. Su rostro demudó en seguida y regresó a su habitual semblante imperturbable. Había sido tan fugaz como el paso de un cometa. «Tal vez sólo ha sido un espejismo», pensó Violeta.
Debía admitirlo de una vez: se encontraba bajo el poderoso influjo de una no-muerta, de un ser manipulador, egoísta y sin sentimientos de clase alguna, de un ser capaz de dominar su mente con tan sólo el chasquido de los dedos. Se sentía fatal por lo que había hecho, pero sabía que, de volver a pedírselo, pese a los remordimientos que ahora la asaltaban, obraría del mismo modo.
«¿Qué diría el doctor Pérez-Valentí si tuviera oportunidad de volver a examinarme? ¿Cuál sería su dictamen profesional? Seguro que pensaría que he desarrollado una personalidad sociopática y me atiborraría de pastillas», pensó Violeta. ¿Pero cómo convencer al doctor de que la joven tal vez sólo se había transformado en una versión descafeinada del inefable Rendfield, el esclavo del conde Drácula? En cualquier caso, siempre existiría una gran diferencia entre Violeta y Rendfield. Éste se hallaba encerrado en un hospital y, por tanto, era inofensivo para la sociedad. Sin embargo, Violeta permanecía libre, al menos desde el punto de vista físico. Por suerte para ella, el doctor Pérez-Valentí jamás volvería a sondear su mente.
A veces se preguntaba cuál sería la historia de Ana y qué le habría ocurrido hasta llegar a ese punto. Si ella era su sirvienta, ¿a quién estaba sometida su anfitriona? ¿Quién la habría convertido en lo que era? ¿O quizá fue siempre así? No, eso no era posible. Toda historia tenía un comienzo, un principio, un origen... Las personas no nacían con una condición vampírica a sus espaldas. ¿O sí?
En apariencia nada hacía presagiar que Ana estuviera bajo el yugo de otro vampiro. Había registrado su casa palmo a palmo: cada recoveco, cada cajón, cada estante. Nada. No había nada extraño que constituyera una pista, lo cual la intrigaba aún más. Había explorado todo. Todo excepto su habitación. Nunca había tenido acceso a ella, y no por falta de ganas. Se encontraba cerrada a cal y canto bajo un sofisticado sistema de seguridad con clave numérica. Si atesoraba algún vestigio del pasado, algún recuerdo, sólo podía permanecer oculto en aquel lugar. Pero Ana no era estúpida. No. No lo era en absoluto, y se guardaba muy mucho de teclear los números mágicos en su presencia.
También cabía la posibilidad de que hubiera borrado todas las huellas de su pasado tirando todo cuanto la recordara lo que un día fue. Pero todos conservamos algo, por pequeño que sea, de nuestro pasado. Y, si no era así, ¿por qué mantenía aquella habitación fuera de su alcance? ¿Qué escondía allí que mereciera tantas molestias y tantos cuidados?
Al principio ni siquiera sopesó la posibilidad de acceder al dormitorio, pero, pasado el tiempo, entrar en aquella habitación se había convertido para Violeta en una auténtica obsesión. Había probado infinidad de combinaciones aprovechando sus ausencias nocturnas sin éxito. Sólo cabía aguardar a que la no-muerta tuviera un descuido, a que cometiera un desliz que le permitiera penetrar en su particular santuario.



Aquella noche Ana regresó antes de lo previsto y no de muy buen humor.
«Casi me pilla», pensó Violeta con alivio. Un par de minutos habrían bastado para encontrarla sentada frente a la puerta de su dormitorio probando toda suerte de combinaciones.
No había comido. Lo sabía por el brillo de sus ojos. Había aprendido a distinguir entre un vampiro bien alimentado y otro hambriento. Cuando no se había saciado el brillo de su mirada desaparecía dejando paso a una expresión opaca, sin vida. Ése era uno de los pocos momentos en los que podía advertirse su condición de no-muerta. Pero incluso para descubrirlo había que conocerla un poco.
Por lo general, la falta de alimento también se reflejaba en su carácter. Se tornaba malhumorada, irascible y despótica. Suerte para la gótica que había abundancia de sangre en los congeladores. No era lo mismo --afirmaba la no-muerta--, pero servía para paliar sus ansias.
Sin esperar la orden, Violeta se adelantó a sus deseos. Bajó corriendo al sótano y tomó una dosis de uno de los congeladores. Fue a la sala de estar y encontró a Ana, ya en camisón, tumbada en el sofá. Se la veía más lánguida que de costumbre.
Sin decir nada, le tendió la bolsa de sangre.
Ana la tomó con cuidado y la depositó sobre la mesa esperando a que se descongelara. Estaba ansiosa, pero no podía introducirlo en el microondas. ¡Aquello sería un verdadero sacrilegio!
Violeta estaba de pie junto a ella, esperando instrucciones.
--Sé lo que estás pensando. Pero tú no puedes entenderlo --espetó la no-muerta.
--Entonces, explícamelo. Me gustaría poder comprenderlo.
--Aunque suene mal decirlo, no todas las sangres son igual de sabrosas, Darky --informó al tiempo que hacía un gesto para que Violeta se sentara junto a ella, a sus pies.
La joven obedeció. La encantaban aquellas charlas fugaces. La vampira no solía hacer este tipo de concesiones. Era muy reservada, y por ello había aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Era consciente de que el verdadero conocimiento vampírico era algo sobre lo que Ana no siempre estaba dispuesta a hablar. Facilitar demasiada información acerca de su forma de vida era, en cierto modo, revelar que los no-muertos también poseían algunos puntos vulnerables. Y, a la larga, conocer sus debilidades podía contribuir a destruirlos.
Sin embargo, de vez en cuando Ana hablaba acerca de su condición de no-muerta y lo hacía con total naturalidad, igual que un maestro se dirige a su discípulo. Violeta ignoraba qué la impulsaba a hacerlo. Tal vez la soledad acumulada durante largos años le pesaba como una losa, o acaso la estaba preparando para convertirla en alguien como ella. En cualquier caso, la joven la escuchaba siempre con atención. Y lo hacía porque sabía que todo cuanto la no-muerta explicaba jamás podría encontrarlo reflejado en ningún libro sobre vampiros al que pudiera tener acceso.
--En realidad, ningún carnívoro podría disentir sobre ello --prosiguió la no-muerta mirándola con una extraña fijeza.
Su mal humor había quedado atrás, dejando paso a la melancolía.
--¿En qué se diferencian?
--Para que lo entiendas, querida Darky, no es lo mismo comer un filete de ternera joven y jugosa que otro de carne vieja y correosa.
--En eso estoy de acuerdo.
--Ni siquiera un vegetariano, si lo supiera, consentiría en comer un tomate manipulado genéticamente teniendo la posibilidad de acceder a otro cultivado a la antigua usanza --explicó mientras le acariciaba el pelo.
--No es lo mismo beber sangre congelada que tomarla aún caliente directamente del cuello de la presa. Pero a veces --confesó después de una pausa-- no queda más remedio.
--¿Y qué te lo ha impedido esta noche? --preguntó con timidez.
--Eso, querida, es algo que no voy a contarte hoy. Quizá otro día.
--Me gustaría poder ver cómo lo haces.
Violeta se sorprendió por haber pronunciado aquellas palabras. En el fondo no quería verlo. ¿O sí?
--No es agradable, Darky. No lo es para un profano y, con franqueza, no creo que estés preparada para ello.
Violeta calló. Eran tantas las emociones que la asaltaban que prefirió no decir nada. ¿Era posible que la odiara y la amara al mismo tiempo?
«¿Me estaré volviendo loca?»
Ana respondió adelantándose a sus pensamientos.
--En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón --sentenció--. No lo digo yo. Lo dijo Nietzsche. ¿Hay algo más que quieras preguntarme?
--En realidad, sí.
--Pues hazlo ahora. Tal vez en otro momento no esté dispuesta a contestar a determinadas cosas.
--Ya sé que no todas las sangres son iguales. Eso me ha quedado claro. Pero, aparte de las diferencias de sabor entre ellas, ¿existe algo más que las distinga?
Ana permaneció en silencio unos instantes, tras los cuales se dispuso a contestar.
--Sí. ¿Tienes idea de lo que es la esencia del alma?
--No.
--Pero al menos sí podrás imaginar lo que es la esencia de una persona.
--¿Su perfume? ¿Su olor corporal?
--Más o menos --indicó tomando la bolsa de sangre ya casi descongelada--. Cuando bebemos sangre de una presa, podemos apreciar la esencia de esa persona o, mejor dicho, de su alma. Cada persona tiene impresas unas vivencias. Tú tienes las tuyas y por eso eres como eres. No hay dos Darkys --dijo señalándola con el dedo índice--. Ni siquiera los gemelos son iguales, porque cada uno ha recibido una serie de impactos, de experiencias, de señales que han contribuido a marcar su trayectoria.
--¿Puedes saber lo que ha vivido una persona cuando bebes su sangre? ¿Te refieres a eso?
--Es difícil explicarlo sin que puedas llegar a sentirlo, pero sí. Básicamente, así es. No es que pueda saber lo que ha vivido esa persona; es que soy capaz de verlo y, en cierta manera, de aprender de ello.
--¿Quieres decir que la sangre que hay en esta bolsa te hará «ver» cosas? --preguntó sorprendida.
--Esta sangre no es la más idónea. En este caso --pronosticó--, será un mal «viaje», una experiencia desagradable. Por ello no me gusta la sangre «muerta» y por eso me pongo de mal humor cuando no hago lo que tengo que hacer y soy considerada con algunas presas.
--¿Me estás diciendo que hoy le has perdonado la vida a alguien? --dijo Violeta sorprendida ante aquel arranque... ¿humano?
--Puede ser --contestó con ambigüedad acariciando la bolsa de sangre, que por fin se había licuado--. Y ahora déjame sola. Comer es un acto más íntimo de lo que la gente supone.
Violeta obedeció y se retiró a su habitación. Ana se levantó del sofá, puso La creación de Haydn y, en su compañía, ingirió aquella dosis de sangre muerta.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:58 am

22

Muy pronto las heridas físicas de Analisa cicatrizaron por completo. Para sor Ramira, se trataba de un hecho inexplicable que sólo podía ser achacado a la intercesión de la muy antigua y venerable madre sor María de Santa Clara, auténtica alma mater de aquel lugar, que había sido elegida abadesa del convento en 1613 y cuya vida estuvo plagada de innumerables pruebas y de incontables sucesos tan piadosos como extraordinarios.
Procedente de noble cuna, muy pronto escuchó la llamada del Señor y no dudó en abandonar la comodidad del hogar familiar para cumplir a rajatabla con los designios del Altísimo. De ella se decía, por ejemplo, que aborrecía el comercio con los seglares. Para evitarlo dispuso que otra hermana con una voz muy similar a la suya bajara al torno a atender a los extraños haciéndose pasar por ella.
Siempre hizo suyo el voto de pobreza evitando usar ropas nuevas. Por este motivo entregaba a otras hermanas los hábitos de nueva confección. En cuanto a su calzado, sus sandalias eran tan viejas que más bien parecían instrumentos de tortura que se le clavaban en los pies. Ésta era la razón por la que solía andar descalza aun en fechas en las que el frío era extremadamente severo.
Era frecuente encontrarla tendida en el suelo en los lugares de tránsito del convento, como los umbrales de las puertas, a fin de que sus hermanas la pisaran al pasar como expiación de sus pecados. Y, siendo ya prelada, ordenó que el resto de sus hermanas le pisaran la boca cada vez que recibía el sacramento de la confesión.
Según se cuenta, en determinadas ocasiones tuvo lo que podría denominarse «arrebatos místicos», en el transcurso de los cuales era capaz de ver al Niño Jesús en el pesebre y a la Reina del Cielo junto a él. Decidió dejar plasmadas por escrito estas visiones con una pluma ágil y elegante.
Su vida no fue sencilla. Se vio abocada a soportar crueles lances en forma de accidentes y enfermedades, que la llevaron a quedarse ciega, a padecer un cáncer de garganta que la privó de la facultad del habla y a desarrollar pústulas por todo su cuerpo. Y, pese a todo, esta humilde sierva de Dios, lejos de lamentarse, se regocijaba en la ordalia que le había tocado en suerte soportar, y se comportó así hasta el mismo día en que abandonó este mundo.
Pese al tiempo transcurrido desde su óbito, sor María de Santa Clara era venerada en el convento como si de una auténtica santa se tratara.
La hermana Ramira estaba convencida de que las heridas de la recién llegada se habían curado con tanta celeridad debido a su divina intervención. «¿Qué otro motivo podía existir para que se hubiera repuesto tan pronto, si no era capaz de asimilar la comida?», se preguntaba la religiosa.
Sor Angustias era de la misma opinión; no así la madre abadesa, que precisaba de mayores pruebas para calificar de «milagro» aquella curación. Si bien reconocía que había algo extraño en la manera en que se había recuperado, no era partidaria de lanzar las campanas al vuelo con tanta rapidez como sus hermanas.
--Si estuviera sanada del todo, comería como Dios manda. ¡Y no hace más que devolver! --sentenció.
--Esa mujer ha debido de estar sometida a una fuerte tensión y es por eso por lo que vomita el alimento --manifestó la hermana Ramira intentando reforzar la hipótesis del supuesto milagro.
--¡Parece mentira que sea usted mujer de medicina, sor Ramira! No me negará al menos que está demenciada. De haber querido obrar con ella un prodigio, ¿no tiene mayor sentido que sor María de Santa Clara la hubiera curado por completo?
--Pero...
La hermana Ramira se vio interrumpida por la madre abadesa.
--¡No hay «peros» que valgan! --la espetó en tono agrio--. Me da igual si ha habido o no intervención divina. El caso es que esa mujer no pertenece a nuestra comunidad y quiero que se marche cuanto antes.
--¿Y vamos a permitir que abandone esta casa aun sin haber recuperado del todo el norte? --intervino sor Angustias.
--¡Eso es! Le señalaremos la dirección del pueblo y que allí se las apañen con ella y sus asuntos mundanos. Denle un hábito y comida para un día --la expresión de su rostro no ofrecía posibilidad de discusión--. Y háganlo al caer la noche. No quiero que salga a plena luz del día delante de todas nuestras hermanas.
Ambas religiosas salieron del despacho de su superiora cabizbajas y resignadas. No entendían qué mal podía causar al convento la presencia de aquella joven sin pasado.
A la caída del sol, hacia las seis de la tarde, sor Angustias se dirigió a la celda de Analisa. Entonces fue cuando de veras advirtió un cambio sustancial en ella: era la primera vez que la veía totalmente despierta y consciente. Estaba sentada sobre la cama y la miraba con ojos penetrantes. Pero no recordaba que los tuviera tan grandes ni que su mirada fuera tan turbadora.
Al principio se sorprendió al encontrarla en aquella postura, pero no quiso darle mayor trascendencia. Sor Angustias portaba una escudilla de lentejas en su mano derecha y un hábito nuevo colgado de su brazo izquierdo. Sor Ramira debía de estar a punto de reunirse con ellas.
--¿Emersinda? Es ése su nombre, ¿verdad? --preguntó no sin curiosidad.
Durante sus delirios había repetido aquel nombre hasta la saciedad.
--¡No! --respondió tajante--. Me llamo Analisa.
--¿Y quién es, entonces, Emersinda? ¿Su madre? ¿Su hermana?
--Mi tía.
Analisa había perdido toda esperanza de comunicar a la religiosa todo cuanto había padecido en los últimos días. Al principio intentó explicarle que había sido víctima de una confusión fatal que había inducido a todos a pensar que estaba muerta, cuando realmente no era así. Sin embargo, lejos de comprender sus razonamientos, las religiosas la habían tomado por una demente, desechando sus reiteradas peticiones de avisar a Patrocinio.
--¿Y sabe dónde está su casa? ¿Podrá llegar hasta ella? Se lo comento porque la madre abadesa dice que, ahora que se encuentra bien, debe abandonar nuestro convento. Por eso mismo le he traído este hábito.
Parecía evidente que sor Angustias era contraria a aquella decisión.
De repente, observó algo raro en la joven. Ésta la miraba fijamente, como una cobra a su presa. Sus ojos le produjeron escalofríos. Por un momento habría jurado que cambiaban de color tornándose rojos. ¡Aquella mirada había logrado asustarla!
Sin saber muy bien qué le impulsaba a hacerlo, decidió abandonar la celda para ir en busca de la hermana Ramira. No quería permanecer más tiempo sola junto a la desconocida. No parecía la misma persona... ¡Y le daba miedo!



Analisa se sentía fatal.
No sabía qué le estaba ocurriendo ni por qué había experimentado tanta ansia y aquella sensación de vacío en la boca del estómago cuando sor Angustias se acercó a ella con el hábito en la mano. Su estómago había protestado igual que lo hacía cuando estaba hambrienta, y, sin embargo, al ver la escudilla de lentejas se le revolvieron las tripas. ¿Qué mal le aquejaba? Se sentía tan distinta, tan diferente y extraña en su propio cuerpo.
«¿Qué me ha hecho Emersinda?», se preguntaba angustiada.
No quiso quedarse para averiguarlo. Tenía que salir de aquel lugar o quizá sería capaz de cometer una locura.
Se puso el hábito con suma rapidez y asió el manojo de llaves que sor Angustias había dejado abandonado precipitadamente sobre la cama. Entonces, salió con sigilo de la celda y se dirigió hacia la puerta principal. Probó varias de las aparatosas llaves de hierro hasta dar con la adecuada.



«¡Que Dios me perdone por lo que acabo de hacer! ¡Que Dios me perdone, porque yo no puedo!»
Analisa se echó a llorar inundada de rabia y dolor. Las lágrimas corrían por sus mejillas como ríos de sangre fresca, la misma que ahora manchaba su rostro, sus manos y su hábito. De haber sido posible, habría deseado desaparecer de la faz de la Tierra en aquel mismo instante, morir, caer fulminada por un rayo. ¿Pero cómo podía morir si ya no pertenecía al mundo de los vivos?
Si hubiera conservado el crucifijo que le dio el párroco, tal vez ahora no se hallaría ante aquella angustiosa situación, aunque, de haberlo guardado, quién sabe qué habría ocurrido. Aún resonaban en su mente las últimas palabras que recordaba haber escuchado de boca de Emersinda: «Por más que le llames, tu Dios no vendrá a protegerte.» ¿Qué había hecho con ella aquel ser diabólico? ¿Era ahora un demonio, igual que ella?
Analisa abandonó el cuerpo sin vida de la pequeña, lo depositó sobre la cama y, en un gesto tan amoroso como paradójico, lo arropó con la raída colcha que cubría su cama. Jamás podría olvidar su carita, que, extrañamente, reflejaba placidez. Tenía los ojos cerrados y los adorables rizos rubios manchados con la sangre que aún manaba de su delicado cuello. Después, abandonó su habitación saliendo por la ventana, por el mismo lugar por el que había entrado.
Para su desgracia, comprobó que todos sus males físicos habían desaparecido en el mismo instante en que había probado su sangre inocente. Habían cesado los temblores, los sudores fríos, la ansiedad y el hambre. Pero, en contrapunto, una tormenta de remordimientos y de angustia se había abatido sobre ella como las alas de un gran murciélago.



En su descargo sólo podía argumentar que no lo había planeado.
Tras abandonar el convento de Santa Clara de Jesús bajó la colina y se dirigió hacia el pueblo. Aquellas luces que asomaban al fondo debían de pertenecer a sus casas.
El único motivo por el que quería ir a ese lugar era para buscar a Patro. Había tantas cosas que aclarar. Necesitaba saber, por ejemplo, por qué la habían introducido en un panteón en compañía de su horripilante tía. ¿Se trataba de un complot o de una simple confusión?
Durante su estancia en el convento había dispuesto de mucho tiempo para meditar acerca de su desagradable situación y sólo había podido concluir que debió de ser Patro o Pedro quienes la encontraron desvanecida en su habitación. Y ahora precisaba gritar al mundo que estaba viva.
Eran cerca de las nueve cuando alcanzó la humilde casa en la que vivía Patrocinio junto a su familia. Llamó a la puerta con insistencia hasta que alguien la abrió. Para su sorpresa, no fue Patro quien lo hizo, sino una niña. No tendría más de seis o siete años. Analisa no estaba segura de que aquélla fuera la casa de la doncella, pero recordaba la descripción que una vez la misma Patro había hecho de su hogar.
--¿Vive aquí Patro?
--Sí. Pero mamá no está.
--¿Y dónde se encuentra? Preciso hablar con ella urgentemente.
--Ha ido con papá al funeral.
Al escuchar la palabra funeral, Analisa sintió cómo las piernas apenas la sostenían. Un funesto presagio cruzó por su mente y necesitaba desecharlo.
--¿Funeral? ¿Qué funeral? ¿Quién ha muerto?
--La señorita Analisa y la señora mala --repuso la niña extrañada, pues todo el mundo en el pueblo sabía que ambas habían muerto.
La joven no supo qué decir. Sus fuerzas la abandonaban, su cabeza daba vueltas, sentía un dolor punzante en el estómago y unos temblores incontrolables en los brazos y en las piernas.
La niña debió de advertir algo raro en aquella mujer de hábito marrón y blanco.
--¡Abuela, abuela! Hay una monja en la puerta que pregunta por mamá --exclamó, dejando el asunto en manos de los mayores.
--No hace falta que la llames, niña. Ya vendré en otro momento.
Cuando la abuela se asomó a la puerta, Analisa ya había desaparecido.
--¿Monja? ¿Qué monja ni qué ocho cuartos? ¡Anda para adentro que se va el calor! --masculló la abuela enojada.



«¿De verdad estoy muerta? ¿Y por qué puedo caminar, hablar, pensar y sentir?»
Aquella dulce niña le había abierto los ojos. En aquel momento no era capaz de definir su estado. Apenas recordaba nada de la noche fatídica en la que Emersinda abandonó la silla de ruedas para abalanzarse sobre su cuello. Sus recuerdos eran vagos, más parecidos a un mal sueño que a un acontecimiento real y palpable. Todo lo relacionado con aquella noche estaba envuelto en una espesa nebulosa.
Arropada por la oscuridad, permaneció escondida en las inmediaciones de la casa. No sabía qué hacer. Se debatía entre marcharse o quedarse allí, agazapada. Estaba desesperada. Su mundo, sus creencias y su propia vida se habían venido abajo en un abrir y cerrar de ojos. Todo parecía haberse derrumbado y sólo quedaba sitio para los temblores, los sudores fríos y ese dolor punzante que martilleaba sin cesar la boca de su estómago... Y para el miedo. Se sentía aterrada ante el hecho de que sólo era capaz de recrear una imagen monstruosa, un pensamiento imposible de formular en voz alta: el recuerdo del cuello de aquella niña palpitando bajo su camisón rosa bordado con puntillas de ganchillo.
«Dios mío, ¿qué me ocurre? ¡Ayúdame, por favor! ¡Haz que esto pare! ¡Yo no soy como Emersinda! ¡No soy así!»
Pero sí lo era. Al menos, lo sería a partir de aquella noche.
A través de la ventana vio, como si de sombras chinescas se tratara, cómo la niña era conducida por su abuela hasta su habitación. La vio arrodillarse junto a la cama y rezar. Al finalizar, su abuela le dio un beso y la arropó. Después apagó la vela y abandonó la estancia.
La oscuridad reinaba cuando Analisa se acercó sigilosamente a la ventana que daba al cuarto de la pequeña. Tocó en el cristal con los nudillos, suavemente. No quería asustarla.
--¡Abre la ventana, por favor!
La niña dudó, pero al fin obedeció. Aquella figura bañada por la claridad de la Luna parecía la de la monja que había llamado antes preguntando por su madre, y una monja nunca podría hacerle mal alguno.
--Déjame entrar, pequeña --susurró con dulzura--. Fuera hace frío.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:59 am

23

Estaba seguro. Aquellos gritos provenían de la habitación que ocupaba Darío y no del patio de vecinos, como había sospechado en un primer momento. Alejo Espinal se incorporó y miró la hora en el despertador. Eran más de las tres de la mañana. ¿Por qué gritaba de aquella manera? ¿Qué le pasaba?
Los muros de la casa parecían construidos con papel de fumar, así que Alejo dedujo que, si él se había despertado a causa de las voces, tal vez también lo habría hecho el vecino de al lado.
Aún desorientado, encendió la luz de la mesilla. Se levantó trabajosamente, se puso las zapatillas y se dirigió a la habitación de Darío. Los gritos no habían cesado. «¿Qué es lo que grita?», se preguntaba mientras caminaba por el pasillo.
Mencionaba a un tal Raúl.
--¡Raúl, no te dejaré morir!
Abrió la puerta y encendió la luz, pero aun así Darío no se despertó. Daba vueltas en el sofá-cama bañado en sudor. Su pelo, habitualmente domado por la gomina, estaba revuelto y encrespado, y continuaba vociferando entre sollozos.
--¡No se ha suicidado! ¡Deben creerme!
Se le veía tan asustado y vulnerable que Alejo sintió lástima por él.
Dudó qué hacer. ¿Debía despertarle bruscamente y acabar con su sufrimiento?
«A lo bestia, no --sopesó--. A ver si le va a dar un infarto.» Finalmente, optó por asirlo del brazo con suavidad y zarandearlo un poco.
--¿Qué? ¿Qué? ¿Qué pasa? --gritó Darío dando un respingo e incorporándose de golpe en la cama.
--Tenías una pesadilla. Ibas a despertar a todo el vecindario. ¿Estás bien?
Darío lo miró instintivamente con un gesto de desconfianza. ¿Desde cuándo se preocupaba alguien por él? Eso era nuevo.
--¿Y bien? ¿Qué soñabas? Te confieso que me has acojonado. No te has despertado ni cuando he encendido la luz.
--Nada. No estaba soñando.
--¡Venga ya, tío! Hablabas de un tal Raúl. ¿Quién es?
No estaba dispuesto a contarle su vida a nadie y menos al novio de su hermana.
--No conozco a ningún Raúl --mintió.
--Vale. Como quieras --le espetó apagando la luz--. Pero intenta no soñar en alto. No quiero movidas con los vecinos.
El despertador sonaría a las siete menos cuarto, pero Alejo ya no pudo recuperar el sueño perdido.



Darío tampoco. Era una pesadilla recurrente que le asaltaba de vez en cuando desde la muerte de su amigo Raúl. Cuando creía que la había vencido, regresaba de nuevo. Más de una vez había pensado en contársela a un psicólogo, pero había desestimado la idea porque sabía que hacerlo supondría tener que hablar sobre su vida y enfrentarse a ciertas preguntas para las que no tenía respuesta y que le resultaban dolorosas. Sin embargo, aquella noche al escenario de su pesadilla se había sumado un nuevo personaje: Alejandra Kramer.
Había aparecido casi al final del sueño, justo antes de que Alejo lo despertara. Alejandra había surgido como una exhalación junto a la tumba de Raúl. Insinuante, bella y provocativa, como siempre. Sin pronunciar una sola palabra le había tendido una pala. ¿Qué pretendía que hiciera con ella?
Su cama estaba hecha un desastre. Se arropó como pudo y se abrazó a la almohada. Las lágrimas empezaron a acumulársele en los ojos nublando su visión. Aquella noche comprobó cómo la evocación de su recuerdo aún tenía el poder de hacerle daño.



Después de una intensa jornada en Regalo+, Silvia esperaba a Alejo con su coche en la puerta. Habían quedado para pasar la tarde juntos. Desde que Darío estaba alojado en su casa, el escritor sentía que había perdido buena parte de su intimidad.
Silvia lo recibió con un beso en los labios. Alejo se quedó un poco frío. Le fastidiaba reconocerlo, pero desde que había conocido a aquella desconocida en The Gargoyle se sentía distinto. Al producirse el contacto entre sus labios, tuvo un flash-back del encuentro en el local gótico, pero intentó olvidar sus emociones para centrarse en su novia.
--No tienes buena cara --comentó Silvia.
--Es que no he pegado ojo.
--¿Y eso?
--Tu hermano me desveló a las tres de la mañana y ya no he podido volver a dormirme --explicó acomodándose en el asiento del copiloto.
Silvia arrancó el vehículo en dirección al centro. Había un tráfico espantoso.
--¿Ha sido por la música? Hablaré con él. Mis padres siempre se quejan de que la pone demasiado alta.
--No. Tuvo una pesadilla y comenzó a gritar como un poseso. Por cierto, ¿sabes quién es un tal Raúl?
--Era el mejor amigo de Darío. Ha vuelto a soñar con él, ¿verdad?
--¿Era o es?
--Era. Murió. Bueno, en realidad se suicidó.
Alejo enarcó las cejas sorprendido.
--¿Y sueña con él muy a menudo?
--A veces, aunque creí que ya lo habría superado.
--Pues se ve que no. Es más, cuando le pregunté quién era, negó conocer a algún Raúl. ¿Hace mucho que murió su amigo?
--Hace bastantes años.
--Entonces debería ir a un psicólogo.
--Ya se lo dijimos, pero siempre se ha negado.



El siguiente fin de semana Alejo y Darío acudieron juntos a un par de locales góticos. Primero estuvieron en La sepultura y después volvieron a visitar The Gargoyle, el local favorito del joven gótico. Allí permanecieron el resto de la noche. El escritor se sorprendió varias veces mirando en dirección a la puerta. ¿Esperaba ver aparecer por ella a la atractiva desconocida que había conocido en aquel lugar? Posiblemente así era, aunque Alejo no estaba por la labor de reconocerlo. Sin embargo, no se presentó y el escritor empezó a aburrirse como una ostra.
Darío había desaparecido hacía un rato. Anunció que iba a pedir una copa, pero tardaba más de la cuenta en regresar, por lo que Alejo empezó a considerar la posibilidad de que hubiera decidido darle esquinazo para buscar compañías más afines.
Alejo se dirigió al baño para refrescarse un poco la cara, pues el calor dentro del local resultaba sofocante. Al bajar las escaleras que conducían al aseo le pareció escuchar la voz de Darío, pero no estaba seguro, ya que el volumen de la música ahogaba cualquier conversación.
De repente vio cómo Darío era empujado contra una de las paredes del pasillo de acceso a los baños. No pudo ver la cara del agresor porque lo tapaba un muro decorado con terciopelo rojo, pero observó que tenía brazos de estibador.
--¡A mí no me engañas, niñato de mierda! Sé que sabes más de lo que cuentas --le decía el extraño a Darío.
--¡Ya me interrogó la policía! Y usted no tiene ningún derecho a tratarme de este modo.
--Mentiste a la policía. Le dijiste que no estabas aquí la noche en que apuñalaron a Alejandra, pero tú y yo sabemos que es mentira.
Lo tenía bien sujeto por el cuello. Alejo se lo pensó dos veces, pero al fin decidió intervenir.
--¡Eh, oiga! ¿Qué hace? ¡Suéltelo! --vociferó sacando su tono de voz más brusco.
--¡Usted no se meta donde nadie le llama! --replicó el hombre dirigiéndole una mirada fugaz.
--Sí que me meto. Es mi amigo. ¿Se puede saber quién es usted y por qué lo trata así?
Por un momento, soltó a Darío. Éste, sin embargo, permaneció acorralado contra la pared sin atreverse a dar un paso. Alejo comprobó que el extraño no era un adolescente, sino un hombre hecho y derecho «disfrazado» de negro, igual que él.
--Si es su amigo, entonces quizá pueda responderme algunas cuestiones --dijo focalizando todo su interés en Alejo--. ¿Conocía usted a Alejandra Kramer?
--No. ¿Quién es?
--La joven que apuñalaron aquí mismo hace unas semanas.
Entonces Alejo se dio cuenta de que, a pesar de que los propietarios del local habían intentado borrar las manchas, la moqueta estaba teñida de una capa oscura e irregular que bien podría ser sangre seca.
--No sé nada sobre ese asunto.
--Pero su amiguito sí.
--Aún no ha dicho quién es usted.
--Me ha contratado el señor Kramer, el padre de Alejandra. Estoy investigando su muerte.
--¿Y qué le hace pensar que Darío tiene algo que ver con ella?
El gótico no daba crédito a la reacción de Alejo. ¿Estaba soñando o el escritor le defendía? De pronto, el novio de su hermana había cobrado varios puntos en su escala de valores.
--Tiene antecedentes policiales por profanación de tumbas y se da la circunstancia de que estaba presente la noche en que la mataron.
--Escúcheme, eso no significa nada. Así que, si no es policía, le sugiero que lo deje en paz de una vez. No tiene ningún derecho a acosarlo, y mucho menos a retenerlo.
Alejo se puso entre ambos, haciendo ver al investigador que no estaba dispuesto a permitirle seguir su interrogatorio.
--Muy bien. ¡Perfecto! Usted sabrá lo que hace, pero pienso seguir con mi investigación y si él está implicado reuniré las pruebas necesarias para encarcelarlo. A usted también por encubrirlo.
--Usted lo ha dicho: si está implicado. Pero da la casualidad de que no lo está, así que investigue por otro lado.
Aquel hombre no parecía muy convencido, pero no tuvo más remedio que marcharse. A fin de cuentas, sólo era un detective privado con complejo de matón siciliano contratado por un padre desesperado.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:59 am

24

Una joven ataviada con el hábito típico de la Orden de las Clarisas recorrió el pueblo amparada por la oscuridad. Buscaba un lugar en el que ocultarse, y no sólo de las miradas indiscretas, sino también de sus instintos. Pero era una quimera. En el fondo sabía que jamás podría escapar de sí misma.
Era evidente que no debía permanecer por más tiempo en el pueblo, pero tampoco se atrevía a regresar a casa de Emersinda. Tenía varias razones y todas eran poderosas. Muy pronto descubrirían el cadáver de la niña. Cuando esto ocurriera, tarde o temprano saldría a colación la visita de la extraña «monja» que se había presentado en casa de la pequeña momentos antes de que fuera asesinada. Siguiendo este razonamiento, lo más probable era que las autoridades preguntaran en los conventos de la zona. Y, cuando le tocara el turno al de Santa Clara de Jesús, las monjas mencionarían sin duda que habían dado hospedaje a una extraña mujer llamada Analisa, cuya única obsesión era hablar con una tal Patrocinio.
Desde luego, Analisa no era un nombre común. Y como ya se habían producido una serie de extraños sucesos en torno a ella y su tía, el hecho de que ambas estuvieran oficialmente muertas no sería un impedimento para que las gentes del pueblo se reunieran en torno a la casa de Emersinda en busca del monstruo capaz de haber dado muerte a la niña.
No en vano aquéllos eran tiempos en los que el populacho aún estaba convencido de que las brujas campaban a sus anchas por caminos y encrucijadas, y que los demonios anidaban en las almas de los desdichados que tenían la desgracia de caer bajo sus garras. Asimismo, muchos creían a pies juntillas en las visitas nocturnas de íncubos y súcubos, unos misteriosos seres capaces de chupar la sangre a los infelices durmientes y de copular con ellos en contra de su voluntad.
Los vampiros constituían, en realidad, parte del folklore brujeril que tan magistralmente representó Francisco de Goya en muchos de sus óleos y frescos. El vulgo pensaba que los brujos que en vida habían comerciado con el Diablo, una vez muertos, pasaban a formar parte de su legión infernal y que el Maligno los transformaba en criaturas que succionaban la sangre de los vivos durante las horas nocturnas.
Presumiblemente, las personas con una cierta cultura ya no creían ni en brujos ni en no-muertos. Muchos de ellos habían comprendido que estos personajes eran utilizados por el propio cristianismo para ganar adeptos. Para la Iglesia de aquel tiempo, todo el que no permaneciera dentro del redil pasaba a formar parte de un grupo, cada vez más nutrido, del que convenía desconfiar. Sólo los fieles temerosos de Dios podrían hallar refugio en el seno de la Iglesia. De eso se trataba. Sin embargo, aunque se daba por hecho que estas creencias ya sólo estaban arraigadas entre la gente inculta, lo cierto es que esto era mucho suponer.
La propia Analisa había pertenecido al grupo de los racionalistas, y había sido así hasta que se topó de bruces con la cruda realidad que ahora vivía, una realidad cuya naturaleza en absoluto comprendía. La joven se sentía como un monstruo, como una alimaña sanguinaria incapaz de controlar sus actos.
Por otra parte, a la conmoción inicial de «despertarse» en el panteón junto a Emersinda se había sumado una terrible sospecha que crecía por momentos. ¿Y si aquel ser diabólico vivía? ¿Y si no se había extinguido porque ya estaba muerto desde hacía años? ¿Y si había estado conviviendo desde el principio, y sin saberlo, con una no-muerta? ¿Y si todo obedecía a un calculado plan para convertirla en un ser atroz y despiadado? Y, de ser así, ¿por qué la había escogido? ¿Qué ganaba con ello y cuáles eran sus verdaderas intenciones?
No. No podía regresar a ese lugar. Pero tampoco podía detenerse por más tiempo a pensar. Tenía que huir de allí de inmediato.
Atravesó el pueblo y se dirigió hacia las afueras como una exhalación.



Aquélla fue una noche de revelaciones para Analisa.
Una de las primeras cualidades que descubrió acerca de su nuevo estado fue que había cobrado una asombrosa agilidad. Tras probar la sangre de la niña comprobó que era capaz de correr y saltar de manera sorprendente. La debilidad que había experimentado durante los días posteriores a su muerte había quedado atrás dejando paso a unas nuevas habilidades aún desconocidas para ella. Sin embargo, lo que no intuyó mientras atravesaba a gran velocidad campos y caminos fue que necesitaría seguir ingiriendo sangre con cierta regularidad para poder mantenerse en unas condiciones físicas aceptables.
Otra de las cosas que averiguó fue que había desarrollado la capacidad de ver a la perfección en la más absoluta oscuridad. Esto, junto con su nuevo sentido de la orientación, le permitió buscar refugio en un antiguo molino medio derruido. Orientarse nunca había sido su fuerte. No obstante, ahora era capaz de encontrar «sitios seguros» para ocultarse ante cualquier amenaza aunque no conociera la zona en la que se hallaba.
Tan pronto alcanzó el viejo molino, se acurrucó en el suelo y lloró amargamente. Permaneció en postura fetal buena parte de la noche. «¡No lo volveré a hacer! ¡Yo no soy así!», musitaba aterrada.
Analisa por fin sabía lo que era, en qué se había convertido y quién era la responsable de su insufrible tortura. La rabia y el odio se apoderaron de ella. Por unos instantes fue capaz de olvidar su sufrimiento, su miedo, sus remordimientos y también la carita de la niña muerta para centrarse en el blanco de su ira: su tía.
La sed de venganza se había instalado en su mente y lo había hecho de forma inquietante.
«¡Si está viva, acabaré con ella! Nadie se merece volver a pasar por esto», concluyó.
De pronto advirtió que el Sol pedía paso a la Luna y que la luz del día ganaba terreno a las tinieblas.
Tendría que esperar para llevar a cabo su plan. No estaba segura de que la luz pudiera dañarla, pero recordó las curiosas costumbres de su tía. Ésta jamás permitió que Analisa descorriera las cortinas de su alcoba y la joven nunca pudo verla a plena luz del día. Analisa no era estúpida y sabía que tenía que existir una razón para ello.
Por este motivo, se introdujo en un rancio cajón que halló en el molino, un receptáculo quizá destinado en el pasado al almacenamiento de harina. Se acomodó como pudo para esperar la caída de la noche. Creyó que las horas diurnas se le harían interminables, pero se equivocaba. Poco a poco fue alcanzando el auténtico mundo de las tinieblas, el gran universo de las sombras de la muerte... la Nada más absoluta.



Con la llamada de la oscuridad abrió los ojos. No hizo falta que nadie le comunicara que había llegado el momento de salir de aquel cajón. Su instinto se encargó de hacerlo. Automáticamente volvió a sentirse como una escoria. Aquellas horas no habían contribuido a hacerla olvidar a Teresita, la pequeña a la que había matado la noche anterior.
De haber vivido, pasado mañana habría cumplido siete años. Y quería una muñeca, porque Juanita, la única que tenía, se había roto. Estaba fabricada con paja de la que se empleaba para hacer escobas y, cuando la metía en la cama por las noches, al contacto con su delicada piel, le producía picores por el cuerpo. Le faltaba un ojo, pero no le importaba. ¡Quería a Juanita! Era su amiga y ahora estaba rota.
--Dios santo, ¿por qué sé todo esto? ¡No quiero saber estas cosas! ¡No quiero! --gritó Analisa angustiada por las nuevas sensaciones que estaba experimentando. Pero las sabía, y sabría otras muchas, cosas que no quería conocer, detalles sobre la vida de la niña, sobre sus inocentes pensamientos y esperanzas que le hacían sentirse aún más miserable.
Supo que Teresita había estado muy enferma, casi al borde de la muerte, pero ya se encontraba mejor. Se sentía feliz porque mamá y papá ya no tendrían que preocuparse más por ella. Podría volver a ayudar a su progenitor con los zapatos. Había aprendido a limpiarlos con betún y le gustaba hacerlo porque se sentía útil y porque en casa no había mucho dinero.
--¡Que pare esto ya! ¡Voy a volverme loca! ¡No quería hacerlo! No quería, pero necesitaba su sangre.
La única manera de acallar esas vivencias ajenas que habían irrumpido en su vida como si de un castigo divino se tratara fue concentrando todos sus pensamientos en Emersinda. ¡Ella era la culpable de todos sus males! ¡Ella y sólo ella la había convertido en un ser aborrecible y destructivo!
--¡Te odio, maldita bruja! --gritó hirviendo de rabia.
Analisa salió del viejo molino como alma que lleva el Diablo. Intuyó qué dirección debía tomar para llegar al cementerio. Tenía que saber la verdad, tenía que averiguar si Emersinda estaba realmente muerta.
Si no lo estaba, la destruiría.
Gracias a sus nuevos talentos buscó la dirección correcta para llegar hasta el cementerio. Sin embargo, a medio camino, comenzó a percibir un fuerte olor a quemado y vio humo, una columna de humo cada vez más espesa.
Se detuvo a observar el panorama y entonces contempló el fuego. Un pavoroso incendio se había desatado en el camposanto. Una inmensa lengua de fuego se extendía por lo que había sido el cementerio y sus alrededores.
Analisa se acercó cuanto pudo, pero al llegar a cierto punto se vio obligada a retroceder. El fuego no perdonaba, lo consumía todo, y el viento era su mejor aliado. Entre horrorizada y sorprendida vio cómo los pocos panteones que aún permanecían en pie terminaban por derrumbarse con estrépito ante sus ojos, encendidos por la rabia y el odio.
No quedó nada en pie.
Emersinda había pasado a la historia.
Para siempre.
Se había llevado toda su maldad al rincón más oscuro del Averno.
La joven habría deseado matarla con sus propias manos, pero eso ya no era posible.
Aquél fue un día aciago para la joven y para el pueblo: ella había perdido la oportunidad de vengarse; los habitantes del pueblo se habían quedado sin el lugar al que dirigirse para llorar a sus muertos.

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