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 Clara Tahoces - Gothika

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:59 am

25

Rojo.
Estaba todo rojo y chorreaba sangre, sangre fresca y deliciosa. Así era cómo a Violeta le gustaba ahora la carne.
Puso el filete de ternera sobre la sartén y, apenas pasados unos segundos, le dio la vuelta. Apagó el fuego y con ayuda de unas pinzas colocó su comida sobre el plato. Después, se sentó a la mesa de la cocina y se dispuso a deleitarse con aquel manjar que había comprado esa misma mañana en el supermercado.
--Lo quiero bien tierno --le había dicho al carnicero.
--¿Le pongo algo más?
--Póngame también unas gallinejas y unos entresijos.
Por supuesto, obvió comentarle que pensaba comérselos prácticamente crudos. ¿Para qué, si no iba a entenderlo?
Violeta disfrutaba con esas pequeñas salidas matutinas, consentidas por la no-muerta. En contra de lo que en un principio había pensado, el hecho de vestir con ropas «normales» le producía un secreto placer. Nadie se paraba a mirarla por la calle ni le ponía malas caras. Si su madre hubiera podido verla, seguro que estaría orgullosa de ella. Era una chica vestida aparentemente normal y, sin embargo, nadie podría imaginar que convivía con una no-muerta. Aquello le resultaba tan irónico que casi le hacía reír.
Antes de ir al supermercado se había acercado al tanatorio de la M-30. Allí, puntual a su cita, había recogido su revista favorita, Adiós, una publicación editada por la Empresa Mixta de Servicios Funerarios de Madrid, cuya temática era la propia muerte. Y siempre que lo hacía se sentía fascinada por el ambiente que se respiraba en aquel lugar: caras tristes, gente con ojos llorosos y dolor, mucho dolor. Le gustaba imaginar las historias que aquellas personas cargaban a sus espaldas y qué acontecimientos se habían desencadenado para que ahora se encontraran reunidas en torno a una capilla ardiente.
El tanatorio era un lugar que siempre estaba atestado de gente. La muerte no concedía tregua ni siquiera los fines de semana. No entendía de horarios, de fechas, de edades o de posición socioeconómica. La Dama Negra se presentaba simplemente cuando le venía en gana.
«La muy cabrona hace lo que le sale de los cojones en todo momento --pensaba Violeta mientras recorría los pabellones situados en torno a las capillas ardientes, simulando que buscaba a los familiares de un finado--. Si supieran que la muerte no siempre es el final, se lo tomarían de otro modo.»
Desde su traslado a Madrid había adquirido la costumbre de acercarse al tanatorio. En Rótova no podía acudir a la funeraria porque todo el mundo la conocía y al poco de emprender esta práctica comenzaron las murmuraciones. Cuando se desataron los cuchicheos entre la gente del pueblo, sustituyó su extraña inclinación por la del coleccionismo de esquelas, que atesoraba en un nutrido álbum. Su madre se quedó horrorizada cuando un día lo abrió pensando que guardaba en él recortes de prensa de sus grupos de música favoritos. Violeta trató de justificarse explicándole que en realidad lo hacía para estimular su creatividad. Aquellos recortes le servían de inspiración para sus dibujos. Leyendo las esquelas podía imaginar cuál había sido la causa de la muerte del difunto para después realizar un bosquejo artístico que representara la escena. Desde luego, su progenitora no comprendió sus motivaciones y, lejos de aprobar su conducta, la castigó sin salir dos fines de semana.
No sabía de dónde le venía esta afición, pero sospechaba que tenía que ver con la muerte de su padre. Era tan pequeña cuando ocurrió la desgracia que su madre determinó que no fuera al entierro. Tal vez en ese momento se creó su fijación.
Dibujar era una de las pocas cosas que Violeta hacía por puro placer, pero desde que había llegado a casa de Ana no había vuelto a tocar un lápiz. Allí no tenía cuadernos ni carboncillos, ni nada que le animara a recuperar su vieja afición, para la que, temáticas macabras aparte, tenía bastante talento. Pensó que era una pena, así que al abandonar el tanatorio se dirigió a una papelería técnica donde adquirió algunos útiles de dibujo. Ana era una mujer generosa que no escatimaba un euro a la hora de complacer sus caprichos y Violeta estaba segura de que no le importaría que gastara un poco de su dinero en satisfacer su pequeña necesidad de hacer algo que realmente le gustaba.
Pasaba buena parte del tiempo sin hacer nada y eso la agobiaba, porque se aburría. Entonces le daba por probar combinaciones numéricas para lograr abrir la habitación de la vampira. Era consciente de que esa manera de proceder se había convertido casi en una obsesión. Temía que en una de ésas la descubriera con las manos en la masa. Y, francamente, desconocía cómo podría reaccionar la no-muerta. Quién sabe si optaría por matarla sin más, sin llegar a proporcionarle la ansiada conversión.
Otras veces, harta ya de estar encerrada en su casa, aprovechaba las misteriosas salidas nocturnas de Ana para hacer lo propio. Aunque fuera vestida como una persona «corriente», no había olvidado sus raíces oscuras y, de vez en cuando, sentía la necesidad de buscar gente como ella en locales de ambiente gótico.
«Gente como yo. ¿Existe gente como yo? No lo creo. No creo que existan muchas personas que hayan probado la sangre de un no-muerto», reflexionaba mientras masticaba el último pedazo de carne.
La vampira, por descontado, no estaba al corriente de estas escapadas. A Ana no le importaba que Violeta saliera por la mañana, pero por algún motivo que nunca explicó no le hacía gracia que lo hiciera por la noche, y menos aún que frecuentara locales góticos.
Aun así estaba dispuesta a correr riesgos. Aquella noche volvería a salir. Sabía bien que esas fugas constituían una situación de potencial peligro, pero tenía estudiados concienzudamente los horarios de Ana y pensaba que podría salir victoriosa de la prueba. Aunque le aterraba la posibilidad de ser sorprendida in fraganti, el hecho de contravenir las normas establecidas siempre la había excitado. Sabía que había varios locales góticos en la capital y estaba dispuesta a conocerlos todos.



The Gargoyle parecía un buen sitio para divertirse. La única pega que podía poner era verse obligada a salir sola, aunque en realidad estaba bastante acostumbrada a ello. La soledad parecía una constante en su vida, igual que en la de la no-muerta con la que convivía. A veces se preguntaba cómo sería ver pasar toda una eternidad sola. Aunque Ana no hablara de ello, sabía que en ese sentido era bastante «humana» y tenía altibajos como todo hijo de vecino. Unas veces parecía sobrellevar la soledad con gran estoicismo, pero otras había creído intuir un cierto hastío en su mirada.
Allí todo el mundo parecía sentirse acompañado. Todos menos ella, lo cual resultaba paradójico. Se suponía que aquél era el ambiente en el que la joven gótica podría desenvolverse con mayor comodidad. Sin embargo, allí estaba ella, apoyada en la barra de The Gargoyle más sola que la una.
Nunca había sido una persona que entablara una conversación sin ser invitada a ello. Su timidez y su apocamiento la impedían manifestarse tal y como era en realidad. Por eso mismo le sorprendió que aquel joven se acercara a ella con tanta espontaneidad.
--¿Nos conocemos? --dijo el chico sentándose a su lado en la barra.
--Me extraña, pero si tú lo dices...
--No lo afirmo, lo pregunto. En realidad, no creo que nos hayamos visto antes --manifestó dejando su copa sobre la barra--. De otro modo me acordaría de alguien tan interesante como tú.
Interesante era lo mejor que alguien podría decirle. De hecho, era lo mejor que nadie le había dicho en mucho tiempo.
--¿Interesante? ¿De verdad lo piensas?
--Sí. Tu mirada es especial. La expresión de tus ojos me encanta.
Violeta se ruborizó al instante, lo que no la impidió fijarse un poco mejor en su interlocutor. Él sí que era interesante, al menos a los ojos de Violeta.
--Gracias --musitó nerviosa, tanto que sin querer derramó su copa.
Rápidamente se apresuró a coger unas servilletas. Él se adelantó. Extrajo un pañuelo negro de su negra levita y limpió el estropicio.
--No te preocupes por la copa; de todas formas ya estaba medio aguada --comentó el joven restándole importancia al asunto--. ¿Cómo es que no te había visto nunca antes por aquí?
--No soy de Madrid. Sólo estoy de paso.
--Lástima. Entonces supongo que ya no volveremos a vernos.
--No lo sé. Nunca se sabe.
--A mí me gustaría.
Violeta echó un vistazo a su reloj, pero lo hizo más por escapar del control de su mirada que por estar interesada en la hora. Sin embargo, se dio cuenta de que era tardísimo. Ana debía de estar a punto de regresar a casa.
--Lo siento, tengo que irme.
El joven no hizo nada por ocultar su decepción. Dedujo que aquella chica no estaba en absoluto interesada en él.
--Dime al menos tu nombre.
--Darky.
--Encantado, Darky. Yo soy Darío. Espero que volvamos a vernos algún día.
--Yo también lo espero.
La joven tomó sus cosas y se dispuso a marcharse. Darío se acercó para darle dos besos, pero ella, por timidez, rehusó el contacto. Darío tuvo que conformarse con estrecharle la mano. Entonces se dio cuenta de que del bolsillo de su abrigo sobresalía un objeto extraño, un objeto alargado y fino.
--¿Qué llevas ahí?
--El móvil --mintió ella.
Darío aceptó su explicación, aunque resultaba evidente que aquello no era un teléfono móvil.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 10:59 am

26

--No puedo más! ¡No lo resisto! --gritó Analisa hincando las rodillas sobre el polvo del viejo molino--. ¡¡Necesito sangre!!
Había jurado que no volvería a hacerlo y, sin embargo se debatía entre la razón y sus instintos. Sabía que había tocado fondo y, aunque la decisión era dolorosa, no podía ocultar que las tinieblas estaban a punto de ganar su batalla contra la luz.
¿Qué otra cosa podía hacer si se carcomía por dentro?
En efecto: se pudría lentamente, en el sentido literal de la palabra.
Se miró las manos con espanto. Sus otrora finas y delicadas manos se habían transformado en arrugadas piezas de una maquinaria, su cuerpo, que ya no funcionaba con la precisión deseada. Si hubiera podido contemplarse en un espejo le habría horrorizado el espectáculo que se mostraba ante sus ojos con toda crudeza. Habría descubierto un rostro amoratado y cuajado de arrugas.
La joven observó que una de sus uñas se había desprendido. De sus dedos manaba un líquido amarillento y viscoso que olía mal. Era pus. La escena no podía ser más terrible. Para colmo de males, cada vez que se pasaba la mano por la cabeza se quedaba con un mechón de pelo entre los dedos. Había perdido casi todo su cabello.
Pero todo aquello eran menudencias comparado con el hambre que azotaba sus entrañas, con los temblores y con los hormigueos en su estómago, con las náuseas y, por supuesto, con el dolor agudo y punzante que venía a recordarle sin cesar que ahora era una no-muerta y que precisaba de la maldita sangre para subsistir.
Sin sangre no hallaría la paz.
Sin sangre no habría descanso.
Sin sangre y con sangre ya nada volvería a ser igual.
Decidiera lo que decidiese, su vida, si a eso se le podía denominar vida, estaba destrozada.
Llevaba varios días sumida en ese estado de desesperación, un estado, el de la abstinencia, que, si bien había escogido como única esperanza para cambiar el curso de los acontecimientos, ahora no podía por menos que lamentar. Sus fuerzas flaqueaban, pero no lo suficiente como para que su raciocinio se hubiera visto nublado. Era consciente de que se estaba convirtiendo en un detrito. A menos que hiciera algo por evitarlo, a menos que se cobrara una nueva víctima, no podría hallar la paz, porque lo más cruel de su situación era descubrir que no por abstenerse de beber sangre era capaz de alejar de sí las ansias de obtenerla.
Al principio estaba decidida a «morir» de inanición antes que volver a matar. Creyó entonces que, igual que los místicos eran capaces de vencer a los placeres de la carne, ella sabría cómo controlar la bestia que llevaba dentro. Pero se equivocaba: la bestia era cada día más fuerte y exigía su ración de alimento con mayor virulencia. No entendía de razonamientos ni de humanidad. Quería lo suyo y lo quería ya.
Su deterioro físico era sólo comparable a sus ganas de volver a catar el elixir de la inmortalidad. Pero lo que Analisa ignoraba era que practicando la abstinencia su parte física no fenecería, sólo se pudriría, y terminaría por transformarse en un ser desprovisto de autocontrol. Había llegado a la conclusión de que cuanto más hiciera por apartar de sí la sangre tanto peor sería la recaída. Era duro reconocerlo, pero ahora se sentía más cercana a Emersinda de lo que jamás habría imaginado, aunque nunca podría perdonarle que no la matara en lugar de convertirla en lo que hoy era.
Por desgracia para las monjitas de Santa Clara de Jesús, el viejo molino en el que se había refugiado la no-muerta era el lugar más próximo al convento, así que al caer la noche decidió abandonarlo para saciar a la bestia inmunda que llevaba dentro.
Analisa atravesó campos y caminos, pero esta vez no lo hizo con rapidez ni con agilidad, pues sus fuerzas se encontraban en franco declive. La joven se había convertido en una sombra, en un autómata movido únicamente por los invisibles hilos de la necesidad.
Igual que un perro de presa, Analisa rastreó el camino de la sangre, de la sangre fresca que bullía tras los muros del convento. Sin embargo, justo al llegar a la entrada del recinto, advirtió algo muy extraño: una fuerza misteriosa le indicó que no era prudente atravesar los muros de un lugar sagrado como aquél. Era preferible valerse de una artimaña destinada a que alguna monja saliera a su encuentro, cosa nada fácil si se tenía en cuenta que las almas que habitaban el edificio tenían prohibido el contacto con el exterior.
Si en aquel momento le hubieran preguntado, no habría podido explicar los motivos que la habían llevado a actuar con tanta reserva. A fin de cuentas, había pasado varios días entre las religiosas sin verse afectada por la sacralidad del recinto y, además, aún recordaba las palabras de Emersinda: «Por más que le llames, tu Dios no vendrá a protegerte.» De algún modo, aquella sentencia daba a entender que el poder del Creador poco o nada podría obrar frente a un ser no-muerto. Sin embargo, algo dentro de Analisa le había revelado que no debía entrar allí, sino que era preciso que consiguiera que alguna de las religiosas saliera al exterior.
Aquella noche descubrió que la bestia era capaz de hacer cualquier cosa, lo que fuera, con tal de saciar su apetito. La mentira y el engaño también eran parte de su naturaleza.



Todo estaba tan oscuro que, cuando sor Angustias abrió la portezuela del torno, ni siquiera aproximando una vela pudo ver con claridad a la persona que aguardaba al otro lado. Aun así, creyó intuir la figura de una monja.
Sin embargo, le extrañaron dos cosas: el fuerte olor a podrido y lo tarde que era. Desde luego, aquéllas no eran horas de visitar a nadie, por lo que concluyó que debía de tratarse de algo muy importante.
--¿Hermana? ¿Qué le trae por esta casa en plena noche?
--Es preciso que vea a la madre abadesa. Se trata de un asunto muy urgente.
--¿Qué ocurre y quién es usted?
--Soy la hermana Teodora y traigo un mensaje urgente de parte de don Pascual, el párroco del pueblo. ¿Me puede abrir la puerta? O, mejor aún, salga un momento y le haré entrega de la nota. No quisiera importunar a su superiora si se halla acostada.
--Supongo que estará durmiendo en su celda. ¿Por qué no la pone simplemente en el torno?
--Don Pascual ya me advirtió de su posible negativa. Es natural a estas horas, pero es necesario que se la entregue en mano.
Sor Angustias permaneció en silencio. Nada de aquello le parecía normal.
--Hermana, por favor, apelo a su caridad cristiana. Se trata de una situación muy delicada y comprometida para ustedes --dijo la voz--. Hace mucho frío y estoy cansada. ¿Tanto le cuesta abrir la puerta unos instantes? Le aseguro que no le llevará más de dos minutos.
--No es eso, hermana. La clausura, ya sabe... La madre abadesa me convocaría a capítulo de culpas si se enterara de que he salido de este recinto, aunque sólo sea a la misma puerta.
--Hermana, por favor, ¿cree usted que no se enfadaría igualmente si la despertara a estas horas?
Claro que se enfadaría. Y la hermana Angustias lo sabía perfectamente.
--No sé. Me pone usted en un compromiso.
--Por caridad, abra la puerta un segundo --suplicó la sombra oscura.
Sor Angustias era una buena mujer y se apiadó de su alma.
--Está bien. Pero sólo un momento.
La monja cumplió lo pactado y abrió la puerta, pero permaneció inmóvil en el umbral. Algo --no sabía exactamente qué-- la hizo dudar.
La misteriosa mujer se tapaba el rostro con el hábito. Sólo sus ojos permanecían al descubierto.
--¡Salga! No tiene nada que temer.
Sor Angustias sintió un escalofrío, pero obedeció. La mirada de aquella desconocida era demasiado penetrante como para aceptar una negativa. Impulsada por una fuerza desconocida, cedió.
--¿A qué orden dice que pertenece?
Cuando quiso darse cuenta, Analisa ya estaba junto a ella y tenía sus manos pútridas sobre su cuello.
--No lo he dicho, hermana --contestó la bestia con voz gutural.
La monja ni siquiera la reconoció. Aquel ser ya no se parecía en nada a la inocente Analisa. Todo cuanto se había esforzado por reprimir afloró. Y lo hizo con la mayor brutalidad.



Analisa dejó caer el cuerpo de sor Angustias sobre el suelo empedrado de la entrada del convento de Santa Clara de Jesús. Una sensación de vitalidad, la misma que había experimentado al acabar con la vida de la niña, se apoderó de ella. Acto seguido, notó cómo su cuerpo se revitalizaba: sus uñas, su pelo, su rostro y todo cuanto se había podrido en su organismo volvía lentamente a renovarse.
No era prudente permanecer en aquel lugar, así que optó por regresar al viejo molino. El camino de vuelta no tuvo nada que ver con el que había realizado a la ida. Había recuperado sus habilidades vampíricas: la capacidad de correr y de saltar a gran velocidad, de ver en la oscuridad y su sentido de la orientación. ¡De nuevo era ágil y rápida como un lince!
Sin embargo, una vez de vuelta en el molino, se dio cuenta de que junto a sus capacidades especiales también habían regresado la culpa, el miedo y los remordimientos. Y las visiones...
Sor Angustias era una persona buena y temerosa del Señor, si bien nunca quiso abrazar el Hábito Santo. Era la hija mayor de una familia pudiente empeñada en desposarla con un terrateniente que poseía menos escrúpulos que un clan de bandoleros de la serranía. Para colmo de males, su pretendiente era menos considerado que un tratante de ganado con sus reses y tan simple como el mecanismo de un botijo. A todo ello había que sumarle su avanzada edad, su desagradable físico y sus deficientes hábitos de aseo.
Ése fue el motivo principal que llevó a sor Angustias a desposarse con el Señor. Al menos, Éste no la requeriría carnalmente. Le costó mucho adaptarse a la vida en clausura. A decir verdad, aún no lo había conseguido del todo, pero había otras muchas cosas que compensaban su decisión. Aun sin vocación, la vida contemplativa había terminado por cautivarla.



«¡Otra vez no! ¡No quiero saber nada más sobre sor Angustias y su angustiosa vida! ¿Por qué tiene que ocurrir esto cada vez que lo hago? ¿Es éste el precio que tendré que pagar eternamente?», se preguntaba Analisa.
¿Era ése todo el contacto que tendría con los vivos? ¿Es que nunca podría volver a establecer una relación normal con ellos? Analisa ignoraba aún que pasarían muchos años, quizá demasiados, hasta que volviera a desarrollar un contacto «normal» con un humano.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:00 am

27

--¡Me has mentido! --dijo Alejo mirando fijamente a Darío Salvatierra--. Y ésta no ha sido la primera vez.
Darío evitó hacer comentarios; sabía que el escritor estaba en lo cierto.
--Me dijiste que no estabas aquí cuando apuñalaron a esa chica y ahora me entero de que no sólo estabas, sino que, para colmo, la conocías.
Alejo estaba furioso. Se había metido a defender al joven sin tan siquiera saber si había actuado correctamente. Se había convertido en un supuesto encubridor de una historia que no le incumbía y no acertaba a comprender los motivos que le habían llevado a hacerlo.
¿Podía alguien garantizarle que Darío no estaba implicado en ese crimen?
La respuesta era no.
--También me dijiste que no conocías a ningún Raúl y resulta que era tu mejor amigo --prosiguió--. Francamente, no entiendo qué puede pasar por tu cabeza. Y lo que es peor aún: no sé por qué coño he salido en tu defensa.
--Porque en el fondo sabes que no he hecho nada.
--No, no lo sé. No tengo prueba alguna que me indique que eres inocente. Y créeme cuando te digo que me encantaría tenerla.
Darío bajó la cabeza igual que lo hacía cuando su padre le increpaba a causa de sus extrañas costumbres.
--¡Di algo, joder! ¡No te quedes callado! Con esa actitud lo único que consigues es que piense que estás pringado hasta la médula.
--Para mí es doloroso, ¿sabes? --fue su escueta respuesta.
El joven gótico contenía las lágrimas, estaba a punto de echarse a llorar. Pero, en lugar de hacerlo, optó por abandonar The Gargoyle a toda prisa.
Alejo lo dejó marchar. A fin de cuentas sólo era un muchacho asustado. ¿Pero a qué le tendría miedo?
El escritor estuvo a punto de seguirlo. Allí no pintaba nada. Pero, cuando se disponía a irse, advirtió la presencia de la misteriosa mujer con la que había charlado varias noches atrás. Estaba en el mismo sitio en el que la encontró aquella vez: sentada en un taburete, sola, oteando el local con interés.
Alejo sintió una señal de alarma. No le convenía. Le atraía demasiado, y eso era peligroso. Aun así, se acercó a ella.
--No sé si me recuerdas --dijo tomando asiento en un taburete cercano--, pero la otra noche dejamos una conversación a medias.
--¿Debería? --dijo ella clavando sus increíbles ojos en los de Alejo.
--No sé si deberías, pero yo no me he olvidado de ti.
En seguida se arrepintió de haber pronunciado esas palabras, podría tomarlo por un plasta.
--¿No está hoy tu amiguito?
¡Sí que se acordaba!
--Acaba de irse. Entonces, deduzco que sí me recuerdas --manifestó el escritor triunfante.
--No te hagas muchas ilusiones, jamás olvido un rostro.
--¿Y tú? ¿Es que siempre vienes sola?
--¿Qué es lo que buscas? ¿Sexo? --le espetó desafiante.
Alejo no esperaba una respuesta tan cortante ni tan directa.
--Es eso lo que quieres, ¿verdad?
Le fastidiaba reconocerlo, pero era cierto. Aquella mujer le atraía muchísimo, tanto como para olvidarse de Silvia por unas horas. No era el momento de planteárselo, pero, de algún modo, sentía que su relación con ella se había vuelto monótona.
--En tu boca suena frívolo.
--¿Y qué pensaría tu novia si pudiera verte ahora?
--No tengo --mintió.
--Ah, ¿no?
--No --mintió de nuevo, aunque esta vez bajó la mirada al hacerlo.
--Creí que eras menos previsible --señaló la desconocida--, pero está claro que me equivocaba.
--No lo soy.
--No sé qué opinaría Silvia sobre eso.
Alejo se quedó de una pieza. ¿Cómo sabía que tenía novia y que ésta se llamaba Silvia? Nadie allí conocía su vida, excepto Darío, y éste había dejado muy claro que nunca se acercaría a esa mujer, aunque fuera la única fémina presente en el local.
--Tú sí que eres imprevisible --dijo sonriendo irónicamente--. ¿Quién te lo ha contado?
--Nadie.
--Mientes.
--No miento. Eres tú quien miente, ¿no crees?
--Vale, tienes razón. Soy un mentiroso. Pero no miento cuando digo que me gustas.
--Déjalo estar. Es mejor que te vayas.
--¿Escrúpulos?
Ella lanzó una carcajada. Sin embargo, la suya no parecía una risa distendida ni natural.
--¿Sinceramente? No imagino a nadie con menos escrúpulos que yo.
--¿Entonces?
--No me apetece sexo esta noche --confesó--. Tengo hambre, pero de otras cosas. Márchate, ¿quieres?
«Que te den por culo», pensó Alejo antes de largarse airado de The Gargoyle.



Alejo no estaba de muy buen humor. Al rechazo sufrido momentos antes se sumaban los remordimientos. «¿Cómo he podido ser tan cabronazo? Me habría tirado a esa tía si ella hubiera querido», se decía mientras caminaba por la Gran Vía hacia Cibeles para coger el buho. Estaba tan ensimismado que no advirtió que alguien lo seguía. Alguien silencioso cuyos pasos no se hacían notar sobre la calzada empedrada y resbaladiza de la urbe. Sólo en cierto momento, cuando los coches se detuvieron ante un semáforo en rojo, pudo advertir un silencio anormal para una ciudad como Madrid. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Entonces, instintivamente, se giró, pero no vio a nadie a sus espaldas.
Al regresar a casa, el escritor encontró a Darío tumbado en el sofá con los ojos llorosos. Cuando se desmaquillaba parecía aún más joven de lo que era. Alejo presintió que aquélla sería una noche muy larga. Dio gracias por que fuera viernes y por no tener que trabajar al día siguiente. El Goebbels, su nuevo jefe, lo habría crucificado si se hubiera presentado con ojeras. «Al trabajo hay que venir inmaculado, como la Purísima Concepción», recalcaba una y otra vez con aire de superioridad.
Alejo advirtió que Darío parecía abatido.
Optó por sentarse a su lado en el sofá. Aquel chico tan sólo necesitaba un «empujoncito» para hablar.
--¿Qué te ocurre? ¿Quieres que hablemos?
--Es cierto que te he mentido --se sinceró el joven--, pero no porque tenga nada que ocultar.
Aquélla parecía la noche de las mentiras.
--¿De qué conocías a Alejandra Kramer?
--De poco.
El escritor enarcó las cejas con incredulidad.
--No me mires así, es cierto. Ella nunca se fijó en mí. ¡Qué más quisiera!
--Pero intuyo que tú en ella sí.
--Era fantástica, increíble, la chica más atractiva que jamás he visto. Y te puedo asegurar que no era el único que me fijaba en Alejandra. A ella la encantaba llamar la atención. Pudo haberla matado cualquiera.
--¿A qué te refieres exactamente?
--Le gustaba provocar a todos: a hombres y a mujeres. Ya me entiendes.
--No, no entiendo.
--Sabía que estaba buena y la divertía crear falsas expectativas. Cada noche estaba con alguien diferente.
--Ya. Entiendo. Era un poco ligerita de cascos.
--Una calientapollas integral, para ser más exactos. La verdad es que no tengo la menor idea de quién pudo hacerlo.
--¿Y es ése un motivo para cargarse a alguien?
--No debería serlo, pero quién sabe.
--¿Y por qué crees que ese detective está convencido de que fuiste tú?
--No lo sé. Supongo que porque tengo antecedentes por profanación, aunque ésta --aclaró convencido-- también es una larga historia, y porque ese tío, al igual que los «maderos», está muy perdido y no sabe de qué hilo tirar.
--¿Y la policía no averiguó nada? Digo yo que un crimen así, en un local atestado de gente, no pudo pasar desapercibido.
--Eso creo yo, pero, como tú mismo has podido comprobar, el ambiente es cerrado --explicó el joven--. No nos gusta que se nos utilice y la prensa manipula cualquier tipo de incidente para desacreditarnos: que si somos satanistas, que si sacrificamos animales. Y bastante tenemos ya con los putos skins.
--Comprendo. Os muelen a leches, ¿no?
--En cuanto tienen ocasión.
--Bueno, ¿y qué hay sobre Raúl?
El gótico mudó su semblante. Acaso eran demasiadas confesiones para una sola noche.
--Me parece que no estoy preparado para hablar de ello.
--¿Se suicidó? --preguntó Alejo sin rodeos.
Darío permaneció unos instantes en silencio. Después, contestó.
--Sí. Ésa es al menos la versión oficial.
--Pero tú tienes otra, ¿no es así?
--Creo que estaba aterrado. Si lo hizo fue por miedo.
--¿Miedo de qué?
--Miedo de quién, querrás decir. Mira --dijo el joven--, esta noche te he contado muchas cosas, demasiadas tal vez, y no quiero hablar sobre Raúl. Todavía no. Y me da igual si no lo comprendes.
--Lo comprendo, pero las pesadillas que tienes no son normales. Si no quieres hablar conmigo, me parece muy bien, pero al menos sincérate con alguien.
--Nadie me creería.
--Tal vez sí. De todas formas, aun en el caso de que no te creyera nadie, te vendría bien para liberar esos viejos recuerdos.
--Lo pensaré. Y ahora me voy a la cama. Estoy muerto.
--¡Espera! Una cosa más...
--Dime...
--¿Recuerdas aquella tía con la que hablé en The Gargoyle?
--¿Cuál? ¿La rarita?
--Sí.
--¿Es que has vuelto a verla? Si quieres un consejo, aléjate de esa mujer.
--¿Has hablado con ella sobre mí?
--¡Claro que no! Sólo la conozco de vista, y tampoco es de las habituales. Esa tía no me gusta un pelo.
Alejo vio cómo el gótico se alejaba por el pasillo para introducirse en la habitación del ordenador.
El escritor se quedó pensativo. Si él no había hablado con ella, ¿cómo sabía entonces lo de Silvia?

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:00 am

28

Analisa se había asegurado de encontrar al abogado de peor reputación de la capital: Juan de Valera. No estaba dispuesta a perder su fortuna sólo por el hecho de estar muerta. Se había presentado ante él con nombre falso y necesitaba que el letrado, motivado por una cuantiosa suma de dinero, se encargara de validar su nueva identidad sirviéndose de cuantas tretas fueran precisas.
La joven llamó a la puerta del despacho del abogado. Éste la hizo ponerse cómoda antes de comenzar la negociación.
--No entiendo por qué se empeña en que siempre nos encontremos a estas horas tan tardías, aunque, debido a los asuntos que la traen por mi gabinete, empiezo a comprenderlo --dijo mientras extraía unos papeles del cajón de su mesa.
Analisa sonrió con picardía.
--Tengo mis motivos --explicó quitándose los guantes con parsimonia--. ¿Ha seguido mis instrucciones?
--En efecto --comentó, haciéndole entrega de los documentos--. Margarita del Valle. Es lo pactado, y no crea que ha resultado sencillo.
--Ya lo supongo, aunque no podrá tener queja en cuanto a sus honorarios. Voy a pagarle de manera generosa cuanto me ha pedido. Y ahora escúcheme atentamente --comentó en tono confidencial--: éste es el testamento hológrafo del que le hablé. Está escrito de puño y letra por Analisa Guzmán de Realejo y en él consta como única beneficiaría Margarita del Valle.
--Entiendo.
Sus modales eran delicados y cuidadosos. No parecía un hombre desagradable, pero lo era. Había conseguido su excelso patrimonio a través de la extorsión, el chantaje y la mentira. Si había alguien en Madrid que pudiera realizar una gestión de tan oscura índole era Juan de Valera.
--Aquí tiene las señas del albacea. Ahora sólo tiene que presentarse ante él con este documento. Es absolutamente auténtico, así que no tendrá ningún problema.
--Olvida algo: usted no es realmente Margarita del Valle. O, mejor dicho, lo es ahora, gracias a mis gestiones. Se trata de una empresa harto arriesgada en la que podría poner en juego mi propia reputación, por no decir mi libertad.
--¿Qué está insinuando? Hable claro.
--Señorita, quiero decir que el precio del que hablamos era válido para el asunto de la identidad, pero no para esta nueva actuación en la que sin duda me juego mucho más que usted. A fin de cuentas, seré yo quien dé la cara.
--¿Y qué es lo que quiere exactamente?
--La mitad de todo.
«¡Maldita sanguijuela!», pensó Analisa.
La joven hervía por dentro y apretaba los puños con fuerza. Ésos eran los inconvenientes de tratar con malhechores de apariencia exquisita, pero Analisa sabía que no tenía otra opción. Ningún abogado honrado consentiría en hacer un trabajo tan irregular y, a fin de cuentas, ella no estaba haciendo nada inmoral: era su patrimonio.
--¿Sabe usted de cuánto dinero estamos hablando? --inquirió tratando de hacerle cambiar de opinión.
Fue un intento infructuoso.
--Ya supongo que no hace esto por una suma insignificante, pero mi labor tampoco lo será y usted saldrá muy beneficiada de ella.
--¿Y si me niego?
--No se lo recomiendo, señorita... Por cierto, ¿cuál es su verdadero nombre? Aún no me lo ha dicho.
--Eso no es asunto suyo --le espetó.
--De acuerdo, como quiera. Veo que posee usted un carácter bravo --comentó el letrado en tono burlón--. Pero da igual. Le decía que no se lo recomiendo. Créame, no sería apropiado para sus intereses. Ha de saber que tengo la buena costumbre de cubrirme bien las espaldas y si hablara acerca de usted... --amenazó--. No haga tonterías y todos saldremos ganando.
Analisa permaneció en silencio unos instantes. Después, claudicó.
--De acuerdo. Se hará como usted quiera. Le daré la mitad. Pero sólo cobrará cuando yo reciba el dinero --explicó mirándolo con desprecio.
--Descuide, ya me hago cargo de que ahora no dispone de gran liquidez. Veo que además de bella, es usted una mujer inteligente que sabe lo que le conviene.



Había pasado casi un mes y, ya como Margarita del Valle, Analisa malvivía en una habitación alquilada bajo la promesa de pronto pago. Las gestiones de Juan de Valera se retrasaban más de lo previsto, pero la joven sabía que iban bien encaminadas ya que, a falta de algo mejor que hacer, se había dedicado a supervisar su actuación en silencio. Como siempre realizaba sus averiguaciones de noche, la casera creía que se dedicaba a un oficio tan antiguo como el propio ser humano.
La joven intentaba pasar desapercibida y el hecho de permanecer buena parte del día sin salir de su habitación era objeto de constantes habladurías entre el resto de los inquilinos. Todos daban por sentado que Analisa era una mujer de «vida fácil». Aun así, si la casera no la había echado después de un mes sin recibir un solo real era porque en el fondo sentía pena por ella.
--Está tan delgaducha y tiene tan mala carita... A saber qué circunstancias la habrán obligado a convertirse en una meretriz --decía para justificarla.
Sin embargo, el resto de los inquilinos desconfiaban de ella.
--Quien mal empieza, mal acaba. Y ella ha comenzado por no pagarle. ¡Es usted una santa, doña Leocadia! --le decía la gente.
Una vez que se hubo solucionado el asunto de la herencia, Juan de Valera se lo hizo saber a través de un mensaje enviado con un recadero.
«Ya está todo arreglado. La espero esta noche en mi despacho», decía la escueta nota.



Analisa se presentó en el inmueble a las diez de la noche. No necesitó hacer esfuerzo alguno para pasar inadvertida, ya que a esas horas la calle se encontraba desierta. No obstante, a fin de evitar posibles contratiempos, tomó la precaución de taparse el rostro con un pañuelo.
--Ya puede estar satisfecha --dijo el abogado invitándola a sentarse--. Todo ha ido según lo planeado y está a punto de convertirse en una mujer inmensamente rica.
--¿Dónde están los documentos?
--No tan de prisa, no tan de prisa --dijo haciendo un gesto de negación con el dedo.
--¿Qué ocurre?
--Verá: he estado sopesando la situación y, francamente, el riesgo que he asumido por usted ha sido muy elevado --comentó mientras se despojaba de su americana.
--¿Qué es lo que quiere? ¿Es que no le parece suficiente quedarse con la mitad de todo?
--A decir verdad, no.
El letrado se había puesto en pie. La joven observó con inquietud cómo se desabrochaba la hebilla del cinturón y el chaleco.
--Pero no se preocupe. He hallado el modo de equilibrar esta descompensada situación.
Acto seguido se aproximó a ella y le acarició el cabello y la mejilla con mirada ardiente y lasciva. Analisa se levantó del asiento de un respingo. No estaba dispuesta a permitir que aquel cerdo le pusiera las manos encima.
La joven le dio la espalda.
--Vamos, querida, dese la vuelta, quiero volver a ver esos hermosos ojos. Siempre me ha parecido usted una mujer de una rara belleza. Tiene algo que me inquieta y me atrae al mismo tiempo.
--Haré lo que me pida --contestó sin girarse--, pero acabemos de una vez con los documentos. No me gusta mezclar los negocios con el placer.
--Bien. Si es ése su deseo... --manifestó volviendo a sentarse a la mesa de su escritorio.
Juan de Valera extrajo varios papeles del cajón de su mesa y los fue firmando todos. Había subestimado a Analisa por el simple hecho de ser mujer. ¿Qué podría hacer ella frente al poder arrollador de un hombre como él? Firmaría lo que fuera porque creía que la jovencita no tendría más remedio que claudicar y hacer lo que a él le saliera de la entrepierna. Y, si de esta manera accedía a sus deseos con mayor sumisión, mejor para todos.
Mientras tanto, Analisa se había colocado detrás de él para supervisar que todo se hiciera escrupulosamente.
--Una curiosidad, señorita --dijo el hombre sin levantar la cabeza de los papeles, que firmaba con caligrafía apretada, inflada y picuda--: ¿fue usted quien mató a la tal Analisa?
La operación había terminado. Sólo quedaba un documento por firmar, el que debía rubricar la joven para transferirle la mitad de su dinero al siniestro abogado.
--No, no fui yo --contestó con voz fría y distante.
El abogado seguía sin ver el rostro de Analisa, sólo sentía su presencia a sus espaldas.
--Entonces, ¿quién? He oído mencionar que sufrió lo que podríamos definir como una muerte violenta. De hecho, me hicieron unas cuantas preguntas sobre usted y su procedencia. Nada de qué preocuparse, claro. Salí airoso de todas ellas.
--Sí. Está usted en lo cierto, se trató de una muerte violenta.
Sus últimas palabras sonaron extrañas a oídos de Juan de Valera. Su tono de voz era distinto, gutural y siniestro. El letrado sintió una profunda inquietud y, cuando Analisa posó su férrea y gélida mano sobre su hombro, supo que algo iba decididamente mal. Se giró y vio sus ojos. Sus pupilas estaban tan rojas como un carbón incandescente.
--Es usted un excelente abogado, pero no sé si le habrán dicho que como persona es detestable --le susurró al oído--. Apuesto a que si apareciera muerto sus vecinos sentirían un gran alivio.
El abogado quiso moverse, pero se dio cuenta de que no podía. En contra de lo que había pensado en un principio, aquella mujer poseía una fuerza descomunal, capaz de retenerlo en la silla con tan sólo la presión de su mano.
--¿Aún quiere saber mi verdadero nombre? El otro día estaba muy interesado en conocerlo --preguntó la no-muerta mientras lamía su cuello.
En realidad, lo que hacía era buscar la yugular con el tacto de la lengua, una lengua áspera, igual que la de un lagarto.
Juan de Valera no se atrevió a contestar. En cambio, comenzó a sudar.
¡Estaba aterrado!
--¿Ha firmado ya todo?
Era una pregunta retórica. Sabía perfectamente que los documentos estaban en regla.
Juan de Valera asintió con la cabeza.
--Mi nombre es... A-na-li-sa --le informó antes de abalanzarse hacia su cuello.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:01 am

29

Cuando introdujo la llave en la cerradura, Violeta sintió que le flaqueaban las piernas. ¿Y si la no-muerta había regresado ya de su «cacería» nocturna? Se imaginó la escena como si fuera una película de terror: Ana podía estar esperándola sentada a oscuras en la butaca de la sala de estar. Sólo de pensarlo sintió un escalofrío.
Violeta se había retrasado más de la cuenta. Por lo general regresaba mucho antes, pero aquella noche había sido especial: las horas se le habían pasado volando y cuando quiso darse cuenta descubrió con horror que era tardísimo.
Giró la llave con cuidado y abrió la puerta despacio, intentando no hacer ruido. No había ninguna luz encendida. Instintivamente miró hacia la butaca, pero Ana no estaba allí. Todo se encontraba en penumbra y tranquilo, como siempre. Nada que temer. Ya con más tranquilidad encendió la luz, se despojó de su abrigo negro y se dirigió a la cocina.
No había cenado. Tenía guardada un poco de carne picada que ni siquiera se molestó en pasar por la plancha. Cogió una bola de carne del tamaño de una albóndiga y se la introdujo en la boca. La masticó con deleite y se sirvió un vaso de leche.
«Igual que los masai», se dijo.
Cuando tenía diez años recordaba haber visto un reportaje acerca de las curiosas costumbres de este pueblo africano. Debido a sus creencias, los masai despreciaban la práctica de la agricultura. Para ellos el cultivo de la tierra suponía todo un deshonor. Aún permanecían vivas en su mente aquellas imágenes del rito de la sangre: tomaban a una de sus reses, le clavaban una flecha en la yugular y extraían una cierta cantidad de sangre que introducían en el interior de una calabaza hueca. Pero no llegaban a matarla, sino que cerraban la herida con estiércol. Después, mezclaban el «oro» rojo con leche y orina. Esa mezcla de color parduzco constituía un preciado manjar que bebían extasiados, convencidos de que les proporcionaba fuerza y capacidades mágicas para enfrentarse a sus enemigos y también pensaban que les servía para afrontar toda suerte de enfermedades. No en vano era la bebida de los antiguos moran, los temibles guerreros masai que se habían granjeado una reputación feroz entre el resto de los pueblos vecinos debido al robo de reses.
Lamentablemente, no pudo terminar de ver el reportaje porque en el momento más álgido su madre apagó el televisor.
--¡Ya está bien de guarradas! --exclamó con cara de asco.
--¡Mamá, por favor, no lo quites!
--¡He dicho que se acabó! Esto es una salvajada. Lo que no sé es por qué ponen estos documentales a la hora de la comida.
No hubo forma de convencerla.
La pequeña Violeta se había quedado muy intrigada y quiso indagar más acerca de esa misteriosa cultura para la que beber sangre no sólo estaba bien visto, sino que suponía todo un honor, así que le preguntó a su profesor de dibujo si disponía de algún libro que hablara de los masai. Se lo dijo a él, pese a que aquello nada tenía que ver con la materia que impartía, porque era con el que mejor se llevaba; siempre salía en su defensa cuando sus compañeros se burlaban de ella.
A don Rogelio le extrañó que una niña de tan corta edad supiera quiénes eran los masai (ni él mismo sabía bien en qué parte del continente africano ubicarlos) y que, además, sintiera tan vivo interés por sus costumbres.
--Son unos negros que viven en África y que siempre van vestidos de rojo --le explicó la niña.
No tenía muchos datos más sobre ellos, excepto, claro está, el asunto de la sangre, pero aquello prefirió omitirlo por si su profesor reaccionaba igual que su madre. Pero, por fortuna, don Rogelio prometió consultarlo y buscar algún libro para que la pequeña pudiera dibujarlos.
Una semana después, el profesor apareció con un libro que hablaba sobre diferentes pueblos africanos. En él había un capítulo dedicado por entero a los masai que habitaban en Kenia y Tanzania, pero por desgracia no estaba ilustrado con fotografías o con dibujos.
--No importa --repuso la niña con emoción--. ¿Me lo presta de todos modos?
--Claro, lo he sacado de la biblioteca para ti.
Violeta pasó varias noches leyéndolo, y, aunque no entendía la mayoría de las palabras, las anotó todas y las buscó una a una en el diccionario. Según sus profesores, Violeta disponía de una inteligencia privilegiada, aunque desaprovechada quizá a causa de sus problemas de aislamiento. «¿Pero cómo no va a aislarse si sus compañeros la ridiculizan cada vez que tienen ocasión?», pensaba su profesor.
Don Rogelio sentía mucha lástima por ella. Creía firmemente que poseía un don para el dibujo y procuraba no poner cortapisas a su creatividad. Y, si la niña le había pedido un libro para adultos como fuente de inspiración, no sería él quien le negara esa ilusión.



Violeta sonrió al recordar a don Rogelio.
--¡Va por usted!
Después, apuró de un trago la leche que quedaba en el vaso y se dirigió a su habitación. Entró de manera mecánica, sin encender la luz y se sentó en la cama para quitarse los zapatos. En ese momento sintió cómo la fuerza de una garra le tapaba la boca.
La joven quiso gritar, pero no pudo.
--Calma, pequeña --susurró Ana a su oído.
Entonces la soltó.
Violeta estaba muerta de miedo.
Al verla con su vestimenta gótica, Ana supo que la joven le había mentido.
--De modo que has sido una chica mala --susurró en un tono suave, pero no exento de ironía.
La joven pensó que no tenía ningún sentido mentir.
--Sí.
--Me decepcionas, querida, me decepcionas mucho.
--Lo siento. No volverá a ocurrir --dijo Violeta intentando aplacar la ira que comenzaba a dibujarse en los ojos de la no-muerta.
--¿Y crees que ahora podré volver a confiar en ti?
--No lo sé. No tengo ni idea de lo que puede pasar por tu cabeza.
--Querida, me has mentido y eso para mí es una grave ofensa que no puedo obviar de la noche a la mañana.
--Merezco un castigo --dijo Violeta bajo los efectos de su influencia.
--Sí, querida. Lo mereces, pero lo mejor que puedo hacer es no proporcionarte ninguno --contestó en tono enigmático.
--No te entiendo.
--Ya lo entenderás, querida. Habrá un momento en el que desearás que te hubiera castigado --fue toda su respuesta.



En efecto, la no-muerta no hizo nada.
Y nada suponía privarle de su ración de sangre inmortal. No podía existir peor castigo que aquél.
Violeta pasó una semana infernal, víctima de los síntomas típicos de un síndrome de abstinencia. Ella no lo sabía, pero era afortunada al no estar verdaderamente muerta, ya que al menos no llegó a presenciar el desagradable espectáculo de la putrefacción en sus propias carnes, una situación que en más de una ocasión le había tocado experimentar a la no-muerta.
--¡Perdóname, por favor! No volverá a ocurrir, no volveré a mentirte --suplicaba entre sollozos.
Ana ni siquiera se molestaba en contestar. Ése era su castigo y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. Así aprendería quién gobernaba su voluntad.
Violeta se debatía entre temblores, sudores fríos y dolores musculares. Era incapaz de pensar en nada que no fuera su sangre inmortal. Ana no estaba dispuesta a que aquella joven marcara el ritmo de su vida. Necesitaba una persona que la sirviera y su devoción debía ser absoluta, incondicional y sin fisuras.
Cuando creyó que ya había recibido suficiente castigo, le proporcionó unas gotas de su sangre eterna. Violeta lo agradeció, no sin experimentar una gran humillación. De nuevo volvía a ser una persona «normal», capaz de pensar por sí misma sin estar sometida a la esclavitud de su fluido vital.
--Espero que hayas comprendido la lección y que sepas de una vez quién manda --comentó la vampira.
--Sí, Ana. No volverá a suceder --respondió Violeta igual que un robot.
--Buena chica.
Y Violeta regresó a la monotonía de no hacer nada. Sólo el dibujo le servía de válvula de escape. Pasaba buena parte del día dibujando y soñando despierta. Recordaba a aquel chico que se le había acercado en The Gargoyle. Había sido una pena tener que abandonar el local de aquel modo precipitado. Ya nunca sabría si los piropos con los que le había regalado los oídos eran o no sentidos.
Lo más probable era que nunca volviera a verle.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:02 am

30

Habían transcurrido muchos años, quizá demasiados, pero las costumbres de Analisa no se habían modificado: continuaba durmiendo de día y alimentándose de noche. Su fortuna le permitía vivir en sociedad de manera holgada y discreta y, desde luego, ya no era tan inocente ni tan escrupulosa como lo había sido al inicio de su conversión. Pero, en el fondo, se sentía inquieta porque temía que en su interior se estaba obrando un proceso irreversible. Era consciente de que con cada nueva víctima perdía una pequeña parcela de su naturaleza humana y muchas veces se preguntaba hasta dónde sería capaz de conducirla la bestia.
Sin embargo, sus mayores quebraderos de cabeza no se produjeron, como era de suponer, a causa de su brutal naturaleza, sino como consecuencia del clima político que vivía el país. Se había enrarecido a pasos agigantados y ya no era el más adecuado para sus intereses ni para su singular forma de «vida».
Desde que en marzo de 1808 se produjera el motín de Aranjuez, la situación se había agravado de manera alarmante. No obstante, el momento más amargo se desencadenó el 2 de mayo en Madrid cuando, tras producirse una revuelta popular contra los franceses, los invasores decidieron dar un escarmiento al pueblo. Aquella misma tarde dieron comienzo los fusilamientos, que terminarían con la vida de 2.000 personas.
Debido a todos estos agitados acontecimientos, Analisa se había visto obligada a huir de Madrid para refugiarse en el Sur, no sin antes emprender su particular cruzada contra los invasores, que dejó un reguero de cadáveres de soldados franceses. Entonces descubrió que cuanto más se alimentaba más fuerza y astucia cobraba.
A pesar de que habían pasado muchos años desde que Analisa perdiera todo lazo sentimental con familiares, amigos y conocidos, aún conservaba una pequeña parcela de «humanidad» que la obligaba a situarse al lado de los que sufrían, al lado del pueblo llano, el peor parado en toda esta situación conflictiva. Por eso contribuía a expulsar a los gabachos --así se denominaba a los soldados invasores-- de la única manera que podía hacerlo: alimentándose con su sangre.
Había tomado ciertas precauciones para no perder el control de su fortuna dejando escondida la mayor parte en un lugar al que sólo ella tendría acceso una vez finalizado el conflicto bélico, pero su vasta riqueza no paliaba la inmensa soledad que sentía. No le quedaba nada de su pasado y no conocía a nadie. Todos los rostros con los que se cruzaba le resultaban igual de desconocidos y, a causa de su condición de no-muerta, no le era posible establecer nuevas amistades sin que tarde o temprano su verdadera naturaleza saliera a relucir.
Su prematura muerte la había privado de experimentar muchas cosas que la vida ofrecía al común de los mortales: conocer a alguien de quien enamorarse, tener hijos y, en definitiva, llevar una vida normal. Ahora su única motivación era seguir alimentando a la bestia.
Esta suerte de aislamiento le aterraba, porque sabía que cuantos menos vínculos normales mantuviera con seres humanos más crecería su parte brutal. Por eso, aunque ella lo ignoraba, conocer a Jeromín fue un preciado regalo que el destino quiso poner en sus manos.
Analisa malvivía en una casucha que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Sí, malvivía, aunque era una persona acaudalada que podría haberse permitido boato. Pero la situación requería pasar desapercibida hasta que las aguas se calmaran. De otro modo, los invasores y el pueblo llano se habrían apoderado de su fortuna sin ningún tipo de escrúpulos. Y una vida, la suya, era demasiado larga, por no decir eterna, como para permitirse caer en bancarrota por la guerra. Ignoraba si habría otros como ella, otros no-muertos en su misma tesitura. En su situación, conservar su patrimonio era más una necesidad que un capricho o un acto egoísta.



Una mañana dormía plácidamente cuando unos gritos aterradores la sacaron de su sueño. Analisa habría jurado que provenían de un animal. Sin embargo, dentro de su caja y en completa oscuridad no podía aseverarlo. Sólo cuando escuchó las carcajadas y los insultos de un grupo de hombres comprendió que quien gritaba con desesperación era una persona. Aquellos desalmados se mofaban de un pobre diablo que en su huida había ido a refugiarse justamente en el callejón que daba a su ventana.
El tiempo había permitido a Analisa desarrollar un oído fino y preciso, gracias al cual distinguió las voces de tres hombres que sin piedad daban una paliza a un pobre desgraciado.
--¡Bestia deforme, bésame los pies! --decía uno de ellos mientras los demás le propinaban una lluvia de puntapiés.
--¡En una jaula tendrías que estar! --gritaba otro.
«No es asunto tuyo. Déjalo estar», pensaba Analisa.
Pero la saña y la maldad con la que aquellos hombres trataban al infeliz le impidieron volver a recuperar el sueño. Aunque vampira, aún le quedaba algo de conciencia.
«No puedes hacer nada por él. ¡Es de día! Si fuera de noche otro gallo cantaría», se decía hirviendo de rabia por dentro.
--¡Tu madre tendría que haberte matado al nacer!
El pobre muchacho ni siquiera era capaz de replicar.
«Si no hago algo, le matan.»
Entonces, decidió armarse de valor y salir de su escondite. El caso lo merecía y si la luz conseguía destruirla, al menos le quedaría la satisfacción de haber muerto por una causa noble.
Los vampiros, aunque muertos, poseían un desarrollado sentido de la supervivencia y, desde luego, la posibilidad del suicidio no se encontraba dentro de sus prioridades. De otro modo, Analisa se habría inmolado hacía ya muchos años. De hecho, en cierta ocasión lo había intentado, pero finalmente no tuvo el valor suficiente para llevar a cabo su plan autodestructivo. Sin embargo, la tesitura en la que se encontraba ahora era bien distinta: la vida de un inocente estaba en juego.
Sin pensarlo más, abrió la tapa de su caja, asió una horca y salió al exterior. Al verla aparecer, los agresores no la tomaron en serio. Si hubiera sido un hombre quien portara la herramienta, tal vez la situación habría sido distinta, pero por aquel entonces la opinión de una mujer valía poco menos que el papel mojado.
--¿Qué haces con eso, mujer? ¡Esto no va contigo! --masculló uno de los hombres, al tiempo que otro golpeaba al muchacho con un bastón.
El agredido permanecía en silencio. Acaso se hallaba inconsciente a causa de la brutal paliza. Estaba hecho un ovillo y se tapaba la cara con las manos. Sus ropas estaban sucias, andrajosas y manchadas de sangre. Por su volumen se adivinaba que era un muchacho alto y fornido, mucho más que todos aquellos indeseables, por lo que resultaba extraño que no hubiera hecho nada por defenderse.
Analisa estaba cegada por la luz del sol, pero, aparte de eso, no percibió ningún síntoma anormal que le indicara que la luz podía acabar con ella. En cualquier caso, tal y como estaban las cosas, no podía detenerse a pensar en lo maravilloso que resultaba volver a contemplar el astro rey en todo su esplendor.
--¡Dejadle en paz o le clavo esto al primero que se acerque! --gritó a modo de advertencia.
No podía distinguirlos bien, aunque era capaz de apreciar sus siluetas. Uno de los hombres intentó acercarse a ella para quitarle el arma, así que Analisa, sin vacilar un segundo, intentó clavársela, pero erró el intento. Pero aquel aviso sirvió para que los agresores se dieran cuenta de que no bromeaba. Como estaba despeinada y tenía la vista perdida, la tomaron por una demente.
Los agresores se miraron entre sí y decidieron que lo mejor era marcharse sin meterse en más complicaciones. Ya habían obtenido lo que querían: un poco de diversión maltratando a un joven indefenso.
--¡Maldita ramera! --gritó uno de ellos desde la lejanía.
Cuando el peligro hubo finalizado, Analisa soltó la horca, se aproximó al joven, que aún permanecía hecho un ovillo en el suelo, y se agachó a su lado para comprobar si respiraba.
--¿Puedes oírme? ¿Estás bien?
--Sí --musitó el muchacho entre sollozos--. ¿Se han ido ya los hombres malos?
--Sí. Ya se han ido, pero quizá decidan regresar. ¡Vamos --le instó al tiempo que le agarraba de un brazo--, ven conmigo!
El muchacho se incorporó lentamente.
Al ver su rostro, Analisa lo comprendió todo.
Aquel chico era retrasado.
Ya en el interior de la casa, Analisa limpió sus heridas, pero advirtió que el joven necesitaba un baño urgentemente.
--¿Tienes pan? --preguntó el muchacho.
No tenía ningún alimento que ofrecerle, ya que Analisa no consumía comida humana desde hacía muchos años.
--No, lo siento. No tengo comida.
--Bueno, no importa --dijo emitiendo una risotada que a Analisa se le antojó absurda.
Aquel joven parecía estar siempre alegre y risueño, lo cual resultaba algo chocante en ese momento teniendo en cuenta que acababan de propinarle una monumental paliza.
--Mira, haremos una cosa --dijo la no-muerta--: te daré esta moneda y así podrás comprar lo que te apetezca, ¿de acuerdo?
Cuando el muchacho vio la moneda, empezó a dar brincos y palmadas y a emitir sonidos guturales con la boca.
--Y ahora regresa a casa --le apremió.
El joven obedeció con ojos tristes. Su semblante había demudado en tan sólo un instante. Cuando se puso en pie, la no-muerta advirtió una cojera galopante en su pierna derecha. Aunque era alto y robusto, su actitud no difería de la de un niño pequeño. La no-muerta permaneció en silencio mientras aquel desgraciado abandonaba la casa.
Desde su ventana, y ya con la vista prácticamente recobrada, contempló cómo se alejaba por las callejuelas que conducían al puerto. Analisa le había salvado la vida, pero quizá ella había salido mucho más beneficiada que él. Si no hubiera sido por ese incidente, seguiría condenada a la eterna oscuridad de la noche. Y, por muchos siglos que pasaran, la luz era demasiado hermosa como para olvidarla.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:02 am

31

Estaba a punto de hacerlo, de ser infiel a Silvia.
Por lo visto, los remordimientos que le habían asaltado días atrás sólo habían contribuido a alimentar su deseo, que era cada vez mayor. Y ahora estaba a punto de acostarse con la bella desconocida que le tenía subyugado desde el mismo instante en que la vio.
Ana. Ése era su nombre. No sabía mucho más sobre ella. Y quizá era eso lo que la hacía tan atractiva y deseable: su misterio. Tenía el pelo sedoso, como el de las japonesas que salían en las películas de geishas; una boca carnosa y unos labios suaves, como la superficie de una gominola de fresa. Sus pechos eran simplemente perfectos: insinuantes y poderosos, ni grandes ni pequeños. Pero lo mejor eran sus ojos: demasiado bellos para describirlos. Fríos y dominantes, unas veces; cálidos y perturbadores, otras. Eran ojos sabios, que estaban de vuelta de muchas cosas. Inquietantes, en cualquier caso. El resto de su cuerpo... aún no había tenido ocasión de adivinarlo.
Sobre Silvia, en cambio, lo sabía casi todo. Tenía sus cosas buenas y malas, como todo hijo de vecino. Era hermosa, aunque superficial. Al principio, esta ligereza no le molestaba, pero con el paso del tiempo se había convertido en un obstáculo, en una barrera difícil de franquear. Y no es que él fuera un intelectual. Distaba mucho de esos cerebros sesudos volcados únicamente en el análisis del ser humano y de la existencia misma. Sin embargo, había más cosas que los separaban que los factores que unían. Silvia era demasiado previsible y ya había desaparecido la magia que Alejo sentía cada vez que iniciaba un acercamiento sentimental. Claro que, en el caso de Ana, el acercamiento era puramente sexual. No podía ser de otro modo, ya que no había tenido la oportunidad de tratarla.
Le había extrañado que al encontrársela en The Gargoyle se hubiera dignado dirigirle la palabra. Después del desplante del último día no esperaba que quisiera volver a saber nada más de él. Sin embargo, lo más extraño es que había sido ella quien se le había acercado para decirle al oído: «¿Vamos a tu casa o a un hotel?» Entonces, los nervios le traicionaron y perdió la voz por unos instantes.
«Mejor a un hotel», le contestó sin dudarlo siquiera un segundo. Y era eso precisamente lo que le preocupaba: no había habido ni un atisbo de vacilación en su voz. ¿Qué tenía de especial aquella mujer para cautivarle de esa manera?
En cualquier caso, ya era tarde para lamentaciones.
Ana estaba sobre él.
Nada más entrar en la habitación, le había empujado contra la cama, se había tumbado encima y ahora arrancaba su ropa sin miramientos, casi con furia, mientras lamía y besaba su cuello, sus hombros y su torso haciéndole sentir cosas que nunca antes había sentido. Si nadie lo remediaba --y no parecía que eso fuera a ocurrir-- sus cuerpos desnudos acabarían enlazados entre las sábanas de aquella cama de hotel.
Nunca había hecho algo así. Jamás había engañado a ninguna chica. Bueno, sólo una vez, pero se arrepintió tanto que juró no volver a hacerlo. La infortunada fue Teresa, una joven con la que tonteaba cuando era un adolescente. Ambos eran muy jóvenes y, a decir verdad, Teresa no se lo tomó muy bien. Cuando se enteró, le propinó un sonoro bofetón en medio de una fiesta para después dejarle plantado delante de todo el mundo. Al día siguiente descubrió horrorizado que las amigas de ella tampoco le hablaban. Al parecer, su fama de Casanova se había extendido por todo el instituto. Pasó un par de meses avergonzado sin poder acercarse a ninguna chica.
Sin embargo, no contenta con ello, la tal Teresita telefoneó a casa de Alejo y se lo contó todo a su madre, lo cual le hizo sentir aún peor. Su madre le echó un monumental sermón acerca del respeto al prójimo, la fidelidad y el amor, y Alejo tuvo que prometerle que no volvería a hacer algo así.
«¡Ni que hubiera matado a alguien! ¡Sólo fue un beso!», se justificó por aquel entonces.
Años después, las cosas cambiaron. Cuando el engañado fue él, comprendió cómo se había sentido Teresita. Cuando Paz se lió con uno de sus mejores amigos sufrió mucho. En aquel instante entendió que no era una cuestión del número de besos que se hubieran dado, sino de la sensación de traición y de desconcierto que se apodera de uno cuando se siente engañado.
Pero aquellos recuerdos formaban parte del pasado y ahora sólo las sensaciones eran capaces de regir sus actos. Luchar contra ellas no tenía sentido. Sabía que nada podría detener lo que estaba a punto de ocurrir. El único modo de hacerlo habría sido que Ana se negase a continuar. Pero ella no parecía tener intención de hacerlo, más bien todo lo contrario: cada vez mostraba mayor pasión, más deseo y habilidad. Y, sobre todo, sabía muy bien dónde y cómo tenía que acariciar su cuerpo.
Alejo se dio cuenta de que estaba temblando igual que un niño cuando recibe un regalo por su cumpleaños. La pasión que sentía era más poderosa que su cerebro y terminó de perder el control cuando Ana mordisqueó levemente el lóbulo de su oreja derecha. Su mente se deshizo por completo del recuerdo de Teresita, de Paz y, por último, de Silvia. Y sólo fue capaz de ver el rostro de aquella misteriosa mujer que se acercaba peligrosamente a una zona de su cuerpo a la que sólo algunas mujeres habían tenido acceso.



Cuando despertó, el vacío de Ana lo llenaba todo.
Se había marchado sin decir una sola palabra. Alejo ni siquiera sabía cuándo había ocurrido.
Buscó desesperadamente una nota caída sobre la moqueta de la habitación, un número de teléfono, una pista que indicara que ella estaba dispuesta a volver a verle.
Pero no halló nada.
Lo único que permanecía inalterable era su olor, un olor extraño, a tierra mojada. Y descubrió espantado que el recuerdo de Ana era mucho más poderoso que los remordimientos o la culpa. La desconocida se había instalado en su vida con tanta fuerza que había logrado deshancar a Silvia de un plumazo.
Era muy tarde. Más de las once. Debía darse prisa o le cobrarían otra noche de hotel. Se duchó con rapidez, se vistió y bajó a la recepción con la esperanza de que Ana hubiera dejado algún mensaje al recepcionista. Pero éste no sólo no tenía ningún recado para él, sino que ni tan siquiera recordaba haberla visto salir. A menos que en algún momento se hubiera despistado, por allí no había pasado ninguna mujer de las características de Ana.
Pagó la habitación y salió del hotel en dirección a casa. Al encender el teléfono móvil advirtió que tenía cuatro llamadas perdidas: tres eran de Silvia y una, la más reciente, de Marcial.
Optó por ignorar las llamadas de Silvia. Se sentía demasiado bien para estropearlo con una discusión y demasiado mal para mentirle. Dadas las circunstancias, prefirió llamar a Marcial.
Media hora después se encontraron en una cafetería cercana a su domicilio.
Al verle aparecer vestido con pintas góticas, Marcial no pudo reprimir una sonora carcajada.
--No me extraña que tu padre diga que no te conoce --manifestó con guasa.
--¿Cómo está?
--Como siempre. Ya lo conoces, se pasa todo el puto día quejándose.
--¿Y tú?
--Bien, bien. A ti no te pregunto porque es evidente que vienes de algún sarao de disfraces.
--Te equivocas.
--Entonces, ¿de qué coño vas vestido?
--De gótico.
Marcial hizo un gesto de desaprobación con la cabeza.
--Alejo, cada día me sorprendes más. A veces tengo la impresión de que apenas te conozco. ¿Se puede saber en qué andas metido?
--Sabes bien que me conoces mucho mejor que mi padre. Y da la casualidad de que sobre los góticos quería hablarte.
--Tú dirás --comentó con tono resignado.
--¿Te suena un local llamado The Gargoyle?
--No.
--Hace poco apuñalaron a una chica allí, a una gótica.
--¿Y qué tienes tú que ver con eso?
--Nada, pero me gustaría saber más cosas sobre ella. Se llamaba Alejandra Kramer. ¿Puedes conseguir más información?
--¿Te has creído que trabajo para el CESID?
Alejo hizo una mueca de incredulidad.
--Vamos, vamos, sé que puedes hacerlo.
--Desde que me retiré del cuerpo ya no tengo tantos contactos. Y los pocos que me quedan los reservo para asuntos importantes de verdad.
--Esto es importante... para mí.
Cuando le miraba así, Marcial era incapaz de negarle algo a su sobrino.
--Veré qué puedo hacer --dijo al fin--, pero no te hagas muchas ilusiones. Las cosas ya no son como antes.
--Sé que harás todo cuanto esté en tu mano.
Marcial hizo una pausa, miró hacia el suelo y cambió de tema.
--Alejo, ve a verlo --dijo poniéndose serio.
--¿Qué ocurre? Has dicho que estaba bien.
--Sigue igual de obcecado que siempre, pero creo que no lo está.
--¿Qué le pasa?
--No lo sé. No ha querido decírmelo, pero ha estado haciéndose pruebas médicas. Según él, está como un roble, pero no estoy tan seguro.
--Lo intentaré, aunque la última vez que le llamé me colgó el teléfono.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:03 am

32

El éxito de la «prueba de la luz» presentaba para Analisa una serie de ventajas que aún no acertaba a comprender. Si bien la luz --tal como había podido comprobar-- la debilitaba, no era menos cierto que no la había destruido. Tan sólo había advertido una fatiga similar a la que experimenta alguien después de realizar ejercicio físico durante varias horas. Todo ello suponía un paso adelante en su carrera involuntaria hacia la inmortalidad y tal vez indicaba que podría llevar una vida más «normal» que hasta entonces, aunque tuviera que seguir ocultándose entre los mortales. Seguía sin poder confesar su faceta vampírica, pero su calidad de vida se vería mejorada.
Con anterioridad ya había sospechado que la luz y otros mitos relativos a los vampiros no eran del todo reales. Lo intuyó cuando, en cierta ocasión, se vio abocada a tocar un crucifijo y descubrió que no le ocurría nada malo. Sin embargo, no obtuvo una confirmación plena hasta que se atrevió a salir de la oscuridad en la que vivía. Pero lo que la joven ignoraba era que esta ventaja también escondía una trampa: si su naturaleza se veía debilitada en exceso, la bestia, a fin de compensar ese desgaste, cada vez le exigiría mayores dosis de sangre.
En algunos aspectos, redescubrir la vida diurna no fue un plato de gusto. Comprobar hasta qué punto la situación política del país había afectado a la población resultaba desalentador. La gente estaba depauperada; se moría de hambre, de miedo y de incertidumbre. El desconcierto se había adueñado de sus compatriotas de tal modo que el pillaje, la rapiña y la picaresca eran las tónicas dominantes de aquel tiempo, un tiempo que tal vez, de haber sido mortal, no le habría tocado afrontar. La miseria que se vivía en el país era tan apabullante que, en más de una ocasión, Analisa llegó a alegrarse de que su dieta no fuera otra que la sangre. Al menos, a diferencia de los alimentos, ésta no escaseaba.



Una tarde, cuando Analisa salió de casa para airearse, observó que alguien había depositado una flor en el alféizar de su ventana. Al principio, pensó que había sido olvidada por error, pero le extrañó comprobar que el tallo estaba colocado con mimo debajo de una piedra, acaso para evitar que la raquítica florecilla cayera por la acción del viento. Analisa miró en todas direcciones, pero no vio a nadie, así que tomó la flor entre sus manos, se la acercó cuidadosamente a la nariz y aspiró su perfume. Aquella experiencia supuso un placer indescriptible. Después de tantos años había olvidado qué se sentía cuando el delicado aroma de una flor traspasaba sus sentidos. Y por unos instantes volvió a sentirse humana.
Pero ésta no fue la única muestra de afecto que la no-muerta recibió. En los días siguientes encontró otras muchas en su ventana, y todas igual de enigmáticas: una caracola marina, una concha de nácar que la marea olvidó en alguna parte de la playa, un trébol de cuatro hojas y hasta la pluma de un ave.
Eran presentes modestos, pero habían sido dejados con cariño, o al menos eso fue lo que dedujo en un principio. ¿Pero de quién procedían? Esta incógnita la inquietaba. Podía significar que alguien la espiaba, que conocía sus movimientos y que tal vez aquellos regalos, bajo una apariencia de inocencia, escondían aviesas intenciones. Tenía que descubrir quién era la persona que se había fijado en su solitaria y triste existencia.
Los regalos aparecían por la tarde, después de la hora de la comida, así que, fuera quien fuese su autor, debía de colocarlos por la mañana, justo cuando, después de alimentarse, la no-muerta aprovechaba para descansar. Analisa tomó una determinación: lo esperaría oculta para averiguar su identidad.
Al día siguiente permaneció en vela, pero nadie hizo acto de presencia. ¿Sabía aquella persona que estaría vigilando y por eso no había acudido? La no-muerta ignoraba la respuesta, pero aquel asunto trajo a su memoria acontecimientos del pasado que creía enterrados, recuerdos que de nuevo ponían en primer plano a la detestada Emersinda. Sin embargo, pronto desechó aquellas funestas sospechas.
¡Emersinda estaba muerta! Ella misma había podido contemplar el devastador incendio en el cementerio. Aquel ser maligno había sido destruido para siempre.
Con el paso del tiempo la vampira se había vuelto desconfiada. A fin de cuentas, su vida dependía de ello. De otro modo, habría sido destruida hacía años.
Si bien al inicio de su conversión habría dado cualquier cosa por morir, en los últimos años había comenzado a desarrollar un extraño instinto de supervivencia que la llevaba a aferrarse a la vida de manera irracional. Y, en cierto modo, era lógico. Su temprana muerte física la había privado del disfrute de una vida rica en experiencias humanas y las pocas que había tenido habían sido más bien desagradables: el suicidio de su padre, la prematura y extraña muerte de su madre y el funesto encuentro con su tía.
Por otra parte, Analisa estaba cada vez más convencida de que Emersinda no era su tía carnal. Quién sabe si aquel monstruo había acabado con su auténtica tía y la había suplantado. Analisa sabía que aquel razonamiento era absurdo, pero no se resignaba a asumir que en el seno de su propia familia había residido tanta maldad. Por desgracia, quizá nunca podría desprenderse por completo del recuerdo de Emersinda.
Al día siguiente reemprendió su plan de vigilancia.
Y esta vez tuvo éxito.
Con el alba, casi coincidiendo con el momento en el que Analisa solía iniciar su descanso, una figura envuelta en sombras se acercó a su ventana para depositar algo. Se detuvo sólo unos instantes y después continuó su camino.
Analisa siguió a la figura alta y corpulenta que caminaba unos pasos por delante de ella mientras sopesaba cómo afrontar la situación. ¿Qué podía hacer? ¿Atacarla por detrás para evitar su huida? ¿Adelantarse por un atajo y esperarla apostada en un recodo del camino? De pronto, advirtió que no estaba pensando como un ser humano, sino como un depredador. ¡Y todo aquel revuelo por una simple flor! ¿Es que estaba perdiendo el juicio? ¿Era así como quería relacionarse con los humanos? Ahora que tenía acceso a la luz debía empezar a comportarse como un mortal más y no como una bestia, y aquéllas no eran maneras de abordar a nadie.
No obstante, su desconfianza y su condición depredadora eran demasiado poderosas, así que finalmente cedió a ellas y lo abordó por detrás, propinándole un fuerte empujón contra el suelo.
Le sorprendió comprobar que su presa no oponía resistencia alguna. Por el contrario, el hombre se arrojó al suelo de inmediato y se llevó las manos a la cabeza.
--¡No me pegue, no me pegue! ¡No he hecho nada!
Su postura era defensiva. Daba la impresión de que aquel sujeto tenía asumido que Analisa iba a golpearlo.
La no-muerta se sintió desconcertada.
--¿Quién diablos eres y qué hacías en mi casa?
--¡Nada! ¡Se lo juro por mi vida!
Su voz sonaba gangosa y entrecortada. Tenía algún problema en el habla que le impedía expresarse con claridad.
Analisa comprendió que aquel muchacho no suponía una amenaza.
--¿Has sido tú quien ha dejado las flores?
El chico fue incapaz de contestar con coherencia. Se limitó a asentir con la cabeza y a emitir una sonora risotada carente de sentido.
--¡Levántate! --ordenó la no-muerta.
El joven obedeció.
¡Era el mismo al que Analisa había defendido días atrás!
--¿Cómo te llamas?
El chico permaneció en silencio, pensativo.
--Me llaman de muchas maneras --comentó sonriendo.
La no-muerta advirtió que una baba se deslizaba por su barbilla.
--Idiota, animal, mulo, inútil...
Analisa sintió lástima y, al mismo tiempo, se sorprendió al comprobar que su corazón parecía estar desarrollando una reacción humana.
--Pero tendrás un nombre, ¿no?
--No, que yo sepa --comentó emitiendo una nueva risotada.
¿Qué le hacía tanta gracia?
La no-muerta estaba cansada. Había sido una noche muy larga y tortuosa, le había costado bastante trabajo encontrar una víctima propicia. Tan sólo deseaba retirarse a dormir.
--Puedes irte a casa.
El muchacho demudó su semblante. Parecía decepcionado.
--¿Es que no va a pegarme?
--No veo por qué habría de hacerlo. Dejar flores en una ventana no es un delito. Bastantes restricciones sufrimos ya por culpa de los franceses.
Al escuchar la palabra «franceses» el joven comenzó a temblar y a proferir terribles alaridos.
--¡Malos! ¡Malos! ¡Malos!
--¡Cállate! ¿No ves que vas a despertar a todo el mundo?
--¡Hombres malos! --dijo llevándose una mano a la pierna derecha.
Analisa no podía permitirse llamar la atención, así que tomó al joven de la mano y lo condujo hasta su vivienda. No resultó nada sencillo, porque el muchacho creyó que iba a pegarle y se replegó como pudo en una esquina del camino.
--¡Tranquilízate de una vez! ¡En Cádiz no hay franceses!
Por algún extraño motivo, las palabras de Analisa ejercieron en el chico un efecto reparador. Tal vez no eran las palabras en sí, sino el tono que empleaba al pronunciarlas. Analisa lo trataba con respeto, cosa que jamás había hecho nadie en el transcurso de su desdichada existencia. El joven estaba acostumbrado a recibir malos tratos y se notaba. Cada vez que Analisa se acercaba a él, se cubría la cara instintivamente con las manos, como si fuera a atacarle.
Ya en el interior de la vivienda trató de averiguar algo más acerca de él.
--Calma, muchacho, calma. No voy a hacerte nada malo. ¿Y tus padres? ¿Dónde están?
--No sé.
--Pero vivirás con alguien... --sondeó. Se temía lo peor.
--¡Sí, con Carlota!.
Carlota era una pequeña rana. El muchacho la extrajo orgulloso del interior de uno de sus bolsillos. Después la tomó con sumo cuidado y le dio un sonoro beso que cubrió al batracio con un manto de babas.
--Bonita, ¿verdad?
--Preciosa, sí.
Se hacía tarde y Analisa comenzaba a estar muy cansada.
--Ahora debes irte. Necesito dormir.
El joven guardó a Carlota en el bolsillo. Parecía acostumbrado a que lo echaran de los sitios.
--¿Puedo volver otro día?
--Ya veremos --contestó--. ¿Qué día es hoy?
--Hoy, San Jerónimo. Mañana, Santa Teresita del Niño Jesús; pasado, los Santos Ángeles de la Guarda --recitó de carrerilla--. Ayer, San Miguel, San Gabriel y San Rafael arcángeles...
La no-muerta le interrumpió con un gesto.
--Es suficiente --dijo esbozando una sonrisa--. Supongo que no hay nada malo en que Carlota y tú, Jeromín, podáis regresar por aquí un día de éstos.
Aquel muchacho ya tenía nombre. Había sido «bautizado» por la no-muerta en un acto impulsivo. No sabía por qué lo había hecho, pero intuyó que quizá podría arrepentirse en un futuro.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:03 am

33

Tras sufrir el castigo impuesto por la no-muerta, Violeta regresó a un estado de aparente normalidad. Entonces fue consciente de que se hallaba atrapada en una telaraña de la que, a la postre, le resultaría muy complicado escapar. Detestaba a aquella mujer y la amaba al mismo tiempo, aunque no de una manera carnal, de eso estaba segura. Era algo mucho más «espiritual» y, por tanto, infinitamente más complicado de superar. Aquel sentimiento era irracional. No existía una explicación coherente para lo que experimentaba, pero el hecho era que estaba sometida a un intenso poder: el de su sangre.
Esa mujer era dueña de sus pensamientos, de sus emociones y, en definitiva, de su destino. Los vampiros antiguos, como Ana, eran capaces de introducirse en la vida de las personas hasta extremos insospechados, consiguiendo anular sus voluntades por completo.
Cuando Ana estaba presente, Violeta vivía para ella, para cumplir sus deseos, para acatar sus órdenes y para satisfacer sus necesidades. Pero cuando no se encontraba cerca, la joven gótica fantaseaba urdiendo complejos planes destinados a escapar de su yugo. Sin embargo, hasta ahora no había tenido éxito.
Una mañana, mientras la no-muerta descansaba después de una de sus «cacerías» nocturnas, Violeta sintió la tentación de llamar a su madre. La pobre no había vuelto a saber nada de ella desde que abandonara su casa en Rótova. La gótica tan sólo le había dejado una escueta nota. Lo había hecho para evitar que diera parte de su desaparición a la Policía Nacional. En cualquier caso, si hubiera denunciado el hecho, la policía no habría tomado en consideración su denuncia. Al fin y al cabo, Violeta era mayor de edad y su nota revelaba una huida voluntaria del hogar, no un acto criminal. Sólo se trataba de un caso más. Violeta habría pasado a engrosar las listas de desaparecidos, muchos de los cuales jamás volvían a ser vistos. Tampoco ayudaba mucho a un posible intento de localizarla el hecho de que hubiera formateado el disco duro de su ordenador.
En cualquier caso, la joven sospechaba que su madre no había dado parte a las autoridades. Filo conocía de sobra el extraño carácter de su hija y su manera de proceder le habría parecido rara, pero no inimaginable dentro de su marginal existencia. A su madre siempre le había preocupado todo cuanto hacía Violeta, sobre todo desde que murió su padre.
Al poco de la tragedia, la niña comenzó a sufrir fiebres altas que obligaron a Filo a ingresarla en el hospital. Los médicos no sabían qué le ocurría con exactitud, por lo que se limitaron a mantenerla en observación. Pero no encontraron un motivo que justificara su situación. Como no sabían qué diagnosticar, lo achacaron todo al disgusto sufrido por la muerte de su progenitor.
A pesar de que Filo también se sentía muy afectada por la pérdida de su marido, sacaba fuerzas de flaqueza y permanecía noche y día al lado de la niña. Varios familiares intentaron convencerla de que se marchara a casa a descansar. La pobre mujer tenía cada vez peor aspecto y en el hospital poco podía hacer por su hija si ni tan siquiera los médicos sabían qué mal la aquejaba. Pero ella se negaba. Decía que ya había sufrido suficiente castigo con la muerte de su marido como para perder también a su pequeña.
Sólo hubo un instante en el que abandonó los pies de su cama para hablar con los médicos y fue justo cuando Violeta se despertó empapada en sudor. La niña se sentía desorientada, pero se encontraba totalmente restablecida. La fiebre había remitido y se aventuró a bajar de la enorme cama en busca de agua. Sin saber bien lo que hacía, se internó por los pasillos del hospital.
Cuando Filo regresó a su habitación, la niña no estaba. Atribulada, comenzó una desesperada búsqueda por el hospital. Lloraba angustiada pensando que algo malo había podido ocurrirle y se culpaba de no haber estado junto a ella cuando se había despertado.
Al fin, Violeta apareció en otra habitación. Charlaba animadamente con un anciano que estaba a punto de ser operado de un tumor. Le preguntaba si tenía miedo de la muerte. Al verla, Filo se abrazó a ella con fuerza y entre sollozos le pidió que la prometiera que nunca volvería a irse de su lado sin avisarla. Violeta no comprendía nada, pero lo hizo.



--¿Mamá? Soy yo.
--¿Violeta? Hija mía, ¿dónde estás? --preguntó Filo con voz entrecortada.
La gótica se lo pensó antes de contestar. No podía contarle la verdad. ¿Quién iba a creerla si afirmaba que había sido vampirizada?
--Estoy bien, trabajando mucho.
--¿Pero dónde? ¿Y por qué no me has llamado antes? Estaba muy preocupada.
Violeta hablaba desde una cabina telefónica cercana al domicilio de la vampira. Hacía un frío cortante y tenía las manos enrojecidas. Mientras conversaba seguía el dibujo de la «T» de Telefónica con la yema del dedo índice.
--Ya me conoces --mintió para tranquilizarla--: soy impulsiva y desconsiderada. Pero me encuentro bien y te echo mucho de menos.
Filo no daba crédito a sus oídos. Hacía tanto que no la escuchaba decir algo así que, de la impresión recibida, tuvo que sentarse en una silla cercana al aparador sobre el que reposaba el terminal telefónico.
--Yo también, Violi. Sé que muchas veces no te he sabido entender, pero ahora todo será distinto. La abuela me pregunta constantemente por ti. Quiere saber cuándo vas a ir a visitarla. La pobre está muy delicada. ¿Es que no piensas venir ni siquiera un fin de semana?
--Pronto --afirmó aun a sabiendas de que quizá no podría hacerlo--. Muy pronto iré a veros. Lo prometo.
Filo escuchó el pitido inconfundible que anunciaba que la conversación se había cortado. Aun así, permaneció unos segundos con el teléfono entre sus manos sin atreverse a colgar el aparato. Acaso pensaba que la voz de su hija podría volver a escucharse de nuevo.



--Darky, querida, vuelves a decepcionarme --dijo Ana mientras pulsaba con la larga uña de su dedo la tecla que servía para interrumpir la comunicación.
La joven gótica ni siquiera la había visto llegar por detrás y tampoco la había oído cuando se introdujo en el interior de la cabina.
«¿Cómo coño lo hará?», se preguntó Violeta.
--Hay muchas cosas que todavía ignoras, Darky. Y a este paso seguirás sin saberlas --comentó haciendo un gesto de desaprobación--. Créeme cuando te digo que quiero llegar a confiar en ti, pero tú no me invitas a ello.
Violeta permaneció con la cabeza gacha, sin atreverse a decir nada.
--Te echo mucho de menos, mamá --dijo la no-muerta imitando el timbre de voz de la joven con una precisión asombrosa--. ¿Desde cuándo te has vuelto tan sentimental? Tú no eres así, querida. ¿O es que quieres que piense que me he equivocado contigo?
Ésa era otra de las cualidades de Ana: era capaz de imitar todo tipo de voces a la perfección, lo que le había permitido salir airosa de más de una situación comprometida.
La joven permanecía con la cabeza gacha. Era incapaz de resistir su mirada gélida y sarcástica.
--¡Ah, querida! Según tú, ¿qué debería hacer contigo? No quiero, pero me obligas a ser mala --susurró a su oído mientras clavaba con fuerza sus afiladas uñas sobre su antebrazo.
Violeta reprimió un grito.
Un señor ataviado con un mono azul golpeaba con los nudillos el cristal de la cabina. No entendía por qué aquellas mujeres se entretenían tanto si no la estaban utilizando.
--Vamos, pequeña --dijo agarrándola del hombro--. Ya sabes que detesto llamar la atención. Para vivir entre los mortales hay que saber cómo guardar las apariencias, y eso es justo lo que tú no respetas.
Ambas mujeres abandonaron la cabina bajo la atenta mirada del operario. Ana pestañeó y después le sonrió con fingida expresión atribulada. Al instante, el hombre pensó que era tímida y que lamentaba haberse entretenido más de la cuenta en hacer su llamada. Nunca habría podido imaginar que acababa de cruzarse con una mujer-vampiro. Pero era lógico, porque los no-muertos, cuanto más pretéritos, más hábiles se vuelven para desarrollar el engaño, la mentira y la capacidad de imitación. Consiguen transformar toda suerte de situaciones en su beneficio.
De camino a casa, Ana seguía manteniendo la presión sobre el brazo de la joven y Violeta tenía la impresión de estar sujeta por una garra de acero.
--Ya que ha salido el tema de tu madre --le susurró al oído--, me gustaría saber hasta qué punto la quieres.
--Es mi madre y la quiero.
--Si tanto la quieres, deberías ser más obediente. No querrás que le pase nada malo, ¿verdad?
--Por favor, no la metas en esto. Bastante ha sufrido ya en la vida.
--No he sido yo quien lo ha hecho, querida. Además, te recuerdo que tu abuela está muy delicada y que si a tu madre le ocurriera algo quizá no lo soportaría.
--¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que piensas hacer?
--Sé lo de las depresiones. Tu abuela nunca ha sido una mujer fuerte. Si yo estuviera en tu situación, procuraría que no se llevara disgustos innecesarios --amenazó al tiempo que esbozaba una sonrisa.
La joven sintió un vuelco en el corazón.
Era cierto lo que decía: su abuela siempre había tenido un carácter depresivo y cuando murió su hijo --el padre de Violeta-- optó por encerrarse en casa. Se negaba a salir y a pesar de que cuando Violeta iba a visitarla intentaba disimular su estado de ánimo, la joven sabía a la perfección que más de una vez había acariciado la posibilidad del suicidio.
--Ya me tienes a mí. ¿Qué más quieres?
--Que dejes de hacer tonterías que pongan en peligro mi supervivencia. Sólo eso --recalcó volviendo a clavar sus uñas en el brazo de la joven.
--Haré lo que quieras.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:03 am

34

Al principio las visitas de Jeromín a casa de Analisa eran esporádicas, pero con el paso del tiempo comenzaron a hacerse más frecuentes, sobre todo después de que la no-muerta adoptara la costumbre de alimentarlo cada vez que se presentaba la ocasión. Jeromín no tenía dónde caerse muerto y Analisa se había dado cuenta de que el joven sólo era un alma torturada que vagaba en busca de comida y de cariño. En el fondo, aunque parecían muy diferentes, no lo eran tanto.
Jeromín había tenido una existencia terrible desde el mismo instante en que su pequeño cuerpecito alcanzó la luz. Su madre lo había abandonado en una encrucijada de caminos y de su padre nunca supo nada. Al parecer, lo recogió un tratante de ganado que lo había divisado en medio del camino envuelto en una raída mantita durante uno de sus frecuentes desplazamientos. El ganadero sintió pena y fue incapaz de desentenderse de esa incómoda situación. Temió que las alimañas acabaran por devorarlo o que el frío pudiera terminar con su incipiente vida. Sin embargo, más tarde decidió entregar el niño al párroco del pueblo más cercano. Él no podía hacerse cargo de un bebé, y menos aún de uno «defectuoso».
--Es raro --se justificó ante el párroco--. Mi mujer me echaría de casa si apareciera con un niño así.
Poco después, Jeromín fue trasladado a la Casa de Misericordia en la que transcurriría buena parte de su infancia. Si ya eran difíciles las condiciones que atravesaba el país, más lo eran las de los desamparados que no tenían un techo bajo el que cobijarse.
Aquél no era un niño con muchas luces. Había nacido con alguna suerte de retraso que le impedía integrarse como el resto de los niños. Pronto se convirtió en el hazmerreír y en el blanco de todas las burlas y vejaciones. Si hubiera podido gozar de una educación normal, quizá su discapacidad no le habría supuesto tantos sinsabores. Pero a aquel niño le había tocado afrontar un tiempo en el que las deficiencias y las diferencias entre las personas sólo contribuían a aislarlas del resto de la sociedad, lo que a la postre las convertía en proscritas.
Al principio se defendía como podía de los ataques físicos que sufría a diario. Sin embargo, al no recibir ningún apoyo de sus cuidadores, sus intentos acabaron por volverse estériles y su infancia se convirtió en un completo infierno.
Por fin, cuando cumplió ocho años fue enviado a una granja a trabajar a cambio de alojamiento y manutención. Si el niño llegó a albergar alguna esperanza de encontrar calor humano, ésta se desvaneció de un plumazo, pues nada más llegar fue encerrado con los animales en el cobertizo. De día trabajaba a golpe de látigo en las tareas de la granja y de noche era atado para evitar que pudiera fugarse. Fue en aquel lugar donde aprendió a desarrollar su amor por los animales. Éstos eran su única compañía y consuelo, ya que se dejaban acariciar sin oponer resistencia y le proporcionaban calor durante las frías noches de invierno. Jeromín poseía una especie de «capacidad especial» para comunicarse con los animales de manera no verbal. Desde luego, esto era algo que muy pronto aprendió a ocultar. Bastantes problemas tenía ya en su vida como para sumarles una revelación de esa naturaleza.
Cuando comenzó su estancia en este nuevo «hogar» se pasaba las noches gimiendo porque la oscuridad le aterraba. Pero el patrón le golpeaba cada vez que lo hacía, así que se acostumbró a lamentarse en silencio.
Su dieta consistía en las sobras que arrojaban a los cerdos. Comía sobre todo mondas de patata mezcladas con hojas de acelga. Con una alimentación así y sometido a trabajos forzados desde el alba, cabría haber esperado que el niño hubiera desarrollado una constitución débil. Pero, contra todo pronóstico, Jeromín creció alto y fuerte.
Por las noches, rodeado de sus amigos los animales, imaginaba una vida mejor. Había llegado a «bautizarlos» a todos y a conocerlos como la palma de su mano, y había ideado también una familia imaginaria en la que su padre era un asno y su madre una cerda, mientras que el resto de los animalillos cumplían los papeles de hermanos, primos, tíos y abuelos.
Los granjeros tenían dos hijos mayores que Jeromín y una hija más pequeña. Siguiendo el ejemplo familiar, los varones torturaban sin cesar al pobre Jeromín. Cuando éste cumplió 16 años le seguían engañando como a un niño. Le hacían falsas promesas de amistad si cumplía cometidos vejatorios como tragar tierra o comer gusanos. «Jugar con el monstruo» era su máxima diversión. Jeromín, pese a que le habían mentido en numerosas ocasiones, siempre volvía a creer en sus promesas. Poseía un corazón limpio de malicia y de rencor que le hacía olvidar cualquier ofensa recibida, por cruel que hubiera sido.
En cambio, la niña no era mala con él. Quizá era demasiado pequeña para comprender por qué sus hermanos se comportaban tan mal con «el chico del cobertizo» si éste no perjudicaba a nadie, pero también era lo suficientemente mayor para intuir que la amistad que estaba estableciendo con él podría generarles más de una complicación.
A veces se escapaba de casa por la noche para ir a llevarle las sobras de su comida que había ocultado entre la ropa. Jeromín siempre se lo agradecía dando buena cuenta de ellas. Después, la niña permanecía un rato escuchando las historias que Jeromín inventaba sobre su «familia animal» antes de regresar de nuevo a la cama.
Genoveva, su única amiga, fue la que le enseñó a expresarse con cierta soltura. Lo poco que había aprendido en la Casa de Misericordia se le había olvidado por falta de práctica y la vida en la granja no le proporcionaba muchas oportunidades para comunicarse; tan sólo se circunscribía a trabajos forzados. Ella, en cambio, con la paciencia que sólo poseen los niños, le animaba a expresarse con total libertad mediante juegos, canciones infantiles y acertijos.
Una noche, cuando Genoveva acudió al cobertizo para traerle las sobras, encontró al muchacho inconsciente. Ella no tenía ni idea de lo que le había ocurrido, pero supo que era algo malo en cuanto tocó su frente y descubrió que estaba ardiendo. Le llamó varias veces zarandeándolo por el hombro, pero el chico fue incapaz de contestar. Sólo emitía sonidos ininteligibles que terminaron por asustarla.
La niña no sabía qué hacer. No podía despertar a sus padres o a sus hermanos para decirles que «el chico del cobertizo» estaba enfermo. Este gesto podría acarrear un gran castigo.
--No debes acercarte a él a menos que alguno de nosotros esté presente --le había advertido su padre--. No olvides que es igual que un animal salvaje y nunca puede saberse cómo reaccionará.
--¡Pero papá, él no es malo! ¡Sé que no es malo!
--¿Qué vas a saber tú, si sólo eres una mocosa? Te lo advierto: no debes confiar en él.
Tras sopesar la apurada situación, optó por despertar a su padre. Pensó que un castigo bien merecía la pena si con ello conseguía salvar la vida de su amigo.
Cuando su progenitor se enteró de lo sucedido, montó en cólera. No se explicaba qué hacía su hija en el cobertizo a altas horas de la noche y mucho menos en compañía de ese engendro. Sin embargo, al examinar al chico se dio cuenta de que la pequeña no había mentido: el muchacho se encontraba gravemente enfermo, por lo que consintió en trasladarlo hasta el porche de la casa, donde durante varios días se le suministraron cuidados elementales. Pero sólo accedió a ello motivado por el miedo a perder un valioso «mulo de carga».
Al parecer, Jeromín había ingerido patatas podridas. Por suerte, era un muchacho fuerte y pudo restablecerse en poco tiempo. Sin embargo, aquello supuso que la amistad entre Genoveva y Jeromín se viera truncada. Aun así, la niña nunca se arrepintió de haber obrado de aquel modo. Prefería saber que su amigo seguía bien, aunque fuera en la lejanía.
A su ya de por sí azarosa existencia, vino a sumarse un hecho trágico que obligó a Jeromín a abandonar la granja. La desgracia se desencadenó en verano cuando la niña se bañaba con sus hermanos en un río cercano a la granja. Éstos, que chapoteaban en el agua, se habían despistado del cuidado de su hermana. Nunca supieron bien cómo ocurrió, pero cuando quisieron darse cuenta encontraron a la pequeña Genoveva tendida en el suelo. Tenía una brecha en la frente. Se acercaron corriendo e intentaron reanimarla, pero era tarde: ya estaba muerta.
Los muchachos no imaginaban cómo iban a explicarle a su padre que Genoveva había fallecido. Lo más probable es que se hubiera resbalado con las rocas de la orilla para después caer y golpearse la cabeza contra una piedra. Ante el temor de un castigo ejemplar, decidieron culpar a Jeromín. A fin de cuentas, el joven acudía de vez en cuando a lavarse al río, por lo que no les resultó difícil convencer a su progenitor de que el mozo había sido el responsable de la muerte de su hermana.
Cuando Jeromín regresó a la granja por la tarde, fue molido a palos sin que nadie se preocupara en conocer su versión. El joven quedó tendido en el suelo sangrando sin saber por qué se ensañaban con él hasta que escuchó la noticia de la muerte de su amiga. Entonces se derrumbó y comenzó a llorar sin consuelo. El padre de la niña interpretó en esta actitud una suerte de confesión, un acto de arrepentimiento de una bestia que no sabía lo que hacía, pero que le había arrebatado la vida a su pequeña.
Sin perder un minuto, fue encerrado en el cobertizo y atado con cuerdas para impedir su huida. Al día siguiente sería conducido ante las autoridades para que le aplicaran un castigo ejemplar. Jeromín debería pagar el crimen con su propia vida.
El joven estaba desolado por la pérdida de su pequeña amiga. En la oscuridad del cobertizo sentía tristeza y miedo, mucho miedo, porque sus cortas entendederas no eran óbice para que no supiera lo que se le avecinaba.
En algún lugar del cobertizo guardaba una piedra afilada. La tenía escondida desde hacía mucho tiempo, aunque nunca antes había sentido la necesidad de usarla. Sin pensarlo dos veces, cortó las cuerdas que lo ataban y se deslizó por la puerta sin hacer ruido. Una vez fuera, corrió y corrió hasta que sus fuerzas se lo permitieron. Para Jeromín comenzaba una nueva vida sin su pequeña Genoveva.



Analisa desconocía muchos de los pormenores de su desgraciada vida, pero sentía una lástima infinita por el joven que, sentado a la mesa frente a ella, lamía el plato vacío de lentejas que acababa de devorar.
--Tú nunca comes --le dijo el muchacho sonriendo.
--Porque prefiero que comas tú --mintió mientras le servía otro plato de legumbres--. Tienes que ponerte fuerte para poder defenderte cuando alguien intente hacerte daño.
Aún no sabía por qué hacía eso, por qué se había encariñado tanto con él hasta el extremo de alimentarlo como a un hijo. La no-muerta era consciente de que su actitud acabaría trayéndole más de un quebradero de cabeza. No podía permitirse que Jeromín descubriera su condición vampírica. A pesar de que estaba segura de que el chico no albergaba maldad en su corazón, tal vez podría irse de la lengua sin querer. Sin embargo, cuando el joven la miraba con aquellos ojitos cubiertos de légañas, desarrollaba sentimientos que había creído enterrados para siempre, emociones que lograban que la bestia se adormeciera, haciendo que Analisa se sintiera un poco más humana.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:05 am

35

Del diario de Silvia Salvatierra

Sé que me oculta algo. Lo sé. Le noto cambiado, distante. Algo ha ocurrido o algo le está pasando, y en eso soy una experta. Recuerdo lo que sucedió cuando Darío empezó a mostrar sus «rarezas». Yo fui la única que pareció darse cuenta. Y Alejo se comporta de forma similar: me evita la mirada, apenas me hace confidencias y pone cara de suplicio cada vez que menciono la posibilidad de hacer un plan en común.
No sé en qué momento ha sucedido, pero creo que mi novio ha dejado de quererme. Por algún motivo ya no le intereso como antes y se aburre conmigo. Debes creerme, querido Diario. Me duele tener que escribir estos pensamientos. Dejarlos reflejados por escrito resulta mucho más terrible que formularlos en alto. Tú mejor que nadie sabes lo que he sufrido y siento que mi vida se viene abajo de nuevo, igual que hace años, cuando no me quedó más remedio que dejarlo con Antonio. ¿Qué habrá sido de él? ¿Habrá conseguido superar su problema con las drogas? La verdad es que ya no me importa. Hace tiempo lo hubiera dado todo por recuperarle. Hoy, no.
Y la gente supone que soy Silvia, la equilibrada...
Silvia, la perfecta.
Silvia, la coherente.
Eso es lo que cree todo el mundo. O eso creo yo que creen ellos, aunque sólo tú sabes cuan insegura e imperfecta me siento. ¿Y qué se supone que deberta hacer esa super-Silvia si sospecha que su novio la engaña? ¿Tragar con ello sin más? ¿Aguantar la situación estoicamente con una sonrisa en los labios?
¡No dramaticemos! ¡Aún no sé seguro si me ha engañado! Tal vez todo obedezca a un simple malentendido o eso es lo que quiero creer.
¿Que qué ha pasado? ¡A mí también me gustaría saberlo!
Creo que todo empezó hace un par de meses. ¿Hace tanto que no te escribo?
Habíamos quedado para cenar y Alejo no apareció. El muy capullo tampoco tuvo la deferencia de llamar para decirme que no vendría ni por qué me había dado plantón. Los plantones, todo hay que decirlo, no son algo habitual en él, pero sí lo es llegar tarde a todas partes. Por eso no me preocupé, más bien me cabreé. Me fastidió, es cierto, pero no pensé que le hubiera ocurrido nada malo. Es algo que detesto en él y que le he recriminado más de una vez. Por su culpa siempre llegamos con retraso a los sitios y me fastidia porque yo no soy así y no me gusta la imagen que damos. Ya sé lo que me vas a decir: que siempre estoy pensando en la fachada, en el qué dirán. Ya lo sé. Es cierto, no hace falta que lo digas. Soy un poco maniática con eso, pero es que no me parece bien hacer esperar a la gente por sistema. Y claro que me importa el qué dirán. El tiempo de los demás vale lo mismo que el de uno, ¿no?
Bueno, a lo que íbamos: al principio pensé que estaría con Darío y que se le habría pasado la hora en alguno de esos locales góticos que frecuenta ahora. Y en mala hora se me ocurrió la idea de llamar a mi hermano para preguntarle. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! ¡Alejo no estaba con él! Y no sólo no estaban juntos, sino que Darío no tenía ni idea de dónde podía estar.
Ya sé que lo normal habría sido llamarle antes a él, pero no lo hice porque no quiero que piense que me tiene comiendo de la palma de su mano, que no puedo vivir sin él y que, además, pretendo agobiarle. ¡Sólo faltaría eso! Ya tuve bastante cuando salía con Antonio y, ¡qué coño!, no era yo quien le había dado plantón. Lo lógico es que fuera él quien llamara para disculparse, digo yo.
Pero no lo hizo y, pese a mis buenos propósitos, caí.
No quería hacerlo, pero le llamé varias veces. Y... ¿adivinas qué? El muy cerdo tenía apagado el móvil. Al final pasé de él y me fui a dormir con un cabreo que te cagas. Por su culpa tuve hasta pesadillas. ¡Sí! Ahora que lo pienso fue entonces cuando comencé a tener esos horribles sueños que aún hoy me acojonan.
Para colmo, al día siguiente no dio señales de vida hasta después de comer. Y lo más gracioso es que, cuando por fin lo hizo, según él, no habíamos quedado en firme. Pero estoy segura de que sí lo habíamos hecho. Tampoco supo explicarme dónde había estado o por qué había tenido el teléfono desconectado toda la noche. Tras presionarle sólo acertó a decir que había pasado la noche con mi hermano y que se había quedado sin batería.
¡Eso es mentira! ¡Por supuesto que no estuvo con Darío! ¡No sé de qué va ni por quién me toma! El caso es que fui gilipollas porque me callé. ¿Por qué reaccioné así? Tenía que habérselo dicho para que al menos no me tomara por idiota. La verdad es que no sé por qué reaccioné así. No es propio de mí. Lógicamente, ahora ya no tiene sentido que se lo cuente, pensaría que le vigilo.
Empiezo a estar harta de ser yo siempre la que tire de la relación. A él sólo parece importarle su novela y estoy segura de que ni siquiera ha empezado a escribir el libro de cocina que le encargó su editor, aunque tampoco puedo culparle por ello, sé que el tema no le gusta nada.
Desde luego no podrá decir que no he hecho todo lo posible por ayudarle. Ya me supongo que no es fácil escribir una novela, pero creo que se le está yendo la cabeza con esa historia. ¡No piensa en otra cosa y todo lo demás parece importarle un rábano!
Ya ni siquiera salimos a cenar fuera los fines de semana. Todo lo máximo que consigo de él es que cene conmigo en casa para después largarse a esos locales que, de paso sea dicho, empiezan a tocarme las narices.
Vale, asumo que tal vez no me esté engañando con otra. ¿Pero, entonces, por qué me mintió? ¡Algo oculta! Era mucho más sencillo reconocer que se había olvidado de la cita que soltarme una bola que, además, era fácil de comprobar. Para mí que le pillé fuera de juego y que me soltó lo primero que se le ocurrió. De todas formas, hay que ser estúpido para utilizar a Darío como excusa siendo éste mi hermano.
Seguramente estoy exagerando, pero parece que le importo una mierda y que no tiene los cojones de dejarme porque, en el fondo, es un cobarde que ha terminado por acomodarse a nuestra relación. Lo siento, pero hoy estoy un poco negativa y deprimida. Desearía poder ver las cosas desde otro punto de vista, pero me siento cansada, hundida en oscuros presagios. Y no es sólo por él: tengo la corazonada de que algo nefasto va ocurrir. No me considero una persona intuitiva, pero siento «algo», percibo un peligro inminente que acecha nuestras vidas.
Sé que últimamente estoy demasiado nerviosa, pero es que no consigo entender qué es lo que está pasando. No parece la misma persona ni yo tampoco soy la misma. Tengo miedos que nunca antes había tenido, ni siquiera cuando era pequeña.
¿Y él? ¿Qué le ocurre? ¿Por qué no confía en mí? El otro día faltó al trabajo y me enteré de rebote. Le llamé para una chorrada y me dijeron que estaba enfermo, pero era mentira. En su casa no me cogía el teléfono y, como una imbécil, fui para allá toda preocupada. Tuve que dejar a un cliente a medias y resulta que me lo encuentro con una resaca del quince. A mí no me engaña. Puede que el nazi de su jefe se haya tragado eso, pero yo no. Lo conozco demasiado bien y muy pocas veces ha faltado al trabajo sin una razón justificada.
Le quiero, pero, tal y como están las cosas, sólo le falta volverse un crápula que sale de noche y duerme de día. No estoy dispuesta a cargar con un vago. A bastantes cosas he tenido que renunciar por él, por Darío y por todos. Además, en Regalo+ no se andan con tonterías. Si se descuida, lo echan.
Todo el mundo cree que soy «doña Perfecta». Me empeño en complacerlos a todos: a mis padres, a mis amigos, a mi jefe. Y, francamente, ya empiezo a cansarme de desempeñar este papel. ¿Es que nadie se da cuenta de que también yo tengo mis problemas? Claro, que la culpa es mía por no pararles los pies a tiempo. No lo hice en su momento y ya no sé cómo se supone que debería hacerlo. Mi problema, en el fondo, es que no sé decir «no». Y encima creen que soy una pija superficial. ¿Lo soy?
Y luego están esas pesadillas. Creí que eso sólo le pasaba al pobre Darío. No soy una persona que suela soñar o, mejor dicho, no era una persona que recordase sus sueños, pero llevo noches y noches teniendo sueños espantosos. Sueño demasiado y con cosas que me asustan.
Los argumentos varían, pero ella siempre está ahí... ¿Qué hace una mujer vestida de época paseándose delante del espejo de mi habitación? Me mira, sonríe y me hace un gesto con su dedo índice para que vaya a su encuentro. Quiere que atraviese el espejo con ella, pero ¡me aterra! Su mirada es fría, cruel y despótica, y cuando me mira sé que es capaz de hacer cualquier cosa por atraerme hacia su mundo. Una tierra de sombras y de oscuridad, de tumbas frías y lóbregas. Hay unos nichos excavados en la roca. Están por todas partes. Prefiero no pensarlo. ¡Me da escalofríos!
¡No puedo pasar otra noche así! ¿Cuántas van ya?
¡Estoy harta!
Esta tarde tengo cita con el médico de cabecera. Le pediré que me recete unas pastillas para dormir y esta noche que le den por culo a todo y a todos. Pastillón, vaso de leche caliente que te crió y a la cama.


Más tarde

¡Otra vez!
Creo que ha sido peor el remedio que la enfermedad. Me tomé una pastilla y, aunque al principio me hizo efecto y me quedé dormida, he vuelto a despertarme por su culpa. Esta vez la he sorprendido respirando sobre mi pecho. Me miraba intensamente con esa mirada felina que tanto me inquieta. Tiene unos ojos profundos, cargados de misterio, y cuando se cruzaron nuestras miradas supe que ella... estaba muerta.
Esta noche, por primera vez, he pensado que quizá no sólo forma parte de mis sueños. ¡Creo que es real! No me preguntes cómo he llegado a esta conclusión porque no lo sé. Tal vez proviene de un universo espectral y logra acceder a nuestro mundo en forma de proyección mental. Se sirve de mis sueños para llegar hasta el mundo de los vivos. Estoy fatal, lo sé, pero es lo que creo.
El médico me ha mandado unos análisis. Dice que no tengo buena cara y tiene razón. Dice que seguramente es estrés. Siempre estoy deseando que llegue el momento de meterme en la cama, pero ahora tengo miedo. Miedo de esa mujer y de sus siniestras intenciones.
A ver si consigo relajarme de una vez. Estoy taquicárdica. Tengo ganas de ir al baño, pero no me atrevo a ir sola. ¡Estoy cagada! ¿Y si está esperándome allí? Me da miedo mirarme al espejo y encontrarla detrás, observándome. Si al menos estuviera Alejo. Últimamente casi no se queda a dormir en casa y cualquiera le llama a estas horas para decirle que estoy acojonada por culpa de un sueño. Seguro que me manda a la mierda. Deben de ser cerca de las tres.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:05 am

36

Aquella noche --como venía siendo costumbre desde hacía muchos años-- Analisa había salido a cobrarse una nueva víctima. A pesar del tiempo transcurrido, la no-muerta aún no se había acostumbrado a ello. Todavía sentía pudor ante sí misma. Aunque se lo planteaba como una cuestión de supervivencia, el hecho de elegir a una víctima inocente para alimentarse de su sangre le suponía un grave problema de conciencia, aun cuando supiera que ella misma era otra víctima más de las circunstancias. No se le había permitido escoger su situación ni había tenido la opción de solicitar clemencia ante nadie, y sospechaba que a la propia Emersinda le había sucedido lo mismo.
A veces la no-muerta prefería no albergar sentimientos tan humanos. Pensaba que si se dejaba dominar por completo por la bestia no experimentaría ese profundo tormento cada vez que acababa con la vida de una persona. Aquellos remordimientos la hacían sentirse un ser desalmado y cruel. Sin embargo, paradójicamente, Analisa rogaba cada día que pasaba por no perder por completo su capacidad de emocionarse y sus sentimientos humanos, porque lo que de verdad temía era terminar transformandose en un animal voraz que sólo se mueve por instintos, incapaz de derramar una lágrima por sus semejantes.
Analisa ignoraba de dónde procedía aquella fuente de maldad, la fuente primigenia, la Madre de todos los seres que vivían a costa de succionar la sangre a los vivos. Aunque hasta la fecha no había tenido ocasión de encontrarse con otros de su especie, cada vez estaba más segura de que no era la única que soportaba día tras día aquella larga penitencia. Alguien tenía que haber transmitido la maldición a Emersinda, una suerte de Madre de la Noche que se perdía en las fronteras del tiempo, creadora de todas aquellas criaturas y cuya maternidad llevaba impresa la condena de la eternidad. Tal vez sus suposiciones sólo eran parte de una fantasía elaborada por la no-muerta para poder justificar y soportar su paso por este mundo, pero hasta los vampiros necesitan «algo» en lo que creer y Analisa, en este sentido, no era una excepción.
Sin embargo, la posible existencia de esa Madre de la Noche, de esa creadora voraz y despiadada, no representaba un alivio para ella. Más bien todo lo contrario; eso sí, conllevaba un aliciente para seguir viviendo en las sombras, encerraba una lucha por averiguar su paradero para destruirla, para desterrarla de la faz de la Tierra. Así había creado a sus hijos y así habían crecido, deseando la total destrucción de la perversidad que encerraba su propia Madre, la dadora de la sed eterna.
Analisa suponía que con el paso del tiempo los hijos de la noche habrían sufrido transformaciones. Se habrían vuelto más ágiles, más fuertes y, sobre todo, más adaptables ante situaciones como la presencia de la temida luz. Ella misma había sido capaz de vencerla y, paradójicamente, la claridad se había transformado en su mejor aliada, pues nadie imaginaba que algunos de estos seres de la noche eran capaces de campar a sus anchas a plena luz del día, lo cual los convertía en criaturas todavía mucho más peligrosas y dañinas. Si ya no se podía estar protegido ni de día, ¿qué cabía esperar de la noche?
La no-muerta estaba convencida de que si existían más hermanos-vampiros ninguno de ellos querría ver con vida a la Madre. Incluso existía la posibilidad de que ésta ya hubiera sido arrancada del suelo, igual que se hacía con las malas hierbas. Pero también era factible que la Madre hubiera sobrevivido al feroz ataque de sus sangrientos retoños. En este caso, Analisa no quería ni imaginar cuan inmenso podría llegar a ser su poder.
Ensimismada como se encontraba, Analisa no advirtió que aquella noche tenía compañía. Alguien la espiaba entre la bruma. Estaba más centrada en seguir a aquel hombre que acababa de abandonar una de las tabernas del puerto. Iba tambaleándose, así que --aunque era mucho más alto y fornido que ella-- concluyó que no tendría grandes dificultades para abordarle en el momento oportuno. Cuando la no-muerta estimó que había llegado la hora de atacar, lo empujó hacia un callejón, lo redujo con precisión felina e hincó sus dientes en la garganta del infortunado.
Una vez que había saciado a la bestia, la no-muerta volvió a recobrar sus capacidades extrasensoriales, que hasta ese momento habían permanecido pendientes de su alimentación. Entonces reparó en la presencia de un intruso, de alguien que había contemplado toda aquella escena arropado por la oscuridad. Muy a su pesar, y aunque la bestia ya no reclamara más sangre por esa noche, no podía dejar escapar con vida a la persona que había osado seguir sus pasos. Y no podía hacerlo porque estaba segura de que la había visto actuar y de que, por tanto, se había convertido en una amenaza para su supervivencia.
No resultó muy difícil darle caza, pero justo cuando se disponía a terminar con su vida, vio de quién se trataba y no tuvo más remedio que detenerse: ¡era Jeromín!
--¿Por qué has tenido que seguirme? --se lamentó Analisa.
--Creí que yendo sola de noche alguien podría hacerte daño. ¡Sólo quería protegerte!
Sus labios y su rostro estaban manchados por la culpa del delito y sus ojos, inyectados en sangre.
--No necesito protección. Eres tú quien precisa protegerse... de mí. ¿Es que no te das cuenta de lo que has hecho? Lo has estropeado todo.
--No contaré nada a nadie.
--No es suficiente, Jeromín. Ahora ya sabes lo que soy y sólo me quedan dos opciones: matarte o dejarte marchar. Y escojo la segunda. ¡Vete! ¡Vete lo más lejos que puedas!
--No quiero irme. Me da igual lo que seas. Tú eres buena conmigo y te quiero.
--Márchate antes de que la bestia que llevo dentro me obligue a cambiar de opinión.
--No sé por qué has hecho eso, pero no te tengo miedo. Sé que tú nunca me harías daño.
--Pues te equivocas, Jeromín. No sabes nada sobre mí. Ahora puedo dejarte marchar porque acabo de comer y la bestia ha vuelto a dormirse, pero no puedo asegurarte que en otras circunstancias no te hiciera lo mismo que acabo de hacerle a ese pobre desgraciado --dijo la no-muerta señalando el cuerpo sin vida que permanecía tirado en el suelo junto a sus pies.
Jeromín habló presa de la inocencia o quizá de la inconsciencia. No parecía entender bien la situación que Analisa acababa de plantearle.
--Me da igual. No sé quién eres ni por qué necesitas hacer eso, pero no pienso marcharme --dijo con voz gangosa.
--¿Es que no lo entiendes? Si necesito sangre, no dudaré en matarte.
--No me importa. Nadie me ha tratado tan bien como tú. No quiero separarme de ti.
--A mi lado corres un gran peligro.
--Siempre he sido un desgraciado al que todos han maltratado. Contigo soy feliz.
--¡Vámonos! Aquí pueden vernos. A partir de ahora deberemos extremar todas las precauciones.



A Jeromín no le costó demasiado acostumbrarse a su nueva vida al lado de Analisa. Junto a ella tenía asegurado calor «humano», un lugar en el que pernoctar y abundante comida. Eso era todo cuanto podía desear. Sin embargo, la nueva situación requería prudencia y aquélla no era una de las virtudes del muchacho. Por este motivo, Analisa temía que en algún instante no pudiera soportar más su forma de vida y terminara por echarlo todo a perder. Le había instruido, en la medida de lo posible, sobre lo que podía y lo que no podía ir contando por ahí. Asimismo, le había prohibido que volviera a seguirla durante sus salidas nocturnas. No quería ser un mal ejemplo para el chico ni deseaba que éste llegara a sentir horror ante sus acciones.
Jeromín insistía en ayudarla sin importarle lo más mínimo ser transformado para ese fin. Pero la no-muerta se negaba. No podía permitir que por su culpa un alma pura acabara por corromperse. No estaba dispuesta a dejar «discípulos» ni a convertirlo en algo que ella odiaba con todas sus fuerzas.
--No soy un modelo a imitar. A ver cuándo te entra en la cabeza.
--Sólo quiero ayudarte.
--Me ayudas más si te mantienes al margen de esta parcela de mi vida.
--¿Por qué no quieres que sea como tú?
--Porque te quiero, Jeromín. No puedes imaginar lo terrible que es ser así. Daría cualquier cosa por no ser de esta manera. Yo estoy condenada y tú eres libre. No debes despreciar lo que la vida te ha dado.
--Hasta ahora la vida no me ha tratado muy bien.
--Es posible que ahora no seas capaz de ver más allá, pero créeme cuando te digo que la edad te ayuda a comprender lo que significa el paso por esta vida. Aunque, desgraciadamente, no es mi caso, sólo el tiempo nos muestra lo afortunados que somos por haber tenido la oportunidad de haber vivido como mortales.
El joven no comprendía muchas de las cosas que Analisa solía explicarle. Ella se daba cuenta de sus limitaciones, pero seguía hablándole como lo habría hecho con cualquier otra persona. Había comprendido que la discapacidad que arrastraba Jeromín no era tan grande como en un principio había supuesto. La no-muerta se había percatado de que con un poco de amor y atención el joven era capaz de soltarse y de avanzar en su aprendizaje. Sospechaba que la vida marginal a la que se había visto sometido había impedido que mejoraran sus conocimientos, su manera de expresarse y su capacidad afectiva.
--Quédate en la cama, Jeromín --le dijo Analisa dándole un beso de buenas noches--. Te prometo que cuando despiertes ya estaré de vuelta para prepararte el desayuno.
--¿Y me contarás un cuento sobre Carlota?
--Así lo haré.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:05 am

37

Nunca habría imaginado encontrarla justo allí. Pero sí, desde luego era ella, la joven que había conocido en The Gargoyle. Desde que la vio en el local noches atrás había sido incapaz de olvidarla. Sólo la presencia invisible de Alejandra Kramer parecía interponerse de manera intermitente entre ambos. Su brutal y extraña muerte le obsesionaba día y noche. Por eso se había volcado en la búsqueda de un trabajo, para mantener su recuerdo lo más lejos posible, si bien hasta la fecha no había tenido suerte ni con lo uno ni con lo otro.
Las cosas en casa de Alejo tampoco marchaban bien.
Algo inesperado le había ocurrido a su anfitrión. Darío estaba seguro de ello, pero ignoraba de qué se trataba. Sospechaba que su hermana y él estaban a punto de romper su relación o que tal vez habían sucedido cosas desagradables entre ellos. Su hermana tampoco parecía ser la misma de siempre y, aunque le había preguntado, ella se negaba a hablar del tema y se comportaba de manera misteriosa y esquiva. Parecía francamente asustada. ¿Pero de qué podía estarlo? Su hermana era una mujer luchadora y decidida. Siempre había sobreprotegido a Darío frente a toda suerte de adversidades y ahora era ella la que necesitaba ser guarecida contra un peligro tan indefinido como invisible, un peligro sobre el cual Darío no sabía absolutamente nada. Sin embargo, al igual que Silvia había cuidado de su hermano durante toda su vida, ahora que la veía más vulnerable que nunca quería ser él quien hiciera lo propio.
Alejo cada vez pasaba menos tiempo en casa y por las noches se marchaba solo sin dar explicación alguna. A juzgar por su vestimenta, debía de frecuentar los locales góticos, aquéllos en los que se suponía que no conocía a nadie, excepto a Darío y a los amigos de éste, y no regresaba hasta bien entrada la mañana. «¿Con quién comparte ese tiempo?», se preguntaba el joven. Sabía que no era con su hermana.
El aspirante a escritor se había vuelto huraño, desconfiado e irritable, y lo que era aún peor: había dejado patente que estaba harto de la presencia de Darío en su casa. Ya no estaba interesado en que su invitado se quedara con él, pero quizá le faltaba el arrojo suficiente para decírselo a la cara.
Ésos eran los principales motivos que habían conducido a Darío a buscar trabajo en el tanatorio de la M-30. Había tocado cuantos palos estaban a su alcance, pero siempre era rechazado. El joven creía que todo obedecía a su aspecto, pero la verdad era mucho más cruel y tenía que ver con el hecho de que no poseía estudios de ninguna clase, ni tampoco experiencia demostrable. Si a todo ello se sumaba su presencia lúgubre, no era de extrañar que nadie mostrara el más remoto interés en tenerlo como empleado.
Darío pensó que uno de los pocos lugares en los que podrían apreciar su sobria vestimenta era el tanatorio, pero ni tan siquiera allí le habían permitido abrir la boca. Darío había sido rechazado con un rotundo «no hay vacantes».
El joven se maldecía por su mala fortuna cuando, de repente, la vio. Era ella. De eso no cabía duda. Pero estaba cambiada. Su aspecto parecía tan diferente, tan normal, que dudó antes de acercarse a saludarla.
--¿Darky? --preguntó confundido.
Violeta dibujaba con disimulo una escena real que se desarrollaba frente a sus ojos. Se trataba del traslado de un féretro a una de las capillas ardientes. La familia del difunto lo seguía envuelta en desconsuelo y lágrimas. Al escuchar su nombre se giró sobresaltada.
--¡Darío!
Aún recordaba cómo se llamaba. Aquello era una buena señal.
--Estás... rara.
--En cambio tú estás igual. ¿Qué haces por aquí?
--Buscar empleo. ¿Y tú?
--Suelo venir a dibujar.
--Un buen lugar --ratificó haciendo un gesto de aprobación con la cabeza.
Darío intentó mirar de soslayo el dibujo inconcluso que realizaba Violeta, pero ésta tenía la mano sobre el papel, lo que le impedía verlo con detalle.
--¿Me permites? --preguntó señalando su cuaderno mientras se sentaba a su lado.
Ella le tendió su bloc un poco ruborizada. Normalmente nadie se interesaba por sus creaciones. Y a su madre en concreto la horrorizaban.
--¡No me enseñes estas cosas, que me pongo mala! --le decía cada vez que lo intentaba. Así que con el tiempo dejó de hacerlo. De hecho, la había advertido de que no debía mostrar sus dibujos a la gente o pensarían que estaba trastornada. Entonces Violeta se dedicó a dibujar para sí misma y sus dibujos se volvieron mucho más tétricos, suponiendo que aquello fuera posible. Y ahora el joven que tenía a su lado miraba su boceto con atención e interés, sin escandalizarse, sin que asomara a su rostro ni siquiera un atisbo de asombro. Es más, la joven juraría que su semblante denotaba agrado y satisfacción.
--¡Te felicito, Darky! Sin duda tienes un gran talento.
--Gracias, pero mi madre no opinaba lo mismo. Para ella mis dibujos eran si no el más grande, uno de mis mayores defectos. Nunca los entendió --repuso bajando la mirada al tiempo que ocultaba su cuerpo con el cuaderno.
--¿Nunca los entendió? Hablas como si no estuviera viva. ¿Es que murió?
Sin saberlo, Darío había puesto sobre el tapete el tema preferido de Violeta: la muerte.
--Hay personas que parecen estar muertas en vida y otras, en cambio, viven a causa de la muerte --le espetó de manera enigmática.
Aunque aquella respuesta no aclaraba nada su pregunta, al escuchar esas palabras Darío dirigió sus pensamientos hacia Raúl, su amigo fallecido. ¿Cuánto tiempo hacía desde que lo había visitado por última vez en el cementerio? «Lo tengo un poco abandonado», concluyó.
--Entiendo.
--¿De veras comprendes lo que quiero decir?
--Más de lo que imaginas. Soy de la opinión de que los muertos no siempre abandonan este mundo.
--¡Exacto! --exclamó Violeta maravillada por haber encontrado alguien que era capaz de comprender su actitud sobre la Dama de la Guadaña--. No existe la muerte, sólo cambian las condiciones de vida.
Durante un instante se cruzaron sus miradas, pero ninguno se atrevió a continuar profundizando en aquel espinoso tema.
--Creí que no eras de Madrid y que sólo estabas de paso --comentó Darío cambiando de asunto.
--Y es cierto, pero ahora estoy viviendo en casa de una amiga. ¿Y tú? ¿Has tenido suerte con el trabajo?
--No. Supongo que no quieren a gente como yo.
--Yo también soy como tú.
--En este momento nadie lo diría.
Violeta, siguiendo las indicaciones de Ana, se había puesto unos vaqueros de color azul, una camiseta blanca y una cazadora. Sin embargo, se sentía cercana a Darío.
--No te fíes de las apariencias.
--No creas que te estoy juzgando. No es ésa mi intención. Es sólo que me ha sorprendido verte tan cambiada. Y haces muy bien. Tal vez tengas razón: puede que si me vistiera de otro modo encontrara trabajo.
--No te preocupes y, sobre todo, no te desanimes. Seguro que encontrarás algo muy pronto. A mí me costó lo mío entrar en el videoclub. No me fue nada fácil. No sé por qué la gente es tan soplapollas de fijarse sólo en el aspecto, pero el caso es que lo hace, así que he aprendido que es mejor pasar desapercibida en esta sociedad de mierda. Que se queden con sus falsas apariencias y con sus prejuicios. En el fondo es como si me hubiera transformado en un «topo» dentro de su sociedad prehistórica y eso les jode aún más. Aunque terminara vistiéndome como la Barbie Superstar nunca podrían arrebatarme esa parcela íntima.
--¿Escondes muchos secretos?
--Algunos.
--Yo también guardo un secreto, pero no puedo hablar sobre ello. No me creerías.
--Puede que sí.
--Hoy no. Tengo que ir a casa de mi hermana. Creo que está enferma.
--Como quieras. Otro día será.
--¿Me das tu móvil?
--No tengo teléfono móvil --contestó Violeta.
Darío se estremeció. Recordaba a la perfección que en su primer encuentro en The Gargoyle, al aproximarse a ella para darle un beso, notó un bulto alargado en su abrigo. Él le preguntó entonces qué era y Violeta respondió que su teléfono móvil. ¿Por qué decía ahora que no usaba aquel tipo de tecnología? ¿Se trataba de una excusa para no facilitarle su número? ¿Pretendía darle esquinazo o había mentido cuando afirmó que aquel bulto era su móvil?
Darío prefirió no averiguarlo en ese instante. La chica le gustaba demasiado como para cuestionarse todo aquello en tan sólo dos encuentros.
--¿Y correo electrónico?
--Eso sí. Apunta mi dirección y yo anotaré la tuya.
Violeta parecía nerviosa. Hacía mucho tiempo que no se relacionaba con nadie que no fuera Ana y la posibilidad de seguir manteniendo el contacto con aquel joven la hacía sentirse un poco mejor, menos prisionera en el mundo de la no-muerta.
Mientras pasaba las páginas en busca de un hueco libre en su bloc para anotar la dirección de Darío, éste reparó en un detalle que llamó poderosamente su atención. Se trataba del rostro de una mujer. Sus facciones no se distinguían bien porque Violeta había dibujado un suave velo sobre su cara. Todo aquello le confería un halo de misterio. Lo más llamativo eran sus ojos rasgados, casi felinos y de mirada turbia e inquietante.
--¿Me permites? --preguntó Darío desconcertado.
Violeta le tendió su cuaderno.
--Esta mujer... ¿quién es?
Era un dibujo de Ana. Violeta solía utilizarla con frecuencia como modelo. De hecho, era la protagonista de casi todos sus dibujos.
Violeta palideció.
--¿La conoces? --se atrevió a preguntar, intrigada por el repentino interés de Darío en la vampira.
--No, pero me suena su cara. Me resulta muy familiar. ¿Quién es?
--Alguien que conocí hace tiempo. No tiene mayor importancia.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:06 am

38

La guerra había llegado a su fin. Pero, si Analisa había albergado la esperanza de ver llegar tiempos mejores para España, se equivocaba. Los últimos años de dominio francés fueron aún más oscuros, terribles y cruentos, aunque no todo estaba perdido. La intervención de las tropas de sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, fue decisiva para el desarrollo de los acontecimientos venideros. ¿Quién podía imaginar que Inglaterra, enemiga natural de España, terminaría jugando un papel tan destacado en la guerra? A todo ello había que sumar el coraje y el arrojo de un pueblo que no estaba dispuesto a admitir las órdenes de un rey invasor. A José Bonaparte el cetro de mando le venía demasiado grande y el 17 de mayo de 1813 se vio obligado a emprender su retirada hacia Francia.
La última gran batalla tuvo lugar el 21 de aquel mes y conllevó la liberación paulatina de varias ciudades españolas, que hasta entonces se encontraban bajo el yugo francés. Poco después se produjo el esperado regreso del exilio de Fernando VII el Deseado, el único rey legítimo reconocido por los españoles. Pero con él retornó también el pasado más tenebroso, la oscuridad del Antiguo Régimen y la Inquisición. Lamentablemente, España había dado un paso atrás en el avance del pensamiento liberal.
A pesar de todos estos acontecimientos políticos, Analisa era feliz. Todo lo feliz que podía llegar a ser una criatura como ella, abocada a vivir bajo las sombras de la incomprensión, obligada a cambiar de identidad cada cierto tiempo para no levantar sospechas entre sus convecinos, incapaz de hallar la paz interior ni un solo instante y condenada a depender del humor con que se levantara la bestia. Pero para ella lo peor de todo era saberse incapaz de proporcionar a Jeromín un hogar estable. Aun así, era feliz porque ya no estaba sola y porque sabía que el muchacho se sentía contento y a gusto con ella.
¿Qué más podía pedir?
Pero Analisa ignoraba que el destino les tenía reservados otros planes. Ésa era una de las grandes lecciones de la vida que la no-muerta aún no había asimilado... Y quizá también una de las más dolorosas. Todavía no había comprendido que la vida puede arrebatarte todo cuanto tienes con una simple exhalación.
La desgracia cayó sobre la insólita pareja cuando residían en Burgos. Habían ido dando tumbos de una ciudad a otra hasta que encontraron un lugar apropiado para instalarse. A pesar de las penurias que atravesaba el país, Analisa había logrado mantener su fortuna casi intacta y se desvivía porque a su protegido --al que consideraba casi como un hermano pequeño-- no le faltara de nada.
Sin embargo, para cuidar de él se veía forzada a «coquetear» con los reinos de la claridad más de lo deseable. Quería evitar que el joven volviera a sufrir abusos de poder o cualquier clase de humillación por parte de personas intolerantes y de mente cerrada. Por este motivo intentaba acompañarlo siempre que le era posible. El chico no podía permanecer siempre encerrado. En aquel tiempo Analisa todavía ignoraba que para los vampiros el exceso de luz solar constituía un veneno lento y destructivo cuyo único antídoto era la oscuridad.
La no-muerta desconocía que la luz procedente de los rayos del astro rey era acumulativa, por lo que si un vampiro se exponía a ella de manera prolongada y durante demasiados días seguidos su naturaleza comenzaba a debilitarse severamente, lo que se traducía en una incapacidad para cazar y, por consiguiente, para alimentarse.
La luz en sí no era dañina, lo que resultaba perjudicial era el abuso que Analisa hacía de ella. Si su ritmo biológico se veía alterado durante un tiempo excesivo, es decir, si se modificaban sus períodos de descanso diurnos, el instinto vampírico se veía obligado a buscar horarios de descanso nocturnos y el hecho de no poder cazar era en sí mismo un acto suicida que activaba el instinto de protección de la bestia, que no estaba dispuesta a ser erradicada de ningún modo.
No obstante, para desgracia de Analisa no existía un mecanismo de aviso ante tal situación. El único que había provenía de la propia experiencia del vampiro, pues el proceso sólo era evidente cuando ya era demasiado tarde para detenerlo. Al igual que el poderoso veneno de la seta más tóxica, sólo mostraba su verdadera faz cuando ya estaba completamente extendido por su cuerpo.
La no-muerta sólo fue consciente de que algo no iba bien tras muchos días de exposición a la luz solar, pero cuando quiso remediarlo se percató de que era tarde. Estaba demasiado débil para salir a cazar y se sentía endeble para hacer empleo de sus capacidades vampíricas, que se negaban a obedecerla. Y cuando éstas desaparecían Analisa se transformaba en un ser vulnerable, exento de defensas. La única solución consistía en conseguir varias presas lo antes posible a fin de regresar a su auténtico ciclo biológico.



--¿Qué te ocurre?
Aunque la no-muerta había intentado ocultar su lamentable situación a Jeromín, el proceso de descomposición física había empezado a tomar cuerpo y las manchas cadavéricas se habían extendido por buena parte de su rostro.
--Quiero... --comenzó a explicar Analisa--. Necesito que te apartes de mí durante un tiempo. --No sabía cómo revelarle que la bestia le exigía que la alimentara de inmediato y que temía llegar a hacer algo de lo que más tarde se arrepentiría--. Creo que estoy enferma --prosiguió--. No sé qué me ocurre, pero debes marcharte de esta casa cuanto antes.
--¿Marcharme? ¿Adonde? --balbuceó Jeromín--. ¿Y cómo podría irme sabiendo que no estás bien?
--Te daré algún dinero. Debes ir a casa de la señora Paca. Quiero que le entregues esta nota de mi parte y el dinero que voy a darte. Sólo serán unos días --afirmó intentando tranquilizarlo.
La señora Paca era una vecina que vivía relativamente cerca. Analisa apenas había cruzado unas pocas palabras con ella, pero Jeromín la adoraba porque, a pesar de la penosa situación económica que atravesaban tanto ella como su familia, cada vez que veía al chico le obsequiaba con un dulce. Analisa creía que era una buena mujer, por lo que siempre había evitado acercarse con intenciones aviesas a ella o a sus hijos.
--¡Quieres abandonarme! --afirmó el chico entre sollozos--. Lo que pasa es que te has cansado de mí.
Analisa no estaba en condiciones de enzarzarse en una discusión. Se sentía demasiado lánguida para ello.
--No me discutas, Jeromín. Lo hago por tu bien. Te prometo que muy pronto volveremos a estar juntos.
--¿Cuándo? ¿Cuándo será?
--No lo sé --dijo acariciando su pelo ralo--. Pero ha llegado el momento de que me obedezcas. Pórtate bien, ayuda a la señora Paca en lo que te mande y recuerda que, pase lo que pase, no debes revelar jamás nuestro gran secreto.
Jeromín acató sus deseos de mala gana. Dispuso a Carlota para el traslado y se fue cabizbajo a buscar un par de mudas que introdujo con dificultad en el bolsillo de su chaqueta. Después, como siempre, se marchó cojeando, aunque esta vez con el rostro envuelto en lágrimas.
Analisa lo observó marcharse desde la ventana.
Ella no lo sabía, pero aquélla era la última vez que lo vería con vida.



Tan pronto como perdió al muchacho de vista, se derrumbó. ¿Qué iba a hacer si apenas podía sostenerse en pie? Todo le daba vueltas y sólo era capaz de escuchar los reproches de la bestia por haber dejado escapar a la única presa fácil y disponible que podía haberle devuelto una brizna de vida.
«¡Ve a por él! Aún estás a tiempo. ¡Dile que regrese y acaba con él! ¡Necesitas su sangre!», clamaba la bestia iracunda.
Analisa se negaba a seguir escuchando sus órdenes, pero éstas eran mucho más fuertes y poderosas, tanto que por un tiempo consiguieron ensordecer sus propios pensamientos. A pesar de ello, aguantó el resto de la tarde como pudo, retorciéndose de dolor, y esperó con impaciencia la caída de la noche. Entonces salió al exterior y se abalanzó sobre la primera víctima propicia que encontró. Le temblaba todo el cuerpo y sus uñas habían comenzado a desprenderse de la carne. Su aspecto era francamente lamentable.
En cuanto probó la primera gota de sangre Analisa supo que no sería suficiente para saciar a la bestia, ni tampoco para permitirle recobrar algo de cordura. Actuaba como una sonámbula sin orden ni concierto, sin rumbo y sin destino. La bestia lo había logrado. Al fin era la dueña y señora de su cuerpo y de su mente.
Ingerir aquella sangre fue como administrar un calmante a un enfermo. Se podía paliar el dolor, pero no servía para curar la enfermedad que lo provocaba. Y Analisa era presa de una enfermedad vampírica. Por un momento se sorprendió al experimentar una extraña empatía hacia Emersinda. Ahora comprendía por qué su tía jamás se permitió licencias ni jugueteos con la luz.
La no-muerta se estremeció y soltó de golpe a su desdichada víctima. De pronto se había sentido horrorizada al comprobar que entre Emersinda y ella no existían grandes diferencias. No era la primera vez que le ocurría, pero en esta ocasión, aunque lo intentó, no pudo obviar una sensación desoladora de desaliento. Había creído advertir la invisible presencia de Emersinda muy próxima a ella, como una sombra que había regresado del Más Allá para alentarla a continuar matando, aplaudiendo su desviada conducta.
Huyó de aquel escenario para refugiarse en la seguridad de su hogar. Aún no estaba saciada por completo. El hambre continuaba llamando a la puerta de su estómago con insistencia. Sin embargo, se sentía tan agotada que prefirió acostarse y dormir. Su naturaleza vampírica lo necesitaba. Una vez más, y a pesar de los años transcurridos, se sentía turbada al comprobar cómo el solo recuerdo de su tía era capaz de hacerla palidecer.
Cuando por fin recobró su condición vampírica habitual habían transcurrido casi dos semanas. Mucho más tiempo del que hubiera deseado separarse de Jeromín. Se preguntaba si el muchacho se sentiría traicionado y abandonado. En cuanto le fue posible se presentó en la casa de doña Paca. Sin embargo, la sorpresa que le esperaba no era nada agradable. Jeromín había muerto.



--¡Eso es absurdo! ¡Usted sólo pretende gastarme una broma de mal gusto! --exclamó Analisa al conocer la noticia.
--¡Ojalá lo fuera! Nos fue imposible avisarla, no sabíamos dónde localizarla. En su nota no indicaba cuál sería su paradero --explicó la señora apesadumbrada.
Era cierto. Para evitar posibles complicaciones, la no-muerta le había facilitado a Jeromín una nota en la que le explicaba que por motivos ajenos a su voluntad se veía forzada a abandonar la ciudad. Asimismo, le rogaba que se hiciera cargo del chico durante su ausencia, para lo cual acompañaba una cuantiosa suma de dinero.
La señora Paca prosiguió con su relato de los hechos.
--¡Ay, Señor, qué desgracia más grande! ¡Aún no sé cómo pudo ocurrir tamaña desventura! --dijo visiblemente afectada--. Al día siguiente de llegar les envié a él y a mi hijo a un mandado y... --la voz le temblaba-- ...y un carro se lo llevó por delante.
--No es posible, no lo es --musitaba la no-muerta haciendo gestos de negación con la cabeza--. Mi Jeromín no puede estar muerto.
--Tal vez la consuele saber que el pobre murió en el acto. No tuvo tiempo ni de quejarse --la señora Paca sacó un enorme pañuelo del bolsillo de su delantal y se sonó la nariz con estrépito.
No, no se sentía en absoluto consolada. Jeromín había muerto solo, como un perro. Era muy posible que el muchacho hubiera abandonado este mundo con la idea de haber sido rechazado. Era todo cuanto Analisa tenía en la vida y ésta se lo había arrebatado de manera despiadada. No era capaz de imaginar su eterna existencia sin él.
Nunca podría perdonárselo.
¡Nunca!

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:06 am

39

--Tómese esta amonestación como un aviso, señor Espinal --advirtió Carlos Montañés dando por finalizada la conversación.
Alejo abandonó cabizbajo el despacho de Montañés, más conocido entre los empleados de Regalo+ como el Goebbels. Si bien era verdad que Montañés había hecho grandes méritos para ganarse aquel mote, no lo era menos que en esa ocasión le asistía algo de razón, por no decir mucha. Y Alejo lo sabía perfectamente.
Desde que conoció a la misteriosa Ana su apacible vida se había transformado en un cúmulo de despropósitos. No sabía qué le había hecho esa mujer ni por qué su invisible presencia ejercía tanto poder sobre él, pero negar la evidencia habría resultado un sinsentido. A veces tenía la impresión de que le había inoculado un veneno adictivo, una suerte de droga que le impedía disfrutar de la vida sin su imprevisible presencia. Y es que aquella desconocida iba y venía, igual que el Guadiana. Lo utilizaba cuando le venía en gana y al día siguiente desaparecía sin dejar siquiera una nota.
Su inmenso poder le tenía atrapado y no era sólo a causa del sexo, del cual gozaba intensamente cada vez que ella lo deseaba, sino que había algo más, que convertía su relación en un juego dañino, peligroso y excitante.
Aquello no tenía nada que ver con el hecho de estar engañando a su novia. No. Su infidelidad sólo le generaba angustia y sensación de culpabilidad. En todo caso, podía deberse a la excitación que le proporcionaba saberse deseado por alguien como Ana, alguien que viajaba contracorriente del resto de la sociedad. Sus esquemas mentales no parecían sujetos a las leyes que rigen a los humanos. Vivía su vida al margen de todo y de todos. Era, o al menos a Alejo así se lo parecía, libre.
ANA, ANA, ANA...
¡Su nombre lo llenaba todo! No se cansaba de repetirlo, de escribirlo en cada nota que tomaba, en cada apunte para su nuevo libro, que cada vez tenía más arrinconado. Pero ahora no podía derrochar el tiempo con su novela y perderse los acontecimientos que se estaban desarrollando en el presente. Para una vez que le pasaba algo interesante. Por primera vez en mucho tiempo se había convertido en el protagonista de su existencia, no era un simple personaje como la princesa de Aquitania o el mercader de Oriente.
Ana era especial, distinta a todas las mujeres que había conocido. Era capaz de devolverle la vida o de arrebatársela con tan sólo una mirada. Pero había que tener cuidado con ella, su proximidad resultaba letal. Sin proponérselo había irrumpido en su vida cambiando todas sus creencias y haciendo tambalear de la noche a la mañana los pilares sobre los que se sustentaba su existencia. Aquella mujer encerraba un enigma y él estaba dispuesto a resolverlo. Y eso era precisamente lo que la hacía tan fascinante y atrayente: que no tuviera pasado ni futuro, sólo presente.
Llevaban ya un tiempo acostándose juntos y ni siquiera sabía dónde vivía, a qué se dedicaba o si, al igual que él, tenía pareja. Se negaba a hablar sobre sus cosas. Tan sólo barajar la posibilidad de que estuviera comprometida ponía enfermo a Alejo, se le aceleraba el corazón y sentía que le hervía la sangre a causa de los celos. Pero no podía engañarse: lo más probable era que no quisiera ofrecer datos sobre sí misma porque estaba casada o porque compartía su vida con alguien. Sólo ése podía ser el motivo para mantenerlo lejos de su círculo.
El escritor desconocía qué le estaba ocurriendo, pero su relación clandestina había comenzado a afectar a la que tenía con Silvia (a quien ya no sabía cómo dar largas), a su trabajo en Regalo+ y a sus proyectos con Editamos. Ana no le convenía en absoluto y lo peor era que, aun sabiéndolo, Alejo era incapaz de terminar con esa compleja y extraña relación.
Por otra parte, tampoco se veía capaz de dejar a Silvia para centrarse sólo en Ana. ¿Y si cuando le dijera que había dejado a su novia le mandaba a freír espárragos? Ana era capaz de eso y de otras muchas cosas. Y Alejo tenía miedo al fracaso o padecía «el síndrome de la comodidad más absoluta». ¿Pero quién era él para jugar con los sentimientos de Silvia? Detestaba reconocerlo, pero se había convertido en el perro del hortelano. Tenía que hablar con ella y decírselo de una vez. Además, era absurdo seguir ocultándoselo, entre otras razones porque ella lo sospechaba. Se lo había preguntado cientos de veces, pero Alejo le había ocultado la verdad. Lo acosaba a todas horas para saber qué estaba ocurriendo y parecía bastante harta de esa situación ambigua.



No habría deseado tener que afrontar aquella conversación justo en ese instante, y menos después de haberse visto sometido al sermón de el Goebbels por llegar tarde y poco presentable a su cubículo de trabajo, pero se vio forzado a hacerlo. Cuando Alejo salió del trabajo, Silvia, su todavía novia, le esperaba en la puerta con cara de pocos amigos.
--¿Qué haces aquí?
--Es evidente que esperarte --contestó en tono cortante y con mirada fría--. Vamos a tomar algo. Quiero hablar contigo.
--Mira, ahora no me viene bien. He tenido un día horrible --dijo excusándose al tiempo que encaminaba sus pasos hacia la boca del metro-- y no me apetece volver a discutir por la misma gilipollez de todos los días.
--¡Me da igual si no te viene bien! Quiero respuestas y las quiero ahora --le espetó la joven alterada--. Me he cansado de esperar.
Alejo la miró a los ojos por primera vez en mucho tiempo. Últimamente no tenía valor para hacerlo, así que se limitaba a simular que la miraba, cuando en realidad era su entrecejo o su nariz lo que observaba.
Al hacerlo se dio cuenta de que estaba demacrada y de que había adelgazado al menos cinco kilos. Apreció también que le temblaban las manos y que lucía unas prominentes ojeras. Y, cosa bastante rara, tampoco se había maquillado. Su apariencia distaba mucho de la imagen de pulcritud que por lo común regalaba a los demás.
Y por primera vez el escritor tomó conciencia de que a su novia le ocurría algo grave.
--¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma? --le preguntó con sincera preocupación.
--¿De verdad te importa lo que me pasa?
--¡Claro! Por supuesto que me importa. Lo sabes bien, Silvia.
--¿Y por qué tengo la constante sensación de que todo lo que tiene que ver conmigo te resbala? Has cambiado, Alejo. ¿No te das cuenta? No eres el mismo. Sé que hay otra persona.
El escritor sabía que su novia tenía razón. ¡Claro que no era el mismo! No lo era por culpa de Ana.
--¡Tonterías! --mintió sin mucha convicción--. No soy yo, eres tú quien ha cambiado. ¡Mírate! Te has vuelto una paranoica que ve fantasmas donde no los hay. Siempre con tus insinuaciones. Empiezo a pensar que se te ha pegado algo de tu hermano y de sus vampiros imaginarios.
No quería que así fuera, pero sus palabras sonaron a burla.
Aquél había sido un golpe muy bajo. En seguida se arrepintió de haber hecho ese comentario.
--Lo siento --se disculpó--. No era mi intención decir eso.
--Pero lo has dicho. ¿Es eso lo que en el fondo piensas? --inquirió Silvia mientras extraía las llaves de su coche, que estaba aparcado en la acera de enfrente--. ¿Sabes una cosa? Puede que, como tú dices, mi hermano sea un paranoico, pero al menos es mucho más hombre que tú. Al menos él --afirmó con los ojos brillantes a causa de las lágrimas que ya empezaban a resbalar por su rostro-- es sincero y dice las cosas a la cara. No engaña a nadie.
Después, sin darle tiempo a replicar, cruzó la calle, se introdujo en su vehículo y arrancó a toda velocidad.
Alejo contempló la escena como si no tuviera que ver con su persona, como si no fuera él a quien acababan de dejar plantado. Bien mirado --pensó-- quizá era mejor así. No quería seguir haciéndole daño con su indiferencia.
Ese encuentro había sonado a despedida. De todo cuanto había dicho Silvia tenía razón en una cosa: era un cobarde incapaz de decir adiós.



Cuando se vio frente a la puerta de la casa de su padre estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse. Aquél no parecía el día más apropiado para realizar visitas sociales. Después de su encontronazo con Silvia lo más prudente habría sido retirarse a su casa a emborracharse, pero no sabía si Darío estaría allí y si éste habría sido informado por su hermana de lo que había ocurrido. Quería evitar una confrontación directa y como alternativa no se le había planteado otra cosa mejor que hacer una visita al gruñón de su padre, al que no veía desde las últimas Navidades.
Una buena parte de sus complejos y de sus carencias afectivas procedían de la opresiva relación que mantenía con su progenitor. Por algún motivo, éste nunca lo había aceptado. Y cuando le comunicó su idea de convertirse en escritor, se había mofado de él llamándolo inútil y vago. Su padre no concebía que alguien pudiera ganarse la vida disfrutando al mismo tiempo con su trabajo.
--¿Y para qué sirve ser escritor? Con eso te morirás de hambre.
El caso es que se negó a pagarle los estudios y Alejo no tuvo más remedio que ponerse a trabajar y a estudiar al mismo tiempo. Su madre, su única defensora, había muerto víctima de un cáncer, así que el joven tuvo que arreglárselas solo. Fueron unos años duros, en los que aceptó trabajos desagradables y mal pagados.
Quería demostrarle a su padre que era capaz de tomar las riendas de su vida sin necesidad de acudir a su dinero. Soñaba con escribir una gran novela de la que todos hablaran para que supiera cuan equivocado estaba. Pero Alejo no era consciente de que no se escribe por despecho. Escribir es algo totalmente diferente. Nunca debe hacerse para complacer a los demás o para vengarse de ellos. Escribir es un acto mucho más íntimo, que nace en el alma y que pugna por salir desde las mismas entrañas. Es una necesidad y nunca debería convertirse en una obligación.
--Aquí no quiero vagos --le dijo un día--. O estudias o trabajas, pero nada de medias tintas. Y si trabajas tienes que apechugar, igual que lo hice yo con mi padre.
Así que Alejo se marchó.
Al final tuvo que abandonar los estudios. Puesto que no ganaba lo suficiente para mantenerse, necesitaba emplear el tiempo que invertía estudiando en trabajar. A partir de entonces, la relación entre ambos se enfrió. Y Alejo dejó de visitarle porque cada vez que lo hacía tenía que escuchar los mismos reproches y las mismas palabras hirientes que sólo contribuían a recordarle que no había logrado alcanzar su sueño.



Alejo se quedó sorprendido.
Hacía tiempo que no veía a su padre y lo encontró bastante desmejorado. Sin embargo, pronto comprobó que su lengua continuaba igual de mordaz que siempre, lo cual le tranquilizó.
Después de que su padre le sirviera una cerveza se sentaron en el salón. Aquel piso era acogedor. Tenía mucha luz y estaba situado en una zona tranquila de la ciudad. Pitu, el canario, llevaba una tarde movidita. No paraba de cantar sin importarle lo más mínimo que otros pudieran sentirse molestos por ello.
--Me ha dicho tu tío que últimamente vas con un grupo de travestidos que se pintan los ojos y la cara --dijo tras dar un sorbo a su cerveza.
--Góticos, padre, se llaman góticos.
--Me da igual cómo se llamen. Travestidos o góticos, lo mismo son. Debes dejarte de estupideces y sentar la cabeza de una vez. No siempre voy a estar aquí para sacarte las castañas del fuego.
Alejo se contuvo.
Tenía gracia que dijera eso precisamente él. ¿Dónde se había metido cuando no tenía ni para pagar el recibo de la luz? Si no hubiera sido por su tío Marcial, más de una vez se habría visto incapaz de hacer frente a los pagos de la casa. Por fortuna esa época había quedado atrás y ahora no necesitaba de la ayuda de nadie para poder mantenerse.
--¿Por qué no te casas con esa niña rica con la que sales? --prosiguió-- ¿Cómo se llamaba? ¿Sara? ¿Sonia?
--Silvia, padre. Silvia Salvatierra. Y no es rica.
--Comparada contigo, como si fuera la baronesa Thyssen. Además, es una buena chica, me gusta para ti. Lo que no sé es qué ha podido ver en alguien como tú.
--Padre, no he venido a discutir. Me dijo el tío que se había hecho unas pruebas médicas y quería saber cómo está.
--¡Tonterías! Tu tío siempre exagera. Pero ya que has venido te diré que estoy como un roble. Estoy mejor que tú y que él juntos.
--Me alegra saberlo.
--No. De momento no iré a hacer compañía a tu madre. --Dijo levantándose y tomando una foto de ella que había sobre el aparador de la sala. Después, añadió:-- La pobre, que en gloria esté, sufrió mucho.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando comenzó a toser violentamente. Se puso como un tomate y su rostro se congestionó. No paró de hacerlo hasta que Alejo, asustado, le trajo un vaso de agua de la cocina. Después, el viejo extrajo un pañuelo del bolsillo de su chaqueta raída y escupió con rabia sobre él.
--¡Maldito tabaco! ¿Tú fumas?
--Ya sabe que no, padre.
--¡Bien hecho! Eso --dijo señalando un paquete de tabaco que estaba sobre la mesa-camilla-- es una trampa, un veneno mortal. ¡Ni se te ocurra probarlo!
Después se sentó en su butaca y comenzó a hablar sobre cosas intrascendentes. Al poco tiempo se quedó dormido, con la cabeza ladeada cayéndole sobre el hombro derecho. Alejo no quiso despertarlo. Los músculos del rostro se habían relajado tanto que hasta parecía feliz. Así que el aspirante a escritor le dejó una nota de despedida y se marchó.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:07 am

40

Ana se reclinó en el sofá y espiró profundamente.
Estaba preocupada. Y mucho.
Sopesaba las posibilidades que existían de haberse quedado embarazada de Alejo.
Desde luego, no era algo probable, pero tampoco imposible. Y, en caso de estarlo, no se trataría de su primer embarazo.
Sí. Ya había pasado por ello con anterioridad y la experiencia de la maternidad era, con diferencia, el más doloroso de todos sus recuerdos.
El embarazo vampírico era un fenómeno atípico y desconocido incluso para los propios vampiros. Ni siquiera Ana, que ya había protagonizado uno, sabía en qué consistía el proceso por el cual una mujer-vampiro era capaz de acceder a una capacidad, la de concebir, reservada en principio sólo a las mujeres vivas. Pero lo cierto es que los embarazos vampíricos se producían de vez en cuando a lo largo de la vida de algunas no-muertas, si bien la mayoría no conseguían llegar a completarse.
El primer embarazo --recordaba Ana mientras se acariciaba el vientre intentando dilucidar si había vida allí dentro-- fue algo nuevo para ella, un proceso misterioso sobre el cual, al igual que sucedía con todo lo concerniente a los no-muertos, apenas existían referencias escritas fiables, sólo leyendas y fábulas sacadas del imaginario popular. Ni siquiera la literatura de terror consagrada a los vampiros, salvando algunas excepciones, se había ocupado del incómodo asunto. Cinematográficamente hablando, existían algunas películas como La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer, una secuela del filme de la Universal Drácula (1933) en la que se daba continuación a la figura del enigmático conde transilvano a través de las andanzas de su hija, la condesa Mary Zaleska. Sin embargo, en la película no había forma humana de saber de dónde le había salido al vampiro aquella enigmática hija, ya entradita en años.
Los primeros síntomas, a decir de la experiencia de Analisa, fueron unos fortísimos dolores abdominales que la paralizaron por completo, así como una necesidad perentoria de obtener mayores dosis de sangre. La no-muerta se vio obligada a cazar con mayor profusión para calmar las molestias que la aquejaban noche y día.
Durante ese primer embarazo la joven pensó que todos esos síntomas eran nuevas exigencias de la bestia, que por algún motivo había despertado de su letargo tornándose aún más despótica con su frágil y castigado cuerpo. Sin embargo, sólo el tiempo la hizo comprender que llevaba «algo» dentro, una criatura que tenía vida propia e incluso capacidad para pensar. Esto lo sabía porque la no-muerta podía acceder a sus pensamientos. Lo que ignoraba por aquel entonces es que aquel bebé también poseía la facultad de llegar a los suyos.
Ese primer embarazo la aterró.
Lo recordaba a la perfección. Se había producido mucho después de la muerte de su amigo Jeromín, al que, pese al paso del tiempo, no había podido olvidar.
¿Cómo iba a traer al mundo una criatura de la cual no sabía nada?, se preguntaba Analisa por aquel tiempo. Lo desconocía todo, excepto que el padre era un humano con el que había mantenido relaciones sexuales.
Sí, Analisa había copulado con un hombre vivo. Aquel verbo sonaba frío. Pero se trataba sólo de eso: de un acto de copulación. Hasta los vampiros tienen necesidades sexuales. La sangre y el sexo siempre han estado íntimamente relacionados y la ingestión de sangre a veces les proporcionaba sensaciones parecidas a prolongados orgasmos. No siempre, claro, pero en ocasiones sí. Y los no-muertos, como es de suponer, querían conservar algunas sensaciones humanas placenteras, como la de enamorarse o los placeres del sexo.
Lo primero, debido a sus condiciones de vida, era muy difícil de alcanzar. Y Analisa lo sabía. Ella, por ejemplo, se negaba a compartir su vida con sus conquistas amorosas. Temía terminar haciéndoles daño, así que se limitaba a obtener placer sexual de sus amantes para luego abandonarlos sin pudor. De hecho, muchas veces las circunstancias la obligaban a acabar con ellos. El placer que obtenía casi nunca era satisfactorio del todo y hallar la persona propicia para sus devaneos sexuales no siempre era sencillo.
Ana se revolvió en el cómodo sofá de su residencia madrileña. Sus viejos recuerdos habían aflorado sin ella proponérselo. Resonaban aún en su mente las inquietudes que se habían adueñado de ella por aquel entonces. Se había preguntado --al igual que lo hacía ahora-- si aquel niño sería normal o si, por el contrario, tendría capacidades vampíricas adscritas a su diminuta naturaleza. Por mucho que algunos de sus súbditos y acompañantes se lo hubieran rogado, Analisa siempre se había negado a convertir a nadie en lo que ella era. Creía que ése era un castigo demasiado severo, por no decir una maldición que nadie, por muy mal que hubiera actuado en la vida, merecía sufrir.
Quienes aspiraban a convertirse en vampiros, como era el caso de Violeta, su actual «invitada», eran simple y llanamente unos ignorantes que desconocían lo que de verdad significaba pertenecer a la legión de los no-muertos. De otro modo, habrían rogado al Creador --si es que éste existía-- no verse en aquel trance jamás. Y Analisa, por paradójico que pudiera resultar, era una gran creyente. Estaba convencida de la existencia de una Jerarquía Vampírica dependiente de un Ser Universal creador de todos los seres no-muertos que pueblan la Tierra. Dicha jerarquía --creía la no-muerta-- tenía que estar dividida en niveles en los que la antigüedad del vampiro era un grado.
Durante su largo periplo por este mundo jamás había tenido ocasión de toparse cara a cara con otros vampiros, exceptuando a la inefable Emersinda, a la cual, por motivos obvios, no podía considerar su Madre Universal, sino una víctima más de la Castigadora Eterna. Pero Emersinda --pensaba Analisa-- tuvo que haber sido convertida por alguien o por algo. Y, por lógica, esa Madre Universal tenía que haber propiciado la capacidad de la maternidad quizá en algunas no-muertas, pero no en todas.
A falta de otra hipótesis más convincente, la joven necesitaba explicar de algún modo su primer embarazo. Y no se le ocurrió nada mejor que aceptarlo como un designio de carácter divino. La explicación no podía ser más simple: si todas las mujeres no-muertas hubieran tenido la facultad de procrear, la raza humana estaría extinguida por completo.
Así de sencillo y así de complejo, ya que en caso de ser cierta su teoría surgía una pregunta aún más abrumadora: ¿por qué había sido «tocada» ella con ese don y no, por ejemplo, su tía? Claro, que sobre el auténtico pasado de Emersinda lo desconocía todo. Sólo sabía lo que ella había querido revelarle, lo cual, viniendo de un personaje como aquél, podía ser una gran mascarada. Emersinda bien pudo haber tenido hijos y después comérselos.
En cualquier caso, Analisa decidió aceptar su insólita situación como quien acepta un regalo divino, o tal vez un castigo. Aunque esto no siempre fue así. Al principio, antes de llegar a esta conclusión, intentó interrumpir su primer embarazo en varias ocasiones.
Quiso hacerlo, sí, por el bien del niño.
Sonaba monstruoso, pero no se le ocurría otra solución para afrontar una circunstancia como aquélla.
Traer al mundo una criatura entrañaba una gran responsabilidad y ella ni siquiera sabía cómo sería aquel bebé. ¿Y si nacía con la condena eterna agregada a su naturaleza? No podía permitir que su bebé sufriera ese calvario. Antes --pensó en aquel entonces-- era partidaria de sacrificarlo. Ella no había tenido oportunidad de elegir, pero si alguien le hubiera explicado lo que iba a pasarle después de su traumática conversión, habría preferido morir antes que verse transformada en una asesina.
Pero también cabía la posibilidad de que el niño fuera normal. En ese caso, su preocupación era aún más fundada, ya que temía que la bestia le exigiera algún día que se lo diera para satisfacer sus depravados apetitos. Y aquélla sería una carga demasiado difícil de soportar durante toda una eternidad.
Por suerte o por desgracia, la decisión no dependía de ella.
Cada vez que había intentado interrumpir el embarazo, el feto --de algún modo que Analisa no podía comprender-- se había dado cuenta y había obrado en consecuencia para evitar ser destruido. Le enviaba terribles dolores de cabeza que paralizaban por completo cualquier actuación que pudiera dañarlo. Existía una comunicación de carácter telepático entre la madre y el feto. Ésa era la única explicación plausible. Desde luego, Analisa sabía lo que el bebé sentía en cada momento, así que no tenía nada de extraño que éste también pudiera sentir que lo amenazaba un peligro como el que suponía que alguien quisiera acabar con su incipiente vida.
Todo aquello resultaba muy inquietante, ya que si el bebé disponía de capacidades tales como la telepatía era porque estaba destinado a nacer vampiro y porque había desarrollado un fuerte sentido de supervivencia antes siquiera de haber visto la luz.
En ese instante Violeta apareció en la sala de estar interrumpiendo sus pensamientos. Había pasado buena parte de la tarde en su habitación dibujando.
--Acércate --le ordenó la no-muerta con voz lánguida.
Violeta obedeció. Entre sus manos llevaba su cuaderno de dibujo.
--¿Has dibujado mucho, Darky querida?
--Sólo el retrato de una mujer mayor.
Ana tomó el cuaderno y pasó las páginas con fingido interés. Violeta no dibujaba mal, pero a la no-muerta la aburrían sus creaciones monotemáticas. Aquella chiquilla --pensaba la vampira-- estaba obsesionada con la muerte hasta extremos enfermizos. Ataúdes, lápidas, nichos y esqueletos eran sus motivos favoritos. Sin embargo, tal y como ya había anunciado, en la última página había dibujado el retrato de una anciana.
La no-muerta observó aquel dibujo unos instantes. Después, se encolerizó repentinamente, arrancó la hoja con furia, agarró a Violeta por el pelo y le puso el dibujo frente a ella a tan sólo un centímetro de su rostro.
--¿Quién es? ¡Di! ¿Dónde la has conocido?
Violeta se asustó. Nunca la había visto en ese estado. Ni siquiera cuando la castigaba por su desobediencia se había mostrado tan agresiva.
--¡Contesta! ¡No te quedes callada como una puta! ¡Quiero saber dónde la has conocido ahora mismo!
Ana estaba fuera de sí.
--No sé de qué me hablas. No es nadie --respondió Violeta aterrada--. ¿Se puede saber qué te pasa? No entiendo nada. ¿Qué he hecho mal?
--¡Lo sabes perfectamente! No intentes tomarme por estúpida o lo pasarás mal. Aún no has probado un ápice de mi poder. ¡Contesta a mi pregunta! --dijo restregándole el dibujo por la cara--. ¡Habla de una vez! ¿Dónde la has conocido?
Los ojos de Ana habían cambiado de color. Ahora eran carbones incandescentes a punto de salirse de sus órbitas. Violeta intentó desasirse, pero la vampira se lo impidió clavándole las uñas en el cuero cabelludo.
Violeta no entendía qué estaba pasando por la cabeza de la no-muerta. Aquella mujer era una sádica y estaba rematadamente trastornada.
--¡Te juro por mi madre que no la conozco de nada! --dijo al fin--. Sólo es una mujer que aparece en mis sueños de vez en cuando. ¡No es real! ¡No existe!
Ana se estremeció y soltó a la joven como quien arroja un saco de patatas al suelo.
--¿Qué es lo que has dicho? ¿Esta mujer se aparece en tus sueños? ¿Es eso lo que has dicho?
--Sí --repuso Violeta sollozando--. No sé por qué me tratas así. Intento portarme bien y complacerte en todo y tú, tú... --dijo balbuceando--... sólo me demuestras desprecio.
Violeta se dio cuenta de que la no-muerta ni siquiera la escuchaba. Ésta se había levantado, había cogido el dibujo y lo había roto en mil pedazos. Después, abandonó la casa dando un sonoro portazo.
La mujer que se aparecía en sueños a Violeta y cuyo rostro había quedado plasmado en su dibujo era Emersinda.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:09 am

41

--¿Mama?
--Dime, cariño.
--¿Puedo?
--Ya te he dicho que no.
--¿Y por qué no?
--Porque hay gente mala afuera.
--Pero están los niños. Puedo oírlos desde aquí.
--Es eso precisamente lo que me preocupa. Debes alejarte de ellos. ¿Lo entiendes, Mariana?
--Sólo quiero jugar.
--Los niños son chismosos, curiosos y entrometidos. Y sin proponérselo pueden resultar dañinos.
--Yo también soy una niña y no soy así.
--Tú eres diferente. Anda, sigue con las matemáticas.
--Vaaaale, ya me callo.
--No hace falta que lo hagas. Basta con que no me preguntes lo mismo cada día. No te haces una idea de lo agotador que resulta.



Mariana era una niña con mucha energía.
Demasiada quizá.
Y aún era pequeña para entender que su vida corría peligro entre los vivos. ¿Cómo explicarle a una niña de tan sólo siete años la crueldad de su destino? ¿Cómo hacerle entender que ella no era igual que los otros niños? ¿Cómo revelarle que en realidad estaba muerta?
Nada había sido normal en Mariana. Ni siquiera el parto. Aquella criatura vino al mundo de manera prematura y nada más nacer, acaso para recuperarse físicamente, ya empezó a reclamar grandes dosis de sangre. Analisa se sentía demasiado débil para «cazar» para ella, así que no tuvo más remedio que darle a beber de la suya. Eso estuvo a punto de acabar con ella. Entre la debilidad que suponía un alumbramiento como aquél, que le hizo perder momentáneamente algunas de sus cualidades vampíricas, y la sangre que tuvo que proporcionarle, la no-muerta se sentía desfallecer. Y todo ello hubo de hacerlo sola. ¿A quién iba a pedirle ayuda ante semejante ordalia?
Ya desde niña los ojos de Mariana eran los de un auténtico vampiro: almendrados, profundos y... rojos. Mucho más penetrantes que los de la propia Analisa. Con el tiempo, por suerte, el color se suavizó tornándose gris oscuro y sólo volvían a su color natural cuando la niña tenía hambre o estaba muy enfadada.
A pesar de toda la incertidumbre que la había asaltado durante el embarazo, Analisa no dudó un segundo de que aquel bebé pertenecía a su estirpe. Incluso así, encontraba a su hija hermosa e inocente. La pobre, a fin de cuentas, no había pedido nacer en esas condiciones, así que Analisa tuvo que quererla por fuerza y no vaciló en volcar todo su amor en ella.
Aquél era un sentimiento nuevo para la no-muerta. No se parecía mucho al cariño que había experimentado por Jeromín. A él siempre lo llevaría en su corazón, igual que a un hermano, pero habían pasado muchos años desde su muerte. Y ya era hora de dejarlo descansar en paz. Mariana era sangre de su sangre. Había nacido condenada a la eternidad, a la oscuridad y al silencio. Analisa al menos había podido gozar de algunos años de cierta normalidad humana. Mariana nunca conocería lo que era aquello. Y por eso mismo estaba destinada a quererla aún más, a cuidarla hasta la extenuación si hacía falta y a prepararla para poder hacer frente al mundo de los vivos.
La niña era inteligente y avispada en extremo. A pesar de que sólo tenía siete años, Analisa se había dado cuenta de que sus reacciones no siempre eran las de una niña de su edad. Era ingenua, claro, pero en absoluto tonta. Y toda aquella sobreprotección que la no-muerta le ofrecía, convencida de que era lo mejor para ella, no acababa de gustar a la niña, que, como cualquier infante, estaba ávida de las nuevas y excitantes experiencias de un mundo por descubrir, de un mundo que le había sido vedado desde el mismo instante en que nació.
Mariana no acababa de entender por qué había que dormir de día y permanecer encerrada todo el tiempo en la casona de Galicia. Con lo bonito que era el mar. O así se lo parecía, ya que no había tenido ocasión de verlo muchas veces, y las que lo había hecho siempre era de noche. Pudo sentir, eso sí, la brisa marina acariciar su rostro y las gotas de agua salada salpicar su pelo.
Analisa aún no había previsto qué le contaría a Mariana acerca de su naturaleza vampírica cuando la niña empezó a bombardearla con preguntas incómodas. Eso había ocurrido dos años atrás, cuando sólo tenía cinco años.
--¿Estoy enferma?
--No.
--¿Y entonces por qué no puedo salir de día?
--Puede ser peligroso.
--¿Porqué?
--Porque lo dice mamá.
--¿Pero por qué? ¿Qué hay tan malo en el exterior?
--Algún día lo entenderás.
--¡Quiero saberlo ahora!
--Ahora no puede ser.
--¿Y por qué no?
--Porque lo digo yo. ¡Y basta ya de preguntas!



Analisa no quería que Mariana saliera con ella a cazar por la noche. Consideraba que aún era demasiado pequeña para asistir a un espectáculo tan espantoso. Así que no tuvo más remedio que hacer grandes esfuerzos para asegurarse de que la niña se alimentaba de la manera correcta.
Al principio, tras dar muerte a la víctima de turno, se dedicaba a llenar botes de cristal con su sangre, pero había algo en aquel método que fallaba: la sangre no aguantaba fresca mucho tiempo y para cuando la no-muerta regresaba a casa con los recipientes, su contenido se había coagulado casi por completo, lo que convertía el preciado líquido rojo en no apto para su consumo.
Otro método consistía en atraer a alguien hacia la casa. Aquello no era demasiado complicado para alguien como Analisa, acostumbrada a utilizar sus capacidades mesméricas. Una vez allí lo atontaba y le abría una herida en el cuello mientras Mariana esperaba impacientemente en la habitación contigua. Después, cubría el cuerpo del desdichado con un mantel dejando sólo visible el cuello. Cuando todo estaba dispuesto para el banquete, traía a la niña para que chupara cuanta sangre precisara.
Y requería mucha. Siempre quería más de la que había.
La niña no era tonta y hacía muchas preguntas.
--Mamá, ¿qué hay debajo del mantel?
--Nada que te interese.
--Pues se ha movido.
--Anda, no digas tonterías y bebe de una vez.
--¿Puedo mirar debajo?
--No.
--¿Por qué?
--Porque no. Y se acabó.
--Bueno, pero sigo pensando que se ha movido.
Además de alertar a la niña, este procedimiento implicaba una serie de riesgos. En caso de que se iniciara una investigación siempre podría aparecer un testigo que afirmara haber visto entrar al desaparecido en casa de la no-muerta. Y a Analisa nunca le había gustado llevar las presas a su guarida. Muy al contrario, prefería deshacerse de los cuerpos de otra forma. Uno de sus métodos preferidos, por considerarlo limpio y seguro, consistía en atraer a las víctimas hacia un acantilado. Allí, tras dar buena cuenta de ellas, las arrojaba sin pudor a la mar embravecida.
En vista de las circunstancias, Analisa optó por alimentarse por partida doble. Después transmitía parte de esa sangre a Mariana. Total, a quién podía importarle que lo hiciera si la maldición de la sangre eterna ya corría por sus venas. ¿Qué más daba el sistema empleado siempre y cuando éste fuera viable y cómodo? Haría cuanto fuera preciso para alimentar a su retoño.
Analisa, sin embargo, ignoraba una vez más que el sistema sí podía tener importancia... y mucha. Al transferirle su sangre, de alguna manera, sin saberlo, estaba transmitiendo a la pequeña buena parte de sus vivencias y de sus conocimientos, una información que tal vez no era conveniente que conociera una niña de tan corta edad.
Sin embargo, la no-muerta sólo empezó a ser consciente de que aquello había sido un gran error cuando, estando dormida en medio del sueño eterno, se sintió caer en una espiral que la absorbía hacia un abismo de oscuridad, bruma y frío. Era como descender a las garras de la misma muerte.
Intentó salir de aquella situación, pero había algo que se lo impedía, que pugnaba a brazo partido por demostrar su fuerza. Al fin logró zafarse y al abrir sus ojos la vio, abalanzada sobre ella, chupándole la sangre de las venas de su brazo. Lo que más inquietud le produjo es que Mariana, al saberse descubierta, ni siquiera se inmutó.
Analisa apartó a la niña de su brazo y, todavía sin dar crédito a lo que veían sus ojos, se incorporó en la cama.
--¿Se puede saber qué haces?
--Tenía hambre y tú estabas durmiendo, así que me he servido yo misma.
--¿Cómo que tienes hambre? Pero si acabas de comer. Deberías estar durmiendo.
--Pues tenía hambre. ¿Es eso también malo?
--Cariño, debes acostumbrarte a unos horarios, no puedes comer cuando te venga en gana. No siempre tengo reservas para ti y mamá podría enfermar.
--Emersinda me habría dejado --le espetó la niña de sopetón.
--¿Qué? ¿Qué es lo que has dicho?
--Sí, mamá. Seguro que ella me lo habría permitido.
--¿Qué sabes tú acerca de ella?
--No sé quién es, pero sé que la odias.
--¿Cómo? ¿Cómo puedes saberlo?
--Porque tú piensas en ella cuando duermes.
Analisa se levantó de un respingo.
--¡Vamos! --dijo agarrándola de la mano--. Ya es hora de que aprendas a alimentarte por ti misma.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:10 am

42

--¡Hola chavalote! Soy Marcial. Tenemos que hablar. He averiguado cosas sobre tu «amiguita», la tal Alejandra Kramer. Me voy de viaje esta noche, así que te adelanto lo principal: no fue asesinada con un vulgar cuchillo. El criminal empleó una daga muy afilada. Por si no lo sabes, este dato podría convertir el caso en un crimen ritual, así que ándate con ojo y vigila las compañías con las que te mueves. Y otra cosa: aunque de momento no estén oficialmente conectados, me he enterado de que el crimen de la Kramer no es el único sin resolver que puede tener tintes esotéricos. No se le está dando mucha publicidad, pero la policía sospecha que hay un asesino en serie suelto. Y, «casualmente», algunas de sus víctimas también frecuentaban el ambiente gótico.

El mensaje registrado en el contestador de su anfitrión logró sorprender a Darío. Y, aunque ahora se sentía culpable por haber vulnerado la intimidad de Alejo, tenía unas ganas feroces de decirle cuatro cosas bien dichas. Sin embargo, debía abstenerse. Se supone que la gente no se dedica a escuchar los mensajes privados de los demás y si se enteraba de lo ocurrido podría echarle de su casa.
En circunstancias normales no se habría dedicado a espiarle. Su vida privada le importaba bien poco, pero se sentía muy angustiado por su hermana. Aún no había logrado averiguar qué le pasaba, pero pensaba que tenía que ver con su relación con Alejo. ¿Con qué otra cosa si no?



«¿Quién coño será Marcial? --se preguntaba el gótico de camino al cementerio-- ¿Y quién le habrá dado permiso para meter las narices donde nadie le llama?»
¡Estaba furioso!
¡Alejo les había echado a la policía encima!
Alejandra Kramer era su particular secreto y su amada silenciosa. Y debía seguir siéndolo, a menos que aquella noche consiguiera sonsacarle a Darky alguna información. Tal vez ella supiera algo al respecto. El joven continuaba preguntándose qué llevaba oculto en el bolsillo de su abrigo la noche que se conocieron. ¿Una daga quizá?
Aún no sabía cómo, pero, a pesar de sus reservas, había conseguido convencerla para que asistiera con él y sus amigos a una sesión de ouija en el cementerio en el que Alejandra estaba enterrada.
La idea no podía ser más morbosa.
Habían de darse prisa. Corría el rumor de que pronto sería trasladada a Estados Unidos y entonces se quedaría sin ella para siempre. Al parecer, su padre, el mismo que había contratado al detective privado que le había atosigado a preguntas en The Gargoyle, estaba empeñado en llevársela a su país. La madre de Alejandra, que era española, se oponía, lógicamente, a la exhumación del cuerpo de su hija y a su posterior traslado, pero el dinero era capaz de obrar milagros y su ex marido había removido Roma con Santiago hasta lograr los permisos necesarios para hacerlo.
Por supuesto, a Darky no le había dicho nada del macabro marco en el que se desarrollaría la sesión. Sólo le había comentado que iban a practicar una ouija en un camposanto. De saber que se haría sobre la tumba de la Kramer quizá no habría accedido a acompañarlos, y su presencia era imprescindible. Darío quería sopesar la reacción de Darky cuando se encontrara frente a la lápida de la joven asesinada. ¿Cómo actuaría? ¿Qué diría? Lo más probable era que la joven no tuviera nada que ver con ese asunto. Al menos, Darío rogaba que fuera así. Le costaba reconocerlo, pero había empezado a sentir algo más que simpatía por la gótica. De ahí su imperiosa necesidad de saber si estaba implicada de algún modo en su muerte. No podía seguir encariñándose con ella sin saber si era una asesina.
Era noche cerrada cuando al fin llegó frente al lugar acordado. Allí le esperaban dos chicos y dos chicas, todos vestidos igual que cuervos. Sus ropas estaban confeccionadas a base de látex, cuero, vinilo y lycra. Si alguien hubiera pasado aquella noche frente al Cementerio del Santo Ángel de la Guarda de Pozuelo de Alarcón, sin duda habría salido corriendo despavorido.
Darky aún no había aparecido.
El grupito parecía haber bebido más de la cuenta. Los chicos mataban la espera haciendo bromas tétricas, aunque quizá sólo intentaban ocultar su nerviosismo.
Darío les pidió que guardaran silencio.
--¡Schhhh! ¡No metáis ruido! ¡Fijo que hay un segurata!
--¿A qué leches estamos esperando?
--Falta Darky.
--¿Quién es?
--No la conocéis. Es una amiga mía.



Mientras caminaba, Violeta sopesaba lo que podría ocurrir en el caso de que Ana llegara a enterarse de su escapada nocturna.
«¡Me matará! Estoy segura de que lo hará.»
Aún no sabía muy bien qué le había impulsado a desobedecerla. Tal vez el aliciente de ver a Darío una vez más o sus ganas de experimentar por fin una sesión de ouija, un «juego» que siempre la había atraído pero que nunca había podido practicar debido a que carecía de amigos con los que compartirlo.
Al fondo se recortaba ya la siniestra silueta del cementerio, un lugar tenebroso para mucha gente; no así para Violeta, que recordaba sus visitas nocturnas a los camposantos próximos a su hogar en Rótova. El peculiar olor a tierra le devolvió viejos recuerdos que creía extinguidos. Desde pequeña había frecuentado este tipo de recintos con la esperanza de despejar la duda de si existía o no vida más allá de la muerte. Por aquel entonces se había dedicado a formular preguntas al viento por si alguno de sus moradores tenía a bien responderle. Como jamás obtuvo contestación, concluyó que no existía el Más Allá. Sin embargo, con el tiempo cambió de opinión y la propia existencia de Ana terminó de convencerla del todo.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas risitas nerviosas. Violeta miró hacia el lugar de donde procedían y a duras penas fue capaz de distinguir el funesto grupito agazapado cerca de la tapia que separaba el territorio de los vivos del de los muertos.
--Siento llegar tarde.
--No importa. No llevábamos mucho aquí. Chicos, os presento a Darky.
Ninguno de los presentes se acercó a saludarla. Se limitaron a hacerle un gesto con la cabeza.
--¡Bien! Pues entremos, ¿no?
--¡Alto! --Una de las chicas parecía arrepentida--. ¿Estáis seguros de que queréis entrar ahí? --hizo un gesto señalando hacia la espesa oscuridad que lamía los esbeltos cipreses.
--¡Mystica, no me jodas! --Shadowboy la agarró de la mano en un intento por retenerla--. ¡Lo sabía! ¿No irás a rajarte ahora?
--No sé...
Su voz sonaba apagada y temblorosa. Después tragó saliva y añadió:
--¡Tengo un mal presentimiento! ¿Y si nos pillan o si pasa «algo» ahí dentro?
--¡Nadie va a pillarnos si dejáis de hacer gilipolleces! --intervino Darío--. Mystica, si no quieres entrar, no lo hagas. Ahora bien, te vas sólita a casa. El resto hemos venido a esto.
La joven sopesó su situación. La eventualidad de tener que regresar sola a su domicilio a esas horas de la noche debió de parecerle incluso peor que internarse en el fosco cementerio, así que dio un paso al frente y dijo:
--Bueno, pero a mí no me dejéis ni la primera ni la última.



Ayudado por linternas, el grupito fue saltando la tapia sin dificultad. De hecho, no era la primera vez que algunos de los presentes se colaban en un recinto sagrado por la noche. Darío dirigía la insólita expedición y parecía saber muy bien hacia dónde tenían que ir. No en vano había reconocido el lugar el día anterior, por lo que tenía la tumba de Alejandra Kramer localizada.
La lápida era sencilla. No presentaba ornamentos de clase alguna. Darío pensaba que se merecía algo más, una losa acorde a su filosofía. Pero, claro, ella no había podido opinar de qué manera deseaba ser enterrada.
--¡Pues vaya cagada de tumba! ¡Con lo forrado que está su viejo! --comentó uno de los presentes.
Violeta se aproximó a la lápida y leyó en voz alta:
--ALEJANDRA KRAMER SILVA. LOS QUE LA CONOCIERON LA AMARON. ¿La conocíais? --preguntó intrigada. Aquella situación le resultaba de lo más morbosa.
--Todo el mundo sabía quién era --contestó la chica que había permanecido callada hasta ese momento y cuyo apodo era Deadly.
--¿Y de qué murió?
--Fue asesinada --Darío esperaba la reacción de Violeta, que no se hizo esperar.
--¿Asesinada? ¿Y no os parece de mal gusto hacer una ouija aquí?
El grupo la miró atónito, como si hubiera proferido una gran blasfemia. A ninguno de los presentes se le había pasado nada semejante por la cabeza. La situación evidenciaba que aquello les parecía bastante normal.
Ante sus inquisitoriales miradas, Violeta no tuvo más remedio que ofrecer una explicación:
--Bueno, a mí me da igual. Yo no la conocía, pero me parece un poco fuerte hacer una ouija sobre la tumba de una amiga que ha muerto, y más de esa manera tan horrible. Si fuera alguien desconocido, sería diferente. ¿No me estaréis engañando? --Violeta empezaba a pensar que tal vez era víctima de una broma pesada. A fin de cuentas, excepto a Darío, no conocía de nada al resto de los presentes y, por tanto, ignoraba cómo era su sentido del humor.
--¿Una broma? Desde luego que no lo es. No era amiga nuestra --aclaró alguien--. Su maquillaje blanco resultaba excesivo. A la luz de la linterna y en contraste con la oscuridad parecía un auténtico cadáver. Se hacía llamar Skeletor. Sabíamos quién era porque frecuentaba el ambiente, pero no pertenecía a nuestro grupo.
Entre tanto, Darío había colocado un tablero de ouija en el centro de la lápida. Todas las linternas apuntaban hacia él. Los participantes se sentaron formando un círculo alrededor de éste y se cogieron de las manos formando una cadena.
--¿Y quién la mató?
--No se sabe. Eso es lo que queremos averiguar esta noche --contestó Deadly en tono tétrico.
--Empieza tú, Mystica. Contigo siempre responden --interrumpió Darío.
--Yo paso, que hable otra persona. Tengo un mal rollo que te cagas.
--Vamos, por favor --suplicó Darío--. A ti suelen hacerte bastante caso.
Mystica había conseguido acaparar la atención. Todas las miradas permanecían fijas en ella. Sabiéndose protagonista, guardó silencio unos instantes. Después comentó:
--Está bien. Pero nada de bromitas pesadas, que ya nos conocemos. Si vamos a hacerlo, hagámoslo en serio.
Mystica cerró los ojos, se concentró e hizo un par de inspiraciones y de exhalaciones profundas. Entonces extrajo una copa de coñac de su mochila en forma de ataúd y, tras colocarla sobre el tablero, preguntó con voz firme:
--¿Hay alguien aquí? Si estás entre nosotros, ve hacia el «sí».
La copa permaneció inmóvil como si nada de aquello fuera con ella.
Tras una pausa silenciosa Shadowboy, que llevaba un buen rato intentando contenerse, se vio incapaz de hacerlo por más tiempo y soltó una leve risita, que contagió a su vez a Deadly.
Todos rieron, excepto Darío y Violeta.
--Joder, ¿queréis callaos de una puta vez? Esto es algo serio. La que yace aquí debajo es Alejandra, una de los nuestros. Por mi parte, no tengo intención de seguir perdiendo el tiempo --afirmó Darío retirando su dedo de la copa bruscamente--. Reíos todo lo que queráis, pero apuesto a que todos queréis saber quién lo hizo, así que no pongáis vuestro dedo ahí a menos que no deseéis conocer la verdad sobre su muerte.
Acto seguido se levantó del suelo y se apartó del grupo. Sin embargo, sus palabras no causaron mella entre sus compañeros, que continuaban dando rienda suelta a su nerviosismo.
Violeta se sentía desconcertada. No entendía lo que estaba ocurriendo. Le siguió y se sentó junto a él en una de las lápidas vecinas a la de la gótica asesinada.
--Se te ve muy afectado. Creía que apenas la conocías.
--Es cierto, pero no consigo quitármela de la cabeza. Su muerte me obsesiona.
De repente, el joven escrutó con fijeza el rostro de Violeta.
--Darky, necesito preguntarte algo.
--¿Por qué me miras así?
--Y, si vas a mentirme, es preferible que no respondas.
--Tú dirás. ¿Qué ocurre? Me estás asustando.
--Una vez dijiste que guardabas un secreto.
--Sí. ¿Y qué? Todos escondemos alguno. Tú mismo dijiste que tenías uno.
--¿Qué tipo de secreto?
--No sé a qué te refieres. Todos los secretos son iguales o dejan de serlo.
--¿Un secreto capaz de matar?
--Sinceramente, no sé adonde quieres llegar.
--Está bien. Iré al grano: necesito saber si el día que nos conocimos llevabas una daga en tu abrigo.
--¿Cómo se te puede ocurrir algo así?
--Cuando te pregunté, explicaste que era un móvil. Pero no sólo no lo parecía, sino que el día que nos encontramos en el tanatorio, al pedirte tu número de teléfono, aseguraste que no tenías teléfono móvil.
--¿Estás loco? ¡No llevaba una daga! ¿Crees que la gente va paseándose por ahí con un arma, como si tal cosa?
--No lo sé. Quiero pensar que no, pero alguien mató a Alejandra y lo hizo precisamente con una daga.
--¿Qué estás insinuando?
--Nada. Sólo quiero saber qué llevabas en el bolsillo aquel día.
--¡Maldita sea! ¡No lo recuerdo! Pero, desde luego, no era una daga. Yo no tengo nada que ver con la muerte de esa chica. Ni siquiera había oído hablar de ella hasta esta noche. Soy incapaz de matar una mosca. --Sus últimas palabras sonaron poco convincentes, tal vez porque acababa de rememorar el episodio del gato al que había cosido a puñaladas para después cortarle la cabeza.
--¿Y por qué me mentiste sobre lo del móvil?
--Ésa es otra historia. Y no tiene nada que ver con Alejandra.
--¿Y bien? Me gustaría escucharla.
--No puedo darte explicaciones, no me las pidas. Ella... --dijo casi en un susurro-- me mataría.
--¿Ella? ¿Quién?
--¡Nadie! Olvida lo que acabo de decir.
--No pienso hacerlo. Quiero saber qué ocurre.
Violeta dudó unos instantes, no sabía qué hacer.
--Mi señora.



Mientras tanto, el grupito había comenzado a impacientarse.
--¿Se puede saber qué coño hacéis ahí? --inquirió Mystica al darse cuenta de que ya no era la protagonista de la noche.
Darío miró a Violeta con inquietud.
--Ya hablaremos.
Cuando regresaron junto a los demás, ya no reían. Su semblante estaba serio.
--Nos ha parecido escuchar un ruido por allí --explicó Shadowboy enfocando su linterna hacia una lápida profusamente ornamentada. Pero no se veía nada anormal, sólo dos angelotes que coronaban la cruz del finado. La luz les confería un aspecto diabólico.
--Será algún animal. Lo mejor es que empecemos de una vez, en serio y sin coñas. No tengo ganas de pasar la noche en la comisaría.
Todos asintieron y Mystica volvió a preguntar al tablero, pero nada había cambiado. Aquella copa no parecía tener intención de moverse ni a tiros.
Lo intentaron varias veces, pero la ansiada respuesta no llegaba.
--¿Hay alguien aquí? ¡Por favor, contesta! --rogó Mystica por quinta vez.
De nuevo silencio.
--¡Es inútil! Hoy no quiere moverse --dijo Deadly empezando a cansarse de la situación--. ¿Por qué no nos vamos a fumar unos petas?
De pronto, sin que nadie lo esperara, la copa empezó a moverse con lentitud hacia el «sí».
--¿Quién eres?
Todos estaban expectantes.
La copa se movía despacio, con dificultad. Se deslizaba letra a letra hasta completar una frase:
--M-I N-O-M-B-R-E Y-A L-O S-A-B-E-S.
--No, no lo sé. ¿Cómo te llamas? --insistió Mystica.
La copa ya no se desplazaba con tanta lentitud como al principio. Parecía estar recibiendo energía de algún lugar o de alguien, quizá de los propios participantes.
--P-R-E-G-Ú-N-T-A-L-E A V-I-O-L-E-T-A.
--Nos está vacilando. No tiene sentido --señaló Shadowboy--. Nadie se llama así.
Violeta dudó. No sabía si intervenir.
--Yo soy la primera sorprendida. Violeta es mi verdadero nombre, pero casi nadie me llama de este modo. De hecho, lo odio.
--Pues el tablero lo conoce.
Antes de que Violeta pudiera decir nada, la copa comenzó a deslizarse con mucha más rapidez que antes.
--V-I-O-L-E-T-A L-O S-A-B-E.
--¡No es cierto! No tengo ni idea de quién puede ser --replicó la joven angustiada.
--¡Dinos tu nombre! --Mystica empezaba a impacientarse.
--E-R-E-S M-U-Y C-U-R-I-O-S-A. D-E-M-A-S-I-A-D-O.
Aquella alusión tan directa a su persona consiguió asustarla.
--Bueno, no nos digas tu nombre si no quieres --rectificó--, pero dinos al menos quién mató a Alejandra.
--T-Ú M-O-R-I-R-Á-S T-A-M-B-I-É-N.
--¿Quién?
La copa se desplazó con rapidez hacia Mystica. Ésta retiró su dedo. Estaba aterrada.
--No hagas ni caso --intervino Darío--. ¿No ves que nos está vacilando?
--N-U-N-C-A M-I-E-N-T-O.
Al ver el estado en el que se encontraba Mystica, Darío dijo:
--Lo mejor será que lo dejemos. Esto ya no tiene sentido.
--Y-A E-S T-A-R-D-E. T-U H-E-R-M-A-N-A S-E-R-Á L-A S-I-G-U-I-E-N-T-E.
--¡La culpa la tiene Darky! --sentenció Shadowboy. Nunca había pasado nada de esto.
Mystica comenzó a temblar.
Darío observaba a Violeta con inquietud y ella, sin saber qué decir, se limitaba a evitar su mirada.
--¿Quién es, Darky? ¡Tú lo sabes! --acusó Deadly.
--¿Y cómo pretendes que lo sepa? ¡No tengo ni idea! --se justificó--. Además, me tengo que ir. Esto no me gusta nada y se me está haciendo muy tarde.
En ese momento, aunque ninguno de los presentes tenía colocado el dedo sobre la copa, ésta comenzó a trazar círculos sobre el tablero a toda velocidad. Después, ante la incrédula mirada de los jóvenes, se elevó en el aire y estalló en mil pedazos.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:10 am

43

Enseñar a «cazar» a Mariana fue una de las tareas más difíciles a las que Analisa tuvo que enfrentarse, no tanto por la desolación que para ella significaba tener que instruir a alguien para que aprendiera a matar (y no alguien cualquiera, sino a su propia hija), sino porque aquella experiencia le sirvió para constatar de manera definitiva y aterradora algo que ya sospechaba: que la niña era una auténtica depredadora.
En su diminuta naturaleza no se apreciaba un ápice de humanidad y no parecía importarle en absoluto lo que tuviera que hacer con tal de conseguir sangre. Mariana carecía de toda moral, así como de la capacidad de emocionarse, del sentido del arrepentimiento y de la empatía suficiente para ponerse en la piel de sus víctimas. Lo único que podría obligarla a hacerlo era la necesidad de adelantarse a sus reacciones a la hora de plantearse un ataque.
Sonaba terrible, pero ésa era la cruda realidad.
Analisa se sentía inquieta frente a hipotéticas situaciones futuras. No podía olvidar que, a fin de cuentas, Mariana era un vampiro nacido, no como en su caso, que había sido convertida por la inefable Emersinda. Sin embargo, con el tiempo se percató de que esa falta de expresividad humana era lo único bueno que a la niña podría pasarle. Casi con total seguridad constituía un escudo protector frente a su propia naturaleza monstruosa.
Si no existía arrepentimiento, tampoco habría sufrimiento.
Visto de esta manera, Analisa habría preferido no conservar emociones humanas de ninguna clase, no tener sentimientos como la piedad, la compasión, el remordimiento o el arrepentimiento.
Sin embargo, todas las dudas que había albergado con respecto al futuro de su hija se disiparon en el mismo instante en que la pequeña dio muerte a su primera víctima. Pese a su lógica inexperiencia, la niña se comportó como una auténtica cazadora, sin vacilar un solo instante a la hora de usar su parte instintiva y sus cualidades vampíricas.
Todo sucedió una noche ventosa en la que el mal tiempo era el único dueño y señor de la oscuridad. Analisa habría querido retrasar más aquel momento, pero ya no era posible. No desde que despertó y se encontró a la niña agazapada sobre su brazo chupándole la sangre sin piedad. Sin embargo, no podía culparla por ello. Tal vez se debiera a su potente naturaleza vampírica, que era más pura que la suya, o a que estar en fase de crecimiento la hacía reclamar mayores dosis de sangre, pero Analisa ya no podía obviar por más tiempo el hecho de que Mariana necesitaba aprender a alimentarse por sí misma.
La no-muerta comenzó por explicarle cosas acerca de su insólita naturaleza.
--Ya sabes que no eres igual que los otros niños.
La niña asintió.
--Tampoco eres igual que las personas mayores. Ni tú ni yo lo somos.
--Aja...
Mariana parecía despreocupada, como si aquella charla no le interesara.
--Atiéndeme bien, Mariana --Analisa intentaba que la niña comprendiera su situación--. Nadie debe saber que nos alimentamos a base de sangre. ¡Nadie! ¿Lo entiendes?
La niña era mucho más inteligente de lo que aparentaba.
--Sé perfectamente lo que intentas decirme. Lo sé desde hace tiempo, así que no te esfuerces más. --Mariana jugaba con su cabello lacio y oscuro, lo enroscaba una y otra vez hasta conseguir ondularlo. Por un momento detuvo su actividad, se acercó a su madre y le asió la mano.
--Mamá, no te preocupes. Sólo me hace falta una oportunidad para demostrarte que sé cómo deben hacerse las cosas.
Analisa estaba sorprendida, aunque sólo en parte. Con el tiempo se había dado cuenta de que su hija poseía una capacidad de comprensión extraordinaria, así que no consideró oportuno realizar más comentarios. Era mejor dejar que la niña hiciera las cosas a su manera.
--Bien. En ese caso, salgamos. Así podrás enseñarme cómo lo harás de ahora en adelante.



Aquella noche, debido al mal tiempo reinante, no había un alma por las calles. Los más afortunados estaban dentro de sus hogares, a resguardo de la lluvia fina que embarraba los caminos. Al darse cuenta de que no había mucho donde escoger, la niña explicó su plan.
--Entraremos allí. --Su diminuto dedo señalaba hacia una casa situada a unos cien metros.
--¿Y por qué ahí, precisamente?
--Porque en ese lugar vive una mujer sola.
--¿Cómo puedes saberlo?
--No sé por qué. Sólo sé que puedo olería desde aquí y sé también que no está acompañada.



La niña no se equivocaba. Aquella casa pertenecía a la viuda de un pescador. Vivía sola desde hacía un par de años, cuando un golpe de mar se llevó para siempre a su marido y a su hijo. Subsistía a duras penas gracias a la caridad de los pescadores que cada día le traían algunas sobras. Pasaba su existencia envuelta en lágrimas y viejos recuerdos de tiempos en los que la vida aún no le había mostrado su cara más amarga. La viuda Carballeira --así la llamaban en el pueblo-- había terminado por refugiarse en el aguardiente.
Aquella noche era más fría que de costumbre. A la humedad que había provocado la lluvia había que sumar el hecho de que en la casa de Josefina la única fuente de calor provenía de la cocina de leña. Y aquella noche no la había prendido más que para calentarse las sobras de la sopa de pescado del día anterior. La había tomado con desgana, acompañándola con un trozo de pan de maíz. Lo único que de verdad la hacía entrar en calor era el aguardiente, el aqua vitae. Así había sido definido por los mercaderes holandeses que habían tenido la oportunidad de conocerlo en sus viajes a tierras gallegas. Años más tarde, a finales del siglo xix, caería en desgracia y sería prohibido por culpa de una absurda leyenda que rezaba que el llamado «licor de los pobres» poseía un componente letal. Pero, entre tanto, la gente hacía uso de él para «curar» sus males.
De seguir así, Josefina acabaría convirtiéndose en un despojo humano. La tristeza y el dolor habían minado su existencia y, en aquel instante, le importaba bien poco morirse de frío o de hambre. Cualquiera de esas cosas habría resultado un gran consuelo. Por eso mismo, cuando escuchó que alguien tocaba con sus nudillos a la puerta, no hizo esfuerzo alguno por levantarse de la vieja silla de madera, la misma en la que todas las noches hundía sus orondas posaderas en espera de que pasara una noche más, lo que a todas luces suponía un día menos en su particular cuenta para reunirse con su venerado y querido esposo y su no menos amado hijo.
Pero pasado un rato alguien seguía llamando a la puerta con persistencia, alguien que insistía con dedicación, que no estaba dispuesto a irse sin rendir batalla.
--¿Quen é? --preguntó Josefina entre molesta y sorprendida.
--O teu Amadeo --respondió la voz--. Abre a porta. Fora a choiva abonda.
Al escuchar esa súplica, Josefina dejó de golpe la garrafa de aguardiente en el suelo. Sin duda pensó que esa bebida endiablada le hacía oír cosas sin sentido. ¿Cómo iba a ser su hijo muerto el que llamara a la puerta? Sin embargo, aquella voz... ¡parecía su voz!
--Ti non podes ser Amadeo --replicó Josefina abrumada por la situación--. O meu fillo morreu na mar.
Pero la voz no estaba dispuesta a tirar la toalla.
--¿É que non pensas abrir a porta ao teu fillo?
Josefina se levantó con dificultad, caminó hacia la puerta y puso su mano sobre el picaporte, pero se abstuvo de girarlo.
En el fondo de su corazón algo le decía que no debía abrir. No era la primera vez que escuchaba historias parecidas referentes a los ahogados en la Costa da Morte. Era bien sabido que algunos demonios se aprovechaban de la situación de desamparo en la que vivían las familias de los difuntos para introducirse en sus vidas y arrebatarles el alma.
Josefina acercó su rostro a la vieja puerta de madera y permaneció a la escucha. Su respiración sonaba agitada y entrecortada y su corazón palpitaba con fuerza.
«¿Y si de verdad fuera mi hijo?», se preguntó.
--Finita, por favor. Son o teu fillo.
Aquellas palabras y su voz terminaron por convencerla. ¡Era él! Tal vez no murió como le habían contado y sólo había estado perdido. A fin de cuentas, su cuerpo nunca había sido hallado. Y, sobre todo, ¿no era eso lo que siempre había deseado desde que su hijo desapareció, reencontrarse con él?
Josefina giró el picaporte dispuesta a abrazarlo, pero cuando lo hizo al otro lado de la puerta sólo halló una niña de corta edad. Tal vez el aguardiente le había jugado una mala pasada. Antes de que pudiera volver a cerrarla, la niña se abalanzó sobre ella de un salto. Su diminuto cuerpo era ágil como el de un lince y no tardó en encaramarse sobre su vientre. Josefina intentó quitársela de encima, pero perdió el equilibrio. La mujer cayó al suelo y se golpeó contra la silla de madera.
Para su desgracia, a pesar del fuerte golpe, no había quedado inconsciente, sólo había sufrido un corte en la frente. La niña lo lamió con furia. Entonces, Josefina observó que otra persona, una mujer de cabello largo y oscuro, se introducía en su casa cerrando la puerta tras de sí. Mientras la pequeña la atacaba, ésta corría las cortinas para que nadie pudiera ver lo que estaba pasando en el interior de la vivienda.
Había poco más que hacer o decir. Ante tanto horror, Josefina se sentía incapaz de gritar, sólo se le ocurrió mirar a los ojos a la extraña niña apelando a su compasión. Tal vez podría convencerla para que la dejara marchar.
Entonces supo que iba a morir.
¡Sus ojos no eran humanos! ¡Eran como los de uno de esos demonios a los que hacían referencia las leyendas locales! Y comprendió que aquel ser era incapaz de sentir piedad por el simple hecho de que no pertenecía a su misma especie.
--Si te resistes, sufrirás más --la oyó decir con su vocecita de niña mientras acercaba la boca peligrosamente hacia su cuello.
La sangre lo había manchado todo. Al fondo, en la penumbra, Analisa contemplaba la escena en silencio, horrorizada. Aquella niña no podía ser carne de su carne.
Pero lo era.


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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:11 am

44

Después de la accidentada sesión de ouija, todos excepto Darío y Violeta salieron corriendo hacia sus casas. Mystica estaba tan asustada que ni siquiera demostró interés en recuperar su tablero, así que Darío lo cogió del suelo y se lo guardó. El joven no era partidario de dejar nada sobre la tumba de Alejandra que pudiera delatar su presencia en el cementerio. Bastantes problemas había tenido ya con la ley.
Violeta se sentía muy inquieta.
--¿Qué te ocurre? Pareces nerviosa.
--¿Cómo quieres que esté después de lo que acabamos de presenciar?
--No le des mayor importancia. No la tiene. Fuera quien fuese nos estaba vacilando. ¿De verdad no sabes quién hablaba a través de la copa?
--Ya os he dicho a todos que no. No sé por qué no me creéis.
--Sí te creo, pero tal vez si haces memoria recuerdes alguna cosa importante.
Pero Violeta tenía otras preocupaciones mucho más acuciantes. Temía encontrarse con Ana cara a cara. La sola idea de verla con el rostro encendido por la ira era un motivo más que suficiente para marcharse cuanto antes.
--Lo pensaré, pero ahora tengo que irme. Se me ha hecho muy tarde.



Habían pasado dos días desde la siniestra sesión de ouija en el cementerio y Mystica aún era incapaz de dormir con la luz apagada.
--Hija, ¿te ocurre algo? --le preguntó su madre alarmada.
--No, mamá. No me pasa nada.
--Te noto rara. Apenas has probado bocado.
--Estoy bien. Es la tensión de los exámenes.
--Buenas noches, hija.
Su madre apagó la luz y cerró la puerta. Nada más irse, Mystica alargó el brazo hasta el interruptor y volvió a encenderla.
Tenía el miedo metido en el cuerpo, pero no podía contar nada de lo ocurrido a su madre. ¿Cómo explicarle que se había internado en un cementerio por la noche para hacer una ouija sobre la tumba de una chica asesinada? No lo comprendería en absoluto. Su madre era muy tradicional. Tampoco entendía su forma de vestir ni sus compañías, ni mucho menos que hubiera sustituido su verdadero nombre, Pilar, por otro inventado. Aún recordaba la primera vez que Deadly la había llamado por teléfono.
--¿Está Mystica?
--Lo siento, se ha equivocado --la oyó responder.
--Mamá, ¿por quién preguntan?
--Por una tal Mystica.
--Dame el teléfono. Soy yo.
--¿Cómo que eres tú? --dijo sorprendida. Después colgó el aparato sin miramientos.
--Mamá, ¿por qué has hecho eso?
--Porque tu nombre es Pilar. Que pregunte por Pilar y entonces podrás hablar con ella.
--Pero todo el mundo me llama así.
--Pues les dices que te llamen Pilar, que para eso es tu nombre.
--Pilar no me gusta.
--No sé qué tiene de malo. Era el nombre de mi abuela y de mi madre y también es el mío. Que no me entere yo de que vas por ahí diciendo otra cosa a la gente.



Pero, por fortuna para Mystica, todo aquello cambió cuando se compró el móvil. Su madre ya no podía controlar sus conversaciones. Bastante tenía la joven con verse obligada a cambiarse de ropa en las casas de sus amigos. Y es que su progenitora pretendía que vistiera como las ursulinas, y todo porque tenía una tía que años atrás se había hecho monja de clausura.
No. No podía explicarle nada de lo ocurrido. No sólo no lo entendería, sino que era posible que incluso la reprendiera.
Mystica abrió el cajón de su mesilla de noche y extrajo el teléfono móvil. No era muy tarde para llamar a Deadly, su mejor amiga. No había podido hacerlo antes. Se había sentido demasiado aterrada para revivir lo ocurrido. Ahora que estaba un poco más tranquila buscó su número en la agenda de contactos.
--¿Diga?
--¿Deadly? Soy yo. ¡Estoy cagada!
La joven reconoció de inmediato la voz de su amiga Mystica. Sonaba agitada, nerviosa.
--Yo también.
--¿Recuerdas lo que dijo la ouija?
--¿Lo de que ibas a morir? --preguntó en tono titubeante.
--Sí.
Se hizo una pausa. Ambas permanecieron calladas. Sólo era posible escuchar sus respiraciones entrecortadas.
--No lo pienses más --se aventuró a decir Deadly--. Igual sólo pretendían meternos miedo. Puede que la chica ésa que vino, la amiga de Darío, estuviera compinchada con él para gastarnos una broma.
--No lo creo. Tú viste su cara. Parecía tanto o más asustada que nosotras.
--Tal vez sólo fingía estarlo para darle más rollo al tema. Además, ¿quién de los presentes sabía que se llamaba Violeta?
--Nadie.
--¡Exacto! Pudo ser ella quien movió la copa ayudada por Darío.
--Eso no tiene mucho sentido. ¿Por qué iba a querer Darío asustarnos así? Además, te recuerdo que la copa dijo que su hermana también moriría.
--Quizá lo hizo para que nos tragáramos la bola y no sospecháramos de él ni de la tía ésa. Ella era bastante rarita, ¿no crees?
--No sé. ¿Y qué me dices de lo que pasó al final? La copa levitó y estalló en el aire. Estoy segura de que aquello no fue un truco.
--Llevo dándole vueltas a eso dos días --confesó Deadly--. No sé qué explicación darle, pero seguro que la tiene.
--¿Y si no la tuviera? ¿Y si la única explicación no procediera de este mundo?
--¡Tía, no pienses eso! Al final vas a acabar obsesionada.
--¡Ya lo estoy! ¡Llevo dos noches sin dormir! No puedo evitar pensar que seré la siguiente en morir.
--¡Joder! Pues no le des más vueltas --hizo una pausa para tragar saliva y después prosiguió--. ¿Vas a presentarte al examen de mañana?
--No sé. No he podido estudiar nada. No puedo concentrarme.
--Si quieres, después podemos ir a una iglesia para hablar con un cura. Tal vez sirva de algo.
--No sé. No confío mucho en ellos.
--Mi primo me ha dicho que una vez les pasó algo parecido, no tan fuerte, claro, y que fueron a una iglesia y el sacerdote les dijo que rezaran tres avemarias y cuatro padrenuestros, y que se les quitó el acojone.
--Bueno, haré lo que sea con tal de olvidar esta pesadilla.



Después del examen, que por cierto resultó un completo desastre para Mystica, las dos amigas se dirigieron a una iglesia cercana a la facultad. A pesar de que justo enfrente de la casa de Mystica había una, ésta se negó a acudir a ella.
--Mi madre va allí casi todos los días y el cura me conoce. Si me ve con estas pintas, seguro que se lo larga todo a mi vieja.
Cuando llegaron frente a la puerta de la iglesia, Mystica agarró por el brazo a Deadly para impedir que entrara.
--¡Espera! ¿Hablarás tú? A mí me da corte.
--Sí, no te preocupes.
Ya en el interior, buscaron al sacerdote para exponerle lo ocurrido. Éste se sorprendió al ver su aspecto. Sin embargo, evitó hacer comentarios.
--¿Y decís que esas amigas vuestras hicieron la ouija en un camposanto? --preguntó el hombre sorprendido.
--Sí. Así fue --explicó Deadly.
--Pues no debieron hacer algo semejante. Habéis de saber que la ouija es un instrumento peligroso del que a menudo se sirve Satanás para ganar adeptos.
Ante aquella respuesta tan poco tranquilizadora, Mystica, que hasta el momento había permanecido en silencio, se vio obligada a intervenir:
--¿Y qué pueden hacer nuestras amigas, padre? Están muy asustadas.
--Para empezar debéis decirles que no se preocupen y que confíen en la Virgen María y en su hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que recen todas las noches antes de acostarse y que jamás vuelvan a «jugar» con la ouija.
--¿Y si aun así no se les pasa el miedo?
--Entonces, les decís que vengan a verme. Yo las estaré esperando para darles la bendición.
--Padre, ¿podría darnos la bendición a nosotras también? Al estar en contacto con ellas, se nos ha pegado el miedo.



Mystica abandonó la iglesia cabizbaja. Las palabras del sacerdote no le habían servido de mucho. Deadly, en cambio, se sentía un poco más aliviada después de haber recibido su bendición, quizá en parte porque las respuestas del tablero no se habían cebado con ella.
Ya en el metro, hablaron sobre lo ocurrido.
--¡Vamos, anímate! Ya has oído lo que ha dicho el cura. Si confiamos en Dios, todo se pasará.
Pero Mystica era mucho más escéptica.
--También ha dicho que la ouija es un instrumento del Diablo. No debimos jugar con ella.
Deadly cambió de tema. Quería que su amiga se sintiera más relajada.
--¿Nos veremos mañana? Vente a comer y hablaremos con más calma. Mis padres no van a estar. Se marchan esta noche con mi hermana a la sierra.
--Vale. Nos vemos sobre las dos y media --le confirmó Mystica antes de bajarse del tren para hacer transbordo en Avenida de América.



Al día siguiente, Deadly amaneció a las once y media. Aquella noche había podido descansar algo mejor. Era sábado y sus padres no estaban en casa. Para ella era la situación ideal: un fin de semana sola y con la casa a su entera disposición. Desayunó con tranquilidad mientras veía viejos videoclips de The Cure y vagueó por la casa sin dar ni golpe. La única condición que le había puesto su madre para que pudiera quedarse sola en Madrid era que limpiara el polvo del salón. Por supuesto, no lo hizo. Ya lo haría el domingo, suponiendo que no se levantara demasiado tarde, ya que el sábado por la noche tenía previsto salir. Seguramente, convencería a Mystica para que se quedara a dormir allí. Así no tendría que regresar sola en el taxi.
Pero hacia las tres de la tarde Deadly comenzó a impacientarse. Mystica aún no había llegado y la pasta empezaba a endurecerse. Había cocido espaguetis y había preparado una salsa con tomate, queso y atún. Era el único plato que sabía cocinar.
La llamó al móvil para saber por qué se retrasaba.
--¿Dónde estás?
--Enfrente de tu casa. Voy a cruzar. Ahora te veo. Tengo que contarte algo que me ha pasado esta noche. ¡No te lo vas a creer!
Y colgó.
Pocos segundos después se escuchó un frenazo seguido de un gran estruendo. En aquel instante Deadly supo que había ocurrido algo terrible. Corrió hacia el balcón y se asomó. Lo que vio la dejó atónita y sin palabras: Mystica estaba tirada en el suelo. Un coche la había atropellado. Tenía el cráneo machacado, pero no cabía duda de que era ella.
Bajó las escaleras de dos en dos. No tuvo paciencia para esperar la llegada del ascensor. Quizá su amiga no había muerto y sólo estaba inconsciente. Pero cuando llegó abajo descubrió con horror que los oscuros presagios se confirmaban. Había muerto en el acto.
Deadly empezó a sentir que todo giraba a su alrededor, que los objetos y las personas se movían en su cabeza al tiempo que escuchaba un pitido en sus oídos, un sonido que cada vez se hacía más fuerte e intenso. Tuvo que sentarse. Le flaqueaban las piernas y su visión se había nublado.
--¿Qué ha pasado? --oyó que preguntaba alguien a su alrededor.
--¡Yo lo he visto todo! --afirmó un peatón--. La chica se ha tirado al coche.
«No se ha tirado, no se ha tirado», pensó Deadly en estado de shock.
--Habíamos quedado para comer juntas. Ella nunca habría hecho algo así --balbuceó antes de perder el conocimiento.




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:11 am

45

A la naturaleza despiadada y brutal de Mariana vino a sumarse un factor inquietante: su entrada en la pubertad. Si éste es ya de por sí un período conflictivo y de rebeldía para muchos adolescentes, lo es aún más para una niña-vampiro.
La pubertad vampírica no se caracteriza por la aparición de la menarquía, sino por un aumento progresivo de la agresividad y del sentido de la territorialidad. Analisa, claro está, debido a que había sido convertida después de haber atravesado esta etapa, no había padecido jamás este «síndrome» vampírico, así que no sabía cómo explicarle a su hija los cambios que se estaban obrando en ella, transformaciones a las que asistía igual de atónita que la propia niña.
A medida que el tiempo transcurría Analisa se daba cuenta de que su retoño se había convertido en un ser deletéreo que no estaba dispuesto a detenerse ante nada ni nadie. Al menos cuando era más pequeña tan sólo buscaba satisfacer sus instintos primarios, su sed de sangre, pero ahora, con doce años, a su ya no tan diminuto cuerpo había que añadir una mente sofisticada y retorcida.
Analisa contemplaba este espectáculo entre sorprendida y horrorizada. No entendía de quién podía haber heredado Mariana tanta crueldad gratuita. Al parecer, su hija no sólo se alimentaba por necesidad, sino que disfrutaba haciendo sufrir a los humanos, a los que en cierto modo consideraba inferiores. Jugaba con ellos igual que lo hacía con su peonza. Y es que Mariana no huía de las situaciones que a su madre le horrorizaban. Muy al contrario, las buscaba y se recreaba en ellas.
Mariana no era parte de la bestia... Era la bestia misma.
Todo aquello quedó patente el día que Analisa descubrió la presencia de una intrusa en el viejo caserón al que acababan de trasladarse. Se trataba de un inmueble antiguo no muy lejano a un selecto colegio para señoritas. Apenas llevaban allí una semana cuando la niña descubrió un pasadizo que se comunicaba con el vetusto y descomunal edificio. De haberlo sabido antes, Analisa habría desechado la posibilidad de vivir ahí, pero con lo que había costado llevar a cabo todos los trámites necesarios para convertir aquel caserón en su nuevo hogar, no era cuestión de mandarlo todo al garete sólo porque existía una red de túneles que conducían al viejo internado.
--Dame tu palabra de que jamás traspasarás esta trampilla.
--¿Nunca jamás? --preguntó la niña con expresión de inocencia.
--Nunca jamás.
--Está bien. Si ése es tu deseo, me mantendré alejada.
Pero los vampiros son mentirosos, manipuladores e intrigantes y Mariana no era una excepción en este ni en otros sentidos.



Celia se sentía muy sola en aquel lugar debido a que sus compañeras le hacían el vacío. Provenía de una familia humilde. Su madre se ganaba la vida limpiando en aquel colegio y, aunque podría decirse que estar ahí era todo un privilegio al que pocas niñas de su clase social tenían acceso, no podía sentirse a gusto.
Su madre decía que el director se había mostrado muy generoso al permitir que asistiera a las clases como si fuera una alumna más y que, por tanto, no debía defraudarle portándose mal u obteniendo malas calificaciones. Su madre jamás había tenido la posibilidad de estudiar en ese ni en otros colegios, así que cuando el señor Merino le brindó a su hija esa oportunidad, la limpiadora no cupo en sí de gozo, tornándose desde aquel mismo instante en una esclava a su servicio. La única condición que el director había impuesto era que la niña ayudara a su madre con las tareas de limpieza los fines de semana.
--Mujer, no es necesario que se incline cada vez que paso por delante de usted.
--No es ninguna molestia, señor. Ya sabe que estoy aquí para cuanto desee mandar.
--Vaya, vaya usted a faenar y déjese de ceremonias.
--Dios le bendiga, señor Merino.
En cuanto se corrió la voz de que Celia era la hija de la limpiadora, el resto de las niñas, procedentes de las más acaudaladas familias de España, comenzaron a meterse con ella, haciéndole la vida imposible.
Había una niña que la atacaba con especial crueldad. Parecía que su único empeño era dejarla en evidencia delante de todos.
--¿Quién sabría explicar por qué el cielo es azul?
Silencio sepulcral en la clase.
--¿Marta, lo sabes tú?
--Yo no, pero quizá lo sepa la hija de la fregona. Pregúntele a ella.
El resultado de todo esto era que Celia no se atrevía a hablar, ni siquiera para preguntar las dudas que le surgían durante las explicaciones que ofrecían los profesores. Podría decirse que casi ansiaba la llegada del fin de semana para poder hacer las tareas para las que, al parecer, estaba predestinada una niña de su clase social.



Aquel sábado Celia se hallaba limpiando los cristales de la planta baja mientras su madre hacía lo propio en los pisos altos. Pasado un buen rato, advirtió que necesitaba más trapos, pues los que tenía estaban negros, así que bajó al sótano en busca del armario de la limpieza. Aquella planta le imponía cierto respeto. Sin saber muy bien por qué, sentía un estremecimiento cada vez que se veía obligada a descender allí. Tal vez se debía a que en el sótano no se desarrollaba actividad escolar alguna. De hecho, las alumnas tenían prohibido el acceso.
Celia bajó las viejas escaleras de madera con rapidez. Quería terminar cuanto antes aquel trámite, pero al pasar por delante del almacén, creyó escuchar algo, un susurro tal vez. Se detuvo un instante, lo justo para darse cuenta de que debía de tratarse de una equivocación. Aquel lugar le producía escalofríos. Era siniestro, lúgubre y muy oscuro. Sin embargo, a pesar del lógico rechazo que le provocaba, sentía una extraña atracción que le obligaba a aminorar el paso cada vez que pasaba por delante del enorme almacén.
Al regresar con los trapos, volvió a escucharlo.
--Pstt, pstt...
Ahora estaba casi segura de que había oído algo.
--¿Hay alguien ahí? --se atrevió a preguntar asomándose un poco.
--Sí.
La voz parecía de niña. ¿Podría ser alguna de sus compañeras?
--¿Quién eres?
--Entra y lo verás.
--Lo tenemos prohibido.
--No pasa nada por entrar. Prometo no decírselo a nadie.
Celia sopesó la situación. Dentro todo estaba en completa oscuridad. En ese instante, la niña sintió que su corazón se aceleraba.
--¿No tendrás miedo? No hay motivo para ello.
La voz sonaba dulce y encantadora.
Al final, decidió internarse en la lóbrega sala.
--¿Dónde estás? No veo nada.
--Al fondo.
La niña caminó con cuidado, esquivando los enseres almacenados, hasta que tropezó con un cuerpo de su misma estatura. Sus ojos ya empezaban a acostumbrarse a la penumbra, lo que le permitió contemplar las gráciles facciones de aquella niña desconocida.
--¿Quién eres tú?
--Mariana.
--¿Y estudias aquí? --preguntó Celia sorprendida--. No recuerdo haberte visto nunca.
--Soy nueva. Seguramente estamos en clases distintas.
Aquel razonamiento le pareció bastante lógico.
--¿Y qué haces aquí sola? ¿No te da miedo este lugar?
--En absoluto. Aquí nadie se mete conmigo. No tengo muchas amigas, ¿sabes?
--Yo tampoco.
La pequeña permaneció muda unos instantes. Después añadió:
--Te lo diré antes de que te enteres por otra persona: soy la hija de la fregona.
--¿Y qué?
--¿No te parece mal que alguien como yo estudie aquí?
--Claro que no. Y quien se meta contigo por eso merece un castigo. Si quieres, yo puedo ser tu amiga.
--¿De veras? --era la primera vez que alguna de sus compañeras la trataba con amabilidad, de igual a igual--. Me siento muy agradecida, pero ahora tengo que marcharme. Debo seguir limpiando.
--De acuerdo, pero no le digas a nadie que me has visto. Sólo conseguirías que me castigaran por haber estado aquí.
--No te preocupes, no diré nada a nadie.



Al día siguiente, la noticia se extendió por el internado como un reguero de pólvora: Marta Recarte Laorden había desaparecido sin dejar rastro. Lo último que se sabía sobre ella era que había cenado con el resto de sus compañeras y que después de recitar sus oraciones se había acostado con normalidad. Su cama estaba revuelta, por lo que resultaba evidente que se había levantado por alguna causa. Sus zapatillas de dormir no estaban junto a su cama, así que había tenido que calzárselas, lo cual sugería que, en principio, la niña podía haberse alejado de su cama de manera voluntaria, quizá para ir al baño.
Después de poner patas arriba el colegio y ante la aplastante evidencia de que la pequeña no se había escondido en ninguna de sus estancias, una a una, todas las alumnas fueron conducidas al despacho del director para ser interrogadas. Sin embargo, nadie había visto nada. También se preguntó, con idéntico resultado, al personal interno y externo. Al final del día, la hipótesis que cobraba más fuerza era la de una fuga voluntaria. Sin embargo, había un detalle que no encajaba: la niña no se había llevado consigo absolutamente nada, lo cual resultaba bastante extraño, a no ser que hubiera sufrido algún tipo de enajenación mental que la hubiera conducido a desarrollar una conducta ilógica.




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:14 am

46

Cuando Violeta llegó a casa de Ana, ésta aún no había regresado. Una vez más había tenido suerte. Pero ¿se trataba sólo de suerte o de que Ana ya no era tan controladora como antes?
A los ojos de la joven, la vampira llevaba varios meses desarrollando un comportamiento huraño e incomprensible. Desconocía los motivos de aquel cambio en su carácter, pero apenas se dejaba ver y casi no prestaba atención a sus salidas, ni siquiera para reprenderla. Por otra parte, le resultaba extraño el hecho de que llevara meses sin suministrarle ninguna dosis de su sangre inmortal, sobre todo teniendo en cuenta que ésta servía para mantener a la joven esclavizada. Había descubierto que éste era el poder que la mantenía «atada» a ella: su sangre. Cuando dejaba de proporcionársela, la joven pasaba unos días infernales, terribles, en los que lo único que ansiaba era la muerte. Sin embargo, tarde o temprano Ana volvía a darle a beber una o dos gotas de su sangre. Entonces todo aquel sufrimiento se transformaba en un momento sublime, mágico, único e irrepetible y sus desprecios y humillaciones se veían compensados sólo por haber logrado una gota más, una simple gota de su preciado fluido vitae.
Pero todo aquello había cambiado en los últimos meses. Por alguna causa que Violeta desconocía, Ana había cortado de manera radical ese vínculo de sangre. Había dejado de «alimentar» su pasión vampírica y, aunque la joven había sufrido lo suyo, ahora se sentía un poco más «libre» para ser ella misma, un poco menos esclava.
La presencia de Violeta en casa de Ana parecía importarle bien poco. Dormía durante buena parte del día, mucho más de lo acostumbrado, o quizá no lo hacía, ¿pero quién podía saberlo si permanecía encerrada en su habitación secreta casi todo el día? Daba la sensación de que vivía en otro mundo, ajena a lo que ocurría en el exterior.
Al caer la noche abandonaba su habitación como una exhalación dándole la espalda, sin despedirse. Violeta tenía la impresión de que la no-muerta le ocultaba algo.



Violeta se puso el pijama y se acurrucó en su cama. El gran alivio que había sentido al comprobar que Ana no estaba había dejado paso a una sensación agridulce debida a la extraña experiencia vivida en el cementerio. Lo que habían presenciado no tenía explicación racional alguna y eso le inquietaba. Aunque no era la primera vez que sentía la presencia invisible de lo insólito, la imagen de la copa levitando y estallando en el aire se le había grabado a fuego.
Claro que Violeta había sido testigo de lo sobrenatural. La misma existencia de Ana era una prueba fehaciente de que había otros mundos y otras formas de vida diferentes, pero, a pesar de que sabía que Ana era un ser no-muerto, la imagen que proyectaba no resultaba en absoluto chocante. Para empezar, no vivía en un castillo alejado del mundanal ruido, ni poseía afilados incisivos --y, si los tenía, no se los había visto jamás-- y era capaz de salir a plena luz del día sin sufrir, al menos en apariencia, perturbaciones físicas. Pero lo más chocante era que jamás había mostrado interés por succionar su sangre mortal. ¿Desde cuándo los vampiros se habían vuelto tan selectos y remilgados a la hora de alimentarse? ¿Y desde cuándo bebían también sangre congelada? Al parecer, Ana sólo la quería como esclava y poco más. Desde luego, no era el prototipo de vampiro al que la literatura y el cine nos tienen acostumbrados.
A la joven no le costaba entender por qué la no-muerta aún no había sido eliminada de la faz de la Tierra. Era poco probable, por no decir casi imposible, que los humanos detectaran su presencia a menos que ella deseara que lo hicieran. No se hacía notar entre la multitud, no estaba interesada en darse a conocer ni quería fundar un grupo de acólitos --lo que podría despertar el interés de la policía-- y, en cierto modo, se movía en ambientes marginales en los que se jugaba con la estética vampírica. Todo ello le ofrecía la posibilidad de camuflarse igual que lo hace un camaleón.
Ana era, en definitiva, una depredadora solitaria. ¿Habría más como ella?
Violeta tenía la cabeza embotada y sus pensamientos regresaron de nuevo a la sesión de ouija y también a Darío. ¿Habría sido víctima de una broma pesada? ¿Se habrían puesto todos de acuerdo para asustarla? Si era así, habría que felicitarlos por una actuación tan convincente y lograda. Aunque deseaba pensar que lo ocurrido tenía una explicación racional, en el fondo no quería plantearse que Darío sólo la hubiera invitado a unirse a sus amigos para reírse de ella. No quería sopesar la posibilidad de que fuera igual que los demás, que sólo quisiera mofarse a su costa. No deseaba hacerlo porque se había dado cuenta de que empezaba a sentir algo muy especial por él.



Darío había oído historias similares en torno a los peligros de la ouija, pero jamás se había visto obligado a hacer algo tan drástico. Sin pensarlo dos veces tomó el tablero de Mystica con decisión y lo rompió en pedazos. Había sido fabricado con cartón fuerte y estaba adornado con símbolos esotéricos y astrológicos. Después, lo introdujo en un cubo metálico y lo roció con alcohol de quemar. Acto seguido encendió una cerilla y la dejó caer en su interior. Pronto una llama azulada se extendió con rapidez por el cubo y al cabo de un rato el tablero «mortífero» había quedado reducido a cenizas.
Era la primera vez que observaba la ouija como algo más que un simple juego mental. Había asistido a numerosas sesiones y jamás había tenido problemas con ella. De hecho, había leído varios artículos sobre el tema y hasta que recibió noticias de Deadly había vivido con el convencimiento de que la energía de los participantes era la única responsable de «dar vida» a la copa.



La pesadilla dio comienzo el domingo, cuando Darío atendió una llamada de Deadly en su teléfono móvil. Parecía histérica, totalmente descontrolada. Su voz temblaba, lo que evidenciaba su precario estado anímico.
--¡Está muerta! ¡Ha muerto!
Darío no entendía nada.
--¿Se puede saber qué te pasa? Tranquilízate y habla un poco más despacio. ¿Quién ha muerto?
--¡Mystica! La ouija no mentía.
--No digas tonterías. ¿Todavía seguís con la bromita? ¡Pues tiene la gracia en el culo! --masculló antes de colgar el teléfono con rabia.
No podía entender por qué la gente gastaba bromas tan pesadas. Sospechaba que sus amigos se habían dedicado a mover la copa la noche que hicieron la ouija sólo para fastidiar a Violeta. Es más, estaba seguro de que Mystica --a quien siempre le gustaba ser la protagonista de esas reuniones «esotéricas»-- había sido la autora intelectual de toda aquella pantomima. Como broma era más que suficiente.
No obstante, pasados unos minutos, Deadly volvió a telefonearle. Darío pensó que quería disculparse.
--¿De verdad crees que bromearía con la muerte de Mystica?
--Más de una vez lo habéis hecho con la de Alejandra Kramer. ¿Qué coño os pasa a las dos? Dile a Mystica que se ponga ahora mismo.
Darío estaba convencido de que las amigas estaban juntas, pasando la tarde y divirtiéndose a su costa.
--¿No me has oído? ¡Está muerta! La mató un coche ayer --explicó entre sollozos.
De repente, el joven tuvo la certeza de que su amiga no mentía.
--Deadly, lo siento. Perdóname. ¿Dónde estás?



«¿Por qué tuvimos que hacer la puta ouija?», se preguntaba Deadly, incapaz de controlar las lágrimas que brotaban de sus ojos. No había podido parar de llorar desde que vio el cuerpo de su amiga tendido sobre la calzada igual que una muñeca de trapo rota.
Darío y Deadly estaban sentados en la cafetería que había debajo de la casa de ella, la misma desde la que uno de los camareros, testigo ocular de lo ocurrido el día de autos, había telefoneado al Samur.
Pero, por desgracia, su llamada de nada sirvió.
Mystica se había roto el cuello. El impacto contra la furgoneta de reparto había sido tan brutal que su cuerpo había volado --literalmente-- varios metros hasta que su cabeza se estampó contra uno de los bolardos colocados por el Ayuntamiento para impedir que los coches aparquen en la acera.
El joven le tendió su pañuelo antes de responder.
--Es terrible. No sé qué decir. Aún tengo su tablero. Me lo llevé a casa para no dejar nada que pudiera delatarnos. Me desharé de él.
--Darío, estoy muy asustada. Me da igual lo que digan los testigos, sé que ella no se arrojó a la furgoneta.
--Si estaba tan obsesionada como dices.
--Lo estaba, pero no tiene sentido que hiciera algo así. Justo antes de morir iba a decirme algo. Si hubiera querido suicidarse no se habría tomado la molestia de venir hasta mi casa. Se habría tirado bajo el primer coche que pasara al salir de la suya.
Lo que decía su amiga tenía lógica, pero Darío no terminaba de aceptar que la desgracia estuviera conectada con la ouija.
--Visto así...
--¿Es que no recuerdas lo que la copa dijo sobre tu hermana?
--Sí. Lo sé, pero me niego a creerlo. De todos modos, quemaré el tablero. No sé qué más puedo hacer.
--El cura dijo que rezáramos, aunque después de lo ocurrido no sé si servirá de algo.



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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:15 am

47

Por proximidad con el internado para señoritas María Auxiliadora del Buen Suceso, uno de los primeros lugares a los que acudieron los investigadores que seguían el caso de la desaparición de la niña Marta Recarte fue la casa de Analisa, que en aquel tiempo se hacía llamar Esmeralda de Luna. No fue fácil dar con ella, ya que se presentaron de día, justo cuando las no-muertas aprovechaban para descansar. De hecho, se vieron obligados a insistir una y otra vez hasta que su reclamo fue atendido.
Ya en ese momento Analisa tendría que haber sospechado algo extraño, algo que relacionaba aquella enigmática desaparición con su propia hija, pero las explicaciones que ésta le ofreció le resultaron tan convincentes y bien argumentadas que no pudo por menos que reconocer que su coartada era sólida, sin fisuras que pudieran hacer presagiar nada anormal. Su voz no tembló un ápice al decir que ella no estaba involucrada y al final añadió un componente demoledor: el chantaje emocional aderezado con el sentimiento de culpa.
A los investigadores les resultó muy poco habitual que no fuera la doncella quien les recibiera, así como que una mujer de la condición socioeconómica de doña Esmeralda viviera sola con su hija. De igual modo, no entendían cómo, teniendo recursos económicos suficientes, no deseaba que su pequeña aprendiera las nociones básicas para comportarse en sociedad a las que toda dama estaba obligada. Tampoco les pasó desapercibido el hecho de que fuera la propia doña Esmeralda la que administrara sus cuantiosos bienes y posesiones sin precisar el concurso de un varón que entendiera de aquellos ministerios.
Sin embargo, a pesar de todas estas extravagancias, no las asociaron con la desaparición de la pequeña Marta. Al fin y al cabo tan sólo se trataba de una mujer y de una niña, lo que supuestamente las incapacitaba para desarrollar complejos entramados por poseer --según su instruida opinión-- mentes «simples» e «ingenuas». En aquel tiempo la mujer era considerada un cero a la izquierda y, viva o no-muerta, Analisa no constituía una excepción. Asimismo, tampoco existía un móvil que conectara la desaparición de la niña con aquellas damas, así que tan pronto abandonaron la casona descartaron esa pista falsa que sólo les había conducido a perder buena parte de un tiempo del que carecían, no sin antes exhortarlas a que cerraran bien todas las puertas y las ventanas de la casa.
En cuanto se despidieron, Analisa se giró hacia Mariana.
--Te lo preguntaré una sola vez --le dijo con gesto adusto--: ¿tienes algo que ver con la desaparición de esa niña?
--¡Por supuesto que no! --protestó enérgicamente--. Te prometí que no me acercaría a la trampilla que conduce al pasadizo y he cumplido mi palabra a rajatabla. ¿Cómo puedes pensar algo así?
--Es que parece bastante sospechoso que haya desaparecido del colegio justo cuando acabamos de mudarnos a esta casa.
--Tú misma lo has dicho: ha desaparecido. Por tanto, nadie puede saber dónde se encuentra ni cuál es su estado. Tal vez sólo se haya extraviado. Mamá, debes creerme cuando te digo que no tengo nada que ver con eso.
Mariana permanecía sentada frente al piano que había en la sala de estar. Aparentaba tranquilidad y despreocupación. Analisa, en cambio, caminaba por la habitación, nerviosa, como una fiera a la que le falta espacio en su jaula. Su hija, que tenía un oído excelente, se dedicaba a imitar sus movimientos con las teclas del piano.
--¿Quieres dejar de hacer eso? Me pones nerviosa.
La niña hizo caso omiso y continuó aporreando el piano.
--No tienes por qué estarlo. Nosotras no somos responsables de esa desaparición. ¿Crees que podría hacerle algo a una niña de mi edad? Sería incapaz de acercarme a un niño con intenciones aviesas. En cambio, tú...
Analisa nunca le había referido el amargo episodio que había protagonizado al comienzo de su carrera como vampira y que había desembocado en la muerte de la hija de Patro. ¿Cómo podía estar al tanto?
Aquella niña era insondable. Era imposible saber si hablaba en serio o si interpretaba un papel. Muchas veces tenía la impresión de que sabía cosas que nadie le había referido y que dosificaba dicha información de la manera más conveniente a sus intereses. Analisa intentó introducirse en su mente como lo hacía en la de muchas de sus víctimas. Necesitaba saber si mentía, pero Mariana había logrado crear una barrera invisible entre ambas. Estaba claro que sus capacidades telepáticas eran superiores a las de Analisa, por lo que era capaz de proyectar pensamientos intranscendentes que nada tenían que ver con la conversación que mantenían, pensamientos como «parece que va a llover» o «me encantan los días lluviosos». Mariana ya no era su pequeña. Disponía de la autonomía suficiente para impedir que su propia madre adivinara sus verdaderas intenciones.
Ante la imposibilidad de conectar con su verdadero yo, Analisa prosiguió con su argumentación.
--No quiero problemas de nuevo. Ya nos hemos visto forzadas a huir de otros lugares. No podemos bajar la guardia. Hay que mantener el engaño a toda costa.
Por un momento, Mariana dejó de prestar atención al piano para posar sus ojos en el rostro de su madre. Su mirada era fría y había algo en ella que a la propia Analisa le producía escalofríos.
--¿Crees que me gusta esto? ¿Lo crees de verdad? Mi vida está aquí --hizo un gesto señalando las paredes del salón--, sin poder llevar una existencia normal, como el resto de los niños. Siempre huyendo, siempre mintiendo. Y ahora tengo que escuchar tus falsas acusaciones. No puedes imaginarte lo aburrido que resulta estar aquí sola, contigo como única compañía, de día y de noche.
La niña sabía dónde tenía que dar el golpe. Había cosas por las que Analisa se sentía culpable y ésa era una de ellas. Se lamentaba por haberle privado de una vida normal y Mariana lo sabía a la perfección.
--¡Eso no es justo! --exclamó herida--. Yo nunca deseé esta situación para ninguna de las dos.
Mariana no se inmutó y prosiguió con sus reproches.
--Tú, al menos, has tenido la oportunidad de vivir de otra manera, de un modo que yo jamás podré siquiera imaginar. A veces sueño que soy normal y que no necesito sangre para sobrevivir, pero cuando despierto vuelvo a encontrarme dentro de la pesadilla más horrible.
Entonces, la niña comenzó a sollozar bajito, se acurrucó en una butaca cercana al piano y se colocó en posición fetal. Se tapaba la cara con las manos quizá para evitar ser testigo de esa realidad que tanto odiaba. Su respiración sonaba entrecortada, sumida en el dolor. Analisa no pudo resistirlo más. No podía verla sufrir de esa manera, así que se acercó a ella, la abrazó con ternura y le susurró al oído:
--Ven aquí, mi pequeña. No sé cómo he podido dudar de ti. Puede que todo se deba a una confusión y que la niña se haya extraviado. Tal vez aparezca muy pronto.



Analisa no se equivocaba. Marta apareció, pero nadie pudo preguntarle dónde había estado. Estaba muerta. Ante este giro de los acontecimientos, el director del internado adoptó nuevas medidas de seguridad: ninguna alumna podría entrar o salir del colegio sin el permiso expreso de alguno de los profesores, las niñas deberían desplazarse por el recinto en parejas y por las noches se cerrarían todas las puertas del internado, incluso las de acceso a los retretes. Las niñas tendrían que arreglárselas con los orinales hasta que se esclareciera la muerte de la pequeña Marta.
Como es lógico, el miedo y la psicosis se extendieron entre las niñas y los profesores e incluso algunos padres, a petición de las pequeñas, se llevaron a sus hijas consigo, no sin antes elevar una airada queja al director. Pero de poco sirvieron estos clamores, ya que las investigaciones se encontraban en punto muerto. A falta de pistas, poco se podía hacer. La niña había aparecido muerta sin una sola gota de sangre en su cuerpo, pero no había signos que evidenciaran lucha o forcejeo, sólo un par de extrañas marcas violáceas en su cuello. Además, el asesino le había cortado las uñas, el pelo a trasquilones y había maquillado su rostro con polvos de arroz y colorete rojo. ¿Quién podría haber cometido semejante barbaridad?
Aunque las nuevas normas de seguridad se hicieron extensivas a todas las niñas, Celia se encontraba en una situación especial. Si bien entre semana era una alumna más, los fines de semana se convertía en una empleada que debía faenar en las instalaciones del colegio. Y, aunque su madre intentaba acompañarla en todo instante, no siempre era posible. Por supuesto, la niña estaba igual de asustada que las demás y sufría cada vez que tenía que descender al sótano para buscar los trapos y las esponjas.
El domingo por la tarde se vio obligada a hacerlo. Su madre estaba limpiando los excusados. Celia decidió esperarla, pero, como no regresaba, no tuvo más remedio que internarse en la oscuridad que bañaba la escalera de caracol, pues se le hacía muy tarde. La escalera era estrecha y de madera muy oscura, lo que contribuía a que aún hubiera menos luz.
Al pasar por el almacén, la niña escuchó un sonido que le resultó familiar. Celia se detuvo un instante y entonces se dio cuenta de que alguien la llamaba.
--Celiaaa, Celiaaa --susurró una voz cantarina.
La niña se detuvo y se quedó muy quieta, como si de este modo pudiera impedir ser vista. Se sentía confundida. Aquella voz le resultaba conocida, pero su corazón latía con fuerza, como una advertencia silenciosa de que algo no iba bien.
--¿Quién anda ahí?
--Soy yo. Tu amiga Mariana.
Al escuchar la voz de su única amiga, se tranquilizó.
--¿Qué haces ahí? Puede ser peligroso.
--Ven conmigo --susurró.
La niña obedeció, como atraída por un imán.
--¿No tienes miedo? Mi madre dice que Marta Recarte ha aparecido muerta. ¿Quién es tu pareja de pasillo?
--A ti no te gustaba Marta, ¿verdad?
--No --confesó ruborizada.
Su madre le había advertido de que no se debía hablar mal de los muertos, pero lo cierto es que cuando Celia se enteró de la noticia fue incapaz de sentir consternación. No se la podía culpar por ello, aquella niña siempre se había mostrado odiosa con ella. Pero la muerte de Marta no había contribuido a disminuir su calvario, sino más bien a acrecentarlo. Su testigo lo había tomado Adelina Morante, la mejor amiga de Marta y la peor alumna de la clase, a juzgar por sus calificaciones.
--A mí tampoco. Era taaaan aburrida. ¿Cumpliste tu palabra?
--¿Cuál?
--La de no decir a nadie que me habías visto aquí, ni siquiera a tu madre.
--Sí. Nadie lo sabe.
--Así me gusta. Y, en recompensa, puede que esta semana te lleves una gran sorpresa.
--¿Qué sorpresa?
--No puedo decirlo, igual que tú no puedes decir que me has visto. ¿Lo entiendes? Es muy importante. Sólo conseguirías que me castigaran.
--No diré nada. Lo prometo.




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:15 am

48

Dario escribía una nota con rapidez. Su letra era inarmónica, picuda, invertida y bastante menuda. Casi había terminado cuando escuchó un ruido de llaves y la puerta abrirse y cerrarse.
Alejo había regresado.
«Mejor --pensó--. Así se lo digo a la cara.»
El escritor pareció sorprenderse al ver al gótico sentado a la mesa con todas sus pertenencias en el suelo a su alrededor.
--¿Qué pasa?
--Me voy.
--¿Adonde?
--A casa de Silvia. Ya no tiene sentido que siga aquí, ¿no crees? --la mirada de Darío era desafiante. Nunca le había tragado, y menos aún desde que le había destrozado el corazón a su hermana.
Alejo no contestó. Estaba claro que era una pregunta retórica.
--¿Y tus padres? ¿Lo saben?
--No, pero a estas alturas me da igual que se enteren. Mi hermana me necesita. Es lo único que ahora me importa.
--¿Qué le ocurre?
--Si de verdad te preocupara su salud, la habrías llamado.
Alejo agachó la mirada. Sabía que Darío tenía razón. Desde que ella lo había dejado plantado en medio de la calle, y de eso hacía ya bastante tiempo, no había vuelto a llamarla ni siquiera para reclamar algunas de sus pertenencias, que todavía estaban en su casa. Para el joven escritor había sido la excusa perfecta para acabar con su relación. Sabía que se había comportado como un cobarde, pero la sombra de Ana era demasiado alargada para permitirle actuar de otro modo. Cuando lo pensaba fríamente, se sentía como un gusano. ¿A quién quería echar la culpa? ¿A Ana? Sólo él era responsable de aquella situación. Pensaba que si ya no la quería tendría que habérselo dicho. Debió afrontar esa tesitura con valentía, sin dobleces.
En ese momento, frente al hermano de Silvia, tampoco supo reaccionar de manera consecuente.
--Bueno, no voy a discutir contigo sobre eso, pero para tu información fue ella la que me dejó.
--Y a ti te hizo un favor, ¿verdad?
Alejo permaneció en silencio. Se limitó a soltar las llaves y a depositar el correo sobre la mesa.
En vista de su actitud cobarde, Darío continuó.
--¿Me tomas por gilipollas? Yo también me muevo por el ambiente. Fui yo quien te introdujo allí, ¿recuerdas? Y he oído los rumores sobre ti y esa tía.
--Ya no estoy con tu hermana. Ahora soy libre para hacer lo que me dé la gana. Además, ¿no habías dicho que te ibas?
--Tienes razón. Ya me voy --dijo levantándose de la silla al tiempo que arrugaba con su mano la nota. Tenía la impresión de que, después de todo, darle alguna explicación era andarse con demasiadas consideraciones. Y Alejo no las merecía. Tras ello se dirigió hacia la puerta de la calle, pero antes de abrirla se volvió y le espetó con ironía:
--¿Y dónde está ahora? Andas detrás de esa mujer como un perrito faldero y ella escapa de ti como lo haría de la peste.
La reacción de Alejo no se hizo esperar. Sin embargo, no saltó por la provocación que suponían las palabras de Darío, sino por la posibilidad de descubrir algo, por mínimo que fuera, que le condujera al paradero de Ana. Hacía meses que la buscaba sin éxito. La mujer de la que se había enamorado parecía haberse volatilizado sin dejar rastro.
--¿Qué sabes de ella? ¿Dónde vive?
Darío no sabía nada sobre ella. Pero, al ver la cara de desesperación del escritor, que no ocultaba su incertidumbre ante el hermano de su ex novia, sintió la tentación de herirle, de hacerle daño deliberadamente, sólo por obtener la satisfacción de verle sufrir, un deleite que Silvia no había podido experimentar. Sería su venganza silenciosa.
--Te ha dejado, ¿verdad? Como hace con todos. No eres el primero al que se ha follado en su cama ni tampoco serás el último. No lo hacía mal del todo --añadió ante la desesperada mirada de Alejo--, aunque, para mi gusto era demasiado guarrilla.
Alejo sintió la rabia crecer en su interior.
«¡Por eso no quería que me acercara a ella la primera noche que coincidimos en The Gargoyle! --pensó Alejo-- ¡Ya se conocían y tenía celos de mí!»
Sintió deseos de partirle la cara, pero ante el asombro de Darío y el suyo propio, reaccionó con increíble sumisión. Por encima de todas las cosas necesitaba averiguar dónde vivía esa mujer y, si tomaba represalias contra el gótico, éste se negaría a facilitarle información alguna.
--Ana será todo lo que tú quieras, pero, por favor, necesito saber dónde vive.
El gótico lo ignoraba. No sabía nada sobre su vida. Sólo lo que sobre ella se especulaba. En el ambiente tenía fama de rara. En realidad, nadie la conocía. Jamás aparecía acompañada y con el único que intercambiaba un par de frases era con el camarero de turno. Aquella mujer era un enigma.
A Darío la situación le producía una sensación indescriptible de poder y de placer. La cara del escritor delataba que habría sido capaz de dejarse cortar un dedo por conocer el paradero de la mujer que lo tenía subyugado. «¡Ni de coña! --concluyó para sus adentros--. Bastante ha sufrido Silvia por tu culpa.»
El gótico lo miró con fijeza y, con toda la frialdad que fue capaz de transmitir, masculló con deleite:
--¡Que te jodan! Si ella no ha querido llevarte a su casa, por algo será. Pero, descuida, cuando la vea le daré recuerdos de tu parte --añadió antes de dar un portazo.



--¡Joder!, ¿te has mirado al espejo? --inquirió Darío al ver a Silvia--. Mañana mismo vamos al médico. No puedes seguir en este estado.
--Estoy bien --repuso la joven--. Es por culpa del estrés.
--Eso ya no cuela. Llevas varios meses así, desde que lo dejaste con ese soplagaitas de Alejo.
El joven sintió tentaciones de anunciarle que su querido ex novio estaba liado con otra, pero se contuvo. ¿Para qué hacerle más daño? Ya tenía suficiente sin su ayuda y en aquel instante no procedía entonar el «ya te lo advertí».
--Es por culpa de las pesadillas --dijo mientras extraía un vaso del armario de la cocina. Darío se dio cuenta de que apenas podía sujetarlo. Las fuerzas no la asistían. Tuvo que sentarse de inmediato. De nuevo la poseía aquella debilidad extrema.
--Déjalo, anda. Yo prepararé la cena.
--No tengo hambre.
--Me da igual. No voy a discutir contigo. Vas a cenar y punto.
Pero las preocupaciones de Silvia iban por otros derroteros.
--¿Has visto a Alejo? ¿Qué tal le va?
--No --mintió--. Le he dejado una nota. No quiero seguir allí. He venido a cuidarte y no me importa lo que digan papá y mamá. Tú no estás bien. Necesitas ayuda. Si he aguantado tanto tiempo en su casa ha sido por ti.
--Darío --su voz temblaba y sus manos, otrora finas y delicadas, parecían haber envejecido cien años--, tengo miedo.



La salud de Silvia Salvatierra había atravesado diferentes etapas en los últimos tiempos. Todos sus males habían dado comienzo varios meses atrás, coincidiendo con el final de su relación sentimental con Alejo. A partir de entonces, su salud fue a peor. Adelgazó varios kilos, sufría mareos constantes y desvanecimientos, y horribles pesadillas con una mujer vestida de época.
Aunque no era una gran partidaria de los doctores, decidió acudir a su médico de cabecera. Éste le prescribió unos somníferos y le mandó hacerse unos análisis de sangre y orina, pero ella nunca llegó a hacérselos. Conducida por una extraña fuerza que la guiaba, mintió a todos, y afirmó que los análisis habían concluido que todo estaba en regla y que lo único que en realidad le pasaba era que estaba estresada.
Así pues, la joven se tomó unos días de vacaciones y se fue con unas amigas a la playa. Allí pareció restablecerse por completo. Engordó los kilos que había perdido, recuperó el apetito y el sueño perdidos y los mareos y las debilidades desaparecieron de su vida.
Al regresar de nuevo a Madrid, las cosas continuaron bien durante varios meses. No volvió a tener pesadillas, ni mareos, ni alucinaciones. Para entonces, Silvia creía que todo había sido sólo eso, un ofuscamiento de su mente que le hacía ver fantasmas donde no los había. La mujer del espejo había pasado al olvido, pero su miedo había sido muy real. De hecho, su sola evocación le producía auténtico pavor.
Sin embargo, desde la noche del sábado, todo había vuelto a repetirse: los mareos, las pesadillas, la espantosa mujer de sus sueños. ¡Había regresado! ¡Aquel ser había vuelto! Ya no sabía qué pensar y, por primera vez en mucho tiempo, Silvia se derrumbó. Aquel peso era demasiado grande para seguir ocultándolo por más tiempo. Ya no podía continuar aparentando una perfección y un equilibrio de los que carecía.



--¡Tengo miedo! --repitió ante la mirada atónita de su hermano.
Darío interrumpió su tarea. Depositó sobre la encimera el bol con los huevos que estaba batiendo para preparar la cena a su hermana y se acercó a ella. La abrazó y la tomó de las manos. Ella no solía mostrar sus debilidades. Si ahora lo había hecho era porque se encontraba mal y Darío lo sabía.
--¿Qué te pasa? Cuéntamelo.
Entonces, Silvia la Perfecta le refirió con pelos y señales todo cuanto le había ocurrido sin omitir detalles, sin obviar nada.
Darío la escuchaba con paciencia, sin demostrar la preocupación que en su fuero interno crecía, sonriéndole para quitar importancia a sus palabras, pero aportándole el consuelo que necesitaba para aliviar su espíritu atormentado.
--Me crees, ¿verdad?
--Claro que te creo. Y ya no volverás a sufrir más pesadillas. Ahora estoy contigo y sé lo que hay que hacer.
--¿No me estoy volviendo loca?
--No, Silvia. No lo estás.
--¿Y si regresa? Estoy aterrada.
--Yo la estaré esperando.



Tras contarle a su hermano todo lo que había estado ocultando durante meses, Silvia se sentía mucho más aliviada. Cenó, tranquila, la tortilla de jamón que Darío le había preparado, se comió unas tostadas untadas con quesitos e incluso se bebió el vaso de leche con un chorrito de coñac que le tendió su hermano cuando ya estaba metida en la cama.
--Eres tan bueno conmigo.
--Tú siempre has cuidado de mí. Ahora me toca a mí hacerlo.
--Por favor, no le digas una palabra de todo esto a mamá y papá. No quiero que se enteren de que tengo miedo de... --se interrumpió. No sabía cómo calificar la situación.
--Tranquila, tampoco me creerían. No tienes nada que temer --la apaciguó antes de besar su frente--. Yo estaré en el salón despierto, haciendo guardia. Nadie podrá acercársete sin pasar por delante de mí.
--De acuerdo, pero no te vayas hasta que me haya dormido.
--Te lo prometo. Si me necesitas a lo largo de la noche sólo tienes que llamarme. Vendré en seguida.
Darío cumplió su palabra y permaneció con ella hasta que la joven se quedó dormida por completo. Cuando creyó que ya estaba en brazos de Morfeo, se acercó a ella para examinar su cuello en busca de alguna marca que delatara la presencia de un vampiro. Todo cuanto su hermana le había referido era propio del ataque de un ser no-muerto sediento de sangre.
Sin embargo, no le contó nada acerca de sus sospechas. No quería alarmarla más de lo que ya parecía, pero estaba convencido de que sus terrores nocturnos sólo podían deberse a la obra de un vampiro. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Se había pasado media vida leyendo sobre los seres que pueblan la noche y cuando su hermana había sido atacada por uno ni siquiera era capaz de darse cuenta.
Sin embargo, tras examinar con detenimiento el cuello de Silvia, se sintió confundido; no había marca alguna en su piel, ni siquiera un cardenal antiguo o un simple arañazo. No había nada que delatara la presencia de un chupador de sangre, lo cual dejó al joven sumido en la incertidumbre. ¿Sería todo una fabulación de su mente? ¿Sufría alucinaciones y por eso se había inventado algo así? En aquellos instantes era imposible dilucidarlo.
Atacada por un vampiro o no, montaría guardia en el salón. Ya estaba decidido. Se sentaría en la butaca frente a la puerta y velaría a su hermana toda la noche. Nadie podría atravesarla sin su conocimiento. Al día siguiente, con la claridad del día, la llevaría al médico y que éste decidiera qué era lo que en realidad le ocurría.
Ya con la certeza de que su hermana dormía, Darío se preparó una jarra de café a la que añadió un generoso chorro de leche condensada. Después, comprobó puertas y ventanas y rebuscó en los cajones hasta encontrar un crucifijo. Sabía que había uno, regalo de una tía-abuela por parte materna con poco ojo para los regalos. Silvia no era creyente, así que estaba escondido en un sitio poco accesible. Tras colocarlo cerca, se sentó en la butaca dispuesto a encarar una noche muy larga.
«¿Qué estoy haciendo? --se preguntó--. Parezco un caza vampiros moderno o más bien un lunático. Me pregunto qué haría el verdadero Van Helsing en mi situación.»
Restaban muchas horas para el amanecer y el joven estaba cansado. Bebió una taza de café tras otra y, cuando había ojeado todas las revistas de moda que reposaban sobre la mesa del salón, hastiado, agarró la Biblia, otro regalo de la misma tía-abuela, y comenzó a leer algunos de sus pasajes al azar.
Se entretuvo en el Apocalipsis y se sorprendió al llegar al capítulo 17. En el versículo 6 podía leerse lo siguiente: «Y vi a la mujer emborracharse de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús, y al verla me quedé estupefacto.» ¿Se refería aquel pasaje a una mujer-vampiro? La Biblia, a fin de cuentas, era un libro que recogía todos los sucesos que habían acontecido sobre nuestro planeta y que narraba la vida de toda suerte de personajes que habían poblado la Tierra, desde los más corrientes a los más extraordinarios. Asimismo, era una obra en la que se describían infinidad de fenómenos extraños. Aunque él no era practicante, sentía respeto por aquel libro; siempre le había impresionado cómo se daba respuesta a un sinfín de problemas mundanos de la manera más variopinta.
De pronto, algo reclamó su atención en la puerta. Estaba sentado justo enfrente, lo que le permitía advertir cualquier movimiento del exterior gracias a la luz del descansillo que se filtraba a través de la rendija que existía entre la puerta de la calle y el suelo; una rendija, quizá --le parecía ahora-- demasiado grande, de modo que cuando alguien encendía la luz ésta se colaba por ella. Pensando en esto, el joven reparó en que el edificio de Silvia poseía un dispositivo de iluminación encargado de detectar la presencia de los vecinos. Si alguien caminaba por el descansillo la luz se activaba de manera automática, lo que les ahorraba tener que pulsar el botón cada vez que salían de sus casas. Lo más probable era que algún vecino hubiera regresado o salido de su hogar. Sin embargo, no se había escuchado ningún sonido de llaves ni ruido de clase alguna.
Silvia vivía en un edificio bastante moderno y su apartamento era lo que se denomina una «casa de diseño». La decoración no podía ser más vanguardista. A ella le encantaban las nuevas tendencias y creaciones artísticas cuyo sentido sólo ella, y posiblemente el artista que les había dado vida, eran capaces de entender.
«Falsa alarma», pensó el joven mientras se servía otra taza de café.
Entonces la volvió a ver. Darío juraría que algo o alguien había pasado por delante de la puerta de la casa de su hermana. Acababa de ver una sombra deslizarse bajo el umbral de la puerta y aquello no había sido una alucinación.
¿Significaba eso que había alguien al otro lado? ¿Alguien que espiaba sus movimientos? ¿Alguien que aguardaba con paciencia a que él se durmiera y apagara la luz del salón?
«No seas paranoico», se dijo cada vez más inquieto.
Darío creía en la existencia de vampiros y en que éstos vivían ocultos entre nosotros, como sugería el juego de rol Vampiro: La mascarada, pero, por algún extraño motivo, le costaba asociarlos a un lugar como la casa de su hermana. ¿Por qué un vampiro podría sentirse atraído por alguien como ella? Era su hermana y la quería, pero tenía que reconocer que era una pija y no se imaginaba a un ser de la oscuridad acudiendo a su domicilio con intenciones aviesas. ¿Qué podría buscar allí? «¡Su sangre! No te dejes engañar: todas las sangres son buenas», pensó.
Al cabo de unos segundos, cuando volvió a ver la sombra pasearse por detrás de la puerta ya no le cupo duda alguna de que había alguien --vivo o no-muerto-- al otro lado.
Decidió acercarse hasta la puerta para otear el descansillo y saber así a qué se enfrentaba. Sin embargo, justo cuando aproximaba su ojo a la mirilla la luz, que disponía de un temporizador, se apagó, lo que le impidió saber qué había afuera.
Entonces tomó la determinación de abrir la puerta, aunque sin quitar la cadena de seguridad. El joven estaba asustado. Sin embargo, sabía que si no lo hacía no podría estar tranquilo pensando que había alguien acechando sus movimientos.
Darío abrió la puerta con precaución. Sus ojos se encontraron con la oscuridad más absoluta. Ni un ruido, ni una sombra, allí no había nada. Pero justo cuando iba a cerrar la puerta unos ojos rojos endiablados se encararon a los suyos. Estaban muy cerca, tan sólo a un palmo. No se veía figura humana alguna, sólo esos inmensos ojos llameantes que emergían de la oscuridad.
Intentó cerrar la puerta, pero a partir de ese momento ya no fue capaz de obedecer otra voluntad que no fuera la que acababa de subyugarle. El joven empujó la puerta, pero sólo lo hizo para poder retirar la cadena que impedía el libre acceso al piso. Después, la abrió de par en par y esa cosa entró con facilidad.



Silvia Salvatierra se despertó sobresaltada. Le parecía haber escuchado el ruido de la puerta de la calle cerrarse y temía que Darío se hubiera marchado dejándola sola.
--¿Darío? ¿Eres tú? ¿Estás ahí?
Pero su hermano no contestaba. «Quizá se ha quedado dormido --aventuró--. Pero, entonces, ¿por qué ha sonado la puerta como si alguien hubiera salido o entrado de la casa?»
Aquel pensamiento le heló la sangre. No quería hacerlo porque estaba aterrada, pero, en vista de que Darío no respondía, decidió abrir un poco la puerta de su habitación para asomarse y ver lo que ocurría en el salón.
Se aproximó con cuidado y empujó el picaporte muy despacio, sin hacer ruido. Entonces la vio. Era ella, la mujer vestida de época. Iba toda enlutada. Parecía un holograma y no un ser de carne y hueso. Tenía el rostro arrugado y cubierto de gusanos; las cuencas de los ojos, vacías; la mandíbula, corroída; las manos, esqueléticas. Aquella mujer estaba al lado de su hermano y éste le tocaba los pechos y el sexo de manera obscena, con lascivia. No parecía darse cuenta de lo que tenía frente a sus ojos. De otro modo, ¿cómo podían éstos reflejar deseo por aquella cosa?
De pronto, la mujer espectral reparó en su existencia y se volvió hacia ella.
--¿Qué miras, querida? ¿Te gustaría unirte a nosotros?
Su hermano no reaccionaba. Estaba embobado.
Silvia dio un respingo y cerró la puerta de golpe. Estaba claro que Darío no iba a ayudarla, por lo que corrió hacia la mesilla de noche y cogió su teléfono móvil (era un aparato de última generación, que había comprado porque le hacía juego con los zapatos) con el fin de llamar a alguien. Pero ¿a quién podría llamar a esas horas para contarle la ordalía que estaba sufriendo?
A la policía, no. Nadie iba a creerla; a Alejo, menos. ¡A sus padres! ¡Llamaría a sus padres! No quería alarmarlos, pero se le acababan las opciones.
Silvia Salvatierra se escondió dentro del armario y trató de hacer una llamada, quizá la última que haría en su vida, pero comprobó con horror que dentro del armario su maravilloso móvil no disponía de cobertura.
«Sólo emergencias», rezaba la pantalla del aparato. ¿Es que acaso aquello no lo era?
No hubo tiempo para más. De pronto, Darío irrumpió en su escondite, abrió la puerta que la cobijaba de esa cosa aterradora y durante unos segundos Silvia albergó la esperanza de estar a salvo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que su hermano tenía los ojos en blanco, igual que un zombi, y que obedecía las órdenes de la mujer de negro como lo haría un autómata.
Entre los dos la sacaron del armario. Silvia seguía aferrada a su teléfono móvil intentando establecer comunicación con el exterior, pero estaba demasiado nerviosa para atinar con los botones. Y cuando quiso darse cuenta tenía al ser espantoso encima y nada, absolutamente nada, iba a detenerlo.
La joven supo que todo había terminado. En aquellos momentos, sus últimos instantes de vida, Silvia miró a su hermano, que permanecía a un lado, de pie, en espera de nuevas órdenes que cumplir. Habría jurado que en sus labios se esbozaba una leve sonrisa.
Silvia sintió que la vista se le nublaba y muy pronto la luz se oscureció. Todo había acabado. Su última sensación fue su teléfono móvil deslizándose de su mano inerte.




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:40 am

49

--¡Esto es intolerable! No les confiamos a nuestras pupilas para esto. Y sepa usted, señor mío, que haremos todo cuanto esté en nuestra mano para que cierren este recinto laico --fueron las últimas palabras del tutor de Martina de Casariego y de la Flor.
Después, tomó sus guantes, su bastón y su sombrero y salió con la cabeza muy alta y gesto airado del despacho del director del internado María Auxiliadora del Buen Suceso. Y junto a él lo hizo la pequeña Martina, bastante aliviada por no tener que pasar un solo día más entre las paredes de aquel lóbrego lugar, que las alumnas habían bautizado como «el colegio tenebroso».
Desde la desaparición de Adelina Morante nadie se sentía seguro allí. Había sido un duro golpe para todos, ya que las esperanzas de que la muerte de Marta Recarte se debiera a un hecho desgraciado pero casual se habían desvanecido igual que el humo. Aunque la pequeña Adelina aún no había aparecido, todos --entre ellos Agustín Merino, el director del centro de enseñanza-- estaban convencidos de que muy pronto lo haría, aunque sospechaban que, al igual que sucedió con Marta Recarte, estaría muerta.
Agustín Merino salió de su despacho cabizbajo, pero con la cólera dibujada en sus ojos. Le había costado Dios y ayuda convencer a las altas instancias para que le facilitaran la licencia que le permitía tener abierto el colegio, que, pese a su nombre, no era un centro regido por religiosas. Aquella excepción sólo había sido posible gracias a su anciana abuela, cuyo excelso capital y su buen nombre habían servido para abrirle las puertas necesarias para llevar a cabo tal empresa. Y ahora todo podía venirse abajo debido a aquellos horrendos crímenes que tenían aterradas a las alumnas, a los padres y a los profesores. La desconfianza se había instalado en todas y cada una de las almas que habitaban el enorme internado.
Merino llegó a la casa de su abuela un poco más tarde de lo habitual. Se había entretenido escuchando las quejas del tutor, a quien, sin embargo, tenía que admitir que le asistía más razón que a un santo. ¿Qué padres iban a permitir que sus hijas siguieran estudiando en un lugar en el que merodeaba un asesino? Ya tenía cuatro peticiones, cinco si contaba la del tutor de Martina, para sacar a sus hijas del internado. Pero no serían las únicas, sin duda llegarían más. Era sólo una cuestión de tiempo.
Cuando Merino se sentó a la mesa no pudo ocultar su turbación. Su abuela era una maestra en interpretar las expresiones de su rostro.
--¿Un mal día, hijo?
Lo trataba igual que a un vástago desde que los padres de Agustín fallecieron siendo él apenas un niño.
--Hoy se han llevado a otra niña. De seguir así, tendremos que cerrar el centro --contestó atusándose un mechón de pelo rebelde que venía molestándole toda la mañana.
Acababan de servirles la sopa, pero a él se le había quitado el apetito por completo.
--Come, hijo, que las penas con pan son menos penas.
Aquella mujer sabía de lo que hablaba. No en vano había perdido a su marido, a su hijo --el padre de Agustín-- y a su nuera en el mismo año. Además del dolor por las pérdidas, se había visto obligada a hacerse cargo de todo. Hoy, muchos años después de la experiencia amarga, podía decir que había superado la prueba con creces.
--No tengo hambre, abuela. Ya sé que lo hace por mi bien, pero no hago más que darle vueltas a todo lo ocurrido y, por más que lo pienso, menos lógica le encuentro a este asunto.
--A veces las cosas no obedecen a la lógica de la razón, sino a la voluntad del Altísimo.
--Abuela, con todos mis respetos, me niego a creer que el Señor desee que esas pobres niñas sufran un destino tan terrible.
--Desde luego que no --dijo persignándose--, pero «el otro», «la serpiente que se arrastra», siempre está al acecho y busca las debilidades de la gente para entrar en sus vidas.
--Abuela, siempre está igual --le dijo en tono resignado--. Aquí no hay diablos ni brujas, sólo un asesino de carne y hueso despiadado y cruel.



A la hora de los postres se conoció la desagradable noticia. Dos hombres se presentaron en la casa de Merino. Agustín ya los conocía, eran los mismos que investigaban --sin mucho éxito, hasta el momento-- la muerte de la niña Marta Recarte. Merino se temió lo peor.
--Hágalos pasar a la biblioteca.
--Lo siento, señor, pero insisten en hablar con usted y con la señora --repuso la doncella.
--Bien. En ese caso, dígales que entren.
El investigador Torres era un hombre bastante corpulento, ya entrado en años. Su ayudante, en cambio, era un muchacho que no sobrepasaría la veintena y que no aparentaba tener demasiadas luces, pero a Torres le servía para descargar en él las tareas más pesadas y desagradables.
--Buenas tardes, señora --habló el inspector.
La dama hizo un gesto con su cabeza.
--Buenas tardes, señor Merino.
--Buenas tardes, investigador Torres. Espero que no traiga malas noticias.
--Me temo que sí, señor Merino. A veces odio este trabajo --dijo preparándoles para lo peor-- y esta tarde es una de ésas. Adelina Morante ha aparecido asesinada, como ya nos temíamos.
--¡Santo Dios! --exclamó la dama mirando hacia arriba, acaso en busca de una señal divina.
Merino, por su parte, sintió un dolor en el pecho, como una punzada, lo que le obligó a volver a sentarse. Aquella niña era tan pequeña y hermosa, ¿quién podría haber hecho algo así?
--¿Cómo ha sido? --preguntó haciendo acopio de valor.
--La han encontrado en una acequia cercana al internado. Todo ha sido igual: tenía las uñas y el pelo cortados a trasquilones y la cara manchada de polvos de arroz y de carmín... --el inspector se interrumpió. Había un detalle que tenía que comunicarles y que resultaba especialmente escabroso--. Bueno, hay algo diferente esta vez: el criminal ha escrito con carmín algo en su brazo derecho.
--¿Algo? ¿De qué está hablando?
--No sé si es correcto referir este detalle delante de una dama.
--Por favor --rogó la mujer.
--De acuerdo. La frase que ha escrito es «Las niñas malas no van al cielo».
Durante unos instantes se creó un incómodo silencio durante el cual todos parecieron embebidos en sus propios pensamientos. Después de unos segundos, Torres preguntó algo en apariencia intrascendente, como quien se interesa por el tiempo que va a hacer.
--¿Le suena de algo esa frase, señor Merino?
--Pues, no. No recuerdo haberla oído con anterioridad.
--Es curioso, señor director --explicó el investigador mirándole fijamente--. Es muy curioso, porque una de sus ex alumnas sostiene que en cierta ocasión le oyó pronunciarla.
El rostro de Merino demudó.
¡Aquello era el colmo! ¿Es que acaso pretendían buscar un chivo expiatorio ante su ineptitud manifiesta?
Su reacción no se hizo esperar.
--Señor investigador, no sé lo que insinúa y, en realidad, tampoco quiero saberlo. Tan sólo deseo que indague y encuentre cuanto antes al malnacido que ha hecho esto. Y le recomiendo también que busque testigos sólidos y que no se deje llevar por habladurías o...
Agustín se vio interrumpido por su abuela, quien se había puesto en pie --no sin cierta dificultad-- apoyándose en su bastón de marfil.
--O de lo contrario, haré uso de todas mis influencias para que le cesen en el cargo --su voz era tajante y su gesto lo suficientemente adusto para obligar al investigador Torres a bajar la mirada--. Y ahora márchese de una vez a investigar pistas fiables y no maledicencias y chismes.



Por extraño que parezca, la noticia de la muerte de Adelina Morante no contribuyó en absoluto a suavizar el trato de algunas de las alumnas del colegio hacia la pequeña Celia. Como si de una víctima de sacrificio se tratara, la comunidad decidió que alguien debía ser el responsable de todas las desgracias y Beatriz Ramírez del Campillo, amiga de Adelina y de Marta, empezó a ensañarse con Celia como lo habrían hecho ellas mismas de continuar vivas.
Celia era considerada uno de esos «peleles» de los que se sirven en los pueblos para calmar la ira de los «malos espíritus». Bajo la inocente fiesta del «pelele», que se viene realizando desde hace siglos y que finaliza con el desmembramiento a palos de esta figura, se esconde un miedo ancestral a las malas cosechas, a las enfermedades, a la hambruna y a toda suerte de males que pueden aquejar a una comunidad.
Y para las niñas del internado María Auxiliadora del Buen Suceso, el hecho de que se hubieran variado las reglas para que la hija de una fregona pudiera estudiar con ellas constituía una violación flagrante de las leyes no escritas del Universo, lo que podría acarrear toda suerte de desgracias en la comunidad.
Lo cierto es que las investigaciones no progresaban gran cosa. No podía ser de otro modo. Existían demasiadas cortapisas para que el investigador y su ayudante pudieran averiguar algo. Si el propio director utilizaba la influencia de su abuela para parar el avance de las pesquisas, ¿qué podría esperarse de los familiares de las muchachas asesinadas? A nadie le agradaba que se husmeara en su vida, sobre todo si se disponía del ringorrango suficiente para evitarlo.
Así pues, el investigador Torres, consciente de que luchaba contra un muro de silencio, comenzó a hacer averiguaciones en torno al personal del centro, buena parte del cual residía en el propio internado. Si de una cosa estaba convencido era de que el criminal tenía que ser alguien muy próximo a las pequeñas. El hecho de que el asesino se entretuviera en cortar el pelo y las uñas y en maquillar a sus víctimas sugería premeditación y facilidad de actuación. ¿Se habrían llevado a cabo los crímenes en alguna estancia del internado de las muchas que permanecían inactivas? No había que olvidar que aquello era igual que un enorme laberinto.
Había otro detalle que tenía fascinado a Torres y que no sabía bien cómo interpretar y era el hecho de que ninguna de las niñas hubiera opuesto resistencia ante su agresor. ¿Significaba esto que las ataba? No. Eso no era posible, pues no existían marcas de cuerdas o de ligaduras de clase alguna. ¿Conocía el criminal a las niñas y por eso confiaron en él hasta el extremo de no sospechar que iban a ser asesinadas? De ser así, las pistas apuntaban de nuevo a una cierta proximidad. ¿Y quién podía tener la suficiente confianza con las alumnas para que éstas le obedecieran de manera tan sumisa?




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Clara Tahoces - Gothika
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