Black and Blood


 
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 Clara Tahoces - Gothika

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:41 am

50

Aquella situación la había cogido totalmente desprevenida. Al principio pensó que se trataba de una falsa alarma, pero con el tiempo se hizo evidente que en el vientre de la no-muerta crecía una nueva vida.
Este embarazo no podía llegar en peor momento. Justo cuando Ana descubrió que se encontraba en estado, su naturaleza se vio alterada de manera demoledora y sus capacidades vampíricas se atrofiaron de la noche a la mañana. ¿Podía existir una tragedia mayor para un no-muerto? Experimentar de nuevo la «normalidad» era una experiencia peligrosa y extraña. Podría suponer que Ana llegara a cometer errores de principiante, lo que quizá contribuyera a su destrucción. Esta nueva situación la volvía vulnerable y, en cierta manera, dependiente. Aunque la fastidiara reconocerlo, necesitaba la presencia de Violeta, al menos, de momento.
La no-muerta ignoraba a qué podía deberse este cambio en su estructura, pero ya no era capaz de anticipar los movimientos de sus presas, de leer sus pensamientos ni de moverse con la agilidad, la rapidez y el sigilo que solían caracterizar a los de su estirpe. Con los años se había acostumbrado a utilizar estas capacidades como quien se ayuda de una calculadora para realizar multiplicaciones, y era francamente cómodo poder viajar a otra ciudad en la misma noche sólo para darse la satisfacción de cazar una presa de su interés. Había aprendido que por lo general era preferible alimentarse lejos de su refugio. Asimismo, había descubierto que no siempre era preciso eliminar por completo a sus víctimas. En ocasiones era más fácil atontarlas mediante hipnosis, extraerles sangre y después dejarlas tiradas, inconscientes, en cualquier cuneta. Al despertar, eran incapaces de recordar lo ocurrido. Tan sólo sentían una debilidad similar a la que se experimenta tras donar sangre y una gran desorientación que les impedía explicar lo que les había sucedido.
Claro, que esto no siempre era posible. Al principio de descubrirlo intentó proceder así. La no-muerta procuraba no eliminar a nadie de manera innecesaria. Pero los «años de sangre» --como denominaba Ana a su existencia sobre la Tierra-- transforman a los vampiros en verdaderos sociópatas. Los convierten en seres desprovistos de toda moral a los que no les supone ningún problema asesinar a quien se cruza en su camino. Es decir, que si para alimentarse les resulta más sencillo matar a su víctima en lugar de atontarla, lo harán sin dudar un segundo y sin experimentar sentimiento de culpabilidad alguno. De la joven Analisa, cuya vida se había visto truncada de manera inesperada hacía ya muchos años, apenas quedaba nada.
Regresando al asunto del bebé, Ana se temía lo peor: sospechaba que estaba desarrollando una naturaleza aún más vigorosa que la de Mariana y que tal vez había conseguido activar un mecanismo de defensa tan potente que era capaz de anular el suyo.
«¿Un bebé más fuerte e inteligente que Mariana? Eso es imposible. Tiene que serlo», se repetía para tranquilizarse. Pero sus dudas y temores no se verían disipados hasta que el bebé naciera, y para ello ya no quedaba demasiado tiempo. Los meses habían pasado como un suspiro. Al contrario de lo que había sucedido durante el embarazo de Mariana, este bebé no le había provocado dolores intensos de cabeza ni otras molestias que no fueran las propias de cualquier embarazo humano, aunque Ana tampoco había intentado acabar con él, así que no sabía cómo habría reaccionado de haberlo hecho. «¿Para qué? --se dijo--. Seguro que me neutraliza si lo intento.»
Como es de suponer, la no-muerta no estaba por la labor de confesar sus debilidades a nadie, y mucho menos a Violeta. La joven le servía de comodín para algunas cosas, pero ya llevaba un tiempo planteándose acabar con ella y buscar un nuevo esclavo. El motivo era que la muchacha no respondía a sus demandas con la sumisión que Ana deseaba. En su opinión, era desobediente y reincidente, lo que la convertía en alguien peligroso, así que durante un tiempo intentó ocultarle su nueva condición y en ningún caso pensaba revelarle que había perdido sus capacidades especiales. No convenía que la joven supiera que ahora era casi tan vulnerable como cualquier humano.
No obstante, al cabo de unos meses, cuando el embarazo se hizo evidente, se dio cuenta de que la necesitaba más de lo que había imaginado. Cada día que pasaba se sentía más vulnerable y, con ello, la presencia de la gótica se volvía menos prescindible. Por todo esto la no-muerta había determinado que la tendría a su lado el tiempo justo, hasta que diera a luz. Después, la mataría y buscaría un nuevo esclavo. Quién sabe si Alejo, al que ya tenía subyugado y del que se había distanciado de manera voluntaria hacía meses, podría ser un buen candidato.
Pero lo peor de su embarazo no eran los vómitos, ni la pérdida de energía ni de sus capacidades vampíricas. Lo más angustioso de todo era que le había removido temores escondidos en los recovecos de su mente; terrores que tenían como protagonista a Emersinda y su oscuro mundo de sombras. La recordaba con frecuencia hasta el extremo de sentir auténtico pánico sólo al evocar su nombre. Sus sueños se veían asaltados por su siniestra presencia. En ellos siempre permanecía agazapada para apoderarse de su bebé y a pesar de que Ana sabía que Emersinda había desaparecido, no podía evitar sentir una angustia indescriptible al despertar. Entonces se acariciaba su cada vez más voluminoso vientre y respiraba aliviada al comprobar que todo se encontraba en perfecto orden.
En apariencia, el embarazo se desarrollaba con normalidad, pero no podía bajar la guardia. Aquel proceso la había sumido en la desesperación provocada por la incertidumbre de no saber cómo sería el bebé que llevaba en su interior.
¿Sería humano o nacería vampiro?
Aunque no hay dos embarazos iguales, Ana no tenía motivos para creer que el bebé iba a ser normal: el hecho de que sus capacidades vampíricas se hubieran visto interrumpidas hacía presagiar que el feto ostentaba una naturaleza fuerte, lo cual encajaba con la de los vampiros. Sin embargo, al no tener la certeza de que lo fuera, Ana se había planteado qué haría si su pequeño resultaba ser humano. ¿Debía acabar con él tan pronto hubiera visto la luz o abandonarlo a su suerte en cualquier parte lejos de ella? La posibilidad de quedárselo no entraba dentro de sus planes. La bestia era demasiado poderosa para permitírselo.



Esta nueva situación disgustaba a Violeta tanto o más que a la propia Ana. Descubrir el embarazo de la no-muerta no había sido un plato de gusto para la gótica, pues significaba que para Ana Violeta no constituía en absoluto el centro de su interés. Esto no era una novedad, pero sí un serio varapalo para la joven, ya que ésta siempre había albergado la esperanza de no ser sólo su esclava, sino de llegar a formar parte de la familia de los eternos, convertirse en alguien especial para la vampira, cuya única preocupación parecía ser ahora ese bebé que se estaba gestando en su vientre. Quizá a ello se debía el hecho de que Ana hubiera dejado de controlarla como hacía antes. Ya no la castigaba cada vez que incumplía alguna de sus directrices o lo hacía a través de la indiferencia.
Sin embargo, Violeta no era una estúpida y la venda que cubría sus ojos había caído desde el mismo instante en que supo que Ana estaba encinta. Por eso había comenzado a plantearse algunas cosas --antes impensables-- acerca de su particular relación con la vampira.
¿Por qué la mantenía aún a su lado si ya no le importaba? El desdén y la indiferencia con la que aquella mujer trataba a la gótica demostraban que la no-muerta no sentía nada de carácter emotivo por ella. Entonces, si no era ésta su motivación, ¿por qué no la había eliminado ya?
«Seguro que sólo me quiere para que la ayude con el bebé --especulaba Violeta atenazada por un sentimiento de terror--. Ahora me necesita porque está débil, pero en cuanto dé a luz me matará y buscará otra víctima más propicia.»
Sus pensamientos no podían ser más acertados.
La falta de interés por fiscalizar a la joven que mostraba Ana había desencadenado en Violeta un sentimiento de odio hacia la no-muerta. Podía soportar ser maltratada, controlada y humillada, pero la indiferencia era algo que nadie le había enseñado a asumir, así que Violeta transformó toda su devoción en un odio feroz difícil de controlar, y no sólo hacia la no-muerta, también hacia el bebé que --creía ella-- se interponía entre ambas.
No comprendía cómo podía haberse producido el embarazo. Tenía entendido que los vampiros eran incapaces de procrear, aunque durante el tiempo que había convivido con la no-muerta se había dado cuenta de que existían infinidad de mitos asociados a ellos que no tenían fundamento alguno y que habían sido alimentados por las supersticiones de la gente, por el cine y la literatura de terror. Por ello intentó enterarse de cómo se desarrollaba el proceso preguntándole a la propia interesada, pero ésta sólo respondía con evasivas. Resultaba evidente que desconfiaba de ella y que quizá por eso se negaba a facilitarle información sobre el asunto.
Violeta deseaba que aquel bebé jamás llegara a ver la luz. La estorbaba, pero, por supuesto, no se atrevía a decir nada. Aunque debido a algunos detalles sospechaba que Ana se había vuelto más frágil con el embarazo, seguía temiendo reacciones agresivas y despóticas, y la joven sufría porque la no-muerta se negaba a proporcionarle el maná eterno.
Uno de los detalles que le impulsó a creer que Ana estaba más débil que de costumbre era que de vez en cuando padecía náuseas y vómitos de sangre. No podía ser de otro modo, ya que su dieta consistía sólo en eso. La no-muerta intentaba restarle importancia a este hecho, pero cuando sucedía se veía obligada a consumir algo de la sangre congelada que atesoraba en el sótano y eso sólo podía significar una cosa: que se había vuelto vulnerable. Tenía vómitos oscuros y desagradables, de un olor similar al de la sangre evacuada por las mujeres humanas durante el período, aunque mucho más intenso, y Violeta se veía obligada a limpiarlo todo, lo que le resultaba repulsivo.
«Y todo por culpa de ese engendro --pensaba Violeta--. A saber quién será el padre del monstruo.»




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:47 am

51

--¿Adónde vas tan temprano? --preguntó doña Angélica--. Aún es pronto para ir a trabajar.
No le faltaba razón. Apenas eran las seis de la mañana. A aquella mujer no se le escapaba nada que tuviera que ver con su nieto. Desde la prematura muerte de su hijo y de su nuera, su única preocupación en la vida se había reducido a satisfacer los deseos de Agustín y en los últimos días lo veía agitado, preocupado.
--Quiero registrar yo mismo el internado. No me fío del investigador Torres ni del resultado de sus averiguaciones. Si esto sigue así me veré obligado a cerrar el centro --contestó Merino mientras hacía un gesto a la doncella para que no le sirviera más café--. Y no estoy dispuesto a permitir que eso ocurra.
--¿Y qué esperas encontrar?
--No lo sé, abuela. Una pista, supongo. La cuestión es que no soporto estar de brazos cruzados mientras las niñas continúan desapareciendo. Está claro que Torres es un inepto: intentar inculparme de los crímenes demuestra su incompetencia.
--Es cierto que no tiene muchas luces, pero no creo que debas inmiscuirte en su labor. A fin de cuentas, él está acostumbrado a tratar con la peor ralea y tú...
Agustín la interrumpió.
--Abuela, no podré dormir tranquilo hasta que el asesino sea apresado. Le ruego que no ponga más piedras en mi camino. Bastantes preocupaciones tengo ya.
--Está bien, Agustín. No diré nada más sobre este asunto, pero, por Dios santo, mantenme informada. Estoy preocupada por ti.
--¿Preocupada? No tiene por qué estarlo. Sólo quiero cerciorarme de que Torres está haciendo lo que debe. ¡Ese hombre es un desastre!
--Ya lo sé, pero anoche tuve una de esas visiones infernales --le confesó con voz titubeante. No sabía si debía contárselo--. Por eso estoy despierta. No he podido volver a conciliar el sueño.
Su cara denotaba tensión. Su nieto se dio cuenta de que la comisura de sus labios temblaba. Le ocurría lo mismo cada vez que sufría esas terribles pesadillas o «visiones», como ella solía denominarlas.
Agustín tenía un bollito de pan recién hecho entre las manos. Con la ayuda de un cuchillo lo abrió por la mitad y lo untó de mantequilla.
--Abuela, ¿otra vez con esas historias? --inquirió enarcando las cejas--. Ya sabe que el médico le ha recomendado que no se altere.
--¿Y qué se supone que debo hacer si las visiones me asaltan sin yo desearlo? Nunca las he buscado y, por desgracia, me persiguen desde niña.
--No lo sé --contestó encogiéndose de hombros--. Acaso no darle tanta importancia. Los sueños no significan nada.
Se hizo el silencio. Al cabo de unos segundos Agustín se atrevió a preguntar:
--¿Y qué ha soñado esta vez? --a pesar de su tono desenfadado, en su voz había un matiz de inquietud. Merino sabía perfectamente que los sueños de su abuela no siempre eran simples sueños. A veces se habían cumplido con una exactitud aterradora. Así había sido desde que tenía memoria y eso fue lo que sucedió cuando fallecieron sus padres en accidente de carruaje. Su abuela soñó con ello.
Doña Angélica meditó unos segundos antes de responder. No quería asustarlo, pero debía prevenirle.
--Pues te veía en el interior de un laberinto --explicó presa de la congoja--. Lo recorrías una y otra vez sin hallar la salida. Y una gran araña seguía tus pasos. Al principio parecía que estaba muerta porque no se movía, pero luego quería devorarte. Entonces me desperté.
Si Agustín se sintió intranquilo por sus palabras, evitó reflejarlo en el rostro.
--Se preocupa tontamente por mí, abuela --comentó quitándole hierro al asunto--. Sólo pretendo registrar el internado e interrogar a todo el personal. No creo que eso vaya a exponerme a peligro alguno.
--Lo sé, hijo, lo sé. Pero no olvides que un criminal anda suelto y nadie tiene la menor idea de quién es, lo que no descarta que pueda tratarse de alguien de tu confianza, de quien menos te lo esperas.



La última reflexión de su abuela no le había dejado indiferente. En todo ese tiempo se había forjado la idea de que el asesino tenía que ser alguien desharrapado, ajeno por completo al colegio. Sin embargo, ese «alguien de tu confianza» le había hecho plantearse otras posibilidades. El criminal había buscado sus víctimas sólo en el internado. ¿Qué le impulsaba a actuar allí? ¿Por qué no se había fijado en otro tipo de presas que no fueran las niñas? Dándole vueltas a todo el asunto cayó en la cuenta de que en los últimos meses se habían producido algunas desapariciones misteriosas en la región. Sin embargo, como no habían encontrado más cadáveres que los de las pequeñas, nadie se había planteado la posibilidad de que todos esos casos estuvieran conectados entre sí.
Mientras pensaba en todo esto recorría una a una todas las dependencias del internado. Cuando hubo acabado, extrajo el reloj de bolsillo de su chaleco y miró la hora. Eran cerca de las ocho. Había tardado casi sesenta minutos. A esa hora las niñas ya estarían en el comedor, dispuestas para el desayuno. Después iniciarían la jornada escolar.
Merino se sentía desalentado. No había descubierto nada que le sirviera para centrar su investigación. Y tampoco podía confiar en ninguno de los trabajadores para que le ayudara en sus pesquisas. El hombre se dirigió a su despacho y se sentó a la mesa para escribir una nota destinada a su amigo Celso Castro. Él sí era de toda confianza. Castro siempre se había distinguido por su inteligencia lúcida y su sentido del humor punzante. Con un poco de suerte, podría estar allí en un par de días. A continuación, le entregó la nota lacrada al jardinero y le pidió que la llevara a la Estafeta lo antes posible.
Después, mandó llamar por orden alfabético a las alumnas del internado. A los profesores y al resto de los empleados los reservaría hasta la llegada de Castro, pues los consideraba más difíciles de manejar. Para él todos eran buenas personas --de otro modo no los tendría a su cargo--, pero Castro, que no los conocía, podría hacer las veces de abogado del diablo en caso de que fuera preciso. Él sabría ver ahí donde sus ojos no alcanzaban.
En ésas estaba cuando escuchó unos golpecitos suaves en la puerta de su despacho. Era Tristana, una de las alumnas pequeñas que estudiaba en el curso menos avanzado, y también una de las más apocadas. No sabía qué número hacía ya en la larga lista de entrevistas.
--¿Da su permiso? --preguntó con timidez.
Tristana era una niña morena de tez muy pálida y constitución esquelética. Muchas veces se negaba a comer porque decía que la comida era repugnante, por lo que solía recibir duras reprimendas de los vigilantes de comedor.
--Claro, Tristana, te estaba esperando.
Merino la hizo sentar. Quería que la niña se sintiera cómoda y no amedrentada, pero el director se dio cuenta en seguida de que movía las piernas con nerviosismo. Tal vez pensaba que había hecho algo malo.
--Tranquila, pequeña. No tienes de qué preocuparte. Sólo quiero hacerte un par de preguntas. ¿Estás cómoda?
--Sí, señor.
--Bien. Entonces dime: ¿has visto o notado algo raro en los últimos días?
--¿Raro? --Tristana hizo un gesto de asombro.
--Me refiero a que si has advertido algo anormal, algo que te haya llamado la atención de manera especial.
La niña se echó a temblar como una hoja. Por su reacción, Merino dedujo que Tristana ocultaba algo. Tal vez había infringido alguna norma y tenía miedo de ser reprendida, o quizá había visto algo que no quería confesar.
--No, señor --dijo al fin.
--¿Estás segura?
No, no lo estaba. La niña parecía cada vez más nerviosa, pero se negaba a reconocerlo. Ante esta situación, el director adoptó una estrategia consistente en tratarla con la máxima delicadeza.
--Si guardas silencio por temor a ser castigada, tienes mi palabra de que nadie lo hará.
Entonces empezó a derrumbarse.
--Es que... Es que...
--¿Qué ocurre, Tristana? ¿Qué es lo que has visto?
--Es que, si se lo digo, no me creerá.
--Sólo quiero saber lo que has visto. Nadie te hará mal alguno.
La niña inspiró profundamente y se armó de valor.
--Vi algo en los retretes --confesó abrumada--. La noche que desapareció Marta me levanté para orinar. Estaba todo muy oscuro, pero en un rincón me pareció ver unos ojos tan rojos como las llamas del infierno.
Tristana parecía verdaderamente aterrada.
Merino se sentía desconcertado. ¿De qué hablaba la niña? ¿De un animal? ¿En el internado? ¡Imposible! Si la pequeña no mentía --y no parecía que lo estuviera haciendo--, tenía que tratarse de otra cosa.
--¿Unos ojos? ¿Cómo eran?
--No lo sé. Me asusté tanto que salí corriendo, así que no pude verlos bien.
--¿Estás segura?
--Sí.
--¿Y dices que eso fue la misma noche de la desaparición de Marta Recarte?
--Sí, señor.
--¿Y le contaste esto al investigador Torres?
--Sí que lo hice --comentó bajando la mirada, avergonzada--, pero él no me creyó. Dijo que el asunto era muy serio para andarse con bobadas y también dijo que si volvía a mencionar algo sobre esto haría que me castigaran un mes de rodillas con los brazos en cruz y mirando a la pared.
--Entiendo. Puedes retirarte, Tristana. Has sido una niña muy valiente. Le diré a la cocinera que esta noche te sirva dos raciones de postre en lugar de una.
La niña se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta. Una vez pasado el mal trago, su semblante se había relajado.
Antes de abrir la puerta se giró y le preguntó a Merino:
--¿Usted me cree?
--Claro, pequeña, claro que te creo.
Se lo dijo para no hacerla sentir mal, ¿pero cómo iba a darle crédito a una historia tan fantasiosa como aquélla? Sin embargo, Merino no pensaba que se tratara de una invención. Eso tampoco tenía sentido. Quizá lo había soñado y al despertar había confundido sus sueños con la realidad.




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:47 am

52

La mano le temblaba cuando presionó el timbre, y eso que antes de salir de casa se había tomado un ansiolítico para combatir la fuerte ansiedad que padecía desde la muerte de su hermana. Después de tantas semanas de apatía no entendía bien qué le había impulsado a presentarse ante la puerta de la casa de la señora Silva. Ni siquiera sabía si ella estaba allí y --en el caso de que estuviera-- si querría recibirle, pero de todos modos se había propuesto intentarlo.
El joven había pasado tres semanas sumergido en la más absoluta apatía, hundido en la más negra de las tormentas, sumido en los presagios más terroríficos, que le invitaban una y otra vez a dar el paso necesario para hacer compañía a su hermana y a su amigo Raúl... para siempre.
Para lo único que Darío había abandonado la casa de sus padres --a la que se había trasladado después de los últimos acontecimientos-- había sido para acudir al entierro y al posterior funeral por el alma de su hermana y para visitar al médico, pues se sentía incapaz de descansar más de dos horas seguidas.
La noticia había caído como un mazazo en el seno de la familia y sus padres no estaban mejor que él. Su madre también precisaba atención médica. Al igual que Darío, pasaba largas horas en silencio, un silencio roto sólo por el llanto, y su padre, el que más fuerte se mostraba, intentaba sacar fuerzas de flaqueza para impedir que la familia se desmoronara por completo.
Aún no acababa de dar crédito a la noticia, pero era un hecho: Silvia había muerto. Y lo peor de todo era que no recordaba lo que había ocurrido la noche que murió. Lo único que sabía es que había abierto la puerta de la vivienda a alguien. «¿Por qué lo hice? ¿Quién llamó al timbre? ¿Era alguien conocido? ¿Qué ocurrió esa noche?», se preguntaba de manera obsesiva sin hallar respuesta alguna.
El certificado de defunción no podía ser más explícito: Silvia había fallecido a consecuencia de un paro cardíaco. Pero a Darío no le convencía este dictamen. Era evidente que en los últimos meses se sentía aterrada por algo. Ella creía que alguien o algo la perseguía. Algo --era más bien «algo»-- capaz de asustarla hasta extremos insospechados. Si su muerte había sido tan «normal» como sostenía aquel papel, ¿por qué, entonces, era incapaz de recordar nada? ¿Qué o quién había conseguido sesgar sus recuerdos de esa manera? Según el médico, el estrés postraumático bien podría ser el causante de su incapacidad para recordar lo ocurrido. Según le explicó, ante un suceso traumático se puede desencadenar este trastorno, que causa, entre otros síntomas, palpitaciones, sudores y dificultad para respirar cada vez que se rememora el hecho que ha causado el shock. Hay quien revive una y otra vez lo ocurrido, pero tampoco es infrecuente que --como en el caso de Darío-- los recuerdos se encuentren adormecidos bajo llave. No obstante, él sabía que las cosas no siempre son lo que parecen y quizá la verdadera explicación era que alguien o algo había conseguido arrebatarle sus recuerdos. Como un felino sigiloso, había logrado colarse en su mente para transformarla a su antojo y en esa mutación se había llevado lo más preciado que tenía: su memoria.
Darío estaba convencido de que un no-muerto había estado allí la noche de autos. Pero ¿por qué nadie había encontrado marcas en el cuerpo de su hermana, en su cuello, para ser más exactos? Quizá por el mismo motivo por el que él tampoco había sido capaz de hallarlas cuando examinó a su hermana después de la cena. ¿Significaba eso que el ser que tenía aterrorizada a Silvia era demasiado inteligente como para dejar visible su siniestra firma?
Aquella posibilidad le inquietaba aún más.
Por otra parte, Darío daba gracias a Dios por que no hubiera marcas misteriosas en su cuerpo. De otro modo, quizá ahora, en lugar de encontrarse frente a la casa de la señora Silva, estaría entre rejas, acusado de un crimen.



--¿Quién es?
--¿Señora Silva? Disculpe que la moleste, pero necesito hablar con usted --la voz de Darío sonaba apremiante, angustiada.
--No sé quién es usted. Por favor, márchese. No estoy interesada en comprar nada.
--Me llamo Darío Salvatierra. Le ruego que me reciba. Sólo serán un par de minutos. ¡No pretendo venderle nada!
--¿Qué es lo que quieres, entonces? --inquirió tuteándole, pues al contemplarle a través de la mirilla se había dado cuenta de que aquel hombre era más joven de lo que su voz reflejaba. Por otra parte, era cierto que no tenía pinta de vendedor, sino de «oscuro», como su niña.
--Hablar sobre Alejandra, sobre su hija.
Sin dudarlo un instante, la mujer replicó:
--No quiero hablar de eso. Mi hija está muerta. ¿Por qué no podéis dejarla descansar en paz?
--Ya lo sé. Por favor --rogó el joven--, es importante porque...
--¿Es que no me has oído? --le interrumpió--. Ya he sufrido bastante. No tienes ni idea de nada --masculló dolida.
Parecía evidente que no estaba dispuesta a escuchar más, y Darío oyó cómo se alejaban sus pasos.
--¡La comprendo mejor de lo que imagina! --gritó en un intento desesperado por recuperar su atención--. ¡No hace ni un mes que perdí a mi hermana! Tan sólo quiero preguntarle una cosa y después me iré.
La mujer no respondió, pero Darío pudo escuchar cómo los pasos se detenían en seco para después regresar al punto de origen. A continuación oyó el sonido inconfundible de la cadena que franqueaba la vivienda deslizándose sobre el marco de la puerta.
--¿Eras amigo de Alejandra?
--No exactamente. La conocía, pero por desgracia no demasiado bien.
--Entonces no lo entiendo. ¿Qué es lo que quieres?
--He leído la noticia en los periódicos, pero no acabo de creérmela. ¿Es cierto?
La mujer le hizo pasar a la sala de estar. Darío la seguía por el pasillo, atónito, mientras observaba la decoración de la vivienda, las fotos, el suelo de parquet, los cuadros a juego con el tono de las paredes... ¡Era la casa en la que había vivido su adorada Alejandra! ¡Por fin se encontraba en el mismo lugar en el que ella había respirado, comido, dormido y soñado! Intentó contener las emociones que le asaltaban.
La madre de Alejandra sólo respondió a su pregunta una vez que se hubo acomodado en uno de los sofás, en el que estaba más cerca del enorme ventanal que daba a la calle. Desde allí podían escucharse los gritos y las chanzas de los niños que jugaban en el parque. Afuera había vida, pero dentro sólo se respiraba dolor.
--No sé mucho más de lo que se ha publicado. Nadie me informa de nada, y eso que era mi hija --explicó con rabia contenida--. Pero, sí, por lo visto han cogido a ese malnacido.
--¿Pero tienen alguna prueba? ¿Quién era? ¿Qué relación tenía con Alejandra?
--Oye, ¿tú no serás periodista? No estoy dispuesta a que se haga un circo de la muerte de mi hija. Ya se han publicado suficientes barbaridades. No sabes la de cosas horribles que he tenido que escuchar y leer sobre ella.
--No lo soy. Le doy mi palabra de que no tengo nada que ver con la prensa.
--¡Menos mal! No tienes pinta de periodista, pero nunca se sabe. Esos carroñeros han convertido la muerte de mi hija en algo sucio al dar a entender que ella se lo buscó, como si la gente fuera por la calle gritando «¡matadme!».
La madre de la Kramer hizo una pausa. Estaba demasiado crispada y dolida para continuar. Entonces, como si de pronto hubiera reparado en la presencia de Darío, comentó:
--¿Me decías? Lo siento, he perdido el hilo.
--Le preguntaba que si la policía tiene alguna prueba.
--Digo yo que sí. Él se entregó. Si no, ¿de qué iban a haberle detenido? Después, al parecer, durante el registro de su casa, encontraron una daga manchada con la sangre de mi pobre pequeña.
Al pronunciar «mi pobre pequeña», la señora Silva fue incapaz de controlarse por más tiempo y rompió a llorar.
Darío le ofreció su pañuelo al tiempo que intentaba consolarla.
--Tranquilícese. Al menos el criminal ya está en prisión. ¿Qué relación tenía con su hija? ¿Quién es?
--Un antiguo novio. Eso me han dicho, pero una ya no sabe qué pensar. ¡Es indignante! Resulta que toda la información se la filtran antes al padre de Alejandra, a mi ex marido. Como tiene influencias... Mi Alejandra era tan joven y tan tierna... Esto es lo peor que me ha pasado en la vida. No hay nada más doloroso que la pérdida de un hijo, y más aún de este modo tan espantoso. ¡Por Dios santo!, ¿qué he hecho para merecer esto?
Después se hizo un silencio opresivo.
Darío no sabía qué hacer o decir para consolar a esa mujer con la que la vida se había ensañado de manera tan brutal.
--Si puedo hacer algo por usted...
--No hay consuelo para esto. No lo hay, aunque al menos ahora sé que ese asesino no volverá a hacer algo parecido a otra niña.
--Eso sí.
--¿Pero y la mía? ¿Quién me la devuelve?
El joven tenía ganas de decirle lo mucho que había amado a su hija y también lo terrible que había sido para él la noticia de su muerte, pero no sabía si era oportuno hacerlo. La mujer ya estaba lo bastante destrozada como para añadir algo así a su carga. No sabía cómo se lo tomaría, así que se dedicó a escucharla, a estar con ella para que expulsara toda la rabia acumulada. Así fue como se enteró de que el presunto criminal ni siquiera pertenecía a la comunidad gótica, lo que le produjo un gran alivio. Aunque él no se considerara «gótico», estaba harto de leer artículos sensacionalistas sobre ellos. En muchos de éstos se les achacaba toda suerte de perversiones, como si por ir vestidos de negro pertenecieran a otro planeta o como si esto los convirtiera en adoradores de Belcebú. Un gótico casi nunca reconocerá que lo es, porque lo que muchos de ellos buscan es ser diferentes. Por eso mismo detestan verse englobados en una «tribu».
--Él no es como vosotros. No es gótico.
«Yo tampoco», pensó Darío.
--Al parecer se disfrazó de negro para poder entrar en ese maldito local. El muy cabrón había planeado matarla días antes, así que espero que le caigan muchos años para que sufra como yo lo hago.
--No la conocía demasiado, pero a mí me parecía una chica fantástica. Lo siento mucho, de veras.
--Mi hija era un ángel. No se merecía morir así. Nadie lo merece, ni siquiera ese bastardo. Mi ex marido, en cambio, no piensa igual. Su abogado dice que si esto hubiera ocurrido en Estados Unidos le caería pena de muerte, pero eso a mí no me consuela. A veces en mis sueños la siento tan cerca que quisiera poder tocarla, pero luego me despierto en mitad de la noche y sé que ya no sucederá jamás.
Darío asentía con la cabeza. Sabía lo amarga y cruda que podía resultar esa sensación de vacío. La había padecido cientos de veces en las tres últimas semanas y también la sufrió cuando se enteró de la muerte de su Alejandra.
--Tú la querías, ¿verdad?
«¿Tan evidente es? ¿Tanto se me nota?», se sorprendió el joven.
Ya no tenía sentido ocultarlo más.
--Sí. La amé en silencio durante mucho tiempo, pero nuestros destinos no llegaron a cruzarse.
--Lo supe en cuanto atravesaste la puerta. Ven, muchacho, quiero hacerte un regalo.
Entonces, la madre de Alejandra se levantó del sofá y Darío la siguió como atraído por un imán. Se acercó a una de las estanterías de la sala de estar y tomó un álbum de fotos de piel.
--Después de su muerte hice muchas copias --dijo tendiéndole una fotografía de la difunta--. Ahora podrás llevarla siempre en tu corazón.
La foto era espectacular. Alejandra posaba vestida de negro e iluminada tan sólo por la luz de una vela. El blanco y negro confería un aire enigmático a la imagen.
--No sé cómo agradecerle esto.
--No tienes que hacerlo. Te la doy porque quiero. Y acéptame un consejo: guarda bien todos y cada uno de los recuerdos que de tu hermana te queden o un día te darás cuenta de que ya no tienes prácticamente nada.
Darío abandonó la casa con su tesoro entre las manos. Aquél era el mejor regalo que le habían hecho jamás. Ahora Alejandra siempre estaría junto a él. Salió con tanta rapidez que no reparó en que alguien lo vigilaba, escondido, detrás de una furgoneta que había estacionada en la esquina. Pero ese individuo no estaba interesado en seguirle, sino más bien todo lo contrario; esperó con paciencia a que el gótico se marchara para llamar al timbre. A fin de cuentas, ya no tenía prisa alguna. Alejo ya no tenía que cumplir un horario porque había sido despedido de Regalo+ la semana anterior.
«¿Será ésta la casa de Ana? Tengo que encontrarla como sea», se dijo mientras pulsaba el timbre.



A pesar de que Darío regresó pronto a casa de sus padres, éstos ya se habían acostado. «¿Para qué alargar el día?», se decían. Lo mejor era tomarse un somnífero y meterse cuanto antes en la cama. Darío, en cambio, no pudo dormir en toda la noche. Esta vez no fue a causa del insomnio, sino debido a un descubrimiento aterrador.
Siguiendo los consejos de la madre de Alejandra, se había armado de valor y había abierto el cajón del salón en el que estaba guardado el teléfono móvil de su hermana. Desde su muerte no había sido capaz de encenderlo, y no porque no supiera cuál era su pin --ella siempre usaba su fecha de nacimiento para esos menesteres--, sino por temor a encontrarse con los mensajes de conocidos y amigos que --ajenos a su muerte-- podrían haberla llamado. Sabía que escucharlos no le haría bien, pero quería revisar los vídeos y las fotografías obtenidos con el aparato para pasarlos al ordenador a fin de conservarlos. Sin embargo, lo que encontró le dejó atónito: entre las imágenes almacenadas había una más que inquietante: en ella aparecía aquella tía rara de The Gargoyle que había provocado la separación entre su hermana y Alejo, y la foto había sido hecha en la propia habitación de Silvia.
«¡No es posible! --se decía una y otra vez mientras buscaba las "Propiedades" de la imagen para saber cuándo había sido tomada--. ¿Qué hace ella en su casa si no se conocían?»
Pero lo que de verdad le asustó fue comprobar que la fecha y la hora coincidían con las de su muerte. Cuando por fin descargó la imagen en el ordenador y pudo ampliarla con más detalle (la resolución de la cámara era de 2 megapíxeles, como no podía esperarse otra cosa de un teléfono móvil que había pertenecido a su hermana), se dio cuenta de que la fotografía era translúcida: el cuerpo de la mujer se transparentaba, lo que permitía ver a través de él los objetos que había en la habitación.
Darío sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral de arriba a abajo, notó que el corazón se le aceleraba, que sus manos empezaban a sudar y que le faltaba el aire. Otra vez le estaba pasando. La maldita ansiedad no le concedía una tregua. No le quedó más remedio que tumbarse en la cama para intentar tranquilizarse. ¿Dónde había metido los ansiolíticos?
Tumbado como estaba, con el corazón a cien, era incapaz de retirar su mirada de la imagen. La percibía como un desafío, como un reto que le invitaba a descubrir la verdad, a conocer lo que había ocurrido aquella noche. Las palpitaciones iban en aumento, los sudores se habían transformado en «goterones» que empapaban su pijama y su cabeza parecía un tiovivo en día festivo. Y, cuando creía que estaba a punto de darle algo, una tormenta de imágenes sacudió su mente haciéndole recordar todo.
¡TODO!
Ahora sabía la verdad.
Obligado o no, había participado en la muerte de su hermana.
No era de extrañar que lo hubiera borrado de su mente. ¿Quién querría recordar algo así?
La última imagen que desfiló por su cabeza alocada fue el cuaderno de dibujo de Violeta. «Esta mujer... ¿quién es?», le había preguntado aquel día en el tanatorio. Ella la conocía, pero no quiso revelárselo. «Alguien que conocí hace tiempo. No tiene mayor importancia», respondió evitando su mirada.
Pero sí la tenía. ¡Y mucha!
Violeta ocultaba algo. Otro día le había dicho: «No puedo darte explicaciones, no me las pidas. Ella... me mataría.»
Ella, ella, ELLA.



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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:48 am

53

--¿Quién es? ¿Qué hace aquí? ¡Por Dios santo!, ¿es que te has vuelto loca?
La sonrisa de Mariana reflejaba autosuficiencia.
--Se llama Beatriz y es mi convidada. Sólo quiero jugar con ella un poco antes.
--¿Antes de qué?
--De matarla, por supuesto.
Analisa la miraba atónita. Acababa de darse cuenta de que ya no podía confiar en la palabra de su hija. Mientras tanto, la «invitada» de Mariana seguía sin decir ni mu, y eso que la pequeña no-muerta había esparcido por el suelo varios mechones de su larga melena. Estaba subyugada, tenía la mirada ausente, como si la conversación que se desarrollaba en la habitación le fuera ajena.
--Parece no enterarse de nada --observó su madre pasando la mano por delante de la cara de Beatriz.
--La tengo, digamos, «fascinada».
--¿Es alumna del internado?
--Es evidente que sí --contestó Mariana soltando sobre la mesa la cuchilla con la que había estado trabajando.
--¿Pero qué has hecho? Lo has estropeado todo una vez más. No puedo confiar en ti, nos has puesto en peligro.
Mariana se levantó de la silla para encararse a su madre.
--Es la única diversión que tengo en este aburrido lugar y no pienso renunciar a ella. Déjame que disfrute un poco más. Luego la mataré y la enterraré en el bosque. Nadie sabrá jamás lo que ha pasado.
--¡Las cosas ya no funcionan así! Estamos en pleno siglo XIX y los crímenes ya no quedan tan impunes como antes. Te lo he explicado mil veces: la buscarán y al final darán con ella. Deshazte de esta niña cuanto antes. Mientras tanto, iré al pueblo para preparar nuestro traslado. Por desgracia, ya no podemos permanecer más tiempo aquí.
--Pero, mamá...
--No quiero oír una sola palabra. ¡Haz lo que te digo y hazlo inmediatamente!



Celso Castro llegó al internado justo cuando acababa de producirse la desaparición de Beatriz Ramírez del Campillo. El cierre del centro era ya inevitable. No habría influencia alguna capaz de detenerlo y Merino empezaba a tener la convicción de que quizá era lo mejor para todos: alumnas, padres y profesores.
A pesar de que el investigador Torres aún no había llegado, decidieron no esperarle para registrar el internado. En estos casos, el tiempo podría ser vital, así que se pusieron manos a la obra y --a diferencia de otras veces-- en esta ocasión sí hallaron una pista: una zapatilla olvidada en el sótano. Aquello desató la alarma.
--¿Seguro que pertenece a la niña desaparecida? --preguntó Castro.
--No es seguro, todas las zapatillas que usan son iguales. Pero la cuestión es que nadie la ha reclamado --contestó Merino.
--Es un sitio extraño para perder una zapatilla, ¿no crees?
--Lo es. Además, las niñas tienen prohibido descender al sótano. ¿Qué te sugiere esto?
--No lo sé, estoy pensando --dijo Castro acomodándose en uno de los sillones cercanos a la chimenea.
Merino le imitó y se sentó frente a él. Castro se preparaba una pipa con parsimonia. Tenía la costumbre de hacer este ritual cuando tenía que dilucidar un problema de cierta relevancia. Y aquél lo era.
Merino respetó su silencio. Mientras su amigo cavilaba, se dedicó a escuchar el crepitar del fuego y a contemplar, absorto, las llamas que desprendía.
--Lo primero que hay que tener claro es si la zapatilla es de la pequeña. No se pueden lanzar conjeturas sin saberlo. Es posible que alguna interna haya desobedecido las normas y que no se atreva a confesar que la ha perdido allí.
--Es posible, pero improbable. Las niñas están aterradas. Van en parejas a todas partes. Ni siquiera quieren ir solas al baño.
--Entonces, si la zapatilla pertenece a Beatriz, el asunto se vuelve mucho más complejo.
Agustín Merino caviló unos instantes. Después debió de darse cuenta de algo importante, porque se levantó de la butaca como si alguien hubiera accionado un resorte, salió de la habitación y dio orden de que hicieran venir a Celia.
--La única niña que está autorizada a bajar al sótano es ella --dijo al fin.
--¿Y eso por qué?
--Se trata de un caso especial: es hija de la fregona. Es una buena mujer y le tengo cariño. Por eso accedí a que su hija estudiara con las demás niñas siempre y cuando ayudara a su madre en las tareas de limpieza.
Al cabo de unos minutos se escucharon unos golpes en la puerta.
--¿Se puede entrar?
--Adelante.
La niña entró despacio, sin saber para qué se la requería.
--¿Quería verme?
--Sí, Celia. Te presento al señor Castro. Te he mandado llamar porque hay algo que queremos preguntarte. ¿Es tuya esta zapatilla?
La niña la miró y acto seguido negó con la cabeza.
--No, señor. No es mía.
--¿Estás segura? Apenas la has mirado.
--Sí, señor. No tengo ningunas zapatillas de dormir, sólo estos zapatos --la niña se miró los pies.
--Entiendo.
--¿Puedo retirarme entonces?
--Aún no --intervino Castro, que hasta el momento había permanecido en silencio--. ¿Sueles bajar al sótano muy a menudo?
--Sólo cuando no me queda más remedio --repuso la pequeña--. No me gusta porque está muy oscuro.
--¿Y alguna vez has notado algo extraño?
--¿A qué se refiere, señor?
--A cualquier cosa que se salga de lo normal.
--No, señor --dijo cruzando los dedos.
¿Cómo iba a contarles que había visto varias veces a su amiga Mariana? Ésta le había hecho prometer que no diría nada a nadie y, para una vez que alguien se portaba bien con ella, no iba a traicionarla.
--Está bien, puedes retirarte.



Con la ayuda de Castro, los interrogatorios se llevaron a cabo con mayor celeridad. Agustín Merino quería darse prisa porque sabía que el investigador Torres estaba al caer. Por un momento dudó si debía darle cuenta de su hallazgo.
--Yo no se lo diría --expuso Castro--. Si ese hombre es tan inepto como dices --y debe de serlo para intentar acusarte a ti de los crímenes--, puede levantar la liebre y acabar con nuestra única pista fiable.
--Ocultar información de esta naturaleza es un delito.
--Si se lo dices, pondrá el internado patas arriba. Asustará innecesariamente a las niñas y al profesorado, y es posible que alerte al criminal. Imagina que es alguien cercano. Sin duda, tiene que serlo. ¿Qué harías tú en su lugar?
--Huir y ocultarme.
--¡Precisamente! Eso hará. Se esconderá hasta que pase la tormenta, pero volverá. Alguien así querrá más, no se conformará con lo que ha hecho. Sea quien sea, es una mala bestia.
--Está bien. No le diremos nada a Torres, por lo menos de momento. Así ganaremos algo de tiempo.
--¿A quién le toca ahora?
--A la cocinera.



Parecía que iba a ser un interrogatorio más. Sin embargo, lo que la cocinera contó los dejó confundidos.
--Quería que Celia me trajera un saco de patatas, pero estaba en clase, así que tuve que bajar yo misma al sótano. ¡Esa niña nunca está cuando se la necesita! Si quiere saber mi opinión, creo que no debería estudiar con las demás.
--Prosiga, por favor --la interrumpió Merino--. ¿Qué es lo que vio en el sótano?
Pero aquella mujer era incapaz de ir al grano.
--Ese sitio no me gusta nada. Está tan oscuro y frío que parece una tumba. Por eso suelo mandar a Celia. Además, tal y como tengo la pierna, no debería bajar y subir escaleras.
--Severiana, ya sabemos que el sótano no le gusta, pero, por favor, cuéntenos de una vez qué fue lo que vio.
--Pues los vi con mis propios ojos... Los suyos. Quiero decir los de esa cosa que habita ahí abajo. Yo, desde luego, no he bajado más, ni pienso hacerlo. Que vaya la muchacha y que se deje de tanta pamplina. Para lo que le va a servir. Haga lo que haga, siempre será la hija de la fregona.
Castro no pudo aguantar más y estalló.
--Señora, déjese de zarandajas y cuéntenos lo que vio aquel día.
Por fin se dio cuenta de que estaba hablando de más.
--Unos ojos como los de Satanás, rojos como las llamas de esa chimenea --dijo la mujer haciendo grandes aspavientos--. Estaban en un rincón, observándome. Como pueden imaginar, solté el saco y salí corriendo. ¿Y se puede creer que esa cosa se carcajeó de mí? ¡Pues lo hizo! La oí desde la escalera.
--¿Y por qué no me comunicó nada en su momento? --inquirió Merino alarmado.
--Usted no me habría creído --protestó la cocinera--. ¡Nadie lo habría hecho! Tenía miedo de que me despidiera.
--Entonces, ¿tampoco se lo contó al investigador Torres?
--¡Antes muerta! Que una ya tiene una edad para que la tilden de mentirosa o de loca. Ésta es la primera vez que lo cuento.



Durante el almuerzo, Castro y Merino apenas prestaban atención a doña Angélica, por lo que la mujer dedujo que algo les preocupaba.
--¿Qué es lo que ocurre? Estáis muy callados.
--Nada, abuela. No sucede nada.
--Agustín...
Aquella mujer le conocía demasiado bien.
Castro salió en su ayuda.
--Doña Angélica, el faisán está exquisito. Seguro que la cocinera ha seguido alguna de sus deliciosas recetas.
Pero la anciana no tenía un pelo de tonta.
--Celso, no intentes distraer mi atención. Conozco a mi nieto como la palma de la mano y sé perfectamente que le pasa algo.
--Es que no quiero que se preocupe por naderías --repuso éste.
--No será tanta nadería si a vosotros os tiene tan cabizbajos. Al final terminaré por imaginarme algo mucho peor.
Agustín Merino cedió. A fin de cuentas, le había prometido mantenerla al tanto de sus pesquisas. Una vez que la anciana tuvo conocimiento de lo ocurrido, su rostro se ensombreció. La dama se quedó igual de pensativa que ellos.
Después de un prolongado y embarazoso silencio, Castro intervino:
--Recapitulemos: las niñas desaparecieron por la noche, cuando las puertas del internado estaban cerradas con llave, y éstas no fueron abiertas o, al menos, estaban cerradas por la mañana; una de las niñas, Tristana, afirma haber visto unos ojos rojos la noche que desapareció la primera niña; la cocinera también los vio, pero esta vez en el sótano; la zapatilla de dormir que hallamos también estaba allí...
--Todo parece girar en torno al sótano --afirmó Merino--, pero lo hemos registrado concienzudamente y allí no hay nada. Además, lo de los ojos rojos me desconcierta. ¿Puede tratarse de un animal?
--¡Imposible! Con los datos que tenemos, esa hipótesis no se sostiene.
--¿De qué estamos hablando entonces?
--Yo sé por dónde entra esa cosa --dijo doña Angélica con tono lóbrego--. Porque sólo puede ser una «cosa», un engendro.
--¿A qué se refiere doña Angélica?
--Tu abuelo mandó construir el internado --afirmó con la mirada perdida. La tenía fija en el pasado, en los viejos recuerdos--. Tú no podías saberlo, tampoco el investigador Torres, pero yo tendría que haberlo imaginado. ¡Maldita memoria!
Agustín nunca la había visto perder la compostura como ahora, ni siquiera cuando murieron sus padres, porque ella se había asegurado de evitarlo. Cuando se produjo la desgracia, él aún era un niño. Su abuela se encerró en una habitación. Allí lloró, gritó y maldijo, pero nunca permitió que la vieran hacerlo.
--Abuela, ¿de qué está hablando?
--Me refiero a los túneles que tu abuelo mandó construir. Él era un hombre muy pesimista y siempre se ponía en lo peor. Decía que quizá un día necesitáramos utilizarlos, pero no fue así y los viejos túneles cayeron en desuso. Ni siquiera sé adonde conducen. Jamás me permitieron entrar en ellos.
--¿Quiere decir que existen galerías que conducen al exterior desde el internado?
--Supongo que seguirán ahí. ¡Y la entrada debe de estar en algún rincón del sótano!




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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:48 am

54

Violeta estaba inquieta. Hacía casi un mes que no sabía nada de Darío, desde que se produjo la extraña muerte de su hermana, tal como les había vaticinado la ouija. Y ahora estaba a punto de reunirse con él en un viejo café cercano al metro de Bilbao.
A pesar del tiempo transcurrido, la joven aún se preguntaba quién era el «espíritu» --si es que se trataba de eso-- que se había hecho con el control de la sesión. «Violeta lo sabe», había dicho, pero ella no tenía ni la más remota idea de quién podía tratarse. Primero vaticinó la muerte de Mystica, después la de la hermana de Darío. Y ambas se habían cumplido con siniestra exactitud. Ahora tenía muy claro que ninguno de los presentes aquella noche en el cementerio había movido el vaso, pero, entonces, ¿quién lo habría hecho?
Su primera sospechosa fue Ana. Ella era la única que tenía poder para hacer algo así, para castigarla de una manera tan cínica y retorcida, pero pronto descartó esta posibilidad. La no-muerta estaba demasiado pendiente de su embarazo, avanzadísimo ya, como para dedicarse a mortificarla a distancia. Ana era mucho más directa en sus actuaciones. Por su forma de ser --Violeta se jactaba de conocerla un poco--, no se andaba con miramientos a la hora de reprenderla.
Sin embargo, saber que ella no había sido la causante de esas muertes no contribuyó a que Violeta la odiara menos de lo que ya la detestaba. Aquel ser la estaba matando lentamente por dentro, podía sentirlo cada día que pasaba. Las arrugas nacían sin piedad alguna en su rostro y en sus manos y Violeta estaba convencida de que todo era por culpa de su sangre eterna. Uno no podía esperar ingerir sangre no humana sin sufrir a cambio alguna penalización.
«Beber sangre no es un placer, es una necesidad», le había dicho la vampira en más de una ocasión. ¡Y cuánta razón tenía! Mientras Ana le suministraba gotas de su sangre, todo fue placer y bienestar. Su piel parecía mucho más tersa; sus energías, renovadas; su ánimo, eufórico. Pero desde que decidió desentenderse de sus necesidades, creadas a fin de cuentas por la vampira, Violeta se sentía como un desecho. Su vitalidad había caído en picado, las arrugas --a pesar de su juventud-- habían hecho acto de presencia de manera prematura y su estado anímico era depresivo, por no hablar del rencor y del odio que había comenzado a sentir por Ana.
La detestaba con los cinco sentidos por haberle arrebatado su vida anterior. Una vida sórdida y solitaria, pero suya a fin de cuentas. Y quizá, de no haberse topado con la no-muerta, podría haber llevado una existencia más normal. Lo había abandonado todo por ella. ¿Y para qué? ¿De qué le había servido si ahora Ana no le hacía el menor caso? Sólo le preocupaba ese maldito bebé.
La gótica sabía que si aún la mantenía a su lado era porque la necesitaba para ayudarla en el parto. ¿Pero qué pasaría una vez que hubiera dado a luz? La joven se temía lo peor. Sospechaba que, tan pronto dejara de serle útil, acabaría con ella para vivir su maternidad en solitario. Tal vez la matara para proporcionarle sangre fresca al bebé. Ana le había confiado que tras el parto se sentiría demasiado débil para moverse, para salir a «cazar» o para cualquier otro tipo de acción que precisara fuerza. Por eso le había advertido de que debía tener preparadas varias bolsas de sangre para que pudiera alimentarse inmediatamente después del parto.
Pero ahora no era el momento para pensar en eso. Darío ya asomaba por la puerta.



--¿Cómo estás? --preguntó Violeta.
--¿Y tú? No tienes buena cara --repuso Darío--. No es por ser grosero, pero te veo muy desmejorada. ¿Te encuentras bien?
Cuando Darío le envió un mensaje para quedar, Violeta estuvo a punto de rechazar el encuentro. No quería que la viera de esa manera, pero no le parecía adecuado decirle que no después de todo lo que había pasado con su hermana.
--Sí, ya lo sé. Me han salido arrugas. Pero estoy bien, no te preocupes --dijo tapándose la cara con el pelo, como si con ello pudiera disimular su aspecto.
Darío se había quedado de piedra, pero no dijo nada más sobre el asunto. Era evidente que la joven no quería hablar de eso.
--¿Lo has traído?
--Sí, aquí está.
El joven tomó el cuaderno de dibujo de Violeta y comenzó a pasar sus páginas con brusquedad.
--¿Qué es lo que buscas?
--A esa mujer.
Muertos, ataúdes, lápidas, el tanatorio de la M-30, varios dibujos de una anciana vestida de época, y por fin, ella. ¡Ana!
--¿Quién es?
--Nadie. No sé.
--Tú la conoces, ¿verdad? ¿Qué sabes de ella?
--Ya te he dicho que no es nadie.
--Eso no es cierto. Te pregunté por ella cuando nos encontramos en el tanatorio y me dijiste que era alguien a quien habías conocido hacía tiempo.
--Pues te mentí. No es nadie a quien conozca.
--¡Sí lo es! --exclamó Darío al tiempo que extraía de su cartera la foto tomada por Silvia el día de su muerte--. Sólo sé que se llama Ana y que frecuenta --o, mejor dicho, frecuentaba-- The Gargoyle. Y tú también la conoces. Sabes algo sobre ella, ¿verdad?
Violeta empezaba a inquietarse. No podía contarle quién era Ana, pero intuía que estaba a punto de descubrir algo importante sobre la no-muerta.
--Por favor, no me pidas que te hable de ella. ¡No puedo!
--¡Sí puedes! ¿Sabes quién sacó esta fotografía y dónde fue tomada?
--¿Cómo quieres que lo sepa? No estaba ahí.
--Pues yo te lo diré. ¡La hizo mi hermana justo antes de morir! Esa noche esta mujer estuvo en casa de Silvia, en su habitación. ¡Ella la mató!
--Eso es absurdo. ¿No me dijiste que tu hermana murió de un paro cardíaco? Lo que estás contando no tiene sentido. Además, tú estabas con ella cuando ocurrió. La habrías visto.
--¡Y la vi! Pero ella se encargó de borrar mis recuerdos. Por eso no lo comprendí hasta que vi la fotografía. Tienes que creerme. Esa mujer no es humana. No sé lo que es, pero sospecho que pertenece a la legión de los no-muertos. Darky, necesito que me ayudes. Si sabes algo sobre ella, éste es el momento de contarlo.
Violeta no sabía qué hacer. ¿Debía contarle la verdad?
--No puedo hablar sobre Ana, me mataría. Tú no la conoces. Es capaz de cualquier cosa con tal de salvaguardar su secreto.
--Por favor...
Darío la miraba con ojos de cordero degollado. ¿Cómo podría negarse? Además, estaba harta de Ana. La odiaba por completo.
--Ella no es humana --dijo al fin--. Se alimenta de sangre y yo vivo en su casa.
--Pero tú...
--¡Yo no! Ella me esclavizó, me obligó a hacer cosas terribles, como matar a un gato para probarle mi lealtad. ¿Recuerdas la noche del móvil? Cuando me preguntaste qué llevaba en el abrigo. En realidad, tenías razón: guardaba una daga. Pero yo no maté a Alejandra Kramer.
Cualquier otra persona la habría tomado por una demente. ¿Quién podría escuchar semejante relato sin pensar que estaba enferma? Esa muchacha no sólo creía en la existencia de vampiros, sino que aseguraba vivir con uno. ¡De locos!
Sin embargo, a Darío no había que convencerle de nada. Él ya creía en la presencia de vampiros entre nosotros desde hacía muchos años, así que sus palabras no podían resultar menos chocantes que las de Violeta.
--Eso ya lo sé. Han cogido al asesino hace poco. Pero no entiendo por qué llevabas eso en el bolsillo.
--Es de Ana. La guarda en una caja y esa noche la cogí para sentirme segura. Tenía miedo de que me pillara al regresar a casa. Ella me tiene prohibido frecuentar los locales góticos. ¡Y me descubrió cuando volví! Pero fui incapaz de usarla contra ella.
--¡Entonces fue Ana!
--No pienso que ella haya matado a tu hermana. Créeme cuando te digo que Ana es demasiado inteligente para dejarse fotografiar. No va dejando pruebas de su existencia por ahí. Por eso nadie ha logrado acabar con ella todavía.
--Yo lo haré. Acabaré con ese monstruo.
--¡No podrás! Es mucho más fuerte que cualquier humano. ¡La luz no la afecta! Posee poderes que nosotros no tenemos: lee tus pensamientos, tiene mucha más fuerza física, es capaz de imitar voces a la perfección y puede hacer otras muchas cosas que la convierten en un ser indestructible.
--Todo el mundo tiene un punto débil, incluso los vampiros. Lo averiguaré y la destruiré.
--Es posible que lo tenga, pero no podrás hacer nada sin ayuda. Y nadie te ayudará por la sencilla razón de que nadie te creerá.
--Tal vez tú podrías...
--No puedo, y no por falta de ganas, te lo aseguro, pero ella me produce espanto. Y eso que ahora, con lo del embarazo, está mucho más permisiva.
--¿Embarazo? ¿Has dicho embarazo?
--Sí, está a punto de dar a luz. Yo creía que las no-muertas no tenían la capacidad de quedarse preñadas, pero te puedo asegurar que su «bombo» es tan real como mis arrugas.
Darío sonrió enigmáticamente. Quizá, después de todo, aún existiera una oportunidad para acabar con la no-muerta.



Aquella tarde Alejo no hizo una buena elección.
Había pasado toda la tarde observándolos a través del cristal y al final se había decantado por seguir a Darío. «La otra seguro que no sabe nada», se dijo cuando vio que los jóvenes se disponían a salir del viejo café.
Su única obsesión era encontrar a Ana. ¿Dónde se había metido? Parecía que se la hubiera tragado la tierra. Había estado en todos los locales góticos de la capital y nadie recordaba haberla visto. Se había desvanecido igual que un fantasma.
«Aquí todo el mundo viste igual. No sabría decirte si ha estado o no», le explicó una de las camareras del Dark Hole.
«Si la hubieras visto, la recordarías --pensó mientras abonaba la consumición--. ¡Como para olvidarla!»
Ojalá pudiera hacerlo. Deseaba desterrarla de su mente para siempre, pero no podía. Ana le había destrozado el corazón y la vida. O, mejor dicho, lo había hecho él sólito, sin ayuda de nadie. Su padre tenía razón. Era un completo desastre, un perdedor que nunca llegaría a nada. Y ahora ni siquiera tenía trabajo. Suerte que disponía de algunos ahorros para ir tirando.
De Silvia no había vuelto a saber nada. Seguro que ya habría encontrado a otro mejor que él. No podría reprochárselo. La había llamado un par de veces al móvil, pero la primera vez que lo hizo saltó el buzón de voz, mientras que la segunda ni siquiera pudo dejarle un mensaje. Tenía el buzón lleno. Ella no le había devuelto la llamada, así que suponía que no quería volver a saber nada de él.
A su padre aún no le había hablado del despido. No tenía ganas de escuchar sus reproches. Seguro que pondría el grito en el cielo. No le diría nada hasta que encontrara otro empleo, pero eso era difícil. «Mírate. Son las tres de la madrugada y aquí estás, tomándote una copa en el Dark Hole. Mañana no habrá quien te levante para llamar a los anuncios.»
La vigilancia a Darío no había sido productiva: éste se había limitado a salir a tomar un café con una amiga. Después, el joven gótico había regresado a casa de sus padres y a Alejo no le quedó más remedio que regresar a casa para esperar a que se hiciera de noche. Cuando oscureció, se cambió de ropa y se dirigió al Dark Hole. Era el que tocaba esa noche. ¿Pero para qué engañarse? El verdadero motivo por el que estaba allí era por si a Ana se le ocurría aparecer.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:49 am

55

--¡Santo Dios, no podemos dejarla ahí! --susurró Merino mientras Castro le arrastraba de la levita.
--¿Es que no has visto lo que acaba de hacerle? La niña está muerta --le apremió su amigo--. Ya no podemos hacer nada por ella, sólo salvar nuestras vidas e idear un plan para acabar con esos monstruos. ¿Has visto sus ojos?
--No es seguro que esté muerta.
--¡Sí lo es! ¡Son revinientes! Le ha succionado la sangre y después le ha roto el cuello. La pequeña Beatriz está muerta y...
Súbitamente, Mariana giró la cabeza y permaneció atenta, a la escucha ante cualquier sonido extraño. Quizá su instinto había detectado la presencia de los intrusos. Los hombres vieron sus pies aproximarse a la rejilla que les protegía. Instintivamente, se apartaron de ella. Sus zapatos de niña contrastaban con la monstruosidad de sus actos. Un mechón de la pequeña Beatriz colgaba de su mano. Mariana estaba furiosa, quizá por la discusión que acababa de mantener con su madre.
Merino y Castro enmudecieron. Lo único que podía oírse era el latido de sus corazones y sus respiraciones entrecortadas. Estaban aterrados ante el horrendo espectáculo que se les mostraba al otro lado de la trampilla. La niña permaneció allí unos instantes, inmóvil. Después regresó junto al cadáver para continuar su juego macabro. Le estaba cortando el pelo al cero, «sabe Dios con qué oscuras intenciones», pensó Merino. Sus espectadores lo ignoraban --quizá, de haberlo sabido, se habrían sentido aún peor--, pero Mariana se estaba confeccionando una almohada con el pelo de sus víctimas.
--¡Vamos! Antes de que sea tarde. No quiero ni pensar lo que ocurrirá si regresa la otra.
Los hombres retrocedieron a tientas por la galería angosta y mohosa. Habían apagado sus antorchas ante el temor de ser descubiertos por las no-muertas y avanzaban rápido, en completa oscuridad --a pesar de que el miedo casi les inmovilizaba las piernas--, por instinto de supervivencia.
Recorrieron el túnel como almas en pena. Si la luz hubiera permitido a Castro contemplar el rostro de su amigo, habría advertido que en sus ojos se acumulaban lágrimas de impotencia. Cuando por fin divisaron la salida que conducía al sótano del internado, ambos respiraron aliviados, conscientes de que tal vez habían salvado la vida de manera milagrosa.
Sin decir una palabra y sin mirarse a la cara se dirigieron al despacho de Merino. Allí, en uno de los cajones de su buró, el director del internado guardaba una petaca del más puro brandy. Merino sirvió dos copas que apuraron de un trago. Después, otras dos, pero éstas las saborearon con más calma, sentados junto al fuego. Sus ropas aún olían a moho y tenían el frío metido en los huesos.
--Dime que lo que acabamos de presenciar es sólo una pesadilla. Despiértame si es preciso --rogó Merino a su amigo.
--Me temo que esos monstruos son tan reales como tú y como yo.
--Sigo pensando que no debimos dejar allí a Beatriz.
--No había otra opción. La niña ya estaba muerta y nosotros no podíamos hacer frente a esa «cosa» sólo con nuestras manos --explicó Castro aún con el rostro desencajado--. Durante los años que pasé en París tuve la oportunidad de leer un tratado escrito en 1746 por un famoso abate, el padre Agustín Calmet. Su obra estaba dividida en dos volúmenes, uno de los cuales dedicó por completo a los revinientes o vampiros. Así los llamaba.
--Yo nunca he creído en ese tipo de leyendas --le interrumpió Merino.
--Ni yo... hasta hoy. Sin embargo, algunos de los casos descritos por Calmet en su tratado recuerdan a lo que hemos presenciado hace apenas un rato.
Las manos le temblaban cuando extrajo su pipa del bolsillo, pero a pesar de ello comenzó a preparársela con toda la calma que era capaz de mostrar, que no era mucha.
--Por lo que leí, la única forma de terminar con los revinientes es clavándoles una estaca en el corazón, pero para mayor seguridad hay que cortarles la cabeza a continuación.
--¡Eso es una locura! ¿Pretendes acaso...?
--¿Te parece de cuerdos lo que ha hecho esa bestia? Son peores que lobos. ¡Métetelo de una vez en la cabeza! Y seguirán actuando a menos que tomemos cartas en el asunto.
--¿Y por qué nosotros? Trasladémosle esa responsabilidad al investigador Torres. A fin de cuentas, él representa a la autoridad. Que se las arreglen él y su ayudante.
--Porque nadie va a creernos. ¿No te das cuenta? Ni tú mismo sospechabas que existieran seres como ésos hace tan sólo unos minutos. Además, ¿recuerdas su reacción cuando Tristana le contó lo que había visto en el baño? No sólo no le dio crédito --tampoco nosotros lo hicimos--, sino que amenazó con castigarla de manera severa. No otorgará la menor credibilidad a nuestro testimonio. Y mientras tanto puede morir otra niña más.
--Pero...
--Agustín, si quieres salvar a las alumnas y evitar el cierre de este centro, debes ayudarme a acabar con esos demonios. De otro modo, ellos lo harán con nosotros.
--No sé qué decir, no me veo capaz de hacer algo así.
--Yo lo haré. Será suficiente con que me cubras las espaldas.
--¿Y cómo?
--Entraremos por la trampilla, igual que hicieron ellas. No sabemos dónde se encuentra esa casa. Sin duda tiene que estar cerca del internado. Pero hemos de actuar rápido y con cautela, no hay tiempo para averiguarlo.
En ese momento los hombres fueron interrumpidos. Alguien llamaba con insistencia a la puerta.
--Señor, disculpe que les moleste, pero el investigador Torres está aquí --anunció una de las profesoras--. Insiste en hablar con usted.
Merino miró a Castro y éste le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
--Está bien, hágale pasar.
Cuando la profesora se marchó, Castro se volvió hacia su amigo.
--No se te ocurra revelar nada de lo que hemos descubierto. En caso contrario, ese hombre se empeñará en declararte no apto para dirigir este internado.
Merino asintió mientras Torres y su ayudante entraban en la sala.
--Me parece que no conozco a su amigo --dijo Torres a modo de saludo.
--Le presento al señor Castro. Ha venido a pasar unos días con nosotros.
--Bien, tanto mejor --dijo triunfante--. Así podrá ayudarle con los preparativos. Traigo una orden para el cierre provisional de este centro. Como comprenderá, después de la última desaparición no se puede hacer otra cosa.
En el fondo, Torres era un acomplejado y no había olvidado el desplante que le habían hecho él y su abuela días atrás. Odiaba a la clase pudiente y, además, seguía obcecado con la idea de que el criminal tenía que ser alguien muy cercano a las niñas. Y, de momento, no se le ocurría mejor sospechoso que el propio director.
--No se saldrá con la suya, Torres.
Celso Castro le interrumpió.
--No se preocupe, investigador Torres, hoy mismo iniciaremos los preparativos para el cierre. Avisaremos a los padres y tutores de las niñas para que vengan cuanto antes a buscarlas. Y ahora, si no le importa, tenemos mucho trabajo por delante --apostilló al tiempo que abría la puerta invitándole a salir.
Merino miró a su amigo con sorpresa. ¿Es que acaso iba a ponerse de su parte?
Torres se quedó desconcertado y, como no se esperaba su reacción, fue incapaz de hacer o de decir nada. Así que, cuando quiso darse cuenta, la puerta se había cerrado ante sus narices.
--Mejor así. ¡Al cuerno con Torres! --exclamó Castro--. De este modo tendremos más libertad de acción. Lo importante era quitárnoslo de encima para que no meta sus narices en este asunto.
--Pero él cree que yo las maté.
--Déjale que crea lo que le plazca. Cuando todo esto termine, no le quedará más remedio que venir arrastrándose a pedirte perdón. ¡Confía en mí!



La noche no pudo ser más larga. Habían decidido actuar con la luz del sol, así que aún les restaba toda una noche para iniciar su plan. Sin embargo, temían que durante este tiempo alguno de los monstruos decidiera regresar para cobrarse una nueva víctima, así que no les quedó más remedio que instalar su centro de operaciones frente a la trampilla. Otra solución habría sido bloquear la entrada al edificio, pero no lo estimaron oportuno: si las no-muertas volvían y encontraban la entrada sellada, sospecharían que habían sido descubiertas y tal vez decidieran huir. Y lo que ellos deseaban era acabar con las revinientes, querían evitar que se convirtieran en un azote para la región.
--Descansa un poco si puedes. Yo montaré guardia --comentó Celso Castro a su amigo.
--¿Crees que puedo pegar ojo en estas circunstancias?
--Al menos debes intentarlo. Tenemos que estar frescos mañana.
--En tal caso, duerme tú. Yo haré el primer turno.
Aquella misma tarde habían confeccionado un par de estacas con madera de roble y se habían provisto de un crucifijo y de una maza de gran tamaño, pero no estaban muy seguros de cómo debían actuar una vez que tuvieran enfrente a alguno de esos seres, que, a fin de cuentas, eran del todo desconocidos. ¿Y si con la estaca no bastaba para darles muerte?
--Por eso llevamos la espada, para cortarles la cabeza --comentó Castro.
A pesar de que las horas pasaban con lentitud, la noche resultó tranquila. Merino miraba sin cesar su reloj de bolsillo, pero no por ello el tiempo transcurría con mayor rapidez. A medida que se acercaba la hora de despertar a su compañero, que dormitaba en el suelo con la cabeza apoyada en unos sacos, la tensión iba creciendo. En algún momento creyó escuchar un sonido extraño procedente del túnel, pero por más que miró por la trampilla no vio nada, así que lo achacó a la presencia de ratas. No era de extrañar que allí las hubiera. Nadie en su sano juicio se internaría por esa galería a menos que le fuera la vida en ello.
Cuando llegó la hora estipulada, Merino despertó a su compañero e intercambiaron los puestos. Agustín sabía que no podría dormir, pero al menos relajaría los ojos.
Sin embargo, poco a poco, sin darse cuenta, fue cayendo en un sopor que terminó por conducirle a un sueño breve aunque profundo. Las emociones que habían vivido en las últimas horas se tradujeron en una pesadilla en la que la sangre, que corría como un río por la galería secreta, era la protagonista. Cuando quiso darse cuenta, su amigo lo estaba zarandeando del hombro para que se levantara.
Sentir miedo provoca aún más temor. Cuando se instala en las personas no hay nada capaz de frenarlo y Merino tenía demasiado presentes las imágenes del monstruo succionando la sangre de la pobre Beatriz. Sentía escalofríos cada vez que recordaba la ligereza con la que la niña-vampiro le había roto el cuello. Aquella «cosa», aunque pequeña y en apariencia frágil, debía de tener gran fortaleza. Así que, tan pronto se despertó, el terror volvió a apoderarse de su mente. ¡Ésa era la realidad! Estaban a punto de enfrentarse a algo fiero y desconocido, aunque al menos les quedaba el consuelo de saber que por fin era de día.
Después de un copioso desayuno, que tomaron en la cocina del internado y no con doña Angélica, a la que habían acordado mantener al margen, los hombres se internaron en el túnel armados con las estacas, el crucifijo, la maza y la espada.
A pesar de que ya no había tantas telarañas, pues buena parte de ellas habían quedado adheridas a sus ropas la primera vez que atravesaron el pasadizo, aquel lugar era lúgubre, oscuro e insano. La humedad acumulada durante años había convertido el suelo en un lodazal repleto de moho resbaladizo y maloliente. Respirar se hacía pesado y desagradable, por lo que habían cubierto sus caras con unos pañuelos. Pero esto no impedía que el olor a moho se filtrara a través de la tela.
Cuando por fin consiguieron apreciar algo de claridad, apagaron las antorchas y las dejaron apoyadas contra la pared.
Sus corazones comenzaron a latir con fuerza.
--¡No perdamos los nervios ahora! --exclamó Castro.
A medida que se iban aproximando a la rejilla el silencio se hacía más intenso, tanto que casi podía «escucharse». Temían ser descubiertos, así que procuraron no hacer ruido. Después de comprobar que no había nadie esperándolos tras la rejilla, la apartaron con cuidado y se introdujeron en la habitación en la que horas antes Mariana había ejecutado a la pequeña Beatriz. A pesar de que ya era de día, todo estaba oscuro, así que Merino extrajo dos velas y las encendió.
A la luz de las candelas comprobaron que allí no había nadie. Lo único que evidenciaba que se había producido una macabra orgía de sangre eran algunos mechones de pelo olvidados en el suelo.
--¡Vamos! --susurró Castro--. Registremos la casa.
Su amigo le siguió en silencio.
Una a una fueron inspeccionando todas las estancias. Todo parecía en perfecto orden. Nadie podría sospechar que allí se escondían unos seres tan sanguinarios. Las cortinas de las habitaciones estaban echadas, así que tenían que andarse con tiento para no tropezar con los muebles.
Entonces, al abrir la puerta de una de las alcobas, la vieron. Era ella, la «niña». Por fortuna, dormía con placidez en una cama. En ese estado, su rostro parecía angelical, pero sabían que la perversión se escondía detrás de sus dulces facciones.
Por un momento, Mariana, aun estando dormida, consiguió manipular la mente de Agustín Merino.
--¡Por Dios santo, si es sólo una niña! --le dijo a su amigo al oído.
--No es una niña, es un ser monstruoso. ¡Dame la estaca!
--¡No puedo hacerlo! No puedo hacer algo así.
--Agustín, mírame --le dijo Castro sujetándole la cara con las dos manos--. No permitas que te engañe su aspecto inocente. ¡No es una niña! ¡Es un no-muerto y nosotros vamos a devolverle la paz!
Pero su amigo no reaccionaba, así que Castro se vio obligado a quitarle el saco para extraer la maza y la estaca él mismo. También sacó el crucifijo y se lo entregó a Merino.
--Sujétalo. Puede hacernos falta.
Sin esperar más, Celso Castro colocó la estaca sobre el pecho de la pequeña y, con ayuda de la maza, la golpeó con todas sus fuerzas. El primer impacto la despertó. Mariana abrió los ojos de golpe. Jamás habían estado tan rojos, ni siquiera cuando se enfurecía. Sin embargo, fue incapaz de detener el brazo de Castro antes de que éste lo dejara caer por segunda vez.
La sangre lo salpicó todo. A pesar de que Mariana intentaba defenderse y gritar, el preciado líquido salía de su boca a borbotones. Mientras tanto, Castro golpeó la estaca una tercera, una cuarta y hasta una quinta vez, hasta que la no-muerta dejó de moverse, de patalear...
Mariana había muerto.



Celso Castro tenía el rostro cubierto de salpicaduras de sangre. Se sentía exhausto, aunque satisfecho por haber dado muerte al engendro. Lo primero que hizo fue limpiarse la cara con la manga de su camisa. Después, se giró en busca de la mirada cómplice de su amigo, pero no la halló. Merino yacía desplomado sobre la alfombra de la habitación. Castro corrió hacia él pensando que había sufrido un desmayo, pero cuando observó su rostro se dio cuenta de que estaba muerto. Alguien le había cercenado la garganta de una dentellada.
Al ver a su amigo fallecido, Castro no pudo contener las lágrimas. Había muerto solo, sin tiempo de emitir ni un grito de ayuda. Su pesar sólo era comparable al terror que sentía en aquellos instantes. El joven alzó la cabeza y miró a su alrededor. En apariencia, no había nadie. Eso sólo podría significar que la madre de aquella «cosa» a la que acababa de dar muerte se hallaba escondida en algún lugar de la casa, protegida por las sombras. Celso sopesó la situación: las posibilidades de salir vivo de aquella casa eran bastante remotas. La otra reviniente debía de estar clamando venganza por la muerte de su hija.
Castro se levantó de un salto, agarró el crucifijo y se pegó a la pared. En esas circunstancias la estaca no tenía valor alguno. Sólo podía utilizarse en caso de que el vampiro estuviera dormido; si no lo estaba, se precisaba la ayuda de al menos otra persona para que lo sujetara. Así que Celso avanzó despacio hacia la puerta esgrimiendo el crucifijo en la mano. El silencio era tal que podía escuchar la sangre que bombeaba su corazón.
Salió de la estancia y se encontró con un pasillo en el que no había luz. Las velas se habían quedado dentro de la habitación, así que Celso se vio obligado a avanzar a tientas, expuesto al ataque del monstruo en cualquier momento. Pero éste no se presentó.
Al final del pasillo halló una puerta cerrada. El joven la abrió con cautela. Dentro había un gran salón en el que se intuía la presencia de un piano. La sala era demasiado grande para sentirse seguro. La vampira podría estar en cualquier lugar. De repente escuchó un ruido y le pareció observar que algo se movía al fondo. Castro se quedó inmóvil. Sus piernas no le obedecían.
--Bienvenido a mi hogar --la voz sonaba cínica.
Castro hizo un esfuerzo por saber de dónde procedía la voz, pero no logró averiguarlo.
--¿No me ve?
El joven no se atrevió a contestar.
De pronto, alguien encendió un candil junto al piano y su rostro, de una belleza felina, se iluminó aunque sólo de manera parcial.
«Es ella, la otra», pensó Castro.
--¿Sabe ya que jamás saldrá con vida de aquí?
Castro decidió jugar su última carta. Venciendo el pánico que sentía se deslizó hacia el ventanal y descorrió las cortinas al tiempo que blandía el crucifijo como si se tratara de una espada. La verdadera había quedado en el saco, junto a la cama en la que habían acabado con la pequeña. ¡Ojalá la hubiera cogido antes de abandonar la habitación! Pero el miedo también nos hace cometer estupideces y por aquel entonces creyó que el crucifijo le sería más útil.
Cuando terminó de descorrer las pesadas cortinas de terciopelo verde, ella ya se había situado junto a él. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la luz no parecía incomodarla.
--¿Sorprendido? Son muchas las cosas que desconocen sobre nosotros.
--¡Aparta, demonio! --gritó acercándole la cruz a la cara.
--Vamos, por favor, ¿cree que eso me asusta? --le preguntó con voz seductora--. Ya lo intentó su amigo.
Analisa se aproximó más a él, hasta rozarle el cuello con su boca.
--Debieron de pensarlo mejor antes de entrar en esta casa.
Después, de un zarpazo, le arrebató el símbolo sagrado y se abalanzó sobre él igual que lo haría una hiena.



Tras la muerte de Mariana, Analisa jamás volvió a ser la misma. Aun sabiendo que aquellos hombres la habían matado para protegerse de la bestia que escondía, la no-muerta desarrolló un odio visceral hacia los vivos, a los que veía como una plaga. Éstos, curiosamente, siempre habían pensado lo mismo acerca de los vampiros, por lo que la convivencia entre unos y otros resultaba imposible. Por eso la no-muerta, al saberse en minoría, optó por esconderse, por continuar viviendo en silencio. Ése parecía su sino.
Analisa había perdido a su única hija y también la tabla de salvación a la que aferrarse para no volverse loca.
Sí. Por increíble que parezca, a pesar de que Mariana era mucho más perversa que su madre y consideraba a los vivos seres inferiores, para la vampira era alguien con quien compartir las experiencias de la no-muerte, alguien a quien amar de manera incondicional, por encima de todas sus ignominias, alguien a quien enseñar las diferencias entre el Bien y el Mal y, en definitiva, alguien frente a quien mostrar los últimos retazos de una humanidad que se empeñaba en escapar por la puerta trasera.
Pero Mariana era sobre todo su hija, su propia sangre. Su naturaleza la había obligado a ser cruel, a tratar a su progenitora de manera irrespetuosa y altiva, pero una madre le perdona todo a un hijo. Y, aunque Analisa era consciente del mal trato que le daba su pequeña, prefería eso a verla atravesada por una estaca.
Por eso, cuando acabó con su asesino fue corriendo a buscarla. Su cuerpo, aunque yerto, aún no se había descompuesto. Mariana había nacido de un vientre muerto, animado de manera artificial mediante la sangre de los vivos, pero técnicamente no abandonó este mundo hasta el instante en que fue estacada.
Todo estaba preparado para el traslado y Analisa no pensaba dejar a su hija sola.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:49 am

56

Dario está decidido. Antes de cerrar la bolsa revisa su contenido. Lo tiene todo. Ya puede irse, Darky le espera. Mientras se dirige a la casa piensa en lo que va a hacer. Está tranquilo, quizá demasiado teniendo en cuenta las circunstancias. Ha dejado de plantearse si es correcto o incorrecto. Ya ha tomado una decisión y espera que ella no se arrepienta en el último minuto. Eso sería peligroso.
Anteayer recibió un e-mail de su amigo epistolar Michael Carrigand en el que le animaba a llevar a cabo su plan. Carrigand le explicaba que él haría lo mismo, pero también le advertía de que tendría que tener mucho cuidado o acabaría entre rejas. Nadie excepto ellos debe conocer sus intenciones.
Cuando llega a la taquilla del metro su mirada se cruza con la de la empleada y ésta piensa: ¡qué chico más extraño! Darío no se da cuenta, pero la gente se va apartando a su paso. Les asusta el brillo de su mirada, el color de su ropa y la decisión con la que agarra su bolsa.
«Ya queda menos», piensa cuando se sienta en el vagón. A medida que las estaciones se suceden ante sus ojos, el joven repasa su estrategia. No pueden existir fallos a causa de la improvisación. Todo ha sido calculado al detalle.



--¿Lo tienes todo preparado?
--Sí.
--Pues ven, creo que ya ha llegado el momento.
Violeta está mucho más nerviosa que Darío, pero no quiere que Ana lo advierta. Tiene que aparentar normalidad.
«Tranquilidad y, sobre todo, mucha calma --se dice después de colgar--. No debe notarme nada raro.»
Y la verdad es que no lo nota. Ana es incapaz de percibir nada, vive de las rentas desde que comenzó el embarazo y no puede permitirse que Violeta lo sepa. Pero Ana ignora que ha cometido un grave error: le ha dicho que prepare varias bolsas de sangre para alimentarse tras el parto. Le ha confiado que después de dar a luz se sentirá demasiado débil para moverse, que perderá su fuerza. Y Violeta ha tomado buena nota de ello.
Ana ha roto aguas y las contracciones son cada vez más fuertes y seguidas --menos de dos minutos entre una y otra--, pero Violeta no se inmuta. Sus nervios se deben a otra cosa. No tiene miedo a que algo vaya mal durante el parto porque le da igual el resultado. «Si el bebé muere --se dice--, mejor, eso que nos ahorramos. Para que salga igual que su madre... Y, en cualquier caso, ella no va a morir a consecuencia de un mal parto, porque ya está muerta.»
La vampira sí se siente intranquila. Le habría gustado acudir a un hospital, pero no puede. «¡Que se joda!», piensa Violeta mientras prepara los utensilios: guantes, toallas, tijeras, todo lo que la no-muerta le ordenó que comprara días atrás.
«¡Va a abrir la puerta blindada! ¡Por fin veré lo que hay dentro!»
Eso es lo único que le hace ilusión ahora.
Ana introduce la clave numérica y abre la puerta. A continuación se tumba en la cama. Sobre ella ha puesto un gigantesco hule y varias toallas. Tiene muchos dolores, pero siente que el parto será distinto al de Mariana.
--Darky, ¿dónde estás? ¡El bebé ya está aquí! --grita desde la cama, desesperada.
--Ya voy.
Pero, antes de ir se dirige a la puerta de la calle y la abre. No mucho, lo justo para que Darío entre. Después pone un papel doblado para evitar que se cierre.
Violeta entra al fin en la habitación secreta y ve lo que hay en su interior. Ana está demasiado preocupada por el bebé para darse cuenta del brillo de su mirada. La joven observa los objetos, parece una habitación corriente. En ella hay otra puerta que conduce a un baño de grandes dimensiones. Pero Violeta se fija bien; no todo es tan normal: en una esquina hay una gran vitrina de cristal y dentro de ella, una momia.
Es la momia de una niña, o eso parece. Está mal conservada y no se distingue bien, pero su tamaño no es muy grande y está vestida con ropa de cría. Además, tiene un lazo en la cabeza, sujetando los cuatro pelos que le quedan. Le fascina, pero le repugna al mismo tiempo.
«¡Qué asco! --piensa Violeta--. A saber quién será y por qué la guarda aquí. Ana está más loca de lo que parecía.»
--¡Darky, ayúdame! --grita Ana--. ¡No puedo más!
Violeta se dirige hacia la cama y se pone los guantes. Tiene que extraer el bebé como sea. De lo contrario, Ana conservará su fuerza. ¿Y Darío dónde está? Tiene que estar a punto de llegar.



«¿Adónde irá esta vez? --se pregunta Alejo-- ¡Espero que no se trate de otra visitita al cementerio!»
Después, tira a una papelera su gofre a medio mordisquear. No hay cosa que más deteste que hacer tiempo, y últimamente le ha dado por comer durante las esperas.
«Lleva un maletín de cura, parece un exorcista», piensa mientras desciende las escaleras del metro sin perderlo de vista un segundo.
A estas alturas ya debería de haberse acostumbrado a su aspecto, pero no es así. Darío le sigue produciendo escalofríos y hoy, en especial, parece distinto. Mucho más serio y decidido. Su mirada tiene un brillo extraño que no sabe interpretar.
Alejo ignora que su ex novia ha muerto. Ha seguido a Darío siempre que le ha sido posible, pero se le han escapado algunos momentos. «No soy Dios. No puedo estar en todas partes y siempre pendiente de lo que hace», se justifica.
El gótico está a punto de volverse y Alejo se oculta detrás de un periódico gratuito que alguien ha abandonado sobre una de las papeleras del metro. Aunque se hubiera girado, Darío no le habría reconocido: su aspecto es desaliñado y ha perdido varios kilos. Hace días que no se afeita. «¿Para qué? Ya no tengo que ir a trabajar», se dice.
Su única prioridad es encontrar a Ana. Quiere que ella le diga a la cara lo que ya es más que evidente: que pasa de él. Es así de masoquista o está así de «enganchado», como Violeta a causa de su sed eterna. No se puede practicar sexo con una no-muerta y pretender que nada ha cambiado. Su vida ha dado un giro de 180 grados y sería capaz de ofrecer un brazo por volver a estar con ella.



Darío asoma por la puerta cuando el niño acaba de nacer. Ana se encuentra exhausta, pero feliz. Por suerte, parece que todo ha ido bien. Se siente débil y le pide a Violeta que le traiga sangre, pero la joven no obedece, se limita a sonreír de manera enigmática, como si guardara un as debajo de la manga. Acto seguido le quita el niño, lo envuelve en la mantita y lo coloca en el canastillo. La no-muerta observa la escena con estupor, sin poder hacer nada.
--¡Devuélvemelo! --grita con furia.
--Gritar es todo lo que puedes hacer, ¿verdad?
Su tono es burlón, quizá le ha perdido el miedo.
Entonces es consciente de que pretende matarla de hambre, de sed.
En ese instante Darío entra en la habitación secreta y Ana se da cuenta de su plan, pero sigue sin poder moverse. Oye llorar al pequeño en la lejanía.
--¡El niño me necesita!
--Yo también necesitaba a mi hermana --afirma Darío dando un paso al frente--, pero tú la mataste.
Violeta se oculta detrás de él. Ana la ve sonreír. Parece divertida con la situación.
--Yo no he matado a tu hermana.
Ana acaba de recuperar sus capacidades vampíricas. Ahora sabe a quién se refiere. Sin embargo, continúa demasiado débil para moverse. Es consciente que a menos que ingiera sangre, no podrá abandonar esa cama.
--Soy culpable de otras muchas muertes, pero no de ésa --le explica.
--Yo estaba allí y lo vi todo.
--¿Por qué habría de mentirte en eso? Darky sabe que no fui. ¿Verdad, cariño?
Aunque se esconda detrás de Darío, la no-muerta ha leído su pensamiento. La joven duda, pues aún existe un vínculo invisible y sutil entre ellas.
--¡No la escuches! Sólo quiere manipularte. Pronto volverás a ser libre.
--Darky, querida, dile que no crees que fui yo quien mató a Silvia --dice Ana dirigiéndose a la joven.
Violeta calla.
Se hace un silencio que sólo se ve interrumpido por el llanto del niño, que reclama la presencia de su madre.
--Ya te lo dije, no creo que ella matara a tu hermana, ni tampoco a Mystica. No es su estilo --confirma Violeta--, pero la odio por lo que me ha hecho.
--¡Me da igual si fuiste tú o no! Terminemos con esto de una vez.
Darío abre su maletín y extrae una estaca de hierro y una maza.
--Darky, necesito tu ayuda. Sujétale la cabeza mientras yo la ato. No quiero sorpresas desagradables.
Ana intenta moverse, pero no puede. Siente como si el peso de un yunque la aplastara contra la cama. Se revuelve mientras Violeta intenta inmovilizar su cabeza. Entre tanto, Darío ha sacado unas cuerdas y comienza a atar sus manos al cabecero de la cama. Después sigue con los pies. Ana grita, blasfema y patalea, pero de nada le sirve.
Cuando la no-muerta está inmovilizada, Darío toma la estaca y la coloca sobre su pecho. Ha traído una de hierro porque ha leído que para poder atravesar el corazón tiene que romper antes la caja torácica, y eso no es sencillo. Le tiembla el pulso y oírla chillar lo pone aún más nervioso.
--¡Tápale la boca con algo!
Violeta obedece y coloca un trapo en la boca de la no-muerta.
«El corazón es la fuente de la vida y sin él no puede existir eternidad», se dice Darío antes de dejar caer la maza. Violeta observa la escena, satisfecha; con cada golpe se siente mejor, un poco más libre. Mientras tanto, el niño continúa llorando.
Una vez, otra y otra. A cada golpe Darío consigue introducir la estaca un poco más. Analisa ya no respira. No ha podido ganar esta batalla.
Pero el joven quiere más. No se conforma con haberle atravesado el corazón con una estaca de hierro. Desea asegurarse de que Ana jamás volverá a caminar entre los vivos, así que se dirige a su maletín, extrae un hacha y de varios golpes le corta la cabeza.
--Ahora hay que quemarla. ¿Lo tienes todo preparado?
--Sí. Bajemos al sótano. Allí están el cubo y la gasolina.
Darío agarra la cabeza por el pelo. Aún chorrea sangre.
--Vamos, después haremos lo mismo con el niño.



Alejo está intranquilo. Ha escuchado gritar a una mujer y no sabe qué hacer. Observa el edificio una vez más. Parece una casa normal, pero los alaridos que salen de ella no lo son.
«¿Entro o no entro?», se pregunta.
Después de un rato, los gritos cesan, pero algo le dice que debería entrar. No sería difícil hacerlo, si quisiera. Darío ha penetrado con tanta precipitación que ha olvidado cerrar bien la puerta. «Sólo tendría que empujarla», se dice.
Alejo se acerca un poco a la puerta y permanece a la escucha. Ahora no se oyen gritos, sólo el llanto desesperado de un bebé. «Aquí pasa algo raro», piensa antes de empujar la puerta con el brazo. Se dispone a entrar.
El aspirante a escritor registra la casa con sigilo. Absoluta normalidad. «Vaya casa --piensa--. ¡Vaya nivel! ¿Quién vivirá aquí?» Busca al niño guiándose por su llanto y llega a la habitación secreta.
Alejo se queda horrorizado. Hay sangre por todas partes. ¡Menuda carnicería! El joven siente náuseas al ver el cuerpo decapitado de una mujer sobre la cama. Se gira para no tener que hacerlo, le han entrado arcadas. Al fondo, la momia de una niña parece observarle con ojos desafiantes.
--¡Joder, joder, joder! ¿Qué es todo esto?
Se arrepiente de haber entrado y aunque no quiere mirar, es incapaz de apartar los ojos del cadáver que yace sobre la cama. Entonces se fija en sus manos, en sus uñas largas y cuidadas y en sus anillos. Esos anillos... ¡son los de Ana! Y de repente lo comprende todo.
--Darío, ¿qué le has hecho? ¿Por qué?
Atónito, observa cómo el cuerpo empieza a consumirse, a arrugarse, a descomponerse ante sus ojos hasta transformarse en polvo y huesos. Alejo no da crédito a lo que ve. Durante unos segundos es incapaz de reaccionar, de moverse, de escuchar el llanto del bebé, pero de pronto éste se hace mucho más fuerte y lastimero, lo que le obliga a acercarse al canastillo.
«No puedo dejarlo aquí --se dice--. Darío está loco y puede regresar en cualquier momento.»
Alejo no lo piensa más: coge el canastillo y se aleja de la casa a toda velocidad.

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MensajeTema: Re: Clara Tahoces - Gothika   Vie Dic 17, 2010 11:50 am

EPILOGO

«La presencia de un bebé lo cambia todo. Quien diga lo contrario, miente o es un inconsciente», piensa Alejo mientras se dirige hacia el hospital. Y, en su caso, pese a las extrañas circunstancias en las que halló al pequeño Fabián, su vida se ha modificado de manera positiva. Le gusta sentir su respiración en la oreja, su olor, el tacto de sus deditos cuando le agarra del pulgar y la sonrisa que le regala cada vez que se acerca a su cuna. Nunca había pensado en ser padre, pero si alguien le hubiera ofrecido la opción de borrar los acontecimientos acaecidos en los últimos meses, no la habría aceptado. Este niño es su hijo, y no sólo por el evidente parecido físico que existe entre ambos, sino porque ahora por fin tiene los papeles que lo acreditan.
Para Alejo fue una suerte contar con la ayuda de su tío Marcial. Parece que ser sobrino de un ex policía es una garantía de credibilidad. También ayudó la pequeña mentira de la que se sirvió. Ni siquiera su tío, que es de toda confianza, sabe lo que ocurrió. ¿Cómo iba a darle crédito alguien en su sano juicio?
Cuando abandonó la casa de Ana estaba desesperado. No sólo había perdido a la mujer a la que amaba --si es que a ella se la podía denominar «mujer»--, sino que sin saber cómo se había encontrado con un bebé entre los brazos. No podía ir a la policía. De haberlo hecho, se habría visto involucrado en una historia turbia y misteriosa de la que apenas empezaba a intuir los primeros retazos. Lo habrían acusado de un crimen que no había cometido, o de secuestro.
Por otra parte, sabía que Darío y su cómplice --con el tiempo había llegado al convencimiento de que en la casa había alguien más ese día-- no denunciarían la desaparición del bebé ni acudirían a las autoridades bajo circunstancia alguna. ¿Cómo iban a hacerlo? Estaban atados de pies y manos, igual que él.
De momento no ha aparecido ninguna noticia rara en la prensa, por lo que deduce que Darío y su cómplice huyeron de la casa después de terminar su macabra misión, dejándolo todo cerrado a cal y canto. Pese a ello, el joven tiembla cada vez que abre la sección de sucesos del periódico.
La historia que contó era más sencilla y, sobre todo, mucho más creíble. Según la versión que ofreció, alguien había abandonado al pequeño en la puerta de su casa y, aunque no sabía de quién podría tratarse, pensaba que tal vez él era el padre del niño, así que estaba dispuesto a salir de dudas haciéndose las pruebas de paternidad. Y las pruebas habían resultado positivas. El niño era suyo. En consecuencia, después de algunos trámites, Fabián se había convertido legalmente en su hijo y Alejo estaba encantado.
Al principio no resultó nada fácil hacerse cargo del niño: le habían despedido de Regalo+, se sentía muy deprimido por la muerte de Ana --aunque sabía que era lo mejor que había podido ocurrir-- y de la noche a la mañana se encontraba con otra boca a la que alimentar. Sin embargo, el propio Fabián le había curado la depresión. Y es que por un hijo se hace lo que sea.
Por fortuna, uno de sus miedos tardó muy poco en disiparse. El reconocimiento médico había sido normal. Fabián era un bebé sano, como cualquier otro. No había heredado nada de su madre. Alejo había intentado no plantearse interrogantes acerca de la naturaleza de Ana, pero aún tenía grabada en la retina la desmaterialización de su cuerpo. Por supuesto, era consciente de que todo cuanto había presenciado el día de autos era más que anómalo, pero, por alguna razón que se le escapaba, el niño no lo era, así que sólo se le ocurría dar gracias a Dios.
El caso es que el pequeño era una bendición. Le había ayudado a salir del pozo oscuro en el que se encontraba, le había proporcionado una motivación para levantarse todos los días. Se habían acabado los libros por encargo y sus sueños literarios, pero al menos había conseguido empleo en una gestoría. No era gran cosa, pero le permitía disponer de un horario estable y de tiempo para estar con el bebé. Marcial le había prestado algo de dinero para ir tirando e incluso su padre le había ofrecido ayuda. Su corazón se había ablandado al descubrir que padecía cáncer de pulmón. Por desgracia, las pruebas habían sido concluyentes.
Alejo había decidido repartir su tiempo entre Fabián y su padre. No le gustaba mucho la idea de alejarse de su hijo, pero su progenitor también le necesitaba. Por eso había contratado a Luzmila, una mujer mayor que ejercía de niñera por las noches, mientras él atendía a su padre. Durante el día Marcial se hacía cargo del bebé. Por desgracia, su progenitor estaba bastante mal, así que, pese a las diferencias existentes entre ambos, Alejo se había propuesto hacerle todo lo agradable que pudiera el tiempo que le restaba.
El joven se sentía tranquilo con Luzmila. La había escogido entre varias candidatas por su experiencia. Una mujer mayor como ella debía de estar acostumbrada a tratar con niños. Alejo había desechado a dos adolescentes porque no se fiaba de sus cuidados. «Las niñas de hoy en día te plantan al novio en casa y se olvidan del bebé», había pensado al ver a Luzmila por primera vez. Ella, en cambio, sabría qué hacer en caso de que el pequeño se pusiera enfermo en mitad de la noche.



«El corazón es la fuente de la vida y sin él no puede existir eternidad», había dicho Darío antes de clavarle la estaca a Analisa. ¡Y cuánta razón tenía!
Durante todos estos años, Emersinda había estado «dormida», aunque no muerta, ya que su corazón nunca había llegado a fenecer. Su cuerpo había permanecido sepultado bajo una montaña de escombros y cenizas, pero el órgano vital no había sufrido daños irreversibles.
Sin embargo, le faltaba la energía precisa para traspasar el mundo de las sombras en el que se hallaba para volver al de los vivos. Por tanto, su energía sólo era mental... hasta que ideó la manera de recobrar su antigua condición: si conseguía manipular la mente de otros para que dieran muerte a Analisa, recuperaría todo su antiguo poder; no en vano había sido ella quien se lo había transmitido. Así que, siguiendo su retorcido plan, primero utilizó a Violeta a través de sus sueños, después logró manipular a los participantes de la ouija y por fin acabó con la vida de Silvia, a la que asustó hasta conducirla a la muerte.
El resto sólo había sido la consecuencia de todo ello.



--Si ocurre cualquier cosa, no deje de llamarme al móvil --le ha dicho Alejo antes de marcharse al hospital.
--Váyase tranquilo, señor. El niño está en buenas manos.
Tan pronto cierra la puerta, Luzmila se dirige a la habitación del ordenador, ya transformada en el cuarto del niño, y lo coge en brazos.
--Eres un niño precioso.
El niño recibe cualquier carantoña con una sonrisa.
Tiene todo preparado para el baño. Cuando termina, lo viste y lo lleva a la cocina, donde le da el biberón y se espera a que el niño eche el aire, para regresar con él al dormitorio, que Alejo ha pintado de azul cielo y ha decorado con lunas y estrellitas. Luzmila canta por el pasillo una vieja nana, así prepara al pequeño para el sueño. Lo coloca en la cunita y lo observa con devoción.
A continuación se lleva las manos a la nuca para desabrocharse el colgante. El niño observa su brillo con curiosidad mientras ella se lo coloca alrededor del cuello. Es un camafeo antiguo con una efigie tallada en ónice.
--Ahora te pertenece a ti --susurra Emersinda/Luzmila.
Después, mete las cosas del bebé en una bolsa, se acerca a la cuna y toma a Fabián en brazos.
--¿Estás listo, mi niño? Es hora de irnos.




FIN DEL LIBRO

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