Black and Blood


 
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 El secreto del vampiro - Raven Hart

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MensajeTema: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Dic 17, 2010 12:01 pm

El secreto del vampiro - Raven hart

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Argumento:

Quien una vez fuera un mortal con una amada familia, William Cuyler Thorne, es ahora un vampiro a la caza de mujeres hermosas. Tiene la tapadera perfecta como ilustre ciudadano de la sociedad de Savannah.
Pese a haber sido derrotado, Reedrek, el despiadado vampiro de Viejo Continente que trató de destruir a William, cuenta aún con sus seguidores, quienes no cejarán hasta lograr enfrentarse en una guerra total.
Para defenderse de esta viciosa banda de chupasangres europeos, William organiza una poderosa tropa de vampiros que incluye al atractivo Jack, a la nueva y recientemente convertida compañera de William, la seductora Eleanor, y a un pretencioso aspirante de nombre Werm.


_________________

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Dic 17, 2010 12:06 pm

Introducción:

Carta de William, un vampiro

Mi nombre es William Cuyler Thorne, afincado en Savannah. Una vez, hace mucho, mucho tiempo, fui un marido… un padre. Un mortal que vivió y amó sin pensar en las malvadas criaturas que había en el mundo.
Ahora soy uno de esos seres malignos. Un bebedor de sangre.
Un vampiro.
Hace poco, después de estos siglos, pude realizar la promesa que me hice de venganza. “O lo haces o no”, como diría mi vástago, Jack. Presentada con la oportunidad de matar a mí malvado padre, Reedrek, de una vez por todas y poner fin a mi existencia inmortal con el trato, abracé la oportunidad. En nuestro mundo, al igual que en la versión mortal, las cosas no siempre salen según lo planeado. En mi guión de aniquilación me acerqué a la línea de meta sólo para ser devuelto a la no vida por una lógica inescrutable acerca de Jack.
Me necesitaba.
Ahora he descubierto un nombre en un libro antiguo. Un nombre grabado en mi sobrecargada memoria como una cicatriz. Un nombre que siempre evocará amor en mi inmóvil corazón, existiendo junto al odio hacia el monstruo que se la llevó de mi lado.
El libro es una genealogía de Strigori − de vampiros.
La entrada es “Diana, Inglaterra, 1528”.
La imagen de mi esposa − el hermoso rostro de Diana − llena mis pensamientos, y por un momento siento una mínima esperanza de poder encontrarla de nuevo. Designé a Olivia a hacer un seguimiento de esta Diana no muerta. Sin embargo, la idea de Reedrek convirtiendo a mi inocente amor en una criatura como yo, me revuelve el estómago. Tendría que haberse acostado con ella para completar la transformación. Esa posibilidad me daba náuseas incluso con mi constitución de hierro. La hubiera despedazado miembro a miembro antes de dejarle que asolara su alma. Ya había sido bastante difícil ver como la mataba.
No podía ser así. Por Dios, Reedrek no podría haber completado una victoria sobre mí y los míos.
Por supuesto, si fuera cierto, Dios no tenía nada que ver con ello.



Carta de Jack, un vampiro

Mi nombre es Jack McShane y soy un mecánico excepcional, un mujeriego, un fan de NASCAR y un vampiro − no necesariamente en ese orden. Tráeme un coche, y puedo arreglarlo. Tráeme una mujer, y puedo seducirla. Tráeme una criatura, humana o no, que amenace mi existencia o la seguridad de mis seres queridos, y me aseguraré de que no deje Savannah de una sola pieza, al menos no sin que la haya masticado y escupido. Literalmente.
Dicen que no se le puede enseñar nada nuevo a un perro viejo, pero este perro ha estado pateando desde la Guerra entre los Estados y he aprendido más en las últimas semanas sobre mí mismo y los de mi clase que en todo el tiempo que he sido inmortal. Por ejemplo, todos los vampiros no son creados iguales. No todos son amantes de la paz como yo y mi padre, William Thorne. Eso sí, he visto − y matado − buena parte de vampiros bribones y errantes aquí y allá, sólo para mantener la paz. Pero no tenía idea de que había varios grupos de estos demonios en Europa, y que algunos de ellos vendrían a para nosotros un día.
Pero todo salió en la colada, como se dice, y mi padre ya no trata de mantenerme ignorante sobre algunas cuestiones para protegerme. No se lo puede permitir. Me necesita armado con la verdad y dispuesto a luchar a su lado si fuera necesario.
En el aspecto personal, mi vida amorosa se estaba volviendo interesante justo antes de que se desatara el infierno. Fui golpeado por una belleza mexicana de América con los ojos tan negros como el ónice, su pelo era fina seda negra, y una cara que venía a mí en sueños. Estaba a medio camino de conseguir algo con ella cuando se me encomendó una tarea que me partiría el corazón. Traté de convertir a una mujer en vampiro y murió en el proceso, murió "en el acto", como dicen.
Ese acontecimiento me destrozó, no sólo por la pérdida de la joven, sino por lo que podría significar para mí y mi hermosa latina, Connie. Mira, ella no lo sabe, pero Connie es especial. Realmente especial. De la manera, no tan humana. ¿Cómo lo sé? Lo puedo sentir. Puedo sentir su poder, y cuando la tengo en mis brazos puedo sentir sus vibraciones. Ella vibra con el poder de la bondad y la luz. No sé de dónde proviene su poder, pero es de un lugar mejor y más sano que del pozo oscuro y profano del cual se desliza mi propio poder.
Y ya que Connie no es humana, no sé qué pasaría si o cuando hiciéramos la transformación. No sé si tengo más miedo de que ella se vería perjudicada, como la mujer que traté de convertir, o si simplemente no puedo soportar la idea de que la maldad de mi propia naturaleza la empañe.
Pero yo la quiero. No hay error en eso. La quiero con cada célula no muerta de mi cuerpo. Así que estoy condenado tanto si lo hago como si no.
En cualquier caso, estoy jodido. Ya sabéis demasiado.


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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Dic 17, 2010 12:07 pm

Capitulo 1

Transcrito por Alena

Savannah, Georgia
Enero de 2007

William

Eleanor gimoteó de placer, y no de dolor, cuando le solté los cordones de cuero de su corsé. El suave material de color negro mantenía el calor de su piel. Desaté la parte delantera y observé cómo el ajustado cuero se abría ante mí como una granada madura, dejando caer sus pechos en mis ágiles manos. Cualquier otra noche, habría mamado de ellos, habría enrollado mi lengua en los pezones y los habría mordisqueado con mis dientes extrañamente afilados. Habría seguido la sinuosa curva de la serpiente tatuada desde su pecho hasta su vientre con mi sedienta boca, para luego satisfacer mi lujuria entre sus muslos. Pero esa noche, en lugar del dulce néctar del sexo, iba a beber sangre. Toda su sangre.
Esa noche Eleanor iba a convertirse en un vampiro, o a morir en el intento.
Voces fantasmagóricas susurraban a nuestro alrededor, unas urgiéndome a seguir y otras pidiéndome que me detuviese. No podía detenerme, había dado mi palabra. Los humanos no tienen muy en cuenta el honor. La habilidad de cumplir promesas o amenazas tiene mayor significado para un vampiro. Al menos, en mi caso. Las promesas rotas te persiguen de una forma muy tenaz. Hace siglos, mi traicionero sire me educó en el arte de jurar sin tener la intención ni los medios para cumplir mi juramento. Por supuesto, el hecho de convertirme en un bebedor de sangre causó que lo pudiera hacer casi todo, con excepción quizá de defender a los que amaba.
Diana, mi amor. Si hubiera existido alguna forma de salvarte…
Le asigné a Olivia, la precoz descendiente de Alger, la tarea de continuar investigando a la mujer, la vampira, que aparecía en las lista de su antiguo libro. Olivia había jurado por su honor que no me fallaría.
Y no me falló. “No es la que buscas… lo juro.”
Así que aparté de mí el horror y la esperanza de que de alguna forma, como Reedrek había afirmado, mi esposa siguiera con vida, por así decirlo, como uno de los no muertos. Como uno de los nuestro. La declaración de Olivia me devolvió a la realidad. La adorable Dina había muerto hacía siglos y yo había vengado su muerte. Había llegado la hora de dejar de pensar en ella y concentrarme en Eleanor.
Y precisamente en ese momento… Eleanor necesitaba ser rescatada de mí, aunque ella no lo creyera. En este negocio de crear vampiros, todo lo que mis hermosas consortes necesitaban oír era que vivirían para siempre y que estarían vinculadas a mí durante los siguientes doscientos años; ligadas a su maestro, amante y creador. No como esposos, ni siquiera se trataría de una relación, en el sentido humano de la palabra. Cualquiera de nosotros podía optar por tener relaciones con otros, pero ella siempre formaría parte de mi familia de sangre, podría acudir a mí cuando lo necesitara y acataría mis deseos. Desde que la conozco, ha aceptado pequeños consejos, entre los que se incluyen las advertencias de Jack, Melaphia, e incluso las mías. Ella tenía sus propios planes para el futuro, pero yo lo había prometido… y lo necesitaba.
Nos disponíamos a empezar. Melaphia había preparado a Eleanor, quitándole la ropa de calle. Tomando una muestra de su sangre inmaculada y cortando un mechón de su larga melena negra.
Apoyé mi gélida mano sobre el vivo y latiente corazón de Eleanor. Ella arqueó su espalda y suspiró mirándome fijamente a los ojos.
- ¿Estás segura?- pregunté por última vez.
- Lo estoy.
Le cogí la mano, la besé y luego deslicé un lazo confeccionado con los cordones de cuero negro por encima de su muñeca. Ella respiró profundamente, mientras le ataba la mano derecha por encima de la cabeza. Más tarde, la agarré por la mano izquierda y, repitiendo el proceso, doblé los cordones y le até los tobillos. Intentaba causarle el menor daño físico posible, pues no quería que se retorciera de dolor.
Podía percibir el aroma de su emoción, ya que ella aún no sabía lo suficiente como para tener miedo, y ya habíamos jugado a esta clase de juegos antes, sin ir más allá de una ofrenda de sangre simbólica, y de un buen y desenfrenado polvo. Al recordar dichas ocasiones, bajé mi mano hasta sus muslos y la incité para que los abriera. Estaba húmeda de deseo.
Se me había puesto dura con malas intenciones.
Le daría lo que quería, pero antes tenía que verme, ver cómo era realmente y saber en lo que se iba a convertir. Tras cerrar los ojos, dejé que mi apetito aumentara. Mi sed de sangre tensaba mi mandíbula y provocaba que mis manos temblaran. Las voces invisibles que nos rodeaban se unían y murmuraban con mayor intensidad, al sentir que mis feroces dientes se prolongaban. Tuve que hacer un gran esfuerzo para abrir los ojos y sonreír.
Eleanor dio un grito ahogado y sus agitados ojos negros se abrieron ante los míos.
- ¿Ves ahora a tu ángel asesino? – dije con un áspero tono de voz que apenas podía reconocer.
Su respuesta afirmativa salió como una ráfaga de cálido aliento. Tenía la voz temblorosa.
- Sálvame o mátame, no me importa.
En ese momento, a mí tampoco me importaba.
¡Ah!, cómo le habría encantado esto a mi sire Reedrek. Casi alcanzaba a oír el eco de las risas desde su silenciosa y pedestre tumba. Su engreído vástago llevando a cabo sin piedad algo terrible con una humana inocente. En cierto modo, Reedrek sentiría el cambio provocado por la conversión de Eleanor, un cambio en su poder, aunque estaba enterrado a demasiada profundidad como para disfrutar de la nueva fuente de energía. Le proporcionaría a su mente agusanada algo delicioso que contemplar. Habíamos decidido que una muerte justa era algo demasiado bueno para mi bien conocido sire, resultaba mejor dejarlo completamente solo y sin sus poderes en una constante oscuridad, que era exactamente lo que él había planteado para Alger, antes de que fuera obligado a quitarse la vida. Reedrek se mantendría despierto pero muerto para este mundo. Enterrado bajo una provisión constante de sangre voluntaria, el banco de sangre de última generación que habíamos construido gracias a las caritativas contribuciones. Solo el hecho de pensar en su impotencia provocaba que una sensación de calidez recorriera mi corazón helado por el odio.
Pero ahora, tenía que tener en cuenta a mi Eleanor, la que debía ser obedecida. Era necesario ser un tipo de persona especial para saber lo que quería y, a continuación, encargarme de buscarlo. Eleanor me quería a mí y, como mujer acostumbrada a dar órdenes, también deseaba ejercer un poder absoluto sobre los hombres a los que tendría que complacer a lo largo de su vida. Además, estaba deseando enfrentarse a la muerte para tener la oportunidad de disponer de ambas cosas. Mi honor radicaba en no decepcionarla y el futuro de mi línea sucesoria dependía del aumento de los miembros de nuestra estirpe.
- Cierra los ojos – le susurré, sabiendo en algún lugar de mi mente, enloquecida por la sangre, que ella nunca olvidaría este momento. Mejor recordar meramente el dolor que el hecho de ser traicionada por alguien a quien amaba.
Como si ya estuviéramos conectados, hizo lo que le pedía, pero contestó a mi susurro con el suyo propio.
- Te amo.
Dirigí una dulce y silenciosa melodía a su mente, tranquilizadora, excitante y cautivadora, mientras bajaba mi rostro hasta estar a unos milímetros de su piel, a fin de absorber profundamente su aroma. Olía a todo lo humano: a sol, a calor, a sangre. Echaría de menos eso de ella, pero obtendría otras cosas a cambio. Mis fríos labios tocaron su fragante piel con un beso de despedida. Más tarde, mordí con fuerza, cual león que derriba a una gacela.
El ruido de su gorjeante grito retumbó en la habitación, acompañado de las compasivas voces de los espíritus perdidos, de quienes en ese momento se encontraban más cerca de mí. Su espíritu parpadeaba en la oscuridad, mientras su cuerpo se retorcía en mi abrazo mortal. Cuando la cálida sangre de su corazón se introdujo en mi boca como un torrente, mi mente comenzó a perder concentración. Había transcurrido mucho tiempo desde que había sido colmado. En un último acto de amor, deslicé con fuerza mi mano entre sus muslos y sentí como su cuerpo de sacudía por el orgasmo. Placer a cambio de dolor. Para mi dulce Eleanor… cuyo vigoroso latido se fue debilitando hasta detenerse por completo.
Muerta.
Besé sus pálidos y fríos labios antes de coger un cuchillo de oro y cortarme una vena de la muñeca. Utilicé mi propia sangre, la mezcla de nuestra sangre, para el símbolo de los cuatro vientos.
- Eleanor…
>>Querida mía, vuelve a mí… ahora.
Después de unos momentos interminables, emitió un lloriqueo aterrador, algo que apostaría que no había hecho desde niña. Traté de combatir un sentimiento asfixiante de culpabilidad. Ella deseaba esto, lo había suplicado…
- Despierta, Eleanor. Ya eres mía. Vuelve.
Con una sacudida, su cuerpo se elevó de la mesa levitando, para quedar flotando frente a mí. Agarré un mechón de su negra melena suelta, a medida que esta se balanceaba, y me lo acerqué al rostro.
- Eleanor, cariño. Despierta.
Ella pronunció mi nombre entre gemidos. La empujé hacia abajo hasta que su espalda entro en contacto con la mesa, luego hice desaparecer su suspiro de sorpresa con mi sangrienta muñeca.
- Bebe.
Abrió completamente los ojos; luego, antes de lamer la sangre, se chupó el labio inferior con su reseca lengua. Sus labios y su boca sabían qué hacer. El ruido tan familiar de succión provocó oleadas de un apetito insaciable bajo mi piel, que me transportó a otras noches, otros… placeres. Mi polla se puso dura y firme como una roca y, transcurrido un momento, me encontraba atrapado en mi propio e inesperado orgasmo, lo que me hizo apretar la mandíbula. La succión continuó junto al placer, mientras intentaba permanecer de pie. Ambos estábamos dando un grito ahogado cuando me las arreglé para soltarme, antes de caer deslizándome al suelo.

***


Abrí los ojos a la oscuridad, el silencio y la fría piedra que había bajo mi espalda. El familiar rostro de Melaphia flotaba por encima de mí, iluminado por la vela que llevaba en la mano. Parecía preocupada.
- ¿Te encuentras bien, capitán?
Me sentía mucho mejor que bien. Mi piel parecía lo suficientemente caliente como para estallar en llamas. Entonces me acordé. Eleanor. Había sido colmado de su sangre, de su vida. El éxtasis, durante tanto tiempo olvidado, de ser aquello para lo que me habían creado, un asesino de humanos, provocó que me levantara del suelo de piedra y, sin esfuerzo alguno, me pusiera de pie.
- Estoy bien – contesté, preguntándome momentáneamente qué aspecto tendría para los demás; como mínimo, el de bien alimentado. Melaphia me miraba con adoración, pero no comentó nada más. Cogí la vela que llevaba en la mano y me aproximé al nuevo ataúd que había preparado. Eleanor yacía en si interior, desnuda, aunque menos pálida. Estaba durmiendo. La serpiente tatuada se onduló ligeramente al tocar las marcas que mis dientes había dejado sobre su corazón. Tras curarse desde el interior, la piel ya se había cerrado, y Melaphia había limpiado la sangre que yo había derramado.
- Jack me ayudó a moverla. Está arriba.
Exploré brevemente la mente de Jack con la mía, y percibí preocupación. No por ella, sino por mí.
- Gracias- le dije a Malaphia-. Por favor, dile que espere. Subiré en un momento.
Melaphia asintió con la cabeza antes de marcharse. Oí el eco de sus pisadas y como se detenía en el pasillo, probablemente para acudir a sus altares. No había nada que los orishas o cualquiera pudiese hacer hasta que Eleanor experimentara y, con suerte, sobreviviera a su noche más oscura. Cerré suavemente el ataúd con llave.
En cuanto a mí, me sentía acalorado y nervioso. No habría sueño para mí, aunque por mi parte el sufrimiento era leve, a no ser que se tenga en cuenta el hecho de presenciar como la persona que… amas soporta ser destruida célula a célula para renacer después. Pero a esas alturas, ya no se podía evitar, ni detener. En ese momento quería limpiarme, borrar la sangre de Eleanor y la evidencia de su intenso atractivo sexual de mi mente. Puede que saliera a las calles, o rondara por los túneles hasta que ella me volviera a llamar.
Con sus gritos.



Jack

William se aproximó a mí e ignoró mi saludo.
- Vamos - ordenó.
Lo seguí fuera de la casa en dirección a la oscuridad, con los ojos dilatados característicos de la criatura nocturna en la que me había convertido. La noche sin luna era casi tan brillante como la luz del sol que podía recordar, aunque algo más umbría en los contornos. Todavía no me había acostumbrado al potenciado poder de mis sentidos. Evidentemente, tenía la agudeza sensorial de los vampiros, desde que William me hubiera creado en medio de un sangriento campo de batalla durante la guerra entre los estados una noche muy parecida a esta, pero fue solo después de beber la sangre extremadamente antigua de la sacerdotisa mambo, llamada Lalee, cuando sentí que tenía superpoderes, incluso para un vampiro.
Habían ocurrido tantas cosas que habían puesto mi mundo patas arriba durante las últimas y escasas semanas que sentía que necesitaba superpoderes para poder absorber todo. La vista de un águila y un sentido del olfato que un perro sabueso envidiaría eran lo de menos. Durante el siglo y medio de mi existencia, nunca había estado tan cerca de ser destruido, y de eso se daría cuenta hasta un niño. Por no mencionar la política mundial de los vampiros en la que estaba a punto de verme envuelto. Aunque resulte difícil de creer, no hace mucho tiempo que de lo único que tenía que preocuparme era de regentar mi taller mecánico que estaba abierto toda la noche y de tratar de no llamar a una chica por el nombre equivocado en el momento equivocado, ya sabéis a qué me refiero, y son embargo ahora mis preocupaciones eran mayores, al igual que mis poderes.
- Gracias por ocuparte de esto – dijo William cuando nos dirigimos a la calle River-. Dado que numerosos detalles requieren ser tratados durante las horas de sol, puedes delegar parte del trabajo en tus amigos del taller según te convenga. Y no olvides que debes preguntarle a Eleanor a menudo. Quiero que su casa se vuelva a construir exactamente como ella quiera. Cueste lo que cueste.
- Claro, sin problemas. Sé que tienes muchas cosas de las que preocuparte.
- Eres un genio de los eufemismos, como siempre.
Quería preguntarle qué otra cosa le preocupaba aparte de lo evidente, no porque no fuera ya suficiente. Durante el mes que aproximadamente había transcurrido desde la fiesta retro de Halloween, una fiesta que había terminado con una verdadera traca final, había estado muy ocupado organizando los diferentes clanes de vampiros norteamericanos, que se encontraban dispersos, para unirlos y consolidar una federación, a fin de poder resistir el ataque de una sanguinaria banda de bebedores de sangre europeos. Era más que probable que Reedrek, quien había estado a punto de asesinarnos y había incendiado la casa y el negocio de Eleanor, por añadidura, hubiera decidido nuestra exterminación.
En cuanto a Eleanor, quien sospecho que era la única mujer a la que William había amado durante los últimos quinientos años, se debatía entre la muerte y la muerte viviente, incluso después de que William y yo hubiéramos recorrido los escasos bloques hasta llegar al lugar en el que encontraba su casa. Encerrada con llave en un ataúd, estaba a punto de entrar en una fase de conversión tan atroz y angustiosa que la mayoría de los humanos no sobrevivían a ella, especialmente en el caso de las mujeres. Si ella lograba sobrevivir, podría pasar junto a William toda la eternidad, o no, si no se convertía; como decimos en el negocio de los vampiros, conseguiría un billete de primera solo de ida a las eternas llamas de infierno.
Sí, podíamos decir que William tenía mucho de lo que preocuparse.
Pero aparte de todo esto, había algo más. Mi habilidad para interpretar a William había mejorado, junto con el resto de mis sentidos, pero él podía aún bloquear mi mente en buena medida, como en ese preciso momento, aunque podía percibir que fuera lo que fuese se trataba de algo serio. William y yo éramos prácticamente igual de testarudos, formábamos un buen equipo de mulas, por lo que no me contaría nada hasta que estuviese completamente preparado.
Llegamos al lugar de la casa incendiada y comprobamos que la compañía de demolición que había contratado había despejado el lugar y que el constructor había vertido el cemento para los cimientos de la nueva construcción. William parecía complacido, algo siempre positivo. Después de nuestros últimos… malentendidos, había recuperado mí puesto como su mano derecha, y William no me molestaba tanto como solía, me trataba prácticamente de igual a igual. Traté de recordar la última vez que me había dado las gracias, pero no pude. Por algo se empieza.
- He pensado que los miembros de la SCAD trabajen en el diseño, al menos para el exterior- dije, mientras tomaba asiento en uno de los bancos que bordeaban la plaza. Los estudiantes de la Escuela Superior de Arte y Diseño de Savannah eran expertos en la restauración de edificios antiguos, o de los desperfectos de los nuevos, y rigurosamente fieles a la arquitectura histórica de Savannah. William había sido un defensor a ultranza de proteger el carácter, como él lo denominaba, de su ciudad.
William se sentó en el otro extremo del banco con una mirada perdida. Entonces continué:
- Y luego he pensado que podíamos invitar a algunos turistas borrachos el día de San Patricio para que pasen a decorar el interior, quizá con manchas de vómito de cerveza verde por todas partes.
- Lo que creas más conveniente- dijo William.
Me quedé mirándolo fijamente hasta que por fin volvió en sí. William era la criatura más fuerte que hubiera conocido nunca, sin tener en cuanta a mi abuelo Reedrek quien, con suerte, estaría retorciéndose en su tumba. Savannah había contado con su propia representación de cabrones, algunos humanos y otros que no lo eran tanto. William era el peor de todos ellos, pero incluso a él le habían afectado los últimos acontecimientos. Tuvo que ser como una patada en los huevos estar preparado para dar un beso de despedida al mundo de los inmortales, para que luego un servidor, Jack McShane, el hijo pródigo a vuestra disposición, le quitara la idea de morir de la cabeza.
- Lo siento- dijo, y se restregó los ojos. Dado que se había atiborrado de la sangre de Eleanor, la piel de William, por lo general tan pálida como el alabastro, al igual que la mía, estaba prácticamente rubicunda. Este debió de ser su aspecto cuando estaba vivo. Podía verlo en mi imaginación, cabalgando a través de los campos ingleses hacía quinientos años.
Él suspiró.
- Es solo que además de todo lo demás, todavía hay muchas cosas que debo contarte.
Yo no dije nada. Durante más de un siglo, William había mantenido tantas cosas en secreto acerca de lo que significaba ser un vampiro que no tenía ni idea de qué preguntar. Como resultado, había estado a punto de deslizarme por la resbaladiza pendiente del resentimiento para estrellarme contra el poder de Reedrek, pero al final resultó que William solo había estado intentando protegerme. Sin embargo, ahora nuestra supervivencia estaba en juego, había decidido que no se podía permitir el lujo de tener a un vástago desinformado.
Finalmente dije:
- Sí, no me habría venido mal una charla de los pájaros y las abejas antes de haber mantenido relaciones sexuales con una vampira. No se trataba de la misma experiencia que con una humana.
La insinuación de una leve sonrisa recorrió la boca de William, pero luego se evaporó.
- Debo admitir que oí por casualidad de la conversación de despedida que mantuviste con Olivia, y Melaphia completó la información acerca de tu breve encuentro amoroso. Una vampira extrae el poder del hombre durante la relación sexual, pero he oído que ocurrió lo contrario, que minaste la fuerza de Olivia notablemente, aumentando así la tuya.
-Sí, se podría decir que sí. Se quedó tan hecha polvo como un paño de cocina cuando pasó, pero no en el buen sentido. Supongo que soy un bicho raro – dije tímidamente-. Quiero decir, en primer lugar soy un bicho raro, ya que soy un vampiro, pero ahora soy un bicho raro dentro de los bichos raros.
William me miró pensativo.
- Yo diría que eres… superdotado.
- ¿Qué? No me considero un superdotado. Jodí mi única oportunidad de crear a otro vampiro. Shari merecía algo mejor que ser arrojada al lado oscuro de la nada por mi culpa.
- Tienes razón, perder a Shari fue una desgracia, pero piénsalo, Jack. Siempre supimos que eras especial. Tus poderes de comunicación con los muertos de los reinos menores no tienen nada que envidiar a los de Melaphia cuando emplea la mejor de sus magias. Además, mira como fuiste capaz de cautivar a una humana en tu primer intento, una habilidad que algunos vampiros, sin sangre vudú, nunca lograrían por mucho que lo intentaran. Añade a eso lo que ocurrió entre tú y Olivia. Es algo inaudito.
- No me digas, ¿y no me siento especial? –dije refunfuñando-. ¿Por qué crees que soy diferente? –pregunté. Incliné la cabeza hacia arriba, y olfateé el aire. La panadería situada más abajo en la calle había empezado a hornear el pan del día siguiente. Algunas veces, echo de menos la comida normal. El aroma a mantequilla y a levadura del pan caliente me habría hecho la boca agua cuando era humano, y sin embargo en ese momento, lo único que podía tentarme era la sangre fresca o la carne cruda.
- ¿Sabes por qué? –Prosiguió William-. ¿Sabes qué te hace diferente a todos los vampiros de la tierra?
- ¿Cómo voy a saberlo? No soy el único con sangre vudú en sus venas. Estás tú y el resto de los vampiros europeos importados a los que les brindaste tu propia sangre.
- Pero tú eres el primero que nació de la sangre, Jack. Fuiste el primero en recibir la sangre vudú como fuerza estimulante inicial.
- Pero ¿qué pasa con Werm? También lo creaste tú.
Lo creé estando débil. Reedrek me había quemado, y me había hecho sangrar, y la esencia de la sangre vudú restante se utilizó para mi curación, por lo que no podía quedar mucha para Werm. Es probable que disponga de algunas habilidades especiales que aún no hayamos descubierto, pero dudo que sean muy significativas. Además, para empezar era un espécimen bastante penoso. Bastante mal material para ser vampiro. Por otro lado, eres descendiente de primera generación de la sangre vudú, al igual que lo soy yo ahora, y él se encuentra en un nivel inferior.
- ¿Y qué explicación tiene?
- Dado que recibiste tu propia dosis de la fuerza vital de Lalee directamente de su origen, y debido a que la sangre de nuestros antepasados se ha agotado, solo quedamos nosotros dos. Como vampiro de primera generación de la sangre mambo, dispongo de ciertas habilidades de las que otros carecen, como mi don con las conchas. Dado que acabas de comenzar a desplegar tus alas, por decirlo de alguna manera, no se puede predecir qué poderes adicionales podrás descubrir por ti mismo. Es probable que tu destreza para extraer la fuerza de una mujer durante el apareamiento y tus habilidades comunicativas sean solo el principio.
Reflexioné acerca de ello un momento.
- La noche de la fiesta, ofrecimos una gota de sangre de Lalee a cada uno de los demás vampiros después de la pelea. ¿Qué pasa con eso?
- Fue suficiente para curar sus heridas, las cuales eran bastante graves, y espero que de alguna manera sientan un mayor vigor que antes, pero no son fuertes como lo eras tú, incluso antes de aquella noche.
Mis pensamientos volvieron a la mujer del ataúd que se encontraba en la casa de William.
- Entonces, ¿qué consecuencias podría tener eso en el caso de Eleanor? Ella no es la primera generación, y sin embargo has recuperado toda tu fuerza, después de haber bebido otra dosis de sangre especial. Así que tendrá que ser al menos tan poderosa como lo era yo antes de beber la mitad de esa ampolla.
William pareció ponerse serio una vez más.
- No sabremos cómo le afectará hasta que se haya completado el proceso. Si sobrevive a la transición, entonces la estimularé con mi poder. De acuerdo a mis conocimientos, a partir de ahora las relaciones sexuales entre ella y yo podrían ser…
- Dinamita. Literalmente –dije terminando la frase por él.
El miró al infinito.
- Sí.
En un breve espacio de tiempo, William estaría escuchando los gritos de la mujer que amaba, mientras ella se retorcía de dolor en su ataúd. Se sentaría allí durante horas en lo que vendría a ser la obscena imitación del marido que, consciente de sus deberes, se sienta junto a la mujer que lucha por dar a luz a su hijo. Con la diferencia de que la fuerza vital de la mujer le estaba siendo arrebatada. A continuación, tendría lugar un violento ritual de apareamiento para cerrar el trato. Su ella lograba la inmortalidad, la primera vampira nacida de la sangre vudú sería soltada entre todos nosotros.
Que los santos tuviesen misericordia de nosotros.
Yo estaba inmerso en mi propia y particular preocupación cuando de repente William cambió de tema.
- ¿Jack? ¿Sabes por qué odio a Reedrek lo suficiente como para quemarme junto a él?
- ¿Porque es un grandísimo hijo de puta, diabólico y apestoso? –me atreví a contestar.
La boca de William se curvó hacia arriba por un lado, casi esbozando una sonrisa. Pero luego, volvió a recuperar su mal humor.
- No, pero eso también. –Mi sire dejó de mirar el infinito para dirigir su mirada hacia mí-. Porque asesinó a mi familia… a mi esposa.
Sus palabras avivaron la imagen que había presenciado cuando los estaba persiguiendo a los dos, a William y Reedrek, la mañana siguiente a la fiesta. Había visto a la familia de William asesinada, un efecto secundario de la sangre vudú, supongo.
- ¿Se llamaba Diana…? –me atreví a preguntar-. La vi en una visión. – Mierda. No era tan frecuente que el viejo Jack McShane no supiera qué decir, pero esta era una de esas ocasiones.
William negó con la cabeza. Sus artificiales ojos verdes me hicieron prisionero.
- Aquella última mañana con Reedrek… Él dijo que ella estaba viva y lo llamé mentiroso. Habría dicho cualquier cosa para cambiar mis intenciones. Aparte de eso, no puedo recordar una sola vez en la que de buen grado me hubiera contado la verdad. En cualquier caso, tenía que saberlo -suspiró-. Me puse en contacto con Olivia y ella me dijo que no, que la mujer en cuestión no era Diana.
- Qué putada – me atreví a decir.
Él volvió a apartar la vista.
- Sí, me temo que lo es. Llevo buscando venganza todos estos años, sin tener otro motivo por el que vivir, pero luego, por instante, tuve la remota esperanza de poder encontrarla de nuevo.
- Pero ahora tienes a Eleanor.
- Bueno, sí, y eso habría supuesto un dilema.
No podía imaginar que el hecho de tener una vampira caliente a su entera disposición hasta el final de los tiempos pudiese suponer un problema, sobre todo, teniendo en cuenta que Eleanor estaba completamente colada por si inquietante e insólita alteza.
- Tengo que decir que yo no veo problema alguno. Bueno, a Diana la quisiste, pero pensé que… te importaba Eleanor.
- Me importa y no dejará de hacerlo, pero, en caso de que Diana continuara con vida, ya habría salido a buscarla.
- Claro, te entiendo.- Me acordé de Connie y sabía que era diferente a todas las mujeres que había conocido-. Eleanor no es Diana.



William

Las salas de chat de élitesangrienta.com estaban a rebosar. Bien, yo deseaba entregarme de lleno al negocio, y trasladar mi preocupación por Eleanor a un segundo plano, hasta que me llamara. Jack y yo habíamos recorrido las calles hasta después de la medianoche. De habernos quedado más tarde, habríamos llamado mucho la atención de los escasos humanos que se encontraban fuera a esas horas un lunes por la noche. Además no me apetecía tener que ir por los túneles, con su olor a muerte y su silencio sepulcral, así que volví a mi despacho, a mi ordenador y a los correos de la bandeja de entrada. Una vez conectado a la red, comencé a buscar una aguja en un pajar.
De Tobias bajo su seudónimo de las carreras, el Caballero Oscuro: “Hemos llegado a un consenso sobre la Costa Oeste, tanto en el norte y como en el sur. Te veré en la luna nueva. Los planes son llevar a cabo una pequeña carrera. Llevaré a un amigo. Tómatelo con calma”.
Sí, ya, con calma, pensé antes de pulsar la tecla Volver. A Jack le complacería conocer las noticias. Escribí: “Mis familiares y yo lo estamos deseando”.
De Gerard, bajo el seudónimo de G. Mendel: “Tengo representantes de la zona central y de Montreal. Se han logrado interesantes progresos con los análisis de sangre. Tendré la mayoría de los resultados antes de llegar”.
Tras haber sido testigo de la conversación de Jack la noche de la fiesta y prácticamente de su exterminación durante la refriega, Gerard, hombre de ciencia, como siempre, había tomado una muestra de la sangre de Jack para explorar la mutación y sus posibilidades. Aunque no tuviera ni idea de cómo había ido, aparte de lo evidente, Lalee y su sangre vudú habían salvado nuestro inmortal pellejo.
Si Eleanor sobrevivía a la dura experiencia de esta noche, le enviaría también a Gerard muestras de su sangre y cabello.
Tenía aún que recibir información de alguien del nordeste o de Texas, pero acudirían cumpliendo mi petición. Eran conscientes de las consecuencias que tendría ignorar un reto de los sires antiguos, en caso de que se presentara. La mayoría soportaba aún las cicatrices de una servidumbre poco habitual hacia sus creadores. La lista de los horrores que tuvieron que aguantar era larga, un pasado plagado de sangre y de dolor. Habían ayudado a formar a los Raptores, un grupo de intervención secreto creado para secuestrar a los vástagos torturados, que lucharía contra cualquier intento de liberación con uñas y dientes, o mejor dicho, con garras y colmillos, y una vez que la prole se emancipara, no volvería a la esclavitud de sus viejos creadores.
Era preferible arder en el infierno.
Pero teníamos que organizarnos a toda prisa. Reedrek estaba enterrado bajo tierra, incapaz de comunicarse con sus aliados, pero a pesar del océano que los separaba, lo buscarían. Puede incluso que ya tuvieran los ojos puestos en Savannah. Si venían a por él y, casualmente, a por mí, el resto de familiar del Nuevo Mundo debían estar preparadas. Ya había encargado a Jack y a Werm que organizaran un puesto de vigilancia en el muelle, y mis empleados humanos aceptarían de buen grado una paga por salvaguardarnos a nosotros y a la ciudad, sin saberlo.
Me trasladé a la misiva de Olivia: “Los Bienaventurados te mandan saludos. Soy la envidia de todos desde que te conocí en persona. Somos solo un puñado los que estamos a un paso, pero ya se ha corrido la voz. Espero contar con un grupo respetable para el día de la Candelaria. Somos mujeres, escuchan nuestros rugidos”.
Olivia rugiendo, eso era fácil de imaginar.
“O mejor que no, no todavía. Nuestras bocas están cerradas, pero tenemos los ojos y los oídos bien abiertos. Dile a Jackie que por ahora mantengo el secreto, y que me lo debe.”
Sí, Olivia no era muy dada a admitir que había sido superada de ninguna forma por un advenedizo del Nuevo Mundo, especialmente en lo relativo al sexo.
“Es probable que esté ilocalizable durante algunas semanas, me marcho de viaje al este para promover la causa, ya sabes. Reconforta saber que estás allí, en el lugar que todos necesitamos que estés. Nos vemos.”
Ese era el problema de ser un renegado. Otros habían llegado a depender de mi talento para la rebelión. Después de desarrollar mi afición de colar a descendientes perseguidos en el Nuevo Mundo, de alguna forma me había convertido en el líder oficial de una segunda guerra revolucionaria. Dicho conflicto, cuando llegara, podría tener como resultado un desastre mucho mayor para el oeste. No son un blanco tan fácil como los casacas rojas. La desaparición de las tribus americanas nativas parecía algo insignificante comparado con lo que ocurriría sin un clan de sires antiguos descendiera a este continente.
Los humanos que me rodeaban no tenían ni idea de su vulnerabilidad. Lo único que separaba el Nuevo Mundo de las devastadoras hordas del antiguo era una coalición de antiguos esclavos no muertos. Teníamos que ser más rápidos y audaces para hacer retroceder a la oleada y sobrevivir a la sangría.
Cuando abrí un mensaje de Iban, sentí, más que oí, el primer grito de Eleanor, pero otro tipo de oscuro asunto requería atención.
“Gracias por tu hospitalidad, estoy desenado veros a tu y a tu hermosa ciudad una vez más. Te presentaré a mi ayudante, S. Estamos discutiendo el proyecto de la siguiente película. Creo que te interesará el tema.”
“Mi casa es tu casa”, escribí. Y era cierto. Iban se había ganado mi respeto y gratitud desde el primer día que nos conocimos. Le había confiado mi vida, tal y como era. Iban contaba con una amplia experiencia con los antiguos sires. ¿No había la Santa Inquisición española más de trescientos años? A su llegada al Nuevo Mundo, apenas era una colección de huesos vivientes, y necesitó décadas de cuidados para recuperarse…
La creciente agonía de Eleanor plagaba mis pensamientos. Había comenzado. Pulse el botón Enviar y cerré el ordenador.
Ya voy, Eleanor…

Eleanor estaba aporreando la tapa del ataúd como una salvaje. Entre maldiciones guturales y gritos de terror, pronunciaba mi nombre frenéticamente, como si se la estuviera comiendo viva, desde dentro hacia afuera.
Y me sentí impotente.
Lo único que podía hacer era sentarme a esperar. Contestar a su llamada no serviría de nada. Ella se retorcía en algún otro oscuro lugar en el que ni mi voz, ni mi poder, ni mi cautivadora mente podían penetrar. No había descanso no consuelo hasta que acabara todo.
¿Habría cometido un error terrible? Había alargado mi mano y desterrado el alma mortal de Eleanor. ¿Acaso su permiso lo convertía en algo menos atroz?
Empujé con fuerza mis manos a través del cabello y me tapé los oídos. Los gritos me evocaron un antiguo recuerdo, reproduciendo el pasado como si un disco rallado se tratara… Diana, Diana, Diana. Me puse en pie y comencé a caminar, haciendo todo lo posible por alejar el pasado de mi mente. Tenía que haber algo que pudiera hacer por ayudar a Eleanor, a fin de mitigar su terror de alguna forma.
Entonces oí el sonido del mar, la tranquilizadora llamada de las conchas. Ya fuera por el sufrimiento que sentía o por la nueva dosis de la antigua sangre de Lalee que había tomado, en lugar de tener que buscarlas, vinieron a mí voluntariamente. En cuanto mi mente lo requirió, apareció la caja de hueso, flotando ante mí, a mi entera disposición. Sabía que podían transportar mi mente despierta por el tiempo y por el espacio como si de un sueño se tratara, pero ¿podrían hacer algo cuando llegara allí? Solo había una forma de averiguarlo.
De uno de los altares de Melaphia, cogí el largo mechón de pelo trenzado que le había cortado a Eleanor y me lo até alrededor de la muñeca. Luego atrapé la caja en el aire y arrojé las conchas.
Eleanor… Después de cerrar los ojos, toqué los suaves cabellos de la que aún era mortal, y esperé a verla.
Fui transportado a una oscuridad inusual. Como criatura nocturna, la oscuridad era mi elemento, por lo que podía distinguir las formas en las cuevas más profundas de la tierra o en el fondo del mar, pero esta oscuridad no era terrenal. Era una penumbra sofocante y extraña, la ausencia total de luz, e incluso de su recuerdo.
Entonces comenzaron los ruidos. El sonido de escamas deslizándose sobre las rocas, las lentas y resbaladizas pisadas de las afligidas criaturas que por allí deambulaban. Con un leve y penoso quejido, algo frío y tembloroso pasó junto a mí. Más tarde, de la distancia se oyó un gruñido gutural, seguido de un chillido.
¿Se trataba de una dimensión intermedia o me habían envido al lado oscuro del infierno?
El cuerpo de Eleanor estaba gritando en el interior del ataúd, pero si su suspendido espíritu había sido desterrado a este oscuro lugar, ¿cómo podría encontrarla sin poder ver?
- ¿Eleanor? –dije en voz alta por si pudiera oírme, en caso de que se encontrara cerca.
El sonido retumbó, desencadenando una algarabía de reacciones. Los seres que habitaban este maldito lugar me rodearon formando un círculo, hablando, suplicando y amenazando simultáneamente. El barullo era más que inquietante.
Incluso un vampiro sabe cuándo debe retroceder. Pero, desde algún lugar en medio del caos, oí el desesperado susurro de la respuesta de Eleanor.
- William, estoy aquí. No me abandones…
Era la primera vez, en mi excesivamente prolongada vida, que necesita luz.
- Retroceded –ordené a los que se habían apiñado a mi alrededor, y adopté una postura asesina, rogando a las conchas el poder que pudieran proporcionarme.
Que se haga la luz.
Sentí cómo el espíritu de Lalee me recorría desde la cabeza a los pies, como el aceite recorre la mecha de un farol. Cuando mi esencia creció, una brillante estela de luz iluminó la zona. Pasaron varios segundos hasta darme cuenta de que la luminosidad emanaba de mi piel, aunque necesité solo la mitad para arrepentirme de haber solicitado visibilidad. Es preferible que algunas cosas se mantengan en la oscuridad.
Aquí hay dragones.
Se han escrito poemas sobre el cielo aterciopelado, pero este lugar tenía una oscuridad impenetrable y absoluta y carecía de estrellas. Ninguna luz podría penetrar el negro total que se encontraba por encima de los que vagaban debajo.
Allí hasta donde el poder que había tomado prestado pudo penetrar la penumbra, divisé seres moviéndose, buscando, retorciéndose en su habitáculo frío y húmedo como estúpidos gusanos. Los penetrantes alaridos me hicieron rechinar los dientes. Gerard, siempre hombre de ciencia, habría hecho su agosto con esta alocada evolución sobrenatural… desde amorfas babosas que dejaba su rastro de babas, hasta humanos con aspecto de zombis de mirada salvaje y terrorífica. Un bosque primario de dientes que chorreaban sangre, lenguas colgantes, y ojos negros y horrorizados. Se trataba de un grupo de demonios que harían pararse a reflexionar a cualquiera, pero tenía cosas en las que pensar aparte de la ciencia.
En la distancia, Eleanor, o su esencia, me llamó, aunque había diez mil almas atrapadas entre nosotros. Los demonios más próximos se habían echado hacía atrás, debido a la extraña luz. Más tarde, con un gemido, uno de los de mayor tamaño dio un salto en mi dirección, como un descomunal perro rabioso, mostrando sus amarillentos caninos. Me preparé para el ataque, pero, al igual que ocurriera con Reedrek en el Alabaster, el rugiente atacante atravesó mi apariencia incorpórea, dejando detrás su esencia, un intenso olor a carne muerta. Aquellos contra los que, sin querer, se había estrellado estrepitosamente al atravesarme corriendo, comenzaron a gruñirle por su error y procedieron a mordisquear y desgarrar su cuerpo, hasta que todo lo que quedó de él fueron sangre, inmundicia… y dientes. Bon appetit!
Entonces reinó el silencio, no sabría decir si debido a la impresión o a la furia, pero no me importaba. Por el momento, me había convertido en el Señor de la Luz, y no en oscuridad, y quería hacer uso de mi ventajosa situación. Me aproximé a los demonios y ellos retrocedieron ante mí, tapándose los ojos, como si fueran peregrinos que hubieran descubierto un flamante ángel en medio del desierto.
¡Aleluya!
Cuando me aproximé a Eleanor, con la silenciosa presión de los demonios detrás de mí, mi apestoso y descomunal atacante se había reconstruido casi completamente mediante el poder que reinaba en este horrible lugar, y se abrió camino a empujones entre los demás para tener una mejor panorámica, dado que ya solo le quedaba un ojo. Los errores se pagan.
- ¡William!- Eleanor intentó caer en mis brazos sin éxito. La oleada de sensaciones provocadas por nuestra unión espiritual fue una experiencia nueva y en su mayor parte placentera. Desprendía un aroma que alternaba entre magnolia y terror. Intenté consolarla, pero, sin tocarla, resultaba difícil. Nuestra conexión estaba basada en lo físico, en el sexo, pero nunca habíamos dedicado tiempo a hablar de filosofía.
- No permitiré que te hagan daño.- Avancé hacia ella hasta que estuvo dentro del circulo de la luz, y hasta que las formas de nuestros espíritus se solaparon ligeramente. Ella cruzó los brazos para rodear su cuerpo, quizá para imaginar mi poco humano consuelo.
- ¿Qué hago aquí? Esto no es como me lo habías contado.- Su creciente terror hacia que su voz temblara-. ¿Estoy muerta?
Deseaba saber si había sido enviada al infierno sumariamente. Son mentir, no podría aliviar su espíritu, dado que siempre existía la posibilidad de que la perdiéramos.
Levante una mano y le pasé mis luminosos dedos por la mejilla. Ella cerró los ojos y suspiró como si pudiera sentirlos.
- Ayúdame.
- Me quedaré contigo hasta el final, no te abandonaré.- Y con esa facilidad, le había hecho otra promesa. Una promesa que podía significar el fin o un amargo comienzo. Si Eleanor no sobrevivía a la conversión, ambos quedaríamos atrapados en la oscuridad.
Un zumbido y un silbido atravesaron la muchedumbre que se arremolinaba a nuestro alrededor. Hubo un movimiento, un cambio entre la multitud de uno de los costados.
- William…
Al volver a oír mi nombre, bajé la mirada hacia Eleanor, pero ella tenía la mirada puesta en la muchedumbre, en el alboroto en la distancia. Un pequeño resplandor parecía avanzar en nuestra dirección; era una luz de un color blanco rosáceo. Entre tantos gemidos y gruñidos, la multitud se abrió y apareció otro ángel frente a nosotros. No, no era un ángel.
Era Shari. El primer intento de Jack de convertir a una mujer en vampira.
Tenía un aspecto muy distinto al de la última vez que la había visto. Su cabello rubio miel se había transformado en un blanco platino y sus ojos de color ámbar en un gris tenue. Estaba mortecina, como un espectro. La ropa de su enterramiento tenía la manga rajada y el dobladillo hecho trizas; sus pies desnudos estaban cubiertos de sangre.
- William –dijo una vez más, como si no creyera lo que estaba viendo-. ¿Has venido a salvarme? -Y tomó aliento, aterrorizada.
Me sentí incapaz de contestarle otra cosa.
- Haré todo lo que pueda.
Entonces dejó de mirarme para dirigir su mirada a Eleanor. Avanzó y le ofreció la mano, como si acabara de llegar a una fiesta y estuviera presentándose.
- Soy Shari –dijo.
Sin dejar de mirarme, Eleanor hizo un gran esfuerzo por aceptar la incorpórea mano de Shari.
- Yo soy Eleanor.
Entonces ambas me miraron, como para saber qué tenían que hacer a continuación. ¿Dónde estaba Jack cuando tanto lo necesitaba?
- ¿Estás bien? –pregunté, por ridículo que parezca.
Shari pareció encogerse en el interior de su pálido brillo y, a continuación, con nerviosismo recorrió con la vista el círculo de espantosos espectadores.
- No me molestan demasiado, ahora que tengo protección. La señorita… Melaphia me dijo lo que tenía que hacer si intentaban asustarme.
- ¿Y de qué se trata?
Obedientemente, Shari inclinó la cabeza y comenzó a entonar un suave cántico.



Jack

Tenía que ir a la oficina de William, que estaba situada en el almacén del muelle, para ayudar a su capataz, Tarney Graham, a elaborar una lista de los hombres que vigilarían el puerto y las orillas del río para comprobar si tenía lugar algún incidente sospechoso, como un envío de ataúdes o de tierra, lo que podría indicar una invasión de vampiros.
Cuando abandoné el edificio, sentí una presencia en la penumbra; alguien me estaba vigilando, pero actué como si no hubiera oído nada y continué caminando una corta distancia por el paseo marítimo. Había alguien siguiéndome, y aceleró el paso, pensando que el ruido de los tacones de mis botas de vaquero disimularían el de sus propias pisadas. Me di la vuelta y golpeé a mi acosador en el pecho, haciendo que cayera al suelo.
- Creo que te dije que no me intentaras nunca espiarme –dije, extendiendo y mostrando mis colmillos.
Lamar Nathan von Werm, o nuestro viejo Werm, como lo llamábamos William y yo, se levantó y se limpió el polvo.
- Solo estaba practicando mis habilidades de espionaje… como vampiro, eso es todo.
Hacía poco tiempo, Werm era un aspirante a vampiro. Era único dentro del grupo gótico con el que se relacionaba, en el sentido de que había sido lo suficientemente listo como para averiguar que los vampiros existían de verdad. En realidad, Werm había estado investigando acerca de los vampiros y supo al instante que yo era uno, al presenciar la ausencia de mi reflejo en un escaparate del centro de la ciudad. Me había estado siguiendo hasta que un día lo pillé con las manos en la masa. Después de aquello, me suplicó que lo convirtiera en vampiro, algo que, por supuesto, me negué a llevar a cabo.
Fue solo por pura casualidad, si lo queréis llamar así, que resultó estar en el lugar equivocado en el momento idóneo, y por fin logró su deseo. Reedrek había obligado a William a convertir a Werm en un bebedor de sangre, pero Werm aún no había superado del todo sus nociones románticas acerca del vampirismo, la fraternidad de la sangre, como le gustaba llamarlo. Tenía mucho que aprender y, desafortunadamente, William me había asignado la labor de formarlo. Alguien tenía que hacerlo. Cualquiera que voluntariamente eligiera esta existencia era demasiado tonto como para saber resguardarse del sol.
- ¿Las habilidades de espionaje de un vampiro? –dije entre dientes-. Escucha, jovencito, los vampiros no tienen que husmear a hurtadillas.
- ¿De qué otra forma sorprendes a tus víctimas para que no salgan corriendo antes de tener la oportunidad de morderles el cuello y chuparles la sangre? –Y encogió sus esqueléticos hombros. Ya era pálido, incluso antes de su conversión, pero en ese momento, con su pelo rubio y su vestuario punk, parecía una versión en miniatura de Johnny Winter sin guitarra.
Me quedé mirándolo asqueado.
- Si te cojo alguna vez acechando a un ser humano inocente, te estrujaré hasta escurrirte y dejaré tu reseco pellejo al sol para que se evapore. ¿Me has entendido? ¿De dónde has estado consiguiendo sangre?
- De la carnicería, como tú me enseñaste –dijo Werm entre gemidos-. Pero independientemente de la cantidad de sangre de cerdo que beba, es como si siempre… continuara con hambre.
- Ya te acostumbrarás. Pero recuerda, el hecho de no asesinar a ningún humano sin motivo es lo que nos hace diferentes a los antiguos señores, los diabólicos.
Él comenzó a temblar.
- Como Reedrek. Ya lo sé. Pero ¿puedo morder a un malhechor, a un criminal verdaderamente despreciable?
Werm sabía que William y yo impartíamos justicia ciudadana de vez en cuando. Siempre que había un humano maléfico que mataba o violaba a todo aquel que se le pusiera por delante en Savannah, no podíamos soportar que siguiera con vida. Mi sire y yo no teníamos que preocuparnos de las sutilezas del proceso legal, ya que no había posibilidad de errores de identidad, pues, literalmente, olfateábamos la maldad. Éramos juez, jurado y verdugo.
- Todavía no estás preparado para estar seguro de detectar al tipo malo y es probable que, por error, hagas daño a alguien de buen corazón. Deja la justicia en mis manos y en las de William. –Entonces me estremecí, al darme cuenta de que cada día me parecía más a William, al privar a Werm de cierta información.
- Entonces, ¿para qué estoy preparado? –preguntó Werm en tono de protesta-. Soy un vampiro, por el amor de Dios, quiero hacer algo… propio de un vampiro. –Werm extendió los brazos cubiertos de cuero y los dejó caer a los lados-. William prometió enseñarte algo más de lo que significa ser un vampiro. ¿Has aprendido algo importante?
Werm puso mala cara cuando le expliqué que, en realidad, entre unas cosas y otras, William no había tenido oportunidad de comenzar a enseñarme, al estar ocupado en la conversión de Eleanor y en el desarrollo de la política de los vampiros.
- Pero he aprendido algo que es bastante interesante –dije.
- ¿Qué? –preguntó Werm ansioso.
- Cualesquiera que sean los poderes tradicionales que solíamos tener los vampiros, los conservamos todos al cien por cien, junto a muchos más. –Y le transmití la teoría de William acerca de cómo la sangre vudú nos había convertido a mí, a él, a William y a Eleanor en especiales. Me salté la parte acerca de que era probable que Werm no tuviera tantas habilidades como los demás porque era un espécimen demasiado débil. No hay nada más lamentable que un vampiro con baja autoestima.
- Así que solo es cuestión de que averigües cuál es tu habilidad especial- continué diciendo.
- Genial. A lo mejor tengo visión de rayos X. –A Werm se le iluminó la cara solo de pensarlo.
No me hizo falta una visión de rayos X para ver cómo giraban los engranajes de su poco privilegiada mente. Estaría en los bares de playa de la isla de Tybee la noche del día siguiente, en cuanto que el sol se metiera, con la esperanza de ver a través de las camisetas mojadas; camisetas de chicas, espero. Al menos eso lo mantendría ocupado y dejaría de molestarme.
- Claro, es probable –le dije.
- Oye, ¿no has pensado en preguntarle a William si los vampiros podemos volar, como en las novelas de Anne Rice?
Puse los ojos en blanco.
- No te preocupes demasiado por esos vampiros de ficción. Te guste o no, solo son cuentos de hadas.
- Sin embargo, algunas de las cosas que aparecen en sus libros y en algunas películas son reales –replicó Werm.
Y tenía razón. Bram Stoker había captado el hecho de que un vampiro tenía que viajar con la tierra de su lugar de origen, y la verdad es que prácticamente ningún vampiro literario proyecta ningún reflejo. Creo que algunos de los que han escrito acerca de los vampiros a lo largo de los años han contado con fuentes fidedignas, poco humanas, en las que poder inspirarse.
- Entonces, ¿por qué no trepas al tejado del varadero y compruebas si puedes ascender? –sugerí. Nuestro paseo nos había llevado a la altura de la lancha de William-. Si no alzas el vuelo, aterrizarás en el agua y no te harás ningún daño.
- ¿Y estropear esto? –Werm se restregó las manos por la parte delantera de su chaqueta de cuero.
- Oye, no lo sabrás hasta que lo intentes.
- Supongo que tienes razón –dijo, mirando al tejado.
Me dio su chaqueta y dejó que lo ayudara a subirse al borde más bajo del tejado. Entonces, con suma cautela, comenzó a ascender por un lado lo mejor que podía con esas botas de mariquita que llevaba, se dirigió al lado que daba directamente al agua y comenzó a tambalearse en el filo.
- ¡Venga, salta! –grité-. ¡Concéntrate! –Juro que el pobre diablo agitaba los brazos como una gallina cuando saltó. Pero no le sirvió de nada. Fue a caer al río con un grito de sorpresa, y me aproximé a él para ayudarle a salir del agua-. Parece que estás pegado a la tierra, amigo mío –comenté. Mi joven protegido tenía el aspecto de una rata de muelle ahogada.
- Ahora de toca a ti –dijo con indignación.
- Si, claro, vas listo.
- Oye, por lo menos he tenido agallas para intentarlo. – Werm, chorreando aún del agua del río, comenzó a agitar los codos y a cloquear.
Tuve que reírme.
- De acuerdo, tú ganas. Lo intentaré.
Me quité las botas y subí al tejado, sintiéndome como un perfecto imbécil, después de haberme dirigido al borde más cercano al agua. Tenía la esperanza de que William no llegara y me viera, porque nunca me dejaría que lo olvidara. Pero ¿y si podía volar? Una vez William se enfadó tanto conmigo por una simple chaqueta que me agarró del cuello y ambos levitamos separados del suelo. Si él podía hacer algo así…
Permanecí de pie en el borde, mirando hacia la boca del río y respirando intensamente. Podía oler la vida que me rodeaba. Las criaturas que había en él, la exuberante vegetación de las marismas, el agua en sí. Pensé en el lugar que ocupaba en el mundo y en mi excesivamente larga existencia como no muerto entre los vivos. Era un ser poco habitual, pero de alguna manera este era mi sitio, esta antigua ciudad portuaria, al igual que todos los demás. Cerré los ojos, di un paso hacia el aire y esperé a caer al agua.
Pero eso no ocurrió.
Al abrir los ojos, me encontraba suspendido en el aire a un metro de distancia del agua.
- ¡Joder!, pero ¿te estás viendo? –gritó Werm.
Giré la cabeza para mirarlo, mandando a la mierda toda mi concentración, y luego aterricé en el río de pie, con un chapuzón. Nadé por entre los botes amarrados y Werm me tendió una mano para ayudarme a subir al paseo marítimo. Luego comenzó a reírse y bailó un poco.
- ¿Cómo ha sido? –preguntó, completamente asombrado.
- No sé, solo ha durado unos segundos. –Me sacudí como un cocker spaniel y me senté para volverme a calzar las botas-. Ha sido extraño, parecía irreal. –Me sentía algo aturdido. Quiero decir, ¿cómo se supone que debes sentirte cuando descubres por primera vez que puedes desafiar las leyes de la gravedad? ¿Había sido siempre capaz de hacer algo así? Cualquiera no va por ahí saltando para ver si puede volar. Si no hubiera sido por las aclaraciones de William acerca de lo que el poder de la sangre vudú podía suponer para nosotros, nunca lo habría imaginado, ni tan siquiera intentado.
- Tienes que practicar –dijo Werm con convencimiento.
- ¿Practicar?
- Ya sabes, aprender a controlarlo y a utilizarlo.
Incliné la cabeza a un lado para que salieran de mi oreja los últimos restos de agua.
- Supongo que podría venir muy bien en una pelea –dije-, o para llegar a algún lugar con verdadera rapidez, si consigo mejorar. Pero tengo que ser cuidadoso a la hora de elegir dónde y cómo usarlo. Quiero decir, no puedo permitir que los humanos me vean volando en el aire como si tal cosa, como si fuera la puñetera Monja Voladora.
- ¿Quién? –preguntó Werm.
- No importa –dije haciendo un gesto con la mano-. No es de tu época.
Werm reflexionó unos segundos sobre eso.
- Supongo que tienes razón. ¿Qué otra cosa te ha enseñado William acerca de nosotros y de lo que podernos hacer?
Me puse de pie y comencé a caminar en dirección al lugar en el que había aparcado mi Corvette. Me resultaba algo embarazoso pensar que William continuaba manteniéndome desinformado de todo, excepto del mínimo necesario para sobrevivir, así que decidí ser directo y sincero con Werm desde el principio y contarle todo lo que sabía. El único problema era que aún no sabía demasiado.
Traté de pensar en algo que pudiera decirle a Werm, a fin de evitarle problemas, porque tenía el mal presentimiento de que lograrlo no iba a ser tarea fácil. Por lo menos, podría contarle algo interesante. Reflexioné durante algunos segundos y me decidí por un asunto muy importante. Un tema para el que a mí mismo me habrían venido de perlas algunos consejos de William.
- Puedo contarte lo que he descubierto por mí mismo no hace mucho –le dije a Werm-. Algo realmente importante.
- ¿De qué se trata? – preguntó con ansiedad.
Coloqué un brazo por encima de su escuálido hombro, mientras caminábamos tranquilamente por el puente, y le dije:
- Muchacho, déjame que te cuente algo acerca de los pájaros, las abejas y los vampiros.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Dic 22, 2010 3:49 pm

ya tenemos tema
wow no pensaba que se abriera tan pronto

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Dic 25, 2010 2:32 am

hey ya abrieron el tema!!! feliz dia de navidad a todas!!!

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Ene 02, 2011 10:22 pm

ESPERO HAYAN RECIBIDO UN FELIZ AÑO!!!

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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 03, 2011 11:47 am

Capítulo 2
(Primera parte)



Transcrito por: Angeles Rangel


Jack

Cuando terminé de contarne a Werm los entresijos, si me permitís la expresión, del sexo vampírico, nos encontrábamos en el coche en dirección a la casa de Werm. Básicamente, Werm casi había decidido no volver a mantener relaciones sexuales nunca más, aunque eso de nunca más, en mi opinión, era discutible, pero le concedí el beneficio de la duda. Dado que yo solo había conocido a una vampira en mi trayectoria de ciento cincuenta años como bebedor de sangre, El Werminator tenía bastantes posibilidades de permanecer como un vampiro virgen para siempre.
Sencillamente, algunos chicos no pueden tener buena suerte.
Werm se había encargado de las labores domésticas de la bodega de vino de sus padres, después de que su padre la cerrara y la precintara, una vez que su madre ingresó en un centro de rehabilitación. Las damas de la alta sociedad que almorzaban en Savannah raramente lo hacían sin beberse media docena de mimosas de champán, o lo que bebieran ese tipo de mujeres, y parecía que la matrona Von Werm estaba a menudo ebria cuando su maridito llegaba a casa por las noches.
En cualquier caso, Werm había trasladado allí su ataúd y se sentía a salvo y seguro en el lugar más recóndito del hogar familiar. Él les había dicho que estaba compartiendo piso con un amigo en una zona tan peligrosa de la ciudad que sabía que su familia nunca sería pillada allí ni muerta, por lo que no tuvo que preocuparse de que sus padres aparecieran y destaparan la mentira. Pero en cualquier momento, Werm podía haber sido sorprendido no muerto delante de sus narices o, para ser más exactos, debajo de su cocina.
Si en algún momento decidieran volver a la bodega, se encontrarían con dos sorpresas desagradables: con su hijo, blanco como una sábana en un ataúd de ébano, y con la desaparición de sus más preciadas botellas de vino, ya que Werm estaba intentando venderlas en Ebay para conseguir algo de dinero. Werm comentaba que no sabía cuál de las dos sorpresas les dolería más a sus padres.
Después de dejarlo en la bodega para que hiciera quién sabe qué allí solo, me dirigí a la casa de William para comprobar qué tal iba el proceso de conversión en vampiro de Eleanor. No es que mi ayuda sirviera de mucho, ya que mi único intento de convertir a una mujer en vampiro fue un completo desastre. Si William perdía a Eleanor, se sentiría desolado y no habría nada que pudiera hacer para ayudarlo.
Mientras atravesaba la plaza de Orleans, se hizo una oscuridad total, parecía que me hubíera quedado ciego, algo poco recomendable al volante. Pisé los frenos con fuerza en medio de la calle. ¿Qué demonios pasaba? Un escaofrío me envolvió y el miedo me pinzó en la espina dorsal a la altura de la nuca. Cuando un vampiro tiene miedo, no es moco de pavo. Quiero decir, somos nosotros lo que tenemos los dientes más grandes y afilados, y somos nosotros los que ponemos la piel de gallina. Así que, siempre que algo me asusta, me llama mucho la atención. Me quedé inmóvil, intentando pensar qué podía hacer, pero, de repente, tal y como había llegado, la oscuridad desapareció, seguida de una sacudida de maldad que casi alcancé a saborear. Entonces, por algún estúpido motivo, me acordé de Shari, mi fracaso al tratar de crear una vampira. Volví a poner el coche en marcha y aceleré en dirección de la mansión de William
Entré en la cocina y saludé a Melaphia, el ama de llaves de William y, a todos los efectos, su hija adoptiva. Ella es la quinta generación de la sacerdotisa vudú, Lalee. Por lo general, nunca empieza sus tareas hasta haber visto que su hija, Renee, se ha ido a la escuela, pero de acuerdo con lo que William me había dicho en casa de Eleanor, ese día Mel había llegado pronto, o se había quedado hasta tarde, dependiendo de cómo se mire, por si William la necesitaba. Lo que no me habian dicho, supe más tarde, era que Melaphia quería estar allí para ayudar a William porque, si Eleanor moría, él necesitaría la enorme tranquilidad de Melaphia y un hombro en el que poder llorar. Por no mencionar sus pócimas y cánticos vudúes con los que ayudaría al alma pérdida de Eleanor, de la misma forma que había hecho con Shari.
―¿Cómo va todo abajo? ―pregunté con aprensión. Mel estaba sentada en la mesa de la cocina navegando por la red del ordenador portátil.
―Hasta ahora bien ―dijo―. Lo único que nos queda es esperar.
Yo suspiré y Mel levantó la vista de la pantalla.
―¿Qué te pasa? Estás más pálido de lo normal.
―Mientras me dirigía hacia aquí, he tenido una sensación extraña. ¿Estás segura que todo va bien?
Se quedó callada un instante, antes de cerrar el ordenador con un ruido seco.
―Vamos abajo y lo comprobaremos.
El pasillo que conducía a la guarida subterránea de William estaba bordeado de pequeños altares empotrados que parpadeaban con velas de colores. Cada color y cada vela tenía su propio siginificado en la antigua religión de Melaphia, una religión que, aunque no entendiera merecía todos mis respetos. Un mechón de pelo rubio, del cabello de Shari, estaba guardado en el interior de uno de los altares, lo que me recordó que había cosas más viejas y mezquinas que yo por el amplio y ancho mundo, así como que algunos errores duran para siempre. Eso me puso realmente la piel de gallina, pero no tanto como lo que vería a continuación.
Cuando Mel y yo llegamos a la cámara, William estaba tumbado en el suelo, enfrente del ataúd de Eleanor, los ojos hacia arriba, con la mirada perdida. Mel se puso de rodillas a un lado de William y yo me dirigí hacia el otro, entonces ella le dio una fuerte bofetada en la mejilla.
―¡William! ¡Vuelve! ―ordenó―. Algo ha ido mal.

William

Cuando terminó su cántico, la mirada de Shari adquiró un salvaje brillo y la luz alrededor comenzo a parpadear.
―¡No miréis! ―murmuró.
Me alejé, llevándome a Eleanor conmigo. El murmullo que reinaba se intensificó hasta convertirse en un sordo bramido de protesta, como si las bestias que nos rodeaban supieran lo que iba a ocurrir. De repente, un estallido como de cristales rotos retumbó en todo el lugar y, a continuación, un brillante destello de luz, más intensa que la que yo emanaba, tornó la oscuridad en una claridad cegadora. La luz rebotó de pared a pared provocando pequeños desprendimientos que se precipitaron sobre todos los que se encontraban debajo, y aquellos que tuvieron la desgracia de encontrarse más cerca de Shari fueron lanzados hacia atrás abrasados, para yacer formando quejumbrosos grupos sobre el frío y duro suelo. El resto, frotándose los ojos, huyó a toda prisa a la seguridad de la oscuridad que volvía.
Cuando volví la vista atrás, Shari había caído de rodillas. El poder del que había hecho uso se había reducido por el momento.
―Eso los mantendrá alejados por un tiempo ―dijo, en respuesta a la pregunta que yo no había pronunciado―. Pero siempre vuelven… Ahora… ―bostezó ―necesito descansar. ―Cayó al suelo y cerró los ojos; Eleanor se sentó junto a ella.
―La recuerdo ―dijo Eleanor―. Ella era una de tus cisnes. ¿Trataste de convertirla en vampiro? ―preguntó.
―No fui yo, sino Jack. Reedrek la asesinó y pensamos en salvarla, pero hubo un problema… ―No pude continuar contándole el resto, lo de la desafortunada mutación de Jack, no era el momento idóneo. Dejemos que mi brillante Eleanor adivine mis pensamientos.
―Así que, ¿es este el lugar en el que permaneceré si no sobrevivo al proceso?
Me resultó imposible mentir
―Sí, tu cuerpo morirá y tu alma permanecerá inmortal, pero condenada.
Eleanor dirgió su mirada a Shari y en su rostro pude vislumbrar un sorprendente gesto de ternura.
―Bueno, al menos no estaré sola. ―Bostezó como si se hubiera contagiado del sueño de Shari. Entonces ella, la que debía ser obedecida, se tumbó junto a mi cisne, para siempre perdido, y cerró los ojos.
Sin más que poder hacer sino custodiarlas, me senté y apoyé la espalda en la piedra que tenía más próxima. No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, obervando la oscuridad. No existía la noción del tiempo en ese lugar tan apartado de los amaneceres y puestas de sol del mundo real. El mundo humano. Puede que estuvieran pasando horas o años, no había forma de averiguarlo. Tampoco podía saber sí, en el mundo que habíamos dejado atrás, el cuerpo de Eleanor había completado su transición o no la había superado.
―¡Capitán! ¡Despierta! ―La voz de Melaphia, que invadía mi mente, atrajo mi atención de la oscuridad. El mundo aque había dejado atrás me reclamaba. En ese mismo instante, Shari comenzó a moverse y, aturdida, se sentó para mirarme.
―Melaphia me ha dicho que despiertes. Dice que debes volver.
―No puedo hacerlo, se lo he prometido a Eleanor. ―Pero cuando dije estas palabras, la escencia de Eleanor pareció diluirse y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció para volver a su cuerpo. En la distancia, se oyó un lento y vibrante repiqueteo de tambores, como si una alarma proclamara su huida.
―Lo ha conseguido ―dije aliviado.
Shari solo me miraba.
―¡Capitán, vuelve! ―dijo Melaphia, con un tono de voz más alto esta vez. Me puse de pie pensando en mi casa y en la dulce Eleanor, pero no encontraba las palabras para despedirme de Shari.
Un gesto de profunda tristeza recorrió su rostro, mientras se levantaba para colocarse frente a mí.
―No. No la dejaré aquí para que sufra durante toda la eternidad ―les contesté―. Lalee, ayúdame.
Cuando empecé a flotar encima de Shari, me vino a la mente el recuerdo de la primera vez que vi a Lalee.
Los emplazamientos funerarios situados en una de las lejanas islas no tenían nombre entonces. Se trataba sencillamente de un terreno pantanoso en una zona remota del río, lo suficientement alejada de la ciudad para aliviar el temor a los contagios. Antorchas parpadeantes iluminaban los aproximadamente cincuenta cuerpos, los cuales estaban colocados formando tres grandes hileras junto al río. Los vocingleros enterradores trabajaban día y noche, con las espaldas curvadas, extrayendo con sus palas arena, barro y conchas para enterrar a las víctimas de la fiebre amarilla. Nubes de ardiente sulfuro se suspendían en el aire y Lalee permanecía de pie en el centro, junto a las tumbas acabadas, sujetando su farol y la rama de un sauce llorón. Un suave gemido de lamento rompió el asfixiante silencio. Entonces recordé que Lalee había intercedido, en el nombre de maman Brigitte, Guardiana de las Tumbas, para que su salmodia pudiera conjurar los espíritus sin descanso para, de la tierra al aire, enviarlos de vuelta a casa. Aunque mortal, el espíritu de Lalee era mayor y más poderoso que el mío y, en silencio, supliqué su ayuda.
Al igual que lo hiciera hace doscientos años, Lalee sintió mi presencia y levantó su mirada para obervarme y, en sus ojos, vi amor y autoridad. Puedes salvarla. Invoca a Kalfú, el loa de la encrucijada. El volumen de su cántico aumentó y, rempentinamente, me lanzó la rama de sauce a través de los años. Solo tenía que agarrarla. En mi mano, en ese oscuro lugar, la rama chisporroteó y llameó con un fuego estático de color azul, y, al instante, supe qué hacer. Elevé el tono de voz y me uní al cántico centenario de Lalee, cuando Shari cayó de rodillas ante mí.

Jack

―Ayúdame a subirlo ―ordenó Melaphia―. ¡Te digo que algo va mal!
Levanté a William y lo trasladé a un mullido sillón. Luego le levanté los pies para que los apoyara en la otomana. Era un peso muerto en mis brazos, como el de un auténtico cadáver. Parecía más muerto que en las escasas ocasiones en que lo había visto durmiento en el día, en las cuales tenía un aspecto permanentemente… carente de vida. Luché por combatir el terror que me recorría el pecho. Tenía que ser fuerte por Melaphia, quien se encontraba de pie junto a mí con las manos unidas en actitud de orar. Sus oscuros ojos estaban abiertos y plagados de terror.
De repente me vino a la conciencia Shari, se trataba de una sensación más intensa que la que había experimentado antes al quedarme ciego.
―¿Shari? ¿Estás ahí?
Melaphia dirigió la mirada alrededor, ella también podía sentir la presencia. Mi mirada siguió la suya hasta la esquina del otro lado de la habitación. Lo que comenzó pareciendo poco más que una espiral de humo empezó a tomar forma a medida que Shari se materializaba.
Dirigí mi mirda a Mel. Sus ojos estaban clavados en el lugar en el que Shari… resplandecía, a falta de un término más adecuado. Así que Melaphia también la veía.
Shari tenía mejor aspecto. Su piel no era lo que se dice sonrosada, pero respandecía. No con vida, sino con una fuerza ajena a este mundo. ¿Qué significado podría tener?
―¿Dónde está William? ―preguntó Melaphia―. ¿Sabes dónde está?
―¿No está aquí? ―preguntó. Entonces miró alrededor de la habitación y, al girar la cabeza, su cabello se movió de una forma poco natural, como si estuviera compuesto de algo vivo―. Él me salvó ―dijo―. Él y la señora.
Melaphia dio un grito ahogado y se llevó una mano a la garganta.
―Está con maman Lalee ―susurró. Luego se dio la vuelta y se arrodilló junto a William, quien seguía pareciendo más muerto que nunca. Ella lo cogió de la mano y comenzó a entonar un cántico en alguna lengua antigua. Entonces volví a dirigir mi atención a Shari. Si hubiera algo que pudiera hacer por William, Melaphia me lo diría, pero sabía que no lo había. La sensación de mi garganta era… como si alguien me hubiera metido un soplete de soldadura en la boca, pero, una vez más, pude combatir el miedo.
Los ojos de Shari brillaban como pepitas de cristal orientadas al sol y su mirada me iluminó.
―Jack ―dijo, arrastrando la palabra, y las comisuras de su dulce y pequeña boca esbozaron una sonrisa que derritió mi corazón―. Me alegro mucho de verte.
¿Te alegras de ver al hombre que te envió al infierno?, quise preguntar. Me inundó un sentimiento de culpabilidad al recordar que la había retenido en esa habitación, desnuda y vulnerable mientras su vida se desvanecía y su alma descendía al infierno, o a algún lugar cercano a él. Y todo por estar deformado y envenenado, por ser diferente e ignorante.
―Yo también me alegro de verte ―le dije, con timidez, como un adolescente que saluda a una antigua novia, a la que había dejado plantada, en una reunión de la clase―. Tienes muy buen aspecto. ―¿Cómo podía ser tan patético? Me mordí los labios, antes de preguntarle qué tal le había ido.
―Soy libre ―dijo Shari sencillamente. Volví a dirigir mi mirada a Melaphia; ella había cerrado los ojos con fuerza para concentrarse en su cántico, y luego los volvió a abrir para mirar a Shari, sin dejar de cantar en ningún momento.
―¿Libre? ¿Quieres decir que no estás solo… de visita, esta vez, como en ocasiones anteriores? ¿Ya no tienes que regresar a ese horrible lugar? ―Dirigí la mirada a su rostro resplandeciente y radiante y ella asintió con la cabeza.
―Libre ―repitió―. Ahora iré a un lugar mejor, un lugar en el que serán amables conmigo, y en el que podré descansar.
De repente caí en la cuenta, eso era. Eso explicaba la diferencia de su aspecto y de su brillo. Ella comenzó a reírse y el sonido era como música.
―Exactamente, Jack. Ya no tienes que seguir preocupándote. Ahora me encuentro bien. Y te perdono.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 03, 2011 11:49 am

Aquí dejo la primer parte del capítulo, en el transcurso del dia iré subiendo lo demás
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 03, 2011 3:34 pm

gracias maria

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 9:07 am

Si :manga35: no me había dado cuenta :youpi: ya me pongo a leer :1003:

Gracias chicas :pompones:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 9:26 am

Capítulo 2
(Segunda parte)




Transcrito por: Angeles Rangel



Abrí los ojos por la sorpresa. ¿Lo había oído bien?
―¿Me perdonas? ―pregunté con estupefacción.
―Sí.
―Gracias, no sabes lo que significa para mí oírte decir eso. ―Al igual que el resto del mundo, los vampiros tienen pesadillas. Shari y La experiencia que estaba atravesando eran temas recurrentes en mis sueños. «¡Ahora en cartelera», gritaba la marquesina de mi pesadilla, «Nadie vela por mi seguridad, protagonizada por Shari, lo chica que enviaste al infierno!». Agité la cabeza para alejar ese pensamiento de mi mente.
―Desde el lugar al que vas a ir… ¿podrás visitarnos también? ―La pregunta sencillamente surgió, supongo, ¿Se rebajaría un ser de bondad y de luz a visitar alguna vez a un vampiro? Tal y como había ocurrido, podría decirse que Shari solo estaba de visita en su camino hacia otro lugar. Pero ¿Habría algún otro motivo para tal visita? Ella pareció reflexionar seriamente sobre mi pregunta.
―¿Por qué?, no lo sé. Pero lo intentaré. Lo prometo.
Desconozco el motivo por el que su respuesta me complació tanto, pero lo hizo. Sentí el deseo de que me tocara, pero no de una forma sexual, ni nada parecido. Lo frío y muerto en mi interior se sintió atraído hacia su calides, su luz, su amor, sí, definitivamente eso era con lo que brillaba. Di un paso en su dirección, pero empezó a desvanecerse.
―Ahora tengo que marcharme, Jack.
―¡Espera! Dime cómo te han salvado. ―Se trataba de una excusa para retrasar su marcha, pero además esperaba que lo supiera.
―Fue un cántico y una especie de poder de la señora. Sentí que ascendía, me sentí colmada del espíritu de la bondad y entonces aparecí aquí.
Lalee había encontrado la forma de salvar a Shari. Al igual que supo cómo salvarnos a mí y a William de Reedrek. Dirigí mi mirada a William, que continuaba inánime. Seguro ella no permitiría que él muriese. Él a quien tanto amaba.
Quedé maravillado ante la fuerza del poder de Lalee y ante el hecho de que amara tanto a William. Viajaría en el tiempo para ayudarle en este mundo y en el venidero. ¿Pidría algún día devolver a la vida a un vampiro? A una aunténtica vida. ¿Le habría pedido William alguna vez que lo intenrara? Y, de haberlo hecho, ¿lo admitiría? ¿Se podría hacer algo por nosotros en el momento de la muerte final y definitiva? ¿Podría organizar a las fuerzas de la naturaleza y a los reinos ultramundanos en los que moraba para ayudar a un demonio como yo, llegada la necesidad? Ahora era un vástago de su sangre, al igual de William. ¿Podría hacer uso de sus poderes espirituales, por así decirlo, para sacarme de los abismos de infierno? ¿Acaso algo así era posible?
De todos los inmortales, nosotros, los vampiros, estábamos obsesionados con la muerte. Una vez me dijo William que cuanto mayor era un vampiro, mayor era el tiempo que invertía reflexionando sobre su desaparición final.
Parecía ridículo que criatura de cientos de años de edad estuviesen tan preocupadas por la forma y el momento en el que volverían a convertirse en polvo. Supongo que una existencia prolongada debe ponerte a límite, como un atleta con una larga racha de victorias sin precedentes, ¿Cuándo, dónde, por qué y cómo acabará todo esto?
Y luego estaba el interrogante de qué ocurriría después. Vaya al infierno. Vaya directo al infierno. No pase por la casilla de salida. No cobrará los doscientos dólares correspondientes. Eso es lo que me habían enseñado. Después de todo, éramos vampiros. Habíamos perdido nuestra alma hacía mucho tiempo, ese billete tan importante para el Más Allá, en el momento enh que dijimos sí a las antiguas preguntas postuladas por el sire.
Recordé el momento en el que William me preguntó en el campo de batalla, mientras la sangre vital brotaba de mi cuerpo para mezclarse con el suelo de arcilla roja:
―¿Deseas vivir? ¿Me servirás a mí?
―Sí ―dije entonces, la criatura se alzó sobre mí, mientras sus colmillos goteaban la sangre de la muerte, para extraer lo que me quedaba de vida.
No tenía ni idea del lío en el que me había metido, de haberlo sabido, ¿habrí contestado que sí?, ¿o habría permitido que el desconocido de ojos verdes acabara con mi vida para siempre? No podría decir las veces que me he hecho esa pregunta. Pero, al final, ¿importaba realmente?
Y sin embargo, ¿me daría puntos el hecho de no saber que había elegido el camino del demonio al bondadoso de las alturas llegado el momento del Juicio Final? ¿Quién podía saberlo? Además, tampoco se puede decir que contar con muchas personas a las que poder ir a preguntárselo.
Mientras miraba a Shari y pensaba en Lalee y en su fuente de poder, comencé a cuestionarme las posibilidades. Es probable que el hecho de ser un vampiro bondadoso y sin importancia me diera algunos puntos frente a los encargados de asignar las residencias finales después de la muerte. Después de todo, había intentado hacer el bien y solo había asesinado a aquellos que de verdad lo merecían. Intenté evitar que Shari…, no importa que fracasara miserablemente, De hecho, he tratado de ayudar a las personas todo lo que he podido. Las he recogido de una autopista desierta cuando sus coches se han averiado para llevarlas a un lugar seguro. Eso tenía que tener algún valor, ¿no? Sin embargo, no tenía alma.
Mientras meditaba acerca de estos temas, percibí que Shari se tornada cada vez más transparente. Extendí una mano para tocarla, pero solo logré que mi mano atravesara la suya.
―Gracias por perdonarme, lo necesitaba.
―De nada. Sé bueno, Jack.
Lo que había quedado de ella se aproximó a mí y extendió los brazos. No podía tocar su cuerpo, pero cuando me abrazó, me sentí sumergido en la calidez que tanto había anhelado. Por un instante, me volví a sentir humano y las lágrimas comenaron a recorrer mis gélidas mejillas.
Y en un instante, se había marchado. Permanecí de pie un momento, aún con los brazos vacíos extendidos, y traté de memorizar la calidez y la luz. Entonces oí la voz de Melaphia, una voz rota de emoción.
―¡Jack! ¡Ha vuelto!
Los ojos de William volvieron a la realidad, y respiró profundamente.
―Sí ―dijo―. Todo ha ido bien, pequeña. ―Extendió la mano hacia arriba para apretar la de Melaphia, igonorándome por completo.
Aliviado, supuse que debía comprobar el estado de Eleanor. Me puse de pie, me aproximé hacia su ataúd y lo abrí. Había visto a Eleanor desnuda cuando la ayudé a introducirse al ataúd, por lo que tuve una buena oportunidad de ver claramente la serpiente que tenía tatuada. Sin embargo, ahora estaba diferente. Casi resplandecía con un tenue brillo y con una belleza salvaje y feroz. Los colores de la serpiente que recorrían su cuerpo desde el pecho hasta el vientre habían cambiado, la jodida serpiente parecía estar viva. Tenía el profundo presentimiento de que lo iba a conseguir. Fuese cual fuese la crisis con la que me había topado en la plaza un rato antes, había terminado.
El adjetivo «voluptuosa» no era suficiente para describirla. Desde su hermoso rostro, su pecho en pico con sus rígidos y oscuros pezones, hasta su sexo y sus femeninos muslos y caderas, esta era la criatura con la que todo hombre podría soñar. Era evidente que se encontraba en su salsa… el placer. No podía hacer otra cosa sino mirarla. Y mirarla.
De repente abrió sus oscuros ojos y cautivó los míos con un brillo pecaminoso. Su mano se extendión con una rigidez sobrenatural para rodear mi muñeca. En ese preciso momento ella necesitaba algo, pero yo no era el indicado para dárselo.
―Ah ―dije entre dientes―. No, no soy yo, es…
―Jack ―oí decir a William, entre susurros recriminatorios―. Aléjate de ese ataúd o haré que te arrepientas del día en que salvé tu penoso culo de ese campo de batalla.

William

Cegado por el sentimiento de propiedad, tuve el irracional deseo de dejar a Jack seco en el sitio.
―Aparta tus manos de ella ―le ordené―. Es mía.
―No soy yo, es ella ―dijo Jack mientras hacía todo lo posible por apartar de su brazo los dedos de Eleanor.
Una vez que logró soltarse, Eleanor se olvidó de Jack completamente. Entonces la mirada de Eleanor cautivó la mía y comenzó a deslizarse para salir del ataúd lentamente, como si de una gata se tratase. Su ligera deshidratación no restaba belleza a su estructura ósea. Ya era mía, toda ella, y yo la deseaba. El deseo de poseerla era tan intenso que el simple roce de mi ropa me arañaba y me excitaba hasta hacerme arder.
―Salid ―logré decirles a Jack y a Malaphia y, en un segundo, Eleanor había recorrido de un salto la distancia que nos separaba y había empezado a rasgarme la ropa. Le cogí ambas manos con las mías y la lancé hacia arriba para evitar que continuara destrozándome la camisa. Ella se retorcía, haciendo todo lo posible por restregarse contra mí. El ritual de apareamiento se trataba de una delicada danza más que de un mero polvo. Nuestra primera consumación no solo garantizaría su inmortalidad, sino que además marcaría la pauta de nuestra entera relación. Era su sire vampiro, eso es cierto, pero no habría exclavtud, ni control mental, ni abuso. Yo era su maestro, pero no resultaba conveniente dejar que la alumna eligiera la lección. Era el encargado de proporcionarle el poder que ansiaba. Pero, a pesar de que mi excitación era ya irreflenable, no podía permitir que lo supiera, e hice todo lo posible por mantener el control.
―Déjame, déjame, déjameeeeee ―dijo entre gemidos entrecortados. Sus hermosos ojos, su cabello, todo en ella parecía estar apagado excepto la astuta serpiente. Su piel tenía el nebuloso color de una perla irisdiscente. De repente, aprovechó el ángulo en el que había colocado los brazos para subir sus piernas y rodear con ellas mi cintura. Columpiando las caderas a su ritmo, frotó su sexó contra mi vientre, una posición demasiado alta para que nos sirviera de ayuda a ninguno de los dos. Atlética pero frustrate.
―Fóllane ahora ―dijo entre dientes, acostumbrada por su profesión a que la obedecieran.
Abandoné mis intentos de detenerla. Relajé los brazos, sujeté sus caderas con mis dos manos y la levanté, para apartarla después. Cayó de espaldas, sobre el mullido sillón que se encontraba junto a mi ataúd.
―¡Aguanta! ―le dije con tal intensidad que el frenesí de Eleanor debió de entender mi orden. Parecía haber captado el hecho de que era yo el que debía orquestar lo que ocurriera a continuación, aunque ella haría todo lo que estuviera de su mano por agilizar el proceso. Con una mirada que Eva debió haber inventado al perder su gracia divina, Eleanor se lamió los dedos y recorrió con su mano la cola de la serpiente hasta colocarla entre sus muslos. Gimiendo de placer masajeó la rosácea carne de su sexo.
Cuando llegó el momento de desabrocharme la camisa y quitarme los zapatos, ella ya había alcanzado su primer orgasmo. Su gemido de placer hizo que el deseo recorriera mi piel, tensándome la garganta y haciendo que mi polla latiera. Para entonces, me temo ya no podía saber con exactitud quién estaba a merced de quién. Dejé que mis pantalones se deslizaran hasta el suelo y la cubrí, inmovilizándola con el peso de mi cuerpo de mayor tamaño y mi punzante erección. Tras apartar su ocupada mano, la penetré con la fuerza de un toro.
Estoy seguro de que parecía que la estaba matando, pero aún no se ha inventado una muerte tan dulce. A medida que la penetraba una y otra vez, mientras ella gemía al unísono con cada embate, pude sentir que su recién estrenado cuerpo vampírico se relajaba bajo el mío y, como resultado, mi cuerpo comenzó a prepararse para el intercambio de poderes. Eleanor alzanzó el clímax dos veces más antes de que su cálido y apretado roce me enloqueciera hasta llegar a mi propio paralizante orgasno. Mientras estábamos enredados, no me percaté de que estaba acariciando mi cuello con su boca. Entonces, sin previo aviso, hundió sus recién transformados comillos en mi piel, deseándolo todo de mí… todo. Con un enorme esfuerzo, logré soltarme y detuve la succión.
―No me obligues a hacerte daño ―le advertí.
Eleanor suspiró y se estiró aparentemente complacida o, como mínimo, nada intimidada.
―¿Quién sabe? Quizá me guste que me hagas daño.
Las meras palabras hicieron que mi polla se tensara para ponerse dura una vez más. Por más que me resistiera a reconocderlo, incluso a alguien como yo, que aborrece el empleo de la violencia en sus vástagos, podía excitarle lo sádico y lo prohibido.
―Creo que el placer es un adjetivo digno. Y estoy completamente a favor de que la variedad es la sal de la vida. ―Tras pronunciar estas palabras me pude de pie y la arrastré conmigo al respaldo del sillón. Ella deslizó sus brazos para rodear mi cuello y trató de aproximarse a mí, pero yo la mantuve a una cierta distancia. Tras girar su cara para que mirara el sillón, utilicé mis manos para excitarla una vez más, las deslicé sobre su pecho y comencé a frotarlo, me traslade abajo y le acaricié el sexo, paseando mis dedos por el interior de la resbaladiza humedad de la zona y comencé a tocarle su punto más sensible, formando círculos. Cuando comenzó a gemir y a retorcerse de deseo, me detuve. Tras colocar mi brazo alrededor de su cintura, la acerqué a mí para poder susurrarle al oído.
―Esto es todo lo que conseguiras de mí en el futuro, si vuelves a intentar morderme sin permiso.
La empujé hacia delante hasta apoyar su rostro en el almohadillado sillón, su hermoso culo se levantó hasta alcancanzar la altura perfecta, quedando completamente a mi merced. Le sujeté la parte trasera del cuello, como haría un semental con sus dientes para agarrar a una yegua, y la colmé con fuerza, empleando su cuerpo como mera herramiente para satisfacer mi polla.
La satisfacción era de esas que te pone los pelos de punta.
Eleanor dio un grito, cuyo aterrador y asfixiante sonido provocó una reacción en cadena prácticamente demoledora. Se la fui metiendo cada vez más deprisa con unas ganas renovadas, tan diferentes, tan intensas, que sentí un atisbo de malestar acompañado de un ansioso placer.
Me sentía vacío, pero, ay, tan satisfecho. Ya contaba con esta sensación de vacío, ya que le acababa de proporcionar a Eleanor una vigorizante dosis de mi poder. Había finalizado la misión de garantizar su inmortalidad, pero el perverso placer que acompañó la monta fue algo nuevo para mí. Una grieta en una puerta de la que nunca me había percatado.
Es cierto que en el pasado había sido cruel, cazando y asesinando humanos, pero había sido la ira lo que buscaba entonces, la más dulce de las carnes, y sí, mis presas habían tenido miedo de mí y de la muerte certera que encontraban en mis ojos.
Con Eleanor era diferente. Cuando era humana, confiaba en que yo no iría demasiado lejos. Solo fantaseaba con lo que yo podría hacer, si lo deseaba; sin embargo, en ese momento, ella, la que debía ser obedecida, había dejado de ser humana, mortal o débil, y ya no tenía motivos para temer a la muerte. Pero por un instante, tuvo miedo de mí. Sabía lo que era y, a pesar de ello, me amaba, pero le había demostrado que podría hacerle daño a mi antojo, algo que nos había sorprendido a ambos.
―Necesitas alimentarte ―dije, mientras intentaba recuperarme. Cogí mi camisa rasgada del suelo y la ayudé a ergirse. Ella se restregó la zona del cuello por la que la había agarrado, con unos ojos plagados de interrogantes para los que yo no tenía respuestas. Tras sentarla en un taburete situado junto a la barra, hurgué entre las bolsas de sangre del frigorífico y saqué una de las más grandes. Ella me observaba con una mirada siniestra, mientras modía la bolsa y se la llevaba a la boca―. Bebe, te sentirás mejor.
Cubrió con los labios el agujero de la bolsa y comenzó a beber ansiosamente con los ojos cerrados y completamente concentrada. La sangre comenzó a brotar, goteando por su barbilla y dejando húmedas manchas rojas en su pecho que empaparon el lino de mi camisa. Se bebió a toda prisa la mitad del contenido antes de detenerse para tomar aire.
Sus ojos comenzaron a recuperar el brillo y su piel a rellenarse y suavisarse, mientras su boca… se humedecía de sangre. Incapaz de resistirme, me incliné y la besé suavemente, luego con mayor fuerza para succionar la sangre. Ella me respondió con sus labios y lengua, antes de echarse hacia atrás ligeramente. Sin dejar de mirarme, dio la vuelta a la bolsa de plasma y la apretó para introducir más sangre en su boca o, más bien, casi toda en su boca, ya que el resto se derramó por su barbilla como un flujo de lava que avanzaba lentamente, o al menos así me lo parecía, sinuosa y cautivadora. Atraído por el reclamo comencé a lamer y a succionar la sangre que recorría su piel. Cuando mis dientes rozaron su cuello, ella gimió. Podía oír su deseo con la misma claridad que si lo hubiera expresado verbalmente.
Muerdeme…
Todavía no, cariño ―contesté calladamente―. No durante los siete primeros días de tu conversión, pero pronto…


Última edición por Angeles Rangel el Mar Ene 04, 2011 9:29 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 9:26 am

Aquí le dejo la segunda parte, ya sólo falta una.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 10:50 am

gracias Angeles!! ranguis :youpi:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 11:42 am

Gracias Angeles :youpi:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Ene 04, 2011 4:12 pm

grracias maria
estos capis son larguitos jejeje
a leer se ha dicho

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Ene 05, 2011 11:47 am


Capítulo 2
(Tercera parte)



Transcrito por: Angeles Rangel



Jack

Resulta que el miedo me da hambre. Abrí el frigorífico, busqué sangre. Encontré un paquete de plástico, comprobé la fecha de caducidad y cerré la puerta del frigorífico.
―No quiero ni pensar en qué ocurrió abajo antes de que entráramos.
―Sí ―dijo Melaphia, mientras volvía a sentarse frente al ordenador―. Y no quiero ni pensar en lo que está ocurriendo ahora mismo ahí abajo.
Ambos comenzamos a reírnos y la tensión desapareció. Introduje la mano en el interior del mueble bar, con gran ímpetu, y llevé a la mesa una botella de mezcal, el tequila de los pobres.
―¿Dónde están los gemelos? ―Deylan y Reyha eran los compañeros en parte cánicos en parte humanos de William, quienes aún tendrían su apariencia bípeda, dado que todavía estaba oscuro en el exterior.
―La última vez que los vi estaban en la guarida viendo un espectáculo canino en Animal Planet.
―Estoy seguro de que estaban animando a los perros de caza ―me reí entre dientes―. He pensado quedarme por aquí, hasta que llegue la hora de irme a casa. Por si, no sé, algo fuera mal.
―Me estás preocupando ―comentó Mel, mientras una arruga surcaba su frente de color café cremoso.
―¿Cómo es eso?
―Estás apurando demasiado el tiempo para llegar a casa. Uno de estos días te verás envuelto en llamas cuando salga el sol sobre las marismas y te coja en la carretera. Tengo la pesadilla de que un día Connie me llama desde la comisaría de policía para decirme que han encontrado tu descapotable en una cuneta con solo cenizas en su interior.
―No te pongas así ―dije―. Tendré más cuidado. Te lo prometo. ―Me aproximé a la mesa y le di unas palmaditas en la mano que descansaba sobre el ratón del ordenador. Melaphia era como una gallina clueca cuidando su pollada y se preocupaba de William y de mí como si nos hubiera criado, en lugar de ser al revés. Rompí el paquete de sangre con los dientes, la vertí en un vaso de güisqui y alargué la mano para coger la sal y el tabasco que había en medio de la mesa. Tras agitar unas cuantas veces el cóctel para mezclar ambas cosas, acabé rellenando el vaso con mezcal mexicano de importación. Un bloody mary, al estilo McShane.
―¿Quieres acompañarlo de palitos de verdura cruda? ―preguntó Mel sonriendo.
―No ―dije mientras removía la bebida con el dedo―. No soy de esos vegetarianos, ya sabes, preferiría comerme el gusano.
Melaphia comencó a reírse, mientras yo le daba un buen trago al cóctel.
―Pues… ―Me detuve―. Hablando de Connie, llevo tiempo queriendo preguntarte acerca de algo que ocurrió el día de la fiesta de disfraces.
―¡Vaya! ¿Y qué no ocurrió en la fiesta de disfraces? ―Melaphia comenzó un soliloquio acerca del enfrentamiento de Reedrek y otros tejemanejes de la fiesta, pero lo hacía sin mirarme.
―Sí, estaba allí. ¿Acaso estás intentando desviar el tema? Que, a propósito, es Connie.
Comenzó a juguetear con una de sus rastas con el dedo índice, algo que hacía solo cuando estaba nerviosa, y entonces dirigió su mirada a mi camisa.
―¿Por qué tienes la ropa mojada?
―Porque puedo volar… bueno, algo así. Te lo explicaré más tarde. ¿Qué pasa con Connie? ¿Por qué no quieres hablar de ella?
Melaphia suspiró y me miró fijamente, con los labios apretados, pensativa, intentando saber qué decir.
―Sea lo que sea, puedes contármelo. ―Estaba comenzando a preocuprme. Melaphia y yo siempre habíamos podido hablar de todo desde que era una niña pequeña. Parece que fue ayer cuando había dejado de llamarme «tío Jack». Apuré mi bebida―. ¿Por qué tú y Renee os comportasteis de una forma tan extraña cuando visteis a Connie en la fiesta? Parecía que estabais sobrecogidas o algo así.
Melaphia soltó la rasta y esta cayó formando un espiral de su largo y fino dedo.
―Estaba… es difícil de explicar.
―Escucha, sé que ella es diferente. Me refiero a que ella no es auténticamente humana. Puedo sentirlo e imagino que tú también. Quizá incluso puedas verlo, ¿quién sabe? Pero Mel, tienes que decirme si sabes lo que es, necesito saberlo.
Ella suspiró
―Lo que ocurre, Jack, es que no lo sé exactamente, intento averiguarlo.
―¿Qué quieres decir con eso?
―Estoy investigando, tratando de confirmar lo que creo que puede ser Connie. Ya sabes, el papel que ocupa en el mundo. Pero independientemente de la clase de ser que sea Connie, se trata de uno verdaderamente grandioso.
Sentí un ligero dolor en el estómago, y no era por el mezcal.
―¿Cómo de grandioso?
―No me presiones, Jack.
―Escucha, jovencita ―comenté, sin poder evitar dirigirme a ella con el lenguaje que solía utilizar cuando era una niña y se portaba mal―. Ya no soy el chico desinformado, ¿lo recuerdas? Cuéntame lo que sabes. ―Por el amor de Dios, el mutismo de William había durado más de un siglo y no estaba dispuesto a recibir el mismo trato por parte de Melaphia.
―No intentes involucrarme en tus problemas con William. Eso no tuvo nada que ver conmigo.
―¿Cómo que no? Eras su cómplice. Sé a ciencia cierta que me has mentido en más de una ocasión.
―¿Y qué se supone que debía hacer, Jack? ¿Desobedecer a William? Soy mortal no puedo enfrentarme a él como tú.
Si no hubiera estado tan enfadado, me habría reído ante la idea de que William puediera poner alguna vez un colmillo sobre Melaphia.
―Estás escurriendo el bulto y lo sabes.
―Mira, todo eso fue en el pasado. El tema de Connie es serio. No estamos hablando de una chica mortal y estúpida.
―Lo había supuesto. Ahora desembucha. ¿Qué sabes?
Melaphia subió su delgada mano, con la palma extendida, como si estuviera preparada para llevar a cabo el juramento boy scout.
―Te lo juro, todavía no sé nada con plena seguridad. Cuando lo haga serás el primero en saberlo.
―¡Basta ya, dime lo que crees que sabes!
―Por favor, Jack…
―Tienes que decirme algo.
Mel suspiró y bajó la mirada al suelo.
―Creo que Connie puede ser una… una… diosa.
Comencé a reírme, no pude evitarlo, pero no era una risa divertida de las de «Ja, ja, ja que me parto», era una risa nerviosa de las de «Dios nos pille confesados». Me tapé la boca con la mano y hablé por entre mis dedos.
―¿Qué tipo de diosa?
―Una diosa maya. Vale, eso es todo lo que puedo contarte.
―Estás de broma, ¿verdad?
―Escucha, sé que esa chica te importa, probablemente más de lo que haya hecho ninguna mujer durante mucho tiempo, o al menos durante el tiempo que llevo con vida. Ahora voy a formularte una pregunta que quizá creas que no es de mi incumbencia, pero es importante que me digas la verdad. ¿Habéis consumado ya vuestra relación Connie y tú?
No me gustaban los derroteros que estaba tomando la conversación, pero también sabía que debía tratarse de algo serio; de otra forma, Mel nunca me habría preguntado algo así.
―No. Nos resulta difícil vernos, ya que ella trabaja en el turno de noche. Salimos a veces cuando tiene una noche libre, hay un par de locales que le gustan, así que tomamos algunas cervezas, nos echamos unas risas y bailamos un poco al ritmo de la máquina de discos, cosas de ese tipo.
Connie hacía horas extras en el trabajo y, a veces, ni siquiera tenía una noche libre en el transcurso de la semana, por lo que rara vez nos veíamos en su apartamento. No obstante, podía notar que Connie se preguntaba por qué no la había presionado un poco más en nuestra relación, como se suele decir hoy en día. Pero tampoco es que pudiera decirle, justo cuando empezábamos a intimar, que había averiguado por las malas que tenía el poder de hacer daño a las mujeres que no eran humanas; además, ni siquiera estaba seguro de que Connie supiera que no era completamente humana.
Mierda. No tenía ni idea de cómo reaccionar ante la situación, lo único que sabía es que no podía soportar la idea de estar sin ella, ahora que estaba presente en mis sueños y en mi mente.
―Vale, de acuerdo. ―Mel interrumpió mis pensamientos―. Hasta que lo averigüe, podría ser extremadamente peligroso que hicieras el amor con esa mujer.
Me oí a mí mismo emitir un bramido de frustración. Como de costumbre mi primer impulso fue el de rebelarme y decirle a Melaphia que se ocupara de sus asuntos y que no se metiera en mi vida, pero, al estilo de la auténtica sabia, lo único que Mel había hecho era replantear los temores que yo ya tenía.
―Si te digo la verdad, ese es el motivo por el que todavía no he tratado de… ya sabes…seducir a Connie. Después de lo de Shari, me temo que puedo ser un auténtico veneno para una mujer que no sea del todo humana.
Melaphia me dio un apretón en la mano con encima de la mesa, con la fuerza suficiente como para captar toda mi atención, y negó con la cabeza, haciendo que sus rastas se balancearan.
―No. No me has entendido. Jack, si tengo razón y Connie desciende de la clase de ser que pienso, no supondrías un peligro para ella.
No estaba seguro de haberla oído bien.
―Esa no es una buena noticia ¿no?
―No, no lo es.
―¿Qué quieres decir? Connie y yo podemos… podemos estar juntos…
―Te me estás adelantando, relájate. ―Mel se aproximó a mí y me cogió la cara entre sus manos―. Presta mucha atención, Jack, y escúchame bien. No te acuestes con Connie, porque si es lo que pienso que es, y sus poderes son los que creo que son, no serías tú el que supondría peligro para ella, sino al revés, o algo aún peor. ―Se detuvo para que pudiera digerir las palabras―. Nunca he hablado tan en serio contigo como lo estoy haciendo ahora. Prométeme que romperás con esa mujer, al menos hasta que tenga más información. A ninguna mujer le gusta que le den falsas esperanzas. Rompe la relación por tu bien y por el suyo. Si averiguo algo que pueda demostrar que estoy equivocada con respecto a eso, tú serás el primero en saberlo.
―Pero Mel, ahora que tengo sangre vudú renovada, soy prácticamente invencible. Hasta William lo dice. Por amor de Dios, casi puedo volar. Si es cuestión de que ella pueda hacerme daño, no te preocupes por eso, a mí no me inquieta.
Melaphia cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza.
―Nada de eso importa. Te estoy diciendo que el daño potencial es muy real.
Me quedé mirándola mientras me sujetaba el rostro con sus cálidas y morenas manos. Hablaba en serio. ¡Ay, sí, sin ninguna duda!
―Prométemelo, Jack.
―Te lo prometo ―dije a regañadientes.
Mel se relajó y me dio unas palmaditas en la mejilla, antes de dejar caer las manos a los lados de su vistosa falda de algodón.
―Cuando vayas a romper con ella, dile que venga a verme. Y que sea pronto, tengo que hablar también con ella. Existen numerosas preguntas que debo hacerle y ciertas cosas que debo contarle.
―No irás a decirle que soy un vampiro, ¿verdad?
―Por supuesto que no. ―Melaphia alzó las cejas en señal de sorpresa―. Eso no será necesario. ―Entonces dirigió su mirada al reloj de la cocina y me dio unas suavez palmaditas en el hombro―. Ahora tienes que irte Jack. Vete a casa y descansa un poco. Mañana será otra noche. ―Ella se dio la vuelta y sentí que el proyecto de futuro con Connie se hacía añicos en mi mente fría y calculadora. Me encontraba a medio camino de la puerta cuando escuché las últimas palabras de Melaphia―: ¡Ah, otra cosa, Jack!, que te devuelva el collar.
―¿El qué? ―pregunté con la mano en el pomo de la puerta.
―El amuleto de la suerte de William.
―Vaya una mierda. ―¿Podía la situación empeorar aún más?―. Vale, de acuerdo. Seré un tío de esos que piden que les devuelvan sus regalos con fobia al compromiso, y todo en una sola noche. ―Traté de dar un fuerte portazo al marcharme.

William

―Vamos a limpiar todo esto ―sugerí. Habíamos manchado de sangre el suelo, las sillas y el uno al otro en las zonas en custión. Era el momento de descansar. Conduje a Eleanor a la planta de arriba para que tomara una rápida ducha y se cambiara de ropa, antes de prepararnos para el amanecer. La única luz que había en la guarida era la de un flexo, el resto de la casa estaba a oscuras, y Melaphia y Jack hacía tiempo que se habían marchado. Acabábamos de entrar en el vestíbulo de camino a la ducha cuando Deylaud apareció en la entrada.
Su suspiro de sorpresa hizo que nos detuviéramos. Puede que se debiera al olor a sangre y al sexo, o al hecho de vernos casi desnudos ―Eleanor llevaba mi apenas reconocible camisa de vestir―, aunque él nunca había sido mojigato. Además, rara vez miraba a ninguno de mis huéspedes de una forma tan intensa, a no ser que no confiara en ellos. Eché un brazo encima del hombro de Eleanor para protegerla y la fascinación de Deylaud pareció desaparecer. A fin de cuentas, ya la había visto varias veces antes… cuando era humana.
―Lo siento ―dijo, y bajó la mirada. Entonces, inexplicablemente, se hincó de rodillas―. Benret, mi… señora.
«Benret», no hacía falta que fuera traductor para saber que había hablado en su lengua nativa. Su reversión al egipcio antiguo me hizo fruncir el ceño. Resultaba desconcertante que mis guardianes, los cuales llevaban a mi lado más tiempo que nadie, actuaran de una forma tan extraña. Entonces apareció Reyha y apoyó una mano en el hombro de su hermano, con los ojos puestos en Eleanor.
―Levántate ―ordené y, sin dudarlo, lo hizo―. Hoy dormiremos solos. ―Al decir esto, Reyha enseñó un poco los dientes. Estaba acostumbrada a dormir conmigo durante el día. Soportaba su escolta y los pelos de perro sobre mis mejores ropas porque ella me amaba por encima de todos los demás, con la excepción de Daylaud. Sin embargo, durante esos escasos segundos, parecía que todos habíamos percibido el cambio de situación, cómo serían las cosas a partir de ese momento. Eleanor estaba aquí y eso lo cambiaba todo―. Buenas noches. ―Empujé suavemente a Eleanor hacia el baño y dejé a mis guardianes lamiéndose sus respectivas heridas.
Eleanor se estiró vigorosamente antes de encogerse para quitarse la camisa.
―Me siento tan maravillosa que me gustaría que tuviéramos tiempo para un baño de burbujas.
Entonces la llevé a mis brazos.
―Ya no tendrás que desear de más tiempo nunca más. Tenemos el resto de la eternidad para hacer lo que nos plazca. ―Al decir estas palabras, incluso yo tuve que digerir su verdadero significado ¿Por qué me había pasado todos estos siglos solo? ¿Por qué no había encontrado a alguien como Eleanor hasta ese momento? Ella me besó con suavidad y luego se agachó para abrir el grifo. Cuando recorrí la grácil línea de su columna, sentí un enorme alivio. Estaríamos bien juntos y ambos nos beneficiaríamos de la relación. No tenía que haberme preocupado de si estaba cometiendo un error al hacerle el amor.

Una hora después, mientras permanecía tumbado en mi ataúd, somnoliento y, perdonad por la expresión, vacío, esperaba a que Eleanor se uniera a mí. No parecía tener sueño, aunque ya le había explicado que lo tendría pronto, cuando el sol saliera del todo. Ella, la que debía ser obedecida, estaba rebosante de energía, gracias a la fuerza que había obtenido a través de nuestro apareamiento, y quería explorar mi hogar subterráneo, en el que permanecería hasta que se volviera a contruir su propia vivienda, o incluso hasta después de que esto hubiera ocurrido. Aún era muy pronto para tomar decisiones. Oí el abrir y cerrar de las puertas de los aparadores, el ruido de papeles y el crujido de las bisagras.
Estaba casi dormido cuando sentí su presencia y, al abrir los ojos, ella me estaba mirando de una forma que solo puedo describir como desconcertante. Escondía algo detrás de la espalda, como si planeara darme alguna sorpresa. Pero estaba demasiado cansado para sorpresas.
―Venga, túmbate ―le dije.
Ella sonrió, entonces con ambas manos levantó la sorpresa por encima de su cabeza.
Era una estaca que, en fracciones de segundos, comenzó a descender a toda prisa en dirección a mi pecho. Ella ya no se movía de esa forma tan adorable y lenta de sus días como humana. Apenas fui capaz de esquivar el golpe, pero al intentar apartar el afilado pedazo de madera, este me atravezó la mano.
La sangre comenzó a brotar.
Me había olvidado de nuestro juego, de mi fascinación por la muerte, pero era evidente que Eleanor no lo había hecho. Tras un momento de asombrado silencio, me llevé la herida a la boca para cortar la hemorragia, pero Eleanor me agarró de la muñeca.
―Déjame a mí ―dijo, y comenzó a limpiarme la zona con la lengua. Una vez que hubo terminado, se deslizó con gracilidad en el interior del ataúd junto a mí y se acurrucó a mi lado―. Como en los viejos tiempos ―murmuró antes de quedarse dormida.

Jack

A las siete de la mañana me encontraba de pie frente a la puerta de la casa de Connie, esperando a que llegara de su turno de trabajo de once a siete en la comisaría de policía. Connie era patrullera y yo era su delincuente favorito. Me había puesto un puñado de multas por exceso de velocidad durante el último par de años, por lo que, de forma natural, había surgido la chispa entre nosotros. Sencillamente, me encantaban las mujeres con uniforme.
El sol saldría en aproximadamente diez minutos, y en el vestíbulo del bloque de apartamentos hacía frío. Había descubierto una entrada a los túneles subterráneos de Savannah a través del sótano del bloque de apartamentos de Connie, hacía algún tiempo. Mientras atravesaba el laberinto de pasillos, tomé una decisión. Esa noche iba a hacer el amor con Connie. Melaphia me había confirmado que, independientemente de lo que fuera, Connie era lo suficientemente fuerte como para que yo no pudiera hacerle ningún daño, y la posibilidad de que ella pudiese hacérmelo a mí carecía de sentido. ¿Qué podría hacerle una diosa a un vampiro corpulento y malvado como yo? Además, ¿qué iba a hacer? Connie estaba loca por mí.
En cualquier caso, ¿qué demonios significaba ser una diosa? ¿Qué se suponía que hacían las diosas durante todo el día? Me imaginé a Connie sentada en un trono con un cetro de oro. Cerré los párpados. En mi imaginación, me hacía señas con un dedo cubierto de oro.
«Ven aquí exclavo, y cumple mis deseos.» ¿Qué me pasaba con los personajes femeninos con autoridad?
―Caramba, bonita sonrisa. ¿Es para mí? ―Connie se aproximó y se puse de puntillas para darme un fuerte beso en los labios―. Entra, guapo.
Ella abrió la puerta con la llave y me llevó al sofá, luego tiró sus bártulos y me arrastró junto a ella en un solo movimiento.
―Esta es una ocasión especial. Casi nunca tenemos oportunidad de estar aquí solos. Y eso le da ideas a una mujer típicamente americana con sangre en las venas.
―¿Qué clase de ideas?
Como respuesta, me tapó la boca con la suya, mientras me tumbaba contra los mullidos cojines. Estaba caliente, y calentó mi gélido cuerpo mientras la acercaba hacia mí y la rodeaba con mis brazos. Torcio la cabeza para besarme con mayor ímpetu y rodeó mi cuello con sus brazos. El beso fue tan cálido que ella parecía estar hecha de luz solar. Su calor nunca dejaba de hacerme sentir humano de nuevo, por primera vez en ciento cincuenta años tenía la sensación de que por mis venas circulaba sangre caliente.
―Me alegro de verte ―dijo, mientras apartaba sus brazos de mi cuello y se quitaba el suéter por encima de la cabeza. Su escote casi rebosaba por el borde de su sujetador blanco de encaje. Extendí una mano para masejear sus pechos a través de la tela y la excitación provocó que sus pezones se puesieran como rígidos capullos bajo mis pulgares.
Llevaba tanto tiempo soñando con este momento, con penetrarla, con rodearme de su suave y satinado calor, con que me calentar por dentro y por fuera… Tenía la estúpida y tonta fantasía de que ella pudiera convertirme de nuevo en humano con su cuerpo, como en algunos cuentos de hadas en los que la princesa convierte a una rana en el príncipe de sus sueños.
«Y vivieron felices para siempre.» La mera idea provocó en mí una erección.
―Has sido un caballero durante demasiado tiempo ―dijo, mientras se colocaba las manos en la espalda para desabrocharse el sujetador. Con solo un movimiento se lo había quitado y sus pechos, suaves como la seda, quedaron desnudos bajos mis manos.
―En eslo tienes razón, querida. Ya va siendo hora.
Desabrochó los dos botones superiores de mi camisa y me plantó un beso en el pecho, justo encima de un corazón que había dejado de latir. Pensé por un instante que el roce de sus labios lo devolvería a la vida, como esos desfibriladores que utilizaban los médicos. Cerré los ojos, esperando a que ocurriera de verdad. No sentí que mi corazón cobrara vida, pero algo un poco más abajo sí que lo hizo.
Me quitó la camisa de un tirón y yo busqué a tientas los botones de los pantalones de su uniforme. Ella recorrió con sus dedos los pelos de mi pecho y se inclinó hacia delante, ofreciéndome una vez más sus rosados senos, esta vez a mi hambrienta boca. Agarré un pezón entre mis labios con ansiedad y ella gimió de placer. En ese momento, ya le había abierto la bragueta y ella bajó la mano para acariciar a través de mis vaqueros mi verga, que estaba cada vez más dura.
Ella se inclinó hacia delante para volverme a besar y levantó el trasero para que pudiera bajarle los pantalones. Introduje mis manos en el interior de sus medias y comencé a deslizarlas por detrás para dar un pequeño apretón a sus nalgas. Su risita, apagada contra mi boca, se tornó un gemido de placer cuando bajé mis manos y encontré el húmedo núcleo de la femineidad.
Ella se bajó las medias y los pantalosnes a la altura de los muslos y se inclinó sobre mí pudiendo así quitarse el resto de la ropa a patadas. La sensación del cuerpo desnudo de Connie completamente extendido sobre el mío, me hizo sentir lleno de vida una vez más. Humano, mortal, vulnerable, en éxtasis.
La apreté contra mí con el brazo y, con un rápido movimiento, hice que nos giráramos para colocarme encima de ella. Apoyado sobre el codo, comencé a explorarla con la otra mano. Le separé los muslos con la rodilla y comencé a gemir cuando ella bajó la mano para agarrar mi pene. Me deleitaba el hecho de verla desnuda y abierta a mí, era una visión que había aparecido muchas veces en mis sueños. Mi lengua se estaba abriendo camino desde el hueco de su cuello hasta su vientre y sus caderas, cuando observé una mancha de color rojo en forma de sol, justo encima del hueco derecho de la cadera y apenas visible en la penumbra.
―¿Qué es esto? ―preguté, embriagado por el palcer de explorar su cuerpo y por lo que quedaba por llegar.
―Solo es una mancha de nacimiento ―murmuró―. La tengo desde que tengo uso de razón.
Alargué la mano para seguir el rastro de los rayos del pequeño sol con el dedo índice. Cuando lo toqué, sentí que una descarga me atravesaba, con tal intensidad, que tuve la sensación de haberme agarrado a un cable de alta tensión. Mi cuerpo se arquó hacia arriba en un acto reflejo y me sentí como si hubiera sido apuñalado por cien atizadores recién llegados del infierno. Tomé impulso hacia atrás, con la esperanza de poder escapar de la fuerza que acababa de quemarme hasta el alma y choqué con un ruido sordo contra la pared. Al bajar la vista, vi que la mano con la que la había tocado estaba completamente roja e hinchada y tenía el doble de su habitual tamaño. Me la escondí detrás de la espalda, haciendo un gesto de dolor.
―Connie, ¿estás bien? ―pregunté, sin estar del todo seguro de que yo lo estuviera.
―¿Qué demonios acaba de ocurrir? ―preguntó gritando aunque parecía estar ilesa físicamente.
―Pues… pues, no estoy seguro ―dije entre tartamudeos, mientras me ponía de pie. La cabeza me estallaba y no solo del golpe contra la pared. Parecía que mi cerebro estuviera sufriendo un cortocircuito. En mis oídos retumbaban las palabras de Melaphia: «No serías tú el que supondría un peligro para ella, sino al revés, o algo aún peor».
Maldita sea, estaba en lo cierto.
―¿Es por mi culpa? ¿He hecho algo mal?
―No sé, quiero decir, no. No es por ti.
―Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Qué te he hecho?
―No es por ti, sino por mí.
―¿De qué me estás hablando?
Me puse de pie y me dirigí hacia el otro lado de la habitación pero, al ver el crucifijo que tenía colgado, cambié de rumbo, me encaminé hacia la ventana y miré al exterior para evitar tener que mirarla.
―No soy como los demás.
―Eso ya lo sé, y eso es precisamente lo que me gusta de ti.
―No. Me refiero a que realmente soy distinto a los demás. ―Tuve el repentino deseo de contárselo todo, deseaba que entendiera que lo que acababa de ocurrir tenía que ver con lo que yo era. Que no podría pasear con ella bajo el sol que no podría ir con ella de viaje a conocer a su familia, que no podría llevarla a un pícnic en la playa, que no podría despertar a su lado, mientras los rayos del sol entraban por la ventana e iluminaban su rostro angelical, y ahora sabía además que no podría hacer el amor con ella. Quería contárselo todo, pero no podía arriesgarme, era un asesino y ella era la ley, además de una diosa.
―¿Estás metido en algo ilegal? ¿Lo que ha ocurrido ha sido el efecto secundario de alguna droga o algo así?
Me quedé pensando en ello durante un momento, el tiempo suficiente para aumentar sus sospechas.
―No tiene que ver con drogas, más bien… con lo que soy.
―Déjalo. Sea lo que sea en lo que estés metido, déjalo. ―El tono de su voz era exigente. Para ella, todo era blanco o negro: no había grises en la mente de Connie.
―No puedo.
―¿Por qué no?
Por la ventana, apenas podía ver el río cuando se dirige hacia el este del Atlántico. El sol estaba a punto de salir y pude divisar los primeros colores que anunciaban su llegada justo encima del horizonte.
―Resulta difícil de explicar, pero no puedo cambiar lo que soy, si pudiese lo haría. Haría cualquier cosa por ti, pero es imposible.
Me di la vuelta para mirar a Connie y sentí cómo se secaba mi garganta al ver cómo las lágrimas brotaban de sus ojos. Abrí la boca para decir algo más, en un intento por explicarme de alguna manera, pero no encontraba las palabras para expresarlo, no exitían. No había nada que decir que pudiera tener sentido para ella.
El rostro de Connie expresaba miedo y confusión. Era el momento de marcharme, antes de que comenzara a formularme preguntas, pero tenía que devolverme el amuleto. No podía soportar la idea de tener que volver allí.
―¿Qué…? ―comenzó a decir Connie.
Entonces la interrumpí.
―Necesito el amuleto. El que te regalé para que te lo pusieras en la fiesta. Le pertenece a Melaphia.
Estupefacta, Connie abrió un cajón de la mesita que estaba situada junto al sofá y me entregó el horrible amuleto vudú, el que nos había protegido, al menos en parte de la maldad de Reedrek.
―Cuéntamelo todo. ¿Qué es eso de insistir en lo que eres y en que no puedes cambiarlo? Dímelo ya.
Abrí la puerta y, cuando me encontraba a mitad de camino para atravesarla, me giré y dije con voz entrecortada:
―Por favor, no me odies, no podría soportarlo.
―Si sales por esa puerta, hemos terminado.
Entonces me marché, cerrando la puerta detrás de mí.
Me detuve frente al umbral de la casa de Connie y aguanté la respiración. La reciente quemadura de la mano estaba hinchada y me dolía muchísimo. Miré alrededor del vestíbulo, con la esperanza de encontrar un tiesto de agua o algún líquido en su interior que pudiera ponerme en la herida. Entonces dirigí mi mirada al amuleto que tenía en la mano, una cosa horrible, con picos y garras de pollo, y quién sabe qué más, que colgaban de una especie de gargantilla. ¿Qué demonios? La sujeté con la mano herida.
En cuanto entró en contacto con mi piel, sentí un frío aliviador. El calor comenzó a absorberse, tan cierto como que yo era un hijo de Satán. Al levantr la vista, vi que una neblina ascendía hacia el techo. Al principio era de color gris oscuro, pero luego fue aclarándose hasta adquirir la apariencia de un vapor blanco. No chocó con el techo, sino que desapareció por completo. En el transcurso de treinta segundos, la neblina se había desvanecido y el dolor comenzaba a mitigarse.
Pero el alivio de mi mano curada dio lugar al dolor de pensar en cómo habían acabado las cosas entre Connie y yo. Volví a dirigir la mirada a su puerta una vez más. La mirilla llamó mi atención, vi algo que una vista humana normal probablemente no habría podido percibir a través del distorsionado cristal. Un ojo oscuro me miraba atentamente con sorpresa y entonces, desapareció. Connie lo había visto todo.
A pesar de que me encontraba en el vestíbulo interior, sabía que el sol ya había salido. Bajé las escaleras en dirección a la tenebrosa oscuridad de los túneles y me dirigí a mi taller.
Pasaría un día sin dormir retorciéndome y dando vueltas en el sofá de mi despacho sin ventanas, pensando en el amor que acababa de perder.






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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Ene 05, 2011 11:49 am

Chicas, aquí les dejo la tercera y últma parte del capítulo 2
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Ene 05, 2011 12:04 pm

gracias!!!! ranguis!!! :mua:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Jue Ene 06, 2011 3:49 am

empezo algo hot el librito xD
gracias maria

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Ene 07, 2011 11:33 am

Gracias Angeles :mua:

Shukk, :grr: Cierra los ojos :jiji:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 10, 2011 6:38 am

gracias angeles!!!!

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 10, 2011 9:55 am

De nada chicas, estamos a la espera de nuevos capítulos
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Nanis
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 10, 2011 7:04 pm

Esperamos :1007:

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masi

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 17, 2011 5:04 pm

Hola chicas, perdonen la demora, aquí tienen el capi, que lo disfruten...

Capítulo 3

Transcrito por masi

William:

Me desperté temprano. El sueño había sido más dulce y profundo que cualquiera de los últimos que recordaba., lo que en el caso de los vampiros podía significar décadas; no obstante, deseaba enfrentarme a la noche, la primera del resto de nuestras vidas, como dirían los modernos, un dicho algo cursi pero preciso. Despertar con Eleanor entre mis brazos bastó prácticamente para descongelar los últimos glaciares del odio que invadía mi cristalizado corazón.

Eleanor…, susurré mentalmente.

Con un mmm contenido, se estiró, arqueó la columna, presionándome con sus hermosas posaderas. Continuaba absorta en sus sueños, ahora inmortales.

—Tenemos algunas lecciones que aprender, cariño —dije en voz alta—. Tienes que salir de caza…

Lo que dije provocó que su respiración se agitara, rescatada de entre los muertos por el hambre. Sí, tenía que cazar y, ante la expectativa, sentí un escalofrío bajo mi piel.
Abrí la tapa del ataúd de un empujón, me senté y tiré suavemente de Eleanor. Entonces, apareció la cabeza de un perro por encima del borde. Unos cálidos ojos marrones dirigieron su mirada a Eleonor con un sentimiento que solo se podría describir como idolatría. Parecía que Deylaud no había pegado ojo, custodiando a nuestro nuevo tesoro con sus cánidos dientes. En lugar de alejarse, le lamió la mano tímidamente.

—Hola, bonito —dijo, mientras deslizaba sus dedos por entre sus orejas. Deylaud soltó un gemido de éxtasis ante el roce.

Pero, por alguna razón, su placer me molestó.

—Ya basta, apártate y déjanos levantarnos.

Obedientemente, se echó hacia atrás sin mirarme, entonces fue cuando me di cuenta de que Reyha, sentada como una reina egipcia sobre su barcaza, o en este caso, en mi otomana de cuero, miraba en nuestra dirección, sin mostrar aprecio alguno. Cuando ayudé a Eleanor a salir del ataúd y a ponerse una bata de seda, Reyha se acercó, de mala gana, para sentarse junto a Deylaud. Me puse la bata y me la cerré con el cinturón.

—Buenos días —dije con el mismo tono de voz y de la misma forma en que lo había hecho siempre. El eco de la silenciosa habitación sonaba diferente ese día, incluso para mí. Pero, en lugar de mostrar su habitual entusiasmo ante otra noche juntos, Reyha y Deylaud permanecieron inmóviles.

Justo en ese momento, Melaphia irrumpió en la cámara, parecía cansada y con prisa, llevaba los brazos llenos de ropa limpia y a su hija Renee escondida tras ella. Mel se detuvo, sorprendida de vernos de nuevo en pie y activos.

—El sol sigue brillando —dijo antes de girarse hacia su hija—. ¿Qué hora es, Ren?

Sin mirar el reloj de la habitación, Renee contestó:

—Las cuatro y treinta y ocho, mamá.

—Gracias —dijo Melaphia, entonces me miró con ojos interrogantes.

—Todo va bien —dije—. Tenemos cosas que hacer, eso es todo. —Cogí a Eleonor por la cintura—. Renee, recuerdas a la señorita Eleanor, ¿no es así?

—Sí, capitán —contestó, haciendo uso del mismo apelativo que utilizaba Melaphia para dirigirse a mí. (No me gusta tanto que me llamen tío como parece gustarle a Jack.) Renee hizo una reverencia.

—Hola, señorita Eleanor.

La recién convertida vampira, Eleanor, se detuvo para tomar aire lentamente, como si estuviera oliendo la cena en un horno de alguna parte. Entonces, sonrió como la humana que había sido y dijo:

—Hola de nuevo, Renee.

Melaphia colocó la ropa sobre la mesa que tenía más cerca, sin dejar de mirar a Eleanor, mientras hablaba con Renee.

—Vale, mi niña, puedes también irte con estos dos a jugar, ya que todo el mundo está en movimiento. —No parecía complacerle el cambio de horario.

—¡Os hecho una carrera hasta la puerta de la cocina! —gritó Renee y salió corriendo. Reyha dio un salto tras ella, pero Deylaud se contuvo, sin saber a quién brindar su lealtad, y dirigió su mirada a Eleanor.

Antes de que tuviera tiempo de responder, Eleanor dijo:

—Estaré aquí cuando vuelvas. —Sin volver la vista atrás para mirarme, Deylaud salió a toda prisa tras su hermana y Renee. Aún me sentía perplejo ante su extraño comportamiento, cuando Eleanor se entregó a mis brazos para hablarme al oído—. Podría comerme un filete de solomillo de mi peso… crudo. —Y para demostrarlo, me mordisqueó suavemente la oreja.

—Pronto, cariño. Saldremos de caza en un rato.

Melaphia, que se encontraba de espaldas a Eleanor, me lanzó una mirada que decía a gritos: “Ten cuidado con lo que deseas”.

La ignoré y cambié de tema.

—Me gustaría que organizases unas clases básicas acerca del vudú. Dado que Eleanor y yo, así como Jack, somos de su sangre, ya es hora de que investiguemos nuestras fuerzas y debilidades. Ah, y supongo que deberíamos incluir también a Werm.

Melaphia mostró su desprecio al oír su nombre.

—Alguien debería librar a ese chico de su sufrimiento —dijo refunfuñando, con los brazos en jarra—. No tiene ni un ápice de sentido común. Casi es demasiado estúpido para existir… Incluso en el mundo ordinario.

—Sí, lo sé. —Entonces suspiré y Eleanor me acercó a ella de un tirón, como si su cuerpo pudiera separarme de Melaphia.

—¿Cómo sabes que puedes confiar en él? —preguntó Melaphia insistiendo en el asunto, aunque en esta ocasión con su mirada puesta en Eleanor.

No tenía que leer su mente, para saber lo que en realidad le preocupaba: el hecho de que confiara tanto en Eleanor. Sin embargo era inevitable. Yo me lo había buscado, y ahora me tocaba disfrutar de las consecuencias.

—Debo confiar en él —dije con bastante apremio—. Tenemos que prepararnos con todas nuestras fuerzas ante la posibilidad de que aparezca alguien para vengar a Reedrek. —Además, ahora tenía a alguien más a quien proteger y no permitiría que me pillara desprevenido una vez más.

—Entonces, yo me ocuparé de eso. Empezaremos esta noche, tras la salida de la luna. Por favor, dile a Jack que esté aquí a medianoche.

Otra sorpresa. Melaphia y Jack eran uña y carne. ¿Por qué me pediría hablar con él? Ella no me dio la oportunidad de preguntárselo, pues se dio la vuelta y se marchó. La oí hablando entre dientes consigo misma durante todo el recorrido del pasillo. Así despachado, comprendí un poco cómo debió de haberse sentido Jack en el pasado. Tuve la extraña necesidad de gritarle: “¡No eres mi jefa!”, pero en su lugar acaricié el cuello de Eleanor con mi boca y comencé a pensar dónde podría encontrar su filete de solomillo.




Jack


Tras dejar a Connie, me dirigí a mi taller mecánico a través de los túneles y lo encontré completamente cerrado con llave, como debía estar. Midnight Mechanics estaba abierto desde el anochecer al amanecer, supuestamente para encargarse de las urgencias automotrices. Mi socio humano, Rennie, se había marchado a casa a descansar, por lo que podría pasar allí el día sin que me molestaran.

Resulta difícil para un vampiro disfrutar de un buen descanso durante el día fuera de un ataúd. Cuando un vampiro duerme durante el día, es como si estuviera verdaderamente muerto, liquidado, fallecido, con las cortinas corridas y unido a los ángeles del cielo. No me preguntéis por qué, sencillamente es así.

Pero resulta aún más difícil conciliar el sueño cuando tienes el corazón roto. ¿Por qué? ¡Ay!, ¿por qué no le habría hecho caso a Mel? Ahora, mi oportunidad de estar con Connie se había esfumado, casi literalmente, y ella pensaba que era un bicho raro, rectifico, ahora lo sabía.

No sé cuánto tiempo estuve sobre el sofá de vinilo de mi despacho mirando al techo, mientras me rondaba por la cabeza mi última conversación con Connie. Cada vez que creía que estaba a punto de caer dormido, la imagen de su rostro, enfadado, dolido y confuso aparecía como un destello en mi pantalla mental, pateándome el estómago con un sentimiento de culpabilidad y tristeza.

Tras retorcerme y dar vueltas durante horas, por fin me quedé dormido.



Me encontraba de pie en medio de la neblina. Una corona de luz que rodeaba la farola más cercana proyectaba una tenue palidez sobre el pavimento que brillaba con la humedad de la fría llovizna. Todas las luces de las casas de la plaza estaban apagadas. No era una noche apropiada para los de sangre caliente.

Entonces vi que alguien se acercaba. Cuando aún continuaba siendo una mera silueta, supe que lo odiaba. Tienes que odiar a alguien que camine así. Caminaba de forma arrogante, como mandando a la mierda a todo el mundo, la forma de caminar de un gallito que nunca pierde una pelea, al menos no con los mortales de los que le gustaba alimentarse. Era un vampiro.

Cuando llegó a la farola, se detuvo y dio una calada a su cigarro, mirándome de arriba abajo, midiéndome. Era delgado y larguirucho, e iba vestido con unos vaqueros negros, un chaquetón de marinero y unas pesadas botas pisamierdas. Su pelo claro parecía casi naranja, como si estuviera empapado de sangre. Liberó sus pulmones de humo y comenzó a reírse, con una risa que era tan arrogante como su manera de caminar. Mis colmillos se estiraron.

—¿Hay algo que te parezca divertido, gilipollas? —pregunté.

—Tú, colega —dijo con un acento inglés propio de la clase obrera.

Parecía británico. Como nos “gustaban” a mí y a mis ancestros esos tipos, sobre todo los que se reían de mí.

—¿Por qué no me cuentas el chiste?

—Tú eres el chiste. Así de simple. Mírate, preparado para proteger a Savannah de mí y de los de mi clase, pero solo eres un aspirante al trono.

—¿Trono? ¿Qué trono?

—¡Anda!, pues el trono de Thorne. —Y se rió entre dientes de su propio chiste.

Su discurso sin sentido parecía sacado de uno de esos ridículos sueños que todo el mundo tiene de vez en cuando, pero si se trataba de un sueño, era el más real que hubiera tenido nunca. Podía ver el blanco de sus felinos ojos verdes inyectado en sangre y oler la sangre humana de su aliento, acababa de alimentarse.

—Deja de decir estupideces. ¿Qué quieres de mí?

Su risa de suficiencia desapareció y tiró el cigarrillo.

—Quiero tu puto corazón en una pica, colega, y el de tu sire también. Creo que me va a gustar ser el rey de América.

Mis colmillos se alargaron por completo y pude sentir como mis pupilas se dilataban, lo que me permitió tener una mejor panorámica de mi enemigo. Se despojó de su chaquetón y su camiseta de cuello de pico reveló una horrible y retorcida cicatriz de unos diez centímetros, que comenzaba en el hueco de su garganta formando una cruz. ¡Joder!, tuvo que hacerle daño, pero no tanto como el que él estaba dispuesto a hacer.

—Mira, rey —dije y me abalancé sobre él, impulsándome con el lado derecho. Él se agachó y se alejó danzando, dando botes de puntillas como un boxeador. Su altanera risa apareció de nuevo. Comencé a dar vueltas a su alrededor, en espera de una oportunidad. Sentí como los músculos de la espalda y de los hombros aumentaban de tamaño y fuerza. Me estaba convirtiendo en el animal desalmado que había estado ocultando durante tanto tiempo. Llevaba mucho sin comportarme como un auténtico vampiro y me sentí completamente liberado.

Entonces se elevó ante mis ojos, abandonando el suelo como si hubiera sido disparado por una pistola. Los enjutos y flacos músculos de su brazo se flexionaron cuando cerró el puño para darme un puñetazo. Lo esquivé, pero me dio un golpe en el hombro, aunque no con la suficiente fuerza como para hacerme girar. Me cuadré una vez más y de inmediato pude ver en sus ojos su perplejidad ante el hecho de no haber logrado hacerme daño. Me armé de valor y le propiné un puñetazo en la mandíbula, con una fuerza tal que recorrió volando hacia atrás unos dos metros y casi se enrosca al poste de la farola. El impacto de su cabeza contra el hierro fundido retumbó como la campana de una iglesia. Debéis de estar pensando que al menos se quedó algo aturdido, pero no fue el caso; se trataba de un vampiro fuerte y poderoso.

Entonces, volvió hacia mí, adelantando los colmillos en dirección a mi garganta. Agaché la cabeza y le golpeé el vientre con el hombro, provocado que saltara por encima de mí. Cayó de espaldas al suelo y, en un abrir y cerrar de ojos, me coloqué encima de él, lo inmovilicé agarrándolo por los hombros y me dirigí a su cuello con mis colmillos. Casi podía saborear su sangre y el poder que ésta contenía, pero no era la sed lo que hacía que deseara asesinarlo, sabía en lo más profundo de mi apagado corazón que este vampiro era una amenaza para mí. Una amenaza para mi existencia y para el lugar que ocupaba en esta ciudad, en este mundo. No sé cómo, pero lo sabía tan cierto como que me llamo Jack. Eché los labios hacia atrás, para revelar del todo mis horribles diente, pero antes de poder hundir mis colmillos en su carne, una mano me agarró el cuello por detrás.

Era William.

—Este no —dijo—. Este es mío.



Me desperté de pie y sudando a mares. Había sido una pesadilla. Qué agradable averiguarlo. El sofá en el que había dormido se había volcado, todos los papeles del escritorio estaban en el suelo y la silla partida por la mitad. En mi sueño, había tratado de asesinar a otro vampiro, el primero en mi aproximadamente un siglo y medio de existencia como bebedor de sangre. Durante el proceso, me las había arreglado para destrozar el despacho, algo que a Rennie le iba a joder bastante, pero antes de que tuviera tiempo de darle la vuelta al sofá, sonó el teléfono.

—¿Sí? —mascullé.

—Jack, soy Olivia.

Era nuestra vampírica belleza inglesa con cutis de porcelana, quien había estado con nosotros cuando tuvo lugar la refriega con nuestro sire abuelo Reedrek. Ya llevaba de vuelta en la madre patria cuatro semanas. ¿Qué querría?

—Querida, me encantaría charlas, pero ¿sabes qué hora es aquí? Son las plena luz del día y media. Antes de que llamaras estaba muerto para el mundo —dije mintiendo.

—Lo siento, Jack, pero me encuentro fatal. Siento una enorme presión en el pecho, necesito desahogarme.

Y que yo recuerde, vaya un pecho que tenía.

—¿Ahora?

—Sí, por favor, necesito hablar con alguien.

Mierda. ¿Qué me pasaba a mí con el resto de los seres muertos? Y no solo con los vampiros, sino también con los fantasmas, los cadáveres, los que acababan de morir y los viejos y mohosos esqueletos reducidos a polvo. A todos les encantaba confiar en el viejo y bueno de Jack. No podía cruzar un cementerio sin que me invitaran a charlar, sin embargo, otros vampiros no parecían tener el mismo problema. Flexioné mi dolorida mano con la que, además de estar quemada, creo que, para colmo, había dado un puñetazo al sofá. Olivia y yo habíamos sufrido mucho juntos en muy poco tiempo. Supongo que se lo debía.

—De acuerdo, querida. Dispara.

Oí cómo tomaba aire temblorosa antes de comenzar.

—¿Recuerdas que una vez te dije que tenía sus consecuencias, consecuencias nefastas, no cumplir tu palabra o mentirle a un vampiro maestro?

—Sí. —Madre mía, comenzaba a no gustarme cómo empezaba esto. Cualquiera que fuera el hoyo que se estaba cavando, sabía que estaba a punto de tratar de arrastrarme con ella a su interior. Estuve tentado de decirle que tenía un litro de sangre O positivo en la hornilla a punto de hervir, pero no me dio tiempo.

—He engañado a William.

Maldita sea, ya empezamos.

—Olivia, yo…

—Le he contado una mentira piadosa y ahora estoy sufriendo las consecuencias. No puedo dormir, no puedo comer, estoy agotada Jack. Tienes que ayudarme.

—¿Qué? ¿Cómo puedo ayudarte?

—No estoy segura de si me servirá de algo, pero tengo que contárselo a alguien. Eres su vástago, quizá compartirlo contigo alivie mi dolor.

Vaya sencillamente genial. ¿Quieres repartir algo de dolor? Solo tienes que llamar al bueno de Jack.

—Olivia, ya tengo mis propios problemas.

—¡Por favor, Jack! No es como si hubieras sido tú el que hubiera mentido a William.

Puede que tú no sufrieras ninguna consecuencia.

—Si me cuentas un secreto que William deba saber, y yo no se lo cuento, ¡sentiré que le estoy mintiendo todos y cada uno del resto de mis apestosos días!

—Te lo suplico, querido Jack —dijo entre gemidos—. Sólo tú puedes aliviar parte de mi dolor. Estoy segura de ello. Estaré siempre en deuda contigo. Piensa en todo lo que hemos sufrido juntos…

Lo que en realidad me estaba diciendo era: todo lo que he sufrido por tu culpa. Estaba intentando hacer que me sintiera culpable y le estaba funcionando. Echamos un polvo en octubre, pero, por un capricho del destino y los efectos de la sangre vudú, acabó medio muerta, mejor dicho, más muerta que antes, y no era eso lo que se suponía que debía ocurrir.

Entonces ella sollozó y dijo:

—¡Ay!, ¿por qué tienes que ser diferente? Si nuestro apareamiento hubiera ido como tenía que ir, estarías obligado a ayudarme y no tendría que pedírtelo de rodillas.

La imagen de Olivia de rodillas me provocó un agradable hormigueo en la polla. Se me pusieron los ojos en blanco. ¿Acaso era culpa mía ser especial?

—¿Y qué recibo yo a cambio?

—Lo que quieras…

—Eso no significa gran cosa, querida, ahora todo un océano nos separa.

Ella se sorbió la nariz y permaneció en silencio.

Sintiéndome al mismo tiempo víctima y verdugo, accedí.

—¿Qué te parece si te pido que no le cuentes nunca a nadie nuestro pequeño encuentro? Especialmente a ninguna de las chicas de tu pandilla.

—Hecho. Gracias. —Tras un par de sorbidos de nariz, continuó—: De acuerdo, se trata de Diana.

Ese nombre puso freno a mi buena voluntad. ¡Ay, no!, esto no pintaba nada bien.

—¿Qué pasa con ella?

—La he encontrado.

—¿Qué quieres decir con que la has encontrado?

—Sé de buena tinta que vive como bebedora de sangre en Europa del Este con un poderoso vampiro, a quien fue entregada por Reedrek justo después de la conversión de William.

Me agarré mi dolorida cabeza, en la que empezaba a martillearme una pegadiza melodía.

—Pero le dijiste a William que la entrada de tu libro era un error. Le dijiste que nunca la convirtieron en vampiro. ¿Qué ha ocurrido?

—Que… mentí.

Tomé asiento y me pellizqué para asegurarme de que no estaba teniendo otro mal sueño.

—¿Estás loca? ¿Por qué demonios mientes a William acerca de lo que podría ser lo más importante que le haya ocurrido en quinientos años? ¿En qué estabas pensando?

—¡Porque no puede saberlo!

—¿Qué? ¿Por qué?

—EL hombre vinculado con Diana es uno de los vampiros más sanguinarios de Europa, y si le hubiera dicho a William la verdad, habría removido cielo y tierra para encontrarla lo antes posible.

Cielo y tierra y todo lo que se interpusiera en su camino.

Recordé lo que William había dicho cuando me contó que a Deylaud le había parecido ver el nombre de Diana en el libro de Olivia: “Si de verdad creyera que mi mujer continúa con vida, ya habría salido a buscarla”.

Olivia dijo:

—Cuando estaban vivos, el amor que se profesaban era legendario, según Alger, quien por entonces andaba por allí también. William era el gallardo y atractivo caballero y Diana su hermosa dama. Alger decía que William habría hecho cualquier cosa por ella, y que ella era todo lo entregada que se espera de una esposa.

—Hasta que Reedrek —le recordé—, los asesinó a los dos, así como a su hijo, y convirtió a William en un bebedor de sangre.

—Así es. William vio su entierro, pensando que su esposa descansaría durante toda la eternidad. Ese fue el fin de la historia, según la información de la que disponía Alger. El resto lo he averiguado hace poco a través de mi red de contactos y la investigación que han llevado a cabo desde que William me pidió que encontrara a Diana en mi libro, si era posible.

—Entonces, ¿qué pasó después? —pregunté, sintiéndome absorto en la historia.

—Todo lo que te puedo contar es que William estaba inconsciente cuando Reedrek llevó a cabo el intercambio de sangre con Diana. Un vástago de Reedrek, Hugo, se encontraba cerca, causando estragos entre los vasallos de William. Reedrek lo convocó de inmediato y Diana fue entregada a Hugo, quien tras el ritual de apareamiento, se la lleva toda prisa al este.

La idea de que una posible esposa mía fuera violada por Reedrek y sus amigos hacía que se me formase un nudo en el estómago, y era probable que a William lo volviera loco.

—¿En qué parte del este?

—Estamos trabajando para saberlo con exactitud, pero por ahora creemos que es Rusia.

Comencé a tiritar. Savannah en diciembre era la temperatura más baja que este chico de sangre fría estaba dispuesto a tolerar. No podía imaginarme llevar a cabo las tareas de un vampiro en zonas del norte, y mucho menos en Siberia.

—Entonces William nunca lo supo, ¿no es así?

—No. William nunca fue informado del destino de Diana, por deseo de Reedrek, quien quería toda la atención de William, por así decirlo.

—Maldita sea. Si William lograra alguna vez ponerle las manos encima a Hugo, le arrancaría la cabeza y se la metería por el agujero del cuello.

—Si esos dos se encontraran alguna vez, sería un desastre. Una guerra total. Por eso le mentí a William.

—¿Qué quieres decir? No podemos permitir que Diana continué con ese asquerosos —dije—. William tiene preparados para él unos cuantos hechizos gracias a la sangre vudú. No existe nadie a quien él no pueda vencer. —Me sentí estúpido diciendo esto, como un niño en un parque de juegos que presume diciendo: “Mi padre le puede al tuyo”. Aunque no por ello dejaba de ser cierto.

Parecía que Olivia estaba llegando al límite.

—Es más complicado que eso. Además Diana lleva con Hugo mucho tiempo, por lo que otro siglo más o menos no le hará ningún daño. El clan que Hugo dirige está hermanado con los señores oscuros de toda Europa y, en especial, en las zonas en cuyos bebedores de sangre no conocemos demasiado. No sabemos cuántos son, ni cuál es su antigüedad ni poder. Nosotros los Bienaventurados no podemos permitirnos que su cólera recaiga sobre nosotros antes de que hayamos tenido siquiera la oportunidad de organizarnos para planificar nuestra defensa; incluso en el caso de que no se desencadenara una guerra total, William no tiene ni idea de en qué se estaría metiendo, con respecto al clan de Hugo. Acabo de perder a mi querido Alger y William se ha convertido en un sire para mí. No puedo perderlo, no lo soportaría.

La voz se le quebró al decir estas últimas palabras. NO dudaba ni por un momento de que amara a William y estaba completamente seguro de que no quería verlo asesinado, sobre todo cuando era muy probable que un servidor cayera con él.

—Espero que sepas que liberarte de la presión que tenías en el pecho me ha jodido el día.

—Lo siento, querido, pero creo que ya me siento mejor. Otra cosa, no olvides disimular cuidadosamente tus pensamientos hasta que llegue el momento en que podamos contarle a William lo de Diana, en caso de que podamos hacerlo algún día. ¿Te va a resultar muy difícil?

Vaya una pregunta.

—No. Será pan comido. —No me importaba que percibiera el sarcasmo en el tono de mi voz. Por lo general, un vampiro puede leer los pensamientos de sus vástagos, se trata de una especie de telepatía entre vampiros. Sin embargo, con la práctica puedes aprender a ocultar tus pensamientos, pero tienes que concentrarte de verdad para que funcione. Es como pensar en béisbol cuando estás… bueno, digamos que tratando de retrasar las cosas, me imagino que entendéis a que me refiero.

—Basta ya de hablar de mí y de mis problemas —dijo.

Los cuales se habían convertido en los míos. ¡Qué bien!

—Mi querido Jackie —susurró—. ¿Qué tal estás últimamente?

—He estado mejor.

—¡Ay, vaya! ¿Problemas con la señora agente?

—Se podría decir que sí.

—Encenderé una vela por ti.

—Gracias —dije. Debido a que era probablemente la vampira más poderosa de nuestro círculo, sentí la tentación de pedirle que sacrificara un pollo con dos cabezas o algo así, mientras lo hacía—. Toda la ayuda que pueda recibir del departamento del amor me servirá de ayuda.

—Algo me dice que todo te saldrá bien. ¿Qué chica podría resistirse a ese pelo negro ondulado y a esos ojos azules claros?

—Anda, venga ya. —No, en serio, venga ya.

—Y ese par de… colmillos.

—Tú también estás impresionante, ya sabes. —Olivia era una esbelta rubia platino con ojos verdes y una figura despampanante. Y cuando no te cabalgaba como una frenética vaquera con ese cuerpo de infarto, le gustaba enfundarlo en cuero y encajes. A eso me refería.
Al recordar la noche de sexo desaforado con Olivia y su cuerpo voraz, caí en la cuenta de otra participante en el juego del amor… Eleanor.

—¡Ay, mierda! —grité—. Me acaba de venir a la cabeza algo horrible.

—¿De qué se trata?

—¡Eleanor! Ahora es una vampira. William la acaba de convertir y ahora está vinculado a ella para siempre. ¡Ay, madre mía, Olivia! Deberías haberle contado lo de Diana cuando tuviste la oportunidad. —Las implicaciones de la conversión de Eleanor llevada a cabo por William me dieron un mazazo como el de esos yunques de los dibujos animados. Dooiingggg.

Se hizo un completo silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro.

—No se ha podido evitar. Hay motivos más que suficientes para no contarle nada de su esposa mortal.

En ese momento tenía un horrible dolor de cabeza. Necesitaba tiempo para reflexionar.

—¿Dijeron algo tus espías acerca del aspecto de Hugo? ¿Tiene por casualidad una cicatriz en forma de cruz en la garganta?

—Que yo sepa, no. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada, ahora tengo que dejarte.

—Muy bien. Supongo que ya te he proporcionado bastante información sobre la que meditar. Te veré en la reunión, o más bien, me verás tú a mí, intervendré por vía satélite para informar a la asamblea de lo que hemos descubierto acerca de los clanes hostiles europeos. Pero ahora que Eleanor forma parte de la ecuación, nunca tendré la oportunidad de contarle a William lo de Diana. Es probable que Eleanor ayude a William a olvidar a su esposa.

Y que los cerdos aprendan a volar algún día.

La cosa iba de mal en peor. Recordé la última frase de William acerca de Eleanor: “Ella no es Diana”. Habían pasado quinientos años y aún no había logrado olvidarla.

—Nos vemos en la reunión, entonces —mascullé. Y gracias por tu cariño, pensé. Colgué y, agotado, me dirigí a la zona de la cocina situada junto al taller. El cemento estaba frío para mis ya helados y desnudos pies, y comencé a tiritar de nuevo. Agarré una cerveza, coloqué la parte superior del cuello de la botella en el borde de la encimera, y dando un golpe con la otra mano, hice que la chapa saliera despedida para ir a caer en una esquina.

Justo ahora que la relación entre William y yo, experimentaba un nuevo comienzo, las cosas ya habían empezado a ponerse feas.

Después de todas estas décadas guardando secretos, habíamos llegado a un trato. Él había acordado compartir conmigo toda la información relativa a los vampiros, pero ahora yo estaba obligado a no revelarle un secreto.

Era consciente de que William y su temperamento eran más que suficientes para saber que cuando descubriera, en el caso de hacerlo, que le estaba ocultando la existencia del amor de su vida de mortal, nunca me lo perdonaría. ¡Joder, puede incluso que me asesinara, o que al menos lo intentara! Uno de mis más antiguos temores, y una de mis peores y recurrentes pesadillas, era tener que luchar a muerte algún día con mi sire. Últimamente ese temor había comenzado a desaparecer, pero en ese momento supe que había vuelto con verdadero ímpetu.

Me bebí más o menos la mitad de la cerveza de un trago y me dejé caer en el sofá. Un estúpido error por mi parte y estaría acabado. Tenía que hacer uso de la fuerza de la sangre vudú para ocultar mis pensamientos de cara a William. Lo único que tenía a mi favor era que él no sospechaba nada, por lo que no tendría motivos para utilizar conmigo sus trucos de intrusismo mental.

Así que, siendo realista, estaba metido en una terrorífica lucha con mi sire, en este caso mental, que podría tener que prolongarse durante el resto de nuestras poco habituales vidas. Mi única esperanza era que la batalla continuará siempre en nuestras mentes y no se convirtiera nunca en la lucha a muerte entre vampiros del siglo.

Si hubiera tenido alma, le habría pedido a Dios que tuviera misericordia, pero como no era el caso, lo único que pude hacer fue beberme el resto de la cerveza, mirar al techo y preguntarme por qué no le colgué a Olivia cuando comenzaba a intentar convencerme.

Olivia era testaruda e impulsiva, y William, consciente de que podía ser una bomba de relojería, la había puesto a cargo de los Bienaventurados europeos. Sin embargo, estaba dispuesta a arruinar mi vida para salvar su pellejo, y había hecho que mi relación con mi sire pendiera de un hilo por no cumplir su palabra con un vampiro maestro.

¡A la mierda!

Me senté y lancé la botella de cerveza contra la pared. Se partió en mil pedazos, con tal fuerza que comenzó a caerme lluvia de cristales de color marrón desde el otro lado de la habitación. Olivia no tenía derecho a tirar por tierra todo lo que me importaba y, en ese instante tomé una decisión.

Se lo contaría a William, iba a contárselo todo, y eso me salvaría.

Y cuando él decidiera dirigirse a Europa para enfrentarse a ese tal Hugo, iría con él. Prefería morir en una lucha limpia y honesta contra los malos junto a William que a manos de mi mejor amigo por un arranque de estupidez femenina. Además, ¡qué demonios!, puede que consiguiésemos hacerles morder el polvo a esos rusos.

William podría hacer con Eleanor lo que creyera oportuno. Sería difícil, especialmente para una persona como ella. Como dice el antiguo cliché, El era una puta con un corazón de oro, al menos cuando era humana. Pero como inmortal, ¿quién sabe cómo sería? Sin embargo, eso no era asunto mío. Ella y Diana podrían disputarse a William, si era lo que tenía que pasar. De hecho, podría ser divertido, llevaba sin ver una pelea de gatas a la antigua, en la que se tiran de los pelos y se sacan los ojos, desde que dos pretendientes lo hicieran por mí en la guerra de la Agresión Norteña.

Y William podía hacer con Olivia lo que deseara, también. Eso me hizo sentir algo de culpabilidad, sobre todo, después de haberle prometido que guardaría su secreto. Era una pena, pero por una vez en mi extremadamente prolongada vida iba egoístamente a pensar en mí. Dicen que son las mujeres las que cambian de opinión. Bueno, pues lo que vale para unos vale también para otros. En cuanto el sol se metiese, me dirigiría a la casa de William para contarle toda la verdad.

Satisfecho de que mi decisión fuera la acertada, por fin pude relajarme, liberar mi mente y dormir el sueño de los muertos.



William

El sonido del yate vibraba bajo nosotros a medida que se abría paso entre las aguas de la desembocadura del río de Savannah y pasaba por Fort Pulaski y el faro de la isla de Tybee para llegar al mar.

—¡Aay, William, esto es tan hermoso! —dijo Eleanor, mientras se apoyaba en mí. La brisa del mar agitaba su melena, que envolvía mi cuello y rostro con sus sedosos mechones. Ella olía a sol, a agua salada y a magnolia, y su presencia casi me embriagaba. No había imaginado cómo se magnificaría nuestra conexión después de su conversión. Siempre que nuestros cuerpos entraban en contacto parecían saltar verdaderas chispas y sentía el doble de poder que cuando Eleanor era mortal.

—Ha llegado el momento de que me encuentres un cisne dijo, con una sonrisa en los labios.

—Cariño, esta noche no habrá cisnes. Los dos nos habíamos alimentado de la sangre almacenada antes de salir de casa, pero conocía el hambre de una novata, un hambre que sólo la sangre cálida, viva y latiente puede saciar. Entonces acerqué mi boca a su oído—. Esta noche debes asesinar y tomarlo todo, beberte hasta la última gota de vida. —No había cazado humanos desde mis intentos por distraer a Reedrek, pero esa noche tenía que ser especial, algo mejor de lo que las zonas más deprimidas de la ciudad pudieran ofrecer. Filete de solomillo en lugar de comida rápida.

Eleanor permaneció en silencio durante un momento y me pregunté si le habría entristecido la idea de acabar con una vida. Pero después de un sonoro suspiro contenido, se relajó y se apoyó en mí, doblegándose a mi voluntad.

Nos dirigíamos al norte, lejos de la ciudad y del estado, ya que el río de Savannah marcaba las fronteras de Carolina del Sur. Navegamos más allá de las lenguas de tierra en dirección a varias islas que separaban los ríos del mar. Hilton Head es la más famosa de ellas, seguida de otras con nombres como Daufuskie y Fripp. Íbamos en dirección a un lugar, Hunting Island, o “isla de la Caza”. Que no se diga nunca que los no muertos no tenemos sentido del humor. La brisa de la noche era fría, demasiado fría como para que hubiese abundancia de actividad humana. El invierno había llegado al sur y, aunque el frío era leve para mi constitución de inmortal, la mayoría de los mortales estarían encerrados en casa, en lugar de aventurándose a salir junto al mar, a no ser que, al igual que nosotros, tuvieran un asunto turbio entre manos, pero la escasez sólo hacía que la caza fuera aún más agradable. Teníamos oscuridad y una embarcación rápida, por lo que podríamos cazar hasta saciar nuestro apetito.

—¿Eres feliz? —preguntó Eleanor de repente.

Dado que la pregunta no me pareció inquisidora, le dije la sorprendente e inalterable verdad:

—Sí, cariño, lo soy.

Eleanor se lanzó a mis brazos y su agradecida sonrisa encendió una llama dentro de mi gélido pecho.

—Nunca te arrepentirás, te lo juro.

Al tiempo que una sensación de placer ante la expectativa recorría mi cuerpo, me vino a la cabeza el inoportuno comentario de Melaphia como un jarro de agua fría. “Ten cuidado con lo que deseas…”

Con mucha frecuencia, en el mundo de los humanos las víctimas de la violencia hablaban de que la mala suerte era su adversario. Pero, en realidad, por lo general eran sus elecciones las que los situaban en el punto de mira de la suerte… y en el nuestro. Cuando rodeábamos lentamente la isla de la Caza, divisamos un pequeño grupo de hombres apiñados junto a un muelle abandonado. Habían encendido una hoguera en un viejo bidón de combustible, una elección poco acertada por su parte esa noche, sobre todo cuando andaba cerca alguien como yo, que podía oler sus malas intenciones.

Dejé que el yate se deslizara con el motor apagado en dirección a la costa hasta que la proa tocó tierra firme, luego salté al agua, que cubría hasta la altura de la rodilla, y ayudé a Eleanor a bajar. Tres de los hombres parecieron quedarse petrificados en el sitio, probablemente preguntándose si era verdad lo que veían sus ojos. El cuarto reaccionó, alargando la mano para coger un tronco grueso del montón de leña, pero lo hizo muy despacio.

—Buenas noches —dije de la forma más amable posible. El hecho de que hubiéramos acudido allí para asesinar, no quería decir que no pudiéramos ser cordiales. Cogí la mano de Eleanor y la conduje hacia la luz—. Tenemos un pequeño problema y me estaba preguntando si nos podrían ayudar.

Vistos de cerca, los tipos iban vestidos mejor de lo que esperaba y había tres quad aparcados tras ellos, junto a los árboles. Esos tipos no eran vagabundos, tenían otros motivos para estar en el quinto pino una fría noche de enero. Estaban tramando algo, como diría Jack.
Y lo mismo hacíamos nosotros.

Transcurrido un momento, la imagen de Eleanor iluminada por la hoguera les sacó las palabras. Ella, la que debía ser obedecida, sonrió, y luego giró sus agitanados ojos en mi dirección. La expresión de su rostro reveló un hambre y unas ganas de jugar tales que sentí que me invadía un delicioso deseo. También estaba esperando algo, mi permiso.

Por fin, el tipo corpulento que llevaba el arma de madera comenzó a hablar.

—¿Y por qué no llamaís a los guardacostas? Tiene que haber una radio en ese bicho tan moderno.

—¡Ah, claro, una radio…! —Estaba empezando a divertirme. No era muy frecuente que me tomara el lujo de entretenerme con las comidas—. Por desgracia, no nos interesan los guardacostas.

Ve a por este, susurré en la mente de Eleanor. Te desea más que los demás.

—A esta señorita de aquí… —eché la melena de Eleanor hacia atrás—, le gustas. —Casi pierdo la concentración al ver su esbelto y grácil cuello desnudo.

El tipo dirigió su mirada a Eleanor, cuya expresión no pude ver, pero supongo que fue suficiente para hacer que un mortal cayera de rodillas, porque el tipo comenzó a hundirse ante ella. Eleanor dio un paso hacia delante a tiempo de quitarle el tronco que llevaba en la mano y lo tiró al agua con un estruendo.

Me giré para concentrarme en los otros tres. Idos de aquí. Huid, huid ya.

—Joder… —se atrevió a decir uno entre dientes.

—Dejádnoslo a nosotros —dije en voz alta.

—¿Y qué pasa con la carga…?

—Idos, ya —ordené, mientras invadía sus mentes de terror—. Y no volváis por aquí jamás. —Salieron corriendo en dirección a sus vehículos. Uno de ellos pensó por un momento en desenterrar un arma del lugar en el que la había escondido, pero hice que abandonara la idea con una imagen espeluznante de sangre saliendo a chorros… de su propio cuello. El repentino rugido de los motores resultaba molesto en una noche tan tranquila, aunque necesario. En poco tiempo los tipos se habían desvanecido en la distancia.

Me giré hacia Eleanor, quien se encontraba de pie detrás del hombre que se convertiría en su primera víctima, acariciándole el cabello con una posesiva mano como si de una gran perro se tratase.

—Es todo tuyo —le dije.

Pero no actuó enseguida.

—Recuerdo ver a Olivia… en mi calabozo —dijo, y luego se lamió los labios. El hecho de ver el calentamiento previo a la matanza me hizo comprender por qué un mortal era incapaz de negarle nada—. Lo ató y se lo folló.

Experimenté un escalofrío por los celos, pero se me pasó. En lo que se refería a follas, Eleanor sabía lo que se hacía. Después de todo, había sido su antiguo oficio. En esta primera muerte, no le negaría nada de lo que pidiera, ni por supuesto el placer.

—¿Quieres atarlo?

Con los ojos medio cerrados, bajó la mirada en dirección a su presa.

—No. Y dirigió su mirada hacia mí—. Quiero que lo sujetes.

En lugar de enfadarme, el puro impulso sexual de la visión que me había hecho imaginar provocó que la polla se me empinara.

—Lo que desees… —Cogí del brazo al desgraciado y lo puse de pie.

—Quítate eso —le ordenó, mientras le tiraba de la chaqueta. El tipo hizo un débil intento de huir, pero entonces Eleanor comenzó a encantarlo, mientras le susurraba lo mucho que lo deseaba. Ella lanzó la chaqueta y él caminó aturdido mientras yo lo conducía al árbol más cercano. Tras colocarlo de espaldas a este, le cogí de los brazos y tiré de ellos hacia atrás para que rodeasen el tronco y poder así sujetarle las muñecas con una mano.

La sonrisa de Eleanor iba más dirigida a mí que al hombre que se encontraba entre nosotros dos cuando le quitó la camisa dejando su pecho desnudo. Él dio un suave gemido y comenzó a temblar cuando Eleanor se detuvo para olfatearle delicadamente el cuello.

—Hueles a mujer —dijo—. Ya te has divertido un poco esta noche. —Ella cerró los ojos como si estuviera meditando o, Dios me libre, bendiciendo la mesa antes de comer. Entonces dijo:

—Vaya, vaya.

Justo cuando pensé que había elegido una nueva forma de tortura para ambos, Eleanor me sorprendió.

—Y la has maltratado, ¿no es cierto? Como haces siempre. —Entonces abrió unos ojos plagados de dureza y sus recién estrenados colmillos se iban alargando a medida que decía:
—Es tan triste. Pero no creo que ella vaya a echar de menos tus… atenciones.

Entonces le mordió.

El olor a sangre caliente y los gritos ahogados de la lucha tensaron mi mandíbula, e hicieron que mis colmillos se alargaran. Podía oír los aterrorizados latidos del hombre, sentir como se tensaban sus músculos. Oír la succión….

Después de beber durante un buen rato, Eleanor se echó hacia atrás. Con su hermoso rostro y pecho salpicados de sangre y con sus propios cabellos clavados en su piel. Entonces, echándose hacia delante, me acercó la cara para darme un beso húmedo y sangriento. Succioné su boca para captar el fervor de su lujuriosos desea de sangre. Después me empujó con ella hacia el cuello del hombre y le di un mordisco para saborearlo más detenidamente.

Succionamos hasta que el frenético latido de su corazón bajo su piel comenzó a hacerse más lento, y me eché para atrás.

—Creía que querías follártelo —dije, respirando con dificultad, y aprovechando el momento para recuperar la compostura.

Ella recorrió mi cuerpo hasta la barriga para masajearme la erección que no hice intento alguno por ocultar. Con una ensangrentada sonrisa, me dijo:

—Prefiero follarte a ti. —El tono de su voz se tornó en susurro—. Desde la primera noche que nos conocimos, no ha habido otro hombre para mí.

Aunque no lo admitiera nunca, sus palabras provocaron un gratificante arrebato de posesión en mi lujurioso desde de sangre.

—Termina entonces.

Eleanor se encogió de hombros para quitarse su vaporosa blusa, se desabrochó la suave falda que llevaba puesta y no se detuvo hasta estar completamente desnuda a la luz de la hoguera. La víctima ya no importaba. El espectáculo era sólo para mí. Gimiendo de placer, se inclinó hacia su comida de nuevo y aproveché la oportunidad de utilizar la mano que tenía libre para excitarla aún más. Para que la sangre que caía no se malgastara, froté con ella sus pezones y luego su entrepierna. Le habría quitado a lengüetazos la sangre de su piel, si no me hubiera sido asignada la labor de mantener el cuerpo de la víctima en posición vertical. Entonces, Eleanor ya no necesitaba succionar, solo mis manos y mi voluntad. Su primer orgasmo de la noche coincidió con los últimos latidos de su primera víctima.


Carta de Eleanor, una vampira.

La vida es una mierda, sobre todo si tienes la desgracia de nacer mujer. Los hombres de mi visa me enseñaron muy pronto esa lección, mi padre, quien pensaba que sus hijos eran los amos del universo y sus hijas útiles en casa mientras fueran calladas y hermosas, y mi primer novio, con quien cometí la estupidez de casarme para librarme de mi padre. Los dos hicieron todo lo imposible para convencerme de que las mujeres eran de una categoría inferior y que no valía la pena ni preocuparse por ellas. Así que, animé a mi marido para que asistiera a la universidad sin soñar ni por un momento con mi propia licenciatura. Una noche, mi príncipe azul llegó a casa exigiendo sexo. Cuando le dije que no, que no estaba interesada en acostarme con un barrocho baboso, me encerró en el dormitorio y comenzó a mostrarme la diferencia entre un borracho baboso y uno cruel.

¡A la mierda!, pensé. Mientras hacía las maletas para marcharme al día siguiente, recibí una docena de rosas y una nota que decía: “Lo siento”. Las tiré una por una a la basura, cogí mis bártulos y me fui.

Mi ex y mi padre predijeron que volvería corriendo en pocas semanas, y es cierto que corrí, pero en otra dirección. “A la mierda” se convirtió en mi lema. Ya sabía cómo financiar mi educación, por lo que elegí una universidad y comencé a trabajar como camarera para pagármela, llevando a cabo en ocasiones actividades extracurriculares. Muy pronto decidí que podía comercializar clases de apoyo sexual con algunos profesores a cambio de una educación en mayor profundidad. Uno de dichos profesores una vez sugirió en broma que debería utilizar mi máster en gestión empresarial para dirigir mi propio negocio, y así nació una madame, o, para ser más exactos, un ama. La mayoría de las personas que se consideran normales, se sorprenderían de la cantidad de amigos y familiares que están dispuestos a pagar grandes sumas de dinero a cambio de un poco de dolor, o de mucho.

La mayoría de los asesores profesionales aconsejan a sus clientes que elijan algo que les apasione y lo conviertan en su medio de vida. Y coincido con ellos. Descubrí que me apasionaba ofrecer dolor a los hombres que después se van a sus casas y fingen ser los amos del universo. Ahora soy el ama de mi propio universo.
Fin del capítulo



Última edición por masi el Lun Ene 17, 2011 9:17 pm, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Ene 17, 2011 9:07 pm

gracias masi
esta completo??
bueno creo que habria que poner al final fin del capi o continua para que no haya confusiones

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   

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