Black and Blood


 
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 El secreto del vampiro - Raven Hart

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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 18, 2011 10:32 am

Gracias por el capítulo Eduardop y Gemma, de verdad que es sangre pesado la tal Diana esa, no se porque no desaparece para siempre.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 25, 2011 7:04 am

Chicos, a quién le toca el capítulo 13, ya quiero que continúe la historia.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 25, 2011 12:17 pm

:S le mandé un mp a alena, pero no me contestó.

si para el lunes no aparece, miramos a ver si puede hacerlo otra, okis?

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 25, 2011 3:58 pm

o se podria repartir en dos el capi para que no tardemos tanto a la espera de el

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 25, 2011 11:44 pm

Siiii!!.,

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 26, 2011 6:20 am

:Manga30:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 26, 2011 10:54 am

claro :Manga30:

ya sabeís que tengo el cap escaneado en 2.

quién se ofrece? :hug:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 26, 2011 4:37 pm

moi xD

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 26, 2011 5:42 pm

:mua:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 26, 2011 11:57 pm

Chicas... les pido a todas mil disculpas. Estamos en época de vacaciones por estos lados y me he ido unas semanas... Lo malo es que me deje todo en casa. Pero ya tengo el cap y lo subo ahora mismo.

De verdad. Perdón, perdón, perdón... lamento haberlas hecho esperar. Espero me disculpen.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 12:06 am

ahh okas

gemma creo que ya estan la mayoria en la taquillas cierto
no falta ninguno??

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 12:09 am

CAPITULO 13




Jack


- No –dijo-. Eso no puede ser posible. No existen los… los…

- Vampiros –dije proporcionándole la palabra.

Entonces Werm se materializó junto a mí.

- Sí que existen.

- ¿Qué demonios eres tú? ¿Un fantasma? –Connie entrecerró los ojos, como s no creyera lo que estaba viendo, pero ¿quién podría culparla? Iba a tener que hablar con Werm de lo inoportuna que había sido su acción.

- Yo también soy un vampiro. He sido yo el que te acaba de quitar de en medio de un empujón. –Werm la miró expectante, como si esperara que le diera las gracias, en cuyo caso, podía esperar sentado. Ella nos miraba como si quisiera arrestarnos, pero no pudiera encontrar cargos. No habíamos matado a nadie, es decir, que ella supiera.

- ¿Cuántos existen como vosotros?

Werm se estremeció cuando Connie se agachó para recoger el arma.

- Pues…, bueno, estamos nosotros y William, y además… ¡ay!

Agarré a Werm con fuerza por el hombro.

- No estás ayudando mucho, charlatán –le susurré al oído.

Werm alternaba su mirada entre mí y el arma.

- Vaya… ¿cómo puedo ayudar, Jack?

- Lleva el cuerpo de Sullivan al sótano de William a través de los túneles. Ya sabes dónde está la entrada del foso para el cambio de aceites. Cuéntale a Deylaud lo que ha ocurrido y no salgas a la calle durante el resto de la noche.

Pero antes de que Werm tuviera tiempo de moverse, Connie dijo con brusquedad:

Ni soñéis con que vais a mover el cuerpo. Esta es la escena de un crimen.

- Sullivan era el sirviente de un vampiro, así que este asesinato es un asunto de vampiros. Deja que nos encarguemos nosotros –dije.

- De ninguna manera –dijo rotundamente.

- ¿Y estás dispuesta a contarles a tus colegas de comisaría que has sido testigo de cómo un vampiro le desgarraba la garganta a Sullivan? –le pregunté.

Ante eso, no pudo decir nada. Se frotó las sienes, apuntando con el arma al aire, y cerró los ojos con fuerza. Connie era fuerte, pero temía rebasar los límites de lo que podía digerir en una sola noche. Después de todo, un hombre, que estaba claro que le importaba, acaba de ser víctima de una muerte espeluznante entre sus brazos y, antes de que se hubiera secado la sangre de sus manos, había descubierto que otro de sus intereses amorosos era socio de un terrorífico club de hombres, una comunidad de muerto diabólicos que no había imaginado que existiera ni en sus peores pesadillas. No era una buena noche para ella.

Asentí con la cabeza en dirección a Werm, quien se dirigió hacia el cuerpo de Sullivan, lo levantó cuidadosamente y desapareció en el interior del taller. En ese momento, Connie ya había abierto los ojos, pero no hizo nada por detenerlo.

Connie se guardó el revólver en el bolsillo trasero de sus vaqueros, luego se miró las manos, que continuaban cubiertas de la sangre de Sullivan, y entonces fue cuando la realidad de toda la situación la conmocionó.

- ¡No te desmayes! –dije, antes de dar dos pasos hacia ella para poder sujetarla si se venía abajo.

Ella me miró.

-¡Yo no me desmayo!

- Claro que no, lo siento. –Joder, la situación era muy incómoda. Ahora que se había revelado el secreto, por decirlo de alguna manera, había tantas cosas que quería decirle para hacerla comprender, pero ¿por dónde podía empezar? En primer lugar, no estaría de más limpiarle la sangre de Sullivan que cubría sus manos. Lamerla era algo impensable, así que me dirigí al fregadero del taller y humedecí un puñado de servilletas de papel.

Ella permaneció sentada en silencio, mientras le limpiaba la sangre con torpeza y, al final, cogió las servilletas y acabó de limpiarse ella misma.

- ¿Te apetece un café? –le pregunté.

- ¿Café? ¿Quieres tomar café en estos momentos? –Parecía que volvía a tener miedo, pero las manos no le temblaban. Entonces lanzó el montón de servilletas usadas y las encestó en el cubo de la basura como si fuera Michael Jordan.

En ocasiones, se me olvida que no todo el mundo es un traficante de muerte. Connie era una agente de policía y, como tal, ya había visto cosas horribles, y puede que incluso algunos humanos verdaderamente diabólicos, pero era imposible que estuviese preparada para lo que tenía que contarle en ese momento.

- ¿Lo quieres descafeinado?

Connie se sentó en la mesa de formica de la cocina, observando cada uno de mis movimientos mientras preparaba el café. Podía notar que se estaba planteando numerosos interrogantes, y encontrando respuestas para algunos, el hecho de saber que yo era un vampiro lo explicaba casi todo.

Cuando puse la cafetera, me senté frente a ella.

- Debes tener muchas preguntas.

- Y que lo digas.

- Dispara, pero no te lo tomes al pie de la letra –añadí, al recordar el arma.

- Aseguras que eres un vampiro –dijo simplemente.

- Si. –Por el momento, todo iba bien.

- Y William, y el extraño chico que apareció de la nada frente a mí y el monstruo que asesinó a Sullivan, ellos son vampiros también.

- En efecto.

Ella asintió con la cabeza lentamente.

- Te lo voy a preguntar una vez más. ¿Cuántos sois?

- Demasiados como para que puedas arrestarnos.

- Contesta a lo que te he preguntado.

Yo suspiré.

- ¿En el país? ¿En el mundo? Sinceramente, no puedo contestarte a eso.

- Empecemos por Savannah.

- Normalmente, solo estamos William, Werm y yo, a no ser que tengamos huéspedes o viajeros en la ciudad. –Excluí a Eleanor, ya que no tenía sentido arruinar aún más su ya mala reputación, además, si seguía dando nombres, iba a parecer que estuviéramos convirtiendo vampiros a diestro y siniestro.

- ¿Normalmente?

- Tenemos… visita.

- Como el que mató a Sullivan.

- Sí –dije-. En realidad, la mayoría no son peligrosos, pero luego está este otro grupo, del que jamás habíamos oído hablar, que de alguna manera ha llegado por sorpresa. No sabemos demasiado de ellos, pero Will es uno de sus miembros.

Entonces se quedó callada, supongo que pensando en más preguntas, o puede que asimilándolo todo.

- Has dicho que el asesinato de Sullivan es un asunto de vampiros del que debéis encargaros vosotros. –Ella extendió las manos y las colocó encima de la mesa-. ¿Y qué vas a hacer?

Aún no lo había decidido, pero ahora que lo preguntaba, caí en la cuenta de que tenía claro lo que debía hacer.

- Voy a matarlo.

¿Podría matarlo realmente o estaba vacilando frente a Connie? Por lo menos, sería un mejor experimento de lo que lo había sido la pelea, y descubriría si la sangre vudú superaba el hecho de llevar quinientos años alimentándose de sangre humana. Gerard estaría orgulloso y yo haría de conejillo de indias.

- Vas a matarlo –repitió Connie-. ¿Matáis a mucha gente?

- No a mucha, casi nunca asesinamos humanos, a no ser que se den circunstancias especiales.

Estaba contento de que sus manos continuaran sobre la mesa, porque tenía la sensación de que deseaba ir por su revólver y, aunque el disparo no me matara, sabía que Will había estado haciéndose el duro poco antes. Que te disparen en el pecho duele mogollón, a pesar de llevar quinientos años como vampiro. No hace falta que os diga por qué lo sé.

- ¿Te acuerdas del violador en serie del año pasado?

Connie abrió los ojos como platos.

- Eso nunca salió a la luz. ¿Cómo lo sabes?

- Nosotros… William y yo… nos encargamos de saber lo que ocurre en esta ciudad, a nuestra manera. Bueno, pues supongo que recuerdas que un día desapareció.

- Sí, me acuerdo. Yo participé en la investigación. –Los ojos de Connie se iluminaron-. ¿Qué ocurrió?

- Digamos que tenía un sabor muy similar al del pollo.

- ¿Y cómo sabéis que no os equivocáis de persona?

- Tenemos nuestros métodos. Es una cuestión mental. A un humano le resulta muy difícil mentir a un vampiro. –Es evidente que los vampiros son unos mentirosos excelentes, son gajes del oficio.

- Así que, ¿de verdad asesinaste a ese cabronazo?

- Sí, lo hice.

Entonces Connie hizo algo muy significativo: sonrió por primera vez en toda la noche.

Me sorprendió un poco el hecho de que Connie aprobara nuestra forma de hacer justicia, rectifico, fue una enorme sorpresa. Ella siempre me había parecido una agente seria y profesional que cumplía las reglas a rajatabla, y esa contradicción, o quizá el hecho de haberla juzgado mal, provocó que quisiera hacerle algunas preguntas sobre su filosofía con respecto a la lucha contra el crimen, pero no era el momento.

- Muy bien entonces. –Connie asintió con la cabeza lentamente-. Te tomo la palabra de que te encargarás del asesino de Sullivan.

La cafetera automática emitió un pitido, lo que indicaba que el café estaba listo, así que me levanté para servirlo, con la sensación de que podría relajarme un poco. Connie había dejado de mirarme como si quisiera arrestarme, o algo peor, y ahora simplemente mostraba curiosidad. Además, el hecho de que hubiera dicho que me tomaba la palabra significaba que, al menos hasta cierto punto, seguía confiando en mí, y eso me hizo ilusión.

- Así que, lo de ser vampiro –comenzó diciendo-, ¿eso era a lo que te referías cuando dijiste que estabas metido en algo en lo que yo no podría encajar? ¿Algo que no podrías abandonar?

<>, casi me río. Lo dijo como si se tratara de una afición. Cogí dos tazas de cerámica del armario de arriba.

- Es verdad, no puedo dejar de ser lo que soy. Si pudiera volver a ser humano, lo haría, pero no es algo que se pueda elegir.

- Supongo que eso explica por qué nunca te he visto en la calle durante el día –dijo-. Bueno, si es que ese tópico sobre los vampiros es cierto.

- Claro que es cierto. –Y le serví una taza de café-. Muchas de las cosas que aparecen en los libros y en las películas acerca de los vampiros, como lo de los espejos o el hecho de tener que ser invitados para entrar en una casa son ciertas. Quiero decir, existen motivos para que esas cosas aparezcan en las historias acerca de vampiros, porque la mayoría de ellas, ten en cuenta que no todas, solo la mayoría, tiene al menos algo de verdad y, en ocasiones, más que algo.

- Así que puedes tomar café. –Connie agarró la taza con ambas manos para calentárselas y luego dio un sorba-. ¿Bebes sangre también?

- Sí, esa es una de las verdades. –Más bien una verdad como un templo. De todos los hechos curiosos acerca de los vampiros, lo de beber sangre era lo que nos hacía realmente distintos, incluso más que nuestros superpoderes e inmortalidad-. Puedo beber otras cosas aparte de sangre, como café, licor, cerveza (gracias a Dios), pero lo único que puedo comer es… -me detuve. El hecho de hacerle confidencias me hacía sentir liberado, pero tampoco quería llegar demasiado lejos.

- ¿Qué? –preguntó ella.

- Carne cruda. –Y bajé la mirada hacia la mesa, sintiéndome incapaz de mirarla a los ojos.

Hay noches que veo vídeos con Renee, cuando al día siguiente no tiene colegio. Ella tiene distintas versiones de la Bella y la Bestia, su cuento de hadas favorito, que ve una y otra vez, ya sabéis cómo son los niños. Bueno, en una de ellas, la Bella infringe las normas y sale de noche, cuando la Bestia está ocupada comiéndose un ciervo… crudo. El hecho de verlo hundido hasta la barbilla en las tripas del animal le causa tal repugnancia que vuelve corriendo al castillo lo más rápido que puede y yo sabía, son levantar la vista, que así me estaría mirando Connie en ese momento.

- En cualquier caso, casi nunca bebo sangre de personas que no estén dispuestas –dije apresuradamente, y era verdad, después de todo, el incidente en el centro comercial Wal-Mart no había sido idea mía. Decidí no mencionar nada del suministro de la sangre donada que conseguíamos del banco de sangre-. Podemos sobrevivir alimentándonos de sangre animal y, en la mayoría de los casos, es lo que hacemos. No matamos a seres humanos inocentes, y te lo digo sinceramente, al menos los vampiros bondadosos no lo hacemos, pero luego están esos otros tipos… -Me estaba yendo de la lengua y eso no era bueno. Me atreví a levantar la vista hacia Connie, quien seguía escuchándome, pendiente de cada una de mis palabras.

- ¿Te refieres a ese asqueroso tío tuyo que vino el otoño pasado? ¿Cómo se llamaba?

- Reedrek, solo que no era mi tío. Es una especie de abuelo, aunque no mi verdadero abuelo, me refiero a que no es mi abuelo humano. No tenía buenas intenciones. De hecho, asesinó a un par de mortales durante su estancia y torturó a William. Así que, William y yo nos hemos encargado de él.

- ¿Lo matasteis?

- No, pero lo encerramos bajo llave, en un lugar desde el que no podrá volver a hacer ningún daño a nadie.

- Entonces me estás diciendo que hay vampiros buenos y vampiros malos –propuso Connie-. ¿Igual que ocurre con las personas?

- Sí, es algo así.

- ¿Y tú, William y ese tal Werm sois los buenos?

- Pues claro –dije, bastante picado, a decir verdad-. ¿Cómo se te ocurre preguntar algo así?

- Lo siento, no me está resultando fácil digerir todo esto, Jack. Quiero decir, acabo de verte actuar a lo Drácula con ese tal Will. Tienes que darme algo de tiempo para que pueda asimilar todo esto.

- Lo sé, supongo que estoy algo susceptible. Nunca pedí convertirme en un monstruo, aunque acepté la oferta de William. Si hubiera sabido en qué me iba a convertir, habría preferido estar muerto. Pero ya han pasado ciento cincuenta años, ya es demasiado tarde para recapacitar. Si yo todavía no me he acostumbrado a ser un vampiro, no puedo esperar que tú te hagas a la idea de que lo soy en unos minutos. –Alargué la mano y la coloqué sobre la suya.

Connie se tensó y miró la mano que cubría la suya.

- Siempre me he preguntado –me soltó- por qué tu piel estaba tan fría, pero supongo que ya lo sé.

Yo retiré mi mano y traté de no sentirme herido. Tenía razón, necesitaba tiempo para asimilar las cosas. Y, si después de hacerse a la idea de lo que yo era, no quería tener nada que ver conmigo, yo tendría todo el tiempo del mundo para aceptarlo: el resto de mi vida inmortal. Pero decidí que no era el momento de pensar en eso.

Connie se frotó los brazos como si estuviera muerta de frío.

- ¿Por qué… el otro vampiro, mató a Sullivan?

- No lo sé con certeza, pero estoy dispuesto a averiguarlo. No tenía sentido. No encuentro ninguna razón para la que Will asesinara a Sullivan, a no ser…

- ¿A no ser qué?

- Cuando Will llegó la primera vez, tú estabas de espaldas a ellos, pero yo sí que lo veía. Justo antes de que lo atacara, vi que Sullivan hablaba con Will, quien se encontraba fuera del taller. Al principio Sullivan parecía tranquilo, pero luego su expresión cambió, como si acabara de caer en la cuenta de con quién estaba hablando.

- Quizá lo había conocido en algún lugar antes de esta noche y entonces se dio cuenta.

- Sí, pero ¿dónde?

- Has dicho que Sullivan era el sirviente de un vampiro. ¿Te estabas refiriendo a Iban? –dijo, después de llegar a esa conclusión.

- Sí. ¿Se te ocurre algo?

- Quizá. ¿Se conocían de antes Iban y Will?

- No. No que yo sepa. ¿En qué estás pensando?

- Quizá se conocieran de antes y Will había hecho algo que sabía que el resto de vampiros, los buenos, no aprobarían, como asesinar a humanos inocentes. Iban es uno de los buenos, ¿no?

- Por supuesto, el mejor que conozco. –Habría dicho lo mismo de William hacía solo unos días y, sin embargo, aún estaba tratando de asimilar el hecho de saber que había asesinado a vagabundos inocentes en los túneles-. Quizá por ahí vayan los tiros. Debería ir a preguntárselo a Iban, antes de que sea demasiado tarde.

- ¿Y qué se supone que significa eso? ¿Le pasa algo a Iban? ¿Esa es la gran urgencia por la que Sullivan se marchó a toda prisa de mi apartamento la otra noche?

Mierda, había vuelto a hablar demasiado.

- Sí –admití-. Sí, ha contraído una especie de peste vampírica. Está grave, extremadamente grave.

- ¿Os habéis expuesto el resto de vosotros? –Connie parecía alarmada-. Jack… ¿estás en peligro?

Yo asentí con la cabeza.

- Connie, no me resulta fácil contarte esto y tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie para que no cunda el pánico. No solo estamos en peligro el resto de los vampiros, sino que también puedes estarlo tú.

Connie volvió a abrir los ojos como platos.

- ¡Ay, Dios mío! –dijo, con un grito ahogado.

Sí, podría decirse que no era la mejor de sus noches.






William


Abrí los ojos. El enorme peso de mi…, del anillo de Diana parecía quemar la carne de mi dedo, así que me lo quité.

Jack, dije sin levantarme del suelo de mi despacho. Tenía que saber qué había ocurrido. Qué había hecho Will. Si había matado a Jack debería saberlo, sentirme mermado, aunque después del impacto emocional al enterarme de la existencia de Diana y de su potente conexión con su señor, Hugo, me sentía insensible ante todo, excepto ante la desesperación. ¿Podrían las cosas ir tan mal como parecía?

Jack

¿Qué? Fue su sorpresiva e irritada respuesta. Era evidente que estaba vivo y que se encontraba bien, aunque no feliz del todo. Bienvenido a mi mundo. Uno más para la procesión que se dirige al infierno.

¿Qué ha hecho Will? ¿De quién es la sangre de sus manos?

Jack no contestó al instante. Lo intenté con mayor intensidad, pero me estaba bloqueando. Me senté y concentré mi rabia en su dirección.

Era de Sullivan, me contestó Jack.

Te dije que le echaras un ojo a Will. ¿Cómo has permitido que ocurra algo así?

Oye, él es tu… Entonces se detuvo, y pude sentir cómo tomaba aire. Hice todo lo que pude. Connie le disparó en el pecho, pero ya era demasiado tarde.

¿Connie? ¿Qué demonios haces involucrándola en nuestros asuntos?

No quedaba otra opción. Mira, la próxima vez que necesites una canguro, ¿por qué no…

¡Basta! Si no sientes lealtad hacia mí, reconoce que aún te quedan cuarenta años del juramento que me prestaste, así que harás lo que te diga hasta que acabe contigo.

Después de todo, parecía que Jack y yo estuviéramos destinados a ser adversarios. Me sentía sitiado. Mucho hablar de deseos y necesidades, pero a la hora de la verdad nada de nada. Faltaban dos horas para el amanecer, era la hora de recoger a Iban de la casa de Tally para llevarlo a la isla de Hope, el momento de elaborar un plan para poner orden en ese repentino caos, ¿cómo iba a contarle a Iban que su compañero había sido asesinado a manos de un hijo de mi propia sangre? Abrí la puerta para marcharme y me encontré a Eleanor en el vestíbulo.

Se puso muy erguida para enfrentarse a mí.

- Tenemos que hablar.

Era lo último que quería…, pero era algo necesario. No tenía sentido mantener a Eleanor en vilo acerca de nuestra precaria situación. El fuerte viento que soplaba sobre nuestro castillo de naipes nos derrumbaría a todos muy pronto y era necesario que todos nosotros nos preparáramos para la lucha. Yo asentí con la cabeza y ella se dio la vuelta y se alejó, esperando que la siguiera.

- Dime –dijo ella, con aspecto de asustada y repentinamente de muy humana. Habíamos llegado a lo que hasta hacía escasos días había sido nuestra suite real. Para mí, un ser que llevaba viviendo cientos de años, nuestra luna de miel había pasado como un suspiro. Había sido muy desafortunado que Eleanor hubiera elegido convertirse en una bebedora de sangre para encontrarse de inmediato ante esa terrible incertidumbre: la posibilidad de su recién forjada inmortalidad fuese revocada y ella muriese, al igual que sus vínculos de sangre conmigo.

Era como pasar la luna de miel en el Titanic.

Atravesé la habitación y serví dos vasos de sangre donada, pero cuando le ofrecí uno, ella negó con la cabeza. Yo insistí.

- Gerard dice que debemos alimentarnos para conservar nuestras fuerzas. Ha encontrado una cura para la enfermedad que ha contraído Iban, pero aún no se puede prevenir. –No le dije que debíamos alimentarnos de humanos. Egoístamente no quería que saliera a las calles sola, y solo podía esperar que recluyéndola en casa la mantendría a salvo. Ella se quedó mirándome a los ojos un largo rato, antes de aceptar el vaso.

- Ya no estaba segura de que te preocupara lo que me pasara.

¡Ay, las mujeres y sus intuiciones! Había percibido mi distanciamiento físico y mental. Yo había anhelado aquellos sentimientos que tan abiertamente había compartido con ella, pero el hecho de ver a Diana los había endurecido como una piedra, de la misma forma que maldecía a mi malvado sire, Reedrek. Pero ¿cómo romper una piedra? Es probable que solo con un martillo y un cincel.

O con el calor del sol.

- ¿Quién es ella?

- Mi… esposa.

- Me dijiste que tu esposa estaba muerta, que había sido asesinada hacía cientos de años.

- Sí, y hasta anoche creía que era cierto.

- ¿Está aquí, en Savannah? –Ella bajó el vaso medio vacío y se hundió en la otomana de cuero, entonces, con ojos de terror, levantó la mirada hacia mí-. ¿Viva, como una bebedora de sangre, y aquí?

Eleanor necesitaba que la tocara, que la consolara, pero me sentía incapaz de hacerlo y permanecí inmóvil.

- Sí, me temo que sí. –Con eso, le había dicho la verdad.

Nos quedamos mirándonos un largo rato. Entonces un tronco de fuego de la chimenea chisporroteó con un ruido sordo, lo que me puso en movimiento. Coloqué mi vaso junto al suyo, me incliné y me llevé su mano a los labios.

- Como tu sire… -le besé la muñeca- haré todo lo posible por protegerte. Quédate en casa, aquí estarás a salvo.

Ella apartó su mano de mí y se restregó el lugar donde la había besado, como si fuera a salirle un salpullido.

- ¿Protegerme de qué? –Entonces, antes de que tuviera tiempo de contestar, añadió-. ¿Te vas?

- Sí, aquí estarás a salvo. –De todos excepto de mí. Si me quedaba, me sentiría golpeado por el dolor de Eleanor y Melaphia; tenía que aclararme, bloquear todas mis emociones y concentrarme en la supervivencia. No había tiempo para el consuelo ni el amor, ni tampoco motivos para castigar a los que me rodeaban, como había hecho con Deylaud, debido a mi encolerizada desesperación.

Eleanor se puso de pie.

- ¿Vas a encontrarte con ella?

Recordé a Diana en la bañera y mi ardiente deseo debió brillar en mis ojos o transmitirse a la mente de Eleanor desde la mía, porque su respiración se agitó.

- No, no con ella. –Le abrí mi mente y le ofrecí la imagen de Hugo con sus manos sobre Diana, acompañada del torrente de dolor que envolvía mi interior.

Eleanor dio un grito ahogado y se puso la mano en el corazón.

- No voy a encontrarme con ella –dije una vez más y me marché.



Iban tenía mejor aspecto del que cabría esperar, teniendo en cuenta que estaba pudriéndose literalmente hacía escasas horas. La sangre de Melaphia había ejercido su magia, aunque me resultaba difícil sentir verdadera euforia, debido al enorme daño que le había provocado. No obstante, Iban se sentía enormemente agradecido y preguntó por su salvadora prácticamente en cuanto me vio.

Sentado y vestido con la ropa limpia que Tilly le había proporcionado, caso volvía a parecer él. Su rostro mostraba aún algunas protuberancias bajo su piel, pero ya no había heridas abiertas, ni olores significativos.

- Se lo debo todo –dijo refiriéndose a Melaphia-. Y a ti también, señora mía –le dijo a Tilly.

Tilly se puso colorada como una colegiala, pero luego recuperó la compostura.

- Nuestra adorable ciudad ha perdido una buena parte de su civismo durante los últimos sesenta años, pero nunca he oído que un visitante tan adorable como tú haya sido tratado de una forma tan abominable.

- A sus pies, madame –dijo Iban con una reverencia.

Después de que Gerard hubiera cargado las medicinas en mi Mercedes, Iban y yo nos despedimos de Tilly.

- He venido a librarte de tus obligaciones como enfermera –le dije a Tilly-. Pareces agotada. –No quería añadir el nombre de Tilly a la lista de las personas heridas por su asociación conmigo.

- A decir verdad, tienes razón. Este tema de envejecer deja mucho que desear. –Ella me dio unas palmaditas en el brazo, probablemente recordando un tiempo en el que pudo haber elegido su destino, entonces suspiró con satisfacción-. Aunque ha sido agradable sentirme útil de nuevo. Durante un rato, me he sentido como en los viejos tiempos. Hace demasiado que tú y yo nos metíamos en una de estas aventuras a vida o muerte.

- Sí, es cierto, y espero mantenerte completamente al margen de otras emergencias, aunque te agradezco que te hayas encargado de esta.

Me acerqué a Iban para ayudarlo.

- Puedo solo –dijo, una vez de pie.

Íbamos en silencio, Iban en el asiento del copiloto y Gerard en el asiento de atrás, hasta que tomé la carretera que conducía a la isla de Hope.

- ¿A dónde nos dirigimos? –preguntó Iban, quien había estado en mi casa de la ciudad en suficientes ocasiones como para reconocer el camino.

- A la casa de la isla de Hope. Podremos pasar allí el día con Lucius.

- He enviado de vuelta a Tobey y a Travis para que averigüen el verdadero origen del virus –dijo Gerard.

- Buena idea –respondió Iban-. Cuanto mejor me siento, más me enfado pensando en este ataque.

Durante el resto del trayecto aproveché para contar todo lo que había acontecido desde que Iban cayera enfermo, empezando por Hugo, Diana y Will. Tenía mis propias razones para no revelar que Will era mi hijo mortal, e invertí la mayor parte del tiempo hablando de Hugo. Una vez que llegamos a la sala de estar de la casa con vistas al río Skidaway, me sentí obligado a informar de las noticias más dolorosas.

- Tengo otra mala noticia que daros –advertí.

Iban me dirigió una mirada de sorpresa.

- Sullivan ha muerto.

Gerard reaccionó antes que Iban.

- ¿Qué?

Tras girar la cabeza para mirar por la ventana de la fachada, Iban dijo:

- Tenía el virus también. –Se trataba de una afirmación y no de una pregunta.

- No… bueno, puede ser, pero eso no es lo que lo ha matado. Ha sido asesinado.

En ese momento, Iban reaccionó, con un tono de voz apagado.

- ¿A manos de quién?

- De uno de los recién llegados… Will. Pensé que Sullivan estaría a salvo en el taller de Jack, pero ahora me arrepiento de haber confiado en él. –No mencioné mi error de cálculo al haber dejado a Will allí, pero había estado obsesionado con coger mis conchas y espiar a Diana. Por cumplir mis propios deseos había vuelto a perjudicar a otros y, en este caso, nos había costado la vida de un amigo incondicional. ¿Cómo me habría sentido si hubieran sido Melaphia o Renee?

- Debería haber estado allí para protegerlo –dijo Iban, refiriéndose a Sullivan. Entonces me miró- O tú. ¿Has tomado represalias contra ese recién llegado? –preguntó Iban.

- De eso tenemos que hablar esta noche, durante el tiempo que nos queda hasta el amanecer. No hay túneles desde esta casa ni desde la plantación, donde se encuentran Will, Hugo y Diana. Ninguno de nosotros podrá moverse hasta la puesta de sol. Para ese momento, debemos estar preparados.

La planificación de nuestra reunión no había ido todo lo bien que esperaba.

- Creo que ha llegado el momento de elegir otro líder –dijo Lucius-. Antes de que William consiga que nos maten a todos.

No emití sonido alguno, pero estaba seguro de que los otros tres vampiros que se encontraban en la habitación podían sentir mi desagrado.

- Quiero decir, mirad lo que ha pasado. Nos aseguraron que los nuevos vampiros estarían controlados al tener un rehén, pero ¿qué ha hecho este? Matar a uno de los nuestros. ¿Qué clase de plan es ese?

- Como poco, ineficaz –dijo Iban, mirándome con ojos encolerizados por primera vez desde que comenzara nuestra amistad.

- Estás cegado por tus sentimientos hacia el pasado… hacia tu esposa mortal. Lo entiendo, pero…

- Eso supondrá nuestro final –añadió Iban, a la opinión de Lucius.

¿Por qué todo el mundo se sentía con el derecho a hurgar en mi pasado? De todas formas, daba igual, no tenían argumentos para defenderme. La necesidad de que las conchas me llevaran a la realidad de la vida de Diana con Hugo me había cegado. Era yo quien le había robado el anillo a Will y luego lo había dejado en el taller de Jack, prácticamente en libertad condicional sin fianza. Idiota, idiota y triplemente idiota. Al ver que no reaccionaba con la suficiente rapidez ante la opinión de Iban, se puso de pie, mientras su agitación aumentaba por segundos. El hecho de conocer la muerte de Sullivan lo había dejado en estado de shock, sin embargo, en ese momento le invadió la ira.

Yo también me puse de pie, en respuesta a su amenaza implícita.

- Era mi deber proteger a Sullivan –dijo Iban-. Y ahora está muerto, junto al resto de los miembros de mi clan. Propongo que hagamos picadillo a ese tal Hugo y a todo aquel que esté junto a él, para que no puedan resucitar.

Levanté la mano con intención de apaciguarlo.

- Iban…

- ¡No me hables de compostura! Me importa un bledo tu versión de la paz. –Incapaz de contener su cólera, levantó la pesada mesa baja de caoba y la lanzó al otro extremo de la habitación. Cuando impactó contra la pared, arrojando fragmentos de madera y de yeso por toda la moqueta, Gerard y Lucius se pusieron de pie de un salto.

- Por favor, Iban. Siento mucho lo de Sullivan… -Entonces me golpeó directamente en el pecho, con tal fuerza que me lanzó hacia atrás. Yo no quería pelearme con él e hice todo lo posible por alejarlo de mí. De repente, Lucius lo agarró por detrás. A pesar de que solo contaba con tres cuartos de su fuerza debido a la enfermedad, fue necesario que dos de nosotros lo sujetáramos contra la pared para inmovilizarlo.

- Pelearnos entre nosotros no va a servir de nada, viejo amigo –le susurró Lucius al oído a Iban-. En lugar de eso, visitemos a los que se han quedado en el barco. –Entonces me inmovilizó con una mirada plagada de ira-. Haremos algo mejor que matarlos, los utilizaremos como herramienta.

Entonces Iban pareció abandonar todo deseo de lucha. Había lágrimas en sus ojos.

- Ahora no tengo a nadie. –Y, mirándome, juró-: El que lo haya hecho no vivirá.





Jack


- ¡Maldita sea! –William me había bloqueado. Bueno, que lo haga. A partir de ahora que vigile él solito a su cachorro, hasta que tenga la oportunidad de matar a ese hijo de puta de Will. No me sentía culpable por lo que le había ocurrido a Sullivan, pero no quería enfrentarme a Iban hasta haber mandado a ese bebedor de sangre pelirrojo al infierno al que pertenecía.

Seguramente, William informaría de la noticia a Iban, bueno, siempre que continuara con vida, y me sentí aliviado, aunque con cierta culpabilidad, por no tener que hacerlo yo.
Tampoco me gustaba la idea de tener que enfrentarme a Connie de nuevo, después de lo que le acababa de contar, pero no había forma de evitarlo.

- No sabemos aún si los humanos pueden contraer el virus o no –dije-. Sullivan ha podido estar expuesto por Iban o cualquier otro miembro del clan, pero como no tenemos certeza de cómo se contagia, existe la posibilidad de que te haya podido exponer a ti. –Omití decir lo que no quería ni imaginarme. Cuanto más intimo hubiera sido el contacto entre Sullivan y Connie, mayor era la probabilidad de que Connie pudiera haber sido infectada.

Connie fue tan valiente ante estas noticias como lo había sido ante el vampiro que había ido a por su garganta, aunque noté por las arrugas de su frente que estaba preocupada. ¿Quién no lo estaría?

- Comprendo –dijo finalmente- ¿Cómo sabré si lo tengo?

Recordé el rostro de Iban y me estremecí.

- Créeme, lo sabrás.

- Me estas asustando. ¿Lo tienes tú?

- No, claro que no.

- ¿Y cómo sabré si estoy fuera de peligro?

- Tenemos a alguien investigándolo. Se trata de un insigne científico y un miembro de nuestra… comunidad.

- ¿Otro vampiro?

- Sí. –Y me volví a sentar en la mesa-. Confío mucho en él. Si hay alguien que pueda desentrañar este virus, ese es él. Ya que de todas formas estás de vacaciones esta semana, ¿por qué no intentas pasar desapercibida en tu apartamento?

- Para que no se lo contagie a nadie, quieres decir –dijo, y entonces palideció. Puede que no tuviera miedo por ella, pero pude percibir que lo tenía por las personas con las que había estado en contacto desde que conociera a Sullivan.

- Si. En cuanto Gerard me informe de algo, te lo diré. Mientras tanto, supongo que al menos podemos estar agradecidos de que Sullivan no mostrara ningún indicio de estar enfermo antes de que lo asesinaran.

Connie apoyó los codos sobre la mesa y se agarró la cabeza con las manos.

- Siento como si la cabeza estuviera a punto de estallarme, después de todo lo que he visto y me has contado esta noche, pero sigo teniendo muchos interrogantes.

- Y yo te responderé a todo lo que pueda, te lo prometo. Pero tendrás que esperar a otra noche, el sol está a punto de salir.

- Así que te tienes que ir a dormir –dijo-. En un ataúd.

Asentí con la cabeza sin mencionar nada del ataúd. Podía notar por su expresión de cautela que intentaba ocultar su sentimiento de repugnancia hacia mí, al menos era educada.

- Como no tengo tiempo de llegar a casa antes de que salga el sol, dormiré en el sofá del despacho con la puerta cerrada. Allí no entra luz.

- Antes de irme, tengo que saber algo más.

Respiré profundamente, presintiendo lo que me iba a preguntar, pero sin saber qué debía decirle.

- ¿Qué ocurrió entre nosotros aquella noche, Jack? ¿Qué pasó cuando intentamos hacer el amor?

- No lo sé, si lo supiera te lo diría, de verdad.

- No te creo.

Y luego dicen que los vampiros mentimos muy bien.

Me lamí los labios, que se me habían secado por completo.

- Creo que tiene que ver con lo que soy… y con lo que eres tú.

- ¿Qué quieres decir, con lo que soy yo? ¿Te refieres a que un ser humano y un vampiro no pueden hacer el amor? ¿Y qué pasa con William y esa amiga suya… Eleanor? –preguntó ella.

Eleanor… eso era un tema para otra noche.

- No es eso. Por lo general, un humano y un vampiro pueden acostarse.

- Entonces, ¿por qué no pudimos nosotros?

Sus ojos buscaron los míos. Cualquier intento por mi parte por ocultar la verdad era impensable.

- Ya sabes que Melaphia cree que eres especial.

- Sí, parece que cree que soy una… médium o algo así, no sé. No puedo identificarme con todo eso del vudú.

- Piensa que de alguna forma eres más que humana.

- ¿Más que humana? ¿Y qué se supone que quiere decir eso? ¿Qué soy, Jack?

- Si la entendí bien, dice que tienes determinados… poderes, o dones creo que podrías llamarlos.

Connie me miró como si quisiera lanzarme un cazamariposas del tamaño de un vampiro sobre la cabeza y llevarme a rastras al hospital psiquiátrico del estado de Milledgeville.

- ¿Ajá? –comentó ella.

- Y cree también que lo que seas no combina bien con los vampiros. Algo similar a lo que ocurre con el agua y el aceite.

Connie proyectó su mirada alrededor de la habitación y recordó lo que había ocurrido.

- Hubo una especie de reacción, ¿no? Fue algo casi químico, eléctrico o algo por el estilo. ¿Te acuerdas?

Demonios, sí que me acordaba. Casi ardo en llamas por el contacto que tuve con ella. De no haber sido por la curativa magia vudú de Melaphia es posible que me hubiera vaporizado.

- Sí –dije-. Me acuerdo.

- ¿Y sabe Mel lo que soy?

- No exactamente. Está tratando de averiguarlo. –Todo eso era cierto. Que yo supiera, Mel no había concluido su investigación. Pensé que no tenía sentido contarle a Connie que la teoría de la investigación de Mel se basaba en que pudiera ser una diosa maya. Quiero decir, ¿qué harías con una información de ese tipo? ¿Patearte Belice para encontrar tus raíces? ¿Matricularte en un curso de educación para adultos titulado “Contacta con la diosa maya que llevas dentro”? Melaphia podría explicarlo todo mucho mejor que yo, por lo que decidí dejarlo pasar-. En cualquier caso, no cree que seas al cien por cien… bueno… humana.

- ¡No soy humana! ¿Qué no soy humana? –Disgustada, Connie se levantó de la mesa y se marchó ofendida a por su bolso.

Yo fui corriendo tras ella, al caer en la cuenta de que había rebasado el límite, el límite entre lo que podía asimilar y lo que no, al menos en una sola noche.

- No era mi intención herir tus sentimientos. Sé que estás conmocionada con todo lo que ha ocurrido esta noche. Algo a lo que te resultará difícil acostumbrarte.

Connie soltó una risa histérica.

- Ese el eufemismo del siglo. Y tú deberías saber lo que implica no ser humano, ¿No es así, Jack?

- Intenta que esto no te afecte. –Y empecé a contarle que algunas de las mejores personas que yo conocía no eran humanas (como por ejemplo, Huey) aunque tuve la sensación de que esa afirmación podría insultarla o herirla.

- ¿Me estás diciendo que soy una criatura no humana y que se supone que no debe afectarme? –Connie se colgó las asas del bolso en el hombro, se echó el abrigo por encima y se dirigió hacia la puerta. Tras dar unos pasos, se dio la vuelta y me señaló-. ¿Por qué habría de creerte? Ni siquiera eres humano.

- Porque me importas. Si no te crees nada de lo que te he contado esta noche, por favor, créete esto.

En ese momento estaba temblando, se encontraba al borde de su aguante. Quería abrazarla contra mi pecho hasta que dejara de temblar, pero sabía que eso sería un grave error.

Se quedó mirándome durante lo que me parecieron minutos, como si intentara conciliar lo que había descubierto acerca de mí esa noche con sus sentimientos hacia mí, fueran los que fueran. Entonces, dijo por fin:

- Nada de esto es real. Tú… no eres… real.

Connie se dio la vuelta y se marchó, mientras yo, el irreal y no muerto, la observaba, preguntándome si la volvería ver de nuevo y, en caso afirmativo, si sería tras la punta de una estaca de madera.


Fin de capitulo

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shuk hing
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 12:10 am

ufss estoy atrasada en la correccion XD :manga10:
ojala el dia no acabase tan rapido :manga08:

gracias alena

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 6:27 am

gracias alena!!! :Manga30:

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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 8:11 am


Capítulo 14

Transcrito por Angeles Rangel

William

El timbre del teléfono, otro de los inventos modernos que en mi opinión era más irritante que útil, interrumpió nuestra reunión.
―¿Qué le has hecho?
El violento tono de voz de Diana me cogió completamente por sorpresa, no solo porque hubiera sido capaz de dar conmigo en la isla de Hope, después de preguntarle a mi familia, sino además porque etaba convencido de que se habría lanzado a mi garganta de haberla tenído físicamente frente a frente, pero no tenía humor para su cólera. Ya tenía bastante.
―¿De qué estás hablando?
―Will ―dijo entre dientes―. Nuestro hijo. Confié en ti…
―No me hables de confianza. Will ha asesinado a uno de los nuestros y tengo todo el derecho del mundo de hacer lo que me plazca con él. ¿Dónde está? ―No estaba dispuesto a decirle que lo había visto volver a la plantación con mis ojos invisibles. Las conchas guardarían mi secreto. Quise convercerme de que las había llevado conmigo cuando salí de la casa de la playa Hughton solo como precausión, aunque aún hoy no estoy seguro de eso.
―Está aquí… ―Su voz se quebró, entonces carraspeó para recuperarse―. Está herido, pero no estoy segura de cómo ha sido, no lo recuerda. Se encuentra débil y desorientado. Nunca lo he visto así. ―Entonces recuperó su cólera―. ¿Qué le ocurrió anoche?
¿Qué había ocurrido en realidad? Que había asesinado a Sullivan, quien había venido de California y era el último compañero humano que quedaba del clan californiano. ¿Podría ser posible que Will hubiera contraído la enfermedad?
Mostré el más frío de mis tonos por mi propio beneficio, así como por el de los presentes.
―Quizá deberias estar más preocupada por el daño que ha hecho. Estaré allí en treinta minutos. Quedaos allí, todos vosotros, y os enfrentaréis a una guerra abierta. ―Colgué antes de que tuviera tiempo de contestar.
―¿Cuál era la nueva urgencia? ―preguntó Lucius.
―Parece que nuestro rehén ha enfermado ―dije, manteniendo una espresión completamente neutral.
―¿El que asesinó a sullivan? ―Preguntó Iban, y entonces continuó sin esperar una respuesta―. Deja que se pudra en el infierno.
Una poderosa amenaza, teniendo en cuenta que Iban había estado haciendo exactamente lo mismo hacía escasas horas. Entonces, lo miré.
―Desafortunadamente, no puedo ―dije.
Con recelo, Lucius mordió el anzuelo.
―¿Por qué no?
Sin mirar a Iban directamente, comencé a contar la verdad.
―Porque es mi hijo. El hijo mortal al que perdí durante mi conversión. Mi afirmación provocó un silencio ensordecedor, entonces Iban se puso de pie de un salto.
―¿Y qué pasa con mi amigo que era como un hijo para mí? El último superviviente de mi clan. ―Cerró los puños y atravesó la habitación en mi dirección―. ¿Acaso se ha hecho justicia con él?
Antes de que tuviera tiempo de contestar, Gerard y Lucius habían flanqueado a Iban, agarrándolo cada uno por un brazo para evitar que me atacara.
―Tranquilízate, Iban ―dijo Lucius, en el tono de voz que uno emplearía para calmar a un suicida a punto de saltar de un tejado―. Tú no eres así. No permitas que William te haga perder tu recién curada cabeza, te dolería a rabiar encima estroperías esta hermosa alfombra.
Iban contrajo el rostro, completamente desesperado. Era otro ser al que había decepcionado durante los últimos y tumultuosos días, pero no podía permitir que Will se pudriera sin hacer nada por salvarlo. Tampoco me sentía capaz de separar la lealtad hacia mis aliados de mis problemas personales.
Entonces me dirigí a Lucius.
―Tienes razón acerca de mi objetividad. Por tanto, y con vosotros como testigos… ―hice un gesto hacia Iban y Gerard―, delego a ti el liderazco de los vampiros del Nuevo Mundo. Salva a todos los que puedas. ―Entonces me giré en direccipon d Gerard―. Como amigo, te pido que vengas conmigo a ver a mi hijo. Ninguno de ellos te hará ningún daño, mientras yo continúe con vida.
―Por supuesto ―contestó―. No solo por tu bien, sino por el bien de todos. Debemos atajar esta peste, en caso de que él la haya contraído. ―Entonces le dio unas suaves palmaditas a Iban en el brazo―. Opino que es muy importante que descanses, te vamos a necesitar antes de que acabe todo esto.
Iban asintió con la cabeza y Lucius se encargó de ayudarlo a meterse en uno de los ataúdes para los invitados. Quince minutos más tarde, Gerard y yo atravesábamos a toda velocidad el sendero bordeado de árboles de la plantación.
Supe, mientras subía los escalones de la entrada principal, que esta casa, la que una vez fuera mi paraíso, nunca volvería a ser la misma, después de haber visto a Diana allí en carne y hueso. Su recuerdo me perseguiría para siempre, así como este lugar, independientemente de cómo acabara todo.
Hugo bloqueó la entrada, otro recuerdo desagradable de mi antigua residencia, pero no estaba de humor para juegos de vampiros.
―Esta es mi casa, por lo tanto no necesito ser invitado a entrar ―dije, antes de pasar a su lado rozándole―. Además, tu… compañera me ha llamado para pedirme ayuda.
―Tu esposa ―dijo, lo que me dejó atónito.
En ese momento, Diana entró en la habitación y parecía enfadada y preocupada. Gerard nos eludió a Hugo y a mí y se dirigió a Diana.
―¿Dónde está el paciente? ―preguntó. Entonces Diana me miró.
―Te presento a Gerard, es médico y científico.
Ella dudó por un momento, antes de asentir con la cabeza.
―Por aquí ―dijo, y se lo llevó de la habitación. Yo quería ir con ellos para ver a Will con mis propios ojos, pero todavía tenía que encargarme de Hugo.
Cerrando las puertas a mis pensamientos, me serví un coñac del aparador y, al hacerlo, vi que había dos vasos usados encima de la pulida superficie. Tras olfatearlos, supe que contenían posos de mi mejor vino de burdeos de la casa Lafite Rothschild, los cuales se habían oxidado y tenían el color de la sangre reseca.
―Ya veo que os sentís como en casa ―dije.
Hugo hizo un movimiento a mis espaldas y tuve que concentrarme intensamente para no darme la vuelta y enfrentarle. Él comenzó a reírse, como si pudiera leer en mi mente mi desconfianza. Entonces me ofreció un vaso para que lo llenara.
―Sí, hemos disfrutado mucho de tu hospitalidad. A tu esposa le ha gustado bastante la bañera de la suite real. No hay nada que le guste más antes de un buen polvo. ―Suspiró y le serví el coñac―. Me temo que hemos destrozado algunas sábanas y cortinas con nuestro ardiente deseo. No dudes en enviarme la factura.
Logré mantener la mano lo suficientemente firme como para que la botella no chocara con le frágil borde de la copa de cristal de Waterford. Hugo sonrió y levantó burlonamente la copa para brindar, antes de dar un buen trago.
Ojalá se hubiera atragantado. Mientras daba un trago a mi copa, comencé a hacerme preguntas acerca de su compustura. Diana se había mostrado desesperada ante el mal de Will, pero Hugo no mostraba preocupación alguna. Puede que fuera mejor que yo a la hora de ocultar sus sentimientos. Entonces me acordé de que Will me había dicho que Hugo albergaba la esperanza de que yo lo matara.
―No pareces estar muy afectado por el estado de Will ―dije―. No como la que dices que es mi esposa.
―Tienes razón, él ni me va ni me viene. Si tienes alguna pregunta que hacerme, dispara, si no, ve a tratar el tema con ella.
¿Tenía alguna pregunta? Entonces hablé sin pensarlo antes.
―¿Los amas?
Hugo acababa de dar otro trago al coñac y, al oír mi pregunta, tuvo que taparse la boca para no manchar la habitación. Tras tragárselo le dio un ataque de risa y de tos que casi lo tira al suelo.
―¡Por dios! ¿Qué si los que? ―fingió que intentaba tomar aliento.
―Que si los amas ―dije presistentemente, sin tener ni idea de por qué esperaba que me respondiera con sinceridad.
Mi determinación hizo desaparecer el buen humor de la habitación. Hugo se puso tenso, se limpió la boca con la mano y me miró.
―Son de mi propiedad, que no es poco.
―¿Qué quieres decir…?
―William ―nos interrumpió Gerard, quien se encontraba de pie en la puerta de la sala, con una expresión sinientra en el rostro―. Es la peste ―afirmó.
Se me cerró la garganta. Una cosa era que Will muriera en una batalla campal entre vampiros, luchando de pie, y otra muy distinta verlo pudrise. Durante un momento, no pude decir nada por el impacto, sin embargo Hugo reaccionó de inmediato y lanzó la copa medio llena que tenía en la mano.
―¡Alejad a Diana de él! ―ordenó antes de dirigirse a Gerard.
Lo agarré del brazo cuando pasó a mi lado y lanzó mi vaso en la misma dirección que el suyo.
―¿Cómo sabeis que está en peligro? ―Por fin se me ocurrió una pregunta apropiada.
Hugo intentó zafarse para marcharse, pero lo empujé hacia atrás y me dejé llevar por su movimiento.
―No dudo que eres consciente de que los vampiros son inmunes a las enfermedades. ¿Qué sabes de esta en particular?
―Se suponía que él no la contraería, solo la contagiaría ―dijo Hugo entre gruñidos, antes de empezar a forcejear conmigo. Gerard atravezó la habitación y entre los dos lo inmovilizamos―. Lo enviamos a California, y no aquí. ¡Se suponía que no lo traería! ¡Sacadla de allí!
Un estruendoso y agudo gemido llenó la habitación, tan estridente que todas las copas y botellas de cristal del aparador estallaron, arrojando añicos.
―¡No! ―dijo Hugo con un grito ahogado, antes de obligarme a darme la vuelta para que viera lo mismo que él. El alarido provenía de Diana. Su rostro se había transformado en una máscara asesina, su cabello, como el de una sirena, flotaba alrededor de su cabeza en un mar invisible. Buscó un arma y agarró el atizador de la chimenea. Hubo otro explosivo gemido que hizo que los paneles de cristal de la puerta principal se rompieran, mientras se lanzaba en nuestra dirección. Yo intenté protegerme del ataque, pero una fracción de segundos antes de que llegara a nosotros, me di cuenta de que Diana estaba mirando a Hugo, iba a por él con un odio tal que a los tres nos impactó como la luz de un rayo. Gerard y yo caímos al suelo por el choque, pero Hugo se quedó a unos centímetros de la moqueta contra la pared, prisionero a merced de Diana.
―¿Has sido tú el que ha envenenado a mi hijo?
Ella hundió el atizador en su pecho y penetró la pared que había tras él con un crujido. El yeso voló sobre nuestras cabezas. Higo gritaba de dolor, pero no hacía nada por defenderse. Flotando frente a él, Diana permanecía en silencio, con un aspecto, si cabe, aún más mortífero. Tiro el atizador para sacarlo y le desgarró la carne con el extremo en punta, para volver a hundirlo en el estómago. Él emitió un gemido de asfixia y comenzó a toser sangre que le empapó la parte delantera de la camisa. Inmivilizado, podía mover los dedos, pero poco más.
―¡Te maldigo! ―dijo silbando como una cobra; entonces volvio a sacar el atizador y golpeo a Hugo en la cara repetidas veces, hasta que la sangre comenzó a gotearle por la barbilla. Y, si de alguna manera lograra matarlo, eso supondría su fin, dado que él era su sire.
En ese momento, estábamos salpicados de sangre. No podía seguir mirando. Aunque no sintiera ningún afecto por Hugo, amaba a Diana y supongo que albergaba la secreta esperanza de que, en alguna parte de su interior, continuara siendo mi adorable chica. Aunque no volviera a ser mía, no quería recordarla así. Me levanté del suelo y quedé suspendido en el aire, para colocarme entre Diana y su presa.
Ella bajó el atizador para propinar otro golpe. Yo lo esperé, junto al dolor, pero detuvo el ensangrentado atizador a menos de un centímetro de distancia de mi pómulo. Diana no había dejado de mirar a Hugo en ningun momento y sus terribles intenciones invadieron la distancia que había entre ellos, pero ella había detenido el golpe, quise pensar que por mí, aunque en ese momento miraba a Hugo como si no existise.
―Basta. ―Fue la única palabra que pude pronunciar en ese momento. Entonces añadí―: Por favor. ―No era capaz de expresar mis pensamientos ni el horror ante el munstuo asesino al que amaba.
Hugo gemía de dolor detrás de mí, luego su boca partida forzó algunas palabras.
―Déjala en paz, hijo de puta.
Yo le había preguntado a Hugo que si amaba a Diana. ¿Qué clase de amor sentía para permitir que lo matara? Sin quejas, sin pedir explicaciones, sin intentar defenderse. La respuesta la encontré en sus propias palabras: propiedad. Si ella lo asesinaba, la continuaría teniendo a su lado en el infierno. Entonces me giré hacia él. Nadie impediría que lo matara, si ese era mi deseo, y mucho menos Diana.
―¿Qué cura existe? Si tú lo creaste, debes saber la forma de detenerlo.
Él movía la cabeza de atrás hacia adelante, con la saliva burbujeante de sangre mientras hablaba.
―Reedrek. Él lo ha creado.
―¿Para quién y con qué propósito?
Hugo volvió a negar con la cabeza y luego farfulló, mostrando unos dientes partidos y cubiertos de sangre.
―Para teneros bien amarrados y mataros a todos.
El aire cargado de odio se movió por debajo de mis pies, provocando que cayera al suelo. Mientras me maravillaba ante el poder de Diana, esta hizo uso del mismo para lanzar a Hugo al otro extremo de la habitación. Entonces le arrojó el torcido y goteante atizador.
Se detuvo un momento para limpiarse la cara de la sangre de Hugo y recuperó la compostura. Un segundo más tarde, dirigió su mirada haca mí.
―¿Puedes salvar a nuestro hijo?
Miré a Gerard, quien se puso en pie y dirigió una cautelosa mirada a Hugo antes de encogerse de hombros.
―No lo sé. Estabamos trabajando en una vacuna, pero el proceso llevará un tiempo. ―Luego dirigió su atención a mí―. ¿Está Jack involucrado en esto?
Sabía a qué se refería. ¿Se había contaminado Jack junto a Will cuando Sullivan fue asesinado? A pesar de lo furioso que estaba con él la idea hizo que el terror se apoderara de mí. Jack no.
¿Jack no, qué? Fue la respuesta del propio Jack.
Sullivan estaba infectado y Will se está pudriendo.
Mierda.

Jack

Dormir era impensable.
Me dirigí a casa de William a través de los túneles. Tenía que saber qué estaba ocurriendo. ¿Habría Gerard avanzado algo en su investigación acerca del virus? ¿Iba Connie a morir por haberle presentado al amigo de un amigo? No quería pensar en ello. El hecho de ser un vampiro no quiere decir que uno no pueda volverse loco.
Cuando entré en el sótano de William, divisé una siluera cubierta por una sábana y extendida sobre una puerta de madera reciclada. Debía ser el cuerpo de Sullivan. Comencé a persignarme, antes de recordar que no era una idea tan buena, o quizá demasiado buena. Me habían educado en la religión católica; mediante antiguos hábitos, quizá demasiado antiguos como para que resultara fácil infringirlos. Subí las escaleras y atravesé la cocina, donde Deylaud estaba cocinando y Reyha preparaba una bandeja con esmero. Algo extraño, porque casi era de día y deberían estan preparándose para su transformación en seres cuadrúpedos. Siempre me había preguntado cuál sería su aspecto durante dicha transición. ¿Sería como en las películas de hombres lobo?
―¿Qué está ocurriendo? ―pregunté.
―Jack, me alegro que estés aquí ―dijo Deylaud.
Su gemela se dirigió hacia mí, colocó la cabeza sobre mi pecho y me abrazó por la cintura.
―Yo también. Hace mucho que no te veo ―dijo Reyha.
―Vuelve al trabajo, hermana, no tenemos mucho tiempo ―dijo Deylaud con brusquedad, casi como un ladrido, algo que me pareció estraño.
―¡Ah, sí! ―Ella se apresuró hacia el frigorifico y comenzó a mover las cosas como si buscara algo.
―Estamos preparando el desayuno para Melaphia y Renee. Están durmiendo en la habitación de invitados.
Tuve un mal presentimiento
―¿Por qué no están en sus camas?
Deylaud espolvoreó queso rallado en una sartén en la que había una tortilla y me miró.
―¡Ah, claro, supongo que no lo sabes!
―¿Saber qué?
―Melaphia permitió que Iban se alimentará de ella ―soltó Reyha, mientras servía dos vasos de zumo―. Qué desagradable, ¿no?
Tuve que reprimir las nauseas. Pobre Mel. Ese debía de haber sido el tema de la acalaroda conversación que mantuvieron ella y William en el taller. Por mucho que Iban me cayera bien, no me gustó en absoluto la idea de que Mel hubiera tenido que permitirle alimetarse de su carne, Ni el hecho de que William le hubiera pedido hacerlo.
―¿Ha surtido efecto?
―Sí, esa es la buena noticia. Se encuentra mucho mejor. Lo suficiente para haberse marchado con Wi… mi amo y Gerard hace muy poco. ―Deylaud dividió la enorme torilla, rellena de dados de jamón y queso, en dos platos, en los cuales había tostadas con polenta de queso para untar. El aroma me hizo desear poder volver a comer comida de humanos.
―¿Adónde se han ido? ―Sabía por el mensaje mental que había recibido de William que había ido a ver a Will, pero no sabía adónde.
―Creo que a la platación ―dijo Deylaud, antes de lamerse los dedos. Entonces es cuando observé los moretones de su cuello.
―¿Qué te ha pasado?
Reyha reprimió un aullido poco humano, pero no dijo nada.
Deylaud pestañeó con los ojos llenos de lágrimas y negó con la cabeza.
―Se curará. ¿Podrías llevar esta bandeja a Melaphia y a Renee? Mel necesita recuperar sus fuerzas, estaba muy débil cuando William la trajo.
―Claro. ―Independientemente de lo que hubiera ocurrido, al medio hombre medio animal no le apetecía contarlo, o puede que sencillamente no tuviera tiempo de hacerlo.
Date prisa ―dijo él. Podía percibir que los rayos de sol entraban por las diminutas rendijas de las persianas de las ventanas que daban al este―. Ya llega el sol.
La cabeza de Deylaud se movió bruscamente hacia adelante, mientras trataba torpemente de encontrar los botones de su camisa. Al otro lado de la mesa, Reyha se levantó el sencillo vestido, no llevaba ropa interior y su pequeño pecho se endureció al contacto con el frío aire.
―Me gusta este vestido ―logró decir, antes de que su cuerpo se contorsionara hacia delante para acabar colocando las manos en el suelo.
En ese momento, Deylaud ya había conseguido quitarse la ropa y entonces comenzó el espectáculo. El crujido de los huesos era lo más desagradable. Las cabezas con forma humana se transformaron en esbeltos hocicos de galgos. La imagen era espeluznante, si me permitís la expresión. Los dedos de las manos y de los pies se transformaron en patas con garras. Brotaron colas de sus partes traseras, los cuellos se alargaron, los hombros y las caderas se estrecharon con desagradables crujidos. Todo el proceso desafiaba las leyes de la física y de la naturaleza. Pero demonios, eso no era ninguna novedad. Bienvenido a la jungla.
La transformación fue horripilante. No quería mirar, pero no podía evitarlo. Y pensar que pasaban por esto cada doce horas como criados de William. Tomé nota mentalmente para comprarles golosinas para perros, y de las caras.
Una vez finalizado el proceso Reyha se estiró, trotó hacía mí esbozando una canina sonrisa y me dio golpecitos en la mano con su sedosa cabeza. Yo la acaricié entre las orejas y murmuré:
―Buena chica ―Entonces le di un pedazo de jamón de la tabla de cortar y ella lo engulló con un entusiasta meneo de rabo, luego se dirigió al trote a su abandonado vestido, lo cogió con la boca y se lo llevó a rastras a su habitación.
Deylaud se colocó a mi lado. Rechazó el jamón, pero permitió que le frotara su dolorido cuello. Supongo que un poco de alivio era mejor que nada. Tras haberle mostrado mi agradecimiento, se dirigió a la puerta que separaba la cocina del vestíbulo y en dirección a las escaleras, y entonces me miró.
―Voy ―dije. La bandeja estaba hasta arriba con los platos de comida, dos vasos de zumo de naranja, un vaso de leche y una taza de café solo. Seguí a Deylaud al vestíbulo, en el que la luz se filtraba por las ventanas situadadas a ambos lados de la puerta principal, pero Deylaud se dirigió hacia allí trotando y tiró con los dientes de los cordones que sujetaban las cortinas hasta desatarlos, y estas cubrieron las ventanas, bloqueando los rayos de sol. Entonces se sentó con solemnidad y observó cómo subía las escaleras con la bandeja en las manos.
Cuando llegué al rellano, Eleanor salió de la recámara principal; parecía casi tan enloquecida como la noche en que fue convertida. Debería haber estado cómoda en su ataúd como una buena vampira, sin embargo no parecía estar en su sano juicio.
―¿Qué sabes de ella?
¡Vaya, mierda!
―¿De quién?
―No intentes jugar conmigo, sabes muy bien a quién me refiero.
Coloqué la bandeja en la antigua mesa del vestíbulo. ¿Qué podía decirle? ¿Qué debía decirle?: Lo siento, criatura, la esposa del amor de tu vida ha vuelto a él después de quinientos años. Siento lástima por ti, pero ¿todavía no sabes que la muerte es una mierda?
―¿Qué te ha contado William? ―pregunté con cautela.
―Se comporta como si se hubiera vuelto loco. Ha venido antes a traer a Melaphia, pero no quería hablar. Luego casi mata a Deylaud. Cuando le he suplicado que me contara qué estaba pasando, me ha dicho que su mujer continuaba existiento y que estaba aquí en Savannah.
»¿En qué posición me deja eso, Jack? ¿Qué se supone que debo hacer? ¡He entregado mi alma por él! ―Su mirada buscaba la mía en espera de una respuesta, con una angustia tan intensa que se podía percibir cómo irradiaba de su piel.
―No sé qué decirte, El. Sinceramente, no lo sé.
Ella se mordió el labio inferior para evitar que le temblara, más de rabia de sufrimiento.
―¿Es hermosa?
―Sí, pero no tanto como tú.
Trató de esbozar una sonrisa, pero no pudo.
―Si no ha vuelto para la puesta del sol, saldré a buscarlo.
―Yo iré contigo, pero ahora, ¿por qué no bajas al sótano y duermes un poco? Me reuniré contigo en unos minutos. Tampoco hay nada que pueda hacer hasta la puesta del sol.
Eleanor comenzó a bajar las escaleras, mientras Deylaud esperaba al final de ellas, meneando el rabo.
―De una cosa estoy convencido ―decidí añadir. Eleanor se dio la vuelta y me miró―. Ella ya no es la misma que William conoció ―dije―. No es la misma mujer que amó. ―No sé por qué lo sabía, pero estaba seguro de ello.
Ella levantó la barbilla y esbozó una sonrisa, luego continuó bajando las escaleras.
Me giré para coger la bandeja y casi tropiezo con Renee.
―Hola, bonita, ¿qué haces fuera de la cama?
―He oído cómo hablabas con la señora Eleanor ―dijo―. Además, he olido el desayuno.
―¿Cómo está tu madre? ¿Está preparada también para comer?
Ella encogió sus pequeños hombros.
―No. Solo ha estada despierta el tiempo suficiente para decir que no le apetecía comer y que quería seguir durmiendo.
―Vale, pues entonces llevemos esto a la biblioteca y dejémosla descansar.
Renee me siguió a la biblioteca, que se encontraba al final del vestíbulo. Tenía allí una pequeña colección de libros en una estantería de la altura de un niño que William había instalado para ella. Había una mesa de madera de cerezo llena de antiguos mapas y libros que William siempre estudiaba meticulosamente en busca de Dios sabe qué. En un rincón de la habitación, había también una mesa y unas sillas para niños, antiguas, por supuesto. Coloqué la bandeja sobre la mesa y encendí una de las lámparas de pie, dado que las gruesas cortinas no dejaban que entrara la luz. Entonces me senté en una de las sillas para niños enfrente de Renee, con las rodillas dándome en el pecho. Cuando era más pequeña, jugaba a las comiditas allí, y tengo que admitir que asistí a más de una.
Dio algunos mordiscos a la comida y bebió casi todo el zumo de naranja, pero no parecía muy emocionada con el festín.
―¿No tienes hambre? ―Y le acerqué un poco más el vaso de leche.
Ella negó con la cabeza.
―Supongo que estoy algo triste.
Odiaba que la violencia afectara la tranquilidad de Renee. Su mundo de niña debería estar plagado de volantes, lazos rosas para el pelo, golosinas y risitas inocentes, sin embargo se encontraba en medio de una guerra entre vampiros. Pensar en ello me causaba una tristeza indescriptible. A eso se unía lo que me había ocurrido con Connie y que estaba deseando saldar cuentas con Will, le gustara a William o no. No podía recordar haberme sentido tan desesperado.
―Tú también pareces triste, tío Jack ―dijo Renee, antes de dar un sorbo a la leche―. ¿Qué te ocurre?
―¿Te acuerdas de la chica que iba vestida de blanco y dorado en la fiesta?
―¿La que era policía? Te gustaba mucho, ¿verdad?
―Esa, y sí, me gusta. Pero esta noche ha descubierto que soy un vampiro y me temo que ya no le gusto. Dice que no soy real.
―¿Qué no eres real?
Renee dejó el vaso sobre la mesa y me miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
―Eso es lo que dice ―le repetí. Esta era la vez que más bajo había caído en toda mi solitaria vida: hablando de mis temas amorosos con una niña.
Renee se puso de pie y se dirigió a su estantería. Tan meticulosa como su mentor, William, se fue directa a por el libro que quería. Estoy seguro de que los tenía ordenados por autor y por título. Sacó el libro de la estantería, vino hacia mí y me cogió de la mano. Entonces me llevó a la mecedora que había en el otro extremo de la habitación y, cuando me senté, se subió a mis rodillas. Hacia mucho tiempo que no lo hacía, se estaba haciendo mayor y había supuesto con tristeza, que ya no tenía edad para esas cosas.
―El Conejo de terciopelo ―dije mirando la estropeada tapa del libro―. Ese es muy bueno.
―Es un libro especial ―dijo―. Quiero leerte una página muy importante.
―Soy todo oídos. ―Y la abracé mientras ella iba pasando las páginas cuidadosamente, con su cabeza encajada justo debajo de mi barbilla. Su cabello era tan suave como el algodón de azúcar.
―Aquí está ―dijo antes de comenzar a leer.

―¿Qué es real? ―preguntó el Conejo un día, cuando estaban acostados uno al lado del otro cerca del guardabarros del cuarto del niño, antes de que Nana viniera a ordenar la habitación―. ¿Significa tener cosas que zumban en tu interior y una cuerda?
―No nos hace reales ―dijo el Caballo de Piel―, sino que es algo en lo que nos convertimos poco a poco. Cuando un niño te demuestra su cariño durante años, no solo para jugar contigo, sino porque te quiere sinceramente, te conviertes en real.
―¿Duele? ―preguntó el Conejo.
―A veces ―dijo el Caballo de Piel, pues él siempre decía la verdad―. Cuando eres real, no te importa que te duela.
―¿Ocurre de repente, como si te dieran cuerda? ―preguntó―, ¿o poco a poco?
―No ocurre de repente ―dijo el Caballo de Piel―. Transformarse lleva mucho tiempo. Por eso no le ocurre a menudo a los que se rompen fácilmente, o tienen bordes afilados, o tienen que ser cuidadosamente conservados. Generalmente, cuando te conviertes en un ser real, has perdido casi todo el pelo de tanto que te han abrazado, se te caen los ojos, las articulaciones empiezan a flaquear y estás sucio. Pero eso no tiene importancia, porque una vez que te has convertido en real es imposible que resultes feo, salvo a los ojos de las personas que no comprenden.

Renee cerró el libro y se giró para mirarme.
―Yo te quiero, tío Jack ―dijo―. Y eso te convierte en real.
―Gracias, cariño ―dije―. Yo también te quiero. ―Le quité el libro de las manos y lo coloqué suavemente en el suelo. Entonces acuné a la pequeña que me había convertido en real hasta que volvio a dormirse.
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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 8:13 am


Gracias alena por el capítulo.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 6:18 pm

gracias chicas Rangos ^^

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 6:26 pm

Capítulo 15

Transcrito por: Eduardop


William
Hicimos falta Diana y yo, uno a cada lado, para bajar arrastrando a Hugo hasta el ataúd en el que dormía. Gerard había regresado a mi casa en la ciudad con la intención de continuar trabajando en la vacuna contra la peste. La preocupación de Dana por Hugo me sorprendió, teniendo en cuenta que hacía poco había hecho todo lo posible por asesinarlo. Mientras permanecíamos de pie por encima del cuerpo herido de Hugo, el cual ya había empezado a sanar, expresé mi sorpresa en palabras.

—Casi ha amanecido. Podíamos haberlo arrastrado fuera del a casa para que le diera la bienvenida al sol y acabar así lo que habías empezado.

Hugo emitió un gruñido, mientras nos miraba con una expresión muy difícil de interpretar en su destrozado rostro. Diana le retiró suavemente el cabello de un tajo particularmente feo que tenía por encima del pómulo.

Primero se dirigió a mí.

—Prefiero que sufra una muerte lenta. Si Will muere a causa de esta traición, Hugo y yo tendremos más asuntos de los que hablar antes de que le haga tragar la tal peste. Sin posibilidad de cura, por supuesto. —Entonces se dirigió a Hugo—. Nos lo vamos a pasar muy bien, ¿verdad corazón mío?

Me habría sentido celoso ante sus palabras de cariño si no hubieran sonado tan plagadas de veneno. Entonces dirigió su mirada hacia mí como si quisiera enfatizar mi calidad de testigo, pero, sin esperar una respuesta, cerró la tapa del ataúd.

Cuando subíamos las escaleras en dirección a la habitación del enfermo, la agarré del brazo con una familiaridad tan natural como la respiración. Esa encrucijada entre el pasado y el presente era suficiente para hacer tambalear la mente de un hombre cuerdo, pero mi salud mental llevaba tambaleándose varios cientos de años. ¿Cómo iba a separarlo real de lo imaginado...o peor aún, de lo recordado?

Will dormía de forma intermitente, aún no había comenzado a pudrirse tan significativamente como iban, pero sabía que era solo cuestión de tiempo. En ese momento, su atractivo rostro estaba flácido y con un tono verdoso. Observé mientras mi esposa tapaba meticulosamente a mi hijo con las mantas, los había perdido a los dos hacían numerosas vidas, pero no podía quedarme callado.

—¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo? —Tenía que saberlo, aunque la respuesta me rompiera lo que quedaba de mi astillado corazón—. Habría ido a buscarte.

Entonces me miró con sorpresa.

—Yo te haría la misma pregunta.

—No sabía...

—Entonces, ¿no lo sabías? —Ella inclinó la cabeza y sentí en mi mente el suave rose de la suya. Ella pensaba que estaba mintiendo. Abrí mi mente brevemente para permitirle que analizara el dolor que había sentido al perderla.

Ella suspiró y negó con la cabeza.

— Reedrek solía visitarnos a menudo —continuó —Me habló de tus conquistas y de tu poder. Decía que con un gran número de muslos abiertos, ya no me querías.

Reedrek había arruinado otro aspecto de mi vida. De alguna forma, había albergado la esperanza de superar las mentiras de Reedrek pero, en ese momento, sentí la necesidad de liberarlo de la escondida tumba de su prisión y asesinarlo en el acto, aunque una muerte rápida sería tener misericordia con él; incluso su conversión accidental en piedra debía haber supuesto un alivio para su sufrimiento, y 1o último que deseaba proporcionarle era misericordia o alivio.

—Te mintió —dije.

—¿Así de sencillo?

—Si así de sencillo y de traicionero. Juró que os perdonaría la vida a ti y a Will si yo me convertía en su monstruo. Más tarde, tuve que ser testigo de cómo te mataba. Habría entregado mi alma de nuevo por ti, de haber sabido que habías sobrevivido.

Todavía insegura, ella ignoró mi declaración.

—Lo único que he podido conservar de ti es a Will. —Y bajó la mirada a nuestro agonizante hijo—. Hugo no pudo negármelo. Y cuando llegó el momento, Will optó por vivir igual que yo. —Entonces me miró—. Igual que nosotros.

—No parece que esté muy satisfecho de su elección. Will me dijo que Hugo tenía la esperanza de que yo lo matara, pero no parecía importarle.

La expresión de Diana se endureció.

—Hugo es como un león que se hace con su presa, quiere comerse a la camada. Su condición para convertir a Will fue mi promesa de que nunca le contaría quién era su verdadero padre.

—Nunca debería haberla aceptado, pero entonces no era tan fuerte, y no podía soportar la idea de perder a Will después de haberte perdido a ti. —Ella me miró, como si volviera atrás en el tiempo—. En nuestro mundo, nunca es mucho tiempo.

Eso no se lo podía discutir.

—Así que puedes imaginar con lo que he vivido todo este tiempo, pensando que te había perdido para siempre y sin conocer al hombre en que se convertiría Will. —Me acerqué a ella, obligándola a que levantara su mirada hacia mí—. ¿Me has echado de menos? —pregunté, abalanzándome sobre Diana, quien tuvo que echarse hacia atrás para alejarse de mí.

Ella me coloco una mano sobre el pecho, pero sin ejercer presión.

—¿Ni siquiera un poco? —le susurré, acercándome a su boca.

Ella levantó la barbilla hasta que nuestro aliento se mezcló, con sus labios casi en contacto con los míos, pero no contestó.

Animado por el juego, permanecí junto a ella.

—Contesta o no tendrás nada de mí.

Sentí que suspiraba. ¿Por la indignación? ¿El deseo? ¿La rabia? No tenía forma de saberlo. Envié una enredadera de recuerdos de mi mente a la suya; un beso que compartimos hace quinientos años. La unión entre un marido y su esposa. Podía sentir cómo el húmedo ardor de su potencia sexual fluía dentro de mí. Las mujeres vampiro se fortalecen gracias al sexo, succionan el poder de sus parejas a cambio del placer supremo para ambos. La intensidad de la pasión de Diana me recordó que ella y Hugo llevaban construyendo vínculos sexuales desde que ambos perdiéramos nuestras almas, por lo que sus habilidades para el placer y el dolor eran mucho mayores de las que hubiera experimentado nunca.

Una voz en mi interior susurró: “Peligro”
—Sí... —Podía sentir su aliento en mi boca. Colocó su mano por detrás de mí cuello y tiró de mí hacia abajo, arrastrando mis labios hacia los suyos. Sin embargo, fue un placer efímero.

Will como si hubiera sentido que su madre le había dejado de prestar atención, gimió y se quitó las mantas.

La boca de Dana se alejó de la mía.

—Nuestro hijo... —dijo ella entre dientes. Podía sentir su confusión. Entonces, Diana al igual que cualquier madre entregada, volvió a tapar a Will—. ¿Qué es esta… peste que le ha diagnosticado tu amigo Gerard a Will?

El hecho de que cambiara de tema me obligó a recuperar la compostura. Su retirada me había afectado más de lo que me hubiera gustado. Al principio pensé que sería más recomendable no asustarla con la verdad, pero luego me acordé de su ataque a Hugo. Diana no era una flor marchita que necesitaba la protección de nadie. Después de reflexionar durante algunos segundos, habíamos vuelto a convertirnos en extraños.

—Es algo que nunca habíamos visto antes. Una putrefacción progresiva que se come el cuerpo desde adentro hacia afuera.

—Pero nuestros cuerpos tienen la capacidad de sanar...

— No de esto. Tardaríamos más en morir, aunque, sin tratamiento, supondría nuestro final.

—¿Cuál es el tratamiento ?

Vi una posible trampa. En realidad yo no confiaba en Diana más de lo que lo hacía ella en mí. Alejé de mi mente todo recuerdo de Melaphia y solo le conté la verdad a medias.

—Gerard es genetista. Está trabajando en una vacuna, pero no sabe cuánto tiempo le llevará, ni si será eficaz

—Entonces, ¿ha visto este virus antes? ¿En California?
—Sí, gracias a tu... —me vino a la mente la escena de mi cuarto de baño —tu amante. Sabe más de lo que dice. Parece haber reconocido el peligro de inmediato.

Ella frunció el ceño.
—Si él lo sabe, entonces yo también lo sabré muy pronto. He sido negligente y no he prestado atención a sus complots con Reedrek. En realidad no me importaban mientras tuviera a Will. —Ella bajó su mirada hacia él —. He sido una idiota... pero no por más tiempo. —Su mirada buscó la mía—. Se acabó.

Complots con Reedrek. Recordé sus advertencias acerca de Hugo, pero las consideré los desvaríos de un condenado. Reedrek me había avisado de que Hugo vendría y me había afirmado que Diana seguía con vida, pero yo no le había hecho caso. Y aunque pudiera pasar toda la eternidad felizmente sin que mis oídos oyeran su antigua y vetusta voz, quizá fuera más apropiado mantener una breve conversación con él. Le permitiría fanfarronear de su traición, así que utilicé una excusa y abandoné la habitación.

*****
Las conchas me transportaron directamente al otro lado de la ciudad. El ataúd de metal olía tan agrio como lo recordaba, pero Reedrek, el condenado, continuaba inmóvil. Flotando por encima de é1, apoyé una mano invisible en el centro de su pecho, con la fría sensación de tocar una tumba y convoqué a Ghede, el embaucador.

—¡Despierta, viejo hijo de puta! —Ordené. la piedra situada bajo la palma de mi mano tembló, pero no se transformo.

—Te ofrezco la oportunidad de enfrentarte a mí.

Un intenso zumbido llenó mis oídos, tan agudo como un grito. Entonces el sonido perdió intensidad y pude percibir una palabra.-

—Ayuuuuda.

Denotaba verdadera angustia y la sola idea de descubrir una debilidad en mi sire me hizo sonreír. Estaba dispuesto a hacerle sentir miedo por lo que le tenía reservado para su futuro inmediato.

Levanté la mano y le golpeé en su dormido corazón.

—¡Despierta!
Con numerosos chirridos, derrumbes y nubes de polvo, Reedrek comenzó a perder su pétrea apariencia. Cuando su aspecto fue al menos similar al de un humano, comencé a darle órdenes.
—Háblame de la peste que tú y Hugo habéis creado.

Reedrek trató de hablar, pero el movimiento provocó que sus labios se agrietaran como el yeso antiguo. Era medio vampiro, medio piedra angular. El farfulló y tomó aire lenta y profundamente.

—Hugo... —susurro—. Ha venido...

—Háblame de la peste. —Podía sentir cómo desplegaba su poder y ponía a prueba su fuerza, mientras me buscaba.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—Estoy donde me plazca. En este momento me encuentro aquí para que puedas aclararme algunas cosas. Dime lo que habéis hecho o te dejaré encerrado para toda la eternidad.

El tragó saliva, mientras miraba alrededor de su confinado espacio.

—¿Cuántos han muerto? —Levantó el brazo y tocó la tapa de su ataúd como si tratara de tocar mi voz... o de agarrar mi garganta.

—Demasiados —contesté diciendo la verdad, entonces le conté la mentira que deseaba hacerle creer—. Will está muerto y Hugo ha contraído la enfermedad... es un banquete de gusanos. Si querías que te salvaran. Has cometido un grave error.

—Pero...
—¿Pero qué? ¿Creíais que habíais tenido el suficiente cuidado con un organismo tan peligroso?

Eso lo confundió, pero luego pareció recuperar su habitual bravuconería.

—Estás mintiendo. Contamos con la ayuda de un bioquímico... el mejor del mundo. Nos dijo que Hugo y yo éramos inmunes...

Yo me reí en su atónita cara.

—¿Y qué pasa? ¿Qué lo creísteis? Infórmame del paradero de ese químico o no quedará nadie que se acuerde de tu existencia.

Reedrek se quedó en silencio por un largo rato.

—Está bien escondido en el Viejo Mundo. Nunca lo encontraréis. —Su mente, más despierta en ese momento, continuó indagando— . ¿Cómo te has librado tú?

—Quizá no lo haya hecho. Puede que sea un fantasma que disfruta rondándote.

Su expresión se agrió.

—Un bebedor de sangre no disfruta de la muerte, y los fantasmas no tienen ninguna necesidad de cura.

—Entonces, debo continuar con vida, porque nuestra pequeña charla me está divirtiendo.

—Que te den por culo. —Yo no mordí el anzuelo que me acababa de lanzar—. Así que solo has encontrado a tu hijo para verlo morir de nuevo. Qué delicia. —Entonces, pareció recordar nuestro último encuentro—. Me pregunto por qué no has tratado de salvarlo mediante la magia del Nuevo Mundo.

—¿Y cuál sería esa magia?

—El vudú... —dijo entre dientes—. La sangre contaminada de los salvajes que corre por tus venas.

Yo permití que continuara hablando.

—¿Por qué necesitas nuestra cura si ya tienes la tuya?

*****
Gerard volvió después de la puesta de sol. Durante las horas de sol, Diana y yo nos habíamos turnado para cuidar de Will, a medida que su enfermedad se agravaba. En una ocasión, mientras me encontraba a solas con é1, abrió los ojos.

— ¿Te conozco? —me había preguntado—. Tengo la sensación de conocerte.
Yo asentí con la cabeza.

—William Thorne, últimamente residente en Savannah. Estuvimos de caza juntos anoche.

Él se quedó mirándome un largo rato y pude ver pequeñas mutaciones bajo su piel, focos de putrefacción que aún no habían aflorado a la superficie.

—Entonces, ¿somos amigos? —En ese momento, la respuesta parecía tener mucha importancia para é1.

—Sí, somos amigos.

—Bueno, un tipo nunca tiene demasiados amigos…—Su voz se fue apagando hasta que volvió a perder la conciencia. Entonces, sentí detrás de mí que Diana llegaba a la habitación acompañada de Gerard.

—Está empeorando —afirmó rotundamente.

—Sí —dije, mostrando mi acuerdo.

—No merece esto; estoy segura de que Hugo 1o ha engañado.

—Pero no fue engañado para matar a Sullivan —dije bruscamente.

Ella ignoró mi comentario y se dirigió a Gerard.

—¿Hay algo que puedas hacer? ¿Has encontrado la cura que estabas buscando?

—No 1o sé con certeza. Estoy esperando los resultados de las últimas pruebas. —Gerard carraspeó—. ¿Puedo hablar contigo fuera, William?

—Por supuesto.

Diana observó, con rostro de preocupación, como abandonábamos la habitación. Lo más probable es que se estuviera preguntando de qué tenía que hablar Gerard conmigo que ella no pudiera oír. Al pasar por el salón de visitas, Hugo comenzó a hablar.

—¿Continúa con vida? —Tenía mucho mejor aspecto, después de un día de sueño. Sus heridas se habían cerrado y los huesos de su mandíbula se habían soldado. Los moratones le cubrían la mayor parte del rostro como una careta y se movía con dificultad, medio sentado y medio tumbado en el sofá.

—Sí —contesté—. Pero merece morir por haber sido uno de los responsables de traernos esa pestilencia y, cuando lo haga, poco después tú serás el siguiente.

Hugo se puso en pie con dificultad.

—Mejor que acabemos ya.

La idea de que Hugo estuviera dispuesto a enfrentarse conmigo, cuando era evidente que se encontraba en desventaja, detuvo nuestro movimiento por la habitación.

—Entonces, ¿tienes tanta prisa por morir?

El no respondió, solo cuadró los hombros y cerró los puños.

Entonces lo entendí. Tenía más miedo de enfrentarse a Diana, si Will moría, que a mí.

—Tienes miedo de ella — dije asombrado.

—De ella, no —contestó, antes de lanzar el brazo hacia delante—. De esto, de su pasado.

De mí. No de la muerte, sino de la pérdida. Un amor imposible.

—Dime cuál era el papel de Will en tu plan.

Hugo cruzó los brazos lentamente por encima del pecho. Por un momento, pensé que había decidido no contestar, pero entonces, después de mirar a la entrada, donde en ese momento se encontraba Diana, dijo:

—Él no sabía nada. Se suponía que solo tenía que introducir el virus en la línea sucesoria humana es decir, en la sangre que el clan bebería. Pero le dije que no atacara de ninguna otra forma.

—¿Era un complot de Reedrek o lo hiciste por tu cuenta? —preguntó Diana, mientras entraba a la habitación.

Hugo bajó la mirada.

—Hicimos un pacto. Yo enviaría a Will a California y Reedrek vendría aquí a matar...—Y levantó su mirada hacia mí.

Así que a ambos nos esperaba una sorpresa en el muelle, ya que él esperaba encontrarse a Reedrek con buenas noticias.

Para mí sería un alivio no tener que volver a hablar de Reedrek. No tenía estómago para narrar cómo nos había dañado tanto a mí como a mi familia, ni tampoco podía soportar ver a Hugo. Era preferible salir fuera con Gerard. Me di la vuelta y dejé a Hugo con su sufrimiento y con Diana.

*****
—Ambos sabemos que no existe una vacuna, todavía —dijo Gerard en voz baja.

Nos encontrábamos de pie en la veranda, sin que los demás pudieran oírnos.

—Llegado este punto, la sangre vudú pura es su única cura, pero Melaphia fue gravemente debilitada por Iban. No podemos contar con ella pata que nos ayude con este nuevo caso.

—¿Qué pasa con mi sangre? —pregunté, puesto que Reedrek parecía creer que funcionaría—. Es prácticamente pura, y está mezclada con la sangre de la propia Lalee. Ha sido lo suficientemente eficaz en otros casos.

Gerard se quedó mirando fijamente a la distancia. Casi podía percibir cómo su informático cerebro calculaba las posibilidades y los porcentajes y, entonces negó con la cabeza.

—No puedo estar del todo seguro, pero creo que como mucho ralentizaría el avance de la enfermedad. Correrías un riesgo inadmisible, además te debilitaría en el momento en el que más te necesitamos. Y aunque lo alimentaras de tu fuerza podrías exponerte al virus, y podríamos perderlos a los dos.

—Yo digo que lo dejemos morir y terminemos con esto de una vez por todas —dijo una tercera voz—. Ahorradme la molestia de tener que matarlo yo mismo.

Entonces apareció Jack de detrás de una gran magnolia cercana a la casa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, sorprendido por no haber sentido su presencia, ni el ruido sordo en el camino de su bestial coche, con el que iba casi siempre.

Me miró brevemente, como si tuviera algo que decirme, luego se irguió y subió las escaleras en nuestra dirección.

—Te guste o no, continúo viviendo en esta ciudad y puedo ir donde quiera.

— Y mentir a tu antojo —dije asintiendo con la cabeza.

Gerard se colocó entre nosotros.

—Lo digo en serio, William. Me opongo a que alimentes a Will, sea tu hijo o no. —Una expresión de reproche se dejó ver en su rostro—. Existe otra posibilidad de curación más segura.

Yo esperé, mi mente se dividía entre Will, Diana y en ponerle las cosas claras a Jack.

—Está Renee.

—Silencio —le advertía automáticamente—. Ni siquiera mencione su nombre.

—¡De ninguna manera, maldita sea! —dijo Jack con un gruñido.

De cara frente a nosotros dos, Gerard suspiró.

—Lo sé, lo sé. No obstante, como científico, barajo todas las posibilidades, pero yo no soy el que toma las decisiones.

—¿Acaso no has visto lo que le ha ocurrido a Mel? —dijo Jack desafiante, como si yo hubiera estado fuera de la ciudad el último par de días—. De ninguna manera, bajo ningún concepto mi pequeña va a sufrir daño alguno, y menos para ayudar a ese gilipollas.— Entonces dirigió su mirada hacia mí—. Sin ánimo de ofender.

—Faltaría más. Y, como el que ha cuidado de Melaphia después —informé a Jack—, estoy de acuerdo en que el tema de nuestra pequeña está fuera de discusión.

JACK

Me relajé un poco, al menos no tendría que acabar luchando contra William por Renee. Aunque excluir la posibilidad de Renee no debió ser para él tarea fácil ya que implicaba la muerte casi certera de su hijo humano.

—Bien —dije—. Ese chico tuyo no ha traído nada bueno. Will le arrancó la garganta a Sullivan cuando intenté que 1o soltara. No permitiría que bebiera ni una gota de Ren..., ni de nadie de nuestra preciada sangre.

—¿Qué quieres decir, Jack? ¿Que no merece salvarse aun siendo de mi propia sangre, mi verdadero hijo? —Me preguntó William con un tono lo más desafiante posible. El significado estaba claro, ya no me consideraba su vástago, y mentía si os dijese que no me dolió.

—No cuando es lo suficientemente malvado como para matar al humano de confianza de nuestro miembro del clan más cercano, no. Me siento feliz de que no hayas perdido completamente tu habilidad para discernir entre el bien y el mal.

—Cuestionas mi punto de vista, ¿no es así? —dijo William en tono despectivo—. Por si no lo sabes, acabo de delegar el liderazgo de los Bienaventurados a Lucius como gesto de buena fe precisamente por eso.

—¿Lucius? ¿Te has vuelto loco? —Supe por su amarga mirada que William estaba calibrando mi reacción ante la noticia: el hecho de que depositara su confianza en Lucius en lugar de en mí era otra bofetada en la cara—. No hace ni dos días, todos oímos como ese hijo de puta sediento de sangre nos proponía que comenzáramos a convertir vampiros con la mayor brevedad posible y los entrenáramos para que se convirtieran en asesinos.

Tras sufrir dos desaires intencionados seguidos, tenía ganas de golpearle de la forma que más le doliera. Le abrí mi mente, dejando que percibiera el profundo odio que sentía hacia su hijo y mi deseo de dejar que Will se pudriera hasta que solo quedara de él un montón de carne.

Alargó su mano en dirección a mi garganta y el recuerdo de las despiadadas palizas de mi padre fluyó dentro de mí como un torrente de sufrimiento y de rabia. Lo agarré con fuerza de la muñeca y, sin soltarla, dije:

—No vuelvas a levantarme la mano con furia nunca más, nunca.

—Entonces, deja de darme motivos para que lo haga —dijo con brusquedad, antes de soltarse de mi mano de un tirón.

En realidad, no quería que esa discusión con William se descontrolara. No con una situación tan cercana al desastre. Además, si tenía que expresarle mi versión de las cosas, ese era el momento.

—William, yo no mentí intencionadamente con respecto al hecho de que Diana continuara viva. Quiero decir, te 1o iba a contar.

—Sí, recuerdo que trataste de decírmelo, justo cuando ella salía de la embarcación. Un poco tarde, ¿no crees?

—Hay algo más, aparte de hacerlo tarde.

—Olivia lo sabía también, ¿no es cierto? Eso es lo que trataba de ocultarme cuando apareció como holografía en la reunión.

—Sí, fue idea suya lo de ocultarte lo de Diana.

—¿Por qué, Jack? —comenzó a decir William sarcásticamente—. Qué Poco caballeros por tu parte culpar a una mujer de tus mentiras.

—¿Podrías callarte y escucharme un minuto?

William me miró con frialdad.

—Muy bien. Tienes un minuto para explicarte y, luego volveré con mi auténtica familia.

—De acuerdo, 1o resumo. Olivia me llamó hace algunos días para decirme que tenía que desahogarse. Le atormentaba la idea de haberte mentido cuando te dijo que no había encontrado a Diana con vida. Yo me quedé atónito y le dije que tenía que contarte la verdad de inmediato, pero me dijo que ninguno de los dos debíamos decírtelo, dado que temía que tomaras al asalto el cuartel general del clan de Hugo para salvar a Diana y nos asesinaran a los dos.

—¿Asesinarte a ti? —preguntó William.

—Sí. Olivia sabía que irías, que yo te seguiría y que nada bueno resultaría de eso. Estés conmigo o no, lo normal es que Hugo, rodeado por su clan, te hubiera matado a ti, a mí y a todo aquel 1o suficientemente estúpido como para seguirte ciegamente al infierno. Así que si puedes llamarme egoísta, pero imaginé a quién le tocaba morir.

William reflexionó sobre lo que le acababa de decir. A medida que el silencio se prolongaba, caí en la cuenta, con un sentimiento de desazón, de que mi revelación había proporcionado a William un arma que podría molerme a palos de una forma más eficaz que los carnosos puños de mi padre biológico: ahora William sabía que continuaba siendo importante para mí, lo suficiente como para morir por é1. Maldita boca siempre hablando antes de pensar. Había cambiado la balanza de nuestra inestable relación... una vez más. Y él solo permanecía allí de pie, reflexionando.

—Continúa —dijo.

—Olivia tenía miedo de lo que pudiera ocurrirles a los Bienaventurados, teniendo en cuenta que somos una nueva organización y todo eso, temía que nos pasase algo a cualquiera de nosotros. Piénsalo, acababa de perder a Alger y no podría soportar la idea de perderte a ti también.

—Así que ambos conspirasteis para mantener en secreto la existencia de Diana.

—Iba a decírtelo el día de la lección de vudú, pero cuando os vi a ti y a Eleanor ese día y lo felices que parecíais juntos, sencillamente no tuve el valor. Pero continuaba queriendo contártelo, solo estaba esperando el momento adecuado.

William se miró los zapatos.

—Supongo que comprendo tu dilema. Sé que le tienes mucho cariño a Eleanor.

Eleanor, una buena forma de pasar por alto mi discurso titulado Demonios, papá, moriría por ti.
—En cuanto a Eleanor, tienes que hablar con ella. Esta noche salí de allí sin ella, a hurtadillas, después de decirle que la traería aquí.

—No dejas de sorprenderme, pero no de una forma particularmente grata. ¿Por qué demonios la ibas a traer aquí? —me preguntó.

—Dice que quería venir para que le contestaras algunas preguntas. Está atravesando una situación muy delicada, William.

Lo dije en pocas palabras, pero todos los temores que sentí por Eleanor cuando descubrí que Diana era una no muerta se estaban haciendo realidad. Pero lo peor de todo era que, de acuerdo con lo que ella me había dicho antes de la salida del sol, cuando nos íbamos a la cama, William no la estaba ayudando.

Ya sé que estaba ausente y todo eso, pero tenía que ponerse en el lugar de Eleanor. Ella era una novata que dependía de su sire para sobrevivir, pero William actuaba como si el hecho de que Diana estuviera en la ciudad convirtiera su relación con Eleanor en agua pasada. Además, luego estaba el significativo hecho de que Eleanor había entregado su alma a cambio de una eternidad con William, una eternidad que se había reducido a unos días; por no mencionar que ella lo amaba. Caramba, menos mal que yo no era un novato.

—¿Acaso crees que no lo sé? —dijo William—. Pero después de quinientos años, acabo de encontrar a mi hijo y puede que solo disponga de unas pocas horas más para estar con é1, así que Eleanor y sus preocupaciones tendrán que esperar.

—No es mi intención decirte cómo debes tratar a tu mujer, pero...

—Entonces no lo hagas.

Yo suspiré; no había nada que pudiera hacer por ayudar a Eleanor. Además, todos podíamos acabar pudriéndonos, debido a la peste en escasos días, puede incluso que en cuestión de horas. Hablando de...

—Entonces Iban está mucho mejor, ¿no es así? ¿Sabe lo de Sullivan?

—Sí. Es casi seguro que va a recuperarse —dijo William—. Y le he contado lo del ataque.

—No conozco bien a Iban. Parece un vampiro bastante bondadoso, pero cuando recupere sus fuerzas...

—Si Will continúa con vida, Iban hará todo lo posible por despedazarlo —añadió William.

No le conté a William que yo también había jurado asesinar a Will para vengar la muerte de Sullivan. Le había dado a Connie mi palabra y la conocía lo suficiente como para saber que contaba con ella. Pero, en ese momento, parecía que la peste iba a librar al hijo de la sangre de William de mis manos y de las de Iban.

William dirigió su mirada a la distancia.

—Mejor que sepas el resto. Sabemos quién está detrás del virus.

—Entonces Gerard tenía razón. Se trata de una guerra bacteriológica. ¿Quién?

—Hugo envió a Will a California para que propagara el virus y luego le dijo que se encontraría con é1 aquí.

Dejé que pasara un minuto para asimilarlo

—Por eso llegó aquí antes que el resto. Ese es el motivo por el que andaba con Werm días antes de que llegara el barco con Hugo y con Diana. ¿Cómo lo hizo?

—No lo sé. Hugo dice que Will fue utilizado —que no sabía que estaba extendiendo la peste.

—¿Y tú lo crees? —Entonces recordé que el rostro de Will se estaba pudriendo en la planta de arriba y me alegré de que hubiera caído en su propia trampa.

—Yo opto por creer a mi hijo.

Hice todo lo posible por disimular que eso había sido otra patada en los bajos.

—Eso no es muy lógico, y a las prueba me remito.

—¿De qué estás hablando?

—Cuando Will vino por primera vez al taller, parecía estar evitando acercarse a Sullivan, quien dijo que creía conocer a Will de algo. La segunda vez que Will vino al taller, la noche que lo dejaste allí, no esperaba que Sullivan estuviese allí, pero lo estaba. Estuvieron hablando con bastante cordialidad pero luego Sullivan pareció reconocerlo y se cuadró para una pelea fue entonces cuando Will se abalanzó sobre él como un pato sobre un escarabajo de junio.

—Entonces, estás diciendo que…

— Sullivan estaba a punto de averiguar quién les había llevado la peste. Supongo que habri visto a Will merodeando por la colonia de California. En un lugar tan grande como Los Ángeles, un vampiro solitario por la ciudad, no habría llamado mucho la atención, siempre que se comportara con amabilidad.

—Recordé con qué facilidad Will se había ganado a Renee y mi teoría cobraba más sentido aún—. Will no podía permitir que ni tú ni yo averiguáramos que había estado allí, porque sabía que ataríamos cabos y daríamos en el clavo.

—Entonces, ¿crees que mató a Sullivan para que no pudiera contar nada? Pero ¿qué pasaría con Iban? El también habría reconocido a Will.

—Sí, pero que sepamos, Iban y Will aún no se habían encontrado aquí en Savannah. Y que supiera Will, la única persona de California que se encontraba aquí era Sullivan, por lo que imaginó que estaría fuera de peligro si se quitaba de en medio. William, eso quiere decir que Will sí que sabía lo que hacía cuando llevó el virus a California.

William parecía enfermo y cansado.

—No puede ser que Will se arriesgara conociendo el peligro. Hugo lo envió a California sin informarlo de que podía contraer el virus, de esa forma, Hugo se libraría de Will y tendría a Diana exclusivamente para é1. —Ante mi expresión de duda, William dijo: Hugo y Will no se tienen demasiado aprecio.

—Pero librarse de Will no puede ser el único objetivo de Hugo. Existen otras formas más sencillas de matarlo y hacer que parezca que un cazavampiros lo ha atrapado o algo así.

—Tienes razón, estoy seguro de que no ha sido solo por Will. Terminar con nuestra colonia más numerosa y de mayor éxito ha sido probablemente una advertencia a los Bienaventurados. Pero ¿cómo puede ser que Will llevara el virus a California esperando librarse de la peste?

—Quizá debieras preguntárselo.

William asintió con la cabeza.

—Sí, quizá debiera—.Tras pronunciar estas palabras, mi sire regresó a su casa de la plantación y se sentó en una de las mecedoras para esperar a Eleanor e intentar convencerla de que girara en redondo y volviera a la ciudad. Algo que yo sabía que no haría.

Al menos William me había hecho caso. No estaba seguro, pero pensé que quizá pudiera confiar en mí de nuevo, aunque el tiempo lo diría. Eso, siempre que nos quedara algo de tiempo a alguno de nosotros.



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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 9:26 pm


Gracias Eduardop por el capítulo, ranguitos para ti.
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Nanis
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Dom Feb 27, 2011 10:03 pm

Gracias Alena, Angeles y Eduardop :Manga30:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 12:47 am

gracias a angeles y eduardop!!! :pompones:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 2:15 am

gracias por los capissss

ODIO A LA BITCH DE DIANAAAA
jajaja

wiii termine de corregirrrr wiiiiiiiiiiiiiiiiiii el libro
soy feliz por ahora :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49: :manga49:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 5:28 am

Jajajajaja que bien Shuk :youpi:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 8:54 am

De nada Nanis.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 6:07 pm

:manga15:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   

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