Black and Blood


 
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 El secreto del vampiro - Raven Hart

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Angeles Rangel

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 7:49 pm

Gemma ¿cuándo empezamos el otro libro?
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 9:11 pm

maria pues cuando se publique creo que es en marzo algo

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 10:50 pm

No se ha terminado este, verdad??

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 10:52 pm

ya estan todos los capis restantes en la taquilla libro listo jaja
vole corrigiendo xD
si dianis no lo sube creo que gemma lo hara o alguna de nosootras jeje para que puedan leerlo

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 10:59 pm

Ahhh bueno, que luego no me doy cuenta que termino y estoy esperando el siguiente capi :manga01:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 11:01 pm

jejeje
quedan 4 capis

ufss los mas largos que he visto por ahora

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 11:04 pm

Pero si ya de por si son enormes :jiji:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 11:05 pm

ufss sii
y eso que he visto muchos pero ninguno le ha ganado

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Lun Feb 28, 2011 11:07 pm

Bueno, pues me ls leo por partes jejejeje

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 3:26 am

hola chicas ^^

una pregunta. este es el primer libro de esta saga o es tomo único?

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 3:27 am

Hola Edu!! Este es el segundo.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 3:29 am

hola edu
como ya te dijo nanis el segundo
son 5 libros me muero por devorar los siguientes 3

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 3:33 am

okis bella

y como se llama el primero?. es que me ha gustado esta saga ^^

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 3:40 am

la seduccion del vampiro

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 4:11 am

OKIS ^^ GRACIAS.

TU LO TIENES?

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 4:31 pm

Capítulo 16
transcrito por Dianis


William

—Si salvas a Will... —Diana se hundió lentamente de rodillas—. Haré lo que me pidas. —Entonces me miró con los ojos plagados de promesas—. Cualquier cosa.

—¿Dejarás a Hugo y te unirás a mí para siempre? —Ya había tomado la decisión de permitir que Will se alimentara de mi sangre, antes incluso de que Diana se entregara a mí así como su futuro. El truco consistía en llevarlo a cabo sin informar a Hugo ni a Diana del verdadero origen de la cura: Melaphia y Renee. Si mi sangre no podía curar a Will, podría estar demasiado débil como para enfrentarme a Hugo por Diana o por Savannah, llegado el momento, y las promesas de Diana caerían en saco roto.

Diana me cogió la mano y la besó, como se lo había visto hacer cuando hacía cinco siglos juró lealtad al rey de la casa Tudor, Enrique VIII .A ese al que los modernos solo recuerdan por sus esposas.

—Él peleará por mí —susurró, bajando la mirada hacia el suelo en señal de sumisión.

Entonces coloqué la mano sobre su cabeza paseando mis dedos por su cabello rubio, y el roce hizo que un temblor me recorriera el cuerpo.

—Cada cosa a su tiempo. Haré todo lo que pueda por salvar a Will —dije, respondiendo a su súplica, luego la agarré del brazo y la ayudé a ponerse en pie—. Ahora déjame con él.

Sus ojos mostraron un atisbo de desconfianza y dudó. Entonces, recordando su promesa, asintió con la cabeza y, tras dirigir una última y tierna mirada a Will, abandonó la habitación.

Yo me quité la chaqueta y me desabotoné la camisa. Will parecía tener mejor aspecto que Iban cuando se alimentó de Melaphia. Gerard había explicado que las heridas de Mel se debían al avanzado estado de la enfermedad de Iban, cuyo rostro y cuello se habían podrido hasta tal punto que no podía tragar con normalidad. Sus colmillos, sin embargo, estaban afilados y alargados, duros y esmaltados como el marfil, los cuales habían desgarrado los brazos de Melaphia en ese frenesí por alimentarse.

Yo era más fuerte que Will, por lo que podría cebarlo.

Le coloqué la palma de la mano en la frente, y me resultó extraño sentir un calor en su piel muy similar al humano. Un efecto secundario del incansable virus.

—¿Will?

Sus párpados vibraron con fuerza y luego abrió los ojos. Tenía los globos oculares rosáceos y plagados de vasos sanguíneos rotos. Levantó su mirada hacia mí como lo haría un invidente.

—Voy a salvarte —dije. Will parecía luchar por mantener su atención en mí—. Pero antes tienes que hablarme del virus.

Una expresión de pánico atravesó su rostro, como si temiera no vivir lo suficiente para contarlo. Sus resecos labios se movieron, agrietándose con el esfuerzo.

—Estúpido hijo de puta —murmuró, a medida que la sangre y el pus rezumaban por las comisuras de sus labios—. Inmune... tu madre... —dijo entre gruñidos, antes de cerrar los ojos—. Me duele...

Así que Jack tenía razón. Will era consciente de lo que hacía.

—¿Cómo infectaste la colonia de California? —Tenía que saber cómo se había propagado el virus.

—En la sangre...obligamos a los cisnes...

—¿Quién te envió y qué te prometieron a cambio?

Se hizo un largo silencio, como si se hubiera vuelto a quedar inconsciente, y le agité el hombro para que no se desmayara. Apretó los ojos con mayor fuerza mientras contestaba.

—Reedrek... y mi padre... Hugo pro... prometieron que mi madre y yo... —suspiró, y entonces aunó todas sus fuerzas— seríamos... liberados. —El esfuerzo para hablar pasó factura, un lado de la cara se abrió y comenzó a supurar líquido, y por debajo de este pude ver el hueso de su mandíbula.

Cubrí la herida con la mano, le abrí la mandíbula y, con mi colmillo izquierdo rajé la arteria de mi muñeca derecha. A medida que las gotas de mi sangre corrompida goteaban de la herida a su lengua, la ansiosa boca de Will pareció despertar. Sus colmillos se extendieron a medida que tragaba, pero un momento después se atragantó y empezó a escupir la sangre mezclada con carne putrefacta y mucosidad entre toses ahogadas. Entonces levantó la espalda de la cama, con las mandíbulas abiertas con la intención de hundir los colmillos en mí desgarrada piel: solo podía probar la sangre que tanto necesitaba, pero era incapaz de beberla.

Lo eché hacia atrás y lo sujeté mientras sus sentidos vampíricos luchaban por el alimento, pero le faltaba la fuerza necesaria para cumplir su objetivo. Si no hacía algo, moriría, y nunca sabía si había sido redimido, liberado de los abusos y las torturas de Hugo.

Lo solté y le permití que me mordiera.

Tuve que apretar mi mandíbula por el dolor, pues casi penetra en los huesos de debajo de la piel. Con la mano que tenía libre, lo eché hacia atrás para que se tumbara en la cama, permitiendo que se llevara mi brazo. Durante esos escasos segundos, para bien o para mal, ya había corrido el peligroso riesgo de contaminarme y, a partir de ese momento, nos encontrábamos atrapados en una lucha a vida o muerte.

Mi sangre recorría el putrefacto cuello y mentón de Will. No era una imagen muy agradable que digamos. Entonces me armé de valor, aI pensar que Melaphia había tenido que sufrir algo mucho peor. Luego dejé que mi mente volara hacia la mansión. No podía comunicarme con Melaphia como lo hacía con Jack pero en un momento similar al de una oración, le pedí perdón. Ella me debía lealtad a mí solo a mí, pero no había sido justo exigirle que ayudara a lban. Aunque ¿qué es justo en la vida?

Entonces la imagen de Eleanor invadió mis pensamientos.

No había duda de que no había sido justo con Eleanor. Debería haber sabido que la felicidad nunca me acompañaría, pero en un momento de debilidad había decidido volverlo a intentar, y ahora la había involucrado en mi disfuncional y excesivamente larga existencia sin ofrecerle el alivio de mi compañía. El doctor Phillip en su programa no lo había aprobado.

Dios mío... yo...

Will se quejó y ajustó su mordisco. Yo me estremecí por el dolor y entonces mi mente percibió algo familiar.

Eleanor. Debía haber percibido mis pensamientos, entonces abrí la parte de mí que le había bloqueado desde la llegada de Diana y recibí un enorme impacto. La distancia entre nosotros (ella en la mansión de la plaza Houghton y yo en la plantación) había desaparecido. Pude sentir su presencia, antes de que entrara completamente ofendida por la puerta principal, después de romperla.

La mente de Jack se entrometió ante mi sorpresa.

Te dije que tenías que hablar con ella.

Jack, aléjala de mí. Eleanor, vete a casa.

No.

Entonces oí una voz que hablaba con Diana.

—¿Dónde está William?

Eleanor, no seas estúpida...

Eleanor no obtuvo respuesta.

Yo no mantenía con Diana una conexión verdaderamente no humana, por lo que no podía saber qué pensaba aunque no me quedaba ninguna duda de lo que haría si pensara que una novata desconocida tenía intenciones de interrumpir mis cuidados a Will.


—He preguntado que dónde está —repitió Eleanor.

Te ordeno que abandones este lugar. Alcancé a sentir su grito ahogado a medida que presionaba su mente. Después de todo, me pertenecía.

—No, no me obligues a marcharme —gritó en voz alta.

—Aléjate de esa puerta —le oí decir a Diana.

Entonces, Jack dijo.

—Vamos, El. Ahora está algo ocupado...

—¡Aléjate de mí! —El picaporte vibró, entonces oí un grito gutural y el ruido de una lucha seguido de un estrépito, como si algo hubiera sido lanzado por la habitación. Will comenzó de nuevo a atragantarse, pero cuando soltó mi brazo me alejé de la cama y con un tono de voz más firme, dijo entre gemidos:

—Madre.

Agarré rápidamente la camisa que me había quitado y me envolví la muñeca con ella para detener la hemorragia antes de atravesar la habitación y abrir la puerta de golpe. Lo que me encontré me dejó paralizado en la entrada. Eleanor parecía haber sido lanzada hacia el techo y flotaba junto a la lámpara de araña, inmovilizada por alguna fuerza invisible. La ornamentada estaca que llevaba en la mano había atravesado Ia pared de listones y yeso que tenía por encima de la cabeza. Ella bajó su mirada hacia mí con ojos enloquecidos. Jack se había subido a la mesa del comedor y le tiraba del brazo que tenía libre. Hugo parecía divertirse mientras observaba. Diana, tan impertérrita como un miembro de la guardia real de Buckingham Palace, permanecía junto a mí en la puerta del dormitorio de nuestro hijo enfermo.

—Haz que baje —le ordené a Diana.

—Si haces que se vaya —dijo Diana—. Ha intentado matarme.

Entonces, me giré hacia ella.

—¿Tan pronto has olvidado tu promesa?

Entrecerrando los ojos, obedeció y Eleanor, emitiendo un ligero suspiro de sorpresa, cayó en brazos de Jack, quien tras bajar de la mesa, ayudó a Eleanor a ponerse en pie.

—Llévala a casa —dije.

—¡No! —Eleanor se soltó de él y atravesó la habitación en mi dirección, dividiendo su atención entre Diana y yo; entonces se paró en seco de repente, al notar mi desnudez y la sangre que me salía del brazo—. ¿Qué está pasando?

La agarré por la mano en la que llevaba la estaca (la que solíamos utilizar en nuestros sangrientos juegos) y se la arranqué de los dedos, luego la giré en dirección a la puerta principal.

—Nada que te interese. No deberías estar aquí —En algún momento, tendía que darle algunas lecciones sobre la forma adecuada de matar a otro vampiro. Acercarse a ellos con una estaca no era suficiente.

—Por favor... permíteme quedarme. —Entonces dirigió su mirada a Diana aparentemente anonadada—. Prometo que no causaré ningún problema.

Aquí estás en peligro, le advertí.

Pero ya era demasiado tarde, porque Diana dijo:

—¿No nos vas a presentar? Al menos debería conocer a la que me ha amenazado de muerte.

¡Vaya mierda!, le suspiró Jack a mi mente, coincidiendo exactamente con mis pensamientos.

Sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, Eleanor se colocó bajo mi brazo y me agarró por la cintura. Pude sentir su temblor. Como humana, nunca había tenido miedo, pero en ese momento sabía que la cosa era bastante más peliaguda y, como no se equivocaba, no podía ofrecerle demasiado consuelo. Diana se aproximó a nosotros por un lado y Jack por el otro. Al menos sabía que podía contar con Jack para que se llevara a Eleanor de allí, quisiera o no, y entonces trataría el asunto con Diana.

—Eleanor, esta es Diana —dije, sin extenderme demasiado

Diana extendió la mano y Eleanor la aceptó.

—Hola —dijo, aparentemente sin aliento.

Diana sonrió.

—Tú debes ser la... de Cuy...

El hecho de que hubiera utilizado el apodo de mi juventud y de que no terminara la frase lo decía todo... para mí.

—¿Cuy? —preguntó Eleanor.

La risa de Diana denotaba más amenaza que una mera diversión.

—Muy bien, de William entonces. —Entonces me miró todavía estrechando la mano de Eleanor.

—Ella es mía —dije.

—Ya lo veo —contestó Diana con una tensa sonrisa. De repente, Eleanor dio un grito ahogado y se irguió de golpe. Luego se retorció de dolor y se soltó bruscamente de la mano de Diana.

Esa puta.

—¡Me ha hecho daño!

—Hora de irse —anuncié—. ¿Jack?

—Espera —dijo Eleanor, y dirigió su mirada a mi pecho desnudo—. ¿Cuándo volverás a casa?

¿Qué importaba ya lo que prometiera? Ie diría lo que fuera con tal de mantenerla fuera de peligro, lejos de Diana.

—Pronto.

—¿Lo prometes?

Entonces sentí cargo de conciencia. Lo más seguro es que me hubiera contagiado de la peste, por lo que regresar a casa suponía un riesgo inaceptable.

—Sí, lo prometo. Ahora vete con Jack


***


Jack

Por un momento pensé que tendría que llevarme a Eleanor a rastras, pero su orgullo le hizo por fin levantar la barbilla y agarrarme del brazo. Menos mal, porque en ese momento no me entusiasmaba una pelea entre mujeres vampiros con tirones de pelos y demás. En cualquier otro momento, Podría haber sido emocionante pero no cuándo un virus putrefacto y asesino intentaba comernos a todos. Pude notar, por el mordisco de vampiro que tenía William en el brazo, que había llevado a cabo su plan de alimentar a Will. Genial, ahora su descendencia, es decir, Eleanor, Werm y yo nos encontrábamos en una situación aún más peligrosa, porque una vez que tu sire muere, uno se siente mucho más desamparado. Teníamos que salir de allí y pronto.

Estábamos a punto de irnos sin mayores complicaciones cuando Diana que se encontraba a nuestras espaldas, dijo:

—Hugo, vete con ellos.

Hugo nos miró como un exterminador que hubiera ingerido esteroides. Por su rostro, parecía que hubiera estado luchando con Mike Tyson (aunque conservaba las dos orejas) y me pregunté si William podría hacer algo con sus heridas.

—Entonces, ¿te quedas a solas con él? No creo que sea una buena idea —dijo Hugo—. Mírale el brazo, está infectado.

Aparte del grito ahogado que emitió Eleanor, parecía que yo era el único de los allí presentes que le hubiera prestado atención.

—Mi hijo está sufriendo —dijo Diana—. Si no quieres sufrir junto a él, te sugiero que te alejes de mi vista. Esta enfermedad es por tu culpa.

La expresión de desprecio de Hugo se debilitó. Tenía miedo de su mujer, probablemente por el hecho de que las mujeres extraían el poder a los hombres. Considero que después de los cientos de años que el señor y la señora Bebedores de Sangre llevaban juntos, era ella quien llevaba los pantalones en la cueva de murciélagos. En el sur tenemos un viejo refrán: ”Si mamá no está contenta, no lo estará nadie” y, Diana no estaba muy feliz que digamos.

—Me conformaría con una buena caza —dijo Hugo por fin; como si marcharse hubiera sido idea suya—. Si estáis dispuestos a morir, por lo menos yo deseo vivir.

Llévatelo de aquí —le susurró William a mi mente—. Demos tiempo a mí sangre para que actúe en Will, antes de que Hugo haga sus cábalas y deduzca lo del vudú.

Mira, ya te he dicho antes que no soy un canguro, sobre todo para gilipollas como Will y Hugo. Además, no se me da bien. Mira lo que Ie ocurrió a Sullivan estando bajo mi custodia.

Hazlo. Jack

Muy bien. Es probable que si EI y yo estamos muertos antes de que salga el sol, te alegres.

Agarré el brazo de Eleanor con mayor fuerza, pero ella se resistía como una mula, después de que Hugo hubiera aceptado acompañarnos. No la culpaba por no querer dejar a Diana y a William a solas, así que me incliné y le susurré:

—No se van a poner románticos con ese chico pudriéndose en sus narices. No tienes que preocuparte de nada. —No estaba del todo seguro de que eso fuera verdad, pero podía parecer convincente llegada la necesidad.

—¿Jack? —William me lanzó la estaca de El—. Si Hugo os da problemas, utilízala.

Hugo dirigió su mirada a William, con unos ojos plagados de odio, pero Diana no dijo nada al respecto.

—Márchate —le volvió a decir ella.

Pude sentir que el silencio de William nos impulsaba hacia la puerta. Me levanté una pernera del vaquero y me metí la estaca en la bota. Eleanor asintió con la cabeza y comenzamos a caminar.

En realidad, salir de caza no era una mala idea, siempre que nosotros no estuviéramos incluidos en el menú. Pero para ello tenía que asegurarme de que ni Hugo ni Eleanor se descontrolaran.

—Seguidme —dije, y los conduje al descapotable. Sería un trayecto íntimo y agradable a la ciudad.

De camino a los túneles, di órdenes de no asesinar a nadie, esperaba que Hugo pusiera alguna objeción, pero estaba en plan huraño y todo eso, probablemente por haber dejado a Diana sola con William, y Eleanor no se sentía mucho mejor. Exceptuando el tema Jesús, Take the Wheel, de Carie Underwood, que sonaba en la radio, fue un trayecto a la ciudad bastante silencioso.

—Iremos a los túneles para que ni la policía ni nadie que pudiera decidir llamarla puedan ver nuestra caza. —Así sería además más fácil tener a Hugo vigilado en un lugar cerrado. Nada de disparatadas persecuciones de vampiros por la plaza Oglethorpe. El único problema era que tenía el presentimiento de que la gente de la calle evitaría dormir en los túneles, después de que William hubiera matado a todo el que se le puso delante aquella noche. Así que imaginé que tenía que ocuparme de que tuviéramos provisiones, por decirlo de alguna manera. Saqué mi teléfono móvil y marqué eI 411.

Después de que me hubieran conectado con la compañía del agua de la ciudad escuché las opciones del contestador automático y pulsé el botón para las reparaciones urgentes.

—Hola, quiero informar de la rotura de la cañería principal del agua.

La casa de Eleanor, o para ser más exactos la puerta del sótano de su nueva casa, era una opción tan buena como cualquier otra para adentrarnos en los túneles.

Hacía solo un par de días que William había ordenado a algunos obreros discretos que instalaran una puerta metálica y cavaran una entrada a los túneles.

Había optado por que nos dirigiésemos a la zona más alejada de la mansión de la plaza Houghton, para que Hugo no pudiera tener ninguna pista que le permitiera dirigirse solo hasta allí pues lo quería lo más lejos posible de Mel y Renee.

—¿Por qué tenemos que cazar en las cloacas como una manada de ratas? —preguntó Hugo quejándose.

—¿Acaso los extranjeros no conocéis lo que significa actuar con discreción? Además, no son cloacas. Si quieres ver una cloaca de verdad te llevaré a la planta de tratamiento de residuos y te arrojaré dentro. —La idea me hizo sonreír por primera vez esa noche.

Hugo frunció el ceño y comenzó a olfatear el aire como un buen sabueso. Entonces, su rostro reveló una extraña expresión, como si acabara de oler o de oír algo interesante. A pesar de su pésimo estado, sus sentidos del olfato y del oído debían ser mejores que los míos, porque yo no había percibido nada.

—Creo que iré en esa dirección —dijo—. Nos encontraremos aquí más tarde.

—¡Ay, no, tú no vas a ninguna parte! Permaneceremos juntos. No quiero tener que ocultar cadáveres mañana. He oído a humanos en esa dirección. —En la distancia, se oía el ruido de obreros excavando.

Con una mirada extraña Hugo se encogió de hombros y se dirigió al lugar que le había dicho. Pude sentir que le irritaba el hecho de estar bajo el mando de alguien como yo, un lacayo de William, pero supongo que no había cumplido más de, bueno, un montón de años, sin haber aprendido a elegir las batallas en las que entraría. Yo tenía muy claro (con estaca o sin estaca) que, si quería sobrevivir, nunca debía darle la espalda. En cuanto a Eleanor, tras enterarse de que William se había contagiado parecía haber abandonado su actitud beligerante y nos siguió sin decir ni una sola palabra.

Nos aproximamos a una curva de los túneles y redujimos el ritmo al oír las excavaciones con mayor intensidad, así como voces humanas.

—Ha parado, ya no lo oigo —dijo uno.

Otro comentó:

—Sí, ¿era espeluznante o no? ¿Te has dado cuenta de dónde provenía?

—No, pero si vuelvo a oír ese escalofriante susurro, me voy de aquí por pies.
—Y continuaron excavando.

—Por cierto, ¿qué hacemos aquí? No hay ninguna rotura. Debe haber sido una falsa alarma. No hay ni agua ni ruido de ella...

Caminando lentamente, como solo saben hacer los vampiros los cogimos desprevenidos y, antes de que pudieran ni gritar, nos habíamos hecho con ellos. Eran tres, uno para cada uno, un golpe de suerte. Sentí lástima porque nos alimentáramos de un grupo de currantes como yo pero ¿qué iba a hacer un vampiro con invitados a cenar? Yo había agarrado a uno de los tipos por la garganta y su casco cayó al suelo dando botes y formando un escándalo. Los otros dos tuvieron tiempo de gritar, antes de ser mordidos, pero nadie pudo oírlos, nadie vivo.

Yo fui el primero en terminar y solté a mi presa para asegurarme de que el resto cumplía mis instrucciones. Eleanor terminó escasos segundos después, pero Hugo tenía que dar la nota. Le di unos golpecitos en el hombro, pero él no dejaba escapar a su presa, el chico de cabello oscuro al que había atrapado.

Cogí el cinturón de herramientas de la víctima y saqué unos grandes y pesados alicates.

—Suéltalo ahora mismo, si no quieres que te arranque los colmillos. Pero como se solía hacer en los viejos tiempos, sin analgésicos, sin gas de la risa sin nada.

Hugo dejó caer al chico al suelo lentamente y le comprobé el pulso. Seguía vivo. Al día siguiente, creería que habían sido víctimas de un escape de gas o algo así. Con Hugo la historia era diferente, me lanzó una mirada como si quisiera matarme. Nada nuevo, vamos.

—Me vuelvo a mi casa —anunció Eleanor—. Necesito estar sola.

Le acaricié el brazo, pero ella se apartó.

—¿Estarás bien? —pregunté.

—No —dijo en voz baja—. ¿Cómo podría estarlo?

Hugo la miró con malicia y dijo:

—Necesitas la protección de un hombre de verdad. Un auténtico vampiro.

Eleanor le devolvió la mirada. No era la clase de mujer que se acobardara ante la lascivia de un hombre, después de todo, a eso se dedicaba.

Parecía que quisiera preguntarle algo pero entonces me miró y pareció pensárselo mejor.

—Me voy a casa —dijo antes de alejarse.

—Por ahí va el mejor culo que un hombre pueda encontrar —comentó Hugo, mientras observaba cómo se alejaba Eleanor.

—Cierra tu puta boca —dije, aunque tuviera razón—. Salgamos de aquí.

Pero Hugo no se movió, se mantuvo inmóvil mientras escuchaba. Dirigí la mirada hacia el lugar desde el que creí oír el ruido de alguien que escarbaba y, volví a mirar a Hugo, quien esbozaba una amplia sonrisa.

—Me gustaría descansar aquí un rato —dijo—. A menudo me siento débil después de haberme alimentado de un humano que sea especialmente… robusto.

¿Qué dase de mariconada era esa? ¿Débil? Nunca había oído nada parecido.

—Estás perfectamente. En marcha.

—Lacayo insolente —dijo—. ¿Cómo te atreves a darme órdenes como si fuera un vulgar criado? —Se metió la mano en el bolsillo, pero antes de un abrir y cerrar de ojos, yo tenía la estaca de Eleanor en la mano, con la parte puntiaguda hacia fuera por si acaso. Sin embargo, él empezó a agitar un pañuelo y luego se frotó la frente con él, como si fuera a desvanecerse en ese momento. Entonces, cerró los ojos y se apoyó en la pared del túnel.

El tipo estaba retrasando nuestra marcha, pero ¿por qué? ¿Qué se me estaba escapando? Volví a recordar lo que los obreros habían estado diciendo cuando nos abalanzamos sobre ellos. Estaba tan concentrado en tratar de acercarme a ellos sigilosamente que no me había parado a pensar en su conversación. ¿Qué habían dicho? Habían estado oyendo un espeluznante susurro que se había detenido justo antes de que llegáramos.

Dirigí mí mirada a Hugo, quien mascullaba algo entre dientes.

—Se acabó, su excelencia —dije—. Nos hemos alimentado y nos vamos. —Lo agarré del brazo y lo conduje hasta la entrada donde había aparcado el coche. El puso algunas objeciones, aunque no demasiadas y, entonces supe por qué. Ya tenía lo que quería.

Sabía dónde se encontraba Reedrek.

Caí en la cuenta demasiado tarde de que nos encontrábamos cerca del banco de sangre, en una zona muy próxima al lugar en el que el viejo diablo había sido enterrado. Por descuido, había llevado a Hugo hasta él. Sin duda, Reedrek había oído a los trabajadores y los había llamado, probablemente con la esperanza de poder engatusarlos para que taladraran el suelo y lo sacaran de su piedra angular. Más tarde, coincidió que Hugo pasaba por allí y entonces empezó la fiesta, el problema era que el abuelo había hecho uso de sus habilidades psíquicas para que yo no percibiera sus pensamientos.

—¿Qué te ha dicho?

—¿Quién?

Le di unos golpecitos en el hombro con la estaca.

—No me obligues a patearte el culo.

Hugo comenzó a reírse socarronamente.

—Puedes intentarlo.

Lo empujé violentamente contra la pared del túnel más cercana, con tal fuerza que comenzaron a caer duros fragmentos de tierra por todos lados. Entonces, presioné la estaca en el centro del pecho, justo encima de su negro corazón que ya no latía.

—Comencemos de nuevo —dije—. ¿Qué te ha dicho?

Hugo volvió a reírse.

—Quería salir, pero le he dicho que se pudra. Ha sido una conversación muy breve.

Entonces fui a por su garganta. El me quitó la estaca de la mano de un tirón y me dio un rodillazo en el estómago. Cuando me arqueé, me colocó el puño contra el cuello. Solo tuve tiempo de contener la respiración cuando me agarró por el cuello de la camisa y me tiró al suelo.

—Jack, amigo, no luchemos. No debes preocuparte por mí sino por ti.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, antes de soltarme de él de un tirón.

—En este preciso momento, tu sire está alimentando a su hijo mortal con la sangre que corre por sus venas y, ahora el pequeño Will tiene su sangre en todas sus formas, como mortal y como vampiro. Ambos se pudrirán y morirán. ¿En qué posición te deja esto?

Este Hugo era capaz de utilizar un pañuelo como una nenaza pero también sabía cómo herir profundamente. Sin embargo, tenía razón. Estaba preocupado por William. Con Will o sin él cuando averiguara que había llevado a Hugo directamente a Reedrek, el viejo Jackie caería en desgracia.

Otra vez.

Mierda.

Recogí la estaca y seguí a Hugo a través del túnel. Cuando llegamos al sótano de Eleanor, atravesó la puerta de metal, subió las escaleras de cemento en dirección al coche y miró de refilón a Eleanor, quien estaba acurrucada en la esquina sureste del sótano. Yo me detuve, al sentir curiosidad por lo que estaba haciendo.

Ella estaba balanceándose y emitiendo un sonido que era una mezcla entre un cántico y un sollozo. Una vela que había colocado en un recipiente de cristal parpadeaba en el suelo frente a ella. Por encima de sus temblorosos hombros, se había puesto una colorida bata de seda.

Quería acercarme a ella, pero sabía que iba a interrumpir sus pensamientos y sus oraciones. La noche de la lección de vudú, Melaphia había encomendado a Eleanor a la loa que había denominado Ia señora de las tragedias, la diosa del amor y del sufrimiento. Mel había dado en el clavo al asignársela. Pobre Eleanor. No es que yo fuera el colmo de la sensibilidad pero creo que habría manejado el triángulo amoroso entre Diana, El y William algo mejor de lo que lo había hecho él.

La fuerte, la luchadora y la segura de sí misma Eleanor había sido apartada de su lugar junto a William y sus sentimientos se habían reducido a las obras: miedo, traición y desengaño. Vibraba como un diapasón, con un dolor tan intenso que podía percibirlo desde los escalones en los que me encontraba. Su sentimiento de abandono me llegó a lo más profundo del pecho. No solo la esposa de William, que había vuelto a su vida después de quinientos años, suponía una verdadera amenaza para el puesto que ocupaba Eleanor, sino que además Will, el hijo pródigo, amenazaba con sustituirme a mí también. Si es que alguno lograba sobrevivir aquella noche.

Una ráfaga de aire frío atravesó las grietas del subsuelo por terminar, que se encontraba por encima de la cabeza de Eleanor; ella comenzó a tiritar y se ajustó los bordes de su fina bata alrededor de su esbelta figura. Yo suspiré y subí los escalones que conducían a la noche de cielo negro azulado y pensé en clavarme una estaca para evitarle a William la molestia de tener que matarme. Era prácticamente imposible que pudiera joderla más.


***


William

Diana se encontraba de cara a mí en el rincón más oscuro de la habitación de nuestro hijo enfermo.

—¿Quién es ella?

¿Quién era de verdad? La necesidad de darle explicaciones sobre Eleanor se debatía con mi orgullo dañado. ¿Por qué había de explicarle nada a una esposa infiel?

—Ella es mi iniciada, y mi amante —Ya lo había dicho. La observé detenidamente en espera de una reacción.

Diana bajó la mirada por un momento, probablemente para elegir sus palabras.

—Entonces, ¿no es tu compañera? Pues, incluso así mataría por ti. Te ama.

—Sí me atrevería a decir que eso es cierto. —Recordé la imagen de Eleanor enfrentándose a Diana con la estaca en la mano—. En cuanto a su intento de matarte... eligió estar a mi lado y supongo que lucha por proteger su inversión.

—Preferí hablar de posesión en lugar de amor.

—Y tú la elegiste también, aunque no como compañera…

Sí lo había hecho. Eleanor había sido la única mujer en varios cientos de años que me había convencido de que no estaría mejor solo. Me limpié el brazo de sangre y lancé Ia camisa.

—Sí, yo la elegí, y en muchos sentidos encajamos muy bien. Se ha vinculado a mí para el futuro inmediato.

Diana tomó aire y se dirigió al otro lado de la cama de Will para colocar bien las mantas.

—Entonces tengo que competir por tu atención —dijo, y me miró con los ojos plagados de desconfianza y de lágrimas.

—No entiendo muy bien a qué te refieres. Tienes m i completa atención en este momento y hasta que vuelvan. Hasta que vuelva Hugo. Además… —apoyé una mano en la sudorosa frente de Will— tenemos un hijo en común. —Recordé que Jack había llamado monstruo a Will. Yo mismo lo había visto en acción, había percibido su actitud desafiante, pero no había presenciado su despiadado asesinato.

—¿Qué tal... es Will? —casi digo “hombre”, como hubiera hecho cualquier padre mortal. Pero los de nuestra clase teníamos muchísimos años bien para madurar, con respecto a la mentalidad y al comportamiento, o para mantener para siempre nuestro mal genio. Yo recordaba a Will como un niño testarudo, pero nunca había sido vengativo ni irrespetuoso— ¿Es un monstruo como Reedrek?

—¡No! Jamás lo ha sido. —Ella contestó con rabia, pero no pudo mantener su ira, y esta desapareció, mientras le caía una lágrima— Tienes que entenderlo... antes de que pudiera protegerlo, Hugo…

Al oír su nombre, Will comenzó a agitar el brazo con debilidad como si estuviera espantando a un fantasma.

—Como bien sabes, estamos vinculados a nuestros sires durante nuestro aprendizaje. Dado que Hugo convirtió a Will y, técnicamente, a mí también, aunque Reedrek me hubiera chupado la sangre, ninguno de nosotros podíamos cuestionar de ninguna forma su comportamiento, ni tampoco podíamos matarlo.

Will comenzó a toser, escupiendo mucosidad. Diana le pasó un brazo por los hombros y lo levantó hasta sentarlo, fue entonces cuando vi la telaraña de cicatrices que estropeaban su desnuda espalda.

—¿Hugo le hizo eso? —Las cicatrices habían sido provocadas por una fusta y tenían que ser anteriores a la conversión de Will. Me sentí invadido por el odio. Debería haber matado a Hugo la primera vez que lo vi—. ¿Por qué?

—Decía que tenía que enseñarle a obedecer, antes de poder ofrecerle la inmortalidad, para que entendiera cuál era su lugar en nuestra... — Diana apartó su mirada de mí—. Nuestra nueva familia. —Volvió a mirarme—. Me dijo que Io mataría si intentaba interferir.

—¿Y esto? —Toqué la amoratada cicatriz con forma de cruz que Will tenía en la parte superior del pecho—. Esto ocurrió con toda seguridad después de su conversión.

—Sí. La primera vez que Will huyó, él lo castigó. —Diana tiró de la sábana hacia arriba para cubrir la prueba de Ia crueldad de Hugo.

Cogí a Diana del brazo, la saqué de la habitación y ella continuó la historia.

—Cuando el período de aprendizaje de Will hubo finalizado, escapó. Nos dejó para instalarse en Moscú.

Así que la espía de Olivia había estado a punto de dar en el blanco. Estaban en Rusia o en Europa del Este.

—Will me escribió cientos de cartas y en muchas de ellas me suplicaba que acudiera a la ciudad donde podíamos perdernos entre la multitud a donde podríamos vivir nuestras propias vidas. Pero para entonces yo ya...

—¿Ya te habías enamorado? —Terminé su frase y aparté la mano de su brazo. Era evidente que había optado por permanecer junto a Hugo.

—No. Para entonces yo había logrado poder. Era una mayor rival para su ilustrísima. Como acabas de presenciar, puedo competir con su violencia. No tienes que preocuparte, castigué a Hugo por ponerle la mano encima a nuestro hijo.

Diana tenía razón, no tenía que convencerme de su ferocidad dado que la había presenciado con mis propios ojos. Es probable que no pudiera asesinar a su sire, Hugo, pero podía hacer que deseara morir.

—¿Y por qué nunca volvisteis a Inglaterra?

Ella pareció sorprendida arte la pregunta y contestó con otra.

—¿Y qué me quedaba en Inglaterra aparte de horribles recuerdos? —Pareció entender lo que yo quería—. En el momento que Reedrek volvió a nosotros, informándonos de tus éxitos, yo ya tenía a Will quien había regresado a nuestro hogar cuando Napoleón incendió Moscú durante las guerras de 1812.

En l8l2, prácticamente trescientos días después de nuestra conversión. Para entonces, yo estaba en Savannah, instalando mi hogar en el Nuevo Mundo y desafiando a mi propio sire. Sin duda Reedrek había contado todas esas mentiras a Diana para mantenernos separados para siempre.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué Reedrek nos eligió? —pregunté—. ¿Por qué disfrutó tanto destruyendo toda huella de amor y conexión entre tú, yo... y Will?

Diana se encogió de hombros con aire filosófico.

—Una vez me dijo que nos había concedido un maravilloso don y que dependía de nosotros que lo usáramos bien.

—Su idea de uso y la mía siempre han estado en conflicto —dije—. He hecho todo lo posible por ser el hijo más desagradable.

Diana sonrió y me acarició la mejilla.

—No habría esperado menos de ti —dijo con un suspiro.

De repente, la atmósfera se cargó de fuerza sexual, pero en lugar de tocarla con mis manos me comuniqué con ella mentalmente, permitiéndole que sintiera mí apenas contenido deseo y el vacío que me había perseguido desde que nos apartaron. Vivo o no muerto, te he querido, te he deseado y te he echado de menos. Cuando mi alma abandonó mi cuerpo, parte de ella salió a buscarte.

Sus labios estaban húmedos y suaves cuando los presionó contra los míos. Entonces me estremecí al recordar y cerré los ojos al presente en busca del pasado.

—Amor mío, debemos tener cuidado— le había susurrado en medio de un beso mortal—. Aunque sea plena luz del día podemos despertar al bebé.

Diana presionó su rebosante corpiño contra mi pecho en una lasciva muestra de su nueva munificencia.

—Ya debería estar acostumbrado a nuestras sacudidas, de no ser así no habría sido concebido.

—Pero yo...

—Chsss... —Diana se desabrochó la parte delantera de la blusa y comenzó a recorrer con su ardiente mano sus pezones. Con solo rozarlos, se arrugaron y empezaron a derramar leche. Ella gemía, aparentemente de dolor—. Te juro que me siento como si fuera a reventar.

El verla me hizo gemir, ya que corría el riesgo de reventar las cintas de mis pantalones de montar. No podía apartar la vista de ella.

—¿Es que no vas ayudar a una mujer que sufre? —Diana suspiró y tiró de mi cabeza hacia delante—. Estoy segura de que Will no echará de menos un trago o dos…

Su lascivia me dejó sin respiración. Quería que mamara de ella como nuestro bebé.

—Yo… —Me di cuenta de que yo también lo deseaba y decidí hacernos felices a los dos. Ella se tensó entre mis brazos, cuando probé su leche con la lengua.

—Suave, mi amor. Estoy tan sensible... ¡ay!

En contra de lo que acababa de decir, me acercó a ella, como si solo yo pudiera aliviar el picor que sufría. Sus pezones se pusieron más rígidos al contacto de mis labios y me alimenté de uno y luego del otro. El dulzor de la leche materna llenaba mis sentidos.

Ella luchaba por subirse la falda.

—Por favor, Cuy, ahora...

Sabía lo que quería, lo que ambos queríamos y me dispuse a ello quitándome mis pantalones de montar. Entonces se la metí con tal ferocidad que Will comenzó a llorar ante el alboroto. Ay, sí, la cena tendría que esperar hasta haber devorado el postre.

Tras volver aI presente, con mi boca respondí a la de Diana acariciando su lengua con la mía pero en lugar de suavidad, solo encontré colmillos. El contraste me llegó a lo más hondo. Ella nunca volvería a ser la tierna y adorable inocente con la que me había casado y, yo, yo nunca tendría lo que más quería...

—Vaya qué bonito. —La voz de Hugo vibró a través de la erótica atmósfera que nos rodeaba. De alguna forma, se había acercado sigilosamente a nosotros. No había oído el coche de Jack, de hecho, ningún vehículo. Estaba claro que en mis oídos vibraba la cálida sangre de mi libido. De manera intencionada, me había cerrado a todo lo que me rodeaba.

Me aparté de Diana solo lo suficiente para capturar su mirada. Quería comprobar su reacción antes de encargarme de su amante. Sus ojos mostraban sumisión, aunque parecían desafiantes. En ese momento, ella solo me deseaba a mí y no le importó transmitirlo.

—Márchate —dije, sin soltar a mi esposa.

—No —contestó.

De mala gana me aparté de Diana y le di la espalda para poder hacer frente a la violencia de su sire y compañero.

—Estás agotando el poco civismo que me queda —le dije.

—Y tú estás poniendo a prueba mi paciencia —contestó, dirigiendo su atención de mí a Diana como si hablara con ella y no conmigo, entonces ella se movió para colocarse a mi lado.

—Por cierto, ¿cómo está Will? —preguntó Hugo. La sospechosa pregunta agitó mi ira— ¿Qué se tramaba?

—Está mejor —dijo Diana—. Pero no curado. No gracias a ti.

—¡Ah!, así que tu héroe no lo ha salvado.

—Al menos estoy haciendo algo —dije.

—Sí, claro ¿y por qué no le proporcionas la cura?

Diana parecía estar perdiendo la paciencia.

—¿De qué estáis hablando? No hay ninguna cura...

Mi reacción fue instantánea. A travesé la distancia que me separaba de Hugo en un periquete. Tan cerca de él, que el aire que respiré era el que él había exhalado. Entonces lo empujé contra el poste de la escalera de la galería.

—No hay cura dije rotundamente.

A Hugo parecían divertirle mis reacciones.

—Eso no es lo que nuestro Reedrek me ha dicho.

—Decidme ahora mismo de qué estás hablando —ordenó Diana. Entonces, se hizo el silencio. Se estaban comunicando de sire a vástago, dejándome al margen de la conversación.

Las siguientes palabras de Diana fueron dirigidas a mí.

—¿Qué es la sangre vudú?

Así que era verdad que había hablado con Reedrek... pero ¿cómo lo había encontrado? Nunca debí haber permitido que Hugo se alejara de mi vista pero estaba tan preocupado por Will y Diana…

—Corre por mis venas. Ayuda, pero no es una cura —dije, mintiendo.

—¿Por qué no le preguntas a tu héroe por qué no la usa para salvar a tu hijo? —dijo Hugo en tono despectivo.

—¿Cuy? —Dijo Diana con un tono que mostraba su confusión—. Puedo sentir que Hugo está diciendo la verdad. ¿Por qué no me lo habías dicho?

—No hay cura —repetí entre dientes, prácticamente en el rostro de Hugo.

Él sonrió.

—Mentiroso. —Entonces se apartó de mí—. También mentiste cuando dijiste que habías matado a Reedrek.

Diana permaneció en silencio, mientras Hugo se acercaba a ella y apoyaba el brazo sobre sus hombros. Era un desafío directo a toda conexión que había estado logrando con Diana. Reedrek lo había vuelto a dotar de los medios para destruirnos una vez más, por no mencionar a mi familia del Nuevo Mundo. Pero me daba igual quien saliera perjudicado, no estaba dispuesto a revelar el secreto de Melaphia y Renee.

—¿Por qué dudas de mí? He arriesgado mi vida para salvar a Will. Estamos
Investigando una posible cura. Gerard está...

—Háblanos de Renee —dijo Hugo.


FIN DEL CAPÍTULO.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 4:37 pm

Capítulo 17

transcrito por shuk hing


Jack


Me sentí como un cobarde al dejar a un huraño y silencioso Hugo en el exterior de la plantación para que saliera como perro escaldado. Debería haber entrado en la casa, dar la cara y confesar a William lo que había hecho. Llevar a Hugo lo suficientemente cerca de la tumba de Reedrek como para comunicarse con su sire era una de las mayores estupideces que había cometido últimamente. Bueno, eso y levantar a un zombi por accidente, además de liarme con una diosa maya, cuyo tacto casi electrocuta mi pobre y vampírico culo. Supongo que era mi semana de las estupideces.
William descubriría muy pronto mi error. Me devanaba los sesos tratando de imaginar qué podía haberle contado Reedrek a Hugo que nos perjudicara.
Lo de la sangre vudú, por supuesto.
La cabeza me daba vueltas con las posibles implicaciones, mientras me dirigía a la casa en la isla de Hope para controlar a Iban y a Lucius. Deseaba comprobar por mí mismo si Iban continuaba mejorando y evaluar su estado de ánimo, y necesitaba saber qué clase de maldades podía estar preparando Lucius, pues seguía pensando que era la típica clase de persona a la que el poder se le podía subir a la cabeza.
Me encontraba prácticamente en el camino de entrada de la casa de William en la isla, cuando vi que uno de los vehículos de su flota arrancaba y avanzaba en mí dirección, Rennie y yo nos encargábamos del mantenimiento de los neumáticos de William y los conocía a todos como la palma de mi mano. Frené el coche con un chirrido y les bloqueé el paso.
Iban salió del asiento del copiloto del Lexus y vino hada mí.
—¿Está vivo todavía? —preguntó, con sus ojos brillantes y oscuros.
—¿Quién? —Di un salto para salir del vehículo y me dirigí hacia él.
—Sabes muy bien a quién me refiero, el asesino.
—Que yo sepa, sigue siendo un no muerto —dije.
—No por mucho tiempo. William me hizo creer que Will estaba a punto de morir, así que mi deseo de arrancarle la garganta ya no tenía sentido, pero entonces caí en la cuenta de que si yo había podido curarme con la sangre vudú, Will podría hacerlo también.
—¡No puede ser que creas que vamos a permitir que Will se alimente de Melaphia en las condiciones en las que se encuentra!
En ese momento, Lucius había salido del asiento del conductor y se dirigía hacia nosotros.
—¿Y qué pasa con su hija? —dijo, en tono acusador.
—Ni la nombres, Renee está prohibida. Si Hugo consiguiera alguna vez apoderarse de la pequeña, la pobre acabaría como la gallina de los huevos de oro.
—Eso lo dices tú —dijo Iban con frialdad—. Sin embargo, me cuesta creer que William no vaya a utilizar nada o a nadie a su disposición para salvar a su único hijo. Pero no importa, porque voy a poner fin yo mismo al sufrimiento de Will, y de paso vengaré la muerte de Sullivan. —Y dio un paso hacia atrás en dirección al vehículo.
—Espera —dije, e Iban se detuvo y se giró hacia mí—. Se te olvida algo.
—¿Qué? —preguntó con impaciencia.
—El cuerpo de Sullivan yace en el sótano de William. ¿No crees que al menos podríamos brindarle una despedida decente?
—Tengo intenciones de llevármelo a California.
—Sin el equipo de Tobey va a resultar bastante difícil que vuelvas a California sano y salvo, por no hablar del cadáver de un mortal indocumentado. Además, no queda nadie a quien poder invitar al funeral. —Otra de mis famosas actuaciones con tacto.
Parecía que a Iban le hubieran dado un puñetazo en el estómago, aunque era evidente que reconocía que tenía razón en lo que acababa de decir.
—¿Y qué propones entonces?
—Propongo que lo enterremos en el cementerio familiar de la plantación. —Estaba improvisando, pero intentaba que pareciera que lo había estado reflexionando detenidamente—. Precisamente venía a discutir el tema contigo. Si me das de tiempo hasta mañana por la noche, lo podré tener todo organizado y no tendrás que preocuparte por nada. Pásate por la plantación mañana, una hora después de la puesta de sol.
Iban parecía cansado e indeciso, entonces Lucius apoyó un brazo alrededor de sus hombros.
—Amigo mío, Jack tiene razón —dijo, dirigiéndome una mirada expresiva—. Necesitas descansar un poco. Tienes mucho tiempo para vengarte y el joven Will dispone de toda la eternidad para pudrirse en el infierno, cuando haya acabado de hacerlo en esta fase de su existencia. Si ves a tu amigo enterrado en una tumba adecuada con un funeral que honre su memoria, te sentirás satisfecho al saber que has hecho lo correcto con él.
En silencio di las gracias por su ayuda a mi insólito aliado, Lucius, quien podía ser completamente diplomático cuando quería. Puede que estuviera haciendo uso de sus poderes de encantamiento con Iban, al igual que había intentado hacer conmigo, aunque de ser así, esta vez me sentía agradecido.
El parecer de Lucius pareció animarlo, aunque fuera solo un poco.
—De acuerdo, Jack. Volveremos a la casa y esperaremos tu llamada.
Tío, casi no lo consigo. En cuanto vi a Lucius dar la vuelta con el Lexus, me dirigí en el Corvette a la ciudad.
William, lo llamé.
Nada, parecía que no había nadie en casa. Quizá hubiera dejado de comunicarse conmigo completamente.
¡William!
¿Qué? —contestó por fin—. Abrevia.
Iban y Lucius se dirigían hacia allí para matar a Will. He conseguido que vuelvan a la casa de la isla de Hope, diciéndoles que estaba organizando un funeral allí en la plantación para Sullivan, dándote así algo de tiempo para actuar. Mi consejo es que mates a Hugo y te lo quites de encima de una vez y que traslades a Will y a Diana a tu sótano y los encierres bajo llave, luego deberías reunirte con el resto mañana por la noche en la plantación para asistir al funeral y ver si puedes tranquilizar a Iban. Yo voy a recoger el cuerpo de Sullivan y a conseguir un ataúd y una excavadora.
Entiendo. De acuerdo, hazlo, hablaremos más tarde.
Tras decir eso, abandonó la conversación y yo suspiré aliviado. ¿Hablar conmigo más tarde? A lo mejor me había ganado los suficientes puntos con él como para que no me retorciera el cuello por el descuido que había tenido con Reedrek, o puede que no. Lo sabría cuando lo viera.
Comencé a elaborar notas mentales de todo lo que tenía que llevar a cabo antes de que saliera el sol. Lo primero que tenía que hacer era llevar a un hombre muerto en coche.


William

—Aléjate de ella, maldito hijo de puta —dije entre gruñidos cuando agarré a Hugo del pelo y lo aparté del lado de Diana. Había estado momentáneamente entretenido con el frenético mensaje de Jack, pero algunas palabras en particular se me quedaron grabadas: «Mi consejo es que mates a Hugo y te lo quites de encima de una vez», una idea fantástica.
—Le dijiste a Will que era inmune, que los dos erais inmunes a esta pestilencia. —Y le rodeé el cuello con el brazo—. Vamos a comprobar la veracidad de tus palabras. —Mostré los colmillos, tiré de su cabeza hacia un lado para exponer su cuello. Él se resistía con la fuerza de un toro y casi logra zafarse de mí.
»No te preocupes... —-me las arreglé para decir—. Ahora no te voy a matar, prefiero ver cómo te pudres. Ya siento el virus corriendo por mis venas.
—¡Noooooo! —gritó Diana, antes de dirigirse hacia nosotros. Me apartó la cara al tiempo que liberaba a Hugo de mí. Comenzamos a forcejear y salimos despedidos contra la vitrina, quitando las sillas de en medio a nuestro paso, pero aún así Diana logró colocarse entre nosotros—. ¡Huye! —ordenó, empujándolo hacia la puerta—. Vuelve al barco, ¡adonde sea! ¡Sal de aquí!
Me podía haber atravesado el corazón con una estaca tras la evidencia de que, a pesar de que Hugo los había traicionado tanto a ella como a nuestro hijo, lo seguía queriendo presente en su vida.
Hugo desapareció en la oscuridad y, escasos segundos después, oí como uno de los coches de mi propiedad arrancaba y se alejaba a toda prisa. Diana permanecía de pie en la entrada, de frente a mí.
—¿Por qué? —pregunté, y su última traición agravó mi ira más allá de la razón. De mi pecho desnudo, comenzó a gotear sangre—. ¿Por qué? —Una neblina de color rojo salió despedida salpicándolo todo a su paso con mi sangre contaminada.
Diana parpadeó para desempañarse los ojos y tocó la sangre de su rostro con un dedo tembloroso. Parecía horrorizada.
—Es mi... el sire de Will. Si lo matas, perderemos su poder. —Entonces reprimió un sollozo—. Si Will muere... si tú mueres, me quedaré sola. —Esa no era la respuesta que esperaba.
Lentamente, comenzó a deslizarse hasta acabar sentada en el suelo.
—Has dicho que no hay cura. Así que vamos a morir todos.
Todos menos su señor, Hugo. Ya estaba harto de tanta intriga, su hora llegaría también.
—Yo no voy a morir —anuncié, antes de hacer que la neblina de mi ira que había escapado volviera a mí.
En ese momento, había lágrimas en los ojos de Diana.
—¿Por qué dices eso?
—Porque hay una cura.
Ella se quedó mirándome fijamente.
—Recoge lo que necesites, vamos a trasladar a Will a la ciudad.


Jack

De camino a la mansión de la ciudad, con mi móvil conseguí llevar a cabo todos los preparativos, bueno, todos los que se me ocurrieron. Tarney iba a llevar un bonito y antiguo ataúd de la colección de William al taller. Rennie, después de que lograra despertarlo en medio de la noche, había prometido conseguir una excavadora y salir para la plantación lo antes posible. Luego llamé a Connie, Tilly y Werm para invitarlos al funeral, y todos dijeron que acudirían.
Fui tachando de mi mente todos los requisitos funerarios. Ataúd, arreglado; agujero en el suelo, arreglado; invitados, arreglado; portavoces para el discurso, William e Iban podrían rendirle honores con el panegírico, arreglado. ¿Qué otra cosa era absolutamente necesaria en un funeral?
La llegada del fiambre.
Solo tenía la esperanza de que no fuera demasiado conversador. ¿Qué me pasaba a mí con los muertos? Quiero decir, aparte del hecho de ser uno de ellos. Supongo que se trataba de un don, como decían William y Melaphia, aunque a veces deseaba no tenerlo, era completamente espeluznante.
Sin querer, Melaphia me había ayudado con el tema de las flores. Había dejado una bolsa de plástico llena de hierbas junto al cuerpo de Sullivan y, tras levantar la manta que lo cubría, vi que además había esparcido algunas directamente por encima de él, sobre el pelo y los ojos. En cada mano llevaba un ramillete de calicantos de Carolina en floración. No me gustó tener que estropear los arreglos florales, pero tenía que ponerme en camino con el invitado de honor al funeral. Lo levanté, lo llevé al Corvette y lo senté en el asiento del copiloto. La fase de rigor mortis ya había transcurrido, por lo que me resultó bastante fácil moverlo.
Por un momento, pensé en llevarlo en el maletero, pero recordé que hubiera preferido no meter al pobre de Huey en él. El maletero de un Corvette es demasiado pequeño para transportar un cuerpo completo de tamaño normal, y no creía que a Iban le gustara que desmembrara a su colega, después de haber fracasado en mi intento por evitar que fuera asesinado.
Así que, lo coloqué en el asiento del copiloto y le eché la cabeza hacia atrás. Si me paraba la policía, siempre podría decir que llevaba a casa a un colega que se había pasado la noche bebiendo sin parar. Bueno, si no fuera por el enorme agujero de su garganta, así que volví a la casa, encontré un pañuelo de cachemira que alguien se había dejado en el armario del vestíbulo y se lo até cuidadosamente alrededor del cuello. Sí, esto era otra cosa. Problema resuelto.
Volví al lado del conductor y me metí en el descapotable de un salto.
—¿No vas a subir la capota?
¡Ay, mierda! Miré a mi alrededor, buscando en vano un ser vivo, que respirase, y cuya voz acababa de oír. Por fin, dije:
—Sullivan, ¿eres tú?
—¿Ves a alguien más por aquí, Sherlock?
—No tienes que ponerte borde —dije.
—¿Ah, sí? ¿Por qué no pruebas a estar muerto?
Miré a su cadáver y sonreí con complicidad.
—Y se lo dices a un vampiro.
—Ya sabes a qué me refiero, al menos tú te puedes mover.
—Mira, colega, siento mucho lo que te ha ocurrido. No tenía ni idea de que Will iba a atacarte. Fui corriendo adonde estabais, pero llegué demasiado tarde.
—Ya lo sé, no tienes que jurármelo. Eso es lo que me pasa por juntarme con la diabólica muerte. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo, pero ¿a qué te refieres?
—Lo que quiero decir es que siempre supe que era peligroso vivir entre vampiros, incluso entre los más gentiles. Atraen a los de su clase, pero no todos los bebedores de sangre van a ser buenos. Supongo que estaba vivo de milagro.
Nunca lo había visto así, pero tenía razón. William y yo llevábamos mucho tiempo disfrutando de unas vidas muy placenteras hasta que los maléficos (Reedrek, luego Hugo y quién sabía quién sería el siguiente) vinieron a por nosotros, lo que no presagiaba nada bueno para los seres humanos a los que amábamos: Mel, Renee y Connie. Era un pensamiento deprimente.
—Vivir para los vampiros y morir a manos de uno, eso es lo que quiero decir —dijo—. Ahora en serio, ¿me harías el favor de subir la capota?
—-¿Por qué?
Lo oí suspirar.
—Porque llevo un peinado de cíen dólares y no quiero llegar a mi creador con los pelos de punta como si hubiera metido el dedo en un enchufe.
En otras circunstancias, me habría partido el culo de risa en ese preciso momento, pero no estaba de humor para frivolidades.
—No tenemos tiempo.
—Oye, tío, no tengo otra cosa sino tiempo. Por cierto, ¿adónde vamos?
—A tu funeral. No querrás llegar tarde a tu propio funeral, ¿no?
—Supongo que no. Pero tampoco quiero ir despeinado.
Me incliné, le volví a colocar el pañuelo por encima de la cabeza y se lo até por debajo de la barbilla, de forma que seguía cubriéndole el tremendo agujero del cuello.
—Ya está —dije—. Mucho mejor.
—Supongo que con esto será suficiente —dijo—. Tienes mucha mano con los accesorios. ¿Estás seguro de que eres heterosexual?
—Gracias, y sí, estoy seguro.
Probablemente, las hierbas que Melaphia le había esparcido por encima eran las mismas que había usado para acicalar a Huey y a Shari. Sullivan tenía un aspecto (y un olor) lo bastante presentable como para un funeral con ataúd abierto, si ese era su deseo. Detuve el coche en la calle de fuera y me dirigí a la plantación.
—Entonces, ¿cuál va a ser mi última morada?
—El cementerio familiar de la plantación. Está muy cerca del bosque. Te gustará el sitio.
—Es un lugar tan bueno como cualquiera —dijo melancólicamente—. Iban es lo más parecido que tengo a una familia, así que ya puestos, que me planten en un sitio bonito, aunque allí no conozca a nadie, está bien. Por cierto, ¿cómo está Iban? ¿Está todavía...? —-Su voz flaqueó.
—Está perfectamente —dije—. Melaphia le permitió alimentarse de ella y su extraordinaria sangre lo ha curado. Ha sido idea de Gerard.
—Gracias a Dios —dijo Sullivan.
—Mira, tengo que saber una cosa. ¿Por qué te atacó Will esa noche? Os vi hablando y, de repente, se abalanzó a por tu garganta como un perro de un vertedero. —Me detuve ante un semáforo en rojo, pero él siguió en movimiento, para acabar rebotando con la cabeza en el salpicadero. Lo volví a recostar en el asiento y le arreglé la chaqueta, que continuaba manchada de sangre. Si Chandler estuviera de vuelta en la plantación, podríamos pedirle que la limpiara, porque era un genio con las manchas de sangre.
—Gracias, tío —dijo el espíritu—. Es verdad, casi se me olvida. Me alegra que puedas oírme, porque esto es importante. Fue Will el que nos trajo el virus. Llevaba atando cabos las últimas horas y estoy bastante seguro de que di en el clavo.
—Me lo temía. ¿Cómo logró introducirse en vuestra colonia?
—Will engatusó al vampiro encargado de la seguridad de aquella noche. Habíamos construido nuestra propia comunidad de acceso controlado, ya sabes, para protegernos de humanos curiosos... y de depredadores.
—Lo había oído —dije—. William decía que pensabais en todo.
—-Es evidente que no en todo, porque está claro que Will logró infiltrarse entre nosotros sin enseñar los colmillos. Solo lo vi una vez, pero no tuve ningún motivo para desconfiar de él. De hecho, lo había olvidado, hasta la noche en que me arrancó la garganta.
Su última noche, pensé.
—¿Por qué Iban no lo reconoció?
—Que yo sepa, nunca se vieron. En cuanto a mí, solo lo vi desde el otro lado de la habitación durante una fiesta celebrada en la colonia. Alguien lo señaló, diciendo que era el nuevo vampiro de la ciudad, pero no tuve oportunidad de presentarme. Al día siguiente, salimos en coche hacia aquí y me olvidé rápidamente de él.
—Entonces, ¿cómo extendió el virus? y ¿cómo te contagiaste?
—¿Me contagié? —preguntó el fantasma sorprendido—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque Will enfermó, justo después de morderte.
—Tenía que pasarle a ese cabrón. Ojalá se le pudran los huevos y se le caigan. —Sullivan se quedó pensativo durante un momento y luego continuó—. Debió haber sido por los cisnes.
—¿Los cisnes? Entonces los vampiros enfermaron al alimentarse de cisnes infectados.
—¿Te suena el nombre de María Tifoidea? —preguntó Sullivan—. La guerra biológica en su forma más simple.
—Entonces, ¿cómo te contagiaste?
—¿Y ahora que más da? —dijo Sullivan entre suspiros—. De todas formas, estoy muerto. De hecho, da igual, porque con tu forma de conducir podríamos matarnos los dos. Santo cielo, ¿estás intentando batir el récord de velocidad en tierra o qué?
Apreté los colmillos. ¿Os he dicho lo mucho que me molesta que se quejen de mi forma de conducir? Cada vez que pensaba en el tiempo que pasaron juntos Sullivan y Connie, me ponía más nervioso. Tenía que saber si ella estaba en peligro.
—Te diré por qué importa —dije—. Tengo que saber si has infectado a Connie. Así que te lo vuelvo a preguntar. ¿Cómo pudiste haber contraído la peste?
—Quieres saber si se contagia al mantener relaciones sexuales —dijo Sullivan—. Yo solo mantengo relaciones con mujeres humanas, aunque a veces suelo, o mejor dicho, solía permitir a los vampiros que se alimentaran de mí. ¿Qué puedo decirte? Todo ha ocurrido muy rápido. En la fiesta que se celebró la noche que vi a Will, permití que una de las vampiras me chupara la sangre, así que debí contagiarme de esa forma. Y en cuanto a la posibilidad de contagiar el virus a Connie, puedes estar tranquilo, porque no mantuvimos relaciones sexuales. Ella ni siquiera me besó, está demasiado colada por ti, tío.
Me relajé, con la sensación de haberme quitado un peso de diez toneladas de encima. Gracias a Dios.
—Entonces... Connie está colada por mí, ¿eh?
Sullivan comenzó a reírse.
—Sí. Por cierto, ¿qué os pasa?
—Es una historia muy larga.
—Como ya te he dicho antes, tengo tiempo de sobra.
William
Cuando Diana, Will, algo más fuerte aunque aún apoyado en Diana, y yo abandonamos la que solía ser mi residencia solariega, me detuve para evaluar los daños. Mi hogar,.. los muebles, los objetos de cristal, las cortinas, incluso los techos y las paredes estaban hechos un desastre. Parecía que un pequeño tornado hubiera pasado por la casa, de la misma forma que la tormenta no muerta llamada Diana había destrozado mi vida.
Chandler se pondría muy furioso ante el desaguisado. En parte, seguía enfadado por el daño personal, pero por otra parte también me sentía fascinado. ¡Ay, la locura del amor y sus caprichos! Mi retrato seguía colgado encima de la chimenea, el símbolo de otra época, porque a partir de ese momento, nada volvería a ser igual.
A mitad de camino a la mansión de Houghton junto a Will y a Diana en el Lincoln Town Car que Chandler solía conducir, me acordé de Eleanor. Así que utilicé el teléfono del coche para llamar a Deylaud, y me agradó que Melaphia contestara.
—¿Qué haces levantada?
—He dormido veinticuatro horas, ya es casi la hora de levantar a Renee para que vaya a la escuela.
Parecía más fortalecida, desde luego mejor que cuando la llevé a su casa, aunque aún me remordía la conciencia.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor, capitán.
Quise decir: «¿Mejor?, ¿eso es todo?» Pero ¿qué esperaba? Había sido devastada por un monstruo por petición mía.
—Bien, me alivia oírte decir eso.
Diana, que iba sentada en el asiento del copiloto, dirigió su mirada hacia mí, probablemente por mi tono de preocupación.
—¿Dónde estás ? —preguntó Melaphia—. Tienes que venir a casa. Tenemos que hablar.
—Me dirijo hacia allí... con visita. Tenemos que hablar. Será mejor que os marchéis, volved a vuestra casa, las dos. —Había decidido no pronunciar el nombre de Renee delante de Diana.
—Tu amigo Gerard ha tomado muestras de sangre de Renee.
—Sí. —Para la vacuna—. Te doy las gracias por...
—No me des las gracias todavía, quiero que sepas que no voy a permitir que nadie toque a Renee, no de la forma que yo experimenté.
—Ni yo tampoco, no lo permitiré jamás en mi vida.
Su voz parecía más relajada la siguiente vez que habló.
—Muy bien, nos iremos a casa. Ven a verme cuando puedas.
—Lo haré, te lo prometo. Ahora tengo que hablar con Eleanor.
—-No puedes, no está aquí. Eso es otra de las cosas de las que tenemos que hablar.
—¿Qué quieres decir?, ¿dónde está?
—No lo sé, empaquetó sus cosas y te dejó una nota. Y... se ha llevado a Deylaud con ella.
La desagradable sorpresa provocó que un escalofrío me recorriera el cuerpo. Deylaud sabía que si alguna vez salía de casa sin permiso, podría prohibírsele regresar. Para una criatura como él, no servir a su amo podría suponerle una tortura y una falta de confianza podría acortarle la vida. Sin honor, sin inmortalidad. Sin embargo, me resultaba difícil enfadarme con él; sabía que amaba a Eleanor y era probable que pensara que ella lo necesita más que yo.
—Entiendo, gracias por decírmelo. Hablaremos pronto. —Colgué el teléfono y me agarré al volante.
—Entonces, ¿ha huido tu querida criada?
No me molesté en contestar.
Diana inclinó la cabeza hacia atrás y suspiró.
—¡Ay, vaya pareja que estamos hechos! Dispuestos a renunciar a cualquiera para agarrarnos a nuestra desesperación.
No saqué el tema de que ella no había abandonado a Hugo cuando tuvo la oportunidad, y me concentré en Eleanor.
¿Dónde estás?
Su respuesta tardó en llegar.
¿Y a ti que más te da?
Sabes que no me da igual. El sol va a salir pronto, debes volver a casa.
¿Estarás allí?
Ahora venía la peor parte.
Sí, contesté. Pero no estaré solo.
Sentí su grito de dolor.
¿La vas a traer?
Sí, y a otro. ¿Dónde estás?
¿Acaso no puedes saber dónde estoy? Solías saberlo con precisión.
Y tú solías quedarte en casa.
Ya no.
¿Qué signiñca eso?
Significa que aparte de ti, tengo más amigos.
Dejé que percibiera mi desagrado por el hecho de desafiarme.
¿Qué amigos?
Entonces me dijo con consternación:
Estoy con Tami, una de mis chicas. Se están quedando en el hostal de Courtland, desde que la casa se incendió. Deberías recordarlo, porque tú pagaste la factura.
¡Ay, mi Eleanor! Incluso arrinconada, resultaba difícil intimidarla. Después de su desastroso encuentro con Diana y con el virus recorriendo el cuerpo de Will y el mío, lo mejor era que se mantuviera alejada. Lo único que no me había gustado era la idea de que se hubiera marchado sin consultármelo.
Debes ocultarte cuando salga el sol e irte a dormir sola.
Deylaud ya se ha instalado en el sótano del hostal de Courtland... hasta que terminen mi casa.
Bueno, no estaba del todo sola, al menos estaría protegida, aunque no estaba dispuesto, enfadada o no, a que durmiera en un sótano al otro lado de la ciudad durante los siguientes meses.
¿Eres consciente de las consecuencias que puede tener esto para Deylaud?
Por un momento, se quedó pensativa.
No ha sido culpa suya, le... prometí que no le harías daño.
No tengo por qué hacerle daño... ni a ti. Pero todo lo que hagáis en contra de mi voluntad puede acarrear consecuencias de una forma o de otra. Ambos me pertenecéis.
Eso creía.
Aunque sea lo único, créelo. Que duermas bien.
Diana debió extrañarse ante mi silencio, aunque parecía ensimismada en sus propios pensamientos. Los hilos de las emociones y las expectativas parecían envolverme en una red tejida por mi propio corazón y cada vez que me liberaba de uno, otro ocupaba su lugar.

Me encontré con Reyha llorando en la puerta.
—Mi hermano se ha ido —dijo llorando a moco tendido—. Nos ha dejado... me ha dejado. —Probablemente era la primera vez en sus más de dos mil años de vida.
La abracé contra mi pecho y le acaricié el cabello. Otro corazón roto que curar.
—Sí, lo sé, cariño.
—Tenemos que buscarlo para que vuelva a casa... —Entonces se percató de la presencia de Diana, que se encontraba detrás de mí sujetando a Will. Intentó reprimir sus lágrimas y se agarró a mí con mayor fuerza—. ¿ Quiénes sois ?
Me giré, haciendo que Reyha y Diana estuvieran cara a cara.
—Estos son... —Casi digo «mi esposa»—. Son Diana y Will.
Reyha olfateó y asintió con la cabeza, entonces se volvió a dirigir a mí.
—¿Nos vamos? ¿Sabes dónde está Deylaud?
Ofreciéndole un dulce, para hacer que mi respuesta fuera más agradable, la besé en la cabeza.
—Te entiendo, pero todavía no nos vamos.
—Pero...
—Ahora mismo tengo otras cosas que hacer. —Me solté de los dedos que me agarraban con fuerza y ayudé a Diana a trasladar a Will al sótano.
Cuando entramos, Gerard levantó la vista.
—Melaphia me ha dicho que estabais de camino. —Entonces avanzó hacia Will, mientras lo colocábamos en uno de los ataúdes extra que se habían preparado para la reunión—. Parece que está mejor.
—Sí, creo que mi sangre ha servido de algo...
Gerard se quedó callado y me lanzó una mirada escéptica.
—¿Cómo te encuentras?
Decidí que decir la verdad era la mejor opción.
—Supongo que me siento... diferente. Eso es todo lo que puedo decir.
Gerard me agarró del brazo y me levantó la manga de la camisa para examinar las feas marcas de mordiscos que tenía en la muñeca. Ya deberían haberse curado, sin embargo continuaban enrojecidas e hinchadas, y sentía calor en la zona.
—Necesitaré muestras de sangre de los dos.
—Cuy dice que tienes la cura —dijo Diana.
Ocupado en su botiquín, por fin Gerard levantó la mirada, pero no hacia Diana, sino hacia mí.
—Los resultados son muy alentadores. Pronto tendremos la respuesta—contestó.
Diana se colocó junto a mí.
—Por favor, cura a mi hijo.
Entonces Gerard la miró.
—Madame, mi intención es curarnos a todos.
Gerard tomó las muestras de sangre y le puso una inyección a Will con una enorme jeringuilla de sangre directamente en la arteria carótida del cuello, y luego sugirió que todos descansáramos un poco.
—Ha llamado Jack. Mañana por la noche tenemos que asistir a un funeral.

Durante los minutos que restaban de oscuridad, Diana se instaló en el ataúd de Eleanor y yo en el mío a fin de relajarnos. La importancia de la presencia de Diana, haciendo uso de uno de los regalos que le había hecho a Eleanor, no me pasó desapercibida. Me dije a mí mismo que el hecho carecía de importancia, dado que Eleanor nunca había dormido en su propio ataúd, pues siempre se había quedado en el mío. De repente, la idea de que Diana durmiera entre mis brazos casi me destroza por dentro. A pesar de haber pasado con ella los últimos días, en realidad no sabía qué nos depararía el futuro. Esta imponente encarnación de mi esposa era una desconocida para mí, aunque supongo que ella diría lo mismo de mí. Era difícil saber qué iba a ocurrir: quién tendría el corazón más fuerte y quién perdería toda confianza.
El lío era mayor de lo que hubiera podido imaginar y, con ese pensamiento, me quedé dormido antes de lo que esperaba.

El ruido de unas risitas me despertó, algo poco habitual en el oscuro mundo de los vampiros. Percibí que el sol se estaba poniendo. Me toqué mis adormecidos brazos y piernas, y mi cuerpo parecía normal, no quedaba ni rastro del malestar de la noche anterior. Abrí la tapa del ataúd y oí otra risita, Entonces me senté y examiné la habitación. El ataúd de Eleanor/Diana seguía cerrado. Gerard se había quedado dormido en un catre situado en un rincón. Nada que me alarmara, hasta que vi a Renee y a Reyha agachadas al lado de la chimenea muy cerca de donde Will estaba tumbado.
Sentí un vuelco en lo que me quedaba de corazón.
—Por lo que veo te encuentras mejor —le dije.
Él respondió con una sonrisa.
Renee se levantó del suelo y con una mirada hacia Will que solo podría describir como amorosa, se aproximó a mí dando saltos.
—Buenas noches —dijo con una pequeña reverencia—. Will me está enseñando un juego de cartas, se llama Primero. Me ha dicho que lo aprendió cuando era un niño y que el rey de Inglaterra solía practicarlo.
Hice todo lo posible por disimular mi preocupación. Renee a solas con Will no era una imagen muy reconfortante.
—Ya veo —dije, y le acaricié las trenzas con una mano—. ¿Sabe tu madre que estás aquí?
Su expresión cambió de inmediato.
—No, señor. —Y bajó la mirada. Reyha se acercó a mí sigilosamente con aspecto de no haber pegado ojo en todo el día.
—Creo que tienes que volver a casa y llevarte a Reyha contigo. Tenemos mucho trabajo.
Renee hizo todo lo posible por ocultar su decepción. Desde que tuvo la suficiente edad para ir de una casa a la otra, siempre le había encantado estar presente cuando yo despertaba, su hora preferida del día. Entonces, levantó una mano para acariciarle la cabeza a Reyha.
—De acuerdo —dijo. Pero me había llamado la atención un moratón que tenía en el brazo, parecía la marca de un pinchazo. Si Will había tocado a la niña, lo mataría yo mismo. La agarré por la muñeca y giré su brazo hacia arriba.
—¿Qué te ha pasado en el brazo? —Antes de caer en la cuenta de mi error, contestó.
—El señor Gerard tenía que probar mi...
Reyha ladró, era evidente que había reaccionado más rápido que yo, y la interrumpió.
Yo hice todo lo posible para que la incómoda conversación volviera a la normalidad.
—Es verdad, me acabo de acordar. Muy bien, vete a casa y dile a tu madre que pronto iré a visitarla. —Quería que se marchara de allí rápidamente sin tener que llevarla a rastras. Deseaba también ordenarle que se mantuviera alejada, pero eso podría agravar el gran error que acababa de cometer.
Reyha se marchó con Renee, pero su ladrido había despertado a Gerard. Diana fue la siguiente, entonces Will se levantó del suelo y ayudó a su madre a salir de su ataúd.
—Tienes mucho mejor aspecto —dijo ella, mientras recorría con sus estilizados dedos el despeinado cabello de Will. La sonrisa que él le dirigió había abandonado su habitual sarcasmo.
—Sí, madre. Creo que estoy curado.
—Ya veremos—dijo Gerard. Entonces me miró y dijo—: ¿ Cómo te encuentras ?
Me levanté la manga de la camisa y le mostré el brazo. Las marcas de los mordiscos habían desaparecido.
—Una batalla ganada —dijo Gerard, dándome palmaditas en el hombro—. Vete para allá. —Y le pidió a Will que se sentara en la silla con respaldo recto situada junto a su requisado equipo médico.
Diana dio unos pasos en mi dirección, con una mirada dulce. Deslizó su mano en la mía y se inclinó para susurrarme al oído:
—Ahora que sabemos que te encuentras bien, ¿hay algún lugar en el que podamos estar a solas?
La calidez de su tono de voz hizo que un intenso deseo me invadiera. Quizá, si cerraba los ojos, podría sentir a la mujer vital y mortal a la que había amado tanto. La tensión de mi garganta me impidió responder, simplemente me la llevé hacía el pasillo, subimos las escaleras y nos dirigimos a la suite real.
Comenzó a besarme, antes de que cerrara la puerta, mientras deslizaba sus brazos alrededor de mi cuello para acercarme a ella. Tenerla entre mis brazos me resultaba muy familiar, sin embargo...
—Hueles diferente —dije, antes de que mis palabras se perdieran en su boca. Ella se restregaba contra mí, desde los muslos hasta el cuello.
—Y tú también. —Tirando hacia atrás de mi cabeza, para mirarme a los ojos, recorrió con su mano mi pecho y luego la zona situada más abajo, la erección que no podía ocultar. Ella esbozó una picara sonrisa, mostrando un enorme interés por lo que había encontrado—. Sin embargo, tu tacto es el mismo.
Contuve la respiración, mientras ella apretaba sus dedos con mayor intensidad en las zonas adecuadas. Entonces bajé la boca y con una mano le desabroché la blusa, con la intención de quitársela, pero ella me detuvo, me agarró la cara entre sus manos y me levantó la barbilla.
—Gracias por salvar a Will —susurró, mirándome como si yo fuera la persona más maravillosa del mundo. La intensa gratitud que vi en sus ojos dio calidez a mi frío corazón. Entonces, un perturbador pensamiento surgió tras su emoción.
—No quiero tu gratitud. —Logré decirle, mintiendo. En realidad, deseaba todo lo que quisiera ofrecerme, pero, sobre todo, continuaba anhelando su amor, su cuerpo y unos cuantos miles de años de su futuro. Todo o nada. Al infierno con Hugo.
—La tienes de todas formas, pero ahora me gustaría hacer algo por ti.
Rocé sus labios con los míos.
—Pensé que se trataba de lo que estábamos a punto de llevar a cabo.
—No me refiero a hacer el amor, al menos no todavía.
Entonces me sentí completamente perplejo. Con su mano todavía sobre mis partes bajas, ella estaba...
—¿No me estarás diciendo que no? —dije con incredulidad.
Ella esbozó una sonrisa.
—No, de verdad que no. Te digo que... pronto.
Debo admitir que aún sabía cómo poner a prueba mi paciencia, ¿o quizá quisiera aumentar mi deseo?
—¿De qué demonios estás hablando?
Tomó aire prolongada y lentamente y luego bajó las pestañas. Tras retirar su mano de mi latente polla, la levantó para apartarse el cabello de un hombro, que tenía un olor muy agradable, y mostrar su pálido y grácil cuello.
—Quiero que me muerdas... que te alimentes de mí.
Yo me sentía demasiado confuso como para contestar y me quedé mirando su aterciopelada piel.
Tras levantar su mirada hacia a mí, continuó.
—Si hacemos... el amor, perderás fuerza. Quiero ayudarte a recuperar la que has perdido por alimentar a Will. Por salvarlo... Deseo que extraigas mi poder, en lugar de que me ofrezcas el tuyo. Te necesito más fuerte y no más débil.
Volvió a rodear mi cuello con sus manos y tiró de mí hacia abajo.
—Quiero que... yo... —Ella gimió cuando mis colmillos dejaron su huella.
Yo podría haber gemido también, pero mi boca estaba demasiado ocupada en succionar, saborear. Sabía a brisa fresca y aguamiel, pero, sobre todo, sabía a hogar.


Jack

Después de que le hubiera puesto a Sullivan uno de los trajes del armario ropero, William había trabajado sin descanso en la plantación y lo había introducido en un hermoso ataúd de roble. Los invitados humanos (Tilly y Connie) habían llegado y Rennie había cavado el hoyo durante el día.
William también había llegado y había logrado calmar a Iban. Una vez que Sullivan estuvo preparado, Iban pidió quedarse a solas con él durante un momento, así que Lucius salió para realizar algunas llamadas de teléfono a la colonia de Nueva York. William mantenía una disputa con Tilly acerca de si esta debía acudir al entierro, dado que había un largo camino que recorrer. Werm también había aparecido y estaba charlando con Gerard, así que no me quedaba otra opción que entretener a Connie.
Estaba radiante vestida de negro.
—Gracias por venir —dije. Entonces recordé que Sullivan me había dicho que estaba coladita por mí, y durante algunos segundos olvidé que no estaba vivo.
—Gracias por pedírmelo. —Ella miró con nerviosismo a los vampiros que había a su alrededor, evitando mirarme. Supongo que no tenía sentido mirar a los ojos a una criatura que creía que no era real—. ¿Estás seguro de que no corro ningún peligro aquí?
—Sí, estás a salvo. Estos son vampiros civilizados y, aunque no lo fueran, aquí estoy yo para protegerte. Por cierto, también he averiguado que no te has expuesto al virus, así que estás a salvo en todos los sentidos.
—Gracias a Dios —dijo, visiblemente aliviada—. ¿Cómo se encuentra Iban
—Físicamente, está mucho mejor. Ese tipo del que te hablé, el científico, descubrió una cura que ha funcionado, aunque emocionalmente está bastante destrozado, porque Sullivan era su mejor amigo.
Connie asintió. Tras inclinar la cabeza en dirección a William y Tilly, que continuaban enzarzados en una acalorada discusión, Connie dijo:
—¿Qué pasa con esos dos? ¿Es ella también un vampiro?
Yo me reí.
—No, aunque siempre ha contado con esa opción, si ese era su deseo. Es la amiga mortal más antigua de William. Eran pareja hace aproximadamente setenta años. Aunque él la sigue adorando. Justo en este momento está preocupado por la idea de que permanezca allí en medio del frío para el funeral.
—¿Tuvieron una relación? —El tono de voz de Connie parecía forzado, como si intentara tratar con naturalidad un tema tan serio.
La miré fijamente a los ojos, con el deseo de que me abriera su corazón, sí no mediante palabras, al menos a través de sus sentimientos.
—Tuvieron una magnífica relación, después de que William asesinara al hijo de puta de su marido. William la trataba como a una reina. Le ofreció a Tilly la vida eterna, pero ella lo rechazó. Él nunca le llevaba la contraria... en nada, y hasta la fecha los deseos de Tilly son órdenes para él. Permíteme decirte una cosa acerca de los vampiros: somos poderosos y difíciles de matar, pero también lo son nuestra lealtad... y nuestro amor.
Los oscuros ojos de Connie resplandecieron.
—¿Los demonios pueden amar?
—No lo dudes ni por un momento.
Ella asintió con la cabeza, pero yo no podía percibir lo que sentía, se guardaba sus emociones para ella.
La puerta de doble hoja que conducía al salón se abrió e Iban hizo su entrada, con los ojos llenos de lágrimas. Más tarde, William, Lucius y Gerard se colocaron junto a él, para portar el féretro cerrado de Sullivan.
Connie se tapó la boca con la mano y sus ojos se llenaron de lágrimas. Entonces, al acordarse, se giró hacia mí.
—¿Has cumplido ya tu promesa de matar al monstruo que hizo esto?
—No —admití. ¿Cómo podía decirle que me había retractado de mi palabra para preservar mi tumultuosa relación con mi sire ?—. No puedo, es complicado —dije, sonando poco convincente.
—Parece que con eso me respondes a muchas preguntas difíciles. —La mirada de Connie se nubló—. Bueno, si como dices tengo poderes, supongo que tendré que usarlos para aprender a matar a los vampiros yo misma, ¿no?
Tras pronunciar esas palabras, giró sus elegantes zapatos de salón negros y siguió a los demás hacia el exterior, en dirección al cementerio. Justo cuando creía que Connie estaba comenzando a aceptar el hecho de que los vampiros existían y de que yo era uno de ellos, justo cuando creía que podría hacer progresos con ella, volví a sentirme todavía peor que antes de confesar que era un no muerto. Sin embargo, de sus últimas palabras, no fue eso lo que hizo que me sacudiera por dentro un impulso eléctrico. La idea de que Connie utilizara sus poderes para asesinar a los de mi clase me hizo sentir un mayor pavor del que sentía al pensar en Reedrek o en Hugo, o, demonios, el mayor de mis ciento cincuenta años de vida. Le acababa de presentar a casi todos los vampiros que conocía.
Intenté alejar ese pensamiento de mi mente, pero cuando me reuní con los demás en el cementerio, tuve el presentimiento de que los tiempos difíciles para los bebedores de sangre no habían hecho más que empezar.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 4:37 pm

Capítulo 18
William



Parecía que la noche estuviese conteniendo la respiración: No se oía el susurro de la brisa marina, no había ningún frente frío proveniente del noroeste. Solo silencio, y el frío e inmóvil aliento de la muerte.
Y los espectadores. Los espíritus que se habían sentido atraídos por esa reunión de dolientes indiferentes ante su ausencia de latidos y calidez.
—Sullivan (compañero encomiable, compatriota mortal y un hijo leal para Iban) ha muerto —dije al grupo que se encontraba reunido junto a la improvisada tumba, con Iban a mi lado.
El resto se encontraba desperdigado por las enmohecidas lápidas: Lucius, Gerard, Jack, Lamar y las mortales, Connie y mi queridísima Tilly. Eleanor se negó a estar presente y se mantuvo alejada de mí y de mi infidelidad. Los que faltaban no eran bienvenidos allí: Hugo, Diana y el asesino, Will.
—Su muerte es un hecho terrible para todos nosotros. En escasas semanas, hemos perdido a más de los nuestros que a lo largo de toda la historia del Nuevo Mundo. Debemos unirnos para mantenernos fuertes y olvidar las rencillas del pasado. —Pude sentir la efervescente mirada de Iban, quien sabía que mis palabras iban más dirigidas a él que a ningún otro.
—Carecemos de clero para que oficie el funeral, pero, para Sullivan, me gustaría citar un poema de Dylan Thomas, un humano que también vivió muy pocos años:

Debe arder la vejez y delirar al fin del día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.


Me incliné hacia Iban.
—¿Hay algo que desees añadir?
Parecía estar haciendo un gran esfuerzo por reprimir sus emociones.
—Lo que tenga que decir no va a servir de consuelo a ninguno de los presentes, y menos a Sullivan. No voy a mancillar su memoria con una discusión delante de su cadáver.
Yo asentí con la cabeza, dado que Iban tenía derecho a estar enfadado. Además, sabía que pronto tendríamos que volver a tratar el tema del asesinato de Sullivan. Entonces, me aparté de su lado y me dirigí hacia Tilly y, después de ponerle un brazo alrededor de los hombros y el otro por debajo de sus rodillas, la levanté.
—Eres tan ligera como una pluma —dije, haciendo todo lo posible por reprimir mi alarma ante su debilidad. Sabía que no tardaría en pedirme su última voluntad, pero no estaba dispuesto a acelerar su muerte, a permitir que nos dejara.
Ella suspiró.
—Uno nunca es demasiado rico ni demasiado delgado —dijo—. Pero sí demasiado viejo.
—Siempre seré medio milenio mayor que tú —contesté, con mi habitual sentido del humor. Habíamos tenido la misma discusión muchas veces durante los últimos cincuenta años. Durante los primeros cincuenta de nuestra relación, éramos unos inconscientes y estábamos demasiado ocupados como para preocuparnos por el futuro—. ¿Quieres quedarte con nosotros esta noche?
—No. Creo que no. —En ese momento, habíamos llegado a la casa y la puse en píe. Ella me dio unos golpecitos en el pecho—. Los funerales me agotan. —Entonces se dirigió al lugar en el que Iban mantenía una conversación con Jack, y ambos parecían tener mucho de lo que hablar, Tilly dio unos pasos hacia Iban y lo abrazó—. Se acabó el sufrimiento y el dolor —le susurró ella al oído. Él asintió con la cabeza y se quedó un momento mirándola fijamente, entonces le echó un brazo por encima y la acompañó hasta la parte delantera de la casa, donde un coche la esperaba.
Una parte de mí se alegró de verla marchar, dado que el resto de nosotros teníamos un turbio asunto que discutir y había muchas posibilidades de que llegáramos a las manos. Me dirigí hacia Jack.
—Gracias por organizarlo todo. —Habría sido inadecuado que yo hubiera preparado el funeral del mortal al que mi hijo había asesinado.
Jack pareció sorprendido ante mis palabras, pero pronto recuperó la compostura.
—Bueno, en cierto modo me sentía responsable y yo...
—Sí, estás acostumbrados a tratar con restos humanos.
—Si te refieres a que les tengo algo más de respeto que como para tirarlos como una lata de cerveza vacía, entonces sí, tienes razón.
Su actitud beligerante me hizo esbozar una sonrisa. Me sentía como de vuelta en casa. Una sensación agradable, después de que mi mundo se hubiera puesto patas arriba como un barco que vuelca por una traviesa ola del mar.
Había sobrevivido al vuelco, pero en ese momento mi único pensamiento era... Diana, y el recuerdo de su sabor provocaba en mi mandíbula ansias de más.
Dirigí mi mirada al pequeño cementerio familiar, que se encontraba por detrás de la cabeza de Jack. Connie se había quedado rezagada, lo más lejos posible de nosotros, pero no podía culparla, se sentía como un corderito entre leones.
—Creo que deberías hacer que tu amiga policía vuelva a su casa. Lo que va a ocurrir aquí puede superar su valentía.
—No lo creo. Ya ha visto en acción lo peor de nosotros, gracias a ese rata e hijo de puta de Will. Le diré que se marche, no vaya a ser que comience a actuar a lo Dirty Harriet con todos nosotros...
—Y tengamos que matarla también.
Jack frunció el ceño.
—No me refería a eso. —Pero en lugar de discutir, atravesó la galería en su dirección.
No tenía tiempo ni intenciones de matar a Connie, pero no podía hablar por el resto.
—¿Jack? —Él se detuvo y se giró, con los brazos en jarras.
—¿ Qué ?
—Recuerda, Will está retenido, pero Hugo todavía esta ahí fuera. Si hemos aprendido algo de Reedrek es que nuestros seres queridos están en peligro. Asegúrate de que ella lo sepa.
Jack asintió enérgicamente y continuó atravesando el jardín.
Alguien me dio una palmadita en el hombro.
—William... o sea, ¿señor?
—¿Sí, Lamar? —Cuando me giré en dirección a Werm, él palideció, como si fuera a golpearle, y sus rasgos cobraron una ligera transparencia por los bordes. La desaparición de su pelo de punta me pareció un gran avance.
—Me preguntaba, quiero decir... ¿Cómo está Will ? Jack me contó que estaba enfermo, pero yo... yo no puedo preguntarle por él otra vez porque está demasiado enfadado...
—Will se encuentra perfectamente —contesté, pero el mero hecho de mencionar la recuperación de Will volvió a dirigir mis pensamientos hacia Diana y mi prometida recompensa. Solo podría llamarlo obsesión. En casa me esperaba el paraíso y apenas podía contener mi alegría. Volvería a ser mía después de...
—¿Cree que podría visitarlo? Ya sé que es peligroso y todo eso, pero no me hará ningún daño, somos colegas.
¿Era así como todos veían a mi hijo? ¿Cómo un animal rabioso fuera de control? No había ninguna duda de que lo querían muerto. Antes de que tuviera tiempo de contestar, oí la voz de Iban, como si me hubiera leído la mente.
—Ese perro no necesita colegas, como dices tú. Pronto estará muerto.
—Iban, por favor... —Entonces, pasó a nuestro lado y desapareció en la oscuridad, en dirección a la tumba aún abierta de Sullivan.
Werm parecía preparado para salir disparado.
—Ve a verlo —dije—, está en mi casa de Houghton. —Antes de que se fuera, añadí—. Pero Werm... no le cuentes nada de la vendetta de Iban. Espero lograr que cambie de opinión.
—Sí, señor.


Jack

Ahora que Tilly estaba en su camino de vuelta a la ciudad, Connie era la única humana que quedaba. Se encontraba de pie junto a la tumba, como si no supiera qué hacer a continuación. En el momento que me acerqué a ella, Iban también se encontraba allí, mirando con abatimiento la tumba abierta de su amigo.
—Si pudiera hablar con él una vez más —dijo con la voz quebrada.
—Esto... —comencé—. No sé si lo sabes, pero puedo hablar con los muertos y me complacería actuar como intermediario, algo así como una especie de... intérprete.
Iban parpadeó.
—Sí. Sí, por favor, Jack. Significaría mucho para mí. —Se quedó pensativo por un momento—. ¿Por dónde empiezo? Sullivan, quiero darte las gracias por todo lo que has hecho por mí durante todos estos años. Por tu amistad, aceptación y comprensión. Por tu... coraje. Son pocos los hombres con la suficiente valentía como para mirar a un demonio a los ojos, ser capaces de ver lo bueno en él y considerarlo un amigo.
Dirigí mi mirada a Connie para ver cómo reaccionaba ante las palabras de Iban. Me estaba mirando, con los ojos abiertos como platos. No podría decir si se sentía conmovida por lo que Iban acababa de decir o helada ante mi habilidad para comunicarme con los muertos.
—Sullivan dice que puede oírte —dije—. Dice que bendice el día que te conoció en la escuela de cine de UCLA y que se alegra de que sus clases fueran en horario nocturno.
La risa de Iban se convirtió en un sollozo ahogado.
—Bendices el día en que nos conocimos, a pesar de que nuestra amistad ha sido la responsable de tu prematura muerte a manos de un monstruo. Amigo, siento no haberte protegido como prometí hace muchos años. No mantuve mi vigilancia para defenderte, y has pagado un alto precio, tu vida mortal.
—Sullivan dice que no tienes que sentirte culpable. Dice que gracias a ti, ha visto y hecho más cosas que la mayoría de los humanos aunque vivieran dos vidas.
Iban miraba hacia el interior de la tumba, como si pudiera ver a través de la sólida tapa de madera del ataúd.
—Te prometo que vengaré tu muerte. Le chuparé la sangre que corre por tus venas a tu asesino y le arrancaré la carne de los huesos. Eso lo juro por mi inmortalidad.
—Gracias, viejo amigo —dije repitiendo las palabras de Sullivan—. No te sientas culpable. Fui yo el que cometí el tremendo error de bajar la guardia. Sabía qué era Will. No arriesgues tu muerte viviente por mí, debes seguir adelante con el resto de tu existencia. Como decimos en el mundo del cine, se acabó el rodaje. Adiós.
—Vaya con Dios* —dijo Iban con un sollozo. Entonces, se marchó bruscamente en dirección a la casa, pero tras dar unos pasos, se detuvo y se volvió a dirigir hacia nosotros. Le extendió la mano a Connie y, cuando ella la aceptó, él la levantó a la altura de sus labios y la besó con una reverencia—. Gracias por venir, querida. Sé que significa mucho para Sullivan y para mí también.
Connie asintió con la cabeza.
—Siento mucho tu pérdida. Sé que lo amabas. —Ella me miró de reojo y sus oscuros ojos latinos se clavaron en los míos. Si hubiera tenido un corazón que latiera, habría pegado un vuelco como un antiguo motor de ocho cilindros que necesitara una puesta a punto. Sé que lo amabas, repetí en mi mente. Su mensaje era claro, ahora creía lo que le había dicho: un demonio puede amar. Lo había comprobado en Iban.
Él asintió con la cabeza y soltó su mano.
—Adiós —dijo—. Me alegra que haya contado con la amistad y la compañía de una mujer tan hermosa y encantadora como tú durante los últimos días de su vida.
—Ha sido un placer conocerlo, aunque solo fuera durante unos días.
Con una última reverencia de cortesía, Iban volvió a dirigirse hacia la casa.
—Permíteme acompañarte a tu coche —le dije. Quise preguntarle si se encontraba bien, pero luego me lo pensé mejor. Se acaba de enfrentar a media docena de vampiros sin estremecerse y, para colmo, había descubierto que podía comunicarme con los muertos. Solo eso era suficiente para dar que pensar a cualquiera. Su suave expresión de hacía solo unos minutos cambió, y sus ojos adoptaron una mirada férrea, mientras volvía la vista hacia delante. Casi podía notarse que su mente iba a mil revoluciones por minuto.
—Me alegra saber que hay alguien con huevos para ir a por ese monstruo asesino.
Me estremecí, al entender su indirecta.
—Te vuelvo a decir que es complicado que yo vaya a por Will. Es algo que tiene que ver con William y con la política de los vampiros, pero algún día te lo explicaré todo. —No obstante, pude percibir que algo, aparte de mi fortaleza (o la ausencia de ella) ocupaba su mente—. ¿En qué estás pensando? —le pregunté—. Pero dime la verdad.
En ese momento, ya habíamos llegado a su coche.
—Estoy pensando en todo lo que he presenciado durante estos últimos días, sobre todo en lo que acabo de ver y oír en este funeral. Estoy pensando en tu habilidad para hablar con los muertos, y en posibilidades que, hasta la fecha, nunca hubiera imaginado que existieran.
—¿Qué posibilidades? —pregunté. Se montó en el coche y me dirigió una última y dura mirada, antes de arrancar el motor.
—¿Crees que podrías... ser mi intérprete en alguna ocasión ? Hay un par de personas con las que tengo que contactar. Es un asunto de vida o muerte.
—Sí, supongo que sí. ¿De qué se trata?
—Es complicado.


William

El resto de nosotros nos reunimos en la sala de estar. Después de trasladar a Diana y a Will a la ciudad la noche anterior, le había pedido a Chandler que enviara a un grupo de limpiadores profesionales para arreglar el desaguisado mientras dormíamos de día. Se habían retirado los muebles rotos y los agujeros de las paredes y los techos se habían rellenado, pero no se habían vuelto a pintar, al igual que las diferencias entre el grupo, que se habían expuesto pero no solucionado.
Hice uso de mi responsabilidad como anfitrión para iniciar la conversación. Había temas de los que tenía que hablar con rapidez, antes de que regresara Iban.
—Gracias a la brillantez de Gerard, creemos que hemos descubierto un antídoto para la peste asesina. En muchos sentidos, fue una suerte que los primeros casos se dieran en California...
—No creo que se sintieran afortunados —dijo Lucius con un tono cortante.
Lo miré con el ceño fruncido.
—Podría también haber ocurrido en Nueva York. —Entonces, volví a dirigirme al grupo en general—. ¿Habéis tenido noticias de vuestros respectivos familiares durante las últimas horas?
Gerard y Lucius asintieron con la cabeza.
—Iban también ha tenido noticias de Tobey y Travis. Se encuentran bien y están investigando la masacre —dijo Lucius. Estaba claro que yo sabía lo que había ocurrido, después de que Will lo hubiera prácticamente confesado, pero no era el momento de informar de este asunto en particular, si tenía esperanzas de que Will siguiera con vida.
—Tenemos que continuar teniendo mucho cuidado. Hasta ahora, la cura ha sido eficaz de uno en uno, pero no sabemos a cuántos podremos tratar, debido a la escasez de la sangre vudú en estado puro. Si otro clan se contagia, antes de que vuelva a casa y aumenten las provisiones, tendremos serios problemas.
—Y hemos utilizado la poca que nos quedaba para curar a alguien que merecía morir —dijo Iban, tras aparecer por detrás de mí.
—Will ha sido nuestro conejillo de indias... quiero decir, después de ti —dijo Gerard—. Ahora sabemos que lo único que puede curar es la sangre, lo cual ha sido corroborado por el hecho de que William parece inmune, es decir, no se ha infectado por los mordiscos. No sé si el contagio se ha debido a alimentarse de cisnes infectados. —Frunció el ceño—. Tendré que desarrollar pruebas menos complicadas para detectar a los portadores.
—¿William? ¿Existe alguna posibilidad de convencer a Melaphia para que me acompañe de vuelta a Minnesota para...?
—De ninguna manera —contestó Jack, antes de que yo tuviera tiempo de hacerlo. Y se colocó a mi lado dándome un ligero empujón—. No me importa que nos pudramos y muramos, no vamos a causarle más dolor a Mel.
—A ti te resulta muy fácil decir eso, Jacko, dado que es probable que tú seas inmune también —dijo Lucius, antes de ponerse en pie—. Además, creo que William delegó el liderazgo de los clanes del Nuevo Mundo en mí, así que soy yo el que toma las decisiones.
Jack comenzó a avanzar.
—Ni lo sueñes, gilipollas...
El molesto riiin del teléfono interrumpió la conversación. Todos los que estaban presentes en la habitación dejaron de hablar, pero ninguno parecía dispuesto a cogerlo. Al tercer riiin, sentí una débil sensación de angustia en Werm. Aún no era demasiado bueno a la hora de proyectar sus pensamientos, pero pude percibir su miedo.
—¿Qué pasa? —dije, tras coger el auricular a toda prisa.
—¡William! Ha ocurrido algo malo... tu casa...
—Tranquilízate y habla con claridad. ¿Qué pasa con mi casa? —Y sentí un repentino palpito de malestar. Diana. ¿Habría vuelto Hugo a por Diana ? Reyha no lo habría dejado entrar...
—No lo sé. He llegado aquí y... —Sollozó una vez y tomó aire—. Todas las puertas y ventanas están abiertas. Me da miedo entrar. Algo malo...
—Busca un escondite y sigue vigilando, enseguida voy para allá.

Veinte minutos después, cinco de nosotros nos encontrábamos frente a mi casa. Podía sentir a Werm por allí, pero no tenía tiempo de localizarlo entre los arbustos.
Quédate donde estás, le ordené. Si estás invisible, quédate así. La casa irradiaba peligro, a pesar de que las luces de todas las habitaciones parecían estar encendidas. Las puertas y las ventanas abiertas de par en par me recordaron al Alabaster. En lugar de un barco fantasma, teníamos una casa fantasma que había sido abandonada a toda prisa. Werm tenía razón, algo malo había ocurrido. Me sentía contento por haber hecho que Melaphia y Renee salieran de allí, cuando llevé a casa a Diana y a Will, y por el hecho de que Eleanor hubiera optado por marcharse. Tenía que haber sido Hugo, porque todos los demás estaban en la plantación. Si le había hecho algún daño a Diana, nadie podría librarlo de mí.
Tras asentir con la cabeza, mirando a los demás, comencé a avanzar.
Yo iré por detrás, le susurró Jack a mi mente.
En escasos minutos, averiguamos que las plantas superiores de la casa estaban vacías. Me dirigí al piso de abajo y el resto me siguió. Otra señal que no presagiaba nada bueno: las velas de la colección de altares de Melaphia, que siempre solían estar encendidas, no lo estaban. Solo podía recordar una ocasión durante el úitimo siglo en que algo así hubiera ocurrido, la noche en que la madre de Melaphia, Seraphina, falleció. Se oyó el ruido de unos golpes en el sótano y me preparé para atacar a quienquiera que hubiera sido responsable de este alboroto.
El bajar a la habitación pareció acabar con el aire de mis pulmones. Allí había tenido lugar una lucha, física y metafísica. Sentí un terror espantoso. Melaphia se habría marchado... sabía que había peligro...
Jack bajó las escaleras ruidosamente detrás de mí.
—¿ Dónde están Reyha y Deylaud? —preguntó, sin molestarse en hacerlo en voz baja.
La habitación estaba vacía, pero tras oírse la voz de Jack ocurrieron dos cosas. Los golpes volvieron a empezar, con mayor intensidad y a menor velocidad, y se oyó el agudo aullido de un perro que me hizo sentir un escalofrío en la nuca. Ambos sonidos provenían de un ataúd cerrado. Traté de abrir la tapa, pero estaba cerrada con llave. En lugar de molestarse en encontrar la llave, Jack levantó bruscamente el calzador de hierro que se encontraba junto a la chimenea y golpeó con él hasta tres veces la cerradura, haciendo que esta cayera al suelo, después de que la madera se astillara.
Con el nombre de Diana en mis labios, empujé de la madera hacia atrás, y la imagen que me encontré casi me hizo caer de rodillas.
Era Melaphia, con las manos manchadas de sangre y la cara destrozada. Había sido ella la que había estado dando golpes contra el macizo roble inglés con la fuerza que le quedaba. Junto a ella yacía Reyha, en forma canina. Tenía también la cara ensangrentada, y parecía que tenía partidas las dos patas traseras. Gimoteaba, mientras me miraba confusa. Sus heridas debían haber sido graves, para que volviera a su forma canina.
—¡Por todos los putos diablos! —saqué un pañuelo que llevaba en el bolsillo, tratando de controlar el temblor en mis dedos, para limpiar la sangre que burbujeaba en la boca de Melaphia. Todos los que habían llegado detrás de mí para luchar comenzaron a hablar al mismo tiempo—. ¡Silencio! —ordené—. ¡Examinad el lugar milímetro a milímetro! Jack, ve a ver si encuentras algo en los túneles. —Cuando se giró para cumplir mi orden, añadí—. No te vayas muy lejos solo. —Él asintió con la cabeza y, con una furiosa mirada al daño hecho a nuestra familia, se marchó indignado. Más le valía a Hugo haberse marchado hacía mucho tiempo.
Mientras el resto buscaba alguna pista, apoyé una consoladora mano en el lomo de Reyha, pero sin dejar de mirar a Melaphia.
—¿Qué ha ocurrido querida? ¿Quién te ha hecho esto?
Los ojos se le llenaron de lágrimas y su primer intento de hablar fue fallido. Entonces volvió a toser, escupiendo más sangre, y pronunció la palabra con la fuerza suficiente para acabar de matarme.
—Renee...


Jack

Que Dios ayude a esos tres jodidos ingleses si los encuentro.
La puerta del túnel no estaba cerrada con llave, lo que podría significar que habían salido por allí, o simplemente que alguien de la casa de William la hubiera dejado así por descuido. El persistente olor a vampiro tampoco era algo extraño, ya que William, Werm y yo entrábamos y salíamos por aquí con frecuencia. Inmóvil, cerré los ojos e inhalé profundamente para comprobar qué podía percibir. No había duda de que olía a vampiro, pero había algo más.
Era el perfume de Eleanor.
¿Cuándo fue la última vez que ella había pasado por aquí? Con mi sentido del olfato, al menos el doble que la media de los vampiros, era probable que siguiera percibiendo su olor, aunque hubiera estado allí hacía días; o puede que no.
Eché un rápido vistazo alrededor de los túneles, sin perder el tiempo en aventurarme a ir demasiado lejos en ninguna dirección, pues mi instinto me decía que hacía mucho tiempo que se habían marchado, hubieran o no pasado por aquí. Durante todo el tiempo que estuve buscando, sabía que se me escapaba algo en este desastre, algo en lo que mi mente no me permitía pensar, y menos aún creer. No quería saber de qué se trataba, pero sabía que estaba a punto de averiguarlo.
Transcurridos algunos minutos, volví a toda prisa al sótano. Lo primero que vi fue a Gerard tocando suavemente el abdomen de la dolorida perra, supongo que tratando de averiguar si tenía heridas internas, mientras, al mismo tiempo, susurraba instrucciones a Werm, cuando este intentaba, con las manos temblorosas, entablillar las patas de la perra con un rollo de gasa y lo que parecían ser las patas arrancadas de las sillas de la cocina. La imagen de dolor en los dulces ojos de Reyha casi me puso enfermo por la rabia y la pena.
Sin embargo, fue ver a Melaphia lo que me dejó para el arrastre. Desde el sillón en el que estaba sentada, y cubierta con una manta, miraba hacia delante, mientras William le hacía preguntas sobre lo que había ocurrido. Pude percibir que forzaba una voz tranquilizadora y algo que jamás había oído antes en su tono: miedo. Mi intrépido e indestructible sire estaba tratando de contener el miedo que sentía.
Entonces supe el pensamiento del que mi mente había estado tratando de protegerme.
Renee se había ido.
William me miró y yo negué con la cabeza.
—Nada —fue la única palabra que pude decir.
Él volvió a poner toda su atención en Mel, quien parecía haber agotado toda la fuerza que le quedaba en su intento por indicarnos que estaba dentro del ataúd.
—Inténtalo de nuevo, querida —le suplicó William—. Tienes que hacerlo. ¿Qué ha ocurrido y adónde iban cuando se marcharon de aquí?
Yo me puse de rodillas frente a ella.
—Por favor, Mel, inténtalo por el tío Jack. Dinos adónde se han ido con ella. —Traté de llegar a ella mediante la sangre de maman Lalee. Habla, le ordené.
Comenzó a enfocar sus ojos en los míos y entonces comenzó a gritar.
—¡Han hechizado a mi pequeña! ¡El diablo pelirrojo la ha encantado y Renee se ha ido con los cuatro a los túneles, a pesar de que Reyha y yo hemos luchado por evitarlo!
—-¿Cuatro? —Podía notar que la neblina de color rojo de William comenzaba a elevarse, pero también que se sentía confuso. Sin embargo, yo sí entendí a qué se refería Melaphia, al recordar el olor que había percibido en los túneles hada escasos minutos.
—Eleanor—dije.
Melaphia asintió con la cabeza y comenzó a sollozar con dificultad, lo que provocó que volviera a sufrir un ataque de tos y escupiera sangre. Entonces dirigió su mirada a William.
—Tráela de vuelta, o por las almas de mis antepasadas...
—Lo haré, te lo prometo solemnemente. Traeré a tu hija de vuelta, aunque mí vida inmortal me vaya en ello. —William se levantó del lugar en el que se encontraba en cuclillas junto a Melaphia y yo me puse de pie al mismo tiempo.
A lo largo de todas estas décadas, creía que había visto a mi sire en sus momentos más apagados. Lo había visto extrayendo las visceras a asesinos, quitándole la piel a violadores vivos, prendiendo fuego a vampiros granujas y observando luego cómo se retorcían en una horrible danza mortal, hasta que quedaban reducidos a cenizas, impasible ante sus gritos. Había visto cómo su rabia salía de él en forma de una neblina roja de sangre e ira que convertía a una multitud inofensiva en una banda encolerizada y obstinada en causar estragos.
Sin embargo, nunca lo había visto tan abatido como en ese momento. Su rostro estaba tan pálido como el mármol y sus pupilas, tan alargadas como las de un gato, al rojo vivo. Cuando por fin abrió la boca para dar órdenes con brusquedad, sus colmillos, afilados como sables, resplandecieron como la blanca nieve en la tenue luz del sótano. Parecía medir tres metros, a pesar de que solo levitara a unos cuarenta centímetros del suelo.
—Gerard, cuida de Melaphia y de Reyha. Inspecciona sus heridas y protégelas con tu vida. Werm, ayuda a Gerard y haz todo lo que te diga. Jack, ven conmigo.
Lucius e Iban se encontraron con nosotros en la entrada.
—No hemos encontrado nada fuera —-informó Lucius.
—Ni una huella, ni olor a vampiro —añadió Iban.
—Vamos —dijo William, dirigiéndose a su Mercedes—. Jack, conduce tú.
—¿Adónde? —pregunté, entrando de un salto al asiento del conductor.
—Al muelle —dijo William—. Todo lo rápido que este bólido pueda ir.
Cualquier otra noche, habría sido extremadamente divertido, pero no esa noche. Arranqué el coche y salimos a toda velocidad.

Pobres cabrones. No pude evitar sentir lástima por ellos.
Encontramos a dos humanos muertos de miedo en una despensa del camarote principal, pero no había ni rastro de vampiros. Cuando los sacamos a la fuerza de la despensa, comenzaron a farfullar en ruso.
—Nyet Angliski! —dijeron los dos.
Cuando William les mostró los colmillos y les dijo que más les valía contar todo lo que supieran de sus compañeros de viaje, amantes de la noche, si no querían que se los comiera vivos, se quedaron en silencio, mirando con la boca abierta y al menos uno de ellos se hizo pis encima. A veces, un potenciado sentido del olfato no venía tan bien.
—William, dudo que sean compadres de vampiros. Si supieran algo de nosotros, también sabrían que podemos percibir su olor, independientemente de dónde intenten esconderse. Yo creo que simplemente son marineros que han sido obligados a pilotar el barco.
—Déjamelos a mí —dijo Lucius-—. Les sacaré toda la información que pueda.
Abrí la boca para protestar, pues pensaba que Lucius los torturaría y los convertiría en sus esclavos personales, pero William levantó una mano para hacerme callar y me dejó leer en su mente que en ese momento ya no le importaba en absoluto lo que le ocurriera a los mortales. Entonces le dijo a Lucius:
—Muy bien. Si te enteras de algo que nos pueda servir de ayuda, informa a la casa principal.
Cuando William, Iban y yo llegamos de nuevo a tierra firme, Iban dijo entre gritos, mostrando su frustración:
—¿Dónde demonios pueden estar? Si hubieras permitido que Jack o yo matáramos a ese diabólico hijo tuyo, esto no estaría pasando.
El efervescente resentimiento de Iban hacia William era tan intenso que podía sentirlo a pesar de no ser particularmente cercano a su línea sucesoria. Las emociones de mi sire estaban también a punto de alcanzar el punto de ebullición, pero, por ahora, las mantenía bajo control. Entonces interrumpí el tenso silencio.
—Se me ocurre un lugar —dije, antes de dirigirme al Mercedes—. Cuando llevé a Hugo y a Eleanor de caza a los túneles, Él se negó a volver a la casa principal. Dijo que prefería marcharse a la suya, aunque lo único que había entonces fuera el sótano. Hugo vio dónde estaba. Es el único lugar que se me ocurre en el que podemos echar un vistazo.
—Muy bien —dijo William. Si tenía intenciones de reprenderme por permitir que Hugo llegara cerca de Reedrek durante aquella cacería, no lo demostró. Estaba sumamente concentrado en Renee.
—Además —dije—. Tenemos que saber qué ha sido de Deylaud.
—Si ese sabueso tiene algo que ver con este...
—Sabes que nunca le haría daño a Renee. Por favor, no le hagas nada —le supliqué.
William me miró con reproche.
—Espero no tener que hacerlo.

Ni los vampiros ni Renee estaban en casa de Eleanor, aunque Deylaud sí, y en tan malas condiciones que no podía soportar mirarlo. La ira que William había sentido ante el acto de rebeldía de Deylaud desapareció en el mismo momento en el que puso los ojos en su anterior y leal sirviente. Inconsciente y en su forma humana, yaaa tiritando en el suelo de cemento del sótano. Su respiración era rápida y poco profunda, y su pulso, filiforme y débil.
—¿Qué demonios le ha pasado? —preguntó Iban.
—Está pagando el precio de su rebeldía —dijo William.
—¿Qué quiere decir eso?
—Deylaud y su hermana (su compañera de carnada) Reyha son criaturas míticas de otro mundo. La voluntad de un rey prusiano en su lecho de muerte fue que juraran vivir a mi servicio —dijo William—. Ellos custodian mi lugar de reposo durante el día, al igual que sus ancestros hicieron con las tumbas de los faraones. A cambio, se les concedieron dos dones: la habilidad de adoptar forma humana y animal, y la inmortalidad. Si rompían su juramento a su antiguo señor, el rey, perderían ambos dones. Deylaud lo sabía cuando salió de mi casa sin permiso para estar con Eleanor. Mira lo mucho que la quiere.
—Entonces, ¿se está muriendo? —-Apenas pude contestar. Deylaud y Reyha ya estaban con William cuando me convirtió y caí en la cuenta de que los quería más de lo que pensaba.
William se inclinó hacia su antiguo compañero.
—¿Dónde está Eleanor?—le preguntó a Deylaud. Entonces, me dijo—-:Echa un vistazo.
Deylaud gimió y se hizo un apretado ovillo.
Comprobé la puerta del sótano y el túnel que había tras ella, pero no había ni rastro de Eleanor.
—¿Por qué Eleanor permitiría que se quedase aquí muriéndose ? —pregunté.
William solo negó con la cabeza y dijo:
—Mételo en el coche. Tenemos que llevarlo de vuelta a casa. Ya.
Cogí a Deylaud y me dirigí al Mercedes. Iban me acompañó para abrir la puerta trasera y ayudarme a introducirlo en el coche con el mayor cuidado posible. Yo le acaricié la cabeza a Deylaud, como si estuviera en su forma perruna y le susurré al oído.
—Aguanta, amigo. Antes de que te des cuenta te pondrás bien, tan cierto como que me llamo Jack McShane.
Iban prometió quedarse con Deylaud, mientras yo volvía a por William. Me dirigí al borde del sótano, donde el subsuelo estaba aún por terminar y bajé mi mirada hacia la oscura extensión de terreno. Sentí que mis pupilas se dilataban para aprovechar la luz procedente de la farola más cercana y, con mi potenciado sentido de la vista, puede ver a William en el rincón en el que había estado el altar de Eleanor. El vaso en el que había puesto el agua marina estaba hecho añicos y los fragmentos de cristal brillaban como diminutas estrellas en la noche.
Además de los fragmentos de cristal, William permanecía de pie con el chal de seda de Eleanor contra su rostro, como si intentara absorber su aroma por la que podría ser la última vez.


William

Las conchas me estaban esperando, ya me estaban llamando antes incluso de que tocara la caja de hueso en la que estaban guardadas. La llamada era intensa y apremiante, con tal caos entre mi familia, la conexión vudú de mi sangre se activó para protegerme.
Lalee... ayúdame a defender tu sangre, o a vengarla.
Mientras habíamos estado persiguiendo fantasmas, Melaphia había insistido en erigir y arreglar sus altares. Con Werm como aprendiz, había vuelto a encender las velas y, en ese momento, se encontraba de rodillas, con la cabeza inclinada, haciendo uso de su propia magia.
No había tiempo de preguntar qué había ocurrido, ni quién le había hecho qué a quién. Tenía que encontrar a Renee. Dejé a los demás en el sótano y subí las escaleras para salir al exterior con la caja de conchas y uno de los libros preferidos de Renee. Antes de que las conchas impactaran en la piedra, me encontraba flotando por encima del agua, oscura y fría. Por un momento el hecho me sobresaltó. Mi lógica me decía que no podía ser posible. Habían dejado la embarcación en el puerto, ¿habrían robado otra?
Entonces la vi, la elegante silueta del reactor privado surcando las finas nubes en dirección al este sobre el Atlántico. No estaban flotando en el agua, sino sobrevolándola. Tan incorpóreo como una corriente de aire, sentí la suave superficie del metal, antes de atravesarlo y encontrarme cara a cara con Hugo. Sin tener en cuenta mi falta de solidez, me abalancé a por su cuello, primero intentaría matarlo y luego me cuestionaría las cosas. El impacto que recibí cuando mis manos atravesaron su garganta me hizo entrar en razón.
Porque entonces vi a Renee.
Estaba sentada en una mesa frente a Will. Mientras observaba, ella se reía y recogía la última baza de cartas y ganaba la partida.
¡Renee!, grité.
Ya fuera porque había adquirido el suficiente poder para que me oyera, o porque Renee sintiera la llamada de las conchas en su antigua sangre, se giró hacia mí. No tenía miedo, podía sentir su tranquila valoración de la situación. Había salido para un viaje en avión y esperaba volver pronto a casa.
Eso es lo que Will le había dicho.
Como si Will hubiera sentido su distracción, le alborotó el cabello a Renee, haciendo que se riera tontamente. Entonces, con su característico y mortífero encanto, hizo que la niña rodeara la mesa para sentarse en sus rodillas, antes de reírse y abrazarlo.
—Has vuelto a ganar, picarona. Supongo que tendré que enseñarte un juego más difícil de dominar, a no ser que me prometas que me dejarás ganar unas cuantas partidas.
Durante los segundos siguientes, recibí otro desagradable impacto que añadir a esa noche interminable. Renee levantó su mirada hacia Will con tal amor que me quedé paralizado. Un amor puro, idealista, pueril, pero amor al fin y al cabo. La presencia de esa clase de amor anunciaba mi derrota a bombo y platillo. No solo la habían secuestrado físicamente, sino que además Will le había robado el corazón.
Entonces, dirigí mi mirada más allá de ellos y fijé mis ojos en Diana, quien se encontraba sentada frente a Hugo, regia pero distante. Sentí su traición como la puñalada de un cuchillo helado. Era evidente que había participado en el plan de forma voluntaria. Ella...
—Creo que voy a ir a comprobar cómo le va a nuestra conversa —dijo Hugo, antes de ponerse en pie.
L os ojos de Diana siguieron su movimiento, pero no dijo nada.
Hugo se dirigió a la puerta de la parte trasera de la lujosa cabina. Su enorme estatura parecía aún mayor en el confinado espacio del reactor. Con la mano en el pomo, dudó por un momento y se giró hacia Diana, como si esperara una reacción por su parte.
Las facciones de Diana permanecieron inmutables, pero esta vez sí habló.
—Haz lo que quieras.
Hugo, con algún plan entre manos, se encogió de hombros y abrió la puerta. De repente, sentí una conocida sensación de angustia mezclada con miedo y me sentí atraído a atravesar la puerta detrás de él.
Era un dormitorio con una lujosa cama de matrimonio extra grande que ocupaba una buena parte del espacio, en cuyo centro estaba sentada mi Eleanor, ella, la que debía ser obedecida, con las piernas cruzadas y sonriendo. La expresión de su rostro era la que solía mostrar a clientes importantes o a enemigos, no la que utilizaba conmigo. Es probable que tuviera miedo, pero era inteligente y estaba decidida a sobrevivir.
No malgasté tiempo preguntándome por qué me habría traicionado, pues en realidad yo lo había hecho primero. Lo que sí me preguntaba es qué le habría prometido Hugo que hubiera sido lo suficientemente seductor para que le abriera mi casa a ese injurioso ataque y le entregara a Renee.
Hugo se desabrochó los primeros dos botones de la camisa y se la quitó por encima de la cabeza.
—Ha llegado la hora de asumir las consecuencias —dijo con un gruñido—. Como te prometí, ya eres libre de él.
Así que eso era. Le había dicho que la libraría de su sire. Se la había llevado para hacerme daño, sin explicarle las consecuencias, y ella se había ido.
Está mintiendo, le susurré.
Eleanor dio un ligero salto. Me había oído, pero Hugo no se percató, estaba demasiado ocupado en desabrocharse los pantalones. Con toda tranquilidad, Eleanor dejó que su mirada deambulara por la habitación.
Yo no te he liberado, sigues siendo mía, y Hugo no puede interponerse en nuestro vínculo.
Debió sentir un escalofrío ante su precaria situación, porque cruzó los brazos, como para resguardarse de la fría y cruda realidad.
Hugo, ya desnudo, se aproximó a la cama y enredó sus dedos en la parte delantera del salto de cama de Eleanor.
—Quítate esto —le ordenó, mientras la arrastraba a través de las sábanas hacia él. En un suave movimiento, estaba desnuda y boca abajo. Tras colocarse detrás de ella como un semental en celo, Hugo comenzó a hurgarle torpemente entre las piernas y entonces se la metió.
¿Adónde te lleva?, pregunté.
No... lo... sé, dijo al compás de las embestidas de Hugo. Entonces, dio un grito ahogado y apretó los dientes, mientras él la agarraba por la cintura y la levantaba para metérsela más adentro. Con enérgicas estocadas, Hugo resoplaba buscando el orgasmo, como un perro que no tiene consideración con su perra.
Cuando se corrió, la agarró con mayor fuerza y la mordió salvajemente por encima del hombro. Eleanor gemía de dolor, a medida que él succionaba y la volvía a morder, no para alimentarse, sino para someterla. Tras lo que pareció una eternidad, incluso para mí, ella suspiró aliviada cuando Hugo, que había terminado por el momento, se retiró, permitiendo que ambos cayeran de nuevo a la cama, pero, en lugar de dejarla libre, le colocó encima su pesado muslo a fin de retenerla hasta que volviera a estar listo para ella. Eleanor yacía con la cara contra la almohada completamente inmóvil.
—Ahora, todas las personas a las que ama me pertenecen —dijo Hugo, tirándole del pelo a Eleanor para tenerla de frente. Mientras ella no hacía sino mirarlo, le tiró con mayor fuerza hasta que elle se retorció y los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¿Qué opinas de eso? —ie preguntó.
—Creo que significa que has ganado —dijo Eleanor entre jadeos. Entonces dirigiéndose en silencio a mí y a la habitación en general, añadió:
Estaba enfadada, lo siento.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 4:37 pm

Capítulo 19
William



Sentí cómo las conchas se movían y comenzaban a elevarme a gran altura como a una cometa. Cuando abrí los ojos, Melaphia estaba sentada sobre el banco de piedra junto a mí, con una expresión más gélida que el viento invernal.
—¿Dónde está mi niña? —preguntó, sin dudar ni un por un momento que había encontrado a Renee.
Tomé asiento, mientras las conchas repiqueteaban de vuelta a la caja de hueso. No tenía sentido intentar suavizar la noticia, no había cabida sino para la verdad.
—Está en mitad del Atlántico —contesté—. Con Will y los demás.
Melaphia apretó las manos con fuerza sobre su regazo.
—¿Está bien? ¿Han...?
—Está perfectamente y, hasta ahora, disfrutando de una grandiosa aventura. —Me puse de pie y elegí bien mis palabras—. En este momento, su lealtad es hacia Will. Lo ama.
Fue solo entonces cuando Melaphia dejó caer las lágrimas que había estado reprimiendo. Tras recomponerse, levantó la barbilla con aspecto de la reina que pudo ser, de no haber existido la conexión de su familia conmigo.
—Tú lo trajiste a esta casa, hasta nosotros —dijo sin apartar su centelleante mirada de mí—. ¿Qué vas a hacer para que vuelva?
—Todo lo que sea necesario.
—¿Me lo juras? ¿Aunque eso suponga la muerte de Will?
Me puse de rodillas y le cogí sus frías manos.
—Te lo juro. —Incliné la cabeza y le besé ambas manos para cerrar el trato.


FIN DEL LIBRO

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 9:03 pm

sip pero tambien esta para descargar aca en el foro al menos que hayan eliminado el link :/

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Mar 01, 2011 9:05 pm

jajaj como que tengo la costumbre de no poner que hice tal capi xD


wiiiiiii final del libro
gemma ya se lo he pasado a la diseñadora

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Mar 02, 2011 2:54 am

Ayyyy nooooo :222: Cómo que termina el libro ahí???? :222:

Gracias chicas por su trabajo!!!

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Mar 02, 2011 3:12 pm

gracias por el duro trabajo chicas, espléndido. ^^

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Mar 02, 2011 7:31 pm


Gracias por su trabajo esfuerzo chicas, de verdad que trabajaron a marchas forzadas para terminarlo, gracias por el libro y estamos listos para el proximo proyecto.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Mar 02, 2011 7:33 pm


¿Para cuándo estará para descargar el libro?
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