Black and Blood


 
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 El secreto del vampiro - Raven Hart

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Vampi
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Vie Feb 11, 2011 10:37 am

sip, rihano ^^ ya lo recibí

ahora voy a ir preparando el otro libro que tengo para escanear, en un rato os mando un mp a todos

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 12, 2011 5:12 pm

en marzo sale el tercero de la saga ^^

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 12, 2011 5:49 pm

gemma ya te envie la segunda parte del capitulo 10 a tu correo con eso por ahora listas!!! todavia ando con riley...

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rihano

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Sáb Feb 12, 2011 5:51 pm

he de decir que me quede de piedra con la tal diana... es una perra o estoy equivocada y las apariencias engañan??? aunque por lo que dijo olivia parece que es una bicha!!!!

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LILITH

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Feb 15, 2011 1:47 am

Capitulo 9
Transcrito por Lilith


Llevé a Gerard de vuelta a Savannah como si nos persiguiera el demonio.
Gerard estuvo al móvil durante todo el trayecto, hablando con su gente, dando
Órdenes a gritos en inglés y en francés, exigiéndoles que llevaran a cabo algunas consultas en las bases de datos médicas y químicas, y que le informaran lo que averiguaran. No entendía mucho de lo que decía, ni siquiera cuando hablaba en inglés, pero tuve la impresión de que Gerard pensaba que todo el tema de la peste formaba parte de un ataque deliberado. Diablos, ni siquiera sabía que los vampiros pudieran ponerse enfermos. La única vez que había estado enfermo (quiero decir, después de mi conversión) fue la vez que nos hicimos con un güisqui barato que estaba contaminado con plomo, creo que allá por los años cuarenta. Me sentí sin fuerzas durante días, aun que peor les fue a mis amigos humanos. Todos nos habíamos desmayado durante una partida de póquer, pero yo fui el único en despertar. Maldita sea. me resultó muy difícil explicárselo al sheriff del condado, podéis creerme.
Gerard finalizó sus llamadas y cerró la tapa del móvil de un golpe.
—Jack, mon ami. Como raza somos difíciles de matar. Pero si no reduces la velocidad de este bólido seguro que terminamos empotrados en uno de estos fantásticos robles, y los dos somos demasiado atractivos para un destino así.
—Ay, lo siento, Gerry --dije, y aminoré un poco—. Bueno. Doy por que crees que esto ha sido una especie de guerra biológica.
—Por supuesto, en mis cuatrocientos años de existencia jamás he oído que un vampiro haya muerto a consecuencia de un virus, ni de ninguna clase de enfermedad común. Cualquiera que sea el agente patógeno que haya acabado
con la vida de los miembros de la colonia de California ha tenido que ser diseñado específicamente para destruirnos y no ha debido, ser tarea fácil.
Está información era suficiente para poner los pelos de punta a un tipo de sangre fría. Me había estado preparando para una buena pelea de colmillos
Y puñetazos, silos queridos colaboradores de Reedrek cruzaban el charco, pero ¿cómo puedes luchar contra alguien a quien no puedes ver? Atacar a alguien con virus microscópicos no era jugar limpio, no era la forma de luchar propia de un hombre y, mucho menos, de un vampiro.
Detuve el coche con un chirrido contra el bordillo de una zona prohibida de carga y descarga, y entramos en el hospital por urgencias para no llamar la atención. Las horas de visita habían terminado hacía tiempo. En lugar de llevar
a Gerard a través de los túneles, había optado por el camino más rápido, pero
en el coche le había explicado cómo volver a la casa de William desde el hospital a través dela entra da a un túnel situado en una despensa y además me había asegurado de que llevara el numero de teléfono de William encima, por si se perdía. Lo único que me quedaba por hacer era conducirlo al banco de sangre, luego Gerard se quedaría solo mientras yo iba a buscar a Sullivan. Gerard me seguía, mientras atravesábamos la sala de espera de urgencias y pasábamos al área de consultas. Olía a sangre humana por todas partes, aunque eso no implicaba que los humanos pudieran percibirlo. Debía haberse producido un apuñalamiento, un tiroteo o un accidente de tráfico espeluznante:
mis colmillos se alargaron involuntariamente ante el aroma y el deseo de sangre humana fresca siempre a flor de piel. Hizo que me sonaran las tripas. Oye, soy un vampiro. Es lo que hay.
Giré la cabeza hacia atrás para mirar a Gerard, quien transportaba las muestras de sangre en un maletín de médico que parecía de profesional.
Llegamos al vestíbulo de los ascensores, sin levantar sospechas. Pulsé el botón para ir al sótano, cuando en ese preciso momento me vino a la cabeza una horrible idea.
—Oye, por cierto, ¿cómo es que tenías todo lo necesario para nuestras muestras de sangre?
Gerard me miró con recelo.
—Tenía la intención de recoger muestras de sangre de Melaphia y Renee durante este viaje. Estoy planeando llevar a cabo experimentos con la sangre para nuestra mutua protección. No dejes volar tanto tu imaginación, Jack. Salimos del ascensor en el sótano, donde el banco de sangre estaba completamente pegado a los túneles. A pesar de que no había asistido a la fiesta que William había dado, pocos días después de que acabáramos con Reedrek, en honor a la dedicación del personal, entre el que se incluían los administradores del hospital y otros ayudantes, pude guiarme por mi olfato. Era evidente que ninguno de esos humanos sabía que, aparte de almacenar sangre para las necesidades medicas de los humanos, el banco de sangre servía también como el tesoro especial de William. El problema era que había olvidado decirme, es probable que apropósito, cómo se hacía con la sangre para su uso personal. Iba a tener que improvisar.
Llegamos a una puerta cubierta de toda clase de carteles de prohibida la entrada. Solo personal médico, y símbolos de peligro biológico. Aparte de eso, había una corpulenta enfermera que levanto la vista de su sujeta papeles y nos vio.
—Esperen un momento. ¿Quiénes son ustedes y a donde creen que van?
Solo había hecho uso de lo que entre los vampiros denominamos encantamiento con dos personas (Connie y Werm) y había sido, bueno, prácticamente mágico. Tenía la esperanza de que en ese momento no me fallara esa habilidad.
—Buenas noches, señora —esboce la mas amplia y mejor de mis sonrisas, ocultando mis colmillos como pude. A ver, ¿Cómo se hacia?, me quede bloqueado. Solo podía pensar en la frase de la guerra de las galaxias: “Estos no son los androides que buscas”. Aleje ese pensamiento de mi mente y me concentre en hacer que la joven enfermera creyera lo que estaba a punto de decir—: Este señor es un científico y necesita hacer uso del laboratorio—dije muy tranquilo sin dejar de mirarla, con el deseo de que lo creyera y nos permitiera pasar—. Todo esta en orden. Creo que alguien lo necesita en el puesto de enfermería.
Ella se quedo mirándome fijamente, inmóvil y en silencio, entonces pestañeo una vez, dos veces y dijo:
—De acuerdo, entonces —dijo en un tono de voz muy bajito—. Creo que alguien me necesita en el puesto de enfermería. —Durante un momento, pareció que quisiera decir algo, pero se dio vuelta y se marcho.
—Impresionante, Jack —dijo Gerard—. William me dijo que tenías mucho talento y ya veo que estaba en lo cierto.
Yo me encogí de hombros.
—Si, lo próxima vez intentare utilizar la fusión mental de los vulcanos.
Gerard levanto las cejas.
—No conozco ese proceso. ¿Se trata de otra forma de encantamiento?
—Algo así. —Algunos de los vampiros verdaderamente viejos no estaban al día—. ¿Cuánto tiempo necesitaras? —pregunte.
—No puedo preverlo. Tengo que acceder al equipamiento de… centrifugas, microscopios, y demás. Hare aquí lo que pueda y le notificare a William cualquier cosa más que pueda necesitar. Me llevara, como mínimo, horas, y es probable que incluso días.
Mire mi reloj.
—Son las dos de la madrugada y el cambio de turno es a las siete, dentro de cinco horas. Tengo que encontrar a Sullivan. Tendrás que salir solo de aquí, evitando que te hagan preguntas.
Gerard sonrió, mostrando los colmillos ligeramente.
—No te preocupes, mon ami. Yo también dispongo de mis propios trucos.
—Apuesto a que si. —le di unas palmadas en la espalda y me dirigí hacia el área de ascensores. Cuando llegue al vestíbulo de entrada del hospital, cogí el teléfono de cortesía, porque el mío había tenido que entregárselo a Iban, dado que le había dicho a los suyos que lo llamaran a mi numero. Por mucho que odiara considerar la posibilidad, presentía donde podía encontrarse Sullivan.
Marque el número de Connie, quien había dicho que tenía vacaciones, por lo que no se encontraría trabajando. Mi dormido corazón dio un vuelco, como si cobrara vida, o quizás se debiera solo al dolor, cuando cogió el teléfono y dijo:
— ¿Diga?
—Connie, soy Jack. Estoy buscando a Sullivan, se trata de algo urgente y me preguntaba si tu has…
—Espera un momento —dijo Connie.
Maldije con saña en voz baja. William me había dicho que tenia que recoger a Sullivan y llevarlo a casa, pero no me dijo nada de dejarlo con algo de sangre en el cuerpo cuando se lo llevara.


Baje la capota del Corvette, a pesar de que hacia un frio helador, necesitaba calmarme en muchos sentidos. Sullivan se encontraba de pie frente al bloque de apartamentos de Connie, como le había indicado, y Connie estaba junto a el, con un abrigo de cubría lo que parecía unos ceñidos pantalones de seda.
Espere en el bordillo, mientras los miraba a los dos por el rabillo del ojo. Antes de que el se diera la vuelta para marcharse, ella le puso la mano en el brazo. Mis colmillos rozaron el labio inferior y sentí que me invadía un ataque de ira.
—Contrólate, tío —me dije a mi mismo.
Cuando hable con Sullivan por teléfono, no había entrado en detalles, ya que no quería que le contara nada a Connie. Solo había dicho que se había dado una situación que requería su atención inmediata. Lo ultimo que necesitábamos era que la población humana se enterara de que había un virus asesino suelto. Iban había dicho que los humanos de la colonia de California habían muerto también y Gerard había ordenado mantener en cuarentena a todos los cisnes que habían estado presentes en la fiesta la noche anterior. Si Sullivan había expuesto a Connie a algo que pudiera acabar con su vida…
No quería pensar en eso, ni tampoco quería pensar en que hacia ella y Sullivan en su apartamento a las dos de la madrugada. El se subió al coche y cerro la puerta.
—Caramba, Jack, ¿no hace un poco de fresco para llevar la capota bajada?
—dijo Sullivan, mientras se frotaba los brazos.
—Tú eres el de sangre caliente, apechuga con ello. —Arranque el coche y pise el acelerador a fondo, aplastando a espalda del humano contra el asiento—. Abróchate el cinturón y a otra cosa mariposa. —Me hubiera gustado estar en la autopista, donde podría darle el paseo de su vida, pero como no era así, lo único que podía hacer era cabecear y serpentear alrededor de las plazas, lo que provocaba que Sullivan fuera impulsado contra la puerta del copiloto, mientras luchaba por abrocharse el cinturón.
—Oye, ¡mortal a bordo, tío! —Sullivan se aferraba a al puerta, como si le fuera la vida en ello. “la vida en ello”. En ese momento era una frase que tenia sentido. A veces me olvidaba de cómo se aferraban los humanos a la vida, así como lo frágil que esta era.
Que se joda.
—Esta noche, ya eres el segundo en quejarse de cómo conduzco y no me gusta un pelo. No seas tan mariquita. Además, ¿iba a hacerle algún daño al humano de confianza de Iban? —Por fin lo mire, mostrándole mis colmillos.
El se quedo helado y pude ver la expresión de terror en su rostro.
— ¿De que va todo esto, Jack? ¿Pasa algo de verdad o esto ha sido una treta para sacarme del apartamento de Connie?
Pise los frenos con tal fuerza, que si no hubiera tenido el cinturón puesto, se habría convertido en un adorno del capo con sangre caliente. En las mansiones, los humanos se encontraban cómodamente en sus camas y el único ruido que se oía era el run run del motor. Clave mis ojos en el, que en la oscuridad brillarían con un tono azul verdoso.
—Si aprecias tu vida, no vuelvas a acusarme de manipular a Connie. No me importa de quien seas colaborador.
Sullivan trago saliva con tal ímpetu, que su nuez asomo abruptamente.
— ¿Qué pasa entonces? ¿Se trata de Iban?
Levante el pie del freno y avance con el descapotable hasta la última curva que conducía a la casa de William.
—Si, esta enfermo.
— ¿Enfermo? —Pregunto Sullivan, mostrando su confusión—. Vosotros… nunca os ponéis enfermos. ¿Qué…?
—Es algo peor. Una especie de peste se ha propagado por vuestra colonia.
—Entonces suavice el tono de voz al ver su expresión de horror.
Independientemente del problema que tuviera con el, con respecto a Connie, acababa de perder a un buen numero de amigos y sentía ser yo el que tuviera que decírselo—. El resto de vampiros ha muerto y algunos de los humanos, también.
— ¡Ay, Dios mío, no! —musito Sullivan, y se cubrió el rostro con las manos.
Le repetí lo que el pobre Iban nos había contado acerca de lo sucedido y le hice un resumen de lo que William y Gerard habían dicho después. Cuando nos detuvimos en el camino de entrada a la casa de William, Sullivan parecía tan pálido como yo a la luz de los focos de seguridad.
—Tengo que comprobar como esta Iban. ¿Lo ha colocado William en su ataúd para que duerma o esta descansando en la casa?
—Iban no esta aquí. Gerard lo ha puesto en cuarentena.
— ¿Dónde esta?
—En casa de una amiga de William.
—Llévame con el.
—No puedo hacerlo, es por tu propio bien. Iban dijo que no quería exponerte.
—En ese momento, estaba recorriendo el camino de la entrada principal de la casa de William y Sullivan me seguía de cerca. Entonces, me agarro del brazo y me dio la vuelta para que lo mirara. A esa distancia, pude percibir en él el perfume de Connie y tuve que hacer un terrible esfuerzo para no dejarlo seco en el sitio.
—Eso es una gilipollez. He vivido con ellos, al igual que Iban, por lo que no puedo estar mas expuesto de lo que ya he estado. Llévame con el.
Lo mire de arriba abajo y suspire. Sabía por la tensión de su mandíbula que no tenía intensión de ceder, y además, tenia razón. Iban ya estaba enfermo y era probable que a Sullivan no le quedara mucho para estarlo también, con cuarentena o sin ella.
—Vale, de acuerdo —dije—. Vuelve a subir al coche.


Cuando llegamos a la casa de Tilly, Sullivan subió las escaleras del porche de dos en dos y ella misma abrió la puerta.
—Hola, señora T. —dije—. Este es Sullivan, el amigo de Iban. Ha insistido mucho en venir.
— ¿Dónde esta? —pregunto Sullivan, mientras le estrechaba brevemente la mano a Tilly.
—En la planta de abajo —dijo Tilly, señalando hacia la elegante escalera que tenía detrás.
Sullivan avanzo a toda prisa hacia la escalera, mientras yo me inclinaba para depositar un beso en la ligeramente maquillada mejilla de Tilly.
—Siento todo esto.
—Yo solo lo siento por ese pobre y adorable español— dijo. Extendió su delicada mano y me acaricio con suavidad la nuca—. Mejor que bajes y se lo expliques tu mismo a William, ya sabes como se pone cuando lo desobedecen.
—Si, señora, voy —dije—. Puede que necesite tu ayuda para que me defiendas. No hay nadie que pueda camelarse mejor a William que tu.
Ella sonrió pude ver a la hermosa joven que una vez fue.
—Si te da algún problema, silba. — Me miro coquetamente y añadió—. Solo tienes que juntar los labios y soplar.
—Sabes que lo hare. —Le di un apretón a sus pequeños hombros y baje las escaleras.
William abrió la puerta y se detuvo a verme.
— ¿Qué haces aquí? ¿Acaso mis ordenes no estaban lo suficientemente claras? —Su tono era bajo y controlado, probablemente porque Iban se encontraba detrás de el a tiro de piedra.
William estaba casi levitando, pero las vibraciones que pude captar de mi sire no eran solo de enfado, estaba triste, puede incluso que asustado.
—Sullivan ha insistido. Además, ya ha estado expuesto, ¿Qué sentido tiene?
William dejo soltar el aire lentamente para tranquilizarse.
—A lo hecho, pecho.
— ¿Cómo se encuentra? —pregunte. Podía oír la voz de Sullivan detrás de William, mientras hablaba en voz baja con Iban, y el horror que mostraba su tono de voz me estremeció.
—Vamos, compruébalo tu mismo, pero no pases de entrada. He hecho que le traigan su ataúd para que pueda descansar mejor, pero por el momento no hay nada más que podamos hacer. Es probable que, como dices, ya nos hayamos expuesto, pero… compruébalo tu mismo. Quizás debas saber también a lo que nos enfrentamos.
William dio un paso hacia un lado y Sullivan avanzo hacia el umbral de la puerta, tapándome la imagen de Iban. Cuando Sullivan se movió para que yo pudiera verlo, mi cerebro se bloqueo tratando de reconocer el rostro que miraba desde la almohada como el del hombre que acababa de ver hacia solo un par de horas.
El tono de Iban era de un color gris moteado y la piel de sus mejillas se había descolgado y pendía por debajo de la barbilla. Mechones de pelo yacían junto a su cabeza encima de la almohada, era como si por fin la muerte lo hubiera alcanzado y quisiera cobrarse su cuota, después de haber sido desafiada durante tantos siglos.
Mientras observaba impotente, un pedazo de carne de encima de su mejilla se le descolgó de la cara, dejando al descubierto la parte inferior de la cuenca del ojo.
Iban movió sus hundidos y enrojecidos ojos para mirarnos.
— ¿Es tan grave, señor Jack?
Trate de tragar saliva, pero tenia la boca tan reseca como el esparto.
—Te vas a poner bien, amigo —dije.


William.

Como de costumbre, Jack había desobedecido mis ordenes y ahora tendría que obedecerme o morir.
—Jack, escúchame con atención —dije—. Este es un asunto de vital importancia para mí.
Jack aparto la mirada de Iban y la dirigió hacia mi.
—Vete a mi casa y quédate allí con Eleanor, encerraos bajo tierra si es necesario. Quiero que este a salvo y protegida. —Hice ademan de ponerle la mano en el hombro, pero la retire en el ultimo momento. Yo había sido quien había llevado a Iban allí y quien lo había metido en su ataúd. ¿Podría el contacto transmitir la enfermedad? Todavía no había forma de saberlo.
A Jack no le gusto la idea.
— ¿Y que pasa contigo? ¿Y con Iban? ¿Qué pasa si me necesitáis?
—Te llamare.
Jack dejo de mirarme para poner sus ojos en Iban, y volvió a dirigirlos hacia mi.
—No, no lo harás —afirmo entre dientes.
— ¡Jack! —Tenia que metérselo en su dura mollera—. Ambos tenemos una misión que cumplir. Ahora tenemos que esperar a recabar más información y concederle a Gerard algo de tiempo para que pueda trabajar. Necesito que me sustituyas y que cuides del resto, de Melaphia, de Renee… de Eleanor. Si les fallamos, estaremos condenados. Confía en mi, te llamare si hay alguna novedad importante.
Jack le lanzo a Sullivan una mirada asesina.
— ¿Y que pasa con el?
—Tiene que irse contigo —dijo Iban, con un tono de voz tan devastado como su cuerpo.
— ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? Si lo que he oído es cierto, solo quedamos tú y yo.
—Mi querido compadre, si un no has sido contagiado, no tiene sentido que te arriesgues tanto. A mi ya me has servido lealmente, pero ahora tienes que mirar por ti. Te dejo todo mi legado. Mis propiedades, mi trabajo… Tu responsabilidad a partir de ahora es vivir. —Iban giro su desfigurado rostro—. Vamos, te lo ordeno.
Sullivan hizo una reverencia con la cabeza y lentamente se puso de pie. Yo Salí de la habitación y le hice un seña a Jack para que me siguiera.
—Por una vez, me alegro de que no hicieras lo que te pedí y hayas traído a Sullivan aquí. —Deje de hablar y le abrí mis pensamientos: No lo quiero cerca de Eleanor. Llévalo a tu taller y que se quede allí.
—Pero ¿Qué hago con los chicos?
—Despáchalos.
— ¿A dónde?
Hazlo, le dije mentalmente. Entonces sentí que mis pies abandonaban el pulido suelo de madera y observe la reacción de Jack.
—De acuerdo, ya lo he entendido. —Y se dirigió a Sullivan—. Venga, vamos a dar otro paseo.
Pero Sullivan parecía demasiado consternado como para preocuparse.
En ese mismo momento Tilly bajo la corta distancia desde el montacargas del mayordomo manteniendo en equilibrio con sumo cuidado una bandeja con medicinas. El acre aroma a te verde impregno el ambiente. En un acto reflejo, le quite la bandeja, pase junto a Jack y Sullivan, y la coloque en la mesilla situada junto al ataúd. Entones mire a Jack. ¿Qué haces aquí todavía?
Jack agarro a Sullivan del brazo y lo empujo hacia las escaleras.
— ¿Qué piensas de los zombis? — le pregunto.


Las horas siguientes fueron turtuosas. Iban descansaba con dificultades, como si la enfermedad hubiera causado estragos en su cuerpo. Los cuidados de Tilly parecian haber aliviado su sufrimiento, pero no tenia ni idea de que vendria despues… ni de cuanto tiempo disponiamos antes de…
—Querida, ¿Por qué no te vas arriba y descansas un poco? —le dije a mi vieja amiga—. Yo puedo quedarme con el hasta el amanecer, después te necesitara mas que nunca.
—Lo hare dentro de un rato —contesto, completamente absorta en la delirante lucha de Iban—. ¿No es extraño — se pregunto casi a si misma—que siempre sufran los mejores cuando tantos que se merecen el dolor y el sufrimiento se libran?
Deslice un brazo por encima de su hombro.
—Esa es una observación que solo podemos hacer los que hemos vivido mucho tiempo, querida —dije, refiriéndome a sus años y a los míos—. Los jóvenes e insensatos están demasiado ocupados persiguiendo esa idea ilusoria de la felicidad. La sabiduría tiene su recompensa.
Entonces me miro.
—Creo que ya tengo toda la sabiduría que puedo soportar.
Durante un largo rato, no dije nada. Podía sentir su cansancio físico y ver en su mirada su agotamiento emocional. Había vivido la tragedia y el esplendor equivalentes a cinco vidas humanas.
—Por lo menos, disfrutaras de un dulce descanso cuando decidas dejarnos, pero por ahora, permíteme ser un poco egoísta y pedirte que no nos dejes. Te necesitamos. Ten necesito.
Ella suspiro.
—No confió tanto como tu en el descanso eterno, no después de todos mis pecados. Estoy bastante convencida de que nuestro creador no vera con buenos ojos el asesinato y el suicidio, independientemente del número de personas a las que haya tratado de ayudar. —Alargo la mano y apretó la mía. —Pero todavía no me iré. —Se alejo y se inclino para ver a Iban—. Todavía no—susurro.
El móvil que había en la mesilla de noche comenzó a zumbar y a vibrar como una abeja atrapada. Haría que Jack quitara esa ridícula y estúpida carrera de coches. Lo cogí, antes de que cayera del filo y lo abrí.
— ¿Si?
— ¿Es usted el señor Thorne? Soy Tarney. La señora Melaphia me dijo que podía localizarlo en este número. Siento molestarlo tan tarde…
— ¿Qué ocurre?
—Vera, Jack me dijo que llamase si ocurría algo extraño por aquí…
—Continúe. —Mi desazón ante la perdida de Tilly se convirtió en temor.
—Hay un barco… en su muelle. Uno de los suyos, pero no había ninguno programado…
—Despejad el área de inmediato. Yo me encargare.
— ¿Debería llamar a Jack? El me dijo que…
—No. Haga que sus hombres abandonen el muelle cuanto antes. Dejádnoslo a nosotros.
—Si, señor. Y no tengo reparo en decir…
Interrumpi la conexión, sin preocuparme por volver a utilizar el puñetero movil. Abri mis pensamientos y llame a Jack de la forma clasica, permitiendole conocer mi terror, asi como mis ordenes. Salgo para el muelle. Posible problema. Quedate donde estas y avisa a los demas.
—Tilly, querida, tengo un asunto que atender. —Cerré el teléfono, se lo entregue y la bese en la frente—. Volveré en cuanto pueda y, recuerda, no dejes entrar a nadie, no importa quien diga ser.
—No te preocupes, lo hare. — Y dirigió a Iban una mirada cabizbaja—. Cuidare de el hasta que vuelvas.


Cuando llegue al puerto, el último hombre que estaba de servicio junto a Tarney se marchaba en coche en medio de la oscuridad. Sin que yo hiciese un esfuerzo consciente, movida únicamente por mi necesidad de actuar con urgencia, la puerta se abrió de golpe, como si hubiera reconocido el Mercedes. Las cerraduras eran para impedir la entrada a los humanos, pero no a los vampiros, y menos a mí.
Mientras aparcaba el coche, vi el barco por primera vez, el Windward, un velero de unos dieciséis metros. Pequeño y elegante, era uno de los mas rápidos de mi pequeña flota y, aparentemente vacio… eso no quería decir gran cosa, ya que el interior había sido diseñado a prueba de luz.
Hasta ese momento, había creído que el Windward estaba amarrado en el muelle de Irlanda, pero, evidentemente, ese no era el caso.
Recordé la última vez que se produjo una entrada inesperada en el muelle, la del buque fantasma, el Alabaster. Había trasportado a Reedrek, quien, empleando toda la maldad posible, había asesinado salvajemente a todos los mortales e inmortales que se encontraban a bordo. Este barco llevaba todavía su cargamento.
El terror que sentía por Tilly se intensifico. Había vampiros a bordo: notaba en la piel el picor que me indicaba la presencia de seres allegados. Desconocidos, pero afines.
Y así comenzó todo.
Unas risas desconocidas resonaron en mi mente cuando un movimiento entre las sombras, junto a la grúa de dique seco, llamo mi atención. Cogí aire y agudice todos mis sentidos. Si se trataba de una trampa, yo mismo me había puesto la soga al cuello. Daba igual. Toda esta espera y planificación habían sido como un jarro de agua fría para mis ansias de venganza. La imagen de Iban muriéndose y descomponiéndose inundaba mis pensamientos. La sangre fría, avivada por la furia, recorrió mis mandíbulas alargando mis colmillos y recordándome el metálico sabor de la sangre.
Una de las sombras comenzó a avanzar lentamente en mi dirección.
— ¿William? ¿Señor? —pregunto una voz insegura.
Me llevo algunos segundos alejar de mi mente el lujurioso deseo de sangre para poder reconocer la silueta.
— ¿Lamar… Werm?
El dio unos pasos hacia mí. Su relajada sonrisa parecía fuera de lugar.
— ¿Qué demonios estas haciendo aquí? —Werm no podía se el vampiro cuya presencia había percibido.
—Quería mostrarle el puerto a mis amigos —Werm se encogió de hombros—. Pero solo uno de ellos ha tenido el valor suficiente para venir.
—-Entonces giro en dirección a la silueta que había dejado atrás—. Ven.
Quiero que conozcas a…
Werm tuvo intensiones de decir a mi sire, pero lo detuve con un movimiento que advertía mi desagrado.
—… El señor Thorne, el propietario.
La sombra se materializo, abandono su postura relajada e informal y se acerco lentamente hacia nosotros. Aunque iba vestido de la misma forma rebelde de Werm y sus extravagantes amigos, este gótico era diferente.
Irradiaba ira y satisfacción, pero no era un mortal que fingiera ser un vampiro, era uno de verdad. ¿Por qué Werm no me había contado nada?
Este no tenía miedo.
—Encantado de conocerte por fin —dijo, exagerando su acento londinense de clase obrera y haciendo que el cumplido sonara mas a una amenaza.
Cuando extendió la mano, vi la cicatriz en forma de cruz, que le recorría la distancia entre la garganta y la parte superior del cuello como un estigma a la vista de todos.
Una sensación de repugnancia me recorrió todo el cuerpo, pero la disimule y le tendí la mano a medias, por si sus planes iban mas allá de un simple saludo humano. Su vos me había despertado el anhelo por mi tierra natal (Inglaterra) que no sentía desde hacia ya mucho tiempo. Este vampiro no era un novato, aunque aparentemente tuviera veintitantos. Parecía antiguo y bien relacionado, aunque algo en su interior estaba roto. El roce de su piel trasmitía mensajes contradictorios. Odio, sufrimiento, hambre… y amor por alguien…
El retiro la mano antes que yo, pero la sensación de familiaridad persistía.
— ¿Por qué no has venido a verme antes? —Había estado tan ocupado con el inusitado número de vampiros en la zona, que había descuidado mi propia vigilancia, sintiéndome obligado a depender de los espías humanos. Debería haber prestado una mayor atención a Werm cuanto me conto que…
—Lo siento —dije—. No he oído bien tu nombre.
Su risa parecía más bien un gruñido.
—No lo he dicho. Aunque el tuyo me gusta, ¿eh? Thorne: un elegante nombre ingles, propio de un rey.
—No hay reyes en América —dije, solo para demostrar que no me sacaría de mis casillas, a no ser que se lo permitiera. De repente, nuestro recién comenzado duelo entre contrincantes se vio interrumpido por el chirrido de unos neumáticos. Un coche había entrado derrapando por la puerta principal y patinaba de lado a lado sobre la gravilla del astillero. No tuve que darme la vuelta para saber quien había llegado, pues el familiar chirrido del Corvette de Jack retumbaba entre los edificios. Era inútil decidirse entre el sentimiento de rabia o de admiración; en cualquier caso, allí estaba.
Sin embargo, Werm había comenzado a ponerse blanco como el papel.
—Oye —le dijo a su nuevo amigo—. Quizás debamos ponernos en camino… ir hacia el cementerio Colonial y…
El polvo flotaba en el aire a nuestro alrededor cuando Jack detuvo el automóvil.

Jack

Hice un gesto de dolor cuando perdi la traccion y levante la gravila. Tendria que volver a pintar el coche, pero esa era una de mis menores preocupaciones. A pesar de las protestas de Eleanor, la habia encerrado con llave en el sotano de William junto a Reyha y Deyland y me habia encargado de instalar a Sullivan en el taller, cuando Olivia me llamo al telefono de mi despacho.
Pude notar en el tono de su voz que estaba desesperada, al borde de la histeria, y apenas capaz de hablar.
—Hugo… —Comenzó diciendo—. Tengo motivos para creer que ha partido en barco hacia Savannah. De hecho, encontrarse ya allí.
Sentí que me exaltaba por un momento, mientras digería las consecuencias que eso podría tener. Lance el auricular con fuerza y me dirigí a toda prisa al Corvette, dejando que Sullivan se presentara solo a Huey. Si hubiera podido elegir, probablemente habría optado por quedarse con Iban, quien se descomponía a toda velocidad, en lugar de con el ya descompuesto Huey. No estoy seguro de quien olía peor, pero no estaba dispuesto a desobedecer de nuevo las ordenes de William, ni a permitir que Sullivan escapara. Sobre todo ahora, así que cerré el taller con llave por fuera.
De camino al rio, la conversación que había mantenido con Olivia no dejaba de repetirse en mi mente. Una de las espías desaparecidas, que habían dado por muerta, había regresado de Rusia, gravemente herida, al igual que los demás.
Se había infiltrado en el clan de Hugo, pero justo cuando pensaban que la habían aceptado, le tendieron una trampa y la torturaron hasta que soltó todo lo que sabia de los Bienaventurados, sobre todo acerca de William y de mi.
— ¿Les ha contado algo de la sangre vudú? —le pregunte a Olivia.
—No. No podría haberlo hecho, porque no sabe nada —me había asegurado esta.
Gracias, Dios mio, por eso, al menos.
Pise el freno con fuerza lo mas cerca del muelle que pude, Sali de un salto del descapotable y me apresure en direccion a William, quien ya estaba de pie frente al maldito barco. Tenia que llegar a el antes de que lo hicieran los demas, apartarlo a un lado, o mejor, alejarlo de alli completamente. No podia permitir que se enfrentara a eso, no hasta que estuviera preparado. No hasta que yo le advirtiera.
No hasta que yo confesara.
Me acababa de colocar a su lado, cuando se abrio la puerta del camarote y aparecieron unas siluetas entre las sombras del muelle. Cualquiera que fuera la suerte que ibamos a correr, ya eramos minoria.
—William… tengo que decirte… —Me detuve a mitad de la frase. El vampiro que había visto en mis sueños la noche que estuve con Connie se encontraba de pie junto a Werm al otro lado de William. Su pelo pelirrojo de punta a lo punk, y la horrible cicatriz de la garganta eran exactamente iguales a los de mi sueño, un sueño premonitorio, como al final resulto ser.
— ¿Eres Hugo…? —dije con la esperanza de estar equivocado. El esbozo una amplia sonrisa hacia el grupo de vampiros que se encontraban en el barco.
¿Cómo demonios se había colado en Savannah sin que no diéramos cuenta?
Un hombre salió del grupo de vampiros que estaban en la cubierta y dio unos pasos hacia adelante.
—No, amigo, ese es Hugo —dijo el vampiro punk.
—Supongo que usted debe ser el capitán Thorne —dijo Hugo. Era alto y de complexión fuerte. Tenia una melena rubia que le llegaba al cuello de su largo abrigo y una barba pelirroja muy bien cuidada. Siempre lo había imaginado con aspecto de Vikingo, solo que mas limpio y sin el escudo y la espada ensangrentada, pero esta versión parecía mucho mas peligrosa que Thor. Mierda. Mi sueño estaba completamente equivocado. Ese es el problema que tienen las premoniciones, que son mas difíciles de entender que las películas francesas con subtítulos.
—Estoy en desventaja contigo —dijo William con calma, pero hasta yo pude notar que no lo decía en serio.
—William, yo… —Trate de empezar de nuevo.
Ahora no, Jack, le dijo a mi mente.
—Pero…
Con un tono de voz atronador, dijo:
—Me llamo Hugo. Estoy seguro de que ya has oído mi nombre antes.
—Tengo que decirte algo —dije, agarrando a William del brazo.
Ya es un poco tarde, ¿no crees? William seguía con la atención puesta en el desconocido.
—No, no me entiendes. No es el, es…
Hugo se estaba aproximando a la pasarela y una mujer, con el rostro oculto tras la capucha de su capa, avanzo detrás de el. En cubierta, se quedaron dos humanos.
La estúpida esperanza que había albergado durante el trayecto suicida hacia allí, que ella no le hubiese acompañado, que por algún motivo no hubiera venido con el, se esfumo.
¿Has experimentado como se ralentiza el tiempo en los sueños? ¿Cómo se suceden los eventos mientras tu eres incapaz de detenerlos porque estas paralizado? Eres incapaz de hablar, de moverte, solo puedes observar con horror como tu pesadilla se desarrolla angustiosamente, fotograma a fotograma. Eso era exactamente lo que me estaba ocurriendo en ese momento. No podía pronunciar ni una palabra.
Ella dio otro paso hacia adelante y la niebla volvió, igual que en mi sueño del vampiro. Surgió del rio como algo vivo e independiente. La luz de seguridad de un poste que se encontraba por encima del muelle la ilumino, formando un impuro halo alrededor de su cabeza. La corona y su capa flotante hacían que pareciera una madona de uno de lo cuadros del Renacimiento.
—No, no creo haber oído hablar de ti —dijo William mintiéndole. Era evidente que los vampiros maestros podían mentirse entre si, sin temor a represalias.
—No importa… amigo mío. —Hugo movió la mano con desdén—. Mi hogar se encuentra al otro lado del mundo. En circunstancias normales, nuestros familiares no se habrían conocido nunca.
Si William ya había reconocido a la mujer, no dijo nada.
— ¿Y a que se debe el honor de tu visita? —pregunto William, volviendo al estilo de discurso anticuado que solía utilizar en ocasiones con los bebedores de sangre de mayor edad.
Hugo ya había bajado a tierra y pude sentir la tensión en William, a medida que Hugo se aproximaba con la mano extendida.
—He venido en cuanto me he enterado —contesto, entonces esbozo una fiera sonrisa, sin molestarse en ocultar sus imponentes colmillos, y su voz me hizo preguntarme que otras cosas imponentes podría tener.
William le estrecho la mano. Aunque aparentemente todo era bastante normal, en el fondo hasta un mortal habría sido capaz de percibir la tensión, era lo que los humanos llaman una verdadera situación de calma tensa. Gracias a mi potenciado sentido de la percepción, note bajo mis pies que alguien estaba destrozando la acera con un martillo neumático.
— ¿Desde que te enteraste de que? —pregunto William. Mi sire siempre había sabido poner la mejor cara de póquer que jamás había visto, y en ese momento dicha habilidad no lo había abandonado.
Hugo comenzó a reírse como si William hubiera contado un chiste que ambos entendieran, entonces soltó la mano de William y le dio un apretón en el hombro, seguido de breves palmaditas de una forma que parecía mostrar verdadero afecto.
—Pues desde que me he enterado que un valiente bebedor de sangre de la línea sucesoria de Reedrek ha tenido el coraje y la fuerza para derrotarlo para toda la eternidad —dijo—. Por el bien de todos nosotros.
— ¿Debo asumir que también fue tu sire? —William mantuvo cuidadosamente su expresión y observe que hablaba en pasado y no en presente—. ¿Cómo sabes lo ocurrido? No creo que tu conexión psíquica con tu sire sea lo suficientemente poderosa como para poder comunicaros a tantos miles de kilómetros de distancia.
Hugo volvió a reírse.
—Si, Reedrek era también mi sire. Y en cuanto a como me he enterado, digamos que el mundo es muy pequeño. ¿Cómo es eso que dicen los humanos?
Las buenas noticias vuelan.
William esbozo una sonrisa forzada.
—Y tanto —dijo simplemente—. Entonces, ¿no has venido a vengarlo?
La atronadora carcajada de Hugo parecía infundir más terror que sus colmillos.
—Cielos, no. He venido para asegurarme de que el viejo diablo esta muerto de verdad.
Viendo una oportunidad, volví a agarrar a William por el hombro, pero se quito mi mano de encima. El otro vampiro me ignoro y se dio media vuelta hacia la mujer, entonces su expresión cambio a una que solo podría denominar como diabólica y en cierta forma… depredadora. Me puse tenso y note que a William le ocurría lo mismo.
—Creo que ya conoces a mi compañera —dijo Hugo, antes de tenderle la mano a la mujer de la capa.
La expresión de confusión en el rostro de mi sire provoco que algo muriera dentro de mi dormido corazón. Podía ver como todos los progresos que habíamos hecho (el hecho de que me tratara mas o menos de igual a igual y de haber aprendido a confiar el uno en el otro después de tantas décadas) se iban al traste.
—Lo siento, William —dije—. No quería que esto ocurriera. No de esta forma.
El me miro y parpadeo, todavía sin comprender nada. Ya era demasiado tarde para advertirle, lo único que podía hacer era disculparme, con la esperanza de que me matara rápido y no alargara mi agonía.
La mujer avanzo hasta colocarse al lado de Hugo, quien la rodeo con su brazo como se tratase de una de sus posesiones. Ella levanto ambas manos y lentamente se echo hacia atrás la capucha, revelando una cabellera de color dorado intenso. Respire profundamente. Tenía el mismo aspecto que la mujer de la visión que tuve de la masacrada familia de William. Dirigí la mirada la rostro de William, sin querer realmente comprobar su reacción, pero era como la de alguien que se topa con un accidente de tráfico espeluznante yendo solo en el coche y completamente a lo suyo. No quieres mirar porque sabes que te afectara, pero no puedes evitarlo.
—Hola, mama — dijo el joven que se encontraba de pie junto a Werm. El tipo al que odie en cuanto lo vi en mis sueños, y al que odiaba aun más en ese momento. Había estado metido en esto desde el principio. Entonces digerí sus palabras y el resto de la historia me impacto como un rayo. Por intuición, supe quien era el joven, era el de mi ultimo sueño, en el que William lo había salvado de mis feroces y afilados colmillos.
“Este es mío” había dicho William. Yo creí que lo hacia para matarlo el mismo, pero ese no era el caso.
“Quiero tu vida y tu sire. Deberían haber sido míos”, había afirmado el punk, antes de que lo tirara a golpes al suelo y William lo librara de mi rabia asesina.
Era sangre de la sangre mortal de William y no un producto de su demoniaca naturaleza, como lo era yo. Era el verdadero hijo de William. No es de extrañar que de manera instintiva lo considerara una gran amenaza, tanto para mí como para el lugar que ocupaba en el mundo. Alterne mi mirada entre la mujer y el hijo ¿Cuánto podía empeorar todo esto? No, no lo preguntes, dije reprendiéndome a mi mismo. Podéis llamarme pesimista, pero estaba completamente convencido de que nada era tan malo como que no pudiese empeorar todavía mas, sobre todo en lo que a vampiros se refería.
Tanta cara de póquer para nada. El rostro de William mostraba la impactante sorpresa de un hombre cuyo mundo acababa de cambiar para siempre. Unos cambios que se propagarían en ondas, como el eco del sonido de un martillo sobre acero. Melapia, yo, y, sobre todo, Eleanor íbamos a vernos afectados por la onda expansiva de esta revelación.
—William —susurro la mujer rubia, con los ojos cubiertos, como si quisiera esconder sus verdaderas emociones ante el vampiro que la tenia agarrada.
—Diana —dijo William con la voz entrecortada.

FIN DEL CAPITULO

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Feb 15, 2011 1:48 am

SORRY lamento la demora :usagi3:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Feb 15, 2011 3:02 am

Gracias Lilith

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Feb 15, 2011 7:29 am

gracias lilith

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Mar Feb 15, 2011 3:51 pm

GRACIAS LILITH

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 10:53 am

ya volví, estuve desaparecida yo también XDDD

gracias lilith no te preocupes ^^

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 10:54 am

uy shuk, gracias por la info, jejeje ya tenemos otro libro que hacer XD

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 10:55 am

Gracias por el capítulo Lilith
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 10:56 am

Gemma si necesitas más ayuda con los capítulos de este libro tengo tiempo.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:00 am

CAPITULO 10

transcrito por Rihano

William

Los humanos utilizan un ridículo refrán: Lo que no te mata te hace más fuerte.
Es mentira.
Es fácil que lo que no te mate te haga desear estar muerto, o tener ansias de matar a alguien. Soy un experto a la hora de ocultar mis intenciones y sentimientos, pero en esa ocasión, mientras permanecía de pie durante las últimas horas de la noche viendo el rostro de la mujer por cuya muerte había llorado durante quinientos años, no tendía sentimientos que esconder. Decir que estaba perplejo es demasiado suave, y eso que los vampiros rara vez nos bloqueamos por la emoción. Después de todo, asesinar es asunto nuestro, nuestro objetivo y nuestra diversión.
Sin embargo, en ese momento, mi propia debilidad (el agujero negro de mi prolongada existencia) me había paralizado literalmente. Entonces sentí un zumbido en los oídos. Si hubiera sido capaz de levantar el brazo, no tengo ni idea de si mis entumecidos dedos habrían atraído a Diana para abrazarla, o si habría hundido mi puño en el pecho de Hugo. Mis manos comenzaron a sufrir espasmos y casi podía sentir el peso y la humedad de su corazón, a medida que lo retorcía hasta convertirlo en puré. La rabia que sentía superaría al amor. ¿Debía asesinar antes de… perdonar? ¿Había estado Diana al corriente de mi existencia durantes todos estos siglos y se había mantenido al margen? ¿Me culpaba por lo de…?
Will.
De repente, me sentí incapaz de respirar. Si no me movía, podía sencillamente desmayarme. El gran líder rebelde, William Thorne, muerto a manos de su propio amor… o su odio, en ese momento era imposible separarlos. Desde una distancia infinita, me oí hablar. Algo sorprendente, ya que hubiera jurado que no me quedaba aire en mis paralizados pulmones.
-Os aconsejo que os quedéis en el barco hoy, hasta que os organicemos algo. Tendréis noticias mañana después de la puesta de sol.– Entonces, me di la vuelta, coloque un pie enfrente del otro y comencé a alejarme. Si en ese momento Hugo o uno de sus familiares me hubiera clavado una lanza en la espalda, lo habría agradecido.
Sentí y oí que Jack intentaba captar mi atención, pero apenas podía enfocar su rostro. Debería habérselo pensado mejor, antes de colocarse delante de mí. La traición me rodeaba por todos los frentes, así que arremetí contra él y lo tiré al suelo.
-No me importa que vivas o mueras- dije entre gruñidos-. Mantente alejado de mí.

Seguí caminando, tentado por la fácil solución de sentarme en un banco de la plaza más cercana y esperar a que saliera el sol.
Mi hijo… estaba vivo y se había convertido en un bebedor de sangre… al igual que yo. ¿Qué horrible pecado había cometido para merecer algo así? ¿Qué había ocurrido para que su destino fuera aquel del que escapó cuando era solo un niño? Había alcanzado la madurez, por lo que Reedrek debió haber vuelto a por él, para completar la misión de esclavizar a toda mi familia.
Diana.
El verla me había dejado mudo de alegría, una alegría que de inmediato la traición hizo desaparecer. Tuve que detenerme un momento y buscar un muro en el que poder apoyarme. El monstruoso estallido de odio y de rabia que recorría mi interior casi me tira al suelo. Agachado, busqué respiro y el húmedo aire de las tumbas y de los viejos huesos invadió mis pulmones, y pronunció mi nombre.
Tenía que continuar. Caminar, respirar. Si no lo hacía, nunca descubriría la definitiva y amarga verdad de todos los aspectos en los que Reedrek había vencido.
La siguiente vez que tomé conciencia de donde me encontraba, estaba de pie frente a las puertas cerradas del Colonial. Tres bloques más y estaría en casa. Estaría con…
Mi preocupación por Eleanor conmovió mi mente en medio del caos. Dirigí mi mente hacia ella, pero parecía tan lejana a mi existencia como la luna. Si una verdadera maldición había recaído sobre mi, esta afectaría también a todos los que me rodeaban. ¿Cómo podría volver a tocar a Eleanor, sabiendo que Diana…?
El dolor que había remendado y ocultado afloró en todo su esplendor. En mi garganta surgió un lamento y no tuve fuerzas para acallarlo. Agarrado a las puertas de hierro, alcé mi vista el silencioso cielo y dejé escapar el aullido de un lobo moribundo, un sonido gutural que indicaba la muerte de toda esperanza. Mi antiguo dolor se fundió con el nuevo, haciendo un ruido tan desgarrador que ningún oído humano habría podido soportar y sentí como los barrotes de hierro de la valla se doblaban entre mis manos.
Mi familia acababa de ser asesinada una vez más delante de mis propios ojos. El hecho de que siguieran con vida, y de que yo viviera aún, era motivo de sufrimiento, en lugar que un alivio. Mi lamento había liberado el animal enjaulado que había domado durante tanto tiempo. La razón había desaparecido. En un abrir y cerrar de ojos, salté la valla. En lugar de ocultar mi existencia, hice alarde de ella. La furia me provocó ansias de muerte, quería volverlos a matar a todos. Ghede, loa de la muerte. No se trataba de una ceremonia de súplica. Mi odio requería un blanco, la guerra y la destrucción. Este enmohecido hogar, en el que los muertos tenían la suerte de descansar en paz, se convertiría en mi primer campo de batalla.
Me quité la chaqueta, la puse a un lado y luego me subí las mangas de la camisa. La primera tumba que encontré pertenecía a John Martingala, pastor presbiteriano, nacido en 1809 y fallecido en 1862. Di un puñetazo a la lápida.
-Despierta, viejo John. ¡Alarma, alarma! El demonio ha venido por fin a cobrarse su cuota. –En cuestión de segundos, la lápida se hizo añicos en el suelo. Introduje la mano en su interior y escarbé la tierra, hasta encontrar el cráneo deldesdichado John-. ‹‹¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo lo conocí, Horacio…, era un hombre sumamente gracioso de la fecunda imaginación.›› -Me puse el cráneo bajo el brazo y continué mi camino hacia la siguiente tumba.
A pesar de la llovizna, el cielo estaba cada vez más claro, y cuando llegué al otro lado del cementerio, pude sentir bajo mi piel la acuciante amenaza de los rayos de sol. Los humanos ya estaban en movimiento, y los faros de los coches se reflejaban en el húmedo suelo: salían al trabajo, al siguiente día de los inútiles y escasos años adjudicados a la vida. Eché la vista atrás, hacia los estragos que había causado en la lápida, la tierra y los huesos, pero apenas me sentía con ánimos, y con el cráneo del pobre John en la mano, me dirigí a los túneles.

-¿Os he dicho alguna vez que esta es mi ciudad?-dije a los recelosos ocupantes del túnel más cercano, y más cálido que el aire del invierno. Hice una reverencia a los tres hombres y a la mujer, los desesperados sin techo que se protegían de la lluvia-. William Thorne, a vuestro servicio. Y este…-levanté el cráneo del honorable John-es el señor John Martingala, uno de los antiguos e ilustres líderes de la ciudad.
Había llamado la atención de todos menos uno, quien se había quedado dormido rápidamente.
-Me atrevo a decir que mi compañero John hizo más en su vida y en su muerte que vosotros tres juntos.
La única mujer que había en el grupo retrocedió a toda prisa para acercarse a los hombres. Más vale lo malo conocido que… Comenzaban a tener miedo.
Bien.
Me aproximé y le ofrecí el cráneo al más bajito de los dos hombres.
Con la lentitud de movimiento de un sonámbulo o de alguien que no quiere creer lo que ven sus ojos, asintió con la cabeza y cogió el polvoriento trofeo de mi guerra en el cementerio y, en cuanto lo solté, agarré al otro hombre del cuello y con la otra mano el de la mujer.
-Vuelvo ahora mismo- le dije al que sujetaba el cráneo-. Cuida muy bien del honorable John.
Los llevé a rastras, en contra de su voluntad, a la oscuridad de los túneles para saciar con ellos mis deseos, por decirlo de alguna manera. La sencilla vida de un auténtico vampiro me había abandonado durante mucho tiempo, al sentirme presionado por la conciencia y el remordimiento.
Pero el dolor me había liberado de esas preocupaciones humanas; asesinaría y comería a voluntad. Que el mundo fuese maldecido, al igual que el resto de nosotros.
-Esto será perfecto- dije. Tras dejar caer a la mujer, para poder inhalar bocanadas de aire pegado al suelo del túnel, clavé profundamente mis colmillos en el hombre con un hambre tan voraz que casi le arranco la cabeza del tronco. La sangre salió despedida a borbotones, salpicando la pared que teníamos detrás, mi rostro y mi pecho. Maldita sea, cuanta sangre derrochada. ¿Cómo me había permitido perder la práctica? Cuando los últimos latidos de su corazón dejaron de bombear, succioné lo que quedaba. Luego, lo dejé caer al suelo y fui a por el segundo plato.
Ella gateó unos metros, con la remota esperanza de escapar de mí.
-Es imposible, querida- dije, mientras me sentaba a su lado y la subía a mi regazo. Esta vez, no derrocharía nada-. Te quitaré la vida y considérate afortunada de que no quiera también tu alma.
Ella permaneció callada ante mis palabras y me invadió un diminuto sentimiento de admiración. Parecía que la muerte fuera a ser menos humillante de lo que había sido la vida. Ella gimoteó cuando mis colmillos penetraron en su cuello, pero no gritó. ¿Cómo podría un mortal o inmortal, en este caso, adivinar el funcionamiento de la mente… o del corazón de una mujer?
Cerré mi corazón a las imágenes que me bombardeaban. Tilly, como una hermosa joven, Olivia con su ropa de cuero, Eleanor en su momento de gloria… y Diana. Cuando mi víctima jadeó por última vez, sentí como su espíritu huía. Durante esos segundos, la profunda pena me superó. Noté que esta pobre y desgraciada víctima era liberada, mientras yo continuaba atrapado en mi propio y tortuoso laberinto, por lo que parecía, para siempre.
Dios mío, te reto a que me detengas. Cuando el ansia de alimento, mezclada con la salida del sol más allá de los túneles, me superó, incliné la cabeza hacia atrás y dejé de recordar.

Jack

Me tumbé de espaldas, observando el cielo de la noche y deseando no tener que despertar nunca para poder quedarme allí hasta que el sol saliera y me quemara hasta reducirme a cenizas. En mi cabeza retumbaba el golpe de William y sus palabras repiqueteaban en mi cerebro como una pelota de acero en una máquina de pinball. A mi sire no le importaba que estuviera vivo o muerto, siempre que me mantuviera fuera de su vida. Eso me dolía infinitamente más que la barbilla.
Cuando me senté unos segundos más tarde, se había ido. Al que vi fue al hijo de puta del punk… Hill, así se llamaba…, sonreía con satisfacción. Entonces dijo:
-Tu gran papaíto malo te ha puesto en tu sitio, ¿eh?
-Preocúpate de tus asuntos, muchacho –dijo Hugo-. Somos visitantes, huéspedes, si me permites ser tan presuntuoso. Nuestra llegada probablemente provocará cierta agitación, ya que ha sido por sorpresa.
-Sí- dije, restregándome la barbilla, o lo que quedaba de ella-. Se podría decir así. –Y luego decían que yo era el rey de los eufemismos.
Entonces dijo Hugo:
-William y yo tenemos mucho de qué hablar cuando logre dominar sus emociones. Necesitará algo de tiempo para resignarse a la nueva realidad, aunque le resultará difícil al principio.
No gracias a ti. Deseaba golpear la tipo por la forma tan sorpresiva de informar a William de la existencia de Diana, pero, en ese aspecto, mis manos tampoco estaban precisamente limpias, así que reprimí mi impulso.
-Eres muy… comprensivo. –Imaginé que debía ser lo más diplomático posible, teniendo en cuenta que estaba en minoría, además ni siquiera podía contar con que Werm estuviera de mi lado en una pelea, ya que resultaba evidente que Will se había convertido en su amigo del alma.
En ese momento, Werm parecía tan desconcertado como nosotros.
-Werm, ¿por qué no te vas a casa? –le dije antes de hacer un brusco gesto con la cabeza en dirección a la casa de sus padres. Con todo lo que tenía en la cabeza, no quería tener que preocuparme de su seguridad frente a estos nuevos vampiros.
-Ahora está conmigo, ¿verdad, compañero? –Will colocó su brazo alrededor del hombro de Werm y le dio un apretón con la suficiente fuerza como para hacerlo estremecer. Werm me miró con esa expresión de terror que adoptaba cuando algo le preocupaba.
Di un paso adelante y me armé de valor. Aunque estuviera en minoría, tenía que enfrentarme a este tipo, antes de que pudiera hacerle algún daño al pobre chico.
-He dicho que se va a casa. Y tú vas a volver al barco ahora mismo como ha dicho William.
-Ven aquí, Hill –dijo Hugo-. Jack, dile a William que haremos lo que nos ha dicho y convertiremos este espléndido velero en nuestro hogar provisional durante un día más.
-Se lo diré –dije.
Con un aire despectivo y beligerante, Hill se dio la vuelta y regresó a la pasarela con esa forma de caminar enérgica y arrogante que lo caracterizaba. Hugo se giró para ofrecerle el brazo a la dama. Diana había vuelto a cerrar su capucha con la mano para ocultar su rostro y solo pude ver sus ojos, cuya expresión era inescrutable.
Una vez que todos volvieron al interior del barco, pensé en como había volado uno de los yates de William para ejecutar a un vampiro sin llamar la atención de las autoridades. El Alabaster había sido un barco magnífico y no me gustó nada tener que destruirlo, sin embargo, me hubiera encantado hacer volar este, por hermoso que fuera. Sin duda, de esta forma se solucionaría el problema de Hugo, y si yo subía a bordo y explotaba con él, me libraría con bastante seguridad del problema con William. Tuve la tentación de hacerlo.
William.
¿Dónde demonios estaba? No me atrevía a gritar su nombre, solo podía imaginar su estado de ánimo. ¿Por qué no me habría dejado llevar por mi primer impulso? ¿Por qué no le había contado que Olivia me había dicho que Diana estaba viva? La verdad es que cada vez que los miraba a él y Eleanor, como el día de la lección acerca del vudú, mi corazón no tenía el valor de hacerlo. Demonios, era un vampiro, ni siquiera se suponía que tuviera corazón.
Miré al barco y bajé la cabeza. Probablemente sufriesen una monstruosa sensación de claustrofobia, después de haber cruzado el Atlántico, y creer que se fueran a quedar en su interior una vez que me hubiera marchado, era de lo más estúpido. Solo había una forma de volver a arreglar las cosas con mi sire, si es que era aún posible. Tenía que proteger su ciudad, pero ¿Cómo iba a hacerlo estando en minoría?
Alcé la vista al sombrío cielo y, bajo la tenue luz de la luna, divisé una nube con la forma de un anciano con un bastón.

Me acordé de que había dejado el móvil del trabajo en la guantera, el cual afortunadamente seguía teniendo batería, así que de camino al Colonial, llamé para hablar con Deylaud.
-D., ¿ha llegado William?
-No, Jack, no lo he visto -dijo-. ¿Quieres hablar con Eleanor?
Al oír su nombre, el pánico se apoderó de mí.
-¡No! –dije, en un tono demasiado fuerte-. Oye, ¿ha llegado Gerard?
-Si, ha venido hace poco, a través de la entrada del túnel, con una carretilla del equipo médico. Acaba de hablar con los vampiros que se encuentran en la plantación, te lo paso.
Cuando Gerard se puso al teléfono, le dije:
-¿Alguna novedad?
-He encontrado todo lo que necesitaba en el banco de sangre y he traído equipamiento y material. Aún necesito más tiempo para analizar las muestras de sangre, pero bajo el microscopio este virus parece ser muy agresivo.
Y tanto que lo era, y recordé los destrozos en el rostro de Iban.
-Escucha, ha ocurrido algo horrible.– Y le conté lo de la llegada de Hugo, omitiendo que la esposa mortal de William estaba a bordo. Imaginé que sería mejor mantenerlo en secreto por ahora, hasta que fuera preciso saberlo-. Dice que ha venido para asegurarse de que Reedrek está muerto.
-¡Mon Dieu! .dijo Gerard-. ¿Qué quieres que haga?
-Tú ya estás bastante ocupado con el virus. Simplemente, sigue con lo que estás haciendo. Iré a la plantación para avisar a los demás y te informaré de lo que decidamos. Mientras tanto, tengo un plan para mantener a Hugo y a su pequeña familia a raya, al menos por un tiempo.- No añadí que no tenía ni idea de que mi plan fuese a funcionar.
-había pensado que Tobey y TRavis regresaran al oeste lo antes posible –dijo Gerard- para investigar el brote en California, pero parece que los vais a necesitar aquí, por si se desencadena un conflicto.
Yo suspiré. Maldita sea, teníamos mucho de lo que preocuparnos. No veía justo insistir en el hecho de que Travis y Tobey permanecieran en Savannah para luchar a mi lado cuando toda la raza de vampiros del Nuevo Mundo se encontraba en peligro por el virus.
-Les diré que necesitas que vuelvan –dije.
No me gustaba la idea de que Tobey se marchara tan pronto. Teníamos planes de acudir a una pequeña carrera nocturna durante su estancia, puede incluso que nosotros participáramos en una. Además, me gustaría haber podido charlar más con Travis para ver que otra cosa podía saber acerca de los mayas, pero todos mis planes se habían esfumado desde que Hugo llegara a la ciudad.
Entonces, me vino a la cabeza una inquietante idea.
-Oye, Ferry –dije-. ¿Crees que Hugo puede comunicarse con Reedrek a través de los dos mil quinientos metros de mármol que lo cubren?
-Supongo que es posible, dado que Reedrek es el sire de Hugo. ¿Por qué? ¿Crees que la excusa de Hugo para venir a Savannah es falsa?
-Creo que deberíamos dar por supuesto que está mintiendo.
-Si –dijo Gerard, mostrando estar de acuerdo-. Es muy fácil decir que ha venido para asegurarse de que Reedrek ha sido neutralizado y un motivo más que suficiente para vigilarlo con atención. William puede leer las intenciones de una criatura, al igual que todos los bebedores de sangre que he conocido. Él podrá guiarnos a la hora de tratar con ese tal Hugo.
Si William no se clava una estaca antes.
-Si, buena observación.
-Buena suerte, amigo mío –dijo Gerard-. Es probable que mañana tenga que trabajar todo el día para tratar de identificar este virus, así que tengo que dejarte, cuídate.
-Lo haré. Dado que vas a estar levantado de todas formas, hazme el favor de informar a Melaphia de lo ocurrido cuando llegue a casa de William mañana por la mañana. Y avísala de que William va a estar un poco… agitado.
Gerard me dijo que lo haría, y colgó.
En ese momento, me encontraba en el cementerio Colonial. Frené estruendosamente junto al bordillo y salté la valla de hierro forjado.

Los muertos que se encontraban bajo mis pies estaban alborotados. Por lo general, podía caminar por este cementerio y oír los murmullos de las inquietas almas: saludos en voz baja, invitaciones a sentarme un rato. Nada más allá de unas súplicas entre susurros de aquellos que aún no eran conscientes de que ya era demasiado tarde para atender los asuntos que habían quedado pendientes, independientemente de cuales fueran, pero en ese momento no solo estaban inquietos, estaban irritados. Y resultaba igual de perturbador el hecho de que la ira de William impregnara la niebla.
Incluso antes de llegar a su deteriorada lápida, alcancé a oír los gemidos de Gerald Hollins Jennings, mi amigo. Bueno, todo lo amigo que se podía ser de un tipo del que lo único que quedaba eran un montón de huesos antes de que lo conociera. Jennings había muerto, víctima de una tuberculosis galopante, hacía un par de cientos de años, o al menos eso me había contado la primera vez que lo visité. Su alma siempre había estado en silencio, por lo que era alguien que sabía escuchar. Sin embargo, esa noche, era el único que hablaba.
-¡John Martingala! –dijo Jennings. La neblina que tenía adelante se fue aglomerando, hasta que alcancé a ver un borroso rostro. Desde que había conocido a Jennings, nunca se había materializado ante mí.
-¿Quién dices? –le pregunté.
-Allí. –Jennings materializó una mano en medio de la niebla, eso sí que fue un buen truco, y señaló hacia un lugar a escasos metros de distancia.
Me puse de rodillas junto a un montón de tierra y huesos.
-¿Qué ha ocurrido aquí? –Otros espíritus rondaban en el aire entre las lápidas.
-Ha sido tu sire, William –dijo Jennings-. Ha revivido el cráneo de John, pobre viejo.
-¿Y ha destrozado también estas lápidas?
Los espíritus comenzaron a farfullar al unísono.
-Sí .contestó Jennings-, ¿Qué mosca le ha picado?
-Tenemos problemas. –Con el mayor cuidado que pude, recogí un par de puñados de los fragmentos de mayor tamaño de los huesos desperdigados de John, era lo mínimo que podía hacer, teniendo en cuenta que el destrozo que había provocado William era en parte por mi culpa. Introduje la mano en el agujero del suelo en el que yacían los fragmentos y los volví a colocar en su sitio-. Hay algunos bebedores de sangre diabólicos en la ciudad. –Dirigí la mirada al resto de los monumentos destrozados-. Bueno, incluso más diabólicos que William… y yo.
Sentí que los espíritus me rodeaban. Si hubiera sido humano, se me habrían puesto todos los pelos del cuerpo de punta y habría trepado a un roble para poner cierta distancia entre los fantasmas y yo, pero no era humano y los consideraba almas gemelas, por decirlo de alguna manera.
-Necesito vuestra ayuda –dije-. Chicos, ¿podéis viajar?

Atravesé a toda prisa la ciudad con la capota bajada, para poder llevar a cabo mis oraciones al loa Legba. Esta vez en serio de verdad, podéis creerme. No quería convertir Savannah en una ciudad de zombis con todo un cementerio de cadáveres andantes, mi única intención era rodear a Hugo y al Windward con algo de magia, a fin de retener a los vampiros europeos en el barco, lejos de los ciudadanos. Por supuesto, al igual que muchos de mis planes, siempre cabía la posibilidad de empeorar aún más la situación, pero tenía que arriesgarme.
Es verdad que solo eran tres vampiros malos, pero todos ellos eran viejos y poderosos. Debido al funcionamiento del poder sexual entre los vampiros, era probable que la mujer fuera la más fuerte de todos. En ese preciso momento, los Bienaventurados que se encontraban en Savannah los superaban en número, pero, que yo supiera, podía haber más personas en el barco cuya presencia no hubiera percibido. Además, todos los bebedores de sangre buenos estaban ocupados en tratar de mantener a Iban no muerto. En cualquier caso, y sobre todo teniendo en cuenta que William estaba completamente desestabilizado y que no podíamos confiar en él, no podía dejar nada al azar.
-Hola, señor Legba –dije-. Soy yo, Jack, y esta vez no he estado bebiendo. Siento lo de la última ceremonia, con el zombi y todo eso. Esta noche no tengo ningún presente, solo la promesa de que a partir de ahora te tomaré muy en serio, tanto a ti como a tus poderes. Bueno, necesito que me hagas un gran favor…
Después de haber aprendido la lección, fui muy específico con lo que quería. En primer lugar, necesitaba que llevara a los espíritus al muelle, aunque ni siquiera sabía si eso era posible, y, una vez allí, deberían rodear ese barco y hechizar a todo bebedor de sangre que quisiera montar algún alboroto.
Cuando llegué al puerto esa noche por segunda vez, vi que Will deambulaba sobre cubierta fumándose un cigarro. Al verme, comenzó a pavonearse tan pancho por la pasarela, como si pensara salir a dar una vuelta por la ciudad.
No había ningún indicio de la presencia de mis colaboradores ultramundanos. Maldita sea, iba a tener que enfrentarme yo solo a él. Salí del descapotable de un salto y entonces sentí que algo me rozaba el hombro. Joder, eso sí que era un desfile de sombras: espectros, fantasmas, o como quieras llamarlos, de todas las formas y tamaños, paseándose y arrastrando los pies tranquilamente, reptando por el suelo y flotando. Eran una banda de sarnosos, pero tan encolerizados que hasta yo me asusté muchísimo, a pesar de ser un demonio con la boca llena de colmillos. Debían ser por lo menos mil. Algunos parecían tener el mismo aspecto que cuando fueron enterrados, con sus mejores galas, en la época colonial, pero otros eran tan amorfos e incorpóreos como la niebla que surge del río. Creí ver a un par de demonios que ni siquiera pude identificar. Era un verdadero y vivo, rectifico, muerto, ejercito de oscuridad, pero esto no era una película de Bruce Campbell.
Me giré para mirar a Will, justo a tiempo de ver como se le caía el cigarrillo al suelo de la comisura de los labios. Me lanzó una mirada asesina y luego se dio la vuelta para volver a la seguridad del camarote, lo mejor que podía hacer.
Los vigilantes fallecidos formaron varios círculos alrededor del barco y flotaban en el aire por encima del río, en actitud vigilante. No sé que harían si Will y el resto intentaban atravesarlos, pero no importaba, siempre que recibieran un buen mandoble. Alcé mi mirada hacia las estrellas y saludé al loa Legba, antes de volver a meterme en el descapotable de un salto, con objeto de volver a la plantación. El sol saldría muy pronto, pero aún no había finalizado mi misión de aquella noche.

Llegué a la plantación en el momento en que el resto de vampiros se disponía a meterse en sus ataúdes. Era evidente que Lucius había optado por permanecer allí, aunque había enviado a los suyos de vuelta a la isla de Hope.
Me dirigí al salón principal y comencé a hablar sin rodeos.
-Ha comenzado –dije.
-¿A que te refieres? –preguntó Lucius.
-Hugo y su familia están aquí. Se han apropiado de uno de los yates que William tenía en Irlanda y han atravesado el Atlántico hasta llegar al río, como el increíble Queen Mary, y han acordado permanecer en la embarcación hasta mañana, pero los tengo vigilados. Hugo pareció muy amigable y afirma que solo ha venido para ver con sus propios ojos que Reedrek está muerto.
-¡Sí, hombre! –dijo Lucius-. Ha venido a destruirnos. Estás en lo cierto, la guerra ha comenzado.
-Creo que debemos suponer eso –dijo Tobey, mostrando que estaba de acuerdo.
-Sí –dijo Travis-. De acuerdo a todo lo que nos contó la mujer del holograma, debemos tener muy claro que está empeñado en nuestra destrucción. ¿Cuántos son?
-He visto a tres –dije-. Pero puede haber más en la bodega del barco. –Me atusé el pelo don los dedos-. ¿Ha venido William por aquí?
Tobey negó con la cabeza.
-¿Cómo vamos a encargarnos del virus y también de esto? ¿Cuál es el plan, Jack?
-Lo único que se es que Gerard quiere que los dos del oeste vayáis a investigar que ha ocurrido en la colonia de California.
-¿Estás seguro de que es una buena idea? Ya están muertos. ¿No seríamos de mayor utilidad aquí? –preguntó Travis.
-Gerard debe creer que el virus es una amenaza mayor que Hugo –dijo Lucius.
-Creo que Lucius tiene razón –dije, aunque odiara tener que admitirlo-. Antes de marcharos, hablad con Gerard. Es probable que pueda informaros de cómo evitar el contagio.
-Eso si no nos hemos expuesto todos ya –observó Tobey.
-Hablando de eso –me dijo Lucius-. Me quedaré para luchar contigo y con William, pero insisto en que los míos vuelvan a casa. Tienen que estar cerca del resto de mi familia para que puedan cuidarse entre sí, si ya han enfermado.
-Como te convenga –dije-. No hay mucho más que podamos hacer esta noche. El sol casi ha salido.
-¿Dónde está William? –preguntó Tobey.
Lo miré y me encogí de hombros. El cansancio estaba a punto de superarme y los párpados me picaban ante la inminencia de la llegada del sol, pero todavía me quedaba algo por hacer antes de tumbarme a dormir en uno de los ataúdes que habían quedado libres en el sótano. Tenía que volver a hablar con Olivia.

-Gracias a Dios que has llamado, Jack –me dijo-. Estaba desesperadamente preocupada- ¿Qué está ocurriendo ahí?
Le informé de la llegada de Hugo y compañía y, cuando le conté la reacción de William, oí que reprimía un sollozo.
-¿Y que esperabas? –dije entre gruñidos-. Sabías que lo descubriría tarde o temprano, y ahora soy el primero de su lista negra. Alégrate de que un océano os separe, mejor dicho, de que un océano nos separe.
-Lo siento, Jack, de verdad, pero pensé que íbamos a tener más tiempo. Creí que así os protegería a William y a ti.
Suspiré. Ahora ya era agua pasada.
-Necesito saber todo lo que tu espía contó sobre el clan de Hugo cuando logró regresar. ¿Hay algo de lo que dijera que pueda servirnos de ayuda si estos tipos se ponen tontos?
-¿Ponerse tontos? –Olivia comenzó a reírse con amargura-. Resulta imposible describir lo violentos que son estos bebedores de sangre. Nuestra Violet ha sido mordida de gravedad, puede incluso que no se recupere de sus heridas, por más sangre que consuma, y es probable que la perdamos. Las marcas de los colmillos indican que fue atacada por numerosos vampiros. –Olivia se quedó callada y, cuando comenzó a hablar de nuevo, tenía la voz entrecortada-. Se turnaron para atacarla.
Me estremecí.
-Ponla al teléfono, tengo que hacerle algunas preguntas. Todo lo que pueda contarme sobre ese tipo y su gente puede sernos de utilidad.
-No puedo, Jack. Perdió la conciencia poco después de llegar. Solo le quedaron fuerzas para regresar, pero continúa muy grave. Ahora mismo la estamos alimentando con sangre, pero es probable que no sobreviva. –Olivia volvió a sollozar y no pude evitar sentir lástima por ella, a pesar del lío de mil demonios en el que me había metido, por no hablar de lo de William.
-De acuerdo, antes de colgar quiero hacerte una pregunta, ¿dijo algo antes de desmayarse? Como por ejemplo, con quien viajan, que juegos le gustan o los planes que haya podido escuchar por casualidad.
-Si –dijo Olivia-. Aparte de alertarnos de que Hugo y su clan estaban de camino al Nuevo Mundo, nos dijo algo más.
-¿Y? –pregunté impaciente-. ¿De que se trata?
Oí que Olivia emitía un jadeo entrecortado.
-Cuidado con la mujer, es la más peligrosa de todos.

William

Soñé con Derbyshire y el día de mi boda. El cinco de septiembre del año 1517, me casé con la adorable Diana Bellingham, a quien había amado desde la primera vez que posé mis ojos en ella, dos veranos antes, mientras visitaba la casa de su padre, que era un pastor protestante. Eso fue un golpe de suerte. Cuando me desperté esa mañana de septiembre, estaba seguro de ser considerado el hombre más feliz de Inglaterra, aunque solo fuera por el amor que sentía, y todo apuntaba a que disfrutaría de un cálido… invierno.
Entonces era solo una chiquilla; era como un duendecillo dorado de un cuento de hadas, y yo, un chico mayor, con veinte años, tenía grandes planes para nuestra unión, al igual que nuestros padres. Todos estaban de acuerdo en que hacíamos una pareja celestial.
Pero ¿cuándo exactamente se fue todo al infierno?
No entonces, no ese día, ni durante los siguientes once años. Mi parte soñadora recordaba como Diana recitaba los votos matrimoniales, mientras su rostro y cabello de hilos de oro resplandecían bajo los rayos de sol. Desde el momento en que le cogí la mano para poner en su dedo el pesado anillo de oro de pedida, me convertí en su afortunado prisionero y, por cada alegría que le daba, ella me correspondía con dos.
Entonces el sueño tomó un sendero tortuoso en nuestra noche de bodas y la anteriormente citada cálida cama. La visión era tan real que podía sentir en el cuello su cálida respiración.
-Enséñame a complacerte –me susurró tímidamente-. Me gustaría tener muchos hijos y Mary me ha dicho que debemos pasar mucho tiempo en la cama.
Mucho tiempo en la cama, pensé.
-No es solo cuestión de que tumbes boca arriba –le contesté riéndome.
Ella se movió hasta apoyar sus brazos en mi pecho y, negándose a disimular su impaciencia, dijo:
-Entonces, enséñamelo todo. Soy tuya, en cuerpo y alma, y deseo que te sientas orgulloso de tu mujer.
-Pues pongámonos manos a la obra, muchacha. Besa a tu esposo. –Cubrí su boca con la mía y le separé los labios con suavidad y, beso a beso, fue abriéndose a mí en todos los sentidos. Cuando di el último empujón, para arrebatarle su virginidad, ella dio un grito ahogado y yo permanecí en silencio. Con la expresión más seria que hubiera visto nunca, me agarró la cara entre sus manos y me miró fijamente a los ojos.
-Te amaré hasta que la muerte me lleve –me juró.
Durante un momento de cobardía, sentí que los ojos me ardían ante su declaración.
-Y yo a ti –le contesté.
Entonces la hice mía, la penetré una y otra vez y, mientras hacía todo lo posible por no hacerle ningún daño, me sumergí en ella, dando rienda suelta a mi deseo. Incluso al sentir como ascendía mi esperma, luché porque nuestro vínculo no acabara, pero entonces el puro placer animal me superó y me sentí invadido por el estremecimiento de haber acabado. Más tarde, me quedé tumbado sobre ella, mientras sentía el suave tacto de sus dedos en mi cuello. Tengo que reconocer que me enseñó algunas cosas, no habilidades, pues era muy inocente, sino la mera intención de satisfacer.
Yo sonreí, con el rostro contra las sábanas. Así debía de ser el cielo. Gracias, Señor, por Diana…
Justo entonces, sentí que unas manos me agarraban de los hombros con violencia y me apartaban de ella. El grito de sorpresa de Diana me tensó la columna. Me di la vuelta, dispuesto a defenderme, y me encontré con el diabólico rostro de Reedrek y, junto a él, a un Hugo sonriente.
El sueño había pasado del cielo al infierno, del principio al fin, como suele ocurrir en los sueños. Me desperté sobresaltado. En el mundo real, el tiempo había transcurrido, el sol había salido y se había vuelto a poner. Cuando miré a mi alrededor, para buscar a Diana como un loco, caí en la cuenta de que había vuelto a mi particular infierno, de vuelta a la oscuridad de los túneles, a la soledad, con la excepción de los cadáveres humanos que me rodeaban.
Lo que te mata, te hace más fuerte.
Aparté el cuerpo que tenía más cerca y me levanté para sacudirme la ropa. Una misión imposible, como todas las demás. Mi ropa estaba destrozada y olía a muerte, tanto nueva como antigua. No me importaba. Mi pulcra naturaleza parecía ridícula en ese momento. ¿A quien trataba de impresionar? ¿A los humanos?
Diana… ¿era ahora la compañera de Hugo?
Supongo que me amó hasta morir, eso era verdad, pero yo, un perfecto imbécil, había seguido amándola más allá de la muerte.

Cuando volví al puerto, a primeras horas de la noche, la zona estaba en silencio y hacía frío. La lluvia invernal de la noche anterior había terminado, pero el aire olía a humedad, lo que anunciaba la llegada de más. Nubes bajas y veloces, que transportaban el aroma de las marismas, ocultaban todo rastro de la luna. Una noche perfecta para un vampiro, para la muerte.
Para mí.
Me apoyé en el guardabarros de mi Mercedes, ya con ropa limpia, venía a por todas.
Al final, había ido a casa de Tilly a limpiarme, lo que casi le provoca un paro cardíaco. Una cosa era encargarse del padecimiento de Iban, pero lo mío era algo nuevo para ella y era evidente que le entristecía. Puede que se debiera a que la expresión de mi rostro tenía que ser la de alguien completamente desesperado y devastado, o al hecho de que mi ropa estuviera tan manchada de sangre como el delantal de un carnicero.
De todos los años de nuestra asociación, no cabe duda de que las últimas noches debían haber sido alucinantes, pero no me quedaba energía para dar explicaciones, ni siquiera a Iban, que yacía moribundo pudriéndose célula a célula.
Guiñó un ojo cuando entré en la habitación. Sus duras y aristocráticas facciones eran prácticamente irreconocibles gracias a la lucha que se estaba librando entre la virulenta putrefacción, y el proceso vampírico y natural de curación de Iban. Los trozos de carne se desprendían y volvían a crecer.
-Aléjate… vete a casa –susurró. No sabía nada de los recién llegados, ni tenía ni idea de los cambios que habían provocado en nuestros planes, pero no tuve el valor para contárselo. Que se pudriese en paz.
Pero tampoco podía volver a casa, aún no, y puede que nunca. En ese momento, la angustia de Eleanor era palpable, una presencia constante en mi mente, e incluso Melaphia había logrado comunicarme mentalmente sus preocupaciones. Suplicaba respuestas y planes, y ofrecía su ayuda, a pesar de que ya había reunido ropa de mi armario, entre la que se incluía el abrigo azul vudú que había bendecido con su magia mortal, y se la había entregado a Tilly. Mientras me ponía la chaqueta, encima de una impecable camisa nueva, sin manchas de sangre, encontré una nota de ella en el bolsillo. Siendo una persona a la que no se podía disuadir fácilmente durante mucho tiempo, parecía que hacia todo lo que estaba en su manos para llamar mi atención.
La nota era muy simple: «Capitán, no estás solo».
¡Ay, Mel, pero lo estoy! Más solo que nunca, porque ahora se que he sido rechazado durante quinientos años, no por Dios, ni siquiera por Reedrek, sino por la otra mitad de mi corazón, por mi esposa. El amor que sentía por ella, incluso pervertido por nuestra transformación, había sobrevivido, pero ella había optado por rechazarme, y mi hijo…
Como si hubiera pronunciado su nombre, se levantó la escotilla del Windward y Will subió los escalones.
De inmediato, fuertes lamentos plagaron el aire, entonces se agachó y se balanceó ante una imagen borrosa y confusa de la neblina materializada que lo hechizaba. Estas bajas nubes flotantes parecían tener espíritus en los remolinos, espíritus que daban alaridos al viento y rodeaban el Windward como un grupo de avispones enfurecidos, dispuestos a clavar su aguijón.
Contemplarlo resultaba divertido, pero en esas circunstancias, bastante ineficaz frente a seres inmortales, aunque no dejaba de transmitir una clara ausencia de bienvenida.
«Maestro Jack», suspiró uno de ellos mientras flotaba junto a mí en medio de la brisa. Ah, así que esto había sido obra de Jack. Bueno, mejor que defendiera Savannah, dado que su pellejo inmortal estaba también en peligro. Puede que no tuviera un sire que anduviese tras él para castigarlo, pero de lo que no había ninguna duda era de que caería junto al resto de los vampiros del Nuevo Mundo, si los dos frentes, el de la peste y el de la invasión, resultaban exitosos.
Me dije a mi mismo que no me preocuparía. Se había mostrado tal cual era en realidad con sus mentiras y falta de honestidad, y esta vez no estaba dispuesto a ser comprensivo, ni a darle la posibilidad del indulto. Deseaba ser dueño de su propio destino, pues que lo fuera, yo ya tenía mi propio dilema que resolver.
-Creía que el gran líder de los rebeldes, William Thorne, mediría por lo menos tres metros –dijo Will mofándose.
Hice un esfuerzo por salir del coche y me dirigí hacia él. ¡Ay, la rabia! De tal palo tal astilla.
-Yo creía que te habías convertido en polvo.
Él ladeó la cabeza.
-¿Y que sabes tú de mí?
-Bueno, se bastante, teniendo en cuenta que estuve presente en tu concepción y que…
-Eso es mentira… Hugo me convirtió y yo…
-¡Cuidado! –dijo una voz desde abajo para detenerlo. Era la voz de Diana recordándole que yo era su enemigo. Bueno, al menos no había sido ella la responsable de su asesinato y posterior conversión en un bebedor de sangre, ni tampoco Reedrek. Debía agradecer a Hugo el robo del alma mortal de mi hijo. Otro punto que anotarle.
Entonces apareció Hugo al lado de Will, con Diana detrás, quien tenía su atención puesta en su hijo, sin ni siquiera querer mirar en mi dirección, y entonces alcancé a oír una indescifrable ráfaga de un veloz intercambio de pensamientos.
-Los alojamientos de tu barco son de primera clase, pero, sinceramente, estoy cansado de la cercanía entre los camarotes. Seguro que sabes que… los placeres requieren cierta intimidad, ¿eh? –dijo Hugo. Esperó un poco, supongo que para ver cual era mi reacción, y entonces continuó-. ¿Qué clase de lugar es Savannah? ¿Hay casas de alquiler?
-Parece que planeas quedarte.
-Solo si somos bienvenidos –respondió, entonces puso una mano sobre el hombro de Will y con el brazo acercó a Diana a su lado. Parecían una verdadera familia. Hugo, con su tono de piel nórdico, Diana, la belleza rubia y Will, cuyo cabello sajón de color rubio rojizo denotaba su herencia. No podía reconocer en él ninguno de mis rasgos, aparte de la expresión de sus iracundos ojos verdes.
-¿Por qué deseas quedarte aquí?
-Podría decirse que por asuntos familiares. Ya te he dicho que mi intención es comprobar que has acabado con Reedrek. Sabré si has conseguido asesinarlo. –Bajó la barbilla y me atravesó con la mirada-. Cuando lo haya comprobado por mi mismo, me iré.
-Tú declaración empieza a sonar a amenaza.
Hugo sonrió.
-En absoluto, después de todo, somos hermanos… -Y dio un tirón a Diana con el brazo-. Somos más parecidos que diferentes. No tengo intenciones de abusar de tu buena voluntad más de lo que ya lo he hecho.
Mi buena voluntad.
No era muy frecuente que una idea se materializara en mi cabeza y saliera de mi boca sin pensarlo antes, pero esta parecía ser una de esas ocasiones.
-Alojaré a tu grupo, pero tendrás que dejar al chico conmigo. –Diana emitió un sonido ante la impresión o la consternación y, sinceramente, fue una dulce reacción para mi marchita sensibilidad.
-¿A quien estás llamando chico? –dijo Will con indignación.
Pero no hice caso y continué.
-Así no tendrás distracciones para tus placeres y yo tendré una garantía viva y coleando de tus pacíficas intenciones.
-Trato hecho –contestó Hugo, mientras le daba un cálido apretón a Will en el hombro. No pude captar la emoción de Hugo, con respecto a lo que le podía hacer a su vástago… su hijo adoptivo-. No te metas en líos –le ordenó, antes de soltar los dedos y darle a Will un ligero empujón hacia delante.
-¡Espera!-La voz de Diana provocó que un placentero escalofrío recorriera mi cuerpo. Luché contra la atracción cuando dio un empujón a Will para abrirse paso, después de ponerle a escondidas algo en la mano, y se dirigió hacia mí. En escasos segundos, estaba al alcance de mis brazos, cautelosa, pero decidida, y tan hermosa que tuve que hacer un enorme esfuerzo por no tocarla, a pesar de que olía más a Hugo que a ella misma. Pues sí que estaban próximos los camarotes.
-Él no lo sabe –me susurró tan bajito que apenas pude oírla.
-¿No sabe que? –dije, tratando, desesperadamente, de no quedar en ridículo.
-que tú eres su…-parpadeó, como si no pudiera creerse que estuviéramos hablando de verdad después de todo ese tiempo- padre biológico.
Vale, no solo había sido desterrado de la vida de Will, sino que además habían borrado mi recuerdo. La rabia hizo que me ardiesen las entrañas, provocando que el gozo de este encuentro, con el que había soñado durante tanto tiempo, se desvaneciera.
-Creo que él se lo pierde –contesté.
-Yo también lo creo.
Una falsa carcajada me quemó por dentro, invadido por la cólera, no por el gozo. Sin dejar de sonreír, aparté la vista de la zorra y mentirosa de mi mujer y me dirigí a su hijo Will.
-Vamos, y rapidito, tengo algunas cosas que organizar. –Después, le dije a Hugo-: Quédate aquí, mandaré a alguien para que os recoja a ti y… a los tuyos.


fin del capítulo

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:02 am

Angeles Rangel escribió:
Gemma si necesitas más ayuda con los capítulos de este libro tengo tiempo.

gracias chiqui, está todo repartido, si no es que falle alguién para este ya está todo, ahora falta que empiece a escanear el otro libro ^^ esta semana no hice na de na XDD jajajaja

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:02 am


Gracias Rihano y Gemma por el capítulo.
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:05 am

De acuerdo Gemma, aquí estaré de cualquier modo para lo que se ofrezca.

:mua:
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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:20 am

Capitulo 11


Transcripto por Bautiston



Jack

Hablando de extraños compañeros de alcoba: Sullivan, el moderno guionista de Hollywood, y Huey, el apestoso y pueblerino zombi, eran inseparables. Estoy seguro de que hubo unperíodo de adaptación, después de que dejara al californiano allí la noche anterior, sin ni siquiera presentarle al cadáver andante. Claro que supongo que cuando se está tan acostumbrado a codearse con muertos vivientes, como era el caso de Sullivan, uno está preparado para casi todo.

Cuando llegué al taller desde la casa de la plantación, en la que había pasado el día, la habitual partida de cartas se encontraba en pleno apogeo. Sullivan había tratado de informar a Huey de las ligeras diferencias de la versión de póquer denominada Texas Hold Tm, pero luego se dio por vencido, al darse cuenta de que el pobre chico no era lo suficientemente astuto como para tirarse un farol, o que la capacidad de la parte no putrefacta de su cerebro no podía entender nada por el estilo.

Sullivan se dirigió hacia mí, mientras los irregulares continuaban con su partida.

—¿Se sabe algo de Iban?

Yo negué con la cabeza.

—Nada. Quizá no saber nada sea una buena noticia. El humano forzó una sonrisa. —Esperemos que tengas razón.

Cada vez que me apetecía pegarle un mordisco a este chico, hacía algo que lo redimía. Iban y Huey eran dos de mis personas favoritas y Sullivan había sido amable con Huey, además estaba claro que se desvivía por Iban. Sin embargo, no podía apartar de mi mente la imagen de él con Connie de la noche anterior. ¿Qué pasaría si la había expuesto al virus californiano?

—Bueno, ¿y por qué rompiste tu relación con ella? —preguntó de sopetón.

Fue directo y creo que eso me gustó, aunque no dejaba de ser preocupante que, a pesar de la enfermedad de Iban, Connie fuera su prioridad.

—Es complicado —dije.

—Pero los vampiros siempre han tenido relaciones amorosas con los huma¬nos, y está claro que os importáis el uno al otro, de acuerdo con lo que Connie me ha dado a entender. ¿Cuál es el problema entonces?

Así que Sullivan sentíala misma curiosidad por mi relación con Connie que yo por la que mantenían ellos dos. Era probable que quisiera saber si yo le había dejado el camino libre o si continuaba siendo un obstáculo.

—Como ya te he dicho, es complicado. Bueno, ¿y qué hay entre vosotros dos? ¿Cómo es de... estrecha vuestra relación?

—Ya sabes que un caballero no debe hablar nunca de lo que hace con una mujer, Jack. Pregúntaselo a Connie a ver lo que te dice.

Entonces tuve un repentino ataque de rabia que hizo que mis pupilas se dilataran y que el blanco de los ojos se me enrojeciera, un aspecto espantoso que se reflejó en la expresión de Sullivan. Cuando un vampiro se enfada, literal¬mente ve las cosas al rojo vivo. Sullivan sabía que se encontraba frente a un depredador y estaba preparado para salir corriendo. Como si eso pudiera servirle de algo. Mi mano estaba en su cuello en menos de una fracción de segundo. Si Sullivan hubiera sido capaz de ver el movimiento, solo habría sido una imagen borrosa momentánea antes de sentir el agarre de mis dedos como el acero en su tráquea.

—Escúchame bien —dije en voz baja para no llamar la atención de los que jugaban a las cartas—. Si has expuesto a Connie a lo que Iban haya traído de California, te comeré vivo y escupiré tus huesos. ¿Está claro?

—No le haría ningún daño, te lo juro —dijo Sullivan medio ahogado.

Por suerte para él, en ese instante William entró en el taller. Will iba encorvado y arrastrando los pies a tres pasos de él. William vino derecho hacia mí, pero teniendo en cuenta mi último contacto con él, en el que me dejó sin sentido en el suelo, me preparé para otro puñetazo.

Los que jugaban a las cartas se quedaron inmóviles y en silencio. A los chicos les aterrorizaba William, incluso cuando estaba de buen humor, así que no les llevó mucho comprobar que estaba muy enfadado y formarse una opinión del tipo malo que venía detrás de él. Salieron corriendo como si el diablo y toda su prole los estuviera persiguiendo, pero al ver que Huey no reaccionaba, Rennie volvió, lo cogió de la mano y lo alejó, mientras este protestaba porque tenía dos parejas, la más alta de reyes.

—Mierda, Huey, solo consigues parejas —le susurró Rennie—. Ven conmigo, antes de que alguien te vuelva a meter en tu Corsica y cierre la puerta con llave.
Sullivan se restregó la garganta después de que lo soltara.

—William, ¿cómo está? ¿Está...? —William negó con la cabeza rápida y enérgicamente y Sullivan captó la indirecta. No podíamos permitir que Will averiguara lo del virus y se lo contara a Hugo, no hasta estar seguros de sus verdaderas intenciones.

—Sullivan, este es Will, del clan de Hugo —dije a modo de presentación y explicación.

—¡Ah! —dijo Sullivan, mientras analizaba al vampiro pelirrojo—. ¿Por casualidad te dedicas al mundo del cine? Tu cara me suena.

Will se encogió de hombros y mostró sus colmillos.

—No. No sé de qué ibas a conocerme, porque no suelo relacionarme con los humanos... a menudo.

William me miró con tal frialdad que casi me hizo temblar. Entonces hizo un movimiento con la cabeza en dirección a la cocina para indicarme que quería hablar conmigo a solas. Una vez que estuvimos lo suficientemente alejados, como para que el vampírico oído de Will no pudiera escucharnos, dije:

—William, necesito darte una explicación. Traté de...

—Ahórrate las explicaciones —dijo—. Si sobrevivimos, ya habrá tiempo de hablar acerca de tu traición y toda una eternidad para que me encargue de ti.
William me abrió su mente y con gran horror vi a los vampiros de los que me había hablado últimamente, los cuales habían sido torturados por Reedrek y tipos como él. Entonces, la escena cambió y alcancé a ver lo que William había hecho la noche anterior en los túneles. Había asesinado a inocentes. El impacto que sentí fue tan profundo como la sangre vudú que me estimulaba. El hecho de enterarse de la existencia de Diana y de Will, así como de mi traición, había cambiado a William de una forma horripilante. Que Dios, o quien sea, nos ayudase.

Las visiones desaparecieron con la misma velocidad con las que me había obligado a presenciarías.

—Que te quede claro, ya no confío en ti, pero, por ahora, me puedes ser de utilidad. Te aconsejo que hagas lo que se te diga, o te doy mi palabra de que no volverás a ver ni a Melaphia ni a Renee.

Sentí como si me hubiera vuelto a tirar al suelo de un puñetazo, solo que peor. Sabía cuál era mi mayor debilidad: los humanos a los que amaba.

—Estas son las instrucciones —continuó diciendo William—. Organiza el traslado de Hugo y Diana, así como de sus ataúdes, a la casa de la plantación. Sus acólitos humanos se van a quedar en el barco. Ya puedes hacer que los cadáveres que los vigilan vuelvan a sus lugares de descanso, porque ahora que tengo a Will como garantía, estoy seguro de que Hugo los mantendrá bajo control y no permitirá que den problemas. Parece ser un tipo muy posesivo. Después de eso, llévate a Lucius de caza.

William levantó una mano para que dejara de protestar.

—Acabo de hablar con Gerard por teléfono y me ha dicho que debemos fortalecernos todo lo posible frente al virus, lo que implica alimentarnos de humanos.

—Pero ¿ y si no puedo evitar que Lucius continúe asesinando ? —La imagen de William atacando a los vagabundos de los túneles me daba vueltas en la
cabeza y fui consciente con verdadero horror de que ya no le preocupaba que las víctimas fueran inocentes.

—Amigo mío, que ames a los humanos es tu problema —dijo con unos fríos ojos verdes plagados de ira—. Yo iré de caza con mi hijo.

Un intenso sentimiento de celos invadió el lugar en el que debía estar mi corazón. Su hijo. Para los mortales, William y yo parecíamos déla misma edad, ya que teníamos prácticamente los mismos años cuando fuimos convertidos en bebedores de sangre, aunque eso ocurriera con siglos de diferencia. Sin embargo, a todos los efectos, él era mi padre. Más padre de lo que lo había sido mi progenitor mortal.

Me acordé de cuando William me enseñó a cazar humanos. Él me había enseñado pacientemente a alimentarme de los mortales, ya fuera extrayéndo¬les su vigorizante sangre rápidamente y sin dolor o succionándola hasta el punto de poder sentir su pulso en mis oídos, a hacer uso de mi voluntad para dejar de beber, a cerrar las heridas de sus gargantas con la lengua y a borrar de ellos mi recuerdo con el poder de la mente; sin embargo, ahora asesinaba sin motivo, y sus muertes no podían ser justificadas ni por el mortal más cruel. ¿Hasta qué punto tenía yo la culpa? ¿Y hasta qué punto la presencia de su auténtico hijo mortal, en mi opinión diabólico, seguiría corrompiendo su mente? Puede que a William le trajeran sin cuidado los límites morales, lo mas parecido al alma que nos quedaba, pero a mí no, y al menos tenía que tratar de advertirle.

—William, ¿sabes realmente de lo que Will puede ser capaz? Una vez más, levantó la mano para que me callara.

—Ni te atrevas; tú no, no después de lo que has hecho. ¿Acaso has pensado ni por un momento que voy a hacer caso de tus críticas hacia Will después de tu falsedad? No olvides el resto de las instrucciones que te he dado. —Entonces volvió a dirigir su mirada a Will, quien le había dado la espalda a Sullivan y fingía estar interesado en el motor de debajo del capó de un Lexus negro situado en la plataforma que se encontraba a mayor distancia.

—Will no sabe que soy su padre mortal —dijo William.

Pude percibir la amargura en el tono de su voz.

—¿Por qué?

Mi sire me hizo callar, esta vez con solo mirarme.

—Yo elegiré el lugar y el momento de decírselo. ¿Ha quedado claro?

Yo asentí con la cabeza. Justo cuando pensaba que no podía tener la moral más baja, vi que Melaphia y Renee entraban por la puerta. La idea de que estuviesen compartiendo el mismo espacio que Will me revolvió las tripas, sobre todo cuando Will levantó la cabeza y olfateó el aire, percibiendo ía presencia de humanos.

—¡William! —Melaphia se dirigió a toda prisa hacia él y le rodeó los hombros con los brazos—. Estaba tan preocupada cuando vi que no llegabas a casa esta mañana —dijo. Debido a lo sensible que soy ante los sentimientos de Mel, pude notar su alivio al comprobar que William estaba bien, pero no era completo, algo seguía preocupándola profundamente, y William sabía lo que era.

—Acabo de hablar con Gerard —dijo él—. Probablemente mientras te dirigías hacia aquí.

Jack, déjanos solos.

William cerró los ojos y respiró profundamente y, cuando los volvió a abrir, sus labios esbozaron una agradable sonrisa, pero se notaba que era forzada. Entonces se agachó para hablar con Renee.

—Hola, cariño —le dijo, sujetando brevemente la cara de la niña entre sus manos—. No te veo desde hace muchas noches. Creo que has crecido treinta centímetros.

Renee sonrió tímidamente y le plantó un beso en la mejilla. —No, no tanto —dijo la niña—. Tampoco ha sido tanto tiempo, menos de una semana.

—A mí me ha parecido mucho —murmuró William.

—Cuando se vayan tus invitados, saldremos a dar un paseo por la noche ?

—Si no tienes que ir al colegio al día siguiente, claro, pero ahora quiero que te vayas con tu tío Jack, tengo que hablar con tu madre.

—Vale —dijo antes de cogerme de la mano. El cálido apretón de su diminuta mano en mis gélidos dedos casi me hace llorar; estaba muy preocupado por ella. Sentí que el pequeño y acogedor mundo que habíamos creado para ella se tambaleaba al borde de un abismo. La conduje hacia la mesa de la partida de cartas, dejando que William y Melaphia hablaran en privado.

Renee me dijo que ya había conocido a Sullivan, quien forzó una sonrisa y la saludó con la mano, antes de volver a lo suyo. Cuando llegamos a la mesa, Will apareció frente a nosotros.

—Bueno, hola, bonita. Así que tú eres la pequeña belleza, ¿no? —El vampiro le dirigió una arrebatadora sonrisa, sin rastro de colmillos. Tenía unos impresionantes hoyuelos en las mejillas, debajo de unos pómulos muy marcados.

¿Acaso podía este tipo ser encantador? Renee soltó mi mano, con una radiante sonrisa y, por un momento, temí que pudiera arrojarse a sus brazos. No le habían enseñado a tener miedo de los vampiros, a los que reconocía con la misma facilidad que yo.

—Este es Will —dije, tratando de parecer lo más natural posible. No tenía sentido asustar a la niña en ese momento. Sabía, tan cierto como que me llamo Jack, que en cuanto salieran del edificio, William le diría a Will bien clarito que Melaphia y su hija no podían sufrir ningún daño.

—¿ Sabes jugar a la mona con cartas normales ? —le preguntó Renee a Will.

—No, pero apuesto a que tú puedes enseñarme. —Will se sentó en la silla situada frente a Renee, quien empezó a recoger las cartas.

Mi instinto me decía que cogiera del pescuezo a Will y lo echara de la silla a patadas, pero sabía que no le haría ningún daño a la niña enfrente de todo el mundo, y que William le habría advertido que no lo hiciera. Sin embargo, mis manos se movían con la necesidad de apartarlo de la vista de Renee, pero reprimí mis ganas de asesinar y, en su lugar, saqué el móvil del bolsillo trasero y me alejé de la mesa, dejándolos con su juego.

Llamé a un conocido mío que me había contratado para el mantenimiento de su flota de limusinas, quien estuvo encantado de enviarme una al puerto en plena noche, por el doble de su precio normal. Tampoco tuvo problemas en enviarme un camión para los ataúdes, después de decirle que eran antigüedades de gran valor. Cuando se paga una buena suma, la gente no hace demasiadas preguntas.

Entonces marqué el número del móvil de Werm.

—¿Sí? —contestó.

—¿Dónde estás?

—En casa, como me has dicho. ¿Qué ocurre?

—-Necesito que te dirijas al barco en el que se están quedando los acompañantes de Hugo. Tengo un círculo de espíritus alrededor de él para mantenerlos a raya, pero William ya tiene la situación bajo control, así que quiero que los liberes. Los humanos van a acudir allí para trasladar a los visitantes y no quiero que se caguen de miedo.

—¿Y cómo los libero? Yo no tengo tu don con los muertos.

—Recita una oración a Legba. Dale las gracias con mucha amabilidad, ofrécele una botella de vino caro de la bodega de tu viejo y dile que envíe a los fantasmas de vuelta a casa.

—¡Huy, no sé, Jack! Me da un poco de miedo.

—-¡Animo, eres un tipo duro! ¡Compórtate como un vampiro! Además, tendrás una recompensa.

—¿Cuál? —Ahora sí que logré su atención. Suspiré con exasperación.

—Si me haces ese favor, tendrás mi permiso para alimentarte de humanos, no para matarlos, solo para beber de ellos hasta oír su latido, como ya te he explicado, y luego tendrás que cerrar las heridas. ¿Lo has entendido?

—Claro, ¡puedes estar seguro! —Pude percibir la emoción en su voz—. Hay un par de tíos en el centro comercial a los que me gustaría dar un buen susto. Luego te llamo. —Y colgué. Que Satán me libre de los vampiros novatos.
Después de hablar con Werm, llamé al número de William, y Deylaud contestó al teléfono.

—William quiere hospedar a los visitantes en la plantación. Necesito que envíes allí un cargamento de sangre.

—¿Quieres que envíe de la buena? —preguntó dubitativo.

—Demonios, no—dije—. Que sea bovina o incluso de cerdo, nada de sangre humana. —Por mí, podía ser plasma de rata.

—-Muy bien, ¿algo más? —Creo que eso es todo. Deylaud se quedó dubitativo. —Supongo que William está ahí, ¿no? —Sí—dije—. Está... muy bien.


—Gracias, Isis —dijo Deylaud—. El ambiente por aquí ha estado algo tenso.

-¿Si? Cuentame.

—Gerard ha mantenido una conversación con Melaphia, justo antes de que se marchara con Renee, y ha sido bastante acalorada.

William y Mel estaban hablando en un rincón del garaje. Ella se encontraba de espaldas a mí, pero podía percibir su angustia, incluso desde la distancia. William, que se encontraba de frente a mí, tenía mala cara.

—¿De qué hablaban?

—No pude oírlo. —Noté cierto nerviosismo en el tono de voz de Deylaud. —¿Con tu sentido del oído?

—Me enviaron al piso de abajo para poder hablar en privado. Pude percibir la angustia en el tono de voz de Melaphia, pero no mucho más. Aunque era algo relacionado con el virus.

—Gracias, amigo —dije, agradeciendo las fuerzas que hacían posible que Deylaud me amara casi tanto como amaba a William—; En cuanto esto termine, te invitaré a un buen chuletón.

—Acepto —dijo, y ambos colgamos.

Dirigí mi mirada hacia la cocina, justo en el momento en el que Melaphia se alejaba bruscamente de William mientras él intentaba tocarle el hombro pater¬nalmente. ¿Qué demonios pasaba? En la dirección opuesta, vi que Will le ponía caras graciosas a Renee y luego se cubría el rostro con su mano de cartas formando un abanico, provocando que ella se riera a carcajadas. La imagen de la pequeña jugando al cucú, trastrás con un monstruo me hizo desear dar un puñetazo a algo. Luego estaba Sullivan, quien en el peor de los casos podía resultar decisivo en el destino de Connie. ¿Hasta qué punto podía empeorar la situación?



—¿ Y estos donantes satisfacen tu paladar ? —Lucius había rechazado, arrugando la nariz ante la idea, las presas fáciles de la ciudad, es decir, los habitantes de los túneles y otra gente de la calle que se encontraba dentro de los h'mites urbanos. Siempre había más en invierno, ya que emigraban al sur como las aves. También dijo no a la escena de los clubes, me imagino que porque había un montón de estudiantes de la Universidad de Arte y Diseño de Savannah, a los que se estaba dirigiendo con cierta cortesía profesional, al ser marchante y todo eso.

Lo había llevado a un Wal-Mart, abierto las veinticuatro horas, para que pudiera elegir entre personas de toda clase social, allí acudía desde gente de la alta sociedad hasta jornaleros, pero le había dicho que si elegía a alguien que fuera vestido con una gorra o una camiseta de la nascar, tendría problemas conmigo, yo también tenía mi propia cortesía profesional.

—Debo admitir que aquí hay una interesante mezcla cultural —dijo Lucius, mientras observaba como una mujer muy bien vestida abandonaba el estable¬cimiento con solo una botella de vino y subía a un Lexus. Yo me apoyé en una máquina de Coca-Cola que estaba adornada con una fotografía de Little-E de tamaño natural vestido con el uniforme del número 8.

—Sí, bueno, allá vamos —respondí, hacía tiempo que no cazaba humanos y mentiría si dijera que no estaba ilusionado ante la expectativa. Nada era comparable con la sangre humana, fresca y cálida de un mortal aún con vida, y mis colmillos comenzaron a alargarse.

—Me encantaría saber algo más de las intenciones de Hugo y de su clan.
Esa observación me cogió por sorpresa, estaba intentando sonsacarme información, ver si había algo que no le había contado. Una adorable adolescen¬te llegó pavoneándose para introducir algunas monedas en la máquina. Le guiñé el ojo y ella sonrió con sus gruesos y jóvenes labios embadurnados de brillo, y comenzaron a molestarme los colmillos. Observé cómo se alejaba con cierto deseo. Iré a por la siguiente, me dije a mí mismo. Esa era demasiado dulce como para dejarle marcas.

Lucius me miraba con expectación.

—Llevo existiendo mucho tiempo, Jack, y de corazón, solo deseo lo mejor para todos nosotros. Tiene que suponer una carga ser la mano derecha de William, ¿por qué no me dejas que te ayude?

Maldita sea, este tipo estaba tratando de manipularme. Supongo que estaba haciendo uso de alguna clase de encanto para que le contara algo de Diana y Will. De repente, la idea de quitarme un peso de encima me pareció tan agradable como el hecho de trepar a una nube suave y mullida para un día de descanso. Este tipo era bueno, pero, oye, el hecho de que estuviera encandilándome para ganarse mi confianza no implicaba que contárselo fuera una mala idea. Quiero decir, es probable que pudiera echarme una mano.
¡No!, me dije a mí mismo y me concentré para que la sangre vudú me protegiera de las habilidades mentales de los vampiros de mayor edad.

—-¿Cuál es el secreto, Jack? ¿Qué me estás ocultando?

Respiré profundamente y miré a mi alrededor para distraerme. Y enton¬ces llegó.

Otra adorable joven se aproximó a la máquina de cola.

—Comida, Jack, hablaremos de eso más tarde —me susurró Lucius, antes de escabullirse entre las sombras para darle un bocado a su propio alimento.
Incliné la cabeza en dirección a la máquina y observé como la joven morena se hurgaba en el bolsillo para sacar dinero suelto. Ella levantó su mirada con expectación y parpadeó con los ojos pintados de sombra azul, flirteando conmigo.

—¿Quieres beber algo, muñeca? —dije arrastrando las palabras.

Ella asintió con la cabeza coquetamente, entonces toqué la máquina y salió una lata. El Fonz, el prora de HappyDays, no tenía nada que hacer contra el viejo tío Jack.

Ella se agachó para cogerla, pero tiré de ella hacia mí y la besé, antes de que pudiera abrir la lata. Percibí el sabor a fresa de su brillo de labios, al igual que la suavidad de su piel y el aroma a albaricoque de su champú.

—Yo también tengo algo de sed —dije. Ella se dejó caer en mis brazos y comenzó a gemir, cuando mis labios se acercaron a su garganta. Para cualquier transeúnte, parecíamos una pareja de jóvenes con lujuriosos deseos que nos estábamos dando el lote en la penumbra junto a una máquina de bebidas.
Esto no te dolerá nada, cariño —le susurré a su mente—. Te sentirás como nueva en un momento.

Su cuerpo se tensó un poco al hundir mis colmillos en su yugular. La levanté del suelo y la presioné contra mí, para alimentarme y disfrutar del roce de su pequeño pecho en el mío, mientras le agarraba el trasero con la otra mano. Cuando su pulso comenzó a latir en mis oídos, tuve que hacer un esfuerzo por detenerme, aunque Satán sabe que no quería. Deseaba beber sin parar hasta saciar mi apetito.
Pero me detuve, cerré la herida con mi extraordinaria saliva de vampiro, como William me había enseñado hacía tantas vidas humanas. Esa noche, me alimentaríade un par de humanos más, sinbeber tanta sangre de ninguno de ellos como para que la echaran de menos. Llevé a la adolescente a una zona con mayor penumbra en la que había una pequeña máquina de ponis de las que funcionan con dinero, de esas en las que montas a un niño pequeño y echas una moneda. Al ser invierno, estaba desierta, pues era preferible el cálido ambiente del estable¬cimiento. Senté a la chica inconsciente sobre el poni, le crucé los brazos por encima de las crines de plástico y apoyé su cabeza sobre sus brazos. Había muchas personas en el aparcamiento, por lo que no tardarían en encontrarla.

Le alisé el pelo con la mano, le coloqué bien el abrigo y me marché en busca de mi siguiente víctima.


William

Will estaba apoltronado en el asiento delantero de mi flamante Mercedes con sus botas llenas de rozaduras apoyadas en el salpicadero de madera de nogal lupia. Hasta Jack, con sus poco pulidos modales, no habría tratado a una máquina tan hermosa de una forma tan displicente.

—Me muero de hambre —dijo Will, antes de suspirar enérgicamente—. ¡Joder! ¿Vamos a pasarnos en el coche toda la puñetera noche?

—No es que tengas derecho a opinar nada al respecto, pero te informo de que nos dirigimos hacia el sur, fuera de Savannah. No tengo intenciones de abrir la
veda de caza de todos los humanos de mi ciudad. —Las palabras hicieron que un picor recorriera la esquirla de mi pecho, lo que antes había sido mi corazón. Yo mismo acababa de causar estragos, pero aparté esa horrible imagen de mi mente. Lo que yo hiciera en mi ciudad era asunto mío, pero lo que permitiera hacer a los desconocidos era otro cantar, y esta nueva encarnación de mi hijo era sin duda un desconocido,

—¿Tu ciudad? —dijo Will, riéndose entre dientes—. Tenemos putos deli¬rios de grandeza, ¿no es así?

Obvié el comentario por dos motivos: uno, no estaba dispuesto a permitir que Will me provocara para una pelea, ni verbal ni de ninguna otra clase, y dos, tenía razón. Era cierto que tenía delirios de grandeza y ese rasgo de mi personalidad traía consigo miríadas de problemas como, por ejemplo, el hecho de sentir la necesidad de convencer a Melaphia de que Gerard tenía razón y de que ella debía permitir que Iban se alimentara de la pureza de su sangre vudú para sobrevivir. Algo que ella tenía que hacer por nuestro bien... por mi bien.
Melaphia había ido a buscarme al lugar de trabajo de Jack, con la esperanza de que yo me negara a permitir que ocurriera algo tan espantoso, pero en su lugar, prácticamente la había obligado a llevarlo a cabo. Me vino a la mente la horrible imagen del putrefacto rostro de Iban y la suave e inmaculada piel de Melaphia, lo que me provocó náuseas, pero tenía que creer en la línea de sangre de Lalee, aunque eso implicara perder el afecto de Melaphia. En el pasado, Lalee nos había salvado a todos nosotros demasiadas veces.

Por mi propio instinto de supervivencia, alejé ese pensamiento de mi mente y me dirigí a mi hijo.

—Cuéntame algo de Hugo. Parece un tipo grandioso.

Entonces Will adoptó una expresión neutral. Si no hubiera estado al volante, lo habría presionado para que me explicara por qué le había cambiado la cara, dado que su reacción había delatado que tenía intenciones ocultas y que escondía información.

—Él es... —Se detuvo, antes de sonreírme mostrando sus colmillos—. Estoy seguro de que con el tiempo lo conocerás mejor.

—¿Y qué puedes contarme de tu señora madre?

Esa pregunta provocó que su sonrisa desapareciera. Entonces giró la cabeza para dirigir su mirada a las luces que íbamos dejando atrás y sacó un objeto de oro del bolsillo. Se trataba de un anillo. Comenzó a darle vueltas entre sus manos, antes de ponérselo en uno de los dedos y, mientras lo miraba, dijo en un reverente tono de voz:

—Es un ángel. —-Y volvió a mirarme—. Tócala y descubrirás una nueva faceta de Hugo que habrías preferido no conocer nunca, antes de que te mate.
Yo comencé a reírme, aunque sardónicamente, no porque tuviera miedo de Hugo, ya que hacía mucho tiempo que había superado el hecho de preocuparme por mi vida, sino por la confianza que tenía Will en la habilidad de su supuesto padre para proteger a mi esposa frente a mí mediante la violencia.

—¿Y cómo estás tan seguro de que tu padre me derrotaría?

Me esperaba más bravuconadas, pero lo que me contestó me pareció una amenaza en toda regla.

—Hugo consigue todo lo que quiere, por partida doble, y le clava una estaca a todo aquel que se interponga en su camino. —Hubo un silencio, antes de que Will volviera a adoptar una postura beligerante—. ¿Tendré que atacarte yo también antes de que detengas el coche? Me pongo de muy mala leche cuando tengo el estómago vacío.

—Hablame de tu conversión.

—¡ Joder! —Dejó caer la cabeza hacia atrás y comenzó a gruñirle al techo que lo separaba de la noche.

—Te estoy llevando a un agradable y pequeño lugar de la isla St. Simón. Llegaremos en una hora. Hablame de tu conversión y te dejaré que caces hasta saciar tu apetito.

Will permaneció callado durante unos buenos cinco minutos. Yo puse una expresión neutral y esperé.

—¿Qué quieres saber? —preguntó—Estoy seguro de que conoces el proceso, aunque, después de ver a tu hijo Jack, perdona que dude de tu buen gusto para elegir a tus víctimas.

—Jack no es mi hijo.

—Ah, vale, eso me hace sentir más cómodo con respecto a él. —Y no es víctima de nadie —-añadí. Esas palabras parecieron despertar su interés.

—¿En serio? ¿Quieres decir que ese estúpido de mierda eligió su destino? —¿Acaso no lo hiciste tú?

—Supongo que sí, pero tenía mis motivos. —Empezó a darle vueltas al anillo que se había puesto con cierto nerviosismo.

Fingí que buscaba una postura más cómoda tras el volante, para que tuviera tiempo de recomponer sus pensamientos. Entonces, dije:

—Continúa.

—No hay mucho que contar. De lo que más me acuerdo es de la sensación de frío. Tiritaba tanto que pensé que mis putos huesos iban a congelarse y a partirse como ramas secas.

—¿Estabas en Inglaterra?

—No, estaba... —Will se detuvo adrede y me lanzó una cautelosa mirada de reojo—. Estaba con mi madre.

—Entonces, no estabas en Inglaterra.

—No. Llevábamos semanas... viajando. No sé dónde estábamos.-—Una vez más, volvió a mirar por la ventanilla con los brazos cruzados, como si aún pudiera sentir el frío.

—Y luego conociste a Hugo. Sus dedos se tensaron.

—Sí, luego conocí a Hugo —dijo con un tonillo cantarín, antes de volver a quedarse en silencio. Esta vez transcurrió más tiempo antes de que le diera la vuelta a la tortilla-—. ¿Por qué tienes tanta curiosidad por saber cómo fui convertido? No te servirá de nada, ¿sabes?

—¿Servirme para qué?

—Saber cosas de mí no te mantendrá a salvo. —Y comenzó a esbozar esa horrible e insolente sonrisa que dejó ver sus colmillos—. Es muy gracioso el hecho de que Hugo me haya entregado a ti como rehén. Yo solo soy el más espabilado de su clan, pero él no me quiere. —Inclinó la cabeza hacia atrás y aulló como un piel roja, luego se balanceó en el asiento con tal ímpetu que tuve que agarrarme con fuerza al volante para no perder el control del coche. La cicatriz en forma de cruz de su garganta parecía estirarse y crecer como dedos estranguladores—. Aunque no puede matarme. No obstante, tiene la esperanza de que lo hagas tú por él. —Se quedó callado y se giró en mi dirección, con el rostro y el cuello enrojecidos por el flujo de la sangre—. Puedes intentarlo, si quieres... matarme. —Al ver que yo no contestaba, se volvió a encoger de hombros, dejó de dar explicaciones y comenzó a toquetear la radio del coche. Pronto un horripilante escándalo retumbó en nuestros oídos—. ¿Sabes?—dijo, gritando por el ruido—. Sí no muero hoy, quizá me quede a vivir en América.


El club de la isla St. Simón era pequeño, incluso para los estándares de Savannah, su tamaño era más propio de un restaurante que de una sala de fiestas, y los clientes eran pocos; en invierno solo algunos de los residentes habituales permanecían en la isla. Atraído hacia la caza, Will se sentó en un taburete en un extremo de la sala. Yo opté por sentarme en una mesa situada en el rincón opuesto, de espaldas a la pared, y observé como se ponía manos a la obra.

Al poco tiempo, dos tipos que se encontraban más lejos se trasladaron más cerca para tomar asiento a ambos lados de él. Los tres podían haber pasado por compañeros de universidad aburridos, saltándose una clase, si no fuera por la ropa tan poco convencional que llevaba Will. Parecía que los dos tipos lo hubieran encontrado más interesante que amenazador y pronto estaban riéndose y pidiendo otra ronda de copas. Yo, por otro lado, luchaba por resistirme al atractivo de una camarera demasiado solícita que, o bien había olido mi dinero o se había sentido atraída hacia el depredador que llevaba dentro. Las mariposas de la luz no son conscientes del peligro del fuego hasta los últimos segundos de su ardiente dolor. Tenía tanta necesidad de alimentar¬me como Will, pero sería muy poco elegante vaciar el local de clientes y empleados.

En escasos segundos, Will y sus nuevos amigos se levantaron para marchar¬se. Mientras uno de los tipos cargaba las consumiciones a su cuenta, Will dirigió su mirada hacia míy me guiñó un ojo, antes de seguirlos fuera del local. Yo dejé una suculenta propina a la camarera y me dirigí hacia la puerta. Los alcancé en el aparcamiento, riéndose todavía por algún chiste o historia que Will estaba contando para divertirlos.

—Perdonad—dije, y le hice un gesto a Will para que se acercara, quien le dio una palmada en el hombro a uno de los hombres, antes de abandonar el grupo.

—Me voy a otro local con estos colegas —-me dij o desde la distancia que nos separaba. Entonces, les dijo a ellos:

—Nos vemos en vuestro coche,

—Nada de matar —dije, en cuanto estuvo cerca de mí.

Cruzó los brazos y no sé si por casualidad o intencionadamente, me dirigió una sonrisa tan encantadora que parecía haberse quitado diez años de sufri¬miento de encima.

—¡Qué mariconazo eres! —dijo con un tono muy agradable—. No te puedes imaginar cuánto me ha decepcionado Wilíiam Thorne.

Podía haberle dicho que el sentimiento era mutuo, pero no había tiempo para cumplidos.

—Puedo hacer que salgan huyendo hacia el bosque y seguirás muerto de hambre durante más tiempo. El puso los ojos en blanco.

—¡Dios mío! Muy bien, de acuerdo, no los mataré. —Mientras lo miraba fijamente, extendió el brazo—, Ven con nosotros, si quieres. Madre mía, no debemos hacer daño a los humanos bajo ningún concepto. —Entonces cambió el tono de la conversación—. Espera a que el maldito Hugo se entere de esto, se va a mear de la risa.

—Me das un apretón de manos y cerramos el trato —dije, tendiendo la mía.
Eso pareció hacerle más gracia todavía.

—Sí, claro, lo que quieras.

Me agarró con fuerza la mano y, mientras él retiraba la suya a toda prisa, le quité al anillo del dedo y me lo metí en el bolsillo.

—Ve tú delante —dije—. No es momento de discutir nada, sino de alimen¬tarse.
Will atravesó el pequeño aparcamiento en dirección a los hombres que lo esperaban. Estábamos muy cerca del mar y las olas sonaban con fuerza, un sonido rítmico, como si fuera el latido del planeta. El aire estaba plagado de una fría humedad con olor a sal y a arena. Observé como Will le echaba el brazo por encima a uno de los hombres y le hacía un gesto al otro para que los siguiera. Pero en lugar de meterse en el coche, continuaron caminado por la calle en dirección a las pequeñas dunas y al mar.

Apenas habían llegado a la oscuridad de una sauna pública, situada junto al mar, cuando Will abrazó a uno de los hombres. Pude oír su susurro sensual, entrecortado y apremiante...

—Venga cariño. Vamos a divertirnos un poco.

Entonces lo besó en toda la boca, un baboso beso con lengua. Primera volea: atractivo placer antes de infligir dolor. Sin dejar de besarlo, Will deslizó un brazo alrededor del otro hombre y los tres se abrazaron. La envolvente potencia sexual de Will era tan intensa que pude sentirla aun estando a metros de distancia. Algo impresionante, este no era un novato sin experien¬cia, sino más bien lo que se suele llamar una pieza de primera. Entonces me acordé de mi amigo, Alger. Que pareja de follarines habrían formado él y mi hijo, poniendo en ridículo incluso a personajes de ficción como Des Esseintes y hasta Beardsley.

Uno de los hombres se había puesto de rodillas y le estaba desabrochando el cinturón a Will, mientras este apartaba de su camino la camisa del otro. Entonces, comenzó la succión, arriba y abajo. El hombre que estaba entre los brazos de Will suspiró y se arrimó más a él, mientras Will bebía, y el tipo que le estaba toqueteando la polla aumentaba la velocidad, todo parecía perseguir el mismo objetivo: complacer a Will.

Me acerqué pensando que quizá tuviera que recordarle a Will que no podía dejarse llevar, pero no hizo falta. Retiró sus colmillos y me dirigió una ensangrentada sonrisa, mientras dejaba que el tipo que estaba de pie cayera a la arena contra la sauna. Medio inconsciente pero con una sonrisita de tonto. Entonces, sin apartar su mirada de mí, Will cogió el rostro del otro entre sus manos y comenzó a meterla y sacarla en su hambrienta boca.

Cuando llegó el orgasmo, fue muy intenso. Will bajó la barbilla para ver cómo el tipo se tragaba su semen. Entonces, le devolvió el favor poniéndolo de pie y presionando su cara contra la pared.

—Eso ha estado muy bien —le susurró Will al tipo en el oído—. Ahora no te muevas, tengo algo para ti.

Ya había visto suficiente como para saber que Will cumpliría su palabra de no asesinar, así que volví a! aparcamiento y me apoyé en el Mercedes. Solo en el frío y casi vacío lugar, saqué del bolsillo mi hurto de esa noche. Al verlo, me quedé sin respiración durante un momento, y el oro parecía quemarme la palma de mi temblorosa mano.

Mi anillo de pedida, el que había puesto en la deseosa mano de Diana hacía tantos siglos. Entonces recordé que se lo había dado a nuestro hijo. ¿Pensaría ella que eso lo protegería de mí de alguna manera? ¿Sería eso una señal? ¿o simplemente un castigo más por mis numerosos errores? Mi mente se llenó rápidamente de un torrente de posibilidades, pero luego se vació con la misma velocidad. Tuve la enorme tentación de arrojar la prueba de oro de nuestro amor, pero entonces, de manera inconsciente, cerré el puño. Me prometí a mí mismo que llegaría el momento de encontrar respuestas, antes de que Diana se marchara de Savannah, necesitaba saberlo todo o morir en el intento.
Will no tardó en aparecer, sacudiéndose las manos para limpiárselas, mien¬tras se aproximaba al coche,

—Ha sido pan comido —dijo con su extremadamente encantadora sonrisa. Parecía estar de mucho mejor humor, una vez alimentado.

Abrí la puerta del conductor,

—¿No vas a echar un vistazo a mis deberes?

Yo negué con la cabeza.

—¿Y qué pasa contigo? Ahora te toca a ti, compañero.

El hambre que sentía me hizo recordar a la camarera del local, y avancé en su dirección. Necesitaba más fuerza que nunca. De inmediato, se abrió la puerta trasera de la sala de fiestas y, tras ella, apareció mi plato fuerte con una cajetilla de tabaco y un mechero en la mano.

Sin volver la vista hacia Will, quien estaba seguro de que estaría sonriendo, volví a meterme el anillo en el bolsülo y atravesé el aparcamiento en dirección a ella. Ya fuera porque se sentía atraída hacia mí o por la suculenta propina que le había dado, me sonrió. Devolviéndole la sonrisa, le quité la cajetilla de la mano y la lancé entre los arbustos.

—¿No sabes que eso acabará matándote ? —le pregunté, mientras la cogía de la mano y la conducía a la oscuridad.


Fin del capitulo

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:22 am

Capítulo 12


Transcripto por Eduardop


Jack

Cuando entré en el taller, después de llevar en cochea Lucius de vuelta a la casa de la plantación, que Sullivan y Connie mantenían una acalorada conversación en un rincón del local. Al verla me paré en seco, iba vestida con unos vaqueros y un suéter rojo que marcaba sus curvas debajo de una chaqueta poco ceñida. ¿Por qué cuando uno sabe que no puede tener algo lo desea con mayor intensidad? Cada vez que la veía, me dolía más que la anterior.

Werm estaba sentado en la mesa de juegos, con la cabeza apoyada en una mano, y Huey le entregó una chuleta de cerdo congelada.

—Recién sacada del congelador —le dijo con entusiasmo—. Esto te aliviará. Ahora me voy a la cama, buenas noches a todo el mundo.— El pobre hombre se dirigió hacia las escaleras para meterse en el catre que le habían preparado en el foso para el cambio de aceite, pero antes se dio la vuelta y le gritó a Werm:

—Cuando la carne se haya descongelado, tíramela, me la comeré para el desayuno.

—Lo haré.—Werm se colocó la chuleta sobre un espantoso moratón que tenía en la sien izquierda y gimió de dolor. Entonces, dirigió la vista hacia atrás, para asegurase de que Connie y Sullivan no pudieran oírle—. Oye, Jack ¿no se supone que los vampiros se curan a gran velocidad?

—Sí, no te preocupes. Ese moratón desaparecerá en una hora.— Dado que Werm era un novaro, su curación le llevaría más tiempo que al resto de nosotros. Cuánto mayor y poderoso sea el vampiro, más rápida es curación. Los verdaderamente viejos y resistentes se pueden curar de una herida abierta en un santiamén.

—Por cierto, ¿qué demonios te ha pasado? —pregunté— . Espera. No me lo digas. Cuando saliste a alimentarte, elegiste al tío más malo y corpulento que pudiste encontrar, ¿no es así?

Werm suspiró.

—Ha sido Kelsey Stringer .Tenia que morderlo.
—¿Y quién es Kelsey Stringer?

—El tipo que me pateaba el culo todos los días al salir del colegio cuando estaba en cuarto.

— ¿Qué hiciste? ¿Llamaste a su puerta y le gritaste que saliera?

—¡No! —dijo Werm poniendo énfasis, como si lo que hubiera hecho no fuera algo tan estúpido como eso—. No fue así. fui a un local a convencer a las chicas más refinadas de que donaran sangre por una buena causa.

—Supongo que de forma voluntaria, ¿no?

—Por supuesto. Algo parecido a lo que hace William.

Tuve que hacer un esfuerzo por no reírme, pues Werm estaba a años luz de igualar la forma que tenía William de persuadir a las damas, así como de la mía.

—¿Y cómo te salió la jugada?

—Todo estaba yendo de perlas —dijo Werm—. Estaba a punto de dar un paseo por la plaza con una chica encantadora, que había sido animadora, con la intención de retozar un poco en el césped, donde me pondría manos a la obra, pero entonces Stringer y algunos de sus amigos entraron en el local con ganas de pelear con los góticos.

—Vale, ¿y qué pasó después?

—Que me propinó un golpe en el ojo pero ahí no acabó todo. –Entonces Werm esbozó una amplia sonrisa—. Tendrías que haber visto al tipo, Jack.

—¿Y qué habría visto?

—Habrías visto a un palurdo tirado inconsciente sobre un arriate de flores con la mandíbula partida y marcas de colmillo en el cuello.
Entonces sí que sonreí. ¿Quién lo hubiera dicho? Un tanto para el pobre desgraciado.

—Me siento orgulloso de ti hijo —dije—. Esto merece una cerveza.

—Vaya, ¿no tienes algo de vino, Jack? Le estoy cogiendo el gusto, con eso de dormir en la bodega de mi viejo y todo eso.

Vaya, ahora que pensaba que ejercía una influencia positiva en el chico.

—Ve a la cocina a ver si encuentras algo. Creo que Rennie guarda algo de jerez para las clientas más viejecitas.

Lo de las clientas más viejecitas no pareció afectar a Werm, quien se fue tranquilamente a la cocina en busca de alcohol.

En cuanto Werm se alejó, Connie se dirigió hacia mí desde el lugar en el que había estado conversando con Sullivan, quien se encogió de hombros y me hizo un gesto con la mano, como diciendo: encárgate tú de ella.
Connie soltó un leve gruñido de frustración, mientras se dirigía a mí toda ofendida.

—¿Me va a contar alguien qué está pasando?

—¿A qué te refieres?—pregunté.

—Llamas a Sullivan a mi casa a horas intempestivas y él sale disparado por un asunto urgente. Al no saber nada de él obviamente me preocupo, pero ahora se niega a contarme cuál es el problema ¿Puedes decirme tú qué ha ocurrido?

Dirigí mi mirada a Sullivan, quien en ese momento sea poyaba en el otro extremo del taller. La puerta del muelle de carga estaba abierta y había cruzado los brazos para protegerse del frio. Entonces oí que un choche se detenía junto al bordillo y alguien cerraba la puerta de un golpe. Parecía el Mercedes nuevo de W illiarn, pero ¿para qué habría vuelto? Después de oír el ruido, la orden de William retumbó alto y claro en mi cerebro. Retenlo aquí

will.

Mierda.

—Mira, se ha dado una... situación, en la que no hay nada que puedas hacer para ayudar. Es un asunto del que solo podemos encargarnos nosotros, y William lo está gestionando.

Connie me escudriñó con sus ojos negros.

—¿Tiene esto algo que ver con eso... eso… en lo que estas metido? —Entonces miró a Sullivan y bajó el tono de voz—. ¿Con lo que Pasó entre nosotros?

En ese momento, quise contárselo todo. Era como si ella fuera el vampiro que me hubiera hechizado, o quizá estuviera hechizado de por vida en lo que a Connie respecta. Sin embargo, ya tenías suficientes problemas como para tener que explicarle a una agente el cómo y el porqué de mi condición de asesino respiré profundamente y decidí que le contaría toda la verdad que pudiera.

—No, directamente no.

Sullivan volvió a captar mi atención. Estaba hablando con alguien que se encontraba fuera del taller, pero como el resto de puertas del muelle de carga estaban cerradas, no pude ver de quién se trataba. Mientras observaba, la mirada de Sullivan indico haber reconocido a alguien, como si acabara de caer en la cuenta de la identidad de la persona con la que llevaba hablando el último par de minutos.

—¿Alguna vez te he dado algún motivo para que no confíes en mí? —preguntó Connie.

—No, claro que no.—Me atusé el pelo al sentirme frustrado —Se trata de un lío enorme y, por tu bien, no quiero involucrarte en é1—. Me detuve y me quedé mirándola. Entonces levanté una mano, con la intención de tocarla, pero la dejé caer—. Me importas demasiado como para hacer algo así.

A pesar de que toda mi atención estaba puesta en Connie, no pude evitar notar que la conversación de Sullivan con el hombre invisible se había acalorado. La postura del californiano había cambiado, de estar apoyado en la pared a ponerse derecho y en guardia, como si estuviera preparado para una pelea.

—¡Ay, Jack…! —comenzó a decir Connie.

De repente, un borroso movimiento, tan rápido que apenas pude advertirlo, hizo que Sullivan se elevara del suelo completamente y desapareciera de mi vista, y las tiernas palabras que Connie estaba a punto de decirme se quedaron en el aire de la noche. Me apresuré hacia la puerta del muelle de carga que estaba abierta a tiempo de ver cómo Will hundía sus colmillos en la garganta de Sullivan.

Me abalancé sobre Will con todas mis fuerzas, lo que provocó que tanto él como Sullivan cayeran al suelo, pero el enjuto y fuerte vampiro no 1o soltaba. Entonces clavé mis dedos en el rostro de Will justo por debajo de sus pómulos para tratar de obligarlo a liberar a Sullivan de sus colmillos. El rostro de Sullivan era de un pálido desagradable y sus ojos estaban abiertos como platos del susto. Will se aferró con rapidez a su víctima, y su nuez comenzó a moverse, mientras engullía la sangre de Sullivan trago a trago.

Le di un cabezazo al bebedor de sangre con tal ímpetu que lo dejé aturdido durante un segundo, entonces 1o agarré del pelo y tiré de él hacia atrás con la fuerza suficiente como para partirle el cuello a un humano, si no le arrancaba la cabeza del tronco. Los colmillos de Will se alejaron de la garganta de Sullivan, pero no estaban limpios. E l vampiro tenía la boca llena de carne, tendones y vasos sanguíneos.

Si Sullivan no estaba ya muerto, lo estaría en breve. Sentí que la ira me invadía. ¿Cómo se atrevía este demonio a entrar en mi propio territorio (mi propio taller) para asesinar a un humano al que por una cuestión de honor me sentía obligado a proteger por ser el compradre de uno de mis hermanos bebedores de sangre? Este ser despreciable iba a tener que pagarlo muy caro, fuera o no hijo de William.

Will me miró con sorpresa.

—Eres muy fuerte para ser un jovencito. ¡Si tu olor indica que no tienes más de... —Will olfateó el aire en mí dirección —doscientos años como mucho, incluso menos! ¿Por qué eres tan fuerte?

—¿No te gustarías saberlo? —dije. Sentí cómo la sangrer vudú de mi interior se sublevaba. Will era un vampiro viejo y poderoso, y era probable que guardara muchos ases bajo la manga pero nunca podría competir contra alguien como yo. Tenía la esperanza de que la magia me hicieras superarlo en fuerza, aunque aún no podía estar del todo seguro.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No estás acostumbrada o una pelea justa?

Entonces me propinó un rápido golpe en la mejilla, me recuperé y le di un gancho en la barbilla. Su cabeza salió despedida hacía atrás como la de una de esas muñecas cuyas cabezas se balancean ligeramente y que se suelen colocar junto a la luna trasera de los coches. A continuación, le propiné un revés con tal fuerza que se deslizó de culo por el suelo hasta llegar al borde del aparcamiento.

Gracias a Satán era de madrugada y no había nadie en la calle. Si algún humano desprevenido pasara por allí se encontraría con un verdadero espectáculo.

Hablando de humanos desprevenidos, volví a dirigir mi mirada a Sullivan. En ese momento, Connie ya estaba junto a él agarrándole la cabeza, mientras él miraba hacia los bajos árboles y el cielo con unos ojos ya sin vida.

Connie me lanzó una mirada de terror y volvió a bajar la vista hacia el cadáver de Sullivan. Ella sabía que estaba muerto, y yo estaba seguro de que, por instinto, su siguiente reacción sería la de llamar a la policía. Entonces abrí mi mente a Werm. A pesar de no ser su sire, pensé que podría comunicarme telepáticamente con él, debido a que estábamos vinculados por la sangre vudú, con la esperanza de que funcionara. Arranca el teléfono de mi despacho, le gritó mi mente. Coge el móvil de su bolso, que está sobre la mesa de juegos, y
escóndelo.
Efectivamente, Connie comenzó aponerse de pie con dificultad, tras quitarse de encima el cuerpo sin vida de Sullivan. Como estaba distraído, no vi que Will se aproximaba hasta que lo tuve al lado. Me golpeó con tal fuerza que fui a caer al suelo a varios metros de distancia, con él encima de mí. Entonces, se sentó a horcajadas sobre mi pecho y me dio tal puñetazo en la cara que se me nubló la vista, pero cuando se disponía a darme otro puñetazo, me lo quité de encima y 1o lancé hacia un lado.

—¿Por qué? ¿Por qué has tenido que matarlo? —le pregunté.
—No te voy a contestar, amigo —dijo, todavía con pedazos de carne de Sullivan en los dientes—. Deberías haberte mantenido al margen.

—No puedes entrar así como así en mi propiedad, en mi negocio y matara un humano.

Él ladeo la cabeza y lanzó una mirada lasciva.

—Mira detrás de ti: creo que lo acabo de hacer.

Me abalancé sobre él y traté de darle un golpe, pero lo esquivó dando un salto de puntillas. Entonces trató de golpearme, pero el golpe me rebotó en el hombro, mientras lo esquivaba. Me di la vuelta y volví a enfrentarme a Will, pero detrás de él vi con horror que Connie había vuelto. Werm se había deshecho de los dos teléfonos, por lo que no había podido llamar para pedir refuerzos, pero había algo en lo que no había pensado, algo ligeramente más importante.

No había pensado en decirle a Werm que le quitara la pistola.

En ese momento, ella estaba de pie a unos tres metros por detrás de Will, apuntando en medio de su espalda con el arma reglamentaria. Entonces me miró e hizo un gesto con la cabeza para que me apartara de la línea de fuego. ¿Habría visto Connie la piel arrancada del cuello de Sullivan en los colmillos de Will? Y de haberlo hecho, ¿habría alguna posibilidad de que ella comprendiera a 1o que se estaba enfrentando? Si podía evitarlo, no podía permitir que le disparara, ya que eso no lo frenaría, simplemente lo enfadaría aún más.

Me volví a abalanzar sobre é1, concentrándome más en la velocidad que en la intensidad del golpe. Incapaz de esquivar el puñetazo que le propiné a la velocidad de un rayo, este le impactó en la mandíbula y provocó que se tambaleara hacia atrás, justo en dirección a Connie. Solté un taco, al ver que mi golpe había reducido la distancia entre ambos. Will sonrió y se restregó la barbilla pero en lugar de venir por mí, se dio la vuelta para colocarse de cara a Connie.

Si antes ella no se había dado cuenta de 1o que tenía en frente, en ese momento
ya era algo más que un simple presentimiento. Vi su expresión de terror cuando
él acercó su rostro al suyo, con los colmillos todavía ensangrentados.

—Hola cariño —dijo—. ¿Te apetece probar?

William me contó una vez que esa situación era la que hacía a los humanos más vulnerables. Esa fracción de segundo en la que saben claramente que se encuentran frente a un demonio auténtico e inhumano, y el subsiguiente momento de perplejidad en el que 1o están asimilando eran su perdición, el saber que ya estaban muertos. Es cierto, la mayoría de los humanos, ya fueran hombres o mujeres, se habrían quedado helados, catatónicos por el susto, la repulsión y el terror ante lo que veía en el rostro de Will, pero no mi Connie.

Ella le disparó en el corazón a bocajarro.

Él bajó la mirada, y luego volvió a dirigirla hacia ella. Entonces introdujo el dedo índice en la herida del pecho, que estaba cerrándose a gran velocidad, y se lo llevó a los labios. Después de lamerse la sangre del dedo, dijo:

—Eso me ha hecho cosquillas.— Y movió los labios hacia arriba y hacia atrás, hasta que su rostro se convirtió en una espantosa máscara de colmillos afilados como cuchillas.

Will la agarró por los hombros y se lanzó hacia su garganta. Sus colmillos estaban a escasos centímetros del cuello de Connie cuando tiré de la camisa de Will, con tal fuerza, que le arranqué a esta la espalda. Al mismo tiempo, una fuerza invisible golpeó a Connie desde un lado, alejándola de Will, y mentalmente a gradecí Werm que se hubiera tomado más enserio sus estudios acerca del vudú de 1o que lo había hecho yo. Su invisibilidad valió mucho la pena.

La rabia me hizo explotar una vez más. En ese momento Will representaba todo lo que me había ido mal en mi vida de no muerto: el hecho de que Reedrek hubiera puesto mi mundo patas arriba, la muerte accidental de los padres de Shari y Huey, la traición de Hugo y Dana, mis problemas sexuales con Connie y mi deteriorada relación con William, cuando las cosas por fin habían comenzado a mejorar. Y, en ese momento, estaba amenazando a lo que más quería. Sentí que mi rostro se convertía en una máscara tan horripilante como la de Will.

Lancé su camisa hecha jirones a un lado y me abalancé hacia su garganta, pero se apartó de un salto de mi camino y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba al borde del aparcamiento. Entonces se giró y gritó.

—¡Esto no ha terminado! Ya lo verás, algún día te mataré y me divertiré un poco con tu amiguita, antes de comérmela de postre.—Y desapareció en medio de la oscuridad.

Por un lado, me jodió no haberlo matado, pero por el otro, me sentía satisfecho por haber tenido la suficiente fuerza para hacer que huyera como un mariquita. Un tanto para la sangre vudú.


CONTINUARÁ


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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:23 am

Capítulo 12 Parte 2

por eduardop


En definitiva, había preferido otro asalto con Will a tener que enfrentarme a Connie, pero no me quedaba otra. Ella se había puesto de pie y se encontraba junto al cuerpo de Sullivan, y un cadáver del que tendría que deshacerme muy rápido. Sentí que la expresión de mi rostro volvía a su estado normal. Observa con atención, pequeña, ha llegado el momento de contarlo todo, el momento del espectáculo.

Su expresión delataba que continuaba en estado de shock pero no hasta el punto de comportarse con insensatez. Lo había visto todo, lo sabía y continuaba con la pistola en la mano.

Apuntándome.

—Adelante —dije—. Dispárame si quieres. No te culparía.

—Claro que no podría herirte, ¿no es así? Al igual que no he podido herirlo a é1. ¿Qué podría matarte?

Me froté la nuca. Había pensado en multitud de ocasiones cómo sería esta conversación, pero nunca la había imaginado así.

—Tradicionalmente, una estaca de madera —dije, apoyando la mano en mi pecho—. Directa al corazón.

—¡Por el amor de Dios! —susurró Connie antes de que el arma se le cayera de la mano al asfalto.

William

—¿ Cómo está ella? —le pregunté a Tilly.

Tilly negó con la cabeza.

—No muy bien —me contesto, antes de dirigirme un gesto de desaprobación—. La he ayudado a limpiarse lo mejor que he podido, pero...

Apoyé la mano en la puerta cerrada. La angustia de Melaphia era palpable. Continuaba luchando contra la horrible experiencia por la que le habían pedido que pasara y, hasta cierto punto, se sentía traicionada por mí. Aunque había algo más, una herida que tenía que curar o atenuar. Coloqué la mano en el pomo, pero Tilly me detuvo dándome un toque en el brazo.

—No me dejó verla ni ayudarla cuando se dirigió hacia Iban, cuyo aspecto sería suficiente para volver loco a cualquiera. Tu amigo Gerard tuvo que sujetarla.

Un sentimiento de culpa se unió a mi permanente ira. No Melaphia, no mi hermosa niña.

—Sé que has hecho todo 1o que has podido. Ahora me ocuparé yo de ella —dije y giré el pomo.

Melaphia estaba tumbada desnuda sobre la cama, de cara a la pared. Jamás la había visto tan vulnerable, era como si la chispa de su magia la hubiera abandonado. No sabría decir si sintió mi presencia o si sencillamente no le importaba quién pudiera verla. Cerré la puerta y fui a sentarme en la cama junto a ella. Tenía los ojos abiertos con la mirada fija, y durante un breve segundo me inquietó que pudiera estar muerta, pero pude percibir la vida en ella y, cuando presioné mi palma contra su mejilla, estaba caliente.

—Hola cariño —le susurré.

Pero no me respondió, solo parpadeó. Entonces me incliné para besarla en la frente.

—Cuánto lo siento, querida. Debería haber estado aquí. —No hubo respuesta, ni absolución—. Deja que te lleve a casa.

Eso hizo que me mirara.

—Me duele.

—¿Qué te duele?

Con la lentitud de movimiento de una mujer de la edad de Tilly, Melaphia extendió sus brazos, en los que desde la muñeca hasta el codo la carne estaba desganada y al rojo vivo, como si hubiera sido vorazmente mordisqueada por una enorme bestia. La imagen me encogió el corazón. Melaphia era una mortal y no tenía la habilidad de curarse rápidamente y sin cicatrices.

De repente, no podía mirarla a los ojos. Se suponía que yo era su protector.

—Cuánto lo siento...
En ese preciso momento, la puerta se abrió y Gerard entró en la habitación.

—¡Ha funcionado! —anunció—. ¡Iban ya ha comenzado a curarse!

Melaphia no reaccionó, lo único que hizo fue cerrar los brazos para protegerlos, pero la euforia de Gerard no pareció afectarla.

—Tengo que llevar a cabo más análisis de sangre para asegurarme de que el virus está tan inactivo como parece, pero...

Tiré de la colcha para tapar la desnudez de Melaphia.

—¿Tienes algo para el dolor? —pregunté.

—Bueno, sí, pero Iban está durmiendo como un bebe...

—No es pará Iban.

Gerard se tranquilizó y dirigió su mirada a Melaphia.

—Sí, claro, voy a...

—No —dijo Melaphia, con un tono de voz algo más fuerte—. Tengo mis propias pócimas curativas.

Volví a inclinarme para hablarle al oído.

—Deja que te dé algo que te alivie el dolor. —Utilicé mi mejor poder de persuasión para convencerla, sobre todo por ella, pero también en parte por mi tranquilidad. Podía aliviar su mente, pero no su cuerpo, y ya no podía soportarlo más tiempo verla sufrir—. Luego, te llevaré a casa para que te metas en la cama.

La promesa de ir a su casa pareció surtir efecto, y ella asintió en silencio.

— Vamos a vestirte.

En el momento que Gerard regresó con una aguja hipodérmica, ya le había puesto a Melaphia la suficiente ropa para que no pasara frío de camino a casa. Mientras Tilly la mimaba cariñosamente y le ajustaba el abrigo azul vudú que yo le había puesto por encima de los hombros, aparté a Gerard a un lado.

—Parece tan débil ¿cómo sabemos que no va a caer enferma?

—Si su sangre puede desactivar el virus de otra, no hay posibilidad de que este pueda atacarla. —Y negó con la cabeza—. Siento que le haya hecho tanto daño, estaba a punto de convertirse en un monstruo que a ninguno de nosotros nos gustaría haber visto.

Me resultaba prácticamente imposible imaginarme a Iban comportándose cruelmente con nadie, pero, por otro lado, había sido horrible ver cómo el virus se comía su carne por dentro y por fuera. Quién sabe 1o que había hecho cualquiera de nosotros en una situación tan extrema.

—Gracias por todo 1o que has hecho —dije —Y dile a Iban cuando despierte que vendré por é1.

—Lo haré. Por cierto, tengo la intención de desarrollar una vacuna lo antes posible. —Gerard volvió a dirigir su mirada a Melaphia—. Pero ahora mismo no podemos extraerle más sangre, está demasiado débil.

Yo estaba completamente de acuerdo con su observación.

En cuanto Gerard inyectó a Melaphia el analgésico, la cogí en brazos y la saqué de la habitación.

—Llévame a tu casa Renee está allí con los gemelos. —Entonces suspiró y se quedó dormida.

***

Deylaud abrió la puerta. Por fin de vuelta en casa. Eleanor estaba de Pie al otro lado de la habitación, pero no pude mirarla a los ojos. Cuándo pasé a su lado, con Melaphia en los brazos, emitió un sonido que denotaba su angustia, una mezcla de miedo y alivio, pero no me siguió.

Pareció sentir que no me encontraba con ánimos para consolarla.

Reyha retiró las mantas y coloqué a Melaphia en la cama del cuarto de invitados junto a su hija. Renee no se despertó, pero, por instinto animal, siempre al acecho, reconoció a su madre y se dio la vuelta para arrimase más a ella. Las tapé a las dos y les di un beso en la mejilla. Ojalá tuviera poderes para curar, junto a los que tenía para asesinar. Lo mejor que Podía hacer era dedicarles una canción de cuna pero no de la forma habitual, sino mentalmente, adentrándome en su miedo y en su dolor.

Asentí con la cabeza a Reyha.

—Déjanos solos.

Entonces, durante la hora siguiente permanecí sentado en la cama hilando hermosos sueños en los que volaban libres en medio de una hermosa luz. Los amaneceres y atardeceres que llevaba medio milenio sin presenciar, aunque mis recuerdos bastaría, evidentemente los buenos. Una vez seguro de que ambas dormían profunda y plácidamente, las dejé para enfrentarme a la que era mi familia.

Eleanor.

Cuando cerré la puerta del dormitorio, ella se lanzó a mis brazos.

—Estaba tan preocupada...

Entonces, la aparté de mí para mirarla a los ojos, y su dolor casi logró penetrar en mi endurecido corazón. Casi. Lo suficiente para añadir un tronco de culpabilidad a mi chispeante hoguera de cólera, pero no hacia ella. Nada de esto tenía que ver con ella, con la excepción de que me sentía obligado a calmarla o, en última instancia, a asesinarla. Ella se había entregado a mí, me había dado su cuerpo y su fururo. Su alma había escapada o la oscuridad para unirse a la mía, pero ya no sentía nada por ella.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde has estado?

—He estado ocupado.

Su sorpresa no había sido mayor si le hubiera dado un guantazo.

—¿Ocupado? Llevas fuera dos días...

Pasé por su lado en dirección a mi despacho.

—Tenía asuntos que atender.

—Pero...

Su angustia atravesó mis omóplatos como un cuchillo, pero entonces, de repente, e inexplicablemente, la desagradable sensación se alivió. Me detuve y me di la vuelta. Deylaud se había aproximado a ella y le había echado el brazo por los hombros para consolarla, tocando con sus dedos la piel desnuda de su brazo, pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar, él me enseñó los dientes y emitió la versión humana de un gruñido.

Por alguna razón, eso me hizo perder la compostura y, en cuestión de segundos, lo había agarrado y levantado del suelo. Él luchaba en vano par soltarse mientras lo zarandeaba.

—Si vuelves a desafiarme, te destrozaré desde los huevos al cerebro.

—¡William! —Podía sentir cómo Eleanor me tiraba del brazo—. Suéltalo. Por favor. El no quería...

—No lo defiendas, es mío y puedo hacer 1o que me plazca con é1.

Reyha agáchate en un rincón de la cocina, emitió un aullido de terror.

—É1, todos nosotros estamos muy tristes y asustados—. Las palabras de Eleanor eran como el zumbido de una mosca en la habitación. Distantes, pero irritantes. Fueron las lágrimas en los ojos de Deylaud lo que hizo que me detuviera. Si hubiera sido un hombre con tendencia a hacer apuestas, habría apostado que acaba de romperle el corazón. Entonces, lo lancé contra la pared de enfrente y cayó sin fuerzas al suelo.

—¿Me has entendido? —pregunté.

Eleanor se hundió de rodillas junto a él, pero con toda su atención puesta en mí.

—Sí —dijo él medio ahogado. Reyha correteó para colocarse al otro lado de Deylaud. No había duda de cuáles eran sus sentimientos hacia el dueño de la casa.

Completamente cegado, me di la vuelta y bajé las escaleras. No tenía tiempo para la diplomacia ni la consideración. Tras cerrar con llave la puerta de mi despacho, me fui derecho a la caja de huesos y a las conchas. Me recorrió un sentimiento de terror al colocar en mi mano el anillo de oro de mi padre. Entonces lancé las conchas.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontraba fuera de la plantación de seda de bremer. Mi hogar, la casa que adquirí por una miseria durante los años de la denominada reconstrucción, en los que había disfrutado de su espléndido aislamiento. Los árboles cubiertos de musgo que tenía encima de la cabeza eran más antiguos que la casa, la cual había sido construida antes de la guerra civil.

Sin embargo, esta noche no sentía ni alivio ni satisfacción, sino que mi temor aumentó. Mi mórbida curiosidad me había llevado muy lejos. Los últimos pasos me parecían imposibles, pero lo averiguaría, necesitaba saberlo.

Y mis conchas me habían llevado hasta Diana.

La encontré en la bañera, murmurando de placer. Después de haber permanecido en los claustrofóbicos camarotes del barco, al iguál que cualquier otra mujer, estaba ansiosa por un buen remojón. Si en ese momento mis piernas
Hubieran sido más sólidas y necesarias para mantenerme en pie, es posible que me hubiese caído al suelo.

Estaba tan hermosa que solo un poeta había podido describirla.

Su piel, tan pá1ida como la recordaba e inmaculada a pesar del paso del tiempo y las preocupaciones, brillaba con la pátina de las más hermosas de las perlas. Su cuerpo, su pecho redondeado, mejorado tras dar a luz, me hizo arder de... deseo. Los años, mejor dicho, los siglos que habían transcurrido desde la última vez que la toqué me parecían un sufrimiento inconmensurable.

Tras cerrar los ojos, se reclinó en el agua con un suspiro. Sintiéndome atraído hacia su deleite, me encontré flotando por encima de ella, mi respiración me ardía como fuego en la garganta. Entonces rocé con mi mano invisible su húmeda mejilla.

Ella volvió a suspirar. Entonces sus ojos se abrieron de pronto y contuve la respiración. Parecía que estuviera mirándome, atrayéndome hacia ella lo suficiente como para besarla.

De repente la puerta se abrió de golpe.

—Aunque sea inmortal, no estoy dispuesto a esperar toda la noche.

Era Hugo, quien ocupó el espacie del baño, cayendo como un jarro de agua fría sobre mi deleite y sobre el de Diana. Sin embargo, ella no reaccionó. Mantuvo el control mejor de lo que podía hacerlo yo. Entonces me encontré sostenido en el aire entre ambos, como si mi presencia invisible pudiera mantenerlos separados.

El verlo me dio que pensar y la preocupación por la seguridad de Diana me hizo sentir escalofríos. Llevaba pantalones bombachos, pero iba descalzo y desnudo hasta la cintura. Su ancho pecho era un entramado de lo que parecían ser media docena de cuchilladas y heridas provocadas por espadas, lo que aumentaba su aspecto de vikingo. Su ceño fruncido parecía ser un rasgo permanente.

Esperé a ver la reacción de Diana, pero cuando llegó, no tuvo nada que ver con lo que yo esperaba. No había miedo, ni amor, sino un deseo lujurioso que le tensaba la mandíbula, cuyo calor ardía entre ellos como las llamas de una caldera que rodea el acero templado.

Me sentí como si me hubieran lanzado contra la pared. Fuera de combate. Destrozado.

Diana, como si fuese Eva dirigiendo una pecaminosa sonrisa a su sierpe personal, cogió una aromática pastilla de jabón y se enjabonó las manos.

—En lugar de fastidiarme el baño. — Y comenzó a lavarse un brazo lentamente—. Quizá podrías ayudarme a terminar antes.

Para mi sorpresa, el apabullante aunque obediente Hugo atravesó la habitación y se puso de rodillas junto a la bañera y, sin hacer ningún comentario, sumergió sus manos en el agua y le quitó el jabón. Sus dedos, aparentemente torpes, cobraron gracilidad mientras le enjabonaban los brazos y el cuello, el pecho. Tuve que reprimir un gemido al ver cómo sus pezones se endurecían al contacto del aire frío y sus toscas palmas. Hugo parecía ser el sirviente en lugar del amo. Tras inclinarla en dirección a sus rodillas, se colocó detrás de ella. Apoyando las manos con fuerza contra los azulejos de mármol, Diana arqueó la columna mientras é1 la lavaba con cuidado pero a fondo.

Cuando Hugo bajó las manos, hacia su trasero y entre sus muslos, tuve que apartar la vista. No sé qué había pensado que encontraría si espiaba. Lo único que conseguí fue que se desvaneciera el último ápice de esperanza que había alimentado... que Diana fuera infeliz con Hugo, que quisiera abandonarle y volver a mí...

Ni en esta vida, ni en ninguna otra.

Ahogado en mis estúpidas y perdidas esperanzas, cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, me encontraba fuera del cuarto de baño, en lo que los sureños educados denominan la veranda de la casa de la plantación, y en mis oídos retumbaban todavía las suaves risas de Diana y el gemido de placer de Hugo. Sabía que la hora del baño había terminado y que las cosas avanzaban hacia un íntimo final.

¿Qué hacía allí todavía?.
¿No es eso lo que querías saber?, la voz de las conchas flotaba en el aire de la noche.

Sí. No. No lo sé. Me sentía como si una de las espadas vikingas de Hugo se hubiera hundido entre mis costillas, atravesándome hasta el corazón. Pero en ese momento él no me prestaba atención: estaba demasiado ocupado follándose a mi esposa. Alcé la mirada al cielo. ¿Puedes mostrarme algo mío a este lado del infierno que aún me pertenezca?

No hubo respuesta.

Típico.

Entonces llévame de nuevo a...

En medio de la oscuridad, se oyó el crujido de unas botas contra la gravilla y entonces apareció Will dando traspiés. Tenía la ropa ensangrentada y parecía cansado o herido, herido de una forma que yo no podía detectar. Cayó en el suelo de la veranda y se agarró a la baranda.

Madre.

Apenas había apoyado la cabeza contra la madera, cuando la puerta principal se abrió y Diana la atravesó a toda prisa. Se había puesto un salto de cama de seda, pero iba descalza.

—¡Will! ¿Qué ha ocurrido?

Hugo, todavía desnudo, iba tras ella, pero se quedó atrás, y comenzó a escudriñar la oscuridad que se encontraba más allá de ellos. Podría haberme sentido complacido ante el hecho de que yo supusiera un peligro para é1, pero estaba demasiado interesado en la explicación de Will. Lo había dejado al cuidado de Jack y había vuelto cubierto de sangre.

¿Será la sangre de Jack?

—¿Ha sido él? —preguntó Diana.

Supuse que se refería a mí, pero el hecho de que ni siquiera pudiera pronunciar mi nombre no me dolió tanto como debía haberlo hecho, ya no, no después de haber presenciado que su relación con Hugo era voluntaria y que parecía feliz con las consecuencias.

—He perdido tu anillo...—dijo Will—. Lo siento madre.

Diana frunció el ceño y trató de levantarle la ensangrentada camisa.

—¿Estás herido?

— No. Yo no. He tenido que matarlo...

La mano de Diana se tensó en la delantera de la camisa de Will y entonces se quedó inmóvil.

—¿Has matado a William?

Sentí cierta satisfacción al oír el tono de pánico en su voz. Así que, después de todo, todavía le importaba.

—No... yo...

Puede que para ocultar la breve sensación de alivio que observé en ella, lo agarró del brazo y tiró de é1 hacia arriba. Will permitió que lo ayudara a entrar en la casa farfullando entre dientes.

—No me encuentro bien.

En lugar de ayudarlos a los dos, Hugo bloqueó la puerta con su cuerpo desnudo, se cruzó de brazos y volvió a escudriñar el jardín por última vez. Una vez seguro de la ausencia de peligro, dio unos pasos hacia atrás y cerró la puerta de un golpe.

FIN DEL CAPÍTULO.

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 6:11 pm

les digo la tipa es una pu... lastima que a william todavia le importe ella, y no creo que se preocupara por si el chico lo matara sino por el hecho de que es su padre y seria un parricidio...

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 9:15 pm

gemma no tanta maraton xDD
aun no me recupero de la recopilacion-revision xDDDDD



gracias por los capisss

sii ya quiero el siguiente libro

gemma una cosa cuando vuelven las traducciones??

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 10:32 pm

sii por mi diana es una bitchhhhhhh

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Miér Feb 16, 2011 11:00 pm

Por qué se comportara así Diana, estará fingiendo??
Pobre Jack!!

Gracias chic@s :Manga30:

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MensajeTema: Re: El secreto del vampiro - Raven Hart   Jue Feb 17, 2011 3:43 pm

Para mí que Diana está finjiendo. debe estar tramando algo.

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